El trazo del impresor y editor Gabriel García Maroto

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Gabriel García Maroto.

Es posible que fuese la cantidad, amplitud y diversidad de intereses lo que hiciera que Gabriel García Maroto (1889-1969) no desarrollara una carrera más importante como editor, pero le bastaron unos meses de dedicación a tales menesteres para ganarse un puesto en la historia de la literatura española, encuadrado además en lo que comúnmente conocemos como la generación del 27, con la que se relacionó profusamente en los años veinte.

El tesón que puso ya desde muy joven en La Solana (Ciudad Real) en intentar convertirse en pintor da fe de la firmeza de esta vocación y de su apasionada dedicación al arte pictórico. Sólo al tercer intento, después de suspender en junio de 1908 y junio de 1909, consiguió ingresar en la madrileña Escuela Especial de San Fernando (nombre por entonces de la Academia de Bellas Artes San Fernando), y tanto su participación en exposiciones colectivas como sus primeras incursiones en el periodismo (La Tarde, El País, Vida Manchega) hacían ya pensar que ese sería su camino, acaso con algunos paréntesis para la poesía de raíz modernista. Sin embargo, al regreso de un viaje por Italia, Francia, Bélgica y Holanda, consecuencia de haber obtenido una bolsa de viaje como premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes, en 1921 estableció una imprenta en la calle Alcántara (números 9-11) que enseguida despertó la atención del poeta y editor Juan Ramón Jiménez (1881-1958).

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Juan Ramón Jiménez.

Los tres primeros números de la juanramoniana revista Índice, en la que aparecieron los grandes nombres del momento, de Díez-Canedo a Bergamín, de Ortega y Gasset a Salinas y de Moreno Villa a Federico García Lorca, debiera haber sido un espaldarazo para esta incipiente Imprenta Maroto, profundamente marcada por los orígenes y el carácter autodidacta de su fundador, aunque también es de suponer que su personalidad y gustos chocaran, ya con motivo del tercer número, con los del poeta de Moguer. En Imprenta Moderna Andrés Trapiello hace de García Maroto una caracterización significativa en este sentido:

La mayor parte de los libros que salieron de sus manos seguían teniendo un apresto pueblerino (mal papel, diseño tradicional, tipos convencionales), sus viñetas y sus capitulares, y personalísimas caligrafías, le dieron un aire verbenero muy de esos años. Todo lo que hizo acaba teniendo un aire proletario de almanaque popular, y supo buscar para la imprenta un término medio que combinara los tiovivos y los sombríos humeros de las fábricas.

En cambio, a tenor de este carácter, a nadie extraña que estableciera buena amistad con Federico García Lorca y que tuviera una responsabilidad importante no sólo en cómo se publicó su primer libro, Libro de poemas (1921), sino incluso en el hecho mismo de que el poeta granadino se decidiera a darlo a imprenta. Hasta qué punto es responsabilidad de García Maroto la selección, ordenación y disposición de los poemas de este libro lorquiano sigue siendo objeto de controversia y parece muy difícil de esclarecer, del mismo modo que siguen abiertas las dudas acerca de la autoría de las «Palabras de justificación» con que se abre este volumen con que Lorca se dio a conocer en junio de 1921.

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Además de esa excelente revista y este libro liminar, que parecen situar la imprenta de García Maroto en un momento inicial de un movimiento literario de enorme repercusión, también en 1921 salen de esas prensas el librito (12 cm) del poeta peruano Luis de la Jara Espigas, que en cierta medida es indicativo del momento cultural, por dejar atrás el rubendarianismo para adentrarse en el ultraísmo. Del mismo año es otro volumen que pone de manifiesto la proximidad de García Maroto a la literatura y los creadores americanos, el libro de Oscar Vladislaw de Lubicz-Milosz Poemas, en traducción del escritor chileno Augusto d´Halmar (1882-1950), que Julio Francisco Neira Jiménez describe como «un volumen en octavo, de tamaño por completo inadecuado, pues la mucha longitud de los versos hace que deban volver a la otra línea casi todos, lo que afea la página y hace la lectura muy incómoda».

Antes de acabar 1921 García Maroto organizó una Primera Exposición de Pinturas, entre cuyos participantes se encontraban también su amigo Lorca y el dibujante y pintor de origen uruguayo Rafael Barradas (1890-1929), en lo que sin duda es una primera tentativa de la que años más tarde, en colaboración con Guillermo de Torre y Manuel Abril, sería la ambiciosa Primera Exposición de Artistas Ibéricos (1925), que tanta incidencia tuvo en el reconocimiento de artistas como José Moreno Villa (1887-1955), Benjamín Palencia (1894-1980) o Salvador Dalí. Sin embargo, a finales de 1921 reemprendía su sino viajero, en esa ocasión en compañía del diputado socialista Fernando de los Ríos (1879-1949) y del periodista Julio Álvarez del Vayo (1891-1975) a Berlín, para, entre otras cosas, ponerse al día en cuestiones de tipografía, mientras la imprenta Maroto quedaba a cargo de su hermano Santiago.

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Su fama como pintor e ilustrador (entre otras, para las famosas Revista de Occicente y La Gaceta Literaria) iba en aumento, pero eso no le impidió ocuparse del librito no venal de José María de Hinojosa (1904-1936) Poema del campo, que apareció ya en 1925 con una imagen de cubierta obra de Salvador Dalí (1904-1989). Aun así, la siguiente empresa en la que se embarcó, más ambiciosa, no se hizo realidad hasta 1927, probablemente debido a sus actividades en el ámbito del arte.

Su personalidad como tipógrafo –escribe Trapiello– viene condicionada por su personalidad de pintor, ya que las tipografías que usará son de su invención y, rasgo característico suyo, dibujadas. No se trata de tipos móviles o cubiertas compuestas, sino… dibujadas por él. Lo hizo en muchos de estos libros personales y lo hizo en la editorial que fundó, Biblos, en la que se publicaron algunos libros de clara tendencia revolucionaria y que fue sin duda su más característica y conseguida empresa.

La salida a la palestra de esta editorial casi coincide con el viaje que García Maroto emprendió en enero de 1928 a Estados Unidos, Cuba y México, donde se estableció hasta 1934 y donde, como señala Marina Garone, tuvo una importante participación en los movimientos de vanguardia y en la fundación de la revista Los Contemporáneos, cuya cabecera se le atribuyeEdiciones Biblos nace de la confluencia de García Maroto con el traductor comunista Ángel Pumarega García, que había sido corrector en Revista de Occidente, y el también traductor Carlos Pellicena Camacho, que actuó como administrador, y mientras que Pumarega se ocupaba del grueso de las traducciones, García Maroto era el principal ilustrador y se ocupó de la dirección de las colecciones Imagen (dedicada a la novela y donde publicó Los de abajo, de Mariano Azuela, y La caballería roja, de Isaac Babel, entre otras), Clásicos Modernos (que se estrena con Barbas de estopa, de Dostoievski), y las colecciones de ensayo Idea y Mosaico.

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En esta misma editorial publica García Maroto el que está considerado como uno de sus mejores libros, 1930. La Nueva España. Resumen de la vida artística española desde el año 1927 hasta hoy (1927), que incorpora casi un centenar de grabados, así como Andalucía vista por el pintor Maroro. 105 dibujos y 25 glosas y 65 dibujos, grabados y pinturas, con una autocrítica y diferentes opiniones acerca de este autor, también aparecidos ambos en 1927. Buena parte de la labor emprendida por Ediciones Biblios la heredaría luego las Ediciones Jasón, enmarcadas en el conglomerado de editoriales Central de Ediciones y Publicaciones (auspiciada por el Komintern).

Simultáneamente, aún en 1927, García Maroto pone en marcha por su cuenta y riesgo una editorial Biblioteca de Acción, en la que publica, impresa lógicamente en sus talleres, Un pueblo en Mallorca, España mágica, Jesús entre nosotros y un Almanaque de las artes y las letras para 1928 o, estando ya él en América, Veinte dibujos mexicanos, precedidos de un prólogo del diplomático y escritor mexicano Jaime Torres Bodet (1902-1974).

García Maroto ya no regresaría a España hasta la primavera de 1934, y ese mismo año fundó Imagen. La Casa Escuela del Sordomudo, para la que de inmediato creó también una editorial (Biblioteca Imagen). Al mismo tiempo fue implicándose en la política cultural republicana, participando en la remodelación de la Escuela de Bellas Artes y trabajó en los proyectos de reforma de las Exposiciones Nacionales y de la Dirección General de Bellas Artes, actividades que se intensificaron a raíz del inicio de la guerra civil, en que se implica en la Alianza de Artistas Antifascistas y sirve como subcomisario general de Propaganda (a las órdenes directas de Álvarez del Vayo).

Al concluir la guerra se instaló definitivamente en México, donde desarrolló el grueso de su enorme actividad como pedagogo autodidacta, especializado en la enseñanza a sordomudos, alternando esta actividad con colaboraciones como dibujante y ocasionales exposiciones de pintura.

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De izquierda a derecha: Dalí, Moreno Villa, Buñuel, Lorca y José Antonio Rubio en los años veinte.

Fuentes:

Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón, dir., Diccionario biográfico español, vol. XXII, Madrid, Academia de la Historia, 2011.

Jaime Brihuega, «Gabriel García Maroto y La Nueva España 1930 que los españoles leyeron en 1927», Cuadernos de Estudios Manchegos, núm. 19 (1989), p. 263-276.

Gustavo Bueno Sánchez, «Ediciones Biblos, 1927-1928», filosofía.org.

Miguel Cabañas Bravo, «De La Mancha a México: la singular andanza de los artistas republicanos Gabriel García Maroto y Miguel Prieto», Migraciones y Exilios, núm (2005), pp. 43-64.

maroto-contemporaneosMarina Garone, «El trazo de los pinceles. El dibujo de la letra en el diseño gráfico mexicano de la primera mitad del siglo XX», Monográfico.org. Revista Temática de Diseño, junio de 2012.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras (poesía española contemporánea), Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Aurora M. Ocampo, Diccionario de Escritores Mexicanos. Siglo XX. Desde las generaciones del Ateneo y Novelistas de la Revolución hasta nuestros días, vol. III, México D.F., Centro de Estudios Literarios de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1993.

Andrés Trapiello, Imprenta Moderna.. Tipografía y literatura en España, 1874-2005, València, Campgràfic, 2006.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.

Reconstruir la historia de la editorial Afrodisio Aguado a ciegas

En el libro que, con motivo de sus primeros cincuenta años, resume la historia de la editorial Taurus, el teólogo y académico Olegario González de Cardedal (n. 1934) subraya la importancia de la editorial de Afrodisio Aguado en las primeras décadas de la posguerra española, en particular en la formación de editores y libreros, pero apunta un buen propósito que no parece que hasta el momento de escribir estas líneas, doce años después de expresado, lleve trazas de verse cumplido:

[La editorial Afrodisio Aguado] ha sido decisiva en la cultura española en los decenios 1940-1960, ya que no sólo editó las Obras completas de Bécquer, Unamuno y Rubén Darío, sino que allí se forjaron libreros que luego serían editores como Marcial Pons y Manuel Sanmiguel, creador primero de Guadarrama y luego de Cristiandad, editorial que tras su muerte subsiste en otras manos hasta hoy. Afrodisio Aguado fue una editorial sorprendente que en la posguerra intentaba sobrevivir como empresa familiar […] De Carmina Aguado, hija del fundador, recibo no sólo información minuciosa sino numerosos libros, que ella guardaba como legado de amor recibido de su padre. Algún día espero poder contar su historia completa.

Lamentablemente, tampoco en el portal EDI-RED figura de momento ninguna información sobre esta editorial, por lo que el único modo de acercarse un poco a ella es espigar algunos datos muy dispersos, inconexos e incluso en algunos casos en apariencia contradictorios.

