Libertad de imprenta

Proyecto de Ley sobre la Libertad de Imprenta, presentado en las Cortes y Leído en el Congreso de los Señores Diputados de Orden de su Magestad la Reina Gobernadora por el Ministro de Gobernación de la Península el 14 de septiembre de 1839 (Madrid, Imprenta Nacional, 1839).

Real Decreto sobre el ejercicio de la libertad de imprenta publicado el 5 de abril de 1852 en la Imprenta Nacional de Madrid.

Ediciones Antisectarias

En un libro de 1987, el que durante muchos años fuera director de la Biblioteca Nacional, Hipólito Escolar, ya insinuaba el vínculo entre las Ediciones Antisectarias y los orígenes remotos de la editorial Lumen, lo que, dadas las características de una y otra empresa y sobre todo sus muy distintas relaciones con la censura, no es sino una de las paradojas más suculentas de la historia de la edición española.

A las Ediciones Antisectarias de Joan Tusquets i Terrats (1901-1998) se refiere su sobrina Esther Tusquets (1936-2012) en el primer volumen de sus memorias, sin mencionarlas explícitamente, del siguiente modo:

El reverendo Juan Tusquets, más tarde monseñor Tusquets, que había estado en contacto el año 36 con los militares amotinados y mantenía relaciones con Franco, había conseguido, al comenzar la guerra, huir a Burgos, y había iniciado allí una editorial de libros religiosos. Nunca llegué a preguntarle, quizá porque no me había planteado siquiera la cuestión, qué peregrina ocurrencia le había inducido a fundar, en plena contienda, cuando se luchaba en todos los frentes y la gente moría a mansalva y había sin duda cometidos mucho más apremiantes, una empresa de este tipo.

Aun cuando se licenció en Filosofía en Lovaina y Valladolid y en 1926 fue ordenado sacerdote, Joan Tusquets mostró muy pronto un vivo interés por la palabra escrita, y en 1927 publicaba ya El Teosofisme, al que seguiría el año siguiente Assaigs de crítica filosòfica (1928), en las Edicions de la Nova Revista, al tiempo que iniciaba una intensa campaña contra el teosofismo, que posteriormente se ampliaría al rotarismo, el espiritismo, las sociedades nudistas, los vegetarianos, los defensores del esperanto y, por supuesto, a cualquier derivado del marxismo o del anarquismo. Al año siguiente dirigía ya su primera publicación periódica, Formació catequística (1929-1936), de la Junta Superior Catequística de Barcelona, de la que se imprimía también una edición en español; y, lo que es más importante, actuó como censor religioso y su nombre figura al pie de varios libros infantiles de aquellos años entre los que se cuentan, por ejemplo, Faules i moralitats, del sacerdote Joan Puntí i Collell (1886-1962) e ilustrado con cien dibujos del célebre ilustrador de libros [Joan García] Junceda (1881-1948), volumen con el que en 1929 se estrenaba la Col·lecció Roselles de la Editorial Balmes.

Aun así, la fama de Joan Tusquets en Cataluña alcanzó su cénit cuando en dos publicaciones en español de 1932, Orígenes de la Revolución Española  y Los poderes ocultos en España: Los Protocolos y su aplicación a España. Infiltraciones masónicas en el catalanismo ¿El señor Macià es masón?, señalaba falsamente al por entonces ya septuagenario presidente de la Generalitat de Catalunya, Francesc Macià (1859-1933), como perteneciente a la Masonería. Ambas obras, así como Formació catequística, salieron de la Casa de Arte Católico de José Vilamala Galobardes (1876-1959), que por entonces había simplificado ya su nombre a Editorial Vilamala, y dieron pie a una intensa y dura polémica que puede seguirse en El Correo Catalán, del que era colaborador Tusquets, y La Vanguardia.

En ese mismo año Tusquets aparece como director, con Joaquim Guiu Bonastre (1898-1939) como secretario, de la Biblioteca Las Sectas, unos cuadernos anunciados como trimestrales, de unas doscientas páginas, de los que llegaron a aparecer quince números entre 1932 y 1935, cuyos índices pueden consultarse en filosofía.org y que se presentaban como una continuación y ampliación de Orígenes de la Revolución española. Antes de concluir esta colección, en 1934, Tusquets tuvo oportunidad de hacer una visita al recién creado campo de concentración de Dachau durante un viaje auspiciado por la Asociación Antimasónica Internacional.

Anuncio aparecido en La Vanguardia del 12 de junio de 1932.

Al producirse el levantamiento militar el 19 julio de 1936, inicialmente sofocado en Barcelona, huyó el día 30 con pasaporte portugués a bordo de un mercante alemán que le dejó en Génova, de allí pasó a Roma y de la capital italiana, siempre por tierra, viajó hasta la zona dominada por los sublevados. Al parecer, allí puso (y aumentó) los datos que había acumulado sobre indicios que señalaban a los más diversos personajes como masones, judíos o marxistas (acaso ocupándose, con el grado de alférez-sacerdote, de la sección antimasónica del Servicio de Información Militar, los servicios secretos franquistas); con todo, lo que aquí interesa es que publicó e intervino como asesor religioso de la revista juvenil falangista publicada en San Sebastián Pelayos, y posteriormente, en Burgos, además de frecuentar al general Mola y a Franco (de cuya hija Carmen fue preceptor) y afiliarse a la Falange Española, fundó a finales de 1936 las Ediciones Antisectarias.

Portada de un volumen de la Biblioteca Las Sectas.

Los volúmenes, opúsculos y folletos de las Ediciones Antisectarias se imprimían en los talleres burgaleses de los Hijos de Santiago Rodríguez, que da nombre también una de las librerías más antiguas de España, y solían tirar 10.000 ejemplares de los libros, aunque alguno llegó incluso a los 30.000, a un precio muy moderado que oscilaba entre la peseta y la peseta y media (muy consecuente con el propósito propagandístico que las alentaba). Se publicaron una decena de muy elocuentes títulos numerados, empezando con La Francmasonería, crimen de lesa patria, de Tusquets, y concluyendo con La Masonería y la pérdida de las colonias, de Primitivo Ibáñez Argote, quien en 1955 (siendo capellán de la prisión de Vitoria) publicó Yo vi ejecutar al «buen ladrón» del siglo XX en la histórica Imprenta Egaña (donde se había impreso, por ejemplo, la segunda época del decimonónico «periódico católico-monárquico de Vitoria» La Buena Causa, del Círculo Carlista Alavés).

Sin embargo, además de los numerados se publicaron en las Ediciones Antisectarias muchos otros volúmenes (Lágrimas y sonrisas, de Antonio Pérez de Olaguer [1907-1968], Rasgos inéditos de Fernando de los Ríos, de Francisco de Vélez, o Masones y pacifistas, de Tusquets), hasta formar un total de una veintena entre los que los más conocidos quizá sean, además de los mencionados, Masonería y separatismo (1937), de Tusquets, y los de Antonio Pérez de Olaguer (1907-1968) El terror rojo en Cataluña (1937) y El Terror rojo en Andalucía (1938).

No obstante, uno de los libros que resulta más interesante para establecer la continuidad entre esta editorial y Lumen es sin duda la biografía escrita por Pérez de Olaguer del sacerdote de origen mexicano El padre Pro, precursor, centrada en el personaje que ha pasado a la historia por haber gritado, en el momento de ser fusilado, “¡Viva Cristo Rey!”

Anunciado en la contracubierta de varios libros de las Ediciones Antisectarias, la primera edición de esta biografía apareció ya concluida la guerra, en 1940 y en Barcelona, y con el sello de Lumen, cuyo director era Juan Tusquets. Otro dato que refuerza este vínculo es que quien en marzo de 1939 figuraba como propietario de Ediciones Antisectarias y el de Lumen en el verano de 1940 es la misma persona, Carlos Tusquets Terrats, hermano de Juan.

Masones y pacifistas, de Juan Tusquets, con prólogo del cuñado de Carmen Polo (esposa de Francisco Franco), Ramón Serrano Suñer.

A partir de los años cuarenta, Juan Tusquets atenuó un poco su antimasonismo para centrarse sobre todo en la catequesis y a partir de 1956 en su cátedra en la Universidad de Barcelona, así como en la escritura y publicación (a menudo en Lumen) de obras como Crítica de las religiones (1948) o Ramon Llull, pedagogo de la Cristiandad (1954), aunque quizás su título más memorable sea la colaboración en Tarzán contra Robot (Oikos-Tau, 1986), pero tuvo también tiempo para ocuparse de la dirección de publicaciones periódicas como Formación catequista o Perspectivas pedagógicas. En algún momento, según recuerda Esther Tusquets sin precisarlo, debió de ceder la dirección de Lumen a otro de sus familiares: «La dirigía el marido de una de mis tías —Guillermo Jurnet, que siguió trabajando con nosotros hasta una tardía jubilación—, la supervisaba mi tío Juan, el cura, y había invertido el dinero otro de mis tíos».

La reimpresión de exitosos catequismos y libros de tema religioso se convirtió en un soporte económico seguro que, en alguna medida, permitió que en los primeros años sesenta un pequeño grupo de entusiastas sin ninguna experiencia en el mundo del libro, con Esther Tusquets a la cabeza, reconvirtiera por completo la editorial Lumen, inicialmente con libros infantiles ilustrados (algunos de ellos traducidos por la propia Esther) y posteriormente con una colección tan rompedora como Palabra e Imagen que daría paso a otras igualmente conocidas, recordadas e incluso añoradas (muchas de ellas, por cierto, toparon a menudo con la censura franquista).

Fuentes:

Lluis Bonada, «Joan Tusquets», Avui, 28 de febrero de 1990, p. 12.

Jordi Canal, «Las campañas antisectarias de Juan Tusquets (1927-1939): Una aproximación a los orígenes del contubernio judeo-masónico-comunista en España», en José Antonio Ferrer Benemeli, coord., La masonería en la España del siglo XX, vol. II, Universidad de Castilla-La Mancha, 1996, pp. 1193-1214; incorporado como capítulo de Jordi Canal, Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carilsmo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons, 2006, pp. 293-322.

Javier Domínguez Arribas, El enemigo judeo-masónico en la propaganda franquista (1936-1945), Madrid, Marcial Pons, 2009.

Hipólito Escolar, La cultura durante la guerra civil, Madrid, Alhambra (Estudios 38), 1987.

