Paisajes Narrados, una colección rupturista

Logo de Minúscula, un hallazgo de Pepe Far y Valeria Bergalli.

Logo de Minúscula, un hallazgo del diseñador Pepe Far y la editora Valeria Bergalli.

Una de las formas que los aficionados a la taxonomía tienen de clasificar a los lectores –aunque todos ellos busquen en última instancia el placer estético– es entre aquellos que lo que esperan en la lectura es «reconocerse», tomar consciencia de su pertenencia a una tradición y reencontrarse con unos formatos, estilos y géneros literarios previamente conocidos, y quienes lo que buscan es «conocer», descubrir nuevos modos de leer lo más distintos posibles a los que han experimentado hasta el presente, acceder a nuevos puntos de vista desde los que acercarse e interpretar el mundo. Muy probablemente, la colección Paisajes Narrados de la Editorial Minúscula ofrece más alicientes a los segundos que a los primeros, aun cuando el objetivo parece ser también, de un modo sutil e irónico, que el lector tome consciencia acerca de la existencia de una arraigada tradición europea (u occidental), que es lo que a su vez vincula la colección con otras de la editorial y convierte el proyecto en marcadamente europeísta. Y quizá esto explica que se haya convertido en una de las colecciones más prestigiosas y atentamente seguidas de las primeras décadas del siglo XXI.

La radicalidad de la propuesta de la editora Valeria Bergalli no es de esas estruendosas y rampantes, las de rompe y rasga, sino de las punzantes, de las irónicas, y una de sus manifestaciones es la absoluta ruptura de una categoría en apariencia incuestionada tanto en el sector editorial como en el de la crítica literaria y entre los lectores más convencionales como es la distinción entre ficción y no ficción como categoría clasificadora de los textos literarios. Uno se pregunta atónito cómo podría alguien describir en pocas palabras cualquiera de los textos de Paisajes Narrados en una espídica reunión en la Feria del Libro de Frankfurt.

En una entrevista conjunta que la filóloga, dramaturga y actriz Esther Lázaro le hizo a la escritora chilena Nona Fernández y a Valeria Bergalli, explicaba Fernández que cuando publicó en su país natal la novela Chilean Electric (aparecida originalmente en la editorial independiente santiagueña Alquimia) tenía muchas dudas acerca de la recepción que iba a tener precisamente debido al carácter híbrido y poco convencional de su texto, mientras que eso era justamente uno de los mayores atractivos que tenía para la editora de Minúscula, que no trabaja con las categorías ficción/no ficción, sino con la mirada puesta en la calidad de la prosa y en la creatividad literaria.

No es difícil suponer que algo parecido debió de ser el caso de un autor igualmente inclasificable, y por eso mismo difícil de incorporar a los catálogos de otras muchas editoriales, como es el asturiano Jesús del Campo (cuyo ámbito de investigación preferente como profesor universitario ha sido precisamente la literatura de viajes). Su estreno en 1995 con Radio Babel –descrito  como «un esfuerzo por dinamitar la lógica literaria»– fue ya significativo, pues se produjo en la muy heterogénea y hetedoroxa editorial de Benito García Noriega KRK, que tiene en su haber la obtención del Premio Nacional al Libro Mejor Editado en la categoría de obras generales y de divulgación en dos años consecutivos (2011 y 2012), y a éste siguió el libro de sonetos en lengua inglesa Knights and Days, en la misma editorial en 1996, y un ensayo académico sobre cuatro novelas de Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Paul Theroux y J. M. Coetzee. Igualmente inclasificables fueron sus siguientes obras narrativas, publicadas originalmente en Debate, Los diarios clandestinos de Blancanieves (2001) y Las últimas voluntades del caballero Hawkins (2002), que luego recuperaría Edhasa, que a su vez le publicaría también su mordaz y sarcástica compilación de cuentos Historia del mundo para rebeldes y sonámbulos (2007). Sin embargo, Edhasa no se atrevió con Castilla y otras islas (2008), entre otras cosas porque no tenía colección donde hacerla encajar, que publicó Minúscula como número 22 de Paisajes Narrados y, según Bergalli, «circuló bien, para ser un libro difícil de clasificar». También en esta colección apareció, como número 44, Berlín y los barcos de ocho velas (2010), libro que en buena medida está muy emparentado con su siguiente Tristan Benson Blues (2011), que de nuevo sí se atrevió a publicar Edhasa por razones que quizá se puedan deducir fácilmente. La calidad de la prosa de Jesús del Campo y la inventiva e inteligencia del autor ha sido más que elogiada por la crítica española más exigente, y a ello se añade ya en 2004 el italiano Premio Gatea (destinado a la literatura de viajes), pero ese mismo carácter híbrido, escurridizo, irónico e indómito ante la taxonomía de la literatura de Jesús del Campo explican seguramente su trayectoria editorial.

