Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

La editorial de Daniel Cortezo como factor determinante en el proceso creativo de «La Regenta»

De 1885 es la primera edición de La dama joven, de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), en un volumen prologado por la propia autora (fechado el 5 de septiembre de 1884 en La Coruña) y que incluye los relatos «La dama joven», «Bucólica», «Nieto del Cid», «El indulto», «Fuego a bordo», «El rizo del Nazareno», «La Borgoñona», «Primer amor», «Un diplomático», «Sic transit…», «El premio gordo», «Una pasión», «El príncipe Amado» y «La gallega».

Emilia Pardo Bazán.

Con dibujos de M[anuel] Obiols Delgado grabados por Thomás, e incluida en la muy prestigiosa colección Biblioteca de Artes y Letras, se trata del primer libro que publicó a Pardo Bazán el Establecimiento Tipográfico-Editorial de Daniel Cortezo y C.ª (con sede en el número 95 de la calle Ausiàs March de Barcelona), apenas un año después de la muy polémica La cuestión palpitante (impresa en Madrid a cargo de Victorino Sainz), que llevaba un prólogo de Leopoldo Alas (1852-1901).

A continuación, fue también la empresa de Daniel Cortezo la que se ocupó de las primeras ediciones de los libros de Pardo Bazán Los pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos (1886) y La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa (1887), lo que bastaría para que Daniel Cortezo ocupara un lugar de honor entre los editores decimonónicos, y en particular entre los impulsores del naturalismo.

Leopoldo Alas.

Sin embargo, el nombre de Cortezo suele aparecer asociado a otra edición tanto o más importante en este sentido, un poco anterior a esta, y que, como consecuencia del atropellado proceso editorial, fue sospechosa de haber sido pirateada, la de La Regenta (1884), de Leopoldo Alas, Clarín. En refuerzo de esta hipótesis de piratería se evocó por ejemplo una carta del escritor asturiano Armando Palacio Valdés (1853-1938) a Clarín de 1888 en la que le advertía que tuviera mucho cuidado porque, pese a que hacía ya tiempo que se había agotado la primera edición de La Regenta (al margen de una seriada en La Publicitat), Cortezo no la había reimpreso.

Josep Yxart.

La edición corrió a cargo de quien desde mediados de 1883 era el director literario de la colección, el prestigioso ensayista, traductor y crítico literario Josep Yxart (1852-1895). Fue Santos Sanz Villanueva quien advirtió ciertas diferencias entre ejemplares distintos del primer volumen de lo que parecía la primera edición del primer volumen, lo que puso sobre la mesa la posibilidad de que alguien (¿el propio Cortezo?) hubiera llevado a cabo una edición no autorizada por el autor. Se daba el caso de que términos que en unos ejemplares aparecían en cursiva, en otros aparecían en redonda; en algunos ejemplares se sustituían algunas palabras por sinónimos; en algunos pasajes se insertaban breves añadidos… Sin embargo, el caso tenía una explicación más simple que la sospecha de piratería, y José Luis Gómez la clarificó con detenimiento en su prólogo a la edición de La Regenta en la editorial Crítica (2006): resultó que estaba estrechamente vinculada al proceso creativo. Como se explica en el mencionado prólogo, la fe de erratas que se incluyó en el segundo volumen ya daba alguna pista, pues indica explícitamente que se trata de «erratas de algunos ejemplares del primer tomo», y que el propio Clarín cuantificó en 130. José Luis Gómez llevó un paso más allá el cotejo e identificó los siete pliegos en los que aparecían estas erratas, que en ningún caso afectaban ni a los doce primeros pliegos ni a los once últimos, así como el cambio de papel (de papel con pasta mecánica a papel con pasta química) a partir del pliego 23 y que fue el que se empleó también luego en el segundo volumen.

La muy convincente hipótesis de José Luis Gómez es que Cortezo, a la vista de las expectativas que estaba generando la obra, ampliara la edición inicialmente prevista y agotara el papel del que disponía (con pasta mecánica), de modo que gastó el papel con el que había previsto toda la obra para imprimir solo los doce primeros pliegos, y el resto (incluido el segundo volumen) lo hizo con papel de pasta química. Las galeradas corregidas por el autor llegaron cuando ya se estaban imprimiendo esos pliegos, de modo que se incorporaron las correcciones a pie de imprenta, pero hubo algunos pliegos sobre los que ya no hubo ocasión de intervenir.

Cubierta de la primera edición.

Aún añade José Luis Gómez otro detalle que refuerza su fundamentadísima explicación: Si bien el único dibujante acreditado es Joan Llimona (1860-1926) y Enrique Gómez Polo (1841-1911) como grabador, a partir del capítulo XXVI del segundo tomo las ilustraciones son de Francisco Gómez-Soler (c. 1860-1899). En el aspecto gráfico, lo que más juego ha dado ha sido el aún inexplicado satisfactoriamente contraste entre el boceto de la cubierta y el acabado final, pues si bien en el boceto original de Llimona (a lápiz y coloreado con guache sobre papel, y unas medidas de 21 x 13,5) aparece un personaje inequívocamente mefistotélico cubriéndose el pelo, en el resultado final se muestra lo que podría ser un trovador que muy poco tiene ver, ni metafóricamente, con el contenido de la novela. Al parecer, el responsable de la versión última fue Francesc Jorba Curtils (1850-¿?), reputado dibujante especializado en crear planchas matrices para encuadernación industrial y colaborador habitual de Cortezo en la Biblioteca Artes y Letras, pero sigue siendo un enigma el motivo del cambio, que en cualquier caso orientó (o desorientó) algunas de las experiencias lectoras iniciales creando unas expectativas anacrónicas y absurdas. El cambio de dibujante, por otra parte, probablemente se debiera a la imposibilidad de Llimona de hacerse cargo de esta labor con la premura requerida.

Boceto de la cubierta.

Es bien sabido que el plan inicial de Cortezo, y también de Clarín, era publicar la novela en un solo volumen, pero en el momento que se llegó a ese acuerdo existía un pequeño inconveniente: la novela aún no estaba concluida. Así, pues, en cuanto tuvo escrito el material correspondiente a un volumen (en otoño de 1884) se decidió empezar a confeccionar un libro con lo que Clarín llevaba escrito (que cuantitativamente era lo estipulado, pero apenas era la mitad del proyecto narrativo), en lo que Sergio Beser (1934-2010) describió como «imposición de la editorial, y en contra de su voluntad [la de Clarín]». Se justifica así, además, que en carta no fechada de entre abril y julio de 1884 escribiera a Pérez Galdós acerca de «una novela, vendida ya (pero no cobrada)». Mientras tanto, el autor proseguía la escritura (y en diciembre corregía pruebas del primer volumen, sin abandonar tampoco su labor como crítico literario). Ese primer tomo empezó a circular aún en 1884, pero no se comercializó hasta enero de 1885. En mayo se ese año, Clarín concluye el segundo volumen, que se había ido editando en paralelo a la escritura y aparecería en julio de 1885.

Con motivo de la publicación de este segundo volumen, coincidente con la de las Obras escogidas de José Cadalso, el director de la Revista Contemporánea (1875-1907), R. Álvarez Sereix (1855-1946), destacaba implícitamente el papel que desempeñaba Cortezo en la publicación de los grandes nombres del realismo literario español: «No cabe duda que preside gran acierto a la elección de obras que hace la empresa editorial de D. Daniel Cortezo, y, por ende, de que verá premiados ésta sus afanes con el favor del público.»,  

Volviendo a esta división en dos tomos, impuesta o no por la editorial, tuvo varias consecuencias. En el terreno de la economía personal del autor, escribía Clarín al poeta en bable Pepín Quevedo (José Fernández Quevedo, 1849-1911), en carta fechada 21 de marzo de 1985, que le «han dado once mil reales, que es poco para dos tomos, pero algo para uno, que era lo que me habían pedido». Las consecuencias en la recepción crítica y de ventas de la obra ha sido muy estudiada, pues el lector decimonónico podía estar acostumbrado a seguir novelas seriadas en folletines, pero menos a esperar seis meses entre el inicio de una novela y su continuación, y más cuando el primero se destinaba sobre todo a recrear los ambientes, presentar a los personajes y plantear apenas el conflicto. Aun así, el pormenorizado estudio de José Luis Gómez le permite deducir que la primera edición debió ser de diez mil ejemplares, «tiraje muy elevado para la época, pero no excepcional», por lo que parece evidente que el éxito fue más que notable desde el primer momento y la primera parte de la novela tuvo una buenísima acogida. Con todo, el mayor interés está en las consecuencias propiamente literarias de esta división.

Desaparecidos al parecer tanto el manuscrito como las pruebas de imprenta, basta el distinto tempo narrativo de la segunda parte, sobre todo en su final, para aventurar que Clarín se esforzó en contenerse y ajustarse a la extensión de un segundo volumen similar al primero (y aún así el primero tenía 528 páginas y el segundo 592), con lo que nos encontraríamos ante un caso en que los procesos editoriales ‒¿«imposición de la editorial»?‒ se convirtieron en un factor determinante para que una de las novelas españolas más importantes del siglo XIX tuviera el ritmo (descompensado) y la forma que tuvo ya para siempre.

Fuentes:

R. Álvarez Sereix,  «Variedades. Publicaciones.», Revista Contemporánea, (julio-agosto 1885) vol. 58, pp. 82-90.

Sergio Beser, ed., Clarín y «La Regenta», Barcelona, Ariel, 1982.

José Luis Gómez, «El texto», en Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta, edición de José Luis Gómez, anotación y revisión de Rebeca Martín y con un estudio de Sergio Beser, Barcelona, Crítica (Clásicos Universales 10), 2006)

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Ángeles Quesada Novás, «La Regenta (1885) de Leopoldo Alas, Clarín. Ilustraciones de Juan Llimona y F. Gómez Soler», en AA. VV., Literatura e Imagen. La Biblioteca Artes y Letras, Santander, Ediciones de la Universidad de Cantabria, 2012, pp. 133-154.

María José Tintoré, «La Regenta» de Clarín y la crítica de su tiempo, prólogo de Antonio Vilanova, Barcelona, Editorial Lumen (Palabra Crítica 1), 1987.