Ana Martínez Rus, ««La represión cultural: libros destruidos, bibliotecas depuradas y lecturas vigiladas», en Julio Arostegui, coord., Franco: la represión como sistema, Madrid, Barcelona, Flor del Viento, 2012, pp. 365-415.

Paul Preston, «Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», traducción del inglés de Sandra Souto Kustrín, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007), incorporado luego a España en la guerra civil europea. Contribuciones de un hispanista, Universitat de València, 2017.

Ignasi Riera, Els catalans de Franco, Barcelona, Plaza & Janés, 1998.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, Barcelona, RqueR, 2005.

Conrad Vilanou Torrano, «La pedagogía culturalista de Juan Tusquets», Revista Española de Pedagogía, núm. 220 (septiembre-diciembre de 2001), pp. 421-437.

 

La antología como estrategia editorial (el caso del exilio)

«Lector, nunca desdeñes una antología. Siempre tendrá una buena flor (anthos, en griego) entre tantas reunidas.»

Luis Antonio de Villena

Roger Chartier.

La publicación en forma de libro de textos de diversos autores, e incluso de obras anónimas, reunidas con los criterios más diversos (procedencia geográfica, lengua, género literario) es históricamente anterior a la publicación de libros siguiendo el principio de la autoría o la obra unitaria (piénsese por ejemplo en los romanceros, florilegios, tesauros, etc.). Como escribió en su momento el eminente estudioso Roger Chartier, que alude por ejemplo al Primer Volumen de la Biblioteca del Señor de La Croix du Maine (1584) y a la Biblioteca de Antoine du Verdier, señor de Vauprivas (1585), entre otros casos, «la noción moderna de “libro”, que asocia espontáneamente un objeto y una obra, para no haber sido desconocida en la Edad Media, no se desprende sino lentamente de la forma de la selección que reúne varios textos de un mismo autor». Es decir, en la Europa moderna el proceso se produce del libro de autoría colectiva o que compila textos diversos al libro de un autor único (ya sea como obra unitaria o como volumen que compila diversas obras de ese mismo autor).

Modernamente la forma editorial de antología se ha empleado a menudo para reunir lo más destacado de una literatura nacional, por ejemplo, o la producción reciente de un grupo poético (con la Poesía española. Antología, 1915-1931, de Gerardo Diego, como caso paradigmático en el ámbito hispánico, pues incluso perfiló una primera nómina de la Generación del 27), pero con una tal amplitud de criterios posibles que lleva a Lluís Borràs Perelló a dar en su imprescindible vademécum  El libro y la edición una definición muy abierta (pero quizá un poco sesgada) de “antología”: «Es un libro que recoge una selección de los mejores textos literarios de uno o de varios autores. Puede ser de poesía, de cuentos o de novela negra».

A nadie extrañará que la antología (más que la colección) haya sido un modo empleado a menudo por diversas editoriales para dar a conocer ámbitos literarios apenas conocidos o bien olvidados pero aún valiosos o pertinentes para el lector de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las antologías mediante las cuales se ha intentado dado a conocer en España a algunos narradores que desarrollaron el grueso de su producción en el exilio, como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y que la censura franquista escamoteó a los lectores españoles.

Ya en 1970, estando aún vivo el dictador Francisco Franco, el crítico Rafael Conte reunió en Narraciones del la España desterrada a catorce nombres importantes de la narrativa breve escrita en el exilio, si bien con algún texto (particularmente «Ocnos», de Cernuda) un poco inesperado en un libro de tales características. En cualquier caso, en aquellas fechas el propósito de Conte, como explicaba en el siempre necesario prólogo en estas circunstancias, «no se trata de los mejores relatos de los escritores del exilio, sino de una recopilación indicativa.» En su momento, es muy probable que los nombres de Pedro Salinas, Cernuda o Ramón J. Sender le sirvieran al antólogo como gancho para llamar la atención acerca de otros nombres valiosos (casos de José Ramón Arana, Paulino Masip y Esteban Salazar Chapela, por poner algunos ejemplos), tomando también en consideración los que escribieron en lenguas distintas al español (Pere Calders y Mercè Rodoreda), pues su intención era mostrar un primer mapa de un terreno prácticamente desconocido más allá de algunos nombres descollantes. Sin duda, habrá quien objete a esta selección la muy escasa presencia de escritoras. El añadido de unas breves e incompletas fichas biobibliográficas de cada uno de los autores son, por su misma precariedad, indicativas del momento en que se publicó esta antología y del desconocimiento que tenían de ellos incluso los críticos literarios españoles bien informados. La inclusión de esta antología en una colección como lo fue El Puente Literario (continuación de El Puente, de Guillermo de Torre, ambas en Edhasa), cuya voluntad era propiciar los contactos entre las culturas americanas y españolas es también revelador de los objetivos que animaban el proyecto. Y como prueba de su relativa efectividad, las palabras del propio Conte en sus memorias: «se vendió bastante bien al principio, la edición fue de 5.000 ejemplares, aún deben de quedar restos en Moyano, y saqué 15.000 pesetas», así como las ediciones que en los años inmediatamente posteriores se hicieron de las obras de algunos de los autores antologados en este volumen.

De signo muy distinto pero en parte relacionada con ella fue la más discreta pero bastante singular antología prologada por J. León Ignacio Historias del 36 —también anterior a la muerte de Franco—, en la que el criterio es estrictamente temático (la guerra civil), pero en la que, muy acertadamente, se ofrecen algunas visiones de los perdedores de la contienda que sólo pudieron exponer su versión fuera de España: Max Aub y Manuel Andújar, junto a la de otros perdedores (Francisco Candel, Manuel Pilares) y varios escritores a los que se puede considerar «ganadores» (Luis Romero, Rafael García Serrano o Ricardo Fernández de la Reguera).

Según se anuncia en el prólogo, de 1974:

 Han pasado suficientes años para que los españoles podamos contemplar con cierta serenidad ese episodio de nuestra historia más cercana.

El propósito de la presente antología es contribuir a conseguirlo.

[…] Lo único que se ha  buscado es que dieran la visión del conflicto que obtuvieron desde el lugar en que se encontraban [durante la guerra].

[…] Para muchos, la lectura de las páginas que siguen será como volver a vivir el pasado. Para otros, y en eso confiamos, comprenderlo.

En este caso, quizá por prudencia o por el objetivo que se perseguía y los criterios de la selección, no hay referencia alguna a la biografía de los autores antologados, aun cuando no puede decirse de todos ellos, ni mucho menos, que fueran, por lo menos más allá de las aulas universitarias, sobradamente conocidos por los lectores españoles de 1974.

Pero sin duda mayor interés y más centrada en el propósito de rescatar a una serie de autores escamoteados hasta entonces al grueso de los lectores españoles es la antología preparada por Javier Quiñones para la editorial Menoscuarto, que en ciertos sentidos es heredera de la de Rafael Conte. Por ejemplo, ambas priorizan el concepto de exilio republicano español por encima de la lengua en la que se escribieron originalmente los textos y, en consecuencia, conceden espacio a la literatura catalana: ambos eligen a Rodoreda y Calders, si bien en cuanto a las literaturas gallega y vasca Quiñones selecciona textos en español (de autores bilingües como Martín de Ugalde y Rafael Dieste) no recogidos por Conte. Siendo como son muy similares los autores escogidos, del cotejo de los índices de las antologías de Conte y Quiñones se desprenden ya al primer vistazo algunas otras novedades: la lógica exclusión en el segundo de Cernuda (por no encajar en sentido mínimamente estricto en la categoría de cuentos), la inclusión de Manuel Chaves Nogales (por entonces ya recuperado para el lector español mediante la edición de las Obras Narrativas Completas por la Fundación Luis Cernuda y algunas ediciones en Clan y Abc) y Álvaro Fernández Suárez (conocido en España como poco más que finalista del Premio Espejo de España, de ensayo, en 1983), además de los ya mencionados Dieste y Ugalde.

Manuel Andújar (1913-1994)

Pero quizás incluso más significativo, y consecuente con la línea de la editorial en que apareció, fue el apartado específico dedicado a los microrrelatos, en que aparecen obras de Aub, Andújar, Barea, Ayala y una amplia selección de Pere Calders. Y acerca de la efectividad de este tipo de antologías que pretenden llamar la atención sobre autores silenciados —un corpus amputado de la historia literaria española— más por razones políticas que estéticas y a las que tan difícil les resulta entrar en el canon, escribe Javier Quiñones en 2005:

…cabría preguntarse qué queda de aquel interés, porque si bien es cierto que en el ámbito académico universitario el exilio vive un momento dulce de dedicación […], en lo que se refiere a ediciones de obras en editoriales de buena distribución y en colecciones de clásicos prestigiosas , no se puede decir otro tanto. Si nos fijamos en los autores de esta antología veremos que el panorama arroja luces y sombras en lo que a ediciones se refiere. Por poner sólo algún ejemplo, baste decir que de los libros de Álvaro Fernández Suárez, uno está aún inédito en España, desde 1954, y el otro no se reedita desde 1968; Sender […] no dispone aún hoy, en 2005, de una edición de cuentos completos, al igual que Max Aub, Paulino Masip o Segundo Serrano Poncela, entre otros. Quedan muchos libros de relatos por editar.

A ello se aplicaron más de diez años después Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, cuya selección, si por un lado deja fuera a los escritores exiliados que escribieron en una lengua distinta al español, incorpora algunas novedades que sin duda pueden interpretarse como la presentación de otros autores y textos importantes al grueso de los lectores no especialistas, como es el caso de Clemente Airó, César M. Arconada, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petera, Simón Otaola o Jesús Izcaray, cuyos libros, caso de haberlos, no habían tenido la difusión que podía darles una editorial como Salto de Página, y en una colección que se presenta en su web del siguiente modo:

La colección Cian acerca al lector obras del siglo XX escritas originalmente en lengua española que han permanecido inéditas en España o llevan un largo período de tiempo fuera del mercado editorial a pesar de su indudable calidad.

Esta colección con vocación de rescate se inaugura en 2009 con la primera edición española de La raíz rota de Arturo Barea, y se prolongará con textos narrativos —novela y relato— y antologías temáticas de autores españoles e hispanoamericanos del siglo pasado.