De hecho, Paisajes Narrados ya expresa esa convivencia, confluencia, acaso cruce o mezcla entre lo ficticio y lo no ficticio en su propio nombre; e incluso si hasta el momento sólo ha albergado obras en prosa (cercanas a la crónica, al ensayo, al relato o al reportaje), es posible que libros como Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, o Roma, peligro para caminantes, de Rafael Alberti, no desentonaran en exceso en ella, pues el elemento esencial en este caso es la vinculación con un espacio. Para encontrar algo mínimamente similar quizá hubiera que evocar algunos de los títulos publicados por Gadir (Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi; Caminando por Las Hurdes, de Antonio Ferres, La toscana en tren de vapor, de Carlo Collodi, Elogio de  París, de Víctor Hugo, Las cartas de Egipto, de Flaubert…).

La asombrosa y muy personal idea de convertir el espacio, y más particularmente la ciudad, en elemento vertebrador de una colección, al margen de consideraciones de género más allá de la prosa, sin duda tiene que ver con la formación como antropóloga de su editora y su interés por la antropología urbana y el imaginario urbano, como ella misma ha reconocido, lo cual no hace sino subrayar el carácter marcadamente personal de la colección. La propia Bergalli ha desarrollado convincente y reiteradamente la idea que impulsa la colección (cercana a la idea de literatura de lugares), más allá de la sucinta descripción que cualquiera puede encontrar en su web:

Paisajes Narrados es una colección abierta que busca explorar el papel que ocupa el lugar en la literatura. Los ingleses tienen la expresión the sense of place, que sugiere la exploración de textos que pueden surgir a partir del estímulo que produce el hecho de intentar aprehender un determinado lugar real o imaginario. La colección también busca explorar los microcosmos que se van creando alrededor de un determinado lugar, por lo cual creo que la expresión paisaje engloba muy bien lo que entendemos como todo lo que forma parte del lugar y no sólo como la apariencia física de éste.

Las Crónicas berlinesas, de Joseph Roth (1894-1939), publicadas en 2006 como número 16 de la colección y uno de los títulos más reeditados y conocidos de la misma, es un buen ejemplo de ello, pero ya los tres primeros números publicados (todos ellos en el año 2000, el del estreno de la editorial), permitían hacerse una idea bastante aproximada de por dónde irían los tiros: Las ciudades blancas, de Joseph Roth, Verde agua, de Marisa Madieri (1938-1996) y Cerdeña como una infancia, de Elio Vittorini (1908-1966).

Un vistazo apresurado y poco informado a la lista de títulos publicados (Roma, de Gógol, El viaje a Arzum durante la campaña de 1829, de Pushkin, Esto es Nueva York, de E.B. White, París Francia, de Gertrude Stein…) podría propiciar el error –y al parecer eso fue lo que les pasó al principio a algunos libreros despistados– de suponer que se trata de textos cercanos al libro de viajes, pero pocas cosas más lejos de la realidad, pocos textos más alejados del pintoresquismo, de la mirada del turista occidental contemporáneo y de la visión de postal; se trata en cambio en muchos casos de las reflexiones y de la expresión de los sentimientos ambivalentes y/o contradictorios inspirados por la ciudad, de las relaciones afectivas y/o conflictivas establecidas con las mismas, de las vivencias o las impresiones apegadas tanto a un paisaje físico como a un paisaje humano.

