Los Mitos de Claudio López de Lamadrid

«Hacer “bien” los libros no es tarea sencilla […], aparte de práctica y experiencia, se necesita cierta vocación, al menos una vocación de perfeccionismo, de trabajo bien hecho o como quieras llamarlo.»

Claudio López de Lamadrid

 

Cuando a principios de este siglo el editor barcelonés Gonzalo Pontón contrató a Claudio López de Lamadrid (1960-2019) para sustituir a Daniel Fernández como director editorial del área de internacional en Grijalbo Mondadori, coincidiendo además con la llegada de Riccardo Cavallero (que había entrado en Mondadori en 1990), López de Lamadrid tenía ya a sus espaldas una densa trayectoria que le había permitido hacer un amplio aprendizaje del funcionamiento del sector. Como recordó en más de una ocasión, entró a los diecisiete años para colaborar en el traslado de la editorial Tusquets cuando esta se desplazó del domicilio particular de Beatriz de Moura en la calle Hospital a la sede de la calle Iradier, y allí pasó toda una década, interrumpida por unas prácticas en la parisina Christian Bourgois y las milicias, como editor de mesa, en una época en que coincidió en esa empresa con un muy buen equipo de editores. En la página 87 de Por el gusto de leer se publicó una conocida foto en la que aparecen en el jardín de la editorial en la calle Iradier Antonio López Lamadrid y Beatriz de Moura rodeados de unos muy jóvenes Ignacio Echevarría, Miriam Tey y Claudio (fechada en 1987).

A su salida de Tusquets, en 1988, se desempeñó como crítico literario en El Observador y Babelia y traductor sobre todo para la editorial Circe (la Lotte Lenya de Donald Spotto en 1990; Conceptos divinos sobre la belleza física, de Michael Bracewell en 1991, la Colette de Herbert Lottman en 1992; Los ojos vendados, de Siri Hustvedt en 1994), pero también para Muchnik (El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, en 1992, y Poderosas palabras, de Northrop Frye, en 1996, por ejemplo) o Tusquets Editores (El misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen), al tiempo que bajo la tutela de Hans Meinke y en colaboración con Ignacio Echevarría ponía en pie en el seno de Círculo de Lectores la editorial Galaxia Gütenberg, donde tuvo otro encuentro importante. Si de Beatriz de Moura aprendió cómo llevar a cabo la edición de textos, el diseñador Norbert Denkel (estrecho colaborador de Meinke) le abrió, según sus palabras «los ojos a la dimensión artesanal del oficio, y me enseñó también a ver cada libro en su singularidad, también desde el punto de vista gráfico».

De los primeros pasos en Grijalbo Mondadori es particularmente recordada la que por entonces (1998) se consideró delirante idea de publicar en España una colección de breves libros de poesía a un precio en apariencia ridículo, 350 pesetas (lo que no llegaba a suponer el precio de tres periódicos de la época). Se contaba ya con la experiencia de una idea muy similar en Italia que en febrero de 1996 había tenido éxito, pero aun así fue observada con mucho escepticismo en el sector editorial español (sobre todo por la asombrosa y cara) campaña publicitaria que la acompañó). Y también por las aerolíneas españolas, pues Iberia se cerró en banda a regalar ejemplares a los viajeros del puente aéreo por considerar que se trataba de un tipo de lectura demasiado dura para sus clientes habituales. López de Lamadrid era consciente de lo arriesgado de la apuesta: «Tenía un punto de locura, de acuerdo, pero en aquellos años todo lo bueno tenía un punto de locura».

En cualquier caso, a principios de 1998 aparecían con cubiertas muy modernas los volúmenes dedicados a Safo (630 a.C-680 a.C), en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal; Fernando Pessoa (1888-1935), trasladado al español por Ángel Crespo; Pablo Neruda (1904-1973) y Charles Bukowski (1920-1994), en traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, a los que seguirían enseguida, en marzo, títulos del estadounidense  Walt Whitman (1819-1892), el francés Charles Baudelaire (1821-1867), el griego Kavafis (1863-1933) y el español Luis Cernuda (1902-1963) y más adelante títulos tan asombrosos y sin duda producto de la vena melómana de López de Lamadrid como los 56 boleros seleccionados por el ensayista mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) o volúmenes dedicados a Keats, Pizaknik, Emily Dickinson, César Vallejo, Maiakovski, Rilke, Quevedo, los haikus o la poesía clásica árabe.

Según  explicó en su momento López de Lamadrid, el propósito era proponer unas ediciones libres de notas, prólogos y de todo tipo de aparato crítico (un poco en la onda de lo que en este sentido había hecho Jaime Salinas en el Libro de Bolsillo de Alianza), con cubiertas acordes con las nuevas generaciones de lectores y destinadas a una amplia y heterogénea selección de grandes poetas para «desacralizar» el género. Sin plantearse inicialmente la posibilidad de reeditarlos y pese a las amplísimas tiradas, de cien mil ejemplares por título, vendieron más de un millón de esos pequeños libros, que con toda la intención tenían un formato similar a las de los estuches de cedés y cuya selección de poemas en muchas ocasiones llevaba a cabo el propio López de Lamadrid.

Aun así, de esa etapa de Claudio López de Lamadrid en Grijalbo Mondadori es más recordada la arriesgada contratación de algunos nombres hoy clave de la literatura estadounidense más radical, como Michael Chabon, Chuck Palahniuk y singularmente de David Foster Wallace (1962-2008) y otros no menos rompedores en español, caso de César Aira o Fogwill (mientras el grueso de editores españoles intentaban dar continuidad al éxito de la llamada «nueva narrativa española» con la menos sólida «joven narrativa española»), pero es evidente que este editor, de cuya fruición con la poesía hay numerosos testimonios, no abandonó por completo el convencimiento de que esa era una buena idea, como lo prueba el hecho de que en 2017 presentara, ya en el marco de Literatura Random House, la que sin duda es la heredera de esa colección, Poesía Portátil, dedicada tanto a la recuperación precisamente de títulos ya aparecidos anteriormente en Mitos como a continuar la labor allí iniciada. Larga vida.

Fuentes:

Entrevista a Claudio López Lamadrid (Penguin Random House) para EDI-RED (Editores y Editoriales Iberoamericanos. Siglos XIX-XXI) el 22 de septiembre de 2017 (vídeo de 15¨57″).

Miguel Aguilar, «Casco, moto, niño», El País, 13 de enero de 2019.

Xavi Ayén, «Muere el editor Claudio López de Lamadrid», La Vanguardia, 11 de enero de 2019.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 20 de abril de 2001, pp. 16-18.

Ricardo Cayuela Gally, «Adiós, gran timonel», Letras Libres, 11 de enero de 2019.

Álvaro Colomer, «Despacho pequeño, editor grande», El Mundo, 12 de enero de 2019.

Juan Cruz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Juan Cruz, «Claudio López Lamadrid, el editor que se atrevió con América», El País, 12 de enero de 2019.

Rubén Díez Cabiedes,«Claudio López de Lamadrid: “Si los editores nos moviésemos por codicia no estaríamos en el negocio de los libros”» (entrevista), Jot Down.

Ignacio Echevaría y Claudio López de Lamadrid, «¿De qué hablamos cuando hablamos de edición?», El Cultural, 26 de octubre de 2018.

Rodrigo Fresán, «Apuntes para una teoría de este editor. In memoriam Claudio López de Lamadrid», Revista Contexto 203 (12 de enero de 2019).

Andreu Jaume, «Por Claudio», El Español, 12 de enero de 2019.

Antonio Jiménez Morato, «La generosidad de un editor. Sobre Claudio López Lamadrid», Penúltima, 12 de enero de 2019.

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La prodigiosa memoria de Fabrizio del Dongo

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo, Ediciones B, Barcelona, 2003, 546 páginas. (Reseña publicada originalmente en Quimera, núm. 243 [2004])

El 18 de junio de 1816, al cumplirse un año de la batalla de Waterloo, y según consigna el conde de Las Cases en el Mémorial de Sainte Hélène, Napoleón Bonaparte hacía la siguiente reflexión sobre tan decisivo acontecimiento: «Singular derrota, que, pese a ser la mayor catástrofe, no menoscabó la gloria del vencido, ni aumentó la del vencedor. El recuerdo de uno [Napoleón] sobrevivirá a su destrucción; la memoria del otro [Wellington] quedará quizá sepultada por su triunfo».

Cuando Rafael Borràs Betriu (Barcelona, 1935) titula la primera entrega de sus memorias La batalla de Waterloo, evocando la magistral apertura de La cartuja de Parma, se está definiendo como un observador que, inmerso en el combate, no alcanza a ver ni comprender la magnitud ni mucho menos las consecuencias de la batalla. La contienda de la que nos habla el autor es la lucha por la Cultura («las verdaderas conquistas son las que se obtienen sobre la ignorancia», dejó escrito el célebre corso), una batalla que en el mundo editorial se libra a diario y en la que durante décadas uno de los principales rivales, pero no el único, fue la censura.

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La brillante y laureada carrera de Rafael Borràs Betriu (de la Casa del Libro a Ediciones B, pasando sucesivamente por Luis de Caralt, Plaza, Ariel, Alfaguara, Planeta y Plaza & Janés, entre otras empresas) le ha mantenido siempre en primera línea de fuego, y a lo largo de su trayectoria ha sido tanto protagonista e instigador como testigo de hechos de armas notables en el acontecer de la industria editorial española. Sin embargo –y además de a la célebre revista La Jirafa (1956-1959) –, su gloria irá siempre unida a su condición de creador e impulsor de dos colecciones míticas: Espejo de España (en Planeta, 1973-1995) y su sucesora Así fue. La Historia Rescatada (Plaza & Janés, 1995-1998). A tenor del heterogéneo catálogo de estas dos colecciones, no sería de extrañar que

Victor Alba.