También incorpora por primera vez con respecto a las antologías mencionadas textos de María Teresa León, y no aparecen en cambio textos de Rosa Chacel, pero en este caso no parece pertinente hablar tanto de accesibilidad de sus obras como de uno de los modos en que se expresa el criterio estético de los antólogos.

A la vista de estos ejemplos, cuya eficiencia en la divulgación de textos y escritores que son desconocidos al lector español por efecto de la dictadura franquista es difícil de aquilatar, pero el hecho mismo de que sigan incorporándose nuevos autores dignos de ser leídos da por lo menos una idea de la magnitud (ciclópea) y la longevidad de los efectos de la censura franquista.

 

Relación, en orden alfabético, de los autores presentes cada una de las antologías mencionadas:

Rosa Chacel.

Naraciones de la España desterrada (1970): Manuel Andújar, José Ramón Arana (José Ruiz Borau), Max Aub, Francisco Ayala, Arturo Barea, Pere Calders, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, Esteban Salazar Chapela, Pedro Salinas, Ramón J. Sender y Segundo Serrano Poncela.

Historias del 36 (1974): Ignacio Aldecoa, Pedro Álvarez Manuel Andújar, Max Aub, Francisco Candel, R. Fernández de la Reguera Rafael García Serrano, Manuel Pilares (Manuel Fernández Martínez, 1921-1992), Luis Romero y Víctor Català.

Sólo una larga espera (2006): Manuel Andújar, José Ramón Arana, Francisco Ayala, Max Aub, Arturo Barea, Pere Calders, Rosa Chacel, , Manuel Chaves Nogales, Rafael Dieste, Álvaro Fernández Suárez, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, , Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela y Martín de Ugalde.

Los restos del naufragio (2016): Clemente Airó, Manuel Andújar, José Ramón Arana, César M. Arconada, Max Aub, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petere, María Teresa León, Paulino Masip, Simón Otaola, Esteban Salazar Chapela, Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela, Martín de Ugalde y Jesús Izcaray.

Fuentes:

AA.VV., Historias del 36, prólogo de J. León Ignacio, Madrid, Ediciones 29  (Libros Río Nuevo 4/ Serie Literatura 1), 1974.

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Bibolioteconocmía y Administración Cultural 269)m 2015.

Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, prólogos de Ricardo García Cárcel y Roger Chartier, traducción de Viviana Ackerman (y de Xavier Gaillard Pla del prólogo de Chartier), Barcelona, Gedisa, 2017.

Rafael Conte.

Rafael Conte, ed., Narraciones de la España desterrada, Barcelona, Edhasa (El Puente), 1970.

Rafael Conte, El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998.

Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, eds. y prologuistas, Los restos del naufragio. Relatos del exilio republicano español, Madrid, Salto de Página, 2016.

Josep Mengual Català, «El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada», en Javier Quiñones, coord.., «La narrativa breve del exilio republicano», Quimera, núm. 252 (enero de 2005), pp. 56-58.

Javier Quiñones, ed., Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto (Reloj de Arena), 2006.

Luis Antonio de Villena, «Antología», en Gonzalo Pontón y Fernando Valls, coord., «El alfabeto de los géneros», Quimera, núm 263-264 (noviembre de 2005), pp. 17-18,

Entre el criterio estético y el ideológico: el editor Luis de Caralt

Luis de Caralt durante la guerra civil española.

No es probable que alguien discuta que Josep M. Castellet (1926-2014) fue uno de los editores y críticos literarios de izquierda más influyentes e importantes tanto de la literatura española como de la catalana del siglo XX. Por ello a veces resulta un poco chocante evocar que sus inicios en el mundo de la edición se produjeron como colaborador de Luis de Caralt (1916-¿?), conocido falangista barcelonés, si bien, en palabras del propio Castellet, se trataba de «una rara avis del falangismo». De hecho, Caralt pertenecía al ala más filonazi del falangismo y en diciembre de 1939 había entrado a formar parte de la junta política de la clandestina Falange Española Auténtica, un grupo de falangistas que desde el primer momento se había mostrado contrario al decreto del 19 de abril de 1937 mediante el cual Falange Española de las JONS se unificaba con   la unificación de la Falange Española y con la Comunión Tradicionalista (carlistas), para dar lugar a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.

Castellet empezó haciendo para la editorial de Luis de Caralt correcciones de estilo, que consistían básicamente en limpiar de argentinismos las traducciones, sobre todo del inglés, de las novelas que dieron fama a la empresa. Más adelante participó también en la redacción de Panorama literario (1947-1954), un boletín en el que también escribieron Esteban Pinilla de las Heras (1924-1994) –no Carlos, como equivocadamente señala Moret y luego se ha repetido demasiado a menudo– y Manuel Sacristán (1925-1985), entre otros, y del que se publicaron pocos números.

En primer término, Castellet, poco tiempo después, formando ya parte del equipo de Carlos Barral.

Creada en solitario por Luis de Caralt, tanto por la diversidad de géneros y literaturas en las que se fija como por la particular dedicación a las obras en lengua inglesa, es evidente que, de los editores de su entorno que podían servirle de modelo, el principal fue Josep Janés i Olivé (1913-1959), de quien el propio Caralt declaró: «Yo, como editor, aprendí mucho de José Janés: era el gran ejemplo a seguir en los años cuarenta. José Janés, espléndido editor, además de excelente poeta en lengua catalana…».

José Janés.

El primer título publicado en Luis de Caralt fue la obra de José María García Rodríguez (1912-2006) No éramos así (1942), novela protagonizada por excombatientes en la guerra civil, y a esta siguieron ya en 1943 obras tan diversas como las dos encuadradas en la colección Atalaya de Ideas: Españoles con clave, de quien por entonces era el delegado nacional de Prensa, Juan Aparicio (1906-1987), y una obra traducida por un enigmático J.L.B. (¿¿Jorge Luis Borges??) del historiador y político Jacques Benoist Méchin (1901-1983) titulada Comentarios al Mein Kampf (cuyo título original en francés, en 1939, era Éclaircissements sur «Mein Kampf» d’Adolphe Hitler, le livre qui a changé la face du monde), del que en la Biblioteca Nacional de Catalunya se conserva un ejemplar, encuadernado en tela, con el exlibris del poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987).

También de 1943 es la novela histórica publicada originalmente en 1928 Gaspar Hauser, el huérfano de Europa, del abogado e historiador Octave Aubry (1881-1946), conocido entre otras cosas por haber muerto el día anterior al que estaba prevista la lectura de su discurso de ingreso en la Academia Francesa (y cuando hacía solo un mes y medio que había sido nombrado, para cubrir las numerosas vacantes creadas por la ocupación nazi). Curiosamente, también en este caso figura J.L.B. como traductor. Y, aún del mismo año, Mis amigos eran espías, del fantasioso y humorístico arabista y gastrónomo Luis Antonio de Vega Rubio (1900-1977).

Se ha escrito mucho y a menudo acerca de la relativa condescendencia con que la censura franquista trataba las propuestas de edición de Luis de Caralt (cosa que también afecta a las de otro franquista notable, José Manuel Lara Hernández), pero no por ello parece haber quedado inequívocamente demostrada, y sí en cambio hay evidencias de sus problemas con algunas obras.

En su imprescindible estudio sobre la censura de novelas (Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo), Fernando Larraz comenta los casos de la novela de Mercedes Salisachs (1916-2014), firmada con el seudónimo María Ecín, Primera mañana, última mañana (1955), cuya retención en censura motivó las protestas de Caralt y finalmente se saldó con unas quince tachaduras, y el de Carretera intermedia (1955), de la misma autora, que fue denegada en dos ocasiones y, tras las infructuosas gestiones llevadas a cabo por el editor, «optó por encargar su propio servicio de censura al Penitenciario del Obispado de Barcelona, que modificó a discreción el texto y este fue finalmente aceptado por el censor oficial, apareciendo en octubre de 1956».  En general, pues, parece que Caralt podía tener mano con la censura política, pero topaba más a menudo con la eclesiástica.

Xavier Moret, en un libro trufado de errores (probablemente por la fiabilidad que concede a las entrevistas y a la memoria de los entrevistados) y que a menudo se han ido repitiendo acríticamente en otras obras, narra una anécdota con la que se pretende demostrar las muchas ventajas que le reportó a Luis de Caralt su condición de camisa vieja del falangismo (aunque quizá su resultado positivo respondiera más bien a su audacia y sagacidad). Mediados los años cincuenta, y sin duda con un propósito comercial, intentó incorporar como ilustración de cubierta de un libro de quien fuera hipnotizador de Adolf Hitler y Heinrich Himmler, Franz Völgyesi (no Bolgesi, como escribe Moret), la fotografía de una estatua de un desnudo femenino (parcial, por supuesto), algo que chocó con los principios de la censura franquista. Sin embargo, finalmente consiguió que se la autorizaran, tras engañar a los censores asegurando que la estatua original se encontraba en el Vaticano.

La editorial fue abriéndose a la literatura extranjera, y en particular a la escrita en lengua inglesa siguiendo en buena medida los pasos de Janés, si bien en algunos casos, como en el de Graham Greene, sí cabe atribuir a Caralt su descubrimiento para el público lector español (pues al más problemático editor Aymà la censura le denegó en 1943 autorización para publicarlo).

Lo cierto es que, a la vista del ecléctico catálogo que fue conformando a lo largo de los años, se hace difícil deducir el falangismo de su promotor, Es cierto que publicó títulos como los diarios de 1937-1938 del conde Ciano (1951), la biografía de Walter Gorlitz y Herbert A. Quint sobre Hitler (1955) y las Conversaciones sobre la guerra y la paz (1942-1944) (1954), de Adolf Hitler, pero es evidente que tuvieron mucha más importancia las colecciones en que publicó a escritores de orientación ideológica muy distinta y cualidades estéticas poco discutibles, como Hermann Hesse, Virginia Wolf, John Dos Passos, John Steinbeck o William Faulkner, a algunos de los cuales presentaba en sus catálogos como «los tremendistas», en un intento de situarlos en una corriente que por entonces encabezaba con enorme éxito Camilo José Cela (1916-2002).

Camilo José Cela.