Precisamente en uno de los libros ya mencionados, Verde agua, y en los temas que Claudio Magris comenta en el posfacio a la obra, identifica la editora algunas de las ideas recurrentes de la colección y de aquellas que la vinculan con el conjunto del catálogo: «en la publicación del libro de Marisa Madieri estaban ya las preguntas que son ciertamente recurrentes en el catálogo: la cuestión de la identidad, el papel de la frontera, el exilio, el peso de la infancia, la mirada sobre los paisajes, etc.». Y no es muy difícil establecer un parentesco con el modo en que se aborda el tema de la memoria y de la reconstrucción de la historia en un libro publicado casi veinte años después que Verde agua –y por otra parte tan distinto– como es el ya mencionado Chilean Electric. De nuevo, nos encontramos aquí con la fuerte carga personal y biográfica expresada en forma de criterios editoriales. Es decir, al observador mínimamente informado de la trayectoria biográfica e intelectual de la muy cosmopolita y viajada Valeria Bergalli no puede pasarle inadvertido hasta qué punto en su creación la editora está expresando su personalidad y su modo de afrontar el mundo. O dicho en otras palabras, Paisajes Narrados, como idea y como proyecto, es una obra de creación, en ningún caso la mera aplicación del «oficio de editar». Y eso, en el panorama editorial español de principios de siglo, era sumamente rupturista.

Fuentes:

Carlos A. Aguilera, «Paisajes Narrados. Conversación con Valeria Bergalli», El Nuevo Herald, 9 de abril de 2015.

Valeria Bergalli, «Editorial minúscula. Retrato en blanco y negro», intervención en el I Encuentro de Talento Editorial (Cartagena de Indias, 30 de enero de 2014).

Valeria Bergalli, «Una minúscula esperanza», Quimera núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 18-20.

Javier Blánquez, «Valeria Bergalli: “El exceso de libros nuevos perjudica a los lectores”», El Mundo, 2 de noviembre de 2018.

Manuel Cuéllar del Río, «Una editorial minúscula frente a la tiranía de la novedad», Asombrario & Co., 18 de julio de 2016.

Martín Gómez. «Entrevista a Valeria Bergalli, editora de Editorial Minúscula», El Ojo Fisgón, 10 de abril de 2007.

Esther Lázaro, «“La memoria es una especie de palimpsesto”. Entrevista con Nona Fernández (y Valeria Bergalli)», La Huella Digital, 21 de diciembre de 2018.

Matías Néspolo, «“Mi fórmula fue apostar por un catálogo coherente” (entrevista a Valeria Bergalli)», El Mundo, 20 de enero de 2010.

 

 

Una oleada de pequeñas editoriales españolas

«Todo eso de la independencia no es más que marketing, una forma de vender.»

Enrique Murillo

En la primera década del siglo XXI se produjo en España una cierta eclosión de nuevas pequeñas editoriales, muchas de ellas con una marcada vocación literaria, que a menudo se presentaban a sí mismas como independientes ante un momento en que se estaba produciendo un proceso de concentración de sellos en unas pocas grandes empresas y escaseaban las de —en términos empresariales— tamaño medio (Anagrama, Tusquets, Salamandra y no muchas más). En realidad, quizás ese proceso podría rastrearse ya en la década anterior, con la aparición de pequeñas iniciativas casi unipersonales, como fue el caso de las Ediciones Carena de Jesús Membrive, que obtuvo el resonante éxito con Mujeres para la historia, de Antonina Rodrigo; Lengua de Trapo, que batió récords de ventas con Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset; las primero reconvertidas y luego fenecidas Ediciones del Bronce de Miriam Tey, que después de publicar al premio Nobel Gao Xingjian saltó escandalosamente a las páginas de la prensa amarillista a raíz de la polémica publicación de Todas putas, de Hernán Migoya (novela que fue calificada de «apología de la violación», entre otras lindezas); la ya desaparecida editorial de Sergio Gaspar, centrada inicialmente en la publicación de nuevos poetas, DVD, o, ya en 1999, la editorial Páginas de Espuma de Juan Casamayor y Encarnación Molina, dedicada a la publicación casi exclusivamente de narrativa breve o muy breve, en ocasiones en forma de muy útiles antologías panorámicas.

