José Janés y el diseño de una colección canónica

Hubo un tiempo no muy lejano, que no sólo los boomers recordarán bien, en que los apasionados de la literatura eran también amantes de los libros y no se conformaban con tener acceso a esos textos que les emocionaban, les ilusionaban o los reconfortaban, sino que además apreciaban una buena edición, un libro bien impreso sobre papel agradable al tacto, una ilustración de cubierta que dialogara de algún modo con el contenido del texto y una encuadernación que hiciera justicia al valor del libro.

José Janés.

Hubo en aquel entonces muchos editores que buscaron la manera de satisfacer esas preferencias, y entre estos se cuenta en España Josep Janés (1913-1959), en los años treinta (durante la Segunda República) con sus Quaderns Literaris y en avanzados ya los cuarenta (en pleno franquismo) con El Manantial que no Cesa.

¿Qué puede decirse de una colección que entre sus primeros diez títulos cuenta con La Feria de las Vanidades de Thackeray (1811-1863), la Trilogía del vagabundo de Knut Hamsun (1859-1953), La princesa blanca, de Maurice Baring (1874-1945), los Creadores de mundos de André Maurois (1885-1967), Luz de gas de Patrick Hamilton (1904-1962) y títulos de Axel Munthe (1857-949), Jakob Wassermann (1873-1934), Lajos Zilahy (1891-9174) y Charles Morgan (1894-1958)? Cuanto menos y por de pronto, que es bastante indicativa y representativa del gusto de los lectores españoles que se quedaron en la Península en la primera década de la postguerra. Tampoco es baladí en este sentido la relativamente escasa presencia en esta colección de autores españoles entre los primeros cincuenta títulos y el carácter de estos: Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Noel Clarasó (1899-1985), Miguel Vilalonga (1899-1956) y Sebastián Juan Arbó (1902-1984), a los que ya en el segundo año de andadura de esta colección se añaden otros de diverso signo pero, obviamente, siempre entre los que podían ser aceptados por la censura, como Francisco de Cossío (1887-1975), Benjamín Jarnés (1888-1949), Tono (Antonio Lara de Gavilán, 1896-1978), César González Ruano (1903-1965) y Miguel Mihura (1905-1977).

Aun así, y pese a la utilidad que puedan tener estos datos para la sociología de la literatura, más interesante resultan las intenciones y pretensiones expresadas, a medio camino entre el texto de presentación y el manifiesto fundacional, por José Janés en la sobrecubierta, en la que vale la pena detenerse:

Una biblioteca que quiere procurar con la máxima frecuencia, al máximo número de lectores, una nutrida colección de libros escogidos e inmejorable presentación, a un precio mínimo.

MANANTIAL QUE NO CESA va destinada al público que ama los libros, los comenta, los recomienda y los conserva, y sólo adopta la denominación de «colección popular» en el sentido de que quiere llevar al conocimiento del gran público la obra de los escritores más destacados, antiguos y modernos, de la literatura de todos los países.

Se ha establecido una clasificación en trece series para dar cabida en cada una de ellas a libros de una definida y característica especialidad. Cada serie podrá identificarse por la inicial que sigue a cada título en las listas que figuran en las sobrecubiertas. Estas series son las siguientes:

N: Novelas psicológicas

A: Novela de aventuras

M: Novela de misterio

C: Narraciones cortas

E: Ensayos

T: Teatro

P: Poesía

R: Religión y filosofía

B: Biografía y Memorias

CJ: Divulgación científica

CL: Clásicos griegos y latinos

H: Humorismo

AN: Antologías

Esta voluntad de atender o cubrir todos los géneros literarios y cuantas lenguas de partida fuera posible es la misma que ya se advertía en los Quaderns Literaris de los años treinta, en los que con razón pudo señalar Joan Teixidor que se encuentra «el germen de toda la orientación que había de marcar la fabulosa actividad [de Janés] de sus años maduros». También el afán por incluir el mayor número posible de títulos, que hasta cierto punto pone en entredicho el tan mencionado «páramo» en que se encontraba el mercado literario de aquel entonces, es perceptible ya en los Quaderns, que inicialmente se proyectaron con el nombre La Setmana Literària y la voluntad de publicar un título cada siete días. A la altura de 1947, con un catálogo más que nutrido y con la compra reciente de la editorial de José Manuel Lara Hernández (1914-2003) L.A.R.A., Janés estaba en condiciones inmejorables para poder cumplir ese objetivo de largo alcance y que requería disponer de un fondo de calado. Con medio centenar de títulos en el año de su estreno (1947), El Manantial que no cesa cumplió con creces su propósito, aunque a posteriori se pueda discutir hasta la saciedad si los criterios que dieron como resultado esos «libros escogidos» siguen siendo o no válidos, si bien, en caso de de hacerlo, valdrá la pena tener en cuenta también las restricciones impuestas por la censura franquista. Entre tantos títulos es cierto que se cuentan muchos hoy apenas valorados (Ernest Haycox, Hans Rothe o Nikolai Berdiáyev, sin ir muy lejos), pero también, naturalmente, abundan los que todavía hoy son muy leídos y apreciados: Aldous Huxley, Saint-Exupéry, Alba de Céspedes, Katherine Mansfield, Rilke, Dino Buzzati, C.S. Lewis, Wodehouse, Hamsun, Leon Bloy, Saroyan…

También es digno de mención el público al que dice dirigirse la colección, pues resulta de lo más convincente, en la primera década de posguerra, que se dirija «al máximo número de lectores» y que para ello sea una prioridad de primer orden lograr «un precio mínimo».

Con todo, donde con mayor claridad se percibe la personalidad de Josep Janés como editor es en la insobornable voluntad de obtener una «inmejorable presentación», y aquí es oportuno citar a Andrés Trapiello en su Imprenta Moderna, donde describe el excelente trabajo llevado a cabo por Ricard Giralt Miracle (1911-1994) en el diseño: «acaso estemos ante la cubierta más elegante de las que se hicieron para una colección de bolsillo en España, capaz de codearse con cualquiera de las que se hayan hecho en España».

Sin embargo, fuera de contexto esta cita de Trapiello puede resultar engañosa o llevar a equívoco, pues se trata de una colección en formato de bolsillo, sí (10,5 x 17), pero encuadernado en tapa dura y con sobrecubierta, con guardas ilustradas, con el primer pliego impreso a dos tintas, en algunos casos con cinta o punto de lectura en tela…, un diseño del libro como objeto, obra también de Giralt Miracle, que ciertamente responde a la voluntad expresada de limitar su sentido de «colección popular» al hecho de hacerse accesible a todos los bolsillos, pero de ofrecerles un objeto bello, primoroso, equilibrado y cuidado hasta su más mínimo detalle.

Como hiciera también con los Quaderns, la colección buscaba fidelizar a sus lectores mediante algún tipo de «subscripción», que se concreta en los siguientes términos para concluir el mencionado texto de sobrecubierta:

El precio de las obras oscilará según el siguiente prorrateo: 12,50 pesetas por volumen medio de 160 páginas. Cada 32 páginas de texto sufrirán un aumento de 1 peseta.

Aquellos lectores a quienes interese poseer la colección completa de MANANTIAL QUE NO CESA a medida de su aparición y quieran considerarse, por lo tanto, como virtuales subscriptores de la misma, tendrán derecho a satisfacer en diez plazos mensuales el importe de los doce primeros títulos.

Para ello bastará remitir una solicitud al efecto y la cantidad de 56,50 pesetas a cuenta del primer desembolso de 206,50. A la recepción el boletín, le serán remitidos los doce primeros volúmenes, y durante diez meses deberá satisfacer la suma mensual de 15 pesetas, más el importe de las novedades que le serán enviadas a reembolso o por el sistema más conveniente.

Este servicio de venta a plazos se entiende franco de portes y sin recargo alguno.

Lo cierto es que algunos títulos alcanzaron las 45 pesetas (La montaña mágica, de Thomas Mann) o incluso las 55 (Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell), pero siempre quedaba perfectamente justificado por la extensión mucho mayor que la media, y la mayoría de títulos rondaban ese precio de doce pesetas y media.

 Entre 1947 y 1951, pues, el editor que durante la Segunda República fue Josep Janés i Olivé y que con el triunfo del franquismo cambió su nombre a José Janés continuó llevando a la práctica hasta donde las circunstancias se lo permitieron una misma concepción de la tarea y misión del editor de libros, y, de entre las muchas que creó y dirigió, acaso Manantial que no cesa se cuenta entre las que mejor le definen. Siendo mucho el mérito y la trascendencia que tuvo, cuando se mira retrospectivamente, sería injusto recordarla sólo como la colección en que se publicó el primer libro de Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera (1950).

Fuentes:

Jacqueline Hurtley, La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis doctoral, Universitat de Barcelona, 1983.

—«La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología, núm. 11-12 (1985-1986), pp. 293-295.

Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial, 1986.

José Janés, editor de literatura inglesa, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias, 1992.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Joan Teixidor, «En la muerte de José Janés Olivé», Destino, 1228 (21 de marzo de 1959), p. 37.

Andrés Trapiello, Imprenta Moderna, Tipografía y literatura en España, 1874-2004, València, Campgràfic, 2006.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Vicenç Riera Llorca, trabajos editoriales brillantes (y los puramente alimenticios)

Vicenç Riera Llorca.

La que probablemente sea la mejor novela de Vicenç Riera Llorca (1903-1991), Tots tres surten per l’Ozama, tardó más de veinte años en publicarse en su país natal, después de su primera edición en el país que le acogió en su exilio tras la guerra civil española. Inicialmente la publicó en México Avel·lí Artís i Balaguer en su Col·lecció Catalònia en 1946 y, por razones obvias de censura, su aparición en Barcelona se retrasó hasta que en 1967 Edicions 62 la incorporó a su colección El Balancí.

