Los Signos de ortografía de Max Aub

Javier Quiñones, tal vez quien más a fondo y mejor se ocupó de la veta aforística de Max Aub (1903-1972), puso de manifiesto en el prólogo a su edición de Aforismos en el laberinto la variedad de técnicas de las que se sirvió el autor valenciano en su obra Signos de ortografía, compendio de brevísimos textos de tipo aforístico en los que hace juegos malabares con la terminología de la edición y de la imprenta, que con el paso del tiempo se convirtió en piedra de toque y texto de culto entre los fanáticos de las letras (de imprenta). Y ni siquiera a libro llega: ocho páginas apenas, de las que dos de ellas son colages en los que se combinan imágenes y tipos.

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Ni siquiera el primer gran estudioso de la obra aubiana, Ignacio Soldevila (1929-2008), en su utilísima bibliografía de la obra del autor conseguía situar este título en otro apartado que no fuera el de «Ensayos, estudios, prosas y misceláneas», a lo que nada hay que discutir porque, como tantas veces ocurre con Max Aub, su obra es en esencia inclasificable, es obra de creación literaria en todo el sentido de la palabra. Por tanto, tampoco habría nada que objetar a que en sus obras completas se incluyera en el volumen dedicado a la poesía.

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Signos de ortografía aparece en el momento de plenitud de Aub, en las páginas 31 a 38 del número 23 de la mexicana Revista de Bellas Artes, con fecha de septiembre-octubre de 1968, una etapa en la que, en palabras de Quiñones, «se observa que esa tendencia a la esencialidad, que desemboca en el empleo del aforismo, se acentúa en la última etapa del escritor». El mismo Quiñones escribe al analizar  la recopilación de textos periodísticos Todo es vida: «Aub poseía, en la madurez de su estilo, un absoluto dominio de todo lo que podemos llamar en sentido amplio artificio retórico, de modo que en sus párrafos podemos encontrar numerosos procedimientos», y eso permite a este especialista en la obra aubiana detectar una amplísima diversidad de procedimientos creativos, algunos de ellos de innegable estirpe ramoniana. En otras palabras, el máximo de recursos para crear los más breves textos. La huella de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) es evidente, como lo son quizás en menor medida las de Juan Ramón Jimémez (1881-1958) y José Bergamín (1895-1983), pero Aub se sirve también de los refranes tradicionales, para darles la vuelta como a un calcetín, que en ocasiones desembocan en juegos conceptuales que en nada desmerecen junto a los de Quevedo, o en juegos de palabras de signo más simplemente humorístico en la onda de un Jardiel Poncela. O, de nuevo citando a Quiñones, crea «textos en los que se mezclan varios géneros: el aforismo, la sentencia y el microrrelato».

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Quizá sea su misma brevedad, la convivencia con otros textos muy concisos de Aub de mayor éxito y cercanos al microrrelato, o incluso la magnitud oceánica del, por fortuna, grafómano impenitente que fue este escritor valenciano nacido en París y que vivió buena parte de su vida en México, lo que explique que esta pequeña joyita que es Signos de ortografía no haya recibido mayor atención por parte de la crítica académica, o acaso sea la dificultad misma para situarla en un género determinado, pues incluso al de aforismos en un sentido amplio consigue escapar.

Difícilmente esa poca atención que se le ha prestado sea explicable por el aspecto visual de la primera edición (en la que aparece en una revista de poca difusión fuera de México y en compañía de textos de William Burroughs y una antología de poetas estadounidenses), pero lo cierto es que no se encuentra entre las más afortunadas del autor. Visualmente, como señaló Andrés Trapiello, esta edición tiene intensas connotaciones de la moda pop, muy en boga en esos años y en la que ya puede percibirse una incursión de Aub a propósito de la portada del libro Pruebas que la editorial Ciencia Nueva le había publicado en su colección Los Complementarios de Ensayistas Españoles Contemporáneos el año anterior.

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Sin embargo, que yo sepa, todavía no se ha descubierto un conjunto mayor de textos brevísimos de Max Aub acerca de los que quien fuera mano derecha del prolífico escritor en tareas editoriales, Bernardo Giner de los Ríos, dejó algunas pistas sueltas durante el congreso que se celebró en Valencia en 1993:

A su muerte [la de Aub, 1972], yo tenía entre manos una colección de crímenes que no recuerdo si se titulaban Crímenes de imprenta o Crímenes tipográficos o algo parecido; la intención era casi poética y yo me la había planteado como un reto personal: cada crimen estaría ilustrado con su tipografía, ocuparía una página, e iría acompañado por grabados que mostrasen las máquinas, los chibaletes, los linotipos, los tipómetros y toda la parafernalia que agrupaba un taller de imprenta; devolví el original y no sé qué suerte habrán corrido.