Sin embargo, fue a partir del año 2000 cuando se inició un período en el que no había año en que en España no irrumpiera con ímpetu una o más editoriales con propuestas que muy a menudo suponían una auténtica novedad, ya fuera por cubrir nichos de mercado pequeños y desatendidos por las grandes empresas, por centrarse en géneros más o menos marginalizados o incluso por la presentación misma de los libros como objeto. Aceptando esta periodización, abrieron fuego la madrileña Ocho y Medio, especializada en cine, que en realidad era una continuación de Alphaville y a cuyo frente estaba Jesús Robles, y la editorial unipersonal Minúscula (nacida el año anterior), que ya con su nombre hacía toda una declaración de intenciones, y que con el tiempo se ha convertido en punto de referencia en cuanto a, entre otras cosas, la publicación de escritores centroeuropeos del siglo XX. Explicaba sobre esta pequeña oleada de nuevas editoriales su responsable, Valeria Bergalli: «Las propuestas de los grandes grupos no nos satisfacían, y las editoriales medianas –Anagrama, Tusquets– tenían una línea muy estable, asentada. Reinaba, pues, una cierta uniformidad que los lectores inquietos exigían romper. Luego, el fenómeno se ha ido multiplicando…».

En el ámbito de la edición de libros sobre temas musicales (biografías, estudios, historias, letras ded canciones, etc.), nacía al año siguiente en Barcelona Global Rhythm, con Julián Viñuales a la cabeza y entre cuyos primeros éxitos importantes estuvieron las Crónicas de Bob Dylan (proyecto hoy subsumido en Malpaso Editores), y en una combinación de ensayo y narrativa predominantemente europea, Barataria, con Carola Moreno como editora, que alternaba los servicios editoriales con la publicación de libros con su sello (de la espléndida novela Un asunto privado, de Beppe Fenoglio, al ilustrativo libro de entrevistas Cosas de la Cosa Nostra, del juez Giovanni Falcone, pasando por el libro testimonial y la recuperación de obras olvidadas).

Segunda edición en RqueR de las Confesiones de una editora…

De 2002 son Candaya, con Olga Martínez y Paco Robles al frente, que saltaron a la fama con Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo, si bien las siguientes novelas del mismo ciclo (Nocilla experience y Nocilla Lab) las publicó ya una gran editorial, Alfaguara; Melusina, de José Pons, que se centró en el ensayo inesperado y que abrió en su seno el sello UHF («con vocación irascible, iconoclasta e incombustible»); Nowtilus, pilotada por el experimentado editor Santos Rodríguez (procedente del grupo Anaya) y centrada en la ciencia y la tecnología, y RqueR, el proyecto que pusieron en marcha la entonces ya veterana Esther Tusquets, 1936-2012) y Milena Busquets, quien el año anterior, estando todavía en el grupo Bertelsman, ya había advertido de su intención de seguir intentando y publicar y vender buena literatura (en su breve trayectoria como editorial, además de las muy citadas memorias profesionales de Esther Tusquets, RqueR publicó a Conan Doyle, Umberto Eco, Mercè Rodoreda, Gustavo Martñín Garzo, Juan Abreu…).

Solo una larga espera (Menoscuarto).

