La colección Clàssics Moderns y la creación del canon de la literatura universal reciente

En los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado, uno de los cambios que se estaban produciendo en el panorama editorial español era el progresivo crecimiento del público lector en lengua catalana, y, después de un primer momento en que se hubo publicado a los autores importantes en lengua catalana (exiliados y del interior, más o menos canonizados y jóvenes), diversas editoriales dieron respuesta a este crecimiento del número de lectores con estrategias destinadas a poner a disposición de esos lectores unos cánones de la gran literatura universal reciente.

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Ejemplo de ello es la colección Les Millors Obres de la Literatura Universal (1981-1986), que en el año 1986 se abriría también a obras del siglo XX y que se pudo llevar a cabo gracias en parte a la coincidencia en el tiempo de empresas potentes como Edicions 62 y Enciclopèdia Catalana, que a su vez adquirieron los sellos Proa (que ya antes de la guerra había creado una muy notable pléyade de traducciones de clásicos), La Galera y Pòrtic.

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Francesc Parcerisas.

Sólo un poco anterior a la serie Siglo XX de la MOLU es la colección creada en el seno de Edhasa y capitaneada por el entonces joven pero ya laureado poeta y traductor Francesc Parcerisas (n. 1944) Clàssics i Moderns, que en un período muy breve consiguió poner los cimientos de un canon de la literatura universal reciente con un eclecticismo y una amplitud de miras (presencia de literatura fantástica, de novela juvenil, de textos clave de la gran literatura decimonónica, etc.) que hacen que todavía hoy sea difícil ponerle peros a la vigencia del catálogo de Clàssics i Moderns (véase el Apéndice al final). Sobre las intenciones y los modelos escribió un fragmento muy iluminador el propio Parcerisas como apertura a su muy citado artículo «Sobre la traducció catalana d´Una historia de dos ciutats»:

Cuando en el año 1985 empecé a dirigir la colección de traducciones Clàssics Moderns, en la editorial Edhasa, tenía claro que el modelo debía ser un poco ecléctico, para poder publicar en ella autores modernos pero, sobre todo, para poder llenar todas aquellas lagunas de la literatura moderna que los lectores catalanes aún no tenían al alcance. Los modelos de la Biblioteca Popular de L´Avenç, de la Biblioteca Universal, de la Editorial Catalana y de la colección A Tot Vent de Proa eran parte de la historia y del ejemplo, en particular porque la mayoría de colecciones que proliferaron en aquellos años finales del siglo XX estaban mucho más atentas a las novedades y a traducir a los autores contemporáneos que triunfaban en todo el mundo…

Cuando Parcerisas aterrizó en Edhasa, donde desde el primer momento compartió despacho con María Antonia de Miquel (que gestionó algunos derechos que interesaban a Parcerisas), dirigía esa editorial Javier Pérez, pero sin duda el editor de referencia de la casa era el gran Paco Porrúa (descubridor tanto de Cortázar como de García Márquez e introductor en España de la gran novela fantástica y de ciencia ficción moderna), a quien es muy comprensible que le cayera en gracia quien había sido traductor al catalán de El Hòbbit (La Magrana, 1983) y que en esos mismos años traduciría los tres volúmenes de El senyor dels anells (Vicens Vives, 1986-1989).

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A través del jugoso epistolario de Parcerisas con el traductor establecido en Buenos Aires Jordi Arbonés (1929-2001), publicado en Punctum y digno de un comentario más pormenorizado, es posible reconstruir con cierta precisión cómo va creciendo y desarrollándose el catálogo, que se abría con mucha fuerza en los últimos meses de 1985 con tres autores absolutamente indiscutibles y que daban ya medida del rigor y la exigencia estética que guiarían el proyecto: Herman Hesse (Demian, en traducción del poeta Feliu Formosa), Joseph Conrad (La follia d´Almayer, en la traducción del escritor

Antoni López Llausàs.

Antoni López Llausàs.

exiliado en México Josep Carner-Ribalta, que en 1929 había publicado Antoni López Llausàs en la Editorial Catalana) y Virginia Woolf (Orlando, en traducción de Maria Antònia Oliver, quien en 1973 ya había traducido Els anys, para la editorial Nova Terra, y que ese mismo año 1985 obtenía el Premi a la Traducció al Català de la Generalitat de Catalunya). La cuestión no era sólo facilitar el acceso de los lectores catalanes a las grandes obras y autores de los siglos recientes, sino además hacerlo mediante la revisión de las mejores traducciones existentes, caso de haberlas, y sobre todo mediante nuevas traducciones que no estuvieran demasiado apegadas al momento en que se escribían y que, por tanto, pudieran también convertirse en canónicas. Es indudable que los condicionantes de un mercado tan restringido como el catalán influyen en ello, pero resulta asombroso comprobar que la enorme cantidad de esas traducciones encargadas y revisadas por Parcerisas son las mismas que siguen leyéndose más de treinta años después, y lo insólito es que no hayan envejecido más que los originales de los que parten ni delaten el momento en que fueron escritas.

Tras esta tremenda irrupción, Clàssics Moderns empieza a publicar casi un título mensual, de autores además que no estaban libres de derechos, lo que puede dar una cierta medida de las dimensiones de la apuesta que se estaba haciendo por entonces por esta colección. Al margen de una cierta preferencia por la literatura en lengua inglesa (ocho de esos diez títulos) y del hecho de que varios los títulos y autores habían sido ya publicados en español en Sudamericana y Edhasa (Robert Graves, Virginia Woolf, o más adelante Doris Lessing, Graham Greene o Salinger), es notable la coincidencia que sugieren estos títulos en la concepción editorial entre Parcerisas y Porrúa, pues ambos se atreven a situar al lado de clásicos que cuentan con un amplio consenso en las altas esferas académicas (Thomas Mann, Joyce o Hemingway) a otros autores cuya inclusión puede interpretarse –sobre todo en aquellos años– como una reivindicación de su dignidad literaria. Valga como ejemplo el de Ursula K LeGuin (n. 1929), quien en 2016 se convirtió en una de las pocas personas vivas cuya obra ha sido publicada en la célebre colección impulsada por Edmund Wilson (1895-1972) Library of America. Y a ella podrían añadirse los casos de Ray Bradbury (1920-1912; con cuyas Crónicas marcianas había iniciado Porrúa su editorial Minotauro y que al catalán las traduce Quim Monzó), C.S. Lewis(1898-1963; célebre por sus Crónicas de Narnia), el de Isaac Asimov (1919-1992) o el del ya mencionado Tolkien (1892-1973).

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En octubre de 1986 está fechada una carta de Parcerisas a Arbonès en la que le cuenta que, debido a la avalancha de traducciones que ha recibido, se ve en la necesidad de hacer ciertos reajustes en la programación. Es evidente que el mercado catalán, aun habiendo crecido, no estaba tampoco en aquellos años en condiciones de absorber tal cantidad de gran literatura, y sobre todo en el caso de los autores que todavía no estaban libres de derechos esas contrataciones suponían una inversión que, añadida a las generadas por las traducciones, convenía empezar a amortizar con una cierta celeridad. Por si estas dificultades no bastaran, ese año empezaban a circular los primeros títulos de la MOLU Segle XX, que constituía una dura competencia en un mercado que no daba ya mucho más de sí. Además, gracias a la colaboración de La Caixa, la MOLU podía ofrecer a los traductores unas remuneraciones sensiblemente superiores; tanto es así, que Parcerisas alternó la dirección de Clàssics i Moderns con la traducción para la MOLU de una antologia de Poesia anglesa i nord-americana (1985), y se incluyó también en la MOLU Segle XX la versión que había hecho en 1968 para Edicions 62 de A cadascú el que és seu, de Leonardo Sciascia (1921-1989).

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Sin embargo, ni la cadencia ni la calidad de títulos aparecidos el año siguiente, 1987, se resienten de ello, y es además el momento en que sale a la luz un proyecto largamente deseado tanto por Parcerisas como por Arbonès, la traducción lo más completa posible de la extensa obra narrativa de un autor cuya imagen literaria se había visto sensiblemente distorsionada por sus problemas con la censura, Henry Miller (1891-1980), y a quien ambos consideraban un autor imprescindible en una colección de estas características. Esta operación se abre con El colós del Marussi, con lo cual la pretensión de Arbonès de completar la Trilogía Rosada queda de momento aparcada. Junto a Miller, es notable el empeño de dar a conocer a un escritor con fama de difícil como Nabokov, de quien ese año se publica L´encantador y Lolita, junto  a un surtido de grandes autores que van equilibrando la panorámica de otras literaturas y géneros, pues si bien aparece un Scott Fitzgerald traducido por Neus Arqués, se publican también obras de Dostoyevski, Dylan Thomas o, de nuevo, Herman Hesse.

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En el verano de 1987, Parcerisas hace un primer breve balance de Clàssics i Moderns en una interesante carta a quien sin duda se había convertido en uno de sus traductores más fiables, fieles y comprometidos con la colección:

…tenemos todavía un montón de traducciones paradas y, como siempre, lucho entre encargar aquello que creo importante –y necesario– y que me hace ilusión ver publicado, y aquello que sé que tendrá que pasarse meses en el limbo de los cajones. De todos modos, la colección no va mal y la editorial parece bastante contenta. No es de ningún modo algo espectacular desde el punto de vista económico, pero tampoco deben de perder dinero, cosa que, hoy por hoy, ya es bastante notable.

Lo demostraría por ejemplo, que 1988 es el año en que se publican más títulos (trece), y entre ellos unos Dublineses de Joyce, traducidos por el especialista en tan peliaguda tarea Joaquim Mallafré (n. 1941), la traducción del Retrat de l´artista adolescent, del mismo autor, en la versión que Maria Teresa Vernet (1907-1974) había preparado originalmente para Isard, la colección que dirigía Josep M. Boix Selva en Vergara (1967), la que hizo Estanislau Vidal-Folch (hermano de Ignacio) de Viatge al fons de la nit o la que Helena Valenti (1940-1990) llevó a cabo de El factor humà, de Graham Greene.

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María Antonia de Miquel.

En 1989 la producción vuelve a descender a ocho títulos (entre ellos A repèl, de Huysmans, traducido por el poeta Miquel Martí Pol, dos de Gerard Durrell y Un niu de tórtores, de Katherine Mansfield), pero 1990 es el año en que aparecen más títulos en Clàssics Moderns, quince, quizás en parte debido a que ese año empieza a ser mayor la presencia de autores libres de derechos (D´Annunzio, Stevenson, dos libros de Baudelaire, otros dos de D.H. Lawrence…), lo cual, del mismo modo que el cambio de encuadernación de tapa dura a rústica con solapas, permitía reducir significativamente costes. No obstante eso, la calidad en la selección de títulos y de las traducciones que van apareciendo a partir de ese momento sigue siendo altísima, aun cuando desde ese otoño Parcerisas empieza a dirigir la colección y a mantener el contacto con los colaboradores desde Londres, por lo que Maria Antònia de Miquel se convierte entonces en un enlace importante en el día a día.

