El papel de la propiedad intelectual en la historia de la edición

De ambición y valentía ya había dado muestras Trama Editorial en diversas ocasiones, y de hecho crear una colección como Tipos Móviles bien pudiera parecer un disparate pero el caso es que ha sobrepasado la treintena de títulos después del inicial El nuevo paradigma del sector del libro (2013), de Javier Jiménez y Manuel Gil y hoy agotado. Con todo, con la edición del voluminoso y completísimo libro colectivo Los fundamentos del libro y la edición. Manual para este siglo XXI, a cargo de Michael Bhaskar y Angus Philllips y traducido por el activo bloguero Íñigo García Ureta, Trama ha vuelto a poner de manifiesto su coraje al ofrecer al lector en lengua española un libro magnífico pero destinado a lectores muy exigentes y militantes publicado originalmente en inglés con el título The Oxford Handbook of Publishing (Oxford University Press, 2019).

Entre los muchos textos interesantes que contiene el volumen, el profesor Alistair McCleery, director del Centro Escocés del Libro creado en 1995 en el seno de la Universidad Napier de Edimburgo, dedica uno a los objetivos y la naturaleza de la historia de la edición y a cómo esta ha ido cambiando de rumbo, de objetivos y de intereses, a menudo en función de la cambiante percepción que se ha ido teniendo de qué es un editor y qué es lo que caracteriza su actividad. Objetivos parecidos a esos fueron los que animaron las jornadas de debate que en noviembre de 2016 protagonizaron un grupo de estudiosos españoles, argentinos y mexicanos y que cuajarían finalmente en la publicación en la editorial Trea de Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate (2020), con resultados muy diferentes pero en muchos aspectos complementarios. Asimismo, este texto de McCleery dialoga y se complementa sobre todo con otros dos incluidos en Los fundamentos del libro y la edición, el de la profesora de literatura Simon Murray («Autoría») y el de la investigadora, profesora y consultora en derecho de autor Mira T. Sundara Rajan («Derechos de autor y edición»), ambos también muy jugosos.

Alistair McCleery.

Empieza McCleery por destacar el hecho singular que supone el interés que, a diferencia de otras industrias (incluso entre las culturales), las editoriales han tenido por narrar su propia historia en forma de libro («Las editoriales son instituciones vanidosas» es el potente y provocativo arranque del texto de McCleery). Los lectores españoles pueden dar buena fe de ello, y el hecho de que sean las propias editoriales quienes publican el relato de sus trayectorias (como fue también el caso en Argentina con Editar desde la izquierda en América Latina, por ejemplo, sobre Siglo XXI) generan la sensación inevitable entre quienes se acercan a ellos de que deben evaluarlos con cierto recelo o precaución, no sólo por lo que cuentan y cómo lo cuentan sino también —o tal vez sobre todo— por lo que ocultan o sobre lo que pasan de puntillas. Y no se trata de libros más o menos memorialísticos, que es habitual que se publiquen en las editoriales de los propios interesados (aunque haya excepciones, como El observatorio editorial de Herralde en Adriana Hidalgo o, del mismo autor, las Opiniones mohicanas en Acantilado). Los ejemplos de volúmenes que más o menos vienen a narrar la historia de una editorial o un editor españoles y firman personas distintas a las implicadas pero se publican en la empresa de los interesados son abundantísimos y van mucho más allá de los libros conmemorativos (donde eso sería más comprensible): El oficio de editor de Jaime Salinas en Alfaguara, El cavaller Floïd (sobre Joan B. Cendrós) de Genís Sinca en Proa, Los papeles de Jorge Herralde de Jordi Gracia en Anagrama, Por el gusto de leer de Juan Cruz sobre Beatriz de Moura en Tusquets…

El objetivo declarado de McCleery es explorar «la naturaleza de la historia de la edición» y tratar de distinguirla de «una historia de libros más amorfa y elástica», de la que considera que ha acabado por convertirse en un subconjunto. Además, por una parte «pretende compensar las expectativas autocomplacientes de las historias de las editoriales y, por otra, corregir un desequilibro: el modo en que la historia de la edición se ha desplazado del centro de la actividad académica para acabar en su periferia.»

Para ello, toma como modelo bastante útil e ilustrativo el de HarperCollins, en cuya historia, en un alarde de desfachatez hiperbólico, se arroga como orígenes la de empresas y sellos, «sin importar cuán recientemente han sido adquiridos». Ahora bien, entre los que en lo que llama «la historia ortodoxa» de la edición se han señalado a posteriori como pioneros de la figura del editor evoca (y descarta como tal) a Tito Pomponio Ático, asesor de Cicerón en cuestiones librescas, y que ha dado nombre a algunos proyectos relacionados con el libro (Atticus Booksm, Atticus Bookstore) con el evidente propósito de empaparse de algo de su prestigio o nobleza. Sin embargo, no parece en absoluto claro que Ático actuara como lo que hoy entendemos como publisher o como editor (y el hecho de que en español se use en ambos casos editor no deja de ser un engorro, y, hay que suponer, una traba para Íñigo García Ureta) y en cualquier caso supone aplicar al pasado categorías sólo muy recientemente creadas e inexistentes e inadecuadas cuando se aplican a un pasado tan remoto en el que los sistemas de producción, divulgación y distribución de textos eran tan conceptualemte diferentes a los de nuestros tiempos.

También descarta al segundo candidato, Aldo Manuzio, cuyo logo ha servido de inspiración a muchísimas editoriales en todos los ámbitos lingüísticos (basten como ejemplo, en el ámbito hispánico, el de Barral Editores y los de las colecciones Áncora y Delfín de Destino, Seis Delfines y Áncora de Salvación de Tartessos o la Dolphin Books de Joan Gili i Serra). Incluso un editor tan prestigioso como Roberto Calasso (1941-2021) ha recurrido al ejemplo de Manuzio, en una operación que McLeery juzga como una estrategia autocomplaciente que identifica la realidad con la aspiración, cuando el rasgo que éste considera como el principal de Manuzio es su carácter de innovador tecnológico; en otras palabras: de tecnólogo.

Añade a este desenfoque que supone observar y juzgar el pasado con ojos del presente el eurocentrismo como argumento adicional para descartar estos modelos, y dedica su atención luego a la importancia de las innovaciones chinas, tanto en la creación de tinta como en la de papel y en la de impresión, para acabar identificando como las primeras empresas destinadas a la edición (publishing) las imprentas de Plantin-Moretus, fundada en Amberes en 1564, y de Lous Elzevir, creada en Leiden en 1580, pues su propósito y actividades sí están más en consonancia con las de las empresas editoriales de nuestro tiempo, pero, atendiendo al desequilibrio entre publicación de novedades y de reimpresiones, McCleery identifica como «el comienzo de la historia editorial per se» el momento en que se introduce «la propiedad intelectual como un principio exigible», pues su concepción de la labor editorial se identifica muy estrechamente con el comercio de propiedad intelectual, al margen de que este comercio acabe materializándose en forma de libro impreso, de archivo de bites o de cualquier otra forma.

A partir de ese momento, el texto hace un recorrido por la historia paralela de la propiedad intelectual y las industrias basadas en ella que resulta muy sugerente y que nos llevan no sólo hasta el presente sino también un poco más allá, pues, en palabras de McCleery:

Sólo en el contexto de la «propiedad» intelectual sobreviven y prosperan las habilidades y conocimientos acumulados en el mundo de la edición durante los últimos tres siglos. […] A su vez, la supervivencia de la industria editorial contemporánea, que ahora forma parte de las estructuras generales de los medios de comunicación, dependerá de la supervivencia del concepto de propiedad intelectual y de su continua aplicación (desde 1710) en la legislación.

Alistair McLeery, «Historia de la edición», en Michael Bhaskar & Angus Phillips, eds., Los fundamentos del libro y la edición. Manual para este siglo XXI, traducción de Íñigo García Ureta, Madrid, Trama Editorial, 2021, pp. 39-59.

Fernando Larraz, Josep Mengual, Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, prefacio de Gonzalo Pontón, Gijón, Ediciones Trea, 2020

La editorial Rialp y sus conexiones con el Opus Dei

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Historia de Ediciones Rialp» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en junio de 2020.

Dada su peculiar naturaleza, sus múltiples facetas y campos de influencia, hay muchos modos de narrar la historia de una editorial, de cualquier editorial. Es muy probable que a un filólogo le interese sobre todo qué tipo de textos y qué autores se publicaron, pero quizás a un historiador le resulte más atractivo conocer la trayectoria económica de la empresa; un sociólogo tal vez querrá saber hasta qué punto tuvo éxito en el sentido de incidir, mediante sus ediciones, en la sociedad a la cual iban destinadas y qué posición ocupaba en el campo de la cultura, y aún el historiador del arte evaluará si el diseño y la realización de los libros siguió una determinada tradición o en qué medida innovó en el campo del grafismo, por ejemplo, y a qué artistas solicitó su colaboración. No es fácil poder cubrir todos estos frentes a la hora de reconstruir la trayectoria de una editorial, y mucho menos exponerlos de una manera ordenada, equilibrada y coherente.

No hay duda de que, en primer lugar, la disponibilidad de los materiales para llevar a cabo una labor de esta naturaleza condiciona mucho los resultados. En el caso de la Historia de las Ediciones Rialp, la autora ha podido contar con fuentes que raramente se conservan y que, si las comparamos con otros casos, facilitan notablemente la investigación. En primer lugar, y tal como explica en la introducción, Mercedes Montero ha podido acceder al archivo de la propia empresa, afortunadamente conservado en la Universidad de Navarra y que, dada su riqueza y completitud, ha constituido la fuente básica y principal, pero también el Archivo General de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, así como los archivos personales de los principales responsables de Rialp, Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid (estos dos últimos, también en la Universidad de Navarra).

Uno de los méritos que desde el primer momento vale la pena destacar de Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores es haber reconstruido el origen de Rialp mediante la recuperación para el común de los lectores de la figura de la editora María Jiménez Salas (1910-1999) y de la Editorial Minerva, a las cuales en 2017 ya había dedicado un artículo importante pero entonces poco leído: «La editorial Minerva (1943-1946): un ensayo de cultura popular y cristiana de las primeras mujeres del Opis Dei» (Studia et documenta: rivista dell’Istituto Storico San Josemaría Escrivá, vol. 11 (2017), p. 227-263).

Si bien Jiménez Salas fue «alma y motor» de la Minerva, nacida por iniciativa del fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer (1902-1975), la propiedad de la marca era de su más estrecho colaborador, Álvaro del Portillo (1914-1994), y aunque llegó a publicar algunos títulos, entre los cuales la tercera edición del Camino, de Escrivá, en enero de 1947 el proyecto ya estaba en manos de Del Portillo, quien no tardó en rebautizarlo como Rialp (en recuerdo de una anécdota poco menos que milagrosa que había protagonizado Escrivá en el pueblo leridano de ese nombre).

