Acerca de josepmengu

Me licencié en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la suerte de que Sergi Beser me enseñara a leer novelas y Alberto Blecua y Manuel Aznar Soler hicieran lo propio con el teatro. Asistí allí al parto del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario Español) y desde 1993 me he dedicado a labores editoriales, que he combinado con la publicación de trabajos de investigación filológica (en Teatro. Revista de Estudios Teatrales, España Contemporánea, Els Marges), crítica e historia literaria y editorial (Quimera, Lateral, Renacimiento, Cultura/s). He participado en algún que otro libro colectivo y en congresos sobre la literatura española del exilio de 1939 y me ocupé de la edición comentada de Víznar o Muerte de un poeta, de José M. Camps y, en colaboración con Mario Martín Gijón, de la de Cuatro ficciones dramáticas, del mismo autor. La editorial Debate publicó mi biografía de Josep Janés A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor.

La formación de los editores en España, el ICAL y la Feria de Leipzig de 1914.

Según datos recogidos por Jesús A. Martínez Marín en «La edición artesanal y la construcción del mercado»: «En 1879, del total de 51 editores censados en el padrón fiscal [español], 41 tenían domiciliada su actividad en Madrid, 7 en Barcelona y 3 en las provincias de Guadalajara, Lérida y Sevilla, respectivamente». A tenor de estas cifras, resulta bastante asombroso constatar que, según las mismas fuentes, «al terminar el siglo Madrid y Barcelona son los dos centros de la edición, con 44 y 35 editores respectivamente», pues de ser fiables esos datos resulta espectacular el crecimiento en número de editores en la capital catalana, tanto en términos absolutos como en porcentuales en el conjunto de los españoles.

Eudald Canivell i Masbernat.

Es probable que algo tuviera que ver en ello la iniciativa que empezó a fraguarse en otoño de 1897 en una reunión convocada por el dibujante, tipógrafo, impresor y bibliotecario anarquista Eudald Canivell i Masbernat (1858-1928) en casa del cajista e impresor Josep Cunill, con la participación también del excajista, dibujante y cronista gráfico anarquista Josep Lluís Pellicer i Fenyé (1842-1901), con el propósito de crear un centro que diera una formación más completa y rápida que la que hasta entonces obtenían los profesionales, que se basaba casi exclusivamente en la experiencia acumulada desde el puesto de aprendiz hasta el de maestro.

Un año más tarde, en noviembre de 1898, se constituía formalmente el Institut Català de les Arts del Llibre (ICAL), con la participación también del impresor y editor Josep Thomàs i Bigas (1852-1910), el librero y editor Àlvar Verdaguer, el impresor Fidel Giró Brouil (1849-1926), el escritor y editor Joaquim Casas Carbó (1858-1943) y el tipógrafo e impresor Joan Rusell i Anglarill (1862-1923); como puede advertirse, todos ellos rondando la cuarentena en aquel entonces.

Dos años después de su fundación formal ya contaba con una cabecera que les serviría de portavoz, la Revista Gráfica, cuyo primer director fue el mencionado Pellicer y que se publicó periódicamente entre 1900 y 1928 (salvo los años 1924 a 1927), en los primeros años en la prestigiosa imprenta especializada en libros de bibliófilo Oliva de Vilanova, fundada apenas unos años antes (en 1899) por Joan Oliva i Milà (1858-1911). Paralelamente, en 1900 los editores habían creado el Centre de la Propietat Intel·lectual, la primera asociación de estas características en España y entre cuyos primeros asociados figuraba uno de los dos fundadores de la editorial Montaner y Simon,  Francesc Simon i Font (1843-1923) y otros editores importantes, como Manuel Maucci (1859-1937), Josep Espasa i Anguera (1840-1911), los hermanos Joan y Gustau Gili, Antoni López i Benturas (1861-1931), Francesc Seix i Faya o el impresor Manuel Tasso i Serra, entre otros.

Josep Lluís Pellicer i Fenyé.

Según la detallada reconstrucción que hace Manuel Llanas de los pasos iniciales del ICAL, en 1905 empieza a funcionar activamente la Escola Pràctica de les Arts del Llibre en la misma sede que el ICAL (en los bajos de lo que hoy es el número 153 de la calle Claris) y con el siguiente programa:

Tipografía (subdividida en dos secciones: cajas y máquinas), composición a máquina, litografía, encuadernación, dibujo y gramática castellana. —Y prosigue Llanas—: Y si el profesorado lo integraban, en ocasiones, prestigiosos impresores y tipógrafos (Ceferí Gorchs, Ramon Tobella, Fidel Giró, Joan Russell), el alumnado asistía, por mandamiento estatutuario, de forma totalmente gratuita. De media, oscilaba alrededor de los doscientos matriculados, la gran mayoría aprendices en diversos talleres gráficos; por eso las clases se hacían entre las 20 y las 21.30 h., de lunes a sábado, y alguna vez incluso las mañanas de los domingos. Los únicos requisitos que se exigían para entrar eran haber cumplido los trece años y saber leer y escribir.

Bajo la presidencia del mencionado Francesc Simon i Font (1843-1923), que desde su fundación y hasta 1903 había presidido la junta directiva del Centre de la Propietat Intel·lectual, el ICAL experimenta un notable impulso y se aprueban unos nuevos estatutos que definen del siguiente modo el segundo de sus objetivos (el primero es la docencia): «Establecer solidaridad y facilitar las relaciones profesionales cuando éstas se relacionen con las Artes del Libro».

Logo de Montaner y Simon.

Además de organizar el I Congrés Internacional de les Arts del Llibre (1911), como consecuencia del cual nació la Unió Patronal de les Arts del Llibre (germen a su vez de la Unió Sindical de les Indústries del Llibre) y procurar la participación de sus socios en algunas ferias internacionales y presentar conjuntamente sus reivindicaciones ante las autoridades, uno de los mayores logros del ICAL fue la participación de los profesionales catalanes en la importante Feria de Leipzig en 1914, que conmemoraba el quinto centenario de la Real Academia de Artes Gráficas y de la Industria del Libro, y cuya organización y desarrollo, en cuanto atañe a la participación española, Philippe Castellano ha reconstruido con mucho detalle.

Ya en octubre de 1912 Ludwig Wolkmann, como presidente tanto de la Sociedad Alemana de Artes Gráficas como de la Junta Directiva de la Exposición, propuso que se organizara una representación española al editor español que mejor conocía, el madrileño Enrique Bailly-Baillière y Plano, quien se había formado como librero-editor en Alemania y había sido uno de los promotores de la conocida –para abreviar– como Asociación de la Librería de España (Asociación de la Librería, de la Imprenta, del Comercio de la Música, de los Fabricantes de Papel y de todas las Industrias y Profesiones que concurren en la fabricación del Libro y a la publicación de obras de literatura, ciencia y arte); incluso lo nombra presidente de la Junta Organizadora para España.

Sin embargo, pese a iniciar gestiones (infructuosas) para obtener financiación, Bailly-Bailliere topa enseguida con la oposición del editor catalán Manuel Henrich Girona, por entonces presidente de la Federació de les Arts del Llibre, lo cual le lleva a dimitir en noviembre de ese mismo año, lo que ofrece al gobierno español el pretexto idóneo para desentenderse del asunto y evitar comprometer ningún tipo de partida presupuestaria para la participación española en la exposición.

Así las cosas, el ICAL decide participar en la feria por su cuenta y riesgo, y en septiembre de 1913 crea un comité organizador con Manuel Henrich, August Heinrich Höfer, Ramon Miquel i Planas, A. Cardunets, P. Cruells, J. Fabré, J. Furnells, F. Mestres y Russell. Aun así, Bailly-Ballière, también extraoficialmente tras su dimisión, seguía haciendo gestiones y manteniendo correspondencia con el comité organizador alemán incluso en el verano de 1913. Por su parte, la Revista Gráfica se había hecho eco de la vergüenza que suponía que un país con una industria editorial como la española no participara en una feria tan importante como la de Leipzig, y esa misma queja se repite en diversos números de la revista del ICAL, siempre en vano.

Colofón del segundo volumen de Revista Gráfica.

En septiembre de 1913 desde el ICAL se empiezan a solicitar propuestas de participación en la feria alemana y a crear un comité organizador, con lo que se da la paradójica situación de que avanzan en paralelo dos líneas de trabajo para un mismo fin (una en Barcelona y otra en Madrid), ambas sin contar con un compromiso en firme de participación estatal. Y, en una nueva vuelta de tuerca, al enterarse de la existencia de un comité en Madrid, el del ICAL se disuelve, poco antes de que, ante la nueva imposibilidad de obtener fondos del gobierno, Bailly-Ballière renunciara por segunda vez a presidir el comité organizador. De todos modos, el ICAL sigue adelante con la organización de una presencia extraoficial en la feria y en la primavera de 1914 la Revista Gráfica publica ya un listado de 55 participantes comprometidos, y la iniciativa es saludada con entusiasmo por parte de la prensa barcelonesa.

No tardan en sumarse a la iniciativa del ICAL diversas empresas de otros puntos de la península, y en su número de mayo el órgano de la Federación Nacional de las Artes del Libro ensalza el empeño y el empuje que están poniendo los profesionales catalanes en esa iniciativa:

El Instituto Catalán de las Artes del Libro de Barcelona ha tomado la iniciativa de organizar una Exposición colectiva de sus socios, a la cual se han adherido varias casas del ramo gráfico de Madrid […] Actualmente se está trabajando febrilmente en Leipzig en la instalación y decorado de la sección española […]; de modo que es de esperar que la sección española se presentará dignamente en aquel certamen internacional de cultura, al cual acudirán todas las naciones del mundo. Hay que felicitar calurosamente al Instituto Catalán de las Artes del Libro y a los organizadores de la Exposición española por su altruista labor y trabajo en favor del ramo gráfico de España, que han conseguido, por fin, que sea un hecho la participación y representación de España en la Exposición Internacional de Leipzig.

Finalmente fueron setenta los expositores representados: 51 barceloneses, 1 de Sabadell, 1 de Sant Feliu d Guíxols, 1 de València y 15 de Madrid, desproporción que en su imprescindible estudio de este caso Castellano atribuye tanto a la asunción de la organización por parte del ICAL como al desplazamiento que ya se había producido en cuanto a la capitalidad editorial en España de Madrid a Barcelona, y que en alguna medida cabe atribuir al evidente interés por formar a buenos profesionales que permitieran ofrecer una calidad equiparable, por ejemplo, a la de la industria editorial alemana.

Espacio del ICAL en la Feria de Leipzig de 1914.

Fuentes:

Anónimo, «La Exposición de Artes Gráficas de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 2 (marzo de 1914), p. 10.

Anónimo, «Exposición de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 4 (mayo de 1914), pp. 8-12.

Eudald Canivell, «Ecos. El Temps», El Poble Català, núm. 3299 (28 de marzo de 1914), p. 1.

Philippe Castellano, «La Sala Espanyola en l’Exposició Internacional de les Arts Gràfiques i de la Industria del Llibre, Leipzig 1914 (o com va voler fer-se Pàtria mitjançant el llibre)», traducción de Anna Carreras, Els Marges, núm. 71 (desembre de 2002), pp. 89-106.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Caires de l’edició catalana en el segle xx, Lección inaugural del curso 2011-2012 de la Facultat d’Educació, Traducció i Ciències Humanes de la Universitat de Vic.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1836-1936), Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Un acercamiento a la edición en español en Rusia

Es muy probable que, si bien las relaciones entre algunas organizaciones políticas y culturales son bastante anteriores, la primera iniciativa de una cierta importancia de editar en Moscú obras en español se remonte a 1931, cuando se crean las Ediciones Cooperativas de los Trabajadores Extranjeros en la URSS.

Rafael Giménez-Siles.

En consonancia con la política soviética de aquellos años, vehiculada en buena medida por la agencia VOLKS (Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior), las ediciones se orientaron, por un lado, a los textos de teoría política más recientes y, por otro, en respuesta a la demanda existente en España, a la literatura, pero, según cuenta Kowalsky en su impresionante estudio sobre la presencia soviética en la guerra civil,, «del mismo modo que la agencia rechazaba categóricamente cualquier colaboración con los viejos rusos emigrados no imbuidos de las doctrinas y costumbres soviéticas, tampoco dudaba en disuadir a los traductores españoles de que intentaran abordar la literatura prerrevolcionaria». Las ediciones de Cenit de Rafael Giménez Siles son buena muestra de este tipo de textos –que hacían poco menos que prescindible la publicación de traducciones al español en Moscú–, lo que permite a Mario Bueno Aguado describir del siguiente modo las ediciones en el cambio de década:

Entre 1928 y 1932, [Cenit] publicó libros de índole literaria (colecciones de Novelistas Nuevos, La Novela Proletaria, La Novela de Guerra, La Novela Histórica, Cuentos Cenit para niños), ensayos (Crítica Social, Las Realidades del Capitalismo, Documentos Vivos, Panorama) o incluso biografías (Vidas Extraordinarias). De estas colecciones destacan sobre todo autores alemanes y soviéticos. Entre 1932 y 1934 se produce un auge de las publicaciones marxistas, destacando las colecciones Biblioteca Carlos Marx, Cuadernos Mensuales de Documentación Política y Social, Cursos de Iniciación Marxista, Divulgación, Documentos de Comunismo, Episodios de la Lucha de Clases, etc.

En relación a la mencionada presencia de autores alemanes, no será ocioso recordar que, en buena medida, si Cenit pudo dar a conocer a ciertos autores extranjeros fue gracias a sus acuerdos con editoriales como las alemanas Malik-Verlag, Verlag für

Literatur und Politik o Fischer. Por su parte, en el ámbito de la literatura alemana, las Ediciones Cooperativas contaron por aquel entonces con algún nombre relativamente conocido, como es el caso de la escritora Maria Osten (1908-1941), que como consecuencia de la llegada de los nazis al poder acababa de dejar su empleo en la revolucionaria editorial vanguardista Malik (donde una fotografía de sus célebres ojos habían servido a John Heartfield para elaborar el montaje que creó para la cubierta de Die Liebe der Jeanne Ney, de Ilyá Ehrenburg).

La primeras ediciones importantes en español de las Ediciones Cooperativas se produce, en buena lógica, cuando en España se acumulan las dificultades para publicar debido al avance de la guerra civil española: La guía de los sindicatos soviéticos (para las delegaciones obreras) (1937), de Solomon Abrámovich Losovsky (1878-1952) y el Compendio de historia de la URSS (1938) de A. Shestakov, una cuidada edición encuadernada en tela que incluye ilustraciones, láminas y cuatro mapas desplegables, que casi coincide en el tiempo con la aparición en la Península de España en la Unión Soviética, del filólogo, lingüista y bibliotecario Tomás Navarro Tomás (1884-1979), publicado por las Ediciones Amigos de la Unión Soviética.

