El escritor que engañaba a sus editores (antecedentes de la «Antología traducida» de Max Aub)

En fecha aún por determinar, a principios del siglo XX la barcelonesa editorial Maucci, creada en 1892, publicó un par de antologías que parecen poner de manifiesto un cierto interés de los lectores peninsulares por la literatura que en el cambio de siglo se estaba produciendo en los diversos países americanos, más allá de los consabidos Rubén Darío (1867-1916), José Enrique Rodó (1871-1917) o José Martí (1853-1895). Al decir de Leona Martín:

Con estas publicaciones, se continuó la nutrida tradición de obras antológicas que aparecieron en las nuevas repúblicas americanas en el siglo XIX a partir de las guerras de independencia. Representaron al mismo tiempo una reacción frente a la hegemonía cultural expresada en La antología de poetas hispano-americanos (Madrid, 1893-1895) del gran erudito español Marcelino Menéndez Pelayo, obra que fue comisionada para la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. 

Los títulos de estas obras, sin embargo, no permitían la más mínima esperanza de innovación o modernidad, sino más bien un apego a los usos y modos más marcadamente romanticoides: Parnaso boliviano, Parnaso ecuatoriano y Parnaso costarricense.

En el primero de ellos, que se presenta como una «selecta antología de poesías, coleccionadas por el Dr. Luis F. Blanco Meaño y con prólogo de Rafael Bolívar Coronado», se incluyen algunos nombres de poetas colombianos que, quizá muy justificadamente, han caído en el olvido: Rosendo Villalobos, Felisa A. Eguez, Enrique Arce Velarde, Fernando Acha y Aguirre… Ninguno de ellos ha dejado el menor rastro ni en antologías ni en estudios posteriores sobre la poesía colombiana. De hecho, tampoco al doctor Luis F[elipe] Blanco Meaño se le conocen estudios literarios de ninguna entidad, pero, paradójicamente, esta mención sirve para fechar el libro antes de 1920.

Ese año, en el número del 6 de diciembre de la edición venezolana de la revista Billiken, se publicaba un anuncio en el que se advertía que Luis Felipe Blanco Meaño, hermano del poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955), jamás había escrito el prólogo que se le atribuía. No hace falta una perspicacia prodigiosa para sospechar que la retahíla de nombres que componen la antología tampoco escribieron jamás los textos que se les atribuía en la edición de Maucci, pero acaso ponen de manifiesto la versatilidad estilística de quien fuera su autor. Que Maucci no debió de estar metido en el ajo puede deducirse del hecho mismo de que publicara dos Parnasos más, aunque uno de ellos, el dedicado a la poesía ecuatoriana, firmado no por Bolívar Coronado sino por un enigmático José Brissa (que al parecer se había iniciado hacia 1910 en Maucci con El libro de la raza, escrito a cuatro manos con Enrique Leguina), al que luego siguieron, siempre en Maucci, la confección de antologías de textos como La revolución de julio en Barcelona (1910), sobre el proceso a Ferrer i Guàrdia, así como las que componen La revolución portuguesa (1911), La guerra italo-turca (1911-1912) (1913), La guerra de los Balkanes (1913), etc., si bien ya en 1888 su firma aparece episódicamente en Madrid Cómico; pero más jugoso resulta que, al parecer, actuara como asesor literario de Maucci.

Rafael Bolívar Coronado.

Con todo, la historia interesante es sobre todo la del venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-19249, que cuando empieza a trabajar para Maucci ya tenía una trayectoria notable a sus espaldas. Tras unas iniciales colaboraciones en diversos periódicos americanos (los venezolanos El Cojo Ilustrado y El Universal, pero también el nicaragüense El Nuevo Diario), su nombre saltó a la fama por el texto de la zarzuela Alma llanera, si bien el dinero que la pieza generó se la llevó su coautor, el músico Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954).

Aun así, le sirvió a Rafael Bolívar para obtener una beca gubernamental para viajar a España, donde uno de sus primeros trabajos fue como corrector de pruebas en Cervantes, la «revista mensual ibero-americana» que por entonces dirigían el poeta y dramaturgo modernista Francisco Villaespesa (1877-1936), el escritor mexicano Luis G[onzaga] Urbina (1864-1934) y el polifacético ensayista italoargentino José Ingenieros (1877-1925), donde el dramaturgo José Dicenta (1962-1917) fungía como subdirector y en la que colaboraron, en esa primera etapa y en lo que se refiere a autores americanos, César E. Arroyo (1887-1937), José María Vargas Vila (1860-1933), José Enrique Rodó, Rubén Darío, etc. A Bolívar Coronado lo despidieron al cabo de muy poco tiempo, y no sólo por la cantidad de erratas que se le pasaban por alto sino porque, además ‒cabe suponer que para desesperación o regocijo de los filólogos‒, coló en la revista algunos textos suyos como obra de insignes escritores latinoamericanos.

