La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistas Élite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Simón Alberto Consalvi.

El capital inicial surgió al parecer de una partida de un millón de dólares destinado inicialmente al del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera convocatoria galardonó La casa verde de Vargas Llosa y que, pese a tratarse de un premio que se otorgaba cada cinco años, por error apareció también en el presupuesto de 1968 del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela. Así, pues, Monte Ávila tomó forma jurídica y administrativa de compañía anónima, pero perteneciente al Estado, que es quien –venturoso azar– se vio comprometida a financiarla.

Sin embargo, al frente de Monte Ávila destacó desde el primer momento otro nombre importante en las letras latinoamericanas, el director literario Benito Milla (1918-1987), exiliado republicano español que hasta entonces había estado ocupándose de publicar a nombres como Ramón J. Sender, Mario Benedetti o Juan Carlos Onetti en la montevideana Editorial Alfa.

Benito Milla.

Algunos de los títulos publicados en 1968 en Monte Ávila permiten, además de captar el ambiente de los círculos intelectuales venezolanos en los momentos de la primavera de Praga y el Mayo francés, advertir el triple propósito de la editorial de divulgar la obra de algunos de los pensadores de izquierda importantes en el ámbito de las humanidades, asentar un canon de los autores del pasado reciente y divulgar la obra literaria de autores emergentes o poco conocidos –en un momento de pleno estallido del boom de la literatura hispanomericana– a menudo mediante cuidadas antologías: El laberinto del lenguaje de Max Black, Problemas del desarrollo y de la integración, de Marcos Kaplan, Ser, verdad y fundamento, de Martin Heidegger, Dialéctica y derecho en Hegel, de Eduardo Vásquez, Ensayos sobre Sartre, de Federico Rui, el colectivo Estudiantes y política en América LatinaHistoria de la imaginación viciosa, de Elemire Zolla, La realidad mexicana en su novela de hoy, de Domingo Miliani, Tendencias del teatro contemporáneo, de Isaac Chocrón, Ensayos literarios de Ezra Pound, antologados y prologados por T.S. Eliot, El teatro de Jean Genet, de Lucien Goldman, Introducción a la literatura de Brasil, de Antonio Cándido, El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal (con entrevistas profundas a Max Aub, Cabrera Infante, Juan Goytisolo y Ernesto Sábato, entre otros), Nuevos narradores colombianos, antologados por Fernando Arbeláez, Narradores peruanos, por José Miguel Oviedo, Los habitantes, de Salvador Garmendia, Nuevo diario de Noé, de Germán Arciniegas, los relatos contenidos en Los huéspedes, del exiliado español Segundo Serrano Poncela, los supuestos Cuentos completos de Onetti o la edición venezolana de Borges, el poeta, de Sucre, entre otros varios títulos, también en estas mismas líneas. Desde luego, un primer año bastante espectacular.

Quizá el perfil que se desprende de los primeros títulos publicados basta para comprender que Monte Ávila no tardara en ser conocida como «el Fondo de Cultura de Venezuela», en alusión a la célebre editorial mexicana, fundada también con el patrocinio de instituciones gubernamentales, aunque tampoco le hubiera sentado mal el epíteto de «Casa de las Américas de Venezuela». Pero la importancia de Monte Ávila en su contexto es precisamente haber creado un plan de publicaciones con una intencionalidad clara y a largo plazo, destinado a dar a conocer el pensamiento universal y la literatura venezolana, y con una conciencia muy clara, además, del momento histórico en que nacía. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de traducciones –por lo menos en la primera década, hasta que las dificultades económicas hicieron que disminuyera su número–, así como la atención dedicada a temas como los movimientos estudiantiles, la sociología, la antropología, la filosofía contemporánea o los estudios literarios, temas clave que hasta entonces habían llegado al lector venezolano a través de editoriales argentinas, mexicanas y, en menor medida, colombianas y chilenas. Y, más allá, lograr exportar sus libros a los países vecinos.

Su condición de editorial sin ánimo de lucro permitió que, además, Monte Ávila se convirtiera también en la plataforma idónea desde la que dar a conocer a autores hasta entonces completamente inéditos, y es innegable que sin ella difícilmente se hubieran podido dar a conocer autores como el poeta y luego editor de La Liebre Libre Harry Almela (1953-2017), la poeta nacida en Perú Martha Kornblith (1954-1997), la poeta y asistente de producción en Monte Ávila Stefania Mosca (1957-2009), el periodista y narrador de origen español Eloi Yagüe Jarque (n. 1957), la periodista y narradora hoy en Chile Mireya Tabuas (n. 1964) o la también narradora actualmente en Nueva York Lyda Aponte de Zacklin.

La misma circunstancia le permitió convertirse muy pronto en la gran editorial de poesía y teatro venezolano, géneros apenas divulgados tanto por las pequeñas editoriales sin capacidad para hacer llegar su trabajo más allá de sus fronteras, como por las de mayores dimensiones, que a menudo los consideraban, no siempre acertadamente, géneros de escasas ventas. El dramaturgo y traductor Isaac Chocrón (1930-2011), de origen sefardita, fue el impulsor y director literario de la Colección Teatro, dedicada tanto a obras de creación como de estudio: 13 autores del nuevo teatro venezolano (1971), compilado por Carlos Miguel Suárez Radillo; Tarántula (1975), de Rodoldo Santana; Resistencia (1975), de Elidio Peña; El Dorado y el amor (1989), de Ugo Ulive; Birmanos y otras piezas (1991), de Blanca Strepponi; Encuentro en Caracas (1993), de Luis Chesney Lawrence, así como Un enfoque crítico del teatro venezolano (1975), de Rubén Monasterios, Grotowski, de Raymonde Temkin o el colectivo El teatro y su crisis actual (1992).

Una colección singular es Warairarepano (nombre oficial del parque nacional de El Ávila), que a principios del siglo XXI publicó en lenguas indígenas en edición bilingüe (con traducción al español) títulos sobre todo de literatura infantil y acompañados de cedés, como El violín mágico (2005), de Antonio Lorenzano, adaptado por Beatriz Bermúdez Rothe (al español) y Esteban Emilio Mosonyi (al warao) e ilustraciones de María Isabel Hoyos; El árbol que daba sed (2005), de Kane Wa, con ilustraciones de Oswaldo Rosales; Abuela de las garzas (2005), adaptado al castellano por Daniel Otero e ilustrado por Oswaldo Dumont, con annexos informativos sobre el pueblo indígena de los Piaroa; o El sobrino desobediente (2006), de Manuel Velázquez, ilustrado por Iván Estrada. Para ello contaron con el apoyo financiero del Banco Central de Venezuela, pero este es solo uno de los ejemplos en esta línea, pues no son pocas las coediciones de literatura en lenguas indígenas en las que ha participado Monte Ávila, acompañado de otros organismos nacionales o internacionales, como es el caso de la Unesco y la ONU.

En los equipos de editores, además Chocrón y de Milla, que impulsó la colección Documentos, adquirieron prestigio Óscar Rodríguez Ortiz, que puso en marcha Ante la Crítica; Alberto Rosales al frente de Pensamiento Filosófico, o Juan Luis Delmont con la colección Memoriabilia, pero también fue un trampolín para traductores como Julieta Fombona (esposa de Sucre), cuyas traducciones de Marcuse tuvieron amplísima difusión a través de Alianza Editorial; el filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti, autor de una muy reconocida versión de la Poética de Aristóteles, o Pierre de Place (traductor de André Breton, entre otros autores franceses).

Durante un breve período de tiempo, el catálogo de Monte Ávila circuló con cierta facilidad por España, gracias al tímido intento en 1977 de abrir una sede en Barcelona (inicialmente sólo como distribuidora) y pese a publicar Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel (que en 2007 reeditaría en España la editorial de la fundación de extrema derecha FAES Gota a Gota) o las novelas El indeseable, de Regis Debray y La última conquista de El Ángel, de Elvira Orpliré, entre algunas otras obras importantes (de Manuel Scorza a Reinaldo Arenas), el proyecto no tuvo la necesaria continuidad para cuajar.

Fuentes:

Web de Monte Ávila Editores.

Anónimo, «Cincuenta años de Monte Ávila», Nodal Cultura, s.f.

Anónimo, «La Monte Ávila de antaño», en el blog de Ediciones Letra Muerta, 12 de noviembre de 2017.

Alexis Márquez Rodríguez, «La función de la Editorial Monte Ávila en el proceso de la literatura venezolana», en Karl Kohut, comp., Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano, Fondo Editorial de Humanidades, 2004, pp. 85-93.

Redacción, «Monte Ávila Editores», Qué Leer, 4 de abril de 2018.

Alejandra Torres Torres, «Semblanza de Editorial Alfa», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

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¿Quién no ha leído algún Libro de Bolsillo de Alianza Editorial?

Con su cuidadosa selección y sus miles de títulos, todos ellos con unas cubiertas siempre imaginativas y resultonas, la colección de Libro de Bolsillo de Alianza se convirtió en una de las referencias inexcusables para quienes deseaban acceder a los grandes textos de la literatura universal al alcance del bolsillo de, pongamos por caso, un estudiante. En realidad, costaría encontrar en España alguien con estudios superiores y mínimamente lector de cierta edad por cuyas manos no hubiera pasado ningún ejemplar de esta colección.

Cubierta original, de Daniel Gil, de La Regenta.

