¿Quién no ha leído algún Libro de Bolsillo de Alianza Editorial?

Con su cuidadosa selección y sus miles de títulos, todos ellos con unas cubiertas siempre imaginativas y resultonas, la colección de Libro de Bolsillo de Alianza se convirtió en una de las referencias inexcusables para quienes deseaban acceder a los grandes textos de la literatura universal al alcance del bolsillo de, pongamos por caso, un estudiante. En realidad, costaría encontrar en España alguien con estudios superiores y mínimamente lector de cierta edad por cuyas manos no hubiera pasado ningún ejemplar de esta colección.

Cubierta original, de Daniel Gil, de La Regenta.

El póquer de ases que se encuentra en el origen de la colección, con distintos grados de responsabilidad, lo formaban el empresario José Ortega Spottorno (1916-2002), los editores Javier Pradera (1934-2011) y Jaime Salinas (1925-2011) y, de la mano de este último (excelente y reputado creador de equipos), el diseñador Daniel Gil (1930-2004). El proyecto nació en 1966 con la fundación de Alianza Editorial: ese año lanzó una treintena de títulos a unas cincuenta pesetas cada uno, empezando con Unas lecciones de Metafísica, de José Ortega y Gasset, enmarcado en la serie Humanidades, y continuando (en orden) con Mozart, de Fernando Vela, Ensayo sobre las libertades, de Raymond Aaron, La metamorfosis, de Kafka,  Historia de la civilización en Europa, de François Guizot, Cuentos, de Pío Baroja, La Regenta, de Clarín, Mahoma, de Tor Andrae, Poesía, de Antonio Machado…

Es evidente que en una colección de bolsillo el margen creativo del editor va poco más allá de la selección y planificación de los títulos (que en cualquier caso fue excelente), porque como dejó dicho Jaime Salinas, sin pensar en el editor de mesa, «publicar a Faulkner, Hesse, Camus, Proust, etcétera, sólo requiere hacer trámites burocráticos para conseguir los derechos». Sin embargo, la colección destacó en particular por el diseño de esos volúmenes de 18 x 11 encuadernados en martelé, con contracubiertas con el texto dispuesto justificado a la izquierda y, tras algunas variaciones iniciales, sobre fondos blancos. A diferencia de lo que había sido habitual en las grandes colecciones de bolsillo en España (la Universal de Calpe o la Austral de Espasa-Calpe, por ejemplo), que entre otras cosas permitía abaratar costos, Daniel Gil abandonó el empleo de una misma pastilla con un diseño uniforme, en el que acaso cambiaba sólo el color de la tinta en función de la serie o género, y empezó a crear una identidad de la colección mediante su propio estilo como diseñador, con variedad de técnicas, e incluso tomándose la molestia, en cuanto se reeditaban, de ir reelaborando el diseño de aquellas cubiertas que habían envejecido mal.

Una muestra de cubiertas de Daniel Gil para Libro de Bolsillo.

Probablemente, de la conjunción de la acertada selección de títulos —que en el ámbito de la literatura cabe atribuir a Salinas y en el del ensayo a Pradera—, y el innovador diseño de las cubiertas, obra de Gil, añadido al muy reducido precio de los libros surge el longevo éxito de esta legendaria colección, que sin embargo no sirvió a Salinas para hacer crecer la editorial por los caminos que a él le interesaban, convencido como estaba de que en el caso del Libro de Bolsillo lo adecuado era promocionarla como colección, mientras que otros proyectos requerían una estrategia individualizada:

La propuse a Ortega la creación de la colección Alianza Tres, en la que quería ir recuperando autores olvidados como Corpus Barga, publicar a Cortázar, hacer una antología de poesía concreta. Ahí, me temo, empezaron algunos roces con Javier [Pradera], porque él seguía muy de cerca la parte comercial y se resistía a dar a la nueva colección un tratamiento diferenciado en la distribución. Con razón o sin ella, Javier no me apoyó y es cuando yo empecé a sentirme incómodo en Alianza.

Diseño de Daniel Gil de El mundo de Guermantes, de Proust.

Cuando a través del economista Luis Ángel Rojo (1934-2011) Salinas entró en contacto con el financiero Jesús Huarte en un momento en que este último no sabía muy bien por dónde encarrilar la editorial Alfaguara, se dieron las condiciones para una salida en 1977 de Alianza satisfactoria para Salinas, y para entonces el Libro de Bolsillo ya funcionaba a toda máquina.

Con el tiempo, si bien había una ordenación muy clara entre las secciones de Clásicos de Grecia y Roma, Filosofía, Historia y Humanidades, Literatura, Ciencias Sociales, Ciencias, uno de los aspectos más interesantes fue la creación de las Bibliotecas de Autor, entre las que se crearon las de Azorín, Baroja, Benedetti, Brecht, Camus, Carpentier, Freud, Lovecraft, Mishima, Nietzsche, Pérez Galdós, Proust, Max Weber…

Se trataba en la inmensa mayoría de las ocasiones de ediciones con el texto desnudo o a lo sumo con las imprescindibles notas de traductor, si bien en algunos casos, como en el de los las obras de Edgar Allan Poe, por ejemplo, con un sustancioso prólogo de su traductor cuando este tenía cierto renombre. En el caso concreto de las obras de Poe aparecieron en los volúmenes de Cuentos I (1970, núm. 277), Cuentos II (1970, núm. 278), Narración de Arthur Gordon Pym (1971, núm. 342), Eureka (1972, núm. 384) y Ensayos y críticas (1973, num. 464), todos ellos en traducción y con prólogos de Julio Cortázar (en el caso del primer volumen de cuentos uno proporcionalmente extenso: 48 páginas de las 540 que tiene) y se emplearon, si bien revisados por el propio traductor, los textos que en la primavera de 1953 le había encargado el por entonces responsable de las Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, el escritor español Francisco Ayala, y que en colaboración con la Revista de Occidente aparecieron originalmente en los volúmenes Obras en prosa I. Cuentos de Edgar Allan Poe (1956) y Obras en prosa II. Narración de A. G. Pym. Ensayos y críticas (1956). Ya en el siglo XXI (en 2009, coincidiendo con el segundo centenario de Poe), Páginas de Espuma se sirvió de esas mismas traducciones editadas por Fernando Iwasaki y Jorge Volpi y con textos adicionales de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Diseño de Daniel Gil.

Un ritmo de producción tan frenético como el del Libro de Bolsillo de Alianza, hacía que en el caso de las traducciones se sirviera de las preexistentes, y eso creaba algunas pequeñas disfunciones, como fue el caso de los tomitos de En busca del tiempo perdido, cuyos dos primeros volúmenes (Por el camino de Swan y A la sombra de las muchachas en flor) firmó Pedro Salinas en los años veinte, el tercero José Mª Quiroga Pla a principios de los treinta (El mundo de Guermantes) y los siguientes ya en la postguerra Consuelo Bergés (Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado), lo que hizo que, sobre todo en América, tuviera que competir con la que había concluido de los cuatro últimos tomos Marcelo Menasché para la editorial argentina Santiago Rueda (que había podido publicar la obra completa ya en 1946).

Diseño de Manuel Estrada.

Libro de Bolsillo Alianza superó buena parte de los récords de la edición española, algunos de sus títulos se reimprimían docenas y docenas de veces (de la Historia del tiempo, de Stephen Hawking, vendió 20.000 ejemplares en un mes y llegó a reimprimir 300 títulos anuales), y celebró los primeros mil títulos con una edición en dos volúmenes del Quijote (1993) —ecdóticamente muy discutible y discutida— preparada por Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas, quienes en 1996 iniciaban en Alianza la edición sistemática de toda la obra cervantina (empezaron con La Galatea). A la altura de 2016, al cumplir sus primeros cincuenta años, Libro de Bolsillo había rebasado los 3.500 títulos, tras una notable remodelación en 2010 del diseño gráfico a cargo de Manuel Estrada, que en cuanto se puso en circulación (con El señor de las moscas, de William Golding, El arte de envejecer, de Schopenhauer, dos títulos de Salinger y, como novedades, Tiempos difíciles, de Dickens, y El Capital, de Max) generó todo tipo de debates, como no podía ser de otra manera. Con  motivo de ese medio siglo se editaron unos cuantos títulos con cubiertas básicamente tipográficas pero con fotografías del autor, que tampoco fueron unánimemente bien acogidas. Es muy probable que para los lectores más veteranos la colección siempre quede asociada a los diseños de Daniel Gil.

El sutil modo de Daniel Gil de evocar la bandera republicana en los tres volúmenes de Crónica del Alba, de Ramón J. Sender.

Fuentes:

 Manuel de la Fuente, «Libro de Bolsillo cambia de cara, pero no de alma», Abc, 21 de octubre de 2010.

Jordi Gracia, ed., Javier Pradera. Itinerario de un editor, con un epílogo de Miguel Aguilar, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 24), 2017.

Fieta Jarque, «Alianza edita la primera de la obra completa de Cervantes», El País, 13 de marzo de 1996.

José Manuel Ruiz Martínez, Daniel Gil. Los mil rostros del libro, Santander, Caja de Ahorros de Santander y Cantabria, 2012.

Jaime Salinas, Travesías. Memorias, 1925-1955, Barcelona, Tusquets, 2003.

Jaime Salinas, El oficio de editor. Una conversación con Juan Cruz (incluye textos de Juan Cruz, Jaime Salinas, Mario Muchnik y Javier Marías), Madrid, Alfaguara, 2013.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Ángel Vivas, «El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial cumple cincuenta años», El País, 7 de marzo de 2016.

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Los libros como herramientas de bolsillo

Existe desde 2007 en Barcelona (c/ Aragó, 367) una librería especializada en literatura infantil y juvenil con vocación de espacio cultural cuyo nombre es tremendamente significativo de una determinada manera de concebir los libros y la lectura: La caixa d’Eines (“La caja de herramientas”). Existe igualmente en el Grup 62 una colección de clásicos universales (Llull, Shakespeare, Orwell, Huxley, Joan Oliver…) que toma también esa idea, Llibres de les Eines (“Libros de las herramientas”), pero a ambos casos se les puede identificar un antecedente en la colección de la editorial Laia Les Eines, que estuvo activa entre 1973 y 1983 y publicó casi un centenar de títulos.

Les Eines, una colección encuadernada en rústica con solapas y un tamaño de 20 x 13, en su primer año de existencia se dio a conocer con cinco títulos que daban cuenta de la flexibilidad en cuanto a géneros literarios y a procedencias, pero que encajaban perfectamente con la identidad crítica y combativa de la editorial Laia: el ensayo sociológico Capvespre de creences, de Antoni M. Güell, una segunda edición de La CIA: el govern invisible, de David Wise, Els drets de l’home, de E. H. Carr (1892-1982), la primera edición íntegra de la novela Els plàtans de Barcelona, de Víctor Mora (1931-2016) y Societat catalana i reforma escolar: La continuïtat d’una institució, de Joan Gay, Àngels Pascual y Rosa Quitllet.

Logo de Les Eines de Butxaca.

Más divulgación incluso tuvo la colección derivada de esta, Les Eines de Butxaca (20 x 13, en rústica, con diseños de Enric Satué), que en contra de lo que suele suceder no fue el destino de los libros de mayor éxito de la colección madre, sino que publicó sobre todo novedades y tuvo un criterio propio muy explícito (concretamente, expresado en las páginas finales de algunos títulos) desde el momento de su aparición en 1979:

Los clásicos catalanes como sugerencia permanente. Textos introducidos por los mejores especialistas de la literatura catalana actual. Herramientas para quien desee releer o estudiar los grandes hitos de nuestra cultura escrita.

Así pues, a diferencia de Les Eines, la colección de bolsillo se restringía a obras más propiamente literarias y dejaba además de lado las traducciones, aunque acogió asimismo un ensayo de tema marcadamente literario, como es el caso de la biografía de Joan Maragall escrita por Maurici Serrahima (1902-1979). Ello cabe atribuirlo, en alguna medida, al espectacular equipo que se acreditaba como «asesores» de la colección, en el que figuraban algunos profesores universitarios que han tenido notable influencia y que en algunos casos hacía tiempo que estaban vinculados a la editorial.