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Josep Palau i Fabre (1917-2008)

Ese año empieza a tomar cuerpo la idea de reunir la obra principal de Henry Miller, aparece la traducción de Mallafré del Ulises, la de Jordi Sarsanedas de Franny y Zoey de Salinger, la de Xavier Benguerel de Les flors del mal, la de Jordi Ibáñez de L´origen d´una insinuació, de Thomas Bernhard, otros dos títulos de André Gide… Y al siguiente (1991), la traducción y edición de Josep Palau i Fabre de las Iluminacions i Una temporada a l´infern de Rimbaud, un Jacques el fatalista i el seu amo traducido por Joan Tarrida, los Petits poemes en prosa de Baudelaire en versión de Joaquim Sala-Sanahuja… y así hasta un total de once títulos que poco a poco van equilibrando la presencia de literaturas como la francesa y la alemana, pese a mantenerse el predominio de la escrita en lengua inglesa.

Escribe a su privilegiado corresponsal Parcerisas el 30 de octubre de 1991:

Ahora empiezo a estar contento con la colección: tenemos cincuenta títulos a nuestras espaldas y no me arrepiento de haber editado ninguno de ellos. Si acaso, algunos que yo no hubiera publicado son de los que mejor se venden, pero, de entre los que no se venden, no renuncio a ninguno. Hemos conseguido un cierto prestigio y sólo debemos no bajar la guardia: mantener buenos autores, buenas traducciones y buen diseño. El resto son cabòries.

Si, con esto, algún día se cierra el grifo, como mínimo podemos estar orgullosos de la labor llevada a cabo. De momento, Edhasa, con todo, quizá no ganan dinero, con el catalán, pero tampoco creo que lo pierdan.

ulisesEs muy sorprendente, e indicativo de hasta qué punto en Edhasa los directores de colección trabajaban en buena medida a ciegas respecto al rendimiento comercial de los títulos, sin acceso a los números, que sólo tres semanas después Parcerisas informe a Arbonès de que «es inminente una cierta restricción en nuestras traducciones […] tengo una traducción [de Les bostonianes, de Henry James] que duerme sobre mi mesa que ahora no sé si podremos publicar».

Es muy probable que el motivo sea que en esas fechas, aprovechando la Feria de Frankfurt, los propietarios de Edhasa viajaban a Barcelona y era cuando los editores y directores de colección conocían realmente cómo andaban las cosas en este aspecto. Ciertamente, un simple vistazo al apéndice permite advertir hasta qué punto disminuyó la producción en los años siguientes (seis en 1992, tres en 1993, uno sólo en 1994), antes de que la colección fuera adquirida por Enciclopèdia Catalana, y continuada, con otra dirección, en Proa. Pero aun así hubo tiempo de recuperar por ejemplo la traducción de Josep Ros i Artigas (1907-1998) de Torrents de primavera, que se cuenta entre las primeras de una obra de Hemingway (publicada en los Quaderns Literaris de Janes en 1937) que el propio traductor tuvo aún tiempo de revisar, o Un hivern a Mallorca, de George Sand, en traducción de Marta Bes i Oliva, prologada por el poeta y narrador Antoni Marí y completada con un apéndice obra del ilustre mallorquín de adopción Robert Graves (1895-1985).

La situación económica y de gestión desembocó en la sustitución de Javier Pérez por Jordi Nadal, y la severa reducción de las ediciones en catalán que siguieron, la marcha de Paco Porrúa y su Minotauro, las salidas en poco tiempo de María Antonia de Miquel, Raquel Fosalba, Toni Estela, Joan Roig, así como el absorbente trabajo en la Universitat Autònoma de Barcelona fueron motivos más que suficientes para que en la primavera de 1993 Parcerisas acabara por dejar Edhasa, pero, como bien dijo, a la vista del catálogo de Clàssics Moderns, podía estar orgulloso de la labor llevada a cabo.

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Francesc Parcerisas.

Apéndice: Obras publicadas en Clàssics Moderns Edhasa.

Hermann Hesse, Demian, traducción de Feliu Formosa, 1985.

Joseph Conrad, La follia d´Almayer, traducción de Josep Carner-Ribalta, 1985.

Virginia Woolf, Orlando. Una biografia, traducción de Maria Antònia Oliver, 1985.

androides-previewUrsula K. Le Guin, La costa més llunyana, traducción de Madeleine Casas, 1986. (núm 3)

Ray Bradbury, Farenheit 451, traducción de Jaume Subirana, 1986.

Ursula K. Le Guin, Un mag de Terramar, traducción de Madeleine Cases, 1986.

Sylvia Plath, La campana de vidre, traducción de Josep Miquel Sobrer, 1986.

Robert Graves, Jo, Claudi, traducció d´Helena Valentí, 1986.

Hermann Hesse, Siddhartha, una composició india, traducción de Carme Gala, 1986.

Laurie Lee, Sidra amb la Rosie, traducción de Montserrat Solanas, 1986.

Ursula K. Le Guin, Les Tombes d´Atuan, traducción de Madeleine Cases, 1986.

Aubrey Beardsley, Relació de Venus i Tannhauser, prólogo de Joan Perucho, traducción de Corvo & Myer, 1986.

Marguerite Duras, Moderato cantábile, traducción de Joan Cases, 1986.

captenemicHenry Miller, El colós de Marussi, traducción de Jordi Arbonès, 1987.

Ray Bradbury, Les cròniques marcianes, traducción de Quim Monzó, 1987.

Francis Scott Fitzgerald, El diamant gran com el Ritz, traducción de Neus Arqués, 1987. (contes)

Doris Lessing, La terrorista bona, traducción de Ramon Barnils y Francesc Parcerisas, 1987.

Vladimir Nabokov, L´encantador, prólogo del autor, epílogo de Dmitri Nabokov, traducción de Jordi Arbonès, 1987.

Fiodor M. Dostoievski, Dimonis, traducción de Josep M. Güell, 1987.

Hermann Hesse, El llop estepari, traducció de Margarida Sugranyes, 1987.

Vladimir Nabokov, Lolita, traducción de Josep Daurella, 1987.

Dylan Thomas, Sota el bosc lacti, drama per a veus, traducción de Angela Suxton y Salvador Oliva, 1987.

James Joyce, Dublinesos, traducción de Joaquim Mallafrè, 1988.

fillahomerM. Cotzee, Esperant els bàrbars, traducción de Xavier Rello Andreu, 1988.

Roberts Graves, La filla d´Homer, traducción de Isabel Turull, 1988.

Gerard Durrell, Ocells, bèsties i parents, traducción de Josep Julià, 1988.

Mervyn Peake, El Castell de Gormenghast, traducción de Josep Miquel Sobrer, 1988.

Jane Austen, Persuasió, traducción de Jordi Arbonès, 1988.

James Joyce, Retrat de l´artista adolescent, traducción de Maria Teresa Vernet, 1988.

Virginia Woolf, Els anys, traducción de Maria Antonia Oliver, 1988.

Louis-Ferdinand Céline, Viatge al fons de la nit, traducción de Estanislau Vidal-Folch, 1988.

Graham Greene, El factor humà, traducción de Helena Valentí, 1988.

R. R. Tolkien, El Ferrer de Wootton Major; “La Fulla” d´en Niggle, traducción de Jordi Arbonès, 1988.

els-anysMervyn Peake, L´hereu de Gormenghast, traducción de Josep Miquel Sobrer, 1988.

R. R. Tolkien, Gil, el pagès de Ham, traducción de Carlos Llorach, ilustraciones de Pilar Baynes, 1988.

Huymans, A repèl, traducción de Miquel Martí i Pol, 1989.

Graham Greene, El capità i l´enemic, traducción de Xavier Rello Andreu, 1989.

Katherine Mansfield, Un niu de tórtores, Josep Julià, 1989.

Virginia Woolf, Les ones, traducción de Maria Antonia Oliver, 1989.

Thomas Mann, Els caps bescanviats, traducción de Margarida Sugranyes, 1989.

Gerard Durrell, El Jardí dels Déus, traducción de Jordi Arbonès, 1989.

Gerard Durrell, Filets de palaia, traducción de Josep Julià, 1989.

K. Narayan, En Swami i els seus amics, traducción de Ramon Barnils, 1989.

D. Salinger, Franny i Zoey, prólogo y traducción de Jordi Sarsanedas, 1990.

D.H. Lawrence, La Guineu i altres relats, traducción de Josep Julià i Marta Bes, 1990.

Gabriele D´Annunzio, La Leda sense cigne, El company d´ulls sense pestanyes, traducción de Jordi Cornudella, 1990.

Katherine Mansfield, Una mica infantil, traducción de Josep Julià, 1990.

André Gide, L´Immoralista, traducción de Marta Bes i Oliva, 1990.

D.H. Lawrence, Dones enamorades, traducción de Jordi Arbonès, 1990.

Kenneth Grahame, El vent entre els salzes, traducción de Jordi Arbonès, 1990.

Thomas Bernhard, L´origen d´una insinuació, traducción de Jordi Ibáñez, 1990.

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Xavier Benguerel.

Charles Baudelaire, Els paradisos artificials, traducción de Carles Castellanos, 1990.

Charles Baudelaire, Les flors del mal, traducción de Xavier Benguerel, 1990.

André Gide, La porta estreta, traducción de Marta Bes i Oliva, 1990.

Roberts Louis Stevenson, Marea minvant, traducción de Judith Willis y Toni Turull, 1990.

James Joyce, Ulises, traducción de Joaquim Mallafrè, 1990.

Henry Miller, Tròpic de Càncer, traducción de Jordi Arbonès, 1990.

Sommerset Maugham, Els Mars del Sud, traducción de Lluis Canyadas, 1990.

Arthur Rimbau, Il·luminacions. Una temporada a l´infern, versión, introducción y notas de Jaume Palau i Fabre, 1991.

S. Lewis, El nebot del mag, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

S. Lewis, El lleó, la bruixa i l´armari, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

Gerard Durrell, L´excursió i d´altres maremàgnums, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

Chales Baudelaire, Petits poemes en prosa, prólogo y traducción de Joaquim Sala-Sanahuja, 1991.

Jane Austen, L´abadia de Northanger, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

Denis Diderot, Jacques el fatalista i el seu amo, traducción de Joan Tarrida, 1991.

Horst Bienek, La primera polca, traducción de Carme Gala, 1991.

Charles Dickens, Una historia de dues ciutats, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

R. R. Tolkien, Silmaríl·lion, traducción de Dolors Udina, 1991.

Richard Adams, El turó de Watership, traducció de Montserrat Solana i Mata, 1991.

S. Lewis, El cavall i el seu noi, traducción de Jordi Arbonés, 1992.

Fulco di Verdura, Una infancia siciliana. Els dies feliços d´estiu, traducción de Caterina Molina, 1992.

George Sand, Un hivern a Mallorca, prólogo de Antoni Marí, apéndice de Robert Graves, traducción de Marta Bes Oliva, 1992.

