Librero, todavía una profesión de riesgo en España (1975-2021)

Dedicado y en apoyo a la Librería de la Fundación Anselmo Lorenzo

La muerte del dictador español (20 de noviembre de 1975) no detuvo ni atenuó sino que más bien alentó la retahíla de atentados terroristas de la extrema derecha contra librerías que venía produciéndose hasta entonces, así como las que sufrían editoriales, salas de cine, organizaciones sociales, etc.

No se habían cumplido muchos días desde la muerte de Franco, cuando una madrugada de invierno la sede de la librería Ágora, en el barrio de Ciudad Jardín de Córdoba, fue tiroteada. En palabras de Antonio Carlos Zurita, «un atentado por el que nadie pagó, nunca se supo y, si se supo, nadie contó.»

Destrozo de libros como consecuencia del atentado terrorista en Distribuciones de Enlace (1974),

Los conocidos como Guerrilleros de Cristo Rey ‒a cuyo frente estaba el exdivisionario azul Mariano Sánchez Covisa, declarado fascista y admirador de Hitler‒ reivindicaron mediante una llamada telefónica a France Press el atentado que se produjo la madrugada del 17 al 18 de diciembre en una librería dependiente de la CNT en la parisina rue de La Tour-d’Auvergne (numero 39), donde la explosión de una bomba produjo cuantiosos daños materiales.

El 10 de marzo de1976, un seat de color blanco matriculado en Madrid se detiene ante la pamplonica librería El Parnasillo, fundada en 1973 por Javier López de Munain y unos amigos, y desde el vehículo se tirotea el escaparate del establecimiento (se contabilizaron más de veinticinco impactos de bala); no hacía ni un mes del último atentado contra esta librería (el mismo día, 16 de febrero, en que también la librería Aritza era atacada). De nuevo, se atribuyen todos estos atentados terroristas, que obviamente quedaron impunes, a Guerrilleros de Cristo Rey.

La librería Alberti es reiteradamente atacada en 1976 (en abril, en junio, en julio). En julio de ese año, no casualmente el día 18, fue La Oveja Negra (en el barrio madrileño de Quintana: Hermanos de Pablos, 13) la víctima de un nuevo atentado terrorista, y no tardó en convertirse en objetivo preferente de la ultraderecha violenta, que perpetró otro atentado de importancia en la misma librería en 1980 en el que irrumpieron en el local una veintena de fascistas y provocaron destrozos en el local y heridas a una de las trabajadoras.

El Parnasillo.

Llegados a agosto de 1976, los libreros instan a las autoridades a acabar con la impunidad de lo que sin ambages describen como terroristas, y se produce una reunión entre el presidente del Sindicato Nacional del Papel y las Artes Gráficas, el de la Agrupación Nacional del Comercio del Libro y los presidentes de las agrupaciones provinciales de Barcelona, València y Zaragoza con  el ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa (a quien, a instancias de la justicia argentina, la Interpol persiguió en 2014 por delitos de genocidio y lesa humanidad durante el franquismo pero el Gobierno español denegó su extradición). Como era de esperar, apenas salió gran cosa de esa reunión, aunque, por lo menos, como señala Arámzazu Sarría Buil, Rodolfo Martín Villa no minimizó la importancia de los atentados con el argumento de que no causaban víctimas, como sí había hecho su predecesor en el cargo, Manuel Fraga Iribarne (que en septiembre de ese año fundaría Alianza Popular y entre 1989 y 1990 presidiría el Partido Popular).

El 5 de agosto de ese mismo año, en el marco de lo que más tarde se conocería como la Batalla de València, la librería La Araña, donde aquel mismo verano entró a trabajar el luego célebre librero Paco Camarasa (1950-2018), es objeto de un atentado con bomba que la destroza (renacerá con el nombre La Araña-Pablo Neruda).

El que no lleva uniforme es Manuel Fraga.

Poniendo de manifiesto su querencia por las conmemoraciones, los grupos de ultraderecha hicieron que el mes de noviembre de 1976 fuese particularmente duro para las librerías, y entre otras lindezas el día 6 quemaron la librería Rafael Alberti (propiedad del militante comunista Enrique Lagunero), llenándola de gasolina, y poco después el quiosco que tenía en la cordobesa plaza de Las Tendillas el dirigente socialista Matías Camacho. En Valencia, el mes empezó con un atentado terrorista con bomba en la librería y editorial Tres i Quatre que desplazó cristales y metales a doscientos metros; nadie lo reivindicó.

Los detenidos como presuntos responsables del incendio en la Alberti eran todos conocidos de las autoridades, pues eran agentes de la policía de Madrid: José Alberto García, Alfonso Moreno, Ricardo Manteca (asalariado de la Dirección General de Seguridad) y Francisco José Alemany (que en la universidad había sido «indicador» de la policía). La suspicacia de los libreros era más que comprensible, pues por si fuera poco, en caso de atentado las aseguradoras solo pagaban los desperfectos si se detenía a los responsables.

La Costera tras el atentado.

Las cosas habían llegado a tal punto, que la Asociación del Comercio del Libro decidió convocar el día 12 un día de cierre en protesta por los continuos atentados y sobre todo por la impunidad de los responsables a la que se adhirieron unas cincuenta librerías. Al día siguiente, la Librería México, del Fondo de Cultura Económica, fue atacada con un cóctel molotov. Y antes de acabar el mes, la Pórtico de Zaragoza (propiedad de José Alerudo) fue objeto del quinto atentado terrorista en dos años; en La Costera, de Xàtiva, un explosivo colocado en la puerta de acceso provocó enormes destrozos en el local; la Librería Popular, especializada en ensayo y situada en Albacete, fue atacada mientras se celebraba en ella una exposición dedicada al poeta Miguel Hernández… Estos dos últimos atentados fueron reivindicados por el autoproclamado «Sexto Comando Adolfo Hitler de Orden Nuevo», mientras que el «Cuarto Comando Adolfo Hitler» reivindicó ante la agencia de noticias Cifra un atentado contra la sevillana librería Proa. Ilustrativo de la postura de las instituciones públicas de la época ante estos asuntos es que en mayo de 1976 a la Popular no se le aceptaría una denuncia por dibujos de esvásticas y pintadas diversas en su fachada («Viva la Falange», «Dios y Patria con Franco») porque todas las frases escritas eran legales.

La Popular.

Antes de acabar el mes de noviembre, el día 29 cerraron en Barcelona seiscientas librerías —es decir, en realidad casi todas—, en una protesta que contó también con el apoyo explícito del Gremi de Llibreters de Vell de Catalunya y que, en contrapartida, fue acompañada de la puesta a la venta, a un precio simbólico, de una edición de dos mil ejemplares de la obra de Salvador Espriu El caminant i el mur.

Y antes de acabar el año, en una reunión celebrada en la librería Antonio Machado a la que asistieron una cuarentena de libreros establecidos en Catalunya, Euskadi, València, Andalucía y Madrid, se estimaron las pérdidas sufridas ese año por los libreros en unos cien millones de pesetas y se plantearon estrategias para conseguir el amparo y la protección de las instituciones públicas.

Tal como lo interpreta Sarría Buil:

Recortes de prensa de la época.

Las amenazas envueltas en la simbología fascista y los daños económicos derivados de los atentados provocaban un clima de temor y de tensión al que diariamente estaban sometidos los profesionales del libro, inmersos además en un sentimiento de abandono por parte de las fuerzas del orden.

Sin embargo, la bárbara vorágine no se detenía. El 12 de mayo 1977 también fue víctima de atentado la librería Rafael Alberti, en cuya fachada habían aparecido en los días previos pegatinas de Fuerza Nueva y Alianza Popular; y el periódico Ya lo contaba apresurada pero pormenorizadamente del siguiente modo:

Cinco individuos que viajaban en un automóvil Citroën-8 familiar, de color blanco, matrícula M-2299-I, efectuaron varios disparos contra los escaparates de la librería, sita en la calle Benito Gutiérrez esquina la de Tudor, lo que alertó a los guardias, que salieron a la vía pública. Quizá fuera eso lo que buscaban los agresores, pues realizaron una segunda pasada y entonces dispararon contra los dos policías armados, quienes repelieron el ataque, sin que fueran alcanzados ni unos ni otros. En la inspección ocular posterior se encontraron doce casquillos del nueve largo. Cuatro de los impactos dieron en la puerta del establecimiento y también están astilladas dos lunas, que son de fabricación antibala. Los agresores huyeron en el vehículo, metiéndose por dirección prohibida.

La Rafael Alberti.

También los escritores estaban en el blanco de estos grupos de ultraderecha, particularmente autores valencianos cuya obra resultaba particularmente incómoda a la ultraderecha, como Joan Fuster (1922-1992), en cuyo domicilio en Sueca reventó un explosivo colocado en una ventana la noche del 17 al 18 de octubre de 1978, desencajando puertas, destrozando parte de su biblioteca y desparramando cristales por toda la casa. Mientras, la librería Tres i Quatre seguía recibiendo un goteo incansable de ataques.

En Euskadi, el 12 de febrero la librería El Parnasillo fue objeto de un nuevo incendio como consecuencia de un ataque con cócteles molotov (reivindicado de nuevo por un Comando Adolfo Hitler), pero peor parada aún salió la sede de la revista anarquista de Bilbao Askatasuna, cuya sede fue quemada el 24 de agosto. En diciembre de ese año, el lingüista e historiador valenciano Manuel Sanchis Guarner (1911-1981) recibía en su domicilio un paquete, sospechoso, que resultó ser una bomba de medio kilo de pólvora y metralla.

A menudo se ha empleado el término «terrorismo tardofranquista» para referirse a este tipo de atentados cometidos por grupos como los Guerrilleros de Cristo Rey, los GAE (Grupos Armados Españoles), ATE (Antiterrorismo ETA), el BVE (Batallón Vasco Español) o la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), pero quizá la duda que plantea es cuándo concluye ese proceso. Si en 1980 se producía el mencionado atentado contra La Oveja Negra, el 9 de noviembre de 1985 resultaban heridos el propietario (Salvador Egea Feliu) y un empleado (Cipriano Arenas) como consecuencia de un asalto que hizo detonar un explosivo de nagolita (nitrato armónico y gasóleo) en la librería Egea de la calle de la Diputació de Barcelona.

En la misma dinámica parece encuadrarse la irrupción de varias decenas de fascistas en la céntrica librería Crisol de la madrileña calle Juan Bravo mientras Santiago Carrillo (1915-2012) llevaba a cabo la presentación del libro del historiador gallego Santos Juliá (1940-2019) Las dos Españas.

