Las primeras traducciones de obras de Mercè Rodoreda

Es muy probable que cuando en 1971 apareció en la prestigiosa Gallimard la traducción francesa de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda (1908-1983), nadie recordara el tenue y muy fino hilo que la vinculaba con la primera traducción de un texto rodorediano al francés, que propició, indirectamente y de lejos, el mismo Gaston Gallimard (1881-1975).

Mercè Rodoreda en Barcelona.

Ciertamente, ya durante la guerra, el 27 de abril de 1938, se publicaba en francés el cuento de Rodoreda «Els carrers blaus», que había aparecido originalmente en número inicial de Companya. Revista de la dona, fechado el 11 de marzo de 1937,que dirigía la pedagoga de origen navarro Elisa Úriz Pi (1893-1979).

Esta primera versión de un texto rodorediano vio la luz en la revista francesa Marianne, que poco después le publicaría también «En una nit obscura» (en la página 10 del número del 29 de marzo de 1939), que previamente había aparecido en catalán en la Revista de Catalunya (número 82, del 15 de enero de 1938): Por cada una de estas traducciones iniciales Rodoreda percibió doscientos francos franceses de aquel entonces. A éstas seguirían, ya unos años más tarde, la traducción al inglés uno de los sonetos que le premiaron en los Jocs Florals celebrados en Londres el 11 de septiembre de 1947 (un soneto de «Embaladit estol d’ombres acollidores» que se publicó en la revista ADAM International Review, en traducción de Joan Gili i Serra) y, de nuevo al francés, la del poema «Penélope», incluido en el sexto número de Le Journal des Poètes (de 1949), y vertido al francés por la filóloga belga Émilie Noulet (1892-1978), quien hacía apenas un par de años se había casado con el poeta catalán Josep Carner (1884-1970).

Mercè Rodoreda en el exilio.

Marianne, cuyo nombre evoca inequívocamente al símbolo de la república francesa por antonomasia, era una revista pacifista, antifascista y de izquierda que se presentaba con un punto de arrogancia como «l’hebdomadaire de l’élite intellectuelle française et étrangère», lo que puede contribuir a plantear la cuestión de hasta qué punto pertenecía ya entonces a la élite la jovencita Rodoreda, cuyos credenciales se limitaban a cuatro novelas breves de género (Soc una dona honrada?, 1932; Del que hom no pot fugir, 1934; Un dia en la vida d’un home, 1934, y Crim, 1936), pues hasta 1938 no aparecería Aloma, que había obtenido el Premi Joan Creixells de narrativa que convocó el Ateneu Barcelonès en 1937. Esto bastaría para que en las páginas de Marianne se la describiera, quizá en un exceso de ampulosidad, como «Gran Prix des Lettres Catalanes». El nombre de Rodoreda aparecía en el mismo número que, por ejemplo, los de Hugh Walpole (1884-1941), Albert Sérol  (1877-1961) o Erich Maria Remarque (1898-1970), de quien se publicaban fragmentos de Tres camaradas traducidos al francés por Marcel Stora (conocido sobre todo por sus traducciones de Nabokov).

Emmanuel Berl.

En cualquier caso, ese inicial vínculo entre la joven escritora barcelonesa y el poderoso editor parisino se estableció, a través de diversos vericuetos, mediante el periodista, editor e historiador Emmanuel Berl (1892-1976), quien en 1933 había escrito para Gallimard Histoire vrai d’un Prix de beauté, donde narraba los entresijos del premio de belleza que había obtenido Valentine Tessier y que fue un fiasco. Cuando Gallimard se propuso crear una publicación periódica capaz de competir con la exitosa Candide lanzada en 1924 por el editor Arthème Fayard, pensó enseguida en Berl, según cuenta Pierre Assouline en su biografía de Gaston Gallimard:

 Berl, de cuarenta años, es un producto puro de la burguesía israelita parisina. Procedente de una familia de industriales y universitarios, emparentada con los Proust, los Bergson y los Franck, está perfectamente integrado, ignorando cualquier religión y es clemecista. Está muy ligado a Drieu La Rochelle, con quien crea, publica y redacta en 1927 Les derniers jours, un bimensual cuyo depositario es la Librería Gallimard, pero que se acaba con el séptimo número. Malraux también es amigo suyo, y es quien le apartó de Grasset para llevarlo a Gallimard.

Cuando Gaston le propone crear Marianne sobre el modelo de Candide, Berl expresa una concepción un poco diferente: le gustaría hacer el periódico solo o casi solo; sería una especie de Cahiers de la Quinzaine del que él sería el nuevo Péguy. Es ambicioso pero poco realista si se tiene en cuenta el prestigio y la obra de Péguy en comparación con la de Berl. Gaston lo convence de que piense más bien en un periódico de periodistas, con fotos, artículos, informaciones, críticas y mucha publicidad para la NRF [la Nouvelle Revue Française de Gallimard].

Gaston Gallimard.

Después de meses de preparación del proyecto codo a codo con André Malraux (1901-1976), el semanario sale a la venta por primera vez el 26 de octubre de 1932 con fragentos de Pilot de ligne, de Antoine de Saint-Exupéry como atractivo principal y con colaboraciones de los nombres principales vinculados a la editorial Gallimard (Edouard Bourdet, Marcel Aymé, Pierre Mac Orlan, Georges Duhamel, Malraux…). En definitiva, y según lo interpreta Bernard Laguerre, la idea de Gallimard era proporcionar a sus autores un espacio en el que poder expresarse sin tener que recurrir a periódicos o revistas de la competencia. Sin embargo, y tras alcanzar unas tiradas de hasta 120.000 ejemplares, a la altura de 1936 estas habían descendido a la mitad, de modo que Gallimard logró que el 15 de enero de 1937 la revista fuera comprada por una sociedad anónima financiada por el empresario Raymond Patenôtre (1900-1951), que había sido ministro de Economía en el gobierno de Léon Blum, y pasara a dirigirla el fotógrafo y editor Lucien Vogel (Lucienne Martin Hermann, 1886-1954).

