Italo Calvino y Carlos Barral

A Cristina Suárez Toledano,

con los mejores deseos y toda la confianza en su éxito.

Italo Calvino

El 24 de mayo de 1959, desvinculado del Partido Comunista, enfrascado con Elio Vittorini (1908-1966) en el proyecto de revista Il Menabò y habiendo cerrado ya la trilogía Nuestros antepasados con El caballero inexistente, llegaba a Barcelona Italo Calvino (1923-1985) para participar en Formentor, en calidad de representante de Einaudi, en el Primer Coloquio Internacional de Novela organizado por Jaime Salinas (1925-2011) a instancia de Carlos Barral (1928-1989) y gracias a la red de relaciones de Monique Lange (1926-1996). Son muy abundantes los datos e indicios que permiten situar en ese momento el arranque de la actividad de Calvino como propiciador del intercambio entre las culturas de raíz hispánica y la italiana, que tendría continuidad en los encuentros de los tres años siguientes y que se reflejaría en diversas ediciones y en unos cuantos proyectos frustrados. Además de con Barral y Salinas, en estas reuniones Calvino conocería al entorno de lo que se ha llamado la Escuela de Barcelona (Barral, Gil de Biedma, Costafreda, los Goytisolo, Ferrater, Castellet…), pero también a Miguel Delibes, a a Camilo José Cela, a Gabriel Celaya, a Juan García Hortelano, a Jesús López Pacheco o a Carmen Martín Gaite. Sin embargo, en ese momento, en que Calvino estaba empezando a desinteresarse por el neorrealismo por considerar que había fallado en sus objetivos y a explorar nuevas opciones estéticas, pronto le interesó más la novela latinoamericana de autores como Rulfo o Cortázar que la española, que en el contexto de la narrativa occidental podría considerarse epigonal.

En ese momento la literatura latinoamericana estaba siendo divulgada en Italia sobre todo por editoriales como Guanda (que ya en los años cuarenta había demostrado un enorme interés por la literatura hispánica, seguramente por obra y gracia de Oreste Macrì) y en menor medida por Bompiani y Feltrinelli, pero también Einaudi había publicado por ejemplo a Jorge Luis Borges ya en 1955, animado por la recomendación de Gallimard, y resulta indicativo que la primera traducción de esa obra fuera traducida (por Franco Luncentini) a partir de la traducción francesa (firmada por P. Verdevoye y N. Ibarra). De ese mismo 1955 es la publicación de un volumen de la Poesia de Pablo Neruda en traducción de Salvatore Quasimodo (1901-1968), con lo que esa edición, ilustrada por Renatto Guttuso (1911-1987), reúne a dos escritores premiados luego con el Nobel de Literatura.

En cuanto a la literatura española, Francesco Luti subrayó en su tesis que ya en carta de Barral fechada el 14 de junio de 1956 éste recomendaba a Einaudi la traducción al italiano de La colmena, de Cela (desconociendo quizá que el año anterior ya la había traducido Sergio Ponzanelli y publicado Aldo Martella Editore); El Jarama, de Sánchez Ferlosio; El camino, de Delibes, y Duelo en el paraíso, de Juan Goytisolo. Justo el año siguiente aparecía en Einaudi la muy influyente edición en dos volúmenes del Quijote en traducción de Vittorio Bodini (1914-1970) y con las ilustraciones de Honoré Daumier (1808-1879), pero en esos años también la cultura española más reciente tendría una presencia muy notable en los catálogos de Einaudi: el ensayo Gli intellettuali e la guerra di Spagna (1959), de Aldo Garosci; la edición de Elena Croce de los Poeti del Novecento (italiani e stranieri) (1960), que incluía a Alberti, Guillén, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Machado, Unamuno; La familia de Pascual Duarte (1960), traducida por Salvatore Battaglia; Las afueras (1961), de Luis Goytisolo, que en 1958 había obtenido el Premio Biblioteca Breve de Seix & Barral, traducida por Luisa Orioli; Fiesta al noroeste (1961), de Ana María Matute; Tormenta de verano (1962), de Juan García Hortelano y traducida también por Orioli; la muy polémica antología Canti de la nuova Resistenza spagnola (1939-1961) (1962), que tantos problemas acarrearía a Einaudi con las ultraderechas españolas e italianas; La hora del lector (1962), de Josep Maria Castellet: la antología de Bodini de Poeti surrealisti spagnoli (1963); El Jarama (en traducción de Raffaela Solmi) (1963)…

En lo que se refiere a la dirección contraria, en 1956 Barral había presentado a censura dos novelas breves del muy einaudiano Cesare Pavese (1908-1950), Il compagno y La spiaggia, aunque solo del segundo recibió autorización y con mutilaciones muy notables en cuanto a su extensión, de modo que se le añadieron otros textos narrativos breves y se publicó con el título La playa y otros relatos (en traducción de Enrique Sordo). Como se verá, ciertos aspectos de este episodio empezaron a enojar al agente literario de Pavese, que lo era también de Calvino.

La llegada de Calvino a España coincide con el momento en que éste está empezando a dar a conocer en Italia algunos escritores muy barralianos, como Juan Goytisolo, que en 1959 y justo antes del viaje había publicado en Einaudi Fiestas (traducida por Vittorio Bodini), a la que seguirá unos años después La isla. Pero todo parece indicar que la circulación de textos funcionó sobre todo en dirección opuesta, y que fracasó por los problemas organizativos y de comunicación de Seix & Barral y sobre todo de su tormentosa relación con el principal agente de los escritores italianos más pujantes, Erich Linder (1924-1983), quien en 1951 había pasado a dirigir la Agenzia Letteraria Internazionale (ALI), que representaba entre otros muchísimos a Giorgio Bassani, Dino Buzzati, Benedetto Croce, Beppe Fenoglio, Carlo Emilia Gadda, Eugenio Montale, Elsa Morante, Leornardo Sciascia, Italo Svevo o el propio Calvino; de hecho, en ese momento la ALI era la única agencia literaria de importancia internacional en Italia.

En junio de 1960, Barral escribe a Linder expresándole su intención de publicar en su editorial una novela publicada por Einaudi, La ragazza di Bube, con la que Carlo Cassola (1917-1987) acababa de ganar el Premio Strega y cuyos derechos cinematográficos no tardaron en venderse para que Luigi Comencini hiciera una notable película (protagonizada por Claudia Cardinale y Georges Chakiris); a principios del mes siguiente añade el interés por otra novela de Cassola, Fausto e Anna. Ante este perentorio interés, Linder se mueve para satisfacer la intención de Barral de adquirir los derechos mundiales de estas obras en lengua española, lo que supone atajar las posibles aspiraciones de los editores americanos que pudieran tener en estudio o incluso derecho preferencial sobre las obras de Cassola (probablemente se tratara de Sudamericana). En cualquier caso, ya en carta del 20 de julio de 1960 el agente informa a Barral de que los derechos sobre las dos obras que desea están disponibles; y aquí empiezan los problemas con la censura, que hacen que el editor barcelonés renuncie a los derechos y en consecuencia que Cassola vea cómo la aparición en español de su obra más exitosa se retrase. Finalmente, Sara Gallardo tradujo La ragazza y Dolores Sierra El cazador para la bonaerense Sudamericana, que las publicaría en 1963 y 1965, respectivamente.

Dos años después, también es la censura la que obliga a un cambio de planes, y la oferta por La calda vita, de Pier Antonio Quarantotti-Gambini (1910-1965), se sustituye por otra obra del mismo autor (Cavallo di Tripoli), pero, aun siendo comprensivo con los problemas a los que se enfrentaban los editores españoles bajo el franquismo, lo que hizo que Linder perdiera la paciencia fue el modo de trabajar caótico, los errores en los documentos y los retrasos en los pagos de la editorial capitaneada por Barral, y en palabras de Sara Carini, que ha estudiado con detenimiento estas relaciones a partir sobre todo de los epistolarios:

Los pagos empiezan a solicitarse y Linder demuestra ahí toda su firmeza: las cartas se vuelven secas, duras y amenazan con anular todo tipo de contrato si no llega el pago y, en el caso de que no llegue y el libro se publique –algo que ya se había dado con Pavese–, denunciar a los editores por fraude. Finalmente, la cuestión se aplaca, pero estas son quizás las razones por las que a partir de 1963 la agencia de Linder deja de ser tan complaciente con Seix Barral y los problemas empiezan a acumularse en un sinfín que explota, en 1965, en la amenaza de dejar de enviar libros a Seix Barral.

Carlos Barral

No menos engorroso debió de ser el envío del contrato por Teoriche del film de Guido Aristarco (1918-1996) en junio de 1963, y ver cómo a finales de año el editor los devolvía sin firmar y sin aclarar el motivo por el que la censura le había denegado autorización, tras haberlo presentado en dos ocasiones (con los consiguientes retrasos en ver publicado el libro, que no se publicaría hasta 1968, en Lumen, en una edicion ampliada). Las gestiones de quienes representaban a la Agenzia Letteraria Internazionale en España, la recién instalada en Barcelona International Editors (IECO), no obtenían resultados mucho mejores, pese a las constantes reclamaciones de respuestas acerca de manuscritos enviados para su estudio y de pagos pendientes.

Tal como lo resume Sara Carini: «Entre 1965 y 1966 las relaciones empeoran y los problemas son siempre los mismos: censura y dinero». Y llegó un momento en que Calvino se vio en medio del rifirrafe. Ante la negativa de Linder a aceptar la necesidad expresada por Barral de traducir de nuevo obras de Calvino que ya se habían publicado en Argentina con demasiados americanismos para su gusto —El sendero de los nidos de ara­ña (1956) y Las dos mitades del vizconde (1956), en la Editorial Futuro, El barón rampante (1958) en Compañía General Fabril Editora, Entramos en la guerra (1961) en Peuser e Idilios y amores difíciles (1962) en Losada—, en carta del 16 de junio de 1966 Calvino mostró al editor catalán su acuerdo con tal conveniencia, pero adujo la negativa de Linder, tras mostrarle éste los números de sus tratos con Barral, como un problema irresoluble, comprensible y ante el cual nada podía hacer él. Sin duda Calvino, por su amplia experiencia como editor y porque a esas alturas debía de conocer a Barral, debió de comprender con claridad dónde residía el problema, y sabía bien que una de las funciones de una agencia literaria es evitar a los autores —que son sus auténticos clientes— tener que pelearse con los editores por cuestiones de dinero que puedan enturbiar sus relaciones o perjudicar la divulgación de sus obras. Pero es absurdo pensar que un agente literario actuara en contra de los deseos y los intereses de su cliente o tomara sin su consentimiento decisiones que afectaran a su obra, sobre todo cuando se trataba además de un escritor que conocía bien el sector editorial. Aun así, y para complacer en la medida de lo posible a Barral, Calvino obtuvo de Linder el compromiso de que, si en algún momento quedaban libres los derechos de algunos de sus libros (si caducaban y las editoriales americanas no los renovaban), Seix Barral fuera la primera editorial en ser informada de ello. ¿Qué más se podía pedir razonablemente?

Erich Linder

De ahí, entre otros motivos, que resulte tan sorprendente el pasaje en que (confundiendo además la ALI con IECO y, en una nota, al editor Jaime Salinas con el futbolista Julio Salinas) Francesco Luti resume del siguiente modo en Cuadernos Hipsanoamericanos la razón de que en España la obra de Calvino no se publicara regularmente en castellano (sí en catalán, y gracias a Castellet) hasta los años ochenta: «El mayor impedimento estaba cerca del mismo Calvino: fue su propio agente literario, el judío Erich Linder, de International Editors, quien se reveló un hueso demasiado duro de roer para los dientes de Barral, que siempre se arrepentiría de no haber incluido finalmente a Italo en su catálogo».

Fuentes:

Sara Carini, «Censura, economía y literatura: los contactos entre la editorial Seix Barral y Erich Linder», Oggia. Revista Electrónica de Estudios Hispánicos, núm. 28 (2020), pp. 243-258.

Italo Calvino

Monica Ciotti, «Italo Calvino in lingua spagnola. Dall’escordio argentino allá prima edizione castigliana pubblicata in Spagna», Cuadernos de Filologia Italiana, núm. 28 (2021), pp. 363-378.

Ernesto Ferrero, La tribu Einaudi. Retrato de grupo, traducción de Chiara Giordano y Javier Echalescu y prólogo de Manuel Rodríguez Rivero, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 31),  2020.

Francesco Luti, Italia-España, un entramado de relaciones literarias: la «Escuela de Barcelona», Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 2012.