Giacomo Joyce, James Joyce, introducción y notas de Richard Ellmann, traducción de Joaquim Mallafrè, 1992.

Isaac Asimov, La segona fundació, traducción de Sílvia Aymerich, 1992.

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Hemingway con, a su izquierda, el editor Maxwell Perkins.

Ernst Hemingway, Torrents de primavera, novel·la romantic en honor d´una gran raça en extinció, traducció de Josep Ros-Artigues, 1992.

Ursula K. Le Guin, Tehanu. L´ultim llibre de Terramar, traducción de Madeleine Cases, 1993.

Gerard Durrell, Amb un zoo a les maletes, traducción de Josep Sala Barbany, 1993.

Philip K. Dick, Els androids somien xais electrics. Blade Runner, traducció de Manuel de Seabra, 1993.

R. R. Tolkien, Contes inacabats de Númenor i Terra Mitja, introducción, comentarios, índice y mapas de Christopher Tolkien, 1994.

Fuentes:

Sam Abrams, «Francesc Parcerisas, traductor», Caràcters, núm. 10 (enero de 2000), pp. 7-8.

aarbones-parcerisas-180x276Jordi Arbonès y Francesc Parcerisas, Epistolari, edición al cuidado de Jordi Mas López, Lleida, Punctum (Visions 6), 2016.

Anónimo, «Edhasa reorganiza su plantilla y reduce novedades como reacción a la crisis», El País, 22 de enero de 1993.

Francesc Parcerisas, «Sobre la traducció catalana d´Una historia de dos ciutats», L´Avenç, núm. 411 (abril de 2015), p. 9; recogido en los anejos del epistolario de Parcerisas con Arbonès ya citado, pp. 259-276.

Rosa Maria Piñol, «Edhasa enceta una nova col·lecció de narrativa estrangera en català», La Vanguardia, 24 de diciembre de 1985.

Sobre Jordi Arbonès, véase el portal de la Càtedra Jordi Arbonès, de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Y el testimonio oral, que agradezco muchísimo, de Esther López, María Antonia de Miquel y Pablo Somarriba.

El azaroso nacimiento y el prematuro emponzoñamiento de una colección (batallitas)

Corría el año 2000 cuando, una mañana, se me ocurrió meterme en el despacho de las oficinas de Edhasa donde se guardaban los originales de las obras que se encontraban en proceso de contratación, que estaban en una estantería en un cubículo que por entonces ocupaba Rosa Mena. Solía curiosear por ese minidespacho de vez en cuando mientras trabajaba en Edhasa porque, dada la rocambolesca política de información interna de la casa (o su inexistencia), era un buen modo de saber qué podía tocarme en suerte editar en los meses siguientes. Fue, pues, en una de estas ocasiones cuando me encontré con un librito publicado originalmente por The Text Publishing Company en Australia con el título The Life and adventures of John Nicoll, mariner, que me sorprendió sobre todo por su extrema brevedad (176 páginas), muy alejada de lo habitual en Edhasa. Tras echar un vistazo al prólogo, escrito por Tim Flannery (investigador principal del South Australian Museum), y aun siendo muy consciente de que por aquel entonces en Edhasa las obras de aventuras –y en particular las náuticas– funcionaban la mar de bien sobre todo gracias a autores como Patrick O´Brian, George MacDonald Fraser, o C.S. Forester, lo cierto es que no acababa de ver dónde ni cómo podían encajar en el catálogo de  Edhasa las memorias de un tonelero del siglo XVIII, pues bastaba un vistazo muy somero para ver que de eso se trataba. Y además, tenía buena pinta.

John Nicol.

También a Rosa Mena le había chocado bastante que se hubiera contratado un libro tan breve, que para mayor asombro de ambos se había programado en la que por entonces seguía siendo la colección estrella de Edhasa, Narrativas Históricas, encuadernada en tapa dura y con un formato de 15 x 23,3 cm., con lo cual resultaría que las tapas harían más bulto que las páginas, por muy grande que fuera el cuerpo de letra con que se compusiera o grueso el papel en que se imprimiera. Sólo una persona, quien fungía como editor y director general, podía dar una explicación al enigma de por qué se había contratado esa obra, pero llegados a este punto uno ya podía esperarse cualquier cosa, incluso lo peor.

Para entonces ya llevaba suficiente tiempo en la casa para saber cómo se contrataba allí, pero creo que esa fue la primera vez (no la única) en que el desconocimiento de la obra por la que se había firmado un contrato de edición llegaba al punto de no saber siquiera a qué género pertenecía el texto en cuestión: Se había contratado en el convencimiento de que se trataba de una novela histórica de aventuras. En fin, lo mismo sucedió cuando un habitual de la novela histórica, Peter Acroyd, propuso El diario de Platón, que de lo que está más cerca es de la ciencia ficción.

No hay mal que por bien no venga, y a partir de ese patinazo –que cada día me sorprendían menos– en el departamento literario y el de producción empezamos a darle vueltas a cómo publicar ese texto tan exiguo, porque en el formato habitual de la colección Narrativas Históricas era casi imposible. Llegué por el camino de esas cavilaciones a topar con una edición estadounidense de la misma obra que contaba con ilustraciones de Gordon Grant (1875-1961), un más que notable grabador y acuarelista especializado en temas navales, y a la idea obvia de incorporar sus ilustraciones (que estaban libres de derechos), lo cual nos permitiría ganar unas cuantas paginitas. Sin embargo, y dado que los temas napoleónicos tenían su público, eso me llevó a pensar en la posibilidad de una colección de aventuras no ficticias, de memorias y diarios de aventureros, que tenían la ventaja de estar libres de derechos en su mayoría. Quien había contratado la obra pensando que era una novela no se opuso, e incluso creo que le pareció buena idea porque, además de permitirle salir airoso del patinazo,  la colección se dirigía a lo que era el lector natural de Edhasa. Así pues, con la colaboración entusiasta del traductor Miguel Antón empezamos a leer a destajo literatura napoleónica y nelsoniana con la que poder programar una colección de libros ilustrados, bien editados y bien presentados, y que tuvieran un precio competitivo.

Guardas de la colección. Clicando sobre la imagen se amplía.

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De este azaroso modo nació Tierra Incógnita, la primera colección en Edhasa que, en un formato de 15 x 23, tuvo guardas ilustradas a todo color (eso fue posible, sin disparar el precio, imprimiendo una cantidad ingente de mapas de una tacada, pues siempre se reproducía el mismo mapamundi en todos los títulos). Con la misma idea en mente, se publicó en tapa dura impresa, y con una sobrecubierta que reproducía la cubierta (un solo diseño, al que se añadían las solapas) y se procuró que las ilustraciones nunca fueran excesivas en número; lo cierto es que a menudo era lo que costaba más encontrar y cuando eran a color se imprimía un pliego central. El interior se caracterizaba, además de por las ilustraciones siempre que era posible, por los amplios márgenes y la primera línea de capítulo en versalitas. Un aspecto resultón que justificaba con creces un precio que ya era muy apretado.

En palabras de Mauricio Bach Vida y aventuras del marinero John Nicol constuituyen “las primeras memorias de un marinero sin graduación que tienen interés literario y se han convertido en una obra literaria de culto entre los aficionados al género” (La Vanguardia, 19 de marzo de 2001), pero más entusiasta incluso había sido el Times Literary Suplement: “El talento natural de Nicol para recrear escenas y personajes convierten su libro en una pequeña joya”. (Aun así, cuando escribo estas líneas la edición española está descatalogada.)

Encontramos en Chatham Publishing una casa editorial que estaba trabajando, y muy bien, en esos mismos temas (además de ser los editores de no ficción de Dudley Pope), y sus catálogos y libros se convirtieron en un festín (a ellos contratamos la segunda de las obras, las memorias de George Samuel Parsons); pensamos en cuál era el diario o testimonio idóneo de la conocida como Guerra de África, de la que hay buenos textos de Pedro Antonio de Alarcón y Ros de Olano, pero también muchos otros; dimos muchas vueltas a qué podíamos publicar acerca de la infantería napoleónica, y a cómo editar las memorias del general Marbot (excesivamente

Edición fragmentaria de las memorias de Marbot en Castaila.

voluminosas, pero interesantes por haber luchado en España): aún seguíamos trabajando en ello cuando, sin que nadie nos lo advirtiera, las publicaba sorpresivamente Castalia, en cuyo catálogo encajaban como un pulpo en un garaje. Nos desquitamos de ello con un excelente relato de un soldado de infantería que ofrecía una visión de “los de abajo” acerca de las brutales caminatas hacia Moscú y la salvajada que supuso la campaña de Napoleón en Rusia, que había publicado Doubleday en una edición muy bonita, con ilustraciones de época y destinada al lector curioso. La historia misma del texto no tenía desperdicio, pues lo halló el historiador Frank E. Melvin en un granero en Kansas, al que lo habían llevado los hijos de Walter cuando emigraron a América y, en colaboración con el germanista Otto Springer, lo publicaron en 1938 en el Bulletin of the University of Kansas, donde lo descubrió Marc Raeff, quien a su vez en 1990 preparó la edición que lo dio a conocer al publico no especializado (fue traducido a diversas lenguas). En España obtuvo buenas críticas, y, si no me falla la memoria, fue el primer título de la colección que se reeditó. Según lo presentaba la revista Qué Leer:

Una joya que nos muestra por primera vez una campaña napoleónica desde la burda cotidianidad de un soldado raso cuyo principal interés en aquel momento crucial para Europa no era otro que no morir de frío o de hambre en un continente devastado por las interminables guerras […] La picaresca y la aventura no están reñidas con un contundente alegato antimilitarista (Qué Leer, septiembre de 2004, p- 82).

Interior del Diario de un soldado de Napoleón.

Interior del Diario de un soldado de Napoleón.

La idea era publicar uno o dos libros anualmente, pero muy cuidados, con textos introductorios obra de auténticos especialistas o por quienes hubieran descubierto los textos, las notas necesarias pero no eruditas, índices onomásticos o temáticos cuando fuera conveniente, etc., pero fue cada vez más difícil librarse de ingerencias absolutamente delirantes, y cuando quien fungía como editor decidió publicar en esa colección los pasatiempos del general del Ejército Español Luis Alejandre Sintes (que a raíz del siniestro del Yakolaev 42 había dejado el cargo de jefe del Estado Mayor), la cosa empezó a degenerar hasta un punto ya muy muy cercano al ridículo, y a Tierra Incógnita empezaron a ir a parar libros de autor español que por contenido debieran haberse publicado en la colección de Ensayo Histórico, si no fuera porque eran cualitativamente a todas luces indignos del tono predominante, por entonces al menos, en ella.

