Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales y de docencia, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s, Ínsula). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor.

Edición de literatura en lenguas quechuas

«el quechua ha sido perseguido no solo por los hispanistas, sino por los mismos nativos que creen que hablando castellano superan su situación. Y no es así.»

Demetrio Túpac Yupanqui

 

En el año 2016 se censaron unos 7.800.000 hablantes de lenguas quechuas, distribuidos entre el suroeste de Colombia, Ecuador, Perú, el norte de Chile, Bolivia y el norte de Argentina. Sin embargo, y pese a ciertos avances en el siglo XXI, la escasez de publicaciones que ha generado (derivada también de una desunificación notable y de discrepancias sobre su escritura) es asombrosa en relación con su uso (a título comparativo: el neerlandés contabiliza unos 40.000 hablantes, repartidos por once países, en siete de los cuales es oficial: Países Bajos, Bélgica, Curazao, San Martín, Aruba, Caribe Neerlandés y Surinam, además de ser lengua oficial también en la Unión Europea y en la Unión de Naciones Suramericanas).

Dada su preponderante transmisión oral y teatral, los primeros grandes estudios modernos sobre la materia se dieron en el campo de la poesía, como es el caso de la tesis Poesía quechua escrita en Perú (1992, 2016), de Julio Noriega, y en antologías bilingües como Poesía aborigen (1984), del peruano Alejandro (1926-2008), cuyos antecedentes eran recopilaciones traducidas, generalmente al español o al francés (como la Poesía quechua [1964],  de José María Arguedas o Literatura quechua [1984] de Edmundo Bendezú). En España, en 1994 las madrileñas Ediciones de la Torre le publicaron a Abdón Yaranaga (profesor de quechua de la Universidad de París VIII-San Denís) una edición bilingüe de El tesoro de la poesía quechua/ Hawarikuy Simipa Illan.

Sin embargo, ya de 1981 es la edición en quechua de una de las novelas más conocidas del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márzquez (1927-2014), Crónica de una muerte anunciada (Mushuc quelica huanuyta yachasha huillarca), aparecida con pie de Editorial Oveja Negra, en Bogotá, Lima y Quito, y llevada a cabo por el antropólogo e historiador ecuatoriano Alfredo Costales (1925-2015), a petición del propio autor colombiano. Vale la pena señalar que La Oveja Negra, con el editor de ascendencia vasca José Vicente Kataraín al frente desde 1977, no sólo era la editora colombiana de García Márquez, sino que durante un tiempo publicaba en exclusiva su obra literaria en toda América (salvo en Argentina).

Y ya previamente, en los años setenta, el quechua había ido ganando terreno tanto en las ondas, mediante la creación de emisoras total o parcialmente en esta lengua, como en publicaciones periódicas como las Éditions Patiño de Ginebra, dedicada a la edición bilingüe de poesía, Jayma de la Paz, dirigida por Félix Layne, o Conosur, dirigida por Inge Sichre, o con iniciativas como el Proyecto Bilingüe de Pumo o las ediciones del Centro Las Casas del Cusco.

Ya en el siglo XXI, se publicó en París una edición bilingüe importante de literatura quechua, Achikyay Willaykuna/ Contes du lever du jour (2001), de Porfirio Meneses Lazón, en traducción y prologada por  César Itier y llevada a cabo por Langues et Mondes-L’Asiathèque. La posición ampliamente reconocida de Meneses Lazón como maestro de la literatura quechua se la debe entre otros méritos a la traducción a esa lengua de Los heraldos negros y  Trilce, de César Vallejo, publicadas respectivamente en 1997 en la limeña Universidad Nacional Federico Villarreal y en 2008 en el servicio de publicaciones de la también limeña Universidad Ricardo Parma, además de a su obra poética propia en quechua y a algunas otras traducciones significativas (de veinticinco poemas de García Lorca, entre ellas).

El ya mencionado Centro de Estudios Andinos Bartolomé de las Casas, en colaboración con el Instituto Francés de Estudios Andinos y la Asociación Pukllasunchis, publicó en el año 2002 Quyllur llaqtayuq wawamanta, versión quechua de El principito, de Antoine de Saint-Éxupery (1900-1944) obra de Lydia Cornejo Endara y César Itier.

Poco después apareció la primera parte de otra obra emblemática de la literatura universal, El Quijote (Yachay sapa wiraqucha dun Qvixote Manchamantan, 2005), gracias a la labor del traductor peruano Demetrio Túpac Yupanqui (1923-2018), a quien se la había encargado el periodista y promotor cultural español Miguel de la Quadra-Salcedo (1932-2016), y fue ilustrado por artistas diversos de San Juan de Sarhua. La tarea se completó en 2015 con la aparición de la segunda parte de la obra cervantina.

Al año siguiente aparecía la edición en quechua de Platero y yo, en una edición dirigida por el boliviano Alfonso Bilbao y con el texto traducido por Tito Tórrez, en una iniciativa llevado a buen puerto por la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez, en colaboración con la Diputación de Huelva, la Universidad de Huelva y la Universidad Internacional de Andalucía.

En esta progresión, en 2015 el Ministerio de Cultura de Perú anunció un muy ambicioso proyecto, Clásicos de la Literatura Latinoamericana en Quechua, a cuyo frente se puso al poeta y editor Luis Nieto Degregori, y que se proponía la edición de traducciones al quechua, en una primera fase, de obras de García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti y Clarice Lispector. Aun así, si bien algunas de estas traducciones se anunciaron como ya concluidas, al parecer no llegaron a publicarse o a distribuirse.

Si la inmensa mayoría de estas iniciativas destinadas a poner a disposición del lector en quechua las grandes obras de la literatura universal reciente (y muy particularmente la literatura en español) se han publicado mediante iniciativas institucionales, más escasa ha  sido la traducción a otras lenguas de obras escritas originalmente en quechua (pese a la existencia de ediciones bilingües de poesía al francés y español) y la edición en quechua de obras escritas originalmente en esta lengua, así como de obras vinculadas a las culturas con las que se identifican, han corrido a cargo de algunas editoriales privadas con clara vocación social y cultural, como es el caso de las peruanas Pakarina Ediciones, Altazor, Editorial San Marcos o algunas pequeñas editoriales unipersonales y artesanas.

Sin embargo, más deficitario aún es el estado de las traducciones y publicaciones de obras escritas originalmente en quechua a otras lenguas, en particular en lo que se refiere a textos novelescos y memorialísticos, cuando, al decir de Itier ya en 1999: «Desde hace algunos años, se observa una intensificación de la práctica escrita del quechua. Algunos escritores, autores de cuentos en ese idioma, están creando en él una prosa de ficción que no se basa en la tradición oral sino que constituye creaciones literarias originales», y menciona los nombres de narradores quechuas como Porfirio Meneses, Sócrates Zuzunaga, Macedonio Villafán Broncano y José Oregón Morales, que lamentablemente apenas son conocidos más allá de sus reducidos ámbitos de influencia local.

Fuentes:

Ricardo Ayllón, «Entrevista a Willy del Pozo», Las fugas del ornitorrinco, 28 de mayo de 2008.

Lorena Chauca, «Don Quijote en quehua», Allillanchu, 19 de octubre de 2010.

P.L., «Clásicos de la literatura latinoamericana se traducen al quechua», blog de Radio Cadena Agramonte, 29 de agosto de 2015.

Luis Enrique López e Ingrid Jung, coord., Sobre las huellas de la voz. Sociolingüística de la oralidad y la escritura en su relación con la educación, Madrid- La Paz- Bonn, Morata, PROEIB-Andes (Programa de Formación en Educación Intercultural Bilingüe para los Países Andinos), DSE (Deutsche Stiftung für Internationale Entwicklung), 1998.

Andrés Rodríguez, «Gabo y Vargas Llosa, al rescate del quechua», El País, 12 de septiembre de 2015.

s/f., «La edición bilingüe de Platero y yo en quechua y español se presenta en Bolivia», La Vanguardia, 22 de febrero de 2016.

Virginia Vílchez, «Ediciones Altazor y las bibliotecas regionales», Librosperuanos.com, mayo de 2008.

Ulises Juan Zevallos Aguilar, «Transformación de la nueva narrativa quechua del Perú cobntemporánea (2010-2014)», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 39/1 (otoño de 2014), pp. 437-454.

Anuncios

Un vistazo a Punto Omega (colección universitaria de bolsillo)

El escritor y diplomático colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993), que se había dado a conocer en 1936 con  Caminos subterráneos Ensayo de interpretación del paisaje (Bogotá, Editorial Santafé), residió en España en dos etapas diferentes, y en la segunda de ellas fue uno de los fundadores, con Manuel Sanmiguel (que había sido director editorial de Afrodisio Aguado) y Pilar Vega García, de la Editorial Guadarrama, artífice de una de las más emblemáticas colecciones colecciones de libro de bolsillo, Punto Omega, que se presentaba del siguiente modo:

Punto Omega tiene el ambicioso empeño de ofrecer en forma sencilla y a módico precio todo el mundo ideológico del siglo XX, las ideas que dominan al hombre actual en todos los campos del saber. Será el espejo vivo de nuestra cultura y de la que se desea para el futuro.

Cuando en 1967 se publica el primer número de esta colección, La época de la inflación, del economista francés Jacques Rueff (1896-1978), en traducción de José Ramón Marra-López, Guadarrama ya había creado un fondo más que notable, que se había iniciado con Ancha es Castilla. Guía espiritual de España, del mencionado Caballero Calderón, publicado simultáneamente también en Buenos Aires en la editorial Losada.

Tras este único título en 1954, al año siguiente aparecieron Cuentos en verde pálido, de Juan Pablo Varela, Una historia con alas, de Herbert Roy y, también de Caballero Calderón, las novelas La penúltima hora y Siervo sin tierra, encuadernados en tela y con sobrecubiertas ilustradas por Ricardo Summers Isern (Serny).

En lo que quedaba de década alternaron en Guadarrama las ediciones encuadernadas en tela de ensayos culturales (sobre todo filosóficos y literarios) con algunas novelas y textos menores encuadernados en rústica, como son los casos de la Historia de la familia Trapp (1957), de María Augusta Trapp (1905-1987), Mujer como yo (1958), de Curzio Malaparte (1898-1947), en traducción de Dionisio Ridruejo (1912-1975), Relato (1958), de Boris Pasternak, o ya en 1960 Historia del cotilleo, del apasionado falangista Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978).

Mayor peso tuvieron algunas obras importantes en el campo de los estudios literarios, como la Introducción a la poesía española contemporánea (1957), de Luis Felipe Vivanco, Novelistas españoles de los siglos XIX y XX (1957), de Domingo Pérez Minik, Panorama de la literatura española contemporánea (1956) y Teatro español contemporáneo (1957), de Gonzalo Torrente Ballester ambos, Mundo técnico y existencia auténtica (1959), de Carlos Paris, Poesía y mística (1959), de Emilio Orozco o Poesía española del siglo XX. De Unamuno a Blas de Otero, de José Luis Cano. Y un interés singular tiene también la publicación de ensayos firmados por algunos notables escritores republicanos exiliados, como es el caso de Luis Cernuda (Estudios de poesía española contemporánea, 1957), Vicente Gaos (Temas y problemas de literatura española, 1959) o Antonio Sánchez Barbudo (Estudios sobre Unamuno y Machado, 1959).

