Matías Conde y la autoedición mexicana en asturiano

A falta de poder consultar la tesis doctoral de Lluis Agustí recientemente presentada (L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1959. Inventari i propostes de significat, 2018), es sin embargo posible aventurar que uno de los libros en asturiano más famosos publicados en México, Sol en los pomares, de Matías Conde de la Viña (1896-1982), respondía a la iniciativa del propio autor, y que el sello bajo el que se presentó fue creado para la ocasión.

Matías Conde.

Este profesor mercantil gijonés, que desde muy joven había hecho incursiones en la prensa asturiana e incluso había puesto en circulación un semanario satírico de cierta repercusión (El Epiplón), tuvo que salir de su país durante la guerra civil española, en la que había servido como concejal en el ayuntamiento de Oviedo y en el Consejo de Asturias y León en las filas de Izquierda Republicana. Establecido durante cinco años en Francia, durante los cuales fue cónsul en Marsella, llegó a México en 1944 y rápidamente se integró en los círculos de intelectuales asturianos de la capital (Luis Santullano, Jesús Vallina, Ovidio Gondi, Carlos Martínez, Joaquín Velasco, Germán Horacio…).

Ese mismo año publica ya un texto en el librito colectivo publicado por la revista Somos: homenaje de los republicanos españoles a las representaciones diplomáticas y consular de México en Francia, en el que también participaban, entre otros, el poeta cordobés Juan Rejano (1903-1976), el dramaturgo madrileño Álvaro Arauz (1911-1970) y Mauricio Fresco, que más tarde publicaría La emigración republicana española, una victoria de México (Editores Asociados, 1950).

Sin embargo, la importancia de Matías Conde como escritor la debe sobre todo al poemario Sol en los pomares (Poemas de Asturias), de cuya importancia hay indicios para pensar que el autor era muy consciente, dado el esmero con que preparó y divulgó su publicación.

Malvis (tordo o corzal común en asturiano), fue el nombre elegido para la efímera editorial creada para publicar este libro, al que tan sólo seguiría otro título, también de Matías Conde, Cuatro romances de toreros: E. Lizaga, Joselillo, Carnicerito, Manolete (1949).

Sol en los pomares se organiza en cinco secciones y lo que, usando un mexicanismo, bien podríamos llamar un pilón: La sombra de los robles (lo eterno), La lluz de les roses (lo lírico), La caleya floria (el donaire), Pompares n´el aire (lo efímero) y La luna entre carbayos (Lo infinito), rematado con un «¡Adiós!». Conde se tomó la molestia de solicitar al escritor mexicano José Vasconcelos (1882-1959) un prólogo y preparó con mucho esmero la edición. Se trata de un libro de doscientas páginas, com un formato de 30,5 x 23,5 cm, impreso a color, con ilustraciones del ya mencionado Germán Horacio (1902-1975), del que, según el colofón, el 20 de agosto de 1948 se imprimieron 1500 ejemplares.

Es probable que a José Vasconcelos lo hubiera conocido Matías Conde ya en Asturias, donde el escritor mexicano residió entre el verano de 1932 y el de 1933, y participó activamente en iniciativas culturales, como la Biblioteca Popular Circulante de Castropol (de la que fue nombrado presidente honorario y a la que donó ejemplares de sus libros) o el periódico El Aldeano. En sus memorias sobre la estancia en Asturias, Vasconcelos recuerda:

 Pasamos la última semana en Gijón, enfiestados a diario, con las despedidas. Todo el Club de los Excursionistas gijonenses, capitaneados por el poeta popular Pachín de Melas, nos visitó un domingo por la tarde, nos cantó coros asturianos, compartió con nosotros la sidra y las empanadas.

Y en este punto es oportuno recordar que el ilustrador del libro de Conde es precisamente el hijo del escritor en asturiano Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz, 1877-1938).  Formado como perito mercantil, la vocación pictórica y la presión política había llevado a Germán Horacio Robles a instalarse en Madrid (donde cursó estudios en la Academia de San Fernando y publicó dibujos en las revistas Estampa y Blanco y Negro), pero el inicio de la guerra civil española le pilló en Asturias, lo cual hizo que se convirtiera en uno de los cartelistas de combate más famosos de su tierra, pero mayor repercusión incluso tuvo su diseño de los billetes durante la guerra, conocidos como «belarminos» debido a que los firmaba el por entonces presidente del Consejo Soberano de Asturias y León, Belarmino Tomás (1892-1950), que también acabaría exiliándose a México.

Cartel de Germán Horacio.

Germán Horacio había llegado a México a bordo del Sinaia (13 de junio de 1939), y en el diario que se publicó a bordo se da noticia el 11 de junio de una exposición en la que participó, junto a José Bardasano (1910-1979), Ramón Gaya (1910-2005) y Darío Carmona (1911-1976), entre otros. Al poco de llegar ya participaba en diversas exposiciones colectivas, y en junio de 1940 exponía en solitario en la Galería Arte y Decoración, actividad que alternaba además con incursiones en el ámbito editorial, y suyas las ilustraciones de las cubiertas de Mar y Viento (Imprenta Artes Gráficas Comerciales, 1943), de Alfonso Camín (1890-1982), Partiendo de la angustia (Editorial Moncayo, 1944), de Manuel Andújar (1913-1994), Entre manzanos (Niñez por duros caminos) (Imprenta Azteca, 1952), de Alfonso Camín y prologado por Luis Astrana Marín (1889-1959), Los poemas de Madrid  (Azteca, 1955), también de Camín, antes de dedicarse también a la creación de carteles cinematográficos.

Por otra parte, Conde se ocupó también de hacer llegar su cuidadísimo poemario a algunas firmas importantes que podían apoyarlo, y se conserva por ejemplo la carta que (fechada el 29 de enero de 1949) acompañaba el envío del volumen a la prestigiosa poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957), que el año siguiente ganaría el Nobel de Literatura. Otra escritora de talento, la madrileña Luisa Carnés (1905-1964), le había dedicado ya para entonces una elogiosa reseña en firmándola con su seudónimo Natalia Valle en la Revista Mexicana de Cultura (número 80, del 10 de octubre de 1948, pp. 11 y 12).

La colaboración entre Matías Conde y Germán Horacio se repitió al año siguiente en el librito Cuatro romances de toreros, el segundo y último localizado con el sello Malvis, cuarenta y cuatro páginas. Al margen de otras consideraciones posibles, si se interpreta como un síntoma de integración cultural resulta un tanto asombroso que en fecha tan temprana Conde elija a dos toreros mexicanos (Liceaga y Carnicerito de México), uno colombiano (Joselillo) y solo uno español (Manolete) como motivos para este segundo poemario.

Conde no volvió a publicar en asturiano en México, y la edición de su «comedia dramática en tres actos y un mensaje» Me lo dijo el viento (1963) corrió a cargo de la Unión Nacional de Autores. Aun así, unos años después de la muerte del dictador español se hizo una edición en 1976 de Sol en los pomares en el Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), pero en ella se suprimió el poema «El solar de Don Pelayo o el romance de los cuatro morangos», acaso de inspiración lorquiana, para no ofender a la Guardia Civil. No fue hasta el año 2016 que la Academia de la Llingua Asturiana hizo una edición facsimilar íntegra.

Firma de Matías Conde.

Fuente

J. L. Argüelles, «La vuelta sin censura de Matías Conde», La Nueva España, 8 de noviembre de 2016.

Begoña Díaz González, «La literatura de posguerra (1940-1974)», en Miguel Ramos Corrada, Historia de la lliteratura asturiana, Oviedo, Academia de la Llingua Asturiana, 2002, pp. 365-506.

Iliana Olmedo, «La contribución del exilio español a la historiografía mexicana. La Revista Mexicana de Cultura como espacio de formación canónica», Relaciones, estudios de historia y sociedad, vol. 35, núm. 140 (2014).

Iliana Olmedo, Matías Conde la Viña, en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 2, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2002, p. 121.

Marco Fabrizio Ramírez Padilla, «Dos libros orgullosamente mexicanos», Bibliofilia novoshipana, 18 de mayo de 2009.

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Alberto Elósegui y Ediciones Gudari, otro ejemplo de edición vasca en Caracas

Si bien desde 1941, y como consecuencia de la dictadura franquista y su política de imposición lingüística, Buenos Aires se había convertido en el gran centro editorial en euskera merced a la presencia en la capital argentina de la editorial Ekin, por lo menos desde 1946 Caracas se convirtió en otro centro de creación importante de la cultura vasca: en aquel año con la creación de la revista Argia. Euskaldunak euskarak («Luz. Los vascos en su lengua») a la que dos años después se añadían Euzko Gastedi («Juventud Vasca», 1948-1977, si bien de periodicidad irregular), Erri (1949), Euzkadi Keorriak (1951) y otras más o menor efímeras, pero años después también con la revista Gudari, aparecida en 1961 con el ilustrativo lema «Resistencia vasca» (cambiado en 1964: «por una Euzkadi libre en una Europa unida») y con proyectos paralelos como la reanudación de las emisiones, en esta ocasión en la capital venezolana en 1965, de la iniciativa radiofónica Euzkadi Irratia —nacida durante la guerra, en 1937, retomó sus emisiones entre 1946 y 1956 en Iparralde, hasta que las autoridades francesas obligaron a su cierre— o la edición de libros con el sello Gudari.

A principios de la década de 1960, Caracas contaba con una nutrida y ya asentada colonia de exiliados vascos, que disponían además desde 1942 con el Centro Vasco de Caracas (en una nueva sede desde 1950) como punto aglutinador, y un grupo de inquietos intelectuales nacionalistas unieron esfuerzos para poner en marcha estas iniciativas culturales. Entre ellos destaca el grupo de Euzko Gaztedi-Interior, con el prolífico historiador y escritor Miguel Pelay Orozco (1913-1998), que ya en 1951 regresó a su país natal; el periodista José Abásolo Mendíbil (1917-2009), llegado a Caracas en 1947, tras conocer las cárceles franquistas; Félix Berriozabal (Elorrio), el también periodista (coincidió con Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez, en la revista Momento y colaboró en la Ibérica neoyorquina de Victoria Kent) y en España condenado en rebeldía por «actividades subversivas», Alberto Elósegui; el activista político, que también había sido huésped de las cárceles franquistas, Jokin Inza (1924-2008); el capitán y colaborador de Argia José María Burgaña (1905-1987)… El encargo de un logo para EGI (una mano sosteniendo una antorcha) se lo hizo Elósegui al diseñador catalán Joan Queralt, y no tardó en figurar en la portada de Gudari.

Con Alberto Elósegui como director y uno de sus principales impulsores, Gudari no tardó en convertirse en una de las revistas más leídas entre la clandestinidad antifranquista, pese a las dificultades para llevarla a cabo. Según ha contado Iñaki Anasagasti (que le sucedería al frente de la revista cuando en 1969 Elósegui se marchó a Londres), «los fotolitos eran enviados al País Vas­co-Continental y, luego, distribuidos en el interior. Elósegui incorpora todas las novedades de las artes gráficas y del periodismo moderno a su periódico».

