El ecléctico catálogo de la Editorial Plenitud de José Ruiz-Castillo Basala

Del año 1955 es la curiosa edición de Cosas del fútbol, prologada por el escritor y académico de la lengua José María de Cossío (1892-1977) y obra del no menos curioso Pablo Hernández Coronado (1897-1977), quien, tras su paso como portero por el Stadium y la Real Sociedad Gimnástica Española, se había dado a conocer en las filas del Real Madrid a partir de 1919. Tras su no muy brillante carrera bajo palos, se convirtió en árbitro (se hizo famoso por expulsar a cinco jugadores de un mismo equipo), en secretario técnico del Real Madrid, en directivo del mismo club (se le atribuyen los fichajes de Zamora y Samitier), en episódico entrenador (en único partido, que el Madrid perdió ante el Valencia por 0-1), en coyuntural seleccionador nacional (en el Mundial de Chile, 1962; no pasó primera ronda, tras perder con Checoslovaquia, ganar a México y perder con Brasil), en crítico deportivo, en inspector de Hacienda, en tesorero de la Federación Española de Fútbol, en director del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas (es decir, de las quinielas, básicamente), en secretario de la Federación de Ajedrez… Aun así, es más probable que los lectores lo recuerden como uno de los personajes a los que Camilo José Cela hace aparecer en «Noventa minutos de rebotica» (en Café de artistas y otros relatos, 1953).

El libro en cuestión se publicó inesperadamente en la editorial Plenitud, creada hacia 1947 por Ruiz-Castillo Basala y que no había tardado en singularizarse por publicar a los grandes nombres de la conocida como Generación del 98. Del 14 de enero de 1947 es el contrato por el cual José Ruiz-Castillo Basala obtiene los derechos para editar y publicar en un volumen las obras completas de los hermanos Antonio y Manuel Machado, que aparece ese mismo año y del que escribe años después el editor en sus memorias:

El propósito de que se reencontraran los dos hermanos en una publicación conjunta de su respectiva obra poética personal y de la colaborada fue una de las razones que me movieron a proyectar las Obras completas de Manuel y de Antonio Machado, aparte, naturalmente, del éxito económico editorial que cabía esperar del intento, y que viene sucediéndose in crescendo durante el último cuarto de siglo transcurrido.

A este volumen machadiano seguirían obras de Unamuno y sobre todo de Valle-Inclán, pero concedió también espacio a otros autores, intervino en el proceso de canonización de algunos escritores latinoamericanos, se convirtió en el principal editor del folletinesco Darío Fernández Flórez (1885-1964) y con el tiempo llegaría albergar la obra de algunos poetas y narradores más jóvenes.

Publicar a censores de libros que tuvieran alguna influencia con el objetivo de lograr un mejor trato por parte de los órganos represores era una táctica que ya habían empleado algunos otros editores, y al mismo Fernández Florez ya le había publicado, sin duda con las mismas intenciones, José Janés en la editorial Ánfora (concretamente, el infumable cuadro representable La vida ganada). Sin embargo, el hecho de publicar a Fernández Flórez no impidió que Plenitud se viera envuelta en algunos conflictos con la censura, de la que este escritor había sido expulsado por Patricio González de Canales «por prestar servicios en la Vicesecretaría durante horas oficialmente incompatibles con las establecidas para la prestación de censura».

En el siguiente libro que publica Plenitud, las Obras escogidas de Ramón Gómez de la Serna, se hace más evidente la clara inspiración en el modelo de Manuel Aguilar en el diseño de unos volúmenes recopilatorios de obras de grandes autores, a menudo acompañados de un prólogo y de la reproducción de la foto y firma del escritor en cuestión, con un aspecto general lujoso y del que en muchas ocasiones se hacían tiradas numeradas de tres mil ejemplares (aunque posteriormente se reimprimieran).

De 1948 son las Obras completas de Santa Teresa de Jesús, prologadas por Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) con un prolijo ensayo («El estilo de Santa Teresa») y que reproduce incluso los elementos ornamentales de la edición príncipe que hiciera en 1588 el impresor Guillermo Foquel (quien en 1585, con Tratado llamado Camino de perfección, había empezado a publicar textos de la mística abulense), así como las obras completas del escritor argentino Enrique Larreta (1875-1961) y un curioso y muy apreciado libro que compilaba obras selectas de «Carlota, Emilia, Ana y Pablo» Brönte, acompañadas de un prólogo de Carmen Conde («El acontecimiento humano y literario de la familia Brönte») y un epílogo de Luisa Sofovich; el volumen, profusamente ilustrado, dio pie a una exposición intinerante y fue además premiada como el libro de literatura mejor editado en la Feria Internacional de Muestras de Barcelona. Con todo, mayor importancia tiene el proyecto iniciado ese año de publicar la obra completa de Ramón María de Valle Inclán (1866-1936).

Arranca este ambicioso plan con Flor de santidad y Corte de amor, pero de repente parece resfriarse el interés. En 1949 la obra más destacada en la Editorial Plenitud es la novela de Manuel Pombo Angulo (1914-1995) Sin patria; y sin rastro de la obra valleinclanesca.

Edición en Rúa Nova.

En un interesantísimo artículo en El pasajero, Juan Rodríguez analizó la atención que la censura prestó a la obra de Valle-Inclán, sobre todo a partir de 1942, cuando la editorial Rúa Nueva ya había publicado en dos lujosos volúmenes las Obras completas de don Ramón del Valle Inclán (que, como suele suceder, no incluía la obra completa y en este caso ni mucho menos). La aleatoria aplicación de criterios por parte de la censura explica que no fuera hasta 1954 cuando Plenitud pudo empezar a distribuir su edición, de tres mil ejemplares numerados, de las obras completas de Valle, que incluyen también el prólogo de la segunda edición que escribió Azorín y, en el segundo volumen, el de Jacinto Benavente.

También de esos años son las negociaciones, a través de José Ortega Spottorno, con Juan Ramón Jiménez (que por entonces tenía sus fondos en Argentina inmovilizados por el gobierno de Perón) para publicar su obra completa, pero en ese momento Plenitud no estaba en condiciones de afrontar la inversión que eso suponía. En 1950 sí salen en cambio las Obras selectas de Miguel de Unamuno prologadas por Julián Marías (1914-2005), así como el «poema dramático religioso» Asunción, de fray Mauricio de Begoña (1907-1987) con prólogo en verso del dramaturgo y guionista cinematográfico Luis Fernández Ardavín (1892-1962) y, sorprendente en cuanto al trato que le dio la censura, Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez, que Fernando Larraz describe como las «aventuras de una prostituta con cierta coartada picaresca y pseudoexistencialista» y como «la novela más erótica publicada en España durante muchos años».

De entre las obras publicadas en Plenitud el año siguiente, destacan La vida nueva de Pedrito de Andía, del falangista Rafael Sánchez Mazas (1894-1966), y sobre todo el lujoso Por tierras de Isabel la Católica, un libro con dibujos, óleos a color y textos del pintor de la generación del 27 Gregorio Prieto (1897-1992), con el que se conmemoraba el quinto centenario del nacimiento de la reina.

Junto al goteo de obra valleinclanesca (Tirano Banderas, La corte de los milagros, Viva mi dueño, Sonatas en 1954) el catálogo de Plenitud se va impregnando en los años sucesivos de la obra del entonces exitoso Fernández Flórez, de quien se publica La hora azul en 1953 y al año siguiente Alta costura. La máscara de la moda, que recibió un trato un poco más severo por parte de la censura, consistente en la supresión de algunos pasajes. A estas siguieron Memorias de un señorito (1956), Los tres maridos burlados (1957), Yo estoy dentro (1960), Nebulosa de un novelista (1966), etc., hasta llegar al volumen de Obras selectas (1967).

Otros títulos que quizá vale la pena consignar son, además de alguna obra suelta de Pedro Laín Entralgo (1908-2001) y José Luis López Aranguren (1909-1996),  El motor supremo (1957), del venezolano 1957 José Berti (1891-1960), una edición de las Tres novelas valencianas  (1958)  de Vicente Blasco Ibáñez (Arroz y tartana, La barraca, Cañas y barro) o los dos volúmenes memorialísticos del mexicano Manuel Maples Arce (1900-1981), A orillas de este río, ilustrado por el célebre fundador del Taller de Gráfica Popular Leopoldo Méndez (1902-1969), y Soberana juventud, ambos en 1967.

Fuentes:

Jacqueline Hurtley, «In a Mirror, Darkly: Darío Fernández-Flórez, the Writer as Censor as Writer», en Catherine O’Leary and Alberto Lázaro, eds., Censorship across Borders, Cambridge Scholars Publishing, 2011, pp. 131-141.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

José Ortega Spottorno, «Un gran amigo del libro», El País, 3 de agosto de 1991.

Juan Rodríguez, «Valle-Inclán y la censura franquista I: 1939-1955», El Pasajero; posteriormente en Cuadrante: revista da Asociación Amigos de Valle-Inclán, núm. 4 (2002), pp. 23-34.

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972 (edición no venal).

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-318.

Raquel Sánchez García, «José Ruiz-Castillo, editor de la Edad de Plata», Castilla. Estudios de Literatura, 27 (2012).

Edición en la célebre colección Reno, años después y con una ilustración más «atrevida», de Alta costura.

Luis Martos Lalanne, escritor de informes de censura de libros

En la jugosa lista de censores que Fernando Larraz mencionó en Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, aparece el general de división Luis Martos Lalanne (1906-1982) como «el más prolífico» en la redacción de informes de lectura de textos novelísticos para este órgano represor, si bien ejerció solo estas tareas entre 1971 y 1975, y se le caracteriza en el desempeño de sus funciones como «atrabiliario, rústico, cerril y dogmático» y «el más despectivo con la literatura experimental».

En junio de 1934, su nombre aparece en el Memorial de Ingenieros del Ejército como perteneciente a la promoción 109, salida en julio de 1927 (cuando tenía veintiún años) y en la que obtuvo el número 20; uno de sus primeros destinos fue en la Agrupación de Radiotelegrafía y Automovilismo en África, hasta que el 17 de octubre de 1932 Manuel Azaña (1880-1940) firma como ministro de la Guerra la destinación de Martos al Centro de Estudios Tácticos de Ingenieros, que había obtenido por concurso.

Un poco antes de la guerra civil española, el 26 de mayo de 1935, el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra consigna su pertenencia a la sección de contabilidad de la tercera división e informa que ha quedado sin destino.

 Al iniciarse el golpe de julio de 1936 Martos era capitán de Ingenieros y se encontraba destinado en la Escuela Superior de Guerra, pero cuando en marzo de 1937 se crea la Junta de Movilización, Instrucción y Recuperación, dedicada al reclutamiento de combatientes para el bando franquistas, Martos figura como presidente de la Secretaría entre mayo y septiembre de ese año. Allí se dedicó a «la tramitación de asuntos y documentación de carácter general, y de los de índole secreta o reservada, así como del control de entrada y salida de documentación para la Jefatura», según explican Molina Franco, Sagarra Renedo y González López en su estudio de esta junta. Sin embargo, a finales de 1938, coincidiendo con la autorización para lucir sobre el uniforme la insignia de la Orden Mehdauía (de la que era oficial), se le destina al Ejército de Levante.

Unos años posterior, de 1942, es una colaboración suya en Ejército. Revista ilustrada de las Armas y Servicios del Ministerio del Ejército, en el que se le presenta como comandante de Ingenieros del Servicio de Estado Mayor y donde establece las razones de los éxitos de Hitler e interpreta la segunda guerra mundial como «una continuación de nuestra Cruzada». No es descartable ni mucho menos que anden por ahí algunos otros textos suyos de esos años. Se sabe también que en julio 1964, siendo general de brigada, se le otorgó la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, y que en noviembre de ese mismo año presidió la comisión interministerial creada para evaluar la situación de los marroquíes que habían combatido en las filas franquistas durante la guerra.

