Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales y de docencia, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s, Ínsula). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor.

Manuel Altolaguirre, última aventura editorial

Cuando a mediados de marzo de 1943 el exiliado republicano español Manuel Altolaguirre (1905-1959), gracias a la ayuda del poeta y ensayista Ángel Augier (1910-2010), llegó a México procedente de La Habana, gozaba ya del aprecio de los connaisseurs en el ámbito de la tipografía y la impresión, quizá más por su buen gusto que por su destreza, pero en cualquier caso, desde los tiempos de la mítica Imprenta Sur hasta su etapa más recientemente al frente de La Verónica en Cuba, era muy bien conocido como editor e impresor.

No es de extrañar por tanto que una de las primeras cosas que hiciera fuese incorporarse al equipo que se puso al frente de la dirección de la tercera época de la legendaria revista de poesía, pintura y música Litoral, con José Moreno Villa (1887-1955), Emilio Prados (1899-1962), Francisco Giner de los Ríos (1917-1995) y Juan Rejano (1903-1976). Sin embargo, es sintomático que cuando esta publicación periódica se acercaba a su fin, tras la publicación de tan sólo tres números, Giner de los Ríos creara, con la colaboración del talentoso Joaquín Díez-Canedo Manteca (1917-1999), la colección Nueva Floresta (en la editorial Stylo de Antonio Caso), y Altolaguirre, por su parte, con el apoyo de la adinerada cubana María Luisa Gómez Mena (1907-1959) pusiera en marcha una nueva iniciativa personal, Ediciones Isla, si bien en esos mismos años se está introduciendo ya en el mundo del cine en la productora Posa-Films.

Desde el principio tuvo Isla problemas administrativos, si bien disponía de un taller espacioso y moderno, de imprenta propia (Manuel Altolaguirre Impresor), de un equipo de obreros tipográficos e incluso de un acuerdo con una sede en La Habana para distribuir en Cuba los libros que se publicaran.

Sin embargo, también desde el primer momento la editorial parecía disponer de un programa de publicaciones muy ambicioso y perfectamente estructurado. Al margen de algunas ediciones importantes fuera de colección, las numerosas ediciones que empiezan a imprimirse se encuadran en cuatro colecciones eminentemente literarias: Los Clásicos, El Siglo de Oro, Los Románticos y los Modernos, de lo que puede deducirse al primer vistazo la voluntad de revisar el canon de los principales autores de la literatura en lengua española, aunque la presencia de autores no peninsulares (caso del nicaragüense Rubén Darío) fue casi residual. En cambio, entre las obras publicadas fuera de colección es muy notable la presencia de escritores republicanos españoles.

En la revista El Hijo Pródigo, fundada en 1943 por iniciativa de los poetas Octavio G. Barreda (1897-1964) y Octavio Paz (1914-1998), se publica en el número 32 (del 15 de noviembre de 1945) un anuncio en que se describe Isla del siguiente modo: «En esta colección bella y originalmente presentada irán apareciendo todas y cada una de las obras más famosas del Siglo de Oro, de la edad romántica, así como de la moderna» y, además de una breve reseña de la edición de Mariana Pineda, de Federico García Lorca (1898-1936), aparece la siguiente lista de volúmenes publicados:

Juan Ruiz de Alarcón, El tejedor de Segovia

Calderón de la Barca, La vida es sueño

Miguel de Cervantes, Entremeses

Tirso de Molina, Don Gil de las calzas verdes

Miguel de Cervantes, El cerco de Numancia

José Zorrilla, Don Juan Tenorio

Manuel Tamayo, Locura de amor

Carlos Arniches, Las estrellas

Benito Pérez Galdós, La loca de la casa

Ricardo de la Vega, La verbena de la Paloma

José Bergamín, La niña de Dios y La niña guerrillera

Fray Luis de León, La perfecta casada

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas

Juan Valera, Pepita Jiménez

Garcilaso de la Vega, Poesía

Rubén Darío, Canto de vida y esperanza

Lope de Vega, Fuente Ovejuna

Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino

Carlos Arniches, Don Verdades

Por el mismo anuncio, puede saberse que la Librería Madrid del distrito federal ofrecía la posibilidad de obtener veinte volúmenes con un pago inicial de 7,50 dólares y cinco abonos mensuales de 10, mientras que cada volumen individual tenía un precio de 2,50. Además de los consignados, Isla publicó también, por ejemplo, el original libro y que dice mucho sobre la integración de Moreno Villa en México Navidad: villancicos, pastorelas, posadas, piñatas, antologada e ilustrada por el propio Moreno Villa, y en el que se conjugan obras del folklore español con otras de la tradición teatral mexicana (posadas piñatas), así como Lo que sabía mi loro. Una colección folklórica infantil.

Editorial Nuestro Pueblo, 1938.

Entre los autores no españoles se publica al poeta mexicano Elías Nandino (1900-1993) Espejo de mi muerte (1945), pero la presencia de exiliados republicanos es bastante más nutrida, desde el ensayo de tema literario Los designios de Dios, vistos a través de El condenado por desconfiado y otras comedias españolas (1945) de José Manuel Gallegos Rocafull (1895-1963) hasta el poemario De mar a mar, de María Enciso (María Dolores Pérez Enciso, 1908-1949), prologado por Concha Méndez. Entre ellos, y casi simultáneamente, una nueva edición de la novela que José Herrera Petere (José Herrera Pérez, 1909-1977) había publicado ya en Barcelona durante la guerra, Cumbres de Extremadura. Novela de guerrilleros (1945) o la primera novela que se publicaba del espléndido ciclo narrativo Lares y Penares de Manuel Andújar (1913-1994), Cristal herido, con prólogo de José Ramón Arana (1905-1993) y una nota de Benjamín Jarnés (1888-1949).

La aventura no duró más de un año y medio, pero después del poemario del propio Altolaguirre Nuevos poemas de las islas invitadas, con cubierta y dibujo de portada de Moreno Villa en 1946, aún tuvo un pilón en 1949 con Fin de un amor. Sin embargo, en realidad Isla había dejado de funcionar como editora en 1946 y, si bien entonces Altolaguirre se asoció con el impresor Roberto Barrié y con él publica los dos números de la revista Antología de España en el Recuerdo, ya había empezado a decantarse cada vez más por la cinematografía.

Si ya en 1947 Carlos Orellana había estrenado la película La casa de Troya, cuyo guión había adaptado Altolaguirre a partir de la novela romántica homónima del coruñés Alejandro Pérez Lugín (1870-1926), en 1950 había podido crear ya la compañía cinematográfica Producciones Isla, uno de cuyos trabajos fue Yo quiero ser tonta, adaptación de Las estrellas de Arniches (publicada en Isla), que se estrenó eso mismo año dirigida por el guipuzcoano Eduardo Ugarte (1901-1955), para quien Altolaguirre adaptó también la obra de los Álvarez Quintero Doña Clarines y le produjo El puerto de los siete vicios.

Manuel Altolaguirre.

Sin embargo, lo más probable es que fuera sobre todo el éxito internacional de Subida al cielo (Luis Buñuel), de cuyo guión Altolaguirre era coautor, lo que acabó por apartarlo por completo de las imprentas.

Fuentes:

García Chacón, Irene (2015). «Semblanza de Manuel Altolaguirre (1905- 1959)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED:  http://www.cervantesvirtual.com/portales/editores_editoriales_iberoamericanos/obra/semblanza-de-manuel-altolaguirre-bolin/

Julio Neira, Manuel Altolaguirre. Impresor y editor, Consejo Social Universidad de Málaga y Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Málaga-Madrid, 2009.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba. Manuel Altolaguirre, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995.

James Valender, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Poetas e impresores, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2001.

 

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El agente literario más afortunado, Christopher Little y Joanne Rowling

¿A cuántas editoriales es razonable mandar un manuscrito y ver cómo lo rechazan antes de abandonar el empeño? En el ámbito de la música es bastante conocido el caso de Joan Jett, quien después de disolverse el grupo The Runaways y de grabar un primer disco en solitario que en 1980 la discográfica Ariola comercializó en Europa, no consiguió que ninguna de las veintitrés —¡¡veintitrés!!— compañías estadounidenses a las que lo mandó lo contratara. Eso la llevó a crear, con su colaborador el compositor y productor Kenny Laguna, Blackheart Records y con el tiempo publicar uno de los singles más famosos de todos los tiempos, I love rock n roll. Es probable que más de un escritor autopublicado haya encontrando inspiración en esa anécdota de peculiar tesón y confianza en el trabajo propio.

Kenny Laguna y Joan Jett.