En su confección colaboró también la diseñadora gráfica y diagramadora Karmele Leizaola, considerada pionera del diseño de información venezolano y que también había coincidido con la época de García Márquez en Momento (luego trabajaría en Élite, El Nacional, Feriado…). También pudo aprovecharse Gudari de la experiencia y buen hacer de la Tipografía Vargas, una de las más prestigiosas y sólidas, que con Juan de Guruceaga (1894-1974) al frente había impreso la primera edición venezolana de Doña Bárbara (1925), de Rómulo Gallegos (1884-1969) y en la que trabajaba como gerente el padre de Karmele Leizaola.

Iñaki de Urreiztieta, País Vasco, Caracas, Editorial Élite, 1945.

Con el tiempo, Gudari encargó a autores específicos la elaboración de algunos números monográficos y de algunos folletos y opúsculos. De 1956 es una edición impresa en los Talleres de la Société Parisienne d’Impressions, pero financiada por los exiliados vascos en Venezuela, del ensayo La causa del Pueblo Vasco, de Francisco Javier de Landaburu (1907-1963), cuyas 165 páginas se publicarían posteriormente en tres folletos monográficos y numerados (del mismo modo se publicaría después en los Cuadernos Alderdi).

En los años sesenta y setenta la publicación en Gudari es un poco más nutrida pero en ningún momento parece llegar a establecer una continuidad: En 1963 se publica el que sin duda es su libro más importante, la traducción de Alberto Elosegui de El Árbol de Guernica. Un ensayo sobre la vida moderna, de quien fuera corresponsal de guerra del Times en España George Steer (1909-1944), al que siguen 7 días y 7 meses en la España de Franco. El caso de los católicos vascos (1964), del sacerdote, periodista y escritor exiliado en Buenos Aires Iñaki de Azpiazu Olaizola (1910-1988), el extenso poema narrativo “Mugarra Begiraria” (1969), de Francisco Atucha Bicarregui (1908-1973) y, ya en los años setenta, los dos volúmenes de El PNV en la vida práctica de dos tercios de siglo (1976), de Jesús María de Leizaola (1896-1989) y las compilaciones de los discursos del que fuera presidente José Antonio Aguirre (1904-1960), Mensajes del Lendakari (1936-1940) (1975) y Mensajes del Lendakari (1940-1945) (1976).

Como es habitual entre las ediciones del exilio vasco en América, se trata de libros destinados a rescatar episodios de la historia política y cultural vasca o de reflexiones políticas y sociales de sus líderes más destacados, cuyo objetivo evidente es mantener abierto el canal de comunicación entre los acontecimientos en el interior y los vascos diseminados por Europa y América, y si bien la revista llegó a cobrar mucha importancia y al parecer fue la más difundida las iniciativas editoriales fueron menos sostenidas, algo a lo que debió contribuir también la movilidad (en muchos casos en la clandestinidad) de quienes debían ocuparse de ello.

Fuentes:

Iñaki Anasagasti, «La prensa nacionalista en Venezuela», en su blog.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

José Ramon Zabala Agirre, «La lengua desterrada. La literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas exiliadas de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 1), 1993, pp. 51-56.

José Ramon Zabala, «Ediciones Gudari», en Diccionario biobibliográfico de los Escriores, Editoriales y Revistas del Exilio Republicano de 1939, Sevilla, Gexel- Renacimiento, vol 2, p. 538.

El periplo de Francisco Galán: ¿un Ruedo Ibérico en América?

El «Romance del 5 de noviembre» es uno de los muchos poemas sobre la guerra civil española escritos por Miguel Hernández (1910-1942) que se dieron a conocer muy tardíamente, en esta caso recuperado por Jesucristo Riquelme y publicado en 1986 en la revista Canelobre a partir de una copia conservada por Julián Aparicio Alonso, teniente en la compañía de aviación cuya gesta se canta en el poema de Miguel Hernández y que al acabar la contienda fue condenado a doce años y un día de prisión y ocho más de inhabilitación. Al parecer, el original de este romance, fechado en noviembre de 1936, fue remitido al comandante Francisco Galán (1902-1971), y sería raro que quien llegó a estar al frente de la Editorial Periplo y de la editora y distribuidora Oberón perdiera un manuscrito de semejante importancia.

Miguel Hernández.

Francisco Galán, afiliado al Partido Comunista ya antes del inicio de la guerra, procedía de una larga estirpe de militares: su padre había sido suboficial de la Armada, a su hermano mayor, Fermín (1899-1930), lo hizo famoso Rafael Alberti en una pieza teatral homónima de 1931: se había alzado contra la dictadura de Primo de Rivera en 1926 y contra la dictablanda de Ramón Berenguer en 1930 (por lo que fue condenado a muerte y fusilado), y el menor, José María (1904-1978), alcanzó el grado de teniente coronel en el Ejército Popular de la República durante la guerra civil, tras la cual se exilió primero a la URSS y posteriormente a Cuba. A Francisco el levantamiento contra la legalidad republicana le halló como teniente retirado de la Guardia Civil, pero enseguida se puso al frente de las milicias que combatieron en Somosierra defendiendo Madrid y a lo largo de la guerra tuvo una carrera destacada.

En los últimos días de la misma, el presidente Juan Negrín (1892-1956) le puso al frente de la Jefatura de la base naval de Cartagena, donde fue brevemente detenido por los «casadistas», y posteriormente llegó al protectorado francés de Túnez, donde fue internado por las tropas francesas en el nauseabundo campo de Meheri Zebbeus. Finalmente, gracias a la intervención de un diputado comunista francés, el 27 de abril de 1939 pudo salir con destino a Chile, Uruguay y luego a Argentina, donde años después desarrolló su labor editorial en compañía de su esposa, la pianista y traductora argentina de origen vasco Elvira Vázquez Gamboa.

Francisco Galán cuando, como teniente coronel, estaba al mando de la XXXIV División.

En 1951 crea Francisco Galán la Editorial Periplo, una de cuyas primeras publicaciones fue El sapo en el folklore y la medicina (septiembre de 1951), de Tobías Rosemberg (1911-1960), como primer volumen de los Cuadernos de la Asociación Tucumana de Folklore. Fue el libro que dio a conocer a un público más amplio la obra de un folklorista que había empezado como librero (en Cervantes y To Be) y que para entonces tenía ya a sus espaldas una notable bibliografía (Curiosos aspectos de la terapéutica calchaquí en 1939, La serpiente en la terapéutica aborigen y americana en 1943, La serpiente en la medicina y el folklores en 1946, etc.).

Sin embargo, más importancia cultural tuvo sin duda para Periplo la publicación en 1953 del extenso Panorama de la poesía moderna (500 pp.) preparado por Enrique Azcoaga (1912-1985), que sin atisbo de sectarismo incluye a casi doscientos cincuenta escritores, tanto exiliados como a otros que permanecían en la España franquista, así como algunas muestras de la poesía gallega y catalana reciente. Como explica en el prólogo:

Lo antológico entiende sólo lo maduro, y nuestro Panorama quiso abarcar en estas páginas desde lo granado a lo posible. […] Poeta incluido, claro está, no quiere decir en primera instancia otra cosa que poeta existente. Escasez informativa no supone más que dificultad. […] Tratamos de rendir un homenaje de solidaridad a todos los poetas españoles. Y mostrar un poco en forma de borrador, para el que quisiéramos la suerte de posibles, corregidas y ampliadas ediciones, este vasto conjunto poético donde no creemos haber exceptuado, por razones que en el terreno espiritual son siempre repugnantes, a ningún poeta «moderno» español maduro o posible que merezca atención.

El mismo Azcoaga, que tenía una hermana exiliada en la URSS, no salió de España hasta 1952, y se estableció en Buenos Aires, donde dirigió durante un tiempo la prestigiosa revista Atlántida. El nombre de Azcoaga, amigo de Miguel Hernández, aparece vinculado a algunas obras e iniciativas significativas de antes de la guerra, como por ejemplo entre los fundadores y directores de La Hoja Literaria (1933-1936), junto a los de Arturo Serrano Plaja (1909-1979) y Antonio Sánchez Barbudo (1910-1995) –es  decir, el núcleo de lo que sería la mítica revista Hora de España (1937-1939)–, o al pie del texto del catálogo de la exposición de Maruja Mallo en Amigos de las Artes Nuevas en 1936, además de como autor de un libro de ensayos inédito, Línea y Acento, que le valió el Premio Nacional de Literatura, entre otras obras. Víctor García Ruiz ha publicado fragmentariamente el epistolario entre Azcoaga y el dramaturgo Victor Ruiz Iriarte (1912-1982), y un pasaje del mismo permite adivinar que desde el primer momento Azcoaga hizo trabajos editoriales, no sabemos cuáles, para Galán: «Espero que dentro de pocos meses esté mi Panorama poético en la calle, y sigo haciendo cosas para el editor».

El año siguiente aparece en Periplo Culminación y crisis del imperialismo, de quien fuera jefe del Estado Mayor del Ejército Republicano español, Vicente Rojo (1894-196), y un poco posterior es El fin de la esperanza. Testimonio (1956), retrato del primer franquismo firmado como «Juan Hermanos» por Marcel Saporta (1923-2009), cuya primera edición había aparecido en la colección Les Temps Modernes de Julliard en 1950 con un prólogo de Jean-Paul Sartre (1905-1980) y de cuya edición argentina se ocupó Francisco Galán en su otra iniciativa editorial, Oberón, después de que la versión española hubiera aparecido ya en 1953 en la mexicana Espartacus (de 1963 es la edición cubana, con la adición de un epílogo de Ramón Monreal Almela: «La nueva esperanza. Dieciocho años después»).

De 1958 es el exitoso y escandaloso No me avergoncé del Evangelio (desde mi parroquia), obra de quien fuera cura ecónomo en Alsasua durante la guerra civil, Marino Ayerra Radin (1903-1988), que en este libro expone las atrocidades franquistas de que fue testigo y el vergonzoso papel que tuvo en ellas la Iglesia católica.

La estrecha vinculación de las iniciativas editoriales de Galán con el pasado reciente y la realidad española es muy evidente, y tiene continuidad en los años sesenta con los libros de relatos de los brigadistas argentinos Luis Alberto Quesada (1919-2015) (La Saca, con prólogo de Bernardo Canal Feijóo y una «canción final» de Rafael Alberti, Periplo, 1963) y Rafael María Zúñiga (1907-¿?) (Añoranzas bélicas, Oberón, 1966), así como las memorias de Víctor García de Frutos (¿?-1968), hispanoargentino que estuvo un tiempo exiliado en la URSS tras haber combatido parte de la guerra civil a las órdenes de Francisco Galán, Los que no perdieron la guerra (Oberón, 1967).

Arturo Cuadrado.

De esa misma época tienen interés particular la segunda edición de Manso (Oberón, 1968), del prolífico autor gallego bilingüe Manuel Lueiro Rey (1916-1990), la primera que no quedó desfigurada por la implacable tijera de la censura después de la aparecida en Oviedo en 1967 y para la que en Argentina contó en la cubierta con una ilustración de Luis Seoane (1910-1979), y, también de Lueiro Rey, Vicente y el otro (con prólogo de Xesús Alonso Montero y de nuevo cubierta de Seoane; Oberón, 1968). Ambos volúmenes estuvieron al cuidado de otro exiliado insigne, el escritor y editor gallego Arturo Cuadrado (1904-1998), y son testimonio de las vinculaciones de las editoriales de Francisco Galán con la Federación de Sociedades Gallegas.

