Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales y de docencia, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s, Ínsula). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor.

Algunos testimonios sobre el traductor y editor Salvador Marsal i Picas

La trayectoria profesional del escritor, traductor literario, corrector y editor Salvador Marsal i Picas (1906-1972) es un muy buen ejemplo de cómo y hasta qué punto el resultado de la guerra civil española dio un giro irrevocable a algunas vocaciones intelectuales que nunca sabremos lo que hubieran podido dar de sí.

Ya en los años veinte había participado en prensa, por ejemplo en Joventut Catalana, donde coincidió entre otros con Josep Maria Massip Izàbal (1904-1973), fundador del Ateneu El Centaure y célebre como autor del histórico discurso del presidente de la Generalitat Lluis Companys del 6 de octubre de 1934, el perito químico y escritor Ramon Planes Izàbal (1905-1989) o al maestro impresor Joan Puig Mestre, creador de La Puntual.

Y es muy probable que en aquella época hiciera sus primeras incursiones en la poesía, que ha dejado poco rastro pero hay constancia de que el músico Manuel Torrens Girona (1889-1966) puso música a alguno de sus poemas.

A principios de los años treinta era un activísimo periodista cuya firma –en ocasiones con las iniciales S.M.– aparecía al pie de los textos más diversos en algunas de las cabeceras más prestigiosas, interesantes o curiosas de la época. Su hija, la filóloga, traductora y escritora Maria Lluisa Marsal i Álvarez (1937-2017) los enumeró así:

La calidad literaria de un amplio sector de la prensa catalana de antes de la guerra era realmente representativa del espíritu vanguardista y abierto a las corrientes de la cultura y al progreso de toda una generación de jóvenes intelectuales.

En Oc, publicado en Occitania, y en La Vanguardia,  Salvador Marsal también se ocupa de las páginas de cine y teatro, colabora en Mirador, publica artículos en las revistas Catalans! e Indústria Catalana, forma parte del equipo de redacción del Full Oficial, La Humanitat, Diari Mercantil y Última Hora.

Lluis Palazón, otro de los colaboradores más fieles de Josep Janés en la posguerra.

Sin duda, alguno de estos nombres pueden resultar engañosos. Por ejemplo, en el Diari Mercantil, pese a sus etapas previas, Marsal empieza a trabajar en una época en la que acababa de entrar como director quien llegaría ser importante editor de libros, Josep Janés i Olivé (1913-1959), a quien lo que interesaba sobre todo de esa publicación eran las páginas de cultura y acerca de cuya muy activa redacción (por la que rondaban también Enric Cluselles, Joan Teixidor, Lluis Palazón o Pere Calders) dejó unas declaraciones muy ilustrativas el también célebre grafómano Avel·lí Artís Gener (1912-2000):

Janés había hecho una redacción sólo de amigos que tuvieran ganas de escribir y, claro, Janés confiaba mucho en ellos. Éramos amigos desde hacía muchos años y entonces entró en acción Ángel Estivill […] Después, de corrector tuvimos a un muchacho que se llamaba Salvador Marsal i Picas; después tuvimos a Joan Sales, el de Incerta Glòria… Bueno, éramos unos cuantos, todos muy buenos amigos, de una edad similar. Éramos muy amigos e hicimos una redacción con muy buen ambiente.

El retrato se completa con la evocación de Maria Lluïsa Marsal, que tal vez se equivoque (por la coincidencia de ubicación) al atribuirlo a la de Última hora:

Marsal explicaba que en la redacción de Última hora [¿Diari Mercantil?] había una gran mesa fraternalmente compartida, un único teléfono, ningún taquígrafo, una o dos máquinas de escribir, una para el director y otra colectiva. Pero el linotipista no tenía inconveniente en descifrar la caligrafía de todos sus compañeros. Ya estaba acostumbrado a ello. Y este lionotipista era Joan Sales. Y comentaba que en ningún lugar había encontrado el buen humor, la fraternidad que encontró en aquel cubículo de paredes de madera de la calle Tallers.

Joan Sales (1912-1983).

Vale la pena anotar que siempre se ha dicho que quien llegaría a ser el genial editor Joan Sales aprendió a usar la linotipia y la imprenta durante su exilio en México, pero tanto  Lluís Solà i Dachs (en Història dels diaris en català, Barcelona 1879-1976) como Pere Calders, sitúan a Sales desempeñando la primera de estas funciones tanto en el Diari Mercantil como en el siguiente proyecto de Janés. Era este proyecto janesiano Avui. Diari de Catalunya (1933), pero para entonces Marsal ya andaba metido en otras batallas. Sin embargo, en el caso de la redacción de Última hora, Víctor Alba cuenta que sólo disponían de dos teléfonos (uno para la directora y el otro a compartir) e hizo un recuento de la pléyade que allí se reunía a escribir al ritmo de la rotativa:

Yo entré en Última Hora  un poco de rebote. Me encargaba de la sección  de internacional y me pagaban 150 pesetas al mes. Recuerdo que se imprimía en la calle Tallers, en los bajos de un edificio, donde estaba instalada la rotativa. La redacción era reducida: Josep Escuder se ocupaba de la realización técnica, porque no estaba al corriente de lo que pasaba aquí, e Irene Polo dirigía el periódico desde el punto de vista informativo; Aymaní Serra y Rafael González integraban la sección de local; Salvador Marsal era el redactor de política española; Josep Maria Lladó, el de política catalana; Sempronio era el responsable de la sección de cultura, y Meléndez coordinaba la información deportiva. Después estaban el uruguayo José Arteche, el dibujante, i [Agustí] Centelles, el fotógrafo.

Josep Janés i Olivé (1913-1959).

En 1933 Marsal andaba muy implicado en la Agrupació Professsional de Periodistes (UGT), de cuya ejecutiva se convirtió en secretario en octubre de ese año. Sin embargo, es posible que también por entonces escribiera obra de creación, de la que ha quedado poco rastro.

El alzamiento franquista y sus consecuencias inmediatas dispersó a todos estos grupos intercomunicados, y después de la guerra muy raramente se reagruparon algunos de ellos. Aun así, después de pasar un tiempo no breve en campos de concentración más allá de los Pirineos, Salvador Marsal se reencontró en Barcelona con Janés, y fue uno de sus más estrechos colaboradores cuando instaló una minúscula editorial en su casa de la calle Muntaner. Ramon Planas describe del siguiente modo el «despacho» de Marsal:

El lugar de trabajo de nuestro amigo era una pequeña habitación, entrando en el piso a mano izquierda, y ahí tenía el despacho, que, en realidad, podría haber sido el de la telefonista o cualquier otro empleado secundario. Era una habitación pequeña, donde apenas cabía él, con una mesita (tres o cuatro diccionarios, pliegos de papel) y una silla a cada lado.

Traductor para las diversas editoriales que creó desde 1941 Janés, Marsal firmó como José A. de Larrinaga las Memorias de un hombre ingenuo (1945) de Averchenko, y  Dios no duerme (1956), de Suzzanne Chantal, así como algunas obras de Wodehouse,  pero más interesantes son algunas que firmó con su nombre, como la del exitazo de la época Cuerpos y almas (1946), de Maxene Van der Meersch (que aún en 2008 reeditaba el sello del grupo Planeta Backlist) o el Dostoievski (en El Manantial que no cesa, en 1950), de André Gide.

Sin embargo, su principal y muy apreciado trabajo al lado de Josep Janés fue sobre todo de corrección y edición de las muchísimas traducciones que publicaba Janés. Además, se ocupaba de seleccionar y hacer pruebas a los nuevos traductores, trabajo acerca del cual el 20 de mayo de 1972 publicó un espléndido artículo titulado «Jo voldria fer traduccions» [Yo quisiera hacer traducciones ] en El Eco de Sitges.

Victor Alba (Pere Pagès i Elies, 1916-2003).

También participaba ni que fuera indirectamente en los premios convocados por Janés, y gracias a una afortunada casualidad inició su carrera literaria Fernando González Ledesma (1927-2015), según cuenta el propio novelista: «Dos años antes lo había ganado Carmen Laforet, y yo pensaba que en mi obra estaba el mismo aire de la ciudad, así como los sentimientos eternos del húngaro Lajos Zilahy, que consideraba mi maestro». Fue el catálogo de Janés lo que le animó a visitar a Salvador Marsal (a quien conocía vagamente), quien le hizo un informe desfavorable de su novela, así que González Ledesma intentó retirarla del premio. Pero según cuenta, le respondió Marsal: «De todos modos, mejor que espere, ahora la está leyendo otro, a quien le gusta más». Todo hacer pensar que se refería a Fernando Gutiérrez, y el caso es que finalmente Sombras viejas fue premiada en 1948 con el Premio Internacional de Novela. Que la novela quedara arrinconada y que no se publicara hasta 205 (en traducción al francés de Jean-Jacques Fleury en L’Atalante) ya fue cosa de la censura; es decir, consecuencia también del resultado de la guerra civil.

Una vez muerto Janés, Salvador Marsal se integró en Plaza & Janés, donde trabajó a las órdenes de Mario Lacruz, y a la intervención de Marsal atribuye Victor Alba que él pudiera empezar a publicar sus libros en esta editorial.

Fuentes:

Francisco González Ledesma, Historia de mis calles, Barcelona, Planeta (Autores Españoles e Iberoamericanos), 1999, pp. 177-178, 230 y 303.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Joan Oliver-Pere Calders, conversación transcrita por Xavier Febrés, con fotografías de Pilar Aymeric, Barcelona, Ayuntamiento de Barcelona-Laia (Diàlegs a Barcelona, 2), 1984.

Salvador Marsal, «Sucedió hace diez años… José Janés y Olivé», La Vanguardia Española, 11 de marzo de 1969, recogido en Recull d´escrits. Trajectòria literaria, Sitges, Grup d´Estudis Sitgeans (Estudis Sitgeans 15), 1986, pp. 66-70

Víctor Alba, Sísif i el seu temps II. Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990,

Víctor Alba, Sísif i el seu temps II. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990,

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Libros infantiles antisemitas y otras ediciones nazis

A principios del siglo XXI se publicó la traducción al español de uno de los libros infantiles antisemitas más famosos, Der Giftpilz (La seta venenosa), de Ernst Hiemer (1900-1974)  e ilustrado por Philipp Rupprecht (1900-1975), conocidos ambos por sus participación en la revista igualmente antisemita, anticomunista, pornográfica y pronazi Der Stürmer (1923-1945). Esta colección de diecisiete cuentos apareció originalmente en 1938 con pie editorial de Julius Streicher, veterano de la primera guerra mundial, miembro desde 1919 de la Deutschvölkischer un Trutzbund (Federación Nacionalista Alemana de Protección y Defensa) y propietario y fundador de Der Stürmer. No hará falta añadir que Der Strümer, si bien siempre se mantuvo en manos de Streicher y no fue nunca una publicación oficial del Partido Nazi, vivió su época dorada con el ascenso al poder de Hitler, cuando pasó de unas tiradas de 2.000 o 3.000 ejemplares en los años veinte a los 600.000 que imprimía entre 1933 y 1940.

