La recuperación (o la quema) editorial de Ramón J. Sender en España

En su documentadísima biografía de Ramón J. Sender (1901-1982), Jesús Vived Mairal cita una carta bastante interesante en relación al Premio Planeta, que el escritor aragonés mandó al profesor Francisco Carrasquer el 13 de abril de 1969: «Las novelas que acabo de terminar son En la vida de Ignacio Morel (la mandaré probablemente a Destino) y Tanit, que irá también allí». Conociendo esta intención de publicarla en la editorial de Josep Vergés (1910-2001), dando pie a una abrumadora operación por publicar su obra y cuando Destino aún no formaba parte del entramado planetario ¿cómo es posible que En la vida de Ignacio Morel acabara alzándose con el Premio Planeta en la edición de 1969, a cuya ceremonia de entrega no asistió el autor y cuyo finalista fue el novelista peruano Manuel Scorza (1928-1983) con Redoble por rancas?

Vived Mairal da algunas claves para comprender cómo y quién le invitó a participar (vale la pena leerlas), pero en cualquier caso a partir de ese momento se ponía en marcha, propiciado sobre todo por el cambio de actitud de la censura española hacia la obra y la persona de Sender, lo que el ya mencionado Francisco Carrasquer describió como  «un pequeño alud de títulos» senderianos y José-Carlos Mainer como «una avalancha». Lejos quedaban los años en que, sin ningún género de duda por el solo hecho de llevar la firma de Sender, la circulación de sus libros era impedida tajantemente por la censura. De hecho, la prohibición de Florentino Pérez-Embid (secretario general de Información) a que José Janés pudiera publicar en un volumen los tres primeros libros de Crónica del Alba, después de haber sido autorizada por el censor Javier Dieta (en lo que Fernando Larraz considera «una de las declaraciones más contundentes que pueden encontrarse de veto a un autor con independencia del carácter de sus obras»), databa del entonces lejano 1956.

Ramón J. Sender.

En años inmediatamente previos a la concesión del Planeta, la Editorial Magisterio Español había contado con La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (aparecida en Las Américas Publishing en 1964), con prólogo de Carmen Laforet, para reactivar su colección Novelas y Cuentos en 1967 bajo la dirección de Manuel Cerezales, y luego añadiría a su heterogéneo catálogo la exitosa y divertida serie sobre Nancy y La llave y otras narraciones. Es decir, su política parecía ser la recuperación de textos ya publicados en el exilio, y el éxito de La tesis de Nancy les llevó a ocuparse de la edición de los tres siguientes, pero, paradójicamente, el volumen con el ciclo completo de Nancy lo publicaría en 1984 Destino.

De hecho, desde 1965 Destino había sido quien había publicado en España el grueso de la obra de Sender: la a ojos de la censura inocua novela del Oste El bandido adolescente (1965), Tres novelas teresianas (1967), la extravagante novela histórica Las criaturas saturnianas (1968), los relatos de El extraño señor Photynos y otras novelas americanas (1968) y la Comedia del diantre y otras dos (1969), si bien es cierto que a aquellas alturas la obra de Sender en el exilio era lo suficientemente amplia y variada para que aparecieran también muestras de ella en Gredos (Valle-Inclán y la dificultad de la tragedia, en 1965), Delós-Aymà (Crónica del Alba, en tres tomos, en 1965), Magisterio Español (el ya mencionado volumen La llave y otras narraciones, de 1967) o Alianza Editorial (Tres ejemplos de amor y una teoría, en 1969).

Sobrecubierta de la edición de Destino.

La acaso sorprendente concesión del Planeta a Sender no hizo sino acrecentar hasta límites abrumadores ese asombroso ritmo de publicación de una obra que, en su conjunto, era literariamente muy desigual y en cuanto a géneros muy diversa. Tras la publicación de En la vida de Ignacio Morel Planeta le publicaría hasta cuatro novelas más a un ritmo casi anual: Zu, el ángel anfibio (1970), Tánit (1970), El fugitivo (1972) y La mesa de las tres moiras (1974). Y el hecho de que algunos de estos títulos pasaran posteriormente a la colección de bolsillo y el número de ediciones dan fe de la distinta suerte de las obras de Sender publicadas por Planeta, entre cuyos éxitos destaca, junto a la novela premiada, una novela en apariencia poco apreciada por la crítica senderiana pero bastante jugosa: Tánit.

Por entonces dirigía la Colección Popular de Planeta Rafael Borrás Betriu con un consejo de redacción de lujo formado por Mª Teresa Arbó, Marcel Plans, Carlos Pujol y Xavier Vilaró. La Popular se alimentaba básicamente de los éxitos de la colección Autores Españoles e Hispanoamericanos y era el destino final de las novelas premiadas por la editorial (antes del resurgir de las colecciones de quiosco). Entre sus cien primeros títulos figuran, además de Tánit (núm. 31) y En la vida de Ignacio Morel (núm. 68), tanto las obras de Álvaro de Laiglesia, Ángel Palomino y Torcuato Luca de Tena como textos literariamente más ambiciosos de Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez, Juan Marsé, Ana María Matute o Carmen Laforet y, entre los extranjeros, Juan Rulfo, Hemingway, Steinbeck y Kippling. Se trata de una colección de grandes éxitos, como queda claro en el empeño de indicar (impreso en la cubierta) el número de ejemplares vendidos. A título de ejemplo, en la cubierta de la segunda edición de Tánit (1982) se declara haber vendido 45.000 ejemplares de la primera, y en la segunda de Las uvas de la ira se señalan 90.000 ejemplares vendidos (la 1ª ed. es de junio de 1978).

Además, eso no detuvo la publicación de otros libros senderianos en otras editoriales, particularmente en Destino (La antesala en 1970, Túpac Amaru en 1973, Las Tres Sorores en 1974…), pero también en Escelicer (Donde crece la marihuana, 1973) y Akal (Cronus y la señora con rabo), además de las ya consignadas novelas de Nancy en Magisterio Español.

Cuando finalmente en 1974 Sender regresó por primera vez a España, invitado por la Fundación General Mediterránea para dar un ciclo de conferencias en diversas ciudades, y para someterse también a una enorme cantidad de entrevistas y actos promocionales de su obra, el lector español se encontraba sometido al asfixiante ritmo al que se le ofrecían novedades bibliográficas del polígrafo aragonés. Aunque no pudo entrar en la Real Academia Española, pese al intento de Dámaso Alonso, por el hecho de no tener pasaporte español, quizá si finalmente hubiera obtenido el Nobel (como solicitó el Spanish Institute de Nueva York), a la larga la suerte de la obra senderiana hubiera sido otra.

En cualquier caso, en tales circunstancias de bombardeo editorial, no es de extrañar que la obra de Sender haya sido de digestión lenta y que aún hoy depare inesperadas sorpresas (ya sean sus obras teatrales, sus novelas policíacas o sus relatos) a quienes de pronto descubren alguno de sus títulos que, en su momento, pasaron inevitablemente desapercibidos. Hoy tal vez podríamos decir que, pese a la supervivencia del puñado de títulos de primer rango (Imán, Mr. Witt en el Cantón, El lugar de un hombre, Crónica del alba, Réquiem por un campesino español) esas desenfrenadas políticas editoriales «quemaron» al autor, sepultando buena parte de su obra.

Fuentes:

Luz C. de Watts, Veintiún días con Sender en España, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín 480), 1976.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma (Voces Clásicas 14), 2002.

Anuncios

La edición clandestina, de Minuit a Negra Nit

Uno de los retos más complejos, por razones evidentes, a los que se enfrenta la historia de la edición, es el deber de reconstruir, en la medida en que sea posible, la trayectoria de las ediciones clandestinas, de las que en el caso de la historia española, como en otros muchos en que la censura se cebó en la obra editorial, es posible que existan más ejemplos de los que hasta ahora son comúnmente conocidos.

En este ámbito particular, existen bastantes datos dispersos acerca de Edicions Negra Nit, nacidas en 1945 de la mano de Esteve Albert (1914-1995), quien en 1942 había salido de la prisión de Ondarreta, y Josep Benet (1920-2008), militante del clandestino Front Universitari de Catalunya, y cuyo nombre parece cuando menos inspirado en las Éditions de Minuit del ilustrador Jean Bruller (1902-1991), hijo del editor húngaro Louise Brüller, y el periodista de origen algeriano Pierre de Lescure (1891-1963). Éditions de Minuit había surgido unos pocos años antes en la Francia ocupada, y el 20 de febrero de 1942 sacó un primer libro, Le silence de la mer, firmada por Bruller empleando el seudónimo Vercors. A su vez, en La bataille du silence, Bruller contó que el origen del nombre de este proyecto editorial, cuyo objetivo inicial era dar salida a su propia obra, estuvo en algunas obras de Georges Duhamel y Pierre MacOrlan, pero aun así la leyenda ampliamente divulgada lo atribuye al hecho de que imprimían los libros por la noche. Sería una bella historia, pero lo cierto es que el mencionado primer libro de Éditions de Minuit lo imprimió muy lentamente Claude Odeville, a plena luz del día aunque con las precauciones pertinentes, y los siguientes libros corrieron a cargo de Ernest Aulard, que los imprimía los domingos. Entre los méritos extraordinarios de Éditions de Minuit en sus primeros años se cuenta el hecho de que fue la primera editorial (y hasta el momento de escribir estas líneas, que se sepa, la única) que, como tal, fue galardonada con el Premio Fémina, en 1944, por el conjunto de su obra durante la guerra. Al término de la misma, en 1946, empezó a dirigir la editorial el celebérrimo y reputadísimo Jérôme Lindon (1925-2001), y desde su muerte la hija de éste, Iréne Lindon.

