Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales y de docencia, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s, Ínsula). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor.

Enric Borràs i Cubells y la edición independentista catalana en los ochenta

En el volumen con que cierra su monumental historia de la edición en Catalunya, Manuel Llanas establece ciertos paralelismos entre el origen y la orientación de iniciativas como Edicions de l´Arc de Berà y Edicions Mediterrània o, posteriormente, La Magrana y las de la editorial El Llamp, de la que cita el siguiente propósito procedente de un catálogo de 1989: «[Publicaremos] obras en muchos casos comprometidas, siempre con el pensamiento puesto en Cataluña, génesis y objetivo de nuestra tarea editorial». Sin embargo, también indica Llanas que, de todas las que menciona, El Llamp fue la que a lo largo de su trayectoria más fiel se mantuvo a estos principios ideológicos fundacionales.

Aunque el nombre remite a una histórica y combativa revista publicada entre 1921 y 1934, El Llamp empieza a gestarse durante el verano de 1980, y, salvo en los trámites iniciales para constituirse, nunca pagó tasas ni impuestos directos a la agencia tributaria ni a la seguridad social españolas, lo que ya es sobradamente indicativo de esta fidelidad al compromiso declarado. Un tiempo después, el 22 de febrero de 1982, está fechado en los obradores de Gràfiques Diamant el primer libro de El Llamp, Manual d’orientació, de Ferran Pàmies.

La iniciativa había surgido de Enric Borràs i Cubells (1920-1985) y de su hijo Enric Borràs Calvo. El primero tenía ya por entonces una larga experiencia en el mundo editorial, que había iniciado al poco de salir de prisión, pues como consecuencia de su compromiso político pasó en la cárcel Modelo los años que van de febrero de 1946 a mayo de 1950. Después de una temporada haciendo colaboraciones externas como corrector y redactor, en 1952 Borràs i Cubells entró en la editorial Teide, donde con el tiempo se convirtió en mano derecha del célebre historiador y editor Jaume Vicens Vives (1910-1960), además de en prolífico traductor. Y coincidiendo con el arranque de El Llamp empezaba a aparecer además una de las iniciativas importantes en las que se comprometió, la colección en catalán de Joan Grijalbo (1911-2002) Plec de Setze, que puso a disposición de los lectores catalanes a algunos nombres importantes de la literatura universal contemporánea gracias a la labor de escritores y traductores tan destacados como Xavier Benguerel, Avel·lí Artís-Gener, Quim Monzó o Francesc Parcerisas.

A los dos años del arranque de El Llamp aparecía además una revista homónima, inicialmente dirigida por el escritor e intelectual Joan Crexells (18961-1926), que avanzaba en paralelo y con los mismos objetivos y planteamientos que la editorial.

A lo largo de sus trece años de existencia la editorial El Llamp publicó alrededor de trescientos títulos encuadrados en diversas colecciones entre las que destaca por su extensión L’Aplec, dedicada a libros periodísticos, memorias, ensayos históricos y textos de narrativa obra de autores catalanes como Josep Espunyes, Joan Barceló o Maria Mercè Marçal, y sobre todo La Rella, centrada en textos más reflexivos y memorialísticos de tipo político e ideológico.

Es muy recordada también como pionera de la novela erótica en catalán gracias a la colección La Cuca al Cau, donde abundan los textos firmados con seudónimo y de atribución dudosa, como es el caso de Els quaderns d’en Marc (que a menudo se supuso obra del prolífico Manuel de Pedrolo [1918-1990]) e Historieta Gràfica, donde se abordaba la historia y la actualidad política en forma de cómic en una iniciativa que hoy puede considerarse pionera. Y a ellas deberían añadirse aún otras de título tan inequívoco como Antropología, La Franja, Sociolingüística o Comunicació.

Entre sus mayores éxitos, a veces polémicos, se cuentan, por ejemplo, varias obras del propio Crexells, como Si és boig, que el tanquin! Poesia popular anónima, 1977-1982 (1983), antología en cuya preparación contó con la colaboración del poeta y editor Pere Quart (Joan Oliver [1899-1986]), Origen de la bandera independentista (1984), El monument a Rafael Casanova (1985) o Premsa catalana clandestina i d’exili, 1917-1938 (1986), así como textos tan importantes o que han dejado una huella profunda en el pensamiento independentista como es el caso de Anarquisme i alliberament nacional (1987), obra de un colectivo encabezado por Ricard de Vargas Golarons (excompañero de Salvador Puig Antich en el Moviment Ibèric d’Alliberament y posteriormente militante de Olla [Organització de la Lluita Armada]), en el que figuraban entre otros Joan A. Montesinos, Joan Casares y Enric Cabra, y que, prologado, ampliado y actualizado, por su pertinencia y vigencia fue rescatado por Virus Editorial en 2007.

Fenecida la revista, que tenía una tirada de unos dos mil ejemplares (la mitad destinada a suscriptores), dos años después le siguió el cierre de la editorial (que previamente se había convertido en sociedad anónima), debido al parecer al cierre de la distribuidora y a la dificultad por aquel entonces para obtener créditos bancarios. Aun así, en cierto modo la revista ha tenido una segunda vida, dispersa, en internet.

Si sin duda puede considerarse El Llamp como una de las editoriales más insignes entre todas las independentistas surgidas en el siglo XX en Cataluña, tampoco parece muy discutible que fue la más radicalmente independiente de las últimas décadas del siglo.

Fuentes:

Enric Borràs, «El Llamp: doble aniversari», El Llamp, 22 de febrero de 2012.

Ferran Dalmau «30 anys de la fundació d’El Llamp», Llibertat.cat, 26 de enero de 2012.

Manuel Llanas, Historia de l’edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys). 1975-2007, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Roger Palà, «La nissaga Borràs. De l’editorial independentista el Llamp al fotoperiodisme contra la extrema dreta», La nevera, 13 d’octubre de 2016.

 

 

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Libertad de imprenta

Proyecto de Ley sobre la Libertad de Imprenta, presentado en las Cortes y Leído en el Congreso de los Señores Diputados de Orden de su Magestad la Reina Gobernadora por el Ministro de Gobernación de la Península el 14 de septiembre de 1839 (Madrid, Imprenta Nacional, 1839).

Real Decreto sobre el ejercicio de la libertad de imprenta publicado el 5 de abril de 1852 en la Imprenta Nacional de Madrid.

Cosas sobre Ontañón, Mada Carreño y la editorial Xóchitl

La relativamente breve historia de la editorial Xóchitl (1941-1948) dejó una estela de interesantes libros repartidos en tres colecciones de cuyo conjunto puede inferirse una interesante perspectiva acerca de la integración de los intelectuales republicanos exiliados en México como consecuencia del resultado de la Guerra Civil.

Este empresa creada por Eduardo de Ontañón (1904-1949), Mada Carreño (1914-2000), con la que se había casado durante la guerra (en 1938), y el mexicano Joaquín Ramírez Cabañas (1886-1945) toma su nombre de una palabra náhuatl (cuyo significado es flor) que posteriormente dio lugar a un nombre de persona. Eduardo de Ontañón ya tenía a sus espaldas una asentada carrera como periodista y editor cuando llegó a México, pues como hijo del librero burgalés Jacinto Ontañón (propietario de la librería que llevaba su apellido, además de editor de la revista satírica El Papa-Moscas), estuvo desde muy joven en contacto con la letra impresa. A los trece años ya publicaba Eduardo de Ontañón en la revista de su padre, pero sobre todo una vez concluidos estudios de periodismo su firma es frecuente en periódicos y revistas de la época como El Diario Español, La Voz de Madrid, Crisol, Luz, Estampa o El Sol, si bien sin duda una de las más importantes fue Parábola, entre cuyos colaboradores se contaban César Arconada, José María Alfaro, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pedro Garfias, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Concha Méndez, Pedro Salinas…

Mada Carreño, por su parte, de formación autodidacta, se estrenó ya durante la guerra civil como escritora en periódicos vinculados a las Juventudes Socialistas Unificadas como Alerta, y fue sobre todo en México donde forjó su prestigio como escritora tan prolífica como versátil. Y en cuanto al poeta e historiador Ramírez Cabañas, ya en 1918 había publicado un primer poemario, La sombra de los días, al que habían seguido la novela La fruta del cercado ajeno (1921) y los libros de poemas Remanso de silencios (1922) y Esparcimiento (1925), así como el libro de ensayos Estudios históricos (1935), pero además había figurado como editor de la revista Tiempo, con Francisco Gamoneda había fundado la Librería Biblos (que actuaba ocasionalmente como editorial) y luego desarrollaría una importante labor como editor de textos históricos para la editorial Pedro Robredo.