Para cuando, a sugerencia de un importante periodista cultural, la dirección de Edhasa decidió publicar unas deslavazadas e incomprensibles memorias acerca de una serie de partidas de caza mayor en los años sesenta, la cosa ya había descarrilado por completo respecto a la línea marcada originalmente y tanto Miguel Antón como yo, después de tantas imposiciones burdas e incoherentes, habíamos perdido buena parte de la ilusión inicial. Aun así, Maria Antonia de Miquel, que no casualmente había apostado en su día por uno de los autores de más éxito jamás contratados en Edhasa, Patrick O´Brian, hizo cuanto pudo para seguir manteniendo Tierra Incognita como una colección digna, probablemente porque creía en ella, o tal vez fuera sólo por profesionalidad y sentido del deber.

Sin embargo, el muro infranqueable, por lo menos hasta que empezó a interesarse más por figurar en los medios y en el gremio que en hacer que hacía en su despacho en la editorial, era el director y aun entonces supuesto editor de Edhasa. El perro del hortelano hecho hombre.

Títulos publicados en Tierra Incógnita (en orden cronológico)

 John Nicol, Vida y aventuras del marinero John Nicol, 1776-1801, prólogo de John Howell, edición e introducción de Tim Flannery, ilustraciones de Gordon Grant, traducción de Miguel Antón, febrero de 2001.

G.S. Parsons, Al servicio de Nelson. Un relato dramático de la guerra en el mar, 1795-1810, edición y notas de W.H. Long, introducción de Michael Nash, traducción de Miguel Antón, septiembre de 2001.

Robert Harvey, Thomas Cochrane (1775-1860). Libertador de Chile, Brasil y Grecia, traducción de Amanda González Moreno, septiembre de 2002.

David Cordingly, Mujeres en el mar. Capitanas, corsarias, esposas y rameras, traducción de Carme Font, octubre de 2003.

Jakob Walter, Diario de un soldado de Napoleón, edición e introducción de Marc Raeff, apéndice de Frank E. Melvin, traducción de Petúnia Díaz Díaz, mayo de 2004.

Patrick O´Brian, Hombres de mar y guerra. La Armada en tiempos de Nelson, traducción de Miguel Antón, octubre de 2004.

Nick Hazlewood, Salvaje. Vida y tiempos de Jemmy Burton, traducción de Margarita Cavándoli, diciembre de 2004.

James Tertius de Kay, Crónicas de la fragata Macedonian, 1809-1922, traducción de Miguel Izquierdo, junio de 2005.

David Cordingly, Bajo bandera negra. La vida entre piratas, traducción de Margarita Cavándoli, noviembre de 2005.

Luis Alejandre Sintes, La guerra de Cochinchina. Cuando los españoles conquistaron Vietnam, prólogo de Carlos Seco Serrano, 2006.

Juan Luis Oliva de Suelves, Luna llena en Medoune, mayo de 2008.

Rubén Caba y Eloísa Gómez Lucena, La odisea de Cabeza de Vaca, tras los pasos de Alvar Núñez por tierras americanas, junio de 2008.

Luis Alejandre Sintes, La aventura mexicana del general Prim, marzo de 2009.

Frank Arthur Wosley, La aventura antártica del Endurance, prólogo de Patrick O´Brian, introducción del conde de Jellicoe, traducción de Ángela Pérez, julio de 2009.

Wolfgang Frank, Bajo diez banderas. La odisea del Atlantis, traducción de Juan José del Solar, abril de 2010.

La editorial Edhasa y la mutación de las formas (1946-1960)

Paco Porrúa.

Durante muchos años, el perfil editorial de Edhasa se vinculó sobre todo a un género determinado, acaso debido a la inusual calidad de algunos de los autores que publicó en la colección Narrativas Históricas (Steinbeck,Joseph Roth, Thornton Wilder, Yourcenar, Graves) y al inesperado, rotundo y prolongado éxito de ciertos títulos que se publicaron en ella (Aníbal, de Gisbert .Haefs, El puente de Alcántara, de Frank Baer o Esa dama, de Kate O´Brien, entre algunos otros). Sin embargo, esta colección la ideó el inconmensurable Francisco Porrúa (1922-2014) a partir de Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, que publicó en Sudamericana en 1977 (con la misma portada que la de Farrar Straus & Giroux) y en 1979 en Edhasa. Sin embargo, Edhasa (Editora y Distribuidora Hispano Americana S. A.) había sido fundada casi treinta años antes (en 1946) por Antonio López Llausàs, propietario en Buenos Aires de la Editorial Sudamericana, y las colecciones y títulos de todo ese período inicial parecen haber sido bastante olvidados. En palabras de Sergio Vila-Sanjuán, a la altura de 1982, “aunque no era una editorial totalmente desconocida […] el rumbo de Edhasa hasta entonces resultaba bastante errático. Había que fijarle un norte.”

Farrar, Straus & Giroux, 1976.

Edhasa nació en parte con el propósito de aprovechar la aparente apertura de la censura española a raíz del desenlace de la segunda guerra mundial para intentar distribuir en España algunos títulos de Sudamericana –del mismo modo que propósito similar tenía la editorial creada en México con el nombre de Hermes– y publicar además algunos títulos de autor español que pudieran resultar oportunos. Inicialmente se limitaba a reentapar y cambiar las portadas de ediciones llegadas de Argentina, a menudo con un pie Sudamericana-Edhasa, para lo que contaba con el rico y prestigioso catálogo construido hasta entonces por Sudamericana, que además, desde su creación en 1939, había ido absorbiendo o estableciendo acuerdos de coedición que habían dado lugar a colecciones como Sur, Libros de Arte Hermes, Otros Mundos (con Minotauro) o ya en 1961 la colaboración con Emecé en la colección de libros de bolsillo Piragua (creada en 1958). Por aquel entonces contaba ya en sus catálogos con una buena cantidad de autores exitosos de calidad (Faulkner, Bioy Casares, Borges, Camus, Sartre, Huxley…).

Editorial Sudamericana, 1977.

 

En una segunda fase de Edhasa, en los años cincuenta empieza a imprimir en Barcelona (en Gráficas Salvadó, en Grafos, en la Imprenta Viuda de Manuel Ponsa). De esa etapa son, por ejemplo, La papisa Juana (1954), de Emmanuel Royidis, en la versión de Lawrence Durrell, De Colón a Bolívar (1955), de Salvador de Madariaga, así como algunas colecciones interesantes en el contexto de la España de mediado el siglo XX.

Según la indicación de portada: E:D.H.A.S.A. Barcelona-Buenos Aires.

Se publicaron en 1957 algunos títulos de la colección que en Buenos Aires había creado Carlos Hirsch dedicada a reproducciones de arte comentadas (Tiempo y Color): Arte abstracto, con 24 reproducciones, seleccionadas y comentadas por Arnulf Neuwirth, El surrealismo, con 24 reproducciones, de Alfred Schmeller, El cubismo, de Peter de Francia, El expresionismo, de Edith Hoffmann, y El fauvismo, de Denis Matthews.

Comentario mucho más extenso merecería la primera y muy exitosa etapa de la colección de ciencia ficción Nebulae (1955-1969), que no contaba por entonces con competencia en España (por lo menos en forma de libro, pues sí se publicaba en revistas como Futuro o Más Allá) y que dio a conocer ya con sus primeros títulos, aparecidos a un intensivo ritmo, autores de la talla de Arthur C. Clarke, Robert Heinlein, Paul French (es decir, Isaac Asimov), etc, que contribuyeron de modo extraordinario al éxito que tanto las óperas espaciales y como los escritores de la nueva ola empezaron a tener entre los lectores españoles de ciencia ficción, cuyo número creció hasta el punto de empezarse a crear en aquellas fechas las primeras asociaciones de aficionados al género.

De esa misma etapa, quizá menos conocida sea la colección Cobra, que arrancó con algunos autores que por aquellos tiempos tenían mucha pegada, si bien hoy no todos cuentan ya con suficientes lectores, como es el caso de la escritora austríaca Vicki Baum (El bosque que llora, 1955), Louis Bromfield (El señor Smith, 1955), a quien en sus mejores tiempos la crítica mencionaba junto a Steinbeck y Scott Fitzgerald, el premio Nobel sueco Pär Lagerkvist (El enano) o el también premio Nobel Thomas Mann (La engañada, 1955), a los que seguirían de inmediato Graham Greene (El revés de la trama, 1955, y El fin de la aventura, 1956), François Mauriac (El cordero, 1956), Simone de Beauvoir (Todos los hombres son mortales, 1956)… La lista completa resulta bastante imponente (ver apéndice), sin estridencias y con un equilibrio entre popularidad y prestigio en cuanto a los nombres elegidos bastante notable (A.J. Cronin, Thomas Merton), pero sorprende en ella la presencia de Morton Thompson (1908-1953), autor de la novela en que se basa No serás un extraño (Stanley Kramer, 1955) y esposo de la agente literaria (de Dashiel Hammet entre otros) Francis Pindyck  .

Cubierta en la que puede apreciarse el logo de Cobra.

Cubierta en la que puede apreciarse el logo de Cobra.

Basta echar un vistazo a la nómina de traductores de estas obras (Silvina Bullrich, Ricardo Baeza, Jorge Rodolfo Wilcock, Alberto Luis Bixio) para advertir que se trataba de obras divulgadas inicialmente en Argentina, que sin embargo no circulaban en España, y advertir que Edhasa se ocupaba básicamente de seleccionarlas, imprimirlas y distribuirlas. Más adelante, cuando en 1998 Bertelsmann se hizo con el 60 % de Sudamericana, Edhasa consiguió retener los derechos sobre buena parte de estos títulos, por lo menos para su edición en la Península (claro que por entonces se ocupaba ya del departamento de derechos de autor de Edhasa la agudísima Esther López López).

Silvina Bullrich (1915-1990).

No fue contratado ni producido en Buenos Aires, en cambio, uno de los libros más interesantes y originales que aparecieron en esa década con el sello de Edhasa (en la colección Tiempo y Color): Arte contemporáneo. Origen universal de sus tendencias, un volumen en folio menor (23 x 30 cm) de 205 páginas de texto, con más de 200 láminas, encuadernado en tela y con sobrecubierta, escrito por el poeta y crítico de arte Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), que apareció en 1958. Según lo describe  Juan Luis Corazón, en este texto Cirlot centra su interés en “reconstruir, histórica y simbólicamente, una nueva visión y acorde con las analogías que unen el arte de todos los tiempos. Estudia la mutación de la forma que, desde el prerromanticismo hasta nuestros días, pasaría al cubismo y la abstracción.”

Cubierta de Arte contemporáneo.

Apéndice. La colección Cobra (Edhasa)

Thomas Mann, La engañada, traducción de Alberto Luis Bixio, Barcelona-Buenos Aires, Gráficas Salvadó, enero de 1955.

Thomas Merton, La montaña de los siete círculos, traducción de Aquilino Tur, Barcelona-Buenos Aires, 1955.

Graham Greene, El revés de la trama, traducción de Jorge Rodolfo Wilcock, Barcelona-Buenos Aires, 1955.

Louis Bromfield, El señor Smith, traducción de León Mirlas, Barcelona-Buenos Aires, Imprenta Viuda de Manuel Ponsa, 1955.