Poco después de acabar la guerra civil, las Ediciones Cooperativas de los Trabajadores Extranjeros en la URSS simplificaban su nombre por el de Ediciones en Lenguas Extranjeras, homónimo al que tomaría por ejemplo en China una iniciativa similar.  Por esos mismos años aparecen muchas traducciones del ruso en la versión española de Internatsionálnaia Literatura (Literatura Internacional), creada en 1942 y en la que ejerce de redactor-jefe el escritor César M. Arconada (1898-1964), que a menudo traducía en colaboración con el hispanista Fédor Kelin (1893-1965), traductor a su vez de José Bergamín y César Vallejo al ruso. En esta etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial, son varios los refugiados españoles que entran a trabajar en la editorial, como es el caso en 1947 del militar republicano Pedro Prado Mendizábal (1902-1985), autor de un Diccionario politécnico español-ruso (1964), antes de establecerse en Cuba. También el del abogado socialista Antonio Pretel Fernández (1903-1980) y el del poeta Julio Mateu Martínez (1908-1985), a quien la Editorial Progreso le publicaría en Rusia sus Poesías escogidas (1972) y Olivos y abedules (1977). Y de 1949 es, en la Ediciones en Lenguas Extranjeras, la Antología de la literatura española. Siglo XX, preparada por Kelin e I. Tiniánova.

El maestro y traductor Ángel Herráiz Comas (1907-1976) se incorporó también a las Ediciones en Lenguas Extranjeras, para las que vertió al español varias obras de Gorki (Cuentos en Italia, 195?; Los Armóntov, 1953, y Por el mundo. Mis universidades, 195? y varias veces reeditado), en ocasiones en colaboración con José Vento  Molina (1918-1988), y a partir de finales de los años sesenta colaboró también esporádicamente con algunas editoriales españolas, como Ciencia Nueva y Zero. En esos mismos años, aunque muchas de estas ediciones no están fechadas, se ocupó de la redacción del libro colectivo En memoria de Julián Grimau, que incorpora artículos de César Arconada, Hugo Ruppert y Juan Rejano, además de un poema de Rafael Alberti.

Arturo del Hoyo.

El mencionado periodista y traductor José Vento, que estuvo al frente de la versión española de la revista Literatura Soviética, publicó para la misma editorial una enorme cantidad de títulos de Chéjov, Pushkin, Tolstoi, Sholojov y Simonov, además de algunos otros títulos para la editorial Ráduga (dedicada a la publicación de textos literarios y que en 1982 se desgajó de lo que ya por entonces se llamaba Editorial Progreso). Sin embargo, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y 1957 (en que regresa a España), la más conocida traductora literaria al español de las Ediciones en Lenguas Extranjeras fue sin duda Lydia Kúper (1914-2011). Como ella, no fueron pocos los traductores que en esa época regresaron a España y, a menudo gracias a la astucia y sensibilidad del gran editor Arturo del Hoyo (1917-2004), que a principios de esa década había sustituido a Federico Carlos Sáinz de Robles (1898-1982) como asesor literario de Aguilar, como consecuencia de ello la cantidad y calidad de las traducciones del ruso publicadas en España aumentó sensiblemente.

A partir de 1963 se inicia una remodelación organizativa que lleva aparejado un nuevo cambio de nombre, el definitivo, a Editorial Progreso, y de ese mismo año son las casi mil páginas de los Fundamentos del Marxismo-Leninismo. Empieza entonces la época más conocida de la editorial, en que sigue publicando muchos títulos de temas políticos e históricos, como el colectivo editado por Ivan M. Maisky, N.N. Voronov e I.N. Nesterenko sobre la participación soviética en la guerra civil española Bajo la bandera de la España republicana (1967) o el también colectivo, encabezado en ese caso por Dolores Ibárruri, Guerra y revolución en España, publicado en cuatro enormes volúmenes (1967-1971). Sin embargo, también hay espacio muy destacado para la literatura, con la publicación de El Don apacible (1973) de Sholojov en dos volúmenes (traducción de José Laín Entralgo), la de una segunda edición de Campos roturados (1966), también de Sholojov, o de títulos menos conocidos como Esta es su causa, de Yuri Guerman (1975), La daga (1977) de Anatoli Ribakov o El sauquillo rojo (1979), de Vasili Shukshin, entre otras novelas, y además al final de esta etapa (que concluye en 1982) se inicia también la publicación de la revista América Latina (del departamento de América Latina del Instituto de Ciencias de la URSS). Mención aparte merece la publicación en 1976 de Veo lo que viene y lo que nace. Obra escogida, de Pablo Neruda, un volumen de casi quinientas páginas encuadernadas en tapa dura con un formato de 20 x 15, o el volumen antológico ilustrado de García Lorca Prosa. Poesía. Teatro (1979).

Un año después y como producto también de esa remodelación aludida nacía la Editorial MIR, destinada sobre todo a la literatura técnica y científica, pero también con una muy prestigiosa colección de narrativa de ciencia ficción y de la que muchos aficionados recuerdan antologías del género como Café molecular (1967) (Alexander Poleschuk, Anatoli Dneprov, Boris Strugatski, etc.), Viaje por tres mundos (1969) (Alexander Abramov, Eremei Parnov, Ilva Varshavsky, etc.), Devuélvanme mi amor (1971) (Sávchenko, Gansovski, Zhuralvliova) o La caja negra (1984) (Dneprov, Dmitri Bilenkin, Varshalavsky); libros todos ellos que, en tiempos aún del Telón de Acero, eran de los muy escasos contrapesos a la ciencia ficción estadounidense y británica que podían leerse en España, adonde llegaban sobre todo gracias a la decidida voluntad de la legendaria saga de libreros madrileños de la Rubiños-1860, a los que no por casualidad se conocía también como los «Rusiños» y que incluso coeditaron en algunos casos con editoriales rusas, como Ráduga.

Una vez desgajada en 1982 también Ráduga (dedicada a la literatura) de la casa madre, en la Editorial Progreso aún se publicarían traducciones e incluso obras en español como Lenin. Vida y actividad (1985), obra colectiva encabezada por A. Amelina y A. Averianova, pero también libros de literatura, como una edición (¿reedición?) de la Obra escogida del venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985) y un volumen de Relatos de autores soviéticos ese mismo 1982 o el ensayo de Henry Luque Muñoz Dos clásicos rusos.Turgueniev, Saltikov, Schedrin (1989) o Del Amazonas al Lena, de Apolinar Díaz-Callejas.

Una imagen del Sputnik y la P en alfabeto cirílico formaban el logo de la Editorial Progreso.

A partir de 1991, cuando el gobierno retiró las subvenciones que sustentaban la empresa, se vivió en la Editorial Progreso un momento bastante crítico (que conllevó el despido de la mitad de los empleados) y desaparecieron muchas de las secciones dedicadas a la traducción a otras lenguas, pero la edición en español, si bien muy mermada, tuvo continuidad con una red de distribución restringida al territorio ruso y con una producción mucho más modesta.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler, «Teatro, literatura y cultura del exilio republicano español en la Unión Soviética (1939-1949)», en Exils et migrations ibériques, núm. 6 (1999), pp. 61-78.

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento, 2017.

Daniel Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española. Una revisión crítica, traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón,  Barcelona, Crítica, 2003.

Marcos Rodríguez Espinosa, «Acerca de los traductores españoles del exilio republicano en la URSS: El Grupo de Moscú y la difusión de la literatura rusa en España en la segunda mitad del siglo XX», en Francisco Ruiz Noguera y Juan Jesús Zaro Vela, Retraducir: una nueva mirada: la retraducción de textos literarios y audiovisuales, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2007, pp. 243-262.

Mario Bueno Aguado, «Semblanza de Editorial Cenit (1928-1936)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (2016): http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcj69d8

 

González Porto y la edición culturalmente ambiciosa

El nombre del legendario José María González Porto (1895-1975) ha quedado casi indeleblemente asociado a la mexicana Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana (UTEHA) y en particular a la edición de su impresionante diccionario en doce tomos y dos apéndices, así como a la editorial barcelonesa Montaner y Simón, que acabó por comprar en 1952. Sin embargo, sus inicios son igualmente interesantes y permiten trazar una trayectoria basada en la internacionalización de su trabajo y sobre todo en el interés por las grandes enciclopedias presentadas con esmero y de encuadernación lujosa, comercializadas a plazos para hacerlas así asequibles a casi todos los bolsillos.

Horace Everett Hooper.

A su llegada a Cuba desde su Galicia natal, uno de sus primeros empleos que tuvo fue como dependiente en una librería de viejo, pero poco después pasó a ser vendedor de la celebérrima Editorial Jackson, cuya fama se debe sobre todo a sus grandes enciclopedias vendidas a crédito y cuyos orígenes se encuentran en la historia del editor estadounidense Walter Montgomery Jackson (1863-1923), que había empezado como librero pero se hizo famoso cuando, asociado con Horace Everett Hooper (1859-1922), compró los derechos de la Enciclopedia Británica, de manos de A. & C. Black, y juntos pusieron todos sus esfuerzos en la implantación de la magna obra editorial en Estados Unidos apoyándose en el famoso publicista Henry Haxton. Además, se ocuparon de la undécima edición, dirigida por Hugh Chisholm desde Londres y Franklin Hooper (hermano de Horace) en Estados Unidos, que tiene la peculiaridad de contener un artículo («advertisement», cómo no) redactado por el mencionado publicista. Sin embargo, Jackson parecía más interesado en seguir publicando versiones revisadas y actualizadas que en hacer una auténtica nueva edición, y parece que algo de ello tuvo que ver en que acabara por romper la asociación –con el consiguiente conflicto– y emprendiera una andadura por su cuenta que se concretó en la creación de lo que llegaría a ser otro gigante de la edición de enciclopedias: Grolier (que debe su nombre al conocido bibliófilo Jean Grolier de Servières, 1489-1565).

La Grolier Society, haciendo honor a su nombre, se centró inicialmente sobre todo en una línea de libros lujosos con textos de autores clásicos y más o menos raros, pero más adelante la compra en 1908 de los derechos de The Children Eciclopaedya (creada por el escritor Arthur Mee, 1875-1943) le permitió unas mayores ventas gracias a un tipo de enciclopedias y grandes obras temáticas destinadas al público infantil y sobre todo juvenil, a las que bautizó como The Book of Knowledge.

Edición bonaerese en la Editorial Jackson de Ediciones Selectas de la obra Neil Paterson Pasó una estrella.

Después de expandirse como editorial Jackson Ediciones Selectas, la empresa creada por el audaz estadounidense en las primeras décadas del siglo, experimentó un enorme crecimiento y una expansión que la llevó a abrir sucursales en la mayoría de países americanos (Argentina, Perú, Uruguay, Brasil, Colombia, Cuba…), donde implantó con notable éxito el sistema de venta a crédito.

De todos modos, tampoco en la Editorial Jackson duró muchos años González Porto, pese a ser uno de sus vendedores más exitosos, hasta el punto que el propio Jackson le recomendó que se tomara unos meses de descanso y regresara a España. No fue buena idea, porque en cuanto llegó a la Península tuvo que incorporarse al servicio militar (por entonces obligatorio). En cuanto estuvo en condiciones de volver a Cuba pudo retomar su empleo en Jackson, pero pronto se estableció como «importador de libros y agente de editores extranjeros» –entre los que se encontraban, por ejemplo, Montaner y Simón–, en su establecimiento de la calle Obispo (núm. 409), entre Compostela y Aguacate, inicialmente asociado con su hermano Francisco en la Librería Académica, y posteriormente como Editorial González Porto, que pronto cuenta con una sucursal en Caracas (dirigida por su hermano Hipólito), mientras que otro de sus dieciocho [no es errata] hermanos, Manuel, se ocupa de la sede habanera.

Muy probablemente con el modelo de las Jackson en mente, en 1928 González Porto ideó y desarrolló el proyecto de una magna obra en 25 volúmenes de 400 páginas cada uno y muy profusamente ilustrado, El libro de la cultura, que propuso a la también barcelonesa Salvat (en concreto a Fernando y Santiago Salvat Espasa), que la acogieron con indudable interés y pronto establecieron un acuerdo. Tardó unos años en hacerse realidad, pero en 1933 se retoma la idea, relaborada, y González Porto empieza a buscar colaboradores para la versión americana en Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Colombia, Venezuela, cuya unificación encomienda al escritor hondureño establecido en México Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), quien se desespera un poco con la escasa disciplina de los redactores españoles con respecto a las normas que se habían establecido. A principios de 1935 empieza a promocionarse esta imponente obra, con el objetivo de poder continuar financiándola mediante la venta de los primeros siete volúmenes impresos hasta entonces, y González Porto viaja a Europa para, además de contratar la exclusiva de distribución de nuevas obras españolas, intentar vender los derechos de traducción de su gran proyecto a otras lenguas (particularmente al italiano). Sin embargo, el estallido de la guerra civil española frustra estas expectativas, y en septiembre de 1936 González Porto regresa a Cuba, desde donde se establece luego en México (donde ya anteriormente había residido seis meses comisionado por Jackson) y donde funda ya en 1938 la Unión de Tipógrafos Editorial Hispano Americana, dejando el local cubano como una sucursal especializada en libros de literatura, arte, enciclopedias y diccionarios.

Manuel Andújar.

Como es bien sabido, porque se reitera en cualquier análisis que se haya hecho de ella, la situación política de aquellos años favoreció en buena medida el crecimiento de las editoriales en América, principalmente por el estado de postración en que quedó la industria española como consecuencia de la guerra y, a la conclusión de la misma, como consecuencia de su resultado y del periodo tanto económico como político que entonces se abrió en España. A las duras limitaciones en la compra de papel, la dificultad –prácticamente imposibilidad– de modernizar la maquinaria y los procesos de trabajo al ritmo que lo estaban haciendo las empresas más competitivas y la escasez de profesionales cualificados o con experiencia, debía añadirse además el peso de la censura religiosa y política, que propiciaba que los autores y editoriales extranjeros que pretendían que sus obras fueran traducidas al español optaran por hacerlo a través de empresas americanas. Y a ello hay que añadir aún el enorme flujo de escritores y profesionales expertos tanto en labores de edición como de impresión y encuadernación, que no hizo otra cosa que propiciar un auge de la edición sobre todo en México y Argentina, que fueron los dos países que más refugiados republicanos acogieron y donde más oportunidades tuvieron de retomar de alguna manera sus carreras profesionales.

