Entre el criterio estético y el ideológico: el editor Luis de Caralt

Luis de Caralt durante la guerra civil española.

No es probable que alguien discuta que Josep M. Castellet (1926-2014) fue uno de los editores y críticos literarios de izquierda más influyentes e importantes tanto de la literatura española como de la catalana del siglo XX. Por ello a veces resulta un poco chocante evocar que sus inicios en el mundo de la edición se produjeron como colaborador de Luis de Caralt (1916-¿?), conocido falangista barcelonés, si bien, en palabras del propio Castellet, se trataba de «una rara avis del falangismo». De hecho, Caralt pertenecía al ala más filonazi del falangismo y en diciembre de 1939 había entrado a formar parte de la junta política de la clandestina Falange Española Auténtica, un grupo de falangistas que desde el primer momento se había mostrado contrario al decreto del 19 de abril de 1937 mediante el cual Falange Española de las JONS se unificaba con   la unificación de la Falange Española y con la Comunión Tradicionalista (carlistas), para dar lugar a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.

Castellet empezó haciendo para la editorial de Luis de Caralt correcciones de estilo, que consistían básicamente en limpiar de argentinismos las traducciones, sobre todo del inglés, de las novelas que dieron fama a la empresa. Más adelante participó también en la redacción de Panorama literario (1947-1954), un boletín en el que también escribieron Esteban Pinilla de las Heras (1924-1994) –no Carlos, como equivocadamente señala Moret y luego se ha repetido demasiado a menudo– y Manuel Sacristán (1925-1985), entre otros, y del que se publicaron pocos números.

En primer término, Castellet, poco tiempo después, formando ya parte del equipo de Carlos Barral.

Creada en solitario por Luis de Caralt, tanto por la diversidad de géneros y literaturas en las que se fija como por la particular dedicación a las obras en lengua inglesa, es evidente que, de los editores de su entorno que podían servirle de modelo, el principal fue Josep Janés i Olivé (1913-1959), de quien el propio Caralt declaró: «Yo, como editor, aprendí mucho de José Janés: era el gran ejemplo a seguir en los años cuarenta. José Janés, espléndido editor, además de excelente poeta en lengua catalana…».

José Janés.

El primer título publicado en Luis de Caralt fue la obra de José María García Rodríguez (1912-2006) No éramos así (1942), novela protagonizada por excombatientes en la guerra civil, y a esta siguieron ya en 1943 obras tan diversas como las dos encuadradas en la colección Atalaya de Ideas: Españoles con clave, de quien por entonces era el delegado nacional de Prensa, Juan Aparicio (1906-1987), y una obra traducida por un enigmático J.L.B. (¿¿Jorge Luis Borges??) del historiador y político Jacques Benoist Méchin (1901-1983) titulada Comentarios al Mein Kampf (cuyo título original en francés, en 1939, era Éclaircissements sur «Mein Kampf» d’Adolphe Hitler, le livre qui a changé la face du monde), del que en la Biblioteca Nacional de Catalunya se conserva un ejemplar, encuadernado en tela, con el exlibris del poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987).

También de 1943 es la novela histórica publicada originalmente en 1928 Gaspar Hauser, el huérfano de Europa, del abogado e historiador Octave Aubry (1881-1946), conocido entre otras cosas por haber muerto el día anterior al que estaba prevista la lectura de su discurso de ingreso en la Academia Francesa (y cuando hacía solo un mes y medio que había sido nombrado, para cubrir las numerosas vacantes creadas por la ocupación nazi). Curiosamente, también en este caso figura J.L.B. como traductor. Y, aún del mismo año, Mis amigos eran espías, del fantasioso y humorístico arabista y gastrónomo Luis Antonio de Vega Rubio (1900-1977).