Vicki Baum, El bosque que llora, traducción de León Mirlas, Barcelona-Buenos Aires, Imprenta Viuda de Manuel Ponsa, 1955.

Bruce Marshall, A cada uno un denario, traducción de María Antonia Oyuela, Barcelona-Buenos Aires, Gráficas Salvadó, 1956.

Pär Lagerkvist, El enano, traducción de Fausto Tezanos Pinto, Barcelona-Buenos Aires, 1956.

Pär Lagerkvist, Barrabás, traducción de Martín Aldao, Barcelona-Buenos Aires, 1956.

Graham Greene, El fin de la aventura, traducción de Ricardo Baeza, Barcelona-Buenos Aires, Grafos, 1956.

François Mauriac, El cordero, traducción de Silvina Bullrich, Barcelona-Buenos Aires,  Imprenta Juvenil, junio de 1956.

Morton Thompson, Pacto de dolor, traducción de Antonio Ribera, Barcelona-Buenos Aires, 1956.

A.J. Cronin, Gran Canaria, traducción de Joaquín Urnieta, Barcelona-Buenos Aires, Imprenta Viuda de Manuel Ponsa, 1956.

Simone de Beauvoir, Todos los hombres son mortales, traducción de Silvina Bullrich, Barcelona-Buenos Aires, Imprenta Viuda de Manuel Ponsa, 1956.

Thomas Merton, La vida silenciosa, traducción de Josefina Martínez Alinari, Barcelona-Buenos Aires, 1960 (2ª ed.).

Fuentes:

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Juan Luis Corazón Ardura y Marcel Duchamp, La escalera da a la nada. Estética de Juan Eduardo Cirlot, Murcia, Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo (colección ad hoc), 2007.

Andrés Felipe, “La presentación de la colección Nebulae de ciencia y fantasía”, Milinviernos, 14 de agosto de 2014.

Iván Fernández Balbuena, “Especial Nebulae”, Cyberdark, mayo de 2003.

La Regenta, la censura y los editores de El Pedroso (Sevilla)

Leopoldo Alas (1852-1901).

A la memoria de Sergio Beser (1934-2010).

Hay quien todavía hoy se sorprende de que la censura franquista prohibiera la circulación de la que está ampliamente considerada la mejor novela española del siglo XIX, La Regenta (1885), de Leopoldo Alas (1852-1901), Clarín, pero lo cierto es que después de la guerra tuvieron que pasar más de quince años antes de que se autorizara su publicación, e incluso cuando se hizo, en 1946, sólo se autorizó como parte de una edición de lujo de las Obras selectas de Leopoldo Alas que llevó a cabo José Ruiz-Castillo. Es indudable que esta autorización respondía, por un lado, al catálogo que había ido creando Ruiz-Castillo, poco molesto para el régimen, y sobre todo por tratarse de una edición destinada a un público adinerado y, en consecuencia (a ojos del mojigato régimen franquista), poco susceptible de dejarse arrastrar por el anticlericalismo de la novela. En las elocuentes palabras del informe, que Carmen Servén ha reproducido en uno de sus enjundiosos trabajos sobre la materia:

En esta obra Clarín parece que tiene una cuestión personal con el clero. Las Dignidades eclesiásticas lo ponen fuera de sí. La obra, meritoria en diversos aspectos, es, en general, peligrosa para personas que no estén suficientemente formadas en el orden moral y religioso […] en ocasiones roza la herejía.

Eso favorecía de un modo enorme a la editorial de Ruiz-Castillo (Biblioteca Nueva), no sólo por el hecho mismo de poder publicarla, sino que además en el momento de intentar seducir a otros autores importantes, en particular en el caso del Nobel Juan Ramón Jiménez, el hecho de poder ofrecer incorporarlo a una colección en la que figuraban ya las de Azorín y Clarín resultaba muy tentador.

Edición de las Obras Selectas de Clarín en Biblioteca Nueva. Adviértase que el título y autor sólo aparecen en el lomo.

Sin embargo, acaso alentada por esta primera autorización, la por entonces jovencísima Editora y Distribuidora Hispanoamericana (Edhasa) intentó importar doscientos ejemplares de la edición de la novela de Alas que la argentina Ediciones Emecé acababa de publicar (1946) en dos tomos. Censura denegó a Edhasa el permiso en 1947, que hizo luego una solicitud de importación de doscientos ejemplares de Doña Berta, también de Clarín.

El siguiente intento de publicar La Regenta durante la posguerra española es el que hace en 1956 Alfredo Herrero Romero (de AHR), hoy quizá más famoso por haber nacido en el mismo pueblo que José Manuel Lara (El Pedroso), por haber publicado la primera biografía de Francsico Franco (Centinela de Occidente) o por la mutilación a la que sometió la traducción que Vidal Jové hizo (a partir de la traducción francesa) del Ulysses de Joyce que otras cosas.

El Pedroso en 1888, pueblo del que a José Manuel Lara le gustaba decir que dio dos editores y ningún lector. Podría haber sido al revés.

Es curioso que Alfredo Herrero Romero (1924-1974) recurriera a un recurso muy similar al de su paisano de El Pedroso a la hora de elegir nombre para su editorial. Servirse de las iniciales de sus nombres no es muy distinto al L.A.R.A. con que José Manuel Lara Hernández se estrenó en el mundo de la edición antes de fundar Planeta. Algunas de las colecciones de AHR más famosas fueron la Epopeya y su Héroes, y no hará falta decir a qué “epopeya” aludía al título tras mencionar algunos de los biografiados, además de Franco: Queipo de Llano, Calvo Sotelo, Mola, Primo de Rivera, el general Sanjurjo, Millán Astray… Sin embargo, no puede decirse que se tratara de una editorial monotemática, pues, en un asombroso alarde de heterogenia, también publicó desde 1954 la revista de misterio Elery Queen, la colección infantil y juvenil Fantasía, Medianoche, la destinada a novelas policíacas, y sin duda la mucho más interesante Grandes Novelistas. Pero entre otras rarezas, sus catálogos incluyen también, por ejemplo, las memorias del bohemio periodista y escritor de novelas psicalípticas Eduardo Zamacois (1873-1971) o una todavía aún más incomprensible colección de literatura traducida al catalán en la que, junto al ya mencionado Ulises (para el que intentó sin éxito que Cela escribiera un prólogo) se publicó un Decameró de Boccaccio.

José Manuel Lara Hernández (1914-203).

Según se describe en la solicitud a Censura, lo que se proponía AHR respecto a La Regenta era de nuevo publicar una edición de lujo, pero en este caso en un volumen suelto. El informe que redacta A. Sobejano en respuesta a la petición de AHR de publicar la novela no tiene desperdicio:

 En realidad, los verdaderos protagonistas de la obra son la simonía y la lujuria, que convierten un bellísimo idilio digno de Santa Teresa o San Juan de la Cruz en un torbellino de lascivias sacrílegas que llegan hasta el crimen y hacen olvidar en su nauseabunda fealdad las innumerables bellezas de una pluma magistral como la de Alas. Estimando que esta joya de la literatura es más demoledora por su misma condición de joya, opinamos que NO DEBE AUTORIZARSE.

La Regenta vista por Mauro Álvarez (Plaza de Alfonso II de Oviedo).

El siguiente censor que se enfrentó a la obra, y el primero que paradójicamente la autorizó en una edición suelta, fue Manuel de la Pinta Llorente, conocido sobre todo por dos trabajos como historiador, a cuál más irónico tratándose de un lector de Censura: La Inquisición Española (1948) y La Inquisición Española y los problemas de la cultura y de la intolerancia (1958). En esta ocasión, el 30 de agosto de 1962, quien había presentado La Regenta era la editorial del otro editor del Pedroso, José Manuel Lara, y en el informe de Pinta Lorente se defendía su autorización acudiendo, ya no a la necesidad de restringir el público, sino a que la novela misma de Alas no contaría con el favor de los lectores porque era una novela que él mismo describe como “una joya de la literatura”:

Ciertamente, la novela responde en muchas de sus páginas al inveterado y soez anticlericalismo español de entonces y de «ahora», pero ha de entenderse que se trata de una novela de un intelectual con público bastante restringido, y consideramos una grave equivocación, pese a censuras anteriores negativas, prohibir esta obra, novela capital en nuestras letras contemporáneas.

Un cúmulo de despropósitos, por supuesto. Sin embargo, la autorización para que José Manuel Lara pudiera poner a la venta La Regenta abrió la veda para que pudieran publicarse a continuación tanto la previamente denegada edición de lujo de AHR (el 17 de octubre de 1963), como sobre todo la edición en bolsillo en un solo volumen a Alianza Editorial (16 de noviembre de 1966). Esta última es especialmente importante porque vino a paliar definitivamente un problema del que en 1975 dejaba constancia Francisco Pérez Gutiérrez en El problema religioso en la Generación de 1868:

En los años cuarenta Clarín no se hallaba al alcance de los pobres estudiantes que habíamos contraído el vicio de leer. Su edición de La Regenta, publicada por Emecé, en Buenos Aires en 1946, era caso imposible encontrar; sus Obras Escogidas de Biblioteca Nueva resultaba inasequible por su precio.

Sin embargo, bien pudiera suceder al lector de nuestros días que el saber que La Regenta fue prohibida por la censura franquista actuase como estímulo para leer una de las grandes novelas europeas del siglo XIX.

Folio autógrafo de La Regenta.

 

Fuentes:

Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta (edición de Gonzalo Sobejano), Madrid, Castalia (Clásicos Castalia 110 y 111), 1980 (5ª ed.).

Sergio Beser, ed., Clarín y “La Regenta”, Barcelona, Ariel (Letars e Ideas), 1982.

Clarín y La Regenta en su tiempo. Actas del coloquio internacional, Oviedo, Universidad de Oviedo-Ayuntamiento de Oviedo, Consejería de Educación, Cultura y Deportes, 1987.

La Regenta en Libro de Bolsillo (Alianza Editorial).

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972.

Alberto Lázaro, “El misterio del primer Ulysses catalán: la odisea de Joan Francesc Vidal Jové”, en Santiago José Henríquez Jiménez y Carmen Martín Santana, eds., Estudios Joyceanos en Gran Canaria. Joyce in his Palms, Madrid Huerga & Fierro (Ensayo 51), 2007.

Carmen Servén Díez, “La Regenta frente a la censura franquista”, en María del Pilar García Pinacho e Isabel Pérez Cuenca, eds., Clarín, espejo de una época. Actas del Congreso Internacional celebrado en 2001 en la Universidad San Pablo-CEU.

Carmen Servén Díez, “Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas frente a la censura franquista”, Actas del Séptimo Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular, 2001, pp. 7434-756.

María José Tintoré, “La Regenta” de Clarín y la crítica de su tiempo (prólogo de Antonio Vilanova), Barcelona, Lumen (Palabra Crítica 1), 1987.