Sin duda la idea parece excelente, y más todavía cuando cada vez son menos las personas que saben qué es un chibalete o un tipómetro (por lo cual quizá convendria acompañarlo de un breve glosario). Qué bueno sería que una idea semejante fuera llevada a la práctica.

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Dámaso Alonso, Max Aub y Pedro Salinas,

Fuentes:

Max Aub, Signos de ortografía, Revista de Bellas Artes (México), núm. 23 (septiembre-octubre de 1968), pp. 31-38.

Max Aub, Signos de ortografía, prólogo de Rafael Prats Rivelles y poesías visuales de Bartolomé Ferrando, edición facsímil de la primera edición, València, Fundación Max Aub-Campgràfic, impreso en los talleres del impresor José Luis Martín, 2001.

Max Aub, Aforismo en el laberinto, prólogo de José Antonio Marina, edición e introducción de Javier Quiñones, Barcelona, Edhasa (Aforismos 30), 2003.

Max Aub, Todo es vida. Elogios y alabanzas, edición de Javier Quiñones, Segorbe, Fundación Max Aub, 2009.

Bernardo Giner de los Ríos, «Max Aub: tipógrafo y editor. Una visión parcial», en Cecilio Alonso, ed., Actas del Congreso Internacional Max Aub y el Laberinto Español, Valencia, 1993.

Javier Quiñones, «Concepto y agudeza. Max Aub en la tradición aforística», texto leído en el Congreso Internacional del Centenario «Max Aub, testigo del siglo XX», celebrado en Valencia en abril de 2003.

Ignacio Soldevila, Elogio de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003.

Andrés Trapiello, «Max Aub, caballero de la Orden del Cícero», en AA.VV., El universo de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003.

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Una errata de campeonato (y la mala pata de Ramón J. Sender)

“Defendía las erratas en nombre de la libertad de imprenta”

Max Aub

Es bien conocida la obsesión de Ramón J. Sender por retocar una y otra vez algunas de sus obras, en algunos casos para afinar cuestiones de estilo, pero más a menudo para reestructurar algunas novelas, fusionar varias de ellas o reconvertirlas, cosa que siempre conlleva el riesgo de arreglar algunas cosas y estropear otras. La cuestión de los cambios de título, en el caso de Sender, son peccata minuta, y seguir el proceso mediante el cual una novela breve como El Tonatio (Historia de un soneto) se convierte en El extraño señor Photynos resulta bastante asombroso, y abundan los casos similares. Como es también conocido, una de las novelas más célebres de Sender, Réquiem por un campesino español (Nueva York, Las Americas Publishing, 1960), se dio a conocer por primera vez en México con el título Mosén Millán en la colección Aquelarre.

Hace ya un tiempo, el escritor Sergio Molino se entretenía en glosar una errata bastante suculenta, y unos años despues Begoña Tauler recogía en su blog Érase una vez, entre otros casos no menos jugosos, ese mismo patinazo procedente de la edición de Editores Mexicanos Unidos que había reconvertido por su cuenta y riesgo el título en la cubierta por Réquiem para un campesino español, y como bien sabe el seguidor de Negritas y Cursivas, cuando una errata se cebaba en una obra de Sender, era difícil erradicarla, por disparatada que ésta fuera. En el caso de esa desafortunada errata, lo realmente asombroso es que se vio repetida en la portada de las ediciones de Editores Mexicanos Unidos hasta los primeros años setenta, aun cuando el diseño de las mismas iba cambiando.

1968.

Sin embargo, la pionera en meter la pata en este asunto parece ser que fue Editores Mexicanos Unidos que la creó en una primera edición de esta novela de Sender prologada por Julia Uceda (n. 1925) y con el texto ya mencionado de Bernadette, en 1968; la mantuvo en la de 1970, la reiteró en 1971, y con un tercer diseño de portada, volvió a repetirla en su edición de 1975. Una marca difícil de superar. Dándole vueltas al asunto, uno podría suponer que el diseño de 1968 y 1970, al disponer de semejante modo “para un campesino español” lo que pretendía era crear un remedo de acróstico en el que se leería “Réquiem PCE”, lo que sin duda podría tener su gracia en ese momento histórico y procedente de un editor anarquista,  pero eso no basta para explicar la errata por/para.

1971. La errata aparece sólo en la cubierta, pero no en la portada, y atribuida a Editorial Puente (Editores Mexicanos Unidos).