Ya avanzada la década siguiente, en 1966 se fecha la creación de Punto Omega, coincidiendo con la conversión de Guadarrama de sociedad limitada en sociedad anónima, con un aumento de capital que rondaba los cien millones de pesetas. Según detalla Martínez Martín:

En 1966 suscribieron acciones el argentino Luis Picardo, Carlos Troncoso, Antonio Martínes Solano y Lios Hernando de Larramendi. Con las ventas y los créditos prioritarios a la exportación, y con un 50% de la producción destinada a los mercados americanos, el negocio se multiplicó en los años sesenta y primeros setenta.

La iniciativa de la creación de la colección Punto Omega se atribuye a quien había puesto en pie una de las primeras agencias literarias en España, el intelectual rumano Vintila Horia, que dirigió la colección durante los tres primeros años de su andadura e incluso pasado un tiempo hizo una interpretación una tanto discutible de las intenciones, la tendencia y los logros de la colección, en un artículo publicado en El Alcázar en febrero de 1984:

…la fundación de la colección universitaria de libros de bolsillo “Punto Omega” (Ediciones Guadarrama, capitaneadas entonces por la clarividencia y el buen gusto de Manuel Sanmiguel) que yo pude dirigir en paz durante tres años, revelando al público español libros fundamentales como los de Jean Charon, Stéphane Lupasco, Pascual Jordán, Weizsäcker, Jacques Rueff, Jules Monnerot, Pierre de Boisdeffre y muchísimos más que hicieron de aquella colección y en poco tiempo la más prestigiosa representación de la reforma espiritual, en sentido contrarrevolucionario, que se estaba produciendo en el mundo bajo el impacto, por un lado, de la nueva ciencia, y, por el otro, de una literatura, una filosofía y una crítica literaria que nada tenían que ver con los decadentes mausoleos leninistas del realismo seudosocialista.

Como suele suceder en estos casos, a la vista de los títulos publicados no es del todo claro dónde concluyen los seleccionados bajo la dirección de Horia, pues es posible que más de uno contratado por éste se publicara tiempo después de que abandonara la dirección de la colección, pero sin duda los primeros títulos responden a este empeño. Son, tras el ya mencionado de Rueff, Lo sagrado y lo profano, del filósofo rumano Mircea Eliade, De la física al hombre, del físico y filósofo francés Jean Charon, Novela española actual, del escritor español Manuel García-Viñó, Introducción a los existencialismos, del fundador del movimiento personalista, Emile Mounier, La «nueva novela» [nouveau roman], del ensayista francés Jean Bloch-Michel, …Y Dios permite el mal, del máximo exponente del humanismo cristiano, Jacques Maritain, La era del recelo, de la novelista francesa de origen ruso Nathalie Sarraute…

Menos claro es que los autores más recordados por los lectores sean los señalados por Horia. Entre los éxitos más descollantes de la colección se encuentra la edición en tres volúmenes de la Historia social de la literatura y el arte (números 19, 20 y 21), del historiador de origen húngaro y raíz marxisma Arnold Hauser (1892-1978), en traducción de Antonio Tovar y F. P. Varas-Reyes, que fue reiteradamente reeditado, y junto a él títulos muy diversos que abarcan desde novelas españolas contemporáneas (Auto de fe, de Carlos Rojas, Una mujer para el apocalipsis, de Vintila Horia o El secuestro, de Alfonso Albalá), al José y sus hermanos de Thomas Mann (volúmenes 236 a 239), los Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce o el Miau de Benito Pérez Galdós, y junto a ellas los Manifiestos del surrealismo de André Breton, textos teatrales y ensayísticos de Luigi Pirandello, los diarios de Eugene Ionesco, ensayos literarios de Guillermo de Torre, obras clásicas de Sófocles o Platón… y, muy sorprendente incluso en un contexto tan variopinto, Las revoluciones burguesas (1971) de Eric Hobsbawm, en traducción de Ximénez de Sandoval, así como varios otros títulos que previamente habían ido apareciendo en otras colecciones de Guadarrama.

En 1974 se unificaron los servicios comerciales de Guadarrama y la barcelonesa editorial Labor, en lo que no tardó en demostrarse como el primer paso hacia una fusión, cuya escritura está fechada en Madrid el 19 de diciembre de 1975 y con la cual Labor se convertía en una de las empresas más potentes en el ámbito de la publicación de libro universitario y prosiguió engrosando la colección con nuevos títulos, muchos de ellos antes publicados en Labor, y por tanto ampliando el espectro de sus temáticas.

Fuentes:

Beatriz Caballero Holguín, Papá y yo, Random House Colombia, 2012.

Vintila Horia, «Recuerdo de Andrés Bosch y otras genialidades», recogido en el blog Vintila Horia, 20 de diciembre de 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La transición editorial. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 328-386.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Matías Conde y la autoedición mexicana en asturiano

A falta de poder consultar la tesis doctoral de Lluis Agustí recientemente presentada (L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1959. Inventari i propostes de significat, 2018), es sin embargo posible aventurar que uno de los libros en asturiano más famosos publicados en México, Sol en los pomares, de Matías Conde de la Viña (1896-1982), respondía a la iniciativa del propio autor, y que el sello bajo el que se presentó fue creado para la ocasión.

Matías Conde.

Este profesor mercantil gijonés, que desde muy joven había hecho incursiones en la prensa asturiana e incluso había puesto en circulación un semanario satírico de cierta repercusión (El Epiplón), tuvo que salir de su país durante la guerra civil española, en la que había servido como concejal en el ayuntamiento de Oviedo y en el Consejo de Asturias y León en las filas de Izquierda Republicana. Establecido durante cinco años en Francia, durante los cuales fue cónsul en Marsella, llegó a México en 1944 y rápidamente se integró en los círculos de intelectuales asturianos de la capital (Luis Santullano, Jesús Vallina, Ovidio Gondi, Carlos Martínez, Joaquín Velasco, Germán Horacio…).

Ese mismo año publica ya un texto en el librito colectivo publicado por la revista Somos: homenaje de los republicanos españoles a las representaciones diplomáticas y consular de México en Francia, en el que también participaban, entre otros, el poeta cordobés Juan Rejano (1903-1976), el dramaturgo madrileño Álvaro Arauz (1911-1970) y Mauricio Fresco, que más tarde publicaría La emigración republicana española, una victoria de México (Editores Asociados, 1950).

Sin embargo, la importancia de Matías Conde como escritor la debe sobre todo al poemario Sol en los pomares (Poemas de Asturias), de cuya importancia hay indicios para pensar que el autor era muy consciente, dado el esmero con que preparó y divulgó su publicación.

Malvis (tordo o corzal común en asturiano), fue el nombre elegido para la efímera editorial creada para publicar este libro, al que tan sólo seguiría otro título, también de Matías Conde, Cuatro romances de toreros: E. Lizaga, Joselillo, Carnicerito, Manolete (1949).

Sol en los pomares se organiza en cinco secciones y lo que, usando un mexicanismo, bien podríamos llamar un pilón: La sombra de los robles (lo eterno), La lluz de les roses (lo lírico), La caleya floria (el donaire), Pompares n´el aire (lo efímero) y La luna entre carbayos (Lo infinito), rematado con un «¡Adiós!». Conde se tomó la molestia de solicitar al escritor mexicano José Vasconcelos (1882-1959) un prólogo y preparó con mucho esmero la edición. Se trata de un libro de doscientas páginas, com un formato de 30,5 x 23,5 cm, impreso a color, con ilustraciones del ya mencionado Germán Horacio (1902-1975), del que, según el colofón, el 20 de agosto de 1948 se imprimieron 1500 ejemplares.

Es probable que a José Vasconcelos lo hubiera conocido Matías Conde ya en Asturias, donde el escritor mexicano residió entre el verano de 1932 y el de 1933, y participó activamente en iniciativas culturales, como la Biblioteca Popular Circulante de Castropol (de la que fue nombrado presidente honorario y a la que donó ejemplares de sus libros) o el periódico El Aldeano. En sus memorias sobre la estancia en Asturias, Vasconcelos recuerda:

 Pasamos la última semana en Gijón, enfiestados a diario, con las despedidas. Todo el Club de los Excursionistas gijonenses, capitaneados por el poeta popular Pachín de Melas, nos visitó un domingo por la tarde, nos cantó coros asturianos, compartió con nosotros la sidra y las empanadas.

Y en este punto es oportuno recordar que el ilustrador del libro de Conde es precisamente el hijo del escritor en asturiano Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz, 1877-1938).  Formado como perito mercantil, la vocación pictórica y la presión política había llevado a Germán Horacio Robles a instalarse en Madrid (donde cursó estudios en la Academia de San Fernando y publicó dibujos en las revistas Estampa y Blanco y Negro), pero el inicio de la guerra civil española le pilló en Asturias, lo cual hizo que se convirtiera en uno de los cartelistas de combate más famosos de su tierra, pero mayor repercusión incluso tuvo su diseño de los billetes durante la guerra, conocidos como «belarminos» debido a que los firmaba el por entonces presidente del Consejo Soberano de Asturias y León, Belarmino Tomás (1892-1950), que también acabaría exiliándose a México.

Cartel de Germán Horacio.

Germán Horacio había llegado a México a bordo del Sinaia (13 de junio de 1939), y en el diario que se publicó a bordo se da noticia el 11 de junio de una exposición en la que participó, junto a José Bardasano (1910-1979), Ramón Gaya (1910-2005) y Darío Carmona (1911-1976), entre otros. Al poco de llegar ya participaba en diversas exposiciones colectivas, y en junio de 1940 exponía en solitario en la Galería Arte y Decoración, actividad que alternaba además con incursiones en el ámbito editorial, y suyas las ilustraciones de las cubiertas de Mar y Viento (Imprenta Artes Gráficas Comerciales, 1943), de Alfonso Camín (1890-1982), Partiendo de la angustia (Editorial Moncayo, 1944), de Manuel Andújar (1913-1994), Entre manzanos (Niñez por duros caminos) (Imprenta Azteca, 1952), de Alfonso Camín y prologado por Luis Astrana Marín (1889-1959), Los poemas de Madrid  (Azteca, 1955), también de Camín, antes de dedicarse también a la creación de carteles cinematográficos.

Por otra parte, Conde se ocupó también de hacer llegar su cuidadísimo poemario a algunas firmas importantes que podían apoyarlo, y se conserva por ejemplo la carta que (fechada el 29 de enero de 1949) acompañaba el envío del volumen a la prestigiosa poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957), que el año siguiente ganaría el Nobel de Literatura. Otra escritora de talento, la madrileña Luisa Carnés (1905-1964), le había dedicado ya para entonces una elogiosa reseña en firmándola con su seudónimo Natalia Valle en la Revista Mexicana de Cultura (número 80, del 10 de octubre de 1948, pp. 11 y 12).

La colaboración entre Matías Conde y Germán Horacio se repitió al año siguiente en el librito Cuatro romances de toreros, el segundo y último localizado con el sello Malvis, cuarenta y cuatro páginas. Al margen de otras consideraciones posibles, si se interpreta como un síntoma de integración cultural resulta un tanto asombroso que en fecha tan temprana Conde elija a dos toreros mexicanos (Liceaga y Carnicerito de México), uno colombiano (Joselillo) y solo uno español (Manolete) como motivos para este segundo poemario.