Antisemitismo y homofobia editorial en España: La editorial Nos

Es de la mayor importancia distinguir las diversas editoriales (y revistas) que han adoptado el término Nos para identificarse. Por un lado está, por ejemplo, la Editorial Nós fundada por el galleguista Ànxel Casal (1895-1935) en 1927, cuyo nombre completo era Nós, Publicacións Galegas e Imprenta y albergó las revistas A Nosa Terra (1907-1936), órgano de Solidaridad Galega y luego de las Irmandades da Fala, y Nós (1920-1936), dirigida por Vicente Risco (1884-1963). Por otra parte, en junio de 1940 el empresario, político y mecenas cultural galleguista Manuel Puente (1890-1970) fundó en Buenos Aires una editorial con ese mismo nombre (que en 1950 publicó As cruces de pedra na Galiza, del artista y político gallego Castelao).

Mauricio Carlavilla.

Sin embargo, existió también una Nos de muy distinto signo, creada en Madrid por un personaje bastante siniestro y conspiranoico, Mauricio Carlavilla (1896-1982), conocido también por su seudónimo: Mauricio Karl. Esta Nos (sin acento) publicó libros de título tan inequívoco como, por ejemplo, Perón (1946), del falangista Federico de Urrutia (Federico González Navarro, 1907-1988); Allá en el rancho grande. Itinerarios de la infamia (1948), del periodista ex militante de la CEDA y luego próximo a Falange Joaquín Pérez Madrigal (1898-1988), Protestantismo y comunismo (1958), del fundamentalista ultracatólico francés Auguste Nicolas (1807-1888), Sinfonía en rojo mayor (1950), de José Landowski, y los libros del propio Carlavilla Historia secreta de la Segunda República (1954), Sodomitas (1956), Anti España 1959. Autores cómplices y encubridores del comunismo (1959), etc.

Cuando en 1946 funda la editorial, Mauricio Carlavilla tenía ya un carrerón a sus espaldas como vehemente antimasón, anticomunista, antimarxista, homófobo y antidemócrata cuya primera expresión pública, tras haber participado en la Sanjurjada (1932), había sido El comunismo en España, publicado en febrero de 1932 con el seudónimo Mauricio Karl en la madrileña Imprenta Sáez Hermanos, que ese mismo año ya hacían dos reimpresiones, y en 1935 aparecía, con el título ampliado a El comunismo en España, 1931-1935 (1935), una cuarta edición publicada paradójicamente en la editorial de Juan Bautista Bergua (1892-1991), quien unos años antes, tras publicar en su propia empresa su libro Catecismo comunista. La esencia del comunismo, había intentado crear una Partido Comunista Libre. Antes, en 1934, había aparecido también en Sáez Hermanos el segundo libro de Mauricio Karl, El enemigo: marxismo, anarquismo, masonería (1934), pero la segunda parte, Asesinos de España: marxismo, anarquismo, masonería (1935), apareció de nuevo en Bergua, que parecía tener la manga muy ancha en cuanto a ideología editorial (recuérdese que durante la guerra a Bergua le salvaría de ser fusilado por los falangistas su amistad con el general Mola, de quien había publicado las memorias) y según Paul Preston de este librito se distribuyeron cien mil ejemplares a oficiales del Ejército de forma gratuita.

También en 1935 se produce su expulsión en apariencia definitiva de la policía, en la que había entrado en 1921 y que le llevó a ser destinado en Valencia (de donde se le retiró por cometer actos que socavaban el prestigio del Cuerpo), Zaragoza, Segovia, Bilbao, Madrid, Marruecos y de nuevo en la Península, donde fue acusado de abusos de autoridad y corrupción. Poco después tuvo que huir a Portugal, acusado, al parecer, de tramar con el también policía Santiago Martín Báguenas (¿?-1936), un complot para asesinar al presidente de la República Manuel Azaña.

Después de la guerra civil española, que obviamente hizo al lado de Franco ‒pero tuvo tiempo también de publicar Técnicas de la Komintern en España (Badajoz, Gráficas Cooperativas, 1937)‒, se reincorporó a la policía y fue destinado primero a Barcelona y posteriormente a Madrid, donde al parecer hizo trabajos para los servicios secretos franquistas, al tiempo que fundaba una editorial con sede ‒muy oportunamente‒ en la Avenida José Antonio (número 38)  y destinada sobre todo a publicar los textos que él mismo iba firmando con diversos seudónimos. Se estrena en 1945 con El último príncipe de Gales, de un supuesto pero no identificado Austen Lane, y los libros creados a partir de fragmentos diversos Stalin en Norteamérica (con textos de Bernard Shaw, Stuart Chase, Eleanor Roosevelt, etc.) y Sucedió en la URSS, una compilación de textos de André Gide, Serge Kostineff, Ángel Pestaña, etc., prologado por L. Ponce de León y con un epílogo de Mauricio Karl.

De 1946 es un libro muy polémico en su momento, Yo escogí la libertad. Vida privada y política de un alto funcionario soviético, firmado por el desertor ucraniano establecido en Estados Unidos Victor Kravchenko, si bien escrito por el furibundo anticomunista y biógrafo del presidente Herbert Hoover Eugene Lyons (1898-1985). El título es interesante porque sin duda sirvió de inspiración para la biografía del militar comunista Valentín González (1904-1983), popularmente conocido como El Campesino. Este último libro había aparecido inicialmente en francés, en Plon, con el título La vie et la mort en URSS, con una introducción de Julián Gorki (que se presenta también como transcriptor de los recuerdos de González) y traducido por Jean Talbot. Las primeras ediciones en español aparecieron casi simultáneamente en la editorial mexicana Avante (1951) y la argentina Bell (1951), ambas como Vida y muerte en la URSS, y rápidamente se tradujo a diversas lenguas (francés, alemán, inglés), al parecer con el apoyo activo de la CIA. Hay sin embargo algunas ediciones curiosas de este libro en que se publica con el título Yo escogí la esclavitud: una, la venezolana, en Maracay, que aparece sin fecha y con prólogo del ínclito Maurico Carlavilla (firmando con su nombre), características que comparte con otra llevada a cabo como número 106 del Boletín de Información de la Dirección General de Marruecos y Colonias de la Presidencia del Gobierno.

Todo hace suponer que se trata de ediciones piratas que surgen de la publicada por Nos, también sin fecha, y parecen responder a una práctica de manipulación y tergiversación de los textos que fue bastante frecuente durante la Guerra Fría y el franquismo. Él biógrafo e historiador falangista Maximiano García Venero (1907-1975) describió bastante bien esta práctica cuando, durante el proceso de publicación en Francia de uno de sus libros, le escribía el 6 de febrero de 1965 al editor de la editorial antifranquista Ruedo Ibérico José Martínez Guerricabeitia: «…trae a la memoria lo que se hace en España con libros de Miguel Morayta, Jesús Hernández, [Indalecio] Prieto, El Campesino y otros. Les ponen prólogos insultantes para los autores y los cargan de notas agresivas, injuriosas y calumniosas antes de lanzarlos a la venta».

Al parecer, Nos era una especialista en esta práctica, pues García Venero parece aludir también otros dos libros publicados por esta editorial: Yo, ministro de Stalin en España (1954), del ex ministro comunista Jesús Hernández Tomás (1907-1971), y Yo y Moscú (1954), del exministro socialista Indalecio Prieto (1883-1962), en ambos casos acompañados de un prólogo y abundantes notas de Carlavilla.

Con todo, quizá uno de los libros más comentados de Nos sea el muy exitoso y reiteradamente reeditado Sodomitas. Políticos, científicos, criminales, espías, etc., donde establece una estrecha interdependencia entre «el vicio sodomita» y la conspiración judeo-masónica-bolchevique antiespañola: «Tan masón era Bolívar como Riego ‒escribe‒ y todos ellos y sus seguidores obedecían a una autoridad omnipotente, al supremo y oculto poder masónico, aliado a los seculares enemigos de España: a los pueblos anglosajones». Todo el libro está plagado de pasajes absolutamente delirantes semejantes al citado, pero valga un ejemplo en el que se remonta a las fuentes de su tema: «…resulta notable que en el primer filósofo del comunismo, en el autor de La República, coincidan comunismo y sodomía […] Había de latir en Platón, como en todo pederasta, ese instinto de aniquilación de la especie humana que lleva en sí la impronta satánica de aniquilar, si no le es posible al Dios creador, a su imagen y semejanza, la especie humana».

Todo parece indicar que 1964 fue el último año en que la editorial de Carlavilla estuvo activa, pues ese año aparecieron La lucha por el poder mundial, del presidente del Russian Supreme Monarchist Council George Knupffer, y Estrella roja sobre Cuba. El asalto soviético sobre el hemisferio occidental, del exmilitante del Partido Comunusta y por aquel entonces economista supremacista Nathaniel Weyl (1910-2005), pero posteriormente aún haría alguna reedición. No obstante, Carlavilla, a quien Juan Carlos Castillón describió como «cazador de masones, comunistas y homosexuales» y Eduardo Connoly de Pernas como «un verdadero servidor de “las cloacas del Estado”», encontró pronto acomodo para sus textos en la editorial Acervo, de su amigo el falangista, ex divisionario azul y abogado y fiscal de la Audiencia de Barcelona José Antonio Llorens Borràs, quien le publicó también en las páginas de Juanpérez. Revista de Información Mundial. No deja de ser tan curioso como inquietante leer a algunos friquis de la ciencia ficción ensalzando y reivindicando la labor como antólogo de Llorens Borràs en Acervo y sus diversos tomos de la Antologia de Novelas de Anticipación; es de suponer (y de desear) que no acabe pasando lo mismo con Carlavilla.

Fuentes:

Anónimo, «Julián Mauricio Carlavilla del Barrio, 1896-1982, “Mauricio Karl desde 1932”», en Filosofía en Español, s.f.

Juan Carlos Castillón, Amos del mundo. Una historia de las conspiraciones, Barcelona, Debate, 2006.

Eduardo Connoly de Pernas, «Mauricio Carlavilla: el encanto de la conspiración», Hibris. Revista de Bibliofilia, núm. 23 (2004), pp. 4-9.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Paul Preston, «Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», traducción de Sandra Souto Kustrín, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007).

José Luis Rodríguez Jiménez, «Carlavilla, un personaje al servicio de las teorías conspirativas judeo-masónico-comunistas y de la conspiración contra la Segunda República Española», en José Antonio Ferrer Benimelli, coord.,  La masonería española: represión y exilios, Zaragoza, Centro de Estudios Históricos de la Masonería, 2010, vol. II, pp. 871-886.