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Ya en los años diez del siglo XX la empresa de Afrodisio Aguado Ibáñez, con sede en el número 130 de la calle Mayor, era la más importante de la ciudad de Palencia en los ámbitos de la encuadernación y la venta de libros, y en 1919 compró dos Minerva y amplió su radio de acción a la tipografía y la impresión. En 1921, por ejemplo, está fechada una Pedagogía musical de Gonzalo Castrillo con un pie que indica Litografía Librería Afrodisio Aguado, y con el subtítulo «Conferencia sobre el canto popular religioso y su desarrollo en la iglesia española, con ejemplos prácticos», que tuvo como escenario el Teatro Principal de Palencia el 6 de junio de ese año 1921.

También de ese año parece el volumen conmemorativo y ampliamente ilustrado Libro del VI Centenario de la S. I. Catedral de Palencia, según se incica, «publicado por la comisión organizadora en Imprenta y Librería de Afrodisio Aguado». Ese nombre, «Imprenta y Librería Afrodisio Aguado», es el que figura en el pie de imprenta de algunos otros modestos libros de los años veinte, como en la Historia de Palencia vista a través de las gafas de Siro de Gandía (1926), de Emilia Pita Do Rego, y en la Geografía de Palencia (1928) de Sebastián González. En aquellos tiempos el negocio ya estaba tomando unas dimensiones considerables, pues en 1926 contaba con cinco empleados: Jesús Hernández, Félix Calvo, Dámaso Aguado Ibáñez, Gaudencio Caro y Casilda Ibáñez. A partir de 1929 y hasta 1932 se ocuparon también de la impresión de la revista decenal La Escuela.

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El carácter local y musical de estas primeras impresiones toman un sesgo muy distinto con la entrada en la década de 1930, en que se convierte en la imprenta de la revista dirigida por Andrés Redondo (hermano del falangista Onésimo) Igualdad y, de apariencia gráfica muy similar, del semanario vallisoletano Libertad, dirigido por Onésimo Redondo (1905-1963), quien por entonces estaba creando la agrupación fascista Juntas Castellanas de Actuación Hispánica (que ese mismo año se integrarían en la Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, las JONS). En 1934 Afrodisio Aguado, cuya empresa empezaba a tomar impulso, estableció en el número 13 de la calle San Martín de Valladolid una imprenta y librería, y ese mismo año Hacienda estimaba el valor de la maquinaria de que disponía Afrodisio Aguado en nada menos que 30.000 pesetas y además había incorporado a Vidal Fernández (contable) y a los dependientes Moisés Martín, Francisco Abril y Gerardo del Campo.

De esas mismas fechas más o menos debe de ser el libro sin indicación de año sobre la Juventud Obrera Cristiana Qué es la J.O.C., y de 1933 el destinado al público juvenil Mi primer libro de historia, de Daniel González Linacero, al que seguiría el año siguiente Mi segundo libro de historia, del mismo autor. Sin embargo, ya se publica con pie en Valladolid-Palencia, aunque sin fecha, Falange Española. Textos fundamentales y, en Valladolid y bajo el membrete de Ediciones Libertad, Doctrina de F.E. de las JONS, ambas como impresas en Artes Gráficas Afrodisio Aguado. Es probable que algunos de estos libros sin fecha aparecieran ya durante la guerra civil, como es el caso de otros títulos de esas Ediciones Libertad, como 1931-1936, Sindicatos y agitadores nacional sindicalistas, del sindicalista de la JONS Emilio Gutiérrez Palma, la biografía Onésimo Redondo, caudillo de Castilla, anónima, que indica en el colofón el 26 de febrero de 1937 como fecha de salida de los «Talleres Tipográficos de Afrodisio Aguado, en Valladolid». También de la vallisoletana Imprenta Afrodisio Aguado salió en 1938 una de las muchas ediciones del volumen de Redondo El Estado Nacional.

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Otro cartel impreso en Afrodisio Aguado durante la guerra.

Según registraba el Diario Palentino en su sección de «Recuerdos viejos/Palencia hace…» acerca de las noticias más importantes del 31 de agosto, una vez ya iniciada la guerra:

El Instituto Nacional de Previsión pidió a la Diputación palentina unos locales para instalar una clínica de obstreticia. La Corporación Provincial respondió que iba a estudiar esa petición con el mayor interés y trataría de cumplirla satisfactoriamente. Los concejales falangistas Afrodisio Aguado, Alejando Font de Bedoya y Manuel Santamarina presentaron la renuncia de sus cargos municipales, en acatamiento a la disciplina del partido. Empezaban a recibirse cartas de voluntarios y soldados solicitando madrinas de guerra.

Durante la contienda, aparecen con pie de Afrodisio Aguado algunos otros libros de título inequívoco, como Desde el Cuartel General de Miaja al Santuario de la Virgen de la Cabeza. 30 días con los rojos separatistas sirviendo a España. Relato de un protagonista (1937), del capitán Antonio Reparaz Araujo y Tresgallo de Souza, Defensa de Oviedo (1937), del también capitán Óscar Pérez Solís, con prólogo del general Antonio Aranda e ilustraciones fotográficas fuera de texto, así como algunos carteles (uno del Auxilio Social, obra de Carlos Sáenz de Tejada; «La Falange os llama. Ahora o nunca», firmado «V. Fito»), y de fechas no muy posteriores son dos libros de Javier Martínez de Bedoya (que era uno de los empleados de Aguado): Antes que nada, política (1939) y Siete años de lucha. Una generación política, en la que compendia artículos aparecidos previamente en la revista JONS y otros publicados durante la guerra en los que justifica la violencia como el único método de acabar con la burguesía democrática y con el marxismo.

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Página del calendario Aguado de 1946.

Concluida la guerra civil, Afrodisio Aguado se traslada a Madrid, donde abre una librería que no tarda en convertirse en una de las más importantes de la ciudad, y en que se foguean en el mundo de los libros Carmen Abril, Marcial Pons, Alfonso Mangada (que de muy joven fue el gerente y luego crearía Editorial Paraninfo), Manuel Sanmiguel (ya mencionado como fundador Editorial Guadarrama), antes de crear también las Ediciones Afrodisio Aguado (en el número 4 de la calle Barquillo), con talleres propios (en Bravo Murillo, 31). En estas empresas se formaron entre otros el pintor Alejandro Mieres Bustillo (Palencia, 1927), que se inició como dibujante y retocador de originales en los talleres de fotograbados, antes de ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

Además de dedicarse al libro escolar, partir de octubre de 1942 Afrodisio Aguado se convierte en impresor El Español. Semanario de la Política y del Espíritu, dependiente de la Delegación Nacional de Prensa. Y a esos años pertenecen también las colecciones que permiten a Xavier Moret señalar Afrodisio Aguado como una de las escasas editoriales que en la inmediata posguerra se abrieron a los autores jóvenes, en particular en la serie Literatura de la colección Cuatro Vientos, cuyo nombre parece evocar la revista y colección del grupo formado en la preguerra por Pedro Salinas, Dámaso Alonso y Jorge Guillén. En esta serie de Afrodisio Aguado aparecieron por ejemplo, sobre todo a partir de 1944 y junto varias piezas teatrales de Shakespeare y reediciones de varias obras de Concha Espina (Altar camilojoseMayor, El cáliz rojo, princesas del martirio), la versión definitiva de la novela de Ramón Ledesma Miranda (1901-1963) Almudena o historias de viejos personajes (1944), que revisaba y aumentaba la que con el título Viejos personajes le había publicado previamente la Agencia General de Librerías y Artes Gráficas e incorporaba además dieciocho ilustraciones de Eduardo Vicente; Zarabanda (1944), de Darío Fernández Florez (1909-1977); La canción del jilguero (1947), de José Antonio Jiménez Arnau (1912-1985), así como el poemario de Emilio Carrere Canciones para ellas (1944), pero sin duda el autor más pujante incorporado a esta colección es Camilo José Cela y su Pabellón de reposo (1944), ilustrada con dibujos de Lorenzo Goñi (que firma como Suárez del Árbol). Curiosamente, en las páginas finales de Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (Ediciones La Nave, 1944) se anunciaba otra obra de próxima aparición en Afrodisio Aguado, el libro de relatos Lo que quedó cuando el amor ya muerto…, que nunca llegó a publicarse con ese título. En cambio, sí aparece Cela en otra edición de Afrodisio Aguado, la novela colectiva publicada al margen de esta colección, Nueve millones (también de 1944), en la que participaron dieciocho escritores (Concha Espina, Emilio Carrere,Carmen de Icaza, Luis Astrana Marín, Benjamín Jarnés, Eduardo Zamacois, Pedro Mata, Fernández Flórez…). Se trata de una edición en rústica, acompañada de fotografías de cada uno de los autores, destinada además, en adaptación de Fernando Garzón, a la radiodifusión por parte del cuadro de actores de Radio Madrid.

Aun así, esta veta de la narrativa en general pronto se vio desplazada en Afrodisio Aguado por las obras clásicas (en colecciones como la célebre Más Allá), las guias de viaje (de las que era pionero) y por el ensayo, así que fueron otras editoriales las que al concluir esa década tomaron el relevo. Sin embargo, habrá que esperar los frutos del anunciado análisis de Olegario González de Cardedal (o bien a que ponga esos materiales que posee a disposición de los investigadores; por ejemplo, a través de EDI-RED) para tener una idea más completa de esa editorial «decisiva en la cultura española en los decenios 1940-1960».

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Una edición de los años cincuenta de Afrodisio Aguado.

 

Fuentes:

Olegario González de Cardedal, «Un capítulo de la teología en España», en Taurus, cincuenta años de una editorial (1954-2004), Madrid, Santillana, 2004 (edición no venal), pp. 107-198.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

José Vidal Pelaz López, «Catálogo de publicaciones periódicas de la provincia de Palencia, 1898-1936», Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea, núm 11 (1991), pp. 229-250.

Los Signos de ortografía de Max Aub

Javier Quiñones, tal vez quien más a fondo y mejor se ocupó de la veta aforística de Max Aub (1903-1972), puso de manifiesto en el prólogo a su edición de Aforismos en el laberinto la variedad de técnicas de las que se sirvió el autor valenciano en su obra Signos de ortografía, compendio de brevísimos textos de tipo aforístico en los que hace juegos malabares con la terminología de la edición y de la imprenta, que con el paso del tiempo se convirtió en piedra de toque y texto de culto entre los fanáticos de las letras (de imprenta). Y ni siquiera a libro llega: ocho páginas apenas, de las que dos de ellas son colages en los que se combinan imágenes y tipos.

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Ni siquiera el primer gran estudioso de la obra aubiana, Ignacio Soldevila (1929-2008), en su utilísima bibliografía de la obra del autor conseguía situar este título en otro apartado que no fuera el de «Ensayos, estudios, prosas y misceláneas», a lo que nada hay que discutir porque, como tantas veces ocurre con Max Aub, su obra es en esencia inclasificable, es obra de creación literaria en todo el sentido de la palabra. Por tanto, tampoco habría nada que objetar a que en sus obras completas se incluyera en el volumen dedicado a la poesía.

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Signos de ortografía aparece en el momento de plenitud de Aub, en las páginas 31 a 38 del número 23 de la mexicana Revista de Bellas Artes, con fecha de septiembre-octubre de 1968, una etapa en la que, en palabras de Quiñones, «se observa que esa tendencia a la esencialidad, que desemboca en el empleo del aforismo, se acentúa en la última etapa del escritor». El mismo Quiñones escribe al analizar  la recopilación de textos periodísticos Todo es vida: «Aub poseía, en la madurez de su estilo, un absoluto dominio de todo lo que podemos llamar en sentido amplio artificio retórico, de modo que en sus párrafos podemos encontrar numerosos procedimientos», y eso permite a este especialista en la obra aubiana detectar una amplísima diversidad de procedimientos creativos, algunos de ellos de innegable estirpe ramoniana. En otras palabras, el máximo de recursos para crear los más breves textos. La huella de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) es evidente, como lo son quizás en menor medida las de Juan Ramón Jimémez (1881-1958) y José Bergamín (1895-1983), pero Aub se sirve también de los refranes tradicionales, para darles la vuelta como a un calcetín, que en ocasiones desembocan en juegos conceptuales que en nada desmerecen junto a los de Quevedo, o en juegos de palabras de signo más simplemente humorístico en la onda de un Jardiel Poncela. O, de nuevo citando a Quiñones, crea «textos en los que se mezclan varios géneros: el aforismo, la sentencia y el microrrelato».