Conde no volvió a publicar en asturiano en México, y la edición de su «comedia dramática en tres actos y un mensaje» Me lo dijo el viento (1963) corrió a cargo de la Unión Nacional de Autores. Aun así, unos años después de la muerte del dictador español se hizo una edición en 1976 de Sol en los pomares en el Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), pero en ella se suprimió el poema «El solar de Don Pelayo o el romance de los cuatro morangos», acaso de inspiración lorquiana, para no ofender a la Guardia Civil. No fue hasta el año 2016 que la Academia de la Llingua Asturiana hizo una edición facsimilar íntegra.

Firma de Matías Conde.

Fuente

J. L. Argüelles, «La vuelta sin censura de Matías Conde», La Nueva España, 8 de noviembre de 2016.

Begoña Díaz González, «La literatura de posguerra (1940-1974)», en Miguel Ramos Corrada, Historia de la lliteratura asturiana, Oviedo, Academia de la Llingua Asturiana, 2002, pp. 365-506.

Iliana Olmedo, «La contribución del exilio español a la historiografía mexicana. La Revista Mexicana de Cultura como espacio de formación canónica», Relaciones, estudios de historia y sociedad, vol. 35, núm. 140 (2014).

Iliana Olmedo, Matías Conde la Viña, en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 2, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2002, p. 121.

Marco Fabrizio Ramírez Padilla, «Dos libros orgullosamente mexicanos», Bibliofilia novoshipana, 18 de mayo de 2009.

Historia y Crítica de la Literatura Española

El mismo año en que se celebraron en España las primeras elecciones tras la dictadura franquista, se estrenaba en la aún reciente Editorial Crítica una colección destinada a los profesionales y aficionados a la filología con un título legendario no sólo en esta disciplina sino en las humanidades en un sentido amplio, Erasmo y el erasmismo, de Marcel Bataillon (1895-1977), precedido de una breve nota previa del director de la colección, Francisco Rico (que ya había dirigido la colección Letras e Ideas en Ariel). Reconocido como el mayor conocedor del erasmismo, al que ya había dedicado su tesis doctoral (Érasme et l’Espagne, recherches sur l’histoire spirituelle du XVIe siècle, 1937), Bataillon era célebre sobre todo gracias a la traducción que con el título Erasmo en España había preparado el escritor y filólogo mexicano Antonio Alatorre (1922-2010) para el Fondo de Cultura Económica, que la publicó en 1950 (922 páginas), y sucesivamente actualizada, corregida y ampliada en 1960 y 1966.

Marcel Bataillon.

El segundo número de la colección Filología, publicado también en 1977, fue Semántica y poética. Góngora, Quevedo, del fundador en París del Centre d’Études Catalans Mauricio Molho (1922-1995), al que seguirían, entre otros, títulos de Walter D. Mignolo (Elementos para una teoría del texto literario, 1978), Carlos Blanco Aguinaga (edición corregida y aumentada de Juventud del 98, 1978), Constanzo Di Girolamo (Teoría crítica de la literatura, 1982), Russell P. Sebold (Trayectoria del Romanticismo español, 1983), Emilio Orozco (Introducción a Góngora, 1984), Cesare Segre (Principios de análisis del texto literario, 1985), Claudio Guillén (Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada, 1985)… Y asimismo nacería una serie de Lecturas de Filología, dirigida también por Rico, que daría cabida a textos o compilaciones más breves de Roman Jakobson (Lingüística, Poética y tiempo, 1981), José Ferrater Mora (El mundo del escritor, 1983) o Francisco Ayala (La estructura narrativa y otras experiencias literarias, 1984).

Página de créditos de El mundo del escritor. Adviértase que la dirección de Crítica (en un edificio diseñado por el arquitecto Emili Donat) corresponde a la que actualmente lo es de otra editorial importante, Anagrama, que hasta 1987 ocupó un dúplex en el número 44 de esa misma calle, y entonces (como consecuencia del traslado de Crítica a la sede de Grijalbo), la editorial de Jorge Herralde compró y pasó a ocupar lo que fueran las oficinas de Crítica.

Sin embargo, el mayor y más longevo éxito de la colección Filología fue el de una serie que guardaba ciertas similitudes con El Escritor y la Crítica de la madrileña editorial Taurus, Historia y Crítica de la Literatura Española (comúnmente conocida también como HCLE), cuyos dos primeros números aparecieron en 1980: Edad Media, a cargo del hispanista inglés Alan Deyermond (1932-209), y Siglos de Oro: Renacimiento, preparado por Francisco López Estrada (1918-2010), quien ese mismo año publicaba en la Editorial Complutense Tomás Moro y España: sus relaciones hasta el siglo XVIII. Se trataba de libros bastante voluminosos, con un ingenioso y muy clarificador diseño (de Enric Satué), encuadernados en rústica con solapas y en los que era evidente que, pese a su complejidad editorial, se ajustaban cuanto se podían los costes para no disparatar el precio de venta al público.

En su divertida introducción (con fábula incluida) a cada uno de los volúmenes (nueve en total, más suplementos), Francisco Rico empezaba por exponer con claridad los propósitos de la obra:

Historia y crítica de la literatura española quisiera ser varios libros, pero sobre todo uno: una historia nueva de la literatura española, no compuesta de resúmenes, catálogos y ristras de datos, sino formada por las mejores páginas que la investigación y la crítica más sagaces, desde las perspectivas más originales y reveladoras, han dedicado a los aspectos fundamentales de cerca de mil años de expresión artística en castellano.

La obtención de tal objetivo se fundamentó en la elección de un editor que conociera exhaustivamente el campo que debía abordar y la selección de textos (artículos en revistas especializadas, pasajes de ensayos e incluso ocasionalmente textos específicamente reescritos para su inclusión en la obra), y en una utilísima disposición de los materiales. Tras la mencionada introducción y una nota previa con las claves empleadas, cada volumen se abría con un prólogo del editor y a continuación seguían los diversos capítulos, cada uno de ellos precedidos a su vez de una breve introducción (que orientaba al lector sobre el estado en que se encontraban los estudios acerca de la materia específica y comentaba la bibliografía), una bibliografía específica, y los artículos seleccionados, y el volumen se cerraba con un completo y exhaustivo índice alfabético. Sirva como ejemplo el índice, a grandes rasgos, del quinto volumen, dedicado a Romanticismo y Realismo y a cargo de la poetisa e intelectual puertorriqueña Iris M. Zavala, coordinado por Elvira Pañeda y con traducciones de Carlos Pujol:

  • Introducción
  • Notas previas
  • Prólogo al volumen
  • Románticos y liberales
  • Temas de la literatura burguesa
  • Larra y Espronceda
  • La fortuna del teatro romántico
  • La poesía romántica. Bécquer y Rosalía
  • Costumbrismo y novelas
  • El naturalismo y la novela
  • Benito Pérez Galdós
  • «Clarín»
  • Teatro y poesía naturalistas
  • Apéndice: Prosa intelectual
  • Adiciones [bibliográficas, que actualizan el volumen]
  • Índice alfabético

Entre los textos seleccionados aparecen los más citados y prestigiosos sobre cada una de las materias de Donald L. Shaw, Vicente Llorens, Allison Peers, José Luis Aranguren, Jaime Vicens Vives, Pedro Sailinas, Joaquín Casalduero, Robert Marrast, Bruce W. Wardropper, Luis Cernuda, Fernando Lázaro Carreter, José F. Montesinos, Frank Durand, Vicente Gaos, Carlos Blanco Aguinaga, José-Carlos Mainer, Gonzalo Sobejano, Sergio Beser, Dámaso Alonso, Francisco Ruiz Ramón…

Ya desde el primer momento se anunció la intención de actualizar estas antologías ya fuera mediante la publicación de suplementos o bien mediante ediciones íntegramente rehechas, y al cabo de diez años, en 1991, aparecían los suplementos dedicados a la Edad Media y a Siglos de Oro: Renacimiento, a cargo de los mismos especialistas que se habían ocupado de los tomos originales (véase al pie del texto la lista de títulos publicados). Sin embargo, todo parece indicar que la aceptación que tuvieron estos suplementos fue sensiblemente menor a la que había tenido la serie original, y cosa bastante parecida puede decirse de la Historia y Crítica de la Literatura Hispanoamericana, cuyos tres volúmenes aparecieron entre 1988 y 1990 coordinados por el crítico chileno Cedomil Goic: Época colonial, Del Romanticismo al Modernismo y Época contemporánea.

Como sucede con toda selección, es por su misma naturaleza discutible, y la comparación entre la calidad de uno y otro volumen se convirtió en su momento en poco menos que un entretenimiento recurrente que a veces se convertía en competición de esnobismo. Hoy, casi medio siglo después de su publicación original, es muy probable que el grueso de los textos recogidos en los volúmenes de HCLE sean fácil y gratuitamente accesibles en internet, pero, aun así, lo que sigue haciéndolos útiles a día de hoy es precisamente la tarea prescriptiva y de análisis (a menudo con criterios explicitados en los prólogos) llevada a cabo por reconocidos especialistas en cada ámbito concreto.

Títulos, con sus correspondientes suplementos,de Historia y Crítica de la Literatura Española

Se han dispuesto los suplementos a continuación del título que actualizan y, si no se indica lo contrario, el responsable del suplemento es el mismo que el del volumen corriente.

1: Alan Deyermond, Edad Media, 1980.

1/1 Primer suplemento, 1991.

2 Francisco López Estrada, Siglos de Oro: Renacimiento, 1980.

2/1 Primer suplemento, 1991.

3 Bruce W. Wardropper, Siglos de Oro: Barroco, 1983.

3/1 Aurora Egido, Primer suplemento, 1992.

4 José Miguel Caso González, Ilustración y Neoclasicismo, 1983.

4/1 David T. Gies y Russell P. Sebold, Primer suplemento, 1992.

5 Iris M. Zavala, Romanticismo y Realismo, 1982.

5/1 Primer suplemento, 1993.

6: José-Carlos Mainer, Modernismo y 98, 1980.

6/1 Primer suplemento, 1994

7 Víctor García de la Concha, Época contemporánea: 1914-1939, 1984.

7/1 Agustín Sánchez Vidal, Primer suplemento, 1995.

8 Domingo Ynduráin, Época contemporánea: 1939-1981, 1981.

8/1 Santos Sanz Villanueva, Primer suplemento, 1999.

9 Darío Villanueva, José Luis García Marín, Santos Sanz Villanueva y César Oliva, Los nuevos nombres: 1975-1990, 1992.

9/1 Jordi Gracia, Primer suplemento, 2000.

Alberto Elósegui y Ediciones Gudari, otro ejemplo de edición vasca en Caracas

Si bien desde 1941, y como consecuencia de la dictadura franquista y su política de imposición lingüística, Buenos Aires se había convertido en el gran centro editorial en euskera merced a la presencia en la capital argentina de la editorial Ekin, por lo menos desde 1946 Caracas se convirtió en otro centro de creación importante de la cultura vasca: en aquel año con la creación de la revista Argia. Euskaldunak euskarak («Luz. Los vascos en su lengua») a la que dos años después se añadían Euzko Gastedi («Juventud Vasca», 1948-1977, si bien de periodicidad irregular), Erri (1949), Euzkadi Keorriak (1951) y otras más o menor efímeras, pero años después también con la revista Gudari, aparecida en 1961 con el ilustrativo lema «Resistencia vasca» (cambiado en 1964: «por una Euzkadi libre en una Europa unida») y con proyectos paralelos como la reanudación de las emisiones, en esta ocasión en la capital venezolana en 1965, de la iniciativa radiofónica Euzkadi Irratia —nacida durante la guerra, en 1937, retomó sus emisiones entre 1946 y 1956 en Iparralde, hasta que las autoridades francesas obligaron a su cierre— o la edición de libros con el sello Gudari.

