Carlos Barral y Jaime Salinas, caos y orden editorial

El encuentro entre quienes, por motivos muy distintos, se convirtieron en dos de los editores de referencia en la España del siglo XX, Jaime Salinas (1925-2011) y Carlos Barral (1928-1989), se produjo gracias a la intervención de un empresario francés cuya trayectoria se hace difícil de rastrear, Gilbert Garnon. La Histoire des français libres registra un Gilbert Garnon nacido en París el 24 de mayo de 1921 que se pasó a la Francia Libre y se incorporó a la Resistencia francesa en 1943. Por otra parte, la firma de un «Gilbert Garnon» aparece como responsable de unas cuantas ilustraciones pornográficas que acompañan pequeñas ediciones más o menos clandestinas debidas a firmas importantes de la literatura francesa: una Nouvelle Justine del Marqués de Sade prologada por Alain Robbe Grillet (1922-2008), un Gamiani ou deux nuits d´excès, de Alfred de Musset, prologado por la madre del ecofeminismo Françoise d´Eaubonne (1920-2005), Quelques images pour la jeunesse d´Alexandre, con textos de Roger Peyrefitte (1907-2000)…

Menos dudas hay acerca de que el Garnon que, involuntariamente, actuó de puente entre Salinas y Barral es el mismo que en la revista profesional Techniques graphiques publicó SalinasTravesíasdos artículos complementarios en los números 4 (octubre de 1956) y 11 (octubre de 1957) con los títulos respectivos «Implantation des ateliers. Cas d´un atelier travaillant sur édition et revues» e «Implantation des ateliers: L´atelier de façonnage». Y ninguna duda hay de que se trata del mismo Garnon que el 18 de diciembre da en Madrid, bajo los auspicios del Patronato Juan de la Cierva, una conferencia con el título «Cálculo de presupuestos en la industria de Artes Gráficas» y es sin duda el mismo que ya en 1956 se anunciaba en las páginas de Travail et métodes como director de una empresa dedicada a la formación profesional con sede en el número 20 de la parisina rue Delambre. He aquí como lo explica Jaime Salinas en su espléndido libro de memorias Travesías, que abarca desde su nacimiento hasta el momento en que se produjo el feliz encuentro:

Era un joven ingeniero, director de una empresa dedicada a la «racionalización y organización del trabajo», una nueva rama de la ingeniería industrial importada de Estados Unidos readaptada en Francia por un tal Charles Bedaux con el nombre de Système Bedaux. Garnon, como muchos otros, aplicaba el Système Bedaux en la industria de las artes gráficas y de la edición de libros. Ideológicamente estaba muy ligado a ese catolicismo progresista tan lleno de ambigüedades que empezaba a propagarse por Europa y había venido a España con el fin de introducirse en el nuevo mercado. […] Garnon necesitaba un ayudante que dominara el francés, el castellano y el inglés para servirle de enlace en España. […] A mediados de septiembre tenía que presentarme en Bilbao, donde me esperaría Garnon. Empezaría a trabajar el día siguiente.

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Victor Seix Perarnau i Joan Seix Miralta.

Así pues, Jaime Salinas regresó a España como empleado de Garnon, y su primer trabajo en Bilbao fue para la benemérita empresa Artes Gráficas Grijelmo, por entonces en manos de la tercera generación (Federico Guillermo Grijelmo), impulsora de iniciativas editoriales como Durvan, Neguri, Urmo, Deusto o Prisma. Prosigue Salinas:

En esta imprenta los pocos cajistas que quedaban ya no eran apuestos jovenzuelos, sino hombres encorvados, amargados viejos anarquistas derrotados que se habían salvado del pelotón de fusilamiento. Ahora eran conscientes de que los linotipistas, o Monsieur Garnon con sus reformas, podrían ponerlos en la calle.