Al margen de novelas, cuyos informes emplea y cita Larraz reiterada y generosamente (para deleite del lector), también se ocupó Martos de informar acerca de ensayos políticos, como fue el caso de la traducción de Daniel Iríbar Velasco de La civilisation au Carrefour, coordinado por el filósofo checo Radovan Richta (1924-1983), publicada originalmente por las parisinas Éditions Anthropos en 1968 y que Artiach Editorial preveía publicar en España con un prólogo del sociólogo y militante comunista José Daniel Lacalle Sousa. En su informe de finales de 1971 Martos aceptaba su publicación sin tachaduras argumentando que se trataba de un «espantoso mamotreto» en el que «quizás alguna frase pudiera mejorarse», y consideraba el texto introductorio «tan oscuro como la obra que prologa». Así pues, en febrero de 1972 empezó a distribuirse una edición de 3000 ejemplares de este título. Sin embargo, esta actitud mostrada aquí por Martos de tolerar aquello que no comprendía, consideraba en exceso complejo o le aburría, no siempre la mantuvo, ni al informar acerca de ensayos políticos ni al hacerlo sobre novelas.

De esas mismas fechas es su informe acerca de Pedagogía del oprimido, del filósofo y pedagogo brasileño Paulo Freire (1921-1997) presentado por tres editoriales distintas antes de que se la autorizaran a Siglo XXI, ya en mayo de 1975. En el informe que redactó en noviembre de 1971 Martos, confiesa: «Este libro, o es un camelo, o está tan por encima de la comprensión y conocimientos del lector que suscribe, que no hemos podido entender NI UN SOLO PÁRRAFO». Y aun así, recomienda su prohibición.

Otro argumento no menos curioso es suponer que ciertas obras sólo las leerán marxistas previamente convencidos, por lo cual su capacidad proselitista y por tanto su «peligrosidad» es nula. Fue el caso por ejemplo del Gramsci del filósofo francés Jacques Texier (1932-2011), que la editorial Seghers había publicado en 1966 y Artiach intentó publicar en 1971. Según el informe de Martos, fechado en marzo de ese año, se trataba de un libro que «sólo puede ser leído y entendido por alguien que ya sea marxista, o mejor dicho filósofo del marxismo», y no obstante eso no recomienda su autorización debido a su «contenido totalmente marxista». En marzo de ese año fue denegada la autorización para publicar esta obra.

Un caso un poco similar pero con una conclusión en sentido contrario es el de una Introducción al pensamiento de Gramsci, del filósofo y militante comunista José María Laso Prieto (1926-2009), que presentó a censura la editorial Ayuso en enero de 1973 y de la que en un informe fechado el 30 de ese mes escribe no sin cierta gracia Martos: «El que sea capaz de leer esta obra y enterarse, o bien es un estudioso profundo e imparcial, o un marxista convencido de antemano. El libro puede pues hacer poco o ningún daño.» Aunque con algunas tachaduras, la obra se publicó en septiembre de ese año prologada por el entonces marxista heterodoxo Gustavo Bueno (1924-2006).

Aunque a la barcelonesa editorial Ariel ya se la habían prohibido a principios de ese mismo año, en otoño de 1971 volvió a llegar a censura Las Panteras Negras hablan, del historiador de los movimientos sociales Philip S. Forner (1910-1994), en esta ocasión presentada por la ya mencionada y combativa Artiach. Este libro había dado ocasión, en su primera consulta, a que Martos concluyera su informe haciendo gala de su exuberancia y vehemencia verbal: «En resumen y aparte de los insultos a España, todo el libro es puro comunismo superrevolucionario predicando violencia». Obviamente, la autorización fue de nuevo denegada.

En contraste, del año siguiente es un enfático informe aprobatorio acerca de El escandaloso aquelarre de Larraitz (1972), recopilación debida a Bartolomé de Armuñota acerca del festival de 1971 que tuvo lugar en Larraitz y que la prensa más retrógrada consideró poco menos que un apocalipsis hippie. Una vez presentada a Censura por Fuerza Nueva Editorial, escribe Martos: «El libro es ultraderechista, ultracatólico y ultra-antiseparatista vasco, ultra españolista y todo eso. Cosa que estimamos hace mucha falta en nuestros días para defender nuestra civilización contra las corrientes disolventes tan conocidas». Debido a todo ello, no se conforma con rematar su informe con expresiones lexicalizadas o más o menos formularias, sino que lo considera «ABSOLUTAMENTE AUTORIZABLE».

Y no es que se ensañara en particular con el nacionalismo vasco, sino que incluso se explaya entre jocoso e intolerante en relación a Canarias, región polémica, del abogado Antonio Carballo Contada (1936-1977), cuando Edicusa (Cuadernos para el Diálogo) la presenta en julio de 1972:

para pedir, los canarios tienen la boca como buzón de Correos, e incluso si se les llevara la capital de España a las islas, les parecería poco. Sentimos mucho que no les guste la Ley [sobre régimen económico y fiscal de las islas], pero tampoco les gusta a los quinquis la Ley de Orden Público y ahí está. España está por encima de los regionalismos.

El españolismo radical de Martos está fuera de toda duda, y vuelve a ponerse de manifiesto en el complejo trámite de Hablando con los vascos, del periodista Martín Ugalde (1921-2004) y presentada por la barcelonesa editorial Ariel, en el que se este censor se indigna sobre todo con la entrevista a J.M. Barandiarán porque en ella éste protesta «de que le hayan obligado a aprender español y le llama crimen a eso», aunque considera que en realidad todo el libro «está escrito con verdadera mala intención». El texto inició un periplo de tachaduras y negociación de las mismas, de idas y venidas de la editorial a censura, pero finalmente, amputado, pudo ver la luz.

Ugarte volvió a toparse con Martos a raíz de la presentación por parte de la editorial Seminarios y Ediciones de su Síntesis de Historia del Pueblo Vasco a consulta voluntaria, y en la que se le pidió que la mutilara a consciencia; después de presentarse a depósito, finalmente pudo distribuirse a partir de junio de 1974.

El mes siguiente apareció la Pequeña antología política de Gramsci preparada por el filósofo marxista Juan Ramón Capella y presentada a censura por la editorial Fontanella, que a juicio del ínclito militar metido a censor no incluye sino «Ataques groseros y violentos al capitalismo. No es un estudio filosófico y de altura del marxismo sino una serie de artículos cortos de propaganda.». Fue finalmente autorizada mediante silencio administrativo y publicada en julio de 1974. Ese mismo mes firmaba el dictador el decreto por el que Martos pasaba a la reserva, pero eso no impidió que siguiera redactando informes para censura (quizá le cogiera el gusto, ya fuere a la indigna labor o a la retribución que ésta le reportaba).

Ya muerto Franco, Anagrama presentó a depósito directo en diciembre de 1975 la antología preparada por el filósofo comunista Francisco Fernández Buey (1943-2012) Debate sobre los consejos de fábrica, con textos de Gramsci y de Amadeo Bordiga (1889-1970), que se consideró que chocaba con el ignominioso decreto antiterrorista de 1975 (Decreto-Ley 10/1975 de 26 de agosto), que entre otras cosas facilitó el indecente cierre de publicaciones periódicas como Destino, Posible y Cambio 16 y que se dirigía tanto «contra los grupos u organizaciones comunistas, anarquistas, separatistas» como contra «aquellos otros que preconicen o empleen la violencia como instrumentos de acción política y social» y quienes «públicamente, sea de modo claro o encubierto, defendieren o estimularen aquellas ideologías». Esto hizo que la obra en cuestión fuera secuestrada por el TOP (Tribunal de Orden Público) y no pudo comercializarse hasta finales de septiembre de 1976. En su informe, del 2 de diciembre de 1975, Martos equipara los consejos de fábrica con los sóviets y con las Comisiones Obreras españolas y describe el contenido del libro como «propaganda comunista evidente».

En el ámbito de la poesía, pues Martos toca todos los palos, quizá los autores más conocidos sobre los que informó fueran Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) y Gabriel Celaya (1911-1991). En consulta voluntaria, ya se le había denegado a Llibres de Sinera autorización para las Coplas a la muerte de mi tía Daniela de Vázquez Montalbán en 1970, pero aun así más adelante el poeta y editor José Batlló (1939-2016) presentó a depósito una versión con ciertas variantes y Martos firmó el 6 de julio de 1973 un informe en el que lo describía como «versos sin pies ni cabeza, pero en los que hay alusiones a personas existentes, y alguna obscenidad que deberían ser corregidas». El asunto se resolvió con un silencio administrativo, de modo que la obra pudo distribuirse.

Un poco más complejos son los casos de Rapsodia euskara, de Gabriel Celaya, que en 1961 había publicado la Biblioteca de los Amigos del País como número 16 de la Colección Monografías Vascongadas con ilustraciones de Santos Echeverría, y Baladas y decires vascos, de la que en 1965 la colección El Bardo de José Batlló había publicado una edición sensiblemente perjudicada por los cortes censorios. En 1968 apareció, también censurada y en El Bardo (en la editorial Ciencia Nueva), una edición titulada Canto en lo mío (Rapsodia euskara-Baladas y decires vascos),que en 1973 intentó publicar íntegra, sin éxito, la editorial Auñamendi. En esta ocasión Martos se explaya en algunas consideraciones hasta cierto punto personales (téngase en cuenta que era de origen andaluz, de ahí la referencia a los tartesos): «Todo gira sobre que los únicos que saben trabajar y trabajan son los vascos. Muy bien. Si quieren presumir de mulas de carga, allá ello [sic]. El que suscribe prefiere la suave filosofía tartesia».

Leídas hoy resultan entre disparatadas y jocosas todas estas parrafadas y este estilo carpetovetónico tan extremado de Martos, y el riesgo es que estas ridiculeces hagan olvidar, como insiste Larraz en su libro de 2014, las gravísimas y vergonzosas consecuencias que a menudo tenían sobre las condiciones en que los libros llegaban a lectores; y, en última instancia, sobre el nivel (y la historia) de la cultura española toda.

Fuentes:

Boletín Oficial del Estado.

Diario Oficial del Ministerio de la Guerra.

Sergio García García, «”Se trata de unos poemas de cierto regusto marxistizante”. La poesía de Manuel Vázquez Montalbán ante la censura franquista», Tonos Digital, núm. 38 (2020).

Lucas Molina Franco, Pablo Sagarra Renedo y Óscar González López, El factor humano. Organización y liderazgo para ganar una guerra. La Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación en la Guerra Civil española, Madrid, Ministerio de Defensa del Gobierno de España (colección Adalid), 2022.

Francisco Rojas Claros, «Edición y censura del marxismo italiano en la España de Franco. Antonio Gramsci y Galvano della Volpe (1962-1975)», Spagna contemporanea, núm. 49 (2016), pp. 121-139.

Francisco Rojas Claros, «La difusión del marxismo durante el franquismo: el caso de Artiach Editorial(1969-1974)», Revista Historia Autónoma, núm. 9 (2016), pp. 147-170.7

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia editorial (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Joan Mari Torrealdai Nabea, La censura de Franco y el tema vasco, Astigarraga, Fundación Kutxa, 1999.

François Maspero, editor de ideas claras

En el número 22 de Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles (correspondiente a 2020), Aránzazu Sarría Buil establece un interesante paralelismo entre las trayectorias biográficas y profesionales de José Martínez Guerricabeitia (1921-1986), motor de Ruedo Ibérico, y François Maspero (1932-2015), creador de las librerías L’Escalier y La Joie de Lire y de una reputada editorial que llevaba su nombre, y al hacerlo menciona un fascinante documental sobre este último dirigido en 1970 por el cineasta, fotógrafo y escritor francés Chris Marker (Christian François Bouche-Villeneuve, 1921-2012) donde queda expuesta sintética pero muy claramente la influyente filosofía —si así puede llamársela— del editor francés, François Maspero, les mots ont un sens.

F. Maspero.

Tiene el acierto Sarría Buil de subrayar la importancia que tuvo tanto el diferente contexto familiar de Martínez Guerricabeitia y Maspero como la similitud del impacto que tuvieron en ellos las consecuencias, —vividas de muy cerca— del auge de la guerra y de los totalitarismos en Europa: el padre y el hermano mayor del primero fueron encarcelados por el franquismo, mientras que el segundo perdió al padre en Buchenwald, su madre pasó por Ravensbrück y su hermano mayor murió combatiendo en el departamento de Mosela. Eso explica en muy buena medida el radical entendimiento y la entrañable amistad que se estableció entre ellos, y contribuye también a justificar en alguna medida las similitudes en cuanto a la ética editorial que guio y sustentó sus trayectorias.