Francesco Luti, «Italo Calvino en España», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 785 (noviembre de 2015), pp. 2-17.

Michel Martino, Calvino editor e ufficio stampa. Dal «Notiziario Einaudi» ai Centopagine, Roma, Oblique Studio, 2012.

La colección Ucronía y el underground catalán del postfranquismo

La historia de la colección Ucronía ha quedado hasta tal punto marcada por su polémico desenlace —un episodio que concluyó con un manifiesto «Contra cualquier censura» firmado por Juan Cruz, Jaime Gil de Biedma, Lluís Llach, Severo Sarduy y Copi, entre otros—, que apenas se recuerda otra cosa de su muy interesante trayectoria que ese funesto conflicto protagonizado sobre todo por el escritor mallorquín Biel Mesquida y el periodista oriolano Federico Jiménez Losantos.

Todo empezó a cocerse en una empresa llamada Iniciativas Editoriales, cuya cabecera más emblemática fue la revista de izquierdas El Viejo Topo, que había sido creada en 1976 por el periodista y crítico musical Claudi Montanyá (1944-1977), el profesor de filosofía Josep Sarret y el periodista y editor Miguel Riera, y que no tardó en disponer también de una editora de libros.

Biel Mesquida.

En el seno de esta casa editorial y al parecer por iniciativa de Montanyà se creó pues la colección Ucronía, en la que fungía como codirector Miguel Riera y dirigía un joven Biel Mesquida avalado ya por una trayectoria cuanto menos prometedora. Por entonces hacía poco que su novela L’adolescent de sal se había alzado con el premio Prudenci Bertrana de 1973, un galardón que en esos años había empezado a dar a conocer a nuevos autores y apostaría en los siguientes por novelas inequívocamente rompedoras, como es el caso de Oferiu flors als rebels que fracassaren, de Oriol Pi de Cabanyes (premiada en 1972) o lo sería en menor medida después el de Cavalls cap a la fosca, de Baltasar Porcel (en 1975, después de dejar desierto el de 1974) y sobre todo el caso de L’udol del griso al caire de les clavegueres de Quim Monzó (en 1976).

Tampoco pasaban desapercibidas en ciertos círculos de tintes contraculturales las colaboraciones de Mesquida en Qwerty Poiuy. Revista de Literatura (1974-1977) creada en el seno de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona por un grupo de estudiantes entre los que se contaban, además de Mesquida, Alberto Cardín, Jiménez Losantos y Jordi Llovet, y heredera de esta suele considerarse la revista Diwan, fundada en enero de 1978 por Mesquida, Cardín, Jiménez Losantos y Javier Rubio, todos ellos muy próximos a la órbita de El Viejo Topo, cuando no colaboradores de la misma.

Cuando empiezan a distribuirse los primeros libros de Ucronía, Mesquida había visto ya por fin publicada en 1975 L’adolescent de sal, cuyo retraso en aparecer hay que atribuir a la censura, además de haber hecho una edición privada del poemario Matèria de cos, en colaboración con Steva Terrades. Los títulos publicados en Ucronía son representativos de ese mismo momento fugaz de la contracultura y el underground catalán, del que forma también parte el volumen colectivo aparecido en 1974 El parking de les feres (con obra literaria y gráfica de Fina Miralles, Arcadio Reynes, Oriol Pi de Cabanyes, Wendy Granger, Fernando Trias, Junoy y Jaume Vallcorba, entre otros), que constituye el origen de lo que serían una serie de volúmenes atribuidos a Edicions 62 por cuestiones legales pero llevadas a cabo por unas efímeras Edicions 1068: Anotacions-31 de desembre de 1974 (1975), de Bigas LunaExercicis de cal·ligrafia (1975), de Alexandre Ferrer i Pucci Vilurbina, y  Notes nocturnes (1976), de Albert Ràfols-Casamada.

Se trata de iniciativas que, no sin cierto retraso, llegaban empapadas de las teorías literarias francesas de las que en Cataluña estaban empezándose a traducirse algunos textos, sobre todo en revistas especializadas como Els Marges. En palabras del poeta y exguitarrista de Rigor Mortis Eduardo Haro Ibars (1948-1988) reseñando un título de Ucronía:

 [Cataluña[ sigue siendo una colonia cultural francesa; que la influencia anglosajona, tan importante en el resto del mundo, aquí ha pasado de una manera un tanto tangencial en materia de pensamiento. Francia sigue dictando aquí sus modos culturales: se es telqueliano, estructuralista o lacaniano de una manera natural y con unos años de retraso sobre los originales.

En 1977 publica Ucronía Self service, que en una muy perspicaz reseña Maria Campillo describió en su momento como «una recopilación de cuentos, manifiestos, declaraciones de principios, relatos que parecen guiones cinematográficos, índices bibliográficos que parecen manifiestos y manifiestos que parecen índices bibliográficos, etcétera», algunos de ellos obra de Mesquida y el resto por Quim Monzó.

Presentación de Self Service, porrón mediante, en la Ramblas de Barcelona en el Sant Jordi de 1978. Biel Mesquida, Pepa López, Pep-Maür Serra, dos personajes no identificados, Claudi Montanyá i Quim Monzó.

Del mismo año es Puta Marès (Ahí), de nuevo de Mesquida, lo que podría empezar a incentivar la idea de que se trataba de una colección destinada sobre todo a dar salida a su ebullición creativa. La intertextualidad, la dinamitera subversión de la narrativa popular, la mezcolanza de lenguas (catalán, francés, español y en mucha menor medida inglés y árabe), la crudeza expresiva, la transgresión sexual, discursiva y de valores la convirtieron en un asombroso zapatazo sobre la mesa de un panorama literario cuyos debates centrales eran en aquellos años la recuperación de una tradición literaria muy debilitada por los largos años de franquismo (con una continuidad problemática), la normalización d la lengua catalana en cuanto a su uso social y la cuestión de la lengua literaria catalana, de modo que la crítica especializada no supo muy bien cómo hacer encajar esa obra, pese a que esta incluye también el manifiesto (o parodia de los tan frecuentes manifiestos de aquellas fechas) «Babel catalana, on no ets?», publicado previamente en el primer número Diwan (de enero de 1978).

A continuación se publicó en Ucronía, ya en 1978 y en traducción del francés de Javier Rubio, El buen sexo ilustrado (1978), del famoso pedófilo confeso y escritor Tony Duvert (1945-2008), quien unos años antes había obtenido el premio Médicis por Paysage de fantasie (en Editions de Minuit). Conocido sobre todo por la desarticulación de las convenciones de la novela clásica de sus primeras novelas (juegos tipográficos, diversidad de tramas y de puntos de vista, alteración del orden cronológico, etc.) y del marcado componente político de su obra, la publicación de un autor como Duvert (a quien en España sólo se le publicó luego el Diario de un inocente en traducción de Manuel Arranz en Pre-Textos), es ya orientativo de los modelos y las influencias que estaba adoptando y adaptando el grupo de escritores que se movían alrededor de Ucronía.

Varios de ellos aparecen en el siguiente de los libros publicados por esta editorial, una obra colectiva provocativamente titulada La revolución teórica de la pornografía (1978), preparada por Cardín y Jiménez Losantos y que incluye textos de, en orden alfabético, Mesquida (que firma B. Amengual), el psicoanalista argentino Adolfo Berenstein, el antropólogo y ensayista asturiano Alberto Cardin (1948-1992), J.F. David, el crítico cinematográfico Christian Deschamps, el psicólogo y publicista argentino Germán L. García, Sara Glasmann, la filósofa y lingüísta belga Luce Irigaray, el periodista francés G. Hennebelle, Jiménez Losantos, el escritor y periodista francés Gilles Lapouge, el crítico cinematográfico italofrancés Joseph Marie M. Lo Duca (1910-2004), el psicólogo argentino Óscar Masotta (1930-1979), el psicólogo italiano D. Poggi y el crítico y novelista francés Philippe Sollers. En parte por lo menos, el libro había tenido su origen en una mesa redonda celebrada en la casa barcelonesa de Masotta el 13 de febrero de 1977 (cuyos resultados se publicaron en octubre 2002 en Buenos Aires en el tercer número de la Revista Conceptual. Estudios de Psicoanálisis con el título «El psicoanálisis ante la pornografía»).

El listado de títulos publicados por Ucronía se completa, salvo error, con dos libros más; los cuentos de Alberto Cardín ilustrados con dibujos del diseñador Adolfo Fernández Punsola Detrás por delante (de enero de 1978), recuperado por Laertes en 1986 y que en la edición original se presenta, con la delirante verbosidad jergal propia de la época, como «ante todo un artificio retórico, figura de detracción lo suficientemente equívoca para resultar vendible. […] Hay una torcedura básica, a pesar de todo, un hilo de través, que encadena los temas al significante, haciendo que éste adopte la forma ya manida de aquéllos o éstos se borren en favor de aquél».

Y, por último, la novel·la con la que el debutante valenciano Ferran Cremades había ganado el Premi Sant Jordi en 1977, Coll de serps (1978), que ya suscitó un memorable follón porque la editorial que solía publicar a los ganadores, la Selecta, se negó a incluirlo en su catálogo por temor a represalias, la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana protestó con vehemencia y el crítico y editor Josep Maria Castellet (1926-2014) fue apartado del jurado, lo que a su vez provocó la renuncia de otros dos miembros del mismo, Jordi Llovet y Jordi Castellanos (1946-2012). Así pues, el libro de Cremades apareció en las corajuda colección Ucronía.

Sin embargo, la pataleta de Jiménez Losantos cuando Riera se negó a publicarle fue ya demasiado, así que la colección acabó por desaparecer sin dejar más rastro.

Fuentes:

Maria Campillo, reseña de Self-service, de Biel Mesquida y Quim Monzó, Els Marges, núm. 12 (1978), pp. 126-128.

Jaume Guillamet, «No s’autoritza el Bertrana 73» (entrevista a Biel Mesquida), Presència, 13 de julio de 1974, p. 20.

Eduardo Haro Ibars, «Porno-pasión y porno-reflexión», Triunfo,  núm. 814 (2 de septiembre de 1978), pp. 47-48.

Max Hidalgo Nátcher, Los estudios literarios en Argentina y en España. Institucionalización e internacionalización. 1 Teoría en tránsito. Arqueologóa de la crítica y la teoría literaria españolas de 1966 a la posdictadura, Ciudad de Santa Fe, Ediciones Universidad Nacional del Litoral, 2022.

Margalida Pons, «Aproximació a la narrativa experimental postfranquista», Catalan Review, núm. 19 (2005), pp. 173-196

Margalida Pons, «La subversió lingüística com a alternativa identitària en la narrativa postfranquista», Journal of Catalan Studies, 2017, pp. 104-125.

Enric Sullà, reseña de L’udol del griso al caire de les clavegueres, de Quim Monzó, Els Marges, núm. 10 (1977), pp. 127-129.

Sobre el primer libro en catalán tras la guerra civil y el «Mosaic III» de Víctor Català

Parece que hay negacionistas para todo, incluso para rebatir que tras la guerra civil española se prohibió la publicación de libros en catalán. Y, según como se exprese, la afirmación puede incluso parecer cierta porque más que una prohibición explícita lo que hubo es la limitación de publicar, solamente, aquellos libros que apenas nadie desearía leer (y en ningún caso novedades literarias).

Se ha mencionado a menudo Mosaic III (1946), de Victor Català, como la primera novedad publicada en catalán después de 1939, cosa que además de requerir matización no es correcta en sentido estricto. En primer lugar, porque sobre todo en los primeros años de posguerra hubo unas cuantas ediciones que circularon con páginas de créditos falsos (con fechas anteriores a 1939) o se publicaron y distribuyeron de forma clandestina, pero aún hay más.

 En un libro publicado en 1975, Els altres quaranta anys, el lingüista y editor mallorquín Francesc de Borja Moll (1903-1991) contó cómo logró colar a censura ya en 1943 un nuevo libro de Miquel Dolç (1912-1994), El somni encetat, encuadrándolo entre autores consagrados y dando a entender que se trataba de un clásico en la colección Les Illes d’Or, creada en 1934 y en la que figuraban Joan Alcover (1824-1926), Antoni Maria Alcover (1862-1932), Miquel Costa i Llobera (1854-1922) y Pere d’Alcàntara Penya (1823-1906), entre otros. Después de haber visto como le denegaban permiso para publicar una traducción suya de Das Fräulein von Scuderi de ETA Hoffmann y Cançons mallorquines de Guillem Colom (1890-1979) e incluso una pieza teatral del muy franquista Josep M. Tous i Maroto (1870-1949), a Moll debió de parecerle una buena idea, y el caso es que coló.