Logo de Éditions de Minuit.

Edicions de Negra Nit, nacida con el propósito de publicar en catalán en tiempos particularmente difíciles, se estrenó con La subterrània deu, como primera entrega de una serie de Poesia de Resistència y encuadrada en la colección Rat Penat («murciélago» en catalán). Se trata de una publicación en un formato de 8 x 11 de apenas 24 páginas, lo que facilitaba enormemente su distribución de tapadillo y su ocultación. Lógicamente, el único canal para dar a conocer estas obras era la prensa también clandestina, y aparecieron algunos textos sobre ellos en la revista Horitzons, una publicación adherida al Front Nacional de Catalunya  que imprimía el mismo Albert con la misma imprenta con que publicaba los libros. Con la venta de una primera tirada de cien ejemplares en papel de hilo y numerados se financiaba una tirada más modesta cuyos ejemplares se regalaban de mano en mano, con el propósito evidente de fomentar la continuidad de la lectura en catalán.

Logo de Edicions de Negra Nit.

De hecho, es muy probable que Petita vall, un libro un poco más extenso (124 páginas) aparecido en 1946 en Dosrius sin pie editorial y firmado por Esteve Albert i Corp, se imprimiera del mismo modo. Sin embargo, su anterior Única amor (1945), había aparecido en la Imprenta Aquitania y con pie falso en Montepellier (se imprimió en Mataró). En cualquier caso, también de 1946 es el segundo volumen de las Edicions Negra Nit, Himnes patriòtics, como número II de la Poesia de Resistència y con el que se estrenaba la colección Pàtria i Llibertat. Se trata de un libro colectivo de 32 páginas con el mismo formato que el anterior, si bien se indica como lugar Barcelona, y que puede verse digitalizado en el blog de Pere Plana Panyart.

El tercer y último libro de esta efímera editorial apareció también en 1946, Sonets dels temps difícils, presentado como anónimo pero obra de Maurici Serrahima, abogado y poco menos que mentor de Benet, con quien poco después colaboró estrechamente en el también clandestino grup Miramar (creado en 1947 para mantener la memoria histórica a la espera de tiempos propicios). Se anunciaron en las Edicions de Negra Nit unas Commemoracions nostrades que ya no llegaron a publicarse.

Placa en homenaje a Esteve Albert i Corp en la placeta de Sant Esteve de Andorra la Vella.

 

Puede aventurarse que el abrupto fin de esta iniciativa, antes de que Esteve Albert se trasladara a vivir a Andorra, donde prosiguió una fecunda labor de divulgación cultural y de resistencia antifascista, se debió muy probablemente a la progresiva apertura de pequeños resquicios que permitían la publicación de determinadas obras en catalán, como es el caso particularmente de la poesía, de las traducciones de literatura griega y latina o las obras de algunos clásicos, si bien siempre con algunas restricciones. Ese año 1946 aparece el primer libro inédito en catalán con permiso de la censura y publicado por una editorial, Mosaic, de Victor Català, que no se ajustaba a las normas gramaticales de Pompeu Fabra; la primera reedición de un libro juvenil, en la editorial Baguñà o el primer diccionario en catalán impreso desde 1939 (el de la editorial Pal·las, que se distribuyó sobre todo en 1947). Es pues el momento que retrospectivamente se ha denominado la represa, la reanudación.

 

Fuentes:

Pierre Assouline, L´Épuration des intellectuells, Bruselas, Complexe, 1985.

Pascal Fouché, L´Édition Française sous l´Occupation 1940-1944, Bibliothèque de Littérature Française Contemporaine (Université de París-7),vol. I, 1987.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L´edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 99), 1991.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografía catalana: cap a la represa (1944-1946), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 90), 1989.

Pere Plana Panyart, “La Negra Nit“, en De les golfes, ves! Quina troballa

Joan Samsó, La cultura catalana: entre la clandestinitat i la represa pública, 2 vols., Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 141 y 147), 1994 y 1995.

Ediciones de Jacint Verdaguer en el primer franquismo

A Julia Escobar, editora, traductora y escritora hasta la médula

El centenario del nacimiento de uno de los grandes poetas que ha dado la cultura catalana, Jacint Verdaguer (1845-1902), dio una excelente ocasión al régimen franquista para simular una cierta apertura que de algún modo silenciara las voces que lo tildaban de represor con la cultura catalana. Así, ya en 1943 se autorizó una edición de las obras completas del insigne poeta, pero con una condición que la profesora Montserrat Bacardí califica de «estrambótica y malintencionada», pues:

Debía reeditarse con la irregularidad ortográfica originaria, sin pasar por el cedazo normativizador de la reforma fabriana. El producto resultante, de regusto folklórico manifiesto, no resultaba precisamente apto para atraer a nuevos lectores. Aun así, el libro se agotó enseguida, y tal acogida sirvió de acicate a Josep M. Cruzet, el tenaz artífice de la [editorial] Selecta.

Es realmente asombroso que una obra escrita en una lengua que, en su forma, resultaba ya ajena casi por completo al lector medio pudiera tener un éxito importante, cuando lo habitual es que ese tipo de ediciones, cuando no entran en los planes de estudios, queden restringidas a un público lector altamente especializado. Contribuye además a explicar que en los años posteriores incluso los lectores bilingües prefirieran libros interesantes en (o traducidos al) español que tostones en catalán que presentaban evidentes problemas para su goce.

Muy poco después, en 1944, con las mencionadas restricciones, que al parecer de Manent y Crexell permiten tener a éstas por «ediciones españolas de textos de una lengua considerada muerta», aparecieron pues los libros de Verdaguer L´Atlàntida (con una carta-prólogo de Frederic Mistral), Canigó y Montserrat.

Victor y Joan Seix.

Y al año siguiente se sucedieron las ediciones conmemorativas, e incluso se creó una «comisión oficial» en la que figuraban Gabriel Arias (como vicesecretrario de Educación Popular del Movimiento), Antonio Correa Veglison (en calidad de gobernador civil de Barcelona y jefe provincial del Movimiento), José Pardo (jefe del Departamento de Propaganda), el erudito Martí de Riquer y el eminente editor falangista Luis de Caralt entre algunos otros. El Ayuntamiento de Barcelona costeó una edición facsímil del conocido como manuscrit de Can Tona (1867) de L´Atlàntida; Indústrias Gráficas Seix Barral hizo una edición de cien ejemplares para la Asociación de Bibliófilos de Barcelona de Lo mariner de Sant Pau con ilustraciones de Ramon Fabres; la vigatana Editorial Sala hizo una de Canigó ilustrada por Junceda y con un dibujo en portada de A. Freixes (con el texto y las notas en catalán arcaico); y Casiopea una de Què diuen el ocells con ilustraciones de Alexandre Coll y un asombroso epílogo de Antoni Julià de Capmany escrito en español.

Luis de Queralt durante la guerra civil española.

Es evidente la utilidad que tenía para el régimen franquista esta apropiación de la figura del gran poeta de la Renaixença catalana, sin que por ello supusiera un riesgo importante para la extensión, divulgación o ampliación de la lectura en lengua catalana, que sólo ocasionalmente se autorizaba y predominantemente cuando se trataba de poesía de traducciones de clásicos.

Sin embargo, ese mismo año 1945 aparece también, en México, una edición de L´Atlàntida más legible preparada por Joan Sales para la editorial Minerva, que se publicó precedida de un prefacio de Josep M. Miquel i Vergés. De nuevo en este caso se hace difícil comprender la salida que tuvo una edición hecha en semejantes circunstancias, más allá de la colonia catalana en México y en algunas otras ciudades americanas.

En 1946 están fechadas una segunda edición en Selecta de las Obras completas, así como una edición de 125 ejemplares no venales de Oda a Barcelona, acompañada de un comentario de Josep Pin y Soler e impresa en la Sallent de Sabadell, a cargo de la Asociación de Bibliófilos de Barcelona, y la primera edición crítica de L´Atlàntida, llevada a cabo por Eduard Junyent y Martí de Riquer partir de los manuscritos autógrafos y de las ediciones de 1877 y 1878, y de cuya impresión se ocupó Horta por encargo del Ayuntamiento de Barcelona (se tiraron novecientos cincuenta ejemplares). A raíz de esta última edición escribía en la edición del 9 de junio de 1946 de La Vanguardia Española Ana Nadal de Sanjuán unas palabras que producen poco menos que vergüenza ajena: «Gran acierto este acuerdo rendido a la memoria de Verdaguer, que repercute al eterno espíritu de nuestra patria, ya que nadie puede negar la españolidad de Mosén Cinto»

Aun en agosto de 1947 se autorizaría a Montaner y Simón y Editorial Casiopea una edición de bibliófilo de Flors de Maria, de Verdaguer, de la que se hizo una tirada de cuatrocientos ejemplares.