Mercè Rodoreda.

Vogel ya había puesto de manifiesto tanto su vehemente antifascismo como su compromiso con la legalidad republicana española en un proyecto anterior, la revista Vu, donde el protagonismo lo tenían sobre todo los fotomontajes y en la que se reivindicó sin ambages la intervención militar francesa en España para contribuir así a detener el avance del fascismo por Europa. En Marianne, sin embargo, el cambio más importante que introduce es de carácter estético, dándole una apariencia de revista y haciéndolo crecer primero de dieciséis a veinticuatro páginas y posteriormente a treinta y dos, introduciendo en junio de 1937 las primeras portadas fotográficas a color y, en cuanto al contenido, potenciando las secciones más específicamente culturales.

No obstante, las tensiones tanto políticas como financieras propiciaron que a finales de ese mismo año Vogel abandonara el proyecto.

La siguiente traducción de Rodoreda, en ese caso al inglés, se enmarca en un número especial de ADAM. International Review dedicado a la literatura catalana («Writers of Catalonia»), que incluye también traducciones de piezas breves o fragmentos de Joan Alcover (1854-1926), Pere Calders (1912-1994), Víctor Català (Caterina Albert, 1866-1969), J.V. Foix (1893-1987), Rosa Leveroni (1910-1985),  Josep M. López Picó (1886-1959), Marià Manent (1898-1988), Joan Maragall (1860-1911), Josep Pijoan (1879-1963), Josep Pla (1897-1981), Carles Riba (1893-1959) y Jacint Verdaguer (1845-1902), en versiones de, además de Gili i Serra (que se ocupa también de las traducciones de Foix y Riba y que muy probablemente fue el promotor de la iniciativa), Jack Lindsay, Kathleen Nott, Carles Pi i Sunyer, Nuria Pi i Sunyer, etc.

El origen de ADAM (acrónimo de Arts, Drama, Architecture y Music) está en un periódico que había fundado en 1929 en Bucarest el periodista y editor Miron Grindea (1909-1995), que en 1939 se había establecido en Londres (como Gili i Serra unos años antes) y dos años después reemprendía la publicación de la revista, tras haber establecido amistad con intelectuales británicos como Cecil Day-Lewis, T.S. Eliot o Stephen Spender con quienes, como Gili i Serra, coincidía en la BBC. La lista de colaboradores de ADAM en aquellos años, muchos de ellos emigrantes que huían del nazismo, es impresionante y abarca desde Thomas Mann y Georges Bernard Shaw hasta Picasso, Stefan Zweig, H.G. Wells, Marguerite Yourcenar, Samuel Beckett o Lawrence Durrell, pero las restricciones a la circulación de papel como consecuencia de la guerra mundial conllevaron una nueva desaparición provisional de la revista hasta 1946, que fue la etapa en la que se publicó el número dedicado a la literatura catalana que incluía los poemas de Rodoreda.

El 6 de julio de 1949, acompañada de un esbozo biográfico de la autora, se publica en la revista de Bruselas Le Journal des Poètes el poema «Penélope», que Rodoreda incluiría en el Món d’Ulises y que en 1948 había aparecido ya en México en La Nostra Revista. Creada en 1931 por un comité editorial formado por Pierre Bourgeois, Maurice Carême, Georges Linze, Norge y Edmond Vandervammen, al que luego se incorporaría el poeta y pintor Pierre Louis Flouquet (1900-1967), Le Journal des Poètes había abandonado la iniciativa de publicar algunos libros y antologías y se había reafirmado por entonces como uno de los puentes más sólidos entre la cultura francesa y la belga. Cuando se incluye a Rodoreda, la publicación la dirigía Jean Delaet y se había incorporado ya como lema de la revista el «¡Poetas de todos los países, uníos!». El poema, aparecería ese mismo año incluido en Món d’Ulises, publicado en ciclostil en París por Armand Vidal en el volumen Jocs Florals de la Llengua Catalana: Any XC de llur restauració, y casi simultáneamente en las revistas de Buenos Aires Ressorgiment y Germanor y en la mexicana La Nostra Revista.

De todos modos, el primer libro de la versátil escritora catalana traducido al español no se publicaría hastavarias décadas después, 1965, en la colección El Puente que Guillermo de Torre (1900-1971) dirigía para Edhasa y en traducción de Enrique Sordo (1923-1992), La plaça del Diamant, y dos años después aparecería la versión inglesa firmada por Eda O’Shiel, al tiempo que se publicaba un fragmento de la misma obra en francés en Europe: Revue Mensuelle, debido a Jean Pierre Verdaguer. En el caso de la ya mencionada Aloma, no aparecería en español hasta 1971, en traducción de Joan Francesc Vidal Jové (1899-1974) y en la editorial Al-Borak, pero previamente (en 1969) se había publicado en la editorial Polígrafa la traducción de José Batlló de La meva Cristina y altres contes (además de algunos cuentos de este volumen en checo en Svĕtová literatura, traducidos por Vladimír Hvízd’ala).

Fuentes:

Fuentes:

Pierre Assouline, Gaston Gallimard. Medio siglo de edición francesa, prólogo de Rafael Conte, traducción de Ana Montero Bosch, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim (Debates 3), 1987.

Maria Campillo, ed., AA.VV., Contes de guerra i revolució, Barcelona, Laia, 1981, vol. II.

Sophie Kurkdjian, «L’engagement de l’éditeur de presse Lucien Vogel, de Vu à Messidor», en Anne Mathieu y François Ouellet, dirs., Journalisme et Littérature dans la gauche des années 1930, Presses Universitaires de Rennes, pp. 43-53.

Laguerre Bernard Laguerre, «Marianne et vendredi: deux générations?», Vingtième Siècle, revue d’histoire, núm. 22 (abril-junio de 1989) «Les generations», pp. 39-44.

Josep Mengual, «Una aproximación a la historia de las traducciones rodoredianas», Vasos comunicantes, núm. 40 (otoño de 2008), pp. 13-19.

