Algunos descubrimientos editoriales: al César lo que es del César

Es muy común entre los editores con vocación cultural el deseo del descubrimiento de nuevos valores, y quien fuera editora de Lumen, Esther Tusquets (1936-2012), lo expresaba diciendo que prefería publicar la primera obra de un autor importante que la última. Otro editor de cuerda hasta cierto punto similar, Manuel Borrás, de Pre-Textos, se quejó en alguna ocasión de tener la sensación de actuar como el ojeador que levanta la pieza para que otro cazador mayor cobre la pieza, aludiendo a las grandes empresas editoras que contrataban las segundas o terceras obras de escritores a los que pequeñas editoriales, como la suya, se habían arriesgado a dar a conocer por primera vez.

De izquierda a derecha, Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez .

Esta vocación descubridora es muy común que vaya acompañada de la voluntad de crear un catálogo de autores, frente a los catálogos de obras. Dicho de otro modo, la pretensión de reunir toda la obra de algunos autores, aunque es evidente que compaginar esas dos vocaciones (descubrir y hacer lo que suele llamarse «política de autor»), a la larga siempre ha sido problemático, porque también es muy raro que una editorial de esas características pueda (o quiera) crecer del modo en que tal equilibrio requeriría, así que a menudo llega un momento que cada nuevo descubrimiento implica desprenderse de las nuevas obras de algún autor que hasta entonces era considerado «de la casa».

Estas «políticas de autor» acaban por generar entre los lectores el establecimiento de una muy firme asociación entre unos autores y sus editores. Valgan como ejemplos, en el ámbito de la edición española, el de Miguel Delibes con Destino o el de Umberto Eco con la Lumen de Esther Tusquets. Por otra parte, este mismo vínculo suele ser explotado y reivindicado por los editores, cuando el autor en cuestión se consagra, como caso de éxito en su política de autor, pero en más de una ocasión eso ha llevado también a excesos, y la prensa literaria, no siempre suficientemente informada, a veces no ha hecho sino contribuir a ello.

Es bastante lógico, por ejemplo, que el nombre de Javier Marías haya quedado estrechamente vinculado en la memoria del lector más joven a la editorial Alfaguara, desde que en 1998 publicó allí Negra espalda del tiempo y a partir de ese momento publicó en Alfaguara tanto sus nuevas obras como las reediciones de sus novelas anteriores. Pero estas no eran pocas, desde la inicial Los dominios del lobo en Edhasa (1971), pasando luego por La Gaya Ciencia (Travesía del horizonte, 1973), un primer paso por Alfaguara que no fructificó (El monarca del tiempo, 1978) y otro también efímero por Seix Barral (El siglo, 1983), antes de recalar en Anagrama, donde empezó a despertar una atención progresivamente mayor tanto de la crítica como de los lectores (El hombre sentimental, 1986; Todas las almas, 1989; Corazón tan blanco, 1992; Mañana en la batalla piensa en mí, 1994), hasta que una vitriólica polémica entre autor y editor acabó con la relación.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

En el ámbito de las traducciones del francés, otror ejemplo, un nombre estrechamente ligado a Anagrama es el de Amélie Nothomb,  quien se estrenó en esta editorial con una novela (Estupor y temblores) lo suficientemente asombrosa como para aunar dos premios tan aparentemente opuestos como el Gran Premio de la Academia Francesa y el Premio Internet (otorgado por los internautas). Menos conocido es que quien se había empeñado inicialmente en convertir a Nothomb en «autora de la casa» y darla a conocer a los lectores en lengua española, implementando su propia política de autor, fue Sílvia Lluís en su editorial Circe, donde aparecieron consecutivamente Higiene del asesino (1996), Las catilinarias (1997) y Atentado (1998).

En cuanto a la literatura en lengua inglesa, y sin movernos de la editorial de la calle Pedró de la Creu, pocos autores más específicamente anagramáticos que Paul Auster, aun cuando a su llegada a la editorial de Jorge Herralde ya tenía una obra notable publicada en español. En Júcar habían aparecido por entonces los tres títulos de la Trilogía de Nueva York (1988), que más tarde aparecería retraducida en Anagrama, mientras que en Edhasa se habían publicado El país de las últimas cosas (1989), La invención de la soledad (1990) y El arte del hambre (1992), títulos todos ellos de los que Anagrama reeditaría las mismas traducciones de María Eugenia Ciocchini. Jorge Herralde explicó del siguiente modo el caso de Auster, en un patrón aplicable también a Nothomb y Marías, apuntando al papel de la crítica literaria y a la diversa fiabilidad que ésta, al margen de las cualidades de las obras y autores en cuestión, otorga a ciertas editoriales: «Después de la publicación en España de sus primeras obras con muy poca repercusión, en Anagrama iniciamos la publicación de este autor, en 1990, con una de sus mejores novelas, El palacio de la luna, que tuvo reseñas excelentes.»  Caso un tanto distinto fue el paso de la esposa de Auster, Siri Hustvedt, de Circe a Anagrama, que empezó a gestarse con la publicación simultánea de la novela Todo cuanto amé (2003) por la primera en España y la segunda en Latinoamérica, cuando Circe le había publicado ya las novelas Los ojos vendados (1992), El hechizo de Lili Dahl (1996) y el ensayo En lontananza (1998).

Al igual que en el de Marías, también fue muy sonado y ampliamente divulgado por la prensa más o menos cultural el polémico paso del escritor húngaro Imré Kertész (1929-2016) de Acantilado a Alfaguara, escándalo que respondía tanto a que se le acaba de conceder  el Premio Nobel de Literatura como a la reivindicación casi patrimonial que de él hacía Jaume Vallcorba (1949-1914), quien desde 2001 había ido publicando, sin ningún éxito, toda su obra. Sergio Vila-Sanjuán resumió con bastante ecuanimidad el proceso:

Jaume Vallcorba ha realizado una labor de primera con la obra de Imre Kertész, a la que ha conferido visibilidad en España a través de su edición en El Acantilado. Por ello es de lamentar que no sea él quien siga publicándole ahora. Sin embargo, el debatido cambio de editorial hispana del autor húngaro tras la concesión del Nobel sirvió, paradójicamente para devolverle a los brazos de su primer editor entre nosotros.

Y la clave para entenderlo está en un pasaje de Mihaly Dés en la revista Lateral:

Modestia y patriotismo aparte, puedo aportar algún dato sobre el trasfondo del affaire Kertész. En su día recomendé a algunas editoriales que publicasen Sin destino, su primera novela. Al final me hizo caso Enrique Murillo, a la sazón director literario de Plaza & Janés, la editorial que luego oportunamente se deshizo tanto de Murillo, como de esa obra tan poco comercial.

Jaume Vallcorba.

A lo que hay que añadir que cuando la obra de Kertész pasó a Alfaguara Murillo era asesor de esa editorial para literaturas internacionales. Y también que entre Plaza & Janés y El Acantilado, el autor húngaro tuvo otro valedor en España, Herder, que le publicó el volumen de ensayos Un instante en el paredón (1998).  Sin embargo, cuesta entender las dimensiones y la acritud de esa polémica sin tener en cuenta una idea de identificación entre Kertész y Acantilado que estaba muy arraigada entre los lectores españoles.

Algo similar se ha ido asentando más recientemente entre el escritor de origen keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y las versiones españolas y catalana de la editorial Rayo Verde/Raig Verd, que rescataron y tradujeron (del inglés) Sueño en tiempos de guerra. Memorias de infancia (2016), Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales (2017) y, sólo en catalán, Descolonitzar la ment (en español había aparecido en 2015 en Debolsillo), pero se volcaron en una intensa campaña para afianzar ese vínculo entre la editorial y el narrador y ensayista keniano en la opinión general (vía medios de comunicación), probablemente muy conscientes de la visibilidad que conlleva la candidatura de Ngũgĩ wa Thiong’o al Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, ya desde los años ochenta estaban disponibles la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o Pétalos de sangre en Arte y Cultura en 1987 y Elefanta del Sur Editorial en 2014,  y a este título le siguieron Un grano de trigo, publicada en la editorial habanera Arte y Cultura (en traducción de José Rodríguez Feo) y años más tarde en Ediciones Zanzíbar (traducida y prologada por Marta Sofía López), El diablo en la cruz en Txalaparta en 1994, Matigari en El Colegio de México en 2005, El brujo del cuerpo en Alfaguara ese mismo año, e incluso su narrativa breve («Boda en la cruz») estuvo representada en el primer volumen de la famosa antología preparada por Charlotte Broad Todos cuentan. Narrativa africana contemporánea (UNAM, 2012).

Como dejó escrito el gran editor Siegfried Unseld (1924-2002), «el prestigio de una editorial literaria lo determinan el rango de sus autores, la influencia y la distinciones de éstos, el grado de interés que sus libros suscitan y las consecuencias que tienen». Aun así, en algunas ocasiones los departamentos de promoción de algunas pequeñas editoriales, en su afán por establecer y afirmar esos vínculos, «olvidan» mencionar quién descubrió, ni que sea para un determinado público, al autor en cuestión, cosa que, al fin y al cabo,  probablemente sea más asumible por los lectores cuando lo hacen los editores que cuando, haciendo dejación de sus funciones de informarse y dando gato por liebre, lo hace la prensa cultural. Con todo, es bastante absurdo o pueril intentar personalizar unos descubrimientos, por un lado porque el editorial es un ámbito de trabajo colectivo, pero sobre todo cuando nos referimos a traducciones (pues hubo quien arriesgó previamente).

Fuentes:

Mihály Dés, «También la Corte está desnuda», Lateral, núm. 95 (noviembre de 2002).

Jorge Herralde, «Los cinco libros más significativos en Anagrama», conferencia pronunciada en el marco del Simposio Editores, editoriales, agentes y mercado literario en Iberoamérica el 28 de marzo de 2008 y recogido en El optimismo de la voluntad, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

Sergio Vila-Sanjuán, «Las paradójicas vueltas del editor», Clarín, 18 de enero de 2003.

La eterna juventud editorial: Media Vaca

La ciudad de València es una de las de mayor tradición impresora entre las editoriales europeas, y en su historia destacan algunos hitos, como la brillante etapa de la Tipografía Moderna de la estirpe de los Soler iniciada con Manuel Gimeno Puchades, el auge de la Sempere y Compañía de Francisco Sempere i Marsà (1859-1922) o la bulliciosa y fructífera pero brevísima etapa en que fue capital de la República Española (noviembre de 1936-octubre de 1937), que sin embargo no sirvieron para situarla como la principal capital europea en el ámbito de la edición.

Se ha identificado como la primera imprenta en Valencia la que puso en pie el comerciante alemán (representante de la familia Ravensburg) Jacobo Vitzlán en las inmediaciones del portal de la Valldigna, en cuyo talleres se imprimió un libro liminar como las Troves en Lahors de la Verge Maria (1474), si bien eso sucedía cuando al frente de los mismos se encontraba ya Lambert Palmart. Y no es arriesgado considerar que en el siglo XV y principios del XVI València sí atrajo a impresores importantes y ocupó un lugar muy destacado en este ámbito, hasta el punto de convertirse en núcleo de entrada del humanismo italiano e irradiador del mismo en el resto de la Península.

Quizá eso explique la existencia a veces no muy longeva pero a menudo culturalmente importante de editoriales exigentes en la capital valenciana, entre las que pueden mencionarse a bote pronto las Edicions Tres i Quatre fundadas por Eliseu Climent (n. 1940) a finales de los años sesenta, la Pre-Textos de Manuel Borrás Arana (n. 1952) o  Campgràfic, de Xavier Llopis, José Luis Martín y Fèlix Bella. Y es también el caso deMedia Vaca, creada por el matrimonio formado por Vicente Ferrer Azcoiti (n. 1963) y Begoña Lobo Abascal (n. 1963) en 1998.

Interior de La vida secreta de los libros. Media Vaca: 1998-2003.

El primer libro publicado por Media Vaca aparece en diciembre de 1998 firmado por el ilustrador y portadista editorial barcelonés Arnal Ballester (n. 1955), y de hecho su firma y el título, No tinc paraules, es casi lo único del volumen que no es imagen. El libro apareció en compañía de Narices, buhitos, volcanes y otros poemas ilustrados, obra de Carlos Ortín y con textos de autores en apariencia tan heterogéneos como son Francisco de Quevedo, Heinrich Heine, Jacques Prévert, Gloria Fuertes o Pere Quart, entre otros muchos, y Pelo de zanahoria, de Jules Renard, traducido por Álvaro Abós e ilustrado por Gabriela Rubio.

Como es evidente, Media Vaca otorgó desde el principio un protagonismo estelar a la ilustración, y ya con sus primeras obras obtuvo el reconocimiento de la crítica tanto nacional como internacional, así como importantes galardones al libro infantil y juvenil mejor editado (por  Pelo de zanahoria), el segundo premio a las Mejores ilustraciones de libros infantiles y juveniles (por Narices, buhitos…) o selecciones en la Internationale Judgend Bibliothek, el Banco del Libro de Caracas o el Salon du Livre de Jeunesse de Montreuil (en el caso de No tinc paraules).