Y al año siguiente se publicaba una versión de Canigó transcrita, anotada y prologada por Joan Sales, en esta ocasión en la Biblioteca Catalana del insigne editor poumista establecido en México Bartomeu Costa-Amic. Sales, además, pudo partir ya de un texto con la ortografía modernizada, pues contaba con un ejemplar manuscrito preparado por el profesor catalán Antoni Bargés (exiliado también en México y que impartía clases en el colegio Cervantes).

La paradoja, pues, quizá resida en el hecho de que en Cataluña se publicaban ediciones que difícilmente podían encontrar su público, mientras que las que podían satisfacer a esos lectores se publicaban en tales condiciones que resultaban prácticamente inaccesibles.

Fuentes:

Sello andorrano.

Montserrart Bacarrdí, La traducció catalana sota el franquisme, Lleida, Punctum (Quaderns 5), 2012.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de México, 1998.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L´edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 99), 1991.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografía catalana: cap a la represa (1944-1946), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 90), 1989.

Joan Samsó, La cultura catalana: entre la clandestinitat i la represa pública, 2 vols., Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 141 y 147), 1994 y 1995.

Francesc Vilanova i Vila-Abadal, Repressió política i coacció económica, Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 216), 1999.

 

Libertad de imprenta

Proyecto de Ley sobre la Libertad de Imprenta, presentado en las Cortes y Leído en el Congreso de los Señores Diputados de Orden de su Magestad la Reina Gobernadora por el Ministro de Gobernación de la Península el 14 de septiembre de 1839 (Madrid, Imprenta Nacional, 1839).

Real Decreto sobre el ejercicio de la libertad de imprenta publicado el 5 de abril de 1852 en la Imprenta Nacional de Madrid.

Ediciones Antisectarias

En un libro de 1987, el que durante muchos años fuera director de la Biblioteca Nacional, Hipólito Escolar, ya insinuaba el vínculo entre las Ediciones Antisectarias y los orígenes remotos de la editorial Lumen, lo que, dadas las características de una y otra empresa y sobre todo sus muy distintas relaciones con la censura, no es sino una de las paradojas más suculentas de la historia de la edición española.

A las Ediciones Antisectarias de Joan Tusquets i Terrats (1901-1998) se refiere su sobrina Esther Tusquets (1936-2012) en el primer volumen de sus memorias, sin mencionarlas explícitamente, del siguiente modo:

El reverendo Juan Tusquets, más tarde monseñor Tusquets, que había estado en contacto el año 36 con los militares amotinados y mantenía relaciones con Franco, había conseguido, al comenzar la guerra, huir a Burgos, y había iniciado allí una editorial de libros religiosos. Nunca llegué a preguntarle, quizá porque no me había planteado siquiera la cuestión, qué peregrina ocurrencia le había inducido a fundar, en plena contienda, cuando se luchaba en todos los frentes y la gente moría a mansalva y había sin duda cometidos mucho más apremiantes, una empresa de este tipo.

Aun cuando se licenció en Filosofía en Lovaina y Valladolid y en 1926 fue ordenado sacerdote, Joan Tusquets mostró muy pronto un vivo interés por la palabra escrita, y en 1927 publicaba ya El Teosofisme, al que seguiría el año siguiente Assaigs de crítica filosòfica (1928), en las Edicions de la Nova Revista, al tiempo que iniciaba una intensa campaña contra el teosofismo, que posteriormente se ampliaría al rotarismo, el espiritismo, las sociedades nudistas, los vegetarianos, los defensores del esperanto y, por supuesto, a cualquier derivado del marxismo o del anarquismo. Al año siguiente dirigía ya su primera publicación periódica, Formació catequística (1929-1936), de la Junta Superior Catequística de Barcelona, de la que se imprimía también una edición en español; y, lo que es más importante, actuó como censor religioso y su nombre figura al pie de varios libros infantiles de aquellos años entre los que se cuentan, por ejemplo, Faules i moralitats, del sacerdote Joan Puntí i Collell (1886-1962) e ilustrado con cien dibujos del célebre ilustrador de libros [Joan García] Junceda (1881-1948), volumen con el que en 1929 se estrenaba la Col·lecció Roselles de la Editorial Balmes.

Aun así, la fama de Joan Tusquets en Cataluña alcanzó su cénit cuando en dos publicaciones en español de 1932, Orígenes de la Revolución Española  y Los poderes ocultos en España: Los Protocolos y su aplicación a España. Infiltraciones masónicas en el catalanismo ¿El señor Macià es masón?, señalaba falsamente al por entonces ya septuagenario presidente de la Generalitat de Catalunya, Francesc Macià (1859-1933), como perteneciente a la Masonería. Ambas obras, así como Formació catequística, salieron de la Casa de Arte Católico de José Vilamala Galobardes (1876-1959), que por entonces había simplificado ya su nombre a Editorial Vilamala, y dieron pie a una intensa y dura polémica que puede seguirse en El Correo Catalán, del que era colaborador Tusquets, y La Vanguardia.

En ese mismo año Tusquets aparece como director, con Joaquim Guiu Bonastre (1898-1939) como secretario, de la Biblioteca Las Sectas, unos cuadernos anunciados como trimestrales, de unas doscientas páginas, de los que llegaron a aparecer quince números entre 1932 y 1935, cuyos índices pueden consultarse en filosofía.org y que se presentaban como una continuación y ampliación de Orígenes de la Revolución española. Antes de concluir esta colección, en 1934, Tusquets tuvo oportunidad de hacer una visita al recién creado campo de concentración de Dachau durante un viaje auspiciado por la Asociación Antimasónica Internacional.

Anuncio aparecido en La Vanguardia del 12 de junio de 1932.

Al producirse el levantamiento militar el 19 julio de 1936, inicialmente sofocado en Barcelona, huyó el día 30 con pasaporte portugués a bordo de un mercante alemán que le dejó en Génova, de allí pasó a Roma y de la capital italiana, siempre por tierra, viajó hasta la zona dominada por los sublevados. Al parecer, allí puso (y aumentó) los datos que había acumulado sobre indicios que señalaban a los más diversos personajes como masones, judíos o marxistas (acaso ocupándose, con el grado de alférez-sacerdote, de la sección antimasónica del Servicio de Información Militar, los servicios secretos franquistas); con todo, lo que aquí interesa es que publicó e intervino como asesor religioso de la revista juvenil falangista publicada en San Sebastián Pelayos, y posteriormente, en Burgos, además de frecuentar al general Mola y a Franco (de cuya hija Carmen fue preceptor) y afiliarse a la Falange Española, fundó a finales de 1936 las Ediciones Antisectarias.

Portada de un volumen de la Biblioteca Las Sectas.

Los volúmenes, opúsculos y folletos de las Ediciones Antisectarias se imprimían en los talleres burgaleses de los Hijos de Santiago Rodríguez, que da nombre también una de las librerías más antiguas de España, y solían tirar 10.000 ejemplares de los libros, aunque alguno llegó incluso a los 30.000, a un precio muy moderado que oscilaba entre la peseta y la peseta y media (muy consecuente con el propósito propagandístico que las alentaba). Se publicaron una decena de muy elocuentes títulos numerados, empezando con La Francmasonería, crimen de lesa patria, de Tusquets, y concluyendo con La Masonería y la pérdida de las colonias, de Primitivo Ibáñez Argote, quien en 1955 (siendo capellán de la prisión de Vitoria) publicó Yo vi ejecutar al «buen ladrón» del siglo XX en la histórica Imprenta Egaña (donde se había impreso, por ejemplo, la segunda época del decimonónico «periódico católico-monárquico de Vitoria» La Buena Causa, del Círculo Carlista Alavés).

Sin embargo, además de los numerados se publicaron en las Ediciones Antisectarias muchos otros volúmenes (Lágrimas y sonrisas, de Antonio Pérez de Olaguer [1907-1968], Rasgos inéditos de Fernando de los Ríos, de Francisco de Vélez, o Masones y pacifistas, de Tusquets), hasta formar un total de una veintena entre los que los más conocidos quizá sean, además de los mencionados, Masonería y separatismo (1937), de Tusquets, y los de Antonio Pérez de Olaguer (1907-1968) El terror rojo en Cataluña (1937) y El Terror rojo en Andalucía (1938).

No obstante, uno de los libros que resulta más interesante para establecer la continuidad entre esta editorial y Lumen es sin duda la biografía escrita por Pérez de Olaguer del sacerdote de origen mexicano El padre Pro, precursor, centrada en el personaje que ha pasado a la historia por haber gritado, en el momento de ser fusilado, “¡Viva Cristo Rey!”

