Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales y de docencia, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s, Ínsula, Dosssier, Trama&Texturas). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, escribí un prologuillo al epistolario entre J.V. Foix y Joan Gili y colaboré con Mireia Sopena y Fernando Larraz en la coordinación y edición de Pliegos alzados. La historia de la edición a debate.

La censura estatal contra un editor, el caso de Ragip Zarakolu

Por el hecho de haberse convertido en el adalid de la literatura kurda, armenia y griega en Turquía, entre otros muchos motivos, el editor Ragip Zarakolu, fundador con su esposa Ayşe Nur de la editorial Belge en 1977, se convirtió casi desde el primer momento en objetivo de una censura gubernamental implacable. En particular a partir del golpe de Estado militar de 1980, Belge se distinguió por dar voz a los represaliados, entre los que destacan la treintena larga de libros de todo tipo (poemarios, novelas, cuentos, memorias) escritos por prisioneros políticos kurdos y armenios, pero su espíritu indómito se puso de manifiesto desde el primer momento.

La trayectoria previa de Zarakolu, nacido en 1948, ya permitía prever que su labor como editor entraría en conflicto con el autoritarismo y que no se sometería de buena ni a componendas ni a presiones. Tras graduarse en la universidad, Zarakolu se dio a conocer como periodista en las revistas Ant y Yeni Ufuklar, en ambos casos escribiendo sobre temas relativos a la justicia social, así que tras el golpe de la junta militar de 1971 se le acusó de mantener relaciones secretas con Amnistía Internacional y como consecuencia de ello pasó cinco meses en prisión. El año siguiente, un artículo en Ant sobre el líder revolucionario Ho Chi Mihn (1890-1969) y los crímenes de guerra estadounidenses en Vietnam le llevó a ingresar de nuevo en prisión, en la penitenciaria de Selimiye, donde permaneció encerrado hasta la amnistía general de 1974. Aun así, en cuanto salió se convirtió en un adalid del respeto a la diversidad ideológica y cultural en Turquía, lo cual se tradujo en una constante censura de sus textos, multas y la prohibición de salir de Turquía, lo que le llevó a ampliar sus temas a las vulneraciones de los derechos humanos en otros países. Con estos mimbres, se forjó un editor con un coraje sin apenas punto de comparación.

El primer libro que publicó Belge Yayinlari apareció en enero de 1978 y ya dejaba algunas cosas claras: la Introducción a la vida y la obra de Karl Marx y Friedrich Engels, del revolucionario y archivero ucraniano David Riazanov (1870-1938), célebre por haberse propuesto la ingente tarea de editar las obras completas de estos dos teóricos del marxismo.

Sin embargo, Zarakoulu no abandonó en absoluto el periodismo, sino que en 1979 sería uno de los fundadores del periódico Demokrat y se puso al frente de la sección de internacional de esta cabecera(que un año después era cerrado tras el golpe militar de turno), y además su activismo en el ámbito de la libertad de expresión le impulsó a ser uno de los creadores de la Asociación Turca de Derechos Humanos (1986), a dirigir el Comité de Escritores en Prisión del PEN Internacional en Turquía y a presidir el Comité de Libertad de Publicación de la Asociación de Editores de Turquía (2007).

La política, la economía, la filosofía y los derechos humanos serían los grandes campos temáticos en los que operó la editorial Belge y los que más contribuyeron a perfilar su identidad, aunque también ha creado colecciones de poesía, de literatura infantil y una colección de literatura, significativamente llamada Marenostrum, destinada a las obras de creación literaria y a dar voz sobre todo a culturas minoritarias del entorno, en muchos casos traducidas (Georgios Andreadis, Ertugul Aladag, Hyr Simon Yeremyan o Franz Werfel).

Otro de los primeros libros importantes en los primeros años fue el del sociólogo político Nicos Poulantzas (1936-1979) conocido en español como La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia, España, aparecido apenas dos años después del supuesto suicidio de su autor (¿víctima de una operación Gladio?), y que publicado en formato de bolsillo que tuvo una difusión muy amplia.

Abundan en el catálogo de Belge los libros colectivos en los que se analizan con rigor académico y con reproducción de materiales históricos o documentales algunos de los temas principales pero intencionadamente olvidados de la historia moderna y contemporánea turca, como es el caso del volumen en 400 apretadas páginas titulado Geçiş Sürecinde Türkiye [El proceso de transición en Turquía], en el que se analiza el desarrollo del capitalismo desde finales del Imperio Otomano hasta 1980, en trabajos llevados a cabo por profesores universitarios que, en muchos casos, fueron víctimas de la represión y expulsados de sus centros de investigación.

De hecho, el golpe militar del 12 de septiembre de 1980 conllevó un cierto cambio en la línea de Belge que se materializó en la ya mencionada publicación de obras escritas por presos políticos.

Si bien el grueso de su catálogo es en turco, en 1988 Belge publicó en inglés Palestine Through documents, del embajador de la OLP en diversos países Ribhi Halloum (Abu Firas), de nuevo casi cuatrocientas páginas, más un pliego de nueve páginas de fotografías y diversos mapas a color en cada uno de los dos volúmenes. Se trata del resultado de casi ocho años de trabajo de recuperación y análisis de documentos sobre la historia de Palestina en un libro que creó cierto recuelo también en Estados Unidos.

En 1990, se añadía al catálogo el libro de Theodor Adorno (1903-1969) conocido en español como Crítica cultural y sociedad, así como un importantísimo estudio del sociólogo y especialista en la cultura kurda Ismail Beşikçi (de cuyos 36 libros, 32 fueron prohibidos en Turquía), sobre la masacre de Dersim (1937-1938).

Muy vinculado a este último libro, en 1995 publicaban la traducción al turco de Yavuz Alogan del estudio del sociólogo e historiador armenio Vahakn Dadrian (1926-2019) Jenosid Ulusal ve Uluslararasi Hukuk Sorunu Olarak: 1915 Ermeni Olay ve Hukuki Sonuçlar [El genocidio como problema de derecho nacional e internacional: el caso armenio de la Primera Guerra Mundial y sus ramificaciones legales contemporáneas]. 

Ese mismo año, la editorial fue la primera en recibir el Premio a la Libertad de Publicación instituido por la Asociación Turca de Editores, y unos años después (en 2008) sería reconocida también su labor en este campo con la obtención del Premio a la Libertad de Prensa de la International Publishers Association (el conocido desde 2016 como Premio Voltaire y que el año anterior había premiado a dos periodistas, el armenio Hrant Dink y la rusa Anna Politskóvskaya). El editor no pudo asistir a la entrega del premio, celebrada en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt, porque las autoridades le habían retirado el pasaporte.

Aunque en ningún momento tuvo una vida plácida, los problemas más graves se habían iniciado ya precisamente en 1995, cuando la sede de la editorial fue atacada con explosivos, en apariencia por un grupo de extrema derecha, y se decidió entonces trsladar las oficinas a un sótano.

Sin embargo, las cosas se aceleraron y agravaron a medida que avanzaba el siglo XXI. En marzo de 2002, tres meses después de fallecida su esposa, Zarakolu tuvo que responder ante la justicia por ella, acusada de divulgar propaganda separatista (se trataba de un cancionero del kurdo Hüseyin Turhalli), y aunque se retiraron los cargos la presencia ante los tribunales se hizo constante. Al año siguiente se le encausó por un libro de Gazi Çağlar sobre el golpe de Estado de Kenen Evran del 12 de septiembre de 1980, y en 2005 tuvo que responder ante los tribunales por un libro de memorias escrito en los años veinte, la traducción al turco de An American doctor in Turkey. Garabed Hatcherian. My Smyrna ordeal of 1922, de la lingüista griega de origen armenio Dora Sakayan, donde se da testimonio de la brutal aniquilación de los griegos de Esmirna, a manos del considerado «padre de la Turquía moderna», Mustafá Kemal Atatürk.

Dos años después (2007) fue un libro del historiador estadounidense David Gaunt sobre el genocidio turco de los asirios entre 1915 y 1923 —que originalmente había publicado en inglés la editorial académica independiente Gorgias Press con el título Massacres, Resistance, Protectors: Muslim-Christian Relations in Esastern Anatolia During World War Iel que le llevó ante los tribunales. Y el año siguiente fue un libro del historiador británico Georges Jerjian sobre el genocidio armenio el que hizo que se condenara a Zarakolu a cinco meses de prisión por «insulto a las instituciones de la República de Turquía».

Finalmente, en octubre de 2011, en el marco de la macroperación KCK (que coincidía con el proyecto de Erdogán de aprobar una nueva constitución), Zarakolu fue detenido en un ambiente muy turbio que, en cuanto a derechos humanos, el informe anual de Amnistía Internacional resumía del siguiente modo:

A lo largo del año se iniciaron miles de procesos judiciales, casi siempre por pertenencia a una organización terrorista, en aplicación de leyes antiterroristas excesivamente amplias e imprecisas, cuyas disposiciones provocaban abusos adicionales.

Por otra parte, en febrero del año siguiente el editor Ragip Zarakolu fue nominado por el Parlamento sueco al Premio Nobel de la Paz, y al año siguiente se exilió a ese país, aunque la editorial siguió en activo, aunque en mayo de 2017, como consecuencia de un allanamiento policial, vio como le confiscaban ejemplares de más de mik de los tírulos que había publicado, pese a que los agentes sólo tenían órdenes de confiscar un libro sobre los apátridas kurdos.

Probablemente no haya un editor tan reiterada y enconadamente perseguido por censura estatal.

Fuentes:

Página web de Belge Yayinlari.

Blog por la liberación de de Ragip Zarakolu.

Anónimo, «Belge Yayınları 40 yaşında», Cumhuriyet, 25 de enero de 2018.

Anónimo, «Publishers denounce raid on Award-Winning Turkish Publisher», International Publishers Association, 17 de mayo de 2017.

Simon Reichley, «Turkish Police confiscate 2.170 books from Belge Publishing House», Melville House, s/f.

Anónimo, «Police raid publishing house in Istambul, detain editors, seize 2170 books», Turkish Minute, 8 de mayo de 2017.

Ragip Zarakolu, «Tragedya» (1), Yeniyasam Gazetesi, 22 de febrero de 2020.

El papel de la propiedad intelectual en la historia de la edición

De ambición y valentía ya había dado muestras Trama Editorial en diversas ocasiones, y de hecho crear una colección como Tipos Móviles bien pudiera parecer un disparate pero el caso es que ha sobrepasado la treintena de títulos después del inicial El nuevo paradigma del sector del libro (2013), de Javier Jiménez y Manuel Gil y hoy agotado. Con todo, con la edición del voluminoso y completísimo libro colectivo Los fundamentos del libro y la edición. Manual para este siglo XXI, a cargo de Michael Bhaskar y Angus Philllips y traducido por el activo bloguero Íñigo García Ureta, Trama ha vuelto a poner de manifiesto su coraje al ofrecer al lector en lengua española un libro magnífico pero destinado a lectores muy exigentes y militantes publicado originalmente en inglés con el título The Oxford Handbook of Publishing (Oxford University Press, 2019).

Entre los muchos textos interesantes que contiene el volumen, el profesor Alistair McCleery, director del Centro Escocés del Libro creado en 1995 en el seno de la Universidad Napier de Edimburgo, dedica uno a los objetivos y la naturaleza de la historia de la edición y a cómo esta ha ido cambiando de rumbo, de objetivos y de intereses, a menudo en función de la cambiante percepción que se ha ido teniendo de qué es un editor y qué es lo que caracteriza su actividad. Objetivos parecidos a esos fueron los que animaron las jornadas de debate que en noviembre de 2016 protagonizaron un grupo de estudiosos españoles, argentinos y mexicanos y que cuajarían finalmente en la publicación en la editorial Trea de Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate (2020), con resultados muy diferentes pero en muchos aspectos complementarios. Asimismo, este texto de McCleery dialoga y se complementa sobre todo con otros dos incluidos en Los fundamentos del libro y la edición, el de la profesora de literatura Simon Murray («Autoría») y el de la investigadora, profesora y consultora en derecho de autor Mira T. Sundara Rajan («Derechos de autor y edición»), ambos también muy jugosos.

Alistair McCleery.