Al concluir la guerra civil, y tras el consabido paso por Francia, Riera Llorca se trasladó a Santo Domingo, donde uno de sus primeros empleos fue como camarero en el café restaurante Hollywood, que, debido a su clientela mayoritariamente estadounidense, contrató asimismo a otros sindicados en la FOSIG (Federació d’Organitzacions Sindicals de la Indústria Gastronòmica) capaces de hablar en inglés. Fue durante esos meses cuando Riera Llorca compartió por primera vez faenas con el caricaturista y pintor surrealista valenciano Toni (Antoni Bernad Gonzálvez, 1917-2011), con quien volvería a coincidir más tarde en la redacción de la revista Confidencias, antecedente en México de las revistas del corazón.

Una vez llega a México, en febrero 1942, Riera Llorca se incorpora al equipo de A. Artís Impresor como corrector de pruebas, trabajo que ya había llevado a cabo a finales de los años veinte en Barcelona, y más tarde seguiría corrigiendo para la Editorial Minerva (donde también tradujo) y en la Imprenta Sícoris.

En cuanto le surge la oportunidad, interviene en la fundación de una editorial, Ediciones Fronda, cuyo recorrido fue más bien breve y trompicado y ya ha sido resumido.

Estaba ya un paso de poder poner en pie las diversas iniciativas editoriales que desarrollaría en México, pero a lo largo de toda la década de los cuarenta no deja de intervenir en todo tipo de aventuras editoriales y ocupándose de las más diversas tareas. Por aquel entonces, por ejemplo, colabora en la fundación de la revista Lletres (1944-1947) con el aún emergente poeta Agustí Bartra (1908-1982), que ese mismo año publicaba su Oda a Catalunya des dels tròpics. Lletres se caracterizó por un grado de exigencia literaria superior a la media de las revistas del exilio, y no es de extrañar que pronto dispusiera de un sello editorial propio (Edicions Lletres), en el que se publicó al ilustrador Xavier Nogués (50 ninots, 1944), Anna Murià (Via de l’Est, 1946), al «sabio catalán» Ramon Vinyes (Pescadors d’anguiles, 1947), al joven hispanomexicano Manuel Duran (Ciutat i figures, 1952) y al propio Riera Llorca (Giovanna i altres contes, 1945), además de, obviamente, diversos poemarios de Bartra.

Vicenç Riera Llorca.

Sin embargo, 1944 es también el año de fundación de una importante revista humorística mexicana que combinaba chistes, caricaturas y poemas satíricos, Don Timorato, en la que Riera Llorca tuvo una participación menos conocida, como dibujante. Ya en los años treinta el polifacético grafómano catalán había dibujado chistes para publicaciones tan distintas como L’Esquella de la Torratxa y Rambla, pero en Don Timorato se unió a una pléyade de espléndidos ilustradores mexicanos que luego tendrían, en algunos casos, dilatadas y exitosas carreras. En esta revista, en cuya fundación intervinieron Ernesto García Cabral (1890-1968), Renato Leduc (1897-1986), Carlos León, Antonio Arias Bernal (1913-1960) y dirigió el ilustrador de libros Héctor de Falcón (1905-1990), sobresalieron como escritores Salvador Novo y el mencionado Leduc, pero la revista se hizo célebre sobre todo gracias a ilustradores como Abel Quezada, Alberto Isaac, Rafael Freyre, Alberto Huici de la Torre, X-Peña, Bismarck Mier, Ram (Héctor Ramírez Bolaños), etc., así como por la presencia de los exiliados españoles Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983) y Lucio López Rey (1904-1957). Por intervención precisamente de Riera Llorca, entró también como colaborador de Don Timorato Avel·lí Artís Gener (1912-2000), que no firmaba las caricaturas con su nombre, probablemente debido a que la revista la financiaba (muy generosamente) Miguel Alemán Valdés con la oculta intención de promover su candidatura a la presidencia de la República Mexicana.

Marilyn Monroe en Confidencias.

Como ya se ha mencionado, en 1946 Riera Llorca coincide de nuevo con Toni cuando se pone al frente de la revista Confidencias, una publicación semanal de gran éxito destinado a las amas de casa (con consejos de belleza, recetas de cocina, biografías de personajes famosos, etc.), en la que colaboraron otros exiliados republicanos españoles, como es el caso de la feminista socialista Matilde Cantos (1898-1987), que firmaba como Márgara Seoane. Asimismo de agosto de 1946 es el único número de la revista Endavant, órgano del MSC (Moviment Socialista de Catalunya), que dirigió Ángel Estivill y del que Riera Llorca fue el único redactor.

Victor Alba.

Sin embargo, dos años después ya está poniendo en marcha una nueva revista de muy distinto signo, Cròniques. Víctor Alba, que completaba el trío de promotores de esta iniciativa con Costa-Amic, la describe del siguiente modo:

Una especie de carta confidencial, impresa en papel biblia, que se mandaba a Catalunya por avión desde diversos puntos de America (gracias a los amigos de S [el propio Victor Alba]. Querían informar sobre la situación internacional, sobre lo que pasaba en España, pero recibieron algunas quejas de destinatarios que tenían miedo y, finalmente, pensando que era muy cómodo hacer oposición desde el exterior, decidieron suprimir Cròniques al cabo de tres números que se habían pagado con aportaciones de cuatro o cinco compañeros.

Pasarán unos años antes de que, en compañía del político, librero y escritor Ramon Fabregat (1894-1985), el escultor y pintor  Josep Maria Giménez Botey (1911-1974) y el político e historiador Josep Soler i Vidal (1908-1999), crearan una de las mejores revistas literarias que pusieron en pie los exiliados republicanos catalanes en México, Pont Blau (1952-1963), que no sólo es una fuente indispensable para aquilatar la literatura catalana de aquellos años, sino que, además de publicar textos explícitamente censurados en España, fue escenario de algunas polémicas importantes; valga como ejemplo la generada por la Antologia de la poesia catalana, 1900-1950, de Joan Triadú (publicada por la Editorial Selecta de Josep Maria Cruzet en 1951), y en la que intervinieron escritores como Pere Calders, Joan Fuster, Antoni Ribera y Rafael Tasis.

No es ocioso añadir ‒porque es indicativo de las intenciones de restablecer el diálogo transoceánico‒ que también de 1952 es la aparición de una revista de nombre con connotaciones muy similares llevada a cabo por el editor Miquel Arimany (1920-1996), en cuyos primeros números, al igual que en Pont Blau, también convergieron escritores de diversas generaciones del exilio (Jordi Arbonés, Agustí Bartra Pere Calders, Josep Ferrater Mora, Domènec Guansé, Odó Hurtado, Rafael Tasis, etc.) con los del interior (Maria Aurèlia Capmany, Josep Maria Espinàs, J.V. Foix, Rosa Leveroni, Manuel de Pedrolo, Carles Riba, Jordi Sarsanedas…).

Apenas tres años después de arrancar la revista aparece el primer libro publicado por quienes la animaban, Unes quantes dones (1955), que reunía diversos cuentos publicados por Odó Hurtado (1902-1965) en Pont Blau y que aparece bajo el sello de Editorial Xaloc. No llegarían a la decena los libros de Xaloc, pero entre ellos se cuentan una joya para los historiadores de la política catalana, Quaranta anys d’advocat, de Amadeu Hurtado (1875-1950), con prólogo de su hijo Odó, quien más tarde publicaría en esa misma editorial su primera novela, L’Araceli Bru (1958).   

Riera Llorca siguió al frente de la revista hasta su desaparición (si bien un año después la relevaba Xaloc, en la que también colaboró), y en cuanto regresó a su país, en 1969 (dos años después de la publicación en Barcelona de Tots tres surten per l’Ozama), relanzó su carrera como escritor y encontró un nuevo público para su obra, con novelas como Amb permís de l’enterramorts (1970), galardonada con los premios Prudenci Bertrana y de la Crítica Serra d’Or, Fes memòria, Bel (1971), Premi Sant Jordi, y Oh, mala bèstia! (1972), entre otras, e interesantísimos libros de evocación y testimonio, como Nou obstinats (1971), El meu pas pelt temps (1979) o, ya póstumamente, Els exiliats catalans a Mèxic (1994).

Fuentes principales:

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Vicente Lloréns, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.

Las primeras traducciones de obras de Mercè Rodoreda

Es muy probable que cuando en 1971 apareció en la prestigiosa Gallimard la traducción francesa de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda (1908-1983), nadie recordara el tenue y muy fino hilo que la vinculaba con la primera traducción de un texto rodorediano al francés, que propició, indirectamente y de lejos, el mismo Gaston Gallimard (1881-1975).

Mercè Rodoreda en Barcelona.

Ciertamente, ya durante la guerra, el 27 de abril de 1938, se publicaba en francés el cuento de Rodoreda «Els carrers blaus», que había aparecido originalmente en número inicial de Companya. Revista de la dona, fechado el 11 de marzo de 1937,que dirigía la pedagoga de origen navarro Elisa Úriz Pi (1893-1979).

Esta primera versión de un texto rodorediano vio la luz en la revista francesa Marianne, que poco después le publicaría también «En una nit obscura» (en la página 10 del número del 29 de marzo de 1939), que previamente había aparecido en catalán en la Revista de Catalunya (número 82, del 15 de enero de 1938): Por cada una de estas traducciones iniciales Rodoreda percibió doscientos francos franceses de aquel entonces. A éstas seguirían, ya unos años más tarde, la traducción al inglés uno de los sonetos que le premiaron en los Jocs Florals celebrados en Londres el 11 de septiembre de 1947 (un soneto de «Embaladit estol d’ombres acollidores» que se publicó en la revista ADAM International Review, en traducción de Joan Gili i Serra) y, de nuevo al francés, la del poema «Penélope», incluido en el sexto número de Le Journal des Poètes (de 1949), y vertido al francés por la filóloga belga Émilie Noulet (1892-1978), quien hacía apenas un par de años se había casado con el poeta catalán Josep Carner (1884-1970).

Mercè Rodoreda en el exilio.

