Entre el criterio estético y el ideológico: el editor Luis de Caralt

Luis de Caralt durante la guerra civil española.

No es probable que alguien discuta que Josep M. Castellet (1926-2014) fue uno de los editores y críticos literarios de izquierda más influyentes e importantes tanto de la literatura española como de la catalana del siglo XX. Por ello a veces resulta un poco chocante evocar que sus inicios en el mundo de la edición se produjeron como colaborador de Luis de Caralt (1916-¿?), conocido falangista barcelonés, si bien, en palabras del propio Castellet, se trataba de «una rara avis del falangismo». De hecho, Caralt pertenecía al ala más filonazi del falangismo y en diciembre de 1939 había entrado a formar parte de la junta política de la clandestina Falange Española Auténtica, un grupo de falangistas que desde el primer momento se había mostrado contrario al decreto del 19 de abril de 1937 mediante el cual Falange Española de las JONS se unificaba con   la unificación de la Falange Española y con la Comunión Tradicionalista (carlistas), para dar lugar a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.

Castellet empezó haciendo para la editorial de Luis de Caralt correcciones de estilo, que consistían básicamente en limpiar de argentinismos las traducciones, sobre todo del inglés, de las novelas que dieron fama a la empresa. Más adelante participó también en la redacción de Panorama literario (1947-1954), un boletín en el que también escribieron Esteban Pinilla de las Heras (1924-1994) –no Carlos, como equivocadamente señala Moret y luego se ha repetido demasiado a menudo– y Manuel Sacristán (1925-1985), entre otros, y del que se publicaron pocos números.

En primer término, Castellet, poco tiempo después, formando ya parte del equipo de Carlos Barral.

Creada en solitario por Luis de Caralt, tanto por la diversidad de géneros y literaturas en las que se fija como por la particular dedicación a las obras en lengua inglesa, es evidente que, de los editores de su entorno que podían servirle de modelo, el principal fue Josep Janés i Olivé (1913-1959), de quien el propio Caralt declaró: «Yo, como editor, aprendí mucho de José Janés: era el gran ejemplo a seguir en los años cuarenta. José Janés, espléndido editor, además de excelente poeta en lengua catalana…».

José Janés.

El primer título publicado en Luis de Caralt fue la obra de José María García Rodríguez (1912-2006) No éramos así (1942), novela protagonizada por excombatientes en la guerra civil, y a esta siguieron ya en 1943 obras tan diversas como las dos encuadradas en la colección Atalaya de Ideas: Españoles con clave, de quien por entonces era el delegado nacional de Prensa, Juan Aparicio (1906-1987), y una obra traducida por un enigmático J.L.B. (¿¿Jorge Luis Borges??) del historiador y político Jacques Benoist Méchin (1901-1983) titulada Comentarios al Mein Kampf (cuyo título original en francés, en 1939, era Éclaircissements sur «Mein Kampf» d’Adolphe Hitler, le livre qui a changé la face du monde), del que en la Biblioteca Nacional de Catalunya se conserva un ejemplar, encuadernado en tela, con el exlibris del poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987).

También de 1943 es la novela histórica publicada originalmente en 1928 Gaspar Hauser, el huérfano de Europa, del abogado e historiador Octave Aubry (1881-1946), conocido entre otras cosas por haber muerto el día anterior al que estaba prevista la lectura de su discurso de ingreso en la Academia Francesa (y cuando hacía solo un mes y medio que había sido nombrado, para cubrir las numerosas vacantes creadas por la ocupación nazi). Curiosamente, también en este caso figura J.L.B. como traductor. Y, aún del mismo año, Mis amigos eran espías, del fantasioso y humorístico arabista y gastrónomo Luis Antonio de Vega Rubio (1900-1977).

Se ha escrito mucho y a menudo acerca de la relativa condescendencia con que la censura franquista trataba las propuestas de edición de Luis de Caralt (cosa que también afecta a las de otro franquista notable, José Manuel Lara Hernández), pero no por ello parece haber quedado inequívocamente demostrada, y sí en cambio hay evidencias de sus problemas con algunas obras.

En su imprescindible estudio sobre la censura de novelas (Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo), Fernando Larraz comenta los casos de la novela de Mercedes Salisachs (1916-2014), firmada con el seudónimo María Ecín, Primera mañana, última mañana (1955), cuya retención en censura motivó las protestas de Caralt y finalmente se saldó con unas quince tachaduras, y el de Carretera intermedia (1955), de la misma autora, que fue denegada en dos ocasiones y, tras las infructuosas gestiones llevadas a cabo por el editor, «optó por encargar su propio servicio de censura al Penitenciario del Obispado de Barcelona, que modificó a discreción el texto y este fue finalmente aceptado por el censor oficial, apareciendo en octubre de 1956».  En general, pues, parece que Caralt podía tener mano con la censura política, pero topaba más a menudo con la eclesiástica.

Xavier Moret, en un libro trufado de errores (probablemente por la fiabilidad que concede a las entrevistas y a la memoria de los entrevistados) y que a menudo se han ido repitiendo acríticamente en otras obras, narra una anécdota con la que se pretende demostrar las muchas ventajas que le reportó a Luis de Caralt su condición de camisa vieja del falangismo (aunque quizá su resultado positivo respondiera más bien a su audacia y sagacidad). Mediados los años cincuenta, y sin duda con un propósito comercial, intentó incorporar como ilustración de cubierta de un libro de quien fuera hipnotizador de Adolf Hitler y Heinrich Himmler, Franz Völgyesi (no Bolgesi, como escribe Moret), la fotografía de una estatua de un desnudo femenino (parcial, por supuesto), algo que chocó con los principios de la censura franquista. Sin embargo, finalmente consiguió que se la autorizaran, tras engañar a los censores asegurando que la estatua original se encontraba en el Vaticano.

La editorial fue abriéndose a la literatura extranjera, y en particular a la escrita en lengua inglesa siguiendo en buena medida los pasos de Janés, si bien en algunos casos, como en el de Graham Greene, sí cabe atribuir a Caralt su descubrimiento para el público lector español (pues al más problemático editor Aymà la censura le denegó en 1943 autorización para publicarlo).

Lo cierto es que, a la vista del ecléctico catálogo que fue conformando a lo largo de los años, se hace difícil deducir el falangismo de su promotor, Es cierto que publicó títulos como los diarios de 1937-1938 del conde Ciano (1951), la biografía de Walter Gorlitz y Herbert A. Quint sobre Hitler (1955) y las Conversaciones sobre la guerra y la paz (1942-1944) (1954), de Adolf Hitler, pero es evidente que tuvieron mucha más importancia las colecciones en que publicó a escritores de orientación ideológica muy distinta y cualidades estéticas poco discutibles, como Hermann Hesse, Virginia Wolf, John Dos Passos, John Steinbeck o William Faulkner, a algunos de los cuales presentaba en sus catálogos como «los tremendistas», en un intento de situarlos en una corriente que por entonces encabezaba con enorme éxito Camilo José Cela (1916-2002).

Camilo José Cela.

Luis de Caralt, que siempre mantuvo un exhaustivo control personal de todo el proceso de edición, permaneció al frente del negocio hasta muy avanzados los años sesenta y no aflojó las riendas hasta la década siguiente. Concretamente en mayo de 1974, la empresa se transformó en sociedad anónima, con el nombre Luis de Caralt Editor, S.A., con un capital establecido en cinco millones de pesetas y aportando, según Martínez Martín, «4.800.000 pesetas, de los que dos millones eran en concepto de derechos de autor». Anota también el mismo estudioso de la edición española:

Una nota de 28 de noviembre de 1974 en su expediente del Registro de Empresas Editoriales hacía referencia a que «según noticias confidenciales de Manfredi Cano, el Grupo Editorial Caralt ha sido vendido a Norildis (Noguer, Rizzoli, Caralt)», situando a Luis de Caralt al margen del negocio. El director era José Mas, que procedía de Labor y Bruguera.

Desde 1946, además de la editorial Luis de Caralt abrió en la Rambla dels Estuids, núm. 1, una importante sala de arte (especializada en libros.

Fuentes:

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Jesús A. Martínez Martín, «La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 233-271.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Una oleada de pequeñas editoriales españolas

«Todo eso de la independencia no es más que marketing, una forma de vender.»

Enrique Murillo

En la primera década del siglo XXI se produjo en España una cierta eclosión de nuevas pequeñas editoriales, muchas de ellas con una marcada vocación literaria, que a menudo se presentaban a sí mismas como independientes ante un momento en que se estaba produciendo un proceso de concentración de sellos en unas pocas grandes empresas y escaseaban las de —en términos empresariales— tamaño medio (Anagrama, Tusquets, Salamandra y no muchas más). En realidad, quizás ese proceso podría rastrearse ya en la década anterior, con la aparición de pequeñas iniciativas casi unipersonales, como fue el caso de las Ediciones Carena de Jesús Membrive, que obtuvo el resonante éxito con Mujeres para la historia, de Antonina Rodrigo; Lengua de Trapo, que batió récords de ventas con Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset; las primero reconvertidas y luego fenecidas Ediciones del Bronce de Miriam Tey, que después de publicar al premio Nobel Gao Xingjian saltó escandalosamente a las páginas de la prensa amarillista a raíz de la polémica publicación de Todas putas, de Hernán Migoya (novela que fue calificada de «apología de la violación», entre otras lindezas); la ya desaparecida editorial de Sergio Gaspar, centrada inicialmente en la publicación de nuevos poetas, DVD, o, ya en 1999, la editorial Páginas de Espuma de Juan Casamayor y Encarnación Molina, dedicada a la publicación casi exclusivamente de narrativa breve o muy breve, en ocasiones en forma de muy útiles antologías panorámicas.

Sin embargo, fue a partir del año 2000 cuando se inició un período en el que no había año en que en España no irrumpiera con ímpetu una o más editoriales con propuestas que muy a menudo suponían una auténtica novedad, ya fuera por cubrir nichos de mercado pequeños y desatendidos por las grandes empresas, por centrarse en géneros más o menos marginalizados o incluso por la presentación misma de los libros como objeto. Aceptando esta periodización, abrieron fuego la madrileña Ocho y Medio, especializada en cine, que en realidad era una continuación de Alphaville y a cuyo frente estaba Jesús Robles, y la editorial unipersonal Minúscula (nacida el año anterior), que ya con su nombre hacía toda una declaración de intenciones, y que con el tiempo se ha convertido en punto de referencia en cuanto a, entre otras cosas, la publicación de escritores centroeuropeos del siglo XX. Explicaba sobre esta pequeña oleada de nuevas editoriales su responsable, Valeria Bergalli: «Las propuestas de los grandes grupos no nos satisfacían, y las editoriales medianas –Anagrama, Tusquets– tenían una línea muy estable, asentada. Reinaba, pues, una cierta uniformidad que los lectores inquietos exigían romper. Luego, el fenómeno se ha ido multiplicando…».

En el ámbito de la edición de libros sobre temas musicales (biografías, estudios, historias, letras ded canciones, etc.), nacía al año siguiente en Barcelona Global Rhythm, con Julián Viñuales a la cabeza y entre cuyos primeros éxitos importantes estuvieron las Crónicas de Bob Dylan (proyecto hoy subsumido en Malpaso Editores), y en una combinación de ensayo y narrativa predominantemente europea, Barataria, con Carola Moreno como editora, que alternaba los servicios editoriales con la publicación de libros con su sello (de la espléndida novela Un asunto privado, de Beppe Fenoglio, al ilustrativo libro de entrevistas Cosas de la Cosa Nostra, del juez Giovanni Falcone, pasando por el libro testimonial y la recuperación de obras olvidadas).

Segunda edición en RqueR de las Confesiones de una editora…

De 2002 son Candaya, con Olga Martínez y Paco Robles al frente, que saltaron a la fama con Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo, si bien las siguientes novelas del mismo ciclo (Nocilla experience y Nocilla Lab) las publicó ya una gran editorial, Alfaguara; Melusina, de José Pons, que se centró en el ensayo inesperado y que abrió en su seno el sello UHF («con vocación irascible, iconoclasta e incombustible»); Nowtilus, pilotada por el experimentado editor Santos Rodríguez (procedente del grupo Anaya) y centrada en la ciencia y la tecnología, y RqueR, el proyecto que pusieron en marcha la entonces ya veterana Esther Tusquets, 1936-2012) y Milena Busquets, quien el año anterior, estando todavía en el grupo Bertelsman, ya había advertido de su intención de seguir intentando y publicar y vender buena literatura (en su breve trayectoria como editorial, además de las muy citadas memorias profesionales de Esther Tusquets, RqueR publicó a Conan Doyle, Umberto Eco, Mercè Rodoreda, Gustavo Martñín Garzo, Juan Abreu…).