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Quizá sea su misma brevedad, la convivencia con otros textos muy concisos de Aub de mayor éxito y cercanos al microrrelato, o incluso la magnitud oceánica del, por fortuna, grafómano impenitente que fue este escritor valenciano nacido en París y que vivió buena parte de su vida en México, lo que explique que esta pequeña joyita que es Signos de ortografía no haya recibido mayor atención por parte de la crítica académica, o acaso sea la dificultad misma para situarla en un género determinado, pues incluso al de aforismos en un sentido amplio consigue escapar.

Difícilmente esa poca atención que se le ha prestado sea explicable por el aspecto visual de la primera edición (en la que aparece en una revista de poca difusión fuera de México y en compañía de textos de William Burroughs y una antología de poetas estadounidenses), pero lo cierto es que no se encuentra entre las más afortunadas del autor. Visualmente, como señaló Andrés Trapiello, esta edición tiene intensas connotaciones de la moda pop, muy en boga en esos años y en la que ya puede percibirse una incursión de Aub a propósito de la portada del libro Pruebas que la editorial Ciencia Nueva le había publicado en su colección Los Complementarios de Ensayistas Españoles Contemporáneos el año anterior.

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Sin embargo, que yo sepa, todavía no se ha descubierto un conjunto mayor de textos brevísimos de Max Aub acerca de los que quien fuera mano derecha del prolífico escritor en tareas editoriales, Bernardo Giner de los Ríos, dejó algunas pistas sueltas durante el congreso que se celebró en Valencia en 1993:

A su muerte [la de Aub, 1972], yo tenía entre manos una colección de crímenes que no recuerdo si se titulaban Crímenes de imprenta o Crímenes tipográficos o algo parecido; la intención era casi poética y yo me la había planteado como un reto personal: cada crimen estaría ilustrado con su tipografía, ocuparía una página, e iría acompañado por grabados que mostrasen las máquinas, los chibaletes, los linotipos, los tipómetros y toda la parafernalia que agrupaba un taller de imprenta; devolví el original y no sé qué suerte habrán corrido.

Sin duda la idea parece excelente, y más todavía cuando cada vez son menos las personas que saben qué es un chibalete o un tipómetro (por lo cual quizá convendria acompañarlo de un breve glosario). Qué bueno sería que una idea semejante fuera llevada a la práctica.

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Dámaso Alonso, Max Aub y Pedro Salinas,

Fuentes:

Max Aub, Signos de ortografía, Revista de Bellas Artes (México), núm. 23 (septiembre-octubre de 1968), pp. 31-38.

Max Aub, Signos de ortografía, prólogo de Rafael Prats Rivelles y poesías visuales de Bartolomé Ferrando, edición facsímil de la primera edición, València, Fundación Max Aub-Campgràfic, impreso en los talleres del impresor José Luis Martín, 2001.

Max Aub, Aforismo en el laberinto, prólogo de José Antonio Marina, edición e introducción de Javier Quiñones, Barcelona, Edhasa (Aforismos 30), 2003.

Max Aub, Todo es vida. Elogios y alabanzas, edición de Javier Quiñones, Segorbe, Fundación Max Aub, 2009.

Bernardo Giner de los Ríos, «Max Aub: tipógrafo y editor. Una visión parcial», en Cecilio Alonso, ed., Actas del Congreso Internacional Max Aub y el Laberinto Español, Valencia, 1993.

Javier Quiñones, «Concepto y agudeza. Max Aub en la tradición aforística», texto leído en el Congreso Internacional del Centenario «Max Aub, testigo del siglo XX», celebrado en Valencia en abril de 2003.

Ignacio Soldevila, Elogio de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003.

Andrés Trapiello, «Max Aub, caballero de la Orden del Cícero», en AA.VV., El universo de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003.

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Manuel Altolaguirre en Cuba (1939-1943)

Mi verso es de un verde claro

y de un carmín encendido:

Mi verso es un ciervo herido

que busca en el monte amparo.

José Martí

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Manuel Altolaguirre en Cuba.

Cuando Manuel Altolaguirre (1905-1959) llega a Cuba lo hace con una amplia experiencia como impresor-editor, producto de su atribulada trayectoria en estos menesteres iniciada en la malagueña Imprenta Sur. Desde la creación de las revistas Ambos (1923), Litoral (1926-1929), Poesía (1931) o, en colaboración con su esposa Concha Méndez, Héroe (1932-1933), hasta las míticas y casi heroicas Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este durante la guerra civil, pasando por otras cabeceras como 1616 (1934-1935), Caballo Verde para la Poesía (1935-1936), dirigida por Pablo Neruda, o la célebre revista Hora de España (1937-1939), al desembarcar en la isla caribeña Altolaguirre había puesto en marcha las más diversas imprentas y en las condiciones más variopintas, lo que le había capacitado para adaptarse a todo tipo de circunstancias. Era previsible que no tardara en hacer lo mismo a su llegada a la isla caribeña.

Efectivamente, una de las primeras cosas que hizo en Cuba, gracias al apoyo de varios amigos y sobre todo a la ayuda económica (quinientos pesos cubanos) de quien sería su segunda esposa, la acaudalada Martía Luisa Gómez Mena, fue comprar una imprenta, a la que bautizó como La Verónica y que estrenó con una versión ampliada del libro de ensayos de Juan Marinello (1898-1977) Momento español (colofón del 18 de julio de 1939).

veronica1En los meses sucesivos saldrían de La Verónica varios catálogos para exposiciones de arte y una impresionante serie de revistas compuestas y encuadernadas a mano, a menudo fundadas y dirigidas por el propio Altolaguirre, como Nuestra España (1939-1941), dirigida por Álvaro de Albornoz (1879-1954), Atentamente (1940) o la diminuta revista literaria La Verónica que sale los Lunes (seis números de octubre a diciembre de 1942), donde alternan textos de sus compañeros de generación exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil (Pedro Salinas, Jorge Guillén, María Zambrano, Rafael Alberti, Emilio Prados), con otros de quienes conforman su nuevo contexto literario, como Agustín Acosta (1886-1979), Mariano Brull (1891-1956), Lydia Cabrera (1899-1991), quien en 1940 había publicado en La Verónica Cuentos negros de Cuba, o Cintio Vitier (1921-2009).

Sin embargo, de los más de doscientos títulos que Altolaguirre dejó a su paso por la isla, destacan los que forman la colección El Ciervo Herido, destinada sobre todo a poetas españoles clásicos y modernos. Se trata de una serie de preciosos volúmenes de 13,5 x 8,8 cm encuadernados en rústica y siempre de menos de cien páginas, que se estrena en julio de 1939, haciendo honor a su nombre, con los Versos sencillos del poeta modernista cubano José Martí (1853-1895), de quien poco después publicaría también Versos libres. La segunda entrega de la colección la reserva a su propio poemario Nube temporal, que reúne piezas dispersas en libros y publicaciones periódicas impresos en España, y que presenta «con un autógrafo de Jules Supervielle [“A Manolito Altolaguirre. Vuelvo a encontrarme en tu poesía con toda España, a la sombra y al sol de un gran poeta. Tu antiguo amigo Julio”] y un poema de Stephen Spender», que va situado al final del libro y que el poeta inglés escribió al recibir la falsa noticia de que Altolaguirre había muerto durante la guerra civil.

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Nube temporal, de Manuel Altolaguirre.

Sin embargo, acaso sea significativo de la conciencia de provisionalidad que debía de tener Altolaguirre acerca de su exilio la notable presencia de clásicos españoles en esta colección, e incluso los nombres y títulos elegidos son indicativos de una determinada mirada a la tradición española más reciente a la que, como editor, parece querer dar continuidad. Es el caso por ejemplo de la selección de Poemas escogidos que publica ya en 1939 de su amigo asesinado durante la guerra Federico García Lorca (1898-1936), pero no los son menos los casos, también aparecidos en 1939, de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique (c. 1440-1459), el Canto a Teresa, de José Espronceda (1808-1842) o La tierra de Alvargonzález de Antonio Machado (1875-1939).

En cuanto a los autores españoles vivos, llama la atención Sangre de España: elegía de un pueblo (1941), del periodista y dramaturgo gallego Ángel Lázaro Machado (1900-1985), que había visto truncada una prometedora carrera en el teatro en los años veinte y treinta (El circo de la verbena, La casada sin marido) y que ya en Cuba había dado a conocer un Cancionero español (1937), su Romance de Cuba y otros poemas (1937), La verdad del pueblo español (1939) y había reunido una selección de su obra en verso, Antología poética (1940) para la que Altolaguirre le había escrito el prólogo. Por su parte, el libro de Ángel Lázaro publicado en El Ciervo Herido va precedido de un prólogo escrito por otro escritor español exiliado en Cuba, el poeta valenciano Bernardo Clariana (1912-1962), quien, procedente de Santo Domingo (donde había publicado su primer libro de poesía, Ardiente desnacer), poco después se trasladaría hasta su muerte a «un piso miniatura de Perry Street en el Village, el barrio bohemio de Nueva York», al decir de Vicente Llorens.

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Lluvias enlazadas, de Concha Méndez.

Otras ediciones de poesía española destacadas de El Ciervo Herido son Lluvias enlazadas (1940), de Concha Méndez (1898-1986), al que precede un «retrato lírico» del poeta también exiliado Juan Ramón Jiménez (1881-1958), que por entonces se había establecido en Miami, o la edición de 1942 de las Églogas de Garcilaso de la Vega (1498-1536).

A la mayoría de poetas cubanos vivos a los que publica Altolaguirre en La Verónica, en cambio, los encuadra sobre todo en otra colección, Héroe, donde aparecen poemarios de Regino Pedroso (1896-1983), Nicolás Guillén (1902-1989) y Emilio Ballagas (1908-1954), entre otros. Pero sí publica en El Ciervo Herido, por ejemplo, al argentino establecido en Nueva York Alfonso de Sayons su Oda y jornada, o una nueva edición de las piezas teatrales de Pushkin Festín durante la peste y El convidado de piedra, en la misma traducción de O. Savich y el propio Altolaguirre que en 1938 había publicado en la barcelonesa Tipografía Catalana la AERCU (Asociación Española de Relaciones Culturales con la URSS).

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Particular interés tienen algunas otras ediciones surgidas de una imprenta tan modesta como La Verónica, los 15 dibujos de Shum, por ejemplo. Su autor, cuyo nombre real era Alfons Vila (1897-1967), se había hecho muy popular como ilustrador en los años veinte en cabeceras humorísticas catalanas como El señor Daixonses/La senyora Dallonses y L´Esquella de la Torratxa, y al final de la guerra, también tras pasar episódicamente por Santo Domingo, se estableció en Cuba durante un tiempo, antes de pasar a Estados Unidos y entrar en la Metro Goldwin Mayer como diseñador de carteles cinematográficos.

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Y también es digno de mención el libro en que en 1941 se recoge la pieza teatral de Concha Méndez El Solitario. Misterio en un acto, que va precedido de un precioso prólogo de Maria Zambrano (1904-1991) y con ilustraciones de Macarena Smerdou Picazo y Manuel Altolaguirre. En 1998, las Ediciones Caballo Griego para la Poesía tuvieron el acierto de estrenar su colección El Público con una edición facsímil, preparada por Maya S. Altolaguirre y Manuel Bonsoms, de esta bella edición.

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Cubierta de la novela póstuma del novelista cubano Pablo de la Torriente-Brau (1901-1936) Aventuras del soldado desconocido cubano, publicada en La Verónica.