A principios de la década de 1960, Caracas contaba con una nutrida y ya asentada colonia de exiliados vascos, que disponían además desde 1942 con el Centro Vasco de Caracas (en una nueva sede desde 1950) como punto aglutinador, y un grupo de inquietos intelectuales nacionalistas unieron esfuerzos para poner en marcha estas iniciativas culturales. Entre ellos destaca el grupo de Euzko Gaztedi-Interior, con el prolífico historiador y escritor Miguel Pelay Orozco (1913-1998), que ya en 1951 regresó a su país natal; el periodista José Abásolo Mendíbil (1917-2009), llegado a Caracas en 1947, tras conocer las cárceles franquistas; Félix Berriozabal (Elorrio), el también periodista (coincidió con Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez, en la revista Momento y colaboró en la Ibérica neoyorquina de Victoria Kent) y en España condenado en rebeldía por «actividades subversivas», Alberto Elósegui; el activista político, que también había sido huésped de las cárceles franquistas, Jokin Inza (1924-2008); el capitán y colaborador de Argia José María Burgaña (1905-1987)… El encargo de un logo para EGI (una mano sosteniendo una antorcha) se lo hizo Elósegui al diseñador catalán Joan Queralt, y no tardó en figurar en la portada de Gudari.

Con Alberto Elósegui como director y uno de sus principales impulsores, Gudari no tardó en convertirse en una de las revistas más leídas entre la clandestinidad antifranquista, pese a las dificultades para llevarla a cabo. Según ha contado Iñaki Anasagasti (que le sucedería al frente de la revista cuando en 1969 Elósegui se marchó a Londres), «los fotolitos eran enviados al País Vas­co-Continental y, luego, distribuidos en el interior. Elósegui incorpora todas las novedades de las artes gráficas y del periodismo moderno a su periódico».

En su confección colaboró también la diseñadora gráfica y diagramadora Karmele Leizaola, considerada pionera del diseño de información venezolano y que también había coincidido con la época de García Márquez en Momento (luego trabajaría en Élite, El Nacional, Feriado…). También pudo aprovecharse Gudari de la experiencia y buen hacer de la Tipografía Vargas, una de las más prestigiosas y sólidas, que con Juan de Guruceaga (1894-1974) al frente había impreso la primera edición venezolana de Doña Bárbara (1925), de Rómulo Gallegos (1884-1969) y en la que trabajaba como gerente el padre de Karmele Leizaola.

Iñaki de Urreiztieta, País Vasco, Caracas, Editorial Élite, 1945.

Con el tiempo, Gudari encargó a autores específicos la elaboración de algunos números monográficos y de algunos folletos y opúsculos. De 1956 es una edición impresa en los Talleres de la Société Parisienne d’Impressions, pero financiada por los exiliados vascos en Venezuela, del ensayo La causa del Pueblo Vasco, de Francisco Javier de Landaburu (1907-1963), cuyas 165 páginas se publicarían posteriormente en tres folletos monográficos y numerados (del mismo modo se publicaría después en los Cuadernos Alderdi).

En los años sesenta y setenta la publicación en Gudari es un poco más nutrida pero en ningún momento parece llegar a establecer una continuidad: En 1963 se publica el que sin duda es su libro más importante, la traducción de Alberto Elosegui de El Árbol de Guernica. Un ensayo sobre la vida moderna, de quien fuera corresponsal de guerra del Times en España George Steer (1909-1944), al que siguen 7 días y 7 meses en la España de Franco. El caso de los católicos vascos (1964), del sacerdote, periodista y escritor exiliado en Buenos Aires Iñaki de Azpiazu Olaizola (1910-1988), el extenso poema narrativo “Mugarra Begiraria” (1969), de Francisco Atucha Bicarregui (1908-1973) y, ya en los años setenta, los dos volúmenes de El PNV en la vida práctica de dos tercios de siglo (1976), de Jesús María de Leizaola (1896-1989) y las compilaciones de los discursos del que fuera presidente José Antonio Aguirre (1904-1960), Mensajes del Lendakari (1936-1940) (1975) y Mensajes del Lendakari (1940-1945) (1976).

Como es habitual entre las ediciones del exilio vasco en América, se trata de libros destinados a rescatar episodios de la historia política y cultural vasca o de reflexiones políticas y sociales de sus líderes más destacados, cuyo objetivo evidente es mantener abierto el canal de comunicación entre los acontecimientos en el interior y los vascos diseminados por Europa y América, y si bien la revista llegó a cobrar mucha importancia y al parecer fue la más difundida las iniciativas editoriales fueron menos sostenidas, algo a lo que debió contribuir también la movilidad (en muchos casos en la clandestinidad) de quienes debían ocuparse de ello.

Fuentes:

Iñaki Anasagasti, «La prensa nacionalista en Venezuela», en su blog.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

José Ramon Zabala Agirre, «La lengua desterrada. La literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas exiliadas de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 1), 1993, pp. 51-56.

José Ramon Zabala, «Ediciones Gudari», en Diccionario biobibliográfico de los Escriores, Editoriales y Revistas del Exilio Republicano de 1939, Sevilla, Gexel- Renacimiento, vol 2, p. 538.

Libros sobre música: el caso de Los Juglares de Júcar

Cuando a principios del siglo XX se produjo en España una cierta eclosión de libros con la música como tema –particularmente en sellos de nombre tan inequívoco como Ma Non Troppo, Es Pop Ediciones o Global Rhythm y en otros como Fundamentos o Libros Crudos–, fue habitual al comentarla evocar una experiencia de principios de los años setenta, la colección Los Juglares de la editorial gijonesa Júcar (con sede en Ruiz Gómez, 10), fundada en 1967 por Silverio Cañada (1938-2002) y Ángel Pariente (1937-2017) y que no tardó en abrir sede en Madrid (en Chantada, 7). Menos habitual, en cambio, fue vincular Los Juglares con la colección en la que evidentemente se inspiraba, Poésie et Chansons, de la editorial parisina Seghers.

Alphonse Bonnafé, Georges Brassens, París, Seghers (Poetes et chansons), 1974.

Pierre Seghers (1906-1987), a quien había introducido en el mundo de los libros el artista catalán Lluís Jou (1882-1968), se había estrenado autopublicándose sus poemas con el sello por él creado para tal propósito, Les Éditions de la Tour, y tuvo una primera experiencia editorial ya durante la segunda guerra mundial con la revista clandestina Poètes Casqués y posteriormente Poésie, hasta que en mayo de 1944 sale la célebre colección Poetes d’adjourd’hui con el sello Seghers y en 1966 Poetes et chansons. En realidad, esta última colección pretendía dar cabida a un tipo de poetas cantantes que inicialmente había publicado en Poetes d’adjourd’hui, como Leo Ferré, Georges Brassens, Jacques Brel o Charles Aznavour, y en ella se publicaron también libros dedicados a Edith Piaf, Julitette Greco, Paolo Conte, etc.

Edición en Seghers del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Viendo el catálogo de Júcar no sólo es fácil emparentar Los juglares con Poetes et chansons, sino incluso Los Poetas con la de Pierre Seghers Poetes d’adjourd’hui. A modo de ejemplo, vale la pena constatar que los cuatro primeros números de Los Juglares fueron Bob Dylan (1972), por Jesús Ordovás (n. 1947), la traducción que llevó a cabo el dramaturgo Fermín Cabal (n. 1948) del Jacques Brel (1972), de Jean Clouzet, publicado previamente por Seghers, un Joan Manuel Serrat preparado por el periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), y un Brassens firmado por el también periodista afincado en París Ramón Luis Chao (que a partir de la segunda edición ya apareció firmado como Ramón Chao [1935-2018]).

Edición en Los Juglares del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Según ha contado Mariano Antolín Rato, que da una idea de la manga ancha con que se editaba en esa casa, la idea de ampliar el abanico de músicos en Júcar se la sugirió él mismo al director de la editorial cuando ya llevaba un tiempo traduciendo la serie policíaca de Harry Dickson (los primeras traducciones de la cual aparecen firmadas por José Manuel Caballero Bonald, Fermín Cabal y Alfonso Sastre):

Traducía una a la semana, y además añadía contenidos inventados, porque me pagaban por páginas y así llegaba a la siguiente página, con dos líneas ya cobraba otra. Añadía frases inspiradas en H. P. Lovecraft o lo que fuese, porque eran novelas medio policiacas, medio de terror. Entonces con Cañada empecé a traducir y él montó la colección Los juglares. Un día, hablando con él, le pregunté por qué en vez de sacar en Los juglares solamente a Serrat y otros cantautores no sacáis también a los Beatles, los Rolling Stones y esos. Y, efectivamente, los sacaron y se forraron. Entonces Cañada me ofreció un cargo fijo en Ediciones Júcar, que dirigía Caballero Bonald, y me iba muy bien porque les pasaba información, les hablaba de Pink Floyd y grupos de los que ellos no tenían ni la más remota idea, a la vez que les buscaba libros y autores.

Pero más allá del catálogo de títulos de Los Juglares, en el que se puede advertir una cierta evolución en cuanto a los intereses predominantes (de lo más folk al rock, y con cierta obsesión por Bob Dylan), es notable la coincidencia en la idea y la disposición de las dos colecciones. Si los libros de Seghers se basaban en una selección de textos, una discografía, ilustraciones (generalmente fotografías) y un texto biográfico y crítico, eso mismo exactamente es lo que compone los títulos de la colección Los Juglares.

Al igual que su modelo francés, los libros de Los Juglares estaban pensados con el objetivo de que su precio de venta al público fuera lo más moderado posible, en el caso de Júcar encuadernándolos con una cartulina basta (con un formato de 11 x 18 y unas 200 páginas), que a la primera doblez perdía la tinta, e impresos en papel muy tosco y en rotativa. Durante mucho tiempo, concretamente en la madileña Altamira-Rotopress, una sociedad que presidía el procurador a Cortes franquistas Enrique Sánchez de León (luego ministro de Sanidad y Seguridad Social por UCD) y que imprimiría colecciones como la Biblioteca Básica Salvat, los Libros RTV de Salvat o los suplementos de El País y revistas como El Socialista y Tiempo.