Solo una larga espera (Menoscuarto).

Sin ánimo de ser exhaustivo, a las mencionadas pueden añadirse, sólo en 2004, la exquisita y luego malograda Gadir (Dino Buzzati, Merimée, Turguéniev) del execonomista del Banco de España Javier Santillán, Alpha Decay, nacida con el padronazgo (y la participación) de Carme Balcells, Travel Bug, centrada en el libro de viajes y de gastronomía, en diversas lenguas, Menoscuarto, la muy polémica y ya desaparecida Inédita Editores y, con unas dimensiones sensiblemente mayores, la Roca Editorial de Blanca Rosa Roca (exdirectora de Ediciones B) y con el apoyo como editora de Patricia Escalona (hoy en Malpaso), que enseguida se desdobló en diversos sellos. Y en años posteriores los muy exitosos Libros del Asteroide de Luis Solano en 2005; Nórdica Libros, con Diego Moreno al frente (con amplia experiencia como librero y tras un primer intento con la editorial Joseph K, y cuyo hermano Daniel crearía más adelante Capitán Swing), en 2006; la Fragmenta del profesor Ignasi Moreta y la diseñadora gráfica Inês Castel-Branco, dedicada a los «libros no religiosos sobre religión», y la andaluza El Olivo Azul de Iria Rebollo y Eduardo Moreno, entre cuyos títulos destacó su Entre mareas de Joseph Conrad, en 2007; los Libros del Lince del veterano Enrique Murillo, hoy en el seno de Malpaso, y Ediciones Alfabia, iniciativa de Diana Zaforteza cuando abandonó Alpha Decay, en 2008; y fue muy productivo en este sentido el año 2009: la ya mencionada Capitán Swing, Los libros del Silencio del malogrado Gonzalo Canedo (1955-2013), la muy efímera Barril & Barral, del polifacético periodista Joan Barril (1952-2014) y Malcolm Otero (hoy en Malpaso), los rompedores y heterogéneos Blackie Books, Sajalín Editores (Dani Osca y Julio Casanova) y Versátil (con Consuelo Olaya como directora editorial e Irene Muzas Calpe como editora y destinada a la novela de género)… Y vale la pena insistir en ello: sin ánimo de ser exhaustivo.

Es evidente que se trató de proyectos muy distintos, que han corrido suertes muy diversas y que nacían también con objetivos diferentes, pero a lo largo de su trayectoria se fue creando desde el ámbito de la prensa cultural una imagen de editoriales en cierto modo descendientes de lo que Jorge Herralde había bautizado como el mohicanismo editorial, pues muchas de ellas se autoproclaman incluso en sus páginas de presentación como independientes, aunque no queda del todo claro que todas se estén refiriendo a lo mismo con este epíteto.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

Algunas prácticas, como el asociacionismo, ya sea con editoriales de rasgos más o menos similares en el extranjero (como es el caso de Minúscula con Les Allusifs, Nottetempo y Voland), ya sea entre ellas también ha sido más o menos común, destacando en este caso el proyecto Contexto que aglutinó a Libros del Asteroide, Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso. Otros de los modos de proceder más o menos generalizados, como fue la recuperación de autores valiosos descatalogados (en particular si estaban ya libres de derechos), llegó a irritar a los lectores veteranos, en particular cuando se sirvieron de las mismas añejas traducciones que en ocasiones incluso habían sufrido los recortes de la censura franquista. Probablemente, en realidad el tamaño de estas editoriales no sea tan determinante ni en sus filosofías ni en sus modos de trabajar (y tampoco en sus resultados, tanto culturales como económicos), pero quizá fuera entonces cuando en España se generalizó un empleo muy discutible del término “editoriales independientes”, hasta el punto de convertirse en poco menos que un falso marchamo de savoir faire. De todo hay, por supuesto.

Fuentes:

Marc Andreu, «Unos editores poco gubernamentales», Libros El Periódico, núm. 81 (28 de enero de 2000), pp. 2-3.

Javier Aparicio Maydeu, «De los demasiados libros y sus consecuencias», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002),  pp. 27-29.

Nuria Azancot, «Enrique Murillo: “He fracasado tantas veces… y ni así aprendo”», (entrevista) El Cultural, 6 de marzo de 2002, p. 23.

Nuria Azancot y M. López-Vega, «Autores, editores y agentes fuera del sistema», El Cultural, 17 de octubre de 2002, pp. 6-9.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 30 de abril de 2001, pp. 16-18.

Valeria Bergalli, «Una minúscula esperanza», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002),  pp. 18-20.

Manuel Borrás, «Un vendedor de palabras ajenas», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 11-13.

Toni Capilla, «Nuevos valores. Los bebés del sector editorial español», Qué Leer (septiembre de 2004), pp. 38-41.

Juan Casamayor, «Tengo una impresión, luego edito», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 14-17.

Laura Hernández, «Enrique Murillo: “Intento explicarme la crueldad”»(entrevista), Lateral, mayo de 20002, p. 8.

Sonia Hernández, «Aires nuevos en el sector editorial», La Vanguardia, 23 de febrero de 2001, pp. 8-9.

Alberto Olmos, «Cómo acabar de una vez por todas con las pequeñas editoriales», Zenda, 23 de diciembre de 2016.

Fernando Palmero, «Juan Casamayor y Encarnación Molina, vivir del cuento», Leer (abril 2005), pp. 30-33.

Cecilia G. de Guilarte: De reportera de la CNT a autora de novela rosa (y editora frustrada)

Cecilia G. de Guilarte.

La trayectoria biográfica de la polifacética Cecilia G[arcía]. de Guilarte (1915-1989) resulta bastante singular ya por su misma precocidad (tanto literaria como en cuanto a la militancia en las Juventudes Libertarias). Publicó en Barcelona un primer reportaje inspirado en el viaje transoceánico del Plus Ultra con tan solo once años, a los diecisiete vio en las páginas del periódico de la CNT tinerfeña En Marcha una serie de artículos sobre «La lucha de clases en Italia», hasta que finalmente abandonó su empleo en la Papelera Española de Tolosa, donde trabajaba también su padre, para marchar a Madrid. Allí empezó a trabajar en el periódico Ahora y en la prestigiosa  «Revista Gráfica y Literaria de la Actualidad Española y Mundial» Estampa, que contó entre sus colaboradores con nombres tan notables como los de los artistas gráficos Rafael de Penagos, Salvador Bartolozzi y K-Hito (Ricardo García López), los fotógrafos Antonio Calbache, Campúa (José Demaría Vázquez) y Agustí Centelles y los escritores Josefina Carabías, Andrés Caranque de Ríos, Matilde Muñoz o Eduardo de Ontañón.

Paralelamente, inicia una carrera como narradora sirviéndose de esquemas o modelos cercanos a los de la novela sentimental y folletinesca, con un lenguaje directo y claro creando unos argumentos breves, sencillos, mediante los cuales comunicar aspectos del pensamiento anarquista. Estos rasgos encajan perfectamente (quizás incluso los condicionaran) con los de la colección que desde 1925 estaban llevando adelante Federico Urales (Juan Montseny, 1864-1942), Soledad Gustavo (Teresa Mañé, 1865-1939) y Federica Montseny Mañé (1905-1994): La Novela Ideal, entre cuyas peculiaridades no menores respecto de otras colecciones anarquistas de la época estaba el retribuir tanto los textos como las ilustraciones de cubierta. Como resultado de esta ¿coincidencia?, no es raro que en enero de 1935 la novela Locos o vencidos, apareciera, como número 389, en esta colección, y firmado como Cecilia García. Y a esta seguiría en febrero del año siguiente, en las mismas condiciones, Mujeres (número 497) y, como número 13 de la colección La Novela Vasca, por esas mismas fechas aparecen los dos relatos «Rosa del rosal cortada» y «Los claros ojos de Ignacio», donde el componente ideológico y de crítica social es menos acusado, lo cual podría explicar el cambio de colección, pues en 1935 en La Novela Vasca habían aparecido como primeros números el relato semiautobiográfico del polifacético medico Victoriano Juaristi Sagarzazu (1880-1949) Caminos de Navarra, el relato de Antonio Arabolaza El boticario de Ibarrola, así como Ana Mari, de Bernabé Orogorzi, dirigente de Euzko Abertzale Ekintza (Acción Nacionalista Vasca) que poco después pasaría a dirigir el periódico Ereintza.

Germán Bleiberg.

Sin embargo, el gran salto a la fama de Cecilia G. de Guilarte se produce durante la guerra civil española, que la sorprende en Guipúzcoa y se incorpora al grupo anarquista Los Temerarios, al tiempo que empieza a forjarse fama como una de sus más destacadas corresponsales de la contienda a través de las páginas del donostiarra Frente Popular y de El Liberal. Caída Guipúzcoa, viaja a Vizcaya, donde escribe para CNT Norte (órgano oficial del comité regional del Norte), donde coincide por ejemplo con Germán Bleiberg (1915-1990), hasta que esta cabecera es temporalmente clausurada como consecuencia de sus tensiones con el Gobierno Vasco, y Cecilia empieza a escribir para La lucha de clases. En palabras de Karolina Almagia, (sospechosamente parecidas a las de la contracubierta  de Cecilia G. de Guilarte, reporter de la CNT):

Cecilia fue una mujer que no huyó del peligro y permaneció en medio de la batalla de Irun, en las calles de Bilbo durante los trágicos sucesos del 4 de enero de 1937 (cuando, tras un bombardeo que causó varios muertos, la muchedumbre penetró en las cárceles de la ciudad y causó una matanza entre los presos franquistas), en las posiciones del batallón Isaac Puente en Cimadevilla o en la ofensiva del general Mola.

Guilarte, en el centro de la imagen, al fondo, en una trinchera.

Al término de la guerra, la audaz corresponsal pudo pasar a Francia, donde colaboró en el periódico republicano de Bayona Le Sud-Ouest, hasta que finalmente pudo embarcarse con destino a México. Un puesto de redactora-jefe en la revista femenina El Hogar fue una de sus primeras ocupaciones en la capital mexicana (entre 1941 y 1949), pero en aquellos primeros años se dedicó también a la escritura de breves novelas rosas que le publicó en 1942 la editorial Delly, Camino del corazón, El milagro de la vida y Orgullo de casta, y que ella misma definió retrospectivamente como «Novelas para cambiarlas por pan, sentimentalonas y rosas». Declaró acerca de aquel trabajo:

Escribí tres novelas para ellos… Fíjate que les llevé una y me dijeron: «hay que quitarle cien páginas». Yo cogí cien páginas de cualquier sitio y las quité. Es que era una manera de ganar dinero, pero yo no tenía ilusión de dedicarme a la novela rosa…

En su libro Voces del exilio. Mujeres españolas en México, 1939-1950, Pilar Domínguez Prats rescata unas declaraciones acerca de esos primeros años de exilio en las que Guilarte revela la existencia de un proyecto de crear en la inmediata posguerra unan editorial en México en colaboración con quien en 1936 fuera secretario de la Agrupación de Periodistas de Madrid y uno de los pioneros de la radio en Unión Radio, Rafael Torres Endrina (1897-1945), asociados con quien fuera abogado fiscal del Tribunal Supermo y, durante la guerra, del Tribunal Popular de Murcia, José Gomis Soler (1900-1971), que era además un reputado arabista y había colaborado con diversas publicaciones periódicas ya en tiempos de la Segunda República (el semanario Tiempo, Crónica Ilustrada, Humanismo, Clarín, El Telegrama del Rif, El Sol…) y que en 1952 publicaría en la colección Ideas, Letras y Vida, de la Compañía General de Ediciones, una novela reportaje situada en la guerra civil, Cruces sin Cristo.

Del mismo modo que José Bergamín obtuvo financiación del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) para poder poner en marcha su selecta editorial Séneca, que no hay duda de que con sus ediciones contribuyó a la dignificación de la cultura republicana española, según contaba Cecilia G. de Guilarte la intención de esta empresa editorial que ella lideraba era obtener una ayuda de 15.000 pesos de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE) para dedicarse a:

La edición de una serie de publicaciones semanales (novelas cortas, teatro, episodios históricos, biografías) de precio barato y fácil divulgación y venta… Además, emplearíamos a muchos escritores y periodistas exiliados, a quienes sería posible ayudar encargándoles originales, traducciones…

Guilarte en México.

