La censura estatal contra un editor, el caso de Ragip Zarakolu

Por el hecho de haberse convertido en el adalid de la literatura kurda, armenia y griega en Turquía, entre otros muchos motivos, el editor Ragip Zarakolu, fundador con su esposa Ayşe Nur de la editorial Belge en 1977, se convirtió casi desde el primer momento en objetivo de una censura gubernamental implacable. En particular a partir del golpe de Estado militar de 1980, Belge se distinguió por dar voz a los represaliados, entre los que destacan la treintena larga de libros de todo tipo (poemarios, novelas, cuentos, memorias) escritos por prisioneros políticos kurdos y armenios, pero su espíritu indómito se puso de manifiesto desde el primer momento.

La trayectoria previa de Zarakolu, nacido en 1948, ya permitía prever que su labor como editor entraría en conflicto con el autoritarismo y que no se sometería de buena ni a componendas ni a presiones. Tras graduarse en la universidad, Zarakolu se dio a conocer como periodista en las revistas Ant y Yeni Ufuklar, en ambos casos escribiendo sobre temas relativos a la justicia social, así que tras el golpe de la junta militar de 1971 se le acusó de mantener relaciones secretas con Amnistía Internacional y como consecuencia de ello pasó cinco meses en prisión. El año siguiente, un artículo en Ant sobre el líder revolucionario Ho Chi Mihn (1890-1969) y los crímenes de guerra estadounidenses en Vietnam le llevó a ingresar de nuevo en prisión, en la penitenciaria de Selimiye, donde permaneció encerrado hasta la amnistía general de 1974. Aun así, en cuanto salió se convirtió en un adalid del respeto a la diversidad ideológica y cultural en Turquía, lo cual se tradujo en una constante censura de sus textos, multas y la prohibición de salir de Turquía, lo que le llevó a ampliar sus temas a las vulneraciones de los derechos humanos en otros países. Con estos mimbres, se forjó un editor con un coraje sin apenas punto de comparación.

El primer libro que publicó Belge Yayinlari apareció en enero de 1978 y ya dejaba algunas cosas claras: la Introducción a la vida y la obra de Karl Marx y Friedrich Engels, del revolucionario y archivero ucraniano David Riazanov (1870-1938), célebre por haberse propuesto la ingente tarea de editar las obras completas de estos dos teóricos del marxismo.

Sin embargo, Zarakoulu no abandonó en absoluto el periodismo, sino que en 1979 sería uno de los fundadores del periódico Demokrat y se puso al frente de la sección de internacional de esta cabecera(que un año después era cerrado tras el golpe militar de turno), y además su activismo en el ámbito de la libertad de expresión le impulsó a ser uno de los creadores de la Asociación Turca de Derechos Humanos (1986), a dirigir el Comité de Escritores en Prisión del PEN Internacional en Turquía y a presidir el Comité de Libertad de Publicación de la Asociación de Editores de Turquía (2007).

La política, la economía, la filosofía y los derechos humanos serían los grandes campos temáticos en los que operó la editorial Belge y los que más contribuyeron a perfilar su identidad, aunque también ha creado colecciones de poesía, de literatura infantil y una colección de literatura, significativamente llamada Marenostrum, destinada a las obras de creación literaria y a dar voz sobre todo a culturas minoritarias del entorno, en muchos casos traducidas (Georgios Andreadis, Ertugul Aladag, Hyr Simon Yeremyan o Franz Werfel).

Otro de los primeros libros importantes en los primeros años fue el del sociólogo político Nicos Poulantzas (1936-1979) conocido en español como La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia, España, aparecido apenas dos años después del supuesto suicidio de su autor (¿víctima de una operación Gladio?), y que publicado en formato de bolsillo que tuvo una difusión muy amplia.

Abundan en el catálogo de Belge los libros colectivos en los que se analizan con rigor académico y con reproducción de materiales históricos o documentales algunos de los temas principales pero intencionadamente olvidados de la historia moderna y contemporánea turca, como es el caso del volumen en 400 apretadas páginas titulado Geçiş Sürecinde Türkiye [El proceso de transición en Turquía], en el que se analiza el desarrollo del capitalismo desde finales del Imperio Otomano hasta 1980, en trabajos llevados a cabo por profesores universitarios que, en muchos casos, fueron víctimas de la represión y expulsados de sus centros de investigación.

De hecho, el golpe militar del 12 de septiembre de 1980 conllevó un cierto cambio en la línea de Belge que se materializó en la ya mencionada publicación de obras escritas por presos políticos.

Si bien el grueso de su catálogo es en turco, en 1988 Belge publicó en inglés Palestine Through documents, del embajador de la OLP en diversos países Ribhi Halloum (Abu Firas), de nuevo casi cuatrocientas páginas, más un pliego de nueve páginas de fotografías y diversos mapas a color en cada uno de los dos volúmenes. Se trata del resultado de casi ocho años de trabajo de recuperación y análisis de documentos sobre la historia de Palestina en un libro que creó cierto recuelo también en Estados Unidos.

En 1990, se añadía al catálogo el libro de Theodor Adorno (1903-1969) conocido en español como Crítica cultural y sociedad, así como un importantísimo estudio del sociólogo y especialista en la cultura kurda Ismail Beşikçi (de cuyos 36 libros, 32 fueron prohibidos en Turquía), sobre la masacre de Dersim (1937-1938).

Muy vinculado a este último libro, en 1995 publicaban la traducción al turco de Yavuz Alogan del estudio del sociólogo e historiador armenio Vahakn Dadrian (1926-2019) Jenosid Ulusal ve Uluslararasi Hukuk Sorunu Olarak: 1915 Ermeni Olay ve Hukuki Sonuçlar [El genocidio como problema de derecho nacional e internacional: el caso armenio de la Primera Guerra Mundial y sus ramificaciones legales contemporáneas]. 

Ese mismo año, la editorial fue la primera en recibir el Premio a la Libertad de Publicación instituido por la Asociación Turca de Editores, y unos años después (en 2008) sería reconocida también su labor en este campo con la obtención del Premio a la Libertad de Prensa de la International Publishers Association (el conocido desde 2016 como Premio Voltaire y que el año anterior había premiado a dos periodistas, el armenio Hrant Dink y la rusa Anna Politskóvskaya). El editor no pudo asistir a la entrega del premio, celebrada en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt, porque las autoridades le habían retirado el pasaporte.

Aunque en ningún momento tuvo una vida plácida, los problemas más graves se habían iniciado ya precisamente en 1995, cuando la sede de la editorial fue atacada con explosivos, en apariencia por un grupo de extrema derecha, y se decidió entonces trsladar las oficinas a un sótano.

Sin embargo, las cosas se aceleraron y agravaron a medida que avanzaba el siglo XXI. En marzo de 2002, tres meses después de fallecida su esposa, Zarakolu tuvo que responder ante la justicia por ella, acusada de divulgar propaganda separatista (se trataba de un cancionero del kurdo Hüseyin Turhalli), y aunque se retiraron los cargos la presencia ante los tribunales se hizo constante. Al año siguiente se le encausó por un libro de Gazi Çağlar sobre el golpe de Estado de Kenen Evran del 12 de septiembre de 1980, y en 2005 tuvo que responder ante los tribunales por un libro de memorias escrito en los años veinte, la traducción al turco de An American doctor in Turkey. Garabed Hatcherian. My Smyrna ordeal of 1922, de la lingüista griega de origen armenio Dora Sakayan, donde se da testimonio de la brutal aniquilación de los griegos de Esmirna, a manos del considerado «padre de la Turquía moderna», Mustafá Kemal Atatürk.

Dos años después (2007) fue un libro del historiador estadounidense David Gaunt sobre el genocidio turco de los asirios entre 1915 y 1923 —que originalmente había publicado en inglés la editorial académica independiente Gorgias Press con el título Massacres, Resistance, Protectors: Muslim-Christian Relations in Esastern Anatolia During World War Iel que le llevó ante los tribunales. Y el año siguiente fue un libro del historiador británico Georges Jerjian sobre el genocidio armenio el que hizo que se condenara a Zarakolu a cinco meses de prisión por «insulto a las instituciones de la República de Turquía».

Finalmente, en octubre de 2011, en el marco de la macroperación KCK (que coincidía con el proyecto de Erdogán de aprobar una nueva constitución), Zarakolu fue detenido en un ambiente muy turbio que, en cuanto a derechos humanos, el informe anual de Amnistía Internacional resumía del siguiente modo:

A lo largo del año se iniciaron miles de procesos judiciales, casi siempre por pertenencia a una organización terrorista, en aplicación de leyes antiterroristas excesivamente amplias e imprecisas, cuyas disposiciones provocaban abusos adicionales.

Por otra parte, en febrero del año siguiente el editor Ragip Zarakolu fue nominado por el Parlamento sueco al Premio Nobel de la Paz, y al año siguiente se exilió a ese país, aunque la editorial siguió en activo, aunque en mayo de 2017, como consecuencia de un allanamiento policial, vio como le confiscaban ejemplares de más de mik de los tírulos que había publicado, pese a que los agentes sólo tenían órdenes de confiscar un libro sobre los apátridas kurdos.

Probablemente no haya un editor tan reiterada y enconadamente perseguido por censura estatal.

Fuentes:

Página web de Belge Yayinlari.

Blog por la liberación de de Ragip Zarakolu.

Anónimo, «Belge Yayınları 40 yaşında», Cumhuriyet, 25 de enero de 2018.

Anónimo, «Publishers denounce raid on Award-Winning Turkish Publisher», International Publishers Association, 17 de mayo de 2017.

Simon Reichley, «Turkish Police confiscate 2.170 books from Belge Publishing House», Melville House, s/f.

Anónimo, «Police raid publishing house in Istambul, detain editors, seize 2170 books», Turkish Minute, 8 de mayo de 2017.

Ragip Zarakolu, «Tragedya» (1), Yeniyasam Gazetesi, 22 de febrero de 2020.

La editorial Rialp y sus conexiones con el Opus Dei

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Historia de Ediciones Rialp» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en junio de 2020.

Dada su peculiar naturaleza, sus múltiples facetas y campos de influencia, hay muchos modos de narrar la historia de una editorial, de cualquier editorial. Es muy probable que a un filólogo le interese sobre todo qué tipo de textos y qué autores se publicaron, pero quizás a un historiador le resulte más atractivo conocer la trayectoria económica de la empresa; un sociólogo tal vez querrá saber hasta qué punto tuvo éxito en el sentido de incidir, mediante sus ediciones, en la sociedad a la cual iban destinadas y qué posición ocupaba en el campo de la cultura, y aún el historiador del arte evaluará si el diseño y la realización de los libros siguió una determinada tradición o en qué medida innovó en el campo del grafismo, por ejemplo, y a qué artistas solicitó su colaboración. No es fácil poder cubrir todos estos frentes a la hora de reconstruir la trayectoria de una editorial, y mucho menos exponerlos de una manera ordenada, equilibrada y coherente.

No hay duda de que, en primer lugar, la disponibilidad de los materiales para llevar a cabo una labor de esta naturaleza condiciona mucho los resultados. En el caso de la Historia de las Ediciones Rialp, la autora ha podido contar con fuentes que raramente se conservan y que, si las comparamos con otros casos, facilitan notablemente la investigación. En primer lugar, y tal como explica en la introducción, Mercedes Montero ha podido acceder al archivo de la propia empresa, afortunadamente conservado en la Universidad de Navarra y que, dada su riqueza y completitud, ha constituido la fuente básica y principal, pero también el Archivo General de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, así como los archivos personales de los principales responsables de Rialp, Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid (estos dos últimos, también en la Universidad de Navarra).