A pesar de su nombre, al frente de Editores Mexicanos Unidos había ciertamente un solo editor, el anarquista Fidel Miró (1910-1998), que era catalán de origen, si bien el resultado de la guerra civil española lo había llevado, tras un paso por Francia y por la República Dominicana, a la capital mexicana en 1944. En México se sumergió de inmediato en el mundo del libro, inicialmente en la Unión Distribuidora de Ediciones de su excompañero en las Juventudes Libertarias Ricard Mestre Ventura (1906-1997), quien tras el cese de actividad de la editorial Minerva (1940-1946) se había pasado al ámbito de la distribución. También Miró hizo sus pinitos en este ramo, con la creación de México Lee, como paso previo a la fundación con Bartomeu Costa-Amic (1911-2002) y Pedro Frank de Andrea (n.1912-¿?) de Libro Mex Editores.

Editores Mexicanos Unidos, 1971. Adviértase la mínima diferencia de diseño con la anterior.

Fue sin embargo cuando se cumplía una década de su llegada a México, en 1954, cuando, una vez disuelta la asociación con Costa-Amic, creó Editores Mexicanos Unidos, que aún hoy sigue en funcionamiento en manos de sus descendientes. Además de alguna que otra obra del propio Miró (Cataluña, los trabajadores y el problema de las nacionalidades, entre ellas), desde esta editorial se han dado a conocer algunas obras que han contribuido a divulgar el pensamiento libertario en América, además de a autores tan diversos como Flaubert, Saint-Exupéry, Galdós, Rómulo Gallegos, Hemingway o Rubén Darío, en la colección de Literatura Universal, o antologías poéticas de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Nicolás Guillén o Alfonsina Storni entre otros muchos.

 

1975. El año anterior había sido autorizada su publicación en España.

 

Es cierto, como todo corrector más o menos avezado sabe, que las cubiertas, portadas y portadillas son una auténtica trampa, y que la vista tiene una poderosa tendencia a pasar rápidamente sobre ellas, no sólo porque debería ser lo más cuidado, sino también porque el mayor tamaño de la letra hace impensable que se produzca ahí una errata. Pero ese mismo corrector sabe que la errata está siempre agazapada donde menos se la espera dispuesta a saltar a la vista.

Aun así, el caso de la mala pata de Sender con las erratas es digno también de un estudio pormenorizado, porque parece un campo abonado.

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Fuentes:

Teresa Férriz, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Rafael Maestre Marín y Pilar Molina Beneyto, “Editores Mexicanos Unidos: La obra cultural del exiliado Fidel Miró”, Migraciones & Exilios. Cuadernos de la Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos (AEMIC), núm. 2 (diciembre de 2001), pp. 241-247.

Josep Mengual Català, “Intertextualidad y proceso creativo en El extraño señor Photynos”, en Fermín Gil encalbo y Juan Carlos Ara Torralba, eds., El lugar de Sender, Instituto de Estudios Altoaragoneses-Instituto Fernando el Católico, 1997, pp. 527-538.

Sergio del Molino,”Fe de errores“, Blog de Sergio del Molino, 31 de enero de 2011.

Juan Tapia, “Fidel Miró y el movimiento libertario de Cataluña”, Destino, núm 1.967 (14 de junio de 1975), p. 36.

Begoña Tauler, “Portadas con errores… (erratas y otros deslices)Érase una vez, 24 de septiembre de 2013.

Jesús Vived Mayral, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma (Voces/Clásicas), 2000.

Adolfo Castañón, el sabio del Fondo

Hace ya mucho tiempo que circula el rumor, la leyenda urbana o vaya usted a saber qué de que el nombre Fondo de Cultura Económica nació de una errata y del celo excesivo de un corrector tipográfico, pues originalmente debía llamarse Fondo de Cutlura Ecuménica, cosa que resulta bastante lógica. En cualquier caso, si non è vero,è ben trovato.

Más interesante y menos conocido quizá es que el autor del logo de esa editorial fue obra de uno de los poetas españoles importantes del siglo XX, José Moreno Villa (1887-1955), que recaló en México como consecuencia del resultado de la guerra civil española.

Lo cuenta por ejemplo Adolfo Castañón en “José Moreno Villa: a la luz de sus ojos”, publicado en un volumen más interesante que conocido, cuya edición corrió a cargo de tres primeras espadas de la filología en México: Rose Corral, Arturo Souto Alabarce y James Valender, con la colaboración de Gabriela Martín. Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México (El Colegio de México, 1995), abrigados por una cubierta diseñada por Mónica Díez-Martínez e ilustrada por Antonio Rodríguez Luna, alberga una cuarentena larga de textos correspondientes a las ponencias presentadas en el Coloquio Internacional celebrado en México entre el 24 y el 18 de mayo de 1993, y entre sus autores conviven los creadores (Federico Patán, Nuria Parés, Tomás Segovia, Ramon Xirau, Martí Soler) con los académicos (Derek Harris, Nigel Dennis, Bernard Sicot, Susana Rivera, Guillermo Sheridan) y con algunos otros de difícil clasificación, como es el caso de Castañón, que juega en todas las ligas (poeta, editor, traductor, ensayista, profesor, narrador…).