Empieza McCleery por destacar el hecho singular que supone el interés que, a diferencia de otras industrias (incluso entre las culturales), las editoriales han tenido por narrar su propia historia en forma de libro («Las editoriales son instituciones vanidosas» es el potente y provocativo arranque del texto de McCleery). Los lectores españoles pueden dar buena fe de ello, y el hecho de que sean las propias editoriales quienes publican el relato de sus trayectorias (como fue también el caso en Argentina con Editar desde la izquierda en América Latina, por ejemplo, sobre Siglo XXI) generan la sensación inevitable entre quienes se acercan a ellos de que deben evaluarlos con cierto recelo o precaución, no sólo por lo que cuentan y cómo lo cuentan sino también —o tal vez sobre todo— por lo que ocultan o sobre lo que pasan de puntillas. Y no se trata de libros más o menos memorialísticos, que es habitual que se publiquen en las editoriales de los propios interesados (aunque haya excepciones, como El observatorio editorial de Herralde en Adriana Hidalgo o, del mismo autor, las Opiniones mohicanas en Acantilado). Los ejemplos de volúmenes que más o menos vienen a narrar la historia de una editorial o un editor españoles y firman personas distintas a las implicadas pero se publican en la empresa de los interesados son abundantísimos y van mucho más allá de los libros conmemorativos (donde eso sería más comprensible): El oficio de editor de Jaime Salinas en Alfaguara, El cavaller Floïd (sobre Joan B. Cendrós) de Genís Sinca en Proa, Los papeles de Jorge Herralde de Jordi Gracia en Anagrama, Por el gusto de leer de Juan Cruz sobre Beatriz de Moura en Tusquets…

El objetivo declarado de McCleery es explorar «la naturaleza de la historia de la edición» y tratar de distinguirla de «una historia de libros más amorfa y elástica», de la que considera que ha acabado por convertirse en un subconjunto. Además, por una parte «pretende compensar las expectativas autocomplacientes de las historias de las editoriales y, por otra, corregir un desequilibro: el modo en que la historia de la edición se ha desplazado del centro de la actividad académica para acabar en su periferia.»

Para ello, toma como modelo bastante útil e ilustrativo el de HarperCollins, en cuya historia, en un alarde de desfachatez hiperbólico, se arroga como orígenes la de empresas y sellos, «sin importar cuán recientemente han sido adquiridos». Ahora bien, entre los que en lo que llama «la historia ortodoxa» de la edición se han señalado a posteriori como pioneros de la figura del editor evoca (y descarta como tal) a Tito Pomponio Ático, asesor de Cicerón en cuestiones librescas, y que ha dado nombre a algunos proyectos relacionados con el libro (Atticus Booksm, Atticus Bookstore) con el evidente propósito de empaparse de algo de su prestigio o nobleza. Sin embargo, no parece en absoluto claro que Ático actuara como lo que hoy entendemos como publisher o como editor (y el hecho de que en español se use en ambos casos editor no deja de ser un engorro, y, hay que suponer, una traba para Íñigo García Ureta) y en cualquier caso supone aplicar al pasado categorías sólo muy recientemente creadas e inexistentes e inadecuadas cuando se aplican a un pasado tan remoto en el que los sistemas de producción, divulgación y distribución de textos eran tan conceptualemte diferentes a los de nuestros tiempos.

También descarta al segundo candidato, Aldo Manuzio, cuyo logo ha servido de inspiración a muchísimas editoriales en todos los ámbitos lingüísticos (basten como ejemplo, en el ámbito hispánico, el de Barral Editores y los de las colecciones Áncora y Delfín de Destino, Seis Delfines y Áncora de Salvación de Tartessos o la Dolphin Books de Joan Gili i Serra). Incluso un editor tan prestigioso como Roberto Calasso (1941-2021) ha recurrido al ejemplo de Manuzio, en una operación que McLeery juzga como una estrategia autocomplaciente que identifica la realidad con la aspiración, cuando el rasgo que éste considera como el principal de Manuzio es su carácter de innovador tecnológico; en otras palabras: de tecnólogo.

Añade a este desenfoque que supone observar y juzgar el pasado con ojos del presente el eurocentrismo como argumento adicional para descartar estos modelos, y dedica su atención luego a la importancia de las innovaciones chinas, tanto en la creación de tinta como en la de papel y en la de impresión, para acabar identificando como las primeras empresas destinadas a la edición (publishing) las imprentas de Plantin-Moretus, fundada en Amberes en 1564, y de Lous Elzevir, creada en Leiden en 1580, pues su propósito y actividades sí están más en consonancia con las de las empresas editoriales de nuestro tiempo, pero, atendiendo al desequilibrio entre publicación de novedades y de reimpresiones, McCleery identifica como «el comienzo de la historia editorial per se» el momento en que se introduce «la propiedad intelectual como un principio exigible», pues su concepción de la labor editorial se identifica muy estrechamente con el comercio de propiedad intelectual, al margen de que este comercio acabe materializándose en forma de libro impreso, de archivo de bites o de cualquier otra forma.

A partir de ese momento, el texto hace un recorrido por la historia paralela de la propiedad intelectual y las industrias basadas en ella que resulta muy sugerente y que nos llevan no sólo hasta el presente sino también un poco más allá, pues, en palabras de McCleery:

Sólo en el contexto de la «propiedad» intelectual sobreviven y prosperan las habilidades y conocimientos acumulados en el mundo de la edición durante los últimos tres siglos. […] A su vez, la supervivencia de la industria editorial contemporánea, que ahora forma parte de las estructuras generales de los medios de comunicación, dependerá de la supervivencia del concepto de propiedad intelectual y de su continua aplicación (desde 1710) en la legislación.

Alistair McLeery, «Historia de la edición», en Michael Bhaskar & Angus Phillips, eds., Los fundamentos del libro y la edición. Manual para este siglo XXI, traducción de Íñigo García Ureta, Madrid, Trama Editorial, 2021, pp. 39-59.

Fernando Larraz, Josep Mengual, Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, prefacio de Gonzalo Pontón, Gijón, Ediciones Trea, 2020

Diálogos interculturales: International Editors’ Co.

La importancia, trascendencia y visibilidad de la agencia literaria de Carmen Balcells ha hecho que a veces pareciera que antes de ella no hubiera nada en el ámbito de la gestión de derechos de autor en España. Y no sólo está un poco desenfocada la imagen de que en el ámbito de la lengua española el de agente literario ha sido siempre una profesión muy predominantemente ejercida por mujeres, sino que resulta engañoso considerar a Balcells (1930-2015) la primera, aunque eso no suponga menoscabar su importancia y trascendencia.

En un artículo publicado originalmente en su libro La otra cara de Jano (Ampersand, 2015) y más recientemente en la revista Trama & Texturas (núm. 42, 2020), el profesor José Luis de Diego ya puso de manifiesto hasta qué punto (pese al entusiasmo de Xavi Ayén en Aquellos años del boom) era imprescindible relativizar la importancia de la agencia Carmen Balcells en aquello que más visibilidad le dio, la gestación del boom latinoamericano, pero también es innegable que la labor de esta agencia contribuyó de un modo definitivo y muy exitoso a despertar el interés de ciertos editores europeos y estadounidenses por la literatura latinoamericana.

El matrimonio Lifezis (Cortesía IECO)

En realidad, se trataba de algo no muy distinto a lo que, unos años antes y quizás en menor escala, agentes como el rumano Vintilia Horia (1915-1992) en la agencia A.C.E.R. (Argentina-Colombia-España-Rumanía) desde 1956 o el húngaro Férenc Oliver Brachfeld (1908-1967) habían hecho con la literatura centroeuropea y en particular con la húngara en la década anterior. Resultaría bastante arduo y quizás incluso imposible dar razón de la enorme presencia de autores como Jenö Heltai (1871-1957), Fryges Karinthy (1887-1938), Lajos Zilahy (1891-1974), Andor Németh (1891-1953), Sándor Márai (1900-1989) o Férenc Körmendi (1900-1972) en el mercado librero español de los años cincuenta y principios de los sesenta sin aludir a la inmensa actividad estos dos hombres de letras y agentes literarios. Y basta con espigar los catálogos de editoriales españolas como Funambulista, Minúscula o incluso Salamandra para advertir hasta qué punto fue una labor fructífera, oportuna y trascendente.

Al otro lado del Atlántico, en Argentina, se había creado ya en 1939 International Editors’ Co., cuya labor en la difusión continuada de los que acabarían por convertirse en clásicos incontrovertibles de la literatura en lengua alemana (de Franz Werfel y Thomas Mann a Beltoltd Brecht y Erich Maria Remarque, de Vicky Baum o Stefan Zweig a Max Horkheimer, T.W. Adorno o Jürgen Habermas, pasando por Arthur Schnitzler, Sigmund Freud y Herman Hesse entre otros muchos) fue también trascendental en la inmediata postguerra.

Edición argentina de una de las traducciones de Anna Lifezis.

La agencia International Editors’ Co. (pronto conocida como IECO) la fundan al poco de llegar a Buenos Aires el matrimonio vienés formado por el abogado de origen judío Hugo Lifczis (que simplifica su nombre a Lifezis) y la editora teatral y traductora del ruso Anna Sherman, que habían llegado a la capital argentina huyendo del auge y expansión del nazismo, que les había puesto incluso en riesgo físico. A su llegada, y tras comprobar la enorme cantidad de libros traducidos del alemán que se encuentran en las librerías bonaerenses, se marcan como primer objetivo proteger los derechos de autor de muchos de sus amigos austríacos, para lo que tuvieron que pugnar con la falta de costumbre que existía en este sentido en el mercado editorial del país de pagar regalías a los autores (y en particular a los extranjeros). Zweig, Mann, Freud, Schnitzler y Baum se cuentan entre sus primeros representados, aunque se centran sobre todo en derechos teatrales y de guiones cinematográficos (para lo que, con muy buen tino, abrirán también una sede en Estados Unidos).

Una de las primeras empleadas a la que contrataron fue la luego celebérrima y reputada historiadora Hebe Clementi, que ha descrito del siguiente modo las oficinas de la agencia del matrimonio Lifezis:

La oficina estaba en su propia casa, un departamento grande en Tucumán y Montevideo. Tenía las paredes tapiadas con fotografías de Max Brod, Stefan Zweig, Joseph Roth, Shalom Ash, Leo Perutz, Franz Molnar, Vicky Baum, Leon Feuchtwanger, Arthur Schnitzler, y había más. Había fotos de escritores, músicos, actores, y estaban todas dedicadas. La tarea era ofrecer libros, artículos, argumentos de obras de teatro o cinematográficos, operetas: era como abrir un mundo nuevo, una cultura diferente. Llegaban también cantidades de libros que mandaba, desde Estados Unidos, el doctor [austríaco Franz] Horch [(1901-1951)], alguien que hacía allá el mismo trabajo que Lifezis quería hacer aquí.

Aspecto de una de las paredes de la sede actual de IECO en Barcelona.

Más trascendencia tendría sin embargo la incorporación a la agencia, precisamente para sustituir a Clementi, del emigrante croata Nicolás Costa, que había llegado a Argentina en 1948 y se sumó al proyecto de los Lifezis a finales de los años cincuenta (¿1958?), pues cuando llegó el momento fue quien dio continuidad a la agencia.

Edición española de una traducción de Anna Lifezis.

Y ese momento llegó con el cambio de década, cuando los Lifezis viajaron a España por cuestiones de salud y José Manuel Lara Hernández (1914-2003), que durante años había publicado con enorme éxito a Vicky Baum, les ayudó a encontrar piso para establecerse en Barcelona. Así pues, no tardaron en abrir una nueva sede de la agencia, que durante un tiempo tuvo su sede en el número 35 de la Vía Laietana (muy cerca de la catedral). Curiosamente, ese mismo año 1960 se creaba en la Ciudad Condal la agencia literaria de Carmen Balcells, poco después de trasladarse Horia a París y asociada muy brevemente con la esposa de Carlos Barral, Yvonne. Y apenas un año antes había llegado a la ciudad la alemana Ute Körner (1939-2008), quien, al igual que Isabel Monteagudo, que se incorporó en 1966 siendo aún estudiante, no tardaría en convertirse en uno de los puntales de la sede española de IECO.

Todo cambió con la muerte de Hugo Lifezis en 1970, pues Anna Sherman, que con distintos nombres (Annie R. Lifczis, Annie Rennei) tenía a sus espaldas una obra muy notable ya como traductora (Franz Werfel, Leo Perutz, Schnitzler, Brecht…), decidió regresar a su país natal, y fue entonces (con Körner actuando ya como editora en Bruguera antes de fundar una agencia con su propio nombre), cuando Isabel Monteagudo tomó las riendas de la empresa, sin que ello le impidiera implicarse muy activamente en los años siguientes en proyectos tan rupturistas y alentadores como la creación de la librería Xoc o en la gestación del pionero colectivo feminista LaSal Edicions de les Dones.