 Casi inmediatamente empezó a colaborar en la empresa que en 1915 había fundado el venezolano afincado en Madrid Rufino Blanco Fombona (1874-1944), Editorial América, y su cometido era copiar ciertos ejemplares de la Biblioteca Nacional para su posterior edición. Lo más curioso es que el propio Bolívar Coronado contara en el prólogo a Parnaso boliviano cómo le tomaba el pelo a este editor, a quien entre 1917 y 1920 entregó diversas falsificaciones no sólo de supuestas crónicas de Indias sino también libros engañosamente atribuidos al historiador Rafael María Baralt (1810-1960) y al ingeniero y cartógrafo Agustín Codazzi (1793-1859):

Estuve dos largos años en Madrid escribiendo libros a nombre de Juan de Ocampo, Albéniz de la Cerrada, Concepción Zapata, Montalvo de Jarama, nombres que yo inventaba y ponía en mis escrituras como cosas de mucha gloria y fama. ¿Que cómo pude engañar a los editores? Muy sencillo. La explicación la ha dado el altísimo Emilio Carrere en una frase: «en España viven del libro los que no saben leer».

No obstante, Blanco Fombona pronto tuvo pistas para saber que le estaban engañando, pues su amigo el banquero y erudito Vicente Lecuna (1870-1954) no tarda en escribirle poniendo de manifiesto su extrañeza acerca de algunos anacronismos que ha detectado en las obras que publica (en particular el reiterado empleo del término “burdel” en un texto supuestamente del siglo XV).

Así las cosas, y advertido por Villaespesa de cómo se las gastaba Fombona (se decía que había ganado doce duelos a espada), Bolívar se trasladó a Barcelona y empezó diversas colaboraciones que resumió del siguiente modo en una carta al historiador y filólogo Julio Cejador (1864-1927) y a las que hay que añadir sus trabajos como prolífico redactor de artículos para la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana de Espasa-Calpe y las crónicas como supuesto corresponsal de guerra en África que escribía desde Barcelona para La Publicitat, El Noticiero y El Diluvio:

He ganado aquí unos ciento ochenta duros haciéndole cuentos para niños a Sopena y dos antologías de poetas ecuatorianos y bolivianos a Maucci. Lo hice todo en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado!… la necesidad carece de ley… y yo carecía de todo… recordará usted al gran López que en horas veinticuatro, hacía comedias malas para el teatro.

Las reediciones de estas obras dan fe de una muy buena y sostenida acogida por parte de los lectores, lo cual explica la continuidad con el Parnaso costarricense, «selección esmerada de los mejores poetas de Costa Rica», en cuyo liminar el autor lo subraya con énfasis:

Mi estudio sobre la literatura boliviana fue el blanco escogido por aquel rebaño de cínicos y lacayuelos para lanzar su baba con el propósito de adular a la bestia de los Andes colombianos. Pero su baba no llegó hasta mí; el éxito del libro fue ampliamente franco, y ello ha dado motivo para que la Casa Maucci me haya encargado este trabajo.

El libro en cuestión contiene una curiosa y sorprendente dedicatoria (fechada en Barcelona en octubre de 1921) que quizá valga la pena reproducir: «Al eximio americanista don Rafael Vehils. Señor: Va este libro amparado con el nombre de usted. ¡Glorioso palio, el nombre férvido enaltecedor de la América Española!»

Rafael Vehils (18861-959) era, aparte de diputado y hombre de confianza del entonces ministro Francesc Cambó (1876-1947), el presidente de la Casa América de Barcelona y un entusiasta de América, a cuya industria editorial dedicaría pocos años después el informe El libro en Uruguay. La industria editorial. El libro español. El libro de texto. El régimen de propiedad intelectual (1927) y, más importante aún, sería en la postguerra uno de los principales accionistas de la bonaerense Editorial Sudamericana y el responsable de conseguir que se pusiera al frente de la misma Antoni López Llausàs (1888-1979).

De la prolijidad de Bolívar en su etapa barcelonesa aún da fe Euclides Perdomo al destacar su colaboración (¿?) con el anarquismo catalán de esos años:

Rafael Bolívar Coronado siempre se mantuvo firme en su individualismo solidario y racionalista. Quizá por ello, en Barcelona escribe habitualmente en no menos de cuatro publicaciones anarquistas: Solidaridad Obrera, Resistencia (donde firma como Federico Nietzsche, L. A. Grand Eboa y M. A. Puri Teaurb), Idea (como Agustín de Montemayor, Alberto Calígula, Alberto Ferega Zombona, Arimán Roguea, Arión Guemara, Armando Chirveches y Luis Hine Saborío) y Savia (R. Monasterios).

Pese a sus reiterados intentos de ganarse holgadamente la vida con la pluma, Bolívar Coronado murió en la miseria, en Barcelona, el 31 de enero de 1924 y durante una epidemia de gripe. Aunque quizás sus parnasos inspiraran a Max Aub su Antología traducida

Fuentes:

Nathalie Bouzaglo, «Los irreverentes plagios de Rafael Bolívar Coronado», Taller de Letras, núm. 66 (2020), pp. 119-124.

Ernesto Cazal, «Los seiscientos nombres de Rafael Bolívar Coronado», Visconversa, 8 de diciembre de 2017.