Marianne, cuyo nombre evoca inequívocamente al símbolo de la república francesa por antonomasia, era una revista pacifista, antifascista y de izquierda que se presentaba con un punto de arrogancia como «l’hebdomadaire de l’élite intellectuelle française et étrangère», lo que puede contribuir a plantear la cuestión de hasta qué punto pertenecía ya entonces a la élite la jovencita Rodoreda, cuyos credenciales se limitaban a cuatro novelas breves de género (Soc una dona honrada?, 1932; Del que hom no pot fugir, 1934; Un dia en la vida d’un home, 1934, y Crim, 1936), pues hasta 1938 no aparecería Aloma, que había obtenido el Premi Joan Creixells de narrativa que convocó el Ateneu Barcelonès en 1937. Esto bastaría para que en las páginas de Marianne se la describiera, quizá en un exceso de ampulosidad, como «Gran Prix des Lettres Catalanes». El nombre de Rodoreda aparecía en el mismo número que, por ejemplo, los de Hugh Walpole (1884-1941), Albert Sérol  (1877-1961) o Erich Maria Remarque (1898-1970), de quien se publicaban fragmentos de Tres camaradas traducidos al francés por Marcel Stora (conocido sobre todo por sus traducciones de Nabokov).

Emmanuel Berl.

En cualquier caso, ese inicial vínculo entre la joven escritora barcelonesa y el poderoso editor parisino se estableció, a través de diversos vericuetos, mediante el periodista, editor e historiador Emmanuel Berl (1892-1976), quien en 1933 había escrito para Gallimard Histoire vrai d’un Prix de beauté, donde narraba los entresijos del premio de belleza que había obtenido Valentine Tessier y que fue un fiasco. Cuando Gallimard se propuso crear una publicación periódica capaz de competir con la exitosa Candide lanzada en 1924 por el editor Arthème Fayard, pensó enseguida en Berl, según cuenta Pierre Assouline en su biografía de Gaston Gallimard:

 Berl, de cuarenta años, es un producto puro de la burguesía israelita parisina. Procedente de una familia de industriales y universitarios, emparentada con los Proust, los Bergson y los Franck, está perfectamente integrado, ignorando cualquier religión y es clemecista. Está muy ligado a Drieu La Rochelle, con quien crea, publica y redacta en 1927 Les derniers jours, un bimensual cuyo depositario es la Librería Gallimard, pero que se acaba con el séptimo número. Malraux también es amigo suyo, y es quien le apartó de Grasset para llevarlo a Gallimard.

Cuando Gaston le propone crear Marianne sobre el modelo de Candide, Berl expresa una concepción un poco diferente: le gustaría hacer el periódico solo o casi solo; sería una especie de Cahiers de la Quinzaine del que él sería el nuevo Péguy. Es ambicioso pero poco realista si se tiene en cuenta el prestigio y la obra de Péguy en comparación con la de Berl. Gaston lo convence de que piense más bien en un periódico de periodistas, con fotos, artículos, informaciones, críticas y mucha publicidad para la NRF [la Nouvelle Revue Française de Gallimard].

Gaston Gallimard.

Después de meses de preparación del proyecto codo a codo con André Malraux (1901-1976), el semanario sale a la venta por primera vez el 26 de octubre de 1932 con fragentos de Pilot de ligne, de Antoine de Saint-Exupéry como atractivo principal y con colaboraciones de los nombres principales vinculados a la editorial Gallimard (Edouard Bourdet, Marcel Aymé, Pierre Mac Orlan, Georges Duhamel, Malraux…). En definitiva, y según lo interpreta Bernard Laguerre, la idea de Gallimard era proporcionar a sus autores un espacio en el que poder expresarse sin tener que recurrir a periódicos o revistas de la competencia. Sin embargo, y tras alcanzar unas tiradas de hasta 120.000 ejemplares, a la altura de 1936 estas habían descendido a la mitad, de modo que Gallimard logró que el 15 de enero de 1937 la revista fuera comprada por una sociedad anónima financiada por el empresario Raymond Patenôtre (1900-1951), que había sido ministro de Economía en el gobierno de Léon Blum, y pasara a dirigirla el fotógrafo y editor Lucien Vogel (Lucienne Martin Hermann, 1886-1954).

Mercè Rodoreda.

Vogel ya había puesto de manifiesto tanto su vehemente antifascismo como su compromiso con la legalidad republicana española en un proyecto anterior, la revista Vu, donde el protagonismo lo tenían sobre todo los fotomontajes y en la que se reivindicó sin ambages la intervención militar francesa en España para contribuir así a detener el avance del fascismo por Europa. En Marianne, sin embargo, el cambio más importante que introduce es de carácter estético, dándole una apariencia de revista y haciéndolo crecer primero de dieciséis a veinticuatro páginas y posteriormente a treinta y dos, introduciendo en junio de 1937 las primeras portadas fotográficas a color y, en cuanto al contenido, potenciando las secciones más específicamente culturales.

No obstante, las tensiones tanto políticas como financieras propiciaron que a finales de ese mismo año Vogel abandonara el proyecto.

La siguiente traducción de Rodoreda, en ese caso al inglés, se enmarca en un número especial de ADAM. International Review dedicado a la literatura catalana («Writers of Catalonia»), que incluye también traducciones de piezas breves o fragmentos de Joan Alcover (1854-1926), Pere Calders (1912-1994), Víctor Català (Caterina Albert, 1866-1969), J.V. Foix (1893-1987), Rosa Leveroni (1910-1985),  Josep M. López Picó (1886-1959), Marià Manent (1898-1988), Joan Maragall (1860-1911), Josep Pijoan (1879-1963), Josep Pla (1897-1981), Carles Riba (1893-1959) y Jacint Verdaguer (1845-1902), en versiones de, además de Gili i Serra (que se ocupa también de las traducciones de Foix y Riba y que muy probablemente fue el promotor de la iniciativa), Jack Lindsay, Kathleen Nott, Carles Pi i Sunyer, Nuria Pi i Sunyer, etc.

El origen de ADAM (acrónimo de Arts, Drama, Architecture y Music) está en un periódico que había fundado en 1929 en Bucarest el periodista y editor Miron Grindea (1909-1995), que en 1939 se había establecido en Londres (como Gili i Serra unos años antes) y dos años después reemprendía la publicación de la revista, tras haber establecido amistad con intelectuales británicos como Cecil Day-Lewis, T.S. Eliot o Stephen Spender con quienes, como Gili i Serra, coincidía en la BBC. La lista de colaboradores de ADAM en aquellos años, muchos de ellos emigrantes que huían del nazismo, es impresionante y abarca desde Thomas Mann y Georges Bernard Shaw hasta Picasso, Stefan Zweig, H.G. Wells, Marguerite Yourcenar, Samuel Beckett o Lawrence Durrell, pero las restricciones a la circulación de papel como consecuencia de la guerra mundial conllevaron una nueva desaparición provisional de la revista hasta 1946, que fue la etapa en la que se publicó el número dedicado a la literatura catalana que incluía los poemas de Rodoreda.

El 6 de julio de 1949, acompañada de un esbozo biográfico de la autora, se publica en la revista de Bruselas Le Journal des Poètes el poema «Penélope», que Rodoreda incluiría en el Món d’Ulises y que en 1948 había aparecido ya en México en La Nostra Revista. Creada en 1931 por un comité editorial formado por Pierre Bourgeois, Maurice Carême, Georges Linze, Norge y Edmond Vandervammen, al que luego se incorporaría el poeta y pintor Pierre Louis Flouquet (1900-1967), Le Journal des Poètes había abandonado la iniciativa de publicar algunos libros y antologías y se había reafirmado por entonces como uno de los puentes más sólidos entre la cultura francesa y la belga. Cuando se incluye a Rodoreda, la publicación la dirigía Jean Delaet y se había incorporado ya como lema de la revista el «¡Poetas de todos los países, uníos!». El poema, aparecería ese mismo año incluido en Món d’Ulises, publicado en ciclostil en París por Armand Vidal en el volumen Jocs Florals de la Llengua Catalana: Any XC de llur restauració, y casi simultáneamente en las revistas de Buenos Aires Ressorgiment y Germanor y en la mexicana La Nostra Revista.

De todos modos, el primer libro de la versátil escritora catalana traducido al español no se publicaría hastavarias décadas después, 1965, en la colección El Puente que Guillermo de Torre (1900-1971) dirigía para Edhasa y en traducción de Enrique Sordo (1923-1992), La plaça del Diamant, y dos años después aparecería la versión inglesa firmada por Eda O’Shiel, al tiempo que se publicaba un fragmento de la misma obra en francés en Europe: Revue Mensuelle, debido a Jean Pierre Verdaguer. En el caso de la ya mencionada Aloma, no aparecería en español hasta 1971, en traducción de Joan Francesc Vidal Jové (1899-1974) y en la editorial Al-Borak, pero previamente (en 1969) se había publicado en la editorial Polígrafa la traducción de José Batlló de La meva Cristina y altres contes (además de algunos cuentos de este volumen en checo en Svĕtová literatura, traducidos por Vladimír Hvízd’ala).

Fuentes:

Fuentes:

Pierre Assouline, Gaston Gallimard. Medio siglo de edición francesa, prólogo de Rafael Conte, traducción de Ana Montero Bosch, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim (Debates 3), 1987.

Maria Campillo, ed., AA.VV., Contes de guerra i revolució, Barcelona, Laia, 1981, vol. II.

Sophie Kurkdjian, «L’engagement de l’éditeur de presse Lucien Vogel, de Vu à Messidor», en Anne Mathieu y François Ouellet, dirs., Journalisme et Littérature dans la gauche des années 1930, Presses Universitaires de Rennes, pp. 43-53.

Laguerre Bernard Laguerre, «Marianne et vendredi: deux générations?», Vingtième Siècle, revue d’histoire, núm. 22 (abril-junio de 1989) «Les generations», pp. 39-44.