Así lo contaba el periódico El Mundo, recogiendo información de agencias:

El grupo de ultraderechistas, compuesto por varias decenas de exaltados, profirió gritos de «asesino» contra el ex secretario general del PCE, y agredió a quienes protegieron a Carrillo, entre otros el autor del libro, Santos Juliá, el director general de Crisol, Andrés Galdón, y el ex ministro socialista Claudio Aranzadi.

Quizá vale la pena señalar que por entonces Carrillo era nonagenario, pues el episodio sucedió en abril de 2005, y que uno de los cuatro detenidos (tres hombres y una mujer de entre veintiséis y sesenta y un años) era un sargento del Ejército de Tierra en activo. Se les acusó de desórdenes públicos.

También en Madrid, ya en 2013 y durante la celebración del Día del Libro, se produjo en la librería del mismo nombre el que se dio en llamar «Caso Blanquerna» (del que se conservan diversas grabaciones videográficas) que igualmente se consideró un caso de desórdenes públicos y por el que se detuvo a una docena larga de personas. Tras diversas peripecias procesales en las que se implicó la Audiencia Nacional de Madrid y el Tribunal Constitucional, en abril de 2021 no habían entrado en prisión.

En el momento de escribir estas líneas, el último ataque contra librerías que puede considerase atentado terrorista que ha tenido una mínima divulgación es el sufrido por la librería de la Fundación Anselmo Lorenzo.

Fuentes:

AA.VV., El terrorismo desconocido. Atentados terroristas de extrema derecha en Navarra (1975-1985). Informe 2020, Gobierno de Navarra, 2020.

Agencias, «En libertad los cuatro detenidos por el intento de agresión a Carrillo», El Mundo, 21 abril 2005.

Cooperartiva de Cine Alternatiu 1975, Atentados fascistas. Los reductos neo-fascistas contra organizaciones y librerías progresistas (vídeo).

La librería de la Universitat de València.

Santiago Cortés Hernández, «El llibre, perillós enemic. Atemptats contra la llibreria Tres i Quatre (1970-2007)», L’Espill, núm. 38 (2011), pp. 155-166.

Rosa María Pereda, «Un centenar de atentados a librerías españolas», El País, 6 de mayo de 1976.

Redacción, «Los ataques fascistas contra las librerías durante la transición», mpr21, 21 de febrero de 2017.

R. M. S., «Ultras en la Universidad, bombas contra las librerías- Terrorismo en el País Valenciano (I)», Valencia Semanal, núm. 52 (24-31 de diciembre de 1978.

Aránzazu Sarría Buil, «Atentados contra librerías en la España de los setenta. La expresión de una violencia política», en Marie-Claude Chaput y Manuelle Peloile, coords., Sucesos, guerras, atentados. La escritura de la violencia y sus representaciones, PILAR (Presse, Imprimés, Lecture dans l’Aire Romane), 2009.

Ángel Vivas, «Heroicas librerías», El Mundo, 8 de diciembre de 2015.

Antonio Carlos Zurita, «Librería Ágora», Diario de Córdoba, 10 de febrero de 2016.

Librero, profesión de riesgo en España (1970-1975)

En fecha tan tardía como es el fin de semana del 12 y 13 de junio de 2021, aún se vivió en España un episodio de ataque de las fuerzas de ultraderecha contra una librería; en ese caso la víctima fue la madrileña Fundación Anselmo Lorenzo.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Semejante alarde de barbarie tiene en la península una ya bastante ‒a todo punto excesiva‒ tradición, aunque no siempre la prensa ha empleado el mismo término para caracterizarla. Al hablar de los embates de la censura contra Anagrama durante los años setenta, escribe Jorge Herralde: «No hay que olvidar otro tipo de “censura”, la que practicaban los grupos ultras, alentados o permitidos por el gobierno, con sus atentados a las librerías progresistas».

Suele considerarse la colocación de una bomba en la imprenta-librería Mugalde de Hendaya, la madrugada del 7 de abril de 1975, como primer atentado del llamado «terrorismo tardofranquista». Situada en territorio francés, la Mugalde se había especializado casi en libros prohibidos en España, por lo que se había convertido en punto de peregrinación para muchos lectores, además de en sede de encuentros de la oposición abertzale al franquismo y de exiliados diversos. Por si fuera poco, el 20 de mayo sería objeto de un segundo atentado, de nuevo con explosivos, y dos días después gendarmes franceses acompañaban hasta la frontera a un sospechoso trío que tomaba fotografías en el lugar, ante lo que el semanario Enbata (editado en Iparralde) se preguntaba:

Enlace tras el atentado de 1974.

¿Y qué se puede decir sobre los tres policías españoles vestidos de civil sorprendidos el miércoles 21 de mayo ante la librería vasca Mugalde en Bayona por refugiados vascos, que fueron entregados por ellos a la policía francesa, que todo lo que hizo fue conducirlos sin problemas a la frontera? ¿Por qué no se quiso controlar la identidad de los dos «turistas» españoles que fotografiaban a los militantes vascos ante el tribunal de Bayona?

Se mencionó a menudo y vagamente a los responsables como «los de Cristo Rey», pero nunca se identificó a ninguno de los terroristas.

Sin embargo, unos años antes, en diciembre de 1970, ya se había producido otro atentado terrorista sonado, en ese caso en la librería Lagun («amigo» en euskera) de San Sebastián, abierta dos años antes por María Teresa Castell, José Ramón Rekalde e Ignacio Latierro. Era sabido que en la trastienda vendía libros prohibidos, y entre sus clientes ocasionales contaba además con sospechosos habituales de desafección al régimen, como los historiadores Pierre Vilar (1906-2003) y Manuel Tuñón de Lara (1915-1997).

Manuel Tuñón de Lara.

Apenas unos meses después, el 23 de mayo de 1971, se produjo otro atentado de entidad ‒las roturas de escaparates y las pintadas en librerías izquierdosas pronto fueron más o menos habituales‒, en ese caso en la librería valenciana Tres i Quatre, fundada también en 1968 por Eliseu Climent y sede de encuentros clandestinos de sindicalistas y activistas culturales, entre los que destacan el ensayista Joan Fuster (1922-1992), el grafista Josep Renau (1907-1982) a su regreso del exilio, el poeta Vicent Andrés Estellés (1924-1993) o el escultor Andreu Alfaro (1929-2012). En este caso, se lanzó una bomba de pintura al interior del local, que produjo unas pérdidas de 140.000 pesetas de la época. Santiago Cortés Hernández ha documentado hasta qué punto esta librería se convirtió en aquellos años en objetivo de la extrema derecha en «El llibre, un perillós enemic. Atemptats contra la llibrería Tres i Quatre (1970-2007)» (Espill, núm. 38, pp. 155-166).

El 28 de octubre de ese mismo año, se produjeron ataques simultáneos a tres conocidas librerías madrileñas, Visor, Cultart y Antonio Machado, lo que ponía de manifiesto que se trataba de atentados planificados, si bien lo que vinculaba a estas tres librerías en ese momento es haber dedicado sus escaparates a Pablo Picasso (1881-1973), con motivo de su noventa cumpleaños, con libros dedicados a su obra, pósters, carteles o grabados.

Obviamente, esa misma onomástica se celebró en Barcelona, donde la Galería Aquitania organizó una exposición de la que saldría luego el libro Picasso 90 (con obra de Brossa, Tàpies y Tharrats, entre otros, y textos de Luis Racionero, Vázquez Montalbán, Fernando Quiñones…). En la Ciudad Condal la víctima fue la muy popular y céntrica librería Cinc D’Oros, cuyos escaparates recibieron el impacto de varios cócteles molotov, que a su vez incendiaron el interior del local y destruyeron sus entonces innovadoras máquinas expenedoras de libros; las pérdidas económicas se estimaron en un millón de pesetas.

La librería Cinc d’Oros tras los atentados terroristas de octubre de 1974.

Un sistema similar se empleó en 1974 contra la Tres i Quatre, de nuevo en horario comercial, mientras en su interior un jurado compuesto por Baltasar Porcel, Celso Emilio Ferreriro y Lluís y Josep María Carandell deliberaba sobre los Premis Octubre de ese año. En esta ocasión, los cócteles fueron lanzados desde un automóvil en marcha, y reivindicó la acción el Partido Español Nacional Socialista (donde al parecer militó el policía torturador Luis Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño). Ya en abril de ese mismo año habían aparecido pintadas del PENS en el atentado y robo a la sede barcelonesa de Agermanament (que desarrollaba su actividad humanitaria en Camerún, Chile y Catalunya y editaba una revista homónima).

Muy relacionados con esta serie de atentados terroristas perpetrados en Barcelona por grupos de extrema derecha se encuentran otros que por esos meses tuvieron como objetivo la editorial Nova Terra (Primero de Mayo de 1973), la sede de la revista El Ciervo (4 de julio de 1973) ‒atribuido al Quinto Comando Adolfo Hitler‒, la librería Viceversa (16 de agosto), la librería PPC (Propaganda Popular Católica), la editorial Gran Enciclopèdia Catalana (4 de agosto de 1973) y los almacenes de las Distribuidoras de Enlace (noche del 2 al 3 de julio de 1974), que aglutinaba a editoriales cultural e ideológicamente rompedoras como Laia, Cuadernos para el Diálogo, Estela, Anagrama, Tusquets, etc. y cuyas pérdidas alcanzaron los doce millones de pesetas y supusieron poco menos que la asfixia de la empresa; enseguida se publicó un texto de repulsa firmado por 173 escritores (García Márquez, Heinrich Böll, Samuel Beckett, Manuel de Pedrolo, Alberto Moravia, Peter Weiss, Umberto Eco, Julio Cortázar, Teresa Pàmies…). En todos estos casos, el incendio se acompañó de pintadas filofascistas y en algunos casos de robos de material.

Rueda de prensa en Enlace.

Ante lo abrumador e interminable de esta retahíla, no circunscrita a Barcelona, en diciembre de 2015 Ángel Vivas resumió de modo contundente esa etapa en un artículo titulado «Heroicas librerías»:

En los cinco últimos años del franquismo sufrieron ataques de diversa intensidad librerías de Madrid (Antonio Machado, La Tarántula, Visor, Fuentetaja, Libyson, Cultart…), Barcelona (Cinc d’Oros, El Borinot Ros, Tahull), Valencia (Ausias March, Dau al Set y Tres i Quatre), San Sebastián (Corcuera, además de Lagun), Pamplona (El Parnasillo), Valladolid (Clamor, Villalar), Sevilla (Antonio Machado), Zaragoza (Pórtico, que ya fue amenazada en 1946 por exponer libros que aludían a la derrota del Eje).