El más veterano, el poeta y profesor Albert Manent (1930-2014), había sido uno de los impulsores de la revista clandestina Curial (creada en la Universidad de Barcelona en 1949) y en el momento en que se puso en marcha la colección hacía tiempo ya que había publicado alguno de sus estudios literarios más recordados (La literatura catalana en debat, 1969; Josep Carner y el noucentisme, 1969, por el que había sido galardonado con el Premi Serra d’Or; La literatura catalana a l’exili, 1976…). Unos años más joven era el profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) desde 1970 Sergi Beser (1934-2010), rampante especialista en la obra de Clarín desde que presentó su tesis doctoral y que precisamente en Laia había publicado en 1972 su influyente Leopoldo Alas: teoría y crítica de la novela (en Les Eines de Butxaca dejó un espléndido y muy citado estudio preliminar a La bogeria, de Narcís Oller). Bastante más joven, Jordi Castellanos (1946-2010) era también profesor en la UAB pero no se había doctorado todavía (lo haría en 1981 con la tesis Raimon Casellas i el Modernisme, publicada dos años después por la editorial Curial en dos volúmenes), si bien tenía experiencia editorial como redactor de la Gran Enciclopèdia Catalana y como fundador de la prestigiosa revista de estudios literarios Els Marges. Completaba el grupo el también profesor en la UAB y sobre todo reconocidísimo traductor, tanto en prosa como en verso, Miquel Desclot (Miquel Creus i Muñoz, n. 1952). En esos mismos créditos, figuraba como redactor y coordinador Ignasi Riera (n. 1940), por entonces seguramente más conocido en el ámbito político que en el literario (desde 1979 y durante muchos años fue regidor de Cultura en el Ayuntamiento de Cornellà de Llobregat).

Sergi Beser.

Beser se había convertido en asesor de Laia desde el primer momento, al parecer a propuesta de Ignasi Riera, y su entendimiento con el director literario (Alfons Comín) fue muy fácil, a lo que probablemente contribuyó también la afinidad política. La elección de Beser, según ha contado quien fuera el coordinador de Les Eines de Butxaca, respondía a la necesidad de cubrir el ámbito literario:

Si bien Estela/Laia tenía bien asesorados ámbitos como la Pedagogía, la Sociología, la Psicología-Psiquiatría, el debate de ideas en el mundo de la Política –estábamos a punto de crear la revista Taula de Canvi [1976-1981]–, la literatura infantil… el sabio de Morella inyectó al programa literario de Laia espacios como la crítica literaria […] la sensibilidad por la literatura del siglo XIX […] por la República y la Guerra (In)civil, gracias a la aportación de una persona que fue fundamental para el programa de Laia: Manolo Aznar Soler [también profesor en la UAB].

Todo parece indicar que fue precisamente por el camino de las afinidades intelectuales y políticas que fue conformándose el amplio círculo de colaboradores que circulaban alrededor de Laia, en el que estaban también los periodistas y escritores Emili Teixidor (1932-2012) y Montserrat Roig (1946-1991), entre otros. Sin embargo, del mismo modo que en el antecedente directo de la editorial Laia (Nova Terra), los colaboradores no cobraban, tampoco lo hacían los de esta segunda iniciativa, como explica también Riera recurriendo a las impresiones del propio Beser:

Cuando en un homenaje en Morella, el profesor Beser hablaba de la editorial Laia, lo hacía con entusiasmo: «Cobrar no combrábamos nunca; eso no. Pero jamás en la vida me he sentido tan feliz colaborando en un catálogo editorial. Decían que los libros no eran rentables, cosa que no sucedió hasta que llegaron los expertos en contabilidad. Muchas otras editoriales, más aburridas, también tuvieron que cerrar».

Como se verá en el inventario de los títulos publicados en Les Eines de Butxaca, muchos de ellos fueron primeras ediciones (no procedentes de Eines), en algunos casos fueron reiteradamente reimpresos (y en otros es una lástima que no se hayan recuperado, aunque algún título se reeditó en Grup 62), y las fechas de edición son muy elocuentes de la trayectoria de la colección, a remolque de las dificultades insalvables a las que se enfrentó la editorial Laia y que conllevaron su desaparición definitiva en 1989.

Les Eines de butxaca:

Jacint Verdaguer, Contes extraordinaris, introducción de Miquel Desclot, 1979.

AA.VV., Dotze poetes catalans del segle XX, edición de Miquel Desclot, 1979.

Narcís Oller, La bogeria, prólogo de Sergi Beser, 1980.

Josep M. Folch i Torres, Aigua avall, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Serafí Pitarra (Frederic Soler), Gatades, prólogo de Xavier Fàbregas, 1980.

Josep Carner, La creació d´Eva i altres contes, prólogo de Albert Manent, 1980.

Joan Oller i Rabassa, Quan mataven pels carrers, prólogo de Joaquim Martí, 1980.

Josep M. de Sagarra, Antologia poética, edición de Vicent Andrés Estellés, 1980.

Raimon Casellas, Els sots ferestecs, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Josep M. de Sagarra, Paulina Buxareu, prólogo de Marina Gustà, 1980.

  1. V., Tretze poetes catalans, edición de Miquel Desclot, 1981.

Victor Català, Contes diversos, selección y prólogo de Nuria Nardi, 1981.

Gabriel Maura, Aiguaforts: proses ciutadanes, prólogo de Maria Carme Ribé, 1981.

Jordi Sarsanedas, El Martell, prólogo de Joan Triadú, 1981.

Maurici Serrahima, Vida i obra de Joan Maragall, prólogo de Jaume Lorés, 1981.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) I, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) II, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

Sebastià Juan Arbó, Hores en blanc, prólogo de Josep Maria Balaguer, 1983.

Agustí Bartra, La vent llaura la mar. Antologia poética, introducción y selección de Llorenç Soldevila, 1984.

Josep M. Maragall, Visions i cants, introducción de Joan-Lluís Marfany, 1984.

Fuentes:

El fondo de la editorial Laia se encuentra en el Arxiu Nacional de Catalunya.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Ignasi Riera, «El professor Sergi Beser i editorial Laia», texto de homenaje a Sergi Beser 2010, en la web de Gices XIX (Grupo de Investigación del Cuento Español del Siglo XIX).

Un vistazo a Punto Omega (colección universitaria de bolsillo)

El escritor y diplomático colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993), que se había dado a conocer en 1936 con  Caminos subterráneos Ensayo de interpretación del paisaje (Bogotá, Editorial Santafé), residió en España en dos etapas diferentes, y en la segunda de ellas fue uno de los fundadores, con Manuel Sanmiguel (que había sido director editorial de Afrodisio Aguado) y Pilar Vega García, de la Editorial Guadarrama, artífice de una de las más emblemáticas colecciones colecciones de libro de bolsillo, Punto Omega, que se presentaba del siguiente modo:

Punto Omega tiene el ambicioso empeño de ofrecer en forma sencilla y a módico precio todo el mundo ideológico del siglo XX, las ideas que dominan al hombre actual en todos los campos del saber. Será el espejo vivo de nuestra cultura y de la que se desea para el futuro.

Cuando en 1967 se publica el primer número de esta colección, La época de la inflación, del economista francés Jacques Rueff (1896-1978), en traducción de José Ramón Marra-López, Guadarrama ya había creado un fondo más que notable, que se había iniciado con Ancha es Castilla. Guía espiritual de España, del mencionado Caballero Calderón, publicado simultáneamente también en Buenos Aires en la editorial Losada.

Tras este único título en 1954, al año siguiente aparecieron Cuentos en verde pálido, de Juan Pablo Varela, Una historia con alas, de Herbert Roy y, también de Caballero Calderón, las novelas La penúltima hora y Siervo sin tierra, encuadernados en tela y con sobrecubiertas ilustradas por Ricardo Summers Isern (Serny).

En lo que quedaba de década alternaron en Guadarrama las ediciones encuadernadas en tela de ensayos culturales (sobre todo filosóficos y literarios) con algunas novelas y textos menores encuadernados en rústica, como son los casos de la Historia de la familia Trapp (1957), de María Augusta Trapp (1905-1987), Mujer como yo (1958), de Curzio Malaparte (1898-1947), en traducción de Dionisio Ridruejo (1912-1975), Relato (1958), de Boris Pasternak, o ya en 1960 Historia del cotilleo, del apasionado falangista Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978).

Mayor peso tuvieron algunas obras importantes en el campo de los estudios literarios, como la Introducción a la poesía española contemporánea (1957), de Luis Felipe Vivanco, Novelistas españoles de los siglos XIX y XX (1957), de Domingo Pérez Minik, Panorama de la literatura española contemporánea (1956) y Teatro español contemporáneo (1957), de Gonzalo Torrente Ballester ambos, Mundo técnico y existencia auténtica (1959), de Carlos Paris, Poesía y mística (1959), de Emilio Orozco o Poesía española del siglo XX. De Unamuno a Blas de Otero, de José Luis Cano. Y un interés singular tiene también la publicación de ensayos firmados por algunos notables escritores republicanos exiliados, como es el caso de Luis Cernuda (Estudios de poesía española contemporánea, 1957), Vicente Gaos (Temas y problemas de literatura española, 1959) o Antonio Sánchez Barbudo (Estudios sobre Unamuno y Machado, 1959).

Ya avanzada la década siguiente, en 1966 se fecha la creación de Punto Omega, coincidiendo con la conversión de Guadarrama de sociedad limitada en sociedad anónima, con un aumento de capital que rondaba los cien millones de pesetas. Según detalla Martínez Martín:

En 1966 suscribieron acciones el argentino Luis Picardo, Carlos Troncoso, Antonio Martínes Solano y Lios Hernando de Larramendi. Con las ventas y los créditos prioritarios a la exportación, y con un 50% de la producción destinada a los mercados americanos, el negocio se multiplicó en los años sesenta y primeros setenta.

La iniciativa de la creación de la colección Punto Omega se atribuye a quien había puesto en pie una de las primeras agencias literarias en España, el intelectual rumano Vintila Horia, que dirigió la colección durante los tres primeros años de su andadura e incluso pasado un tiempo hizo una interpretación una tanto discutible de las intenciones, la tendencia y los logros de la colección, en un artículo publicado en El Alcázar en febrero de 1984:

…la fundación de la colección universitaria de libros de bolsillo “Punto Omega” (Ediciones Guadarrama, capitaneadas entonces por la clarividencia y el buen gusto de Manuel Sanmiguel) que yo pude dirigir en paz durante tres años, revelando al público español libros fundamentales como los de Jean Charon, Stéphane Lupasco, Pascual Jordán, Weizsäcker, Jacques Rueff, Jules Monnerot, Pierre de Boisdeffre y muchísimos más que hicieron de aquella colección y en poco tiempo la más prestigiosa representación de la reforma espiritual, en sentido contrarrevolucionario, que se estaba produciendo en el mundo bajo el impacto, por un lado, de la nueva ciencia, y, por el otro, de una literatura, una filosofía y una crítica literaria que nada tenían que ver con los decadentes mausoleos leninistas del realismo seudosocialista.

