Joan Senent Anaya y la cultura del libro en Valencia

La primera sede de la que probablemente sea la librería más importante de Valencia, Tres i Quatre, estuvo en la planta baja del número 7 de la calle Pérez Bayer, que hasta entonces había sido una autoescuela propiedad de la familia del abogado Joan Senent Anaya (1916-1975). El padre de éste, Joan Senent Ibáñez, natural de Massarrojos y conocido popularmente como Tio Roig el Fariner, además de notable arqueólogo había sido pionero en la edición de manuales de circulación ‒la primera edición del exitosísimo El examen de conductor. Carmet de chofer, escrito y editado por él mismo bajo el sello Senent, data de 1946‒, así como en la docencia de las técnicas de chófer. También Senent Anaya aparece como autor de la actualización de alguno de estos libros. Por si fuera poco, su tío, el activista cultural y empresario Nicolau Primitiu (1877-1971), también estaba estrechamente vinculado al mundo de los libros, no sólo como coleccionista sino también como fundador de la revista bilingüe Sicània (1954-1959) y de la editorial homónima. Y habría que establecer si existe parentesco con Miguel Senent, el Cojo Senent, que con el escritor Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fundó en 1893 la efímera empresa editorial La Propaganda Democrática.

Se da la circunstancia de que Senent Anaya ya había cedido antes locales a comercios libreros: la Can Boïls (la primera librería valencianista de la postguerra), gestada en el seno de la asociación Lo Rat Penat (por Lluís Aracil, Josep Lluís Carrión y Emili Boïls) y fundada en 1962, y poco después de que ésta cerrara (en 1965), la también valencianista Concret Llibres, impulsada por Valerià Miralles, Alfons Cucó y Tomàs Llorens, abierta en 1967 y objeto desde el primer momento de la vigilancia, el acoso y de diversas multas por parte de secuaces del Ministerio de Información y Turismo (a cuyo frente se encontraba por entonces Manuel Fraga).

En diciembre de ese mismo 1967, Senent Anaya y su hijo Joan Senent Moreno figuran entre los creadores de la sociedad civil Tres i Quatre, junto con Joan Fuster, Rosa Raga y Eliseu Climent, una de cuyas primeras iniciativas será la apertura de la mencionada librería homónima.

Joan Senent Anaya.

Antes, ese mismo año, había aparecido con sello de Senent la novela de Maria Beneyto (1925-2011) La dona forta, precedida de un prólogo del prestigioso filólogo e historiador Manuel Sanchís Guarner (1911-1981) y galardonada con el entonces aún recientemente instituido Premi Joan Senent de narrativa.

El 25 de febrero de 1968, Senent Anaya registra una solicitud de autorización para una iniciativa de enorme trascendencia, que el 19 de diciembre es aprobada. Así, el 1 de junio de 1969 empieza a aparecer el boletín bibliográfico inicialmente bimestral Gorg, que incluía resúmenes y fragmentos de obras publicadas en lengua catalana, a menudo acompañadas de breves biografías de sus autores. Era un modo de dar a conocer en Valencia una producción bibliográfica muy mayoritariamente generada en Cataluña a un conjunto de lectores potenciales que empezaba muy tímidamente a crecer. Tal como lo cuenta Senent Moreno, traducido:

…aprovechando el fin de la pena de prisión de Enric Valor [(1911-2000)] con la que el franquismo lo reprimió […] y durante la cual mi padre, valiéndose de su condición de abogado para entrar libremente en la cárcel, iba a visitarlo todas las semanas. Cuando Valor salió de prisión le proporcionó una actividad y un medio de subsistencia, ya que le habían confiscado todos sus bienes, la cuantía de los cuales ignoro, y fue así como nació Gorg. En un rincón al fondo del local del negocio familiar, en la gestoría de la calle Colom, entre los dos hacían la revista.

La eficacia de lo que en origen era un simple boletín bibliográfico, puramente informativo, estriba entre otras cosas en la labor altruista de Senent, quien, según cuenta el mismo Enric Valor, «regaló por todo el País Valenciano, a entidades culturales, colegios, bibliotecas e incluso a peluquerías y tiendas importantes», los ejemplares de los dos primeros números. Con todo, esta revista de casi una cincuentena de páginas se distribuía a un precio de 10 pesetas sobre todo en quioscos y librerías, tanto en el País Valenciano como en Cataluña y las islas Baleares, además de contar con numerosos suscritores, lo que permitió hacer tiradas de hasta ocho mil ejemplares.

Si bien de la vertiente organizativa y de buena parte de los textos se ocuparon Senent Anaya y Valor, lo cierto es que contaron también con la colaboración del corresponsal en Valencia de Serra d’Or, Oriflama y La Vanguardia, Josep Maria Soriano, y con una pléyade de excelentes colaboradores entre los que destacan el filósofo y escritor Josep Maria Capdevila (1892-1972), el escritor y activista Gonçal Castelló (1912-2003), el poeta y traductor mallorquín Josep M. Llompart (1925-1993), el historiador Alfons Cucó (1941-2002), el considerado padre de la sociolingüística catalana Rafael Ninyoles (1943-2019), el entonces joven dramaturgo y traductor Rodolf Sirera (n.1948) y el célebre y muy influyente ensayista y editor Juan Fuster (1922-1992), al margen de que en Gorg se publicaron fragmentos de obras firmadas por escritores de primer orden como Pere Calders (1912-1994) o Jean Paul Sartre (1905-1980), entre otros muchos, que contribuían a suscitar debate intelectual en esas tierras. Progresivamente, estas notas informativas fueron creciendo y las páginas de Gorg acogieron tanto breves ensayos o críticas como pequeñas polémicas, siempre de tema literario, así como crónicas, reportajes y entrevistas; sin embargo, lo que aumentó también de un modo notable el interés de la revista fueron las cartas al director, que vehiculaban algunas de las preocupaciones de los lectores y generaban ciertos debates culturales con inevitables connotaciones políticas.

En el ámbito visual las iniciativas vinculadas a Gorg contaron con la colaboración del empuje renovador y vanguardista que representaban el Equip Crònica, compuesto por Juan Antonio Toledo, Rafael Solbes y Manolo Valdés, así como el escultor Andreu Alfaro (muy vinculado también a las ediciones de Tres i Quatre).

Acaso como consecuencia del éxito y el crecimiento del proyecto, a principios de la década de 1970 Gorg acabó por topar de frente con la censura, que decidió cerrarla con el pretexto de que estaba excediendo el contenido para el cual había obtenido autorización, precisamente cuando Senent solicitó autorización para convertir Gorg en una revista cultural. Senent Anaya se presentó al combate, y el 5 de febrero de 1972 presenta alegaciones ante el Ministerio de Información y Turismo, que nunca hasta entonces había hecho ninguna advertencia al respecto; como a nadie sorprendería, el MIT rechazó las alegaciones y canceló su número en el Registro de Empresas Periodísticas. A esas alturas, Senent no se arredra y pide entonces un recurso de alzada ante el Consejo de Ministros, que en julio de 1972 ratificó la suspensión. Ni así se rindió el combativo mecenas y agitador cultural, que en diciembre de 1972 aún presentó recurso ante el Tribunal Supremo. La cosa iba para largo, y mientras, hasta abril de 1972 la revista había seguido publicándose.

Luego, Senent cedió el nombre a Gonçal Castelló y le proporcionó además un espacio en lo que hoy es el passeig de Russafa (donde estaba también la distribuidora El Molinet), y Castelló creó Els Quaderns Gorg, una serie de revistas monográficas que eran casi libros colectivos (un poco al estilo de lo que fue, para esquivar la censura, la revista Critèrion), el primero de cuyos números se tituló Estimem la nostra lengua (1973), con un prólogo de Castelló y dos textos, uno de Manuel Sanchis Guarner y el otro de Josep Melià.

Llegaron a publicarse once números, entre los cuales la traducción de Enric Valor de L’ingenu (1974), de Voltaire, con un prólogo del periodista cultural Rafael Ventura Melià (1948-2020) y único número de la colección La Ploma, la obra teatral L’ombra de l’escorpí (1974), que Maria Aurèlia Capmany escribió por encargo del Grup d’Estudis Teatrals d’Horta, uno colectivo sobre Les Falles (1974) en el que colaboraron Sanchis Guarner, Rodolf Sirera, Joan Fuster, Vicent Andrés Estellés (1924-1993), y en cuya portada lucía un fotomontaje de Josep Renau (1907-1982), Nova frontera económica (País Valencià 1974), con textos de Joan Fuster Màrius Garcia Bonafé y Ernest Lluch, entre otros, y Homenatge a la imprenta valenciana 1474-1974, en el que escriben Pere Bohigas, Josep Perarnau y Joan Fuster.

Es más, en esos años empiezan también a aparecer libros con el sello Editorial Gorg; Millorem el llenguatge (1971), que recogía el título de una sección de la revista, de Enric Valor; Viure a Madrid. Cròniques des de l’altiplà (1973), de Gonçal Castelló; Els quaderns d’ Emili Coniller. Diari 1958-1960 (1973), de Emili Boïls; Curso medio de gramática catalana, referida especialmente al País Valenciano (1973), de Valor, de quien se inicia la publicación además de la Obra literaria completa, con dos volúmenes (1975 y 1976), de más de cuatrocientas páginas y con textos preliminares de Sanchis Guarner, Ninyoles y Neus Oilag.

Resulta muy significativa la solicitud que en diciembre de 1973 cursa el fiscal del Estado en la que insta al Tribunal Supremo a dictar sentencia sobre Gorg cuanto antes, porque ésta expresa: «un radicalismo separatista que constituye un claro ataque a los principios que muestran toda la savia sociológica del régimen vigente». Con todo, el Supremo no avaló el cierre de la revista hasta el 15 de marzo de 1975; apenas tuvo tiempo de disfrutar de ello Senent Anaya, que murió el 22 de diciembre de 1975, solo un mes después que el dictador.

Póstumamente, con sello de Gorg, se publicó su muy elocuente libro En defensa del regionalismo (Proceso a la revista “Gorg”), 1976.

Fuentes:

Índices de la revista Gorg:

Santi Cortés, El compromís amb la cultura. La història de Tres i Quatre, València, Edicions 3i4 (La Unitat 205), 2014.

Francesc Martínez Sanchis, Premsa valencianista. Repressió, resistencia cultural i represa democrática (1958-1987), prólogo de Joan Manuel Tresserras, Universitat de València (Aldea Global 36), 2017.

Joan Josep Senent i Moreno, «Gonçal Castelló i Gorg», en Àngel Velasco y Vicent Terol i Calabuig, eds., El món de Gonçal Castelló, Gandia, Centre d’Estudis i Investigacions Comarcals Alfons el Vell, 2013, pp. 32-38.

Fútbol, libros y propaganda nazi en España

Si por algún motivo ha pasado a la historia el seudónimo Juan Deportista es por habérsele atribuido la creación del epíteto «furia española» para referirse a la selección nacional española de fútbol. Sin embargo, quizá más interesantes fueron sus vinculaciones a proyectos editoriales nazis.

Juan Deportista, con Spectator, fue uno de los seudónimos más conocidos del periodista deportivo Juan Alberto Martín Fernández (1898-1961), quien empezó a despuntar escribiendo sobre fútbol en Los Deportes, de Bilbao desde 1916, y ya en 1923 dirigía la revista Aire Libre, una cabecera del grupo Prensa Gráfica (Nuevo Mundo, Mundo Gráfico, La esfera, La Novela Semanal, Elegancias…), que se publicó entre 1923 y 1925. En esa década Martín Fernández colabora en Gran Vida, La Jornada Deportiva, Campeón, El Día, España Sportiva, Nuevo Mundo, La Opinión, La Moda Elegante y La Nación, pero alcanza mayor fama cuando en 1927 se incorpora a la sección de deportes del periódico Abc.