La Pórtico tras un atentado terrorista.

Como es lógico, por el hecho de estar situadas en territorio francés, no menciona por ejemplo la explosión de una bomba en la sede de la Editorial Ebro (del PCE) en París, el atentado con bomba del 12 de junio de 1975 contra Nafarroa, propiedad de refugiados políticos vascos, que tres días después de reabrir volvió ser atacada (el 14 de julio) o a la editorial Elkin, ni la más sonada contra la sede de la editorial Ruedo Ibérico en la rue Latran el 14 de octubre (una semana antes de la muerte del dictador y mientras su editor se encontraba en la Feria del Libro de Frankfurt). En su biografia del editor de Ruedo Ibérico, Albert Forment recoge la siguiente carta de José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) a Francisco Carrasquer (1915-2012):

Una carga de plástico hizo saltar la librería. Todo está en un desorden indescriptible. Los desperfectos sólo en  nuestro domicilio ‒la calle se quedó sin vidrios y varios autos fueron reventados‒ superan el millón de pesetas. […] El atentado ha sido reivindicado por Antiterrorismo-ETA [grupo de ultraderecha más conocido como ATE]

La Ruedo Ibérico tras el atentado terrirista.

Apostilla Forment que los daños directos se cifraron en 70.000 francos y en unos 12.000 los derivados del obligado cierre, lo que generó una ola de solidaridad que se tradujo en la cesión de obras de Joan Miró (1893-1983) y Antoni Tàpies (1923-1012), así como en aportaciones económicas importantes de Josep Tarradellas (1899-1988) y Francisco Carrasquer o en la cesión de derechos de Gabriel Jackson (1921-2019), entre otras muchas ayudas.

Los atentados terroristas contra librerías no se atenuaron tras la muerte de Franco, y como escribe Aránzazu Sarría Buil:

Convertida en medio para ejercer una presión política y en finalidad para desestabilizar el proceso democrático en ciernes, la violencia ocupó un papel destacado que se extendió a lo largo de todo el período de la transición […] En los meses que sucedieron la muerte de Franco las librerías de las ciudades españolas más importantes fueron testigo de una escalada de violencia política sin precedentes cuya autoría, no siempre reivindicada, recaerá en grupos de la ultraderecha.

A tenor de todo ello, no es de extrañar que el 6 de mayo de 1976 la escritora y periodista cultural Rosa Pereda titulara un abrumador artículo en El País: «Un centenar de atentados a librerías españolas».

Fuentes:

AA.VV., El terrorismo desconocido. Atentados terroristas de extrema derecha en Navarra (1975-1985). Informe 2020, Gobierno de Navarra, 2020.

Cooperartiva de Cine Alternatiu 1975, Atentados fascistas. Los reductos neo-fascistas contra organizaciones y librerías progresistas (vídeo).

Santiago Cortés Hernández, «El llibre, perillós enemic. Atemptats contra la llibreria Tres i Quatre (1970-2007)», L’Espill, núm. 38 (2011), pp. 155-166.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000. 

Jorge Herralde, «La censura», en Anagrama. 50 Años, Anagrama, 2019, pp. 23-25.

Rosa María Pereda, «Un centenar de atentados a librerías españolas», El País, 6 de mayo de 1976.

Aránzazu Sarría Buil, «Atentados contra librerías en la España de los setenta. La expresión de una violencia política», en Marie-Claude Chaput y Manuelle Peloile, coords., Sucesos, guerras, atentados. La escritura de la violencia y sus representaciones, PILAR (Presse, Imprimés, Lecture dans l’Aire Romane), 2009.

Ángel Vivas, «Heroicas librerías», El Mundo, 8 de diciembre de 2015.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Vicenç Riera Llorca, trabajos editoriales brillantes (y los puramente alimenticios)

Vicenç Riera Llorca.

La que probablemente sea la mejor novela de Vicenç Riera Llorca (1903-1991), Tots tres surten per l’Ozama, tardó más de veinte años en publicarse en su país natal, después de su primera edición en el país que le acogió en su exilio tras la guerra civil española. Inicialmente la publicó en México Avel·lí Artís i Balaguer en su Col·lecció Catalònia en 1946 y, por razones obvias de censura, su aparición en Barcelona se retrasó hasta que en 1967 Edicions 62 la incorporó a su colección El Balancí.

Al concluir la guerra civil, y tras el consabido paso por Francia, Riera Llorca se trasladó a Santo Domingo, donde uno de sus primeros empleos fue como camarero en el café restaurante Hollywood, que, debido a su clientela mayoritariamente estadounidense, contrató asimismo a otros sindicados en la FOSIG (Federació d’Organitzacions Sindicals de la Indústria Gastronòmica) capaces de hablar en inglés. Fue durante esos meses cuando Riera Llorca compartió por primera vez faenas con el caricaturista y pintor surrealista valenciano Toni (Antoni Bernad Gonzálvez, 1917-2011), con quien volvería a coincidir más tarde en la redacción de la revista Confidencias, antecedente en México de las revistas del corazón.

Una vez llega a México, en febrero 1942, Riera Llorca se incorpora al equipo de A. Artís Impresor como corrector de pruebas, trabajo que ya había llevado a cabo a finales de los años veinte en Barcelona, y más tarde seguiría corrigiendo para la Editorial Minerva (donde también tradujo) y en la Imprenta Sícoris.

En cuanto le surge la oportunidad, interviene en la fundación de una editorial, Ediciones Fronda, cuyo recorrido fue más bien breve y trompicado y ya ha sido resumido.

Estaba ya un paso de poder poner en pie las diversas iniciativas editoriales que desarrollaría en México, pero a lo largo de toda la década de los cuarenta no deja de intervenir en todo tipo de aventuras editoriales y ocupándose de las más diversas tareas. Por aquel entonces, por ejemplo, colabora en la fundación de la revista Lletres (1944-1947) con el aún emergente poeta Agustí Bartra (1908-1982), que ese mismo año publicaba su Oda a Catalunya des dels tròpics. Lletres se caracterizó por un grado de exigencia literaria superior a la media de las revistas del exilio, y no es de extrañar que pronto dispusiera de un sello editorial propio (Edicions Lletres), en el que se publicó al ilustrador Xavier Nogués (50 ninots, 1944), Anna Murià (Via de l’Est, 1946), al «sabio catalán» Ramon Vinyes (Pescadors d’anguiles, 1947), al joven hispanomexicano Manuel Duran (Ciutat i figures, 1952) y al propio Riera Llorca (Giovanna i altres contes, 1945), además de, obviamente, diversos poemarios de Bartra.

Vicenç Riera Llorca.

Sin embargo, 1944 es también el año de fundación de una importante revista humorística mexicana que combinaba chistes, caricaturas y poemas satíricos, Don Timorato, en la que Riera Llorca tuvo una participación menos conocida, como dibujante. Ya en los años treinta el polifacético grafómano catalán había dibujado chistes para publicaciones tan distintas como L’Esquella de la Torratxa y Rambla, pero en Don Timorato se unió a una pléyade de espléndidos ilustradores mexicanos que luego tendrían, en algunos casos, dilatadas y exitosas carreras. En esta revista, en cuya fundación intervinieron Ernesto García Cabral (1890-1968), Renato Leduc (1897-1986), Carlos León, Antonio Arias Bernal (1913-1960) y dirigió el ilustrador de libros Héctor de Falcón (1905-1990), sobresalieron como escritores Salvador Novo y el mencionado Leduc, pero la revista se hizo célebre sobre todo gracias a ilustradores como Abel Quezada, Alberto Isaac, Rafael Freyre, Alberto Huici de la Torre, X-Peña, Bismarck Mier, Ram (Héctor Ramírez Bolaños), etc., así como por la presencia de los exiliados españoles Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983) y Lucio López Rey (1904-1957). Por intervención precisamente de Riera Llorca, entró también como colaborador de Don Timorato Avel·lí Artís Gener (1912-2000), que no firmaba las caricaturas con su nombre, probablemente debido a que la revista la financiaba (muy generosamente) Miguel Alemán Valdés con la oculta intención de promover su candidatura a la presidencia de la República Mexicana.

Marilyn Monroe en Confidencias.

Como ya se ha mencionado, en 1946 Riera Llorca coincide de nuevo con Toni cuando se pone al frente de la revista Confidencias, una publicación semanal de gran éxito destinado a las amas de casa (con consejos de belleza, recetas de cocina, biografías de personajes famosos, etc.), en la que colaboraron otros exiliados republicanos españoles, como es el caso de la feminista socialista Matilde Cantos (1898-1987), que firmaba como Márgara Seoane. Asimismo de agosto de 1946 es el único número de la revista Endavant, órgano del MSC (Moviment Socialista de Catalunya), que dirigió Ángel Estivill y del que Riera Llorca fue el único redactor.

Victor Alba.

Sin embargo, dos años después ya está poniendo en marcha una nueva revista de muy distinto signo, Cròniques. Víctor Alba, que completaba el trío de promotores de esta iniciativa con Costa-Amic, la describe del siguiente modo:

Una especie de carta confidencial, impresa en papel biblia, que se mandaba a Catalunya por avión desde diversos puntos de America (gracias a los amigos de S [el propio Victor Alba]. Querían informar sobre la situación internacional, sobre lo que pasaba en España, pero recibieron algunas quejas de destinatarios que tenían miedo y, finalmente, pensando que era muy cómodo hacer oposición desde el exterior, decidieron suprimir Cròniques al cabo de tres números que se habían pagado con aportaciones de cuatro o cinco compañeros.

Pasarán unos años antes de que, en compañía del político, librero y escritor Ramon Fabregat (1894-1985), el escultor y pintor  Josep Maria Giménez Botey (1911-1974) y el político e historiador Josep Soler i Vidal (1908-1999), crearan una de las mejores revistas literarias que pusieron en pie los exiliados republicanos catalanes en México, Pont Blau (1952-1963), que no sólo es una fuente indispensable para aquilatar la literatura catalana de aquellos años, sino que, además de publicar textos explícitamente censurados en España, fue escenario de algunas polémicas importantes; valga como ejemplo la generada por la Antologia de la poesia catalana, 1900-1950, de Joan Triadú (publicada por la Editorial Selecta de Josep Maria Cruzet en 1951), y en la que intervinieron escritores como Pere Calders, Joan Fuster, Antoni Ribera y Rafael Tasis.