Juan Pablo Gómez Cova, «Rafael Bolívar Coronado, la levedad del escritor múltiple. Cauces para el estudio de la falsificación como estrategia literaria», Akademos, vol. 18, núm. 1 y 2 (2016), pp. 101-113.

Manuel Llanas, «Notes sobre l’editorial Maucci i les seves traduccions», Quaderns: revista de traducció, núm. 8, pp. 11-16.

Leona Martin, «Entre La antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo y Los parnasos de la Editorial Maucci: reflejos del ocaso de la hegemonía colonial».

Euclides Perdomo, «Un hombre con más de 600 seudónimos. Bolívar Coronado, anónimo por su prodigalidad».

Óscar Reyes, prólogo a Un hombre con más de seiscientos nombres (Rafael Bolívar Coronado), de Rafael Ramón Castellanos Villegas, edición del autor, 1993; reproducido en El Globo (Caracas), 10 de febrero de 1993.

Un episodio ¿turbio? en la trayectoria del editor y traductor Ricardo Baeza

Del muy versátil intelectual español Ricardo Baeza (1890-1956) se ha destacado a menudo las muy diversas maneras en que a lo largo del siglo XX se convirtió en uno de los principales introductores de las corrientes culturales europeas más importantes, ya fuera en su vertiente de prolífico y pionero traductor de Wilde, D’Annunzio, Shaw o Pirandello, como empresario, director y crítico teatral o como editor en Minerva, miembro del «comité selectivo» de la colección Clásicos Jackson (donde firmó varias antologías) y director literario de la Biblioteca Emecé de Obras Universales y de Los Grandes Músicos de la editorial Schapire.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963).

Ya mientras cursaba el bachillerato (1909-1910) empezó Baeza a traducir para la revista fundada por Javier Gómez de la Serna Prometeo, de cuya dirección literaria se ocupaba su hijo Ramón Gómez de la Serna, a la sazón compañero de estudios de Baeza. Se han contabilizado treinta y seis traducciones suyas en esta revista entre 1909 y 1911, pero además ya ese mismo 1909 aparecía su primera traducción en forma de libro, en la madrileña Imprenta El Trabajo: la tragedia La ciudad muerta, de Gabrielle D’Annunzio (uno de sus autores dilectos y de los que más traducciones firmaría en años sucesivos). En los catorce años siguientes, hasta 1923, aparecerían unos ochenta libros traducidos por Baeza, quien sin embargo encontraba también tiempo para fundar en 1916 una editorial (Minerva) en asociación con los hermanos Calleja, colaborar con las revistas La Correspondencia de España (1918) y España (1919-1922), montar la compañía teatral Atenea (que debutó en el Teatro Princesa el 29 de septiembre de 1919) o cubrir la corresponsalía del periódico El Sol en Londres.

Uno de los primeros libros de Minerva, La hija de Iorio.

En el periódico El Sol se publicaron algunos textos de Baeza tan importantes e influyentes en su tiempo como «En torno al problema del teatro» (entre octubre de 1926 y enero de 1927) o más adelante, a finales de 1928, una interesante serie sobre la labor e importancia del traductor: «El espíritu de internacionalidad y las traducciones» (2 de octubre), «Traduttore: traditore» (9 de octubre), «El traductor como artista», (13 de octubre), «Literalidad y literariedad» (26 de octubre) y «La pérfida errata y el traductor sin imaginación» (15 de noviembre de 1928). Por el camino, había vuelto a asumir la dirección artística de una nueva compañía teatral, la de Irene López Heredia y Ernesto Vilches, que se estrenó el 7 de abril de 1928 en el Poliorama de Barcelona con una obra traducida por el propio Baeza, Un marido ideal, de Oscar Wilde, y todo ello sin dejar de mandar colaboraciones a la bonaerense El Hogar y a las españolas La Gaceta Literaria, Índice o Revista de Occidente ni, por supuesto, dejar de ver como aparecían editadas nuevas traducciones suyas.

De 1929 es su compilación de artículos Clasicismo y romanticismo (CIAP), de 1930 su libro sobre la experiencia en Irlanda La isla de los santos (CIAP), y del año siguiente Bajo el signo de Clío (Ulises), pero también por esas fechas cruzan e Atlántico algunas cartas que pueden contribuir a explicar la asombrosa cantidad de traducciones que Ricardo Baeza llevaba firmadas cuando apenas había cumplido los cuarenta años.

Quienes han estudiado la labor de Ricardo Baeza a menudo han pasado de puntillas ─o incluso vuelan─ sobre una declaración un poco escandalosa de Álvaro Mutis (1923-2013) que se publicó en 1978 en un libro de homenaje al escritor, traductor y diplomático también colombiano Jorge Zalamea (1905-1969): «corren por ahí las magistrales traducciones hechas por Zalamea de El negro del «Narcissus» y La línea de la sombra, de Joseph Conrad» (en Juan Gustavo Cobo, ed., Literatura, política y arte, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura-Editorial Andes, 1978).