Desde entonces, International Editors’ Co., una agencia marcadamente femenina y feminista en su gestión y modo de funcionar, ha ido ampliando su radio de acción, incorporando en su catálogo de representados a nombres indiscutibles, como los de J.D. Salinger, Peter Sloterdijk, Scott Fitzgerald, Auden, Günter Grass, Dos Passos, Gore Vidal, Michael Ondaatje o el popularísimo J. R. Tolkien. Y Augusto Monterroso, Javier Tomeo y Ramon J. Sender abrieron el camino a la representación directa desde Barcelona de grandes autores en lengua española (Bárbara Jacobs, Rigoberta Menchú y Juan José Flores, entre ellos). Por otra parte, absorbieron otra de las agencias literarias españolas de más larga trayectoria, la creada por el también traductor Julio F[ernández] Yáñez, a cuyo frente se encontraba Montse Yáñez, y fueron una de las pioneras a la hora de promover la cooperación entre agencias, que cristalizó en 2006 con la creación de ADAL (Asociación de Agencias Literarias). En ello tuvo buena parte de responsabilidad también Maru de Montserrat, quien, tras curtirse en la editorial Edhasa, entró en la agencia en 1998 y progresivamente fue poniéndose al volante del proyecto para actualizarlo procurando al tiempo que no pierda identidad.

El equipo de IECO en la despedida de Rosa Bertran (sentada); a su izquierda (también sentada), Isabel Monteagudo; y a la espalda de ésta, Maru de Montserrat.

Fuentes:

Web de International Editors’ Co.

Gabriela Adamo, Valeria Añón y Laura Wulichzer, redactoras, La extraducción en la Argentina Venta de derechos de autor para otras lenguas Un estado de la cuestión 2002-2009, investigación realizada por la Fundación Teoría y Práctica de las Artes por encargo de la Dirección General de Comercio Exterior y la Dirección General de Industrias Creativas y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2009.

Elisa Martín Mayo, Los agentes literarios en España, ISSUU.

Carmen Sesto y María Inés Rodríguez Aguilar, Hebe Clementi. Una vida. Trayectoria intelectual y política, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 2004.

La editorial Rialp y sus conexiones con el Opus Dei

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Historia de Ediciones Rialp» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en junio de 2020.

Dada su peculiar naturaleza, sus múltiples facetas y campos de influencia, hay muchos modos de narrar la historia de una editorial, de cualquier editorial. Es muy probable que a un filólogo le interese sobre todo qué tipo de textos y qué autores se publicaron, pero quizás a un historiador le resulte más atractivo conocer la trayectoria económica de la empresa; un sociólogo tal vez querrá saber hasta qué punto tuvo éxito en el sentido de incidir, mediante sus ediciones, en la sociedad a la cual iban destinadas y qué posición ocupaba en el campo de la cultura, y aún el historiador del arte evaluará si el diseño y la realización de los libros siguió una determinada tradición o en qué medida innovó en el campo del grafismo, por ejemplo, y a qué artistas solicitó su colaboración. No es fácil poder cubrir todos estos frentes a la hora de reconstruir la trayectoria de una editorial, y mucho menos exponerlos de una manera ordenada, equilibrada y coherente.

No hay duda de que, en primer lugar, la disponibilidad de los materiales para llevar a cabo una labor de esta naturaleza condiciona mucho los resultados. En el caso de la Historia de las Ediciones Rialp, la autora ha podido contar con fuentes que raramente se conservan y que, si las comparamos con otros casos, facilitan notablemente la investigación. En primer lugar, y tal como explica en la introducción, Mercedes Montero ha podido acceder al archivo de la propia empresa, afortunadamente conservado en la Universidad de Navarra y que, dada su riqueza y completitud, ha constituido la fuente básica y principal, pero también el Archivo General de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, así como los archivos personales de los principales responsables de Rialp, Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid (estos dos últimos, también en la Universidad de Navarra).

Uno de los méritos que desde el primer momento vale la pena destacar de Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores es haber reconstruido el origen de Rialp mediante la recuperación para el común de los lectores de la figura de la editora María Jiménez Salas (1910-1999) y de la Editorial Minerva, a las cuales en 2017 ya había dedicado un artículo importante pero entonces poco leído: «La editorial Minerva (1943-1946): un ensayo de cultura popular y cristiana de las primeras mujeres del Opis Dei» (Studia et documenta: rivista dell’Istituto Storico San Josemaría Escrivá, vol. 11 (2017), p. 227-263).

Si bien Jiménez Salas fue «alma y motor» de la Minerva, nacida por iniciativa del fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer (1902-1975), la propiedad de la marca era de su más estrecho colaborador, Álvaro del Portillo (1914-1994), y aunque llegó a publicar algunos títulos, entre los cuales la tercera edición del Camino, de Escrivá, en enero de 1947 el proyecto ya estaba en manos de Del Portillo, quien no tardó en rebautizarlo como Rialp (en recuerdo de una anécdota poco menos que milagrosa que había protagonizado Escrivá en el pueblo leridano de ese nombre).

José María Escrivá de Balaguer.

A partir de este punto, la autora expone la historia de la editorial Rialp centrándose, sobre todo, por un lado en el tipo de autores y de títulos que fueron publicándose en las diversas colecciones que se fueron creando (haciendo hincapié en aquellos que se publicaron por primera vez en español), e incluso deja constancia de proyectos que quedaron truncos y de títulos que nunca llegaron a ver la luz, y además lo contextualiza con pinceladas un poco impresionistas sobre la industria y el mercado del libro en las diversas etapas; por otro lado, la documentación a la cual ha tenido acceso la autora le permite describir con mucha precisión los diferentes avatares por los cuales, en el aspecto económico, pasó la empresa, con particular detenimiento en los sucesivos cambios en sus consejos de administración.

Así, en 1947 se hace cargo de la Rialp, como director, el historiador Florentino Pérez Embid (miembro del Opus y más adelante director general de Propaganda, es decir, máximo responsable de la censura franquista), con Ismael Sánchez Bella (también miembro del Opus) como secretario, si bien los editores más activos y ambiciosos fueron Rafael Calvo Serer, director de la famosa colección Biblioteca del Pensamiento Actual (y miembro también del Opus) y, el frente de la colección Patmos, Raimon Panikkar (asimismo miembro numerario, hasta 1966, del Opus).

Raimon Panikkar. (1918-2010).

En 1948 Rialp se constituye ya como sociedad anónima, y a nadie sorprenderá que el control accionarial y por tanto el consejo de administración quede en manos de miembros del Opus Dei, si bien se añaden a ellos personajes como, por ejemplo, el falangista «camisa vieja» Xavier Domínguez Marroquín (que en 1979 aún se presentaría por Falange Española Tradicionalista a las elecciones municipales en Bilbao).

Se detallan también en este libro algunos conflictos de la editorial tanto con la Iglesia como con la censura, así como la alternancia entre etapas de expansión y otras de contracción o incluso de crisis, de las cuales se libran mediante sucesivas ampliaciones de capital y, cuando es necesario, con préstamos de «bancos amigos». Capítulo aparte dedica Montero, lógicamente, a la enorme tarea que supuso la Gran Enciclopedia Rialp (1965-1977), proyecto acerca del cual se ofrecen todo tipo de datos de interés y pertinencia diversa.

Igualmente detallada es la narración del proceso que condujo a la quiebra de la empresa en 1986, que en este caso se resolvió cuando, de un modo indirecto y sirviéndose de hombres de paja, se vendió el control al empresario y especulador Pablo Bofill de Quadres mediante las Inversiones Inmobiliarias, S. A. De una segunda quiebra en 1996, que parece atribuirse a una manipulación contable que no acaba de quedar del todo clara (como tampoco a quién cabe atribuirla), se sale ya con Miguel Arango al frente de la editorial, cosa que inicia la etapa que nos lleva ya hasta el presente.

José Luis Cano.

En paralelo, también de la trascendental colección de poesía Adonais que dirigía José Luis Cano (1911-1999) va siguiéndose el recorrido, aunque en este caso el lector contaba ya con una cierta bibliografía importante sobre la materia (en particular el Medio siglo de Adonais: 1943-1993, Rialp, 1993). Pero tal vez valga la pena mencionar la sorprendente justificación que la autora da al hecho de que en 1949 no se otorgara el Premio Adonais a Ángel fieramente humano de Blas de Otero (si bien aun así Cano lo publicó enseguida en Ínsula) y sobre todo los términos con que Mercedes Cano expresa esta justificación: «El director gerente de Rialp [Pérez Embid] era católico por convicción personal, no por el ambiente de catolicismo oficial que se respiraba en España. Es razonable que le causara desasosiego premiar algo que iba en contra de su conciencia y de las convicciones por las que había fundado Rialp.»

Las quince páginas finales de conclusión acaso merecen un comentario detallado y más extenso del que conviene en un texto como el presente, porque, además de resumir el contenido de la obra, parecen tener una intención provocativa o polémica pero construida con unos argumentos no siempre lo bastante sólidos. Al margen de traslucir un indisimulado desdén por los editores antifranquistas barceloneses de los años sesenta y setenta (Beatriz de Moura, Jorge Herralde y en menor medida Esther Tusquets, que heredó Lumen de su tío y sacerdote Joan Tusquets), en estas páginas se enzarza la autora en una diatriba contra todos aquellos que siempre han considerado Rialp como un tentáculo del Opus que, si bien en el caso de algunas apreciaciones de Jordi Gràcia tienen una cierta consistencia porque señalan errores documentales irrefutables, caen en poco menos que el ridículo y la vergüenza ajena en el caso, por ejemplo, de Vicente Aleixandre («lo que pudiera decir Aleixandre sobre el sectarismo de los demás [Pérez Embid en este caso], nunca podría sobrepasar al suyo propio, del que siempre dio muestras el poeta, acostumbrado a amañar todos los premios “Adonais” que pudo y a insultar a cualquiera que no comulgara con sus planteamientos, especialmente los religiosos, sexuales y políticos (por este orden)».

La reconstrucción de la historia, sobre todo en cuanto a los aspectos de gerencia y administrativos, de Rialp que ha llevado a cabo Mercedes Montero (acompañada además de unos apéndices documentales muy útiles) es admirable y no queda en absoluto empañada por algunas escasas pero sorprendentes erratas, como la mala escritura del nombre del gran editor de posguerra Josep Janés (pp. 20 y 370) o la descripción del Premio Comillas de Tusquets como dedicado a «biografía, autogobierno [sic] y memorias», y ni siquiera por afirmaciones tan difícilmente defendibles como que «se olvida también con facilidad que fueron los libros de Rialp los primeros de la postguerra española que cuidaron decididamente el diseño» (p. 337) —cosa que, además de no haberse demostrado en el texto, es a todas luces falsa— o que fue Rialp y no Alianza Editorial (como aceptan la inmensa mayoría de los estudiosos) la gran introductora y divulgadora del libro de bolsillo en España.

Aun así, el mayor escollo de esta investigación es, paradójicamente, la idea presentada como tesis central del libro, que se puede resumir quizá de la siguiente manera: los vínculos de Rialp con el Opus no tuvieron apenas incidencia en qué y cómo publicaba la editorial, y no hay motivos para atribuir su éxito, y ni siquiera su supervivencia a lo largo del tiempo, a su relación con esta institución. Cuesta asumir esta tesis, en particular cuando se presenta en un libro escrito por una profesora de la Universidad de Navarra (fundada por el Opus Dei), publicada por la misma editorial Rialp y cuando ha quedado bien establecido desde el principio que la iniciativa de crear una empresa destinada a publicar libros que difundieran un determinado pensamiento y visión del mundo correspondió a José María Escrivá de Balaguer (fundador del Opus Dei) y que a lo largo de toda la historia de Rialp la suma de las acciones de la empresa en manos de miembros del Opus fue siempre mayoritaria, de modo que totas las decisiones corrían  a cargo de personas en la órbita de esta organización fundamentalista católica. Las filigranas y zigzagueos argumentales para defender esta tesis llegan a extremos realmente asombrosos, y parece agarrarse al clavo ardiente de la inexistencia de pruebas documentales de que el Opus como tal transfiriera dinero o impusiera la publicación o no de determinados títulos o temas. Es como si para la autora ni Pierre Bourdieu ni su concepto de campo nunca hubieran existido.