Su exitoso libro La furia española. De las Olimpiadas de Amberes a las de París es un poco anterior, de 1925, y lo publicó como Juan Deportista en Renacimiento. Al finalizar la década, estando ya en Abc, aprovechó que el término había triunfado para publicar La vieja furia. Una brillante temporada de futbol internacional (1929), en este caso en una empresa muy vinculada al Real Madrid en la que vale la pena detenerse, Chulilla y Ángel.

El futbolista del Gimnástica, el Iberia y luego, entre 1905 y 1913, el Madrid F. C. Julio Chulilla y Gazol (1887-1960), uno de los fundadores del Real Madrid, se había iniciado como empresario con la creación de la Tipografía Hispana (en c/ Pelayo, 46), conocida en ciertos círculos por ocuparse desde 1919 de la revista Madrid Sport (1916-1924), después de haber pasado ésta de imprimirse en el Establecimiento Tipográfico de Manuel García y Galo Sáez a hacerlo en la Tipografía Giralda. En 1921 Chulilla unió sus fuerzas con otro histórico socio del Real Madrid, Felipe Ángel Rodríguez, y trasladaron sus talleres al número 17 de la calle Torrecilla del Leal, y también por aquel entonces figuran como director-gerente y administrador de la revista, respectivamente, Chulilla y Ángel.

En otros círculos, sin embargo, Chulilla y Ángel, convertida en poco menos que la imprenta oficial del Real Madrid, quizá sea más recordada por haber impreso en 1931 la primera edición de Fermín Galán: romance de ciego en tres actos, diez episodios y un epílogo (1931), de Rafael Alberti (1902-1999), algunos libros en o relacionados con el esperanto (¿Qué es el esperanto?, El esperanto, lazo de fraternidad universal, Solución al problema de la relación entre los pueblos y Helepanta, de Julio Mangada Rösenon; Mia poezio, de Rafael de San Millán Alonso, Universala Termilogio de la Arkitekturo, de Francisco Azorín Izquierdo…) y, desde 1936, haberse ocupado de imprimir la propaganda y los carteles del partido Izquierda Republicana.

Mientras, el periodista Martín Fernández había hecho famoso también en la prensa el seudónimo Spectator, con el que en 1932 figura sorpresivamente como compilador de la Correspondencia secreta entre [Bernhard Fürts von] Bullow y Guillermo III, traducida por José Campo Moreno (traductor también de Cellini, Stendhal, Romain Rolland y Maeterlinck) y publicada por la editorial Aguilar. Y seguía en Abc, cuya sección de deportes llegaría a dirigir.

Durante la guerra civil española (1936-1939) el nombre de Spectator (en algunas ocasiones españolizado a Espectador) cobró notoriedad como reportero de guerra, además de en Abc, en el periódico falangista zaragozano Imperio y en el «Diario Nacional-sindicalista» Águilas (cubrió el frente de Madrid, la batalla de Teruel y la ocupación de Barcelona), pero tuvo también tiempo de colaborar como Juan Deportista en la esmerada revista falangista Vértice que dirigía Manuel Halcón en San Sebastián, en el diario deportivo del Movimiento, Marca (creado también en San Sebastián y dirigido por Manuel Fernández-Cuesta) y de publicar en la histórica y ya por entonces muy ultraderechista Casa Santarén de Valladolid un libro tremendamente anticomunista firmado como Juan Deportista que, sin que quede muy claro el motivo, se publicó con dos títulos: Los rojos (1938) y Los rojillos (1938);   

La amistad de preguerra quizás explique que Spectator aparezca como prologuista de las memorias de quien fuera uno de los puntales de la creación del Real Madrid, Heliodoro Ruiz Arias, que en 1939 publicó en la capital española Treinta y dos meses y once días con los rojos bajo el muy misterioso sello de Creaciones Elerre (que no parece que publicara nada más), así como la segunda edición de la novela de Enrique Noguera La mascarada trágica, aparecida en Zaragoza en Gráficas Uriarte (conocidas por haber impreso para la falangista Editorial Jerarquía el Poema de la Bestia y el Ángel de Pemán con láminas de Carlos Sáez de Tejada).

Y todos estos antecedentes hacen menos sorprendente que el muy versátil Martín Fernández colaborara en la posguerra con una editorial al servicio de la propaganda nazi. Ya en 1939 se publica con sello de Rudolf Kadner, librero residente en Ávila y activo asesor de la embajada nazi, Lo que nos enseña la campaña de Polonia. Parte oficial de guerra, con prólogo de Spectator, al que seguirá poco después ¡¡¡Paracaidistas!!! (¿1940?), que, citando pasajes del prólogo, Marco da Costa describe como «un breve folleto laudatorio de los paracaidistas del Tercer Reich durante las campañas en Polonia (“un ensayo magnífico”), Noruega (“desempeñando misiones esenciales”) Holanda y Bélgica, “donde la acción se mostró más activa (…), más resuelta y más feliz en resultados fructíferos”». Lo publicó una editorial que tiene miga, Blass, a la que Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío dedicaron un detallado y jugoso estudio.

En el origen de Blass se encuentra el tipógrafo alemán establecido en 1899 en Madrid al ser contratado por Abc Joseph Blass Mayer (1873-1957). Cuatro años después de su llegada, en 1903, Blass Mayer abandonó el periódico para crear su propia empresa, que fue escenario de hasta tres huelgas entre 1909 y 1931 y él mismo fue incluso objeto de un intento de asesinato, debidos al parecer a los bajos salarios y a los despidos masivos. Al término de la guerra ‒durante la que dos de sus hijos estuvieron presos por quintacolumnistas hasta que fueron canjeados por intercesión de la diplomacia alemana‒, se convirtió en el principal editor de la propaganda nazi de la embajada, a veces poniendo su sello a lo que le encargaba el Deutsche Informationsstelle.

También de 1940 son La guerra en Polonia. Resumen de las operaciones alemanas en territorio polaco, un folleto de 32 páginas publicado con el sello de Chulilla y Ángel, y el virulento Alas germanas sobre Europa, si bien la censura ‒¡la censura franquista!‒ retuvo su circulación, acaso por razones diplomáticas, hasta 1941. Con ellos Martín Fernández se mostraba como una de las plumas más útiles para la propaganda nazi en España durante la segunda guerra mundial.

Es bien conocido el caso, por ejemplo, del propagandista nazi alemán Julius Streicher (de Der Stürmer), al que en los juicios de Núremberg el Tribunal Internacional condenó a muerte y fue ejecutado en octubre de 1946. A Martín Fernández, en cambio, estas actividades le granjearon el favor de un Estado que, al no haber sido liberado de un régimen dictatorial por los Aliados, en este terreno tomaba sus propias iniciativas.

Al margen de en la prensa, en 1947 el nombre de Juan Deportista reaparece como traductor de las memorias del árbitro de fútbol John Langenus, Silbando por el mundo o Recuerdos e impresiones de viajes, publicado en Madrid por Ediciones Verdad, y unos años más tarde como autor de La verdad sobre Río (diario de un testigo), en el que recrea, con profusión de ilustraciones fotográficas, el Mundial de Fútbol de 1950 ‒el que ganó el Uruguay de Varela (El Negro Jefe), Máspoli, Rodríguez Andrade, Ghiggia y Pepe Schiaffino‒ que va precedido por un prólogo de Manuel Valdés Larrañaga, quien por entonces era nada menos que el presidente de la Real Federación Española de Fútbol.

Alberto Martín Fernández.

En los años cincuenta Martín Fernández pasó del Abc a Madrid, periódico fundado por el furibundo nazi y antisemita Juan Pujol Martínez (1883-1967), simultaneando este empleo con colaboraciones bastante regulares en el no menos institucionalizado Marca. No es de extrañar que, a diferencia de sus colegas alemanes, Martín Fernández acabara como jefe de Prensa y Propaganda de la Delegación Nacional de Deportes de Falange Española y de las J.O.N.S. Murió en 1961.

Fuentes:

AA. VV., Frente y retaguardia. Visiones de la guerra civil (1936-1939, Universidad de Castilla- La Mancha, 2006.

Isabel Bernal Martínez, «Libros, bibliotecas y propaganda nazi en el primer franquismo: las exposiciones del libro alemán», Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007).

Isabel Bernal Martínez, «La Buchpropaganda nazi en el primer franquismo a través

de la política de donaciones bibliográficas (1938-1939)», Ayer, núm. 78 (2010), pp. 195-232.

Marco da Costa, «Dos caminos paralelos en el deporte y en la guerra: la trayectoria ideológica de los periodistas Jacinto Miquelarena y Alberto Martín Fernandez, Spectator»,  Brocar, núm. 42 (2018), pp. 237-261.

Josep M. Figueres Artigues, «Periodismo de guerra: las crónicas de la guerra civil española», Estudios sobre el Mensaje Periodístico, núm., 11 (2005), pp. 279-291.

Marició Janué Miret, «Relaciones culturales en el «Nuevo orden»: la Alemania nazi y la España de Franco», Hispania, LXXXV/251 (diciembre de 2015), pp. 805-832.

Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío, «Tinta franquista al servicio de Hitler: la editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», RIHC. Revista Internacional de Historia de la Comunicación, núm. 12  (2019), pp. 344-369.

Marta Olivas, «Semblanza de la Casa Editorial Santarén (Valladolid, 1800-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2018).

«Sol, i de dol», de J. V. Foix: un pie de imprenta falso pero verídico

A Margarida Trias, agradecido.

Aún en 2021, una fuente tan consultada como Wikipedia explica, en su entrada sobre el famoso poemario de J.V. Foix (1893-1987) Sol i de dol, que «salió en 1947, aunque con pie de imprenta de 1936 para saltarse la censura», lo que puede llevar, cuando menos, a cierta confusión, porque esa misma idea ha venido repitiéndose en diversos textos divulgativos sobre este libro de Foix. Vaya por delante, sin embargo, que el copyright reza: «L’Amic de les Arts, 1935-1936».

Ciertamente, no es excesivamente raro encontrar ediciones de literatura catalana de los años cuarenta con pies editoriales falsos para eludir a la censura franquista. En algunos casos se indicaban lugares de edición en el extranjero, entre los que el más famoso quizá sea la primera versión de Las elegies de Bierville de Carles Riba (1893-1959) editado en Barcelona, en una tirada muy reducida, y fechada falsamente en Buenos Aires; en otros, se elegían fechas previas a la guerra civil para, llegado el caso, quienes tuvieran un ejemplar lo pudieran hacer pasar por publicado antes de las leyes censoras franquistas (de 1938).

J.V. Foix.

Sin embargo, no fue exactamente ese el caso de Sol, i de dol. Algunos de los setenta sonetos que lo componen aparecen fechados ya en su primera edición (1947) en años tan lejanos como 1913, 1916, entre 1918 y 1923 y 1927 en el breve texto que precede a los poemas titulado «Descàrrec», fechado en octubre de 1936.

Así, pues, no se trata en sentido estricto de un libro creado en 1947 al que se le pusiera una fecha falsa para engañar a la censura franquista, sino que la recopilación de los poemas escritos en la década de 1910 y 1920, o una primera edición (en el sentido de ordenación y corrección de los mismos, no de publicación) se llevó efectivamente a cabo en las inmediaciones de la guerra civil, si bien es cierto que la idea fue transformándose incluso en el período comprendido entre 1938 y 1947.

Se ha mencionado también en ocasiones que en 1936 Foix llegó a corregir pruebas de imprenta, si bien un buen conocedor de la obra del poeta, el editor Jaume Vallcorba, en el prólogo a la edición crítica que preparó de Sol, i de dol (Quaderns Crema, 1985) expresa ciertas reticencias en cuanto a la veracidad de esta afirmación: «Fue publicado en 1947—aunque su pie de imprenta afirme que es de 1936: una argucia para despistar a las autoridades, si bien el poeta siempre afirmó que en 1936 ya estaba impreso, y que fue el inicio de la guerra lo que impidió su difusión [la traducción es mía]».