Josep Mengual, «Una aproximación a la historia de las traducciones rodoredianas», Vasos comunicantes, núm. 40 (otoño de 2008), pp. 13-19.

Caer y levantarse: Urbain Canel, el editor de los románticos franceses

Si bien suele tomarse 1827 como el año fundacional del romanticismo en Francia, debido al carácter de manifiesto que se atribuye al prefacio al Cromwell de Victor Hugo (1802-1885), es evidente que el romanticismo, o cuanto menos la sensibilidad característica del romanticismo, llevaba años gestándose y creciendo y, retrospectivamente, sus expresiones artísticas pueden ser vistas como ejemplos de «prerromanticismo». En esos años previos al escándalo del estreno de Hernani, asimismo de Victor Hugo, se forjó como librero y editor Urbain Canel (1789-1867), famoso por los pequeñitos volúmenes que editaba con esmero sobre buen papel y hacía encuadernar con refinado gusto. Y también por sus frecuentes inversiones ruinosas de las que, de un modo u otro, siempre conseguía rehacerse..

 Canel había nacido en Nantes y, en 1816, como consecuencia del abandono del hogar por parte del cabeza de familia en 1803, su madre no tardó en trasladarse con sus tres hijos a París, donde, gracias a su buena formación, el joven Canel encontró un primer empleo como tenedor de libros (contable) en un comercio dedicado a la venta de flores artificiales y plumas destinadas a engalanar a las mujeres de la alta burguesía, de la que con el tiempo se convertiría en socio. Sin embargo, ya en septiembre de 1822 está fechada su primera petición de licencia de Canel para establecerse como librero en la capital francesa, que se le concede a finales de ese mismo año.

Casi inmediatamente se asocia con el escritor Jean-Marie-Vincent Audin (1793-1851), que había llegado a París en 1815 después de pasar una breve temporada en prisión por sus opúsculos políticos, y en 1823 publican gracias a la imprenta de Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet la Histoire de l’administratiom du royaume d’Italie pendant la domination française, de Frederic Coraccini (seudónimo de Giuseppe Valeriani, ¿1765?-1856), traducida por Charles Jean Lafolie (1780-1824), y Guide du voyageur en France, que Audin firma con el su seudónimo Richard. Más interesantes, sin embargo, resultan dos obras que imprime para ellos Thomas François Rignoux y se publican ese mismo año, obra de quien sería uno de los grandes nombres del romanticismo francés, Alphonse de Lamartine (1790-1869): Nouvelles méditations poétiques y Lettre de M. Alphonse de Lamartine à M. Casimir Delavige, qui lui avait envoyé son «École des viellards».

No obstante, lo que acabó por convertir a Canel en uno de los personajes importantes del movimiento que empezaba a hervir en aquellos años fue la dirección de las Tablettes romantiques, que apenas se publicaron durante un año (1823) pero reunieron en sus páginas, además de a los ya mencionados Victor Hugo y Lamartine, a François René de Chateubriand (1768-1848), Felicité Robert de Lamenais (1782-1854), Charles Nodier (1780-1844) y Alfred de Vigny (1797-1863), entre otros (entre los cuales el hermano de Victor Hugo Eugène). De hecho, Canel rebautizó la publicación como Annales romantiques. Recueil de morceaux choisis de littérature contemporaine y le dio un nuevo impulso hasta el punto de convertirlo en el más serio rival del veterano Almanach des Muses (1765-1833), que por entonces dirigía el dramaturgo Justin Gensoul (1781-1848).

Tras una asociación en 1824 con el traductor bretón François Marie Maurice Le Gonidec (1775-1838) para publicar dos obras de Louis-Antoine-François de Marchangy en seis volúmenes cada una de ellas, La Gaule poétique y Tristan le voyageur, ou la France au XVIe siècle, de 1825 son las ediciones en colaboración con el jovencito Honoré de Balzac (1799-1850) que no tardarían en llevarle a la ruina, pero también la novela anónima, obra de Balzac, Wann-Chlore (publicada en asociación con Augustin Delongchamps en cuatro volúmenes en septiembre), el poema en seis cantos de Jacques François Ancelot (1794-1854) Marie de Brabant y dos obras de Lamartine, Chant du sacré ou la Veille des armes (en asociación con los hermanos Baudouin) y Épitres (de nuevo con Audin).

Del año siguiente, en que parece que rompe su asociación con Audin, son los Poèmes antiques et modernes, de Alfred de Vigny, y Bug-Jargal, de Victor Hugo, y de 1827 otro libro igualmente interesante, Armance, ou quelques scènes d’un salón de Paris en 1827, que aparece como anónimo pero fue escrito por Marie-Henri Beyle (1783-1842), quien más tarde se haría célebre con el seudónimo Stendhal y a quien Canel le publicaría Le rouge et le noir asociado a Levavasseur.

1826 es el año de su primera gran ruina, pero no tarda en reponerse de ella y publicar en 1929 los cuatro volúmenes de la novela de su buen amigo Honoré de Balzac Le Dernier Chouan ou la Bretagne en 1800. Al año siguiente se asocia a Levavasseur para publicar los Contes d’Espagne et d’Italie, de Alfred de Musset, y una novela firmada como «un jeune célibataire» que no era otro que Balzac titulada Physiologie du mariage ou méditations de philophie éclectique, sur le bonheur et le malheur conjugal. En 1830, con su propio sello, aparece otro libro del máximo interés: la traducción en verso de Alfred de Vigny de la tragedia de Shakespeare Le More de Venise, Othelo.

En esos años se asocia también Charles Gosselin para publicarle a Balzac su «roman philosophique» La peau de chagrin, entre otros libros, y con Adolphe Guyot para publicar a Eugène Sue (1804-1857) La Coucaratcha (1832), en dos volúmenes, y Cécile (1834), a Victor Hugo su Étude sur Mirabeau (1834), etc. Por lo visto, las ventas de estos libros eran pésimas, y diversas circunstancias propiciaron que Guyot acabara en la cárcel incapaz de saldar sus deudas. Por el contrario, el gran éxito de esta asociación fue el libro Contes bruns par une [viñeta de Tony Johannot de una cabeza invertida], una antología de cuentos que en su primera edición apareció como anónima, pero que en la segunda ya se mencionaba a sus autores: Philarète Chasles (1798-1873), Charles Rabou (1803-1871) y Honoré de Balzac. En 1841 este título ocupó un lugar de honor en el Índice de libros prohibidos. Canel tuvo un poco más de suerte que Guyot y conservó la libertad, pero la ruina lo dejó de nuevo fuera de combate.

Abandonó el «negocio» librero y se convirtió de nuevo en contable para una gran empresa de comercio, y cuando se postuló para un puesto de vendedor ambulante en la Direction de la Librairie le fue denegado. Falleció en diciembre de 1867 en su domicilio parisino.

Fuentes:

Jean-Paul Fontaine, «Urbain Canel (1789-1867), oublié et rare», Histoire de la Bibliophilie, 2 de enero de 2017.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Enrique Sordo, prolijo y polifacético trabajador editorial

Sin pretenderlo, el escritor, crítico literario y traductor Enrique Sordo (1923-1997) se convirtió en 1983 en uno de los ejes de la polémica que suscitó el traductor Jordi Arbonés (1929-2001) cuando, como miembro de Obra Cultura Catalana, afeó a la Editorial Sudamericana desde las páginas del Diario de Barcelona, que en ningún lugar visible se mencionara que su edición de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda (1908-1983), era una traducción del catalán. Es posible que eso contribuyera a que algunas de las traducciones de esta obra de Rodoreda a otras lenguas se llevaran a cabo a partir de la traducción de Sordo, en lugar de siguiendo la versión original.

Enrique Sordo Lamadrid (1923-1997).

Para entonces, Sordo tenía ya una amplísima carrera, iniciada en su Cantabria natal en las páginas de la muy modesta revista santanderina Novus, creada en 1942 y en la que colaboraban también entre otros, el poeta Carlos Salomón (1923-1955) y el músico antifranquista Eduardo Rincón (n. 1924), pero del que se mecanografiaban apenas una copia para cada uno de los colaboradores y que desapareció ese mismo año.

Más empaque y trascendencia tuvo la revista Proel, para la que el mismo Sordo obtuvo el apoyo de su amigo el jefe provincial del Movimiento, Joaquín Reguera Sevilla, a cambio de que pudiera ser él quien designara al director (que fue Pedro Gómez Cantolla, subjefe provincial). Fundada en abril de 1944 como revista de poesía, al cabo de poco más de un año Proel empezó ya a publicar libros y, tras un parón en 1945, al siguiente abrió una segunda etapa en que acogió también obra gráfica, prosa y ensayo literario hasta su desaparición en 1950.

El primer poemario de Sordo, La prometida tierra, apareció en volumen precisamente en la editorial de la revista con una tirada de quinientos ejemplares y una viñeta de otro miembro del grupo Proel, el pintor y poeta José Luis Hidalgo (1919-1947), que ya había creado obra gráfica para las Olimpiadas Populares que debían celebrarse en Barcelona en 1936, y de quien Enrique Sordo había reseñado el poemario Raíz en el cuarto número de Proel. Poemas de este libro habían aparecido también en Fantasía, revista editada por la Delegación Nacional de Prensa franquista. 

Sin embargo, antes de la aparición de La prometida tierra, Sordo había leído ya algunos de sus poemas el 5 de abril de 1945 en la inauguración del Saloncillo de Alerta, el periódico que en 1937 creó la Falange Española para sustituir el liberal republicano El Cantábrico (1895-1937). E incluso figuró Sordo como director de la muy efímera revista Pobre hombre (dos números), que se definía como «órgano paupérrimo de las letras desamparadas» y acogió colaboraciones de José Hierro (1922-2002), entre otros.