Luis de Caralt, que siempre mantuvo un exhaustivo control personal de todo el proceso de edición, permaneció al frente del negocio hasta muy avanzados los años sesenta y no aflojó las riendas hasta la década siguiente. Concretamente en mayo de 1974, la empresa se transformó en sociedad anónima, con el nombre Luis de Caralt Editor, S.A., con un capital establecido en cinco millones de pesetas y aportando, según Martínez Martín, «4.800.000 pesetas, de los que dos millones eran en concepto de derechos de autor». Anota también el mismo estudioso de la edición española:

Una nota de 28 de noviembre de 1974 en su expediente del Registro de Empresas Editoriales hacía referencia a que «según noticias confidenciales de Manfredi Cano, el Grupo Editorial Caralt ha sido vendido a Norildis (Noguer, Rizzoli, Caralt)», situando a Luis de Caralt al margen del negocio. El director era José Mas, que procedía de Labor y Bruguera.

Desde 1946, además de la editorial Luis de Caralt abrió en la Rambla dels Estuids, núm. 1, una importante sala de arte (especializada en libros.

Fuentes:

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Jesús A. Martínez Martín, «La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 233-271.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

José Agustín Català, edición comprometida y memoria histórica en Venezuela

La entrada en el mundo de los libros y la edición de José Agustín Català (1915-2011), hijo primogénito del también editor Juan Català Arráiz, se produjo como consecuencia de sus duras experiencias políticas en la Venezuela de los años treinta, y de hecho toda su trayectoria en ese ámbito estaría marcada por la evolución de la política latinoamericana.

José Agustín Català.

Ya en 1934, cuando contaba diecinueve años, la publicación de un poema sobre el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935) en el semanario de Maracaibo Orión le puso bajo la lupa de las autoridades. Poco después, el poeta espiritista y comunista Luis Ramón Cerró estaba intentando publicar un polémico artículo sobre el libro Conócete a ti mismo, del filósofo navarro afincado en Argentina Joaquín Trincado (1886-1935), y después de ver cómo se lo rechazaban El Carabobeño y El Mutualista, lo mandó al Orión, que decidió publicarlo y se inició entonces una investigación que hizo que, por primera vez, José Agustín Català se alojara desde el 9 de junio en los calabozos de la dictadura venezolana (en esa ocasión, durante cuatro meses). De esas fechas data su proyecto de publicar, con el escritor Pablo Domínguez, unos cuadernos quincenales de tema literario, pero la iniciativa queda en suspenso, indefinidamente, a raíz de la muerte del dictador.

A principios de 1936 ya es un hombre bien conocido por las autoridades del Estado de Carabobo (al frente del que se encontraba el poeta y publicista Salvador Carballo Arvelo), y se implica activamente en el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE), en la Asociación Nacional de Empleados (cuya presidencia asume entre 1926 y 1937), y participa en la organización de la huelga general, que le llevará a conocer a quien será ya siempre su amigo, el periodista comunista Rómulo Betancourt (1908-1981). Sin embargo, Carballo Arvelo hace todo lo posible por sacarse de encima a todo aquel que tuviera la más mínima sospecha de relación con el comunismo, y finalmente consiguió que el Ministerio de Relaciones Interiores expulsara del país a José Agustín Català (junto con un numerosos grupo de dirigentes políticos). No obstante, gracias a las gestiones de su amigo José Amenodoro Rangel Lamus (1890-1991), que en 1938 había sido nombrado ministro de Agricultura y Cría, Català pudo regresar y, por tener prohibido el regreso a Valencia, se instala entonces en Caracas, donde colabora con diversos ministerios hasta que en 1945 se le encarga la dirección de El País y poco después la dirección de la Imprenta Nacional y la Gaceta Oficial.

Sin embargo, a raíz del golpe militar encabezado por Carlos Delgado Chalbaud (1909-1950), que destituyó a Rómulo Gallegos (1884-1969), Català abandona esos cargos y se centra en la lucha política clandestina y en una intensa labor como impresor y editor independiente (en Ávila Gráfica). Manuel Felipe Sierra lo ha resumido con detalle del siguiente modo:

Había adquirido una pequeña prensa por 60.000 bolívares, que fue ampliada con la ayuda de Miguel Ángel Capriles, quien le proporcionó en cómodos plazos los equipos del viejo taller de Fantoches, el famoso semanario de Leoncio Martínez. Nace la Editorial Ávila Gráfica, entre Hoyo y Santa Rosalía, 18-1. Al poco tiempo alcanza prestigio por la publicación de folletos y de libros de los más reconocidos intelectuales de la época.

En esos años la Editorial Ávila Gráfica publica sobre todo obras que abordan la historia y la identidad venezolana desde diversas perspectivas, como José Félix de Sosa, mártir de la nacionalidad (1949), de Luis de Sosa Báez; Folklore y cultura (1950), de Juan Liscano, con el que se estrenaba la colección Nuestra Tierra; Descripción exacta de la provincia de Benezuela (1950), de Joseph Luis de Cisneros; Guerra de guerrillas, la campaña del general Horacio Ducharne en Oriente (1951), de Alejandro Rescaniere; El Libertador, el protector y un libraco de Capdevila (1951), de J. A. Cova, o La mentira en Guayaquil o el fetichismo argentino (1951), de Guillermo Morón, aunque también obras ensayísticas (como Temas principales de la filosofía del derecho, de Ladislao Tamoi, en 1951) y otras más marcadamente literarias, caso de los poemarios de Luis Pastori Toros y santos y Tallo sin muerte, ambos de 1950, o las novelas Agua Turbia (1950), de V. N. Graterol Leal, y El corcel de las crines albas (1950), de Lucila Palacios (Mercedes Carvajal de Arocha, 1902-1994), galardonada con el Premio Arístides Rojas de 1949, en la colección Novelistas Venezolanos.

En cuanto a las publicaciones periódicas, el intento de poner en pie una cabecera de información política con el historiador Ramón J. Velásquez, para la que incluso ya tenían título (Hechos), fue abortado por la censura, pero de las prensas de Ávila Gráfica salen a partir de 1950 los primeros números de Resistencia, la cabecera de la clandestina Acción Democrática, los números de la revista de vanguardia izquierdista Cantaclaro, que da nombre a un grupo de escritores entre los que destacan los poetas Rafael José Muñoz, Francisco Pérez Perdomo, Jesús Sanoja Hernández y Miguel García Mackle, así como Signo, revista de pensamiento político y de oposición a la dictadura militar dirigida por Ramón J. Velásquez, Julián Liscano y Alfredo Tarre Murzi, pero al poco tiempo el grupo que animaba esta cabecera se dispersa entre el exilio y la prisión.

Recién iniciada la década de los cincuenta, en 1952, serán sus propios libros y la participación en otros de autoría colectiva los que llevarán de nuevo a prisión a Català. Ya la publicación de la primera edición de Juan Vicente Gómez, un fenómeno telúrico (1951), del escritor peruano afincado en Caracas José Pareja y Paz Soldán (1913-1997), al que se había añadido un apéndice con algunas anécdotas adicionales sobre el dictador, había puesto a las autoridades sobre aviso. Pero el caso más conocido es el de Venezuela bajo el signo del terror: Libro negro de una dictadura (1948-1952), que aparece como una publicación del Comité Ejecutivo Nacional del clandestino Partido Acción Democrática, que en los años setenta aún seguía reeditándose en El Centauro (no confundir con la Centauro mexicana del exiliado republicano español José Bolea). Al parecer, la idea era un proyecto del excapitán policía Juan Bautista Rocas, que acabó de imprimirse el 4 de octubre de 1952 (cuando el referido capitán había fallecido ya tras ser detenido y conducido al campo de concentración de Guasina). Surgido al amparo de un nombre creado expresamente para la ocasión, Ediciones El Centauro, el libro constituye un repaso a la historia y circunstancias en que se han producido las víctimas del régimen, y a los quince días de empezar a circular el libro se producen los registros casi simultáneos de los talleres de Ávila Gráfica y del domicilio particular de Català, que es detenido y liberado al cabo de veinticuatro horas. Días después, en lo que tiene toda la pinta de una brutal operación de desprestigio contra Català, aparece asesinado el abogado Leonardo Ruiz Pineda (secretario de Acción Democrática), y el editor es de nuevo detenido por la Seguridad Nacional y entonces torturado y encarcelado durante tres años en las tristemente célebres prisiones Modelo y de Ciudad Bolívar (salió en 1956). Consciente de la impunidad en que podían caer los crímenes de la dictadura, y según cuenta Rafael Simón Jiménez:

Català, con paciencia encomiable, se dedicó a documentar toda la realidad de las víctimas de la dictadura y con los métodos más rudimentarios: escribiendo en papel cebolla y sacando la información acopiada mediante los más inverosímiles medios que burlaran la vigilancia de sus carceleros. Logró así constituirse en el gran cronista de esa década dictatorial, lo que luego incrementaría al ponerse en posesión de los archivos de la Seguridad Nacional; copiosa información sobre las actividades represivas del régimen.

Poco después de salir de prisión, una vez caída la dictadura de Pérez Jiménez, el prolífico Català se incorpora a la dirección del Instituto Municipal de Crédito Popular, para pasar luego a la de la Secretaría y Comisionado de la Presidencia de Rómulo Betancourt, pero renuncia al cargo para crear las Producciones Ávila Films y, poco después, la Editorial El Centauro donde desarrolla una actividad de dimensiones asombrosas. Sin embargo, durante esos años se ganó justa fama también como colaborador de cuantos periodistas e historiadores se interesaron por esclarecer los casos de represión, exilio y asesinatos institucionales durante las dictaduras venezolanas del siglo XX, y puso un enorme empeño en dar a la luz pública toda la documentación e investigaciones referentes a este asunto, hasta el punto que se ha podido escribir acerca de su interés por el tema que «No ha habido testimonio escrito revelador de los crímenes de la dictadura que no haya pasado por sus manos de editor».