No menos conocido es —aunque es evidente que sólo los afanes de quienes finalmente logran éxito trascienden— el caso de la escritora británica Joanne Rowling, que en 1996 vio su novela rechazada por hasta doce editoriales distintas, una cifra que tampoco está nada mal. En realidad, no fue ella personalmente quien mandaba el original. Una vez terminado, lo remitió a una primera agencia literaria que rechazó la oportunidad de representarla, pero luego mandó una carta de presentación y los tres capítulos iniciales a la modesta agencia de Fulham Christopher Litle Litterary Agents, donde a Bryony Evans le hicieron gracia y los dio a leer a un colaborador free lance, Fleur Howle, quien estuvo de acuerdo en que valía la pena representar a la autora de Harry Potter and the Philosopher’s Stone. Cuatro días después, solicitaban a la autora que les remitiera el original completo, un texto de unas doscientas páginas, y empezaron a moverlo entre las principales editoriales británicas.

Sin embargo, la agencia, como era habitual por aquel entonces, pasaba por un momento económico bastante dramático, como reflejaba bien una sede que los clientes han descrito como dickensiana, y así contaba Evans las consecuencias de ello:

Cuando tuvimos el manuscrito final del primer libro de Harry Potter, Chris [Christopher Little] me dijo que podía enviarlo, pero sin gastar mucho en ello, así que sólo pude hacer un par de copias, en lugar de hacer una presentación con diez copias; al final creo que envié tres, porque en una de las editoriales quien debía leerlo estaba enferma y tuve que hacer una copia adicional.

Christopher Little.

Esta agencia también tenía por entonces una historia peculiar digna de ser contada. El inglés Christopher Little tenía a sus espaldas dos décadas dedicadas a la industria textil en Hong Kong, donde se había establecido en 1958, cuando ya de regreso a su país natal en 1979 decidió montar, más bien a modo de hobby, una minúscula agencia literaria cuyo único objetivo era gestionar la publicación de un libro de su buen amigo Philip Nicholson. Se trataba de Man on Fire, que firmó como A. J. Quinell, publicó en 1981 William Morrow and Company (por entonces aún propiedad de Scott Foresman) y se convirtió en un extraordinario best seller de larga vida (más de 7,5 millones de copias vendidas), sobre todo cuando años más tarde la adaptaron al cine Élie Chouraqui (con Scott Glenn y Joe Pesci en el reparto) y posteriormente Tony Scott (con Denzel Washington, Dakota Fanning, Mickey Rourke…). Eso animó a Nicolson a crear toda una serie (The Perfect Kill, 1992; The Blue Ring, 1993, Black Horn, 1994; Message from Hell, 1996…).

Philip Nicolson, más conocido como A. J. Quinell.

Diez años más tarde, Christopher Little, centrándose sobre todo en géneros de ficción, pero sin desdeñar la autobiografía (representó al general sir Mike Jackson, por ejemplo) y el ensayo, tenía ya dieciocho clientes y vendió su otra empresa (una consultoría dedicada a la caza de talentos llamada City Boys) para centrarse en su apasionante aunque maltrecho negocio, al que incorporaría con el tiempo a autores como el irlandés Darren Shan o la exitosa ensayista Janet Gleeson y su El Arcano, por ejemplo.

Finalmente, la llegada de Rowling, de quien Little fue agente personal hasta 2011, acabaría por cambiarlo todo —añádase que tras abandonar a Little Rowling fichó por la agencia que acababa de crear Neil Blair, exempleado de Little: The Blair Partnership; Litle se asoció entonces con la megagencia Curtis Brown—. Así juzgaba en 2007 el trabajo de Christopher Little Ed Victor (1939-2017),  editor en Osborne Press y posteriormente en Weidenfield & Nicolson, donde fue editor de Saul Below y Nabokov, antes de establecerse como agente de Stephen Shephard, Eric Clapton y John Banville, entre otros:

 Fue el agente más afortunado de todos: cuando te cae entre manos algo así [Harry Potter], se trata de suerte, pero él [Christopher Little] lo aprovechó al máximo. Ha dirigido la marca de un modo admirable. Tuvo que crear una organización para defender, potenciar y promover los derechos de autor y lo hizo todo con mucho gusto. Es un tipo afable, de trato encantador, pero granítico por dentro.

De izquierda a derecha, la actriz Jill Bennett, Ed Victor y la por entonces ensayista Jilly Cooper.

Se ha contado en muchas ocasiones cómo el primer Harry Potter acabó en la editorial Bloombsbury de Nigel Newton (con experiencia previa en Macmillan y Sidgwick and Jackson) y David Reynolds (editor de las revistas Oz, Humanist y Freethincker), quienes se habían rodeado de las brillantes mentes de la reputada Liz Calder (editora en Victor Gollancz de Salman Rushdie, Angela Carter y John Irving, entre otros) y Alan Wherry (director de ventas en Penguin), porque Harper Collins tardó más de lo razonable en dar una respuesta a la agencia acerca del Harry Potter. A los editores de Bloomsblry, que pagaron 2.500 libras por la obra, suele atribuirse la sugerencia de firmar con un nombre en el que no estuviera implícito si el autor era hombre o mujer, pero ese fue en realidad el inicio de otra larga historia.

La conocida página 53 que, por la errónea repetición de “1 wand”, es uno de los datos que permite identificar la primera edición de Harry Potter and the Philosopher’s Stone (uno de los quinientos ejemplares en tapa dura, de los cuales solo unos doscientos se comercializaron en librerías, pues el resto están en bibliotecas, puede cotizarse en decenas de miles de libras esterlinas si está en buen estado) .

Fuentes:

Web de Christopher Little Literary Agency.

Chris Hastings y Susan Biset, «Literary agent made £ 15 m because J.K. Rowling liked his name», The Telegraph, 15 de junio de 2003.

Stephen McGinty, «The J.K. Rowling Story», The Scotsman, 16 de junio de 2003.

Richard C. Morais, «Bloombury blooms», Forbes, 27 de junio de 1997.

Nigel Reynolds, «Bloomsbury, the publisher with a magic touch», The Telegraph, 24 de junio de 2000.

Rob Sharp, «Harry Potter and the furious feud: Rowling vanishes her literary agent», Independent, 4 de junio de 2011.

David Smith, «Harry Potter and the man who conjured up Rowling’s millions», The Observer, 15 de julio de 2007.

Charlotte Williams, «Rowling leaves Christopher Little Agency», The Bookseller, 30 de junio de 2011.

 

La Biblioteca Silenciada de la Editorial Ayuso

En los años finales del franquismo, la emblemática librería Fuentetaja, situada inicialmente en el número 24 de la calle San Bernardo (posteriormente en el 48), fue un extraordinario punto de irradiación de iniciativas editoriales de muy diverso signo pero siempre con un toque políticamente izquierdista. De allí surgieron, en distintos momentos y por iniciativa de diferentes intelectuales españoles, sellos como Ciencia Nueva, Hyperion, Orbe, Artiach, La Piqueta, Endymion… y Ayuso.

Jesús Ayuso.

Jesús Ayuso Jiménez, nacido en Moratilla de los Meleros (Guadalajara) en 1940, fundó en Madrid en 1957 la librería Fuentetaja, que no tardó en hacerse célebre por disponer de libros prohibidos por la censura española, que se ocupaba de conseguir clandestinamente sobre todo a través de las editoriales Ebro, Ruedo Ibérico y de la Librería Española de Antonio Soriano (1913-2005) y además, según informe de la Dirección General de Seguridad de 1974, tenía a la vista libros «de matiz político social» de editoriales de «tendencias marxistas o izquierdistas» españolas.

Con la librería ya más o menos asentada, el 17 de junio de 1969 Ayuso solicitó registrar la editorial que tomó su nombre, con un patrimonio declarado de quinientas mil pesetas —se le autorizó el 14 de octubre de ese mismo año—, y en la que contó como su mano derecha con el editor vallisoletano Jesús Moya, formado en la comunista editorial Ebro.

Ya desde el principio se trataba de un proyecto heterogéneo en cuanto a los géneros (ensayos y manuales, sobre todo, pero también narrativa, obras divulgativas y poesía) y a las tématicas (sociología, filosofía, historia, economía, etc.).