Cubierta de Der Giftpilz.

Der Giftpilz no es el primer libro infantil antisemita, pero muy probablemente sí es el más famoso y el más traducido a otras lenguas, gracias sobre todo a su uso como libro escolar, a que en 1938 la londinense organización de los años treinta Friends of Europe lo tradujo al inglés y, ya en el siglo XXI, a la iniciativa del neonazi estadounidense Gary Lauck (n. 1953), quien  financió la traducción y publicación en diversas lenguas, amparándose en la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos.

Poco menos conocido es Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid! («No confíes en un zorro entre el breza verde ni en el juramento de un judío»), de la maestra, escritora e ilustradora Elvira Bauer (1915-¿?), quien antes de lograr publicarlo en 1936 en la colección de libros ilustrados de Stürmer Verlag, vio como se lo rechazaban editoriales en principio tan idóneas como Eher Verlag (editorial oficial del Partido Nazi y boyante sobre todo gracias a la publicación del Mein Kampf de Adolf Hitler). En poco tiempo se hicieron por lo menos siete ediciones, lo que supone un total, como mínimo, de cien mil ejemplares, y la efectividad de sus imaginativas y avanzadas ilustraciones y decoraciones fue reconocida incluso por personajes tan poco sospechosos como Erika Mann (1905-1969), la hija de Thomas. El hecho de emplearse también en centros escolares –no se olvide que el 97% de los maestros pertenecía al sindicato nacionalsocialista– explica en buena medida su amplísima difusión.

Interior de Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid!, de Elvira Bauer.

De 1940 es Der Pudelmopsdackelpinscher, también del ya mencionado Hiemer y vinculado al editor Julius Streicher (en este caso en Stürm Buchverlag) y en el que cada capítulo establece un paralelismo entre los judíos y un animal distinto (perro, víbora, el piojo…), también destinado al público infantil pero del que incluso una publicación tan afín como Der Hoheitsträger, órgano oficial del Partido Nazi, consideraba excesivamente fuerte. Antes de ser juzgado al final de la segunda guerra mundial e internado en el campo de prisioneros Stalag XIII-D, en el norte de Baviera, durante tres años, Hiemer, colaborador de Der Stürmer desde los años veinte, publicó un tercer libro, pero en este caso destinado al público adulto: una amplísima antología de proverbios y aforismos antisemitas (Der Jude im Sprichwort del Völker, 1942).

Portada de un número de Der Stürmer.

Más allá de la actividad editorial de Streicher, la edición propiamente nazi mantuvo a todo lo largo de los años treinta y buena parte de los cuarenta un ritmo de actividad tremendo en el que destacan sobre todo Ullstein Verlag y, por supuesto, Franz Eher Nachfolger.

El origen de la primera –hoy propiedad de Random House– se remonta a finales del siglo XIX, cuando en 1877 el empresario judío Leopold Ullstein (1826-1899) compró a Rudolf Mosse un periódico, Berliner Tageblatt, que reconvirtió en Berliner Zeitung y sobre el que fue construyendo un auténtico imperio editorial. A su muerte la empresa pasó a manos de sus hijos (uno de los cuales, Hermann, huyó en 1938 de la Alemania nazi y se estableció en Estados Unidos), quienes en 1933 fueron obligados a una «arianización» forzosa de la empresa y al año siguiente, en una operación en la que desempeñaron un papel crucial las presiones del Deutsche Bank, la familia se vio obligada a vender a Franz Eher Nachfolger la editorial, valorada en unos sesenta millones de marcos alemanes, por seis millones. A partir de ese momento, Ullstein, rebautizada Deutscher Verlag, cambió por completo su línea editorial en lo que probablemente sea uno de los giros más incomprensibles de un catálogo si se desconoce su historia.

Cubierta de Der Pudelmopsdackelpinscher.

Franz Xavier Josef Eher (1851-1918)  había fundado su editorial a principios del siglo XX (1901), y a su muerte pasó a manos del fundador de la Sociedad Thule y uno de los precursores del nacionalsocialismo, de nacionalidad turca, Rudolf von Sbottendorf (Adam Alfred Rudolf Glauer, 1875-1945). A través del mentor político de Hitler Anton Dexler (1884-1942) y financiación del fanático anticomunista Franz von Epp (1868-1947), en diciembre de 1920 la editorial fue comprada por el Partido Nazi, y al año siguiente el principal accionista era ya Adolf Hitler (1889-1945). Por su parte, después de publicar Bevor Hitler kam («Antes de Hitler»), donde subrayaba los vínculos entre las ideas de Hitler expuestas en Mein Kampf y el esoterismo, Sbottendorf fue deportado en 1934 y regresó a Turquía (donde murió misteriosamente ahogado en mayo de 1945).

Sobrecubierta de una de las muchas ediciones de Eher de Mein Kampf.

El grueso de las editoriales nazis, y sobre todo las más conocidas  e importantes salvo en el caso de Streicher, no fueron tanto de nueva creación como resultado de compras, a menudo más bien oscuras, valiéndose de una indudable posición de fuerza.

Fuentes:

Randall L. Bytwerk, Julius Streicher, Nazi editor of the notorious Anti-semitic Newspaper «Der Stürmer», Nueva York, Cooper Square Press, 2001.

Mary Mills, «Propaganda and Childrens during the Hitler years», Jewish Virtual Library.

Holocaust Encyclopedia en el United States Holocaust Memorial Museum.

De publicaciones femeninas a diccionarios: Algunos de los primeros libros vinculados a Hymsa

Si bien debe su fama a la publicación de una de las revistas españolas más famosas y leídas de todos los tiempos (Lecturas), la historia de Hymsa –siglas de Hogar y Moda, S.A.– se remonta a la primera década del siglo XX y tiene unos antecedentes que hoy pueden resultar una tanto sorprendentes.

En 1909 se fundó con un capital de 5.000 pesetas la compañía editora e impresora Juli Gibert i Cia.,  por iniciativa del propio Juli Gibert Mateus (1880-1956), su hermano el periodista y escritor Salvador (1882-1919), que hacía apenas dos años había regresado de su exilio en México (como consecuencia de sus artículos en La Tralla del Carreter y Metralla), y el impresor Joan Pijoan i Claramunt, y ese mismo año, concretamente el 7 de junio, ponía ya a la venta el primer resultado de sus esfuerzos, el número inicial de la revista El Hogar y la Moda, pero los acontecimientos de ese mes de julio conocidos, como Setmana Trágica, hicieron que el arranque fuera difícil. Aun así, logró crearse un público, distribuirse por toda España y en 1910 ampliaban capital y se les unía el empresario del mundo del libro Josep Maria Borràs de Quadras, así como el entonces responsable de las obras sobre contabilidad, el luego gran editor Josep Zendrera (1894-1969) y José Fernández de la Reguera, que se ocupaba de la Colección Hogar. Fue entonces cuando la redacción se trasladó a la amplia nave del número  211 de la calle Diputació de Barcelona, donde reunieron redacción, talleres de impresión y almacén (pagaban 25 pesetas de alquiler y 5 por la electricidad) y el nombre de la empresa cambió a Sociedad General de Publicaciones. Con el arranque de los años veinte, asociados a las páginas de El Hogar y la Moda, que en 1921 incluiría como suplemento artístico y cultural Lecturas, aparecerían las firmas de periodistas y escritores famosos, como María Luz Morales (1889-1980), que se convirtió en su directora, Carmen Karr (1865-1943), Eduardo Zamacois (1873-1971), Narcís Oller (1846-1930) o Ramón Pérez de Ayala (1880-1967), entre otros, o de un ilustrador de larga trayectoria en el mundo editorial como Lorenzo Oliván. Lecturas se convirtió en revista autónoma en 1925, coincidiendo más o menos con la creación de Hymsa, que continuó imprimiendo en los talleres de la Sociedad General de Publicaciones.

Sin embargo, los libros que salieron de esos talleres eran muy distintos y diversos. De finales de la primera década del siglo son, por ejemplo, una novedosa Biblioteca Ciencia para Todos, en la que aparecen títulos como El universo al día, de C.G. Dolmage, con prólogo del célebre astrónomo José Comas i Solà (1868-1937), entre otras cosas descubridor de once asteroides entre marzo de 1915 y diciembre de 1929 y fundador de la Sociedad Astronómica Española, o La mecánica al día: inventos mecánicos actuales, de Thomas W. Corbin, La electricidad al día, de Charles Gibson, La aviación al día, de Charles C. Turner o El mar al día. Ingeniería y guerra submarina, de Fife C. Domville, con introducción del padre de la oceanografía española, y divulgador del darwinismo, Odón de Buen (1863-1945), por poner algunos ejemplos. Aún con pie de la Sociedad General de Publicaciones aparecieron colecciones como la Biblioteca de Conocimientos Útiles o la Biblioteca Enciclopédica de Ciencias Comerciales (con series como La práctica de los negocios o Altos Estudios Comerciales), pero también la Biblioteca de la Madre de Familia, la colección Novelas Hogar o Las Grandes Novelas de la Pantalla.

En 1923, Zendrera y algunos de los accionistas crean –según Mònica Baró, con el objetivo de ganarse también al público masculino y más tarde  al infantil y juvenil–, la Editorial Juventud, que a diferencia de la anterior publicará tanto en español como en catalán, y en 1925 se desgaja de la empresa Hymsa, cuyas primeras publicaciones, ya a partir de ese año, son una serie de libros dedicados a las capitales de provincia españolas, que procedían de la serie firmada por Antonio Cárcer de Montalbán, quien (¿quién?) desde enero de 1929 los había ido publicado como folletín ilustrado acompañando la revista Lecturas con el título genérico Geografía física de España.

Aun así, Hymsa publicó también uno dedicado a Suecia, de Jaime Alemany, y un Tratado de medicina que se presentaba como «Redactado por un cuerpo de reputados médicos e higienistas, bajo la dirección» del por entonces famoso autor en la materia Doctor Saimbraum, que no era otro que el pedagogo y polígrafo todo terreno Joan Bardina i Castarà (1877-1950).

Título de diez acciones de El Hogar y la Moda.

Entre ese año y el inicio de la guerra civil española, Hymsa diversifica sus publicaciones de libros y antes de acabar la década ya está publicando obras muy bien encuadernadas y de cierto lujo, como, en la colección Algo, Teatro Clásico (Calderón, Lope, Ruiz de Alarcón, Véle de Guevara…) en 1929, que reunía piezas antes publicadas independientemente, o ya al año siguiente el asombroso  y profusamente ilustrado Arte y costumbres de los pieles rojas, de Julian Harris Salomon (1896-1987), y Panorama de la pintura española, del por entonces joven crítico Emiliano M. Aguilera (1905-1975), que en la posguerra dirigiría la Editorial Iberia.