Uno de los méritos que desde el primer momento vale la pena destacar de Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores es haber reconstruido el origen de Rialp mediante la recuperación para el común de los lectores de la figura de la editora María Jiménez Salas (1910-1999) y de la Editorial Minerva, a las cuales en 2017 ya había dedicado un artículo importante pero entonces poco leído: «La editorial Minerva (1943-1946): un ensayo de cultura popular y cristiana de las primeras mujeres del Opis Dei» (Studia et documenta: rivista dell’Istituto Storico San Josemaría Escrivá, vol. 11 (2017), p. 227-263).

Si bien Jiménez Salas fue «alma y motor» de la Minerva, nacida por iniciativa del fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer (1902-1975), la propiedad de la marca era de su más estrecho colaborador, Álvaro del Portillo (1914-1994), y aunque llegó a publicar algunos títulos, entre los cuales la tercera edición del Camino, de Escrivá, en enero de 1947 el proyecto ya estaba en manos de Del Portillo, quien no tardó en rebautizarlo como Rialp (en recuerdo de una anécdota poco menos que milagrosa que había protagonizado Escrivá en el pueblo leridano de ese nombre).

José María Escrivá de Balaguer.

A partir de este punto, la autora expone la historia de la editorial Rialp centrándose, sobre todo, por un lado en el tipo de autores y de títulos que fueron publicándose en las diversas colecciones que se fueron creando (haciendo hincapié en aquellos que se publicaron por primera vez en español), e incluso deja constancia de proyectos que quedaron truncos y de títulos que nunca llegaron a ver la luz, y además lo contextualiza con pinceladas un poco impresionistas sobre la industria y el mercado del libro en las diversas etapas; por otro lado, la documentación a la cual ha tenido acceso la autora le permite describir con mucha precisión los diferentes avatares por los cuales, en el aspecto económico, pasó la empresa, con particular detenimiento en los sucesivos cambios en sus consejos de administración.

Así, en 1947 se hace cargo de la Rialp, como director, el historiador Florentino Pérez Embid (miembro del Opus y más adelante director general de Propaganda, es decir, máximo responsable de la censura franquista), con Ismael Sánchez Bella (también miembro del Opus) como secretario, si bien los editores más activos y ambiciosos fueron Rafael Calvo Serer, director de la famosa colección Biblioteca del Pensamiento Actual (y miembro también del Opus) y, el frente de la colección Patmos, Raimon Panikkar (asimismo miembro numerario, hasta 1966, del Opus).

Raimon Panikkar. (1918-2010).

En 1948 Rialp se constituye ya como sociedad anónima, y a nadie sorprenderá que el control accionarial y por tanto el consejo de administración quede en manos de miembros del Opus Dei, si bien se añaden a ellos personajes como, por ejemplo, el falangista «camisa vieja» Xavier Domínguez Marroquín (que en 1979 aún se presentaría por Falange Española Tradicionalista a las elecciones municipales en Bilbao).

Se detallan también en este libro algunos conflictos de la editorial tanto con la Iglesia como con la censura, así como la alternancia entre etapas de expansión y otras de contracción o incluso de crisis, de las cuales se libran mediante sucesivas ampliaciones de capital y, cuando es necesario, con préstamos de «bancos amigos». Capítulo aparte dedica Montero, lógicamente, a la enorme tarea que supuso la Gran Enciclopedia Rialp (1965-1977), proyecto acerca del cual se ofrecen todo tipo de datos de interés y pertinencia diversa.

Igualmente detallada es la narración del proceso que condujo a la quiebra de la empresa en 1986, que en este caso se resolvió cuando, de un modo indirecto y sirviéndose de hombres de paja, se vendió el control al empresario y especulador Pablo Bofill de Quadres mediante las Inversiones Inmobiliarias, S. A. De una segunda quiebra en 1996, que parece atribuirse a una manipulación contable que no acaba de quedar del todo clara (como tampoco a quién cabe atribuirla), se sale ya con Miguel Arango al frente de la editorial, cosa que inicia la etapa que nos lleva ya hasta el presente.

José Luis Cano.

En paralelo, también de la trascendental colección de poesía Adonais que dirigía José Luis Cano (1911-1999) va siguiéndose el recorrido, aunque en este caso el lector contaba ya con una cierta bibliografía importante sobre la materia (en particular el Medio siglo de Adonais: 1943-1993, Rialp, 1993). Pero tal vez valga la pena mencionar la sorprendente justificación que la autora da al hecho de que en 1949 no se otorgara el Premio Adonais a Ángel fieramente humano de Blas de Otero (si bien aun así Cano lo publicó enseguida en Ínsula) y sobre todo los términos con que Mercedes Cano expresa esta justificación: «El director gerente de Rialp [Pérez Embid] era católico por convicción personal, no por el ambiente de catolicismo oficial que se respiraba en España. Es razonable que le causara desasosiego premiar algo que iba en contra de su conciencia y de las convicciones por las que había fundado Rialp.»

Las quince páginas finales de conclusión acaso merecen un comentario detallado y más extenso del que conviene en un texto como el presente, porque, además de resumir el contenido de la obra, parecen tener una intención provocativa o polémica pero construida con unos argumentos no siempre lo bastante sólidos. Al margen de traslucir un indisimulado desdén por los editores antifranquistas barceloneses de los años sesenta y setenta (Beatriz de Moura, Jorge Herralde y en menor medida Esther Tusquets, que heredó Lumen de su tío y sacerdote Joan Tusquets), en estas páginas se enzarza la autora en una diatriba contra todos aquellos que siempre han considerado Rialp como un tentáculo del Opus que, si bien en el caso de algunas apreciaciones de Jordi Gràcia tienen una cierta consistencia porque señalan errores documentales irrefutables, caen en poco menos que el ridículo y la vergüenza ajena en el caso, por ejemplo, de Vicente Aleixandre («lo que pudiera decir Aleixandre sobre el sectarismo de los demás [Pérez Embid en este caso], nunca podría sobrepasar al suyo propio, del que siempre dio muestras el poeta, acostumbrado a amañar todos los premios “Adonais” que pudo y a insultar a cualquiera que no comulgara con sus planteamientos, especialmente los religiosos, sexuales y políticos (por este orden)».

La reconstrucción de la historia, sobre todo en cuanto a los aspectos de gerencia y administrativos, de Rialp que ha llevado a cabo Mercedes Montero (acompañada además de unos apéndices documentales muy útiles) es admirable y no queda en absoluto empañada por algunas escasas pero sorprendentes erratas, como la mala escritura del nombre del gran editor de posguerra Josep Janés (pp. 20 y 370) o la descripción del Premio Comillas de Tusquets como dedicado a «biografía, autogobierno [sic] y memorias», y ni siquiera por afirmaciones tan difícilmente defendibles como que «se olvida también con facilidad que fueron los libros de Rialp los primeros de la postguerra española que cuidaron decididamente el diseño» (p. 337) —cosa que, además de no haberse demostrado en el texto, es a todas luces falsa— o que fue Rialp y no Alianza Editorial (como aceptan la inmensa mayoría de los estudiosos) la gran introductora y divulgadora del libro de bolsillo en España.

Aun así, el mayor escollo de esta investigación es, paradójicamente, la idea presentada como tesis central del libro, que se puede resumir quizá de la siguiente manera: los vínculos de Rialp con el Opus no tuvieron apenas incidencia en qué y cómo publicaba la editorial, y no hay motivos para atribuir su éxito, y ni siquiera su supervivencia a lo largo del tiempo, a su relación con esta institución. Cuesta asumir esta tesis, en particular cuando se presenta en un libro escrito por una profesora de la Universidad de Navarra (fundada por el Opus Dei), publicada por la misma editorial Rialp y cuando ha quedado bien establecido desde el principio que la iniciativa de crear una empresa destinada a publicar libros que difundieran un determinado pensamiento y visión del mundo correspondió a José María Escrivá de Balaguer (fundador del Opus Dei) y que a lo largo de toda la historia de Rialp la suma de las acciones de la empresa en manos de miembros del Opus fue siempre mayoritaria, de modo que totas las decisiones corrían  a cargo de personas en la órbita de esta organización fundamentalista católica. Las filigranas y zigzagueos argumentales para defender esta tesis llegan a extremos realmente asombrosos, y parece agarrarse al clavo ardiente de la inexistencia de pruebas documentales de que el Opus como tal transfiriera dinero o impusiera la publicación o no de determinados títulos o temas. Es como si para la autora ni Pierre Bourdieu ni su concepto de campo nunca hubieran existido.

Resulta muy pertinente disponer de una muy completa y clara historia de Rialp, pero no es de recibo pretender que el lector comulgue con ruedas de molino.

Mercedes Montero, Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores, Madrid, Rialp, 2019.

El escritor que engañaba a sus editores (antecedentes de la «Antología traducida» de Max Aub)

En fecha aún por determinar, a principios del siglo XX la barcelonesa editorial Maucci, creada en 1892, publicó un par de antologías que parecen poner de manifiesto un cierto interés de los lectores peninsulares por la literatura que en el cambio de siglo se estaba produciendo en los diversos países americanos, más allá de los consabidos Rubén Darío (1867-1916), José Enrique Rodó (1871-1917) o José Martí (1853-1895). Al decir de Leona Martín:

Con estas publicaciones, se continuó la nutrida tradición de obras antológicas que aparecieron en las nuevas repúblicas americanas en el siglo XIX a partir de las guerras de independencia. Representaron al mismo tiempo una reacción frente a la hegemonía cultural expresada en La antología de poetas hispano-americanos (Madrid, 1893-1895) del gran erudito español Marcelino Menéndez Pelayo, obra que fue comisionada para la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. 

Los títulos de estas obras, sin embargo, no permitían la más mínima esperanza de innovación o modernidad, sino más bien un apego a los usos y modos más marcadamente romanticoides: Parnaso boliviano, Parnaso ecuatoriano y Parnaso costarricense.

En el primero de ellos, que se presenta como una «selecta antología de poesías, coleccionadas por el Dr. Luis F. Blanco Meaño y con prólogo de Rafael Bolívar Coronado», se incluyen algunos nombres de poetas colombianos que, quizá muy justificadamente, han caído en el olvido: Rosendo Villalobos, Felisa A. Eguez, Enrique Arce Velarde, Fernando Acha y Aguirre… Ninguno de ellos ha dejado el menor rastro ni en antologías ni en estudios posteriores sobre la poesía colombiana. De hecho, tampoco al doctor Luis F[elipe] Blanco Meaño se le conocen estudios literarios de ninguna entidad, pero, paradójicamente, esta mención sirve para fechar el libro antes de 1920.

Ese año, en el número del 6 de diciembre de la edición venezolana de la revista Billiken, se publicaba un anuncio en el que se advertía que Luis Felipe Blanco Meaño, hermano del poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955), jamás había escrito el prólogo que se le atribuía. No hace falta una perspicacia prodigiosa para sospechar que la retahíla de nombres que componen la antología tampoco escribieron jamás los textos que se les atribuía en la edición de Maucci, pero acaso ponen de manifiesto la versatilidad estilística de quien fuera su autor. Que Maucci no debió de estar metido en el ajo puede deducirse del hecho mismo de que publicara dos Parnasos más, aunque uno de ellos, el dedicado a la poesía ecuatoriana, firmado no por Bolívar Coronado sino por un enigmático José Brissa (que al parecer se había iniciado hacia 1910 en Maucci con El libro de la raza, escrito a cuatro manos con Enrique Leguina), al que luego siguieron, siempre en Maucci, la confección de antologías de textos como La revolución de julio en Barcelona (1910), sobre el proceso a Ferrer i Guàrdia, así como las que componen La revolución portuguesa (1911), La guerra italo-turca (1911-1912) (1913), La guerra de los Balkanes (1913), etc., si bien ya en 1888 su firma aparece episódicamente en Madrid Cómico; pero más jugoso resulta que, al parecer, actuara como asesor literario de Maucci.