Los títulos publicados por la Editorial Ayuso en su primer año de andadura (1970) dan ya una imagen de por dónde iba el proyecto: Prosas encontradas (1924-1942), de Rafael Alberti, recogidas y presentadas por Robert Marrast y prologadas por Pablo Corbalán, Recientes descubrimientos sobre el origen del hombre, de Jean Herniaux, El tiempo en el hombre, de Petro Kuropulos, con el prólogo a la edición francesa de Jacques Guillamaud y un apéndice de Antonio Márquez, Aspectos sociales de la psicología moderna, de diversos autores (J.F. Le Ny, Haïn Sella, Gerard Vergnaud y Bernard Muldworf) y prologado por Julián Mesa, El joven Unamuno (influencia hegeliana y marxista), de Manuel Pizán, La filosofía de Esquilo, de Georges Thomson, Posibilidad de la estética como ciencia, de Eloy Terrón, Ernst Fischer y «el hombre sin atributos», de Fischer y con un prólogo de Roger Gauraudy,  y una reedición corregida y aumentada en cinco volúmenes de El desarrollo de la sociedad, de Mauro Olmeda. Probablemente no es ajeno al carácter de estos primeros títulos el hecho de que Fuentetaja había abierto una sucursal en la Facultad de Sociología y Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, desde la que proveía a los estudiantes de lecturas más allá de las canónicas.

Julián Zugazagoitia.

A los diez años de su creación, Ayuso ponía en marcha un proyecto bastante singular que acaso respondía en buena medida al interés por la historia literaria de los años treinta, pero con unos textos que a simple vista difícilmente conectarían con la sensibilidad de los lectores de por entonces, la Biblioteca Silenciada, que tal vez deba interpretarse más como un acto de reparación histórica que como una iniciativa comercial.

Dirigida por el crítico e historiador de la literatura salmantino Gonzalo Santonja y con cubiertas del luego prestigioso diseñador gráfico conquense Roberto Turégano, la Biblioteca Silenciada recuperó a una serie de escritores y obras realistas que siempre han estado en la órbita de los intereses de su director —Ángel Samblancat (1885-1963), Joaquín Arderius (1885-1969), César Arconada (1898-1964), etc.—, que quizá desde antes de la guerra no se publicaban en España, entre otras cosas porque sus autores —si no muertos— estaban exiliados o habían sido víctimas de la represión franquista y sus textos eran además inasumibles por la censura nacional-católica, pero a la altura de 1979 la inexistencia en las librerías españolas de estos autores, que en los años treinta representaban, con Sender, lo más granado de la llamada «novela social», era sin duda una anomalía, como se explicitaba en el texto de presentación:

Al margen de las ultimas y frecuentemente innecesarias traducciones que desde hace ya demasiados años invaden el panorama editorial español, la “Biblioteca Silenciada” se centrará exclusivamente en la recuperación de obras y autores españoles de las cuatro primeras décadas del siglo XX con el firme propósito de contribuir a restablecer una relación literaria artificialmente interrumpida.

Contracubierta de El crimen de Cuenca.

Desde el punto de vista formal, se trata de libros encuadernados en rústica, con un formato de 20 x 30, que visualmente evocan en cierto modo la etapa de preguerra en que fueron escritos y la estética que caracterizó las llamadas editoriales «de avanzada», incluso con unas cabeceras que, si bien fieles al espíritu de las obras, resultan hasta cierto punto anacrónicas.

El primer volumen de la colección recupera Madrid, Carranza, 20, una novela de quien había sido ministro de Gobernación durante la guerra, Julián Zugazagoita (1899-1940), publicada durante su exilio en París antes de que fuera detenido por la Gestapo y traslado a Madrid (donde fue fusilado el 9 de noviembre de 1940). Y a esta seguiría La guerra en Asturias (crónicas y romances), una compilación preparada por Santonja en la que se incluyen tres textos de César Arconada publicados ya durante la guerra en forma de libro como Romances de la guerra (Santander, Unidad, 1937) junto a otros periodísticos de quien había muerto en su exilio en Moscú el 13 de marzo de 1964.

Sin embargo, quizá más ilustrativos de la orientación de la Biblioteca Silenciada son los dos números siguientes, en los que Santonja antologa la famosa colección de las Ediciones Libertad (Augusto Vivero, Hildegart, Ángel Pestaña, José Antonio Balbotín, etc.), y acerca de la que más tarde escribiría:

los relatos de La Novela Proletaria representan un magnífico exponente de los dudosos resultados que acostumbra a producir la desdichada aventura de asignar a las letras un papel reducido a lo propagandístico, aunque por eso mismo  también suponga un valioso testimonio acerca del descontento experimentado por un nutrido grupo de intelectuales y políticos radicales, dotados de un innegable grado de incidencia en la vida del país.

Cubierta de un ejemplar de La Novela Proletaria de Editorial Libertard, Un ensayo revolucionario, de Mauro Bajatierra.

Dieron cuenta de esta voluntad de recuperar una determinada narrativa que había desaparecido con la guerra civil (sobre todo como consecuencia de su resultado), aun cuando para entonces quedaba ya alejada de los gustos del lector, cuatro títulos más, una novela cercana a la distopía de José Más (1885-1941) publicada en 1932 por Pueyo, una de las obras más famosas de Arderíus, aparecida en Zeus en 1931, una extraordinaria primera edición ilustrada de José Luis Gallego (1913-1980), cuyo poemario aquí publicado despertó la curiosidad de Jorge Guillén hasta el punto de escribir a la editorial solicitando más información, y la novela El crimen de Cuenca (1932) de Alicio Garcitoral (1902-2003), residente por entonces en Bostón, después de haberse exiliado originalmente en Buenos Aires.

 

La colección Biblioteca Silenciada de Editorial Ayuso:

1 Julián Zugazagoitia, Madrid Carranza, 20, 1979.

2 César M. Arconada, La guerra en Asturias (crónicas y romances), edición de Gonzalo Santonja, 1979.

3 AA.V., La novela proletaria (1932-1933), tomo I, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

4 AA.V., La novela proletaria I (1932-1933), tomo II, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

5 José Mas, En la selvática Bribonicia. Historia de un país que quisieron civilizarlo, prólogo de Francisco Caudet, 1980.

6 Joaquín Arderius, Campesinos, prólogo de José Esteban, Madrid, 1980.

7 José Luis Gallego, Voz última, edición facsímil del manuscrito, introducción de Leopoldo de Luis, 1980.

Imagen interior de Voz última.

8 Alicio Garcitoral, El crimen de Cuenca, prólogo de José Esteban,1980.

Fuentes:

Web de Ediciones Endymion

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo (Colección Investiogación 3), 2017.

Jorge Guillén, Carta a Leopoldo de Luis fechada el 1 de octubre de 1980. Centro Virtual Cervantes.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015.

Alicio Racionero, «El crimen de Cuenca (Alicio García Toral)», El Rincón de Albalate de las Nogueras, 17 de febrero de 2012.

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Una aproximación a la edición en lengua corsa

La de la edición de literatura corsa es en apariencia una historia relativamente reciente, pues el primer texto impreso data de apenas 1817, U sirinatu di Scappinu, aparecido como cuarto canto del poema erótico-cómico Dionomachia, del magistrado y hombre de letras de Bastia Salvatore Viale (1787-1861), a quien se considera el padre de la literatura corsa y quien en 1843 publicaría una influyente antología de la rica literatura oral, Canti popolari corsi.

A lo largo del siglo XIX, la creación literaria en corso es esporádica y dispersa, pero aun así deja algunos nombres de cierto relieve, como Niccolò Tommaseo (1802-1874), Paolo-Mattei della Foata (1817-1890), Pietro Lucciana Vattalapesca (1832-1909), impulsor de la efímera revista en corso Cirno (1905-1908) y creador de las primeras expresiones de teatro cómico de raíz popular, o sobre todo Santu Casanova (1850-1934), promotor de la unificación y normalización lingüística del corso, en particular a través de la revista satírica A Tramuntana (1896-1914), donde publicó uno de los más populares escritores de la época, Petru Rocca (1887-1966), quien además, en francés, publicaría en 1913 Les corses devant de l’anthropologie y en 1921, en corso, Pruverbii, massime è detti corsi.

En la primera mitad del siglo XX, parte de la literatura corsa seguía imprimiéndose en Italia, Francia o Inglaterra, pese al establecimiento sobre todo en Bastia de una mínima infraestructura editorial, más destinada a la impresión de publicaciones periódicas y folletos que a la de libros. Sin embargo, revistas como A Muvra, de los hermanos Petru y Mattei Rocca (como órgano del Partitu Corsu d’Azione), por ejemplo, publicaba anualmente un almanaque que incluía textos de creación literaria, y a ella fueron añadiéndose, desde Marsella, el almanaque Annu Corsu, donde se publicarían algunas novelas del periodista y poeta Sébastien d’Alzetu (1875-1963), y en la isla U Falcone (1926-1928), y ya después de la guerra mundial U Muntese (1955-1972) o Monte Cintu (1959-1963), entre otras de vida menos longeva y menos influyentes.