Así pues, la editorial González Porto continuó como editorial dentro del conglomerado que fue creándose alrededor de UTEHA con la creación en 1946 de la editorial Acrópolis (con sede también en Caracas), además de contar con sus propias y muy pronto potentes imprenta y distribuidora. El crecimiento y expansión de la editorial en los años sucesivos y la nómina de colaboradores que UTEHA conseguirá para la elaboración de su famoso diccionario es impresionante y constituye una retahíla de nombres ilustres, pero valga como ejemplo recordar, limitándonos exclusivamente a los refugiados españoles, que durante quince meses tuvo como representante en Chile al excelente escritor Manuel Andújar (1913-1994), que procedía del mexicano Fondo de Cultura Económica; o que tuvo como gerente apoderado al economista y sindicalista Estanislau Ruiz Ponsetí (1889-1967) cuando éste abandonó la editorial Atlante de Juan Grijalbo (1911-2002), y a su vez fue sustituido por otro español, Julio Sanz Saínz; como editor al cenetista Marín Civera Martínez (1900-1975), que en la península Ibérica había dirigido los periódicos Orto, El Pueblo y Mañana; como ilustrador a Pere Calders (1912-1994), que en México también había trabajado mucho para Atlante; como corrector de pruebas al tipógrafo Manuel Albar Catalán (190-1955), y haciendo diversas labores, muchas de ellas vinculadas a la Enciclopedia UTEHA y a la Enciclopedia Cultural UTEHA, a Antonio Ramos Espinós (que dirigió el departamento de enciclopedias y diccionarios), Luis Doporto Marcheri (que llegó a ser director del departamente editorial, tras una larga carrera en la casa);  Gabriel García Narezo (n. 1916), por no mencionar a la pléyade de redactores de este tipo de obras que hicieron famosa a la editorial, entre ellos el historiador Josep M. Miquel i Vergés (1903-1964) y  la química María Teresa Toral (1911-1994) o a la extensísima nómina de traductores e ilustradores de relumbrón de origen español, que incluiría nombres como Agustí Cabruja (1908-1983), Lluis Ferran de Pol (1911-1995), Albert Folch i Pi (1905-1993), Miquel Santaló (1888-1961), Josep Maria Giménez Botey…

Esto permitió escribir con razón al pontevedrés Julio Sanz Saínz (que tras su paso por Labor Mexicana sustituyó a Ruiz Ponsetí como gerente y más tarde fundaría la editorial Aconcagua), en El exiliado vive en las honduras de su ser:

En la capital mexicana se editó, y fue obra de los refugiados españoles, el único diccionario enciclopédico, originalmente redactado en Hispanoamérica, no traducido de otros idiomas, que incluía todo núcleo de población de habla hispana con más de cien habitantes; el diccionario cubrió el vacío de obras similares editadas, escritas o sólo traducidas en España; subsanó matices, errores y omisiones producidos por el predominante criterio del virreinato y del espíritu centralista absorbente de la metrópoli.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2006.

Carlos Bua, «Memorias de un cubano. El gato de papel», 2 de junio de 2014.

Philippe Castellano, «El libro de la cultura o cómo se intentó construir una representación de América Latina», Cahiers du CRICCAL, vol. 31, núm. 1 (2004), pp. 73-80.

Marcela Lucci, Semblanzas de José María González Porto y de la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana en el portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XX) – EDI-RED.

Julio Sanz Sainz, El exiliado vive en las honduras de su ser, Valls, edición del autor al cuidado de Eduardo Fermín Partido e impresa en Gràfiques Moncunill, 1995.

«Los de abajo», de Mariano Azuela, y la edición chicana

Cuando en 1915 se publicó la primera edición de Los de abajo, Mariano Azuela (1873- 1952) ya había dado a conocer en Lagos de Moreno (Jalisco) unas cuantas obras narrativas, entre las cuales las novelas María Luisa (Imprenta de López Arce, 1907), Los fracasados (Tipografía y Litografía Müller Hnos., 1908), Mala yerba (Talleres de La Gaceta de Guadalajara, 1909), Andrés Pérez, maderista (Imprenta de Blanco y Botas, 1911) y Sin amor (Tipografía y Litografía Müller Hnos., 1912), y además había dejado impresos en algunas publicaciones periódicas, como el semanario de la capital Gil Blas Cómico, varios relatos (además de fragmentos de María Luisa), en ocasiones tras seudónimo.

Mariano Azuela.

Sin embargo, la publicación de la novela por la que ha pasado a la historia, Los de abajo, tal vez pueda considerarse como uno de los más conocidos ejemplos de edición chicana, pues en una versión distinta a la comúnmente conocida apareció por primera vez por entregas en las páginas del periódico El Paso del Norte (El Paso, Texas), dirigido por Fernando Gamiopichi, de quien Stanley L. Robe recogió algunas informaciones en Azuela and the Mexican Underdogs (1979). Según recoge este investigador, hasta 1912 en El Paso del Norte, empresa formada íntegramente por mexicanos, figuró como «editor» T. F. Serrano y como director Gamiochipi, pero después de esa fecha al segundo se le identifica como «editor propietario», y Roba incluso da noticia de los nombres de algunos redactores (unos hermanos Calderón, Ugartechea, etc.) y el nombre de quienes se ocupaban de imprimirla, la Imprenta Moderna, que se identificaba a sí misma como la «Casa editora del único Diario Constitucionalista en ambas fronteras» y que según el testimonio del cajista José Jesús Loera Rivera, empleaba una «prensa de cilindro cuádruplo». Mientras duró la publicación por entregas de Los de abajo, Azuela cobró tres dólares semanales, pero no hay ninguna evidencia de que cobrara nada por la edición en rústica que el mismo periódico se ocupó de hacer poco después.

Mariano Azuela.

Anunciaba El Paso del Norte en su número 1763 de la segunda época, correspondiente al 27 de octubre de 1915: «Los de abajo, novela que hoy empezamos a publicar en forma de folletín, aparecerá lujosamente encuadernada y dentro de pocos días estará a la venta para el público». La publicación en forma de folletín de esta primera versión, subtitulada «Cuadros y escenas de la Revolución actual», se prolongó hasta el 21 de noviembre (veintitrés entregas). Señala también Stanley L. Robe que el texto, compuesto enteramente a mano, contiene numerosas erratas y nada hace pensar que fuera sometido a un proceso de revisión o edición, sino que se iba publicando a medida que se iba componiendo.

Pasó todavía un tiempo antes de que apareciera la edición en volumen, que puede fecharse con bastante exactitud el 5 de diciembre, con numerosas enmiendas ortotipográficas y una tirada de mil ejemplares, pero el propio Azuelo dejó testimonio de la escasísima repercusión que tuvo esta edición, de la que al cabo de un mes se habían vendido sólo cinco copias. Tampoco su presencia en la prensa fue generosa, aunque el 10 y 21 de diciembre la reseñaron Enrique Pérez Arce J. Jesús Valdez, respectivamente, en El Paso del Norte ( para cuyos lectores Los de abajo era ya una novela conocida).

La Papelería y librería Boras en los años veinte.

De regreso a México, y saneada su economía gracias a los derechos de autor de la publicación por entregas en El Universal de Los caciques, en 1920 Azuela decidió hacer una nueva edición de Los de abajo por su cuenta y riesgo en la imprenta Razaster, también de unos mil ejemplares, con la que era más probable que pudiera llegar a los lectores potenciales de su obra, y se comercializó en librerías importantes, como por ejemplo en el céntrico comercio de Andrés Botas (que ya se había hecho cargo de la edición de Andrés Pérez, maderista y más adelante publicaría otras obras de Azuela). Además, en esta ocasión el texto sí fue sometido a una severa reordenación y revisión con las cuales la novela tomó ya la forma con la que, en líneas generales, se hicieron las ediciones sucesivas. Sin embargo, el éxito aún tardaría en llegarle, de un modo un poco singular, y antes de que se produjera aparecieron Los fracasados. Novela de costumbres nacionales (Talleres Linotipográficos de El Pueblo, 1918), Las tribulaciones de una familia decente (folletín de El Mundo, 1918) y Las moscas (Talleres de A. Carranza e Hijos, 1919).

José Vasconcelos.

A una agria polémica desatada en diciembre de 1924 por Julio Jiménez Rueda en las páginas de El Universal con el artículo «El afeminamiento en la literatura mexicana» (en que reprochaba a los escritores mexicanos el aislamiento de la realidad social) debe Azuela el resurgir de su obra a ojos de la crítica y de los lectores mexicanos de su tiempo. A Jiménez Rueda replicó desde el mismo periódico Francisco Monterde con «Existe una literatura mexicana viril», y entró también en liza Victoriano Salado Álvarez («¿Existe una literatura mexicana moderna?», Excélsior). En esta polémica salió a relucir el nombre de Azuela y su novela Los de abajo, lo que llevó a El Universal Ilustrado a publicar una encuesta entre diversos escritores del momento (José Vasconcelos, Salvador Novo, Federico Gamboa, etc.) acerca de este asunto a la que Azuela respondió: «Cuando el alma del pueblo está empapada en lágrimas y chorreando sangre todavía, nuestras lumbreras literarias escriben libros que se titulan Senderos ocultos, La hora de Ticiano o El libro del loco amor», y como consecuencia del impacto del debate El Universal Ilustrado decide hacer una edición en cinco cuadernillos de Los de abajo que aparecen entre el 29 de enero y el 24 de febrero de 1925 (por la que toda la retribución que obtuvo Azuela fueron cincuenta ejemplares), lo que a su vez desató una incontable serie de ediciones piratas e incluso traducciones a otras lenguas.

La llegada a Madrid de Gabriel Ortega como corresponsal de El Universal propició que la novela fuera conocida por algunos de los personajes más importantes e influyentes de la cultura literaria madrileña del momento, como el poeta, dramaturgo y crítico literario Cipriano Rivas Cherif (1861-1967), Manuel Azaña (1880-1940), que ese mismo año 1926 ganó el Premio Nacional de Literatura por Viaje de don Juan Valera, el reputado poeta, crítico y traductor Enrique Díaz-Canedo (1879-1944), el célebre escritor Ramón Maria del Valle Inclán (1866-1936), el compositor y escritor Gustavo Durán (1906-1969), etc., lo que hizo que en 1927 la editorial Biblos publicara Los de abajo, con ilustraciones de Gabriel García Maroto  (1889-1969).

La edición en Biblos.

Al año siguiente aparecía también la edición francesa, traducida por Joaquín Maurín, en las páginas de Monde (como L’Ouragan), coincidiendo también con la primera edición estadounidense (en Brentano’s, y con ilustraciones de José Clemete Orozco) y en 1930 una nueva edición de la traducción de Maurín al frances, titulada Ceux d’en bas, prologada por Valery Larbaud (1881-1957) y aparecida en J. O. Fourcade, casi al mismo tiempo que la primera inglesa, a cargo de Jonathan Cape.

Gabriel García Maroto.

Pero más que el rocambolesco camino al éxito de Los de abajo, lo que resulta particularmente ilustrativo es el fracaso de su primera edición, la que quizá podemos considerar chicana, pues diversos condicionantes pueden contribuir a explicarla. Por un lado, es evidente que el periodo de convulsiones oplíticas y militares en que se publicó no propiciaba que pudiera tener una difusión adecuada, pero además el contexto geográfico y las dificultades de distribución plantean cuestiones más interesantes, sobre todo a la luz del crecimiento paulatino de las ediciones de literatura chicana en Estados Unidos.

La existencia desde la década de 1780 de imprentas en las que se publicaban folletos en español en Boston o Filadelfia, la fundación ya a principios del XIX de cabeceras periodísticas como El Misisipí, El Mensajero Luisianés o de El Mexicano de Texas desde 1813 no bastan para explicar la situación peculiar creada como consecuencia del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848 con que se puso vergonzosamente fin a la guerra entre Estados Unidos y México, por el que el segundo, por quince millones de pesos (unos 450 millones de euros de nuestros días), cedía la totalidad de los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas, así como parte de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, estableciendo como frontera el río Bravo.

Joaquín Maurín.

Pasarían aun unos años antes de que apareciera la que está considerada la primera novela chicana, La historia de un caminante (1881), de Manuel M. Salazar, pero no tantos en cuanto a la proliferación de cabeceras que mantenían informados a los habitantes mexicanos de estos territorios, como El Clamor Público (1855-1859), El Comercio Mexicano (1886), El Libre Pensador (1890) o La Crónica (1909); sin embargo, el contexto con que coincide la aparición de Los de abajo lo crea sobre todo la Revolución de 1910 e iniciativas empresariales como las llevadas a cabo por personajes como los hermanos Ricardo, Enrique y Jesús Flores Magón, que en Estados Unidos pusieron en pie, primero en San Antonio y luego en San Luis,  una continuación del periódico Regeneración, al que seguiría luego Revolución en Los Ángeles.

Mariano Azuela fue, podría decirse, un visitante coyuntural de los Estados Unidos, que enseguida regresó a México y que sólo publicó más allá de la frontera Los de abajo para obtener un poco de dinero con el que subsistir esa temporada, entrando en contradicción personal además con  los planteamientos políticos carrancista de quienes estaban al frente de El Paso del Norte. Además, las peculiares circunstancias en que se produjo (y sobre todo se distribuyó) esa primera edición en volumen de la novela hizo que fuese casi imposible que llegara a su público potencial, era una novela a efectos prácticos inexistente hasta que la reeditó en México.

Por todo ello, no parece ni razonable ni adecuado considerar esa novela como literatura chicana, pero en cambio, dadas las circunstancias en que se produjo, la edición sí podría quizá considerarse como un ejemplo bastante singular de edición chicana, lo que lleva a plantearse la conveniencia de distinguir entre «edición chicana» y «edición de literatura chicana» (en ocasiones emprendida ya en el siglo XX por sellos pertenecientes a grandes corporaciones empresariales o a centros universitarios «anglos»). Como dirían en México, está pensativo.

Fuentes:

AA.VV., Diccionario de la literatura mexicana. Siglo XX, Universidad Nacional Autónoma de México- Ediciones Coyoacán- Instituto de Investigaciones Filológicas- Centro de Estudios Literarios, 2000.

Edición en rústica en Biblos.

Stanislas Mbasi, Aproximación sociocrítica a «Los de abajo», de Mariano Azuela, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, 2013.