A los veintitrés años abandonó Maspero sus estudios de etnología para entrar a trabajar en la librería L’Escalier, en el quartier de l’Odéon, donde establecióncontacto con los lectores de la revista panafricanista del senegalés Alioune Diop (1910-1980) Presence Africaine, cuyo primer número iba precedido de un texto de André Gide y una significativa presentación del director que se iniciaba con las siguientes palabras: «La revista no mantendrá obediencia a ninguna ideología o política. Quiere abrirse a la colaboración de todos los hombres de buena voluntad». Allí entra en contacto con Amílcar Cabral (19241-973), que por esos años funda el Partido Africano por la Independencia de Guinea y Cabo Verde, el escritor senegalés e ideólogo del concepto de negritud Aimé Césaire (1913-2008) y, entre muchos otros, el poeta angoleño Mario Pinto de Andrade (1928-1990), que más adelante le puso en contacto con el psiquiatra de La Martinica Frantz Fanon (1925-1961), a quien Maspero publicaría dos obras importantes y polémicas, L’an V de la Révolution algérienne (1959) y Damnés de la terre (1961).

F. Maspero.

La compra de esa librería, gracias a una herencia de su abuela, coincide prácticamente con su entrada en el Partido Comunista, del que es expulsado a los seis meses, según contó él mismo por protestar públicamente contra la política soviética en Hungría y por la desidia del partido acerca de la guerra de Argelia, lo que hizo que André Tollet le acusara de haber «vomitado sobre el partido». «Una experiencia sumamente saludable», fue la réplica de Maspero. Poco después se endeuda para comprar lo que será su segunda librería, La Joie de Lire, en el barrio Latino, que se hizo famosa por ser una de las víctimas predilectas de los situacionistas, que robaban libros por considerar a Maspero un «mercader de la revolución».

Finalmente, en 1959 (durante el apogeo de la guerra de Argelia) empiezan a funcionar las Éditions Maspero, que desde el primer momento topan con la dureza punitiva de la censura francesa. Sin embargo, el libro con que estrena su colección inicial y una de las más emblemáticas, Cahiers Libres, es el testimonio de un exmiembro de las Brigadas Internacionales, La guerre d’Espagne, de Pietro Nenni (1891-1980).

La mencionada L’an V de la Révolution algérienne (reeditada en 1966 con el título Sociologie d’une révolution) fue prohibida por el gobierno francés seis meses después de su publicación, y esa fue la tónica con muchísimos de los libros publicados en esos primeros meses de actividad editorial, así como de la revista Partisans, que se publicó entre 1961 y 1972 y donde se estrenó por ejemplo Georges Perec (1936-1982). Según escribe Sarría Buil:

Los libros afectados por esta «censura de guerra», que difícilmente asumía su nombre como afirma el historiador Benjamin Stora, fueron esencialmente los editados por Jérôme Lindon de las Editions Minuit y por François Maspero. Entre 1958 y 1962 fueron secuestrados 25 libros de los cuales 13 habían sido editados por Maspero. Solo en 1961, punto álgido en la práctica censora, ocho de sus libros son prohibidos bajo las acusaciones de atentar a la seguridad del Estado y provocar a los militares al desacato, a la deserción o a la insumisión, y ello amparándose en diferentes artículos de la Ley de prensa de 1881.

En cuanto al ideario que rigió a esta editorial, con acusada vocación de intervención política no partidista, son reveladoras las muy a menudo citadas declaraciones de su creador en la entrevista de Marker, en las que distingue tres tipos de catálogos:

Un editor se define por su catálogo. Sin embargo, hay el catálogo de los libros que ha publicado y por otra parte un catálogo, por lo menos para mí, mucho más importante, de los libros que no ha publicado. Y estoy muy orgulloso de ver hay un montón de libros que yo no he publicado. Hay aún un tercer catálogo que se podría hacer que es el de los libros cuya publicación se propicia en otras editoriales por el simple hecho de existir. Es muy importante también. Me siento muy feliz al ver que se publican muchos libros que no se hubieran publicado si yo no existiera, porque hay editores que los publican solo debido a que he divulgado un estilo de publicación y no quieren que esos libros se publiquen en mi editorial. Eso también es muy gratificante.

Hay un amplísimo consenso en destacar el carácter abierto del catálogo de Maspero, si bien evidentemente escorado a la izquierda (de ahí que tanto sus librerías como la editorial fuesen objeto de ataques y atentados por parte de la extrema derecha). La declarada y mostrada prioridad en la publicación era alentar el diálogo, llamar la atención sobre aquellos temas que le parecían interesantes y dignos de mayor atención (el anticolonialismo, el tercermundismo, la negritud, el totalitarismo de izquierda y de derecha…). En parte ello explica que, junto con el propio José Martínez y Giangiacomo Feltrinelli, Jorge Herralde destaque a Maspero como uno de los «tres faros, tres ejemplos para cualquier editor con vocación antifranquista» en los años sesenta. Y a ello añadía Maspero una diáfana estrategia anticapitalista, apegada al contexto social de su tiempo:

Lo más importante es esa noción de Paul Nizan, que para mí es fundamental, de que en la lucha contra el capitalismo lo esencial es siempre traicionar a la burguesía empleando, si es posible, sus propias armas —y en este caso se trata de la cultura burguesa— y de ponerlas a disposición de quienes luchan contra ella. La noción de traición de la burguesía es la más importante. Yo soy un burgués que traiciona a la burguesía y que lucho cada día por traicionarla más y mejor.

Fuentes:

Félix Boggio Éwanjé-Épée y Stella Magliani-Belkacem, «Entretien avec François Maspero: “Quelques malentendus», Période, 18 septiembre 2014.

Julien Hage, «François Maspero: Publisher (P)artisan», Viewpoint Magazine, 27 de mayo de 2015.

Jorge Herralde, «”Y el cinismo sin llegar…” Homenaje a Pepe Martínez y el Ruedo Ibérico» [2004], en Por orden alfabético, Barcelona, Anagrama, 2006, pp. 177-192.

Chris Marker, «Maspero, les mots ont un sens», On vous parle de Paris, 1970. (vídeo)

Sara K. Miles, Freedom «en français»: The revolutionary intellectual and publication networks in Québec, France and Algeria, 1963-1968, tesis presentada en la Universidad de Chapell Hill, 2017.

Salar Mohandesi, «Shapping the Intellectual Terrain: On François Maspero», Viewpoint Magazine, 27 de mayo de 2015.

Aránzazu Sarría Buil, «Oponerse al franquismo editando en París: Ruedo Ibérico y las Éditions Maspero», Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles, núm. 22 (2020), pp. 317-352.

El autor (e impresor) del «Diccionario tragalológico»

José María Azcona y Díaz de la Rada.

En 1935 la editorial Espasa-Calpe publicó en Madrid un asombroso libro titulado Clara-Rosa, masón y vizcaíno, que Ravina Martín describió como «mordaz, a veces con fina ironía, que en otras llega a ser hasta divertido». Su autor era el escritor y bibliógrafo navarro José María Azcona y Díaz de la Rada (1882-1951), de quien se sabe que era además encuadernador aficionado, que es quien se esconde tras el seudónimo Fray Gerundio en El Diario Vasco y que el año anterior había ordenado y prologado las Memorias. Escenas de la vida tafallesa de Ángel Morrás Navascués (1846-1934), que previamente (desde agosto de 1933) había ido publicando seriadas en el semanario La voz de la Merindad

El 22 de septiembre de ese mismo año 1935 la obra de Azcona publicada por Espasa-Calpe era ampliamente reseñada en el prestigioso periódico madrileño El Sol, en la misma página en que se anunciaba la reciente aparición, también en Espasa-Calpe, de Mi rebelión en Barcelona, de Manuel Azaña (1880-1940).

El título de la obra de Azcona se refería a un personaje bastante singular, el médico José Joaquín de Clararrosa, que previamente había sido conocido como el fraile Juan Antonio Olavarrieta, y no deja de ser curiosa la explicación que Azcona sugiere para la elección de su nombre como médico: «en América casó con dos mujeres y en Portugal con otras dos, y con los nombres de las cuatro Josefa, Joaquina, Clara y Rosa, formó el seudónimo que le hizo famoso». Muy poco antes había aparecido también en Espasa Calpe un libro del donostiarra afincado en Madrid Pío Baroja (1872-1956), Siluetas románticas y otras historias de pillos y extravagancias (1934) en el que se recogía un artículo cuyo título pudo servir de inspiración a Azcona: «Clara Rosa, fraile vasco y anarquista» (pp.79-86). Baroja dejó en este artículo un sucinto retrato de Clara Rosa: «vascongado un poco arlote, grueso, pálido y rechoncho, con unas barbas negras».

Olavarrieta, nacido hacia 1763 y cuya complicada trayectoria vital ha reconstruido admirablemente Beatriz Sánchez Hita, tomó los hábitos franciscanos en Santander en 1776, pero poco después fue trasladado a Bilbao cuando se halló en su celda material de contrabando. Con el tiempo logra convertirse en capellán de la Compañía de Filipinas, lo que le permite conocer mundo, hasta que se establece en la capital del Perú y empieza a publicar su Semanario crítico (desde 1791), que se hizo conocido por sus agrias polémicas con el Mercurio peruano (1791-1795).

Sin embargo, en 1795 está de nuevo en España y al año siguiente empieza la publicación clandestina de Diario de Cádiz, de vida breve (entre abril y mayo), pero al sentirse perseguido por la Inquisición huye en el Leocadia para radicarse en Guayaquil (por entonces perteneciente al Virreinato de Nueva Granada), de donde sus ideas le llevan a convertirse en cura de Axuchitlán (México). Publica allí una sorprendente negación de la existencia del alma y de Dios, El hombre y el bruto, que pese a haber circulado muy probablemente solo en copias manuscritas se ha considerado una pieza clave del pensamiento materialista de la Ilustración española y que, lógicamente, le llevó a la cárcel por «hereje formal, apostata de nuestra sagrada religión, tolerante, deísta ateísta, materialista, reo de lesa majestad pontificia y real».

Debía cumplir condena en España, por lo que fue de nuevo trasladado a Cádiz, y antes de ser entregado a la Suprema General Inquisición consiguió escapar de las autoridades y cambiar de identidad. Con la ayuda del embajador español, en Portugal se hizo con nueva documentación como José Joaquín de Clararrosa, se convirtió en médico de familia (presentó un título como profesor de Medicina por la Universidad de Zaragoza) y contrajo matrimonio con Maximiana Candía de Pesol. Enzarzado en controversias acerca de su profesionalidad como médico, la jura de la Constitución por parte de Fernando VII en 1820 (que daría inicio al trienio liberal) le da la oportunidad de regresar a España y dedicarse a la publicación de sus ideas: Catecismo constitucional y Reflexiones políticas sobre diferentes artículos de la Constitución, ambas en la Imprenta de Carreño en 1820, además de dirigir el Diario Gaditano de la libertad e independencia nacional, político, mercantil, económico y literario, que en la Hemeroteca Nacional se describe como el «más significativo, avanzado, beligerante y polémico del partido liberal en Cádiz durante el Trienio Liberal».

De esas mismas fechas e inicialmente en las páginas del periódico empieza a publicarse una sección entre satírica y política titulada «Diccionario abreviado de todas las cosas» (concretamente desde el 24 de junio de 1821), origen de la obra que, en palabras de Fernando Durán López, convertiría a Clararrosa en «el más ambicioso diccionarista del Trienio», si bien el propio autor se presenta a sí mismo y su estilo como «diccionarista o cocinero literario de bocadillos sueltos de diferentes substancias bajo de una salsa general y económica, en que cada uno de los convidados echa mano de lo que más gusta». Después de aparecer regularmente en el diario hasta principios de agosto de ese mismo año, y probablemente en otoño (aparece anunciada en el periódico en noviembre) se publicó en forma de volumen (180 páginas). El título completo que figuraba en la portada era Diccionario tragalológico o Biblioteca de todo lo tragable por orden alfabético, por el ciudadano José Joaquín de Clararrosa, pero el anuncio en el mencionado periódico es engañoso, pues se describe como «siendo el mismo que se publicó en el diario, se reimprimió separado de él, aumentado y corregido para mayor comodidad de los lectores», cuando en realidad no es sino una compilación de lo aparecido en prensa, sin ninguna ampliación.

La obra salió de la gaditana Imprenta de la Sincera Unión (Alameda, 114), en la que ese mismo año Clararrosa publica, entre muchos otros varios libros y folletos, «La nación y el gobierno». La razón era simple: Clararrosa era el propietario de la imprenta, en palabras de Ravina Martín, «regalo, según sus malévolos e inevitables enemigos, de un pequeño grupo de amigos exaltados», si bien fue en el mismo Diario de Cádiz donde se explicó que el dinero reunido para comprar los útiles de imprenta salió de una recolecta entre los liberales. El nombre de la imprenta, cuya historia también ha reconstruido con minucia Beatriz Sánchez Hita, ya es indicativo de sus posibles vínculos con la masonería, y más concretamente con la logia del mismo nombre creada en septiembre de 1841.