El póquer de ases que se encuentra en el origen de la colección, con distintos grados de responsabilidad, lo formaban el empresario José Ortega Spottorno (1916-2002), los editores Javier Pradera (1934-2011) y Jaime Salinas (1925-2011) y, de la mano de este último (excelente y reputado creador de equipos), el diseñador Daniel Gil (1930-2004). El proyecto nació en 1966 con la fundación de Alianza Editorial: ese año lanzó una treintena de títulos a unas cincuenta pesetas cada uno, empezando con Unas lecciones de Metafísica, de José Ortega y Gasset, enmarcado en la serie Humanidades, y continuando (en orden) con Mozart, de Fernando Vela, Ensayo sobre las libertades, de Raymond Aaron, La metamorfosis, de Kafka,  Historia de la civilización en Europa, de François Guizot, Cuentos, de Pío Baroja, La Regenta, de Clarín, Mahoma, de Tor Andrae, Poesía, de Antonio Machado…

Es evidente que en una colección de bolsillo el margen creativo del editor va poco más allá de la selección y planificación de los títulos (que en cualquier caso fue excelente), porque como dejó dicho Jaime Salinas, sin pensar en el editor de mesa, «publicar a Faulkner, Hesse, Camus, Proust, etcétera, sólo requiere hacer trámites burocráticos para conseguir los derechos». Sin embargo, la colección destacó en particular por el diseño de esos volúmenes de 18 x 11 encuadernados en martelé, con contracubiertas con el texto dispuesto justificado a la izquierda y, tras algunas variaciones iniciales, sobre fondos blancos. A diferencia de lo que había sido habitual en las grandes colecciones de bolsillo en España (la Universal de Calpe o la Austral de Espasa-Calpe, por ejemplo), que entre otras cosas permitía abaratar costos, Daniel Gil abandonó el empleo de una misma pastilla con un diseño uniforme, en el que acaso cambiaba sólo el color de la tinta en función de la serie o género, y empezó a crear una identidad de la colección mediante su propio estilo como diseñador, con variedad de técnicas, e incluso tomándose la molestia, en cuanto se reeditaban, de ir reelaborando el diseño de aquellas cubiertas que habían envejecido mal.

Una muestra de cubiertas de Daniel Gil para Libro de Bolsillo.

Probablemente, de la conjunción de la acertada selección de títulos —que en el ámbito de la literatura cabe atribuir a Salinas y en el del ensayo a Pradera—, y el innovador diseño de las cubiertas, obra de Gil, añadido al muy reducido precio de los libros surge el longevo éxito de esta legendaria colección, que sin embargo no sirvió a Salinas para hacer crecer la editorial por los caminos que a él le interesaban, convencido como estaba de que en el caso del Libro de Bolsillo lo adecuado era promocionarla como colección, mientras que otros proyectos requerían una estrategia individualizada:

La propuse a Ortega la creación de la colección Alianza Tres, en la que quería ir recuperando autores olvidados como Corpus Barga, publicar a Cortázar, hacer una antología de poesía concreta. Ahí, me temo, empezaron algunos roces con Javier [Pradera], porque él seguía muy de cerca la parte comercial y se resistía a dar a la nueva colección un tratamiento diferenciado en la distribución. Con razón o sin ella, Javier no me apoyó y es cuando yo empecé a sentirme incómodo en Alianza.

Diseño de Daniel Gil de El mundo de Guermantes, de Proust.

Cuando a través del economista Luis Ángel Rojo (1934-2011) Salinas entró en contacto con el financiero Jesús Huarte en un momento en que este último no sabía muy bien por dónde encarrilar la editorial Alfaguara, se dieron las condiciones para una salida en 1977 de Alianza satisfactoria para Salinas, y para entonces el Libro de Bolsillo ya funcionaba a toda máquina.

Con el tiempo, si bien había una ordenación muy clara entre las secciones de Clásicos de Grecia y Roma, Filosofía, Historia y Humanidades, Literatura, Ciencias Sociales, Ciencias, uno de los aspectos más interesantes fue la creación de las Bibliotecas de Autor, entre las que se crearon las de Azorín, Baroja, Benedetti, Brecht, Camus, Carpentier, Freud, Lovecraft, Mishima, Nietzsche, Pérez Galdós, Proust, Max Weber…

Se trataba en la inmensa mayoría de las ocasiones de ediciones con el texto desnudo o a lo sumo con las imprescindibles notas de traductor, si bien en algunos casos, como en el de los las obras de Edgar Allan Poe, por ejemplo, con un sustancioso prólogo de su traductor cuando este tenía cierto renombre. En el caso concreto de las obras de Poe aparecieron en los volúmenes de Cuentos I (1970, núm. 277), Cuentos II (1970, núm. 278), Narración de Arthur Gordon Pym (1971, núm. 342), Eureka (1972, núm. 384) y Ensayos y críticas (1973, num. 464), todos ellos en traducción y con prólogos de Julio Cortázar (en el caso del primer volumen de cuentos uno proporcionalmente extenso: 48 páginas de las 540 que tiene) y se emplearon, si bien revisados por el propio traductor, los textos que en la primavera de 1953 le había encargado el por entonces responsable de las Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, el escritor español Francisco Ayala, y que en colaboración con la Revista de Occidente aparecieron originalmente en los volúmenes Obras en prosa I. Cuentos de Edgar Allan Poe (1956) y Obras en prosa II. Narración de A. G. Pym. Ensayos y críticas (1956). Ya en el siglo XXI (en 2009, coincidiendo con el segundo centenario de Poe), Páginas de Espuma se sirvió de esas mismas traducciones editadas por Fernando Iwasaki y Jorge Volpi y con textos adicionales de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Diseño de Daniel Gil.

Un ritmo de producción tan frenético como el del Libro de Bolsillo de Alianza, hacía que en el caso de las traducciones se sirviera de las preexistentes, y eso creaba algunas pequeñas disfunciones, como fue el caso de los tomitos de En busca del tiempo perdido, cuyos dos primeros volúmenes (Por el camino de Swan y A la sombra de las muchachas en flor) firmó Pedro Salinas en los años veinte, el tercero José Mª Quiroga Pla a principios de los treinta (El mundo de Guermantes) y los siguientes ya en la postguerra Consuelo Bergés (Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado), lo que hizo que, sobre todo en América, tuviera que competir con la que había concluido de los cuatro últimos tomos Marcelo Menasché para la editorial argentina Santiago Rueda (que había podido publicar la obra completa ya en 1946).

Diseño de Manuel Estrada.

Libro de Bolsillo Alianza superó buena parte de los récords de la edición española, algunos de sus títulos se reimprimían docenas y docenas de veces (de la Historia del tiempo, de Stephen Hawking, vendió 20.000 ejemplares en un mes y llegó a reimprimir 300 títulos anuales), y celebró los primeros mil títulos con una edición en dos volúmenes del Quijote (1993) —ecdóticamente muy discutible y discutida— preparada por Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas, quienes en 1996 iniciaban en Alianza la edición sistemática de toda la obra cervantina (empezaron con La Galatea). A la altura de 2016, al cumplir sus primeros cincuenta años, Libro de Bolsillo había rebasado los 3.500 títulos, tras una notable remodelación en 2010 del diseño gráfico a cargo de Manuel Estrada, que en cuanto se puso en circulación (con El señor de las moscas, de William Golding, El arte de envejecer, de Schopenhauer, dos títulos de Salinger y, como novedades, Tiempos difíciles, de Dickens, y El Capital, de Max) generó todo tipo de debates, como no podía ser de otra manera. Con  motivo de ese medio siglo se editaron unos cuantos títulos con cubiertas básicamente tipográficas pero con fotografías del autor, que tampoco fueron unánimemente bien acogidas. Es muy probable que para los lectores más veteranos la colección siempre quede asociada a los diseños de Daniel Gil.

El sutil modo de Daniel Gil de evocar la bandera republicana en los tres volúmenes de Crónica del Alba, de Ramón J. Sender.

Fuentes:

 Manuel de la Fuente, «Libro de Bolsillo cambia de cara, pero no de alma», Abc, 21 de octubre de 2010.

Jordi Gracia, ed., Javier Pradera. Itinerario de un editor, con un epílogo de Miguel Aguilar, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 24), 2017.

Fieta Jarque, «Alianza edita la primera de la obra completa de Cervantes», El País, 13 de marzo de 1996.

José Manuel Ruiz Martínez, Daniel Gil. Los mil rostros del libro, Santander, Caja de Ahorros de Santander y Cantabria, 2012.

Jaime Salinas, Travesías. Memorias, 1925-1955, Barcelona, Tusquets, 2003.

Jaime Salinas, El oficio de editor. Una conversación con Juan Cruz (incluye textos de Juan Cruz, Jaime Salinas, Mario Muchnik y Javier Marías), Madrid, Alfaguara, 2013.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Ángel Vivas, «El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial cumple cincuenta años», El País, 7 de marzo de 2016.

José Bolea, un editor valenciano en México

El valenciano José Bolea (1903-1987) llegó a México sin apenas experiencia como editor, pero si tenía a sus espaldas un amplio conocimiento del mundo de la letra impresa. Huérfano de padre desde los trece años y de madre desde los veinte, mientras cursaba Derecho, desde muy joven empezó a trabajar en La Correspondencia de Valencia y posteriormente como redactor y crítico teatral en Las Provincias, y se estrenó como narrador con el relato Lo que ningú sap (1934), firmada con el seudónimo Josep Alcira y pubilcada originalmente en la colección Nosra Novel·la con ilustraciones de Antoni Vercher i Coll (1900-1934), colaborador también de Las Provincias.

Sin embargo, en tiempos de la Segunda República sus pasos parecían encaminarse hacia la literatura dramática en lengua española, pues en 1932 publicó y estrenó la pieza escrita a cuatro manos con el director de Nostra Novel·la, Francesc Almela i Vives (1903-1967), Lenin, escenas de la revolución rusa (biografía en un prólogo, dos partes y siete cuadros), que el 5 de noviembre, en plena guerra civil, se repuso en el Apolo de Valencia a cargo de la compañía de Salvador Sierra y posteriormente en Madrid y Barcelona. Previamente, había publicado en la colección semanal El Cuento Nuevo Romanza sin palabras (1934) y durante la guerra se centró en el periodismo y en tareas en la Subsecretaría de Propaganda en Barcelona. Exiliado inicialmente a Francia, y tras pasar por el campo de refugiados de Argelés, consiguió llegar a México a bordo del Flandre el 21 de abril de 1939.

Interior, con ilustraciones de Alma Tapia, del volumen de Merimée traducido por Enrique Díez-Canedo.