Sin ánimo de ser exhaustivo, a las mencionadas pueden añadirse, sólo en 2004, la exquisita y luego malograda Gadir (Dino Buzzati, Merimée, Turguéniev) del execonomista del Banco de España Javier Santillán, Alpha Decay, nacida con el padronazgo (y la participación) de Carme Balcells, Travel Bug, centrada en el libro de viajes y de gastronomía, en diversas lenguas, Menoscuarto, la muy polémica y ya desaparecida Inédita Editores y, con unas dimensiones sensiblemente mayores, la Roca Editorial de Blanca Rosa Roca (exdirectora de Ediciones B) y con el apoyo como editora de Patricia Escalona (hoy en Malpaso), que enseguida se desdobló en diversos sellos. Y en años posteriores los muy exitosos Libros del Asteroide de Luis Solano en 2005; Nórdica Libros, con Diego Moreno al frente (con amplia experiencia como librero y tras un primer intento con la editorial Joseph K, y cuyo hermano Daniel crearía más adelante Capitán Swing), en 2006; la Fragmenta del profesor Ignasi Moreta y la diseñadora gráfica Inês Castel-Branco, dedicada a los «libros no religiosos sobre religión», y la andaluza El Olivo Azul de Iria Rebollo y Eduardo Moreno, entre cuyos títulos destacó su Entre mareas de Joseph Conrad, en 2007; los Libros del Lince del veterano Enrique Murillo, hoy en el seno de Malpaso, y Ediciones Alfabia, iniciativa de Diana Zaforteza cuando abandonó Alpha Decay, en 2008; y fue muy productivo en este sentido el año 2009: la ya mencionada Capitán Swing, Los libros del Silencio del malogrado Gonzalo Canedo (1955-2013), la muy efímera Barril & Barral, del polifacético periodista Joan Barril (1952-2014) y Malcolm Otero (hoy en Malpaso), los rompedores y heterogéneos Blackie Books, Sajalín Editores (Dani Osca y Julio Casanova) y Versátil (con Consuelo Olaya como directora editorial e Irene Muzas Calpe como editora y destinada a la novela de género)… Y vale la pena insistir en ello: sin ánimo de ser exhaustivo.

Es evidente que se trató de proyectos muy distintos, que han corrido suertes muy diversas y que nacían también con objetivos diferentes, pero a lo largo de su trayectoria se fue creando desde el ámbito de la prensa cultural una imagen de editoriales en cierto modo descendientes de lo que Jorge Herralde había bautizado como el mohicanismo editorial, pues muchas de ellas se autoproclaman incluso en sus páginas de presentación como independientes, aunque no queda del todo claro que todas se estén refiriendo a lo mismo con este epíteto.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

Algunas prácticas, como el asociacionismo, ya sea con editoriales de rasgos más o menos similares en el extranjero (como es el caso de Minúscula con Les Allusifs, Nottetempo y Voland), ya sea entre ellas también ha sido más o menos común, destacando en este caso el proyecto Contexto que aglutinó a Libros del Asteroide, Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso. Otros de los modos de proceder más o menos generalizados, como fue la recuperación de autores valiosos descatalogados (en particular si estaban ya libres de derechos), llegó a irritar a los lectores veteranos, en particular cuando se sirvieron de las mismas añejas traducciones que en ocasiones incluso habían sufrido los recortes de la censura franquista. Probablemente, en realidad el tamaño de estas editoriales no sea tan determinante ni en sus filosofías ni en sus modos de trabajar (y tampoco en sus resultados, tanto culturales como económicos), pero quizá fuera entonces cuando en España se generalizó un empleo muy discutible del término “editoriales independientes”, hasta el punto de convertirse en poco menos que un falso marchamo de savoir faire. De todo hay, por supuesto.

Fuentes:

Marc Andreu, «Unos editores poco gubernamentales», Libros El Periódico, núm. 81 (28 de enero de 2000), pp. 2-3.

Javier Aparicio Maydeu, «De los demasiados libros y sus consecuencias», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002),  pp. 27-29.

Nuria Azancot, «Enrique Murillo: “He fracasado tantas veces… y ni así aprendo”», (entrevista) El Cultural, 6 de marzo de 2002, p. 23.

Nuria Azancot y M. López-Vega, «Autores, editores y agentes fuera del sistema», El Cultural, 17 de octubre de 2002, pp. 6-9.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 30 de abril de 2001, pp. 16-18.

Valeria Bergalli, «Una minúscula esperanza», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002),  pp. 18-20.