Rafael Bolívar Coronado.

Con todo, la historia interesante es sobre todo la del venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-19249, que cuando empieza a trabajar para Maucci ya tenía una trayectoria notable a sus espaldas. Tras unas iniciales colaboraciones en diversos periódicos americanos (los venezolanos El Cojo Ilustrado y El Universal, pero también el nicaragüense El Nuevo Diario), su nombre saltó a la fama por el texto de la zarzuela Alma llanera, si bien el dinero que la pieza generó se la llevó su coautor, el músico Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954).

Aun así, le sirvió a Rafael Bolívar para obtener una beca gubernamental para viajar a España, donde uno de sus primeros trabajos fue como corrector de pruebas en Cervantes, la «revista mensual ibero-americana» que por entonces dirigían el poeta y dramaturgo modernista Francisco Villaespesa (1877-1936), el escritor mexicano Luis G[onzaga] Urbina (1864-1934) y el polifacético ensayista italoargentino José Ingenieros (1877-1925), donde el dramaturgo José Dicenta (1962-1917) fungía como subdirector y en la que colaboraron, en esa primera etapa y en lo que se refiere a autores americanos, César E. Arroyo (1887-1937), José María Vargas Vila (1860-1933), José Enrique Rodó, Rubén Darío, etc. A Bolívar Coronado lo despidieron al cabo de muy poco tiempo, y no sólo por la cantidad de erratas que se le pasaban por alto sino porque, además ‒cabe suponer que para desesperación o regocijo de los filólogos‒, coló en la revista algunos textos suyos como obra de insignes escritores latinoamericanos.

 Casi inmediatamente empezó a colaborar en la empresa que en 1915 había fundado el venezolano afincado en Madrid Rufino Blanco Fombona (1874-1944), Editorial América, y su cometido era copiar ciertos ejemplares de la Biblioteca Nacional para su posterior edición. Lo más curioso es que el propio Bolívar Coronado contara en el prólogo a Parnaso boliviano cómo le tomaba el pelo a este editor, a quien entre 1917 y 1920 entregó diversas falsificaciones no sólo de supuestas crónicas de Indias sino también libros engañosamente atribuidos al historiador Rafael María Baralt (1810-1960) y al ingeniero y cartógrafo Agustín Codazzi (1793-1859):

Estuve dos largos años en Madrid escribiendo libros a nombre de Juan de Ocampo, Albéniz de la Cerrada, Concepción Zapata, Montalvo de Jarama, nombres que yo inventaba y ponía en mis escrituras como cosas de mucha gloria y fama. ¿Que cómo pude engañar a los editores? Muy sencillo. La explicación la ha dado el altísimo Emilio Carrere en una frase: «en España viven del libro los que no saben leer».

No obstante, Blanco Fombona pronto tuvo pistas para saber que le estaban engañando, pues su amigo el banquero y erudito Vicente Lecuna (1870-1954) no tarda en escribirle poniendo de manifiesto su extrañeza acerca de algunos anacronismos que ha detectado en las obras que publica (en particular el reiterado empleo del término “burdel” en un texto supuestamente del siglo XV).

Así las cosas, y advertido por Villaespesa de cómo se las gastaba Fombona (se decía que había ganado doce duelos a espada), Bolívar se trasladó a Barcelona y empezó diversas colaboraciones que resumió del siguiente modo en una carta al historiador y filólogo Julio Cejador (1864-1927) y a las que hay que añadir sus trabajos como prolífico redactor de artículos para la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana de Espasa-Calpe y las crónicas como supuesto corresponsal de guerra en África que escribía desde Barcelona para La Publicitat, El Noticiero y El Diluvio:

He ganado aquí unos ciento ochenta duros haciéndole cuentos para niños a Sopena y dos antologías de poetas ecuatorianos y bolivianos a Maucci. Lo hice todo en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado!… la necesidad carece de ley… y yo carecía de todo… recordará usted al gran López que en horas veinticuatro, hacía comedias malas para el teatro.

Las reediciones de estas obras dan fe de una muy buena y sostenida acogida por parte de los lectores, lo cual explica la continuidad con el Parnaso costarricense, «selección esmerada de los mejores poetas de Costa Rica», en cuyo liminar el autor lo subraya con énfasis:

Mi estudio sobre la literatura boliviana fue el blanco escogido por aquel rebaño de cínicos y lacayuelos para lanzar su baba con el propósito de adular a la bestia de los Andes colombianos. Pero su baba no llegó hasta mí; el éxito del libro fue ampliamente franco, y ello ha dado motivo para que la Casa Maucci me haya encargado este trabajo.

El libro en cuestión contiene una curiosa y sorprendente dedicatoria (fechada en Barcelona en octubre de 1921) que quizá valga la pena reproducir: «Al eximio americanista don Rafael Vehils. Señor: Va este libro amparado con el nombre de usted. ¡Glorioso palio, el nombre férvido enaltecedor de la América Española!»

Rafael Vehils (18861-959) era, aparte de diputado y hombre de confianza del entonces ministro Francesc Cambó (1876-1947), el presidente de la Casa América de Barcelona y un entusiasta de América, a cuya industria editorial dedicaría pocos años después el informe El libro en Uruguay. La industria editorial. El libro español. El libro de texto. El régimen de propiedad intelectual (1927) y, más importante aún, sería en la postguerra uno de los principales accionistas de la bonaerense Editorial Sudamericana y el responsable de conseguir que se pusiera al frente de la misma Antoni López Llausàs (1888-1979).

De la prolijidad de Bolívar en su etapa barcelonesa aún da fe Euclides Perdomo al destacar su colaboración (¿?) con el anarquismo catalán de esos años:

Rafael Bolívar Coronado siempre se mantuvo firme en su individualismo solidario y racionalista. Quizá por ello, en Barcelona escribe habitualmente en no menos de cuatro publicaciones anarquistas: Solidaridad Obrera, Resistencia (donde firma como Federico Nietzsche, L. A. Grand Eboa y M. A. Puri Teaurb), Idea (como Agustín de Montemayor, Alberto Calígula, Alberto Ferega Zombona, Arimán Roguea, Arión Guemara, Armando Chirveches y Luis Hine Saborío) y Savia (R. Monasterios).

Pese a sus reiterados intentos de ganarse holgadamente la vida con la pluma, Bolívar Coronado murió en la miseria, en Barcelona, el 31 de enero de 1924 y durante una epidemia de gripe. Aunque quizás sus parnasos inspiraran a Max Aub su Antología traducida

Fuentes:

Nathalie Bouzaglo, «Los irreverentes plagios de Rafael Bolívar Coronado», Taller de Letras, núm. 66 (2020), pp. 119-124.

Ernesto Cazal, «Los seiscientos nombres de Rafael Bolívar Coronado», Visconversa, 8 de diciembre de 2017.

Juan Pablo Gómez Cova, «Rafael Bolívar Coronado, la levedad del escritor múltiple. Cauces para el estudio de la falsificación como estrategia literaria», Akademos, vol. 18, núm. 1 y 2 (2016), pp. 101-113.

Manuel Llanas, «Notes sobre l’editorial Maucci i les seves traduccions», Quaderns: revista de traducció, núm. 8, pp. 11-16.

Leona Martin, «Entre La antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo y Los parnasos de la Editorial Maucci: reflejos del ocaso de la hegemonía colonial».

Euclides Perdomo, «Un hombre con más de 600 seudónimos. Bolívar Coronado, anónimo por su prodigalidad».

Óscar Reyes, prólogo a Un hombre con más de seiscientos nombres (Rafael Bolívar Coronado), de Rafael Ramón Castellanos Villegas, edición del autor, 1993; reproducido en El Globo (Caracas), 10 de febrero de 1993.

Star Books: edición underground en la Transición española

«No hace demasiado tiempo / que trato de ser un hombre más /

y pese a todo / no comprendo muy bien por qué escribo todo esto.»

Raúl Núñez, Juglarock

Unos pocos años después de la aparición de la renovada Lumen, de Tusquets o de Anagrama, con el dictador español aún vivo, empezó a publicarse en Barcelona una revista, Star, que inició al poco tiempo la edición de libros bastante insólitos en ese contexto y que en ciertos aspectos anticipaban lo que muy poco después sería la colección Contraseñas de Anagrama.

Creada en el seno de Producciones Editoriales, S. A., Star nació en julio de 1974 como una revista ilustrada solo para adultos y de periodicidad quincenal que dirigían Juan José Fernández Ribera (hijo del propietario de la empresa) y Montseol (Francisco Javier Ballester García) y entre cuyas colaboraciones se contaron ilustraciones de Ceesepe, Max, Gallardo y Javier Mariscal, fotografías de Alberto García-Alix y Ouka Leele y textos de Isabel Coixet, Ignacio Vidal Folch y Ramon de España, entre otros. Este último ha descrito el origen de la revista del siguiente modo:

la revista Star había sido creada por Juanjo [Fernández] gracias a que su padre tenía una editorial muy rara que lo mismo publicaba tebeos que publicaba colecciones de literatura en las que podías encontrar obras de Tolstói o libros del tipo Las carceleras lesbianas de las S.S., cosas así. Juanjo era aficionado a las carreras de coches, y un día se pegó una hostia que casi la diña, y su padre le dijo: «Mira, te doy dinero para lo que quieras, pero, por favor, ocupa el despacho que está al lado del de tu hermano». Y así fue como nació Star

En el camino, de Jack Kerouac.

Poco tiempo después, la revista empezó a publicar números especiales encuadernados y, finalmente, los Star Books, que ya no contenían más imágenes que las de la cubierta si bien estas estaban muy en consonancia con algunas de las aparecidas en la revista.

Como tal vez no podía ser de otra manera, el número inicial de Star Books, en 1975, fue una traducción firmada sospechosamente por un «Horacio Quinto» de On the road, de Jack Kerouac (por entonces muy poco conocido en España), precedida de un prólogo un poco delirante y con una cubierta ilustrada por Gilbert Shelton, lo cual ya daba un poco la idea de por dónde irían los tiros, cosa que acabaría de perfilarse con Las confesiones de un comedor de opio, de Thomas de Quincey y, al año siguiente, con el Tratado de la tolerancia, de Voltaire, traducido por la secretaria de redacción de la revista Histeria Núria Guardiet, una selección de poemas de Allen Ginsberg traducidos por Sebastián Martínez, Jaime Rosal y Luis Vigil, Ubu rey de Alfred Jarry, traducido de nuevo por Guardiet, y la hoy olvidadísima novela del Premio Nobel de Literatura Bob Dylan Tarántula.

El propio Juanjo Fernández reconoció que, si bien algunos de los autores que publicaron estaban libres de derechos, al principio había otros que se traducían, editaban y distribuían sin dar muchas explicaciones a los interesados, lo que facilitó que, cuando poco después Jorge Herralde se interesó por algunos de esos autores o títulos, pudiera llevárselos con mucha facilidad: «Cada vez me resultó más difícil sacar libros con Star Books, porque loslibros que me interesaban ya empezaban a quedárselos otras editoriales: Anagrama, Alfaguara, etc., que pagaban mucho a los autores, a los traductores».