Montaner y Simón publicó en 1931 una edición de La línea de la sombra. Una confesión, que en la portada atribuye la «Traducción y nota Premilinar» a Ricardo Baeza (esa misma traducción circuló muchísimo en España en los años ochenta en la colección El Libro Amigo de Bruguera). En cuanto a El negro del «Narcissus», lo publicó también Montaner y Simón al año siguiente, según se indica, en «Traducción del inglés de Ricardo Baeza», y en los años ochenta fue Seix Barral quien lo movió profusamente en la Península.

La confirmación de lo expuesto por Mutis se encuentra en el epistolario de Jorge Zalamea recuperado por Andrés López Bermúdez, que permite además conocer hasta qué punto se agravaron las dificultades económicas de los diplomáticos colombianos como consecuencia del crack de 1929. Así, en agosto de 1930 escribe Zalamea a su amigo también escritor José Restrepo Jaramillo (1896-1945): «Gracias a Ricardo Baeza y al sacrificio casi total de mi propia obra, gano con qué comer», a lo que añade un poco más adelante: «Ricardo [Baeza] me ha dado muchas traducciones, pero todas terriblemente difíciles y mal pagadas […] Las [traducciones] de D’Annunzio y alguna de Conrad y otras cosillas que he hecho, las firmará Baeza, artificio que empleamos para lograr mejor precio».

Podemos deducir de ello –pero no es la única posibilidad– que Ricardo Baeza, sirviéndose de su prestigio, se prestaba a que las traducciones que hacía su buen amigo colombiano se publicaran bajo su propio nombre para que de este modo se las pagaran un poco mejor (aunque de todos modos a Zalamea le siguiera pareciendo un trabajo muy poco rentable). En cualquier caso, a diferencia de lo señalado por Mutis, Zalamea se refiere ya no sólo a dos novelas de Joseph Conrad, sino a traducciones (en plural) de D’Annunzio y, además, a «otras cosillas» que ha hecho y que sin más datos es imposible identificar con precisión. Sin embargo, eso permite poner en duda que otras traducciones publicadas en esos años con la firma de Baeza las escribiera realmente el autor de tan interesantes ensayos en El Sol sobre la labor del traductor, pero el mencionado epistolario deja aún algunas otras perlas:

Más de cuatro mil cuartillas del tamaño de estas llevo escritas en cinco meses. He aprendido el italiano para traducir esas horribles novelas de D’Annunzio que no tienen para mí otro halago que las 750 pesetas que me pagan por tomo (hago cada novela en 25 días) y traduzco a [Dmitri] Merejkovsky del francés. Algunas de este saldrán con mi nombre en estos días. […] Es materialmente imposible pretender que yo escriba una línea de La doble visita después de traducir treinta páginas de El placer o El triunfo de la Muerte [obras ambas de D’Annunzio].

Como sabiamente recomendaba Jack El Destripador, vayamos por partes:

Jorge Zalamea en su exilio bonaerense.

La doble visita era la novela que estaba escribiendo Zalamea cuando en 1929 llegó al puerto de Barcelona, y de la que, pese a haber aparecido ya algunos fragmentos en el periódico de Bogotá El Tiempo, nunca llegó a publicarse una versión completa.

Sobre los mencionados libros de D’Annunzio, tanto de El placer como de El triunfo de la Muerte existían traducciones al español desde 1900, publicadas por la barcelonesa Maucci y llevadas a cabo por Emilio Reverter Delmos y T. Orts Ramos, respectivamente, y no he sabido hallar ninguna edición en la que figure como traductor de estos libros ni Zalamea ni Baeza.

En cuanto a la obra de Dmitri Merezhkovski (1886-1941), Espasa-Calpe venía publicándolo en rápida sucesión, ya desde unos pocos años antes. En 1930 aparecieron en esta editorial las traducciones de Tutankhamen en Creta: El nacimiento de los dioses (con traducción y prólogo firmados por Ricardo Baeza), El misterio de Alejandro I (traducida por Jorge Zalamea y prologada por Ricardo Baeza) y El fin de Alejandro (fimada por J. Zalamea). Añádase como curiosidad, que Luis Antonio Esteve recuperó en su tesis una reseña de la primera de estas obras, publicada en El Pregón el 22 de enero de 1931 firmada por Manuel Culebra, que no es otro que quien llegaría a hacerse famoso como Manuel Andújar.

Años más tarde, cuando, exiliados ambos, volvieron a coincidir en Buenos Aires, Baeza facilitó a su amigo colombiano el contacto con los círculos de Sur y con las principales editoriales argentinas, pero para entonces Zalamea ya se había creado un muy sólido prestigio como traductor, gracias sobre todo a la publicación en la editorial mexicana Costa-Amic de su versión de Elogios y otros poemas de Saint-John Perse (Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger, 1887-1975) en 1946. De todos modos, lo seguro es que seguimos aún hoy leyendo traducciones falsamente atribuidas a Baeza y que, caso de haberlas, no sería Zalamea quien cobrara regalías por las sucesivas reediciones de estas traducciones, sino Baeza o sus herederos. Por no hablar de los derechos morales.

Fuentes:

Retrato de Ricardo Baeza en Buenos Aires.