Cuenta Adolfo Castañón en ese texto:

Pocos saben que el autor del dibujo emblemático de la editorial Fondo de Cultura Económica es obra de José Moreno Villa […] El dato sobre el logotipo de la Casa lo recordó su viuda, Consuelo Nieto, en carta a nuestro director con motivo de la reedición de algunos de sus libros y está publicado en la Iconografía de José Moreno Villa (FCE, 1988). Algunos intérpretes traviesos sostienen que la f simboliza una cruz a cuyos costados se acomodaban un ladrón bueno por su fe en la letra (la c de la cultura) y un ladrón malo (la económica e). No es extraño que Moreno Villa haya sido el autor de ese emblema.

Al margen del valor intrínseco de esta anécdota, de su interés histórico, el pasaje citado vale como primer acercamiento a uno de los prosistas más amenos, profundos y omnicomprensivos de cuantos en español se han ocupado del mundo –o, quizá, para emplear un término más castañoniano, la ciudad– de los libros. Castañón sabe como pocos enseñar deleitando.

Más accesible para el lector peninsular, más allá de poder seguirle ocasionalmente en Letras Libres, y sin duda más nutritivo, es su Trópicos de Gutenberg. Escenas y mitos del editor (2012), excelente muestra de una prosa juguetona, refrescante e incisiva puesta al servicio de una amplísima gama de aspectos relacionados con la letra impresa y con la lectura (entendida en un sentido amplio), en la que tiene ocasión de desplegar lo que el lector intuye que es una mínima parte de su vastísimo conocimiento sobre este campo del saber.

Adolfo Castañón (n. 1952).

Acaso lo más extraordinario de Adolfo Castañón sea no tanto la amplitud y variedad de sus lecturas, sino su superlativa calidad como lector, su asombrosa capacidad para transitar de una idea a otra en las que sabe encontrar unos parentescos que el lector desprevenido o distraído puede pasar por alto, para maridar lecturas que en cuanto a época, género e incluso ámbito cultural pueden estar a una distancia enorme, y además construir con estas estratagemas un discurso personal y, lo que es más importante, interesantísimo. Una prosa siempre diáfana, amena, de una soltura e ironía que muchos quisiéramos, al servicio de un pensamiento serio y potente, ¿se puede pedir más?

Ivan Illich (1926-2002).

El volumen, compuesto de textos ya publicados y otros inéditos (algunos procedentes de conferencias e intervenciones en otros actos públicos) se divide en seis grandes secciones cuyos títulos pueden dar una idea de por dónde irán los tiros: El mito del editor y otros ensayos sobre libros y libreros, Algunas condiciones de la traducción y la edición, Variedades de la experiencia libresca, Semblanzas (Ivan Illich, Siegfried Unseld, Octavio Paz y Enrique Fuentes), Cheque y carnaval y Ex libris.

La amplia y brillante trayectoria de Castañón (en su mayor parte en el Fondo de Cultura Económica) le han dotado de la amplitud de conocimientos necesaria para decir cosas nuevas, interesantes y pertinentes acerca de toda la cadena de transmisión de conocimiento libresco, desde el diseño gráfico hasta la educación, desde la escritura a la promoción, de la impresión a la lectura creativa…, y su particular estilo, del que es fácil extraer sentencias vagamente emparentadas con las de Max Aub, convierten el trayecto por estas páginas en la invitación a un constante diálogo constructivo, edificante y estimulante con un verdadero maestro en el sentido fuerte de la palabra.

El poeta-editor Octavio Paz (1914-1998).

Desde quien sienta curiosidad por cómo Octavio Paz (de cuyas obras completas se ocupó Castañón) enfocaba el proceso creativo en tanto editor, pasando por los traductores responsables, los críticos literarios con ganas de resultar útiles a la sociedad, los lectores ávidos de aire fresco, los editores comprometidos con la cultura, hasta quien desee conocer los principales retos a los que se enfrenta el mundo del libro en América, y particularmente en México, será difícil que alguno de ellos quede insatisfecho con esta lectura, cosa que no significa, sin embargo, que pueda sentirse en todo momento cómodo, pues una de las virtudes de Castañón es precisamente interpretar el papel de tábano socrático, pinchando cuando es necesario, metiéndole el dedo en el ojo a la injusticia, a los falsos valores o a la estulticia intelectual, y todo ello desde una posición política que se hace más explícita sobre todo en las últimas secciones.

Quienes en su momento se entusiasmaron con Los demasiados libros de Gabriel Zaid –y me consta que no fuimos pocos– y no conocieran la obra de Adolfo Castañón, tienen a su disposición un festín. Ya tardan.