Borràs Betriu suscribiera la rotunda declaración que hiciera Peter Mayer (capitán general de Penguin Books durante muchos años), referente a la conveniencia de apoyar ciertos libros necesarios: «a veces publico libros que me desagradan, me irritan, incluso me repugnan, pero son obras escritas por gente inteligente que deben ser difundidas» (La Vanguardia, 8/VII/2000), si bien el autor de estas memorias señala ya en el prólogo que el principio rector de su labor editorial procede de Marañón («Ser liberal consiste en estar dispuesto a admitir que el otro puede tener razón»). Es precisamente la pasión por la historia contemporánea y el talante republicano y liberal lo que transmiten con una rara pureza e intensidad las páginas de este libro, cuyos dos subtítulos («Memoria de un editor» y «Una reflexión políticamente incorrecta con el mundo de la letra impresa como trasfondo») son verdaderamente acertados y esclarecedores. Nos encontramos ante un mosaico de impresiones, escenas y anécdotas que, sin atenderse rigurosamente al orden cronológico, en su conjunto nos ofrecen una amplia imagen de la vida cultural y política española entre el final de la década de los cuarenta y las postrimerías del franquismo. Abundan las anécdotas jugosas o significativas tratadas con una acerada ironía –antológicas algunas sobre la falta de método de la censura–, y a menudo dan pie a reflexiones o divagaciones acerca de la evolución histórica y política del país en las que Borràs Betriu opina con absoluta libertad y sin cortapisas sobre acontecimientos y sobre todo sobre protagonistas importantes de la dictadura primorriverista, los años republicanos, la guerra civil y la postguerra: Ricardo de la Cierva, Victor Alba, Antonio Maura, Jorge Semprún, Manuel de Pedrolo, Camilo José Cela, José Maria de Areilza, Alfonso XIII, Juan de Borbón, Ramón Serrano Súñer, José Bergamín, Manuel Azaña, Serrano Suñer, Rafael Sánchez Mazas…

Sin embargo, y sin entrar en el valor cultural de las filias del autor (Mercedes Salisachs, Dionisio Ridruejo o Carlos Rojas entre los más evidentes) sorprenden, cuanto menos, algunos de los juicios vertidos sobre el mundo editorial, como por ejemplo la insistente reivindicación de la labor de Luis de Caralt. Cierto es que Caralt publicó a Bernanos, Faulkner, Steinbeck, Hesse, Greene, Kerouac o Nabokov, pero no lo es menos que, en general, se trata de traducciones abominables se mire como se mire y en ediciones muy poco cuidadas, lo que más bien resultó ser un flaco favor a la Cultura, y por ende sitúa a Caralt unos cuantos pasos por detrás de Manuel Aguilar, Josep Janés, José Vergés o Mario Lacruz. O Rafael Borràs Betriu, a quien en más de una reseña a este libro se ha caracterizado como «El Napoleón de la edición española» (P. Montero y R. Conte, por ejemplo).  Vive alors l´Empereur, y quedamos a la espera de la prometida segunda entrega, que debe cubrir su etapa como mariscal de campo de Planeta. [Efectivamente, en los años posteriores a la publicación original de este primer volumen le siguieron La guerra de los Planetas. Memorias de un editor II, Ediciones B, 2005, y La razón frente al azar. Memorias de un editor III, Flor del Viento, 2010]

De telefonista en el Majestic a la editorial Premiá: María José de Chopitea

Nacida en 1915 en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán asentada en lo que hoy es el barrio barcelonés de Sarrià, María José de Chopitea recibió una esmerada educación que incluyó estancias en Ginebra cursando estudios de francés que propiciaron que durante la guerra civil española, además de desempeñarse como enfermera, entrara a trabajar como telefonista en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya (establecido en el Hotel Majestic).

Sobre de azúcar en el que aparece la versión simplificada del logo del Orfeó Català de Mèxic.

Al igual que tantísimos otros republicanos, como consecuencia del resultado de la guerra salió de su país en enero de 1939 y, tras pasar episódicamente por París, Ginebra y Nueva York, en noviembre de ese mismo año llegaba a México, donde enseguida entró en contacto con los ambientes culturales de la capital, y en los años sucesivos publicaría en diversos cabeceras mexicanas (Mañana, El Nacional, Nosotras, Confidencias, Todo, La Semana Ilustrada), así como en algunas publicaciones de los exiliados republicanos (Euzko Deya, Orfeó Català) y colaboraría en instituciones como El Colegio de México (entre cuyo equipo de profesores e investigadores figuraba en 1950 como ayudante de Josep Maria Miquel i Vergés [1903-1964]). El historiador Miquel i Vergés había solicitado una colaboradora para el Diccionario de insurgentes que llevaba ya tiempo preparando y no lograba terminar, pero finalmente en abril de 1953 la Junta de Gobierno del Colegio de México decidió cancelar la beca y suspender el pago a María José de Chopitea (por cierto: el libro apareció, en Porrúa, en fecha tan tardía como 1969). Su firma puede rastrearse también en publicaciones como el Boletín Bibliográfico publicado por el Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde dedica por ejemplo un homenaje al del violonchelista catalán Pau Casals con motivo de su visita a México («Presencia de Casals», núm. 150, marzo de 1959) o inicia en el número 157 de la misma publicación (junio de 1959) una serie de artículos sobre los Jocs Florals de la Llengua Catalana. Si bien en 1946 se había naturalizado mexicana y algunas de sus obras son expresión de esa identificación con su nuevo entorno, es evidente que mantuvo también un contacto fuerte con sus raíces culturales.

María José de Chopitea, por José Ramos Castillo.

De 1950 es el primer libro de María José de Chopitea, Lazos de infancia, recopilación de cuentos infantiles impresa a cargo de la autora en los Talleres Isla, precedida de un prólogo del poeta Vicente Echevarría del Prado (1898-1976), con portada de Manuel de Chopitea y decorado con viñetas de José Suárez Olivera, que propició que José Revueltas la definiera como «la escritora de la ternura» y que en 1997 recuperó Factoría Ediciones. Cuatro años posterior es su libro más famoso y reeditado, una extensa novela de gran carga autobiográfica sobre los avatares de los refugiados españoles en Europa, Sola, en este caso en los Talleres Editoriales Unidos, recuperado en los años setenta en Premiá. Y a este seguirían el también muy reeditado ensayo Geishuba (Jardín del Istmo), publicado sucesivamente en Editora Mayo (1960) y Libro Mex (1960 y 1961) y la pieza teatral en tres actos prologada por el dramaturgo Federico S. Inclán (1910-1981) La dictadora (Costa-Amic, 1963), que se basa en un episodio de la vida de Margarita Nelken. No hay noticia de que se estrenara, pero Pedro Gringoire la describe como «en conjunto vigorosa, valiente, llena de sentimiento y sinceridad, de gran acierto psicológico, con profunda temática humana y escrita con agilidad y buen gusto». La obra de Chopitea publicada en volumen se cierra con un texto a medio camino entre el ensayo y la prosa poética: In Memoriam. Tributo póstumo a Luis Octavio Madero, publicado con dibujos de la muralista y fotógrafa mexicana Josefina Quezada (1925-2012) en 1965,  también por Costa-Amic.

Cubierta de la primera edición de Lazos de infancia.

En 1964 su nombre figura entre los miembros fundacionales de la Asociación de Escritores de México (núm. 36), pero no fue hasta finales de la década de los setenta, que Chopitea, que la década anterior había sido secretaria y mecanógrafa del célebre pintor David Alfaro Siqueiros (1896-1974) así como de quien llegaría a ser presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo (1908-1994), entró de lleno en el mundo editorial como fundadora en 1976 de la editorial Premiá, un proyecto en el que se ocupa de la administración y en el que le acompañaban Margarita Millet (gerente general), José Miguel Tola (producción) y el bibliófilo de origen peruano Fernando Tola de Habich (editor), conocido en España por su paso por Barral Editores y por la dirección de Distribuciones de Enlace Mexicana (cuando esta había pasado ya a manos de Labor), acerca de quien escribe Carlos Barral en sus memorias:

Tola había convertido en industria transterrada una granja fortificada en la que antes había criado conejos y vacuno, y así mantenía la editorial en Ciudad de México. Mi hijo Alexis estuvo allí una temporada de aprendiz entre los indios descalzos. Con Tola hubiéramos podido atar en México una parte de nuestros programas y ampliar nuestras complicidades culturales, pero era seguramente un personaje demasiado difícil o podía parecerlo a los demás.

Mayores detalles acerca de la editorial y de Tola dio el escritor mexicano de origen catalán Jordi Soler, tomando como estribo otra fuente importante en este aspecto, el libro Los años del boom, de Xavi Ayén:

En esa venerable editorial leímos, por ejemplo, El buen soldado, de Ford Madox Ford, en la traducción de Sergio Pitol, o Sentimiento del tiempo, de Ungaretti, traducido por Tomás Segovia, o el célebre De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, o el tremendamente manoseado, y no siempre bien comprendido Tao Te King. Todos estos libros los editaba Tola en Santa Rita Tlahuapan, con la ayuda de un grupo de campesinos que echaban la mano después de sus faenas agrarias, y de su mujer, Margarita Millet, que había sido secretaria de Carlos Barral en Barcelona y cuyo lugar de nacimiento, Premià de Mar, dio el nombre a la editorial.

La editorial se estrenó en 1977 con la traducción de Los once mil falos, de Guillaume de Apollinaire, con la que se inauguraba también la colección Los brazos de Lucas, destinada a la literatura de contenido sexual y donde se publicaron también El arte de las putas de Moratín y obras de Alfred de Musset, Georges Bataille, D.H. Lawrence y Pierre Louÿs, entre otros. Casi simultáneamente se puso en marcha la colección La Nave de los Locos, con el mencionado Tao Te King, de Lao Tsé, al que seguirían Aurelia, de Gerard de Nerval, Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, en traducción de Marcos Antonio Campos, Cartas a Teresa, de José Revueltas, etc.