La idea parece bien orientada, y además coherente con la necesidad de proporcionar fuentes de ingreso a los refugiados republicanos, pero, por falta de financiación, no pudo hacerse realidad. Cecilia de Guilarte prosiguió su carrera como escritora todo terreno, con colaboraciones en radio, como editorialista y creadora del suplemento de cultura de la cadena de periódicos Healy de Sonora, como jefa del Departamento de Extensión Universitaria y directora de la revista Universidad de Sonora, dejando su amplia obra periodística en cabeceras del exilio vasco (Guernika, Euzko-Gogoa, el Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos, Euzko-Deya), así como una obra literaria no condicionada por la necesidad económica, en la que alternan la novela ─Nació en España (Míjares, 1944)─, el teatro ─La trampa (Costa-Amic, 1958)─, el ensayo biográfico ─Sor Juana Inés de la Cruz. Claro en la Selva (Ekin, 1958) y El Padre Hidalgo, libertador (Universidad de Sonora, 1958)─, antes de su regreso definitivo a su Tolosa natal en 1964, con el que se iniciaría una nueva etapa en la que las colaboraciones periodísticas se conjugarían con el éxito literario (Premio Ancla de Oro ese mismo año, mención de honor en el Premio Gabriel Miró del Ayuntamiento de Alicante en 1969, Premio Águilas por Cualquiera que os dé muerte en 1969…) y con la publicación de inéditos que ha proseguido hasta bien entrado el siglo XXI (Los nudos del quipu, por ejemplo, se publicó por primera vez en la Biblioteca del Exilio en 2015).

Se hace difícil pensar, ante una trayectoria semejante, que si se lo hubiera propuesto Cecilia G. de Guilarte no hubiera podido sacar adelante una colección como la que había proyectado y que probablemente hubiera constituido una ayuda para los intelectuales españoles.

Carnet de periodista expedido por Euzko Deya a nombre de Cecilia G. de Guilarte.

Fuentes:

Karolina Almagia, «Cecilia G. de Guilarte, anarquista y corresponsal de guerra», Gara, 30 de marzo de 2008.

Anónimo, «Cecilia G. de Guilarte. Profesora universitaria y reportera anarcosindicalista», CNT Puerto Real (Cádiz), s/f.

Manuel Aznar Soler, «Cecilia G. de Guiliarte», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Biblioteca del Exilio, 2016, vol. 3, pp. 7-10.

Blanca Gimeno Escudero El discurso femenino en la obra literaria de Cecilia G. Guilarte, tesis doctoral presentada en la Universidad de Valladolid, 2013.

Cary Parker (dirección y edición) y Mónica Jato (guión y producción), Un barco cargado de… memoria, Independent, 2012. Film.

Mónica Jato, Holly Pike y Ana María Izaskun Ruiz García, Un barco cargado de… (blog).

Julen Lezamiz y Ana Urrutia, «Cecilia G. de Guilarte: de corresponsal en la guerra civil a escritora en el exilio», Revista Internacional de Ciencias Humanas 4 (1025), pp. 137-141.

Pilar Rodríguez Prats, Voces del exilio. Mujeres españolas en México, 1939-1950, Madrid, Universidad Complutense, 1994.

Guillermo Tabernilla y Julen Lezamiz, Cecilia G. de Guilarte, reporter de la CNT. Sus crónicas de guerra, Bilbao, Asociación Sancho de Beurko (Monografías de la guerra civil en Euzkadi 5), 2007.

 

José Agustín Català, edición comprometida y memoria histórica en Venezuela

La entrada en el mundo de los libros y la edición de José Agustín Català (1915-2011), hijo primogénito del también editor Juan Català Arráiz, se produjo como consecuencia de sus duras experiencias políticas en la Venezuela de los años treinta, y de hecho toda su trayectoria en ese ámbito estaría marcada por la evolución de la política latinoamericana.

José Agustín Català.

Ya en 1934, cuando contaba diecinueve años, la publicación de un poema sobre el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935) en el semanario de Maracaibo Orión le puso bajo la lupa de las autoridades. Poco después, el poeta espiritista y comunista Luis Ramón Cerró estaba intentando publicar un polémico artículo sobre el libro Conócete a ti mismo, del filósofo navarro afincado en Argentina Joaquín Trincado (1886-1935), y después de ver cómo se lo rechazaban El Carabobeño y El Mutualista, lo mandó al Orión, que decidió publicarlo y se inició entonces una investigación que hizo que, por primera vez, José Agustín Català se alojara desde el 9 de junio en los calabozos de la dictadura venezolana (en esa ocasión, durante cuatro meses). De esas fechas data su proyecto de publicar, con el escritor Pablo Domínguez, unos cuadernos quincenales de tema literario, pero la iniciativa queda en suspenso, indefinidamente, a raíz de la muerte del dictador.

A principios de 1936 ya es un hombre bien conocido por las autoridades del Estado de Carabobo (al frente del que se encontraba el poeta y publicista Salvador Carballo Arvelo), y se implica activamente en el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE), en la Asociación Nacional de Empleados (cuya presidencia asume entre 1926 y 1937), y participa en la organización de la huelga general, que le llevará a conocer a quien será ya siempre su amigo, el periodista comunista Rómulo Betancourt (1908-1981). Sin embargo, Carballo Arvelo hace todo lo posible por sacarse de encima a todo aquel que tuviera la más mínima sospecha de relación con el comunismo, y finalmente consiguió que el Ministerio de Relaciones Interiores expulsara del país a José Agustín Català (junto con un numerosos grupo de dirigentes políticos). No obstante, gracias a las gestiones de su amigo José Amenodoro Rangel Lamus (1890-1991), que en 1938 había sido nombrado ministro de Agricultura y Cría, Català pudo regresar y, por tener prohibido el regreso a Valencia, se instala entonces en Caracas, donde colabora con diversos ministerios hasta que en 1945 se le encarga la dirección de El País y poco después la dirección de la Imprenta Nacional y la Gaceta Oficial.

Sin embargo, a raíz del golpe militar encabezado por Carlos Delgado Chalbaud (1909-1950), que destituyó a Rómulo Gallegos (1884-1969), Català abandona esos cargos y se centra en la lucha política clandestina y en una intensa labor como impresor y editor independiente (en Ávila Gráfica). Manuel Felipe Sierra lo ha resumido con detalle del siguiente modo:

Había adquirido una pequeña prensa por 60.000 bolívares, que fue ampliada con la ayuda de Miguel Ángel Capriles, quien le proporcionó en cómodos plazos los equipos del viejo taller de Fantoches, el famoso semanario de Leoncio Martínez. Nace la Editorial Ávila Gráfica, entre Hoyo y Santa Rosalía, 18-1. Al poco tiempo alcanza prestigio por la publicación de folletos y de libros de los más reconocidos intelectuales de la época.

En esos años la Editorial Ávila Gráfica publica sobre todo obras que abordan la historia y la identidad venezolana desde diversas perspectivas, como José Félix de Sosa, mártir de la nacionalidad (1949), de Luis de Sosa Báez; Folklore y cultura (1950), de Juan Liscano, con el que se estrenaba la colección Nuestra Tierra; Descripción exacta de la provincia de Benezuela (1950), de Joseph Luis de Cisneros; Guerra de guerrillas, la campaña del general Horacio Ducharne en Oriente (1951), de Alejandro Rescaniere; El Libertador, el protector y un libraco de Capdevila (1951), de J. A. Cova, o La mentira en Guayaquil o el fetichismo argentino (1951), de Guillermo Morón, aunque también obras ensayísticas (como Temas principales de la filosofía del derecho, de Ladislao Tamoi, en 1951) y otras más marcadamente literarias, caso de los poemarios de Luis Pastori Toros y santos y Tallo sin muerte, ambos de 1950, o las novelas Agua Turbia (1950), de V. N. Graterol Leal, y El corcel de las crines albas (1950), de Lucila Palacios (Mercedes Carvajal de Arocha, 1902-1994), galardonada con el Premio Arístides Rojas de 1949, en la colección Novelistas Venezolanos.

En cuanto a las publicaciones periódicas, el intento de poner en pie una cabecera de información política con el historiador Ramón J. Velásquez, para la que incluso ya tenían título (Hechos), fue abortado por la censura, pero de las prensas de Ávila Gráfica salen a partir de 1950 los primeros números de Resistencia, la cabecera de la clandestina Acción Democrática, los números de la revista de vanguardia izquierdista Cantaclaro, que da nombre a un grupo de escritores entre los que destacan los poetas Rafael José Muñoz, Francisco Pérez Perdomo, Jesús Sanoja Hernández y Miguel García Mackle, así como Signo, revista de pensamiento político y de oposición a la dictadura militar dirigida por Ramón J. Velásquez, Julián Liscano y Alfredo Tarre Murzi, pero al poco tiempo el grupo que animaba esta cabecera se dispersa entre el exilio y la prisión.

Recién iniciada la década de los cincuenta, en 1952, serán sus propios libros y la participación en otros de autoría colectiva los que llevarán de nuevo a prisión a Català. Ya la publicación de la primera edición de Juan Vicente Gómez, un fenómeno telúrico (1951), del escritor peruano afincado en Caracas José Pareja y Paz Soldán (1913-1997), al que se había añadido un apéndice con algunas anécdotas adicionales sobre el dictador, había puesto a las autoridades sobre aviso. Pero el caso más conocido es el de Venezuela bajo el signo del terror: Libro negro de una dictadura (1948-1952), que aparece como una publicación del Comité Ejecutivo Nacional del clandestino Partido Acción Democrática, que en los años setenta aún seguía reeditándose en El Centauro (no confundir con la Centauro mexicana del exiliado republicano español José Bolea). Al parecer, la idea era un proyecto del excapitán policía Juan Bautista Rocas, que acabó de imprimirse el 4 de octubre de 1952 (cuando el referido capitán había fallecido ya tras ser detenido y conducido al campo de concentración de Guasina). Surgido al amparo de un nombre creado expresamente para la ocasión, Ediciones El Centauro, el libro constituye un repaso a la historia y circunstancias en que se han producido las víctimas del régimen, y a los quince días de empezar a circular el libro se producen los registros casi simultáneos de los talleres de Ávila Gráfica y del domicilio particular de Català, que es detenido y liberado al cabo de veinticuatro horas. Días después, en lo que tiene toda la pinta de una brutal operación de desprestigio contra Català, aparece asesinado el abogado Leonardo Ruiz Pineda (secretario de Acción Democrática), y el editor es de nuevo detenido por la Seguridad Nacional y entonces torturado y encarcelado durante tres años en las tristemente célebres prisiones Modelo y de Ciudad Bolívar (salió en 1956). Consciente de la impunidad en que podían caer los crímenes de la dictadura, y según cuenta Rafael Simón Jiménez:

Català, con paciencia encomiable, se dedicó a documentar toda la realidad de las víctimas de la dictadura y con los métodos más rudimentarios: escribiendo en papel cebolla y sacando la información acopiada mediante los más inverosímiles medios que burlaran la vigilancia de sus carceleros. Logró así constituirse en el gran cronista de esa década dictatorial, lo que luego incrementaría al ponerse en posesión de los archivos de la Seguridad Nacional; copiosa información sobre las actividades represivas del régimen.

Poco después de salir de prisión, una vez caída la dictadura de Pérez Jiménez, el prolífico Català se incorpora a la dirección del Instituto Municipal de Crédito Popular, para pasar luego a la de la Secretaría y Comisionado de la Presidencia de Rómulo Betancourt, pero renuncia al cargo para crear las Producciones Ávila Films y, poco después, la Editorial El Centauro donde desarrolla una actividad de dimensiones asombrosas. Sin embargo, durante esos años se ganó justa fama también como colaborador de cuantos periodistas e historiadores se interesaron por esclarecer los casos de represión, exilio y asesinatos institucionales durante las dictaduras venezolanas del siglo XX, y puso un enorme empeño en dar a la luz pública toda la documentación e investigaciones referentes a este asunto, hasta el punto que se ha podido escribir acerca de su interés por el tema que «No ha habido testimonio escrito revelador de los crímenes de la dictadura que no haya pasado por sus manos de editor».