Bernardo Ortiz de Montellano, «Literatura de la Revolución y literatura revolucionaria», Contemporáneos, núm. XXIII (1930), pp. 7-81, recogido en la edición de sus Obras en prosa, preparada por María de Lourdes Franco Bagnouls, Universidad Nacional Autónoma de México, 1988, pp. 236-238.

Marta Portal, «Introducción» a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas 120), 1989, pp. 9-75.

Stanley L . Robe, «Dos comentarios de 1915 sobre Los de abajo», Revista Iberoamericana, junio de 1975, pp. 267-272.

Stanley L . Robe, Azuela and the Mexican Underdogs, Berkeley-Los Angeles-Londres, University of California Press, 1979.

 

 

Juan Miguel de Mora y su pugna con las agencias literarias españolas

«Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que  luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay hombres que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.»

Bertolt Brecht

 

La vinculación del grafómano y periodista Juan Miguel de Mora (1921-2017) con España fue suficientemente estrecha e intensa para que, incluso cuando ya tenía a sus espaldas una más que nutrida y exitosa obra publicada, siguiera intentando con ahínco conseguir que se le publicara en ese país, que en buena medida, y con toda justicia, consideraba en parte el suyo.

Si bien nacido en México (de padre mexicano y madre española), con apenas catorce llegó a Madrid procedente de París, donde estaba cursando estudios, y enseguida intentó contribuir a combatir el avance del fascismo, pues ese era el vago propósito que le había llevado a cruzar los Pirineos. Afiliado enseguida a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), falsifica su edad para alistarse al Quinto Regimiento, y es destinado a la VI Compañía de Intendencia, hasta que se descubre su auténtica edad y, expulsado, empieza entonces a colaborar como periodista en Avance, el órgano de la AJA (Alianza Juvenil Antifascista) creado en septiembre de 1937.

Menos problemas tuvo para alistarse en 1938, cuando todas las manos republicanas eran pocas en la batalla del Ebro, y pasó a la XV Brigada Internacional, adscrita a la 35ª División del 15 Cuerpo del Ejército que comandaba Manuel Tagüeña (1913-1971), quien moriría precisamente en México. Sin embargo, herido de bayoneta, es evacuado a Falset y posteriormente a Barcelona, y luego entra en el Cuerpo de Carabineros y participa en la defensa pasiva de la capital catalana (en las Brigades de Salvament i Desenrunament). Más tarde, como comisario de Compañía (con tan solo diecisiete años), defendió la columna de republicanos que huían del avance de las tropas franquistas y cruzó los Pirineos por La Junquera. Su paso por el tristemente célebre campo de Saint Cyprien fue breve, y una vez escapó de él consiguió a través de la embajada mexicana ser repatriado a México, donde inició una intensa y prolífica carrera como corresponsal de guerra (Japón, Francia, Vietnam, Guatemala, Panamá, etc.).

No contento con ello, desde 1947 hizo incursiones, a  menudo con éxito, tanto en la literatura dramática como en la novela, en la dirección teatral y en la cinematográfica, pero fueron sobre todo sus libros de tema y tono periodístico los que le granjearon mayor popularidad (de Tlatelolco 1968, por ejemplo, se hicieron una treintena de ediciones, con un total de más de cien mil ejemplares vendidos).

La evocación de la guerra civil, de sus camaradas brigadistas, de las clases populares madrileñas y catalanas y de las lecturas que en esos años hizo están muy presentes en buena parte de su obra, y de hecho, tras su maestría en Lenguas Hispánicas en la UNAM, se doctoró en la Universidad Latino-Americana de La Habana en 1951 con una tesis sobre Lope de Vega (más adelante publicaría Notas para un estudio sobre el Fénix de los Ingenios, 1962). Diez años más tarde, en 1961, mientras cubría la guerra del Vietnam, empezó a internarse en el ámbito en el que acabaría por convertirse en una autoridad internacional, la literatura sánscrita, al tiempo que cursaba estudios de literatura vietnamita; pero no tardó en surgirle la oportunidad de regresar a España en una misión a medio camino entre el periodismo y la acción de resistencia.

En 1964, José Pagès Llergo (1910-1989), también corresponsal de guerra (había entrevistado a Hitler tras la caída de Varsovia) y por entonces director de la revista Siempre!, le propuso entrar clandestinamente en España y, con la ayuda de miembros del Partido Nacionalista Vasco, informar de primera mano acerca de los movimientos de resistencia al franquismo en el interior. Como no podía ser de otra manera, en cuanto sus reportajes empezaron a publicarse y a circular, se desencadenó un notable revuelo, la policía española se puso tras sus pasos y el por entonces ministro español de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (1922-1912), le dedicó en la prensa española epítetos del calibre de «alimaña», entre otras lindezas. De esa experiencia surgió el libro de reportaje Misión de prensa en España. Un pueblo en lucha heroica, cuya publicación en 1965 (en Comunidad Ibérica, con prólogo de Fidel Miró y epílogo de Aurora Correa) hizo que la Alianza Sindical Española solicitara el gobierno de la República Española en el exilio la Orden de la Liberación de España, que le impuso ese mismo año el presidente Luis Jiménez de Asúa (1889-1970) en un acto celebrado en la embajada de la República en México.

Con estos antecedentes, y aún unos cuantos años antes de la escritura de sus obras mayores sobre la guerra civil española (Sólo queda el silencio, Cota 666 y La libertad, Sancho…), no es de extrañar que a principios de la década de los noventa hiciera confluir su pasión por la literatura clásica española y su experiencia bélica en una novela tan asombrosa y original como El yelmo de Mambrino, de inequívoca y declarada raigambre cervantina, como tampoco es sorprendente que hiciera cuanto estuvo en su mano para que esta novela se asegurara una buena circulación en España. Y de ahí nació un sonado conflicto, en parte como consecuencia de su convicción de que era una novela perfectamente publicable en España. Declaraba acerca de ello en 2002: «Yo no digo que sea una gran novela, pero sí puedo demostrar, y cualquiera puede hacerlo, que hay muchas novelas que quizá no sean peores, pero tampoco mejores, publicadas en España». Cualquiera que la haya leído puede dar fe de la veracidad de este juicio y podría incluso ir bastante más allá.

Mora confió en que el mejor modo de lograr publicar tanto El yelmo de Mambrino como Sólo queda el silencio en España era a través de la agencia literaria Carmen Balcells, y cuando puso las novelas en sus manos las obras fueron objeto de informes favorables, pero pasaba el tiempo, los mecanoscritos pasaban de una oficina a otra y no se concretaba nada. Hasta que finalmente Juan Miguel de Mora se cansó y decidió publicar El yelmo… en México, en Edamex (el 30 de octubre de 1993, según el colofón), y consiguió además que en España se comprometieran a tenerlo El Corte Inglés, además de alguna librería (me consta que una en Pamplona, por ejemplo), pero obviamente la presencia que tuvo en la prensa fue mínima, como él mismo reconocía: «Nadie habló una sola línea de El yelmo de Mambrino, nadie, pero una excepción, perdón, lo mencionaron los Anales Cervantinos, que es una cosa que publican aquí, muy académica. Lo mencionaron en un tono no agresivo, ligero, porque, claro,  no es académico el libro, pero no lo agredieron tampoco, fue una cosa amable, simpática. Pero, ¿quién va a leer los Anales Cervantinos?».

Sin embargo, el desencuentro con Balcells procedió no tanto de este modo de actuar como del asombroso y poco frecuente texto impreso tanto en la cubierta anterior como en la posterior de esta edición, con lo que Mora expresaba su opinión acerca del sistema editorial español. Una franja sobre un llamativo fondo amarillo informa al posible lector: «Esta novela mereció la distinción de ser rechazada, contra el dictamen de algunos de sus propios comités de lectura, por las siguientes editoriales españolas: Seix-Barral, Anthropos, Planeta, Grijalbo-Mondadori, Alianza Editorial, Debate, Muchnik y Plaza y Janés». Y por si no bastara con esto, en la cubierta posterior se reproducía el siguiente pasaje del informe de lectura elaborado por el prestigioso traductor del italiano Atilio Pentimalli, al que se identifica como «dictaminador de varias editoriales españolas»:

En tercera persona al principio, en estilo deliberadamente cervantino, el autor presenta a su personaje, don Gonzalo, para dar enseguida paso a innumerables testigos que dan su versión de alguno o varios episodios de la vida del protagonista. Es reconfortante que un asunto tan trillado, y a veces tan maltratado, como el de la Guerra Civil Española, haya por fin dado una novela fuera de lo común. Las referencias a episodios, sucesos de toda laya, abusos y salvajadas de la contienda están aquí impregnados de humanidad genuina, sin sensiblería ni partidismos.

Esto bastó para que la segunda mayor agencia literaria española se desentendiera de otra novela que tenía en estudio para una posible reedición en España, La fórmula (originalmente publicada en México en 1971 por Grijalbo). No es de extrañar que por su parte Balcells dejara de ocuparse de Sólo queda el silencio, pero para entonces Mora tampoco tenía ya ningunas esperanzas de que sus gestiones llegaran a buen puerto, consideraba el sistema editorial peninsular inmerso en un proceso de degeneración moral  y contaba en la misma entrevista ya citada:

la tuvo la señora Balcells dos años sin mover nada para que se publicara, y yo tengo la copia del fax que me mandó, diciendo que era muy interesante y que se la dejara para ver si se vendía. […] Hubiera sido mucho más honrado decir: «Mire, no me interesa, o no tengo tiempo…», en fin, una cosa así.

La agencia de la señora Balcells agarra un libro de un escritor hispanoamericano y te contesta diciendo: «Su libro es muy interesante. Déjenoslo para trabajarlo». Y luego pasan los años y no hacen absolutamente nada con él, pero lo tiene ahí, sujeto. Es un hecho conocido. Me lo hizo a mí, pero no soy el único, Marco Tulio Aguilera Garramuño denuncio el mismo proceder en [el periódico mexicano] Uno más uno.

Del escritor colombiano afincado en México Marco Tulio Aguilera Garramuño es conocido el, por decirlo de algún modo, desparpajo con que ha expresado sus opiniones, en más de una ocasión polémicas, acerca de diversos autores, agentes y en particular premios literarios, y ciertamente también tuvo sus más y sus menos con la agencia de Balcells, que  hasta en tres ocasiones representó libros suyos; explicaba Aguilera a su particular manera:

Casi toda la institución cultural colombiana y mexicana me ignoran, no existo. Sigo publicando aquí y allá (nunca faltan editores), pero las grandes empresas prefieren decretar mi inexistencia: demasiado problemático, demasiado crítico, incapaz de quedarse callado, ha criticado a todos los grandes y se ha granjeado que se le cierren las puertas (de Alfaguara, Planeta, Plaza y Janés, la agencia Carmen Balcells, etc.) en la nariz.

El caso es que Juan Miguel de Mora tardó un poco más en poder ver publicado en España alguno de sus libros,  pero en realidad el lector español quizás, al fin y al cabo, salió ganando con ello, porque la obra de Mora llegó cuando su estilo estaba ya plenamente afinado, manteniendo la fuerza crítica y la contundencia, pero con una pericia narrativa más desarrollada, como demuestra en Sólo queda el silencio, coeditada por Daga y la Universidad de Castilla-La Mancha, y en particular en La libertad, Sancho… Testimonio de un soldado de las Brigadas Internacionales, coeditado por Edamex y la Universidad de Castilla-La Mancha (2006), aunque no deja de ser una amarga anomalía que no exista una edición española de libros como Misión de prensa en España, Cota 666 (que toma el nombre de la que ocupó en la batalla del Ebro) o Los muertos estaban quietos, por poner sólo unos ejemplos entre la extensa bibliografía de tema español de Juan Miguel de Mora.

Fuentes:

Testimonio de Juan Miguel de Mora en Archivo de la palabra de Albacete.

Manuel Aznar Soler, «Espacio urbano, memoria y violencia en Plaza de las Tres Culturas. Tlatelolco, de Juan Miguel de Mora», en Cerstin Bauer-Funke, ed., Espacios urbanos en el teatro español de los siglos XX y XXI, Hildesheim-Zúrich-Nueva York, Georg Olms Verlag, 2016, pp. 107-136.

José David Cano, «La corrupción, una enfermedad nacional» (entrevista), Cultural de El Financiero, 3 de junio de 2005.

Jorge Carpizo MacGregor, «Solo queda el silencio, algo más que una novela», Etcétera, núm. 387 (2000), pp. 11-13.

Francisco Luis del Pino, «El Ramayana es uno de los monumentos de la literatura sánscrita épica», (entrevista a Juan Luis de Mora y Ludwika Jarocka), Clío, núm 145 (213), p. 195.

Francisco Luis del Pino y Josep Mengual, «Juan Miguel de Mora, la rabiosa independencia del intelectual» (entrevista), Lateral, núm. 87 (marzo de 2002), pp. 11-12.

Olga Harmony, «El movimiento del 68 en el teatro mexicano», Tramoya, núm. 31 (abril-junio de 1992), pp. 86-105.

Lise Landon, «Introducción» a Juan Miguel de Mora, La libertad, Sancho…, México, Edamex. Libros para Todos, 2006.

Emilio Martínez Espada, «Nos visita uno de los últimos brigadistas supervivientes: Juan Miguel de Mora», Diariocrítico, 3 de enero de 2014.

Arturo Mendoza Mociño, «Para vivir mucho hay que ir a la guerra» (entrevista), Cultura (suplemento de Reforma), 8 de marzo de 1997, p. 1.

Josep Mengual, «Juan Miguel de Mora, un exiliado incógnito», en El exilio teatral republicano de 1939, Sant Cugat del Vallès, GEXEL, 1999, pp. 277-286.

Juan Carlos Ruiz V., «Marco Tulio Aguilera Garramuño: “Los grandes premios literarios están casi todos viciados”», La Vanguardia, 1 de enero de 2011.

Rafael Solana, «Los héroes no van al frente, de Juan Miguel de Mora», en Noches de estreno, México, Oasis, 1963, pp. 118-120.

Marco Tulio Aguilera Garramuño, «El infame oprobio de los años», Otro Lunes. Revista Hispanomericana de Cultura.

Juan Miguel de Mora y el que suscribe, a principios de los años noventa.