Otras colecciones notables fueron Los Libros del Bicho, destinada a nuevos poetas mexicanos (Alí Chumacero, Efraín Huerta, Raúl Renán), y La Red de Jonás, con una serie destinada al ensayo humanístico (Marco Antonio Campos, Fernando Tola de Habich, Álvaro Quijano) y otra a la literatura mexicana (Margo Glanz, Carlos Montemayor, Vicente Leñero o Sola de Chopitea). En coedición con el INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) publicó también una colección dedicada a la recuperación de textos mexicanos decimonónicos (Manuel Balbotín, Mariano Azuela…).

De 1979 es la primera traducción —muy cuestionada por su excesiva libertad—en la que aparece la firma de Chopitea, El proceso, de Franz Kafka, autor de quien traduciría también El castillo (1982) y La América (1984). Asimismo,  aparece como traductora de El Panóptico (Premiá, 1989), de Jeremy Bentham, con prólogo de Michel Foucault,  y de las obras de August Strindberg (1849-1912) Alegato de un loco (Premiá, 1984), El hijo de la sirvienta (Coyoacán, 1998) y Sólo (Coyoacán, 2002), así como responsable de la revisión y corrección de la traducción de Marco Aurelio Galindo de El agente secreto, de Joseph Conrad (1857-1924). Puede deducirse, dada la edad por entonces de Chopitea, que estos trabajos para la editorial Premiá se extendieron hasta la desaparición de la misma, en 1992, cuando su fondo cayó en manos de Coyoacán (o quizás pasó entonces a colaborar con esta última editorial).

Es de suponer que a estas alturas del siglo XXI José María de Chopitea debe de haber fallecido, pero ninguna de las fuentes consultadas ofrece datos precisos acerca de su muerte, más allá de que se produjo en México y en fecha posterior al año 2000. Un misterio.

Fuentes:

Carlos Barral, Memorias, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Olga Glondys y José Ramón López García, «María José de Chopitea», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio-Anejos 30), vol. 2, 2016, pp. 82-83.

Pedro Gringoire, ¡Por Cataluña!, México D.F., Ediciones del Orfeó Català, 1970.

Armando Pereira, coord., Diccionario de literatura, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México-Ediciones Coyoacán, 2004 (2ª ed. corregida y aumentada).

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.

Parada y fonda: Gara d’Edizions

Todo buen lector de Ramón J. Sender, incluso aquellos que sólo conocen sus obras mayores (Crónica del alba, Réquiem por un campesino español, El lugar de un hombre, etc.) está más o menos familiarizado con una buena cantidad de aragonesismos (birla, bandea, pijaito, fuineta),  aun cuando a veces se trate sólo del empleo del sufijo ico/ica (botellica, por ejemplo) o aragonesismos fonéticos.

O Prenzipet, de Antoine de Saint-Exupéry.

Sin embargo, el propósito del lexicógrafo, traductor y editor Chusé Aragüés (Chusé Maria Aragüés) al crear en 1993 Gara d’Edizions iba por otros derroteros bastante distintos, pues, según explicita la página web de la editorial tiene «la intención de que la lengua aragonesa, minoritaria y minorizada, pueda ser empleada en la lectura de obras literarias universales». Esto es muy consecuente con la trayectoria previa de Aragüés y se pone particularmente de manifiesto cuando se consignan los primeros libros publicados por Gara: la traducción del propio Aragüés de Chil, o Torrero da Ham (1993), de Tolkien; A metamorfosis (1993), de Franz Kafka, en versión de Pacual Miguel Ballestín; Suenios d’un sedutor, de Woody Allen, vertido al aragonés por Miguel Ánchel Barcos; O Prenzipet (1994), de Antoine de Saint-Exupéry, también traducido por Aragüés, al igual que el año siguiente el Réquiem por un labrador español, de Sender con una portada original de Antonio Saura,  o Alizia en o País de as Marabiellas (1995), de Lewis Carroll y con las clásicas ilustraciones de John Tenniel, traducido por Antonio Gil Ereza.

Réquiem por un labrador español, de Ramón J. Sender.

Chusé Aragüés, formado en filosofía y sociología, era ya director de Prames (una editorial dedicada a guías turísticas, de deportes y de naturaleza y paisajes en un sentido muy amplio) y un activista por la lengua cuando se decidió a poner en pie el proyecto. Consecuencia lógica de su interés por la pervivencia del aragonés como lengua es su actividad en el ámbito del grupo de poetas y juglares Silbo Vulnerado organizando un repertorio de obras en esta lengua, y se contó también entre los fundadores del Ligallo de Fablans de l’Aragonés (Liga de Hablantes de Aragonés), asociación que publicó en 1989 una herramienta fundamental preparada por Aragües, su Dizionario aragonés-castellán y castellano-aragonés (reeditado en Gara en 1993). Según ha contado él mismo, el impulso de crear Gara d’Edizions nació del amor por el aragonés y por la literatura, pero también es cierto, y la evolución del catálogo da buena muestra de ello, que la especialización inicial fue dando paso a una progresiva apertura del abanico de intereses. Por un lado, abriendo las puertas a creadores literarios en aragonés y, por otra, traduciendo al español obras escritas originalmente en aragonés y en catalán (del propio Aragüés es por ejemplo la traducción de Licantropía [2015], de Carles Terès, galardonada con el Premi Guillem Nicolau en 2011) e incluso a otras lenguas obras de escritores aragoneses (casos por ejemplo de la versión francesa de El fragor del agua, José Giménez Corbatón, o la rusa de Reloj de bolsillo, de Chusé Inazio Nabarro).

Un lolo que leyeba novelas d´amor, de Luis Sepúlveda.

Pero desde el mismo año 1993 estaban abiertas esas distintas posibilidades, pues se crearon ya entonces las principales colecciones: Finestra Batalera y Libros de Pocha (destinadas a traducciones al aragonés y donde además de las mencionadas han aparecido obras de Julio Llamazares, J.M. Barrie, Luis Sepúlveda, Georges Orwell o Jesús Moncada), los Clásicos Bernardo Larrosa (dedicada a ediciones críticas de aparición muy irregular), Arto (destinada a obras de creación en aragonés), Ainas (estudios e investigaciones sobre el idioma) y, en colaboración con el Institución Fernando el Católico, Documenta (dedicada a la recuperación de grandes estudios históricos sobre la lengua, donde apareció por ejemplo el Diccionario dialectal altoaragonés. 1944, de Hortensia B. Bernad, con prólogo de Pascual Miguel y Chesús Casaus).

El cura de Almuniaced, de José Ramón Arana.

Más recientes son las colecciones Miszelania (2008), Viceversa (2010), donde se han publicado las traducciones al ruso de Aleksey Yéschenko de Reloj de pocha, de Chusé Inazio Nabarro, y A fragor da l’augua, de José Giménez Corbatón, así como diversas traducciones al francés y al español de obras en aragonés y otras escritas originalmente en español (Roberto Artl, por ejemplo) o traducidas de otras lenguas al español (el ruso Yevgueny Zamiatin, entre ellos), o la colección Mareta (2012), donde se han publicado poemarios de Andrei Cristian Mendelau, Raúl González Tuñón, Ramón Meseguer Albiac, Rosendo Tello Aína…

Al frente de Prames, una sociedad anónima en la que participan la Federación Aragonesa de Montañismo, como impulsora inicial, además de clubs de montañeros, particulares interesados en la materia, CAI e Ibercaja, Aragüés se ocupó de la coordinación para publicar algunos libros singulares, como es el caso de la edición ilustrada com obra original de Moncada de Estremida memòria, en coedición con Edicions 62, o la edición bilingüe de Mequinenza. Vila, aigua i gent, también de Jesús Moncada (1941-2005).

Estremida memòria, de Jesús Moncada.

En cuanto a Gara, es básicamente una iniciativa unipersonal en la que Aragüés se ha rodeado de un buen número de colaboradores —más de uno de ellos pertenecientes a la Academia de l’Aragonés, creada en 2006 —, y que ha visto reconocida su trayectoria y labor en favor del aragonés con galardones como Premi Franja 2017 o el Premi Franja de Cultura i Teritori 2018, y en el acto de entrega de este último Artur Quintana (presidente de Iniciativa Cultural de la Franja), señaló el suyo como «el único caso de editorial privada que edita en aragonés o en catalán en Aragón».  Ciertamente, en Aragón en el siglo XXI la edición en catalán ha ido a cargo de instituciones como el Institut d’Estudis del Baix Cinca (con la colección La Sitja) o la Associació Cultural del Matarranya (con colecciones como Lo Trill y Lo Trull), mientras que la edición, también muy esporádica, en aragonés ha corrido a cargo de Publicazions d’o Consello d’a Fabla Aragonesa (fundado en 1979), el Instituto de Estudios Altoaragoneses y algunas iniciativas particulares como Edizions de l´Astral, Lola Editorial, Ediciones Braulio Casares (muy activo en la edición de poesía) o Mira Editores.

Fuentes:

Web de Gara d´Edizions.

J. C. «Chusé Aragüés recibió el Premi Franja Cultura i Terrirori El Institut dÉstudis del Baix Cinca», Diario del Alto Aragón, 2 de diciembre de 2018.

Librería de Cazarabet, «Cazarabet conversa con Chusé Aragües» (entrevista), web de Cazarabet.

Francho Nagore Laín, «Bibliografía sobre aragonés y catalán, lenguas minoritarias en aragón», Zaragoza, Consello d’a Choventú d’Aragon, 1999.

José Luis Negre Carasol, «Aragonesismos en Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender», Argensola, núm. 96 (1983), pp. 325-336.

Gran Enciclopedia Aragonesa.

Maribel S. Timoneda, «Chusé Aragüés, Premi Franja: “Quiero al castellano, estic enamorat del català y amo profundamén l’aragonés”» (entrevista), Diaro de Teruel, 4 de diciembre de 2018.

Vázquez Obrador, « Aragonesismos en Crónica del alba de Ramón J. Sender», Argensola, núm. 90 (1980), pp. 369-392.