Tiempo, con la familia Lara en segundo plano y su editorial al fondo

Cuando alguien ve en la carta de un bar o restaurante «bistec con patatas fritas», es lógico que sus expectativas lo lleven a interpretar que se le ofrece un plato con un buen pedazo de carne bovina y unas patatas de acompañamiento, aun a riesgo de que se trate de patatas congeladas y al margen de la calidad de la carne. Por tanto, se sentirá muy defraudado si le ponen delante un plato a rebosar de patatas y, casi oculto entre ellas, un minúsculo y anónimo trozo de carne indocumentada, aun en el supuesto de que la calidad de la carne fuese excelente. Del mismo modo, ante un libro que lleva por título Los Lara y como subtítulo Aproximación a una familia y a su tiempo, el lector tenderá a esperar una biografía coral de los Lara, contextualizada en su tiempo. Y no es este el caso.

Es muy probable, además, que los estudiosos e interesados en el mundo del libro se acerquen a este volumen de José Martí Gómez con la esperanza de encontrar en él algún dato, documentación o interpretación original referidas a la historia de lo que sin duda es una de las editoriales y grupos editoriales más importantes en la historia del sector del libro en lengua española; en tal caso, el sentimiento de decepción está doblemente asegurado.

Por ejemplo, es muy probable que resulte descorazonadora la escasa atención que se dedica a la infancia, juventud y a los primeros años como editor de José Manuel Lara Hernández, la ausencia de la más mínima referencia al papel del agente literario y traductor Ferenc Oliver Brachfeld en estos inicios aun cuando fue pieza fundamental en ellos, la apresurada manera en que se cuenta la venta de la editorial L.A.R.A., hasta tal punto que resulta imposible saber por qué quien la compró (el editor Josep Janés) se refería a ella como Los Autores Realmente Antifascistas, y sin mayor alusión, además, al controvertido compromiso de Lara Hernández de no volver a dedicarse al negocio editorial. También sorprenderá, al tipo de lector antes descrito, descubrir que en este libro, aparte de Rafael Borrás Betriu (y básicamente para citar sus memorias), no tienen apenas ningún papel los editores y asesores más conocidos de Planeta, como es por ejemplo el caso de Manuel Lombardero, Sílvia Bastos, Pere Gimferrer o, particularmente, una figura tan importante como Carlos Pujol, que paradójicamente, durante varios años publicó en La Vanguardia unos espléndidos y utilísimos resúmenes de carácter general de las obras presentadas al Premio Planeta. Si se trata, como algunos detalles permiten suponer, de una obra de encargo o de una biografía autorizada y supervisada, es una lástima que no se haya sacado mayor provecho a los archivos de Planeta, ni a los epistolarios que se puedan conservar, que consta que en alguna medida existen.

Ferenc Ooliver Brachfeld.

En una crítica más bien severa del libro de Martí Gómez publicada el 2 de agosto de 2019 en El Nacional y firmada por Gustau Nerín se señala que «muchos de los hechos reseñados en Los Lara son de difícil verificación, situándose entre la leyenda urbana y el hecho real. Hay otros muchos que, en realidad, ni siquiera atañen a los Lara.» Es incuestionable. Por un lado, porque un porcentaje altísimo de la información que Martí Gómez consigna procede exclusivamente de entrevistas grabadas a personas que, en muchos casos, de una manera u otra, pueden tener un recuerdo sesgado de lo que cuentan o una opinión mediatizada, o bien interesada, y que no se contrastan con otras fuentes que las podrían poner en cuestión. Por si esto no bastara, la ausencia de notas a pie de página o de bibliografía ‒ni siquiera índice onomástico‒ hace imposible comprobar la procedencia de muchas otras informaciones y datos que van condimentando los capítulos de Los Lara. El grado con que el autor saca rendimiento al montón admirable de entrevistas que ha realizado a lo largo de su brillante trayectoria periodística resulta a ratos abrumador, pero lo que resulta más irritante es la paja, esas derivas hacia episodios e informaciones que muy lejanamente colaterales ‒expuestos exhaustivamente y demasiado a menudo con prolijas citas de documentos‒ que poca o ninguna relación tienen ni con la editorial Planeta ni con ninguno de sus protagonistas principales. Pero esto mismo lleva al autor a confesiones que se hace difícil leer sin, cuanto menos, alzar una ceja: «Cuando José Manuel [Lara Bosch] se hizo cargo de la revista [Opinión] ya era difícil salvarla, pero lo intentó fichando a un nuevo director residente en Madrid. No recuerdo su nombre» (p. 129).

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La conjunción de hechos relevantes escamoteados y datos muy remotamente vinculados con la familia Lara y su labor empresarial hacen suponer que el editor del texto no ha hecho aquello que más a menudo suelen hacer y que a veces es imprescindible ni que sea por respeto al lector (suprimir pasajes irrelevantes que no aportan nada), y la explicación a ello es en ocasiones que el libro tenga un cierto número de páginas (291) que permita justificar un determinado precio de venta al público (21,50 €). Quizá sea esta una suposición muy osada, pero hay pasajes cuya presencia se hace difícil de justificar y que, en cualquier caso, hacen responsable del desequilibrio también al editor por no haberle puesto remedio. Valga como ejemplo la siguiente comparación referida a la manera de fumar de Juan José Mira (seudónimo con el que Juan José Moreno ganó el Premio Planeta en su primera edición), que lleva al autor a enzarzarse en una maraña de datos acaso curiosos pero más bien inoportunos e irrelevantes de un personaje que no guarda ninguna relación con los Lara:

Carlos Pujol Jaumandreu.

Fumaba mucho, sosteniendo el cigarrillo en posición vertical sin que cayese la ceniza, cosa que solo le he visto hacer a Ramón Mendoza, el presidente del Madrid, que se definía como un viajante distinguido que igual vendía compresas a mujeres de Nigeria que hacía de intermediario en la compra de petróleo en la Unión Soviética de Brézhnev, de ahí que gestionase la publicación en España de la hagiografía, que no biografía, del longevo dirigente de la URSS. (p. 22).

Más irritantes incluso son las veinticinco páginas dedicadas a evocar a cada uno de los ganadores y finalistas del Premio Planeta, cuando por otro lado no se aporta ninguna información nueva ni se aprovechan como sería deseable las dos tesis doctorales de que ya había sido objeto este premio. El crítico literario Fernando Valls, al reseñar Los Lara en el periódico Infolibre, señalaba además algunos errores de cierto calibre en estas mencionadas páginas (Lituma de los Andes per Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, por ejemplo, o la afirmación de que Ángel Vázquez [1929-1980] desapareció del panorama literario tres ganar en 1962 el Premio Planeta, olvidando no solo la novela Fiesta para una mujer sola, sinó también la más exitosa La vida perra de Juanita Narboni, publicada precisamente por una editorial del Grupo Planeta, Seix Barral, y convertida en película por la cineasta marroquí Farida Benlyazid). Más llamativas incluso son otras erratas sobre les cuales advierte también Valls, como referirse reiteradamente al autor de La catedral del mar como Falcone (p. 283) o mencionar como la que invistió a Lara Hernández doctor honoris causa la inexistente «Universidad de Lebrija» (p. 103) en lugar de la madrileña Universidad Nebrija. La de Valls es una reseña por completo contrapuesta a la anteriormente mencionada de Nerín, pero aun así hay alguna que otra coincidencia: «El libro de Martí Gómez, en suma, tiene mucho interés y se lee con gusto, pues está escrito con fluidez y amenidad, aunque en algunos momentos me parezca que se va del tema. En otros, sepa a poco y debiera seguir ampliándolo para una posible próxima edición».

Pío Baroja y José Manuel Lara Hernández.

Cuatro páginas citando recuerdos de Antoni Castells sobre el pasado reciente de Cataluña y España (pp. 115-121), la reproducción literal de diez puntos expuestos por José Montilla sobre la situación económica en una conferencia (pp. 143-144), una extensa conversación con Carlos Güell (pp. 193-194), la reproducción (¿íntegra?) del documento «El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial de España» (pp. 198-203) o una extemporánea conversación con Bibis Salisachs de Samaranch («No me gusta Ana Karénina. Considero que la protagonista es una estúpida. ¡Suicidarse por un adulterio!», p. 217) podrán valer como ejemplos de esta tendencia a irse por las ramas, de irse del tema; pero hay también otras citas excesivamente prolijas (como la entrevista de Xavi Ayén a la agente Carmen Balcells y José Manuel Lara Bosch publicada la Diada de Sant Jordi de 2003 en La Vanguardia, que ya empieza citando con errores de detalle [«Ustedes se deben haber enfrentado muchas veces» per «Ustedes se habrán enfrentado muchas veces»], pero que ocupa cinco páginas del libro de Martí Gómez [p. 162-167]).

José Manuel Lara Hernández.

Sobre la trayectoria de los Lara, también con una mirada más bien complaciente y de síntesis, resultará sin duda mucho más útil a quien se interese por la su trayectoria y su papel en el mundo de la edición el capítulo que le dedica Francesc Canosa en Capitans d’indústria (Mobil Books, 2013), aunque Martí Gómez sí que aporta más datos sobre la implicación de los Lara, sobre todo de Lara Bosch, en las organizaciones empresariales catalanas y sobre sus relaciones con los poderes mediáticos y políticos españoles. Pero, al fin y al cabo, quien se acerque a Los Lara con la pretensión de conocer la trayectoria de la editorial Planeta, las patatas apenas le permitirán ver el bistec.

Martí Gómez, José. Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.

Tor, quizá la editorial más ruin del siglo XX

En Visto y vivido en Chile, unas de las mejores y más honestas memorias escritas por un editor, el exiliado peruano en Chile Luis Alberto Sánchez (1900-1994) reconoce que en la editorial que dirigía en los años treinta, Ercilla, se satisfacía la predilección de los lectores chilenos por las obras traducidas mediante el poco escrupuloso método de no pagar derechos de autor, cosa que al parecer, sobre todo durante la segunda guerra mundial, fue bastante generalizada. Baste recordar, por ejemplo, el caso de los derechos de Mauriac en España. Escribe Sánchez en sus memorias:

El editor peruano exiliado en Chile Luis Alberto Sánchez.

Los públicos no consumían con demasiado entusiasmo las obras nacionales de Ercilla. Preferían la universalidad. De ahí el ahínco de Ercilla por traducir y ocupar la plaza que dejaban desierta las editoriales españolas durante el forzoso receso ocasionado por la Guerra Civil, […] Las editoriales argentinas habían sido las primeras en piratear (Tor, Claridad, Anaconda, etc.), por eso atacaron a Ercilla tildándola de pirata; nadie ve la viga en el ojo propio.