A estas cabeceras hay que añadir iniciativas como las de Alain Piazzola, quien ya a finales de los sesenta funda una editorial unipersonal con su propio nombre, dedicada sobre todo a libros científicos y culturales de tema corso y, con el paso del tiempo, de algunos títulos importantes, como es el caso de L’Usu Córsu: Dictionaire des mots d’usage et des locutions du Nord et du Centre de la Corse avec ses équivalents des langues italienne et française (2001), de Pascal Marchetti, quien previamente había recibido el Prix du Libre Corse en 1990 por La corsophonie, un idiome à la mer (en Albatross).

Sin embargo, suele fecharse en 1974, con la aparición de la revista Rigiru, la aparición de un segundo renacimiento de la lengua corsa que cristalizará en la llamada «generación de los setenta» (con el escritor y activista Ghjacumu Thiers a la cabeza) y los primeros proyectos sólidos de edición de literatura en lengua corsa.

Un personaje clave en ese proceso fue Jean-Jacques Colonna, quien a los veintitrés años, en 1977, abandonó su puesto como secretario general en la Maison de la Culture Corse para abrir en Ajaccio la librería La Marge, que se convirtió en punto de encuentro de la intelectualidad de la isla y en una de las casas editoras punteras (con más de doscientos libros de temática corsa en esa primera etapa). Al margen de muchas otros proyectos llevados a cabo, entre los que destaca la organización de las Journées du Livre Corse, en 1999 Colonna cedió la librería y editorial (en parte absorbidas por Albiana), pero no tardó en volver a la publicación de libros, en 2004, con Colonna Edition (centrada en libros vinculados de un modo u otro a la historia y la lengua corsa, pero también al libro lujoso y a la novela, siempre de tema corso).

En los ochenta, uno de los escritores más reconocidos, Rinatu Coti, publicaba aún sus obras de un modo bastante precario, en pequeñas editoriales de vida efímera: sus cuentos en Radichi (Una Spasimata, 1983;) o en la compañía también discográfica Cismonte e Pumonti Edizione (A Signora, 1987; U Maccedu, 1988, etc.), donde trabajó también como editor y director de la colección Paroli Sciolti y publicó también el libro que recogía su obra poética entre 1974 y 1985, Par viaghju.

Sin embargo, ya en 1983 se había creadoa Albiana, una editorial también con un catálogo muy generalista y amplio (fotografía, guías, revistas científicas, creación literaria) que para armarlo a menudo recurrió al establecimiento de acuerdos de coedición con instituciones y asociaciones como el Parc Naturel Régional de Corse, la Maison Bonaparte, el Musée de la Corse o la Università di Corsica, y que en 2004, pensando en el futuro, inició una potente línea de libro infantil y juvenil.

En la misma órbita y muy vinculada con Albiana se encuentra la revista bianual Bonanova, creada por el ya mencionado Thiers en el seno del Centru Culturale Universitaire de la Università di Corsica y que combina la creación con el estudio, pues se presenta como «una revista sobre la actividad cultural del momento» que tanto publica textos completos como extractos o pasajes de obras más extensas. Posterior a estas son las Éditions Clémentine, creadas por François Balestriere, también con un catálogo muy diverso que va del libro de arte a las guías gastronómicas, pasando por el cómic, la novela o los diccionarios.

Otra fecha clave fue 2012, cuando Jérôme Ferrari, novelista y traductor del corso al francés, obtuvo el Premio Goncourt con El sermón sobre la caída de Roma (en español, en Literatura Mondadori, traducida por Joan Riambau), pues despertó cierto interés internacional por la literatura corsa y cobraron visibilidad algunos de los autores que formarían parte del catálogo de la editorial Albiana, como Jean Yves Acquaviva (novelas como Ombre di guerra, poemarios como Tandu scrivu), Marcu Briancarelli (Murtoriu, Parichji dimonia, Prighjuneri, Stremu miridianu…) o Antoniu Trojani (1901-1991), profesor de secundaria y pionero que ya en 1964 había publicado Contes corses (en la colección Folklore de F. Lanore Editeur), Dopu Cena. Stalbatoghji Corsi (en Antoine Rico, 1973) y Sott’a l’Olmu (1978).

Entre las iniciativas más asombrosas y atractivas creadas a finales del siglo XX se encuentran Éolienne, empresa dedicada tanto a la edición y publicación de libros como a la producción de films documentales, como es el caso de Théodore Ier, roi des Corses o Récit d’úne tragedia ordinaire, sobre la historia de la violencia en Córcega. La trayectoria de sus creadores explica bien esta dualidad: Xavier Dandoy de Casaianca ya de muy joven compaginaba la creación y dirección de fanzines con el videoarte, hasta que producto de su pasión por la tipografía y las artes visuales creó A Hélice, que más tarde se convertiría en Éolienne, mientras que por su parte Anne de Giaferri se ha dedicado, además de a la editorial, tanto a la composición musical (es miembro de la orquesta electroacústica L’OrMaDor) como a la producción y la dirección cinematográfica.

Su arranque a principios de 1983 fue singular, con la novela breve de Nathalie Kuperman Janus, con una tirada de mil ejemplares, cada uno de ellos con una cubierta original obra de las tres hermanas Isabelle, Claire y Anne Duval. La preocupación por el aspecto y la calidad formal de los libros ha sido siempre evidente, y eso les ha permitido atraer a autores del calibre del multipremiado escritor de origen tunecino Hubert Haddad, el francés Frédéric Richaud (conocido sobre todo por sus novelas El jardinero del rey y Un zoológico para el rey Sol) o el premio Nobel de origen chino Gao Xingjian (de quien se publicó una versión bilingüe, con traducción de Ghiuseppu Turchini, del libreto de Ballade nocturne). A partir de 2009 Éolienne empezó a publicar también libros destinados al público infantil y juvenil, pero el reconocimiento internacional les llegó sobre todo gracias a la impresionante revista Kôan.

Fuentes:

Bonifay, «La littérature corse d’ayjourdhui», France3 CorseViastella, 27 de octubre de 2012.

François Michelle Durazzo, «La poesía corsa más allá de las lenguas», Zurgai. Euskal Herriko olerkiaren aldizkaria: Poestas por su pueblo, núm. 7 (julio de 2007), número especial sobre literatura corsa, pp. 6-12.

«Editeurs corses», en Corsicatheque.com

«In prima avec Alain Piazzola» (entrevista en vídeo), Alta Frequenza.

Musanostra, web.

Odile de Petriconi, «Bastia: Xavier Dandoy de Casabianca et les Éditions Éoliennes au service dy beau libre et de la bonne littérature», Corse Net Infos, 4 de enero de 2016.

Los Mitos de Claudio López de Lamadrid

«Hacer “bien” los libros no es tarea sencilla […], aparte de práctica y experiencia, se necesita cierta vocación, al menos una vocación de perfeccionismo, de trabajo bien hecho o como quieras llamarlo.»

Claudio López de Lamadrid

 

Cuando a principios de este siglo el editor barcelonés Gonzalo Pontón contrató a Claudio López de Lamadrid (1960-2019) para sustituir a Daniel Fernández como director editorial del área de internacional en Grijalbo Mondadori, coincidiendo además con la llegada de Riccardo Cavallero (que había entrado en Mondadori en 1990), López de Lamadrid tenía ya a sus espaldas una densa trayectoria que le había permitido hacer un amplio aprendizaje del funcionamiento del sector. Como recordó en más de una ocasión, entró a los diecisiete años para colaborar en el traslado de la editorial Tusquets cuando esta se desplazó del domicilio particular de Beatriz de Moura en la calle Hospital a la sede de la calle Iradier, y allí pasó toda una década, interrumpida por unas prácticas en la parisina Christian Bourgois y las milicias, como editor de mesa, en una época en que coincidió en esa empresa con un muy buen equipo de editores. En la página 87 de Por el gusto de leer se publicó una conocida foto en la que aparecen en el jardín de la editorial en la calle Iradier Antonio López Lamadrid y Beatriz de Moura rodeados de unos muy jóvenes Ignacio Echevarría, Miriam Tey y Claudio (fechada en 1987).

A su salida de Tusquets, en 1988, se desempeñó como crítico literario en El Observador y Babelia y traductor sobre todo para la editorial Circe (la Lotte Lenya de Donald Spotto en 1990; Conceptos divinos sobre la belleza física, de Michael Bracewell en 1991, la Colette de Herbert Lottman en 1992; Los ojos vendados, de Siri Hustvedt en 1994), pero también para Muchnik (El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, en 1992, y Poderosas palabras, de Northrop Frye, en 1996, por ejemplo) o Tusquets Editores (El misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen), al tiempo que bajo la tutela de Hans Meinke y en colaboración con Ignacio Echevarría ponía en pie en el seno de Círculo de Lectores la editorial Galaxia Gütenberg, donde tuvo otro encuentro importante. Si de Beatriz de Moura aprendió cómo llevar a cabo la edición de textos, el diseñador Norbert Denkel (estrecho colaborador de Meinke) le abrió, según sus palabras «los ojos a la dimensión artesanal del oficio, y me enseñó también a ver cada libro en su singularidad, también desde el punto de vista gráfico».