Erein: Libros de autodefensa cultural

Poco tiempo después de la muerte de Francisco Franco, en un momento de efervescencia tanto política como social y cultural y en los primeros momentos de la tan polémica «transición», nacía a finales de 1976 una de las más importantes iniciativas editoriales en euskera de la mano de un septeto de intelectuales vascos que actuó a modo de junta fundadora:  el editor procedente del grupo editorial Etor (luego refundido en Gero) y activista Julen Lizundia (1934-), el poeta y cantautor Xabier Lete (1944-2010), el filósofo Jexux Mari Mujika  (n.1946), el dibujante y diseñador gráfico Edorta Kortadi (n. 1946), el abogado José Manuel Castells (n. 1943), el escritor Anjel Lertxundi (n. 1948) y artista gráfico Asentxio Ondartzabal.

Lizundia resumió las líneas generales de su propósito cuando la editorial cumplió sus primeros cuarenta años: «Quisimos hacer una editorial a fin de ayudar en la recuperación y desarrollo de nuestra identidad, junto con otros agentes culturales, sociales y políticos. Al servicio de la cultura vasca, una editorial que tuviera una perspectiva de país de cara al futuro». Y por su parte, por las mismas fechas, Mujika contaba que las aportaciones para ponerla en marcha fueron a fondo perdido, en parte porque la pretensión inicial era crear una empresa rentable, que priorizara la calidad y que fuera sostenible a largo plazo. Dirigida por Olatz Soraluze Garate, sigue en pie con los mismos criterios.

La editorial, en la que Lizundia actuó como director editorial hasta su jubilación en 1999 —luego lo fue el profesor y escritor Iñaki Aldekoa Beitia (n. 1961)—, se estrenó con Diálgos entorno a las elecciones (1977), del economista y escritor Eugenio Ibarzabal Aramberri (n. 1951), que ese mismo año publicaba también en Erein Manuel de Irujo y Koldo Mitxelena, y desde los primeros títulos se hizo evidente el interés preferente por las ciencias humanas y por la divulgación de las herramientas precisas para la normalización lingüística. En consonancia con este segundo aspecto es la creación del cómic Ipurbeltz, uno de los pioneros y muy popular en su momento, en el que tuvieron una activa participación tanto los mencionados Julen Lizundia y Angel Lertxundi como los ilustradores Antton Olariaga (n. 1946) y Jon Zabaleta (n.  1950) entre otros.

La incidencia que la creación y extensión de un lenguaje coloquial pero correcto, humorístico e incluso fantasioso en esa normalización lingüística del euskera parece indudable, y en este sentido se reveló como un instrumento poderoso, al que acompañó un éxito que acreditan los más de trescientos sesenta números publicados entre diciembre de 1977 y junio de 2008 y unas tiradas medias de 2.500 ejemplares (con picos de 8.000).

Sin embargo, Erein trascendió su ámbito de reconocimiento natural y despertó la atención de agencias y editoriales internacionales gracias sobre todo a la publicación, ya en 1988, de Obabakoak, el sexto libro de narrativa de Bernardo Atxaga (n. 1951), y muy emparentado con los dos anteriores también publicados en Erein —Ziutateaz (1976) y Bin anai (1985)—, que no sólo fue galardonado el año siguiente con el Premio Nacional de Narrativa en la versión española del propio autor y ha sido el libro en euskera más popular de todos los tiempos, sino que fue traducido a casi una treintena de lenguas (alemán, catalán, francés, hebreo, inglés, italiano, japonés…) y adaptada al cine en una versión escrita y dirigida por Montxo Armendariz (n. 1949) que fue nominada a los Premios Goya en tres categorías (mejor película, mejor dirección y mejor guión adaptado). Si bien la obra posterior de Atxaga está relativamente dispersa en otras editoriales (Pamiela, BBK, Visor), casi toda su obra destinada al público infantil la ha publicado también Erein.

También muy popular ha sido posteriormente la colección Cosecha roja, bautizada en honor a la célebre primera novela de Dashiell Hammett (1894-1961), que dio un enorme impulso al género negro (en el que se ha convertido en editorial de referencia) y entre cuyos descubrimientos se cuentan autores vascos y navarros como Javier Abasolo, Jon Arretxe, Carlos Ollo, Noelia Lorenzo (la primera mujer en la colección, desde La sirena roja), Javier Sagastiberri o Amaia Manzisidor, entre otros. También en este aspecto, la contribución a normalizar un determinado nivel de lenguaje parece evidente.

Además de materiales destinados a diversos niveles de la enseñanza, donde esta voluntad puede manifestar su largo alcance, Erein ha recuperado también algunos textos de primer orden e importantes en más de un sentido, como es el caso de Ehun metro, de Ramon Saizarbitoria, escrita originalmente en 1972 y cuya primera edición (publicada en el País Vasco francés, en Kriselu) fue secuestrada por la policía franquista. Una vez el autor se acogió a la amnistía de 1977, el libro fue traducido y publicado tanto en español (en Nuestra Cultura, en 1979) como en inglés e italiano (y también adaptado al cine, por Alfonso Ungría).

Portada de la primera edición, secuestrada por la policía franquista.

Con cerca de cuatro mil títulos publicados, y acercándose a su primer medio siglo de vida cuando se escriben estas líneas, Erein cuenta con un catálogo que ha intentado cubrir todos los frentes (también las traducciones de grandes autores) y en el que se encuentran nombres como, además de los mencionados y entre otros muchos, Emily Brontë, Freidrich Dürrenmat, Hermann Hesse, Koldo Izagirre, Fleur Jaeggy, Jamaica Kincaid, Mariasun Landa, Clarice Lispector, Toti Martínez de Lezea, Curzio Malaparte, Alice Munro, Mercè Rodoreda…

Fuentes:

Web de Erein.

K.M., «Jexuxmari Mujika y los cuarenta años de la editorial Erein» [entrevista radiofónica], Iflandia, eitb.eus, 21 de diciembre de 2016.

Mikel Lizarralde, «Erein Argitaletxea: Inversión a largo plazo», Berria, 20 de diciembre de 2016 (también hay disponible la versión original y completa en euskera).

s/f., «Erein Argitaletxea recibe la Pluma de Oro en la 47 Feria del Libro de Bilbao», web de la Feria del Libro de Bilbao, 5 de junio de 2017.

s/f., «Ipurbeltz, veinte años en la vida de los más jóvenes», Esukararen Berripapera, núm. 69 (febrero de 1998).

Willi Snedon, «Realismo social y novela negra (III)», Zenda, 22 de mayo de 2018.

 

Algunos testimonios sobre el traductor y editor Salvador Marsal i Picas

La trayectoria profesional del escritor, traductor literario, corrector y editor Salvador Marsal i Picas (1906-1972) es un muy buen ejemplo de cómo y hasta qué punto el resultado de la guerra civil española dio un giro irrevocable a algunas vocaciones intelectuales que nunca sabremos lo que hubieran podido dar de sí.

Ya en los años veinte había participado en prensa, por ejemplo en Joventut Catalana, donde coincidió entre otros con Josep Maria Massip Izàbal (1904-1973), fundador del Ateneu El Centaure y célebre como autor del histórico discurso del presidente de la Generalitat Lluis Companys del 6 de octubre de 1934, el perito químico y escritor Ramon Planes Izàbal (1905-1989) o al maestro impresor Joan Puig Mestre, creador de La Puntual.

Y es muy probable que en aquella época hiciera sus primeras incursiones en la poesía, que ha dejado poco rastro pero hay constancia de que el músico Manuel Torrens Girona (1889-1966) puso música a alguno de sus poemas.

A principios de los años treinta era un activísimo periodista cuya firma –en ocasiones con las iniciales S.M.– aparecía al pie de los textos más diversos en algunas de las cabeceras más prestigiosas, interesantes o curiosas de la época. Su hija, la filóloga, traductora y escritora Maria Lluisa Marsal i Álvarez (1937-2017) los enumeró así:

La calidad literaria de un amplio sector de la prensa catalana de antes de la guerra era realmente representativa del espíritu vanguardista y abierto a las corrientes de la cultura y al progreso de toda una generación de jóvenes intelectuales.

En Oc, publicado en Occitania, y en La Vanguardia,  Salvador Marsal también se ocupa de las páginas de cine y teatro, colabora en Mirador, publica artículos en las revistas Catalans! e Indústria Catalana, forma parte del equipo de redacción del Full Oficial, La Humanitat, Diari Mercantil y Última Hora.

Lluis Palazón, otro de los colaboradores más fieles de Josep Janés en la posguerra.

Sin duda, alguno de estos nombres pueden resultar engañosos. Por ejemplo, en el Diari Mercantil, pese a sus etapas previas, Marsal empieza a trabajar en una época en la que acababa de entrar como director quien llegaría ser importante editor de libros, Josep Janés i Olivé (1913-1959), a quien lo que interesaba sobre todo de esa publicación eran las páginas de cultura y acerca de cuya muy activa redacción (por la que rondaban también Enric Cluselles, Joan Teixidor, Lluis Palazón o Pere Calders) dejó unas declaraciones muy ilustrativas el también célebre grafómano Avel·lí Artís Gener (1912-2000):

Janés había hecho una redacción sólo de amigos que tuvieran ganas de escribir y, claro, Janés confiaba mucho en ellos. Éramos amigos desde hacía muchos años y entonces entró en acción Ángel Estivill […] Después, de corrector tuvimos a un muchacho que se llamaba Salvador Marsal i Picas; después tuvimos a Joan Sales, el de Incerta Glòria… Bueno, éramos unos cuantos, todos muy buenos amigos, de una edad similar. Éramos muy amigos e hicimos una redacción con muy buen ambiente.