La importancia otorgada a la imagen es fácilmente comprensible al saber que ya desde los quince años Vicente Ferrer se autopublicaba mediante fotocopias y que, cuando le regalaron una motocicleta, la vendió para poder imprimir en offset doscientos ejemplares de un cómic que había escrito y dibujado. Pero la exitosa heterogenia de Media Vaca se explica probablemente tanto por la calidad de las ilustraciones como por la concepción de los libros en tanto que objetos bellos, con textos divertidos e inteligentes y combinados con audacia con las ilustraciones, que surge de un planteamiento relativamente radical acerca de la función que debe desempeñar la imagen en el libro y un replanteamiento moderadamente revolucionario de la tradición que asocia perezosa y absurdamente el libro ilustrado con ese invento no tan viejo llamado «literatura infantil (o juvenil)».

Con independencia de que sirvan para orientar el consumo, ¿tienen algún sentido establecer compartimentos estancos entre las edades de los lectores? –se pregunta Vicente Ferrer en un texto publicado en La vida secreta de los libros, y prosigue–: Desde cierto punto de vista esta clasificación es una restricción, una forma de censura; desde otro punto de vista da a entender, a mi juicio de manera engañosa, que existe una progresión en las lecturas y que según crecemos en edad aumenta nuestra exigencia como lectores. ¿Son los poemas de Benjamin Pérec lecturas adultas? ¿Son las lecturas de Alejando Dumas lecturas juveniles? ¿Son los cuentos de Hans Christian Andersen lecturas infantiles?

También es cierto que Media Vaca tiene una colección bautizada muy explícitamente Libros para Niños, pero los títulos y autores que en ella publican están muy alejados de los tópicos trasnochados que la editorial pretende dejar atrás: El arroyo, del geógrafo anarquista Eliseo Reclus (1830-1905), con dibujos del artista brasileño Eloar Guazzelli; Los niños tontos, de Ana María Matute, ilustrado por Javier Olivares; Cien greguerías [de Ramón Gómez de la Serna] ilustradas por César Fernández Arias, el Alfabeto de la literatura infantil de Bernardo Atxaga con dibujos de Alejandra Hidalgo…

Eliseo Reclus.

Y junto a ellos colecciones cuyos nombres también denotan el espíritu juguetón, pero de juego muy serio, que anima estos libros: Mi hermosa ciudad, El Mapa de Mi Cuerpo, Libros para Mañana, Últimas lecturas (que se estrenó con una impresionante edición de los Crímenes ejemplares de Max Aub)…, o, fuera de colección,  una edición de la Declaración de los Derechos Humanos, en coedición con el Centro de Acogida a Refugiados de Mislata, ilustrados por Diego Bianki, Cesc, El Roto, Forges, Yukari Miyazawa, Jaume Perich, Saul Steinberg, Roland Topor, Isabelle Vandenabee, Sempé…

Tamaña ambición, rigor en la concepción de los libros como un entramado de ilustración y texto y la originalidad y cuidado en el diseño y confección de los libros explican seguramente que Media Vaca sólo publique tres novedades anuales, pero la cantidad de reconocimientos (coleccionan distinciones de la Feria del Libro de Bolonia), la difusión de sus libros en otros países (traducidos al coreano, francés, italiano…) y la fidelidad de un número apreciable de lectores, de todas las edades y mayoritariamente en América, parecen justificar sobradamente este comedimiento en el número de títulos anuales. Al parecer, cosa difícilmente censurable, priman la calidad por encima de la cantidad.

Interior de Crímenes ejemplares.

Fuentes:

Web de Media Vaca, en el que puede leerse el texto de Vicente Ferrer citado.

AA. VV., La vida secreta de los libros. Media Vaca: 1998-2003, València, Col·legi Major Rector Preset (Universitat de València), 2003.

Anónimo, «Entrevista a Media Vaca», Crean, 17 de enero de 2013.

Toni Esteve, «Es bueno que un niño aprenda que los libros no son objetos de usar y tirar», nonada, 2 de marzo de 2016.

Vicent Molins, «Media Vaca, la editorial en miniatura que conquista el planeta de los libros», Valencia Plaza, 4 de mayo de 2017.

Rafa Rodríguez Gimeno, «La alegría lectora de Media Vaca», Verlanga.

Contra de Crímenes ejemplares.

La primera editorial que le tomó el pelo a la censura franquista

Cuando al término de la guerra civil española, Aymà crea la combativa editorial Alcides, poco podía imaginar que con el tiempo acabaría por publicar una obra tan sobresaliente como la dirigida por el prestigioso historiador Ferran Soldevila (1894-1971) Un segle de vida catalana 1814-1930, ni que acabaría por tener como director a Joan Oliver (1899-1986), que justo en ese momento se encontraba en Francia a punto de iniciar un largo periplo que le llevaría a exiliarse durante varios años en Chile.

La editorial Alcides la crea formalmente el 15 de mayo de 1939, con sede en la calle Pau Claris, un grupo formado por Jaume Aymà i Ayala (1882-1964), su hijo  Jaume Aymà i Mayol (1911-1989), que con esta iniciativa se estrenaban en el mundo editorial tras un intento frustrado durante la guerra y después de colaborar el primero con la Editorial Pedagógica, y tres de los hombres que habían sido responsables de la Associació Protectora de la Ensenyança Catalana, y por consiguiente también de su ya mencionada editorial (la Pedagócica), los geógrafos Tomàs Iduarte i Aragonés y Josep Parunella i Eulàlia (1889-1980) y el doctor en medicina Josep Girona i Cuyàs.

Una de las copias de la escritura de la fundación de Alcides.

Si, pese a la brevedad de esta primera etapa de la editorial, su nombre ha quedado en un lugar destacado en las historias del libro es porque a ella se debe, en un episodio bastante azaroso, el primer libro en catalán autorizado por la censura franquista, gracias a un astuto ardid. El libro en cuestión, Mes de Maria Eucarístic, de Lluís G. Otzet, es un volumen de 237 páginas, con ilustraciones de Josep Lisbona, del que en la imprenta Vídua de Ramon Tobella se tiraron 125 ejemplares que, según se indica en una estampilla adjunta, se trata de una «Edición particular. Prohibida la venta de este ejemplar bajo ningún concepto». La autorización para publicarlo, solicitada por  Jaume Aymà, pudo hacerse sin pasar por Madrid porque se presentó como un recordatorio de comunión, y, puesto que la censura barcelonesa estaba facultada para autorizar obras e impresos de hasta 16 páginas, debieron de pensar que un recordatorio de comunión no debía de exceder esa extensión, aunque en este caso se trata de un impreso inusualmente extenso para tratarse de un recordatorio.  Seguramente contribuyó también a obtener la autorización para publicar en catalán el hecho de que el autor era un sacerdote (había sido rector de Súria) fallecido en enero de 1939 en Vic como consecuencia de los bombardeos (franquistas, eso sí).  El nihil obstat lo firmó el obispo Gabriel Solà Brunet, que llegaría a ser máximo responsable de la catedral de Barcelona.

Oscar Samsó, en su imprescindible estudio sobre la edición clandestina en Cataluña durante el franquismo, reconstruye el origen de esta primera edición de Alcides del siguiente modo:

Desde la imprenta de la Vídua de Ramon Tobella de la calle del Carme 19, donde se imprimió, llaman a Jaume Aymà, hijo, para que se ocupara de la corrección del catalán. Entonces se planteó quién figuraría como editor, y convinieron en que se podría hacer con el nombre de Alcides.

Así pues, cuando hacía apenas un mes que se había constituido Alcides, ya aparecía un título con su nombre, pero lo que en realidad se proponía el grupo fundador era poner en pie una colección dedicada a los clásicos españoles e italianos, la Biblioteca de Clásicos Alcides, de la que apenas pudieron sacar unos pocos títulos.

Jordi Aymà menciona entre las publicaciones de Alcides una edición de Laura o el sello rojo, de Alfred de Vigny (muy probablemente en la traducción de Emili Vallès i Vidal) y un Calendario instructivo para 1940, y anteriores a estas fueron las de un Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, precedido de un prólogo de Jaume Aymà i Mayol, y una edición de Juan Ruiz de Alarcón, así como una compilación de canciones navideñas con textos de autores tan diversos como Santa Teresa, Lope de Vega, Góngora, Eugeni d´Ors y Sebastià Sánchez Juan, entre otros, ilustrada por D´Ivori (Joan Vila Pujol, 1890-1947).

En 1940, los problemas económicos y la escasa implicación de los socios hizo que la editorial cesara su actividad, justo en el momento en que Jaume Aymà i Mayol se da de alta como editor en la Cámara Oficial del Libro para fundar sucesivamente Atlàntida (1940), también de corta vida, y posteriormente, con su padre Jaume Aymà y Mayol, la Editorial Aymà, S.L. (1941), que subsumió las colecciones creadas por Atlántida y consiguió despegar sobre todo gracias al extraordinario éxito que obtuvo en 1942 al arriesgarse con Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949), de la que, dada su descomunal extensión,  hicieron una tirada de 12.000 ejemplares, que se agotó a los pocos días.

Sin embargo, Alcides no llegó a disolverse, lo que permitió que varias décadas después, en 1962, cuando la censura con respecto a la edición en catalán ya se había relajado bastante, se la pudieran ceder al abogado y activista cultural catalanista Pere Puig Quintana (1907-1981), quien ya tenía una cierta experiencia en el ámbito editorial como cofundador de la Revista d´Igualada (1929-1930), que contó con alguna colaboración esporádica de Xavier Benguerel (1905-1990), y sobre todo como creador, con Maurici Serrahima (1902-1979) y Félix Millet i Maristany (1903-1967), de la Benéfica Minerva, empresa gracias a la cual se publicaron algunas obras bibliográficamente importantes en los años cuarenta y cincuenta (la traducción de la Odisea de Carles Riba, la del miltoniano El paradís perdut de Josep M. Boix i Selva, L expansió de l´art català al món, de Sebastià Gasch…)  y financió también las investigaciones que cuajaron en la magna Historia de España (1952-1957) de Ferran Soldevila, que incorpora ilustraciones del editor Joan Sales (1912-1983).

Xavier Benguerel.

Puig Quintana dio un vuelco completo a lo que habían sido las primeras ediciones de Alcides, y lo único que mantuvo fue la voluntad de poner el sello al servicio de la edición en catalán, para lo que contó además con la colaboración de un director al que la propuesta de dirigir Alcides le llegó en el momento idóneo, Joan Oliver, quien por entonces estaba agobiado con el ambiente que se había ido creando en la editorial Montaner y Simón de González Porto, como le cuenta en carta del 19 de marzo de 1961 a su amigo Benguerel:

Puig i Quintana está dando los últimos toques a la editorial Alcides, donde parece que voy a tener un sitio. Esta es la única esperanza que me queda, hoy por hoy. En Montaner y Simón la atmósfera se enrarece cada vez más, y cualquier día explotará todo. ¡No lo puedo aguantar más!

Pero esta segunda etapa, que tampoco fue muy feliz para Oliver, fue ya otra historia.

Joan Oliver.

Fuentes:

Jordi Aymà, «Jaume Aymà i Ayala, editor», Anuari Trilcat, 1 (2001), pp. 163-173.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Xavier Benguerel/Joan Oliver. Epistolari, Barcelona, Proa, 1999.

Galderich, «El primer llibre català del franquisme: Mes de María Eucaristic (1939), de Mn. Lluís G. Otzet», Piscolabis & Librorum, 11 de junio de 2015.

Abert Manent, «Llibres en català amb data de 1939», Serra d´Or, n. 272 (mayo de 1982), pp. 341-342, recogido en Del Noucentisme a l´exili, Sobre la cultura catalana del nou-cents, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1997, pp. 239-244.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografia catalana dels anys difícils (1939-1943), Barcelona, Publicacions de la Abadia de Montserrat, 1988.

Samsó, Joan, La cultura catalana entre la clandestinitat i la repressa pública, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, vol II (Biblioteca Abad Oliva 147), 1995.

El rescate editorial de Luisa Carnés, mecanógrafa en la CIAP

María Luz Morales (1889-1980).

En las últimas décadas son varias las artistas y escritoras surgidas en los años treinta que, tras un largo periodo en una tercera o cuarta fila, han despertado de nuevo el interés no sólo de los editores, sino también de los lectores. No puede decirse que sea exactamente el caso de Elena Fortún (1886-1952), Rosa Chacel (1898-1994), Concha Méndez (1898-1986), María Teresa León (1903-1988), María Zambrano (1904-1991)  o Mercè Rodoreda (1908-1983), que nunca quedaron por completo en la sombra y que, pese a la acción de la censura española, siguieron leyéndose en otros países o por lo menos en el ámbito universitario, pero sí por ejemplo los de María Luz Morales (1889-1980), Ana Martínez-Sagi (1907-2000), Irene Polo (1909-1942) y Luisa Carnés (1905-1964).