Ricardo Creus «Ricardo Baeza y la difusión de la cultura europea en España (1909.1936)», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayismo Hispánico, núm. 2 (2018), pp. 47-62.

Francisco Díez de Revenga, «Rafael Alberti y Gerardo Diego, traductores de un mismo volumen de dramaturgos áureos», Monteagudo, núm. 19 (2014), pp. 17-192.

Jorge Fondebrider, «Un traductor español que vivió en Argentina», Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, 17 de noviembre de 2009.

Iker González-Allende, «Semblanza de Ricardo Baeza Durán (1890- 1956)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

Olga Glondys, «Ricardo Baeza», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2016, vol. I, pp. 260-265.

Germán Loedel Rois, Los traductores del exilio español en Argentina, tesis doctoral, Universitat Pompeu Fabra, 2012.

Andrés López Bermúdez, Jorge Zalamea. Enlace de dos mundos. Quehacer literario y cosmopolitismo (1905-1969), Bogotá, Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad de Rosario (Colección Textos de Ciencias Humanas), 2014.

Consuelo Triviño Anzola, «Federico García Lorca y Jorge Zalamea, un viajero colombiano en España», Actas del Encuentro Internacional Lorca: Viajero por América, Centro Virtual Cervantes.

Juan Jesús Zaro, «Los “Clásicos Jackson” y la traducción», El Trujamán, 24 de mayo de 2017.

Hacer libros sin papel en los años cuarenta

Cuando el 5 de febrero de 2013 se divulgó mediante un tuit la carta que la editorial británica Jonathan Cape había remitido a John A. Brothers justificando la negativa a publicar su obra To the turn, alegando limitaciones de papel, se suscitó la duda razonable de si era una ingeniosa argucia para quitarse de encima al autor en cuestión o podía haber algo de consistente en ese argumento.

CapeRejectionLetterEs evidente, a la vista de la fecha de la carta (30 de agosto de 1944; en plena guerra mundial), que en ese momento el papel a disposición de la industria editorial escaseaba, como escaseó también en España en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil o en Francia durante la Ocupación. Xavier Moret concluye su introducción a Tiempo de editores diciendo: “La omnipresencia de la censura, la escasez de papel y las dificultades propias de una sociedad controlada marcan los primeros tiempos de la posguerra”, a lo que, desde el punto de vista estético, puede añadirse la más elaborada exposición del asunto que hizo Enric Satué en referencia específica a la edición en Cataluña, pero válida para el conjunto de la edición en la España franquista en esos momentos:

En este clima de libertades estranguladas no fue fácil mantener la edición en unos niveles mínimos de calidad y buen gusto, sobre todo si a ello añadimos las enormes dificultades económicas y de servicio (buscar un papel para imprimir un libro suponía un auténtico quebradero de cabeza y encontrarlo una verdadera epopeya)” [todas las traducciones son mías].

El papel es un condicionante tanto de la extensión como de las tiradas y del número de títulos publicados en esos tiempos. Cuando en 1941 cumple un año, la Editorial Emporium creada por Félix Ros (1912-1974) y José Janés (1913-1959) protagoniza la sección “Panorama de las nuevas editoriales” de la Bibliografía General Española e Hispanoamericana, y en ese texto explican los dos editores: “Nuestros proyectos, a partir de ahora, han de estar supeditados a las actuales estrecheces de papel”. Ante el acuciante problema de la escasez de papel, que hizo que el Estado lo sometiera a cupos, surgieron algunas iniciativas muy sagaces, que además no renunciaban a seguir considerando el libro como un objeto que debía ser bello, si bien tuvo también consecuencias negativas, sobre todo en las llamadas “ediciones populares”. Tal vez la más conocida de esas iniciativas para paliar los inconvenientes de los cupos fue la de Manuel Aguilar (1888-1965), quien dejó constancia de ella en sus memorias:

Yo publicaba sin interrupción, cierto es que con una clase invariable de papel. Mis competidores y aun los organismos oficiales parecían un tanto asombrados: ¿Cómo me las arreglaba para editar tanto, hallándose el papel sometido a cupo o a racionamiento? […] ¡El papel biblia, debido al escaso volumen que representaba en la totalidad de la fabricación de papel, no fue sometido a cupo! [Así] pude proceder a la reedición de todas las obras que, impresas en papel biblia, habían quedado agotadas durante la guerra.

Frontispicio y portada de una edición de Aguilar del ciclo de John (aquí Juan) Carter , de Edgar Rice Burroughs, de 1947 en la colección Crisol. Es perceptible lo impreso en el reverso de la portada.