Resulta muy pertinente disponer de una muy completa y clara historia de Rialp, pero no es de recibo pretender que el lector comulgue con ruedas de molino.

Mercedes Montero, Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores, Madrid, Rialp, 2019.

El escritor que engañaba a sus editores (antecedentes de la «Antología traducida» de Max Aub)

En fecha aún por determinar, a principios del siglo XX la barcelonesa editorial Maucci, creada en 1892, publicó un par de antologías que parecen poner de manifiesto un cierto interés de los lectores peninsulares por la literatura que en el cambio de siglo se estaba produciendo en los diversos países americanos, más allá de los consabidos Rubén Darío (1867-1916), José Enrique Rodó (1871-1917) o José Martí (1853-1895). Al decir de Leona Martín:

Con estas publicaciones, se continuó la nutrida tradición de obras antológicas que aparecieron en las nuevas repúblicas americanas en el siglo XIX a partir de las guerras de independencia. Representaron al mismo tiempo una reacción frente a la hegemonía cultural expresada en La antología de poetas hispano-americanos (Madrid, 1893-1895) del gran erudito español Marcelino Menéndez Pelayo, obra que fue comisionada para la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. 

Los títulos de estas obras, sin embargo, no permitían la más mínima esperanza de innovación o modernidad, sino más bien un apego a los usos y modos más marcadamente romanticoides: Parnaso boliviano, Parnaso ecuatoriano y Parnaso costarricense.

En el primero de ellos, que se presenta como una «selecta antología de poesías, coleccionadas por el Dr. Luis F. Blanco Meaño y con prólogo de Rafael Bolívar Coronado», se incluyen algunos nombres de poetas colombianos que, quizá muy justificadamente, han caído en el olvido: Rosendo Villalobos, Felisa A. Eguez, Enrique Arce Velarde, Fernando Acha y Aguirre… Ninguno de ellos ha dejado el menor rastro ni en antologías ni en estudios posteriores sobre la poesía colombiana. De hecho, tampoco al doctor Luis F[elipe] Blanco Meaño se le conocen estudios literarios de ninguna entidad, pero, paradójicamente, esta mención sirve para fechar el libro antes de 1920.

Ese año, en el número del 6 de diciembre de la edición venezolana de la revista Billiken, se publicaba un anuncio en el que se advertía que Luis Felipe Blanco Meaño, hermano del poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955), jamás había escrito el prólogo que se le atribuía. No hace falta una perspicacia prodigiosa para sospechar que la retahíla de nombres que componen la antología tampoco escribieron jamás los textos que se les atribuía en la edición de Maucci, pero acaso ponen de manifiesto la versatilidad estilística de quien fuera su autor. Que Maucci no debió de estar metido en el ajo puede deducirse del hecho mismo de que publicara dos Parnasos más, aunque uno de ellos, el dedicado a la poesía ecuatoriana, firmado no por Bolívar Coronado sino por un enigmático José Brissa (que al parecer se había iniciado hacia 1910 en Maucci con El libro de la raza, escrito a cuatro manos con Enrique Leguina), al que luego siguieron, siempre en Maucci, la confección de antologías de textos como La revolución de julio en Barcelona (1910), sobre el proceso a Ferrer i Guàrdia, así como las que componen La revolución portuguesa (1911), La guerra italo-turca (1911-1912) (1913), La guerra de los Balkanes (1913), etc., si bien ya en 1888 su firma aparece episódicamente en Madrid Cómico; pero más jugoso resulta que, al parecer, actuara como asesor literario de Maucci.

Rafael Bolívar Coronado.

Con todo, la historia interesante es sobre todo la del venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-19249, que cuando empieza a trabajar para Maucci ya tenía una trayectoria notable a sus espaldas. Tras unas iniciales colaboraciones en diversos periódicos americanos (los venezolanos El Cojo Ilustrado y El Universal, pero también el nicaragüense El Nuevo Diario), su nombre saltó a la fama por el texto de la zarzuela Alma llanera, si bien el dinero que la pieza generó se la llevó su coautor, el músico Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954).

Aun así, le sirvió a Rafael Bolívar para obtener una beca gubernamental para viajar a España, donde uno de sus primeros trabajos fue como corrector de pruebas en Cervantes, la «revista mensual ibero-americana» que por entonces dirigían el poeta y dramaturgo modernista Francisco Villaespesa (1877-1936), el escritor mexicano Luis G[onzaga] Urbina (1864-1934) y el polifacético ensayista italoargentino José Ingenieros (1877-1925), donde el dramaturgo José Dicenta (1962-1917) fungía como subdirector y en la que colaboraron, en esa primera etapa y en lo que se refiere a autores americanos, César E. Arroyo (1887-1937), José María Vargas Vila (1860-1933), José Enrique Rodó, Rubén Darío, etc. A Bolívar Coronado lo despidieron al cabo de muy poco tiempo, y no sólo por la cantidad de erratas que se le pasaban por alto sino porque, además ‒cabe suponer que para desesperación o regocijo de los filólogos‒, coló en la revista algunos textos suyos como obra de insignes escritores latinoamericanos.

 Casi inmediatamente empezó a colaborar en la empresa que en 1915 había fundado el venezolano afincado en Madrid Rufino Blanco Fombona (1874-1944), Editorial América, y su cometido era copiar ciertos ejemplares de la Biblioteca Nacional para su posterior edición. Lo más curioso es que el propio Bolívar Coronado contara en el prólogo a Parnaso boliviano cómo le tomaba el pelo a este editor, a quien entre 1917 y 1920 entregó diversas falsificaciones no sólo de supuestas crónicas de Indias sino también libros engañosamente atribuidos al historiador Rafael María Baralt (1810-1960) y al ingeniero y cartógrafo Agustín Codazzi (1793-1859):

Estuve dos largos años en Madrid escribiendo libros a nombre de Juan de Ocampo, Albéniz de la Cerrada, Concepción Zapata, Montalvo de Jarama, nombres que yo inventaba y ponía en mis escrituras como cosas de mucha gloria y fama. ¿Que cómo pude engañar a los editores? Muy sencillo. La explicación la ha dado el altísimo Emilio Carrere en una frase: «en España viven del libro los que no saben leer».

No obstante, Blanco Fombona pronto tuvo pistas para saber que le estaban engañando, pues su amigo el banquero y erudito Vicente Lecuna (1870-1954) no tarda en escribirle poniendo de manifiesto su extrañeza acerca de algunos anacronismos que ha detectado en las obras que publica (en particular el reiterado empleo del término “burdel” en un texto supuestamente del siglo XV).

Así las cosas, y advertido por Villaespesa de cómo se las gastaba Fombona (se decía que había ganado doce duelos a espada), Bolívar se trasladó a Barcelona y empezó diversas colaboraciones que resumió del siguiente modo en una carta al historiador y filólogo Julio Cejador (1864-1927) y a las que hay que añadir sus trabajos como prolífico redactor de artículos para la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana de Espasa-Calpe y las crónicas como supuesto corresponsal de guerra en África que escribía desde Barcelona para La Publicitat, El Noticiero y El Diluvio:

He ganado aquí unos ciento ochenta duros haciéndole cuentos para niños a Sopena y dos antologías de poetas ecuatorianos y bolivianos a Maucci. Lo hice todo en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado!… la necesidad carece de ley… y yo carecía de todo… recordará usted al gran López que en horas veinticuatro, hacía comedias malas para el teatro.

Las reediciones de estas obras dan fe de una muy buena y sostenida acogida por parte de los lectores, lo cual explica la continuidad con el Parnaso costarricense, «selección esmerada de los mejores poetas de Costa Rica», en cuyo liminar el autor lo subraya con énfasis:

Mi estudio sobre la literatura boliviana fue el blanco escogido por aquel rebaño de cínicos y lacayuelos para lanzar su baba con el propósito de adular a la bestia de los Andes colombianos. Pero su baba no llegó hasta mí; el éxito del libro fue ampliamente franco, y ello ha dado motivo para que la Casa Maucci me haya encargado este trabajo.

El libro en cuestión contiene una curiosa y sorprendente dedicatoria (fechada en Barcelona en octubre de 1921) que quizá valga la pena reproducir: «Al eximio americanista don Rafael Vehils. Señor: Va este libro amparado con el nombre de usted. ¡Glorioso palio, el nombre férvido enaltecedor de la América Española!»

Rafael Vehils (18861-959) era, aparte de diputado y hombre de confianza del entonces ministro Francesc Cambó (1876-1947), el presidente de la Casa América de Barcelona y un entusiasta de América, a cuya industria editorial dedicaría pocos años después el informe El libro en Uruguay. La industria editorial. El libro español. El libro de texto. El régimen de propiedad intelectual (1927) y, más importante aún, sería en la postguerra uno de los principales accionistas de la bonaerense Editorial Sudamericana y el responsable de conseguir que se pusiera al frente de la misma Antoni López Llausàs (1888-1979).

De la prolijidad de Bolívar en su etapa barcelonesa aún da fe Euclides Perdomo al destacar su colaboración (¿?) con el anarquismo catalán de esos años:

Rafael Bolívar Coronado siempre se mantuvo firme en su individualismo solidario y racionalista. Quizá por ello, en Barcelona escribe habitualmente en no menos de cuatro publicaciones anarquistas: Solidaridad Obrera, Resistencia (donde firma como Federico Nietzsche, L. A. Grand Eboa y M. A. Puri Teaurb), Idea (como Agustín de Montemayor, Alberto Calígula, Alberto Ferega Zombona, Arimán Roguea, Arión Guemara, Armando Chirveches y Luis Hine Saborío) y Savia (R. Monasterios).

Pese a sus reiterados intentos de ganarse holgadamente la vida con la pluma, Bolívar Coronado murió en la miseria, en Barcelona, el 31 de enero de 1924 y durante una epidemia de gripe. Aunque quizás sus parnasos inspiraran a Max Aub su Antología traducida

Fuentes:

Nathalie Bouzaglo, «Los irreverentes plagios de Rafael Bolívar Coronado», Taller de Letras, núm. 66 (2020), pp. 119-124.

Ernesto Cazal, «Los seiscientos nombres de Rafael Bolívar Coronado», Visconversa, 8 de diciembre de 2017.

Juan Pablo Gómez Cova, «Rafael Bolívar Coronado, la levedad del escritor múltiple. Cauces para el estudio de la falsificación como estrategia literaria», Akademos, vol. 18, núm. 1 y 2 (2016), pp. 101-113.

Manuel Llanas, «Notes sobre l’editorial Maucci i les seves traduccions», Quaderns: revista de traducció, núm. 8, pp. 11-16.

Leona Martin, «Entre La antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo y Los parnasos de la Editorial Maucci: reflejos del ocaso de la hegemonía colonial».

Euclides Perdomo, «Un hombre con más de 600 seudónimos. Bolívar Coronado, anónimo por su prodigalidad».

Óscar Reyes, prólogo a Un hombre con más de seiscientos nombres (Rafael Bolívar Coronado), de Rafael Ramón Castellanos Villegas, edición del autor, 1993; reproducido en El Globo (Caracas), 10 de febrero de 1993.

Star Books: edición underground en la Transición española

«No hace demasiado tiempo / que trato de ser un hombre más /

y pese a todo / no comprendo muy bien por qué escribo todo esto.»

Raúl Núñez, Juglarock

Unos pocos años después de la aparición de la renovada Lumen, de Tusquets o de Anagrama, con el dictador español aún vivo, empezó a publicarse en Barcelona una revista, Star, que inició al poco tiempo la edición de libros bastante insólitos en ese contexto y que en ciertos aspectos anticipaban lo que muy poco después sería la colección Contraseñas de Anagrama.