De los primeros pasos en Grijalbo Mondadori es particularmente recordada la que por entonces (1998) se consideró delirante idea de publicar en España una colección de breves libros de poesía a un precio en apariencia ridículo, 350 pesetas (lo que no llegaba a suponer el precio de tres periódicos de la época). Se contaba ya con la experiencia de una idea muy similar en Italia que en febrero de 1996 había tenido éxito, pero aun así fue observada con mucho escepticismo en el sector editorial español (sobre todo por la asombrosa y cara) campaña publicitaria que la acompañó). Y también por las aerolíneas españolas, pues Iberia se cerró en banda a regalar ejemplares a los viajeros del puente aéreo por considerar que se trataba de un tipo de lectura demasiado dura para sus clientes habituales. López de Lamadrid era consciente de lo arriesgado de la apuesta: «Tenía un punto de locura, de acuerdo, pero en aquellos años todo lo bueno tenía un punto de locura».

En cualquier caso, a principios de 1998 aparecían con cubiertas muy modernas los volúmenes dedicados a Safo (630 a.C-680 a.C), en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal; Fernando Pessoa (1888-1935), trasladado al español por Ángel Crespo; Pablo Neruda (1904-1973) y Charles Bukowski (1920-1994), en traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, a los que seguirían enseguida, en marzo, títulos del estadounidense  Walt Whitman (1819-1892), el francés Charles Baudelaire (1821-1867), el griego Kavafis (1863-1933) y el español Luis Cernuda (1902-1963) y más adelante títulos tan asombrosos y sin duda producto de la vena melómana de López de Lamadrid como los 56 boleros seleccionados por el ensayista mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) o volúmenes dedicados a Keats, Pizaknik, Emily Dickinson, César Vallejo, Maiakovski, Rilke, Quevedo, los haikus o la poesía clásica árabe.

Según  explicó en su momento López de Lamadrid, el propósito era proponer unas ediciones libres de notas, prólogos y de todo tipo de aparato crítico (un poco en la onda de lo que en este sentido había hecho Jaime Salinas en el Libro de Bolsillo de Alianza), con cubiertas acordes con las nuevas generaciones de lectores y destinadas a una amplia y heterogénea selección de grandes poetas para «desacralizar» el género. Sin plantearse inicialmente la posibilidad de reeditarlos y pese a las amplísimas tiradas, de cien mil ejemplares por título, vendieron más de un millón de esos pequeños libros, que con toda la intención tenían un formato similar a las de los estuches de cedés y cuya selección de poemas en muchas ocasiones llevaba a cabo el propio López de Lamadrid.

Aun así, de esa etapa de Claudio López de Lamadrid en Grijalbo Mondadori es más recordada la arriesgada contratación de algunos nombres hoy clave de la literatura estadounidense más radical, como Michael Chabon, Chuck Palahniuk y singularmente de David Foster Wallace (1962-2008) y otros no menos rompedores en español, caso de César Aira o Fogwill (mientras el grueso de editores españoles intentaban dar continuidad al éxito de la llamada «nueva narrativa española» con la menos sólida «joven narrativa española»), pero es evidente que este editor, de cuya fruición con la poesía hay numerosos testimonios, no abandonó por completo el convencimiento de que esa era una buena idea, como lo prueba el hecho de que en 2017 presentara, ya en el marco de Literatura Random House, la que sin duda es la heredera de esa colección, Poesía Portátil, dedicada tanto a la recuperación precisamente de títulos ya aparecidos anteriormente en Mitos como a continuar la labor allí iniciada. Larga vida.

Fuentes:

Entrevista a Claudio López Lamadrid (Penguin Random House) para EDI-RED (Editores y Editoriales Iberoamericanos. Siglos XIX-XXI) el 22 de septiembre de 2017 (vídeo de 15¨57″).

Miguel Aguilar, «Casco, moto, niño», El País, 13 de enero de 2019.

Xavi Ayén, «Muere el editor Claudio López de Lamadrid», La Vanguardia, 11 de enero de 2019.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 20 de abril de 2001, pp. 16-18.

Ricardo Cayuela Gally, «Adiós, gran timonel», Letras Libres, 11 de enero de 2019.

Álvaro Colomer, «Despacho pequeño, editor grande», El Mundo, 12 de enero de 2019.

Juan Cruz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Juan Cruz, «Claudio López Lamadrid, el editor que se atrevió con América», El País, 12 de enero de 2019.

Rubén Díez Cabiedes,«Claudio López de Lamadrid: “Si los editores nos moviésemos por codicia no estaríamos en el negocio de los libros”» (entrevista), Jot Down.

Ignacio Echevaría y Claudio López de Lamadrid, «¿De qué hablamos cuando hablamos de edición?», El Cultural, 26 de octubre de 2018.

Rodrigo Fresán, «Apuntes para una teoría de este editor. In memoriam Claudio López de Lamadrid», Revista Contexto 203 (12 de enero de 2019).

Andreu Jaume, «Por Claudio», El Español, 12 de enero de 2019.

Antonio Jiménez Morato, «La generosidad de un editor. Sobre Claudio López Lamadrid», Penúltima, 12 de enero de 2019.

La prodigiosa memoria de Fabrizio del Dongo

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo, Ediciones B, Barcelona, 2003, 546 páginas. (Reseña publicada originalmente en Quimera, núm. 243 [2004])

El 18 de junio de 1816, al cumplirse un año de la batalla de Waterloo, y según consigna el conde de Las Cases en el Mémorial de Sainte Hélène, Napoleón Bonaparte hacía la siguiente reflexión sobre tan decisivo acontecimiento: «Singular derrota, que, pese a ser la mayor catástrofe, no menoscabó la gloria del vencido, ni aumentó la del vencedor. El recuerdo de uno [Napoleón] sobrevivirá a su destrucción; la memoria del otro [Wellington] quedará quizá sepultada por su triunfo».

Cuando Rafael Borràs Betriu (Barcelona, 1935) titula la primera entrega de sus memorias La batalla de Waterloo, evocando la magistral apertura de La cartuja de Parma, se está definiendo como un observador que, inmerso en el combate, no alcanza a ver ni comprender la magnitud ni mucho menos las consecuencias de la batalla. La contienda de la que nos habla el autor es la lucha por la Cultura («las verdaderas conquistas son las que se obtienen sobre la ignorancia», dejó escrito el célebre corso), una batalla que en el mundo editorial se libra a diario y en la que durante décadas uno de los principales rivales, pero no el único, fue la censura.

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La brillante y laureada carrera de Rafael Borràs Betriu (de la Casa del Libro a Ediciones B, pasando sucesivamente por Luis de Caralt, Plaza, Ariel, Alfaguara, Planeta y Plaza & Janés, entre otras empresas) le ha mantenido siempre en primera línea de fuego, y a lo largo de su trayectoria ha sido tanto protagonista e instigador como testigo de hechos de armas notables en el acontecer de la industria editorial española. Sin embargo –y además de a la célebre revista La Jirafa (1956-1959) –, su gloria irá siempre unida a su condición de creador e impulsor de dos colecciones míticas: Espejo de España (en Planeta, 1973-1995) y su sucesora Así fue. La Historia Rescatada (Plaza & Janés, 1995-1998). A tenor del heterogéneo catálogo de estas dos colecciones, no sería de extrañar que

Victor Alba.

