Carlos Pujol y la movilidad del canon

«Su presencia hizo más humanos a quienes le conocimos –no de todos los sabios podría hacerse este elogio–, y quizás para un humanista esencial no haya misión más alta.»

Carlos Pujol, «En memoria de Joan Petit», La Vanguardia, 21 de septiembre de 1974

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Max Aub.

Que el canon literario español del siglo XX no es –afortunadamente– muy estable y fijo es una evidencia. A finales de ese siglo, por ejemplo, se inició un proceso mediante el cual la obra del escritor Max Aub (1903-1972), cuya difusión se vio decisivamente entorpecida por la censura durante todo el franquismo, empezó a ser conocida y, en consecuencia pudo ser reevaluada, y el resultado de ello, en un período relativamente breve, fue que sus obras empezaron a estar disponibles para los lectores españoles, la crítica tanto académica como de actualidad pudo ponderar los valores de esos textos y finalmente empezó incluso a entrar en planes de estudios, con lo que puede decirse que hoy es poco menos que un autor consagrado. La obra de algunos de los muchos escritores exiliados como consecuencia de la guerra civil española y que en sus culturas de acogida tampoco habían entrado en el canon, como Pere Calders, Ramon J. Sender, Francisco Ayala o Rosa Chacel, experimentaron, con mayor o menor éxito, procesos similares una vez enterrado el dictador.

En el caso, notablemente exitoso, de Max Aub, la primera piedra la puso sin duda el traslado en 1985 de la biblioteca, hemeroteca y los riquísimos archivos del escritor a Segorbe, que propició posteriormente la implicación en 1997 de las administraciones públicas en la creación en ese pueblo de la Fundación Max Aub. Paralelamente, otros hitos en este proceso fueron también el congreso celebrado en Valencia en diciembre de 1993 Max Aub y el Laberinto Español, así como las diversas publicaciones que fueron apareciendo en diversas editoriales comerciales (Alba, Calambur, Destino) y que allanaron el camino al inicio de la publicación de las muy voluminosas obras completas de Max Aub y a la traducción de varias de estas obras a diversas lenguas.

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Carlos Pujol Jaumandreu.

Al igual que Max Aub, el escritor, traductor y editor barcelonés Carlos Pujol Jaumandreu (1936-2012) nunca llegó a figurar entre los más famosos de su tiempo, en ninguna de sus facetas, pero existen indicios para pensar que eso puede cambiar en un plazo relativamente breve. La donación en marzo de 2016 del archivo personal de Carlos Pujol a la Universitat Internacional de Catalunya (donde Pujol había impartido clases en sus últimos años) dio pie a un doble proceso de catalogación del legado y de difusión de la obra de este polifacético creador literario que, con la profesora de la Facultad de Humanidades Teresa Vallès a la cabeza, dio como primeros frutos la creación de una web, de una cuenta en twiter, la publicación de una de las mejores novelas de Pujol (La sombra del tiempo) y unas jornadas que pusieron de manifiesto no sólo la actualidad de la obra literaria de Carlos Pujol sino también la profunda huella que, como quien no quiere la cosa, dejó en el ambiente editorial español, y muy particularmente en el barcelonés. A medida que el proyecto se desarrolle es de suponer que las cosas irán poniéndose en su sitio.

Junto con reiteradas alusiones a cuán reticente e incluso huidizo se mostraba siempre Carlos Pujol como creador ante los medios de comunicación, en las referidas jornadas se destacaron varios aspectos que prueban la vocación de perennidad de la obra creativa por un lado, y por otro el talento como orientador de lecturas y la agudeza para atribuir los valores pertinentes a los textos que se sometían a su juicio, distinguiendo además con mucha claridad cuándo se trataba de valores estéticos y cuándo de valores comerciales, lo que le permitía ser un crítico literario de referencia y además un editor inestimable en una empresa como Planeta. Su carácter afable, conciliador lo convertían en un hombre idóneo para ocuparse de la secretaría del Premio Planeta, donde además compartió en los primeros años esa labor con quien no se cansaba de reivindicar como su maestro y mentor, Martí de Riquer (1914-2013).

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Laureano Bonet.

Del muy influyente Riquer habló también el profesor Laureano Bonet en su intervención, centrada sobre todo en los entresijos de la enciclopedia Larousse en español que puso en marcha Planeta a principios de los sesenta y sobre todo en la creación y desarrollo de la muy célebre Biblioteca Universal Planeta, donde puso de manifiesto la capacidad y el tacto con que Pujol creaba y dirigía los equipos de trabajo a cuyo frente se ponía. Ésta y otras intervenciones pusieron también de relieve el profundo conocimiento de las culturas francesa e inglesa que Pujol tenía, su amplitud de miras, en buena medida procedente de una formación comparatista avant la lettre, consecuencia a su vez de haber cursado Filología Románica.

De su vertiente como creador literario, desdoblado a su vez en la de poeta, el aforista y narrador, se subrayó su concepción de la responsabilidad del trabajo creativo, en el sentido de ofrecer la mejor obra en la medida de las posibilidades del creador, la intención de publicar a toda costa su obra y someterla luego al juicio libre de los lectores, pero cualquiera que lo haya leído un poco sabe que no pondría ningún empeño en promocionarla (del mismo modo que no se esforzaba en promocionarse a sí mismo y que si a lo largo de su carrera recibió codazos de algún arribista, jamás pagó con la misma moneda).

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Fernando Valls.

