Anagrama y Tusquets ante un momento crítico

En el marco del foro Edita Barcelona, auspiciado por la Universitat Pompeu Fabra y celebrado entre los días 6 y 8 de julio de 2016, el editor de Debate Miguel Aguilar (n. 1976) recordó en su intervención un momento de súbita y profunda caída del interés de los lectores españoles por el ensayo a través de la experiencia de Tusquets Editores, donde en el verano de 1979 todos se marcharon la mar de contentos de vacaciones en julio, con una colocación estupenda de sus nuevos libros de no ficción, y a su regreso en septiembre se sumieron en la estupefacción al comprobar el enorme volumen de devoluciones. Cuando en el mismo foro intervino Jorge Herralde (n. 1935), de Anagrama, aun sin convenir por completo en la precisión cronológica, coincidió que por esos meses se produjo una caída importante en la lectura en España de obras de no ficción, quizá por agotamiento, tal vez porque en un espacio de tiempo bastante breve se había ido publicando lo esencial y pertinente, o vaya usted a saber por qué caprichos de los lectores en lengua española.

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En realidad, por edad y aun cuando en su etapa en Tusquets (1999-2004) fue editor de no ficción, Miguel Aguilar no pudo de ningún modo vivir de primera mano ese verano al parecer tan trascendental, sino que, como ávido lector de libros sobre el mundo editorial, los datos que aportó proceden posiblemente de unas declaraciones de Beatriz de Moura (n. 1939) publicadas en el libro preparado por Juan Cruz Ruiz:

Creo que fue en julio de 1979: los editores nos fuimos de vacaciones como siempre, con las programaciones de unos dos años ya previstas y encaminadas. Por entonces, los lectores españoles consumían sobre y ante todo libros de no ficción. La narrativa, salvo algunas escasas excepciones, era considerada, con el habitual retintín, «cosa de mujeres». Así pues, una amplísima mayoría de editores de la época dedicados mayoritariamente al libro de no ficción, se encontró, al regresar de vacaciones –como quien dice, de la noche a la mañana–, con un futuro inmediato que para algunos fue catastrófico.

Desde su posición privilegiada de espectador del milieu, Sergio Vila-Sanjuán lo resumió retrospectivamente del siguiente modo, aceptando 1979 pero matizándolo, como la fecha clave:

Hacia 1979 había comenzado a caer en picado el libro político que tan buenos dividendos había generado durante los primeros años de la Transición [1975-1978]. Bajo el gobierno de Adolfo Suárez, exiliados y teóricos prohibidos ya habían sido redescubiertos hasta la saciedad y parecía claro que en España no iba a estallar la Revolución. Fuera por el famoso desencanto o por simple saturación, los editores especializados en este género le estaban viendo las orejas al lobo. Había que cambiar de rumbo.

Lo curioso es que dos editoriales de trayectorias paralelas como Anagrama y Tusquets, afectadas además ambas por la crisis que había sufrido la Distribuidora de Enlace, llevaran a cabo ese cambio de rumbo con mediante colecciones con ciertos rasgos comunes, en un momento en que Tusquets hacía poco tiempo que se había constituido en sociedad anónima con la implicación más intensa de Antonio López Lamadrid (1938-2009).

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Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Tusquets no tardó en detener el primer golpe y salvar la papeleta con la hasta hoy más prestigiosa y conocida colección española de literatura erótica, la Sonrisa Vertical, entre cuyos méritos no menores está haber dado a conocer a Almudena Grandes (n. 1960) con Las edades de Lulú, además de publicar a Georges Bataille, Frank Harris, Marguerite Duras y Mauricio Wácquez, entre otros cultivadores ocasionales o no del género. Sin embargo, en el mismo libro ya mencionado explica De Moura que, si bien había salido en otoño de 1976 (con El cipote de Archidona, de Cela), el proyecto de esta colección llevaba años gestándose: «La Sonrisa Vertical fue un proyecto que se había planteado ya en 1970, cuando presentamos en Madrid la novela de Cargenio Trías (Carlos y Eugenio Trías), Santa Ava de Abis Abeba» y atribuye la idea al director cinematográfico Luis García Berlanga (1921-2010).

A sugerencia de Antonio López Lamadrid, en cambio, se atribuye la decisión de iniciar la colección de narrativa que resituaría a Tusquets Editores, Andanzas, que arrancó con El valle del Issa (1981), de Czeslaw Milosz, que el año anterior había sido galardonado con el Nobel de Literatura, Sangre inocente, de la cultivadora del género policíaco P.D. James, Una princesa en Berlín, de Arthur R.G. Solmssen, célebre como el más claro antecedente del estilo John Grisham de combinar intriga y tramas judiciales, y Jardín de cemento, del muy británico  Ian McEwan, a quien Anagrama había dado a conocer en 1980 en la colección Contraseñas con el libro de relatos Primer amor, últimos ritos (Premio Sommerset Maugham 1976).

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Diversos ejemplares de la colección Andanzas de Tusquets.

La Anagrama de Jorge Herralde, por su parte, salió del bache también con velocidad de crucero gracias a la colección de ficción sobre todo traducida Panorama de narrativas, que en 1981, además de obras de Mircea Eliade, Thomas Bernhard, Joseph Roth y Jorge Rodolfo Wilcock ya publica dos títulos de Patricia Highsmith (A pleno sol y La máscara de Ripley) y al año siguiente publicará la explosiva novela de John Kennedy Toole (1937-1969) La conjura de los necios.

En 1980, tras su paso por Barral y Tusquets, la agente Mercedes Casanova, que acababa de montar empresa propia asociada a la también exBarral Michi Straufeld, andaba buscando algún editor español que se aviniera a dotar de coherencia a la publicación de las obras de Patricia Highsmith. Según contó a Vila-Sanjuán López Lamadrid, en Tusquets tuvieron que rechazar la propuesta inicial, consistente en contratar ocho títulos de golpe, y ofrecieron a cambio adquirir tres, pero fue Herralde quien, aceptando contratar cuatro de una tacada, consiguió incorporar a su catálogo la célebre serie del celebérrimo Tom Ripley y las diversas novelas de Highsmith que andaban dispersas en varias editoriales, con lo que la autora británica, que obtuvo enseguida una reacción inesperadamente buena de los lectores de entonces, se convirtió en uno de los puntales de aquella época anagramática. En 1983, es decir, en apenas dos años, se habían hecho ya cinco ediciones de A pleno sol (lo que sumaba 20.000 ejemplares) y de La máscara de Ripley, tres (13.000 ejemplares).

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Más azarosa todavía fue la contratación de otro de esos puntales, el libro póstumo de Toole, que despertó la atención de Herralde cuando se topó con él en uno de los lugares menos esperables, un catálogo de la Louisiana University Press (por lo general, poblado de títulos sobre ragtime, jazz e historia del Sur), donde el escritor Walker Percy (1916-1990) contaba cómo la madre del por entonces ya suicidado autor novel insistió una y otra vez en que leyera la copia en papel carbón de la obra de su hijo que le había dejado (texto, el de Percy, que luego se publicó como prólogo de la novela de Toole). No resultará extraño que el libro de Toole destacara en un catálogo semejante, pero es evidente también que una primera novela de un completo desconocido, que además llevaba ya un buen tiempo muerto (de hecho, su muerte se produjo el mismo año que la fundación de Anagrama), no tenía trazas de convertirse en un gran éxito.

Rafael Conte.

Aun cuando otra editorial española había solicitado opción sobre la obra, por aproximadamente mil dólares de la época, según recuerda el editor, Herralde se hizo con los derechos de esta novela, a la que en cuanto se publicó, en la primavera de 1982, con una tirada de 4.000 ejemplares, saludó el por entonces influyente crítico Rafael Conte (1935-2009) con un entusiasmo directamente heredero del de Percy, como ponen de manifiesto sus alusiones a santo Tomás de Aquino, Thomas Hardy y don Quijote como referentes, pero el caso es que dio un espaldarazo definitivo a una novela que ya se estaba convirtiendo en fenómeno gracias al boca a oreja, y que además en 1981 recibió el Premio Pulitzer.

Es evidente, pues, que el golpe de timón que ante el súbito y profundo declive del ensayo de tema político que dieron ambas editoriales, conocidas hasta entonces sobre todo por colecciones que apostaban sin fisuras por el género, salieron paradójicamente muy reforzadas, y en la década a punto de abrirse se convirtieron en referencia obligada en cuanto a novedades en el ámbito de la narrativa, tanto traducida como en español, hasta tal punto que tuvieron un papel fundamental en colecciones de quiosco de RBA muy populares en su momento, como es el caso de Narrativa Actual (con Alfaguara, Destino, Lumen, Planeta y Seix Barral, en 1992). De nuevo es Vila-Sanjuán quien arroja luz sobre la trascendencia de estas iniciativas en un periodo, el que va de 1975 1 1982, en que el panorama editorial español dio un vuelco (del cual algunas editoriales ya no se levantarían):

Los rebeldes de anteayer pasaban a formar parte, ¡más que eso!, pasaban a marcar las reglas del juego del espacio central, lo que los norteamericanos llaman el mainstream, de la cultura española de la era socialista.

Fuentes:

Virginia Bautista, «Una guerra individual contra el mundo de John Kennedy Toole», Excélsior, 7 de octubre de 2012.

MouraGustoLeerRafael Conte, «John Kennedy Toole, la víctima que triunfó», Babelia, 5 de septiembre de 1982.

Juan Cruz Ruiz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Alberto Gordo, «Cómo se publicó La conjura de los necios», El Cultural, 12 de julio de 2012.

Manuel Rodríguez Rivero, «Sillón de orejas – Codeándome con mis topos», Letras y Letanías, 3 de marzo de 2012.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

La editorial de Manuel Andújar en España

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Manuel Andújar.

La llegada de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994) a España en marzo de 1967, después de un largo exilio en México como consecuencia del resultado de la guerra civil española, va asociada casi siempre a su incorporación a Alianza Editorial, para la que, debido a sus contactos con un sinnúmero de escritores y críticos literarios era un mirlo blanco. Sin embargo, además de publicar sus propias obras en su país, el objetivo principal de Andújar cuando regresa a la Península es poner en pie una editorial, y de ahí que, en lugar de establecerse en Madrid donde tenía la sede Alianza, lo haga en Barcelona, ciudad que había conocido ya en la preguerra y durante la contienda. Prueba de su convencimiento de poder llevar a cabo el proyecto es que adquiere un piso en la calle Sardenya (153, 2º, 4ª izda.), donde se instala con su mujer e hija. En todo este proceso de traslados, cuenta además con la ayuda de un importante colaborador, el escultor y grafista catalán Josep Maria Giménez Botey (1911-1974), con quien había compartido exilio en México, donde ambos habían colaborado en el Fondo de Cultura Económica, quien desde 1964 volvía a residir en su tierra.

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Manuel Andújar.