Colaborador del periódico Excélsior y de la revista Estampa, pronto se convierte en editor de la revista La Semana Cinematográfica, donde tiene como colaborador al ensayista Francisco Pina Brotons (1900-1971) y en la que publicó adaptaciones noveladas de guiones cinematográficos. Sin embargo, con la fundación de las imprentas Edimex y Fototipográfica Editorial se encarrila decididamente por la creación editorial y su primer proyecto en este sentido, en colaboración con Vicente Gómez Ambit, fue la Editorial Leyenda, en 1941, centrada sobre todo en libros de historia y arte (también en novela amorosa en la colección Eros), en la que colaboraron sobre todo exiliados republicanos en las más diversas tareas, desde la autoría (Juan de la Encina, Juan Rejano, Joaquim Xirau…), la edición literaria (Agustín Millares Carlo, Ignacio Mantecón), hasta la ilustración (Miguel Prieto, Juan Renau, Ramón Gaya, José Moreno Villa, Rodríguez Luna…) y en particular la traducción (Isabel de Palencia, Enrique y Joaquín Díez-Canedo, Adolfo Sánchez Vázquez, Paulino Masip, Antonio Sánchez Barbudo, Ramon Xirau o, entre otros, José Tapia Bolívar, que en 1966 llegaría a ser director de Alianza Editorial Mexicana.). No son raros tampoco los casos en que un mismo escritor aparece en el catálogo de Leyenda como autor y como traductor.

De 1943 es por ejemplo la traducción del leridano Paulino Masip (1899-1963) de Salambó, de Flaubert, con ilustraciones del artista valenciano Josep Renau (1907-1982), aparecida en la colección Eros, Obras Maestras de la Literatura Amorosa, publicado también en 1946 en Atlántida (y de la que se hizo una edición facsímil en 2014 [Valencina de la Concepción, Ediciones Ulises]). Asimismo de 1943 es un volumen que incluye las traducciones del poeta y crítico extremeño Enrique Díez-Canedo (1879-1944) de Carmen, Mateo Falcone y Las almas del Purgatorio, de Merimée, con óleos y acuarelas del valenciano Carlos Ruano Llopis (1878-1950) y viñetas de la ilustradora y cartelista madrileña Alma Tapia (1906-1993). De ese mismo año es una edición numerada en la colección Eros de La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, traducida también por Díez-Canedo e ilustrada por la artista valenciana Manuela Ballester (1908-1994), quien había formado parte con Josep Renau, Tonico Ballester y Francisco Carreño entre otros artistas de Agrupació Valencianista Republicana y había diseñado portadas para la colección Nostra Novel·la (ganó además el premio convocado por la editorial Cénit para la de Babit, de Sinclair Lewis). En colaboración con su hijo Joaquín, Enrique Díez-Canedo firma también la traducción de Vida de Julio César (1944), de Dumas, publicada en dos volúmenes (de 250 y 260 páginas) en la colección Atalaya.

Y de 1944 es también por ejemplo una edición ilustrada por el murciano Ramón Gaya (1910-2005) de Naná, de Émile Zola, traducida por la archivista y actriz madrileña Blanca Chacel (1914-2002), menos conocida que su hermana mayor Rosa (por entonces exiliada en Buenos Aires). Otras obras publicadas en Leyenda ese mismo año son Doménico Greco y Velázquez, pintor del Rey nuestro señor, del historiador y crítico del arte bilbaíno Juan de la Encina (Ricardo Gutiérrez Abascal, 1883-1963); una muy denostada e incompleta traducción firmada por J. M. Fernández Pagano (¿seudónimo?) de Las flores del mal, de Baudelaire, con ilustraciones en blanco y negro y a color del pintor pontevedrés Arturo Souto (1902-1964); El Resucitado. El hijo del hombre retorna a la vida, de D. H. Lawrence, en traducción de Tapia Bolívar, autor también del prefacio; en la colección Atalaya Las artes decorativas y su aplicación, del crítico de arte catalán Enrique Fernández Gual (1907-1973) y, entre otros títulos, o Vida, pensamiento y obra de Bergson, del también catalán Joaquim Xirau (1895-1946).

El año siguiente prosigue publicando Leyenda a un ritmo muy similar, y encuadrando sus publicaciones en Barlovento, Carabela y las ya mencionadas colecciones eros y Atalaya. En esta última, por ejemplo publican en 1945 el escritor y pintor andaluz José Moreno Villa (1887-1955) sus cuentos con el título Pobretería y locura, y el musicólogo madrileño Adolfo Salazar el segundo de sus libros de ensayos de tema no musical, Delicioso, el hereje y otros papeles. Pequeñas digresiones sobre la vida y los libros; en Eros aparece una “versión y adaptación” del escritor aragonés Benjamín Jarnés (1888-1949) de Paraísos, de Auguste Germain, con ilustraciones de Juan Renau (1913-1990).

Sin embargo, no tardaría mucho José Bolea en emprender una nueva iniciativa editorial, con el nombre de Centauro (no confundir con El Centauro venezolano de José Agustín Català), cuya línea no es excesivamente distinta a la de Leyenda y se mantiene la colaboración con muchos de los traductores con los que ya había trabajado en Leyenda, pero en la que se advierte un cierto interés por literaturas orientales poco exploradas hasta entonces por la edición en lengua española, y que quizá contribuyan a explicar la decisión tomada por Bolea, que explicó del siguiente modo:

Por discrepancia con mis socios emprendo una nueva empresa editorial. Allí publiqué los ensayos de Juan Renau sobre Dibujo técnico [1946; coescrito con Elisa Renau] y de José Renau [1907-1982] sobre la Enciclopedia de la imagen. También publiqué diversas novelas como Llanura  [1947] de Manuel Andújar y Abz-il-Agrib [sic; ] de Juan José Domenchina.

En realidad, en Leyenda se publicó en 1946 una Enciclopedia de la imagen y el amor (Estampas galantes del siglo XVIII) que es el libro de Josep Renau al que parece referirse Bolea, y El diván de Abz-ul-Agrib es una traducción de Domenchina de la obra previa  de Ghislaine de Thédenat, publicada en 1945 en Centauro con ilustraciones de Alma Tapia. En cualquier caso, la de Centauro –si bien con Bolea y buena parte de sus colaboradores como nexo– es ya otra historia.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento-Gexel, 2016.

Manuel García, Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975), Valencia, Universitat de València, 2014.

Lizbeth Zavala Mondragón, «El exilio español en México y la traducción literaria», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 11 (2017).

El diván de Abz-ul-Agrib, ilustrado por Alma Tapia.

Los libros como herramientas de bolsillo

Existe desde 2007 en Barcelona (c/ Aragó, 367) una librería especializada en literatura infantil y juvenil con vocación de espacio cultural cuyo nombre es tremendamente significativo de una determinada manera de concebir los libros y la lectura: La caixa d’Eines (“La caja de herramientas”). Existe igualmente en el Grup 62 una colección de clásicos universales (Llull, Shakespeare, Orwell, Huxley, Joan Oliver…) que toma también esa idea, Llibres de les Eines (“Libros de las herramientas”), pero a ambos casos se les puede identificar un antecedente en la colección de la editorial Laia Les Eines, que estuvo activa entre 1973 y 1983 y publicó casi un centenar de títulos.

Les Eines, una colección encuadernada en rústica con solapas y un tamaño de 20 x 13, en su primer año de existencia se dio a conocer con cinco títulos que daban cuenta de la flexibilidad en cuanto a géneros literarios y a procedencias, pero que encajaban perfectamente con la identidad crítica y combativa de la editorial Laia: el ensayo sociológico Capvespre de creences, de Antoni M. Güell, una segunda edición de La CIA: el govern invisible, de David Wise, Els drets de l’home, de E. H. Carr (1892-1982), la primera edición íntegra de la novela Els plàtans de Barcelona, de Víctor Mora (1931-2016) y Societat catalana i reforma escolar: La continuïtat d’una institució, de Joan Gay, Àngels Pascual y Rosa Quitllet.

Logo de Les Eines de Butxaca.

Más divulgación incluso tuvo la colección derivada de esta, Les Eines de Butxaca (20 x 13, en rústica, con diseños de Enric Satué), que en contra de lo que suele suceder no fue el destino de los libros de mayor éxito de la colección madre, sino que publicó sobre todo novedades y tuvo un criterio propio muy explícito (concretamente, expresado en las páginas finales de algunos títulos) desde el momento de su aparición en 1979:

Los clásicos catalanes como sugerencia permanente. Textos introducidos por los mejores especialistas de la literatura catalana actual. Herramientas para quien desee releer o estudiar los grandes hitos de nuestra cultura escrita.

Así pues, a diferencia de Les Eines, la colección de bolsillo se restringía a obras más propiamente literarias y dejaba además de lado las traducciones, aunque acogió asimismo un ensayo de tema marcadamente literario, como es el caso de la biografía de Joan Maragall escrita por Maurici Serrahima (1902-1979). Ello cabe atribuirlo, en alguna medida, al espectacular equipo que se acreditaba como «asesores» de la colección, en el que figuraban algunos profesores universitarios que han tenido notable influencia y que en algunos casos hacía tiempo que estaban vinculados a la editorial.

El más veterano, el poeta y profesor Albert Manent (1930-2014), había sido uno de los impulsores de la revista clandestina Curial (creada en la Universidad de Barcelona en 1949) y en el momento en que se puso en marcha la colección hacía tiempo ya que había publicado alguno de sus estudios literarios más recordados (La literatura catalana en debat, 1969; Josep Carner y el noucentisme, 1969, por el que había sido galardonado con el Premi Serra d’Or; La literatura catalana a l’exili, 1976…). Unos años más joven era el profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) desde 1970 Sergi Beser (1934-2010), rampante especialista en la obra de Clarín desde que presentó su tesis doctoral y que precisamente en Laia había publicado en 1972 su influyente Leopoldo Alas: teoría y crítica de la novela (en Les Eines de Butxaca dejó un espléndido y muy citado estudio preliminar a La bogeria, de Narcís Oller). Bastante más joven, Jordi Castellanos (1946-2010) era también profesor en la UAB pero no se había doctorado todavía (lo haría en 1981 con la tesis Raimon Casellas i el Modernisme, publicada dos años después por la editorial Curial en dos volúmenes), si bien tenía experiencia editorial como redactor de la Gran Enciclopèdia Catalana y como fundador de la prestigiosa revista de estudios literarios Els Marges. Completaba el grupo el también profesor en la UAB y sobre todo reconocidísimo traductor, tanto en prosa como en verso, Miquel Desclot (Miquel Creus i Muñoz, n. 1952). En esos mismos créditos, figuraba como redactor y coordinador Ignasi Riera (n. 1940), por entonces seguramente más conocido en el ámbito político que en el literario (desde 1979 y durante muchos años fue regidor de Cultura en el Ayuntamiento de Cornellà de Llobregat).

Sergi Beser.