El retrato se completa con la evocación de Maria Lluïsa Marsal, que tal vez se equivoque (por la coincidencia de ubicación) al atribuirlo a la de Última hora:

Marsal explicaba que en la redacción de Última hora [¿Diari Mercantil?] había una gran mesa fraternalmente compartida, un único teléfono, ningún taquígrafo, una o dos máquinas de escribir, una para el director y otra colectiva. Pero el linotipista no tenía inconveniente en descifrar la caligrafía de todos sus compañeros. Ya estaba acostumbrado a ello. Y este lionotipista era Joan Sales. Y comentaba que en ningún lugar había encontrado el buen humor, la fraternidad que encontró en aquel cubículo de paredes de madera de la calle Tallers.

Joan Sales (1912-1983).

Vale la pena anotar que siempre se ha dicho que quien llegaría a ser el genial editor Joan Sales aprendió a usar la linotipia y la imprenta durante su exilio en México, pero tanto  Lluís Solà i Dachs (en Història dels diaris en català, Barcelona 1879-1976) como Pere Calders, sitúan a Sales desempeñando la primera de estas funciones tanto en el Diari Mercantil como en el siguiente proyecto de Janés. Era este proyecto janesiano Avui. Diari de Catalunya (1933), pero para entonces Marsal ya andaba metido en otras batallas. Sin embargo, en el caso de la redacción de Última hora, Víctor Alba cuenta que sólo disponían de dos teléfonos (uno para la directora y el otro a compartir) e hizo un recuento de la pléyade que allí se reunía a escribir al ritmo de la rotativa:

Yo entré en Última Hora  un poco de rebote. Me encargaba de la sección  de internacional y me pagaban 150 pesetas al mes. Recuerdo que se imprimía en la calle Tallers, en los bajos de un edificio, donde estaba instalada la rotativa. La redacción era reducida: Josep Escuder se ocupaba de la realización técnica, porque no estaba al corriente de lo que pasaba aquí, e Irene Polo dirigía el periódico desde el punto de vista informativo; Aymaní Serra y Rafael González integraban la sección de local; Salvador Marsal era el redactor de política española; Josep Maria Lladó, el de política catalana; Sempronio era el responsable de la sección de cultura, y Meléndez coordinaba la información deportiva. Después estaban el uruguayo José Arteche, el dibujante, i [Agustí] Centelles, el fotógrafo.

Josep Janés i Olivé (1913-1959).

En 1933 Marsal andaba muy implicado en la Agrupació Professsional de Periodistes (UGT), de cuya ejecutiva se convirtió en secretario en octubre de ese año. Sin embargo, es posible que también por entonces escribiera obra de creación, de la que ha quedado poco rastro.

El alzamiento franquista y sus consecuencias inmediatas dispersó a todos estos grupos intercomunicados, y después de la guerra muy raramente se reagruparon algunos de ellos. Aun así, después de pasar un tiempo no breve en campos de concentración más allá de los Pirineos, Salvador Marsal se reencontró en Barcelona con Janés, y fue uno de sus más estrechos colaboradores cuando instaló una minúscula editorial en su casa de la calle Muntaner. Ramon Planas describe del siguiente modo el «despacho» de Marsal:

El lugar de trabajo de nuestro amigo era una pequeña habitación, entrando en el piso a mano izquierda, y ahí tenía el despacho, que, en realidad, podría haber sido el de la telefonista o cualquier otro empleado secundario. Era una habitación pequeña, donde apenas cabía él, con una mesita (tres o cuatro diccionarios, pliegos de papel) y una silla a cada lado.

Traductor para las diversas editoriales que creó desde 1941 Janés, Marsal firmó como José A. de Larrinaga las Memorias de un hombre ingenuo (1945) de Averchenko, y  Dios no duerme (1956), de Suzzanne Chantal, así como algunas obras de Wodehouse,  pero más interesantes son algunas que firmó con su nombre, como la del exitazo de la época Cuerpos y almas (1946), de Maxene Van der Meersch (que aún en 2008 reeditaba el sello del grupo Planeta Backlist) o el Dostoievski (en El Manantial que no cesa, en 1950), de André Gide.

Sin embargo, su principal y muy apreciado trabajo al lado de Josep Janés fue sobre todo de corrección y edición de las muchísimas traducciones que publicaba Janés. Además, se ocupaba de seleccionar y hacer pruebas a los nuevos traductores, trabajo acerca del cual el 20 de mayo de 1972 publicó un espléndido artículo titulado «Jo voldria fer traduccions» [Yo quisiera hacer traducciones ] en El Eco de Sitges.

Victor Alba (Pere Pagès i Elies, 1916-2003).

También participaba ni que fuera indirectamente en los premios convocados por Janés, y gracias a una afortunada casualidad inició su carrera literaria Fernando González Ledesma (1927-2015), según cuenta el propio novelista: «Dos años antes lo había ganado Carmen Laforet, y yo pensaba que en mi obra estaba el mismo aire de la ciudad, así como los sentimientos eternos del húngaro Lajos Zilahy, que consideraba mi maestro». Fue el catálogo de Janés lo que le animó a visitar a Salvador Marsal (a quien conocía vagamente), quien le hizo un informe desfavorable de su novela, así que González Ledesma intentó retirarla del premio. Pero según cuenta, le respondió Marsal: «De todos modos, mejor que espere, ahora la está leyendo otro, a quien le gusta más». Todo hacer pensar que se refería a Fernando Gutiérrez, y el caso es que finalmente Sombras viejas fue premiada en 1948 con el Premio Internacional de Novela. Que la novela quedara arrinconada y que no se publicara hasta 205 (en traducción al francés de Jean-Jacques Fleury en L’Atalante) ya fue cosa de la censura; es decir, consecuencia también del resultado de la guerra civil.

Una vez muerto Janés, Salvador Marsal se integró en Plaza & Janés, donde trabajó a las órdenes de Mario Lacruz, y a la intervención de Marsal atribuye Victor Alba que él pudiera empezar a publicar sus libros en esta editorial.

Fuentes:

Francisco González Ledesma, Historia de mis calles, Barcelona, Planeta (Autores Españoles e Iberoamericanos), 1999, pp. 177-178, 230 y 303.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Joan Oliver-Pere Calders, conversación transcrita por Xavier Febrés, con fotografías de Pilar Aymeric, Barcelona, Ayuntamiento de Barcelona-Laia (Diàlegs a Barcelona, 2), 1984.

Salvador Marsal, «Sucedió hace diez años… José Janés y Olivé», La Vanguardia Española, 11 de marzo de 1969, recogido en Recull d´escrits. Trajectòria literaria, Sitges, Grup d´Estudis Sitgeans (Estudis Sitgeans 15), 1986, pp. 66-70

Víctor Alba, Sísif i el seu temps II. Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990,

Víctor Alba, Sísif i el seu temps II. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990,

Libros infantiles antisemitas y otras ediciones nazis

A principios del siglo XXI se publicó la traducción al español de uno de los libros infantiles antisemitas más famosos, Der Giftpilz (La seta venenosa), de Ernst Hiemer (1900-1974)  e ilustrado por Philipp Rupprecht (1900-1975), conocidos ambos por sus participación en la revista igualmente antisemita, anticomunista, pornográfica y pronazi Der Stürmer (1923-1945). Esta colección de diecisiete cuentos apareció originalmente en 1938 con pie editorial de Julius Streicher, veterano de la primera guerra mundial, miembro desde 1919 de la Deutschvölkischer un Trutzbund (Federación Nacionalista Alemana de Protección y Defensa) y propietario y fundador de Der Stürmer. No hará falta añadir que Der Strümer, si bien siempre se mantuvo en manos de Streicher y no fue nunca una publicación oficial del Partido Nazi, vivió su época dorada con el ascenso al poder de Hitler, cuando pasó de unas tiradas de 2.000 o 3.000 ejemplares en los años veinte a los 600.000 que imprimía entre 1933 y 1940.

Cubierta de Der Giftpilz.

Der Giftpilz no es el primer libro infantil antisemita, pero muy probablemente sí es el más famoso y el más traducido a otras lenguas, gracias sobre todo a su uso como libro escolar, a que en 1938 la londinense organización de los años treinta Friends of Europe lo tradujo al inglés y, ya en el siglo XXI, a la iniciativa del neonazi estadounidense Gary Lauck (n. 1953), quien  financió la traducción y publicación en diversas lenguas, amparándose en la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos.

Poco menos conocido es Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid! («No confíes en un zorro entre el breza verde ni en el juramento de un judío»), de la maestra, escritora e ilustradora Elvira Bauer (1915-¿?), quien antes de lograr publicarlo en 1936 en la colección de libros ilustrados de Stürmer Verlag, vio como se lo rechazaban editoriales en principio tan idóneas como Eher Verlag (editorial oficial del Partido Nazi y boyante sobre todo gracias a la publicación del Mein Kampf de Adolf Hitler). En poco tiempo se hicieron por lo menos siete ediciones, lo que supone un total, como mínimo, de cien mil ejemplares, y la efectividad de sus imaginativas y avanzadas ilustraciones y decoraciones fue reconocida incluso por personajes tan poco sospechosos como Erika Mann (1905-1969), la hija de Thomas. El hecho de emplearse también en centros escolares –no se olvide que el 97% de los maestros pertenecía al sindicato nacionalsocialista– explica en buena medida su amplísima difusión.

Interior de Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid!, de Elvira Bauer.

De 1940 es Der Pudelmopsdackelpinscher, también del ya mencionado Hiemer y vinculado al editor Julius Streicher (en este caso en Stürm Buchverlag) y en el que cada capítulo establece un paralelismo entre los judíos y un animal distinto (perro, víbora, el piojo…), también destinado al público infantil pero del que incluso una publicación tan afín como Der Hoheitsträger, órgano oficial del Partido Nazi, consideraba excesivamente fuerte. Antes de ser juzgado al final de la segunda guerra mundial e internado en el campo de prisioneros Stalag XIII-D, en el norte de Baviera, durante tres años, Hiemer, colaborador de Der Stürmer desde los años veinte, publicó un tercer libro, pero en este caso destinado al público adulto: una amplísima antología de proverbios y aforismos antisemitas (Der Jude im Sprichwort del Völker, 1942).