Para crear lo que el propio Andújar describe como «una modesta editorial», contaba la colaboración de un personaje importante en el mundo del libro en Chile, Joaquín Almendros Jiménez (1904-¿?), periodista de origen leonés que había sido secretario militar del Partit Socialista Unificat de Catalunya y último comisario general en el Ejército del Este, quien había llegado a Chile a bordo del mítico Winnipeg. Almendros Jiménez había empezado en Santiago de Chile por crear la librería Mundi y, posteriormente, asociado a quien durante la guerra era teniente de infantería profesional y luego también pasajero del Winnipeg Aristeo Andrés Cercos, la Séneca (en Huérfanos 836), que contaba también con sala de exposiciones. Sin embargo, más importante sería su labor al frente de la Distribuidora General de Ediciones, de la editorial y distribuidora Orbe, que inicialmente fue también una librería santiaguina (en San Antonio 212), y su participación en la editorial Siluetas, así como, ya en los ochenta, la creación de una editorial con su propio nombre, con sedes en Santiago de Chile y Buenos Aires, en la que publicó a Alberto Glest Gana, Jorge Isaacs o María Quijada, junto a algunos libros de no ficción bastante peculiares sobre la isla de Pascua o la existencia de los ovnis.

Producto de su experiencia en el mundo editorial son el folleto El libro y la difusión cultural en México (1954), con todo el aspecto de ser una conferencia, acaso en alguna feria o congreso, y sobre todo El libro y el problema editorial en Chile, (Talleres Gráficos de Enc. Hispano Suiza, 1958), así que Andújar contaba con un socio muy sólido, en un trato mediante el cual Almendros actuaría de socio capitalista y Andújar, además de un sueldo por dirigirla, aportaría como socio su parte correspondiente de beneficios cuando éstos llegaran. Al poco tiempo de llegar Andújar, estaba ya estableciendo (o reanundando) contactos, estudiando diversas ofertas de impresores, etc., pero Almendros retrasaba una y otra vez su llegada a Barcelona, hasta el punto que en agosto le informó de la necesidad de posponer el proyecto.

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Manuel Andújar.

Andújar, agotadas sus reservas económicas, y aún pagando las letras de su piso en Barcelona, decidió entonces aceptar la propuesta de entrar en Alianza Editorial como jefe del departamento de promoción y propaganda, aunque eso le supusiera alquilar una nueva vivienda en Madrid. Es muy probable que ése fuera un momento muy decisivo en la trayectoria profesional de Andújar, para quien en aquel momento, y a sus cincuenta y cinco años, quizá hubiera sido más fácil considerar esos meses en Barcelona como poco más que unas vacaciones y regresar a México para reemprender su carrera. No hay duda de que la oferta le llegó en un momento idóneo. En cualquier caso, en octubre de 1967 Manuel Andújar se integra en Alianza, donde permanecería hasta un acuerdo de semijubilación que le obligaba a sólo dos mañanas en la editorial y a una notable disposición de tiempo.

Acerca del proyecto frustrado en asociación con Almendros, las gestiones que a finales de los sesenta llevó a cabo Andújar para poner en pie la colección Valira, en el seno de la editorial Aymà, cuyo propósito era reunir a lo que Marra-López consideraba en su hoy clásico Narrativa española fuera de España (1963) lo más granado de la narrativa del exilio (Rosa Chacel, Ramón J.Sender, Max Aub, Francisco Ayala, Segundo Serrano Poncela y el propio Andújar), podrían llevar a pensar que el objetivo era publicar en España a aquellos compañeros de exilio, a muchos de los cuales había publicado ya además en algunas de las revistas en las que había colaborado en México.

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Del epistolario del exilio de Andújar sólo se conservan las cartas publicadas por Finisterre en 1968.

Sin embargo, el epistolario de Andújar, que tan a fondo ha analizado Blas Medina Ávila, revela algunos títulos que estaban en estudio y que quizá pueden apuntar más bien a la introducción de literatura extranjera, sobre todo alemana pero también francesa, italiana y latinoamericana. Entre los ejemplares que Andújar se ve en la necesidad de devolver a sus autores cuando el proyecto se abandona por completo, se cuenta por ejemplo un libro apenas conocido, Proklamationen und Manifeste zur Weltgeschichte, de Margrit Henning, o Machado e Garcia Lorca, del prestigioso historiador y crítico literario Virgilio Titone (1905-1989), que en 1967 acababa de publicar la pequeña editorial napolitana Giannini. Ello permite aventurar, pese a la escasez de datos, que el ensayo de humanidades serían donde pondría sobre todo el foco este proyecto, hipótesis que se refuerza a la vista de las editoriales y librerías destinatarias de las devoluciones de originsles y ejemplares que Andújar había estado estudiando.

Sin embargo, el epistolario entre Manuel Andújar y el escritor peruano Arturo D. Hernández (1903-1970) permite asegurar que algún espacio tendría también la novela, pues al parecer había el compromiso verbal de publicarle en España su novela más conocida, Selva trágica (basada en hechos reales) que, publicada por Juan Mejía Baca & P.L. Villanueva en 1956, había obtenido el Premio Nacional Ricardo Palma, que la reconocía como la mejor novela peruana aparecida del año.

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Arrturo D. Hernández.

A la altura de septiembre de 1967, cuando el boom hispanoamericano ya estaba tomando velocidad y acababa de premiarse al colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) con el Nadal por  El buen salvaje (1966) y al mexicano Carlos Fuertes con el Biblioteca Breve por Cambio de piel (1967), no parecía inoportuna la novela de Arturo Hernández, quien, con sus novelas y relatos situados siempre en la Selva Baja del Perú, se inscribe en el movimiento conocido como regionalismo o indigenismo peruano, en el que suele encuadrarse también a Ciro Alegría (1909-1967), Francisco Ríos Izquierdo (1910-1981) y César Calvo Soriano (1940-2000). Al parecer, a Hernández le había surgido la posibilidad de publicar sus obras en “una conocida editorial mexicana” (que tal vez fuera el Fondo de Cultura Económica), pero era muy consciente de que en ese momento el lugar donde se cocía todo en el ámbito de las letras en lengua española era Barcelona, pero incluso una vez abandonada la idea de crear una editorial e incorporado Andújar a Alianza, el escritor peruano volvió a insistir en un intento de ser publicado en España. Aun así, llegaría antes la traducción al inglés (obra de Raymond A. Enstam para Quaestor Press en 2015) que la edición española.

Son muy escasos los datos disponibles para atisbar por dónde iría este proyecto que dirigía Andújar y que no llegó a ver la luz, pero si de algo deja constancia el epistolario aludido es de la intensísima actividad del autor malagueño, que en cuanto pone un pie en Barcelona ya está removiendo contactos, pensando en introducir obras jamás publicadas en España y tomándole el pulso a la vida cultural de la ciudad y a las posibilidades del país en este terreno. No está del todo claro por qué no cuajó el proyecto y Almendros siguió retrasando su viaje, si bien en el ínterin murió su padre y son años en que Orbe despliega una gran actividad. En cualquier caso, hay pruebas abrumadoras de hasta qué punto Andújar continuaría siempre siendo un valioso contacto para quienes, compañeros de exilio en los años precedentes, intentaron reincorporarse a la vida cultural española en el tardofranquismo y la transición. De hecho, se convirtió en el agente literario oficioso de muchos de ellos.

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Firma de Manuel Andújar.

Fuentes:

Diego Carcedo, Neruda y el barco de la esperanza: la historia del salvamento de miles de exiliados españoles de la guerra civil, Madrid, Temas de Hoy (Historia Viva), 2006.

Rafael Conte, «Andújar, todo el exilio», en Abc, Sevilla, 17 de agosto de 1994, p. 3.

Rafael Conte, «Nacimiento y muerte del exilio»

, capítulo 24 de El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998, pp. 242-249.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberomaericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo), 2006.

Fernando Larraz, «La “operación retorno” de la narrativa en el exilio en la prensa diaria del Franquismo (1966- 1975). Los casos de Abc, Informaciones y Pueblo», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, vol. 29 pp. 171-195.

Blas Medina Ávila, Manuel Andújar, su correspondencia, fe de vida y de obra, Facultad de Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2014.

Juan Carlos Ramírez F., «Juan Aldea, dueño de Feria Chilena del Libro: Las batallas del librero más antiguo de Chile», La Segunda, 23 enero de 2015.

 

Manuel Andújar, agente literario oficioso de Clemente Airó en España

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Manuel Andújar.

Si bien hay pocas dudas de que Clemente Airó (Clemente Arveras Oria, 1918- 1975) llegó a convertirse en uno de los principales adalides de la edición literaria en Colombia, no por ello se atenuó su intención de ver publicada su propia obra narrativa en el país que le vio nacer: Para ello contó además con la colaboración inestimable de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994), quien, a su regreso a España en 1967, gracias a los contactos que había ido estableciendo en sus empleos en el Fondo de Cultura Económica, en González Porto y en Alianza Editorial, se convirtió en un activísimo difusor de la obra de los escritores exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil española, ya fuera mediante su actividad como crítico literario, ya –sobre todo– aprovechando su posición de privilegio como bisagra entre los creadores exiliados y los editores del interior.

A finales de los años sesenta, Clemente Airó había ido publicando ya el grueso de su obra narrativa en Colombia, desde la inicial Yugo de niebla (1948) hasta Cinco… y siete. Cuentos de una misma historia (1967), pero era muy consciente de que en el ámbito hispánico esas ediciones en Espiral apenas tenían ninguna repercusión, más allá del elogio de algunos compañeros de exilio y del aprecio de algunos críticos importantes en el ámbito académico (como es el caso de Marra-López en Narrativa española fuera de España, 1963).

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Dibujo de Judith Márquez para el libro de Airó Cardos como flores (1955).

Antes de 1964 Airó había estado en tratos con Carlos Barral para la publicación de Yugo de niebla, pero no llegaron a buen puerto, según contó al crítico literario y poeta Joaquín Marco. El primer intento serio llevado a cabo por Andújar para dar a conocer en España la obra de Airó se produjo en el marco de su colaboración con Valira, la colección de la Editorial Andorra, para la que gestionó también los contactos con, por lo menos, Manuel Lamana, José Ramón Arana y Simón de Otaola. Aun cuando este primer intento fracasó, al parecer debido a las propias dificultades de la Editorial Andorra de Jaume Aymà, Andújar no se arredró y la de Airó –de la que siempre se destacada el arraigo a la realidad social colombiana, en comparación con la de otros exiliados republicanos españoles–, fue una de las que con mayor tesón defendió Andújar.