Beser se había convertido en asesor de Laia desde el primer momento, al parecer a propuesta de Ignasi Riera, y su entendimiento con el director literario (Alfons Comín) fue muy fácil, a lo que probablemente contribuyó también la afinidad política. La elección de Beser, según ha contado quien fuera el coordinador de Les Eines de Butxaca, respondía a la necesidad de cubrir el ámbito literario:

Si bien Estela/Laia tenía bien asesorados ámbitos como la Pedagogía, la Sociología, la Psicología-Psiquiatría, el debate de ideas en el mundo de la Política –estábamos a punto de crear la revista Taula de Canvi [1976-1981]–, la literatura infantil… el sabio de Morella inyectó al programa literario de Laia espacios como la crítica literaria […] la sensibilidad por la literatura del siglo XIX […] por la República y la Guerra (In)civil, gracias a la aportación de una persona que fue fundamental para el programa de Laia: Manolo Aznar Soler [también profesor en la UAB].

Todo parece indicar que fue precisamente por el camino de las afinidades intelectuales y políticas que fue conformándose el amplio círculo de colaboradores que circulaban alrededor de Laia, en el que estaban también los periodistas y escritores Emili Teixidor (1932-2012) y Montserrat Roig (1946-1991), entre otros. Sin embargo, del mismo modo que en el antecedente directo de la editorial Laia (Nova Terra), los colaboradores no cobraban, tampoco lo hacían los de esta segunda iniciativa, como explica también Riera recurriendo a las impresiones del propio Beser:

Cuando en un homenaje en Morella, el profesor Beser hablaba de la editorial Laia, lo hacía con entusiasmo: «Cobrar no combrábamos nunca; eso no. Pero jamás en la vida me he sentido tan feliz colaborando en un catálogo editorial. Decían que los libros no eran rentables, cosa que no sucedió hasta que llegaron los expertos en contabilidad. Muchas otras editoriales, más aburridas, también tuvieron que cerrar».

Como se verá en el inventario de los títulos publicados en Les Eines de Butxaca, muchos de ellos fueron primeras ediciones (no procedentes de Eines), en algunos casos fueron reiteradamente reimpresos (y en otros es una lástima que no se hayan recuperado, aunque algún título se reeditó en Grup 62), y las fechas de edición son muy elocuentes de la trayectoria de la colección, a remolque de las dificultades insalvables a las que se enfrentó la editorial Laia y que conllevaron su desaparición definitiva en 1989.

Les Eines de butxaca:

Jacint Verdaguer, Contes extraordinaris, introducción de Miquel Desclot, 1979.

AA.VV., Dotze poetes catalans del segle XX, edición de Miquel Desclot, 1979.

Narcís Oller, La bogeria, prólogo de Sergi Beser, 1980.

Josep M. Folch i Torres, Aigua avall, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Serafí Pitarra (Frederic Soler), Gatades, prólogo de Xavier Fàbregas, 1980.

Josep Carner, La creació d´Eva i altres contes, prólogo de Albert Manent, 1980.

Joan Oller i Rabassa, Quan mataven pels carrers, prólogo de Joaquim Martí, 1980.

Josep M. de Sagarra, Antologia poética, edición de Vicent Andrés Estellés, 1980.

Raimon Casellas, Els sots ferestecs, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Josep M. de Sagarra, Paulina Buxareu, prólogo de Marina Gustà, 1980.

  1. V., Tretze poetes catalans, edición de Miquel Desclot, 1981.

Victor Català, Contes diversos, selección y prólogo de Nuria Nardi, 1981.

Gabriel Maura, Aiguaforts: proses ciutadanes, prólogo de Maria Carme Ribé, 1981.

Jordi Sarsanedas, El Martell, prólogo de Joan Triadú, 1981.

Maurici Serrahima, Vida i obra de Joan Maragall, prólogo de Jaume Lorés, 1981.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) I, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) II, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

Sebastià Juan Arbó, Hores en blanc, prólogo de Josep Maria Balaguer, 1983.

Agustí Bartra, La vent llaura la mar. Antologia poética, introducción y selección de Llorenç Soldevila, 1984.

Josep M. Maragall, Visions i cants, introducción de Joan-Lluís Marfany, 1984.

Fuentes:

El fondo de la editorial Laia se encuentra en el Arxiu Nacional de Catalunya.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Ignasi Riera, «El professor Sergi Beser i editorial Laia», texto de homenaje a Sergi Beser 2010, en la web de Gices XIX (Grupo de Investigación del Cuento Español del Siglo XIX).

Edición de literatura en lenguas quechuas

«el quechua ha sido perseguido no solo por los hispanistas, sino por los mismos nativos que creen que hablando castellano superan su situación. Y no es así.»

Demetrio Túpac Yupanqui

 

En el año 2016 se censaron unos 7.800.000 hablantes de lenguas quechuas, distribuidos entre el suroeste de Colombia, Ecuador, Perú, el norte de Chile, Bolivia y el norte de Argentina. Sin embargo, y pese a ciertos avances en el siglo XXI, la escasez de publicaciones que ha generado (derivada también de una desunificación notable y de discrepancias sobre su escritura) es asombrosa en relación con su uso (a título comparativo: el neerlandés contabiliza unos 40.000 hablantes, repartidos por once países, en siete de los cuales es oficial: Países Bajos, Bélgica, Curazao, San Martín, Aruba, Caribe Neerlandés y Surinam, además de ser lengua oficial también en la Unión Europea y en la Unión de Naciones Suramericanas).

Dada su preponderante transmisión oral y teatral, los primeros grandes estudios modernos sobre la materia se dieron en el campo de la poesía, como es el caso de la tesis Poesía quechua escrita en Perú (1992, 2016), de Julio Noriega, y en antologías bilingües como Poesía aborigen (1984), del peruano Alejandro (1926-2008), cuyos antecedentes eran recopilaciones traducidas, generalmente al español o al francés (como la Poesía quechua [1964],  de José María Arguedas o Literatura quechua [1984] de Edmundo Bendezú). En España, en 1994 las madrileñas Ediciones de la Torre le publicaron a Abdón Yaranaga (profesor de quechua de la Universidad de París VIII-San Denís) una edición bilingüe de El tesoro de la poesía quechua/ Hawarikuy Simipa Illan.

Sin embargo, ya de 1981 es la edición en quechua de una de las novelas más conocidas del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márzquez (1927-2014), Crónica de una muerte anunciada (Mushuc quelica huanuyta yachasha huillarca), aparecida con pie de Editorial Oveja Negra, en Bogotá, Lima y Quito, y llevada a cabo por el antropólogo e historiador ecuatoriano Alfredo Costales (1925-2015), a petición del propio autor colombiano. Vale la pena señalar que La Oveja Negra, con el editor de ascendencia vasca José Vicente Kataraín al frente desde 1977, no sólo era la editora colombiana de García Márquez, sino que durante un tiempo publicaba en exclusiva su obra literaria en toda América (salvo en Argentina).

Y ya previamente, en los años setenta, el quechua había ido ganando terreno tanto en las ondas, mediante la creación de emisoras total o parcialmente en esta lengua, como en publicaciones periódicas como las Éditions Patiño de Ginebra, dedicada a la edición bilingüe de poesía, Jayma de la Paz, dirigida por Félix Layne, o Conosur, dirigida por Inge Sichre, o con iniciativas como el Proyecto Bilingüe de Pumo o las ediciones del Centro Las Casas del Cusco.

Ya en el siglo XXI, se publicó en París una edición bilingüe importante de literatura quechua, Achikyay Willaykuna/ Contes du lever du jour (2001), de Porfirio Meneses Lazón, en traducción y prologada por  César Itier y llevada a cabo por Langues et Mondes-L’Asiathèque. La posición ampliamente reconocida de Meneses Lazón como maestro de la literatura quechua se la debe entre otros méritos a la traducción a esa lengua de Los heraldos negros y  Trilce, de César Vallejo, publicadas respectivamente en 1997 en la limeña Universidad Nacional Federico Villarreal y en 2008 en el servicio de publicaciones de la también limeña Universidad Ricardo Parma, además de a su obra poética propia en quechua y a algunas otras traducciones significativas (de veinticinco poemas de García Lorca, entre ellas).

El ya mencionado Centro de Estudios Andinos Bartolomé de las Casas, en colaboración con el Instituto Francés de Estudios Andinos y la Asociación Pukllasunchis, publicó en el año 2002 Quyllur llaqtayuq wawamanta, versión quechua de El principito, de Antoine de Saint-Éxupery (1900-1944) obra de Lydia Cornejo Endara y César Itier.

Poco después apareció la primera parte de otra obra emblemática de la literatura universal, El Quijote (Yachay sapa wiraqucha dun Qvixote Manchamantan, 2005), gracias a la labor del traductor peruano Demetrio Túpac Yupanqui (1923-2018), a quien se la había encargado el periodista y promotor cultural español Miguel de la Quadra-Salcedo (1932-2016), y fue ilustrado por artistas diversos de San Juan de Sarhua. La tarea se completó en 2015 con la aparición de la segunda parte de la obra cervantina.

Al año siguiente aparecía la edición en quechua de Platero y yo, en una edición dirigida por el boliviano Alfonso Bilbao y con el texto traducido por Tito Tórrez, en una iniciativa llevado a buen puerto por la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez, en colaboración con la Diputación de Huelva, la Universidad de Huelva y la Universidad Internacional de Andalucía.

En esta progresión, en 2015 el Ministerio de Cultura de Perú anunció un muy ambicioso proyecto, Clásicos de la Literatura Latinoamericana en Quechua, a cuyo frente se puso al poeta y editor Luis Nieto Degregori, y que se proponía la edición de traducciones al quechua, en una primera fase, de obras de García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti y Clarice Lispector. Aun así, si bien algunas de estas traducciones se anunciaron como ya concluidas, al parecer no llegaron a publicarse o a distribuirse.

Si la inmensa mayoría de estas iniciativas destinadas a poner a disposición del lector en quechua las grandes obras de la literatura universal reciente (y muy particularmente la literatura en español) se han publicado mediante iniciativas institucionales, más escasa ha  sido la traducción a otras lenguas de obras escritas originalmente en quechua (pese a la existencia de ediciones bilingües de poesía al francés y español) y la edición en quechua de obras escritas originalmente en esta lengua, así como de obras vinculadas a las culturas con las que se identifican, han corrido a cargo de algunas editoriales privadas con clara vocación social y cultural, como es el caso de las peruanas Pakarina Ediciones, Altazor, Editorial San Marcos o algunas pequeñas editoriales unipersonales y artesanas.