A finales de los años sesenta, el editor gallego afincado en México Alejandro Finisterre le había publicado en poco tiempo tres obras teatrales a Carnés en su mítica colección Ecuador 0º 0’ 0’’, Los vendedores del miedo (1966),  Cumpleaños. Monólogo (1966), que previamente se había publicado en la Revista Mexicana de Cultura (suplemento de El Nacional), y el mismo editor incluía en el primer número (de 908 páginas) de Compostela. Revista de Galicia (1967) su ensayo Rosalía. Raíz apasionada de Galicia, que previamente había aparecido en las editoriales mexicanas Rex (Coleccción Vidas Españolas e Hispanoamericanas, 1945), Clavileño (1946) y en 1964 en la colección ya mencionada Ecuador 0º 0’ 0’’. En su exilio mexicano, pues, la obra de Carnés la publicó sobre todo otro exiliado republicano, editor también de muchos otros escritores españoles, así como editoriales mexicanas en las que había una importante presencia de exiliados.

Los vendedores del miedo.

El silencio editorial de Luisa Carnes, fallecida en 1964, se prolonga –salvo error– hasta el año 2002, en que aparecen casi simultáneamente El eslabón perdido. Novela del destierro (en la Biblioteca del Exilio, en edición de José Plaza Plaza) y las tres obras dramáticas Cumpleaños, Los bancos del Prado y Los vendedores de miedo, en edición de José María Echazarreta, publicadas en un volumen por la Asociación de Directores de Escena de España, con prólogos de Antonio Plaza Plaza y José María Echazarreta. En su introducción a El eslabón perdido Antonio Plaza hace un atento recorrido a la atención crítica que despertó en esos años la obra literaria de Carnés, que en realidad se redujo al ámbito casi estrictamente universitario aunque dio pie a tesis doctorales que más adelante aparecerían en forma de ensayo (como es el caso de la de Iliana Olmedo Muñoz Itinerarios de exilio), pero a partir de esos primeros años del siglo XXI se diría que el interés por la obra carnesiana se sostuvo en un bajo sostenido. Este primer impulso tras casi cincuenta años de silencio, le llega a la obra de Carnés de la mano del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario), entre cuyos objetivos programáticos «se plantea como tarea prioritaria y urgente la reconstrucción de la memoria histórica, cultural y literaria del exilio español de 1939, tarea de evidentes implicaciones éticas y políticas», y que, entre otras muchas cosas, se concretó en la creación de la colección Biblioteca del Exilio puesta en marcha por Manuel Aznar Soler (Associació d’Idees-Gexel), Isaac Díaz Pardo (Ediciós do Castro), José Esteban (José Esteban Editor) y Abelardo Linares (Renacimiento), y en el caso de la obra de Carnés tuvo también una particular influencia el trabajo de Antonio Plaza.

Así, de nuevo en la Biblioteca del Exilio aparecía en 2014 el libro de memorias De Barcelona a la Bretaña francesa: episodios de heroísmo y martirio de la evacuación española, de nuevo en edición de Antonio Plaza, y ese mismo año aparecía en la misma editorial el amplio estudio ya mencionado Itinerarios del exilio, prologado por Neus Samblancat. Aun de ese mismo año 2014 es una edición facsímil de novecientos ejemplares numerados de Tea rooms: Mujeres obreras (novela reportaje), a cargo de la Asociación de Libreros de Lance de Madrid en conmemoración de la XXXVII edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, que reproduce la edición de 1934 en Pueyo, precedida de un prólogo de Antonio Plaza y que por tanto podemos considerar destinada a coleccionistas y bibliófilos. A ello puede añadirse, casi como curiosidad, que también en 2014 aparece en la Colección Aniversario Losada la traducción carnesiana de Los dos viejos y otros cuentos, de Tosltoi, con un breve texto introductorio.

Diseño de la cubierta de Tea Rooms (2014).

Dos años más tarde, en 2016, la intrépida editorial asturiana Hoja de Lata hacía una nueva edición de Tea rooms como número 24 de su colección Sensibles a las Letras, con epílogo, una vez más, de Antonio Plaza, que obtuvo una estruendosa acogida por parte de la crítica de actualidad, lo cual amplió muchísimo el número de lectores de Carnés y el interés de su obra (y el de sus coetáneas). La aparición en una editorial de estas características, más desligada del ámbito académico y con aspiraciones a tener una distribución muy amplia, y en una colección además que se define como «una colección de narrativa que busca el equilibrio entre obras de autores contemporáneos, clásicos e inéditos. Una apuesta por la literatura de calidad que sorprenda y haga propuestas diferentes», en la que figuran desde La señorita Pyme dispone, de Josephine Tey (Elizabeth Mackintosh, 1896-1952) a Lluvia de agosto, de Francisco Álvarez (n. 1970), marca una cierta diferencia y subraya el interés, por razones casi exclusivamente estéticas, de la obra carnesiana para el lector de nuestro tiempo, lo cual supone un escalón en el proceso de reconocimiento de la obra de Carnés. Y sin embargo, el grueso de la bibliografía de esta autora sigue inaccesible.

Desde mediada la década de 1920 se acumulan los textos de Carnes localizados hasta la fecha en prensa (el cuento «Mar adentro» en La Voz, 22 de octubre de 1926), y su obra narrativa breve previa a la guerra civil se encuentra dispersa en revistas de esos años. Tampoco se han reeditado en el momento de escribir estas líneas su primer libro, de 1928 y sin pie editorial, Peregrinos de Calvario (que reúne las novelas breves «El pintor de los bellos horrores», «El otro amor» y «La ciudad dormida»), ni su primera novela, Natacha (Mundo Latino, 1930), así como varias novelas y cuentos escritos en esos años que quedaron inéditos. De su única obra teatral anterior a 1939, Así empezó…, queda poca más noticia que el de su estreno el 23 octubre de 1936 en el Teatro Lara, con decorados del esposo de Carnés, Ramón Puyol, en una sesión en la que también subieron a escena Bazar de la Providencia, de Rafael Alberti, y La conquista de la prensa, de Irene Falcón, y que, en palabras de Robert Marrast, «evocaba las primeras horas del 19 de julio». Como puede verse, Luisa Carnés se da a conocer en el ámbito cultural de las llamadas editoriales de combate surgidas a finales de los años treinta y vinculadas a las organizaciones políticas de izquierda que impulsaban la literatura social de preguerra, ambiente en el que también llevó a cabo la autora su labor periodística (Ahora, Mundo Obrero, Altavoz del Frente, etc.).

En cuanto a su producción literaria en el exilio, Antonio Plaza ofrece el siguiente apretado resumen: «De su etapa mexicana nos queda una notable producción, formada por una biografía [la ya aludida de Rosalía de Castro], cuatro novelas largas, tres novelas cortas, más de treinta cuentos, cuatro obras de teatro –una inacabada– y dos composiciones poéticas», al que añade el dato de que sólo entre 1940 y 1960 escribió una cuarentena, tanto de temática española como mexicana.

Tampoco ha tenido una reedición reciente Juan Caballero, la novela con la que Luisa Carnés ganó el premio de los Talleres Gráficos de La Nación en su edición de 1948, si bien la publicación en la editorial Atlante (fundada por los exiliados republicanos Juan Grijalbo y Estanislau Ruiz Ponsetí) no se produjo hasta 1956 y unos años después apareció traducida al rumano por Vlaicu Virne y Maria Ioanovici. Y más cuantiosa y variada es aún la obra que permanece inédita, si bien en algún caso asomó a la prensa. Un capítulo de la novela breve La Aurelia, por ejemplo, apareció con el título «Gris y rojo» en el número del 1 de septiembre de 1940 de la mítica revista del conocido como «Grupo de Hora de España» (Sánchez Barbudo, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Adolfo Sánchez Vázquez…) y apoyada por Giménez Siles Romance, donde también aparecieron el cuento «Los mellizos» (núm 5, p. 5, 1 de abril de 1940) y  «El bloqueo del hombre. Novela de la guerra de España» (15 de agosto de 1940).

Luisa Carnés entrevistando al escritor y traductor Ciro Bayo (1859-1939).

Abundan además, como pone de manifiesto Antonio Plaza en la entrada que dedica a la autora en el impresionante Diccionario biobibliográfico del exilio republicano, las obras absolutamente inéditas, en algunas de las cuales Carnés estuvo trabajando y corrigiendo a lo largo de muchos años, algunas de las cuales incluso desde los años treinta, y, a tenor de las descripciones que éste autor ofrece, el conjunto de la obra carnesiana presenta una variedad temática (de las condiciones de la mujer trabajadora en los años treinta a la vida de los refugiados en México, pasando por la guerra civil pero también por algunos relatos de tema mexicano) de la que los lectores interesados apenas pueden tener una idea aproximada hasta ahora, por lo que es de suponer, y de desear, que Luisa Carnés está en camino de crearse su espacio en el canon de la literatura en español de nuestro tiempo.


Fuentes:

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil espanyola. Assaig d’història i documents, traducción de Irene Peypoch, Barcelona, Edicions 62- Publicacions de l’Institut del Teatre (Monografies de Teatre 8), 1978.

Iliana Olmedo, «Divergencias generacionales entorno a la idea del exilio: la propuesta de Luisa Carnés», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejos 15), 2012, pp. 1088-1095.

Iliana Olmedo «Nuestro silencio nos hará criminales. La obra dramática de Luisa Carnés», en Juan Pablo Heras y José Paulino Ayuso, eds., El exilio teatral republicano de 1939 en México, Sevilla, Renacimiento, 2014, pp.

Antonio Plaza Plaza, «Teatro y compromiso en la obra de Luisa Carnés», Acotaciones, 25, enero-junio 2010, pp. 95-122.

Antonio Plaza Plaza, «Carnés Caballero, Luisa», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejos 30), 2017, pp.

Neus Samblancat, «Una obrera toma la palabra», en Iliana Olmedo, Itinerarios de exilio: la obra narrativa de Luisa Carnés, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Memoria del Exilio, Anejos 17), 2014, pp. 9-11.

La formación de los editores en España, el ICAL y la Feria de Leipzig de 1914.

Según datos recogidos por Jesús A. Martínez Marín en «La edición artesanal y la construcción del mercado»: «En 1879, del total de 51 editores censados en el padrón fiscal [español], 41 tenían domiciliada su actividad en Madrid, 7 en Barcelona y 3 en las provincias de Guadalajara, Lérida y Sevilla, respectivamente». A tenor de estas cifras, resulta bastante asombroso constatar que, según las mismas fuentes, «al terminar el siglo Madrid y Barcelona son los dos centros de la edición, con 44 y 35 editores respectivamente», pues de ser fiables esos datos resulta espectacular el crecimiento en número de editores en la capital catalana, tanto en términos absolutos como en porcentuales en el conjunto de los españoles.

Eudald Canivell i Masbernat.

Es probable que algo tuviera que ver en ello la iniciativa que empezó a fraguarse en otoño de 1897 en una reunión convocada por el dibujante, tipógrafo, impresor y bibliotecario anarquista Eudald Canivell i Masbernat (1858-1928) en casa del cajista e impresor Josep Cunill, con la participación también del excajista, dibujante y cronista gráfico anarquista Josep Lluís Pellicer i Fenyé (1842-1901), con el propósito de crear un centro que diera una formación más completa y rápida que la que hasta entonces obtenían los profesionales, que se basaba casi exclusivamente en la experiencia acumulada desde el puesto de aprendiz hasta el de maestro.

Un año más tarde, en noviembre de 1898, se constituía formalmente el Institut Català de les Arts del Llibre (ICAL), con la participación también del impresor y editor Josep Thomàs i Bigas (1852-1910), el librero y editor Àlvar Verdaguer, el impresor Fidel Giró Brouil (1849-1926), el escritor y editor Joaquim Casas Carbó (1858-1943) y el tipógrafo e impresor Joan Rusell i Anglarill (1862-1923); como puede advertirse, todos ellos rondando la cuarentena en aquel entonces.

Dos años después de su fundación formal ya contaba con una cabecera que les serviría de portavoz, la Revista Gráfica, cuyo primer director fue el mencionado Pellicer y que se publicó periódicamente entre 1900 y 1928 (salvo los años 1924 a 1927), en los primeros años en la prestigiosa imprenta especializada en libros de bibliófilo Oliva de Vilanova, fundada apenas unos años antes (en 1899) por Joan Oliva i Milà (1858-1911). Paralelamente, en 1900 los editores habían creado el Centre de la Propietat Intel·lectual, la primera asociación de estas características en España y entre cuyos primeros asociados figuraba uno de los dos fundadores de la editorial Montaner y Simon,  Francesc Simon i Font (1843-1923) y otros editores importantes, como Manuel Maucci (1859-1937), Josep Espasa i Anguera (1840-1911), los hermanos Joan y Gustau Gili, Antoni López i Benturas (1861-1931), Francesc Seix i Faya o el impresor Manuel Tasso i Serra, entre otros.

Josep Lluís Pellicer i Fenyé.

Según la detallada reconstrucción que hace Manuel Llanas de los pasos iniciales del ICAL, en 1905 empieza a funcionar activamente la Escola Pràctica de les Arts del Llibre en la misma sede que el ICAL (en los bajos de lo que hoy es el número 153 de la calle Claris) y con el siguiente programa:

Tipografía (subdividida en dos secciones: cajas y máquinas), composición a máquina, litografía, encuadernación, dibujo y gramática castellana. —Y prosigue Llanas—: Y si el profesorado lo integraban, en ocasiones, prestigiosos impresores y tipógrafos (Ceferí Gorchs, Ramon Tobella, Fidel Giró, Joan Russell), el alumnado asistía, por mandamiento estatutuario, de forma totalmente gratuita. De media, oscilaba alrededor de los doscientos matriculados, la gran mayoría aprendices en diversos talleres gráficos; por eso las clases se hacían entre las 20 y las 21.30 h., de lunes a sábado, y alguna vez incluso las mañanas de los domingos. Los únicos requisitos que se exigían para entrar eran haber cumplido los trece años y saber leer y escribir.