Es también sabido que las fechas aportadas por Foix a veces deben ser tomadas con prudencia, atendiendo al peculiar argumento que expresó en el texto que antecede Les irreals omegues (1949), titulado «Excuses», en el que explica que «la fecha que acompaña individualmente los poemas suscribe provisionalmente la experiencia de los mismos y no cierra el proceso», lo que sin duda abre explícitamente la puerta a posteriores correcciones o enmiendas.

Con todo, una de las declaraciones más inequívocas respecto a si existieron o no unas pruebas de imprenta de Sol, i de dol se encuentran en un contexto que difícilmente se prestan al engaño o la mixtificación: el intenso e interesantísimo epistolario que Foix mantuvo con el que fuera su cuñado, el librero, editor, traductor y divulgador de la cultura catalana y española Joan Gili i Serra (1907-1998), del que en 2021 la Fundación J. V. Foix publicó una amplísima selección con el título Entre llibres i llibres. Correspondència 1935-1983. Ya en 2017 Joan R. Veny-Mesquida y en 2019 Míriam Ruiz-Ruano habían llamado la atención, por ejemplo, acerca de una carta de Foix a Gili fechada el 23 de noviembre de 1938 (que luego se incluyó en el mencionado libro y de la que traduzco el pasaje):

Es casi seguro que el mes que viene saldrá una compilación mía de sonetos de todas las épocas, en la misma colección que los otros dos [Gertrudis y KRTU, en L’Amic de les Arts] y con la misma presentación tipográfica. Comprende sonetos del año 13, 18, 19, 21, 22, 25 y cuatro o cinco que he escrito para dar unidad al libro. Como el tiraje será limitado, en edición de papel de hilo, numerada y firmada, te ruego que me digas, en el primer correo, los ejemplares que te interesen […] Va ilustrada con dos Obiols, inéditos.

 

Para rematarlo, añade en la misma carta una versión del soneto cuyo primer verso reza «No pas irós, ni trist, si dellà el riu», incorporado luego a la primera sección de Sol, i de dol; y, ciertamente, la edición de 1947 se publicó en L’Amic de les Arts e incluyó una, pero solo una, ilustración de Josep Obiols (volveremos sobre este punto).

De la fecha del «Descàrrec» puede deducirse que el libro quedó listo para entrar en imprenta en 1936 pero que la evolución de la guerra civil retrasó hasta tal punto su impresión y encuadernación que a finales de 1938 aún no se había publicado. De ser así, es evidente que la entrada de las tropas franquistas en Barcelona en enero de 1939 desbarataría por completo cualquier plan en ese sentido.

Joan R. Veny -Mesquida consigna dos modos distintos de divulgar algunos de los sonetos de Sol, i de dol entre 1936 y los primeros años cuarenta, dos de los cuales pueden leerse ahora en el mencionado epistolario: en cartas a Gili del 3 de noviembre de 1938 y en la ya citada del 23 del mismo mes; además, en una lectura clandestina del grupo Amics de la Poesia el 20 de diciembre de 1942, de la que surgió un opúsculo que reproduce seis poemas. Y aun, el mismo año de la publicación, aparecen otros tres sonetos en la Antología de la poesía catalana publicada por José Janés y preparada por Josep Pedreira, si bien firmada por Fernando Gutiérrez (en esta caso, sí para eludir la censura franquista).

En ese utilísimo epistolario con Gili aparece además de nuevo una referencia interesante a Sol, i de dol, en este caso fechada en un día tan señero como el 14 de abril (de 1948); en respuesta a una pregunta de Gili que desconocemos, Foix se muestra muy explícito y apela además a la memoria de su amigo: «No, estimadísimo Joan, el título del libro data de 1936 (¿recuerdas que se había compuesto al principio de la revolución y que Altés no lo pudo tirar porque le ocuparon la editorial?) y el poema data de 1928».

Años más tarde, en una famosa entrevista concedida al poeta Narcís Comadira y publicada en 1985 (cuando Foix contaba noventa y dos años), explica que el libro ya estaba impreso en 1936 y que las pruebas, corregidas, quedaron en la imprenta sin llegar a distribuirse, y que varios años más tarde (traduzco de nuevo): «Altés me llamó un día para decirme que tenía allí las pruebas de Sol, i de dol y decidimos publicarlo. Aún añadí un par de poemas. Pasó el libro y sólo me quitaron una lámina de un desnudo femenino, un dibujo de Obiols, que después se ha publicado en otro libro publicado por Aymà».

El dibujo de Obiols incluido en la primera edición de Sol, i de dol.

Esto resulta un poco extraño y un punto enigmático. Si fuese cierto que el motivo para dejar como fecha del copyright 1935-1936 era simular que se había impreso antes de la guerra y así no tener problemas con la censura, no parece del todo congruente que Foix diga que «pasó el libro» con la única salvedad de la imagen de un desnudo femenino. Lo cierto es que a partir de 1946 empezaron a concederse algunos permisos para publicar algunos libros en catalán, si se trataba de ediciones destinadas a públicos reducidos, ya fueran filólogos especializados o biblilófilos que pudieran permitírselo. Entonces, ante la aparente evidencia de que este libro fue presentado a censura y obtuvo autorización para publicarse con enmiendas (como puso también de manifiesto Veny-Mesquida, quien alude a un «mecanuscrito del libro presentado a censura»), la fecha del pie de imprenta ha de encontrar otra explicación que no sea «una argucia para despistar a las autoridades». Añádase al enigma que, de nuevo según la investigación de Veny-Mesquida, el Archivo General de la Administración de Alcalà de Henares asegura no conservar ningún expediente de censura de Sol, i de dol.

En cualquier caso, de todos estos datos puede pensarse que, aun cuando el libro salió en 1947, en sus líneas maestras ya estaba creada en 1936 una versión que fue objeto de correcciones y enmiendas, incluso de la adición de algunos poemas y el replanteamiento del contenido de alguna de las secciones, antes de su publicación definitiva, pero que, en el proceso creativo de Foix, es un libro que corresponde y es razonable fechar en las inmediaciones de la guerra civil española.

Fuentes:

Narcís Comadira, entrevista a Foix transcrita por Xavier Febrés, en Oh, si prudent i amb paraula lleugera… Entrevistes a J. V. Foix, Barcelona, Fundació J.V. Foix,  2015, pp. 116-185 (originalmente publicado como Diàlegs de Barcelona 7, Ajuntament de Barcelona- Laia, 1985).

J. V. Foix, Entre llibres i llibres. Correspondència 1935-1983, edición de Margarida Trias y prólogo de Josep Mengual, Barcelona, Fundació J. V. Foix- Edicions 62 (Llibres a l’Abast 419), 2021.

Míriam Ruiz-Ruano Rísquez, «Citacions d’autors medievals i gènesi de Sol, i de dol», Els Marges, núm. 118, (primavera de 2019), pp. 10-38.

Joan R. Veny-Mesquida, «Variants d’autor: una tipología de tipologies», en Montserrat Jufresa, Carles Garriga y Eulàlia Miralles, eds., Som per mirar. Estudis de literatura i crítica oferts a Carles Miralles, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2014, pp. 25-55.

Joan R. Veny-Mesquida, «Sobre les darreres voluntats de l’autor a Sol, i de dol (amb versions inèdites de sonets)», en I. Zamuner, ed., «M’exalta el nou i m’enamora el vell». J.V. Foix (e Joan Miró) tra arte e letteratura, Florencia: Olschki, 2017, p. 29-59.

Primeros topetazos de la Editorial ZYX con la censura franquista (1963-1969)

Las relaciones en los años sesenta entre la censura franquista y la Editorial ZYX, nacida del entorno de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica, creada en 1946), guarda algunos puntos de contacto con las que tuvieron en esos mismos años las catalanas Nova Terra, Fontanella, Edima o en cierta medida Edicions 62, consistente sobre todo en estrangularlas económicamente sirviéndose de la conocida como ley Fraga, considerada a veces menos severa que la vigente hasta entonces (de 1938; es decir, durante la guerra civil) pero seguía cumpliendo el cometido de anular o atenuar el posible efecto de las editoriales progresistas.

Manuel Fraga (sin uniforme) y el dictador.

Como es bien sabido, la novedad más importante que introducía la ley Fraga fue la opcionalidad de presentar las obras a censura previa, salvo si la editorial que pretendía publicarlas carecía de número de registro (como fue el caso de 62, por ejemplo), y poderse arriesgar así a poner en circulación lo que quisieran y, una vez en la calle, sobre todo si se producía alguna denuncia, ver la edición secuestrada y, por lo general, la editorial multada.

La ZYX empieza a gestarse en el verano de 1963 en Segovia por iniciativa de algunos sacerdotes y obreros procedentes de la HOAC (Luis Capilla, Julián Gómez del Castillo, Tomás Malagón, etc., que reclutan enseguida a Guillermo Rovirosa como presidente) y se constituye como una cooperativa en la que participan casi trescientos socios, si bien no se inscribe en el Registro Mercantil hasta marzo de 1964. Mª del Mar Araus y Ana Sánchez resumieron con mucha claridad cómo se creó la empresa:

La editorial ZYX se constituye con algo menos de 300 personas, unas 180 de las cuales provenía de la HOAC. Sostiene la editorial la aportación de 1.000 pts. que hacía cada uno de los socios, a los que unía su suscripción al libro de la colección «Lee y discute», serie roja, que valía 20 pts. y se editaba mensualmente. Otros socios además se hacían voluntariamente paqueteros. Serían considerados como suscriptores los que lo eran de los «Cuadernos Copin» (Cooperativismo Integral). El capital inicial de la editorial ZYX fue de 300.000 pesetas, fruto de muchas pequeñas aportaciones.

Antes de marzo de 1964, sin embargo, ya habían puesto manos a la obra e incluso es posible que esa inscripción no se hiciese hasta que fue inevitable, pues en enero de ese año ZYX ya presentó a censura el libro Hijos d’algo e hijos d’hambre, del obrero asturiano Jacinto Martín Maestre (quien acababa de publicar en la editorial Euramérica La lucha obrera). El informe censorio fue negativo, calificaba la obra de «mitinera y panfletaria» y en febrero la obra fue denegada si no se hacían algunos cambios en el texto y, sobre todo, si no se le cambiaba el título. Así se hizo, con el consiguiente entorpecimiento de lo que hubiera sido el normal parto de la editorial, y el libro se publicó finalmente en junio de 1964 como Juventudes de hoy.

No obstante, parece evidente que, mientras tanto, estuvieron trabajando en el que resultó ser el primer libro publicado, ¿De quién es la empresa?, del mencionado militante obrero cristiano e inventor Guillermo Roviosa (1897-1964). Pero tampoco en esto tuvieron suerte, pues el autor murió sólo cuatro días después de la presentación del libro, del que por otra parte llegaron a venderse veinte mil ejemplares (en varias ediciones). Al margen de los ejemplares que se empaquetaban y remitían a los socios suscriptores (unos 4.500), las ventas se hacían directamente, a las puertas de los centros de trabajo, en la universidad, en puestos más o menos estables en la calle con motivo de cualquier mercado, festividad o similar.

Enseguida toma ZYX un muy notable ritmo de producción, que supera los cuarenta títulos anuales y se estructura en cuatro colecciones: Lee y Discute (con una serie roja y otra verde, y que fue quizá la más popular), Promoción del Pueblo, Se hace camino al Andar y Pueblo de Dios. En cuanto a su orientación, Pedro Rújula López ha escrito que:

intentó proponer lecturas que ponían en cuestión la ortodoxia cultural del Régimen. Lo hizo en una doble dirección: mirando a la historia y analizando el presente. Entre sus títulos aparecen los que analizan las revoluciones del pasado […], las Intenacionales obreras, el anarquismo o el socialismo, con especial atención a la dimensión española de este fenómeno […] En cuanto al análisis del presente, el panorama de temas tratados fue muy amplio, desde el mundo obrero y sindical […] hasta la economía […], la sociedad […] o la religión.