Asentado en Barcelona, orienta luego Sordo su carrera hacia el periodismo cultural y la crítica literaria, en diversas iniciativas del republicano Manuel Riera Clavillé (1918-2007). En este sentido, destaca su participación en la redacción de Revista. Semanario de actualidades, artes y letras, que se estrenó en abril de 1952 con una cabecera diseñada por Salvador Dalí y donde Sordo se gana una reputación de informado y concienzudo crítico teatral, al lado de Juan Francisco de Lasa (1918-2004), que se ocupa de cine, Juan Eduardo Cirlot, que se ocupa de la crítica de arte, o Rossend Llates (1899-1973), a cuyo cargo estaba la crítica musical. Se mantuvo en ese puesto cuando en 1960 pasó a llamarse Revista Granvía, y posteriormente, a partir de 1962, Revista Europa. En los años cincuenta, además de ser uno de pioneros de la revista El Ciervo, creada en 1951, fue también jurado del Premio Ciudad de Barcelona, en la categoría de teatro, colaboró desde mediada la década en La Vanguardia y, al iniciarse en 1962 la segunda época de El Español, con Mauro Muñiz como redactor jefe, Sordo se ocupó de la crítica de libros. Lo mismo haría un poco más adelante en La Estafeta Literaria.

Por el camino, tuvo tiempo de adquirir protagonismo también como uno de los promotores en 1956 de los Premios de la Crítica, que en 1957 se resarcieron de haberse estrenado premiando La Cátira de Camilo José Cela (1916-2002) otorgando el premio a El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019).

De finales de los cincuenta es su participación en el primer volumen de la Antología de las mejores novelas policíacas que firmó con el también periodista Carlos Fisas (1919-2020) y publicó la editorial Acervo (a partir de 1958 se editaron por lo menos dieciocho volúmenes). Con un sentido laxo del término policíaco, reunieron obras de Conan Doyle, Chesterton, Agatha Christie, George Simenon, Oppenheim, William Irish, etc.

De ese mismo 1958 es la publicación de la que acaso sea su primera obra como traductor, La playa y otros relatos, de Cesare Pavese, que publicó Seix Barral en su mítica Biblioteca Breve, a la que siguió, firmada con Rafael Manzano, la de Los toros. Fiesta española, de Jacques Leonard, que publicó la Editorial Barna.

A caballo entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, Sordo fue un prolífico generador de libros con clara vocación comercial, como es el caso de Arte español de la comida (1960), para Barna, una «selección y adaptación» de Cien famosas novelas (1960) para la Editorial de Gassó Hnos. (que se reedito en 1963), Los sueños (1962) y Hemingway, el fabuloso (1962), para la Enciclopedia Popular Ilustrada de Ediciones G.P. (a la que puede añadirse una biografía de Sara Bernhardt para la colección Pulga) o Al-Andalus, puerta del paraíso (1964), para Argos, entre otros muchos libros de diverso tema y tipo. Preparó también una selección de fábulas de Esopo, con Ramon Conde, y una adaptación de El Quijote que publicó el Instituto de Artes Gráficas en 1963 y 1964 respectivamente, en el caso de la obra cervantina con ilustraciones de Vicente Segrelles.

Para la ya mencionada Argos firma en esos años diversas traducciones del francés, en particular de libros sobre arte y artistas (Marcel Brion, André Salmon, Pierre Daninos, Georges Charensol…). Con estos antecedentes, no deja de resultar un poco sorprendente que fuese la persona elegida por Edhasa para traducir La plaça del Diamant al español, que salió en la colección El Puente en 1965.

No obstante, mucho más asombrosa resulta la enorme cantidad de traducciones que en los años setenta y ochenta, sin abandonar su dedicación a la crítica literaria, firmó Enrique Sordo, de las más diversas lenguas y en algunos casos de obras que no era la primera vez que se publicaban en español: del italiano: Itinerario de la novela picaresca, de Alberto del Monte, en 1971; del francés: Yo descubro el arte, de Pierre Belvès, en 1973; La Italia de los secuestrados, de Jean Lesage, en 1978; Esté o no esté, de Rafaël Pividal, en 1979; La reconversión, de Vladimir Volkov; El malhechor, de Juilen Green, en 1980 y al año siguiente, del mismo autor, Leviatán; Residente privilegiada, de María Casares, en 1981, Pescador de Islandia, de Pierre Loti, La noche del decreto, de Michel del Castillo en 1982…; del inglés: El factor humano, de Graham Greene, en 1979; Los demonios de Loudun, de Aldous Huxley, en 1980; Luz de agosto, de Faulkner, también en 1980, etc.; del catalán: Tiempo de cerezas, de Montserrat Roig, en 1979, y de la misma autora La hora violeta en 1980; Adiós, buen viaje, de Marta Balaguer en 1984; Acto de violencia, de Manuel de Pedrolo en 1987 … y a eso añádanse otros trabajos editoriales, como prólogos (a una edición de Cumbres borrascosas de Los Libros de Plon o a la Antología poética del no menos prolijo trabajador editorial Fernando Gutiérrez para Plaza & Janés en 1984, por ejemplo), la dirección editorial de la Enciclopedia universal de Nauta en 1982 y además obras propias (Cómo conocer la cocina española en 1980, España, entre trago y bocado en 1987, la guía turística sobre San Vicente de la Barquera y Comillas para Librería Estudio en 1987…).

No es del todo extraño que eso suscitara dudas, suspicacias y recelos.

Ediciones, traducciones y universalidad de Terra Baixa

El protagonista de la obra teatral de Àngel Guimerà Terra Baixa, Manelic —que se ha interpretado como un remedo de «el buen salvaje roussoniano» y como el único que se atreve a enfrentarse al poderoso terrateniente y subvertir así el orden establecido—, es quizá el arquetipo más poderoso que ha legado la dramaturgia catalana decimonónica al teatro universal.

Página de créditos de la primera edición en catalán de Terra Baixa.

La obra, que se había estrenado inicialmente en Madrid a finales de noviembre de 1896 en traducción de quien sería sorprendente Premio Nobel de Literatura José de Echegaray (1832-1916), subió por primera vez a las tablas en la lengua en que había sido escrita el 7 de febrero de 1897 en el Teatre Principal de Tortosa y a cargo de la compañía de Teodor Bonaplata (1841-1904), quien después de haberse dedicado con ahínco y éxito al teatro de Frederic Soler (1839-1895), había interpretado ya otras obras de Guimerà, como Mar i cel en 1888, Rei i monjo en 1890 o Ànima morta en 1892.

Primera edición de las Poesías, de Guimerà, con prólogo de Josep Yxart.

Del mismo año del estreno en Madrid existe una edición de Florencio Fiscowich y Díaz de Antoñana (1851-1915), que desde 1879, al casarse con María Loreto Gullón, gestionaba la empresa Hijos de Alonso Gullón, y que con el tiempo se convertiría en el líder en el ámbito de la edición de zarzuelas y se haría célebre por sus leoninos contratos con los autores. Pero lleva asimismo pie de ese año la de la también madrileña Sucesores de Rodríguez y Odriózola, que edita la misma traducción.

Como es lógico tratándose de Guimerà, la primera edición de Terra Baixa en catalán corrió a cargo de la Imprenta de la Renaixensa, que era resultado de un movimiento de promoción de la cultura catalana que ya se había puesto de manifiesto con la creación de la efímera revista La Gramalla. Setmanari Català (1870) y sobre todo con la más longeva revista La Renaixensa. Periodich de literatura, ciencia i arts (1871-1880), de la que en 1873 Guimerà se había convertido en jefe de redacción y que luego dirigiría hasta 1903.

Enric Borràs (Manelic) y Margarita Xirgu (Marta).

Manuel Llanas sintetiza, en el volumen dedicado al siglo XIX de su imprescindible L’edició a Catalunya, el nacimiento de esa imprenta del siguiente modo:

Empezó a funcionar en 1873 tanto para satisfacer las necesidades propias [de la revista] como para cumplimentar encargos externos. Situada en la calle Xuclà, pronto especializada en la producción de textos en catalán y abierta hasta 1938, esta imprenta la fundan cuatro socios, tres en calidad de capitalistas (Pere Aldavert, Àngel Guimerà y Iu Bosch) y uno de industrial (Tadeu Monge).

Tras una primera etapa en que se ocupaba básicamente de la revista, a partir de 1893 la imprenta subsiste precisamente gracias sobre todo a la edición de obras teatrales de Guimerà, que ya en 1879 había publicado en ella Gala Placídia y que por entonces se había convertido en todo un fenómeno mediático.

Indicativo del resonante éxito de la obra es que ya el 17 de mayo de 1897 Joaquim Montero Delgado (1869-1942) estrenara en el Teatre Romea una parodia de Terra Baixa con el título Riera Baixa (y que se publicó en la Tipografia La Académica). Es poco conocida la primera versión operística, con partitura de Fernand La Borne y libreto de Paul Ferrier y Lous Tiercelin, titulada La catalane y estructurada en cuarto actos y un prólogo. Sin embargo, lo que por lo menos en un primer momento le dio un impulso internacional fue precisamente el estreno el 15 de noviembre de 1903 en Praga de Tiefland, una adaptación operística con música del compositor escocés Eugen d’Albert y libreto del escritor austríaco Rudolf Lothar (1865-1943), que constituyó además el primer gran triunfo de D’Albert y ese mismo año la publicaba en Berlín Bote und Bock, en Leipzig Peters Verlag y en Zürich Apollo. La adaptación catalana, publicada por Alvar Verdaguer en 1910, corrió a cargo del musicólogo y célebre traductor de Wagner Joaquim Pena (1873-1944).

Esas versiones propiciaron la publicación en 1907 de la obra de Guimerà en checo, traducida por Antonin Pickhart y editada por Máj, y de ese mismo año es la primera adaptación cinematográfica, dirigida que dirigió Fructuós Gelabert (1874-1955) con la compañía del Romea —Emilia Baró (1882-1964), Miquel Sirvent (¿?-1930), Maria Llorente y Enric Guitart (1863-1933)…— y que obtuvo un resonante éxito tanto de crítica como de público.

