El lugar de Carlos Milla Batres en la historia editorial peruana

El reconocido editor, impresor y escritor Carlos Prince Letcher (1836-1919) no sólo ocupa un lugar de privilegio en la historia de la edición en Perú sino que se convirtió en modelo de algunos de los profesionales del libro más relevantes del país. Nacido en París, pronto quedó huérfano y se formó como tipógrafo al lado de su tío, y una vez llegado a Lima, en 1862, trabajó con Manuel Atanasio Fuentes (1820-1889) en los talleres El Mercurio (que más tarde llegaría a dirigir), antes de establecerse en 1871 por su cuenta y crear la Imprenta del Universo, que luego reconvertiría en Casa Editorial y Librería de la Imprenta del Universo. Entre los libros que editó se cuentan dos de las últimas obras de Fuentes, Ramillete o repertorio de los más piramidales documentos oficiales del gobierno dictatorio (1881) y El purgatorio de nombres o sea extravagancia de apellidos (1883), además de obras de autores como Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), Víctor Balaguer (1824-1901), Edgar Allan Poe (1809-1949), Víctor Hugo (1802-1885), o de las peruanas Clorinda Matto de Turner (1852-1909) y Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909), entre otros. Aun así, quizá su legado más importante fueron los tres volúmenes de Lima antigua, aparecidos en 1890 y considerado aún hoy uno de los trabajos fundamentales sobre la historia de la ciudad. La aparente heterogeneidad del catálogo respondía, pues a las necesidades culturales del Perú de su época y alentó al mismo tiempo la creación literaria peruana.

En la estela y como herederos de algún modo de Prince cabe situar al gran Juan Mejía Baca (1912-1991), a Jaime Campodónico Falconi (1919-2007), a Andrés Martín Carbone Obradovich (1920-1988), a Francisco Moncloa Fry (1922-1982) y, entre otros pero de un modo particular, a Carlos Milla Batres (1935-2004).

El hijo de este último reconstruyó en un estremecedor texto la dura infancia de Carlos Milla, nacido en El Salvador, huérfano desde muy joven y al cargo de su tío, terrateniente en Honduras, del que huyó a los quince años para emprender un periplo que a finales de los cuarenta, azarosa y afortunadamente, le permitió obtener el bachillerato en Tegucigalpa, donde participó también en un precario periódico estudiantil, El Tornillo Sinfín. Se trasladó entonces a Lima, y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos inició estudios de Derecho, que abandonó para editar la Gaceta Sanmarquina.

Juan Mejía Baca.

Más tarde, ya en 1964, aparecen los primeros números de Visión del Perú. Revista de Cultura, que publica un mítico cuarto número (junio de 1969) en el que reúne una amplísima selección de artículos hoy famosos sobre la obra de César Vallejo escritos por Jean Cassou («Recuerdo de Vallejo»), Corpus Barga («Vallejo indescifrado»), Antonio Cornejo Polo («Sobre “Paco Yunque”»), André Coyné («César Vallejo, vida y obra»), Hans Magnus Enzensberger («Vallejo, víctima de sus presentimientos»), Vicente Gaos («Auscultación de César Vallejo»), Nicolás Guillén («Adhesión a Vallejo»), Saúl Yúrkievich («Vallejo, realista y arbitrario»)… Posteriormente este número se publicaría en forma de libro, con algunas imágenes, con el título Homenaje Internacional a César Vallejo.

Un poco antes había coeditado Milla con la Universidad Nacional de Ingeniería un librito de apenas 58 páginas pero legendario en la historia del llamado boom de la novela latinoamericana, al que tituló La novela en América Latina: Diálogo. Se trataba de la transcripción de las conversaciones que tuvieron en la Facultad de Arquitectura el 5 y el 7 de septiembre de 1967 Gabriel García Márquez (que acababa de publicar en mayo Cien años de soledad) y Mario Vargas Llosa (que recién había obtenido el Rómulo Gallegos con La Casa Verde), cuando hacía apenas un mes que se conocían personalmente, aunque sí se habían comunicado epistolarmente. No deja de ser curioso y cuanto menos infrecuente que en la cubierta aparecieran sólo los apellidos de los autores, sin el nombre de pila. Después de reeditarse en diversas ocasiones (tanto en Lima como en Buenos Aires) y de haber circulado profusamente en copias y ediciones pirata, se publicó en Alfaguara en una versión muy ampliada con el título Dos soledades: un diálogo sobre la novela de América Latina (2021), entonces ya con los nombres completos de los interlocutores.

A finales de los años sesenta y primeros setenta son frecuentes en Milla las ediciones de libros de poetas peruanos (en la colección  Ernesto Che Guevara): Informe al rey y otros libros secretos, 1963-1967 (1969), de Gonzalo Juan Rose, Noé delirante (1970), de Arturo Corcuera e ilustrado por Tilsa Tsuchiya, Surcando el aire oscuro (1970) de Javier Sologuren e ilustrado por Fernando de Szyszlo, o Agua que no has de beber (1970), de Antonio Cisneros, pero alternan desde el primer momento con volúmenes editorialmente más complejos de tema histórico y político que sitúan a Carlos Milla como una editorial comprometida con la sociedad de su tiempo; es el caso por ejemplo de los diez volúmenes de la Historia general del Perú (1971), de Lenguaje y discriminación social en América Latina (1972), de Alberto Escobar, de Imagen del Perú en el siglo XIX (1972), de Léonce Angrand, o de la Historia de las batallas de Junín y Ayacucho preparada por Juan Basilio Cortegana y Manuel de la Haza.

Tiene también mucho interés la publicación en enero de 1968 de El viejo saurio se retira, la primera novela del hoy ya consagrado Miguel Gutiérrez, de la que hace además ediciones con fotografías en blanco y negro fuera de texto en la Colección Imagen y Literatura. No desatiende pues Milla la narrativa, y engalana su catálogo con algunos títulos importantes de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), como los tres volúmenes de cuentos La palabra del mudo (1952-1972), la novela publicada ya en 1960 por Ediciones Tawantinsuyu Crónica de San Gabriel (1975), o las inclasificables Prosas apátridas (1978).

Precisamente con Ribeyro arranca en 1973 una Biblioteca de Autores Peruanos, concretamente con Los geniecillos dominicales, prologado por quien fuera su compañero de escuela y por entonces prestigioso escritor Washington Delgado (1927-2003). Y en esa misma colección, como tercer número, se publica el anónimo Tutupaka Llacta (El mancebo que venció al diablo), preparado y traducido del quechua por Jorge A. Lira y prologado asimismo por Delgado. Fruto de ese mismo interés por las culturas prmigenias de América es la publicación en 1974 del clásico quechua Issicha Puytu: drama quechua anónimo, en edición bilingüe y con introducción y notas también de Lira. Y, aún en esa misma línea, de 1979 es la edición definitiva de Ñahuin. Narraciones ordinarias, de Eleodoro Vargas Vicuña (1924-1997), acaso el más importante de los representantes peruanos del neoindigenismo literario.

Con todo, quizás las obras más perdurables de la labor cultural de Milla Batres hayan sido la coordinación y edición ya a partir de la década de 1980 de grandes obras de referencia, como los nueve volúmenes del Diccionario Histórico y Biográfico del Perú (1986), que luego se actualizó con los dos volúmenes del Diccionario Biográfico del Perú Contemporáneo (2004), el Atlas Histórico y Geográfico del Perú (1995), en cuatro volúmenes, y, pese haber quedado inconclusa, la Enciclopedia Temática del Perú.

Cuantitativamente, la importancia del legado de Milla Batres es difícilmente discutible, pero además se hace evidente en él, al margen de la voluntad de dotar a la sociedad peruana de los materiales indispensables para su autoconocimiento, una visión muy abierta del país que le acogió cuando llegó siendo adolescente y una invitación al diálogo entre las comunidades culturales que alberga. Algo no muy distinto al proyecto de Prince Letcher, con quien quizá sean también explicativas las coincidencias biográficas.

Carlos Milla Batres.

Fuentes:

Marcos E. Milla, «Carlos Milla Batres, el editor que yo vi (mi padre)», Escritura y pensamiento, núm. 15 (2004), pp. 106-117.

Julio César Olaya Guerrero, La producción del libro en el Perú, período 1955-1999, tesis presentada en la Escuela Académico Profesional de Bibliotecología y Ciencias de la Información de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2001.

Frank Otero, «¿Reeditarás la Biblia en el cielo? Semblanza de Carlos Milla Batres», Lecturalia. Tierra de Letras, núm. 120 (21 de febrero de 2005).

Melanie Pastor Boza, «Semblanza de la Imprenta del Universo (1870)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2017.

Primeros editores españoles de Edgar Allan Poe

La recepción e influencia en la literatura española de Edgar Allan Poe —que estudió español durante un año en la Universidad de Virginia— ha despertado un intermitente pero intenso interés entre los críticos e historiadores de la literatura del siglo XIX, y parece plenamente justificado, pues, según concluyó David Roas, «la principal novedad en el panorama fantástico de esta segunda mitad del siglo xix la debemos a la publicación y popularización en España de la obra de Edgar Allan Poe».

Edgar Allan Poe.

John Englekirk estableció como la primera traducción al español de un cuento del escritor estadounidense la publicada con el título «La semana de los tres domingos» en el número correspondiente al 15 de febrero de 1857 por la revista el El Museo Universal, fundada y dirigida por el grabador catalán Josep Gaspar i Maristany y cuyo director literario era entonces Nemesio Fernández Cuesta Picatoste (1818-18939  (luego lo sería Gustavo Adolfo Bécquer, desde  1866). Muy poco posterior es el famoso primer artículo publicado en España sobre Poe, firmado por Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) en el número del 18 de agosto de 1858 de La ÉpocaEdgar Poe. Carta a un amigo»), en el que se anuncia ya la próxima aparición del primer volumen de textos de Poe. Tan conocidas como esta primera aparición en El Museo Universal son las ediciones en El Mundo Pintoresco de los cuentos «¿Quién es él? (Imitación de Edgardo Poe)» (1859) y «El gato negro: fantasía imitada de Edgardo Poe» (1859), ambas del poeta y bibliógrafo Vicente Barrantes (1829-1898), y «La verdad de lo que pasó en casa del señor Valdemar», vertida al español por el periodista y comandante de infantería Pedro de Prado y Torres.