La obra, pues, debe defenderse por sí misma, y tal vez no encontrará la mejor acogida entre sus coetáneos, es posible que su aparición coincida con otras de mérito superior o de mayor relumbrón, pero el hecho de haber sido publicada le garantiza –hasta cierto punto– la capacidad para llegar a los lectores que sabrán, en el presente o en el futuro, disfrutarla. Tanto en su vertiente de escritor como en la de editor, Carlos Pujol era un creador que se apartaba de la norma y se distinguía de lo habitual. Quienes en estas jornadas de homenaje se ocuparon de ello o intervinieron en los debates posteriores a las conferencias (Jordi Gracia, Valentí Puig, Andrés Trapiello, Fernando Valls, David Castillo…) coincidieron en señalar que en términos generales ni la prensa periódica ni los ámbitos académicos habían aquilatado hasta ahora el valor de la obra literaria de Pujol, que no ocupaba el lugar que por méritos estéticos se había ganado, del mismo modo que su conocimiento por parte del común de los lectores tampoco era proporcional a su talento. Los mismo podría aplicarse sin apenas correcciones al lugar que ocupa en el ámbito de la historia de la edición, aun cuando su nombre aparezca siempre cuando se analiza la historia del Premio Planeta.

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Emili Rosales y Dolors Massot.

Ciertamente, el de Carlos Pujol no es un nombre que suelan mencionar habitualmente como modelo los editores más o menos jóvenes pretendidamente independientes que en nuestros días pugnan por ocupar el espacio mediático, y quizás ello, además de al hecho de que desarrollara toda su carrera en una editorial como Planeta, sea en buena parte debido al particular modo en que Pujol ejerció su magisterio: nada de participación en másteres en edición, ni intervenciones estruendosas en encuentros, congresos o simposios de editores, y mucho menos artículos en prensa sobre el métier, libros de memorias ni nada que ni de lejos pueda parecérsele. Y aun así, son legión los editores afortunados que sacaron provecho de sus enjundiosas conversaciones cara a cara, además de intentar aprender de su ejemplo.

En ciertos aspectos, el caso de Carlos Pujol guarda algunos parecidos, con el de otro editor silencioso y modesto de referencia, Paco Porrúa, quien pese a dar nombre a la sala de actos de una conocida librería de Barcelona, no goza del reconocimiento de otros editores de relumbrón y no siempre de méritos equiparables.

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De izquierda a derecha: Manuel Borrás (Pre-Textos), Miguel Ángel del Arco (Comares) y José Ángel Zapatero (Menoscuarto).

Programa de las jornadas de homenaje Carlos Pujol, humanista contemporáneo (Universitat Internacional de Catalunya, 16 y 17 de enero de 2017).

Presentación: Xavier Gil, Marta Lagarriga, Josep Crehueras, Aurora Martínez Ezquerro y Teresa Vallès.

Conferencia: José María Pozuelo Yvancos, «Carlos Pujol, humanista contemporáneo».

Conferencia: Andrés Trapiello, «Carlos Pujol, poeta».

Conferencia: Domingo Ródenas de Moya, «Carlos Pujol, novelista».

Coloquio (moderado por Dolors Massot): Ernesto Ayala Dip y David Castillo, «Carlos Pujol visto por la crítica literaria».

Conferencia: Pere Gimferrer, «Perfil de Carlos Pujol».

Conferencia: Manuel Longares, «Carlos Pujol, aforista».

Conferencia: Andreu Jaume, «Carlos Pujol, traductor».

Conferencia: Valentí Puig, «Carlos Pujol, crítico literario».

Coloquio (moderado por Dolors Massot): Laureano Bonet, Josep Mengual y Emili Rosales, «Carlos Pujol, editor y asesor literario».

Mesa redonda (moderada por Fernando Valls): Manuel Borrás, Miguel Ángel del Arco, Daniel Fernández y José Ángel Zapatero: «Hablan los editores».

Clausura: Teresa Vallès y Carlos Pujol Lagarriga.

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Edición prologada por Pere Gimferrer y con epílogos del autor y de Teresa Vallès (Fundación José Manuel Lara, 2016).

Fuentes:

Jordi Gracia, «Un raro maestro de la ironía», El País, 22 de enero de 2017.

Carlos Sala, «Carlos Pujol, retrato de un humanista sabio», La Razón, 17 de enero de 2017.

Las fotos del homenaje, cortesía de Teresa Vallès.

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La injustificada modestia de un editor emboscado (homenaje a Carlos Pujol Jaumandreu)

“Hacer libros divertidos pero secretos, esta es la fórmula.”

Carlos Pujol

Es casi inevitable, al referirse a lo que fue el grupo Planeta en el siglo XX, mencionar los nombres de José Manuel Lara (Lara Hernández y Lara Bosch), pero en lo que se refiere a la Editorial Planeta, es muy probable (y comprobable) que uno de los hombres más importantes de la casa fue Carlos Pujol Jaumandreu (1936-2012), que procedía del mundo universitario cuando entró en la órbita de lo que entonces era el gigante indiscutible de la edición española.

Carlos Pujol, que siempre reivindicó a Martí de Riquer como su gran maestro, al regreso de un lectorado en 1961 en Aberdeen (Escocia) se doctoró en Filología Románica con una tesis sobre Ezra Pound (1962) y empezó a ejercer la docencia de literatura francesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, pero le flaqueaba la vocación para semejante empresa. Al poco tiempo de su regreso a Barcelona ya estaba colaborando en la preparación de la colección de Clásicos Planeta que dirigían los catedráticos de su universidad Martí de Riquer, José Manuel Blecua Tejeiro y José Mª Valverde, así como leyendo, seleccionando, evaluando, informando y editando originales para la misma editorial. “Ahí anduvo haciendo informes, emitiendo dictámenes, resolviendo admirablemente traducciones, mejorando manuscritos”, en palabras de Jordi Gracia.

De izquierda a derecha, Juan Eslava Galán, Rosa Regàs, Pere Gimferrer, Ángeles Caso, José Manuel Lara Bosch, Carmen Posadas, Carlos Pujol Jaumandreu y Alberto Blecua.