Como no podía ser de otro modo tratándose de un personaje tan controvertido y singular, enzarzado continuamente en controversias y denuncias, ni siquiera después de muerto estuvo exenta su figura de polémica, ya desde las discrepantes versiones de sus honras fúnebres, cuyo marcado carácter político se pone de manifiesto en la descripción que de él hizo Ravina  Martín:

La mañana del día 28 de enero de 1822, las calles de Cádiz se verán recorridas por un espectacular e insólito entierro: en la caja, con la tapa descubierta, iba el cadáver de Clararrosa con la Constitución de la Monarquía española de 1812 abierta por el capítulo en que se habla de la Soberanía Nacional; un gentío acompañaba al féretro portando hojas de olivo y entonando canciones patrióticas, desde el Trágala al Himno de Riego.

Fuentes:

José Joaquin de Clararrosa, Viaje al mundo subterráneo y secretos de la Inquisición revelados a lo españoles. Seguido de «El hombre y el bruto» y otros escritos, edición, introducción y notas de Daniel Muñoz Sempere y Beatriz Sánchez Hita y prólogo de Alberto Gil Novales, Grupo de Estudios del siglo XVIII (Universidad de Cádiz), 2003.

José Joaquin de Clararrosa, Diccionario tragalógico y otros escritos políticos (1820-1821), edición, introducción y notas de Fernando Durán López, Universidad del País Vasco (Textos Clásicos del Pensamiento Político y Social en el País Vasco 9), 2021.

Fernando Durán López, «Pelearse con las palabras: diccionarios políticos en la prensa española de principios del siglo XIX», en Leonardo Funes, coord., Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, Anexo Digital, Sección III, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, pp.137-146.

Eduardo Enríquez del Árbol, «La capitular Sincera Unión de Cádiz, ¿una logia fundada en la regencia de Espartero?», Trocadero, núm. 26 (2014), pp. 135-168.

Manuel Ravina Martín, «El entierro de un masón: Joaquín de Clararrosa (1822)», Revista de Historia Contemporánea, núm. 1 (1982), pp. 65-80.

Beatriz Sánchez Hita, «Juan Antonio Olavarrieta/José Joaquín de Clararrosa: fraile, médico, periodista y agitador político», Estudios de Teoría Literaria Revista digital, año 3, núm. 5 (marzo de 2014), pp. 115-129.

Beatriz Sánchez Hita, «Semblanza de Imprenta de la Sincera Unión (1821-1823)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

Corpus Barga: Una edición destruida y otra titulada por su editor

A Lola Burgos, agradeciéndole su paciencia con la heterodoxia

Al prestigioso periodista madrileño Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna (1887-1975), conocido literariamente como Corpus Barga, se le recuerda un episodio enigmático en cuanto a su estreno como creador. Hay constancia de que en 1904, cuando tendría por lo tanto alrededor de diecisiete años, publicó algunos poemas con el título Cantares que Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), su sobrino, tuvo ocasión de leer y describió como «el libro más crudo que he leído. Era interesante, disparatado, audaz».

Andrés García de la Barga.

Todo indica que los esfuerzos del autor por destruir todos los ejemplares de este libro, al parecer el único que firmó con su nombre (Andrés García de la Barga), tuvieron un éxito definitivo, pues no han quedado trazas que permitan saber gran cosa de este volumen, ni siquiera quién lo imprimió (acaso fuera una edición a cargo del autor que imprimiera alguna de las empresas que se ocuparon de sus obras siguientes: la de J. Espinosa y A. Lamas o la Imprenta Artística Española). Con todo, disponemos de una breve y maliciosa selección de versos de este poemario que apareció en el número 439 (correspondiente al 22 de abril de 1904) de la revista satírica Gedeón (1895-1912), que irónicamente se subtitulaba «El periódico de menos circulación de España». El título de la sección en que se reseñó este libro primerizo es elocuente: «El papel vale más (notas bibliográficas)», y la entrada ya permite entrever que la nota (anónima) será demoledora:

Otro vate primaveral, D. Andrés García de la Barga, nos ha hecho verdaderamente felices por un rato. No conocemos nada más inesperado y sorprendente que las canciones de este señor García, ni podemos negar a ustedes el placer de saborearlas. Vean, vean y escojan, si en esto es posible escoger.

Una rosa en medio del campo vi:

¡como estaba tan hermosa,

la he cogido para ti!

Y que le hablen al Sr. García de la Barga de la sencillez homérica. Pero sigamos saboreando:

En tu barca, linda barquera,

pasamé;

con tal de ir en tu barca,

yo remaré.

Portada de un ejemplar de Gedeón.

Sí, hombre, sí, tú pitarás, digo, tú remarás, da gana de decirle al poeta. Y cualquiera le convence de que no se dice “pasamé”, sino “pásame”.

Esto no arredró a Corpus Barga, que además de convertirse en periodista de prestigio creciente fue añadiendo a su obra literaria el libro de relatos Clara Babel (1906), el volumen memorialístico La vida rota (1908-1910), las obras narrativas El ayudante de cámara (1921), Pasión y muerte. Apocalipsis (1930), la obra dramática En el teatro de la guerra. Tragedia desconocida en un acto (1935), el relato Puñales (1936), etc.

Al concluir la guerra civil española, durante la cual colaboró en publicaciones tan significativas de la cultura republicana como Hora de España o El Mono Azul, salió de España acompañando al poeta Antonio Machado y Corpus Barga se instaló durante un tiempo en París, aunque el avance de las tropas nazis hizo que se trasladara primero a Vichy y posteriormente a Coir Cheverny (un pueblecito en el departamento de Loir y Cher).

Allí concluyó Corpus Barga en 1947 la novela histórica Hechizo de la triste marquesa, y al año siguiente aceptó la propuesta del publicista Franklin Urteaga —apodado la Pulguita Atómica por su diligencia y dinamismo— y el historiador y periodista Luis Alberto Sánchez (1900-1994) de ocuparse de la cátedra de Ética y Sociología del Periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de San Marcos, de la que más tarde (cuando esta se integró en la Facultad de Letras) llegaría a ser director.

En la década de los cuarenta y los cincuenta siguió Corpus Barga colaborando muy asiduamente con publicaciones periódicas tanto americanas como europeas (incluso españolas a partir de un determinado momento), y en 1963 hizo un discreto primer viaje a la España franquista en el que trabó amistad con el poeta José Agustín Goytisolo (1928-1999). Ese mismo año Edhasa había publicado en España una primera edición (censurada) de las memorias noveladas Los pasos contados en la colección que Guillermo de Torre (1900-1971) había creado con la intención de acercar y propiciar el diálogo entre los escritores establecidos en América y los residentes en España, El Puente, y en la misma colección publicaría dos títulos más de ese ciclo: Puerilidades burguesas (1964) y Las delicias (1967).

Tres títulos de la serie memorialística de Corpus Barga en El Puente.

Acerca del reflote en aquellos años de la aludida novela Hechizo de la triste marquesa, escribió Arturo Ramoneda: «Corpus se preocupó muy poco, en fechas posteriores [a las de su escritura] por darla a conocer, y la obra permaneció perdida y olvidada entre sus papeles hasta que en 1968 un editor peruano, que casualmente pudo conocerla, decidió sacarla a la luz». Lo que no menciona Ramoneda es que el editor en cuestión es uno de los más importantes que hubo en Perú en esa época (y en cualquier otra), Carlos Milla Batres, nacido en 1935 en El Salvador, formado inicialmente en Guatemala y trasladado ya en la adolescencia a Lima.

Carlos Milla (nada que ver con la familia Milla vinculada a la editorial Alfa) tenía ya entonces fama de ser muy certero ingeniando títulos, y una de las primeras observaciones que hizo a Corpus Barga fue que, en América, el título de su obra podía resultar ambiguo, por lo que le propuso el de La baraja de los desatinos (tomado de la caracterización que de España se hace en el capítulo 29 de la novela). Tal como lo contó el propio autor en una carta que publicó la revista Ínsula en octubre de 1975:

Este título, que descentra a la obra, se debe a un hecho sintomático de las diferencias del castellano en los distintos países en que se habla. El título original era Hechizo de la triste marquesa, pero aquí [en Perú] no se pudo poner porque entendían no que la marquesa estaba hechizada, sino que tenía hechizo, gracia, gancho. El lector español no creo que hubiera equivocado el sentido. Aquí hubo que poner otro título para evitar la anfibología.

Corpus Barga.

Prueba de hasta qué punto esta era una buena solución pero simplemente coyuntural fue el hecho de que, cuando se publicó en la Biblioteca Formentor de Seix Barral —por iniciativa de Pere Gimferrer, que había elogiado el volumen de Los pasos contados en la revista El Ciervo—, recuperó el título original pero, en contrapartida, se vio sometida a los efectos de la censura: además de algunas supresiones, se eliminaron todas las referencias al culto fálico y se publicó sin el prólogo del autor a la edición peruana. Aun así, del interés de Gimferrer por la escritura de Corpus Barga da testimonio la respuesta que dio cuando en 1966 la mencionada revista El Ciervo publicó una encuesta de balance anual a sus colaboradores titulada «¿Cuáles son los tres libros que más te han interesado en 1965?»: El roedor de Fortibrás, de Gonzalo Suárez, El bandido adolescente y Crónica del alba de Ramón J. Sender, y Los pasos contados. Puerilidades burguesas, de Corpus Barga.

Fuentes:

Esther Barrachina y Max Hidalgo, «Barga, Corpus», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016, vol. I, pp. 291-294.

Isabel del Álamo Triana, Corpus Barga, cronista de su siglo, Sant Vicenç del Raspeig, Universidad de Alicante, 2001.

Guzmán Urrero Peña, «Corpus Barga y el placer de contar», Rinconete (Centro virtual Cervantes), 13 de junio de 2001.

Arturo Ramoneda, «Introducción» a Corpus Barga, Crónicas literarias, Madrid, Júcar (Los Poetas Serie Mayor), 1984, pp. 11-84.

Arturo Ramoneda, «Introducción» a Corpus Barga, Apocalipsis. Pasión y muerte. Hechizo de la triste marquesa. Cuentos, Madrid, Júcar (Azanca 23), 1987, pp. VIII-LXIV.

Marcel Velázquez Castro, «Corpus Barga o el reino del exilio», Escritura y Pensamiento, núm 19 (2006), pp. 143-149.

Descentralización editorial contra censura

En algunas ocasiones se ha alegado la edición de obras del poeta romántico Jacint Verdaguer (1845-1902) a principios de los años cuarenta del siglo xx para intentar minimizar el efecto de la censura franquista en el retroceso que experimentó el uso de la lengua catalana tras la guerra civil española. Lo que se oculta en estos casos es cómo, por qué y en qué condiciones se pudo publicar a Verdaguer ya en 1943.

Jacint Verdaguer.

En su reciente tesis doctoral dedicada a la editorial La Selecta, Mireia Sopena ha reconstruido ese proyecto, que arranca en 1941 (cuando ya cursa un primer permiso para publicar a Verdaguer) y que cristalizó en la publicación de un texto escrito en un catalán previo a la reforma ortográfica llevada a cabo por el filólogo Pompeu Fabra y unánimemente aceptada. Escribe Sopena (traduzco del catalán):

A partir de la edición en rústica de Francesc Matheu, i con un prólogo de Frederic Mistral, las Obres completes de Jacinto Verdaguer se estamparon con un copyright de la Cada del Libro y el pie editorial de una llamada Biblioteca Selecta, si bien al poco tiempo la obra se transformó en el número 1 de la colección Biblioteca Perenne. La NAGSA imprimió un tiraje de casi 1.500 páginas y 123.000 ejemplares, que debían permitir amortizar los costos de edición y producción, aunque el precio de 175 pesetas era excesivamente elevado si se tienen en cuenta el de obras homologables de la competencia, que rondaban las 125 pesetas, y el de novelas en castellano de doscientas páginas a unas 15 pesetas.