En la década de los años setenta, El Centauro retoma la línea editorial de lo que fue la editorial Ávila Gráfica, con la reedición de títulos importantes, como el mencionado Juan Vicente Gómez, un fenómeno telúrico (en esta ocasión con prólogo de Ramón J. Velásquez), y con libros como El general Betancourt y otros escritos (1970), de Rómulo Betancourt; el colectivo Prisiones de Venezuela. A la muerte de Juan Vicente Gómez (1974), con prólogo de Gustavo Machado; las Memorias (1974) de Jean Baptiste Bonsingault (1801-1887), quien compartiera correrías con Simón Bolívar por Venezuela; La soberanía del petróleo (1975), de Francisco Álvarez Chicón; los volúmenes ensayísticos de Rómulo Gallegos Una posición en la vida (1977), junto a nuevo a títulos más marcadamente literarios, caso del primer volumen de la poesía reunida de Andrés Eloy Blanco, De Tierras que me oyeron a Baedeker 2000 (1976), quien al parecer era uno de sus poetas dilectos. Más novedoso es el interés sostenido por el género periodístico, que se manifiesta por ejemplo en La comunicación impresa. Teoría y práctica del lenguaje periodístico (1976), y que tendrá continuidad hasta en libros del propio Català, de lo que puede ser ejemplo el libro escrito a cuatro manos con Eleazar Díaz Rangel De la dictadura de Pérez Jiménez a los años de Hugo Chávez (2003), que lleva por ilustrativo subtítulo «Censura y autocensura a medios de comunicación en Venezuela, 1945-2003».

El mismo énfasis en estos temas se percibe en los títulos publicados en las décadas sucesivas, con el volumen de quien fuera senador comunista Eduardo Gallegos Mancera (1915-1989) Sol solo sol (1987), ilustrado por José Miguel Menéndez, alternando con Los símbolos sagrados de la nación (1981), de Francisco Alejandro Vargas, el libro colectivo Clase obrera, partidos y sindicatos, 1936-1950 (1982), Cinco años de agresiones estadounidenses a Centroamérica y el Caribe (1985), de Gregorio Selser, El golpe militar de 1948 y su secuela trágica, del propio José Agustín Català, subtitulado «Memoria para desmemoriados» y que incorpora informes confidenciales de la embajada estadounidense en Caracas, Gustavo Machado, un caudillo prestado al comunismo (2001), de Domingo Alberto Rangel, o Los fraudes electorales en Venezuela. De la oligarquía conservadora a la última dictadura (2004), de Alexis Márquez.

No contento con centrar su interés en recuperar la memoria histórica venezolana, e intentar impedir de este modo tanto la impunidad de los culpables de crímenes contra la humanidad como la creación de falsos mártires, Català tuvo empuje también para poner al descubierto las trapacerías de otras dictaduras americanas. En 1996, al tiempo que ponía en marcha unos Cuadernos de Pedacería en los que él mismo se ocupaba de recopilar textos breves de y sobre la obra del poeta, dramaturgo  y humorista de la Generación del 18 Andrés Eloy Blanco (1896-1955) (de los que llegaron a salir por lo menos cinco números conmemorativos del centenario del escritor venezolano), el gobierno de Chile otorgaba a Català en la embajada chilena en Caracas la Orden Bernardo O’Higgins por «haber producido la más extensa bibliografía contra la dictadura de Pinochet, desde el inicio de su instauración».

Fuentes:

Anónimo, «Adiós al Gran Català», Tal Cual. Claro y Raspao, 19 de diciembre de 2011.

Carlos Delgado Flores, coord., Trincheras de papel: el periodismo venezolano del siglo XX en la voz de doce protagonistas, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello-El Nacional, 2008.

Manuel Felipe Sierra, «El editor insomne» Abc de la Semana, 27 de febrero de 2010.

Julio Rafael Silva Sánchez, «José Agustín Català, capitán del desolvido», La página de Omar Montilla, 7 de abril de 2012.

Rafael Simón Jiménez, «En memoria de José Agustín Català», Cuadernos del Centro de Estudios del Desarrollo, núm. 88 (enero-abril de 2015), pp. 183-189.

Milagros Socorro, «Homenaje a José Agustín Català», Prodavinci, 6 de noviembre de 2016.

Gerónimo Alberto Yerena Cabrera, «José Agustín Català, editor», Venezuela de antaño, 26 de abril de 2012.

La primera editorial que le tomó el pelo a la censura franquista

Cuando al término de la guerra civil española, Aymà crea la combativa editorial Alcides, poco podía imaginar que con el tiempo acabaría por publicar una obra tan sobresaliente como la dirigida por el prestigioso historiador Ferran Soldevila (1894-1971) Un segle de vida catalana 1814-1930, ni que acabaría por tener como director a Joan Oliver (1899-1986), que justo en ese momento se encontraba en Francia a punto de iniciar un largo periplo que le llevaría a exiliarse durante varios años en Chile.

La editorial Alcides la crea formalmente el 15 de mayo de 1939, con sede en la calle Pau Claris, un grupo formado por Jaume Aymà i Ayala (1882-1964), su hijo  Jaume Aymà i Mayol (1911-1989), que con esta iniciativa se estrenaban en el mundo editorial tras un intento frustrado durante la guerra y después de colaborar el primero con la Editorial Pedagógica, y tres de los hombres que habían sido responsables de la Associació Protectora de la Ensenyança Catalana, y por consiguiente también de su ya mencionada editorial (la Pedagócica), los geógrafos Tomàs Iduarte i Aragonés y Josep Parunella i Eulàlia (1889-1980) y el doctor en medicina Josep Girona i Cuyàs.

Una de las copias de la escritura de la fundación de Alcides.

Si, pese a la brevedad de esta primera etapa de la editorial, su nombre ha quedado en un lugar destacado en las historias del libro es porque a ella se debe, en un episodio bastante azaroso, el primer libro en catalán autorizado por la censura franquista, gracias a un astuto ardid. El libro en cuestión, Mes de Maria Eucarístic, de Lluís G. Otzet, es un volumen de 237 páginas, con ilustraciones de Josep Lisbona, del que en la imprenta Vídua de Ramon Tobella se tiraron 125 ejemplares que, según se indica en una estampilla adjunta, se trata de una «Edición particular. Prohibida la venta de este ejemplar bajo ningún concepto». La autorización para publicarlo, solicitada por  Jaume Aymà, pudo hacerse sin pasar por Madrid porque se presentó como un recordatorio de comunión, y, puesto que la censura barcelonesa estaba facultada para autorizar obras e impresos de hasta 16 páginas, debieron de pensar que un recordatorio de comunión no debía de exceder esa extensión, aunque en este caso se trata de un impreso inusualmente extenso para tratarse de un recordatorio.  Seguramente contribuyó también a obtener la autorización para publicar en catalán el hecho de que el autor era un sacerdote (había sido rector de Súria) fallecido en enero de 1939 en Vic como consecuencia de los bombardeos (franquistas, eso sí).  El nihil obstat lo firmó el obispo Gabriel Solà Brunet, que llegaría a ser máximo responsable de la catedral de Barcelona.

Oscar Samsó, en su imprescindible estudio sobre la edición clandestina en Cataluña durante el franquismo, reconstruye el origen de esta primera edición de Alcides del siguiente modo:

Desde la imprenta de la Vídua de Ramon Tobella de la calle del Carme 19, donde se imprimió, llaman a Jaume Aymà, hijo, para que se ocupara de la corrección del catalán. Entonces se planteó quién figuraría como editor, y convinieron en que se podría hacer con el nombre de Alcides.

Así pues, cuando hacía apenas un mes que se había constituido Alcides, ya aparecía un título con su nombre, pero lo que en realidad se proponía el grupo fundador era poner en pie una colección dedicada a los clásicos españoles e italianos, la Biblioteca de Clásicos Alcides, de la que apenas pudieron sacar unos pocos títulos.

Jordi Aymà menciona entre las publicaciones de Alcides una edición de Laura o el sello rojo, de Alfred de Vigny (muy probablemente en la traducción de Emili Vallès i Vidal) y un Calendario instructivo para 1940, y anteriores a estas fueron las de un Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, precedido de un prólogo de Jaume Aymà i Mayol, y una edición de Juan Ruiz de Alarcón, así como una compilación de canciones navideñas con textos de autores tan diversos como Santa Teresa, Lope de Vega, Góngora, Eugeni d´Ors y Sebastià Sánchez Juan, entre otros, ilustrada por D´Ivori (Joan Vila Pujol, 1890-1947).

En 1940, los problemas económicos y la escasa implicación de los socios hizo que la editorial cesara su actividad, justo en el momento en que Jaume Aymà i Mayol se da de alta como editor en la Cámara Oficial del Libro para fundar sucesivamente Atlàntida (1940), también de corta vida, y posteriormente, con su padre Jaume Aymà y Mayol, la Editorial Aymà, S.L. (1941), que subsumió las colecciones creadas por Atlántida y consiguió despegar sobre todo gracias al extraordinario éxito que obtuvo en 1942 al arriesgarse con Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949), de la que, dada su descomunal extensión,  hicieron una tirada de 12.000 ejemplares, que se agotó a los pocos días.

Sin embargo, Alcides no llegó a disolverse, lo que permitió que varias décadas después, en 1962, cuando la censura con respecto a la edición en catalán ya se había relajado bastante, se la pudieran ceder al abogado y activista cultural catalanista Pere Puig Quintana (1907-1981), quien ya tenía una cierta experiencia en el ámbito editorial como cofundador de la Revista d´Igualada (1929-1930), que contó con alguna colaboración esporádica de Xavier Benguerel (1905-1990), y sobre todo como creador, con Maurici Serrahima (1902-1979) y Félix Millet i Maristany (1903-1967), de la Benéfica Minerva, empresa gracias a la cual se publicaron algunas obras bibliográficamente importantes en los años cuarenta y cincuenta (la traducción de la Odisea de Carles Riba, la del miltoniano El paradís perdut de Josep M. Boix i Selva, L expansió de l´art català al món, de Sebastià Gasch…)  y financió también las investigaciones que cuajaron en la magna Historia de España (1952-1957) de Ferran Soldevila, que incorpora ilustraciones del editor Joan Sales (1912-1983).

Xavier Benguerel.

Puig Quintana dio un vuelco completo a lo que habían sido las primeras ediciones de Alcides, y lo único que mantuvo fue la voluntad de poner el sello al servicio de la edición en catalán, para lo que contó además con la colaboración de un director al que la propuesta de dirigir Alcides le llegó en el momento idóneo, Joan Oliver, quien por entonces estaba agobiado con el ambiente que se había ido creando en la editorial Montaner y Simón de González Porto, como le cuenta en carta del 19 de marzo de 1961 a su amigo Benguerel:

Puig i Quintana está dando los últimos toques a la editorial Alcides, donde parece que voy a tener un sitio. Esta es la única esperanza que me queda, hoy por hoy. En Montaner y Simón la atmósfera se enrarece cada vez más, y cualquier día explotará todo. ¡No lo puedo aguantar más!