Cuando en 1963 José Manuel Lara Hernández decide poner en marcha la versión española de la Enciclopedia Larousse, y tras consultarlo con Riquer, pone la magna y ambiciosa obra en manos de Carlos Pujol, momento en que su carrera como editor, aunque no abandonara todavía la universidad, toma impulso y, además de desempeñar un papel de primer orden en la formación en el oficio de un por entonces joven José Manuel Lara Bosch, le llevará a formar parte del jurado del Premio Planeta (al jubilarse Manuel Lombardero en 1972) y a ocupar en Planeta episódicamente el puesto de director literario (1973), cargo al que, en palabras de su colega y sucesor Rafael Borràs Betriu, “había renunciado tras participar en una convención del departamento comercial con los vendedores de toda España, intervención que, por lo visto, no le resultó cómoda”.

A quienes tuvieron el privilegio de conocerle, no les extrañará esa incomodidad de un gentleman de la edición como él que agradecía mantenerse en la sombra, ocupándose de lo que le gustaba (los textos), al verse de pronto entre los “mercaderes de la literatura”; a quienes hayan leído su Voltaire, aparecido por esas mismas fechas (1973) les será también fácil hacerse una idea de qué poco encajaba él entre vendedores. Este ensayo, como los que le sucederían en los años siguientes (Balzac y La comedia humana, 1974; La novela extramuros, 1975; Abecé de literatura francesa, 1976; Leer a Saint-Simon, 1979…), así como su ingente labor como crítico literario en La Vanguardia, Abc, El Sol, El País y en numerosas revistas le acreditan como uno de los críticos más informados, finos y sensibles de su tiempo. Esta dedicación le llevó inevitablemente a abandonar la Universidad de Barcelona, en 1977, si bien volvería a las aulas entre 1997 y 2007 (en esa ocasión a las de la Facultad de Humanidades de la Universitat Internacional de Catalunya, de cuyo Consejo Académico formó parte).

Pero a esta imagen poliédrica añadió además la de prolífico y exquisito traductor con una versión del Moll Flanders (Planeta, 1978) de Defoe, al que se añadirían enseguida traducciones de  Pascal Lainé (La encajera, Argos-Vergara, 1978), Balzac (El primo Pons, Planeta, 1981) o Stendhal (La cartuja de Parma, Planeta, 1981), entre otros de semejante relumbre. Visto a una cierta distancia, la imagen que transmitía de crítico afilado, lector exquisito y traductor penetrante costaba de encajar con el ambiente planetario.

Para dar una vuelta de tuerca más, en 1981 se daba a conocer como novelista con La sombra del tiempo (y no hay que ser muy avispado para deducir de dónde procede el título del gran best séller de Ruiz Zafón), a partir de la cual se forjó una espléndida y brillante –si bien tan minoritaria como la de Patrick Modiano– obra novelística, en la que sobresalen títulos como El lugar del aire (Bruguera, 1984), Jardín inglés (Plaza & Janés, 1987), Los secretos de San Gervasio (Pamiela, 1994), Cada vez que decimos adiós (Seix Barral, 1999), Los días frágiles (Edhasa, 2003) o El teatro de la guerra (Menoscuarto, 2009).

También de los ochenta son su primer y sorprendente poemario (una biografía de Bernini en alejandrinos: Gian Lorenzo, Diputación Provincial de Málaga, 1987) y su primer libro de aforismos (Cuaderno de escritura, Pamiela, 1988), que contribuyen a perfilar una heterogénea obra literaria, en un sentido muy amplio, regida en todas sus vertientes por una técnica impecable, un dominio –sin exhibicionismos– de la lengua y una vastísima y profunda cultura literaria.

¿Qué hacía un hombre de letras de semejante categoría intelectual y ambición literaria proponiendo obras, evaluándolas, coordinando procesos editoriales y editando textos en un despacho de Planeta? Unas palabras del propio José Manuel Lara Bosch permiten atisbar una explicación:

No quiso nunca ni fue su objetivo fabricar bestsellers, pero no por ello despreció a los lectores de este tipo de obras; lo que hizo fue buscar aquel tipo de lector con el que él se sentía más identificado y con el que le resultaba más fácil comunicarse, y al final encontró al adecuado para su obra […] Supo distinguir perfectamente entre un tipo de obra, que es la que a él le gustaba crear, dirigida a un público exigente en los niveles literarios, y al mismo tiempo valorar perfectamente una novela que buscaba más los valores comerciales y el gran público. Y esto, que a primera vista parece muy fácil, ha sido siempre muy, muy difícil en el mundo editorial.

Sin embargo, más claro incluso fue su hijo, y también editor, Carlos Pujol Lagarriga, quien distinguió claramente entre su “oficio” y su “capricho”, y es evidente que se tomaban tan en serio el uno como el otro. Puedo dar fe de que cuando entregaba una de sus obras de creación, llegaba hasta tal punto revisada, con tal esmero corregida y comprobada hasta en sus más mínimos detalles que sus editores apenas podían desenfundar su lápiz rojo. Y eso es muy muy raro que suceda.

En su extensa trayectoria en el jurado del Premio Planeta, un galardón cuyo objetivo evidente nunca ha sido premiar la calidad literaria sino la comercialidad (dentro de unos mínimos de dignidad), Carlos Pujol era quien, en la práctica, lideraba y coordinaba el equipo de lectores, proporcionándoles unas pautas acerca de los rasgos o características deseados, y tras esa preselección las obras “finalistas” pasaban a manos del jurado (con la salvedad de las siempre supuestas injerencias de las agentes literarias con capacidad para ejercerlas, por lo que todo este trabajo podía ser casi en balde) y, en palabras del propio Pujol, “”salvo contadas excepciones, la decisión final se toma en la tradicional comida del jurado en un restaurante de Barcelona [Via Venetto]”. En cualquier caso, su participación y la de otros hombres de letras mesurado y muy consciente de su papel, como es el caso Alberto Blecua, siempre fue muy valorada por quienes formaron parte de esos jurados.

