Primeras aventuras editoriales de Germán Plaza Pedraz

Si bien uno de los pilares de Plaza & Janés, el editor Josep Janés (1913-1959), ha sido objeto de cierto número de estudios y acercamientos analíticos, se ha dedicado bastante menos atención a Germán Plaza Pedraz (1903-1977), auténtico artífice de esa empresa desde el momento en que, el 5 de agosto de 1959, constituyó con sus hijos Germán, Carlos y Guadalupe Plaza de Diego, y sus respectivos cónyuges, la editorial Plaza & Janés con un capital inicial de cinco millones de pesetas.

Germán Plaza.

Sin embargo, con toda la razón puede escribir José Carlos Rueda Laffond que el nombre de Germán Plaza «constituye un paradigma en las dinámicas de adaptabilidad y diversificación en el sector de la literatura de quiosco». Plaza, nacido un 2 de mayo en Pozálvez (Valladolid), residió con su familia en Salamanca y Madrid, antes de casarse y trasladarse a Barcelona –en 1928 o en 1931– como representante de la Editorial Católica. Se iniciaba pues en el negocio de las publicaciones más o menos al mismo tiempo que Josep Janés empezaba con sus primeros proyectos editoriales (los Quaderns Literaris, de venta periódica). En los años treinta puso en pie una empresa distribuidora, Comercial Gerplá, cuya marca condensaba su nombre y apellido, como luego haría con Ediciones G.P. y que a finales de los años cincuenta aparece como sello en algunos libros como Exclusivas Gerpla.

Sin embargo, parece que ya en tiempos de la República –es difícil precisar fechas porque estas ediciones no las indicaban– empezaron a aparecer bajo responsabilidad de Germán Plaza unos pequeños y breves volúmenes con el sello Cisne destinados a un público muy amplio. Es el caso por ejemplo de los Manuales Cisne, muchos de ellos firmados con seudónimo, y entre cuyos primeros títulos se cuentan Ciclismo, firmado por Aerre; Secretario de los amantes: Novísimo correo del amor (número 3), de Angelita Cuenca; Declaraciones de amor y arte de enamorar (núm. 4) y Cartas de amor, de odio, de sentimiento y ternura, ambos de Fernando Álvarez Llosés, o, acaso más interesante, algunos títulos firmados por el luego muy prolífico escritor y traductor Guillermo López Hipkiss (1902-1957), como 1000 refranes, proverbios y adagios, 200 pasatiempos, jeroglíficos y crucigramas, ¿De dónde es usted?, o, en la Colección Turquesa, La reina de los aires; y se ha especulado incluso con la posibilidad de que otro seudónimo que aparece a menudo en esta editorial, Gamma Lambda, oculte a López Hipkiss (mediante las iniciales de su nombre de pila y primer apellido). También resultan cuanto menos curiosos un Usted puede ser estrella de cine, firmado por Juan Mira, que acaso sea el mismo Juan José Moreno Sánchez (1907-1980) que, con el seudónimo Juan José Mira, se convirtió en 1952 en el primer ganador del Premio Planeta con En la noche no hay caminos; y La natación. Método sencillo y práctico, firmado por José Mallorquí (1913-1972), más adelante celebérrimo por las aventuras de El Coyote.

No obstante, la presencia de estos nombres hace que a la hora de fechar estos libros se planteen algunas dudas razonables y haya que tener en cuenta ciertos indicios no corroborados. Es bien sabido, por ejemplo, que a partir de 1931 Mallorquí se dedicó intensamente al deporte, a raíz de morir su madre y recibir una cuantiosa herencia que le permitía vivir holgadamente sin trabajar, y que en 1933 ya estaba empezando a publicar en Molino, que era una de las editoriales que distribuía Gerplá. Es probable, pues, que en esa misma época empezara a colaborar también en Cisne, pero es igualmente posible que estas colaboraciones se produjeran ya en la posguerra.

Otra colección interesante de Cisne fueron los Cuentos de Hadas, firmados por López Hipkiss e ilustrados en blanco y negro por Tomás Porto (1918-2003) –que durante la guerra civil trabajaría en el Comisariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya–, cuyos primeros títulos fueron La aventura de Mayita, Madrinita bella, La reina de los aires, La cenicienta y Blanca Nieves.

Con todo, en los años inmediatamente previos a la guerra, con el sello Cisne y distribuidos siempre por Gerplá, tuvieron muchísima difusión a partir de 1935 algunas colecciones teatrales ilustradas y de publicación semanal de las que se han ocupado Julia María Labrador Ben y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa en Teatro Frívolo y Teatro Selecto, la producción teatral de editorial Cisne, Barcelona (1935-1943). Sobre la primera de estas colecciones escriben los mencionados estudiosos ya en la introducción a su obra que

tuvo un carácter singular, ya que reunió hasta veintinueve títulos catalogables dentro del subgénero de la revista musical, caso único dentro de la bibliografía teatral española, pues aunque las revistas se editaron en colecciones teatrales de carácter general y en publicaciones de la S. A. E., nunca lo fueron de forma seriada con anterioridad ni tampoco lo serían después

En la colección de Teatro Selecto alternaron los clásicos más ligeros y amenos de la tradición dramática española (Lope de Vega, Moreto, Alarcón…) con obras de algunos de los dramaturgos más famosos del momento (Alejandro Casona, Jacinto Benavente, Enrique Jardiel Poncela, Juan Ignacio Luca de Tena, Luis Fernández Ardavín, los hermanos Quintero…).

Otra colección bastante curiosa y que sin ningún género de duda ha de ser previa a la guerra fue Cultura Física y Sexual, que, según se describía en la publicidad, se «publica quincenalmente profusamente ilustrada con magníficas y originalísimas fotografías y dibujos» y que

Constituirá la más perfecta y acabada biblioteca sobre cuestiones físico-sexuales, de presentación esmeradísima, con gran riqueza de ilustración gráfica. Sus originales están redactados con una maestría y sencillez insuperables por el tan discutido pero indiscutible maestro de estas materias.

El «maestro» en cuestión era quien firmaba como Á[ngel] Martín de Lucenay, que previamente había publicado una extensa serie de Temas Sexuales en la Biblioteca de Divulgación Sexual en la editorial Fénix, y que en 1938 tuvo que exiliarse a México (donde, tras una estrepitosa incursión en el cine, acabó triunfando en el cómic con la serie Chanoc, ilustrados por Ángel Mora). En cuanto a la riqueza de ilustración gráfica mencionada en la publicidad, se concretaba sobre todo en fotografías fuera de texto impresas sobre papel satinado, y todo ello hace pensar que, por decirlo de algún modo más o menos elegante, su clientela no era –cuanto menos– estrictamente la comunidad científica.

También anterior a julio de 1936 es el arranque de la colección Mundo Aventurero, que Vázquez de Parga describe como construida «a base de novelitas breves de autoría anglosajona».

Concluida la guerra Germán Plaza se convierte con Cisne en el primer editor de los cromos, y los correspondientes álbumes, de la primera y segunda división de Liga Española de Fútbol en los que las imágenes de los futbolistas se ofrecen, ya no mediante dibujos coloreados, sino en fotografías. Entre los muy aficionados al género esta primera edición es conocida porque, por un muy comentado error, en la página correspondiente al Atlético de Madrid aparecía como portero el que era delantero centro del Barcelona, Mariano Martín (y viceversa, en el caso del portero del Atlético en aquel entonces, Luis Martín Camino).

Pero también es por aquel entonces cuando Plaza empieza una extraordinaria ampliación de su radio de acción que Vázquez de Parga explica del siguiente modo:

Ante las restricciones que en la primera posguerra sufría Molino y las facilidades que Plaza tenía para obtener cupos de papel, se lanzó de lleno a la edición de novelas populares, empezando por una nueva colección policíaca para la que conservó el nombre editorial de Cisne.

Es sabido que precisamente una de las estrategias, empleada también por Janés, para aumentar tanto las asignaciones de papel como de divisas consistía en crear diversos sellos, puesto que el gobierno franquista de la inmediata posguerra asignaba los cupos no a editores personales sino a empresas, y quizá eso explique en parte esa diversificación, aunque Vázquez de Parga no especifica cuáles eran esas facilidades ni por qué Plaza gozaba de ellas, pero también tenían mayores facilidades las publicaciones periódicas (en principio porque imprimían papel de cualquier calidad, por ínfima que esta fuese).

Por esas mismas fechas, concretamente en 1942, crea Germán Plaza la editorial Clíper, que lanza un montón de historietas de publicación periódica y venta en quioscos (Tontaina y Filetito en 1942, el famosísimo El Coyote en 1947, Billy el Niño y Nicolás en 1948, Florita, McLarry y El Encapuchado en 1949…) y de la que enseguida se hace muy famosa la colección de libros Wallace, destinada a novela policíaca y escrita siempre bajo seudónimos de resonancia anglosajona, así como otras igualmente dedicadas a publicar novela de género, entre las que una de las primeras fue Novelas del Oeste (dirigida por José Mallorquí y donde en su número 9 nació el personaje del Coyote). De 1943 es por ejemplo la Colección de Misterio, de nuevo policíaca, para la que Plaza contrató como coordinador a López Hipkiss (que escribió casi una veintena de títulos, bajo seudónimos diversos). Y de dos años después Fantástica, que se presentaba como un «magazine de historias, leyendas y relatos impresionantes» y que publicó diez números, más ocho extraordinarios.

Se atribuye a José Mallorquí la idea de Futuro, otra colección bajo la égida de Plaza, que a menudo aparece mencionada entre las pioneras entre las colecciones destinadas a la ciencia ficción, si bien lo suyo eran más bien aventuras en el espacio (o space opera). De los treinta seis títulos que publicó a partir de 1953, veinticuatro los escribió Mallorquí, con diversos seudónimos, y creó algunos personajes que calaron entre los lectores, como la pareja formada por el capitán Pablo Rido y el sargento Sánchez Platz.

De 1950 es el sello Ediciones Plaza (que entre otras cosas publica la revista femenina de «fascículos encuadernables» Festival y las fotonovelas de westerns Cimarrón) y ya avanzados los años cincuenta se añaden a este creciente y laberíntico entramado las Ediciones G.P., en cuyo seno aparece inicialmente Libros Alcotán, que publica como número 2 la traducción de Romero de Tejada de El velo pintado, de Somerset Maugham, que en 1946 ya se había publicado en la Editorial L.A.R.A. (poco antes de que el buen amigo de Plaza Josep Janés le comprara esta editorial a su fundador, José Manuel Lara Hernández). Entre los autores que publicará en esos primeros años Alcotán se encuentran también Julio Verne, H.G. Wells, Jack London y la serie sobre el oficial de la marina Horatio Hornblower de C. S. Forester. Y muy poco posteriores (¿1951?) deben de ser los popularísimos libros Pulga.

De mediados de la década (¿1955?) parece ser el primer volumen de una serie de Libros Plaza, encuadrados en las Ediciones G.P. y de aparición semanal, Grandes almacenes, de Cecil Roberts, al que seguiría, como volumen 2, la versión de Juan Luis Calleja de En tinieblas, de Rudyard Kipling, El Danubio Rojo (volumen 3), de Bruce Marshall y la traducción de Manuel Bosch Barrett de El rumor del torrente, de W. A. Mason; el número 7 fue el primero de autor español, Martín de Caretas, de Sebastià Juan Arbó, a quien seguiría Ignacio Agustí con Mariona Rebull y El viudo Rius (números 16 y 17, respectivamente).