José María Escrivá de Balaguer.

A partir de este punto, la autora expone la historia de la editorial Rialp centrándose, sobre todo, por un lado en el tipo de autores y de títulos que fueron publicándose en las diversas colecciones que se fueron creando (haciendo hincapié en aquellos que se publicaron por primera vez en español), e incluso deja constancia de proyectos que quedaron truncos y de títulos que nunca llegaron a ver la luz, y además lo contextualiza con pinceladas un poco impresionistas sobre la industria y el mercado del libro en las diversas etapas; por otro lado, la documentación a la cual ha tenido acceso la autora le permite describir con mucha precisión los diferentes avatares por los cuales, en el aspecto económico, pasó la empresa, con particular detenimiento en los sucesivos cambios en sus consejos de administración.

Así, en 1947 se hace cargo de la Rialp, como director, el historiador Florentino Pérez Embid (miembro del Opus y más adelante director general de Propaganda, es decir, máximo responsable de la censura franquista), con Ismael Sánchez Bella (también miembro del Opus) como secretario, si bien los editores más activos y ambiciosos fueron Rafael Calvo Serer, director de la famosa colección Biblioteca del Pensamiento Actual (y miembro también del Opus) y, el frente de la colección Patmos, Raimon Panikkar (asimismo miembro numerario, hasta 1966, del Opus).

Raimon Panikkar. (1918-2010).

En 1948 Rialp se constituye ya como sociedad anónima, y a nadie sorprenderá que el control accionarial y por tanto el consejo de administración quede en manos de miembros del Opus Dei, si bien se añaden a ellos personajes como, por ejemplo, el falangista «camisa vieja» Xavier Domínguez Marroquín (que en 1979 aún se presentaría por Falange Española Tradicionalista a las elecciones municipales en Bilbao).

Se detallan también en este libro algunos conflictos de la editorial tanto con la Iglesia como con la censura, así como la alternancia entre etapas de expansión y otras de contracción o incluso de crisis, de las cuales se libran mediante sucesivas ampliaciones de capital y, cuando es necesario, con préstamos de «bancos amigos». Capítulo aparte dedica Montero, lógicamente, a la enorme tarea que supuso la Gran Enciclopedia Rialp (1965-1977), proyecto acerca del cual se ofrecen todo tipo de datos de interés y pertinencia diversa.

Igualmente detallada es la narración del proceso que condujo a la quiebra de la empresa en 1986, que en este caso se resolvió cuando, de un modo indirecto y sirviéndose de hombres de paja, se vendió el control al empresario y especulador Pablo Bofill de Quadres mediante las Inversiones Inmobiliarias, S. A. De una segunda quiebra en 1996, que parece atribuirse a una manipulación contable que no acaba de quedar del todo clara (como tampoco a quién cabe atribuirla), se sale ya con Miguel Arango al frente de la editorial, cosa que inicia la etapa que nos lleva ya hasta el presente.

José Luis Cano.

En paralelo, también de la trascendental colección de poesía Adonais que dirigía José Luis Cano (1911-1999) va siguiéndose el recorrido, aunque en este caso el lector contaba ya con una cierta bibliografía importante sobre la materia (en particular el Medio siglo de Adonais: 1943-1993, Rialp, 1993). Pero tal vez valga la pena mencionar la sorprendente justificación que la autora da al hecho de que en 1949 no se otorgara el Premio Adonais a Ángel fieramente humano de Blas de Otero (si bien aun así Cano lo publicó enseguida en Ínsula) y sobre todo los términos con que Mercedes Cano expresa esta justificación: «El director gerente de Rialp [Pérez Embid] era católico por convicción personal, no por el ambiente de catolicismo oficial que se respiraba en España. Es razonable que le causara desasosiego premiar algo que iba en contra de su conciencia y de las convicciones por las que había fundado Rialp.»

Las quince páginas finales de conclusión acaso merecen un comentario detallado y más extenso del que conviene en un texto como el presente, porque, además de resumir el contenido de la obra, parecen tener una intención provocativa o polémica pero construida con unos argumentos no siempre lo bastante sólidos. Al margen de traslucir un indisimulado desdén por los editores antifranquistas barceloneses de los años sesenta y setenta (Beatriz de Moura, Jorge Herralde y en menor medida Esther Tusquets, que heredó Lumen de su tío y sacerdote Joan Tusquets), en estas páginas se enzarza la autora en una diatriba contra todos aquellos que siempre han considerado Rialp como un tentáculo del Opus que, si bien en el caso de algunas apreciaciones de Jordi Gràcia tienen una cierta consistencia porque señalan errores documentales irrefutables, caen en poco menos que el ridículo y la vergüenza ajena en el caso, por ejemplo, de Vicente Aleixandre («lo que pudiera decir Aleixandre sobre el sectarismo de los demás [Pérez Embid en este caso], nunca podría sobrepasar al suyo propio, del que siempre dio muestras el poeta, acostumbrado a amañar todos los premios “Adonais” que pudo y a insultar a cualquiera que no comulgara con sus planteamientos, especialmente los religiosos, sexuales y políticos (por este orden)».

La reconstrucción de la historia, sobre todo en cuanto a los aspectos de gerencia y administrativos, de Rialp que ha llevado a cabo Mercedes Montero (acompañada además de unos apéndices documentales muy útiles) es admirable y no queda en absoluto empañada por algunas escasas pero sorprendentes erratas, como la mala escritura del nombre del gran editor de posguerra Josep Janés (pp. 20 y 370) o la descripción del Premio Comillas de Tusquets como dedicado a «biografía, autogobierno [sic] y memorias», y ni siquiera por afirmaciones tan difícilmente defendibles como que «se olvida también con facilidad que fueron los libros de Rialp los primeros de la postguerra española que cuidaron decididamente el diseño» (p. 337) —cosa que, además de no haberse demostrado en el texto, es a todas luces falsa— o que fue Rialp y no Alianza Editorial (como aceptan la inmensa mayoría de los estudiosos) la gran introductora y divulgadora del libro de bolsillo en España.

Aun así, el mayor escollo de esta investigación es, paradójicamente, la idea presentada como tesis central del libro, que se puede resumir quizá de la siguiente manera: los vínculos de Rialp con el Opus no tuvieron apenas incidencia en qué y cómo publicaba la editorial, y no hay motivos para atribuir su éxito, y ni siquiera su supervivencia a lo largo del tiempo, a su relación con esta institución. Cuesta asumir esta tesis, en particular cuando se presenta en un libro escrito por una profesora de la Universidad de Navarra (fundada por el Opus Dei), publicada por la misma editorial Rialp y cuando ha quedado bien establecido desde el principio que la iniciativa de crear una empresa destinada a publicar libros que difundieran un determinado pensamiento y visión del mundo correspondió a José María Escrivá de Balaguer (fundador del Opus Dei) y que a lo largo de toda la historia de Rialp la suma de las acciones de la empresa en manos de miembros del Opus fue siempre mayoritaria, de modo que totas las decisiones corrían  a cargo de personas en la órbita de esta organización fundamentalista católica. Las filigranas y zigzagueos argumentales para defender esta tesis llegan a extremos realmente asombrosos, y parece agarrarse al clavo ardiente de la inexistencia de pruebas documentales de que el Opus como tal transfiriera dinero o impusiera la publicación o no de determinados títulos o temas. Es como si para la autora ni Pierre Bourdieu ni su concepto de campo nunca hubieran existido.

Resulta muy pertinente disponer de una muy completa y clara historia de Rialp, pero no es de recibo pretender que el lector comulgue con ruedas de molino.

Mercedes Montero, Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores, Madrid, Rialp, 2019.

Carlos Pujol, maestro de editores

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán con el título «Escribir a contracorriente» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en julio de 2020.

Entre los editores barceloneses importantes en el siglo XX, hay una cierta desproporción entre el conocimiento que el común de los lectores tienen de los que llevaron a cabo el grueso de su labor en editoriales pequeñas y a partir sobre todo de los años sesenta (Castellet, Barral, Beatriz de Moura, Herralde) y los que desarrollaron la mayor parte de su carrera en empresas de cierta entidad o incluso en grandes corporaciones, como es el caso de Josep Janés, Germán Plaza, Enrique Badosa, Mario Lacruz… o Carlos Pujol Jaumandreu (1936-2012), auténtico pilar durante varias décadas de la editorial Planeta.

Carlos Pujol Jaumandreu.

Tal vez esto responda a una cuestión de glamur o al hecho de no haber estado nunca en el centro del faranduleo que impregnan el negocio editorial, pero es evidente que, por un lado, la importancia de la labor de Carlos Pujol no es en absoluto desdeñable y, además, que el impacto de algunos de sus trabajos, como por ejemplo la colección de Clásicos Universales Planeta, tuvieron una incidencia enorme en unas cuantas generaciones de lectores. Por no mencionar siquiera las cuatro décadas en que fue jurado del Premio Planeta, con la retahíla de episodios que esto le permitió vivir desde primera fila, y que en coherencia con su modo de ser nunca hizo públicos…

Por si esto no bastara, Carlos Pujol fue un prolífico traductor tanto de prosa como de poesía y tanto del inglés como del francés, el italiano o el catalán (Shakespeare, Defoe, Henry James, Stevenson, Orwell, Hemingway, Ronsard, Voltaire, Racine, Dumas, Balzac, Stendhal, Barthes, Guido Gozzano, Joan Sales…) y un creador literario que cultivó todos los géneros habidos y por haber (ensayos, novelas, reportajes culturales, relatos, poemas, aforismos, crítica literaria…).

Este es solo uno de los motivos por los que vale la pena adentrarse en el libro Escribir a contracorriente, en el cual la profesora Teresa Vallès-Botey compila y estructura materiales en apariencia diversos y heterogéneos (conferencias, cartas, entrevistas), pero con un objetivo que queda claro ya en el subtítulo: «Fuentes para el estudio del pensamiento literario de Carlos Pujol». Y ya adelanto que la promesa se cumple y que el caudal es, en términos cualitativos, muy abundante.

En un primer y breve texto inicial, el también profesor Domingo Ródenas consigue compendiar en apenes cuatro páginas los rasgos más significativos de la trayectoria radicalmente literaria de Carlos Pujol, subrayando el carácter libre y desvinculado de modas, movimientos generacionales y cualquier cosa que sonara a gregarismo. Y, después de la preceptiva «Nota a esta edición», en la que se nos informa de la procedencia de los textos y del propósito general del libro, Vallès-Botey dedica unas páginas a lo que describe como «exponer y articular su pensamiento sobre qué es la literatura y cuál es su función», caracterización que se queda corta, porque también presenta afinadas apreciaciones sobre qué era para Pujol el estilo y qué consideración tenía de conceptos como “tradición”, “estilo” o “canon literario”, y donde ciertamente selecciona sus ideas principales sobre la literatura en un sentido muy amplio.