A la derecha, Eduardo de Ontañón.

Xóchitl se estrena con un libro de impacto, potencialidad comercial y además supieron lograr una buena distribución: una biografía de Hernán Cortes escrita por el prestigioso escritor José Vasconcelos (1882-1959) y con obra gráfica del ilustrador y escenógrafo mexicano Julio Prieto (1912-1977), con la que nacía la colección Vidas Mexicanas (que tomaba como modelo las Vidas Españolas e Hispanoamericanas del Siglo XIX de Espasa-Calpe) acerca de cuya distribución explica Mada Donato en sus memorias:

Cuando tuvimos en nuestras manos el Hernán Cortés de Vasconcelos, con una atractiva portada del escenógrafo Julio Prieto y varios grabados en el texto, fui a ver a los libreros y editores más importantes de México, los Porrúa. Eran –y siguen siéndolo– un clan numeroso de tíos y sobrinos, hermanos y cuñados, tres generaciones por lo menos de una familia de procedencia mallorquina, personas de gran probidad y prestigio. […]

Me ofrecieron adquirir al contado cien ejemplares de cada libro. Con eso teníamos suficiente para pagar los gastos del último y emprender la impresión del siguiente. Visité, con igual fortuna, otra rama de los Porrúa, los dueños de la Librería Robredo.

Si bien este título inicial lo había financiado Ramírez Cabañas, a partir de ese momento arrancó una trayectoria que puso en pie otras colecciones, como la Biblioteca Mexicana de Libros Raros y Curiosos, destinados a bibliófilos y por consiguiente en tiradas más cortas, o, inspirada por Mada Carreño, Historias Apasionadas, acerca de la que cuenta que empezaron a «atesorar todo lo que “de apasionado” figura en la literatura clásica, y obtuvimos resultados excelentes», y así publicaron obra de Rousseau, Dostoyevski, Merimée, Conrad, Nerval, Chateaubriand…

Razones personales, nada menos que la separación del matrimonio de los fundadores, acabó con el proyecto demasiado pronto, pero dejaban una treintena de títulos como testimonio, y en cuanto Ontañón regresó a España Mada Carreño liquidó la empresa y saldó las existencias dejando en manos de la Librería Patria las de la colección Vidas Mexicanas y las de Historias Apasionadas en las del editor de origen catalán Francesc Sayrols, conocido en México sobre todo por ser uno de los pioneros del cómic, en 1934, con la revista Paquín, que en esos momentos acababa de desaparecer (en 1947).

Al margen de ocuparse como albacea de la obra de su buena amiga Magda Donato (1898-1966), a partir de ese momento Carreño ya no volvió a intervenir en el mundo editorial y dedicó sus energías a las más diversas disciplinas (la literatura infantil, la interpretación dramática, el periodismo…), y tampoco Ontañón, gravemente enfermo, tuvo ocasión de hacerlo, e incluso la obra con la que llegó a cuestas, Larra, el español desesperado, no llegó a publicarse nunca, del mismo modo que la gran obra editorial de Carreño, la traducción y revisión de textos de la Biblia del nuevo milenio, no vería la luz hasta el año 2000, en la editorial Trillas.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 4 vols., 2016.

Concepción Bados Ciria, «Republicanas exiliadas en México (I) Mada Carreño», Rinconete, 15 de julio de 2007.

Francisco Blanco, «La revista Parábola y la tertulia del ciprés», Burgospedia, 21 de octubre de 2014.

Mada Carreño, Memorias y regodeos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.

Los primeros años de la editorial Ariel, la literatura infantil, la censura…

Los orígenes de la editorial Ariel, que en el momento de escribir estas líneas cumple la muy respetable edad de 75 años, tiene justa fama de cantera propicia de grandes nombres de las letras y de la edición, pues en algún momento u otro de su historia desempeñaron en ella funciones de mayor o menor responsabilidad desde el filósofo y traductor Manuel Sacristán (1925-1985) a los editores Xavier Folch i Recasens (n. 1938), Gonzalo Pontón Gómez (n. 1944) y Joan Sales (1912-1983), así como el conocido corrector y editor de mesa Josep Poca i Gaya (n. 1940), pasando por el abogado y economista Jordi Petit Fontseré (1937-2004), el mediático economista Fabià Estapé (1923-2012) , el célebre abogado penalista Octavio Pérez-Vitoria (1912-2010) –a quien se atribuye más de un regate a la censura franquista– o los prestigosos historiadores Josep Fontana (n. 1931) y Jordi Nadal i Oller (n. 1929), entre no pocos otros de similar relieve.

De izquierda a derecha: Manuel Sacristán, Calsamiglia, Mario Bunge y Argullós.

Sin embargo, el origen de la editorial Ariel estuvo en la confluencia de lo que Gonzalo Pontón ha descrito como «una pareja extraña» que se había conocido en la Universidad Autònoma de Barcelona anterior a la guerra, el tándem formado por el licenciado en Derecho Alexandre Argullós (1912-1996) y el licenciado en Filosofía Josep Maria Calsamiglia (1913-1982), que había sido ayudante del celebérrimo profesor y poeta Ramon Xirau (1924-2017). A Argullós la guerra civil le había pillado en una estancia de ampliación de estudios en Milán, pero en 1937 regresó a Barcelona, por lo que no podía tener ninguna esperanza de poder proseguir su carrera como abogado, mientras que a Calsamiglia, aunque intentó depurarse, se le prohibió la docencia superior por un período de ocho años.

Así pues, en 1941 aunaron esfuerzos para comprar una de las imprentas históricas en Barcelona, la de los herederos de Domingo Casanovas, situada en el número 67 de la Ronda de Sant Pau, y al parecer durante un breve tiempo operaron con el nombre Demos. Sin embargo, no tardaron en trasladarse en 1946 a un local en los bajos del edificio modernista que ocupaba la también histórica Montaner y Simon (que hoy alberga la Fundació Tàpies), en un momento en que ésta atravesaba por serios problemas económicos, y pudieron ampliar así un poco su maquinaria, hasta el punto que unos años más tarde (en 1953) se trasladaron allí también las oficinas. En palabras de nuevo de Gonzalo Pontón:

adquirieron una vieja maquinaria tipográfica que estaba pidiendo a gritos la jubilación: una enorme máquina plana de imprimir LM, un par de Koenig Bauer mediocres, dos linotipias Mergenthaler, una cizalla y cajas y chibaletes con tipos que manipulaban con destreza dos viejos cajistas honrados de insigne tradición. Imprimían allí, aparte de la remendería del barrio, los (pocos) libros y revistas que se editaban en la Barcelona de posguerra. Pero también los apuntes de clase de sus compañeros de promoción que habían sido premiados con cátedras y prebendas por su fidelidad a la España eterna.

Al parecer, la elección del nombre con el que esta empresa se convertiría en legendaria en el ámbito de las humanidades se debe a un ensayo ya famoso en esos años de un ensayo del escritor católico francés André Maurois (1885-1967) de Ariel ou la vie de Shelley (1923), que en España habían publicado las Ediciones Oriente (1930) en traducción de Luis Calvo y que en 1951 publicaría también José Janés, que concuerda con la ideología que profesaban los propietarios de Ariel.

Entre los primeros libros que llevan pie editorial de Ediciones Ariel se cuentan títulos muy alejados de los que la harían famosa, como fueron por ejemplo La lección de San Juan de la Cruz. Episodios, doctrina y poesía de un resurgimiento espiritual (1942), de Enrique Chandebois, con un prólogo a la edición española de Luis Araujo-Acosta (1885-1956) y encuadernado en tela o Lo que vi en América (¿1942?), de Benigno Varela, pero en los años cuarenta el peso lo llevaban los Talleres Tipográficos Ariel, responsables entre otros títulos igualmente alejados de los que harían famosa a la editorial, como En la soledad del tiempo, de Dionisio Ridruejo, ilustrada por Ramón de Capmany, o la Poesía (1924-1944) de César González-Ruano, ambas para Montaner y Simon, o El paquebot de Noé del igualmente escritor de derechas Félix Ros, en este caso para la Editorial LARA (la primera empresa editorial de José Manuel Lara Hernández).

Cuando en mayo de 1946 empezó a publicarse la revista clandestina Ariel de Josep Palau i Fabra, Joan Triadú, Frederic-Pau Verrié, etc., que no tenía ningún tipo de vínculo con la editorial, surgieron inicialmente algunas confusiones entre los lectores, pero precisamente por su carácter minoritario y su trompicada distribución no se consideró que valiera la pena molestarse por ello (aunque incluso hoy se generan a veces equívocos).