Moulines, un librero y editor excepcional

Al término de la guerra civil española, Venezuela fue país de acogida de muchos refugiados republicanos víctimas de la guerra civil española, entre los que suelen destacarse sobre todo a una pléyade de científicos: Manuel Corachán (1881-1942), que fundó en la Universidad de Caracas el Instituto de Cirugía Experimental; August Pi i Sunyer (1879-1965), que impartió diversas materias en la Universidad Central y dirigió el mencionado Instituto de Medicina Experimental; Rossend Carrasco i Formiguera (1892-1990), profesor de fisiología sucesivamente en las universidades de Los Andes (Mérida), Maracay y Central de Caracas; el valeroso Antoni Peyrí (1889-1973), que dirigió la leprosería Isla de Providencia de Maracaibo, o el geógrafo Pau Vila i Vinarès (1881-1980), que desarrolló una ingente y fructífera labor docente, y a éstos podrían añadirse muchos otros. Sin embargo, también hubo entre los exiliados republicanos que fueron a parar a Venezuela alguna gente del libro importante, como es el caso del librero y editor Linus (o Lino) Moulines Gascons (1913-2000).

Pere Pagès i Elies (Victor Alba).

Su compañero de militancia en el BOC (Bloc Obrer i Camperol) Víctor Alba describe de un brochazo al Moulines de principios de los años treinta, en Barcelona, «despechugado y con sandalias», y lo recuerda como quien le descubrió un restaurante de la calle Sitjà donde por 1,25 pesetas diarias los estudiantes podían hacer una comida a mediodía y tomarse un café con leche como cena. Moulines había llegado a Barcelona en 1933 procedente de su Anglès (Girona) natal –tras un breve paso por Terrassa, donde trabajó en la industria textil– con el propósito de presentarse a una oposición convocada por el SMC (Sindicat de Metges de Catalunya), y, según el Diccionario biobibliográfico del exilio republicano de 1939, en esos años se ocupó de la edición de «revistas y folletos de carácter médico-científico» cuyos títulos no precisa.

Al estallar la guerra, este militante del BOC y luego del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista) participó en la toma de la universidad y posteriormente marchó al frente de Aragón, hasta que el 10 de febrero de 1939 cruzó la frontera con Francia, donde pasó por varios campos de concentración antes de poder evadirse a Luxemburgo. Allí fue detenido por indocumentado y enviado a un campo de trabajo en el Sarre. La que sería su esposa, Otília Castellví (1917-2001), dejó un testimonio impagable e imprescindible para reconstruir estos años del primer exilio –o primera etapa del exilio– en De las checas de Barcelona a la Alemania nazi. Veinte años de una vida (Acantilado, 2008).

Con su llegada en 1946 a Brasil, país desde el que antes de un año pasaría a Venezuela, se abría una nueva etapa en la trayectoria de Moulines en la que una de los primeros hitos fue convertirse ese mismo 1946 en primer secretario de la Asociación Esperantista. La librería Suma, de la que Moulines fue gerente, no tardó en convertirse en uno de los puntos de reunión y difusión de esta lengua, en la que el propio librero tuvo un papel muy destacado como conferenciante y articulista. La dedicación de Moulines a su labor como librero fue lo que le convirtió con el tiempo en un punto de referencia indispensable, y a principios de la década de los cincuenta ya estaba al frente de otra librería, la Politécnica (en la caraqueña calle Villaflor, de Sabana Grande), que se convirtió en agente de ventas de las publicaciones de la Unesco y de la FAO y que, además de mantener contacto frecuente con editores españoles, proveía de material bibliográfico a lo más granado del país. Cuenta su esposa que «Linus se pasaba todo el día en la librería. La élite profesional y política de Caracas iba a comprar sus libros a la librería». Su fluida y frecuente relación con los ambientes universitarios le convirtió además en asesor y proveedor de los más importantes profesores e instituciones culturales (como es el caso por ejemplo del Centro Cultural y de Estudios Sociales), y facilitó también las colaboraciones editoriales. La Politécnica fue además la librería en exclusiva de la facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, así como de otras varias de la Universidad Católica Andrés Bello, y más adelante coeditó algunas obras con el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (unas Novelas ejemplares de Cervantes en 1969, por ejemplo) o la Academia Nacional de la Historia entre otras instituciones.

Al mismo tiempo, en 1953, como miembro del Centre Català de Caracas –en cuya revista Senyera dejó algunas colaboraciones–, participó activamente en la organización de los Jocs Florals de la Llengua Catalana de ese año, celebrados en el Teatro Municipal de Caracas y en el que, por conseguir por tercera vez la Englantina, se proclamó al poeta Agustí Bartra (1908-1992) mestre en gai saber.

Guillermo Meneses.

La firma de Linus Moulines aparece junto a las de Macario Fernández, Jaime Gelpi Lago, Alfredo León Luprón, José Ramón Martín, José María Pachón, Gerónimo Puig Pérez, José Rivas Rivas, Violeta Roffe, Julio Vázquez, Luis Yépez en el acta de constitución de la Cámara Venezolana del Libro, fechada el 7 de noviembre de 1953, y unos pocos años anteriores (¿1950?) son las primeras ediciones de la empresa que Moulines acababa de crear, la editorial Nueva Cádiz, que arrancó con un Atlas escolar de Venezuela (1951)  y con la ambiciosa colección Biblioteca de Escritores Venezolanos, donde recuperó varios títulos de Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) (Sensaciones de viajes, Confidencias de psiquis prologadas por Pedro Emilio Coll, Cuentos de color, Camino de perfección y otros ensayos) e hizo una segunda edición de la obra del cronista y tipógrafo venezolano Casto Fulgencio López (1893-1962), Lope de Aguirre, el Peregrino, primer caudillo de América, así como La voz de los cuatro vientos (poemas), de Fernando Paz Castillo (18931971),  El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses (1911-1978), Humanismo y romanticismo, de Luis Beltrán Guerrero (1914-1996), Juan Bautista Picornell y la conspiración de Gual y España. Narración documentada de la pre-revolución de independencia venezolana, también de Casto Fulgencio López, y, en 1955, un Compendio histórico de la literatura de Venezuela preparado por el abogado y político José Ramón Barrios Mora (1913-¿?).

Una cuestión que no he podido esclarecer es a qué responde el hecho de que el pie de estas ediciones indique Caracas (Venezuela)-Barcelona (España) como lugar de publicación, pero quizá la estrecha relación entre Moulines y el editor, escritor y traductor catalán de Terrasa Ferran Canyameres (1898-1964), con quien había coincidido también en Francia, sea una posible vía de explicación. Canyamares, que había regresado a Barcelona en 1949, se encontraba en una situación financiera bastante complicada pese a contar con los derechos de traducción y edición de las obras de George Simenon, y sobre todo después de haber sido detenido y encarcelado entre 1951 y 1955, por lo cual a finales de 1955, según su biógrafo Gustau Erill i Pinyot, «intenta colocar libros sobre todo a los amigos de Sudamérica, como Linus Moulines, de Venezuela, que es librero, y Emili Pla, en el mismo país, a quien propone entrar como socio en la editorial [Albor] y le pide que haga de mediador con otras editoriales y distribuidores». Y durante el año siguiente:

Llegó a ser tan mala la situación de la editorial que suerte tuvieron de la ayuda que les llegaba de Venezuela. Pla y Moulines les mandaban cada mes mil quinientas pesetas (que Canyameres tuvo que pedir que mandaran a nombre de Fernando Cañameras porque si no no las podía cobrar en Correos), teóricamente a cuenta de libros del fondo de Aymà. Libros que, por otra parte, muy probablemente Linus Moulines tampoco vendía con la fluidez suficiente para justificar mensualmente ese dinero, y mucho menos Emili Pla, que no tenía ningún negocio directamente relacionado con el mundo del libro.

Aun sin la más mínima prueba, ¿se puede especular que quizá, desde el momento de su regreso a la península, Canyameres colaboraba de algún modo en las ediciones de Nueva Cádiz? El epistolario entre Moulines y Canyameres refleja la voluntad del primero de regresar a Barcelona y crear una librería especializada en libros técnicos como la que tan bien le funcionaba en Caracas, mientras que el segundo tenía arrendados los bajos de una torre en Vallcarca (donde guardaba los libros de Simenon del fondo Aymà) que quizá le podría convenir a su amigo, pero antes de poder concretar nada, Canyameres se quedó sin local (y consiguió que una fábrica de Terrassa le cediera un rincón donde dejar los libros).

Portada de una edición Nueva Cádiz con el doble pie.

En el verano de 1958, tras un nuevo paso por prisión, Canyameres consiguió llegar a un acuerdopara alquilar la parte del piso donde había estado la editorial Albor a Moulines y Otilia Castellví (que lo aprovecharían en las temporadas que pasaran en la capital catalana) y además se convirtió en representante en Barcelona de la empresa de su amigo. Explica Erill i Pinyot:

Sin serlo legalmente, ni con una remuneración específica, Canyameres salía a hacer gestiones y encargos a las editoriales y librerías de Barcelona por cuenta de su amigo: era un modo de devolverle el gran favor económico que desde Venezuela les había hecho, y todavía les estaba haciendo, desde que se encontraban en aquella situación.

Unos años después, en junio de 1963, el matrimonio Moulines pasó en compañía de su amigo una semana de reposo en el monasterio de Montserrat, que Canyameres aprovechó para proseguir con la escritura de su propia obra literaria. Por su parte, Moulines, que participaría también en la organización de los Jocs Florals de 1966 en Caracas, presididos por Rómulo Gallegos (1884-1969), obtendría un importante éxito unos años después con una recopilación del argot caraqueño, que firmó como Julio Cáceres y publicó en 1974 en Nueva Cádiz, Malas y peores palabras.

Ferran Canyameres.

Más allá de las diversas facetas profesionales de Moulines Gascons (esperantista, librero y difusor de la cultura y el conocimiento, editor de literatura y de bibliografía científica y académica, etc.), una primera aproximación panorámica ya permite entrever una calidad humana excepcional, que viene a confirmar la que ofrecen las memorias de su esposa, recomendables sin reparos.

Fuentes:

Esther Barachina, «Lino Moulines Gascons», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento, 2017, vol. 3, p. 372.

Otilia Castellví, De las checas de Barcelona a la Alemania nazi: veinte años de una vida, Barcelona, Acantilado, 2008. Hay una versión previa (1997), también en español, en la editorial Oikos-Tau y el título 1926-1946: Vint anys d’història

Gustau Erill i Pinyot, Ferran Canyameres. Entre la memòria i l´oblit, Barcelona, Baula, 1999.

Lino Moulines, «Orígenes o inicios del esperanto en Venezuela», conferencia reproducida en el blog de Ricardo Coutinho el 10 de junio de 2011.

Literatura «de quiosco», «revolucionaria», editoriales «de avazada»…

Al igual que la «literatura de cordel» o el «folletín», existen y empleamos habitualmente algunas categorías que –tradicionalmente o por lo menos en su origen– han sido fronterizas entre la descripción de los principales rasgos de los texto, por un lado, y su soporte, su forma de distribución o incluso sus puntos de venta principales por el otro, como es el caso por ejemplo de la literatura de quiosco, que tal vez para generaciones distintas alude a un tipo de novelas, relatos o textos de divulgación sensiblemente distintos (sicalípticas, de literatura juvenil, de relatos del oeste, etc.).

Eduardo Zamacois (Pinar del Río, Cuba, 1893-Buenos Aires, 1971).

En un libro panorámico centrado en la literatura revolucionaria (otro término conflictivo) publicada con destino a este sistema de venta, y titulado como no podía ser de otra manera, La novela revolucionaria de quiosco (1905-1939), Gonzalo Santonja rescató de las tan poco leídas memorias de Eduardo Zamacois (1873-1971) su testimonio acerca de los avatares del que suele considerarse el primer ejemplo de este género, subgénero o categoría literaria, El Cuento Semanal. Previamente, Alfonso Sastre (n. 1926) se refiere en el prólogo a este libro a la «fórmula Zamacois», pero el caso es que en realidad esta tardó en encontrar la financiación y la infraestructura necesaria para poder ponerse en marcha. La visionaria idea de una colección de muy bajos coste, de libros muy breves, ilustrados, de periodicidad semanal y cuyos potenciales lectores, no necesariamente habituales de las librerías, pudieran encontrar en puntos de venta que frecuentaban para otros menesteres fue rechazada sucesivamente por Ramón Sopena (1869-1932), Gregorio Pueyo (1860-1913) y también por el filósofo y periodista de origen cubano José del Perojo (1850-1908), de Mundo Nuevo, antes de que, gracias a la participación como inversor del también periodista Antonio Galiardo (en agradecimiento a su entrada en el periódico La Publicidad, merced a la intervención de Zamacois), pudiera convertirse en realidad esta colección, que se estrenó el primer día del año 1907 con Desencanto, del escritor y pintor Octavio Picón (1852-1923), quien por aquel entonces tenía a sus espaldas ya una formidable obra como narrador de títulos más o menos inequívocos (La hijastra del amor, 1884; La honrada, 1890; Dulce y Sabrosa, 1891; Drama de familia, 1903…).

El contenido del libro de Santonja es fiel al título que figura en la portada de la primera edición –por cierto: no coincidente con el de la cubierta, que a su vez sí coincide con el subtítulo de una edición del año 2000 SIAL Ediciones–, «Notas para la historia de la novela revolucionaria de quiosco en España (1905-1939)», pues en este breve volumen el autor se centra en unos cuantos casos muy significativos de esta «categoría» o «subcategoría» literaria: El Cuento Semanal de Zamacois, La Novela Roja de Fernando Pintado, La Novela Ideal de la familia Montseny, La Novela Política de Prensa Gráfica, La Novela de Hoy de Artemio Precioso (1891-1945) y unos pocos más, así como en algunas iniciativas nacidas anejas a este tipo de ámbitos editoriales, como es el caso en particular de ciertas novelas de autoría colectiva.

La relativa insatisfacción que pudiera tener el lector interesado en esta materia procede precisamente de ese carácter de notas un poco inconexas, valiosas y útiles en sí mismas pero que constituyen una serie de capítulos escasamente engarzados o articulados para dar respuesta a las preguntas implícitas que se derivan de la lectura del libro.

Pero más allá de quedar esa historia de la literatura revolucionaria en una eterna promesa de la que sin embargo han ido llegando aproximaciones parciales (muchas de ellas del propio Santonja, que recupera fragmentos de este texto en otros títulos y artículos suyos, pero también debidas a José Carlos Mainer, José Esteban, Marisa Siguán, Amelina Correa Ramón y Martínez Arnaldos, entre otros), uno de los mayores intereses de este tipo de aproximaciones es, además de ofrecer listados de las obras publicadas (muy útiles en ausencia de catálogos) y de aportar cuantiosa información acerca del funcionamiento de empresas, obras y autores poco y mal conocidos (en ocasiones debido a la proliferación del empleo del anonimato y de seudónimos en esa época y en esos géneros), no limitarse al estudio de los textos, sino también a establecer los vínculos entre una determinada ideología, unos géneros literarios con unos rasgos bastante bien definidos (y deudores de unas tradiciones fácilmente identificables) y unos determinados sistemas de producción y distribución estrechamente relacionados si no deudores de la configuración de las empresas periodísticas, de la reestructuración de la industria papelera y de los avances y crecimiento de los servicios de impresión. En otras palabras, ofrecer una imagen que tienen tanto en cuenta el sistema editorial como el campo literario.