El cuerpo de Escribir a contracorriente propiamente dicho arranca con un texto ejemplar en cuanto a la presentación del pensamiento literario de Pujol, la conferencia que dio en Huesca en el año 2003 y que, evocando muy acertadamente a Rilke, tituló «Carta a unos jóvenes poetas» (y que hasta ahora era prácticamente inédita, más allá del opúsculo que se imprimió para distribuir entre los asistentes a la conferencia). Se trata de un texto muy fiel a su contenido, lleno de sentido que conocen bien los lectores habituales de Pujol, y en el que tampoco faltan su característico humor e ironía, como tampoco la profundidad de pensamiento que se advierte sobre todo en la relectura.

Aun así, quizás lo más inusual y extraordinario de todo el libro llega a continuación: la posibilidad de asistir desde primera fila y en directo a cómo Carlos Pujol llevó a cabo el editing de La audiencia va de caza, las memorias noveladas del juez Miguel Ángel del Arco. Son casi un centenar de cartas y notas inéditas de extensión diversa escritas entre agosto de 2007 y enero de 2012 en las cuales, a medida que va leyendo capítulos, el editor va haciendo observaciones, recomendaciones y sugerencias al juez y que constituyen un tipo de documento al cual no es muy habitual tener acceso, pero que resulta muy ilustrativo.

A través de estos comentarios, en algunas ocasiones muy generales pero en otras de detalle y en todos los casos muy adecuadamente justificados, esta parte del libro se convierte en poco menos que un manual práctico para editores que no solo indica en qué elementos vale la pena fijarse (efecto y conveniencia de las descripciones, caracterización de personajes, composición de las escenas, uso de los diálogos, disposición de las unidades narrativas, estructuración general de un texto de extensión considerable….), sino también de cómo propiciar que un autor reconsidere las decisiones que ha tomado y que pueden perjudicar a su obra, y qué tipo de tono y de argumentos son los más efectivos para lograr este objetivo. En este sentido, aun habiéndose manifestado en alguna ocasión como poco inclinado a la docencia, en estas páginas Pujol se revela plenamente como el gran maestro de editores que fue.

La tercera sección de Escribir a contracorriente, la única que no se puede considerar en sentido muy estricto inédita, reúne un buen número de entrevitas a Pujol que hasta ahora dormían dispersas en publicaciones periódicas diversas y que, leídas consecutivamente, pese a algunas reiteraciones, permiten ver cómo Pujol concebía su propia obra, la práctica de la creación literaria y el sentido de la carrera literaria (término este último que probablemente él censuraría que aplique al conjunto de su trayectoria). Los buenos conocedores de la obra de Carlos Pujol acaso completarán o afinarán su interpretación sobre algunas de sus novelas o poemarios, y tal vez quien no la conozca sienta la curiosidad o la tentación de acercarse a una obra exigente con sí misma pero muy accesible al lector, en quien siempre deposita su confianza y lo invita a participar (de ahí, por ejemplo, que en su narrativa sean frecuentes los finales más o menos abiertos).

El volumen concluye y se redondea con una muy completa cronología profesional y literaria de Pujol, que usa además con ingenio la tinta de color para resaltar la diversidad de géneros que cultivó y que está salpicada de breves comentarios extraídos de cartas y documentos personales en los que el propio editor-escritor-traductor explica o comenta algunos episodios de su vida.

Es evidente que estamos ante un libro que cualquier lector de Pujol querrá leer, pero que tiene también otros muchos alicientes para quienes deseen conocer el proceso de edición de un texto y que, además, fiel al pensamiento estético del propio Pujol, es original y emocionante sin necesidad de énfasis, trucos ni fuegos artificiales.

Vallès-Botey, Teresa (ed.). Escribir a contracorriente: fuentes para el estudio del pensamiento literario de Carlos Pujol, Granada, Comares, 2019.

Tiempo, con la familia Lara en segundo plano y su editorial al fondo

Cuando alguien ve en la carta de un bar o restaurante «bistec con patatas fritas», es lógico que sus expectativas lo lleven a interpretar que se le ofrece un plato con un buen pedazo de carne bovina y unas patatas de acompañamiento, aun a riesgo de que se trate de patatas congeladas y al margen de la calidad de la carne. Por tanto, se sentirá muy defraudado si le ponen delante un plato a rebosar de patatas y, casi oculto entre ellas, un minúsculo y anónimo trozo de carne indocumentada, aun en el supuesto de que la calidad de la carne fuese excelente. Del mismo modo, ante un libro que lleva por título Los Lara y como subtítulo Aproximación a una familia y a su tiempo, el lector tenderá a esperar una biografía coral de los Lara, contextualizada en su tiempo. Y no es este el caso.

Es muy probable, además, que los estudiosos e interesados en el mundo del libro se acerquen a este volumen de José Martí Gómez con la esperanza de encontrar en él algún dato, documentación o interpretación original referidas a la historia de lo que sin duda es una de las editoriales y grupos editoriales más importantes en la historia del sector del libro en lengua española; en tal caso, el sentimiento de decepción está doblemente asegurado.

Por ejemplo, es muy probable que resulte descorazonadora la escasa atención que se dedica a la infancia, juventud y a los primeros años como editor de José Manuel Lara Hernández, la ausencia de la más mínima referencia al papel del agente literario y traductor Ferenc Oliver Brachfeld en estos inicios aun cuando fue pieza fundamental en ellos, la apresurada manera en que se cuenta la venta de la editorial L.A.R.A., hasta tal punto que resulta imposible saber por qué quien la compró (el editor Josep Janés) se refería a ella como Los Autores Realmente Antifascistas, y sin mayor alusión, además, al controvertido compromiso de Lara Hernández de no volver a dedicarse al negocio editorial. También sorprenderá, al tipo de lector antes descrito, descubrir que en este libro, aparte de Rafael Borrás Betriu (y básicamente para citar sus memorias), no tienen apenas ningún papel los editores y asesores más conocidos de Planeta, como es por ejemplo el caso de Manuel Lombardero, Sílvia Bastos, Pere Gimferrer o, particularmente, una figura tan importante como Carlos Pujol, que paradójicamente, durante varios años publicó en La Vanguardia unos espléndidos y utilísimos resúmenes de carácter general de las obras presentadas al Premio Planeta. Si se trata, como algunos detalles permiten suponer, de una obra de encargo o de una biografía autorizada y supervisada, es una lástima que no se haya sacado mayor provecho a los archivos de Planeta, ni a los epistolarios que se puedan conservar, que consta que en alguna medida existen.

Ferenc Ooliver Brachfeld.

En una crítica más bien severa del libro de Martí Gómez publicada el 2 de agosto de 2019 en El Nacional y firmada por Gustau Nerín se señala que «muchos de los hechos reseñados en Los Lara son de difícil verificación, situándose entre la leyenda urbana y el hecho real. Hay otros muchos que, en realidad, ni siquiera atañen a los Lara.» Es incuestionable. Por un lado, porque un porcentaje altísimo de la información que Martí Gómez consigna procede exclusivamente de entrevistas grabadas a personas que, en muchos casos, de una manera u otra, pueden tener un recuerdo sesgado de lo que cuentan o una opinión mediatizada, o bien interesada, y que no se contrastan con otras fuentes que las podrían poner en cuestión. Por si esto no bastara, la ausencia de notas a pie de página o de bibliografía ‒ni siquiera índice onomástico‒ hace imposible comprobar la procedencia de muchas otras informaciones y datos que van condimentando los capítulos de Los Lara. El grado con que el autor saca rendimiento al montón admirable de entrevistas que ha realizado a lo largo de su brillante trayectoria periodística resulta a ratos abrumador, pero lo que resulta más irritante es la paja, esas derivas hacia episodios e informaciones que muy lejanamente colaterales ‒expuestos exhaustivamente y demasiado a menudo con prolijas citas de documentos‒ que poca o ninguna relación tienen ni con la editorial Planeta ni con ninguno de sus protagonistas principales. Pero esto mismo lleva al autor a confesiones que se hace difícil leer sin, cuanto menos, alzar una ceja: «Cuando José Manuel [Lara Bosch] se hizo cargo de la revista [Opinión] ya era difícil salvarla, pero lo intentó fichando a un nuevo director residente en Madrid. No recuerdo su nombre» (p. 129).

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La conjunción de hechos relevantes escamoteados y datos muy remotamente vinculados con la familia Lara y su labor empresarial hacen suponer que el editor del texto no ha hecho aquello que más a menudo suelen hacer y que a veces es imprescindible ni que sea por respeto al lector (suprimir pasajes irrelevantes que no aportan nada), y la explicación a ello es en ocasiones que el libro tenga un cierto número de páginas (291) que permita justificar un determinado precio de venta al público (21,50 €). Quizá sea esta una suposición muy osada, pero hay pasajes cuya presencia se hace difícil de justificar y que, en cualquier caso, hacen responsable del desequilibrio también al editor por no haberle puesto remedio. Valga como ejemplo la siguiente comparación referida a la manera de fumar de Juan José Mira (seudónimo con el que Juan José Moreno ganó el Premio Planeta en su primera edición), que lleva al autor a enzarzarse en una maraña de datos acaso curiosos pero más bien inoportunos e irrelevantes de un personaje que no guarda ninguna relación con los Lara:

Carlos Pujol Jaumandreu.

Fumaba mucho, sosteniendo el cigarrillo en posición vertical sin que cayese la ceniza, cosa que solo le he visto hacer a Ramón Mendoza, el presidente del Madrid, que se definía como un viajante distinguido que igual vendía compresas a mujeres de Nigeria que hacía de intermediario en la compra de petróleo en la Unión Soviética de Brézhnev, de ahí que gestionase la publicación en España de la hagiografía, que no biografía, del longevo dirigente de la URSS. (p. 22).

Más irritantes incluso son las veinticinco páginas dedicadas a evocar a cada uno de los ganadores y finalistas del Premio Planeta, cuando por otro lado no se aporta ninguna información nueva ni se aprovechan como sería deseable las dos tesis doctorales de que ya había sido objeto este premio. El crítico literario Fernando Valls, al reseñar Los Lara en el periódico Infolibre, señalaba además algunos errores de cierto calibre en estas mencionadas páginas (Lituma de los Andes per Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, por ejemplo, o la afirmación de que Ángel Vázquez [1929-1980] desapareció del panorama literario tres ganar en 1962 el Premio Planeta, olvidando no solo la novela Fiesta para una mujer sola, sinó también la más exitosa La vida perra de Juanita Narboni, publicada precisamente por una editorial del Grupo Planeta, Seix Barral, y convertida en película por la cineasta marroquí Farida Benlyazid). Más llamativas incluso son otras erratas sobre les cuales advierte también Valls, como referirse reiteradamente al autor de La catedral del mar como Falcone (p. 283) o mencionar como la que invistió a Lara Hernández doctor honoris causa la inexistente «Universidad de Lebrija» (p. 103) en lugar de la madrileña Universidad Nebrija. La de Valls es una reseña por completo contrapuesta a la anteriormente mencionada de Nerín, pero aun así hay alguna que otra coincidencia: «El libro de Martí Gómez, en suma, tiene mucho interés y se lee con gusto, pues está escrito con fluidez y amenidad, aunque en algunos momentos me parezca que se va del tema. En otros, sepa a poco y debiera seguir ampliándolo para una posible próxima edición».