Pero esta segunda etapa, que tampoco fue muy feliz para Oliver, fue ya otra historia.

Joan Oliver.

Fuentes:

Jordi Aymà, «Jaume Aymà i Ayala, editor», Anuari Trilcat, 1 (2001), pp. 163-173.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Xavier Benguerel/Joan Oliver. Epistolari, Barcelona, Proa, 1999.

Galderich, «El primer llibre català del franquisme: Mes de María Eucaristic (1939), de Mn. Lluís G. Otzet», Piscolabis & Librorum, 11 de junio de 2015.

Abert Manent, «Llibres en català amb data de 1939», Serra d´Or, n. 272 (mayo de 1982), pp. 341-342, recogido en Del Noucentisme a l´exili, Sobre la cultura catalana del nou-cents, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1997, pp. 239-244.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografia catalana dels anys difícils (1939-1943), Barcelona, Publicacions de la Abadia de Montserrat, 1988.

Samsó, Joan, La cultura catalana entre la clandestinitat i la repressa pública, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, vol II (Biblioteca Abad Oliva 147), 1995.

El rescate editorial de Luisa Carnés, mecanógrafa en la CIAP

María Luz Morales (1889-1980).

En las últimas décadas son varias las artistas y escritoras surgidas en los años treinta que, tras un largo periodo en una tercera o cuarta fila, han despertado de nuevo el interés no sólo de los editores, sino también de los lectores. No puede decirse que sea exactamente el caso de Elena Fortún (1886-1952), Rosa Chacel (1898-1994), Concha Méndez (1898-1986), María Teresa León (1903-1988), María Zambrano (1904-1991)  o Mercè Rodoreda (1908-1983), que nunca quedaron por completo en la sombra y que, pese a la acción de la censura española, siguieron leyéndose en otros países o por lo menos en el ámbito universitario, pero sí por ejemplo los de María Luz Morales (1889-1980), Ana Martínez-Sagi (1907-2000), Irene Polo (1909-1942) y Luisa Carnés (1905-1964).

A finales de los años sesenta, el editor gallego afincado en México Alejandro Finisterre le había publicado en poco tiempo tres obras teatrales a Carnés en su mítica colección Ecuador 0º 0’ 0’’, Los vendedores del miedo (1966),  Cumpleaños. Monólogo (1966), que previamente se había publicado en la Revista Mexicana de Cultura (suplemento de El Nacional), y el mismo editor incluía en el primer número (de 908 páginas) de Compostela. Revista de Galicia (1967) su ensayo Rosalía. Raíz apasionada de Galicia, que previamente había aparecido en las editoriales mexicanas Rex (Coleccción Vidas Españolas e Hispanoamericanas, 1945), Clavileño (1946) y en 1964 en la colección ya mencionada Ecuador 0º 0’ 0’’. En su exilio mexicano, pues, la obra de Carnés la publicó sobre todo otro exiliado republicano, editor también de muchos otros escritores españoles, así como editoriales mexicanas en las que había una importante presencia de exiliados.

Los vendedores del miedo.

El silencio editorial de Luisa Carnes, fallecida en 1964, se prolonga –salvo error– hasta el año 2002, en que aparecen casi simultáneamente El eslabón perdido. Novela del destierro (en la Biblioteca del Exilio, en edición de José Plaza Plaza) y las tres obras dramáticas Cumpleaños, Los bancos del Prado y Los vendedores de miedo, en edición de José María Echazarreta, publicadas en un volumen por la Asociación de Directores de Escena de España, con prólogos de Antonio Plaza Plaza y José María Echazarreta. En su introducción a El eslabón perdido Antonio Plaza hace un atento recorrido a la atención crítica que despertó en esos años la obra literaria de Carnés, que en realidad se redujo al ámbito casi estrictamente universitario aunque dio pie a tesis doctorales que más adelante aparecerían en forma de ensayo (como es el caso de la de Iliana Olmedo Muñoz Itinerarios de exilio), pero a partir de esos primeros años del siglo XXI se diría que el interés por la obra carnesiana se sostuvo en un bajo sostenido. Este primer impulso tras casi cincuenta años de silencio, le llega a la obra de Carnés de la mano del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario), entre cuyos objetivos programáticos «se plantea como tarea prioritaria y urgente la reconstrucción de la memoria histórica, cultural y literaria del exilio español de 1939, tarea de evidentes implicaciones éticas y políticas», y que, entre otras muchas cosas, se concretó en la creación de la colección Biblioteca del Exilio puesta en marcha por Manuel Aznar Soler (Associació d’Idees-Gexel), Isaac Díaz Pardo (Ediciós do Castro), José Esteban (José Esteban Editor) y Abelardo Linares (Renacimiento), y en el caso de la obra de Carnés tuvo también una particular influencia el trabajo de Antonio Plaza.

Así, de nuevo en la Biblioteca del Exilio aparecía en 2014 el libro de memorias De Barcelona a la Bretaña francesa: episodios de heroísmo y martirio de la evacuación española, de nuevo en edición de Antonio Plaza, y ese mismo año aparecía en la misma editorial el amplio estudio ya mencionado Itinerarios del exilio, prologado por Neus Samblancat. Aun de ese mismo año 2014 es una edición facsímil de novecientos ejemplares numerados de Tea rooms: Mujeres obreras (novela reportaje), a cargo de la Asociación de Libreros de Lance de Madrid en conmemoración de la XXXVII edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, que reproduce la edición de 1934 en Pueyo, precedida de un prólogo de Antonio Plaza y que por tanto podemos considerar destinada a coleccionistas y bibliófilos. A ello puede añadirse, casi como curiosidad, que también en 2014 aparece en la Colección Aniversario Losada la traducción carnesiana de Los dos viejos y otros cuentos, de Tosltoi, con un breve texto introductorio.

Diseño de la cubierta de Tea Rooms (2014).

Dos años más tarde, en 2016, la intrépida editorial asturiana Hoja de Lata hacía una nueva edición de Tea rooms como número 24 de su colección Sensibles a las Letras, con epílogo, una vez más, de Antonio Plaza, que obtuvo una estruendosa acogida por parte de la crítica de actualidad, lo cual amplió muchísimo el número de lectores de Carnés y el interés de su obra (y el de sus coetáneas). La aparición en una editorial de estas características, más desligada del ámbito académico y con aspiraciones a tener una distribución muy amplia, y en una colección además que se define como «una colección de narrativa que busca el equilibrio entre obras de autores contemporáneos, clásicos e inéditos. Una apuesta por la literatura de calidad que sorprenda y haga propuestas diferentes», en la que figuran desde La señorita Pyme dispone, de Josephine Tey (Elizabeth Mackintosh, 1896-1952) a Lluvia de agosto, de Francisco Álvarez (n. 1970), marca una cierta diferencia y subraya el interés, por razones casi exclusivamente estéticas, de la obra carnesiana para el lector de nuestro tiempo, lo cual supone un escalón en el proceso de reconocimiento de la obra de Carnés. Y sin embargo, el grueso de la bibliografía de esta autora sigue inaccesible.

Desde mediada la década de 1920 se acumulan los textos de Carnes localizados hasta la fecha en prensa (el cuento «Mar adentro» en La Voz, 22 de octubre de 1926), y su obra narrativa breve previa a la guerra civil se encuentra dispersa en revistas de esos años. Tampoco se han reeditado en el momento de escribir estas líneas su primer libro, de 1928 y sin pie editorial, Peregrinos de Calvario (que reúne las novelas breves «El pintor de los bellos horrores», «El otro amor» y «La ciudad dormida»), ni su primera novela, Natacha (Mundo Latino, 1930), así como varias novelas y cuentos escritos en esos años que quedaron inéditos. De su única obra teatral anterior a 1939, Así empezó…, queda poca más noticia que el de su estreno el 23 octubre de 1936 en el Teatro Lara, con decorados del esposo de Carnés, Ramón Puyol, en una sesión en la que también subieron a escena Bazar de la Providencia, de Rafael Alberti, y La conquista de la prensa, de Irene Falcón, y que, en palabras de Robert Marrast, «evocaba las primeras horas del 19 de julio». Como puede verse, Luisa Carnés se da a conocer en el ámbito cultural de las llamadas editoriales de combate surgidas a finales de los años treinta y vinculadas a las organizaciones políticas de izquierda que impulsaban la literatura social de preguerra, ambiente en el que también llevó a cabo la autora su labor periodística (Ahora, Mundo Obrero, Altavoz del Frente, etc.).

En cuanto a su producción literaria en el exilio, Antonio Plaza ofrece el siguiente apretado resumen: «De su etapa mexicana nos queda una notable producción, formada por una biografía [la ya aludida de Rosalía de Castro], cuatro novelas largas, tres novelas cortas, más de treinta cuentos, cuatro obras de teatro –una inacabada– y dos composiciones poéticas», al que añade el dato de que sólo entre 1940 y 1960 escribió una cuarentena, tanto de temática española como mexicana.

Tampoco ha tenido una reedición reciente Juan Caballero, la novela con la que Luisa Carnés ganó el premio de los Talleres Gráficos de La Nación en su edición de 1948, si bien la publicación en la editorial Atlante (fundada por los exiliados republicanos Juan Grijalbo y Estanislau Ruiz Ponsetí) no se produjo hasta 1956 y unos años después apareció traducida al rumano por Vlaicu Virne y Maria Ioanovici. Y más cuantiosa y variada es aún la obra que permanece inédita, si bien en algún caso asomó a la prensa. Un capítulo de la novela breve La Aurelia, por ejemplo, apareció con el título «Gris y rojo» en el número del 1 de septiembre de 1940 de la mítica revista del conocido como «Grupo de Hora de España» (Sánchez Barbudo, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Adolfo Sánchez Vázquez…) y apoyada por Giménez Siles Romance, donde también aparecieron el cuento «Los mellizos» (núm 5, p. 5, 1 de abril de 1940) y  «El bloqueo del hombre. Novela de la guerra de España» (15 de agosto de 1940).

Luisa Carnés entrevistando al escritor y traductor Ciro Bayo (1859-1939).