Escribe Francisco Luis del Pino sobre la primera década de Ariel y su tremendo contexto político y social: «Mientras el decenio de 1940 a 1950 se caracterizó por ser años de penuria, represión y censura: “Franco manda y España obedece” sentenciaba una consigna de la dictadura, Ariel se especializó en títulos de medicina, economía, derecho y filosofía», y también hubo espacio para la sociología, la geografía o la historia, lo que marcaba ya desde el principio su vocación de editorial universitaria (incluso en el sentido de tener la vocación de sustituir o paliar las carencias de la universidad franquista). Es significativo en este sentido que la ya aludida publicación de apuntes, que se constituían prácticamente la única lectura promovida por la universidad.

Y antes de que acabara la década, con la que concluye también una primera etapa de Ariel, se inicia la publicación de libros en catalán, gracias a la iniciativa de Joan Sales, que luego tendría continuidad y frutos tan asombrosos y perennes como los diez volúmenes de Historia de la Literatura Catalana dirigida por Martí de Riquer, Manuel Comas y Joaquim Molas. Así, en 1949 aparecen una edición de bibliófilo y una destinada al comercio regular del primer volumen de rondalles populars, un volumen de 150 páginas con textos de Ramon Llull, Frederic Mistral y Jacint Verdaguer, prologados por Carles Riba y con dibujos a tres tintas de Elvira Elies, y a este seguirían tres volúmenes más cuya importancia radica sobre todo en ser la primera publicación específicamente dirigida al público infantil (en su edición regular) que conseguía la aceptación de la censura española. Sin embargo, no sucedió lo mismo con el intento Sales y Noel Clarasó de crear una publicación periódica al estilo de la muy célebre Patufet de preguerra, para la que incluso habían elegido ya el nombre, Antonet, y se mandó una primera maqueta a censura, pero estuvieron a punto. Tal como lo cuenta Òscar Samsó, una anécdota acompañó a este fracaso:

Un primer ejemplar y un memorial enviados a la Secretaría de Educación Popular en tiempos del ministro de Educación Ibáñez Martín fueron a parar a la Secretaria del Pardo, residencia de Franco. De allí fueron remitidos al organismo competente que, al ver quién era el último remitente, lo interpretaron como una recomendación. La confusión se disipó y el Antonet permaneció prohibido.

De hecho, los sobresaltos e incluso los conflictos de Ariel en las décadas siguientes serían frecuentes y serias, como ejemplifica por ejemplo otra obra magna, ya de la década siguiente, los ocho volúmenes de la Historia de España de Ferran Soldevila, que sin embargo fue uno de los primeros grandísimos éxitos de Ariel, con el que incluso puede decirse que se abría una nueva etapa.

Fuentes:

Jordi Amat, «Historia en combate», Cultura/s La Vanguardia, 18 de marzo de 2017, pp. 8-9.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XX (1973-1975), Barcelona, Gremi d Editors de Catalunya, 2006.

Francisco Luis del Pino Olmedo, «Editorial Ariel. Feliz 70 cumpleaños», Clío, núm. 132 (2012), pp. 29-34.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Tiempo de aprendizaje», Tiempo de Ensayo. Revista Internacional sobre el Ensayo Hispánico, núm. 1 (2017), pp. 240-256.

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia cultural en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Joan Samsó, La cultura catalana. Entre la clandestinitat i la repressa pública (1939-1951), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva), 1995.

 

Eudald Canivell, tipógrafo y difusor de las artes gráficas

Eudald Canivell (1858-1928)  entró en el siglo XX con un libro poco común en el contexto cultural del momento bajo el brazo, Heribert Mariezcurrena y la introducció de la fototipia y el fotogravat (1900), en el que biografiaba y reivindicaba la figura de un grabador, introductor de la fotografía al carbón y pionero del fotoperiodismo hoy muy poco conocido pero que, entre otras cosas, fue el creador de la primera figura icónica del poeta Jacint Verdaguer (1845-1902), ya en la década de 1870, y fundador de la novedosa Sociedad Heliográfica Española.  El texto de Canivell parece nacido al calor de la muerte de Mariezcurrena (en mayo de 1898), como resultado de una lectura celebrada en el Ateneu Barceloní en mayo de 1898 y organizada por el Institut Català de les Arts del Llibre (del que Canivell era uno de los fundadores).

Verdaguer retratado por Mariezcurrena.

En aquel momento inicial del siglo, gracias en parte a la seguridad que le proporcionaba su modesto sueldo como director de la Biblioteca Pública Arús, Canivell se encontraba en la cresta de la ola de su trayectoria profesional. En aquel mismo año 1900 se estrenaba la cabecera portavoz del ICAL Revista Gráfica, de la que fue director artístico y literario y cuyos dos primeros números (1900 y 1901-1902) describe Eliseu Trenc como: «Notables tanto por su contenido como por el aspecto formal, hasta el punto que pueden ser considerados como un destacado ejemplo de la riqueza del arte tipográfico modernista». Simultáneamente, Canivell dirigía la publicación del tercer y último volumen de la famosa Biografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra, que a su muerte había dejado inacabada el bibliófilo y coleccionista Leopoldo Rius de Llosellas (1840-1898) y ordenada posteriormente Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), para el que Canivell escribió además un documentadísimo prólogo acerca de su autor. Finalmente, esta magna obra del cervantismo hispánico aparecería en Vilanova i la Geltrú en 1904, gracias al buen hacer de los talleres de Joan Oliva i Milà (1858-1911), quien en 1900 había publicado en la Revista Gráfica un importante texto sobre tipografía («Senzill ensaig de classificació dels carácter tiographics»), y se hicieron, según se consigna en la portadilla: «Cinco ejemplares en papel japonés, cinco ejemplares en papel Guarro, cuarenta ejemplares en papel de hilo y cuatrocientos ejemplares en papel verjurado agarbanzado». Ese mismo año aparece otro ensayo importante de Canivell, los Tipos góticos incunables para impresiones artísticas y ediciones de bibliófilo (Oliva de Vilanova, 1904).

Caja de los volúmenes del Quijote de Viader.

Al año siguiente (1905), mientras sigue enfrascado en la restauración de caracteres góticos del siglo XV, se inauguraba la Escola Práctica d’Arts Gráfica, una de las iniciativas más notables e influyentes creadas por el ICAL y donde Canivell fue uno de los primeros docentes, pero además –y mientras proseguía la catalogación de la inmensa biblioteca y archivo de Rossend Arús– dirigía y revisaba la edición de un Don Quijote de la Macha en caracteres góticos impreso sobre corcho laminado que apareció ese mismo año en Sant Feliu de Guíxols gracias a la imprenta especializada en obras cervantinas de Octavi Viader i Margarit (1864-1938), y que Juan Givanel Mas y Luis M. Plaza Escudero describen del siguiente modo en su Catálogo de la colección cervantina de la Biblioteca Central de Cataluña (volumen IV, 1891-1915, p. 192):

Es esta una edición muy curiosa, de cuidada tipografía, sobre materia de uso tan poco frecuente en menesteres de imprenta como es el corcho. Es, al mismo tiempo que una demostración de cervantismo, indicio de la madurez que tiene en la industria corchera la región ampurdanesa.

La tirada, cincuenta y dos ejemplares, está legalizada por acta notarial y se puede considerar como de bibliófilo.

El primer volumen se terminó el 31 de diciembre de 1905, y el segundo el 6 de mayo de 1906.

Las capitulares y los adornos tipográficos son del propio Canivell, y fue tal el éxito que al año siguiente ya se hacía una segunda tirada, con las mismas características y el mismo formato (231 x 165 mm), de cien ejemplares.

Del prólogo al Quijote de Viader.

Ese año 1906, Canivell se encontraba trabajando ya en la edición y composición de otra obra ambiciosa, un Lazarillo de Tormes al estilo de las del siglo XVI, para la que incluso había escrito el prólogo, con la que debía arrancar una colección de Joies de la Bibliografia Espanyola que no tuvo continuidad. Y al mismo tiempo se ocupaba de una edición facsímil del único ejemplar conocido de la Gramática latino-catalana de Bartolomé Mates (ICAL, 1906), cuya supuesta fecha de impresión (que el colofón declara de fecha tan temprana como 1468 y por tanto sería la primera composición tipográfica de la Península Ibérica y anterior incluso a las imprentas veneciana y parisina) Canivell defendió en un extenso prólogo, interviniendo así en una densa polémica –que merecería por sí misma un estudio monográfico– en la que años más tarde recibió el apoyo del ilustre estudioso del libro Ramon Miquel i Planas (1874-1950) en «El incunable barcelonés de 1468» (Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1930) y luego el de Casas Homs en «Sobre la Gramàtica de Mates» (Butlletí de la Real Academia de Bones Lletres, 1950). Y por si no bastara, también de 1906 es la iniciativa de estampar en La Académica una serie de fascículos con grabados inspirados en las ediciones incunables y góticas, con tipos dibujados por Canivell y fundidos especialmente para la ocasión por la Societat Catalana de Bibliòfils.