Como suele suceder en estos casos, a la vista de los títulos publicados no es del todo claro dónde concluyen los seleccionados bajo la dirección de Horia, pues es posible que más de uno contratado por éste se publicara tiempo después de que abandonara la dirección de la colección, pero sin duda los primeros títulos responden a este empeño. Son, tras el ya mencionado de Rueff, Lo sagrado y lo profano, del filósofo rumano Mircea Eliade, De la física al hombre, del físico y filósofo francés Jean Charon, Novela española actual, del escritor español Manuel García-Viñó, Introducción a los existencialismos, del fundador del movimiento personalista, Emile Mounier, La «nueva novela» [nouveau roman], del ensayista francés Jean Bloch-Michel, …Y Dios permite el mal, del máximo exponente del humanismo cristiano, Jacques Maritain, La era del recelo, de la novelista francesa de origen ruso Nathalie Sarraute…

Menos claro es que los autores más recordados por los lectores sean los señalados por Horia. Entre los éxitos más descollantes de la colección se encuentra la edición en tres volúmenes de la Historia social de la literatura y el arte (números 19, 20 y 21), del historiador de origen húngaro y raíz marxisma Arnold Hauser (1892-1978), en traducción de Antonio Tovar y F. P. Varas-Reyes, que fue reiteradamente reeditado, y junto a él títulos muy diversos que abarcan desde novelas españolas contemporáneas (Auto de fe, de Carlos Rojas, Una mujer para el apocalipsis, de Vintila Horia o El secuestro, de Alfonso Albalá), al José y sus hermanos de Thomas Mann (volúmenes 236 a 239), los Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce o el Miau de Benito Pérez Galdós, y junto a ellas los Manifiestos del surrealismo de André Breton, textos teatrales y ensayísticos de Luigi Pirandello, los diarios de Eugene Ionesco, ensayos literarios de Guillermo de Torre, obras clásicas de Sófocles o Platón… y, muy sorprendente incluso en un contexto tan variopinto, Las revoluciones burguesas (1971) de Eric Hobsbawm, en traducción de Ximénez de Sandoval, así como varios otros títulos que previamente habían ido apareciendo en otras colecciones de Guadarrama.

En 1974 se unificaron los servicios comerciales de Guadarrama y la barcelonesa editorial Labor, en lo que no tardó en demostrarse como el primer paso hacia una fusión, cuya escritura está fechada en Madrid el 19 de diciembre de 1975 y con la cual Labor se convertía en una de las empresas más potentes en el ámbito de la publicación de libro universitario y prosiguió engrosando la colección con nuevos títulos, muchos de ellos antes publicados en Labor, y por tanto ampliando el espectro de sus temáticas.

Fuentes:

Beatriz Caballero Holguín, Papá y yo, Random House Colombia, 2012.

Vintila Horia, «Recuerdo de Andrés Bosch y otras genialidades», recogido en el blog Vintila Horia, 20 de diciembre de 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La transición editorial. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 328-386.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Historia y Crítica de la Literatura Española

El mismo año en que se celebraron en España las primeras elecciones tras la dictadura franquista, se estrenaba en la aún reciente Editorial Crítica una colección destinada a los profesionales y aficionados a la filología con un título legendario no sólo en esta disciplina sino en las humanidades en un sentido amplio, Erasmo y el erasmismo, de Marcel Bataillon (1895-1977), precedido de una breve nota previa del director de la colección, Francisco Rico (que ya había dirigido la colección Letras e Ideas en Ariel). Reconocido como el mayor conocedor del erasmismo, al que ya había dedicado su tesis doctoral (Érasme et l’Espagne, recherches sur l’histoire spirituelle du XVIe siècle, 1937), Bataillon era célebre sobre todo gracias a la traducción que con el título Erasmo en España había preparado el escritor y filólogo mexicano Antonio Alatorre (1922-2010) para el Fondo de Cultura Económica, que la publicó en 1950 (922 páginas), y sucesivamente actualizada, corregida y ampliada en 1960 y 1966.

Marcel Bataillon.

El segundo número de la colección Filología, publicado también en 1977, fue Semántica y poética. Góngora, Quevedo, del fundador en París del Centre d’Études Catalans Mauricio Molho (1922-1995), al que seguirían, entre otros, títulos de Walter D. Mignolo (Elementos para una teoría del texto literario, 1978), Carlos Blanco Aguinaga (edición corregida y aumentada de Juventud del 98, 1978), Constanzo Di Girolamo (Teoría crítica de la literatura, 1982), Russell P. Sebold (Trayectoria del Romanticismo español, 1983), Emilio Orozco (Introducción a Góngora, 1984), Cesare Segre (Principios de análisis del texto literario, 1985), Claudio Guillén (Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada, 1985)… Y asimismo nacería una serie de Lecturas de Filología, dirigida también por Rico, que daría cabida a textos o compilaciones más breves de Roman Jakobson (Lingüística, Poética y tiempo, 1981), José Ferrater Mora (El mundo del escritor, 1983) o Francisco Ayala (La estructura narrativa y otras experiencias literarias, 1984).

Página de créditos de El mundo del escritor. Adviértase que la dirección de Crítica (en un edificio diseñado por el arquitecto Emili Donat) corresponde a la que actualmente lo es de otra editorial importante, Anagrama, que hasta 1987 ocupó un dúplex en el número 44 de esa misma calle, y entonces (como consecuencia del traslado de Crítica a la sede de Grijalbo), la editorial de Jorge Herralde compró y pasó a ocupar lo que fueran las oficinas de Crítica.

Sin embargo, el mayor y más longevo éxito de la colección Filología fue el de una serie que guardaba ciertas similitudes con El Escritor y la Crítica de la madrileña editorial Taurus, Historia y Crítica de la Literatura Española (comúnmente conocida también como HCLE), cuyos dos primeros números aparecieron en 1980: Edad Media, a cargo del hispanista inglés Alan Deyermond (1932-209), y Siglos de Oro: Renacimiento, preparado por Francisco López Estrada (1918-2010), quien ese mismo año publicaba en la Editorial Complutense Tomás Moro y España: sus relaciones hasta el siglo XVIII. Se trataba de libros bastante voluminosos, con un ingenioso y muy clarificador diseño (de Enric Satué), encuadernados en rústica con solapas y en los que era evidente que, pese a su complejidad editorial, se ajustaban cuanto se podían los costes para no disparatar el precio de venta al público.

En su divertida introducción (con fábula incluida) a cada uno de los volúmenes (nueve en total, más suplementos), Francisco Rico empezaba por exponer con claridad los propósitos de la obra:

Historia y crítica de la literatura española quisiera ser varios libros, pero sobre todo uno: una historia nueva de la literatura española, no compuesta de resúmenes, catálogos y ristras de datos, sino formada por las mejores páginas que la investigación y la crítica más sagaces, desde las perspectivas más originales y reveladoras, han dedicado a los aspectos fundamentales de cerca de mil años de expresión artística en castellano.

La obtención de tal objetivo se fundamentó en la elección de un editor que conociera exhaustivamente el campo que debía abordar y la selección de textos (artículos en revistas especializadas, pasajes de ensayos e incluso ocasionalmente textos específicamente reescritos para su inclusión en la obra), y en una utilísima disposición de los materiales. Tras la mencionada introducción y una nota previa con las claves empleadas, cada volumen se abría con un prólogo del editor y a continuación seguían los diversos capítulos, cada uno de ellos precedidos a su vez de una breve introducción (que orientaba al lector sobre el estado en que se encontraban los estudios acerca de la materia específica y comentaba la bibliografía), una bibliografía específica, y los artículos seleccionados, y el volumen se cerraba con un completo y exhaustivo índice alfabético. Sirva como ejemplo el índice, a grandes rasgos, del quinto volumen, dedicado a Romanticismo y Realismo y a cargo de la poetisa e intelectual puertorriqueña Iris M. Zavala, coordinado por Elvira Pañeda y con traducciones de Carlos Pujol:

  • Introducción
  • Notas previas
  • Prólogo al volumen
  • Románticos y liberales
  • Temas de la literatura burguesa
  • Larra y Espronceda
  • La fortuna del teatro romántico
  • La poesía romántica. Bécquer y Rosalía
  • Costumbrismo y novelas
  • El naturalismo y la novela
  • Benito Pérez Galdós
  • «Clarín»
  • Teatro y poesía naturalistas
  • Apéndice: Prosa intelectual
  • Adiciones [bibliográficas, que actualizan el volumen]
  • Índice alfabético

Entre los textos seleccionados aparecen los más citados y prestigiosos sobre cada una de las materias de Donald L. Shaw, Vicente Llorens, Allison Peers, José Luis Aranguren, Jaime Vicens Vives, Pedro Sailinas, Joaquín Casalduero, Robert Marrast, Bruce W. Wardropper, Luis Cernuda, Fernando Lázaro Carreter, José F. Montesinos, Frank Durand, Vicente Gaos, Carlos Blanco Aguinaga, José-Carlos Mainer, Gonzalo Sobejano, Sergio Beser, Dámaso Alonso, Francisco Ruiz Ramón…

Ya desde el primer momento se anunció la intención de actualizar estas antologías ya fuera mediante la publicación de suplementos o bien mediante ediciones íntegramente rehechas, y al cabo de diez años, en 1991, aparecían los suplementos dedicados a la Edad Media y a Siglos de Oro: Renacimiento, a cargo de los mismos especialistas que se habían ocupado de los tomos originales (véase al pie del texto la lista de títulos publicados). Sin embargo, todo parece indicar que la aceptación que tuvieron estos suplementos fue sensiblemente menor a la que había tenido la serie original, y cosa bastante parecida puede decirse de la Historia y Crítica de la Literatura Hispanoamericana, cuyos tres volúmenes aparecieron entre 1988 y 1990 coordinados por el crítico chileno Cedomil Goic: Época colonial, Del Romanticismo al Modernismo y Época contemporánea.

Como sucede con toda selección, es por su misma naturaleza discutible, y la comparación entre la calidad de uno y otro volumen se convirtió en su momento en poco menos que un entretenimiento recurrente que a veces se convertía en competición de esnobismo. Hoy, casi medio siglo después de su publicación original, es muy probable que el grueso de los textos recogidos en los volúmenes de HCLE sean fácil y gratuitamente accesibles en internet, pero, aun así, lo que sigue haciéndolos útiles a día de hoy es precisamente la tarea prescriptiva y de análisis (a menudo con criterios explicitados en los prólogos) llevada a cabo por reconocidos especialistas en cada ámbito concreto.

Títulos, con sus correspondientes suplementos,de Historia y Crítica de la Literatura Española

Se han dispuesto los suplementos a continuación del título que actualizan y, si no se indica lo contrario, el responsable del suplemento es el mismo que el del volumen corriente.

1: Alan Deyermond, Edad Media, 1980.

1/1 Primer suplemento, 1991.

2 Francisco López Estrada, Siglos de Oro: Renacimiento, 1980.

2/1 Primer suplemento, 1991.

3 Bruce W. Wardropper, Siglos de Oro: Barroco, 1983.

3/1 Aurora Egido, Primer suplemento, 1992.

4 José Miguel Caso González, Ilustración y Neoclasicismo, 1983.

4/1 David T. Gies y Russell P. Sebold, Primer suplemento, 1992.

5 Iris M. Zavala, Romanticismo y Realismo, 1982.

5/1 Primer suplemento, 1993.

6: José-Carlos Mainer, Modernismo y 98, 1980.

6/1 Primer suplemento, 1994

7 Víctor García de la Concha, Época contemporánea: 1914-1939, 1984.

7/1 Agustín Sánchez Vidal, Primer suplemento, 1995.

8 Domingo Ynduráin, Época contemporánea: 1939-1981, 1981.

8/1 Santos Sanz Villanueva, Primer suplemento, 1999.

9 Darío Villanueva, José Luis García Marín, Santos Sanz Villanueva y César Oliva, Los nuevos nombres: 1975-1990, 1992.

9/1 Jordi Gracia, Primer suplemento, 2000.

Libros sobre música: el caso de Los Juglares de Júcar

Cuando a principios del siglo XX se produjo en España una cierta eclosión de libros con la música como tema –particularmente en sellos de nombre tan inequívoco como Ma Non Troppo, Es Pop Ediciones o Global Rhythm y en otros como Fundamentos o Libros Crudos–, fue habitual al comentarla evocar una experiencia de principios de los años setenta, la colección Los Juglares de la editorial gijonesa Júcar (con sede en Ruiz Gómez, 10), fundada en 1967 por Silverio Cañada (1938-2002) y Ángel Pariente (1937-2017) y que no tardó en abrir sede en Madrid (en Chantada, 7). Menos habitual, en cambio, fue vincular Los Juglares con la colección en la que evidentemente se inspiraba, Poésie et Chansons, de la editorial parisina Seghers.