Abundan además, como pone de manifiesto Antonio Plaza en la entrada que dedica a la autora en el impresionante Diccionario biobibliográfico del exilio republicano, las obras absolutamente inéditas, en algunas de las cuales Carnés estuvo trabajando y corrigiendo a lo largo de muchos años, algunas de las cuales incluso desde los años treinta, y, a tenor de las descripciones que éste autor ofrece, el conjunto de la obra carnesiana presenta una variedad temática (de las condiciones de la mujer trabajadora en los años treinta a la vida de los refugiados en México, pasando por la guerra civil pero también por algunos relatos de tema mexicano) de la que los lectores interesados apenas pueden tener una idea aproximada hasta ahora, por lo que es de suponer, y de desear, que Luisa Carnés está en camino de crearse su espacio en el canon de la literatura en español de nuestro tiempo.


Fuentes:

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil espanyola. Assaig d’història i documents, traducción de Irene Peypoch, Barcelona, Edicions 62- Publicacions de l’Institut del Teatre (Monografies de Teatre 8), 1978.

Iliana Olmedo, «Divergencias generacionales entorno a la idea del exilio: la propuesta de Luisa Carnés», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejos 15), 2012, pp. 1088-1095.

Iliana Olmedo «Nuestro silencio nos hará criminales. La obra dramática de Luisa Carnés», en Juan Pablo Heras y José Paulino Ayuso, eds., El exilio teatral republicano de 1939 en México, Sevilla, Renacimiento, 2014, pp.

Antonio Plaza Plaza, «Teatro y compromiso en la obra de Luisa Carnés», Acotaciones, 25, enero-junio 2010, pp. 95-122.

Antonio Plaza Plaza, «Carnés Caballero, Luisa», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejos 30), 2017, pp.

Neus Samblancat, «Una obrera toma la palabra», en Iliana Olmedo, Itinerarios de exilio: la obra narrativa de Luisa Carnés, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Memoria del Exilio, Anejos 17), 2014, pp. 9-11.

Shum, ilustrador antifascista

La biografía del dibujante popularmente conocido como Shum (pero también como Joan Baptista Acher, El poeta de las Manos Rotas o El Poeta), quizá no suficientemente conocida, constituye un ejemplo de lo que fueron muchas otras trayectorias vitales de creadores anarquistas del siglo XX que, debido al empleo de seudónimos y al paso a la clandestinidad, apenas han dejado rastro o este es muy difícil de seguir.

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Alfons Vila i Franquesa.

Tras la firma Shum que empleaba en su obra gráfica se ocultaba Alfons Vila i Franquesa (1897-1967), quien antes de cumplir los doce años, a la muerte de su madre, se trasladó de su Sant Martí de Maldà a Terrassa y posteriormente a Barcelona, malviviendo del dibujo (retratos y caricaturas) en los cafés. En los años finales de la Gran Guerra (1914-1918) se encontraba en París, donde se imbuyó del ideario anarquista, antes de su regreso a la península en los primeros años veinte. Comprometido con el anarquismo activo, en 1921 participó en el atentado contra el concejal carlista barcelonés Salvador Anglada y, tras el fallido contra Martínez Anido, posteriormente fue detenido y encarcelado a raíz de un accidente mientras manipulaba explosivos en un piso franco. Condenado a muerte, pasó entonces por la prisión Modelo y por el Penal de El Dueso, desde donde empezó a mandar ilustraciones para publicaciones periódicas catalanas como la efímera El Senyor Daixonses/ La Senyora Dallonses (1926) y la más consolidada L´Esquella de la Torratxa (1872-1939), además de iniciarse como ilustrador de libros con cubiertas como la de Quinet, de Felipe Alaiz en HOY en 1924 o con nueve dibujos a color y uno a tinta que aparecieron en la traducción que el también preso José Donday (alias «Pildorita») hizo de El fantasma de Canterville. Cuento panteoidealista, de Oscar Wilde, impreso en la Juan Sallent de Sabadell en 1926. Del año siguiente es la cubierta para La ascensión de Maria. Novela de los bajos fondos barceloneses, de Ángel Samblancat (1885-1963), en la Colección Ideal de Bauzá. Ya en esos años fue un ilustrador muy prolífico de las editoriales y colecciones anarquistas barcelonesas (La Novela Ideal, La Novela Social…).

lirarebeldeTambién de los años veinte, es la cubierta que dibujó para Letras. Lira Rebelde, un volumen de poemas de Elías García, prologado por Ramon Magre y con algunas láminas del pintor uruguayo establecido en L´Hospitalet Rafael Barradas (1890-1929) para la Editorial Lux, que en 1927 reapareció reentapado en tela en la editorial Vértice. Resulta un poco chocante que fuera la escritora Concha Espina (1869-1955) quien emprendiera una intensa campaña para obtener el indulto para el joven Shum, a la que se sumaron enseguida diversos periódicos (con Solidaridad Obrera a la cabeza) y destacadas personalidades del mundo de la cultura como Ramón Mª del Valle Inclán, los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Jacinto Benavente, Henri Barbusse, Rafael Altamira, Santiago Ramón y Cajal y un larguísimo etcétera. Liberado finalmente en 1931, después de haberle sido conmutada la pena capital por cadena perpetua, regresa a Barcelona, momento que Victor Alba recordó del siguiente modo: «a mediados de febrero, con la amnistía [empezaron a dejarse ver] nombres de exiliados que volvían o de presos que salían de prisión: el dibujante Shum, con una mano lisiada por una bomba de estar por casa que le había explotado». Una vez en Barcelona, crea el Grup dels Sis, con Hélios Gómez (1905-1956), Josep Bartolí (1910-1995), Marcel·lí Porta (1903-1979), Lluis Elias (1896-1953) y Alfred Pascual i Benigani (1902-1995) y colabora en publicaciones políticas, satíricas y humorísticas vinculadas a las izquierdas como L´Opinió, La Humanitat, La Campana de Gracia, etc. Con Maroto, es también uno de los principales ilustradores de la cabecera madrileña Post-guerra (1927-1928).

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Cubierta de 1932.

De 1928 deben de ser sus colaboraciones en el hebdomadario fundado por el comunista Henri Barbusse Monde de París, que menciona Vicente Llorens en Memorias de una emigración, y cuyo comité de redacción da buena muestra de su vocación internacional: Albert Einstein, Mathias Morhardt, Upton Sinclair, P. Fireman, Miguel de Unamuno, Maxim Gorki, Mihaly Karoly y Manuel Ugarte. Pero ya en los años treinta empieza a publicar en Papitu y en algunas cabeceras próximas a la CNT, y 1934 es nombrado vocal de la Junta de Museos de Barcelona, cargo que ocupa hasta el inicio de la guerra civil española, cuando entra a formar parte del Sindicat Professional de Dibuixants; pero no tarda en alistarse y combatir en el frente de Aragón (concretamente en Tardienta), si bien de esos años son también muchas cubiertas para la colección Los Pensadores de las valencianas Ediciones Estudios.

Concluida la guerra, pasa a Francia con su compañera Montserrat Ventós y sus hijos, donde iniciaron un periplo por tierras francesas (Chartres, Toulouse, Perpiñán, París), y allí llega a un acuerdo con la Societé Stock para publicar un libro de dibujos que, estando ya listas las planchas, queda en el limbo debido al avance de las tropas nazis y a la caída de la línea del Sena. Finalmente, pues, embarca con destino a Santo Domingo, donde, en palabras de Llorens:

Llevó una vida muy estrecha, lo que no le impidió compartir su pobreza con otros compatriotas refugiados que estaban peor que él. No pudo acoger en su casa a más de catorce, según dice [el periodista también exiliado] Fraiz Grijalva, «pues al llegar a este número la parva economía de su hogar dio quiebra. Entonces él y su familia partieron al interior y se instalaron en La Vega, durante un año, comiendo yuca y arroz, ha realizado una extensa colección de obras». Volvió luego a la capital de Santo Domingo y allí participó en varias exposiciones y, gracias a una de ellas en que en cinco horas vendió todo lo expuesto, en 1942 se trasladaron a Cuba.

Aparte de exponer en el Casal Català de Cuba y en el Country Club, la obra de Shum es abundante en los números de la revista cubana Lux en 1942 y 1943, así como en El Día Gráfico y Minerva, pero sin duda su publicación más importante en la isla caribeña es la del libro que había quedado en el aire en París, 15 dibujos de Shum, a los que acompañan textos del dramaturgo también exiliado Francisco Parés y que publica nada más y nada menos que Manuel Altolaguirre (1905-1959) en su voluntariosa imprenta La Verónica en 1942. Decía el propio Altolaguirre en una conferencia en el Centro Asturiano de Cuba ese mismo año 1942: «Toda la obra de Shum es una invitación a la poesía. Después de admirar sus cuadros me siento más inclinado a ilustrar poéticamente cada uno de sus dibujos que a escribir un ensayo crítico sobre su arte».

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Caricatura firmada por Shum para Por esas Españas.

En 1944 se encuentra en Estados Unidos, y a partir de esos años, al parecer menos documentados, colabora a menudo con los estudios de la Metro Goldwin Mayer dibujando carteles, tarjetas y todo tipo de material propagandístico, así como haciendo también escenografías. Sin embargo, uno de sus trabajos más lucrativos de esa etapa fueron las ilustraciones de Por esas Españas. Cuentos tragicómicos ([Henry] Holt, Rinehart & Winston, 1944), un libro destinado a la enseñanza del español redactado por Pedro Villa Fernández que gozó de una espectacular acogida en los centros de enseñanza estadounidenses.

Establecido durante mucho tiempo en Estados Unidos, finalmente se trasladó a México, concretamente a Cuernavaca, y en marzo de 1965 expuso en la galería Mer-Kuk 35 óleos en una exposición conjunta con la escultora de origen ruso Dina Frumin (1914-1981). Y finalmente falleció dos años más tarde en Cuernavaca, donde fue enterrado en un féretro envuelto en la bandera catalana.

 

Fuentes:

MemosEmigraciónJaume Capdevila i Herrero, «Dibuixant amb l´esquerra. Els ninotaires de la prensa d´ERC durant la República», Gazeta vol, 2 (2010), pp. 43-53.

José Domingo Cuadriello, El exilio republicano español en Cuba, Madrid, Siglo XXI, 209.

Julià Guillamon, El dia revolt, Barcelona, Editorial Empúries, 2008.

Humoristán, Shum.