Creada en el seno de Producciones Editoriales, S. A., Star nació en julio de 1974 como una revista ilustrada solo para adultos y de periodicidad quincenal que dirigían Juan José Fernández Ribera (hijo del propietario de la empresa) y Montseol (Francisco Javier Ballester García) y entre cuyas colaboraciones se contaron ilustraciones de Ceesepe, Max, Gallardo y Javier Mariscal, fotografías de Alberto García-Alix y Ouka Leele y textos de Isabel Coixet, Ignacio Vidal Folch y Ramon de España, entre otros. Este último ha descrito el origen de la revista del siguiente modo:

la revista Star había sido creada por Juanjo [Fernández] gracias a que su padre tenía una editorial muy rara que lo mismo publicaba tebeos que publicaba colecciones de literatura en las que podías encontrar obras de Tolstói o libros del tipo Las carceleras lesbianas de las S.S., cosas así. Juanjo era aficionado a las carreras de coches, y un día se pegó una hostia que casi la diña, y su padre le dijo: «Mira, te doy dinero para lo que quieras, pero, por favor, ocupa el despacho que está al lado del de tu hermano». Y así fue como nació Star

En el camino, de Jack Kerouac.

Poco tiempo después, la revista empezó a publicar números especiales encuadernados y, finalmente, los Star Books, que ya no contenían más imágenes que las de la cubierta si bien estas estaban muy en consonancia con algunas de las aparecidas en la revista.

Como tal vez no podía ser de otra manera, el número inicial de Star Books, en 1975, fue una traducción firmada sospechosamente por un «Horacio Quinto» de On the road, de Jack Kerouac (por entonces muy poco conocido en España), precedida de un prólogo un poco delirante y con una cubierta ilustrada por Gilbert Shelton, lo cual ya daba un poco la idea de por dónde irían los tiros, cosa que acabaría de perfilarse con Las confesiones de un comedor de opio, de Thomas de Quincey y, al año siguiente, con el Tratado de la tolerancia, de Voltaire, traducido por la secretaria de redacción de la revista Histeria Núria Guardiet, una selección de poemas de Allen Ginsberg traducidos por Sebastián Martínez, Jaime Rosal y Luis Vigil, Ubu rey de Alfred Jarry, traducido de nuevo por Guardiet, y la hoy olvidadísima novela del Premio Nobel de Literatura Bob Dylan Tarántula.

El propio Juanjo Fernández reconoció que, si bien algunos de los autores que publicaron estaban libres de derechos, al principio había otros que se traducían, editaban y distribuían sin dar muchas explicaciones a los interesados, lo que facilitó que, cuando poco después Jorge Herralde se interesó por algunos de esos autores o títulos, pudiera llevárselos con mucha facilidad: «Cada vez me resultó más difícil sacar libros con Star Books, porque loslibros que me interesaban ya empezaban a quedárselos otras editoriales: Anagrama, Alfaguara, etc., que pagaban mucho a los autores, a los traductores».

En cualquier caso, el carácter rupturista para la época, desprejuiciado, y el interés por determinados temas todavía mirados con lupa por la censura  (sexo, drogas, rock, ideas izquierdosas e iconoclastas de cualquier índole…) fueron configurando el catálogo de Star Books, que en 1977 publicó su primer original en español, el libro de relatos Las falsas ceremonias, de Jaime Rosal, quien antes de codirigir los Star Books se había hecho un nombre en la revista de ciencia ficción y fantasía creada en 1968 por Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, Nueva Dimensión. A este libro le acompañan ese año la autobiografía del cantautor Woodie Guthrie, Con destino a la gloria, la novela del editor y escritor de ciencia ficción sueco Sam J. Lundwall Siempre Lady Macbeth, en traducción de la escritora de origen sueco —hoy conocida por exitosos libros sobre cocina— Birgitta Sandberg, la sátira de la moral victoriana Erewhon, de Samuel Butler (en traducción firmada por Silvestre Hernández)…

Ciertamente, se hace difícil encontrar un hilo conductor muy sólido al catálogo que iba conformándos, pero la querencia por la generación beat estadounidense se hace más evidente abriendo un poco el foco, pues en años sucesivos se publican en Star Books el libro de Silvester Wish Jack Kerouac: biografía de una generación (1978), traducido por el polifacético Francesc Casademont o una versión bilingüe de Gasolina y otros poemas (1980), de Gregory Corso, prólogado por Allen Ginsberg y en traducción de Diego A. Manrique.

Es curiosa también la incorporación de un personaje tan vinculado a la psicodelia, el rock y la ciencia ficción como Michael Moorcock, de quien en 1978 se publica el libro creado a cuatro manos con el escritor y editor de ciencia ficción Michael Butterworth El tiempo de los señores halcones, cuya traducción al español aparece firmada por los luego prolíficos traductores J.M. Álvarez Florez y Ángela Pérez. Y es interesante por la temprana vinculación de Moorcock y Butterworth con Savoy, que el segundo había fundado en 1976 con el también escritor David Britton, y entre cuyos mayores méritos se cuenta el haber publicado el grueso de la obra de Moorcock. Y la ciencia ficción seguirá presente con otros títulos, como la temprana versión española de la postapocalíptica The Lost Traveller: A Motorcycle Grail Quest Epic and Science fiction Western, el debut de Steve Wilson en el género, o Huésped en la casa de Frankenstein, del ya mencionado Sam J. Lundwall.

No menos curiosa es la presencia del por entonces intrépido periodista musical irlandés Nik Cohn, que en 1975 había creado un enorme revuelo con un artículo («Tribal Rites of the New Saturday Night», en el New Yorker) que en manos del guionista Norman Wexler derivaría en una famosa película dirigida por John Badham e interpretada por John Travolta y Olivia Newton John. Ya antes, en 1973, su mítico Awopbopaloobop alopbamboom, una historia de la música pop, se había publicado en España como sexto número de la colección Nostromo de Closas-Orcoyen en traducción de Silvia Palacios Ucelay y Manuel Arroyo Stephens (la misma que en 2003 emplearía Círculo de Lectores y al año siguiente Suma de Letras). En 1981 apareció en Star Books un segundo título de Cohn, la novela Rey Muerte.

Raúl Núñez.

Una de las quejas del underground cultural de los setenta en Barcelona eran las dificultades que encontraban los nuevos creadores para dar cauce a su obra más allá de un circuito muy endogámico y, al margen de las revistas generalistas, una editorial como Star Books podía tener un papel fundamental en este aspecto. En lo que se refiere a la promoción de escritores en lengua española, vale la pena mencionar por ejemplo Derrama whisky sobre tu amigo muerto (1979), el estreno como novelista del argentino llegado a Barcelona en 1971 Raúl Núñez (1946-1996), que se había dado a conocer previamente en revistas más o menos contraculturales, como es el caso de Vibraciones (dirigida por Ángel Casas y con colaboradores como Constantino Romero, Julio Murillo, Jesús Ordovás, Diego A. Manrique o ) o Bésame Mucho (de Producciones Editoriales, dirigida por Juanjo Fernández y cuyo coordinador editorial fue durante un tiempo Ramón de España). El reconocimiento le llegaría a Núñez unos años después, cuando sus dos novelas publicadas en Anagrama (Sinatra, novela urbana, de 1984, y La rubia del bar, de 1986) se convirtieron en sendas películas (dirigidas por Francesc Betriu y Ventura Pons, respectivamente). Ya antes, en Barcelona habían pasado bastante desapercibidos el poemario Juglarock (publicado al obtener en 1971 el modesto premio de la revista La Mano en el Cajón) y  una antología de su poesía titulada People, aparecida en  los Cuadernos Ínfimos de Tusquets en 1974, pero novelas como las mencionadas y A solas con Betty Boop (Laia, 1989), añadidas a su obra poética, le valieron entre los conocedores el título de puente necesario entre una beat generation muy mal conocida en España y lo que sería el dirty realism, así como uno de los mejores autores de novela urbana que han tomado Barcelona como protagonista.

Quizá poner en el mapa a Raúl Núñez, cuya obra ha tenido una tímida recuperación  a principios del siglo XXI, fuera una de las mayores aportaciones literarias de Star Books.

Fuentes:

Anónimo, «Un milagro llamado Star», El País, 7 de marzo de 2008.

Encarna Castillo, «Star. La contracultura de los setenta», 13 millones de naves.

Fran G. Matute, «Entrevista a Ramón de España», Jot Down, abril de 2020.

Harnán Migoya, «Cuando vivir no era consumir. Entrevista a Juanjo Fernández, editor de la revista Star», publicado originalmente en Comicsario, 11 de febrero de 2008.

Charo Mora, «Memorias de una Star», El Mundo, 6 de febrero de 2008.

Fernando Tola de Habich y la Premià Editora

En 1977 aparecen en Santa Rita de Tlahuapan (estado de Puebla, México), una excelente serie de textos de aspecto bastante decente, conformando una colección inicial de la editorial Premià llamada Los Brazos de Lucas, que se estrena con Los doce mil falos, de Guillaume Apollinaire (1880-1918), traducidos por Josep Elías Cornet (1941-1982), quien en 1970 había obtenido el Premi Carles Riba con el poemario Per a un duc Bach escriví música d’orgue, a Weimar (en la prestigiosa colección de Josep Pedreira Els Llibres de l’Ossa Menor).

Arrancaba de este modo en un enclave un tanto insólito una colección encuadernada en rústica y con preferencia por la literatura sicalíptica breve, a menudo francesa y libre de derechos, en la que ese mismo año aparecerían un anónimo Irene; Lulú la meona, del propio Tola de Habich; Las tres hijas de su madre y Manual de civismo, de Pierre Louÿs (1870-1925); El pálido pie de Lulú, del escritor chileno establecido en México Hernán Lavín Cerdá (que en 1970 había obtenido el Premio Vicente Huidobro con los relatos que componen La crujidera de la viuda), con prólogos de Fernando Alegría (1918-2005) y Carlos Montemayor (1947-2010); Madame Edwarda, de Georges Bataille (1897-1962), con traducción y  prólogo de Salvador Elizondo (1932-2006) y epílogo de Huberto Baris (1934-2018), que en 1967 había publicado Tusquets acompañado de El muerto, en traducciones de Antonio Escohotado y Eusebio Fontalba e ilustraciones de Hans Bellmer (1902-1975); El taxi, de Violette Leduc (1907-1972); Confidencia africana, de Roger Martin du Gard (1881-1958)…

Si a algo de aquellos tiempos se parece esta colección acaso sea a La Sonrisa Vertical de Beatriz de Moura en Tusquets, que en 1978 incluyó Las tres hijas de su madre (número 7) e Historia del ojo (número 10), así como la Irene que Louis Aragon firmó como Albert de Routisie

Casi simultáneamente arranca la colección La Nave de los Locos, con un catálogo no radicalmente distinto y en el que destaca una esmerada selección de autores y títulos: son también de 1977 El abad C, de Georges Bataille, en traducción firmada por el escritor dominicano Pedro Vergés; Haciendo el amor con música, de D. H. Lawrence (1885-1913), Aurelia, de Gérard de Nerval (1808-1855); la traducción y el prólogo de Jorge Luis Borges de Bartleby, de Herman Melville (1819-1891), publicada originalmente en los Cuadernos de la Quimera de Emecé en 1943; Tierra baldía: cuatro cuartetos, de T. S. Eliot (1888-1965) en traducción y con introducción de Ángel Flores y acompañado de la nota biográfica que el poeta español exiliado en México Vicente Gaos (1919-1980) había publicado como cierre a la edición de su traducción de la misma en la Adonais de Riap y que en 1971 había publicado Barral acompañado de una introducción de O. T. Mathiesen; Las olas, de Virginia Woolf, en la que fue la primera traducción de esta novela y con un prólogo firmado por la periodista chilena Lenka Franulic (1908-1961), que había aparecido originalmente en Ercilla (la nueva traducción, del prestigioso Andrés Bosch [1926-1984], la había publicado Lumen en 1972 en la colección Palabra en el Tiempo), ; el Tao Te Kin de Lao Tsé (s. VI a. C.), los Naufragios y comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1490-1559), prologados por Luis Alberto Sánchez; Amores, de Paul Léautaud (1872-1956), en traducción de nuevo de Elías, los Aforismos de Hipócrates (460-370 a.C.) traducidos por Raimundo Seinsmingler; las Cartas al padre de Franz Kafka (1883-1924), en traducción y con notas del austro-húngaro-argentino David G. Vogelmann (1907-1976); El regreso, de Joseph Conrad (1857-1924), en la traducción de Antonio Ribas Plata, etc.; y al mismo tiempo títulos de muy diferente cariz, como es el caso de Para una crítica de la violencia, de Walter Benjamin (1892-1940), seleccionada y traducida por Marco Aurelio Sandoval, o un Walden de Thoreau que se presenta como traducido por Antonio Saldaña y que sin embargo Carmen Valero Garcés describe como «una copia de la primera traducción de Walden, traducida por Julio Molina y Vedia en 1945 [en Emecé]» ‒¿sorpresa?‒; la Carta contra el patriotismo de los burgueses, de Bakunin (1814-1876), según el texto publicado por el Centro Editorial Presa de España y en la decimonónica traducción de Rosendo Diéguez (traductor también de Zola, Litré, Reclus y Spencer, además de Strindberg o Tolstoi, entre otros); la vetusta traducción de Francesc Pi i Margall (1824-1901) de la Solución al problema social de Proudhon (1809-1865)…

Creada como sociedad anónima, participaron también en Premià la exiliada republicana española María José de Chopitea (1915-¿?), como administradora, que a partir de 1979, con Sola, publicaría buena parte de sus obras en esta editorial, a la que acompañaban también la esposa y el hermano de Fernando Tola respectivamente, Margarita Millet (como gerente), y José Miguel Tola (encargado de producción), así como Bernardo Ruiz (en calidad de traductor y asesor literario) y Ramón Cifuentes (comercial), pero quien estaba al mando era sin duda Fernando Tola, que se había curtido al lado del barcelonés Carlos Barral y a quien el también editor Jordi Soler evocó como «el pirata del boom».