Portada de un número de Der Stürmer.

Más allá de la actividad editorial de Streicher, la edición propiamente nazi mantuvo a todo lo largo de los años treinta y buena parte de los cuarenta un ritmo de actividad tremendo en el que destacan sobre todo Ullstein Verlag y, por supuesto, Franz Eher Nachfolger.

El origen de la primera –hoy propiedad de Random House– se remonta a finales del siglo XIX, cuando en 1877 el empresario judío Leopold Ullstein (1826-1899) compró a Rudolf Mosse un periódico, Berliner Tageblatt, que reconvirtió en Berliner Zeitung y sobre el que fue construyendo un auténtico imperio editorial. A su muerte la empresa pasó a manos de sus hijos (uno de los cuales, Hermann, huyó en 1938 de la Alemania nazi y se estableció en Estados Unidos), quienes en 1933 fueron obligados a una «arianización» forzosa de la empresa y al año siguiente, en una operación en la que desempeñaron un papel crucial las presiones del Deutsche Bank, la familia se vio obligada a vender a Franz Eher Nachfolger la editorial, valorada en unos sesenta millones de marcos alemanes, por seis millones. A partir de ese momento, Ullstein, rebautizada Deutscher Verlag, cambió por completo su línea editorial en lo que probablemente sea uno de los giros más incomprensibles de un catálogo si se desconoce su historia.

Cubierta de Der Pudelmopsdackelpinscher.

Franz Xavier Josef Eher (1851-1918)  había fundado su editorial a principios del siglo XX (1901), y a su muerte pasó a manos del fundador de la Sociedad Thule y uno de los precursores del nacionalsocialismo, de nacionalidad turca, Rudolf von Sbottendorf (Adam Alfred Rudolf Glauer, 1875-1945). A través del mentor político de Hitler Anton Dexler (1884-1942) y financiación del fanático anticomunista Franz von Epp (1868-1947), en diciembre de 1920 la editorial fue comprada por el Partido Nazi, y al año siguiente el principal accionista era ya Adolf Hitler (1889-1945). Por su parte, después de publicar Bevor Hitler kam («Antes de Hitler»), donde subrayaba los vínculos entre las ideas de Hitler expuestas en Mein Kampf y el esoterismo, Sbottendorf fue deportado en 1934 y regresó a Turquía (donde murió misteriosamente ahogado en mayo de 1945).

Sobrecubierta de una de las muchas ediciones de Eher de Mein Kampf.

El grueso de las editoriales nazis, y sobre todo las más conocidas  e importantes salvo en el caso de Streicher, no fueron tanto de nueva creación como resultado de compras, a menudo más bien oscuras, valiéndose de una indudable posición de fuerza.

Fuentes:

Randall L. Bytwerk, Julius Streicher, Nazi editor of the notorious Anti-semitic Newspaper «Der Stürmer», Nueva York, Cooper Square Press, 2001.

Mary Mills, «Propaganda and Childrens during the Hitler years», Jewish Virtual Library.

Holocaust Encyclopedia en el United States Holocaust Memorial Museum.

De publicaciones femeninas a diccionarios: Algunos de los primeros libros vinculados a Hymsa

Si bien debe su fama a la publicación de una de las revistas españolas más famosas y leídas de todos los tiempos (Lecturas), la historia de Hymsa –siglas de Hogar y Moda, S.A.– se remonta a la primera década del siglo XX y tiene unos antecedentes que hoy pueden resultar una tanto sorprendentes.

En 1909 se fundó con un capital de 5.000 pesetas la compañía editora e impresora Juli Gibert i Cia.,  por iniciativa del propio Juli Gibert Mateus (1880-1956), su hermano el periodista y escritor Salvador (1882-1919), que hacía apenas dos años había regresado de su exilio en México (como consecuencia de sus artículos en La Tralla del Carreter y Metralla), y el impresor Joan Pijoan i Claramunt, y ese mismo año, concretamente el 7 de junio, ponía ya a la venta el primer resultado de sus esfuerzos, el número inicial de la revista El Hogar y la Moda, pero los acontecimientos de ese mes de julio conocidos, como Setmana Trágica, hicieron que el arranque fuera difícil. Aun así, logró crearse un público, distribuirse por toda España y en 1910 ampliaban capital y se les unía el empresario del mundo del libro Josep Maria Borràs de Quadras, así como el entonces responsable de las obras sobre contabilidad, el luego gran editor Josep Zendrera (1894-1969) y José Fernández de la Reguera, que se ocupaba de la Colección Hogar. Fue entonces cuando la redacción se trasladó a la amplia nave del número  211 de la calle Diputació de Barcelona, donde reunieron redacción, talleres de impresión y almacén (pagaban 25 pesetas de alquiler y 5 por la electricidad) y el nombre de la empresa cambió a Sociedad General de Publicaciones. Con el arranque de los años veinte, asociados a las páginas de El Hogar y la Moda, que en 1921 incluiría como suplemento artístico y cultural Lecturas, aparecerían las firmas de periodistas y escritores famosos, como María Luz Morales (1889-1980), que se convirtió en su directora, Carmen Karr (1865-1943), Eduardo Zamacois (1873-1971), Narcís Oller (1846-1930) o Ramón Pérez de Ayala (1880-1967), entre otros, o de un ilustrador de larga trayectoria en el mundo editorial como Lorenzo Oliván. Lecturas se convirtió en revista autónoma en 1925, coincidiendo más o menos con la creación de Hymsa, que continuó imprimiendo en los talleres de la Sociedad General de Publicaciones.

Sin embargo, los libros que salieron de esos talleres eran muy distintos y diversos. De finales de la primera década del siglo son, por ejemplo, una novedosa Biblioteca Ciencia para Todos, en la que aparecen títulos como El universo al día, de C.G. Dolmage, con prólogo del célebre astrónomo José Comas i Solà (1868-1937), entre otras cosas descubridor de once asteroides entre marzo de 1915 y diciembre de 1929 y fundador de la Sociedad Astronómica Española, o La mecánica al día: inventos mecánicos actuales, de Thomas W. Corbin, La electricidad al día, de Charles Gibson, La aviación al día, de Charles C. Turner o El mar al día. Ingeniería y guerra submarina, de Fife C. Domville, con introducción del padre de la oceanografía española, y divulgador del darwinismo, Odón de Buen (1863-1945), por poner algunos ejemplos. Aún con pie de la Sociedad General de Publicaciones aparecieron colecciones como la Biblioteca de Conocimientos Útiles o la Biblioteca Enciclopédica de Ciencias Comerciales (con series como La práctica de los negocios o Altos Estudios Comerciales), pero también la Biblioteca de la Madre de Familia, la colección Novelas Hogar o Las Grandes Novelas de la Pantalla.

En 1923, Zendrera y algunos de los accionistas crean –según Mònica Baró, con el objetivo de ganarse también al público masculino y más tarde  al infantil y juvenil–, la Editorial Juventud, que a diferencia de la anterior publicará tanto en español como en catalán, y en 1925 se desgaja de la empresa Hymsa, cuyas primeras publicaciones, ya a partir de ese año, son una serie de libros dedicados a las capitales de provincia españolas, que procedían de la serie firmada por Antonio Cárcer de Montalbán, quien (¿quién?) desde enero de 1929 los había ido publicado como folletín ilustrado acompañando la revista Lecturas con el título genérico Geografía física de España.

Aun así, Hymsa publicó también uno dedicado a Suecia, de Jaime Alemany, y un Tratado de medicina que se presentaba como «Redactado por un cuerpo de reputados médicos e higienistas, bajo la dirección» del por entonces famoso autor en la materia Doctor Saimbraum, que no era otro que el pedagogo y polígrafo todo terreno Joan Bardina i Castarà (1877-1950).

Título de diez acciones de El Hogar y la Moda.

Entre ese año y el inicio de la guerra civil española, Hymsa diversifica sus publicaciones de libros y antes de acabar la década ya está publicando obras muy bien encuadernadas y de cierto lujo, como, en la colección Algo, Teatro Clásico (Calderón, Lope, Ruiz de Alarcón, Véle de Guevara…) en 1929, que reunía piezas antes publicadas independientemente, o ya al año siguiente el asombroso  y profusamente ilustrado Arte y costumbres de los pieles rojas, de Julian Harris Salomon (1896-1987), y Panorama de la pintura española, del por entonces joven crítico Emiliano M. Aguilera (1905-1975), que en la posguerra dirigiría la Editorial Iberia.

Probablemente, la primera edición de Wodehouse en España, en la colección La Novela Aventura (Hymsa).

No obstante, el campo donde mayores éxitos obtuvo en esos años Hymsa fue el de la literatura popular, y muy particularmente con la muy famosa colección La Novela Aventura, donde muy probablemente se publicó en español por primera vez a autores tan diversos como Georges Simenon (1903-1989) y P.G. Wodehouse (1881-1975), así como la muy popular serie sobre el detective Sexton Blake creada por Harry Blyth empleando el seudónimo Hal Meredeth, o diversas novelas de Agatha Christie (1890-1976).

También vale la pena consignar de esa época el inicio con Biografías de Hombres Célebres de una colección dedicada a un género que vivió un esplendor que se extendió hasta bastante más allá de 1939. De 1931 es un Lope de Vega firmado por Ismael Sánchez Estevan, al que seguirían Murillo (1932), de Santiago Montoto; Wagner (1932), de Renato Dumesnil;  Napoleón (1933), de José Poch Noguer; Leonardo de Vinci (1933), de Tristan Klingsor [Tristan Leclerc]; Rodin (1934), de Leoncio Bénedite o, entre otros, El Greco (1934), del hispanista francés Jean Cassou (1897-1986), que periódicamente se reunían en volúmenes mayores, con el título Vidas de Hombres ilustres, en lo que parece ser una práctica bastante habitual de Hymsa.