El tipo gótico incunable creado por Canivell.

Al margen de estos y otros trabajos de edición de obras de bibliófilo (Iconografía del rey Don Jaume I el Conquistador, por ejemplo), en esa primera década del siglo XX Canivell va perfilándose como uno de los mayores divulgadores de las muy diversas artes del libro: pasa a ocuparse también de la corresponsalía de la revista especializada dirigida por August Hofer Allgemeine Anzeige für Druckereien, y a partir de 1910, con el cargo de director artístico, se convierte en el alma y principal redactor del Anuario Tipográfico Neufville (seis volúmenes entre 1910 y 1922), actividades que compagina con la colaboración en el Diccionario enciclopédico de la lengua catalana (1905-1910) y con la redacción de todas las entradas referidas a las artes del libro en la Enciclopedia Espasa. Y actividades que tendrán además continuidad en la Crónica Poligráfica (1920-1925) y en El Mercado Poligráfico (1926-1928), en cuyas páginas dejó numerosos artículos sobre figuras relevantes de la bibliografía española (la estirpe de los Ibarra, Manel Henrich i Girona, José Enrique Serrano y Morales, Joan Russell i Anglarill) y sobre temas generales muy diversos (desde la relación de Cervantes con las imprentas barcelonesas hasta los orígenes del papel en Europa o, en fecha tan temprana como 1927, «El cubismo en el arte tipográfico»).

Portada del Álbum caligráfico universal (J. Romà, 1901), con textos y caligrafía de Canivell y orlas a pluma d Nicanor Vázquez.

A esta torrencial actividad polígrafa hay que añadir aún sus gestiones en la organización de iniciativas asociativas en el ámbito de la industria del libro, entre las que destacan la organización del I Primer Congreso Nacional de las Artes Gráficas (1911) y su papel decisivo en la trabajosa y polémica organización de la presencia catalana en la Feria de Leipzig de 1914, etc.

Eudald Canivell.

Así, pues, Eliseu Trenc hace lo que parece un balance muy justo de la importancia de la figura y el papel desempeñado por el erudito autodidacta Eudald Canivell en el campo de las artes gráficas del siglo XX:

Los tipógrafos anarquistas modernistas, influidos por el pensamiento de William Morris, tanto por sus ideas políticas como por su ejemplo de retorno a la artesanía y a una tipografía gótica, pretendían cambiar el libro como pretendían cambiar el mundo, deseaban cambiar la sociedad y querían renovar las reglas de la composición tipográfica […]

Canivell era consecuente con sus ideas, con su vida: por un lado, ponía sus conocimientos y su erudición al servicio de la recuperación y perfecta reedición de textos catalanes o hispánicos antiguos, en una línea forzosamente elitista de la bibliofilia; pero por otra parte propiciaba y llevaba a cabo una propagación de la estética modernista en todo tipo de trabajos, desde el libro popular hasta la invitación o el anuncio de un baile de sociedad obrera, con lo cual se proponía educar a la sociedad urbana en su totalidad.

 

Y aun así, que se sepa, todavía no se ha escrito una biografía completa y en profundidad de tan fascinante personaje.

Fuentes:

Joan Givanel i Mas y Luis Plaza Escudero, Catálogo de la Colección Cervantina, volumen IV, años 1891-1915, Diputación Provincial de Barcelona, 1959.

Manuel Llanas (amb la col·laboració de Montse Ayats), L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Ex libris de Canibell.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica (Biblioteca de Bolsillo 34), 2000.

Nuria F. Rius, «Heribert Mariezcurrena i Corrons, retratista de Jacint Verdaguer i pioner del fotoperiodisme a Espanya (1847-1898)», nuriafrius.com.

Eliseu Trenc, «Eudald Canivell i Masbernat, impresor, polígraf i promotor», en AA.VV., Bibliofilia a Catalunya. Des del segle XIX, Barcelona, Fundació Jaume I, 2002, pp. 70-73.

Ediciones Antisectarias

En un libro de 1987, el que durante muchos años fuera director de la Biblioteca Nacional, Hipólito Escolar, ya insinuaba el vínculo entre las Ediciones Antisectarias y los orígenes remotos de la editorial Lumen, lo que, dadas las características de una y otra empresa y sobre todo sus muy distintas relaciones con la censura, no es sino una de las paradojas más suculentas de la historia de la edición española.

A las Ediciones Antisectarias de Joan Tusquets i Terrats (1901-1998) se refiere su sobrina Esther Tusquets (1936-2012) en el primer volumen de sus memorias, sin mencionarlas explícitamente, del siguiente modo:

El reverendo Juan Tusquets, más tarde monseñor Tusquets, que había estado en contacto el año 36 con los militares amotinados y mantenía relaciones con Franco, había conseguido, al comenzar la guerra, huir a Burgos, y había iniciado allí una editorial de libros religiosos. Nunca llegué a preguntarle, quizá porque no me había planteado siquiera la cuestión, qué peregrina ocurrencia le había inducido a fundar, en plena contienda, cuando se luchaba en todos los frentes y la gente moría a mansalva y había sin duda cometidos mucho más apremiantes, una empresa de este tipo.

Aun cuando se licenció en Filosofía en Lovaina y Valladolid y en 1926 fue ordenado sacerdote, Joan Tusquets mostró muy pronto un vivo interés por la palabra escrita, y en 1927 publicaba ya El Teosofisme, al que seguiría el año siguiente Assaigs de crítica filosòfica (1928), en las Edicions de la Nova Revista, al tiempo que iniciaba una intensa campaña contra el teosofismo, que posteriormente se ampliaría al rotarismo, el espiritismo, las sociedades nudistas, los vegetarianos, los defensores del esperanto y, por supuesto, a cualquier derivado del marxismo o del anarquismo. Al año siguiente dirigía ya su primera publicación periódica, Formació catequística (1929-1936), de la Junta Superior Catequística de Barcelona, de la que se imprimía también una edición en español; y, lo que es más importante, actuó como censor religioso y su nombre figura al pie de varios libros infantiles de aquellos años entre los que se cuentan, por ejemplo, Faules i moralitats, del sacerdote Joan Puntí i Collell (1886-1962) e ilustrado con cien dibujos del célebre ilustrador de libros [Joan García] Junceda (1881-1948), volumen con el que en 1929 se estrenaba la Col·lecció Roselles de la Editorial Balmes.

Aun así, la fama de Joan Tusquets en Cataluña alcanzó su cénit cuando en dos publicaciones en español de 1932, Orígenes de la Revolución Española  y Los poderes ocultos en España: Los Protocolos y su aplicación a España. Infiltraciones masónicas en el catalanismo ¿El señor Macià es masón?, señalaba falsamente al por entonces ya septuagenario presidente de la Generalitat de Catalunya, Francesc Macià (1859-1933), como perteneciente a la Masonería. Ambas obras, así como Formació catequística, salieron de la Casa de Arte Católico de José Vilamala Galobardes (1876-1959), que por entonces había simplificado ya su nombre a Editorial Vilamala, y dieron pie a una intensa y dura polémica que puede seguirse en El Correo Catalán, del que era colaborador Tusquets, y La Vanguardia.

En ese mismo año Tusquets aparece como director, con Joaquim Guiu Bonastre (1898-1939) como secretario, de la Biblioteca Las Sectas, unos cuadernos anunciados como trimestrales, de unas doscientas páginas, de los que llegaron a aparecer quince números entre 1932 y 1935, cuyos índices pueden consultarse en filosofía.org y que se presentaban como una continuación y ampliación de Orígenes de la Revolución española. Antes de concluir esta colección, en 1934, Tusquets tuvo oportunidad de hacer una visita al recién creado campo de concentración de Dachau durante un viaje auspiciado por la Asociación Antimasónica Internacional.

Anuncio aparecido en La Vanguardia del 12 de junio de 1932.