Algo no acaba de cuadrar en la cronología del relato de Sánchez, pues según él la editorial chilena Ercilla empezó a regularizar esa situación a partir de 1935, cuando, como todo el mundo sabe, la guerra civil española se libró entre 1936 y 1939. Quizá le engañe la memoria; sin embargo, quizá sea justo al poner la diana sobre la editorial bonaerense Tor.

La Editorial Tor la había fundado el catalán Juan Carlos Torrendell (1895-1961) en 1916, cuando contaba apenas veinte años y una breve experiencia en la bonaerense librería La Facultad, de Juan Roldán, pero sin duda se pudo beneficiar de los conocimientos sobre el mundo editorial que tenía su padre, Joan Torrendell i Escalas (1869-1937). Este último, además de ejercer el periodismo y haber publicado ensayos como Pimpollos (1895), Clarín y su ensayo (1900) o La política catalanesca (1904), tenía una amplísima trayectoria como director y fundador de publicaciones periódicas, tanto en su Mallorca natal (La Almudaina, La Nova Palma y La Veu de Mallorca), como en Barcelona (La Catalunya) y Montevideo (Catalunya).

La editorial tomó inicialmente el apellido de su fundador, pero las dificultades para que distribuidores y libreros lo pronunciaran correctamente derivó en su abreviatura; aunque el escritor fantasma Rodolfo Bellani (1904-1984) tenía otra irónica explicación de ello: era para ahorrarse la tinta necesaria para escribir el apellido completo. Además, este no fue el único caso en que Torrendell se vio en la necesidad de recurrir a la imaginación para bautizar sus sellos. Carlos Abraham, que es quien más a fondo ha analizado el catálogo de Tor (le dedicó la monografía La editorial Tor. Medio siglo de libros populares, Buenos Aires, Tren en Movimiento, 2012), contó en una entrevista su sorpresa al descubrir que era Torrendell quien estaba detrás de muchos otros nombres:

Muchas editoriales que yo conocía resultaron ser disfraces de Tor. […] Editorial Ombú, Ediciones Argentinas Cóndor, Editorial Las Grandes Novelas, Editorial Las Grandes Obras, Editorial Luz, Ediciones Modernas, Ediciones Fémina, Ediciones Renovación, Agencia Distribuidora Argentina de Revistas y Editorial de Grandes Aventuras…[…] Rovira, que es la primera editorial fantasma de Tor, surge en los años treinta para no pagar derechos de autor de novelas de Sexton Blake y Tarzán.[…] Pero las editoriales fantasma surgen, sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial.

Aun así, no sólo los autores y sus derechohabientes fueron víctimas de las tomaduras de pelo llevadas a cabo por Tor, sino que Torrendell trasladó a Buenos Aires una repugnante práctica que, si no inventado, sí la habían popularizado los impresores y editores barceloneses Luis Tasso i Gonyalons (1817-1880) y su hijo Luis Tasso i Serra (¿?-1906) sobre cómo engañar a los traductores para conseguir traducciones sin costo alguno.

Otra de las lindezas perpetradas por Torrendell, menos dañina pero duramente criticada por el establishment editorial argentino y más específicamente por la Academia Argentina de Letras, fue, después de la crisis posterior a 1929, la instalación de una balanza en su comercio y la práctica de vender ejemplares a peso. Pocas acciones podían ser más ilustrativas de la consideración que tenía este editor hacia el libro.

En la misma dirección de reducir los costes hasta extremos increíbles que caracterizaban la gestión de Tor apunta la compra de rotativas en cuanto tiene ocasión de hacerlo y las descomunales tiradas, amplísimas, buena parte de las cuales iban destinadas a la exportación. También es Carlos Abraham quien ha establecido tres etapas bien definidas en la trayectoria de esta empresa: Una inicial de arranque en que su catálogo no muestra rasgos específicos notables (1916-1930), una segunda de producción masiva gracias a las rotativas (1930-1959) y una última centrada casi exclusivamente en la reedición del heterogéneo, vasto (y, en general, también basto) catálogo creado a lo largo de los años anteriores (1959-1971). Cabe señalar también que a partir de 1939 empezó a publicar prolijamente revistas ilustradas destinadas al público infantil y juvenil.

El editor Luis Peña Lillo (1917-2009) dejó en Los encantadores de serpientes (mundo y submundo del libro), una caracterización bastante sintética y contundente de la labor de Tor:

Pésimas ediciones, mal traducidas, terminadas donde el pliego concluía por razones técnicas y no por designio del autor, denuncian ya los vicios de la desaprensiva y gran industrialización del libro. A esta editorial no la tiene en cuenta ningún cronista, por constituir una página negra en la historia editorial, pero su existencia, no por esa omisión ha sido menos real.

En cambio, retrospectivamente el profesor Fabio Espósito intenta ver algo de positivo en estas prácticas: «Libros mal diagramados en papel de baja calidad, a un precio ínfimo, en algunos casos de 50 centavos, facilitó su gran difusión». No es fácil advertir la ventaja de que productos claramente defectuosos tengan una gran difusión y puedan ejercer su influencia sobre grandes cantidades de lectores.

Resulta llamativa la presencia en estos catálogos de algunos autores que llegarían a ser célebres, como es el caso de un jovencísimo Aldolfo Bioy Casares (1914-1999), que en 1933 publica en la colección Cometa el libro de cuentos Diecisiete disparos contra el porvenir bajo el seudónimo de Martín Sacastrú, que curiosamente incluye no diecisiete sino dieciséis cuentos, pero va precedida de una apócrifa biografía de Sacastrú que quizá deba contabilizarse como el número 17. También Jorge Luis Borges publica en Tor, en su caso la primera edición de Historia universal de la infamia, en la colección Megáfono, así como el poeta Horacio Rega Molina (1899-1957), que publicó su «Misterio dramático en tres actos y en verso» La posada del león en 1936.

Sin embargo, y pese a la un tanto insólita presencia también de Signund Freud, Adolf Hitler, Stefan Zweig o Karl Marx, son más representativos del grueso de la producción de Tor autores de literatura popular de aventuras, sentimental y detectivesca como Edgar Rice Burroughs (1875-1950), Emilio Salgari (1862-1911), Sexton Blake o la serie sobre Rocambole de Ponson du Terra (1829-1871). En más de una ocasión sucedió que estas extensísimas series narrativas concluyeron antes de que los lectores de Tor se hubieran cansado de ellas, a lo que Torrendell también encontró una solución favorable –a sus intereses–, como ha contado también Abraham:

Tras publicar Tarzán triunfante, de Edgar Rice Burroughs, en el número 119, en cuya cubierta puede leerse «Últimas aventuras del famoso Tarzán de los monos», en el 120 [en el sello Rovira] lanzó Tarzán en el Valle de la Muerte, primer Tarzán apócrifo, que figuraba como «traducido» por Alfonso Quintana Soler, pero en realidad estaba escrito por él. A este seguirían Tarzán el vengador (n. 21), Tarzán en el bosque siniestro (n. 122), Las huestes de Tarzán (n. 123), Tarzán y la diosa del mar (n. 124), Tarzán y los piratas (n. 125), Tarzán el Magnánimo (n. 126)… [y así hasta el número 170: El castigo de Tarzán]

Estas continuaciones de Tarzán y de algunos otros ciclos novelescos los escribieron dos hombres de letras que gracias a este tipo de tareas pudieron profesionalizarse, Alfonso Quintana Solé (que como secretario de redacción de la revista Atlántica había coincidido con Torrendell i Escalas) y el mencionado Rodolfo Bellani, que empleó una ingente cantidad de seudónimos. Y entre los ilustradores de la casa destaca sin duda el humorista e ilustrador catalán Lluis Macaya (1888-1953), pero tampoco en este ámbito deja de poner de manifiesto Carlos Abraham el escaso esmero que se ponía en los procesos editoriales en Tor: «En ciertas ocasiones es fácil apreciar que el ilustrador no había leído la novela que le tocaba ilustrar, guiándose solo por el título».

Se hace difícil pensar en alguna editorial menos escrupulosa en todo el siglo XX.

Fuentes:

Carlos Abraham, «Los Tarzanes apócrifos argentinos», Quinta Dimensión, 15 de agosto de 2009.

Carlos Abraham, «Semblanza de la Editorial Tor (1916-1971)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2017).

Carlos Araujo, «La editorial Tor», en el blog El Buenos Aires que se fue, 1 de septiembre de 2014.

Juan Pablo Bertazza, «Un Tornado», Página 12, suplemento Radar, 20 de agosto de 2012.

Fabio Espósito, «Buenos Aires, 1920-1940, la emergencia de un centro editorial periférico», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayo hispánico, núm. 2 (2018), pp. 38-46.

María de los Ángeles Mascioto, «Carlos Abraham, La editorial Tor: Medio siglo de libros populares» (reseña), en Orbis Tertius, vol. XIX, núm. 20 (2014), pp. 184-185.

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, prólogo de Luis Laborde y prólogo a la segunda edición del autor, Santiago de Chile, Tajamar Editores, 2004.

Carolina Tosi, «Semblanza de Juan Carlos Torrendell (1895-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (20016)

Ediciones de Jacint Verdaguer en el primer franquismo

A Julia Escobar, editora, traductora y escritora hasta la médula

El centenario del nacimiento de uno de los grandes poetas que ha dado la cultura catalana, Jacint Verdaguer (1845-1902), dio una excelente ocasión al régimen franquista para simular una cierta apertura que de algún modo silenciara las voces que lo tildaban de represor con la cultura catalana. Así, ya en 1943 se autorizó una edición de las obras completas del insigne poeta, pero con una condición que la profesora Montserrat Bacardí califica de «estrambótica y malintencionada», pues:

Debía reeditarse con la irregularidad ortográfica originaria, sin pasar por el cedazo normativizador de la reforma fabriana. El producto resultante, de regusto folklórico manifiesto, no resultaba precisamente apto para atraer a nuevos lectores. Aun así, el libro se agotó enseguida, y tal acogida sirvió de acicate a Josep M. Cruzet, el tenaz artífice de la [editorial] Selecta.

Es realmente asombroso que una obra escrita en una lengua que, en su forma, resultaba ya ajena casi por completo al lector medio pudiera tener un éxito importante, cuando lo habitual es que ese tipo de ediciones, cuando no entran en los planes de estudios, queden restringidas a un público lector altamente especializado. Contribuye además a explicar que en los años posteriores incluso los lectores bilingües prefirieran libros interesantes en (o traducidos al) español que tostones en catalán que presentaban evidentes problemas para su goce.