Probablemente, la primera edición de Wodehouse en España, en la colección La Novela Aventura (Hymsa).

No obstante, el campo donde mayores éxitos obtuvo en esos años Hymsa fue el de la literatura popular, y muy particularmente con la muy famosa colección La Novela Aventura, donde muy probablemente se publicó en español por primera vez a autores tan diversos como Georges Simenon (1903-1989) y P.G. Wodehouse (1881-1975), así como la muy popular serie sobre el detective Sexton Blake creada por Harry Blyth empleando el seudónimo Hal Meredeth, o diversas novelas de Agatha Christie (1890-1976).

También vale la pena consignar de esa época el inicio con Biografías de Hombres Célebres de una colección dedicada a un género que vivió un esplendor que se extendió hasta bastante más allá de 1939. De 1931 es un Lope de Vega firmado por Ismael Sánchez Estevan, al que seguirían Murillo (1932), de Santiago Montoto; Wagner (1932), de Renato Dumesnil;  Napoleón (1933), de José Poch Noguer; Leonardo de Vinci (1933), de Tristan Klingsor [Tristan Leclerc]; Rodin (1934), de Leoncio Bénedite o, entre otros, El Greco (1934), del hispanista francés Jean Cassou (1897-1986), que periódicamente se reunían en volúmenes mayores, con el título Vidas de Hombres ilustres, en lo que parece ser una práctica bastante habitual de Hymsa.

De 1934 son también Teatro Clásico Extranjero (Shakespeare, Molière, Goldoni, Goethe, Schiller…), un volumen ilustrado de España Histórica,  del ya mencionado pero no identificado Antonio Cárcer de Montalbán, y una edición de La mujer del porvenir, de la pionera del feminismo español Concepción Arenal (1820-1893), y también dos años más tarde Mil ideas para las madres (1936), de Helen Jackson Miller.

Cubierta con el logo de los diccionarios Cuyas.

Otro ámbito explotado ya antes de la guerra por Hymsa fueron los libros sobre gramática y en particular los muy populares diccionarios manuales, entre los que destaca por su difusión el de quien fuera director de la revista catalana Llumanera de Nueva York (el medio más importante de los catalanes en América) Arturo Cuyàs Armengol (1845-1925), de quien en 1936 se publicitaba un Gran Diccionario Inglés-Español completado y revisado por Antonio Cuyàs Armengol, que durante muchos años fue objeto de constantes actualizaciones y reediciones. De quien en la posguerra se convertiría en interesante escritor de novela popular, prolífico traductor y doblador de películas Guillermo López Hipkiss (autor por ejemplo en 1935 de la de Las genialidades de Sam, de Wodehouse), es el libro Las dificultades del idioma inglés. Complemento de gramáticas y diccionarios ingleses (1935).

Sin embargo, como es fácil suponer, tanto antes como después de la guerra los pilares de Hymsa fueron siempre las publicaciones periódicas, y muy en particular la celebérrima Lecturas.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’editorial Juventut (1923-1969), tesis doctoral Departament de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2005.

Juana Gallego Ayala, Mujeres de papel. De «¡Hola!» a «Vogue». La prensa femenina en la actualidad, Barcelona, Icaria Editorial (Serie Antrazyt, 57), 1990.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Miriam Soriano, «Feminal, El Hogar y la Moda i La Dona Catalana. La construcción d’un mercat femení a través de nous productes (1900-1936)», en Anna Calvera, coord., La formació del sistema Disseny Barcelona (1914-2014), un camí de modernitat. Assaigs d’historia local, Gracmon (Grup de Recerca en Histìoria de l’Art i del Disseny Contemporanis)-Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, 2014, pp. 129-156.

 

El asombroso hallazgo del libro que cambió el curso de la cultura occidental

Que la influencia que tuvo un libro pudiera cambiar por completo el curso del pensamiento occidental es motivo suficiente para prestarle cuando menos cierta atención, pero que además ese libro estuviera perdido en unos cuantos monasterios durante siglos lo convierte ya en protagonista de un episodio fascinante, que es el que recreó Stephen Greenblatt en El Giro (The Swerve: How the World Became Modern, W.W. Norton & Co., 2011), que con justicia le valió el en 2011 National Book Award de No Ficción y al año siguiente el Pulitzer en la misma categoría.

Estrechamente vinculado a la recuperación de este singular libro se encuentra un hombre no menos extraordinario, el copista, epistológrafo, buscador de libros y erudito Gian Franceso Poggio Bracciolini (1380-1459). A finales de la década de 1390 Poggio se había presentado ante Coluccio Salutati, gran canciller de la República Florentina (equivalente a un ministro de Asuntos Exteriores), y estando bajo su protección había conocido a otro personaje fundamental en todo este episodio, Niccolò Niccoli (1364-1437), uno de los primeros coleccionistas de antigüedades y cuya biblioteca acabó por convertirse en los cimientos de los fondos que hoy conserva la florentina Biblioteca Medicea Laurenciana.

Poggio Bracciolini se dedicó a la copia de libros y documentos como fuente ingresos, pero sin abandonar una carrera cuyo destino, tras pasar por la corte del cardenal de Bari, era la corte papal. Y durante su etapa como scriptor —esto es, escribiente de documentos oficiales al servicio de la burocracia papal— Poggio se había ganado un lugar en la pequeña historia de la letra escrita, que Greenblatt explica del siguiente modo: «La forma que tenía Poggio de dibujar las letras estaba muy lejos de la complicada escritura entrelazada u angular llamada letra gótica. La demanda de una caligrafía más abierta y legible ya había sido planteada a principios de siglo por Petrarca». Tomando como modelo la minúscula carolingia desarrollada en el siglo IX, Poggio creó la letra caligráfica lettera antica formata (la humanista) y puso la semilla de lo que sería la itálica (o bastardilla) y la redonda que conocemos como carácter tipográfico «romano».

La búsqueda y captura de libros se había convertido en poco menos que una obsesión para un buen número de italianos y había incluso generado un negocio de cierta importancia de compra venta de copias, en particular desde el momento que en la década de 1330 Francesco Petrarca (1304-1374) había dado a conocer su reconstrucción de la Historia de Roma desde su fundación, de Tito Livio (59 a.C.- 17 d.C.) —con lo que pasaba a convertirse en poco menos que el padre de la crítica textual—, así como de otros textos por entonces olvidados, caso de Pro Archia poetaAd AtticumAd Quintum y Ad Brutum, de Cicerón o las elegías de Propercio.

A Niccoli van dirigidas muchas de las cartas que sirven a Greenblatt para seguir y documentar las pesquisas y los éxitos de Poggio, en particular los que obtuvo en su importante viaje a Costanza, y concretamente al monasterio de San Gall, en un trayecto que inició compañía de su amigo Bartolomeo Aragazzi, si bien no tardaron en separarse y Poggio se dirigió hacia el norte, probablemente hasta recalar en la abadía benedictina de Fulda (se guardó muy mucho de ventilar dónde realizó su trascendente descubrimiento). Quizá fue allí donde pudo ver «un poema épico de unos catorce mil versos acerca de las guerras de Roma contra Cartago», de Silio Itálico (25 d.C.-101 d.C.), un tratado erudito sobre astronomía obra de Manilio (siglo I d.C.), un fragmento de una extensa historia del imperio romano de Amiano Marcelino (330 d. C.- 400 d. C.)… Y:

Uno de los manuscritos era un texto bastante largo escrito en torno al año 50 a. e. [antes de la era vulgar, es decir, a. C.] por un poeta y filósofo llamado Tito Lucrecio Caro. El título del texto De rerum natura -—«Sobre la naturaleza de las cosas»— era curiosamente parecido al título de la celebrada enciclopedia de Rabano Mauro [776-856], De rerum naturis. Pero mientras que la obra del monje era aburrida y convencional, la obra de Lucrecio era peligrosamente radical.

Stephen Greenblatt con el National Book Award.

Greennblatt dedica todo un capítulo («Las cosas como son», pp. 159-175) a repasar los elementos del extenso poema en hexámetros de Lucrecio destinados a transformar por completo el modo de pensar y sentir en Occidente, desde su concepción de los átomos («las semillas de las cosas») al asombro que produce la comprensión de la naturaleza de las cosas, pasando por el origen del libre albedrío, la creación del Universo, la mortalidad del alma, la inexistencia de un más allá o la búsqueda del placer como fin supremo de la vida humana, que tantísima tinta haría correr. Toda una constelación de ideas que, si Poggio no hubiera hecho copiar y posteriormente divulgar el De rerum natura, a saber cómo hubieran evolucionado o cuándo y cómo se hubieran planteado. De Botticelli (1445-1510) a Michel de Montaigne (1533-1592), de Giordano Bruno (1548-1600) a Galileo (1564-1642), de Shakespeare (1564-1616) a Thomas Jefferson (1743-1826), de Darwin (1809-1882) a Freud (1856-1939) y Einstein (1879-1955), la influencia (directa o indirecta) y el poso que dejó Lucrecio en nuestra cultura resulta a todas luces radical. Y todo gracias al buen ojo de un buscador de libros.

Lucrecio.

Si la historia del hallazgo de Poggio resulta sumamente interesante por sí mismo, lo que hace excepcional el libro de Greenblat es no tanto el esmero y rigor con que reconstruye y narra su historia como el buen tino y el profundo conocimiento con que elige los datos y hechos que constituyen el contexto necesario para comprender la trascendencia de ese descubrimiento (no es casual que los trabajos de Greenblatt  estén en el origen del «nuevo historicismo»): cómo funcionaba el comercio de libros y de copias, cómo se desarrollaba y remuneraba el trabajo de los copistas, cómo y por qué adquirieron valor los libros antiguos y qué hizo que a punto estuvieran de desaparecer para siempre ocultos tras otros textos, en qué consistía la búsqueda de textos y quiénes la llevaban a cabo, cómo funcionaba una biblioteca monástica… Todo un mundo fascinante que fácilmente puede evocar novelas como El nombre de la rosa o La copista del rey Alfonso y contribuir a hacer una lectura más profunda y rica de estas obras de Umberto Eco (1932-2016) y Yael Guiladi. Y, de paso, El Giro demuestra que la realidad siempre supera a la ficción.

Stephen Greenblatt, El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, traducción de Juan Rabasseda y Téofilo de Lozoya, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 2012.

 Fuentes adicionales:

Martín José Ciordia, «El placer en Poggio Bracciolini», Eadem Atraque Europa, año 10, núm. 15 (julio de 2014), pp. 63-73.

Lucrecio, De rerum natura/ De la naturaleza, presentación de Stephen Greenblatt, prólogo, traducción y notas de Eduard Valentí Fiol, Barcelona, Acantilado, 2012.

Kevin Shau, «The Humanist Spirit: Poggio Bracciolini and the Search for Ancient Texts», Medium.co.

Leandro Ezequiel Simarri, «Miradas humanistas sobre el cuerpo y la otredad en Poggio Bracciolini y Michel de Montaigne», Tonos digital. Revista electrónica de estudios filológicos, núm. 26 (2014).