En una carta ampliamente citada por Blas Medina Ávila, Andújar expone de un modo muy claro qué respuesta hay que dar a la crucial pregunta que Francisco Ayala se había planteado en 1948 desde su exilio bonaerense: «Para quién escribimos nosotros». Escribe Andújar a su corresponsal bogotano:

Como es natural, me complace ponerme aquí a tu disposición para la novela La ciudad y el viento [Espiral, 1961]. Comprendo tu actitud, esos avatares, por inhibición, de la obra, tu legítimo deseo de que lectores y críticos la conozcan y valoren en España, aparte de la nueva repercusión que en Colombia y en otros países iberoamericanos alcanzaría… [26 de octubre de 1970].

Como no podía ser de otro modo, Andújar era muy consciente de que Barcelona se había convertido en una plataforma que daba patente de calidad –aun cuando en algunos casos efímera– a un buen número de escritores radicados o cuyo origen estaba en Hispanoamérica, y entre los colombianos, junto al caso de Gabriel García Márquez (1927-2014), destacaba el de Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) ganador del Premio Nadal con El buen salvaje (1966). También demuestra Andújar un muy buen conocimiento de las corrientes y tendencias editoriales al informar a Airó de que se marca como principales objetivos la colección El Puente, que desde Buenos Aires dirige el también exiliado Guillermo de Torre para Edhasa, la editorial Andorra (que venía dedicando amplio espacio a la literatura del exilio) y Helios (donde el propio Andújar publicaría en 1971 el libro de relatos Los lugares vacíos).

Sin embargo, la voluntad de Clemente Airó (como la de tantos otros exiliados, por otra parte) respondía a la intención más amplia de establecer puentes de comunicación entre las literaturas en lengua española –por ejemplo mediante la revista que dirigía en Bogotá, Espiral–, propósito ante el que detectaba un cierto desinterés por parte de los escritores del interior del que se quejaba ya en abril de 1964 en carta a Joaquín Marco: «La posición firme de Espiral es la unión de la geografía de nuestro idioma –por lo menos en literatura– para hacer frente al desprecio de otras lenguas», a lo que Marco apostilla: «Tenía razón Clemente Airó cuando se lamentaba del escaso interés por parte de los escritores españoles del interior de figurar en revistas o aventuras literarias. De hecho, no existían suficientes puentes».

Sin éxito en estas gestiones iniciales, Airó vuelve a la carga en enero de 1973, cuando en carta a Andújar insiste en la particular situación de los escritores exiliados (considerados extranjeros tanto en su país de origen como en su tierra de acogida):

Mi posición de exiliado empecinado no es la más indicada para que a uno le «pongan bolas» por estas latitudes. Uno está al final de la cola, y ese final rara vez tiene «chance». Tú muy bien sabes de esto, has sido compañero de exilio. Si se trata de una lista de novelistas para editar, pues yo por acá no entro o quedo de último por ser español. Y si se trata por allá, España, pues nadie me conoce. Hace falta tener muchos arrestos para seguir escribiendo, pero no desmayo, y algún que otro pequeño pellizco voy logrando. [carta a Andújar del 19 de enero de 1973]

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar.

Tres meses más tarde escribe de nuevo a su amigo para solicitarle que emprenda gestiones para la novela que acaba de concluir, La rueda del molino, de la que Andújar propone cambiar el título por el de Todo nunca es todo, y habla de ella al crítico y profesor Santos Sanz Villanueva y al director de la editorial Novelas y Cuentos Manuel Cerezales (1909-2005), pero le propone a Airó además que la presente a algún premio literario, y menciona específicamente el Premio Nadal.

Según el fallo de este certamen, en la convocatoria de 1973, con el título Todo nunca es todo, la obra de Clemente Airó pasó una primera criba (con un voto), pero ya entonces destacaron con cinco votos las novelas de José Antonio García Blázquez, Gabriel G. Badell y Aquilino Duque (ganó Blázquez con El rito y fue finalista Aquilino Duque con El mono azul).

La misma obra, con el título La rueda del molino, obtuvo una mención honorífica en la convocatoria de 1974 del Premio Puente Colgante (convocado por los ayuntamientos de Getxo y Portugalete y dotado con 250.000 pesetas), al igual que las obras presentadas por Antonio Petit Caro, Ricardo Laustalet y Juan Antonio Fernández Serrano, y se llevó el premio grande el crítico literario del periódico Unidad Santiago Aizarna con Los zamuros.

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Manuel Caballero Bonald.

Andújar recurrió también al consejo de la agente literaria Carmen Balcells, de la que fue cliente durante un breve tiempo, para intentar colocar esa novela de Airó en Seix Barral o en Plaza & Janés, pero también sin resultados tangibles. Del mismo modo, se la propuso a Francisco García Pavón (de Taurus), a Aymà, a Fernando Gutiérrez (por entonces en Noguer), a José Vergés (de Destino) y pareció encarrilar la publicación cuando consiguió que la leyera José Manuel Caballero Bonald, por entonces en Júcar, sobre quien le comunica:

Acabo de hablar con J. M. Caballero Bonald, que en breve te escribirá… Me complace adelantarte su concepto de que se trata de obra valiosa y digna (y que era justa la apreciación que yo le había dado), así como que piensa incluirla en su programa editorial para publicación, probablemente, a fines de este año o principios del próximo. Ya te lo concretará él. En consecuencia, queda invalidada cualquier otra presunta gestión. ¡Afortunadamente y con mis más cordiales felicitaciones! [carta a Clemente Airó, de 2 de abril de 1975].

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Firma de Manuel Andújar.

Tan avanzadas estaban las gestiones con Caballero Bonald, que, como recoge Fernando Larraz, cuando en enero de 1975 Airó viaja a España se anuncia en la prensa la próxima recuperación en España de La ciudad y el viento y la primera edición de Todo nunca es todo. Sin embargo, por un lado la salida ese año de Caballero Bonald de Júcar, y por otro y sobre todo la muerte de Airó en julio de 1975 acabaron por desbaratar el largamente ansiado contacto entre el autor y sus lectores. Aun así, tanto Andújar y Caballero Bonald como su viuda, Solita Bello, siguieron insistiendo sin descanso.

Finalmente, en 1982, Todo nunca es todo se publicó en Plaza & Janés; concretamente, sin embargo, en la sucursal de esta empresa en Bogotá y en la colección Narrativa colombiana, junto a Marco Tulio Aguilera Garramuño, Germán Arciniegas, Rodrigo Parra Sandoval, Plinio Apuleyo Mendoza…

Fuentes:

Fernando Larraz, «La “operación retorno” de la narrativa en el exilio en la prensa diaria del Franquismo (1966- 1975). Los casos de ABC, Informaciones y Pueblo», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, vol. 29, pp. 171-195.

Antonio Mancheño Ferreras, «Cartas siguen siendo cartas (un espigueo en la correspondencia de Manuel Andújar)», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939. Actas del Primer Congreso Internacional, Sant Cugat del Vallès, Cop d´Idees-Gexel, 1998, vol. I, pp. 504-515.

Joaquín Marco, «Entre España y América», en Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds, La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004, pp. 19-40.

Blas Medina Ávila, Manuel Andújar, su correspondencia, fe de vida y de obra, Facultad de Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2014.

Vintila Horia, mentor de Carmen Balcells

A raíz de la muerte de la superagente Carmen Balcells (1930-2015), se han escrito y dicho muchas cosas no rigurosamente ciertas o acaso un poco exageradas sobre la aparición en España de las primeras agencias literarias.

Gabriel García Márquez y Carmen Balcells.

En la década de los cincuenta nacen por lo menos tres agencias literarias importantes: International Editors, ACER (creada por Vintilia Horia) y, desgajada de ésta, ya a finales de la década, la encabezada por Carmen Balcells. Aun así, en los años cuarenta hay testimonio de las gestiones del también traductor y editor de origen húngaro Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967) como representante ante los editores españoles de diversos escritores europeos (sobre todo húngaros, franceses y suecos, con varios premiados con el Nobel entre ellos). En el Arxiu Nacional de Catalunya se conserva un epistolario que permite reconstruir algunos de los conflictos que tuvo Oliver Brachfeld en su labor de gestión de los derechos, en particular la de autores que, durante la guerra mundial, quedaron un tanto aislados del mundo editorial, como es el caso en particular de André Maurois.

Vintila Horia.

La trayectoria zigzagueante del rumano Vintila Horia (1915-1992) se inicia, tras su graduación en Derecho por la Universidad de Bucarest, como diplomático. Sus destinos como agregado cultural en las embajadas rumanas en Roma y Viena los aprovechó para cursar estudios de Filosofía y Letras en las universidades de Perugia y Viena, al tiempo que se iniciaba en el periodismo cultural en las páginas de Gandirea con artículos acerca de personajes tan diversos como Spengler o Cervantes. Cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras ejercía en esa última ciudad, la integración de su país al bando de los Aliados hizo que en agosto de 1944 las autoridades nazis lo arrestaran y, tras su paso por Karpacz, fue a recalar al campo de Mariapfarr, adonde también fue a parar otro ilustre rumano, el músico y director de orquesta Ionel Perlea (1900-1970), célebre sobre todo por haber seguido dirigiendo tras la pérdida de la movilidad del brazo derecho como consecuencia de un derrame cerebral en 1957.

Giovanni Papini (1881-1956).

Liberados por las tropas británicas en mayo de 1945, tanto Perlea como Horia se establecieron episódicamente en Italia, donde ambos hacen amistades importantes. En el caso de Perlea, el compositor Nino Rota (1911-1979), cuya fama ha quedado asociada a la música de películas como El gatopardo o El padrino; en el de Horia, el escritor Giovanni Papini (1881-1956), quien en 1937 ya había sido honrado con un puesto en la Real Academia de Italia y en 1942 se había convertido en vicepresidente de la Federación Europea de Escritores. Ni uno ni otro intelectual rumano tenían ninguna posibilidad de regresar a un país en proceso de “socvietización”, y en el caso concreto de Horia, pesaba sobre él una condena in absentia a “trabajos forzados de por vida” que naturalmente no estaba dispuesto a cumplir.

Así pues, se inicia un exilio que le llevará a un periplo cuya primera etapa fue Argentina, adonde llegó en 1948 y donde, tras una etapa como escribiente en un banco, impartió clases de lengua y literatura rumanas en la Universidad de Buenos Aires. Según sus propias declaraciones, fue a partir de 1952 cuando empezó a pensar en la que acabaría siendo, en francés, una de sus novelas más famosas, Dios ha nacido en el exilio (Destino, 1960), donde se sirve de la historia personal Ovidio para plantear el tema del desgarro interior de los refugiados.

Vintila Horia.

Sin haber publicado aún ningún libro, se embarcó en el Monte Udala con destino a España en 1953, inicialmente becado por el Instituto de Cultura Hispánica y luego con un puesto como profesor en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid (llegaría a ser catedrático de Literatura Universal en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares), al tiempo que empezaba una extensísima obra como colaborador en periódicos, a veces firmando como Juan Dacio (el argentino Bahía Blanca, el chileno El Mercurio, el francés Nouvelle Vie, el español El Alcázar…).

Rafael Gutiérrez Girardot.