Muy poco después, en 1944, con las mencionadas restricciones, que al parecer de Manent y Crexell permiten tener a éstas por «ediciones españolas de textos de una lengua considerada muerta», aparecieron pues los libros de Verdaguer L´Atlàntida (con una carta-prólogo de Frederic Mistral), Canigó y Montserrat.

Victor y Joan Seix.

Y al año siguiente se sucedieron las ediciones conmemorativas, e incluso se creó una «comisión oficial» en la que figuraban Gabriel Arias (como vicesecretrario de Educación Popular del Movimiento), Antonio Correa Veglison (en calidad de gobernador civil de Barcelona y jefe provincial del Movimiento), José Pardo (jefe del Departamento de Propaganda), el erudito Martí de Riquer y el eminente editor falangista Luis de Caralt entre algunos otros. El Ayuntamiento de Barcelona costeó una edición facsímil del conocido como manuscrit de Can Tona (1867) de L´Atlàntida; Indústrias Gráficas Seix Barral hizo una edición de cien ejemplares para la Asociación de Bibliófilos de Barcelona de Lo mariner de Sant Pau con ilustraciones de Ramon Fabres; la vigatana Editorial Sala hizo una de Canigó ilustrada por Junceda y con un dibujo en portada de A. Freixes (con el texto y las notas en catalán arcaico); y Casiopea una de Què diuen el ocells con ilustraciones de Alexandre Coll y un asombroso epílogo de Antoni Julià de Capmany escrito en español.

Luis de Queralt durante la guerra civil española.

Es evidente la utilidad que tenía para el régimen franquista esta apropiación de la figura del gran poeta de la Renaixença catalana, sin que por ello supusiera un riesgo importante para la extensión, divulgación o ampliación de la lectura en lengua catalana, que sólo ocasionalmente se autorizaba y predominantemente cuando se trataba de poesía de traducciones de clásicos.

Sin embargo, ese mismo año 1945 aparece también, en México, una edición de L´Atlàntida más legible preparada por Joan Sales para la editorial Minerva, que se publicó precedida de un prefacio de Josep M. Miquel i Vergés. De nuevo en este caso se hace difícil comprender la salida que tuvo una edición hecha en semejantes circunstancias, más allá de la colonia catalana en México y en algunas otras ciudades americanas.

En 1946 están fechadas una segunda edición en Selecta de las Obras completas, así como una edición de 125 ejemplares no venales de Oda a Barcelona, acompañada de un comentario de Josep Pin y Soler e impresa en la Sallent de Sabadell, a cargo de la Asociación de Bibliófilos de Barcelona, y la primera edición crítica de L´Atlàntida, llevada a cabo por Eduard Junyent y Martí de Riquer partir de los manuscritos autógrafos y de las ediciones de 1877 y 1878, y de cuya impresión se ocupó Horta por encargo del Ayuntamiento de Barcelona (se tiraron novecientos cincuenta ejemplares). A raíz de esta última edición escribía en la edición del 9 de junio de 1946 de La Vanguardia Española Ana Nadal de Sanjuán unas palabras que producen poco menos que vergüenza ajena: «Gran acierto este acuerdo rendido a la memoria de Verdaguer, que repercute al eterno espíritu de nuestra patria, ya que nadie puede negar la españolidad de Mosén Cinto»

Aun en agosto de 1947 se autorizaría a Montaner y Simón y Editorial Casiopea una edición de bibliófilo de Flors de Maria, de Verdaguer, de la que se hizo una tirada de cuatrocientos ejemplares.

Y al año siguiente se publicaba una versión de Canigó transcrita, anotada y prologada por Joan Sales, en esta ocasión en la Biblioteca Catalana del insigne editor poumista establecido en México Bartomeu Costa-Amic. Sales, además, pudo partir ya de un texto con la ortografía modernizada, pues contaba con un ejemplar manuscrito preparado por el profesor catalán Antoni Bargés (exiliado también en México y que impartía clases en el colegio Cervantes).

La paradoja, pues, quizá resida en el hecho de que en Cataluña se publicaban ediciones que difícilmente podían encontrar su público, mientras que las que podían satisfacer a esos lectores se publicaban en tales condiciones que resultaban prácticamente inaccesibles.

Fuentes:

Sello andorrano.

Montserrart Bacarrdí, La traducció catalana sota el franquisme, Lleida, Punctum (Quaderns 5), 2012.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de México, 1998.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L´edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 99), 1991.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografía catalana: cap a la represa (1944-1946), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 90), 1989.

Joan Samsó, La cultura catalana: entre la clandestinitat i la represa pública, 2 vols., Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 141 y 147), 1994 y 1995.

Francesc Vilanova i Vila-Abadal, Repressió política i coacció económica, Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 216), 1999.

 

«Los de abajo», de Mariano Azuela, y la edición chicana

Cuando en 1915 se publicó la primera edición de Los de abajo, Mariano Azuela (1873- 1952) ya había dado a conocer en Lagos de Moreno (Jalisco) unas cuantas obras narrativas, entre las cuales las novelas María Luisa (Imprenta de López Arce, 1907), Los fracasados (Tipografía y Litografía Müller Hnos., 1908), Mala yerba (Talleres de La Gaceta de Guadalajara, 1909), Andrés Pérez, maderista (Imprenta de Blanco y Botas, 1911) y Sin amor (Tipografía y Litografía Müller Hnos., 1912), y además había dejado impresos en algunas publicaciones periódicas, como el semanario de la capital Gil Blas Cómico, varios relatos (además de fragmentos de María Luisa), en ocasiones tras seudónimo.

Mariano Azuela.

Sin embargo, la publicación de la novela por la que ha pasado a la historia, Los de abajo, tal vez pueda considerarse como uno de los más conocidos ejemplos de edición chicana, pues en una versión distinta a la comúnmente conocida apareció por primera vez por entregas en las páginas del periódico El Paso del Norte (El Paso, Texas), dirigido por Fernando Gamiopichi, de quien Stanley L. Robe recogió algunas informaciones en Azuela and the Mexican Underdogs (1979). Según recoge este investigador, hasta 1912 en El Paso del Norte, empresa formada íntegramente por mexicanos, figuró como «editor» T. F. Serrano y como director Gamiochipi, pero después de esa fecha al segundo se le identifica como «editor propietario», y Roba incluso da noticia de los nombres de algunos redactores (unos hermanos Calderón, Ugartechea, etc.) y el nombre de quienes se ocupaban de imprimirla, la Imprenta Moderna, que se identificaba a sí misma como la «Casa editora del único Diario Constitucionalista en ambas fronteras» y que según el testimonio del cajista José Jesús Loera Rivera, empleaba una «prensa de cilindro cuádruplo». Mientras duró la publicación por entregas de Los de abajo, Azuela cobró tres dólares semanales, pero no hay ninguna evidencia de que cobrara nada por la edición en rústica que el mismo periódico se ocupó de hacer poco después.

Mariano Azuela.

Anunciaba El Paso del Norte en su número 1763 de la segunda época, correspondiente al 27 de octubre de 1915: «Los de abajo, novela que hoy empezamos a publicar en forma de folletín, aparecerá lujosamente encuadernada y dentro de pocos días estará a la venta para el público». La publicación en forma de folletín de esta primera versión, subtitulada «Cuadros y escenas de la Revolución actual», se prolongó hasta el 21 de noviembre (veintitrés entregas). Señala también Stanley L. Robe que el texto, compuesto enteramente a mano, contiene numerosas erratas y nada hace pensar que fuera sometido a un proceso de revisión o edición, sino que se iba publicando a medida que se iba componiendo.

Pasó todavía un tiempo antes de que apareciera la edición en volumen, que puede fecharse con bastante exactitud el 5 de diciembre, con numerosas enmiendas ortotipográficas y una tirada de mil ejemplares, pero el propio Azuelo dejó testimonio de la escasísima repercusión que tuvo esta edición, de la que al cabo de un mes se habían vendido sólo cinco copias. Tampoco su presencia en la prensa fue generosa, aunque el 10 y 21 de diciembre la reseñaron Enrique Pérez Arce J. Jesús Valdez, respectivamente, en El Paso del Norte ( para cuyos lectores Los de abajo era ya una novela conocida).

La Papelería y librería Boras en los años veinte.

De regreso a México, y saneada su economía gracias a los derechos de autor de la publicación por entregas en El Universal de Los caciques, en 1920 Azuela decidió hacer una nueva edición de Los de abajo por su cuenta y riesgo en la imprenta Razaster, también de unos mil ejemplares, con la que era más probable que pudiera llegar a los lectores potenciales de su obra, y se comercializó en librerías importantes, como por ejemplo en el céntrico comercio de Andrés Botas (que ya se había hecho cargo de la edición de Andrés Pérez, maderista y más adelante publicaría otras obras de Azuela). Además, en esta ocasión el texto sí fue sometido a una severa reordenación y revisión con las cuales la novela tomó ya la forma con la que, en líneas generales, se hicieron las ediciones sucesivas. Sin embargo, el éxito aún tardaría en llegarle, de un modo un poco singular, y antes de que se produjera aparecieron Los fracasados. Novela de costumbres nacionales (Talleres Linotipográficos de El Pueblo, 1918), Las tribulaciones de una familia decente (folletín de El Mundo, 1918) y Las moscas (Talleres de A. Carranza e Hijos, 1919).

José Vasconcelos.

A una agria polémica desatada en diciembre de 1924 por Julio Jiménez Rueda en las páginas de El Universal con el artículo «El afeminamiento en la literatura mexicana» (en que reprochaba a los escritores mexicanos el aislamiento de la realidad social) debe Azuela el resurgir de su obra a ojos de la crítica y de los lectores mexicanos de su tiempo. A Jiménez Rueda replicó desde el mismo periódico Francisco Monterde con «Existe una literatura mexicana viril», y entró también en liza Victoriano Salado Álvarez («¿Existe una literatura mexicana moderna?», Excélsior). En esta polémica salió a relucir el nombre de Azuela y su novela Los de abajo, lo que llevó a El Universal Ilustrado a publicar una encuesta entre diversos escritores del momento (José Vasconcelos, Salvador Novo, Federico Gamboa, etc.) acerca de este asunto a la que Azuela respondió: «Cuando el alma del pueblo está empapada en lágrimas y chorreando sangre todavía, nuestras lumbreras literarias escriben libros que se titulan Senderos ocultos, La hora de Ticiano o El libro del loco amor», y como consecuencia del impacto del debate El Universal Ilustrado decide hacer una edición en cinco cuadernillos de Los de abajo que aparecen entre el 29 de enero y el 24 de febrero de 1925 (por la que toda la retribución que obtuvo Azuela fueron cincuenta ejemplares), lo que a su vez desató una incontable serie de ediciones piratas e incluso traducciones a otras lenguas.