En cualquier caso, el carácter rupturista para la época, desprejuiciado, y el interés por determinados temas todavía mirados con lupa por la censura  (sexo, drogas, rock, ideas izquierdosas e iconoclastas de cualquier índole…) fueron configurando el catálogo de Star Books, que en 1977 publicó su primer original en español, el libro de relatos Las falsas ceremonias, de Jaime Rosal, quien antes de codirigir los Star Books se había hecho un nombre en la revista de ciencia ficción y fantasía creada en 1968 por Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, Nueva Dimensión. A este libro le acompañan ese año la autobiografía del cantautor Woodie Guthrie, Con destino a la gloria, la novela del editor y escritor de ciencia ficción sueco Sam J. Lundwall Siempre Lady Macbeth, en traducción de la escritora de origen sueco —hoy conocida por exitosos libros sobre cocina— Birgitta Sandberg, la sátira de la moral victoriana Erewhon, de Samuel Butler (en traducción firmada por Silvestre Hernández)…

Ciertamente, se hace difícil encontrar un hilo conductor muy sólido al catálogo que iba conformándos, pero la querencia por la generación beat estadounidense se hace más evidente abriendo un poco el foco, pues en años sucesivos se publican en Star Books el libro de Silvester Wish Jack Kerouac: biografía de una generación (1978), traducido por el polifacético Francesc Casademont o una versión bilingüe de Gasolina y otros poemas (1980), de Gregory Corso, prólogado por Allen Ginsberg y en traducción de Diego A. Manrique.

Es curiosa también la incorporación de un personaje tan vinculado a la psicodelia, el rock y la ciencia ficción como Michael Moorcock, de quien en 1978 se publica el libro creado a cuatro manos con el escritor y editor de ciencia ficción Michael Butterworth El tiempo de los señores halcones, cuya traducción al español aparece firmada por los luego prolíficos traductores J.M. Álvarez Florez y Ángela Pérez. Y es interesante por la temprana vinculación de Moorcock y Butterworth con Savoy, que el segundo había fundado en 1976 con el también escritor David Britton, y entre cuyos mayores méritos se cuenta el haber publicado el grueso de la obra de Moorcock. Y la ciencia ficción seguirá presente con otros títulos, como la temprana versión española de la postapocalíptica The Lost Traveller: A Motorcycle Grail Quest Epic and Science fiction Western, el debut de Steve Wilson en el género, o Huésped en la casa de Frankenstein, del ya mencionado Sam J. Lundwall.

No menos curiosa es la presencia del por entonces intrépido periodista musical irlandés Nik Cohn, que en 1975 había creado un enorme revuelo con un artículo («Tribal Rites of the New Saturday Night», en el New Yorker) que en manos del guionista Norman Wexler derivaría en una famosa película dirigida por John Badham e interpretada por John Travolta y Olivia Newton John. Ya antes, en 1973, su mítico Awopbopaloobop alopbamboom, una historia de la música pop, se había publicado en España como sexto número de la colección Nostromo de Closas-Orcoyen en traducción de Silvia Palacios Ucelay y Manuel Arroyo Stephens (la misma que en 2003 emplearía Círculo de Lectores y al año siguiente Suma de Letras). En 1981 apareció en Star Books un segundo título de Cohn, la novela Rey Muerte.

Raúl Núñez.

Una de las quejas del underground cultural de los setenta en Barcelona eran las dificultades que encontraban los nuevos creadores para dar cauce a su obra más allá de un circuito muy endogámico y, al margen de las revistas generalistas, una editorial como Star Books podía tener un papel fundamental en este aspecto. En lo que se refiere a la promoción de escritores en lengua española, vale la pena mencionar por ejemplo Derrama whisky sobre tu amigo muerto (1979), el estreno como novelista del argentino llegado a Barcelona en 1971 Raúl Núñez (1946-1996), que se había dado a conocer previamente en revistas más o menos contraculturales, como es el caso de Vibraciones (dirigida por Ángel Casas y con colaboradores como Constantino Romero, Julio Murillo, Jesús Ordovás, Diego A. Manrique o ) o Bésame Mucho (de Producciones Editoriales, dirigida por Juanjo Fernández y cuyo coordinador editorial fue durante un tiempo Ramón de España). El reconocimiento le llegaría a Núñez unos años después, cuando sus dos novelas publicadas en Anagrama (Sinatra, novela urbana, de 1984, y La rubia del bar, de 1986) se convirtieron en sendas películas (dirigidas por Francesc Betriu y Ventura Pons, respectivamente). Ya antes, en Barcelona habían pasado bastante desapercibidos el poemario Juglarock (publicado al obtener en 1971 el modesto premio de la revista La Mano en el Cajón) y  una antología de su poesía titulada People, aparecida en  los Cuadernos Ínfimos de Tusquets en 1974, pero novelas como las mencionadas y A solas con Betty Boop (Laia, 1989), añadidas a su obra poética, le valieron entre los conocedores el título de puente necesario entre una beat generation muy mal conocida en España y lo que sería el dirty realism, así como uno de los mejores autores de novela urbana que han tomado Barcelona como protagonista.

Quizá poner en el mapa a Raúl Núñez, cuya obra ha tenido una tímida recuperación  a principios del siglo XXI, fuera una de las mayores aportaciones literarias de Star Books.

Fuentes:

Anónimo, «Un milagro llamado Star», El País, 7 de marzo de 2008.

Encarna Castillo, «Star. La contracultura de los setenta», 13 millones de naves.

Fran G. Matute, «Entrevista a Ramón de España», Jot Down, abril de 2020.

Harnán Migoya, «Cuando vivir no era consumir. Entrevista a Juanjo Fernández, editor de la revista Star», publicado originalmente en Comicsario, 11 de febrero de 2008.

Charo Mora, «Memorias de una Star», El Mundo, 6 de febrero de 2008.

Fernando Tola de Habich y la Premià Editora

En 1977 aparecen en Santa Rita de Tlahuapan (estado de Puebla, México), una excelente serie de textos de aspecto bastante decente, conformando una colección inicial de la editorial Premià llamada Los Brazos de Lucas, que se estrena con Los doce mil falos, de Guillaume Apollinaire (1880-1918), traducidos por Josep Elías Cornet (1941-1982), quien en 1970 había obtenido el Premi Carles Riba con el poemario Per a un duc Bach escriví música d’orgue, a Weimar (en la prestigiosa colección de Josep Pedreira Els Llibres de l’Ossa Menor).

Arrancaba de este modo en un enclave un tanto insólito una colección encuadernada en rústica y con preferencia por la literatura sicalíptica breve, a menudo francesa y libre de derechos, en la que ese mismo año aparecerían un anónimo Irene; Lulú la meona, del propio Tola de Habich; Las tres hijas de su madre y Manual de civismo, de Pierre Louÿs (1870-1925); El pálido pie de Lulú, del escritor chileno establecido en México Hernán Lavín Cerdá (que en 1970 había obtenido el Premio Vicente Huidobro con los relatos que componen La crujidera de la viuda), con prólogos de Fernando Alegría (1918-2005) y Carlos Montemayor (1947-2010); Madame Edwarda, de Georges Bataille (1897-1962), con traducción y  prólogo de Salvador Elizondo (1932-2006) y epílogo de Huberto Baris (1934-2018), que en 1967 había publicado Tusquets acompañado de El muerto, en traducciones de Antonio Escohotado y Eusebio Fontalba e ilustraciones de Hans Bellmer (1902-1975); El taxi, de Violette Leduc (1907-1972); Confidencia africana, de Roger Martin du Gard (1881-1958)…

Si a algo de aquellos tiempos se parece esta colección acaso sea a La Sonrisa Vertical de Beatriz de Moura en Tusquets, que en 1978 incluyó Las tres hijas de su madre (número 7) e Historia del ojo (número 10), así como la Irene que Louis Aragon firmó como Albert de Routisie

Casi simultáneamente arranca la colección La Nave de los Locos, con un catálogo no radicalmente distinto y en el que destaca una esmerada selección de autores y títulos: son también de 1977 El abad C, de Georges Bataille, en traducción firmada por el escritor dominicano Pedro Vergés; Haciendo el amor con música, de D. H. Lawrence (1885-1913), Aurelia, de Gérard de Nerval (1808-1855); la traducción y el prólogo de Jorge Luis Borges de Bartleby, de Herman Melville (1819-1891), publicada originalmente en los Cuadernos de la Quimera de Emecé en 1943; Tierra baldía: cuatro cuartetos, de T. S. Eliot (1888-1965) en traducción y con introducción de Ángel Flores y acompañado de la nota biográfica que el poeta español exiliado en México Vicente Gaos (1919-1980) había publicado como cierre a la edición de su traducción de la misma en la Adonais de Riap y que en 1971 había publicado Barral acompañado de una introducción de O. T. Mathiesen; Las olas, de Virginia Woolf, en la que fue la primera traducción de esta novela y con un prólogo firmado por la periodista chilena Lenka Franulic (1908-1961), que había aparecido originalmente en Ercilla (la nueva traducción, del prestigioso Andrés Bosch [1926-1984], la había publicado Lumen en 1972 en la colección Palabra en el Tiempo), ; el Tao Te Kin de Lao Tsé (s. VI a. C.), los Naufragios y comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1490-1559), prologados por Luis Alberto Sánchez; Amores, de Paul Léautaud (1872-1956), en traducción de nuevo de Elías, los Aforismos de Hipócrates (460-370 a.C.) traducidos por Raimundo Seinsmingler; las Cartas al padre de Franz Kafka (1883-1924), en traducción y con notas del austro-húngaro-argentino David G. Vogelmann (1907-1976); El regreso, de Joseph Conrad (1857-1924), en la traducción de Antonio Ribas Plata, etc.; y al mismo tiempo títulos de muy diferente cariz, como es el caso de Para una crítica de la violencia, de Walter Benjamin (1892-1940), seleccionada y traducida por Marco Aurelio Sandoval, o un Walden de Thoreau que se presenta como traducido por Antonio Saldaña y que sin embargo Carmen Valero Garcés describe como «una copia de la primera traducción de Walden, traducida por Julio Molina y Vedia en 1945 [en Emecé]» ‒¿sorpresa?‒; la Carta contra el patriotismo de los burgueses, de Bakunin (1814-1876), según el texto publicado por el Centro Editorial Presa de España y en la decimonónica traducción de Rosendo Diéguez (traductor también de Zola, Litré, Reclus y Spencer, además de Strindberg o Tolstoi, entre otros); la vetusta traducción de Francesc Pi i Margall (1824-1901) de la Solución al problema social de Proudhon (1809-1865)…

Creada como sociedad anónima, participaron también en Premià la exiliada republicana española María José de Chopitea (1915-¿?), como administradora, que a partir de 1979, con Sola, publicaría buena parte de sus obras en esta editorial, a la que acompañaban también la esposa y el hermano de Fernando Tola respectivamente, Margarita Millet (como gerente), y José Miguel Tola (encargado de producción), así como Bernardo Ruiz (en calidad de traductor y asesor literario) y Ramón Cifuentes (comercial), pero quien estaba al mando era sin duda Fernando Tola, que se había curtido al lado del barcelonés Carlos Barral y a quien el también editor Jordi Soler evocó como «el pirata del boom».

Ha sido diversas veces comentado ‒y Xavi Ayén compila y coteja las versiones sobre este asunto en Aquellos años del boom‒ cómo el peruano Fernando Tola fue enviado por los propietarios de las Distribuciones Enlace (es decir, Lumen, Tusquets, Anagrama, Barral, Laia, Cuadernos para el Diálogo, Fontanella, Edicions 62) para poner orden a su sede mexicana tras haber sido esta empresa objeto de una estafa por parte de quien hasta entonces había sido su representante en el país, Jordi Sivilla, y cómo, en lugar de llevar a buen término esa misión, Tola contribuyó a acabar de hundir la distribuidora mientras creaba en México sus propias empresas editoriales e imprentas.