Alphonse Bonnafé, Georges Brassens, París, Seghers (Poetes et chansons), 1974.

Pierre Seghers (1906-1987), a quien había introducido en el mundo de los libros el artista catalán Lluís Jou (1882-1968), se había estrenado autopublicándose sus poemas con el sello por él creado para tal propósito, Les Éditions de la Tour, y tuvo una primera experiencia editorial ya durante la segunda guerra mundial con la revista clandestina Poètes Casqués y posteriormente Poésie, hasta que en mayo de 1944 sale la célebre colección Poetes d’adjourd’hui con el sello Seghers y en 1966 Poetes et chansons. En realidad, esta última colección pretendía dar cabida a un tipo de poetas cantantes que inicialmente había publicado en Poetes d’adjourd’hui, como Leo Ferré, Georges Brassens, Jacques Brel o Charles Aznavour, y en ella se publicaron también libros dedicados a Edith Piaf, Julitette Greco, Paolo Conte, etc.

Edición en Seghers del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Viendo el catálogo de Júcar no sólo es fácil emparentar Los juglares con Poetes et chansons, sino incluso Los Poetas con la de Pierre Seghers Poetes d’adjourd’hui. A modo de ejemplo, vale la pena constatar que los cuatro primeros números de Los Juglares fueron Bob Dylan (1972), por Jesús Ordovás (n. 1947), la traducción que llevó a cabo el dramaturgo Fermín Cabal (n. 1948) del Jacques Brel (1972), de Jean Clouzet, publicado previamente por Seghers, un Joan Manuel Serrat preparado por el periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), y un Brassens firmado por el también periodista afincado en París Ramón Luis Chao (que a partir de la segunda edición ya apareció firmado como Ramón Chao [1935-2018]).

Edición en Los Juglares del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Según ha contado Mariano Antolín Rato, que da una idea de la manga ancha con que se editaba en esa casa, la idea de ampliar el abanico de músicos en Júcar se la sugirió él mismo al director de la editorial cuando ya llevaba un tiempo traduciendo la serie policíaca de Harry Dickson (los primeras traducciones de la cual aparecen firmadas por José Manuel Caballero Bonald, Fermín Cabal y Alfonso Sastre):

Traducía una a la semana, y además añadía contenidos inventados, porque me pagaban por páginas y así llegaba a la siguiente página, con dos líneas ya cobraba otra. Añadía frases inspiradas en H. P. Lovecraft o lo que fuese, porque eran novelas medio policiacas, medio de terror. Entonces con Cañada empecé a traducir y él montó la colección Los juglares. Un día, hablando con él, le pregunté por qué en vez de sacar en Los juglares solamente a Serrat y otros cantautores no sacáis también a los Beatles, los Rolling Stones y esos. Y, efectivamente, los sacaron y se forraron. Entonces Cañada me ofreció un cargo fijo en Ediciones Júcar, que dirigía Caballero Bonald, y me iba muy bien porque les pasaba información, les hablaba de Pink Floyd y grupos de los que ellos no tenían ni la más remota idea, a la vez que les buscaba libros y autores.

Pero más allá del catálogo de títulos de Los Juglares, en el que se puede advertir una cierta evolución en cuanto a los intereses predominantes (de lo más folk al rock, y con cierta obsesión por Bob Dylan), es notable la coincidencia en la idea y la disposición de las dos colecciones. Si los libros de Seghers se basaban en una selección de textos, una discografía, ilustraciones (generalmente fotografías) y un texto biográfico y crítico, eso mismo exactamente es lo que compone los títulos de la colección Los Juglares.

Al igual que su modelo francés, los libros de Los Juglares estaban pensados con el objetivo de que su precio de venta al público fuera lo más moderado posible, en el caso de Júcar encuadernándolos con una cartulina basta (con un formato de 11 x 18 y unas 200 páginas), que a la primera doblez perdía la tinta, e impresos en papel muy tosco y en rotativa. Durante mucho tiempo, concretamente en la madileña Altamira-Rotopress, una sociedad que presidía el procurador a Cortes franquistas Enrique Sánchez de León (luego ministro de Sanidad y Seguridad Social por UCD) y que imprimiría colecciones como la Biblioteca Básica Salvat, los Libros RTV de Salvat o los suplementos de El País y revistas como El Socialista y Tiempo.

En cuanto a los autores de estos libros, abundan los periodistas versátiles, no estrictamente musicales en algunos casos, así como los profesionales de la pluma, con nombres bastante conocidos, como son los casos de Eduardo Haro Ibars (1948-1988), que se ocupó del volumen Gay rock (1975), Eduardo Cerdán Tato (1930-2013), que preparó el de Ovidi Montllor, Ramón de España, que firmó los dedicados a Roxy Music (1982) y Buddy Holly (1987),  Javier Barreiro, que firmó el dedicado a El tango (1985), Carlos Zanón,  autor de Bee Gees (1998), o Josep Maria Espinàs, que escribió el dedicado a Pi de la Serra (1974). Más curiosa es la presencia de autores muy estrechamente vinculados al mundo del teatro, como es el caso de los dramaturgos exiliados en México Álvaro Custodio (1912-1992) y Paco Ignacio Taibo I (padre de Paco Ignacio Taibo II, que dirigió la colección policíaca en Júcar), o Marcos Ordóñez, que firmó el dedicado al Gato Pérez (1987), así como un par de profesores especialistas en literatura y cine españoles del siglo XX, como es el caso de Agustín Sánchez Vidal, autor de Simon & Garfunkel, y José-Carlos Mainer, que preparó el de Labordeta (1977).

Aun así, los nombres de más relumbrón que aparecen en este catálogo son sin duda los vinculados al boom de la novela latinoamericana: el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), con Daniel Viglieti (1974), el escritor argentino  Ernesto Sábato, que prologa el del historiador y poeta argentino León Benarós sobre Eduardo Falú (1974), y el de Jorge Luis Borges (1899-1986), que firma el prólogo del volumen dedicado a Carlos Gardel (1976), obra del historiador uruguayo Carlos Zubillaga.

Acerca del libro ya mencionado sobre el cantautor francés Georges Brassens, contamos con un interesante comentario que dejó Ramon Chao que puede ser orientativo acerca del método de selección de autores y el modo de confección de los libros:

Este mi primer libro fue de encargo. Me lo pidió Silverio Cañada en uno de sus viajes a París. No es que el tema me apasionara, pero por algo hay que empezar, me dije. Me puse a escuchar canciones de este juglar, y a indagar en su vida. Mis conocimientos musicales eran más que suficientes para analizar la música (tónica-dominante en general) del vate francés. Y hurgando en libros y entrevistas descubrí que la imagen de mi héroe no se correspondía con la realidad.

Vicente Escudero, que en la década de los noventa acaparó la autoría del grueso de la producción de Los Juglares, se ha mostrado paradójicamente muy crítico con la orientación que en esos años tomó la colección (que se resistía a hacer productos de usar y tirar y con fecha de caducidad muy corta) y da también pistas acerca de las condiciones en que se escribían estos libros. Así, en relación a Auge y caída de Michael Jackson (1994), lo describe como un «libro eminentemente periodístico, de rápida edición, aprovechando un momento coyuntural», y añade: «Fue escrito a “seis manos”: Julia [Cibrián], Miguel [Martínez] y yo mismo; en un tiempo récord. Se trataba, precisamente de eso: unir música y actualidad. Júcar no lo entendió y no pudo profundizar en el tema de unir “música” con actualidad periodística». Pero aún más ilustrativa es su caracterización del libro que Escudero preparó sobre Phil Spector: «Un nuevo reto personal: ¿En cuánto tiempo podía escribir un libro…?».

Lo cierto es que buen testimonio del apresuramiento con que se llevaba a cabo todo el proceso de la colección Los Juglares —al margen de la asombrosa superficialidad de algunos textos— es la calidad muy limitada de muchas de estas ediciones. José Manuel Caballero Bonald hizo un retrato del ambiente que se respiraba en la sucursal madrileña de Júcar, en la que él mismo trabajaba, que quizá pueda explicar algunas cosas acerca del espíritu de la época y de los resultados de tal empeño:

Por Júcar pasaban a menudo personajes de muy distinta condición, aunque los más frecuentes eran los inclasificables: especímenes de vagas afinidades con traductores espontáneos, noveles pretenciosos, diseñadores incomprendidos, proveedores de hachís y desocupados crónicos. María [Calonje] y Mariano Antolín solían encargarse de bandear a esas visitas con invariable efectividad.

Fuentes:

José Manuel Caballero Bonald «Caballero Bonald, episodios asturianos», La Nueva España, 9 de marzo de 2010.

Ramón Chao, «Georges Brassens», en el blog de Ramon Chao, s/f.

Vicente Escudero, Blog personal.

Antón López, «Entrevista con Juan Manuel Domínguez: “En España hubo problemas con la publicación de Yonqui», Libros Crudos, web de la editorial.

Bruno Mattiusi, «Entrevista a Mariano Antolín Rato, traductor, novelista, ensayista, psiconauta y agitador cultural», Trans. Revista de Traductología, núm. 21 (2017), pp. 253-275.

Listado (muy provisional e incompleto) de los títulos publicados en Los Juglares.

1/ Jesús Ordovás, Bob Dylan, 1972.

2/ Jean Clouzet, Jacques Brel, 1972.

3/ Manuel Vázquez Montalbán, Joan Manuel Serrat, 1972.

4/ Ramón-Luis Chao (Ramon Chao a partir de la 2ª ed.), Brassens, 1973.

5/ Alan Dister, Beatles, 1974.

6/ Phillipe Bas-Rabérin, Los Rolling Stones, 1973.

7/ Jesús Ordovás, Jimi Hendrix, 1974.

8/ Félix Luna, Atahualpa Yupanqui, 1974.

9/ Jean-Marie Leduc, Pink Floyd, 1974.

10/ Sergio Laguna, Leo Ferré, 1974.

11/ León Benarós (con prólogo de Ernesto Sábato), Eduardo Falú, 1974.

12/ Jean Clouzet, Boris Vian, 1974.

13/ Mario Benedetti, Daniel Viglieti, 1974.

14/ Josep Maria Espinàs, Pi de la Serra, 1974.

15/ Phillipe Bas-Rabérin, El blues moderno.

16/ Viale Moutinho, Jose Alfonso.

17/ Mariano Antolín Rato, Bob Dylan 2, 1975.

18/ Héctor Vázquez Azpiri, Víctor Manuel, 1974.

19/ Gaspar Fraga, Elvis Presley.

20/ Eduardo Haro Ibars, Gay rock, 1975.

21/ Agustín Sánchez Vidal, Simon & Garfunkel, 1975.

22/ Hervé Muller, Jim Morrison y los Doors.

23/ Jesús Ordovás, El rock ácido de California.

24/ Enrique Cerdán Tato, Ovidi Monllor.

25/ Alan Dister, El rock inglés.

26/ Jacques Vassal, Leonard Cohen, 1978.

27/ Álvaro Custodio, El corrido popular mexicano (su historia, sus temas, sus intérpretes), 1976.

28/ Antonio Cillero, Beatles 2, 1976.

29/ Álvaro Feito, Joan Báez, 1976.

30/ Armando Tejada Gómez, Horacio Guarany.

31, Galvarino Plaza, Victor Jara, 1976.

32/ Francisco López Barrios, La nueva canción en castellano (L. A. Aute, Pablo Guerrero, Julia León, Rosa León, Luis Pastor, Elisa Serna), 1976.

33/ Carlos Zubilaga (con prólogo de Jorge Luis Borges), Carlos Gardel, 1976.

34/ Patricio Manns, Violeta Parra, 1978.

35/ José-Carlos Mainer, Labordeta, 1977.

36/ Esteban Leivas, David Bowie, 1977.

37/ John Pidgeon, Eric Clapton, 1976.

38/ Alain Dister, Frank Zappa y The Mothers of Invention, 1981.

39/ Jorge Arnaiz, Los Who, 1980.