La llegada a Madrid de Gabriel Ortega como corresponsal de El Universal propició que la novela fuera conocida por algunos de los personajes más importantes e influyentes de la cultura literaria madrileña del momento, como el poeta, dramaturgo y crítico literario Cipriano Rivas Cherif (1861-1967), Manuel Azaña (1880-1940), que ese mismo año 1926 ganó el Premio Nacional de Literatura por Viaje de don Juan Valera, el reputado poeta, crítico y traductor Enrique Díaz-Canedo (1879-1944), el célebre escritor Ramón Maria del Valle Inclán (1866-1936), el compositor y escritor Gustavo Durán (1906-1969), etc., lo que hizo que en 1927 la editorial Biblos publicara Los de abajo, con ilustraciones de Gabriel García Maroto  (1889-1969).

La edición en Biblos.

Al año siguiente aparecía también la edición francesa, traducida por Joaquín Maurín, en las páginas de Monde (como L’Ouragan), coincidiendo también con la primera edición estadounidense (en Brentano’s, y con ilustraciones de José Clemete Orozco) y en 1930 una nueva edición de la traducción de Maurín al frances, titulada Ceux d’en bas, prologada por Valery Larbaud (1881-1957) y aparecida en J. O. Fourcade, casi al mismo tiempo que la primera inglesa, a cargo de Jonathan Cape.

Gabriel García Maroto.

Pero más que el rocambolesco camino al éxito de Los de abajo, lo que resulta particularmente ilustrativo es el fracaso de su primera edición, la que quizá podemos considerar chicana, pues diversos condicionantes pueden contribuir a explicarla. Por un lado, es evidente que el periodo de convulsiones oplíticas y militares en que se publicó no propiciaba que pudiera tener una difusión adecuada, pero además el contexto geográfico y las dificultades de distribución plantean cuestiones más interesantes, sobre todo a la luz del crecimiento paulatino de las ediciones de literatura chicana en Estados Unidos.

La existencia desde la década de 1780 de imprentas en las que se publicaban folletos en español en Boston o Filadelfia, la fundación ya a principios del XIX de cabeceras periodísticas como El Misisipí, El Mensajero Luisianés o de El Mexicano de Texas desde 1813 no bastan para explicar la situación peculiar creada como consecuencia del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848 con que se puso vergonzosamente fin a la guerra entre Estados Unidos y México, por el que el segundo, por quince millones de pesos (unos 450 millones de euros de nuestros días), cedía la totalidad de los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas, así como parte de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, estableciendo como frontera el río Bravo.

Joaquín Maurín.

Pasarían aun unos años antes de que apareciera la que está considerada la primera novela chicana, La historia de un caminante (1881), de Manuel M. Salazar, pero no tantos en cuanto a la proliferación de cabeceras que mantenían informados a los habitantes mexicanos de estos territorios, como El Clamor Público (1855-1859), El Comercio Mexicano (1886), El Libre Pensador (1890) o La Crónica (1909); sin embargo, el contexto con que coincide la aparición de Los de abajo lo crea sobre todo la Revolución de 1910 e iniciativas empresariales como las llevadas a cabo por personajes como los hermanos Ricardo, Enrique y Jesús Flores Magón, que en Estados Unidos pusieron en pie, primero en San Antonio y luego en San Luis,  una continuación del periódico Regeneración, al que seguiría luego Revolución en Los Ángeles.

Mariano Azuela fue, podría decirse, un visitante coyuntural de los Estados Unidos, que enseguida regresó a México y que sólo publicó más allá de la frontera Los de abajo para obtener un poco de dinero con el que subsistir esa temporada, entrando en contradicción personal además con  los planteamientos políticos carrancista de quienes estaban al frente de El Paso del Norte. Además, las peculiares circunstancias en que se produjo (y sobre todo se distribuyó) esa primera edición en volumen de la novela hizo que fuese casi imposible que llegara a su público potencial, era una novela a efectos prácticos inexistente hasta que la reeditó en México.

Por todo ello, no parece ni razonable ni adecuado considerar esa novela como literatura chicana, pero en cambio, dadas las circunstancias en que se produjo, la edición sí podría quizá considerarse como un ejemplo bastante singular de edición chicana, lo que lleva a plantearse la conveniencia de distinguir entre «edición chicana» y «edición de literatura chicana» (en ocasiones emprendida ya en el siglo XX por sellos pertenecientes a grandes corporaciones empresariales o a centros universitarios «anglos»). Como dirían en México, está pensativo.

Fuentes:

AA.VV., Diccionario de la literatura mexicana. Siglo XX, Universidad Nacional Autónoma de México- Ediciones Coyoacán- Instituto de Investigaciones Filológicas- Centro de Estudios Literarios, 2000.

Edición en rústica en Biblos.

Stanislas Mbasi, Aproximación sociocrítica a «Los de abajo», de Mariano Azuela, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, 2013.

Bernardo Ortiz de Montellano, «Literatura de la Revolución y literatura revolucionaria», Contemporáneos, núm. XXIII (1930), pp. 7-81, recogido en la edición de sus Obras en prosa, preparada por María de Lourdes Franco Bagnouls, Universidad Nacional Autónoma de México, 1988, pp. 236-238.

Marta Portal, «Introducción» a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas 120), 1989, pp. 9-75.

Stanley L . Robe, «Dos comentarios de 1915 sobre Los de abajo», Revista Iberoamericana, junio de 1975, pp. 267-272.

Stanley L . Robe, Azuela and the Mexican Underdogs, Berkeley-Los Angeles-Londres, University of California Press, 1979.

 

 

Literatura «de quiosco», «revolucionaria», editoriales «de avanzada»…

Al igual que la «literatura de cordel» o el «folletín», existen y empleamos habitualmente algunas categorías que –tradicionalmente o por lo menos en su origen– han sido fronterizas entre la descripción de los principales rasgos de los texto, por un lado, y su soporte, su forma de distribución o incluso sus puntos de venta principales por el otro, como es el caso por ejemplo de la literatura de quiosco, que tal vez para generaciones distintas alude a un tipo de novelas, relatos o textos de divulgación sensiblemente distintos (sicalípticas, de literatura juvenil, de relatos del oeste, etc.).

Eduardo Zamacois (Pinar del Río, Cuba, 1893-Buenos Aires, 1971).

En un libro panorámico centrado en la literatura revolucionaria (otro término conflictivo) publicada con destino a este sistema de venta, y titulado como no podía ser de otra manera, La novela revolucionaria de quiosco (1905-1939), Gonzalo Santonja rescató de las tan poco leídas memorias de Eduardo Zamacois (1873-1971) su testimonio acerca de los avatares del que suele considerarse el primer ejemplo de este género, subgénero o categoría literaria, El Cuento Semanal. Previamente, Alfonso Sastre (n. 1926) se refiere en el prólogo a este libro a la «fórmula Zamacois», pero el caso es que en realidad esta tardó en encontrar la financiación y la infraestructura necesaria para poder ponerse en marcha. La visionaria idea de una colección de muy bajos coste, de libros muy breves, ilustrados, de periodicidad semanal y cuyos potenciales lectores, no necesariamente habituales de las librerías, pudieran encontrar en puntos de venta que frecuentaban para otros menesteres fue rechazada sucesivamente por Ramón Sopena (1869-1932), Gregorio Pueyo (1860-1913) y también por el filósofo y periodista de origen cubano José del Perojo (1850-1908), de Mundo Nuevo, antes de que, gracias a la participación como inversor del también periodista Antonio Galiardo (en agradecimiento a su entrada en el periódico La Publicidad, merced a la intervención de Zamacois), pudiera convertirse en realidad esta colección, que se estrenó el primer día del año 1907 con Desencanto, del escritor y pintor Octavio Picón (1852-1923), quien por aquel entonces tenía a sus espaldas ya una formidable obra como narrador de títulos más o menos inequívocos (La hijastra del amor, 1884; La honrada, 1890; Dulce y Sabrosa, 1891; Drama de familia, 1903…).

El contenido del libro de Santonja es fiel al título que figura en la portada de la primera edición –por cierto: no coincidente con el de la cubierta, que a su vez sí coincide con el subtítulo de una edición del año 2000 SIAL Ediciones–, «Notas para la historia de la novela revolucionaria de quiosco en España (1905-1939)», pues en este breve volumen el autor se centra en unos cuantos casos muy significativos de esta «categoría» o «subcategoría» literaria: El Cuento Semanal de Zamacois, La Novela Roja de Fernando Pintado, La Novela Ideal de la familia Montseny, La Novela Política de Prensa Gráfica, La Novela de Hoy de Artemio Precioso (1891-1945) y unos pocos más, así como en algunas iniciativas nacidas anejas a este tipo de ámbitos editoriales, como es el caso en particular de ciertas novelas de autoría colectiva.

La relativa insatisfacción que pudiera tener el lector interesado en esta materia procede precisamente de ese carácter de notas un poco inconexas, valiosas y útiles en sí mismas pero que constituyen una serie de capítulos escasamente engarzados o articulados para dar respuesta a las preguntas implícitas que se derivan de la lectura del libro.

Pero más allá de quedar esa historia de la literatura revolucionaria en una eterna promesa de la que sin embargo han ido llegando aproximaciones parciales (muchas de ellas del propio Santonja, que recupera fragmentos de este texto en otros títulos y artículos suyos, pero también debidas a José Carlos Mainer, José Esteban, Marisa Siguán, Amelina Correa Ramón y Martínez Arnaldos, entre otros), uno de los mayores intereses de este tipo de aproximaciones es, además de ofrecer listados de las obras publicadas (muy útiles en ausencia de catálogos) y de aportar cuantiosa información acerca del funcionamiento de empresas, obras y autores poco y mal conocidos (en ocasiones debido a la proliferación del empleo del anonimato y de seudónimos en esa época y en esos géneros), no limitarse al estudio de los textos, sino también a establecer los vínculos entre una determinada ideología, unos géneros literarios con unos rasgos bastante bien definidos (y deudores de unas tradiciones fácilmente identificables) y unos determinados sistemas de producción y distribución estrechamente relacionados si no deudores de la configuración de las empresas periodísticas, de la reestructuración de la industria papelera y de los avances y crecimiento de los servicios de impresión. En otras palabras, ofrecer una imagen que tienen tanto en cuenta el sistema editorial como el campo literario.