Adolfo Castañón, Trópicos de Gutenberg. Escenas y mitos del editor, prólogo de Alejandro Katz, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 13), 2012.

Fuentes adicionales:

Adolfo Castañón, “José Moreno Villa: a la luz de sus ojos”, en Rose Corral, Arturo Souto Alabarce y James Valender, eds., Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México, México, El Colegio de México-Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios: Fondo Eulalio Ferrer (Serie Literatura del Exilio Español 2), 1995, pp. -336.

Mario Eraso, “Adolfo Castañón: la sombra y su vuelo“, Crítica. Revista Digital, 152 (23 de febrero de 2013).

Roberto García Bonilla, “Adolfo Castañón, un intelectual editor“, Siempre!, 11 de enero de 2014.

José Carlos Morales, “Por los trópicos de Gutenberg. Un viaje alrededor del libro“, Iberoamericana Vervuert, 22 de octubre de 2012.

La providencia (que se llamaba Paco) en los orígenes

A Stefanie Kremser, autora de Die toten Gassen von Barcelona

Un joven Candel ante su propia caricatura por Del Arco.

Un joven Candel ante su propia caricatura por Del Arco.

Cuando se habla de los escritores que mejor han retratado la ciudad de Barcelona, surge siempre una retahíla de nombres en la que no suelen faltar Narcís Oller, Ignacio Agustí, Xavier Benguerel, George Orwell, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán ni Juan Marsé. A veces, si la conversación se alarga, y se pone un poco erudita aparecen en ella los nombres de Paul Morand (su “La noche catalana”, en La noche es larga), Pierre MacOrlan (La bandera), André Pieyre de Mandiargues (Al margen), Josep M. Francès (La rossa del mal pèl), Jean Genet (Diario del ladrón), o incluso Ruiz Zafón (La sombra del viento, con su peculiar foto de Madrid en portada).

Sin embargo, más raramente se recuerda al autor de novelas policíacas Francisco González Ledesma (n. 1927), al inclasificable Antonio Rabinad (1927-2009) o a Francisco Candel (1925-2007), cuya obra muestra a menudo los barrios menos “promocionables” y turísticos de Barcelona, razón que quizás explique el tipo de lectores que en general han tenido y el hecho de que hayan quedado un tanto al margen del establishment académico.

Probablemente fuera Vázquez Montalbán el primero en establecer un cierto parentesco entre estos tres autores –que entre otras cosas fueron descubiertos por el mismo editor, José Janés (1913-1959)–, en el transcurso de una entrevista que le hizo Genís Sinca que, al reproducirla en su libro La providència es diu Paco, abre con las siguientes palabras: “Candel y la fabulación de su Barcelona suburbial tuvo una influencia decisiva en la generación literaria de la Escuela de Barcelona encabezada por Manuel Vázquez Montalbán” (ya saben: Barral, García Hortelano, Juan Goytisolo, Terenci Moix, Mendoza, Marsé).

Es que Candel –explica en esta entrevista Vázquez Montalbán– era precisamente el tipo de autor que buscaba Janés. Estaban hechos el uno para el otro. A contracorriente, es cierto, y hay quien dice que a contraliteratura, porque no hay que olvidar que Candel […] supuso la incorporación del “charnego” a la hora de juzgar sobre todo esas zonas donde Barcelona y Cataluña perdían su nombre. […] Con esas dos novelas [Donde la ciudad cambia su nombre (1957) y Han matado un hombre, han roto un paisaje (1959)] se convierte en uno de los mejores representantes del llamado realismo social, que en su caso está más cerca de lo que más tarde se llamaría realismo sucio, salvando las distancias y dicho sea con cierta ironía [las traducciones son mías].

Primera edición sin censuras de Los contactos furtivos (Bruguera, 1985), con prólogo de Manuel Vázquez Montalbán.

Janés, efectivamente, fue también el descubridor de Antonio Rabinad (con Los contactos furtivos, 1956), quien se convirtió además en un eficiente colaborador de la editorial, y de González Ledesma cuando éste decidió incursionar en la literatura abandonando los seudónimos que empleaba como autor de novela de género, si bien la Censura impidió que le publicara Sombras viejas, entre otras cosas porque, en palabras del autor probablemente exagerando un poco, “un protagonista le tocaba la pierna a su novia”.