Sin embargo, la primera novedad que recibió autorización a cara descubierta, entre otras cosas porque mantenía las convenciones ortográficas anteriores a las normas de Pompeu Fabra (1868-1948) y por tanto presentaba severas dificultades para el lector común, fue ciertamente el mencionado libro de Víctor Català (Caterina Albert, 1869-1966), quien previamente había publicado ya una reedición de la traducción que en 1907 hiciera Francesc Xavier Garriga (1864-1941) para Montaner y Simón de Solitud (1942), así como una edición de bibliófilo de la novela en castellano Retablo (1944), ilustrada por Joan Colom (1879-1964) y decorada por Evarist Mora para la que tuvo que escribir un segundo prólogo porque el primero lo rechazó la censura debido a las alusiones a la catalanidad de la autora.

De la existencia de Mosaic ya tenían noticia el común de los lectores interesados por lo menos desde 1926, cuando en declaraciones al célebre poeta y traductor Tomás Garcés (1901-1993) publicadas en la prestigiosa Revista de Catalunya la autora explicaba que, además de un libro de versos, tenía inédita una recopilación de trabajos en prosa titulado Mosaic. Pero sus orígenes se remontan aún a varias décadas atrás.

La edición de Mosaic III de 1946 incluye veinticuatro textos, por lo menos muchos de ellos publicados previamente en los primeros años del siglo xx en la revista La Renaixença («La Tramuntana»), en la Ilustració Catalana («Ma cambra blanca», «Les teulades», «Mon niu», «La tortuga», «La tramuntana», «L’euga») y en el suplemento de esta última publicación, Feminal, que dirigía Carme Karr (1865-1943) («L’hort»). Sin embargo, el primer indicio de este libro se encuentra en la primera edición en volumen de la novela más conocida de Víctor Català, Solitud (1905), en cuya contracubierta se anuncia «Intimitats».

De Mosaic III se hizo en 1946 una edición de bibliófilo en cuya página de cortesía puede leerse (traduzco):

Por imposibilidad material de preparar el volumen entero Mosaic para poder darlo al público en fecha determinada, sale hoy su última parte, esperando que sea factible publicar a no tardar las dos primeras, titulada una de ellas «Vibracions» y la otra, «Encunys».

Puede deducirse de ello que la única parte que la autora llegó a ordenar y compilar fue esta tercera parte originalmente titulada «Intimitats», si bien el subtítulo que lleva es «Impressions literàries sobre temes domèstics».

De esa edición de bibliófilo acabada en la Imprenta Vda. de J. Ferrer i Coll, se tiraron veintinueve ejemplares en papel de hilo, cuatro de ellos fuera de venta, más veinticinco ejemplares numerados y, según la justificación de tirada, «firmados por el autor» (lo cual no parece ni casualidad ni error tratándose de una autora como Víctor Català). En cambio, de la edición comercial se tiraron unos tres mil y la única diferencia fue que se encuadernó con una cubierta distinta en la que, en lugar del sello de Llibreria Dalmau (Passeig de Gràcia, 80) figuraba el de Dalmau i Jover. Pero la diferencia más significativa es que en la edición de bibliófilo esta edición se consignaba como el primer título perteneciente a una Biblioteca Nova Renaixença tanto en la portada como en la cubierta y la contracubierta, mientras que en la edición comercial solo aparecía esa mención en la portada.

De nuevo, el motivo parece ser la censura, que vetó el nombre de la colección cuando el editor Rafael Dalmau (1904-1976) la propuso, así que con el interior ya impreso debió de encuadernar la tirada con una nueva cubierta de la que desapareciese la mención a La Nova Renaixença y, sobre el mismo logo, apareciera una a Biblioteca Literaria Catalana, que así fue como finalmente decidió llamar a la colección.

Rafael Dalmau se había iniciado como editor poco antes de la guerra civil, y en unas iniciales Edicions Mediterrània (en la calle Mallorca, 95) tuvo tiempo de publicar libros iniciales de colecciones diversas: L’empeltament dels arbres fruiters, de Oscar Bonfiglioli, con muchas ilustraciones en blanco y negro, El Sis d’Octubre des del Palau de Governació, de Josep Dencàs (1900-1966), una traducción del propio Dalmau de Pilsudski, de Sigismomd Stanislav Klingsland, con prólogo de Rafael Cardona (1890-1943) y Les aventures de Marcel, de Antoni Jaume y con ilustraciones de J. Altamira. No fue hasta el término de la guerra que este militante de Estat Català y de Unió Catalanista pudo reincorporarse al mundo del libro, inicialmente como librero.

Al Mosaic III de Víctor Català con el que se inició la Biblioteca Literaria Catalana le siguieron Cromos de la vida noucentista. (Memòries d’un barceloní), de Joaquim M. Nadal (1883-1972), Memòries d’un antiquari, novela del propio Rafael Dalmau; el poemario Urània o la música de les esferes, de Agustí Esclassans (1895-1967), y la novela de Josep Ribalta Clos (1890-1966) Jaume Farell.

Para que se completara el Mosaic III tal como la autora lo concibió originalmente hubo que esperar a la edición de 2021 que Agnès Prats y Blanca Llum Vidal prepararon para Club Editor, que dio pie tanto a una cierta reinterpretación de esta obra como a una revisión de la imagen pública de Víctor Català.

Fuentes:

Pilar Arnau i Segarra, «Paratextos en el discurs literari català durant el franquisme: censura i compromís en els pròlegs de Josep Maria Llompart», Journal of Catalan Studies, núm. 17 (2014), pp. 90-113.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L’edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat,1991.

Tomás Garcés, «Conversa amb Victor Català», Revista de Catalunya, núm. 26 (agostp de 1926), pp. 126-134.

Irene Muñoz i Pairet, «Epistolari entre Francesc Matheu i Víctor Català (1902-1934)», Actes del XVIIè Col·loqui de l’Associació Internacional de Llengua i Literatura Catalana (València, 2015), pp. 403-411.

La editorial Ciencia Nueva y las estrategias censorias

En su impresionante análisis de Los estudios literarios en Argentina y España, Max Hidalgo destaca a la editorial Ciencia Nueva como fundamental en la introducción en España de unos determinados textos estructuralistas que marcaron muy definitivamente el tipo de recepción y la incidencia de éste en el campo literario peninsular; y ya antes, Francisco Rojas Claros había descrito esta singular empresa de vida breve (1965-1970) como «pionera en cuanto a publicación de libros de corte marcadamente político e ideología marxista disidente con los postulados tradicionales del régimen [franquista]» y Carmen Menchero de los Ríos la había definido como «un caso ejemplar del recurso al ordenamiento jurídico como coartada para la acción punitiva de las instituciones sobre la producción cultural.».

La estructura empresarial de Ciencia Nueva ya es indicativa de algunas iniciativas eminentemente colaborativas que empiezan a abundar en el sector editorial español a mediados de los años sesenta: la crean con un capital declarado —al parecer sin correspondencia con la realidad— de quinientas mil pesetas una docena de estudiantes vinculados a la Universidad Complutense de Madrid ideológicamente próximos al Partido Comunista de entre los que algunos tendrán luego una trayectoria profesional muy notable en el ámbito de la cultura, como es el caso de la socióloga Valentina Fernández Vargas (n. 1940), el luego editor de Turner José Esteban (n. 1935), el poeta y más tarde fundador de la editorial Hyperion Jesús Munárriz (n. 1940), la dramaturga y narradora Lourdes Ortiz (n. 1943), la historiadora y traductora María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida (1937-2022) o el dirigente comunista por entonces en la clandestinidad y más tarde diputado en la primera legislatura posfranquista Jaime Ballesteros (1932-2015). Y a este núcleo inicial se sumarían además enseguida otros intelectuales emergentes destacados, como los filósofos Gustavo Bueno (1924-2018) y Manuel Sacristán (1925-1985), el jurista Roberto Mesa (1935-2004) o los historiadores Valeriano Bozal (n. 1940) y Antonio Elorza (n. 1943).

Hay un consenso en situar Ciencia Nueva un una tendencia a la creación de pequeñas editoriales con un marcado compromiso con la renovación ideológica cuyo público potencial eran unos sectores de jóvenes universitarios, cada vez más amplios, y a la que en muchos casos caracteriza una estructura empresarial y unos sistemas de distribución que se apartaban por completo de las convenciones de la época y de las que son ejemplo la evolución que estaban teniendo Ariel (n. 1942), las barcelonesas Terra Nova (1958-1978), Estela (1958-1971) y su continuadora Laia (1972-1989) y empresas como Edicions 62 (n. 1962), ZYX (1963-1968) o Edicusa (1965-1978), a las que a finales de la década se añadirían aún otras como la Lumen de Esther Tusquets (1936-2012) y sobre todo Kairós (n. 1964), Anagrama (n. 1969) o Tusquets Editores (n. 1969).

La creación en octubre de 1965 de la editorial —que se estrena con el libro publicado originalmente en inglés en 1939 Ciencia y política en el mundo antiguo, del erudito irlandés Benjamin Farrington (1891-1974), y con La evolución de la sociedad, del filólogo y arqueólogo australiano Vere Gordon Childe (189-1957), cuya edición original en inglés era de 1951—, se anticipaba en poco a cambios significativos en la legislación sobre censura, y en particular a la promulgación de la Ley de Prensa e Imprenta de marzo de 1966 (conocida popularmente como «ley Fraga» y que venía a sustituir una de 1938; esto es: redactada durante la guerra civil). Tal circunstancia hizo que, como todas las editoriales ya en activo, Ciencia Nueva tuviera que solicitar el prescriptivo número del Registro de Empresas Editoriales, cosa que hizo en febrero 1967 y se topó entonces con un silencio que no se rompería hasta marzo de 1969, cuando le fue denegado alegando falta de información sobre los miembros de la editorial e insuficientes datos acerca del patrimonio de la empresa en lo que Carlota Álvarez Maylín ha descrito como «uno de los procesos más importantes» entre las editoriales y la administración del tardofranquismo. Se entró entonces en un proceso de negociación que hizo que incluso después de desaparecida la empresa el asunto aún estuviera pendiente de resolverse. Esto hizo que Ciencia Nueva, que tuvo muy buena acogida tanto entre los lectores como entre la prensa de izquierda, fuera durante toda su trayectoria muy vulnerable a la acción de la censura.

El catálogo de Ciencia Nueva fue construyéndose sobres cuatro colecciones nacidas casi simultáneamente: la inicial Ciencia Nueva, Los Complementarios (dirigida por Ballesteros en cuanto salió de una estancia en prisión), que se estrenó en 1966 con Cine español en la encrucijada (1966), de César Santos Fontenla (1931-2001), Cuadernos Ciencia Nueva, cuyo primer título fue Cervantes humanizado, del poeta y ensayista Ramón de Garciasol (Miguel Alonso Calvo, 1913-1994) y el editor y traductor Arturo del Hoyo (1917-2004) y Clásicos Ciencia Nueva, que arranca al año siguiente con una edición a cargo de Jesús Munárriz de En defensa de las Cortes, con dos apéndices, uno sobre la Libertad de Imprenta y otro en Defensa de los Derechos de Reunión y Asociación de quien fuera diputado en las Cortes de Cádiz Álvaro Flórez Estrada (1766-1853). A ellas se añadiría en 1968 la colección Las Luchas de Nuestros Días, que se estrenó con un título de quien dirigía la colección, Roberto Mesa: Vietnam, conflicto ideológico.

Billete de 25 pesetas con el retrato de Flórez Estrada.

A estas habría que añadir aún El Bardo, la valiente colección de poesía creada en 1964 por José Batlló (1939-2016) y que en su periplo por diversas editoriales, en 1967 recayó durante unos años en Ciencia Nueva a partir del número 36 de la colección (Epopeya sin héroe, de Rafael Soto Vergés).

Tras un perspicaz análisis del catálogo, Rojas Claros describe su contenido como «los límites de lo editable» en el contexto de esa época de modernización de la censura y subraya la enorme cantidad de títulos que se presentaban a consulta previa (para evitar un secuestro posterior, que sus debilidad económica no hubiera podido soportar) con la esperanza de que algún porcentaje de los títulos fuera autorizado. Así pues, la censura franquista operaba contra Ciencia Nueva por dos caminos que también padecieron otras editoriales pequeñas y de rasgos similares: por un lado, obligándolos, en la práctica (aprovechando que financieramente no podían resistir los secuestros administrativos de ejemplares) a presentar a censura previa todo aquello que pretendieran publicar (pudiendo en tal caso obligar a cambios en el título, supresiones de pasajes o prólogos o incluso alteraciones de las tiradas previstas), y por otro lado denegando, simple y llanamente, la autorización para publicarlos. Explica Carmen Menchero de los Ríos (quien abordó ya el asunto en su Memoria de Suficiencia Investigadora): «De un total de doscientos títulos proyectados en la historia de la editorial, topó con la denegación de cuarenta y seis obras y se vio obligada a realizar mutilaciones en el texto de otras treinta y cuatro, atendiendo a las “tachaduras” del cuerpo de lectorado».