En cuanto Altolaguirre se trasladó a México, donde por supuesto prosiguió con su labor impresora, creó Aires de Mi España, una muy conocida colección de libritos, también de muy reducido tamaño (el mismo formato que El Ciervo Herido), encuadernados en rústica, con unas muy características cubiertas impresas a dos tintas y también protegidos con sobrecubiertas en papel cristal. En ella publicó antologías de autores españoles clásicos, como Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Quevedo o, cómo no, Luis de Góngora, siempre seleccionadas por el propio Altolaguirre. Junto a ellos, algún otro cronológicamente más cercano, como Miguel de Unamuno (El Cristo de Velázquez, 1947).

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Poesía de Góngora, México, Ediciones de La Verónica, 1943.

Fuentes:

García Chacón, Irene (2015). «Semblanza de Manuel Altolaguirre (1905- 1959)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED: http://www.cervantesvirtual.com/obra/semblanza-de-manuel-altolaguirrebolin/

Jorge Domingo y Róger González, eds., Sentido de la derrota, Bellaterra, Gexel-Cop d´Idees (Cuba 1), 1998.

Vicente Llorens, Memorias de una emigración. Santo Domingo 1939-1945, Barcelona, Ariel, 1975.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba. Manuel Altolaguirre, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995.

La tipografía como recurso literario, un ejemplo

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Max Aub con su hija.

Max Aub (1903-1972) es uno de los ejemplos más claros del autor convencido de que la naturaleza del libro consiste en algo bastante más complejo que el continente de unos contenidos (los textos e imágenes), pues desde muy joven es evidente su conciencia de que la forma que se da a un libro puede llegar a ser parte –incluso parte esencial– de su contenido, contribuye a otorgarle un determinado significado al texto, lo matiza, lo refuerza, incluso en ocasiones mediante un contraste irónico; en definitiva, lo sitúa en un determinado contexto estético y por consiguiente determina su significado. Se suma, pues, Aub a la idea expresada por Juan Ramón Jiménez de que «en ediciones diferentes los libros dicen cosas distintas», aforismo que, contra lo que pueda pensarse, no es ninguna boutade, sino un estribo a partir del cual repensar quizá algunas de las consecuencias del mal llamado libro electrónico. Y no sólo eso, sino que incluso la distribución tipográfica del texto puede ser el valor más potente o el significado principal o más interesante de una obra, si aceptamos que el libro es un todo en el que la distinción contenido/continente no es aplicable, no es pertinente, o en cualquier caso que no se corresponde con texto/libro. De todos modos, quien no entienda que hay amantes y compradores de libros a los que el texto se la trae al pairo difícilmente podrán compartir ideas como éstas.

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Portada ilustrada por Josep Obiols para una obra impresa en la Altés en 1928.

Esta conciencia de Aub es particularmente evidente en El Correo de Euclides, la revista (por llamarla de algún modo) que, tomando como nombre la dirección postal de Aub en su exilio mexicano (calle Euclides, 5), éste llevo a cabo en solitario, haciéndose cargo de escribirla, editarla y componerla. Sin embrago, ya en la elaboración de sus primeros libros pone de manifiesto Max Aub su interés por conocer los entresijos de la composición, impresión y encuadernación de libros, con el propósito de dotar de coherencia sus obras literarias. Según dejó escrito el artista valenciano Josep Renau (1907-1982), entre finales de los años veinte y principios de los treinta Max Aub «pulula por viejas imprentas, en busca de tipografía exquisita para publicar sus multiplicados librillos y libros». Y señala acerca de ello José Ramón Andújar García:

No parece una casualidad que sus años de aproximación y conocimiento del mundo de la imprenta [Aub] los tuviera en Valencia, coincidiendo con sus inicios como escritor, y donde este tipo de talleres tipográficos estaban diseminados por toda la ciudad. […] La década de los treinta se inició estilísticamente con un fuerte influjo del art déco, para derivar hacia la experimentación vanguardista y finalizó con un arte beligerante y de propaganda pero sin renunciar a la calidad de su factura.

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Lola Anglada, La Margarida (1928).

Hacer la traslación de esta evolución a la de las primeras obras de Aub, en términos literarios, es bastante fácil. Lo cierto es que también de su paso por Barcelona hay constancia de que Aub frecuentó las imprentas, y vale la pena recordar que la primera edición de Los poemas cotidianos salió en septiembre de 1925 de los Talleres Omega (carrer Ample, 53), donde las Ediciones Lira hacían imprimir en esos mismos años las obras de los poetas vanguardistas, como Tomàs Garcés (1901-1993) y Joan Salvat-Papasseit (1894-1924), o que la primera edición de Narciso, con un dibujo del artista Josep Obiols, se imprime en 1928 en la barcelonesa Imprenta Altés (carrer dels Àngles, 20), donde ese mismo año se imprime, por ejemplo, La Margarida, de la popular escritora e ilustradora de literatura infantil catalana Lola Anglada. Quien conozca las primeras ediciones de algunos de los libros de Aub puede dar fe de que en una década se pueden rastrear esos modelos a los que alude Andújar García en la obra maxaubiana: la elegancia y sobriedad de estirpe francesa de Los poetas cotidianos (1925) y Narciso (1928), la ilustración dieciochesca en Fábula verde (1932), el contraste, la sobriedad y la potencia rompedora del color en A (1933), el sesgo decimonónico en Geografia (1929) y en Luis Álvarez Petreña (1934), para el que contó con la colaboración directa del escritor barcelonés Luys Santa Marina (1898-1980)…

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Portada del número 3 de El Correo de Euclides (31 de diciembre de 1963). Se publicó también un número 3 bis con la misma fecha. Clicando sobre las imágenes, se amplían.

Es evidente que en la elaboración de libros la creatividad consiste casi siempre en el modo de operar sobre un determinado modelo, y que el acierto depende tanto de la elección del modelo como del trabajo realizado a partir del mismo, y en este sentido el tesón, la fuerza de convicción, más que propiamente la exquisitez, queda puesta de manifiesto en un testimonio de su colaborador Bernardo Giner de los Ríos hablando de la espléndida revista Los Sesenta que llevaron a cabo juntos, ya en la década que describe el título:

La portada nos costó mucho trabajo, ya que la tipografía del título quería Max que fuese un homenaje a la imprenta española moderna. Las máquinas que se usaban en las imprentas mexicanas de entonces tenían tipos hermosos y bien surtidos alemanes, franceses, ingleses, italianos y norteamericanos. Igual que pasa ahora. Sabíamos que el tipo que queríamos no existía como fuente para linotipo ni intertipo, pero movimos cielo y tierra hasta que conseguimos que la imprenta de la Universidad Nacional Autónoma de México que el cajista nos hiciera las dos palabras con tipos móviles. Así Los Sesenta están hechos con el tipo diseñado en el siglo XVIII por don Joaquín Ibarra Martín (1725-1785). La maestría tipográfica de Ibarra ha sido reconocida en todo el mundo.

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Portada del número 5 (31 de diciembre de 1965).

Así pues, el interés, el conocimiento y el buen gusto en cuestión de diseño de libros acompañó a Max Aub a lo largo de toda su carrera, y cuando se inventó una original forma de enormes felicitaciones navideñas (tamaño tabloide) que actuaban como puertas de entrada (portadas) al nuevo año, se sirvió de los modelos de algunos periódicos, carteles y de la publicidad para crear unas imágenes de carácter más popular. A partir de 1959, y luego más o menos regularmente entre 1961 1968, se convirtió en costumbre de Aub mandar a sus familiares y amigos una enorme página que acompañaba el último “cuento” que había escrito ese año, junto con los mejores deseos para el siguiente. Aparte de muchas otras cosas no menos llamativas, resulta curiosa la cabecera que preside estas páginas, en la que se describe la pieza como «Periódico conservador», cosa a la que Muñoz Suay da una interpretación si no convincente por lo menos bien trabada (y bastante aubiana):

Max Aub quería distorsionar –y fue terco en la destrucción de tantas imágenes y palabras– pero con el expreso anhelo de conservar un orden humano, ético, bello, coherente. Y asentarse en él para compartirlo con todos […] Max fue un conservador vanguardista. Y no es paradoja, bajo su ironía e ira palpitaba la rabia del peregrino a su pesar, del hombre de la mano tendida para el diálogo.

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Reverso (o página 2) del número 5 (31 de diciembre de 1965).

Más allá del toque humorístico o irónico de los textos, «los grandes saldos del mundo y sus acuciantes preocupaciones políticas y literarias del momento», en palabras de Trapiello, El Correo de Euclides vale sobre todo lo que valga la elección, combinación y disposición de tipos, muy por encima del interés de los textos, ante los cuales la crítica literaria, acaso por perplejidad, no ha sabido muy bien cómo enfocar o como abordar. ¿Se trata de microcuentos? ¿De colages en los que a menudo cada uno de los renglones tiene un sentido por sí mismo, y el conjunto de todos ellos crea uno nuevo y distinto? ¿De algo tan próximo a la greguería como al relato y a la poesía? Porque, ¿estamos ante renglones simplemente, o ante versos como en los caligramas? ¿Cómo interpretar que algunos de estos renglones tengan un cuerpo mayor o menor (o incluso se impriman a color) que el resto? ¿Se destacan por algún motivo algunos renglones, o sólo a modo de titulares? ¿Responde todo ello únicamente a criterios plásticos, de composición de la página, o a criterios literarios? No es fácil dar respuesta a todas estas cuestiones tratándose de la obra de alguien como Max Aub, y me parece que es un camino que la crítica literaria todavía no ha transitado como se debiera, pero lo que es indudable es que una edición de estos textos que no respete la composición, los tipos, los colores, e incluso la proporción (si no el tamaño) originales, se convierte en un texto de lo más anodino y de lo menos sugerente que imaginarse pueda. Quod erat demostrandum.

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Número 7 (31 de diciembre de 1968).

Fuentes:

José Ramón Andújar García, «Max Aub y la tipografía en su etapa valenciana», El Correo de Euclides. Anuario científico de la Fundación Max Aub, núm 4 (2009), pp. 11-17.

Bernardo Giner de los Ríos, «Max Aub: Tipógrafo y editor. Una visión parcial», en Cecilio Alonso, ed., Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español, Ayuntamiento de Valencia (Col·lecció Encontres), 2006, pp. 55-67.

Ricardo Muñoz Suay, «El correo del Max Allá», texto introductorio a la edición facsímil, en formato menor, de El Correo de Euclides, del que, con carácter no venal, se imprimieron 1000 ejemplares en Gráficas Samuel de Segorbe el 13 de diciembre de 1993.

Andrés Trapiello, «Max Aub, caballero de la orden del cícero», en AA.VV., El universo de Max Aub (catálogo de la exposición), Valencia, 2003, pp.78-85.

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Reverso (o página 2) de El Correo de Euclides número 6, fechado en México el 31 de diciembre de 1967: «El retraso se debe a ciertas dudas, falsas esperanzas, a la imprenta y, seguramente, al Correo».

La imprenta que alumbró a una generación de poetas

Ninguna edición de lujo, nada de príncipes ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y más sencilla. Perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad.

Juan Ramon Jiménez (1881-1958), Ideolojía

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Juan Ramíón Jiménez (1881-1958).

El magisterio del ideario y la práctica en el diseño de libros de Juan Ramón Jiménez sobre los principales impresores y editores de la generación del 27 está fuera de toda duda, y basta para ello dar una mirada a algunas de las principales revistas del poeta de Moguer de los años veinte (Índice, Sí, Ley) y confrontarlas con los libros y sobre todo con las revistas que aglutinaron a Manuel Altolaguirre, Max Aub, Jorge Guillén, Benjamín Palencia, Emilio Prados, Pedro Salinas, etc.

La importancia concedida por Juan Ramón a los vínculos entre el poema y su disposición en la página, la atención a los blancos, a la respiración, al equilibrio y la proporción, al papel (ahuesado y marfil, con peso), la preferencia por los formatos reducidos, manejables, las portadas limpias y elegantes o el respeto a los preceptos establecidos por Giambattista Bodoni (1740-1813) en su Manuale tipográfico son seguramente, junto a la preferencia por la Elzeviriana romana y la Bodoni (en menor medida Baskerville y Normanda), el legado que asumieron los tipógrafos más importantes de la generación del 27.