Candel tiene el dudoso honor de ser, junto con Alfonso Sastre, la víctima más recurrente de la censura de libros. Su primera novela, Brisa de El Cerro (1954) la mandó a diversos premios sin ninguna suerte, pero encontró un valedor importante ya con la segunda, Hay una juventud que aguarda, subtitulada “Raro intento de novelar unos pensamientos y unas conversaciones” y que el propio Candel describe como:

la odisea de los jóvenes que desean triunfar literaria y artísticamente. Contaba mi aventura de escritor presentándome al Nadal. Jugaba al enfant terrible criticando premios y vida literaria.  Como reacción contra mi escepticismo podían otorgarme ese Premio Nadal que ponía en tela de juicio y al que con esta novela volví a presentarme. ¡Qué ingenuo! De la Dolores Medio, colocando la murmuración en boca de los personajes de mi relato, insinuaba que había ganado por ser mujer. A saber qué condescendencias habría tenido con el editor. Era creencia general que las mujeres triunfaban por su coño y no por sus méritos.

Aun así, la novela se ganó la simpatía de dos miembros del jurado, Ignacio Agustí y Sebastià Juan Arbó, y el segundo de ellos alentó a Candel a seguir en la brecha y no desanimarse, y le entregó una carta que le sirvió de recomendación ante José Janés, quien con esta novela estrenaría una colección que tuvo poca continuidad, Doy Fe. El rasgo más definitorio de esta colección era que un  autor consagrado apadrinara mediante un prólogo introductorio a un autor novel (seguirían al libro de Candel en esta breve colección Carmen Barberá, presentada por Gironella, y Antonio Gil, por John Lodwick), y Janés pensó inicialmente en Pío Baroja para el estreno de la colección, pero, tal como lo cuenta Candel, por entonces “Baroja andaba ya muy cascado. Janés no pudo hablar con él”.

Tomás Salvador (¡sin bigote!) en la sobrecubierta del primer libro de Doy Fe.

Tomás Salvador (¡sin bigote!) en la sobrecubierta del primer libro de Doy Fe.

Finalmente la primera obra publicada por Candel la prologó Tomás Salvador (1921-1984), lo que tiene su miga porque Salvador aparece como personaje en la novela, así que decidió dedicar parte del prólogo a desmentir la imagen que de él se daba en el relato de Candel:

En dos o tres ocasiones se me alude directamente, ni con simpatía ni con acritud, en todo caso con una imparcialidad mal informada. ¡No, amigo Francisco, yo no quedé finalista en el Nadal del año 1951 por ser divisionario y policía, ni he ganado después otros premios por lo mismo, ni mi original presentado al Nadal, al que aludes, estaba lleno de correcciones hasta parecer un ciempiés por no haber por donde agarrarlo!

No debe verse sin embargo en esta cita –¡perteneciente al prólogo en que un consagrado presentaba a un novel!–, una puya o una reprimenda. Es más, partir de ese momento el muy noble Tomás Salvador se convirtió, con Janés, en el principal defensor del proyecto narrativo desarrollado en los años posteriores por Candel, que –pienso que con gran perspicacia y acierto– Genís Sinca describe del siguiente modo:

Sin ser consciente por completo de ello, [en Donde la ciudad…] se atrevía a hablar de su mundo, absolutamente depravado y salvaje; rabiosamente pintoresco; y lo hacía a saco, retratándolo con pelos y señales, sin servilismo, tal como salía y con cierta bestialidad, como si se tratara de un Hemingway enloquecido, o de un Faulkner aún más apocalíptico y descamisado, aunque más deliciosamente inclasificable y carente de artificio.

Con una inocencia igualmente candorosa, Candel había sentado las bases sobre las que construir un verdadero monumento literario, un poco agrio, de estructura en apariencia descalabrada, literariamente e injustamente calificado de segundo orden, pero auténtico, directo, descarnado, sin esnobismos ni afectaciones innecesarias, elucubrando sobre su gente, del tuétano de lo esencial y nostálgico de los barrios inmmigratorios de esa Barcelona ignorada, presentando el mejor (o peor) de los escenarios: el circo humano y cotidiano de [la zona conocida como] las Casas Baratas.

El escritor Luys Santa Marina emparentaba la obra de Candel –incluso lo hizo durante el juicio a que fue sometido Candel por Donde la ciudad…– con la tradición realista y picaresca española del Lazarillo de Tormes, pero más curioso incluso resulta que las lecturas que el propio Candel identificaba como las más decisivas en su carrera se encuentren, junto a Los traperos de Emaús (de Boris Simon) y Los santos van al infierno (de Gilbert Cesbron), e incluso por encima de ellos, el Cuerpos y almas, de Maxence van der Meersch, uno de los mayores éxitos comerciales que hasta entonces había tenido –quién sino– José Janés.

La curiosísima reedición en Plaza con el título de la obra erróneamente escrito por el ilustrador. En la edición reproducida abajo aparece correctamente escrito.