No es ocioso añadir ‒porque es indicativo de las intenciones de restablecer el diálogo transoceánico‒ que también de 1952 es la aparición de una revista de nombre con connotaciones muy similares llevada a cabo por el editor Miquel Arimany (1920-1996), en cuyos primeros números, al igual que en Pont Blau, también convergieron escritores de diversas generaciones del exilio (Jordi Arbonés, Agustí Bartra Pere Calders, Josep Ferrater Mora, Domènec Guansé, Odó Hurtado, Rafael Tasis, etc.) con los del interior (Maria Aurèlia Capmany, Josep Maria Espinàs, J.V. Foix, Rosa Leveroni, Manuel de Pedrolo, Carles Riba, Jordi Sarsanedas…).

Apenas tres años después de arrancar la revista aparece el primer libro publicado por quienes la animaban, Unes quantes dones (1955), que reunía diversos cuentos publicados por Odó Hurtado (1902-1965) en Pont Blau y que aparece bajo el sello de Editorial Xaloc. No llegarían a la decena los libros de Xaloc, pero entre ellos se cuentan una joya para los historiadores de la política catalana, Quaranta anys d’advocat, de Amadeu Hurtado (1875-1950), con prólogo de su hijo Odó, quien más tarde publicaría en esa misma editorial su primera novela, L’Araceli Bru (1958).   

Riera Llorca siguió al frente de la revista hasta su desaparición (si bien un año después la relevaba Xaloc, en la que también colaboró), y en cuanto regresó a su país, en 1969 (dos años después de la publicación en Barcelona de Tots tres surten per l’Ozama), relanzó su carrera como escritor y encontró un nuevo público para su obra, con novelas como Amb permís de l’enterramorts (1970), galardonada con los premios Prudenci Bertrana y de la Crítica Serra d’Or, Fes memòria, Bel (1971), Premi Sant Jordi, y Oh, mala bèstia! (1972), entre otras, e interesantísimos libros de evocación y testimonio, como Nou obstinats (1971), El meu pas pelt temps (1979) o, ya póstumamente, Els exiliats catalans a Mèxic (1994).

Fuentes principales:

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Vicente Lloréns, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.

Caer y levantarse: Urbain Canel, el editor de los románticos franceses

Si bien suele tomarse 1827 como el año fundacional del romanticismo en Francia, debido al carácter de manifiesto que se atribuye al prefacio al Cromwell de Victor Hugo (1802-1885), es evidente que el romanticismo, o cuanto menos la sensibilidad característica del romanticismo, llevaba años gestándose y creciendo y, retrospectivamente, sus expresiones artísticas pueden ser vistas como ejemplos de «prerromanticismo». En esos años previos al escándalo del estreno de Hernani, asimismo de Victor Hugo, se forjó como librero y editor Urbain Canel (1789-1867), famoso por los pequeñitos volúmenes que editaba con esmero sobre buen papel y hacía encuadernar con refinado gusto. Y también por sus frecuentes inversiones ruinosas de las que, de un modo u otro, siempre conseguía rehacerse..

 Canel había nacido en Nantes y, en 1816, como consecuencia del abandono del hogar por parte del cabeza de familia en 1803, su madre no tardó en trasladarse con sus tres hijos a París, donde, gracias a su buena formación, el joven Canel encontró un primer empleo como tenedor de libros (contable) en un comercio dedicado a la venta de flores artificiales y plumas destinadas a engalanar a las mujeres de la alta burguesía, de la que con el tiempo se convertiría en socio. Sin embargo, ya en septiembre de 1822 está fechada su primera petición de licencia de Canel para establecerse como librero en la capital francesa, que se le concede a finales de ese mismo año.

Casi inmediatamente se asocia con el escritor Jean-Marie-Vincent Audin (1793-1851), que había llegado a París en 1815 después de pasar una breve temporada en prisión por sus opúsculos políticos, y en 1823 publican gracias a la imprenta de Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet la Histoire de l’administratiom du royaume d’Italie pendant la domination française, de Frederic Coraccini (seudónimo de Giuseppe Valeriani, ¿1765?-1856), traducida por Charles Jean Lafolie (1780-1824), y Guide du voyageur en France, que Audin firma con el su seudónimo Richard. Más interesantes, sin embargo, resultan dos obras que imprime para ellos Thomas François Rignoux y se publican ese mismo año, obra de quien sería uno de los grandes nombres del romanticismo francés, Alphonse de Lamartine (1790-1869): Nouvelles méditations poétiques y Lettre de M. Alphonse de Lamartine à M. Casimir Delavige, qui lui avait envoyé son «École des viellards».

No obstante, lo que acabó por convertir a Canel en uno de los personajes importantes del movimiento que empezaba a hervir en aquellos años fue la dirección de las Tablettes romantiques, que apenas se publicaron durante un año (1823) pero reunieron en sus páginas, además de a los ya mencionados Victor Hugo y Lamartine, a François René de Chateubriand (1768-1848), Felicité Robert de Lamenais (1782-1854), Charles Nodier (1780-1844) y Alfred de Vigny (1797-1863), entre otros (entre los cuales el hermano de Victor Hugo Eugène). De hecho, Canel rebautizó la publicación como Annales romantiques. Recueil de morceaux choisis de littérature contemporaine y le dio un nuevo impulso hasta el punto de convertirlo en el más serio rival del veterano Almanach des Muses (1765-1833), que por entonces dirigía el dramaturgo Justin Gensoul (1781-1848).

Tras una asociación en 1824 con el traductor bretón François Marie Maurice Le Gonidec (1775-1838) para publicar dos obras de Louis-Antoine-François de Marchangy en seis volúmenes cada una de ellas, La Gaule poétique y Tristan le voyageur, ou la France au XVIe siècle, de 1825 son las ediciones en colaboración con el jovencito Honoré de Balzac (1799-1850) que no tardarían en llevarle a la ruina, pero también la novela anónima, obra de Balzac, Wann-Chlore (publicada en asociación con Augustin Delongchamps en cuatro volúmenes en septiembre), el poema en seis cantos de Jacques François Ancelot (1794-1854) Marie de Brabant y dos obras de Lamartine, Chant du sacré ou la Veille des armes (en asociación con los hermanos Baudouin) y Épitres (de nuevo con Audin).

Del año siguiente, en que parece que rompe su asociación con Audin, son los Poèmes antiques et modernes, de Alfred de Vigny, y Bug-Jargal, de Victor Hugo, y de 1827 otro libro igualmente interesante, Armance, ou quelques scènes d’un salón de Paris en 1827, que aparece como anónimo pero fue escrito por Marie-Henri Beyle (1783-1842), quien más tarde se haría célebre con el seudónimo Stendhal y a quien Canel le publicaría Le rouge et le noir asociado a Levavasseur.

1826 es el año de su primera gran ruina, pero no tarda en reponerse de ella y publicar en 1929 los cuatro volúmenes de la novela de su buen amigo Honoré de Balzac Le Dernier Chouan ou la Bretagne en 1800. Al año siguiente se asocia a Levavasseur para publicar los Contes d’Espagne et d’Italie, de Alfred de Musset, y una novela firmada como «un jeune célibataire» que no era otro que Balzac titulada Physiologie du mariage ou méditations de philophie éclectique, sur le bonheur et le malheur conjugal. En 1830, con su propio sello, aparece otro libro del máximo interés: la traducción en verso de Alfred de Vigny de la tragedia de Shakespeare Le More de Venise, Othelo.

En esos años se asocia también Charles Gosselin para publicarle a Balzac su «roman philosophique» La peau de chagrin, entre otros libros, y con Adolphe Guyot para publicar a Eugène Sue (1804-1857) La Coucaratcha (1832), en dos volúmenes, y Cécile (1834), a Victor Hugo su Étude sur Mirabeau (1834), etc. Por lo visto, las ventas de estos libros eran pésimas, y diversas circunstancias propiciaron que Guyot acabara en la cárcel incapaz de saldar sus deudas. Por el contrario, el gran éxito de esta asociación fue el libro Contes bruns par une [viñeta de Tony Johannot de una cabeza invertida], una antología de cuentos que en su primera edición apareció como anónima, pero que en la segunda ya se mencionaba a sus autores: Philarète Chasles (1798-1873), Charles Rabou (1803-1871) y Honoré de Balzac. En 1841 este título ocupó un lugar de honor en el Índice de libros prohibidos. Canel tuvo un poco más de suerte que Guyot y conservó la libertad, pero la ruina lo dejó de nuevo fuera de combate.

Abandonó el «negocio» librero y se convirtió de nuevo en contable para una gran empresa de comercio, y cuando se postuló para un puesto de vendedor ambulante en la Direction de la Librairie le fue denegado. Falleció en diciembre de 1867 en su domicilio parisino.

Fuentes:

Jean-Paul Fontaine, «Urbain Canel (1789-1867), oublié et rare», Histoire de la Bibliophilie, 2 de enero de 2017.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Del exilio y el ostracismo al éxito editorial: Frederic Rahola y Jaume Vicens Vives

Son incontables la cantidad de españoles que recordarán el muy característico logo de la Editorial Teide a raíz de las horas pasadas en sus años escolares frente a alguno de ellos.

El proyecto, de exitosa y dilatada trayectoria, fue producto de la feliz alianza de dos personajes peculiares —Frederic Rahola i Espona (1914-1992) y Jaume Vicens Vives (1910-1960)—, y entre otras diversas virtudes de esta iniciativa se cuenta la de haber contribuido a que el segundo de ellos pudiera disponer de los recursos necesarios para regresar a Barcelona y reincorporarse a la universidad, después de haber sido apartado de la docencia por las autoridades franquistas.

Militante de Esquerra Republicana de Catalunya y empleado en el Departament de Finances de la Generalitat de Catalunya, el abogado Frederic Rahola se había exiliado como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y en Francia, además de estudiar economía política, participó muy activamente en la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). Sin embargo, en 1942 regresó a Barcelona y retomó su labor como abogado, al tiempo que se asociaba con su cuñado, Jaume Vicens Vives, para crear la editorial Teide.

1947

Por su parte, Vicens Vives había destacado muy pronto como un brillantísimo estudiante en la Universitat de Barcelona, donde había sido compañero de promoción de Pere Grases y Santiago Sobrequés, y en cuanto se licenció empezó a trabajar en la por entonces recién creada Universitat Autònoma de Barcelona. Sin embargo, al inicio de la guerra fue movilizado como sanitario y al término de la misma a punto estuvo de emprender el camino del exilio acompañando a Rahola, pero a principios de 1940 sobrevivía impartiendo clases particulares y haciendo colaboraciones en la revista Destino y en la editorial Gallach.