Se ha escrito mucho y a menudo acerca de la relativa condescendencia con que la censura franquista trataba las propuestas de edición de Luis de Caralt (cosa que también afecta a las de otro franquista notable, José Manuel Lara Hernández), pero no por ello parece haber quedado inequívocamente demostrada, y sí en cambio hay evidencias de sus problemas con algunas obras.

En su imprescindible estudio sobre la censura de novelas (Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo), Fernando Larraz comenta los casos de la novela de Mercedes Salisachs (1916-2014), firmada con el seudónimo María Ecín, Primera mañana, última mañana (1955), cuya retención en censura motivó las protestas de Caralt y finalmente se saldó con unas quince tachaduras, y el de Carretera intermedia (1955), de la misma autora, que fue denegada en dos ocasiones y, tras las infructuosas gestiones llevadas a cabo por el editor, «optó por encargar su propio servicio de censura al Penitenciario del Obispado de Barcelona, que modificó a discreción el texto y este fue finalmente aceptado por el censor oficial, apareciendo en octubre de 1956».  En general, pues, parece que Caralt podía tener mano con la censura política, pero topaba más a menudo con la eclesiástica.

Xavier Moret, en un libro trufado de errores (probablemente por la fiabilidad que concede a las entrevistas y a la memoria de los entrevistados) y que a menudo se han ido repitiendo acríticamente en otras obras, narra una anécdota con la que se pretende demostrar las muchas ventajas que le reportó a Luis de Caralt su condición de camisa vieja del falangismo (aunque quizá su resultado positivo respondiera más bien a su audacia y sagacidad). Mediados los años cincuenta, y sin duda con un propósito comercial, intentó incorporar como ilustración de cubierta de un libro de quien fuera hipnotizador de Adolf Hitler y Heinrich Himmler, Franz Völgyesi (no Bolgesi, como escribe Moret), la fotografía de una estatua de un desnudo femenino (parcial, por supuesto), algo que chocó con los principios de la censura franquista. Sin embargo, finalmente consiguió que se la autorizaran, tras engañar a los censores asegurando que la estatua original se encontraba en el Vaticano.

La editorial fue abriéndose a la literatura extranjera, y en particular a la escrita en lengua inglesa siguiendo en buena medida los pasos de Janés, si bien en algunos casos, como en el de Graham Greene, sí cabe atribuir a Caralt su descubrimiento para el público lector español (pues al más problemático editor Aymà la censura le denegó en 1943 autorización para publicarlo).

Lo cierto es que, a la vista del ecléctico catálogo que fue conformando a lo largo de los años, se hace difícil deducir el falangismo de su promotor, Es cierto que publicó títulos como los diarios de 1937-1938 del conde Ciano (1951), la biografía de Walter Gorlitz y Herbert A. Quint sobre Hitler (1955) y las Conversaciones sobre la guerra y la paz (1942-1944) (1954), de Adolf Hitler, pero es evidente que tuvieron mucha más importancia las colecciones en que publicó a escritores de orientación ideológica muy distinta y cualidades estéticas poco discutibles, como Hermann Hesse, Virginia Wolf, John Dos Passos, John Steinbeck o William Faulkner, a algunos de los cuales presentaba en sus catálogos como «los tremendistas», en un intento de situarlos en una corriente que por entonces encabezaba con enorme éxito Camilo José Cela (1916-2002).

Camilo José Cela.

Luis de Caralt, que siempre mantuvo un exhaustivo control personal de todo el proceso de edición, permaneció al frente del negocio hasta muy avanzados los años sesenta y no aflojó las riendas hasta la década siguiente. Concretamente en mayo de 1974, la empresa se transformó en sociedad anónima, con el nombre Luis de Caralt Editor, S.A., con un capital establecido en cinco millones de pesetas y aportando, según Martínez Martín, «4.800.000 pesetas, de los que dos millones eran en concepto de derechos de autor». Anota también el mismo estudioso de la edición española:

Una nota de 28 de noviembre de 1974 en su expediente del Registro de Empresas Editoriales hacía referencia a que «según noticias confidenciales de Manfredi Cano, el Grupo Editorial Caralt ha sido vendido a Norildis (Noguer, Rizzoli, Caralt)», situando a Luis de Caralt al margen del negocio. El director era José Mas, que procedía de Labor y Bruguera.