Sin embargo, ya en 1903 se había estrenado en Broadway Marta of the Lowlands, la versión inglesa de la obra, con Corona Riccardo (1878-1917) en el papel de Marta, a quien luego sustituiría Fernanda Eslicu (1888-1968), que luego tendría un cierto papel en el cine de la época. Tras este arranque, tanto Terra Baixa como otra de las más conocidas obras del dramaturgo catalán, Maria Rosa, iniciaron una presencia continuada del teatro de Guimerà a lo largo y ancho de los escenarios estadounidenses, así como en los de Canadá.

Primera edición en Doubleday.

En 1909 se publica la versión italiana de la ópera de Eugen d’Albert, con el título Terra bassa: dramma lirico in un prologo e due atti y firmada por F. Fontana, y al año siguiente la traducción al ruso de la obra teatral, a cargo de Isaac Pawlosski y A.E. Nikifotaki, en San Petersburgo. Ese año, en un homenaje de la ciudad de Barcelona al dramaturgo celebrado el día de San Jordi, interviene en una puesta en escena de Terra Baixa la legendaria actriz Margarita Xirgu (1888-1969). Pero más importante es sin duda el estreno en 1913 de Tierra baja, la versión cinematográfica argentina dirigida por Mario Gallo (1878-1945) y protagonizada por Pablo Podestà (1875-1923), que se producía cuatro años después del estreno teatral en ese país.

De 1914 es la primera gran versión cinematográfica, dirigida por el pionero J. Searley Dawley (1877-1949), que entonces ya se había hecho famoso como el primer adaptador de Frankenstein a la gran pantalla, con Bertha Kallich (1874-1939) y Wellington A. Playter (1879-1937) en los papeles principales. Ese mismo año, en Nueva York Doubleday and Page Co. publica una versión de la obra teatral firmada por Wallace Gilpatrick (guionista para Cecil B. DeMille de Maria Rosa) y hecha a partir de la versión de Echegaray, precedida de una introducción del dramaturgo John Garret Underhill (1876-1946), traductor a su vez de Jacinto Benavente y Gregorio Martínez Sierra. Era el octavo volumen de la luego prestigiosa colección Drama League (con Victorien Sardou, Thomson Buchanan, Gerhart Hauptmann, etc.)

Guimerà con los actores de Terra baixa con motivo del homenaje que le dedicó la ciudad. A su derecha, en el suelo, la Xirgu.

Antes de morir, y mientras las ediciones en catalán y en español se sucedían sin pausa, Àngel Guimerà aún tendría ocasión de ver estrenada en 1923 la primera versión cinematográfica en alemán, producida por los Wiener Studiofilm y dirigida por Hans Rhoden y Friedrich Rosenthal con Marie Marchal en el papel de Marta y el prolífico Anton Endhofer (1883-1971) en el de Manelic, así como, al año siguiente, la versión cinematográfica de la ópera, dirigida por Adolf Edgar Licho (1876-1944) y con Lil Dagover (1887-1980) en el papel de Marta.

Durante la guerra civil española Terra Baixa fue llevada a las tablas en diversas ocasiones, quizá porque permitía hacer una relectura del enfrentamiento entre el terrateniente y el pastor, ante la inacción de los campesinos. En Barcelona, por ejemplo, no se interrumpió su habitual presencia en los escenarios, y el 15 de agosto de 1936 Enric Borràs (1863-1957) sigue interpretando a Manelic con su compañía en el Poliorama, la repone en noviembre de 1937 (cuando pasa a llamarse Teatre Català de la Comèdia) y durante el verano de 1938, e incluso la interpreta en castellano en el Partenón a finales de noviembre de 1938; en Madrid, Enrique Martí la puso en escena en el Teatro Libertad en el verano de 1937 y el 19 de marzo de 1938 la montó la compañía de Pepe Romeu (1900-1986).

Por otra parte, la versión cinematográfica más célebre de Terra Baixa en alemán es la dirigida en 1940 por Leni Riefenstahl, realizada también a partir de la ópera de D’Albert, en la que ella misma encarnó a Marta y seleccionó a los extras entre los presos gitanos del campo de Auschwitz para contar con rostros de aspecto mediterráneo, pero esta versión, absurdamente flamencoide, no pudo estrenarse hasta 1954. Anterior, de 1951, es la versión cinematográfica mexicana dirigida por Miguel Zacarías (1905-2006) a partir de un guión propio basado en la obra teatral, e interpretada por Pedro Armendáriz (1912-1963) en el papel de Manelic y Zully Moreno (1920-1999) en el de Marta.

En lo que se refiere a las ediciones, es reseñable la traducción que publicó en 1930 Orbis, salida de la Imprenta Altés, con ilustraciones de Mauricio de Vassal, doce de ellas a color, y de la que se hizo una tirada de trescientos ejemplares, doscientos de ellos numerados. De 1943 es la que se publica en la editorial bonaerense de Joan Merli (1901-1995), Poseidón, como volumen 26 de la colección Pandora y con traducción firmada el traductor y guionista barcelonés exiliado en Buenos Aires Francisco Madrid (1900-1952), que asimismo es autor del prólogo que la precede.

La edición en la colección Pandora de Poseidón.

Durante el franquismo, en Cataluña se publicó una edición en catalán con pie de imprenta de J. Sabater Bros, y en 1955 la de la editorial Selecta, como segundo volumen de las obras de Guimerà, con prólogo del erudito y editor Josep Miracle (1904-198) e incluyendo además María Rosa y Mossèn Janot. Más tarde, en 1971, Selecta la publicaría individualmente como undécimo número de la Biblioteca Teatral Popular, y las ediciones se sucedían ya entonces en bajo muy diversos sellos. Aun en 1975 aparecían sin embargo nuevas traducciones, en ese caso al esperanto (Malsupra tero), firmada por el dramaturgo y activista Ricard S. Güell(1916-2008), así como adaptaciones a diferentes medios (de 2011 es una nueva versión cinematográfica dirigida por Isidro Ortiz e interpretada por Ernest Villegas y Marina Gatell).

Fuentes:

Base de datos de Filmafinity.

Estatua de Àngel Guimerà en Santa Cruz de Tenerife.

Internet Movie Database.

Worldcat.

Catálogos de la Biblioteca Nacional de España.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil espanyola. Assaig d’història i documents, Barcelona, Publicacions de l’Institut del Teatre- Edicions 62 (Monografies de Teatre 8), 1978.

Honoré de Balzac, editor

Los escritores siempre han considerado el dinero con una mezcla de estima y de desprecio, pero sus atracciones y repulsiones nunca han sido tan poderosamente comprendidas, pues Balzac era al mismo tiempo la víctima notoria de la literatura industrial y su empresario más emprendedor. Desde sus transacciones en Grub Street hasta su presidencia al frente de la Societé des Gens de Lettres, consideró francamente la profesión de escritor como un negocio. «Ya no tenemos obras —informa en Beatriz—, tenemos productos.» Georg Lukács, al describir Las ilusiones perdidas como el Don Quijote de las ilusiones burguesas, ha resaltado acertadamente su tema: la transformación de la literatura en mercancía.

Hary Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust.

La entrada del grandísimo escritor Honoré de Balzac (1799-1850) en el mundo de la publicación de libros se ha atribuido a los fracasos que experimentó a su llegada a París como escritor de noveluchas de tendencia neogótica.

Así, en abril de 1825, Balzac se asocia con el médico Charles Caron, un funcionario retirado llamado Jacques-Edouard Benet de Montcarville, y con el célebre librero Urbain Canel (1789-1867). Este último, que se haría famoso tanto como editor de los románticos como por sus reiteradas quiebras, había proyectado ya con otro librero, Agustin Deslongchamps, publicar en pequeños volúmenes a Jean de La Fontaine (1621-1695). Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), Jean Racine (1639-1699) y Pierre Corneille (1647-1684), y cuando expuso la idea a Balzac, este corrió a obtener un préstamo de seis mil francos de sus amigos Bernard-François Blassa y Henri Dassonvillez de Rougemont para entrar en la asociación y ponerse al frente del proyecto.

Las obras de La Fontaine y Molière aparecieron ese mismo año 1825 precedidas de prólogos introductorios del propio Balzac y con ilustraciones a cargo del artista británico Thompson a partir de dibujos originales de Achille Deveria (1800-1858), los libros aparecieron ese mismo año 1825.

Sin embargo, tanto el diseño de los volúmenes como el proceso de distribución de la obra y los planteamientos comerciales de Balzac Editeur ponen de manifiesto que el proyecto estaba mal concebido desde el principio, acaso por carencia de formación en artes gráficas añadida a una enciclopédica falta de experiencia. Para condensar las obras, aprovechar al máximo el papel y evitar que el libro diera demasiadas páginas, se eligió una tipografía extremadamente minúscula, con unos interlineados criminales y sin márgenes razonables, cosa que los hacía difíciles de leer. Además, su optimismo le llevó a suponer que podría financiar los siguientes libros con la venta de los primeros. Por si fuera poco, las ilustraciones en el de La Fontaine en particular, que han sido objeto de algunas críticas demoledoras, encarecieron absurdamente el precio sin aportar ningún valor adicional, de modo que las obras se comercializaron inicialmente a veinte francos franceses de la época (unos 69 euros de 2020). Los libreros no sintieron ningún interés por unos libros exorbitantemente caros publicados por alguien completamente desconocido y sin ningún prestigio en el sector, así que Balzac no tardó en bajar los precios, primero a trece y posteriormente a doce francos. Y ni aún así. Al cabo de un año, de los casi dos mil ejemplares de cada título había vendido apenas una veintena y acabó liquidando a un librero todo el stock.

Mientras el negocio avanzaba con paso firme y decidido hacia el fracaso más estrepitoso que imaginarse pueda, a principios de 1826 Balzac inició una sorprendente huida hacia delante consiguiendo que su familia y madame de Berny le prestaran el dinero necesario para comprare a Laurent de Perignac la imprenta que este tenía en la calle Marais-Saint-Germain (rebautizada luego Visconti) y que contaba con siete prensas Stanhope y treinta y siete empleados (lo que la convertía en una empresa de tipo medio, si se tiene en cuenta que la poderosa Everat contaba con casi quinientos empleados o la prestigiosa Firmin-Didot con doscientos).