Basta echar un vistazo a esa edición para comprender que si se pudo publicar fue, entre otros motivos, porque iba destinada a las clases pudientes y el arcaísmo del texto lo hacía poco menos que incomprensible para los lectores poco formados. Lo que quizá no se esperaran es que se convirtiera en un exitazo (se agotó en menos de un año). El fin de la guerra mundial propició un interés de la censura franquista por dar muestra de su manga ancha, lo que propició que este tipo de tejemanejes se repitiera con Victor Català (retablo en 1944, Mosaic en 1946) y que de Verdaguer, con motivo del centenario de su nacimiento, se hicieran en esos años otras diversas ediciones.

Dibujo de Junceda para el Canigó.

El excelente dibujante Joan Junceda (1881-1948) ilustró algunos pasajes del poema narrativo de Verdaguer Canigó, del que en 1945 hizo una edición de mil ejemplares en rústica a la que la única objeción que puso la censura fue a la intención de incluir un texto preliminar (meramente biográfico, de apenas media página y en catalán prefabriano). Además de los mil ejemplares corrientes, se hizo una tirada de ciento cincuenta en papel de hilo, numerados, con los dibujos ilustrados a mano y protegidos con papel de seda y acompañada de un estuche. De nuevo, el libro se dirigía a un determinado tipo de lectores, pero en este caso es particularmente interesante la casa editora: Sala, de Vic, que lo hizo imprimir en la igualadina Estampa de Pere Bas i Vic (creada en 1930 y que publicó en los años treinta mucha prensa local y en la postguerra, por ejemplo, El Club de Futbol Igualada, campeón de Cataluña, 1945-1946 y en 1958, en catalán, La indústria textil igualadina. Història d’un gremi, de Josep Riba i Ortínez).

Los orígenes de las ediciones de la Sala de Vic se remontan a la creación de la librería homónima en agosto de 1941 por impulso de Francesc Sala i Cidera, a quien el poeta Agustí Esclassans inmortalizó en el poema «A un llibrer de Vic» (en Beatrix, 1954). La librería, punto de reunión y de tertulia, actuó como catalizadora y difusora de la cultura en la ciudad de Vic y alrededores, y ya en 1943 hacía imprimir una edición de El criterio, del filósofo y teólogo Jaume Balmes (1810-1848), ilustrada por Junceda. Dos años después, además del Canigó, aparecía Don Serafín: ¿Bailamos o no bailamos? Interesantes y borascosas ideas sobre un problema de candente actualidad, que el obispo Ramon Masnou (1907-2004) firmó como Darío.

En la primera solapa de la sobrecubierta de este libro se encuentra alguna información interesante, como por ejemplo que la edición corriente de Canigó valía 35 pesetas y los 150 ejemplares numerados, 350. Sin embargo, más interesante es el anuncio de la «Colección Aures de la Plana. Volúmenes poéticos de autores vicenses» y sobre todo de una colección de goigs en ediciones limitadas de doce ejemplares de Escrits inèdits de Mn. Cinto Verdaguer i homes de l’Esbart de Vich, que es dudoso que se llevara a cabo, pues no parecen haber dejado ningún rastro. También de 1945 es la antología de viñetas Garabatos de Lluis Mallol. Cuentos, chistes, historietas, encueaderbado en cartoné y con la cubierta impresa a dos tintas y el interior en bicromía (esto es: la viñeta en azul, rojo o negro, con una orla enmarcándola en amarillo o verde, por ejemplo).

A quien por entonces era rector del seminario de Vic, Climent Villegas, le publica Sala Ejemplaridad de Balmes en 1946 y ese mismo año se imprime El alma religiosa de Contardo Ferrini, de Ánngelo Portaluppi y prologado por Agostino Gemelli y traducido por el filósofo y escritor Josep Miquel i Macaya (1907-1995), pero mayor importancia tuvo la mencionada colección en catalán Aures de la Plana, que se estrenó en 1947 con Els meus racons de Vic, de Miquel S. Salarich i Torrents y prologado por de Eduard Junyent, Hores enceses, de Josep Clarà i Roca y con prólogo de Tomàs Roig i Llop y Messa novella, de Ramon Vidal i Peix e introducción de Artur Martorell i Bisbal, y en la que en los años sucesivos se publicarían, entre otros, Records de juventud, de Pilar Pratdesaba de Surroca prologado por Miquel S. Salarich i Torrents (1952), La finestra oberta, del mencionado Salarich prologado por Ramon Rucabado (1954) y Díptic, de Nuria Arbó y Maria Àngels Anglada y prólogo de Marià Manent (1972) (puede verse el catálogo completo de esta a colección en el artículo de Miquel S. Ylla-Català i Genís mencionado en las fuentes).

Desde 1949 se habían empezado a hacer habitual la edición de opúsculos ilustrados con motivo fechas señaladas, como el día del libro o Navidad, ilustrados en su mayoría por Salvador Puntí (1909-1970), pero también otros por artistas como Joan Vilà i Moncau (1924-2013), Jacint Conill (1914-1992) o Pere Brugulat (n. 1922).

Mayor interés tiene otra modesta colección, destinada al género dramático y llamada Biblioteca Teatral Ausona, en cuya creación tuvo un peso importante el actor, dramaturgo y polifacético hombre de teatro Josep Subirana (1874-1951), conocido también como «Manel dels ous». Según cuenta Pilar Cabot:

Hubo autores que escribieron algunas obras pensando específicamente en él [Josep Subirana]; para que él las estrenara, como fue el caso de Florenci Cornet, Lluís Rossic, l’Aubanell… Però él padrí lo completaba: las ponía en escena y las editaba. Creó la Biblioteca Teatral Ausona, una colección abierta a autores en lengua catalana y que tenía dos vertientes: Obras de Centre Catòlic (solo hombres) y Obres amb Dama. Los impresores eran Aleu, Domingo & Cía., de la calle Calàbria (entonces en el núm. 89), en Barcelona. Más adelante reconvirtió la colección. Pasó a llamarse Biblioteca Teatral Subirana y se imprimía en Vic, en la Tipografia Balmesiana de la calle de la Riera (por entonces en el núm. 5).

En esta colección se publican en 1947 en rápida sucesión El rabadà a Betlem (Pastorets): dividit en tres actes i quatre quadres, de Ramon Vidal i Pietx;  La comtesseta de Bella flor: drama líric en quatre actes (1947), de Joan Villacís y música de Adjutori Vilalta; Amor triomfant y Sospirs d’infant: quadrets lírics (1947), de Joan Vilacís y Joan Brugalla i Saurina, con música de Lluís Brugarolas i Ventulà Sala (como título inicial de una serie dentro de la colección llamada Joai Infantil); Llum dintre la fosca: drama líric per a nenes dividit en dos quadres i El bes de la caritat: quadrets lírics per a nenes, de Joan Villacís y continuación de la mencionada Joai; El calvari d’una llar: drama en tres actes i en prosa per a noies, de Francesc Carbó i Trilla, y tras una pausa en el ritmo de publicación se añaden A la ciutat de Lleida: poema líric en tres actes (1950), de Joan Casanovas i Molist y música de Josep Casanovas i Molist, Poemes d’infants: quadrets originals (1952), de Francesc Carbó i Trilla y Joana d’Arc: poema històric en vers, obra de teatre catòlic per a noies (1952), de Francesc Planas i Vilaró.

Y es importante esta colección porque su publicación es casi coincidente en el tiempo con la iniciativa de Sunyol de crear un pequeño grupo teatral de jóvenes, que cuajaría en la Schola Teatral y en la organización del Primer Cicle de Teatre Actual, cuya pretensión era estrenar en la ciudad a grandes dramaturgos internacionales, alentar el interés de los jóvenes por el teatro y, además, investigar nuevas formas de preparar la puesta en escena del teatro contemporáneo a partir de las innovaciones que en este campo se estaban produciendo en toda Europa. Lamentablemente, no pasó de la primera edición, por problemas de financiación, pero sí dejó un cierto poso como punto de partida del teatro independiente en la ciudad, que con el tiempo cristalizaría en el grupo vanguardista La Gàbia (1961-1994) fundado por Lluís Sola i Sala (quien en 1976 se convertiría en director de la sede del Institut del Teatre en Ososa) y que empezó a rodar en 1961 con Poemes civils, de Joan Brossa (1919-1998), en la creación en la Universitat de Vic de un posgrado en Teatre i Educació, en la fundación del Centre Dramàtic d’Osona, etc. 

Fuentes:

Maria Antònia Bisbal i Cendra, «La imprenta a Igualada», Miscellanea Aqualatensia, núm. 3 (1983), pp. 289-311.

Pilar Cabot, «Josep Subirana (Vic 1874-1951)», Ausa, vol. XX, núm 150 (2002), pp. 683-693.

Ramon Pinyol i Torrents, Verdaguer sota el franquisme: censura i manipulació, discurso de recepción del autor como miembro numerario en Secció Històrico-Arqueològica del Institut d’Estudis Catalans, leído el 25 de enero de 2018.

Carme Rubio, «L’activita teatral a Vic a partir de la postguerra», Ausa, vol. Xx, núm. 148-149 (2002) pp. 221-243

Mireia Sopena, La Selecta, centre de l’edició i de la vida literària(1943-1962), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i LLetres, Universitat Autònoma de Barcelona, 2021.

Miquel S. Ylla-Català i Genís, «La llibreria Sala, gresol de cultura vigatana», Ausa, vol. IX, núm. 100 (1981) pp. 425-431.

Joan Senent Anaya y la cultura del libro en Valencia

La primera sede de la que probablemente sea la librería más importante de Valencia, Tres i Quatre, estuvo en la planta baja del número 7 de la calle Pérez Bayer, que hasta entonces había sido una autoescuela propiedad de la familia del abogado Joan Senent Anaya (1916-1975). El padre de éste, Joan Senent Ibáñez, natural de Massarrojos y conocido popularmente como Tio Roig el Fariner, además de notable arqueólogo había sido pionero en la edición de manuales de circulación ‒la primera edición del exitosísimo El examen de conductor. Carmet de chofer, escrito y editado por él mismo bajo el sello Senent, data de 1946‒, así como en la docencia de las técnicas de chófer. También Senent Anaya aparece como autor de la actualización de alguno de estos libros. Por si fuera poco, su tío, el activista cultural y empresario Nicolau Primitiu (1877-1971), también estaba estrechamente vinculado al mundo de los libros, no sólo como coleccionista sino también como fundador de la revista bilingüe Sicània (1954-1959) y de la editorial homónima. Y habría que establecer si existe parentesco con Miguel Senent, el Cojo Senent, que con el escritor Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fundó en 1893 la efímera empresa editorial La Propaganda Democrática.

Se da la circunstancia de que Senent Anaya ya había cedido antes locales a comercios libreros: la Can Boïls (la primera librería valencianista de la postguerra), gestada en el seno de la asociación Lo Rat Penat (por Lluís Aracil, Josep Lluís Carrión y Emili Boïls) y fundada en 1962, y poco después de que ésta cerrara (en 1965), la también valencianista Concret Llibres, impulsada por Valerià Miralles, Alfons Cucó y Tomàs Llorens, abierta en 1967 y objeto desde el primer momento de la vigilancia, el acoso y de diversas multas por parte de secuaces del Ministerio de Información y Turismo (a cuyo frente se encontraba por entonces Manuel Fraga).

En diciembre de ese mismo 1967, Senent Anaya y su hijo Joan Senent Moreno figuran entre los creadores de la sociedad civil Tres i Quatre, junto con Joan Fuster, Rosa Raga y Eliseu Climent, una de cuyas primeras iniciativas será la apertura de la mencionada librería homónima.

Joan Senent Anaya.

Antes, ese mismo año, había aparecido con sello de Senent la novela de Maria Beneyto (1925-2011) La dona forta, precedida de un prólogo del prestigioso filólogo e historiador Manuel Sanchís Guarner (1911-1981) y galardonada con el entonces aún recientemente instituido Premi Joan Senent de narrativa.

El 25 de febrero de 1968, Senent Anaya registra una solicitud de autorización para una iniciativa de enorme trascendencia, que el 19 de diciembre es aprobada. Así, el 1 de junio de 1969 empieza a aparecer el boletín bibliográfico inicialmente bimestral Gorg, que incluía resúmenes y fragmentos de obras publicadas en lengua catalana, a menudo acompañadas de breves biografías de sus autores. Era un modo de dar a conocer en Valencia una producción bibliográfica muy mayoritariamente generada en Cataluña a un conjunto de lectores potenciales que empezaba muy tímidamente a crecer. Tal como lo cuenta Senent Moreno, traducido:

…aprovechando el fin de la pena de prisión de Enric Valor [(1911-2000)] con la que el franquismo lo reprimió […] y durante la cual mi padre, valiéndose de su condición de abogado para entrar libremente en la cárcel, iba a visitarlo todas las semanas. Cuando Valor salió de prisión le proporcionó una actividad y un medio de subsistencia, ya que le habían confiscado todos sus bienes, la cuantía de los cuales ignoro, y fue así como nació Gorg. En un rincón al fondo del local del negocio familiar, en la gestoría de la calle Colom, entre los dos hacían la revista.