Al argentino formado en Europa Enrique de Gandía (1906-2000) encargó Galán la dirección de la Serie Histórica de Investigación y Crítica, donde el mismo Gandía publicó en 1957 Bolívar y la libertad (núm. 2), un estudio sobre la imagen que de Bolívar daba en sus obras el escritor español Salvador de Madariaga (1886-1978), después de la aparición en esa misma serie de Claros orígenes de la democracia argentina: comprobación histórica (núm. 1, 1957), de Alberto Reyna Almandos y prologado por Alfredo L. Palacios, y antes de Espartero y la paz con España (núm. 3, 1957), de Armando Alonso Piñero.

El exitoso Jardines de infantes, de Elvira Vázquez Gamboa (esposa de Francisco Galán) e ilustrado por Gori Muñoz (1906-1978), publicado en Oberón, del que se hicieron diversas ediciones con ilustraciones de cubierta distintas.

Punto de confluencia entre comunistas y republicanos, entre la cultura gallega, la argentina y la española, a lo largo de los años que permaneció en activo como editor Francisco Galán desempeñó una función que acaso fuera más allá de la estrictamente profesional, y parece claro que, en la medida de sus posibilidades, fue un punto de apoyo para muchos intelectuales, por lo menos en el primer momento de su llegada a Argentina. Sin embargo, buena parte de su catálogo puede hacer pensar en el que en esos años estaba llevando a cabo José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) en París a través de Ruedo Ibérico.

Fuentes:

Andrea Bresadola, «Manuel Lueiro Rey frente a la censura franquista: los avatares de Manso», Creneida, núm. 5 (2017), pp. 139-197.

Victoria Fernández Díaz, El exilio de los marinos republicanos, València, Universitat de València, 2011.

Víctor García Ruiz, «Ni vencedor ni vencido. El tardío ¿exilio? de Enrique Azcoaga (sus cartas a Victor Ruiz Iriarte)», en María Fernanda Mancebo, Marc Baldó i Lacomba y Cecilio Alonso, eds., L’exili cultural de 1939: seixanta anys després, València, Universitat de València-Gexel,  2001, vol. II, pp. 503-517.

Fernando Larraz, «Editorial Periplo» y «Editorial Oberón», en Manuel Aznar Soler, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel, 2016, vol 4, pp. 21-22 y vol. 3, p 437, respectivamente.

Bárbara Ortuño Martínez, El exilio y la emigración española de posguerra en Buenos Aires, tesis doctoral presentada en el Departamento de Humanidades Contemporáneas, Universidad de Alicante, 2010.

Un episodio de censura española: Comín en prisión

Unos antecedentes necesarios: Barcelona, primeros meses de 1969. Ante las diversas y sostenidas protestas de los estudiantes universitarios y los sindicatos, a finales de enero el Estado español decretó el estado de excepción, que tuvo nefastas consecuencias para el sector editorial de la ciudad e hizo que los calabozos de Via Laietana parecieran, a tenor del ir y venir de editores, una feria del libro. El origen de ello hay que buscarlo, por ejemplo, en lo que se definió como un «asalto» al rectorado de la Universidad de Barcelona que se saldó con la quema de una bandera y con un busto del dictador por los suelos, aunque más grave había sido lo ocurrido en Madrid a raíz de la detención de varios miembros del clandestino Frente de Liberación Popular (1958-1969). Entre estos detenidos, por arrojar propaganda, se encontraba el estudiante de Derecho Enrique Ruano (compañero de colegio y buen amigo de quien con el tiempo llegaría a ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba), a quien se halló muerto al pie de un edificio tres días después de su detención. Hoy sabemos que fue el

Manuel Fraga Iribarne (es el que viste de civil).

por entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (1922-2012), quien no sólo movilizó al director del periódico Abc Torcuato Luca de Tena (1923-1999) para que cocinara una versión según la cual se trataba de un suicidio (publicando incluso páginas de un apócrifo diario personal de Ruano), sino que también llamó al padre del estudiante fallecido para exigirle que dejara de protestar y, de paso, recordándole que tenía otra hija de la que ocuparse. Un mes después, los tres policías que habían detenido a Ruano recibieron una «felicitación por los servicios prestados».

El estado de excepción declarado en 1969 tuvo muy duras consecuencias en el ámbito editorial, lógicamente con mayor incidencia en las editoriales obreras y de izquierdas y en las que publicaban en alguna distinta a la «lengua del imperio». Así lo cuenta Carmen Menchero de los Ríos en «Editoriales disidentes y el libro político»:

El mundo editorial fue fiel reflejo de lo ocurrido en otros ámbitos y, más allá del restablecimiento de la censura previa, prevista por el artículo 3 de la Ley Fraga, la crisis se saldó con el secuestro de treinta publicaciones ya distribuidas por las librerías y la cancelación de la actividad para cuatro editoriales: Ricardo Aguilera, Equipo Editorial, Halcón y Ciencia Nueva, al tiempo que ZYX, Edicusa y Nova Terra se encontraban abocadas a correr la misma suerte por el asedio sistemático de su actividad desde el MIT [Ministerio de Interior y Turismo]

Nova Terra era una editorial marcadamente vinculada al cristianismo y al obrerismo que publicaba tanto en catalán como en castellano y que se caracterizaba por sustentarse en una peculiar y voluntariosa estructura empresarial; entre sus títulos publicados hasta entonces: La mà contra l´horitzó (1961), de Manuel de Pedrolo; Ensayos sobre la condición obrera (1962), de Simone Weil; El cine al alcance de los niños (1964), de Miquel Porter Moix; Los sacerdotes obreros (1965), de Gregor Stiefer Argelia entra en la historia (1965), de Pierre Bourdieu y Abdelmalek Sayad; Qué libros han de leer los niños (1966), del Equip Rosa Sensat; La sexualidad, carne y amor (1966) de Octavi Fullat; Ciudad rebelde (1967), de Luis Amado Blanco; Problemas actuales del sindicalismo (1967), de Pierre Le Brun; Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores (1968), de Manuel Sacristán; La carne en el asador (1969), de Francisco Candel; Introducció a la historia del moviment obrer, de Manuel Tuñón de Lara;  Chicos de la gran ciudad (1969), de J.M. Huertas Clavería; Secularización y cristianismo (1969), de Lluís M. Xirinachs… Los obstáculos que puso la censura a Nova Terra parecían ir encaminados a entorpecer su viabilidad económica mediante el nefando método de dilatar el proceso de las asignación de número de registro y al mismo tiempo retener o secuestrar todos los libros que publicaban. De hecho, ya hacía tiempo que estaban en el punto de mira de la censura, como constató Francisco Rojas Carlos al resumir el expediente que se abrió a Nova Terra (núm. 1.307, sin fecha):

Los informes del Ministerio estudiaron concienzudamente las líneas ideológicas de la editorial, y así se dictaminó entre otras cosas: “Examinada la línea general de sus ediciones y estudiados algunos de sus numerosos títulos característicos, puede afirmarse que Nova Terra tiene, en lo religioso, una marcada orientación peligrosamente progresista y, en lo político, una clara tendencia filomarxista. Como también «editorial de actividades progresistas, de matiz catalanista y rotunda oposición al Régimen». Entre sus integrantes, los informes destacaban las figuras de los sacerdotes Jorge Bertrán Quintana y Casimiro Martí Martí, junto a Josep Verdura y Alfonso Comín Ros, «todos los cuales sustentan una línea política de avanzada tendencia libertaria».

Colección Actitudes, traducción de Santi Soler (militante de la clandestina Acción Comunista), 1969. La versión catalana, también en Nova Terra, es del famoso polígrafo Manuel de Pedrolo (1918-1990).

En el estudio monográfico que Dolors Martín y Agnès Ramírez dedicaron a esta editorial –que, ciertamente, como ha escrito Mireia Sopena, es «deudor en demasía de las entrevistas a sus protagonistas»– se reproducen algunos documentos muy esclarecedores de las consecuencias que tuvo el estado de excepción. Éstos permiten, por ejemplo, constatar que, por el hecho de no tener concedido un número de registro editorial (como tampoco lo tuvo nunca Edicions 62, por ejemplo), ya en 1968 Nova Terra había padecido una oleada de secuestros de libros en clara progresión: uno en febrero, otro en abril, otro en agosto y tres en octubre, lo que contribuía de modo decisivo a que, a finales de 1968 la cuantía de inversiones y anticipos sobre obras que no habían podido publicar ascendiera a la astronómica cifra de 540.000 pesetas, que no había modo de amortizar, y que al año siguiente ascendían ya a tres millones de «pérdidas ocasionadas por la prohibición o retención de libros». Y a ello había que añadir aún las numerosas presentaciones de libros no autorizadas, por ejemplo.

Como consecuencia directa de la declaración del estado de excepción, el asesor general,  Alfons Comín (1933-1980) fue detenido en su casa, el director literario, Josep Verdura (1921) tuvo que ocultarse, y dos secretarias, Mercè Pons y M. Àngels Berengueres, así como dos de los fundadores y colaboradores, Miquel Juncadella y Antoni Muné, fueron detenidos y pasaron alguna que otra noche en los calabozos de Via Laietana. Y por si fuera poco, además la policía confiscó (y nunca han vuelto a aparecer) «gran cantidad de documentos, numerosa correspondencia, originales, fotografías»…

Colección Actitudes, en 1968.

Enorme interés tienen también los apuntes que tomó Joan Carrera (1930-2008) de sus delirantes entrevistas en Madrid, en compañía de mosén Guix (que había sido profesor de Fraga Iribarne), con el ministro: «Al oír el nombre de Nova Terra, me interrumpe con brusquedad. En esto, dice, no hay nada que hacer. Nova Terra se ha portado indignamente. Ha atentado incluso contra la unidad nacional. Ha creado conflictos judiciales, etc.». Vale la pena señalar que, muy probablemente, Fraga aludía al juicio sumarísimo al que fue sometido Francisco Candel (1925-2007) por el cartel propagandístico de La carne en el asador (1966), que rezaba: «¿Qué clase de ganado es este: turistas, ladrones, ministros, procuradores en cortes?», y que supuso un duro revés para Fraga, pues, recordando que el término “ganado” tiene como tercera acepción «conjunto de personas» Candel fue absuelto y el ministerio puesto en evidencia.No menos interés tienen las notas sobre la entrevista, en el mismo viaje, mantenida con Robles Piquer (1925-2018), director general de Cultura Popular y Espectáculos (además de cuñado de Fraga), de quien se transcriben las siguientes palabras: «Ya sé que el señor Comín no es hombre de poner bombas, pero las bombas ideológicas traen las demás». Lo que se colige de estas notas es que el ministerio estaba recibiendo presiones de la extrema derecha para que hiciera marcha atrás en la timidísima apertura que se suponía que estaba llevando a cabo, y que le costó bien poco sucumbir a estas presiones, que en el caso de Nova Terra se concretaban en la exigencia de desprenderse de Comín y de Verdura para poder seguir publicando e incluso se les recomendaba cambiar de nombre a la editorial.