40/ Alicia Dujovne, María Elena Walsh.

41/ Jesús Ordovás, Bob Marley, 1980.

42/ George Tremlett, Rod Stewart, 1981.

43/ Álvaro Feito, Alan Stivell, 1981.

44/ Víctor Claudín, Sisa, 1982.

45/ Alberto Manzano, Jackson Browne, 1982.

46/ Danny Faux, Dylan 3, 1982.

47/ Ramón de España, Roxy Music, 1982.

48/ Fernando Márquez, Vainica doble, 1983.

49/ Sagrario Luna, The Jam, 1983.

50/ Ignacio de Juan, Stones 2, 1983.

51/ Jaume Pomar, Raimon, 1983.

52/ J. M. Plaza, Luis Eduardo Aute, 1983.

53/ Fernando González Lucini, Carlos Cano, 1983.

54/ Ignacio Q. Santander, Quilapayún, 1983.

55/ Javier de Juan, Jethro Tull, 1984.

57/ José Luis Álvarez, Miguel Ríos. ¿El rock que no termina?, 1984.

58/  Danny Faux, Kris Kristofferson, por los Buenos tiempos. Retrato de un artista americano, 1985.

59/ Connie Berman, Linda Ronstadt, 1985.

60/ Judith Davis y Danny Faux, Queen, 1985.

61/ Javier Pérez de Albéniz, Bruce Springsteen, 1985.

62/ Paco Ignacio Taibo I, Agustín Lara, 1985

63/ Danny Faux, Michael Jackson, 1985.

64/ Javier Barreiro, El tango, 1985.

65/ Álvaro Feito, Dire Straits.

66/ Carlos Toro, Charles Aznavour.

67/ Maurilio de Miguel, Joaquín Sabina.

68/ Daniel Tubau, Deep Purple, 1986.

69/ Mikel Barsa, The Kinks, 1987.

70/ Ramón de España, Buddy Holly, 1987.

71/ Marcos Ordóñez, Gato Pérez, 1987.

72/ Ángel Vivas, Javier Krahe, 1991.

73/ Luis Lapuente, Jery Lee Lewis, 1992.

74/ Vicente Escudero, Bob Dylan 4, 1992.

75 y 76/ José Luis Atienza Merino, Jacques Brel 2, 1987.

77/ Juan Mari Montes, Suzanne Vega, 1992.

78/ J. J. Medina, Queen 2. Freddie Mercury (1946-1991), 1994.

79/ Vicente Escudero, Phil Spector, 1994.

80/ Miguel Martínez y Vicente Escudero, Lennon, 1994.

81/ Vicente Escudero, Julián Cibrian y Miguel Martínez, Auge y caída de Michael Jackson, 1994.

82/ Vicente Escudero, Bob Dylan y la prensa española (1980-1993), 1995.

83/ Vicente Escudero, Eric Clapton 2, 1995.

84/ Vicente Escudero, Cher, 1995.

85/Vicente Escudero, Bob Dylan. Los discos, 1996.

86/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las canciones, 1996.

87/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las palabras, 1996.

88/ Bob Dylan, Tarántula, 1985.

89/ Andrés López Martínez y Vicente Escudero, John Lennon 2.

92/ Carlos Zanón, Bee Gees. La importancia de ser un grupo pop, 1998.

93/ Juan Martí Montes, Elton John, 1998.

Los Juglares. Serie Especial

1/ Anthony Scaduto, La biografía de Bob Dylan.

2/ Anthony Scaduto, Mick Jagger.

3/ LeRoy Jones, Música negra, 1978.

5/ Julian Beck, Canciones de la revolución (Living Theatre).

6/ Ramón J. Martínez [Ramoncín], Animal de ojos caídos. Poemas y musiquitas.

7/Simon Frith, Sociología del rock, 1978.

8/ Victor Claudín, Canción de autor en España, 1981.

9/ David Dunaway King, Una canción sin Pete Seeger, 1993.

Publicidad de una presentación de Los Juglares.

El Escritor y la Crítica (Taurus)

A finales de los años sesenta, la editorial Taurus estaba sobradamente afianzada como una de las referencias en la edición de libros de Humanidades en lengua española, acaso con una mirada muy predominantemente peninsular, y en un momento de ebullición tras ponerse al frente de ella Jesús Aguirre (1934-2001) y la entrada muy poco después, por recomendación de Javier Pradera (1934-2011), del escritor y editor José María Guelbenzu (n. 1944). Una de las más originales colecciones lanzadas por el entonces en Taurus fue El Mirlo Blanco, creada por Francisco García Pavón (1919-1989), que reunía varios textos de un mismo dramaturgo, precedidos de un prólogo de presentación (generalmente, del director de la revista Primer Acto y de la colección, José Monleón) y seguidos de algunos estudios en profundidad de críticos o escritores prestigiosos. Así, tras un primer número en 1968 dedicado a Carlos Muñiz (1927-1994) (El Tintero, Solo de saxofón y Las viejas difíciles) con textos de Monleón, Antonio Buero Vallejo, Manolo Ruiz Castillo, Alfonso Sastre, Ricardo Rodríguez Buded, Francisco García Pavón, José María Rincón, y el propio Muñiz, seguirían otros con obras destacadas de Alfonso Sastre (n. 1926), Antonio Buero Vallejo (1916-2000), José Ricardo Morales (1915-2016), José Martín Recuerda (1926-2007), Miguel Mihura (1905-197), Fernando Arrabal (n. 1932), etc.

Juan Ramón Jiménez (1981-1958).

Puede advertirse cierto parentesco, en cuanto a la estructura y la idea general, entre El Mirlo Blanco y la serie El Escritor y la Crítica, dirigida inicialmente por Ricardo Gullón (1908-1991), cuya vinculación con Taurus se remontaba por lo menos a la preparación de las Conversaciones con Juan Ramón Jiménez (1958) y la publicación en Taurus de las segundas ediciones de sus ensayos Las secretas galerías de Antonio Machado (1958), con la que estrenaba otra colección muy valiosa (Cuadernos Taurus) y Galdós, novelista moderno (1960). Posteriormente se le uniría en la dirección su hijo Ricardo, quien ya en 1974 se había estrenado en Taurus como coeditor con su esposa Agnés de Teoría de la novela y luego con la publicación de su El narrador en la novela del XIX (1977).

Enmarcada en la colección Persiles, la serie El Escritor y la Crítica pretendía, en palabras del propio Gullón, reunir en un volumen monográfico: «Los artículos y ensayos más selectos dedicados a la vida y la obra de un escritor español o hispanoamericano actual, entendiendo por actual lo que tiene vigencia activa, operante para el hombre de hoy, y no sólo lo rigurosamente contemporáneo».  La intención era sobre todo dotar a estudiantes y profesores de letras de un selecto compendio de lo mejor que se había escrito sobre un determinado tema o autor, lo cual (en una época previa a internet) le permitía acceder a una serie de textos críticos valiosos cuya localización y hallazgo podían de otro modo suponer varias horas —si no días—de búsqueda y captura por bibliotecas. Naturalmente, era también un punto determinante la capacidad y el rigor de quienes elaboraban la selección, siempre firmas de reconocida autoridad en su materia (por lo general docentes en Estados Unidos) y con razón pudo escribir Darío Villanueva que fue «un instrumento que todos los amantes de la Literatura, por no decir los estudiosos o los profesionales de su enseñanza, han utilizado alguna vez».

En estos libros, perfectamente manejables y diseños de cubierta de Antonio Jiménez, tenía especial importancia también la disposición de los materiales, que muy a menudo incorporaban los primeros testimonios críticos acerca del autor o materia objeto de estudio, así como, cuando era preciso, la traducción de artículos aparecidos en revistas o formando parte de libros de difícil acceso para el lector español. Se estrenó la serie en 1973 con tres títulos que ya daban idea del grado de exigencia y la orientación en la selección: Un Benito Pérez Galdós preparado por Douglas M. Rogers (profesor en la Universidad de Texas); Antonio Machado, a cargo del propio Ricardo Gullón en colaboración con Allen W. Phillips (1922-2011), formado en la Universidad de Michigan (Ann Arbor) y posteriormente profesor en la Universidad de Texas; y Federico García Lorca, editado por Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003), profesor de la Rutgers University y quien ya en 1934 había coincidido con Gulllón en la fundación de la revista Literatura.

Tras una nómina de autores igualmente deslumbrantes (Miguel de Unamuno, por Antonio Sánchez Barbudo, y Pío Baroja, por Javier Martínez Palacio, en 1974, y César Vallejo, por Julio Ortega, en 1975), el volumen dedicado al poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948) anuncia en el título la primera ampliación del campo, Vicente Huidobro y el Creaciónismo, preparado por René de Costa (Universidad de Chicago) y ese mismo año 1975 llegaría el dedicado a El Modernismo, a cargo de la profesora en la Universidad de Texas Lily Litvak (n. 1938), al que seguirían algunos otros temáticos, como el centrado en los Novelistas hispanoamericanos de hoy (Onetti, Agustín Yáñez, Carpentier, etc.), coordinado por el profesor de la Universidad de Michigan Juan Loveluck, el primero de dos volúmenes dedicados a los Novelistas españoles de postguerra, preparado por Rodolfo Cardona (Univerdidad de Washington) —del segundo se ocupó José Schraibman (también de la Universidad de Washington)—, El Simbolismo, del profesor de origen cubano José Olivio Jiménez (1926-2003), El Surrealismo, a cargo de Víctor García de la Concha, los dos volúmenes sobre La novela lírica, por Darío Villanueva, o los dedicados incluso a obras concretas de singular importancia (el Quijote, editado por George Haley, y Fortunata y Jacinta, preparado por Germán Gullón, por ejemplo). Entre los dedicados a escritores, tuvieron mucha presencia los escritores de la generación del 27 (Jorge Guillén, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Aleixandre, Cernuda…), así como los novelistas del boom y sus aledaños (Borges, Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa…), por muy poca los anteriores al siglo XIX (sólo los dedicados a Lope de Vega. El teatro I, a cargo de Antonio Sánchez Romelano, del que no llegó a salir la previsible segunda parte, y Francisco de Quevedo, en edición de Gonzalo Sobejano).

Entre los títulos anunciados que no llegaron a publicarse resultan particularmente interesante el Teatro español contemporáneo que debía preparar Ricardo Domenech (1938-2010), quien en 1988 se había ocupado del de Ramón María del Valle-Inclán,  y un volumen dedicado al Naturalismo, del que debía hacerse cargo José María Martínez Cachero (1924-2010), quien en 1978 había preparado para Taurus la Antología crítica clariniana.

Relacionado también con Clarín es el curioso caso del volumen sobre La Regenta publicado en 1988 y preparado por Frank Duran, un volumen acerca del cual dejaba escrito Germán Gullón en «La mirada masculina y la conciencia en La Regenta»:

Es un hecho que el mejor volumen de crítica sobre la obra de Leopoldo Alas «Clarín», editado por Frank Durand, La Regenta de Leopoldo Alas, Taurus, Madrid, 1988, apenas aparece citado en las notas y trabajos sobre el autor asturiano, mientras hay una increíble ponderación del trabajo erudito, que contribuye a adelantar el conocimiento de la obra clariniana en una sola dirección. Mejor suerte ha tenido, aunque no excepcional, el tomo de Sergio Beser, Clarín y La Regenta, Barcelona, Ariel, 1982.

Dadas las fechas de publicación, es de suponer que Frank Durand ya estaría trabajando en su propia obra cuando apareció en la colección Letras e Ideas (dirigida por Francisco Rico) la de Beser, compuesta también de artículos temáticos de diversos autores, y vale la pena mencionar que en la antología crítica de Ariel aparecen dos textos de Durand («Leopoldo Alas Clarín: Coherencia entre sus ideas críticas y La Regenta» y «La caracterización en La Regenta: punto de vista y tema»), mientras que la de Taurus incorpora el texto de Beser «Espacio y objetos en La Regenta» y que sólo coincide en ambos libros un texto («Un estudio de La Regenta», de Segundo Serrano Poncela) y tres autores (Gonzalo Sobejano, además de Durand y Beser). Por otra parte, el libro de Taurus preparado por Durand recoge una selección más amplia (veinticinco textos frente a los nueve de Ariel).