Otra de las colecciones de Plaza, G.P. Policiaca, constituye uno de los ejemplos más claros de la colaboración con José Janés, pues arrancó inicialmente reimprimiendo aquellas obras de contenido más adecuado que previamente habían aparecido en colecciones janesianas, y si bien a ambos les interesaba el lector de policíacas, sus modos de publicación diferían enormemente y se dirigían a sectores de poder adquisitivo muy distinto.

En ese año 1955 se había incorporado a la empresa, inicialmente como coordinador editorial y traductor, Mario Lacruz, quien a su vez incorporó en septiembre del año siguiente a Rafael Borrás Betriu (que acababa de dejar Caralt), para completar un departamento literario en el que trabajaba también el doctor Mas Beya. En el primer volumen de sus memorias, Borrás Betriu dejó el siguiente retrato de Germán Plaza:

Don Germán me pareció una bellísima persona, con un punto de deslumbramiento por la letra impresa, tal vez debido a su condición de autodidacta, lo que hacía más meritorio su deseo de publicar a precios asequibles unas obras «para miles de lectores», como rezaba el eslogan de Libros Plaza.

Fuentes:

Anónimo, «Falleció el editor don Germán Plaza Pedraz», La Vanguardia, 18 de febrero de 1977.

Manuel Barrero, «Editorial Cisne», en Tebeosblog, 16 de agosto de 2010.

Julia María Labrador Ben y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, Teatro Frívolo y Teatro Selecto. La producción teatral de editorial Cisne, Barcelona (1935-1943), Madrid, CSIC, 2005.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Felipe B. Pedraza, eds., «Editorial Cisne y las colecciones populares de teatro», en La comedia española en la imprenta catalana, Universidad de Castilla-La Mancha (Corral de Comedias 32), 2015, pp. 127

José Carlos Rueda Laffond, «Las colecciones populares: literatura de quiosco y tebeos», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 657-679.

Salvador Vázquez de Parga, Héroes y enamoradas. La novela popular española, Barcelona, Glénat (Parapapel 3), 2000.

Rufino Torres Castañeira, importador clandestino de libros

«Tú sabrás quién tocó la cuestión. Si atas cabos sacarás el resultado. No dudes que tienes amigos de los otros en la organización».

Esta advertencia que a simple vista puede parecer inocua o incomprensible constituye uno de los estremecedores testimonios de la ingente y peligrosa labor llevada a cabo por editores, distribuidores y libreros durante el franquismo para hacer llegar a los lectores libros que en España estaban prohibidos. El pasaje pertenece a una carta del 8 de agosto de 1973 dirigida por el distribuidor pontevedrés afincado en Barcelona Rufino Torres al editor de Ruedo Ibérico, José Martínez Guerricabeitia, en la que aborda una cuestión bastante recurrente en algunos momentos de su relación: la existencia de algún «topo» que informaba a las fuerzas represoras franquistas acerca de los envíos de libros que Ruedo Ibérico hacía desde su exilio en París para que de este modo la policía pudiera incautarse de los libros, con las pérdidas tanto culturales como económicas que eso conllevaba.

La cuestión de la distribución y venta de libros prohibidos es uno de los ámbitos aún más desconocidos, en buena medida debido a las comprensibles pero en ocasiones insuperables y desesperantes dificultades que supone su estudio. Lo sabe bien, por ejemplo, Jordi Cornellà-Detrell, que lleva ya algunos años recabando datos acerca de la circulación de libros prohibidos, de sus redes de distribución y de los puntos de venta y cuyos estudios han dado ya algunos frutos importantes y quien ha explicado que:

…había, claro está, importadores a pequeña escala que utilizaban su propio automóvil o los hacían llegar por correo postal en pequeños paquetes En cuanto llegaban a Catalunya, los libros se almacenaban en el depósito de distribuidores como Siegfried Blume, gerente de la Librería Técnico-Extranjera, en la calle Tuset, o Eduardo Beneyto, que los escondía en una habitación secreta en su distribuidora Vilben, situada en la calle Aragó.

Aun así, la exhumación del rico epistolario entre José Martínez Guerricabeitia y sus distribuidores llevado a cabo por Albert Forment ha permitido conocer algunos otros aspectos particulares acerca de la distribución clandestina de libros en España.

Eduardo Fidalgo.

Entre los escasos distribuidores de los que se tiene información suele destacarse precisamente la importancia de los de Ruedo Ibérico Siegfried Blume y Rufino Torres, al segundo de los cuales describió Jorge Herralde en Por orden alfabético como un «antiguo ex-guardia civil que, por razones obvias, conocía bien los entresijos fronterizos». Entre sus principales colaboradores tuvo Rufino Torres a su cuñado Eduardo Fidalgo Cerreda (1934-2015), hijo de un exiliado en Cuba y que, según contó su hija, «trajo muchos libros de América Latina, sobre todo de Argentina, libros que llegaban al puerto disimulados con las mercaderías». Sin embargo, fue sin duda Albert Forment quien más datos sacó a la luz acerca de la actividad de Rufino Torres y quien la ha explicado con más detalle.

Al parecer, Rufino Torres, que tenía como una de sus direcciones la calle Calabria número 137 y un almacén en Viladomat, 247, tenía la importación de libros sobre todo de Francia como una fuente adicional, pero lucrativa, de su negocio como distribuidor, aun a sabiendas de los riesgos que corría; a través de Blume contactó con el editor de Ruedo Ibérico y a partir de 1964, propiciado además por las dificultades económicas a que tuvo que enfrentarse Blume, se convirtió en su principal distribuidor. Así cuenta Forment el modo de proceder, que en buena medida explica los altos precios que alcanzaban estos ejemplares (es sabido que, con la venta de los que poseía, Goytisolo se financió su viaje a París):

Rufino tenía verdadero olfato para los negocios editoriales ilegales que la censura hacía florecer indirectamente, además de los legales que le servían de cobertura y eran la parte del león de su negocio. Al tanto de los usos y costumbres de los cuerpos de seguridad franquistas, entre los cuales se decía que conservaba buenas amistades, supo sortear el acoso policial durante quince años, hasta la época de la transición política, convirtiéndose en la otra gran pieza clave [junto con Blume] del dispositivo de distribución de Ruedo Ibérico en España [..] Rufino compraba con tan descomunales descuentos que apenas daban beneficio a la editorial […], y los revendía luego al por mayor a otros distribuidores, cobrando su propia comisión.

A finales de los años sesenta, esos descuentos de los que gozaba Distribuciones Torres podían alcanzar el 55% por ciento, al que se añadía aún un 3% adicional por pronto pago, lo cual pone de manifiesto que entre las prioridades de Ruedo Ibérico no estaba ganar dinero, sino hacer que sus libros llegaran a los lectores. Refiriéndose también a esos años finales de la década de los sesenta, otro de los puntales de Ruedo Ibérico, Marianne Brull, explicó en una entrevista con Carlos Prieto el modo de proceder:

Mandábamos los libros a Barcelona en sacas postales de unos treinta kilos, y él [Torres] se encargaba de que nadie las inspeccionara en Correos… […] Los envíos se hacían siempre desde la misma oficina de correos en París, el día que nos indicaba Rufino, sin remite y de manera que pudieran ser localizados fácilmente por los empleados de aduanas… previamente sobornados por Rufino. Fácil no era.

No cuesta imaginar que no debía de ser fácil. Para evitar que se pudieran rastrear los pagos, en ocasiones estos los hacía Rufino Torres desde Andorra, adonde se desplazaba con cierta regularidad, y las dificultades impuestas por el acoso policial explican que en más de una ocasión los distribuidores se vieran en la necesidad de pedir a Ruedo Ibérico que retuviera los envíos.

François Maspero.

Es lo que sucedió, por ejemplo, a finales de 1966, cuando surgieron serias sospechas de que alguien desde París estaba informando a las autoridades españolas de los detalles de los envíos. Tanto Blume como Torres sospechaban que acaso se tratara de alguien que trabajaba para el editor francés François Maspero (1932-2015), que era quien distribuía los libros de Ruedo Ibérico en casi toda Francia (salvo en Iparralde). El caso es que, según contaba Tores a Martínez Guerricabeitia en febrero de 1967, los envíos que se hacían directamente a particulares eran retenidos y confiscados, y la misma situación se mantuvo en los meses siguientes.

No fue hasta junio de 1967, cuando ya llevaban varios años de comunicación epistolar, que el editor exiliado y el ex guardia civil se conocieron personalmente, en Perpinyà. Las dificultades a las que los heterodoxos modos de gestión y producción abocaron a Ruedo Ibérico propiciaron que en 1969 se llegara a un acuerdo por el cual Rufino Torres avanzaba 18.500 francos para que el editor exiliado en París pudiera llevar a cabo la reimpresión de cinco de los títulos que mejor habían funcionado de su catálogo y que por entonces se hallaban agotados, pero ya a principios de 1966 tanto Torres como Blume habían ofrecido ayudas en metálico a José Martínez (en cierto modo, la dadivosidad de Blume contribuye a explicar las dificultades por las que pasó la Editorial Blume, fundada en 1965).

José Martínez Guerricabeitia.

A principios de 1973 volvieron a surgir recelos acerca de las filtraciones de información sobre los envíos clandestinos de libros, y en mayo de ese año escribe Torres a Martínez Guerricabeitia:

Hemos tenido noticias de que estáis preparando catálogos para un fuerte envío. Tus amigos ya lo saben y han tomado precauciones. Se conoce que dentro del ramo hay quien te vigila y procura por tus intereses. Desgraciadamente debes estar bien acompañado, no lo dudes.

El editor de Ruedo Ibérico sospechaba que, caso de haber filtraciones, estas se debían probablemente a la indiscreción del filósofo del Opus Rafael Calvo Serer (1916-1988), que desde noviembre de 1971 se encontraba en París a raíz de sus críticas al gobierno franquista publicadas en Le Monde, o bien a alguien de su entorno, pero en agosto, como pone de manifiesto el pasaje reproducido inicialmente, los recelos persistían:

La nota indicaba se están preparando envíos, forma de caja, embalaje, peso y otros detalles reales, ignorando de momento la dirección. El caso es que coordinaba todo perfectamente. ¿Quién podía saberlo? Tú sabrás quién tocó la cuestión…

Según cuenta Forment, más tarde los colaboradores habituales de Ruedo Ibérico llegaron a sospechar, aunque sin pruebas fehacientes, que las filtraciones se debieron a Luis Palomeque, militante comunista que entre finales de 1971 y enero de 1972 había sido despedido de Ruedo Ibérico tras dos años como empleado, pero aun así en 1974 Rufino Torres propuso poner a prueba la solvencia de la confidencialidad en las comunicaciones. Se preparó un envío comunicando detalles a los allegados a la editorial, y se comprobó que ninguno de los detalles divulgados llegó a oídos de las autoridades españolas.

Al margen de las motivaciones que tuviera Rufino Torres (que ya había empezado a publicar algunos libros como Ediciones R. Torres) tras una reunión con Martínez Guerricabeitia durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1976 llegaría a convertirse en coeditor de Trotski, concretamente de los dos volúmenes de sus Escritos militares, así como del Diario de la Revolución Cubana de Carlos Franqui (1921-2010). No está mal, tratándose de un ex guardia civil.