Publicado en la colección Actitudes y luego en El Sentit de la Historia en 1974 y reimpreso en 1975.

Esto generó un intenso, enconado y en buena medida envenenado debate en el seno de esta editorial comunitaria, entre quienes estaban dispuestos a redoblar el pulso con el poder y quienes preferían preservar a toda costa la existencia de la editorial (que proponían mantener a Comín y Verdura como colaboradores si bien de tapadillo). Otro interesantísimo documento aportado en la mencionada monografía (pp. 108-110) es una asombrosa y emotiva carta escrita desde la prisión por Comín y dirigida a Josep Artigal (1923-1995), contable de la empresa Cubiertas y Tejados y uno de los fundadores de Nova Terra, que no tardaría en convertirse en gerente de la editorial. En ella Comín se muestra relativamente comprensivo con el dilema contra el que la Censura ha acorralado a Nova Terra, pero expone muy abiertamente su propia situación personal y las graves consecuencias que tendría para él verse excluido del proyecto colectivo que es Nova Terra:

En estos momentos, lejos de tantas cosas, me preocupa especialmente el aniquilamiento anímico que nace del hecho de sentirse exiliado. Y, si lo preferís, exiliado no en el sentido material del término, sino exiliado en el sentido, sobre todo, moral, espiritual. Creo que este, desde el punto de vista de nuestra continuidad y posibilidad de realización en tanto que personas, es uno de los peligros más graves de la prisión, la expatriación o cualquier cosa que conlleve el abandono forzado del propio círculo vital, de la propia comunidad de vida.

Y continua más adelante: «En cuanto al riesgo, ¡qué queréis que os diga! Yo, por mi parte, lo acepto […]. Bastará que los demás, o algunos de los demás, quieran también compartir este riesgo y, valorando todo lo que ello supone, lo acepte. […] Todos aceptamos riesgos: Sólo es necesario creer que lo que motiva esa aceptación vale la pena».

Alfonso Carlos Comín.

Aun así, el tira y afloja que convulsionó Nova Terra conllevó el abandono de Comín y Verdura (que seguirían sus trayectorias en las editoriales Estela y Laia), pero eso no supuso en ningún caso nada parecido a una vuelta a la relativa normalidad. Por si estos fueran pocos problemas, unos años después, el 30 de abril de 1973 el almacén que la editorial tenía en el popular barrio de Sants fue objeto de un incendio que tenía toda la pinta de ser un ataque de los ultras Guerrilleros de Cristo Rey dirigidos por el veterano de la División Azul Mariano Sánchez Covisa, cosa que agravó la ya dificilísima situación económica y acabó por hacer inviable la continuidad del proyecto.

La de Nova Terra no es sólo la historia de una de las editoriales más fascinantes puestas en pie durante el franquismo por un colectivo heterodoxo y heterogéneo (sacerdotes, maestros, obreros de la construcción, oficinistas, encuadernadores), sino que su repaso permite un extraordinario acercamiento al opresivo ambiente en que los editores, y en particular los que publicaban en catalán, intentaron llevar a cabo su tarea de acercamiento de la cultura al pueblo.

Fuentes:

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya. Segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Dolors Martín i Agnès Ramírez, Editorial Nova Terra, 1958-1978. Un referent, Barcelona, editorial Mediterrània, 2004.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disisdentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 809-834.

Francisco Rojas Carlos, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Mireia Sopena, «La historia de la edición en catalán: balance y retos», en Fernando Larraz, Josep Mengual y Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, en prensa.

El lector interesado puede consultar además los legados de Lleonard Ramírez i Viadé y de Nova Terra, que se conservan en el Arxiu Nacional de Catalunya, fondos 338 y 49, respectivamente.

López Bernagossi, Llibreria Espanyola y la censura a la sátira

Además de iniciar una espléndida estirpe de libreros y editores, el gerundense de ascendencia italiana Innocenci López Bernagossi (1929-1895) fue en la segunda mitad del siglo XIX uno de los puntales de la divulgación de prensa y colecciones populares, próximas tanto al republicanismo como a la tradición satírica catalana, expuesta, ciertamente, a los vaivenes a que la historia política sometió a la libertad de expresión.

Tras formarse como gerente de la Librería Histórica de Luis Tasso, López Bernagossi compró a los hermanos Oliveres i Montmany la librería que estos tenían en la calle Ample (núm. 26), y ya en diciembre de 1859 aparecía una original iniciativa, El Cañón Rayado. Periódico Metralla de la Guerra de África, del que aparecieron veinticuatro números, impresos en la Imprenta Euterpe (que dirigían Anselm Clavé y Antoni Bosch), hasta marzo de 1860. Se trataba de una demoledora y mordaz crítica de la política española con respecto a la guerra, en la que colaboraron, entre otros (muchos de ellos con seudónimo), el poeta Víctor Balaguer (1824-1901) y en el que destacan sobre todo los grabados al boj de Eusebi Planas (1833-1897) y Manuel Moliné (1833-1901).

Simultáneamente, ya en 1858 se había ocupado López Bernagossi de la edición de El pendón de Santa Eulalia, de Manuel Angelón i Broquetas (1831-1889), a quien publicaría también con éxito Un Corpus de Sangre, Treinta años o la vida de un jugador, Flor de un día, ¡Atrás el extranjero!, etc., y a principios de la década de 1860 la Llibreria Espanyola ya estaba publicando libros regularmente; de 1862 es por ejemplo la novela histórica de Antoni Bofarull La orfeneta de Menargues o Catalunya agonisant, en coedición con la Llibreria del Plus Ultra. No es disparatado aventurar que la elección del nombre fue un subterfugio para poder escribirlo en catalán en unos años en que esta lengua era perseguida. Al año siguiente, 1863, abre un segundo establecimiento en la Rambla del Mig, número veinte, centro tanto de célebres partidas de tresillo como de tertulias en las que se imbricaban la política y el humor.

Sin embargo, el punto fuerte y que más fama le reportó fueron las publicaciones periódicas. En abril de 1965 ponía en circulación una breve revistilla que despertó enseguida el recelo de Antoni Brusi i Ferrer (1815-1878), propietario del Diario de Barcelona, que intentó por todos los medios frustrar su aparición. La idea original la había planteado Conrad Roure (1841-1928), miembro del grupo de defensores del «català que ara es parla» (el catalán que ahora se habla), quien se proponía parodiar la sección de anuncios del almanaque de López Bernagossi El Tiburón, y luego la reformuló el también dramaturgo del mismo grupo Albert Llanas (Albert de Sicília Llanas i Castells, (1841-1915), quien propuso en diversas tertulias publicar una Parodia de un Diario de Barcelona. Pese a las influencias que movió el Brusi, López Bernagossi se atrevió a ponerlo en marcha y, en su Llibreria Espanyola y a cargo de la Imprenta Económica de José Antonio Oliveres, publicó el número correspondiente al de 16 abril de 1865, que fue el único que llegó a aparecer, si bien se agotó de inmediato. Sin embargo, la colaboración entre Llanas y López Bernagossi puso los cimientos de la prensa satírica catalana.

Josep Lluís Pellicer, ilustrador de los Singlots poètics de Pitarra con el seudónimo Nyapus, fue un prolífico caricaturista político antes de asumir la dirección artística Montaner y Simó.

Ese mismo año aparecían dos nuevas cabeceras. Por un lado se estrena el considerado primer almanaque humorístico en catalán, Lo Xanguet (1865-1874), donde colaboran Serafí Pitarra (Frederic Soler, 1839-1995) y autores afines, así como los destacados dibujantes Tomás Padró (1840-1877) y Josep Lluís Pellicer (1842-1901), que luego sería estrecho colaborador de Eudald Canivell (1858-1928). Y por otro aparece Un tros de paper (1865-1866), iniciativa también de Manuel Llanas e ilustrado con novedosas litografías por Tomás Padró y en el que colaboraron, con seudónimo, el propio Llanas, Conrad Roure, que se ocupaba de la crítica teatral, Robert Robert (1827-1873) —cuyo primer número del también satírico El Tío Crispín le había llevado a pasar un año en la cárcel—, Frederic Soler, Josep Feliu i Codina (1845-1897), Eduard Vidal i Valenciano (1838-1899)… Prueba de la extraordinaria aceptación de Un tros de paper es que en 1920 Carles Riba prepara una selección de sus números y que más tarde apareciera en forma de folleto en La campana de Gracia.

Interior de Un tros de paper.

Luego, alternando siempre con los libros, se sucederían otras cabeceras incluso más exitosas, como Lo noy de la mare (1866-1867), La Rambla (1867-1868), que fue suspendido por cuestiones políticas, Lo Somatén (1868-1869), que «declara[ba] terminantemente que no admite ninguna otra forma de gobierno que la República democrática federal»,  Las Barras Catalanas (1869) o las muy longevas La campana de Gràcia (1870-1934) y L’Esquella de la Torratxa (1872-1939), que llegaron ambas a tiradas de 30.000 ejemplares, entre otras muchas.

Imagen de los fundadores y más asiduos colaboradores de La Campana de Gracia que se inicia con López Bernagossi y se cierra con su hijo López Benturas y en la que aparecen los escritores Rovira i Virgili, Roca i Roca, Ángel Samblancat, Gabriel Alomar, Lluis Capdevila, etc., los dibujantes Moliné, Pellicer, Opisso, etc., el grabador Pere Bonet, el fotógrafo y grabador Manuel Solano…

Sin embargo, una de las que mayores quebraderos de cabeza dio a los historiadores de la prensa fue Velón, cuyo origen quizá tenga alguna vinculación con la trayectoria biográfica del padre de López Bernagossi, Miguel López Carrascosa, quien llegó a ser teniente coronel por méritos durante la Guerra de Independencia y, tras el sitio de Girona, fue hecho prisionero por las tropas napoleónicas. Según declara la cabecera de Velón, se trata de un «Diario de Avisos y Noticias», del que se conserva sólo único el número 1, fechado el 18 de abril de 1909, que se vendía a 8 maravedises, cosa que ha hecho que durante muchos años se lo considerara una publicación aparecida durante lo que se conoce como Guerra del Francés, y así lo recogen por ejemplo el catálogo preparado por Joan Torrent, Francesc Carbonell, Josep Montfort y Rafael Borí La presse catalana depuis 1640 jusqu´a 1937 (1937). Sin embargo, en 1940 Joaquím Álvarez Calvo arrojó nueva luz —nunca mejor dicho— sobre el asunto al establecer su fecha en 1877 y atribuir su paternidad a López Bernagossi. El propósito ya señalado en el título era vehicular una corrosiva crítica al Ayuntamiento de Barcelona, que por entonces había anunciado la intención de implementar un impuesto a los comerciantes por el alumbrado público, a lo que éstos replicaron con una huelga de consumo de gas. El Velón, pues, venía a poner de manifiesto el tremendo retroceso que suponía la recuperación del velón como herramienta para alumbrar.