Un librero y editor en el exilio en Londres, Vicente Salvá

En agosto de 1942, el librero y editor catalán exiliado en Londres Joan Gili i Serra (1907-1998) publicó en Senyera (el boletín del Casal Català de Londres, a cuya fundación él mismo había contribuido), un artículo titulado «Una edició del Nou Testament en català impresa a Londres» en el que, al margen de revisar la actividad de algunos exiliados catalanes del siglo xix en Gran Bretaña (entre ellos Antoni Puigblanc, autor de unos Opúsculos gramático-satíricos veladamente dirigidos contra Salvá), se centraba en las circunstancias que desembocaron en la publicación en 1834 de una traducción anónima —pero obra del exiliado liberal Josep Melcior Prat (1779-1855)— del texto bíblico, promovida por la British and Foreign Bible Society e impresa en Londres por Samuel Begster Jr.

Joan Gili i Serra.

Parte notable de estas circunstancias previas a la publicación del Nou Testament fueron las discusiones acerca de quién debía llevar a cabo la traducción, pues existía otro candidato prestigioso, el valenciano Joaquín Lorenzo Villanueva. En el debate que suscitó esta elección en el seno de la British and Foreign Bible Society tuvo un papel destacado un extraordinario filólogo, escritor, librero y editor, también valenciano, de vida trepidante, Vicente Salvá Pérez (1786-1849).

Hijo de José Salvá, un apasionado de los libros y lector voraz desde muy temprana edad, y Andrea Pérez, que quedó viuda siendo aún muy joven, Vicente Salvá destacó enseguida como un lector y estudiante excepcional, acaso un superdotado o en cualquier caso un niño prodigio. Tras licenciarse en Valencia en Filosofía, Derecho, Teología y Griego, en 1804 (con apenas dieciocho años) ya obtuvo plaza como profesor en esta universidad, y poco después pasó a las de San Isidro y Alcalá de Henares, de donde abandonó el puesto consecuencia del avance de las tropas napoleónicas y del levantamiento del Dos de Mayo (1808). Regresó entonces a Valencia, donde un año después se casó con Josefa Mallén, y se adentró en el mundo del comercio del libro asociándose con su cuñado Pedro Juan Mallén (hijo del célebre librero de origen francés Diego Mallén y que vivió entre 1775 y después de 1823).

Vicente Salvá Pérez.

De esta etapa tuvo una importancia crucial en la trayectoria de Salvá la edición —durante la ocupación de Valencia por las tropas del mariscal Louis Gabriel Suchet (1770-1826)— de la primera edición española de El contrato social de Rousseau (1712-1789), que previamente (en 1799) ya había traducido al español el Abate Marchena (José Marchena y Ruiz de Cueto, 1768-1821) y había publicado unos quinientos ejemplares (la mayoría de los cuales destinados a América, aunque otra buena parte fueron a parar a Perpiñán), con falso pie editorial de Londres (si bien editado en París) y presentada también falsamente como una «segunda edición». En el caso de Salvá, la publicación de El contrato social le valdría la incoación de un proceso judicial por parte de la Inquisición española. También durante la ocupación de Valencia por Suchet, vale la pena recordar la colaboración de Salvá con la muy combativa revista liberal y vehementemente antimonárquica Aurora Patriótica Malloquina, que imprimía Miguel Domingo y que tuvo una vida más bien breve (1812-1813).

Lista de suscriptores de Aurora patriótica.

Germán Ramírez Aledón, el mejor conocedor de la obra de Salvá, ha analizado con detenimiento la edición de Salvá de El contrato social, llevada a cabo en colaboración con su cuñado Pedro Juan Mallé y traducida por Pedro Estala, cuya consecuencia más importante fue el inicio de una persecución inquisitorial que le llevó a un primer exilio (en Francia e Italia). Sin embargo, durante el conocido como Trienio Liberal (1820-1823), Salvá estaba de nuevo en España desarrollando una intensa actividad política, que le llevó a ser diputado a Cortes.

Como consecuencia de ello, en la segunda mitad de 1823, huyendo del absolutismo de los Cien Mil Hijos de San Luis, se trasladó a Gibraltar con el propósito de pasar posteriormente a Londres, cosa que consiguió a finales del año siguiente. En la capital británica, al igual que le ocurriría años más tarde a Gili i Serra con C. Henry Warren, contó con un socio importante para despegar en el negocio de la comercialización y edición de libros. En el caso de Salvá, este socio fue el célebre y muy longevo librero y editor francés Martin Bossange (1765-1865), que había fundamentado su fortuna en el extraordinario éxito que había tenido en 1789 con la publicación del Carlos IX de Joseph Chenier (1764-1811), de la que se calcula que vendió cincuenta mil ejemplares. Posteriormente Bossange se había asociado con el comerciante lionés Joseph René Masson para crear Bossange, Masson et Besson, una empresa destinada al comercio internacional de libros franceses que en 1814 había creado una sucursal en Londres (ciudad en la que residió hasta 1820).

Gracias, pues, a la ayuda financiera de Bossange, Vicente Salvá pudo abrir en 1825 una librería que muy pronto se convirtió en punto de reunión preferente de los exiliados políticos españoles en la capital inglesa (del mismo modo que sucedería con la librería Dolphin de Gil i Serra durante la guerra civil española), la Spanish & Classical Library, en el número 124 de Regent Street. Otra de las coincidencias con el editor republicano catalán establecido en Londres es que los cimientos del prestigio de Salvá como editor fueron inicialmente unos muy esmerados catálogos centrados sobre todo en obras peninsulares y americanas (A catalogue of Spanish and Portuguese Books) que despertaron el interés de los bibliógrafos de todo el mundo, que el editor valenciano puso en circulación en 1825 y 1826. A estos catálogos se atribuye también el impulso inicial de la conocida leyenda sobre el monje de Poblet dedicado al comercio de libro raro, que, después de ser recreada por autores como Charles Nodier o Gustave Flaubert, desembocó en la obra del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) La llegenda del llibreter assassí de Barcelona (1821). El libro clave en este sentido es el ejemplar único de los Furs de Valencia, que aparece mencionado en estos catálogos.