Según escribió en su momento Jesús A. Martínez Martín en Historia de la edición en España, 1939-1975 (2015):

En 1950 fue fundada la editorial Teide, S.A., por el historiador Jaume Vicens Vives y Federico Rahola de Espona, con un capital de 1.500.000 pesetas, inicialmente para coeditar en castellano e italiano obras del Instituto Geográfico De Agostini (Novara, Italia), obras pedagógicas de la Abadía de Averbode en Bélgica y libros de textos. El capital se había duplicado en 1969.

1952

Sin embargo, tal síntesis es cuanto menos ambigua, pues no solo no da razón de la existencia de libros de Teide ya en los años cuarenta, sino que además no tiene en cuenta las muy útiles páginas que en este sentido había dejado escritas Manuel Llanas una década antes (concretamente, en el año 2006).

Las primeras incursiones en la edición de los dos socios catalanes se centraron, ya desde 1942, en material cartográfico, atlas, y manuales escolares de geografía e historia, ámbito en el que llevaba la voz cantante Vicens Vives, mientras que Rahola se centraba sobre todo en la gestión. Es destacable también la colaboración, inicialmente externa, de quien luego sería también otro editor barcelonés importante, Enric Borràs Cubells, que a principios de los cincuenta pasó a formar parte de la plantilla de Teide (y acabaría casándose con la secretaria de Rahola).

Mediada la década de los cuarenta se hace más frecuente la edición de libros de historia, en diversas ocasiones escritos por los mencionados compañeros universitarios de Vicens Vives, y en 1951 nace en el seno de la editorial la importante revista Índice Histórico Español, considerada la principal recopilación de fuentes historiográficas española de la época preinformática.

1953.

Es posible que la creación de la sociedad anónima, que es lo que parece registrar Martínez Martín tomando como fuente los libros de registro del Archivo del Instituto Nacional del Libro (INLE), se produjera en 1950, pero por esas mismas fechas Teide disponía ya de un catálogo bastante voluminoso y estaba poniendo en circulación la Duran y Bas, en honor del jurisconsulto y político que siendo ministro de Justicia dimitió como consecuencia del célebre Tancament de Caixes de 1899 (Manuel Duran i Bas, 1823-1907), una colección centrada en estudios económicos, y la colección de temas históricos Raimundo Lulio, además de las mencionadas colaboraciones con De Agostini y Aberbode. Y también de aquellos años son los muy recordados libros de Cosmos, sobre ciencias de la naturaleza para uso escolar.

Otro hito importante, mediada ya la década de los cincuenta, fue la publicación de los primeros títulos en catalán, y en particular la muy conocida colección Biografies Catalanes (así rebautizada al prohibirles la censura franquista emplear el nombre Història de Catalunya) y la también muy divulgada Gramàtica catalana de Pompeu Fabra (1868-1948), aparecida póstumamente por razones evidentes.

La muerte en 1960 de Vicens Vives y las desavenencias entre Rahola y su hermana desembocaron en la división del fondo y en la creación de la también muy conocida editorial Vicens Vives, que originalmente dirigieron la muy longeva Roser Rahola (1915-2020) y su hijo Pere Vicens Rahola, pero nada parece indicar que Teide perdiera por ello fuelle, y en esa misma década inicia un amplio despliegue expansivo por los mercados americanos (México, Colombia, Chile..).

Ya en los setenta se produce una decidida entrada de Teide en el campo de los libros de historia y biografía en el ámbito universitario, centrándose en particular en temas de historia catalana en tiempos de la Segunda Repúbica, con la colección Capdavanters.

Aun así, de la labor de Rahola merece la pena destacar también su iniciativa de asociar a los diversos y hasta entonces dispersos editores de libros de texto, un proyecto que cuajó en 1957 con el nacimiento del Grupo de Editores de Libros de Enseñanza, y su intervención comprando en 1970 las acciones de Edicions 62 en el macroproyecto de la Gran Enciclopèdia Catalana, lo que permitió que este pudiera seguir adelante más allá del tercer volumen. Tampoco es desdeñable su etapa como presidente del Gremi d’Editors de Catalunya, entre 1971 y 1975, hasta que en 1976 el que luego sería president de la Generalitat Josep Tarradellas (1899-1988) lo nombra su representante en el interior y, ya como presidente, en conseller de Governació de la Generalitat Provisional. Poco duró en ese cargo, pero al asumir el de Síndic de Greuges (defensor del pueblo), abandonó definitivamente las labores al frente de Teide, que delegó en sus hijos Frederic i Cristian.

Fuentes:

Enric Borràs, «J. Vicens Vives: col·laborador de Franco i mentor de la classe política filocolonial a Catalunya», Bloc d’Enric Borràs, noviembre 2010.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Jesús A. Martínez Martín, «El capitalismo de edición moderno. Las empresas editoriales: negocios, política y cultura. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 273-328.

Joan Plana, «Germans Rahola, una vida dedicada a la lluita», El blog de’n Plana, 16 de març de 2012.

Un librero y editor en el exilio en Londres, Vicente Salvá

En agosto de 1942, el librero y editor catalán exiliado en Londres Joan Gili i Serra (1907-1998) publicó en Senyera (el boletín del Casal Català de Londres, a cuya fundación él mismo había contribuido), un artículo titulado «Una edició del Nou Testament en català impresa a Londres» en el que, al margen de revisar la actividad de algunos exiliados catalanes del siglo xix en Gran Bretaña (entre ellos Antoni Puigblanc, autor de unos Opúsculos gramático-satíricos veladamente dirigidos contra Salvá), se centraba en las circunstancias que desembocaron en la publicación en 1834 de una traducción anónima —pero obra del exiliado liberal Josep Melcior Prat (1779-1855)— del texto bíblico, promovida por la British and Foreign Bible Society e impresa en Londres por Samuel Begster Jr.

Joan Gili i Serra.

Parte notable de estas circunstancias previas a la publicación del Nou Testament fueron las discusiones acerca de quién debía llevar a cabo la traducción, pues existía otro candidato prestigioso, el valenciano Joaquín Lorenzo Villanueva. En el debate que suscitó esta elección en el seno de la British and Foreign Bible Society tuvo un papel destacado un extraordinario filólogo, escritor, librero y editor, también valenciano, de vida trepidante, Vicente Salvá Pérez (1786-1849).

Hijo de José Salvá, un apasionado de los libros y lector voraz desde muy temprana edad, y Andrea Pérez, que quedó viuda siendo aún muy joven, Vicente Salvá destacó enseguida como un lector y estudiante excepcional, acaso un superdotado o en cualquier caso un niño prodigio. Tras licenciarse en Valencia en Filosofía, Derecho, Teología y Griego, en 1804 (con apenas dieciocho años) ya obtuvo plaza como profesor en esta universidad, y poco después pasó a las de San Isidro y Alcalá de Henares, de donde abandonó el puesto consecuencia del avance de las tropas napoleónicas y del levantamiento del Dos de Mayo (1808). Regresó entonces a Valencia, donde un año después se casó con Josefa Mallén, y se adentró en el mundo del comercio del libro asociándose con su cuñado Pedro Juan Mallén (hijo del célebre librero de origen francés Diego Mallén y que vivió entre 1775 y después de 1823).

Vicente Salvá Pérez.

De esta etapa tuvo una importancia crucial en la trayectoria de Salvá la edición —durante la ocupación de Valencia por las tropas del mariscal Louis Gabriel Suchet (1770-1826)— de la primera edición española de El contrato social de Rousseau (1712-1789), que previamente (en 1799) ya había traducido al español el Abate Marchena (José Marchena y Ruiz de Cueto, 1768-1821) y había publicado unos quinientos ejemplares (la mayoría de los cuales destinados a América, aunque otra buena parte fueron a parar a Perpiñán), con falso pie editorial de Londres (si bien editado en París) y presentada también falsamente como una «segunda edición». En el caso de Salvá, la publicación de El contrato social le valdría la incoación de un proceso judicial por parte de la Inquisición española. También durante la ocupación de Valencia por Suchet, vale la pena recordar la colaboración de Salvá con la muy combativa revista liberal y vehementemente antimonárquica Aurora Patriótica Malloquina, que imprimía Miguel Domingo y que tuvo una vida más bien breve (1812-1813).

Lista de suscriptores de Aurora patriótica.

Germán Ramírez Aledón, el mejor conocedor de la obra de Salvá, ha analizado con detenimiento la edición de Salvá de El contrato social, llevada a cabo en colaboración con su cuñado Pedro Juan Mallé y traducida por Pedro Estala, cuya consecuencia más importante fue el inicio de una persecución inquisitorial que le llevó a un primer exilio (en Francia e Italia). Sin embargo, durante el conocido como Trienio Liberal (1820-1823), Salvá estaba de nuevo en España desarrollando una intensa actividad política, que le llevó a ser diputado a Cortes.

Como consecuencia de ello, en la segunda mitad de 1823, huyendo del absolutismo de los Cien Mil Hijos de San Luis, se trasladó a Gibraltar con el propósito de pasar posteriormente a Londres, cosa que consiguió a finales del año siguiente. En la capital británica, al igual que le ocurriría años más tarde a Gili i Serra con C. Henry Warren, contó con un socio importante para despegar en el negocio de la comercialización y edición de libros. En el caso de Salvá, este socio fue el célebre y muy longevo librero y editor francés Martin Bossange (1765-1865), que había fundamentado su fortuna en el extraordinario éxito que había tenido en 1789 con la publicación del Carlos IX de Joseph Chenier (1764-1811), de la que se calcula que vendió cincuenta mil ejemplares. Posteriormente Bossange se había asociado con el comerciante lionés Joseph René Masson para crear Bossange, Masson et Besson, una empresa destinada al comercio internacional de libros franceses que en 1814 había creado una sucursal en Londres (ciudad en la que residió hasta 1820).

Gracias, pues, a la ayuda financiera de Bossange, Vicente Salvá pudo abrir en 1825 una librería que muy pronto se convirtió en punto de reunión preferente de los exiliados políticos españoles en la capital inglesa (del mismo modo que sucedería con la librería Dolphin de Gil i Serra durante la guerra civil española), la Spanish & Classical Library, en el número 124 de Regent Street. Otra de las coincidencias con el editor republicano catalán establecido en Londres es que los cimientos del prestigio de Salvá como editor fueron inicialmente unos muy esmerados catálogos centrados sobre todo en obras peninsulares y americanas (A catalogue of Spanish and Portuguese Books) que despertaron el interés de los bibliógrafos de todo el mundo, que el editor valenciano puso en circulación en 1825 y 1826. A estos catálogos se atribuye también el impulso inicial de la conocida leyenda sobre el monje de Poblet dedicado al comercio de libro raro, que, después de ser recreada por autores como Charles Nodier o Gustave Flaubert, desembocó en la obra del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) La llegenda del llibreter assassí de Barcelona (1821). El libro clave en este sentido es el ejemplar único de los Furs de Valencia, que aparece mencionado en estos catálogos.