En la década de los años setenta, El Centauro retoma la línea editorial de lo que fue la editorial Ávila Gráfica, con la reedición de títulos importantes, como el mencionado Juan Vicente Gómez, un fenómeno telúrico (en esta ocasión con prólogo de Ramón J. Velásquez), y con libros como El general Betancourt y otros escritos (1970), de Rómulo Betancourt; el colectivo Prisiones de Venezuela. A la muerte de Juan Vicente Gómez (1974), con prólogo de Gustavo Machado; las Memorias (1974) de Jean Baptiste Bonsingault (1801-1887), quien compartiera correrías con Simón Bolívar por Venezuela; La soberanía del petróleo (1975), de Francisco Álvarez Chicón; los volúmenes ensayísticos de Rómulo Gallegos Una posición en la vida (1977), junto a nuevo a títulos más marcadamente literarios, caso del primer volumen de la poesía reunida de Andrés Eloy Blanco, De Tierras que me oyeron a Baedeker 2000 (1976), quien al parecer era uno de sus poetas dilectos. Más novedoso es el interés sostenido por el género periodístico, que se manifiesta por ejemplo en La comunicación impresa. Teoría y práctica del lenguaje periodístico (1976), y que tendrá continuidad hasta en libros del propio Català, de lo que puede ser ejemplo el libro escrito a cuatro manos con Eleazar Díaz Rangel De la dictadura de Pérez Jiménez a los años de Hugo Chávez (2003), que lleva por ilustrativo subtítulo «Censura y autocensura a medios de comunicación en Venezuela, 1945-2003».

El mismo énfasis en estos temas se percibe en los títulos publicados en las décadas sucesivas, con el volumen de quien fuera senador comunista Eduardo Gallegos Mancera (1915-1989) Sol solo sol (1987), ilustrado por José Miguel Menéndez, alternando con Los símbolos sagrados de la nación (1981), de Francisco Alejandro Vargas, el libro colectivo Clase obrera, partidos y sindicatos, 1936-1950 (1982), Cinco años de agresiones estadounidenses a Centroamérica y el Caribe (1985), de Gregorio Selser, El golpe militar de 1948 y su secuela trágica, del propio José Agustín Català, subtitulado «Memoria para desmemoriados» y que incorpora informes confidenciales de la embajada estadounidense en Caracas, Gustavo Machado, un caudillo prestado al comunismo (2001), de Domingo Alberto Rangel, o Los fraudes electorales en Venezuela. De la oligarquía conservadora a la última dictadura (2004), de Alexis Márquez.

No contento con centrar su interés en recuperar la memoria histórica venezolana, e intentar impedir de este modo tanto la impunidad de los culpables de crímenes contra la humanidad como la creación de falsos mártires, Català tuvo empuje también para poner al descubierto las trapacerías de otras dictaduras americanas. En 1996, al tiempo que ponía en marcha unos Cuadernos de Pedacería en los que él mismo se ocupaba de recopilar textos breves de y sobre la obra del poeta, dramaturgo  y humorista de la Generación del 18 Andrés Eloy Blanco (1896-1955) (de los que llegaron a salir por lo menos cinco números conmemorativos del centenario del escritor venezolano), el gobierno de Chile otorgaba a Català en la embajada chilena en Caracas la Orden Bernardo O’Higgins por «haber producido la más extensa bibliografía contra la dictadura de Pinochet, desde el inicio de su instauración».

Fuentes:

Anónimo, «Adiós al Gran Català», Tal Cual. Claro y Raspao, 19 de diciembre de 2011.

Carlos Delgado Flores, coord., Trincheras de papel: el periodismo venezolano del siglo XX en la voz de doce protagonistas, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello-El Nacional, 2008.

Manuel Felipe Sierra, «El editor insomne» Abc de la Semana, 27 de febrero de 2010.

Julio Rafael Silva Sánchez, «José Agustín Català, capitán del desolvido», La página de Omar Montilla, 7 de abril de 2012.

Rafael Simón Jiménez, «En memoria de José Agustín Català», Cuadernos del Centro de Estudios del Desarrollo, núm. 88 (enero-abril de 2015), pp. 183-189.

Milagros Socorro, «Homenaje a José Agustín Català», Prodavinci, 6 de noviembre de 2016.

Gerónimo Alberto Yerena Cabrera, «José Agustín Català, editor», Venezuela de antaño, 26 de abril de 2012.

Algunos descubrimientos editoriales: al César lo que es del César

Es muy común entre los editores con vocación cultural el deseo del descubrimiento de nuevos valores, y quien fuera editora de Lumen, Esther Tusquets (1936-2012), lo expresaba diciendo que prefería publicar la primera obra de un autor importante que la última. Otro editor de cuerda hasta cierto punto similar, Manuel Borrás, de Pre-Textos, se quejó en alguna ocasión de tener la sensación de actuar como el ojeador que levanta la pieza para que otro cazador mayor cobre la pieza, aludiendo a las grandes empresas editoras que contrataban las segundas o terceras obras de escritores a los que pequeñas editoriales, como la suya, se habían arriesgado a dar a conocer por primera vez.

De izquierda a derecha, Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez .

Esta vocación descubridora es muy común que vaya acompañada de la voluntad de crear un catálogo de autores, frente a los catálogos de obras. Dicho de otro modo, la pretensión de reunir toda la obra de algunos autores, aunque es evidente que compaginar esas dos vocaciones (descubrir y hacer lo que suele llamarse «política de autor»), a la larga siempre ha sido problemático, porque también es muy raro que una editorial de esas características pueda (o quiera) crecer del modo en que tal equilibrio requeriría, así que a menudo llega un momento que cada nuevo descubrimiento implica desprenderse de las nuevas obras de algún autor que hasta entonces era considerado «de la casa».

Estas «políticas de autor» acaban por generar entre los lectores el establecimiento de una muy firme asociación entre unos autores y sus editores. Valgan como ejemplos, en el ámbito de la edición española, el de Miguel Delibes con Destino o el de Umberto Eco con la Lumen de Esther Tusquets. Por otra parte, este mismo vínculo suele ser explotado y reivindicado por los editores, cuando el autor en cuestión se consagra, como caso de éxito en su política de autor, pero en más de una ocasión eso ha llevado también a excesos, y la prensa literaria, no siempre suficientemente informada, a veces no ha hecho sino contribuir a ello.

Es bastante lógico, por ejemplo, que el nombre de Javier Marías haya quedado estrechamente vinculado en la memoria del lector más joven a la editorial Alfaguara, desde que en 1998 publicó allí Negra espalda del tiempo y a partir de ese momento publicó en Alfaguara tanto sus nuevas obras como las reediciones de sus novelas anteriores. Pero estas no eran pocas, desde la inicial Los dominios del lobo en Edhasa (1971), pasando luego por La Gaya Ciencia (Travesía del horizonte, 1973), un primer paso por Alfaguara que no fructificó (El monarca del tiempo, 1978) y otro también efímero por Seix Barral (El siglo, 1983), antes de recalar en Anagrama, donde empezó a despertar una atención progresivamente mayor tanto de la crítica como de los lectores (El hombre sentimental, 1986; Todas las almas, 1989; Corazón tan blanco, 1992; Mañana en la batalla piensa en mí, 1994), hasta que una vitriólica polémica entre autor y editor acabó con la relación.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

En el ámbito de las traducciones del francés, otror ejemplo, un nombre estrechamente ligado a Anagrama es el de Amélie Nothomb,  quien se estrenó en esta editorial con una novela (Estupor y temblores) lo suficientemente asombrosa como para aunar dos premios tan aparentemente opuestos como el Gran Premio de la Academia Francesa y el Premio Internet (otorgado por los internautas). Menos conocido es que quien se había empeñado inicialmente en convertir a Nothomb en «autora de la casa» y darla a conocer a los lectores en lengua española, implementando su propia política de autor, fue Sílvia Lluís en su editorial Circe, donde aparecieron consecutivamente Higiene del asesino (1996), Las catilinarias (1997) y Atentado (1998).

En cuanto a la literatura en lengua inglesa, y sin movernos de la editorial de la calle Pedró de la Creu, pocos autores más específicamente anagramáticos que Paul Auster, aun cuando a su llegada a la editorial de Jorge Herralde ya tenía una obra notable publicada en español. En Júcar habían aparecido por entonces los tres títulos de la Trilogía de Nueva York (1988), que más tarde aparecería retraducida en Anagrama, mientras que en Edhasa se habían publicado El país de las últimas cosas (1989), La invención de la soledad (1990) y El arte del hambre (1992), títulos todos ellos de los que Anagrama reeditaría las mismas traducciones de María Eugenia Ciocchini. Jorge Herralde explicó del siguiente modo el caso de Auster, en un patrón aplicable también a Nothomb y Marías, apuntando al papel de la crítica literaria y a la diversa fiabilidad que ésta, al margen de las cualidades de las obras y autores en cuestión, otorga a ciertas editoriales: «Después de la publicación en España de sus primeras obras con muy poca repercusión, en Anagrama iniciamos la publicación de este autor, en 1990, con una de sus mejores novelas, El palacio de la luna, que tuvo reseñas excelentes.»  Caso un tanto distinto fue el paso de la esposa de Auster, Siri Hustvedt, de Circe a Anagrama, que empezó a gestarse con la publicación simultánea de la novela Todo cuanto amé (2003) por la primera en España y la segunda en Latinoamérica, cuando Circe le había publicado ya las novelas Los ojos vendados (1992), El hechizo de Lili Dahl (1996) y el ensayo En lontananza (1998).

Al igual que en el de Marías, también fue muy sonado y ampliamente divulgado por la prensa más o menos cultural el polémico paso del escritor húngaro Imré Kertész (1929-2016) de Acantilado a Alfaguara, escándalo que respondía tanto a que se le acaba de conceder  el Premio Nobel de Literatura como a la reivindicación casi patrimonial que de él hacía Jaume Vallcorba (1949-1914), quien desde 2001 había ido publicando, sin ningún éxito, toda su obra. Sergio Vila-Sanjuán resumió con bastante ecuanimidad el proceso:

Jaume Vallcorba ha realizado una labor de primera con la obra de Imre Kertész, a la que ha conferido visibilidad en España a través de su edición en El Acantilado. Por ello es de lamentar que no sea él quien siga publicándole ahora. Sin embargo, el debatido cambio de editorial hispana del autor húngaro tras la concesión del Nobel sirvió, paradójicamente para devolverle a los brazos de su primer editor entre nosotros.

Y la clave para entenderlo está en un pasaje de Mihaly Dés en la revista Lateral:

Modestia y patriotismo aparte, puedo aportar algún dato sobre el trasfondo del affaire Kertész. En su día recomendé a algunas editoriales que publicasen Sin destino, su primera novela. Al final me hizo caso Enrique Murillo, a la sazón director literario de Plaza & Janés, la editorial que luego oportunamente se deshizo tanto de Murillo, como de esa obra tan poco comercial.

Jaume Vallcorba.

A lo que hay que añadir que cuando la obra de Kertész pasó a Alfaguara Murillo era asesor de esa editorial para literaturas internacionales. Y también que entre Plaza & Janés y El Acantilado, el autor húngaro tuvo otro valedor en España, Herder, que le publicó el volumen de ensayos Un instante en el paredón (1998).  Sin embargo, cuesta entender las dimensiones y la acritud de esa polémica sin tener en cuenta una idea de identificación entre Kertész y Acantilado que estaba muy arraigada entre los lectores españoles.

Algo similar se ha ido asentando más recientemente entre el escritor de origen keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y las versiones españolas y catalana de la editorial Rayo Verde/Raig Verd, que rescataron y tradujeron (del inglés) Sueño en tiempos de guerra. Memorias de infancia (2016), Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales (2017) y, sólo en catalán, Descolonitzar la ment (en español había aparecido en 2015 en Debolsillo), pero se volcaron en una intensa campaña para afianzar ese vínculo entre la editorial y el narrador y ensayista keniano en la opinión general (vía medios de comunicación), probablemente muy conscientes de la visibilidad que conlleva la candidatura de Ngũgĩ wa Thiong’o al Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, ya desde los años ochenta estaban disponibles la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o Pétalos de sangre en Arte y Cultura en 1987 y Elefanta del Sur Editorial en 2014,  y a este título le siguieron Un grano de trigo, publicada en la editorial habanera Arte y Cultura (en traducción de José Rodríguez Feo) y años más tarde en Ediciones Zanzíbar (traducida y prologada por Marta Sofía López), El diablo en la cruz en Txalaparta en 1994, Matigari en El Colegio de México en 2005, El brujo del cuerpo en Alfaguara ese mismo año, e incluso su narrativa breve («Boda en la cruz») estuvo representada en el primer volumen de la famosa antología preparada por Charlotte Broad Todos cuentan. Narrativa africana contemporánea (UNAM, 2012).