En realidad este breve libro de Santonja, reeditado en 2000 con diferente título, es una pieza más en la explicación del modo en que se concebía el libro en España en las primeras décadas del siglo XX que resulta indispensable para comprender mínimamente la eclosión posterior de las llamadas –probablemente mal llamadas– «editoriales de avanzada (Ediciones Oriente), cuyo objetivo central era la difusión de la literatura y el pensamiento social y revolucionario a finales de los años veinte y en la década de los treinta», en palabras de Martínez Martín, y cuyos protagonistas en muchas ocasiones ya se habían fogueado en labores editoriales o empresariales en estas mismas iniciativas de los primeros años del siglo.

Portadilla (página 5), con el título divergente, al que no le hubiera sobrado un acento.

Una de las claves para ofrecer a un precio asumible por el lector al que iban destinado estos libros es evidente que fue relegar los procesos de preimpresión (la corrección de galeradas, en particular) a un lugar muy secundario si no inexistente (y agravado además por una premura en el proceso que era más propia de la prensa que de la edición de libros), y de ahí las erratas y transposiciones de renglones de los que Santonja ofrece algunos ejemplos jugosos en este pequeño volumen. El riesgo cultural que estaban asumiendo alegremente esta serie de editores emprendedores, que Santonja no comenta ni el objetivo de su libro propicia, era acostumbrar a los nuevos lectores que indudablemente estaban haciendo aparecer este tipo de iniciativas a un tipo de ediciones adocenadas en las que tenía más importancia la elección de un título y unas ilustraciones llamativos que la corrección o incluso la legibilidad del texto. Y todo por la causa.

Dedicatoria, a José Esteban, que como inapropiadamente indica el folio corresponde a la página 7.

Es evidente, para desgracia del lector de nuestros días, que esa es una tradición editorial que en España sigue contando con entusiastas epígonos (aunque sus «causas» son muy distintas), si bien a veces se parapetan tras la coartada del más glamuroso adjetivo «independientes».

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Fuentes adicionales

AA.VV., Monteagudo, núm. 12 (2007), monográfco dedicado al centenario de El Cuento Semanal.

Fernández Menéndez, Raquel (2015). «Semblanza de Gregorio Pueyo (1860-1913)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Manuel Martínez Arnaldos, Jesús A. Martínez Martín, «La edición moderna», en Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 167-206.

Rivalan Guégo, Christine (2015). «Semblanza de Ramón Sopena López (1869- 1932)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED.

 

Precedentes del primer gran grupo editorial español (la CIAP).

logociapsEntre los últimos años de la década de los veinte y los primeros de la siguiente, la Compañía Ibero Americana de Publicaciones se constituyó en el primer gran grupo editorial mediante la voraz compra de cabeceras de revistas (La Gaceta Literaria), editoriales (Renacimiento, Mundo Latino, Ediciones Atlántida, Hoy, Mercurio, Estrella), librerías (la Librería Fe y sus diez subsidiarias) e incluso creó grandes imprentas y talleres, así como con el diseño de una enorme red de distribución de todo tipo de material impreso, que además obtuvo en exclusiva la distribución de editoriales de avanzada pujantes como Zeus, Ulises o Signo. Es evidente que la Compañía Anónima de Librería, Publicaciones y Ediciones (Calpe), creada en 1918 por Papelera Española, se puede considerar un intento más sostenido de crecimiento en la misma dirección, pero en la base de la CIAP, con una política más agresiva (y apresurada), se encontraba una curiosa empresa puesta en pie por un audaz periodista e historiador jerezano Manuel L.[uis] Ortega Pichardo (1888-1943).

Con apenas veintiún años, Ortega Pichardo empieza a actuar ya en 1909 como director de una cabecera aún hoy en activo, el Diario de Jerez, periódico creado por los hermanos José y Federico Joly Höhr, y poco después publicaba una primera compilación de críticas políticas y literarias con el título Frivolidades (1910), a la que seguiría el año siguiente otra de artículos costumbristas, El amor y la vicaría, películas de cine (Diario de Jerez, 1911) y más adelante La vida que pasa (Empresa Editora Andalucía, 1916). En los años siguientes, además de cubrir como corresponsal la conocida como Guerra del Rif, dejaría una estela de diarios y publicaciones periódicas, pero quizá una de las más interesantes en relación a la CIAP sea la Revista de la Raza. Publicación de Estudios Internacionales (1915-1930), creada en colaboración con Ignacio Bauer Landauer, hijo (y heredero) del banquero Gustavo Bauer Morpurgo (1865-1916), representante a su vez de los Rothschild en España.

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Manuel L. Ortega Pichardo.

Entre algunas de las curiosidad que a lo largo de su historia publicó la Revista de la Raza, se cuenta una breve obra narrativa titulada «En los tentáculos de los siglos» y firmada con el seudónimo Isabel Inghirami, que es el que empleaba al principio la escritora María Teresa León (10903-1988) (número 119, febrero de 1925, pp. 18-19), o también diversos artículos de la escritora y periodista Carmen de Burgos (1867-1932), en ambos casos ya a principios de los años veinte. A partir precisamente de 1924 esta cabecera se convertiría en la portavoz de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, y serían frecuentes en sus páginas las firmas de Ana de Castro Osorio (1872-1935), Emilia de Sousa Costa, (1877-1959), Micaela Díaz Rabaneda (1827-1931), Elena de Arizmendi (1884-1949), María de La Rigada, Nurie Gabay de Estrugo, etc.

logoiberoafroSin embargo, antes de acabar la segunda década del siglo XX, Ortega Pichardo había creado una Editorial Ibero-Africano-Americana que, por lo menos desde 1917, se había ocupado de publicar en Marruecos unos anuarios que se presentaban como la «guía oficial de Marruecos», y en esa misma fecha aparece en una Colección Hispano-Marroquí de la misma editorial España en Marruecos: el Raisuni, firmada por el propio Ortega Pichardo. Al año siguiente aparecía en la misma colección e impreso en la Tipografía Moderna el que sin duda es el título más conocido del prolífico Ortega Pichardo, Los hebreos en Marruecos. Estudio histórico, político y social, que en la primera edición incorporaba un prólogo del alto comisario de España en Marruecos Francisco Gómez Jordana (1852-1918) y que tuvo diversas reediciones (CIAP, 1929, con prólogo de Pedro Sáinz y Rodríguez; reimpreso en la Ediciones Nuestra Raza, 1934) antes de que en 1994 la reeditara Algazara con prólogo del historiador Víctor Morales Lezcano.

Por esos mismos años parece que la editorial va cobrando envergadura, quizás gracias a la colaboración de Ignacio Bauer. Así, en 1920 se publica una edición de El Diablo Mundo, de José de Espronceda, acompañado de un juicio crítico del hispanista escocés James Fritzmaurice-Kelly (1858-1923); en 1922, una biografía del por entonces aún vivo doctor y senador vitalicio Ángel Pulido Fernández (1852-1932) Figuras Ibéricas, escrita por Ortega Pichardo y prologada por Ignacio Bauer, que aparece en una Biblioteca Hispano-Sefardí, y también de 1922 son tres libros preparados por Ignacio Bauer: los seis volúmenes recopilatorios de las Relaciones de África, los Apuntes para una bibliografía de Marruecos y la Carta de Roma. Don Juan de Zúñiga a Felipe II (1577); de 1923 son los Apuntes para la historia de las cofradías musulmanas del arabista y diplomático Clemente Cerdeira Fernández (1887-1942), y del año siguiente El convidado de piedra, de Tirso de Molina, que ejemplifica una de las derivas que empieza a tomar ya la editorial en esos años, la publicación de obras clásicas españolas.

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Pedro Sainz Rodríguez.

En noviembre de 1924 se produce un acontecimiento que lo cambia todo: la constitución de la CIAP (que se escritura ante notario el 28 de enero de 1925). Entre sus fundadores, Ignacio Bauer Landauer (presidente), José Francos Rodríguez, Antonio Goicoechea y Alberto Bandelac de Pariente (como vicepresidentes), Manuel Luis Ortega Pichard (como consejero delegado y director gerente), Pedro Sainz Rodríguez, (consejero y director literario) e Isaac Toledano, José Arango, Rodrigo Saavedra Vinent, Ángel Arpón de Mendívil, Carlos E. Montañés, Menhakent Coriat y Jacques Bentata como consejeros.

En un muy detallado y completo artículo acerca de la trayectoria de la CIAP, Miguel Á. López-Morell y Alfredo Molina Abril hacen una perfilada caracterización de este grupo fundacional y de las consecuencias del mismo:

En el primer Consejo de Administración y en sus posteriores incorporaciones destacó, como ha mostrado Molina, un significativo grupo de personas vinculadas a la comunidad judía norteafricana, como Toledano, Coriat o Bandelac, junto a personalidades importantes de la vida cultural madrileña, como los exministros Goicoechea y Francos Rodríguez, presidente este último de la Asociación de la Prensa, o los catedráticos universitarios [Rafael] Altamira y Sainz Rodríguez, interesados también en las relaciones con la comunidad judía o en el estudio de la influencia cultural hebrea, lo que reportaría a la institución algunas críticas de sectores filorracistas y ultraconservadores en los años siguientes.

perraultAun así, parece ser que la Editorial Ibero-Africano-Americana siguió una trayectoria más o menos paralela pero independiente a la de la CIAP, sin integrarse a ella, y en los años siguientes continuaron apareciendo títulos bajo ese sello, entre los que se cuentan, por ejemplo, una traducción de Agustín Aguilar de La vida amorosa de Luis XIV (1926), de Louis Bertrand (186-1941), en una colección llamada Los Amores, donde se publica también una traducción de Rafael de Morales de La vida amorosa de Casanova (1926), de Maurice Rostand; una traducción no firmada de los Cuentos de viejas (1928) de Charles Perrault prologada por Ignacio Bauer con la que se estrenaba una colección de Las Cien Mejores Obras de la Literatura Universal, que tenía también una equivalente en Las Cien Mejores Obras de la Literatura Española, donde se publica un Lazarillo (1927) prologado por uno de los historiadores que colaboraban asiduamente en la Revista de la Raza, Rodolfo Gil Benumeya (1901-1975) o, incluso una vez ya desmembrada la CIAP, una monumental Colección de documentos inéditos para la historia de Ibero América, 1927-1932 publicada en catorce volúmenes en 1934 bajo la dirección de Rafael Altamira, que no había tardado en entrar en el consejo de administración de la CIAP.

wallacenuestrarazaDe todos modos, el momento que suele señalarse como el arranque de la expansión de la CIAP, el año 1928, va precedido de una cesión de relativa importancia, por lo menos por las consecuencias que tiene en las cabeceras que se ven afectadas por ella. En los últimos meses de 1927, Ortega Pichardo cede a la CIAP, junto a la Guía de Balnearios y Casas de Descanso de España, la Revista de la Raza, en la que por esos tiempos la sección «Mundo Sefardí» ocupaba un tercio de la revista y en la que colaboraba con más o menos asiduidad, Alejandro Lerroux, Niceto Alcalá-Zamora o José Antonio de Sangróniz.

Durante la etapa de expansión de la CIAP, además de la Revista de la Raza, tiene continuidad pues la Editorial Ibero-Africana-Americana, e incluso  una vez que la CIAP se empieza a saldar el stock en 1931 siguen apareciendo algunos títulos, cabe suponer que debido a que Ortega Pichardo mantuvo la propiedad del sello sin vincularlo a la CIAP. Por otra parte, en unas llamadas Ediciones Nuestra Raza aparece, por ejemplo, la edición ya mencionada de Los hebreos en Marruecos prologada por Sainz Rodríguez en 1934, o al año siguiente el Maimónides, un sabio de la Edad Media, de Ignacio Bauer, en una colección llamada Los Hombres de Nuestra Raza, y Las pinturas negras de Goya, del crítico literario y por entonces patrono del Museo Municipal de Madrid Emiliano M.[artín]. Aguilera (1905-1975), así como El Zohar en la España musulmana y cristiana, de Ariel Bension (1880-1932), con prólogo de Miguel de Unamuno (1864-1936), o textos que previamente habían aparecido en la Biblioteca Cervantes de la CIAP, como una edición de La Política de Aristóteles, las Doloras, poemas y humoradas, de Ramón de Campoamor, seleccionadas por Agustín Aguilar, o los dos tomos de la Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña, que el escritor y militar portugués Francisco Manuel de Melo (1608-1666) había firmado como Clemente Libertino.

nuestrarazaPor el camino, Ortega Pichard había creado diversas publicaciones periódicas (El Heraldo de Marruecos en Larache y el ceutí Mediterráneo, ambos en 1925), y posteriormente, durante la guerra civil, como conocido monárquico, fue objeto de persecución, encarcelamiento, enviudó en 1938 y se refugió en la embajada de Finlandia. Esteban Salazar Chapela, que trabajó unos años en la CIAP y a quien Ortega Pichard había presentado a Unamuno, ofrece la siguiente explicación de cómo se salvó el editor jerezano en su novela en clave En aquella Valencia:

–Socorrito y yo –le dije a Palomino– trabajamos juntos unos años en la editorial Carabela [CIAP]…

–Hombre, la Carabela –contestó Palomino–. El gerente de esa editorial, don Manuel Picazo [Ortega Pichardo], estuvo si lo pasean o no lo pasean. Se salvó por chiripa, no sé si usted lo sabe.

–No he sabido nada de él desde mucho antes de la guerra.

–Sí, estuvo en capilla y lo sacó de allí ese escritor de teatro… ¿cómo se llama?, ese escritor que estrenó dos obras que hicieron mucho ruido, Santa Isabel de Ceres, Los gorriones del Prado…

– [Alfons] Vidal y Planas.

–Ése. Él me lo contó pocos días antes de venirme a Valencia. Desde su prisión, donde ya llevaba dos días, don Manuel consiguió enviarle unas líneas a Vidal y Planas. Este Vidal es un anarquista de lo más sentimental, bondadoso y puro que puede darse.