Sin embargo, el todavía incipiente escritor carecía de la prescriptiva licencia que Napoleón I había instaurado en 1810 para controlar a quienes intervenían en la creación de material impreso. Blazac, aun cuando no había hecho ningún aprendizaje al respecto y por tanto carecía de las credenciales necesarias para obtener la licencia, la obtuvo el 12 de abril de 1825, al parecer gracias a la intervención del señor de Berny, por entonces influyente magistrado y cuya esposa había prestado la poco desdeñable suma de 45.000 francos para que el joven pusiera en pie su Imprimerie H. Balzac.

Lo primero que hizo Balzac fue contratar como jefe de taller al joven tipógrafo André Barbier, a quien asignó un sueldo de doce mil francos, y entre julio de 1826 y agosto de 1928 —por el camino, la disolución de la editorial le reportó una deuda de quince mil francos—llegó a imprimir poco más de doscientos trabajos entre prospectos, folletos y libros, una cifra más bien modesta teniendo en cuenta las dimensiones e instalaciones con que contaba la empresa. El primer trabajo salido de las prensas de la H. Balzac fue un prospecto de «pilules anti-glaireuses de longue vie» (pastillas de larga vida contra las mucosidades), y a este seguirían diversos folletos de tipo noticiero, de resumen de procesos judiciales, de temas políticos, etc., pero también algunos cancioneros y algunos libros más bien modestos.

Entre estos últimos se cuenta una serie entre didáctica y paródica en cuyos títulos puede advertirse quizá el origen de algunos títulos del hoy olvidado Noel Clarasó (1899-1985) como El arte de perder el tiempo, El arte de no pensar en nada, El arte de tratar y maltratar a las mujeres, etc. Unos de los más famosos de esta coleccción impresos por Balzac fueron Art de ne jamais déjeuner chez soi et de toujours diner chez les autres par feu le Chevalier de Mangeville, pero quizás el más oportuno fuera l’Art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourse un sou, porque también esta nueva empresa balzaquiana acabó en desastre financiero, cosa que no es de sorprender a la vista del número de empleados (y los sueldos que cabe suponerles) y la cantidad de trabajos llevados a cabo.

A estos últimos pueden añadirse, sin embargo, obras didácticas poco menos que imprescindibles para los estudiantes de la época, como el muy usado Vocabulaire del lexicógrafo Noël François de Wailly (1724-1801) o el Lycée ou Cours de litérature del prestigioso crítico Jean-François La Harpe (1739-1803), a los que podría añadirse algunos libros de memorias sobre la época revolucionaria, como las del abogado Jean-Charles Jean Marie Barbaroux (1767-1794), el general François-Claude-Amour, marqués de Bouillé (1739-1800) o las de la célebre girondina Marie-Jeanne Roland (1754-1793), todos ellos guillotinados (los autores de estas memorias, se entiende, no los libros).

Quizá más interesante sea que de la imprenta de Balzac salieran algunos libros más o menos prohibidos por la censura, caso de las Ruines del explorador y filósofo Volney (Constantin-François Chaseboeuf de La Giraudais, 1757-1820), las Scènes contemporaines de la vizcondesa de Chamilly (seudónimo colectivo de François-Adolphe Loève-Veimars, Louis-Émile vanderbuch y Auguste Romieu), o las obras del poeta Évariste de Parny (Évariste Desiré de Forges, vizconde de Parny, 1753-1814). Y a ellos aun puede añadirse una tercera edición de los Cinq-Mars de Alfred de Vigny (1797-1863) y otra de La Jacquerie de Prosper Mérimée (1803-1870).

El balance del primer año de trabajos deja una deuda de noventa mil francos (unos trescientos mil euros actuales), pero tampoco esto arredra a Balzac.

En julio de 1827 se asocia con su empleado André Barbier y con Jean-François Laurent para adquirir una fundición de plomo, en lo que parece un intento de controlar todo el proceso industrial de creación de los libros. Pero las deudas no tardaron en alcanzar los sesenta mil francos. Quizás afortunadamente, no llegó a poner sus ojos en ningún taller de encuadernación, y las deudas contraídas hasta entonces fueron suficientes para convencer a Balzac de que lo mejor que podía hacer era dedicar toda su atención a la escritura de novelas, a un ritmo vertiginoso, para poder saldarlas. Entre estas obras, destacan para lo que aquí interesa el cuento «El ilustre Gallisard», sobre un comerciante de periódicos para jóvenes, pero sobre todo la serie Las ilusiones perdidas (formada por Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Eva y David), incluida a su vez en La Comedia Humana, en la que el joven Lucien de Rubempré ve frustradas sus esperanzas de vivir de la literatura en cuanto se adentra en las trampas del mundo editorial de los años veinte del siglo XIX; los que sin duda mejor conocía su autor.

Fuentes:

Web de la Maison de Balzac.

Gabriel Hanotaux, Georges Vicaire, Honoré de Balzac y Louise Antoniette Laure Berny, La jeneusse de Balzac, Paris, Librairie des Amateurs, 1921.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Historias tras una fotografía histórica

No hay duda de que la edición y la literatura crea compañeros un tanto extraños y a menudo une a personajes de lo más peculiares. Es el caso de la fotografía de grupo en la que aparecen, de izquierda a derecha, el poeta editor Josep Janés (1913-1959), el pintor surrealista por antonomasia Salvador Dalí (1904-1989), el filósofo Eugeni (o Eugenio) d’Ors (1881-1954), el escritor y adalid del falangismo Luys Santamarina (Luis Narciso Gregorio Santa Marina, 1898-1980) y su sobrino el poeta, traductor y crítico de arte Fernando Gutiérrez González (1911-1984).

De izquierda a derecha: José Janés, Salvador Dalí, Eigeni d’Ors, Luys Santamarina y Fernando Gutiérrez.

El escenario es la fachada de la ermita de Sant Cristòfor de Vilanova i la Geltrú (en la provincia de Barcelona), una construcción del siglo XIV que D’Ors compró en 1944 y dos años más tarde empezó a funcionar en ella su «Academia del Faro de San Cristóbal», que Francesc-Marc Àlvaro ha caracterizado del siguiente modo:

José Janés.

Aquella singular institución, a medio camino de la reunión doméstica y la clase magistral protagonizada por el autor del Glosari y de otros «glosarios», se proponía como campo de estudio la «síntesis de la cultura», según refiere Guillermo Díaz-Plaja. Esta síntesis tenía que producirse mediante la investigación de las interrelaciones entre los diversos campos de la actividad cultural.

Lo más probablemente es que quien inmortalizara el encuentro fuera el insigne fotoperiodista catalán Carlos Pérez de Rozas y Sainz de Tejada (1920-1990), que al concluir la guerra civil española había entrado a trabajar en el periódico Solidaridad Nacional, del que fungía —pero al parecer ejercía más bien poco como director— Luys Santa María.

Muchas de estas relaciones se remontaban, por lo menos, a los primeros años treinta. En el primer gran proyecto editorial que ideó, La Setmana Literaria, Josep Janés preveía contar con la presencia de Eugeni D’Ors entre las primeras entregas para, aprovechando su fama en esos tiempos, llamar la atención de los lectores sobre su catálogo. En su por muchos imprescindible Josep Janés, el combat per la cultura, Jacqueline Hurtley reproduce un anuncio aparecido en el Diario Mercantil del 13 de marzo de 1934 en el que se informa de que, junto a La llegenda de Don Joan de Merimée traducida por Farran i Mayorial, algunas Històries extraordinàries de Edgar Allan Poe traducidas por Carles Riba o El rector de Tours de Balzac traducido por Lluís Palazón, entre otras obras, aparecerá La Ben Plantada de D’Ors, que tras haberse publicado por entregas en La Veu de Catalunya entre agosto y octubre de 1911 había tenido una primera edición en volumen, a cargo la Llibreria Àlvar de Balaguer, ya en 1912; y en la primavera de ese año tres artículos de Miguel de Unamuno (1864-1936) en Los lunes del Imparcial contribuyeron a hacer de ella la obra emblemática del noucentisme y la más popular entre las de Ors.

Sin embargo, La Setmana Literària sufrió unas ciertas modificaciones, entre ellas las del nombre, cuando en abril de 1934 apareció el primer número de la colección, también semanal, Quaderns Literaris (Les presons imaginàries, de Pere Coromines, ya anunciada en La Setmana Literària). D’Ors no aparece en Quaderns Literaris hasta el número doble76-77, y no con La Ben Plantada sino con Tina i la Guerra Gran (1935), que habían aparecido fragmentariamente como glosas con el título Lletres a Tina. En cualquier caso, a partir de entonces Janés y D’Ors tuvieron un trato frecuente y se atribuye al segundo una intervención decisiva pero no del todo clara para que Janés se decidiera (y pudiera) regresar a España tras haberla abandonado por temor a represalias tras el desenlace de la guerra civil en represalia por su intervención en los Serveis de Cultura al Front durante la contienda.

Félix Ros (1912-1974)

Es muy probable que la relación entre Santamarina y Janés fuera incluso anterior y se estableciera a través del entonces bisoño periodista y poeta Félix Ros (1912-1974), que participaba en la tertulia del escritor falangista y que recordó haber conocido a Janés cuando éste empezó a dirigir el Diario Mercantil. También el editor Luis Miracle pudo ejercer como puente entre el entonces esporádico traductor (entre otras cosas, y un poco paradójicamente, de Un mundo feliz, de Aldous Huxley) y el pujante editor.  El caso es que todo indica que establecieron una relación de amistad de un cierto calibre, pues no sólo Janés intentó interceder para evitar que durante la guerra Santamarina fuera condenado a muerte, sino que, ya como figura destacada del falangismo triunfante, en la posguerra Santamarina avaló y procuró por la integridad física de Janés, de modo que pudiera regresar a Barcelona.