Sin embargo, la primera edición en volumen aparece ya en 1858 en la Imprenta de Luis García (calle de San Bartolomé, 4), quien, además de la traducción de El piloto, historia marina, de Fenimore Cooper (1789-1851), acababa de publicar en su Biblioteca Literaria una edición aumentada de las Doloras de Ramón de Campoamor (1817-1901) y la polémica y exitosa tercera novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), Espatolino (1858), que tantos problemas había tenido con la censura cuando apareció por entregas en la revista El Laberinto.

Esta mencionada primera edición de Poe en volumen, publicada en septiembre y titulada Historias estraordinarias [sic], que se presentan como «precedidas de un prólogo crítico biográfico del Doctor Nombela», se abre con «Dos palabras al público» en las que el periodista y escritor Julio Nombela (1836-1919) explica:

Encomendada a nuestro cuidado la dirección literaria de esta Biblioteca, y proponiéndonos desde luego dar a conocer en España las obras extranjeras más notables, nos ha parecido oportuno inaugurar esta serie que ofrecemos con las Historias estraordinarias de Edgardo Poe, colección de cuentos fantásticos que se distinguen por su originalidad, al mismo tiempo que por los profundos conocimientos científicos que encierran en cada una de sus páginas.

Los cuentos incluidos —que se ajustan más bien poco al criterio de «cuento fantástico» anunciado por Nombela—, lo hacen con los títulos «Singular historia de un tal Hans Pfall», «Doble asesinato» («The Murders in the Rue Morgue»), «El escarabajo de oro», «La carta robada» y «La verdad de lo ocurrido con el señor de Valdemar», todos ellos traducidos a partir de las celebérrimas versiones francesas de Charles Baudelaire (que los hermanos Michel Lévi acababan de reunir con los títulos Histoires extraordinaires y Nouvelles histoires extraordinaires en 1856 y 1857). Como reconoce el propio Nicasio Landa, también su prólogo depende muy estrechamente de la nota final de Baudelaire («Edgar Poe, sa vie et ses oeuvres», remedo a su vez de un artículo publicado en 1852 en la Revue de Paris), pero no así la elección de los títulos. Los cinco relatos publicados por Luis García aparecen en Histoires extraordinaires, pero esta se compone de trece títulos; en cambio, acaso para dar mayor atractivo comercial al volumen o quizás para completar el pliego, esta primera edición madrileña incluye un texto que nada en absoluto tiene que ver con el estilo de Poe: «Dicha y suerte, cuadro de costumbres populares», de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber,1796-1877), una novela de amor de tintes folklóricos que se había publicado en 1852 en Cuadros de costumbres populares andaluzas y que acaso se incluyera para dotar al libro de mayor atractivo comercial.

Casi inmediatamente después, aún en 1858, aparece el primero de los dos volúmenes que el impresor J. Martín Alegría preparó de narraciones de Poe, asimismo con el título Narraciones extraordinarias. Primera serie, con el que se estrenaba la colección Biblioteca de Viaje. También en este caso las traducciones procedían de las de Baudelaire, y tampoco en este caso el contenido se ajustaba a las compilaciones del poeta francés, pues tras una nota de presentación del autor en este caso se incluyen siete cuentos, ninguno de los cuales había recogido Nombela: «El barril de amontillado», «El demonio de la Perversidad», «Cuatro palabras con una momia», «Una bestia que vale por cuatro», «El corazón revelador», «Lo que son notabilidades» y «Enterrado vivo».

El segundo volumen (Historias extraordinarias. Segunda serie), quinto volumen de la Biblioteca de Viaje y fechado ya en 1859, lo ocupa casi por completo la narración titulada aquí «Viaje a la luna a despecho de la gravitación, la presión atmosférica y otras zarandajas. Aventuras sin igual de un tal Hans Pfaall», que sin que se sepa muy bien por qué hay quien ha considerado como un error de la portada al suponer que se trataba de dos títulos diferentes (cuando el volumen incluye un solo texto de Poe), en lugar de interpretar que con este título se alude a «The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall», en el que efectivamente el protagonista narra un viaje a la Luna y que se había publicado también alternativamente como «Voyage to the moon». No menos curioso resulta que esta narración de Poe se acompañe de «Soy, tengo y quiero», de Pedro Antonio de Alarcón, a no ser que venga a confirmar que para introducir con éxito en España las obras de Poe sus editores creyeran conveniente añadirles textos de autores españoles famosos.

F. Xumetra.

Surgidos ambos de la Imprenta de El Atalaya (que en 1859 había publicado un volumen de Cuentos, artículos y novelas de Alarcón) , estos dos libros no siguen el índice establecido por Baudelaire ni indican traductor, como tampoco lo hace el volumen que en 1863 reunió, con el título Cuentos inéditos, los que La Correspondencia Autógrafa había ido publicando por entregas en su Biblioteca de Instrucción y Recreo (que aparecía todos los días laborables e incluía cuatro obras y, según indicaba la publicidad, «una de ellas destinada a las madres de familia y otra a los niños»).

Tal vez sea la de E. Doménech Editor de Aventuras de Arturo Gordon Pynn (1863) la primera edición en forma de libro de Poe que indica claramente el traductor, A. de Rosas, que lo es también de la versión seriada que se había ido publicando en el Diario de Barcelona ese mismo año. También la edición en el Establecimiento Viuda e Hijos de Gaspar de El escarabajo de oro, ya en 1867, explicita este dato, pues se presenta en la portada como «traducida espresamente [sic] para la Biblioteca del Viajero por Emilio Domínguez».

Diez años después aparecería otra edición importante, la de Historias extraordinarias (1887) traducidas por Enrique Leopoldo de Verneuil en la Biblioteca de Artes y Letras de Daniel Crortezo, que incorporaba, además del prólogo de Baudelaire, ilustraciones de Ferran Xumetra Ragull (1865-1920), que se convirtió en poco menos que el especialista en narrativa fantástica de la colección de Cortezo (ilustró los Mil y un fantasmas de Dumas, a Hoffmann, etc.). Probablemente, pese a haber sido hecha a partir de la versión francesa, ha sido una de las más difundidas (en 2004, por ejemplo, aún la reeditaba la española Akal; en 2010, la argentina Losada, y en 1974 la mexicana Editora Nacional la había publicado con las ilustraciones originales de Xumetra).

Dibujo de F. Xumetra.

Fuentes:

Francisco Casanova, «Fermando Xumetra», Álbum Salón. Primera Iustración Española en Colores, 1903, pp. 235-245.

Juan José Lanero, Julio–César Santoyo y Secundino Villoria, «50 años de traductores, críticos e imitadores de Edgar Allan Poe (1857–1913)», Livius núm. 3 (1993), pp. 159–184.

Juan Gabriel López Guix, «Sobre la primera traducción de Edgar Allan Poe al español», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 3.

David Roas, «Difusión e impacto de las traducciones españolas de la narrativa fantástica de E. A. Poe en el siglo XIX», en Flavio García, Luciana Collucci, Marisa Martins Gama-Khalil y Renata Philippov, eds., Edgar Allan Poe: efemérides em trama, Río de Janeiro, Dialogarts, 2019, pp. 47-77.

David Roas, La recepción de la literatura fantástica en la España del siglo XIX, tesis doctoral, Departament de Filologia Espanyola de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2000.

David Roas, «Prólogo» a El castillo del espectro. Antología de relatos fantásticos españoles del siglo XIX, Barcelona, Círculo de Lectores, 2002.

Javier Ortiz García, «La retraducción a examen. El caso de Edgar A. Poe en español», Meta. Journal des Traducteurs, vol. 65, núm. 2 (agosto de 2020), pp. 332-351.

Pedro Salinas. «Poe en España e Hispanoamérica», en Ensayos completos III, Madrid, Taurus, 1981, pp. 340-345.

El tipógrafo nazi madrileño que inventó el artóleo

En junio de 1930 se publicaba en diversos periódicos españoles un anuncio con el siguiente texto:

ARTÓLEO

Reproducciones artísticas de pinturas al óleo

Artóleo es una imitación de cuadros hecha por un novísimo procedimiento con patente de invención española número 102.895, que permite la reproducción de las pinturas en tal forma que da la sensación exacta del original pintado al óleo.

Los primeros artóleos que se han hecho son reproducciones de algunos de los más célebres cuadros del Museo del Prado, y muchas personas versadas en el arte, que los han visto, han quedado maravilladas de su perfección.

Como el precio de los a artóleos es poco elevado, no son solamente los adinerados los que pueden adquirirlos, sino que a todas las clases sociales les es posible adornar sus casas con ellos. Puestos en un marco adecuado no desmerecen en nada de las pinturas auténticas.

Al publicarse en el «Diario Monárquico» de Mahón El Bien Público, se añade: «Pueden adquirirse estos cuadros en la librería de Manuel Sintes Rotger, Plaza del Príncipe número 17, Mahón». En 1930, Manuel Sintes Rotger (sucesor de B. Fàbregues y M. Parpal) era una empresa de larga trayectoria que, además de al comercio de libros y a la venta de «objetos de escritorio y artículos de fantasía», ofrecía servicios de impresión y encuadernación. Así, por ejemplo, en esas fechas había publicado el libro de 240 páginas del capitán de infantería Francisco Rodríguez-Martín Fernández Hazañas que canta la Española Infantería. Himnario militar, se ocupaba de la impresión del periódico El Scout. Portavoz de la Patrulla del León (que a partir de abril de 1930 incorporaría como subtítulo «Boletín de los Exploradores de España en Mahón») y al final de la guerra civil española lo haría del efímero Arriba España. Diario Nacional Sindicalista (1939-1940), entre otras publicaciones de cariz semejante.