Al parecer, no tuvo tiempo Salvá de publicar mucho más en Londres, porque ya en 1830, manteniendo la gestión de sus negocios tanto en Valencia como en la capital inglesa, se trasladó a París, donde llevó a cabo el grueso de su obra de librero y editor de primera magnitud. Aun así, parece que cabe atribuir a la labor de Salvá algunos ejemplares aparecidos en los años veinte en Londres, como es el caso de un curioso folleto de apenas 40 páginas y con un formato de 15 x 100 titulado Interesante narración de los extraordinarios medios por los cuales salvó su vida el español D. Paulino Lacalle, que aparece con pie editorial de 1825 y con las indicaciones de «Se vende en la librería de D. V. Salva, nº 124, Regent Street» e «Imprenta Española de M. Calero, 17 Frederick Place, Goswell Road». Si bien no aparece en muchos de los principales catálogos bibliográficos —tampoco en los del propio Salvá— hay indicios para pensar que se ocupó de su publicación el editor y librero valenciano.

Además de su amplia y exitosa etapa en la librería española fundada en París, sobre la que existe también una bibliografía notable, de Salvá es particularmente interesante el destino que tuvo a su muerte la excepcional biblioteca que fue atesorando a lo largo de su vida. A partir de los años sesenta del siglo XIX, después de haber dejado los negocios en manos de su hijo, Salvá se concentró en la elaboración de un detallado y minucioso catálogo que registraba las obras que había ido atesorando a lo largo de su carrera, entre las que figuraban primeras ediciones muy raras, más de un centenar de manuscritos de los siglos XV y XVI y textos poco asequibles de Petrarca, March, Juan de la Encina, Cervantes o Boscán, entre otros. De hecho, en su afán por documentar con detalle su biblioteca, Salvá encontró la muerte durante un viaje a París para cumplir este propósito cuando la capital francesa era asolada por una pandemia (de peste). A la larga, su biblioteca sería ofrecida a la Diputación de Valencia, a la universidad de esa ciudad al Estado español, pero finalmente fue adquirida por Ricardo Heredia, a cuya muerte esa enorme y valiosa cantidad de libros se dispersó, lamentablemente.

Fuentes:

  1. M. Bacarés, Noticia biográfica de D. Vicente Salvá, València, Imprenta de José Rius, 1849.

Vicent Baydal, «La biblioteca perdida del librero Vicente Salvá», Valencia Plaza, núm 1 (noviembre de 2014).

Pablo González Muñoz, «El exlibris de la Biblioteca de Salvá», Revista Ibérica de Exlibris, núm. 1 (1903), pp. 59-60.

Germán Ramírez Aledón, «Las librerías de Vicente Salvá en Londres y París (1825-1849). El primer proyecto comercial de una librería española en el exterior», en AA. VV., Pasiones bibliográficas. Vint anys de la Societat Bibliogràfica Valenciana Jerónima Galés, València, 2014, pp. 123-135.

—«Semblanza de Vicente Salvá y Pérez (1786-1849)», Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2015.

—«Rousseau en la revolución liberal española: La primera edición en España de El contrato social (1812)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo. Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo xviii, n. 18 (2012).

Avatares de una biblioteca legendaria (la de Raymond Foulché-Delbosc)

Si al filólogo Raymond Foulché-Delbosc (1864-1929) se le considera uno de los hispanistas más importantes de todos los tiempos, es en buena medida por la creación y mantenimiento de la muy influyente Revue Hispanique (1894-1920), donde publicó —con su nombre o con diversos seudónimos— numerosísimos e importantes estudios, así como algunas relevantes obras o versiones inéditas de clásicos españoles, pero consecuencias no menos positivas tuvo su faceta como coleccionista de libros y manuscritos.

Raymond Foulché-Delbosch.

Nacido en Tolosa de Llenguadoc, Foulché-Delbosc cursó estudios de Derecho con el propósito de dedicarse a la diplomacia, y el conocimiento de diversas lenguas despertó en él el interés por la filología, fruto del cual escribió antes de haber cumplido treinta años una muy exitosa Grammaire espagnole (1888), con su correspondiente Supplement (1888) y una Liste complète des verbes irréguliers espagnols (1889), y enseguida se estrenó también como traductor con Contes espagnols (1889), donde reunía textos de Vicente Arana (1847-1890), Víctor Balaguer (1824-1901), Arturo de Campión (1854-1937) y Vicente de Febrer, vertidos al francés en colaboración con E. Contamine de Latour, ilustrados por Ogier y publicados por la Société de Publications Internationales. Antes de acabar el siglo traduciría también a Cervantes (El licenciado vidriera en 1892), un volumen de Poesías de Moratín al año siguiente y El estudiante de Salamanca, de Espronceda, también en 1893. Sin embargo, su primer gran éxito comercial fue el método para aprendizaje de lenguas expuesto inicialmente en Écho du français parlé (1890).

Desde 1893, viajó por diversos países europeos, particularmente por España (donde inició el estudio del manuscrito de las Guerras de Granada, de Diego Hurtado de Mendoza) y empezó entonces a comprar numerosos libros y manuscritos antiguos. Al año siguiente (1894) creaba la que con razón se considera su obra magna, la Revue Hispanique, donde dio a conocer muchos de los documentos que había ido descubriendo y recuperando en el transcurso de sus viajes, que le habían puesto además en contacto con numerosos estudiosos e historiadores, a los que en algunos casos incorporó a la revista (Arturo Farinelli, Rufino José Cuervo, Ernest Merimée, Leite de Vasconcellos, James Fitzmaurice-Kelly, Marcelino Menéndez Pelayo…). Su amistad con el filólogo catalán Pompeu Fabra —desde 1902 era corresponsal de la Academia de les Bones Lletres de Barcelona— le llevó a ser una de las estrellas principales del Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana (1906), además de permitirle publicar por primera vez un manuscrito inédito propiedad de Fabra que contenía los sesenta primeros versos del romance «Testament de la Reina Doña Isabel la Católica» (en el tomo XIII de la Revue Hispanique, en 1905). Autores tan distintos, cultivadores de géneros tan dispares y de épocas tan diversas como Rodrigo Cota (1434-1498), Luis de Góngora (1561-1627), Juan Meléndez Valdés (1754-1817), José Cadalso (1741-1782) o Tomás Iriarte (1750-1791) son sólo algunos de los autores de los que publicó en su revista ediciones comentadas de textos hasta entonces inéditos.