 

Renovación del humorismo en la edición de posguerra

«Una originalísima creación editorial que reunirá las más interesantes novelas de humor y de optimismo, seleccionadas entre la obra de los máximos escritores de nuestro tiempo.» Así se presentaba a los lectores en 1942 la colección Al Monigote de Papel, encuadrada por José Janés (1913-1959) en la editorial Aretusa, y lo cierto es que los autores que publicó ese año no desmerecen esa ambición: Chesterton (El Club de los negocios raros), P.G. Wodehouse (Luna de verano), Ramón Gómez de la Serna (El Gran Hotel), Pierre Mac Orlan (El canto de la tripulación), a los que seguirían al año siguiente Henri Lavedan (la traducción de Gabriel Miró de Su Majestad), el reciente vencedor del Premio Rühmann Rolf Lennar (El acompañante inofensivo), Mark Twain (Un yanqui en la corte de Rey Arturo), Max Beerbohm (Zuleika Dobson) y Achile Campanille (Si la luna me trae fortuna)…

José Janés.

Quizá no tenga mucho sentido preguntarse si esta fue la colección con que en España arrancó en la posguerra el resurgir de la literatura humorística –que, efectivamente, lo fue–, pues lo cierto es que contaba con muy notables antecedentes, como Los Humoristas de Espasa ya desde 1929 o en los años veinte la colección de Biblioteca Nueva dedicada a humoristas españoles contemporáneos. Y también es cierto que ya en la inmediata posguerra Janés había prestado atención al género, por ejemplo en la serie Humoristas de la colección Constelación de las Ediciones de la Gacela, en la que había publicado, entre otras obras, Nuestra diosa comedia, Massimo Bontempelli (1878-1960), a quien antes de la guerra ya publicaba en catalán, o El monóculo, de Aldous Huxley (1894-1963). Y, por su parte, tendría enseguida importantes imitadores y continuadores, en particular la colección de los años cincuenta El Club de la Sonrisa, en Taurus.

No es verdad que sea la muerte, de Giovanni Mosca (1948).

Lo cierto es que la influencia de la colección fue enorme, y en el siglo XXI han dejado testimonio de la importancia que tuvo en su formación desde un editor como Jorge Herralde hasta un cómico y humorista como Paco Mir (El Tricicle).

Mark Twain y Wodehouse se convirtieron en los primeros años en los grandes atractivos de la colección y en los autores más representados, pero hizo algunas incorporaciones muy interesantes que dejaron un poso en el humorismo español, como es sobre todo el caso de los autores cercanos al semanario milanés Bertoldo (1936-1943), publicado originalmente por Rizzoli y en los años cincuenta retomado por otras editoriales. Dirigida al alimón por Giovanni Mosca (1908-1983) y Vittorio Metz (1904-1984) y con Giovanni Guareschi (1908-1968) como redactor jefe, Bertoldo reunió a autores veinteañeros como Carletto Manzoni (1909-1975), Mario Brancacci (1910-1991), el polifacético Leo Longanesi (1905-1957) y al un poco más veterano Achille Campanille (1899-1977), entre otros, que renovaron y airearon por completo el lenguaje humorístico italiano, tanto gráfica como literariamente. Janés puso en circulación ya en 1943 a Campanille (Si la luna me trae fortuna, Jovencitos, no exageremos) y reincidiría en 1958 (¿Qué huevo frito es el amor?), y al año siguiente a Guareschi (El destino se llama Clotilde), pero mediada la década, al tiempo que el éxito de Wodehouse se mantenía, triunfaron otros autores, como sobre todo Joan Butler, de quien aparecieron una enorme cantidad de títulos ya desde 1945 (La obra de las camisas, Medias vacaciones, Fastidiando al alimón, Donde menos se piensa salta un heredero, Un asesinato a medias…). Del irlandés Joan Butler (Robert William Alexander, 1905-1979), cuyo estilo se vincula a menudo con el de Wodehouse y el de Thorne Smith (1892-1934), sólo se había dado a conocer hasta entonces en España El solitario (1940) como número 184 de la colección La Novela Aventura (1933-1944), publicada en Hymsa (Hogar y Moda, S. A.) y donde convivía con títulos de Agatha Christie, George Simenon o la por entonces popular serie del detective Sexton Blake (creado originalmente por Harry Blith, oculto tras el seudónimo Hal Meredeth).

En cuanto a la literatura española, a partir de mediada la década Al Monigote de Papel se convirtió en el trampolín editorial de buena parte de los humoristas aglutinados alrededor de la muy celebre revista La Codorniz, como es el caso de Edgar Neville (1899-1967), de quien aparece La familia Mínguez (1945) Don Clorato de Potasa (1947) y Torito Bravo (1955), Álvaro de Laiglesia (1922-1981), con Un náufrago en la sopa (1947), El baúl de los cadáveres (1948) y La gallina de los huevos de plomo (1951) o Miguel Mihura (1905-1977), con Mis memorias (1948), a los que siguió publicando obras hasta que progresivamente se pasaron a la órbita de Planeta, pero no por ello dejó de publicar Janés a algunos grafómanos jóvenes como Pedro Voltes (Adorable loca, 1950) y sobre todo al injustamente olvidado Noel Clarasó (1899-1945), de quien asombrosamente sigue inédita la novela con que ganó el Premi Creixells en 1938 (Francis de Cer), y que en Al Monigote de Papel publicó la Crónica de varios males crónicos (1945), la novela en clave sobre el mundillo cultural barcelonés La señora Panduro sirve pan blando (1946), Enrique Segundo, el Indeciso (1946), Blas, tú no eres mi amigo (1946), La batalla de las Termo Pilas (1946), La gran aventura de un hombre pequeño (1947), Tres eran los yernos de Helena (1948), Blas, cuidado con la mujer del prójimo (1948)…

Enric Cluselles.

Los ejemplares de Al Monigote de papel, se publicaron encuadernados en rústica con solapas y con ilustraciones en la cubierta de Enric Cluselles (1914-2014), quien según Guillamon creó en ellas «una galería de personajes de la posguerra: hombres pagados de sí mismos, tipos que van tras las mujeres como si pretendieran cazarlas, familias mal y bien avenidas, maridos y mujeres (generalmente, las mujeres grandotas y los hombres raquíticos).» Y enmarcaba estas ilustraciones de humorismo costumbrista una cenefa de curiosa historia editorial y que dice mucho sobre las ideas gráficas del tándem Cluselles-Janés.

Incluso en este aspecto gráfico, fueron del mayor interés también las ambiciosas antologías de humoristas de otros ámbitos, encuadernadas en tapa dura y con sobrecubierta, entre la que tal vez la más conocida sea la Antología de humoristas húngaros contemporáneos (1945) preparada por Andrés Révész y J. García Mercadal (a partir de una previa aparecida en Espasa Calpe preparada por Révész), pero a la que habían precedido otras  dedicadas a italianos (1943) e ingleses (1945), seleccionados y traducidos respectivamente por Simón Santainés y Andrés Guilman,  G. B. Ricci y José Janés. En estos casos, cada una de las portadillas que precedía a la obra de cada autor iba ilustrada con un dibujo de Cluselles alusivo al texto, que se reproducían todos, coloreados y en abigarrada distribución, en la sobrecubierta.

Muerto Janés, ya en los años ochenta Plaza & Janés, en quien había recaído la responsabilidad de asumir y reorganizar el impresionante fondo de Janés, recuperó el nombre de esta colección y la reabrió con ¡Vamos al Oeste!, de Smith H. Allen (1907-1976), Dieciocho agujeros y Un par de solteros, de Wodehouse, Mi familia al derecho y al revés y varios otros libros del humorista israelí Efraim Kishón (1924-2005), la recuperación de diversas obras de Joan Butler (El tiro por la culata y Armando la gorda, entre ellas), etcétera; una nueva etapa que se cerró abruptamente y sin previo aviso en 1984.

Fuentes:

Julià Guillamon, Enric Cluselles. Ninots i llibres (catálogo), Barcelona, Biblioteques de Barcelona, 2015.

Jorge Herralde, «Josep Janés en su centenario: A dos tintas», Claves de Razón Práctica, n. 233 (marzo-abril 2014), pp. 158-165.

Jacqueline Hurtley, «La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología (Universitat de Barcelona), n. 11-12 (1985-1986), pp. 293-329.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Miqui Otero, «Jorge Herralde, “Los que desdeñan lo divertido necesitan medicación”», entrevista, El Confidencial, 16 de junio de 2014.

Rafa Rodríguez Gimeno, «La risa según Paco Mir» (entrevista), Verlanga, s/f.

Sergio Vila-Sanjuán, «Jeeves y Wooster, la vida es una comedia», Zenda, 1 agosto 2016.

Corréard, el célebre editor antiborbónico que naufragó

Una de las dificultades a la hora de conocer a los editores del siglo XIX y su labor es conseguir una imagen de los mismos. Con suerte, el investigador puede toparse con algún grabado publicado en periódicos de la época, en particular si además de la edición el personaje en cuestión se dedicaba también a la escritura creativa, o a alguna otra profesión que por entonces tuviera algún tipo de glamur. Mucho más raro es toparse con algún que otro editor decimonónico en óleos donde pueda asomar entre algún grupo de escritores o artistas, pero absolutamente extraordinario es el caso del editor que aparece, con todo merecimiento e implacable lógica, en uno de los cuadros más famosos de la historia de la pintura occidental, La balsa de la Medusa de Théodore Géricault (1791-1824).

Alexandre Corréard (1788-1857) se formó como ingeniero geógrafo y en calidad de tal inició el 17 de junio de 1816 el desastroso viaje que, paradójicamente, propició que Géricault le inmortalizara, pues fue uno de los quince supervivientes (de 160 embarcados), cuando la fragata en la que viajaban, La Méduse, encalló ante la costa mauritana el 2 de julio, y uno de los diez que llegó vivo a Francia. Las peripecias de ese naufragio, en el que no faltaron motines, asesinatos e incluso episodios de canibalismo, fueron contadas a menudo y desde el primer momento en detalle, y en tiempos más recientes Arabella Edge la convirtió incluso en novela (The God of Spring/The Raft; en español, en traducción de David León: El naufragio de «La Medusa»). Entre otras versiones, en 1931 Armand Praviel había publicado un relato novelado por entregas en Lectures pour tous con el título La tragédie du radeau de la Meduse, publicado en 1934 en volumen en Flammarion. La primera versión teatral publicada fue la de Adolphe d´Ennery (1811-1899) y Charles Desnoyer (1806-1858), aparecida en Barbré en 1864.