Mediada la década, Horia entra en contacto con el núcleo fundador de la editorial Taurus, el editor de origen argentino Francisco Pérez González (1926) y el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005), y les convence de la necesidad de crear una agencia literaria, y a partir de ahí nace en 1956 A.C.E.R. (Argentina, Colombia, España, Rumanía), centrada en la representación de autores extranjeros y entre cuyos primeros y principales colaboradores se encuentran Miguel Sánchez López (procedente de Editora Nacional e implicado también en la fundación de Taurus y en su exitosa colección humorística El Club de la Sonrisa) y, como corresponsal en Barcelona, Carmen Balcells.

En el ámbito del ensayo, Horia se dio a conocer en la editorial Escélicer con la recopilación Presencia del mito (1956), pero su actividad se amplió a la traducción (sobre todo en la colección ya legendaria Ser y Tiempo, de Taurus) y a la dirección de una colección tan influyente en su época como Omega (de Ediciones Guadarrama), que en 1957 consiguió publicar los tres tomos de la mítica Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser (en traducción de Antonio Tovar y F. P. Varas-Reyes).

Sin embargo, decida trasladarse a París, cuando en 1960 (en plena Guerra Fría) se le concede a su novela Dios ha nacido en el exilio, el Premio Goncourt, galardón al que tuvo que renunciar debido a una intensa campaña encabezada por L´Humanité, que centraba sus críticas en unos poemas de juventud que consideraba antisemitas y en el hecho de haber participado en revistas de la extrema derecha rumana (como, por otra parte, también hicieran Ionesco, Mircea Eliade o Cioran, por poner tres ejemplos célebres). Al parecer, el agregado cultural de la embajada rumana fue quien, tras solicitarle una declaración de adhesión al régimen soviético de Rumanía –a lo que Horia se negó–, se ocupó de divulgar esas pretendidas pruebas de filofascismo, que algunos intelectuales franceses acogieron con entusiasmo.

Vintila Horia.

El hecho es que cuando Horia decide trasladar su residencia a París, inicia gestiones para vender la agencia. Carmen Balcells tuvo que renunciar a comprarla por no disponer de las 100.000 pesetas que pedía por ella, así que finalmente la agencia pasó inicialmente a manos del aristocrático coleccionista y agente francés Marcel Laignoux. Por su parte, Balcells aprovechó su aprendizaje y, con un enfoque distinto, centrado en la representación de autores en lengua española, se lanzó a la aventura de crear una agencia literaria que hoy es una institución histórica y un punto de referencia ineludible al hablar de agencias literarias.

Al cabo de cuatro años en París, Horia se reintegró a su labor académica e intelectual en España, y alternó en el francés y el español en su notable y variadísima producción literaria (Journal d´un paysan du Danube, La septième letre, Literatura y disidencia, Persecutez Boèce, Un sepulcro en el cielo…), además de fundar la revista cultural Futuro presente (41 números entre 1971 y 1978) en la que se publicaron artículos eruditos de Konrad Lorenz, García Durango, Marinetti, Alain de Benoist, etc. Y posteriormente aun contribuiría a la creación de otra revista, Punto y coma (1983-1989), de Isidro-Juan Palacios (vinculado al grupo neonazi CEDADE).

De izda. a dcha., Luis Bollarin, Aurelio Rauta, Vintila Horia, Alexandru Gregorian, Radu Enescu y Mihai Fotin Enescu, en 1983.

Vintila Horia murió víctima de un derrame cerebral en la casa que tenía en Collado Villalba en 1992, dejando tras de sí una extensísima producción literaria que abarca todos los géneros.

Fuentes:

Julia Escobar “Dragones y mazmorras. Algunas quisicosas”, en Silva de varia lección, 28 de mayo de 2000.

María González Rouco, “”Rusos” en la Argentina”, en monografías.com.

Elisa Martín Mayo, Los agentes literarios en España, ISSUU.

“Francisco Pérez González conversa con Federico Ibáñez”, en Felicidad Orquí, ed., Conversaciones con editores en primera persona, Madrid, Siruela, 2007, pp. 65-88.

Rodica Popa, “Vintila Horia y el escándalo del Premio Goncourt”, Radio Romania International, 8 de abril de 2014.

Marta Portal, “Sin palabras”, Abc, 5 de abril de 1992.

Santiago Rivas, “Vintila Horia o el pensamiento detrás de lo visible”, en Abril. Anotaciones de pensamiento y crtítica.

Pueden leerse algunos artículos de prensa escritos por Horia, aquí.

Los derechos de autor como campo de batalla

En el año 1833, Edgar Allan Poe (1809-1849) era conocido en el área de Filadelfia –por quienes le conocían– sobre todo como un fabuloso narrador, cuando resulta que por entonces sólo había publicado tres libros de poesía: Tamerlán y otros poemas (cincuenta copias autopublicadas en 1827), Al Aaraaf, Tamerlán y poemas menores (250 copias en Hatch & Dunning, 1829) y Poemas (publicados por Elam Bliss como “segunda edición” en 1831). Sus excelentes cuentos y relatos se habían ido dando a conocer hasta entonces sólo en las páginas del Philadelphia Saturday Courier, pero ese año 1833 se anunciaba en las páginas de Visiter la inminente publicación, mediante suscripción, del nonato El Club del Libro en Folio, un volumen compuesto de diecisiete textos breves, cada uno de ellos narrado por un miembro distinto del club al que alude el título.  Posteriormente ofreció ese mismo volumen a la veterana editorial de Nueva York Harper & Brothers, pero también sin suerte. Tal como relata en una sucinta pero excelente biografía Peter Ackroyd:

Los relatos eran, según sus propias palabras, “de un carácter extraño y generalmente fantasioso”, y lo que resultaba más significativo, estaban concebidos en buena parte como sátiras sobre una serie de estilos literarios, desde el sensacionalismo germánico de la Blackwook´s Magazine al estilo rápido y conciso tan en boga en la época. Poe caricaturizaba a escritores tan diversos como Walter Scott y Thomas Moore, Benjamin Disraeli y Washington  Irving.

Los hermanos Harper hacia 1860. De izquierda a derecha: Fletcher, James, John y Joseph.

Si este proyecto de Poe de consolidarse como escritor de literatura narrativa de primer orden mediante la publicación de una muestra en forma de libro quedó en agua de borrajas, fue debido a las reticencias de los editores, que no se decidieron a invertir en el proyecto aduciendo, de nuevo según Ackroyd, que por entonces no existía una legislación decente sobre derechos de autor y era práctica habitual en Estados Unidos distribuir libros europeos (y particularmente ingleses) sin pagar a autor ni editor ninguno. Por tanto, “pagar a un escritor nativo por algo que podía ser apropiado sin pagar ningún impuesto parecía a muchos editores un lujo innecesario”. Sin embargo, cabe decir que los cuentos escritos para ese proyecto sí acabaron publicándose.

También en la biografía de Charles Dickens el mismo Peter Ackroyd desarrolla más por extenso el problema que, en este caso para los escritores ingleses, suponía ese vacío legal que propiciaba la impunidad con que los editores (más bien “publicadores”) estadounidenses se lucraban con la obra ajena sin que los escritores llegaran ni siquiera a enterarse. Por su parte, quien entre 1991 y 2002 fuera el editor del justamente prestigioso Times Literary Supplement, sir Ferdinand Mount, trazó un interesante panorama de los conflictos que, sobre todo con la censura pero también con las asociaciones profesionales,  podían acuciar a un impresor en el Londres del siglo XVII en la poco conocida novela histórica La venganza del pornógrafo. Jeremiah Mount vs. Samuel Peppys.

Sin embargo, en lengua española hay que acudir al más reciente libro de David García Aistegui ¿Por qué Marx no habló de copyright? para obtener una visión panorámica de los avatares que en Inglaterra, Francia, España y Estados Unidos han afectado a los escritores y a sus derechos como tales. Si extraordinario es el interés histórico y documental de este estudio en lo que tiene de relato cronológico de la evolución de la legislación sobre derechos de autor, de su seminal relación (bastante estrecha) con la censura de libros, con las dificultades de los escritores para profesionalizarse, con las leyes de mercado o con las organizaciones gremiales y de gestión de derechos, resulta de mayor importancia si cabe su íntima relación con los problemas que en nuestros tiempos afectan tanto a los autores de literatura como a los escritores en general, que en apariencia tienen a su disposición enormes y atractivos recursos para prescindir de intermediarios entre ellos y sus potenciales lectores, así como para defender sus derechos (económicos, pero también morales).   Estructurada en un prefacio y tres partes (Orígenes, Desarrollo y Cultura libre), la obra de García Aristegui no se atiene sólo a los datos, a su exposición y análisis, sino que los interpreta a la luz de su contexto (histórico, social, político, legislativo, intelectual) y establece las relaciones adecuadas entre estos datos datos para trazar con ello una auténtica genealogía del tema (establece pues unos parentescos entre ideas no siempre evidentes a simple vista), desarrolla una completa historia de las ideas referentes a la materia que aborda. Se podrá considerar más adecuado y explicativo el subtítulo (La propiedad intelectual y sus revoluciones), que el título (¿más resultón?), y muy probablemente habrá traductores literarios que –no sin motivo– se irriten por el hecho de que apenas se tengan en cuenta sus derechos en tanto que autores en un libro de estas características –e incluso que, implícitamente, se les regatee tal condición de autores o creadores–, pero de lo que no hay duda es de que éste es uno de esos raros libros que hacen bueno el dicho de cuán convenientes es conocer la historia para aprender de ella (y no repetir errores), y que, además, constituye un libro cuya lectura en nuestros días es muy pertinente, tanto para autores como para agentes y editores. Y para todo aquel interesado en las ideas que han ido conformando la historia del libro tal como ha sido.

David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló del copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones, prólogo de César Rendueles e Igor Sádaba, Madrid, Enclave de Libros, 2014.

Puede leerse un fragmento del libro referido a “Los orígenes de las entidades de gestión” en el blog de David García Aristegui.

Otras fuentes:

Peter Ackroyd, Dickens. El observador solitario, traducción de Gregorio Cantera, Barcelona, Edhasa, 2010.

Peter Ackroyd, Poe. Una vida truncada, traducción de Bernardo Moreno Carrillo, Barcelona, Edhasa, 2009.

Ferdinand Mount, La venganza del pornógrafo. Jeremiah Mount vs. Samuel Peppys, traducción de Ana Herrera, Barcelona, Edhasa, 2002.

Edgar Allan Poe, Cuentos completos, traducción de Julio Cortázar y Gregorio Cantera, Barcelona, Edhasa, 2009.

Joaquín Maurín, el traductor y su sombra

Acerca de lo que David Paradela llamó “Todos los hombres de Janés”, es decir la pléyade de ilustradores, correctores y sobre todo traductores a los que el editor catalán auxilió encargándoles trabajos en lo más duro de la posguerra, siguen habiendo algunos de los que sabemos poco más que el nombre, pese a que es un tema que se explora y analiza en casi todos los libros y artículos que se han dedicado a Josep Janés, y sobre el que aparece también referencias dispersas en numerosos textos memorialísticos y autobiográficos.