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Sin embargo, a Jiménez bien puede añadirse –empleando el mismo sistema de contrastar ejemplares– el modelo de las Éditions de La Sirène, creadas en 1917 por el empresario cinematográfico Paul Lafitte (1864-1949) y dirigidas entre 1920 y 1922 por el crítico de arte Félix Féneon (1861-1944), con el editor Bertrand Guéguan (1892-1943) como director artístico y el prestigioso tipógrafo, historiador e impresor Marius Audin (1872-1951) como responsable de la impresión. A su alrededor atrajeron a colaboradores de la talla de los grabadores Marcel Roux, Pierre Combet-Descombes y a artistas como Fernand Léger, Pablo Picasso, André Lothe o Jean Cocteau entre otros, y publicaron obras de Blaise Cendrars, Apollinaire y Jean Epstein, si bien su mayor éxito comercial fue la traducción de Théo Varlet al francés de Three Man in a boat, del humorista inglés Jérome K. Jérome.

Alrededor de la revista Litoral, por su parte, se aglutinó un grupo de escritores que, en palabras de José Carlos Mainer, «asumieron con entusiasmo alborozado su condición de minoría literaria y su forma de expresión predilecta fueron las pequeñas revistas poéticas de breve tirada y cuidadosa tipografía». El origen de Litoral, una revista estrictamente poética (sin reseñas, noticias ni ensayos) e ilustrada, está estrechamente vinculado a la compra, por parte del padre de Emilio Prados, de una imprenta que tras un breve paso por la calle Tomás Heredia pasó a instalarse en el número 12 de la calle San Lorenzo con el nombre de Imprenta Sur, que junto con la madrileña Residencia de Estudiantes quizá sea uno de los espacios más míticos en relación a la pléyade de poetas que surgieron por esos años en España. Al frente del proyecto estaba con Prados (1899-1962) el también malagueño Manuel Altolaguirre (1905-1959), con un joven maquinista (y más tarde maestro impresor) José Andrade Martín y una Minerva Monopol de doble fondo alemana, y como regente Antonio Chávez.

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Al abordar la Imprenta Sur es inevitable reproducir, ni que sea fragmentariamente, el retrato que de ella hizo en 1939 el propio Altolaguirre en «Vida y poesía: cuatro poetas íntimos [Prados, Cernuda, Aleixandre y Concha Méndez]»:

Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marítimas, cajas de galletas y vino para los naufragios. Era una imprenta llena de aprendices, uno manco, aprendices como grumetes, que llenaban de alegría el pequeño taller, que tenía flores, cuadros de Picasso, música de don Manuel de Falla, libros de Juan Ramón Jiménez en los estantes. Imprenta alegre como un circo y peligrosa para mí cuando Emilio Prados, tirador seguro, dibujaba mi silueta en la pared con unos punzones. […] Son recuerdos prosaicos. Pero la imprenta era un verdadero rincón de poesía. Con muy pocas máquinas, con muchos sillones, con más conversación que trabajo, casi siempre desinteresado, artístico, porque Emilio era y es el hombre más generoso del mundo.

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Altolaguirre y Prados.

En mayo de 1925, Prados y Altolaguirre ya tenían el primer número de Litoral a punto, pero, para desesperación de sus bisoños colaboradores, se producirían algunos retrasos, debidos en buena medida a su intención de incorporar al primer número a Juan Ramón Jiménez, a quien sin duda buscarían como mentor de la revista tanto por afinidad estética como por ser un nombre asentado y prestigioso en el panorama poético. De octubre de 1925 es tanto la visita que les hace Juan Ramón como una carta que el día 2 manda el librero León Sánchez Cuesta al poeta de Moguer diciéndole: «De Málaga me envía Emilio Prados los boletines de suscripción para Litoral. Parece que va a ser una revista bastante agradable, que aspira a tener la perfección tipográfica que usted ha enseñado a todos a buscar».

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Dibujo de portada de Benjamín Palencia, fechado en Madrid en 1926.

Sin embargo, la primera edición importante llevada a cabo en la Imprenta Sur quizá sea el libro de Emilio Prados Tiempo. Veinte poemas en verso, que aparece con un colofón del 31 de diciembre de 1925, cifra que figura también como pie de imprenta, y de poco después es Adán y Eva, el libro de relatos humorísticos con el que se estrenaba Edgar Neville (1899-1967).

Aún como anuncio de la revista, publican en otoño de 1926 Canciones del farero, de Prados, al que seguirán Las islas invitadas y otros poemas, de Altolaguirre, y ya en noviembre y presentado como segundo suplemento de Litoral, el poemario La amante, de Alberti, quien ha escrito acerca de los artífices de Sur: «Eran los héroes solitarios de la imprenta. De aquel minúsculo taller salían, compuestas pacientemente a mano y letra a letra, las páginas más limpias de toda la lírica de entonces».

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De noviembre y diciembre de 1926 son los primeros números de la revista, y suponen ya una nómina bastante ilustrativa y amplia de lo que se conocerá como generación del 27 (Alberti, Altolaguirre, Bergamín, Cernuda, Guillén, Lorca, Prados…), pero sobre todo da pie a un intento de lograr convertirse en impresores de las muy exquisitas revistas de Juan Ramón, quien a través de Sánchez Cuesta les encarga un presupuesto, y lo mismo hace Dámaso Alonso, que por aquel entonces estaba preparando con Pedro Salinas la colección Primavera y Flor para la editorial Signo (y donde publicarían, ya en 1936, ediciones anotadas de la poesía completa de Luis Carrillo de Sotomayor, El lazarillo o una selección de entremeses de Cervantes, entre otras).

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Federico García Lorca (1898-1936).

Paralelamente, y con una cadencia que no se parece en nada a la anunciada, en la Imprenta Sur van publicándose también, en forma de libro, los llamados suplementos de Litoral. El presentado como primero es sin embargo el quinto en aparecer (en septiembre de 1927), Canciones 1921-1924 de Federico García Lorca, y tal vez ello tenga algo que ver con el tremendo enfado que tuvo el poeta granadino al ver las múltiples erratas con que habían aparecido sus poemas («San Miguel», «Prendimiento de Antoñito el Camborio» y  «Preciosa en el aire») en el primer número de la revista. Las numerosas erratas fueron una lacra que siempre persiguió a Altolaguirre, un problema que las bellas «fe de erratas» que incorporaba a sus libros sólo atenuaban parcialmente.

Aun así, la revista no tardó en despertar la atención de la crítica más atenta a las novedades, y el muy perspicaz Enrique Díez-Canedo (1879-1944) la describía en El Sol (11-3-1927) como «la imprenta de la literatura joven», para poco después, en La Nación de Buenos Aires, caracterizarla como de «excelente tipografía, selección en un sentido de “pureza” un tanto pagada de sí misma», y en octubre de 1928 volver a destacarla en una panorámica sobre la poesía española reciente para la misma publicación argentina.

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Con el muy célebre número triple de la revista con que en otoño de 1927 se homenajeó a Luis de Góngora (1561-1627), en el que colaboraron Juan Gris, Benjamín Palencia, Picasso, Antonio Prieto y Falla, entre otros, se acabó la paciencia del padre de Prados, que es quien había financiado hasta entonces una aventura que siempre estuvo lastrada por problemas económicos, pero en primavera 1929 se salvó la continuidad del proyecto mediante la entrada como socio del poeta José María de Hinojosa (1904-1936), que se convirtió también en el nuevo director. Por su parte, los suplementos habían seguido su curso y habían publicado en ellos (siempre autofinanciándolos, como era práctica habitual por entonces) Bergamín, Cernuda, Aleixandre, Villalón y reiteradamente Hinojosa (La rosa de los vientos, Orillas de la luz y La flor de California), y Sur había dado a conocer también la faceta de César M. Arconada (1898-1964) como poeta a través del volumen Urbe. Cuando se reemprende la publicación, de la que sólo aparecerán ya dos números más (con textos de Éluard, Prados e Hinojosa, entre otros), se publica también el poemario de José Moreno Villa (1887-1955) Jacinta la pelirroja. Poema en poemas y dibujos, como suplemento undécimo.

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Páginas interiores de Jacinta la Pelirroja.

Altolaguirre abandona entonces la imprenta y la revista, al decir de Gonzalo Santonja «por desavenencias estéticas e ideológicas de sus dos compañeros (discreto y clásico Prados, comunista de militancia; surrealista Hinojosa, tradicional y conservador en el terreno político)» y se establece como impresor y editor por su cuenta (en colaboración con Concha Méndez).

Imprenta Sur continúa su andadura como imprenta manual de selectas ediciones de poesía, hasta la entrada en Málaga de las fuerzas franquistas, cuando una de las dos Minerva que tenía por entonces, con algunas cajas y comodines, es trasladada al frente de Vélez de Benaudalla para imprimir propaganda repubilcana, y allí acabará por perderse.

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José María Amado.

Al entrar las fuerzas sublevadas a Málaga, y una vez fusilado Hinojosa, incautan la imprenta y le cambian el nombre por el de Dardo, y pasa ocuparse de imprimir la revista falangista homónima (17 números entre 1937 y 1939, dirigida por José María Amado, sobrino-nieto de Carlos Arniches). Litoral, por su parte, vivirá una segunda época en el exilio, en México, de la mano de Prados, Altolaguirre, Moreno Villa, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos, y contó con la colaboración de ilustradores como Arturo Souto y Rufino Tamayo, pero sólo llegó a publicar tres números en 1944.

En un giro inesperado, en mayo de 1968 (muertos ya Prados y Altolaguirre) Amado lideró una tercera etapa de Litoral en la Imprenta Sur, en la que publicó a varios poetas exiliados (lo que le costó incautaciones por parte de la censura), y en 1975 se unió a la dirección de la revista el pintor Lorenzo Saval, sobrino nieto de Emilio Prados.

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Los empleados de la primera etapa. ante la imprenta Sur.

Fuentes:

Excelente vídeo de Canal Sur (15 minutos) sobre la historia de la Imprenta Sur en el que puede verse la maquinaria usada en los años veinte aún en funcionamiento.

Web de Litoral.

Web de la Imprenta Sur, que sigue en funcionamiento manteniendo el modo de impresión tradicional y puede visitarse.

David Castillo y Marc Sardá, Conversaciones con José «Pepín» Bello, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 24), 2007.

María José Jiménez Tomé, «Bernabé Fernández Canibell, testigo de saber de poesía e imprenta. De Litoral (1926-1929) a Caracola (1952-1961)», Impossibilia, núm. 6 (octubre de 2013), pp. 11-31.

José-Carlos Mainer, La edad de plata (1902-1931). Ensayo de interpretación de un proceso cultural, Barcelona, Ediciones Asenet, José Batlló editor, Los Libros de la Frontera, 1975.

César Antonio Molina, Medio siglo de Prensa literaria española (1900-1950), Madrid, Endymion (Textos Universitarios), 1990.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre. Sueños y realidades del primer impresor del exilio, prólogo de Rafael Alberti, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1995.

La diligencia, Seix y Barral y «la España que no progresa»

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Todas las imágenes de esta entrada pertenecen al mismo volumen. Clicando en ellas, se amplían.

La edición de felicitaciones navideñas, uno de cuyos objetivos era sin duda la promoción editorial o la posibilidad de demostrar la calidad que eran capaces de ofrecer las empresas papeleras y de artes gráficas, fue una actividad muy arraigada durante mucho tiempo en la posguerra española, una costumbre social que generó toda una corriente de coleccionismo, porque, obviamente, y por la cuenta que les traía a los implicados, el resultado era muy a menudo de gran calidad. Masid Valiñas ha escrito al respecto:

La impresión con motivos navideños fue una costumbre que contaba con una importante tradición en Cataluña, pero experimentó un impulso definitivo a partir de 1945, incrementándose en los años siguientes el intercambio y el coleccionismo. Se trataba de impresos en los que las variaciones de formato, temas, técnicas de impresión y estampación se multiplicaban ilimitadamente. De presentación muy cuidada –en forma de díptico, en pliegos con dos dobleces– se imprimían en papeles de calidad, llevando grabados originales y frecuentemente iban iluminados a mano.