Pío Baroja y José Manuel Lara Hernández.

Cuatro páginas citando recuerdos de Antoni Castells sobre el pasado reciente de Cataluña y España (pp. 115-121), la reproducción literal de diez puntos expuestos por José Montilla sobre la situación económica en una conferencia (pp. 143-144), una extensa conversación con Carlos Güell (pp. 193-194), la reproducción (¿íntegra?) del documento «El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial de España» (pp. 198-203) o una extemporánea conversación con Bibis Salisachs de Samaranch («No me gusta Ana Karénina. Considero que la protagonista es una estúpida. ¡Suicidarse por un adulterio!», p. 217) podrán valer como ejemplos de esta tendencia a irse por las ramas, de irse del tema; pero hay también otras citas excesivamente prolijas (como la entrevista de Xavi Ayén a la agente Carmen Balcells y José Manuel Lara Bosch publicada la Diada de Sant Jordi de 2003 en La Vanguardia, que ya empieza citando con errores de detalle [«Ustedes se deben haber enfrentado muchas veces» per «Ustedes se habrán enfrentado muchas veces»], pero que ocupa cinco páginas del libro de Martí Gómez [p. 162-167]).

José Manuel Lara Hernández.

Sobre la trayectoria de los Lara, también con una mirada más bien complaciente y de síntesis, resultará sin duda mucho más útil a quien se interese por la su trayectoria y su papel en el mundo de la edición el capítulo que le dedica Francesc Canosa en Capitans d’indústria (Mobil Books, 2013), aunque Martí Gómez sí que aporta más datos sobre la implicación de los Lara, sobre todo de Lara Bosch, en las organizaciones empresariales catalanas y sobre sus relaciones con los poderes mediáticos y políticos españoles. Pero, al fin y al cabo, quien se acerque a Los Lara con la pretensión de conocer la trayectoria de la editorial Planeta, las patatas apenas le permitirán ver el bistec.

Martí Gómez, José. Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.

Dos libros sobre el comercio de libros viejos, antiguos y de lance

Si bien ya en 2015, en una de las perogrulladas más ostentosas de la historia, la Unesco reconoció a Barcelona como una de las «ciudades literarias del mundo», siempre se ha incidido mucho más en su mención como tal en El Quijote, en el hecho de ser sede de algunas de las editoriales más importantes del mundo o en la coincidencia en ella de los principales protagonistas del boom de la literatura latinoamericana que en la riquísima tradición de librerías de lance, de viejo y anticuarias de la ciudad. Sin embargo, es difícil equivocarse al afirmar que, en la vida cotidiana de los barceloneses, ha tenido una mayor incidencia y ha sido mucho más importante que ninguna de las circunstancias antes mencionadas.

Solo en el año 2020 aparecieron ‒ambas en Barcelona, lógicamente‒ dos auténticas maravillas sobre el comercio del libro de lance en la capital catalana que pueden interpretarse como una reivindicación y una remembranza ‒con un leve tono de nostalgia‒ de un mundo que parece irrevocablemente destinado a desaparecer o cuanto menos a cambiar por completo: el profesor y maestro de historiadores de la edición Manuel Llanas documentó y recreó la azarosa e interesantísima vida de una de las librerías de viejo más emblemáticas con las que ha contado la ciudad en La Canuda i el comerç del llibre de vell, construido a partir de una serie de conversaciones con el librero Santi Mallafré y publicado por la Editorial Comanegra, mientras que con el sello de Llibres de l’Índex y enriquecido con un magnífico prólogo del editor Josep Maria Orteu (n. 1960) y una breve nota del reputado librero Lluís Millà, se reeditó una pequeña joya titulada Una mañana de domingo en los «encantes» de San Antonio. Reportaje libresco, del librero y bibliógrafo Pavl Cid Noé (Pedro Vindel, 1894-1960) e ilustrado con mucho gusto y acierto con obra de Joan D’Ivori (Joan Vila i Pujal, 1890-1947).

Del segundo de estos libros, según consigna el colofón, se hizo una tirada de «307 ejemplares de los cuales 250 numerados y 57 numerados y firmados por Lluís Millà impresos sobre papel cien por cien de algodón natural de 150 gramos», mientras que el colofón de la edición original, que se reproduce en esa misma página, indica que ésta «acabóse de imprimir este reportaje libresco en la Imprenta de La Neotipia, de Barcelona, el día 25 de marzo de 1938» (es decir, en plena guerra civil española) y se tiraron sólo cincuenta y siete ejemplares.

Pedro Vindel pertenecía a una recia tradición familiar de bibliófilos, y con su mismo nombre se conserva la Biblioteca Nacional de España títulos tan explícitos como Antiguos tratados de esgrima (siglo XVII) (1898), Catálogo descriptivo de ex-libris hispanoamericanos (1588-1900) (1929) o los dos impresionantes volúmenes de Bibliografía gráfica. Reproducción en facsímil de portadas, retratos y otras curiosidades útiles a los bibliófilos que se hallan en obras únicas y libros preciosos o raros (1910), que sólo por las fechas bastará para intuir que se deben a Pedro Vindel Álvarez (1865-1921). Su hijo Francisco (1894-1960) ejerció también como librero en Madrid y firmó también títulos curiosos, como El manual grafico del bibliófilo hispanoamericano (1930-1933) o El arte tipográfico en España durante los siglos XV a XIX (1941), pero sobre todo unas Memorias bibliográficas (1922-1960), de las que la Asociación Bibliográfica Hispánica editó en 1993 cuatrocientos ejemplares.

La primera vez que Francisco, o Paco, Vindel se estrenó con el ingenioso seudónimo Pavl Cid Noé fue precisamente con este Una mañana de domingo…, un texto a medio camino entre el cuadro de costumbres decimonónico ‒puede muy bien evocar en el lector algunos textos de Mesonero Romanos‒ y el tipo de reportaje periodístico que triunfaba en los años treinta en Barcelona. El prólogo contextualiza perfectamente los antecedentes y la relación del librero madrileño con la ciudad, además de aportar documentación interesante sobre esta visita durante la guerra civil (el texto aparece fechado en enero de 1938), y recurre a las memorias del autor para relatar la huida de la familia Vindel del Madrid asediado para establecerse, con la ayuda del librero Pere Monge, en la capital catalana con el propósito de ocuparse además de las publicaciones de otros libros, como Cervantes,el mejor hombre de España, Librería Célebres, Gabriel de León, siglo XVII o La imprenta Ibarra, sus marcas tipográficas de carácter caligráfico y las de los impresores del siglo XVIII, todos ellos en 1938 y elaborados a partir del material bibliográfico existente en librerías barcelonesas.

Al margen de retratar el ambiente y describir a los protagonistas del Mercat de Sant Antoni, recrea con jugosos detalles unas prácticas de compra-venta y unas oportunidades inesperadas que, a medida que los libreros fueron profesionalizándose, fueron cada vez más infrecuentes. De hecho, puede comprobarse que por entonces llegaban a los comercios del Mercat una tipología de libros que hoy es rarísimo ver. El fino humorismo, la precisión en el perfil de algunos libreros míticos, pero sobre todo la pintura al natural de sus modos y costumbres convierten el librito de Cid Noé en una pequeña joya, y ponen además en conocimiento del lector a quien el editor describe como «el padre de la bibliofilia en lengua castellana moderna».

También el libro de Manuel Llanas traslada al lector a ese ambiente fascinante, y ningún lector de La sombra del viento de Ruiz Zafón que disfrutara con el cementerio de libros olvidados a la espera de lectores y no tuviera en su momento oportunidad de visitar La Canuda debería leer, por lo menos, la enjundiosa recreación de la librería que le sirvió de modelo.

El origen dialogado de este libro lo despoja de cualquier gesto de academicismo, que no de detalle y rigor, y lo acerca en cambio a la sensación de experiencia vivida, de paseo entre algunas de las anécdotas más deslumbrantes, divertidas o disparatadas de las que La Canuda fue escenario, como quien se mueve entre altísimos anaqueles sin saber con qué se topara al pasar al pasillo (o la página) siguiente. Para quien tuviera la suerte de visitar y conocer ni que fuera ocasionalmente la célebre librería en cuestión, adentrarse en las páginas de este libro es como ralentizar el tiempo y volver al ritmo de la cultura de la letra impresa, para establecer con él un diálogo sosegado, socarrón e irónico…, sumamente gratificante.

Fundada en 1948 por Ramón Mallafré Conill en una zona privilegiada, muy cercana al Ateneu Barcelonès (tras un traspaso por cien mil pesetas de la época), por los atiborrados seiscientos metros cuadrados de la Canuda no sólo pasaron todo tipo de libros, sino algunos personajes no menos singulares (de Néstor Luján a Rafael Alberti o de Emili Brugalla a Salvador Dalí o Enrique Badosa, por poner sólo algunos ejemplos), lo que por sí mismo ya da pie a interesantes escenas del libro, pero desde el primer momento fue lugar de encuentro, no siempre casual, de apasionados de los libros. Ya antes de convertirse en librería, el conocido como grupo Oasis (Agustí Bartra, Ramon Vinyes, Rafael Tasis, Pere Quart…) se reunía en la preguerra en ese mismo establecimiento, y aunque menos formales los encuentros en ese espacio fueron siempre frecuentes y azarosos.

Los procesos de compra de lotes, los hallazgos más sorprendentes, la tipología variopinta y en muchos casos divertida de la clientela, pero también algunos «episodios infaustos», se acompañan de diversas fotografías e ilustraciones que contribuyen a dar esa sensación de salto temporal, y no faltan tampoco alusiones a los robos más sonados, las compras más delirantes y las situaciones cómicas de todo tipo propiciadas por las relaciones entre vendedores, libreros y compradores. Sin embargo, la reflexión final que se desprende, y que sin explicitarse se esboza suficientemente, deja un poso de cierto desencanto, pues el cierre en 2013 fue un rotundo aviso para navegantes.

Los desafortunados que no tuvieran ocasión visitarla, pueden ver la Canuda en este reportaje y el ambiente del Mercat dominical de Sant Antoni, que sigue en activo en el momento de escribir estas líneas, en este otro.