No obstante, en la primavera de 1930 ya hacía varios meses que el artóleo había hecho una intensa presentación en sociedad a través de la prensa, tanto local como nacional. En el periódico turolense Tierra Charra, por ejemplo, en febrero de ese año había aparecido, firmado sólo como X, un muy laudatorio artículo titulado «Sobre un maravilloso invento: Los artóleos del inventor Blass» que se inicia con las siguientes palabras (respeto la delirante puntuación del original):

Ya publicamos en nuestras columnas hace algún tiempo, un notable artículo del prestigioso publicista madrileño don Eduardo Navarro Salvador, en el que se hacía un elogioso comentario del brillante resultado obtenido por el artista señor Blass con su maravilloso invento denominado «Artóleo».

El escritor y militar profesional Eduardo Navarro Salvador (¿?-1939), germanófilo durante la primera guerra mundial, había colaborado en diversos periódicos y revistas conservadores y tradicionalistas (El Correo Español, El Siglo Futuro, Gaceta de los Caminos de Hierro, La Correspondencia de España, El Reformista Pedagógico…), a menudo abordando temas culturales y en particular de alfabetización, y es muy probable que el artículo al que se alude sea el mismo que en marzo de 1930 publica en el también turolense El Mañana.

En cuanto a «el inventor Blass», nada tiene que ver con el protagonista de la pionera novela del costarricense  Joaquín García Monge (1881-1958) El Moto, sino que alude a Joseph Blass Mayer (1873-1957), a quien el mencionado Navarro Salvador describe como un «culto y muy laborioso alemán que lleva muchos años de residencia en España» y como un «impresor de los de mayor fama de Madrid, y aun de España entera», cuya empresa (después de ubicarse en la calle de San Mateo) estaba por entonces situada en el colindante y muy pijo barrio de Salamanca (en la calle Núñez de Balboa, número 21). Por su parte, en «Tinta franquista al servicio de Hitler: La Editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», se define a Joseph Blass como «uno de los principales artífices de toda la producción propagandística y cultural en defensa de los valores nazis en lengua castellana». Y es que una cosa no quita la otra.

Logo de la Editorial Blass.

Blass llegó a España cuando en 1899 el director de Abc, Torcuato Luca de Tena Álvarez Ossorio (1861-1929), lo reclutó para que se pusiera al frente de la parte gráfica de la revista Blanco y Negro, trabajo que desempeñó hasta que en 1903 creó su propio taller impresor. Cuatro años después de arrancar su propio negocio ya estaba en condiciones de imprimir por lo menos parte de las enormes cantidades de ejemplares (alrededor de 50.000) que tiraba la exitosa publicación periódica El Cuento Semanal propiedad de Antonio Galiardo y dirigida por el novelista de origen cubano Eduardo Zamacois (1873-1971) y que, en palabras de Gonzalo Santonja, «dio origen al impresionante aluvión de novelas cortas de autores españoles, de bajo precio y distribuidas en quioscos de prensa, que constituyó el fenómeno editorial y literario más relevante de aquellos años». A raíz del suicidio de Galiardo en 1908, Blass se convirtió en socio de Zamacois en la publicación que intentó dar continuidad a este proyecto, Los Contemporáneos, cuyo primer número está fechado en primer día de 1909.

Pruebas del prestigio que alcanzó Blass en el ámbito del papel impreso son por ejemplo que en 1911 se le eligiera para clausurar el Primer Congreso Nacional de las Artes del Libro o que en 1914 fuera el representante del gremio de tipógrafos en la Exposición Internacional de las Artes Gráficas y de la Industria del Libro de Leipzig (donde mostró diversos impresos, catálogos y libros y obtuvo un Gran Premio).

En cuanto concluyó la primera guerra mundial, el Gobierno alemán le concedió la Cruz de Hierro ‒una condecoración militar, si bien ocasionalmente concedida a civiles por prestar servicios militares‒, gracias a la cantidad de folletos propagandísticos anglófobos generados en Alemania que Blass había puesto en circulación en España, entre los que el más famoso es Alerta, marineros españoles (1916), así como de algunos libros entre los que destaca El pensamiento y la actividad alemana en la guerra europea (1915), del economista y diputado por la Unión Valencianista Vicente Gay (1876-1949), quien en 1934 publicaría en Bosch  La revolución nacionalsocialista y al año siguiente, también en Bosch, Madre Roma. Para entender el estado autoritario y totalitario, antes de hacerse famoso por considerar el campo de Dachau «un verdadero establecimiento educativo».

En los años treinta la Imprenta Blass publicó, entre otras obras inesperadas, la primera edición de Fábula y signo (con pie de imprenta del 14 de abril de 1931), de Pedro Salinas (1891-1951), publicado bajo el sello de Plutarco, así como Los nuevos artistas españoles (1932), con veinticuatro reproducciones de obras y texto de Benjamín Palencia (1894-1980), las traducciones de Rafael Alberti (1902-1999), Manuel Altolaguirre, Mariano Brull (1891-1956), Jorge Guillén y Salinas que conformaron Bosque sin horas (1932), de Jules Supervielle (1884-1960) o, por encargo de la Cámara Oficial del Libro de Madrid, el volumen de Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) con que se celebró la Fiesta del Libro de 1936.

Paralelamente, y por lo menos desde 1919 (de ese año es Notas sobre la cacería en el África oriental inglesa, del duque de Medinaceli), Blass había seguido actuando como sello editorial (en muchos casos como Blass y Cía), que se intensificaría durante los años de la segunda guerra mundial, con un carácter y orientación muy evidente.

A la empresa de Joseph Blass cupo el dudoso honor de la publicación de la edición facsimilar del célebre parte oficial de guerra firmado en Burgos por Franco el 1 de abril de 1939, con el membrete del Cuartel General del Generalísimo Estado Mayor. Y en los primeros años de la posguerra publicó libros como, por ejemplo, La paz que quiere Hitler (1939), de Federico de Urrutia (1907-1988), Recordación de José Antonio (1939), de Eugenio Suárez (1919-2014) o Blasón, versos de la cárcel (1940), de José Díaz de Quijano Garcíabriz (1890-1943). No es de extrañar que se convirtiera en uno de los puntales de la propaganda nazi en España.

Fuentes:

Marició Janué Miret, «Relaciones culturales en el «Nuevo orden»: la Alemania nazi y la España de Franco», Hispania, LXXXV/251 (diciembre de 2015), pp. 805-832.

Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío, «Tinta franquista al servicio de Hitler: la editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», RIHC. Revista Internacional de Historia de la Comunicación, núm. 12  (2019), pp. 344-369.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones El Museo Universal, 1993.

Edición colombiana en lengua catalana entre 1939 y 1977

Es muy probable que el catalán con más presencia e influencia en la literatura colombiana sea Ramon Vinyes i Cluet (1882-1952), que si bien no publicó en catalán en ese país obtuvo un premio en los Jocs Florals celebrados en Bogotá con el volumen de cuentos A la boca dels núvols (cuya primera edición se publicó en México en 1946). Aun así, a tenor del número de exiliados republicanos catalanes que acogió Colombia, es notable su labor editorial.

Ramon Vinyes i Cluet

En 1945 apareció en Bogotá un opúsculo de once páginas titulado L’infant de neu. Conte per infants [El niño de nieve. Cuento infantil] impreso en los talleres de la Editorial Centro de Bogotá y que, en su estudio sobre La literatura catalana a l’exili, Albert Manent califica como edición del autor, si bien se presenta como perteneciente a una «Colecció Els Infants Catalans a Colòmbia» que acaso sea una creación personal de su autor.

El autor de L’infant de neu, Jordi Vallès Ventura (1906-1984), era un pediatra catalán licenciado en 1932 que siendo todavía estudiante se había dado a conocer como perspicaz crítico literario en el Butlletí de l’Agrupament Escolar de l’Academia de Ciències Mèdiques, del que era uno de los redactores. Si esta publicación ha pasado a la historia es sobre todo por el número especial (7-9) dedicado en julio de 1930 al surrealismo, en el que colaboraron Manuel Altolaguirre, Concepció Casanova, Salvador Dalí, Guillermo Díaz-Plaja, Darío Carmona, Sebastià Gasch, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna, J. V. Foix, Juan Ramón Masoliver y Joan Miró, entre otros, y en el que Vallès publicó la obra teatral en un acto Ismael 22.

Como consecuencia de la derrota republicana de 1939, Jordi Vallès se estableció inicialmente en México, donde, además de ser (junto a Pere Calders, Agustí Bartra y Anna Maria Murià) uno de los principales animadores de la revista del exilio Lletres. Revista Literaria Catalana (1944-1948), publicaría Escuintles (en 1941, en unas Ediciones Barcino muy probablemente de su propia creación), Un médico en una guerra (1942), en la editorial Quetzal de Costa-Amic y Julián Gorkin, y El pollets de colors, en una colección llamada «Els Infants Catalans a Mèxic» de la Biblioteca Catalana e ilustrado por el cartelista y dibujante catalán Marcel·lí Porta (1898-1959). Este último título resulta interesante por presentarse en el colofón como el «primer libro de cuentos, pensando en nuestros niños exiliados, huérfanos de la más simple hoja de papel impreso donde aprender a leer en su lengua materna», y la coincidencia en el título de la colección es lo que sugiere que acaso fuese una creación del propio Vallès, si bien la colección mexicana tuvo continuidad con El nen blanc i el nen negre. Conte per a infants. Glossa de la «Cançó de Bressol» d’Agustí Bartra (1947), de Anna Murià (1904-2002).

A partir de ese momento, aparecieron en B. Costa-Amic Editor sus dos novelas en castellano, Sinfonia. Primer movimiento (1944) y Las vacaciones del profesor Müller (1944), y luego se estableció luego durante un tiempo en Venezuela y posteriormente pasó a Estados Unidos, donde se dedicó a la cura del alcoholismo (publicó en 1967 How to life with an alcoholic y From social drinking to alcoholism) y a la docencia en la Universidad Baylor.