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Ilustración en la que, bajo el paraguas, se advierte la firma de Giralt-Miracle.

Recuerda también el mismo estudioso que fuera de Barcelona este tipo de publicaciones apenas tuvieron difusión, si bien menciona también las salidas en Santander de los talleres Hermanos Bedia (imprenta fundada en 1948 por los hermanos Joaquín y Gonzalo Bedia, que publicaría obra a Gregorio Marañón, José María de Cossío, Gerardo Diego y las primeras de José Hierro), así como las editadas por Castalia (antaño tan prolífica y generosa en el ámbito de la bibliofilia), y concluye Masid Valiñas:

El conjunto de estas felicitaciones reproduce el mundo de las ediciones de bibliófilo de la época, conformando un pequeño universo paralelo a todo este fenómeno editorial. A partir de estos especímenes puede elaborarse un auténtico catálogo de ilustradores, impresores, así como de las características formales que identifican a estas publicaciones.

DILItituloCiertamente, la lista de editores, impresores y papeleros que publicaron felicitaciones navideñas es inagotable, y en ella aparecen nombres tan importantes como los de Jaume Pla (1914-1995), Ramon de Capmany (1899-1992) o el ilustrador Pedro Riu, las diversas editoriales de Josep Janés, la Editorial Pérgamo del poeta Carles Fages de Climent (1902-1968), la papelera Luis Guarro Casas, Industrias Gráficas Oliva o el Instituto Gráfico Oliva de Vilanova, el corredor de libros Josep Porter, la Librería Editorial Argos, la Librería de las Galerías Layetanas, las Galerías Syra… Del mismo modo, la nómina de ilustradores es extensísima e incluye a casi todo los grandes nombres de la época.

Ese mismo año 1945 que Masid Valiñas señala como de auge o relanzamiento de este tipo de ediciones, la empresa fundada a mediados del siglo XIX como Tipo-litografía Seix y Librería Barral, que desde 1911 había adoptado el nombre de Industrias Gráficas Seix y Barral Hermanos, publicaba con motivo de las Navidades no ya un díptico o un tarjetón con algún grabado original, sino un sorprendente texto de Mariano José de Larra (1809-1837) destinado a sus clientes y amigos, La diligencia, componiendo un bello volumen.

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A cualquiera que recuerde el inicio de ese excelente e incisivo artículo de costumbres de Larra le asombrará quizá semejante elección para conmemorar las fiestas navideñas en una posguerra española en la que la censura estaba muy vigilante, y si bien es cierto que los volúmenes tan breves no eran objeto de un escrutinio minucioso por parte de las autoridades, es evidente que era arriesgado poner en circulación un texto cuya apertura reza:

Cuando nos quejamos de que esto no marcha, y de que la España no progresa, no hacemos más que enunciar una idea relativa; generalizada la proposición de esa suerte, es evidentemente falsa; reducida a sus límites verdaderos, hay un gran fondo de verdad en ella.

 

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Es posible que a los buenos conocedores de Larra, si tenían buena memoria, esa alusión  no les pasara desapercibida, pero lo cierto es que en la felicitación navideña de Seix y Barral lo que se publicó fue una versión fragmentaria, que suprime toda la introducción y se inicia a partir de «No es fácil imaginar qué multitud de ideas sugiere el patio de las diligencias», con lo cual queda más específicamente restringida a la sociedad contemporánea al escritor y hace más difícil que el lector pueda interpretar (precisamente por el pasaje suprimido) la publicación del texto como una crítica velada a la sociedad franquista. Al fin y al cabo, se ha eliminado casi una tercera parte del texto tal como lo publicó originalmente la Revista Mensajero el 16 de abril de 1835, si bien según la anotación final del volumen de Seix y Barral apareció originalmente en La Revista Española en esa misma fecha, y desconozco si, caso de ser correcto el dato, apareció allí en una versión abreviada. De todos modos, parece evidente que, aun cuando pudiera haber un guiño al lector avisado, la supresión responde más a la voluntad de ajustar el texto a las páginas disponibles que a ninguna otra cosa.

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Se trata de un volumen en octavo menor, de 14 páginas numeradas (a color), con guardas con el logo de la empresa y encuadernadas en cartulina protegida con una sobrecubierta ilustrada y con orlas en relieve, unida a la cartulina mediante solapas. Tanto la cubierta como el interior contienen ilustraciones a color y capitulares historiadas obra de Ricard Giralt-Miracle (1911-1994), cuyo padre Francesc (1873-1947) se había hecho un nombre como grabador y litógrafo precisamente en la Seix Barral, y el propio Ricard se había iniciado en el oficio en la misma empresa. Este mismo volumen de La diligencia es ejemplo de que a su regreso del exilio Giralt-Miracle, además de trabajar en diversos proyectos con Josep Janés, reanudó la relación profesional con la Seix Barral, pero a lo que Giralt-Miracle fue también muy fiel a lo largo de toda su vida, y en particular desde que en 1947 monta Filograf, es a la tradición de hacer, ya a partir de 1953 y hasta 1989, espectaculares plaquetas como felicitación navideña (a las que algunos años añadía otra versión en ocasión de las vacaciones estivales), con textos breves de Cervantes, Dante, Juan Ramón Jiménez, Maragall o Salvat Papasseit, entre otros.

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Nota: La tirada de La diligencia no debió de ser muy reducida, pues todavía hoy pueden encontrarse bastantes ejemplares, en estado de conservación diversos, a precios que oscilan entre los 6 y los 40 euros aproximadamente.

Fuentes:

Sergi Dòria, «El poeta de la tipografía»,Abc, 20 de diciembre de 2009.

Jordi Duró, «Giralt-Miracle y el tiempo libre», en O.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero y Ramos, 2008.

Alfredo Navarro Saldaña, «Ricard Giralt-Miracle», en Educastur, 31 de marzo de 2010.

Zeneide Sardà, Perfils (con prólogo de Jordi Sarsanedas), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1999, pp. 87-96 (entrevista fechada en octubre 1994).

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Los libros buenos de Camilo José Cela

98448-foto_17508_casEstablecer cuándo se produce primera relación de Camilo José Cela (1916-2002) con lo que se conoce como “bellas ediciones” es realmente difícil, pues ya en sus colaboraciones en el periódico del Movimiento Arriba había escrito sobre la materia, pero la primera importante es muy probable que sea a raíz de su relación con el editor catalán Carlos F[rancisco] Maristany Mathieu (1913-1957), quien a mediados de la década de 1940 creó una editorial de azarosa vida destinada a obras muy cuidadas que se estrenó con una edición numerada de 450 ejemplares numerados (33 de ellos firmados) del poemario de Cela Pisando la dudosa luz del día (1945), encuadernado en rústica pero acompañado de una carpeta ilustrada, al que seguiría ese mismo año una del Cervantes de Sebastià Juan Arbó (1902-1984), con cuarenta fotografías de Gabriel Casas (1892-1973). A estas ediciones iniciales seguirían otras de Huizinga (Erasmo, 1946), la de La familia de Pascual Duarte (1946) y de varias obras del ilustrador y padre de los pop-ups Julian Wehr (La cenicienta, 1947; a la que seguirían otras versiones del mismo artista de cuentos infantiles con ilustraciones móviles), antes de tener que cerrar por insalvables problemas económicos, en cuya resolución Cela intentó echar un cable –sin éxito– poniendo a Maristany en contacto con quienes pensaba que pudieran ofrecerle apoyo financiero. La década de los cuarenta es una etapa de auge de las ediciones de bibliófilo en España, e incluso de las bellas ediciones destinadas al comercio regular, y Cela forma parte del numeroso grupo de escritores que, como José M. Pemán o Eugeni d´Ors, contribuyeron de modo importante a su divulgación de los conocimientos necesarios para evaluar, valorar y apreciar adecuadamente las ediciones.

La edición de Ediciones del Zodíaco del Pacual Duarte [sic] incluye en el frontis un retrato del autor.

Vale la pena citar lo que al respecto escribe Germán Masid Valiñas:

Hay un aspecto importante en el Cela editor, y es la renovación introducida en el lenguaje empleado en la descripción de sus ediciones. Liberó la terminología descriptiva de ciertos arcaísmos y estereotipos que venían utilizándose. Además, debió de estar muy bien asesorado por los técnicos, a juzgar por el rigor con que lleva a cabo sus descripciones en las justificaciones de la tirada, que son características de quien conocía los fundamentos de las técnicas de edición e impresión.

Antonio Rodríguez Moñino.

Tan satisfecho quedó Cela con la edición de sus “poemas de una adolescencia cruel”, que cuando se le ocurrió hacer una edición de bibliófilo, en tirada limitada y numerada de La Colmena para obtener de ese modo autorización de la censura para poder publicar esa obra, se puso en contacto con Maristany, y pese al fracaso de ese intento, volvió a recurrir a él para una edición del Pascual Duarte prologada por Gregorio Marañón y se puede conjeturar que, de no ser por la desaparición de Ediciones del Zodíaco, quizás hubiera publicado también Maristany El coleccionista de apodos, que se imprimió en las madrileñas Gráficas Uguina, antes de incorporar ese breve texto (28 pp.) a El Gallego y su cuadrilla.

De pocos años después son las primeras colaboraciones de Cela en la revista que sobre bibliofilia dirigía el erudito Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970) para la editorial Castalia (Bibliofilia, 1949-1957). A modo de sugerencia: acaso no sería mala idea, en algún momento, recopilar, editar debidamente y publicar esos textos dispersos de Cela sobre libros y bibliofilia, ¿o existe ya tal obra y pasó inadvertida?

De 1952 es la edición mínima (55 ejemplares) de Del Miño al Bidasoa con ilustraciones de Teodoro Miciano, de la que se ocupó la Editorial Noguer, que dos años después haría una tirada aún más reducida (15 ejemplares en papel Guarro, firmados por el autor), de Historias de Venezuela. La Cátira (Novela).

De izquierda a derecha: Cela, Tristan Tzara y Jaume Pla.

Sin embargo, es a partir del momento en que en 1954 se traslada a Mallorca cuando Cela impulsará, a menudo con la inestimable colaboración del editor y artista Jaume Pla, algunas ediciones importantes. Allí, ya en 1956 publica por ejemplo 400 ejemplares numerados y firmados por el autor (más otros 50 de I a L) de la traducción al catalán de Miquel M. Serra Pastor de La familia de Pasqual Duarte, con prólogo de Llorenç Villalonga, gracias a la buena labor de la Imprenta Atlante. Pero será sobre todo a través de las Ediciones de Papeles de Son Armadans (creadas a rebufo de la repercusión y éxito de la revista homónima) y de algunas colecciones de Alfaguara, y sobre todo ya en la década siguiente, cuando Cela se prodigará en el ámbito de las bellas ediciones.

Tal vez una de sus ediciones más famosas sea la que, coincidiendo con una corriente en la editorial Destino, llevaron a cabo en gran formato (38 x 26,5) Cela y Pla del Viaje a la Alcarria en la colección Las Botas de Siete Leguas (de las Ediciones de Papeles de Son Armadans) en 1958, que además de un mapa de la Acarria en el frontis contiene 12 puntas de Pla integradas en el texto y un buen número de xilografías. Se tiraron 126 ejemplares, todos ellos firmados por el autor y por el ilustrador, presentados en caja editorial en arpillera. En la Biblioteca de Catalunya se conservan hasta 89 documentos relacionados con el proyecto de encuadernación de esta obra realizados por el ilustre encuadernador Santiago Brugalla i Aurignac (n. 1929). Germán Masid describe este libro como “una de las mejores ediciones en que intervino Jaume Pla; desde el punto de vista técnico es una prolongación del estilo adoptado en todas las ediciones de la Rosa Vera”.