Vicente Llorens, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.

Sílvia Senz, «El Sindicat de Dibuixants Professionals, la contribució dels cartellistes, dibuixants i ninotaires catalans a la construcció i defensa de la Segona República Espanyola», De Editione, 14 de abril de 2011.

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. I-Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990.

Edición vasca en Caracas y en Guatemala

Parece haber un acuerdo bastante generalizado en que la primera publicación íntegramente en euskara después de la guerra civil española tuvo lugar en la capital venezolana, en forma de la revista Argia. Euskaldunak euskarak («Luz. Los vascos en su lengua»), iniciativa del polifacético editor, músico y escritor Jon Oñatibia (1911-1979), en onatibiacolaboración con el periodista y dramaturgo Andoni Arozena (1907-1989). Aparecida en abril de 1946, esta breve revista bimensual ilustrada, de carácter bastante convencional en cuanto a los temas (política, cultura, deportes, vida social, etc.), no renuncia a un cierto afán pedagógico, que se hace más evidente sobre todo a partir del quinto número, que se publica, debido a los vaivenes biográficos de Oñatibia, en Nueva York (con fecha de agosto de 1946). El papel satinado, la llamativa cabecera en rojo y el cuidado en la reproducción de las imágenes hacían de esta una publicación de rara calidad en semejante contexto. El profesor Zabala Aguirre resume de un modo muy claro algunos de los rasgos principales de esta revista, que atribuye a la participación de colaboradores expertos, como es el caso del linotipista Joxe Mari Etxezarreta: «Experiencia, sentido estético y capacidad pedagógica son algunas de las claves que podrían explicar esta sorprendente modernidad en la concepción de la revista». En Estados Unidos, donde entre otras cosas Oñatibia publicaría el disco The Basques. Euzkadi. Songs and dances of the basques (Folkway Records, 1954), se publicaron hasta 1948 los números siguientes hasta el total de catorce que componen la colección completa.

euzkoLa aparición ya en 1941 de la editorial vasca Ekin en Buenos Aires dio un impulso a la edición en euskara en América, pero no por ello dejaron de ponerse en marcha otras publicaciones periódicas que albergaron tanto traducciones importantes como obras de creación. En este sentido el relevo de la empresa de Oñatibia lo toma el poeta Jokin Zaitegi Plazaola (1906-1979) con la revista Euzko-Gogoa («Alma vasca»), aparecida en diciembre de 1949 y con sede en Guatemala, en la que cuenta desde el principio con la colaboración del escritor y traductor residente en Francia Andima Ibiñagabeitia (1906-1967). El hecho de que estos dos escritores concibieran la traducción de los clásicos del pensamiento occidental como el modo idóneo para que la lengua vasca alcanzara su plenitud como lengua de cultura influyó decisivamente tanto en el contenido como en las iniciativas paralelas que se desarrollaron a partir de Euzko-Gogoa, cuyos números distribuían el contenido en las siguientes secciones: olerti (poesía), elerti (prosa), ereserti (música y canto), antzerti (teatro), euskera (vascuence), yakintza (saber), gizarte (sociología) e idazti deuna (sagradas escrituras).

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Jokin Zaitegi.

Tras su paso por Panamá en 1937 y posteriormente por El Salvador (1937-1944), donde había sido profesor de Teología en el Seminario Central, Jokin Zaitegi se había establecido en 1945 en Guatemala, de cuyo Instituto América llegó a ser director técnico, pero llevaba ya a sus espaldas una notable labor en el campo de la cultura, que se remontaba por lo menos a 1934, cuando su poema «Tori nire edontzia» es galardonado en los Eusko Olerti Egunak, y además acababa de ver publicada en 1946 en México un primer volumen de traducciones al euskara del teatro de Sófocles Sopokel’en antzerkiak I, en la editorial de breve vida Pizkunde («Renacimiento»), que el año anterior se había estrenado con el poemario de Telésforo de Monzón Urrundik. Bake Oroi (en una lujosa edición ilustrada por Juan de Aranoa y traducción al español de Germán de Iñurrategui). Y de 1946 es también, en la mexicana Pizkunde, el poemario de Zaitegi Goldaketan («Arando»), donde alternan las traducciones de autores muy diversos (Verdaguer, Maragall, Baudelaire, Horacio) con composiciones propias que contribuyen a perfilar la concepción que de la lengua literaria tenía Zaitegi. Escribe Zabala:

…son poemas muy influenciados por Lizardi, en los cuales la naturaleza tiene una presencia destacada, pero que también evidencian otras lecturas como Lauaxeta y Orixe. De nuevo, la temática es tradicional y, además, religiosa, con especial hincapié en la nostalgia de quien se halla lejos de su país, utilizando para ello un idioma muy culto y elaborado. De hecho, Zaitegi va a representar durante la posguerra la tendencia más purista en la defensa del idioma.

monzonAdemás, unos años antes, en 1945,  había publicado ya en Guatemala, en los Talleres Imprenta Hispania, su traducción del poema épico Évangeline or a Tale of Acadie del escritor estadounidense Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882). La creación de Euzko-Gogoa fue precedida de una extensa labor de preparación, y se concretó en primer lugar en un texto, «Asmoa» («Intención»), que constituía un llamamiento de Zaitegi a la colaboración de escritores e intelectuales vascos de toda tendencia, tanto estética como ideológica, dispersos por toda América en un proyecto común de salvaguarda de la cultura y la lengua vasca. Al parecer, su llamamiento tuvo poco eco y el primer número fue escruto casi por completo por el propio Zaitegi. Sin embargo, los índices de Euzko-Gogoa son un reflejo del éxito que finalmente obtuvo en este propósito integrador, pues en ellos confluyen escritores de muy diversas generaciones: Ibiñagabeitia, Salvador Michelena (1919-1965), Xavier Diharce Iratzeder (1920-2008), etc., e incluso ya de nuevo en Europa consiguió la colaboración, en ocasiones bajo seudónimo, de jóvenes escritores residentes en la Península como Federiko Krutwig (1921-1998), Jon Mirande (1925-1972), José Luis Alvarez Enparantza «Txillardegi» (1929-2012), Txomin Peillen (n. 1932) o Gabriel Aresti (1933-1975), quien se inició precisamente como escdritor en esta revista, lo que llevará incluso a Euzko-Gogia a asumir un papel importante en el renacer de la actividad literaria en el interior. Según ha escrito Zabala, «Euzko-Gogoa era una revista plural, abierta, de contenidos intelectuales, ensayísticos y literarios, sobre todo».

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Página de Euzko-Gogoa en la que aparece uno de los escasos textos (publicitario) en español.

En cuanto a la financiación, ante la dificultad de cobrar de los suscriptores, fue de particular importancia la obtención de fondos mediante la puesta en marcha de algunas iniciativas de Zaitegi, y en particular del colegio Liceo Landibar, que más adelante se convertiría en la sede del Centro Vasco de Guatemala, y de la residencia para estudiantes Santa Mónica, ambas instituciones en pleno centro de la capital guatemalteca.

Para llevar adelante el proyecto, pudo además contar muy pronto con la colaboración del poeta y ensayista Nikolás Ormaetxea «Oritxe» (1881-1961), aunque esa colaboración se agotó a los seis meses cuando Oritxe prosigue su periplo por tierras americanas trasladándose a El Salvador. Años más tarde, en 1954, después de estar todo el año 1953 sin aparecer, la revista experimentó un cierto relanzamiento con la llegada a Guatemala de Ibiñagabeitia, que sin embargo también fue breve. Las dificultades para contactar con el público natural de una publicación como esta, a la que por otra parte las autoridades franquistas prohibían el acceso, añadido a las dificultades y encarecimiento que suponía la distribución de la revista en los distintos países americanos, acabaron por decidir a su director a trasladarse a Euskal Herria (donde proseguirá, no sin altibajos, hasta 1960, más de 4.000 páginas en total), no sin antes haber dado a la imprenta la tercera parte del célebre poema de Mitxelena Arantzazu, «Bizi Nai», cuya publicación en la Península era a todas luces imposible.

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De izquierda a derecha: Ibinigabeitia, Zaitegi y Oritxe en 1954.

La amplia representación de traducciones de clásicos griegos y latinos al euskara dan fe de la voluntad de mantener y pulir la lengua literaria, dignificándola como lengua de cultura, y entre los autores publicados se cuentan Cicerón y Plino el Joven (en traducción de Vicente de Amézaga), Ovidio y Virgilio (por Ibinagabeitia, y en el caso de Virgilio también por Santiago Onaindía), Fedro (anónima), Petronio (por Miguel de Arruza), etc., así como de diversas obras de Shakespeare vertidas al euskara por Bedita Larrakoetxea (1894-1990), como El rey Lear, La Tempestad o Macbeth, cuentos procedentes de Las mil y una noche traducidos bajo el seudónimo G. Larrañaga o también autores menos esperables, como Jacinto Benavente (de quien Andima tradujo La fuerza bruta)… Y es interesante constatar que en muchos de estos casos constituyeron la base o el punto de partida para proyectos de traducción más amplios que se publicaron posteriormente en España, como es el caso de las obras completas de Shakespeare o de Virgilo en euskara. Tan o más interesante que la publicación de la revista fue la distribución, en forma de separatas o de muy breves volúmenes, de textos en euskara desde Guatemala, que de todos modos se enfrentaban a los mismos problemas de distribución y de prohibición en España y de los que sin embargo, debido a su propio carácter breve, efímero y perseguido, apenas parecen haber quedado registros.

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Fuentes:

Euzko-Gogoa (1950-1959).

Iñaki Anasagasti, «La prensa nacionalista en Venezuela», en su blog.

Gorka Aulestia, «Un siglo de literatura vasca (III)», Sancho el Sabio. Revista de cultura e investigación vasca, núm. 7 (1997), pp. 13-77.

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Ejemplar publicado ya en Bayona, con nuevo formato y presentación.

Gabino Garriga, «El euskera en América», Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos, núm. 44 (1958), pp. 67-79.

Josep Mengual, «La edición bonaerense de libros en gallego, euskara y catalán (hasta la entrada de España en la OTAN)», Kamchatka. Revista de análisis cultural, núm. 7 (junio de 2016), pp. 97-119.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

José Ramon Zabala Agirre, «La lengua desterrada. La literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas exiliadas de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 1), 1993, pp. 51-56.