Fue precisamente el hecho de convertir en libro su dramática experiencia lo que hizo que Corréard perdiera su puesto de ingeniero colonial y, como consecuencia de ello, se convirtiera primero en librero y luego en editor (distinción inapropiada para la época). En noviembre de 1817 publicaba a cuatro manos con otro protagonista de su epopeya náutica, el cirujano de a bordo Henri Savigny (1793-1843), el libro no autorizado de larguísimo título Naufrage de la frégate La Méduse, faisant partie de l’expédition du Sénégal, en 1816, que apareció en Hoquet y de la que, en versión ampliada con unas Notes sur le naufrage de La Méduse, del ingeniero de minas y también superviviente del naufragio Charles Marie Brédif (1786-1818), Eymery publicaba ya al año siguiente una segunda edición, en  cuyo pie se indica que puede encontrarse el libro en la Librería de la Minerve Française, de Eymery, en Delaunay y en la librería de Madame Ladvocat, así como en los establecimientos de Treutell & Wutz, en Estrasburgo y Londres.

A esas alturas el escándalo del naufragio y de toda la expedición, atribuible a una pésima preparación y a la ineptitud contrastada de su bisoño capitán, había tomado ya enormes proporciones, en buena medida como consecuencia de la decisión de Savigny y Corréard de mandar una instancia al gobierno francés reclamando indemnizaciones y el castigo de los culpables, sin ningún éxito (después de mucho reclamar, la Marina le pagaría 250 francos, cuando reclamaba 9.000). El escritor y crítico de arte inglés Julian Barnes (n. 1946) atribuye a ese fracaso la decisión de publicar su Naufrage de la frégate La Méduse.

De 1821 es una interesante quinta edición (más bien una refundición) de esta polémica y escandalosa obra –puesto que el gobierno francés pretendía enterrar el asunto del naufragio cuanto antes– en la que aparecen diversos añadidos: Jugement, del oficial de Marina Hugues Duroy de Chaumareys (1763-1841), la Mémoire présenté aux Chambres par M. Corréard, el Procès de M. Corréard, una «Liste des souscripteurs en faveur des naufragés»  y una «Ode sur le naufrage de La Méduse» escrita por Louis Brault (1782-1829) que ya se había publicado en Delaunay en 1818, pero mucho más interesante resulta la inclusión de ocho grabados de artistas diversos, entre los cuales Géricault. En esta edición aparece ya como pie editorial «Chez Corréard Libraire, Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 258».

 

Esbozos de Géricault de los rostros de Savigny y Corréard para “La balsa de la Medusa”.

Pero ya antes de su propio libro con Savingny, Corréard había publicado, como Corréard & Pellicer, algunos títulos que le situaban políticamente a la izquierda, como las Lettres de Henri Saint-Simon [1760-1825] a messieurs les jurés que doivent prononcier sur l´accusation intentée contre lui (1820) o las Chansons. Deixième recueil, de Pierre-Jean de Béranger (1789-1857), que le valieron un escandaloso juicio que llevó al poeta a prisión.

Alexandre Corréard.

Con  su propio nombre publica en 1822 Corréard algunas obras colectivas en las que él mismo participa también como autor, caso de las Mémoires pour servir à l´histoire de la vie privée: du retour et du règne de l´empereur Napoléon en 1815, en el que le acompañan como coautores quien fuera secretario particular del emperador, el barón Alexandre Édouard Fleury de Chaboulon (1779-1835), y el ingeniero agrónomo y publicista suizo Fréderic Lullin de Châteauvieux (1772-1842), a quien se atribuye el texto autobiográfico apócrifo de Bonaparte Manuscrit venu de Sainte-Hélène d´une manière inconnue. Y es el caso también de Qu´est-ce que le Tiers état? precedé de l´Essai sur les privilèges par l´abbé Sieyès… Nouvelle édition augmenté de vingt-trois notes par l´Abbé Morellet, en el que le acompañaban también diversos autores (el impresor Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet, Camille Chabanueau y Emmanuel-Joseph Sieyès).

Sin embargo, en septiembre de 1822 Corréard fue condenado por falsificación (sin pruebas del todo convincentes), lo que dados sus antecedentes conllevaba la pérdida de la autorización para operar como de librero-editor, y de nada le sirvió alegar que había puesto la empresa a nombre de su hermano. Su empresa fue cerrada y durante la venta de sus fondos se le embargaron 80.000 volúmenes; y empezó entonces su labor como editor clandestino.

A. Dumas, padre.

De la confluencia de sus intereses científicos y sus ideas políticas surgió lo más maduro de sus creaciones. Corréard fue uno de los miembros destacados de la organización secreta de los Carbonarios franceses, a los que Alejandro Dumas padre haría célebres con Mohicanos de París (1802-1870), lo que le acarreó muchos problemas con la justicia; de hecho, a lo largo de su vida Corréard acumularía casi ocho años completos en prisión.

Henri Beyle (Stendhal).

En 1825 pone en circulación el Journal des sciences militaires y apenas tres años más tarde el más ambicioso Journal du Génie Civil, des Sciences et des Arts, pero la publicación de numerosos panfletos políticos no dejaron de propiciar encontronazos con la justicia, y el hecho de que su librería se hubiera convertido en centro de tertulia de escritores, artistas y periodistas hostiles a la Restauración borbónica ponía las cosas muy fáciles a la policía, que en numerosas ocasiones registró también su casa particular y en 1828 a punto estuvo de encarcelarlo de nuevo por «poner en circulación una enorme cantidad de panfletos incendiarios». Fueron tiempos difíciles para un hombre que sabía muy bien lo que era encontrarse en una situación límite y salvarse en el último instante.

Como es fácil suponer, participó activamente en los movimientos revolucionarios de 1830 que lograron acabar por fin con los Borbones y casi inmediatamente se le condecoró con la Cruz de la Legión de Honor, cosa que hizo que el gran Stendhal (1783-1842), interpretándolo como un acto de reparación histórica, escribiera al conde de Argout (Antoine-Marie Apollinaire d´Argout, 1782-1858, por entonces ministro de Marina y Colonias en el gobierno de Jacques Lafitte): «Os felicito por la Cruz otorgada al pobre diablo de Corréard y a otros náufragos».

Thédore Géricault, pionero del romanticismo pictórico.

Todavía tuvo tiempo y fuerzas Alexandre Corréard, a sus sesenta años, para presentar candidatura, sin éxito, a las elecciones a diputado en 1848, pero a la vista de los resultados decidió retirarse al pequeño priorato de Basses-Loges, cerca del bosque de Fontainebleau (y a unos sesenta kilómetros de París), donde murió en 1857. Poco después de su fallecimiento se hallaron entre sus pertenencias cuatro acuarelas de Théodore Géricault, el pintor que lo había inmortalizado.

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Fuentes:

Fondation Napoleon, Naufrage de La Meduse, 4 juillet 1816, Fondation Napoleon-Gallica Bibliothéque Numérique, 2016.

Julian Barnes, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, traducción de Maribel de Juan, Barcelona, Anagrama (compactos), 2017.

Julian Barnes, «Géricault: La catástrofe convertida en arte», en Con los ojos bien abiertos, traducción de Cecilia Ceriani, Barcelona, Anagrama, 2018.

Jacques-Olivier Boudon, Les naufragés de La Méduse, París, Belin, 2016.

 

 

Ediciones Peisa: Luchar contra la piratería en Perú

En el longevo e histórico catálogo de Ediciones Peisa —en 2018 cumple cincuenta años—pueden encontrarse a algunos de los nombres más famosos de la literatura de ese país, de  José Maria Arguedas (1911-1969) a Mario Vargas Llosa (n. 1936), de Ciro Alegría (1909-1967) a  Alonso Cueto (n. 1954) o de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) a Antonio Cisneros (1942-2012) y Alfredo Bryce Echenique (n. 1939). Sin embargo, la iniciativa de fundar la editorial partió de un hombre bregado previamente en el mundo del libro en su Ecuador natal, José Muñoz Rodríguez (1910-2013).

José Muñoz Rodríguez.

José Muñoz Rodríguez había creado en 1940 en Guayaquil, con sus hermanos Agustín, Julio y Alonso (este último como director), la librería Selecciones, y poco después una distribuidora de libros y revistas, Muñoz Hermanos. Sin embargo, en 1949 José se trasladó a Lima para iniciar una andadura por cuenta y riesgo, que no tardó en dar un primer paso importante con la creación en 1951 de la Distribuidora Inca, y dos años después  con la fundación de lo que acabaría por convertirse en una de las más importantes y populares cadenas de librerías de Perú, La Familia.

Con esta experiencia, y el conocimiento que sobre el panorama libresco peruano le habían dado por entonces sus numerosos viajes por el país, el 9 de diciembre de 1968 José Muñoz Rodríguez dio el paso a la publicación de libros con la creación de Ediciones Peisa, con la voluntad explícita de dar sobre todo a conocer a los autores peruanos y con unos primeros títulos que daban ya la medida de sus intenciones y orientación: Horas de lucha (1969), del poeta y ensayista anarquista Manuel González Prada (1844-1918), cuya primera edición era de 1908 y subsumía su importante ensayo previo Nuestros indios (publicado originalmente en 1904); el Manual de arqueología peruana (1969) del eminente historiador, antropólogo y arqueólogo Federico Kauffmann Doig (n. 1928), padre de la teoría aloctonista sobre el origen de la cultura andina; el Diccionario kechwa-castellano/ castellano-kechwa, del profesor represaliado César A. Guardia Mayorga (1906-1983), que defiende en el prólogo a este libro «el principio reconocido al derecho que tienen los pueblos a expresarse y desarrollar su cultura en su propio idioma», y la antología de Ensayos revolucionarios de Perú, preparada por Alfonso Molina (quien en 1934 ya había publicado en Chile Poesía revolucionaria de Perú y en 1967 Cuentos revolucionarios de Perú) y que incluye textos del ya mencionado González Prada y del pedagogo y político José Antonio Encinas (1888-1958), el historiador y antropólogo indigenista Luis Eduardo Valcárcel (1891-1987), el periodista y escritor marxista José Carlos Mariátegui (1895-1930), conocido también como El Ayamauta (del quechua hamawt’a [maestro]) y el historiador, diplomático y ensayista político Raúl Porras Barrenechea (1897-1960).

El gran éxito le llegó a Peisa en 1973 con la Biblioteca Peruana, de cuyo primer número, Crónica del Perú, de Pedro Cieza de León (1520-1554), vendieron ya 120.000 ejemplares, y al que siguieron otros de César Vallejo, Ciro Alegría, Vargas Llosa, el Inca Garcilaso de la Vega, Clorinda Matto de Turner, Flora Tristán, hasta un total de sesenta y cinco títulos que cerraba Cuentos turbios del faulkneriano Carlos E. Zavaleta (1928-2011). Sin embargo, también empezó a ser importante la edición de literatura infantil y juvenil, en un catálogo que crecía diversificándose.