Borràs Betriu suscribiera la rotunda declaración que hiciera Peter Mayer (capitán general de Penguin Books durante muchos años), referente a la conveniencia de apoyar ciertos libros necesarios: «a veces publico libros que me desagradan, me irritan, incluso me repugnan, pero son obras escritas por gente inteligente que deben ser difundidas» (La Vanguardia, 8/VII/2000), si bien el autor de estas memorias señala ya en el prólogo que el principio rector de su labor editorial procede de Marañón («Ser liberal consiste en estar dispuesto a admitir que el otro puede tener razón»). Es precisamente la pasión por la historia contemporánea y el talante republicano y liberal lo que transmiten con una rara pureza e intensidad las páginas de este libro, cuyos dos subtítulos («Memoria de un editor» y «Una reflexión políticamente incorrecta con el mundo de la letra impresa como trasfondo») son verdaderamente acertados y esclarecedores. Nos encontramos ante un mosaico de impresiones, escenas y anécdotas que, sin atenderse rigurosamente al orden cronológico, en su conjunto nos ofrecen una amplia imagen de la vida cultural y política española entre el final de la década de los cuarenta y las postrimerías del franquismo. Abundan las anécdotas jugosas o significativas tratadas con una acerada ironía –antológicas algunas sobre la falta de método de la censura–, y a menudo dan pie a reflexiones o divagaciones acerca de la evolución histórica y política del país en las que Borràs Betriu opina con absoluta libertad y sin cortapisas sobre acontecimientos y sobre todo sobre protagonistas importantes de la dictadura primorriverista, los años republicanos, la guerra civil y la postguerra: Ricardo de la Cierva, Victor Alba, Antonio Maura, Jorge Semprún, Manuel de Pedrolo, Camilo José Cela, José Maria de Areilza, Alfonso XIII, Juan de Borbón, Ramón Serrano Súñer, José Bergamín, Manuel Azaña, Serrano Suñer, Rafael Sánchez Mazas…

Sin embargo, y sin entrar en el valor cultural de las filias del autor (Mercedes Salisachs, Dionisio Ridruejo o Carlos Rojas entre los más evidentes) sorprenden, cuanto menos, algunos de los juicios vertidos sobre el mundo editorial, como por ejemplo la insistente reivindicación de la labor de Luis de Caralt. Cierto es que Caralt publicó a Bernanos, Faulkner, Steinbeck, Hesse, Greene, Kerouac o Nabokov, pero no lo es menos que, en general, se trata de traducciones abominables se mire como se mire y en ediciones muy poco cuidadas, lo que más bien resultó ser un flaco favor a la Cultura, y por ende sitúa a Caralt unos cuantos pasos por detrás de Manuel Aguilar, Josep Janés, José Vergés o Mario Lacruz. O Rafael Borràs Betriu, a quien en más de una reseña a este libro se ha caracterizado como «El Napoleón de la edición española» (P. Montero y R. Conte, por ejemplo).  Vive alors l´Empereur, y quedamos a la espera de la prometida segunda entrega, que debe cubrir su etapa como mariscal de campo de Planeta. [Efectivamente, en los años posteriores a la publicación original de este primer volumen le siguieron La guerra de los Planetas. Memorias de un editor II, Ediciones B, 2005, y La razón frente al azar. Memorias de un editor III, Flor del Viento, 2010]

De telefonista en el Majestic a la editorial Premiá: María José de Chopitea

Nacida en 1915 en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán asentada en lo que hoy es el barrio barcelonés de Sarrià, María José de Chopitea recibió una esmerada educación que incluyó estancias en Ginebra cursando estudios de francés que propiciaron que durante la guerra civil española, además de desempeñarse como enfermera, entrara a trabajar como telefonista en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya (establecido en el Hotel Majestic).

Sobre de azúcar en el que aparece la versión simplificada del logo del Orfeó Català de Mèxic.

Al igual que tantísimos otros republicanos, como consecuencia del resultado de la guerra salió de su país en enero de 1939 y, tras pasar episódicamente por París, Ginebra y Nueva York, en noviembre de ese mismo año llegaba a México, donde enseguida entró en contacto con los ambientes culturales de la capital, y en los años sucesivos publicaría en diversos cabeceras mexicanas (Mañana, El Nacional, Nosotras, Confidencias, Todo, La Semana Ilustrada), así como en algunas publicaciones de los exiliados republicanos (Euzko Deya, Orfeó Català) y colaboraría en instituciones como El Colegio de México (entre cuyo equipo de profesores e investigadores figuraba en 1950 como ayudante de Josep Maria Miquel i Vergés [1903-1964]). El historiador Miquel i Vergés había solicitado una colaboradora para el Diccionario de insurgentes que llevaba ya tiempo preparando y no lograba terminar, pero finalmente en abril de 1953 la Junta de Gobierno del Colegio de México decidió cancelar la beca y suspender el pago a María José de Chopitea (por cierto: el libro apareció, en Porrúa, en fecha tan tardía como 1969). Su firma puede rastrearse también en publicaciones como el Boletín Bibliográfico publicado por el Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde dedica por ejemplo un homenaje al del violonchelista catalán Pau Casals con motivo de su visita a México («Presencia de Casals», núm. 150, marzo de 1959) o inicia en el número 157 de la misma publicación (junio de 1959) una serie de artículos sobre los Jocs Florals de la Llengua Catalana. Si bien en 1946 se había naturalizado mexicana y algunas de sus obras son expresión de esa identificación con su nuevo entorno, es evidente que mantuvo también un contacto fuerte con sus raíces culturales.

María José de Chopitea, por José Ramos Castillo.

De 1950 es el primer libro de María José de Chopitea, Lazos de infancia, recopilación de cuentos infantiles impresa a cargo de la autora en los Talleres Isla, precedida de un prólogo del poeta Vicente Echevarría del Prado (1898-1976), con portada de Manuel de Chopitea y decorado con viñetas de José Suárez Olivera, que propició que José Revueltas la definiera como «la escritora de la ternura» y que en 1997 recuperó Factoría Ediciones. Cuatro años posterior es su libro más famoso y reeditado, una extensa novela de gran carga autobiográfica sobre los avatares de los refugiados españoles en Europa, Sola, en este caso en los Talleres Editoriales Unidos, recuperado en los años setenta en Premiá. Y a este seguirían el también muy reeditado ensayo Geishuba (Jardín del Istmo), publicado sucesivamente en Editora Mayo (1960) y Libro Mex (1960 y 1961) y la pieza teatral en tres actos prologada por el dramaturgo Federico S. Inclán (1910-1981) La dictadora (Costa-Amic, 1963), que se basa en un episodio de la vida de Margarita Nelken. No hay noticia de que se estrenara, pero Pedro Gringoire la describe como «en conjunto vigorosa, valiente, llena de sentimiento y sinceridad, de gran acierto psicológico, con profunda temática humana y escrita con agilidad y buen gusto». La obra de Chopitea publicada en volumen se cierra con un texto a medio camino entre el ensayo y la prosa poética: In Memoriam. Tributo póstumo a Luis Octavio Madero, publicado con dibujos de la muralista y fotógrafa mexicana Josefina Quezada (1925-2012) en 1965,  también por Costa-Amic.

Cubierta de la primera edición de Lazos de infancia.

En 1964 su nombre figura entre los miembros fundacionales de la Asociación de Escritores de México (núm. 36), pero no fue hasta finales de la década de los setenta, que Chopitea, que la década anterior había sido secretaria y mecanógrafa del célebre pintor David Alfaro Siqueiros (1896-1974) así como de quien llegaría a ser presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo (1908-1994), entró de lleno en el mundo editorial como fundadora en 1976 de la editorial Premiá, un proyecto en el que se ocupa de la administración y en el que le acompañaban Margarita Millet (gerente general), José Miguel Tola (producción) y el bibliófilo de origen peruano Fernando Tola de Habich (editor), conocido en España por su paso por Barral Editores y por la dirección de Distribuciones de Enlace Mexicana (cuando esta había pasado ya a manos de Labor), acerca de quien escribe Carlos Barral en sus memorias:

Tola había convertido en industria transterrada una granja fortificada en la que antes había criado conejos y vacuno, y así mantenía la editorial en Ciudad de México. Mi hijo Alexis estuvo allí una temporada de aprendiz entre los indios descalzos. Con Tola hubiéramos podido atar en México una parte de nuestros programas y ampliar nuestras complicidades culturales, pero era seguramente un personaje demasiado difícil o podía parecerlo a los demás.

Mayores detalles acerca de la editorial y de Tola dio el escritor mexicano de origen catalán Jordi Soler, tomando como estribo otra fuente importante en este aspecto, el libro Los años del boom, de Xavi Ayén:

En esa venerable editorial leímos, por ejemplo, El buen soldado, de Ford Madox Ford, en la traducción de Sergio Pitol, o Sentimiento del tiempo, de Ungaretti, traducido por Tomás Segovia, o el célebre De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, o el tremendamente manoseado, y no siempre bien comprendido Tao Te King. Todos estos libros los editaba Tola en Santa Rita Tlahuapan, con la ayuda de un grupo de campesinos que echaban la mano después de sus faenas agrarias, y de su mujer, Margarita Millet, que había sido secretaria de Carlos Barral en Barcelona y cuyo lugar de nacimiento, Premià de Mar, dio el nombre a la editorial.