Ha sido diversas veces comentado ‒y Xavi Ayén compila y coteja las versiones sobre este asunto en Aquellos años del boom‒ cómo el peruano Fernando Tola fue enviado por los propietarios de las Distribuciones Enlace (es decir, Lumen, Tusquets, Anagrama, Barral, Laia, Cuadernos para el Diálogo, Fontanella, Edicions 62) para poner orden a su sede mexicana tras haber sido esta empresa objeto de una estafa por parte de quien hasta entonces había sido su representante en el país, Jordi Sivilla, y cómo, en lugar de llevar a buen término esa misión, Tola contribuyó a acabar de hundir la distribuidora mientras creaba en México sus propias empresas editoriales e imprentas.

Fernando Tola.

«Era un tipo listísimo que, tras su fracaso en Barcelona ‒declara el escritor Félix de Azúa a Ayén‒, se dedicó a la industria pirata en México: imprimía libros sin derechos en el desierto, en Puebla. Era estupendo, pero una catástrofe como gerente». El “fracaso” en Barcelona alude a su relación con Carlos Barral en los años previos a que, ya sin el buen tino de Victor Seix (1923-1967) como contrapeso al idealismo del editor-poeta, la editorial Seix Barral iniciara un proceso que la llevaría a acabar siendo absorbida por Labor y en la que, en muchos casos, se atribuye buena parte de la responsabilidad del descalabro a Tola, que aparece también a menudo cuando se relata el hundimiento de Barral Editores (la empresa que el editor-poeta creó cuando salió de Seix Barral). «Una vez despedido ‒explica por su parte Jorge Herralde en el mencionado libro de Ayén‒, él cogió a su mujer Millet y a unos inditos y se puso a imprimir por su cuenta, estuvo quince o veinte años imprimiendo libros sin derechos, y otros piratas».

Parte del equipo de Premià tras la impresora.

El también escritor J. J. Armas Marcelo evocó el nombre de la primera de las empresas puestas en marcha por Tola en México, Ediciones del Bicho, si bien muy probablemente en realidad quiera aludir a otra de las colecciones de Premià, Libros del Bicho, donde, entre otros libros, aparecieron ya a principios de los años ochenta la antología preparada por Sandro Cohen Palabra nueva. Dos décadas de poesía en México (1981), así como los poemarios Hojas de los años (1981), de Marco Antonio Campos; Crónicas del Niño Jesús de Chilca (1981), con el que el peruano Antonio Cisneros (1942-2012) obtuvo el Premio Latinoamericano de Poesía Ruben Darío; Anagnórisis (1982), del hispanomexicano Tomás Segovia (1927-2011) que la había publicado ya en 1967 en Siglo XXI; Estampida de poemínimos (1985), de Efraín Huerta (1914-1982); o el Oidor andante, de Ida Vitale, cuya primera edición había aparecido en 1972 en la editorial Arca de Montevideo y en cuya contracubierta mexicana puede leerse:

Edición uruguaya de Oidor andante.

Esta edición se terminó de imprimir en los talleres gráficos de Premià editora de libros S. A., en Tlapahuan, Puebla, en el segundo semestre de 1982. Los señores Ángel Fernández, Serafín Ascencio, Julián Hernández y Donato Arce tuvieron a su cargo el montaje gráfico y la edición en offset. El tiraje fue de mil ejemplares más sobrantes para reposición.

Acerca de la financiación de este singular proyecto, quizás la escritora Margo Glanz da algunas pistas al relatar a Jesús Alejo Santiago los avatares que tuvo que pasar antes de ver publicado su primer libro, el libro objeto, con dibujos de Ariel Guzik, Las mil y una calorías, novela dietética:

[la] llevé a Joaquín Díez-Canedo y me dijo que de ninguna manera. Se la llevé a otros editores y me dijeron que de ninguna manera. Hacía textos que nadie me publicaba o que publicaban por compasión, probablemente. Mi literatura no funcionaba para las editoriales: el pie de imprenta me lo dio un amigo con el que había publicado traducciones de Bataille [Historia del ojo (1978) y Lo imposible (1979)], Fernando Tola, en Premià, pero yo pagué la edición, y lo mismo pasó con Doscientas ballenas azules, hasta Síndrome de naufragios, que me la publicó Joaquín Díez-Canedo, que obtuvo el Premio Villaurrutia.

Edición mexicana de Oidor andante

De todos modos, a Julio Ortega le contó Glantz la misma historia con algunos pequeños matices acerca de Las mil y una calorías: «el único que me quiso ayudar en la aventura fue Fernando Tola con Premià; pero luego no pudo publicarlo porque no tenía una imprenta suficientemente buena para que los textos salieran bien, y sobre todo los dibujos»; pero el caso es que salió una tirada de por lo menos quinientos ejemplares con pie editorial de Premià.

Quizás sea oportuno recordar aquí un pasaje de Elvia Carreño Velázquez en Biblioteca Fernando Tola de Habich que tal vez sea muy elocuente de cómo funcionó la cosa:

[Tola publicó] ediciones universitarias de autores olvidados de la época, facsimilares de revistas casi desconocidas, antologías temáticas y colecciones de rescate literario, como La red de Jonás y La Matraca, realizada en coedición con la Secretaría de Educación Pública y después con Bellas Artes por iniciativa de la doctora Margo Glantz.

Con «Bellas Artes» alude al popularmente conocido como INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes), de cuya sección de literatura Margo Glantz fue directora entre 1983 y 1986. Como apostilla, entre 1984 y 1990 se publican en la mencionada colección La Red de Jonás (que se dividía en dos series: Estudios y Sección de Literatura Mexicana) las tres partes del libro de Fernando Tola de Habich Museo Literario (números 17, 34 y 39 de la colección).

Cuando en 1991 esta empresa eminentemente artesanal ‒pero muy bien vinculada a instituciones culturales mexicanas‒ cambió el nombre a la Factoría de Ediciones (en la que destacó enseguida la colección Serpiente Emplumada), Tola pasó a convertirse en consejero editorial de la misma; poco tiempo después regresó a la península Ibérica.

Fuentes:

Web de Fernando Tola de Habich.

Xavi Ayén, Aquellos años del boom. Vargas Llosa, García Márquez y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, Barcelona, RBA, 2014.

J. J. Armas Marcelo, «Vista del atardecer en Cholula», El Cultural, 30 de noviembre de 2012.

Elvia Carreño Velázquez, Biblioteca Fernando Tola de Habich, un recorrido de tinta y papel por nuestro legado histórico, México, Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, 2015.

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.

Carmen Valero Garcés, «Estudios de traducción y ecocrítica. Un ejemplo: Pájaros que no siempre llegan a su destino», Sendebar, núm. 3 (2012), pp. 141-157.

La Colección Penélope y los antecedentes de la editorial Planeta

En el año 1949 aparecía en la por entonces recién creada Editorial Planeta una novela de Margaret Simpson titulada Demasiado tarde…, que se anunciaba como primer número de una flamante Colección Penélope. La traducción de este libro se atribuía a Matias Tieck, que no parece que firmara ninguna otra traducción, se imprimió en las barcelonesas Gráficas Londres y se encuadernó en tapa dura con una sobrecubierta ilustrada (con no mucho acierto en cuanto a la legibilidad del nombre de la autora). Unos cuantos años más tarde, en 1956, ese mismo libro aparecería en otra colección de Planeta, Goliat, y aún se reeditaría en la misma editorial en 1967. También la segunda novela de Margaret Simpson en Penélope se publicó ese año 1949, Ana Isabel, en este caso traducida por Victor Scholz, que fue un prolífico traductor de novela romántica decimonónica que el año anterior había visto salir en Ediciones Reguera su versión de El Nabab, de Alphonse Daudet, y que más tarde traduciría a Thomas Mann, Lewis Sinclair y Boris Pasternak, entre otros, lo que le acreditaría (si traducía de las lenguas originales) como un sorprendente políglota.

Ese mismo año 1949 se añadirían a la Colección Penélope nuevos títulos ‒ninguno de ellos muy a menudo recordados a día de hoy‒, todos ellos impresos en la mencionadas Gráficas Londres. Es el caso por ejemplo de Esta es mi cosecha, una novela firmada por un también incógnito Lee Atkins, y en este caso traducida por Mary Rowe (conocida en esos años como traductora de Tres soldados, de John Dos Passos, para José Janés, más que por algunas novelas propias que había publicado en las editoriales Betis, Molino y Clíper).

De Mildred Masterson Mac Neily (1910-1997), que al año siguiente publicaría en inglés su única novela relativamente famosa (Each Bright River), aparecería también en 1949 en Penélope la novela La última esperanza, traducida de nuevo por Victor Scholz. Asimismo, entra en el catálogo de Penélope Locura de reina, de la también novelista estadounidense Elswyth Thane (1900-1984), quien en los años inmediatamente posteriores vería traducidas al español El gran anhelo (Mateu, 1950, en traducción de Ballester Escalas, recordado por su traducción de Alicia en el País de las Maravillas, también en Mateu) y La moza Tudor (Planeta, 1956, en versión de Herta M. E.). Quizá venga a cuento recordar que en alguna ocasión José Manuial Lara Hernández declaró que quien le había sugerido que se dedicara a la edición de libros, si quería ganar dinero, fue precisamente Francisco Fernández Mateu.

A estos títulos hay que añadir aún Caballero sin espada, de Lewis R. Foster (1898-1974) y traducida por Fernando Arce Solares, en cuya sobrecubierta aparece una imagen claramente inspirada en el cartel cinematográfico de la película que a partir de esta narración había dirigido diez años antes (en 1939) Frank Capra, con James Stewart y Jean Arthur como protagonistas. El hábito de aprovechar las imágenes cinematográficas se hizo enseguida muy habitual cuando se daba la ocasión, no sólo en Planeta, sino también en muchas otras editoriales barcelonesas del momento.

Pero sobresale en este primer año de la Colección Penélope de Planeta la única novela escrita originalmente en español, Nina, de la poeta y narradora Susana March (1915-1990). La muy precoz escritora barcelonesa (en 1932 ya publicaba poemas en el periódico La Noticia y La dona catalana y en 1938 apareció su poemario Rutas con pie de la Imprenta y Librería Aviñó) llevaba ya casi una década casada con el también escritor y pionero del tremendismo literario Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), que años más tarde entraría a formar parte del jurado del Premio Planeta, pero seguía publicando novela rosa para, según sus propias declaraciones retrospectivas, «equilibrar [su] presupuesto económico de joven recién casada en los duros tiempos de posguerra española». Sin embargo, el gran éxito de Susana March en el campo de la narrativa se produciría bastantess años después con Algo muere cada día, publicada a principios de 1955 en Planeta y traducida al francés, el alemán y el ruso, y considerada en su momento por José Luis Cano como un ejemplo de la preeminencia de la mujer en la corriente del tremendismo (con Los Abel, de Ana María Matute, y Juan Risco, de María Cajal). Con todo, Susana March no llegó nunca a ocupar un puesto destacado en la historia de la novela española, si bien Círculo de Lectores recuperó esta novela en 1969.