Por otra parte, los tiempos más duros para Peisa llegaron a finales de los años noventa, cuando se encontraba ya al frente de la editorial Germán Coronado (quien en 1983 había sustituido en el puesto a su esposa, Martha Muñoz, hija de José Muñoz Rodríguez), quien, en unas jugosas declaraciones a Virginia Vílchez, atribuye esas dificultades a las turbulencias del Fujimorato:

…entramos en una profunda crisis económica por causa de la piratería orientada contra Peisa durante una década por Montesinos que, estoy seguro, quería quebrar la empresa. Estoy persuadido de que Vladimiro Montesinos enfiló el ataque de la piratería contra PEISA, porque nosotros éramos, en aquel entonces, los editores exclusivos en el Perú de Mario Vargas Llosa, quien se había convertido en el principal crítico del régimen corrupto. Hay que recordar que el 6 de abril de 1992, al día siguiente del autogolpe de Fujimori […], Vargas Llosa pidió a la comunidad internacional organizar un bloqueo económico contra el Perú para expulsar a la que él llamó «dictadura cívico-militar». Desde ese momento Vargas Llosa fue vilipendiado por el fujimontesinismo, a través de la prensa adicta al régimen, y hasta se le inició un proceso penal por presuntamente haber cometido un acto de traición a la patria. En un artículo publicado en un diario de circulación nacional, un conocido escritor y catedrático universitario pidió a sus lectores que no compraran los libros de Vargas Llosa en edición original. El absurdo argumento que esgrimía este personaje es que «un traidor a la patria» no merecía que le compraran libros originales y si alguien quería leer alguna de sus obras, debía comprarlas en edición pirata. Ese fue el inició de una campaña de demolición contra Vargas Llosa, y de carambola, ¡contra Peisa! Cada vez que Peisa sacaba algún libro de interés nacional, como, por ejemplo, Ciudadano Fujimori de Luis Jochamowitz, o Desafíos a la libertad, del propio Vargas Llosa, inmediatamente se me lanzaban los piratas encima, me despedazaban. Esto fue así a lo largo de diez años, del 92 al 2001 más o menos.

Conociendo estos antecedentes, no es de extrañar que cuando en 2014 Germán Coronado accedió a la presidencia de la Cámara Peruana del Libro subrayara la lucha contra la piratería como uno de sus objetivos prioritarios.

Sin embargo, no se amilanó, y al lado de vivir amenazado de muerte, una deuda de un millón y medio de dólares debió de parecerle un problema secundario; así pues, logró salir del mal paso mediante una política de edición de grandes obras en colaboración con periódicos, primero (en 2001) con El Comercio y los diecisiete tomos de la Enciclopedia Ilustrada de Perú, de Alberto Tauro del Pino, al año siguiente, con el mismo periódico, los veinticinco volúmenes de la Gran Biblioteca de la Literatura Peruana, ambas obras de tiradas estratosféricas, luego, en 2003, la también exitosa Gran Biblioteca de la Literatura Latinoamericana, que engalanaba en su primer número la mítica novela de García Márquez Cien años de soledad y que llegó a vender unos 900.000 ejemplares de algunos de sus títulos. Posteriormente llegarían los seis volúmenes de Historia y Arte del Perú Antiguo, de Kauffmann Doig, en colaboración con La República, o los veinticuatro del Atlas Regional de Perú, con el mismo periódico, entre otras iniciativas similares.

Miembro desde su fundación en 2007, con Borrador Editores, Matalamanga, Círculo Abierto, Estruendomudo y Jaime Campodónico, entre otros, a la ALPE (Asociación Peruana de Editores Independientes, Universitarias y Autónomas), integrada a su vez en la Alianza Internacional de Editores Independientes, Peisa lanzaba en esos mismos años una ambiciosa colección de veinte títulos destinada al lector infantil, Los Bichitos Curiosos, de la que se tiraron cerca de un millón de ejemplares, y cuenta en el momento de cumplir medio siglo con un catálogo tan amplio como diversificado, si bien centrado muy predominantemente en autores y temas peruanos.

Fuentes:

Anónimo, «Murió fundador de Ediciones Peisa, Distribuidora Inca y Librerías La Familia», Serperuano, 5 de abril de 2013.

Anónimo, «¿Libreros libres?», IDL-Reporteros, 24 de enero de 2014.

Black Arrow, «Colección Biblioteca Peruana», La Flecha Negra- Siglo XV, 24 de septiembre de 2011.

Edwin Cabello, «FIL de Lima, el salvador de Peisa», Lima Gris, 18 de julio de 2018.

César Ferrerira, ed., Edgardo Rivera Martínez: Nuevas lecturas, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006.

Virginia Vilchez, «Peisa y el florecimiento de sus proyectos editoriales enmedio de la crisis», Librospruanos.com, julio de 2008.

El muy prolífico traductor anarquista José Prat (1867-1932)

La página que dedica a José Prat (1867-1932) el catálogo de la Biblioteca Nacional de España lo identifica como autor de ocho obras y participante en otras dieciocho (como traductor), lo que difícilmente puede explicar la fama de prolijo que tiene el traductor anarquista a quien Pío Baroja inmortalizó al inspirarse en su trayectoria –y en la de Ricardo Mella– para crear a algunos de los personajes de la novela Aurora roja (1905), con la que se cierra la trilogía La lucha por la vida que forma con La busca (1904) y Mala hierba (1904).

José Prat.

Son evidentes las carencias en este caso de la página de la Biblioteca Nacional cuando a este José Prat –que no debe confundirse con el abogado y diputado socialista español José Diosdado Prat García (1905-1994), exiliado en Colombia–, Alejandro Civantos lo describe en Leer en rojo como «incombustible traductor», «figura principalísima en el movimiento editorial anarquista», «el habitual traductor de las editoriales alternativas» y «proteico traductor y activo propagandista». Por supuesto, su obra es bastante más amplia que la registrada y conservada en la BN, y no sólo porque se sirvió de seudónimos para firmar algunas obras.

Aun cuando hay quien menciona Barcelona como lugar del nacimiento de Prat, suele identificársele como vigués, al igual que Ricardo Mella (1861-1925), quien en 1896 le acogió temporalmente en su casa en Vigo. La primera militancia política de la que hay constancia fue en el Partido Republicano Democrático Federal, pero ya en 1890 José Prat se había decantado por el anarquismo.

Ricardo Mella.

Seis años más tarde se convertía en el traductor principal de los volúmenes publicados por el periódico coruñés El Corsario, que tras una primera etapa entre 1890 y 1892 (212 números), inició el 9 de enero de 1896 una segunda que se extendió hasta el mes de octubre de 1908, y que debe su fama a la colaboración en él de José Martínez Ruiz (1873-1967), luego célebre como Azorín. Según cuenta Civantos Urrutia en su enjundioso estudio: «en su haber cuenta [la biblioteca El Corsario] la nueva traducción de Entre campesinos, de Errico Malatesta, que fue la más popular en nuestro país y llegó a alcanzar la hiperbólica cifra de 35 ediciones en distintas bibliotecas y casas editoras alternativas». Ese año 1896, Prat había llegado desde Barcelona a Vigo huyendo de la represión que siguió a los procesos de Montjuïc, y en julio de ese año pasó unos días en Londres (en el Congreso Internacional Socialista de los Trabajadores y de las Cámaras Sindical Obrera) durante los cuales trabó amistad con estacados intelectuales a los que tarde o temprano traduciría, como los italianos Errico Malatesta (1853-1932) y Pietro Gori (1865-1911) o el francés Augustin Hamon (1862-1945).

Del año siguiente, 1897, es la publicación del duro alegato contra los juicios de Montjuïc La barbarie gubernamental en España, atribuido a Mella y Prat (firman R.; y J.P.) y aparecido con pie editorial de la Imprenta de El Despertar de Brooklin (Nueva York), así como el viaje del traductor y activista a Buenos Aires. En la capital argentina entró en contacto con el ebanista y anarquista catalán Gregori Inglán Lafarga (¿?-1922), que el año anterior había puesto en marcha con el anarcocomunista individualista Manuel Reguera el periódico La Revolución Social (19 números) y en 1897 fundó el más importante y duradero La Protesta Humana (1897-1902), del que Prat se convirtió en uno de los colaboradores principales y en contacto clave para atraer las firmas de figuras como Mella y Anselmo Lorenzo, entre otros. Además, empezó una traducción de algunas obras que luego fueron muy reeditadas en España, como Los crímenes de Dios, del filósofo anarquista Agustin Faure, y Entre campesinos, de Malatesta.

Sin embargo, al cabo de un año José Prat regresaba a España, y a partir de entonces es cuando empiezan a aparecer con mayor asiduidad sus traducciones más importantes, tanto del italiano como del francés. De 1898 es por ejemplo, aun en Buenos Aires, la de la muy popular pieza de Pietro Gori Primero de Mayo. Boceto dramático en un acto e himno coral, que luego publicarían Juventud Libertaria, La Tipográfica, Biblioteca Tierra y Libertad, Biblioteca Acracia, Perseo, Ediciones Internacionales y Vértice.

A principios de siglo, su firma aparece en algunas publicaciones barcelonesas singularescomo Natura (1903-1904), subtitulada Revista quincenal de ciencia, sociología literatura y arte, fundada y dirigida por Anselmo Lorenzo y entre cuyos colaboradores habituales se contaba Mella.

En 1904 apareció como número 17 de la Biblioteca de la Juventud Libertaria una conferencia de Prat pronunciada en Vilanova y la Geltrú, Nuestras ignorancias, y al año siguiente Ser y no ser. Y del mismo año es la primera edición de su traducción de Por qué somos anarquistas, del abogado y teórico del socialismo libertario Saverio Merlino (1856-1930) en Juventudes Libertarias, que luego recuperaría la colección Tierra y Libertad.

También publica Prat en esos años en la revista ilustrada de orientación naturista y neomalthusiana promovida por la Liga de Regeneración Humana Salud y Fuerza (1904-1914), que dirigía el médico Luis Bulffi (1867-191?) y en la que pueden leerse textos de Émile Armand, Emilio Gante, Vicente García, Anselmo Lorenzo y Charles Malato, y que incluso publicó diversos folletos de escritores anarquistas como Errico Malatesta (entre ellos la traducción de Prat de Nuestro programa, en 1909), Pietro Gori, Jean Grave, Agustin Hamon, Bernard Lazare, el muy famoso ¡Huelga de vientres!Medios prácticos para evitar las familias numerosas, de Bulffi (1906) o el del propio José Prat La burguesía y el proletariado (apuntes sobre la lucha sindical).

De esos mismos años pero con fechas de publicación difíciles de precisar, registra la Biblioteca Nacional varios títulos traducidos para la valenciana editorial Sempere, entre los cuales Una mujer (1907), de la activista feminista Sibilla Aleramo (Rina Faccio, 1876-1960), Un sueño de amor (1908),  de la también feminista italiana, anarquista convertida al islamismo, Leda Rafanelli (1880-1971), Juan Jacobo Rousseau (El jacobinismo y la Revolución Francesa), de Aguste Dide (1839-1919), etc.