Otro de los méritos innegables de Carlos Pujol fue su capacidad para crear y liderar discreta y eficientemente equipos de trabajo, y es bien conocida la alineación del que formaban Maite Arbó (hija de Sebastià Juan Arbó), Laureano Bonet, Jordi Estrada, Marcel Plans (autor de los editings de buen número de títulos de la colección Espejo de España) y Xavier Vilaró. Por todo ello, no es de extrañar que Carlos Pujol, apreciado y estimado por sus colegas, respetado cuando no admirado por los autores y a quien no se le conocen enemigos, dejara un hueco importante en Planeta, aunque sea difícil precisar si quienes más lo echarán de menos serán los propietarios de la empresa o los lectores.

Es cierto que profesionalmente quizás hubiera podido dar más de sí en el ámbito de una editorial más eminentemente literaria, nunca lo sabremos con certeza por mucho que lo intuyamos, pero no es menos cierto que el nivel de exigencia y rigor estéticos en cuanto a traducciones y ediciones en Planeta quizás hubiera sido otro (en cualquier caso no más alto) sin su ojo avizor. Se le echa de menos.

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Dedicatoria de Carlos Pujol al autor del blog en su ejemplar de “Cada vez que decimos adiós” (Seix Barral, 1999): “Al amigo Josep Mengual, esta fantasía, con un abrazo”. ( abril 2003).

Fuentes:

Alberto Blecua, “Recuerdo de Carlos Pujol”, Fábula, núm. 32 (primavera- verano de 2012), pp. 54-55.

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Jordi Gracia, “Elogio intempestivo de Carlos Pujol“, Letras Libres, marzo de 2012.

José Manuel Lara Bosch, “Carlos Pujol, un hombre tranquilo”, Fábula, núm. 32 (primavera-verano de 2012), pp. 59-62.

Fernando Valls, “Carlos Pujol, sabio clandestino“, El País, 24 de enero de 2012.

 

 

Un libro clave en el desarrollo de la historia editorial española: Las últimas banderas

Al margen del lugar que ocupe en el canon literario español, la novela Las últimas banderas (1967), de Ángel María de Lera (1912-1984) es quizá, por diversas razones, la obra literaria española más importante del siglo XX en lo que a historia editorial se refiere.

Ángel María de Lera

A modo de mínimo contexto, vale la pena recordar que por una Orden de 21 de mayo de 1965 se había creado la Sección de Estudios de la Guerra de España, dependiente de la Secretaría Técnica del Ministerio de Información y Turismo, a cuya cabeza estaba ya, desde julio de 1962, Manuel Fraga Iribarne (1922-2012). Su función era “la adquisición, clasificación, conservación y custodia de la información relativa al tema, la promoción y realización de estudios sobre el mismo y el mantenimiento de relaciones con otros centros de estudio dedicados al tema”. Su nacimiento se ha atribuido a la voluntad del régimen franquista de contrarrestar el impacto de la obra de historiadores británicos como Herbert Southworth (en particular El mito de la cruzada de Franco, 1963), Hugh Thomas, Grabriel Jackson o Stanley Payne, entre otros, cuyos libros estaban empezando a circular con cierta fluidez en España gracias sobre todo al buen hacer de la editorial parisina de Ruedo Ibérico, del incombustible José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) y ofreciendo una imagen de la historia reciente de España muy poco lisonjera con el franquismo.

Sólo con este dato en mente, añadido a la obtención del Premio Planeta, cobra sentido que la censura autorizara  la publicación de Las últimas banderas, una novela que relataba los días finales de la guerra civil española desde el punto de vista de un oficial republicano, escrita por un anarquista que había sido comandante del Ejército Republicano y, al concluir la guerra, había sido condenado a muerte y estuvo preso entre 1939 y 1947. Es decir, un tipo de autor y un tema que, hasta entonces, había chocado frontalmente con la censura franquista.

Max Aub

Uno de los más asombrados de ello fue sin duda el escritor Max Aub, cuyas novelas sobre la guerra civil (el ciclo El laberinto mágico en particular) era por entonces imposible publicar en España y que poco después de leer Las últimas banderas escribió a su autor:

¿Cómo es posible que le hayan dejado publicar este libro […] ¿Qué fenómeno se ha producido para que esto acontezca? No salgo de mi asombro. Le aseguro que ninguno de mis libros –cuya entrada está prohibida en España– dice más.

El hecho de haber tratado exactamente el mismo período que Lera y no lograr que la obra resultante (Campo del Moro) llegara al lector español debió de escocer particularmente a Aub, por entonces exiliado en México y ansioso por ver su obra en las librerías españolas, como demuestra el epistolario que mantuvo con la agente Carmen Balcells que analizó Javier Sánchez Zapatero.

México, Joaquín Mortiz, 1963.

En cuanto al Premio Planeta, también en la historia de este premio Las últimas banderas constituía una anomalía.

La concesión del premio a Lera –ha escrito Fernando González Ariza– significaba un cambio importante en la trayectoria del Planeta. Hasta entonces se había concedido a obras de más o menos fortuna literaria y de público, pero nunca a ninguna novela fuera de los parámetros ideológicos del sistema. Por el contrario, esta vez se concede a un escritor que estuvo en la cárcel y tenía raíces anarcosindicalistas. Por si fuera poco, Las últimas banderas era la primera novela publicada en España que narraba la guerra civil desde el punto de vista de los perdedores.