Valgan como ejemplo del ya previsible choque con la censura española de esos años algunos de los primeros títulos: Desarrollo sindicalista (1964), de José Luis Rubio; La Iglesia y la pobreza, de Alfredo Ancel; Historia del movimiento obrero (1965) de Édouard Dolléans, Las clases sociales. Qué son y qué significan (1965), de Eduardo Obregón; el colectivo Derecho de huelga (1965); Sistemas de educación [no «de ecuación», como transcribe Rújula] de los seminarios (1965), de José María de Lachaga; Pensamiento político de Mounier, de François Goguel y Jean-Marie Domenach, El marxismo, de Henri Harvon; Problemas fundamentales de la agricultura española (1966) y Los monopolios en España (1968), ambos de Ramón Tamames; Democracia. Exigencia y condición de la dignidad humana, de Eduardo Obregón y prologada por el miembro de la Real Academia de la Historia (y esposo de la escritora Elena Quiroga) Dalmiro de la Válgama; Historia del movimiento obrero español (1967), de Diego Abad de Santillán, Introducción a Cuba (1968), de Andrés Sorel…

A principios de los años sesenta, era imposible que una iniciativa semejante del cristianismo obrero pudiera eludir la presión censora, y menos habiendo creado una red de distribución tan heterodoxa y difícil de controlar por las autoridades.

La llegada de la conocida popularmente como Ley Fraga, que descargaba de trabajo a unos lectores de censura sobreexplotados, implicaba la necesidad de obtener de todas las editoriales un número de registro previo informe acerca de quién estaba detrás de la empresa y cuáles eran sus objetivos editoriales, y esa argucia sirvió no sólo para denegarlo, sino además en muchos casos para que se produjera un silencio administrativo que aumentaba considerablemente el riesgo para quienes, sin número de registro, se atrevieran a publicar. En el caso de ZYX, según explica Carmen Menchero de los Ríos, fue «[m]uy beligerante, siguió la táctica de eludir cualquier filtro previo, recibiendo en contrapartida continuas denegaciones que asfixiaban su viabilidad económica como empresa». Es decir, presentaban los libros directamente a depósito, sin haber presentado previamente los textos por lo que eufemísticamente se llamaba «consulta voluntaria». Eso supuso el secuestro de cuatro de sus títulos y el silencio administrativo a todas las obras que publicaban, que quedaban así expuestas a la denuncia de cualquier lector furibundo o simplemente discrepante con sus planteamientos.

Aun así, y estando ya vigente la ley Fraga, siguieron con su plan de publicaciones, hasta que en noviembre de 1968, alegando que carecían de número de registro, se obligó a la editorial a presentar todos los textos a consulta previa. El Estado de Excepción de 1969, decretado el 24 de enero para, según el propio Fraga, «luchar contra las acciones minoritarias sistemáticamente dirigidas a alterar la paz […] y a arrastrar a la juventud a una orgía de nihilismo y anarquía», sólo empeoró la situación, pues a partir de ese momento el Ministerio de Información y Turismo impidió sistemáticamente cualquier publicación de ZYX, lo que obliga a la editorial a mantenerse inactiva como editorial durante trece meses con toda su inversión paralizada, si bien se reconvierte en distribuidora de fondos de otras editoriales.

Según el muy completo estudio que Mª del Mar Araus y Ana Sánchez dedicaron a la trayectoria de ZYX, esto supone la «auténtica ruptura o desaparición de la editorial tal y como fue concebida y desarrollada en sus orígenes, fundamentalmente por la politización de la misma, entendida el sentido de la priorización de la tarea política (en la línea de los partidos políticos) sobre la labor apostólica con la que nació», si bien a finales de 1969  consiguió inscribirse de nuevo en el registro (con nuevos promotores, entre los que se encontraba , manteniendo las mismas colecciones y poco después se remozaría en la Editorial Zero-Zyx. En 1974 se produciría una primera escisión debida a disputas sobre el componente político de la editorial y, ya en 1980, por suspensión de pagos, la desaparición por completo del proyecto.

Fuentes:

Blog de Zero-ZYX, aquí.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disidentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp.809-834.

José Miguel Oriol, 30 años de Encuentro. Memoria de una aventura editorial, Madrid, Ediciones Encuentro, 2008.

Francisco Rojas Claros, «Poder, disidencia editorial y cambio cultural en España durante los años 60» Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 5 (2006), pp. 59-80

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), San Vicent del Raspeig, Publicacions Universitat d’Alacant, 2013.

Pedro Rújula López, «El ensayo y los libros en ciencias sociales», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 783-808.

Marta Simó, «Conciencia democrática e industria editorial en los primeros años de la Transición española: la Biblioteca de divulgación política», en Amnis. Revue de civilisation contemporaine Europes/Amériques, n.º 14 (2015).

«El libro rojo del cole» y la censura de libros en España

En un Estado verdaderamente libre, el pensamiento y la palabra deben ser libres.

Suetonio (c. 70- post 126)

Considerar que en España la censura de libros acabó al terminar el franquismo resulta bastante problemático, porque o bien se obvia que a partir de la muerte del dictador la censura tomó otras formas, o bien se acepta que el franquismo, como régimen, se extiende bastante más allá del fallecimiento del dictador o incluso de la entrada en vigor de la Constitución española de 1978.

En su momento tuvo bastante repercusión mediática, e incluso peligró su celebración, la Feria del Libro de Madrid de 1980 (dos detenidos, incautación de material gráfico a periodistas, la suspensión de una asamblea…) debido a las vehementes protestas encabezadas por una serie de editoriales, las sospechosas habituales, contra la persecución policial y jurídica que por entonces sufría la editorial Nuestra Cultura como consecuencia de haber publicado El libro rojo del cole. En respuesta a ello, veintiséis editoriales, de nuevo las sospechosas habituales (Anagrama, Fundamentos, Miraguano, Tusquets, Txertoa, ZYX…), canalizaron su enfado mediante la edición en bolsillo de ese mismo libro auspiciados por la denominación Comité para la Libertad de Expresión.

Edición de Extemporáneos.

El libro rojo del cole, de los profesores Soren Hansen y Bo Dan Andersen y el psicólogo Jesper Jensen, había aparecido originalmente en 1969 en danés y no tardó mucho en tener una amplísima difusión en otras lenguas: en español la publicó en México la editorial Extemporáneos en 1972 (como El pequeño libro rojo de la escuela), por ejemplo, y en catalán se publicó en 1973 una traducción a partir de la edición francesa a cargo de Jordi Moners i Sinyol (1933-2019) con pie editorial de las JRC (Joventuts Revolucionàries Catalanes, las juventudes del Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans). En 1979 había circulado por la península una edición clandestina bastante burda y mal encuadernada impresa en español en Barcelona con el sello de Ediciones Utopía que al parecer se basaba en la versión mexicana, y muy poco después puso en circulación cien mil ejemplares la editorial Nuestra Cultura de Luis Martínez Ros (nacido en México, descendiente de exiliados republicanos).

Edición de la J.R.C.

La de Nuestra Cultura, una editorial especializada precisamente en temas pedagógicos, era una edición preparada por el músico, escritor y activista Lluís Cabrera (fundador del Taller de Músics), traducida por el antropólogo y líder del maoísta Partido del Trabajo de España Josefina López López-Gay (1949-2000) y con ilustraciones del muy popular caricaturista Romeu (Carles Romeu i Muller, 1948-2021) e incluida en la colección Mano y Cerebro.

Fue entonces cuando los sectores más tradicionalistas —el integrismo ultracatólico, el Ejército, la prensa más afecta al franquismo (lo que hoy llamaríamos la Brunete mediática), etc.— pusieron el grito en el cielo ante el contenido de este libro, y el hecho de que esas Navidades la abogada y entonces concejala del ayuntamiento madrileño Cristina Almeida lo incluyera en las dotaciones a las bibliotecas públicas no hizo sino acrecentar el escándalo. Como réplica inmediata, la Federación de Padres de Familia acusó al libro de «minar el respeto a la democracia y el respeto por las instituciones sociales» y la Asociación Católica de Padres de Familia puso una denuncia por «escándalo público». Por su parte, el ex ministro franquista y por entonces ministro de Cultura Ricardo de la Cierva y Hoces (1926-2015) definió el libro como «absolutamente intolerable y atentatorio contra las más elementales normas de la convivencia cívica», mientras que por su parte el ministro de Educación, José Manuel Otero Novas, que en 1989 se afiliaría el Partido Popular, aseguró que contenía «pronunciamientos que no están de acuerdo con la Constitución» y en un giro delirante añadía que fomentaba «prácticas tales como el consumo de drogas y prácticas sexuales de muy variado tipo, haciendo apología de las relaciones homosexuales y los matrimonios de grupo», dónde no queda ni mínimamente claro a qué debía de referirse a con «matrimonios de grupo»

Ricardo de la Cierva Hoces.

El asunto fue haciéndose cada vez más confuso enredándose innecesariamente, porque en las diligencias se mencionaba la retirada de ejemplares ya a principios de octubre cuando el libro de Nuestra Cultura había salido de imprenta el 24 de ese mes; pero la explicación es sencilla: en un primer momento se retiraron de librerías ejemplares de la edición de Utopía; pero todo valía contra El libro rojo del cole. Resultará también ilustrativo tener en cuenta la carrera posterior de algunos de los implicados en este caso para hacerse una mejor idea del tipo de personajes que intervinieron en él.

La mencionada denuncia hizo que el libro fuera de inmediato retirado de las escuelas y secuestrado, pero la polémica arreció en el Congreso de los Diputados durante la celebración en febrero de los debates de la Comisión de Educación tendentes a aprobar el Estatuto de Centros Docentes. Y, mientras, la prensa seguía echando leña al fuego.

En este último aspecto, resultan hoy particularmente delirantes los calificativos que dedicó al libro el coronel ultracatólico Ricardo Pardo Zancada, quien en las páginas de la revista militar Reconquista lo consideraba «goma-2 contra la defensa nacional» destinada a «aniquilar todo vestigio moral» y que ponía en riesgo «la capacidad de resistencia y el ánimo combativo indispensable para sostener con eficacia la defensa» del país. A saber el concepto que tendría Pardo Zancada de la defensa nacional, pues en 1983 fue condenado a doce años de prisión por participar en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, si bien luego fue indultado por el Gobierno de Felipe González en 1987. Tampoco dejan de ser curiosas sus actividades al salir de prisión: dirigió la revista Iglesia y Mundo, colaboró en la revista del ex banquero Mario Conde MC y en 2018 fue uno de los firmantes de la execrable«Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco Bahamonde, soldado de España». Previamente, Plaza & Janés le había publicado 23-F: La pieza que falta. Testimonio de un protagonista (1998) y, para conmemorar los veinticinco años del acontecimiento, la editorial Áltera (dirigida entonces por Javier Ruiz Portella, condenado por plagiar una traducción de Francisco Rico) le había publicado 23-F: Las dos caras del golpe (2006).

Edición de Utopía.

La cuestión es que, tal como cuenta el profesor José Benito Seoane, «el Juzgado Central de Instrucción admitió a trámite la querella y ordenó el secuestro del libro, considerando la obra “una provocación al aborto y a la corrupción de menores”». En la Audiencia Nacional se hizo cargo del caso el juez Varón Cobos (que luego se haría famoso al verse envuelto en el llamado caso Bardellino, la puesta en libertad de un mafioso, y fue apartado de temporalmente de la judicatura acusado de prevaricación), quien de buenas a primeras dictó prisión incondicional para el editor de Nuestra Cultura, sin posibilidad de fianza, y se dispuso a procesar a editores, impresores y cualquier otra persona vinculada a la publicación y distribución del libro (de ahí la iniciativa del Comité por la Libertad de Expresión).