Desde 1946, además de la editorial Luis de Caralt abrió en la Rambla dels Estuids, núm. 1, una importante sala de arte (especializada en libros.

Fuentes:

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Jesús A. Martínez Martín, «La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 233-271.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

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Rafael Borràs Betriu y Pareja

El editor Rafael Borràs Betriu dedica apenas una página en el primer volumen de sus memorias a una efímera experiencia editorial cuyo catálogo, según dice, “no pasará evidentemente a la historia de la Literatura, aunque se salven algunos títulos”. Quizá no pase a la historia de la Literatura de un modo evidente, tal vez lo haga de un modo subrepticio, pero bien vale unas líneas en la historia de la edición en España.

Corría el año 1958 cuando Borràs se asoció a José María Pareja (a quien menciona sólo como “el hermano de un antiguo condiscípulo”), para crear una empresa editorial alrededor de una colección de narrativa (novela y cuento) con el nombre Reloj de Sol, de la que, mientras duró el proyecto, aparecieron ocho títulos de autores bastante conocidos, y que posteriormente Pareja continuó en solitario.

Escribe Borràs Betriu acerca de este experiencia en La batalla de Waterloo: “La aventura duró de diciembre de 1958 a agosto del siguiente año; yo no veía las cuentas claras y preferí cortar por lo sano; le ofrecí a mi socio comprar su parte o venderle la mía; optó por lo segundo y me firmó diez letras de cambio debidamente aceptadas y avaladas; ya la primera fue al protesto”. Sin embargo, las fechas que señala con tanta precisión Borrás corresponden a las de aparición de los títulos, pero es innegable que el nacimiento de la empresa y la labor editorial es anterior, como demuestran por ejemplo la presentación a censura de algunos títulos con anterioridad a diciembre de 1958.

En 1958 publican los tres primeros números, volúmenes muy breves, de esta colección: El pan mojado, del primer marido de Ana María Matute, Ramón Eugenio Goicoechea, a quien César González-Ruano sitúa en un conjunto de personakes bastante variopinto en sus memorias (“En Barcelona conocí pronto a los cinco poetas jóvenes que más contaban en el ambiente literario, no muy importante ni grande contra lo que podría esperarse de la ciudad. Estos cinco poetas eran Mauricio Monsuárez de Yoss, Julio Garcés, Manuel Segalà, Juan Eduardo Cirlot y Ramón Eugenio de Goicoechea”); Crepúsculo de una ninfa, de Elisabeth Mulder, que ya había aparecido anteriormente en la editorial Surco en 1942 con ilustraciones de Solà Andreu y que, curiosamente, se presenta como en “traducción del editor”, y el primer libro de relatos de la novelista Mercedes Salisachs Pasos conocidos.

Ramón Eugenio Goicoechea con Ana María Matute.

Con estas cartas de presentación probablemente ya era fácil advertir por dónde iban los tiros de Reloj de Sol, una colección de libros breves (quizá por razones económicas o de escasez de papel) a los que en los primeros meses de 1959 se añadieron el libro de cuentos de José Cruset Hermano Ladrón, cuya obra anterior (El otro dinero) había obtenido el Premio Aedos; la novelita Fiesta al Noroeste, con la que Ana María Matute había ganado en 1953 el Premio Gijón y que había publicado entonces Afrodisio Aguado; El niño de la flor en la boca, de José María Castillo Navarro, quien tras haber publicado tres novelas con Luis de Caralt había probado fortuna en Planeta con Manos cruzadas sobre el halda (1958); El techo de lona, de Mariano Tudela, periodista y autor por entonces de biografías que publicaba AHR (Alfredo Herrero Romero) y de un par de novelas que habían aparecido en Luis de Caralt, y, acaso la obra