Manuel Borrás, «Un vendedor de palabras ajenas», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 11-13.

Toni Capilla, «Nuevos valores. Los bebés del sector editorial español», Qué Leer (septiembre de 2004), pp. 38-41.

Juan Casamayor, «Tengo una impresión, luego edito», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 14-17.

Laura Hernández, «Enrique Murillo: “Intento explicarme la crueldad”»(entrevista), Lateral, mayo de 20002, p. 8.

Sonia Hernández, «Aires nuevos en el sector editorial», La Vanguardia, 23 de febrero de 2001, pp. 8-9.

Alberto Olmos, «Cómo acabar de una vez por todas con las pequeñas editoriales», Zenda, 23 de diciembre de 2016.

Fernando Palmero, «Juan Casamayor y Encarnación Molina, vivir del cuento», Leer (abril 2005), pp. 30-33.

Valeria Bergalli y una minúscula esperanza hecha realidad.

“El prestigo de una editorial literaria lo determinan el rango de sus autores, la influencia y las distinciones de éstos, el grado de interés que sus libros suscitan y las consecuencias que tienen.”

Siegfried Unseld

 “The classic is the local fully realized: words marked by a place.”

William Carlos Williams

William Carlos Williams (1883-1963).

Suele decirse a veces de los editores “de raza” –por lo menos de los que no se han pasado con armas y bagajes a la edición digital– que tienen “tinta en las venas”. En el caso de Valeria Bergalli, es probable que lo que tenga en las venas sean tintas de colores.

En una muy interesante entrevista que le hizo en 2007 Martín Gómez, contaba Bergalli que su pasión por el libro se la inoculó su abuelo materno (ilustrador y personaje decisivo en esta historia, como se verá):

Mi abuelo era pintor e ilustrador, y tenía su estudio en casa. Cuando yo era muy pequeña, incluso antes de ir al colegio, leí La isla del tesoro ilustrada por mi abuelo. Todas esas cosas clásicas que uno lee o comienza a hojear de pequeño. Yo veía cómo mi abuelo trabajaba en casa y cómo luego eso que él hacía regresaba en forma de libro. Él me explicaba todo el proceso por el que habían pasado sus dibujos, lo cual al final era una explicación de cómo nace un libro.

Esta edición de La isla del tesoro, adaptada para el público juvenil e ilustrada por Athos Cozzi (Trieste, 1909-Barcelona, 1989), la publicó la veterana editorial bonaerense Sigmar, creada en 1941 y destinada al libro infantil y juvenil, pero a esas alturas Cozzi había cubierto ya varios capítulos de una vida de lo más novelesca. A finales de los años treinta aparece como uno de los colaboradores de Il Vittorioso (1937-1970), donde se dieron a conocer algunos de los dibujantes de cómics italianos más importantes del siglo XX (Benito Jacovitti, Claudio Nizzi, Stelio Fenzo…), pero poco tiempo después, durante la guerra civil española, colabora en la revista infantil Pelayos, donde pone imágenes a los guiones de A. Benjamín (el sabadellense José María Canellas Casals,1902-1977) y coincide con una galería de personajes fascinantes entre los que se cuentan Josep Serra Massana (1896-1980), pionero del cine animado español, la editora Consuelo Gil (1905-1955) o el escurridizo humorista, escritor y dibujante Valentí Castanys (1898-1965).

Athos Cozzi.

Al concluir la guerra Cozzi se desplaza a Barcelona, donde, además de completar su formación como acuarelista con Ricardo Tárrega Viladons, alterna la ilustración de tema religioso para el Arzobispado con colaboraciones en las Ediciones TBO (con obras de aventuras), en la revista Chicos de Consuelo Gil, en las Hispano Americana Ediciones de Jorge Parenti Vecchi y desde 1945 en Molino, entre otras. También asiste en Barcelona a la represión franquista y, al igual que otros compañeros de profesión, como Arturo Moreno (1909-1993), Emilio Boix (Barcelona, 1908-Caracas, 1976), el guionista y editor Joaquín de Haro (Viladecans, ¿?-Caracas, 1973) (uno de los pioneros en las agencias de dibujantes y guionistas de cómics) o el ya mencionado Canellas Casals, decide emprender la aventura americana.