Como dejó escrito el gran editor Siegfried Unseld (1924-2002), «el prestigio de una editorial literaria lo determinan el rango de sus autores, la influencia y la distinciones de éstos, el grado de interés que sus libros suscitan y las consecuencias que tienen». Aun así, en algunas ocasiones los departamentos de promoción de algunas pequeñas editoriales, en su afán por establecer y afirmar esos vínculos, «olvidan» mencionar quién descubrió, ni que sea para un determinado público, al autor en cuestión, cosa que, al fin y al cabo,  probablemente sea más asumible por los lectores cuando lo hacen los editores que cuando, haciendo dejación de sus funciones de informarse y dando gato por liebre, lo hace la prensa cultural. Con todo, es bastante absurdo o pueril intentar personalizar unos descubrimientos, por un lado porque el editorial es un ámbito de trabajo colectivo, pero sobre todo cuando nos referimos a traducciones (pues hubo quien arriesgó previamente).

Fuentes:

Mihály Dés, «También la Corte está desnuda», Lateral, núm. 95 (noviembre de 2002).

Jorge Herralde, «Los cinco libros más significativos en Anagrama», conferencia pronunciada en el marco del Simposio Editores, editoriales, agentes y mercado literario en Iberoamérica el 28 de marzo de 2008 y recogido en El optimismo de la voluntad, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

Sergio Vila-Sanjuán, «Las paradójicas vueltas del editor», Clarín, 18 de enero de 2003.

La eterna juventud editorial: Media Vaca

La ciudad de València es una de las de mayor tradición impresora entre las editoriales europeas, y en su historia destacan algunos hitos, como la brillante etapa de la Tipografía Moderna de la estirpe de los Soler iniciada con Manuel Gimeno Puchades, el auge de la Sempere y Compañía de Francisco Sempere i Marsà (1859-1922) o la bulliciosa y fructífera pero brevísima etapa en que fue capital de la República Española (noviembre de 1936-octubre de 1937), que sin embargo no sirvieron para situarla como la principal capital europea en el ámbito de la edición.

Se ha identificado como la primera imprenta en Valencia la que puso en pie el comerciante alemán (representante de la familia Ravensburg) Jacobo Vitzlán en las inmediaciones del portal de la Valldigna, en cuyo talleres se imprimió un libro liminar como las Troves en Lahors de la Verge Maria (1474), si bien eso sucedía cuando al frente de los mismos se encontraba ya Lambert Palmart. Y no es arriesgado considerar que en el siglo XV y principios del XVI València sí atrajo a impresores importantes y ocupó un lugar muy destacado en este ámbito, hasta el punto de convertirse en núcleo de entrada del humanismo italiano e irradiador del mismo en el resto de la Península.

Quizá eso explique la existencia a veces no muy longeva pero a menudo culturalmente importante de editoriales exigentes en la capital valenciana, entre las que pueden mencionarse a bote pronto las Edicions Tres i Quatre fundadas por Eliseu Climent (n. 1940) a finales de los años sesenta, la Pre-Textos de Manuel Borrás Arana (n. 1952) o  Campgràfic, de Xavier Llopis, José Luis Martín y Fèlix Bella. Y es también el caso deMedia Vaca, creada por el matrimonio formado por Vicente Ferrer Azcoiti (n. 1963) y Begoña Lobo Abascal (n. 1963) en 1998.

Interior de La vida secreta de los libros. Media Vaca: 1998-2003.

El primer libro publicado por Media Vaca aparece en diciembre de 1998 firmado por el ilustrador y portadista editorial barcelonés Arnal Ballester (n. 1955), y de hecho su firma y el título, No tinc paraules, es casi lo único del volumen que no es imagen. El libro apareció en compañía de Narices, buhitos, volcanes y otros poemas ilustrados, obra de Carlos Ortín y con textos de autores en apariencia tan heterogéneos como son Francisco de Quevedo, Heinrich Heine, Jacques Prévert, Gloria Fuertes o Pere Quart, entre otros muchos, y Pelo de zanahoria, de Jules Renard, traducido por Álvaro Abós e ilustrado por Gabriela Rubio.

Como es evidente, Media Vaca otorgó desde el principio un protagonismo estelar a la ilustración, y ya con sus primeras obras obtuvo el reconocimiento de la crítica tanto nacional como internacional, así como importantes galardones al libro infantil y juvenil mejor editado (por  Pelo de zanahoria), el segundo premio a las Mejores ilustraciones de libros infantiles y juveniles (por Narices, buhitos…) o selecciones en la Internationale Judgend Bibliothek, el Banco del Libro de Caracas o el Salon du Livre de Jeunesse de Montreuil (en el caso de No tinc paraules).

La importancia otorgada a la imagen es fácilmente comprensible al saber que ya desde los quince años Vicente Ferrer se autopublicaba mediante fotocopias y que, cuando le regalaron una motocicleta, la vendió para poder imprimir en offset doscientos ejemplares de un cómic que había escrito y dibujado. Pero la exitosa heterogenia de Media Vaca se explica probablemente tanto por la calidad de las ilustraciones como por la concepción de los libros en tanto que objetos bellos, con textos divertidos e inteligentes y combinados con audacia con las ilustraciones, que surge de un planteamiento relativamente radical acerca de la función que debe desempeñar la imagen en el libro y un replanteamiento moderadamente revolucionario de la tradición que asocia perezosa y absurdamente el libro ilustrado con ese invento no tan viejo llamado «literatura infantil (o juvenil)».

Con independencia de que sirvan para orientar el consumo, ¿tienen algún sentido establecer compartimentos estancos entre las edades de los lectores? –se pregunta Vicente Ferrer en un texto publicado en La vida secreta de los libros, y prosigue–: Desde cierto punto de vista esta clasificación es una restricción, una forma de censura; desde otro punto de vista da a entender, a mi juicio de manera engañosa, que existe una progresión en las lecturas y que según crecemos en edad aumenta nuestra exigencia como lectores. ¿Son los poemas de Benjamin Pérec lecturas adultas? ¿Son las lecturas de Alejando Dumas lecturas juveniles? ¿Son los cuentos de Hans Christian Andersen lecturas infantiles?

También es cierto que Media Vaca tiene una colección bautizada muy explícitamente Libros para Niños, pero los títulos y autores que en ella publican están muy alejados de los tópicos trasnochados que la editorial pretende dejar atrás: El arroyo, del geógrafo anarquista Eliseo Reclus (1830-1905), con dibujos del artista brasileño Eloar Guazzelli; Los niños tontos, de Ana María Matute, ilustrado por Javier Olivares; Cien greguerías [de Ramón Gómez de la Serna] ilustradas por César Fernández Arias, el Alfabeto de la literatura infantil de Bernardo Atxaga con dibujos de Alejandra Hidalgo…

Eliseo Reclus.

Y junto a ellos colecciones cuyos nombres también denotan el espíritu juguetón, pero de juego muy serio, que anima estos libros: Mi hermosa ciudad, El Mapa de Mi Cuerpo, Libros para Mañana, Últimas lecturas (que se estrenó con una impresionante edición de los Crímenes ejemplares de Max Aub)…, o, fuera de colección,  una edición de la Declaración de los Derechos Humanos, en coedición con el Centro de Acogida a Refugiados de Mislata, ilustrados por Diego Bianki, Cesc, El Roto, Forges, Yukari Miyazawa, Jaume Perich, Saul Steinberg, Roland Topor, Isabelle Vandenabee, Sempé…

Tamaña ambición, rigor en la concepción de los libros como un entramado de ilustración y texto y la originalidad y cuidado en el diseño y confección de los libros explican seguramente que Media Vaca sólo publique tres novedades anuales, pero la cantidad de reconocimientos (coleccionan distinciones de la Feria del Libro de Bolonia), la difusión de sus libros en otros países (traducidos al coreano, francés, italiano…) y la fidelidad de un número apreciable de lectores, de todas las edades y mayoritariamente en América, parecen justificar sobradamente este comedimiento en el número de títulos anuales. Al parecer, cosa difícilmente censurable, priman la calidad por encima de la cantidad.

Interior de Crímenes ejemplares.

Fuentes:

Web de Media Vaca, en el que puede leerse el texto de Vicente Ferrer citado.

AA. VV., La vida secreta de los libros. Media Vaca: 1998-2003, València, Col·legi Major Rector Preset (Universitat de València), 2003.

Anónimo, «Entrevista a Media Vaca», Crean, 17 de enero de 2013.

Toni Esteve, «Es bueno que un niño aprenda que los libros no son objetos de usar y tirar», nonada, 2 de marzo de 2016.

Vicent Molins, «Media Vaca, la editorial en miniatura que conquista el planeta de los libros», Valencia Plaza, 4 de mayo de 2017.

Rafa Rodríguez Gimeno, «La alegría lectora de Media Vaca», Verlanga.

Contra de Crímenes ejemplares.

La primera editorial que le tomó el pelo a la censura franquista

Cuando al término de la guerra civil española, Aymà crea la combativa editorial Alcides, poco podía imaginar que con el tiempo acabaría por publicar una obra tan sobresaliente como la dirigida por el prestigioso historiador Ferran Soldevila (1894-1971) Un segle de vida catalana 1814-1930, ni que acabaría por tener como director a Joan Oliver (1899-1986), que justo en ese momento se encontraba en Francia a punto de iniciar un largo periplo que le llevaría a exiliarse durante varios años en Chile.

La editorial Alcides la crea formalmente el 15 de mayo de 1939, con sede en la calle Pau Claris, un grupo formado por Jaume Aymà i Ayala (1882-1964), su hijo  Jaume Aymà i Mayol (1911-1989), que con esta iniciativa se estrenaban en el mundo editorial tras un intento frustrado durante la guerra y después de colaborar el primero con la Editorial Pedagógica, y tres de los hombres que habían sido responsables de la Associació Protectora de la Ensenyança Catalana, y por consiguiente también de su ya mencionada editorial (la Pedagócica), los geógrafos Tomàs Iduarte i Aragonés y Josep Parunella i Eulàlia (1889-1980) y el doctor en medicina Josep Girona i Cuyàs.

Una de las copias de la escritura de la fundación de Alcides.

Si, pese a la brevedad de esta primera etapa de la editorial, su nombre ha quedado en un lugar destacado en las historias del libro es porque a ella se debe, en un episodio bastante azaroso, el primer libro en catalán autorizado por la censura franquista, gracias a un astuto ardid. El libro en cuestión, Mes de Maria Eucarístic, de Lluís G. Otzet, es un volumen de 237 páginas, con ilustraciones de Josep Lisbona, del que en la imprenta Vídua de Ramon Tobella se tiraron 125 ejemplares que, según se indica en una estampilla adjunta, se trata de una «Edición particular. Prohibida la venta de este ejemplar bajo ningún concepto». La autorización para publicarlo, solicitada por  Jaume Aymà, pudo hacerse sin pasar por Madrid porque se presentó como un recordatorio de comunión, y, puesto que la censura barcelonesa estaba facultada para autorizar obras e impresos de hasta 16 páginas, debieron de pensar que un recordatorio de comunión no debía de exceder esa extensión, aunque en este caso se trata de un impreso inusualmente extenso para tratarse de un recordatorio.  Seguramente contribuyó también a obtener la autorización para publicar en catalán el hecho de que el autor era un sacerdote (había sido rector de Súria) fallecido en enero de 1939 en Vic como consecuencia de los bombardeos (franquistas, eso sí).  El nihil obstat lo firmó el obispo Gabriel Solà Brunet, que llegaría a ser máximo responsable de la catedral de Barcelona.

Oscar Samsó, en su imprescindible estudio sobre la edición clandestina en Cataluña durante el franquismo, reconstruye el origen de esta primera edición de Alcides del siguiente modo:

Desde la imprenta de la Vídua de Ramon Tobella de la calle del Carme 19, donde se imprimió, llaman a Jaume Aymà, hijo, para que se ocupara de la corrección del catalán. Entonces se planteó quién figuraría como editor, y convinieron en que se podría hacer con el nombre de Alcides.