Sin embargo, más deficitario aún es el estado de las traducciones y publicaciones de obras escritas originalmente en quechua a otras lenguas, en particular en lo que se refiere a textos novelescos y memorialísticos, cuando, al decir de Itier ya en 1999: «Desde hace algunos años, se observa una intensificación de la práctica escrita del quechua. Algunos escritores, autores de cuentos en ese idioma, están creando en él una prosa de ficción que no se basa en la tradición oral sino que constituye creaciones literarias originales», y menciona los nombres de narradores quechuas como Porfirio Meneses, Sócrates Zuzunaga, Macedonio Villafán Broncano y José Oregón Morales, que lamentablemente apenas son conocidos más allá de sus reducidos ámbitos de influencia local.

Fuentes:

Ricardo Ayllón, «Entrevista a Willy del Pozo», Las fugas del ornitorrinco, 28 de mayo de 2008.

Lorena Chauca, «Don Quijote en quehua», Allillanchu, 19 de octubre de 2010.

P.L., «Clásicos de la literatura latinoamericana se traducen al quechua», blog de Radio Cadena Agramonte, 29 de agosto de 2015.

Luis Enrique López e Ingrid Jung, coord., Sobre las huellas de la voz. Sociolingüística de la oralidad y la escritura en su relación con la educación, Madrid- La Paz- Bonn, Morata, PROEIB-Andes (Programa de Formación en Educación Intercultural Bilingüe para los Países Andinos), DSE (Deutsche Stiftung für Internationale Entwicklung), 1998.

Andrés Rodríguez, «Gabo y Vargas Llosa, al rescate del quechua», El País, 12 de septiembre de 2015.

s/f., «La edición bilingüe de Platero y yo en quechua y español se presenta en Bolivia», La Vanguardia, 22 de febrero de 2016.

Virginia Vílchez, «Ediciones Altazor y las bibliotecas regionales», Librosperuanos.com, mayo de 2008.

Ulises Juan Zevallos Aguilar, «Transformación de la nueva narrativa quechua del Perú cobntemporánea (2010-2014)», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 39/1 (otoño de 2014), pp. 437-454.

Un vistazo a Punto Omega (colección universitaria de bolsillo)

El escritor y diplomático colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993), que se había dado a conocer en 1936 con  Caminos subterráneos Ensayo de interpretación del paisaje (Bogotá, Editorial Santafé), residió en España en dos etapas diferentes, y en la segunda de ellas fue uno de los fundadores, con Manuel Sanmiguel (que había sido director editorial de Afrodisio Aguado) y Pilar Vega García, de la Editorial Guadarrama, artífice de una de las más emblemáticas colecciones colecciones de libro de bolsillo, Punto Omega, que se presentaba del siguiente modo:

Punto Omega tiene el ambicioso empeño de ofrecer en forma sencilla y a módico precio todo el mundo ideológico del siglo XX, las ideas que dominan al hombre actual en todos los campos del saber. Será el espejo vivo de nuestra cultura y de la que se desea para el futuro.

Cuando en 1967 se publica el primer número de esta colección, La época de la inflación, del economista francés Jacques Rueff (1896-1978), en traducción de José Ramón Marra-López, Guadarrama ya había creado un fondo más que notable, que se había iniciado con Ancha es Castilla. Guía espiritual de España, del mencionado Caballero Calderón, publicado simultáneamente también en Buenos Aires en la editorial Losada.

Tras este único título en 1954, al año siguiente aparecieron Cuentos en verde pálido, de Juan Pablo Varela, Una historia con alas, de Herbert Roy y, también de Caballero Calderón, las novelas La penúltima hora y Siervo sin tierra, encuadernados en tela y con sobrecubiertas ilustradas por Ricardo Summers Isern (Serny).

En lo que quedaba de década alternaron en Guadarrama las ediciones encuadernadas en tela de ensayos culturales (sobre todo filosóficos y literarios) con algunas novelas y textos menores encuadernados en rústica, como son los casos de la Historia de la familia Trapp (1957), de María Augusta Trapp (1905-1987), Mujer como yo (1958), de Curzio Malaparte (1898-1947), en traducción de Dionisio Ridruejo (1912-1975), Relato (1958), de Boris Pasternak, o ya en 1960 Historia del cotilleo, del apasionado falangista Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978).

Mayor peso tuvieron algunas obras importantes en el campo de los estudios literarios, como la Introducción a la poesía española contemporánea (1957), de Luis Felipe Vivanco, Novelistas españoles de los siglos XIX y XX (1957), de Domingo Pérez Minik, Panorama de la literatura española contemporánea (1956) y Teatro español contemporáneo (1957), de Gonzalo Torrente Ballester ambos, Mundo técnico y existencia auténtica (1959), de Carlos Paris, Poesía y mística (1959), de Emilio Orozco o Poesía española del siglo XX. De Unamuno a Blas de Otero, de José Luis Cano. Y un interés singular tiene también la publicación de ensayos firmados por algunos notables escritores republicanos exiliados, como es el caso de Luis Cernuda (Estudios de poesía española contemporánea, 1957), Vicente Gaos (Temas y problemas de literatura española, 1959) o Antonio Sánchez Barbudo (Estudios sobre Unamuno y Machado, 1959).

Ya avanzada la década siguiente, en 1966 se fecha la creación de Punto Omega, coincidiendo con la conversión de Guadarrama de sociedad limitada en sociedad anónima, con un aumento de capital que rondaba los cien millones de pesetas. Según detalla Martínez Martín:

En 1966 suscribieron acciones el argentino Luis Picardo, Carlos Troncoso, Antonio Martínes Solano y Lios Hernando de Larramendi. Con las ventas y los créditos prioritarios a la exportación, y con un 50% de la producción destinada a los mercados americanos, el negocio se multiplicó en los años sesenta y primeros setenta.

La iniciativa de la creación de la colección Punto Omega se atribuye a quien había puesto en pie una de las primeras agencias literarias en España, el intelectual rumano Vintila Horia, que dirigió la colección durante los tres primeros años de su andadura e incluso pasado un tiempo hizo una interpretación una tanto discutible de las intenciones, la tendencia y los logros de la colección, en un artículo publicado en El Alcázar en febrero de 1984:

…la fundación de la colección universitaria de libros de bolsillo “Punto Omega” (Ediciones Guadarrama, capitaneadas entonces por la clarividencia y el buen gusto de Manuel Sanmiguel) que yo pude dirigir en paz durante tres años, revelando al público español libros fundamentales como los de Jean Charon, Stéphane Lupasco, Pascual Jordán, Weizsäcker, Jacques Rueff, Jules Monnerot, Pierre de Boisdeffre y muchísimos más que hicieron de aquella colección y en poco tiempo la más prestigiosa representación de la reforma espiritual, en sentido contrarrevolucionario, que se estaba produciendo en el mundo bajo el impacto, por un lado, de la nueva ciencia, y, por el otro, de una literatura, una filosofía y una crítica literaria que nada tenían que ver con los decadentes mausoleos leninistas del realismo seudosocialista.

Como suele suceder en estos casos, a la vista de los títulos publicados no es del todo claro dónde concluyen los seleccionados bajo la dirección de Horia, pues es posible que más de uno contratado por éste se publicara tiempo después de que abandonara la dirección de la colección, pero sin duda los primeros títulos responden a este empeño. Son, tras el ya mencionado de Rueff, Lo sagrado y lo profano, del filósofo rumano Mircea Eliade, De la física al hombre, del físico y filósofo francés Jean Charon, Novela española actual, del escritor español Manuel García-Viñó, Introducción a los existencialismos, del fundador del movimiento personalista, Emile Mounier, La «nueva novela» [nouveau roman], del ensayista francés Jean Bloch-Michel, …Y Dios permite el mal, del máximo exponente del humanismo cristiano, Jacques Maritain, La era del recelo, de la novelista francesa de origen ruso Nathalie Sarraute…

Menos claro es que los autores más recordados por los lectores sean los señalados por Horia. Entre los éxitos más descollantes de la colección se encuentra la edición en tres volúmenes de la Historia social de la literatura y el arte (números 19, 20 y 21), del historiador de origen húngaro y raíz marxisma Arnold Hauser (1892-1978), en traducción de Antonio Tovar y F. P. Varas-Reyes, que fue reiteradamente reeditado, y junto a él títulos muy diversos que abarcan desde novelas españolas contemporáneas (Auto de fe, de Carlos Rojas, Una mujer para el apocalipsis, de Vintila Horia o El secuestro, de Alfonso Albalá), al José y sus hermanos de Thomas Mann (volúmenes 236 a 239), los Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce o el Miau de Benito Pérez Galdós, y junto a ellas los Manifiestos del surrealismo de André Breton, textos teatrales y ensayísticos de Luigi Pirandello, los diarios de Eugene Ionesco, ensayos literarios de Guillermo de Torre, obras clásicas de Sófocles o Platón… y, muy sorprendente incluso en un contexto tan variopinto, Las revoluciones burguesas (1971) de Eric Hobsbawm, en traducción de Ximénez de Sandoval, así como varios otros títulos que previamente habían ido apareciendo en otras colecciones de Guadarrama.

En 1974 se unificaron los servicios comerciales de Guadarrama y la barcelonesa editorial Labor, en lo que no tardó en demostrarse como el primer paso hacia una fusión, cuya escritura está fechada en Madrid el 19 de diciembre de 1975 y con la cual Labor se convertía en una de las empresas más potentes en el ámbito de la publicación de libro universitario y prosiguió engrosando la colección con nuevos títulos, muchos de ellos antes publicados en Labor, y por tanto ampliando el espectro de sus temáticas.

Fuentes:

Beatriz Caballero Holguín, Papá y yo, Random House Colombia, 2012.