Al parecer, no tuvo tiempo Salvá de publicar mucho más en Londres, porque ya en 1830, manteniendo la gestión de sus negocios tanto en Valencia como en la capital inglesa, se trasladó a París, donde llevó a cabo el grueso de su obra de librero y editor de primera magnitud. Aun así, parece que cabe atribuir a la labor de Salvá algunos ejemplares aparecidos en los años veinte en Londres, como es el caso de un curioso folleto de apenas 40 páginas y con un formato de 15 x 100 titulado Interesante narración de los extraordinarios medios por los cuales salvó su vida el español D. Paulino Lacalle, que aparece con pie editorial de 1825 y con las indicaciones de «Se vende en la librería de D. V. Salva, nº 124, Regent Street» e «Imprenta Española de M. Calero, 17 Frederick Place, Goswell Road». Si bien no aparece en muchos de los principales catálogos bibliográficos —tampoco en los del propio Salvá— hay indicios para pensar que se ocupó de su publicación el editor y librero valenciano.

Además de su amplia y exitosa etapa en la librería española fundada en París, sobre la que existe también una bibliografía notable, de Salvá es particularmente interesante el destino que tuvo a su muerte la excepcional biblioteca que fue atesorando a lo largo de su vida. A partir de los años sesenta del siglo XIX, después de haber dejado los negocios en manos de su hijo, Salvá se concentró en la elaboración de un detallado y minucioso catálogo que registraba las obras que había ido atesorando a lo largo de su carrera, entre las que figuraban primeras ediciones muy raras, más de un centenar de manuscritos de los siglos XV y XVI y textos poco asequibles de Petrarca, March, Juan de la Encina, Cervantes o Boscán, entre otros. De hecho, en su afán por documentar con detalle su biblioteca, Salvá encontró la muerte durante un viaje a París para cumplir este propósito cuando la capital francesa era asolada por una pandemia (de peste). A la larga, su biblioteca sería ofrecida a la Diputación de Valencia, a la universidad de esa ciudad al Estado español, pero finalmente fue adquirida por Ricardo Heredia, a cuya muerte esa enorme y valiosa cantidad de libros se dispersó, lamentablemente.

Fuentes:

  1. M. Bacarés, Noticia biográfica de D. Vicente Salvá, València, Imprenta de José Rius, 1849.

Vicent Baydal, «La biblioteca perdida del librero Vicente Salvá», Valencia Plaza, núm 1 (noviembre de 2014).

Pablo González Muñoz, «El exlibris de la Biblioteca de Salvá», Revista Ibérica de Exlibris, núm. 1 (1903), pp. 59-60.

Germán Ramírez Aledón, «Las librerías de Vicente Salvá en Londres y París (1825-1849). El primer proyecto comercial de una librería española en el exterior», en AA. VV., Pasiones bibliográficas. Vint anys de la Societat Bibliogràfica Valenciana Jerónima Galés, València, 2014, pp. 123-135.

—«Semblanza de Vicente Salvá y Pérez (1786-1849)», Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2015.

—«Rousseau en la revolución liberal española: La primera edición en España de El contrato social (1812)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo. Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo xviii, n. 18 (2012).

Rufino Torres Castañeira, importador clandestino de libros

«Tú sabrás quién tocó la cuestión. Si atas cabos sacarás el resultado. No dudes que tienes amigos de los otros en la organización».

Esta advertencia que a simple vista puede parecer inocua o incomprensible constituye uno de los estremecedores testimonios de la ingente y peligrosa labor llevada a cabo por editores, distribuidores y libreros durante el franquismo para hacer llegar a los lectores libros que en España estaban prohibidos. El pasaje pertenece a una carta del 8 de agosto de 1973 dirigida por el distribuidor pontevedrés afincado en Barcelona Rufino Torres al editor de Ruedo Ibérico, José Martínez Guerricabeitia, en la que aborda una cuestión bastante recurrente en algunos momentos de su relación: la existencia de algún «topo» que informaba a las fuerzas represoras franquistas acerca de los envíos de libros que Ruedo Ibérico hacía desde su exilio en París para que de este modo la policía pudiera incautarse de los libros, con las pérdidas tanto culturales como económicas que eso conllevaba.

La cuestión de la distribución y venta de libros prohibidos es uno de los ámbitos aún más desconocidos, en buena medida debido a las comprensibles pero en ocasiones insuperables y desesperantes dificultades que supone su estudio. Lo sabe bien, por ejemplo, Jordi Cornellà-Detrell, que lleva ya algunos años recabando datos acerca de la circulación de libros prohibidos, de sus redes de distribución y de los puntos de venta y cuyos estudios han dado ya algunos frutos importantes y quien ha explicado que:

…había, claro está, importadores a pequeña escala que utilizaban su propio automóvil o los hacían llegar por correo postal en pequeños paquetes En cuanto llegaban a Catalunya, los libros se almacenaban en el depósito de distribuidores como Siegfried Blume, gerente de la Librería Técnico-Extranjera, en la calle Tuset, o Eduardo Beneyto, que los escondía en una habitación secreta en su distribuidora Vilben, situada en la calle Aragó.

Aun así, la exhumación del rico epistolario entre José Martínez Guerricabeitia y sus distribuidores llevado a cabo por Albert Forment ha permitido conocer algunos otros aspectos particulares acerca de la distribución clandestina de libros en España.

Eduardo Fidalgo.

Entre los escasos distribuidores de los que se tiene información suele destacarse precisamente la importancia de los de Ruedo Ibérico Siegfried Blume y Rufino Torres, al segundo de los cuales describió Jorge Herralde en Por orden alfabético como un «antiguo ex-guardia civil que, por razones obvias, conocía bien los entresijos fronterizos». Entre sus principales colaboradores tuvo Rufino Torres a su cuñado Eduardo Fidalgo Cerreda (1934-2015), hijo de un exiliado en Cuba y que, según contó su hija, «trajo muchos libros de América Latina, sobre todo de Argentina, libros que llegaban al puerto disimulados con las mercaderías». Sin embargo, fue sin duda Albert Forment quien más datos sacó a la luz acerca de la actividad de Rufino Torres y quien la ha explicado con más detalle.

Al parecer, Rufino Torres, que tenía como una de sus direcciones la calle Calabria número 137 y un almacén en Viladomat, 247, tenía la importación de libros sobre todo de Francia como una fuente adicional, pero lucrativa, de su negocio como distribuidor, aun a sabiendas de los riesgos que corría; a través de Blume contactó con el editor de Ruedo Ibérico y a partir de 1964, propiciado además por las dificultades económicas a que tuvo que enfrentarse Blume, se convirtió en su principal distribuidor. Así cuenta Forment el modo de proceder, que en buena medida explica los altos precios que alcanzaban estos ejemplares (es sabido que, con la venta de los que poseía, Goytisolo se financió su viaje a París):

Rufino tenía verdadero olfato para los negocios editoriales ilegales que la censura hacía florecer indirectamente, además de los legales que le servían de cobertura y eran la parte del león de su negocio. Al tanto de los usos y costumbres de los cuerpos de seguridad franquistas, entre los cuales se decía que conservaba buenas amistades, supo sortear el acoso policial durante quince años, hasta la época de la transición política, convirtiéndose en la otra gran pieza clave [junto con Blume] del dispositivo de distribución de Ruedo Ibérico en España [..] Rufino compraba con tan descomunales descuentos que apenas daban beneficio a la editorial […], y los revendía luego al por mayor a otros distribuidores, cobrando su propia comisión.

A finales de los años sesenta, esos descuentos de los que gozaba Distribuciones Torres podían alcanzar el 55% por ciento, al que se añadía aún un 3% adicional por pronto pago, lo cual pone de manifiesto que entre las prioridades de Ruedo Ibérico no estaba ganar dinero, sino hacer que sus libros llegaran a los lectores. Refiriéndose también a esos años finales de la década de los sesenta, otro de los puntales de Ruedo Ibérico, Marianne Brull, explicó en una entrevista con Carlos Prieto el modo de proceder:

Mandábamos los libros a Barcelona en sacas postales de unos treinta kilos, y él [Torres] se encargaba de que nadie las inspeccionara en Correos… […] Los envíos se hacían siempre desde la misma oficina de correos en París, el día que nos indicaba Rufino, sin remite y de manera que pudieran ser localizados fácilmente por los empleados de aduanas… previamente sobornados por Rufino. Fácil no era.

No cuesta imaginar que no debía de ser fácil. Para evitar que se pudieran rastrear los pagos, en ocasiones estos los hacía Rufino Torres desde Andorra, adonde se desplazaba con cierta regularidad, y las dificultades impuestas por el acoso policial explican que en más de una ocasión los distribuidores se vieran en la necesidad de pedir a Ruedo Ibérico que retuviera los envíos.

François Maspero.

Es lo que sucedió, por ejemplo, a finales de 1966, cuando surgieron serias sospechas de que alguien desde París estaba informando a las autoridades españolas de los detalles de los envíos. Tanto Blume como Torres sospechaban que acaso se tratara de alguien que trabajaba para el editor francés François Maspero (1932-2015), que era quien distribuía los libros de Ruedo Ibérico en casi toda Francia (salvo en Iparralde). El caso es que, según contaba Tores a Martínez Guerricabeitia en febrero de 1967, los envíos que se hacían directamente a particulares eran retenidos y confiscados, y la misma situación se mantuvo en los meses siguientes.

No fue hasta junio de 1967, cuando ya llevaban varios años de comunicación epistolar, que el editor exiliado y el ex guardia civil se conocieron personalmente, en Perpinyà. Las dificultades a las que los heterodoxos modos de gestión y producción abocaron a Ruedo Ibérico propiciaron que en 1969 se llegara a un acuerdo por el cual Rufino Torres avanzaba 18.500 francos para que el editor exiliado en París pudiera llevar a cabo la reimpresión de cinco de los títulos que mejor habían funcionado de su catálogo y que por entonces se hallaban agotados, pero ya a principios de 1966 tanto Torres como Blume habían ofrecido ayudas en metálico a José Martínez (en cierto modo, la dadivosidad de Blume contribuye a explicar las dificultades por las que pasó la Editorial Blume, fundada en 1965).