Cabe destacar también que ese año (1967), el premio había pasado de una dotación de 250.000 pesetas a 1.100.000 (es decir, se había multiplicado por más de cuatro), y quizá vale también la pena recordar quienes formaron ese año el jurado y sus respectivas edades: Sebastián Juan Arbó (1902-1984), Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), Martí de Riquer (1914-2013), José Manuel Lara Hernández (1914-2003), Baltasar Porcel (1937-2009) y, como secretario, Manuel Lombardero (n. 1924).

De derecha a más a la derecha, Manuel Fraga y Francisco Franco.

No hay duda de que la novela de Lera ofrecía al régimen una ocasión única para demostrar esa supuesta apertura que la nueva ley de censura, creada en 1966 y conocida como ley Fraga, pregonaba, y el hecho de haber sido premiada en esas circunstancias dejaba en una posición incómoda a quienes debían decidir sobre sus posibilidades de publicación en la España franquista, pues de negarle la autorización el escándalo podía ser mayúsculo y, a la postre, redundaría en el éxito de la novela (que en cualquier caso fue extraordinario, con 10 ediciones en 1968 y un total de 26 ediciones en los doce años siguientes a su publicación).

En Letricidio español, Fernando Larraz, como no podía ser de otra manera, se ocupa del proceso de informes acerca de la novela de Ángel María de Lera, y anota:

El informe, sin firma y especialmente prolijo en sus razonamientos, resultaba poco halagüeño pues anotaba que el “partidismo claro y patente del autor no viene compensado por una toma de posición objetiva o neutral respecto de los “nacionales”” y señalaba la abundancia de “juicios de valor claramente inaceptables, por cuanto pugnan con los principios que informaron nuestra Cruzada”.

Larraz no deja de señalar la paradoja de que sea un editor filofranquista como Lara quien estuviera detrás de esa edición, que explica por “el flagrante oportunismo del editor sevillano” y por la muy probable intención de revivir el tremendo éxito de la trilogía de José María Gironella sobre la guerra civil formada por  Los cipreses creen en Dios (1953), Un millón de muertos (1961) y Ha estallado la paz (1966), pues era un éxito tremendo era el único modo de recuperar una dotación tan cuantiosa como la que se había asignado al Premio Planeta de ese año.

José María Gironella.

La guinda a este episodio tal como lo cuenta Larraz son una serie de extensas citas de una carta dirigida por Lara a Lera en las que, entre otras muchas cosas de interés no menor, el editor explicita su modo de juzgar las obras literarias. La espoleta son unas declaraciones que Ángel María de Lera había hecho a la prensa señalando Tres días de julio, de Luis Romero (Editorial Ariel, 1967) como la única novela reciente sobre la guerra civil que valía la pena leer, cosa que hace escribir a Lara:

…de los Tres días de julio, hasta la fecha se han vendido veinte mil ejemplares; de las novelas de José Mª Gironella, de cada uno de los títulos estamos alrededor de trescientos mil. Me parece que no queda duda alguna de qué es lo que al público le interesa y prefiere, y además tu estilo de escritor, por lo menos en el que está escrita tu novela Las últimas banderas, es el mismo de Gironella.

Por supuesto, a Larraz le interesa más, en el marco de su obra, el relato de cómo, gracias a una reunión entre Lara, Lera y Carlos Robles Piquer (por entonces director general de Información), pudo autorizarse la publicación de Las últimas banderas pese a contar con un informe muy desfavorable, y de qué modo, por cauces extraoficiales, se obtuvo la si no imprescindidble sí muy conveniente aprobación.

Carlos Robles Piquer.

Esta autorización, recién instaurada la Ley Fraga, no serviría para que se autorizara de inmediato la extensísima bibliografía sobre la guerra civil española que los escritores republicanos habían ido acumulando a lo largo de los años en el exilio (Arturo Barea, Manuel Andújar, Max Aub, Ramón J. Sender, y un larguísimo etcétera), pero sí incidió en cambio en lo que a partir de entonces los editores se atrevieron a presentar a consulta previa e incluso a publicar sin pasar por ese filtro establecido por la nueva ley. Aunque eso pudiera significar sanciones que podían llegar a las 500.000 pesetas.

José Manuel Lara Hernández.

Fuentes:

Maryse Bertrand de Muñoz, “Dos novelas de los momentos finales de la guerra civil en Madrid: Campo del Moro de Max Aub y Las últimas banderas de Ángel María de Lera”, en Cecilio Alonso, Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español, Valencia y Segorbe. 13-17 de diciembre de 1993., Valencia, Ajuntament de Valencia, 1996, I , pp. 471-480.

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad. El Premio Planeta, tesis presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, 2004.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea (Biblioteconomía y Administración cultural), 2015.

Carmen Menchero de los Ríos, “La modernización d la censura. La ley de 1966 y su aplicación”, en Jesús A. Marínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 67-96.

Javier Sánchez Zapatero, “Lo que importa es España. Proyectos para la recuperación editorial en el epistolario entre Max Aub y Carmen Balcells (1964-1972)”, El Correo de Euclides, núm. 6 (2011), pp. 33-57.

Planeta, el premio del Día de la Raza (y otros)

A Marta Fernández, una crack a prh

Cualquiera que haya buscado una fecha idónea para algún tipo de acto cultural sabe de la importancia de consultar primero el calendario futbolístico si pretende asegurarse una buena entrada. Aun así, hay unos cuantos premios literarios que desde el principio eligieron una fecha como día para su entrega sin preocuparse por estas menudencias.

Ignacio Agustí, creador del Nadal.

Ignacio Agustí, creador del Nadal.