A partir de 1914, aproximadamente, no dejan de aparecer traducciones suyas, en muchos casos reediciones,  en su mayor parte en las ediciones de Tierra y Libertad, como Influencias burguesas sobre el anarquismo (1918), del pedagogo anarquista Luiggi Fabbri o República y Anarquía, del cirujano y tipógrafo Nicollo Converti (1918), que previamente había publicado en CNT-Biblioteca Acracia y en Vértice, y con el seudónimo Forward publica la «novela consciente» ¿Herejías?

Civantos Urrutia, en un libro imprescindible para seguir a personajes de la cuerda de José Prat, registra libro organizado como un debate ficticio entre éste y Adolfo Marsillach i Costa (1868-1935), lerrouxista y furioso anticatalanista (y abuelo del célebre hombre de teatro homónimo), acerca de la posibilidad de implantar el anarquismo, que en 1919 dio pie a otro título de la Biblioteca Tierra y Libertad, Una polémica, en el que se reúnen artículos publicados por Marsillach en El Diluvio junto a otros de Prat en Alba Social.

De años posteriores son sus libros Orientaciones (1916), Libertad y comunismo (1924) y La sociedad burguesa (1932), entre otros, pero desde que en 1925 abandona el periodismo, así como había ido abandonando el activismo político, parece que tampoco se dedica tan intensamente a la traducción, antes de morir en Barcelona el 17 de julio de 1932.

 

Fuentes:

Anónimo, «José Prat, anarquista y periodista», en CNT Puerto Real.

Cesáreo Calvo Rigual, «Las traducciones de obras literarias italianas publicadas en las editoriales Sempere y Prometeo (1900-1936)», en Miguel Ángel Vega Cernuda y Juan Pedro Pérez Pardo, coords., La traducción de los clásicos: problemas y perspectivas, Madrid, Universidad Complutense, 2005.

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo (Colección Investogación, 3), 2017.

Ignacio C. Soriano Jiménez, L’Anarquisme a Tarragona. Formós Plaja i Carme Paredes, Tarragona, Publicacions de la Universitat Rovira i Virgili, 2016.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Bibliografía del anarquismo en España, 1968-1939.

La relación (mala) entre dos escritores y editores: Pedrolo y Sales

Manuel de Pedrolo.

En el ámbito de la edición, Manuel de Pedrolo (1918-1990) es recordado sobre todo como creador en 1963 de una impactante colección de novela policíaca en el seno de Edicions 62, La cua de palla, cuyo propósito evidente era –dando así respuesta a una reivindicación ya añeja de críticos como Rafael Tasis (1906-1966)–, normalizar la lengua y la literatura catalana mediante la publicación de novela de género de éxito, con buenas traducciones de autores clásicos (Chandler, Hammett. Chester Himes, Simenon) y la incorporación de algunos escritores más o menos jóvenes (el propio Pedrolo) a los que se pretendió sin éxito incentivar en el cultivo del género. Sin embargo, ya antes había hecho Pedrolo trabajos como corrector, traductor y asesor para Bruguera (entre otras cosas, corrigió novelas de Corín Tellado), y en 1951 empezó a desempeñar las mismas tareas para la editorial Albor de Ferran Canyameres (1898-1964).

Por su parte, Joan Sales (1912-1983) había dejado atrás una época de formación en México durante su exilio y estaba al frente del Club Editor cuando trabó contacto con Pedrolo.

Núria Folch y Joan Sales.

Es sabido que, como consecuencia de sus diferencias sobre en qué debía consistir la labor del editor, no llegaron a un acuerdo para incorporar ninguna novela de Manuel de Pedrolo al catálogo del Club Editor. De hecho, las diferencias en este sentido eran tan abismales que lo extraño hubiera sido cualquier otra cosa. Así lo explica Marta Pasqual, en su análisis del Sales editor:

Fueron bastantes los autores que no llegaron a publicar las novelas previstas. Algunos, como Manuel de Pedrolo, debido al hecho de que, según Sales, escribía para sí mismo y no tanto para los lectores y, en consecuencia, no estaba dispuesto a aceptar ninguno de los cambios propuestos por el editor.[la traducción de esta cita, como de todas las demás, es mía]

La apreciación parece bastante acertada, y Àlex Milian y Xavier Aliaga han resumido bien el meollo del problema en un reportaje en El Temps, sirviéndose del utilísimo estudio de Bel Zaballa:

Sales pretendía más concreción y contención de Pedrolo para extraer lo mejor de su talento, obras más condensadas. De más reescritura que escritura compulsiva. Esos consejos y sugerencias ofendieron a Pedrolo. La relación con el responsable de Club Editor no acabó bien: la correspondencia entre Sales i Rodoreada es prueba de ello. Pero, como recuerda Zaballa, el escritor «tenía claro que, si continuaba escribiendo, lo haría a su manera, “pese a objeciones, obstáculos y trabas de todo tipo, porque no podía, ni quería, dejar de ser quien era».

Manuel de Pedrolo era un autor prolífico que no estaba en absoluto dispuesto a aceptar sugerencias de nadie para retocar sus obras, por muy buena intención que se pusiera al hacérsele, y lo cierto es que tampoco fue muy receptivo a las críticas que, sin ambages y muy abiertamente, le hizo Sales cuando tuvo oportunidad de leer sus inéditos.

Cuenta Zaballa que, un año después de quedar impresionado por la puesta en escena de la pieza de Pedrolo Cruma (1957), Sales escribió al novelista solicitándole su colaboración en Club Editor porque tenía mucha fe en él, y que como respuesta obtuvo el envío de la obra escrita en 1953 y por entonces inédita Un de nosaltres (que se publicaría en 1963 en Selecta como Balanç fins a la matinada). Ante la negativa a trabajar sobre un texto que a Sales le pareció –y así se lo dijo a su autor– un tostón, Pedrolo replicó que no escribía para «distraer a la gente, sino todo lo contrario», pero aun así le mandó (con la misma suerte) una segunda obra: Avui es parla de mi, escrita también en 1953 y que Edicions 62 publicaría en 1966. Sales le propuso algunos cambios, que Pedrolo tampoco aceptó, y les mandó una novela escrita en 1952, Cendra per Martina (que según Zaballa finalmente publicaron, aunque no he encontrado una edición de Club Editor y la primera parece ser la de Proa en 1965).

Sin embargo, según contó el también editor y escritor Carlos Pujol (1936-2012), traductor además al español de la Incerta glòria de Sales, éste le dio una versión bastante distinta de este mismo asunto:

Sales me contó que un día fue a verle Pedrolo y le dijo: «Es una vergüenza que a un autor de tanto éxito como yo, el Club no le haya publicado nunca nada». «Tráigame algo y lo hablamos», le dijo Sales. Le mandó quince novelas inéditas, me explicó. Y me dijo «¿Puede creerse que no me gustó ni una? Tuve que decirle que no».

Desde luego, de tres a quince va un trecho que difícilmente puede atribuirse a un error de memoria, pero costará averiguar quién camufló la verdad para salir airoso del asunto.

Más tinta han hecho correr las numerosas referencias, más bien despectivas, que Sales hace a la obra de Pedrolo en su epistolario con Mercè Rodoreda, que el editor ya podía prever que tarde o temprano, póstumamente, saldrían a la luz debido a la importancia de ambos corresponsales en el canon de la novela catalana. Tanto el editor como la narradora, por entonces exiliada en Bélgica, tenían a Pedrolo por ejemplo paradigmático del escritor descuidado, y en cierto modo echado a perder, que gozaba de un favor de los lectores que no se correspondía con la calidad de su obra. Y en este caso la maledicencia no puede atribuirse a la típica envidia del escritor frustrado, pues tanto Sales como Rodoreda conocían bien el éxito y sus obras –en particular Incerta glòria y La plaça del Diamant– eran objeto de traducciones a las principales lenguas y además en editoriales muy potentes.

Sebastià Juan Arbó.

Así, por ejemplo, escribe Sales acerca de la situación de la crítica literaria del momento: «Cuando Pedrolo escribe alguna de sus tonterías sin pies ni cabeza, toda la crítica –salvo Joan Fuster, que calla como un muerto– dice que es genial; lo dicen con tanta más convicción y prosopopeya cuanto menos se la han leído» (carta del 6 de enero de 1967); o comentando la composición del Premi Ramon Llull: «El inconveniente es que en el jurado, además de [Sebastià-Joan] Arbó, están Martí de Riquer y Baltasar Porcel, un par que nunca sabes por dónde te saldrán. Los creo capaces de otorgar el premio a un Pedrolo o a Estanislau Torres» (28 de septiembre de 1967); o incluso en fecha tan tardía como 1979: «Hay una novela de Pedrolo que empieza textualmente así: “Caminava pel novell desenvolupament urbà [Caminaba por el bisoño desarrollo urbano]. Después de devanarme los sesos, conseguí descifrar su significado: quería decir que andaba por el Eixample». Sin embargo, lo valiente no quita lo cortés, y cuando Pedrolo es procesado por las autoridades franquistas acusado de «escándalo público» por mostrar en Un amor fora ciutat una relación homosexual, escribe Sales a Rodoreda: «No olvidemos ambos escribir a Pedrolo con motivo de su proceso», y a continuación le adjunta las señas a las que puede hacerlo (calle Calvet, núm. 9, el domicilio particular del escritor).

Pese a que, al parecer, a Núria Folch le habían gustado algunas de las novelas que había leído de Pedrolo antes de conocerlo y que Sales veía en él un gran potencial, fueron sin duda las discrepancias acerca de cuál era la función que debía desempeñar un editor, de sus diferentes conceptos de lo que era y significaba editar, lo que hizo que no cuajara su relación, y sin embargo es posible que haber publicado en Club Editor hubiera facilitado quizá la traducción de algunas novelas de Pedrolo a otras lenguas más allá de las peninsulares.

Fuentes:

Pere Antoni Pons, «Carlos Pujol sobre Joan Sales», Lluc: revista cultural i d’idees, núm. 864 (julio-agosto de 2018), pp. 16-19.

Montserrat Casals, ed., Mercè Rodoreda-Joan Sales. Cartes completes (1960-1983), Barcelona, Club Editor, 2008.

Joan Fontcuberta, «Pedrolo i La Cua de Palla», Quaderns. Revista de Traducció, núm. 14 (2007), pp. 49-55.

Àlex Milian y Xavier Aliaga, «Capmany i Pedrolo, cent anys de dues veus insubornables», El Temps, núm. 1766 (16 de abril de 2018).

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, A Contra Vent Editors, 2012.

Bel Zaballa, Manuel de Pedrolo, la llibertat insubornable, València, Sembra Llibres, 2018.

Marcel Plans, ¿un comunista de matute en Planeta?

En los años setenta, el escritor y editor Carlos Pujol (1936-2012) forjó en Planeta un equipo de editores de notable relieve en el que figuraron Maite Arbó (hija del insigne escritor Sebastià Juan Arbó), Laureano Bonet, antes de convertirse en director literario de Kairós, Xavier Vilaró (nada que ver con el mando de la Guardia Urbana homónimo), Jordi Estrada y Marcel Plans, que, al igual que Bonet (que había pasado unos años en universidades extranjeras), se incorporó después de una buena temporada fuera del país, si bien en su caso por razones muy distintas.