De 1934 son también Teatro Clásico Extranjero (Shakespeare, Molière, Goldoni, Goethe, Schiller…), un volumen ilustrado de España Histórica,  del ya mencionado pero no identificado Antonio Cárcer de Montalbán, y una edición de La mujer del porvenir, de la pionera del feminismo español Concepción Arenal (1820-1893), y también dos años más tarde Mil ideas para las madres (1936), de Helen Jackson Miller.

Cubierta con el logo de los diccionarios Cuyas.

Otro ámbito explotado ya antes de la guerra por Hymsa fueron los libros sobre gramática y en particular los muy populares diccionarios manuales, entre los que destaca por su difusión el de quien fuera director de la revista catalana Llumanera de Nueva York (el medio más importante de los catalanes en América) Arturo Cuyàs Armengol (1845-1925), de quien en 1936 se publicitaba un Gran Diccionario Inglés-Español completado y revisado por Antonio Cuyàs Armengol, que durante muchos años fue objeto de constantes actualizaciones y reediciones. De quien en la posguerra se convertiría en interesante escritor de novela popular, prolífico traductor y doblador de películas Guillermo López Hipkiss (autor por ejemplo en 1935 de la de Las genialidades de Sam, de Wodehouse), es el libro Las dificultades del idioma inglés. Complemento de gramáticas y diccionarios ingleses (1935).

Sin embargo, como es fácil suponer, tanto antes como después de la guerra los pilares de Hymsa fueron siempre las publicaciones periódicas, y muy en particular la celebérrima Lecturas.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’editorial Juventut (1923-1969), tesis doctoral Departament de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2005.

Juana Gallego Ayala, Mujeres de papel. De «¡Hola!» a «Vogue». La prensa femenina en la actualidad, Barcelona, Icaria Editorial (Serie Antrazyt, 57), 1990.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Miriam Soriano, «Feminal, El Hogar y la Moda i La Dona Catalana. La construcción d’un mercat femení a través de nous productes (1900-1936)», en Anna Calvera, coord., La formació del sistema Disseny Barcelona (1914-2014), un camí de modernitat. Assaigs d’historia local, Gracmon (Grup de Recerca en Histìoria de l’Art i del Disseny Contemporanis)-Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, 2014, pp. 129-156.

 

Renovación del humorismo en la edición de posguerra

«Una originalísima creación editorial que reunirá las más interesantes novelas de humor y de optimismo, seleccionadas entre la obra de los máximos escritores de nuestro tiempo.» Así se presentaba a los lectores en 1942 la colección Al Monigote de Papel, encuadrada por José Janés (1913-1959) en la editorial Aretusa, y lo cierto es que los autores que publicó ese año no desmerecen esa ambición: Chesterton (El Club de los negocios raros), P.G. Wodehouse (Luna de verano), Ramón Gómez de la Serna (El Gran Hotel), Pierre Mac Orlan (El canto de la tripulación), a los que seguirían al año siguiente Henri Lavedan (la traducción de Gabriel Miró de Su Majestad), el reciente vencedor del Premio Rühmann Rolf Lennar (El acompañante inofensivo), Mark Twain (Un yanqui en la corte de Rey Arturo), Max Beerbohm (Zuleika Dobson) y Achile Campanille (Si la luna me trae fortuna)…

José Janés.

Quizá no tenga mucho sentido preguntarse si esta fue la colección con que en España arrancó en la posguerra el resurgir de la literatura humorística –que, efectivamente, lo fue–, pues lo cierto es que contaba con muy notables antecedentes, como Los Humoristas de Espasa ya desde 1929 o en los años veinte la colección de Biblioteca Nueva dedicada a humoristas españoles contemporáneos. Y también es cierto que ya en la inmediata posguerra Janés había prestado atención al género, por ejemplo en la serie Humoristas de la colección Constelación de las Ediciones de la Gacela, en la que había publicado, entre otras obras, Nuestra diosa comedia, Massimo Bontempelli (1878-1960), a quien antes de la guerra ya publicaba en catalán, o El monóculo, de Aldous Huxley (1894-1963). Y, por su parte, tendría enseguida importantes imitadores y continuadores, en particular la colección de los años cincuenta El Club de la Sonrisa, en Taurus.

No es verdad que sea la muerte, de Giovanni Mosca (1948).

Lo cierto es que la influencia de la colección fue enorme, y en el siglo XXI han dejado testimonio de la importancia que tuvo en su formación desde un editor como Jorge Herralde hasta un cómico y humorista como Paco Mir (El Tricicle).

Mark Twain y Wodehouse se convirtieron en los primeros años en los grandes atractivos de la colección y en los autores más representados, pero hizo algunas incorporaciones muy interesantes que dejaron un poso en el humorismo español, como es sobre todo el caso de los autores cercanos al semanario milanés Bertoldo (1936-1943), publicado originalmente por Rizzoli y en los años cincuenta retomado por otras editoriales. Dirigida al alimón por Giovanni Mosca (1908-1983) y Vittorio Metz (1904-1984) y con Giovanni Guareschi (1908-1968) como redactor jefe, Bertoldo reunió a autores veinteañeros como Carletto Manzoni (1909-1975), Mario Brancacci (1910-1991), el polifacético Leo Longanesi (1905-1957) y al un poco más veterano Achille Campanille (1899-1977), entre otros, que renovaron y airearon por completo el lenguaje humorístico italiano, tanto gráfica como literariamente. Janés puso en circulación ya en 1943 a Campanille (Si la luna me trae fortuna, Jovencitos, no exageremos) y reincidiría en 1958 (¿Qué huevo frito es el amor?), y al año siguiente a Guareschi (El destino se llama Clotilde), pero mediada la década, al tiempo que el éxito de Wodehouse se mantenía, triunfaron otros autores, como sobre todo Joan Butler, de quien aparecieron una enorme cantidad de títulos ya desde 1945 (La obra de las camisas, Medias vacaciones, Fastidiando al alimón, Donde menos se piensa salta un heredero, Un asesinato a medias…). Del irlandés Joan Butler (Robert William Alexander, 1905-1979), cuyo estilo se vincula a menudo con el de Wodehouse y el de Thorne Smith (1892-1934), sólo se había dado a conocer hasta entonces en España El solitario (1940) como número 184 de la colección La Novela Aventura (1933-1944), publicada en Hymsa (Hogar y Moda, S. A.) y donde convivía con títulos de Agatha Christie, George Simenon o la por entonces popular serie del detective Sexton Blake (creado originalmente por Harry Blith, oculto tras el seudónimo Hal Meredeth).

En cuanto a la literatura española, a partir de mediada la década Al Monigote de Papel se convirtió en el trampolín editorial de buena parte de los humoristas aglutinados alrededor de la muy celebre revista La Codorniz, como es el caso de Edgar Neville (1899-1967), de quien aparece La familia Mínguez (1945) Don Clorato de Potasa (1947) y Torito Bravo (1955), Álvaro de Laiglesia (1922-1981), con Un náufrago en la sopa (1947), El baúl de los cadáveres (1948) y La gallina de los huevos de plomo (1951) o Miguel Mihura (1905-1977), con Mis memorias (1948), a los que siguió publicando obras hasta que progresivamente se pasaron a la órbita de Planeta, pero no por ello dejó de publicar Janés a algunos grafómanos jóvenes como Pedro Voltes (Adorable loca, 1950) y sobre todo al injustamente olvidado Noel Clarasó (1899-1945), de quien asombrosamente sigue inédita la novela con que ganó el Premi Creixells en 1938 (Francis de Cer), y que en Al Monigote de Papel publicó la Crónica de varios males crónicos (1945), la novela en clave sobre el mundillo cultural barcelonés La señora Panduro sirve pan blando (1946), Enrique Segundo, el Indeciso (1946), Blas, tú no eres mi amigo (1946), La batalla de las Termo Pilas (1946), La gran aventura de un hombre pequeño (1947), Tres eran los yernos de Helena (1948), Blas, cuidado con la mujer del prójimo (1948)…

Enric Cluselles.

Los ejemplares de Al Monigote de papel, se publicaron encuadernados en rústica con solapas y con ilustraciones en la cubierta de Enric Cluselles (1914-2014), quien según Guillamon creó en ellas «una galería de personajes de la posguerra: hombres pagados de sí mismos, tipos que van tras las mujeres como si pretendieran cazarlas, familias mal y bien avenidas, maridos y mujeres (generalmente, las mujeres grandotas y los hombres raquíticos).» Y enmarcaba estas ilustraciones de humorismo costumbrista una cenefa de curiosa historia editorial y que dice mucho sobre las ideas gráficas del tándem Cluselles-Janés.

Incluso en este aspecto gráfico, fueron del mayor interés también las ambiciosas antologías de humoristas de otros ámbitos, encuadernadas en tapa dura y con sobrecubierta, entre la que tal vez la más conocida sea la Antología de humoristas húngaros contemporáneos (1945) preparada por Andrés Révész y J. García Mercadal (a partir de una previa aparecida en Espasa Calpe preparada por Révész), pero a la que habían precedido otras  dedicadas a italianos (1943) e ingleses (1945), seleccionados y traducidos respectivamente por Simón Santainés y Andrés Guilman,  G. B. Ricci y José Janés. En estos casos, cada una de las portadillas que precedía a la obra de cada autor iba ilustrada con un dibujo de Cluselles alusivo al texto, que se reproducían todos, coloreados y en abigarrada distribución, en la sobrecubierta.

Muerto Janés, ya en los años ochenta Plaza & Janés, en quien había recaído la responsabilidad de asumir y reorganizar el impresionante fondo de Janés, recuperó el nombre de esta colección y la reabrió con ¡Vamos al Oeste!, de Smith H. Allen (1907-1976), Dieciocho agujeros y Un par de solteros, de Wodehouse, Mi familia al derecho y al revés y varios otros libros del humorista israelí Efraim Kishón (1924-2005), la recuperación de diversas obras de Joan Butler (El tiro por la culata y Armando la gorda, entre ellas), etcétera; una nueva etapa que se cerró abruptamente y sin previo aviso en 1984.