Coincidiendo con el inicio del juicio se hizo público un manifiesto en el que más de ochocientos profesionales de la edición, artistas y escritores se declaraban colaboradores en la preparación del libro, entre ellos el dramaturgo Carlos Muñiz (1927-1994),las actrices Lola Gaos (1921-1993) y Mari Paz Ballesteros, el equipo de caricaturistas El Cubri, el diseñador Alberto Corazón (1942-2021), el filósofo Carlos París (1925-2014), los periodistas Pedro Altares (1935-2009) y Eduardo Haro Tecglen (1924-2005)…, con el único objetivo de reivindicar la libertad de expresión y poner de manifiesto la persecución judicial a la que estaba siendo sometido Martínez Ros.

Sin embargo, apenas unos días después la respuesta del Juzgado Central de Instrucción número 1 de Madrid fue citar al editor Emiliano Escolar, imputado por escándalo público por ser la que él dirigía una de las editoriales que habían colaborado en la coedición de bolsillo de El libro rojo del cole. Y no sería el último de esos coeditores citado a declarar.

Por si la cosa no estaba suficientemente encendida y embrollada, la Comisión para la Libertad de Expresión denunció que, simultáneamente con la edición de bolsillo, aparecieron algunas ediciones piratas pese al acuerdo de no reeditar la obra mientras estuviera en librerías la de la comisión: una de ellas con pie editorial de la propia Comisión sin que esta tuviera noticia de ello (10.000 ejemplares), otra de Nuestra Cultura (25.000) y aún una tercera de 2.000 ejemplares que distribuyó Jesús González (jefe de producción y encargado por tanto de la impresión y encuadernación de la obra). Contaba la agencia Efe:

Jesús González, según las informaciones de que dispone la comisión, entregó a la misma 12.190 libros en lugar de los 13.000 encargados, es decir, 810 menos; imprimió 2.000 ejemplares más de los acordados, que distribuyó por medio de la empresa Distribuidora Futuro y en beneficio propio, junto a los 810 anteriores, y retrasó la edición pirata de Nuestra Cultura, cuya producción dependía de la misma imprenta y de la que él estaba también encargado.

Luis Martínez Ros con un ejemplar de la edición de Nuestra Cultura.

Para no alargarlo más: A finales de julio de 1982 se condenó al Luis Martínez Ros, con evidente desmesura, a cuatro meses y un día de arresto mayor, sazonados además con una multa de mil pesetas y la inhabilitación para llevar a cabo cualquier tipo de actividad relacionada con la edición destinada al lector juvenil.

El contenido del libro quizá pueda deducirse o suponerse a partir del título (donde se anuncia ya el remedo o parodia del libro de Mao), pero, en realidad, ¿qué importancia tendrá eso cuando se trata de libertad de expresión?

Fuentes:

Reportaje en TVE sobre El libro rojo del cole

Anónimo, «Sigue la polémica sobre El libro rojo del cole», El País, 8 de febrero de 1980.

Anónimo, «Incidentes en la inauguración de la Feria del Libro», El País, 31 de mayo de 1980.

Anónimo, «850 profesionales afirman haber colaborado en la edición de El libro rojo del cole», El País, 8 de junio de 1980.

Anónimo, «Procesado uno de los 26 coeditores de El libro rojo del cole», El País, 12 de junio de 1980.

Anónimo, «La Comisión para la Libertad de Expresión acusa de fraude al editor de El libro rojo del cole», El País, 5 de agosto de 1980.

José Benito Seoane Cegara, «Pedagogía del cuerpo y educación sexual en la España contemporánea. Una aproximación genealógica a través de las polémicas suscitadas en torno a los manuales destinados a la infancia y la adolescencia», Revista Educación y Pedagogía, vol. 24, núm. 63-64 (mayo-diciembre de 2012), pp. 40-59.

Juan Cruz, «En Iglesia y sexo, España no ha cambiado tanto (entrevista a Luis Martínez Ros)», El País, 9 de octubre de 2008.

Fernando Pariente, «A vueltas con El libro rojo del cole», Padres y Maestros / Journal of Parents and Teachers, núm. 71 (1980), pp. 6-9.

La censura estatal contra un editor, el caso de Ragip Zarakolu

Por el hecho de haberse convertido en el adalid de la literatura kurda, armenia y griega en Turquía, entre otros muchos motivos, el editor Ragip Zarakolu, fundador con su esposa Ayşe Nur de la editorial Belge en 1977, se convirtió casi desde el primer momento en objetivo de una censura gubernamental implacable. En particular a partir del golpe de Estado militar de 1980, Belge se distinguió por dar voz a los represaliados, entre los que destacan la treintena larga de libros de todo tipo (poemarios, novelas, cuentos, memorias) escritos por prisioneros políticos kurdos y armenios, pero su espíritu indómito se puso de manifiesto desde el primer momento.

La trayectoria previa de Zarakolu, nacido en 1948, ya permitía prever que su labor como editor entraría en conflicto con el autoritarismo y que no se sometería de buena ni a componendas ni a presiones. Tras graduarse en la universidad, Zarakolu se dio a conocer como periodista en las revistas Ant y Yeni Ufuklar, en ambos casos escribiendo sobre temas relativos a la justicia social, así que tras el golpe de la junta militar de 1971 se le acusó de mantener relaciones secretas con Amnistía Internacional y como consecuencia de ello pasó cinco meses en prisión. El año siguiente, un artículo en Ant sobre el líder revolucionario Ho Chi Mihn (1890-1969) y los crímenes de guerra estadounidenses en Vietnam le llevó a ingresar de nuevo en prisión, en la penitenciaria de Selimiye, donde permaneció encerrado hasta la amnistía general de 1974. Aun así, en cuanto salió se convirtió en un adalid del respeto a la diversidad ideológica y cultural en Turquía, lo cual se tradujo en una constante censura de sus textos, multas y la prohibición de salir de Turquía, lo que le llevó a ampliar sus temas a las vulneraciones de los derechos humanos en otros países. Con estos mimbres, se forjó un editor con un coraje sin apenas punto de comparación.

El primer libro que publicó Belge Yayinlari apareció en enero de 1978 y ya dejaba algunas cosas claras: la Introducción a la vida y la obra de Karl Marx y Friedrich Engels, del revolucionario y archivero ucraniano David Riazanov (1870-1938), célebre por haberse propuesto la ingente tarea de editar las obras completas de estos dos teóricos del marxismo.

Sin embargo, Zarakoulu no abandonó en absoluto el periodismo, sino que en 1979 sería uno de los fundadores del periódico Demokrat y se puso al frente de la sección de internacional de esta cabecera(que un año después era cerrado tras el golpe militar de turno), y además su activismo en el ámbito de la libertad de expresión le impulsó a ser uno de los creadores de la Asociación Turca de Derechos Humanos (1986), a dirigir el Comité de Escritores en Prisión del PEN Internacional en Turquía y a presidir el Comité de Libertad de Publicación de la Asociación de Editores de Turquía (2007).

La política, la economía, la filosofía y los derechos humanos serían los grandes campos temáticos en los que operó la editorial Belge y los que más contribuyeron a perfilar su identidad, aunque también ha creado colecciones de poesía, de literatura infantil y una colección de literatura, significativamente llamada Marenostrum, destinada a las obras de creación literaria y a dar voz sobre todo a culturas minoritarias del entorno, en muchos casos traducidas (Georgios Andreadis, Ertugul Aladag, Hyr Simon Yeremyan o Franz Werfel).

Otro de los primeros libros importantes en los primeros años fue el del sociólogo político Nicos Poulantzas (1936-1979) conocido en español como La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia, España, aparecido apenas dos años después del supuesto suicidio de su autor (¿víctima de una operación Gladio?), y que publicado en formato de bolsillo que tuvo una difusión muy amplia.

Abundan en el catálogo de Belge los libros colectivos en los que se analizan con rigor académico y con reproducción de materiales históricos o documentales algunos de los temas principales pero intencionadamente olvidados de la historia moderna y contemporánea turca, como es el caso del volumen en 400 apretadas páginas titulado Geçiş Sürecinde Türkiye [El proceso de transición en Turquía], en el que se analiza el desarrollo del capitalismo desde finales del Imperio Otomano hasta 1980, en trabajos llevados a cabo por profesores universitarios que, en muchos casos, fueron víctimas de la represión y expulsados de sus centros de investigación.

De hecho, el golpe militar del 12 de septiembre de 1980 conllevó un cierto cambio en la línea de Belge que se materializó en la ya mencionada publicación de obras escritas por presos políticos.

Si bien el grueso de su catálogo es en turco, en 1988 Belge publicó en inglés Palestine Through documents, del embajador de la OLP en diversos países Ribhi Halloum (Abu Firas), de nuevo casi cuatrocientas páginas, más un pliego de nueve páginas de fotografías y diversos mapas a color en cada uno de los dos volúmenes. Se trata del resultado de casi ocho años de trabajo de recuperación y análisis de documentos sobre la historia de Palestina en un libro que creó cierto recuelo también en Estados Unidos.

En 1990, se añadía al catálogo el libro de Theodor Adorno (1903-1969) conocido en español como Crítica cultural y sociedad, así como un importantísimo estudio del sociólogo y especialista en la cultura kurda Ismail Beşikçi (de cuyos 36 libros, 32 fueron prohibidos en Turquía), sobre la masacre de Dersim (1937-1938).

Muy vinculado a este último libro, en 1995 publicaban la traducción al turco de Yavuz Alogan del estudio del sociólogo e historiador armenio Vahakn Dadrian (1926-2019) Jenosid Ulusal ve Uluslararasi Hukuk Sorunu Olarak: 1915 Ermeni Olay ve Hukuki Sonuçlar [El genocidio como problema de derecho nacional e internacional: el caso armenio de la Primera Guerra Mundial y sus ramificaciones legales contemporáneas]. 

Ese mismo año, la editorial fue la primera en recibir el Premio a la Libertad de Publicación instituido por la Asociación Turca de Editores, y unos años después (en 2008) sería reconocida también su labor en este campo con la obtención del Premio a la Libertad de Prensa de la International Publishers Association (el conocido desde 2016 como Premio Voltaire y que el año anterior había premiado a dos periodistas, el armenio Hrant Dink y la rusa Anna Politskóvskaya). El editor no pudo asistir a la entrega del premio, celebrada en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt, porque las autoridades le habían retirado el pasaporte.

Aunque en ningún momento tuvo una vida plácida, los problemas más graves se habían iniciado ya precisamente en 1995, cuando la sede de la editorial fue atacada con explosivos, en apariencia por un grupo de extrema derecha, y se decidió entonces trsladar las oficinas a un sótano.

Sin embargo, las cosas se aceleraron y agravaron a medida que avanzaba el siglo XXI. En marzo de 2002, tres meses después de fallecida su esposa, Zarakolu tuvo que responder ante la justicia por ella, acusada de divulgar propaganda separatista (se trataba de un cancionero del kurdo Hüseyin Turhalli), y aunque se retiraron los cargos la presencia ante los tribunales se hizo constante. Al año siguiente se le encausó por un libro de Gazi Çağlar sobre el golpe de Estado de Kenen Evran del 12 de septiembre de 1980, y en 2005 tuvo que responder ante los tribunales por un libro de memorias escrito en los años veinte, la traducción al turco de An American doctor in Turkey. Garabed Hatcherian. My Smyrna ordeal of 1922, de la lingüista griega de origen armenio Dora Sakayan, donde se da testimonio de la brutal aniquilación de los griegos de Esmirna, a manos del considerado «padre de la Turquía moderna», Mustafá Kemal Atatürk.

Dos años después (2007) fue un libro del historiador estadounidense David Gaunt sobre el genocidio turco de los asirios entre 1915 y 1923 —que originalmente había publicado en inglés la editorial académica independiente Gorgias Press con el título Massacres, Resistance, Protectors: Muslim-Christian Relations in Esastern Anatolia During World War Iel que le llevó ante los tribunales. Y el año siguiente fue un libro del historiador británico Georges Jerjian sobre el genocidio armenio el que hizo que se condenara a Zarakolu a cinco meses de prisión por «insulto a las instituciones de la República de Turquía».