En cuanto a los autores de estos libros, abundan los periodistas versátiles, no estrictamente musicales en algunos casos, así como los profesionales de la pluma, con nombres bastante conocidos, como son los casos de Eduardo Haro Ibars (1948-1988), que se ocupó del volumen Gay rock (1975), Eduardo Cerdán Tato (1930-2013), que preparó el de Ovidi Montllor, Ramón de España, que firmó los dedicados a Roxy Music (1982) y Buddy Holly (1987),  Javier Barreiro, que firmó el dedicado a El tango (1985), Carlos Zanón,  autor de Bee Gees (1998), o Josep Maria Espinàs, que escribió el dedicado a Pi de la Serra (1974). Más curiosa es la presencia de autores muy estrechamente vinculados al mundo del teatro, como es el caso de los dramaturgos exiliados en México Álvaro Custodio (1912-1992) y Paco Ignacio Taibo I (padre de Paco Ignacio Taibo II, que dirigió la colección policíaca en Júcar), o Marcos Ordóñez, que firmó el dedicado al Gato Pérez (1987), así como un par de profesores especialistas en literatura y cine españoles del siglo XX, como es el caso de Agustín Sánchez Vidal, autor de Simon & Garfunkel, y José-Carlos Mainer, que preparó el de Labordeta (1977).

Aun así, los nombres de más relumbrón que aparecen en este catálogo son sin duda los vinculados al boom de la novela latinoamericana: el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), con Daniel Viglieti (1974), el escritor argentino  Ernesto Sábato, que prologa el del historiador y poeta argentino León Benarós sobre Eduardo Falú (1974), y el de Jorge Luis Borges (1899-1986), que firma el prólogo del volumen dedicado a Carlos Gardel (1976), obra del historiador uruguayo Carlos Zubillaga.

Acerca del libro ya mencionado sobre el cantautor francés Georges Brassens, contamos con un interesante comentario que dejó Ramon Chao que puede ser orientativo acerca del método de selección de autores y el modo de confección de los libros:

Este mi primer libro fue de encargo. Me lo pidió Silverio Cañada en uno de sus viajes a París. No es que el tema me apasionara, pero por algo hay que empezar, me dije. Me puse a escuchar canciones de este juglar, y a indagar en su vida. Mis conocimientos musicales eran más que suficientes para analizar la música (tónica-dominante en general) del vate francés. Y hurgando en libros y entrevistas descubrí que la imagen de mi héroe no se correspondía con la realidad.

Vicente Escudero, que en la década de los noventa acaparó la autoría del grueso de la producción de Los Juglares, se ha mostrado paradójicamente muy crítico con la orientación que en esos años tomó la colección (que se resistía a hacer productos de usar y tirar y con fecha de caducidad muy corta) y da también pistas acerca de las condiciones en que se escribían estos libros. Así, en relación a Auge y caída de Michael Jackson (1994), lo describe como un «libro eminentemente periodístico, de rápida edición, aprovechando un momento coyuntural», y añade: «Fue escrito a “seis manos”: Julia [Cibrián], Miguel [Martínez] y yo mismo; en un tiempo récord. Se trataba, precisamente de eso: unir música y actualidad. Júcar no lo entendió y no pudo profundizar en el tema de unir “música” con actualidad periodística». Pero aún más ilustrativa es su caracterización del libro que Escudero preparó sobre Phil Spector: «Un nuevo reto personal: ¿En cuánto tiempo podía escribir un libro…?».

Lo cierto es que buen testimonio del apresuramiento con que se llevaba a cabo todo el proceso de la colección Los Juglares —al margen de la asombrosa superficialidad de algunos textos— es la calidad muy limitada de muchas de estas ediciones. José Manuel Caballero Bonald hizo un retrato del ambiente que se respiraba en la sucursal madrileña de Júcar, en la que él mismo trabajaba, que quizá pueda explicar algunas cosas acerca del espíritu de la época y de los resultados de tal empeño:

Por Júcar pasaban a menudo personajes de muy distinta condición, aunque los más frecuentes eran los inclasificables: especímenes de vagas afinidades con traductores espontáneos, noveles pretenciosos, diseñadores incomprendidos, proveedores de hachís y desocupados crónicos. María [Calonje] y Mariano Antolín solían encargarse de bandear a esas visitas con invariable efectividad.

Fuentes:

José Manuel Caballero Bonald «Caballero Bonald, episodios asturianos», La Nueva España, 9 de marzo de 2010.

Ramón Chao, «Georges Brassens», en el blog de Ramon Chao, s/f.

Vicente Escudero, Blog personal.

Antón López, «Entrevista con Juan Manuel Domínguez: “En España hubo problemas con la publicación de Yonqui», Libros Crudos, web de la editorial.

Bruno Mattiusi, «Entrevista a Mariano Antolín Rato, traductor, novelista, ensayista, psiconauta y agitador cultural», Trans. Revista de Traductología, núm. 21 (2017), pp. 253-275.

Listado (muy provisional e incompleto) de los títulos publicados en Los Juglares.

1/ Jesús Ordovás, Bob Dylan, 1972.

2/ Jean Clouzet, Jacques Brel, 1972.

3/ Manuel Vázquez Montalbán, Joan Manuel Serrat, 1972.

4/ Ramón-Luis Chao (Ramon Chao a partir de la 2ª ed.), Brassens, 1973.

5/ Alan Dister, Beatles, 1974.

6/ Phillipe Bas-Rabérin, Los Rolling Stones, 1973.

7/ Jesús Ordovás, Jimi Hendrix, 1974.

8/ Félix Luna, Atahualpa Yupanqui, 1974.

9/ Jean-Marie Leduc, Pink Floyd, 1974.

10/ Sergio Laguna, Leo Ferré, 1974.

11/ León Benarós (con prólogo de Ernesto Sábato), Eduardo Falú, 1974.

12/ Jean Clouzet, Boris Vian, 1974.

13/ Mario Benedetti, Daniel Viglieti, 1974.

14/ Josep Maria Espinàs, Pi de la Serra, 1974.

15/ Phillipe Bas-Rabérin, El blues moderno.

16/ Viale Moutinho, Jose Alfonso.

17/ Mariano Antolín Rato, Bob Dylan 2, 1975.

18/ Héctor Vázquez Azpiri, Víctor Manuel, 1974.

19/ Gaspar Fraga, Elvis Presley.

20/ Eduardo Haro Ibars, Gay rock, 1975.

21/ Agustín Sánchez Vidal, Simon & Garfunkel, 1975.

22/ Hervé Muller, Jim Morrison y los Doors.

23/ Jesús Ordovás, El rock ácido de California.

24/ Enrique Cerdán Tato, Ovidi Monllor.

25/ Alan Dister, El rock inglés.

26/ Jacques Vassal, Leonard Cohen, 1978.

27/ Álvaro Custodio, El corrido popular mexicano (su historia, sus temas, sus intérpretes), 1976.

28/ Antonio Cillero, Beatles 2, 1976.

29/ Álvaro Feito, Joan Báez, 1976.

30/ Armando Tejada Gómez, Horacio Guarany.

31, Galvarino Plaza, Victor Jara, 1976.

32/ Francisco López Barrios, La nueva canción en castellano (L. A. Aute, Pablo Guerrero, Julia León, Rosa León, Luis Pastor, Elisa Serna), 1976.

33/ Carlos Zubilaga (con prólogo de Jorge Luis Borges), Carlos Gardel, 1976.

34/ Patricio Manns, Violeta Parra, 1978.

35/ José-Carlos Mainer, Labordeta, 1977.

36/ Esteban Leivas, David Bowie, 1977.

37/ John Pidgeon, Eric Clapton, 1976.

38/ Alain Dister, Frank Zappa y The Mothers of Invention, 1981.

39/ Jorge Arnaiz, Los Who, 1980.

40/ Alicia Dujovne, María Elena Walsh.

41/ Jesús Ordovás, Bob Marley, 1980.

42/ George Tremlett, Rod Stewart, 1981.

43/ Álvaro Feito, Alan Stivell, 1981.

44/ Víctor Claudín, Sisa, 1982.

45/ Alberto Manzano, Jackson Browne, 1982.

46/ Danny Faux, Dylan 3, 1982.

47/ Ramón de España, Roxy Music, 1982.

48/ Fernando Márquez, Vainica doble, 1983.

49/ Sagrario Luna, The Jam, 1983.

50/ Ignacio de Juan, Stones 2, 1983.

51/ Jaume Pomar, Raimon, 1983.

52/ J. M. Plaza, Luis Eduardo Aute, 1983.

53/ Fernando González Lucini, Carlos Cano, 1983.

54/ Ignacio Q. Santander, Quilapayún, 1983.

55/ Javier de Juan, Jethro Tull, 1984.

57/ José Luis Álvarez, Miguel Ríos. ¿El rock que no termina?, 1984.

58/  Danny Faux, Kris Kristofferson, por los Buenos tiempos. Retrato de un artista americano, 1985.

59/ Connie Berman, Linda Ronstadt, 1985.

60/ Judith Davis y Danny Faux, Queen, 1985.

61/ Javier Pérez de Albéniz, Bruce Springsteen, 1985.

62/ Paco Ignacio Taibo I, Agustín Lara, 1985

63/ Danny Faux, Michael Jackson, 1985.

64/ Javier Barreiro, El tango, 1985.

65/ Álvaro Feito, Dire Straits.

66/ Carlos Toro, Charles Aznavour.

67/ Maurilio de Miguel, Joaquín Sabina.

68/ Daniel Tubau, Deep Purple, 1986.

69/ Mikel Barsa, The Kinks, 1987.

70/ Ramón de España, Buddy Holly, 1987.

71/ Marcos Ordóñez, Gato Pérez, 1987.

72/ Ángel Vivas, Javier Krahe, 1991.

73/ Luis Lapuente, Jery Lee Lewis, 1992.

74/ Vicente Escudero, Bob Dylan 4, 1992.

75 y 76/ José Luis Atienza Merino, Jacques Brel 2, 1987.

77/ Juan Mari Montes, Suzanne Vega, 1992.

78/ J. J. Medina, Queen 2. Freddie Mercury (1946-1991), 1994.

79/ Vicente Escudero, Phil Spector, 1994.

80/ Miguel Martínez y Vicente Escudero, Lennon, 1994.

81/ Vicente Escudero, Julián Cibrian y Miguel Martínez, Auge y caída de Michael Jackson, 1994.

82/ Vicente Escudero, Bob Dylan y la prensa española (1980-1993), 1995.

83/ Vicente Escudero, Eric Clapton 2, 1995.

84/ Vicente Escudero, Cher, 1995.

85/Vicente Escudero, Bob Dylan. Los discos, 1996.

86/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las canciones, 1996.

87/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las palabras, 1996.

88/ Bob Dylan, Tarántula, 1985.

89/ Andrés López Martínez y Vicente Escudero, John Lennon 2.

92/ Carlos Zanón, Bee Gees. La importancia de ser un grupo pop, 1998.

93/ Juan Martí Montes, Elton John, 1998.

Los Juglares. Serie Especial

1/ Anthony Scaduto, La biografía de Bob Dylan.

2/ Anthony Scaduto, Mick Jagger.

3/ LeRoy Jones, Música negra, 1978.

5/ Julian Beck, Canciones de la revolución (Living Theatre).

6/ Ramón J. Martínez [Ramoncín], Animal de ojos caídos. Poemas y musiquitas.

7/Simon Frith, Sociología del rock, 1978.

8/ Victor Claudín, Canción de autor en España, 1981.

9/ David Dunaway King, Una canción sin Pete Seeger, 1993.

Publicidad de una presentación de Los Juglares.