Así pues, cuando hacía apenas un mes que se había constituido Alcides, ya aparecía un título con su nombre, pero lo que en realidad se proponía el grupo fundador era poner en pie una colección dedicada a los clásicos españoles e italianos, la Biblioteca de Clásicos Alcides, de la que apenas pudieron sacar unos pocos títulos.

Jordi Aymà menciona entre las publicaciones de Alcides una edición de Laura o el sello rojo, de Alfred de Vigny (muy probablemente en la traducción de Emili Vallès i Vidal) y un Calendario instructivo para 1940, y anteriores a estas fueron las de un Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, precedido de un prólogo de Jaume Aymà i Mayol, y una edición de Juan Ruiz de Alarcón, así como una compilación de canciones navideñas con textos de autores tan diversos como Santa Teresa, Lope de Vega, Góngora, Eugeni d´Ors y Sebastià Sánchez Juan, entre otros, ilustrada por D´Ivori (Joan Vila Pujol, 1890-1947).

En 1940, los problemas económicos y la escasa implicación de los socios hizo que la editorial cesara su actividad, justo en el momento en que Jaume Aymà i Mayol se da de alta como editor en la Cámara Oficial del Libro para fundar sucesivamente Atlàntida (1940), también de corta vida, y posteriormente, con su padre Jaume Aymà y Mayol, la Editorial Aymà, S.L. (1941), que subsumió las colecciones creadas por Atlántida y consiguió despegar sobre todo gracias al extraordinario éxito que obtuvo en 1942 al arriesgarse con Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949), de la que, dada su descomunal extensión,  hicieron una tirada de 12.000 ejemplares, que se agotó a los pocos días.

Sin embargo, Alcides no llegó a disolverse, lo que permitió que varias décadas después, en 1962, cuando la censura con respecto a la edición en catalán ya se había relajado bastante, se la pudieran ceder al abogado y activista cultural catalanista Pere Puig Quintana (1907-1981), quien ya tenía una cierta experiencia en el ámbito editorial como cofundador de la Revista d´Igualada (1929-1930), que contó con alguna colaboración esporádica de Xavier Benguerel (1905-1990), y sobre todo como creador, con Maurici Serrahima (1902-1979) y Félix Millet i Maristany (1903-1967), de la Benéfica Minerva, empresa gracias a la cual se publicaron algunas obras bibliográficamente importantes en los años cuarenta y cincuenta (la traducción de la Odisea de Carles Riba, la del miltoniano El paradís perdut de Josep M. Boix i Selva, L expansió de l´art català al món, de Sebastià Gasch…)  y financió también las investigaciones que cuajaron en la magna Historia de España (1952-1957) de Ferran Soldevila, que incorpora ilustraciones del editor Joan Sales (1912-1983).

Xavier Benguerel.

Puig Quintana dio un vuelco completo a lo que habían sido las primeras ediciones de Alcides, y lo único que mantuvo fue la voluntad de poner el sello al servicio de la edición en catalán, para lo que contó además con la colaboración de un director al que la propuesta de dirigir Alcides le llegó en el momento idóneo, Joan Oliver, quien por entonces estaba agobiado con el ambiente que se había ido creando en la editorial Montaner y Simón de González Porto, como le cuenta en carta del 19 de marzo de 1961 a su amigo Benguerel:

Puig i Quintana está dando los últimos toques a la editorial Alcides, donde parece que voy a tener un sitio. Esta es la única esperanza que me queda, hoy por hoy. En Montaner y Simón la atmósfera se enrarece cada vez más, y cualquier día explotará todo. ¡No lo puedo aguantar más!

Pero esta segunda etapa, que tampoco fue muy feliz para Oliver, fue ya otra historia.

Joan Oliver.

Fuentes:

Jordi Aymà, «Jaume Aymà i Ayala, editor», Anuari Trilcat, 1 (2001), pp. 163-173.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Xavier Benguerel/Joan Oliver. Epistolari, Barcelona, Proa, 1999.

Galderich, «El primer llibre català del franquisme: Mes de María Eucaristic (1939), de Mn. Lluís G. Otzet», Piscolabis & Librorum, 11 de junio de 2015.

Abert Manent, «Llibres en català amb data de 1939», Serra d´Or, n. 272 (mayo de 1982), pp. 341-342, recogido en Del Noucentisme a l´exili, Sobre la cultura catalana del nou-cents, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1997, pp. 239-244.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografia catalana dels anys difícils (1939-1943), Barcelona, Publicacions de la Abadia de Montserrat, 1988.

Samsó, Joan, La cultura catalana entre la clandestinitat i la repressa pública, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, vol II (Biblioteca Abad Oliva 147), 1995.

El rescate editorial de Luisa Carnés, mecanógrafa en la CIAP

María Luz Morales (1889-1980).

En las últimas décadas son varias las artistas y escritoras surgidas en los años treinta que, tras un largo periodo en una tercera o cuarta fila, han despertado de nuevo el interés no sólo de los editores, sino también de los lectores. No puede decirse que sea exactamente el caso de Elena Fortún (1886-1952), Rosa Chacel (1898-1994), Concha Méndez (1898-1986), María Teresa León (1903-1988), María Zambrano (1904-1991)  o Mercè Rodoreda (1908-1983), que nunca quedaron por completo en la sombra y que, pese a la acción de la censura española, siguieron leyéndose en otros países o por lo menos en el ámbito universitario, pero sí por ejemplo los de María Luz Morales (1889-1980), Ana Martínez-Sagi (1907-2000), Irene Polo (1909-1942) y Luisa Carnés (1905-1964).

A finales de los años sesenta, el editor gallego afincado en México Alejandro Finisterre le había publicado en poco tiempo tres obras teatrales a Carnés en su mítica colección Ecuador 0º 0’ 0’’, Los vendedores del miedo (1966),  Cumpleaños. Monólogo (1966), que previamente se había publicado en la Revista Mexicana de Cultura (suplemento de El Nacional), y el mismo editor incluía en el primer número (de 908 páginas) de Compostela. Revista de Galicia (1967) su ensayo Rosalía. Raíz apasionada de Galicia, que previamente había aparecido en las editoriales mexicanas Rex (Coleccción Vidas Españolas e Hispanoamericanas, 1945), Clavileño (1946) y en 1964 en la colección ya mencionada Ecuador 0º 0’ 0’’. En su exilio mexicano, pues, la obra de Carnés la publicó sobre todo otro exiliado republicano, editor también de muchos otros escritores españoles, así como editoriales mexicanas en las que había una importante presencia de exiliados.

Los vendedores del miedo.

El silencio editorial de Luisa Carnes, fallecida en 1964, se prolonga –salvo error– hasta el año 2002, en que aparecen casi simultáneamente El eslabón perdido. Novela del destierro (en la Biblioteca del Exilio, en edición de José Plaza Plaza) y las tres obras dramáticas Cumpleaños, Los bancos del Prado y Los vendedores de miedo, en edición de José María Echazarreta, publicadas en un volumen por la Asociación de Directores de Escena de España, con prólogos de Antonio Plaza Plaza y José María Echazarreta. En su introducción a El eslabón perdido Antonio Plaza hace un atento recorrido a la atención crítica que despertó en esos años la obra literaria de Carnés, que en realidad se redujo al ámbito casi estrictamente universitario aunque dio pie a tesis doctorales que más adelante aparecerían en forma de ensayo (como es el caso de la de Iliana Olmedo Muñoz Itinerarios de exilio), pero a partir de esos primeros años del siglo XXI se diría que el interés por la obra carnesiana se sostuvo en un bajo sostenido. Este primer impulso tras casi cincuenta años de silencio, le llega a la obra de Carnés de la mano del Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario), entre cuyos objetivos programáticos «se plantea como tarea prioritaria y urgente la reconstrucción de la memoria histórica, cultural y literaria del exilio español de 1939, tarea de evidentes implicaciones éticas y políticas», y que, entre otras muchas cosas, se concretó en la creación de la colección Biblioteca del Exilio puesta en marcha por Manuel Aznar Soler (Associació d’Idees-Gexel), Isaac Díaz Pardo (Ediciós do Castro), José Esteban (José Esteban Editor) y Abelardo Linares (Renacimiento), y en el caso de la obra de Carnés tuvo también una particular influencia el trabajo de Antonio Plaza.

Así, de nuevo en la Biblioteca del Exilio aparecía en 2014 el libro de memorias De Barcelona a la Bretaña francesa: episodios de heroísmo y martirio de la evacuación española, de nuevo en edición de Antonio Plaza, y ese mismo año aparecía en la misma editorial el amplio estudio ya mencionado Itinerarios del exilio, prologado por Neus Samblancat. Aun de ese mismo año 2014 es una edición facsímil de novecientos ejemplares numerados de Tea rooms: Mujeres obreras (novela reportaje), a cargo de la Asociación de Libreros de Lance de Madrid en conmemoración de la XXXVII edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, que reproduce la edición de 1934 en Pueyo, precedida de un prólogo de Antonio Plaza y que por tanto podemos considerar destinada a coleccionistas y bibliófilos. A ello puede añadirse, casi como curiosidad, que también en 2014 aparece en la Colección Aniversario Losada la traducción carnesiana de Los dos viejos y otros cuentos, de Tosltoi, con un breve texto introductorio.

Diseño de la cubierta de Tea Rooms (2014).

Dos años más tarde, en 2016, la intrépida editorial asturiana Hoja de Lata hacía una nueva edición de Tea rooms como número 24 de su colección Sensibles a las Letras, con epílogo, una vez más, de Antonio Plaza, que obtuvo una estruendosa acogida por parte de la crítica de actualidad, lo cual amplió muchísimo el número de lectores de Carnés y el interés de su obra (y el de sus coetáneas). La aparición en una editorial de estas características, más desligada del ámbito académico y con aspiraciones a tener una distribución muy amplia, y en una colección además que se define como «una colección de narrativa que busca el equilibrio entre obras de autores contemporáneos, clásicos e inéditos. Una apuesta por la literatura de calidad que sorprenda y haga propuestas diferentes», en la que figuran desde La señorita Pyme dispone, de Josephine Tey (Elizabeth Mackintosh, 1896-1952) a Lluvia de agosto, de Francisco Álvarez (n. 1970), marca una cierta diferencia y subraya el interés, por razones casi exclusivamente estéticas, de la obra carnesiana para el lector de nuestro tiempo, lo cual supone un escalón en el proceso de reconocimiento de la obra de Carnés. Y sin embargo, el grueso de la bibliografía de esta autora sigue inaccesible.

Desde mediada la década de 1920 se acumulan los textos de Carnes localizados hasta la fecha en prensa (el cuento «Mar adentro» en La Voz, 22 de octubre de 1926), y su obra narrativa breve previa a la guerra civil se encuentra dispersa en revistas de esos años. Tampoco se han reeditado en el momento de escribir estas líneas su primer libro, de 1928 y sin pie editorial, Peregrinos de Calvario (que reúne las novelas breves «El pintor de los bellos horrores», «El otro amor» y «La ciudad dormida»), ni su primera novela, Natacha (Mundo Latino, 1930), así como varias novelas y cuentos escritos en esos años que quedaron inéditos. De su única obra teatral anterior a 1939, Así empezó…, queda poca más noticia que el de su estreno el 23 octubre de 1936 en el Teatro Lara, con decorados del esposo de Carnés, Ramón Puyol, en una sesión en la que también subieron a escena Bazar de la Providencia, de Rafael Alberti, y La conquista de la prensa, de Irene Falcón, y que, en palabras de Robert Marrast, «evocaba las primeras horas del 19 de julio». Como puede verse, Luisa Carnés se da a conocer en el ámbito cultural de las llamadas editoriales de combate surgidas a finales de los años treinta y vinculadas a las organizaciones políticas de izquierda que impulsaban la literatura social de preguerra, ambiente en el que también llevó a cabo la autora su labor periodística (Ahora, Mundo Obrero, Altavoz del Frente, etc.).

En cuanto a su producción literaria en el exilio, Antonio Plaza ofrece el siguiente apretado resumen: «De su etapa mexicana nos queda una notable producción, formada por una biografía [la ya aludida de Rosalía de Castro], cuatro novelas largas, tres novelas cortas, más de treinta cuentos, cuatro obras de teatro –una inacabada– y dos composiciones poéticas», al que añade el dato de que sólo entre 1940 y 1960 escribió una cuarentena, tanto de temática española como mexicana.