En Buenos Aires Cozzi se hace enseguida un nombre sustituyendo al barcelonés Carles Freixas (1923-2003) como ilustrador de la serie “Tucho, de canillita a campeón” en el mítico semanario Patoruzito, y además trabaja para las editoriales Atlántida, Columbia, Codez y Kapelutz, entre otras, hasta que en 1966 se traslada a Milán y, gracias al acuerdo con un agente (Giolitti), su obra empieza a publicarse en Gran Bretala y Alemania. En 1973, sin embargo, regresa a Argentina, y debió de ser en esa época cuando se sitúan las evocaciones de su nieta Valeria, que creció además en un ambiente políglota (español, italiano e inglés).

Tarjeta gauchesca, en cuyo margen inferior izquierdo puede verse la firma de Cozzi.

Pasaron los años, entre viajes y añadiendo al poliglotismo imparable el alemán y el catalán, se fogueó hacia 1982 haciendo informes de lectura, traduciendo (al profesor de derecho e historiador Roberto Bergalli, que además es su padre, o al historiador de la pedagogía Carlo Pancera, por ejemplo), con una licenciatura en Antropología y un posgrado en edición en 1997, con una breve experiencia en una editorial de prestigio (1997-1998), hasta que se le presentó por fin la posibilidad de lanzarse a la aventura editorial, como contó en Jotdown, de nuevo gracias a Athos Cozzi:

 …falleció mi abuelo, y me dejó algo de dinero, no muchísimo, pero sí una cierta cantidad; además, y dado que de siempre me ha gustado ir a librerías, por mi relación con los libros, iba mirando, siguiendo a determinados autores, fijándome en lo que hacían las editoriales. Había un interés, una curiosidad. Fue un momento este, finales de los noventa, en que me parecía que imperaba cierta uniformidad: había una presencia bastante significativa de los grandes grupos  y, por otra parte, las editoriales independientes, las que hoy llamamos medianas, que eran a las que yo, evidentemente, seguía más.

Firma de Athos Cozzi.

En 1999 crea minúscula, y en otoño del año siguiente sale a la palestra con una colección deslumbrante (Paisajes narrados), que tanto por su concepción como por la calidad de las obras que publica capta enseguida la atención tanto de los profesionales como de los comentaristas culturales, y sobre de todo de unos lectores que no disponían de una oferta ni remotamente similar: Por un lado, Verde agua, de Marisa Medieri, con un posfacio de Claudio Magris y traducida por la propia Valeria, y junto a ella Las ciudades blancas, de Joseph Roth, en traducción de Adan Kovacsics (Premio Nacional de Traducción 2010); dos libros cuyo pequeño formato hizo que en su momento los libreros más entusiastas los situaran en los expositores destinados a postales (que suelen estar cerca de la caja registradora).

Ilustrativo de su forma de preparar las cosas antes de ponerlas bajo los focos es que Valeria aprovechara las vacaciones del año 2000 “para visitar la isla de Cres, en el Adriático, y tomar la fotografía que aparece en la cubierta de Verde agua, libro en el que esta isla ocupa un lugar destacado”.

Ya entonces, y aun cuando se trataba de una empresa unipersonal, Valeria se había rodeado de un equipo de colaboradores de primer orden que han tenido continuidad, con Pepe Far ocupándose desde el primer momento del diseño, o la correctora y traductora Marta Hernández o la traductora Rosa Pilar Blanco, entre los más fieles.