Rojas Claros ofrece de ello algunos ejemplos muy ilustrativos: En abril de 1965 censura deniega a Ciencia Nueva autorización para publicar Lengua libre y libertad lingüística, del académico Benvenuto Terracini (1886-1968), atendiendo a una nota firmada el 31 de marzo de ese año por el jefe de la Oficina de Enlace, Luis Santiago de Pablos, y dirigida a los Servicios de Orientación Bibliográfica, según la cual «hasta nueva orden, no se admitirá para su publicación en España obra alguna que haya sido editada por Einaudi», lo cual sin duda tiene que ver con la publicación en la combativa editorial de Giulio Einaudi (1912-1999) de los Canti della nuova resistenza spagnola (1939-1961) (1962), en el que miembros del grupo musical Cantacronache compilaban veintiséis canciones y tres poemas antifranquistas recogidos durante su gira por España en 1961. Es decir, se les impedía publicar ese título a modo de venganza contra una editorial italiana no afecta al régimen franquista.

A este todavía añade Roja Claros los casos del Ensayo sobre la concepción monista de la historia, de Gueorgui Plejánov (1856-1918) en noviembre de 1966, los de Hombre y evolución (que en México había publicado Grijalbo ya en 1962) y Socialismo e individuo de John Lewis en enero del año siguiente e incluso el de Las luchas de clases en Francia, de Marx y Engels, en el que no valieron nada las alegaciones del carácter de clásico y se les obligó a eliminar tres citas de Lenin del texto y un pasaje en el texto de contracubierta, y el caso es que se solicitaba autorización para hacer tres mil ejemplares a quince pesetas y finalmente se hicieron solo quinientos a sesenta pesetas (ya en los años cuarenta el hecho de que un libro fuera caro era un argumento para autorizarlo, pues se presuponía que de ese modo no llegaría a manos de lectores de poco o mal criterio).

En el aspecto más formal, los libros de Ciencia Nueva vienen marcados por la impronta que les dan los primeros trabajos como diseñador gráfico del polifacético Alberto Corazón (1942-2021), quien entre 1960 y 1965 había cursado Sociología y Ciencias Económicas en la Universidad Complutense y en esos años hace su gran despegue como uno de los grafistas más interesantes del sector editorial español y poco después dará nombre a la editorial que recoge el testimonio de Ciencia Nueva: Alberto Corazón Editor.

Fuentes:

Carlota Álvarez Maylín, «El Registro de Empresas Editoriales: la censura en la Ley de Prensa e Imprenta de 1966», Studia Historica. Historia Contemporánea, núm 38 (2020), pp. 297-326.

Max Hidalgo Nátcher, Los estudios literarios en Argentina y en España. Institucionalización e internacionalización. 1 Teoría en tránsito. Arqueologóa de la crítica y la teoría literaria españolas de 1966 a la posdictadura, Ciudad de Santa Fe, Ediciones Universidad Nacional del Litoral, 2022.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disidentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 809-834.

Francisco Rojas Claros, «Una editorial para los nuevos tiempos: Ciencia Nueva (1965-1970», Represura, (enero 2017), publicado originalmente en «Revista Historia del Presente, Departamento de Historia Contemporánea de la UNED, Madrid, 2005, pp. 103-120.

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), San Vicent del Raspeig, Publicacions Universitat d’Alacant, 2013.

Exilio y edición de literatura juvenil: Herminio Almendros y Ruth Robés Masses

Con motivo de la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el año 2010 se reeditó uno de los libros infantiles más exitosos en la isla, Había una vez…, en esa ocasión con la participación de una treintena de ilustradores entre los que se contaban Bladimir González, Vicente Rodríguez Bonechea y Yahilis Fonseca.

Herminio Almendros.

El libro aparecía firmado por el pedagogo de origen español Herminio Almendros (1898-1974), que se había estrenado como autor en tiempos de la Segunda República Española. Poco después de aparecer en las Publicaciones de la Revista de Pedagogía su primer libro, La imprenta en la escuela. La técnica Freinet (1932), Almendros se encontraba en Arán formando parte de una de las célebres Misiones pedagógicas con su compañero Alejandro Rodríguez (1903-1965), cuando se enteraron de que ambos habían planeado presentar candidatura al Premio Nacional de Literatura de ese año con las adaptaciones de cuentos tradicionales y folklóricos que acababan de leer para los habitantes de la zona. Ante semejante coincidencia, Herminio Almendros decidió desistir, y su compañero, que firmaba entonces como Alejandro Rodríguez «Casona», obtuvo el galardón con Flor de Leyendas, que publicó Espasa Calpe en 1933 con ilustraciones de Francisco Rivera Gil (1899-1972) y desde entonces se reeditó en numerosas ocasiones e ilustrado por firmas tan insignes como Faustino Goico-Aguirre (1906-1987) o Gori Muñoz (1906-1978).

Por su parte, Almendros publicó su Pueblos y leyendas en la barcelonesa Seix Barral, que la reimprimió también en numerosas ocasiones si bien más adelante Almendros le cambiaría el título por el de Oros viejos.

Al término de la guerra civil, durante la que había participado en el Consell de l’Escola Nova Unificada y en la Comissió Tècnica de Material Escolar i Pedagògic de la Generalitat de Catalunya, Herminio Almendros cruzó los Pirineos en compañía de su amigo Josep Ferrater Mora (1912-1991), dejando en Barcelona a su familia (con la que tardaría diez años en rencontrarse). Poco después, ayudado por Casona, se embarcó con destino a Cuba, donde no se le reconocieron sus titulaciones y tuvo que cursar estudios en la Universidad de Oriente en Santiago, de donde en 1952 se doctoró con una tesis sobre La inspección escolar. Sin embargo, ya en los años cuarenta impartió clases en la Escuela José Miguel Gómez y en la Escuela Libre de La Habana, para después intentar crear un colegio en el Vedado, asociado a los exiliados españoles Francisco Alvero Francés (1904-1989), con quien elaboró diversos libros de enseñanza de lengua española, y Julio López Rendueles (1893-1986) que tuvo corta duración. También en esos años se dedica a la traducción de textos pedagógicos para la Editorial Cultural S.A. (surgida en 1926 de la unión de las librerías Cervantes de José López Serrano y la del español Ricardo Veloso La Moderna Poesía).

En colaboración con Ruth Robés Massés, habían creado con el apoyo de la Editiorial Selecta Ronda: la revista de los niños, que inicia su andadura en octubre de 1941 pero desaparece al año siguiente. Formada en la Escuela Normal para Maestros, Ruth Robés llegaría con el tiempo a ser directora de la escuela municipal femenina Alfredo M. Aguayo, pero el advenimiento de la revolución truncaría esa trayectoria.

Existen unos cuantos libros escritos a cuatro manos por Herminio Almendros y Ruth Robés Massés. De 1949 es Salud y seguridad, un curso de higiene y fisiología humanas para cuarto grado y del año siguiente el título equivalente para quinto grado, ambos publicados en la robusta Editorial Cultural S.A. Mayor interés para lo que nos atañe aquí tiene la anterior Cuentos y poemas para la escuela (1945), publicada por la misma editorial.

El año siguiente Herminio Almendros y Ruth Robés publican, ilustrado por la maestra y librera Rebeca Robés Masses, lo que Omar Felipe Mauri Sierra calificó como «el mayor best seller de los niños cubanos», Había una vez…, una amplia selección de textos de tradición oral que inicialmente fue contratado por la Cultural con el título Cuentos y poemas para la escuela (se publicó con el subtítulo «Cuentos y poemas para el hogar y la escuela»), lo cual quizás explique que a menudo esa primera edición se haya pasado por alto.

Lo sorprendente —o en realidad no tanto— es que después de la quinta edición (de 1960), el nombre de Ruth Robés desaparece de las cubiertas de las ediciones de este libro, si bien hay constancia de que recibía los derechos de autor que le correspondían. Sin duda, es un peculiar caso de censura que recayó sobre la obra de Robés, pero no el único y tampoco resulta fácil de explicar.

Uno de los cuentos originales más conocidos de esta autora, «Las navidades de Higinio», se había incluido en el volumen colectivo Navidades para un niño cubano, una amplia recopilación de piezas teatrales, cuentos y poemas publicada por la Dirección General de Cultura el 15 de diciembre de 1959 (recién derrocado Batista). En este relato se pone de manifiesto ya el contraste entre los años republicanos y los revolucionarios, y se alude directamente a «la lucha contra la tiranía asesina», pero aun así la autora se vio impelida a exiliarse a Estados Unidos y su nombre desapareció del exitoso Había una vez…, mientras que la mencionada compilación navideña desapareció rápidamente y no volvió a ser reeditada (acaso por su excesiva connotación religiosa a ojos de las nuevas autoridades culturales).

Por su parte, el exiliado republicano español Herminio Almendros prosiguió su labor tanto en el campo de la pedagogía como en el de la creación literaria, pero además, mientras Había una vez… iba reimprimiéndose a su nombre, en 1962 Armando Hart Dávalos le nombra director de la Editorial Juvenil, adscrita a la Editorial Nacional de Cuba, y ocupó este cargo hasta la desaparición de ésta en 1967 (cuando se reconvirtió en la Editorial Gente Nueva) y además publicó en ella Pasteur y Finlay (1963), Cuentos de animales (1963), Cosas curiosas de la vida de algunos animales (1964), Estupendas excursiones de los animales (1964) y El gallo de boda (1965). Se trataba del primer sello en Cuba dedicado en exclusiva a la literatura destinada a niños y jóvenes, y difícilmente podría encontrarse profesional más cualificado para poner al frente de la misma.

Se ha señalado como modelo o referencia de la labor llevada a cabo por Almendros en esta editorial La Edad de Oro, una revista infantil de la que entre julio y octubre de 1889 habían aparecido apenas cuatro números (si bien en 1921 se había publicado en volumen en Costa Rica), pero cuyo autor único se encontraba entre los mayores intereses de Almendros: el escritor y político cubano José Martí (1853-1895). Entre otros textos dedicados a Martí, en1956 la Universidad de Oriente le había publicado a Almendros A propósito de «La Edad de Oro», de José Martí. Notas sobre la literatura infantil, y en 1959 el Ministerio de Cultura En torno a la Edad de Oro, de José Martí (como cuarto número de las Publicaciones para Maestros).

Con el objetivo de poner al alcance de niños y jóvenes lo más selecto de la tradición narrativa universal, Almendros creó un notable equipo del que formaron parte entre otros Renée Méndez Capote, que tradujo y adaptó el Ivanhoe (1965) de Walter Scott y adaptó El último de los mohicanos (1966), de Fenimore Cooper, además de publicar su propia obra (Relatos heroicos en 1965 y Dos niños en la Cuba colonial al año siguiente); Anisia Miranda, autora de Becados (1965) y Mitos y leyendas de la antigua Grecia (1966), antes de convertirse en destacada colaboradora del semanario infantil Pionero (1966-1967); o el periodista y prolífico corrector nacido en la ciudad catalana de Mataró José Elizalde Manent (1902-1988), que firmaba como Santiago Velasco (ocasionalmente como J.E. Manent) y que en los años cuarenta había dirigido la revista Combate (órgano de la Asociación de Excombatientas Antifascistas Revolucionarios) y en los cincuenta había sido el administrador de la revista ácrata Estudios. Mensuario de la Cultura, cuyo consejo de redacción incluía a Marcelo Salinas, Abelardo Iglesias y Roberto Bretau. En 1944, Santiago Velasco había sido uno de los fundadores de la Alianza de Intelectuales Antifranquistas de Cuba, junto con el periodista José Luis Galbe (1904-1985), el poeta y escritor Juan Chabás (1900-1954) y el propio Herminio Almendros.

Fuentes:

Néstor Almendros, «Perseguido en España, olvidado en Cuba», El País, 13 de marzo de 1986.

Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez, «Apuntes sobre la censura de autores y libros de literatura infantil en Cuba (1960-1985)», MiauBlog, Literatura, lectura, libros para niños y jóvenes, 15 de septiembre de 2022.