José Martínez Guerricabeitia.

A principios de 1973 volvieron a surgir recelos acerca de las filtraciones de información sobre los envíos clandestinos de libros, y en mayo de ese año escribe Torres a Martínez Guerricabeitia:

Hemos tenido noticias de que estáis preparando catálogos para un fuerte envío. Tus amigos ya lo saben y han tomado precauciones. Se conoce que dentro del ramo hay quien te vigila y procura por tus intereses. Desgraciadamente debes estar bien acompañado, no lo dudes.

El editor de Ruedo Ibérico sospechaba que, caso de haber filtraciones, estas se debían probablemente a la indiscreción del filósofo del Opus Rafael Calvo Serer (1916-1988), que desde noviembre de 1971 se encontraba en París a raíz de sus críticas al gobierno franquista publicadas en Le Monde, o bien a alguien de su entorno, pero en agosto, como pone de manifiesto el pasaje reproducido inicialmente, los recelos persistían:

La nota indicaba se están preparando envíos, forma de caja, embalaje, peso y otros detalles reales, ignorando de momento la dirección. El caso es que coordinaba todo perfectamente. ¿Quién podía saberlo? Tú sabrás quién tocó la cuestión…

Según cuenta Forment, más tarde los colaboradores habituales de Ruedo Ibérico llegaron a sospechar, aunque sin pruebas fehacientes, que las filtraciones se debieron a Luis Palomeque, militante comunista que entre finales de 1971 y enero de 1972 había sido despedido de Ruedo Ibérico tras dos años como empleado, pero aun así en 1974 Rufino Torres propuso poner a prueba la solvencia de la confidencialidad en las comunicaciones. Se preparó un envío comunicando detalles a los allegados a la editorial, y se comprobó que ninguno de los detalles divulgados llegó a oídos de las autoridades españolas.

Al margen de las motivaciones que tuviera Rufino Torres (que ya había empezado a publicar algunos libros como Ediciones R. Torres) tras una reunión con Martínez Guerricabeitia durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1976 llegaría a convertirse en coeditor de Trotski, concretamente de los dos volúmenes de sus Escritos militares, así como del Diario de la Revolución Cubana de Carlos Franqui (1921-2010). No está mal, tratándose de un ex guardia civil.

Fuentes:

Jordi Cornellà-Detrell, «Estratègies contra la censura durant el período democràtci: reedició, reescriptura i polítiques editorials», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, Traducció i franquisme, Lleida, Punctun-Grup d’Estudi de la Traducció Catalana comntemporània (Visions 8), 2017, pp. 121-137.

—«La circulación de libres clandestins durant el franquisme», Querol, núm. 22 (2018), pp. 44-50.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Domingo Marchena, «El señor de los libros», La Vanguardia, 21 de abril de 2015.

Ana Martínez Rus, «Ni rojos ni ateos: las difíciles relaciones editoriales entre la España franquista y el exilio argentino», Kamchatka. Revista de análisis cultural núm. 7 (junio de 2016).

Núria Navarro, «Escondía los libros en un armario con doble fondo» (entrevista a Eduardo Beneyto), El Periódico, 21 de noviembre de 2010.

Carlos Prieto, «Los papeles secretos del Opus Dei: de las confidencias “salvajes” a la maleta del 23-F», El Confidencial, 10 de marzo de 2018.

Redacción, «Muere Eduardo Fidalgo, defensor y amante de los libros», El Periódico, 18 de abril de 2015.

«K. L. Reich» y la autocensura, una enigmática historia editorial

Tanto el proceso de escritura como el de publicación de una de las obras más estremecedoras e impactantes sobre la vida de los republicanos españoles en campos nazis, K. L. Reich, ha sido objeto de largas, enrevesadas y en algunos casos enconadas controversias, pero que al fin y al cabo han contribuido bastante a esclarecer la génesis de su publicación.

Joaquim Amat-Piniella.

Todo parece indicar que Joaquim Amat-Piniella (1913-1974) completó una primera versión de la obra entre septiembre de 1945 y abril de 1946, apenas ocho meses después de haber sido liberado por las tropas estadounidenses (en mayo de 1945) y mientras residía en Andorra, concretamente en Sant Julià de Lòria. Es más, David Serrano identifica una primera versión del episodio del asesinato del personaje de Vicent en K.L. Reich en un relato que se publicó ya en 1945 en la revista del exilio catalán en Niza Per Catalunya con el título «La Fam», y que años después se publicaría de nuevo de forma independiente en la recopilación póstuma Retaule en gris (Bromera, 2012).

En noviembre de 1947 aparece otro fragmento de esta versión en una interesante revista barcelonesa dirigida por el militante de Estat Català Antoni Ribera (1920-2001) titulada Antologia dels fets, les idees i el homes d’Occident. De esta publicación clandestina de divulgación cultural, entre cuyos colaboradores habituales se contaban el poeta y compositor Lluís de Rialp (Lluís Soler, n. 1920), el pedagogo y lingüista Políglot (Delfí Dalmau, 1891-1965), el crítico literario Joan Triadú (1921-2010) y los escritores exiliados Josep Carner (1884-1970), Agustí Bartra (1908-1982) y Josep Pous i Pagès (1873-1952), se hacía una tirada privada de mil ejemplares que distribuía el corredor de libros Pere Bonada con el método de cadena; hasta que en mayo de 1948 fue suspendida por orden gubernativa. Sin embargo, en el número 7 se publicó entre las páginas 52 y 59 el mencionado texto de Amat-Piniella con el título «Eutanàsia» y la siguiente indicación (que traduzco):

De los siete mil españoles que han pasado por el campo de concentración alemán de Mauthausen, apenas han salido unos mil ochocientos. El autor es uno de los supervivientes y, acerca de los recuerdos de su cautiverio de cuatro años y medio, ha escrito un reportaje novelado con el título K. L. Reich, aún inédito, y del cual publicamos hoy un capítulo.

Resulta cuanto menos curiosa pero quizá desorientadora la adscripción del texto al género del «reportaje novelado», pero es interesante que se publique en una revista que en cierto modo actuaba como catalizadora de la obra de diversos exiliados (como era por entonces el caso de Amat-Piniella) o de puente entre autores del interior y del exilio. En junio de 1953, fue el mencionado Agustí Bartra quien se planteó la posibilidad de publicar, en México, la obra de Amat-Piniella, enmarcándola en el proyecto de colección Fona que estaba planeando con el impresor Guillem Gally (1906-1981) y que pretendía dar a conocer obras impublicables en España por razones de censura, acompañándolas además de los pertinentes documentos ministeriales de prohibición. El fracaso de ese proyecto hizo que K.L. Reich siguiera inédita aún unos cuantos años más.

Sin embargo, el caso es intrigante porque la primera presentación de la obra a censura documentada es la del editor Santiago Albertí (1930-1997), y cuando Amat-Piniella hacía ya unos años que se había establecido en Catalunya. En abril de 1955 está fechada la denegación de la autorización para publicar la versión que se había presentado, de 140 páginas, a pesar de que el preceptivo informe del censor no señalaba en ella ningún pasaje y ningún motivo para prohibirla. Segundo enigma.

Tal vez la siguiente mención pública de la novela se produce en las páginas de la revista Destino, que en el número del 19 de abril de 1958, en el marco de un amplio reportaje sobre las novedades para el Sant Jordi de ese año con entrevistas a los editores, se alude a K. L. Reich como una «extensa e importante novela» inédita en la que Amat-Piniella «recoge extraordinarias experiencias de su internamiento en un campo de concentración alemán», al presentar al autor con motivo de la reciente aparición de su Roda de solitaris en la Nova Col·lecció Lletres del ya mencionado Santiago Albertí.

Hay muchas pruebas de que por lo menos la existencia de la obra y su tema era ampliamente conocido en el milieu, y poco después, en el número de enero de 1959 de la principal revista del exilio catalán en Buenos Aires, Ressorgiment, la traductora, periodista y escritora Anna Murià (1904-2002) le dedica el artículo «K. L. Reich, novel·la inèdita de J. Amat-Piniella», sin duda porque debió de tener acceso al manuscrito a través de su cónyuge, Agustí Bartra.

Finalmente, en 1961 se presenta de nuevo a censura, pero lo más notable de este episodio es que la obra había ido creciendo hasta las 250 páginas, lo que permite concluir a Josefina Sabaté que de Andorra no llega ya con una versión definitiva sino que, muy al contrario, el autor fue puliendo y retocando su texto a lo largo de esos años. Es incluso posible aventurar que el ejercicio de autocensura que Sabaté advierte en el texto definitivo sea consecuencia del contacto directo del autor con el ambiente cultural y literario de la Barcelona de esos años, donde, como en todas partes, se habían desarrollado diversas estrategias ante la censura (y que en el ámbito del teatro tuvieron dos polos opuestos representativos en el posibilismo de Buero Vallejo y el imposibilismo de Alfonso Sastre). En cualquier caso, el 10 de abril de 1961 José de Pablo Muñoz firmaba un informe de censura en el que consideraba, puesto que no atacaba ninguna de las instituciones fundamentales del régimen franquista, que «puede publicarse».

En 1963 aparece finalmente K. L. Reich, pero lo hace en una traducción al español firmada por el escritor Baltasar Porcel (1937-2009), si bien quienes tradujeron la obra fueron en realidad el propio Amat-Piniella, en colaboración con su amigo el médico, pintor y escritor Josep M. Cid-Prat y Porcel se limitó a hacer una corrección de estilo. Esta edición en español se publica en la colección Testimonio de Seix Barral, pero poco después ese mismo año lo hace también la edición en catalán, en este caso en el Club Editor de Joan Sales (1912-1983), cuyos procesos de producción y problemas con la programación de las obras en cartera acaso eran menos fluidos que en Seix Barral.

Estas fueron, pues, las ediciones disponibles durante muchos años, hasta que en 1995 Serrano Blanquer sacó a la luz un nuevo manuscrito íntegro que halló en un maletín que le facilitó el hijo de Amat Piniella y que difería del hasta entonces conocido, así como pasajes que tampoco figuraban en la edición publicada. Se generó entonces una cierta polémica acerca de los motivos de las diferencias entre uno y otro, básicamente entre quienes pensaban que respondían a motivos de censura y quienes pensaban que era una versión menos pulida y en un estadio en que el proceso de autocensura al que la sometió el propio autor no era aún evidente. En cualquier caso, esa fue la versión, editada por el propio Serano Blanquer, que Edicions 62 publicó en el año 2001.