Fallecido Janés en accidente automovilístico en 1959, tampoco resulta muy sorprendente que a partir de ese momento los editores de Candel pasen a ser, entre otros más ocasionales, gente como Tomás Salvador en sus ediciones Marte (Échate un pulso, Hemingway, 1959; Dios, la que se armó, 1964; El empleo, 1965…), Germán Plaza en sus Ediciones G.P. (Los importantes. Élite, 1962; Los hombres de mala uva, 1968…) y más adelante Alfons Carles Comín y Josep Verdura en Laia (Carta a un empresario, 1974; Crónicas de un marginado, 1976; A cuestas con mis personajes, 1977…). Por supuesto, nada de Lumen, Seix Barral, Anagrama o ninguna otra de las editoriales asociadas ni de lejos a la llamada –a veces uno no sabe sin con cierta ironía– gauche divine.

Primera edición sin censuras de Els altres catalans (Edicions 62, 2008), preparada por Jordi Amat y con un prólogo de Najat El Hachmi.

Y, entre todo ello, el excepcional y muy influyente Els altres catalans (1964), que en 2008 tuvo la fortuna de ser objeto de una reedición preparada por Jordi Amat (tras dieciséis reimpresiones), en que se recuperaba el texto íntegro, sin las mutilaciones (en 55 páginas) que en su informe de censura para autorizar su publicación pedía Félix Ros.

Fuentes:

Sobre Francisco Candel, vale la pena visitar la página de la Fundació Paco Candel.

Significativo del carácter popular (en el mejor sentido) de Candel es el hecho de que la Colla Gegantera de La Marina creara en 2007 este “gegant”.

Francisco Candel, ¡Dios, la que se armó!, Barcelona, Ediciones Marte, 1964.

Francisco Candel, Patatas calientes, prólogo de Joan J. Gilabert, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo, serie Crónicas 65), 2003.

Carles Geli, “Edicions 62 recupera la versión original de Els altres catalans”, El País, 9 de agosto de 2008.

Francisco González Ledesma, Historia de mis calles, Barcelona, Planeta (Autores Españoles e Iberoamericanos), 1999.

Genís Sinca, La providencia es diu Paco. Biografia de Francesc Candel, Barcelona, Dèria Editors-La Magrana, 2008.

El enigmático caso de la pertinaz errata o Las barbas de la reina (divertimento narrativo)

A Alberto Ibarrola Oyón, que me dio la idea.

Sobrecubierta de la edición de Destino.

Sobrecubierta de la edición de Destino.

En más de una ocasión había oído elogiar la narrativa breve de Ramón J. Sender (1901-1982), escritor conocido sobre todo por su abundante obra novelística (Réquiem por un campesino español, El lugar de un hombre, Crónica del Alba…), así que finalmente, una noche fría y desapacible, enfundado en mi confortable bata, me senté ante la chimenea en mi butaca preferida, encendí una pipa de tabaco holandés, con mi fiel perro labrador a los pies, y abrí la edición en Áncora y Delfín (Destino) de El extraño señor Photynos y otras novelas americanas (1973). Empecé a leer con fruición el estupendo relato que da título al libro, que se estructura mediante la exégesis de un soneto que el narrador, según dice, “compuso inspirándose en la visión de un hombre fumando marihuana, que recordaba a esos indios yanquis, altos, sin bautizo ni nombre español, que pasean sus largas piernas desnudas por Sonora” (p. 10) ¡¡¿Cómo que “indios yanquis”?!! ¡Y en Sonora! Realmente, demasiada marihuana (recordé de pronto haberle leído a Sender una obrita titulada Donde crece la marihuana, y me aseguré entonces de que mi pipa sólo contuviera tabaco de importación).

Sobrecubierta de la edición de Aymá (la madre del cordero), con la faja en la que se lee: "Ramón Sender... es el más importante escritor de nuestro tiempo en lengua castellana" London Times (3 de abril 1961)

Sobrecubierta de la edición de Aymá (la madre del cordero), con la faja en la que se lee: “Ramón Sender… es el más importante escritor de nuestro tiempo en lengua castellana” London Times (3 de abril 1961)

Intuyendo algún azaroso misterio, decidí apartar al fiel labrador y acercarme de un salto a la estantería donde guardo la edición que del mismo título había hecho en 1968 la editorial Delos-Aymà. Para mi desolación, resultó ser exactamente igual que la de Destino (“indios yanquis” incluidos). Así, pues, no me quedaba otro remedio que recurrir a otras ediciones anteriores de ese cuento para desfacer el entuerto. Pero ¿cuáles? Editores Mexicanos Unidos había publicado en 1965 (colofón de diciembre) la colección de relatos senderianos Cabrerizas Altas en la que aparece uno titulado “El Tonatiu (Historia de un soneto)”, y pensé que tal vez el soneto en cuestión podía ser el mismo que actúa de hilo conductor o más bien de desencadenante de la trama de “El extraño señor Photynos”. Y más o menos. El argumento es aproximadamente el mismo, pero cambian personajes, desaparecen o se alteran pasajes bastante extensos, e incluso en buena medida cambia el sentido de la historia, pero, por fin, mi tesón halló recompensa y el enigma solución: “indios yaquis”. Bien.