Fuentes:

Jordi Cornellà-Detrell, «Estratègies contra la censura durant el período democràtci: reedició, reescriptura i polítiques editorials», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, Traducció i franquisme, Lleida, Punctun-Grup d’Estudi de la Traducció Catalana comntemporània (Visions 8), 2017, pp. 121-137.

—«La circulación de libres clandestins durant el franquisme», Querol, núm. 22 (2018), pp. 44-50.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Domingo Marchena, «El señor de los libros», La Vanguardia, 21 de abril de 2015.

Ana Martínez Rus, «Ni rojos ni ateos: las difíciles relaciones editoriales entre la España franquista y el exilio argentino», Kamchatka. Revista de análisis cultural núm. 7 (junio de 2016).

Núria Navarro, «Escondía los libros en un armario con doble fondo» (entrevista a Eduardo Beneyto), El Periódico, 21 de noviembre de 2010.

Carlos Prieto, «Los papeles secretos del Opus Dei: de las confidencias “salvajes” a la maleta del 23-F», El Confidencial, 10 de marzo de 2018.

Redacción, «Muere Eduardo Fidalgo, defensor y amante de los libros», El Periódico, 18 de abril de 2015.

Joaquín Almendros y Aristeo Andrés en Chile: la librería Séneca

En una entrevista al magnate de las librerías chilenas Juan Aldea Vallejos, creador de la Feria Chilena del Libro (que en los dieciséis locales que en 2015 tenía por todo el país, concentraba el 40% las ventas en Chile), se cuenta que, tras hacer sus pintos como poeta, su entrada en el negocio de los libros se produjo «apadrinado por los refugiados españoles Joaquín Almendros y Aristeo Andrés [Cercós]», propietario y gerente, respectivamente, de la librería Séneca. Allí, en un primer momento como contador y más adelante como librero, aprendió Aldea Vallejos «los trucos del oficio», hasta que decidió establecerse por su cuenta y riesgo.

Joaquín Almendros.

De la trayectoria en el mundo del libro del editor, librero y distribuidor Joaquín Almendros (1904-¿?) son conocidos unos cuantos datos que permiten trazar una imagen de la misma, aunque sea incompleta, pero menos conocida es la enigmática historia de su socio en la librería Séneca, al igual que Almendros llegado a Chile como exiliado a bordo del legendario buque Winnipeg (que atracó en Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939).

Algunos datos acerca de la actividad de Andrés Cercós durante la guerra civil española de 1936-1939 pueden recabarse de los ejemplares del Diario Oficial del Ministerio de Defensa republicano. De ellos se extrae que en junio de 1937 servía en el Batallón Montaña número 4, y el 17 de ese mismo mes fue ascendido a teniente de Infantería y destinado a la recién creada 97 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República (constituida en las inmediaciones de Cartagena con mozos de los remplazos de 1932 a 1935), que partió de Almería con destino al frente de Teruel como unidad de refuerzo. Durante el verano de ese mismo año intervino en el fallido intento de recuperar las localidades de Villastar y Fuente Artesa y posteriormente sufrió muchas bajas por enfermedad y congelación como consecuencia del rigor de la batalla de Teruel (diciembre 1937-febrero 1938). Sin embargo, el 28 de diciembre de 1937 Aristeo Andrés Cercós había sido destinado al CRIM número 18 de Tarragona, y el 31 de mayo seguía en ese destino, pues según dice una circular con esa fecha firmada por el subsecretario de Defensa Antonio Cordón (1895-1969/1971): «He resuelto dejar sin efecto el destino adjudicado por orden circular de 16 de abril pasado (D. O. núm. 94) al teniente de INFANTERÍA profesional D. Aristeo Andrés Cercos, quedando subsistente el asignado al Centro de Reclutamiento, Instrucción y Movilización núm. 18 (Tarragona), por circular de 24 de diciembre anterior (D. O. núm. 311)».

En ese mismo periodo, Joaquín Almendros estaba también en Cataluña, donde fue el único representante de la Federación catalana del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en el primer Comité Ejecutivo del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya), partido creado el 24 de julio de 1936 y en cuyo comité estaban representados también la Unió Socialista de Catalunya (por Joan Comorera, como secretario general, y Pau Sirera), el Partit Comunista de Catalunya (por Miquel Valdés, Feilp Garcia y Pera Arcadia) y el Partit Català Proletari (Artur Cussó y Lluis Álvarez). Almendros fue durante la guerra secretario militar del PSUC y comisario de guerra del Ejército del Este —en los años setenta publicó unas memorias sobre esta época, Situaciones españolas, 1936-1939: el PSUC en la guerra civil (Dopesa, 1976), que en general no cuenta con mucho crédito por parte de los historiadores—, y no es demasiado arriesgado suponer que, si no fue ya a bordo del Winnipeg, por aquel entonces coincidiera con Aristeo Andrés Cercós.

Al poco tiempo de llegar a Santiago de Chile, Almendros empezó a trabajar como comercial y distribuidor para la revista y editorial Ercilla (jefe de circulación y propaganda), cuya revista homónima dirigía de facto el escritor peruano y político del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) Manuel Seoane (1900-1963) —aunque por ley un extranjero no podía figurar como director de un medio de comunicación—, que también se encontraba exiliado en Chile. Así lo contó el periodista Hernán Millás (1921-2016) ya a principios de los años noventa:

Tenía treinta y siete años cuando se embarcó [en el Winnipeg]. Era técnico en perforaciones mineras. Pero a los pocos días de llegar a Chile tropezó con Manuel Seoane (un peruano, otro exiliado), que era director de la revista Ercilla, y cambió la prospección por los libros. Tanto le apasionaron, que después se instaló con la librería Séneca, y más tarde fundó la editorial Orbe. […] Aún recuerdo con simpatía a este conversador andaluz [había nacido en Linares, Jaén] en el altillo gerencia de un local de la Galería Imperio, desapareciendo entre rumas de libros.

Por su parte, en un artículo de Liballe publicado en 1972 en el periódico chileno La Nación y dedicado a Joaquín Almendros, se cuenta del siguiente modo la relación entre ambos exiliados:«El periodista peruano había conocido al padre de Joaquln en Buenos Aires, cuando la familia Almendros estuvo exiliada en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. Seoane sufría, a su vez, el exilio por Ia dictadura de Sánchez Cerro en Perú».

No está del todo clara la cronología de los acontecimientos, pues ya en 1941 aparecían libros de Ediciones Orbe. De ese año son, por ejemplo, Quince poetas de Chile, de Carlos Réné Correa (1912-1999), Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002) y con prólogo de Mariano Latorre (1856-1955), Ahumada 75, del boliviano Luis Toro Ramallo (1899-1950) e Historia de una derrota (25 de octubre de 1938), del escritor y por entonces diputado Ricardo Boizard (1903-1983), que dan buena muestra de la variedad de géneros que desde un principio acogió Orbe. Sin embargo, al parecer Almendros no adquirió la editorial hasta 1945 (de manos de Vega y Kamisnky).  Y unos pocos años antes, por lo menos antes del verano de 1944, estaba ya activa la Librería Orbe (en San Antonio 212), que se anunciaba como especializada en «ediciones chilenas, figurines y novedades extranjeras».

Al parecer, antes incluso de tomar los mandos de Orbe había fundado Almendros una librería llamada Mundi, pero en 1944 la vendió y creó la Séneca, domiciliada en Huérfanos, 836, a cuyo frente puso como gerente al eximilitar profesional Aristeo Andrés Cercós.

Según cuenta Aldea Vallejos en la entrevista mencionada, entre los clientes más o menos habituales de la Séneca se encontraban los escritores Mariano Latorre, Manuel Rojas, María Luisa Bombal (de quien Almendros se convirtió más adelante en editor), Benjamín Subercasseaux y Pablo Neruda (que, al parecer, casi nunca compraba nada en esa librería pero la frecuentaba).

Sin embargo, mediada la década Joaquín Almendros pasó a México, y ya en el año 1944 está fechada la edición mexicana en Orbe de la novela Caravana nazarena. El sudor de sangre del antifascismo español, del anarcosindicalista y escritor Ángel Samblancat (1885-1963). Al parecer, según el ya mencionado artículo en La Nación:

El editor tuvo que huir de nuestra tierra durante el gobierno de Gabriel González Videla, antes de ser detenido acusado de actividades extremistas Eran los tiempos de la Ley de Defensa de la Democracia y de la ofensiva anticomunista y Almendros, como muchos otros intelectuales de avanzada, traspasó las fronteras en forma clandestina, fue detenido en Bolivia, remitido a Perú y asilado en México.

De la actividad posterior del gestor de la librería Séneca, la única pista hallada hasta el momento es el registro de una edición del Libro de Buen Amor, en una versión modernizada y versificada por Clemente Canales y con un estudio preliminar de María Cristina Vergara, que publicó en Santiago de Chile la Editorial Renacimiento en su colección Delfín en 1980 (según indica José Jurado en Bibliografía sobre Juan Ruiz y su Libro de Buen Amor [CSIC, 1993]), que al parecer incluye en sus páginas 23 a 25 un breve prólogo de Aristeo Andrés Cercós.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1 (Abad-Casalduero), Sevilla, Renacimiento (biblioteca del Exilio 30), 2016.

Diario Oficial del Ministerio de Defensa, 1936-1939.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 36), 2018.

Liballe, «Joaquín Almendros: “Soy mucho más que un editor”», La Nación, 8 de octubre de 1972, p. 4.

Hernán Millás, Habráse visto, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1993.

Juan Carlos Ramírez, «Juan Aldea, dueño de la Feria Chilena del Libro: Las batallas del librero más antiguo de Chile», La Segunda, 23 de enero de 2015.

Un impresor de Granollers que contribuyó a modernizar las imprentas colombianas y chilenas

En su concienzudo estudio de la editorial Pòrtic, Mireia Sopena dedica en un interesante capítulo sobre «La editorial, de puertas adentro» unas líneas a uno de los colaboradores de Josep Fornas (n. 1924) en esta editorial que difícilmente pueden dejar indiferente a quien se interese por el mundo del libro. En apenas tres párrafos,  Sopena consigna las vertientes de periodista, narrador, cineasta, político, gestor cultural e impresor de Miquel Joseph i Mayol (1903-1983), un personaje sin duda fascinante. Los testimonios orales permiten incluso a Sopena precisar que en Pòrtic se le tenía por un hombre de una gran formación, «muy interesante y muy culto» (Fornas) y por «una gran persona, de un trato exquisito» (el corrector Jordi Pla [1923-2006]), pero también que durante los meses de 1973 y 1974 que trabajó para Pòrtic acudía a las oficinas de Via Laietana sólo por las mañanas y que sus tareas consistían en ocuparse de la producción y asesorar a Fornas en cuestiones de impresión.

Miquel Joseph i Mayol.

Sin embargo, fue el historiador Josep Grau quien acometió el trabajo más exhaustivo y escrupuloso hasta la fecha acerca de Miquel Joseph i Mayol, y a la vista de su espléndido trabajo a nadie extrañará que esas fueran las funciones de Joseph i Mayol en la editorial de Fornas, pues estuvo en contacto con las imprentas desde su más tierna infancia y se mantuvo toda la vida cerca de ellas.