No es arriesgado aventurar que López Bernagossi era un miembro más de un amplio grupo de artistas de la sátira política que por aquellos años tenían como punto de reunión algunas tertulias (entre ellas la de la Llibreria Espanyola) en las que confluían escritores (Pitarra, Conrad Roure, Robert Robert) y dibujantes (Tomàs Padró, Josep Lluís Pellicer, Moliné) y entre los que él representaba la figura del librero-editor (no menos satírico y mordaz), y en los años sucesivos publicaría, en un muy nutrido catálogo, La cólera y la miseria (1882), de C. Gumà (Juli Francesc Guibernau, 1856-1927); L’amor, lo matrimoni y’l divorci (1883), también de Gumà e ilustrado por Moliné; Cel rogent, de Eduart Aulés, Cuentos del avi (1889), de Pitarra; Baladas (1889), de Apeles Mestres (1854-1936), con sesenta ilustraciones del propio autor; Cants íntims (1889) y Estiuet de Sant Martí (1891), también de Mestres; Art de festejar (catecisme amorós en vers), con textos de Gumà e ilustraciones de Moliné, así como varios números de la serie conocida como singlots poètics (hipidos poéticos) de Pitarra de los que, por ejemplo, en 1894 publicó Singlots poétichs, ó sia colecció de totas las obras que, en vers y en català del que ara’s parla. Y estos son méritos que hay que añadir al de fundador de una brillante estirpe de editores en la que destacaron sobre todo Antoni López Benturas (1861-1931), Antoni López Llausàs (1888-1979) y Gloria Rodrigué.

Fuentes:

Varias de las publicaciones de Innocenci López Bernagossi pueden verse en ARCA.

Josep Maria Cadena  i Catalán, «Publicacions satíriques esporádiques», Treballs de comunicación, núm 3 (1992), pp. 55-59.

Josep Maria Cadena  i Catalán, «Les publicacions de l’editor López Bernagossi i Lo Xanguet (1865-1874), primer almanac humorístic en català», Comunicació. Revista de Recerca i d’Anàlisi, núm. 8 (octubre de 1997), pp. 265-315.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Isabel Lletget López, Memoria de la familia Lletget López del 1872 al 1942, Barcelona, 2007.

 

Alejo Carpentier y la gestión de papel como arma censoria

Sin ninguna duda, Alejo Carpentier (1904-1980) ha pasado a la historia, con todo merecimiento, como uno de los grandes narradores del siglo XX, e incluso su labor como musicólogo e historiador de la música ha sido objeto de encomio y reconocimiento, pero menos analizada y valorada parece haber sido su labor editorial como administrador general de la Editorial de Libros Populares de Cuba, entre 1959 y 1962, y como director ejecutivo de la Editorial Nacional de Cuba (heredera natural de la Imprenta Nacional de Cuba), cargo que ocupó entre 1962 y 1966.

De izquierda a derecha: un personaje que no identifico, Alejo Carpentier y el escritor y editor español José Bergamín en París.

La experiencia previa de Carpentier en menesteres semejantes se remonta cuando menos a sus años en la cubana Revista de Avance (1927-1930) y posteriormente, ya en París, de La Gaceta Musical, de la que fue jefe de redacción, y en la parisina Imán.

En la Revista de Avance, del llamado Grupo Minorista y a menudo señalada como la primera expresión de las vanguardias en Cuba (por Guillermo de Torre, por ejemplo), Carpentier figuró inicialmente como uno de los Los Cinco, el núcleo director de la revista –junto con el español Martín Casanovas (1894-196) y los cubanos Francisco Ichaso (1901-1962), Jorge Mañach (1898-1961) y Juan Marinello (1898-1977) –, pero ya en el segundo número se anunciaba que había abandonado tal condición, al parecer por incompatibilidad con su puesto como jefe de redacción de la revista gráfica semanal Carteles (de la que ya lo había sido episódicamente en 1925 y de la que desde 1931 hasta su regreso había sido redactor en París) y sería sustituido por José Zacarías Tallet (1893-1998).

La Gaceta Musical, fundada en 1928 por el músico y escritor mexicano Manuel M. Ponce (1882-1948) y en la que colaboraron desde Salvador de Madariaga hasta César M. Arconada, pasando por Adolfo Salazar, Manuel de Falla o Robert Desnós,  tuvo una notable importancia como puente de comunicación entre los ámbitos musicales europeos y americanos.

Sin embargo, la muy interesante revista en la que ocupó desde el principio el cargo de secretario de redacción, Imán (cuyo título se ha relacionado con Les Champs manètiques de André Breton y Philippe Soupault), tuvo una muy corta vida, limitada a un único número fechado el 30 de abril de 1931 y a un segundo, al parecer ya compuesto, que no llegó a publicarse. Fundada, financiada y dirigida por Elvira de Alvear (1907-1959), las 260 páginas del primer número albergan a una pléyade de escritores entre los que se cuentan Franz Kafka, Miguel Ángel Asturias, Jean Giono, Eugeni d’Ors, John Dos Passos, Hans Arp, Vicente Huidobro, Henri Michaux o una traducción de Manuel Altolaguirre de «Documentos» del escritor y crítico literario vanguardista franco-estadounidense Eugène Jolas (1894-1952). También, el propio Carpentier, con la traducción de un texto de Robert Desnos sobre Lautréamont y, más importante aún, con fragmentos discontínuos de Écue-Yamba-O, una obra escrita en prisión en Cuba y rehecha en París, que publicaría en 1933 como «novela afrocubana», en una primera edición de la Editorial España que dirigía Juan Negrín y cuyos fondos fueron casi completamente destruidos al término de la guerra civil (se sabe de la existencia de menos de una docena de ejemplares de esa primera edición de Écue-Yamba-O).

Alejo Carpentier.

En cualquier caso, según indica una de las páginas iniciales, de Imán se hacían tres ediciones distintas, en papeles de calidad diversa, y se distribuía tanto en París, a través de la Librería Española de Juan Vicens de la Llave, y en Madrid de la mano de León Sánchez Cuesta, como en la Librería Viau y Zona de Buenos Aires.

No sería hasta casi veinte años después, con el triunfo de la revolución en Cuba, que Carpentier se pondría al frente, como administrador general, de la Editorial de Libros Populares de Cuba, posteriormente (tras dos años como subdirector de Cultura del gobierno revolucionario), como director ejecutivo, de una de las iniciativas más trascendentes de la política editorial en la historia de Cuba. Ya el 31 de marzo de 1959 se había creado la Imprenta Nacional de Cuba, una de cuyas primeras iniciativas fue una extensa tirada (cien mil ejemplares) de El Quijote en cuatro volúmenes, con ilustraciones de Gustave Doré (1832-1883) y Pablo Picasso (1881-1973), que se puso a la venta al muy módico precio de 25 centavos y con la que se iniciaba la colección Biblioteca del Pueblo. Aun en los años noventa, Arnaldo Orfila decía acerca de las tiradas de las ediciones cubanas: «No se editan [en Cuba] sólo autores cubanos revolucionarios o procubanos, sino también a los clásicos españoles. A nosotros [Ediciones Siglo XXI] nos avergüenza decirles que hacemos 3.000 o 4.00 ejemplares de un libros mientras que ellos editan 15.000 ejemplares de un libro de poemas y 50.000 de una novela».

Pasaron apenas tres años antes de que la Imprenta Nacional (creada originalmente para aprovechar el papel de los periódicos conservadores para imprimir libros) se reconvirtiera y reorganizara en Editora Nacional de Cuba, en un proceso más amplio de clarificación del panorama editorial cubano que Cira Romero explica del siguiente modo:

En 1962, [la Imprenta Nacional se convirtió] en Editora Nacional de Cuba, mediante la cual se separaron las funciones editoriales de la industria y la comercialización. Surgieron las editoriales Universitaria, Pedagógica, Juvenil y Política como parte de esa reorganización. Asimismo nacieron editoriales vinculadas a otras instituciones o grupos que surgieron en esos primeros años de la década del sesenta, como Ediciones R, vinculada al periódico Revolución, la Editorial de la Casa de las Américas, el sello editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Ediciones El Puente, con carácter independiente, donde publicaron algunas de las más jóvenes voces de la literatura cubana de aquel momento.

Carpentier en Cuba.

El propósito y los objetivos tanto de la editorial como del propio Carpentier parecen bastante claros: poner a disposición de todo tipo de lectores los grandes textos de la literatura universal, con particular atención a los clásicos y a los primeros lectores y jóvenes, como lo demuestra en particular la Editora Nacional, primera editorial cubana destinada específicamente al público infantil y juvenil a cuyo cargo estuvo el exiliado republicano español Herminio Almendros (1898-1974) y en la que aparecieron ediciones de La edad de oro, de José Martí, Ivanhoe, de Walter Scott, La isla misteriosa, de Julio Verne, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, y sobre todo a raíz de la convocatoria de un premio destinado a este público en 1963, también a autores cubanos como Antonio Vázquez Gallo (1918-2007), Anisia Miranda (1932-2009) o Renée Méndez Capote (1901-1989).

En una entrevista a Carpentier que le hizo la escritora mexicana Elena Poniatowska a finales de 1963, y que se publicó en el periódico Revolución de La Habana el 24 de diciembre, el ya entonces autor de El siglo de las luces y apodado en Cuba «el Zar del Libro» aseguraba que el gobierno castrista había publicado más de dieciséis millones de libros –entiéndase ejemplares, claro– a lo largo de ese año.

Alejo Carpentier.

El cargo que ocupaba entonces Carpentier –y lo que en buena medida justifica el mencionado apodo– llevaba aparejada la decisión de autorizar o no el empleo de las partidas de papel existente para publicar (o no) determinados libros, lo que no deja de ser un modo sutil de censura y creó más de un episodio de cierta tensión, como fue el caso por ejemplo de la importante y bien analizada editorial El Puente (creada en 1960 por el joven poeta José Mario Rodríguez con la colaboración de Ana María Simó, Gerardo Fulleda León y Nancy Morejón, entre otros). Según lo cuenta Emilio José Gallardo Saborido:

El segundo [Alejo Carpentier], siempre según Mario [Rodríguez], apoyaba la continuidad de El Puente, pero «sólo si él podía controlar el contenido» […] Sin embargo, la siguiente escasez de papel obligó a Mario a sostener con Carpentier, el encargado de autorizar el empleo de las partidas de este material, una epecie de juego del ratón y el gato que lo llevó a utilizar el siguiente ardid. Visto el afrancesamiento de el autor de El reino de este mundo, pensó que si le prometía publicar una nueva traducción de En busca del tiempo perdido de Proust conseguiría el papel que necesitaba para sus publicaciones. Por supuesto, aquella traducción nunca se llegó a realizar y Mario confiesa que, a pesar de que consiguió lo que se proponía, no cree que llegara a engañar a Carpentier, y que si éste consintió en darle lo que pedía era porque estaba recibiendo presiones de influyentes personalidades que estaban a favor de El Puente, como Herminio Almendros o Félix Ayón.

José Mario Rodríguez (1940-2002).