Maritza Carrillo Gibert, «Vigencia de Herminio Almendros en la tradición pedagógica cubana», en la web de la Asociación Cultural Torre Grande Almansa, 7 de octubre de 2007, pp. 125-133.

Carmen Diego Pérez, «Las bibliotecas del Patronato de Misiones Pedagógicas en la provincia de Palencia: dotación y depuración de fondos», segunda parte de «Un caso paradigmático de represión cultural: Depuración de bibliotecas escolares en la provincia de Palencia durante la guerra civil española», Represura, núm 7 (2011).

Jorge Domingo y Róger González, Sentido de la derrota. Selección de textos de escritores españoles exiliados en Cuba, Bellaterra, Associacio d’Idees-Gexel, 1998.

José Gómez Cortés, «Herminio Almendros y la generación del 27. Algunas cartas inéditas desde su exilio cubano», web del I.E.S. Herminio Almendros de Almansa.

Jesús Gómez Cortés, Antoni Petrus Rotger, Isabel Cantón Mayo y Martí Teixidó Planas, «Centenario de Herminio Almendros. Un personaje del pasado, una figura del presente, una referencia para el futuro», número monográfico de los Cuadernos de Estudios Locales de Almansa, núm. 14 (febrero de 2001).

José Mª Hernández Díaz, «Un exponente de la pedagogía española en el exilio: Herminio Almendros y la edición en Cuba», Revista de Educación, núm. 309 (1996), pp. 217-237.

Omar Felipe Mauri Sierra, «La isla de los niños», en Mª Teresa González de Garay y Juan Aguilera Sastre, eds., El exilio literario de 1939. Actas del congreso celebrado en la Universidad de la Rioja del 2 al 5 de noviembre de 1999.    Pp. 451-458.

Héctor E. Paz Aguilar, «Herminio Almendros, maestro, pedagogo, escritor…», Invasor, 6 de diciembre de 2021.

Enrique Pérez Díaz, «El misterio de Había una vez…», Cubainformación, 20 de marzo de 2021.

Joel Franz Rosell, «La literatura cubana para niños y jóvenes: un inesperado fruto de la revolución», Revue l’Autre Amérique, 18 de enero de 2022.

Ferran Zurriaga, «Heminio Almendros, un maestro», Triunfo, Año XXIX, n. 637 (14 diciembre 1974), pp. 60-61.

El ecléctico catálogo de la Editorial Plenitud de José Ruiz-Castillo Basala

Del año 1955 es la curiosa edición de Cosas del fútbol, prologada por el escritor y académico de la lengua José María de Cossío (1892-1977) y obra del no menos curioso Pablo Hernández Coronado (1897-1977), quien, tras su paso como portero por el Stadium y la Real Sociedad Gimnástica Española, se había dado a conocer en las filas del Real Madrid a partir de 1919. Tras su no muy brillante carrera bajo palos, se convirtió en árbitro (se hizo famoso por expulsar a cinco jugadores de un mismo equipo), en secretario técnico del Real Madrid, en directivo del mismo club (se le atribuyen los fichajes de Zamora y Samitier), en episódico entrenador (en único partido, que el Madrid perdió ante el Valencia por 0-1), en coyuntural seleccionador nacional (en el Mundial de Chile, 1962; no pasó primera ronda, tras perder con Checoslovaquia, ganar a México y perder con Brasil), en crítico deportivo, en inspector de Hacienda, en tesorero de la Federación Española de Fútbol, en director del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas (es decir, de las quinielas, básicamente), en secretario de la Federación de Ajedrez… Aun así, es más probable que los lectores lo recuerden como uno de los personajes a los que Camilo José Cela hace aparecer en «Noventa minutos de rebotica» (en Café de artistas y otros relatos, 1953).

El libro en cuestión se publicó inesperadamente en la editorial Plenitud, creada hacia 1947 por Ruiz-Castillo Basala y que no había tardado en singularizarse por publicar a los grandes nombres de la conocida como Generación del 98. Del 14 de enero de 1947 es el contrato por el cual José Ruiz-Castillo Basala obtiene los derechos para editar y publicar en un volumen las obras completas de los hermanos Antonio y Manuel Machado, que aparece ese mismo año y del que escribe años después el editor en sus memorias:

El propósito de que se reencontraran los dos hermanos en una publicación conjunta de su respectiva obra poética personal y de la colaborada fue una de las razones que me movieron a proyectar las Obras completas de Manuel y de Antonio Machado, aparte, naturalmente, del éxito económico editorial que cabía esperar del intento, y que viene sucediéndose in crescendo durante el último cuarto de siglo transcurrido.

A este volumen machadiano seguirían obras de Unamuno y sobre todo de Valle-Inclán, pero concedió también espacio a otros autores, intervino en el proceso de canonización de algunos escritores latinoamericanos, se convirtió en el principal editor del folletinesco Darío Fernández Flórez (1885-1964) y con el tiempo llegaría albergar la obra de algunos poetas y narradores más jóvenes.

Publicar a censores de libros que tuvieran alguna influencia con el objetivo de lograr un mejor trato por parte de los órganos represores era una táctica que ya habían empleado algunos otros editores, y al mismo Fernández Florez ya le había publicado, sin duda con las mismas intenciones, José Janés en la editorial Ánfora (concretamente, el infumable cuadro representable La vida ganada). Sin embargo, el hecho de publicar a Fernández Flórez no impidió que Plenitud se viera envuelta en algunos conflictos con la censura, de la que este escritor había sido expulsado por Patricio González de Canales «por prestar servicios en la Vicesecretaría durante horas oficialmente incompatibles con las establecidas para la prestación de censura».

En el siguiente libro que publica Plenitud, las Obras escogidas de Ramón Gómez de la Serna, se hace más evidente la clara inspiración en el modelo de Manuel Aguilar en el diseño de unos volúmenes recopilatorios de obras de grandes autores, a menudo acompañados de un prólogo y de la reproducción de la foto y firma del escritor en cuestión, con un aspecto general lujoso y del que en muchas ocasiones se hacían tiradas numeradas de tres mil ejemplares (aunque posteriormente se reimprimieran).

De 1948 son las Obras completas de Santa Teresa de Jesús, prologadas por Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) con un prolijo ensayo («El estilo de Santa Teresa») y que reproduce incluso los elementos ornamentales de la edición príncipe que hiciera en 1588 el impresor Guillermo Foquel (quien en 1585, con Tratado llamado Camino de perfección, había empezado a publicar textos de la mística abulense), así como las obras completas del escritor argentino Enrique Larreta (1875-1961) y un curioso y muy apreciado libro que compilaba obras selectas de «Carlota, Emilia, Ana y Pablo» Brönte, acompañadas de un prólogo de Carmen Conde («El acontecimiento humano y literario de la familia Brönte») y un epílogo de Luisa Sofovich; el volumen, profusamente ilustrado, dio pie a una exposición intinerante y fue además premiada como el libro de literatura mejor editado en la Feria Internacional de Muestras de Barcelona. Con todo, mayor importancia tiene el proyecto iniciado ese año de publicar la obra completa de Ramón María de Valle Inclán (1866-1936).

Arranca este ambicioso plan con Flor de santidad y Corte de amor, pero de repente parece resfriarse el interés. En 1949 la obra más destacada en la Editorial Plenitud es la novela de Manuel Pombo Angulo (1914-1995) Sin patria; y sin rastro de la obra valleinclanesca.

Edición en Rúa Nova.

En un interesantísimo artículo en El pasajero, Juan Rodríguez analizó la atención que la censura prestó a la obra de Valle-Inclán, sobre todo a partir de 1942, cuando la editorial Rúa Nueva ya había publicado en dos lujosos volúmenes las Obras completas de don Ramón del Valle Inclán (que, como suele suceder, no incluía la obra completa y en este caso ni mucho menos). La aleatoria aplicación de criterios por parte de la censura explica que no fuera hasta 1954 cuando Plenitud pudo empezar a distribuir su edición, de tres mil ejemplares numerados, de las obras completas de Valle, que incluyen también el prólogo de la segunda edición que escribió Azorín y, en el segundo volumen, el de Jacinto Benavente.

También de esos años son las negociaciones, a través de José Ortega Spottorno, con Juan Ramón Jiménez (que por entonces tenía sus fondos en Argentina inmovilizados por el gobierno de Perón) para publicar su obra completa, pero en ese momento Plenitud no estaba en condiciones de afrontar la inversión que eso suponía. En 1950 sí salen en cambio las Obras selectas de Miguel de Unamuno prologadas por Julián Marías (1914-2005), así como el «poema dramático religioso» Asunción, de fray Mauricio de Begoña (1907-1987) con prólogo en verso del dramaturgo y guionista cinematográfico Luis Fernández Ardavín (1892-1962) y, sorprendente en cuanto al trato que le dio la censura, Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez, que Fernando Larraz describe como las «aventuras de una prostituta con cierta coartada picaresca y pseudoexistencialista» y como «la novela más erótica publicada en España durante muchos años».

De entre las obras publicadas en Plenitud el año siguiente, destacan La vida nueva de Pedrito de Andía, del falangista Rafael Sánchez Mazas (1894-1966), y sobre todo el lujoso Por tierras de Isabel la Católica, un libro con dibujos, óleos a color y textos del pintor de la generación del 27 Gregorio Prieto (1897-1992), con el que se conmemoraba el quinto centenario del nacimiento de la reina.

Junto al goteo de obra valleinclanesca (Tirano Banderas, La corte de los milagros, Viva mi dueño, Sonatas en 1954) el catálogo de Plenitud se va impregnando en los años sucesivos de la obra del entonces exitoso Fernández Flórez, de quien se publica La hora azul en 1953 y al año siguiente Alta costura. La máscara de la moda, que recibió un trato un poco más severo por parte de la censura, consistente en la supresión de algunos pasajes. A estas siguieron Memorias de un señorito (1956), Los tres maridos burlados (1957), Yo estoy dentro (1960), Nebulosa de un novelista (1966), etc., hasta llegar al volumen de Obras selectas (1967).

Otros títulos que quizá vale la pena consignar son, además de alguna obra suelta de Pedro Laín Entralgo (1908-2001) y José Luis López Aranguren (1909-1996),  El motor supremo (1957), del venezolano 1957 José Berti (1891-1960), una edición de las Tres novelas valencianas  (1958)  de Vicente Blasco Ibáñez (Arroz y tartana, La barraca, Cañas y barro) o los dos volúmenes memorialísticos del mexicano Manuel Maples Arce (1900-1981), A orillas de este río, ilustrado por el célebre fundador del Taller de Gráfica Popular Leopoldo Méndez (1902-1969), y Soberana juventud, ambos en 1967.

Fuentes:

Jacqueline Hurtley, «In a Mirror, Darkly: Darío Fernández-Flórez, the Writer as Censor as Writer», en Catherine O’Leary and Alberto Lázaro, eds., Censorship across Borders, Cambridge Scholars Publishing, 2011, pp. 131-141.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

José Ortega Spottorno, «Un gran amigo del libro», El País, 3 de agosto de 1991.

Juan Rodríguez, «Valle-Inclán y la censura franquista I: 1939-1955», El Pasajero; posteriormente en Cuadrante: revista da Asociación Amigos de Valle-Inclán, núm. 4 (2002), pp. 23-34.

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972 (edición no venal).

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-318.

Raquel Sánchez García, «José Ruiz-Castillo, editor de la Edad de Plata», Castilla. Estudios de Literatura, 27 (2012).

Edición en la célebre colección Reno, años después y con una ilustración más «atrevida», de Alta costura.

Luis Martos Lalanne, escritor de informes de censura de libros

En la jugosa lista de censores que Fernando Larraz mencionó en Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, aparece el general de división Luis Martos Lalanne (1906-1982) como «el más prolífico» en la redacción de informes de lectura de textos novelísticos para este órgano represor, si bien ejerció solo estas tareas entre 1971 y 1975, y se le caracteriza en el desempeño de sus funciones como «atrabiliario, rústico, cerril y dogmático» y «el más despectivo con la literatura experimental».

En junio de 1934, su nombre aparece en el Memorial de Ingenieros del Ejército como perteneciente a la promoción 109, salida en julio de 1927 (cuando tenía veintiún años) y en la que obtuvo el número 20; uno de sus primeros destinos fue en la Agrupación de Radiotelegrafía y Automovilismo en África, hasta que el 17 de octubre de 1932 Manuel Azaña (1880-1940) firma como ministro de la Guerra la destinación de Martos al Centro de Estudios Tácticos de Ingenieros, que había obtenido por concurso.