Finalmente, en octubre de 2011, en el marco de la macroperación KCK (que coincidía con el proyecto de Erdogán de aprobar una nueva constitución), Zarakolu fue detenido en un ambiente muy turbio que, en cuanto a derechos humanos, el informe anual de Amnistía Internacional resumía del siguiente modo:

A lo largo del año se iniciaron miles de procesos judiciales, casi siempre por pertenencia a una organización terrorista, en aplicación de leyes antiterroristas excesivamente amplias e imprecisas, cuyas disposiciones provocaban abusos adicionales.

Por otra parte, en febrero del año siguiente el editor Ragip Zarakolu fue nominado por el Parlamento sueco al Premio Nobel de la Paz, y al año siguiente se exilió a ese país, aunque la editorial siguió en activo, aunque en mayo de 2017, como consecuencia de un allanamiento policial, vio como le confiscaban ejemplares de más de mik de los tírulos que había publicado, pese a que los agentes sólo tenían órdenes de confiscar un libro sobre los apátridas kurdos.

Probablemente no haya un editor tan reiterada y enconadamente perseguido por censura estatal.

Fuentes:

Página web de Belge Yayinlari.

Blog por la liberación de de Ragip Zarakolu.

Anónimo, «Belge Yayınları 40 yaşında», Cumhuriyet, 25 de enero de 2018.

Anónimo, «Publishers denounce raid on Award-Winning Turkish Publisher», International Publishers Association, 17 de mayo de 2017.

Simon Reichley, «Turkish Police confiscate 2.170 books from Belge Publishing House», Melville House, s/f.

Anónimo, «Police raid publishing house in Istambul, detain editors, seize 2170 books», Turkish Minute, 8 de mayo de 2017.

Ragip Zarakolu, «Tragedya» (1), Yeniyasam Gazetesi, 22 de febrero de 2020.

Librero, todavía una profesión de riesgo en España (1975-2021)

Dedicado y en apoyo a la Librería de la Fundación Anselmo Lorenzo

La muerte del dictador español (20 de noviembre de 1975) no detuvo ni atenuó sino que más bien alentó la retahíla de atentados terroristas de la extrema derecha contra librerías que venía produciéndose hasta entonces, así como las que sufrían editoriales, salas de cine, organizaciones sociales, etc.

No se habían cumplido muchos días desde la muerte de Franco, cuando una madrugada de invierno la sede de la librería Ágora, en el barrio de Ciudad Jardín de Córdoba, fue tiroteada. En palabras de Antonio Carlos Zurita, «un atentado por el que nadie pagó, nunca se supo y, si se supo, nadie contó.»

Destrozo de libros como consecuencia del atentado terrorista en Distribuciones de Enlace (1974),

Los conocidos como Guerrilleros de Cristo Rey ‒a cuyo frente estaba el exdivisionario azul Mariano Sánchez Covisa, declarado fascista y admirador de Hitler‒ reivindicaron mediante una llamada telefónica a France Press el atentado que se produjo la madrugada del 17 al 18 de diciembre en una librería dependiente de la CNT en la parisina rue de La Tour-d’Auvergne (numero 39), donde la explosión de una bomba produjo cuantiosos daños materiales.

El 10 de marzo de1976, un seat de color blanco matriculado en Madrid se detiene ante la pamplonica librería El Parnasillo, fundada en 1973 por Javier López de Munain y unos amigos, y desde el vehículo se tirotea el escaparate del establecimiento (se contabilizaron más de veinticinco impactos de bala); no hacía ni un mes del último atentado contra esta librería (el mismo día, 16 de febrero, en que también la librería Aritza era atacada). De nuevo, se atribuyen todos estos atentados terroristas, que obviamente quedaron impunes, a Guerrilleros de Cristo Rey.

La librería Alberti es reiteradamente atacada en 1976 (en abril, en junio, en julio). En julio de ese año, no casualmente el día 18, fue La Oveja Negra (en el barrio madrileño de Quintana: Hermanos de Pablos, 13) la víctima de un nuevo atentado terrorista, y no tardó en convertirse en objetivo preferente de la ultraderecha violenta, que perpetró otro atentado de importancia en la misma librería en 1980 en el que irrumpieron en el local una veintena de fascistas y provocaron destrozos en el local y heridas a una de las trabajadoras.

El Parnasillo.

Llegados a agosto de 1976, los libreros instan a las autoridades a acabar con la impunidad de lo que sin ambages describen como terroristas, y se produce una reunión entre el presidente del Sindicato Nacional del Papel y las Artes Gráficas, el de la Agrupación Nacional del Comercio del Libro y los presidentes de las agrupaciones provinciales de Barcelona, València y Zaragoza con  el ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa (a quien, a instancias de la justicia argentina, la Interpol persiguió en 2014 por delitos de genocidio y lesa humanidad durante el franquismo pero el Gobierno español denegó su extradición). Como era de esperar, apenas salió gran cosa de esa reunión, aunque, por lo menos, como señala Arámzazu Sarría Buil, Rodolfo Martín Villa no minimizó la importancia de los atentados con el argumento de que no causaban víctimas, como sí había hecho su predecesor en el cargo, Manuel Fraga Iribarne (que en septiembre de ese año fundaría Alianza Popular y entre 1989 y 1990 presidiría el Partido Popular).

El 5 de agosto de ese mismo año, en el marco de lo que más tarde se conocería como la Batalla de València, la librería La Araña, donde aquel mismo verano entró a trabajar el luego célebre librero Paco Camarasa (1950-2018), es objeto de un atentado con bomba que la destroza (renacerá con el nombre La Araña-Pablo Neruda).

El que no lleva uniforme es Manuel Fraga.

Poniendo de manifiesto su querencia por las conmemoraciones, los grupos de ultraderecha hicieron que el mes de noviembre de 1976 fuese particularmente duro para las librerías, y entre otras lindezas el día 6 quemaron la librería Rafael Alberti (propiedad del militante comunista Enrique Lagunero), llenándola de gasolina, y poco después el quiosco que tenía en la cordobesa plaza de Las Tendillas el dirigente socialista Matías Camacho. En Valencia, el mes empezó con un atentado terrorista con bomba en la librería y editorial Tres i Quatre que desplazó cristales y metales a doscientos metros; nadie lo reivindicó.

Los detenidos como presuntos responsables del incendio en la Alberti eran todos conocidos de las autoridades, pues eran agentes de la policía de Madrid: José Alberto García, Alfonso Moreno, Ricardo Manteca (asalariado de la Dirección General de Seguridad) y Francisco José Alemany (que en la universidad había sido «indicador» de la policía). La suspicacia de los libreros era más que comprensible, pues por si fuera poco, en caso de atentado las aseguradoras solo pagaban los desperfectos si se detenía a los responsables.

La Costera tras el atentado.

Las cosas habían llegado a tal punto, que la Asociación del Comercio del Libro decidió convocar el día 12 un día de cierre en protesta por los continuos atentados y sobre todo por la impunidad de los responsables a la que se adhirieron unas cincuenta librerías. Al día siguiente, la Librería México, del Fondo de Cultura Económica, fue atacada con un cóctel molotov. Y antes de acabar el mes, la Pórtico de Zaragoza (propiedad de José Alerudo) fue objeto del quinto atentado terrorista en dos años; en La Costera, de Xàtiva, un explosivo colocado en la puerta de acceso provocó enormes destrozos en el local; la Librería Popular, especializada en ensayo y situada en Albacete, fue atacada mientras se celebraba en ella una exposición dedicada al poeta Miguel Hernández… Estos dos últimos atentados fueron reivindicados por el autoproclamado «Sexto Comando Adolfo Hitler de Orden Nuevo», mientras que el «Cuarto Comando Adolfo Hitler» reivindicó ante la agencia de noticias Cifra un atentado contra la sevillana librería Proa. Ilustrativo de la postura de las instituciones públicas de la época ante estos asuntos es que en mayo de 1976 a la Popular no se le aceptaría una denuncia por dibujos de esvásticas y pintadas diversas en su fachada («Viva la Falange», «Dios y Patria con Franco») porque todas las frases escritas eran legales.

La Popular.

Antes de acabar el mes de noviembre, el día 29 cerraron en Barcelona seiscientas librerías —es decir, en realidad casi todas—, en una protesta que contó también con el apoyo explícito del Gremi de Llibreters de Vell de Catalunya y que, en contrapartida, fue acompañada de la puesta a la venta, a un precio simbólico, de una edición de dos mil ejemplares de la obra de Salvador Espriu El caminant i el mur.

Y antes de acabar el año, en una reunión celebrada en la librería Antonio Machado a la que asistieron una cuarentena de libreros establecidos en Catalunya, Euskadi, València, Andalucía y Madrid, se estimaron las pérdidas sufridas ese año por los libreros en unos cien millones de pesetas y se plantearon estrategias para conseguir el amparo y la protección de las instituciones públicas.

Tal como lo interpreta Sarría Buil:

Recortes de prensa de la época.

Las amenazas envueltas en la simbología fascista y los daños económicos derivados de los atentados provocaban un clima de temor y de tensión al que diariamente estaban sometidos los profesionales del libro, inmersos además en un sentimiento de abandono por parte de las fuerzas del orden.

Sin embargo, la bárbara vorágine no se detenía. El 12 de mayo 1977 también fue víctima de atentado la librería Rafael Alberti, en cuya fachada habían aparecido en los días previos pegatinas de Fuerza Nueva y Alianza Popular; y el periódico Ya lo contaba apresurada pero pormenorizadamente del siguiente modo:

Cinco individuos que viajaban en un automóvil Citroën-8 familiar, de color blanco, matrícula M-2299-I, efectuaron varios disparos contra los escaparates de la librería, sita en la calle Benito Gutiérrez esquina la de Tudor, lo que alertó a los guardias, que salieron a la vía pública. Quizá fuera eso lo que buscaban los agresores, pues realizaron una segunda pasada y entonces dispararon contra los dos policías armados, quienes repelieron el ataque, sin que fueran alcanzados ni unos ni otros. En la inspección ocular posterior se encontraron doce casquillos del nueve largo. Cuatro de los impactos dieron en la puerta del establecimiento y también están astilladas dos lunas, que son de fabricación antibala. Los agresores huyeron en el vehículo, metiéndose por dirección prohibida.

La Rafael Alberti.

También los escritores estaban en el blanco de estos grupos de ultraderecha, particularmente autores valencianos cuya obra resultaba particularmente incómoda a la ultraderecha, como Joan Fuster (1922-1992), en cuyo domicilio en Sueca reventó un explosivo colocado en una ventana la noche del 17 al 18 de octubre de 1978, desencajando puertas, destrozando parte de su biblioteca y desparramando cristales por toda la casa. Mientras, la librería Tres i Quatre seguía recibiendo un goteo incansable de ataques.

En Euskadi, el 12 de febrero la librería El Parnasillo fue objeto de un nuevo incendio como consecuencia de un ataque con cócteles molotov (reivindicado de nuevo por un Comando Adolfo Hitler), pero peor parada aún salió la sede de la revista anarquista de Bilbao Askatasuna, cuya sede fue quemada el 24 de agosto. En diciembre de ese año, el lingüista e historiador valenciano Manuel Sanchis Guarner (1911-1981) recibía en su domicilio un paquete, sospechoso, que resultó ser una bomba de medio kilo de pólvora y metralla.