Es el caso del Premio Nadal, por ejemplo. En sus memorias, Ganas de hablar, Ignacio Agustí (1913-1974) se entretuvo en justificar la elección de la fecha para este galardón:

Aquel año todavía no podía apreciar el acierto que había yo tenido al elegir la fecha del concurso. Me había costado algunos días de reflexión. Pero elegí la noche del día de Reyes considerando la enorme fatiga con que se llega al término de lo que llamamos Fiestas de Navidad. La burguesía llega al –el 6 de enero en que culminan hasta de pavo relleno, de champaña familiar, de aullidos de chiquillería, d regalos a la suegra, de llantos, quejidos, disparos de pacotilla, toques de corneta infantil y con ansia de desatar tantos lazos familiares… […) Yo estoy convencido de que la mitad del éxito del Premio Nadal y, por tanto,  de los premios literarios españoles, ha sido debido a la oportunidad gástrica y social de la fecha elegida.

Es sabido que la primera entrega del premio tuvo como escenario el hoy desaparecido Café Chino de la Rambla (Barcelona), y que se lo llevó Carmen Laforet (1921-2004) con Nada, con lo que el galardón iniciaba una carrera triunfal.

José Janés

José Janés

En la estela del Nadal se situó el Premio Internacional de Primera Novela de José Janés (1913-1959), cuya convocatoria apareció en la prensa en octubre de 1946. El lujoso jurado creado para la ocasión lo formaban  José Maria de Cossío, Eugenio d´Ors, Walter Starkie, William Somerset Maugham y Fernando Gutiérrez (secretario). En la primera convocatoria premió Turris Eburnea, de Rodolfo Lucio Fonseca, Sombras viejas, de Francisco González Ledesma, que chocó con la censura, y Sis o set sirenes, de Màrius Gifreda, a la que le pasó lo mismo. La fecha elegida para hacer público el resultado de estas votaciones, llevadas a cabo en el domicilio madrileño de D´Ors, fue el 6 de mayo, San Juan ante Portan Latinam, fecha en la que no sé ver ninguna simbología, a no ser que Janés pensara en la Real Cédula que con esa fecha declaraba en 1497 libre de impuestos el comercio con las Indias Americanas. Posible, pero raro. La irregularidad de este premio, empeñado en premiar obras que la censura se cargaba sin mayores contemplaciones, afecto también a las fechas de concesión, por lo que en este caso no parece que se puedan extraer conclusiones.

Yagüe en la Plaça Catalunya

El Premio Ciudad de Barcelona, creado en 1949 por el falangista Luis de Caralt Borrell (n. 1916) sí eligió una fecha muy simbólica, el 26 de febrero, para conmemorar la entrada de las tropas franquistas en Barcelona al término de la guerra civil española. No es de extrañar que en cuanto fue nombrado regidor del Ayuntamiento y creó el premio, Caralt eligiera esa fecha si se tiene en cuenta que ya antes de 1936 era jefe de centuria de la Falange y que pasó el período bélico en la centuria falangista Nuestra Señora de Montserrat (no confundir con el Tercio de requetés del mismo nombre).

Ex Libris de Luis de Caralt con el inequívoco lema “La fuerza de la razón, la razón de la fuerza”

Sólo el primer año se concedió únicamente en la categoría de novela (luego se ampliaría a otros géneros y disciplinas artísticas), y los afortunados fueron el falangista de primera hora Bartolomé Soler (1894-1975), con Patapalo (1949), y la reputada abogada falangista Mercedes Fórmica (1916-2002), por Monte de Sancha (1950). El año siguiente los galardones recayeron en Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), que también había combatido en el bando nacional (en el regimiento de Cazadores de Ceriñola n. 6), con Cuando voy a morir, y como finalista Manuel Vela Jiménez, periodista y narrador muy próximo al grupo de la revista Azor de Luys Santa Marina, con La hora silenciosa.

José Manuel Lara Hernández también justificó en su día la elección del 12 de octubre como fecha de entrega del Premio Planeta, que no sólo es el Día de Nuestra Señora del Pilar, sino que esa Fiesta Nacional era también conocida por aquel entonces como Día de la Raza, una fecha, en palabras de Lara: “muy significativa para los valores espirituales de nuestro pueblo, y el libro escrito en lengua española es la mejor arma para expansionar la cultura hispánica en casi todo el mundo”. Lo que parece increíble es que, sabiendo hasta qué punto la actividad que generaba esa fiesta, con el Caudillo a la cabeza, copaba las páginas las páginas más importantes de todos los periódicos y el espacio en las emisoras de radio, a alguien tan perspicaz para estos asuntos como José Manuel Lara se le ocurriera que esa podía ser la fecha idónea para la entrega del galardón. También es cierto que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (en este caso, que el 15 de octubre es Santa Teresa, y que así se llamaba quien desde 1941 era su esposa), a partir de 1955 el premio cambió a la fecha actual.

6a01156f7ea6f7970b01538ed9bca4970b-250wiComo es bien conocido, el primer Premio Planeta, que se entregó por única vez en el restaurante Lhardy de Madrid se lo llevó Juan José Mira (seudónimo de Juan José Moreno Sánchez, 1907-1980), con la novela En la noche no hay caminos. La voluntad de premiar a un autor nuevo se cumplía sólo a medias, porque Juan José Moreno, con el seudónimo Juan José Morán o Juan José Mira, tenía ya una obra a sus espaldas (El gran bazar antes de la guerra, y luego El misterio de las siete trompetas, La pluma verde, Así es la rosa, Rita Suárez, El billete de cien dólares…), pese a las declaraciones que había hecho Lara a Enrique A. Llop (“He querido que este concurso fuera honesto. Me importa, sobre todo, el descubrimiento de nuevos valores, ya que esta es la finalidad de todos los concursos”), que luego reafirnaría alguien de fiabilidad tan dudosa como César González-Ruano en una carta al director de El Alcázar: “El general criterio de todos, del editor el primero y también el mío, es que, a ser posible, las cuarenta mil pesetas sean para un novel”. No deja de ser paradójico, que Moreno, activista político en la clandestinidad con una trayectoria anterior a 1936, cayera en la famosa redada que en 1957 llevó a la detención de cuarenta y nueve miembros del Partit Comunista Unificat de Catalunya (PSUC). Ese año el Planeta lo ganaba Emilio Romero con un título demoledor que parecía una declaración de intenciones, La paz empieza nunca.