Al año siguiente aparecía la colección Alexanderplatz, destinada a “traducciones de novelas y ensayos acerca de la realidad alemana y de las áreas geográficas sobre las que esta cultura ha ejercido su influjo”, y posteriormente Con Vuelta de Hoja (2005), que alberga ensayos, biografías y autobiografías; las primeras ediciones en catalán en Microclimes (2010), entre las que destacan las de Chéjov y Panait Istrari; Tour de Force (2011), con obras de Jennifer Egan, Jon Bauer y David Vogel, entre otros, y la más reciente Micra (2015) “dedicada a textos breves y singulares”. Paralelamente, ha ido incorporando a algunos autores de singular personalidad en las letras en lengua española, como es el caso del cosmopolita asturiano Jesús del Campo, el chileno Gonzalo Maier, la catalana cosmopolita Mercè Ibarz o el mallorquín José Luis de Juan.

Traducción italiana, de Alessandra Riccio, de Las últimas voluntades del caballero Hawkins, de Jesús del Campo, en nottetempo (2003).

Y ha tenido también la sagacidad y el buen tino de establecer relaciones de colaboración con editoriales afines. Fruto de ello surgieron las colaboraciones (visibles en la Feria de Frankfurt) con Les Allusifs, fundada por Brigitte Brochard en 2001 y en cuyo catálogo figuran Paul Bouyoucas, Sylvain Trudel Daniel Bélanger y sobre todo traducciones (Virginia Woolf, Horacio Castellanos Moya), y las italianas Voland, creada por la eslavista Daniela di Sora y con un catálogo impresionante (Topor, Turgueniev, Mia Couto, Karinthy, Amélie Nothom, Gogol, Maupassant, Cortázar, Baulenas…), que le valió el Premio alla Cultura 1999 y el Premio del Ministero per i Beni et le Attività Culturali 2003, y Nottetempo, creada por Ginevra Bompiani y Roberta Einaudi en 2002, que cuenta también con un catálogo de lujo (Tariq Alí, Chejov, Robert Graves, Juan Marsé, Edward Said, Paul Celan, Guy Debord, Hannah Arendt, Bernardo Atxaga, Ingeborg Bachman, Pierre Bordieu, Erri de Luca, Jesús del Campo…).

No hay duda de que el éxito y la continuidad de minúscula surge de la invitación a leer una serie de obras y autores que una vez leídos nadie se explica cómo es posible que no estuvieran disponibles en español (Klaus Mann, Viktor Klemperer, Elio Vitorini, Esto es Nueva York, de E.B. White), pero también de una presentación y de un diseño de los libros (tanto interior como exterior) que los hace rápidamente reconocibles y los dota de una identidad colectiva. Un catálogo coherente de obras que dialogan entre sí sin atender a parámetros clásicos –como pudiera serlo el del género literario– y que, ni en ambición, ni en rigor, ni en exigencia ni en calidad literaria y editorial, fue nunca minúsculo. Como explicaba Bergalli ya en 2002:

El reto es crecer, pero de forma articulada. Es tan importante no incluir en una colección títulos que no tengan un papel claro en la serie, por muy sugerentes que sean, como velar por mantener la coherencia entre las distintas colecciones. Ésta es la fórmula que intentamos aplicar para responder a los dictados de un mercado limitado para este tipo de obras y para que el crecimiento de la empresa no vaya en detrimento del proyecto intelectual.

 

Fuentes:

Web de minúscula.

Carlos A. Aguilera, “Conversación con Valeria Bergalli, fundadora del sello editorial Minúscula”, Suburbano, 13 de abril de 2014.

Valeria Bergalli, “Una minúscula esperanza”, Quimera núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 18-20.

Valeria Bergalli “Editorial minúscula. Autorretrato en blanco y negro”, ponencia en el I Encuentro de Talento Editorial (Cartagena de Indias, 30 de enero de 2014).

Raquel Blanco, “Editar en tiempos revueltos: Valeria Bergalli, minúscula“, Jotdown, agosto de 2013.

Antón Castro, “Valeria Bergalli, diez años de libros de compañía“, en su blog, 12 de noviembre de 2010.

Martín Gómez, “Entrevista a Valeria Bergalli, editora de editorial minúscula”, El Ojo Fisgón, 10 de abril de 2010.

Matías Néspolo, “Mi fórmula fue apostar por un catálogo coherente” (entrevista a Valeria Bergalli), El Mundo, 20 de enero de 2010.