Un poco antes de la guerra civil española, el 26 de mayo de 1935, el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra consigna su pertenencia a la sección de contabilidad de la tercera división e informa que ha quedado sin destino.

 Al iniciarse el golpe de julio de 1936 Martos era capitán de Ingenieros y se encontraba destinado en la Escuela Superior de Guerra, pero cuando en marzo de 1937 se crea la Junta de Movilización, Instrucción y Recuperación, dedicada al reclutamiento de combatientes para el bando franquistas, Martos figura como presidente de la Secretaría entre mayo y septiembre de ese año. Allí se dedicó a «la tramitación de asuntos y documentación de carácter general, y de los de índole secreta o reservada, así como del control de entrada y salida de documentación para la Jefatura», según explican Molina Franco, Sagarra Renedo y González López en su estudio de esta junta. Sin embargo, a finales de 1938, coincidiendo con la autorización para lucir sobre el uniforme la insignia de la Orden Mehdauía (de la que era oficial), se le destina al Ejército de Levante.

Unos años posterior, de 1942, es una colaboración suya en Ejército. Revista ilustrada de las Armas y Servicios del Ministerio del Ejército, en el que se le presenta como comandante de Ingenieros del Servicio de Estado Mayor y donde establece las razones de los éxitos de Hitler e interpreta la segunda guerra mundial como «una continuación de nuestra Cruzada». No es descartable ni mucho menos que anden por ahí algunos otros textos suyos de esos años. Se sabe también que en julio 1964, siendo general de brigada, se le otorgó la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, y que en noviembre de ese mismo año presidió la comisión interministerial creada para evaluar la situación de los marroquíes que habían combatido en las filas franquistas durante la guerra.

Al margen de novelas, cuyos informes emplea y cita Larraz reiterada y generosamente (para deleite del lector), también se ocupó Martos de informar acerca de ensayos políticos, como fue el caso de la traducción de Daniel Iríbar Velasco de La civilisation au Carrefour, coordinado por el filósofo checo Radovan Richta (1924-1983), publicada originalmente por las parisinas Éditions Anthropos en 1968 y que Artiach Editorial preveía publicar en España con un prólogo del sociólogo y militante comunista José Daniel Lacalle Sousa. En su informe de finales de 1971 Martos aceptaba su publicación sin tachaduras argumentando que se trataba de un «espantoso mamotreto» en el que «quizás alguna frase pudiera mejorarse», y consideraba el texto introductorio «tan oscuro como la obra que prologa». Así pues, en febrero de 1972 empezó a distribuirse una edición de 3000 ejemplares de este título. Sin embargo, esta actitud mostrada aquí por Martos de tolerar aquello que no comprendía, consideraba en exceso complejo o le aburría, no siempre la mantuvo, ni al informar acerca de ensayos políticos ni al hacerlo sobre novelas.

De esas mismas fechas es su informe acerca de Pedagogía del oprimido, del filósofo y pedagogo brasileño Paulo Freire (1921-1997) presentado por tres editoriales distintas antes de que se la autorizaran a Siglo XXI, ya en mayo de 1975. En el informe que redactó en noviembre de 1971 Martos, confiesa: «Este libro, o es un camelo, o está tan por encima de la comprensión y conocimientos del lector que suscribe, que no hemos podido entender NI UN SOLO PÁRRAFO». Y aun así, recomienda su prohibición.

Otro argumento no menos curioso es suponer que ciertas obras sólo las leerán marxistas previamente convencidos, por lo cual su capacidad proselitista y por tanto su «peligrosidad» es nula. Fue el caso por ejemplo del Gramsci del filósofo francés Jacques Texier (1932-2011), que la editorial Seghers había publicado en 1966 y Artiach intentó publicar en 1971. Según el informe de Martos, fechado en marzo de ese año, se trataba de un libro que «sólo puede ser leído y entendido por alguien que ya sea marxista, o mejor dicho filósofo del marxismo», y no obstante eso no recomienda su autorización debido a su «contenido totalmente marxista». En marzo de ese año fue denegada la autorización para publicar esta obra.

Un caso un poco similar pero con una conclusión en sentido contrario es el de una Introducción al pensamiento de Gramsci, del filósofo y militante comunista José María Laso Prieto (1926-2009), que presentó a censura la editorial Ayuso en enero de 1973 y de la que en un informe fechado el 30 de ese mes escribe no sin cierta gracia Martos: «El que sea capaz de leer esta obra y enterarse, o bien es un estudioso profundo e imparcial, o un marxista convencido de antemano. El libro puede pues hacer poco o ningún daño.» Aunque con algunas tachaduras, la obra se publicó en septiembre de ese año prologada por el entonces marxista heterodoxo Gustavo Bueno (1924-2006).

Aunque a la barcelonesa editorial Ariel ya se la habían prohibido a principios de ese mismo año, en otoño de 1971 volvió a llegar a censura Las Panteras Negras hablan, del historiador de los movimientos sociales Philip S. Forner (1910-1994), en esta ocasión presentada por la ya mencionada y combativa Artiach. Este libro había dado ocasión, en su primera consulta, a que Martos concluyera su informe haciendo gala de su exuberancia y vehemencia verbal: «En resumen y aparte de los insultos a España, todo el libro es puro comunismo superrevolucionario predicando violencia». Obviamente, la autorización fue de nuevo denegada.

En contraste, del año siguiente es un enfático informe aprobatorio acerca de El escandaloso aquelarre de Larraitz (1972), recopilación debida a Bartolomé de Armuñota acerca del festival de 1971 que tuvo lugar en Larraitz y que la prensa más retrógrada consideró poco menos que un apocalipsis hippie. Una vez presentada a Censura por Fuerza Nueva Editorial, escribe Martos: «El libro es ultraderechista, ultracatólico y ultra-antiseparatista vasco, ultra españolista y todo eso. Cosa que estimamos hace mucha falta en nuestros días para defender nuestra civilización contra las corrientes disolventes tan conocidas». Debido a todo ello, no se conforma con rematar su informe con expresiones lexicalizadas o más o menos formularias, sino que lo considera «ABSOLUTAMENTE AUTORIZABLE».

Y no es que se ensañara en particular con el nacionalismo vasco, sino que incluso se explaya entre jocoso e intolerante en relación a Canarias, región polémica, del abogado Antonio Carballo Contada (1936-1977), cuando Edicusa (Cuadernos para el Diálogo) la presenta en julio de 1972:

para pedir, los canarios tienen la boca como buzón de Correos, e incluso si se les llevara la capital de España a las islas, les parecería poco. Sentimos mucho que no les guste la Ley [sobre régimen económico y fiscal de las islas], pero tampoco les gusta a los quinquis la Ley de Orden Público y ahí está. España está por encima de los regionalismos.

El españolismo radical de Martos está fuera de toda duda, y vuelve a ponerse de manifiesto en el complejo trámite de Hablando con los vascos, del periodista Martín Ugalde (1921-2004) y presentada por la barcelonesa editorial Ariel, en el que se este censor se indigna sobre todo con la entrevista a J.M. Barandiarán porque en ella éste protesta «de que le hayan obligado a aprender español y le llama crimen a eso», aunque considera que en realidad todo el libro «está escrito con verdadera mala intención». El texto inició un periplo de tachaduras y negociación de las mismas, de idas y venidas de la editorial a censura, pero finalmente, amputado, pudo ver la luz.

Ugarte volvió a toparse con Martos a raíz de la presentación por parte de la editorial Seminarios y Ediciones de su Síntesis de Historia del Pueblo Vasco a consulta voluntaria, y en la que se le pidió que la mutilara a consciencia; después de presentarse a depósito, finalmente pudo distribuirse a partir de junio de 1974.

El mes siguiente apareció la Pequeña antología política de Gramsci preparada por el filósofo marxista Juan Ramón Capella y presentada a censura por la editorial Fontanella, que a juicio del ínclito militar metido a censor no incluye sino «Ataques groseros y violentos al capitalismo. No es un estudio filosófico y de altura del marxismo sino una serie de artículos cortos de propaganda.». Fue finalmente autorizada mediante silencio administrativo y publicada en julio de 1974. Ese mismo mes firmaba el dictador el decreto por el que Martos pasaba a la reserva, pero eso no impidió que siguiera redactando informes para censura (quizá le cogiera el gusto, ya fuere a la indigna labor o a la retribución que ésta le reportaba).

Ya muerto Franco, Anagrama presentó a depósito directo en diciembre de 1975 la antología preparada por el filósofo comunista Francisco Fernández Buey (1943-2012) Debate sobre los consejos de fábrica, con textos de Gramsci y de Amadeo Bordiga (1889-1970), que se consideró que chocaba con el ignominioso decreto antiterrorista de 1975 (Decreto-Ley 10/1975 de 26 de agosto), que entre otras cosas facilitó el indecente cierre de publicaciones periódicas como Destino, Posible y Cambio 16 y que se dirigía tanto «contra los grupos u organizaciones comunistas, anarquistas, separatistas» como contra «aquellos otros que preconicen o empleen la violencia como instrumentos de acción política y social» y quienes «públicamente, sea de modo claro o encubierto, defendieren o estimularen aquellas ideologías». Esto hizo que la obra en cuestión fuera secuestrada por el TOP (Tribunal de Orden Público) y no pudo comercializarse hasta finales de septiembre de 1976. En su informe, del 2 de diciembre de 1975, Martos equipara los consejos de fábrica con los sóviets y con las Comisiones Obreras españolas y describe el contenido del libro como «propaganda comunista evidente».

En el ámbito de la poesía, pues Martos toca todos los palos, quizá los autores más conocidos sobre los que informó fueran Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) y Gabriel Celaya (1911-1991). En consulta voluntaria, ya se le había denegado a Llibres de Sinera autorización para las Coplas a la muerte de mi tía Daniela de Vázquez Montalbán en 1970, pero aun así más adelante el poeta y editor José Batlló (1939-2016) presentó a depósito una versión con ciertas variantes y Martos firmó el 6 de julio de 1973 un informe en el que lo describía como «versos sin pies ni cabeza, pero en los que hay alusiones a personas existentes, y alguna obscenidad que deberían ser corregidas». El asunto se resolvió con un silencio administrativo, de modo que la obra pudo distribuirse.

Un poco más complejos son los casos de Rapsodia euskara, de Gabriel Celaya, que en 1961 había publicado la Biblioteca de los Amigos del País como número 16 de la Colección Monografías Vascongadas con ilustraciones de Santos Echeverría, y Baladas y decires vascos, de la que en 1965 la colección El Bardo de José Batlló había publicado una edición sensiblemente perjudicada por los cortes censorios. En 1968 apareció, también censurada y en El Bardo (en la editorial Ciencia Nueva), una edición titulada Canto en lo mío (Rapsodia euskara-Baladas y decires vascos),que en 1973 intentó publicar íntegra, sin éxito, la editorial Auñamendi. En esta ocasión Martos se explaya en algunas consideraciones hasta cierto punto personales (téngase en cuenta que era de origen andaluz, de ahí la referencia a los tartesos): «Todo gira sobre que los únicos que saben trabajar y trabajan son los vascos. Muy bien. Si quieren presumir de mulas de carga, allá ello [sic]. El que suscribe prefiere la suave filosofía tartesia».

Leídas hoy resultan entre disparatadas y jocosas todas estas parrafadas y este estilo carpetovetónico tan extremado de Martos, y el riesgo es que estas ridiculeces hagan olvidar, como insiste Larraz en su libro de 2014, las gravísimas y vergonzosas consecuencias que a menudo tenían sobre las condiciones en que los libros llegaban a lectores; y, en última instancia, sobre el nivel (y la historia) de la cultura española toda.

Fuentes:

Boletín Oficial del Estado.

Diario Oficial del Ministerio de la Guerra.

Sergio García García, «”Se trata de unos poemas de cierto regusto marxistizante”. La poesía de Manuel Vázquez Montalbán ante la censura franquista», Tonos Digital, núm. 38 (2020).

Lucas Molina Franco, Pablo Sagarra Renedo y Óscar González López, El factor humano. Organización y liderazgo para ganar una guerra. La Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación en la Guerra Civil española, Madrid, Ministerio de Defensa del Gobierno de España (colección Adalid), 2022.

Francisco Rojas Claros, «Edición y censura del marxismo italiano en la España de Franco. Antonio Gramsci y Galvano della Volpe (1962-1975)», Spagna contemporanea, núm. 49 (2016), pp. 121-139.