Hijo de Jaume Joseph i Viladerbó (1866-1951), que se había iniciado como aprendiz de imprenta antes de poder crear en su Granollers natal la Impremta La Indústria, a los diecisiete años Miquel ya publicaba sus primeros relatos y artículos periodísticos en algunas de las publicaciones periódicas que imprimía su padre, como La Revista Literària de Granollers (1919-1921) y más tarde en el primer diario de la ciudad, Diari de Granollers, hasta que en 1930 fundó su propio periódico, Crónica.  El año siguiente daba el salto a Barcelona, donde estrenó una obra teatral, creó la Revista de la Llar y en 1931 publicó el relato Un adolescent fet home en los talleres gráficos NAGSA, donde se imprimían también las revistas Imatges y D’Ací  i d’Allà (en las que, al parecer, colaboró).

De esta única incursión en la narrativa de ficción de Joseph i Mayol se publicó en la influyente Revista de Catalunya una crítica en septiembre de 1931 en la que se la describía como «una novela de ambiente cosmopolita que pone de manifiesto ciertas aptitudes del autor para escribir narraciones entretenidas», pero censuraba sin paliativos la prosa («embrionaria») y el deficiente dominio de la lengua: «La prosa catalana hace ya bastante tiempo que ha salido de la infancia como para que un autor pueda permitirse aún este tipo de balbuceos».

Nació por aquellos años un intenso interés de Joseph i Mayol por el cine que le llevó a ser nombrado en 1932 secretario interino del Comitè de Cinema de la Generalitat y a publicar innovadores ensayos sobre el poder pedagógico del cine en el Butlletí dels Mestres, y sobre la organización de la industria en Cinegramas y Arte y Cinematografía, pero sobre todo a dirigir algunos cortometrajes ─en muchos casos hoy desaparecidos─, como Els camins d’en Serrallonga y Elx, simfonia de palmeres o, en colaboración con Albert Grasset, algunos musicales, como La maja y el abanico o Si yo supiera escribir.

Simultáneamente se convertía en un importante promotor cultural, primero participando en el Museu de Granollers y, ya durante la guerra, inventariando y catalogando el patrimonio cultural incautado como funcionario de la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya, además de intervenir en la organización de la Exposición de Arte Catalán en París en 1937 en el Jeu de Paume y participar en la junta de gobierno de la Cambra Oficial del Llibre de Barcelona, y al concluir la guerra, organizar la famosa salida del país en bibliobús de los miembros de la Institució de les Lletres Catalanes (Mercè Rodoreda, Francesc Trabal, Joan Oliver, etc.).

Miquel Joseph i Mayol.

Gracias a la colaboración del pedagogo y escritor Pau Vila (1881-1980), que había vivido en Bogotá y conocía al presidente Eduardo Santos (1888-1974), tanto Joseph i Mayol como el pintor Ignasi Mallol (1892-1940) ─hombre clave en la conservación del patrimonio artístico y cultural tarraconense durante la guerra─ y el filósofo y escritor Josep Maria Capdevila (1892-1972), los tres tuvieron Colombia como primer país de residencia al exiliarse, donde se les garantizó un puesto de trabajo en el sistema educativo. Mientras que Mallol murió poco después y Capdevila impartió literatura y filosofía en la Universidad de Popayán (luego en la de Santiago de Cali), Joseph y Mallol se convirtió inicialmente en asesor del Departamento de Cinematografía Educativa del Ministerio de Educación colombiano, pero ya en 1940 fundó con un socio una imprenta que no tardó en contar entre sus clientes con los principales periódicos bogotanos, El Tiempo y El Espectador, e incluso rechazó la oportunidad de convertirse en distribuidor de Xerox para poder así seguir vinculado a la impresión.

En el ámbito del cine, en 1944 abandonó a medio rodaje un encargo de Patria Films para rodar una película basada en la vida de la heroína de la independencia Antonia Santos, y cuatro años más tarde vendió su parte en la imprenta para pasar a dirigir la Dirección de Extensión Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Educación.

Como consecuencia, al parecer, de una trombosis, decidió trasladarse a un país a menor altitud, y fue entonces cuando recaló en Santiago de Chile, donde una de sus primeras ocupaciones fue la importación y distribución de maquinaria destinada a la industria gráfica, pero en los sesenta vuelve a desplazarse, en este caso a Panamá, donde funda la imprenta Industrial Gráfica, S.A. (IGSA), que en 1962 compró una notable cantidad de material procedente de la empresa Importadora Balboa, S. A. (que se encontraba en liquidación) y no tardó en convertirse en una de las imprentas más importantes del país.

Entre 1966 y 1974, Joseph y Mayol hizo una larga estancia en Barcelona, durante la cual llevó a cabo la colaboración con la editorial Pòrtic que detalla Mireia Sopena, y en 1977 regresó de nuevo y, muerto Franco, en septiembre de ese año decidió solicitar de nuevo un documento de identidad nacional. Fue en esta etapa cuando aparecieron sus libros (casi todos en Pòrtic), algunos de ellos referencia en su materia, como Iberoamércia, continent de l’esperança (1969), La imprenta del meu pare. El regionalisme a la comarca (1970), El salvament del patrimoni artístic català durant la guerra civil (1971), Opus IV. Éxode de 1939. De retorn a Catalunya (1974) y sobre todo, para lo que aquí interesa, Com es fa un llibre. Diccionari de les arts gràfiques (1979, reeditado en 1991).

Fuentes:

Josep Grau, «Miquel Joseph i Mayol: vida i obra d’un granollerí singular».” Ponències Anuari del Centre d’Estudis de Granollers 2007, pp. 77-114.

Mireia Sopena, Editar la memòria. L´etapa resistent de Pòrtic (1963-1976), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 366), 2006.

Catalonia, la librería y la editorial chilenas

Al pueblo chileno, que a tantos intelectuales catalanes acogió en 1939

Apenas iniciada la primera década del siglo XXI, se abrió en Santiago de Chile una librería cuyo nombre remitía de inmediato a una de las más míticas e influyentes de cuantas estuvieron en activo en Barcelona durante la Segunda República, Catalonia. La Catalonia catalana la había fundado el luego famoso impulsor de Editorial Sudamericana, Antoni López Llausàs (1888-1979), asociado a Manuel Borràs de Quadras y al más tarde editor de la legendaria Selecta Josep Maria Cruzet (1903-1962). Sucedía esto en 1924 e inicialmente con sede en la plaza Catalunya, en lo que hasta entonces había sido un comercio de material eléctrico, y enseguida empezó a destacar como una librería moderna, entre cuyas peculiaridades estaba la posibilidad de hojear los libros, dispuestos contra lo que era habitual en mesas en lugar de en anaqueles, y la musculosa actividad cultural que generó, incentivo y promovió (conferencias, debates, lecturas, presentaciones de libros…). Hay testimonio gráfico del enorme despliegue que solían llevar a cabo con motivo del Día del Libro, pero todo eso concluyó como consecuencia del resultado de la guerra civil española, tras la cual se vio obligada a cambiar su nombre por el de La Casa del Libro.

La Catalonia barcelonesa.

Tendrían que pasar casi sesenta años para que alguien les tomara el relevo. Unos pocos años antes de la creación de la Catalonia barcelonesa, en 1918, había llegado la luz a lo que a principios de siglo era una zona del sector oriente de Providencia (en Santiago de Chile), donde existía un famoso establecimiento de restauración con música y baile regentado por unas hermanas (las Urbinas), en el que solían detenerse los habitantes del centro que salían hacia la periferia en busca de espacios más abiertos y rurales. De estas hermanas procede el nombre de la calle en la que estaban, el callejón de las Urbinas, donde, pasado el tiempo y modernizada la zona, en el año 1996 Drina Beovic Gómez (1948-2001), a quien su hija Laura Infante Beovic recuerda como «muy sociable y alegre», decidió fundar la librería Catalonia.

Drina Beovic.

La web de esta librería, que en los años noventa llegó a disponer de cuatro establecimientos diseminados por la capital chilena, pone claramente de manifiesto la voluntad de dar continuidad al proyecto catalán:

…desde su comienzo intentó recoger la tradición de la mítica librería barcelonesa de la plaza Cataluña, en España. En su inicio, la librería desarrolló una importante difusión de catálogos de editoriales hasta entonces desconocidas para el lector chileno, y se destacó por la gran cantidad de actos culturales que buscaban vincular al lector y al autor. Llegó a tener cuatro locales de venta existentes en los noventas, lo que la posicionó como una de las librerías más importantes de la capital.

A la muerte de la fundadora, la librería vivió una etapa de cierta languidez, ya con sólo la sede de Las Urbinas en pie, pero mientras tanto el editor de la diáspora Arturo Infante Reñasco, hermano menor del poeta Sergio Infante Reñasco, había creado a finales del año 2003 la Editorial Catalonia, que se presenta como «una empresa chilena, independiente, de vocación literaria y cultural». Sergio Infante, que huyendo de la dictadura de Pinochet se había establecido en Barcelona, cuando fundó la editorial Catalonia tenía ya una larga trayectoria en el mundo editorial, que había iniciado en 1974 en Seix Barral, después de haberse licenciado en filología hispánica en la Universitat de Barcelona. Posteriormente, además, había dirigido la sede bonaerense de esta editorial, de donde pasó a dirigir la del Grupo Planeta en la misma ciudad hasta que regresó a Chile para fundar y dirigir la estructura de Editorial Sudamericana (que por entonces dirigía la nieta de Antoni López Llausàs, Gloria Rodrigué) en Chile, hasta el momento en que Sudamericana fue subsumida en lo que por entonces era el Grupo Random House- Mondadori (hoy Penguin-Random House).

Antes de que terminara 2003 aparecían en la Editorial Catalonia la Historia de Chile desde la invasión incaica hasta nuestros días, de Armando de Ramón (1927-2004), Premio Nacional de Historia en 1998 y conocido sobre todo por sus obras sobre historia del urbanismo; Chile, un país dividido, del profesor y luego diplomático Carlos Huneeus e Historia de los antiguos mapuches del Sur, del antropólogo José Bengoa, que obtuvo por él el Premio Municipal de Literatura, pero también los menos académicos Diario enamorado, del veterano poeta y ensayista Armando Uribe Arce, y Las diez cosas que un hombre en Chile debe hacer de todas maneras, de la periodista Elizabeth Subercaseaux (cuya carrera en la ficción había iniciado en 1986 con el libro de relatos entrelazados Silendra, publicado por Ediciones del Ornitorrinco) y sobre todo, Allende, cómo la Casa Blanca provocó su muerte, de la periodista y escritora Patricia Verdugo (1947-2008), cuyo resonante éxito permitió asentar los pilares de una labor a más largo plazo.

Progresivamente, desde la historia y las ciencias políticas, el foco de Catalonia fue abriéndose a las crónicas y libros de testimonio, la filosofía, la investigación periodística y, en el ámbito de la ficción, a la narrativa, la poesía y el libro infantil. Y, además de ser fiel editor de alguno de los autores iniciales, como es el caso Bengoa (El tratado de Quilín, 2007, y la reedición de Mapuche, colonos y el Estado nacional, 2014), ha incorporado a su catálogo a escritores de prestigio como, entre otros muchos, la antropóloga Sonia Montecino (Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2013), a quien entre otros libros publicó una reedición ampliada y actualizada de Madres y huachos, alegorías del mestizaje chileno (2007), el filósofo Humberto Giannini (1927-2014), también galardonado con el Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (en 1999) y que con La metafísica eres tú (Catalonia, 2007) obtuvo el Premio Nacional del Libro y la Lectura 2008 y el Premio Altazor de Ensayo 2009, o el abogado y escritor comunista Volodia Telteiboim, a quien en 2004 le publicaron Neruda 100 Multiuso/Todoterreno.