Bajo la presidencia del mencionado Francesc Simon i Font (1843-1923), que desde su fundación y hasta 1903 había presidido la junta directiva del Centre de la Propietat Intel·lectual, el ICAL experimenta un notable impulso y se aprueban unos nuevos estatutos que definen del siguiente modo el segundo de sus objetivos (el primero es la docencia): «Establecer solidaridad y facilitar las relaciones profesionales cuando éstas se relacionen con las Artes del Libro».

Logo de Montaner y Simon.

Además de organizar el I Congrés Internacional de les Arts del Llibre (1911), como consecuencia del cual nació la Unió Patronal de les Arts del Llibre (germen a su vez de la Unió Sindical de les Indústries del Llibre) y procurar la participación de sus socios en algunas ferias internacionales y presentar conjuntamente sus reivindicaciones ante las autoridades, uno de los mayores logros del ICAL fue la participación de los profesionales catalanes en la importante Feria de Leipzig en 1914, que conmemoraba el quinto centenario de la Real Academia de Artes Gráficas y de la Industria del Libro, y cuya organización y desarrollo, en cuanto atañe a la participación española, Philippe Castellano ha reconstruido con mucho detalle.

Ya en octubre de 1912 Ludwig Wolkmann, como presidente tanto de la Sociedad Alemana de Artes Gráficas como de la Junta Directiva de la Exposición, propuso que se organizara una representación española al editor español que mejor conocía, el madrileño Enrique Bailly-Baillière y Plano, quien se había formado como librero-editor en Alemania y había sido uno de los promotores de la conocida –para abreviar– como Asociación de la Librería de España (Asociación de la Librería, de la Imprenta, del Comercio de la Música, de los Fabricantes de Papel y de todas las Industrias y Profesiones que concurren en la fabricación del Libro y a la publicación de obras de literatura, ciencia y arte); incluso lo nombra presidente de la Junta Organizadora para España.

Sin embargo, pese a iniciar gestiones (infructuosas) para obtener financiación, Bailly-Bailliere topa enseguida con la oposición del editor catalán Manuel Henrich Girona, por entonces presidente de la Federació de les Arts del Llibre, lo cual le lleva a dimitir en noviembre de ese mismo año, lo que ofrece al gobierno español el pretexto idóneo para desentenderse del asunto y evitar comprometer ningún tipo de partida presupuestaria para la participación española en la exposición.

Así las cosas, el ICAL decide participar en la feria por su cuenta y riesgo, y en septiembre de 1913 crea un comité organizador con Manuel Henrich, August Heinrich Höfer, Ramon Miquel i Planas, A. Cardunets, P. Cruells, J. Fabré, J. Furnells, F. Mestres y Russell. Aun así, Bailly-Ballière, también extraoficialmente tras su dimisión, seguía haciendo gestiones y manteniendo correspondencia con el comité organizador alemán incluso en el verano de 1913. Por su parte, la Revista Gráfica se había hecho eco de la vergüenza que suponía que un país con una industria editorial como la española no participara en una feria tan importante como la de Leipzig, y esa misma queja se repite en diversos números de la revista del ICAL, siempre en vano.

Colofón del segundo volumen de Revista Gráfica.

En septiembre de 1913 desde el ICAL se empiezan a solicitar propuestas de participación en la feria alemana y a crear un comité organizador, con lo que se da la paradójica situación de que avanzan en paralelo dos líneas de trabajo para un mismo fin (una en Barcelona y otra en Madrid), ambas sin contar con un compromiso en firme de participación estatal. Y, en una nueva vuelta de tuerca, al enterarse de la existencia de un comité en Madrid, el del ICAL se disuelve, poco antes de que, ante la nueva imposibilidad de obtener fondos del gobierno, Bailly-Ballière renunciara por segunda vez a presidir el comité organizador. De todos modos, el ICAL sigue adelante con la organización de una presencia extraoficial en la feria y en la primavera de 1914 la Revista Gráfica publica ya un listado de 55 participantes comprometidos, y la iniciativa es saludada con entusiasmo por parte de la prensa barcelonesa.

No tardan en sumarse a la iniciativa del ICAL diversas empresas de otros puntos de la península, y en su número de mayo el órgano de la Federación Nacional de las Artes del Libro ensalza el empeño y el empuje que están poniendo los profesionales catalanes en esa iniciativa:

El Instituto Catalán de las Artes del Libro de Barcelona ha tomado la iniciativa de organizar una Exposición colectiva de sus socios, a la cual se han adherido varias casas del ramo gráfico de Madrid […] Actualmente se está trabajando febrilmente en Leipzig en la instalación y decorado de la sección española […]; de modo que es de esperar que la sección española se presentará dignamente en aquel certamen internacional de cultura, al cual acudirán todas las naciones del mundo. Hay que felicitar calurosamente al Instituto Catalán de las Artes del Libro y a los organizadores de la Exposición española por su altruista labor y trabajo en favor del ramo gráfico de España, que han conseguido, por fin, que sea un hecho la participación y representación de España en la Exposición Internacional de Leipzig.

Finalmente fueron setenta los expositores representados: 51 barceloneses, 1 de Sabadell, 1 de Sant Feliu d Guíxols, 1 de València y 15 de Madrid, desproporción que en su imprescindible estudio de este caso Castellano atribuye tanto a la asunción de la organización por parte del ICAL como al desplazamiento que ya se había producido en cuanto a la capitalidad editorial en España de Madrid a Barcelona, y que en alguna medida cabe atribuir al evidente interés por formar a buenos profesionales que permitieran ofrecer una calidad equiparable, por ejemplo, a la de la industria editorial alemana.

Espacio del ICAL en la Feria de Leipzig de 1914.

Fuentes:

Anónimo, «La Exposición de Artes Gráficas de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 2 (marzo de 1914), p. 10.

Anónimo, «Exposición de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 4 (mayo de 1914), pp. 8-12.

Eudald Canivell, «Ecos. El Temps», El Poble Català, núm. 3299 (28 de marzo de 1914), p. 1.

Philippe Castellano, «La Sala Espanyola en l’Exposició Internacional de les Arts Gràfiques i de la Industria del Llibre, Leipzig 1914 (o com va voler fer-se Pàtria mitjançant el llibre)», traducción de Anna Carreras, Els Marges, núm. 71 (desembre de 2002), pp. 89-106.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Caires de l’edició catalana en el segle xx, Lección inaugural del curso 2011-2012 de la Facultat d’Educació, Traducció i Ciències Humanes de la Universitat de Vic.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1836-1936), Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Un acercamiento a la edición en español en Rusia

Es muy probable que, si bien las relaciones entre algunas organizaciones políticas y culturales son bastante anteriores, la primera iniciativa de una cierta importancia de editar en Moscú obras en español se remonte a 1931, cuando se crean las Ediciones Cooperativas de los Trabajadores Extranjeros en la URSS.

Rafael Giménez-Siles.

En consonancia con la política soviética de aquellos años, vehiculada en buena medida por la agencia VOLKS (Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior), las ediciones se orientaron, por un lado, a los textos de teoría política más recientes y, por otro, en respuesta a la demanda existente en España, a la literatura, pero, según cuenta Kowalsky en su impresionante estudio sobre la presencia soviética en la guerra civil,, «del mismo modo que la agencia rechazaba categóricamente cualquier colaboración con los viejos rusos emigrados no imbuidos de las doctrinas y costumbres soviéticas, tampoco dudaba en disuadir a los traductores españoles de que intentaran abordar la literatura prerrevolcionaria». Las ediciones de Cenit de Rafael Giménez Siles son buena muestra de este tipo de textos –que hacían poco menos que prescindible la publicación de traducciones al español en Moscú–, lo que permite a Mario Bueno Aguado describir del siguiente modo las ediciones en el cambio de década:

Entre 1928 y 1932, [Cenit] publicó libros de índole literaria (colecciones de Novelistas Nuevos, La Novela Proletaria, La Novela de Guerra, La Novela Histórica, Cuentos Cenit para niños), ensayos (Crítica Social, Las Realidades del Capitalismo, Documentos Vivos, Panorama) o incluso biografías (Vidas Extraordinarias). De estas colecciones destacan sobre todo autores alemanes y soviéticos. Entre 1932 y 1934 se produce un auge de las publicaciones marxistas, destacando las colecciones Biblioteca Carlos Marx, Cuadernos Mensuales de Documentación Política y Social, Cursos de Iniciación Marxista, Divulgación, Documentos de Comunismo, Episodios de la Lucha de Clases, etc.

En relación a la mencionada presencia de autores alemanes, no será ocioso recordar que, en buena medida, si Cenit pudo dar a conocer a ciertos autores extranjeros fue gracias a sus acuerdos con editoriales como las alemanas Malik-Verlag, Verlag für

Literatur und Politik o Fischer. Por su parte, en el ámbito de la literatura alemana, las Ediciones Cooperativas contaron por aquel entonces con algún nombre relativamente conocido, como es el caso de la escritora Maria Osten (1908-1941), que como consecuencia de la llegada de los nazis al poder acababa de dejar su empleo en la revolucionaria editorial vanguardista Malik (donde una fotografía de sus célebres ojos habían servido a John Heartfield para elaborar el montaje que creó para la cubierta de Die Liebe der Jeanne Ney, de Ilyá Ehrenburg).

La primeras ediciones importantes en español de las Ediciones Cooperativas se produce, en buena lógica, cuando en España se acumulan las dificultades para publicar debido al avance de la guerra civil española: La guía de los sindicatos soviéticos (para las delegaciones obreras) (1937), de Solomon Abrámovich Losovsky (1878-1952) y el Compendio de historia de la URSS (1938) de A. Shestakov, una cuidada edición encuadernada en tela que incluye ilustraciones, láminas y cuatro mapas desplegables, que casi coincide en el tiempo con la aparición en la Península de España en la Unión Soviética, del filólogo, lingüista y bibliotecario Tomás Navarro Tomás (1884-1979), publicado por las Ediciones Amigos de la Unión Soviética.

Poco después de acabar la guerra civil, las Ediciones Cooperativas de los Trabajadores Extranjeros en la URSS simplificaban su nombre por el de Ediciones en Lenguas Extranjeras, homónimo al que tomaría por ejemplo en China una iniciativa similar.  Por esos mismos años aparecen muchas traducciones del ruso en la versión española de Internatsionálnaia Literatura (Literatura Internacional), creada en 1942 y en la que ejerce de redactor-jefe el escritor César M. Arconada (1898-1964), que a menudo traducía en colaboración con el hispanista Fédor Kelin (1893-1965), traductor a su vez de José Bergamín y César Vallejo al ruso. En esta etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial, son varios los refugiados españoles que entran a trabajar en la editorial, como es el caso en 1947 del militar republicano Pedro Prado Mendizábal (1902-1985), autor de un Diccionario politécnico español-ruso (1964), antes de establecerse en Cuba. También el del abogado socialista Antonio Pretel Fernández (1903-1980) y el del poeta Julio Mateu Martínez (1908-1985), a quien la Editorial Progreso le publicaría en Rusia sus Poesías escogidas (1972) y Olivos y abedules (1977). Y de 1949 es, en la Ediciones en Lenguas Extranjeras, la Antología de la literatura española. Siglo XX, preparada por Kelin e I. Tiniánova.

El maestro y traductor Ángel Herráiz Comas (1907-1976) se incorporó también a las Ediciones en Lenguas Extranjeras, para las que vertió al español varias obras de Gorki (Cuentos en Italia, 195?; Los Armóntov, 1953, y Por el mundo. Mis universidades, 195? y varias veces reeditado), en ocasiones en colaboración con José Vento  Molina (1918-1988), y a partir de finales de los años sesenta colaboró también esporádicamente con algunas editoriales españolas, como Ciencia Nueva y Zero. En esos mismos años, aunque muchas de estas ediciones no están fechadas, se ocupó de la redacción del libro colectivo En memoria de Julián Grimau, que incorpora artículos de César Arconada, Hugo Ruppert y Juan Rejano, además de un poema de Rafael Alberti.

Arturo del Hoyo.

El mencionado periodista y traductor José Vento, que estuvo al frente de la versión española de la revista Literatura Soviética, publicó para la misma editorial una enorme cantidad de títulos de Chéjov, Pushkin, Tolstoi, Sholojov y Simonov, además de algunos otros títulos para la editorial Ráduga (dedicada a la publicación de textos literarios y que en 1982 se desgajó de lo que ya por entonces se llamaba Editorial Progreso). Sin embargo, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y 1957 (en que regresa a España), la más conocida traductora literaria al español de las Ediciones en Lenguas Extranjeras fue sin duda Lydia Kúper (1914-2011). Como ella, no fueron pocos los traductores que en esa época regresaron a España y, a menudo gracias a la astucia y sensibilidad del gran editor Arturo del Hoyo (1917-2004), que a principios de esa década había sustituido a Federico Carlos Sáinz de Robles (1898-1982) como asesor literario de Aguilar, como consecuencia de ello la cantidad y calidad de las traducciones del ruso publicadas en España aumentó sensiblemente.