No abundan las fuentes para hacerse una idea cabal del funcionamiento cotidiano de la gestión de Carpentier como director o coordinador de las diversas iniciativas editoriales bajo su tutela en esos años, pero desde por lo menos 2014 (en que el editor Jaime Labastida lo mencionó en un encuentro en la Fundación Alejo Carpentier) se sabe de la existencia de un nutrido epistolario entre el célebre narrador cubano y el fundador y director de Siglo XXI, Arnaldo Orfila Reynal (1897-1998) que tal vez pudiera dar alguna orientación sobre ello (aunque abarcan de 1966 a 1982), aunque también pudiera resultar tan decepcionante como el cruzado entre Orfila y Julio Cortázar (donde el gran tema parece ser el diseño de las cubiertas de La vuelta al día en ochenta mundos o Último round, ambas con Julio Silva como diseñador).

En el verano de 2016 saltó a la prensa que Siglo XXI estaba trabajando ya en el proceso de edición de este epistolario, del que en el momento de escribir estas líneas aún no se ha publicado, aclarando, el mencionado Labastida, que las cartas se encontraban en un proceso de análisis y revisión que hacía imposible determinar aún su número, y añadía: «También debemos contactar con la Fundación Alejo Carpentier de La Habana, porque tal vez tengan algunas cartas más. Hay que confrontar si son las mismas o distintas y hacer una edición conjunta». A la espera de esta publicación, no es mucho lo que, al parecer, se sabe de esa labor editorial de Carpentier.

Fuentes:

Virginia Bautista, «La magia de la edición entre Orfilia, Carpentier y Cortázar», Excelsior, 4 de julio de 2016.

Dominique Diard, «Políticas y poética: Literatura y Cultura del Nuevo Mundo, según Alejo Carpentier», en Josef Opatmy, coord., Proyectos políticos y culturales en las realidades caribeñas de los siglos XIX y XX, suplemento 43 de Iberoamericana Pangensia, Universidad Carolina de Praga-Editorial Karolinum, Praga, 2016, pp. 301-108.

Emilio José Gallardo Saborido, El martillo y el espejo: directrices de la política cultural cubana (1959-1976), Sevilla, CSIC, 2012.

Javier Montenegro, «Cincuenta y cinco años de libros Cubanos», Cubahora, 31 de marzo de 2014.

Javier Pradera, «Arnaldo Orfila, un editor ejemplar», El País, 17 de enero de 1998, recogido en Jordi Gracia, ed., Javier Pradera, itinerario de un editor, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 24), 2017, pp. 177-185.

Cira Romero, «Curioso Boletín de la Editorial Nacional de Cuba», La Jiribilla, núm. 760 (30 de enero al 17 febrero de 2016).

Cira Romero, «La edición en Cuba», portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI)-EDI-RED.

Carmen Vásquez, «Alejo Carpentier en París (1928-1939)», en Milagros Palma, ed., Escritores de América Latina en París, París, Índigo & Coté, 2006, pp. 101-115.

La entidad editorial en activo más antigua del mundo*

*(Véase, sin embargo, nota en comentarios).

Desde por lo menos la segunda mitad del siglo XX, para cualquiera que hubiera escrito alguna tesis o estudio sobre algún aspecto de la cultura catalana, o incluso para quienes deseaban ver publicadas las actas de algún encuentro, simposio o congreso sobre esta materia era un aval de primer orden que apareciera auspiciado por las Publicacions de l’Abadia de Montserrat, que ha ido construyendo un impresionante fondo heterogéneo y al mismo tiempo compacto con un alto grado de exigencia. Ha abierto espacio a estudios muy de detalle, o incluso muy marcadamente locales o dirigidos a un nicho muy estrecho de lectores, siempre y cuando la calidad de la investigación lo justificara, pero a estas alturas lleva recorrido un camino muy extenso en el que esto no siempre ha sido así.

El nacimiento del monasterio de Montserrat como entidad editorial puede remontarse a finales del siglo XV, pues fechadas ya en 1488 publica estampas, si bien impresas en Barcelona, y a principios de febrero de 1499 se instaló en el monasterio una primera imprenta por iniciativa del abad García Jiménez de Cisneros (¿1455?-1510), quien en 1500 publicaba en ella su Exercitatorio de la vida spiritual.

El primer maestro de esta imprenta fue inicialmente Joan Luschner (¿?-1512), que hasta entonces había trabajado para diversos impresores establecidos en Barcelona, y entre ellos el famoso Joan Rosembach o Rosenbach (¿?-1530), que también trabajó a menudo para el monasterio.  Del talento de Luschner son responsables los primeros libros del monasterio, sobre todo litúrgicos, musicales y de promoción del santuario, caracterizados por la austeridad en términos generales, el pequeño formato y unos grabados y tipos que otorgaron enseguida personalidad propia a las ediciones del monasterio. En consecuencia, ya en mediado el siglo XVI se establecería una marca tipográfica propia, un sello editorial cuyo diseño se basa en los sellos de las bulas y opúsculos impresos en esos primeros años.

Marca del Impresor J. Rosembach.

El 30 de julio de 1518 se abre una segunda etapa de la imprenta de Montserrat, cuando se hace cargo de ella el mencionado Rosembach, considerado el impresor litúrgico por antonomasia, y entre cuyos méritos se cuenta el que muy probablemente sea el primer libro ilustrado de la imprenta catalana (Lo cárcel de amor, de Diego de San Pedro, traducido por Bernardí Balmanya, 1493), varias obras del célebre humanista Antonio de Nebrija (1441-1522) o un muy divulgado diccionario que se publicó en Perpiñán con el título Vocabulari molt profitos per aprendre lo catalan alamany y lo alamany catalan (1502). Destaca en esos años entre las publicaciones de Montserrat una edición de quinientos ejemplares de un Missale Benedictinum, del que no se ha conservado ningún ejemplar con colofón, que marca un cambio de tendencia que Altés i Aguiló explica del siguiente modo:

Es una obra ambiciosa por el lujo de los grabados, las orlas y las capitulares historiadas, al estilo de los grandes misales monásticos de la época estampados en Venecia y de los misales impresos en Lyon. Los grabadores del taller de Rosembach, Joan Pere i Dionís, se inspiraron en ellos y los copiaron, si no es que adquirieron algunos grabados en Italia. Como consecuencia de ello, el taller de Rosembach emprendió un nuevo estilo en el grabado, abandonando el grabado de tradición gótica y popular, y dando paso al grabado renacentista de influencia italiana. Aun así, en este misal aún se estampa en el inicio del canon de la misa la gran xilografía gótica del Calvario que Joan Rosembach había empleado en los misales diocesanos de Girona (1493), de Vic (1496), de Tarragona (1499) y de Elna (1501).

Con más o menos altibajos, la producción de libros religiosos, de teología, de latinidad, de música sacra, de historia y promoción del monasterio, etc., así como opúsculos e impresos menores de la misma temática, tuvo continuidad hasta principios del siglo XIX, cuando la convulsa situación bélica marcada por la primera guerra carlista (1833-1840) obligó a un periodo de silencio que no se rompió hasta 1844 mediante sobre todo reimpresiones, gracias al impulso del abad Miquel Muntadas i Romaní (1855-1885), autor a su vez de una Historia de Monserrat (1867), impresa por Pau Roca en Manresa.

Uno de los primeros sellos identificativos de las Publicaciones de Montserrat.

Las Publicacions de l’Abadia de Montserrat, sin embargo, empiezan a tomar trazas de una editorial moderna mediante el empuje del abad Antoni M. Marcet (1878-1946), y ya en 1907 es indicio de los nuevos tiempos la publicación de la bilingüe Revista Montserratina (1907-1917),  a la que sucedería, íntegramente en catalán, Analecta Montserratina, publicación casi unipersonal del por entonces archivero del monasterio Anselm M. Albareda (1892-1966), que Massot i Muntaner describe como de «gran prestigio científico y de una gran dignidad tipográfica, de la cual salieron siete volúmenes, íntegramente dedicados a temas de historia de Montserrat, entre 1918 y 1928». A ellas hay que añadir aún Montserrat. Butlletí del Santuari, cuya dirección recaía en Antoni Ramon i Arrufat (1900-1973), durante muchos años responsable también de las publicaciones de libros.

Desde 1918 se había establecido de nuevo una imprenta, cuyos operarios se formaban en la imprenta de Francesc Xavier Altés, y en ella empezó a prepararse del número inicial de la colección Biblioteca Monástica (Regla de sant Benet, 1920), en la que entre ese año y 1934 aparecerían hasta diez volúmenes, entre originales y traducciones, clásicas y modernas, tanto de temas espirituales como históricos. Sin embargo, el gran proyecto que se inicia en esta etapa, a iniciativa del orientalista y biblista Bonaventura Ubach (1879-1960), es la traducción a partir del hebreo o el griego de la Biblia, acompañada de la versión en latín, de la que en 1926 apareció ya El Gènesi. Muchos fueron los avatares con los que tuvo que lidiar la que durante la dictadura del general Primo de Rivera era conocida como la «Biblia separatista», cuya publicación quedó interrumpida con motivo de la guerra civil española (1936-1939). También la obra de Gregori M. Sunyol  Introducció a la Paleografía Musical Gregoriana (1925), representativa de otra de las líneas editoriales, tuvo sus trompazos con la censura primorriverista como consecuencia evidente de la ignorancia de ésta, en su caso por referirse en sus páginas un término específico de musicología, la notació catalana, con la que se designa una grafía de notación del canto gregoriano.

Ejemplo de notación catalana.

Del mayor interés son también las gramáticas de lenguas orientales, como la del hebreo, Legisne Toram? (19818-1919), del propio Ubach, la Grammatica Syriaca (1931), de Luis Palacios, la Grammatica Aramaico-Biblica (1933), también de Palacios, o El grec del Nou Testament (1928-1929), de Salvador Obiols.

Durante la guerra civil, convertido el monasterio en hospital y gestionado por la Generalitat de Catalunya, de sus imprentas salieron tres libros míticos con sello de las Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este gracias al tesón de Manuel Altolaguirre (1905-1959), que contó con la colaboración de Bernabé Fernández Canivell (1907-1990) y Juan Gil-Albert (1904-1994): quinientos ejemplares de España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra, de Pablo Neruda, Cancionero menor para el combatiente (1936-1938), de Emilio Prados, y España, aparta de mí ese cáliz, de César Vallejo, con un dibujo original de Picasso y un texto introductorio de Juan Larrea, del que se tiraron 1.100 ejemplares, 250 de ellos numerados, quedando pendiente un gran libro de Emilio Prados, de unas mil páginas, que ya estaba compuesto pero no pudo llegar a imprimirse.

Una vez concluida la guerra, Montserrat figura enseguida entre las editoriales adscritas a la Cámara del Libro de Barcelona, publicando la revista Música Sacra Española (1943-1947) y las ediciones clandestinas o de circulación restringida en catalán de Regla de sant Benet y Vida de sant Benet treta de Sant Gregori, junto a obras como una reedición de la Història de Montserrat, fechada según el colofón en 1935 pero que contiene un apéndice que abarca de 1931 a 1945.