Anagrama en su contexto, Herralde en su salsa

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Un día en la vida de un editor» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

«En el mundillo de la edición casi todo se acaba sabiendo»
Jorge Herralde

No es probable que existan muchas cátedras universitarias que lleven el nombre de una editorial; también en esto la barcelonesa Anagrama probablemente sea una excepción, como pone de manifiesto uno de los últimos capítulos de Un día en la vida de un editor (pp. 419-429), en el que se cuenta la gestación y la tarea llevada a cabo por la Cátedra Anagrama de la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey), por iniciativa del ensayista y responsable de ediciones de esta universidad, José Garza, desde su fundación el año 2007.

De izquierda a derecha, Gustavo Guerrero, Lali Gubern y Jorge Heralde.

En una entrevista de 2001 incluida asimismo en este libro («Jorge Herralde, la virtud, los tiburones y la red», p. 128-131), el también gran editor Javier Pradera señala otra de las muchas singularidades interesantes de la trayectoria de esta influyente editorial:

Anagrama es una de las pocas editoriales culturales fundadas durante los esperanzados años sesenta, a uno y otro lado del Atlántico, que han logrado sobrevivir como empresas independientes. No son muchas: solo Ediciones Era en México y un puñado de editores en España –se pueden contar con los dedos de la mano– han aguantado el huracán de las concentraciones empresariales.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Aun cuando, como también se explica en detalle en este libro («Operación Feltrinelli», p. 372-386), desde 2017 Anagrama pertenece mayoritariamente a la selecta editorial italiana fundada por el legendario Giangiacomo Feltrinelli, que la editorial barcelonesa haya perdido independencia en algún sentido está por demostrar. En cuanto a Javier Pradera, editor en el Fondo de Cultura Económica primero y luego de Alianza Editorial, han surgido en los últimos tiempos libros muy interesantes, como el de Santos Juliá Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2012) y en particular el editado por Jordi Gracia y epilogado por Miguel Aguilar Javier Pradera: itinerario de un editor (Trama, 2017), que guarda algunos paralelismos en cuanto a estructura y contenidos con Un día en la vida de un editor: un conjunto de textos inéditos o publicados previamente en la prensa –entre los cuales, entrevistes en profundidad– o bien pensados originalmente como conferencias y discursos, ordenados temáticamente y  acompañados de una estricta selección de documentos (cartas, correos electrónicos) que vienen a cuento y resultan oportunos. Es evidente que, para reconstruir y valorar la trayectoria de Pradera, Jordi Gracia se enfrentaba a la dificultad añadida de la escasez y dispersión de la documentación propiamente editorial, pero en cambio contaba con la hoy ya más que notable bibliografía de Jorge Herralde como posible modelo.

Aun así, en el momento de analizar y evaluar la aportación de Anagrama no es Pradera sino Esther Tusquets y sobre todo Beatriz de Moura –o, dicho de otro modo, Lumen y Tusquets Editores–, los nombres que aparecen una y otra vez entrelazados en la historia de Herralde y, como no podía ser de otra manera, también tienen su protagonismo en este volumen (en particular en el texto inédito «El caso Lumen: incidentes en la absorción de una editorial independiente por un gran grupo», p. 317-320). De hecho, tal vez no haya un modo correcto de estudiar el «fenómeno Anagrama» sin analizar también en paralelo los casos de Lumen y Tusquets. Y viceversa, como ya se ponía de manifiesto, por ejemplo, en las Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (RqueR, 2005) y sobre todo en Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz Ruiz (Tusquets, 2014).

André Schiffrin y Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Desde el inicial Opiniones mohicanas (Aldus, 2000, ampliado en Acantilado el 2001) y a lo largo de los ocho títulos que lo han seguido hasta este Un día en la vida de un editor –que apareció coincidiendo con los cincuenta años de la editorial–, Herralde ha ido desarrollando y afinando un esquema de libro que, por el tono cercano y la heterogeneidad y diversidad del contenido, sitúan al lector en una posición de acompañante privilegiado de un paseo entretenido y ameno, trufado de anécdotas contadas con una ironía fuera de serie, por su trayectoria y su día a día; y con el bonus track, como él diría, de toparse, al doblar cualquier página, con algunos de los escritores, editores y agentes literarias más relevantes que le son contemporáneos. Pero aún hay otro bonus track adicional: un pliego de fotografías, con muchas de las cuales ya está familiarizado quien ha tenido la suerte de hojear los diversos libros conmemorativos y no venales que Anagrama ha ido publicando periódicamente.

Con Bolaño.

Del conjunto de los libros de Herralde puede extraerse una imagen de las circunstancias de todo tipo (intelectuales, sociales, políticas, culturales, e incluso deportivas) en que ha ido desarrollándose la historia de Anagrama, y tambien en cada uno de ellos se ha ido trazando la historia de Anagrama, de modo que cada nuevo volumen la actualiza y añade también una pincelada nueva, que en el caso de Un día en la vida de un editor quizá se concreta sobre todo en la mayor atención dedicada al contexto internacional, a las relaciones con otros editores y agentes literarios, pero también con escritores y críticos literarios, lo cual contribuye a situar Anagrama en un mapa más amplio de la edición literaria de los siglos XX y XXI.

Sin embargo, es eminentemente un volumen de lectura independiente y que por tanto no presupone el conocimiento previo de los libros anteriores, y así pues volvemos a encontrar un relato de los primeros pasos de la editorial, centrados sobre todo en el ensayo político y sociológico más combativo y, subsidiariamente, en la literatura underground; aparece asimismo la irrepetible aventura de Enlace, que a finales de los años setenta aglutinaba algunas de las editoriales más ruidosas y rupturistas (Anagrama, Barral, Cuadernos para el Diálogo, Edhasa, Edicions 62, Laia, Lumen y Tusquets), el nacimiento de la espectacular colección Panorama de Narrativas, que no tardaría en convertirse en sede social –y valga la expresión, por lo que tiene también de punto de encuentro– de los autores destinados a entrar en el canon de la literatura universal reciente, el momento en que los editores plantaron cara a los proyectos para acabar con el precio fijo de los libros… y todo aquello que puede satisfacer al lector interesado no sólo en la historia de esta editorial en concreto, sino en el panorama de la edición reciente.

También es cierto que este tipo de lector quizá se reencuentre con algún texto que ya ha leído o incluso con alguno que le ha oído leer al  propio Herralde (somos poco menos que una secta), pero no hay duda de que, insertos en este conjunto y situados en este determinado orden, estos textos cobran un nuevo sentido, se complementan entre sí y con los que hasta ahora permanecían inéditos y, a la manera de un trencadís gaudiniano, componen una imagen colorista, alegre y rigurosa de un fragmento de vida que a los lectores más veteranos les toca muy de cerca porque está íntimamente conectada con su propia biografía lectora.

Si algún día se hiciera lo que suele llamarse una edición ómnibus con todos los libros de Herralde, un Herralde esencial que bien podría incluirse en la anagramática colección Compendium, quizá habría que editarlo con cuidado para evitar algunas reiteraciones, pero si se le añadiera una versión actualizada de los impagables volúmenes conmemorativos y no venales que ha venido publicando Anagrama coincidiendo con sus aniversarios más sonados, tendríamos una visión completa y bastante exhaustiva de la historia de Anagrama; o, dicho de otro modo, una compacta biografía de Jorge Herralde.

Herralde, Jorge. Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales. Pról., Silvia Sesé. Barcelona: Anagrama (Biblioteca de la memoria, 39), 2019.

Una mirada cubista al libro: Roger Chartier

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Las revoluciones de la cultura escrita, de Roger Chartier» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

Roger Chartier.

Roger Chartier es hoy, sin ningún género de duda, uno de los estudiosos más sagaces, productivos e influyentes con que cuentan las disciplinas vinculadas de algún modo al libro, ya sea la historia de la edición, la sociología del libro o la historia de la lectura. Y una de las virtudes del breve volumen Las revoluciones de la cultura escrita que Gedisa reeditó en 2018 con un nuevo prólogo («La cultura escrita en el mundo digital») es la posibilidad de conocer los rasgos fundamentales del pensamiento de Chartier de un modo rápido y eficaz, si bien hay que tener en cuenta que se trata de su mirada en un momento determinado, porque una de las principales virtudes de este sabio borgeano es que a lo largo de su trayectoria ha sabido adaptar su manera de enfocar los diversos aspectos que inciden en el libro y la lectura a la evolución permanente, y en los últimos años muy veloz, de su objeto de estudio.

Con el subtítulo «Diálogo», el grueso del libro lo ocupa una extensa y muy bien estructurada entrevista de Jean Lebrun, historiador y sobre todo periodista muy bregado en el género desde que en los años setenta se fogueó en la mítica Combat y autor además de entrevistas a una retahíla de historiadores importantes en la cultura occidental (René Rémond, Alain Corbin, Jacques Le Goff…), publicadas en diversos volúmenes de la editorial Textuel, así como de una biografía sobre Chanel que, con el título Notre Chanel, ganó el Premio Concourt en 2014. En la mencionada entrevista Lebrun ciñe los estribos imprescindibles para que Chartier exponga sus reflexiones sobre algunas de las cuestiones mayores, a cada una de las cuales se dedica un apartado: «¿La revolución de las revoluciones?», «El autor, entre el castigo y la protección», «El texto, entre autor y editor», «El lector, entre restricciones y libertad», «La lectura, entre la escasez y el exceso», «La biblioteca, entre la concentración y la dispersión» y el que se ha traducido como «Lo numérico como sueño de lo universal» pero también se hubiera podido traducir como «Lo digital».

Es evidente que, a la luz de estas características, a un libro como Las revoluciones de la cultura escrita se le podría reprochar no haber profundizado más en los temas que plantea y no ordenarse alrededor de un tema que lo aglutine. Ciertamente, pero también es evidente desde el principio que en este caso no estamos ante una monografía y también que no hay en este librito nada de la «paja» que a menudo rellena los libros de entrevistas de este tipo ni ningún género de digresiones que lo aparten del tema anunciado en el título. Lebrun formula las preguntas pertinentes y Chartier desarrolla, con la concisión, precisión y claridad que lo caracterizan, sus argumentos; ni más ni menos.

Chartier, uno de los abanderados en la reivindicación de un estudio transversal, interdisciplinario y de mirada abierta sobre el mundo del libro, sorprenderá sin duda a quien no conozca su obra previa por la profundidad y alcance de sus conocimientos sobre muy diversos factores que intervienen en la comunicación escrita. Sorprenderá la densidad de sus reflexiones sobre aspectos que quizás a primera vista pueden parecer secundarios, que incluso en una primera lectura podrían llegar a interpretarse como digresiones respecto de la pregunta planteada, pero que en realidad no tardan en revelarse como ejemplos históricos que le sirven no sólo para interpretar el presente, sino incluso para atreverse, siempre con prudencia, a hacer proyecciones sobre el futuro posible. Y, pasados los años desde sus primeras proyecciones a futuro (la primera edición en francés de este libro es de 1997) son asombrosos tanto su prudencia al hacerlas como el acierto cuando se atreve a hacerlas.