Fernando Tola.

«Era un tipo listísimo que, tras su fracaso en Barcelona ‒declara el escritor Félix de Azúa a Ayén‒, se dedicó a la industria pirata en México: imprimía libros sin derechos en el desierto, en Puebla. Era estupendo, pero una catástrofe como gerente». El “fracaso” en Barcelona alude a su relación con Carlos Barral en los años previos a que, ya sin el buen tino de Victor Seix (1923-1967) como contrapeso al idealismo del editor-poeta, la editorial Seix Barral iniciara un proceso que la llevaría a acabar siendo absorbida por Labor y en la que, en muchos casos, se atribuye buena parte de la responsabilidad del descalabro a Tola, que aparece también a menudo cuando se relata el hundimiento de Barral Editores (la empresa que el editor-poeta creó cuando salió de Seix Barral). «Una vez despedido ‒explica por su parte Jorge Herralde en el mencionado libro de Ayén‒, él cogió a su mujer Millet y a unos inditos y se puso a imprimir por su cuenta, estuvo quince o veinte años imprimiendo libros sin derechos, y otros piratas».

Parte del equipo de Premià tras la impresora.

El también escritor J. J. Armas Marcelo evocó el nombre de la primera de las empresas puestas en marcha por Tola en México, Ediciones del Bicho, si bien muy probablemente en realidad quiera aludir a otra de las colecciones de Premià, Libros del Bicho, donde, entre otros libros, aparecieron ya a principios de los años ochenta la antología preparada por Sandro Cohen Palabra nueva. Dos décadas de poesía en México (1981), así como los poemarios Hojas de los años (1981), de Marco Antonio Campos; Crónicas del Niño Jesús de Chilca (1981), con el que el peruano Antonio Cisneros (1942-2012) obtuvo el Premio Latinoamericano de Poesía Ruben Darío; Anagnórisis (1982), del hispanomexicano Tomás Segovia (1927-2011) que la había publicado ya en 1967 en Siglo XXI; Estampida de poemínimos (1985), de Efraín Huerta (1914-1982); o el Oidor andante, de Ida Vitale, cuya primera edición había aparecido en 1972 en la editorial Arca de Montevideo y en cuya contracubierta mexicana puede leerse:

Edición uruguaya de Oidor andante.

Esta edición se terminó de imprimir en los talleres gráficos de Premià editora de libros S. A., en Tlapahuan, Puebla, en el segundo semestre de 1982. Los señores Ángel Fernández, Serafín Ascencio, Julián Hernández y Donato Arce tuvieron a su cargo el montaje gráfico y la edición en offset. El tiraje fue de mil ejemplares más sobrantes para reposición.

Acerca de la financiación de este singular proyecto, quizás la escritora Margo Glanz da algunas pistas al relatar a Jesús Alejo Santiago los avatares que tuvo que pasar antes de ver publicado su primer libro, el libro objeto, con dibujos de Ariel Guzik, Las mil y una calorías, novela dietética:

[la] llevé a Joaquín Díez-Canedo y me dijo que de ninguna manera. Se la llevé a otros editores y me dijeron que de ninguna manera. Hacía textos que nadie me publicaba o que publicaban por compasión, probablemente. Mi literatura no funcionaba para las editoriales: el pie de imprenta me lo dio un amigo con el que había publicado traducciones de Bataille [Historia del ojo (1978) y Lo imposible (1979)], Fernando Tola, en Premià, pero yo pagué la edición, y lo mismo pasó con Doscientas ballenas azules, hasta Síndrome de naufragios, que me la publicó Joaquín Díez-Canedo, que obtuvo el Premio Villaurrutia.

Edición mexicana de Oidor andante

De todos modos, a Julio Ortega le contó Glantz la misma historia con algunos pequeños matices acerca de Las mil y una calorías: «el único que me quiso ayudar en la aventura fue Fernando Tola con Premià; pero luego no pudo publicarlo porque no tenía una imprenta suficientemente buena para que los textos salieran bien, y sobre todo los dibujos»; pero el caso es que salió una tirada de por lo menos quinientos ejemplares con pie editorial de Premià.

Quizás sea oportuno recordar aquí un pasaje de Elvia Carreño Velázquez en Biblioteca Fernando Tola de Habich que tal vez sea muy elocuente de cómo funcionó la cosa:

[Tola publicó] ediciones universitarias de autores olvidados de la época, facsimilares de revistas casi desconocidas, antologías temáticas y colecciones de rescate literario, como La red de Jonás y La Matraca, realizada en coedición con la Secretaría de Educación Pública y después con Bellas Artes por iniciativa de la doctora Margo Glantz.

Con «Bellas Artes» alude al popularmente conocido como INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes), de cuya sección de literatura Margo Glantz fue directora entre 1983 y 1986. Como apostilla, entre 1984 y 1990 se publican en la mencionada colección La Red de Jonás (que se dividía en dos series: Estudios y Sección de Literatura Mexicana) las tres partes del libro de Fernando Tola de Habich Museo Literario (números 17, 34 y 39 de la colección).

Cuando en 1991 esta empresa eminentemente artesanal ‒pero muy bien vinculada a instituciones culturales mexicanas‒ cambió el nombre a la Factoría de Ediciones (en la que destacó enseguida la colección Serpiente Emplumada), Tola pasó a convertirse en consejero editorial de la misma; poco tiempo después regresó a la península Ibérica.

Fuentes:

Web de Fernando Tola de Habich.

Xavi Ayén, Aquellos años del boom. Vargas Llosa, García Márquez y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, Barcelona, RBA, 2014.

J. J. Armas Marcelo, «Vista del atardecer en Cholula», El Cultural, 30 de noviembre de 2012.

Elvia Carreño Velázquez, Biblioteca Fernando Tola de Habich, un recorrido de tinta y papel por nuestro legado histórico, México, Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, 2015.

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.

Carmen Valero Garcés, «Estudios de traducción y ecocrítica. Un ejemplo: Pájaros que no siempre llegan a su destino», Sendebar, núm. 3 (2012), pp. 141-157.

La Colección Penélope y los antecedentes de la editorial Planeta

En el año 1949 aparecía en la por entonces recién creada Editorial Planeta una novela de Margaret Simpson titulada Demasiado tarde…, que se anunciaba como primer número de una flamante Colección Penélope. La traducción de este libro se atribuía a Matias Tieck, que no parece que firmara ninguna otra traducción, se imprimió en las barcelonesas Gráficas Londres y se encuadernó en tapa dura con una sobrecubierta ilustrada (con no mucho acierto en cuanto a la legibilidad del nombre de la autora). Unos cuantos años más tarde, en 1956, ese mismo libro aparecería en otra colección de Planeta, Goliat, y aún se reeditaría en la misma editorial en 1967. También la segunda novela de Margaret Simpson en Penélope se publicó ese año 1949, Ana Isabel, en este caso traducida por Victor Scholz, que fue un prolífico traductor de novela romántica decimonónica que el año anterior había visto salir en Ediciones Reguera su versión de El Nabab, de Alphonse Daudet, y que más tarde traduciría a Thomas Mann, Lewis Sinclair y Boris Pasternak, entre otros, lo que le acreditaría (si traducía de las lenguas originales) como un sorprendente políglota.

Ese mismo año 1949 se añadirían a la Colección Penélope nuevos títulos ‒ninguno de ellos muy a menudo recordados a día de hoy‒, todos ellos impresos en la mencionadas Gráficas Londres. Es el caso por ejemplo de Esta es mi cosecha, una novela firmada por un también incógnito Lee Atkins, y en este caso traducida por Mary Rowe (conocida en esos años como traductora de Tres soldados, de John Dos Passos, para José Janés, más que por algunas novelas propias que había publicado en las editoriales Betis, Molino y Clíper).

De Mildred Masterson Mac Neily (1910-1997), que al año siguiente publicaría en inglés su única novela relativamente famosa (Each Bright River), aparecería también en 1949 en Penélope la novela La última esperanza, traducida de nuevo por Victor Scholz. Asimismo, entra en el catálogo de Penélope Locura de reina, de la también novelista estadounidense Elswyth Thane (1900-1984), quien en los años inmediatamente posteriores vería traducidas al español El gran anhelo (Mateu, 1950, en traducción de Ballester Escalas, recordado por su traducción de Alicia en el País de las Maravillas, también en Mateu) y La moza Tudor (Planeta, 1956, en versión de Herta M. E.). Quizá venga a cuento recordar que en alguna ocasión José Manuial Lara Hernández declaró que quien le había sugerido que se dedicara a la edición de libros, si quería ganar dinero, fue precisamente Francisco Fernández Mateu.

A estos títulos hay que añadir aún Caballero sin espada, de Lewis R. Foster (1898-1974) y traducida por Fernando Arce Solares, en cuya sobrecubierta aparece una imagen claramente inspirada en el cartel cinematográfico de la película que a partir de esta narración había dirigido diez años antes (en 1939) Frank Capra, con James Stewart y Jean Arthur como protagonistas. El hábito de aprovechar las imágenes cinematográficas se hizo enseguida muy habitual cuando se daba la ocasión, no sólo en Planeta, sino también en muchas otras editoriales barcelonesas del momento.

Pero sobresale en este primer año de la Colección Penélope de Planeta la única novela escrita originalmente en español, Nina, de la poeta y narradora Susana March (1915-1990). La muy precoz escritora barcelonesa (en 1932 ya publicaba poemas en el periódico La Noticia y La dona catalana y en 1938 apareció su poemario Rutas con pie de la Imprenta y Librería Aviñó) llevaba ya casi una década casada con el también escritor y pionero del tremendismo literario Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), que años más tarde entraría a formar parte del jurado del Premio Planeta, pero seguía publicando novela rosa para, según sus propias declaraciones retrospectivas, «equilibrar [su] presupuesto económico de joven recién casada en los duros tiempos de posguerra española». Sin embargo, el gran éxito de Susana March en el campo de la narrativa se produciría bastantess años después con Algo muere cada día, publicada a principios de 1955 en Planeta y traducida al francés, el alemán y el ruso, y considerada en su momento por José Luis Cano como un ejemplo de la preeminencia de la mujer en la corriente del tremendismo (con Los Abel, de Ana María Matute, y Juan Risco, de María Cajal). Con todo, Susana March no llegó nunca a ocupar un puesto destacado en la historia de la novela española, si bien Círculo de Lectores recuperó esta novela en 1969.

La colección Penélope no tuvo continuidad más allá de 1949, acaso porque existían otras editoriales que estaban publicando con mejor gusto y más visión comercial novelas específicamente destinadas a las lectoras, pero lo que tal vez sea menos conocido es que esta colección sí tenía un antecedente, cuya creación en ningún caso cabe atribuir a José Manuel Lara, y que la numeración de los títulos en su continuidad en Planeta puede llevar a confusión.