A la escasez de papel como “problema capital”, según la califica Aguilar, se atribuyen –a menudo interesadamente–, muchas de las denegaciones de autorización que remite censura franquista a los editores en la inmediata posguerra, que, entre dedicarlo a una obra que fomentara “el espíritu nazional” u otra que se tomara ciertas libertades en cuanto a las sanas y muy católicas costumbres españolas, siempre podía legitimar su decisión de autorizar la primera y prohibir la segunda, y no ambas, alegando el socorrido motivo de la escasez de papel. Sin embargo, esto resultaba un pretexto bastante burdo cuando se aplicaba a otro editor audaz e imaginativo, José Janés, sobre quien dejó escrito Fernando Gutiérrez (1911-1984):

Janés, acostumbrado [antes de la guerra] a hacer buenos libros con malos papeles de periódico, se creció [en la posguerra]. Creó colecciones para la falta de papel, valga la frase. Hizo libros con recortes y postetas. Así salió la colección que llamó “Grano de Arena”, y los hizo también con el único papel asequible [por no estar tampoco sometido a cupo]: el papel de barba. En lugar de pegarle una póliza de 1,50, le imprimía El baile del conde de Orgel [de Raymond Radiguet] y le ponía un nombre a la colección: “Cristal”.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Se han valorado siempre mucho las primeras ediciones clandestinas en catalán que por esa época hacía Josep Palau i Fabre (1917-2008), entre otras cosas por el excelente papel que empleaba, que elegía precisamente en respuesta a las mismas necesidades:

La revista Poesia [1944-1945], que yo edité por mi cuenta, se imprimía en papel de hilo y cien ejemplares. Y aquí me complace consignar, de una vez por todas, que no era por ningún prurito de originalidad ni de sibaritismo que lo hacíamos de este modo, sino sólo porque el papel ordinario estaba racionado y era preciso un permiso oficial para obtenerlo. El papel de hilo, en cambio, era el único que se encontraba en venta libre.

Pero las dificultades para obtener buen papel a precios razonables se mantuvieron durante muchísimos años, incluso bastante más allá del fin de la segunda guerra mundial. En fecha tan avanzada como 1955, Germán Plaza (1903-1977), uno de cuyos mayores triunfos era la colección de libros minúsculos Pulga, explicaba:

Un elemento que anula en gran parte la posición en que nos sitúa [la bajada] del coste de la impresión [es] el papel. […] El papel mantiene unos precios que en modo alguno se corresponden con los demás capítulos del coste de producción […] Los editores podemos hacernos con imprentas propias para disminuir en lo posible los costes de producción; pero no podemos ir tan lejos, en este proceso de producción vertical, como para fabricarnos nosotros mismos el papel. Y sin embargo, éste sería uno de los caminos más viables para llegar a una verdadera economía; el único que nos permitiría darle una reducción substancial al coste de producción.

Los volúmenes de la colección Pulga, publicada por las Ediciones G. P., constituyó, con sus volúmenes de 10,5 x 7,5 cm., uno de los mayores éxitos comerciales en el ámbito de la edición de libros de su tiempo, y llegaron a comercializarse (a 60 ptas) estanterías ad hoc para ella.

A la escasez de papel es lógico atribuir el hecho de que, sobre todo en las llamadas “ediciones populares”, a las que se dedicaba preferentemente Germán Plaza por entonces e imprimía en rotativa, usaran unos tipos de un cuerpo minúsculo, tuvieran unas cajas invasoras que apenas dejan márgenes blancos en la página y un interlineado que hace la lectura de muchos libros de esos años sean sólo apta para lectores con muy buena vista.

Pous i Pagès visto por Ramon Casas

Sin embargo, otro de los efectos de la escasez de papel tuvo unas consecuencias culturalmente muchísimo más graves: la mutilación de un buen número de obras literarias con el objeto de que su extensión fuera compatible con el reducido número de páginas  asignados a muchas colecciones en la posguerra. En L´edició a Catalunya: el segle xx (fins a 1939), Manuel Llanas registra un par de testimonios bastante asombrosos en este sentido referidos a la editorial Maucci y situados a principios de siglo. El primero procede de “El moviment editorial a Barcelona”, una diatriba contra los editores en la que Josep Pous i Pagès, ocultándose tras el seudónimo Josep Piula, escribía en Catalunya Artística (27 de febrero de 1902): “A menudo, ya para que el libro no supere el número de páginas fijadas, ya porque el traductor quiera ahorrarse el trabajo que le pagan a precio alzado, hacen recortes sin ton ni son y sin tomarse siquiera la molestia de resumir en pocas palabras lo que suprimen”. El otro testimonio es el del dibujante y cartelista Carles Fontserè: “Según me contó Just Cabot años más tarde en París, el editor de origen italiano Emanuele Maucci, que publicó grandes tiradas a precios populares, no dudaba en reducir arbitrariamente por razones crematísticas una obra de 300 páginas a 250, desdeñando al azar las páginas “sobrantes”” (ídem).

Placa de la plaza dedicada al editor Emanuele Maucci en Parana (Italia).