J. Maurín.

En el rico espistolario entre quien fuera secretario general de la CNT y del POUM, Joaquín Maurín (1896-1973), y el escritor exiliado Ramón J. Sender (1901-1982) que editó Francisco Caudet, hay una anotación interesante en este sentido. Cuando en funciones de agente literario no oficial, Maurín estimulaba a Sender a intentar publicar su obra en España, le dice en dos cartas separadas por casi dos años:

Podría ver si algún editor con el que yo estuve en contacto en España –hacía traducciones– podría interesarse por algo suyo. Usted verá, y podría ser algo a explorar, sin que me atreva a prever los resultados. [Carta del 7 de septiembre de 1953]

Creo como tú –más que tú– que tus novelas en España se venderían –se venderán– muchísimo.

La primera proposición la haría al editor de Barcelona –José Janés– que edita el libro de Bertram D. Wolfe [Tres que hicieron una revolución, 1956, traducido por Manuel Bosch Barrett y Fernando Barangó Solís]. Es un antiguo amigo mío: me dio trabajo cuando salí de prisión. Espero que –si no hay “veto” político– acepte la propuesta que le haga. [Carta del 9 de junio de 1955]

Ramón J. Sender.

Esa amistad entre Janés y Maurín, que explica que el editor barcelonés estuviera en un tris de convertirse en el editor en España de la obra de Sender –si la censura no se hubiera interpuesto– hay que situarla en el año 1946, cuando, después de un periplo por cárceles españolas (ocultando su auténtica identidad para evitar males mayores), Maurín, condenado a treinta años por inducción a la rebelión, fue indultado y salió en libertad vigilada y con la obligatoriedad de residir en Madrid.

Fue la madre de otro militante del POUM que traducía para Janés ya en la cárcel (Víctor Alba) quien propuso a Maurín que se pusiera en contacto con el editor y aprovechara sus amplios conocimientos lingüísticos para ofrecerse como traductor.

Sherwood Anderson

Naturalmente, el nombre de Joaquín Maurín no figura en ningún libro publicado por Janés, pero hay un buen indicio para identificarlo, por lo menos, como el traductor de una obra del corresponsal de guerra e historiador Alan Moorehead (1910-1983), un conjunto de relatos del narrador escocés A.J. Cronin (1896-1981), una novela de Phyllis Bottome (1884-1963) y otra semiautobiográfica del maestro de la pieza breve Sherwood Anderson (1876-1941).

En una entrevista publicada originalmente en 1977, Luis Portela recordaba haber coincidido con Maurín en 1946 y, ante el ofrecimiento de ayuda económica del partido para paliar las evidentes estrecheces por las que pasaba, Maurín la rechazó alegando que iba defendiéndose a base de traducciones. Preguntado acerca de los títulos en los que podía estar trabajando, declara Portela: “Una de las cosas que tradujo fue un libro sobre el mariscal Montgomery, porque me habló justamente del tipo, del personaje. Otras cosas no sé”.

Inédita, 2009.

Para un conocedor de los catálogos janesianos esa referencia remite sin duda posible a la biografía de Alan Moorehead que publicó Janés en el año 1947 en la colección Los Libros de Nuestro Tiempo, que apareció firmada por un inexistente Mario G. Alcántara. Ese mismo título, Montgomery, fue mucho más recientemente publicado en la editorial Inédita (en traducción firmada, curiosamente, por “Mario G. Alcántara y Miquel Salarich“) en 2009.

Los otros tres libros existentes en los catálogos de Janés firmados por Mario G. Alcántara son: Señal de peligro (1947), de Phyllis Bottome, el libro de relatos Las aventuras de un maletín negro (1947), de A. J. Cronin, y la novela de Sherwood Anderson Tar (en el original inglés, con el subtítulo “A Midwest Childhood”), publicada ya en 1948.

Sobrecubierta de Joan Palet para Señal de peligro.

Por tanto, de entrada podemos añadir un nuevo pseudónimo a los que hasta ahora se le conocían a Maurín (Silivio Kosti, Máximo Uriarte, J.M. Julià, etc.).

Por otra parte, en carta a Manuel Sánchez fechada el 12 de marzo de 1947, escribe Maurín:

Recibí tu carta a su debido tiempo. Perdóname que te conteste con algún retraso. La verdad es que no me queda materialmente tiempo. El trabajo de traductor es absorbente. Lo hago por fuerza, porque no me queda otro remedio.

Teniendo en cuenta la extensión de las obras firmadas como Mario G. Alcántara, y si tan intensamente trabajaba Maurín en estas labores, cabe incluso la posibilidad (tampoco muy probable) de que sea también el autor de alguna otra traducción firmada con otro seudónimo o sin indicación del traductor.

Sin embargo, cuando finalmente ese año 1947 Maurín consigue salir de España y establecerse definitivamente en Nueva York, no cesa el contacto con Janés. Francisco Caudet reproduce un fragmento de una carta de Maurín a Janés, que fecha en enero de 1950, que pone de manifiesto la participación del entonces agente literario y periodista en el Premio Internacional de Novela que Janés había instituido (y que se caracterizó por premiar obras que luego eran censuradas e imposbles de publicar: Rabinad, González Ledesma, etc.):

Tal como le dije verbalmente, deseo que mi novela Los compañeros de prisión vaya al concurso organizado por usted llevando la firma Mario Tiznel. En caso de salir premiada, si por razones editoriales fuese más conveniente darla con mi nombre, podríamos estudiarlo.

Janés, 1947.

En 1999, el Instituto de Estudios Altoaragoneses recuperó dos obras narrativas de Maurín,¡Miau!: historia del gatito Miscelánea (narraciones escritas en la prisión de Jaca) y May: rapsodia infantil (escrita en las de Salamanca y Modelo de Barcelona), y en 2003 la exquisita colección Larumbe publicó Algol en edición preparada por Anabel Bonsón Aventín, pero se sabe además de otras obras narrativas escritas en esos años por Maurín, entre ellas: “Valentín”, el primer relato de En las prisiones de Franco (México, Costa-Amic, 1974, con prólogo de Germán Arciniegas), y Amor y comedia (manuscrito en la Biblioteca del  Bryn Mawr College).

Víctor Alba (1916-2003), correligionario y buen amigo de Maurín, con quien coincidió en la Modelo, dejó escrito en sus memorias acerca de uno de sus primeros encuentros en la prisión:

Un día Kim [Maurín] me dijo que estaba escribiendo un libro (en hojas de papel higiénico, para poder ocultarlo si era preciso). Pude leerlo unos años después (me encargué de sacarlo del país) y lo encontré acertado en muchos aspectos”.

Victor Alba

Víctor Alba no menciona ningún título, pero es posible que aluda a lo que entonces era Los compañeros de prisión y que acabaría publicándose en México como En las prisiones de Franco.

De ello puede deducirse que Maurín y Janés seguían en contacto ininterrumpido, y permite interpretar razonablemente el ofrecimiento que Maurín hizo de la obra narrativa de Sender precisamente a Janés como un modo de agradecer la ayuda que en su día el editor prestó al político recién excarcelado (y con muy pocas posibilidades de ganarse el sustento). Como tantas otras cosas, la censura impidió que ese bello gesto de Joaquín Maurín llegara a buen puerto. E incluso cabe atribuir a la censura el empleo del pseudónimo y, por consiguiente, que estemos tardando tanto en conocer la obra de quienes llevaron a cabo su labor en la España en tiempos de Franco.

Fuentes:

Víctor Alba (Pere Pagès i Elias), «Quan Janés donava feina a escriptors malvistos», Avui dels Llibres IV, 17 de septiembre de 1986, p. 18.

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. II. Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Carlos Bravo Suárez, “La faceta literaria de Joaquín Maurín“, en su blog personal el 23 de febrero de 2003, y previamente en el Diario de Alto Aragón.

Francisco Caudet, ed., Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín, Madrid, Ediciones de La Torre (Nuestro Mundo), 1995.

Ricardo Crespo, “Cambio ideológico y trascendencia: Sender en la American Literary Agency”, en José Domingo Dueñas Lorente, ed., Sender y su tiempo. Crónica de un siglo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp. 527-534.

Severino Delgado Cruz, “Dos obras nuevas de Joaquín Maurin escritas en el exilio sin salir de España”, en José María Balcells y José Antonio Pérez Bowie, eds., El exilio cultural de la Guerra Civil (1936-1939) (vol. VI de la serie 60 años después), Universidad de Salamanca-Universidad de León, 2001, pp. 295-322.

Pepe Gutiérrez Álvarez, “Joaquím Jorda: Recordando a Maurín en una entrevista con Luís Portela“, Kaos en la Red, 9 de julio de 2012.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, prólogo de Jordi Castellanos, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Albert Manent, “Josep Janés i Olivé, promotor cultural i poeta”, Serra d´Or, núm. 643-644 (julio-agosto de 2013), pp. 34-35.

Josep Mengual Català, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate (Biografías), 2013.

David Paradela, “Todos los hombres de Janés“, Malapartiana, 18 de junio de 2013

José Ramón López, “Joaquín Maurín”, en Diccionario biobibliográfico de los escritores del exilio republicano de 1939.

Rius VilaRius i Vila, Joan, El meu Josep Janés i Olivé, prólogo de Manuel Cruells, L´Hospitalet de Llobregat, Ajuntament de L´Hospitalet de Llobregat, 1976.

Joaquín Roy, ALA- Periodismo y Literatura, Madrid, Hijos de E. Minuesa S.L., 1985.

s.f., “Asuntos laborales nada “inéditos”“, Adenda&Corrigenda, ¿febrero de 2009?

Joaquín Maurín, agente literario de Ramón J. Sender

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

Como ya es sabido, la obra pseudoautobiográfica de Ramón J. Sender (1901-1982) Crónica del Alba se compone de nueve libros publicados a lo largo de más de veinte años, pero el material narrativo del que se sirvió para escribirlos había ido apareciendo parcialmente en obras como El verdugo afable (Santiago de Chile, Nascimiento, 1951), Los héroes (San Juan de Puerto Rico, Between Worlds, 1960) y Cabrerizas Altas (México, Editores Mexcianos Unidos, 1965), entre otras. La secuencia en que aparecieron los títulos que forman esta gran obra fue la siguiente:

  • 1942 Crónica del Alba (México, Nuevo Mundo)
  • 1954 Hipogrifo violento (México, Aquelarre)
  • 1957 La Quinta Julieta (México, revista Panoramas y Editorial Costa-Amic)
  • 1960 El mancebo y los héroes (México, Atenea)
  • 1963 Con el título Crónica del Alba, Las Americas Publishing Co. de Nueva York publica un primer tomo con los tres primeros libros y un segundo con El mancebo y los héroes y los nuevos La onza de oro y Los niveles del existir.
  • 1965: Aparecen en Delos-Aymà, bajo el título general Crónica del Alba dos volúmenes correspondientes a los publicados por Las Americas. Gana el Premio Ciudad de Barcelona 1966.
  • 1966: Delos-Aymà añade un tercer volumen con Los términos del presagio, La orilla donde los locos sonríen y La vida comienza ahora.