Interior del Lyon d´Or reproducido por Antonina Rodrigo en García Lorca en Cataluña.

El caso de Dalí está, quizá, menos claro, como no podía ser de otra manera tratándose de personaje semejante. Lo más probable es que el vínculo entre Dalí i D’Ors sea un personaje no menos pintoresco, Lídia de Cadaqués (Lídia Noguer Sabà, 1866-1946). Y también es muy probable que tanto Santa Marina como sobre todo Janés, que era un habitual del Ateneu Barcelonès, tuvieran un primer contacto con Dalí a raíz de su muy sonada conferencia en esta institución el 22 de marzo de 1930, en la que puso de vuelta y media a un dramaturgo que no sólo era una celebridad reconocida internacionalmente sino que además había presidido el Ateneu, Àngel Guimerà (1845-1924), a quien calificó de «inmenso putrefacto peludo», «pederasta» y «gran puerco»; el revuelo llegó a tal punto que el joven pintor tuvo que huir de estampida para librarse de los socios que intentaron agredirle.

Sin embargo, la relación entre Janés y Dalí cristalizó en 1954 en un libro histórico, la edición precisamente de La Ben Plantada, en el que Ors remedaba novelescamente la historia de Lídia de Cadaqués, ilustrada por Salvador Dalí y de cuya publicación se hizo cargo Janés, después de haber intentado sin éxito, según cuenta Sebastià Tomàs Arbó en sus memorias, obtener los derechos para publicar en España las memorias del excéntrico artista (que en Argentina publicó Joan Merli en su editorial Poseidón, en traducción de Cèsar August Jordana). Cierta relación se retomó también a raíz de Dalí al desnudo, el libro de Manuel del Arco publicado por Janés en 1952, pero en este punto es gracioso recordar los comentarios que dejó Janés en una carta fechada en enero de 1933 y conservada en el Arxiu Nacional de Catalunya en la que, con motivo de su asistencia a un pase de Un chien andalou y L’Âge d’Or con coloquio posterior, declara: «No me gusta el surrealismo, pero me interesa».

Por último, Fernando Gutiérrez, probablemente a sugerencias de su tío, se convirtió en uno de los colaboradores más prolíficos de Janés, al margen del interés que pudiera sentir por la obra daliniana, en su condición de crítico de arte.

La imprenta del Julián Calvo ficticio y la carrera editorial del Julián Calvo histórico

Las promesas un tanto vagas de una revista de cuyo título puede deducirse que dedicada a la economía y el comercio (Revista Fiduciaria y Comercial), una importante empresa constructora y el compromiso de darle tres libros de los de Astral —que bien podría interpretarse como una —errata por Austral— bastaron para que el protagonista del cuento de Max Aub (1902-1972) «De cómo Julián Calvo se arruinó por segunda vez» decidiera endeudarse y comprar una prensa, para la que contrató a diversos operarios y técnicos mexicanos con los que el entendimiento fue, cuanto menos, difícil. Hasta ahí el relato, que vale mucho la pena leer y que significativamente va dedicado al poeta y asesor editorial del Fondo de Cultura Económica Alí Chumacero (1918-2010).

Max Aub entre Dámaso Alonso y Jorge Guillén.

Sin embargo, casi tan interesante como esta es la historia del reconocido jurista de origen murciano Julián Calvo Blanco (1909-1986), que al concluir la guerra civil española llegó a México, después de haber sido magistrado del Tribunal Superior de Alta Traición y Espionaje y haber formado parte del turbio tribunal que en octubre de 1938 juzgó a los dirigentes del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista), que sólo gracias a la intervenciones de Largo Caballero, Federica Montseny y Largo Caballero no acabó con condenas a penas capitales.

Julián Calvo Blanco.

Poco después de su llegada a la capital mexicana, y como consecuencia de la recomendación de dos viejos amigos de su etapa como diplomático republicano, José  Medina  Echavarría  y  Manuel Martínez Pedroso, en 1941 Calvo se integró como técnico en el Fondo de Cultura Económica, inicialmente, como él mismo contó en una extensa entrevista, como corrector de pruebas, junto a los también exiliados Luis Alaminos (1902-1955), Eugenio Imaz (1900-1951) y Sindulfo de la Fuente (1886-1956), entre otros.

En esa época dirigía el Fondo Daniel Cosío Villegas (1898-1976), quien tenía al economista Javier Márquez (1909-1987), nacido en España, como subdirector. Según explica en la mencionada entrevista Calvo:

La gran visión de Cosío Villegas fue aprovechar la afluencia de españoles a México, españoles utilizables, [y] vincular […] el Colegio de México con el Fondo de Cultura Económica para tener una mano de obra barata que estaba subvencionada por el Colegio de México. El Colegio de México, entonces, acogió a los profesores españoles, a intelectuales españoles y les daba una subvención que entonces era muy importante; eran seiscientos pesos al mes o algo así, y a cambio de alguna conferencia o de algún trabajo. Pero en realidad, para el que trabajaban era para el Fondo de Cultura Económica, que era el que aprovechaba el rendimiento de esta gente. […] como corrector de pruebas no tenía sueldo, tenía un jornal de seis pesos diarios por jornada de trabajo.

De izquierda a derecha, Max Aub, Joaquín Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

En este punto, y teniendo en mente los datos del cuento aubiano, es pertinente recordar las siguientes palabras de Díez Canedo de 1993 y el título de la revista del Fondo: «antes de la llegada de los transterrados en 1939, el Fondo prácticamente no era una editorial, aunque editaba algunos pocos libros y la revista El Trimestre Económico». Calvo ascendió rápidamente, pero cuando Javier Márquez fue despedido —al parecer, por negarse a hacer espionaje industrial en Gráfica Panamericana— y parecía que le correspondía a él ocupar su puesto, se presentó la oportunidad de contratar a Joaquín Díez Canedo Manteca (1917-1999), y así se hizo.

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Por esos mismos años, en 1944, figura Calvo como secretario de la etapa mexicana de la mítica revista Litoral, que dirigían los exiliados republicanos José Moreno Villa, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos, y en el seno de esta publicación se ocupó de la edición, en colaboración con Emilio Prados, de El Genil y los olivos, de Juan Rejano e ilustrado por Miguel Prieto, y de uno de los libros más importantes aparecidos bajo el sello de Litoral, la primera edición en el exilio de Cántico, de Jorge Guillén (1893-1984), con quien estableció una estrecha amistad.

Al año siguiente, en 1945, una vez había abandonado ya el Fondo, aparece una traducción firmada por Calvo de Ensayo sobre el espíritu de las sectas, de Roger Caillois (1913-1978), publicado por El Colegio de México. Sin embargo, del análisis pormenorizado del prólogo («Actualidad de las sectas»), Antonio Cajero Vázquez colige que es exactamente la misma traducción que el año anterior había aparecido en la prestigiosa revista de Octavio G. Barreda (1897-1964) El Hijo Pródigo y que«la misma versión firmada por [Gilberto] Owen en El Hijo Pródigo se reprodujo [también] en Fisiología de Leviatán (1946), de Caillois, que incluye el Ensayo sobre el espíritu de las sectas, con traducción de Calvo y Jordana», publicada por la argentina Editorial Sudamericana. Así pues, todo parece indicar que Calvo fusiló la traducción aparecida en El Hijo Pródigo para incluirla como prólogo, y luego se la atribuyó en la edición argentina.

Del año siguiente es la aparición del único número de la revista Ultramar (junio de 1947), en cuyo comité de redacción figura al lado de nombres insignes del calibre de Juan Rejano, Adolfo Sánchez Vázquez y Carlos Velo, entre otros. Y de 1949 es la publicación en el FCE del Diccionario de sociología, de Henry Pratt Fairchild, en el que figuran como responsables de la traducción y revisión T[omás] Muñoz, J[osé] Medina Echevarría y J[ulián] Calvo.

Un poco posteriores son sus trabajos en colaboración con el bibliógrafo de origen canario y por entonces profesor en la UNAM Agustín Millares Carló (1893-1980), Juan Pablos, primer impresor que a esta tierra vino (Librería de Manuel Porrúa, 1953) y, por encargo del FCE, de la actualización y edición de la Bibliografía mexicana del siglo XVI (1954), cuya primera edición era de 1886.

A principios de la década siguiente, participó con Max Aub, Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos en la gestación de la frustrada colección Patria y Ausencia, y en 1952 las imprentas de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde colaboraba estrechamente con el también murciano catedrático de criminología —y exministro de Justicia— Mariano Ruiz Funes (1889-1953), sacan a la luz su estudio El primer formulario jurídico en la Nueva España: la «Política de escrituras» de Nicolás de Irolo (1605). Sin embargo, en 1955 se integra en el funcionariado la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, y se estableció entonces en Chile, donde en julio de 1957 se casó con la psicóloga y profesora de inglés Eliana Vergara Flores.

En cualquier caso, no ha quedado evidencia de ninguna vinculación más específica de Julián Calvo con la imprenta, y mucho menos de que se arruinara como consecuencia de haberse endeudado para invertir en ella. Pero tratándose de Max Aub, vaya usted a saber.

Fuentes:

Max Aub, «De cómo Julián Calvo se aruinó por segunda vez», en Max Aub, Obras completas. Vol. IV-B. Relatos II. Los relatos del laberinto mágico, edición, introducción y notas de Lluis Llorens Marzo y Javier Lluch Prats, Generalitat Valnciana- Institució Alfons el Magnànim, 2006 (primera edición en Cuentos mexicanos (con pilón). México, Imprenta Universitaria, 1959).

Antonio Cajero Vézquez, «Traducción y mediación: la obra dispersa de Gilberto Owen», Literatura Mexicana, vol. 25 (2014), pp. 25-47.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Anejo 36), 2018.

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