Anunciado en la contracubierta de varios libros de las Ediciones Antisectarias, la primera edición de esta biografía apareció ya concluida la guerra, en 1940 y en Barcelona, y con el sello de Lumen, cuyo director era Juan Tusquets. Otro dato que refuerza este vínculo es que quien en marzo de 1939 figuraba como propietario de Ediciones Antisectarias y el de Lumen en el verano de 1940 es la misma persona, Carlos Tusquets Terrats, hermano de Juan.

Masones y pacifistas, de Juan Tusquets, con prólogo del cuñado de Carmen Polo (esposa de Francisco Franco), Ramón Serrano Suñer.

A partir de los años cuarenta, Juan Tusquets atenuó un poco su antimasonismo para centrarse sobre todo en la catequesis y a partir de 1956 en su cátedra en la Universidad de Barcelona, así como en la escritura y publicación (a menudo en Lumen) de obras como Crítica de las religiones (1948) o Ramon Llull, pedagogo de la Cristiandad (1954), aunque quizás su título más memorable sea la colaboración en Tarzán contra Robot (Oikos-Tau, 1986), pero tuvo también tiempo para ocuparse de la dirección de publicaciones periódicas como Formación catequista o Perspectivas pedagógicas. En algún momento, según recuerda Esther Tusquets sin precisarlo, debió de ceder la dirección de Lumen a otro de sus familiares: «La dirigía el marido de una de mis tías —Guillermo Jurnet, que siguió trabajando con nosotros hasta una tardía jubilación—, la supervisaba mi tío Juan, el cura, y había invertido el dinero otro de mis tíos».

La reimpresión de exitosos catequismos y libros de tema religioso se convirtió en un soporte económico seguro que, en alguna medida, permitió que en los primeros años sesenta un pequeño grupo de entusiastas sin ninguna experiencia en el mundo del libro, con Esther Tusquets a la cabeza, reconvirtiera por completo la editorial Lumen, inicialmente con libros infantiles ilustrados (algunos de ellos traducidos por la propia Esther) y posteriormente con una colección tan rompedora como Palabra e Imagen que daría paso a otras igualmente conocidas, recordadas e incluso añoradas (muchas de ellas, por cierto, toparon a menudo con la censura franquista).

Fuentes:

Lluis Bonada, «Joan Tusquets», Avui, 28 de febrero de 1990, p. 12.

Jordi Canal, «Las campañas antisectarias de Juan Tusquets (1927-1939): Una aproximación a los orígenes del contubernio judeo-masónico-comunista en España», en José Antonio Ferrer Benemeli, coord., La masonería en la España del siglo XX, vol. II, Universidad de Castilla-La Mancha, 1996, pp. 1193-1214; incorporado como capítulo de Jordi Canal, Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carilsmo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons, 2006, pp. 293-322.

Javier Domínguez Arribas, El enemigo judeo-masónico en la propaganda franquista (1936-1945), Madrid, Marcial Pons, 2009.

Hipólito Escolar, La cultura durante la guerra civil, Madrid, Alhambra (Estudios 38), 1987.

Ana Martínez Rus, ««La represión cultural: libros destruidos, bibliotecas depuradas y lecturas vigiladas», en Julio Arostegui, coord., Franco: la represión como sistema, Madrid, Barcelona, Flor del Viento, 2012, pp. 365-415.

Paul Preston, «Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», traducción del inglés de Sandra Souto Kustrín, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007), incorporado luego a España en la guerra civil europea. Contribuciones de un hispanista, Universitat de València, 2017.

Ignasi Riera, Els catalans de Franco, Barcelona, Plaza & Janés, 1998.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, Barcelona, RqueR, 2005.

Conrad Vilanou Torrano, «La pedagogía culturalista de Juan Tusquets», Revista Española de Pedagogía, núm. 220 (septiembre-diciembre de 2001), pp. 421-437.

 

La antología como estrategia editorial (el caso del exilio)

«Lector, nunca desdeñes una antología. Siempre tendrá una buena flor (anthos, en griego) entre tantas reunidas.»

Luis Antonio de Villena

Roger Chartier.

La publicación en forma de libro de textos de diversos autores, e incluso de obras anónimas, reunidas con los criterios más diversos (procedencia geográfica, lengua, género literario) es históricamente anterior a la publicación de libros siguiendo el principio de la autoría o la obra unitaria (piénsese por ejemplo en los romanceros, florilegios, tesauros, etc.). Como escribió en su momento el eminente estudioso Roger Chartier, que alude por ejemplo al Primer Volumen de la Biblioteca del Señor de La Croix du Maine (1584) y a la Biblioteca de Antoine du Verdier, señor de Vauprivas (1585), entre otros casos, «la noción moderna de “libro”, que asocia espontáneamente un objeto y una obra, para no haber sido desconocida en la Edad Media, no se desprende sino lentamente de la forma de la selección que reúne varios textos de un mismo autor». Es decir, en la Europa moderna el proceso se produce del libro de autoría colectiva o que compila textos diversos al libro de un autor único (ya sea como obra unitaria o como volumen que compila diversas obras de ese mismo autor).

Modernamente la forma editorial de antología se ha empleado a menudo para reunir lo más destacado de una literatura nacional, por ejemplo, o la producción reciente de un grupo poético (con la Poesía española. Antología, 1915-1931, de Gerardo Diego, como caso paradigmático en el ámbito hispánico, pues incluso perfiló una primera nómina de la Generación del 27), pero con una tal amplitud de criterios posibles que lleva a Lluís Borràs Perelló a dar en su imprescindible vademécum  El libro y la edición una definición muy abierta (pero quizá un poco sesgada) de “antología”: «Es un libro que recoge una selección de los mejores textos literarios de uno o de varios autores. Puede ser de poesía, de cuentos o de novela negra».

A nadie extrañará que la antología (más que la colección) haya sido un modo empleado a menudo por diversas editoriales para dar a conocer ámbitos literarios apenas conocidos o bien olvidados pero aún valiosos o pertinentes para el lector de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las antologías mediante las cuales se ha intentado dado a conocer en España a algunos narradores que desarrollaron el grueso de su producción en el exilio, como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y que la censura franquista escamoteó a los lectores españoles.

Ya en 1970, estando aún vivo el dictador Francisco Franco, el crítico Rafael Conte reunió en Narraciones del la España desterrada a catorce nombres importantes de la narrativa breve escrita en el exilio, si bien con algún texto (particularmente «Ocnos», de Cernuda) un poco inesperado en un libro de tales características. En cualquier caso, en aquellas fechas el propósito de Conte, como explicaba en el siempre necesario prólogo en estas circunstancias, «no se trata de los mejores relatos de los escritores del exilio, sino de una recopilación indicativa.» En su momento, es muy probable que los nombres de Pedro Salinas, Cernuda o Ramón J. Sender le sirvieran al antólogo como gancho para llamar la atención acerca de otros nombres valiosos (casos de José Ramón Arana, Paulino Masip y Esteban Salazar Chapela, por poner algunos ejemplos), tomando también en consideración los que escribieron en lenguas distintas al español (Pere Calders y Mercè Rodoreda), pues su intención era mostrar un primer mapa de un terreno prácticamente desconocido más allá de algunos nombres descollantes. Sin duda, habrá quien objete a esta selección la muy escasa presencia de escritoras. El añadido de unas breves e incompletas fichas biobibliográficas de cada uno de los autores son, por su misma precariedad, indicativas del momento en que se publicó esta antología y del desconocimiento que tenían de ellos incluso los críticos literarios españoles bien informados. La inclusión de esta antología en una colección como lo fue El Puente Literario (continuación de El Puente, de Guillermo de Torre, ambas en Edhasa), cuya voluntad era propiciar los contactos entre las culturas americanas y españolas es también revelador de los objetivos que animaban el proyecto. Y como prueba de su relativa efectividad, las palabras del propio Conte en sus memorias: «se vendió bastante bien al principio, la edición fue de 5.000 ejemplares, aún deben de quedar restos en Moyano, y saqué 15.000 pesetas», así como las ediciones que en los años inmediatamente posteriores se hicieron de las obras de algunos de los autores antologados en este volumen.

De signo muy distinto pero en parte relacionada con ella fue la más discreta pero bastante singular antología prologada por J. León Ignacio Historias del 36 —también anterior a la muerte de Franco—, en la que el criterio es estrictamente temático (la guerra civil), pero en la que, muy acertadamente, se ofrecen algunas visiones de los perdedores de la contienda que sólo pudieron exponer su versión fuera de España: Max Aub y Manuel Andújar, junto a la de otros perdedores (Francisco Candel, Manuel Pilares) y varios escritores a los que se puede considerar «ganadores» (Luis Romero, Rafael García Serrano o Ricardo Fernández de la Reguera).

Según se anuncia en el prólogo, de 1974:

 Han pasado suficientes años para que los españoles podamos contemplar con cierta serenidad ese episodio de nuestra historia más cercana.

El propósito de la presente antología es contribuir a conseguirlo.

[…] Lo único que se ha  buscado es que dieran la visión del conflicto que obtuvieron desde el lugar en que se encontraban [durante la guerra].

[…] Para muchos, la lectura de las páginas que siguen será como volver a vivir el pasado. Para otros, y en eso confiamos, comprenderlo.