Con todo, no deja de ser tampoco curioso el hecho de que en 1980 hubiera aparecido el primer volumen de un muy ambicioso proyecto dirigido por Francisco Rico, Historia y Crítica de la Literatura Española (en la editorial Crítica, descendiente directa de Ariel), pues guarda parecidos razonables con la idea de El Escritor y la Crítica.

Fuentes:

Germán Gullón, «La mirada masculina y la conciencia en La Regenta», en Antonio Vilanova, Adofo Sotelo Vázquez (eds.), Leopoldo Alas “Clarín”, Actas del Simposio Internacional : (Barcelona, abril de 2001), Barcelona, Universidad de Barcelona, 2002, pp.325-336.

Javier Huerta Calvo, «Medio siglo de gran literatura», en Antonio Largo Carballo, coord., Taurus. Cincuenta años de una editorial (1954-2004) (edición no venal), Madrid, 2004, pp. 199-233.

Pedro Rújula López, «El ensayo y los libros de ciencias sociales», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 783-805.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Detino (Imago Mundi 26), 2003.

Darío Villanueva, «Ricardo Gullón, crítico literario», en Javier Huerta Calvo, coord., La Escuela de Astorga: Luis Alonso Luengo, Ricardo Gullón, Leopoldo Panero, Juan Panero, Astorga, Ayuntamiento- Diputación de León, 1993, pp. 199-210.

Anagrama y el canon literario latinoamericano (sobre Narrativas Hispánicas)

«El criterio de uno como lector es selectivo, y el criterio de uno como editor debe ser aglutinante.»

Ricardo Piglia

 

Desde por lo menos el estallido del boom, las capitales editoriales españolas han actuado tradicionalmente como puente entre las literaturas latinoamericanas y las europeas, si bien es cierto que también París ha desempeñado un papel importante. Esto subraya lo que, refiriéndose al caso de Argentina, Javier Lluch-Prats ha denominado la «dependencia de la mediación editorial española para la internacionalización de los textos».

El capital simbólico acumulado por Anagrama a lo largo de su historia, así como los contactos cultivados por su fundador, Jorge Herralde, contribuyen a explicar la importancia que ha cobrado Anagrama en la construcción del canon en países como México, Argentina o Chile, y ese proceso puede advertirse bien a la vista del catálogo de la colección Narrativas Hispánicas.

Beatriz de Moura (Tusquets) y Jorge Herralde.

Si bien ya previamente habían aparecido en Anagrama algunos textos del argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) y del también argentino pero de expresión francesa Copi (Raúl Damonte Botana, 1939-1987), puede tomarse como punto de referencia la entrada en la colección Narrativas Hispánicas (creada en 1981) del mexicano Sergio Pitol (1933-2018) con el libro de relatos Vals de Mefisto (publicado previamente en México con el título Nocturno de Bujara por Siglo XXI), y en particular porque Pitol, residente por entonces en Europa, será uno de los grandes beneficiarios de la política de autor llevada a cabo en muchísimos casos por Jorge Herralde y verá publicado en esta editorial el grueso de su obra. Al año siguiente, en 1985, se publicaba ya en la misma colección al primer escritor argentino –afincado en París– Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano, prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante).

Ricardo Piglia.

Además de la colección Narrativas Hispánicas, otro punto de referencia para analizar esta progresiva presencia de literatura latinoamericana es el Premio Herralde de Novela, que, además de premiar El desfile del amor de Pitol en 1984, ese mismo año designa como finalistas al argentino residente en Madrid Miguel Enesco, por Me llamaré Tadeusz Freyre, y al año siguiente a la también argentina Luisa Futoransky, por De Pe a Pa (De Pekín a París). De 1987 es la publicación en NH de La trenza de la hermosa Luna, de la cubana afincada en Puerto Rico Mayra Montero, quien hasta entonces sólo había publicado el libro de relatos Veintitrés y una tortuga (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981) y cuyos libros siguientes fueron casi sistemáticamente publicados en Estados Unidos en traducción al inglés de Edith Grossman (prestigiosa traductora de Cervantes, García Márquez, Vargas Llosa y Julián Ríos, entre otros). En 1986 Montero había compartido la condición de finalista del Premio Herralde (que en la página que Harper Collins se describe como «one of Europe’s most prestigious literary awards») con el uruguayo Roberto Fernández Sastre (La manipulación) y el colombiano Evelio Rosero (Juliana los mira). Como señala Jorge L. Locarno, uno de los mayores intereses del Premio Herralde es su capacidad para conferir valor simbólico a textos que pasan luego a circular por el mundo con la etiqueta de «literatura latinoamericana», y por lo tanto incide en qué se toma por tal cosa más allá de los propios países latinoamericanos. Incidiendo en la misma cuestión, en el prólogo a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina Juan Villoro, por su parte, señala que el catálogo de Anagrama es «siempre heterodoxo respecto a la valoración que las literaturas hacen de sí mismas, y acaso por eso mismo, tiene altas posibilidades de definir el canon futuro». También de 1987 es la recuperación en NH de Las ratas, seguido de Sombras suele vestir (que en 1972 había aparecido ya como tal en Siglo XXI), del entonces recién fallecido José Bianco (1908-1986). Desde entonces, si bien porcentualmente no era predominante, la presencia de literatura latinoamericana fue constante y sostenida con la obra de Pitol como indudable protagonista principal.

Aun así, suele señalarse como un momento clave en la intensificación de estas relaciones la mitad de la década de 1990, no casualmente coincidente con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea (1993) que a finales de 1995 culminaría con el acuerdo de creación de una moneda única (el euro). En el texto de presentación de Anagrama. 45 años. 1969-2014, Recorrido por cuatro décadas y media, Herralde sitúa ese cambio incluso más adelante, de la primera década del siglo XXI:

Uno de los rasgos más destacados de este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina.

Herralde con Roberto Bolaño.

En cualquier caso, tanto en la segunda mitad de los ochenta como en la primera de los noventa, los autores latinoamericanos, y no sólo argentinos y mexicanos, siguen presentes en NH, y valga como muestra los premios Herralde  a La noche es virgen, del peruano Jaime Bayly en 1997 y Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en 1998, a los que pueden añadirse como finalistas la peruana Teresa Ruiz Rosas (con El copista, en 1994) o el hispanoargentino Andrés Neuman (con Bariloche, en 1999), o el inicio de la publicación casi sistemática de la obra del mexicano de origen hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) (Movimiento perpetuo y Obras completas y otros cuentos en 1990, La Oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio en 1991, Viaje al centro de la fábula en 1992..) o aun la aparición del cervantista argentino Federico Jeanmarie con Miguel (1990), quien tras dar muchas vueltas (Sudamericana, Norma, Seix Barral, Alfaguara…) volvería a Anagrama con Tacos altos (2016) y para ser finalista del Herralde de Novela ese mismo año con Amores enanos.

Otro libro importante en este sentido –en tanto que propuesta para la actualización del canon–, es la antología preparada por Juan Forn y publicada en 1992 Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina (publicada luego en la colección Compactos con el subtítulo Una antología de narrativa argentina), que dio a conocer a muchos lectores no argentinos a escritores como Cecilia Absatz, César Aira, Rodrigo Fresán, Fogwill, Sylvia Iparraguirre, Alberto Laiseca, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Alan Pauls… El respaldo de un sello como Anagrama, confirmado en varios de estos casos con la posterior incorporación a su catálogo (Alan Pauls, por ejemplo) o a grandes editoriales (caso de Fresán), situó de pronto en otra división internacional a estos autores a ojos de los editores de otros países, pues como ha explicado el propio Herralde, «en tanto y en cuanto tienes un fondo de autores extranjeros de primerísima fila, los editores extranjeros se fían a priori de los libros que tú les recomiendas».

Tal vez sí el despegue más vistoso se produce en el inicio del nuevo siglo, con autores jóvenes, outsiders en sus propios milieux literarios locales, exploradores de tradiciones que no son las predominantes en sus respectivos países, y a ello hay que añadir que en muchos casos establecieron relaciones de amistad o cuanto menos de trato entre ellos, creando si no una imagen de grupo sí de parentesco, con Anagrama como elemento aglutinador, pero también es cierto que es un despegue que llevaba ya bastante tiempo con el motor en marcha. Y parece indudable la incidencia de las elecciones de Anagrama en la configuración del canon de la literatura latinoamericana más innovadora a ojos del conjunto del sistema literario internacional.

Fuentes:

Leila Guerriero, «Jorge Herralde: el anagrama perfecto», La Nación, 24 de junio de 2001.

Jorge Herralde, El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina, texto introductorio de Juan Villoro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Javier Lluch-Prats, «Escritores de marca: voces argentinas en el catálogo de Anagrama», Orbius Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jorge J. Locane, «El Premio Herralde de Novela: Literatura Latinoamericana para el mundo y desterritorialización del prestigio», INTI: Revista de Literatura Hispánica, núm. 85-86 (2017), pp. 100-112.

Jorge L. Locane, «¿Cómo se produce la literatura mundial? Esbozo de una respuesta: el catálogo de Anagrama», intervención en el VII Seminario Internacional Redes Públicas y Relaciones Editoriales. La edición iberoamericana en el mapa de la literatura mundial, Madrid, 30 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 2017.

Juan Carlos Piedrahita B., «En Anagrama somos audaces» (entrevista a Jorge Herralde), El Espectador, 28 de noviembre de 2009.

Redacción, «Anagrama apuesta por los escritores rebeldes», Proceso, 24 agosto de 2003.

Alejandro Zambra y la generación de la Biblioteca Ercilla

A lo largo de la espléndida colección de textos de Alejandro Zambra que Andrés Braithwaite seleccionó y editó con el título No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), el escritor chileno menciona en diversas ocasiones la importancia que tuvo en la formación de los lectores de su generación los libros que integraron la Biblioteca Ercilla. Así, por ejemplo, en «Niños genios» explica Zambra:

Gran parte de los niños de los años ochenta debemos nuestra iniciación literaria a la Biblioteca Ercilla, una nu­merosa colección de libros sin dibujos, sin prólogos y sin notas a pie de página que venían de regalo con la revista Ercilla […]. Somos, mal que nos pese, la generación Ercilla: leímos La metamorfosis o El retrato de Dorian Gray o los cuentos de Poe fundamentalmente porque entonces bastaba estirar la mano para obtener esos libros y porque nos cautivaron o no nos aburrieron

A la altura de los años ochenta del siglo XX, Ercilla era ya toda una institución en el panorama editorial chileno. Sin embargo, ya un siglo antes Ercilla había dado nombre a una célebre imprenta creada por el bibliófilo y erudito José Toribio Medina (1852-1930) (de ella salió, por ejemplo, el poema histórico Las guerras de Chile [1888], de don Juan de Mendoza Monteagudo, con el que nace la colección de Poemas Épicos Relativos a Chile).

De 1933 data la fundación de la Editorial Ercilla de Laureano Rodrigo y Luis Figueroa, que entre los años treinta y los cuarenta, la época dorada de la edición chilena, ocupó un lugar preponderante, junto con Nascimento y Zig_Zag y, a cierta distancia en cuanto a tamaño otras como Osiris y Universo. Si Nascimento era la editorial de referencia en cuanto al ensayo y Zig Zag destacó por acoger a los narradores chilenos y por el esmero en el diseño, Ercilla fue la gran divulgadora de la literatura universal, gracias entre otras cosas al un equipo de prestigiosos editores que reunió, entre los cuales un buen número de intelectuales peruanos  afines o vinculados al APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) exiliados en Chile, como el profesor limeño Luis Alberto Sánchez (1900- 1994), que dirigió la editorial además de publicar en ella diversos títulos propios (Panorama de la literatura actual, 1934; Historia de la literatura americana (desde los orígenes hasta 1936), 1937; Historia general de América, 1941, etc.), los escritores Ciro Alegría (1909-1967), que empezó alternando el trabajo como corrector de pruebas con traducciones para Zigzag, y Juan José Lora (1902-1961) o el periodista Manuel Seoane Corrales (1900-1963), que a partir del abril de 1937 dirigiría la revista Ercilla.