En 1942 había aparecido una traducción de Climas, de André Maurois (1885-1967), en una Colección Penélope encuadrada en la Editorial Tartessos de Félix Ros (1912-1974), y de hecho se especificaba que era este periodista, poeta y traductor falangista el director de la colección. Al parecer, cuando compró Tartessos la intención de Lara parecía, pues, dar continuidad a la labor que en ella se venia haciendo, pero no se explica muy bien por qué no lo hizo de inmediato y tardó tanto tiempo en recuperar el nombre de esta colección. En el caso de Climas, se trataba de un libro relativamente lujoso, encuadernado en tapa dura y con sobrecubierta, con las guardas ilustradas, con el canto superior tintado y con algunas ilustraciones a plumilla en el interior. La traducción era la del prolífico grafómano Juan Ruiz de Larios y las ilustraciones obra de José Picó Mitjans (1904-1991), quien antes de la guerra ya se había hecho un nombre como dibujante en revistas “galantes” o tímidamente sicalípticas de los años veinte (como Cosquillas o Varieté). Nada que ver con lo que serían los libros de Penélope en manos de Lara. 

En la misma colección Penélope de Tartessos aparece también en 1942 la traducción de Alberto Gracián de Clara, entre los lobos, del cineasta, periodista y escritor italiano Arnaldo Fratelli (1888-1965), quien en 1939 había obtenido con ella un ex aequo en el Premio Viareggio. En este caso las ilustraciones de la edición son obra de Joan Fors, por entonces un habitual de las ilustraciones para libros pero que entró hasta el fondo de la memoria de los españoles por haber creado la imagen publicitaria de los productos de limpieza Netol. Al año siguiente aparecieron dibujos suyos en la edición de publicada por la editorial Olimpo de la obra de José María García Rodríguez La Gracia en la locura (enamorados, locos y bufones), que se imprimió en la Clarasó y para la que diseñó y realizó también la ilustración de sobrecubierta. En la misma colección de la editorial Olimpo, la Biblioteca Pretérito, aparecería al año siguiente, también con ilustración de sobrecubierta de Fors, Elisabeth Vigée Le Brun. Pintora de reinas, de Laura de Noves.

No es frecuente evocar los inicios de Lara previos a la creación de Planeta, pero en ellos, como ejemplifica el caso de la colección Penélope creada por Félix Ros, se encuentran muchos hilos de los que después tirará. Es también el caso de su intención de triunfar económicamente con la publicación de autores españoles, que más allá del libro mencionado de Susana March, se había manifestado también con el sabadellense Bartolomé Soler (1894-1975).

Pese al tremendo éxito que Soler había tenido en Hispanoamericana de Ediciones en 1945 con La vida encadenada, de la extensa novela que le publicó Lara en 1946, Karú Kinká (ambientada en la Patagonia), vendió al parecer unos quinientos ejemplares. Aun así, a Bartolomé Soler lo había publicado por primera vez José Manuel Lara en la colección Nuevos Horizontes, perteneciente a la efímera Editorial LARA, con sede en el número 72 de la calle Bruch, donde, además de Lara, trabajaba el profesor republicano Francisco Ortega como corrector y Angelita Palacios como secretaria (además de un chico de los recados no identificado). Esa misma novela de Soler volvió a publicarla Lara en Planeta en 1954. Y en LARA se publicó también al periodista de Terrassa (lo que puede tener su gracia para los vallesanos, que conocen bien la tradicional rivalidad entre las dos capitales de comarca, Sabadell y Terrassa) Luis Gozaga Manegat (1888-1971). Manegat había sido en su ciudad natal director de la revista infantil Alegria, nacida en 1925 en los círculos primorriveristas con el expreso propósito de combatir a la celebérrima En Patufet y cuyo mayor mérito es quizás haber albergado ilustraciones del pintor uruguayo Rafael Barradas (1890-1929) y algunas de las escasas ilustraciones que se le conocen al filólogo y editor Francesc de Borja Moll (1903-1991). En LARA, Manegat (que había sido director de la revista Mundo Católico y en 1940 había publicado en la Librería Araluce Muy falangista) publicó, en fecha imprecisa pero antes de la venta de esta editorial a José Janés, Luna roja en Marrakex [sic], que en 1947 aparecería en traducción al francés gracias a la librería y editorial creada en Ginebra por Jean-Henri Jehebe (1866-1931).

La intención de Lara de publicar a autores españoles venía de lejos, pues, y había cosechado sonados fracasos. En cualquier caso, quizá una mirada más profunda a esos años iniciales de Lara en el campo de la edición, además de subrayar sus vínculos con los periodistas y los políticos más rancios de su tiempo (por mucho que empleara a izquierdosos), ponga de manifiesto y permita reseguir su aprendizaje en el ámbito de los negocios, porque al parecer en el del criterio literario y estético su inanidad era innata.

La vida breve de la Biblioteca Minúscula Catalana

En el año 1921, a punto de cumplirse sesenta años de la muerte del poeta Bonaventura Carles Aribau (1798-1862), se estrenaba en Barcelona una exquisita colección cuyo primer número contenía el que, hasta entonces, muy probablemente fuese el grabado de menor tamaño jamás publicado. De hecho, se trató en su momento de los libros de menor formato publicados en catalán.

En consonancia con el nombre de la colección, Biblioteca Minúscula Catalana, se trataba de unos libros de formato extremo, 42 x 29 mm, y a tenor del esmero con el que fueron editados y las dimensiones de las tiradas que se hicieron de ellos destinados sobre todo a bibliófilos caprichosos.

La Biblioteca Minúscula Catalana se estrena con el poema más emblemático de Aribau, La Pàtria, que no sólo está considerado la primera muestra del romanticismo poético en lengua catalana sino que, además, se toma como el punto de arranque del impetuoso y prolífico movimiento de la Renaixença literaria.

Según indica el pie editorial, se imprimió en La Neotipia, nacida como «empresa colectiva obrera» (por iniciativa del tipógrafo Francesc Millà i Gàcio, y los cajistas Francesc Sirvent, Ramon Larrosa i Josep Domènech, entre otros) y que se convirtió enseguida en otro de los referentes de la edición popular, si bien es recordada sobre todo por el llamado «conflicto de La Neotipia» de 1908-1909.

Figura como editora al frente del proyecto de esta colección de miniaturas bibliográficas Eugènia Simon, si bien, según Santi Barjau, «fue promovida por el médico oculista Simon, quien quiso que los libros más pequeños editados hasta entonces en catalán (la caja mide 22 x 13 milímetros) llevaran el nombre de su hija». Lo más probable es que aluda al prestigioso oftalmólogo, historiador y coleccionista de lentes Josep M. Simón de Guilleuma (1886-1965), que había publicado ya textos importantes en las revistas especializadas Tribuna Médica, Clinique Ophtalmologique, Revista Española de Electrología y Radiología Médicas, Annals de l’Academia i Laboratori de Ciències Mèdiques a Catalunya y Annals Ciències Mèdiques, entre otras, y no tardaría en iniciar la publicación de sus por entonces famosas Notas per a la història de les ulleres (Imprenta Badia, 1922-1933).

Eudald Canivell (a veces escrito Canibell).

La dirección de esta mínima serie de libros mínimos corrió a cargo de uno de los grandes hombres del libro del momento, el experto tipógrafo y editor Eudald Canivell (1858-1928), que en esos mismos meses estaba redactando las entradas referidas al libro en la Enciclopedia Espasa, al tiempo que dirigía el Anuario Tipográfico Neufville y la Crónica Poligráfica. Es también, según explicita la publicidad de la obra, quien se ocupó de orlar la cubierta de la primera entrega de la colección.

 A la singularidad del formato se añade la de la tipología, pues no es muy común en libros tan pequeños el añadido de una amplia noticia previa sobre la vida y obra del autor (cuya autoría, además, está aún por determinar). Aun así, el valor característico de este primer volumen se lo otorga el trabajo del artista (y más tarde cartelista) valenciano Lluís Garcia Falgàs (1882-1954), que por entonces tenía fama como diseñador de ex libris, si bien su popularidad se debe al diseño en los años sesenta de la imagen gráfica de Norit, entre otros trabajos publicitarios. Sin embargo, resulta muy acertado el título del trabajo que a su figura dedicó Barjau, «Lluís Garcia Falgàs, grabador i dissenyador gràfic entre l’art elitista i l’art massiu», y en el caso que nos ocupa no hay duda de que se trata de un trabajo destinado a las élites. Para este primer volumen, Garcia Falgàs se ocupó de los fotograbados y un aguafuerte: creó un ex libris, el frontispicio (con el nombre de la colección y un motivo alusivo) y un grabado que ilustra el primer verso del poema, que aparece tanto en blanco y negro como coloreado a mano.

De las 112 páginas de las que se compone La Pàtria se hizo una tirada sobre papel de hilo de cien ejemplares, otra de veinte sobre papel del siglo XVII y otra de quince ejemplares numerados sobre papel Japon.

La breve vida de esta colección se concretó al año siguiente con la Vida de Santa Eulàlia, con unas características formales y una tirada muy similares. De nuevo aparece Eugènia Simon como editora y se imprime igualmente en La Neotípia, si bien se trata de un librito mucho más breve (48 páginas), y aunque incluye ilustraciones no se consigna la autoría de estas.

Se desconocen las circunstancias que impidieron la continuidad de la colección, que se cerró con este segundo volumen, pero llegó a anunciarse un tercer y un tanto enigmático título, Lo gayter y la Nineta, que dados los antecedentes bien podría tratarse de un libro de (o sobre) el poeta Lo Gayter del Llobregat (Joaquím Rubió i Ors, 1818-1899).

En cualquier caso, no dejaría de tener su retranca que detrás de una de las primeras iniciativas de elaborar libros microscópicos llevadas a cabo en la Península (si acaso no es la primera) estuviera un reconocido oftalmólogo con conocida afición por los libros.

Fuentes:

Santi Barjau, «Lluís Garcia Falgàs, gravador i dissenyador gràficentre l’art elitista i l’art massiu», Locus Amœnus, núm. 3 (1997), pp. 177-193.

Louis W. Bondy, Miniature Books. Their History from the beginnings to the present day; Londres, Sheppard Press, 1981.

Antoni Dalmau i Ribalta, «El conflicte de La Neotipia (1905-1911). Un episodi clau en la pugna entre lerrouxistes i anarquistes», Recerques núm. 62 (agosto de 2011), pp. 95-116.

Miguel Ángel Fernández, «El conflicto de La Neotipia o la pugna por la hegemonía en el movimiento obrero catalán», Ser Histórico, 7 de marzo de 2000.

Manuel Llanas (amb la col·laboració de Montse Ayats), L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Josep M. Simón Tor, Sara Isabel Simón Castellví, Josep M. Simón Castellví y Guillermo Simón Castellví, «Josep M. Simón De Guilleuma (1886-1965), Historiador». Gimbernat: Revista d’Història de la Medicina i de les Ciències de la Salut, [en línia], 2003, Vol. 40, p. 187-98.

Percy Edwin Spielmann, Catalogue of the library of miniature books: together with some Descriptive Summaries, Londres, Edward Arnold Publishers, 1961.

Carlos Pujol, maestro de editores

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán con el título «Escribir a contracorriente» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en julio de 2020.

Entre los editores barceloneses importantes en el siglo XX, hay una cierta desproporción entre el conocimiento que el común de los lectores tienen de los que llevaron a cabo el grueso de su labor en editoriales pequeñas y a partir sobre todo de los años sesenta (Castellet, Barral, Beatriz de Moura, Herralde) y los que desarrollaron la mayor parte de su carrera en empresas de cierta entidad o incluso en grandes corporaciones, como es el caso de Josep Janés, Germán Plaza, Enrique Badosa, Mario Lacruz… o Carlos Pujol Jaumandreu (1936-2012), auténtico pilar durante varias décadas de la editorial Planeta.

Carlos Pujol Jaumandreu.