Sin embargo, el de Vallès no es un caso singular de edición en catalán en Colombia, pues ya en las navidades de 1940 había aparecido en Barranquilla y promovido por Edicions de l’Associació Protectora de l’Ensenyança Catalana un libro escrito en 1939 por el ingeniero y escritor Carles Pi i Sunyer (1888-1971), Montserrat i Czenstochowa. Diàleg de les dues Verges Negres de Polonia i de Catalunya. Este libro se imprimió en la Tipografía Escofet, empresa creada por el matrimonio de origen catalán Isidro Escofet Roset y Francisca Romagosa Escofet y donde se formó el tipógrafo linotipista José Ignacio Montoya Tobón (luego profesor de imprenta y reputado profesional en Barranquilla, Medellín y Santa Marta).

Por si fuera poco, en mayo 1945 Bogotá acogió los Jocs Florals de la Llengua Catalana en el exilio, y la Editorial Centro Instituto Gráfico se ocupó al año siguiente de la impresión del preceptivo libro (unas doscientas páginas), con el título Jocs Florals de la Llengua Catalana. Any LXXXVIII de llur restauración. I centenari del Naixement de Mossèn Jacint Verdaguer.

Con todo, quien con más tesón, si bien con modestia, se dedicó a la edición en catalán en Colombia fue el escritor y político mallorquín Francesc de Sales Aguiló Forteza (1899-1956), quien a finales de la década de 1940 estrenó una colección de opúsculos dedicados a autores mallorquines importantes de los que ofrecía la versión original y una traducción al español. Así, el primero en aparecer (en los talleres de la Editorial Centro), fue el dedicado a Joan Alcover, con traducciones del empresario y promotor cultural gallego Ramiro Illa Couto (1896-1987), el filólogo de nacionalidad francesa Marcel Baïche (1920-2003) y la filósofa y escritora británica  Kathleen Nott (1905-1999).

Francesc de Sales Aguiló.

Poco posterior es el dedicado a Miquel Costa i Llobera, preparado por el propio Aguiló e impreso en la bogotana Litografía Colombia del antioqueño Enrique Vidal (muy celebrado por sus trabajos cartográficos). A este siguió Gabriel Alomar, futurista (1949), de nuevo en la Litografía Colombia, que incluye textos de Santiago Rusiñol y de Azorín y en el que la traducción corre a cargo de Nicolás Bayona Posada (1899-1963), poeta y ensayista famoso (autor de la letra del «Himno de Sonsón» y de una muy difundida y reeditada Historia de la literatura española).

El opúsculo de 1950 (doce páginas) está dedicado a Maria Antònia Salvà, poetessa de Mallorca, e incorpora un prólogo escrito por Josep Carner (1884-1970) para Espigues en flor (1926) y traducciones del poeta, antologuista y traductor José Vargas Tamayo (1891-1969), autor además de la antología poética  De los jardines de Mallorca, Cataluña y Valencia (Bogotà, Empresa Nacional de Publicaciones, 1957), y el cuentista del grupo Los Nuevos Octavio Amórtegui (1901-1990).

Los dos siguientes números se llevan a cabo en los talleres de la Editorial Iqueima del exiliado madrileño Clemente Airó (1918-1975), el primero dedicado al poeta Rosselló-Pòrcel, català de Mallorca, que incorpora el prólogo de Salvador Espriu a Obra poética, y el segundo a Miquel dels Sants Oliver, poeta i humanista, con fragmentos de un discurso del poeta y ensayista Joan Alcover (1854-1926) y en traducción del ya mencionado Bayona Posada.

La conclusión de esta serie de opúsculos no significa el cese de la actividad editorial de Aguiló, que se puso al frente de las Edicions Comunitat Catalana de Colòmbia y promovió la publicación de In memoriam Lluis Companys, president de Catalunya. XII aniversari del seu afusellament (1952), con el texto de Josep Carner, «Fi de Lluis Companys», en versión española de Bayona Posada, e In memoriam Lluis Companys, president de Catalunya. XIII aniversari del seu afusellament (1953), con el texto de Martí i Muntaner, «Catalans, Catalunya», traducido por el propio Aguiló.

En Gráficas Mora-Escofet de Barranquilla apareció unos años más tarde Fugida! (1962), del pedagogo Miquel Fornaguera (1893-1982) y con dibujos de su yerno Antonio Roda (1921-203), donde narra las primeras semanas del exilio cuando en 1938 salió hacia Francia con su familia y al cargo de ciento cincuenta niños españoles de la colonia Alba de Ter, cerca de Ripoll. Unos años después Fornaguera vería publicados en español (en la Editorial de la Revista de Derecho Colombiano) los Aguafuertes colombianos con los que había obtenido un premio en los Jocs Florals celebrados en Colombia (entonces con el título Aguaforts del Tròpic). La obra, que narra sus impresiones de su primera etapa vivida en Colombia, se publicó con el subtítulo «Visiones de Colombia (1914-1934). Hojas arrancadas al diario de un caminante»

Y a estos libros y opúsculos hay que añadir además, como testimonio de la presencia del exilio catalán en Colombia, las publicaciones periódicas Butlletí d’Informació Catalana, dirigida en Bogotá por Pere Barenys y aparecidas entre diciembre de 1959 y marzo-abril de 1966, y los Fulls de la Comunitat Catalana. Por lo menos.

Fuentes:

Web de la Comunitat Catalana de Colòmbia.

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomía i Documentació de la Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, El Colegio de Jalisco, 1998.

Albert Manent, La literatura catalana a l’exili, Barcelona, Curial, 1989.

Antoni Marimon, «De Palma a Bogotá», Diari de Balears, 23 de marzo de 2010.

Gina Maria Zanella Adarme, ed., Miguel Fornaguera i Ramon, un catalán de Bogotá, Bogotá, Pontificia Universidad Javieriana (Documentos Javerianos 5), 2013.

Shimkin, Carnegie, Cosmos y la creación de un género de mala fama

En sus espléndidas memorias, publicadas en español con el título Editar la vida, Michael Korda subraya la evolución que a la altura de los años setenta había experimentado el género de la autoayuda y remonta su origen a los padres fundadores: «El libro de autoayuda dirigido a profesionales que formaba parte de la tradición estadounidense desde los días de Benjamin Franklin, había llegado a una especie de cima con grandes best sellers como No digas sí cuando quieres decir no y Winig through Intimidation». El primero de estos títulos, escrito por el profesor en psicología clínica de la Universidad de Cornell Herbert Fensterheim (1921-2011) en colaboración con Jean Baer, lo había publicado en 1975 Dell Publishing, por entonces aún identificada como una editorial de cómics y revistas pulp; mientras que el segundo se lo había autopublicado su autor, el político y empresario Robert Ringer, quien más adelante crearía Strafford Press para dar a conocer sus propios libros y los de otros emprendedores.

Dale Carnegie.

Sin embargo, pese a la referencia de Korda a Franklin (1706-1790), es habitual identificar como padre del género a Dale Carnegie (1888-1955), que inicialmente no tenía ninguna intención de convertirse en escritor mientras desde 1912 impartía cursos de oratoria en el YMCA (donde se llevaba el 80% de las ganancias netas y dos años después de empezarlos ganaba quinientos dólares semanales). Aun así, en 1915 escribió con el célebre editor Joseph Berg Esenwein (1867-1946) The Art of Public Speking, en el que su nombre aparece todavía como Dale Carnagey y que publicó The Home Correspondence School; posteriormente redactó el librito con el curso que estaba dando en el YMCA, que Associated Press publicó con una introducción de Lowell Thomas, y Public Speaking: a Practical Course for Business Men (1926), también en Associated Press.

El momento crucial en esta historia se produce cuando Leon Shimkin (1907-1988) —editor de fulgurante carrera que entró a trabajar por las mañanas en Simon & Schuster a los diecisiete años, mientras estudiaba, y acabaría por convertirse en su propietario— le propuso a Carnegie publicar un libro después de haber asistido a su curso. De entrada, a Carnegie no le pareció atractiva la oferta de escribir un libro que se vendería a dos dólares, cuando estaba vendiendo su curso por 75, y además las conferencias y clases no le dejaban mucho tiempo disponible; por si fuera poco, también debió de pesar en su decisión el hecho de que en el pasado Simon & Schuster le había rechazado dos manuscritos. Pero Shimkin le propuso servirse de un estenógrafo que asistiera a sus cursos y luego editar y corregir el resultado, a lo que Carnegie sí se avino.

El caso es que en 1936 apareció en Simon & Schustser la primera edición de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, aunque con algunos inconvenientes: los diseñadores encontraron el título inicial (How to make Friends and Influence People) excesivamente largo para incluirlo de forma clara y bien visible en la cubierta, pero todo lo que se le ocurrió a Carnegie para atenuar el problema fue cambiar make por win. Simon & Schuster empezó por ofrecer el título en sus catálogos y encargar una nota de prensa a la agencia de publicidad habitual, Schwab & Beattie, e incluyó algunos anuncios a toda página en prensa (con textos del legendario Victor O. Schwab [1898-1980], autor a su vez de diversos libros sobre cómo escribir textos publicitarios eficaces).

Como es bien sabido, el libro de Carnegie fue un megaéxito inmediato, hasta tal punto que Simon & Schuster le ofreció a Shimkin 25.000 dólares como bonificación (él prefirió convertirse en socio de la compañía), y los derechos de traducción se empezaron a vender enseguida a todas las lenguas habidas y por haber.

Reverso de la edición en Cosmos, distribuida por Sudamericana.