Pese a mi bien conocida modestia, debo reconocer que bastante satisfecho de mí mismo se me ocurrió entonces hojear el tercer número de la estupenda revista que dirigió Max Aub Los Sesenta (donde publicó a León Felipe, a Salazar Chapela, a Alfonso Reyes, a

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

André Malraux, a Guillén y a Rafael Alberti, entre otros), porque me sonaba que ahí se publicó un cuento de Sender de título ligeramente distinto, “El Tonatio. Historia de un soneto”. Pero me sorprendió descubrir que en esa revista, fechada en 1965, aparecía la misma versión del cuento publicada en Delos-Aymà (salvo, afortunadamente, por la errata), en lugar de la versión de Cabrerizas Altas. Recurrí finalmente a uno de mis autores de cabecera para cuestiones senderianas, Francisco Carrasquer, quien no me resolvió la duda pero consigna en su tesis una edición, ¡de 1964!, de “The Tonatiu” en Tales of Cibola (Nueva York, Las Americas Publishing); puedo dar fe de que en la correspondiente edición española en Destino, Novelas ejemplares de Cibola (1974), ese cuento no aparece.

Puestas así las cosas, para establecer las fechas de cada una de las versiones no quedaba otra que rastrear las cartas entre Sender y Aub; esto es: acudir al Centro de Estudios Senderianos (en Huesca) o a la Fundación Max Aub (en Segorbe). Por el epistolario aubiano que alberga la segunda de esas insitituciones, supe que el 22 de junio de 1964, Sender, en respuesta a las reiteradas peticiones de Max Aub, le mandó la versión de “El Tonatio (Historia de un soneto)” que se publicó en Los Sesenta. Por fin creí poder establecer el stemma o el árbol genealógico del cuento: Cabrerizas Altas – Las Américas Publishing – Los Sesenta – Delos-Aymà (donde nace la errata) – Destino (donde ésta persiste con muy buena salud).

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Quizás fue un desvelo inútil que sólo interesará a ociosos y diletantes, porque al fin y al cabo la historia de la errata como personaje libresco se remonta acaso a los mismos orígenes de la imprenta, pues ya en el Psalmorum Codex (1457), el primer libro que salió con pie de imprenta, de Johannes Fust (1400-1466) y Peter Schöffer (h. 1425- h. 1503), el título aparecía en el colofón como Spaldorum Codex. Sin embargo, completamente desvelado ya para entonces, y por simple curiosidad malsana de gente en exceso ociosa, eché un vistazo a la divertidísima delicia de libro que es Vituperio (y algún elogio) de la errata, de José Esteban, para comprobar si en sus páginas se mencionaba a los “indios yanquis” o a alguna otra edición de Sender. Y, efectivamente, allí me enteré de que en la primera edición de la novela Míster Witt en el Cantón, publicada por Espasa Calpe en 1936, el autor parece atreverse ni más ni menos que a afeitar a la mismísima reina de Inglaterra, pues se imprimió “God shave the Queen” por “God save the Queen”. Y cuando las barbas de la reina veas pelar…

Fuentes:

El resultado de cotejar y analizar las diferentes versiones del cuento se publicó con el pomposísimo y hoy demodé título “Intertextualidad y proceso creativo en El extraño señor Photynos“.

Francisco Carrasquer, Imán y la novela histórica de Sender, Londres, Thamesis Books, 1970.

Epistolario Max Aub- Ramón J. Sender (Aub, una mina para los historiadores de la cultura, conservaba copia de las cartas que enviaba), en la Fundación Max Aub. Sobre Sender, hay que visitar el Centro de Estudios Senderianos.

José Esteban, Vituperio (y algún elogio) de la errata, Sevilla, Renacimiento, 2002.

Luis Antonio Esteve, “Un tanto al margen, la narrativa breve de Ramón J. Sender”, Quimera, 252 (enero de 2005), pp. 42-46.

Ramón J. Sender, “El Tonatiu (Historia de un soneto)”, en Cabrerizas Altas, México D.F., Editores Mexicanos Unidos, 1965, pp. 91-124.

-, “El Tonatio. Historia de un soneto”, Los Sesenta, (México D.F.), núm. 3 (1965), pp. 9-55.

-, El extraño señor Photynos y otras novelas americanas, Barcelona, Delos-Aymá, 1968, pp. 7-53.

-, El extraño señor Photynos y otras novelas americanas, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín 409), 1973, pp. 9-55.