Imagen de la adaptación cinematográfica de La paz empieza nunca, dirigida por León Klimovsky y estrenada en 1960, que ese año se llevó el Premio Especial del Sindicato.

Fuentes:

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad: El premio Planeta, tesis de doctorado presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid en 2004.

César González-Ruano, “Carta al director”, El Alcázar, 10 de octubre de 1952, pág. 3.

Joaquín Montaner, “Anoche fueron entregados los premios Ciudad de Barcelona”, 27 de enero de 1956.

Juan Francisco Puch, “Entrevista a José Manuel Lara”, Pueblo, 9 de octubre de 1954, p. 2.

Lara, el tahúr, y notas sobre el Premio Planeta

A menudo se han señalado paralelismos entre editar y el juego, generalmente referido a juegos de azar. Beatriz de Moura (n. 1939) lo comparó con la ruleta, y de Esther Tusquets (1936-1912) es conocida su afición a las partidas de cartas y al bingo porque ella misma dejó constancia de ello en sus libros de memorias (así como en la novela ¡Bingo!). En cambio, a José Manuel Lara Hernández (1914-2003), al parecer, lo que le iban eran los juegos en los que el azar intervenía poco: el billar y más tarde el ajedrez.

Lara y Torrente Ballester.

En mayo de 2003, Salomé Machío dedicó un curioso reportaje a los orígenes de Lara Hernández en el pequeño pueblo sevillano de El Pedroso –por cierto, cuna de otro interesante editor, Antonio Herrero Romero–, y en él recogía algunas declaraciones no muy discretas de compañeros de infancia de quien en 1994 llegaría a ser nombrado Marqués de El Pedroso. Eloísa Neyra, por ejemplo, suelta allí que “Pepe era un golfo, yo no digo más que la verdad”, mientras que Pablo Muñoz recuerda haberle visto en sotana durante su breve etapa en el seminario, rememora que “a Pepe le gustaba mucho jugar, pero nunca pagaba” y añade que “era un poco fullero, porque en las canicas siempre hacía trampas, no le gustaba perder”. Se cuenta que, ya en Barcelona –adonde entró por la Diagonal como legionario con las tropas franquistas del general Yagüe–,  solía enviar a su chófer a buscar café cuando estaban a media partida de ajedrez y las cosas pintaban feas, y cuando regresaba, por ensalmo, la partida había tomado un giro inesperado (un giro favorable a Lara, por supuesto).

Félix Ros (1912-1974)

Félix Ros (1912-1974)

Sin embargo –y si bien sus éxitos son sobradamente conocidos–, en el juego de la edición Lara Hernández también perdió alguna que otra partida. Suele ocultarse que, tras comprar la editorial Tartsesos a Félix Ros y montar una editorial con su nombre (Editorial Lara), al acabar la guerra mundial y ante las consecuentes dificultades para pagar en divisas los derechos de autor Lara acabó vendiéndosela a José Janés para crear un almacén de papel. Según ha referido Manuel Lombardero, durante muchos años mano derecha de Lara Hernández, “Lara se había comprometido con Janés, puede que verbalmente, a dedicarse al negocio del papel y que no pondría una editorial. Pero el negocio del papel se liberalizó y dejó de ser tal negocio, con lo que Lara montó Planeta” (lo cuento con más detalle en A dos tintas, pp. 287-290).

De izquierda a derecha, Ángel González, Joaquina Hoyas, Manuel Lombardero hijo, Juan Marsé y Manuel Lombardero.

También son conocidos, por ejemplo, los fracasos en los intentos de contratar las memorias del futbolista Helenio Herrera, de conceder el Planeta a Delibes, o de fichar a autores tan dispares pero exitosos como Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte.

Helenio Herrera (1910-1997)

Como se ha recordado en numerosas ocasiones, a Lara Hernández “le encantaba fotografiarse con sonrisa de oreja a oreja entregando el talón millonario –o un fajo de flamantes billetes de mil pelas encuadernados– al sonrojado ganador [del Premio Planeta]” (Manuel Rodríguez Rivero), y Antonio Prieto ha contado que, en su caso, “el Premio, vamos, el dinero, lo recibí en un acto que se celebró en el Ateneu Barcelonès. Me dieron las 10.000 pesetas en billetes de 100, puestos uno encima del otro en una bandeja de plata”. También es conocido que después de 1959 se produjo un relativo cambio en el modo de proceder a las votaciones del Premio Planeta, aunque quizá lo es menos el motivo de tal cambio. Ese año apoyaban como ganador al que fuera director de Abc Torcuato Luca de Tena (1923-1999), próximo al régimen pese a sus problemas con Arias Salgado, los miembros madrileños del jurado y el propio Lara, pero los barceloneses preferían a Julio Manegat (1922-2011), que quedaría finalista. Eso provocó que, al emplear el llamado método Goncourt (ir eliminado de la lista a los peor calificados en sucesivas votaciones) este enfrentamiento entre los miembros del jurado desembocara en la eliminación de los dos favoritos (y ganara Fernando Bermúdez de Castro con un título que ni hecho aposta, Pasos sin huellas). Escribió entonces Lara a Luca de Tena:

Torcuato Luca de Tena (1923-1999)

He decidido cambiar el sistema de votación por ser éste peligrosísimo y prestarse a cosas como la acontecida en esta última edición del premio, donde una novela como la tuya [Edad prohibida] , que llevábamos como ganadora cinco de los miembros del jurado, fue eliminada en la tercera votación.