[…]

Como les decía, Vidal recibió las líneas, corrió al sitio donde tenían metido a don Manuel y preguntó a sus correligionarios, pues todos eran allí anarquistas: «¿Y por qué lo vais a matar? Este hombre no se ha metido en nada ni es peligro ninguno para la causa» «Pero sabemos (le explicaron) es un inmoral…». Lo iban a matar por inmoral. La réplica de Vidal fue muy buena: «Compañeros, si vamos a matar en España a todos los inmorales no quedaremos nadie para contarlo». El razonamiento surtió efecto y le dieron el preso.

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La carabela que aparece tanto en el logo de la CIAP como en el de las Ediciones Nuestra Raza sirve a Salazar Chapela para asignar el nombre en clave a la editorial en su novela.

Casado en segundas nupcias con la hija de un militar, Mery del Olmo, Ortega Pichardo moriría apenas cuatro años después del final de la guerra.

Fuentes:

eslabonLuisa Carnés, El eslabón perdido, edición de Antonio Plaza Plaza, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 9), 2002.

Francisco Fuster García, «Compañía Ibero Americana de Publicaciones (CIAP)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

José Luis Jiménez García, «El periodista jerezano Manuel Luis Ortega Pichardo, autor del libro Los hebreos en Marruecos», Tarbur Sefarad, 10 de agosto de 2010.

Miguel Ángel López-Morell y Alfredo Molina Abril, «La Compañía Iberoamericana de Publicaciones, primera gran corporación editorial en castellano», Revista de Historia Industrial, núm. 49 (febrero de 2012), pp. 111- 145.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la Edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001.

enaquellavalenciaFrancisca Montiel Rayo, Esteban Salazar Chapela en su época: obra literaria y periodística (1923-1939), tesis doctoral leída en la Universitat Autònoma de Barcelona en 2005.

Francisca Montiel Rayo, «Esteban Salazar Chapela (Málaga, 190- Londres, 1965)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Julio Saez Angulo y Dolores Gallardo, «Manuel Luis Ortega Pichardo, periodista, escritor y editor de la CIAP», La Mirada Actual, 23 de enero de 2011.

Esteban Salazar Chapela, En aquella Valencia, edición de Francisca Montiel Rayo, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 4), 2001.

 

La Editorial Rocas y el «descubrimiento» de Vargas Llosa

vargasllosajovenEl descubrimiento de Mario Vargas Llosa (n. 1936) ha quedado comúnmente asociado a la obtención del Premio Biblioteca Breve en 1962 con La ciudad y los perros (1962), que luego ganaría también el Premio de la Crítica, y a la labor de difusión que de su obra llevaron a cabo con tesón la agente Carmen Balcells (1930-2015) y el editor Carlos Barral (1928-1989).

Sin embargo, quienes por primera vez le permitieron entrever la posibilidad de acabar convirtiéndose en escritor profesional fueron los editores de la barcelonesa Editorial Rocas, que por aquel entonces estaba consiguiendo prestigiar un galardón destinado a libros de cuentos literarios, el Premio Leopoldo Alas, mediante el cual esta singular empresa se estaba haciendo con un cierto renombre entre las jóvenes promesas del género. La idea surgió de un grupo de curiosos escritores vinculados muchos de ellos profesionalmente a la medicina: el especialista en obstetricia y ginecología Martín Garriga Roca (1900-1980); el estomatólogo Esteve Padrós de Palacios (1925-2005), que se había iniciado como ayudante de Garriga en la asistencia a partos a domicilio, el también ginecólogo Manuel Carreras Roca (1915-1997), quien antes de la guerra se financió los estudios como futbolista del Llevant y el València, y el crítico literario y poeta Enrique Badosa. A Badosa y Padrós atribuyó específicamente Vargas Llosa la posibilidad de publicar su primer libro, y en realidad la Editorial Rocas, y muy particularmente la Colección Leopoldo Alas, de cuentos, dio a conocer algunos otros nombres importantes o apoyó de un modo decisivo a jóvenes narradores que no tardarían en destacar en la segunda mitad del siglo XX.

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La mencionada colección se había estrenado en 1956 con 12 cuentos y 1 más, con el que se da a conocer Lauro Olmo (1921-1994), quien sin embargo ya había publicado en colaboración con Pilar Enciso (1919-2000) El león engañado y Cuno (en la colección Literatura de Juglaría, Madrid, Gráficas Bachende) y el poemario Del aire (en la colección Neblí que dirigían Rafael Millán y Felipe García Ibáñez) y quien poco después se ganaría un lugar destacado en la historia de la literatura española en el terreno de la literatura dramática (La camisa, 1960; La pechuga de la sardina, 1962; English Spoken, 1967, etc.). Entre las curiosidades de este volumen se cuenta un muy buen prólogo de Enrique Badosa y la indicación de la barcelonesa calle Ausias March, número 31 (esquina calle Girona), como sede de la editorial, pues coincide con el domicilio de la clínica en la que trabajaban Esteve Padrós y su hermano Eduard, y donde previamente había tenido la suya su padre, el oftalmólogo Jaume Padrós de Gaona (1885-1943). Según reza en la página 5 de este volumen, impreso en Socitra y encuadernado en rústica:

Doce cuentos y uno más, de Lauro Olmo, fue galardonado con el I Premio Leopoldo Alas para libros de cuentos literarios en Barcelona la noche del día 3 de marzo de 1956, por un jurado compuesto por don Martín Garriga, don Manuel Carreras, don Gonzalo Lloveras, don Manuel Pla y Salat, don Miguel Dalmau Ciria, don Juan Planas Cerdá, don Esteban Padrós de Palacios y don Enrique Badosa.

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La familia Olmo al ser deshauciados de Las Pozas en noviembre de 1972.

No deja de tener su interés y su punto subversivo la reivindicación del escritor Leopoldo Alas (1852-1901) implícita en el nombre elegido para el premio y la colección, pues vale la pena recordar que la obra magna de este autor, la novela La Regenta, estuvo prohibida por la censura franquista durante muchos años, y justo por aquel entonces, ese mismo año 1956, al editor Alfredo Herrero Romero (1924-1974) se le denegó la autorización de publicarla alegando en el informe de censura que «los verdaderos protagonistas de la obra son la simonía y la lujuria, que convierten un bellísimo idilio digno de Santa Teresa o San Juan de la Cruz en un torbellino de lascivias sacrílegas».

El tercer número de la colección Leopoldo Alas (el segundo es una antología de cuentos presentados al premio) lo ocupó en 1957 un libro de quien obtuvo el premio homónimo en su segunda convocatoria, Jorge Ferrer-Vidal Turull (con Sobre la piel del mundo, prologado por Padrós), quien en 1954 había despertado la atención de la crítica con la novela El trapecio de Dios, aparecida en la lujosa colección de Josep Janés (1913-1959) La Botella Errante. Y a este le seguirían, antes de la aparición de Los jefes, las primeras obras de una serie de autores que pueden más o menos inscribirse en un tipo de realismo de crítica social: La noticia (1958), de Manuel San Martín (1930-1963), quien dos años después sería finalista del Premio Planeta con El borrador (1960); Los desterrados (1958), de Ramon Nieto (n. 1934), que previamente había publicado sólo La Tierra y que en años posteriores desarrollaría una amplia labor editorial (en Santillana, Altea, la Unesco, Salvat, Alhambra); Aljaba, de Esteve Padrós, La rebusca y otras desgracias (1958), con el que se estrenaba en las letras de molde Daniel Sueiro (1931-1986), que al año siguiente obtendría el Premio Nacional de Literatura con Los conspiradores (reeditado en Menoscuarto en 2006) y Muertos y vivos, de Julián Gállego (1919-2006), que años más tarde ganaría el Leopoldo Alas con Apócrifos españoles (1967).

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En un díptico sobre las primeras publicaciones de la colección, Eduardo Tijeras hacía un primer intento de señalar la tendencia predominante en esta colección de la Editorial Rocas, en unos términos muy de época y hoy bastante sorprendetes, y en la que se inscribiría Los jefes:

En lo referente a modismos dialogales, [Ferrer-Vidal] sigue una tendencia parecida a la de Olmo (recurrimos a la comparación para fijar y unificar de algún modo tales conceptos), es decir, que ambos gustan de poner en boca de sus personajes expresiones populares, barriobajeras, libertarias [sic] y magnetofónicas, lo que se ha venido en denominar realismo objetivo o cinematográfico, y que son, desde luego, acusadoras de un estado social vigente.

Y al libro inaugural del joven escritor peruano le seguirían otros libros no muy alejados de esta línea firmados por nombres tan notables como los de Víctor Mora (1931-2016), Ana María Matute (1925-2014), Carmen Kurtz (1911-1999) o Ignacio Aldecoa (1925-1969) entre los más destacados.

arrepentidamatuteEste es el contexto en el que se publica, pues, el primer libro de cuentos de Vargas Llosa, originalmente con prólogo de Joan Planas Cerdà, un dibujo de Clara Guillot y tan sólo cinco cuentos («Los jefes», «El desafío», «El hermano menor», «Día domingo» y «El abuelo»). El que habitualmente suele incorporarse en ediciones recientes, «Un visitante», se publicó por primera vez en la edición de la limeña Populibros Peruanos en 1963 en sustitución de «El abuelo», y fue en la edición también limeña de José Godard Editor cuando por primera vez el libro tomó la forma con que hoy es conocido, acogiendo los seis cuentos mencionados.

De escritura posterior a «Los jefes», «El abuelo» es sin embargo el primer cuento que había publicado Vargas Llosa, en las páginas de El Dominical del periódico de Lima El Comercio, el 9 de diciembre de 1956, y acerca del que posteriormente diría:

«El abuelo» desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: A delicate Prey y The Sheltering Sky— y de un verano limeño de gestos decadentes; íbamos al cementerio de medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo.

losjefesEn febrero del año siguiente «Los jefes», que el autor describió luego como «un eco desafinado de L’espoir de Malraux, que iba leyendo mientras lo escribía», apareció en forma de separata de la longeva revista Mercurio Peruano (fundada en 1918) que en aquellos años dirigía el reputado historiador peruano César Pacheco Vélez (1929-1989). Tampoco era inédito «El desafío», cuya historia editorial es un poco más compleja y se inicia cuando en 1957 lo presenta a un galardón convocado por la Revue Française y se lleva el premio (consistente en un viaje a París). Su primera aparición pública la hizo este cuento en el número 98 la mencionada revista en la traducción al francés llevada a cabo por el profesor André Coyné (1927-2015) y revisada por Georgette Marie Philippart Travers (1908-1984), más conocida como Georgette Vallejo por el hecho de ser la viuda de César Vallejo y haber logrado mantener a salvo y conservar a través de dos guerras (la civil española y la segunda mundial) el legado del poeta César Vallejo (1892-1938).

A estos tres cuentos añadió Vargas Llosa otros dos escritos más o menos por esos mismos años en el envío que desde Madrid preparó como candidatura al Premio Leopoldo Alas en su edición de 1958, en la que se alzó como vencedor y, según confesaba a Xavi Ayén, eso le decidió a tomar la seria determinación de hacerse escritor, y en términos muy similares se expresó en una entrevista con Leandro Pérez Miguel: «Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente. Creo que [Los jefes] es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros».

Es posible que la primera mención que aparece en prensa de la inminente aparición de este volumen sea la que se publicó en el número 115 de Cuadernos Hispanoamericanos (julio de 1959) del ya mencionado Eduardo Tijeras, que contiene una hoy chocante errata precisamente en el nombre del por entonces autor novel: «El último premio Leopoldo Alas, concedido recientemente al libro Los jefes, de Mariano Vargas, aún no ha visto la luz pública».

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Enrique Badosa.

Sin embargo, los cuentos de ese joven peruano de veintipocos años reunidos en Los jefes están más cerca del estilo que caracterizaba las propuestas de la Editorial Rocas que de los derroteros que iría tomando la narrativa de Vargas Llosa en los años inmediatamente posteriores. Si bien es poco cuestionable el parentesco entre los ambientes, las atmósferas, los personajes e incluso los temas presentes en estos cuentos y los que aparecen en obras como La ciudad y los perros (1963) o Los cachorros (1967), uno de los más perspicaces miembros del jurado que le galardonó, Enrique Badosa, identificó retrospectivamente el que tal vez sea principal rasgo que marca un hiato entre este libro inicial y los posteriores, durante una conversación del autor con varios editores barceloneses en 1967:

En su primera obra, Los jefes […] emplea usted un estilo que se podría denominar convencional; esto es, un estilo en el que, desde fuera de la obra, el narrador describe personajes, hechos y diálogos. En Los cachorros, por el contrario, usted se sitúa, por así decirlo, en el seno mismo de lo relatado, más casi como sujeto paciente de su literatura que como sujeto agente. Por otra parte, en Los jefes la originalidad creadora era buscada, sobre todo, en la novedad del argumento, mientras que en Los cachorros esa originalidad se busca más en el cómo se dice lo que se dice.

Es muy conocido, porque se ha repetido muchas veces, que la sugerencia de presentar su segunda obra a Carlos Barral le llegó a Vargas Llosa en París a través del hispanista Claude Couffon (1926-2013), quien consideraba al por entonces director de Seix Barral el único capaz de conseguir que La ciudad y los perros pasara sin daños excesivos por la censura española, pero en cualquier caso es evidente que, debido a la línea editorial de Rocas, centrada en el cuento realista con un componente de crítica social, la evolución del escritor peruano no hubiera tardado en desentonar en el catálogo de quienes le descubrieron como narrador.

Aun así, el galardón y la publicación a Los jefes, añadida a la de obras primerizas de tantos otros autores que no tardarían en consagrarse mediante premios de mayor relumbrón, son muy indicativos del buen olfato y la intuición del grupo que gestionaba la Editorial Rocas, capitaneado por Enrique Badosa, quien poco después se convertiría en una de las piezas importantes de la editorial Plaza & Janés, sobre todo como director del departamento de Lengua Española y de las colecciones Selecciones de Poesía Española y Selecciones de Poesía Universal.

Foto de archivo. El escritor durante una reunión de amigos. Horizontal

El grueso de los autores del boom en Barcelona. Al fondo a la izquierda, al lado de Barral, puede verse a Vargas Llosa.

Fuentes:

Xavi Ayén, «Vargas Llosa: “Barcelona me hizo escritor”», La Vanguardia, 10 de octubre de 2010.

Enrique Badosa, Juan Ramón Masoliver, Joaquín Marco, Esther Tusquets, Carlos Barral y Jose María Castellet, «”Realismo” sin límites. Vargas Llosa, diálogo de amistad», Índice, núm. 224 (octubre de 1967, pp. 21-22. Recogido en Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds., La llegada de los bárbaros. La recepción de la narrativa hispnoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004, pp. 479-484.