El Escritor y la Crítica (Taurus)

A finales de los años sesenta, la editorial Taurus estaba sobradamente afianzada como una de las referencias en la edición de libros de Humanidades en lengua española, acaso con una mirada muy predominantemente peninsular, y en un momento de ebullición tras ponerse al frente de ella Jesús Aguirre (1934-2001) y la entrada muy poco después, por recomendación de Javier Pradera (1934-2011), del escritor y editor José María Guelbenzu (n. 1944). Una de las más originales colecciones lanzadas por el entonces en Taurus fue El Mirlo Blanco, creada por Francisco García Pavón (1919-1989), que reunía varios textos de un mismo dramaturgo, precedidos de un prólogo de presentación (generalmente, del director de la revista Primer Acto y de la colección, José Monleón) y seguidos de algunos estudios en profundidad de críticos o escritores prestigiosos. Así, tras un primer número en 1968 dedicado a Carlos Muñiz (1927-1994) (El Tintero, Solo de saxofón y Las viejas difíciles) con textos de Monleón, Antonio Buero Vallejo, Manolo Ruiz Castillo, Alfonso Sastre, Ricardo Rodríguez Buded, Francisco García Pavón, José María Rincón, y el propio Muñiz, seguirían otros con obras destacadas de Alfonso Sastre (n. 1926), Antonio Buero Vallejo (1916-2000), José Ricardo Morales (1915-2016), José Martín Recuerda (1926-2007), Miguel Mihura (1905-197), Fernando Arrabal (n. 1932), etc.

Juan Ramón Jiménez (1981-1958).

Puede advertirse cierto parentesco, en cuanto a la estructura y la idea general, entre El Mirlo Blanco y la serie El Escritor y la Crítica, dirigida inicialmente por Ricardo Gullón (1908-1991), cuya vinculación con Taurus se remontaba por lo menos a la preparación de las Conversaciones con Juan Ramón Jiménez (1958) y la publicación en Taurus de las segundas ediciones de sus ensayos Las secretas galerías de Antonio Machado (1958), con la que estrenaba otra colección muy valiosa (Cuadernos Taurus) y Galdós, novelista moderno (1960). Posteriormente se le uniría en la dirección su hijo Ricardo, quien ya en 1974 se había estrenado en Taurus como coeditor con su esposa Agnés de Teoría de la novela y luego con la publicación de su El narrador en la novela del XIX (1977).

Enmarcada en la colección Persiles, la serie El Escritor y la Crítica pretendía, en palabras del propio Gullón, reunir en un volumen monográfico: «Los artículos y ensayos más selectos dedicados a la vida y la obra de un escritor español o hispanoamericano actual, entendiendo por actual lo que tiene vigencia activa, operante para el hombre de hoy, y no sólo lo rigurosamente contemporáneo».  La intención era sobre todo dotar a estudiantes y profesores de letras de un selecto compendio de lo mejor que se había escrito sobre un determinado tema o autor, lo cual (en una época previa a internet) le permitía acceder a una serie de textos críticos valiosos cuya localización y hallazgo podían de otro modo suponer varias horas —si no días—de búsqueda y captura por bibliotecas. Naturalmente, era también un punto determinante la capacidad y el rigor de quienes elaboraban la selección, siempre firmas de reconocida autoridad en su materia (por lo general docentes en Estados Unidos) y con razón pudo escribir Darío Villanueva que fue «un instrumento que todos los amantes de la Literatura, por no decir los estudiosos o los profesionales de su enseñanza, han utilizado alguna vez».

En estos libros, perfectamente manejables y diseños de cubierta de Antonio Jiménez, tenía especial importancia también la disposición de los materiales, que muy a menudo incorporaban los primeros testimonios críticos acerca del autor o materia objeto de estudio, así como, cuando era preciso, la traducción de artículos aparecidos en revistas o formando parte de libros de difícil acceso para el lector español. Se estrenó la serie en 1973 con tres títulos que ya daban idea del grado de exigencia y la orientación en la selección: Un Benito Pérez Galdós preparado por Douglas M. Rogers (profesor en la Universidad de Texas); Antonio Machado, a cargo del propio Ricardo Gullón en colaboración con Allen W. Phillips (1922-2011), formado en la Universidad de Michigan (Ann Arbor) y posteriormente profesor en la Universidad de Texas; y Federico García Lorca, editado por Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003), profesor de la Rutgers University y quien ya en 1934 había coincidido con Gulllón en la fundación de la revista Literatura.

Tras una nómina de autores igualmente deslumbrantes (Miguel de Unamuno, por Antonio Sánchez Barbudo, y Pío Baroja, por Javier Martínez Palacio, en 1974, y César Vallejo, por Julio Ortega, en 1975), el volumen dedicado al poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948) anuncia en el título la primera ampliación del campo, Vicente Huidobro y el Creaciónismo, preparado por René de Costa (Universidad de Chicago) y ese mismo año 1975 llegaría el dedicado a El Modernismo, a cargo de la profesora en la Universidad de Texas Lily Litvak (n. 1938), al que seguirían algunos otros temáticos, como el centrado en los Novelistas hispanoamericanos de hoy (Onetti, Agustín Yáñez, Carpentier, etc.), coordinado por el profesor de la Universidad de Michigan Juan Loveluck, el primero de dos volúmenes dedicados a los Novelistas españoles de postguerra, preparado por Rodolfo Cardona (Univerdidad de Washington) —del segundo se ocupó José Schraibman (también de la Universidad de Washington)—, El Simbolismo, del profesor de origen cubano José Olivio Jiménez (1926-2003), El Surrealismo, a cargo de Víctor García de la Concha, los dos volúmenes sobre La novela lírica, por Darío Villanueva, o los dedicados incluso a obras concretas de singular importancia (el Quijote, editado por George Haley, y Fortunata y Jacinta, preparado por Germán Gullón, por ejemplo). Entre los dedicados a escritores, tuvieron mucha presencia los escritores de la generación del 27 (Jorge Guillén, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Aleixandre, Cernuda…), así como los novelistas del boom y sus aledaños (Borges, Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa…), por muy poca los anteriores al siglo XIX (sólo los dedicados a Lope de Vega. El teatro I, a cargo de Antonio Sánchez Romelano, del que no llegó a salir la previsible segunda parte, y Francisco de Quevedo, en edición de Gonzalo Sobejano).

Entre los títulos anunciados que no llegaron a publicarse resultan particularmente interesante el Teatro español contemporáneo que debía preparar Ricardo Domenech (1938-2010), quien en 1988 se había ocupado del de Ramón María del Valle-Inclán,  y un volumen dedicado al Naturalismo, del que debía hacerse cargo José María Martínez Cachero (1924-2010), quien en 1978 había preparado para Taurus la Antología crítica clariniana.

Relacionado también con Clarín es el curioso caso del volumen sobre La Regenta publicado en 1988 y preparado por Frank Duran, un volumen acerca del cual dejaba escrito Germán Gullón en «La mirada masculina y la conciencia en La Regenta»:

Es un hecho que el mejor volumen de crítica sobre la obra de Leopoldo Alas «Clarín», editado por Frank Durand, La Regenta de Leopoldo Alas, Taurus, Madrid, 1988, apenas aparece citado en las notas y trabajos sobre el autor asturiano, mientras hay una increíble ponderación del trabajo erudito, que contribuye a adelantar el conocimiento de la obra clariniana en una sola dirección. Mejor suerte ha tenido, aunque no excepcional, el tomo de Sergio Beser, Clarín y La Regenta, Barcelona, Ariel, 1982.

Dadas las fechas de publicación, es de suponer que Frank Durand ya estaría trabajando en su propia obra cuando apareció en la colección Letras e Ideas (dirigida por Francisco Rico) la de Beser, compuesta también de artículos temáticos de diversos autores, y vale la pena mencionar que en la antología crítica de Ariel aparecen dos textos de Durand («Leopoldo Alas Clarín: Coherencia entre sus ideas críticas y La Regenta» y «La caracterización en La Regenta: punto de vista y tema»), mientras que la de Taurus incorpora el texto de Beser «Espacio y objetos en La Regenta» y que sólo coincide en ambos libros un texto («Un estudio de La Regenta», de Segundo Serrano Poncela) y tres autores (Gonzalo Sobejano, además de Durand y Beser). Por otra parte, el libro de Taurus preparado por Durand recoge una selección más amplia (veinticinco textos frente a los nueve de Ariel).

Con todo, no deja de ser tampoco curioso el hecho de que en 1980 hubiera aparecido el primer volumen de un muy ambicioso proyecto dirigido por Francisco Rico, Historia y Crítica de la Literatura Española (en la editorial Crítica, descendiente directa de Ariel), pues guarda parecidos razonables con la idea de El Escritor y la Crítica.

Fuentes:

Germán Gullón, «La mirada masculina y la conciencia en La Regenta», en Antonio Vilanova, Adofo Sotelo Vázquez (eds.), Leopoldo Alas “Clarín”, Actas del Simposio Internacional : (Barcelona, abril de 2001), Barcelona, Universidad de Barcelona, 2002, pp.325-336.

Javier Huerta Calvo, «Medio siglo de gran literatura», en Antonio Largo Carballo, coord., Taurus. Cincuenta años de una editorial (1954-2004) (edición no venal), Madrid, 2004, pp. 199-233.

Pedro Rújula López, «El ensayo y los libros de ciencias sociales», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 783-805.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Detino (Imago Mundi 26), 2003.

Darío Villanueva, «Ricardo Gullón, crítico literario», en Javier Huerta Calvo, coord., La Escuela de Astorga: Luis Alonso Luengo, Ricardo Gullón, Leopoldo Panero, Juan Panero, Astorga, Ayuntamiento- Diputación de León, 1993, pp. 199-210.

Anagrama y el canon literario latinoamericano (sobre Narrativas Hispánicas)

«El criterio de uno como lector es selectivo, y el criterio de uno como editor debe ser aglutinante.»

Ricardo Piglia

 

Desde por lo menos el estallido del boom, las capitales editoriales españolas han actuado tradicionalmente como puente entre las literaturas latinoamericanas y las europeas, si bien es cierto que también París ha desempeñado un papel importante. Esto subraya lo que, refiriéndose al caso de Argentina, Javier Lluch-Prats ha denominado la «dependencia de la mediación editorial española para la internacionalización de los textos».

El capital simbólico acumulado por Anagrama a lo largo de su historia, así como los contactos cultivados por su fundador, Jorge Herralde, contribuyen a explicar la importancia que ha cobrado Anagrama en la construcción del canon en países como México, Argentina o Chile, y ese proceso puede advertirse bien a la vista del catálogo de la colección Narrativas Hispánicas.

Beatriz de Moura (Tusquets) y Jorge Herralde.

Si bien ya previamente habían aparecido en Anagrama algunos textos del argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) y del también argentino pero de expresión francesa Copi (Raúl Damonte Botana, 1939-1987), puede tomarse como punto de referencia la entrada en la colección Narrativas Hispánicas (creada en 1981) del mexicano Sergio Pitol (1933-2018) con el libro de relatos Vals de Mefisto (publicado previamente en México con el título Nocturno de Bujara por Siglo XXI), y en particular porque Pitol, residente por entonces en Europa, será uno de los grandes beneficiarios de la política de autor llevada a cabo en muchísimos casos por Jorge Herralde y verá publicado en esta editorial el grueso de su obra. Al año siguiente, en 1985, se publicaba ya en la misma colección al primer escritor argentino –afincado en París– Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano, prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante).