Al producirse el levantamiento militar el 19 julio de 1936, inicialmente sofocado en Barcelona, huyó el día 30 con pasaporte portugués a bordo de un mercante alemán que le dejó en Génova, de allí pasó a Roma y de la capital italiana, siempre por tierra, viajó hasta la zona dominada por los sublevados. Al parecer, allí puso (y aumentó) los datos que había acumulado sobre indicios que señalaban a los más diversos personajes como masones, judíos o marxistas (acaso ocupándose, con el grado de alférez-sacerdote, de la sección antimasónica del Servicio de Información Militar, los servicios secretos franquistas); con todo, lo que aquí interesa es que publicó e intervino como asesor religioso de la revista juvenil falangista publicada en San Sebastián Pelayos, y posteriormente, en Burgos, además de frecuentar al general Mola y a Franco (de cuya hija Carmen fue preceptor) y afiliarse a la Falange Española, fundó a finales de 1936 las Ediciones Antisectarias.

Portada de un volumen de la Biblioteca Las Sectas.

Los volúmenes, opúsculos y folletos de las Ediciones Antisectarias se imprimían en los talleres burgaleses de los Hijos de Santiago Rodríguez, que da nombre también una de las librerías más antiguas de España, y solían tirar 10.000 ejemplares de los libros, aunque alguno llegó incluso a los 30.000, a un precio muy moderado que oscilaba entre la peseta y la peseta y media (muy consecuente con el propósito propagandístico que las alentaba). Se publicaron una decena de muy elocuentes títulos numerados, empezando con La Francmasonería, crimen de lesa patria, de Tusquets, y concluyendo con La Masonería y la pérdida de las colonias, de Primitivo Ibáñez Argote, quien en 1955 (siendo capellán de la prisión de Vitoria) publicó Yo vi ejecutar al «buen ladrón» del siglo XX en la histórica Imprenta Egaña (donde se había impreso, por ejemplo, la segunda época del decimonónico «periódico católico-monárquico de Vitoria» La Buena Causa, del Círculo Carlista Alavés).

Sin embargo, además de los numerados se publicaron en las Ediciones Antisectarias muchos otros volúmenes (Lágrimas y sonrisas, de Antonio Pérez de Olaguer [1907-1968], Rasgos inéditos de Fernando de los Ríos, de Francisco de Vélez, o Masones y pacifistas, de Tusquets), hasta formar un total de una veintena entre los que los más conocidos quizá sean, además de los mencionados, Masonería y separatismo (1937), de Tusquets, y los de Antonio Pérez de Olaguer (1907-1968) El terror rojo en Cataluña (1937) y El Terror rojo en Andalucía (1938).

No obstante, uno de los libros que resulta más interesante para establecer la continuidad entre esta editorial y Lumen es sin duda la biografía escrita por Pérez de Olaguer del sacerdote de origen mexicano El padre Pro, precursor, centrada en el personaje que ha pasado a la historia por haber gritado, en el momento de ser fusilado, “¡Viva Cristo Rey!”

Anunciado en la contracubierta de varios libros de las Ediciones Antisectarias, la primera edición de esta biografía apareció ya concluida la guerra, en 1940 y en Barcelona, y con el sello de Lumen, cuyo director era Juan Tusquets. Otro dato que refuerza este vínculo es que quien en marzo de 1939 figuraba como propietario de Ediciones Antisectarias y el de Lumen en el verano de 1940 es la misma persona, Carlos Tusquets Terrats, hermano de Juan.

Masones y pacifistas, de Juan Tusquets, con prólogo del cuñado de Carmen Polo (esposa de Francisco Franco), Ramón Serrano Suñer.

A partir de los años cuarenta, Juan Tusquets atenuó un poco su antimasonismo para centrarse sobre todo en la catequesis y a partir de 1956 en su cátedra en la Universidad de Barcelona, así como en la escritura y publicación (a menudo en Lumen) de obras como Crítica de las religiones (1948) o Ramon Llull, pedagogo de la Cristiandad (1954), aunque quizás su título más memorable sea la colaboración en Tarzán contra Robot (Oikos-Tau, 1986), pero tuvo también tiempo para ocuparse de la dirección de publicaciones periódicas como Formación catequista o Perspectivas pedagógicas. En algún momento, según recuerda Esther Tusquets sin precisarlo, debió de ceder la dirección de Lumen a otro de sus familiares: «La dirigía el marido de una de mis tías —Guillermo Jurnet, que siguió trabajando con nosotros hasta una tardía jubilación—, la supervisaba mi tío Juan, el cura, y había invertido el dinero otro de mis tíos».

La reimpresión de exitosos catequismos y libros de tema religioso se convirtió en un soporte económico seguro que, en alguna medida, permitió que en los primeros años sesenta un pequeño grupo de entusiastas sin ninguna experiencia en el mundo del libro, con Esther Tusquets a la cabeza, reconvirtiera por completo la editorial Lumen, inicialmente con libros infantiles ilustrados (algunos de ellos traducidos por la propia Esther) y posteriormente con una colección tan rompedora como Palabra e Imagen que daría paso a otras igualmente conocidas, recordadas e incluso añoradas (muchas de ellas, por cierto, toparon a menudo con la censura franquista).

Fuentes:

Lluis Bonada, «Joan Tusquets», Avui, 28 de febrero de 1990, p. 12.

Jordi Canal, «Las campañas antisectarias de Juan Tusquets (1927-1939): Una aproximación a los orígenes del contubernio judeo-masónico-comunista en España», en José Antonio Ferrer Benemeli, coord., La masonería en la España del siglo XX, vol. II, Universidad de Castilla-La Mancha, 1996, pp. 1193-1214; incorporado como capítulo de Jordi Canal, Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carilsmo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons, 2006, pp. 293-322.

Javier Domínguez Arribas, El enemigo judeo-masónico en la propaganda franquista (1936-1945), Madrid, Marcial Pons, 2009.

Hipólito Escolar, La cultura durante la guerra civil, Madrid, Alhambra (Estudios 38), 1987.

Ana Martínez Rus, ««La represión cultural: libros destruidos, bibliotecas depuradas y lecturas vigiladas», en Julio Arostegui, coord., Franco: la represión como sistema, Madrid, Barcelona, Flor del Viento, 2012, pp. 365-415.

Paul Preston, «Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», traducción del inglés de Sandra Souto Kustrín, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007), incorporado luego a España en la guerra civil europea. Contribuciones de un hispanista, Universitat de València, 2017.

Ignasi Riera, Els catalans de Franco, Barcelona, Plaza & Janés, 1998.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, Barcelona, RqueR, 2005.

Conrad Vilanou Torrano, «La pedagogía culturalista de Juan Tusquets», Revista Española de Pedagogía, núm. 220 (septiembre-diciembre de 2001), pp. 421-437.

 

Catálogos editoriales, sentidos y significados

En su imprescindible vademécum El libro y la edición, Lluís Borràs Perelló distingue muy acertadamente el catálogo bibliográfico (propio por ejemplo de las bibliotecas) de los catálogos de libros valiosos, raros y demás, y también de lo que conocemos como catálogo editorial –entre los que a su vez distingue el catálogo general del especializado y del de novedades–, que define como «El soporte donde se resume y muestra la producción  editorial de la empresa, su estilo, su línea, su dinámica (resumida en los membretes de “Novedad” y “Próxima aparición”)».

Lo cierto es que cualquier tipo de catálogo, desde el de una librería al de un legado por defunción o al de una subasta, son siempre herramientas de una enorme utilidad para enriquecer la historia editorial, en particular en lo que se refiere a épocas remotas, si se someten a un riguroso escrutinio y análisis. Basten como ejemplo algunos de los trabajos recogidos en la obra colectiva La publicidad del libro en el mundo hispánico (siglos XVII-XX): Los catálogos de venta de libreros y editores, en el que diversos estudiosos del libro sacan jugo a documentos que en apariencia pudieran resultar insulsos o, casi indudablemente, de lectura un poco fastidiosa. Resulta asombroso a la luz de este tipo de estudios hasta qué punto los catálogos son fuentes de información de enorme utilidad para recrear hábitos de lectura, relaciones y prácticas en el comercio del libro entre la Península y América, preferencias lectoras de los diversos sectores sociales e incluso formas de esquivar la censura eclesiástica, entre otros aspectos interesantes cuando se abordan con paciencia y se dedican horas de rastrear archivos. Por supuesto, no se trata sólo de localizar estos catálogos y contextualizarlos debidamente, sino además de tener, por lo menos, una idea de qué tipo de libros son los que aparecen en esos catálogos.