A partir de 1963 se inicia una remodelación organizativa que lleva aparejado un nuevo cambio de nombre, el definitivo, a Editorial Progreso, y de ese mismo año son las casi mil páginas de los Fundamentos del Marxismo-Leninismo. Empieza entonces la época más conocida de la editorial, en que sigue publicando muchos títulos de temas políticos e históricos, como el colectivo editado por Ivan M. Maisky, N.N. Voronov e I.N. Nesterenko sobre la participación soviética en la guerra civil española Bajo la bandera de la España republicana (1967) o el también colectivo, encabezado en ese caso por Dolores Ibárruri, Guerra y revolución en España, publicado en cuatro enormes volúmenes (1967-1971). Sin embargo, también hay espacio muy destacado para la literatura, con la publicación de El Don apacible (1973) de Sholojov en dos volúmenes (traducción de José Laín Entralgo), la de una segunda edición de Campos roturados (1966), también de Sholojov, o de títulos menos conocidos como Esta es su causa, de Yuri Guerman (1975), La daga (1977) de Anatoli Ribakov o El sauquillo rojo (1979), de Vasili Shukshin, entre otras novelas, y además al final de esta etapa (que concluye en 1982) se inicia también la publicación de la revista América Latina (del departamento de América Latina del Instituto de Ciencias de la URSS). Mención aparte merece la publicación en 1976 de Veo lo que viene y lo que nace. Obra escogida, de Pablo Neruda, un volumen de casi quinientas páginas encuadernadas en tapa dura con un formato de 20 x 15, o el volumen antológico ilustrado de García Lorca Prosa. Poesía. Teatro (1979).

Un año después y como producto también de esa remodelación aludida nacía la Editorial MIR, destinada sobre todo a la literatura técnica y científica, pero también con una muy prestigiosa colección de narrativa de ciencia ficción y de la que muchos aficionados recuerdan antologías del género como Café molecular (1967) (Alexander Poleschuk, Anatoli Dneprov, Boris Strugatski, etc.), Viaje por tres mundos (1969) (Alexander Abramov, Eremei Parnov, Ilva Varshavsky, etc.), Devuélvanme mi amor (1971) (Sávchenko, Gansovski, Zhuralvliova) o La caja negra (1984) (Dneprov, Dmitri Bilenkin, Varshalavsky); libros todos ellos que, en tiempos aún del Telón de Acero, eran de los muy escasos contrapesos a la ciencia ficción estadounidense y británica que podían leerse en España, adonde llegaban sobre todo gracias a la decidida voluntad de la legendaria saga de libreros madrileños de la Rubiños-1860, a los que no por casualidad se conocía también como los «Rusiños» y que incluso coeditaron en algunos casos con editoriales rusas, como Ráduga.

Una vez desgajada en 1982 también Ráduga (dedicada a la literatura) de la casa madre, en la Editorial Progreso aún se publicarían traducciones e incluso obras en español como Lenin. Vida y actividad (1985), obra colectiva encabezada por A. Amelina y A. Averianova, pero también libros de literatura, como una edición (¿reedición?) de la Obra escogida del venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985) y un volumen de Relatos de autores soviéticos ese mismo 1982 o el ensayo de Henry Luque Muñoz Dos clásicos rusos.Turgueniev, Saltikov, Schedrin (1989) o Del Amazonas al Lena, de Apolinar Díaz-Callejas.

Una imagen del Sputnik y la P en alfabeto cirílico formaban el logo de la Editorial Progreso.

A partir de 1991, cuando el gobierno retiró las subvenciones que sustentaban la empresa, se vivió en la Editorial Progreso un momento bastante crítico (que conllevó el despido de la mitad de los empleados) y desaparecieron muchas de las secciones dedicadas a la traducción a otras lenguas, pero la edición en español, si bien muy mermada, tuvo continuidad con una red de distribución restringida al territorio ruso y con una producción mucho más modesta.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler, «Teatro, literatura y cultura del exilio republicano español en la Unión Soviética (1939-1949)», en Exils et migrations ibériques, núm. 6 (1999), pp. 61-78.

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento, 2017.

Daniel Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española. Una revisión crítica, traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón,  Barcelona, Crítica, 2003.

Marcos Rodríguez Espinosa, «Acerca de los traductores españoles del exilio republicano en la URSS: El Grupo de Moscú y la difusión de la literatura rusa en España en la segunda mitad del siglo XX», en Francisco Ruiz Noguera y Juan Jesús Zaro Vela, Retraducir: una nueva mirada: la retraducción de textos literarios y audiovisuales, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2007, pp. 243-262.

Mario Bueno Aguado, «Semblanza de Editorial Cenit (1928-1936)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (2016): http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcj69d8

 

González Porto y la edición culturalmente ambiciosa

El nombre del legendario José María González Porto (1895-1975) ha quedado casi indeleblemente asociado a la mexicana Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana (UTEHA) y en particular a la edición de su impresionante diccionario en doce tomos y dos apéndices, así como a la editorial barcelonesa Montaner y Simón, que acabó por comprar en 1952. Sin embargo, sus inicios son igualmente interesantes y permiten trazar una trayectoria basada en la internacionalización de su trabajo y sobre todo en el interés por las grandes enciclopedias presentadas con esmero y de encuadernación lujosa, comercializadas a plazos para hacerlas así asequibles a casi todos los bolsillos.

Horace Everett Hooper.

A su llegada a Cuba desde su Galicia natal, uno de sus primeros empleos que tuvo fue como dependiente en una librería de viejo, pero poco después pasó a ser vendedor de la celebérrima Editorial Jackson, cuya fama se debe sobre todo a sus grandes enciclopedias vendidas a crédito y cuyos orígenes se encuentran en la historia del editor estadounidense Walter Montgomery Jackson (1863-1923), que había empezado como librero pero se hizo famoso cuando, asociado con Horace Everett Hooper (1859-1922), compró los derechos de la Enciclopedia Británica, de manos de A. & C. Black, y juntos pusieron todos sus esfuerzos en la implantación de la magna obra editorial en Estados Unidos apoyándose en el famoso publicista Henry Haxton. Además, se ocuparon de la undécima edición, dirigida por Hugh Chisholm desde Londres y Franklin Hooper (hermano de Horace) en Estados Unidos, que tiene la peculiaridad de contener un artículo («advertisement», cómo no) redactado por el mencionado publicista. Sin embargo, Jackson parecía más interesado en seguir publicando versiones revisadas y actualizadas que en hacer una auténtica nueva edición, y parece que algo de ello tuvo que ver en que acabara por romper la asociación –con el consiguiente conflicto– y emprendiera una andadura por su cuenta que se concretó en la creación de lo que llegaría a ser otro gigante de la edición de enciclopedias: Grolier (que debe su nombre al conocido bibliófilo Jean Grolier de Servières, 1489-1565).

La Grolier Society, haciendo honor a su nombre, se centró inicialmente sobre todo en una línea de libros lujosos con textos de autores clásicos y más o menos raros, pero más adelante la compra en 1908 de los derechos de The Children Eciclopaedya (creada por el escritor Arthur Mee, 1875-1943) le permitió unas mayores ventas gracias a un tipo de enciclopedias y grandes obras temáticas destinadas al público infantil y sobre todo juvenil, a las que bautizó como The Book of Knowledge.

Edición bonaerese en la Editorial Jackson de Ediciones Selectas de la obra Neil Paterson Pasó una estrella.

Después de expandirse como editorial Jackson Ediciones Selectas, la empresa creada por el audaz estadounidense en las primeras décadas del siglo, experimentó un enorme crecimiento y una expansión que la llevó a abrir sucursales en la mayoría de países americanos (Argentina, Perú, Uruguay, Brasil, Colombia, Cuba…), donde implantó con notable éxito el sistema de venta a crédito.

De todos modos, tampoco en la Editorial Jackson duró muchos años González Porto, pese a ser uno de sus vendedores más exitosos, hasta el punto que el propio Jackson le recomendó que se tomara unos meses de descanso y regresara a España. No fue buena idea, porque en cuanto llegó a la Península tuvo que incorporarse al servicio militar (por entonces obligatorio). En cuanto estuvo en condiciones de volver a Cuba pudo retomar su empleo en Jackson, pero pronto se estableció como «importador de libros y agente de editores extranjeros» –entre los que se encontraban, por ejemplo, Montaner y Simón–, en su establecimiento de la calle Obispo (núm. 409), entre Compostela y Aguacate, inicialmente asociado con su hermano Francisco en la Librería Académica, y posteriormente como Editorial González Porto, que pronto cuenta con una sucursal en Caracas (dirigida por su hermano Hipólito), mientras que otro de sus dieciocho [no es errata] hermanos, Manuel, se ocupa de la sede habanera.

Muy probablemente con el modelo de las Jackson en mente, en 1928 González Porto ideó y desarrolló el proyecto de una magna obra en 25 volúmenes de 400 páginas cada uno y muy profusamente ilustrado, El libro de la cultura, que propuso a la también barcelonesa Salvat (en concreto a Fernando y Santiago Salvat Espasa), que la acogieron con indudable interés y pronto establecieron un acuerdo. Tardó unos años en hacerse realidad, pero en 1933 se retoma la idea, relaborada, y González Porto empieza a buscar colaboradores para la versión americana en Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Colombia, Venezuela, cuya unificación encomienda al escritor hondureño establecido en México Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), quien se desespera un poco con la escasa disciplina de los redactores españoles con respecto a las normas que se habían establecido. A principios de 1935 empieza a promocionarse esta imponente obra, con el objetivo de poder continuar financiándola mediante la venta de los primeros siete volúmenes impresos hasta entonces, y González Porto viaja a Europa para, además de contratar la exclusiva de distribución de nuevas obras españolas, intentar vender los derechos de traducción de su gran proyecto a otras lenguas (particularmente al italiano). Sin embargo, el estallido de la guerra civil española frustra estas expectativas, y en septiembre de 1936 González Porto regresa a Cuba, desde donde se establece luego en México (donde ya anteriormente había residido seis meses comisionado por Jackson) y donde funda ya en 1938 la Unión de Tipógrafos Editorial Hispano Americana, dejando el local cubano como una sucursal especializada en libros de literatura, arte, enciclopedias y diccionarios.

Manuel Andújar.

Como es bien sabido, porque se reitera en cualquier análisis que se haya hecho de ella, la situación política de aquellos años favoreció en buena medida el crecimiento de las editoriales en América, principalmente por el estado de postración en que quedó la industria española como consecuencia de la guerra y, a la conclusión de la misma, como consecuencia de su resultado y del periodo tanto económico como político que entonces se abrió en España. A las duras limitaciones en la compra de papel, la dificultad –prácticamente imposibilidad– de modernizar la maquinaria y los procesos de trabajo al ritmo que lo estaban haciendo las empresas más competitivas y la escasez de profesionales cualificados o con experiencia, debía añadirse además el peso de la censura religiosa y política, que propiciaba que los autores y editoriales extranjeros que pretendían que sus obras fueran traducidas al español optaran por hacerlo a través de empresas americanas. Y a ello hay que añadir aún el enorme flujo de escritores y profesionales expertos tanto en labores de edición como de impresión y encuadernación, que no hizo otra cosa que propiciar un auge de la edición sobre todo en México y Argentina, que fueron los dos países que más refugiados republicanos acogieron y donde más oportunidades tuvieron de retomar de alguna manera sus carreras profesionales.

Así pues, la editorial González Porto continuó como editorial dentro del conglomerado que fue creándose alrededor de UTEHA con la creación en 1946 de la editorial Acrópolis (con sede también en Caracas), además de contar con sus propias y muy pronto potentes imprenta y distribuidora. El crecimiento y expansión de la editorial en los años sucesivos y la nómina de colaboradores que UTEHA conseguirá para la elaboración de su famoso diccionario es impresionante y constituye una retahíla de nombres ilustres, pero valga como ejemplo recordar, limitándonos exclusivamente a los refugiados españoles, que durante quince meses tuvo como representante en Chile al excelente escritor Manuel Andújar (1913-1994), que procedía del mexicano Fondo de Cultura Económica; o que tuvo como gerente apoderado al economista y sindicalista Estanislau Ruiz Ponsetí (1889-1967) cuando éste abandonó la editorial Atlante de Juan Grijalbo (1911-2002), y a su vez fue sustituido por otro español, Julio Sanz Saínz; como editor al cenetista Marín Civera Martínez (1900-1975), que en la península Ibérica había dirigido los periódicos Orto, El Pueblo y Mañana; como ilustrador a Pere Calders (1912-1994), que en México también había trabajado mucho para Atlante; como corrector de pruebas al tipógrafo Manuel Albar Catalán (190-1955), y haciendo diversas labores, muchas de ellas vinculadas a la Enciclopedia UTEHA y a la Enciclopedia Cultural UTEHA, a Antonio Ramos Espinós (que dirigió el departamento de enciclopedias y diccionarios), Luis Doporto Marcheri (que llegó a ser director del departamente editorial, tras una larga carrera en la casa);  Gabriel García Narezo (n. 1916), por no mencionar a la pléyade de redactores de este tipo de obras que hicieron famosa a la editorial, entre ellos el historiador Josep M. Miquel i Vergés (1903-1964) y  la química María Teresa Toral (1911-1994) o a la extensísima nómina de traductores e ilustradores de relumbrón de origen español, que incluiría nombres como Agustí Cabruja (1908-1983), Lluis Ferran de Pol (1911-1995), Albert Folch i Pi (1905-1993), Miquel Santaló (1888-1961), Josep Maria Giménez Botey…

Esto permitió escribir con razón al pontevedrés Julio Sanz Saínz (que tras su paso por Labor Mexicana sustituyó a Ruiz Ponsetí como gerente y más tarde fundaría la editorial Aconcagua), en El exiliado vive en las honduras de su ser:

En la capital mexicana se editó, y fue obra de los refugiados españoles, el único diccionario enciclopédico, originalmente redactado en Hispanoamérica, no traducido de otros idiomas, que incluía todo núcleo de población de habla hispana con más de cien habitantes; el diccionario cubrió el vacío de obras similares editadas, escritas o sólo traducidas en España; subsanó matices, errores y omisiones producidos por el predominante criterio del virreinato y del espíritu centralista absorbente de la metrópoli.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2006.