Paralelamente al crecimiento del catálogo de la editorial, Catalonia se convirtió además en una de las distribuidoras de referencia para las editoriales españolas, y gestiona por ejemplo los catálogos de Blackie Books, Comanegra, Candaya, Plataforma Editorial, Claret, Serres, así como sellos de varios países latinoamericanos (Brujita de Papel, Latin Books, Peisa, Libros de la Araucaria, Losada…).

Al iniciarse la segunda década del siglo, la librería recibió un nuevo impulso, se revitalizó y modernizó, abrió en 2015 una sucursal en Santa Isabel (también en Providencia), empezaron a organizar encuentros, debates, talleres y uno de los primeros y más importantes clubs de lectura de Santiago de Chile, dirigidos por la profesora de Letras María José Navía y el pedagogo y librero de la Catalonia Gerardo Jara, en los que la inscripción a los mismos consiste en la compra del libro que se comenta y que no tardó en ramificarse en tres: un club de poesía, a cargo del editor y profesor de literatura James Staig, otro de narrativa y un tercero de ensayo feminista, dirigido o coordinado por la historiadora, biógrafa y editora de contenidos de Memoria Chilena María José Cumplido, autora de Chilenas (2017), Chilenas rebeldes (2018), Chilenas rebeldes 2 (2019).

Al frente de esta renovación y ampliación, cuando se cumplían diez años de la muerte de Drina Beovic, estaban sus hijas Catalina (también editora en Catalonia) y Laura Infante Beovic, así que no sería de extrañar que quizás algún día Las Urbinas se conozca como las Infante Beovic…

Fuentes:

Web de la Librería Catalonia

Web de la Editorial Catalonia

Martí Crespo, «Unes llibreries Catalonia a 11.000 km, de Barcelona», Vilaweb, 5 de septiembre de 2019.

Vale Lopresti Fuenzalida, «El boom de los clubes de lectura en Chile explicado por un librero», El Definido, 14 de mayo de 2014.

Tamy Palma, «Laura Infante: “Mi mamá murió el día de mi cumpleaños» (entrevista), La Tercera, 29 de marzo de 2019.

 

Literatura en las ondas, un aviador español en Chile y trazas del audiolibro

Cuando el escenógrafo, dramaturgo y actor español Santiago Ontañón (1903-1989) consiguió por fin llegar a Chile –después de haberse refugiado en la embajada de ese país al término de la guerra civil española–, una de sus primeras fuentes de ingresos fue en Radio Agricultura como parte de un elenco de radioteatro recién creado en el que también entró su compañero de fatigas Edmundo Barbero (1899-1982). Pero la intervención de los exiliados españoles en la difusión de la literatura a través de la radio fue bastante más allá.

En el primer volumen de sus memorias, el escritor chileno Jorge Edwards (n. 1931) evoca un aspecto poco conocido del editor español de Cruz del Sur Arturo Soria y Espinosa (1907-1980), la de locutor de radio: «era el campeón de lo oral –escribe de él Edwards–, de la oralidad, de la palabra que se lanzaba al viento y que después chisporroteaba en la memoria», y recuerda que fue gracias a él que pudo dar a conocer ampliamente sus primeras obras narrativas, cuando Soria lo invitó a intervenir en un programa que tenía en Radio Minería, la revista oral Cruz del Sur, en la que a menudo se radiaban conferencias y lecturas literarias y en la que otro de los jóvenes invitados con frecuencia a leer sus textos era Teófilo Cid (1914-1964), una de las plumas que lideraban el pujante grupo surrealizante La Mandrágora (Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas, Jorge Cáceres), muchas de cuyas exquisitas ediciones las imprimió en Santiago de Chile el malogrado hermano de Arturo, Carmelo Soria (1921-1976), quien se ocupó también de imprimir los quinientos ejemplares de la primera obra de Jorge Edwards (El patio, 1952).

Gracias a una carta en la que Soria le pide colaboración a Gabriela Mistral (Lucía Godoy Alcayaga, 1889-1957), que por entonces era reciente premio Nobel de Literatura, es posible fechar en noviembre de 1946 la iniciativa de crear un programa radiofónico dedicado a la literatura que el editor le describe del siguiente modo:

El próximo domingo empezará la actividad de Cruz del Sur en el aire. Esperamos conectar con diversos países de Iberoamérica y tenemos la voz impresa de Neruda, Alberti, Nicolás Guillén, Gómez de la Serna, y recibiremos desde España discos con la voz de Unamuno, Valle-Inclán, etc.[…] Desearíamos de su bondad nos prestase su colaboración, imprimiendo un disco para esta emisión.

De hecho, Neruda, por ejemplo, ya en marzo de 1947 grabó su lectura de Alturas del Machu Pichcu, que comercializó en tres discos de 78 revoluciones por minuto con el sello de IberoAmérica y distribuidos por Cruz del Sur como inicio de una colección titulada Archivo de la Palabra.

Quizá un antecedente remoto de esta voluntad de inmortalizar la voz de los grandes escritores leyendo su propia obra (así parece indicarlo su nombre) esté en el Archivo de la Palabra creado en el Centro de Estudios Históricos por el filólogo Tomás Navarro Tomás (1884-1979), célebre por sus siglas TNT, y el musicólogo Eduardo Martínez Torner (1888-1955), quienes, con la colaboración de la sucursal de la Columbia Parlophone Company de San Sebastián, entre 1931 y 1933 consiguieron grabar, entre muchas otras, las voces de Armando Palacio Valdés (1853-1938), Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón M. del Valle-Inclán (1866-1936), Jacinto Benavente (1866-1964), Pío Baroja (1872-1956), Azorín (1873-1967), Juan Ramón Jiménez (1881-1958), así como a la famosa actriz Margarita Xirgu (1888-1969) leyendo poemas de Federico García Lorca (1898-1936), cuyas matrices galvanoplásticas se conservan en el Museo del Teatro de Almagro. Es incluso muy probable que las grabaciones de Unamuno y Valle a las que se refiere Soria en su carta a Gabriela Mistral sean copias de esas del Centro de Estudios Históricos.

Según cuenta en sus propias memorias, la idea de rescatar esa iniciativa en Chile había partido de un personaje que merece cuanto menos un largo paréntesis, el aviador español Fernando Puig Sanchís (1914-2003). Probablemente la primera pista de su interés por la palabra la dejó Puig Sanchís en la revista infantil madrileña Pinocho, que en 1927, cuando tenía trece años, le publicó un par de chistes; en uno de los cuales ya asomaba su vocación: «¿En qué se parecen un duro [la moneda] y la gasolina de un aeroplano? En que se gastan volando». Puig Sanchís entró en la universidad para cursar estudios de ingeniería industrial en 1931, y fue un habitual en las prácticas de vuelo que en los años treinta se hacían en La Marañosa (Madrid), donde coincidía a menudo con los hermanos Carmelo, Luis y Arturo Soria, y este último acabaría por casarse con la hermana del joven ingeniero, Conchita Puig. Eso explica en parte que, cuando estalló la guerra civil, inicialmente Puig se incorporara al Servicio Español de Información que dirigía Soria, pero en 1937 ambos lo abandonaron y entonces Puig se enroló como voluntario en la tan necesitada aviación republicana.

Pablo Neruda.

Esto le llevó a trasladarse en 1938 a la Unión Soviética para formarse como piloto de guerra, pero la guerra concluyó antes que sus cursos y ya no pudo regresar a España; sí intervino en cambio en la segunda guerra mundial, en el Ejército soviético. Al finalizar esta otra guerra, se sacó el título de ingeniero especializado en centrales eléctricas y redes y durante un tiempo trabajó como ingeniero de grabación en Radio Film en Moscú.

Cuando finalmente, a principios de 1947, Puig llegó a Chile para reunirse con su hermana Conchita y su cuñado Arturo Soria se incorporó a Cruz del Sur para desempeñar tareas administrativas y sin duda debió de ser de gran ayuda tanto en el programa radiofónico de Soria como en la colección Archivo de la Palabra que se estrenó con Pablo Neruda, a quien a finales de ese mismo año se le publicaron otros cuatro discos con el título Antología. Otra de las grabaciones llamativas de esta colección, ya en 1952, fue la del escritor gallego Eduardo Blanco Amor (1897-1979) recitando poemas de Federico García Lorca, que se comercializó en una caja con dos elepés, y a estos nombres pueden añadirse los de León Felipe, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Marcel Bataillon, Dámaso Alonso y Ramón Gómez de la Serna.

Aun así, uno de los discos más famosos de la colección es el de algunos poemas del primer volumen de Cortejo y Epinicio (aparecido como libro en Cruz del Sur en 1949), de David Rosenmann-Taub, publicado en 1949 y del que, una vez radiado en el programa de Radio Minería, se dice que se vendió toda la edición en una sola jornada.

Otra de las colecciones importantes dedicadas a la grabación de escritores leyéndose a sí mismos, La Voz de México, iniciativa de Efrén del Pozo, estuvo también vinculada a una emisora de radio, en este caso a Radio UNAM, en 1959 y ya desde el principio en discos a 33 rpm, y cuando al año siguiente se hizo cargo de esta colección el escritor exiliado español Max Aub (1903-1972) la subdividió en varias series: Literatura Mexicana, Testimonios políticos, Música Nueva, Folklore y Música para la escena, y más adelante la ampliarla con otra colección Voz Viva de América Latina, en la que puede escucharse a José Martí, Rubén Darío, Julio Cortázar o Pablo Neruda.

Aún tardaría unos años en llegar el mal llamado «audiolibro», que se supone que era una esplendorosa novedad…

Fuentes:

Alicia Alted, La voz de los republicanos. El exilio republicano de 1939, Madrid, Aguilar, 2012.

Anonimo, «Editorial Cruz del Sur (1941-1963)», en el portal Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.

Beatriz Berger, «Todo poema, en mí, tiene su partitura» (entrevista a David Rosenmann Taub), El Mercurio (Santiago de Chile), 6 de julio de 2002.

Jorge Edwards, Los círculos morados. Memorias I, Santiago de Chile, Penguin Random House, 2012.

Jorge Edwards, José Ricardo Morales y Luis Sánchez Latorre, «Tres amigos le recuerdan», El Mercurio, agosto 1989, D13.

Julio Gálvez Barraza, «Por obra y gracia del Winnipeg», Clío. History and History Teaching, núm. 24 (2001).

Armando López Rodríguez, Andanzas del piloto republicano Fernando Puig Sanchís, UNED, 2018.

José Vicente Navarro Rubio i Ximo Martínez Ortiz, Fernando Puig Sanchís, pilot de combat al servei de la II República Espanyola, Ajuntament d’Alcúdia (col·lecció Gent d’Ací 4), 2016.

Arturo Soria Puig, «Un hombre de palabra», prólogo a Arturo Soria y Espinosa, Labrador del Aire, Madrid, Turner, 1983, pp. 7-41.

Adriana Hidalgo, la última editora del siglo XX

Pedro García, fundador de El Ateneo.