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Paco Candel.

más importante en esta colección, los cuentos de ¡Échate un pulso Hemingway!, de Francisco Candel, cuya carrera literaria, a raíz de la muerte de su descubridor y primer editor, Josep Janés, quedó momentáneamente –en términos estrictamente editoriales– un poco a la deriva. Es curiosa la historia de esta antología de cuentos candelianos, que en 1966 le publicaría de nuevo Tomás Salvador en la colección Novela y Documento de sus Ediciones Marte, en 1972 la editorial Laia haría una edición con el añadido de un nuevo cuento (“El perro que nunca existió y el anciano padre que tampoco”), acompañada de un texto introductorio del editor Josep Verdura («Sobre Francisco Candel autor de este libro») y de unos epílogos firmados por José María Rodríguez Méndez («Lengua y testimonio de Francisco Candel») y W.G. Weyland (Silverio Boj) («Noticia sobre Francisco Candel»), a la que seguiría aún una traducción incompleta al catalán (probablemente por acción de la censura) en la colección El Cangur (que no incluye “Esa infancia desvaída”), y de nuevo en español en 1984 en la colección Gran Reno, de Plaza & Janés.

José Jurado Morales.

Tan interesantes como los autores publicados en la colección Reloj de Arena, son los intentos fallidos de nuevas colecciones, pues contribuyen a mostrar qué caminos se disponía a transitar Borràs Betriu en esos años. Al poeta perteneciente al grupo de la combativa revista Azor José Jurado Morales, que dos años después obtendría el Premio Ciudad de Barcelona con el poemario Sombras anilladas (Editorial Peñíscola, 1962) y quedaría finalista con la novela La vida juega su carta (Cedro, 1961), Pareja y Borràs le publican su primera obra narrativa, La hora de anclar, pero, según escribe Borràs Betriu, la presentan fuera de la colección porque pensó, “tal vez de manera injusta, que no estaba a la altura de los otros autores”. En realidad, es el primer y último título de una colección llamada La Moneda al Aire, nombre que resulta muy indicativo de la poca confianza que tenían en esta apuesta los editores.

Con una recopilación de entrevistas a folklóricas firmada por Mario Gómez Santos y prologada por Ramón Serrano Suñer, Mujeres solas (Raquel Meler, Pastora Imperio, Sara Montiel, Lola Flores), se inicia una colección de Pequeñas Historias de Grandes Personajes, que apunta a una voluntad más comercial, que no tuvo continuidad. Sí la tuvo en cambio La Llave. Cuadernos de Poesía, si bien en la etapa de Borràs Betriu sólo apareció Música para búhos, del poeta franco-uruguayo Ricardo Paysero, suegro de Jules Superville y a quien José Bergamín, pues se conocieron en Montevideo, dedicó una sección de Rimas y sonetos rezagados (Renuevos de Cruz y Raya, 1962, y Cruz del Sur, 1963).

Ricardo Paysero.

Sin embargo, quizás el título  más conocido de Pareja y Borràs Editores sea el Libro de los objetos perdidos y encontrados, de César González-Ruano, un volumen profusamente ilustrado con láminas fotograbadas sobre papel estucado, obra de José Sánchez Martínez, y con cubierta en tela estampada. Con este título se abría y cerraba otra colección, El Libro Abierto, en la que se puede intuir la bibliofilia o el mundo del libro como idea rectora.

En cuanto Borràs Betriu dejó de ver las cuentas claras y vendió su parte en el negocio, Pareja prosiguió durante un breve tiempo publicando títulos que es de suponer que ya estaban programados, y que en algunos casos daban continuidad a la colección Reloj de Sol, pero lo hizo ya bajo el nombre Pareja Editor. Y esa ya es otra historia (que habrá que contar).