Avanzada la década de los treinta, sumida la industria editorial española en las trabas inherentes a una guerra civil, Ercilla vivió su momento de esplendor en 1937, con la apertura de diversas sucursales (Buenos Aires, Caracas, México, Montevideo…) y con un ritmo de publicación de hasta tres obras mensuales y tiradas de mil ejemplares iniciales.Por entonces la revista Ercilla tenía ya cuatro años, si bien inicialmente se había planteado como un boletín literario de apenas ocho páginas, pero la llegada en 1935 del español José María Souviron (1904-1973) y en abril de 1937 del ya mencionado Manuel Seoane, le dieron un empujón definitivo y la convirtieron en un modelo de magazin.

Tras la breve etapa de dirección de quien pasa por ser la primera periodista chilena, Lenka Franulic (1908-1961), durante la cual se incorpora alguna firma importante a la revista –la de José Donoso, en particular–, a su muerte se pone al frente de la misma Enrique Cid y se inicia una etapa de cambios muy frecuentes en la dirección –Humberto Malinarich entre 1962 y mediados de 1966, Erika Vexler los doce meses siguientes, Alejandro Cabrera Ferrada la segunda mitad de 1967–, en la década siguiente se inicia la fórmula promocional de regalar todo tipo de productos adicionales con la adquisición de la revista y, en palabras de Subercaseaux, «el libro se convierte en factor de promoción para sacar a la revista Ercilla de su decaimiento». Tal fue la magnitud del éxito que Ercilla llegó a tener una tirada de 237.000 ejemplares.

La Biblioteca Ercilla, y su éxito, fue posible en buena medida gracias a la participación de la Editorial Andrés Bello, que cedió gratuitamente los derechos para la selección de Los Mejores Libros Chilenos, y sobre todo del patrocinio de la Televisión Universidad Católica de Chile, a los que habría que añadir Xerox, Nescafé y el Banco Nacional de Valores. Fruto de esta relación fue el lanzamiento entre marzo y noviembre de 1983 de Los Mejores Libros Chilenos, que alcanzan una venta media de 158.417 ejemplares, según datos de Subercaseaux. A este éxito contribuyó también que algunos de los títulos eran de lectura obligada en el Plan de Estudios de Enseñanza Media, como se ocupaba de subrayar la publicidad. Tras Martín Rivas, de Alberto Blest Gana (1830-1920), aparecen sucesivamente Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002), Recuerdos del pasado, de Vicente Pérez Rosales (1807-1886), Sub-terra, de Baldomero Lillo (1867-1923), Gran Señor y Rajadiablos, de Eduardo Barrios (1884-1963), La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533-1594), Montaña adentro y otros cuentos, de Marta Brunet (1897-1967), Mio Cid Campeador, de Vicente Huidobro (1893-1948), La última niebla, de María Luisa Bombal (1910-1980), Un juez rural, de Pedro Prado (1886-1952), Llampo de sangre, de Óscar Castro (1910-1947), y Frontera, de Luis Durand (1895-1954).

Marta Brunet.

A esta colección siguieron semanalmente a partir de noviembre de 1984 Los Mejores Libros Españoles, formalmente igualmente toscos y poco cuidados y con títulos en general más provectos (y por tanto libres de derechos), como El Libro de Buen Amor, El Conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La perfecta casada, El Burlador de Sevilla, La vida es sueño, aunque también Marianela, Bodas de sangre, Azorín, Poesía Selecta de Antonio Machado (títulos que acaso Alejandro Zambra no llegó a ver) y uno de los sí recordará Zambra, la Niebla de Miguel de Unamuno (1864-1936), de los que se vendía una media de 160.000 ejemplares.

En «De novela, ni hablar», donde vuelve a insistir en la influencia de esta colección, escribe Zambra:

En mi casa, como en la mayoría de las casas de clase media, la biblioteca consistía únicamente en una colección de libros baratos que venían de regalo con la revista Ercilla. La Biblioteca Ercilla incluía varias decenas de títulos de color rojo para la literatura española y de color café para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No había una colección de libros latinoamericanos. No había, para nosotros, literatura latinoamericana. Doña Bár­bara, el Martín Fierro y las Ficciones de Borges figuraban entre los libros de literatura universal, y si mal no recuerdo el título más actual de los españoles era Niebla, de Unamu­no. Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una litera­tura latinoamericana.

Quizá el término, sin embargo, resulte un poco desorientador, porque en los años treinta la editorial Ercilla había publicado ya una longeva colección, específicamente llamada Biblioteca Ercilla, que daba una orientación bastante distinta de lo que era la línea ideológica de Ercilla en aquellos años: Breve historia del mundo (1934), de H.G. Wells; Y así vamos.. (1934), de Carlos Sáez Morales; El fin del capitalismo (1934), de Ferdinand Fried; Chile frente al socialismo y al comunismo (1934), de Mario Bravo Lavín; Dostoiewski (1935), de André Gide; Psicología de la vida erótica (1935), de Sigmund Freud; Fundamentos reales de sociología (1936), de Georg Nicolai; El golpe de estado de 1924, ambiente y actores (1938), de Emilio Rodríguez Mendoza,…

Fuentes:

Joaquín Fermandois, dir., Olga Ulianova, coord.., Chile. Mirando hacia dentro, vol. 4 (1930-1960), Taurus, Fundación Mapfre, 2015.

Jorge Fuentes, «Los famosos libros regalados por revista Ercilla: Ocho millones de nuevos lectores en Chile», Guioteca, 25 de octubre de 2013.

Bernardo Subercaseaux, La industria editorial y el libro en Chile (Ensayo de interpretación de una crisis), Santiago de Chile, Centro de Indagación y Expresión Cultural y Artística, octubre de 1984.

Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile (Alma y Cuerpo), segunda edición, corregida, aumentada y puesta al día en noviembre de 2000, Santiago de Chile, Ediciones LOM (Colección sin Norte), 2003.

Alejandro Zambra, No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), selección y edición de Andres Braithwaite, Santiago de Chile, Ediciones UDP, 2010; Barcelona Alpha Decay, 2012; Barcelona, Anagrama, 2018.

Tomás Herreros Miquel, pionero del libro obrero

En Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Alejandro Civantos Urrutia pone orden a un enorme caudal de información sobre la edición underground anarquista de principios de siglo en España, en la que entre otras cosas identifica los antecedentes de algunas innovaciones en cuanto a distribución, política de precios o diseño gráfico (que luego se generalizarían en la seguramente mal llamada «edición de avanzada»), pero, entre otros valores, su libro tiene además el mérito de rescatar y reconstruir la trayectoria de personalidades más influyentes que conocidas, como es el caso del librero, tipógrafo y editor Tomás Herreros Miquel (1877-1937).

No es fácil establecer la cronología de sus primeros pasos, y en particular el momento en que empezó a regir uno de los pequeños quioscos de ventas de libros establecidos en la Rambla de Santa Mònica, muy cerca del cuartel de Ataranzas barcelonesas ante el que el 19 de julio de 1936 moriría su amigo Francisco Ascaso (1901-1936). Aun así, todo parece indicar que su despegue profesional en Barcelona en el ámbito del papel impreso (salvo por la publicación de algún que otro texto) la inició como tipógrafo hacia 1908 en El Progreso, órgano del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, donde coincidió con anarquistas muy conocidos como Josep Negre i Oliveres (1875-1939) y Adolfo Bueso (1889-1979), pero, en cualquier caso, mayor importancia tiene la creación hacia 1910 de la Imprenta Germinal. Previamente, su compromiso político, además de numerosos problemas con la justicia, le había llevado a participar en 1910 en la fundación de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), de cuyo consejo de dirección formó parte bajo el seudónimo Timoeto Herrer, con Josep Negre como secretario general. Su actividad en este ámbito merecería una atención por sí misma.

Tomás Herreros Miquel.

Si bien hasta entonces se habían ocupado de ello la de J[osé] Ortega y la del concejal republicano Félix Costa, a partir de ese momento Germinal cobró importancia sobre todo como impresora del periódico Tierra y Libertad, que a finales de 1911 empieza también a publicar folletos y libros. Además de colaborar con cierta regularidad en el periódico, éste da también noticia de las intermitentes encarcelaciones de las que fue víctima Herreros, así como de la actividad vehemente y digna que llevo a cabo en los centros penitenciarios. Así, por ejemplo, en el número 111 (correspondiente al 15 de mayo de 1912) de Tierra y Libertad, puede leerse:

El sábado último, con motivo de la visita general de cárceles, se personó en la misma la Audiencia en pleno y al comparecer ante ella los compañeros Arnall, Negre, Salud, Herreros, Miranda, Cardenal y Coll, y manifestarles que el proceso que se les seguía era por rebelión, contestaron: «Eso no es cierto; podrá ser esa la verdad oficial, pero la verdad única es que estamos siendo víctimas de una infamia policíaca o gubernativa. […]  y creemos que este proceso es un proceso anormal y que sobre él pesa, más que el espíritu de justicia, la influencia del gobernador, que es a quien se han dirigido cuantos se han interesado por nosotros».

1915.

Pese a estas detenciones, que no fueron infrecuentes, en Germinal tuvo tiempo Tomás Herreros de ponerse al frente de la Biblioteca Tierra y Libertad, además de ocuparse de gran cantidad de libros y folletos de diversos grupos y organizaciones políticas y sindicales y, con particular acierto, de los almanaques de Tierra y Libertad.

El desarrollo de la Biblioteca llega a su punto culminante en 1917, en el que, en palabras de Civantos Urrutia a la vista del catálogo de ese año:

El conjunto de las publicaciones de Biblioteca Tierra y Libertad en 1917 es, en efecto, un buen resumen del proyecto cultural anarquista en toda su dimensión. Textos clásicos del anarquismo reeditados (Kropotkin, Malatesta); primeras ediciones de obras divulgativas, sobre higiene o salud, y libros práctico en general (como el del doctor [Fernand] Élosu); divulgación de historia, de arte o de literatura, desde una perspectiva consciente fuera esta ácrata o no (como en el volumen de [Fernand] Pelloutier); pacifismo internacional ([Pierre] Chardon), intelectuales libertarios españoles ([Ricardo] Mella); o literatura en general puesta al alcance del gran público ([Octave]Mirbeau).

1918.

No puede decirse que el proyecto no fuera ambicioso, y no contento con la ingente y a menudo exitosa Biblioteca Tierra y Libertad, publicaba Herreros, con pie de Imprenta Germinal, varios otros títulos, como la traducción llevada a cabo por Anselmo Lorenzo (1841-1914) de las Déclarations del anarquista individualista francés Georges Etiévant (1865-1900), del que previamente se habían hecho ya varias ediciones y que en este caso responde a la iniciativa de la Agrupación de Cultura Racional de Barcelona, fundada ese mismo año 1918 en Sant Cugat del Vallès, cuyo objetivo era «propagar la cultura y al efecto combatirá todos los sofismas políticos, religiosos y sociales para cooperar al perfeccionamiento moral, material e intelectual de la clase obrera». Y también en 1919 publica Herreros, de nuevo como Imprenta Germinal y con sello del Sindicato Obrero del Ramo del Transporte de Barcelona, una compilación de artículos de Josep Negre, ¿Qué es el sindicalismo? De la colaboración con Bonafulla, El Productor y Toribio Taberner con Herreros salió adelante además la colección Biblioteca Germinal.

Y a ellos pueden añadirse todavía otros títulos, a menudo conferencias, de Anselmo Lorenzo y otros personajes importantes del obrerismo del pasado reciente que eran ya puntos de referencia, así como folletos para organizaciones no sólo anarquistas. Una labor a todas luces ingente a la que Civantos Urrutia ha puesto orden en su libro y que, en lo que atañe exclusivamente a la editorial, el propio Herreros cifró en cuatro millones de copias (entre novedades y reimpresiones).