Foulché-Delbosc retratado por Ramon Casas.

La entonces recién creada Society of America empezó a subvencionar desde 1905 la Revue, de modo que, incluso durante la primera guerra mundial —pese a que la imprenta en que se publicaba cayó en manos de los alemanes, que se incautaron de dos números a punto de imprimir—, la publicación consiguió seguir apareciendo con relativa regularidad. Se publicaban tres números anuales, de unas trescientas páginas, y durante el período bélico algunos, debido a las dificultades para conseguir colaboraciones, salieron íntegramente de la pluma de Foulché-Delbosc (sólo en la Revue Hispanique publicó unos doscientos artículos, con diversos seudónimos, y 171 ediciones críticas o comentadas).

Por si no bastara con ello, en colaboración con otros hispanistas fundó la colección Bibliotheca Hispanica, en la que se publicaron, por ejemplo, su pionera edición crítica del Lazarillo de Tormes, las ediciones de 1499 y 1501 de la Comedia de Calisto e Melibea, o la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro (¿1437-1498?), así como textos de Pedro Manuel de Urrea (1485-1535), Jorge Manrique (c. 1440-1479) o Luis de Góngora, entre otros muchos.

A esta intensísima actividad filológica y editorial se ha atribuido a veces la temprana muerte de Foulché-Delbosc, a la que dejó una biblioteca, según consigna Julio Puyol, de «once mil volúmenes impresos, más de tres mil folletos, otros tantos manuscritos y un número considerable de planos, mapas, estampas y dibujos». ¿Qué pasó y adónde fue a parar esta inmensa, rica y valiosísima biblioteca?

Catálogo de una venta gestionada por Andrieux en 1934.

Entre los días 12 y 17 de octubre de 1936, casi siete años después de su muerte, se anunció en el Hotel Drouot de París una subasta de la biblioteca Foulché-Delbosc cuyo responsable fue un conocido experto en la materia muy versado en estas lides, Georges Andrieux. Se trataba, según el catálogo en que se describían las obras, de una parte mínima de esa biblioteca, unos 1610 volúmenes, ordenados en cinco categorías: libros antiguos (417), ediciones de La Celestina en diversas lenguas (39), libros de bibliografía (80), libros posteriores a 1815 (947) y manuscritos (127). La ausencia de una presencia importante de instituciones culturales españolas en la subasta se explica probablemente por la guerra civil que por entonces proseguía su curso, pero quien mayor interés mostró fue la Biblioteca Nacional de la República Argentina, por entonces presidida por Gustavo Martínez Zuviria y que estuvo representada en la subasta por el diplomático Jorge Máximo Rodhe (que dejó su testimonio de la misma en sus memorias parisinas). Rodhe se había visto envuelto, no hacía aún mucho tiempo, en un sonado escándalo cuando, como jurado del Premio Nacional de Literatura, en 1932 premiaron a Ezequiel Martínez Estrada y Manuel Gálvez se sintió tan ultrajado por ello que le escribió una carta abierta en el periódico La Prensa en el que le afeaba que hubiera roto el trato que tenían para premiarle a él y donde explicaba que «estuvo en mi casa hace quince días sólo para asegurarme que todo estaba arreglado».

Acerca del catálogo de esta subasta parisina escribió Rodhe en sus memorias: «Hojeo el catalogo de la Biblioteca hispànica de Foulché-Delbosc, que el mes próximo se dispersará por el mundo. ¡Cuánto tesoro! La ciencia y el arte españoles hallan aquí magnífica expresión.» Rodhe, que contaba con el apoyo logístico de la embajada argentina en París, tenía el encargo de intentar comprar la colección completa Foulché-Delbosc, y para ello se puso enseguida en contacto con Andrieux para negociarla, pero tal operación fue imposible (al margen de que hubiera desbordado el presupuesto del gobierno argentino) debido a la oposición de la vetusta y muy prestigiosa firma anticuaria inglesa Maggs Brothers, que acudía con la representación de varios clientes británicos y estadounidenses. Aun así, la biblioteca argentina invirtió 283.631 francos de la época en 1281 volúmenes que, paradójicamente, durante muchos años en las bibliografías publicadas se dieron por perdidos, cuando en realidad se embarcaron en diciembre de ese mismo año 1936 y al siguiente se incorporaron a la sección de Reservados de la Biblioteca Nacional (en la llamada Sala del Tesoro). Entre las obras adquiridas se encontraba, por ejemplo, nada menos que una de las tres ediciones de que se tiene noticia de la edición sevillana de 1502 de La Celestina. Tan desconocida fue la existencia de este fondo, que no fue hasta 1996 cuando los profesores Arthur Askins y Harvey Sharrer (de las universidades californianas de Berkeley y Santa Bárbara, respectivamente) identificaron el origen de muchas de las obras allí conservadas e impulsaron un trabajo de catalogación y puesta en línea de semejante información.

Francesc Parserisas cuenta —a medias— adónde fue a parar otra parte importante de la biblioteca Foulché-Delbosc en una conferencia de 2002, en la que relata cómo en 1938 el editor catalán afincado en Londres Joan Gili i Serra llegó a enterarse a través de su esposa de la existencia de una voluminosa biblioteca de libros antiguos que alguien había heredado y cómo en la primavera del año siguiente, en los prolegómenos ya de la segunda guerra mundial, se ocupó del traslado en tren de ciento cincuenta contenedores (ocho toneladas de papel) desde la capital francesa hasta la costa, y posteriormente hasta su librería londinense, The Dolphin Bookshop.