Cuando en octubre de 1953 Sender reanuda el proyecto iniciado en 1942, ya había tomado como agente para sus ensayos a Joaquín Maurín Julià (1896-1973), quien le animó a intentar publicar en España una obra que inicialmente, por su nulo contenido político, no era susceptible de chocar con las prohibiciones de la censura franquista. La interesantísima correspondencia entre Sender y Joaquín Maurín, editada y anotada por Francisco Caudet en 1995 y publicada por Ediciones de la Torre y el Instituto de Estudios Altoargoneses, permite ver cómo se gestó ese proyecto y el papel que en su forma definitiva tuvo Joaquín Maurín, quien en calidad de agente literario (en American Literary Agency) gestionaba los derechos de los artículos periodísticos de Sender, así como los de Miguel Ángel Asturias, Alfonso Reyes y Ramón Gómez de la Serna, entre otros.

El que fuera secretario general de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) entre 1921 y 1922, y posteriormente secretario general del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) entre 1935 y 1936 y diputado a Cortes por Barcelona entre febrero de 1936 y febrero de 1939, había llegado a Nueva York tras unas muy novelescas peripecias que le habían llevado, incluso de incógnito, por diversas cárceles franquistas.

Para evitar que lo expulsaran de Estados Unidos y poder crear una empresa (pues había entrado como turista), el por entonces presidente de Costa Rica, José Figueres (1906-1990), nombró a Maurín asesor de su país en la ONU. Por falta de recursos, Maurín estableció en 1948 su oficina en su apartamento frente al río Hudson. Lo gracioso es que pronto figuraron dos trabajadores en la empresa: Joaquín Maurín, como representante del director, y J.M. Julià (burdo seudónimo) como director. La idea rectora de esta agencia creada por Maurín era extender y generalizar entre los periódicos de habla hispana la costumbre en los periódicos europeos y estadounidenses de contar con artículos de fondo firmados por autores de prestigio. A los autores, por su parte, eso les permitiría unos ingresos adicionales y una mayor visibilidad en países donde su obra tenía escasa presencia o eran poco conocidos. Los primeros clientes de ALA fueron Maurín, Anderson (seudónimo de Maurín), Roy (seudónimo de Maurín), Mayo (seudónimo de Maurín) y el escritor colombiano Germán Arciniegas (1900-1999), a los que más adelante se fueron añadiendo, además de los ya mencionados, autores como Salvador de Madariaga, José Vasconcelos, Alejandro Casona,Víctor Alba, Pablo Neruda…

Joaquín Maurín

Inicialmente se ocupaba sólo de los derechos de artículos para prensa, pero no fue así en el caso de Sender. Resulta por tanto un poco sorprendente lo que escribe el escritor aragonés en carta a su agente del 26 de febrero de 1958:

Yo creo que no necesito agentes. La parte comercial de mi pequeña carrera nunca me ha proporcionado mucho. Algunos años me ha dado bastante dinero (para mis costumbres), otros poco. Pero no me siento capaz de atender la cosa como un negocio.

Aun así, en los años precedentes, Maurín había actuado “de hecho” como agente literario de Sender. Las intervenciones del agente en la publicación de libros de Sender fueron en realidad fruto de la amistad que fue surgiendo entre ellos, como lo demuestra el hecho de que, cuando se le ofreció, el agente rechazara un porcentaje por los derechos de las Novelas ejemplares de Cibola si conseguía colocarlas: “De lo de la comisión –escribe Maurín a Sender en octubre de 1953–, ni hablar. Se ha empeñado usted en hacerme comisionista y no quiero serlo de los amigos”.

Las Américas Publishing Co., 1961.

En agosto de 1953 Sender había intentado sin éxito que la argentina Editorial Sudamericana le publicara ese magnífico libro de relatos, y atribuía las dificultades con que se encontraba a la intervención del escritor español Guillermo de Torre (1900-1971), ante lo cual Joaquín Maurín le ofreció intermediar personalmente, puesto que mantenía una cierta amistad con uno de los accionistas de esta empresa. Posteriormente, en abril de 1954, intervendría también en el intento de colocar el libro en editorial chilena Zig-Zag. Al parecer, estas gestiones no tuvieron el éxito deseado, pues el libro no apareció hasta 1961 en las estadounidenses Las Americas Publishing. Si embargo, desde el primer momento, Maurín le planteó a Sender una posibilidad que el escritor aragonés no podía dejar escapar de ninguna manera:

A propósito: ¿Usted no ha pensado en la posibilidad de editar en España? Quizá la pregunta le sorprenda. A mi modo de ver, espiritualmente habría que ir entrando en España para ponerse en contacto con lo bueno de España, que es la mayoría… [carta del 7 de septiembre de 1953)]

Ramón J. Sender.

Aunque, ciertamente, a Sender pudiera sorprenderle la propuesta de intenar que la Censura framquista permitiera publicar en España la obra de un escritor exiliado como él, pocos meses después Maurín vio enseguida claro que el gran libro pseudoautobiográfico era la oportunidad idónea para intentar reintroducir a Sender en el ámbito editorial español. Sender le escribió a su agente acerca de sus planes el 7 de junio de 1955:

He pensado que mejor que escribir la novela histórica [Bizancio] por ahora, será escribir el tercer tomito de la serie que comencé con Crónica del Alba y con Hipogrifo violento. Creo que los tres volúmenes (el tercero se titulará La Quinta Julieta) podrías ofrecerlos con mi nombre (es decir, sin seudónimo) a alguien en España cuando llegue el momento. Como en esos libros no hay nada político, tal vez no tendrán inconveniente. Y los tres juntos en un solo volumen con el título general Crónica del Alba se venderían en España muchísimo.

El epistolario está lleno de pasajes en que vemos a Maurín informando a Sender acerca de circunstancias del mundo editorial español que Sender desconoce, dándole consejos referidos a su carrera literaria, y pidiéndole en consecuencia comprensión y paciencia, aclarándole las muchas dificultades a que se enfrentan los editores en España y subrayando la importancia de lograr que se publique algo suyo en España, lo cual puede abrir la puerta a otros libros. La respuesta a la última carta citada fue inmediata:

Creo que haces bien decidiéndote a editar en España. Los editores no son Franco y la Falange, sino empresas comerciales, la mayor parte de ellas –o ellos– adversarios de Franco y la Falange. Además, la industria editorial española ha vuelto a reconquistar el mercado de Hispanoamérica. Sólo editando en España se puede tener una difusión general en toda Hispanoamérica. Las editoriales de México, Buenos Aires y Chile han quedado rezagadas y ahogadas en su estrechez.

Me dispongo, pues, a buscarte editor para tus novelas. [carta del 9 de junio de 1955]

Ramón J. Sender.

Las gestiones fueron largas, llenas de tropiezos y dificultades, por razones sobre todo de censura, que era especialmente dura con los autores exiliados, lo que provocó periódicos momentos de desilusión del escritor y frecuentes palabras de aliento y estímulo del agente, quien concedía una enorme importancia al éxito de esa misión. Incluso intervino Maurín haciendo propuestas y sugerencias para conseguir salvar las previsibles objeciones de la censura al prólogo, que de haber sido aceptadas por el escritor hubieran ayudado además a clarificar la estructura de la obra:

Puesto que la novela va a tener tres partes y el título de la primera será Crónica del Alba, el de la segunda Hipogrifo violento y el de la tercera La Quinta Julieta, creo que debieras dar al todo un nuevo título.

A mi modo de ver, seria un error estratégico querer publicar el prólogo [de Lluis Capdevila], que se refiere, aunque indirectamente, a la guerra civil española. La presencia del prólogo puede matar la publicación sin más, por parte de la censura.

Si das a la novela un título general y pones como subtítulo Memorias de José Garcés, el prólogo ya no es necesario.

Tú verás. [carta del 15 de julio de 1955]

Joaquín Maurín.

Maurín era muy consciente, y acertaba de pleno, de cuán importante podía ser que Sender consiguiera publicar en alguna editorial española, y buscó los resquicios que podían facilitarlo sin perder la esperanza y buscando argumentos para convencer además a Sender de que Crónica del Alba era la obra idónea con la que hacerlo (como así se demostró, aunque años más tarde). A finales de enero de 1956, por ejemplo, Maurín seguía pidiendo paciencia y exponía cuál era la situación en España de los editores que seguían bregando con la situación económica y cultural impuesta por el franquismo:

Tú no sabes las dificultades en que se mueven los editores españoles: censura, papel, crédito, mercado de América, derechos de autor, etc. En principio, la mayor parte de los editores son anti-régimen, pero no son contra-régimen, lo cual es muy distinto.

Una imagen muy acertada de cómo, desde el exilio, se juzgaba el mundo editorial en España.

La edición, en tres volúmenes (y muy probablemente versión censurada), en Alianza.

La edición completa en Alianza. Muy sutil la alusión a la bandera republicana (rojo, amarillo, morado). La imagen se amplía al clicar en ella.

 Fuentes:

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. II Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990.

Francisco Caudet, “Sender en Albuquerque: la soledad de un corredor de fondo”, en Juan Carlos Ara Torralba y Fermín Gil Encabo, eds., El lugar de Sender, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1995, pp. 141-159.

Francisco Caudet, ed., Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín, Madrid, Ediciones de La Torre (Nuestro Mundo), 1995.

Ricardo Crespo, “Cambio ideológico y trascendencia: Sender en la American Literary Agency, en José Domingo Dueñas Lorente, ed., Sender y su tiempo. Crónica de un siglo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001pp. 527-534.

Luis Antonio Esteve, “El destino de Pepe Garcés y Ramón J. Sender en la Crónica de 1942”, en ibídem, pp.237-248.

Joaquín Roy, ALA- Periodismo y Literatura, Madrid, Hijos de E. Minuesa S.L., 1985.

Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma (Voces clásicas 14), 2002.

Guillermo Schavelzon. Casi cincuenta años de edición en lengua española

Guillermo Schavelzon, fotografiado por Daniel Mordzinski.

Guillermo Schavelzon, fotografiado por Daniel Mordzinski.

Pocas presentaciones necesita Guillermo Schavelzon, testigo privilegiado de los últimos años de la edición en lengua española y de su evolución, en la que ha desempeñado además un papel muy destacado y ha vivido desde primera fila algunos acontecimientos importantes, tanto en Argentina como en México y España.