A menudo se ha empleado el término «terrorismo tardofranquista» para referirse a este tipo de atentados cometidos por grupos como los Guerrilleros de Cristo Rey, los GAE (Grupos Armados Españoles), ATE (Antiterrorismo ETA), el BVE (Batallón Vasco Español) o la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), pero quizá la duda que plantea es cuándo concluye ese proceso. Si en 1980 se producía el mencionado atentado contra La Oveja Negra, el 9 de noviembre de 1985 resultaban heridos el propietario (Salvador Egea Feliu) y un empleado (Cipriano Arenas) como consecuencia de un asalto que hizo detonar un explosivo de nagolita (nitrato armónico y gasóleo) en la librería Egea de la calle de la Diputació de Barcelona.

En la misma dinámica parece encuadrarse la irrupción de varias decenas de fascistas en la céntrica librería Crisol de la madrileña calle Juan Bravo mientras Santiago Carrillo (1915-2012) llevaba a cabo la presentación del libro del historiador gallego Santos Juliá (1940-2019) Las dos Españas.

Así lo contaba el periódico El Mundo, recogiendo información de agencias:

El grupo de ultraderechistas, compuesto por varias decenas de exaltados, profirió gritos de «asesino» contra el ex secretario general del PCE, y agredió a quienes protegieron a Carrillo, entre otros el autor del libro, Santos Juliá, el director general de Crisol, Andrés Galdón, y el ex ministro socialista Claudio Aranzadi.

Quizá vale la pena señalar que por entonces Carrillo era nonagenario, pues el episodio sucedió en abril de 2005, y que uno de los cuatro detenidos (tres hombres y una mujer de entre veintiséis y sesenta y un años) era un sargento del Ejército de Tierra en activo. Se les acusó de desórdenes públicos.

También en Madrid, ya en 2013 y durante la celebración del Día del Libro, se produjo en la librería del mismo nombre el que se dio en llamar «Caso Blanquerna» (del que se conservan diversas grabaciones videográficas) que igualmente se consideró un caso de desórdenes públicos y por el que se detuvo a una docena larga de personas. Tras diversas peripecias procesales en las que se implicó la Audiencia Nacional de Madrid y el Tribunal Constitucional, en abril de 2021 no habían entrado en prisión.

En el momento de escribir estas líneas, el último ataque contra librerías que puede considerase atentado terrorista que ha tenido una mínima divulgación es el sufrido por la librería de la Fundación Anselmo Lorenzo.

Fuentes:

AA.VV., El terrorismo desconocido. Atentados terroristas de extrema derecha en Navarra (1975-1985). Informe 2020, Gobierno de Navarra, 2020.

Agencias, «En libertad los cuatro detenidos por el intento de agresión a Carrillo», El Mundo, 21 abril 2005.

Cooperartiva de Cine Alternatiu 1975, Atentados fascistas. Los reductos neo-fascistas contra organizaciones y librerías progresistas (vídeo).

La librería de la Universitat de València.

Santiago Cortés Hernández, «El llibre, perillós enemic. Atemptats contra la llibreria Tres i Quatre (1970-2007)», L’Espill, núm. 38 (2011), pp. 155-166.

Rosa María Pereda, «Un centenar de atentados a librerías españolas», El País, 6 de mayo de 1976.

Redacción, «Los ataques fascistas contra las librerías durante la transición», mpr21, 21 de febrero de 2017.

R. M. S., «Ultras en la Universidad, bombas contra las librerías- Terrorismo en el País Valenciano (I)», Valencia Semanal, núm. 52 (24-31 de diciembre de 1978.

Aránzazu Sarría Buil, «Atentados contra librerías en la España de los setenta. La expresión de una violencia política», en Marie-Claude Chaput y Manuelle Peloile, coords., Sucesos, guerras, atentados. La escritura de la violencia y sus representaciones, PILAR (Presse, Imprimés, Lecture dans l’Aire Romane), 2009.

Ángel Vivas, «Heroicas librerías», El Mundo, 8 de diciembre de 2015.

Antonio Carlos Zurita, «Librería Ágora», Diario de Córdoba, 10 de febrero de 2016.

Librero, profesión de riesgo en España (1970-1975)

En fecha tan tardía como es el fin de semana del 12 y 13 de junio de 2021, aún se vivió en España un episodio de ataque de las fuerzas de ultraderecha contra una librería; en ese caso la víctima fue la madrileña Fundación Anselmo Lorenzo.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Semejante alarde de barbarie tiene en la península una ya bastante ‒a todo punto excesiva‒ tradición, aunque no siempre la prensa ha empleado el mismo término para caracterizarla. Al hablar de los embates de la censura contra Anagrama durante los años setenta, escribe Jorge Herralde: «No hay que olvidar otro tipo de “censura”, la que practicaban los grupos ultras, alentados o permitidos por el gobierno, con sus atentados a las librerías progresistas».

Suele considerarse la colocación de una bomba en la imprenta-librería Mugalde de Hendaya, la madrugada del 7 de abril de 1975, como primer atentado del llamado «terrorismo tardofranquista». Situada en territorio francés, la Mugalde se había especializado casi en libros prohibidos en España, por lo que se había convertido en punto de peregrinación para muchos lectores, además de en sede de encuentros de la oposición abertzale al franquismo y de exiliados diversos. Por si fuera poco, el 20 de mayo sería objeto de un segundo atentado, de nuevo con explosivos, y dos días después gendarmes franceses acompañaban hasta la frontera a un sospechoso trío que tomaba fotografías en el lugar, ante lo que el semanario Enbata (editado en Iparralde) se preguntaba:

Enlace tras el atentado de 1974.

¿Y qué se puede decir sobre los tres policías españoles vestidos de civil sorprendidos el miércoles 21 de mayo ante la librería vasca Mugalde en Bayona por refugiados vascos, que fueron entregados por ellos a la policía francesa, que todo lo que hizo fue conducirlos sin problemas a la frontera? ¿Por qué no se quiso controlar la identidad de los dos «turistas» españoles que fotografiaban a los militantes vascos ante el tribunal de Bayona?

Se mencionó a menudo y vagamente a los responsables como «los de Cristo Rey», pero nunca se identificó a ninguno de los terroristas.

Sin embargo, unos años antes, en diciembre de 1970, ya se había producido otro atentado terrorista sonado, en ese caso en la librería Lagun («amigo» en euskera) de San Sebastián, abierta dos años antes por María Teresa Castell, José Ramón Rekalde e Ignacio Latierro. Era sabido que en la trastienda vendía libros prohibidos, y entre sus clientes ocasionales contaba además con sospechosos habituales de desafección al régimen, como los historiadores Pierre Vilar (1906-2003) y Manuel Tuñón de Lara (1915-1997).

Manuel Tuñón de Lara.

Apenas unos meses después, el 23 de mayo de 1971, se produjo otro atentado de entidad ‒las roturas de escaparates y las pintadas en librerías izquierdosas pronto fueron más o menos habituales‒, en ese caso en la librería valenciana Tres i Quatre, fundada también en 1968 por Eliseu Climent y sede de encuentros clandestinos de sindicalistas y activistas culturales, entre los que destacan el ensayista Joan Fuster (1922-1992), el grafista Josep Renau (1907-1982) a su regreso del exilio, el poeta Vicent Andrés Estellés (1924-1993) o el escultor Andreu Alfaro (1929-2012). En este caso, se lanzó una bomba de pintura al interior del local, que produjo unas pérdidas de 140.000 pesetas de la época. Santiago Cortés Hernández ha documentado hasta qué punto esta librería se convirtió en aquellos años en objetivo de la extrema derecha en «El llibre, un perillós enemic. Atemptats contra la llibrería Tres i Quatre (1970-2007)» (Espill, núm. 38, pp. 155-166).

El 28 de octubre de ese mismo año, se produjeron ataques simultáneos a tres conocidas librerías madrileñas, Visor, Cultart y Antonio Machado, lo que ponía de manifiesto que se trataba de atentados planificados, si bien lo que vinculaba a estas tres librerías en ese momento es haber dedicado sus escaparates a Pablo Picasso (1881-1973), con motivo de su noventa cumpleaños, con libros dedicados a su obra, pósters, carteles o grabados.

Obviamente, esa misma onomástica se celebró en Barcelona, donde la Galería Aquitania organizó una exposición de la que saldría luego el libro Picasso 90 (con obra de Brossa, Tàpies y Tharrats, entre otros, y textos de Luis Racionero, Vázquez Montalbán, Fernando Quiñones…). En la Ciudad Condal la víctima fue la muy popular y céntrica librería Cinc D’Oros, cuyos escaparates recibieron el impacto de varios cócteles molotov, que a su vez incendiaron el interior del local y destruyeron sus entonces innovadoras máquinas expenedoras de libros; las pérdidas económicas se estimaron en un millón de pesetas.

La librería Cinc d’Oros tras los atentados terroristas de octubre de 1974.

Un sistema similar se empleó en 1974 contra la Tres i Quatre, de nuevo en horario comercial, mientras en su interior un jurado compuesto por Baltasar Porcel, Celso Emilio Ferreriro y Lluís y Josep María Carandell deliberaba sobre los Premis Octubre de ese año. En esta ocasión, los cócteles fueron lanzados desde un automóvil en marcha, y reivindicó la acción el Partido Español Nacional Socialista (donde al parecer militó el policía torturador Luis Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño). Ya en abril de ese mismo año habían aparecido pintadas del PENS en el atentado y robo a la sede barcelonesa de Agermanament (que desarrollaba su actividad humanitaria en Camerún, Chile y Catalunya y editaba una revista homónima).

Muy relacionados con esta serie de atentados terroristas perpetrados en Barcelona por grupos de extrema derecha se encuentran otros que por esos meses tuvieron como objetivo la editorial Nova Terra (Primero de Mayo de 1973), la sede de la revista El Ciervo (4 de julio de 1973) ‒atribuido al Quinto Comando Adolfo Hitler‒, la librería Viceversa (16 de agosto), la librería PPC (Propaganda Popular Católica), la editorial Gran Enciclopèdia Catalana (4 de agosto de 1973) y los almacenes de las Distribuidoras de Enlace (noche del 2 al 3 de julio de 1974), que aglutinaba a editoriales cultural e ideológicamente rompedoras como Laia, Cuadernos para el Diálogo, Estela, Anagrama, Tusquets, etc. y cuyas pérdidas alcanzaron los doce millones de pesetas y supusieron poco menos que la asfixia de la empresa; enseguida se publicó un texto de repulsa firmado por 173 escritores (García Márquez, Heinrich Böll, Samuel Beckett, Manuel de Pedrolo, Alberto Moravia, Peter Weiss, Umberto Eco, Julio Cortázar, Teresa Pàmies…). En todos estos casos, el incendio se acompañó de pintadas filofascistas y en algunos casos de robos de material.

Rueda de prensa en Enlace.

Ante lo abrumador e interminable de esta retahíla, no circunscrita a Barcelona, en diciembre de 2015 Ángel Vivas resumió de modo contundente esa etapa en un artículo titulado «Heroicas librerías»:

En los cinco últimos años del franquismo sufrieron ataques de diversa intensidad librerías de Madrid (Antonio Machado, La Tarántula, Visor, Fuentetaja, Libyson, Cultart…), Barcelona (Cinc d’Oros, El Borinot Ros, Tahull), Valencia (Ausias March, Dau al Set y Tres i Quatre), San Sebastián (Corcuera, además de Lagun), Pamplona (El Parnasillo), Valladolid (Clamor, Villalar), Sevilla (Antonio Machado), Zaragoza (Pórtico, que ya fue amenazada en 1946 por exponer libros que aludían a la derrota del Eje).

La Pórtico tras un atentado terrorista.