Joan Gili i Serra.

De algunos de esos libros y documentos adquiridos por Gili puede seguirse incluso la pista de su destino final. Así, por ejemplo, Álvaro Piquera Rdríguez resiguió con minucia los sucesivos cambios de mano y el recorrido del Arte de putear, de Nicolás Fernández de Moratín.

A finales de los años cincuenta, por ejemplo, el hispanista Nigel Glendinning (1929—2013) explicaba en «Ortelio en la poesía y en la vida de Cadalso. Una nueva teoría sobre su identidad y datos sobre la amistad de Casimiro Gómez Ortega y Cadalso» la procedencia del material con el que había trabajado y que le había permitido hacer aportaciones significativas en su campo:

Los papeles de Cadalso que pertenecían a M. Foulché-Delbosc pasaron después de su muerte al señor J. Gili del Dolphin Book Company, Oxford, que actualmente los tiene. Muy amablemente el señor Gili me ha dejado consultar con entera libertad estos interesantes documentos. Los he aprovechado aquí.

Los testimonios de la eficiencia y la generosidad de Gili i Serra con los hispanistas que se interesaban por los volúmenes y manuscritos que poseía son abundantes en libros y artículos de filología de esos años, y ya en julio de 1936, en el influyente Bulletin of Spanish Studies el eminente Edgar Allison Peers (1891-1952) se había referido al brío y diligencia del librero y editor catalán y a los buenos servicios que prestaba a los hispanistas que le visitaban.

Nigel Glendinning.

El legajo al que se refería Glendinning en su artículo de 1958 es sin duda el que aún aparece en el catálogo 39 de Dolphin Books de 1963, donde se describe como «la mayor colección de manuscritos autógrafos de Cadalso existente», junto con obra de Meléndez Valdés, Iglesias y Moratín, que se ponía a la venta al precio de 155 libras esterlinas. Este lote formaba originalmente por lo menos parte de un envío que en la primavera de 1775 Cadalso había hecho a Meléndez Valdés para que, en caso que falleciera en la guerra que entonces emprendía, su obra se conservara, y contenía varias piezas, además de cartas y unas veinte páginas impresas de Ocios de mi juventud con correcciones autógrafas. Parte de este material lo había dado ya a conocer Foulché-Delbosch en el primer número de la Revue Hispanique («Obras inéditas de Cadalso») y casi simultáneamente en el volumen impreso por la librería Murillo Obras inéditas de D. José Cadalso (1894), pero no así la veintena de páginas impresas en 1775 por Antonio de Sancha de Ocios de mi juventud y corregidas de puño y letra de Cadalso (probablemente, porque no se consideraron, en sentido estricto, inéditas). Y las correcciones son importantes porque indicaban con qué enmiendas y cambios debía reeditarse, si fuera el caso, los Ocios de mi juventud.

Según la descripción del mencionado catálogo de Dolphin, los manuscritos procedían sobre todo de las colecciones de Salvá y Heredia y del propio Cadalso, y su importancia, según el mismo catálogo, estriba en el hecho de que «existen pocos autógrafos de Cadalso, aparte del de Don Sancho García, en la Biblioteca Nacional, y algunas cartas».

José Cadalso retratado por Pablo de Castas Romero.

Pocos años después de la publicación del catálogo 39 de Dolphin, algunos estudiosos de la literatura del XVIII español consultaron parte de estos mismos documentos en la Universidad de Utrecht en 1966, lo que sin duda permite deducir adónde fue a parar esta pequeñísima parte de la inmensa biblioteca Foulché-Delbosc (y que lo hizo entre 1963 y 1966). Y puede deducirse también que, originalmente, su grueso se dividió entre la Biblioteca Nacional de la República Argentina y la Dolphin Books de Joan Gili i Serra.

En 2013, Miguel Ángel Lama concluía un artículo titulado «Cadalso leyéndose a sí mismo» subrayando la importancia que tenían esas veinte páginas corregidas para tener una edición de sus Ocios de mi juventud que por primera vez

…respeta la voluntad del autor expresada genéricamente a su amigo Meléndez Valdés y materializada sobre el papel en la veintena de páginas que hemos podido conservar gracias a filólogos como Foulché-Delbosc, libreros como Joan Gili e investigadores como Nigel Glendinning.

Quizá los Ocios de mi juventud no sea una obra de principal importancia en el conjunto de la literatura española del siglo XVIII, ensombrecida incluso en el conjunto de la obra de Cadalso por las Noches lúgubres y las Cartas marruecas, pero el episodio es significativo o ilustrativo de cómo los editores fijan los textos y de cómo es posible que los lectores estemos leyendo durante décadas ediciones «deficientes» por falta de filólogos, libreros e investigadores tan escrupulosos y generosos como lo fueron Foulché Delbosc, Joan Gili o Nigel Glendinning.

Fuentes:

Catálogo núm. 35 de la Dolphin Books (1957).

Isabel Foulché-Delbosc y Julio Puyol, Bibliografía de R. Foulché-Delbosc (1864-1929), Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1931.

Miguel Ángel Lama, «Cadalso leyéndose a sí mismo. Notas para una edición», Romanica Olomucensia, 24/II (2012), pp. 1659-168.

Francisco A. Marcos Marín, «La colección Foulché-Delbosc de la Biblioteca Nacional de la República Argentina: catalogación y edición electrónica», 1998.

—«La recuperación de la Colección Foulché-Delbosch de la Biblioteca Nacional de la República Argentina», La Coronica, 19/II (primavera de 2001), pp. 147-157.

Georgina Olivetto, «El fondo medieval de la colección Foulché-Delbosch», Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, núm. 40-41 (junio de 1999-junio de 2000), pp.158-165.

Álvaro Piquero Rodríguez,«El ejemplar perdido del Arte de putear de Moratín (c. 1815-1820): nuevos datos ecdóticos y bibliográficos», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 34 (2016), pp. 279-310.