En «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos» (incluido en Pliegos alzados), el profesor José Luis de Diego ha contado y contextualizado la decisión de Antoni López Llausàs (1888-1979) de contratar a título personal los derechos del libro de Carnegie en español, una decisión inesperada y un tanto extraña en el contexto de la editorial Sudamericana, que se estaba asentando como un proyecto centrado sobre todo en la traducción de clásicos contemporáneos (Virginia Woolf, Sartre, Huxley, Faulkner…) y, en cualquier caso, de literatura estéticamente exigente. A partir en buena medida del testimonio de la nieta de López Llausàs (y su sucesora al frente de Sudamericana), escribe De Diego:

El editor catalán se vio en un dilema bourdiano: si lo publicaba seguro que tendría buenas ventas, pero era un título que no encajaba para nada en el catálogo de su sello y podía acarrear desprestigio y críticas; si no lo publicaba, protegía su trayectoria, pero se perdía los ingresos que el autor prometía. ¿Arriesgaría su capital simbólico en pos de acrecentar su capital económico? Y encontró la solución: creó un sello nuevo: Ediciones Cosmos, quizás con el único fin de publicar a Carnegie: protegió su capital simbólico sin resignar su capital económico.

En unos ocho años aproximadamente se hicieron dieciocho reimpresiones del libro, en 1966 había superado la cuarentena y llegó a un primer millón de ejemplares, algo impensable con los por otra parte excelentes títulos que por aquel entonces publicaba Sudamericana (Cuán verde era mi valle, La luna se ha puesto, Las cabezas trocadas, El tiempo debe detenerse, Eminencia gris…). El aludido testimonio de Gloria López Llovet, añade: «Ante el éxito formidable del título [López Llausàs] sintió que estaba actuando en forma equívoca con los lectores y fue así que lo incluyó en Sudamericana», y años después se divulgó muchísimo a través concretamente de su publicación en la exitosa colección de bolsillo creada en Sudamericana, Piragua. Lo cierto es que, aun sin pruebas que lo sostengan, resulta inevitable pensar, siguiendo a De Diego, que la intención de López Llausàs al incluirlo en Sudamericana era más bien empapar del aura de libros exitosos a los que formaban el catálogo más literario de este sello, sobre todo pensando en la imagen que de la editorial tendrían los libreros. Es decir, subrayar el hecho de que Sudamericana era capaz de publicar libros de éxito estratosférico (cosa que no se repetiría hasta, paradojicamente, Cien años de soledad, de García Márquez, en 1967).

Al libro de Carnegie, aparecido en 1942 en traducción firmada por Román A. Jiménez, le siguieron en Cosmos Cómo adelgazar comiendo, del presentador de radio y osteópata Victor Hugo Lindlahr (1897-1969), y Cómo hacer un hogar feliz. Ética, estética, de María Teresa López e ilustrado por Francisco Fábregas. Más adelante aparecerían Cómo anunciar para vender (1947), de Warren B. Dygert; Cómo llegar a psicólogo práctico (1950), de Joseph Clawson y los títulos de Carnegie Como hablar bien en público e influir en los hombres de negocios (1947), Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida (1956)… Al filón Carnegie se sumó también en Argentina la editorial de Guillermo Kraft, que le publicó un tipo distinto de libros: Biografías relámpago (1946), Cuarenta biografías anecdóticas (1947) y Rarezas y extravagancias de personas célebres (1951).

Como bien señala De Diego, es este un caso paradigmático y ejemplar para advertir las dos caras o vertientes de la práctica editorial y como se traducen en casos concretos. Además, invita a la reflexión y al debate sobre la inclusión en un catálogo editorial de libros que quizá desentonan o no dan la talla, pero cuyas ventas permiten seguir haciendo apuestas económicamente muy arriesgadas o a todo punto inviables, mediante la creación de un sello específico. Lo que no tendría sentido, puestos ante tesituras semejantes, sería pretender entonces que cada uno de los sellos se autofinanciara, que es lo que parece suceder en algunos grandes grupos que en las últimas décadas han ido acaparando sellos. Y también la autopublicación rompe por completo con esta lógica y, de rebote, todo ello pone en riesgo un tipo de libros cuyo valor estético o cultural, por desgracia, no está en consonancia con su escaso valor comercial.

Fuentes:

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Fernando Larraz, Josep Mengual y Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia editorial, a debate, Gijón, Trea, 2020, pp. 19-32.

José Luis de Diego, Fabián Espósito y Fernando Larraz, La patria imaginaria. Editores españoles en Argentina, Buenos Aires, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2019.

Guido Herzovich, La desigualdad como tarea. Crítica literaria y masificación editorial en Argentina (1950-60), tesis doctoral, Universidad de Columbia, 2016.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez, revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

La Ballena Alegre como promotora de lectura durante el franquismo

Una de las iniciativas más exitosas para promocionar la lectura entre los jóvenes de los años sesenta en España fue la iniciada en diciembre de 1959 por la editorial Doncel con la publicación del libro El niño, la golondrina y el gato, de Miguel Buñuel (1924-1980), con prólogo de José María Sánchez-Silva (1911-2002). Se trataba de un libro encuadernado en cartoné de 25 x 21, 122 páginas y con 16 ilustraciones a color de Lorenzo Goñi (1911-1992), con capitulares a color y guardas ilustradas con las partituras del compositor Cristóbal Halffter (1930-2021) de «Madre tierra», «Canción de cuna», «Animales buenos» y «Canción marinera».

El turolense Miguel Buñuel (1924-1980), que se había trasladado a Madrid para estudiar periodismo y cinematografía y a quien Manuel Estevan describió como «un socialista incorruptible», se había dado a conocer como escritor con Narciso bajo las aguas, que ganó el Premio Gaspar-Ateneo de Valladolid en 1958 y de la que El niño, la golondrina y el gato es una adaptación infantil. Según contó el mismo Estevan, siempre que en la clandestina Radio España Independiente se mencionaban los poemas de algún poeta español del que por precaución se omitía el nombre, todas las sospechas recaían sobre Miguel Buñuel, lo que ponía en riesgo su tranquilidad laboral en la España franquista. Con El niño, la golondrina y el gato Buñuel ganó el Premio Lazarillo, instituido en 1958 por el Instituto Nacional del Libro Español y otorgado ese año a Alfonso Iniesta (que en 1939 había publicado Garra marxista en la infancia) por Dicen las florecillas.

El celebérrimo autor de Marcelino pan y vino (1952), José María Sánchez Silva, presentaba esta novela en su estudio introductorio como poco menos que un nuevo El pequeño príncipe de Saint-Exupéry, subrayando el carácter lírico del relato y destacando su valor universal.

Por lo que se refiere a Lorenzo Goñi, que durante la guerra civil española había sido uno de los cartelistas más importantes del Sindicat de Dibuixants Professionals de la UGT, en 1952 había ilustrado la primera edición de Marcelino Pan y vino (en la editorial Cigüeña) y en 1957 había obtenido la Tercera Medalla de Dibujo en la Exposición Nacional de Bellas Artes; iba camino de lograr que nadie escarbara mucho en su pasado republicano ni en sus actividades en Barcelona durante la guerra.

En cuanto a Cristóbal Halffter, que en 1953 había ganado el Premio Nacional de Música con un Concierto para piano, en esos años era director de orquestra de la Orquestra Falla y había compuesto la música de películas como El beso de Judas (1954) y Camarote de lujo (1959), ambas de Rafael Gil, La pícara molinera (1955), de León Klimovsky, Mensajeros de paz (1957), de José María Elorrieta, Madrugada (1957), de Antonio Román y basada en la obra homónima de Antonio Buero Vallejo, la producción hispano-argentina Una muchachita de Valladolid (1958), de Luis César Amadori y con Alberto Closas, Vicky Lagos, Alfredo Mayo y José Luis López Vázquez en el reparto…

Logo de la colección.

La editorial Doncel era de creación aún muy reciente (1958), por inspiración de la Delegación Nacional de Juventud, y a ella suele atribuirse una notable renovación de la literatura infantil española (pero dentro de los estrechos márgenes de lo posible en la ideologizadísima España franquista). El encargo recayó en Luis Bustillo y Jaime Suárez (a quien Manuel Barrero describe como «joseantoniano, sin mixtificaciones, adherencias o condicionamientos»), quienes contrataron a Miguel Buñuel inicialmente como director de maquetación (o diagramación), pero no tardaron en encargarle la codirección, con el periodista Joaquín Aguirre Bellver (que acababa de publicar el exitoso libro infantil Miguelín: aventuras en la aldea), de la colección La Ballena Alegre.

Tras este estreno que quedó como número cero, aparecieron en La Ballena Alegre Luiso (María, matrícula de Bilbao) (1959), de José María Sánchez Silva y Luis de Diego, El juglar del Cid (1960), de Aguirre Bellver, Atila y su gente (1960) de Luis de Diego, a los que progresivamente se añadirían títulos de Concha Castroviejo (1910-1995), Carmen Conde (1907-1996) y Tomás Salvador (1921-1984), entre otros. En cuanto a los ilustradores, los más prolíficos fueron Goñi y Celedonio Perellón (1926-2015), pero también colaboraron en la colección Paredes Jardiel, Julián Nadal, José Francisco Aguirre, Adán Ferrer, María Antonia Dans…

Sótano del Café Lion madrileño.

Resulta quizás un poco sospechoso el nombre de la editorial si nos evoca el famoso salón situado en el histórico café Lion madrileño y que en los años previos a la guerra había sido sede de tertulias muy predominantemente falangistas: Rafael Sánchez Mazas, José Antonio Primo de Rivera, José María Alfaro, Agustín de Foxá… A su vez, el salón debía su nombre a uno de los murales con los que el pintor Hipólito Hidalgo de Caviedes Gómez (1902-1994) había decorado el local y que mostraba una ballena sonriente, inspiración directa e inequívoca del logo de la colección. Según se compare con los libros infantiles de los años cuarenta o con los publicados tras la muerte del dictador, si duda el juicio sobre la modernidad de la colección será muy divergente.

Rosario Vega García, quizás quien más y mejor ha estudiado la colección, señala acerca de la orientación ideológica de La Ballena Alegre:

Si bien es cierto, que en primera instancia la colección La Ballena Alegre no fue creada como instrumento de transmisión ideológica, sí se dieron excepciones.