Acompañados por los directores, Garnon y yo nos paseamos pomposamente por los talleres. Monsieur Garnon, con su arrogancia gala, ridiculizaba […] los métodos de trabajo, la distribución del material, la calidad de la impresión…

Tras haber emitido un informe proponiendo cambios tendentes a racionalizar los procesos de trabajo y mejorar los controles de calidad, Garnon y Salinas todavía estuvieron un par de semanas en Euzkadi visitando imprentas, pero no lograron cerrar nuevos acuerdos porque, según Salinas, «la verdad era que la mayoría de las imprentas del País Vasco estaban muy al día. Por mar recibían maquinaria inglesa y alemana […] Después de tres días en San Sebastián, el galo se dio por vencido». A continuación se trasladaron en tren a Barcelona, donde tenían una cita en el número 219 de la calle Provenza con Joan Seix Miralta (1903-1993) y su hijo Victor Seix Perarnau (1923-1967). Carlos Barral lo recordaba en sus no muy fiables memorias así:

Salinas apareció por Seix Barral en el otoño, quizá en octubre de 1955, como auxiliar del ingeniero Garnon, especialista en racionalización de empresas de artes gráficas y, a partir de aquella experiencia, creo yo, de editoriales […]. Cuando Victor Seix, su contratador, me lo presentó en el cuarto de los sabios, reparé muy poco en aquel ayudante norteamericano, creí entonces, de apellido español, al que debí tomar por un cronometrador o por alguien de oficio poco simpático. Observé más bien con cierta impaciencia cómo se iba quedando cada vez más tiempo en una mesa solitaria […] Garnon venía poco, Jaime estaba allí casi todo el tiempo conversando discretamente con regentes o con maquinistas o pasando anotaciones folio a folio.

SobrecubiertaBarral

Poco a poco fue estrechándose la relación, y al parecer fue el director literario, Joan Petit (1904-1964), quien cayó en la cuenta de que Jaime no podía ser otro que el hijo del famoso poeta Pedro Salinas. Según cuenta Carme Riera, la presencia de Salinas «influyó notablemente para que Seix Barral se convirtiera, con el apoyo de Petit, en una editorial moderna y, en la medida de lo posible, cosmopolita», y además intentó ejercer, en aras de un mejor funcionamiento de la editorial, una cierta ascendencia sobre el comportamiento personal tanto de Carlos Barral como de Jaime Gil de Biedma (1929-1990), con quien la formación británica que tenían en común facilitaba el entendimiento. Así juzgaba retrospectivamente Barral los primeros pasos de la iniciativa que entonces se disponían a poner en pie:

Hay que tener en cuenta, una vez más, que aquella editorial que unos pocos años más tarde, todavía en una etapa de inmadurez empresarial, había de jugar un papel importante en el rearme de la cultura literaria y humanística españolas, desmanteladas por el franquismo, nacía de la improvisación y en el más absoluto desgobierno financiero. Injertada en una empresa industrial de mediano porte que se movía a impulsos de una inercia indetenible y ritmada, la embrionaria casa editora carecía de cuentas propias, ignoraba la contabilidad de costos y no padecía de estrecheces de los presupuestos de tesorería.

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Logo de Seix Barral.

El proyecto barraliano nacía, ciertamente, en el seno de una empresa centrada por entonces en la impresión de obras para otras editoriales y en libros destinados a la enseñanza y al público infantil y juvenil, y es Salinas quien con mayor claridad ha contado –a Juan Cruz– en qué condiciones Seix aceptó integrar lo que le parecían veleidades del joven (e inexperto) Barral en el seno de una empresa de sólida trayectoria:

Lo primero que le planteé a Carlos fue cuántos libros quería publicar al año y en qué periodo, plazos de entrega y demás, para lo que me sirvió mi trabajo con el francés. Teníamos que luchar con el viejo Joan Seix, porque los libros que nosotros hacíamos él pretendía imprimirlos cuando las máquinas estaban paradas, ya que entonces el grueso de la facturación de la empresa se hacía con la impresión de calendarios, folletos o libros para otros. Yo consideraba que con ese criterio era imposible que pudiéramos hacer una editorial.