En esta etapa cobran sobre todo impulso las publicaciones periódicas (Germinans, La Veu de Montserrat, Via vitae, Noticiari) que anticipan la aparición ya en la década de los cincuenta de publicaciones tan influyentes en la cultura catalana de la época como Germinabit (1949-1959), donde se creó un equipo muy potente formado por Josep Benet, Max Cahner y Ramon Bastardes, y sobre todo Serra d’Or, nacida en 1946 y con una segunda etapa desde 1959 que llega hasta la actualidad. En ello tuvo mucho que ver el empuje como encargado de las publicaciones del lingüista y romanista Jordi Bruguera i Talleda (1926-2010), quien además se puso al frente de la reanudación de la Biblia de Montserrat como director literario entre 1957 y 1970. Fue entonces cuando Bruguera pasó largas etapas en Andorra, donde la empresa Casal i Vall (que en esos años imprimió otros libros españoles importantes) se ocupaba de la preparación de Tobit, Judit i Esther (1960), Evangeli segons sant Mateu (1963), Salms (1965), Profetes (1967), Pentateuc (1969) y Llibres històrics (1969).

También en estos años, por iniciativa de Martí Roig y Maur Boix, empieza la publicación de libros y publicaciones periódicas destinadas al público infantil y juvenil, entre las que destaca por su popularidad Tretzevents (1973, aunque retoma L’Infantil, creado en 1951), y a partir de los setenta (Josep Massot i Muntaner asume la dirección en 1971) Publicacions de l’Abadia de Montserrat, conocidas popularmente como las PAM, empiezan a perfilar la identidad que todavía hoy mantienen, con colecciones dedicadas a la literatura infantil, la historia local y a la cultura catalana en un sentido muy amplio, entre las que quizá las más conocidas sean la Biblioteca Abad Oliva, La Xarxa, Espiga, Estudis de Llengua i Literatura Catalana o Biblioteca Serra d’Or, con las que alberga un total de muchos más de 3.000 títulos, al margen de las publicaciones periódicas que siguen en activo y de las muchísimas coediciones con las más diversas instituciones y universidades catalanas.

Fuentes:

Francesc Xavier Altés i Agulló, Josep Massot i Muntaner y Josep Faulí, Cinc-cents anys de Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Ór), 2005.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició de Catalunya: el segle XX (fins 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Mireia Sopena, «Los satélites de la curia diocesiana. Censores eclesiásticos en la Barcelona de los setenta», Represura (Nueva Época), núm 1 (2015), pp. 66-92.

Marco Aurelio Torres H. Mantecón, «Poetas en guerra: Neruda, Prados y Vallejo en un curioso sello editorial: las “Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este” (1938-1939)», en Congreso Internacional La Guerra Civil Española 1936-1939, celebrado en Madrid el 27, 28 y 29 de mayo de 2006, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.

Laura Vilardell, ed., Traducció i censura en el franquisme, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 2016.

Marco Zouvek, «Los libros perdidos de la República española», blog de Marco Zouvek, 15 de mayo de 2014.

La recuperación (o la quema) editorial de Ramón J. Sender en España

En su documentadísima biografía de Ramón J. Sender (1901-1982), Jesús Vived Mairal cita una carta bastante interesante en relación al Premio Planeta, que el escritor aragonés mandó al profesor Francisco Carrasquer el 13 de abril de 1969: «Las novelas que acabo de terminar son En la vida de Ignacio Morel (la mandaré probablemente a Destino) y Tanit, que irá también allí». Conociendo esta intención de publicarla en la editorial de Josep Vergés (1910-2001), dando pie a una abrumadora operación por publicar su obra y cuando Destino aún no formaba parte del entramado planetario ¿cómo es posible que En la vida de Ignacio Morel acabara alzándose con el Premio Planeta en la edición de 1969, a cuya ceremonia de entrega no asistió el autor y cuyo finalista fue el novelista peruano Manuel Scorza (1928-1983) con Redoble por rancas?

Vived Mairal da algunas claves para comprender cómo y quién le invitó a participar (vale la pena leerlas), pero en cualquier caso a partir de ese momento se ponía en marcha, propiciado sobre todo por el cambio de actitud de la censura española hacia la obra y la persona de Sender, lo que el ya mencionado Francisco Carrasquer describió como  «un pequeño alud de títulos» senderianos y José-Carlos Mainer como «una avalancha». Lejos quedaban los años en que, sin ningún género de duda por el solo hecho de llevar la firma de Sender, la circulación de sus libros era impedida tajantemente por la censura. De hecho, la prohibición de Florentino Pérez-Embid (secretario general de Información) a que José Janés pudiera publicar en un volumen los tres primeros libros de Crónica del Alba, después de haber sido autorizada por el censor Javier Dieta (en lo que Fernando Larraz considera «una de las declaraciones más contundentes que pueden encontrarse de veto a un autor con independencia del carácter de sus obras»), databa del entonces lejano 1956.

Ramón J. Sender.

En años inmediatamente previos a la concesión del Planeta, la Editorial Magisterio Español había contado con La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (aparecida en Las Américas Publishing en 1964), con prólogo de Carmen Laforet, para reactivar su colección Novelas y Cuentos en 1967 bajo la dirección de Manuel Cerezales, y luego añadiría a su heterogéneo catálogo la exitosa y divertida serie sobre Nancy y La llave y otras narraciones. Es decir, su política parecía ser la recuperación de textos ya publicados en el exilio, y el éxito de La tesis de Nancy les llevó a ocuparse de la edición de los tres siguientes, pero, paradójicamente, el volumen con el ciclo completo de Nancy lo publicaría en 1984 Destino.

De hecho, desde 1965 Destino había sido quien había publicado en España el grueso de la obra de Sender: la a ojos de la censura inocua novela del Oste El bandido adolescente (1965), Tres novelas teresianas (1967), la extravagante novela histórica Las criaturas saturnianas (1968), los relatos de El extraño señor Photynos y otras novelas americanas (1968) y la Comedia del diantre y otras dos (1969), si bien es cierto que a aquellas alturas la obra de Sender en el exilio era lo suficientemente amplia y variada para que aparecieran también muestras de ella en Gredos (Valle-Inclán y la dificultad de la tragedia, en 1965), Delós-Aymà (Crónica del Alba, en tres tomos, en 1965), Magisterio Español (el ya mencionado volumen La llave y otras narraciones, de 1967) o Alianza Editorial (Tres ejemplos de amor y una teoría, en 1969).

Sobrecubierta de la edición de Destino.

La acaso sorprendente concesión del Planeta a Sender no hizo sino acrecentar hasta límites abrumadores ese asombroso ritmo de publicación de una obra que, en su conjunto, era literariamente muy desigual y en cuanto a géneros muy diversa. Tras la publicación de En la vida de Ignacio Morel Planeta le publicaría hasta cuatro novelas más a un ritmo casi anual: Zu, el ángel anfibio (1970), Tánit (1970), El fugitivo (1972) y La mesa de las tres moiras (1974). Y el hecho de que algunos de estos títulos pasaran posteriormente a la colección de bolsillo y el número de ediciones dan fe de la distinta suerte de las obras de Sender publicadas por Planeta, entre cuyos éxitos destaca, junto a la novela premiada, una novela en apariencia poco apreciada por la crítica senderiana pero bastante jugosa: Tánit.

Por entonces dirigía la Colección Popular de Planeta Rafael Borrás Betriu con un consejo de redacción de lujo formado por Mª Teresa Arbó, Marcel Plans, Carlos Pujol y Xavier Vilaró. La Popular se alimentaba básicamente de los éxitos de la colección Autores Españoles e Hispanoamericanos y era el destino final de las novelas premiadas por la editorial (antes del resurgir de las colecciones de quiosco). Entre sus cien primeros títulos figuran, además de Tánit (núm. 31) y En la vida de Ignacio Morel (núm. 68), tanto las obras de Álvaro de Laiglesia, Ángel Palomino y Torcuato Luca de Tena como textos literariamente más ambiciosos de Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez, Juan Marsé, Ana María Matute o Carmen Laforet y, entre los extranjeros, Juan Rulfo, Hemingway, Steinbeck y Kippling. Se trata de una colección de grandes éxitos, como queda claro en el empeño de indicar (impreso en la cubierta) el número de ejemplares vendidos. A título de ejemplo, en la cubierta de la segunda edición de Tánit (1982) se declara haber vendido 45.000 ejemplares de la primera, y en la segunda de Las uvas de la ira se señalan 90.000 ejemplares vendidos (la 1ª ed. es de junio de 1978).

Además, eso no detuvo la publicación de otros libros senderianos en otras editoriales, particularmente en Destino (La antesala en 1970, Túpac Amaru en 1973, Las Tres Sorores en 1974…), pero también en Escelicer (Donde crece la marihuana, 1973) y Akal (Cronus y la señora con rabo), además de las ya consignadas novelas de Nancy en Magisterio Español.

Cuando finalmente en 1974 Sender regresó por primera vez a España, invitado por la Fundación General Mediterránea para dar un ciclo de conferencias en diversas ciudades, y para someterse también a una enorme cantidad de entrevistas y actos promocionales de su obra, el lector español se encontraba sometido al asfixiante ritmo al que se le ofrecían novedades bibliográficas del polígrafo aragonés. Aunque no pudo entrar en la Real Academia Española, pese al intento de Dámaso Alonso, por el hecho de no tener pasaporte español, quizá si finalmente hubiera obtenido el Nobel (como solicitó el Spanish Institute de Nueva York), a la larga la suerte de la obra senderiana hubiera sido otra.

En cualquier caso, en tales circunstancias de bombardeo editorial, no es de extrañar que la obra de Sender haya sido de digestión lenta y que aún hoy depare inesperadas sorpresas (ya sean sus obras teatrales, sus novelas policíacas o sus relatos) a quienes de pronto descubren alguno de sus títulos que, en su momento, pasaron inevitablemente desapercibidos. Hoy tal vez podríamos decir que, pese a la supervivencia del puñado de títulos de primer rango (Imán, Mr. Witt en el Cantón, El lugar de un hombre, Crónica del alba, Réquiem por un campesino español) esas desenfrenadas políticas editoriales «quemaron» al autor, sepultando buena parte de su obra.

Fuentes:

Luz C. de Watts, Veintiún días con Sender en España, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín 480), 1976.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma (Voces Clásicas 14), 2002.

La edición clandestina, de Minuit a Negra Nit

Uno de los retos más complejos, por razones evidentes, a los que se enfrenta la historia de la edición, es el deber de reconstruir, en la medida en que sea posible, la trayectoria de las ediciones clandestinas, de las que en el caso de la historia española, como en otros muchos en que la censura se cebó en la obra editorial, es posible que existan más ejemplos de los que hasta ahora son comúnmente conocidos.