Fuentes:

Rafael Borrás Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

César González-Ruano, Mi medio siglo se confiesa a medias, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca de la Memoria 3), 2004.

Planeta, el premio del Día de la Raza (y otros)

A Marta Fernández, una crack a prh

Cualquiera que haya buscado una fecha idónea para algún tipo de acto cultural sabe de la importancia de consultar primero el calendario futbolístico si pretende asegurarse una buena entrada. Aun así, hay unos cuantos premios literarios que desde el principio eligieron una fecha como día para su entrega sin preocuparse por estas menudencias.

Ignacio Agustí, creador del Nadal.

Ignacio Agustí, creador del Nadal.

Es el caso del Premio Nadal, por ejemplo. En sus memorias, Ganas de hablar, Ignacio Agustí (1913-1974) se entretuvo en justificar la elección de la fecha para este galardón:

Aquel año todavía no podía apreciar el acierto que había yo tenido al elegir la fecha del concurso. Me había costado algunos días de reflexión. Pero elegí la noche del día de Reyes considerando la enorme fatiga con que se llega al término de lo que llamamos Fiestas de Navidad. La burguesía llega al –el 6 de enero en que culminan hasta de pavo relleno, de champaña familiar, de aullidos de chiquillería, d regalos a la suegra, de llantos, quejidos, disparos de pacotilla, toques de corneta infantil y con ansia de desatar tantos lazos familiares… […) Yo estoy convencido de que la mitad del éxito del Premio Nadal y, por tanto,  de los premios literarios españoles, ha sido debido a la oportunidad gástrica y social de la fecha elegida.

Es sabido que la primera entrega del premio tuvo como escenario el hoy desaparecido Café Chino de la Rambla (Barcelona), y que se lo llevó Carmen Laforet (1921-2004) con Nada, con lo que el galardón iniciaba una carrera triunfal.

José Janés

José Janés

En la estela del Nadal se situó el Premio Internacional de Primera Novela de José Janés (1913-1959), cuya convocatoria apareció en la prensa en octubre de 1946. El lujoso jurado creado para la ocasión lo formaban  José Maria de Cossío, Eugenio d´Ors, Walter Starkie, William Somerset Maugham y Fernando Gutiérrez (secretario). En la primera convocatoria premió Turris Eburnea, de Rodolfo Lucio Fonseca, Sombras viejas, de Francisco González Ledesma, que chocó con la censura, y Sis o set sirenes, de Màrius Gifreda, a la que le pasó lo mismo. La fecha elegida para hacer público el resultado de estas votaciones, llevadas a cabo en el domicilio madrileño de D´Ors, fue el 6 de mayo, San Juan ante Portan Latinam, fecha en la que no sé ver ninguna simbología, a no ser que Janés pensara en la Real Cédula que con esa fecha declaraba en 1497 libre de impuestos el comercio con las Indias Americanas. Posible, pero raro. La irregularidad de este premio, empeñado en premiar obras que la censura se cargaba sin mayores contemplaciones, afecto también a las fechas de concesión, por lo que en este caso no parece que se puedan extraer conclusiones.

Yagüe en la Plaça Catalunya

El Premio Ciudad de Barcelona, creado en 1949 por el falangista Luis de Caralt Borrell (n. 1916) sí eligió una fecha muy simbólica, el 26 de febrero, para conmemorar la entrada de las tropas franquistas en Barcelona al término de la guerra civil española. No es de extrañar que en cuanto fue nombrado regidor del Ayuntamiento y creó el premio, Caralt eligiera esa fecha si se tiene en cuenta que ya antes de 1936 era jefe de centuria de la Falange y que pasó el período bélico en la centuria falangista Nuestra Señora de Montserrat (no confundir con el Tercio de requetés del mismo nombre).