En realidad este breve libro de Santonja, reeditado en 2000 con diferente título, es una pieza más en la explicación del modo en que se concebía el libro en España en las primeras décadas del siglo XX que resulta indispensable para comprender mínimamente la eclosión posterior de las llamadas –probablemente mal llamadas– «editoriales de avanzada (Ediciones Oriente), cuyo objetivo central era la difusión de la literatura y el pensamiento social y revolucionario a finales de los años veinte y en la década de los treinta», en palabras de Martínez Martín, y cuyos protagonistas en muchas ocasiones ya se habían fogueado en labores editoriales o empresariales en estas mismas iniciativas de los primeros años del siglo.

Portadilla (página 5), con el título divergente, al que no le hubiera sobrado un acento.

Una de las claves para ofrecer a un precio asumible por el lector al que iban destinado estos libros es evidente que fue relegar los procesos de preimpresión (la corrección de galeradas, en particular) a un lugar muy secundario si no inexistente (y agravado además por una premura en el proceso que era más propia de la prensa que de la edición de libros), y de ahí las erratas y transposiciones de renglones de los que Santonja ofrece algunos ejemplos jugosos en este pequeño volumen. El riesgo cultural que estaban asumiendo alegremente esta serie de editores emprendedores, que Santonja no comenta ni el objetivo de su libro propicia, era acostumbrar a los nuevos lectores que indudablemente estaban haciendo aparecer este tipo de iniciativas a un tipo de ediciones adocenadas en las que tenía más importancia la elección de un título y unas ilustraciones llamativos que la corrección o incluso la legibilidad del texto. Y todo por la causa.

Dedicatoria, a José Esteban, que como inapropiadamente indica el folio corresponde a la página 7.

Es evidente, para desgracia del lector de nuestros días, que esa es una tradición editorial que en España sigue contando con entusiastas epígonos (aunque sus «causas» son muy distintas), si bien a veces se parapetan tras la coartada del más glamuroso adjetivo «independientes».

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Fuentes adicionales

AA.VV., Monteagudo, núm. 12 (2007), monográfco dedicado al centenario de El Cuento Semanal.

Fernández Menéndez, Raquel (2015). «Semblanza de Gregorio Pueyo (1860-1913)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Manuel Martínez Arnaldos, Jesús A. Martínez Martín, «La edición moderna», en Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 167-206.

Rivalan Guégo, Christine (2015). «Semblanza de Ramón Sopena López (1869- 1932)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED.

 

Salvador Espriu, editor

En su estudio de la vida y la obra de quien sin duda fue el mejor amigo de juventud del escritor Salvador Espriu (1913-1985), Roberto Mosquera cita tres fragmentos de su epistolario que permiten atisbar algunos aspectos del funcionamiento de la colección que, junto con algunos compañeros de universidad, puso en marcha Espriu.

Salvador Espriu.

En el último número de 1934, la revista Mirador hacía balance de lo que había sido el año literario y anunciaba ya la aparición de esta iniciativa, destinada a dar a conocer a la nueva promoción de jóvenes escritores que estaba gestándose en los aledaños de la Universitat de Barcelona, mencionando específicamente la próxima aparición de novela breve de Espriu Miratge a Citerea y explicando que se sostendría económicamente mediante un sistema de suscripción. La publicación del pequeño y distinguido volumen de poemas El veler de Ignacio Agustí (1913-1974), que había empleado este mismo sistema, probablemente les había servido de banco de pruebas, así que se intentó aplicar a una colección que en principio estaba abierta a todos los géneros literarios y en cuyo nombre convivían las resonancias de la cultura clásica con el acrónimo de Les Edicions D´Ara (las ediciones de ahora), así como el título de un poema reciente de Rosselló-Pòrcel (1913-1938). Muy poco después, el 18 de enero de 1935, aparece una nota en la cuarta página del periódico La Publicitat en que se presenta de nuevo esta colección, no vinculada a ninguna editorial y en la que, con Espriu a la cabeza, participan también Ignasi Agustí, Joan Teixidor (1913-1992), Bartomeu Rosselló-Pòrcel  y Tomàs Lamarca.

Joan Teixidor (1913-1992)

Joan Teixidor (1913-1992)

En Rosselló-Pòrcel. Vida y poesía, Mosquera reproduce el siguiente fragmento de una carta del poeta mallorquín fechada el 22 de julio de 1935, que sin duda es respuesta a una anterior de Espriu:

Y segundo, pasemos a LEDA. Todo lo que me cuentas me parece muy juicioso y lo apruebo in totum y por escrito, si es que hacía falta, porque ya sabes hasta qué punto estoy de tu parte. De mi propuesta, vista tu intención de publicar dos libros al año, y teniendo en cuenta nuestra lamentable situación administrativa, olvídalo. Se trataba de un proyecto para este mismo verano.

A falta de la carta previa de Espriu, Mosquera deduce con buen criterio que muy probablemente Espriu había puesto a disposición de Rosselló-Pòrcel la colección para que diera a conocer su nueva obra, pero no podrían publicarla hasta el año siguiente (1936), puesto que en ese momento, además de la novela breve del propio Espriu, acababa de salir también la pieza teatral de Agustí Benaventurats els lladres, y el sistema de financiación elegido no debía de dar para muchas alegrías.

Benaventurats els lladre, de Ignasi Agustí.

Benaventurats els lladre, de Ignasi Agustí.

En otra carta del mes siguiente (1 agosto de 1935), Rosselló-Pòrcel proporciona información adicional y se refiere a esa aparición de la obra de Agustí:

De LEDA, no se hable más. Eres el amo. Haz lo que quieras. ¡Ojo!, si hay dinero. Dime en qué situación estamos, porque quizá te haría una propuesta. De los otros qué podría decirte que no fuera repetirme. Tú mismo abrevias el capítulo, así que yo te sigo. Espero los lladres benaventurats.

Pero más interesante que esta alusión es el postscriptum a esta misma carta escrita desde Mallorca, que permite constatar la intención de Espriu de ampliar el sistema de distribución, o acaso buscar salida a libros impresos y no vendidos, mediante un sistema de goteo a librerías que estuvieran en disposición de quedarse en depósito ejemplares, contando quizá con que del transporte de los ejemplares se ocuparan los propios miembros del grupo, pues de otro modo no podía ser en ningún caso rentable: «De ledas no venderíamos muchos por aquí. Manda algunos a la Librería Escolar. Plaza Cort. Es la mejor y vende los Quaderns Literaris.»

Letizia en los míticos Quaderns Literaris de Janés.

Letizia, otra de las obras de Espriu, en los míticos Quaderns Literaris de Janés.

Este último pasaje permite aventurar que quizá en algún sentido uno de los modelos de este grupo de escritores metidos a editores fueran los Quaderns Literaris de Josep Janés i Olivé (1913-1959), que en realidad ni en presentación (mucho más modesta), ni en catálogo (mucho más abierto) ni en distribución (mucho más profesionalizada) se parecía en nada a LEDA, si bien muy pronto empezó a acoger tanto obra propia como traducciones de este grupo de escritores, hasta el punto que sabemos que el 21 de julio de 1934 Espriu ya había revisado pruebas de la reedición en los Quaderns janesianos de su obra Laia (cuya primera edición es del año anterior) y, a decir de la estudiosa de Espriu Rosa Delors, «Con Josep Janés, Espriu entra en la nómina de los escritores del momento».

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Josep Janés i Olivé.

Con estos breves pasajes del epistolario basta para ver hasta qué punto Espriu llevaba las riendas de este proyecto más o menos colectivo, que no tardó en fracasar estrepitosamente. Pese a lo esmerado de las ediciones, de las tiradas numeradas y firmadas impresas sobre papel especial, etcétera, lo más probable es que el sistema de suscripción no fuera sostenible, y que para los autores implicados publicar en LEDA fuera poco menos que autofinanciarse la edición, algo que no todos los implicados en esta aventura podían permitirse con la misma despreocupación con que sí podía hacerlo Espriu, cuyas primeras ediciones (Israel, El doctor Rip, Laia y Aspectes) corrieron a cargo de su padre, si bien en algunos casos se hizo cargo de la distribución la Llibreria Catalònia de Antoni López Llausàs. Rosselló-Pòrcel, por ejemplo, estaba viviendo en la Residencia de Estudiantes y cursando estudios en la Universitat de Barcelona gracias a una beca, y Agustí estaba también solo en Barcelona porque su familia, a raíz del descalabro del negocio paterno, se había trasladado a Madrid, así que en principio el sistema de las suscripciones podía parecer muy oportuno. El problema es que, siendo el público potencial el grupo de estudiantes y profesores amigos, pese a la difusión de la obra que pudieran llevar a cabo en las plataformas periodísticas a las que estaban vinculados algunos de estos posibles suscriptores (Guillermo Díaz-Plaja, Teixidor, Agustí, etc.), difícilmente el proyecto tenía posibilidades de crecer y establecerse como negocio. Por ello, es muy lógico que, cuando estos jóvenes escritores empezaron a entrar en tratos con editoriales bien dirigidas, abandonaran este proyecto. No deja de ser también significativo que los autores hayan postergado estas obras iniciales al olvido, e incluso en el caso de Espriu dejó constancia de los defectos en la edición de estas obras, muy resultonas como objetos pero con más errores de los aceptables en una edición profesional. Escribía en el volumen de sus obras completas acerca de El doctor Rip:

No sabía apenas nada del catalán gramatical. No lo había aprendido porque nadie, durante la dictadura de Primo de Rivera, nos lo había enseñado […] La venta, a tres pesetas el ejemplar –un precio no precisamente barato–, y la distribución en la Llibreria Catalònia, salió el año 1931 […] Además de tratarse de un error en esencia, está llena de descuidos, de errores de lenguaje, a pesar del anónimo corrector de pruebas, que no fue muy escrupuloso.

Ignacio Agustí (1913-1974).

Ignasi Agustí.

Por supuesto, no faltó quien se cebara en esos errores e incluso los especificara en el momento de escribir las primeras reseñas a este estreno de Espriu en el panorama de las letras catalanas.