La eficacia de lo que en origen era un simple boletín bibliográfico, puramente informativo, estriba entre otras cosas en la labor altruista de Senent, quien, según cuenta el mismo Enric Valor, «regaló por todo el País Valenciano, a entidades culturales, colegios, bibliotecas e incluso a peluquerías y tiendas importantes», los ejemplares de los dos primeros números. Con todo, esta revista de casi una cincuentena de páginas se distribuía a un precio de 10 pesetas sobre todo en quioscos y librerías, tanto en el País Valenciano como en Cataluña y las islas Baleares, además de contar con numerosos suscritores, lo que permitió hacer tiradas de hasta ocho mil ejemplares.

Si bien de la vertiente organizativa y de buena parte de los textos se ocuparon Senent Anaya y Valor, lo cierto es que contaron también con la colaboración del corresponsal en Valencia de Serra d’Or, Oriflama y La Vanguardia, Josep Maria Soriano, y con una pléyade de excelentes colaboradores entre los que destacan el filósofo y escritor Josep Maria Capdevila (1892-1972), el escritor y activista Gonçal Castelló (1912-2003), el poeta y traductor mallorquín Josep M. Llompart (1925-1993), el historiador Alfons Cucó (1941-2002), el considerado padre de la sociolingüística catalana Rafael Ninyoles (1943-2019), el entonces joven dramaturgo y traductor Rodolf Sirera (n.1948) y el célebre y muy influyente ensayista y editor Juan Fuster (1922-1992), al margen de que en Gorg se publicaron fragmentos de obras firmadas por escritores de primer orden como Pere Calders (1912-1994) o Jean Paul Sartre (1905-1980), entre otros muchos, que contribuían a suscitar debate intelectual en esas tierras. Progresivamente, estas notas informativas fueron creciendo y las páginas de Gorg acogieron tanto breves ensayos o críticas como pequeñas polémicas, siempre de tema literario, así como crónicas, reportajes y entrevistas; sin embargo, lo que aumentó también de un modo notable el interés de la revista fueron las cartas al director, que vehiculaban algunas de las preocupaciones de los lectores y generaban ciertos debates culturales con inevitables connotaciones políticas.

En el ámbito visual las iniciativas vinculadas a Gorg contaron con la colaboración del empuje renovador y vanguardista que representaban el Equip Crònica, compuesto por Juan Antonio Toledo, Rafael Solbes y Manolo Valdés, así como el escultor Andreu Alfaro (muy vinculado también a las ediciones de Tres i Quatre).

Acaso como consecuencia del éxito y el crecimiento del proyecto, a principios de la década de 1970 Gorg acabó por topar de frente con la censura, que decidió cerrarla con el pretexto de que estaba excediendo el contenido para el cual había obtenido autorización, precisamente cuando Senent solicitó autorización para convertir Gorg en una revista cultural. Senent Anaya se presentó al combate, y el 5 de febrero de 1972 presenta alegaciones ante el Ministerio de Información y Turismo, que nunca hasta entonces había hecho ninguna advertencia al respecto; como a nadie sorprendería, el MIT rechazó las alegaciones y canceló su número en el Registro de Empresas Periodísticas. A esas alturas, Senent no se arredra y pide entonces un recurso de alzada ante el Consejo de Ministros, que en julio de 1972 ratificó la suspensión. Ni así se rindió el combativo mecenas y agitador cultural, que en diciembre de 1972 aún presentó recurso ante el Tribunal Supremo. La cosa iba para largo, y mientras, hasta abril de 1972 la revista había seguido publicándose.

Luego, Senent cedió el nombre a Gonçal Castelló y le proporcionó además un espacio en lo que hoy es el passeig de Russafa (donde estaba también la distribuidora El Molinet), y Castelló creó Els Quaderns Gorg, una serie de revistas monográficas que eran casi libros colectivos (un poco al estilo de lo que fue, para esquivar la censura, la revista Critèrion), el primero de cuyos números se tituló Estimem la nostra lengua (1973), con un prólogo de Castelló y dos textos, uno de Manuel Sanchis Guarner y el otro de Josep Melià.

Llegaron a publicarse once números, entre los cuales la traducción de Enric Valor de L’ingenu (1974), de Voltaire, con un prólogo del periodista cultural Rafael Ventura Melià (1948-2020) y único número de la colección La Ploma, la obra teatral L’ombra de l’escorpí (1974), que Maria Aurèlia Capmany escribió por encargo del Grup d’Estudis Teatrals d’Horta, uno colectivo sobre Les Falles (1974) en el que colaboraron Sanchis Guarner, Rodolf Sirera, Joan Fuster, Vicent Andrés Estellés (1924-1993), y en cuya portada lucía un fotomontaje de Josep Renau (1907-1982), Nova frontera económica (País Valencià 1974), con textos de Joan Fuster Màrius Garcia Bonafé y Ernest Lluch, entre otros, y Homenatge a la imprenta valenciana 1474-1974, en el que escriben Pere Bohigas, Josep Perarnau y Joan Fuster.

Es más, en esos años empiezan también a aparecer libros con el sello Editorial Gorg; Millorem el llenguatge (1971), que recogía el título de una sección de la revista, de Enric Valor; Viure a Madrid. Cròniques des de l’altiplà (1973), de Gonçal Castelló; Els quaderns d’ Emili Coniller. Diari 1958-1960 (1973), de Emili Boïls; Curso medio de gramática catalana, referida especialmente al País Valenciano (1973), de Valor, de quien se inicia la publicación además de la Obra literaria completa, con dos volúmenes (1975 y 1976), de más de cuatrocientas páginas y con textos preliminares de Sanchis Guarner, Ninyoles y Neus Oilag.

Resulta muy significativa la solicitud que en diciembre de 1973 cursa el fiscal del Estado en la que insta al Tribunal Supremo a dictar sentencia sobre Gorg cuanto antes, porque ésta expresa: «un radicalismo separatista que constituye un claro ataque a los principios que muestran toda la savia sociológica del régimen vigente». Con todo, el Supremo no avaló el cierre de la revista hasta el 15 de marzo de 1975; apenas tuvo tiempo de disfrutar de ello Senent Anaya, que murió el 22 de diciembre de 1975, solo un mes después que el dictador.

Póstumamente, con sello de Gorg, se publicó su muy elocuente libro En defensa del regionalismo (Proceso a la revista “Gorg”), 1976.

Fuentes:

Índices de la revista Gorg:

Santi Cortés, El compromís amb la cultura. La història de Tres i Quatre, València, Edicions 3i4 (La Unitat 205), 2014.

Francesc Martínez Sanchis, Premsa valencianista. Repressió, resistencia cultural i represa democrática (1958-1987), prólogo de Joan Manuel Tresserras, Universitat de València (Aldea Global 36), 2017.

Joan Josep Senent i Moreno, «Gonçal Castelló i Gorg», en Àngel Velasco y Vicent Terol i Calabuig, eds., El món de Gonçal Castelló, Gandia, Centre d’Estudis i Investigacions Comarcals Alfons el Vell, 2013, pp. 32-38.

Fútbol, libros y propaganda nazi en España

Si por algún motivo ha pasado a la historia el seudónimo Juan Deportista es por habérsele atribuido la creación del epíteto «furia española» para referirse a la selección nacional española de fútbol. Sin embargo, quizá más interesantes fueron sus vinculaciones a proyectos editoriales nazis.

Juan Deportista, con Spectator, fue uno de los seudónimos más conocidos del periodista deportivo Juan Alberto Martín Fernández (1898-1961), quien empezó a despuntar escribiendo sobre fútbol en Los Deportes, de Bilbao desde 1916, y ya en 1923 dirigía la revista Aire Libre, una cabecera del grupo Prensa Gráfica (Nuevo Mundo, Mundo Gráfico, La esfera, La Novela Semanal, Elegancias…), que se publicó entre 1923 y 1925. En esa década Martín Fernández colabora en Gran Vida, La Jornada Deportiva, Campeón, El Día, España Sportiva, Nuevo Mundo, La Opinión, La Moda Elegante y La Nación, pero alcanza mayor fama cuando en 1927 se incorpora a la sección de deportes del periódico Abc.

Su exitoso libro La furia española. De las Olimpiadas de Amberes a las de París es un poco anterior, de 1925, y lo publicó como Juan Deportista en Renacimiento. Al finalizar la década, estando ya en Abc, aprovechó que el término había triunfado para publicar La vieja furia. Una brillante temporada de futbol internacional (1929), en este caso en una empresa muy vinculada al Real Madrid en la que vale la pena detenerse, Chulilla y Ángel.

El futbolista del Gimnástica, el Iberia y luego, entre 1905 y 1913, el Madrid F. C. Julio Chulilla y Gazol (1887-1960), uno de los fundadores del Real Madrid, se había iniciado como empresario con la creación de la Tipografía Hispana (en c/ Pelayo, 46), conocida en ciertos círculos por ocuparse desde 1919 de la revista Madrid Sport (1916-1924), después de haber pasado ésta de imprimirse en el Establecimiento Tipográfico de Manuel García y Galo Sáez a hacerlo en la Tipografía Giralda. En 1921 Chulilla unió sus fuerzas con otro histórico socio del Real Madrid, Felipe Ángel Rodríguez, y trasladaron sus talleres al número 17 de la calle Torrecilla del Leal, y también por aquel entonces figuran como director-gerente y administrador de la revista, respectivamente, Chulilla y Ángel.

En otros círculos, sin embargo, Chulilla y Ángel, convertida en poco menos que la imprenta oficial del Real Madrid, quizá sea más recordada por haber impreso en 1931 la primera edición de Fermín Galán: romance de ciego en tres actos, diez episodios y un epílogo (1931), de Rafael Alberti (1902-1999), algunos libros en o relacionados con el esperanto (¿Qué es el esperanto?, El esperanto, lazo de fraternidad universal, Solución al problema de la relación entre los pueblos y Helepanta, de Julio Mangada Rösenon; Mia poezio, de Rafael de San Millán Alonso, Universala Termilogio de la Arkitekturo, de Francisco Azorín Izquierdo…) y, desde 1936, haberse ocupado de imprimir la propaganda y los carteles del partido Izquierda Republicana.

Mientras, el periodista Martín Fernández había hecho famoso también en la prensa el seudónimo Spectator, con el que en 1932 figura sorpresivamente como compilador de la Correspondencia secreta entre [Bernhard Fürts von] Bullow y Guillermo III, traducida por José Campo Moreno (traductor también de Cellini, Stendhal, Romain Rolland y Maeterlinck) y publicada por la editorial Aguilar. Y seguía en Abc, cuya sección de deportes llegaría a dirigir.

Durante la guerra civil española (1936-1939) el nombre de Spectator (en algunas ocasiones españolizado a Espectador) cobró notoriedad como reportero de guerra, además de en Abc, en el periódico falangista zaragozano Imperio y en el «Diario Nacional-sindicalista» Águilas (cubrió el frente de Madrid, la batalla de Teruel y la ocupación de Barcelona), pero tuvo también tiempo de colaborar como Juan Deportista en la esmerada revista falangista Vértice que dirigía Manuel Halcón en San Sebastián, en el diario deportivo del Movimiento, Marca (creado también en San Sebastián y dirigido por Manuel Fernández-Cuesta) y de publicar en la histórica y ya por entonces muy ultraderechista Casa Santarén de Valladolid un libro tremendamente anticomunista firmado como Juan Deportista que, sin que quede muy claro el motivo, se publicó con dos títulos: Los rojos (1938) y Los rojillos (1938);   

La amistad de preguerra quizás explique que Spectator aparezca como prologuista de las memorias de quien fuera uno de los puntales de la creación del Real Madrid, Heliodoro Ruiz Arias, que en 1939 publicó en la capital española Treinta y dos meses y once días con los rojos bajo el muy misterioso sello de Creaciones Elerre (que no parece que publicara nada más), así como la segunda edición de la novela de Enrique Noguera La mascarada trágica, aparecida en Zaragoza en Gráficas Uriarte (conocidas por haber impreso para la falangista Editorial Jerarquía el Poema de la Bestia y el Ángel de Pemán con láminas de Carlos Sáez de Tejada).