En este caso, quizá por prudencia o por el objetivo que se perseguía y los criterios de la selección, no hay referencia alguna a la biografía de los autores antologados, aun cuando no puede decirse de todos ellos, ni mucho menos, que fueran, por lo menos más allá de las aulas universitarias, sobradamente conocidos por los lectores españoles de 1974.

Pero sin duda mayor interés y más centrada en el propósito de rescatar a una serie de autores escamoteados hasta entonces al grueso de los lectores españoles es la antología preparada por Javier Quiñones para la editorial Menoscuarto, que en ciertos sentidos es heredera de la de Rafael Conte. Por ejemplo, ambas priorizan el concepto de exilio republicano español por encima de la lengua en la que se escribieron originalmente los textos y, en consecuencia, conceden espacio a la literatura catalana: ambos eligen a Rodoreda y Calders, si bien en cuanto a las literaturas gallega y vasca Quiñones selecciona textos en español (de autores bilingües como Martín de Ugalde y Rafael Dieste) no recogidos por Conte. Siendo como son muy similares los autores escogidos, del cotejo de los índices de las antologías de Conte y Quiñones se desprenden ya al primer vistazo algunas otras novedades: la lógica exclusión en el segundo de Cernuda (por no encajar en sentido mínimamente estricto en la categoría de cuentos), la inclusión de Manuel Chaves Nogales (por entonces ya recuperado para el lector español mediante la edición de las Obras Narrativas Completas por la Fundación Luis Cernuda y algunas ediciones en Clan y Abc) y Álvaro Fernández Suárez (conocido en España como poco más que finalista del Premio Espejo de España, de ensayo, en 1983), además de los ya mencionados Dieste y Ugalde.

Manuel Andújar (1913-1994)

Pero quizás incluso más significativo, y consecuente con la línea de la editorial en que apareció, fue el apartado específico dedicado a los microrrelatos, en que aparecen obras de Aub, Andújar, Barea, Ayala y una amplia selección de Pere Calders. Y acerca de la efectividad de este tipo de antologías que pretenden llamar la atención sobre autores silenciados —un corpus amputado de la historia literaria española— más por razones políticas que estéticas y a las que tan difícil les resulta entrar en el canon, escribe Javier Quiñones en 2005:

…cabría preguntarse qué queda de aquel interés, porque si bien es cierto que en el ámbito académico universitario el exilio vive un momento dulce de dedicación […], en lo que se refiere a ediciones de obras en editoriales de buena distribución y en colecciones de clásicos prestigiosas , no se puede decir otro tanto. Si nos fijamos en los autores de esta antología veremos que el panorama arroja luces y sombras en lo que a ediciones se refiere. Por poner sólo algún ejemplo, baste decir que de los libros de Álvaro Fernández Suárez, uno está aún inédito en España, desde 1954, y el otro no se reedita desde 1968; Sender […] no dispone aún hoy, en 2005, de una edición de cuentos completos, al igual que Max Aub, Paulino Masip o Segundo Serrano Poncela, entre otros. Quedan muchos libros de relatos por editar.

A ello se aplicaron más de diez años después Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, cuya selección, si por un lado deja fuera a los escritores exiliados que escribieron en una lengua distinta al español, incorpora algunas novedades que sin duda pueden interpretarse como la presentación de otros autores y textos importantes al grueso de los lectores no especialistas, como es el caso de Clemente Airó, César M. Arconada, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petera, Simón Otaola o Jesús Izcaray, cuyos libros, caso de haberlos, no habían tenido la difusión que podía darles una editorial como Salto de Página, y en una colección que se presenta en su web del siguiente modo:

La colección Cian acerca al lector obras del siglo XX escritas originalmente en lengua española que han permanecido inéditas en España o llevan un largo período de tiempo fuera del mercado editorial a pesar de su indudable calidad.

Esta colección con vocación de rescate se inaugura en 2009 con la primera edición española de La raíz rota de Arturo Barea, y se prolongará con textos narrativos —novela y relato— y antologías temáticas de autores españoles e hispanoamericanos del siglo pasado.

También incorpora por primera vez con respecto a las antologías mencionadas textos de María Teresa León, y no aparecen en cambio textos de Rosa Chacel, pero en este caso no parece pertinente hablar tanto de accesibilidad de sus obras como de uno de los modos en que se expresa el criterio estético de los antólogos.

A la vista de estos ejemplos, cuya eficiencia en la divulgación de textos y escritores que son desconocidos al lector español por efecto de la dictadura franquista es difícil de aquilatar, pero el hecho mismo de que sigan incorporándose nuevos autores dignos de ser leídos da por lo menos una idea de la magnitud (ciclópea) y la longevidad de los efectos de la censura franquista.

 

Relación, en orden alfabético, de los autores presentes cada una de las antologías mencionadas:

Rosa Chacel.

Naraciones de la España desterrada (1970): Manuel Andújar, José Ramón Arana (José Ruiz Borau), Max Aub, Francisco Ayala, Arturo Barea, Pere Calders, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, Esteban Salazar Chapela, Pedro Salinas, Ramón J. Sender y Segundo Serrano Poncela.

Historias del 36 (1974): Ignacio Aldecoa, Pedro Álvarez Manuel Andújar, Max Aub, Francisco Candel, R. Fernández de la Reguera Rafael García Serrano, Manuel Pilares (Manuel Fernández Martínez, 1921-1992), Luis Romero y Víctor Català.

Sólo una larga espera (2006): Manuel Andújar, José Ramón Arana, Francisco Ayala, Max Aub, Arturo Barea, Pere Calders, Rosa Chacel, , Manuel Chaves Nogales, Rafael Dieste, Álvaro Fernández Suárez, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, , Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela y Martín de Ugalde.

Los restos del naufragio (2016): Clemente Airó, Manuel Andújar, José Ramón Arana, César M. Arconada, Max Aub, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petere, María Teresa León, Paulino Masip, Simón Otaola, Esteban Salazar Chapela, Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela, Martín de Ugalde y Jesús Izcaray.

Fuentes:

AA.VV., Historias del 36, prólogo de J. León Ignacio, Madrid, Ediciones 29  (Libros Río Nuevo 4/ Serie Literatura 1), 1974.

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Bibolioteconocmía y Administración Cultural 269)m 2015.

Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, prólogos de Ricardo García Cárcel y Roger Chartier, traducción de Viviana Ackerman (y de Xavier Gaillard Pla del prólogo de Chartier), Barcelona, Gedisa, 2017.

Rafael Conte.

Rafael Conte, ed., Narraciones de la España desterrada, Barcelona, Edhasa (El Puente), 1970.

Rafael Conte, El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998.

Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, eds. y prologuistas, Los restos del naufragio. Relatos del exilio republicano español, Madrid, Salto de Página, 2016.

Josep Mengual Català, «El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada», en Javier Quiñones, coord.., «La narrativa breve del exilio republicano», Quimera, núm. 252 (enero de 2005), pp. 56-58.

Javier Quiñones, ed., Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto (Reloj de Arena), 2006.

Luis Antonio de Villena, «Antología», en Gonzalo Pontón y Fernando Valls, coord., «El alfabeto de los géneros», Quimera, núm 263-264 (noviembre de 2005), pp. 17-18,

Entre el criterio estético y el ideológico: el editor Luis de Caralt

Luis de Caralt durante la guerra civil española.

No es probable que alguien discuta que Josep M. Castellet (1926-2014) fue uno de los editores y críticos literarios de izquierda más influyentes e importantes tanto de la literatura española como de la catalana del siglo XX. Por ello a veces resulta un poco chocante evocar que sus inicios en el mundo de la edición se produjeron como colaborador de Luis de Caralt (1916-¿?), conocido falangista barcelonés, si bien, en palabras del propio Castellet, se trataba de «una rara avis del falangismo». De hecho, Caralt pertenecía al ala más filonazi del falangismo y en diciembre de 1939 había entrado a formar parte de la junta política de la clandestina Falange Española Auténtica, un grupo de falangistas que desde el primer momento se había mostrado contrario al decreto del 19 de abril de 1937 mediante el cual Falange Española de las JONS se unificaba con   la unificación de la Falange Española y con la Comunión Tradicionalista (carlistas), para dar lugar a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.

Castellet empezó haciendo para la editorial de Luis de Caralt correcciones de estilo, que consistían básicamente en limpiar de argentinismos las traducciones, sobre todo del inglés, de las novelas que dieron fama a la empresa. Más adelante participó también en la redacción de Panorama literario (1947-1954), un boletín en el que también escribieron Esteban Pinilla de las Heras (1924-1994) –no Carlos, como equivocadamente señala Moret y luego se ha repetido demasiado a menudo– y Manuel Sacristán (1925-1985), entre otros, y del que se publicaron pocos números.

En primer término, Castellet, poco tiempo después, formando ya parte del equipo de Carlos Barral.