Ernesto Mauri, «En recuerdo de Esteban Padrós de Palacios», Luke, núm. 97 (junio de 2008).

Leandro Pérez Miguel, «Mario Vargas Llosa: “Los jefes es un microcosmos del resto de mis libros”», El Mundo, 11 de agosto de 1999.

Eduardo Tijeras, «Noticia sobre el Premio Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 115 (julio 1959), pp. 68-72.

Eduardo Tijeras, «Segunda noticia sobre la colección Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 125 (mayo 1960), pp. 236-238.

Mario Vargas Llosa, «Acerca de mis primeros cuentos», en Lauro Zavala, ed., Teorías del cuento II: La escritura del cuento, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Textos de Difusión Cultural. Serie El Estudio, 1995, pp. 207-212.

 

La editora catalano-mexicana Neus Espresate Xirau y su generación

Neus Espresate Xirau, nacida en Canfranc (Huesca) el 5 de enero de 1934 y fallecida en la Ciudad de México el 21 de febrero de 2017, perteneció a una generación de intelectuales nacidos en España, trasladados a América siendo aún niños y que tuvieron una formación bastante peculiar.

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Tomàs Espresate.

En los años treinta, su padre, Tomàs Espresate Pons (1904-1994) había sido un destacado líder socialista en la provincia de Huesca y al estallar la guerra civil española se trasladó a Barcelona, donde quedaron sus hijos cuando, al caer Barcelona en manos franquistas, Tomàs cruzó la frontera y se trasladó inicialmente a París, donde trabajó en el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles). En el verano de 1940, con las tropas franquistas a un paso de la capital francesa, Tomàs Espresate se trasladó a Marsella, desde donde intentó salir hacia México con su esposa, cosa que no logró hasta la primavera de 1942, y desembarcó del Nyassa el 22 de mayo de ese año. Antes de que pudieran reunirse con él sus hijos, Jordi, Francesc (Quico) y Neus, que llegó con doce años, había creado una empresa de comercio textil y, en colaboración con el zaragozano Enrique Naval (1901-1958) –quien en Argentina había puesto en pie con Epifanio Madrid la editorial Bajel, que entre otras cosas publicó De un momento a otro, de Alberti–, crearon la empresa Crédito Editorial y posteriormente la Librería Madero, a la que años más tarde añadirían una pequeña imprenta en la que reside el origen de las Ediciones Era.

Tras unos años de escolarización en centros educativos franquistas, Neus Espresate forma su personalidad en México inicialmente en el ámbito de los centros creados por exiliado españoles desde 1939 con el propósito de que los hijos de los republicanos españoles pudieran seguir su educación hasta el momento de regresar a su país de origen, cosa que se suponía que podrían hacer en cuanto las fuerzas aliadas acabaran con las dictaduras fascistas en Europa. En consecuencia, la formación de estos niños, aun siendo hispanomexicana, daba mucha importancia a la geografía, la historia, la literatura y en general la cultura españolas, lo que posteriormente los singularizó entre sus compañeros universitarios.

En la Imprenta Madero confluyen en los años cincuenta los hermanos Jordi y Francesc Espresate (1932-2013) con Vicente Rojo (Barcelona, 1932) y José Hernández Azorín. Se trata de un núcleo de jóvenes nacidos en España, próximos al socialismo y comprometidos con el antifranquismo, que en 1960 pondrían en pie las Ediciones Era, en compañía además de otros hijos de exiliados republicanos como Nuria Galipienzo, Pili Alonso, Adolfo (Fito) Sánchez Rebolledo o el abogado Carlos Fernández del Real.

Jomi García Ascot

Jomi García Ascot

Por aquel entonces habían podido seguir muy de cerca las primeras iniciativas editoriales de sus compañeros generacionales, como las revistas promovidas por universitarios que habían abandonado España de niños tales como Clavileño (1948), de Luis Rius, Arturo Souto Alabarce, Inocencio Burgos, etc.; Presencia (1948-1950), editada por Enrique Echeverría, Jomí García Ascot y Roberto Riuz; Hoja (1948), en cuyas Ediciones de la revista aparecieron los primeros libros de Tomás Segovia (1927-2011) y Enrique de Rivas (n. 1931) o Segrel (1951), que publicó también el libro Canciones de vela (1951), de Luis Rius (1930-1984). No es extraño, pues, que ya en los primeros años de su andadura Ediciones Era contribuyera a dar a conocer la poesía de Jomi García Ascot (Un otoño en el aire,1964), Luis Rius (Canciones de amor y sombra,1965) y Tomás Segovia (Historias y poemas, 1968) y un poco más adelante tuviera también el acierto de publicar la importante Historia documental del cine mexicano (1978), de Emilio García Riera.

Eran los años también en que sus compañeros hispanomexicanos estaban empezando a forjarse un nombre en el mundo editorial, con Joaquín Díez Canedo (1917-1999) a la cabeza con su independiente Editorial Joaquín Mortiz, creada en 1962, pero también, sobre todo en la órbita del FCE, Tomás Segovia (1927-2011) como excelente traductor literario, Juan Almela Castell (1934-2014), conocido como poeta Gerardo Deniz, que hizo labores de edición y corrección, o José de la Colina (n.1934), que hizo también trabajos de corrección y traducciones para González Porto, el Fondo y Era, Francisco González Aramburu, también corrector y traductor… Sin embargo, más importante aún como aglutinadora de estos intelectuales hispanomexicanos fue la iniciativa del Movimiento Español 1959 (ME/59), que había reunido poco antes de la fundación de la editorial a Vicente Rojo, Luis Rius, García Ascot, Xavier de Oteyza, Jordi Espresate, José de la Colina, Manuel Duran, Martí Soler, José Pascual Buxó y Elena Aub entre otros muchos, y entre cuyos propósitos estuvo el de publicar libros con la intención de distribuirlos en España.

Max Aub, J. Díez-Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Max Aub, J. Díez-Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Ediciones Era nace como una editorial de izquierdas firmemente arraigada a México, a su realidad social y política, con la que se compromete desde el primer momento, y lo hace abriéndose a la obra de los nuevos creadores en lengua española en un sentido muy amplio y a aquellos ensayos del ámbito de las ciencias humanas que, más por reticencias ideológicas que por cuestiones de rigor o de calidad, muy difícilmente podían encontrar su espacio en las grandes editoriales del momento. Aun así, los temas españoles y en particular los derivados de la guerra civil tienen una presencia mayor que en cualquier otra editorial de su tiempo (con la salvedad de Ruedo Ibérico).

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Neus Espresate.

Ya las circunstancias que rodearon la aparición del primer libro de Ediciones Era, con la que estrenaba la colección Ancho Mundo, es significativo e ilustrativo tanto del momento histórico como del perfil ideológico de la editorial y de su firme apuesta por un tipo de literatura estrechamente vinculada con el reportaje periodístico: La batalla de Cuba. Fisonomía de Cuba, un volumen en cuya primera parte lo constituye un amplio ensayo a modo de reportaje del historiador Fernando Benítez (1912-2000) y la segunda es una breve semblanza de la Cuba prerrevolucionaria escrita por el catedrático Enrique González Pedrero (n. 1930), quien ya había abordado el mismo tema en La revolución cubana (UNAM, 1959) y quien entre 1955 y 1957 había adquirido experiencia como secretario de redacción de la revista del Fondo Económico de Cultura El Trimestre Económico, fundada en 1934 por Daniel Cosío Villegas y Eduardo Villaseñor y por aquel entonces dirigida por Víctor L. Urquidi y Javier Márquez. En cuanto al aspecto de La batalla de Cuba, Vicente Rojo se ocupó tanto del diseño como de la reproducción de las numerosas imágenes fotográficas a color como del mapa a color que incluye y de diversas tablas.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

En una intensa entrevista de Guillermo Sánchez Cervantes, publicada en Gatopardo, Neus Espresate ponía de manifiesto la importancia que tuvieron las colaboraciones en los pasos iniciales de Era, y en particular la ayuda recibida de Benítez y del editor de origen argentino Arnaldo Orfila. El vínculo con Benítez procedía del hecho de que, a la muerte del diseñador gráfico también exiliado Miguel Prieto (1907-1956), Rojo fue al hombre a quien recurrió Benítez para que le sustituyera como dirección gráfica de los prestigiosos suplementos México en la Cultura y luego La Cultura en México, que tenían como colaboradores más o menos asiduos a muchos otros hispanomexicanos (Tomás Segovia, Gerardo Deniz, García Riera, Núria Parés, Manuel Duran, Ramon Xirau, Francisca Perujo, Agustí Bartra…), así como a autores que no tardarían en estrenarse en Era: Mosiváis, Monterroso, José Revueltas, Poniatowska, José Emilio Pacheco…

La mención de algunos títulos es indicativa de las intenciones y los caminos que pretendía transitar el equipo fundador de Ediciones Era. También de 1960 es por ejemplo la traducción de Francisco Álvarez Iraola de Sudáfrica: la tragedia del apartheid, de Norman Phillips, asimismo con ilustraciones fotográficas, y de esos primeros años 3b4ae-sierradeteruel1945algunos títulos permiten aquilatar el equilibrio que en ERA va construyéndose entre el compromiso político –en el que marca un hito la creación de la revista Cuadernos Políticos (1974-1990), donde se darán a conocer los grandes politólogos y ensayistas latinoamericanos de izquierda– y la nueva literatura de alta exigencia estética: el libro que recopilaba las entrevistas llevadas a cabo por Elena Poniatowska que ningún periódico se atrevía a publicar, Palabras cruzadas (1961);  México. Pintura Activa (1961), de Luis Cardozo y Aragón, en la espléndida colección Imágenes; España heroica. Diez bocetos de la guerra española (1961), del general republicano Vicente Rojo, padre del diseñador de la casa; Franco, Hitler y los Estados Unidos (1962), de E. N. Dzelepy; Aura (1962), de Carlos Fuentes; Breve historia de Coyoacán (1962), de Salvador Novo; El único camino (1962), de Dolores Ibárruri; El cine mexicano (1963), del Emilio García Riera (Ibiza, 1931-México D.F., 2002); Cuentos del Sur y Diario de México (1963), del chileno Manuel Rojas, El coronel no tiene quien le escriba (1963), de García Márquez…, así como un curioso libro de Frédéric Rossif Madeleine Chapsal titulado Morir en Madrid (1963), montado a partir de fotogramas de la película documental dirigida por Rossif para la que se sirvió de numerosas películas de época y que en 1965 fue nominada al Oscar al mejor documental (el 1967 obtuvo el BAFTA en la misma categoría). Ahí está el precedente de otra obra importante basada en guiones cinematográficos vinculados a la guerra civil, Sierra de Teruel (1968), de André Malraux, que Era publicó en traducción y con prólogo de Max Aub en una espléndida colección dedicada al cine.

amorysombraTambién es orientativo ver a qué editoriales compraron en sus principios más derechos los jóvenes creadores de ERA para editar las correspondientes traducciones: Gallimard, Edizioni Avanti, Pantheon Books, Julliard, Libraire François Maspero, Monthly Review, New Left Books… Que en Era se publicara la obra de algunos exiliados republicanos, como por ejemplo Menesteos, marinero de abril (1965), de María Teresa León, la Poesía española contemporánea, de Max Aub (1969) o Las ideas estéticas de Marx (1965) y Estética y marxismo (1970), de Adolfo Sánchez Vázquez, encaja perfectamente en el propósito expresado por la propia directora de la editorial, Neus Espresate –a quien se ha caracterizado como «la heredera de esa generación de grandes exiliados»– de dar a conocer desde México lo que no se podía publicar en España, y particularmente lo que hacía referencia a la guerra civil, y procurar luego introducirlo en la Península.

cardozayaragonAun así, como ha escrito Carlos Monsiváis, uno de los autores más arraigados en ERA, lo que singulariza a Era es la concepción latinoamericana de su postura ante la realidad:

En los años sesenta Ediciones Era comienza y el proyecto es y parece distinto porque, además de todo, el momento de América Latina es eléctrico, y Era surge como proyecto latinoamericano. Se cree en el cambio (que la mayoría adjetiva: cambio revolucionario), se observa con detalle lo que ocurre en Cuba… se vive con pasión las teorías de la dependencia, y por vez primera desde los treintas, la izquierda cultural está a la vanguardia, una izquierda desestalinizada, crítica, alejada del lenguaje torrencialmente histíorico de Vicente Lombardo Toledano […] Era publica entonces lo que las editoriales oficiales y la mayoría de las privadas no admiten, temas como el castrismo, la presencia de las transnacionales, el nuevo colonialismo….

Neus Espresate, quien tenía claro que no es fácil describir su trayectoria, porque «nos hemos cuidado de no definir: la mejor definición es conocer nuestros libros», desde el primer momento «La propuesta era entre publicar los libros que queríamos y los necesarios. Afortunadamente, esas dos intenciones se han ido conjugando hasta el momento [1994]».

Aun así, según la evaluación que se hizo en la Universidad Autónoma de México al decidir nombrarla doctora honoris causa:

La política editorial de ERA durante la gestión de su directora fue documentar y difundir los acontecimientos sociales más relevantes de la historia contemporánea de México y América Latina, al abrir un espacio al pensamiento crítico para expresarse, como lo demuestran los testimonios de sus autores y colaboradores más cercanos.

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Fuentes:

AA.VV., “Entrevista con Neus Espresate y Vicente Rojo”, en Ediciones Era. 35 años, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1995, pp. 61-83.

Elena Aub, Historia del ME/59. Una última ilusión, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia (Palabras del Exilio 5), 1992.

exilio2agenManuel Aznar Soler y José Ramón López García, El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Gexel-Remacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos XV), 2011.

Colegio Académico de la UAM, «Acta de la Sesión 329», 2 de diciembre de 2010.

Teresa Férriz Roure, «Fernando Benítez, la prensa cultural mexicana y el exilio repubilcano», Arrabal, núm. 1, pp. 235-241.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo 9), 2006.

Elena Poniatowska, «Los españoles de antes», La Jornada, 28 de junio de 2015.

José Carlos Reyes Pérez, «El sueño mayor de hacer libros»: Era. Cultura escrita en español y la difusión de las ciencias sociales a través de una editorial, tesis presentada en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, agosto de 2016.

Javier Rico Moreno, «El exilio español en México. Reencuentro y proeza en tinta y papel», Texturas, núm. 24 (septiembre 2014), pp. 91-108.

Guillermo Sánchez Cervantes, «Neus Espresate y los inicios de Ediciones Era», Gatopardo, 2011.