Sin embargo, cuando decimos coloquialmente que «una editorial es su catálogo», o incluso, en palabras de Jorge Herralde, que «la biografía de un editor es su catálogo», estamos pensando sobre todo en los catálogos editoriales generales; es decir, aquellos que abarcan todas las publicaciones de todas las colecciones de una editorial desde su fundación hasta el momento presente (o el de su desaparición), y, por muy cuidadosamente que se elaboren y por muy exhaustivos que sus redactores pretendan ser, en su lectura siempre echaremos de menos algunos datos. Pero, claro está, los catálogos no se editan pensando en el historiador de la edición, sino en los lectores, libreros y distribuidores.

Perelló detalla algunos de los datos poco menos que imprescindibles que deben aparecer en este tipo de obras: «Los autores, las colecciones, los títulos y las características de los libros, reflejan la calidad y los objetivos de la editorial, y el catálogo es una de sus mejores cartas de presentación». Valga añadir que, por el contexto de la cita, se deduce que la alusión que hace Borràs Perelló a «los autores» se está refiriendo tanto a los escritores como, si es el caso, a los traductores e ilustradores.

Catálogo de Poseidón ilustrado por Fábregas Pujadas.

En una obra del tipo antes descrito, es lógico que debería aparecer todo título publicado, pero sería muy útil saber también cuántas ediciones (y distinguirlas además de las reimpresiones) y de qué tirada fue cada una de ellas, pues ello permitiría calibrar si se trató de un best séller o de un long séller; de hecho, para tales menesteres sería idóneo que figurara el año de cada una de las reimpresiones, pues podrían facilitar advertir un revival de la obra (que puede ser debido tanto a un movimiento en el canon como, por ejemplo, al estreno de una adaptación cinematográfica exitosa). Se han dado casos de, en una tirada de mil ejemplares, publicar la mitad de los ejemplares con una página de créditos indicando que se trata de una segunda edición, y a menudo se emplea el número de ediciones como dato acreditativo del interés o del éxito de un determinado título, cuando en realidad vender cinco mil ejemplares de una primera edición o cinco ediciones de mil ejemplares cada una significa, exactamente, lo mismo, y acaso lo que puede significar una diferencia es el período de tiempo que se ha tardado en vender esos cinco mil ejemplares.

Para poder reconstruir un catálogo, resultan particularmente útiles los catálogos en los que las editoriales recopilan todo lo publicado hasta una determinada fecha, generalmente significativa o demostrativa de una longevidad poco común (porque es bien sabido que en el mundo editorial la tasa de mortalidad infantil es muy alta). En ese tipo de catálogos conmemorativos de aniversarios de una editorial, por ejemplo, es frecuente –y muy probablemente lógico– que aparezcan absolutamente todos los títulos publicados, estén disponibles o no en el momento de publicar el catálogo, pero puede darse el caso de que esos datos puedan llevar a engaño a ojos inexpertos o si se toman sin las precauciones adecuadas.

Catálogo de la libreía The Dolfin Books, de Joan Gili i Serra.

Volvamos a los ejemplos. En el catálogo de una editorial pueden aparecer los primeros libros de un autor, pero es evidente que de ese dato no puede inferirse que publicó en esa editorial desde el principio, sino que cabe la posibilidad de que los reeditara y que quien le diera la primera oportunidad fuera una editorial distinta a la que, a la larga, acabó por reunir toda su obra. Si a esa falsa deducción inicial, se añade la inferencia problemática de que la editorial en cuestión llevó a cabo una política de autor en ese caso concreto, habrá que desbrozar un poco más la línea de argumentación. Intentar reunir la obra previa de un autor en el momento en que se le publica la, pongamos por caso, cuarta o quinta obra, puede responder a muchos motivos. Podría tratarse de una consecuencia del éxito descomunal de esa quinta obra, y reeditar sus textos previos un modo de sacar todo el jugo posible a ese éxito (o al hecho de haber hecho famoso al autor en cuestión); podría ser también un modo de contentar al autor (deseoso de ofrecer una segunda oportunidad a obras que en su momento pasaron más desapercibidas de lo que él considera justo, y de paso un modo de «hacer caja»), y lógicamente podría tratarse también de la manera elegida por un editor de demostrar su compromiso con la obra de ese autor, sus deseos de asociar ese conjunto de textos del escritor al conjunto de textos del editor, en definitiva: a un modo de hacer «política de autor», aunque sea con efecto retardado.

Del mismo modo, a partir de este tipo de catálogos no es fácil determinar durante cuánto tiempo una editorial dispuso de los derechos de traducción de una obra en concreto, si fue renovando el contrato o sólo dispuso de esos derechos durante un tiempo reducido (pero suficiente para que pueda alardear de tenerlo en su catálogo).

Catálogo de la Editorial Cervantes.

En el caso de las editoriales particularmente longevas, ante ese tipo de catálogos generales que pretenden reunir la historia de la casa, a veces se añade el problema de saber quién estaba al mando de la nave cuándo se publicaron determinadas obras. Y, yendo un poco más allá, ya no sólo quién firmaba los contratos (que cabe suponer que al fin y al cabo es quién tomaba la decisión última), sino también quiénes eran los directores literarios, asesores, lectores y/o scouts (lamento no conocer una traducción idónea al español) que sugerían, proponían y alentaban la publicación de las obras.

En definitiva, los catálogos son fuentes de informaciones un poco peligrosas (en según qué manos), y la interpretación de su sentido puede ser más compleja de lo que a primera vista pudiera parecer. Al fin y al cabo, con el término «catálogo» a menudo nos estamos refiriendo a una construcción abstracta que resulta incomprensible o incoherente sin no se contextualiza con cierto detalle.

 Obras citadas:

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 269), 2015.

Pedro Rueda Ramírez y Lluís Agustí, coords., La publicidad del libro en el mundo hispánico (siglos XVII-XX): Los catálogos de venta de libreros y editores, Barcelona, Calambur (Biblioteca Litterae 34), 2016.

Eliseo Torres, libros en español en Nueva York

Las grandes naves repletas de volúmenes tienen un inexplicable atractivo para los amantes de los libros, sean o no también éstos amantes de la lectura, y eso quizá contribuya a explicar el éxito que tuvo en su momento la novela de Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento. Sin embargo, otro texto narrativo más breve, «El cazador de libros», del escritor José María Conget, narra en forma de relato fantástico una historia arraigada en la veracidad histórica: un bibliófilo fetichista comete la indiscreción de comentar a un amigo sevillano uno de sus más fabulosos descubrimientos, el de un enorme almacén que contiene, por lo menos, un millón de libros. Sin duda, este relato entronca con la historia del mítico edificio de ladrillo rojo donde el exiliado gallego Eliseo Torres almacenó algunas de las ediciones y colecciones de revistas del siglo XX más importantes del mundo hispánico, y su posterior venta al librero, sevillano, Abelardo Linares.

José María Conget.

No abundan los datos acerca de la biografía de Eliseo Torres, haciendo quizá bueno el dicho de «qué necesidad tiene uno de biografía cuando tiene libros a su disposición», pero al parecer este gallego llegó exiliado a Estados Unidos en 1940, cuando contaba apenas dieciséis años. Muy pronto canalizó su pasión por los libros en la compra de bibliotecas de particulares (entre ellos las de algunos intelectuales exiliados importantes) y la apertura en Nueva York de comercios de libros, cuyo éxito se basó sobre todo en la distribución a instituciones académicas estadounidenses que preferían recurrir a sus servicios que empantanarse en comerciar directamente con empresas españolas sometidas a los condicionantes de los ministerios franquistas.