La colección Penélope no tuvo continuidad más allá de 1949, acaso porque existían otras editoriales que estaban publicando con mejor gusto y más visión comercial novelas específicamente destinadas a las lectoras, pero lo que tal vez sea menos conocido es que esta colección sí tenía un antecedente, cuya creación en ningún caso cabe atribuir a José Manuel Lara, y que la numeración de los títulos en su continuidad en Planeta puede llevar a confusión.

En 1942 había aparecido una traducción de Climas, de André Maurois (1885-1967), en una Colección Penélope encuadrada en la Editorial Tartessos de Félix Ros (1912-1974), y de hecho se especificaba que era este periodista, poeta y traductor falangista el director de la colección. Al parecer, cuando compró Tartessos la intención de Lara parecía, pues, dar continuidad a la labor que en ella se venia haciendo, pero no se explica muy bien por qué no lo hizo de inmediato y tardó tanto tiempo en recuperar el nombre de esta colección. En el caso de Climas, se trataba de un libro relativamente lujoso, encuadernado en tapa dura y con sobrecubierta, con las guardas ilustradas, con el canto superior tintado y con algunas ilustraciones a plumilla en el interior. La traducción era la del prolífico grafómano Juan Ruiz de Larios y las ilustraciones obra de José Picó Mitjans (1904-1991), quien antes de la guerra ya se había hecho un nombre como dibujante en revistas “galantes” o tímidamente sicalípticas de los años veinte (como Cosquillas o Varieté). Nada que ver con lo que serían los libros de Penélope en manos de Lara. 

En la misma colección Penélope de Tartessos aparece también en 1942 la traducción de Alberto Gracián de Clara, entre los lobos, del cineasta, periodista y escritor italiano Arnaldo Fratelli (1888-1965), quien en 1939 había obtenido con ella un ex aequo en el Premio Viareggio. En este caso las ilustraciones de la edición son obra de Joan Fors, por entonces un habitual de las ilustraciones para libros pero que entró hasta el fondo de la memoria de los españoles por haber creado la imagen publicitaria de los productos de limpieza Netol. Al año siguiente aparecieron dibujos suyos en la edición de publicada por la editorial Olimpo de la obra de José María García Rodríguez La Gracia en la locura (enamorados, locos y bufones), que se imprimió en la Clarasó y para la que diseñó y realizó también la ilustración de sobrecubierta. En la misma colección de la editorial Olimpo, la Biblioteca Pretérito, aparecería al año siguiente, también con ilustración de sobrecubierta de Fors, Elisabeth Vigée Le Brun. Pintora de reinas, de Laura de Noves.

No es frecuente evocar los inicios de Lara previos a la creación de Planeta, pero en ellos, como ejemplifica el caso de la colección Penélope creada por Félix Ros, se encuentran muchos hilos de los que después tirará. Es también el caso de su intención de triunfar económicamente con la publicación de autores españoles, que más allá del libro mencionado de Susana March, se había manifestado también con el sabadellense Bartolomé Soler (1894-1975).

Pese al tremendo éxito que Soler había tenido en Hispanoamericana de Ediciones en 1945 con La vida encadenada, de la extensa novela que le publicó Lara en 1946, Karú Kinká (ambientada en la Patagonia), vendió al parecer unos quinientos ejemplares. Aun así, a Bartolomé Soler lo había publicado por primera vez José Manuel Lara en la colección Nuevos Horizontes, perteneciente a la efímera Editorial LARA, con sede en el número 72 de la calle Bruch, donde, además de Lara, trabajaba el profesor republicano Francisco Ortega como corrector y Angelita Palacios como secretaria (además de un chico de los recados no identificado). Esa misma novela de Soler volvió a publicarla Lara en Planeta en 1954. Y en LARA se publicó también al periodista de Terrassa (lo que puede tener su gracia para los vallesanos, que conocen bien la tradicional rivalidad entre las dos capitales de comarca, Sabadell y Terrassa) Luis Gozaga Manegat (1888-1971). Manegat había sido en su ciudad natal director de la revista infantil Alegria, nacida en 1925 en los círculos primorriveristas con el expreso propósito de combatir a la celebérrima En Patufet y cuyo mayor mérito es quizás haber albergado ilustraciones del pintor uruguayo Rafael Barradas (1890-1929) y algunas de las escasas ilustraciones que se le conocen al filólogo y editor Francesc de Borja Moll (1903-1991). En LARA, Manegat (que había sido director de la revista Mundo Católico y en 1940 había publicado en la Librería Araluce Muy falangista) publicó, en fecha imprecisa pero antes de la venta de esta editorial a José Janés, Luna roja en Marrakex [sic], que en 1947 aparecería en traducción al francés gracias a la librería y editorial creada en Ginebra por Jean-Henri Jehebe (1866-1931).

La intención de Lara de publicar a autores españoles venía de lejos, pues, y había cosechado sonados fracasos. En cualquier caso, quizá una mirada más profunda a esos años iniciales de Lara en el campo de la edición, además de subrayar sus vínculos con los periodistas y los políticos más rancios de su tiempo (por mucho que empleara a izquierdosos), ponga de manifiesto y permita reseguir su aprendizaje en el ámbito de los negocios, porque al parecer en el del criterio literario y estético su inanidad era innata.

Ediciones Reguera, un éxito invisible

Durante casi toda la década de 1940 estuvo activa en Barcelona una editorial cuya línea fue cambiando y adaptándose rápidamente al mercado, las Ediciones Reguera.

Su primera colección de cierta entidad, Dios, creó…, es significativa del ambiente ideológico que dominaba aquellos tiempos y de la voluntad de proporcionar un cierto tipo de educación a los jóvenes. Se estrenó en 1942 con El Universo, de G[uillermo y] L[uis] Gossé, autor de una versatilidad muy asombrosa que un par de años después publicaba el inequívoco título Disparos al amanecer (1944) en la no menos denotativa Colección Riesgo, además de prodigarse en la invención de seudónimos con los que firmar novelas populares (O. y L.G. Cleyman, Lewis y William O. Cleyman, L.G. Cleyman y A. Marban, Stanley Palmer y Warren Powell, E. Van Davin…). A este siguieron entre otros en la mencionada colección de Reguera, Los mares, firmado por el traductor José Baeza, El hombre primitivo, de Joaquín H. Mateo, y El mundo de los microbios, de Manuel Cubertoret.

Sin embargo, es probable que anterior a esta colección fuera una edición del libro Caperucita y el lobo (1942), firmada por Blanca (Concepció Ponsà de Gorina) y acompañada de ilustraciones de [Francesc] Tur [Mahén, 1895-1960], que se comercializaba junto con un juego de mesa. Se trataba de un libro en formato folio (22,5 x 30), con un tablero desplegable de cartulina y piezas recortables, pero vale la pena anotar que en las páginas finales aparece publicidad de la Editorial Maravilla. También de Blanca y de 1942 es la antología Escenas infantiles: monólogos, diálogos, poesías, lo que crea una imagen inicial de Reguera como una editorial con unos planteamientos industriales dedicada a la elaboración de libros vistosos destinados al público infantil y juvenil. Pero más interesante resulta aún la intervención del dibujante Tur, que se dedicó sobre todo a las artes gráficas y la publicidad, pero fue también colaborador de la popularísima TBO y más tarde el creador de la serie de historietas Don Cleque en el circo que publicó la revista Junior Films y que posteriormente llevó al cine en una empresa, Dibsono Films, creada con Enrique Ferrán Dibán y Alejandro Fernández de la Reguera, lo que lleva de nuevo a tirar de los hilos de la familia de los Fernández de la Reguera.

En la misma línea que el anterior se sitúa en enero del año siguiente La fuga de los juguetes (1943), de la autora italiana de literatura infantil y enigmática trayectoria Olga Ginesi (1894-1943), que en 1938 había visto como sus obras eran prohibidas en Italia debido a su ascendencia judía y posteriormente, durante la ocupación alemana, fue detenida y asesinada en la conocida como masacre del lago Maggiore. Se trata en este caso de un libro también encuadernado en cartoné y vistosamente ilustrado a color con dibujos de la propia Ginesi.

También de 1943 es la colección La Estela Azul, dedicada a lo que podríamos llamar textos clásicos menores decimonónicos y encuadernada en cartoné y sobrecubierta ilustrada, con una presentación general muy esmerada y en apariencia destinada principalmente a las lectoras. Se inicia con El sueño de una noche de mayo, de Mili Dandolo, en traducción de Javier de Zengoitia, y prosigue en 1944 con títulos como Sibila (1944), de Octave Feuillet (1821-1890); Primer amor, 1944), de Ivan Turguenev (1818-1883); Criquette (1944), de Ludovic Halévy (1834-1908), etc.

No debieron de funcionar mal estos primeros títulos, pero no tarda en iniciarse inicia una de las colecciones, dividida a su vez en series, que mayor popularidad dieron a las Ediciones Reguera, la colección Oasis, que se dieron a conocer en 1944 presentándose como una serie que «publica a precio económico y magníficamente presentadas las mejores novelas de la literatura mundial». Los primeros títulos no lo desmienten, si bien aparecen encuadernadas en rústica, con cubiertas a menudo ilustradas por Roc Riera Rojas (1913-1992): El grillo del hogar (1944), de Charles Dickens; Cumbres borrascosas (1944), de Emily Brontë,  El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, de Stevenson, Las dos novias (1944), de Alfred de Musset; Morriña (1944), de Emilia Pardo Bazán; Tres ingleses en Alemania (1945), de Jérome K. Jerome; Renata Mauperin (1945), de Guy de Maupassant;, el libro de Dandolo publicado previamente en La Estela Azul; Rasselas, príncipe de Abisinia (1945), de Samuel Johnson; Siberia (1945), de Vladimir Korolenko…

Mucho interés tienen también los numerosos libros que aparecieron en Reguera con la firma de Roman D’Artois, que era el nombre con el que solía firmar Ramon Capmany i Ayné, que tras haber dejado su rastro en diversas revistas y periódicos publicó en los años veinte las obras satírico-epigramáticas Breviario de la mujer: Para hallar marido, para ser feliz (Políglota, 1922) y Amar o ser amada (Juventud, 1929) y en 1943 había reeditado en Molino una versión ampliada de Un viaje al país del matrimonio. Escuela de las solteras y de las casadas (publicada en 1935 en Omnia) En 1944 publicó en Reguera El arte de conseguir amigos. Cómo influir por simpatía en las personas, El arte de tratar con las mujeres y El arte de ser bien educado.

Uno de los intereses de estos títulos surge de su relación con la retahíla de títulos del polifacético y agudo escritor Noel Clarasó (1899-1985) que publicó José Janés en Lauro a partir de 1946: El arte de perder el tiempo (1946), El arte de no tener amigos y no dejarse convencer por las personas (1947), El arte de no decir que sí (Manual de técnica interpretativa) (1947), El arte de no pensar en nada (Manual de técnica interpretativa) (1947), que luego aún tuvo continuidad en otras colecciones janesianas: El arte de tratar y maltratar a las mujeres (1953) en La Aventura del Hombre, El arte de ser un nuevo rico (1954) en Los Novelistas de Nuestro Tiempo y una segunda parte de El arte de perder el tiempo (1958). Parece evidente la relación poco menos que mimética entre estos ensayos humorísticos y los libros de Roman D’Artois, que a su vez están parodiando los libros que con tantísimo éxito internacional venía publicando el padre del best seller de autoayuda, Dale Carnegie (1888-1955), desde Cómo ganar amigos e influir en las personas, aparecido originalmente en 1936 y publicado por primera vez en español en 1940 en las Ediciones Cosmos (creadas por Antonio López Llausàs como satélite de su Editorial Sudamericana).

De finales de la década es la muy popular colección Novela Gráfica, pero el desenlace de la editorial Reguera debió de ser un poco accidentada, pues aún en 1952 se publica una edición de Demasiado tarde, de Mogens Linck (que previamente había publicado en Reguera Los guantes amarillos, como segunda entrega de la colección La Tela de Araña), que sería el primer y único número de una Nueva Colección Oasis.

La Biblioteca Fina Filipina y la editorial que (literalmente) se hundió

La reciente publicación del epistolario entre el tipógrafo y editor Anselm Mas Campalans (1890-1947) y su hermana Gertrudis (1898-1973) ha permitido, inesperadamente, conocer algunos aspectos acerca de una de las iniciativas editoriales más asombrosas del siglo xx, la suntuosa Biblioteca Fina Filipina, de la que hasta la fecha apenas se conocían algunos detalles dispersos e imprecisos (cuando no meras suposiciones e intuiciones).