Y todos estos antecedentes hacen menos sorprendente que el muy versátil Martín Fernández colaborara en la posguerra con una editorial al servicio de la propaganda nazi. Ya en 1939 se publica con sello de Rudolf Kadner, librero residente en Ávila y activo asesor de la embajada nazi, Lo que nos enseña la campaña de Polonia. Parte oficial de guerra, con prólogo de Spectator, al que seguirá poco después ¡¡¡Paracaidistas!!! (¿1940?), que, citando pasajes del prólogo, Marco da Costa describe como «un breve folleto laudatorio de los paracaidistas del Tercer Reich durante las campañas en Polonia (“un ensayo magnífico”), Noruega (“desempeñando misiones esenciales”) Holanda y Bélgica, “donde la acción se mostró más activa (…), más resuelta y más feliz en resultados fructíferos”». Lo publicó una editorial que tiene miga, Blass, a la que Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío dedicaron un detallado y jugoso estudio.

En el origen de Blass se encuentra el tipógrafo alemán establecido en 1899 en Madrid al ser contratado por Abc Joseph Blass Mayer (1873-1957). Cuatro años después de su llegada, en 1903, Blass Mayer abandonó el periódico para crear su propia empresa, que fue escenario de hasta tres huelgas entre 1909 y 1931 y él mismo fue incluso objeto de un intento de asesinato, debidos al parecer a los bajos salarios y a los despidos masivos. Al término de la guerra ‒durante la que dos de sus hijos estuvieron presos por quintacolumnistas hasta que fueron canjeados por intercesión de la diplomacia alemana‒, se convirtió en el principal editor de la propaganda nazi de la embajada, a veces poniendo su sello a lo que le encargaba el Deutsche Informationsstelle.

También de 1940 son La guerra en Polonia. Resumen de las operaciones alemanas en territorio polaco, un folleto de 32 páginas publicado con el sello de Chulilla y Ángel, y el virulento Alas germanas sobre Europa, si bien la censura ‒¡la censura franquista!‒ retuvo su circulación, acaso por razones diplomáticas, hasta 1941. Con ellos Martín Fernández se mostraba como una de las plumas más útiles para la propaganda nazi en España durante la segunda guerra mundial.

Es bien conocido el caso, por ejemplo, del propagandista nazi alemán Julius Streicher (de Der Stürmer), al que en los juicios de Núremberg el Tribunal Internacional condenó a muerte y fue ejecutado en octubre de 1946. A Martín Fernández, en cambio, estas actividades le granjearon el favor de un Estado que, al no haber sido liberado de un régimen dictatorial por los Aliados, en este terreno tomaba sus propias iniciativas.

Al margen de en la prensa, en 1947 el nombre de Juan Deportista reaparece como traductor de las memorias del árbitro de fútbol John Langenus, Silbando por el mundo o Recuerdos e impresiones de viajes, publicado en Madrid por Ediciones Verdad, y unos años más tarde como autor de La verdad sobre Río (diario de un testigo), en el que recrea, con profusión de ilustraciones fotográficas, el Mundial de Fútbol de 1950 ‒el que ganó el Uruguay de Varela (El Negro Jefe), Máspoli, Rodríguez Andrade, Ghiggia y Pepe Schiaffino‒ que va precedido por un prólogo de Manuel Valdés Larrañaga, quien por entonces era nada menos que el presidente de la Real Federación Española de Fútbol.

Alberto Martín Fernández.

En los años cincuenta Martín Fernández pasó del Abc a Madrid, periódico fundado por el furibundo nazi y antisemita Juan Pujol Martínez (1883-1967), simultaneando este empleo con colaboraciones bastante regulares en el no menos institucionalizado Marca. No es de extrañar que, a diferencia de sus colegas alemanes, Martín Fernández acabara como jefe de Prensa y Propaganda de la Delegación Nacional de Deportes de Falange Española y de las J.O.N.S. Murió en 1961.

Fuentes:

AA. VV., Frente y retaguardia. Visiones de la guerra civil (1936-1939, Universidad de Castilla- La Mancha, 2006.

Isabel Bernal Martínez, «Libros, bibliotecas y propaganda nazi en el primer franquismo: las exposiciones del libro alemán», Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007).

Isabel Bernal Martínez, «La Buchpropaganda nazi en el primer franquismo a través

de la política de donaciones bibliográficas (1938-1939)», Ayer, núm. 78 (2010), pp. 195-232.

Marco da Costa, «Dos caminos paralelos en el deporte y en la guerra: la trayectoria ideológica de los periodistas Jacinto Miquelarena y Alberto Martín Fernandez, Spectator»,  Brocar, núm. 42 (2018), pp. 237-261.

Josep M. Figueres Artigues, «Periodismo de guerra: las crónicas de la guerra civil española», Estudios sobre el Mensaje Periodístico, núm., 11 (2005), pp. 279-291.

Marició Janué Miret, «Relaciones culturales en el «Nuevo orden»: la Alemania nazi y la España de Franco», Hispania, LXXXV/251 (diciembre de 2015), pp. 805-832.

Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío, «Tinta franquista al servicio de Hitler: la editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», RIHC. Revista Internacional de Historia de la Comunicación, núm. 12  (2019), pp. 344-369.

Marta Olivas, «Semblanza de la Casa Editorial Santarén (Valladolid, 1800-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2018).

«Sol, i de dol», de J. V. Foix: un pie de imprenta falso pero verídico

A Margarida Trias, agradecido.

Aún en 2021, una fuente tan consultada como Wikipedia explica, en su entrada sobre el famoso poemario de J.V. Foix (1893-1987) Sol i de dol, que «salió en 1947, aunque con pie de imprenta de 1936 para saltarse la censura», lo que puede llevar, cuando menos, a cierta confusión, porque esa misma idea ha venido repitiéndose en diversos textos divulgativos sobre este libro de Foix. Vaya por delante, sin embargo, que el copyright reza: «L’Amic de les Arts, 1935-1936».

Ciertamente, no es excesivamente raro encontrar ediciones de literatura catalana de los años cuarenta con pies editoriales falsos para eludir a la censura franquista. En algunos casos se indicaban lugares de edición en el extranjero, entre los que el más famoso quizá sea la primera versión de Las elegies de Bierville de Carles Riba (1893-1959) editado en Barcelona, en una tirada muy reducida, y fechada falsamente en Buenos Aires; en otros, se elegían fechas previas a la guerra civil para, llegado el caso, quienes tuvieran un ejemplar lo pudieran hacer pasar por publicado antes de las leyes censoras franquistas (de 1938).

J.V. Foix.

Sin embargo, no fue exactamente ese el caso de Sol, i de dol. Algunos de los setenta sonetos que lo componen aparecen fechados ya en su primera edición (1947) en años tan lejanos como 1913, 1916, entre 1918 y 1923 y 1927 en el breve texto que precede a los poemas titulado «Descàrrec», fechado en octubre de 1936.

Así, pues, no se trata en sentido estricto de un libro creado en 1947 al que se le pusiera una fecha falsa para engañar a la censura franquista, sino que la recopilación de los poemas escritos en la década de 1910 y 1920, o una primera edición (en el sentido de ordenación y corrección de los mismos, no de publicación) se llevó efectivamente a cabo en las inmediaciones de la guerra civil, si bien es cierto que la idea fue transformándose incluso en el período comprendido entre 1938 y 1947.

Se ha mencionado también en ocasiones que en 1936 Foix llegó a corregir pruebas de imprenta, si bien un buen conocedor de la obra del poeta, el editor Jaume Vallcorba, en el prólogo a la edición crítica que preparó de Sol, i de dol (Quaderns Crema, 1985) expresa ciertas reticencias en cuanto a la veracidad de esta afirmación: «Fue publicado en 1947—aunque su pie de imprenta afirme que es de 1936: una argucia para despistar a las autoridades, si bien el poeta siempre afirmó que en 1936 ya estaba impreso, y que fue el inicio de la guerra lo que impidió su difusión [la traducción es mía]».

Es también sabido que las fechas aportadas por Foix a veces deben ser tomadas con prudencia, atendiendo al peculiar argumento que expresó en el texto que antecede Les irreals omegues (1949), titulado «Excuses», en el que explica que «la fecha que acompaña individualmente los poemas suscribe provisionalmente la experiencia de los mismos y no cierra el proceso», lo que sin duda abre explícitamente la puerta a posteriores correcciones o enmiendas.

Con todo, una de las declaraciones más inequívocas respecto a si existieron o no unas pruebas de imprenta de Sol, i de dol se encuentran en un contexto que difícilmente se prestan al engaño o la mixtificación: el intenso e interesantísimo epistolario que Foix mantuvo con el que fuera su cuñado, el librero, editor, traductor y divulgador de la cultura catalana y española Joan Gili i Serra (1907-1998), del que en 2021 la Fundación J. V. Foix publicó una amplísima selección con el título Entre llibres i llibres. Correspondència 1935-1983. Ya en 2017 Joan R. Veny-Mesquida y en 2019 Míriam Ruiz-Ruano habían llamado la atención, por ejemplo, acerca de una carta de Foix a Gili fechada el 23 de noviembre de 1938 (que luego se incluyó en el mencionado libro y de la que traduzco el pasaje):

Es casi seguro que el mes que viene saldrá una compilación mía de sonetos de todas las épocas, en la misma colección que los otros dos [Gertrudis y KRTU, en L’Amic de les Arts] y con la misma presentación tipográfica. Comprende sonetos del año 13, 18, 19, 21, 22, 25 y cuatro o cinco que he escrito para dar unidad al libro. Como el tiraje será limitado, en edición de papel de hilo, numerada y firmada, te ruego que me digas, en el primer correo, los ejemplares que te interesen […] Va ilustrada con dos Obiols, inéditos.

 

Para rematarlo, añade en la misma carta una versión del soneto cuyo primer verso reza «No pas irós, ni trist, si dellà el riu», incorporado luego a la primera sección de Sol, i de dol; y, ciertamente, la edición de 1947 se publicó en L’Amic de les Arts e incluyó una, pero solo una, ilustración de Josep Obiols (volveremos sobre este punto).

De la fecha del «Descàrrec» puede deducirse que el libro quedó listo para entrar en imprenta en 1936 pero que la evolución de la guerra civil retrasó hasta tal punto su impresión y encuadernación que a finales de 1938 aún no se había publicado. De ser así, es evidente que la entrada de las tropas franquistas en Barcelona en enero de 1939 desbarataría por completo cualquier plan en ese sentido.

Joan R. Veny -Mesquida consigna dos modos distintos de divulgar algunos de los sonetos de Sol, i de dol entre 1936 y los primeros años cuarenta, dos de los cuales pueden leerse ahora en el mencionado epistolario: en cartas a Gili del 3 de noviembre de 1938 y en la ya citada del 23 del mismo mes; además, en una lectura clandestina del grupo Amics de la Poesia el 20 de diciembre de 1942, de la que surgió un opúsculo que reproduce seis poemas. Y aun, el mismo año de la publicación, aparecen otros tres sonetos en la Antología de la poesía catalana publicada por José Janés y preparada por Josep Pedreira, si bien firmada por Fernando Gutiérrez (en esta caso, sí para eludir la censura franquista).

En ese utilísimo epistolario con Gili aparece además de nuevo una referencia interesante a Sol, i de dol, en este caso fechada en un día tan señero como el 14 de abril (de 1948); en respuesta a una pregunta de Gili que desconocemos, Foix se muestra muy explícito y apela además a la memoria de su amigo: «No, estimadísimo Joan, el título del libro data de 1936 (¿recuerdas que se había compuesto al principio de la revolución y que Altés no lo pudo tirar porque le ocuparon la editorial?) y el poema data de 1928».

Años más tarde, en una famosa entrevista concedida al poeta Narcís Comadira y publicada en 1985 (cuando Foix contaba noventa y dos años), explica que el libro ya estaba impreso en 1936 y que las pruebas, corregidas, quedaron en la imprenta sin llegar a distribuirse, y que varios años más tarde (traduzco de nuevo): «Altés me llamó un día para decirme que tenía allí las pruebas de Sol, i de dol y decidimos publicarlo. Aún añadí un par de poemas. Pasó el libro y sólo me quitaron una lámina de un desnudo femenino, un dibujo de Obiols, que después se ha publicado en otro libro publicado por Aymà».