A partir de un pequeño negocio de venta de libros en Manhattan, poco a poco fue comprando las minúsculas librerías españolas abiertas en los alrededores de la calle Catorce, abrió locales sucesivamente en el 800 de la calle 156 Oeste y el 1469 de la avenida St. Lawrence, pero el edificio que se hizo más famoso, y que sirvió de punto de partida a Conget, fue el que Torres compró en el Bronx, concretamente en el cruce de la avenida Garrison y la calle Faile, que Orlando Inoa describe del siguiente modo: «Por el lado de la avenida Garrison cada piso tenía en línea horizontal seis ventanas y por el lado de la calle Faile otras dieciséis, lo cual daba una dimensión colosal y vetusta al inmueble». Ese mismo texto señala que, sin ninguna duda, en ese almacén había más libros editados en la República Dominicana de los que tenía la Librería Trinitaria de Santo Domingo (especializada en libro dominicano), y probablemente eso mismo se podría decir de muchos otros países, pues allí fueron a parar las bibliotecas particulares de muchos escritores y profesores de la más diversa procedencia. Aun así, más que la cantidad, lo asombroso es el resultado de cualquier cata que se haya hecho pública acerca de ese impresionante fondo: primeras ediciones de casi todos los autores de la literatura en lengua española del siglo XX, colecciones completas de revistas literarias y culturales hoy apenas localizables, libros de Borges (cómo no) de los que ni siquiera Maria Kodama tenía ejemplares…

No es de extrañar que, no contento con ello, Eliseo Torres emprendiera su propia aventura editorial, materializada en la firma Eliseo Torres & Sons, en la que destaca de un modo muy particular la Torres Library of Literary Studies, iniciada  a principios de la década de 1970 con un libro de uno de los ensayistas luego más habituales en la editorial, el cubano Carlos Ripoll, y sus Escritos desconocidos de Cuba, Puerto Rico Propaganda Revolucionaria, Juicios, Crítica, Estados Unidos, al que siguió como número 2 el de Edenia Guillermo y Juana Amelia Hernández, Novelística española de los sesenta, donde se analizan con cierto pormenor novelas de Martín Santos, Juan Marsé, Miguel Delibes, Luis Goytisolo, Juan Benet y Ana María Matute. A la vista de ello, y de la labor de puente cultural que conformará la colección, parece claro que hubiera encajado perfectamente en ella el libro del profesor Ángel Valbuena Briones (1928-2014) publicado en Eliseo Torres en 1968, Ideas y palabras, un conjunto de ensayos sobre aspectos diversos en la obra de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Machado, César Vallejo, García Lorca, Blas de Otero, Rómulo Gallegos, etc. El catálogo creció rápidamente, con títulos como Quevedo y la poesía hispanoamericana del siglo XX: Vallejo, Carrera Andrade, Paz, Neruda, Borges, de Giuseppe Bellini, o Antonio Buero Vallejo. The first fifteen years, de Jocelyn Ruple, ambos de 1971. Ya a finales de los cincuenta, había publicado algunos títulos en inglés sobre cultura hispánica, como por ejemplo Ramón. A Study of Gómez de la Serna and his works (1957), de Rodolfo Cardona.

La broma literaria (1979), de Estelle Irizarry.

A finales de la década de los setenta (o tal vez a principios de la siguiente) recibió la editorial de Eliseo Torres un tremendo empuje por un camino un poco inesperado pero muy consecuente. En 1979, quizá en un intento de poner un pie en el mercado estadounidense de libros en español, Germán Sánchez Ruipérez había comprado por 300.000 dólares la mítica Las Américas, que estaba por entonces formada por una célebre librería y una editorial (Las Americas Publishing Company), cuyo catálogo tenía unos objetivos similares a los de Eliseo Torres & Sons (proveer a las universidades de estudios filológicos y culturales acerca del mundo hispánico). Por aquel entonces el fundador de Las Américas, el italiano Gaetano Massa (19011-2009), había regresado a su país natal y la venta la gestionó el cubano Pedro Yanes, pero Anaya, después de rebautizar la librería como Las Américas-Spanish Book Center, no tardó en cerrar ambos negocios (entre otros motivos, por el aumento de los precios de los alquileres), y en lo que se refiere al nutridísimo fondo de la editorial, éste fue a parar a manos de Eliseo Torres, ávido de hacerse con cualquier negocio libresco en lengua española que se moviera por el país.

Como es bien sabido, porque en su momento se recogió abundantemente en la prensa española, un par de años después de fallecer Eliseo Torres su gigantesco fondo fue a parar a las manos del bibliófilo, librero y editor de Renacimiento Abelardo Linares, tras una poco ortodoxa negociación con la viuda, Ana Torres (enfermera de profesión). El almacén, situado en una zona no siempre segura, en agosto de 2017 seguía en pie

Fuentes:

Fernando González Ariza, «Las Americas, 1940-1970, una editorial hispánica en Nueva York», en Encarnación Castro Páez, Pedro Cervera Corbacho y Ana María Bocanegra Valle, coords., Historias y desafíos de la edición en el mundo hispánico, vol II, 2013, pp. 289-303.

Orlando Inoa, «Un librero llamado Eliseo Torres», buenalectura.wordpress.com,  2 de septiembre de 2009.

Carmen L. Lobo, «Abelardo Linares, librero en Nueva York», Abc Literario, 22 de diciembre de 1994, pp. 16-18.

Daniel Verdú, «El hombre del millón de libros», El País, 12 de agosto de 2010.

La antología como estrategia editorial (el caso del exilio)

«Lector, nunca desdeñes una antología. Siempre tendrá una buena flor (anthos, en griego) entre tantas reunidas.»

Luis Antonio de Villena

Roger Chartier.

La publicación en forma de libro de textos de diversos autores, e incluso de obras anónimas, reunidas con los criterios más diversos (procedencia geográfica, lengua, género literario) es históricamente anterior a la publicación de libros siguiendo el principio de la autoría o la obra unitaria (piénsese por ejemplo en los romanceros, florilegios, tesauros, etc.). Como escribió en su momento el eminente estudioso Roger Chartier, que alude por ejemplo al Primer Volumen de la Biblioteca del Señor de La Croix du Maine (1584) y a la Biblioteca de Antoine du Verdier, señor de Vauprivas (1585), entre otros casos, «la noción moderna de “libro”, que asocia espontáneamente un objeto y una obra, para no haber sido desconocida en la Edad Media, no se desprende sino lentamente de la forma de la selección que reúne varios textos de un mismo autor». Es decir, en la Europa moderna el proceso se produce del libro de autoría colectiva o que compila textos diversos al libro de un autor único (ya sea como obra unitaria o como volumen que compila diversas obras de ese mismo autor).

Modernamente la forma editorial de antología se ha empleado a menudo para reunir lo más destacado de una literatura nacional, por ejemplo, o la producción reciente de un grupo poético (con la Poesía española. Antología, 1915-1931, de Gerardo Diego, como caso paradigmático en el ámbito hispánico, pues incluso perfiló una primera nómina de la Generación del 27), pero con una tal amplitud de criterios posibles que lleva a Lluís Borràs Perelló a dar en su imprescindible vademécum  El libro y la edición una definición muy abierta (pero quizá un poco sesgada) de “antología”: «Es un libro que recoge una selección de los mejores textos literarios de uno o de varios autores. Puede ser de poesía, de cuentos o de novela negra».

A nadie extrañará que la antología (más que la colección) haya sido un modo empleado a menudo por diversas editoriales para dar a conocer ámbitos literarios apenas conocidos o bien olvidados pero aún valiosos o pertinentes para el lector de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las antologías mediante las cuales se ha intentado dado a conocer en España a algunos narradores que desarrollaron el grueso de su producción en el exilio, como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y que la censura franquista escamoteó a los lectores españoles.

Ya en 1970, estando aún vivo el dictador Francisco Franco, el crítico Rafael Conte reunió en Narraciones del la España desterrada a catorce nombres importantes de la narrativa breve escrita en el exilio, si bien con algún texto (particularmente «Ocnos», de Cernuda) un poco inesperado en un libro de tales características. En cualquier caso, en aquellas fechas el propósito de Conte, como explicaba en el siempre necesario prólogo en estas circunstancias, «no se trata de los mejores relatos de los escritores del exilio, sino de una recopilación indicativa.» En su momento, es muy probable que los nombres de Pedro Salinas, Cernuda o Ramón J. Sender le sirvieran al antólogo como gancho para llamar la atención acerca de otros nombres valiosos (casos de José Ramón Arana, Paulino Masip y Esteban Salazar Chapela, por poner algunos ejemplos), tomando también en consideración los que escribieron en lenguas distintas al español (Pere Calders y Mercè Rodoreda), pues su intención era mostrar un primer mapa de un terreno prácticamente desconocido más allá de algunos nombres descollantes. Sin duda, habrá quien objete a esta selección la muy escasa presencia de escritoras. El añadido de unas breves e incompletas fichas biobibliográficas de cada uno de los autores son, por su misma precariedad, indicativas del momento en que se publicó esta antología y del desconocimiento que tenían de ellos incluso los críticos literarios españoles bien informados. La inclusión de esta antología en una colección como lo fue El Puente Literario (continuación de El Puente, de Guillermo de Torre, ambas en Edhasa), cuya voluntad era propiciar los contactos entre las culturas americanas y españolas es también revelador de los objetivos que animaban el proyecto. Y como prueba de su relativa efectividad, las palabras del propio Conte en sus memorias: «se vendió bastante bien al principio, la edición fue de 5.000 ejemplares, aún deben de quedar restos en Moyano, y saqué 15.000 pesetas», así como las ediciones que en los años inmediatamente posteriores se hicieron de las obras de algunos de los autores antologados en este volumen.