Fuentes:

Julià Guillamon, Enric Cluselles. Ninots i llibres (catálogo), Barcelona, Biblioteques de Barcelona, 2015.

Jorge Herralde, «Josep Janés en su centenario: A dos tintas», Claves de Razón Práctica, n. 233 (marzo-abril 2014), pp. 158-165.

Jacqueline Hurtley, «La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología (Universitat de Barcelona), n. 11-12 (1985-1986), pp. 293-329.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Miqui Otero, «Jorge Herralde, “Los que desdeñan lo divertido necesitan medicación”», entrevista, El Confidencial, 16 de junio de 2014.

Rafa Rodríguez Gimeno, «La risa según Paco Mir» (entrevista), Verlanga, s/f.

Sergio Vila-Sanjuán, «Jeeves y Wooster, la vida es una comedia», Zenda, 1 agosto 2016.

Corréard, el célebre editor antiborbónico que naufragó

Una de las dificultades a la hora de conocer a los editores del siglo XIX y su labor es conseguir una imagen de los mismos. Con suerte, el investigador puede toparse con algún grabado publicado en periódicos de la época, en particular si además de la edición el personaje en cuestión se dedicaba también a la escritura creativa, o a alguna otra profesión que por entonces tuviera algún tipo de glamur. Mucho más raro es toparse con algún que otro editor decimonónico en óleos donde pueda asomar entre algún grupo de escritores o artistas, pero absolutamente extraordinario es el caso del editor que aparece, con todo merecimiento e implacable lógica, en uno de los cuadros más famosos de la historia de la pintura occidental, La balsa de la Medusa de Théodore Géricault (1791-1824).

Alexandre Corréard (1788-1857) se formó como ingeniero geógrafo y en calidad de tal inició el 17 de junio de 1816 el desastroso viaje que, paradójicamente, propició que Géricault le inmortalizara, pues fue uno de los quince supervivientes (de 160 embarcados), cuando la fragata en la que viajaban, La Méduse, encalló ante la costa mauritana el 2 de julio, y uno de los diez que llegó vivo a Francia. Las peripecias de ese naufragio, en el que no faltaron motines, asesinatos e incluso episodios de canibalismo, fueron contadas a menudo y desde el primer momento en detalle, y en tiempos más recientes Arabella Edge la convirtió incluso en novela (The God of Spring/The Raft; en español, en traducción de David León: El naufragio de «La Medusa»). Entre otras versiones, en 1931 Armand Praviel había publicado un relato novelado por entregas en Lectures pour tous con el título La tragédie du radeau de la Meduse, publicado en 1934 en volumen en Flammarion. La primera versión teatral publicada fue la de Adolphe d´Ennery (1811-1899) y Charles Desnoyer (1806-1858), aparecida en Barbré en 1864.

Fue precisamente el hecho de convertir en libro su dramática experiencia lo que hizo que Corréard perdiera su puesto de ingeniero colonial y, como consecuencia de ello, se convirtiera primero en librero y luego en editor (distinción inapropiada para la época). En noviembre de 1817 publicaba a cuatro manos con otro protagonista de su epopeya náutica, el cirujano de a bordo Henri Savigny (1793-1843), el libro no autorizado de larguísimo título Naufrage de la frégate La Méduse, faisant partie de l’expédition du Sénégal, en 1816, que apareció en Hoquet y de la que, en versión ampliada con unas Notes sur le naufrage de La Méduse, del ingeniero de minas y también superviviente del naufragio Charles Marie Brédif (1786-1818), Eymery publicaba ya al año siguiente una segunda edición, en  cuyo pie se indica que puede encontrarse el libro en la Librería de la Minerve Française, de Eymery, en Delaunay y en la librería de Madame Ladvocat, así como en los establecimientos de Treutell & Wutz, en Estrasburgo y Londres.

A esas alturas el escándalo del naufragio y de toda la expedición, atribuible a una pésima preparación y a la ineptitud contrastada de su bisoño capitán, había tomado ya enormes proporciones, en buena medida como consecuencia de la decisión de Savigny y Corréard de mandar una instancia al gobierno francés reclamando indemnizaciones y el castigo de los culpables, sin ningún éxito (después de mucho reclamar, la Marina le pagaría 250 francos, cuando reclamaba 9.000). El escritor y crítico de arte inglés Julian Barnes (n. 1946) atribuye a ese fracaso la decisión de publicar su Naufrage de la frégate La Méduse.

De 1821 es una interesante quinta edición (más bien una refundición) de esta polémica y escandalosa obra –puesto que el gobierno francés pretendía enterrar el asunto del naufragio cuanto antes– en la que aparecen diversos añadidos: Jugement, del oficial de Marina Hugues Duroy de Chaumareys (1763-1841), la Mémoire présenté aux Chambres par M. Corréard, el Procès de M. Corréard, una «Liste des souscripteurs en faveur des naufragés»  y una «Ode sur le naufrage de La Méduse» escrita por Louis Brault (1782-1829) que ya se había publicado en Delaunay en 1818, pero mucho más interesante resulta la inclusión de ocho grabados de artistas diversos, entre los cuales Géricault. En esta edición aparece ya como pie editorial «Chez Corréard Libraire, Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 258».

 

Esbozos de Géricault de los rostros de Savigny y Corréard para “La balsa de la Medusa”.

Pero ya antes de su propio libro con Savingny, Corréard había publicado, como Corréard & Pellicer, algunos títulos que le situaban políticamente a la izquierda, como las Lettres de Henri Saint-Simon [1760-1825] a messieurs les jurés que doivent prononcier sur l´accusation intentée contre lui (1820) o las Chansons. Deixième recueil, de Pierre-Jean de Béranger (1789-1857), que le valieron un escandaloso juicio que llevó al poeta a prisión.

Alexandre Corréard.

Con  su propio nombre publica en 1822 Corréard algunas obras colectivas en las que él mismo participa también como autor, caso de las Mémoires pour servir à l´histoire de la vie privée: du retour et du règne de l´empereur Napoléon en 1815, en el que le acompañan como coautores quien fuera secretario particular del emperador, el barón Alexandre Édouard Fleury de Chaboulon (1779-1835), y el ingeniero agrónomo y publicista suizo Fréderic Lullin de Châteauvieux (1772-1842), a quien se atribuye el texto autobiográfico apócrifo de Bonaparte Manuscrit venu de Sainte-Hélène d´une manière inconnue. Y es el caso también de Qu´est-ce que le Tiers état? precedé de l´Essai sur les privilèges par l´abbé Sieyès… Nouvelle édition augmenté de vingt-trois notes par l´Abbé Morellet, en el que le acompañaban también diversos autores (el impresor Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet, Camille Chabanueau y Emmanuel-Joseph Sieyès).

Sin embargo, en septiembre de 1822 Corréard fue condenado por falsificación (sin pruebas del todo convincentes), lo que dados sus antecedentes conllevaba la pérdida de la autorización para operar como de librero-editor, y de nada le sirvió alegar que había puesto la empresa a nombre de su hermano. Su empresa fue cerrada y durante la venta de sus fondos se le embargaron 80.000 volúmenes; y empezó entonces su labor como editor clandestino.

A. Dumas, padre.

De la confluencia de sus intereses científicos y sus ideas políticas surgió lo más maduro de sus creaciones. Corréard fue uno de los miembros destacados de la organización secreta de los Carbonarios franceses, a los que Alejandro Dumas padre haría célebres con Mohicanos de París (1802-1870), lo que le acarreó muchos problemas con la justicia; de hecho, a lo largo de su vida Corréard acumularía casi ocho años completos en prisión.

Henri Beyle (Stendhal).

En 1825 pone en circulación el Journal des sciences militaires y apenas tres años más tarde el más ambicioso Journal du Génie Civil, des Sciences et des Arts, pero la publicación de numerosos panfletos políticos no dejaron de propiciar encontronazos con la justicia, y el hecho de que su librería se hubiera convertido en centro de tertulia de escritores, artistas y periodistas hostiles a la Restauración borbónica ponía las cosas muy fáciles a la policía, que en numerosas ocasiones registró también su casa particular y en 1828 a punto estuvo de encarcelarlo de nuevo por «poner en circulación una enorme cantidad de panfletos incendiarios». Fueron tiempos difíciles para un hombre que sabía muy bien lo que era encontrarse en una situación límite y salvarse en el último instante.

Como es fácil suponer, participó activamente en los movimientos revolucionarios de 1830 que lograron acabar por fin con los Borbones y casi inmediatamente se le condecoró con la Cruz de la Legión de Honor, cosa que hizo que el gran Stendhal (1783-1842), interpretándolo como un acto de reparación histórica, escribiera al conde de Argout (Antoine-Marie Apollinaire d´Argout, 1782-1858, por entonces ministro de Marina y Colonias en el gobierno de Jacques Lafitte): «Os felicito por la Cruz otorgada al pobre diablo de Corréard y a otros náufragos».

Thédore Géricault, pionero del romanticismo pictórico.

Todavía tuvo tiempo y fuerzas Alexandre Corréard, a sus sesenta años, para presentar candidatura, sin éxito, a las elecciones a diputado en 1848, pero a la vista de los resultados decidió retirarse al pequeño priorato de Basses-Loges, cerca del bosque de Fontainebleau (y a unos sesenta kilómetros de París), donde murió en 1857. Poco después de su fallecimiento se hallaron entre sus pertenencias cuatro acuarelas de Théodore Géricault, el pintor que lo había inmortalizado.

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Fuentes:

Fondation Napoleon, Naufrage de La Meduse, 4 juillet 1816, Fondation Napoleon-Gallica Bibliothéque Numérique, 2016.

Julian Barnes, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, traducción de Maribel de Juan, Barcelona, Anagrama (compactos), 2017.

Julian Barnes, «Géricault: La catástrofe convertida en arte», en Con los ojos bien abiertos, traducción de Cecilia Ceriani, Barcelona, Anagrama, 2018.

Jacques-Olivier Boudon, Les naufragés de La Méduse, París, Belin, 2016.