Vintila Horia, «Recuerdo de Andrés Bosch y otras genialidades», recogido en el blog Vintila Horia, 20 de diciembre de 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La transición editorial. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 328-386.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

Matías Conde y la autoedición mexicana en asturiano

A falta de poder consultar la tesis doctoral de Lluis Agustí recientemente presentada (L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1959. Inventari i propostes de significat, 2018), es sin embargo posible aventurar que uno de los libros en asturiano más famosos publicados en México, Sol en los pomares, de Matías Conde de la Viña (1896-1982), respondía a la iniciativa del propio autor, y que el sello bajo el que se presentó fue creado para la ocasión.

Matías Conde.

Este profesor mercantil gijonés, que desde muy joven había hecho incursiones en la prensa asturiana e incluso había puesto en circulación un semanario satírico de cierta repercusión (El Epiplón), tuvo que salir de su país durante la guerra civil española, en la que había servido como concejal en el ayuntamiento de Oviedo y en el Consejo de Asturias y León en las filas de Izquierda Republicana. Establecido durante cinco años en Francia, durante los cuales fue cónsul en Marsella, llegó a México en 1944 y rápidamente se integró en los círculos de intelectuales asturianos de la capital (Luis Santullano, Jesús Vallina, Ovidio Gondi, Carlos Martínez, Joaquín Velasco, Germán Horacio…).

Ese mismo año publica ya un texto en el librito colectivo publicado por la revista Somos: homenaje de los republicanos españoles a las representaciones diplomáticas y consular de México en Francia, en el que también participaban, entre otros, el poeta cordobés Juan Rejano (1903-1976), el dramaturgo madrileño Álvaro Arauz (1911-1970) y Mauricio Fresco, que más tarde publicaría La emigración republicana española, una victoria de México (Editores Asociados, 1950).

Sin embargo, la importancia de Matías Conde como escritor la debe sobre todo al poemario Sol en los pomares (Poemas de Asturias), de cuya importancia hay indicios para pensar que el autor era muy consciente, dado el esmero con que preparó y divulgó su publicación.

Malvis (tordo o corzal común en asturiano), fue el nombre elegido para la efímera editorial creada para publicar este libro, al que tan sólo seguiría otro título, también de Matías Conde, Cuatro romances de toreros: E. Lizaga, Joselillo, Carnicerito, Manolete (1949).

Sol en los pomares se organiza en cinco secciones y lo que, usando un mexicanismo, bien podríamos llamar un pilón: La sombra de los robles (lo eterno), La lluz de les roses (lo lírico), La caleya floria (el donaire), Pompares n´el aire (lo efímero) y La luna entre carbayos (Lo infinito), rematado con un «¡Adiós!». Conde se tomó la molestia de solicitar al escritor mexicano José Vasconcelos (1882-1959) un prólogo y preparó con mucho esmero la edición. Se trata de un libro de doscientas páginas, com un formato de 30,5 x 23,5 cm, impreso a color, con ilustraciones del ya mencionado Germán Horacio (1902-1975), del que, según el colofón, el 20 de agosto de 1948 se imprimieron 1500 ejemplares.

Es probable que a José Vasconcelos lo hubiera conocido Matías Conde ya en Asturias, donde el escritor mexicano residió entre el verano de 1932 y el de 1933, y participó activamente en iniciativas culturales, como la Biblioteca Popular Circulante de Castropol (de la que fue nombrado presidente honorario y a la que donó ejemplares de sus libros) o el periódico El Aldeano. En sus memorias sobre la estancia en Asturias, Vasconcelos recuerda:

 Pasamos la última semana en Gijón, enfiestados a diario, con las despedidas. Todo el Club de los Excursionistas gijonenses, capitaneados por el poeta popular Pachín de Melas, nos visitó un domingo por la tarde, nos cantó coros asturianos, compartió con nosotros la sidra y las empanadas.

Y en este punto es oportuno recordar que el ilustrador del libro de Conde es precisamente el hijo del escritor en asturiano Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz, 1877-1938).  Formado como perito mercantil, la vocación pictórica y la presión política había llevado a Germán Horacio Robles a instalarse en Madrid (donde cursó estudios en la Academia de San Fernando y publicó dibujos en las revistas Estampa y Blanco y Negro), pero el inicio de la guerra civil española le pilló en Asturias, lo cual hizo que se convirtiera en uno de los cartelistas de combate más famosos de su tierra, pero mayor repercusión incluso tuvo su diseño de los billetes durante la guerra, conocidos como «belarminos» debido a que los firmaba el por entonces presidente del Consejo Soberano de Asturias y León, Belarmino Tomás (1892-1950), que también acabaría exiliándose a México.

Cartel de Germán Horacio.

Germán Horacio había llegado a México a bordo del Sinaia (13 de junio de 1939), y en el diario que se publicó a bordo se da noticia el 11 de junio de una exposición en la que participó, junto a José Bardasano (1910-1979), Ramón Gaya (1910-2005) y Darío Carmona (1911-1976), entre otros. Al poco de llegar ya participaba en diversas exposiciones colectivas, y en junio de 1940 exponía en solitario en la Galería Arte y Decoración, actividad que alternaba además con incursiones en el ámbito editorial, y suyas las ilustraciones de las cubiertas de Mar y Viento (Imprenta Artes Gráficas Comerciales, 1943), de Alfonso Camín (1890-1982), Partiendo de la angustia (Editorial Moncayo, 1944), de Manuel Andújar (1913-1994), Entre manzanos (Niñez por duros caminos) (Imprenta Azteca, 1952), de Alfonso Camín y prologado por Luis Astrana Marín (1889-1959), Los poemas de Madrid  (Azteca, 1955), también de Camín, antes de dedicarse también a la creación de carteles cinematográficos.

Por otra parte, Conde se ocupó también de hacer llegar su cuidadísimo poemario a algunas firmas importantes que podían apoyarlo, y se conserva por ejemplo la carta que (fechada el 29 de enero de 1949) acompañaba el envío del volumen a la prestigiosa poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957), que el año siguiente ganaría el Nobel de Literatura. Otra escritora de talento, la madrileña Luisa Carnés (1905-1964), le había dedicado ya para entonces una elogiosa reseña en firmándola con su seudónimo Natalia Valle en la Revista Mexicana de Cultura (número 80, del 10 de octubre de 1948, pp. 11 y 12).

La colaboración entre Matías Conde y Germán Horacio se repitió al año siguiente en el librito Cuatro romances de toreros, el segundo y último localizado con el sello Malvis, cuarenta y cuatro páginas. Al margen de otras consideraciones posibles, si se interpreta como un síntoma de integración cultural resulta un tanto asombroso que en fecha tan temprana Conde elija a dos toreros mexicanos (Liceaga y Carnicerito de México), uno colombiano (Joselillo) y solo uno español (Manolete) como motivos para este segundo poemario.

Conde no volvió a publicar en asturiano en México, y la edición de su «comedia dramática en tres actos y un mensaje» Me lo dijo el viento (1963) corrió a cargo de la Unión Nacional de Autores. Aun así, unos años después de la muerte del dictador español se hizo una edición en 1976 de Sol en los pomares en el Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), pero en ella se suprimió el poema «El solar de Don Pelayo o el romance de los cuatro morangos», acaso de inspiración lorquiana, para no ofender a la Guardia Civil. No fue hasta el año 2016 que la Academia de la Llingua Asturiana hizo una edición facsimilar íntegra.

Firma de Matías Conde.

Fuente

J. L. Argüelles, «La vuelta sin censura de Matías Conde», La Nueva España, 8 de noviembre de 2016.

Begoña Díaz González, «La literatura de posguerra (1940-1974)», en Miguel Ramos Corrada, Historia de la lliteratura asturiana, Oviedo, Academia de la Llingua Asturiana, 2002, pp. 365-506.

Iliana Olmedo, «La contribución del exilio español a la historiografía mexicana. La Revista Mexicana de Cultura como espacio de formación canónica», Relaciones, estudios de historia y sociedad, vol. 35, núm. 140 (2014).

Iliana Olmedo, Matías Conde la Viña, en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 2, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2002, p. 121.

Marco Fabrizio Ramírez Padilla, «Dos libros orgullosamente mexicanos», Bibliofilia novoshipana, 18 de mayo de 2009.

Historia y Crítica de la Literatura Española

El mismo año en que se celebraron en España las primeras elecciones tras la dictadura franquista, se estrenaba en la aún reciente Editorial Crítica una colección destinada a los profesionales y aficionados a la filología con un título legendario no sólo en esta disciplina sino en las humanidades en un sentido amplio, Erasmo y el erasmismo, de Marcel Bataillon (1895-1977), precedido de una breve nota previa del director de la colección, Francisco Rico (que ya había dirigido la colección Letras e Ideas en Ariel). Reconocido como el mayor conocedor del erasmismo, al que ya había dedicado su tesis doctoral (Érasme et l’Espagne, recherches sur l’histoire spirituelle du XVIe siècle, 1937), Bataillon era célebre sobre todo gracias a la traducción que con el título Erasmo en España había preparado el escritor y filólogo mexicano Antonio Alatorre (1922-2010) para el Fondo de Cultura Económica, que la publicó en 1950 (922 páginas), y sucesivamente actualizada, corregida y ampliada en 1960 y 1966.

Marcel Bataillon.

El segundo número de la colección Filología, publicado también en 1977, fue Semántica y poética. Góngora, Quevedo, del fundador en París del Centre d’Études Catalans Mauricio Molho (1922-1995), al que seguirían, entre otros, títulos de Walter D. Mignolo (Elementos para una teoría del texto literario, 1978), Carlos Blanco Aguinaga (edición corregida y aumentada de Juventud del 98, 1978), Constanzo Di Girolamo (Teoría crítica de la literatura, 1982), Russell P. Sebold (Trayectoria del Romanticismo español, 1983), Emilio Orozco (Introducción a Góngora, 1984), Cesare Segre (Principios de análisis del texto literario, 1985), Claudio Guillén (Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada, 1985)… Y asimismo nacería una serie de Lecturas de Filología, dirigida también por Rico, que daría cabida a textos o compilaciones más breves de Roman Jakobson (Lingüística, Poética y tiempo, 1981), José Ferrater Mora (El mundo del escritor, 1983) o Francisco Ayala (La estructura narrativa y otras experiencias literarias, 1984).

Página de créditos de El mundo del escritor. Adviértase que la dirección de Crítica (en un edificio diseñado por el arquitecto Emili Donat) corresponde a la que actualmente lo es de otra editorial importante, Anagrama, que hasta 1987 ocupó un dúplex en el número 44 de esa misma calle, y entonces (como consecuencia del traslado de Crítica a la sede de Grijalbo), la editorial de Jorge Herralde compró y pasó a ocupar lo que fueran las oficinas de Crítica.