1919.

La imprenta se fue a pique después de ser víctima de varios ataques por parte del entorno tanto de la policía como del pistolerismo blanco. El 30 de marzo de 1919, al encontrarlo en su casa que era también donde estaba domiciliada la imprenta (en la Ronda Sant Pau, 36), la policía lanzó por la ventana buena parte de sus muebles. Posteriormente, el 3 de marzo de 1923 fue detenido y acusado de complicidad en un robo, aunque tuvo que ser liberado por falta de pruebas. Poco después se exilió durante un tiempo en París, pero el 14 de julio de ese mismo año volvía a estar en Barcelona, donde fue herido de gravedad, frente a su quiosco de libro viejo, en un ataque con arma blanca por parte de León Simón Sanz, del Sindicato Libre (quien más tarde sería el jefe de guardaespaldas de José María Albiñana, líder del Partido Nacionalista Español).

Tomás Herreros.

Durante la dictadura de Primo de Rivera (septiembre de 1923-enero de 1930), Tomás Herreros llevó a cabo una actividad de difusor en la Península de la revista de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) La Protesta (en la que colaboraron José Prats, Eduardo García Gilimón, Antoni Pellicer i Paraire, etc,), así como de enlace entre los anarquistas españoles y los argentinos. En tiempos de la II República, Herreros volvió de nuevo a actuar como impresor de folletos y hojas volanderas para organizaciones sindicales y políticas hasta que, al parecer, le quemaron el negocio, y empezó entonces una etapa mucho más diluida como librero de viejo en su puesto en la rambla de Santa Mónica, si bien siguió también estrechamente vinculado al movimiento ácrata. En 1933 figura como administrador de la histórica cabecera Solidaridad Obrera, y al parecer su última participación pública importante fue su intervención en el homenaje a Ascaso en septiembre de 1936. Moría el 22 de febrero del año siguiente y, en lo que quedaba de guerra, dio nombre a una calle barcelonesa (que ya nunca lo recuperó).

Puestos de venta de libros en la rambla de Santa Mónica.

Fuentes:

Manel Aisa, «Tomás Herreros Miquel» (corrección de un artículo publicado previamente en ORTO. Revista cultural de ideas ácratas, núm. 99 [enero/ febrero de 1997]), Libros Aisa, s.f.

Ateneu Llibertari Estel Negre, «Tomás Herreros i Miquel (1877-1937)».

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo,  (Colección Investigación 3), 2017.

Joselito, «Tomás Herreros Miquel (Vida y obra)», Sobre la anarquía y otros temas (Vida, obra y biografías de activistas, luchadoras y luchadores anarquistas), 15 de septiembre de 2017.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Antología documental del anarquismo español. Bibliografía del anarquismo en España, 1868-1939, Centre de Documentació Antioautoritari i Llibertari, 2016 (8ª ed.).

Daniel Jorro, editor de ciencia y humanidades con toque francés

En el libro Javier Pradera. Itinerario de un editor (Trama, 2017) se menciona en diversas ocasiones, y siempre admirativamente e incluso con cierta nostalgia, una iniciativa editorial cuya posteridad parece haber sido, cuanto menos, bastante modesta y restringida a quienes tuvieron la suerte de conocerla en activo, ni que fuese como lectores. En «Contra la melancolía o la continuidad del oficio», que recoge una intervención en un curso de verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de 2001, Pradera menciona el nombre de Daniel Jorro en una retahíla de editores entendidos como empresarios y a la vez hombres de letras (el modelo de «editor-presidente de la república», en terminología de Robert Laffont), flanqueado por apellidos tales como Aguilar, Salvat, Caralt, Losada o Janés. Pero en el mismo marco, ya en un texto de 1977 que se publica aquí con el título «El editor ante el espejo», lo situaba también en una pléyade de editores que habían asignado su nombre propio a la empresa que dirigían (Caro Raggio, Plaza, Bruguera, Barral…).

Sin embargo, en los índices onomásticos de la monumental Historia de la edición en España dirigida por Jesús A. Martínez Martín, el nombre de Daniel Jorro aparece referenciado en una única ocasión, y remite al siguiente pasaje del capítulo «El comercio de libros. Los mercados americanos», que firma Ana Martínez Rus: «Las editoriales españolas enviaban [a América] mayoritariamente literatura, más que libros científicos y manuales, donde únicamente destacaban Jorro, Beltrán, Salvat y Gili.»

La explicación de esta aparente desproporción puede residir muy probablemente en la amarga confesión de quien con más detalle parece haber estudiado esta editorial, Quintana Fernández, quien antes de entrar en materia en «Daniel Jorro, editor. Una nueva dimensión de la Ecclesia dispersa de la I.L.E.» nos previene de que las fuentes primarias para su estudio son muy escasas, y que, más allá de algunas referencias puntuales (menciona a Gabriel Navarro Molina, Jean-François Botrel y la Historia del libro español dirigida por Hipólito Escolar Sobrino), las fuentes secundarias y terciarias son casi inexistentes. Entre las fuentes primarias de fácil acceso, se encuentran por ejemplo algunas cartas al científico italoargentino José Ingenieros (1877-1925) y una fechada en 1911 en la que se rechaza la posibilidad de publicar una obra del criminalista  Pedro Dorado Montero (1861-1919), a quien se tiene por uno de los más importantes antecedente de la criminología radical.

Aun así, con el apoyo de testimonios orales, mínimos restos de documentación epistolar y algunos catálogos muy bien aprovechados, Quintana Fernández reconstruyó con bastante convicción las líneas principales de esta saga de editores, iniciada con Juan Jorro y Antonio María do Rego al recaer en sus esposas la herencia de la madrileña librería especializada en libros antiguos de José Rodríguez (activa entre 1860 y 1881).

El humanista, pedagogo e historiador Rafael Altamira.

Posteriormente, Juan Jorro se estableció por su cuenta, inicialmente como librero, y su nueva empresa pasó luego a sus hijos, primero José Jorro Rodríguez, entre 1890 y 1894 —que coeditó con Hermenegildo Giner de los Ríos (1847-1923) la Biblioteca Andaluza (1886-1893) en la que aparecieron  desde textos afines al krausismo como Mi primera campaña, de Rafael Altamira (1866-1951), o Educación y enseñanza, de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), al compendio imperialista España en África y otros estudios de política colonial, de Gonzalo Reparaz (1860-1939) y prologado por Segismundo Moret (1838-1913)—;  y posteriormente la empresa paso a manos de Daniel Jorro Rodríguez, que fue quien en 1899 amplió el negocio a la edición (inicialmente en colaboración a veces con Victoriano Suárez, Fernando Fe y Sáenz de Jubera) y desde 1903 como Daniel Jorro Editor.

Cuestiones modernas de historia, de Altamira.

Esta etapa, que abarca el cambio de siglo y concluye en 1926, fue la de mayor proyección de la editorial, conocida sobre todo por algunas colecciones que contribuyeron a divulgar el pensamiento y los avances científicos en España y América mediante la recuperación de clásicos en esta materia y de las novedadades más sobresalientes, como es el caso, en particular, de la Biblioteca Científico-Filosófica. En ella convivían la Psicofisiología del genio y del talento (1901) de Max Nordau (1849-1923), El contrato colectivo del trabajo (1904), de Paul Bureau (1866-1923), las Cuestiones modernas de historia (1904), de Rafael Altamira, la Estética (1908) de Hegel (1770-1831), El sentido de la historia (1910), de Nordau,  El antiguo régimen y la revolución (1911) y La democracia en América (1911), de Alexis de Tocqueville (1805-1859), los Escritos de crítica y de historia (1912) de Taine (1828-1893), Los dioses y los héroes de Manuel Ciges Aparicio (1873-19376) y Felipe Peyró Carrió, la Sociología argentina (1913), de José Ingenieros (1877-1925), los dos volúmenes de  la Estética musical (1914) de Hugo Riemann (1849-1919), el Sistema de lógica (1917) de John Stuart Mill (1806-1873) o la Psicología del socialismo (1923), de Gustave Le Bon (1841-1931), entre otros muchos y muy diversos textos afines a la psicología, la sociología, la ética y la estética, la pedagogía y las humanidades en un sentido amplio.

El sentido de la historia, d Nordau.

Acaso tomando como modelo la francesa Bibliotèque de Philosophie Cientifique de Ernest Flammarion (1846-1936) —quien luego se haría célebre como editor de Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola y Maupassant—, la Biblioteca Científico-Filosófica de Daniel Jorro se convirtió muy pronto en el buque insignia de la editorial y en una poderosa herramienta de divulgación de las ciencias y las humanidades tanto en España como en América.

Quintana Fernández destaca sin embargo también, de esta etapa, el proyecto de llevar a cabo la versión española de una formidable y potente iniciativa del editor francés Octave Dion (famoso como creador de la Revue Internationale de Sciences y elogiado por sus ediciones de libros de medicina), que se concretó en una Biblioteca Internacional de Psicología Experimental, Normal y Patológica, en la que se pretendía recoger la traducción de lo que, en un conjunto de 20.000 páginas, debía ser un completo tratado de psicología. Al truncarse el proyecto de Dion se detuvo también el de Jorro.

Contribuciones a la crítica del lenguaje, de Fritz Mauthner (1849-1923), traducido por José Moreno Villa.

Y, además, la breve Enciclopedia Científica, aparecida sólo entre 1913 y 1914, que tomaba como modelo otra colección de Dion (Encyclopédie Scientifique), que se proponía alcanzar los mil volúmenes (y se quedó en una cuarentena, el último dedicado a la sociología aplicada), de los que Jorro se quedó en apenas trece. Aun así, los catálogos de estas tres colecciones de Jorro llegaron a sumar 278 títulos. A lo que habría que añadir, por ejemplo, la muy divulgada Historia Universal, en diversos volúmenes de alrededor de las quinientas páginas, también traducida del francés. No es de extrañar, pues, que en la anteriormente mencionada carta de rechazo de una propuesta de obra a Dorado Montero, Jorro confesara que «debido al poco número de aficionados a estos estudios, hay que proceder con lentitud y eso me imposibilita para adquirir nuevos compromisos». Es decir, a Jorro parecía interesarle sobre todo ir creando un fondo con vocación de perdurabilidad.

Y en efecto, el interés intrínseco de las obras hizo que circularan durante mucho tiempo. Muerto Daniel Jorro, la empresa pasó inicialmente a la viuda e hijos, y posteriormente a Daniel Jorro Fontaiña, cuyo nombre aparece en algunas historias del cine amateur en España mencionado como director de numerosos documentales antropológicos sobre la zona de Talavera de la Reina (entre las que destaca Por tierras de Talavera, 1935) y de una película cuyo humor se ha emparentado con el de Ramón Gómez de la Serna situada en la zona suburbial próxima al rastro madrileño (Viaje a las Américas, 1945). En esta etapa de Jorro Fontaiña predominó la reedición o la reimpresión de los títulos de mayor salida, que mantenían su vigencia y/o interés, si bien también es el momento en que la editorial obtiene un resonante éxito con Todos los secretos del billar. Tratado del juego de carambolas, un clásico en la materia obra de quien fuera campeón del mundo y profesor del Casino de Madrid, Julius Adorjan (1856-1918), del que existía una edición previa de 1920 llevada a cabo por iniciativa de  la junta directiva del mencionado casino. La filosofía de la editorial, pues, parece que había sufrido un cambio bastante notable.

Fuentes:

Jordi Gracia, ed., Javier Pradera. Itinerario de un editor, con un epílogo de Miguel Aguilar, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 24), 2017.

Ana Martínez Rus, «El comercio de libros. Los mercados americanos», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 269-305.

Quintana Fernández, «Daniel Jorro, editor. Una nueva dimensión de la Ecclesia dispersa de la Institución Libre de Enseñanza», Revista de Historia de la Psicología, vol. 18, núm. 1-2 (1997), pp. 301-312.