A título de ejemplo, uno de los temas a los cuales Chartier saca mucho partido, entre el amplio abanico de cuestiones que aborda, es mediante qué procedimientos y estrategias un título o una obra adquiere una determinada connotación a ojos de los lectores, lo cual le permite ver qué aspectos contribuyen a crear la histórica distinción entre alta cultura y cultura popular. Aquí, como en otras ocasiones, toma como punto de partida un caso del siglo XVII que ha analizado con detalle, la conocida como Biblioteca Azul, que también había estudiado, por ejemplo, uno de los padres de la historia de las mentalidades, Robert Mandrou, quien veía en esta colección de precios bajos y textos de una cierta heterogeneidad (si bien a menudo en versiones abreviadas) una prueba de la separación entre cultura popular y alta cultura.

Lo que hace Chartier no es tanto rebatir esta visión aunque, en el fondo, también—  sino sobre todo plantearse otro tipo de preguntas, porque en realidad no considera relevante la posible dicotomía o incluso la pugna entre la literatura popular y la literatura culta, para la cual Mandrou identifica en la Biblioteca Azul una demostración de la preeminencia de la primera; y esto a su vez le permitía cuestionar la idea tradicionalmente aceptada de un flujo en el cual las grandes ideas de todo tipo llegaban a divulgarse mediante su paso de la alta cultura (preeminentemente creativa, tanto ideológica como estéticamente) a la popular. En cambio, por el mismo hecho de analizar también en este caso a los lectores, Chartier puede ir más allá del planteamiento de Mandrou, porque concluye que el público lector de la Biblioteca Azul no sólo no se circunscribía a las clases populares, sino que pertenecía mayoritariamente a la burguesía. Chartier se fija en dos aspectos de los procesos comunicativos que le permiten rebatir y contradecir las conclusiones de Mandrou: los textos (a menudo versiones de alta literatura) y los lectores (muy mayoritariamente clases medias, burguesía).

Valga este caso como ejemplo de lo que muy probablemente sea una de las mayores virtudes de la obra y el pensamiento de Chartier, haber introducido una mirada triple: hacia los emisores (autores, pero también y sobre todo editores y distribuidores), hacia los textos (como ha venido haciéndose tradicionalmente a lo largo de la historia) y hacia los lectores (más complejos y difíciles de analizar, pese a los esfuerzos de la sociología, la estadística y los historiadores de la lectura. En buena medida, esto explica a su vez la insistencia en reivindicar la conservación de las ediciones en su materialidad responsabilidad que, obviamente, recaería en los bibliotecarios— incluso cuando todos los textos se pongan a disposición de los investigadores mediante la digitalización. La materialidad, el cómo se construye el texto en el proceso editorial (formato, diseño de la caja, tipo de encuadernación, paratextos, etc.), son elementos altamente significativos para una adecuada interpretación de la vida que han tenido los textos, y de la consideración social de la que han gozado, de los cuales la digitalización no puede dar cuenta más que de un modo aproximado e insatisfactorio. En consecuencia, la digitalización nunca debería suplir por completo la conservación de ejemplares (cosa que, desgraciadamente, no siempre ha sido así, por ejemplo en el caso de los periódicos y de las publicaciones efímeras).

Roger Chartier.

No obstante, esta visión cercana en ciertos aspectos a la estética de la recepción desarrollada a partir de los estudios de Hans-Robert Jauss (1921-1997) es una buena muestra de hasta qué punto Chartier ha aportado a la historia del libro una mirada que va mucho más allá de los análisis basados en la descripción y la cuantificación. Y lo mismo podría decirse de su particular manera de analizar los otros elementos que intervienen en la comunicación libresca.

Este volumen es, pues, una excelente manera de entrar en el meollo del pensamiento de Chartier, acaso el más clarividente y de mayor influencia actualmente en el mundo del libro.

Roger Chartier, Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogos e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2018 (2ª ed., con un nuevo prólogo).

Sobre cómo afrontar el estudio de los libros

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «L’estudi del llibre com a confluencia de disciplines» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en julio de 2017.

 

«Las lecciones de los libros muchas veces hacen
más cierta la experiencia de las cosas.»
Miguel de Cervantes

Basta con echar un vistazo al catálogo (de más de mil quinientos títilos) de la editorial barcelonesa Gedisa, para advertir que, poco a poco, ha ido reuniendo a algunas de las figuras más importantes e influyentes en sus respectivos campos de las humanidades, aunque con cierta predilección por la cultura francesa (Jacques LeGoff, Michel Foucault, Jacques Derrida, Tzvetan Todorov, Jean Starobinski…). Por ello, fue una muy buena iniciativa dar nueva vida a algunos de los títulos emblemáticos hasta entonces publicados para conmemorar los primeros cuarenta años de historia de la editorial con la creación de la colección Gedisa_cult·, que incluía obras más bien breves pero representativas de Hannah Arendt, Hans-Georg Gadamer, Marc Augé y Georges Perec, entre otros.

Entre estos otros se encuentra el historiador Roger Chartier, de quien se preparó una nueva edición de El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa en los siglos XIV y XVII, con el añadido de un nuevo prólogo del autor fechado el 10 de febrero de 2017 («Veinticinco años después») –que, si bien numerado en romanos (y con un cuerpo e interlineado menor) hace que la foliación del libro quede un poco coja– y a continuación de este prólogo se reproduce el que el historiador Ricardo García Cárcel escribió en su día para la primera edición en español, ya con la numeración en arábigos.

El orden de los libros compila tres artículos, que también se pueden leer perfectamente aislados, sobre tres elementos muy concretos de la historia del libro: los lectores, el autor y las bibliotecas (en el sentido conceptual más que en el espacial). Aun así, la unidad del libro reside, por un lado, en el período del cual proceden los casos de estudio, que crea un cierto marco en el que Chartier encuentra los pretextos idóneos a partir de los cuales reflexionar sobre las cuestiones que lo ocupan, y, por otro lado, en lo que el propio autor identifica como un intento por definir y perfilar la pregunta que recorre estos textos: «¿de qué modo, entre finales de la Edad Media y el siglo XVIII, los hombres de Occidente intentaron dominar la cantidad multiplicada de los textos que el libro manuscrito y luego el impreso habían puesto en circulación?»; o, en otras palabras, cómo estos mismos hombres han intentado poner orden en el marasmo de libros surgidos en el periodo establecido y qué consecuencias sobre todo culturales ha tenido esta actividad intelectual.

Ya en el primero de estos capítulos, al hablar del lector, Chartier empieza por poner en duda la idea de que el sentido del texto, como preconizaba el estructuralismo, dependa sobre todo del propio texto. Constata que también corrientes críticas en apariencia alejadas entre sí como es el caso del New Criticism estadounidense y la Analytical Bibliography, con su énfasis en el análisis del texto, marginaban en sus estudios tanto al escritor como al lector, y llega a la conclusión de que con estos apriorismos y los procedimientos de estudio que de ellos se derivan, en última instancia es imposible establecer la significación (inestable en el tiempo) de las obras. Si bien no niega que la forma discursiva del texto tiene una importancia fundamental en el modo en que el lector recibe y hace suya la obra, Chartier nos recuerda que los objetos que le sirven de «soporte» (la copia manuscrita, los pliegos de cordel, los panfletos) inciden también en muy buena medida en cómo es leído el mismo texto, y en consecuencia será conveniente delimitar lo que llama los «espacios de lectura», que también estarán siempre sometidos a factores históricamente cambiantes.

Roger Chartier.

Subraya Chartier que el modo como se presenta el texto puede modificar substancialmente su significación, y para ello se basa en el ejemplo de lo que en Francia se conoce como la Bibliothèque Bleue, el conjunto de literatura popular que entre los siglos XII y XIX imprimía originalmente en Troyes el librero Jean Oudot. El autor describe cómo el carácter popular que socialmente se atribuye a los textos que Oudot publica en esta célebre colección procede más bien de los destinatarios (compradores de libros torpemente impresos en papel de mala calidad) que no en ningún rasgo intrínseco que podamos identificar en los propios textos. Quizá un ejemplo equivalente más próximo sea el de los libros de aventuras que en el siglo XIX no tenían un público específicamente marcado (Los tres mosqueteros, Robinson Crusoe o las novelas de la frontera de Fenimore Cooper) y que durante buena parte del siglo XX, como consecuencia de la intervención sobre estos mismos textos de editores que los adaptaban para el público, han acabado por quedar asociados a la novela propia de este tipo de lectores.

En cuanto al autor, Chartier evoca y rebate, sin detenerse mucho en ello, el famoso texto de Roland Barthes. «La mort de l´auteur», y para ello se sirve en buena medida de las reflexiones expuestas por Michel Foucault en «Qué es un autor», si bien dejando de lado algunos aspectos y deducciones, y a continuación traza una pequeña historia de cómo fue imponiéndose el concepto de autor, en un proceso en el que la clave es la transferencia progresiva de la autoridad autorial al individuo que redacta el texto y que desemboca en la legitimación del hecho que este individuo obtenga un beneficio económico de su obra. Pero, consecuente con las etapas de este proceso, Chartier titula muy acertadamente este capítulo, no «la función-autor» —como probablemente hubiera hecho Foucault—, sino «Figuras del autor», porque han sido diversas y cambiantes en el tiempo.

En el tercer y último capítulo, «Bibliotecas sin muros», jugando con el término “biblioteca” en el sentido del edificio y al mismo tiempo como colección y catálogo de títulos y/o obras, Chartier propone un recorrido por la historia de la tensión entre la búsqueda de la exhaustividad por un lado y su imposibilidad material por otro («reunir todo el patrimonio escrito de la humanidad en un lugar único se revela, no obstante, como una tarea imposible»), para concluir con un final abierto que contempla las nuevas tecnologías con cierta esperanza prudente. Un capítulo que hubiera podido firmar Borges.

El concepto clave en este tercer ensayo acaso sea el de “selección”, incluso para quien considera que la biblioteca debe ser enciclopédica, y el estudioso francés muestra como, a lo largo de la historia, en las compilaciones, antologías y bibliotecas, este criterio de selección ha estado marcado por elementos tan diversos como el orden alfabético, la lengua en que han sido escritos los textos o el periodo temporal en que fueron escritos. Pero, en cualquier caso, escribe Chartier:  «La distancia irreductible entre inventarios, idealmente exhaustivo, y colecciones, necesariamente lacunares, ha sido vívida como una intensa frustración».

Ya en el epílogo, el autor pone de manifiesto, a la luz de las tres reflexiones que ha ido desarrollando en las páginas precedentes y de las preguntas que ha ido planteando, hasta qué punto es difícil dilucidar la posibilidad o no de resolver esta tensión entre exhaustividad mediante el recurso a la infinitud que parecen ofrecer las llamadas (ya casi tradicionalmente) «nuevas tecnologías», que de todos modos cambiarán de forma radical las maneras de interpretación y apropiación (en el sentido de asunción e integración en la cultura individual y colectiva) de los textos.