Sin embargo, el mayor y más longevo éxito de la colección Filología fue el de una serie que guardaba ciertas similitudes con El Escritor y la Crítica de la madrileña editorial Taurus, Historia y Crítica de la Literatura Española (comúnmente conocida también como HCLE), cuyos dos primeros números aparecieron en 1980: Edad Media, a cargo del hispanista inglés Alan Deyermond (1932-209), y Siglos de Oro: Renacimiento, preparado por Francisco López Estrada (1918-2010), quien ese mismo año publicaba en la Editorial Complutense Tomás Moro y España: sus relaciones hasta el siglo XVIII. Se trataba de libros bastante voluminosos, con un ingenioso y muy clarificador diseño (de Enric Satué), encuadernados en rústica con solapas y en los que era evidente que, pese a su complejidad editorial, se ajustaban cuanto se podían los costes para no disparatar el precio de venta al público.

En su divertida introducción (con fábula incluida) a cada uno de los volúmenes (nueve en total, más suplementos), Francisco Rico empezaba por exponer con claridad los propósitos de la obra:

Historia y crítica de la literatura española quisiera ser varios libros, pero sobre todo uno: una historia nueva de la literatura española, no compuesta de resúmenes, catálogos y ristras de datos, sino formada por las mejores páginas que la investigación y la crítica más sagaces, desde las perspectivas más originales y reveladoras, han dedicado a los aspectos fundamentales de cerca de mil años de expresión artística en castellano.

La obtención de tal objetivo se fundamentó en la elección de un editor que conociera exhaustivamente el campo que debía abordar y la selección de textos (artículos en revistas especializadas, pasajes de ensayos e incluso ocasionalmente textos específicamente reescritos para su inclusión en la obra), y en una utilísima disposición de los materiales. Tras la mencionada introducción y una nota previa con las claves empleadas, cada volumen se abría con un prólogo del editor y a continuación seguían los diversos capítulos, cada uno de ellos precedidos a su vez de una breve introducción (que orientaba al lector sobre el estado en que se encontraban los estudios acerca de la materia específica y comentaba la bibliografía), una bibliografía específica, y los artículos seleccionados, y el volumen se cerraba con un completo y exhaustivo índice alfabético. Sirva como ejemplo el índice, a grandes rasgos, del quinto volumen, dedicado a Romanticismo y Realismo y a cargo de la poetisa e intelectual puertorriqueña Iris M. Zavala, coordinado por Elvira Pañeda y con traducciones de Carlos Pujol:

  • Introducción
  • Notas previas
  • Prólogo al volumen
  • Románticos y liberales
  • Temas de la literatura burguesa
  • Larra y Espronceda
  • La fortuna del teatro romántico
  • La poesía romántica. Bécquer y Rosalía
  • Costumbrismo y novelas
  • El naturalismo y la novela
  • Benito Pérez Galdós
  • «Clarín»
  • Teatro y poesía naturalistas
  • Apéndice: Prosa intelectual
  • Adiciones [bibliográficas, que actualizan el volumen]
  • Índice alfabético

Entre los textos seleccionados aparecen los más citados y prestigiosos sobre cada una de las materias de Donald L. Shaw, Vicente Llorens, Allison Peers, José Luis Aranguren, Jaime Vicens Vives, Pedro Sailinas, Joaquín Casalduero, Robert Marrast, Bruce W. Wardropper, Luis Cernuda, Fernando Lázaro Carreter, José F. Montesinos, Frank Durand, Vicente Gaos, Carlos Blanco Aguinaga, José-Carlos Mainer, Gonzalo Sobejano, Sergio Beser, Dámaso Alonso, Francisco Ruiz Ramón…

Ya desde el primer momento se anunció la intención de actualizar estas antologías ya fuera mediante la publicación de suplementos o bien mediante ediciones íntegramente rehechas, y al cabo de diez años, en 1991, aparecían los suplementos dedicados a la Edad Media y a Siglos de Oro: Renacimiento, a cargo de los mismos especialistas que se habían ocupado de los tomos originales (véase al pie del texto la lista de títulos publicados). Sin embargo, todo parece indicar que la aceptación que tuvieron estos suplementos fue sensiblemente menor a la que había tenido la serie original, y cosa bastante parecida puede decirse de la Historia y Crítica de la Literatura Hispanoamericana, cuyos tres volúmenes aparecieron entre 1988 y 1990 coordinados por el crítico chileno Cedomil Goic: Época colonial, Del Romanticismo al Modernismo y Época contemporánea.

Como sucede con toda selección, es por su misma naturaleza discutible, y la comparación entre la calidad de uno y otro volumen se convirtió en su momento en poco menos que un entretenimiento recurrente que a veces se convertía en competición de esnobismo. Hoy, casi medio siglo después de su publicación original, es muy probable que el grueso de los textos recogidos en los volúmenes de HCLE sean fácil y gratuitamente accesibles en internet, pero, aun así, lo que sigue haciéndolos útiles a día de hoy es precisamente la tarea prescriptiva y de análisis (a menudo con criterios explicitados en los prólogos) llevada a cabo por reconocidos especialistas en cada ámbito concreto.

Títulos, con sus correspondientes suplementos,de Historia y Crítica de la Literatura Española

Se han dispuesto los suplementos a continuación del título que actualizan y, si no se indica lo contrario, el responsable del suplemento es el mismo que el del volumen corriente.

1: Alan Deyermond, Edad Media, 1980.

1/1 Primer suplemento, 1991.

2 Francisco López Estrada, Siglos de Oro: Renacimiento, 1980.

2/1 Primer suplemento, 1991.

3 Bruce W. Wardropper, Siglos de Oro: Barroco, 1983.

3/1 Aurora Egido, Primer suplemento, 1992.

4 José Miguel Caso González, Ilustración y Neoclasicismo, 1983.

4/1 David T. Gies y Russell P. Sebold, Primer suplemento, 1992.

5 Iris M. Zavala, Romanticismo y Realismo, 1982.

5/1 Primer suplemento, 1993.

6: José-Carlos Mainer, Modernismo y 98, 1980.

6/1 Primer suplemento, 1994

7 Víctor García de la Concha, Época contemporánea: 1914-1939, 1984.

7/1 Agustín Sánchez Vidal, Primer suplemento, 1995.

8 Domingo Ynduráin, Época contemporánea: 1939-1981, 1981.

8/1 Santos Sanz Villanueva, Primer suplemento, 1999.

9 Darío Villanueva, José Luis García Marín, Santos Sanz Villanueva y César Oliva, Los nuevos nombres: 1975-1990, 1992.

9/1 Jordi Gracia, Primer suplemento, 2000.

Alberto Elósegui y Ediciones Gudari, otro ejemplo de edición vasca en Caracas

Si bien desde 1941, y como consecuencia de la dictadura franquista y su política de imposición lingüística, Buenos Aires se había convertido en el gran centro editorial en euskera merced a la presencia en la capital argentina de la editorial Ekin, por lo menos desde 1946 Caracas se convirtió en otro centro de creación importante de la cultura vasca: en aquel año con la creación de la revista Argia. Euskaldunak euskarak («Luz. Los vascos en su lengua») a la que dos años después se añadían Euzko Gastedi («Juventud Vasca», 1948-1977, si bien de periodicidad irregular), Erri (1949), Euzkadi Keorriak (1951) y otras más o menor efímeras, pero años después también con la revista Gudari, aparecida en 1961 con el ilustrativo lema «Resistencia vasca» (cambiado en 1964: «por una Euzkadi libre en una Europa unida») y con proyectos paralelos como la reanudación de las emisiones, en esta ocasión en la capital venezolana en 1965, de la iniciativa radiofónica Euzkadi Irratia —nacida durante la guerra, en 1937, retomó sus emisiones entre 1946 y 1956 en Iparralde, hasta que las autoridades francesas obligaron a su cierre— o la edición de libros con el sello Gudari.

A principios de la década de 1960, Caracas contaba con una nutrida y ya asentada colonia de exiliados vascos, que disponían además desde 1942 con el Centro Vasco de Caracas (en una nueva sede desde 1950) como punto aglutinador, y un grupo de inquietos intelectuales nacionalistas unieron esfuerzos para poner en marcha estas iniciativas culturales. Entre ellos destaca el grupo de Euzko Gaztedi-Interior, con el prolífico historiador y escritor Miguel Pelay Orozco (1913-1998), que ya en 1951 regresó a su país natal; el periodista José Abásolo Mendíbil (1917-2009), llegado a Caracas en 1947, tras conocer las cárceles franquistas; Félix Berriozabal (Elorrio), el también periodista (coincidió con Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez, en la revista Momento y colaboró en la Ibérica neoyorquina de Victoria Kent) y en España condenado en rebeldía por «actividades subversivas», Alberto Elósegui; el activista político, que también había sido huésped de las cárceles franquistas, Jokin Inza (1924-2008); el capitán y colaborador de Argia José María Burgaña (1905-1987)… El encargo de un logo para EGI (una mano sosteniendo una antorcha) se lo hizo Elósegui al diseñador catalán Joan Queralt, y no tardó en figurar en la portada de Gudari.

Con Alberto Elósegui como director y uno de sus principales impulsores, Gudari no tardó en convertirse en una de las revistas más leídas entre la clandestinidad antifranquista, pese a las dificultades para llevarla a cabo. Según ha contado Iñaki Anasagasti (que le sucedería al frente de la revista cuando en 1969 Elósegui se marchó a Londres), «los fotolitos eran enviados al País Vas­co-Continental y, luego, distribuidos en el interior. Elósegui incorpora todas las novedades de las artes gráficas y del periodismo moderno a su periódico».

En su confección colaboró también la diseñadora gráfica y diagramadora Karmele Leizaola, considerada pionera del diseño de información venezolano y que también había coincidido con la época de García Márquez en Momento (luego trabajaría en Élite, El Nacional, Feriado…). También pudo aprovecharse Gudari de la experiencia y buen hacer de la Tipografía Vargas, una de las más prestigiosas y sólidas, que con Juan de Guruceaga (1894-1974) al frente había impreso la primera edición venezolana de Doña Bárbara (1925), de Rómulo Gallegos (1884-1969) y en la que trabajaba como gerente el padre de Karmele Leizaola.