Según ella misma ha contado, la editora argentina Adriana Hidalgo no llegó a conocer al impulsor de lo que llegaría a ser el enorme e influyente entramado editorial y librero El Ateneo, Pedro García Fernández, pues este murió antes de que su hija, Delia García Rueda, se casara. En cuanto al padre de Adriana Hidalgo, el diplomático militante de la UCR (Unión Cívica Radical) Héctor Hidalgo Solá, lo secuestraron el 18 de julio de 1977, durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (esto es, la considerada como «la dictadura más sangrienta de la historia argentina») mientras era embajador en Venezuela; al parecer, había viajado a Buenos Aires para, entre otras cosas, asistir a la boda de su hija Adriana.

El punto de inflexión en la carrera de esta editora se produce a finales de los años noventa, cuando la entonces ya prestigiosa editorial y librería El Ateneo donde trabajaba fue adquirida por el Grupo Ilhsa (que había pasado del negocio petrolero a introducirse en el del libro mediante la compra de la cadena de librerías Yenny). Según ella misma explicó: «Mientras se hacía la venta, me dije: “Algo tengo que hacer. A mí me gusta mucho este trabajo. Voy a empezar otra vez”.». El dinero obtenido con la venta, por otra parte, le proporcionaba además el capital inicial para poder hacer realidad ese proyecto.

Adriana Hidalgo.

Para ello se asoció con el crítico de arte Fabián Lebenglik, que desde 1989 era el jefe de la sección de artes visuales del periódico bonaerense Página/12 y ese mismo año incluye en Kuitca (Julia Lublin Ediciones) el ensayo El joven Kuitca (premiado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte).

Así, en agosto de 1999 aparecen ya los cuatro primeros libros de Adriana Hidalgo Editora, y, en palabras de José Luis de Diego, a partir de ahí «consolidó un catálogo a partir de reediciones de grandes autores olvidados, como Guimarâes Rosa y Clarice Lispector, ensayos poco conocidos de Harold Bloom y George Steiner, y cuidadas ediciones de poesía argentina». Ya en el año 2000 era premiada por la CAPLA (Cámara Argentina de Papelerías, Librerías y Afines) como Editor del Año.

También casi desde el primer momento se sumó a la tendencia a unir esfuerzos tan característico de las pequeñas editoriales estéticamente ambiciosas, en particular con el propósito de exportar sus libros, y en la presentación pública de Edit.ar, creada con el apoyo de la Fundación ExportAr y la Fundación BankBoston, su nombre figuraba al lado de los de Julio Acosta (de Ameghino Editora), Juan Carlos Ugerman (Ugerman Editor), Graciela Rosenberg (Lugar Editorial), José Néstor Pérez (Homo Sapiens), Héctor Dinsmann (Editorial Biblos), Carlos Samonta (Galerna Editorial), Rodolfo Hamawi (de Grupo Editorial Altamira) y Manuel Traba (Latinoamericana Editora) cuando en 2001 se presentó la asociación, una de cuyas primeras iniciativas visibles fue la edición de un catálogo colectivo. Del mismo modo, se unió también a Los Siete Logos (con Eterna Cadencia, Beatriz Viuterbo, Mar Dulce, Entropía, Caja Negra y Katz Editores) para trabajar conjuntamente en la visualización de sus propuestas editoriales en ferias y otras iniciativas similares, tanto nacionales como internacionales.

Tras un arranque en 1999 en el que alternaban La mano del teñidor y El mundo de Shakespeare, de W.H Auden (1907-1973), con Ochenta poemas y canciones, de Bertolt Brecht (1898-1956) y el Marat-Sade, de Peter Weiss (1916-1982), y Cuentos claros, Los suicidas y El silenciero, de Antonio Di Benedetto (1922-1986), con El mundo de Mahler, de Norman Lebrecht (n. 1948) y El mundo de Ravel, de Roger Nichols (n. 1939), el aterrizaje de la editorial en España se produjo en 2002 con La asesina de Lady Di, la novela del debutante Alejandro López (n. 1968). Sin embargo, encomendar la distribución en la Península a Melisa (Mensajerías del Libro, S. A.), una empresa estrechamente vinculada a Edhasa y que ya por entonces daba muestra de profundas deficiencias de gestión, no tardó en demostrarse un error morrocotudo.

Al año siguiente, sin embargo, publica la primera traducción al español, de Pablo Giameti, de la novela de un autor tan marcadamente anagramático como Jack Kerouac (1922-1969) Big Sur, lo que para el lector español era un dato muy orientativo, y que si bien en un principio se vendió muy modesta y lentamente, el estreno de la película homónima de Michael Polish en 2013 dio un espaldarazo a este libro de culto cuya inercia parece no haberse agotado todavía. Adriana Hidalgo, conocedora de la resistencia de los lectores argentinos a las traducciones españolas –resistencia de la que la propia Anagrama, y en particular de las traducciones en las que abunda el argot como es el caso de las de la beat generation, ha sido víctima–, puso desde el primer momento especial énfasis en la búsqueda de un registro lingüístico que pudiera ser aceptado sin irritación tanto por el lector argentino como por el chileno, el mexicano o el español; empresa nada fácil.

Esa misma constancia y resistencia a la descatalogación acelerada que propició las constantes reediciones de Big Sur reportó también recompensa en el caso del primer volumen de crónicas inéditas de Clarice Lispector (Descubrimientos, traducción de Claudia Solans, 2004), por ejemplo, o con las ya mencionadas obras de Di Benedetto, una de las grandes apuestas de la casa y autor acerca del cual explicó Hidalgo: «al principio se vendía poco, y luego salió de ese lugar de “escritor de escritores” y pasó al gran púbico».

En 2007 apareció otro libro decisivo para la editorial, y además lo hizo en el momento idóneo, la traducción de Juana Bignozzi de  El africano, de J.M. G. Le Clézzio (n. 1940), gracias a la mediación de uno de los agentes fundacionales de International Editors, Nicolás Costa. Así lo contaba la propia Adriana Hidalgo:

Le Clézio publicaba en Tusquets, habían publicado todas sus obras hasta un cierto momento, pero él escribe muchísmo. Entonces Nicolás Costa, de International Editors, nos propuso El africano, de Le Clézio. Lo leímos y decidimos hacerlo. La Alliance Française lo trajo a Buenos Aires, ese mismo año lo volvimos a publicar y en octubre, en [la Feria del Libro de] Frankfurt, nos enteramos de que había recibido el Nobel. ¡No lo podíamos creer! Era una pegada única, era el único libro que estaba recién impreso.

Nos es sorprendente, pues, que a partir de la segunda década del siglo XXI empezara a ser objeto de reconocimiento por parte del sector: En 2012 obtuvo el Reconocimiento al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dos años después recibía el Premio de la Fundación Konex a la Labor Editorial de la Década, así como el reconocimiento a la trayectoria ortorgado por la Legislatura Porteña.

Por el camino, en el proceso de diversificación y creación de nuevas colecciones, en 2009 (al cumplir la editorial diez años) había creado un sello destinado a la literatura infantil ilustrada, Pípala, con Clara Huffman (hija de Adriana Hidalgo) como directora editorial, que a diferencia de la casa madre empezó imprimiendo sus libros en China y que en 2015 fue destacada en la sección Nuevos Horizontes en la prestigiosa Feria del Libro de Bolonia por el libro del debutante Mariano Díaz Prieto Mondo Babosa.

En el enorme y activo pelotón de editoriales no vinculadas a grandes grupos surgidas en el cambio de siglo (de ahí el epíteto de «última editora del siglo XX» que se le ha dado a menudo), Adriana Hidalgo se cuenta sin duda entre las que un mayor crecimiento y una mayor expansión internacional experimentaron desde el primer momento, como pone de manifiesto, por ejemplo, la apertura de sede en España y su presencia en librerías; acaso el síntoma de una tendencia que no se producía desde los tiempos en que se asentó en la Península el Fondo de Cultura Económica.

Fuentes:

Catálogo de Adriana Hidalgo 2018.

Anónimo, «Adriana Hidalgo: “Editar libros es un modo de expresión, es transmitir algo que nos haga mejores”» (entrevista) Revista Ñ. Clarín, 27 de noviembre de 2011.

Lydiette Carrión, «Adriana Hidalgo: Adicción a la edición», Replicante, 11 de mayo de 2010.

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019.

Mariela González Rosso,«La editorial argentina Adriana Hidalgo llega a España», El País, 2 de noviembre de 2002.

Laura Ventura, «Adriana Hidalgo y el espíritu de los primeros editores argentinos», El Estado Mental, núm. 15 (febrero de 2016).

Patricio Zunini, «El verdaderamente importante es el autor» (entrevista), Blog de Eterna Cadencia, 24 de noviembre de 2015.

Ramon Maynadé, el gran editor teósofo

No es gran cosa lo que se sabe acerca de quien probablemente fuera el más importante editor y divulgador español en el campo de la teosofía, Ramon Maynadé Sallent, quien acaso llegara a la edición más por necesidad y convicción que como fruto del desarrollo de una vocación. Maynadé aparece ya como primer vocal de la junta fundación de la Sociedad Teosófica en 1899, que presidía el médico Josep Roviralta y formaban el también médico Josep Plana i Dorca (administrador), Josep Granes (secretario), Josep Querol (vocal) y Jacint Plana (vocal).

Después de la publicación descoordinada de la «Revista Teosófica Mensual» Antahkarana (1894-1896) y una notable serie de opúsculos, a menudo traducidos, a principios del siglo XX esta actividad editorial dispersa cristaliza en 1901 en la creación de la Biblioteca Orientalista, financiada por Josep Xifré Hamel (1855-1920) –quien en Madrid había sufragado ya el boletín teosófico Sophia (1893-1914) – y dirigida por Ramon Maynadé con la estrecha colaboración de su esposa Carme Mateos Prat (1865-1915). Acerca de Sophia, vale la pena consignar que uno de sus suscriptores, por lo menos hasta 1913, fue el urbanista Arturo Soria y Mata (1844-1920), conocido por ser el creador de la madrileña ciudad lineal, pero quizá entre los amantes de los libros más por haber creado el periódico crítico-satírico urbanístico La Dictadura, editar La Ciudad Lineal. Revista de Higiene, Agricultura, Ingeniería y Urbanización y sobre todo por ser el padre del famoso librero y editor de Cruz del Sur Arturo Soria y Espionsa (1907-1980) y del no menos insigne impresor y editor Carmelo Soria (1921-1976).

Volviendo a las obras publicadas en la Biblioteca Orientalista, los pies editoriales no son tampoco muy clarificadores, pues de 1901 es por ejemplo una traducción de Ciencia oculta en la medicina, de Franz Hartmann, firmada con las iniciales A.F.G., o El poder del pensamiento, su dominio y cultura, de Annie Besant, en traducción de José Melián, que aparecen bajo el sello R. Maynadé Editor. Otra cuestión por aclarar, dada la coincidencia de los apellidos con los del matrimonio editor, es si existe alguna relación de parentesco entre el editor y su principal impresor, Joan Sallent i Prat, de Sabadell.