Francesc Parcerisas, The Irish Poet and the British Gentleman, Sheffield, The Anglo-Catalan Society- Hallamshire Press, 2002.

Jorge Máximo Rodhe, Cinco años de París: 1935-1939, Buenos Aires, Emecé, 1948.

Aún más delfines. Joan Gili i Serra y sus Dolphin Books

A Francesc Parcerisas, un cop més, agraït.

Cuando se habla de los libreros que a lo largo del siglo XX divulgaron el libro español en Europa, suele ocupar un lugar preeminente el valenciano Antonio Soriano (1913-2005) y su Librería Española de París, que, junto con la editorial de José Martínez Guerricabeitia Ruedo Ibérico, no sólo aglutinó a buena parte de los intelectuales antifranquistas residentes o de paso por París, sino que facilitó además su contacto con los españoles y latinoamericanos que recalaban en la capital francesa, y a este mérito no menor hay que añadir su labor como editora de unos pocos pero importantes y oportunos libros.

PoemsLorca

 

Muy distinto es el enfoque que dio a la divulgación del libro español Joan Gili i Serra (1907-1998) –no confundir con Joan Gili i Montblach (1850-1905) origen de Editorial Litúrgica Española, S.A.–, que constituye un eslabón importante en una de las estirpes más insignes de la edición moderna. Con el modesto pero importante apoyo de Henry Warren, que aportó cincuenta libras, en octubre de 1934 Joan Gili fundó en la Cecil Court de Londres, no lejos de Charing Cross Road, la editorial The Dolphin Book Company y la librería The Dolphin Bookshop –no confundir tampoco con la histórica librería independiente Dolphin Bookstore, creada en Port Washington (Nueva York) en 1946–, empresas ambas que más adelante Joan Gili se llevaría consigo a Oxford, en cuya universidad se encontraban buena parte de sus compradores potenciales en Inglaterra.

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One hundred manuscripts relating to Latin America, Oxford, The Dolphin Book Co. Ltd. (Catálogo n.º 35, 1957).

La Dolphin Bookshop se especializó en bellos y buenos libros ingleses (“those English books which you will not only want to read but to keep”, según anunciaba) y sobre todo en obras en lengua española, tanto penínsulares como americanas, y en lengua catalana. Y ya con la primera edición que llevó a cabo subrayó esa personalidad de la empresa: Prosa diversa, de Miguel de Unamuno (Londres, 1938), seleccionada por el propio Gili y con un texto de presentación de quien fuera el primer profesor de español de la Universidad de Cambridge e insigne musicólogo John Brande Trend (1887-1958), al que seguiría un volumen de poemas de Federico García Lorca, traducidos por Gili y Stephen Spender, cuya selección e introducción corrió a cargo del eminente crítico lorquiano Rafael Martínez Nadal (1903-2001).

De un carácter muy distinto es otra edición de 1938, una carpeta (520×400) con veinte dibujos con grabados del pintor de la generación del 27 Gregorio Prieto (1897-1992), más portada, página de dedicatoria (“A los estudiantes españoles”) y justificación de tirada (100 ejemplares sobre papel de hilo) firmada por el autor.

La carpeta Prieto.

Sin embargo, el estallido de la segunda guerra mundial y los primeros bombardeos sobre Londres llevaron a Gili, recién casado con Elizabeth McPherson, a trasladarse a Oxford (14 de Fyfield Road), hay quien dice que por las amenazas recibidas por la embajada franquista (que sabía muy bien que la librería era un punto de encuentro de notables republicanos y que entre sus clientes estuvieron Juan Negrín, Pere Bosch Gimpera, Salvador de Madariaga, Josep Trueta, Luis Araquistáin y Carles Pi Sunyer), hay quien lo vincula con la voluntad de proteger la impresionante biblioteca del bibliógrafo e hispanista francés Raymond Foulché-Delbosc, fundador de la célebre Revue Hispanique, que se había subastado entre el 12 y el 17 de octubre de 1936 en el Hotel Drouot de París y de la que Gili se había hecho con una parte (en total se subastaron cerca de once mil volúmenes, además de trescientos cincuenta manuscritos, tres mil folletos y un número indeterminado de dibujos, estampas, mapas, planos, etc.).

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Imagen central del pliego de “One hundred…”, que muestra un nombramiento del arzobispo Juan de los Barrios fechado en 1556.

Al margen de la muy asombrosa labor de la editorial, entre la que se cuentan por ejemplo la primera edición, a cuenta del autor,  del Ocnos (1942), de Luis Cernuda, con 31 poemas; la Anthology of catalan lyric poetry (1953) preparada por Joan Triadú (1921-2010), la traducción de William y Mary Roberts del Platero y yo (1956) del Nobel español Juan Ramón Jiménez, con dibujos de Baltasar Lobo (1910-1993), o la alucinante obra en diez volúmenes del bibliógrafo y filólogo Antonio Rodríguez Moñino Floresta: joyas poéticas españolas (1953-1966),  o incluso de su más extraordinaria faceta de traductor de poesía catalana (Josep Carner, Carles Riba, Salvador Espriu), es sobre todoo muy notable la labor de Gili como divulgador y promotor de la lengua, la literatura y los libros españoles y catalanes.

La edición de Ocnos de 1942.

Si bien ya en 1937 había participado en la exposición bibliográfica anual que organizaba el Sunday Times con un stand de libros catalanes, una de las herramientas más importantes que empleó para ello, y para extender su radio de acción, fueron los encantadores catálogos que publicó (de los cuales por lo menos una parte fueron impresos en la Tipografía Moderna de Valencia), que no sólo reflejan el buen gusto de la Dolphin, sino que dan fe también de unas existencias realmente excepcionales.

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Catálogo de 1959.