Creada en solitario por Luis de Caralt, tanto por la diversidad de géneros y literaturas en las que se fija como por la particular dedicación a las obras en lengua inglesa, es evidente que, de los editores de su entorno que podían servirle de modelo, el principal fue Josep Janés i Olivé (1913-1959), de quien el propio Caralt declaró: «Yo, como editor, aprendí mucho de José Janés: era el gran ejemplo a seguir en los años cuarenta. José Janés, espléndido editor, además de excelente poeta en lengua catalana…».

José Janés.

El primer título publicado en Luis de Caralt fue la obra de José María García Rodríguez (1912-2006) No éramos así (1942), novela protagonizada por excombatientes en la guerra civil, y a esta siguieron ya en 1943 obras tan diversas como las dos encuadradas en la colección Atalaya de Ideas: Españoles con clave, de quien por entonces era el delegado nacional de Prensa, Juan Aparicio (1906-1987), y una obra traducida por un enigmático J.L.B. (¿¿Jorge Luis Borges??) del historiador y político Jacques Benoist Méchin (1901-1983) titulada Comentarios al Mein Kampf (cuyo título original en francés, en 1939, era Éclaircissements sur «Mein Kampf» d’Adolphe Hitler, le livre qui a changé la face du monde), del que en la Biblioteca Nacional de Catalunya se conserva un ejemplar, encuadernado en tela, con el exlibris del poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987).

También de 1943 es la novela histórica publicada originalmente en 1928 Gaspar Hauser, el huérfano de Europa, del abogado e historiador Octave Aubry (1881-1946), conocido entre otras cosas por haber muerto el día anterior al que estaba prevista la lectura de su discurso de ingreso en la Academia Francesa (y cuando hacía solo un mes y medio que había sido nombrado, para cubrir las numerosas vacantes creadas por la ocupación nazi). Curiosamente, también en este caso figura J.L.B. como traductor. Y, aún del mismo año, Mis amigos eran espías, del fantasioso y humorístico arabista y gastrónomo Luis Antonio de Vega Rubio (1900-1977).

Se ha escrito mucho y a menudo acerca de la relativa condescendencia con que la censura franquista trataba las propuestas de edición de Luis de Caralt (cosa que también afecta a las de otro franquista notable, José Manuel Lara Hernández), pero no por ello parece haber quedado inequívocamente demostrada, y sí en cambio hay evidencias de sus problemas con algunas obras.

En su imprescindible estudio sobre la censura de novelas (Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo), Fernando Larraz comenta los casos de la novela de Mercedes Salisachs (1916-2014), firmada con el seudónimo María Ecín, Primera mañana, última mañana (1955), cuya retención en censura motivó las protestas de Caralt y finalmente se saldó con unas quince tachaduras, y el de Carretera intermedia (1955), de la misma autora, que fue denegada en dos ocasiones y, tras las infructuosas gestiones llevadas a cabo por el editor, «optó por encargar su propio servicio de censura al Penitenciario del Obispado de Barcelona, que modificó a discreción el texto y este fue finalmente aceptado por el censor oficial, apareciendo en octubre de 1956».  En general, pues, parece que Caralt podía tener mano con la censura política, pero topaba más a menudo con la eclesiástica.

Xavier Moret, en un libro trufado de errores (probablemente por la fiabilidad que concede a las entrevistas y a la memoria de los entrevistados) y que a menudo se han ido repitiendo acríticamente en otras obras, narra una anécdota con la que se pretende demostrar las muchas ventajas que le reportó a Luis de Caralt su condición de camisa vieja del falangismo (aunque quizá su resultado positivo respondiera más bien a su audacia y sagacidad). Mediados los años cincuenta, y sin duda con un propósito comercial, intentó incorporar como ilustración de cubierta de un libro de quien fuera hipnotizador de Adolf Hitler y Heinrich Himmler, Franz Völgyesi (no Bolgesi, como escribe Moret), la fotografía de una estatua de un desnudo femenino (parcial, por supuesto), algo que chocó con los principios de la censura franquista. Sin embargo, finalmente consiguió que se la autorizaran, tras engañar a los censores asegurando que la estatua original se encontraba en el Vaticano.

La editorial fue abriéndose a la literatura extranjera, y en particular a la escrita en lengua inglesa siguiendo en buena medida los pasos de Janés, si bien en algunos casos, como en el de Graham Greene, sí cabe atribuir a Caralt su descubrimiento para el público lector español (pues al más problemático editor Aymà la censura le denegó en 1943 autorización para publicarlo).

Lo cierto es que, a la vista del ecléctico catálogo que fue conformando a lo largo de los años, se hace difícil deducir el falangismo de su promotor, Es cierto que publicó títulos como los diarios de 1937-1938 del conde Ciano (1951), la biografía de Walter Gorlitz y Herbert A. Quint sobre Hitler (1955) y las Conversaciones sobre la guerra y la paz (1942-1944) (1954), de Adolf Hitler, pero es evidente que tuvieron mucha más importancia las colecciones en que publicó a escritores de orientación ideológica muy distinta y cualidades estéticas poco discutibles, como Hermann Hesse, Virginia Wolf, John Dos Passos, John Steinbeck o William Faulkner, a algunos de los cuales presentaba en sus catálogos como «los tremendistas», en un intento de situarlos en una corriente que por entonces encabezaba con enorme éxito Camilo José Cela (1916-2002).

Camilo José Cela.

Luis de Caralt, que siempre mantuvo un exhaustivo control personal de todo el proceso de edición, permaneció al frente del negocio hasta muy avanzados los años sesenta y no aflojó las riendas hasta la década siguiente. Concretamente en mayo de 1974, la empresa se transformó en sociedad anónima, con el nombre Luis de Caralt Editor, S.A., con un capital establecido en cinco millones de pesetas y aportando, según Martínez Martín, «4.800.000 pesetas, de los que dos millones eran en concepto de derechos de autor». Anota también el mismo estudioso de la edición española:

Una nota de 28 de noviembre de 1974 en su expediente del Registro de Empresas Editoriales hacía referencia a que «según noticias confidenciales de Manfredi Cano, el Grupo Editorial Caralt ha sido vendido a Norildis (Noguer, Rizzoli, Caralt)», situando a Luis de Caralt al margen del negocio. El director era José Mas, que procedía de Labor y Bruguera.

Desde 1946, además de la editorial Luis de Caralt abrió en la Rambla dels Estuids, núm. 1, una importante sala de arte (especializada en libros.

Fuentes:

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Jesús A. Martínez Martín, «La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 233-271.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

José Agustín Català, edición comprometida y memoria histórica en Venezuela

La entrada en el mundo de los libros y la edición de José Agustín Català (1915-2011), hijo primogénito del también editor Juan Català Arráiz, se produjo como consecuencia de sus duras experiencias políticas en la Venezuela de los años treinta, y de hecho toda su trayectoria en ese ámbito estaría marcada por la evolución de la política latinoamericana.

José Agustín Català.

Ya en 1934, cuando contaba diecinueve años, la publicación de un poema sobre el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935) en el semanario de Maracaibo Orión le puso bajo la lupa de las autoridades. Poco después, el poeta espiritista y comunista Luis Ramón Cerró estaba intentando publicar un polémico artículo sobre el libro Conócete a ti mismo, del filósofo navarro afincado en Argentina Joaquín Trincado (1886-1935), y después de ver cómo se lo rechazaban El Carabobeño y El Mutualista, lo mandó al Orión, que decidió publicarlo y se inició entonces una investigación que hizo que, por primera vez, José Agustín Català se alojara desde el 9 de junio en los calabozos de la dictadura venezolana (en esa ocasión, durante cuatro meses). De esas fechas data su proyecto de publicar, con el escritor Pablo Domínguez, unos cuadernos quincenales de tema literario, pero la iniciativa queda en suspenso, indefinidamente, a raíz de la muerte del dictador.

A principios de 1936 ya es un hombre bien conocido por las autoridades del Estado de Carabobo (al frente del que se encontraba el poeta y publicista Salvador Carballo Arvelo), y se implica activamente en el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE), en la Asociación Nacional de Empleados (cuya presidencia asume entre 1926 y 1937), y participa en la organización de la huelga general, que le llevará a conocer a quien será ya siempre su amigo, el periodista comunista Rómulo Betancourt (1908-1981). Sin embargo, Carballo Arvelo hace todo lo posible por sacarse de encima a todo aquel que tuviera la más mínima sospecha de relación con el comunismo, y finalmente consiguió que el Ministerio de Relaciones Interiores expulsara del país a José Agustín Català (junto con un numerosos grupo de dirigentes políticos). No obstante, gracias a las gestiones de su amigo José Amenodoro Rangel Lamus (1890-1991), que en 1938 había sido nombrado ministro de Agricultura y Cría, Català pudo regresar y, por tener prohibido el regreso a Valencia, se instala entonces en Caracas, donde colabora con diversos ministerios hasta que en 1945 se le encarga la dirección de El País y poco después la dirección de la Imprenta Nacional y la Gaceta Oficial.