Si no me equivoco, entraste en contacto con el mundo editorial –después de pasar por la escuela de Cine de la Universidad de La Plata– a través de la editorial de Jorge Álvarez, que en su momento suponía una novedad respecto a lo que venía haciéndose en Argentina, ¿no? Conocerás su libro de memorias (publicado por Libros del Zorzal), pero la imagen que en la distancia transmite ese proyecto de Jorge Álvarez es la de una empresa dominada un poco por el azar, sin un plan a largo plazo, que sin embargo acertó a descubrir algunos autores importantes (Copi, Rodolfo Walsh, Piglia, Manuel Puig o Juan José Saer) y que surgió en el momento oportuno pero cuando el llamado boom de la narrativa hispanoamericana ya estaba gestándose.

Jorge Álvarez

Así es. Jorge Álvarez fue un hombre muy audaz con una gran intuición, percibió que algo tenía que cambiar en un país con muchos escritores y lectores, donde sólo estaban las editoriales tradicionales (Losada, Emecé, Sudamericana) que hacían una edición que estaba quedando anticuada. En esos años comienza a publicarse el primer magazine semanal estilo Newsweek, llamado Primera Plana. Lo fundó un periodista mítico y genial, Jacobo Timerman, y el jefe de redacción era un periodista y joven escritor también genial, Tomás Eloy Martínez. Primera Plana marcaba todas las tendencias culturales, y por primera vez en el sigo xx dio portada a escritores: así fue lanzado Cien años de soledad, de García Márquez, y Paradiso, de Lezama Lima, dos autores apenas conocidos que se convirtieron en lo que hoy son. Es cierto que no había un proyecto coherente ni podía haberlo, los años setenta eran convulsos y así fue la editorial. Álvarez supo rodearse de gente de muchísima capacidad creativa, entre ellos Rogelio García Lupo, el primer periodista de investigación en Argentina, que comenzó a acercar ideas, Alberto Ciria, un cientista político que terminó de catedrático en Canadá, Pirí Lugones, una relaciones públicas y asesora literaria de primer nivel, Chiquita Constenla, otra intuitiva que inventaba éxitos, Ricardo Piglia, un joven escritor de veinte años que había llegado a Buenos Aires buscando trabajo, y algunos otros.  La editorial era ante todo una librería, centro de reunión de la izquierda progresista y una elite de la derecha más culta, debido a que estaba en la zona de los Tribunales de Buenos Aires. También fue el primero en publicar libros de humor ilustrado, Mafalda, el Manual del Gorila (en referencia a los antiperonistas furibundos) de Carlos del Peral, y narradores que andaban perdidos porque sus propuestas no parecían comerciales: Manuel Puig, Germán Rozenmacher (cuya muerte prematura cortó su prometedora carrera), Juan José Saer, Rodolfo Walsh y muchos otros.

Las memorias de Jorge Álvarez, de reciente publicación, son caóticas como era él, muy acotadas; yo mismo podría agregarle otro tanto con mis propios recuerdos, que él olvida. Este es un tema de discusión permanente que tengo con autores de la agencia, a quienes digo que no se puede dejar las memorias para después de los 80, cuando la memoria flaquea demasiado.

Realmente, ¿la editorial suponía un proyecto rompedor con el panorama editorial argentino de esos años? Jorge Álvarez ha dicho en alguna ocasión que trabajaba más “a la americana” en lugar de hacerlo “a la europea” como hacían Emecé, Sudamericana o Losada, pero eso no queda muy bien explicado y parece aludir a los fundadores de esas editoriales (Mariano Medina del Río y Álvaro de las Casa, Antonio López Llausàs y Gonzalo Losada, respectivamente). ¿En qué sentido se distinguía del modo de hacer “europeo”?

No me parece. Los estadounidenses son muy planificadores, Jorge Álvarez era puro impulso, una editorial que crecía sin orden, sin presupuestos, sin posibilidades ni planificación financiera, pagando mal a los proveedores y casi nunca a los autores, siempre al borde de la quiebra, como finalmente terminó.

Jorge Álvarez

En ese contexto, uno de los recuerdos importantes de tus inicios me parece el referido al encuentro en enero de 1966, en México, con Gabriel García Márquez, que contaste en 2001 en Lateral con motivo de la publicación de “La odisea literaria de un manuscrito”. ¿Puedes resumir ese encuentro, u otros que para ti fueran indicativos del llamado boom?

Jorge Álvarez fue el primer editor de Vargas Llosa (Los Jefes) y casi de García Márquez (Los funerales de la mamá grande, que no se llegó a publicar). Me tocó a mí, en un viaje a Lima y México, contactarlos y contratarlos, pero el verdadero mérito fue de Ángel Rama, el crítico literario del semanario uruguayo Marcha, que nos dio los datos: “vean a estos chicos, están haciendo cosas interesantes”. Me sorprende qué olvidado está Rama, a quien se debe una parte fundamental del boom, y las editoriales Arca (Montevideo) y la Biblioteca Ayacucho (Caracas).

Siempre de izquierda a derecha: Sentados: Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa; de pie: el músico Jorge Aravena Llanca, Roger Caillois y Ángel Rama.

¿Cómo se gesta Galerna, que creo que inicialmente era sólo una librería en la calle Tucumán y que hoy reúne editorial, distribuidora y librerías? ¿Puedes trazar un poco su historia e importancia y definir el papel de Ángel Rama en esos inicios?

Los jefes en la edición de Jorge Álvarez.

Mi convivencia con Jorge Álvarez, aunque yo apenas tenía veinte años, era muy difícil, al final insoportable. Una vez viajó a España por dos meses, en los que yo organicé con mi ignorancia la editorial, contraté un asesor que nos enseñó a hacer un presupuesto, planificamos, descubrimos que ganábamos dinero pero nunca sabíamos dónde estaba; tuve el apoyo del equipo interno de base: Juan José (Chungo) Lecuona (encargado de la librería, es decir de generar la caja diaria), Jorge M. López (encargado de la exportación, que era mucha), Yaco Capeluto (“el contador”, quien llevaba la administración). El regreso de Álvarez era esperado porque tenía que traer cientos de miles de pesetas que había ido a cobrar a España. Llegó, pero el dinero ¡se lo había gastado todo! Vino con maletas repletas de regalos, cortes de tejido para la madre (su gran debilidad) y cosas para todos nosotros. Pero ni una peseta. En dos semanas desbarató lo organizado, era algo más fuerte que él. Yo para entonces tenía un porcentaje de la sociedad y decidí irme: Jorge me compró esa parte con una enorme cantidad de letras, con las que decidí abrir Galerna. Comencé con una editorial,  luego fue una pequeña librería, y cuando crecí me asocié con un “hombre de números”, Julio Martín Alonso, que había sido director de la sede local de Planeta. Vino el golpe militar de 1976, fui amenazado, me pusieron una bomba, tuve que exiliarme en dos días y me marché a México.

Alberto Manguel

Otro encuentro importante o cuanto menos curioso me parece el que tuviste con Alberto Manguel, que se produce en la época en que éste acudía a casa de Borges a leerle, ¿no es así? El hecho de que hoy seas su agente literario hace suponer que hay una cierta sintonía y que quizá compartís una visión acerca de la industria editorial o del mundo del libro.

Manguel llegó siendo un chico de dieciocho, lleno de ideas, amigo cercano de Enrique Lynch, cuya madre Marta era una escritora muy exitosa. Propuso cosas, y publicamos muchos libros, Alberto era inmensamente culto y políglota. Al poco tiempo Alberto entendió que eso no era para él, ¡y qué razón tuvo! Ya no volvió nunca a la Argentina, por eso es lo que es hoy.  Llevamos más de cuarenta años de amistad y trabajo conjunto.

La revista Los libros. Un mes de publicaciones en Argentina y el mundo (1969-1976), de la que fuiste colaborador y en la que apareció también Ricardo Piglia, parece un poco en consonancia con la estética de Jorge Álvarez y con el auge del estructuralismo francés. El hecho de que la Biblioetca Nacional hiciera una edición facsimilar en cuatro tomos es indicativa de su importancia e interés. ¿Te parece significativa de un momento cultural en Argentina, o por lo menos en Buenos Aires?

Los Libros fue una idea que trajo un intelectual argentino de los más serios que regresaba de vivir muchos años en París, el semiólogo Héctor (Toto) Schmucler. Traía lo mejor del estructuralismo, lleno de ideas. Diseñamos la revista, de la que yo fui el editor, Toto el único creador y director. Luego se incorporó Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo…, fue cambiando con las polémicas de la izquierda argentina que miraba siempre a la francesa. El momento en toda la Argentina era excepcional, no sólo en Buenos Aires. En Córdoba José María (Pancho) Aricó publicaba los Cuadernos de Pasado y Presente, una revista modélica de línea marxista gramsciana, y luego una editorial. Pancho, que también se exilió en México, fue la parte oculta de Siglo XXI México, la editorial más importante de los años setenta y ochenta, fundada por Arnaldo Orfila Reynal, cuando fue despedido por cuestiones políticas de la dirección del Fondo de Cultura Económica. Orfila es otro personaje que no hay que olvidar: argentino emigrado a México a raíz de la Reforma Universitaria en 1921, fue “fichado” por el fundador del Fondo, Daniel Cossío Villegas, que reunió para hacer la editorial y el centro de estudios El Colegio de México a todo el exilio republicano español.  Fue también el fundador de EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), todo un período muy excepcional.

De izquierda a derecha Homero Aridjis, Fernando del Paso, Arnaldo Orfila Reynal y Alí Chumacero.

El vínculo entre Los libros, inicialmente dirigida por Héctor Schmucler, y Galerna se deshace hacia 1971, momento que coincide con el cambio se subtítulo a “Para una crítica política de la cultura”. ¿Había una coincidencia más allá de la relación comercial, ya sea de amistades, estética, ideológica o de propósitos e inquietudes culturales?

Toto Schmucler

La discusión y el enfrentamiento ideológico de esos años lo marcaba todo, y Galerna no podía cubrir el déficit económico que siempre tuvo Los Libros. Los desacuerdos entre Toto Schmucler, Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia y otros no los conozco como para contarlos con el respeto que merecería.

Has vivido contextos sociales y políticos muy diversos, en Argentina, en México y en España, pero ¿podrías contar un poco el caso de Los vengadores de la Patagonia trágica (o La Patagonia rebelde) de Osvaldo Bayer y sus consecuencias? En España la publicó en 2009 Txalaparta, pero me parece un texto y una historia muy poco divulgados, y que cuando se dio a conocer en Argentina tuvo una enorme repercusión. Y que además te afectó de un modo personal.

Edición del primer tomo en Galerna.