De signo muy distinto pero en parte relacionada con ella fue la más discreta pero bastante singular antología prologada por J. León Ignacio Historias del 36 —también anterior a la muerte de Franco—, en la que el criterio es estrictamente temático (la guerra civil), pero en la que, muy acertadamente, se ofrecen algunas visiones de los perdedores de la contienda que sólo pudieron exponer su versión fuera de España: Max Aub y Manuel Andújar, junto a la de otros perdedores (Francisco Candel, Manuel Pilares) y varios escritores a los que se puede considerar «ganadores» (Luis Romero, Rafael García Serrano o Ricardo Fernández de la Reguera).

Según se anuncia en el prólogo, de 1974:

 Han pasado suficientes años para que los españoles podamos contemplar con cierta serenidad ese episodio de nuestra historia más cercana.

El propósito de la presente antología es contribuir a conseguirlo.

[…] Lo único que se ha  buscado es que dieran la visión del conflicto que obtuvieron desde el lugar en que se encontraban [durante la guerra].

[…] Para muchos, la lectura de las páginas que siguen será como volver a vivir el pasado. Para otros, y en eso confiamos, comprenderlo.

En este caso, quizá por prudencia o por el objetivo que se perseguía y los criterios de la selección, no hay referencia alguna a la biografía de los autores antologados, aun cuando no puede decirse de todos ellos, ni mucho menos, que fueran, por lo menos más allá de las aulas universitarias, sobradamente conocidos por los lectores españoles de 1974.

Pero sin duda mayor interés y más centrada en el propósito de rescatar a una serie de autores escamoteados hasta entonces al grueso de los lectores españoles es la antología preparada por Javier Quiñones para la editorial Menoscuarto, que en ciertos sentidos es heredera de la de Rafael Conte. Por ejemplo, ambas priorizan el concepto de exilio republicano español por encima de la lengua en la que se escribieron originalmente los textos y, en consecuencia, conceden espacio a la literatura catalana: ambos eligen a Rodoreda y Calders, si bien en cuanto a las literaturas gallega y vasca Quiñones selecciona textos en español (de autores bilingües como Martín de Ugalde y Rafael Dieste) no recogidos por Conte. Siendo como son muy similares los autores escogidos, del cotejo de los índices de las antologías de Conte y Quiñones se desprenden ya al primer vistazo algunas otras novedades: la lógica exclusión en el segundo de Cernuda (por no encajar en sentido mínimamente estricto en la categoría de cuentos), la inclusión de Manuel Chaves Nogales (por entonces ya recuperado para el lector español mediante la edición de las Obras Narrativas Completas por la Fundación Luis Cernuda y algunas ediciones en Clan y Abc) y Álvaro Fernández Suárez (conocido en España como poco más que finalista del Premio Espejo de España, de ensayo, en 1983), además de los ya mencionados Dieste y Ugalde.

Manuel Andújar (1913-1994)

Pero quizás incluso más significativo, y consecuente con la línea de la editorial en que apareció, fue el apartado específico dedicado a los microrrelatos, en que aparecen obras de Aub, Andújar, Barea, Ayala y una amplia selección de Pere Calders. Y acerca de la efectividad de este tipo de antologías que pretenden llamar la atención sobre autores silenciados —un corpus amputado de la historia literaria española— más por razones políticas que estéticas y a las que tan difícil les resulta entrar en el canon, escribe Javier Quiñones en 2005:

…cabría preguntarse qué queda de aquel interés, porque si bien es cierto que en el ámbito académico universitario el exilio vive un momento dulce de dedicación […], en lo que se refiere a ediciones de obras en editoriales de buena distribución y en colecciones de clásicos prestigiosas , no se puede decir otro tanto. Si nos fijamos en los autores de esta antología veremos que el panorama arroja luces y sombras en lo que a ediciones se refiere. Por poner sólo algún ejemplo, baste decir que de los libros de Álvaro Fernández Suárez, uno está aún inédito en España, desde 1954, y el otro no se reedita desde 1968; Sender […] no dispone aún hoy, en 2005, de una edición de cuentos completos, al igual que Max Aub, Paulino Masip o Segundo Serrano Poncela, entre otros. Quedan muchos libros de relatos por editar.

A ello se aplicaron más de diez años después Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, cuya selección, si por un lado deja fuera a los escritores exiliados que escribieron en una lengua distinta al español, incorpora algunas novedades que sin duda pueden interpretarse como la presentación de otros autores y textos importantes al grueso de los lectores no especialistas, como es el caso de Clemente Airó, César M. Arconada, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petera, Simón Otaola o Jesús Izcaray, cuyos libros, caso de haberlos, no habían tenido la difusión que podía darles una editorial como Salto de Página, y en una colección que se presenta en su web del siguiente modo:

La colección Cian acerca al lector obras del siglo XX escritas originalmente en lengua española que han permanecido inéditas en España o llevan un largo período de tiempo fuera del mercado editorial a pesar de su indudable calidad.

Esta colección con vocación de rescate se inaugura en 2009 con la primera edición española de La raíz rota de Arturo Barea, y se prolongará con textos narrativos —novela y relato— y antologías temáticas de autores españoles e hispanoamericanos del siglo pasado.

También incorpora por primera vez con respecto a las antologías mencionadas textos de María Teresa León, y no aparecen en cambio textos de Rosa Chacel, pero en este caso no parece pertinente hablar tanto de accesibilidad de sus obras como de uno de los modos en que se expresa el criterio estético de los antólogos.

A la vista de estos ejemplos, cuya eficiencia en la divulgación de textos y escritores que son desconocidos al lector español por efecto de la dictadura franquista es difícil de aquilatar, pero el hecho mismo de que sigan incorporándose nuevos autores dignos de ser leídos da por lo menos una idea de la magnitud (ciclópea) y la longevidad de los efectos de la censura franquista.

 

Relación, en orden alfabético, de los autores presentes cada una de las antologías mencionadas:

Rosa Chacel.

Naraciones de la España desterrada (1970): Manuel Andújar, José Ramón Arana (José Ruiz Borau), Max Aub, Francisco Ayala, Arturo Barea, Pere Calders, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, Esteban Salazar Chapela, Pedro Salinas, Ramón J. Sender y Segundo Serrano Poncela.

Historias del 36 (1974): Ignacio Aldecoa, Pedro Álvarez Manuel Andújar, Max Aub, Francisco Candel, R. Fernández de la Reguera Rafael García Serrano, Manuel Pilares (Manuel Fernández Martínez, 1921-1992), Luis Romero y Víctor Català.

Sólo una larga espera (2006): Manuel Andújar, José Ramón Arana, Francisco Ayala, Max Aub, Arturo Barea, Pere Calders, Rosa Chacel, , Manuel Chaves Nogales, Rafael Dieste, Álvaro Fernández Suárez, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, , Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela y Martín de Ugalde.

Los restos del naufragio (2016): Clemente Airó, Manuel Andújar, José Ramón Arana, César M. Arconada, Max Aub, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petere, María Teresa León, Paulino Masip, Simón Otaola, Esteban Salazar Chapela, Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela, Martín de Ugalde y Jesús Izcaray.

Fuentes:

AA.VV., Historias del 36, prólogo de J. León Ignacio, Madrid, Ediciones 29  (Libros Río Nuevo 4/ Serie Literatura 1), 1974.

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Bibolioteconocmía y Administración Cultural 269)m 2015.

Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, prólogos de Ricardo García Cárcel y Roger Chartier, traducción de Viviana Ackerman (y de Xavier Gaillard Pla del prólogo de Chartier), Barcelona, Gedisa, 2017.

Rafael Conte.

Rafael Conte, ed., Narraciones de la España desterrada, Barcelona, Edhasa (El Puente), 1970.

Rafael Conte, El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998.

Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, eds. y prologuistas, Los restos del naufragio. Relatos del exilio republicano español, Madrid, Salto de Página, 2016.

Josep Mengual Català, «El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada», en Javier Quiñones, coord.., «La narrativa breve del exilio republicano», Quimera, núm. 252 (enero de 2005), pp. 56-58.

Javier Quiñones, ed., Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto (Reloj de Arena), 2006.

Luis Antonio de Villena, «Antología», en Gonzalo Pontón y Fernando Valls, coord., «El alfabeto de los géneros», Quimera, núm 263-264 (noviembre de 2005), pp. 17-18,