Así pues, parece que, según la versión de Salinas, coincidente en buena medida con las de Carme Riera, originalmente el problema estribaba en la escasa capacidad de organización de Barral, algo en lo que Salinas, por formación y sentido de la responsabilidad, podía ser el contrapeso idóneo. Y a ello hay que añadir la pereza y el desinterés por la novela, de la que se confesaba mal lector. Sin embargo, Barral no lo veía exactamente del mismo modo:

Sin cambiar casi en nada la que había sido hasta entonces su función de consejero externo, [Salinas] adoptó, desde dentro, un papel que los menudos acontecimientos cotidianos y una inercia dinámica que no pudo menos que traer consigo –correctivo al escepticismo de [Joan] Petit y a la escasez de mi voluntad de decisión y combate, sobre todo– hacían cada día más importante. No sé en qué momento, para satisfacción de su vanidad y tranquilidad de su progresiva conciencia profesional, ese papel se tituló oficialmente como el de secretario general, pero esa titulación no tuvo mayor trascendencia y, seguramente, la inventó él mismo.

Parece evidente que no debió de ser fácil intentar poner en orden con Barral manejando el timón. Sin embargo, menos conocida y más asombrosa resulta quizás la influencia de Salinas en aspectos más directamente relacionados con la selección de títulos, sobre todo en cuanto a narrativa y en particular de las fuentes de información, acerca de las que el propio Barral reconoció que:

Por lo que respecta a las fuentes de información, justo es decir que, hasta aquel momento, hasta la llegada de Salinas, las nuestras no habían sido mucho más completas de las que suponíamos a nuestros amigos ultramarinos: unas cuantas revistas literarias francesas, inglesas, italianas, encabezadas por la NRF y por Les Temps Modernes. Y los suplementos de algún semanario centroeuropeo. Desde Salinas las cosas cambiaron y comenzó la era de los viajes frecuentes a París, con cuartel general en el hotel Port Royal, en la esquina de la rue du Bac con la Montalembert, a veinte metros de la Gallimard, y a Milán, donde la información prácticamente universal era más nerviosa y rápida.

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María Luz Morales.

En su extraordinario diario de su estancia en España tras un muy prolongado exilio, La gallina ciega, Max Aub expone su estupefacción ante el hecho de que alguien de la posición de Carlos Barral le pregunte acerca ya no de ningún escritor cuyas obras no pudieran llegar a distribuirse en la España franquista, sino acerca de la célebre escritora y periodista barcelonesa María Luz Morales (1889-1980), que en los últimos tiempos había llevado además una muy fructífera actividad en el mundo editorial como directora de proyectos en Salvat, creadora de la editorial Surco y con colaboraciones diversas en editoriales de cierto fuste como Juventud y Araluce. Sin embargo, más jugosa todavía es la página de La gallina ciega en que Aub reproduce una conversación entre el escritor y tipógrafo exiliado Bernardo Giner de los Ríos y Carlos Barral –a quien describe como «Señorito y marxista, como hoy se debe ser, sobre todo en Barcelona»– en la que se hace evidente la, por lo menos, imperfecta información de que disponía el editor barcelonés:

Recuerdo a Bernardo contándome una conversación con Carlos:

–Te voy a dar a leer una novela española fenomenal. Tan buena como la mejor de Galdós. Una novela que no has leído nunca.

–¿Cuál? –pregunta intrigado el barbón de treinta años al de cuarenta.

La Regenta.

Bernardo se ríe.

–Si en la escuela, cuando tenía quince años, ya hacía resúmenes…

–¡No es posible!

La España, de Carlos Barral; el México, de Bernardo, que no presume, ni tiene por qué, de grandes escuelas.

–Además está publicada en la colección de Nuestros Clásicos en la Universidad [Nacional Autónoma de México]

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Max Aub (1903-1972).