Aun cuando cada uno de estos tres capítulos puedan leerse independientemente, ya en el prólogo Chartier se ha ocupado de definir un objetivo amplio y de alcance teórico mayos, que se plantea con este libro, y que quizá sea el aspecto más jugoso de este volumen:

…dar inicio a una reflexión de alcance más general sobre las relaciones recíprocas que mantienen las dos significaciones que, espontáneamente, adjudicamos al termino cultura. Una designa las obras y los gestos que, en una sociedad dada, son juzgados desde el punto de vista estético o intelectual. La otra apunta a prácticas ordinarias, «sin cualidades», que expresan la manera en que una comunidad –cualquiera que sea su escala– vive y analiza su relación con el mundo, con las otras comunidades y consigo misma.

Y tal vez se pueda añadir a los ya mencionados en el prólogo un tercer rasgo, sea intencionado o no, que da coherencia y unidad a este libro denso e iluminador de Chartier: el planteamiento cuidadoso de preguntas que a su vez suponen o llevan implícita la propuesta de apertura de nuevos caminos y nuevas perspectivas en la investigación en el campo amplio y bastante inexplorado aún de los estudios sobre el libro y la lectura. En cualquier caso, estos nuevos caminos deberían ir construyendo una disciplina mestiza en la que confluyan las corrientes de raíz formalista y estructuralista y la teoría de la percepción (tal como las ha formulado la teoría de la literatura), la sociología (sobre todo a partir de la obra de Pierre Bourdieu), y la bibliografía analítica. Y aquí es donde acaso en cierta medida cobra mayor sentido que, a la hora de elegir un título para este volumen, Chartier hace un evidente guiño a un texto célebre, El orden del discurso (en los Cuadernos Marginales de Tusquets, 1974), de Michel Foucault, autor por el cual no por casualidad es profusamente citado. Y tan significativo como este ejemplo de intertextualidad lo es la diferencia, el paso del singular al plural, dado que, en definitiva, la pretensión de Chartier no es tanto dar respuestas como plantear como mucho esmero las preguntas idóneas. Si la investigación de Foucault partía de la idea de que la historia debía tener un sentido y que, paradójicamente, este sentido era precisamente el de la imposición de un sentido del cual debíamos reconstruir la historia, para Chartier no parece tan importante la acumulación del conocimiento, sino que lo que se propone es más bien buscar un método de análisis y a la vez un modelo de posición ante el conocimiento (partiendo de la base de que más que acumularse, el conocimiento se está redistribuyendo).

En definitiva, nos encontramos ante un libro espléndido, con diversos niveles de lectura y de una riqueza y profundidad no muy habituales en los estudios sobre el libro. Es un placer tanto leerlo por primera vez como releerlo aprovechando esta reedición prologada por el autor.

Roger Chartier, El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, nuevo prólogo de Roger Chartier y prólogo de Ricardo García Cárcel, traducción de Viviana Ackerman y, del nuevo prólogo, de Xavier Gaillard Pla, Barcelona, Gedisa (Gedisa_Cult·), 2017.

Exilio republicano español e industria editorial

Pasados más de ochenta años del inicio del exilio republicano de 1939, sigue de manifiesto que existen lagunas enormes en el conocimiento de la actividad cultural llevada a cabo por sus protagonistas en los países que los acogieron. Sin embargo, cuestiones como el de la integración como traductores de muchos de estos republicanos en las industrias editoriales mexicanas y argentinas, por ejemplo, con sus problemas y polémicas asociadas ─entre las que la que enfrentó a Ricardo Baeza y Victoria Ocampo es una de las más jugosas y la del llamado «castellano neutro» la más perdurable─, siguen despertando el interés de los investigadores, como demuestran tesis como las de Germán Loedel (Los traductores del exilio republicano español en Argentina) y Lizbeth Zabala (El transtierro de un oficio: las traducciones literarias del exilio español en México [1939-1945])

De izquierda a derecha, los exiliados Max Aub y Joaquín Díez-Canedo, con los mexicanos Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez de Hoyos.

No son pocos tampoco los exiliados republicanos que se convirtieron en libreros importantes e influyentes en las comunidades en que recalaron (Modest Parera, Sigfrido Blasco Ibáñez, Arturo Soria y Joaquín Almendros en Valparaíso y Santiago de Chile; Lino Moulines y Leonardo Milla en Caracas; los hermanos Escofet en Santo Domingo, Tomás Espresate en México, Alfonso López Camacho en Tijuana, Josep Mestre y Norbert Orobitg en Andorra la Vella…), pero también es cierto que otros muchos dirigían su mirada a los propios exiliados como destinatarios potenciales de sus libros (como es el caso de Josep Salvador en Toulouse o, en otra medida, Antonio Soriano en París).

El librero y editor Josep Salvador en Toulouse.

Quizás algo bastante parecido sucede con las editoriales gestionadas por republicanos españoles exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil. Mientras algunas de estas empresas se obstinaron en dirigirse a la comunidad de exiliados (y eso es particularmente claro en el caso de quienes editaron en lenguas proscritas del mercado editorial franquista), otras evolucionaron con el tiempo desde esa postura inicial a otra de mayor integración en el país de acogida, y aun hubo otras que ya nacieron con la vocación inicial de servicio a sus nuevos compatriotas (aunque eso no implicara una deserción de los principios y valores republicanos pero sí incidiera en cómo se manifestaran estos en sus catálogos). Mucho tuvo que ver en ello la sorpresa que se llevaron los exiliados españoles al constatar que los países que habían tumbado a Hitler y Mussolini no tenían intención de hacer lo mismo con Franco, así que su exilio iba para largo.

De modo similar, mientras algunas editoriales conducidas por exiliados pretenden introducir como sea los libros cuya circulación en España la censura franquista pretendía impedir (caso de Nuevas Generaciones y Era en los primeros tiempos en México, o de Ruedo Ibérico en París, por ejemplo), otras ni siquiera se lo plantearon o lo hicieron sobre todo en respuesta a una intención estricta o predominantemente comercial (el Fondo de Cultura Económica, en lo que tenga de «editorial del exilio», pongamos por caso). Teniendo en cuenta estas cuestiones, no es de extrañar que en el capítulo de Editores y editoriales del exilio republicano de 1939 dedicado a la labor de José Bergamín y muy acertadamente titulado «Séneca, resistencia cultural», escriba Fernando Laraz:

Si alguna editorial puede ser considerada propiamente como «editorial del exilio republicano» esa es Séneca, pues estuvo concebida con capital público de organizaciones gubernamentales del exilio, la dirigían  intelectuales exiliados y su catálogo está casi exclusivamente compuesto por autores españoles republicanos o significativos para su cultura.

El impresor y poeta Manuel Altolaguirre en Cuba.

Pero, ¿qué decir de los ilustradores, diseñadores gráficos, correctores, linotipistas, impresores, incluso distribuidores…? No es nada fácil aquilatar en qué medida su condición de republicanos españoles ─o su experiencia profesional previa durante la Segunda República Española─ incidió en su modo de trabajar o contribuyó de alguna manera al progreso de la industria editorial y en la evolución del gusto de las sociedades en las que desarrollaron su labor a partir de 1939; en cambio,es posible que algunas de sus mayores aportaciones se produjeran ya no en los textos en que trabajaron o que decidieron publicar, sino en la forma que dieron a los libros que pasaron por sus manos (introduciendo en América, por ejemplo, la estética libraria que se había desarrollado en España en paralelo con el auge de la conocida como generación del 27 y de sus revistas). Aunque quizá los de Manuel Altolaguirre, Vicente Rojo y Mauricio Amster sean de los casos mejor estudiados, es evidente que hay mucho trabajo por hacer aún para establecer cómo y cuánto influyeron los exiliados en las artes impresoras y gráficas de los países que los acogieron y hasta qué punto su labor ha dejado rastro perdurable.

En cualquier caso, los estudios, investigaciones parciales y tesis de los últimos ochenta años han puesto los mimbres para que Fernando Larraz abordara una historia general, jerarquizada y crítica, de los Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, centrándose sobre todo en los catálogos y uno de cuyos méritos no menores es replantear algunas cuestiones cruciales acerca del objeto de estudio. Advierte, por ejemplo ─y se desprende de su estudio a modo de ilustración o o demostración de la hipótesis─ que «como norma general, en aquellos países en los que el exilio fue más minoritario, las editoriales que sus miembros emprendieron tendieron a configurarse como empresas más propiamente nacionales, al no existir una fuerte comunidad lectora ni productora española».

Como expone Larraz en la Introducción a su libro (pp. 9-22), aunque la literatura del exilio, por tratarse de una obra inmaterial, de creación verbal, no estaba tan sujeta a los condicionantes del contexto económico, social y político inmediato ─si bien su definición y métodos de estudio tampoco está exenta de complicaciones─, eso no sirve en el caso de las editoriales, aunque quizás explique por qué tuvieron corta vida las iniciativas editoriales que pretendieron hacer abstracción de ellos.

De izquierda a derecha, Eugenio Granell, Vicente Lloréns, Alberto Paz y Pedro Salinas, a la llegada de este último a Santo Domingo.

De izquierda a derecha, los exiliados Eugenio Granell, Vicente Lloréns, Alberto Paz y Pedro Salinas, a la llegada de este último a Santo Domingo.

La amplia y documentada panorámica que traza Larraz, donde la jerarquización viene en buena medida marcada por la representatividad y persistencia de la cultura del exilio, cobra un enorme valor adicional gracias a la mencionada introducción, donde deslinda y precisa las ideas comunes y heredadas para proponer un modo más afinado ─y útil─ de acercamiento a esta realidad. Como bien escribe:

La edición de libros en el exilio tiene que ver también con procesos de diálogo y traducción intercultural llevados a cabo por sujetos transnacionales. Las editoriales y, en general, las redes de socialización intelectual de los exiliados no estuvieron en absoluto cerradas a sujetos de los países de acogida que compartían principios ideológicos y que en muchos casos se habían solidarizado públicamente con la causa republicana. De hecho, hay una explícita vocación internacionalista en la base ideológica del republicanismo español antes y durante la guerra, que siguió formando parte de las señas de identidad frente al cerrado nacionalismo franquista. La dialéctica entre lo nacional y lo transnacional, que puede formularse de muchas maneras: patria perdida-patria hallada, resistencia-integración… es una de las claves para comprender qué fue el exilio y se encuentra objetivada de una manera particularmente ostensible en su obra editorial.

Con todo, la edición en el exilio en catalán, gallego y vasco (ya sea en México, Buenos Aires, Santiago de Chile o París), que quedan fuera del propósito de Larraz por razones que expone en la introducción, presentan otros condicionantes que suponen retos adicionales para quienes estén dispuestos a abordarlos con espíritu crítico. Esta introducción a Editores y editoriales del exilio republicano de 1939 aporta algunas ideas muy sugerentes también para abordar este campo.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Historia de la Literatura del Exilio Republicano de 1939, vol. XII), 2018.