El dibujo de Obiols incluido en la primera edición de Sol, i de dol.

Esto resulta un poco extraño y un punto enigmático. Si fuese cierto que el motivo para dejar como fecha del copyright 1935-1936 era simular que se había impreso antes de la guerra y así no tener problemas con la censura, no parece del todo congruente que Foix diga que «pasó el libro» con la única salvedad de la imagen de un desnudo femenino. Lo cierto es que a partir de 1946 empezaron a concederse algunos permisos para publicar algunos libros en catalán, si se trataba de ediciones destinadas a públicos reducidos, ya fueran filólogos especializados o biblilófilos que pudieran permitírselo. Entonces, ante la aparente evidencia de que este libro fue presentado a censura y obtuvo autorización para publicarse con enmiendas (como puso también de manifiesto Veny-Mesquida, quien alude a un «mecanuscrito del libro presentado a censura»), la fecha del pie de imprenta ha de encontrar otra explicación que no sea «una argucia para despistar a las autoridades». Añádase al enigma que, de nuevo según la investigación de Veny-Mesquida, el Archivo General de la Administración de Alcalà de Henares asegura no conservar ningún expediente de censura de Sol, i de dol.

En cualquier caso, de todos estos datos puede pensarse que, aun cuando el libro salió en 1947, en sus líneas maestras ya estaba creada en 1936 una versión que fue objeto de correcciones y enmiendas, incluso de la adición de algunos poemas y el replanteamiento del contenido de alguna de las secciones, antes de su publicación definitiva, pero que, en el proceso creativo de Foix, es un libro que corresponde y es razonable fechar en las inmediaciones de la guerra civil española.

Fuentes:

Narcís Comadira, entrevista a Foix transcrita por Xavier Febrés, en Oh, si prudent i amb paraula lleugera… Entrevistes a J. V. Foix, Barcelona, Fundació J.V. Foix,  2015, pp. 116-185 (originalmente publicado como Diàlegs de Barcelona 7, Ajuntament de Barcelona- Laia, 1985).

J. V. Foix, Entre llibres i llibres. Correspondència 1935-1983, edición de Margarida Trias y prólogo de Josep Mengual, Barcelona, Fundació J. V. Foix- Edicions 62 (Llibres a l’Abast 419), 2021.

Míriam Ruiz-Ruano Rísquez, «Citacions d’autors medievals i gènesi de Sol, i de dol», Els Marges, núm. 118, (primavera de 2019), pp. 10-38.

Joan R. Veny-Mesquida, «Variants d’autor: una tipología de tipologies», en Montserrat Jufresa, Carles Garriga y Eulàlia Miralles, eds., Som per mirar. Estudis de literatura i crítica oferts a Carles Miralles, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2014, pp. 25-55.

Joan R. Veny-Mesquida, «Sobre les darreres voluntats de l’autor a Sol, i de dol (amb versions inèdites de sonets)», en I. Zamuner, ed., «M’exalta el nou i m’enamora el vell». J.V. Foix (e Joan Miró) tra arte e letteratura, Florencia: Olschki, 2017, p. 29-59.

Primeros topetazos de la Editorial ZYX con la censura franquista (1963-1969)

Las relaciones en los años sesenta entre la censura franquista y la Editorial ZYX, nacida del entorno de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica, creada en 1946), guarda algunos puntos de contacto con las que tuvieron en esos mismos años las catalanas Nova Terra, Fontanella, Edima o en cierta medida Edicions 62, consistente sobre todo en estrangularlas económicamente sirviéndose de la conocida como ley Fraga, considerada a veces menos severa que la vigente hasta entonces (de 1938; es decir, durante la guerra civil) pero seguía cumpliendo el cometido de anular o atenuar el posible efecto de las editoriales progresistas.

Manuel Fraga (sin uniforme) y el dictador.

Como es bien sabido, la novedad más importante que introducía la ley Fraga fue la opcionalidad de presentar las obras a censura previa, salvo si la editorial que pretendía publicarlas carecía de número de registro (como fue el caso de 62, por ejemplo), y poderse arriesgar así a poner en circulación lo que quisieran y, una vez en la calle, sobre todo si se producía alguna denuncia, ver la edición secuestrada y, por lo general, la editorial multada.

La ZYX empieza a gestarse en el verano de 1963 en Segovia por iniciativa de algunos sacerdotes y obreros procedentes de la HOAC (Luis Capilla, Julián Gómez del Castillo, Tomás Malagón, etc., que reclutan enseguida a Guillermo Rovirosa como presidente) y se constituye como una cooperativa en la que participan casi trescientos socios, si bien no se inscribe en el Registro Mercantil hasta marzo de 1964. Mª del Mar Araus y Ana Sánchez resumieron con mucha claridad cómo se creó la empresa:

La editorial ZYX se constituye con algo menos de 300 personas, unas 180 de las cuales provenía de la HOAC. Sostiene la editorial la aportación de 1.000 pts. que hacía cada uno de los socios, a los que unía su suscripción al libro de la colección «Lee y discute», serie roja, que valía 20 pts. y se editaba mensualmente. Otros socios además se hacían voluntariamente paqueteros. Serían considerados como suscriptores los que lo eran de los «Cuadernos Copin» (Cooperativismo Integral). El capital inicial de la editorial ZYX fue de 300.000 pesetas, fruto de muchas pequeñas aportaciones.

Antes de marzo de 1964, sin embargo, ya habían puesto manos a la obra e incluso es posible que esa inscripción no se hiciese hasta que fue inevitable, pues en enero de ese año ZYX ya presentó a censura el libro Hijos d’algo e hijos d’hambre, del obrero asturiano Jacinto Martín Maestre (quien acababa de publicar en la editorial Euramérica La lucha obrera). El informe censorio fue negativo, calificaba la obra de «mitinera y panfletaria» y en febrero la obra fue denegada si no se hacían algunos cambios en el texto y, sobre todo, si no se le cambiaba el título. Así se hizo, con el consiguiente entorpecimiento de lo que hubiera sido el normal parto de la editorial, y el libro se publicó finalmente en junio de 1964 como Juventudes de hoy.

No obstante, parece evidente que, mientras tanto, estuvieron trabajando en el que resultó ser el primer libro publicado, ¿De quién es la empresa?, del mencionado militante obrero cristiano e inventor Guillermo Roviosa (1897-1964). Pero tampoco en esto tuvieron suerte, pues el autor murió sólo cuatro días después de la presentación del libro, del que por otra parte llegaron a venderse veinte mil ejemplares (en varias ediciones). Al margen de los ejemplares que se empaquetaban y remitían a los socios suscriptores (unos 4.500), las ventas se hacían directamente, a las puertas de los centros de trabajo, en la universidad, en puestos más o menos estables en la calle con motivo de cualquier mercado, festividad o similar.

Enseguida toma ZYX un muy notable ritmo de producción, que supera los cuarenta títulos anuales y se estructura en cuatro colecciones: Lee y Discute (con una serie roja y otra verde, y que fue quizá la más popular), Promoción del Pueblo, Se hace camino al Andar y Pueblo de Dios. En cuanto a su orientación, Pedro Rújula López ha escrito que:

intentó proponer lecturas que ponían en cuestión la ortodoxia cultural del Régimen. Lo hizo en una doble dirección: mirando a la historia y analizando el presente. Entre sus títulos aparecen los que analizan las revoluciones del pasado […], las Intenacionales obreras, el anarquismo o el socialismo, con especial atención a la dimensión española de este fenómeno […] En cuanto al análisis del presente, el panorama de temas tratados fue muy amplio, desde el mundo obrero y sindical […] hasta la economía […], la sociedad […] o la religión.

Valgan como ejemplo del ya previsible choque con la censura española de esos años algunos de los primeros títulos: Desarrollo sindicalista (1964), de José Luis Rubio; La Iglesia y la pobreza, de Alfredo Ancel; Historia del movimiento obrero (1965) de Édouard Dolléans, Las clases sociales. Qué son y qué significan (1965), de Eduardo Obregón; el colectivo Derecho de huelga (1965); Sistemas de educación [no «de ecuación», como transcribe Rújula] de los seminarios (1965), de José María de Lachaga; Pensamiento político de Mounier, de François Goguel y Jean-Marie Domenach, El marxismo, de Henri Harvon; Problemas fundamentales de la agricultura española (1966) y Los monopolios en España (1968), ambos de Ramón Tamames; Democracia. Exigencia y condición de la dignidad humana, de Eduardo Obregón y prologada por el miembro de la Real Academia de la Historia (y esposo de la escritora Elena Quiroga) Dalmiro de la Válgama; Historia del movimiento obrero español (1967), de Diego Abad de Santillán, Introducción a Cuba (1968), de Andrés Sorel…

A principios de los años sesenta, era imposible que una iniciativa semejante del cristianismo obrero pudiera eludir la presión censora, y menos habiendo creado una red de distribución tan heterodoxa y difícil de controlar por las autoridades.

La llegada de la conocida popularmente como Ley Fraga, que descargaba de trabajo a unos lectores de censura sobreexplotados, implicaba la necesidad de obtener de todas las editoriales un número de registro previo informe acerca de quién estaba detrás de la empresa y cuáles eran sus objetivos editoriales, y esa argucia sirvió no sólo para denegarlo, sino además en muchos casos para que se produjera un silencio administrativo que aumentaba considerablemente el riesgo para quienes, sin número de registro, se atrevieran a publicar. En el caso de ZYX, según explica Carmen Menchero de los Ríos, fue «[m]uy beligerante, siguió la táctica de eludir cualquier filtro previo, recibiendo en contrapartida continuas denegaciones que asfixiaban su viabilidad económica como empresa». Es decir, presentaban los libros directamente a depósito, sin haber presentado previamente los textos por lo que eufemísticamente se llamaba «consulta voluntaria». Eso supuso el secuestro de cuatro de sus títulos y el silencio administrativo a todas las obras que publicaban, que quedaban así expuestas a la denuncia de cualquier lector furibundo o simplemente discrepante con sus planteamientos.

Aun así, y estando ya vigente la ley Fraga, siguieron con su plan de publicaciones, hasta que en noviembre de 1968, alegando que carecían de número de registro, se obligó a la editorial a presentar todos los textos a consulta previa. El Estado de Excepción de 1969, decretado el 24 de enero para, según el propio Fraga, «luchar contra las acciones minoritarias sistemáticamente dirigidas a alterar la paz […] y a arrastrar a la juventud a una orgía de nihilismo y anarquía», sólo empeoró la situación, pues a partir de ese momento el Ministerio de Información y Turismo impidió sistemáticamente cualquier publicación de ZYX, lo que obliga a la editorial a mantenerse inactiva como editorial durante trece meses con toda su inversión paralizada, si bien se reconvierte en distribuidora de fondos de otras editoriales.

Según el muy completo estudio que Mª del Mar Araus y Ana Sánchez dedicaron a la trayectoria de ZYX, esto supone la «auténtica ruptura o desaparición de la editorial tal y como fue concebida y desarrollada en sus orígenes, fundamentalmente por la politización de la misma, entendida el sentido de la priorización de la tarea política (en la línea de los partidos políticos) sobre la labor apostólica con la que nació», si bien a finales de 1969  consiguió inscribirse de nuevo en el registro (con nuevos promotores, entre los que se encontraba , manteniendo las mismas colecciones y poco después se remozaría en la Editorial Zero-Zyx. En 1974 se produciría una primera escisión debida a disputas sobre el componente político de la editorial y, ya en 1980, por suspensión de pagos, la desaparición por completo del proyecto.

Fuentes:

Blog de Zero-ZYX, aquí.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disidentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp.809-834.

José Miguel Oriol, 30 años de Encuentro. Memoria de una aventura editorial, Madrid, Ediciones Encuentro, 2008.

Francisco Rojas Claros, «Poder, disidencia editorial y cambio cultural en España durante los años 60» Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 5 (2006), pp. 59-80

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), San Vicent del Raspeig, Publicacions Universitat d’Alacant, 2013.

Pedro Rújula López, «El ensayo y los libros en ciencias sociales», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 783-808.

Marta Simó, «Conciencia democrática e industria editorial en los primeros años de la Transición española: la Biblioteca de divulgación política», en Amnis. Revue de civilisation contemporaine Europes/Amériques, n.º 14 (2015).