La editorial se estrenó en 1977 con la traducción de Los once mil falos, de Guillaume de Apollinaire, con la que se inauguraba también la colección Los brazos de Lucas, destinada a la literatura de contenido sexual y donde se publicaron también El arte de las putas de Moratín y obras de Alfred de Musset, Georges Bataille, D.H. Lawrence y Pierre Louÿs, entre otros. Casi simultáneamente se puso en marcha la colección La Nave de los Locos, con el mencionado Tao Te King, de Lao Tsé, al que seguirían Aurelia, de Gerard de Nerval, Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, en traducción de Marcos Antonio Campos, Cartas a Teresa, de José Revueltas, etc.

Otras colecciones notables fueron Los Libros del Bicho, destinada a nuevos poetas mexicanos (Alí Chumacero, Efraín Huerta, Raúl Renán), y La Red de Jonás, con una serie destinada al ensayo humanístico (Marco Antonio Campos, Fernando Tola de Habich, Álvaro Quijano) y otra a la literatura mexicana (Margo Glanz, Carlos Montemayor, Vicente Leñero o Sola de Chopitea). En coedición con el INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) publicó también una colección dedicada a la recuperación de textos mexicanos decimonónicos (Manuel Balbotín, Mariano Azuela…).

De 1979 es la primera traducción —muy cuestionada por su excesiva libertad—en la que aparece la firma de Chopitea, El proceso, de Franz Kafka, autor de quien traduciría también El castillo (1982) y La América (1984). Asimismo,  aparece como traductora de El Panóptico (Premiá, 1989), de Jeremy Bentham, con prólogo de Michel Foucault,  y de las obras de August Strindberg (1849-1912) Alegato de un loco (Premiá, 1984), El hijo de la sirvienta (Coyoacán, 1998) y Sólo (Coyoacán, 2002), así como responsable de la revisión y corrección de la traducción de Marco Aurelio Galindo de El agente secreto, de Joseph Conrad (1857-1924). Puede deducirse, dada la edad por entonces de Chopitea, que estos trabajos para la editorial Premiá se extendieron hasta la desaparición de la misma, en 1992, cuando su fondo cayó en manos de Coyoacán (o quizás pasó entonces a colaborar con esta última editorial).

Es de suponer que a estas alturas del siglo XXI José María de Chopitea debe de haber fallecido, pero ninguna de las fuentes consultadas ofrece datos precisos acerca de su muerte, más allá de que se produjo en México y en fecha posterior al año 2000. Un misterio.

Fuentes:

Carlos Barral, Memorias, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Olga Glondys y José Ramón López García, «María José de Chopitea», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio-Anejos 30), vol. 2, 2016, pp. 82-83.

Pedro Gringoire, ¡Por Cataluña!, México D.F., Ediciones del Orfeó Català, 1970.

Armando Pereira, coord., Diccionario de literatura, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México-Ediciones Coyoacán, 2004 (2ª ed. corregida y aumentada).

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.

Parada y fonda: Gara d’Edizions

Todo buen lector de Ramón J. Sender, incluso aquellos que sólo conocen sus obras mayores (Crónica del alba, Réquiem por un campesino español, El lugar de un hombre, etc.) está más o menos familiarizado con una buena cantidad de aragonesismos (birla, bandea, pijaito, fuineta),  aun cuando a veces se trate sólo del empleo del sufijo ico/ica (botellica, por ejemplo) o aragonesismos fonéticos.

O Prenzipet, de Antoine de Saint-Exupéry.

Sin embargo, el propósito del lexicógrafo, traductor y editor Chusé Aragüés (Chusé Maria Aragüés) al crear en 1993 Gara d’Edizions iba por otros derroteros bastante distintos, pues, según explicita la página web de la editorial tiene «la intención de que la lengua aragonesa, minoritaria y minorizada, pueda ser empleada en la lectura de obras literarias universales». Esto es muy consecuente con la trayectoria previa de Aragüés y se pone particularmente de manifiesto cuando se consignan los primeros libros publicados por Gara: la traducción del propio Aragüés de Chil, o Torrero da Ham (1993), de Tolkien; A metamorfosis (1993), de Franz Kafka, en versión de Pacual Miguel Ballestín; Suenios d’un sedutor, de Woody Allen, vertido al aragonés por Miguel Ánchel Barcos; O Prenzipet (1994), de Antoine de Saint-Exupéry, también traducido por Aragüés, al igual que el año siguiente el Réquiem por un labrador español, de Sender con una portada original de Antonio Saura,  o Alizia en o País de as Marabiellas (1995), de Lewis Carroll y con las clásicas ilustraciones de John Tenniel, traducido por Antonio Gil Ereza.

Réquiem por un labrador español, de Ramón J. Sender.

Chusé Aragüés, formado en filosofía y sociología, era ya director de Prames (una editorial dedicada a guías turísticas, de deportes y de naturaleza y paisajes en un sentido muy amplio) y un activista por la lengua cuando se decidió a poner en pie el proyecto. Consecuencia lógica de su interés por la pervivencia del aragonés como lengua es su actividad en el ámbito del grupo de poetas y juglares Silbo Vulnerado organizando un repertorio de obras en esta lengua, y se contó también entre los fundadores del Ligallo de Fablans de l’Aragonés (Liga de Hablantes de Aragonés), asociación que publicó en 1989 una herramienta fundamental preparada por Aragües, su Dizionario aragonés-castellán y castellano-aragonés (reeditado en Gara en 1993). Según ha contado él mismo, el impulso de crear Gara d’Edizions nació del amor por el aragonés y por la literatura, pero también es cierto, y la evolución del catálogo da buena muestra de ello, que la especialización inicial fue dando paso a una progresiva apertura del abanico de intereses. Por un lado, abriendo las puertas a creadores literarios en aragonés y, por otra, traduciendo al español obras escritas originalmente en aragonés y en catalán (del propio Aragüés es por ejemplo la traducción de Licantropía [2015], de Carles Terès, galardonada con el Premi Guillem Nicolau en 2011) e incluso a otras lenguas obras de escritores aragoneses (casos por ejemplo de la versión francesa de El fragor del agua, José Giménez Corbatón, o la rusa de Reloj de bolsillo, de Chusé Inazio Nabarro).

Un lolo que leyeba novelas d´amor, de Luis Sepúlveda.

Pero desde el mismo año 1993 estaban abiertas esas distintas posibilidades, pues se crearon ya entonces las principales colecciones: Finestra Batalera y Libros de Pocha (destinadas a traducciones al aragonés y donde además de las mencionadas han aparecido obras de Julio Llamazares, J.M. Barrie, Luis Sepúlveda, Georges Orwell o Jesús Moncada), los Clásicos Bernardo Larrosa (dedicada a ediciones críticas de aparición muy irregular), Arto (destinada a obras de creación en aragonés), Ainas (estudios e investigaciones sobre el idioma) y, en colaboración con el Institución Fernando el Católico, Documenta (dedicada a la recuperación de grandes estudios históricos sobre la lengua, donde apareció por ejemplo el Diccionario dialectal altoaragonés. 1944, de Hortensia B. Bernad, con prólogo de Pascual Miguel y Chesús Casaus).

El cura de Almuniaced, de José Ramón Arana.

Más recientes son las colecciones Miszelania (2008), Viceversa (2010), donde se han publicado las traducciones al ruso de Aleksey Yéschenko de Reloj de pocha, de Chusé Inazio Nabarro, y A fragor da l’augua, de José Giménez Corbatón, así como diversas traducciones al francés y al español de obras en aragonés y otras escritas originalmente en español (Roberto Artl, por ejemplo) o traducidas de otras lenguas al español (el ruso Yevgueny Zamiatin, entre ellos), o la colección Mareta (2012), donde se han publicado poemarios de Andrei Cristian Mendelau, Raúl González Tuñón, Ramón Meseguer Albiac, Rosendo Tello Aína…

Al frente de Prames, una sociedad anónima en la que participan la Federación Aragonesa de Montañismo, como impulsora inicial, además de clubs de montañeros, particulares interesados en la materia, CAI e Ibercaja, Aragüés se ocupó de la coordinación para publicar algunos libros singulares, como es el caso de la edición ilustrada com obra original de Moncada de Estremida memòria, en coedición con Edicions 62, o la edición bilingüe de Mequinenza. Vila, aigua i gent, también de Jesús Moncada (1941-2005).

Estremida memòria, de Jesús Moncada.