Como es lógico, por el hecho de estar situadas en territorio francés, no menciona por ejemplo la explosión de una bomba en la sede de la Editorial Ebro (del PCE) en París, el atentado con bomba del 12 de junio de 1975 contra Nafarroa, propiedad de refugiados políticos vascos, que tres días después de reabrir volvió ser atacada (el 14 de julio) o a la editorial Elkin, ni la más sonada contra la sede de la editorial Ruedo Ibérico en la rue Latran el 14 de octubre (una semana antes de la muerte del dictador y mientras su editor se encontraba en la Feria del Libro de Frankfurt). En su biografia del editor de Ruedo Ibérico, Albert Forment recoge la siguiente carta de José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) a Francisco Carrasquer (1915-2012):

Una carga de plástico hizo saltar la librería. Todo está en un desorden indescriptible. Los desperfectos sólo en  nuestro domicilio ‒la calle se quedó sin vidrios y varios autos fueron reventados‒ superan el millón de pesetas. […] El atentado ha sido reivindicado por Antiterrorismo-ETA [grupo de ultraderecha más conocido como ATE]

La Ruedo Ibérico tras el atentado terrirista.

Apostilla Forment que los daños directos se cifraron en 70.000 francos y en unos 12.000 los derivados del obligado cierre, lo que generó una ola de solidaridad que se tradujo en la cesión de obras de Joan Miró (1893-1983) y Antoni Tàpies (1923-1012), así como en aportaciones económicas importantes de Josep Tarradellas (1899-1988) y Francisco Carrasquer o en la cesión de derechos de Gabriel Jackson (1921-2019), entre otras muchas ayudas.

Los atentados terroristas contra librerías no se atenuaron tras la muerte de Franco, y como escribe Aránzazu Sarría Buil:

Convertida en medio para ejercer una presión política y en finalidad para desestabilizar el proceso democrático en ciernes, la violencia ocupó un papel destacado que se extendió a lo largo de todo el período de la transición […] En los meses que sucedieron la muerte de Franco las librerías de las ciudades españolas más importantes fueron testigo de una escalada de violencia política sin precedentes cuya autoría, no siempre reivindicada, recaerá en grupos de la ultraderecha.

A tenor de todo ello, no es de extrañar que el 6 de mayo de 1976 la escritora y periodista cultural Rosa Pereda titulara un abrumador artículo en El País: «Un centenar de atentados a librerías españolas».

Fuentes:

AA.VV., El terrorismo desconocido. Atentados terroristas de extrema derecha en Navarra (1975-1985). Informe 2020, Gobierno de Navarra, 2020.

Cooperartiva de Cine Alternatiu 1975, Atentados fascistas. Los reductos neo-fascistas contra organizaciones y librerías progresistas (vídeo).

Santiago Cortés Hernández, «El llibre, perillós enemic. Atemptats contra la llibreria Tres i Quatre (1970-2007)», L’Espill, núm. 38 (2011), pp. 155-166.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000. 

Jorge Herralde, «La censura», en Anagrama. 50 Años, Anagrama, 2019, pp. 23-25.

Rosa María Pereda, «Un centenar de atentados a librerías españolas», El País, 6 de mayo de 1976.

Aránzazu Sarría Buil, «Atentados contra librerías en la España de los setenta. La expresión de una violencia política», en Marie-Claude Chaput y Manuelle Peloile, coords., Sucesos, guerras, atentados. La escritura de la violencia y sus representaciones, PILAR (Presse, Imprimés, Lecture dans l’Aire Romane), 2009.

Ángel Vivas, «Heroicas librerías», El Mundo, 8 de diciembre de 2015.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Vicenç Riera Llorca, trabajos editoriales brillantes (y los puramente alimenticios)

Vicenç Riera Llorca.

La que probablemente sea la mejor novela de Vicenç Riera Llorca (1903-1991), Tots tres surten per l’Ozama, tardó más de veinte años en publicarse en su país natal, después de su primera edición en el país que le acogió en su exilio tras la guerra civil española. Inicialmente la publicó en México Avel·lí Artís i Balaguer en su Col·lecció Catalònia en 1946 y, por razones obvias de censura, su aparición en Barcelona se retrasó hasta que en 1967 Edicions 62 la incorporó a su colección El Balancí.

Al concluir la guerra civil, y tras el consabido paso por Francia, Riera Llorca se trasladó a Santo Domingo, donde uno de sus primeros empleos fue como camarero en el café restaurante Hollywood, que, debido a su clientela mayoritariamente estadounidense, contrató asimismo a otros sindicados en la FOSIG (Federació d’Organitzacions Sindicals de la Indústria Gastronòmica) capaces de hablar en inglés. Fue durante esos meses cuando Riera Llorca compartió por primera vez faenas con el caricaturista y pintor surrealista valenciano Toni (Antoni Bernad Gonzálvez, 1917-2011), con quien volvería a coincidir más tarde en la redacción de la revista Confidencias, antecedente en México de las revistas del corazón.

Una vez llega a México, en febrero 1942, Riera Llorca se incorpora al equipo de A. Artís Impresor como corrector de pruebas, trabajo que ya había llevado a cabo a finales de los años veinte en Barcelona, y más tarde seguiría corrigiendo para la Editorial Minerva (donde también tradujo) y en la Imprenta Sícoris.

En cuanto le surge la oportunidad, interviene en la fundación de una editorial, Ediciones Fronda, cuyo recorrido fue más bien breve y trompicado y ya ha sido resumido.

Estaba ya un paso de poder poner en pie las diversas iniciativas editoriales que desarrollaría en México, pero a lo largo de toda la década de los cuarenta no deja de intervenir en todo tipo de aventuras editoriales y ocupándose de las más diversas tareas. Por aquel entonces, por ejemplo, colabora en la fundación de la revista Lletres (1944-1947) con el aún emergente poeta Agustí Bartra (1908-1982), que ese mismo año publicaba su Oda a Catalunya des dels tròpics. Lletres se caracterizó por un grado de exigencia literaria superior a la media de las revistas del exilio, y no es de extrañar que pronto dispusiera de un sello editorial propio (Edicions Lletres), en el que se publicó al ilustrador Xavier Nogués (50 ninots, 1944), Anna Murià (Via de l’Est, 1946), al «sabio catalán» Ramon Vinyes (Pescadors d’anguiles, 1947), al joven hispanomexicano Manuel Duran (Ciutat i figures, 1952) y al propio Riera Llorca (Giovanna i altres contes, 1945), además de, obviamente, diversos poemarios de Bartra.

Vicenç Riera Llorca.

Sin embargo, 1944 es también el año de fundación de una importante revista humorística mexicana que combinaba chistes, caricaturas y poemas satíricos, Don Timorato, en la que Riera Llorca tuvo una participación menos conocida, como dibujante. Ya en los años treinta el polifacético grafómano catalán había dibujado chistes para publicaciones tan distintas como L’Esquella de la Torratxa y Rambla, pero en Don Timorato se unió a una pléyade de espléndidos ilustradores mexicanos que luego tendrían, en algunos casos, dilatadas y exitosas carreras. En esta revista, en cuya fundación intervinieron Ernesto García Cabral (1890-1968), Renato Leduc (1897-1986), Carlos León, Antonio Arias Bernal (1913-1960) y dirigió el ilustrador de libros Héctor de Falcón (1905-1990), sobresalieron como escritores Salvador Novo y el mencionado Leduc, pero la revista se hizo célebre sobre todo gracias a ilustradores como Abel Quezada, Alberto Isaac, Rafael Freyre, Alberto Huici de la Torre, X-Peña, Bismarck Mier, Ram (Héctor Ramírez Bolaños), etc., así como por la presencia de los exiliados españoles Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983) y Lucio López Rey (1904-1957). Por intervención precisamente de Riera Llorca, entró también como colaborador de Don Timorato Avel·lí Artís Gener (1912-2000), que no firmaba las caricaturas con su nombre, probablemente debido a que la revista la financiaba (muy generosamente) Miguel Alemán Valdés con la oculta intención de promover su candidatura a la presidencia de la República Mexicana.

Marilyn Monroe en Confidencias.

Como ya se ha mencionado, en 1946 Riera Llorca coincide de nuevo con Toni cuando se pone al frente de la revista Confidencias, una publicación semanal de gran éxito destinado a las amas de casa (con consejos de belleza, recetas de cocina, biografías de personajes famosos, etc.), en la que colaboraron otros exiliados republicanos españoles, como es el caso de la feminista socialista Matilde Cantos (1898-1987), que firmaba como Márgara Seoane. Asimismo de agosto de 1946 es el único número de la revista Endavant, órgano del MSC (Moviment Socialista de Catalunya), que dirigió Ángel Estivill y del que Riera Llorca fue el único redactor.

Victor Alba.

Sin embargo, dos años después ya está poniendo en marcha una nueva revista de muy distinto signo, Cròniques. Víctor Alba, que completaba el trío de promotores de esta iniciativa con Costa-Amic, la describe del siguiente modo:

Una especie de carta confidencial, impresa en papel biblia, que se mandaba a Catalunya por avión desde diversos puntos de America (gracias a los amigos de S [el propio Victor Alba]. Querían informar sobre la situación internacional, sobre lo que pasaba en España, pero recibieron algunas quejas de destinatarios que tenían miedo y, finalmente, pensando que era muy cómodo hacer oposición desde el exterior, decidieron suprimir Cròniques al cabo de tres números que se habían pagado con aportaciones de cuatro o cinco compañeros.

Pasarán unos años antes de que, en compañía del político, librero y escritor Ramon Fabregat (1894-1985), el escultor y pintor  Josep Maria Giménez Botey (1911-1974) y el político e historiador Josep Soler i Vidal (1908-1999), crearan una de las mejores revistas literarias que pusieron en pie los exiliados republicanos catalanes en México, Pont Blau (1952-1963), que no sólo es una fuente indispensable para aquilatar la literatura catalana de aquellos años, sino que, además de publicar textos explícitamente censurados en España, fue escenario de algunas polémicas importantes; valga como ejemplo la generada por la Antologia de la poesia catalana, 1900-1950, de Joan Triadú (publicada por la Editorial Selecta de Josep Maria Cruzet en 1951), y en la que intervinieron escritores como Pere Calders, Joan Fuster, Antoni Ribera y Rafael Tasis.

No es ocioso añadir ‒porque es indicativo de las intenciones de restablecer el diálogo transoceánico‒ que también de 1952 es la aparición de una revista de nombre con connotaciones muy similares llevada a cabo por el editor Miquel Arimany (1920-1996), en cuyos primeros números, al igual que en Pont Blau, también convergieron escritores de diversas generaciones del exilio (Jordi Arbonés, Agustí Bartra Pere Calders, Josep Ferrater Mora, Domènec Guansé, Odó Hurtado, Rafael Tasis, etc.) con los del interior (Maria Aurèlia Capmany, Josep Maria Espinàs, J.V. Foix, Rosa Leveroni, Manuel de Pedrolo, Carles Riba, Jordi Sarsanedas…).

Apenas tres años después de arrancar la revista aparece el primer libro publicado por quienes la animaban, Unes quantes dones (1955), que reunía diversos cuentos publicados por Odó Hurtado (1902-1965) en Pont Blau y que aparece bajo el sello de Editorial Xaloc. No llegarían a la decena los libros de Xaloc, pero entre ellos se cuentan una joya para los historiadores de la política catalana, Quaranta anys d’advocat, de Amadeu Hurtado (1875-1950), con prólogo de su hijo Odó, quien más tarde publicaría en esa misma editorial su primera novela, L’Araceli Bru (1958).   

Riera Llorca siguió al frente de la revista hasta su desaparición (si bien un año después la relevaba Xaloc, en la que también colaboró), y en cuanto regresó a su país, en 1969 (dos años después de la publicación en Barcelona de Tots tres surten per l’Ozama), relanzó su carrera como escritor y encontró un nuevo público para su obra, con novelas como Amb permís de l’enterramorts (1970), galardonada con los premios Prudenci Bertrana y de la Crítica Serra d’Or, Fes memòria, Bel (1971), Premi Sant Jordi, y Oh, mala bèstia! (1972), entre otras, e interesantísimos libros de evocación y testimonio, como Nou obstinats (1971), El meu pas pelt temps (1979) o, ya póstumamente, Els exiliats catalans a Mèxic (1994).

Fuentes principales:

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Vicente Lloréns, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.