Marcel Plans en los años ochenta.

Marcel Plans Macià (1933-2017), nacido en Gironella, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, donde coincidió con un grupo de jóvenes notables que formaban el núcleo a partir del cual crecería el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y que tendrían un peso considerable en la universidad y en el sector editorial catalán. Así describió ese grupo, y algunas de las actividades que llevaban a cabo en los años cincuenta, el maestro e historiador Josep Termes (1936-2011), en entrevista con Josep M. Muñoz:

Era todo este grupo, de gente de clase humilde y de línea obrerista [Joaquim Vilar, Feliu Formosa, Joaquín Marco, Marcel Plans]. Y luego estaba el grupo de las mujeres, con Juliana Joaniquet y Maria Rosa Borràs, que eran más castellanoparlantes, de clase relativamente alta y mucho más españolistas y doctrinarias, en la línea de Manuel Sacristán. Este grupo somos los que nos movemos en aquellos años de finales de los cincuenta: hicimos la jornada de Reconciliación Nacional [en mayo de 1958] que había sido convocada por el PCE. Recuerdo que fuimos a casa de Marcel Plans, cinco o seis de este grupo, y con un ciclostil (que por entonces aún no llamábamos «vietnamita»), después de picar los clichés a máquina, hicimos sin exagerar miles de octavillas, de esas pequeñitas; las redactamos, las imprimimos, las recortamos y las estuvimos tirando durante toda la jornada de Reconciliación Nacional.

A decir de Josep Torrell, en buena medida esa era la principal actividad encomendada a la militancia del PSUC:

Ser del PSUC en aquellos años consistía en hacer proselitismo entre los compañeros de universidad o bien mecanografiar con papel carbón algunos artículos de Mundo Obrero para repartirlos luego por algunos buzones. Pellissa facilitó la incorporación de nuevos estudiantes comunistas, como Feliu Formosa, Jordi Solé Tura, Joaquim Vilar, Marcel Plans, Joaquín Marco, Álvaro del Rosal, Josep Mª Gil Matamala, Ricardo Bofill y Jacinto Esteva.

Y por testimonios diversos pueden añadirse a estos nombres de jóvenes universitarios de la barcelonesa facultad de letras, sobre todo, los de Sergi Beser, Salvador Giner, Pere Ramírez Molas, Jaume Lorés, Ricard Salvat o Josep Fontana, así como los de algunos estudiantes de Derecho, como Luis Goytisolo o Joaquim Jordà.

Sergi Beser (1934-2010).

Sin embargo, las cosas no tardaron en complicarse para muchos de estos jóvenes, y en particular para Marcel Plans. Si en junio de 1959 ya habían sido detenidos en Sabadell unos noventa militantes del PSUC como consecuencia de la huelga general pacífica de veinticuatro horas de ese año, en febrero de 1960 se produjo la detención de varios dirigentes y militantes del PSUC de Barcelona y, como consecuencia de ello, Plans se ocultó durante unos días en la taberna que regentaban los padres de Josep Termes hasta que pudo salir del país.

Al igual que Joaquim Vidal Canalda y que Pellissa (que se matriculó en Economía Política en Leipzig), Plans fue a parar a la República Democrática Alemana (RDA), y allí, pese a solicitar ampliar sus estudios de Filosofía, se matriculó en la Escuela de Estudios Cinematográficos de Babelsberg, a las afueras de Berlín. De hecho, hay un curioso rastro de su interés por el séptimo arte y de su paso por esta institución en una interesante carta publicada en el número 17 de la revista Cinema Universitario (correspondiente al tercer trimestre de 1962), en la que Plans cuestiona unas afirmaciones generales que Román Gubern había hecho sobre el realismo social en el número 15 de esa misma revista y desarrolla su propia idea acerca de esta estética y su crisis. También fue en  Berlín donde se reunió con él su novia, Esther Berenguer, muy buena amiga de Anna Sallés (que a su vez acabaría casándose con Manuel Vázquez Montalbán) y donde nació su primera hija.

Por aquellos años, además, Plans veía publicado un cuento suyo en el número 24 de la revista El Pont, después de haber estado mucho tiempo retenido por censura, junto a poemas de Núria Sales, Francesc Valverdú y Joaquim Vilar, cuentos de Joan Roig e Isidre Molas y ensayos de Josep Maria Pandolfi y Jordi Solé Tura, en lo que constituía un homenaje a los jóvenes estudiantes que participaron en el pulso que desde la universidad se había mantenido con las autoridades franquistas en 1957.

Teresa Pàmies(1919-2012).

Sin embargo, hacia 1963 Plans se trasladó a Bucarest para dedicarse a nuevas tareas. Teresa Pàmies ha dejado constancia de la llegada de los jóvenes destinados a revitalizar las emisiones de la clandestina Radio España Independiente, popularmente conocida como «la Pirenaica», en la que Plans se ocultaba bajo el nombre de Pere Sabaté:

Los catalanes que estuvieron en Bucarest cuando yo estaba allí fueron, además de Rosa y Vilaseca, la Reis Bertral, a quien conocía de Francia de la dirección de Mujeres Antifascistas, en la cual yo me ocupaba del periódico, que vino con su madre ya viejecita y que se marchó pronto a Bulgaria. El doctor Josep Bonifaci, que vino a ejercer de médico, y su mujer Elvira, amigos nuestros. Más tarde Jordi Solé Tura y su esposa, Marcel Plans, Esther –su compañera– y sus hijos. Durante unas vacaciones coincidimos con Soledat Real, que hacía poco que había salido de prisión y que era amiga de Federico de la JSU, y que yo había conocido en la prisión de Las Ventas si no me hubiera fugado. […]

Las emisiones en catalán en la REI se hacían los lunes y jueves, y el viernes se hacían en euskera: Antena Euzkadi. Los miércoles o sábados se hacían emisiones para Galicia, no siempre en gallego.

Plans, que había sido uno de los primeros en rechazar que lo recogiera uno de los típicos coches negros con cortinas en las ventanas de la Nomenklatura para llevarlo hasta la sede de la radio (un discreto edificio anexo al Museo de Historia del Partido Comunista Rumano), en 1964 sustituyó a Solé Tura en la dirección de la Pirenaica. Estando en Bucarest, donde mantuvo mucha relación con el mencionado Josep Bonifaci y su esposa Elvira, asistió a la publicación de algunos textos suyos en publicaciones españolas, por lo menos en alguno de los primeros números de la revista gerundense Presencia, fundada en abril de 1965, en la que figuraba como director Manuel Bonmatí y en el equipo de redacción Carmen Alcalde, Maria Aurèlia Capmany, José María Rodríguez Méndez y Ricard Salvat, entre otros.

Maria Aurèlia Capmany (1918-1991).

Aun así, aprovechó las Navidades de 1970 para regresar a España con su pareja y sus hijas, y fue entonces cuando debió de introducirse en el sector editorial, pero muy probablemente con labores no firmadas o tareas que dejan poco rastro. Hay indicios para pensar que incluso firmó traducciones del alemán con seudónimo. Así, la primera presencia localizada es ya de 1974, cuando aparece como jefe de redacción de una colección de libros bellamente encuadernados con material didáctico sobre temas como la televisión, el cine o los cómics, y que iban acompañados de breves narraciones en viñetas ilustradas. Valga como ejemplo el séptimo número, Los misterios de la selva, con un dibujo firmado por Aldoma Puig, texto de Víctor Mora e ilustraciones de Antoni Bosch Penalva. Dirigía esta colección, Enciclopedia Juvenil Pala, Luis Gasca, quien contó con la colaboración de Miguel Arrieta (coordinación editorial), Antonio Martín (coordinación gráfica), José Santamaría (producción), E. Asensio, J. Colomer, M.G. Chacón y P. Olivé (diseño y realización) y Jesús Moreno (corrección). Pala era una editorial dirigida por Mª Ángeles Bosch originalmente creada por Planeta para que se ocupara de la edición y venta de la enciclopedia Larousse en español y que luego se dedicó a la edición de cómics. Es sabido que, del mismo modo que Lara no tuvo reparos en conceder el Premio Planeta a escritores abiertamente antifranquistas, tampoco los tuvo para integrar en la plantilla a intelectuales valiosos sin escarbar en sus antecedentes (otra cuestión es si estaban, o en qué condiciones, asegurados).

Carlos Pujol (1926-2012).

Es de suponer que de Palas rescató Pujol a Plans, y ese mismo año 1974 ambos aparecen ya como colaboradores de Rafael Borràs Betriu en su libro El día que mataron a Carrero Blanco, y en lo sucesivo Plans se ocuparía de muchos de los volúmenes de la exitosa colección de ensayo Espejo de España.

Borràs Betriu, director de esa colección, escribió en sus memorias acerca de la profesionalidad de Plans y Esther:

El editing de la mayoría de estas obras corrió a cargo de Marcel Plans o Esther Berenguer, cuya militancia en el PSUC […] les había llevado al exilio, donde se casaron, en los años sesenta, truncando la que sin duda hubiese sido una brillante carrera universitaria; estuviesen o no de acuerdo cada uno de ellos con las tesis defendidas por los distintos autores, se comportaron ambos con una profesionalidad ejemplar, al margen de sus opiniones personales.

No es un dato menor y vale la pena subrayarlo, pues en el catálogo de esta colección figuran varios bienquistos del franquismo y, entre otras muchísimas cosas, Plans se ocupó de la edición de las muchas obras que Planeta publicó a Ricardo de la Cierva (el que fuera director general de Cultura Popular durante el franquismo). Todo un profesional.

Fuentes principales:

Sergi Beser, «Notes al voltant d’una vella amistat», en AA.VV. A Joaquim Molas, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or), 1996, pp. 43-50.

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Beatriz Burdman, Beatriz «Semblanza de Laureano Bonet (1938- )», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Harmut Heine, «El exilio republicano en Alemania Oriental (República Democrática Alemana)-RDA», Migraciones & Exilios, núm. 2 (diciembre de 201), pp. 111-121.

Josep M. Muñoz, «Josep Termes. La història com a nostalgia», L’Avenç, núm. 369 (junio de 2011), pp. 16-26.

Teresa Pàmies, Ràdio Pirenaica: emissions en llengua catalana de Radio España Independiente (1941-1977), Barcelona, Cosstània Edicions (Memòria del Segle XX, 8), 2007.

Marcel Plans, «Radio España Independiente, la “Pirenaica”, Entre el mito y la propaganda», en Lluís Bassets, ed., De las ondas rojas a las radios libres. Textos para una historia de la radio, Gustavo Gili, 1981.

Josep Torrell, «Cincuenta años sin Octavi Pellissa (1935-1992)», Mientras tanto, núm. 160 (septiembre de 2017), pp. 52-58.