En Manuel y los hombres, Miguel Buñuel escondía, tras un lenguaje rico en descripciones escénicas y tierno tono emotivo, una intención de transmitir una serie de valores políticos, a través de la historia de Manuel, un monaguillo zaragozano, hijo de un huelguista que muere en manos de los propios compañeros del padre. A esta obra le fue otorgado el Cuadro de Honor del Premio Literatura Infantil de 1962.

De algunas lecturas no solo se esperaba un proceso de identificación del lector con el protagonista, sino que buscaba un proceso de imitación como ocurre en Luiso («María», matrícula de Bilbao), de Sánchez-Silva y Luís de Diego, declarada texto para la enseñanza de educación política masculina del tercer curso de bachillerato y con el que obtuvieron el Premio Virgen del Carmen de 1960.

Fragmento de un catálogo de Doncel.

Al margen del carácter adoctrinador o no de la colección, el caso es que muy poco después de su creación un decreto de noviembre de 1961 encomendaba a la Delegación Nacional de Juventudes, entre otras responsabilidades, «Ordenar, dirigir y realizar la formación político-social y cívica y de educación física a la juventud española masculina menor de 21 años», así como «Mantener una serie de Servicios a la Juventud que abarca todo género de manifestaciones y actividades educativas y recreativas». Y esto se reflejó en la creación del Club La Ballena Alegre, que mediante un acuerdo con la Cadena Azul de Radiodifusión (de la Delegación Nacional de Juventudes) ofrecía, a cambio de una cuota de quince pesetas, descuentos en la compra de libros de la editorial y en la realización de viajes organizados por la Oficina de Turismo Juvenil.

Ejemplar de la revista La Ballena Alegre.

En sintonía con estas ideas, en abril de 1965 se había puesto a la venta el número cero de la revista La Ballena Alegre (cuyos artífices fueron Celedonio Perellón y Andrés Romero, que figuraba como director), que inicialmente fue mensual y luego quincenal, y que a los no socios se les vendía al mismo precio que la cuota del club. Las páginas más infantiles que juveniles se desgajarían más adelante de la revista para que naciera El Ballenato, suplemento para el hermano pequeño.

La editorial Doncel seguiría su andadura, alternando el libro explícitamente didáctico y formativo con la literatura infantil, hasta 1977, acumulando una buena cantidad de premios generados por el régimen franquista; sin embargo, ya en 1973 había desaparecido la colección La Ballena Alegre, después de haber publicado una sesentena de libros entre los que los hay escritos, a lo largo de los años setenta, por Lilli Koening (1918-1994), Carlos Muñiz (1927-1994), Astrid Lindgren (1907-2002), Jaime Ferran (1928-2016), Angela C. Ionescu (n. 1937) y Pierre Gamarra (1919-209), entre otros.

Fuentes:

Manuel Barrero, «Editorial Doncel», Tebeosfera.

Ejemplar de la revista La Ballena Alegre.

Manuel Estevan, «Saludo de despedida a Miguel Buñuel», Andalán, núm. 297 (28 de noviembre a 4 de diciembre de 1980), p.11.

Jaime García Padrino, «Libros infantiles y juveniles», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 699-721.

Manuel Parra Celaya, «Aquellos viejos libros de Doncel», Trocha, 21 enero 2018.

Rosario Vega García, «Literatura infantil y juvenil en la España de los años sesenta: La Ballena Alegre», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm 42 (2009).

Descentralización editorial contra censura

En algunas ocasiones se ha alegado la edición de obras del poeta romántico Jacint Verdaguer (1845-1902) a principios de los años cuarenta del siglo xx para intentar minimizar el efecto de la censura franquista en el retroceso que experimentó el uso de la lengua catalana tras la guerra civil española. Lo que se oculta en estos casos es cómo, por qué y en qué condiciones se pudo publicar a Verdaguer ya en 1943.

Jacint Verdaguer.

En su reciente tesis doctoral dedicada a la editorial La Selecta, Mireia Sopena ha reconstruido ese proyecto, que arranca en 1941 (cuando ya cursa un primer permiso para publicar a Verdaguer) y que cristalizó en la publicación de un texto escrito en un catalán previo a la reforma ortográfica llevada a cabo por el filólogo Pompeu Fabra y unánimemente aceptada. Escribe Sopena (traduzco del catalán):

A partir de la edición en rústica de Francesc Matheu, i con un prólogo de Frederic Mistral, las Obres completes de Jacinto Verdaguer se estamparon con un copyright de la Cada del Libro y el pie editorial de una llamada Biblioteca Selecta, si bien al poco tiempo la obra se transformó en el número 1 de la colección Biblioteca Perenne. La NAGSA imprimió un tiraje de casi 1.500 páginas y 123.000 ejemplares, que debían permitir amortizar los costos de edición y producción, aunque el precio de 175 pesetas era excesivamente elevado si se tienen en cuenta el de obras homologables de la competencia, que rondaban las 125 pesetas, y el de novelas en castellano de doscientas páginas a unas 15 pesetas.

Basta echar un vistazo a esa edición para comprender que si se pudo publicar fue, entre otros motivos, porque iba destinada a las clases pudientes y el arcaísmo del texto lo hacía poco menos que incomprensible para los lectores poco formados. Lo que quizá no se esperaran es que se convirtiera en un exitazo (se agotó en menos de un año). El fin de la guerra mundial propició un interés de la censura franquista por dar muestra de su manga ancha, lo que propició que este tipo de tejemanejes se repitiera con Victor Català (retablo en 1944, Mosaic en 1946) y que de Verdaguer, con motivo del centenario de su nacimiento, se hicieran en esos años otras diversas ediciones.

Dibujo de Junceda para el Canigó.

El excelente dibujante Joan Junceda (1881-1948) ilustró algunos pasajes del poema narrativo de Verdaguer Canigó, del que en 1945 hizo una edición de mil ejemplares en rústica a la que la única objeción que puso la censura fue a la intención de incluir un texto preliminar (meramente biográfico, de apenas media página y en catalán prefabriano). Además de los mil ejemplares corrientes, se hizo una tirada de ciento cincuenta en papel de hilo, numerados, con los dibujos ilustrados a mano y protegidos con papel de seda y acompañada de un estuche. De nuevo, el libro se dirigía a un determinado tipo de lectores, pero en este caso es particularmente interesante la casa editora: Sala, de Vic, que lo hizo imprimir en la igualadina Estampa de Pere Bas i Vic (creada en 1930 y que publicó en los años treinta mucha prensa local y en la postguerra, por ejemplo, El Club de Futbol Igualada, campeón de Cataluña, 1945-1946 y en 1958, en catalán, La indústria textil igualadina. Història d’un gremi, de Josep Riba i Ortínez).

Los orígenes de las ediciones de la Sala de Vic se remontan a la creación de la librería homónima en agosto de 1941 por impulso de Francesc Sala i Cidera, a quien el poeta Agustí Esclassans inmortalizó en el poema «A un llibrer de Vic» (en Beatrix, 1954). La librería, punto de reunión y de tertulia, actuó como catalizadora y difusora de la cultura en la ciudad de Vic y alrededores, y ya en 1943 hacía imprimir una edición de El criterio, del filósofo y teólogo Jaume Balmes (1810-1848), ilustrada por Junceda. Dos años después, además del Canigó, aparecía Don Serafín: ¿Bailamos o no bailamos? Interesantes y borascosas ideas sobre un problema de candente actualidad, que el obispo Ramon Masnou (1907-2004) firmó como Darío.

En la primera solapa de la sobrecubierta de este libro se encuentra alguna información interesante, como por ejemplo que la edición corriente de Canigó valía 35 pesetas y los 150 ejemplares numerados, 350. Sin embargo, más interesante es el anuncio de la «Colección Aures de la Plana. Volúmenes poéticos de autores vicenses» y sobre todo de una colección de goigs en ediciones limitadas de doce ejemplares de Escrits inèdits de Mn. Cinto Verdaguer i homes de l’Esbart de Vich, que es dudoso que se llevara a cabo, pues no parecen haber dejado ningún rastro. También de 1945 es la antología de viñetas Garabatos de Lluis Mallol. Cuentos, chistes, historietas, encueaderbado en cartoné y con la cubierta impresa a dos tintas y el interior en bicromía (esto es: la viñeta en azul, rojo o negro, con una orla enmarcándola en amarillo o verde, por ejemplo).

A quien por entonces era rector del seminario de Vic, Climent Villegas, le publica Sala Ejemplaridad de Balmes en 1946 y ese mismo año se imprime El alma religiosa de Contardo Ferrini, de Ánngelo Portaluppi y prologado por Agostino Gemelli y traducido por el filósofo y escritor Josep Miquel i Macaya (1907-1995), pero mayor importancia tuvo la mencionada colección en catalán Aures de la Plana, que se estrenó en 1947 con Els meus racons de Vic, de Miquel S. Salarich i Torrents y prologado por de Eduard Junyent, Hores enceses, de Josep Clarà i Roca y con prólogo de Tomàs Roig i Llop y Messa novella, de Ramon Vidal i Peix e introducción de Artur Martorell i Bisbal, y en la que en los años sucesivos se publicarían, entre otros, Records de juventud, de Pilar Pratdesaba de Surroca prologado por Miquel S. Salarich i Torrents (1952), La finestra oberta, del mencionado Salarich prologado por Ramon Rucabado (1954) y Díptic, de Nuria Arbó y Maria Àngels Anglada y prólogo de Marià Manent (1972) (puede verse el catálogo completo de esta a colección en el artículo de Miquel S. Ylla-Català i Genís mencionado en las fuentes).

Desde 1949 se habían empezado a hacer habitual la edición de opúsculos ilustrados con motivo fechas señaladas, como el día del libro o Navidad, ilustrados en su mayoría por Salvador Puntí (1909-1970), pero también otros por artistas como Joan Vilà i Moncau (1924-2013), Jacint Conill (1914-1992) o Pere Brugulat (n. 1922).