Acaso la única fotografía existente de Anselm Mas Campalans adulto (si realmente es él).

Todo parece indicar que el primer contacto de Anselm Mas con el mundo de la imprenta se produjo a raíz de un escándalo que supuso también un descalabro familiar, cuando a los cuarenta y cuatro años (en 1934) Anselm perdió su condición de párroco en Sant Antoni de Calonge por motivos difíciles de dilucidar con la información disponible, pero que acaso tengan que ver, ni que sea remotamente, con la revolución de Asturias de aquel año. Al parecer, decidió entonces romper toda relación con su familia, profundamente conservadora (enriquecida con el negocio del corcho), y trasladarse de su Sant Antoni natal a Sant Feliu de Guíxols; a partir de ese momento sólo mantuvo relación epistolar con la menor de sus hermanas, si bien dada la escasa distancia entre estas dos poblaciones no es descartable que se vieran ocasionalmente.

En los años sucesivos, los sólidos conocimientos lingüísticos, artísticos y literarios de Anselm Mas le permitieron cuanto menos subsistir con colaboraciones y trabajos diversos en los periódicos y revistas de la comarca del Baix Empordà, y al parecer, aunque empleando algunos seudónimos, llegó incluso a publicar textos propios que aún están por identificar en publicaciones como Acción Social Obrera, semanario de Sant Feliu de Guíxols adherido a la CNT, Fulla sardanística, La Costa Brava y Programa también de Sant Feliu; Baix Empordà, de Palafrugell, e incluso Cap Aspre y Recull, de Calella, muy probablemente entre otros muchos; además, es posible que contribuyera a su sustento el puesto de primer clarinete en la Cobla Orquestra La Principal Calongina. Fue también en estos años (1934-1936) cuando empezó a destacar como uno de los correctores y tipógrafos más preparados y eficientes de la provincia de Girona, así como uno de los oradores más activos del sindicalismo de izquierdas de las artes gráficas en el Baix Empordà, si bien no hay constancia documental de su filiación ni militancia política.

En sus memorias sobre la guerra civil, el sindicalista Hipòlit Navarro menciona a Anselm Mas como uno de los compañeros del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista) con los que durante las primeras semanas de la guerra compartió trinchera en el frente de Aragón, si bien siempre se ha puesto en duda que Mas militara en este partido, pues sus amistades conocidas se encuentran más bien en la órbita de algunos grupúsculos anarquistas.

De hecho, poco o nada se sabe de la actividad de Anselm Mas durante la guerra ni del azaroso trayecto que al fin de la misma le llevó a establecerse en Tuguegarao (Filipinas), si bien es probable que en 1937 colaborara como corrector en el periódico barcelonés Amic (dirigido por Josep Janés i Olivé) y, según menciona en su epistolario con su hermana, el tortuoso camino del exilio le llevó a recalar brevemente en Praga y Chisináu, antes de llegar a las islas Filipinas.

Según los archivos desclasificados de la CIA, la embajada estadounidense en la capital filipina sospechaba vagamente que Mas Campalans (que se había hecho relativamente conocido como traductor de diversas lenguas al español), llevaba a cabo labores de espionaje o bien de contrabando, pero el caso es que durante la guerra mundial vivía en Filipinas mucho más holgadamente que hasta entonces, si bien sin ostentaciones y sin apenas vida social.

Uno de los valores principales del mencionado epistolario es que permite fechar con cierta precisión el proyecto de la Biblioteca Fina, que coincide casi exactamente con el fin de la segunda guerra mundial, un momento que, según la profesora Rocío Ortuño:

marcó una nueva era en la historia de la publicación en Filipinas. Durante la ocupación japonesa (1942-1945) solo aparecieron siete nuevos títulos. La situación mejoró algo tras la Guerra para la publicación de libros en inglés y en tagalo —aunque el mercado del libro seguía dependiendo sobre todo de la importación de títulos extranjeros—, pero no así para la literatura en español que quedaría prácticamente desterrada del archipiélago asiático.

Aun así, escribe Anselm a su hermana: «Esta idea alocada [o irreflexiva: esbojarrada en el original] y fascinante empieza ya a tomar cuerpo, y aunque soy consciente de que no me reportará fama ni dinero por lo menos me está proporcionando grandes satisfacciones intelectuales». Cabe la posibilidad de que contara con la ayuda del sevillano Manuel López Flores, que en 1948 fundaría la Editorial Hispano-Filipina, pero en realidad nada se sabe de los colaboradores con que pudo contar Anselm Mas para poner en pie el proyecto, si bien en una carta fechada en marzo de 1946 menciona a «els meus camàlics», que tanto puede aludir a mozos de los recados o porteadores como, despectivamente, a cualquier tipo de empleado.

Tuguegarao City.

De esta lujosa y esmeradamente diseñada biblioteca eran conocidos ya los tres primeros títulos que acaso tradujo, imprimió y encuadernó personalmente Anselm Mas, aunque también es posible que encargara algunas de las fases del proceso a Celestino Miralles, que desde finales del siglo XIX regentaba en la calle de la Escolta de Cebú un taller e imprenta conocido como La Catalana. Se trata, ciertamente, de títulos en apariencia muy poco comerciales y escasamente conocidos, pero parece evidente que debieron de ser libros de precio muy alto porque, más allá de algún bibliógrafo de la zona, Mas Campalans era muy consciente de que sólo podría distribuirlos en España o en América, lo que implicaba, necesariamente, exportarlos por vía marítima.

El epistolario recientemente sacado a la luz permite además conocer algunos detalles de estos volúmenes y los títulos que debían dar continuidad a la colección y que no pudieron publicarse. En un espacio relativamente reducido de tiempo, salieron de imprenta unas tiradas de aproximadamente doscientos ejemplares de traducciones al español de los siguientes libros:

-la obra teatral cercana al surrealismo Los enemigos, del apenas conocido escritor checo Jaromir Hladík (1890-1939) de quien, sin embargo, años más tarde Jorge Luis Borges rescataría y analizaría con detenimiento los dos volúmenes de su Vindicación de la eternidad (a la luz de su contemporaneidad con Kafka) en «El milagro secreto». Es evidente que la detención de Hladík por parte de la Gestapo en marzo de 1939 truncó definitivamente la fama de su obra, y el intento de Anselm Mas por revindicar la dramaturgia de este autor tampoco pudo tener ningún efecto.

Max Aub.

-El texto escatológico de no ficción De modo carcandi, de Pierre Tartareus, discípulo de Jean Scot y conocido sobre todo por su polémica con Mandeston acerca del modo correcto de pronunciar la palabra mihi. No parece que desde la edición lionesa en octavo de 1621 se hubiera reeditado en francés este texto, que en español seguía inédito.

-Un breve poemario de Iván M. Ivanov (1852-1910), amigo de Oscar Wilde, según anota Max Aub al recoger parte de su obra en Antología traducida, de quien, de estar publicada, lo más probable es que su obra permaneciera dispersa hasta entonces en publicaciones periódicas. Resulta interesante anotar que la traducción que Max Aub hizo de Ivanov no fue en sentido estricto la primera en español, y aunque es difícil que Aub conociera la de Anselm Mas no es del todo imposible porque, en cualquier caso, Max Aub fue quien más datos recabó sobre Ivanov:

Iván M. Ivánov (1852-1910). Nació en Moscú, estudió medicina en Berlín y Londres. Luego se dedicó a la pintura. Famoso porque fue amigo de Oscar Wilde. Regresó luego a Rusia donde se dedicó a pintar banqueros y terratenientes. Pasados los cincuenta años, en contra de la mayoría de los de su calaña, se convirtió en adorador del sexo contrario, con el que dilapidó su no corta fortuna. Murió en Odesa, de peste.

Sin embargo, resulta extraño que, al biografiar al pintor Jusep Torres Campalans, Aub ni siquiera mencione un posible parentesco de Anselm Mas con el célebre pintor.

En cualquier caso, ahora sabemos que el hundimiento del proyecto editorial de Anselm Mas dejó en algún estado de edición difícil de establecer por lo menos dos obras más:

-La traducción del tratado nigromántico Cultes de Goules, firmado como Conde de Erlette por François Honoré Balfour, que se había publicado parcialmente y de forma clandestina a principios del siglo XVIII y del que, como en los casos anteriores, no existía todavía una traducción al español (probablemente por efecto de la censura eclesiástica y su enorme peso en la historia de la edición en lengua española). Al parecer, los trabajos preliminares de esta edición, caso de haberlos, desaparecieron con la muerte de Anselm Mas.

-Otro poemario, en este caso de Robert Van Moore Dupuit (1856-1911), que tiene cierta fama de plagiario y a quien, en la misma antología ya citada Max Aub describe como «cojo, pequeño, feo». La presencia de dos autores coincidentes entre la Biblioteca Fina Filipina y la Antología traducida de Max Aub es un argumento, aunque no concluyente, para suponer que el escritor español exiliado en México conociera de alguna manera el trabajo llevado a cabo por Mas Campalans en Tuguegarao, pero a falta de una deseable investigación más a fondo es imposible afirmarlo con rotundidad.

Como ya registró en su momento Álvaro López Ugarte, es incluso posible que no haya sobrevivido ningún ejemplar de estas ediciones, pues el carguero de bandera portuguesa Obra da Fe en el que se embarcó el grueso de la edición, con destino a México, se hundió en aguas internacionales y las pesquisas de López Ugarte para hallar algún ejemplar en Filipinas se vieron dificultadas por el suicidio poco tiempo después de Mas Campalans (que es aventurado atribuir exclusivamente a las pérdidas económicas de su proyecto editorial, pues sus cartas ponen de manifiesto que no esperaba ganar dinero con la Fina Filipina; sin atreverse a ser muy explícito, López Ugarte alude a una tormentosa relación sentimental non sancta como posible causa del suicidio).

En cualquier caso, el editor menciona en una carta a su hermana su intención de mandarle un poemario y una obra teatral de esta colección en cuanto salgan de imprenta «que tal vez te gustarán y te permitirán ver el fruto de mis años de trabajo por estos andurriales» (cabe deducir que se trataría del poemario de Ivanov y de Los enemigos). En caso de que hubiera llegado a producirse este envío —casi perdida por completo la esperanza de que se hallen ejemplares en Filipinas—, no es descartable que aparezca uno de los ejemplares de esta exquisita colección en alguna biblioteca holandesa, pues, según consigna Araceli Villalba, Gertrudis Mas Campalans residió hasta el fin de su vida en un pueblecito cercano a Ámsterdam desde el momento en que se casó con un empresario viudo que solía veranear en Calella de Palafrugell. Habrá, pues, que seguir investigando.

Fuentes:

Pilar Barrenechea Capdevila, «El sindicalisme i el sector de les arts gràfiques al Baix Empordà en els anys trenta», en Artur Masoliver i Balart, Mireia Cots Perarnau i Maria Aurèlia Sanllehí, eds., I Congrés d’Historia dels Moviments Socials a les Comarques Gironines durant la Segona República, Sant Esteve de La Fosca, Edicions de la Regiduria de Turisme, Cultura, Esports i Patafísica de l’Ajuntament d’Ultramorts, 1978, pp. 323-375.

Kenneth Day, ed., Book Typography, 1815-1965, Londres, Ernest Benn, 1966.

Freedom of Information Act. Electronic Reading Room (Central Inteligence Agency).

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Anejo 36), 2018.

Álvaro López Ugarte, La labor cultural de los exiliados republicanos españoles de 1939 diseminados por Samoa, Filipinas, Tahití y otras islas del océano Pacífico, Nagassaki, Publicaciones de la Legación Diplomática Española en Japón-Consejo Superior de Investigaciones Aisladas, 1987.

Àlex Milian, «La petjada catalana a les Filipines», El Temps, 29 de març de 2021.

Hipòlit Navarro, Els meus anys de glòria. Del contraband a la Costa Brava a l’estraperlo a Barcelona., Palamós, Edicions del Castellet, 1979.

Rocío Ortuño Casanova, «La edición en Filipinas», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Elien Van Gehuchten, «Semblanza de Editorial Hispano-Filipina (Manila, 1948-1957)»,  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Araceli Villalba Triquell, «L’epistolari d’un capellà de Sant Antoni a l’exili. Els germans Anselm i Gertrudis Mas Campalans», La Terrassa del Bel Air (Palamós), núm. 66 (septiembre de 2021), pp. 5-65.