Carlos Bua, «Memorias de un cubano. El gato de papel», 2 de junio de 2014.

Philippe Castellano, «El libro de la cultura o cómo se intentó construir una representación de América Latina», Cahiers du CRICCAL, vol. 31, núm. 1 (2004), pp. 73-80.

Marcela Lucci, Semblanzas de José María González Porto y de la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana en el portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XX) – EDI-RED.

Julio Sanz Sainz, El exiliado vive en las honduras de su ser, Valls, edición del autor al cuidado de Eduardo Fermín Partido e impresa en Gràfiques Moncunill, 1995.

Moulines, un librero y editor excepcional

Al término de la guerra civil española, Venezuela fue país de acogida de muchos refugiados republicanos víctimas de la guerra civil española, entre los que suelen destacarse sobre todo a una pléyade de científicos: Manuel Corachán (1881-1942), que fundó en la Universidad de Caracas el Instituto de Cirugía Experimental; August Pi i Sunyer (1879-1965), que impartió diversas materias en la Universidad Central y dirigió el mencionado Instituto de Medicina Experimental; Rossend Carrasco i Formiguera (1892-1990), profesor de fisiología sucesivamente en las universidades de Los Andes (Mérida), Maracay y Central de Caracas; el valeroso Antoni Peyrí (1889-1973), que dirigió la leprosería Isla de Providencia de Maracaibo, o el geógrafo Pau Vila i Vinarès (1881-1980), que desarrolló una ingente y fructífera labor docente, y a éstos podrían añadirse muchos otros. Sin embargo, también hubo entre los exiliados republicanos que fueron a parar a Venezuela alguna gente del libro importante, como es el caso del librero y editor Linus (o Lino) Moulines Gascons (1913-2000).

Pere Pagès i Elies (Victor Alba).

Su compañero de militancia en el BOC (Bloc Obrer i Camperol) Víctor Alba describe de un brochazo al Moulines de principios de los años treinta, en Barcelona, «despechugado y con sandalias», y lo recuerda como quien le descubrió un restaurante de la calle Sitjà donde por 1,25 pesetas diarias los estudiantes podían hacer una comida a mediodía y tomarse un café con leche como cena. Moulines había llegado a Barcelona en 1933 procedente de su Anglès (Girona) natal –tras un breve paso por Terrassa, donde trabajó en la industria textil– con el propósito de presentarse a una oposición convocada por el SMC (Sindicat de Metges de Catalunya), y, según el Diccionario biobibliográfico del exilio republicano de 1939, en esos años se ocupó de la edición de «revistas y folletos de carácter médico-científico» cuyos títulos no precisa.

Al estallar la guerra, este militante del BOC y luego del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista) participó en la toma de la universidad y posteriormente marchó al frente de Aragón, hasta que el 10 de febrero de 1939 cruzó la frontera con Francia, donde pasó por varios campos de concentración antes de poder evadirse a Luxemburgo. Allí fue detenido por indocumentado y enviado a un campo de trabajo en el Sarre. La que sería su esposa, Otília Castellví (1917-2001), dejó un testimonio impagable e imprescindible para reconstruir estos años del primer exilio –o primera etapa del exilio– en De las checas de Barcelona a la Alemania nazi. Veinte años de una vida (Acantilado, 2008).

Con su llegada en 1946 a Brasil, país desde el que antes de un año pasaría a Venezuela, se abría una nueva etapa en la trayectoria de Moulines en la que una de los primeros hitos fue convertirse ese mismo 1946 en primer secretario de la Asociación Esperantista. La librería Suma, de la que Moulines fue gerente, no tardó en convertirse en uno de los puntos de reunión y difusión de esta lengua, en la que el propio librero tuvo un papel muy destacado como conferenciante y articulista. La dedicación de Moulines a su labor como librero fue lo que le convirtió con el tiempo en un punto de referencia indispensable, y a principios de la década de los cincuenta ya estaba al frente de otra librería, la Politécnica (en la caraqueña calle Villaflor, de Sabana Grande), que se convirtió en agente de ventas de las publicaciones de la Unesco y de la FAO y que, además de mantener contacto frecuente con editores españoles, proveía de material bibliográfico a lo más granado del país. Cuenta su esposa que «Linus se pasaba todo el día en la librería. La élite profesional y política de Caracas iba a comprar sus libros a la librería». Su fluida y frecuente relación con los ambientes universitarios le convirtió además en asesor y proveedor de los más importantes profesores e instituciones culturales (como es el caso por ejemplo del Centro Cultural y de Estudios Sociales), y facilitó también las colaboraciones editoriales. La Politécnica fue además la librería en exclusiva de la facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, así como de otras varias de la Universidad Católica Andrés Bello, y más adelante coeditó algunas obras con el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (unas Novelas ejemplares de Cervantes en 1969, por ejemplo) o la Academia Nacional de la Historia entre otras instituciones.

Al mismo tiempo, en 1953, como miembro del Centre Català de Caracas –en cuya revista Senyera dejó algunas colaboraciones–, participó activamente en la organización de los Jocs Florals de la Llengua Catalana de ese año, celebrados en el Teatro Municipal de Caracas y en el que, por conseguir por tercera vez la Englantina, se proclamó al poeta Agustí Bartra (1908-1992) mestre en gai saber.

Guillermo Meneses.

La firma de Linus Moulines aparece junto a las de Macario Fernández, Jaime Gelpi Lago, Alfredo León Luprón, José Ramón Martín, José María Pachón, Gerónimo Puig Pérez, José Rivas Rivas, Violeta Roffe, Julio Vázquez, Luis Yépez en el acta de constitución de la Cámara Venezolana del Libro, fechada el 7 de noviembre de 1953, y unos pocos años anteriores (¿1950?) son las primeras ediciones de la empresa que Moulines acababa de crear, la editorial Nueva Cádiz, que arrancó con un Atlas escolar de Venezuela (1951)  y con la ambiciosa colección Biblioteca de Escritores Venezolanos, donde recuperó varios títulos de Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) (Sensaciones de viajes, Confidencias de psiquis prologadas por Pedro Emilio Coll, Cuentos de color, Camino de perfección y otros ensayos) e hizo una segunda edición de la obra del cronista y tipógrafo venezolano Casto Fulgencio López (1893-1962), Lope de Aguirre, el Peregrino, primer caudillo de América, así como La voz de los cuatro vientos (poemas), de Fernando Paz Castillo (18931971),  El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses (1911-1978), Humanismo y romanticismo, de Luis Beltrán Guerrero (1914-1996), Juan Bautista Picornell y la conspiración de Gual y España. Narración documentada de la pre-revolución de independencia venezolana, también de Casto Fulgencio López, y, en 1955, un Compendio histórico de la literatura de Venezuela preparado por el abogado y político José Ramón Barrios Mora (1913-¿?).

Una cuestión que no he podido esclarecer es a qué responde el hecho de que el pie de estas ediciones indique Caracas (Venezuela)-Barcelona (España) como lugar de publicación, pero quizá la estrecha relación entre Moulines y el editor, escritor y traductor catalán de Terrasa Ferran Canyameres (1898-1964), con quien había coincidido también en Francia, sea una posible vía de explicación. Canyamares, que había regresado a Barcelona en 1949, se encontraba en una situación financiera bastante complicada pese a contar con los derechos de traducción y edición de las obras de George Simenon, y sobre todo después de haber sido detenido y encarcelado entre 1951 y 1955, por lo cual a finales de 1955, según su biógrafo Gustau Erill i Pinyot, «intenta colocar libros sobre todo a los amigos de Sudamérica, como Linus Moulines, de Venezuela, que es librero, y Emili Pla, en el mismo país, a quien propone entrar como socio en la editorial [Albor] y le pide que haga de mediador con otras editoriales y distribuidores». Y durante el año siguiente:

Llegó a ser tan mala la situación de la editorial que suerte tuvieron de la ayuda que les llegaba de Venezuela. Pla y Moulines les mandaban cada mes mil quinientas pesetas (que Canyameres tuvo que pedir que mandaran a nombre de Fernando Cañameras porque si no no las podía cobrar en Correos), teóricamente a cuenta de libros del fondo de Aymà. Libros que, por otra parte, muy probablemente Linus Moulines tampoco vendía con la fluidez suficiente para justificar mensualmente ese dinero, y mucho menos Emili Pla, que no tenía ningún negocio directamente relacionado con el mundo del libro.

Aun sin la más mínima prueba, ¿se puede especular que quizá, desde el momento de su regreso a la península, Canyameres colaboraba de algún modo en las ediciones de Nueva Cádiz? El epistolario entre Moulines y Canyameres refleja la voluntad del primero de regresar a Barcelona y crear una librería especializada en libros técnicos como la que tan bien le funcionaba en Caracas, mientras que el segundo tenía arrendados los bajos de una torre en Vallcarca (donde guardaba los libros de Simenon del fondo Aymà) que quizá le podría convenir a su amigo, pero antes de poder concretar nada, Canyameres se quedó sin local (y consiguió que una fábrica de Terrassa le cediera un rincón donde dejar los libros).

Portada de una edición Nueva Cádiz con el doble pie.

En el verano de 1958, tras un nuevo paso por prisión, Canyameres consiguió llegar a un acuerdopara alquilar la parte del piso donde había estado la editorial Albor a Moulines y Otilia Castellví (que lo aprovecharían en las temporadas que pasaran en la capital catalana) y además se convirtió en representante en Barcelona de la empresa de su amigo. Explica Erill i Pinyot:

Sin serlo legalmente, ni con una remuneración específica, Canyameres salía a hacer gestiones y encargos a las editoriales y librerías de Barcelona por cuenta de su amigo: era un modo de devolverle el gran favor económico que desde Venezuela les había hecho, y todavía les estaba haciendo, desde que se encontraban en aquella situación.

Unos años después, en junio de 1963, el matrimonio Moulines pasó en compañía de su amigo una semana de reposo en el monasterio de Montserrat, que Canyameres aprovechó para proseguir con la escritura de su propia obra literaria. Por su parte, Moulines, que participaría también en la organización de los Jocs Florals de 1966 en Caracas, presididos por Rómulo Gallegos (1884-1969), obtendría un importante éxito unos años después con una recopilación del argot caraqueño, que firmó como Julio Cáceres y publicó en 1974 en Nueva Cádiz, Malas y peores palabras.

Ferran Canyameres.

Más allá de las diversas facetas profesionales de Moulines Gascons (esperantista, librero y difusor de la cultura y el conocimiento, editor de literatura y de bibliografía científica y académica, etc.), una primera aproximación panorámica ya permite entrever una calidad humana excepcional, que viene a confirmar la que ofrecen las memorias de su esposa, recomendables sin reparos.

Fuentes:

Esther Barachina, «Lino Moulines Gascons», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento, 2017, vol. 3, p. 372.

Otilia Castellví, De las checas de Barcelona a la Alemania nazi: veinte años de una vida, Barcelona, Acantilado, 2008. Hay una versión previa (1997), también en español, en la editorial Oikos-Tau y el título 1926-1946: Vint anys d’història

Gustau Erill i Pinyot, Ferran Canyameres. Entre la memòria i l´oblit, Barcelona, Baula, 1999.

Lino Moulines, «Orígenes o inicios del esperanto en Venezuela», conferencia reproducida en el blog de Ricardo Coutinho el 10 de junio de 2011.

Precedentes del primer gran grupo editorial español (la CIAP).

logociapsEntre los últimos años de la década de los veinte y los primeros de la siguiente, la Compañía Ibero Americana de Publicaciones se constituyó en el primer gran grupo editorial mediante la voraz compra de cabeceras de revistas (La Gaceta Literaria), editoriales (Renacimiento, Mundo Latino, Ediciones Atlántida, Hoy, Mercurio, Estrella), librerías (la Librería Fe y sus diez subsidiarias) e incluso creó grandes imprentas y talleres, así como con el diseño de una enorme red de distribución de todo tipo de material impreso, que además obtuvo en exclusiva la distribución de editoriales de avanzada pujantes como Zeus, Ulises o Signo. Es evidente que la Compañía Anónima de Librería, Publicaciones y Ediciones (Calpe), creada en 1918 por Papelera Española, se puede considerar un intento más sostenido de crecimiento en la misma dirección, pero en la base de la CIAP, con una política más agresiva (y apresurada), se encontraba una curiosa empresa puesta en pie por un audaz periodista e historiador jerezano Manuel L.[uis] Ortega Pichardo (1888-1943).