Pero acaso resulta más escalofriante todavía el impagable testimonio que dejó Rafael Borràs Betriu en el primer volumen de sus memorias referido a su etapa en la Editorial Juventud (hacia 1955), por la importancia de la obra a la que se refiere y por la mayor proximidad en el tiempo:

Se empezó a publicar la colección de libros de bolsillo Libros Z –supongo que en honor del apellido Zendrera–. Me pareció una excelente iniciativa, pues no abundaban por entonces […] series económicamente asequibles. Lo que no me pareció bien fue que algunos títulos tuviesen que recortarse para no sobrepasar un número de páginas. Así, [Marià] Manent [director literario de Juventud] me encargó que le metiese la tijera a Guerra y paz, de Leon Tolstói; le argumenté en vano, en un intento de evitar tal barbaridad y, puesto a atenuar el desaguisado me dije que, para no alterar el sentido de la obra, lo menos malo sería reducir la descripción de las batallas. Yo no había leído entonces a Tolstói; hoy sé que de ninguna de las obras del autor más insignificante puede nadie permitirse nunca quitar ni una coma.

Guerra y Paz en la edición de Juventud.

Con posterioridad a 1979 se estuvieron reimprimiendo en España libros en versiones de esta guisa abreviados, e incluso más recientemente haciéndose de ellos ediciones digitales, lo cual quizá tenga su explicación en la carencia de papel en una época en apariencia superada. Quizá tenga explicación, pero me parece bastante difícil de justificar.

Y tal vez Jonathan Cape fuera más honesto con John A. Brothers de lo que pudiera parecer a simple vista.

Fuentes:

Para conocer mejor la vida y la obra de Manuel Aguilar, así como la historia completa de la editorial que fundó, es muy recomendable visitar el blog que gestiona María José Blas Ruiz Antigua Editorial Aguilar.

Aguilar. Historia de una editorial y de sus colecciones en papel biblia, de María José Blas Ruiz, en colaboración con José Luis Dánchez de Vivar Villalba, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca y diseño de Javier García del Olmo (Madrid, Librería del Prado, 2013).

Rafael Borràs Betriu,  La batalla de Waterloo. Memorias de un editor I. Una reflexión políticamente incorrecta con el mundo de la letra impresa como trasfondo, Barcelona, Ediciones B (Memorama), 2003.

JonathanCape (@JonathanCape) Best thing I’ve seen all week: Cape rejection letter from 1944 on the grounds of shortage of paper. pic.twitter.com/w6bXmXBO.

Fernando Gutiérrez, “Recuerdo de José Janés”, ”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1959 y publicada como anexo al Catálogo de la Producción Editorial Barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1958 y el de 1959, Barcelona, Diputación de Barcelona,1960.

Manuel Llanas, L´edició a Catalunya: el segle xx (fins 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005. El mismo tema lo trata más a fondo en “Notes sobre l´editorial Maucci i les seves traduccions”, Quaderns. Revista de Traducció, núm. 8 (2002), pp. 11-16. El número de Catalunya Artística citado puede verse en ARCA aquí. La cita de Fontserè procede originalmente de Memòries d’un cartellista català (1931-1939), Barcelona, Pòrtic, 1995.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Josep Palau i Fabre, Josep, El monstre, Obra Literària Completa II, Assaigs, articles i memòries, Barcelona, Cercle de Lectors-Galaxia Gutenberg, 2005.

Germán Plaza, “Los problemas del libro popular en España”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1956.

Félix Ros y José Janés, “La editorial Emporium”, Bibliografía General Española e Hispanoamericana, año XV, núm 2 (abril-mayo de 1941), pp. 10-11.

Enric Satué, El disseny gràfic a Catalunya, Barcelona, Els Llibres de la Frontera (Coneguem Catalunya 18), 1987.

La celda del traductor

A Carme Barba, escritora sitgeana

VAlba

Victor Alba (Pere Pagès i Elies, 1916-2003).

Cuatro editoriales catalanas (Maucci, Janés, Nausica y Aymà) publicaron en la inmediata postguerra traducciones escritas por un preso. En aquellos años de censura y miedo, si publicar la obra de autores represaliados era ya arriesgado, más todavía lo era publicar a un preso condenado por “auxilio a la rebelión” (en otras palabras, mantenerse fiel a la legalidad republicana), por lo que, lógicamente, esos textos iban firmados con seudónimos: Boyd, Del Haya o Pedro Elías fueron tres de los que empleó en esa época Pere Pagès i Elies, más conocido como Víctor Alba, mientras estaba preso, primero en el Palacio de Misiones de Montjuïc y posteriormente en la cuarta galería de la cárcel Modelo. El método para crear o elegir el seudónimo del que se sirvió Víctor Alba como traductor no era por entonces muy original y es el mismo o muy parecido al que emplearon Pedro Pellicena Camacho (Pedro Camacho), Juan González Luaces (Juan G. de Luaces) o Lluis Palazón i Bertràn (Luis Ignacio Bertrán).

Según el mismo Víctor Alba contó, en cuanto fue encarcelado, recién terminada la guerra, “en Misiones había hecho prácticas con Maurice Baring y Chesterton. Para Nausica traduje a las tres hermanas Brönte, la serie de los inocentes de Mark Twain y unos cuentos de Georges Moore”. Sin embargo, bastante más estremecedor es el escalofriante ardid que se ingenió el joven periodista y activista del POUM para conseguir un espacio donde traducir y, además, escribir obra propia. Según lo cuenta el mismo Víctor Alba en sus originalísimas memorias, se cortaba las encías con una hoja de afeitar para hacer creer que era tísico y así lograba que le aislaran en una celda propia, que con el tiempo llegó a proveer de libros y diccionarios. Y como el tiempo era precisamente lo que le sobraba, lo aprovechó bien.