En este ámbito particular, existen bastantes datos dispersos acerca de Edicions Negra Nit, nacidas en 1945 de la mano de Esteve Albert (1914-1995), quien en 1942 había salido de la prisión de Ondarreta, y Josep Benet (1920-2008), militante del clandestino Front Universitari de Catalunya, y cuyo nombre parece cuando menos inspirado en las Éditions de Minuit del ilustrador Jean Bruller (1902-1991), hijo del editor húngaro Louise Brüller, y el periodista de origen algeriano Pierre de Lescure (1891-1963). Éditions de Minuit había surgido unos pocos años antes en la Francia ocupada, y el 20 de febrero de 1942 sacó un primer libro, Le silence de la mer, firmada por Bruller empleando el seudónimo Vercors. A su vez, en La bataille du silence, Bruller contó que el origen del nombre de este proyecto editorial, cuyo objetivo inicial era dar salida a su propia obra, estuvo en algunas obras de Georges Duhamel y Pierre MacOrlan, pero aun así la leyenda ampliamente divulgada lo atribuye al hecho de que imprimían los libros por la noche. Sería una bella historia, pero lo cierto es que el mencionado primer libro de Éditions de Minuit lo imprimió muy lentamente Claude Odeville, a plena luz del día aunque con las precauciones pertinentes, y los siguientes libros corrieron a cargo de Ernest Aulard, que los imprimía los domingos. Entre los méritos extraordinarios de Éditions de Minuit en sus primeros años se cuenta el hecho de que fue la primera editorial (y hasta el momento de escribir estas líneas, que se sepa, la única) que, como tal, fue galardonada con el Premio Fémina, en 1944, por el conjunto de su obra durante la guerra. Al término de la misma, en 1946, empezó a dirigir la editorial el celebérrimo y reputadísimo Jérôme Lindon (1925-2001), y desde su muerte la hija de éste, Iréne Lindon.

Logo de Éditions de Minuit.

Edicions de Negra Nit, nacida con el propósito de publicar en catalán en tiempos particularmente difíciles, se estrenó con La subterrània deu, como primera entrega de una serie de Poesia de Resistència y encuadrada en la colección Rat Penat («murciélago» en catalán). Se trata de una publicación en un formato de 8 x 11 de apenas 24 páginas, lo que facilitaba enormemente su distribución de tapadillo y su ocultación. Lógicamente, el único canal para dar a conocer estas obras era la prensa también clandestina, y aparecieron algunos textos sobre ellos en la revista Horitzons, una publicación adherida al Front Nacional de Catalunya  que imprimía el mismo Albert con la misma imprenta con que publicaba los libros. Con la venta de una primera tirada de cien ejemplares en papel de hilo y numerados se financiaba una tirada más modesta cuyos ejemplares se regalaban de mano en mano, con el propósito evidente de fomentar la continuidad de la lectura en catalán.

Logo de Edicions de Negra Nit.

De hecho, es muy probable que Petita vall, un libro un poco más extenso (124 páginas) aparecido en 1946 en Dosrius sin pie editorial y firmado por Esteve Albert i Corp, se imprimiera del mismo modo. Sin embargo, su anterior Única amor (1945), había aparecido en la Imprenta Aquitania y con pie falso en Montepellier (se imprimió en Mataró). En cualquier caso, también de 1946 es el segundo volumen de las Edicions Negra Nit, Himnes patriòtics, como número II de la Poesia de Resistència y con el que se estrenaba la colección Pàtria i Llibertat. Se trata de un libro colectivo de 32 páginas con el mismo formato que el anterior, si bien se indica como lugar Barcelona, y que puede verse digitalizado en el blog de Pere Plana Panyart.

El tercer y último libro de esta efímera editorial apareció también en 1946, Sonets dels temps difícils, presentado como anónimo pero obra de Maurici Serrahima, abogado y poco menos que mentor de Benet, con quien poco después colaboró estrechamente en el también clandestino grup Miramar (creado en 1947 para mantener la memoria histórica a la espera de tiempos propicios). Se anunciaron en las Edicions de Negra Nit unas Commemoracions nostrades que ya no llegaron a publicarse.

Placa en homenaje a Esteve Albert i Corp en la placeta de Sant Esteve de Andorra la Vella.

 

Puede aventurarse que el abrupto fin de esta iniciativa, antes de que Esteve Albert se trasladara a vivir a Andorra, donde prosiguió una fecunda labor de divulgación cultural y de resistencia antifascista, se debió muy probablemente a la progresiva apertura de pequeños resquicios que permitían la publicación de determinadas obras en catalán, como es el caso particularmente de la poesía, de las traducciones de literatura griega y latina o las obras de algunos clásicos, si bien siempre con algunas restricciones. Ese año 1946 aparece el primer libro inédito en catalán con permiso de la censura y publicado por una editorial, Mosaic, de Victor Català, que no se ajustaba a las normas gramaticales de Pompeu Fabra; la primera reedición de un libro juvenil, en la editorial Baguñà o el primer diccionario en catalán impreso desde 1939 (el de la editorial Pal·las, que se distribuyó sobre todo en 1947). Es pues el momento que retrospectivamente se ha denominado la represa, la reanudación.

 

Fuentes:

Pierre Assouline, L´Épuration des intellectuells, Bruselas, Complexe, 1985.

Pascal Fouché, L´Édition Française sous l´Occupation 1940-1944, Bibliothèque de Littérature Française Contemporaine (Université de París-7),vol. I, 1987.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L´edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 99), 1991.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografía catalana: cap a la represa (1944-1946), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 90), 1989.

Pere Plana Panyart, “La Negra Nit“, en De les golfes, ves! Quina troballa

Joan Samsó, La cultura catalana: entre la clandestinitat i la represa pública, 2 vols., Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 141 y 147), 1994 y 1995.

Ediciones de Jacint Verdaguer en el primer franquismo

A Julia Escobar, editora, traductora y escritora hasta la médula

El centenario del nacimiento de uno de los grandes poetas que ha dado la cultura catalana, Jacint Verdaguer (1845-1902), dio una excelente ocasión al régimen franquista para simular una cierta apertura que de algún modo silenciara las voces que lo tildaban de represor con la cultura catalana. Así, ya en 1943 se autorizó una edición de las obras completas del insigne poeta, pero con una condición que la profesora Montserrat Bacardí califica de «estrambótica y malintencionada», pues:

Debía reeditarse con la irregularidad ortográfica originaria, sin pasar por el cedazo normativizador de la reforma fabriana. El producto resultante, de regusto folklórico manifiesto, no resultaba precisamente apto para atraer a nuevos lectores. Aun así, el libro se agotó enseguida, y tal acogida sirvió de acicate a Josep M. Cruzet, el tenaz artífice de la [editorial] Selecta.

Es realmente asombroso que una obra escrita en una lengua que, en su forma, resultaba ya ajena casi por completo al lector medio pudiera tener un éxito importante, cuando lo habitual es que ese tipo de ediciones, cuando no entran en los planes de estudios, queden restringidas a un público lector altamente especializado. Contribuye además a explicar que en los años posteriores incluso los lectores bilingües prefirieran libros interesantes en (o traducidos al) español que tostones en catalán que presentaban evidentes problemas para su goce.

Muy poco después, en 1944, con las mencionadas restricciones, que al parecer de Manent y Crexell permiten tener a éstas por «ediciones españolas de textos de una lengua considerada muerta», aparecieron pues los libros de Verdaguer L´Atlàntida (con una carta-prólogo de Frederic Mistral), Canigó y Montserrat.

Victor y Joan Seix.

Y al año siguiente se sucedieron las ediciones conmemorativas, e incluso se creó una «comisión oficial» en la que figuraban Gabriel Arias (como vicesecretrario de Educación Popular del Movimiento), Antonio Correa Veglison (en calidad de gobernador civil de Barcelona y jefe provincial del Movimiento), José Pardo (jefe del Departamento de Propaganda), el erudito Martí de Riquer y el eminente editor falangista Luis de Caralt entre algunos otros. El Ayuntamiento de Barcelona costeó una edición facsímil del conocido como manuscrit de Can Tona (1867) de L´Atlàntida; Indústrias Gráficas Seix Barral hizo una edición de cien ejemplares para la Asociación de Bibliófilos de Barcelona de Lo mariner de Sant Pau con ilustraciones de Ramon Fabres; la vigatana Editorial Sala hizo una de Canigó ilustrada por Junceda y con un dibujo en portada de A. Freixes (con el texto y las notas en catalán arcaico); y Casiopea una de Què diuen el ocells con ilustraciones de Alexandre Coll y un asombroso epílogo de Antoni Julià de Capmany escrito en español.

Luis de Queralt durante la guerra civil española.

Es evidente la utilidad que tenía para el régimen franquista esta apropiación de la figura del gran poeta de la Renaixença catalana, sin que por ello supusiera un riesgo importante para la extensión, divulgación o ampliación de la lectura en lengua catalana, que sólo ocasionalmente se autorizaba y predominantemente cuando se trataba de poesía de traducciones de clásicos.

Sin embargo, ese mismo año 1945 aparece también, en México, una edición de L´Atlàntida más legible preparada por Joan Sales para la editorial Minerva, que se publicó precedida de un prefacio de Josep M. Miquel i Vergés. De nuevo en este caso se hace difícil comprender la salida que tuvo una edición hecha en semejantes circunstancias, más allá de la colonia catalana en México y en algunas otras ciudades americanas.

En 1946 están fechadas una segunda edición en Selecta de las Obras completas, así como una edición de 125 ejemplares no venales de Oda a Barcelona, acompañada de un comentario de Josep Pin y Soler e impresa en la Sallent de Sabadell, a cargo de la Asociación de Bibliófilos de Barcelona, y la primera edición crítica de L´Atlàntida, llevada a cabo por Eduard Junyent y Martí de Riquer partir de los manuscritos autógrafos y de las ediciones de 1877 y 1878, y de cuya impresión se ocupó Horta por encargo del Ayuntamiento de Barcelona (se tiraron novecientos cincuenta ejemplares). A raíz de esta última edición escribía en la edición del 9 de junio de 1946 de La Vanguardia Española Ana Nadal de Sanjuán unas palabras que producen poco menos que vergüenza ajena: «Gran acierto este acuerdo rendido a la memoria de Verdaguer, que repercute al eterno espíritu de nuestra patria, ya que nadie puede negar la españolidad de Mosén Cinto»

Aun en agosto de 1947 se autorizaría a Montaner y Simón y Editorial Casiopea una edición de bibliófilo de Flors de Maria, de Verdaguer, de la que se hizo una tirada de cuatrocientos ejemplares.

Y al año siguiente se publicaba una versión de Canigó transcrita, anotada y prologada por Joan Sales, en esta ocasión en la Biblioteca Catalana del insigne editor poumista establecido en México Bartomeu Costa-Amic. Sales, además, pudo partir ya de un texto con la ortografía modernizada, pues contaba con un ejemplar manuscrito preparado por el profesor catalán Antoni Bargés (exiliado también en México y que impartía clases en el colegio Cervantes).

La paradoja, pues, quizá resida en el hecho de que en Cataluña se publicaban ediciones que difícilmente podían encontrar su público, mientras que las que podían satisfacer a esos lectores se publicaban en tales condiciones que resultaban prácticamente inaccesibles.

Fuentes:

Sello andorrano.

Montserrart Bacarrdí, La traducció catalana sota el franquisme, Lleida, Punctum (Quaderns 5), 2012.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de México, 1998.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L´edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 99), 1991.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografía catalana: cap a la represa (1944-1946), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 90), 1989.

Joan Samsó, La cultura catalana: entre la clandestinitat i la represa pública, 2 vols., Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 141 y 147), 1994 y 1995.

Francesc Vilanova i Vila-Abadal, Repressió política i coacció económica, Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 216), 1999.