Francisco Rojas Claros, «La difusión del marxismo durante el franquismo: el caso de Artiach Editorial(1969-1974)», Revista Historia Autónoma, núm. 9 (2016), pp. 147-170.7

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia editorial (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Joan Mari Torrealdai Nabea, La censura de Franco y el tema vasco, Astigarraga, Fundación Kutxa, 1999.

François Maspero, editor de ideas claras

En el número 22 de Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles (correspondiente a 2020), Aránzazu Sarría Buil establece un interesante paralelismo entre las trayectorias biográficas y profesionales de José Martínez Guerricabeitia (1921-1986), motor de Ruedo Ibérico, y François Maspero (1932-2015), creador de las librerías L’Escalier y La Joie de Lire y de una reputada editorial que llevaba su nombre, y al hacerlo menciona un fascinante documental sobre este último dirigido en 1970 por el cineasta, fotógrafo y escritor francés Chris Marker (Christian François Bouche-Villeneuve, 1921-2012) donde queda expuesta sintética pero muy claramente la influyente filosofía —si así puede llamársela— del editor francés, François Maspero, les mots ont un sens.

F. Maspero.

Tiene el acierto Sarría Buil de subrayar la importancia que tuvo tanto el diferente contexto familiar de Martínez Guerricabeitia y Maspero como la similitud del impacto que tuvieron en ellos las consecuencias, —vividas de muy cerca— del auge de la guerra y de los totalitarismos en Europa: el padre y el hermano mayor del primero fueron encarcelados por el franquismo, mientras que el segundo perdió al padre en Buchenwald, su madre pasó por Ravensbrück y su hermano mayor murió combatiendo en el departamento de Mosela. Eso explica en muy buena medida el radical entendimiento y la entrañable amistad que se estableció entre ellos, y contribuye también a justificar en alguna medida las similitudes en cuanto a la ética editorial que guio y sustentó sus trayectorias.

A los veintitrés años abandonó Maspero sus estudios de etnología para entrar a trabajar en la librería L’Escalier, en el quartier de l’Odéon, donde establecióncontacto con los lectores de la revista panafricanista del senegalés Alioune Diop (1910-1980) Presence Africaine, cuyo primer número iba precedido de un texto de André Gide y una significativa presentación del director que se iniciaba con las siguientes palabras: «La revista no mantendrá obediencia a ninguna ideología o política. Quiere abrirse a la colaboración de todos los hombres de buena voluntad». Allí entra en contacto con Amílcar Cabral (19241-973), que por esos años funda el Partido Africano por la Independencia de Guinea y Cabo Verde, el escritor senegalés e ideólogo del concepto de negritud Aimé Césaire (1913-2008) y, entre muchos otros, el poeta angoleño Mario Pinto de Andrade (1928-1990), que más adelante le puso en contacto con el psiquiatra de La Martinica Frantz Fanon (1925-1961), a quien Maspero publicaría dos obras importantes y polémicas, L’an V de la Révolution algérienne (1959) y Damnés de la terre (1961).

F. Maspero.

La compra de esa librería, gracias a una herencia de su abuela, coincide prácticamente con su entrada en el Partido Comunista, del que es expulsado a los seis meses, según contó él mismo por protestar públicamente contra la política soviética en Hungría y por la desidia del partido acerca de la guerra de Argelia, lo que hizo que André Tollet le acusara de haber «vomitado sobre el partido». «Una experiencia sumamente saludable», fue la réplica de Maspero. Poco después se endeuda para comprar lo que será su segunda librería, La Joie de Lire, en el barrio Latino, que se hizo famosa por ser una de las víctimas predilectas de los situacionistas, que robaban libros por considerar a Maspero un «mercader de la revolución».

Finalmente, en 1959 (durante el apogeo de la guerra de Argelia) empiezan a funcionar las Éditions Maspero, que desde el primer momento topan con la dureza punitiva de la censura francesa. Sin embargo, el libro con que estrena su colección inicial y una de las más emblemáticas, Cahiers Libres, es el testimonio de un exmiembro de las Brigadas Internacionales, La guerre d’Espagne, de Pietro Nenni (1891-1980).

La mencionada L’an V de la Révolution algérienne (reeditada en 1966 con el título Sociologie d’une révolution) fue prohibida por el gobierno francés seis meses después de su publicación, y esa fue la tónica con muchísimos de los libros publicados en esos primeros meses de actividad editorial, así como de la revista Partisans, que se publicó entre 1961 y 1972 y donde se estrenó por ejemplo Georges Perec (1936-1982). Según escribe Sarría Buil:

Los libros afectados por esta «censura de guerra», que difícilmente asumía su nombre como afirma el historiador Benjamin Stora, fueron esencialmente los editados por Jérôme Lindon de las Editions Minuit y por François Maspero. Entre 1958 y 1962 fueron secuestrados 25 libros de los cuales 13 habían sido editados por Maspero. Solo en 1961, punto álgido en la práctica censora, ocho de sus libros son prohibidos bajo las acusaciones de atentar a la seguridad del Estado y provocar a los militares al desacato, a la deserción o a la insumisión, y ello amparándose en diferentes artículos de la Ley de prensa de 1881.

En cuanto al ideario que rigió a esta editorial, con acusada vocación de intervención política no partidista, son reveladoras las muy a menudo citadas declaraciones de su creador en la entrevista de Marker, en las que distingue tres tipos de catálogos:

Un editor se define por su catálogo. Sin embargo, hay el catálogo de los libros que ha publicado y por otra parte un catálogo, por lo menos para mí, mucho más importante, de los libros que no ha publicado. Y estoy muy orgulloso de ver hay un montón de libros que yo no he publicado. Hay aún un tercer catálogo que se podría hacer que es el de los libros cuya publicación se propicia en otras editoriales por el simple hecho de existir. Es muy importante también. Me siento muy feliz al ver que se publican muchos libros que no se hubieran publicado si yo no existiera, porque hay editores que los publican solo debido a que he divulgado un estilo de publicación y no quieren que esos libros se publiquen en mi editorial. Eso también es muy gratificante.

Hay un amplísimo consenso en destacar el carácter abierto del catálogo de Maspero, si bien evidentemente escorado a la izquierda (de ahí que tanto sus librerías como la editorial fuesen objeto de ataques y atentados por parte de la extrema derecha). La declarada y mostrada prioridad en la publicación era alentar el diálogo, llamar la atención sobre aquellos temas que le parecían interesantes y dignos de mayor atención (el anticolonialismo, el tercermundismo, la negritud, el totalitarismo de izquierda y de derecha…). En parte ello explica que, junto con el propio José Martínez y Giangiacomo Feltrinelli, Jorge Herralde destaque a Maspero como uno de los «tres faros, tres ejemplos para cualquier editor con vocación antifranquista» en los años sesenta. Y a ello añadía Maspero una diáfana estrategia anticapitalista, apegada al contexto social de su tiempo:

Lo más importante es esa noción de Paul Nizan, que para mí es fundamental, de que en la lucha contra el capitalismo lo esencial es siempre traicionar a la burguesía empleando, si es posible, sus propias armas —y en este caso se trata de la cultura burguesa— y de ponerlas a disposición de quienes luchan contra ella. La noción de traición de la burguesía es la más importante. Yo soy un burgués que traiciona a la burguesía y que lucho cada día por traicionarla más y mejor.

Fuentes:

Félix Boggio Éwanjé-Épée y Stella Magliani-Belkacem, «Entretien avec François Maspero: “Quelques malentendus», Période, 18 septiembre 2014.

Julien Hage, «François Maspero: Publisher (P)artisan», Viewpoint Magazine, 27 de mayo de 2015.

Jorge Herralde, «”Y el cinismo sin llegar…” Homenaje a Pepe Martínez y el Ruedo Ibérico» [2004], en Por orden alfabético, Barcelona, Anagrama, 2006, pp. 177-192.

Chris Marker, «Maspero, les mots ont un sens», On vous parle de Paris, 1970. (vídeo)

Sara K. Miles, Freedom «en français»: The revolutionary intellectual and publication networks in Québec, France and Algeria, 1963-1968, tesis presentada en la Universidad de Chapell Hill, 2017.

Salar Mohandesi, «Shapping the Intellectual Terrain: On François Maspero», Viewpoint Magazine, 27 de mayo de 2015.

Aránzazu Sarría Buil, «Oponerse al franquismo editando en París: Ruedo Ibérico y las Éditions Maspero», Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles, núm. 22 (2020), pp. 317-352.

El autor (e impresor) del «Diccionario tragalológico»

José María Azcona y Díaz de la Rada.

En 1935 la editorial Espasa-Calpe publicó en Madrid un asombroso libro titulado Clara-Rosa, masón y vizcaíno, que Ravina Martín describió como «mordaz, a veces con fina ironía, que en otras llega a ser hasta divertido». Su autor era el escritor y bibliógrafo navarro José María Azcona y Díaz de la Rada (1882-1951), de quien se sabe que era además encuadernador aficionado, que es quien se esconde tras el seudónimo Fray Gerundio en El Diario Vasco y que el año anterior había ordenado y prologado las Memorias. Escenas de la vida tafallesa de Ángel Morrás Navascués (1846-1934), que previamente (desde agosto de 1933) había ido publicando seriadas en el semanario La voz de la Merindad

El 22 de septiembre de ese mismo año 1935 la obra de Azcona publicada por Espasa-Calpe era ampliamente reseñada en el prestigioso periódico madrileño El Sol, en la misma página en que se anunciaba la reciente aparición, también en Espasa-Calpe, de Mi rebelión en Barcelona, de Manuel Azaña (1880-1940).

El título de la obra de Azcona se refería a un personaje bastante singular, el médico José Joaquín de Clararrosa, que previamente había sido conocido como el fraile Juan Antonio Olavarrieta, y no deja de ser curiosa la explicación que Azcona sugiere para la elección de su nombre como médico: «en América casó con dos mujeres y en Portugal con otras dos, y con los nombres de las cuatro Josefa, Joaquina, Clara y Rosa, formó el seudónimo que le hizo famoso». Muy poco antes había aparecido también en Espasa Calpe un libro del donostiarra afincado en Madrid Pío Baroja (1872-1956), Siluetas románticas y otras historias de pillos y extravagancias (1934) en el que se recogía un artículo cuyo título pudo servir de inspiración a Azcona: «Clara Rosa, fraile vasco y anarquista» (pp.79-86). Baroja dejó en este artículo un sucinto retrato de Clara Rosa: «vascongado un poco arlote, grueso, pálido y rechoncho, con unas barbas negras».

Olavarrieta, nacido hacia 1763 y cuya complicada trayectoria vital ha reconstruido admirablemente Beatriz Sánchez Hita, tomó los hábitos franciscanos en Santander en 1776, pero poco después fue trasladado a Bilbao cuando se halló en su celda material de contrabando. Con el tiempo logra convertirse en capellán de la Compañía de Filipinas, lo que le permite conocer mundo, hasta que se establece en la capital del Perú y empieza a publicar su Semanario crítico (desde 1791), que se hizo conocido por sus agrias polémicas con el Mercurio peruano (1791-1795).

Sin embargo, en 1795 está de nuevo en España y al año siguiente empieza la publicación clandestina de Diario de Cádiz, de vida breve (entre abril y mayo), pero al sentirse perseguido por la Inquisición huye en el Leocadia para radicarse en Guayaquil (por entonces perteneciente al Virreinato de Nueva Granada), de donde sus ideas le llevan a convertirse en cura de Axuchitlán (México). Publica allí una sorprendente negación de la existencia del alma y de Dios, El hombre y el bruto, que pese a haber circulado muy probablemente solo en copias manuscritas se ha considerado una pieza clave del pensamiento materialista de la Ilustración española y que, lógicamente, le llevó a la cárcel por «hereje formal, apostata de nuestra sagrada religión, tolerante, deísta ateísta, materialista, reo de lesa majestad pontificia y real».

Debía cumplir condena en España, por lo que fue de nuevo trasladado a Cádiz, y antes de ser entregado a la Suprema General Inquisición consiguió escapar de las autoridades y cambiar de identidad. Con la ayuda del embajador español, en Portugal se hizo con nueva documentación como José Joaquín de Clararrosa, se convirtió en médico de familia (presentó un título como profesor de Medicina por la Universidad de Zaragoza) y contrajo matrimonio con Maximiana Candía de Pesol. Enzarzado en controversias acerca de su profesionalidad como médico, la jura de la Constitución por parte de Fernando VII en 1820 (que daría inicio al trienio liberal) le da la oportunidad de regresar a España y dedicarse a la publicación de sus ideas: Catecismo constitucional y Reflexiones políticas sobre diferentes artículos de la Constitución, ambas en la Imprenta de Carreño en 1820, además de dirigir el Diario Gaditano de la libertad e independencia nacional, político, mercantil, económico y literario, que en la Hemeroteca Nacional se describe como el «más significativo, avanzado, beligerante y polémico del partido liberal en Cádiz durante el Trienio Liberal».