Tampoco ha tenido una reedición reciente Juan Caballero, la novela con la que Luisa Carnés ganó el premio de los Talleres Gráficos de La Nación en su edición de 1948, si bien la publicación en la editorial Atlante (fundada por los exiliados republicanos Juan Grijalbo y Estanislau Ruiz Ponsetí) no se produjo hasta 1956 y unos años después apareció traducida al rumano por Vlaicu Virne y Maria Ioanovici. Y más cuantiosa y variada es aún la obra que permanece inédita, si bien en algún caso asomó a la prensa. Un capítulo de la novela breve La Aurelia, por ejemplo, apareció con el título «Gris y rojo» en el número del 1 de septiembre de 1940 de la mítica revista del conocido como «Grupo de Hora de España» (Sánchez Barbudo, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Adolfo Sánchez Vázquez…) y apoyada por Giménez Siles Romance, donde también aparecieron el cuento «Los mellizos» (núm 5, p. 5, 1 de abril de 1940) y  «El bloqueo del hombre. Novela de la guerra de España» (15 de agosto de 1940).

Luisa Carnés entrevistando al escritor y traductor Ciro Bayo (1859-1939).

Abundan además, como pone de manifiesto Antonio Plaza en la entrada que dedica a la autora en el impresionante Diccionario biobibliográfico del exilio republicano, las obras absolutamente inéditas, en algunas de las cuales Carnés estuvo trabajando y corrigiendo a lo largo de muchos años, algunas de las cuales incluso desde los años treinta, y, a tenor de las descripciones que éste autor ofrece, el conjunto de la obra carnesiana presenta una variedad temática (de las condiciones de la mujer trabajadora en los años treinta a la vida de los refugiados en México, pasando por la guerra civil pero también por algunos relatos de tema mexicano) de la que los lectores interesados apenas pueden tener una idea aproximada hasta ahora, por lo que es de suponer, y de desear, que Luisa Carnés está en camino de crearse su espacio en el canon de la literatura en español de nuestro tiempo.


Fuentes:

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil espanyola. Assaig d’història i documents, traducción de Irene Peypoch, Barcelona, Edicions 62- Publicacions de l’Institut del Teatre (Monografies de Teatre 8), 1978.

Iliana Olmedo, «Divergencias generacionales entorno a la idea del exilio: la propuesta de Luisa Carnés», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejos 15), 2012, pp. 1088-1095.

Iliana Olmedo «Nuestro silencio nos hará criminales. La obra dramática de Luisa Carnés», en Juan Pablo Heras y José Paulino Ayuso, eds., El exilio teatral republicano de 1939 en México, Sevilla, Renacimiento, 2014, pp.

Antonio Plaza Plaza, «Teatro y compromiso en la obra de Luisa Carnés», Acotaciones, 25, enero-junio 2010, pp. 95-122.

Antonio Plaza Plaza, «Carnés Caballero, Luisa», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejos 30), 2017, pp.

Neus Samblancat, «Una obrera toma la palabra», en Iliana Olmedo, Itinerarios de exilio: la obra narrativa de Luisa Carnés, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Memoria del Exilio, Anejos 17), 2014, pp. 9-11.

La formación de los editores en España, el ICAL y la Feria de Leipzig de 1914.

Según datos recogidos por Jesús A. Martínez Marín en «La edición artesanal y la construcción del mercado»: «En 1879, del total de 51 editores censados en el padrón fiscal [español], 41 tenían domiciliada su actividad en Madrid, 7 en Barcelona y 3 en las provincias de Guadalajara, Lérida y Sevilla, respectivamente». A tenor de estas cifras, resulta bastante asombroso constatar que, según las mismas fuentes, «al terminar el siglo Madrid y Barcelona son los dos centros de la edición, con 44 y 35 editores respectivamente», pues de ser fiables esos datos resulta espectacular el crecimiento en número de editores en la capital catalana, tanto en términos absolutos como en porcentuales en el conjunto de los españoles.

Eudald Canivell i Masbernat.

Es probable que algo tuviera que ver en ello la iniciativa que empezó a fraguarse en otoño de 1897 en una reunión convocada por el dibujante, tipógrafo, impresor y bibliotecario anarquista Eudald Canivell i Masbernat (1858-1928) en casa del cajista e impresor Josep Cunill, con la participación también del excajista, dibujante y cronista gráfico anarquista Josep Lluís Pellicer i Fenyé (1842-1901), con el propósito de crear un centro que diera una formación más completa y rápida que la que hasta entonces obtenían los profesionales, que se basaba casi exclusivamente en la experiencia acumulada desde el puesto de aprendiz hasta el de maestro.

Un año más tarde, en noviembre de 1898, se constituía formalmente el Institut Català de les Arts del Llibre (ICAL), con la participación también del impresor y editor Josep Thomàs i Bigas (1852-1910), el librero y editor Àlvar Verdaguer, el impresor Fidel Giró Brouil (1849-1926), el escritor y editor Joaquim Casas Carbó (1858-1943) y el tipógrafo e impresor Joan Rusell i Anglarill (1862-1923); como puede advertirse, todos ellos rondando la cuarentena en aquel entonces.

Dos años después de su fundación formal ya contaba con una cabecera que les serviría de portavoz, la Revista Gráfica, cuyo primer director fue el mencionado Pellicer y que se publicó periódicamente entre 1900 y 1928 (salvo los años 1924 a 1927), en los primeros años en la prestigiosa imprenta especializada en libros de bibliófilo Oliva de Vilanova, fundada apenas unos años antes (en 1899) por Joan Oliva i Milà (1858-1911). Paralelamente, en 1900 los editores habían creado el Centre de la Propietat Intel·lectual, la primera asociación de estas características en España y entre cuyos primeros asociados figuraba uno de los dos fundadores de la editorial Montaner y Simon,  Francesc Simon i Font (1843-1923) y otros editores importantes, como Manuel Maucci (1859-1937), Josep Espasa i Anguera (1840-1911), los hermanos Joan y Gustau Gili, Antoni López i Benturas (1861-1931), Francesc Seix i Faya o el impresor Manuel Tasso i Serra, entre otros.

Josep Lluís Pellicer i Fenyé.

Según la detallada reconstrucción que hace Manuel Llanas de los pasos iniciales del ICAL, en 1905 empieza a funcionar activamente la Escola Pràctica de les Arts del Llibre en la misma sede que el ICAL (en los bajos de lo que hoy es el número 153 de la calle Claris) y con el siguiente programa:

Tipografía (subdividida en dos secciones: cajas y máquinas), composición a máquina, litografía, encuadernación, dibujo y gramática castellana. —Y prosigue Llanas—: Y si el profesorado lo integraban, en ocasiones, prestigiosos impresores y tipógrafos (Ceferí Gorchs, Ramon Tobella, Fidel Giró, Joan Russell), el alumnado asistía, por mandamiento estatutuario, de forma totalmente gratuita. De media, oscilaba alrededor de los doscientos matriculados, la gran mayoría aprendices en diversos talleres gráficos; por eso las clases se hacían entre las 20 y las 21.30 h., de lunes a sábado, y alguna vez incluso las mañanas de los domingos. Los únicos requisitos que se exigían para entrar eran haber cumplido los trece años y saber leer y escribir.

Bajo la presidencia del mencionado Francesc Simon i Font (1843-1923), que desde su fundación y hasta 1903 había presidido la junta directiva del Centre de la Propietat Intel·lectual, el ICAL experimenta un notable impulso y se aprueban unos nuevos estatutos que definen del siguiente modo el segundo de sus objetivos (el primero es la docencia): «Establecer solidaridad y facilitar las relaciones profesionales cuando éstas se relacionen con las Artes del Libro».

Logo de Montaner y Simon.

Además de organizar el I Congrés Internacional de les Arts del Llibre (1911), como consecuencia del cual nació la Unió Patronal de les Arts del Llibre (germen a su vez de la Unió Sindical de les Indústries del Llibre) y procurar la participación de sus socios en algunas ferias internacionales y presentar conjuntamente sus reivindicaciones ante las autoridades, uno de los mayores logros del ICAL fue la participación de los profesionales catalanes en la importante Feria de Leipzig en 1914, que conmemoraba el quinto centenario de la Real Academia de Artes Gráficas y de la Industria del Libro, y cuya organización y desarrollo, en cuanto atañe a la participación española, Philippe Castellano ha reconstruido con mucho detalle.

Ya en octubre de 1912 Ludwig Wolkmann, como presidente tanto de la Sociedad Alemana de Artes Gráficas como de la Junta Directiva de la Exposición, propuso que se organizara una representación española al editor español que mejor conocía, el madrileño Enrique Bailly-Baillière y Plano, quien se había formado como librero-editor en Alemania y había sido uno de los promotores de la conocida –para abreviar– como Asociación de la Librería de España (Asociación de la Librería, de la Imprenta, del Comercio de la Música, de los Fabricantes de Papel y de todas las Industrias y Profesiones que concurren en la fabricación del Libro y a la publicación de obras de literatura, ciencia y arte); incluso lo nombra presidente de la Junta Organizadora para España.

Sin embargo, pese a iniciar gestiones (infructuosas) para obtener financiación, Bailly-Bailliere topa enseguida con la oposición del editor catalán Manuel Henrich Girona, por entonces presidente de la Federació de les Arts del Llibre, lo cual le lleva a dimitir en noviembre de ese mismo año, lo que ofrece al gobierno español el pretexto idóneo para desentenderse del asunto y evitar comprometer ningún tipo de partida presupuestaria para la participación española en la exposición.

Así las cosas, el ICAL decide participar en la feria por su cuenta y riesgo, y en septiembre de 1913 crea un comité organizador con Manuel Henrich, August Heinrich Höfer, Ramon Miquel i Planas, A. Cardunets, P. Cruells, J. Fabré, J. Furnells, F. Mestres y Russell. Aun así, Bailly-Ballière, también extraoficialmente tras su dimisión, seguía haciendo gestiones y manteniendo correspondencia con el comité organizador alemán incluso en el verano de 1913. Por su parte, la Revista Gráfica se había hecho eco de la vergüenza que suponía que un país con una industria editorial como la española no participara en una feria tan importante como la de Leipzig, y esa misma queja se repite en diversos números de la revista del ICAL, siempre en vano.

Colofón del segundo volumen de Revista Gráfica.

En septiembre de 1913 desde el ICAL se empiezan a solicitar propuestas de participación en la feria alemana y a crear un comité organizador, con lo que se da la paradójica situación de que avanzan en paralelo dos líneas de trabajo para un mismo fin (una en Barcelona y otra en Madrid), ambas sin contar con un compromiso en firme de participación estatal. Y, en una nueva vuelta de tuerca, al enterarse de la existencia de un comité en Madrid, el del ICAL se disuelve, poco antes de que, ante la nueva imposibilidad de obtener fondos del gobierno, Bailly-Ballière renunciara por segunda vez a presidir el comité organizador. De todos modos, el ICAL sigue adelante con la organización de una presencia extraoficial en la feria y en la primavera de 1914 la Revista Gráfica publica ya un listado de 55 participantes comprometidos, y la iniciativa es saludada con entusiasmo por parte de la prensa barcelonesa.

No tardan en sumarse a la iniciativa del ICAL diversas empresas de otros puntos de la península, y en su número de mayo el órgano de la Federación Nacional de las Artes del Libro ensalza el empeño y el empuje que están poniendo los profesionales catalanes en esa iniciativa:

El Instituto Catalán de las Artes del Libro de Barcelona ha tomado la iniciativa de organizar una Exposición colectiva de sus socios, a la cual se han adherido varias casas del ramo gráfico de Madrid […] Actualmente se está trabajando febrilmente en Leipzig en la instalación y decorado de la sección española […]; de modo que es de esperar que la sección española se presentará dignamente en aquel certamen internacional de cultura, al cual acudirán todas las naciones del mundo. Hay que felicitar calurosamente al Instituto Catalán de las Artes del Libro y a los organizadores de la Exposición española por su altruista labor y trabajo en favor del ramo gráfico de España, que han conseguido, por fin, que sea un hecho la participación y representación de España en la Exposición Internacional de Leipzig.

Finalmente fueron setenta los expositores representados: 51 barceloneses, 1 de Sabadell, 1 de Sant Feliu d Guíxols, 1 de València y 15 de Madrid, desproporción que en su imprescindible estudio de este caso Castellano atribuye tanto a la asunción de la organización por parte del ICAL como al desplazamiento que ya se había producido en cuanto a la capitalidad editorial en España de Madrid a Barcelona, y que en alguna medida cabe atribuir al evidente interés por formar a buenos profesionales que permitieran ofrecer una calidad equiparable, por ejemplo, a la de la industria editorial alemana.