Un poco más complicado fue el lío que se produjo unos años después, en 1962, cuando entre 178 obras un jurado formado por Ignacio Agustí, Joaquín de Entrambasaguas, Ricardo Fernández de la Reguera, José María Gironella, Sebastián Juan-Arbó, Carmen Laforet, José Manuel Lara y Manuel Lombardero (secretario) eligió como vencedora una novela de Concha Alós (El sol y las bestias) que con el título Los enanos tenía comprometida ya con la colección de Plaza & Janés Selecciones Lengua Española que dirigía Tomás Salvador (ganador del Planeta en 1960, por cierto), quien montó un pollo al anunciarse el fallo y la publicó ese mismo

Concha Alós (1926-2011) vista por Manuel del Arco (1909-1971)

año 1962. Como es de suponer, el asunto se resolvió al estilo Lara: Alós ganaría el Planeta en 1964 con Las hogueras y todos contentos.  De hecho, el Premio Planeta, entre cuyos galardonados se encuentran también firmas del renombre de Santiago Lorén (1953), Andrés Bosch (1959), Ángel Vázquez (1962), Rodrigo Rubio (1965), Marta Portal (1966), Manuel Ferrand (1968), Marcos Aguinis (1970) o Jesús Zárate (1972), le permitió a Lara Hernández alguna que otra buena jugada. Así, en 1957, cuando apenas hacía un año que Lombardero (n. 1924) había montado para Lara Crédito Internacional del Libro, obtuvo un gran éxito al conseguir que el Ministerio de Trabajo les hiciera una importante compra de libros de consulta y enciclopedias destinadas a las universidades laborales. El problema era que el susodicho ministerio retrasaba mucho el pago, lo que ponía a Planeta en jaque, así que ese año ganó el Planeta La paz empieza nunca, de Emilio Romero (por entonces director de Pueblo y personaje influyente tanto en el Sindicato Vertical como, de rebote, en el Ministerio de Trabajo). Antes de acabar el año, la deuda estaba –¿milagrosamente? – saldada.

Emilio Romero (1917-2003)

Es bastante dudoso, como se ha proclamado machacona e insistentemente desde Planeta (y la prensa ha repetido) que el premio haya contribuido a acrecentar los hábitos de lectura de los españoles, sino que más bien les ha vendido algo parecido a melones –melones que debían rentabilizar el oneroso esfuerzo de promoción, eso sí–, porque al fin y al cabo hay que abrirlos para saber si son buenos o putrefactos, incluso cuando el autor es alguien con una carrera ya hecha y de cierta solvencia (pienso en los Planeta de Cela o de Vargas Llosa, por ejemplo). Con lo cual, sin duda, se distorsiona el papel prescriptor que los premios literarios acostumbran a tener en las sociedades más o menos cultas.

 Fuentes:

Anónimo, “José Manuel Lara”, Qué Leer, junio de 2003, p. 20.

Rafael Borrás Betriu, La guerra de los Planetas, Barcelona, Ediciones B, 2005.

Antoni Capilla, “Medio siglo creando mitos”, suplemento Libros de El Periódico, 12 de octubre de 2001, pp. 1-3.

Màrius Carol, “José Manuel Lara Hernández”, en Noms per a una història de l´edició a Catalunya, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001, pp. 9-40.

Manuel del Arco, “Mano a mano. Concha Alós“, La Vanguardia Española, 16 de octubre de 1962.

Ignacio Echevarría, “El tinglado de los premios“, Babelia, 10 de mayo de 2003.

Julio Fernández, “José Manuel Lara: Quisiera empezar de nuevo”, El Periódico, 31 de agosto de 1981.

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad: El premio Planeta, tesis de doctorado presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid en

Josep Maria Huertas, “El Premio Planeta no viene de París”, suplemento Libros de El Periódico, 13 de octubre de 2000, pp. 1-3.

Josep Maria Huertas (1939-2007)

Josep Maria Huertas, “Las obras favoritas de Lara”, suplemento Libros de El Periódico, 13 de octubre de 2000, p. 4.

Óscar López, “Planeta, el oro de la familia Lara”, suplemento Libros de El Periódico, 28 de mayo de 1999, pp. 4.

Óscar López, “La última morada del gigante”, suplemento Libros de El Periódico, 16 de mayo de 2003, pp. 20-21.

Salomé Machío, “Una vida de best-seller”, suplemento Libros de El Periódico, 16 de mayo de 2003, pp. 18-19.

Claudi Pérez, “Un astro que amplía su universo”, suplemento Libros de El Periódico, 16 de mayo de 2003, p. 19.

Manuel Rodríguez Rivero, “La muerte del faraón”, suplemento Blanco y Negro de Abc, 17 de mayo de 2003.

Julio Rodríguez-Puértolas, Historia de la literatura fascista española, Madrid, Akal, 2008.

Ricard Ruiz Garzón, “Las 5 bases del premio”, suplemento Libros de El Periódico, 6 de enero de 2005, pp. I-III.

José Serrano Belmonte, “Los premios literarios: la sombra de una
duda”, en José Manuel López de Abadía, Neuschäfer Hans-Jörg López Bernasocchi Augusta eds., Entre el ocio y el negocio: industria editorial y literatura en la España de los 90, Madrid, Verbum, 2001, pp. 43-53.

Julio Trenas, “Veinte años de historia de un premio literario“, Abc, 15 de octubre de 1971,

José Manuel Lara Hernández (1914-2003).