Tal vez esto responda a una cuestión de glamur o al hecho de no haber estado nunca en el centro del faranduleo que impregnan el negocio editorial, pero es evidente que, por un lado, la importancia de la labor de Carlos Pujol no es en absoluto desdeñable y, además, que el impacto de algunos de sus trabajos, como por ejemplo la colección de Clásicos Universales Planeta, tuvieron una incidencia enorme en unas cuantas generaciones de lectores. Por no mencionar siquiera las cuatro décadas en que fue jurado del Premio Planeta, con la retahíla de episodios que esto le permitió vivir desde primera fila, y que en coherencia con su modo de ser nunca hizo públicos…

Por si esto no bastara, Carlos Pujol fue un prolífico traductor tanto de prosa como de poesía y tanto del inglés como del francés, el italiano o el catalán (Shakespeare, Defoe, Henry James, Stevenson, Orwell, Hemingway, Ronsard, Voltaire, Racine, Dumas, Balzac, Stendhal, Barthes, Guido Gozzano, Joan Sales…) y un creador literario que cultivó todos los géneros habidos y por haber (ensayos, novelas, reportajes culturales, relatos, poemas, aforismos, crítica literaria…).

Este es solo uno de los motivos por los que vale la pena adentrarse en el libro Escribir a contracorriente, en el cual la profesora Teresa Vallès-Botey compila y estructura materiales en apariencia diversos y heterogéneos (conferencias, cartas, entrevistas), pero con un objetivo que queda claro ya en el subtítulo: «Fuentes para el estudio del pensamiento literario de Carlos Pujol». Y ya adelanto que la promesa se cumple y que el caudal es, en términos cualitativos, muy abundante.

En un primer y breve texto inicial, el también profesor Domingo Ródenas consigue compendiar en apenes cuatro páginas los rasgos más significativos de la trayectoria radicalmente literaria de Carlos Pujol, subrayando el carácter libre y desvinculado de modas, movimientos generacionales y cualquier cosa que sonara a gregarismo. Y, después de la preceptiva «Nota a esta edición», en la que se nos informa de la procedencia de los textos y del propósito general del libro, Vallès-Botey dedica unas páginas a lo que describe como «exponer y articular su pensamiento sobre qué es la literatura y cuál es su función», caracterización que se queda corta, porque también presenta afinadas apreciaciones sobre qué era para Pujol el estilo y qué consideración tenía de conceptos como “tradición”, “estilo” o “canon literario”, y donde ciertamente selecciona sus ideas principales sobre la literatura en un sentido muy amplio.

El cuerpo de Escribir a contracorriente propiamente dicho arranca con un texto ejemplar en cuanto a la presentación del pensamiento literario de Pujol, la conferencia que dio en Huesca en el año 2003 y que, evocando muy acertadamente a Rilke, tituló «Carta a unos jóvenes poetas» (y que hasta ahora era prácticamente inédita, más allá del opúsculo que se imprimió para distribuir entre los asistentes a la conferencia). Se trata de un texto muy fiel a su contenido, lleno de sentido que conocen bien los lectores habituales de Pujol, y en el que tampoco faltan su característico humor e ironía, como tampoco la profundidad de pensamiento que se advierte sobre todo en la relectura.

Aun así, quizás lo más inusual y extraordinario de todo el libro llega a continuación: la posibilidad de asistir desde primera fila y en directo a cómo Carlos Pujol llevó a cabo el editing de La audiencia va de caza, las memorias noveladas del juez Miguel Ángel del Arco. Son casi un centenar de cartas y notas inéditas de extensión diversa escritas entre agosto de 2007 y enero de 2012 en las cuales, a medida que va leyendo capítulos, el editor va haciendo observaciones, recomendaciones y sugerencias al juez y que constituyen un tipo de documento al cual no es muy habitual tener acceso, pero que resulta muy ilustrativo.

A través de estos comentarios, en algunas ocasiones muy generales pero en otras de detalle y en todos los casos muy adecuadamente justificados, esta parte del libro se convierte en poco menos que un manual práctico para editores que no solo indica en qué elementos vale la pena fijarse (efecto y conveniencia de las descripciones, caracterización de personajes, composición de las escenas, uso de los diálogos, disposición de las unidades narrativas, estructuración general de un texto de extensión considerable….), sino también de cómo propiciar que un autor reconsidere las decisiones que ha tomado y que pueden perjudicar a su obra, y qué tipo de tono y de argumentos son los más efectivos para lograr este objetivo. En este sentido, aun habiéndose manifestado en alguna ocasión como poco inclinado a la docencia, en estas páginas Pujol se revela plenamente como el gran maestro de editores que fue.

La tercera sección de Escribir a contracorriente, la única que no se puede considerar en sentido muy estricto inédita, reúne un buen número de entrevitas a Pujol que hasta ahora dormían dispersas en publicaciones periódicas diversas y que, leídas consecutivamente, pese a algunas reiteraciones, permiten ver cómo Pujol concebía su propia obra, la práctica de la creación literaria y el sentido de la carrera literaria (término este último que probablemente él censuraría que aplique al conjunto de su trayectoria). Los buenos conocedores de la obra de Carlos Pujol acaso completarán o afinarán su interpretación sobre algunas de sus novelas o poemarios, y tal vez quien no la conozca sienta la curiosidad o la tentación de acercarse a una obra exigente con sí misma pero muy accesible al lector, en quien siempre deposita su confianza y lo invita a participar (de ahí, por ejemplo, que en su narrativa sean frecuentes los finales más o menos abiertos).

El volumen concluye y se redondea con una muy completa cronología profesional y literaria de Pujol, que usa además con ingenio la tinta de color para resaltar la diversidad de géneros que cultivó y que está salpicada de breves comentarios extraídos de cartas y documentos personales en los que el propio editor-escritor-traductor explica o comenta algunos episodios de su vida.

Es evidente que estamos ante un libro que cualquier lector de Pujol querrá leer, pero que tiene también otros muchos alicientes para quienes deseen conocer el proceso de edición de un texto y que, además, fiel al pensamiento estético del propio Pujol, es original y emocionante sin necesidad de énfasis, trucos ni fuegos artificiales.

Vallès-Botey, Teresa (ed.). Escribir a contracorriente: fuentes para el estudio del pensamiento literario de Carlos Pujol, Granada, Comares, 2019.

Antisemitismo y homofobia editorial en España: La editorial Nos

Es de la mayor importancia distinguir las diversas editoriales (y revistas) que han adoptado el término Nos para identificarse. Por un lado está, por ejemplo, la Editorial Nós fundada por el galleguista Ànxel Casal (1895-1935) en 1927, cuyo nombre completo era Nós, Publicacións Galegas e Imprenta y albergó las revistas A Nosa Terra (1907-1936), órgano de Solidaridad Galega y luego de las Irmandades da Fala, y Nós (1920-1936), dirigida por Vicente Risco (1884-1963). Por otra parte, en junio de 1940 el empresario, político y mecenas cultural galleguista Manuel Puente (1890-1970) fundó en Buenos Aires una editorial con ese mismo nombre (que en 1950 publicó As cruces de pedra na Galiza, del artista y político gallego Castelao).

Mauricio Carlavilla.

Sin embargo, existió también una Nos de muy distinto signo, creada en Madrid por un personaje bastante siniestro y conspiranoico, Mauricio Carlavilla (1896-1982), conocido también por su seudónimo: Mauricio Karl. Esta Nos (sin acento) publicó libros de título tan inequívoco como, por ejemplo, Perón (1946), del falangista Federico de Urrutia (Federico González Navarro, 1907-1988); Allá en el rancho grande. Itinerarios de la infamia (1948), del periodista ex militante de la CEDA y luego próximo a Falange Joaquín Pérez Madrigal (1898-1988), Protestantismo y comunismo (1958), del fundamentalista ultracatólico francés Auguste Nicolas (1807-1888), Sinfonía en rojo mayor (1950), de José Landowski, y los libros del propio Carlavilla Historia secreta de la Segunda República (1954), Sodomitas (1956), Anti España 1959. Autores cómplices y encubridores del comunismo (1959), etc.

Cuando en 1946 funda la editorial, Mauricio Carlavilla tenía ya un carrerón a sus espaldas como vehemente antimasón, anticomunista, antimarxista, homófobo y antidemócrata cuya primera expresión pública, tras haber participado en la Sanjurjada (1932), había sido El comunismo en España, publicado en febrero de 1932 con el seudónimo Mauricio Karl en la madrileña Imprenta Sáez Hermanos, que ese mismo año ya hacían dos reimpresiones, y en 1935 aparecía, con el título ampliado a El comunismo en España, 1931-1935 (1935), una cuarta edición publicada paradójicamente en la editorial de Juan Bautista Bergua (1892-1991), quien unos años antes, tras publicar en su propia empresa su libro Catecismo comunista. La esencia del comunismo, había intentado crear una Partido Comunista Libre. Antes, en 1934, había aparecido también en Sáez Hermanos el segundo libro de Mauricio Karl, El enemigo: marxismo, anarquismo, masonería (1934), pero la segunda parte, Asesinos de España: marxismo, anarquismo, masonería (1935), apareció de nuevo en Bergua, que parecía tener la manga muy ancha en cuanto a ideología editorial (recuérdese que durante la guerra a Bergua le salvaría de ser fusilado por los falangistas su amistad con el general Mola, de quien había publicado las memorias) y según Paul Preston de este librito se distribuyeron cien mil ejemplares a oficiales del Ejército de forma gratuita.

También en 1935 se produce su expulsión en apariencia definitiva de la policía, en la que había entrado en 1921 y que le llevó a ser destinado en Valencia (de donde se le retiró por cometer actos que socavaban el prestigio del Cuerpo), Zaragoza, Segovia, Bilbao, Madrid, Marruecos y de nuevo en la Península, donde fue acusado de abusos de autoridad y corrupción. Poco después tuvo que huir a Portugal, acusado, al parecer, de tramar con el también policía Santiago Martín Báguenas (¿?-1936), un complot para asesinar al presidente de la República Manuel Azaña.

Después de la guerra civil española, que obviamente hizo al lado de Franco ‒pero tuvo tiempo también de publicar Técnicas de la Komintern en España (Badajoz, Gráficas Cooperativas, 1937)‒, se reincorporó a la policía y fue destinado primero a Barcelona y posteriormente a Madrid, donde al parecer hizo trabajos para los servicios secretos franquistas, al tiempo que fundaba una editorial con sede ‒muy oportunamente‒ en la Avenida José Antonio (número 38)  y destinada sobre todo a publicar los textos que él mismo iba firmando con diversos seudónimos. Se estrena en 1945 con El último príncipe de Gales, de un supuesto pero no identificado Austen Lane, y los libros creados a partir de fragmentos diversos Stalin en Norteamérica (con textos de Bernard Shaw, Stuart Chase, Eleanor Roosevelt, etc.) y Sucedió en la URSS, una compilación de textos de André Gide, Serge Kostineff, Ángel Pestaña, etc., prologado por L. Ponce de León y con un epílogo de Mauricio Karl.