Ricardo Piglia.

Además de la colección Narrativas Hispánicas, otro punto de referencia para analizar esta progresiva presencia de literatura latinoamericana es el Premio Herralde de Novela, que, además de premiar El desfile del amor de Pitol en 1984, ese mismo año designa como finalistas al argentino residente en Madrid Miguel Enesco, por Me llamaré Tadeusz Freyre, y al año siguiente a la también argentina Luisa Futoransky, por De Pe a Pa (De Pekín a París). De 1987 es la publicación en NH de La trenza de la hermosa Luna, de la cubana afincada en Puerto Rico Mayra Montero, quien hasta entonces sólo había publicado el libro de relatos Veintitrés y una tortuga (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981) y cuyos libros siguientes fueron casi sistemáticamente publicados en Estados Unidos en traducción al inglés de Edith Grossman (prestigiosa traductora de Cervantes, García Márquez, Vargas Llosa y Julián Ríos, entre otros). En 1986 Montero había compartido la condición de finalista del Premio Herralde (que en la página que Harper Collins se describe como «one of Europe’s most prestigious literary awards») con el uruguayo Roberto Fernández Sastre (La manipulación) y el colombiano Evelio Rosero (Juliana los mira). Como señala Jorge L. Locarno, uno de los mayores intereses del Premio Herralde es su capacidad para conferir valor simbólico a textos que pasan luego a circular por el mundo con la etiqueta de «literatura latinoamericana», y por lo tanto incide en qué se toma por tal cosa más allá de los propios países latinoamericanos. Incidiendo en la misma cuestión, en el prólogo a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina Juan Villoro, por su parte, señala que el catálogo de Anagrama es «siempre heterodoxo respecto a la valoración que las literaturas hacen de sí mismas, y acaso por eso mismo, tiene altas posibilidades de definir el canon futuro». También de 1987 es la recuperación en NH de Las ratas, seguido de Sombras suele vestir (que en 1972 había aparecido ya como tal en Siglo XXI), del entonces recién fallecido José Bianco (1908-1986). Desde entonces, si bien porcentualmente no era predominante, la presencia de literatura latinoamericana fue constante y sostenida con la obra de Pitol como indudable protagonista principal.

Aun así, suele señalarse como un momento clave en la intensificación de estas relaciones la mitad de la década de 1990, no casualmente coincidente con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea (1993) que a finales de 1995 culminaría con el acuerdo de creación de una moneda única (el euro). En el texto de presentación de Anagrama. 45 años. 1969-2014, Recorrido por cuatro décadas y media, Herralde sitúa ese cambio incluso más adelante, de la primera década del siglo XXI:

Uno de los rasgos más destacados de este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina.

Herralde con Roberto Bolaño.

En cualquier caso, tanto en la segunda mitad de los ochenta como en la primera de los noventa, los autores latinoamericanos, y no sólo argentinos y mexicanos, siguen presentes en NH, y valga como muestra los premios Herralde  a La noche es virgen, del peruano Jaime Bayly en 1997 y Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en 1998, a los que pueden añadirse como finalistas la peruana Teresa Ruiz Rosas (con El copista, en 1994) o el hispanoargentino Andrés Neuman (con Bariloche, en 1999), o el inicio de la publicación casi sistemática de la obra del mexicano de origen hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) (Movimiento perpetuo y Obras completas y otros cuentos en 1990, La Oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio en 1991, Viaje al centro de la fábula en 1992..) o aun la aparición del cervantista argentino Federico Jeanmarie con Miguel (1990), quien tras dar muchas vueltas (Sudamericana, Norma, Seix Barral, Alfaguara…) volvería a Anagrama con Tacos altos (2016) y para ser finalista del Herralde de Novela ese mismo año con Amores enanos.

Otro libro importante en este sentido –en tanto que propuesta para la actualización del canon–, es la antología preparada por Juan Forn y publicada en 1992 Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina (publicada luego en la colección Compactos con el subtítulo Una antología de narrativa argentina), que dio a conocer a muchos lectores no argentinos a escritores como Cecilia Absatz, César Aira, Rodrigo Fresán, Fogwill, Sylvia Iparraguirre, Alberto Laiseca, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Alan Pauls… El respaldo de un sello como Anagrama, confirmado en varios de estos casos con la posterior incorporación a su catálogo (Alan Pauls, por ejemplo) o a grandes editoriales (caso de Fresán), situó de pronto en otra división internacional a estos autores a ojos de los editores de otros países, pues como ha explicado el propio Herralde, «en tanto y en cuanto tienes un fondo de autores extranjeros de primerísima fila, los editores extranjeros se fían a priori de los libros que tú les recomiendas».

Tal vez sí el despegue más vistoso se produce en el inicio del nuevo siglo, con autores jóvenes, outsiders en sus propios milieux literarios locales, exploradores de tradiciones que no son las predominantes en sus respectivos países, y a ello hay que añadir que en muchos casos establecieron relaciones de amistad o cuanto menos de trato entre ellos, creando si no una imagen de grupo sí de parentesco, con Anagrama como elemento aglutinador, pero también es cierto que es un despegue que llevaba ya bastante tiempo con el motor en marcha. Y parece indudable la incidencia de las elecciones de Anagrama en la configuración del canon de la literatura latinoamericana más innovadora a ojos del conjunto del sistema literario internacional.

Fuentes:

Leila Guerriero, «Jorge Herralde: el anagrama perfecto», La Nación, 24 de junio de 2001.

Jorge Herralde, El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina, texto introductorio de Juan Villoro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Javier Lluch-Prats, «Escritores de marca: voces argentinas en el catálogo de Anagrama», Orbius Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jorge J. Locane, «El Premio Herralde de Novela: Literatura Latinoamericana para el mundo y desterritorialización del prestigio», INTI: Revista de Literatura Hispánica, núm. 85-86 (2017), pp. 100-112.

Jorge L. Locane, «¿Cómo se produce la literatura mundial? Esbozo de una respuesta: el catálogo de Anagrama», intervención en el VII Seminario Internacional Redes Públicas y Relaciones Editoriales. La edición iberoamericana en el mapa de la literatura mundial, Madrid, 30 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 2017.

Juan Carlos Piedrahita B., «En Anagrama somos audaces» (entrevista a Jorge Herralde), El Espectador, 28 de noviembre de 2009.

Redacción, «Anagrama apuesta por los escritores rebeldes», Proceso, 24 agosto de 2003.

Alejandro Zambra y la generación de la Biblioteca Ercilla

A lo largo de la espléndida colección de textos de Alejandro Zambra que Andrés Braithwaite seleccionó y editó con el título No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), el escritor chileno menciona en diversas ocasiones la importancia que tuvo en la formación de los lectores de su generación los libros que integraron la Biblioteca Ercilla. Así, por ejemplo, en «Niños genios» explica Zambra:

Gran parte de los niños de los años ochenta debemos nuestra iniciación literaria a la Biblioteca Ercilla, una nu­merosa colección de libros sin dibujos, sin prólogos y sin notas a pie de página que venían de regalo con la revista Ercilla […]. Somos, mal que nos pese, la generación Ercilla: leímos La metamorfosis o El retrato de Dorian Gray o los cuentos de Poe fundamentalmente porque entonces bastaba estirar la mano para obtener esos libros y porque nos cautivaron o no nos aburrieron

A la altura de los años ochenta del siglo XX, Ercilla era ya toda una institución en el panorama editorial chileno. Sin embargo, ya un siglo antes Ercilla había dado nombre a una célebre imprenta creada por el bibliófilo y erudito José Toribio Medina (1852-1930) (de ella salió, por ejemplo, el poema histórico Las guerras de Chile [1888], de don Juan de Mendoza Monteagudo, con el que nace la colección de Poemas Épicos Relativos a Chile).

De 1933 data la fundación de la Editorial Ercilla de Laureano Rodrigo y Luis Figueroa, que entre los años treinta y los cuarenta, la época dorada de la edición chilena, ocupó un lugar preponderante, junto con Nascimento y Zig_Zag y, a cierta distancia en cuanto a tamaño otras como Osiris y Universo. Si Nascimento era la editorial de referencia en cuanto al ensayo y Zig Zag destacó por acoger a los narradores chilenos y por el esmero en el diseño, Ercilla fue la gran divulgadora de la literatura universal, gracias entre otras cosas al un equipo de prestigiosos editores que reunió, entre los cuales un buen número de intelectuales peruanos  afines o vinculados al APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) exiliados en Chile, como el profesor limeño Luis Alberto Sánchez (1900- 1994), que dirigió la editorial además de publicar en ella diversos títulos propios (Panorama de la literatura actual, 1934; Historia de la literatura americana (desde los orígenes hasta 1936), 1937; Historia general de América, 1941, etc.), los escritores Ciro Alegría (1909-1967), que empezó alternando el trabajo como corrector de pruebas con traducciones para Zigzag, y Juan José Lora (1902-1961) o el periodista Manuel Seoane Corrales (1900-1963), que a partir del abril de 1937 dirigiría la revista Ercilla.

Avanzada la década de los treinta, sumida la industria editorial española en las trabas inherentes a una guerra civil, Ercilla vivió su momento de esplendor en 1937, con la apertura de diversas sucursales (Buenos Aires, Caracas, México, Montevideo…) y con un ritmo de publicación de hasta tres obras mensuales y tiradas de mil ejemplares iniciales.Por entonces la revista Ercilla tenía ya cuatro años, si bien inicialmente se había planteado como un boletín literario de apenas ocho páginas, pero la llegada en 1935 del español José María Souviron (1904-1973) y en abril de 1937 del ya mencionado Manuel Seoane, le dieron un empujón definitivo y la convirtieron en un modelo de magazin.

Tras la breve etapa de dirección de quien pasa por ser la primera periodista chilena, Lenka Franulic (1908-1961), durante la cual se incorpora alguna firma importante a la revista –la de José Donoso, en particular–, a su muerte se pone al frente de la misma Enrique Cid y se inicia una etapa de cambios muy frecuentes en la dirección –Humberto Malinarich entre 1962 y mediados de 1966, Erika Vexler los doce meses siguientes, Alejandro Cabrera Ferrada la segunda mitad de 1967–, en la década siguiente se inicia la fórmula promocional de regalar todo tipo de productos adicionales con la adquisición de la revista y, en palabras de Subercaseaux, «el libro se convierte en factor de promoción para sacar a la revista Ercilla de su decaimiento». Tal fue la magnitud del éxito que Ercilla llegó a tener una tirada de 237.000 ejemplares.

La Biblioteca Ercilla, y su éxito, fue posible en buena medida gracias a la participación de la Editorial Andrés Bello, que cedió gratuitamente los derechos para la selección de Los Mejores Libros Chilenos, y sobre todo del patrocinio de la Televisión Universidad Católica de Chile, a los que habría que añadir Xerox, Nescafé y el Banco Nacional de Valores. Fruto de esta relación fue el lanzamiento entre marzo y noviembre de 1983 de Los Mejores Libros Chilenos, que alcanzan una venta media de 158.417 ejemplares, según datos de Subercaseaux. A este éxito contribuyó también que algunos de los títulos eran de lectura obligada en el Plan de Estudios de Enseñanza Media, como se ocupaba de subrayar la publicidad. Tras Martín Rivas, de Alberto Blest Gana (1830-1920), aparecen sucesivamente Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002), Recuerdos del pasado, de Vicente Pérez Rosales (1807-1886), Sub-terra, de Baldomero Lillo (1867-1923), Gran Señor y Rajadiablos, de Eduardo Barrios (1884-1963), La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533-1594), Montaña adentro y otros cuentos, de Marta Brunet (1897-1967), Mio Cid Campeador, de Vicente Huidobro (1893-1948), La última niebla, de María Luisa Bombal (1910-1980), Un juez rural, de Pedro Prado (1886-1952), Llampo de sangre, de Óscar Castro (1910-1947), y Frontera, de Luis Durand (1895-1954).