 

El Puente, la mítica colección de Guillermo de Torre

A la memoria de Félix Grande (1937-2014)

En 1963, el escritor y editor Guillermo de Torre (1900-1971) pudo por fin poner en marcha un proyecto largamente elaborado y que sufrió una enorme transformación desde sus planteamientos iniciales en Madrid hasta convertirse en una mítica colección bajo los auspicios de la bonaerense Editorial Sudamericana, la colección El Puente.

De izquierda a derecha, Jorge Luis Borges, Virgilio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre.

La enorme trascendencia que tuvo esta colección como vínculo entre la intelectualidad republicana en el exilio y los lectores peninsulares explica que haya sido objeto de varios y muy valiosos estudios, entre los que quizá destaque el que en 2011 le dedicó Federico Gerhardt (“Todos los puentes. El Puente. Una colección en tres épocas”), que ofrece una panorámica de los antecedentes, una reconstrucción histórica del proyecto y una relación completa y fiable de los títulos publicados, no sólo en la primera etapa (cuestión esta objeto de una cierta confusión o controversia), sino también en la segunda (dirigida en Madrid por el poeta Félix Grande entre 1970 y 1971 y cuyos libros maquetaba José María Guelbenzu) y la tercera (ya en Barcelona, entre 2000 y 2004).

Félix Grande (1937-2014) y Paco de Lucía (1947-2014).

Hay acuerdo en remontar el origen de la colección a una interesante polémica que echó a andar el hispanista estadounidense Robert G. Mead Jr. (1913-1995) en la prestigiosa revista Books Abroad cuando en el verano de 1951, al hilo de un retrato de la cultura española (“Dictatorship and Literature in the Spanish World”), señalaba como sus rasgos más característicos el peso de la censura en la literatura, la debilidad y escaso peso específico de la creación intelectual en España y el desconocimiento y desencuentro entre la producción que venían desarrollando los intelectuales republicanos exiliados y la sociedad española.

Robert G. Mead, Jr.

Años más tarde, en 1954, Mead sintetizó las intenciones de aquel polémico artículo en “Meditación sobre la libertad intelectual en el mundo hispánico (Cuadernos Americanos, marzo-abril de 1954, pp. 48-49):

Mis alegatos capitales, y me limito aquí a esbozarlos, eran que el régimen de Franco, mediante la censura y otros recursos represivos, había deformado el normal desenvolvimiento intelectual del país, dejándolo trunco o poco desarrollado en varios sentidos. Señalé la magna pérdida en todas las ramas del arte y del pensamiento que había sufrido España como resultado de la emigración forzada o voluntaria de tantos de sus hijos […] Recordé la complicidad de muchas casas editoras e la campaña oficial de eliminar de los libros los nombres de aquellos escritores y críticos que fueron republicanos.

Esto dio pie a una intensa polémica en la que abrió fuego Julián Marías (también en Books Abroad), y en la que intervinieron José Luis Aranguren, Arturo Barea, Dwight L. Bolinger, Ramón J. Sender, Elías L. Rivers, un colectivo de exiliados republicanos en Buenos Aires (Sánchez Albornoz, Eduardo Blanco-Amor, Francisco Vera, Alejandro Casona…) y Guillermo de Torre.

Guillermo de Torre.

Los trabajos de Manuel Aznar Soler y José Carlos Mainer que se mencionan más adelante permiten seguir los pormenores de este debate, cuyo principal intirás quizá sea que plantea la posibilidad de establecer puentes de comunicación entre la cultura española en el exilio, que a su vez había ido creando plataformas de interrelación, y los intelectuales que al término de la guerra habían permanecido en España (o inlcuso con las nuevas promociones que por entonces etaban surgiendo). Sin embargo, vale la pena añadir en este contexto que Guillermo de Torre intervino ya en el llamado “Pleito del Meridiano”, en el que, desde las páginas de La Gaceta Literaria, ya en abril de 1927 abogó por una hermandad de los escritores españoles y americanos.

José Luis Aranguren.

Con este objetivo en mente, hacia 1958 Guillermo de Torre había intentado poner en pie una revista a instancias del filósofo José Luis Aranguren (desde Madrid), a los que no tardaron en sumarse el poeta catalán Carles Riba (por aquel entonces en Barcelona, tras un breve exilio) y Juan Marichal (profesor de estudios hispánicos en la Universidad de Harvard, Massachussetts, y en estrecho contacto con los exiliados en México). El objetivo era establecer un diálogo “las diversas orillas ideológicas a que fueron a parar los españoles después de su dramática contienda”, como recoge Francisca Montiel Rayo en su análisis de este proyecto que no llegó a cuajar (entre otras razones, por razones económicas).

Antoni López Llausàs.

Antoni López Llausàs.

Finalmente, y en forma de excelente colección culturalmente ambiciosa, el proyecto pudo llevarse a cabo gracias al apoyo del editor catalán exiliado en Buenos Aires Antoni López Llausàs (1988-1979), quien probablemente vio en él un excelente complemento a sus propias iniciativas para reintroducir la cultura republicana en España mediante la creación de la editorial Edhasa. Declaraba Guillermo de Torre a la revista Ínsula en 1962:

La nueva colección que publicarán la Sudamericana de Buenos Aires y la Edhasa de Barcelona asumirá un título simbólico […] El Puente, y tenderá a agrupar bajo sus arcos a escritores españoles de las dos orillas, españoles de dentro y de fuera de España, unificados por un común espíritu de exigencia y rigor, además de algunos afines hispanoamericanos y extranjeros. Se tratará principalmente de ensayos y de estudios literarios e historia.

ArciniegasCiertamente, la colección que salió finalmente se mantuvo en esencia fiel a estos planteamientos en los 28 títulos de su primera etapa, si bien la presencia de autores latinoamericanos se limitó al escritor colombiano Germán Arciniegas (1900-1999) y la hispanochilena Concha Zardoya (1914-2004). E incluso los títulos y autores que allí anuncia el editor (En torno al Poema del Cid, de Menéndez Pidal, y obras de Ferrater Mora, Gaziel (Agustí Calvet), Corpus Barga, Gómez de la Serna o Francisco Ayala, entre otros), se publicaron realmente.

De octubre de 1961 es la primera versión de lo que podría considerarse el manifiesto fundacional de la colección, obra de Guillermo de Torre, describiendo la colección, así que en el momento de publicarse la entrevista en Ínsula era un proyecto más que sobradamente madurado. Pero la entrevista es también interesante además para ver qué libros no llegaron a publicarse.

 En la relación de autores a los que se ha solicitado y han prometido su contribución para los volúmenes sucesivos figuran nombres como los de Claudio Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, Mariano Picón Salas, Padro Laín Entralgo, Germán Arciniegas, Dionisio Ridruejo, Francisco Ayala…

Interior de Entre el Mar Rojo y el Mar Muerto.

Interior de Entre el Mar Rojo y el Mar Muerto.

Ni el venezolano Mariano Picón Salas (1901-965) ni los españoles Claudio Sánchez Albornoz y Dionisio Ridruejo llegaron a publicarse en El Puente, cuya nómina de autores constituye una pléyade sobradamente ilustrativa: Max Aub, Arciniegas, Francisco Ayala, Azorín, Carmen Bravo Villasante, Corpus Barga, Fernando Chueca Goitia, Guillermo Díaz-Plaja, Ferrater Mora, Paulino Garagorri, Juan Antonio Gaya Nuño, Gaziel, Gómez de la Serna, Pedro Laín Entralgo, Salvador de Madariaga, Julián Marías, Menéndez Pidal, Pérez de Ayala, Mercè Rodoreda, Salazar Chapela, Rafael Santos Torrella, Guillermo de Torre y María Zambrano.

Max Aub (1903-1972).

Sin embargo, presentado a la censura española, esa primera versión del prospecto fue rechazada y aún tuvo que escribir dos más Guillermo de Torre (ambas sin fecha), antes de que la colección pudiera echar a andar. Tampoco los propios libros escaparon al abrumador e irritante torpedeo de la censura, y por ejemplo en el caso del libro de relatos El zopilote y otros cuentos mexicanos, de nuevo Federico Gerhardt ha sido quien ha reconstruido con minucia los pasos previos que tuvo que dar antes de ver la luz el primer volumen de Max Aub que aparecía en la España franquista o, como escribió el propio Aub en carta a Ignacio Soldevila, “mi primer libro republicado en España”. Propuesto en carta del 14 de septiembre de 1963 con el título La excepción y la regla (que reunía los de Cuentos mexicanos con el añadido de “El zopilote”, “La vejez” y “El hombre de paja”), al gerente de Edhasa, Ricardo Campos, le llegó con cuatro posibles títulos, pero el definitivo fue decisión de Guillermo de Torre (como ya hiciera, por otra parte, con algún que otro título de la colección, como El tiempo que ni vuelve ni tropieza, de Marías): El zopilote y otros cuentos mexicanos.  De nuevo Gerhardt reproduce un interesante pasaje en que Guillermo de Torre da cuenta del resultado del paso de la obra por censura:

La censura ha sido más benévola de lo que, a pesar de la recaída última, era presumible. Únicamente, en el cuento del impresor [“De cómo Julián Calvo se arruinó por segunda vez”] ha tachado algunas líneas sueltas: una alusión a Franco, otra a los curas, otra al Papa y un párrafo de siete líneas donde se habla de las “nalgas de Virginia”. Como todo lo demás está intacto y ninguna de las tachaduras impide la comprensión del texto, ni cambia el sentido del conjunto, hemos resuelto aceptarlas; lo contrario hubiera supuesto no obtener la autorización y retrasar la salida del libro, que es inminente. Presumiendo su “fatal” conformidad a esta levísima poda, así se lo comunicamos al Sr. Campos, gerente de Edhasa en Barcelona.

Tres títulos de la serie memorialística de Corpus Bargas.

Tres títulos de la serie memorialística de Corpus Bargas.

Es interesante también advertir que esta iniciativa corría paralela a la introducción en España de otras editoriales, como Ediciones Guadarrama y a la intensiva publicación que llevó a cabo pocos años más tarde la Editorial Andorra, más centrada en la narrativa (Aub, Andújar, Ayala, Rosa Chacel, Otaola, Serrano Poncela, Sender…), así como advertir la presencia en El Puente de unas cuantas traducciones del catalán: Tres mundos: Cataluña, España, Europa, de Ferrater Mora, había aparecido en Selecta de Josep Maria Cruzet (1903-1962) como Les formes de la vida catalana; Castilla adentro y Portugal lejano, de Gaziel, son traducciones de María Teresa López de libros también publicados en Selecta (Castella endins y Portugal enfora), y valdrá la pena recordar que Cruzet se inició en el mundo del libro en la imprenta de López Llausàs y que se asociaron para crear en 1924 la Llibreria Catalònia. Sin embargo, más importante sería la traducción que Enrique Sordo hizo de La plaza del Diamant, de Mercè Rodoreda, que en Barcelona y en catalán había publicado Joan Sales (1912-1983) en su Club Editor. Con el tiempo, esta traducción provocó un indignado revuelo cuando en 1983 la reeditó Editorial Sudamericana no sólo sin mencionar al traductor, sino incluso que se trataba de una traducción (el prestigioso traductor Jordi Arbonés, en calidad de miembro de Obra Cultural Catalana en Buenos Aires, publicó sobre ello un vitriólico texto en el Diario de Barcelona del 8 de noviembre de 1983).