Espacio del ICAL en la Feria de Leipzig de 1914.

Fuentes:

Anónimo, «La Exposición de Artes Gráficas de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 2 (marzo de 1914), p. 10.

Anónimo, «Exposición de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 4 (mayo de 1914), pp. 8-12.

Eudald Canivell, «Ecos. El Temps», El Poble Català, núm. 3299 (28 de marzo de 1914), p. 1.

Philippe Castellano, «La Sala Espanyola en l’Exposició Internacional de les Arts Gràfiques i de la Industria del Llibre, Leipzig 1914 (o com va voler fer-se Pàtria mitjançant el llibre)», traducción de Anna Carreras, Els Marges, núm. 71 (desembre de 2002), pp. 89-106.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Caires de l’edició catalana en el segle xx, Lección inaugural del curso 2011-2012 de la Facultat d’Educació, Traducció i Ciències Humanes de la Universitat de Vic.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1836-1936), Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Un acercamiento a la edición en español en Rusia

Es muy probable que, si bien las relaciones entre algunas organizaciones políticas y culturales son bastante anteriores, la primera iniciativa de una cierta importancia de editar en Moscú obras en español se remonte a 1931, cuando se crean las Ediciones Cooperativas de los Trabajadores Extranjeros en la URSS.

Rafael Giménez-Siles.

En consonancia con la política soviética de aquellos años, vehiculada en buena medida por la agencia VOLKS (Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior), las ediciones se orientaron, por un lado, a los textos de teoría política más recientes y, por otro, en respuesta a la demanda existente en España, a la literatura, pero, según cuenta Kowalsky en su impresionante estudio sobre la presencia soviética en la guerra civil,, «del mismo modo que la agencia rechazaba categóricamente cualquier colaboración con los viejos rusos emigrados no imbuidos de las doctrinas y costumbres soviéticas, tampoco dudaba en disuadir a los traductores españoles de que intentaran abordar la literatura prerrevolcionaria». Las ediciones de Cenit de Rafael Giménez Siles son buena muestra de este tipo de textos –que hacían poco menos que prescindible la publicación de traducciones al español en Moscú–, lo que permite a Mario Bueno Aguado describir del siguiente modo las ediciones en el cambio de década:

Entre 1928 y 1932, [Cenit] publicó libros de índole literaria (colecciones de Novelistas Nuevos, La Novela Proletaria, La Novela de Guerra, La Novela Histórica, Cuentos Cenit para niños), ensayos (Crítica Social, Las Realidades del Capitalismo, Documentos Vivos, Panorama) o incluso biografías (Vidas Extraordinarias). De estas colecciones destacan sobre todo autores alemanes y soviéticos. Entre 1932 y 1934 se produce un auge de las publicaciones marxistas, destacando las colecciones Biblioteca Carlos Marx, Cuadernos Mensuales de Documentación Política y Social, Cursos de Iniciación Marxista, Divulgación, Documentos de Comunismo, Episodios de la Lucha de Clases, etc.

En relación a la mencionada presencia de autores alemanes, no será ocioso recordar que, en buena medida, si Cenit pudo dar a conocer a ciertos autores extranjeros fue gracias a sus acuerdos con editoriales como las alemanas Malik-Verlag, Verlag für

Literatur und Politik o Fischer. Por su parte, en el ámbito de la literatura alemana, las Ediciones Cooperativas contaron por aquel entonces con algún nombre relativamente conocido, como es el caso de la escritora Maria Osten (1908-1941), que como consecuencia de la llegada de los nazis al poder acababa de dejar su empleo en la revolucionaria editorial vanguardista Malik (donde una fotografía de sus célebres ojos habían servido a John Heartfield para elaborar el montaje que creó para la cubierta de Die Liebe der Jeanne Ney, de Ilyá Ehrenburg).

La primeras ediciones importantes en español de las Ediciones Cooperativas se produce, en buena lógica, cuando en España se acumulan las dificultades para publicar debido al avance de la guerra civil española: La guía de los sindicatos soviéticos (para las delegaciones obreras) (1937), de Solomon Abrámovich Losovsky (1878-1952) y el Compendio de historia de la URSS (1938) de A. Shestakov, una cuidada edición encuadernada en tela que incluye ilustraciones, láminas y cuatro mapas desplegables, que casi coincide en el tiempo con la aparición en la Península de España en la Unión Soviética, del filólogo, lingüista y bibliotecario Tomás Navarro Tomás (1884-1979), publicado por las Ediciones Amigos de la Unión Soviética.

Poco después de acabar la guerra civil, las Ediciones Cooperativas de los Trabajadores Extranjeros en la URSS simplificaban su nombre por el de Ediciones en Lenguas Extranjeras, homónimo al que tomaría por ejemplo en China una iniciativa similar.  Por esos mismos años aparecen muchas traducciones del ruso en la versión española de Internatsionálnaia Literatura (Literatura Internacional), creada en 1942 y en la que ejerce de redactor-jefe el escritor César M. Arconada (1898-1964), que a menudo traducía en colaboración con el hispanista Fédor Kelin (1893-1965), traductor a su vez de José Bergamín y César Vallejo al ruso. En esta etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial, son varios los refugiados españoles que entran a trabajar en la editorial, como es el caso en 1947 del militar republicano Pedro Prado Mendizábal (1902-1985), autor de un Diccionario politécnico español-ruso (1964), antes de establecerse en Cuba. También el del abogado socialista Antonio Pretel Fernández (1903-1980) y el del poeta Julio Mateu Martínez (1908-1985), a quien la Editorial Progreso le publicaría en Rusia sus Poesías escogidas (1972) y Olivos y abedules (1977). Y de 1949 es, en la Ediciones en Lenguas Extranjeras, la Antología de la literatura española. Siglo XX, preparada por Kelin e I. Tiniánova.

El maestro y traductor Ángel Herráiz Comas (1907-1976) se incorporó también a las Ediciones en Lenguas Extranjeras, para las que vertió al español varias obras de Gorki (Cuentos en Italia, 195?; Los Armóntov, 1953, y Por el mundo. Mis universidades, 195? y varias veces reeditado), en ocasiones en colaboración con José Vento  Molina (1918-1988), y a partir de finales de los años sesenta colaboró también esporádicamente con algunas editoriales españolas, como Ciencia Nueva y Zero. En esos mismos años, aunque muchas de estas ediciones no están fechadas, se ocupó de la redacción del libro colectivo En memoria de Julián Grimau, que incorpora artículos de César Arconada, Hugo Ruppert y Juan Rejano, además de un poema de Rafael Alberti.

Arturo del Hoyo.

El mencionado periodista y traductor José Vento, que estuvo al frente de la versión española de la revista Literatura Soviética, publicó para la misma editorial una enorme cantidad de títulos de Chéjov, Pushkin, Tolstoi, Sholojov y Simonov, además de algunos otros títulos para la editorial Ráduga (dedicada a la publicación de textos literarios y que en 1982 se desgajó de lo que ya por entonces se llamaba Editorial Progreso). Sin embargo, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y 1957 (en que regresa a España), la más conocida traductora literaria al español de las Ediciones en Lenguas Extranjeras fue sin duda Lydia Kúper (1914-2011). Como ella, no fueron pocos los traductores que en esa época regresaron a España y, a menudo gracias a la astucia y sensibilidad del gran editor Arturo del Hoyo (1917-2004), que a principios de esa década había sustituido a Federico Carlos Sáinz de Robles (1898-1982) como asesor literario de Aguilar, como consecuencia de ello la cantidad y calidad de las traducciones del ruso publicadas en España aumentó sensiblemente.

A partir de 1963 se inicia una remodelación organizativa que lleva aparejado un nuevo cambio de nombre, el definitivo, a Editorial Progreso, y de ese mismo año son las casi mil páginas de los Fundamentos del Marxismo-Leninismo. Empieza entonces la época más conocida de la editorial, en que sigue publicando muchos títulos de temas políticos e históricos, como el colectivo editado por Ivan M. Maisky, N.N. Voronov e I.N. Nesterenko sobre la participación soviética en la guerra civil española Bajo la bandera de la España republicana (1967) o el también colectivo, encabezado en ese caso por Dolores Ibárruri, Guerra y revolución en España, publicado en cuatro enormes volúmenes (1967-1971). Sin embargo, también hay espacio muy destacado para la literatura, con la publicación de El Don apacible (1973) de Sholojov en dos volúmenes (traducción de José Laín Entralgo), la de una segunda edición de Campos roturados (1966), también de Sholojov, o de títulos menos conocidos como Esta es su causa, de Yuri Guerman (1975), La daga (1977) de Anatoli Ribakov o El sauquillo rojo (1979), de Vasili Shukshin, entre otras novelas, y además al final de esta etapa (que concluye en 1982) se inicia también la publicación de la revista América Latina (del departamento de América Latina del Instituto de Ciencias de la URSS). Mención aparte merece la publicación en 1976 de Veo lo que viene y lo que nace. Obra escogida, de Pablo Neruda, un volumen de casi quinientas páginas encuadernadas en tapa dura con un formato de 20 x 15, o el volumen antológico ilustrado de García Lorca Prosa. Poesía. Teatro (1979).

Un año después y como producto también de esa remodelación aludida nacía la Editorial MIR, destinada sobre todo a la literatura técnica y científica, pero también con una muy prestigiosa colección de narrativa de ciencia ficción y de la que muchos aficionados recuerdan antologías del género como Café molecular (1967) (Alexander Poleschuk, Anatoli Dneprov, Boris Strugatski, etc.), Viaje por tres mundos (1969) (Alexander Abramov, Eremei Parnov, Ilva Varshavsky, etc.), Devuélvanme mi amor (1971) (Sávchenko, Gansovski, Zhuralvliova) o La caja negra (1984) (Dneprov, Dmitri Bilenkin, Varshalavsky); libros todos ellos que, en tiempos aún del Telón de Acero, eran de los muy escasos contrapesos a la ciencia ficción estadounidense y británica que podían leerse en España, adonde llegaban sobre todo gracias a la decidida voluntad de la legendaria saga de libreros madrileños de la Rubiños-1860, a los que no por casualidad se conocía también como los «Rusiños» y que incluso coeditaron en algunos casos con editoriales rusas, como Ráduga.

Una vez desgajada en 1982 también Ráduga (dedicada a la literatura) de la casa madre, en la Editorial Progreso aún se publicarían traducciones e incluso obras en español como Lenin. Vida y actividad (1985), obra colectiva encabezada por A. Amelina y A. Averianova, pero también libros de literatura, como una edición (¿reedición?) de la Obra escogida del venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985) y un volumen de Relatos de autores soviéticos ese mismo 1982 o el ensayo de Henry Luque Muñoz Dos clásicos rusos.Turgueniev, Saltikov, Schedrin (1989) o Del Amazonas al Lena, de Apolinar Díaz-Callejas.

Una imagen del Sputnik y la P en alfabeto cirílico formaban el logo de la Editorial Progreso.

A partir de 1991, cuando el gobierno retiró las subvenciones que sustentaban la empresa, se vivió en la Editorial Progreso un momento bastante crítico (que conllevó el despido de la mitad de los empleados) y desaparecieron muchas de las secciones dedicadas a la traducción a otras lenguas, pero la edición en español, si bien muy mermada, tuvo continuidad con una red de distribución restringida al territorio ruso y con una producción mucho más modesta.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler, «Teatro, literatura y cultura del exilio republicano español en la Unión Soviética (1939-1949)», en Exils et migrations ibériques, núm. 6 (1999), pp. 61-78.

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento, 2017.

Daniel Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española. Una revisión crítica, traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón,  Barcelona, Crítica, 2003.

Marcos Rodríguez Espinosa, «Acerca de los traductores españoles del exilio republicano en la URSS: El Grupo de Moscú y la difusión de la literatura rusa en España en la segunda mitad del siglo XX», en Francisco Ruiz Noguera y Juan Jesús Zaro Vela, Retraducir: una nueva mirada: la retraducción de textos literarios y audiovisuales, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2007, pp. 243-262.

Mario Bueno Aguado, «Semblanza de Editorial Cenit (1928-1936)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (2016): http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcj69d8