Emili y Santiago Brugalla.

Emili y Santiago Brugalla.

Por esas mismas fechas Pla intentó convencer a Cela para que creara una serie de textos para un proyecto sobre Castilla que finalmente culminó el otro gran prosista de la lengua española del momento, Miguel Delibes, y que se publicó en Edicions de la Rosa Vera con prólogo de Pedro Laín Entralgo. Pero por entonces el escritor gallego estaba a punto de poner en marcha un ambicioso proyecto muy bien estructurado para publicar bellas ediciones en el ámbito de las Ediciones de Papeles de Son Armadans.

Más suerte tuvo en cambio Pla con la propuesta a Cela de que escribiera un conjunto de textos narrativos breves para una serie de dibujos a la cera que había puesto a su disposición Pablo Ruiz Picasso (1881-1972). El texto se compuso a mano, con letras de monotipias fundidas especialmente para la ocasión, y se compuso con el esmero necesario para evitar tanto la partición de palabras a final de línea como las líneas viudas (la última de un párrafo a principio de página) o huérfanas (la primera de un párrafo a final de página), y con una esmerada reproducción de los colores que cabe atribuir al propio Jaume Pla.

De este cúmulo de experiencias surgirían una serie de colecciones, “las Juanes”, definidas sobre todo por géneros y estrechamente asociadas a la revista:

-Juan Ruiz (poesía), que arrancó con Paisaje con figuras (1956) por el que Gerardo Diego obtendría el Premio Nacional de Literatura,y publicó también Signos del Sur (1962), de Emilio Prados (coincidiendo con su muerte).

-Joan Roiç de Corella (poesía catalana), una colección frustrada por falta de suscriptores que debía estrenarse con Comèdia, de Blai Bonet, y en la que estaban proyectadas ediciones de Gàrgola, el vent, Tirèsies, de Salvador Espriu; Lletres d´un viatge y El cop a la terra, de Joan Perucho, y obras de Joan Vinyoli, J.V. Foix, Carles Riba, Jaume Fuster, Jordi Sarsanedas y Joan Teixidor.

-Juan Rodríguez (poesía gallega), al parecer, también nonata.

-Juan del Encina (teatro), que se estrena con Un hombre ejemplar (drama en dos actos, dividos en dos cuadros), de Fernando Lázaro Carreter.

-Joan Timoneda (relatos), que inicia su camino publicando a Manuel Blanco González Tu mundo propio (1962) y a continuación a María Josefa Canellada La verdadera historia de Montesín (1972)

-Juan Lanas (ilustraciones), donde aparecen los cien ejemplares de los grabados de Joan Todó con el título Los oficios del mesón (1961).

-Juan de Juanes (obra gráfica de pintores de primera fila como Picasso o Joan Miró).

-Príncipe don Juan Manuel (ediciones ilustradas de obras del propio Cela), como Los solitarios y los sueños de Quesada (1963), en formato apaisado (45 x 35) con textos de Cela y láminas del pintor Rafael Zabaleta (1907-1960), de la que se hizo una edición de 299 ejemplares en papel Guarro, o la Gavilla de fábulas sin amor (1962) ilustrada por Picasso y de la que se hizo una tirada más larga (2000 ejemplares).

Aun así, mayores ambiciones bibliográficas tendrían las colecciones celianas Museo Secreto y Puerto seguro, destinadas a divulgar el libro bellamente editado entre el los lectores no particularmente inclinados a él, y en especial las colecciones Amans Amens y El Gallo de la Torre, ya en la etapa madrileña y estrechamente vinculadas a Alfaguara.

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Camilo José Cela.

Fuentes:

Web de la revista Papeles de Son Armadans.

Fernando Huarte Morton, «Camilo José Cela, bibliófilo y editor», Actas de la VIII Escuela de Verano del CREPA, Madrid, Comunidad de Madrid, 2006, pp. 45-56.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

Adolfo Sotelo Vázquez, Camilo José Cela, perfiles de un escritor, Sevilla, Renacimiento, 2008.

Adolfo Sotelo Vázquez, «Primeras andanzas de los papeles mallorquines de Camilo José Cela», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 688 (febrero de 2005), pp. 70-86.

 

 

 

 

Influencia de las artes gráficas francesas en España: la Agrupación de Amigos del Libro de Arte (1927-1935)

Louis Jou trabajando en su taller en Baux-de-Provence.

Si bien la introducción e influencia de las artes del libro francesas en las peninsulares puede muy bien remontarse a la segunda mitad siglo XVIII, es evidente que esa tendencia se intensifica con hechos como el establecimiento en Barcelona de la Fundación Neufville el siglo siguiente, la creación por Mariezcurrena del primer establecimiento dedicado al fotograbado en Barcelona (tras un aprendizaje en París con Guilllot) o las estancias más o menos prolongadas en Francia de ilustradores como Daniel Urrabieta Vierge (1851-1904), Louis Jou (Luis Felipe-Vicente Jou i Senabre, 1881-1968) o Josep Simont Guillén (1875-1968) o bien de tipógrafos impresores y diseñadores de tipos como Julià Grifé, José Mendoza y Almeida (n. 1926) y Enric Crous-Vidal (1908-1987). En un comentario acerca de la edición en Francia de la traducción en verso que el poeta Jorge Guillén hiciera de Le cimetière marin de Paul Valéry, Andrés Trapiello hace una puntualización interesante al respecto:

Aunque ciertamente formaba parte de una edición para bibliófilos afortunados, está tan cerca del ideal dorsiano de la «obra bien hecha» que sin duda su ejemplo acabó irradiando hacia libros y ediciones destinadas a un público mayor […] Todos los [libros] de esta colección venían con sus estuches de papel charol, su envoltorios en papel cristal y sus indelebles tipografías en inmejorables tintas. Sus formatos discretos y sus encuadernaciones los hacen aptos para ser leídos, no sólo para ser admirados como suele ser habitual en esta clase de ostentosos despliegues bibliofílicos.

Eugeni d´Ors.

La colección a la que hace referencia es la que entre 1927 y 1935 puso en circulación, en tiradas muy limitadas (de trescientos ejemplares) la Agrupación de Amigos del Libro de Arte (ALA), a cuyo frente se encontraban el filósofo catalán Eugeni d´Ors (1881-1954) y la mecenas y activista cultural argentina Adelia de Acevedo, apoyados por una Comisión Directiva en la que figuraban, entre otros, los profesionales y coleccionistas argentinos Eduardo J. Bullrich (1895-1951), Carlos Marcelo Mayer (1879-¿?) y Alfredo González Garaño (1886-1969), algunos de los cuales se vinculaban a través del legendario editor bonaerense Domingo Viau (1884-1964). El propio d´Ors lo contaba del siguiente modo:

En el invierno de 1921 nos reuníamos el grupo de siempre [en París], amigos de las manifestaciones diversas del vivir espiritual, en las casas amigas, y por turno. Ocasión a cada una de la reuniones daba una conferencia, una lectura, la visita al estudio de un pintor…

Inicialmente la asociación adoptó el nombre de La Rueda, que cambió en 1922 por el de Sociedad para el Estímulo de las Artes, antes de tener el definitivo al año siguiente. Los libros se editaron gracias sobre todo a la colaboración de algunos de los más prestigiosos profesionales y artistas del libro franceses, y el primero de ellos fue una obra poco conocida del dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), aparecida inicialmente en Flores del Parnaso, cogidas para el recreo del entendimiento por los mejores Ingenios de España en loas, entremeses y mojigangas (Zaragoza, 1708), La mojiganga de la Muerte, en un texto establecido por el filólogo Ángel Valbuena Prat (1900-1977). Se trata de una obra que muy probablemente no se había vuelto a dar a la imprenta desde 1850, cuando el editor madrileño Manuel Rivadeneyra (1805-1872) la publicó en el volumen de Comedias de Don Pedro Calderón de la Barca, en edición de Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), dentro de su muy ambiciosa aunque filológicamente poco fiable Biblioteca de Autores Españoles.

La edición de ALA, publicada en 1927 y destinada a sus socios, se acompaña de un breve texto de presentación de Azorín y se cierra con un apéndice del hispanista J.B. Trend, y sus páginas están salpicadas de grabados de Maxime Dethomas (inmortalizado por su amigo Toulouse-Latrec en un cuadro célebre y también por Opisso), que el prestigioso Léon Pichon se ocupó de grabar al boj, además de haber diseñado e impreso la obra.

A éste siguió en 1929  un breve librito (43 pp.) del escritor uruguayo (por azar) Jules Supervielle (1884-1960), Trois Mythes, con un boj en el frontispicio del ilustrador y humorista Pierre Falké (1884-1947), que el año anterior había ilustrado una famosa selección de los Contes de Charles Perrault para Au Sans Pareil (la editorial creada por René Hilsum, que fue el primer impulsor de los surrealistas y del Dadá). Trois Mythes se terminó en la distinguida imprenta de Robert Coulouma, en la que por entonces era director artístico el ilustrador Henri Barthélemy (1884-1977), en colaboración con Le Service Typographique.

Héctor Basaldúa.

También a un escritor latinoamericano se dedicó la siguiente obra, Los consejos del Viejo Vizcacha y de Martín Fierro a sus hijos (1928) de José Hernández, precedido de un prólogo de Eugenio d´Ors e ilustrado con grabados al cobre de Héctor Basaldúa (luego famoso por sus ilustraciones de libros borgeanos).

La ya mencionada edición bilingüe de El cementerio marino, de Valéry, fue la primera obra de autor francés, ornamentado por Gino Severini con grabados en madera de Pierre Dubreuil y tipografía en azul y negro impreso por Pichon sobre papel Arches. Y el último libro de ese prolífico 1928 fue La Vie Brève. Almanach, de Eugenio d´Ors, en traducción del hispanista Jean Cassou (1897-1986), con litografías originales de Marià Andreu (1888-1970) y diseñado e impreso de nuevo por Coulouma.

En diciembre de 1930 aparecía del Duque de Rivas (1791-1865) una edición facsímil de un libro publicado en Cádiz en 1814, Las poesías de Don Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, acompañada de un prólogo de Narciso José Liñán de Heredia (1881-1955), tercer conde de Doña Marina. Lo que singulariza este libro, sin embargo, son las cuatro láminas con fotomontajes a modo de collages que lo ilustran, obra de Adelia de Acevedo.

A partir de ese momento el ritmo de esas ediciones en que confluyen españoles, latinoamericanos y franceses se sosiegan. De 1931 es L´Art de plaire a la court, del político y hombre de letras Nicolás Feret (h. 1596-1646), en un texto establecido por Maurice Magendie y un prólogo del coleccionista, mecenas y traductor René Philipon (1870-1936), así como una traducción bastante singular, la de Ollantay. Drama Kechua, llevada a cabo por Miguel A. Mossi y versión francesa de Gavino Pacheco Zegarra, con un prólogo de Ventura García Calderon y grabados al boj a color de Pablo Curatella Manes, que imprimió Pichon.

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Esta obra fundacional y al parecer anónima y de transmisión oral se publicó por primera vez en 1857 en la doble versión quechua y alemana gracias a la labor del lingüista y naturalista Johan Jakob von Tschudi (1818-1889), y la primera en lengua española no se publicó hasta 1868 en traducción del filólogo y también naturalista José Sebastián Barranca; desde entonces no se había vuelto a traducir.

El hecho de que pasen dos años hasta la publicación del siguiente libro de ALA ya es indicativo de las dificultades para mantener un ritmo sostenido. Hasta 1934 no aparece Primavera portátil, de Adriano del Valle (1895-1957), que se publica con cuatro litografías coloreadas a mano firmadas por Octavio de Romeu (es decir, Eugeni d´Ors), en lo que Trapiello decribe como «tal vez uno de los libros mejor editados en la historia de la poesía española del siglo XX».