Mayor interés tiene otra modesta colección, destinada al género dramático y llamada Biblioteca Teatral Ausona, en cuya creación tuvo un peso importante el actor, dramaturgo y polifacético hombre de teatro Josep Subirana (1874-1951), conocido también como «Manel dels ous». Según cuenta Pilar Cabot:

Hubo autores que escribieron algunas obras pensando específicamente en él [Josep Subirana]; para que él las estrenara, como fue el caso de Florenci Cornet, Lluís Rossic, l’Aubanell… Però él padrí lo completaba: las ponía en escena y las editaba. Creó la Biblioteca Teatral Ausona, una colección abierta a autores en lengua catalana y que tenía dos vertientes: Obras de Centre Catòlic (solo hombres) y Obres amb Dama. Los impresores eran Aleu, Domingo & Cía., de la calle Calàbria (entonces en el núm. 89), en Barcelona. Más adelante reconvirtió la colección. Pasó a llamarse Biblioteca Teatral Subirana y se imprimía en Vic, en la Tipografia Balmesiana de la calle de la Riera (por entonces en el núm. 5).

En esta colección se publican en 1947 en rápida sucesión El rabadà a Betlem (Pastorets): dividit en tres actes i quatre quadres, de Ramon Vidal i Pietx;  La comtesseta de Bella flor: drama líric en quatre actes (1947), de Joan Villacís y música de Adjutori Vilalta; Amor triomfant y Sospirs d’infant: quadrets lírics (1947), de Joan Vilacís y Joan Brugalla i Saurina, con música de Lluís Brugarolas i Ventulà Sala (como título inicial de una serie dentro de la colección llamada Joai Infantil); Llum dintre la fosca: drama líric per a nenes dividit en dos quadres i El bes de la caritat: quadrets lírics per a nenes, de Joan Villacís y continuación de la mencionada Joai; El calvari d’una llar: drama en tres actes i en prosa per a noies, de Francesc Carbó i Trilla, y tras una pausa en el ritmo de publicación se añaden A la ciutat de Lleida: poema líric en tres actes (1950), de Joan Casanovas i Molist y música de Josep Casanovas i Molist, Poemes d’infants: quadrets originals (1952), de Francesc Carbó i Trilla y Joana d’Arc: poema històric en vers, obra de teatre catòlic per a noies (1952), de Francesc Planas i Vilaró.

Y es importante esta colección porque su publicación es casi coincidente en el tiempo con la iniciativa de Sunyol de crear un pequeño grupo teatral de jóvenes, que cuajaría en la Schola Teatral y en la organización del Primer Cicle de Teatre Actual, cuya pretensión era estrenar en la ciudad a grandes dramaturgos internacionales, alentar el interés de los jóvenes por el teatro y, además, investigar nuevas formas de preparar la puesta en escena del teatro contemporáneo a partir de las innovaciones que en este campo se estaban produciendo en toda Europa. Lamentablemente, no pasó de la primera edición, por problemas de financiación, pero sí dejó un cierto poso como punto de partida del teatro independiente en la ciudad, que con el tiempo cristalizaría en el grupo vanguardista La Gàbia (1961-1994) fundado por Lluís Sola i Sala (quien en 1976 se convertiría en director de la sede del Institut del Teatre en Ososa) y que empezó a rodar en 1961 con Poemes civils, de Joan Brossa (1919-1998), en la creación en la Universitat de Vic de un posgrado en Teatre i Educació, en la fundación del Centre Dramàtic d’Osona, etc. 

Fuentes:

Maria Antònia Bisbal i Cendra, «La imprenta a Igualada», Miscellanea Aqualatensia, núm. 3 (1983), pp. 289-311.

Pilar Cabot, «Josep Subirana (Vic 1874-1951)», Ausa, vol. XX, núm 150 (2002), pp. 683-693.

Ramon Pinyol i Torrents, Verdaguer sota el franquisme: censura i manipulació, discurso de recepción del autor como miembro numerario en Secció Històrico-Arqueològica del Institut d’Estudis Catalans, leído el 25 de enero de 2018.

Carme Rubio, «L’activita teatral a Vic a partir de la postguerra», Ausa, vol. Xx, núm. 148-149 (2002) pp. 221-243

Mireia Sopena, La Selecta, centre de l’edició i de la vida literària(1943-1962), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i LLetres, Universitat Autònoma de Barcelona, 2021.

Miquel S. Ylla-Català i Genís, «La llibreria Sala, gresol de cultura vigatana», Ausa, vol. IX, núm. 100 (1981) pp. 425-431.

Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

Libros que salvaron vidas durante la guerra civil española

En el que probablemente sea el primer análisis ambicioso (no exhaustivo) de la producción bibliográfica en Cataluña durante la guerra civil española (1936-1939), Joan Crexell contabilizó hasta 1.014 títulos entre libros y opúsculos, lo que supone una media de más de un impreso de estos tipos al día durante los treinta meses que duró la contienda. De este asombroso corpus, lógicamente (o no), siempre se ha prestado más atención a las obras literarias —la Aloma de Mercè Rodoreda, La fam de Joan Oliver, Unitats de xoc de Pere Calders, la traducción de Pere Montserrat de Les nits blanques de Dostoievski…— que a ninguna otra tipología de obras, aun cuando su importancia fuese de primer orden y tuvieran como objetivo nada más y nada menos que salvar vidas.

Entre los libros prácticos o de lo que podría llamarse autoayuda extrema, destaca sobre todo la ingente actividad editorial llevada a cabo por la Junta de Defensa Passiva de Catalunya, pero incluso antes de su creación ya habían aparecido algunos impresos con una orientación muy similar.

La Casa de la Caritat de Barcelona, que desde mediados del siglo xix disponía de una imprenta para la formación de los huérfanos a los que acogía, era económicamente viable gracias a que se ocupaba de imprimimr buena parte del material bibliográfico de las instituciones catalanas con sede en Barcelona (del Ayuntamiento y de la Generalitat, sobre todo). Como Casa d’Assistència President Francesc Macià, que fue el nombre que adoptó durante el período republicano (entre 1932 y 1936), puso aún en 1936 su sello a la edición bilingüe de unas Instruccions para la defensa passiva de la población civil per al cas d’atac amb gasos, promovida por el Consell de Sanitat de Guerra dependiente del Departament de Defensa de la Generalitat.

La misma imprenta se ocupó ese mismo año del Programa de la instrucción militar dels ciutadans, publicada por la Conselleria de Defensa. Y a este hay añadir otros dos libros que ponen de manifiesto que la principal preocupación de las autoridades eran por entonces los efectos que los bombardeos pudieran tener sobre la población civil y en particular por la defensa ante los ataques con armas químicas.

El 21 de septiembre de 1936 se publicaron las primeras normas destinadas a las Juntes de Defensa Passiva, que dependían de los ayuntamientos y en las que estaban representados diversos organismos municipales (ingeniero y arquitecto municipal, la Cruz Roja, farmacéuticos, etc.), y que acabarían cristalizando el 9 de junio de 1937 en la creación de la Junta de Defensa Passiva de Catalunya, adscrita al Departament de Treball de la Generalitat de Catalunya.

El doctor Francesc Bergós i Ribalta, que había ingresado en el Cuerpo de Sanidad Militar de la Generalitat en 1924 y que antes de su exilio a Uruguay se ocuparía en 1939 de la evacuación a Francia de más de un millar de heridos, publicó Aspectes mèdics de la guerra química (1936), que lleva el sello de la Secció de Defensa Passiva de la població civil contra atacs aeris i químics del Consell de Sanitat de Guerra (dependiente del Departament de Defensa).

También fue el Departament de Defensa el que promovió ese mismo año la edición de un título muy llamativo, Protegiu-vos!, subtitulado «Consells, normes, precaucions a adoptar contra els bombardeigs aeris», firmado por uno de los pioneros de la aviación militar española, Felipe Díaz Sandino (1891-1960). En ciertos ámbitos, Díaz Sandino contaba con el respeto e incluso la admiración por haberse negado a bombardear el Palau de la Generalitat a raíz de la proclamación de la república catalana en 1934 (lo que le valió ser apartado de la carrera militar y encarcelado en el castillo de Montjuïc). Los servicios que prestó durante la guerra a la Generalitat en la Consellleria de Defensa explican sobradamente que acabara sus días exiliado en Colombia.

Con todo, las juntas locales seguían activas, y en 1937 la de Barcelona hizo imprimir en la veterana Tasis un folleto de quince páginas con el Reglament de defensa passiva.

El célebre dermatólogo Antoni Peyrí Rocamora (1889-1973) había publicado en 1927 un artículo importante, «Qüestions actuals en el tractament de la sífilis», que fue ampliamente divulgado en español en la edición de Arnau de Vilanova (como cuarto número de las Monografías Médicas) y gozaba de prestigio en su campo. El Departament de Sanitat le publicó luego, en 1934, La lluita antivenèria a Catalunya l’any 1934, y durante la guerra la misma institución se ocupó de editar la continuación lógica de esta obra, La lluita antivenèria a Catalunya el bienni 1935-1936. Sin embargo, su labor más importante la llevó a cabo ya en el exilio, primero en Colombia (en la leprosería de Isla de Providencia) y más tarde en México (Universidad de Nuevo León, Hospital Civil de Monterrey, Instituto Mexicano del Seguro Social, etc.).

Más conocido incluso es el caso del doctor Josep Trueta (1897-197), que durante la guerra, en 1938, publica en la Biblioteca Médica de Catalunya del Casal del Metge una obra relativamente extensa para los estándares impuestos por la guerra (125 páginas) y profusamente ilustrada, El tractament de les fractures de guerra.

La extrema preocupación por la guerra química y sus efectos se pone de manifiesto en una serie de publicaciones auspiciadas por la Secretaria de Sanitat i Serveis Z de la Junta de Defensa Pasiva y el Departament de Treball de la Generalitat, que en 1938 hizo imprimir diversas obras para la protección de la población civil en la por entonces colectivizada Seix Barral. Del muy destacado profesor e investigador en biología marina Francisco García del Cid Arias (1897-1965) publicó el folleto de dieciséis páginas Protecció contra els agressius de l’aigua i dels aliments. Neutralització de zones locals i objectes contaminats.