A veces, echando la vista atrás en la historia editorial uno se encuentra con situaciones e iniciativas que resultan muy actuales. Sólo que ahora empleamos términos como «crowdfunding», «indy» y «autoedición» y así parecen más novedosas.

 

Fuentes:

Rosa M. Delors i Muns, Salvador Espriu. Els anys d´aprenentatge, 1929-1943, Barcelona, Edicions 62 (Estudis i Documents 47), 1993.

Salvador Espriu, Obres completes 3 (Narrativa 1), edición a cargo de Francesc Vallverdú, Barcelona, Edicions 62, 1986.

Roberto Mosquera, Rosselló-Pòrcel. Vida i poesía, Palma de Mallorca, Documenta Balear (Menjavents 111), 2013.

Tanto de la revista Mirador como del periódico La Publicitat publicados en los años treinta puede accederse a una edición digitalizada en ARCA.

Los libros buenos de Camilo José Cela

98448-foto_17508_casEstablecer cuándo se produce primera relación de Camilo José Cela (1916-2002) con lo que se conoce como “bellas ediciones” es realmente difícil, pues ya en sus colaboraciones en el periódico del Movimiento Arriba había escrito sobre la materia, pero la primera importante es muy probable que sea a raíz de su relación con el editor catalán Carlos F[rancisco] Maristany Mathieu (1913-1957), quien a mediados de la década de 1940 creó una editorial de azarosa vida destinada a obras muy cuidadas que se estrenó con una edición numerada de 450 ejemplares numerados (33 de ellos firmados) del poemario de Cela Pisando la dudosa luz del día (1945), encuadernado en rústica pero acompañado de una carpeta ilustrada, al que seguiría ese mismo año una del Cervantes de Sebastià Juan Arbó (1902-1984), con cuarenta fotografías de Gabriel Casas (1892-1973). A estas ediciones iniciales seguirían otras de Huizinga (Erasmo, 1946), la de La familia de Pascual Duarte (1946) y de varias obras del ilustrador y padre de los pop-ups Julian Wehr (La cenicienta, 1947; a la que seguirían otras versiones del mismo artista de cuentos infantiles con ilustraciones móviles), antes de tener que cerrar por insalvables problemas económicos, en cuya resolución Cela intentó echar un cable –sin éxito– poniendo a Maristany en contacto con quienes pensaba que pudieran ofrecerle apoyo financiero. La década de los cuarenta es una etapa de auge de las ediciones de bibliófilo en España, e incluso de las bellas ediciones destinadas al comercio regular, y Cela forma parte del numeroso grupo de escritores que, como José M. Pemán o Eugeni d´Ors, contribuyeron de modo importante a su divulgación de los conocimientos necesarios para evaluar, valorar y apreciar adecuadamente las ediciones.

La edición de Ediciones del Zodíaco del Pacual Duarte [sic] incluye en el frontis un retrato del autor.

Vale la pena citar lo que al respecto escribe Germán Masid Valiñas:

Hay un aspecto importante en el Cela editor, y es la renovación introducida en el lenguaje empleado en la descripción de sus ediciones. Liberó la terminología descriptiva de ciertos arcaísmos y estereotipos que venían utilizándose. Además, debió de estar muy bien asesorado por los técnicos, a juzgar por el rigor con que lleva a cabo sus descripciones en las justificaciones de la tirada, que son características de quien conocía los fundamentos de las técnicas de edición e impresión.

Antonio Rodríguez Moñino.

Tan satisfecho quedó Cela con la edición de sus “poemas de una adolescencia cruel”, que cuando se le ocurrió hacer una edición de bibliófilo, en tirada limitada y numerada de La Colmena para obtener de ese modo autorización de la censura para poder publicar esa obra, se puso en contacto con Maristany, y pese al fracaso de ese intento, volvió a recurrir a él para una edición del Pascual Duarte prologada por Gregorio Marañón y se puede conjeturar que, de no ser por la desaparición de Ediciones del Zodíaco, quizás hubiera publicado también Maristany El coleccionista de apodos, que se imprimió en las madrileñas Gráficas Uguina, antes de incorporar ese breve texto (28 pp.) a El Gallego y su cuadrilla.

De pocos años después son las primeras colaboraciones de Cela en la revista que sobre bibliofilia dirigía el erudito Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970) para la editorial Castalia (Bibliofilia, 1949-1957). A modo de sugerencia: acaso no sería mala idea, en algún momento, recopilar, editar debidamente y publicar esos textos dispersos de Cela sobre libros y bibliofilia, ¿o existe ya tal obra y pasó inadvertida?

De 1952 es la edición mínima (55 ejemplares) de Del Miño al Bidasoa con ilustraciones de Teodoro Miciano, de la que se ocupó la Editorial Noguer, que dos años después haría una tirada aún más reducida (15 ejemplares en papel Guarro, firmados por el autor), de Historias de Venezuela. La Cátira (Novela).

De izquierda a derecha: Cela, Tristan Tzara y Jaume Pla.

Sin embargo, es a partir del momento en que en 1954 se traslada a Mallorca cuando Cela impulsará, a menudo con la inestimable colaboración del editor y artista Jaume Pla, algunas ediciones importantes. Allí, ya en 1956 publica por ejemplo 400 ejemplares numerados y firmados por el autor (más otros 50 de I a L) de la traducción al catalán de Miquel M. Serra Pastor de La familia de Pasqual Duarte, con prólogo de Llorenç Villalonga, gracias a la buena labor de la Imprenta Atlante. Pero será sobre todo a través de las Ediciones de Papeles de Son Armadans (creadas a rebufo de la repercusión y éxito de la revista homónima) y de algunas colecciones de Alfaguara, y sobre todo ya en la década siguiente, cuando Cela se prodigará en el ámbito de las bellas ediciones.

Tal vez una de sus ediciones más famosas sea la que, coincidiendo con una corriente en la editorial Destino, llevaron a cabo en gran formato (38 x 26,5) Cela y Pla del Viaje a la Alcarria en la colección Las Botas de Siete Leguas (de las Ediciones de Papeles de Son Armadans) en 1958, que además de un mapa de la Acarria en el frontis contiene 12 puntas de Pla integradas en el texto y un buen número de xilografías. Se tiraron 126 ejemplares, todos ellos firmados por el autor y por el ilustrador, presentados en caja editorial en arpillera. En la Biblioteca de Catalunya se conservan hasta 89 documentos relacionados con el proyecto de encuadernación de esta obra realizados por el ilustre encuadernador Santiago Brugalla i Aurignac (n. 1929). Germán Masid describe este libro como “una de las mejores ediciones en que intervino Jaume Pla; desde el punto de vista técnico es una prolongación del estilo adoptado en todas las ediciones de la Rosa Vera”.

Emili y Santiago Brugalla.

Emili y Santiago Brugalla.

Por esas mismas fechas Pla intentó convencer a Cela para que creara una serie de textos para un proyecto sobre Castilla que finalmente culminó el otro gran prosista de la lengua española del momento, Miguel Delibes, y que se publicó en Edicions de la Rosa Vera con prólogo de Pedro Laín Entralgo. Pero por entonces el escritor gallego estaba a punto de poner en marcha un ambicioso proyecto muy bien estructurado para publicar bellas ediciones en el ámbito de las Ediciones de Papeles de Son Armadans.

Más suerte tuvo en cambio Pla con la propuesta a Cela de que escribiera un conjunto de textos narrativos breves para una serie de dibujos a la cera que había puesto a su disposición Pablo Ruiz Picasso (1881-1972). El texto se compuso a mano, con letras de monotipias fundidas especialmente para la ocasión, y se compuso con el esmero necesario para evitar tanto la partición de palabras a final de línea como las líneas viudas (la última de un párrafo a principio de página) o huérfanas (la primera de un párrafo a final de página), y con una esmerada reproducción de los colores que cabe atribuir al propio Jaume Pla.

De este cúmulo de experiencias surgirían una serie de colecciones, “las Juanes”, definidas sobre todo por géneros y estrechamente asociadas a la revista:

-Juan Ruiz (poesía), que arrancó con Paisaje con figuras (1956) por el que Gerardo Diego obtendría el Premio Nacional de Literatura,y publicó también Signos del Sur (1962), de Emilio Prados (coincidiendo con su muerte).

-Joan Roiç de Corella (poesía catalana), una colección frustrada por falta de suscriptores que debía estrenarse con Comèdia, de Blai Bonet, y en la que estaban proyectadas ediciones de Gàrgola, el vent, Tirèsies, de Salvador Espriu; Lletres d´un viatge y El cop a la terra, de Joan Perucho, y obras de Joan Vinyoli, J.V. Foix, Carles Riba, Jaume Fuster, Jordi Sarsanedas y Joan Teixidor.

-Juan Rodríguez (poesía gallega), al parecer, también nonata.

-Juan del Encina (teatro), que se estrena con Un hombre ejemplar (drama en dos actos, dividos en dos cuadros), de Fernando Lázaro Carreter.

-Joan Timoneda (relatos), que inicia su camino publicando a Manuel Blanco González Tu mundo propio (1962) y a continuación a María Josefa Canellada La verdadera historia de Montesín (1972)

-Juan Lanas (ilustraciones), donde aparecen los cien ejemplares de los grabados de Joan Todó con el título Los oficios del mesón (1961).

-Juan de Juanes (obra gráfica de pintores de primera fila como Picasso o Joan Miró).

-Príncipe don Juan Manuel (ediciones ilustradas de obras del propio Cela), como Los solitarios y los sueños de Quesada (1963), en formato apaisado (45 x 35) con textos de Cela y láminas del pintor Rafael Zabaleta (1907-1960), de la que se hizo una edición de 299 ejemplares en papel Guarro, o la Gavilla de fábulas sin amor (1962) ilustrada por Picasso y de la que se hizo una tirada más larga (2000 ejemplares).

Aun así, mayores ambiciones bibliográficas tendrían las colecciones celianas Museo Secreto y Puerto seguro, destinadas a divulgar el libro bellamente editado entre el los lectores no particularmente inclinados a él, y en especial las colecciones Amans Amens y El Gallo de la Torre, ya en la etapa madrileña y estrechamente vinculadas a Alfaguara.

235f2-celajoven

Camilo José Cela.

Fuentes:

Web de la revista Papeles de Son Armadans.

Fernando Huarte Morton, «Camilo José Cela, bibliófilo y editor», Actas de la VIII Escuela de Verano del CREPA, Madrid, Comunidad de Madrid, 2006, pp. 45-56.

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