FerraterMoraEl marcado diseño de la colección El Puente, con su característico logo, el fondo monocronático pero siempre llamativo y la fotografía  de un puente español célebre pero siempre distinto reforzaron la identidad de una colección sobre la que vale la pena volver, no sólo por lo bien planteada y oportuna que fue en su momento, para reivindicar la figura del Guillermo de Torre editor, por el interés de los títulos que publicó, e incluso por sus dos efímeras secuelas, sino sobre todo por la extraordinaria potencia del simbolismo como propuesta de diálogo cultural.

 

Lomo de algunos títulos.

Lomo de algunos títulos.

 

Fuentes:

MaríasManuel Aznar Soler, “Exilio republicano de 1939 y patrimonio literario. De la colección Patria y Ausencia (1952) a la Biblioteca del Exilio (2000)”, en Los laberintos del exilio. Diecisiete estudios sobre la obra literaria de Max Aub, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2003, pp. 93-126.

Manuel Aznar Soler. «“El puente imposible”: el lugar de Sender en la polémica sobre el exilio español de 1939», en Juan Carlos Ara Torralba y Fermín Gil Encabo,  eds., El lugar de Sender. Actas del I Congreso sobre Ramón J, Sender (Huesca, 3-7 de abril de 1995), Huesca-Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses- Institución Fernando el Católico, 1997, pp. 279-294.

AnteAvellanedaFederico Gerhardt, “Acerca de la edición de El zopilote y otros cuentos mexicanos de Max Aub”, El Correo de Euclides , 4 (2009), pp. 30-47.

Federico Gerhardt,“Todos los puentes El puente. Una Colección en tres épocas”, Olivar, vol. 12, núm.16 (julio-diciembre de 2011).

Fernando Larraz, El monopolio de la palabra. El exilio intelectual en la España franquista , Madrid, Biblioteca Nueva, 2009.

SernaJosé Carlos Mainer, “El lento regreso. Textos y contextos de la colección ‘El Puente’ (1963-1968)“, en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939, Barcelona, Gexel, 1999, pp. 395-415.

Josep Mengual Català, 2005. “El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada“, Quimera , 252 (enero de 2005; numero monográfico sobre la narrativa breve en el exilio, coordinado por Javier Quiñones), pp. 56-60.

Francisca Montiel Rayo , 2003. “La revista El Puente , un frustrado proyecto de cooperación intelectual entre las dos Españas”, Alicia Alted Vigil y Manuel Llusia (eds.), La cultura del exilio republicano de 1939 , Madrid, UNED, 2003, pp. 199-218.

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Prehistoria de Editorial Sudamericana y Edhasa

Antoni López Llausàs (1888-1979) llevaba toda la vida entre papel impreso cuando, al final de la guerra civil española, se puso al frente de una de las empresas culturales más importantes en la historia cultural argentina, Editorial Sudamericana, a la que años más tarde añadiría, en Barcelona, la Editora y Distribuidora Hispano-Americana, S. A. (Edhasa).

Innocenci López Bernagossi, según lo identifica Wikipedia.

En realidad, de casta le venía al galgo. El abuelo de Antoni López Llausàs, Innocenci López Bernagossi (1829-1895), es toda una institución en el mundo de la edición barcelonesa del siglo XIX, y si desde 1855 su Llibreria Espanyola fue sede de algunas tertulias muy interesantes, lo que le dio verdadera fama fue sobre todo su labor como impulsor de diversas publicaciones periódicas, en particular de tipo humorístico y satírico (Parodia de un Diario de Barcelona, Un tros de paper, La Rambla, L´Esquella de la Torratxa, La Campana de Gràcia…).

Un tros de paper

Tanto la Llibreria Espanyola como las revistas de López Bernagossi tuvieron continuidad gracias a su hijo Antoni López Benturas (1861-1931), padre de López Llausàs. Publicaciones por entonces ya muy asentadas como La Campana de Gracia o L´Esquella de la Torratxa sobrevivieron mediante la labor de López Benturas, quien publicó también algunos libros importantes, como Barcelona a la vista, Montserrat a la vista, el diccionario catalán-castellano de Rovira i Virgili o la célebre colección en lengua española Diamante (en la que aparecieron obras de Gabriel Miró, Jacinto Benavente y Felipe Trigo, entre una marabunta de folletines decimonónicos y clásicos del siglo de oro español. Santiago Rusiñol (1861-1931), Apel·les Mestres (1854-1936) o Emili Vilanova (1840-1905) son otros de los autores que frecuentaron las ediciones de López Editor.

De pie y de izquierda a derecha: Vicenç Solé de Sojo, Antoni López Llausàs, Joaquim Montaner y Joaquim Borralleras; sentados: Josep Pla, Salvador Tayá y Josep Barbey.

Tras dejar inacabados estudios de ingeniería, Antoni López Llausàs compaginó los de derecho con la colaboración en la empresa familiar, y se ocupó por ejemplo del número extraordinario que en 1909 dedicó a la pereza L´Esquella de la Torratxa, ilustrado por Apa (Feliu Elias, 1878-1948), y de labores de distribucción. Fue además en la Llibreria Espanyola donde estableció contacto con algunos escritores que tendrían mucho importancia en su carrera posterior, como Josep Maria de Sagarra (1894-1961) o Josep Pla (1897-1981).

Portada de L´Esquella de la Torratxa de 1916.

Sin embargo, se ganó el prestigio de hombre ingenioso cuando advirtió el potencial que había adquirido la publicidad y, tras reservar una página en cada número de L´Esquella de la Torratxa a anunciantes que él mismo se ocupaba de buscar, ingenió un sistema para introducir anuncios en los formularios para la escritura de telegramas de la Compañía Telefónica. Posteriormente contrató el tablón de anuncios del Principal Palace con el mismo propósito.

Con este bagaje creó A. López Llausàs Impresor (en la calle Diputació 95) y, sobre todo la celebérrima Llibreria Catalonia (inicialmente, en 1924, en la Plaça Catalunya, 12), desde donde se inició en la publicación de libros y se convirtió en uno de los más claros, convencidos y eficaces impulsores de la normativa del catalán obra de Pompeu Fabra (1868-1948).

De izquierda a derecha: Josep Maria Planes, Antoni López Llausàs, Josep Maria de Sagarra, Francesc Pujols y Josep Pla (1930).

Entre las innovaciones de la Catalonia se cuenta el libre acceso de los clientes a los ejemplares a la venta, de modo que desde entonces se pudo hojear, en una mesa dispuesta para tal fin, los libros antes de su compra; la participación muy activa (y muy provechosa) en la celebración de la Diada de Sant Jordi; la disponibilidad de algunas obras importantes en lenguas distintas al catalán y castellano, o la creación de una sección de cuentas corrientes o de ventas a pago aplazado.

Imagen de la plaça Catalunya en la que puede verse la Catalonia (h. 1925).

Entre las publicaciones de López Llausàs, además de la continuidad que dio al fondo de Editorial Catalana (en el que destacaba la lujosa revista D´Ací i d´Allà), suele dstacarse su Biblioteca Literaria (dirigida por Joan Estelrich), la Biblioteca Univers (con Carles Soldevila como director), los muy populares Quaderns Blaus (colección de biografías dirigida por Màrius Torres y Carles Soldevila) y sobre todo el Diccionari de la Llengua Catalana de Pompeu Fabra, de longevísima vigencia.

Publicidad en la Catalonia (“Los libros gobiernan el mundo”).

Sin embargo, no menos interés tienen su ediciones conmemorativas. Para celebrar el tercer aniversario se editó Paradisos de paper (1927), un compendio de textos breves de muy diversos autores acerca del mundo de la letra impresa.

Mayor significación incluso tiene la traducción que de La chose littéraire de Bernard Grasset (1881-1957) hizo el propio López Llausàs para conmemorar el quinto aniversario, y que se publicó a finales de 1928 con el título El món del llibre, precedido de un extenso y jugoso prólogo que Manuel Llanas ha analizado con cierto detenimiento. Añadido a las obras del mismo cariz de Santiago Salvat L´editor davant el llibre (Institut Català de les Arts del Llibre, 1936) y de Gustau Gili Bosquejo de una política del libro (edición del autor, 1944), el prólogo de López Llausàs constituye el germen de una rica y apasionante tradición de libros sobre el mundo de la edición escritos por sus protagonistas, no con una visión anecdótica, memorialística o histórica, sino de reflexión sobre el oficio.

Antoni López Llausàs

Lo que pone de manifiesto de un modo incuestionable este prólgo de López Llausàs es que ya bastante antes del levantamiento militar que desencadenó la guerra civil (y que le llevó al exilio), quien estaba destinado a convertir la Editorial Sudamericana (1939) en uno de los faros de la edición en lengua española y además crear la editorial Edhasa (1946), tenía las ideas muy claras acerca de la función y responsabilidad cultural –e incluso cívica– del editor, sin desdeñar por ello, sino todo lo contrario, la audacia de Bernard Grasset en el empleo de la publicidad.

Fuentes:

De izda. a dcha.: Francesc Pujols, Josep Pla y Antoni López Llausàs.

Las revistas mencionadas pueden consultarse completas en línea en el Arxiu de Revistes Catalanes Antigues (ARCA).

AA.VV, Barcelona i els llibres. Els llibres de Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 2006.

Manuel Llanas, Manuel, L´edició a Catalunya: el segle xx (fins 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Isabel Lletget López, Memòries de la família Lletget López del 1872 al 1942, Biblio3W, núm. 718 (20 de abril de 2007).

Martínez Martín, Jesús, ed., Historia de la edición en España 1836-1936, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2001.

Solà i Dachs, Lluis, Història dels diaris en català, Barcelona 1879-1976, Barcelona, Edhasa, 1978.

Joan Torrent y Rafael Tasis, Història de la premsa catalana, Barcelona, Bruguera, 1966. s vols.

Las puertas de la imaginación (Paco Porrúa)

Paco Porrúa.

El nombre de Paco Porrúa –con menos frecuencia Francisco Porrúa– salpica las más diversas conversaciones acerca de grandes editores de todos los tiempos. Aparece indefectiblemente cuando se habla de los primeros pasos de Julio Cortázar (quien le dedicó Todos los fuegos el fuego), al reconstruir el proceso de contratación y publicación de Cien años de soledad, al identificar al introductor de Ray Bradbury y otras voces principales de la ciencia ficción a la lengua española, al repasar los primeros y principales impulsores de la novela histórica (Robert Graves, Gore Vidal, Marguerite Yourcenar), al rastrear los orígenes como novelista de Carlos Ruiz Zafón, pero también al enumerar a los editores capaces de descubrir grandes filones comerciales (El Señor de los Anillos, en particular) que permiten, a la larga y a la corta, enormes beneficios sin apartarse de una línea editorial previamente fijada y coherente.