Un día aparece un historiador y periodista con el manuscrito de Los vengadores, era Osvaldo Bayer. Lo publiqué y fue un éxito excepcional. Dos directores de cine bastante comerciales aunque inquietos la llevaron al cine. La venta explotaba, los cines tenían colas interminables. En 1976 Bayer tuvo que escapar a Alemania, llegó al aeropuerto escondido en el maletero del coche oficial del embajador de Alemania, en un momento en que los militares detenían el tránsito para revisar los coches y la gente desaparecía sin dejar rastros. Yo me fui una semana después. Alcanzamos a publicar tres de las cuatro partes que constituían la obra de Bayer, el cuarto tomo salió en Alemania, publicado en castellano por Klaus Dieter Vervuert.

En México, donde pasarías más de diez años, ¿fue como director editorial de Nueva Imagen tu primer trabajo? Cuando el boom se internacionaliza, tú ya habías estado en contacto profundo con el mundo editorial de dos de sus capitales principales, Buenos Aires y México. ¿Qué contexto editorial te encuentras cuando llegas a México y a qué transformaciones asistes en ese ámbito editorial?

Sealtiel Alatriste

Nueva Imagen fue mi primer proyecto, con un socio mexicano que aceptó el desafío, Sealtiel Alatriste. México para mí representó la internacionalización de mi mirada editorial, viajaba mucho y aprendía más. Curiosamente, nuestros mayores éxitos fueron Mafalda y la obra de Mario Benedetti y de Julio Cortázar.

¿Era perceptible aún entonces la impronta de los intelectuales exiliados a raíz de la guerra civil española? Me refiero por ejemplo a casos como Joaquín Mortiz, Era o incluso el Fondo de Cultura Económica.

Los exiliados españoles, más los chilenos y al final los argentinos eran una presencia importante en México. Toda la industria editorial se modernizó con la llegada de los republicanos a la edición y a la enseñanza. Joaquín Mortíz era una editorial excepcional, y el socio local de Seix Barral cuando la censura todavía era durísima en España.  ERA fue otro caso, fundada por tres exiliados: Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín. Las tres iniciales de ERA. Neus era la editora, el pintor Vicente Rojo el diseñador (fue la editorial más moderna de América), y Azorín el industrial, habían montado la Imprenta Madero, la más moderna de México, la que hizo escuela. Sesenta años después ERA todavía vive de ese período de gloria. Joaquín Díez Canedo, fundador de Mortiz, había trabajado en el Fondo de Cultura hasta que éste se transformó en una empresa propiedad del Estado, es decir de duración “sexenal”, como los gobiernos. Pese a ser una empresa del Estado mexicano, hoy es la única multinacional del libro totalmente latinoamericana y plenamente activa, con sucursales en todo América y España.

Neus Espresate y Vicente Rojo en las oficinas de ERA.

Pareces ser muy sensible al asociacionismo, al trabajo colaborativo, y quizás en ese ámbito el caso más llamativo o conocido sea el de Cepromex, el Centro de Promoción del Libro Méxicano (organismo de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana). ¿De qué necesidades surge ese proyecto y qué balance puede hacerse de su trabajo?

Había una gran necesidad de exportar los libros que se hacían en México, así que propuse a la Cámara del libro crear un “organismo” (figura extraña) que se dedicara a eso. Lo dotaron de un presupuesto generoso y me nombraron director. Así fue que iba a todas las ferias del mundo promoviendo los libros mexicanos, y el personal de las embajadas locales se sorprendía al ver a un argentino al frente de eso, pero todos daban su apoyo. Es curioso, dicen que México es un país muy nacionalista…, no me imagino algo así en Catalunya, por ejemplo.

Tu llegada a España coincide más o menos con la “movida madrileña”, de la que surgirán figuras como Pedro Almodóvar, y es el momento en que, a través sobre todo de editoriales como Anagrama Tusquets, Seix Barral o la propia Alfaguara, se están asentando una serie de nuevos novelistas españoles que empiezan a ser leídos en todo el mundo (Muñoz Molina, Julio Llamazares, Juan José Millás, Javier Marías…). ¿Advertiste una cierta convivencia armónica entre las grandes editoriales y las llamadas independientes? Aunque lo conocieras desde la distancia, ¿qué te sorprendió de la edición española?

Yo tenía mucha relación con España, viajaba varias veces al año. Anagrama, Tusquets y otras ya eran editoriales muy establecidas, pero todo se lo debo a quien fue mi maestro (y de muchos otros jóvenes editores latinoamericanos), Javier Pradera, que en ese momento dirigía Alianza. Teniendo a Pradera de guía todo era fácil. ¡Cómo lo echo de menos!

Javier Pradera (1934-2011)

Desde tu puesto en Alfaguara supongo que conocerías más a fondo el panorama de agencias literarias en España, un tipo de empresa que en varias ocasiones has explicado ya por qué no existe en Argentina o México.

Carmen Balcells, desde el primer momento, me trató con cariño y respeto. Fue la primera en entender que para que los grandes autores circularan en Latinoamérica, había que publicarlos allí. Y eso hizo.

¿Qué te lleva a regresar a Argentina y, en el ámbito editorial, qué cambios percibes a tu llegada? Después de estar en un gran grupo en España (Alfaguara), pasas a otro gran grupo en Argentina (Planeta) ¿Hay modos de hacer o de funcionar propios de los grandes grupos? Cómo valoras el proceso de concentración al que asististe.

Los grandes grupos permiten grandes posibilidades, pero a los espíritus rebeldes les cuesta adaptarse a la disciplina corporativa. Yo tenía un jefe –que nunca leyó un libro– que se molestaba de que mi colega y amigo Alberto Díaz (también discípulo de Pradera) y yo fuéramos a trabajar sin corbata.

Ricardo Piglia

¿Tienes ganas de decir algo más acerca del Premio Planeta Argentina concedido en 1997 a Ricardo Piglia por Plata quemada? Has repetido por activa y por pasiva que nada tuvo que ver en tu salida de Planeta, y también Piglia ha dado todo tipo de expliciaciones, pero el hecho de que hayas tenido que hacerlo ya es indicativo del ruido que hizo en su momento esa polémica. ¿Te apetece dar, una vez más, tu versión o contar si te afectó en algún aspecto?

No me importa repetirlo, el escándalo ocasionado por ese premio fue consecuencia de un “ajuste de cuentas” que unos pocos intelectuales resentidos hicieron con Piglia. Tampoco me importa que me crean o no. Yo había anunciado a mi jefe local, al jefe internacional (hoy director general del Barça) y al propio José Manuel Lara, en una comida en La Dama de Barcelona, que me iría a finales de año, y eso hice. Nadie quiso creerme, pensaban que había fichado por otra empresa, o que era una estrategia para ganar más (ya ganaba muchísimo), pero luego todos lo vieron: me hice agente literario, no volví a hacer presupuestos, no tuve que usar más corbata. Por eso conservo la magnífica relación que tengo con todos en el grupo Planeta. Nunca hubo engaño, siempre me trataron muy bien, nada tuvo que ver con el premio a Piglia, aunque debo reconocer que sirvió para fortalecer mi relación personal y profesional con Ricardo. Los que montaron el escándalo ya desaparecieron del mundo del libro.

Posteriormente, una vez instalado como agente literario importante y con una cartera de autores de primer orden, participaste en 2006 en la creación de ADAL (Asociación de Agencias Literarias). ¿Puedes hablar un poco de ese proyecto?

Me parecía absurdo que cuando el 75% de la contratación de libros pasa por las agencias literarias, y estando el 90% en Barcelona y el 10% en Madrid, no existiera un foro en que compartiéramos nuestras cosas. El resto fue fácil, las primeras entusiastas fueron Mercedes Casanovas, Antonia Kerrigan y Silvia Bastos. Sigo sin entender por qué la agencia Balcells es la única que no pertenece a Adal. Carmen debería ser la presidenta de honor.

A las puertas del centenario de Julio Cortázar, es casi obligado preguntar por tu relación con él. Has escrito en más de una ocasión sobre él, y recuerdo bien haber leído en el periódico mexicano Unomasuno una entrevista que le hiciste en la que hablasteis muy en profundidad de diversos temas, y en particular me interesó mucho la extensa parte dedicada al exilio. ¿Cuál fue tu trato con Cortázar?

Lo conocí en París por Carlos Gabetta, comencé a publicarlo en México, donde tuvo un éxito inimaginable. Lo demás se debe a su ternura, capacidad de afecto y humildad.  Tuvimos mucha relación, muchos veranos compartidos.

Julio Cortázar y Gabriel García Márquez

Algún día se publicarán las cartas, que en esa época se escribían y se enviaba por correo postal y por eso se conservan. Tengo muchísima correspondencia (mía, de él, algunas de él a su madre),  que curiosamente no aparece en los volúmenes de epistolarios publicados.

 

(entrevista realizada en Barcelona en noviembre de 2013)

Fuentes:

WEB DE LA AGENCIA.

 Silvina Friera, “Un lugar no apto para autores sensibles”, Pagina 12, 17 d octubre de 2009.

Martín Gómez, “Entrevista a Guillermo Schavelzon. Con un ojo puesto en los negocios y el otro en la literatura”, El Ojo Fisgon, 27 de febrero de 2007.

Ariel Idez y Juan J., “Jorge Álvarez, el eslabón perdido”, Clarín, 2 de diciembre de 2012.

Felicidad López, “Entrevista a Guillermo Schavelzon: Agente Literario”, ElLibrepensador.com, 2009.

Alberto Manguel, Conversaciones con un amigo, introducción de Paul Rouquet y traducción de Pedro B. Rey, Madrid, La Compañía 16, 2011.

Ángel Rama, “El boom en perspectiva”, Signos Literarios, núm. 1 (enero-junio 2005), pp. 161-208.

Guillermo Schavelzon, “Cuando Gabriel García Márquez no podía pagar el alquiler”, Lateral, diciembre de 2001, p. 7.

Guillermo Schavelzon,  “La función del agente literario”, Ponencia presentada al Encuentro Iberoamericano de Mujeres Narradoras,Lima, agosto 1999.

Guillermo Schavelzon, “La nacionalidad de Julio Cortázar”, Unomásuno, 3 de agosto de 1981.

Guillermo Schavelzon, “Entrevista digital de los lectores de El País”, 31 de mayo de 2011.

Guillermo Schavelzon, “Decálogo del agente literario”, El Malpensante, núm. 125 (noviembre de 2011). También en Trama & Texturas, 19 (diciembre de 2012).

Guillermo Schavelzon, “Bienvenida la crisis”, Trama & Texturas, núm. 19 (mayo de 2009).

Guillermo Schavelzon, “Cómo hacer para ser publicado”, La Balandra digital, n. 4. Versión en vídeo.

Guillermo Schavelzon, “Julio Cortázar: el exilio (entrevista)”, Unosmásuno.

Patricia Somoza y Elena Vinelli, “Historia oral de los libros”, Página/12, 8 de abril de 2012.

Carlos Ulanovski, Héctor Yánover, Guillermo Schavelzon. “Los que viven de los libros”, La Nación, 19 de marzo de 2000.

Jaime Arturo Vargas Luna, “Entrevista a Guillermo Schavelzon”, El hablador, núm.14.