Con apenas veintiún años, Ortega Pichardo empieza a actuar ya en 1909 como director de una cabecera aún hoy en activo, el Diario de Jerez, periódico creado por los hermanos José y Federico Joly Höhr, y poco después publicaba una primera compilación de críticas políticas y literarias con el título Frivolidades (1910), a la que seguiría el año siguiente otra de artículos costumbristas, El amor y la vicaría, películas de cine (Diario de Jerez, 1911) y más adelante La vida que pasa (Empresa Editora Andalucía, 1916). En los años siguientes, además de cubrir como corresponsal la conocida como Guerra del Rif, dejaría una estela de diarios y publicaciones periódicas, pero quizá una de las más interesantes en relación a la CIAP sea la Revista de la Raza. Publicación de Estudios Internacionales (1915-1930), creada en colaboración con Ignacio Bauer Landauer, hijo (y heredero) del banquero Gustavo Bauer Morpurgo (1865-1916), representante a su vez de los Rothschild en España.

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Manuel L. Ortega Pichardo.

Entre algunas de las curiosidad que a lo largo de su historia publicó la Revista de la Raza, se cuenta una breve obra narrativa titulada «En los tentáculos de los siglos» y firmada con el seudónimo Isabel Inghirami, que es el que empleaba al principio la escritora María Teresa León (10903-1988) (número 119, febrero de 1925, pp. 18-19), o también diversos artículos de la escritora y periodista Carmen de Burgos (1867-1932), en ambos casos ya a principios de los años veinte. A partir precisamente de 1924 esta cabecera se convertiría en la portavoz de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, y serían frecuentes en sus páginas las firmas de Ana de Castro Osorio (1872-1935), Emilia de Sousa Costa, (1877-1959), Micaela Díaz Rabaneda (1827-1931), Elena de Arizmendi (1884-1949), María de La Rigada, Nurie Gabay de Estrugo, etc.

logoiberoafroSin embargo, antes de acabar la segunda década del siglo XX, Ortega Pichardo había creado una Editorial Ibero-Africano-Americana que, por lo menos desde 1917, se había ocupado de publicar en Marruecos unos anuarios que se presentaban como la «guía oficial de Marruecos», y en esa misma fecha aparece en una Colección Hispano-Marroquí de la misma editorial España en Marruecos: el Raisuni, firmada por el propio Ortega Pichardo. Al año siguiente aparecía en la misma colección e impreso en la Tipografía Moderna el que sin duda es el título más conocido del prolífico Ortega Pichardo, Los hebreos en Marruecos. Estudio histórico, político y social, que en la primera edición incorporaba un prólogo del alto comisario de España en Marruecos Francisco Gómez Jordana (1852-1918) y que tuvo diversas reediciones (CIAP, 1929, con prólogo de Pedro Sáinz y Rodríguez; reimpreso en la Ediciones Nuestra Raza, 1934) antes de que en 1994 la reeditara Algazara con prólogo del historiador Víctor Morales Lezcano.

Por esos mismos años parece que la editorial va cobrando envergadura, quizás gracias a la colaboración de Ignacio Bauer. Así, en 1920 se publica una edición de El Diablo Mundo, de José de Espronceda, acompañado de un juicio crítico del hispanista escocés James Fritzmaurice-Kelly (1858-1923); en 1922, una biografía del por entonces aún vivo doctor y senador vitalicio Ángel Pulido Fernández (1852-1932) Figuras Ibéricas, escrita por Ortega Pichardo y prologada por Ignacio Bauer, que aparece en una Biblioteca Hispano-Sefardí, y también de 1922 son tres libros preparados por Ignacio Bauer: los seis volúmenes recopilatorios de las Relaciones de África, los Apuntes para una bibliografía de Marruecos y la Carta de Roma. Don Juan de Zúñiga a Felipe II (1577); de 1923 son los Apuntes para la historia de las cofradías musulmanas del arabista y diplomático Clemente Cerdeira Fernández (1887-1942), y del año siguiente El convidado de piedra, de Tirso de Molina, que ejemplifica una de las derivas que empieza a tomar ya la editorial en esos años, la publicación de obras clásicas españolas.

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Pedro Sainz Rodríguez.

En noviembre de 1924 se produce un acontecimiento que lo cambia todo: la constitución de la CIAP (que se escritura ante notario el 28 de enero de 1925). Entre sus fundadores, Ignacio Bauer Landauer (presidente), José Francos Rodríguez, Antonio Goicoechea y Alberto Bandelac de Pariente (como vicepresidentes), Manuel Luis Ortega Pichard (como consejero delegado y director gerente), Pedro Sainz Rodríguez, (consejero y director literario) e Isaac Toledano, José Arango, Rodrigo Saavedra Vinent, Ángel Arpón de Mendívil, Carlos E. Montañés, Menhakent Coriat y Jacques Bentata como consejeros.

En un muy detallado y completo artículo acerca de la trayectoria de la CIAP, Miguel Á. López-Morell y Alfredo Molina Abril hacen una perfilada caracterización de este grupo fundacional y de las consecuencias del mismo:

En el primer Consejo de Administración y en sus posteriores incorporaciones destacó, como ha mostrado Molina, un significativo grupo de personas vinculadas a la comunidad judía norteafricana, como Toledano, Coriat o Bandelac, junto a personalidades importantes de la vida cultural madrileña, como los exministros Goicoechea y Francos Rodríguez, presidente este último de la Asociación de la Prensa, o los catedráticos universitarios [Rafael] Altamira y Sainz Rodríguez, interesados también en las relaciones con la comunidad judía o en el estudio de la influencia cultural hebrea, lo que reportaría a la institución algunas críticas de sectores filorracistas y ultraconservadores en los años siguientes.

perraultAun así, parece ser que la Editorial Ibero-Africano-Americana siguió una trayectoria más o menos paralela pero independiente a la de la CIAP, sin integrarse a ella, y en los años siguientes continuaron apareciendo títulos bajo ese sello, entre los que se cuentan, por ejemplo, una traducción de Agustín Aguilar de La vida amorosa de Luis XIV (1926), de Louis Bertrand (186-1941), en una colección llamada Los Amores, donde se publica también una traducción de Rafael de Morales de La vida amorosa de Casanova (1926), de Maurice Rostand; una traducción no firmada de los Cuentos de viejas (1928) de Charles Perrault prologada por Ignacio Bauer con la que se estrenaba una colección de Las Cien Mejores Obras de la Literatura Universal, que tenía también una equivalente en Las Cien Mejores Obras de la Literatura Española, donde se publica un Lazarillo (1927) prologado por uno de los historiadores que colaboraban asiduamente en la Revista de la Raza, Rodolfo Gil Benumeya (1901-1975) o, incluso una vez ya desmembrada la CIAP, una monumental Colección de documentos inéditos para la historia de Ibero América, 1927-1932 publicada en catorce volúmenes en 1934 bajo la dirección de Rafael Altamira, que no había tardado en entrar en el consejo de administración de la CIAP.

wallacenuestrarazaDe todos modos, el momento que suele señalarse como el arranque de la expansión de la CIAP, el año 1928, va precedido de una cesión de relativa importancia, por lo menos por las consecuencias que tiene en las cabeceras que se ven afectadas por ella. En los últimos meses de 1927, Ortega Pichardo cede a la CIAP, junto a la Guía de Balnearios y Casas de Descanso de España, la Revista de la Raza, en la que por esos tiempos la sección «Mundo Sefardí» ocupaba un tercio de la revista y en la que colaboraba con más o menos asiduidad, Alejandro Lerroux, Niceto Alcalá-Zamora o José Antonio de Sangróniz.

Durante la etapa de expansión de la CIAP, además de la Revista de la Raza, tiene continuidad pues la Editorial Ibero-Africana-Americana, e incluso  una vez que la CIAP se empieza a saldar el stock en 1931 siguen apareciendo algunos títulos, cabe suponer que debido a que Ortega Pichardo mantuvo la propiedad del sello sin vincularlo a la CIAP. Por otra parte, en unas llamadas Ediciones Nuestra Raza aparece, por ejemplo, la edición ya mencionada de Los hebreos en Marruecos prologada por Sainz Rodríguez en 1934, o al año siguiente el Maimónides, un sabio de la Edad Media, de Ignacio Bauer, en una colección llamada Los Hombres de Nuestra Raza, y Las pinturas negras de Goya, del crítico literario y por entonces patrono del Museo Municipal de Madrid Emiliano M.[artín]. Aguilera (1905-1975), así como El Zohar en la España musulmana y cristiana, de Ariel Bension (1880-1932), con prólogo de Miguel de Unamuno (1864-1936), o textos que previamente habían aparecido en la Biblioteca Cervantes de la CIAP, como una edición de La Política de Aristóteles, las Doloras, poemas y humoradas, de Ramón de Campoamor, seleccionadas por Agustín Aguilar, o los dos tomos de la Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña, que el escritor y militar portugués Francisco Manuel de Melo (1608-1666) había firmado como Clemente Libertino.

nuestrarazaPor el camino, Ortega Pichard había creado diversas publicaciones periódicas (El Heraldo de Marruecos en Larache y el ceutí Mediterráneo, ambos en 1925), y posteriormente, durante la guerra civil, como conocido monárquico, fue objeto de persecución, encarcelamiento, enviudó en 1938 y se refugió en la embajada de Finlandia. Esteban Salazar Chapela, que trabajó unos años en la CIAP y a quien Ortega Pichard había presentado a Unamuno, ofrece la siguiente explicación de cómo se salvó el editor jerezano en su novela en clave En aquella Valencia:

–Socorrito y yo –le dije a Palomino– trabajamos juntos unos años en la editorial Carabela [CIAP]…

–Hombre, la Carabela –contestó Palomino–. El gerente de esa editorial, don Manuel Picazo [Ortega Pichardo], estuvo si lo pasean o no lo pasean. Se salvó por chiripa, no sé si usted lo sabe.

–No he sabido nada de él desde mucho antes de la guerra.

–Sí, estuvo en capilla y lo sacó de allí ese escritor de teatro… ¿cómo se llama?, ese escritor que estrenó dos obras que hicieron mucho ruido, Santa Isabel de Ceres, Los gorriones del Prado…

– [Alfons] Vidal y Planas.

–Ése. Él me lo contó pocos días antes de venirme a Valencia. Desde su prisión, donde ya llevaba dos días, don Manuel consiguió enviarle unas líneas a Vidal y Planas. Este Vidal es un anarquista de lo más sentimental, bondadoso y puro que puede darse.

[…]

Como les decía, Vidal recibió las líneas, corrió al sitio donde tenían metido a don Manuel y preguntó a sus correligionarios, pues todos eran allí anarquistas: «¿Y por qué lo vais a matar? Este hombre no se ha metido en nada ni es peligro ninguno para la causa» «Pero sabemos (le explicaron) es un inmoral…». Lo iban a matar por inmoral. La réplica de Vidal fue muy buena: «Compañeros, si vamos a matar en España a todos los inmorales no quedaremos nadie para contarlo». El razonamiento surtió efecto y le dieron el preso.

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La carabela que aparece tanto en el logo de la CIAP como en el de las Ediciones Nuestra Raza sirve a Salazar Chapela para asignar el nombre en clave a la editorial en su novela.

Casado en segundas nupcias con la hija de un militar, Mery del Olmo, Ortega Pichardo moriría apenas cuatro años después del final de la guerra.

Fuentes:

eslabonLuisa Carnés, El eslabón perdido, edición de Antonio Plaza Plaza, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 9), 2002.

Francisco Fuster García, «Compañía Ibero Americana de Publicaciones (CIAP)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

José Luis Jiménez García, «El periodista jerezano Manuel Luis Ortega Pichardo, autor del libro Los hebreos en Marruecos», Tarbur Sefarad, 10 de agosto de 2010.

Miguel Ángel López-Morell y Alfredo Molina Abril, «La Compañía Iberoamericana de Publicaciones, primera gran corporación editorial en castellano», Revista de Historia Industrial, núm. 49 (febrero de 2012), pp. 111- 145.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la Edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001.

enaquellavalenciaFrancisca Montiel Rayo, Esteban Salazar Chapela en su época: obra literaria y periodística (1923-1939), tesis doctoral leída en la Universitat Autònoma de Barcelona en 2005.

Francisca Montiel Rayo, «Esteban Salazar Chapela (Málaga, 190- Londres, 1965)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Julio Saez Angulo y Dolores Gallardo, «Manuel Luis Ortega Pichardo, periodista, escritor y editor de la CIAP», La Mirada Actual, 23 de enero de 2011.

Esteban Salazar Chapela, En aquella Valencia, edición de Francisca Montiel Rayo, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 4), 2001.