Me puse a escribir novelas del Oeste y rosas, que Maucci publicaba con nombres de autores falsos y novelas propias: una sobre un valle habitado por ciegos (inspirada en un cuento de Wells), otra sobre un resistente perseguido (que se publicó años después, como anónima, con el título “La vida inviolable” [México, Costa-Amic, 1957]) y muchos cuentos Recuerdo una serie, “Los barrios”, con un relato por cada barrio de Barcelona, cuentos para niños, “Leyendas imposibles”, y sátira, “Fábulas inoportunas”. Excepto las traducciones, nada de esto se publicó [en realidad, varios de los cuentos escritos en prisión se publicaron luego en revistas catalanas de América].

Víctor Alba escribía apretadamente en el papel que conseguía hacer entrar en prisión (previo pago al mutilado de guerra de turno), y luego su esposa pasaba los originales a máquina, por los que le pagaban 500 pesetas cada una de las tres editoriales para las que traducía (Nausica, Aymà y Janés).

Cubierta de La época de los tres Jorges a través de la correspondencia de Horace Walpole, cuya traducción y notas firma un Pedro Elías que no es otro que Víctor Alba (es decir, Pere Pagès i Elies).

El contacto con Josep Janés i Olivé lo estableció a través de quien había sido uno de sus profesores en la mítica Escola del Mar, el doctor Alfonso Nadal Sauquet (hijo de un buen traductor del ruso, Alfonso Nadal, y cuñado de Janés), quien, en cuanto supo que estaba buscando traducciones hizo de puente para que, además de traducir a Mark Twain (Un yanqui en la corte del rey Artús, septiembre de 1943, y La vida dura, 1944), el teatro de Bontempelli (Nuestra diosa comedia, 1942) o las cartas, anotadas por el mismo Alba, de Horace Walpole (La época de los tres Jorges, 1943), les propusiera obras libres de derechos.

Imágenes de sobrecubierta, lomo y portada de la Historia de la penicilina, de Alfonso Nadal Sauquet, que Janés le publicó en 1946 en la colección La Aventura del Hombre, de Ediciones Lauro.

Cuando salió de prisión, y mientras dirigía la revista clandestina Solidaridad Obrera, de la que entre 1943 y 1945 se publicaron dieciocho números que pueden consultarse en la Casa de l´Ardiaca, Víctor Alba prosiguió su relación profesional con Janés, y de ello ha dejado un testimonio que pone de manifiesto el exquisito trato que por entonces tenía Janés con sus colaboradores, aun cuando se trataba de gente ideológicamente tan alejada

En 1996, Laertes publicó Sísifo y su tiempo. Memorias de un cabreado (1916-1996), las excelentes e interesantísimas memorias de Víctor Alba, que en catalán había publicado la misma editorial en dos volúmenes: Costa avall (1990) y Costa amunt (1990).

de él: “Cuando iba a entregar alguna traducción, Janés me hacía pasar al comedor a tomar café con su esposa Esther [Nadal Sauquet], una de las mujeres más deslumbrantes que he conocido. Me parecía imposible que me tomaran en serio, aun cuando ya tenía veintiséis años”. Además de traducir a Defoe, Maurois y otros para los Aymà, inició tratos también con Josep Miracle, a quien se lo presentó telefónicamente Janés, y para él tradujo un Tobias Smollet que no llegó a publicarse y un relato de Richard Jefferies.

A aquellas alturas, Víctor Alba era capaz de manejarse lo suficientemente bien, pues, con el español, el francés, el inglés y el italiano, lenguas todas ellas en las que más adelante escribiría, pero la primera traducción que hizo en el exilio fue del catalán al francés, y nada menos que el Cant espiritual y Soleiada, de Joan Maragall, que publicó Le Cheval de Troie (revista de Gallimard) y que escribió a cuatro manos con un colaborador de lujo: su amigo de Combat Albert Camus (de quien en 1913 se cumple el centenario). Quien, todo sea dicho ni que sea de paso, calificó de merde la novela escrita en prisión por Víctor Alba, La vida inviolable.

Fuentes:

Víctor Alba me concedió una extensa entrevista en su casa de Sitges el primero de febrero de 1996 que conservo grabada en cinta magnetofónica y de la que procede parte de la información aquí recogida.

Víctor Alba, “Quan Janés donava feina als escriptors malvistos”, Avui (17 de septiembre de 1986), p. 18.

Víctor Alba, Sísif i el seu temps I. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990.

Victor Alba” en  Manuel Aznar Soler, dir., Diccionario bio-bibliográfico de los escritores del exilio republicano de 1939.

Hurtley, “Josep Janés periodista”, Serra d´Or núm. 304 (15 de enero de 1985), pp. 43-45.

Vicenç Riera Llorca, “Víctor Alba”, en Nou obstinats, Selecta (Biblioteca Selecta 449; Assaigs XLI), 1971, pp. 149-173.