Marta Brunet.

A esta colección siguieron semanalmente a partir de noviembre de 1984 Los Mejores Libros Españoles, formalmente igualmente toscos y poco cuidados y con títulos en general más provectos (y por tanto libres de derechos), como El Libro de Buen Amor, El Conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La perfecta casada, El Burlador de Sevilla, La vida es sueño, aunque también Marianela, Bodas de sangre, Azorín, Poesía Selecta de Antonio Machado (títulos que acaso Alejandro Zambra no llegó a ver) y uno de los sí recordará Zambra, la Niebla de Miguel de Unamuno (1864-1936), de los que se vendía una media de 160.000 ejemplares.

En «De novela, ni hablar», donde vuelve a insistir en la influencia de esta colección, escribe Zambra:

En mi casa, como en la mayoría de las casas de clase media, la biblioteca consistía únicamente en una colección de libros baratos que venían de regalo con la revista Ercilla. La Biblioteca Ercilla incluía varias decenas de títulos de color rojo para la literatura española y de color café para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No había una colección de libros latinoamericanos. No había, para nosotros, literatura latinoamericana. Doña Bár­bara, el Martín Fierro y las Ficciones de Borges figuraban entre los libros de literatura universal, y si mal no recuerdo el título más actual de los españoles era Niebla, de Unamu­no. Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una litera­tura latinoamericana.

Quizá el término, sin embargo, resulte un poco desorientador, porque en los años treinta la editorial Ercilla había publicado ya una longeva colección, específicamente llamada Biblioteca Ercilla, que daba una orientación bastante distinta de lo que era la línea ideológica de Ercilla en aquellos años: Breve historia del mundo (1934), de H.G. Wells; Y así vamos.. (1934), de Carlos Sáez Morales; El fin del capitalismo (1934), de Ferdinand Fried; Chile frente al socialismo y al comunismo (1934), de Mario Bravo Lavín; Dostoiewski (1935), de André Gide; Psicología de la vida erótica (1935), de Sigmund Freud; Fundamentos reales de sociología (1936), de Georg Nicolai; El golpe de estado de 1924, ambiente y actores (1938), de Emilio Rodríguez Mendoza,…

Fuentes:

Joaquín Fermandois, dir., Olga Ulianova, coord.., Chile. Mirando hacia dentro, vol. 4 (1930-1960), Taurus, Fundación Mapfre, 2015.

Jorge Fuentes, «Los famosos libros regalados por revista Ercilla: Ocho millones de nuevos lectores en Chile», Guioteca, 25 de octubre de 2013.

Bernardo Subercaseaux, La industria editorial y el libro en Chile (Ensayo de interpretación de una crisis), Santiago de Chile, Centro de Indagación y Expresión Cultural y Artística, octubre de 1984.

Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile (Alma y Cuerpo), segunda edición, corregida, aumentada y puesta al día en noviembre de 2000, Santiago de Chile, Ediciones LOM (Colección sin Norte), 2003.

Alejandro Zambra, No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), selección y edición de Andres Braithwaite, Santiago de Chile, Ediciones UDP, 2010; Barcelona Alpha Decay, 2012; Barcelona, Anagrama, 2018.

Los orígenes trotskistas de la FNAC

A la vista de la manera en que entró en el siglo XXI la enorme empresa de venta de libros, discos, entradas de conciertos y todo tipo de cachivaches electrónicos Fnac, no sólo resulta asombroso el origen y trayectoria previa de sus fundadores, sino que incluso resulta sorprendente el significado original de esas siglas, Federation Nationale d’Achats (Federación Nacional de Compras), reconvertido luego en su primera deriva sospechosa en Fédération Nationale d’Achats des Cadres (Federación Nacional de Compras para los Ejecutivos Medios).

La primera piedra de lo que hoy constituye una red de almacenes, que a su vez forma parte de un inmenso grupo empresarial (Groupe Fnac Darty), la pusieron en 1954 dos hombres cuyas intenciones al hacerlo quizá queden bien explicadas por sus trayectorias biográficas, André Essel (1918-2005) y Max Théret (1913-2009), apasionados ambos de la fotografía que habían coincidido ya en 1935 en la creación de la organización trotskista dirigida por Yvan Craipeau (1911-2001) Jeunesses Socialistes Révoluctionaires (Juventudes Socialistas Revolucionarias). Al parecer, quien les puso en contacto fue el pintor Fred Zeller (1912-2003), militante también de las JSR y quien había sido secretario de Leon Trotski en Noruega.

Sin embargo, otro aspecto importante para entender su éxito es el contexto en que se produce este nacimiento, en un momento en que han aumentado tremendamente en Francia los ciudadanos con estudios superiores, una vez dejados atrás los efectos más duros de la guerra, y cuando está a punto de iniciarse el amplio período (1958-1969) del escritor  André Malraux (1901-1976) al frente del Ministerio de Cultura, durante el cual pondrá en marcha y extenderá por todo el país las Maisons de Jeunes et de la Culture.

Théret y Essel.

Max Théret, hijo de un jefe de sección en los grandes almacenes Printemps, había entrado en 1931 en el Mouvement des Jeunes Socialistes, y en 1934 es testigo como fotógrafo de la revolución de Asturias, lo que le llevó luego a implicarse personalmente en la campaña electoral de 1936 al lado del Frente Popular y a combatir como voluntario en la guerra civil española hasta 1938. Durante la guerra mundial combate en la Resistencia, y una vez concluida la misma se hace conocido como fundador de Économie Nouvelle, una central de compras destinada a los funcionarios.

Por su parte, Essel, nacido en Toulouse e hijo de un hombre de negocios, empezó como obrero en la Talbot antes de militar también en la Resistencia francesa distribuyendo propaganda y, una vez concluida la guerra, dirigiendo la Drapeau Rouge des Socialistes. Cuando se une a Théret trabajaba como representante de una marca fotografía, y cuando ponen en marcha su primera oficina (en la parisina calle Sebastopol) su primer objetivo es poner al alcance de las clases medias los aparatos fotográficos, cinematográficos y discográfico, a los que años más tarde, en parte debido a las dificultades para llegar a acuerdos con las empresas de material fotográfico, añadirían los libros (en 1974).

Théret y Essel.

 

Inicialmente, siguiendo el modelo de Économie Nouvelle, intentaron crear n sistema mediante el cual los poseedores de un carnet los clientes tenían derecho a un descuento del 20% en la compra en los comercios asociados. Y ese mismo 1954 fundan como revista propia Contact, una publicación con una tirada de 300.000 ejemplares (que irá derivando desde la propaganda hacia la publicidad) que inicia una implacable campaña contra los precios injustificadamente altos de los bienes culturales y denuncia la defectuosa calidad de algunos productos. Particularmente polémicos –e irritantes para algunas marcas– fueron sus tests comparativos entre productos similares, que les llevarían incluso a crear, en 1972, un laboratorio para llevar a cabo tales estudios. Este activismo político-cultural en defensa de los derechos de los ciudadanos les permite en un primer momento aglutinar a sus clientes (o asociados) en una lucha entre los consumidores y la gran industria fabricante y distribuidora.

Paralelamente, en 1957 abierto su primer almacén, al que siguió un segundo en 1960 (en la avenida Wagram), hasta 1972 no fundarían el primero fuera de la capital (en Lyon) y en 1981 el primero fuera de Francia (en Bruselas).

Otra iniciativa bastante interesante como dinamizadora de la vida cultural fue la creación en 1965 de la primera asociación privada francesa del mundo del espectáculo, Alpha (Arts et Loisirs Pour l’Homme Aujourd’hui), bajo la dirección desde el principio de Raymonde Chavagnac. Entre sus objetivos estaba conseguir entradas para espectáculos a precios preferentes, además de divulgar información cultural y promocionar y coproducir o patrocinar algunos espectáculos (entre ellos, el Festival de Teatro de Avignon y los teatros Rond-Point, L´Athénée y el Silvia-Montfort). En último sentido, quizá su mayor éxito fue la creación del Festival de la Jeune Chanson Française, destinado a descubrir y apoyar a nuevos, compositores e intérpretes.

Algunos números indicativos bastan para hacerse una idea del rápido crecimiento de la década de los sesenta: los socios pasan de 20.000 en 1955 a 400.000 en 1969, y los asalariados de 22 en 1960 a 580. En el año 2000 los asociados llegaron al millón.

De 1974 es el exitoso nacimiento de la sección de libros, a la que no es una exageración atribuir el prolongado debate y las tensiones entre los editores y los libreros en Francia, que no se cerró hasta el final de la década con la conocida como pionera Ley Lang (1981), que estableció un precio inamovible para cada libro y el 5% como el descuento máximo que se podía aplicar a éste. Las pequeñas librerías tenían motivos más que sobrados para temer el modo de funcionar de la Fnac, que sin embargo le permitió ya a fínales de los setenta ofrecer a sus asalariados dos días de descanso semanal y la reducción de la jornada de 48 a 38 horas semanales y el pago del transporte. Pero para entonces la Fnac estaba ya inmersa en un acusado proceso de transformación.

La ampliación de capital necesaria para seguir creciendo hizo que en 1970 los fundadores vendieran el 40 % de la empresa al Banque de París y las Assurances de París y surgen las primeras tensiones entre Théret, que necesitaba fondos para sus actividades paralelas, y Essel, que se resiste a abandonar el barco. Aun así, en 1977 venden la empresa a la Société Générale des Coopératives Consommateurs, y sólo Essel permanece en la Fnac como director asalariado (cargo del que dimite en 1983 para pasar a asesorar al grupo Hachette y más tarde publicar sus memorias y dirigir el periódico Le Matin, entre otras labores). Dos años después, en 1985, la cooperativa experimenta una profunda crisis que tiene como primera respuesta una claro deterioro de las condiciones laborales. Se iniciaba una etapa completamente distinta de la Fnac.

Fuentes:

Vincent Chabault, «La FNAC. Du militantisme politique à la grande distribution culturelle», Histoire d’entreprises, 2008, pp.66-71.

Vincent Chabault, La FNAC, entre commerce et culture, prólogo de Patrice Fridenson, París, Presses Universitaires de France, 2010.

José María Martí Font, «Max Théret, cofundador de las tiendas culturales FNAC», El País, 26 de febrero de 2009.

Frédéric Leblanc, «La FNAC, histoire d’une normalisation», La vie des idees, 24 de junio de 2010.

Edwy Plenel, «Hommage a Max Théret, aventurier de l’espérance», Meidapart, 1 de marzo de 2009.

Thomas Wieder, «Max Théret, fondateur de la FNAC», Le Monde, 28 de febrero de 2009.