Sin embargo, a raíz del golpe militar encabezado por Carlos Delgado Chalbaud (1909-1950), que destituyó a Rómulo Gallegos (1884-1969), Català abandona esos cargos y se centra en la lucha política clandestina y en una intensa labor como impresor y editor independiente (en Ávila Gráfica). Manuel Felipe Sierra lo ha resumido con detalle del siguiente modo:

Había adquirido una pequeña prensa por 60.000 bolívares, que fue ampliada con la ayuda de Miguel Ángel Capriles, quien le proporcionó en cómodos plazos los equipos del viejo taller de Fantoches, el famoso semanario de Leoncio Martínez. Nace la Editorial Ávila Gráfica, entre Hoyo y Santa Rosalía, 18-1. Al poco tiempo alcanza prestigio por la publicación de folletos y de libros de los más reconocidos intelectuales de la época.

En esos años la Editorial Ávila Gráfica publica sobre todo obras que abordan la historia y la identidad venezolana desde diversas perspectivas, como José Félix de Sosa, mártir de la nacionalidad (1949), de Luis de Sosa Báez; Folklore y cultura (1950), de Juan Liscano, con el que se estrenaba la colección Nuestra Tierra; Descripción exacta de la provincia de Benezuela (1950), de Joseph Luis de Cisneros; Guerra de guerrillas, la campaña del general Horacio Ducharne en Oriente (1951), de Alejandro Rescaniere; El Libertador, el protector y un libraco de Capdevila (1951), de J. A. Cova, o La mentira en Guayaquil o el fetichismo argentino (1951), de Guillermo Morón, aunque también obras ensayísticas (como Temas principales de la filosofía del derecho, de Ladislao Tamoi, en 1951) y otras más marcadamente literarias, caso de los poemarios de Luis Pastori Toros y santos y Tallo sin muerte, ambos de 1950, o las novelas Agua Turbia (1950), de V. N. Graterol Leal, y El corcel de las crines albas (1950), de Lucila Palacios (Mercedes Carvajal de Arocha, 1902-1994), galardonada con el Premio Arístides Rojas de 1949, en la colección Novelistas Venezolanos.

En cuanto a las publicaciones periódicas, el intento de poner en pie una cabecera de información política con el historiador Ramón J. Velásquez, para la que incluso ya tenían título (Hechos), fue abortado por la censura, pero de las prensas de Ávila Gráfica salen a partir de 1950 los primeros números de Resistencia, la cabecera de la clandestina Acción Democrática, los números de la revista de vanguardia izquierdista Cantaclaro, que da nombre a un grupo de escritores entre los que destacan los poetas Rafael José Muñoz, Francisco Pérez Perdomo, Jesús Sanoja Hernández y Miguel García Mackle, así como Signo, revista de pensamiento político y de oposición a la dictadura militar dirigida por Ramón J. Velásquez, Julián Liscano y Alfredo Tarre Murzi, pero al poco tiempo el grupo que animaba esta cabecera se dispersa entre el exilio y la prisión.

Recién iniciada la década de los cincuenta, en 1952, serán sus propios libros y la participación en otros de autoría colectiva los que llevarán de nuevo a prisión a Català. Ya la publicación de la primera edición de Juan Vicente Gómez, un fenómeno telúrico (1951), del escritor peruano afincado en Caracas José Pareja y Paz Soldán (1913-1997), al que se había añadido un apéndice con algunas anécdotas adicionales sobre el dictador, había puesto a las autoridades sobre aviso. Pero el caso más conocido es el de Venezuela bajo el signo del terror: Libro negro de una dictadura (1948-1952), que aparece como una publicación del Comité Ejecutivo Nacional del clandestino Partido Acción Democrática, que en los años setenta aún seguía reeditándose en El Centauro (no confundir con la Centauro mexicana del exiliado republicano español José Bolea). Al parecer, la idea era un proyecto del excapitán policía Juan Bautista Rocas, que acabó de imprimirse el 4 de octubre de 1952 (cuando el referido capitán había fallecido ya tras ser detenido y conducido al campo de concentración de Guasina). Surgido al amparo de un nombre creado expresamente para la ocasión, Ediciones El Centauro, el libro constituye un repaso a la historia y circunstancias en que se han producido las víctimas del régimen, y a los quince días de empezar a circular el libro se producen los registros casi simultáneos de los talleres de Ávila Gráfica y del domicilio particular de Català, que es detenido y liberado al cabo de veinticuatro horas. Días después, en lo que tiene toda la pinta de una brutal operación de desprestigio contra Català, aparece asesinado el abogado Leonardo Ruiz Pineda (secretario de Acción Democrática), y el editor es de nuevo detenido por la Seguridad Nacional y entonces torturado y encarcelado durante tres años en las tristemente célebres prisiones Modelo y de Ciudad Bolívar (salió en 1956). Consciente de la impunidad en que podían caer los crímenes de la dictadura, y según cuenta Rafael Simón Jiménez:

Català, con paciencia encomiable, se dedicó a documentar toda la realidad de las víctimas de la dictadura y con los métodos más rudimentarios: escribiendo en papel cebolla y sacando la información acopiada mediante los más inverosímiles medios que burlaran la vigilancia de sus carceleros. Logró así constituirse en el gran cronista de esa década dictatorial, lo que luego incrementaría al ponerse en posesión de los archivos de la Seguridad Nacional; copiosa información sobre las actividades represivas del régimen.

Poco después de salir de prisión, una vez caída la dictadura de Pérez Jiménez, el prolífico Català se incorpora a la dirección del Instituto Municipal de Crédito Popular, para pasar luego a la de la Secretaría y Comisionado de la Presidencia de Rómulo Betancourt, pero renuncia al cargo para crear las Producciones Ávila Films y, poco después, la Editorial El Centauro donde desarrolla una actividad de dimensiones asombrosas. Sin embargo, durante esos años se ganó justa fama también como colaborador de cuantos periodistas e historiadores se interesaron por esclarecer los casos de represión, exilio y asesinatos institucionales durante las dictaduras venezolanas del siglo XX, y puso un enorme empeño en dar a la luz pública toda la documentación e investigaciones referentes a este asunto, hasta el punto que se ha podido escribir acerca de su interés por el tema que «No ha habido testimonio escrito revelador de los crímenes de la dictadura que no haya pasado por sus manos de editor».

En la década de los años setenta, El Centauro retoma la línea editorial de lo que fue la editorial Ávila Gráfica, con la reedición de títulos importantes, como el mencionado Juan Vicente Gómez, un fenómeno telúrico (en esta ocasión con prólogo de Ramón J. Velásquez), y con libros como El general Betancourt y otros escritos (1970), de Rómulo Betancourt; el colectivo Prisiones de Venezuela. A la muerte de Juan Vicente Gómez (1974), con prólogo de Gustavo Machado; las Memorias (1974) de Jean Baptiste Bonsingault (1801-1887), quien compartiera correrías con Simón Bolívar por Venezuela; La soberanía del petróleo (1975), de Francisco Álvarez Chicón; los volúmenes ensayísticos de Rómulo Gallegos Una posición en la vida (1977), junto a nuevo a títulos más marcadamente literarios, caso del primer volumen de la poesía reunida de Andrés Eloy Blanco, De Tierras que me oyeron a Baedeker 2000 (1976), quien al parecer era uno de sus poetas dilectos. Más novedoso es el interés sostenido por el género periodístico, que se manifiesta por ejemplo en La comunicación impresa. Teoría y práctica del lenguaje periodístico (1976), y que tendrá continuidad hasta en libros del propio Català, de lo que puede ser ejemplo el libro escrito a cuatro manos con Eleazar Díaz Rangel De la dictadura de Pérez Jiménez a los años de Hugo Chávez (2003), que lleva por ilustrativo subtítulo «Censura y autocensura a medios de comunicación en Venezuela, 1945-2003».

El mismo énfasis en estos temas se percibe en los títulos publicados en las décadas sucesivas, con el volumen de quien fuera senador comunista Eduardo Gallegos Mancera (1915-1989) Sol solo sol (1987), ilustrado por José Miguel Menéndez, alternando con Los símbolos sagrados de la nación (1981), de Francisco Alejandro Vargas, el libro colectivo Clase obrera, partidos y sindicatos, 1936-1950 (1982), Cinco años de agresiones estadounidenses a Centroamérica y el Caribe (1985), de Gregorio Selser, El golpe militar de 1948 y su secuela trágica, del propio José Agustín Català, subtitulado «Memoria para desmemoriados» y que incorpora informes confidenciales de la embajada estadounidense en Caracas, Gustavo Machado, un caudillo prestado al comunismo (2001), de Domingo Alberto Rangel, o Los fraudes electorales en Venezuela. De la oligarquía conservadora a la última dictadura (2004), de Alexis Márquez.

No contento con centrar su interés en recuperar la memoria histórica venezolana, e intentar impedir de este modo tanto la impunidad de los culpables de crímenes contra la humanidad como la creación de falsos mártires, Català tuvo empuje también para poner al descubierto las trapacerías de otras dictaduras americanas. En 1996, al tiempo que ponía en marcha unos Cuadernos de Pedacería en los que él mismo se ocupaba de recopilar textos breves de y sobre la obra del poeta, dramaturgo  y humorista de la Generación del 18 Andrés Eloy Blanco (1896-1955) (de los que llegaron a salir por lo menos cinco números conmemorativos del centenario del escritor venezolano), el gobierno de Chile otorgaba a Català en la embajada chilena en Caracas la Orden Bernardo O’Higgins por «haber producido la más extensa bibliografía contra la dictadura de Pinochet, desde el inicio de su instauración».