 

La Editorial Rocas y el «descubrimiento» de Vargas Llosa

vargasllosajovenEl descubrimiento de Mario Vargas Llosa (n. 1936) ha quedado comúnmente asociado a la obtención del Premio Biblioteca Breve en 1962 con La ciudad y los perros (1962), que luego ganaría también el Premio de la Crítica, y a la labor de difusión que de su obra llevaron a cabo con tesón la agente Carmen Balcells (1930-2015) y el editor Carlos Barral (1928-1989).

Sin embargo, quienes por primera vez le permitieron entrever la posibilidad de acabar convirtiéndose en escritor profesional fueron los editores de la barcelonesa Editorial Rocas, que por aquel entonces estaba consiguiendo prestigiar un galardón destinado a libros de cuentos literarios, el Premio Leopoldo Alas, mediante el cual esta singular empresa se estaba haciendo con un cierto renombre entre las jóvenes promesas del género. La idea surgió de un grupo de curiosos escritores vinculados muchos de ellos profesionalmente a la medicina: el especialista en obstetricia y ginecología Martín Garriga Roca (1900-1980); el estomatólogo Esteve Padrós de Palacios (1925-2005), que se había iniciado como ayudante de Garriga en la asistencia a partos a domicilio, el también ginecólogo Manuel Carreras Roca (1915-1997), quien antes de la guerra se financió los estudios como futbolista del Llevant y el València, y el crítico literario y poeta Enrique Badosa. A Badosa y Padrós atribuyó específicamente Vargas Llosa la posibilidad de publicar su primer libro, y en realidad la Editorial Rocas, y muy particularmente la Colección Leopoldo Alas, de cuentos, dio a conocer algunos otros nombres importantes o apoyó de un modo decisivo a jóvenes narradores que no tardarían en destacar en la segunda mitad del siglo XX.

12cuentos

La mencionada colección se había estrenado en 1956 con 12 cuentos y 1 más, con el que se da a conocer Lauro Olmo (1921-1994), quien sin embargo ya había publicado en colaboración con Pilar Enciso (1919-2000) El león engañado y Cuno (en la colección Literatura de Juglaría, Madrid, Gráficas Bachende) y el poemario Del aire (en la colección Neblí que dirigían Rafael Millán y Felipe García Ibáñez) y quien poco después se ganaría un lugar destacado en la historia de la literatura española en el terreno de la literatura dramática (La camisa, 1960; La pechuga de la sardina, 1962; English Spoken, 1967, etc.). Entre las curiosidades de este volumen se cuenta un muy buen prólogo de Enrique Badosa y la indicación de la barcelonesa calle Ausias March, número 31 (esquina calle Girona), como sede de la editorial, pues coincide con el domicilio de la clínica en la que trabajaban Esteve Padrós y su hermano Eduard, y donde previamente había tenido la suya su padre, el oftalmólogo Jaume Padrós de Gaona (1885-1943). Según reza en la página 5 de este volumen, impreso en Socitra y encuadernado en rústica:

Doce cuentos y uno más, de Lauro Olmo, fue galardonado con el I Premio Leopoldo Alas para libros de cuentos literarios en Barcelona la noche del día 3 de marzo de 1956, por un jurado compuesto por don Martín Garriga, don Manuel Carreras, don Gonzalo Lloveras, don Manuel Pla y Salat, don Miguel Dalmau Ciria, don Juan Planas Cerdá, don Esteban Padrós de Palacios y don Enrique Badosa.

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La familia Olmo al ser deshauciados de Las Pozas en noviembre de 1972.

No deja de tener su interés y su punto subversivo la reivindicación del escritor Leopoldo Alas (1852-1901) implícita en el nombre elegido para el premio y la colección, pues vale la pena recordar que la obra magna de este autor, la novela La Regenta, estuvo prohibida por la censura franquista durante muchos años, y justo por aquel entonces, ese mismo año 1956, al editor Alfredo Herrero Romero (1924-1974) se le denegó la autorización de publicarla alegando en el informe de censura que «los verdaderos protagonistas de la obra son la simonía y la lujuria, que convierten un bellísimo idilio digno de Santa Teresa o San Juan de la Cruz en un torbellino de lascivias sacrílegas».

El tercer número de la colección Leopoldo Alas (el segundo es una antología de cuentos presentados al premio) lo ocupó en 1957 un libro de quien obtuvo el premio homónimo en su segunda convocatoria, Jorge Ferrer-Vidal Turull (con Sobre la piel del mundo, prologado por Padrós), quien en 1954 había despertado la atención de la crítica con la novela El trapecio de Dios, aparecida en la lujosa colección de Josep Janés (1913-1959) La Botella Errante. Y a este le seguirían, antes de la aparición de Los jefes, las primeras obras de una serie de autores que pueden más o menos inscribirse en un tipo de realismo de crítica social: La noticia (1958), de Manuel San Martín (1930-1963), quien dos años después sería finalista del Premio Planeta con El borrador (1960); Los desterrados (1958), de Ramon Nieto (n. 1934), que previamente había publicado sólo La Tierra y que en años posteriores desarrollaría una amplia labor editorial (en Santillana, Altea, la Unesco, Salvat, Alhambra); Aljaba, de Esteve Padrós, La rebusca y otras desgracias (1958), con el que se estrenaba en las letras de molde Daniel Sueiro (1931-1986), que al año siguiente obtendría el Premio Nacional de Literatura con Los conspiradores (reeditado en Menoscuarto en 2006) y Muertos y vivos, de Julián Gállego (1919-2006), que años más tarde ganaría el Leopoldo Alas con Apócrifos españoles (1967).

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En un díptico sobre las primeras publicaciones de la colección, Eduardo Tijeras hacía un primer intento de señalar la tendencia predominante en esta colección de la Editorial Rocas, en unos términos muy de época y hoy bastante sorprendetes, y en la que se inscribiría Los jefes:

En lo referente a modismos dialogales, [Ferrer-Vidal] sigue una tendencia parecida a la de Olmo (recurrimos a la comparación para fijar y unificar de algún modo tales conceptos), es decir, que ambos gustan de poner en boca de sus personajes expresiones populares, barriobajeras, libertarias [sic] y magnetofónicas, lo que se ha venido en denominar realismo objetivo o cinematográfico, y que son, desde luego, acusadoras de un estado social vigente.

Y al libro inaugural del joven escritor peruano le seguirían otros libros no muy alejados de esta línea firmados por nombres tan notables como los de Víctor Mora (1931-2016), Ana María Matute (1925-2014), Carmen Kurtz (1911-1999) o Ignacio Aldecoa (1925-1969) entre los más destacados.

arrepentidamatuteEste es el contexto en el que se publica, pues, el primer libro de cuentos de Vargas Llosa, originalmente con prólogo de Joan Planas Cerdà, un dibujo de Clara Guillot y tan sólo cinco cuentos («Los jefes», «El desafío», «El hermano menor», «Día domingo» y «El abuelo»). El que habitualmente suele incorporarse en ediciones recientes, «Un visitante», se publicó por primera vez en la edición de la limeña Populibros Peruanos en 1963 en sustitución de «El abuelo», y fue en la edición también limeña de José Godard Editor cuando por primera vez el libro tomó la forma con que hoy es conocido, acogiendo los seis cuentos mencionados.

De escritura posterior a «Los jefes», «El abuelo» es sin embargo el primer cuento que había publicado Vargas Llosa, en las páginas de El Dominical del periódico de Lima El Comercio, el 9 de diciembre de 1956, y acerca del que posteriormente diría:

«El abuelo» desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: A delicate Prey y The Sheltering Sky— y de un verano limeño de gestos decadentes; íbamos al cementerio de medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo.

losjefesEn febrero del año siguiente «Los jefes», que el autor describió luego como «un eco desafinado de L’espoir de Malraux, que iba leyendo mientras lo escribía», apareció en forma de separata de la longeva revista Mercurio Peruano (fundada en 1918) que en aquellos años dirigía el reputado historiador peruano César Pacheco Vélez (1929-1989). Tampoco era inédito «El desafío», cuya historia editorial es un poco más compleja y se inicia cuando en 1957 lo presenta a un galardón convocado por la Revue Française y se lleva el premio (consistente en un viaje a París). Su primera aparición pública la hizo este cuento en el número 98 la mencionada revista en la traducción al francés llevada a cabo por el profesor André Coyné (1927-2015) y revisada por Georgette Marie Philippart Travers (1908-1984), más conocida como Georgette Vallejo por el hecho de ser la viuda de César Vallejo y haber logrado mantener a salvo y conservar a través de dos guerras (la civil española y la segunda mundial) el legado del poeta César Vallejo (1892-1938).

A estos tres cuentos añadió Vargas Llosa otros dos escritos más o menos por esos mismos años en el envío que desde Madrid preparó como candidatura al Premio Leopoldo Alas en su edición de 1958, en la que se alzó como vencedor y, según confesaba a Xavi Ayén, eso le decidió a tomar la seria determinación de hacerse escritor, y en términos muy similares se expresó en una entrevista con Leandro Pérez Miguel: «Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente. Creo que [Los jefes] es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros».

Es posible que la primera mención que aparece en prensa de la inminente aparición de este volumen sea la que se publicó en el número 115 de Cuadernos Hispanoamericanos (julio de 1959) del ya mencionado Eduardo Tijeras, que contiene una hoy chocante errata precisamente en el nombre del por entonces autor novel: «El último premio Leopoldo Alas, concedido recientemente al libro Los jefes, de Mariano Vargas, aún no ha visto la luz pública».

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Enrique Badosa.

Sin embargo, los cuentos de ese joven peruano de veintipocos años reunidos en Los jefes están más cerca del estilo que caracterizaba las propuestas de la Editorial Rocas que de los derroteros que iría tomando la narrativa de Vargas Llosa en los años inmediatamente posteriores. Si bien es poco cuestionable el parentesco entre los ambientes, las atmósferas, los personajes e incluso los temas presentes en estos cuentos y los que aparecen en obras como La ciudad y los perros (1963) o Los cachorros (1967), uno de los más perspicaces miembros del jurado que le galardonó, Enrique Badosa, identificó retrospectivamente el que tal vez sea principal rasgo que marca un hiato entre este libro inicial y los posteriores, durante una conversación del autor con varios editores barceloneses en 1967:

En su primera obra, Los jefes […] emplea usted un estilo que se podría denominar convencional; esto es, un estilo en el que, desde fuera de la obra, el narrador describe personajes, hechos y diálogos. En Los cachorros, por el contrario, usted se sitúa, por así decirlo, en el seno mismo de lo relatado, más casi como sujeto paciente de su literatura que como sujeto agente. Por otra parte, en Los jefes la originalidad creadora era buscada, sobre todo, en la novedad del argumento, mientras que en Los cachorros esa originalidad se busca más en el cómo se dice lo que se dice.

Es muy conocido, porque se ha repetido muchas veces, que la sugerencia de presentar su segunda obra a Carlos Barral le llegó a Vargas Llosa en París a través del hispanista Claude Couffon (1926-2013), quien consideraba al por entonces director de Seix Barral el único capaz de conseguir que La ciudad y los perros pasara sin daños excesivos por la censura española, pero en cualquier caso es evidente que, debido a la línea editorial de Rocas, centrada en el cuento realista con un componente de crítica social, la evolución del escritor peruano no hubiera tardado en desentonar en el catálogo de quienes le descubrieron como narrador.

Aun así, el galardón y la publicación a Los jefes, añadida a la de obras primerizas de tantos otros autores que no tardarían en consagrarse mediante premios de mayor relumbrón, son muy indicativos del buen olfato y la intuición del grupo que gestionaba la Editorial Rocas, capitaneado por Enrique Badosa, quien poco después se convertiría en una de las piezas importantes de la editorial Plaza & Janés, sobre todo como director del departamento de Lengua Española y de las colecciones Selecciones de Poesía Española y Selecciones de Poesía Universal.

Foto de archivo. El escritor durante una reunión de amigos. Horizontal

El grueso de los autores del boom en Barcelona. Al fondo a la izquierda, al lado de Barral, puede verse a Vargas Llosa.

Fuentes:

Xavi Ayén, «Vargas Llosa: “Barcelona me hizo escritor”», La Vanguardia, 10 de octubre de 2010.

Enrique Badosa, Juan Ramón Masoliver, Joaquín Marco, Esther Tusquets, Carlos Barral y Jose María Castellet, «”Realismo” sin límites. Vargas Llosa, diálogo de amistad», Índice, núm. 224 (octubre de 1967, pp. 21-22. Recogido en Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds., La llegada de los bárbaros. La recepción de la narrativa hispnoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004, pp. 479-484.

Ernesto Mauri, «En recuerdo de Esteban Padrós de Palacios», Luke, núm. 97 (junio de 2008).

Leandro Pérez Miguel, «Mario Vargas Llosa: “Los jefes es un microcosmos del resto de mis libros”», El Mundo, 11 de agosto de 1999.

Eduardo Tijeras, «Noticia sobre el Premio Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 115 (julio 1959), pp. 68-72.

Eduardo Tijeras, «Segunda noticia sobre la colección Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 125 (mayo 1960), pp. 236-238.

Mario Vargas Llosa, «Acerca de mis primeros cuentos», en Lauro Zavala, ed., Teorías del cuento II: La escritura del cuento, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Textos de Difusión Cultural. Serie El Estudio, 1995, pp. 207-212.