En cuanto a Gara, es básicamente una iniciativa unipersonal en la que Aragüés se ha rodeado de un buen número de colaboradores —más de uno de ellos pertenecientes a la Academia de l’Aragonés, creada en 2006 —, y que ha visto reconocida su trayectoria y labor en favor del aragonés con galardones como Premi Franja 2017 o el Premi Franja de Cultura i Teritori 2018, y en el acto de entrega de este último Artur Quintana (presidente de Iniciativa Cultural de la Franja), señaló el suyo como «el único caso de editorial privada que edita en aragonés o en catalán en Aragón».  Ciertamente, en Aragón en el siglo XXI la edición en catalán ha ido a cargo de instituciones como el Institut d’Estudis del Baix Cinca (con la colección La Sitja) o la Associació Cultural del Matarranya (con colecciones como Lo Trill y Lo Trull), mientras que la edición, también muy esporádica, en aragonés ha corrido a cargo de Publicazions d’o Consello d’a Fabla Aragonesa (fundado en 1979), el Instituto de Estudios Altoaragoneses y algunas iniciativas particulares como Edizions de l´Astral, Lola Editorial, Ediciones Braulio Casares (muy activo en la edición de poesía) o Mira Editores.

Fuentes:

Web de Gara d´Edizions.

J. C. «Chusé Aragüés recibió el Premi Franja Cultura i Terrirori El Institut dÉstudis del Baix Cinca», Diario del Alto Aragón, 2 de diciembre de 2018.

Librería de Cazarabet, «Cazarabet conversa con Chusé Aragües» (entrevista), web de Cazarabet.

Francho Nagore Laín, «Bibliografía sobre aragonés y catalán, lenguas minoritarias en aragón», Zaragoza, Consello d’a Choventú d’Aragon, 1999.

José Luis Negre Carasol, «Aragonesismos en Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender», Argensola, núm. 96 (1983), pp. 325-336.

Gran Enciclopedia Aragonesa.

Maribel S. Timoneda, «Chusé Aragüés, Premi Franja: “Quiero al castellano, estic enamorat del català y amo profundamén l’aragonés”» (entrevista), Diaro de Teruel, 4 de diciembre de 2018.

Vázquez Obrador, « Aragonesismos en Crónica del alba de Ramón J. Sender», Argensola, núm. 90 (1980), pp. 369-392.

Erein: Libros de autodefensa cultural

Poco tiempo después de la muerte de Francisco Franco, en un momento de efervescencia tanto política como social y cultural y en los primeros momentos de la tan polémica «transición», nacía a finales de 1976 una de las más importantes iniciativas editoriales en euskera de la mano de un septeto de intelectuales vascos que actuó a modo de junta fundadora:  el editor procedente del grupo editorial Etor (luego refundido en Gero) y activista Julen Lizundia (1934-), el poeta y cantautor Xabier Lete (1944-2010), el filósofo Jexux Mari Mujika  (n.1946), el dibujante y diseñador gráfico Edorta Kortadi (n. 1946), el abogado José Manuel Castells (n. 1943), el escritor Anjel Lertxundi (n. 1948) y artista gráfico Asentxio Ondartzabal.

Lizundia resumió las líneas generales de su propósito cuando la editorial cumplió sus primeros cuarenta años: «Quisimos hacer una editorial a fin de ayudar en la recuperación y desarrollo de nuestra identidad, junto con otros agentes culturales, sociales y políticos. Al servicio de la cultura vasca, una editorial que tuviera una perspectiva de país de cara al futuro». Y por su parte, por las mismas fechas, Mujika contaba que las aportaciones para ponerla en marcha fueron a fondo perdido, en parte porque la pretensión inicial era crear una empresa rentable, que priorizara la calidad y que fuera sostenible a largo plazo. Dirigida por Olatz Soraluze Garate, sigue en pie con los mismos criterios.

La editorial, en la que Lizundia actuó como director editorial hasta su jubilación en 1999 —luego lo fue el profesor y escritor Iñaki Aldekoa Beitia (n. 1961)—, se estrenó con Diálgos entorno a las elecciones (1977), del economista y escritor Eugenio Ibarzabal Aramberri (n. 1951), que ese mismo año publicaba también en Erein Manuel de Irujo y Koldo Mitxelena, y desde los primeros títulos se hizo evidente el interés preferente por las ciencias humanas y por la divulgación de las herramientas precisas para la normalización lingüística. En consonancia con este segundo aspecto es la creación del cómic Ipurbeltz, uno de los pioneros y muy popular en su momento, en el que tuvieron una activa participación tanto los mencionados Julen Lizundia y Angel Lertxundi como los ilustradores Antton Olariaga (n. 1946) y Jon Zabaleta (n.  1950) entre otros.

La incidencia que la creación y extensión de un lenguaje coloquial pero correcto, humorístico e incluso fantasioso en esa normalización lingüística del euskera parece indudable, y en este sentido se reveló como un instrumento poderoso, al que acompañó un éxito que acreditan los más de trescientos sesenta números publicados entre diciembre de 1977 y junio de 2008 y unas tiradas medias de 2.500 ejemplares (con picos de 8.000).

Sin embargo, Erein trascendió su ámbito de reconocimiento natural y despertó la atención de agencias y editoriales internacionales gracias sobre todo a la publicación, ya en 1988, de Obabakoak, el sexto libro de narrativa de Bernardo Atxaga (n. 1951), y muy emparentado con los dos anteriores también publicados en Erein —Ziutateaz (1976) y Bin anai (1985)—, que no sólo fue galardonado el año siguiente con el Premio Nacional de Narrativa en la versión española del propio autor y ha sido el libro en euskera más popular de todos los tiempos, sino que fue traducido a casi una treintena de lenguas (alemán, catalán, francés, hebreo, inglés, italiano, japonés…) y adaptada al cine en una versión escrita y dirigida por Montxo Armendariz (n. 1949) que fue nominada a los Premios Goya en tres categorías (mejor película, mejor dirección y mejor guión adaptado). Si bien la obra posterior de Atxaga está relativamente dispersa en otras editoriales (Pamiela, BBK, Visor), casi toda su obra destinada al público infantil la ha publicado también Erein.

También muy popular ha sido posteriormente la colección Cosecha roja, bautizada en honor a la célebre primera novela de Dashiell Hammett (1894-1961), que dio un enorme impulso al género negro (en el que se ha convertido en editorial de referencia) y entre cuyos descubrimientos se cuentan autores vascos y navarros como Javier Abasolo, Jon Arretxe, Carlos Ollo, Noelia Lorenzo (la primera mujer en la colección, desde La sirena roja), Javier Sagastiberri o Amaia Manzisidor, entre otros. También en este aspecto, la contribución a normalizar un determinado nivel de lenguaje parece evidente.

Además de materiales destinados a diversos niveles de la enseñanza, donde esta voluntad puede manifestar su largo alcance, Erein ha recuperado también algunos textos de primer orden e importantes en más de un sentido, como es el caso de Ehun metro, de Ramon Saizarbitoria, escrita originalmente en 1972 y cuya primera edición (publicada en el País Vasco francés, en Kriselu) fue secuestrada por la policía franquista. Una vez el autor se acogió a la amnistía de 1977, el libro fue traducido y publicado tanto en español (en Nuestra Cultura, en 1979) como en inglés e italiano (y también adaptado al cine, por Alfonso Ungría).

Portada de la primera edición, secuestrada por la policía franquista.

Con cerca de cuatro mil títulos publicados, y acercándose a su primer medio siglo de vida cuando se escriben estas líneas, Erein cuenta con un catálogo que ha intentado cubrir todos los frentes (también las traducciones de grandes autores) y en el que se encuentran nombres como, además de los mencionados y entre otros muchos, Emily Brontë, Freidrich Dürrenmat, Hermann Hesse, Koldo Izagirre, Fleur Jaeggy, Jamaica Kincaid, Mariasun Landa, Clarice Lispector, Toti Martínez de Lezea, Curzio Malaparte, Alice Munro, Mercè Rodoreda…

Fuentes:

Web de Erein.

K.M., «Jexuxmari Mujika y los cuarenta años de la editorial Erein» [entrevista radiofónica], Iflandia, eitb.eus, 21 de diciembre de 2016.

Mikel Lizarralde, «Erein Argitaletxea: Inversión a largo plazo», Berria, 20 de diciembre de 2016 (también hay disponible la versión original y completa en euskera).

s/f., «Erein Argitaletxea recibe la Pluma de Oro en la 47 Feria del Libro de Bilbao», web de la Feria del Libro de Bilbao, 5 de junio de 2017.

s/f., «Ipurbeltz, veinte años en la vida de los más jóvenes», Esukararen Berripapera, núm. 69 (febrero de 1998).

Willi Snedon, «Realismo social y novela negra (III)», Zenda, 22 de mayo de 2018.

 

mens sana in corpore sano

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.

Décimo Junio Juvenal (60-126)

Sean Burnett (béisbol).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yogi Berra (béisbol).

 

 

 

Emeka Okafor (baloncesto).

 

 

 

Mithali Raj (críquet).

 

 

 

Eric Abidal (fútbol).

 

 

Rhys Priestland (rugby).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tim Tebow (fútbol americano).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LeBron James (baloncesto).