Ciertamente, esa muy imperfecta información de la que disponía Barral puede atribuirse en alguna medida a los tremendos efectos de la censura franquista sobre la divulgación de la obra maestra de Clarín, pero, aun siendo un mal lector de novela, es chocante el desdén con que consideraba la literatura hispanoamericana, y más teniendo en cuenta que  posteriormente ha pasado a la historia como uno de los principales artífices del boom  de la narrativa hispanoamericana e incluso como el adalid de un proyectado puente entre los escritores españoles y los hispanomexicanos (los hijos de los exiliados):

Me sorprendió mucho, cuando conocí a Barral –cuenta Salinas a Juan Cruz–, el enorme desprecio que él tenía por la literatura hispanoamericana; decía que los latinoamericanos eran monos subidos a los cocoteros. Se produjo un incidente con Alejo Carpentier con motivo del Premio Formentor. Las delegaciones enviaban listas de candidatos y de pronto apareció el nombre de Carpentier, que a nosotros no nos decía absolutamente nada. Fue mi amigo [Gudbergur] Bergsson (¡islandés!) quien me dijo que era un autor cubano. Barral cambia por completo de actitud cuando aparecen García Márquez y Vargas Llosa, y se da cuenta de que tiene que tomarse en serio la literatura hispanoamericana.

Foto de archivo. El escritor durante una reunión de amigos. Horizontal

Castellet, García Márquez, Barral, Vargas Llosa, Félix de Azúa, Salvador Clotas, Cortázar y Juan García Hortelano en 1972.

En cualquier caso, gracias a su relación con Barral Salinas pudo hacer las primeras armas en la edición, que Carme Riera resume del siguiente modo: La colección de poesía «Colliure fue fundada en 1960 por José M. Castellet, como director, Carlos Barral, que facilitaría gracias a Seix-Barral, la impresión y distribución, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo, que actuarían de consejeros, y Jaime Salinas, en funciones de editor». Todos aportaron cuatro mil quinientas pesetas, salvo Salinas y Gil, que pusieron seis mil cada uno, de modo que en 1961 pudiera publicarse el primer libro de una colección cuyo éxito Castellet atribuyó significativamente a la buena distribución que consiguió Jaime Salinas.

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De izquierda a derecha, fila superior: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castellón; fila inferior: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

Salinas tardaría aún un tiempo en convertirse en el editor de éxito económico y cultural a que debe su fama, y, retrospectivamente, juzgaría su etapa al lado de Carlos Barral en términos muy similares a los que pueden hallarse en los testimonios de quienes tradicionalmente han sido considerados sus discípulos:

Me pregunto si no aprendí más acerca de las cosas que no se deben hacer, lo que no quiere decir que olvide mi deuda con él. Lo importante de Carlos era lo que quiso hacer en cierto momento histórico en España, el esfuerzo, el empeño de introducir una literatura extranjera prácticamente desconocida y su afán y entrega admirables sobre todo al principio.

No es escaso mérito lograr introducir algunas muestras de lo mejor de la literatura europea de aquel entonces; pero no otra cosa venían haciendo desde hacia ya algunos años otros editores, como Josep Janés o Luis de Caralt, por ejemplo.

 

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En el sentido de las agujas del reloj: Josep M. Castellet, José María Valverde. Joan Petit, Barral y Víctor Seix.

 

Fuentes:

Max Aub, La gallina ciega. Diario español, edición, estudio introductorio y notas de Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba Editorial, 1995.

salinasoficioeditorCarlos Barral, Memorias, edición, introducción y notas de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

María Jesús Cava Mesa, «De imprentas e impresores en Bilbao, a comienzos del siglo XX», Bilbao, abril de 2008, p. 15.

Carme Riera, La Escuela de Barcelona. Barral, Gil de Biedma, Goytisolo: el núcleo poético de la generación de los 50, Barcelona, Anagrana (Argumentos 95), 1988.

Jaime Salinas, Travesías. Memorias, 1925-1955, Barcelona, Tusquets, 2003.

Jaime Salinas, El oficio de editor. Una conversación con Juan Cruz (incluye textos de Juan Cruz, Jaime Salinas, Mario Muchnik y Javier Marías), Madrid, Alfaguara, 2013.

 

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