Nacido en Corcubión (Galicia) en 1922 y establecido con apenas dos años en Comodoro Rivadavia (Patagonia argentina), sus primeros trabajos importantes los llevó a cabo Porrúa en Buenos Aires, adonde se había trasladado a los dieciocho años para cursar estudios de filosofía (1940-1945), al tiempo que empezó también a introducirse en imprentas y editoriales como corrector y redactor. Paco Porrúa pertenece a esa estirpe de editores que tuvo una formación de primera mano en muy diversas tareas relacionadas con el libro, que conocen a fondo porque las han vivido desde primera fila las diversas fases de edición y publicación de un libro, pero fue concretamente la lectura de originales y la redacción de informes lo le llevaría a un puesto desde el que su influencia en la evolución de las letras hispánicas fue enorme.

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury (Buenos Aires, Minotauro, 1955), con prólogo de Jorge Luis Borges.

Ya había establecido contacto con la Editorial Sudamericana de Antonio López Llausàs cuando en 1954 se le ocurrió la genial idea de crear la editorial Minotauro, cuyo primer libro aparecía al año siguiente, las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, en traducción del propio Porrúa y precedidas de un prólogo de Jorge Luis Borges. Y a este libro seguirían Mercaderes del espacio (1955), de Frederick Pohl y Cyril M. Kornbulth, Más que humano (1955), de Theodore Sturgeon y El hombre ilustrado (1955), de Bradbury.

Segunda entrega de Minotauro, Más que humano (1955), de Sturgeon.

Este estudiante de filosofía había llegado sin embargo por un camino quizá poco común al interés por la ciencia ficción, género que contribuyó a dignificar en el ámbito de las letras hispánicas:

 Curiosamente todo empezó por mis concepciones políticas de izquierda. La idea de Minotauro nació de mi lectura de la revista de Sartre, Les Temps Modernes. Yo la leía todos los meses, me interesaba mucho esa revista, tanto desde un punto de vista filosófico como político. Un día me encontré con un artículo que se llamaba algo así como “Qu’est que c’est la science-fiction?” (¿Qué es la ciencia ficción?), y allí se mencionaba a un escritor norteamericano de apellido Bradbury. Entonces fui a una librería a la que iba habitualmente, conseguí un libro suyo en inglés y eso fue lo primero que leí de la ciencia ficción moderna. Naturalmente, de la afición que de ahí en adelante desarrollé por esta clase de libros nació el deseo de editarlos.

En cualquier caso, la apuesta y el compromiso con la ciencia ficción fue una constante en la obra editorial de Porrúa, y, en sus propias palabras:

Nuestro propósito fue sobre todo crear una colección que mostrara la importancia de un género que, muy a menudo, contra corriente, ha luchado contra la suficiencia y la ignorancia. […] Hemos probado, hemos intentado probar, que no hay jerarquía de géneros, y que algunos libros de ciencia ficción son tan válidos y necesarios como las mejores obras de cualquier otra índole.

La elección de la ciencia ficción y la narrativa alejada del realismo –que, como Borges, Porrúa considera una etapa que pasará– no constituyó (o no solamente) el compromiso con una línea de enorme potencial comercial en esos años (durante la Guerra Fría), sino que partía sobre todo de un planteamiento de raíz cultural y como respuesta a sus gustos personales. Declaraba Porrúa en otro contexto, refiriéndose en particular a la literatura de fantasía (fantasy):

 Al fin y al cabo, desde sus comienzos la literatura fue fantasía: los primeros mitos son literatura fantástica, Homero es literatura fantástica, el Dante lo mismo, Goethe también. Toda la literatura es de algún modo un arte de la imaginación, una descripción de lo insólito, como explica Cortázar en Los premios, no una minuciosa observación de los detalles o, lo que es peor, una colección de lugares comunes.

Los Premios (Buenos Aires, Sudamericana, 1960).

El hecho incontrastable es que Porrúa vio y aprovechó antes que nadie una veta por explotar, y Borges confesó años más tarde que lo primero que hizo en cuanto hubo entregado el prólogo para el libro de Bradbury fue tomar un taxi y correr a proponer a la editorial Emecé crear una colección dedicada al género, cosa que fue rechazada.

Primera edición de la Antología de literatura fantástica (que iniciaba la colección Laberinto en Sudamericana), preparada por Borges, Bioy Casares y Ocampo.

Sin embargo, Antonio López Llovet (subdirector de Editorial Sudamericana) recluta enseguida a Porrúa como asesor de la exitosa editorial como “lector anónimo”. Según contó Antonio López Llausàs a Tomás Eloy Tizón, nunca publicaba nada sin la aprobación de su “lector desconocido”, que no era otro que Porrúa, quien entró en la empresa en  1957 como asesor mientras colaboraba incansablemente con numerosos periódicos y revistas argentinos, y en 1962 se convertiría en director literario de Sudamericana (lugar que ocuparía hasta 1972, cuando le sustituyó Enrique Pezzoni). Allí uno de los primeros libros sobre los que tuvo que decidir fue Las armas secretas, de Julio Cortázar, que anteriormente había publicado en Sudamericana el Bestiario, cuya primera edición permanecía en su mayor parte en los almacenes. Sin embargo, Porrúa estaba tan convencidísimo de la valía de la obra de Cortázar que, no sólo se convirtió en en su editor en Sudamericana, sino que cuando se conocieron, en 1962, le propuso reunir para Minotauro una serie de textos sueltos de “cronopios” que habían ido apareciendo en publicaciones periódicas diversas. Como es bien sabido, esa edición se llevó a cabo, pero en cuanto el éxito de Cortázar pasó del reducido grupo de Aldo Pllegrini y los lectores de la revista surrealista A partir de cero para cobrar una dimensión internacional, Minotauro perdió los derechos sobre esa obra. Cortázar contó el nacimiento de este libro del siguiente modo:

 Francisco Porrúa, que es el asesor de la Editorial Sudamericana y un gran amigo mío, leyó los Cronopios en esa pequeña edición de mimeógrafo, y me dijo: “Me gustaría editar este libro pero es muy flaquito, ¿no tienes otras cosas?” Entonces yo busqué entre mis papeles y aparecieron las demás partes y me di cuenta de que, aunque fueran secciones diferentes, en conjunto había una unidad en el libro. En primer lugar una unidad de tipo formal, porque son textos cortos. Entonces los ordené y dio un libro de dimensiones normales. Esa es la historia.

Tanto rebuscó Cortázar en sus papeles, que incluso llegó un momento en que Porrúa le sugirió eliminar algunos de los textos (“Never stop the press”, “Vitalidad” y “Almuerzo”) que más adelante se publicarían en una primera edición artesanal llevada a cabo por José María Passalacqua y con ilustraciones de Judith Lange.

Historias de cronopios y de famas (Buenos Aires, Minotauro, 1962).

 

Simultáneamente a su labor en Sudamericana (donde el gran hito fue sin duda la contratación de García Márquez), y posteriormente en Edhasa (donde impulsó la colección más conocida de la editorial, Narrativas Históricas), Paco Porrúa prosiguió con tenacidad en su proyecto personal:

 Minotauro era una editorial totalmente artesanal. Yo contrataba el libro, lo traducía, lo corregía, lo llevaba a la imprenta, seguía paso a paso el proceso, decidía las solapas. Firmar encima la traducción me pareció un exceso, así que siempre utilicé seudónimos. Y he sido muy riguroso.

 

Gabriel García Márquez y Paco Porrúa.

Introductora en el ámbito hispánico de autores tan diversos como Arthur C. Clarke, Ursula K. Le Guin, Brian W. Aldiss, J.G. Ballard, Philip K. Dick, y de obras que caían en su órbita pero de algunos autores a veces inesperados como H.P. Lovecraft, Howard Fast, William Golding, Doris Lessing, Gore Vidal o Italo Calvino, tampoco en los aspectos formales Minotauro se dejó llevar por la inercia del tópico y no sólo procuró apartarse siempre del peor cutrismo pulp de estirpe estadounidense, sino que además renovó periódicamente los diseños. En los primeros tiempos sus cubiertas fueron obra del célebre patafísico Juan Esteban Fassio (1924-1980), que tradujo además para Minotauro el Ubu Rey de Alfred Jarry, lo que puede dar ya una idea de la importancia que, dentro de la modestia, se concedía a estas cuestiones.

Paco Porrúa.

La estela que con Minotauro ha dejado Paco Porrúa como dignificador de la ciencia ficción y de los géneros narrativos de imaginación y fantasía es realmente extraordinario, y a nadie extraña que la más conocida librería especializada, Gigamesh, haya bautizado con su nombre su sala de actos principal. Si los editores y escritores han galardonado reiterada y muy merecidamente la labor de Paco Porrúa, es muy lógico que haya tenido también el reconocimiento de los libreros y los lectores. Méritos no le faltan; en el campo de la ciencia ficción y en tantos otros.

Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.

Fuentes:

C. Álvarez Garriga, “Entrevista a Francisco Porrúa”, Dossier Abc.

Rodrigo Fresán, “Paco Porrúa, el hombre del microscopio”, El Malpensante, núm. 51 (diciembre-febrero 2004).

José Ramón Giner, “Francisco Porrúa”, Información, 11 de diciembre de 2003.

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino (Minotauro, 1972).

Ramón González Férriz, “Entrevista con Francisco Porrúa”, Letras Libres, noviembre de 2005.

Patricio Lennard, “Confieso que he leído. Entrevista a Paco Porrúa”, Página 12, 7 de junio de 2009.

Winston Manrique Sabogal, “El editor de cien años”, Galeon.com.

Tomás Eloy Martínez, “Los sueños de un profeta”, La Nación, 4 de septiembre de 1999.

Guillermo Mayr, “Cortázar: cronopios y famas”, texto en cuatro partes, El jinete insomne, 9 de junio de 2011-15 de junio de 2011.

Josep Mengual Català, “Los muchos méritos de Paco Porrúa”, Quimera, núm. 241 (marzo de 2004), pp. 4-5.

Salvador Rodríguez, “Francisco Porrúa, el gallego que entendió la novela ´Rayuela´ a la primera lectura”, Faro de Vigo, 30 de junio de 2006.

José Andrés Rojo, “La lectura es la felicidad de los hombres. Entrevista a Francisco Porrúa”, El País, 3 de diciembre de 2003, p. 42.

Ricard Ruiz Garzón, “Porrúa en Gigamesh”, El Periódico, 2 de abril de 2014.

Kalki, de Gore Vidal (Minotauro, 1979).

Max Seitz, “Francisco Porrúa, primer editor de Cien años de soledad”, La Tercera, 19 de abril de 2014.

Marcial Souto,“Francisco Porrúa. El señor de El señor de los Anillos”, El Periódico, 13 de octubre de 2005, p. XV.

Sergio Vila-Sanjuán, “Las cuatro vidas de Carlos Ruiz Zafón“, Magazine de La Vanguardia, 2 de noviembre de 2003.