Parece evidente que se había diseñado un cierto plan para distribuir y divulgar una serie de materiales útiles en este sentido destinado sobre todo al grueso de la población civil. Se trató de folletos o libritos muy breves y con apoyo visual, en algunos casos con desplegables que podían desgajarse del volumen y fijarse en lugares fácilmente visibles o incluso llevarlos en el bolsillo.

Ese mismo año 1938 se publican también el librito de treinta páginas Mitjans de Protecció individual i col·lectiva, de F. Palaudàries; un anónimo Quelcom sobre agressius químics (de 46 páginas y con ilustraciones); Respiració artificial i oxigenoteràpia, deL. G. Reitg i Puig (31 páginas); y Bombes i granades explosives, idem incendiàries, ídem amb gasos; varietats (32 páginas), del ingeniero industrial y ensayista tarraconense Joaquim Torrens-Ibern (1909-1975)

Sin duda no se trata de textos que hayan pervivido ni sus autores, salvo quizás en el caso de Trueta, sean conocidos por el común de los lectores, pero en su conjunto estas ediciones ponen de relieve la función que tuvieron los impresos como arma de defensa pasiva, aun cuando su trascendencia no sea siquiera comparable a la construcción de refugios antiaéreos, muchos de ellos convertidos ahora en lugares de memoria colectiva.

Fuente principal:

Joan Crexell, El llibre a Catalunya durant la guerra civil, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or), 1990.

José Manuel Lara, un personaje en busca de biógrafo

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán con el título «José Manuel Lara, el editor, de Rafael Abella» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona el 17 de septiembre de 2021.

Durante los últimos años de su vida, el empresario editorial José Manuel Lara Hernández (1914-2003) mantuvo periódicas entrevistas con uno de sus mejores amigos y autor de la Editorial Planeta, el historiador Rafael Abella (1917-2008), a partir de las cuales este último construyó el presente libro que, como explica el autor en el prólogo (fechado el año 2004), «se nutre de sus propias confesiones o afirmaciones, en su mayor parte». Más de quince años después, la cordobesa editorial Almuzara ha enriquecido ese texto que había quedado inédito con un prefacio de su hijo, el escritor especialista en tauromaquia Carlos Abella, y una protocolaria «Nota de los Editores» que, un poco sorprendentemente, firman el exministro de Aznar y creador del Grupo Almuzara Manuel Pimentel (autor además de un Manual del editor), el director editorial Antonio Cuesta, la editora Ángeles López y la responsable de producción Ana Cabello. Tal vez no llamaría tanto la atención esta profusión de firmas si no fuera por los graves y reiterados defectos de edición que, como veremos, presenta el texto.

No hay ningún género de dudas, como subrayan con entusiasta énfasis los textos mencionados, que Lara Hernández fue todo un personaje y una de las piezas clave en el sector editorial de la segunda mitad del siglo XX, pero aun así no parece que haya tenido mucha suerte con las biografías que, hasta ahora, se le han dedicado. O quizá, mejor dicho, los lectores interesados son los que no han tenido mucha suerte, porque, como bien recuerda Rafael Abella en el mencionado prólogo «en demasiadas ocasiones se han aliado o mezclado la historia y la leyenda hasta el punto de no saberse con exactitud dónde acaba la una y empieza la otra». Poco podía  hacer por resolver esta cuestión el autor tomando como fuente principal las declaraciones del propio Lara, porque cuando va más allá de las palabras textuales del biografiado recurre a menudo o bien a una hemeroteca ya profusamente expurgada con los mismos objetivos o bien al entorno empresarial y familiar más afecto al editor, pero no por ejemplo a otros colegas de profesión, escritores, agentes literarios o traductores. La proximidad del autor a su biografiado resulta definitivamente excesiva y le dificulta mucho tomar distancia y hacer un juicio o una valoración mínimamente crítica, por lo cual se pierde una vez más la oportunidad de hacer un análisis serio y ecuánime de la trayectoria y la importancia que tuvo Lara en la configuración del sector editorial español. Dice mucho la frase inicial de la Nota de los Editores al presentar el texto como «la biografía autorizada»; así pues, ninguna sorpresa. Con estas premisas, resulta menos sorprendente el pasaje en el que se explica que «en cuanto a sus méritos el [Premio] Planeta se otorga a obras inéditas de cuyo valor los asistentes al premio no tienen la menor referencia y como, además, la mayoría se presenta con seudónimo, escaso margen queda para las especulaciones y las apuestas por un autor y por otro».

Por tanto, lo que nos ofrece Abella es un recorrido por la vida del gran editor que se detiene sobre todo precisamente en aquellos aspectos más conocidos y comentados y en aquellos que permiten a Lara poner de manifiesto sus rasgos más característicos (la simpatía, la pillería, la astucia, el peculiar «gracejo» andaluz…). Después de un repaso cronológico a la trayectoria vital de Lara, a partir de un determinado momento, cuando Planeta se ha convertido ya en la mayor empresa editorial en lengua española, Abella se centra sucesivamente en otros aspectos de la personalidad del empresario. Así, por ejemplo, dedica un capítulo a su vinculación con el fútbol y muy particularmente con el R.C.D. Espanyol, y a partir de ese momento, muy en sintonía con lo que hace también José Martí Gómez en Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo (Galaxia Gutenberg, 2019), focaliza mucho su atención en todos y cada uno de los premios Planeta, consignando los miembros del jurado, el talante de ganadores y finalistas, las anécdotas de las cuales se hizo eco la prensa en su momento (y que esta misma prensa se ocupa de evocar antes de cada nueva edición del premio), los invitados más destacados al acto de entrega de los galardones, los hechos más significativos de las giras promocionales posteriores… En cambio, no recrea la anécdota que se produjo cuando, a preguntas de un periodista acerca de por qué Soledad Puértolas había sido invitada a la entrega del premio de 1989 (que ganó con la novela Queda la noche), Lara pronunció la célebre réplica: «¿Usted cree que los niños vienen de París?».

El escritor Pío Baroja (1872-1956) y José Manuel Lara.

Es significativo que dos de los capítulos se titulen Anecdotario (I i II) o que otro lo ocupen exclusivamente los retratos que de Lara nos han dejado algunos escritores y periodistas (Rosa Montero, Ana María Moix, Màrius Carol, etc.), porque el libro no pretende tanto aportar una nueva mirada al personaje sino reunir el grueso de los datos y los hechos con los cuales José Manuel Lara Hernández se sentía identificado y de los que, en no pocas ocasiones, se mostró orgulloso; esos datos y rasgos que, en definitiva, le sirvieron para construir su personaje. Aun así, también hay algunas afirmaciones o explicaciones un poco sorprendentes, como por ejemplo cuando Lara narra su entrada en Barcelona con las tropas del general Yagüe al final de la guerra civil española y relata la siguiente escena con el barrio Chino por escenario: «Yagüe con su vozarrón característico nos dio la orden de que acabáramos con aquellos sujetos. Hicimos una limpieza de la manzana y eliminamos a todos los que no tuvieran clara su manera de pensar. Y así se hizo y cesaron los tiroteos. Yagüe podía ser muy duro, pero también era muy humano con sus hombres.»

En cualquier caso, Abella no es ningún caso engañoso y su propósito y método ya queda claro desde el primer momento, de tal modo que el lector no puede esperar otra cosa que una biografía poco menos que hagiográfica, pero su texto ha tenido la mala fortuna de ser editado con muy poco rigor y con una dejadez que en algunos casos puede resultar exasperante, en particular al lector catalanohablante. Por ejemplo, aparece sistemáticamente mal escrito el título de la novela de Joan Sales (Incerta gloria per Incerta glòria), lo mismo sucede con la de Mercè Rodoreda El carrer de les Camèlies (p. 136), Millenari de Catalunya per Mil·lenari de Catalunya (p. 267), Macanet por Maçanet (o a lo sumo Masssanet) (p. 102), etc. Más importante o grave parece transcribir mal el título de la novela de Bartolomé Soler Karú-Kinká y poco después en el mismo pasaje no cursivar el título de otra novela suya, Marcos Villarí, porque no queda del todo claro si se refiere a otro libro o a una persona con este nombre: «publicó en 1946 Karukinka de Bartolomé Soler, que se había dado a conocer con Marcos Villarí y obtenido un claro éxito con La vida encadenada» (p. 87). Entre muchos otros, un pasaje como mínimo confuso sin duda como consecuencia de un error de edición es el que se crea al reproducir unas palabras del escritor Antonio Muñoz Molina: «Muchas veces la mejor manera de preparar algo nuevo es pararse y no hacer otra cosa que pensar. Y menor todavía, si te dedicas a vivir» (p. 32).

José Manuel Lara Hernández, en compañía del editor Rafael Borrás Betriu.

Para rematarlo, el texto original no fue objeto de un marcaje adecuado, lo cual hace que al maquetarlo se hayan amalgamado los textos correspondientes a citas extensas con pasajes que ya no forman parte de la cita, lo cual contribuye a la impresión general de edición negligente, desidiosa y muy poco esmerada, cuando no provoca además confusiones o malas interpretaciones (pp. 88, 165, 323, etc.).

Rafael Abella (1917-2008)

Como dato para acabar de caracterizar este libro, añádase que la bibliografía con la que concluye es de veras mínima, no llega a la decena de títulos (y algunos además de fiabilidad tan dudosa como el Tiempo de editores de Xavier Moret o las Memorias de César González Ruano), pero más se echa de menos, sobre todo en un libro de estas características, un índice onomástico. La encuadernación con solapas y con la cubierta plastificada no casa ni con la pobre calidad del papel ni, mucho menos, con la calidad de la edición de un texto que, en cambio, por sí mismo, es honesto con su planteamiento.

Rafael Abella, José Manuel Lara, el editor, Córdoba, Almuzara, 2021.