Fuentes:

Anónimo, «Adiós al Gran Català», Tal Cual. Claro y Raspao, 19 de diciembre de 2011.

Carlos Delgado Flores, coord., Trincheras de papel: el periodismo venezolano del siglo XX en la voz de doce protagonistas, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello-El Nacional, 2008.

Manuel Felipe Sierra, «El editor insomne» Abc de la Semana, 27 de febrero de 2010.

Julio Rafael Silva Sánchez, «José Agustín Català, capitán del desolvido», La página de Omar Montilla, 7 de abril de 2012.

Rafael Simón Jiménez, «En memoria de José Agustín Català», Cuadernos del Centro de Estudios del Desarrollo, núm. 88 (enero-abril de 2015), pp. 183-189.

Milagros Socorro, «Homenaje a José Agustín Català», Prodavinci, 6 de noviembre de 2016.

Gerónimo Alberto Yerena Cabrera, «José Agustín Català, editor», Venezuela de antaño, 26 de abril de 2012.

La primera editorial que le tomó el pelo a la censura franquista

Cuando al término de la guerra civil española, Aymà crea la combativa editorial Alcides, poco podía imaginar que con el tiempo acabaría por publicar una obra tan sobresaliente como la dirigida por el prestigioso historiador Ferran Soldevila (1894-1971) Un segle de vida catalana 1814-1930, ni que acabaría por tener como director a Joan Oliver (1899-1986), que justo en ese momento se encontraba en Francia a punto de iniciar un largo periplo que le llevaría a exiliarse durante varios años en Chile.

La editorial Alcides la crea formalmente el 15 de mayo de 1939, con sede en la calle Pau Claris, un grupo formado por Jaume Aymà i Ayala (1882-1964), su hijo  Jaume Aymà i Mayol (1911-1989), que con esta iniciativa se estrenaban en el mundo editorial tras un intento frustrado durante la guerra y después de colaborar el primero con la Editorial Pedagógica, y tres de los hombres que habían sido responsables de la Associació Protectora de la Ensenyança Catalana, y por consiguiente también de su ya mencionada editorial (la Pedagócica), los geógrafos Tomàs Iduarte i Aragonés y Josep Parunella i Eulàlia (1889-1980) y el doctor en medicina Josep Girona i Cuyàs.

Una de las copias de la escritura de la fundación de Alcides.

Si, pese a la brevedad de esta primera etapa de la editorial, su nombre ha quedado en un lugar destacado en las historias del libro es porque a ella se debe, en un episodio bastante azaroso, el primer libro en catalán autorizado por la censura franquista, gracias a un astuto ardid. El libro en cuestión, Mes de Maria Eucarístic, de Lluís G. Otzet, es un volumen de 237 páginas, con ilustraciones de Josep Lisbona, del que en la imprenta Vídua de Ramon Tobella se tiraron 125 ejemplares que, según se indica en una estampilla adjunta, se trata de una «Edición particular. Prohibida la venta de este ejemplar bajo ningún concepto». La autorización para publicarlo, solicitada por  Jaume Aymà, pudo hacerse sin pasar por Madrid porque se presentó como un recordatorio de comunión, y, puesto que la censura barcelonesa estaba facultada para autorizar obras e impresos de hasta 16 páginas, debieron de pensar que un recordatorio de comunión no debía de exceder esa extensión, aunque en este caso se trata de un impreso inusualmente extenso para tratarse de un recordatorio.  Seguramente contribuyó también a obtener la autorización para publicar en catalán el hecho de que el autor era un sacerdote (había sido rector de Súria) fallecido en enero de 1939 en Vic como consecuencia de los bombardeos (franquistas, eso sí).  El nihil obstat lo firmó el obispo Gabriel Solà Brunet, que llegaría a ser máximo responsable de la catedral de Barcelona.

Oscar Samsó, en su imprescindible estudio sobre la edición clandestina en Cataluña durante el franquismo, reconstruye el origen de esta primera edición de Alcides del siguiente modo:

Desde la imprenta de la Vídua de Ramon Tobella de la calle del Carme 19, donde se imprimió, llaman a Jaume Aymà, hijo, para que se ocupara de la corrección del catalán. Entonces se planteó quién figuraría como editor, y convinieron en que se podría hacer con el nombre de Alcides.

Así pues, cuando hacía apenas un mes que se había constituido Alcides, ya aparecía un título con su nombre, pero lo que en realidad se proponía el grupo fundador era poner en pie una colección dedicada a los clásicos españoles e italianos, la Biblioteca de Clásicos Alcides, de la que apenas pudieron sacar unos pocos títulos.

Jordi Aymà menciona entre las publicaciones de Alcides una edición de Laura o el sello rojo, de Alfred de Vigny (muy probablemente en la traducción de Emili Vallès i Vidal) y un Calendario instructivo para 1940, y anteriores a estas fueron las de un Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, precedido de un prólogo de Jaume Aymà i Mayol, y una edición de Juan Ruiz de Alarcón, así como una compilación de canciones navideñas con textos de autores tan diversos como Santa Teresa, Lope de Vega, Góngora, Eugeni d´Ors y Sebastià Sánchez Juan, entre otros, ilustrada por D´Ivori (Joan Vila Pujol, 1890-1947).

En 1940, los problemas económicos y la escasa implicación de los socios hizo que la editorial cesara su actividad, justo en el momento en que Jaume Aymà i Mayol se da de alta como editor en la Cámara Oficial del Libro para fundar sucesivamente Atlàntida (1940), también de corta vida, y posteriormente, con su padre Jaume Aymà y Mayol, la Editorial Aymà, S.L. (1941), que subsumió las colecciones creadas por Atlántida y consiguió despegar sobre todo gracias al extraordinario éxito que obtuvo en 1942 al arriesgarse con Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949), de la que, dada su descomunal extensión,  hicieron una tirada de 12.000 ejemplares, que se agotó a los pocos días.

Sin embargo, Alcides no llegó a disolverse, lo que permitió que varias décadas después, en 1962, cuando la censura con respecto a la edición en catalán ya se había relajado bastante, se la pudieran ceder al abogado y activista cultural catalanista Pere Puig Quintana (1907-1981), quien ya tenía una cierta experiencia en el ámbito editorial como cofundador de la Revista d´Igualada (1929-1930), que contó con alguna colaboración esporádica de Xavier Benguerel (1905-1990), y sobre todo como creador, con Maurici Serrahima (1902-1979) y Félix Millet i Maristany (1903-1967), de la Benéfica Minerva, empresa gracias a la cual se publicaron algunas obras bibliográficamente importantes en los años cuarenta y cincuenta (la traducción de la Odisea de Carles Riba, la del miltoniano El paradís perdut de Josep M. Boix i Selva, L expansió de l´art català al món, de Sebastià Gasch…)  y financió también las investigaciones que cuajaron en la magna Historia de España (1952-1957) de Ferran Soldevila, que incorpora ilustraciones del editor Joan Sales (1912-1983).

Xavier Benguerel.

Puig Quintana dio un vuelco completo a lo que habían sido las primeras ediciones de Alcides, y lo único que mantuvo fue la voluntad de poner el sello al servicio de la edición en catalán, para lo que contó además con la colaboración de un director al que la propuesta de dirigir Alcides le llegó en el momento idóneo, Joan Oliver, quien por entonces estaba agobiado con el ambiente que se había ido creando en la editorial Montaner y Simón de González Porto, como le cuenta en carta del 19 de marzo de 1961 a su amigo Benguerel:

Puig i Quintana está dando los últimos toques a la editorial Alcides, donde parece que voy a tener un sitio. Esta es la única esperanza que me queda, hoy por hoy. En Montaner y Simón la atmósfera se enrarece cada vez más, y cualquier día explotará todo. ¡No lo puedo aguantar más!

Pero esta segunda etapa, que tampoco fue muy feliz para Oliver, fue ya otra historia.

Joan Oliver.

Fuentes:

Jordi Aymà, «Jaume Aymà i Ayala, editor», Anuari Trilcat, 1 (2001), pp. 163-173.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Xavier Benguerel/Joan Oliver. Epistolari, Barcelona, Proa, 1999.

Galderich, «El primer llibre català del franquisme: Mes de María Eucaristic (1939), de Mn. Lluís G. Otzet», Piscolabis & Librorum, 11 de junio de 2015.

Abert Manent, «Llibres en català amb data de 1939», Serra d´Or, n. 272 (mayo de 1982), pp. 341-342, recogido en Del Noucentisme a l´exili, Sobre la cultura catalana del nou-cents, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1997, pp. 239-244.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografia catalana dels anys difícils (1939-1943), Barcelona, Publicacions de la Abadia de Montserrat, 1988.

Samsó, Joan, La cultura catalana entre la clandestinitat i la repressa pública, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, vol II (Biblioteca Abad Oliva 147), 1995.