Ada Martí, una barcelonesa entre los boquinistas parisinos (II)

Los avatares de la periodista, narradora y pedagoga anarquista Ada Martí desde que al término de la guerra civil española cruzó la frontera hasta que se estableció como librera de lance en París son más difíciles de seguir que los años anteriores porque llevó una vida nómada y semiclandestina que en buena medida estuvo marcada por su compleja e intensa vida sentimental.

Al parecer, pasó una breve primera etapa en Francia en el campo de refugiados de Argelés, pero en cuanto pudo salir, si no colaboró con la Resistencia fue acaso por considerarla una organización marcada excesivamente por un sentimiento nacionalista francés con el que de ninguna manera podía congeniar, pero dedicó sus esfuerzos a ayudar a los exiliados republicanos mediante la colaboración con diversas organizaciones creadas para este fin, y en particular con el SIA (Solidaridad Internacional Antifascista), así como con sus contactos entre las organizaciones estudiantiles en diversos países americanos. Como explicó Abel Paz en el periódico de la CNT en el exilio Solidaridad Obrera:

Ada desde Orleans fue tejiendo un rosario de correspondencia entre ella y los antiguos afiliados a la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios. Confortó a todos con su correspondencia optimista, ayudó cuanto pudo haciendo gestiones en uno y otro lado para dulcificar la vida de los que no tenían otro horizonte que el mar y más lecho que la arena.

También es Abel Paz quien relata un encuentro con una de las mejores amigas de Ada Martí, Eva Cascante, en 1941, en este caso en Burdeos, quien le proporcionó su dirección en el París ocupado, donde inicialmente vivió con un enigmático Frédéric Sylveire, baron de Osten Laken (¿profesor danés?). No parece haber muchas trazas de cómo se ganó la vida Ada Martí durante la segunda guerra mundial, pero una vez concluida esta intentó reingresar en la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), contando para ello con el aval de dos amigos y personajes de peso, Antonio García Birlán (1891-1984) y Gaston Leval (Pierre Robert Pillier, 1895-1978). El periodista y traductor García Birlán, que a menudo firmaba como Dionisios, había sido un miembro destacado de Tierra y Libertad y posteriormente había dirigido la revista valenciana Estudio, en la que había colaborado Ada, y en 1939 había entrado a formar parte del consejo general del Movimiento Libertario Español, antes de empezar dirigir y colaborar en cabeceras anarquistas y a trabajar como corrector de la Enciclopedia Larousse. Por su parte, el historiador Gastón Leval, a quien es muy posible que Martí conociera también a través de las publicaciones periódicas en que ambos habían colaborado durante la guerra (Estudios, Ruta, Tierra y Libertad), desde que en agosto de 1940 había logrado evadirse de la prisión de Clairvaux (Aube) vivía clandestinamente con nombres falsos (entre ellos, Nicasio Casanova); el hecho de haber trabajado episódicamente en los restaurantes comunitarios creados por el Socorro Nacional del gobierno Petain propició que en 1945 fuera apartado de la Federación Anarquista, pero como Nicasio Casanova representó a la CNT en el mitin que esta organización celebró en París el 14 de octubre de 1944 bajo la presidencia de Albert Cané (de la CGT).

Ada Martí Vall.

Poco después de la muerte de su padre en Barcelona (1947), Ada se casa con Sylveire y en febrero de 1948 nace su hijo Fréderic, y a los seis meses aproximadamente se divorcian y el niño queda a cargo de ella. Una década después del fin de la guerra civil española, aislada de la mayor parte de quienes habían sido sus compañeros de militancia en el antifascimo, vinculada a muchas de sus amistades solo epistolarmente y alejada de su familia y de su entorno cultural natural, en septiembre de 1949 escribe una estremecedora carta a Adora Sánchez, que Manel Aisa reproduce en su biografía:

Acaso una de las razones de mi dificultad para expresarme sea banal, estúpida, he perdido la costumbre de hablar español. Tanto más de escribir en castellano. Más todavía, en catalán, mi lengua materna.

[…]

He dejado de escribir –en absoluto– a no ser para pedir trabajo, etc. Ni teatro, ni conciertos. Vendí la TSF [el radio transistor]. Juan se llevó el fonógrafo, con los mejores discos (Bach, Vivaldi, etc.). El cine me interesa poco, así que tampoco voy, ni siquiera invitada. Y –eso es lo peor– llevo unos meses alejada de mi chuiquitín, que voy a ver cada quince días, pues el precio del viaje no me permite hacerlo más a menudo. El médico exigió esa separación, momentánea, para que pueda reposarme un poco, mejorar mi salud, harto quebrantada, buscar trabajo, arreglar ciertos asuntos…

Georges Orwell.

Es difícil leyendo la biografía de Ada Martí en París no evocar el libro de Georges Orwell (1903-1950) que en España se tradujo como Sin blanca en París y Londres o algunos de los relatos de Henry Miller (1891-1980) del tipo Días tranquilos en Clichy. La carencia de otros datos acerca de las fuentes de ingresos de Asa (que busco empleo en el periodismo y en la docencia) llevan a suponer al lector que en esos años dependió de su relación con otros hombres, si bien en la misma carta a Adora Sánchez recién citada escribe:

A menudo he pensado prostituirme, hacerme entretener, por lo menos, hasta que mi salud se rehaga y pueda trabajar normalmente. Me es imposible, hasta la fecha, por lo menos. Repugnancia física, por un lado. […] Pero más todavía por la mentira permanente que implica la prostitución. […] De ahí que hacerme entretener me sea todavía más difícil que conseguir trabajo. Sin embargo, eso sería una solución para tener al chiquillo junto a mí, para que nada le falte y mi salud se rehaga.

En 1950 vendió las pocas posesiones que todavía le quedaban, entre ellas los últimos restos de su biblioteca de libros en catalán y español, y tres años después nació su hija Claudia, cuyo padre, un librero al que sólo se ha identificado por el nombre de Boris, le proporcionó un medio para cuanto menos subsistir, un puesto en el quoi des Grandes Augustins, junto al Pont Neuf, con su correspondiente caja para vender libros. En contrapartida, en cuanto el padre de su hija se marchó tuvo que dejar a  su hija en un pensionado de monjas.

Hacia 1956 vivió, por lo menos episódicamente, con un contable de cierto nivel cultural llamado Roland, y poco tiempo después con Georges Vila, a quien había conocido a través de unos músicos húngaros de paso por París, y que a partir de 1956, con el fracaso de la revolución en Hungría, a todos los efectos se había convertido también en un exiliado.

Como es fácil suponer, el puesto de Ada Martí, que ocupaba normalmente de diez de la mañana a nueve de la noche y a la que sus compañeros conocían como «la librera española», se caracterizó por la amplia presencia de libros en lengua española (en mucha menor medida en catalán), que obtenía tanto a través de ocasionales subastas como, en algunos casos, a través de los medios libertarios que en la década de los cincuenta desarrollaron una notable labor editorial en el sur de Francia. Según Agustí Guillamón, uno de esos viajes a Toulouse sirvió para que se reencontrara con el anarcosindicalista Ginés Alonso (1911-1988), creador en 1931 del Ateneo Racionalista de La Torrassa (L’Hospitalet) y que por entonces se había establecido como carpintero en L’Avelhanet (departamento de Arieja), que entre 1957 y 1960 sería secretario del subcomité nacional de la CNT en el exilio y en calidad de tal entraba clandestinamente en España.

No es casual sino más bien bastante significativo que el encuentro fortuito con Ada a orillas del Sena en el mes de diciembre de 1958 que Abel Paz narró lo propiciara una edición de Siete domingos rojos (muy probablemente la edición barcelonesa de 1932 de Balagué), la novela en que Sender narra una huelga anarquista en Madrid y cuyo título se ha interpretado en ocasiones como una resurrección de la lucha obrera.

A finales de la década de 1950, por lo menos ocasionalmente, la firma de Ada Martí vuelva a aparecer en la prensa anarquista, y Manel Aisa consigna la aparición de artículos suyos en los números de la Solidaridad Obrera del 30 de enero de 1958 y el 2 de febrero de 1960, aunque es probable que haya otros por descubrir. En el excelente número especial de la edición mexicana de Tierra y Libertad de julio de 1970 (formato revista) se recuperaron algunos textos suyos (firmados como Nina), que apareceron en compañía de otros de figuras señeras del antifascismo, como Diego Abad de Santillán (1897-1983), Sebastian Faure (1852-1942), León Felipe (1884-1968), Emma Goldman (1869-1940), Federica Montseny (1905-1994), José Peirats (1908-1989), Ángel Samblancat (1885-1963)…

Como escribe Georges Paul Vila en las páginas finales de la biografía que Aisa ha dedicado a Ada Martí:

Vender libros en los muelles de París le pareció una solución posible, pero resultó un fiasco o fracaso. Su vocación era escribir pero no era verdaderamente un oficio, la rutina de la vida cotidiana le mataba poco a poco las fuentes de inspiración, sin ingresos económicos regulares, sin hogar, los hijos se convertían en una pesada carga, bajo la cual corría el riesgo de hundirse todos los días.

Georges Vila, que ya lo había logrado en dos ocasiones, no pudo evitar el tercer intento de suicidio, con somníferos, que acabó con la vida de Ada Martí la madrugada del 1 de diciembre de 1960.

Manel Aisa Pàmpols, Ada Martí Vall. El sueño de la conciencia libre, Barcelona, El Lokal (Col·lecció Històries del Raval 9), 2019.

Fuentes adicionales:

AA. VV., La Barcelona rebelde. Guía de la ciudad silenciada, Barcelona, Octaedro (Límites), 2003.

Ariane y Joël, «Abel Paz à Lausanne» (entrevista), L´Affranchi. Periodique des Amis de l´Association Internationale des Travailleurs, núm. 6 (julio-agosto de 1993), pp. 18-21.

Txema Bofill i Okupem les Ones, «La revolució que vam viure no cal somiar-la» (entrevista a Conxa Pérez), Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 125 (febrero de 2011), pp. 16-17. También en versión videográfica en  TV Sants.

Espai de Llibertat, «Abel Paz, escriptor», Espai de Llibertat, septiembre de 1997.

Ada Martí.

Agustí Guillamón, «Martí, Ada (1915-1960)», Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 154 (octubre de 2013), p. 30 y reproducido en diversas webs.

Alejandro Lora Medina, «El poder de la lectura como herramienta revolucionaria. El caso del anarquismo español de los años treinta», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 17 (2018), pp. 335-360.

Puyol, «La hija de Ada Martí», Solidaridad Obrera (Portavoz de la CNT Española en el Exilio), año XVII, núm 836 (30 de marzo de 1961), pp. 4 y 2.

Milan Rátkovic, La légende des bouquinistes de Paris, París, L’Age d’Homme, 2000.