El año siguiente llegan a su fin las ediciones de la ALA con Via Appia, quelques essais d´epigraphie lapidaire exposés au premier salón de l´art mural, para el que Ors escribe una amplia introducción y que, excepcionalmente, imprime el célebre poeta, tipógrafo, diseñador e impresor Guy Lévis-Mano (1904-1980).

Hay noticia aún, porque en el intenso esfuerzo de Ors para dar a conocer estas ediciones las publicitó profusamente en en sus artículos periodísticos, del proyecto de publicar una obra que no llegó a ver la luz, el conocido como «Journal d’Alicante», escrito en inglés por Valéry Larbaud, cuyo texto no se establecería hasta mediados de siglo cuando Gallimard lo publica formando parte del volumen Journal inédit, Oeuvres completes 9, con presentación y notas de Robert Mallet.

Edmond Desjobert.

A los ya mencionados, hay que añadir otros colaboradores franceses, como el grabador y luego importante fotógrafo Pierre Dubreuil (1872-1944), el estampador litográfico Edmond Desjobert (célebre por sus colaboraciones con Picasso) o el diseñador gráfico Alfred Latour (autor del logo de ALA). Estos volúmenes diseñados con exquisito gusto, impresos con esmero sobre papeles bien seleccionados, encuadernados en rústica pero cudiadosamente protegidos con forro de papel cristal, estuche en cartoné con papel charol y etiqueta constituyen una serie con unos criterios literarios bastante abiertos y definidos (obras poco habituales o inéditas del ámbito español, latinoamericano o francés) y unos parámetros formales que no son impensables para ediciones destinadas al público general, lo que, como apunta Trapiello, fue un modo espléndido de divulgación en España de lo mejor que en el campo de las artes gráficas se estaba haciendo por entonces en Francia.

Fuentes:

César González Ruano, «Conversación con Eugenio d´Ors», Arriba, 25 de julio de 1954, pp. 7-8.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

Ramon Miquel i Planas, «El arte en la ilustración del libro», conferencia presentada en el Salon du Livre d´Arte de París el 1 de septiembre de 1931 y publicada en español en Ensayos de bibliofilia, Barcelona, Miquel Rius, 1929.

Ramon Miquel i Planas (1874-1950).

Monte-Cristo [Eugeni d´Ors], «Los trabajos artísticos de Doña Delia de Acevedo», Blanco y Negro (Abc), 23 de mayo de 1926, pp. 79-80.

Monte-Cristo [Eugeni d´Ors], «El salón de la señorita Adelia de Acevedo», Blanco y Negro (Abc), 18 de noviembre de 1928, pp. 80-81.

Alfonso Reyes, «El Cementerio Marino en español», Monterrey (Río de Janeiro), núm. 6.

Andrés Trapiello, Imprenta moderna. Tipografía y literatura en España, 1874-2005, Valencia, Campgràfic, 2006.

La autopublicación como venganza ante el rechazo editorial (Max Aub y su Fábula verde)

Si alguien duda que Max Aub (1903-1972) fue un escritor original, arriesgado y singular desde el principio de su carrera, le bastará con echar un vistazo a su cuento largo o novela breve Fábula Verde para convencerse, y es posible que ello le permita además comprender mejor ciertos aspectos de obras tan importantes ysingulares en la historia de la literatura española como Jusep Torres Campalans (1958), Crímenes ejemplares (1957), Antología traducida (1963), Juego de cartas (1964) o Signos de ortografía (1968).

Fábula Verde

Edición del Archivo Biblioteca Max Aub, 1993.

Si bien la escribió en 1930, la primera edición de Fábula Verde indica en el colofón que acabó de imprimirse el último día de diciembre de 1932 (dato sospechoso), y este retraso encuentra explicación en otra de las mejores novelas de Aub, La calle de Valverde, a través del personaje del incipiente escritor Victoriano Terraza, de quien desde que a finales de los años veinte llega a Madrid y se adentra en el mundo editorial como corrector de estilo, se afirma: “Se sentía capaz de remedos, acomodándose al estilo de las narraciones que publicaban [Antonio] Espina, [Pedro] Salinas, Valentín Andrés Álvarez o Max Aub en la Revista de Occidente.” Lo cierto es que por aquel entonces en Revista de Occidente Aub sólo había publicado un fragmento de otra novela, Geografía (en el número de octubre de 1927), de la que ya habia aparecido un fragmento en la murciana revistat Verso y prosa (octubre de 1927) y luego aparecerían otros en los Cuadernos Literarios de La Lectura (1929) y en La Gaceta Literaria (octubre de 1929, bajo el título “Páginas rectificadas. Capítulo de un libro”).

La calle de Valverde en 1930.

Sin embargo, el mismo pasaje de La calle de Valverde deja claras otras cosas acerca del chasco que se llevó Terraza:

Fabricó un relato según las leyes otorgadas en la Deshumanización del arte por don José Ortega […] Subió una tarde a la redacción de la revista, horas antes de la tertulia del oráculo; entregó su original a Fernando Vela, con dignidad fingida, seguro de que su nombre era conocido del secretario de publicación. Quedó en volver en quince días. […] De nada le sirvió la propuesta calma cuando Benjamín Jarnés, factótum de la nueva generación, le dijo con aire protector:

–Está bien, pero podría estar mejor. ¿No tiene otra cosa?

Fernando Vela, sentado en una mesa frontera, hacía como que no oía. Bofetada.

Benjamín Jarnés (1888-1949).

Sin embargo, las cosas se aclaran un poco más gracias a una carta fechada el 16 de febrero de 1970 que Aub envió a Ignacio Soldevila Durante (1929-2008), y que le permite escribir al añorado y eminente aubiano: “A Max Aub le dolió profundamente el rechazo de su texto Fábula verde que él había escrito para la colección Nova Novorum de las Ediciones de la Revista de Occidente, y probablemente más aún por el comentario irónico con que lo acompañaron”, comentario que en nota explica Soldevila que fue “demasiado vegetales, en opinión de Fernando Vela”. Sin embargo, acudiendo directamente al epistolario, Aub es más explícito: “Vela me rechazó –por boca de Jarnés– Fábula verde en aquellos días “porque había demasiados vegetales” (sic). Me puse negro y dejé de leer la revista. Palabra”. Ya tiene retranca que luego fuera precisamente Benjamín Jarnés quien escribiera una reseña elogiosa a esta novelita de Aub en la Revista de Occidente, que se recogió además en El libro de Esther (Espasa Calpe, 1935, y José Janés Editor, 1948).

Genio y figura, tras este rechazo por la cantidad de elementos vegetales que en él aparecían, Max Aub decidió publicar por su cuenta y riesgo una tirada corta de Fábula verde, pero no de cualquier manera, sino en una edición profusamente ilustrada con una serie de grabados de tema botánico (es decir, más vegetales) procedentes de las Icones et descriptiones plantarum, quae aut sponte in Hispania crescunt aut in Hortis Hospitantur, a partir de la edición en seis volúmenes que de esta obra del botánico e ilustrador alicantino Antonio José Cavanilles (1745-1804) había hecho la Tipografía Real de Madrid entre 1791 y 1801.

Los primeros libros que se autopublicó Aub, siempre en tiradas cortas, se habían impreso en Barcelona: Los poemas cotidianos (1925) y Teatro incompleto (1931) en la Imprenta Omega, y Narciso (1928, con un dibujo de Josep Obiols) en la Imprenta Altés, pero Fábula verde la imprime en la valenciana Imprenta Moderna, de donde posteriormente saldrían también su poemario A (1933, con dibujos de Genaro Lahuerta y Pedro Sánchez, “Pedro de Valencia”), el Luis Álvarez Petreña (1934, aunque con pie editorial de la barcelonesa Luis Miracle) y su Proyecto de estructura para un teatro nacional y escuela de baile (1936), del que Andrés Trapiello ha escrito que “tanto por dentro como por fuera sorprende en este memorial los alardes tipográficos de todo orden, combinación de distintas letras y una hábil mezcla de cuerpos, y sabios y generosos blancos”.

Amparo Soler

Amparo Soler (1921-2004).

Fábula Verde, pues, salió de los talleres de la valenciana Imprenta la Moderna (c/ de las Avellanas, 9), que no tardaría en hacerse muy conocida durante la guerra por imprimir la célebre revista cultural Hora de España (1936-1938), fundada por Manuel Altolaguirre, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Rafael Dieste y Antonio Sánchez Barbudo. Su fama se prolongó hasta nuestros días, sobre todo porque en ella se formó una de las editoras pioneras y más importantes del siglo XX en España, Amparo Soler, quien con su hermano Vicente creó tras la guerra Gráficas Soler y posteriormente, en 1946, la célebre editorial Castalia. Así lo recordó la insigne editora:

Tendría yo unos diez años y aprendí muchísimo de los cajistas, de los linotipistas, y fue una época de aprendizaje. Mi padre era un obrero de la Tipográfica Moderna. Era maquinista, es decir quien tenía a su cargo la máquina de imprimir. Yo estaba a pie de la máquina, recogía los pliegos que caían en una bandeja y comprobaba si había algún error de color, líneas desfasadas o borrosas. Empecé a trabajar a los diez años [1931] y hacía muchas cosas.

Las fechas ya son suficientemente indicativas, pero por si alguien albergara cualquier duda acerca de si el joven escritor y la jovencísima editora se conocieron, el libro de Max Aub La gallina ciega. Diario español deja constancia de que sí, se conocieron.

Página del Icones et descriptiones de Cavanilles.

La primera impresión de Fábula verde es un volumen en folio (30 cm) con las páginas sin numerar y con las ya mencionadas ilustraciones en filigrana verde (por si acaso fuera necesario más verdor).  Se hizo una tirada de 180 ejemplares sobre papel verjurado, encuadernada en rústica y en estuche, y una de veinte ejemplares sobre papel de hilo Guarro, la mitad de los cuales con dibujos originales de Genaro Lahuerta y Pedro de Valencia en la portada.

Como (otras) curiosidades, valga añadir que existe una novela de ciencia ficción destinada a jóvenes con el mismo título, escrita por Isabel Mesa Gisbert y publicada por Grupo Editorial Norma en 2014, y que la última vez que consulté precios sobre la primera edición de Fábula verde hallé un ejemplar de los 180 corrientes, con dedicatoria del autor, al divertido precio de 900 euros. Poco podía imaginarlo Aub.

Fuentes:

Max Aub.

Max Aub, Fábula Verde, prólogo de J. de la Peña, edición de Miguel Ángel González Sanchí, Laura Gadea Péres, Pau Expósito Andrés, Mª Ángeles Sales Navarro y Ángel Torres Martinez, Segorbe, Archivo Biblioteca Max Aub (Biblioteca Max Aub 1), 1993.

Max Aub, La calle de Valverde, edición de José Antonio Pérez Bowie, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas 234), 1985.

Max Aub, “Fábula verde”, en Obras Completas. Relatos I: Fábulas de vanguardia y Ciertos cuentos mexicanos, edición de Franklin García Sánchez, València, Biblioteca Valenciana, 2006.

Max Aub-Ignacio Soldevila, Epistolario, 1954-1972, edición de Javier Lluch Prats, Segorbe, Fundación Max Aub (Epistolario Max Aub 4), 2007.

André Camp, “Las memorias de Max Aub”, en el catálogo de la exposición El universo de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003 pp. 65-77.

Marcia Castillo y Begoña Sáez, “Mujer, simbolismo y parodia en Fábula verde”, en Max Aub y el laberinto español, Valencia, Ayuntamiento de Valencia, 1996, vol. I, pp. 417-424.

Ignacio Soldevila Durante, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Valencia, Biblioteca Valenciana (Colección Literaria), 2003.

“Amparo Soler conversa con Elena Catena”, en Felicidad Orquín, ed., Conversaciones con editores. En primera persona, Madrid, Siruela, 2007, pp. 25-34.

Andrés Trapiello, “Max Aub, caballero de la Orden del Cícero”, en el catálogo de la exposición El universo de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003, pp. 79-85.