De esas mismas fechas e inicialmente en las páginas del periódico empieza a publicarse una sección entre satírica y política titulada «Diccionario abreviado de todas las cosas» (concretamente desde el 24 de junio de 1821), origen de la obra que, en palabras de Fernando Durán López, convertiría a Clararrosa en «el más ambicioso diccionarista del Trienio», si bien el propio autor se presenta a sí mismo y su estilo como «diccionarista o cocinero literario de bocadillos sueltos de diferentes substancias bajo de una salsa general y económica, en que cada uno de los convidados echa mano de lo que más gusta». Después de aparecer regularmente en el diario hasta principios de agosto de ese mismo año, y probablemente en otoño (aparece anunciada en el periódico en noviembre) se publicó en forma de volumen (180 páginas). El título completo que figuraba en la portada era Diccionario tragalológico o Biblioteca de todo lo tragable por orden alfabético, por el ciudadano José Joaquín de Clararrosa, pero el anuncio en el mencionado periódico es engañoso, pues se describe como «siendo el mismo que se publicó en el diario, se reimprimió separado de él, aumentado y corregido para mayor comodidad de los lectores», cuando en realidad no es sino una compilación de lo aparecido en prensa, sin ninguna ampliación.

La obra salió de la gaditana Imprenta de la Sincera Unión (Alameda, 114), en la que ese mismo año Clararrosa publica, entre muchos otros varios libros y folletos, «La nación y el gobierno». La razón era simple: Clararrosa era el propietario de la imprenta, en palabras de Ravina Martín, «regalo, según sus malévolos e inevitables enemigos, de un pequeño grupo de amigos exaltados», si bien fue en el mismo Diario de Cádiz donde se explicó que el dinero reunido para comprar los útiles de imprenta salió de una recolecta entre los liberales. El nombre de la imprenta, cuya historia también ha reconstruido con minucia Beatriz Sánchez Hita, ya es indicativo de sus posibles vínculos con la masonería, y más concretamente con la logia del mismo nombre creada en septiembre de 1841.

Como no podía ser de otro modo tratándose de un personaje tan controvertido y singular, enzarzado continuamente en controversias y denuncias, ni siquiera después de muerto estuvo exenta su figura de polémica, ya desde las discrepantes versiones de sus honras fúnebres, cuyo marcado carácter político se pone de manifiesto en la descripción que de él hizo Ravina  Martín:

La mañana del día 28 de enero de 1822, las calles de Cádiz se verán recorridas por un espectacular e insólito entierro: en la caja, con la tapa descubierta, iba el cadáver de Clararrosa con la Constitución de la Monarquía española de 1812 abierta por el capítulo en que se habla de la Soberanía Nacional; un gentío acompañaba al féretro portando hojas de olivo y entonando canciones patrióticas, desde el Trágala al Himno de Riego.

Fuentes:

José Joaquin de Clararrosa, Viaje al mundo subterráneo y secretos de la Inquisición revelados a lo españoles. Seguido de «El hombre y el bruto» y otros escritos, edición, introducción y notas de Daniel Muñoz Sempere y Beatriz Sánchez Hita y prólogo de Alberto Gil Novales, Grupo de Estudios del siglo XVIII (Universidad de Cádiz), 2003.

José Joaquin de Clararrosa, Diccionario tragalógico y otros escritos políticos (1820-1821), edición, introducción y notas de Fernando Durán López, Universidad del País Vasco (Textos Clásicos del Pensamiento Político y Social en el País Vasco 9), 2021.

Fernando Durán López, «Pelearse con las palabras: diccionarios políticos en la prensa española de principios del siglo XIX», en Leonardo Funes, coord., Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, Anexo Digital, Sección III, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, pp.137-146.

Eduardo Enríquez del Árbol, «La capitular Sincera Unión de Cádiz, ¿una logia fundada en la regencia de Espartero?», Trocadero, núm. 26 (2014), pp. 135-168.

Manuel Ravina Martín, «El entierro de un masón: Joaquín de Clararrosa (1822)», Revista de Historia Contemporánea, núm. 1 (1982), pp. 65-80.

Beatriz Sánchez Hita, «Juan Antonio Olavarrieta/José Joaquín de Clararrosa: fraile, médico, periodista y agitador político», Estudios de Teoría Literaria Revista digital, año 3, núm. 5 (marzo de 2014), pp. 115-129.

Beatriz Sánchez Hita, «Semblanza de Imprenta de la Sincera Unión (1821-1823)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

Corpus Barga: Una edición destruida y otra titulada por su editor

A Lola Burgos, agradeciéndole su paciencia con la heterodoxia

Al prestigioso periodista madrileño Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna (1887-1975), conocido literariamente como Corpus Barga, se le recuerda un episodio enigmático en cuanto a su estreno como creador. Hay constancia de que en 1904, cuando tendría por lo tanto alrededor de diecisiete años, publicó algunos poemas con el título Cantares que Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), su sobrino, tuvo ocasión de leer y describió como «el libro más crudo que he leído. Era interesante, disparatado, audaz».

Andrés García de la Barga.

Todo indica que los esfuerzos del autor por destruir todos los ejemplares de este libro, al parecer el único que firmó con su nombre (Andrés García de la Barga), tuvieron un éxito definitivo, pues no han quedado trazas que permitan saber gran cosa de este volumen, ni siquiera quién lo imprimió (acaso fuera una edición a cargo del autor que imprimiera alguna de las empresas que se ocuparon de sus obras siguientes: la de J. Espinosa y A. Lamas o la Imprenta Artística Española). Con todo, disponemos de una breve y maliciosa selección de versos de este poemario que apareció en el número 439 (correspondiente al 22 de abril de 1904) de la revista satírica Gedeón (1895-1912), que irónicamente se subtitulaba «El periódico de menos circulación de España». El título de la sección en que se reseñó este libro primerizo es elocuente: «El papel vale más (notas bibliográficas)», y la entrada ya permite entrever que la nota (anónima) será demoledora:

Otro vate primaveral, D. Andrés García de la Barga, nos ha hecho verdaderamente felices por un rato. No conocemos nada más inesperado y sorprendente que las canciones de este señor García, ni podemos negar a ustedes el placer de saborearlas. Vean, vean y escojan, si en esto es posible escoger.

Una rosa en medio del campo vi:

¡como estaba tan hermosa,

la he cogido para ti!

Y que le hablen al Sr. García de la Barga de la sencillez homérica. Pero sigamos saboreando:

En tu barca, linda barquera,

pasamé;

con tal de ir en tu barca,

yo remaré.

Portada de un ejemplar de Gedeón.

Sí, hombre, sí, tú pitarás, digo, tú remarás, da gana de decirle al poeta. Y cualquiera le convence de que no se dice “pasamé”, sino “pásame”.

Esto no arredró a Corpus Barga, que además de convertirse en periodista de prestigio creciente fue añadiendo a su obra literaria el libro de relatos Clara Babel (1906), el volumen memorialístico La vida rota (1908-1910), las obras narrativas El ayudante de cámara (1921), Pasión y muerte. Apocalipsis (1930), la obra dramática En el teatro de la guerra. Tragedia desconocida en un acto (1935), el relato Puñales (1936), etc.

Al concluir la guerra civil española, durante la cual colaboró en publicaciones tan significativas de la cultura republicana como Hora de España o El Mono Azul, salió de España acompañando al poeta Antonio Machado y Corpus Barga se instaló durante un tiempo en París, aunque el avance de las tropas nazis hizo que se trasladara primero a Vichy y posteriormente a Coir Cheverny (un pueblecito en el departamento de Loir y Cher).

Allí concluyó Corpus Barga en 1947 la novela histórica Hechizo de la triste marquesa, y al año siguiente aceptó la propuesta del publicista Franklin Urteaga —apodado la Pulguita Atómica por su diligencia y dinamismo— y el historiador y periodista Luis Alberto Sánchez (1900-1994) de ocuparse de la cátedra de Ética y Sociología del Periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de San Marcos, de la que más tarde (cuando esta se integró en la Facultad de Letras) llegaría a ser director.

En la década de los cuarenta y los cincuenta siguió Corpus Barga colaborando muy asiduamente con publicaciones periódicas tanto americanas como europeas (incluso españolas a partir de un determinado momento), y en 1963 hizo un discreto primer viaje a la España franquista en el que trabó amistad con el poeta José Agustín Goytisolo (1928-1999). Ese mismo año Edhasa había publicado en España una primera edición (censurada) de las memorias noveladas Los pasos contados en la colección que Guillermo de Torre (1900-1971) había creado con la intención de acercar y propiciar el diálogo entre los escritores establecidos en América y los residentes en España, El Puente, y en la misma colección publicaría dos títulos más de ese ciclo: Puerilidades burguesas (1964) y Las delicias (1967).

Tres títulos de la serie memorialística de Corpus Barga en El Puente.

Acerca del reflote en aquellos años de la aludida novela Hechizo de la triste marquesa, escribió Arturo Ramoneda: «Corpus se preocupó muy poco, en fechas posteriores [a las de su escritura] por darla a conocer, y la obra permaneció perdida y olvidada entre sus papeles hasta que en 1968 un editor peruano, que casualmente pudo conocerla, decidió sacarla a la luz». Lo que no menciona Ramoneda es que el editor en cuestión es uno de los más importantes que hubo en Perú en esa época (y en cualquier otra), Carlos Milla Batres, nacido en 1935 en El Salvador, formado inicialmente en Guatemala y trasladado ya en la adolescencia a Lima.

Carlos Milla (nada que ver con la familia Milla vinculada a la editorial Alfa) tenía ya entonces fama de ser muy certero ingeniando títulos, y una de las primeras observaciones que hizo a Corpus Barga fue que, en América, el título de su obra podía resultar ambiguo, por lo que le propuso el de La baraja de los desatinos (tomado de la caracterización que de España se hace en el capítulo 29 de la novela). Tal como lo contó el propio autor en una carta que publicó la revista Ínsula en octubre de 1975:

Este título, que descentra a la obra, se debe a un hecho sintomático de las diferencias del castellano en los distintos países en que se habla. El título original era Hechizo de la triste marquesa, pero aquí [en Perú] no se pudo poner porque entendían no que la marquesa estaba hechizada, sino que tenía hechizo, gracia, gancho. El lector español no creo que hubiera equivocado el sentido. Aquí hubo que poner otro título para evitar la anfibología.

Corpus Barga.

Prueba de hasta qué punto esta era una buena solución pero simplemente coyuntural fue el hecho de que, cuando se publicó en la Biblioteca Formentor de Seix Barral —por iniciativa de Pere Gimferrer, que había elogiado el volumen de Los pasos contados en la revista El Ciervo—, recuperó el título original pero, en contrapartida, se vio sometida a los efectos de la censura: además de algunas supresiones, se eliminaron todas las referencias al culto fálico y se publicó sin el prólogo del autor a la edición peruana. Aun así, del interés de Gimferrer por la escritura de Corpus Barga da testimonio la respuesta que dio cuando en 1966 la mencionada revista El Ciervo publicó una encuesta de balance anual a sus colaboradores titulada «¿Cuáles son los tres libros que más te han interesado en 1965?»: El roedor de Fortibrás, de Gonzalo Suárez, El bandido adolescente y Crónica del alba de Ramón J. Sender, y Los pasos contados. Puerilidades burguesas, de Corpus Barga.

Fuentes:

Esther Barrachina y Max Hidalgo, «Barga, Corpus», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016, vol. I, pp. 291-294.

Isabel del Álamo Triana, Corpus Barga, cronista de su siglo, Sant Vicenç del Raspeig, Universidad de Alicante, 2001.

Guzmán Urrero Peña, «Corpus Barga y el placer de contar», Rinconete (Centro virtual Cervantes), 13 de junio de 2001.

Arturo Ramoneda, «Introducción» a Corpus Barga, Crónicas literarias, Madrid, Júcar (Los Poetas Serie Mayor), 1984, pp. 11-84.

Arturo Ramoneda, «Introducción» a Corpus Barga, Apocalipsis. Pasión y muerte. Hechizo de la triste marquesa. Cuentos, Madrid, Júcar (Azanca 23), 1987, pp. VIII-LXIV.

Marcel Velázquez Castro, «Corpus Barga o el reino del exilio», Escritura y Pensamiento, núm 19 (2006), pp. 143-149.