De 1946 es un libro muy polémico en su momento, Yo escogí la libertad. Vida privada y política de un alto funcionario soviético, firmado por el desertor ucraniano establecido en Estados Unidos Victor Kravchenko, si bien escrito por el furibundo anticomunista y biógrafo del presidente Herbert Hoover Eugene Lyons (1898-1985). El título es interesante porque sin duda sirvió de inspiración para la biografía del militar comunista Valentín González (1904-1983), popularmente conocido como El Campesino. Este último libro había aparecido inicialmente en francés, en Plon, con el título La vie et la mort en URSS, con una introducción de Julián Gorki (que se presenta también como transcriptor de los recuerdos de González) y traducido por Jean Talbot. Las primeras ediciones en español aparecieron casi simultáneamente en la editorial mexicana Avante (1951) y la argentina Bell (1951), ambas como Vida y muerte en la URSS, y rápidamente se tradujo a diversas lenguas (francés, alemán, inglés), al parecer con el apoyo activo de la CIA. Hay sin embargo algunas ediciones curiosas de este libro en que se publica con el título Yo escogí la esclavitud: una, la venezolana, en Maracay, que aparece sin fecha y con prólogo del ínclito Maurico Carlavilla (firmando con su nombre), características que comparte con otra llevada a cabo como número 106 del Boletín de Información de la Dirección General de Marruecos y Colonias de la Presidencia del Gobierno.

Todo hace suponer que se trata de ediciones piratas que surgen de la publicada por Nos, también sin fecha, y parecen responder a una práctica de manipulación y tergiversación de los textos que fue bastante frecuente durante la Guerra Fría y el franquismo. Él biógrafo e historiador falangista Maximiano García Venero (1907-1975) describió bastante bien esta práctica cuando, durante el proceso de publicación en Francia de uno de sus libros, le escribía el 6 de febrero de 1965 al editor de la editorial antifranquista Ruedo Ibérico José Martínez Guerricabeitia: «…trae a la memoria lo que se hace en España con libros de Miguel Morayta, Jesús Hernández, [Indalecio] Prieto, El Campesino y otros. Les ponen prólogos insultantes para los autores y los cargan de notas agresivas, injuriosas y calumniosas antes de lanzarlos a la venta».

Al parecer, Nos era una especialista en esta práctica, pues García Venero parece aludir también otros dos libros publicados por esta editorial: Yo, ministro de Stalin en España (1954), del ex ministro comunista Jesús Hernández Tomás (1907-1971), y Yo y Moscú (1954), del exministro socialista Indalecio Prieto (1883-1962), en ambos casos acompañados de un prólogo y abundantes notas de Carlavilla.

Con todo, quizá uno de los libros más comentados de Nos sea el muy exitoso y reiteradamente reeditado Sodomitas. Políticos, científicos, criminales, espías, etc., donde establece una estrecha interdependencia entre «el vicio sodomita» y la conspiración judeo-masónica-bolchevique antiespañola: «Tan masón era Bolívar como Riego ‒escribe‒ y todos ellos y sus seguidores obedecían a una autoridad omnipotente, al supremo y oculto poder masónico, aliado a los seculares enemigos de España: a los pueblos anglosajones». Todo el libro está plagado de pasajes absolutamente delirantes semejantes al citado, pero valga un ejemplo en el que se remonta a las fuentes de su tema: «…resulta notable que en el primer filósofo del comunismo, en el autor de La República, coincidan comunismo y sodomía […] Había de latir en Platón, como en todo pederasta, ese instinto de aniquilación de la especie humana que lleva en sí la impronta satánica de aniquilar, si no le es posible al Dios creador, a su imagen y semejanza, la especie humana».

Todo parece indicar que 1964 fue el último año en que la editorial de Carlavilla estuvo activa, pues ese año aparecieron La lucha por el poder mundial, del presidente del Russian Supreme Monarchist Council George Knupffer, y Estrella roja sobre Cuba. El asalto soviético sobre el hemisferio occidental, del exmilitante del Partido Comunusta y por aquel entonces economista supremacista Nathaniel Weyl (1910-2005), pero posteriormente aún haría alguna reedición. No obstante, Carlavilla, a quien Juan Carlos Castillón describió como «cazador de masones, comunistas y homosexuales» y Eduardo Connoly de Pernas como «un verdadero servidor de “las cloacas del Estado”», encontró pronto acomodo para sus textos en la editorial Acervo, de su amigo el falangista, ex divisionario azul y abogado y fiscal de la Audiencia de Barcelona José Antonio Llorens Borràs, quien le publicó también en las páginas de Juanpérez. Revista de Información Mundial. No deja de ser tan curioso como inquietante leer a algunos friquis de la ciencia ficción ensalzando y reivindicando la labor como antólogo de Llorens Borràs en Acervo y sus diversos tomos de la Antologia de Novelas de Anticipación; es de suponer (y de desear) que no acabe pasando lo mismo con Carlavilla.

Fuentes:

Anónimo, «Julián Mauricio Carlavilla del Barrio, 1896-1982, “Mauricio Karl desde 1932”», en Filosofía en Español, s.f.

Juan Carlos Castillón, Amos del mundo. Una historia de las conspiraciones, Barcelona, Debate, 2006.

Eduardo Connoly de Pernas, «Mauricio Carlavilla: el encanto de la conspiración», Hibris. Revista de Bibliofilia, núm. 23 (2004), pp. 4-9.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Paul Preston, «Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», traducción de Sandra Souto Kustrín, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007).

José Luis Rodríguez Jiménez, «Carlavilla, un personaje al servicio de las teorías conspirativas judeo-masónico-comunistas y de la conspiración contra la Segunda República Española», en José Antonio Ferrer Benimelli, coord.,  La masonería española: represión y exilios, Zaragoza, Centro de Estudios Históricos de la Masonería, 2010, vol. II, pp. 871-886.

Fernández de la Reguera, un ovillo del sector editorial barcelonés

A mediados de 1887 empieza a publicarse en Barcelona una revista humorística, La Semana Cómica, en la que coinciden los hermanos José Fernández de la Reguera y Aguilera, en calidad de director, y el pintor Gerardo Fernández de la Reguera y Aguilera (1881-1937), que publicaba caricaturas y dibujos bajo el seudónimo Areuger. La revista tuvo continuidad hasta 1894, pero por el camino ambos hermanos se prodigaron en otras facetas creativas relacionadas con el papel impreso.

José, que no llegó a concluir su estudios en Filosofía y Letras, colabora luego en Barcelona Cómica (1889-1890), pero su carrera da un salto importante cuando se vincula a la originaria sociedad en comandita de Julio Gibert y Cía, en la que participaba también Salvador Gibert, el impresor Joan Pijoan y Josep Maria Borràs de Quadras, en cuyo seno se convierte en director de la exitosa revista El Hogar y la Moda. Como consecuencia de las compras que lleva a cabo esta sociedad, en 1914 José se convierte en director ocasional de las revistas Actualidad y Actualidad Cómica.

Después de una primera ampliación de socios, en 1920 nace como sociedad anónima la Sociedad General de Publicaciones, que al año siguiente pone en marcha, como suplemento de El Hogar y la Moda, la revista Lecturas, en la que José Fernández de la Reguera figura como director. Según se explicita en el primer número (de junio de 1921):

Esta revista, Lecturas, que hoy ofrecemos al público, es el complemento obligado de El Hogar y la Moda. Ésta se ocupa con preferencia de la conservación, embellecimiento y buena marcha del hogar, así como de la higiene, de la belleza, del modo de comportarse, etc. de las personas; es decir, que El Hogar y la Moda atiende preferentemente a lo que podríamos llamar la parte material de la vida. Lecturas viene a llenar una necesidad espiritual: quiere ser el magazine de las familias y su intención es propagar la cultura literaria, dar sano y honesto esparcimiento al ánima y fomentar la afición a la buena literatura.

Consecuente con este planteamiento, en este primer número se publica la obra en un acto de Jacinto Benavente (1866-1954) La casa de la dicha y la narración «Cruz y raya» (¿?), de Víctor Català (Caterina Albert, 1869-1966), a los que en números posteriores se añadirán nombres tan conocidos como el de Concha Espina (1869-1955), así como ilustraciones de Emili Freixas, Rafael Barradas (1890-1929), Ricardo Opisso (1880-1966) y Junceda (1881-1948), entre otros. Pero, paralelamente, José Fernández de la Reguera aparecía también como director de la colección Hogar, una de las series de la Sociedad General de Publicaciones, donde se publican relatos altamente edulcorados del estilo de María: novela americana (1912), de Jorge Isaacs (1837-1895), Paddy, lo mejor a falta de un chico (1924), de Gertrude Page (1892-1972), Pared por medio (1924), de Florence L. Barclay (1862-1921) o El Mago (1928), de Guy Chantepleure (Jean Caroline Violet-Dussap, 1870-1951).

En la dirección de El Hogar y la Moda, sustituye a José Fernández de la Reguera en 1923 la periodista y narradora María Luz Morales (1889-1980), pero en 1929 aparece ya como uno de los promotores de la revista Algo (1929-1938), subtitulada «Semanario Enciclopédico y de Buen Humor», donde llama la atención la presencia de Julio Camba (1884-1962), Emili Freixas y Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983), por ejemplo. Poco antes, en 1926 la Sociedad General de Publicaciones se había escindido y de ella había nacido Hymsa, y ese mismo año José había contribuido a la creación de la editorial Mentora, iniciativa de José Zendrera Fecha (1894-1962).

Según anota Mònica Baró en su tesis sobre Juventud, editorial también vinculada a este entramado, al término de la guerra varios de los miembros del Consejo de administración de la empresa lo habían abandonado y habían dejado de residir en Barcelona; menciona los casos de Borràs de Quadras, Julio del Molino y Juli Gibert, pero también el de José Fernández de la Reguera. Se da el caso, sin embargo, de que según indica la revista Lecturas José Fernández de la Reguera murió en 1933, lo que plantea la duda de si se trata de la misma persona. En cualquier caso, unos años después, y muy vinculada a esta Sociedad General de Publicaciones, nace en los primeros años cuarenta una Editorial Reguera que sin duda ha de guardar algún tipo de relación con José Fernández de la Reguera (cuyos hijos se llamaron Luis, Carlos, Alejandro, Eduardo y Francisco), pero habrá que averiguar por qué caminos.

En lo que parece otro hilo de este mismo ovillo familiar, en 1940 aparece, con Francisco Tur y Enrique Ferrán Dibán, un Alejandro Fernández de la Reguera como creador de Dibsono Films, empresa que produjo algunas películas de animación muy conocidas en la época, como por ejemplo la serie protagonizada por Don Cleque y las películas SOS Doctor Marabú (1940), Rapto de luz (1941) o El aprendiz de brujo (1941), pero no tardó esta empresa en fusionarse y diluirse en Hispano Gráfic Films. De momento, habrá que suponer que se trata de uno de los hijos del empresario editorial y director de revistas.

El ya mencionado Gerardo Fernández de la Reguera aparece como ilustrador de la edición en la colección La Novela Chica de Los crímenes de la calle Morge, de Edgar Allan Poe, y de Patatitas por las nubes o La conquista de Venus (1924), de Adolfo Sánchez Carrere, en La Novela Corta, además de colaborar asiduamente en Buen Humor (1926) y Gracia y Justicia (1931), entre otras publicaciones periódicas, hasta su prematura y al parecer violenta muerte durante la guerra civil.

Y también cabe la posibilidad que del mismo ovillo salga el hilo que conduzca hasta el novelista Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), esposo de la también escritora Susana March (1915-1990), quien a su vez publicó su novela rosa Nina (1949) en la por entonces recién creada editorial Planeta. Y vale la pena recordar que Ricardo Fernández de la Reguera, además de publicar en esta editorial desde 1950 (Cuando voy a morir; Perdimos el paraíso, 1955, Bienaventurados los que aman, 1957, Vagabundos provisionales, 1959…), actuó desde 1959 como miembro del jurado del Premio Planeta.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’Editorial Joventut (1923-1969), tesis doctoral presentada en el Departament de Biblioteconomia i Documentació la Universitat de Barcelona, 2005.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya el segle XX (fins 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.