Lo que sí parece más claro es que la dirección de la empresa, calle de la Tapinería, 10 (no lejos de donde hoy se encuentra el Museu Picasso), estaba muy cerca del principal punto de venta de los libros, la Librería Orientalista que regentaba el matrimonio Maynadé (en Tapineria, 24) y que durante un tiempo fue frecuentada por algunos de los personajes más conocidos del modernismo catalán, como el polímata Alexandre de Riquer (1856-1920), el egiptólogo y sinólogo Eduard Toda (1855-1942), el dramaturgo Pompeu Gener (1848-1920) y el dibujante, pintor y escritor Santiago Rusiñol (1861-1931), entre otros. Sin embargo, también en la Carbonell y Esteva (en Rambla Catalunya, 118) podían adquirirse ejemplares de esta colección. Tampoco deja de ser curioso que, según constata Armando López Rodríguez a partir del epistolario, Maynadé solicitó al mencionado Arturo Soria ejemplares de los libritos que este último había ido publicando por su cuenta y riesgo para venderlos en su librería, y de que en ella se vendieron ejemplares de sus obras Origen poliédrico de las especies (1894) y Contribución al Origen poliédrico de las Especies (1896). De ese mismo epistolario procede la información de que ya ese mismo año 1901 se confeccionó un primer catálogo de publicaciones disponibles del que se hizo una primera tirada de seis mil ejemplares y se preparaba ya una segunda de doce mil.

Carmen Mateos.

A partir de 1912 (y hasta 1924) tanto Ramon Maynadé como Carmen Mateos colaboraron también con El Heraldo de la Estrella, cuyo contenido se nutría sobre todo de la traducción de conferencias, entrevistas y textos diversos de Jiddu Krishnamurti (1895-1986), y ese mismo año interviene, con el escritor y periodista masón Frederic Climent Terrer (que colaboraba en la Biblioteca Orientalista como traductor y corrector), en la creación del Instituto de Educación Integral y Armónica.

Entre enero de 1917 y abril de 1932, Maynadé figura como miembro de la junta administrativa de El Loto Blanco, que se autodefine como «Revista Teosófica. Órgano de relación entre los teósofos españoles e hispanoamericanos», y en ese mismo año 1932 aparece como colaborador de la revista Teosofía. Unos años antes, en un libro de 1928, quien llegaría a ser un editor de cierta trascendencia al frente de las Ediciones Antisectarias, Joan Tusquets i Terrats (1901-1998), describía en El teosofismo (Eugenio Subirana, Editor Pontificio) la editorial de Maynadé como uno de los pilares principales del teosofismo en Cataluña, y según dice en 1927 había publicado ya unas 150 obras. Años más tarde, en 1934, el catálogo incluía ya 268 títulos. Por el camino, en 1922, Maynadé se había convertido en vicepresidente del Consejo de la Sociedad Teosófica Española y había establecido contactos con libreros y distribuidores comerciales americanos –caso de Nicolás B. Kier en Argentina, por ejemplo– mediante los cuales lograba una mayor difusión de las obras que publicaba (aunque se desconocen los métodos de distribución).

En la extensa nómina de traductores que colaboraron con la Biblioteca Orientalista figuran la luego célebre pedagoga Maria Solà [Ferrer] de Sellarés (1899-1998), el conocido traductor de Shakespeare y Goethe Josep Roviralta Borrell, médico homeópata de profesión, el filósofo, políglota y prolífico traductor Edmundo González Blanco (187-1938), el discreto poeta Josep Plana i Dorca (1856-1914), el ingeniero y yerno de Ramon Maynadé Luis García Lorenzana y los dos hijos del matrimonio: Josefina Maynadé Mateos (1908- 1978) y Arnaldo Maynadé Mateos (no confundir con el también ocasional traductor Arnaldo Maynadé Crespo, nacido el 24 de julio de 1929).

Josefina o Pepita Maynadé, que a los catorce años vio ya publicado El tesoro de Maya, creó una amplísima obra como traductora e ilustradora, y es autora de títulos como el articulo inicial «El teósofo y el ceremonial» (publicado en El Loto Blanco en 1925), Escuela de héroes (¿1929?), Plotino, su escuela iniciática y su filosofía (1929), Los niños a través de la plástica histórica (¿1946?), etc., y al final de la guerra civil española (durante la que se vio separada de su marido Luis García Lorenzana), residió en las islas Canarias (donde publicó los poemarios A Cloris y Los silencios y colaboró en la revista feminista Mujeres en la isla) y desde 1958 en México, donde amplió sus actividades al campo de la pedagogía. En los años sesenta dirigió la no muy longeva Colección Astrología Cíclica, que se publicaba con el sello del editor catalán B. Costa-Amic, y posteriormente, en colaboración con Maria Solà Ferrer, la colección de la editorial Diana Tradición Sagrada de la Humanidad.

Su hermano Arnaldo Maynadé Mateos, en cambio, afiliado a la Rama Arjuna de la Sociedad Teosófica Española ya en febrero de 1926, dejó una huella bastante menor, aunque pueden suponerse los motivos que le llevaron a trasladarse a Chile.

Fuentes:

Armando López Rodríguez, Arturo Soria y Mata. Una biografía, tesis doctoral presentada en el Programa de Doctorado en Historia e Historia del Arte t Territorio, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2017.

Joseba Louzao Villar, «Los idealistas de la Fraternidad Universal. Una aproximación a la historia del movimiento teosófico Español, (c 1890-1939)», Historia Contemporánea, núm. 37, pp. 501-529.

Pepita Maynadé, «Don Mario Roso de Luna», El Loto Blanco, de enero 1932, digitalizado por Biblioteca Upasika en Noviembre 2003.

Vicente Penalva Mora, El orientalismo en la cultura española en el primer tercio del siglo XX. La Sociedad Teosófica Española (1888-1940), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i Lletres de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2013.

Jordi Pomés Vives, «Diálogo Oriente-Occidente en la España de finales del siglo
XIX. El primer teosofismo español (1888-1906): un movimiento religioso heterodoxo bien integrado en los movimientos sociales de su época», HMiC, núm 4, 2006.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Susana, «Josefina Maynadé, una escritora amante de los clásicos», Huellas de Mujeres Geniales, 8 de abril de 2016.

Eliseu Trenc, «Josep Plana i Dorca, modernista, catalanista i teòsof», Anuari Verdaguer núm. 26, 2018, pp. 147-157.

 

Día del Libro, 1938: Guerra de cifras durante la guerra civil española

La de 1938 fue, lógicamente, una de las celebraciones del Día del Libro singulares, pero como tantas otras estuvo acompañada por su correspondiente polémica acerca de cuáles habían sido los libros más vendidos.

Entre estas singularidades destacan por ejemplo las fechas en que se celebró. Del mismo modo que en 1937 se había desplazado inicialmente a mayo, y posteriormente, como consecuencia de los conocidos precisamente como Hechos de Mayo, a principios de junio, en 1938 se desarrolló a mediados de año, inicialmente restringido al día 15, si bien posteriormente prolongado al día siguiente, mientras que numerosos actos relacionados con el libro (conferencias, exposiciones, recitales…) se extendieron entre los días 13 y 19 de junio.

Otra de las singularidades, muy probablemente vinculada con el avance de las tropas franquistas que habían ido generando miles de desplazados a tierras aún republicanas, así como al traslado del gobierno español de Valencia a Barcelona (31 de octubre de 1937) y de empresas editoriales como Hora de España y Nuestro Pueblo, es el hecho de que aumentara muy notablemente la circulación de libros publicados en lengua española y consiguientemente el porcentaje que supusieron en el global de las ventas durante estas jornadas.

Cartel de la Fira del Llibre de 1937.Y una tercera singularidad: por parte de las autoridades catalanas, uno de los objetivos más importantes y urgentes de esa feria era obtener libros para el Servei de Biblioteques al Front, cuyos fondos habían sido víctimas de los particularmente duros bombardeos de que había sido objetivo Barcelona en marzo de ese año.

Sin embargo, no sólo acerca de las cifras, sino incluso de los títulos más vendidos es difícil obtener datos fiables, pues muestran una inequívoca intencionalidad por parte de aquellos que los facilitan.

El día anterior a la Diada, casi toda la página 8 de La Vanguardia, que por entonces dirigía de facto Paulí Masip (1899-1963), la ocupaban tres enormes anuncios sobre novedades editoriales que son muy significativos: Uno de Ediciones Europa-América, con un prolijo listado de títulos, con sus correspondientes precios, clasificados temáticamente (Clásicos del Marxismo-Leninismo, El Movimiento Estajanovista, Colección Stalin, La Lucha contra el Trostkismo…); otro de Editorial Nuestro Pueblo con una forma similar y en cuyo catálogo destacaban obras de José Herrera Petere (1909-1977), Federico García Lorca (1898-1936) y Pedro Garfias (1901-1967), entre otros, y un tercer anuncio con las novedades de una singular Estrella, Editorial per a la Juventut, que encabezaban Dubrowski, el bandido, de Pushkin, y dos obras de Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983): Don Nubarrón en las colas y Don Nubarrón en su tinajón. No es ocioso señalar que estos tres sellos estaban vinculadas a la empresa Distribuidora de Publicaciones, cuya oficina central estaba en el número 260 de la calle Diputació (entresuelo) y con Librería Internacional, en el número 21 del Passeig Maragall (entrada por Diputación); en otras palabras, pertenecían a un mismo conglomerado de empresas vinculado al Partido Comunista, como describe bien Gonzalo Santonja  en Los signos de la noche.

Federico García Lorca.En la página 7 del mismo periódico, aparecían otros anuncios diversos, de las publicaciones del Comisariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya, de las Unitats de xoc de Calders ilustrado con grabados de Enric Cluselles y prologado por Carles Riba o, más sorprendente, de la edición de La Biblia que ponía a la venta por esas fechas la Casa de la Biblia, pero el espacio central lo ocupaba de nuevo un inmenso anuncio en el que se destaca otro libro de Nuestro Pueblo, Madrid es nuestro, que reúne sesenta crónicas firmadas por Jesús Izcaray, Clemente Cimorra, Mariano Perla y Eduardo Ontanón, prologadas por el general José Miaja (1878-1958).

Enric Cluselles.En la plaza Catalunya y sus aledaños, montaron esa jornada sus puestos las Milicias de la Cultura, Mujeres Libres, Mutilados de Guerra, la Asociación de Artistas Teatrales, la Asociación de Amigos de la URSS, Asistencia Infantil, entre otras organizaciones, mientras que en los locales del CADCI (Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria) pronunció una conferencia Josep Pujols, en el local social de Profesionales Liberales (CNT) se organizó una exposición de libro antiguo (con ejemplares de los siglos XV y XVI) o en la Biblioteca Apel·les Mestres una sobre libro infantil, entre infinidad de otras iniciativas parecidas en todos los barrios de la ciudad.

Si bien en el Dia del Libro de 1937 a la prensa le sorprendió la cuantiosa venta de libros de poesía catalana, al hacer balance de la jornada de 1938 un anómimo redactor de La Rambla aseguraba que «No encontraréis ningún dependiente que no os diga que nunca se habían vendido tantos libros». Sin embargo, el exfutbolista del Barça y el Catalonia, y entonces profesor y periodista, Isidro Corbinos (1894-1966) matizaba esas palabras en La Vanguardia recurriendo al testimonio de un librero con puesto en las Ramblas:

En realidad, esta de hoy es una media fiesta del libro. Porque no hay libros, no hay compradores. No hay, se entiende, el buen libro, agotado y ya inexistente en el mercado; el buen libro que se ha vendido siempre en todas las ferias, todos los años. No queda nada de Galdós, ni de Pereda, ni de Palacio Valdés, ni de Alarcón, ni de los grandes novelistas extranjeros. No queda el libro de calidad literaria. Ni libros de Arte. Ni siquiera libros técnicos… […] Además, el lector ha disminuido, se encuentran en el frente todos aquellos que más leían. [..] Pero no se crea […], se compraría infinitamente más si hubiera todos los libros que se piden.