Ex Libris de Luis de Caralt con el inequívoco lema “La fuerza de la razón, la razón de la fuerza”

Sólo el primer año se concedió únicamente en la categoría de novela (luego se ampliaría a otros géneros y disciplinas artísticas), y los afortunados fueron el falangista de primera hora Bartolomé Soler (1894-1975), con Patapalo (1949), y la reputada abogada falangista Mercedes Fórmica (1916-2002), por Monte de Sancha (1950). El año siguiente los galardones recayeron en Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), que también había combatido en el bando nacional (en el regimiento de Cazadores de Ceriñola n. 6), con Cuando voy a morir, y como finalista Manuel Vela Jiménez, periodista y narrador muy próximo al grupo de la revista Azor de Luys Santa Marina, con La hora silenciosa.

José Manuel Lara Hernández también justificó en su día la elección del 12 de octubre como fecha de entrega del Premio Planeta, que no sólo es el Día de Nuestra Señora del Pilar, sino que esa Fiesta Nacional era también conocida por aquel entonces como Día de la Raza, una fecha, en palabras de Lara: “muy significativa para los valores espirituales de nuestro pueblo, y el libro escrito en lengua española es la mejor arma para expansionar la cultura hispánica en casi todo el mundo”. Lo que parece increíble es que, sabiendo hasta qué punto la actividad que generaba esa fiesta, con el Caudillo a la cabeza, copaba las páginas las páginas más importantes de todos los periódicos y el espacio en las emisoras de radio, a alguien tan perspicaz para estos asuntos como José Manuel Lara se le ocurriera que esa podía ser la fecha idónea para la entrega del galardón. También es cierto que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (en este caso, que el 15 de octubre es Santa Teresa, y que así se llamaba quien desde 1941 era su esposa), a partir de 1955 el premio cambió a la fecha actual.

6a01156f7ea6f7970b01538ed9bca4970b-250wiComo es bien conocido, el primer Premio Planeta, que se entregó por única vez en el restaurante Lhardy de Madrid se lo llevó Juan José Mira (seudónimo de Juan José Moreno Sánchez, 1907-1980), con la novela En la noche no hay caminos. La voluntad de premiar a un autor nuevo se cumplía sólo a medias, porque Juan José Moreno, con el seudónimo Juan José Morán o Juan José Mira, tenía ya una obra a sus espaldas (El gran bazar antes de la guerra, y luego El misterio de las siete trompetas, La pluma verde, Así es la rosa, Rita Suárez, El billete de cien dólares…), pese a las declaraciones que había hecho Lara a Enrique A. Llop (“He querido que este concurso fuera honesto. Me importa, sobre todo, el descubrimiento de nuevos valores, ya que esta es la finalidad de todos los concursos”), que luego reafirnaría alguien de fiabilidad tan dudosa como César González-Ruano en una carta al director de El Alcázar: “El general criterio de todos, del editor el primero y también el mío, es que, a ser posible, las cuarenta mil pesetas sean para un novel”. No deja de ser paradójico, que Moreno, activista político en la clandestinidad con una trayectoria anterior a 1936, cayera en la famosa redada que en 1957 llevó a la detención de cuarenta y nueve miembros del Partit Comunista Unificat de Catalunya (PSUC). Ese año el Planeta lo ganaba Emilio Romero con un título demoledor que parecía una declaración de intenciones, La paz empieza nunca.

Imagen de la adaptación cinematográfica de La paz empieza nunca, dirigida por León Klimovsky y estrenada en 1960, que ese año se llevó el Premio Especial del Sindicato.

Fuentes:

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad: El premio Planeta, tesis de doctorado presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid en 2004.

César González-Ruano, “Carta al director”, El Alcázar, 10 de octubre de 1952, pág. 3.

Joaquín Montaner, “Anoche fueron entregados los premios Ciudad de Barcelona”, 27 de enero de 1956.

Juan Francisco Puch, “Entrevista a José Manuel Lara”, Pueblo, 9 de octubre de 1954, p. 2.