Probablemente, lo más interesante que nos han dejado los análisis y cotejos de estas diferentes versiones que se han ido publicando, así como de las notas del autor y prólogos que las acompañaban, sea, de facto, un «estudio de caso» tremendo de lo que fue la autocensura durante la dictadura franquista.

Fuentes:

Joaquim Aloy i Bosch, «Les dues versions diferents de K. L. Reich», web Joaquim Amat-Piniella, escriptor i intel·lectual manresà (1913-1974).

Marta Marín-Dòmine, «K. L. Reich (1963)», Visat, núm. 16 (octubre de 2013).

Josep Massot, «Centenario de Joaquim Amat-Piniella, un catalán en Mathausen», La Vanguardia, 19 de febrero de 2013.

Josefina Sabaté, «Análisis de las variantes autógrafas en la “Nota de l’autor” de Joaquim Amat-Piniella en K. L. Reich», Represura, núm. 3 (2018), pp. 39-71.

De la librería Villalar a la colección Hoy es Siempre Todavía

«Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.»

Antonio Machado

El ambiente teatral español inmediatamente posterior a la muerte del dictador experimentó una notable ebullición que parecía anticipar una etapa esplendor y de extensión de una dramaturgia más innovadora a las clases populares y en la que, en cualquier caso, desempeñaron un papel importante una miríada de colecciones editoriales dedicadas al teatro, algunas de las cuales de vida efímera.

Antonio Machado y la periodista Rosario del Olmo (a menudo eliminada de la foto).

En Valladolid se había abierto aún en dictadura, en 1972, una librería cuyo nombre era algo más que un guiño, en particular en una época en que los lectores avisados –sin duda por efecto de la censura–estaban muy habituados a leer entre líneas y a interpretar más allá de la literalidad: Librería Villalar. Como es bien sabido, en la batalla de Villalar, en el contexto de la Guerra de las Comunidades de Castilla, los comuneros se enfrentaron el 23 de abril de 1521 a las tropas afectas al rey Carlos I, y como consecuencia de la derrota el día siguiente fueron brutalmente decapitados los principales líderes revolucionarios, Juan de Padilla (1490-1521), Juan Bravo (1483-1521) y el capitán Francisco Maldonado (1480-1521). Por si el solo nombre no bastara, el mismo año en que se abrió la librería se presentó en ella el volumen Los Comuneros, del poeta Luis López Álvarez (n. 1930), que ese mismo año acababa de publicar Edicusa (la editorial de Cuadernos Para el Diálogo). Pocos años más tarde, y gracias sobre todo a la adaptación musical que el grupo de folk Nueve Mester de Juglaría hizo del poema «Canto de Esperanza», estos versos de López Álvarez se convirtieron en poco menos que el himno nacional castellano-leonés.

La cuestión del nombre, que también adoptó la empresa surgida de la librería, no pasó desapercibida al filósofo comunista Manuel Sacristán (1925-1985), quien en respuesta a una carta en la que la editorial le solicita un prólogo, escribe en septiembre de 1978:

Me interesa mucho su programa de publicaciones, y hasta el nombre de su editorial (en esta época de nacionalismo frenético los castellanos de la diáspora estamos un poco incómodos). Le ruego que, si tiene tiempo para ello, me mande información de lo que editan.

La librería Villalar venía entonces a sumarse más o menos explícitamente a una serie de librerías opositoras al régimen franquista de su entorno, como era el caso de Granado en Burgos, la Antonio Machado en Segovia o la soriana Librería SAS, que ampliaban sus actividades, a menudo contrarias a los intereses de las autoridades, mucho más allá de los habituales del comercio librero.

La iniciativa de crear esta librería había surgido de del grupo que formaron Isabel Gijón (de la Asociación Democrática de Amas de Casa), Carmen Delgado y Ana Carbajo (ambas de Izquierda Democrática), que se toparon inicialmente con la oposición del Arzobispado, pero que finalmente lograron encontrar un local adecuado en la plaza de la Universidad, de unas dimensiones suficientes como para, además de distribuir libros publicados en el extranjero (como era su intención principal), poder organizar encuentros y actividades con sus lectores ideológicamente más afines.

Cinco años después de creada la librería, ya durante la llamada transición a la democracia, Villalar se estrenaba como colección editorial con algunos títulos de signo inequívoco, como La Revolución rusa de 1917, del historiador y antiguo miembro de la Resistencia francesa Marc Ferro (n. 1924), o Socialismo: el derecho del hombre a la felicidad, del miembro de la SFIO (Section Française de la Internationale Ouvrière) Daniel Mayer (1909-1996), ambos en traducción a cargo de Manuel Olasagasti.

Sin embargo, no menos interés tenía el título con que se estrenó la colección Villalar, El niño, el teatro y la escuela, un volumen dirigido por la pedagoga Lazarine Bergeret y prologado por el escritor y periodista Robert Mallet (1915-2002) que contenía colaboraciones de las también pedagogas francesas Josette Voluzan e Yvette Jenger-Dufayet, así como de la actriz Catherine Dasté, y en este caso traducido por Isabela Aranzadi.

Si este fue el primer indicio del interés de Villalar por divulgar temas relacionados con el teatro, mayor presencia tuvieron estos en una colección también significativamente llamada, a partir de la cita de Machado, Hoy es Siempre Todavía, que se abrió con una elección un poco asombrosa, Estética política, una recopilación de conferencias y ensayos del filósofo alemán Friedrich Tomberg (n. 1932), en traducción de Carmen Hierro. Sin embargo, con la segunda entrega de la colección publicada ese mismo año empezaba a quedar un poco más clara la preferencia de la colección por los temas relacionados con la escena del momento: el Nuevo teatro español: Una alternativa social, del dramaturgo y director escénico Alberto Miralles (1940-2004), que venía a completar y actualizar su anterior Nuevos rumbos del teatro (1974). Por aquel entonces, Miralles había consolidado su reputación como docente en el Institut del Teatre barcelonés y acababa de consagrarse con la obtención del Premio de la Real Academia de la Lengua por CátaroColón, y en esta obra publicada por Villalar analizaba Miralles lo que se ha conocido también como teatro «underground», «vanguardista» o «del silencio» surgido a finales de los años sesenta, y del que el propio Miralles era uno de los principales representantes.

El profesor Mariano de Paco ha sintetizado y contextualizado bien la importancia de la crítica y el ensayismo sumamente combativos que por aquellos años caracterizaba los texos que estaba dando a conocer Miralles, tanto en prensa como en forma de libros:

En esos momentos se alimentaba una ilusión de grandes logros que resultó incumplida. La promesa de democracia que se imaginaba durante la transición despertó muchas esperanzas en el teatro español, atenazado por la dictadura; pero la confianza no tardó en nublarse ante lo que numerosas voces reclamaron el cambio que se les había sustraído y lo que en justicia consideraban suyo. Alberto Mitalles denunció, con el mismo vigor con que se había enfrentado a la dictadura, la situación de la política teatral de estos años de la transición señalando, entre otros aspectos, la oposición de los autores con cierta crítica empeñada en certificar la «la defunción de todo el teatro antifranquista».

Alberto Miralles.

Según el catálogo de la Biblioteca Nacional, siguió a este libro El hombre con dos memorias, del biólogo marxista y excombatiente en la guerra civil española J.B.S. Haldane (1892-1964), si bien todo parece indicar que más tarde se publicó también en otra colección de Villalar, Samburiel. La traducción la firma en este caso Rafael Lassaletta.

Al frente de la editorial Villalar se encontraba Rafael García González, que fue quien el 17 de noviembre de 1981 se responsabilizaría de disolver y liquidar la empresa en una junta general y universal de accionistas, y al parecer contó con algún tipo de colaboración de José Luis Díez Hoces, así como con el trabajo en preimpresión de Carmen Guisado Blázquez, pero no abundan los datos sobre el modo de funcionar y la organización de la librería o la editorial, por lo que se desconoce el nombre de muchos de los colaboradores.

Aun así, el peso que toma Alberto Miralles en la colección se pone de manifiesto cuando al año siguiente prologa y anota el volumen 4 de Hoy es Siempre Todavía, de nuevo traducido por Carmen Hierro, que está destinado al célebre e influyente estudio Spanish Underground Drama/Teatro Español Underground, del crítico y teórico estadounidense George E. Wellwarth, a quien en la edición española de 1973 de su Teatro de protesta y paradoja, en Lumen, la censura ya le había mutilado de cuajo el capítulo dedicado al teatro español.

Lo que parece ser el quinto y último volumen de la colección es, también en 1978, el airado e impactante Lo imposible, Historia de ratas seguido de Dianus y de La Oresteida, del antropólogo y escritor francés Georges Bataille (1897-1962), que se publicó en la traducción de Rafael Lassaletta.

Del mismo modo que la librería, también estas ediciones sobre el teatro español del momento se insertaban en un cierto ambiente de auge del libro de análisis de cuestiones relacionadas con la escena española del momento, del que son ejemplos algunas recopilaciones importantes de ensayos breves publicados originalmente en revistas como Pipirijaina. Yorick, Estudis Escènics o Primer Acto, así como los por razones diversas notables volúmenes Comentarios impertinentes sobre el teatro español (1972), de José María Rodríguez Méndez; Teatro, realismo y cultura de masas (1974), de Juan Antonio Hormigón; Diálogos del teatro español de postguerra (1974), de Amando Carlos Isasi Angulo; El teatro de los años sesenta (1974), de Ricard Salvat; Introducción al lenguaje teatral (1975), de Xavier Fábregas; El teatro español hoy (1975), de Luciano García Lorenzo;  El teatro español en el banquillo (1976), de Miguel A. Medina;  Temas y tendencias del teatro actual (1977), de Ignacio Elizalde; el colectivo Teatro español actual (1977)… Una vitalidad en lo referente a la publicación de libros sobre teatro que, en cuanto decayó, no parece que haya vuelto a recuperarse jamás.

Con todo, es escasa la información fácilmente accesible acerca tanto de la librería como de la editorial Villalar, así que habrá que seguir escarbando o esperando la publicación de testimonios de sus colaboradores.

Fuentes:

Anónimo, «La transmisión de la memoria histórica», El Norte de Castilla, 20 de noviembre de 2017.

Mariano de Paco, «El teatro español en los años de la transición», Las Puertas del Drama, núm 51 (2018).

Manuel Sacristán, «Sobre la cuestión nacional», Rebelión, 3 de diciembre de 2010.