El mismo Corbinos señala que los actos relacionados con el libro han ganado protagonismo en detrimento de la venta propiamente dicha, pero apunta también el éxito  de las biografías, así como del libro popular de bajo precio y destaca que «algunas ediciones económicas editadas por unas Ediciones para la Juventud se agotaron» y que en general los libros sobre la revolución y la guerra se han vendido «a cataratas». Aun así, incorpora también el testimonio del insigne librero especializado en teatro Àngel Millà i Navarro (1890-1975), que hasta cierto punto lo desmiente pues a media tarde aseguraba haber vendido ya más de mil ejemplares de la edición económica (50 céntimos) de La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Téngase en cuenta que la recién aparecida edición de Unitats de xoc mencionada se puso a la venta a 10 pesetas, el mismo precio que el también reciente Infants, de Pere Creixems (1893-1965), una carpeta con trece láminas ilustradas y texto bilingüe (catalán y español). En parte, estas diferencias de precios, se explican por la propiedad del entonces ya escaso papel. Otro de los éxitos en catalán fue la tercera edición del clásico del pacifismo Res de nou a l´Oest, de Erich Maria Remarque (1898-1970), traducida por Joan Alavedra i Segurañas (1896-1981), que acababa de poner a la venta la editorial Proa.

Otra enumeración de títulos estelares la ofrece el periódico El Día Gráfico en un artículo titulado «La jornada de la Feria del Libro», que los clasifica entre clásicos extranjeros y españoles y los ordena de más a menos vendidos: Dostoievski, Zola, Dickens, Dumas y Hugo, por un lado, y Galdós, Valle-Inclán y Blasco Ibáñez, por el otro, pero destaca también el Contraataque de Sender, La España donde se juega el destino de Europa, de André Marty, Dubobski el bandido, de Pushkin, y varios títulos de Romain Rolland. Vale la pena señalar acerca de Valle-Inclán (186-1936) que ese año Nuestro Pueblo acababa de publicar una edición del Tirano Banderas prologada por Enrique Díez-Canedo (1879-1944) y orta de La corte de los milagros con una nota previa de Antonio Machado (1875-1939), con unas tiradas por lo menos cercanas a los 2.500 ejemplares.

Por su parte, El Noticiero Universal toma como fuente la mencionada Distribuidora de Publicaciones de la calle Diputación y le da el siguiente saldo: la lista la encabezan Contraataque, Madrid es nuestro, Acero de Madrid (de José Herrera Petere), Tirano Banderas y el romancero de la guerra civil. Pero más descarado todavía es artículo publicado en el periódico comunista Treball, en el que puede leerse que «Se ha celebrado con un enorme éxito de público y de ventas», «Los temas preferidos han sido los de la guerra y los referidos a la URSS» o que «Los autores favoritos: Lenin y Gorki».

Es evidente que toda feria del libro ha generado siempre unas listas de títulos más vendidos de una seriedad y fiabilidad más que limitada –aunque las intenciones e intereses no siempre han sido tan claros–, y de ahí el acierto de dejar de elaborarlas por parte de la organización de las mismas.

Recogida de libros destinados al frente durante el Día del Libro de 1938.

Fuentes:

La Vanguardia de los días 14, 15 y 16 de junio de 1938.

«La festa d´avui», La Rambla, 15 de junio de 1938.

«La jornada de la Feria del Libro», El Día Gráfico 16 de junio de 1938.

«El Día del Libro», El Noticiero Universal, 16 de junio de 1938.

Màrius Carol, Entre libros y rosas. Sesenta años de una fiesta ciudadana, Barcelona, Federación de Gremios de Editores de España-La Magrana, 1996.

Joan Crexell, El llibre a Catalunya durant la guerra civil, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1990.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra civil al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad 76), 2006.

 

El asombroso hallazgo del libro que cambió el curso de la cultura occidental

Que la influencia que tuvo un libro pudiera cambiar por completo el curso del pensamiento occidental es motivo suficiente para prestarle cuando menos cierta atención, pero que además ese libro estuviera perdido en unos cuantos monasterios durante siglos lo convierte ya en protagonista de un episodio fascinante, que es el que recreó Stephen Greenblatt en El Giro (The Swerve: How the World Became Modern, W.W. Norton & Co., 2011), que con justicia le valió el en 2011 National Book Award de No Ficción y al año siguiente el Pulitzer en la misma categoría.

Estrechamente vinculado a la recuperación de este singular libro se encuentra un hombre no menos extraordinario, el copista, epistológrafo, buscador de libros y erudito Gian Franceso Poggio Bracciolini (1380-1459). A finales de la década de 1390 Poggio se había presentado ante Coluccio Salutati, gran canciller de la República Florentina (equivalente a un ministro de Asuntos Exteriores), y estando bajo su protección había conocido a otro personaje fundamental en todo este episodio, Niccolò Niccoli (1364-1437), uno de los primeros coleccionistas de antigüedades y cuya biblioteca acabó por convertirse en los cimientos de los fondos que hoy conserva la florentina Biblioteca Medicea Laurenciana.

Poggio Bracciolini se dedicó a la copia de libros y documentos como fuente ingresos, pero sin abandonar una carrera cuyo destino, tras pasar por la corte del cardenal de Bari, era la corte papal. Y durante su etapa como scriptor —esto es, escribiente de documentos oficiales al servicio de la burocracia papal— Poggio se había ganado un lugar en la pequeña historia de la letra escrita, que Greenblatt explica del siguiente modo: «La forma que tenía Poggio de dibujar las letras estaba muy lejos de la complicada escritura entrelazada u angular llamada letra gótica. La demanda de una caligrafía más abierta y legible ya había sido planteada a principios de siglo por Petrarca». Tomando como modelo la minúscula carolingia desarrollada en el siglo IX, Poggio creó la letra caligráfica lettera antica formata (la humanista) y puso la semilla de lo que sería la itálica (o bastardilla) y la redonda que conocemos como carácter tipográfico «romano».

La búsqueda y captura de libros se había convertido en poco menos que una obsesión para un buen número de italianos y había incluso generado un negocio de cierta importancia de compra venta de copias, en particular desde el momento que en la década de 1330 Francesco Petrarca (1304-1374) había dado a conocer su reconstrucción de la Historia de Roma desde su fundación, de Tito Livio (59 a.C.- 17 d.C.) —con lo que pasaba a convertirse en poco menos que el padre de la crítica textual—, así como de otros textos por entonces olvidados, caso de Pro Archia poetaAd AtticumAd Quintum y Ad Brutum, de Cicerón o las elegías de Propercio.

A Niccoli van dirigidas muchas de las cartas que sirven a Greenblatt para seguir y documentar las pesquisas y los éxitos de Poggio, en particular los que obtuvo en su importante viaje a Costanza, y concretamente al monasterio de San Gall, en un trayecto que inició compañía de su amigo Bartolomeo Aragazzi, si bien no tardaron en separarse y Poggio se dirigió hacia el norte, probablemente hasta recalar en la abadía benedictina de Fulda (se guardó muy mucho de ventilar dónde realizó su trascendente descubrimiento). Quizá fue allí donde pudo ver «un poema épico de unos catorce mil versos acerca de las guerras de Roma contra Cartago», de Silio Itálico (25 d.C.-101 d.C.), un tratado erudito sobre astronomía obra de Manilio (siglo I d.C.), un fragmento de una extensa historia del imperio romano de Amiano Marcelino (330 d. C.- 400 d. C.)… Y:

Uno de los manuscritos era un texto bastante largo escrito en torno al año 50 a. e. [antes de la era vulgar, es decir, a. C.] por un poeta y filósofo llamado Tito Lucrecio Caro. El título del texto De rerum natura -—«Sobre la naturaleza de las cosas»— era curiosamente parecido al título de la celebrada enciclopedia de Rabano Mauro [776-856], De rerum naturis. Pero mientras que la obra del monje era aburrida y convencional, la obra de Lucrecio era peligrosamente radical.

Stephen Greenblatt con el National Book Award.

Greennblatt dedica todo un capítulo («Las cosas como son», pp. 159-175) a repasar los elementos del extenso poema en hexámetros de Lucrecio destinados a transformar por completo el modo de pensar y sentir en Occidente, desde su concepción de los átomos («las semillas de las cosas») al asombro que produce la comprensión de la naturaleza de las cosas, pasando por el origen del libre albedrío, la creación del Universo, la mortalidad del alma, la inexistencia de un más allá o la búsqueda del placer como fin supremo de la vida humana, que tantísima tinta haría correr. Toda una constelación de ideas que, si Poggio no hubiera hecho copiar y posteriormente divulgar el De rerum natura, a saber cómo hubieran evolucionado o cuándo y cómo se hubieran planteado. De Botticelli (1445-1510) a Michel de Montaigne (1533-1592), de Giordano Bruno (1548-1600) a Galileo (1564-1642), de Shakespeare (1564-1616) a Thomas Jefferson (1743-1826), de Darwin (1809-1882) a Freud (1856-1939) y Einstein (1879-1955), la influencia (directa o indirecta) y el poso que dejó Lucrecio en nuestra cultura resulta a todas luces radical. Y todo gracias al buen ojo de un buscador de libros.

Lucrecio.

Si la historia del hallazgo de Poggio resulta sumamente interesante por sí mismo, lo que hace excepcional el libro de Greenblat es no tanto el esmero y rigor con que reconstruye y narra su historia como el buen tino y el profundo conocimiento con que elige los datos y hechos que constituyen el contexto necesario para comprender la trascendencia de ese descubrimiento (no es casual que los trabajos de Greenblatt  estén en el origen del «nuevo historicismo»): cómo funcionaba el comercio de libros y de copias, cómo se desarrollaba y remuneraba el trabajo de los copistas, cómo y por qué adquirieron valor los libros antiguos y qué hizo que a punto estuvieran de desaparecer para siempre ocultos tras otros textos, en qué consistía la búsqueda de textos y quiénes la llevaban a cabo, cómo funcionaba una biblioteca monástica… Todo un mundo fascinante que fácilmente puede evocar novelas como El nombre de la rosa o La copista del rey Alfonso y contribuir a hacer una lectura más profunda y rica de estas obras de Umberto Eco (1932-2016) y Yael Guiladi. Y, de paso, El Giro demuestra que la realidad siempre supera a la ficción.

Stephen Greenblatt, El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, traducción de Juan Rabasseda y Téofilo de Lozoya, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 2012.

 Fuentes adicionales:

Martín José Ciordia, «El placer en Poggio Bracciolini», Eadem Atraque Europa, año 10, núm. 15 (julio de 2014), pp. 63-73.

Lucrecio, De rerum natura/ De la naturaleza, presentación de Stephen Greenblatt, prólogo, traducción y notas de Eduard Valentí Fiol, Barcelona, Acantilado, 2012.

Kevin Shau, «The Humanist Spirit: Poggio Bracciolini and the Search for Ancient Texts», Medium.co.

Leandro Ezequiel Simarri, «Miradas humanistas sobre el cuerpo y la otredad en Poggio Bracciolini y Michel de Montaigne», Tonos digital. Revista electrónica de estudios filológicos, núm. 26 (2014).