Sólo a título de ejemplos ilustrativos tomados casi al azar, en el número 38 de Old and rare books relating to Latin America and Spain Overseas (including many unrecorded ítems), puede encontrarse la descripción de un ejemplar de la Despedida del Libertador [Simón Bolívar] a los Guayaquileños, impresa por la Imprenta de la Ciudad [Guayaquil], 1822; un Repertorio pintoresco sobre Yucatán obra del editor y litógrafo José Espinosa Rendón y redactado por Crescencio Carrillo, fechado en Mérida en 1863 profusamente ilustrado con litografías coloreadas; el Primer ensayo de Gramática de la lengua Yap (Carolinas Occidentales), con un pequeño Diccionario y varias frases, fechado en Manila (Filipinas) en 1888, o los catorce volúmenes de una Historia General de Philipinas, de Juan de la Concepción, ampliamente ilustrada con mapas e impresa también en Manila entre 1788 y 1792.

El número 40, A fine collection of old and rare Spanish Books and books relating to Spain ofrece un ejemplar impreso en Salamanca en 1542 de El cortesano, de Baltasar Castiglione, en la muy celebrada (por Garcilaso entre otros) traducción de Boscán; una primera edición de la Parte perfecta de las comedias del Fénix de España [Lope de Vega], impresa por la Viuda de Juan González en Madrid en 1635; un ejemplar de la Idea de un Principe Politico Christiano de Diego de Saavedra Fajardo impreso en Mónaco por Nicolao Enrico en 1640 (salvo los grabados, impresos en Munich) con la peculiaridad de conservar dos páginas de fe de erratas al final; una edición impresa en 1543 por Carles Moros Prouençal de Les Obres de Mossen Ausias March, que se tiene por la primera completa, o una primera edición del Tesoro de la Lengua Castellana (Luis Sánchez, 1611) de Sebastián de Cobarrubias, entre otras muchas y asombrosas joyas.

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Catálogo de 1961.

No es extraño que en la posguerra la librería de Joan Gili se convirtiera en punto de referencia ineludible de los más tenaces bibliógrafos y bibliómanos españoles y americanos, y buena prueba de ello la tenemos, por ejemplo, en el hecho de que el poeta Carles Riba le dedicara la tercera de las Elegies de Bierville, que testimonia no sólo la amistad que les unía sino también el agradecimiento por los libros extraordinarios que le consiguió, y de lo que hay rastros también en el magnífico epistolario preparado por Carles-Jordi Guardiola entre el poeta y el librero.

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Interior del “One hundred…” (1957), que alterna fichas descriptivas con imágenes de las obras referenciadas.

También en los diarios personales de Max Aub hay constancia de su conocimiento, y en una entrada del 12 de octubre de 1956 lo describe como uno de los “catalanes con vista” y consigna que “su mujer, inglesa, habla catalán, pero no español”. Y no sólo en la España franquista o en los países latinoamericanos eran difíciles de encontrar esos libros que sólo Joan Gili parecía poseer ejemplares, sino que también para muchos hispanistas estadounidenses y canadienses la Dolphin Bookshop se convirtió en irradiadora de libros raros a los más diversos puntos del planeta (mediante un cuidado sistema de envíos postales y cobros mediante cheque o transferencia bancaria, en función del país del destinatario).

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Interior del “One hundred…” (1957).

A nadie sorprenderá, por tanto, que en su rico epistolario aparezcan personajes como F. J. Norton, bibliotecario de la Universidad de Cambridge y autor de Printing in Spain (1501-1520) (1967), Two spanish verse chap-books (1969) y el monumental A descriptive catalogue of printing in Spain and Portugal 1501-1520 (1978), que por sí solo justificaría la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio que se le concedió en 1983, junto a los escritores Pablo Neruda, Carmen Conde o los hispanistas Peter Russell, André Belamich o Frank Pierce (primer presidente de la Anglo-Catalan Society, que también presidió más tarde Gili).

Cambridge- Londres-Nueva York-Melburne, Cambridge University Press, 1978.

Sin duda, la labor de Joan Gili i Serra como editor exquisito y concienzudo, traductor sensible y preciso de la mejor poesía de nuestro tiempo o impulsor de organizaciones divulgadoras de las letras hispánicas bastarían para justificar que ocupe un lugar destacado en la historia del libro español, pero su vertiente de anticuario y coleccionista especializado en libro hispánico (tenía en su colección particular ejemplares de Els usatges de Barcelona, de 1490, y la edición de 1507 del Llibre del Consolat del Mar) lo convierten en un personaje singular, cuya memoria se mantiene, por ejemplo, con la beca que lleva su nombre y que la Universidad de Oxford concede anualmente a un proyecto de investigación en la lengua y la cultura catalana. Muy apropiado.

Fuentes (vénse también los Comentarios):

Los archivos tanto de Joan Gili i Serra como de la Dolphin Books se hallan en la Senate House Library de la Universidad de Londres, salvo excepciones, como su correspondencia con su tío Gustau Gili i Roig, que se conserva en el fondo de la Editorial Gustavo Gili de la Biblioteca de Catalunya.

oan Gili i Serra.

Max Aub, Nuevos diarios inéditos, 1939-1972, edición, prólogo y notas de Manuel Aznar Soler, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Memoria del Exilio. Anejos 4), 2003.

Cartes de Carles Riba III: 1953-1959, edición y notas de Carles-Jordi Guardiola, Institut d´Estudis Catalans (Biblioteca Filològica XXVIII), 1993.

Manuel Llanas, El  llibre i la edició a Catalunya. Apunts i esbossos, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001.

Ian Michael, “Obituary: J.L. Gili“, The Independent, 8 de mayo de 1998.

Luis Monferrer Catalán, Odisea en Albión: Los repubicanos españoles exiliados en Gran Bretaña, 1936-1977, Madrid, Ediciones de la Torre, 2007.

Rosa Mª Piñol, “Oxford premia a Joan Gili, difusor de las letras hispanas en Inglaterra”, La Vanguardia, 26 de mayo de 1987.

“The J.L Gili Travel Bursary in Catalan Studies”, Exon. The Exeter College Magazine, núm. 6 (otoño de 2003), pp. 10-11.