Iñaki de Urreiztieta, País Vasco, Caracas, Editorial Élite, 1945.

Con el tiempo, Gudari encargó a autores específicos la elaboración de algunos números monográficos y de algunos folletos y opúsculos. De 1956 es una edición impresa en los Talleres de la Société Parisienne d’Impressions, pero financiada por los exiliados vascos en Venezuela, del ensayo La causa del Pueblo Vasco, de Francisco Javier de Landaburu (1907-1963), cuyas 165 páginas se publicarían posteriormente en tres folletos monográficos y numerados (del mismo modo se publicaría después en los Cuadernos Alderdi).

En los años sesenta y setenta la publicación en Gudari es un poco más nutrida pero en ningún momento parece llegar a establecer una continuidad: En 1963 se publica el que sin duda es su libro más importante, la traducción de Alberto Elosegui de El Árbol de Guernica. Un ensayo sobre la vida moderna, de quien fuera corresponsal de guerra del Times en España George Steer (1909-1944), al que siguen 7 días y 7 meses en la España de Franco. El caso de los católicos vascos (1964), del sacerdote, periodista y escritor exiliado en Buenos Aires Iñaki de Azpiazu Olaizola (1910-1988), el extenso poema narrativo “Mugarra Begiraria” (1969), de Francisco Atucha Bicarregui (1908-1973) y, ya en los años setenta, los dos volúmenes de El PNV en la vida práctica de dos tercios de siglo (1976), de Jesús María de Leizaola (1896-1989) y las compilaciones de los discursos del que fuera presidente José Antonio Aguirre (1904-1960), Mensajes del Lendakari (1936-1940) (1975) y Mensajes del Lendakari (1940-1945) (1976).

Como es habitual entre las ediciones del exilio vasco en América, se trata de libros destinados a rescatar episodios de la historia política y cultural vasca o de reflexiones políticas y sociales de sus líderes más destacados, cuyo objetivo evidente es mantener abierto el canal de comunicación entre los acontecimientos en el interior y los vascos diseminados por Europa y América, y si bien la revista llegó a cobrar mucha importancia y al parecer fue la más difundida las iniciativas editoriales fueron menos sostenidas, algo a lo que debió contribuir también la movilidad (en muchos casos en la clandestinidad) de quienes debían ocuparse de ello.

Fuentes:

Iñaki Anasagasti, «La prensa nacionalista en Venezuela», en su blog.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

José Ramon Zabala Agirre, «La lengua desterrada. La literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas exiliadas de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 1), 1993, pp. 51-56.

José Ramon Zabala, «Ediciones Gudari», en Diccionario biobibliográfico de los Escriores, Editoriales y Revistas del Exilio Republicano de 1939, Sevilla, Gexel- Renacimiento, vol 2, p. 538.

Libros sobre música: el caso de Los Juglares de Júcar

Cuando a principios del siglo XX se produjo en España una cierta eclosión de libros con la música como tema –particularmente en sellos de nombre tan inequívoco como Ma Non Troppo, Es Pop Ediciones o Global Rhythm y en otros como Fundamentos o Libros Crudos–, fue habitual al comentarla evocar una experiencia de principios de los años setenta, la colección Los Juglares de la editorial gijonesa Júcar (con sede en Ruiz Gómez, 10), fundada en 1967 por Silverio Cañada (1938-2002) y Ángel Pariente (1937-2017) y que no tardó en abrir sede en Madrid (en Chantada, 7). Menos habitual, en cambio, fue vincular Los Juglares con la colección en la que evidentemente se inspiraba, Poésie et Chansons, de la editorial parisina Seghers.

Alphonse Bonnafé, Georges Brassens, París, Seghers (Poetes et chansons), 1974.

Pierre Seghers (1906-1987), a quien había introducido en el mundo de los libros el artista catalán Lluís Jou (1882-1968), se había estrenado autopublicándose sus poemas con el sello por él creado para tal propósito, Les Éditions de la Tour, y tuvo una primera experiencia editorial ya durante la segunda guerra mundial con la revista clandestina Poètes Casqués y posteriormente Poésie, hasta que en mayo de 1944 sale la célebre colección Poetes d’adjourd’hui con el sello Seghers y en 1966 Poetes et chansons. En realidad, esta última colección pretendía dar cabida a un tipo de poetas cantantes que inicialmente había publicado en Poetes d’adjourd’hui, como Leo Ferré, Georges Brassens, Jacques Brel o Charles Aznavour, y en ella se publicaron también libros dedicados a Edith Piaf, Julitette Greco, Paolo Conte, etc.

Edición en Seghers del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Viendo el catálogo de Júcar no sólo es fácil emparentar Los juglares con Poetes et chansons, sino incluso Los Poetas con la de Pierre Seghers Poetes d’adjourd’hui. A modo de ejemplo, vale la pena constatar que los cuatro primeros números de Los Juglares fueron Bob Dylan (1972), por Jesús Ordovás (n. 1947), la traducción que llevó a cabo el dramaturgo Fermín Cabal (n. 1948) del Jacques Brel (1972), de Jean Clouzet, publicado previamente por Seghers, un Joan Manuel Serrat preparado por el periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), y un Brassens firmado por el también periodista afincado en París Ramón Luis Chao (que a partir de la segunda edición ya apareció firmado como Ramón Chao [1935-2018]).

Edición en Los Juglares del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Según ha contado Mariano Antolín Rato, que da una idea de la manga ancha con que se editaba en esa casa, la idea de ampliar el abanico de músicos en Júcar se la sugirió él mismo al director de la editorial cuando ya llevaba un tiempo traduciendo la serie policíaca de Harry Dickson (los primeras traducciones de la cual aparecen firmadas por José Manuel Caballero Bonald, Fermín Cabal y Alfonso Sastre):

Traducía una a la semana, y además añadía contenidos inventados, porque me pagaban por páginas y así llegaba a la siguiente página, con dos líneas ya cobraba otra. Añadía frases inspiradas en H. P. Lovecraft o lo que fuese, porque eran novelas medio policiacas, medio de terror. Entonces con Cañada empecé a traducir y él montó la colección Los juglares. Un día, hablando con él, le pregunté por qué en vez de sacar en Los juglares solamente a Serrat y otros cantautores no sacáis también a los Beatles, los Rolling Stones y esos. Y, efectivamente, los sacaron y se forraron. Entonces Cañada me ofreció un cargo fijo en Ediciones Júcar, que dirigía Caballero Bonald, y me iba muy bien porque les pasaba información, les hablaba de Pink Floyd y grupos de los que ellos no tenían ni la más remota idea, a la vez que les buscaba libros y autores.

Pero más allá del catálogo de títulos de Los Juglares, en el que se puede advertir una cierta evolución en cuanto a los intereses predominantes (de lo más folk al rock, y con cierta obsesión por Bob Dylan), es notable la coincidencia en la idea y la disposición de las dos colecciones. Si los libros de Seghers se basaban en una selección de textos, una discografía, ilustraciones (generalmente fotografías) y un texto biográfico y crítico, eso mismo exactamente es lo que compone los títulos de la colección Los Juglares.

Al igual que su modelo francés, los libros de Los Juglares estaban pensados con el objetivo de que su precio de venta al público fuera lo más moderado posible, en el caso de Júcar encuadernándolos con una cartulina basta (con un formato de 11 x 18 y unas 200 páginas), que a la primera doblez perdía la tinta, e impresos en papel muy tosco y en rotativa. Durante mucho tiempo, concretamente en la madileña Altamira-Rotopress, una sociedad que presidía el procurador a Cortes franquistas Enrique Sánchez de León (luego ministro de Sanidad y Seguridad Social por UCD) y que imprimiría colecciones como la Biblioteca Básica Salvat, los Libros RTV de Salvat o los suplementos de El País y revistas como El Socialista y Tiempo.

En cuanto a los autores de estos libros, abundan los periodistas versátiles, no estrictamente musicales en algunos casos, así como los profesionales de la pluma, con nombres bastante conocidos, como son los casos de Eduardo Haro Ibars (1948-1988), que se ocupó del volumen Gay rock (1975), Eduardo Cerdán Tato (1930-2013), que preparó el de Ovidi Montllor, Ramón de España, que firmó los dedicados a Roxy Music (1982) y Buddy Holly (1987),  Javier Barreiro, que firmó el dedicado a El tango (1985), Carlos Zanón,  autor de Bee Gees (1998), o Josep Maria Espinàs, que escribió el dedicado a Pi de la Serra (1974). Más curiosa es la presencia de autores muy estrechamente vinculados al mundo del teatro, como es el caso de los dramaturgos exiliados en México Álvaro Custodio (1912-1992) y Paco Ignacio Taibo I (padre de Paco Ignacio Taibo II, que dirigió la colección policíaca en Júcar), o Marcos Ordóñez, que firmó el dedicado al Gato Pérez (1987), así como un par de profesores especialistas en literatura y cine españoles del siglo XX, como es el caso de Agustín Sánchez Vidal, autor de Simon & Garfunkel, y José-Carlos Mainer, que preparó el de Labordeta (1977).

Aun así, los nombres de más relumbrón que aparecen en este catálogo son sin duda los vinculados al boom de la novela latinoamericana: el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), con Daniel Viglieti (1974), el escritor argentino  Ernesto Sábato, que prologa el del historiador y poeta argentino León Benarós sobre Eduardo Falú (1974), y el de Jorge Luis Borges (1899-1986), que firma el prólogo del volumen dedicado a Carlos Gardel (1976), obra del historiador uruguayo Carlos Zubillaga.

Acerca del libro ya mencionado sobre el cantautor francés Georges Brassens, contamos con un interesante comentario que dejó Ramon Chao que puede ser orientativo acerca del método de selección de autores y el modo de confección de los libros:

Este mi primer libro fue de encargo. Me lo pidió Silverio Cañada en uno de sus viajes a París. No es que el tema me apasionara, pero por algo hay que empezar, me dije. Me puse a escuchar canciones de este juglar, y a indagar en su vida. Mis conocimientos musicales eran más que suficientes para analizar la música (tónica-dominante en general) del vate francés. Y hurgando en libros y entrevistas descubrí que la imagen de mi héroe no se correspondía con la realidad.

Vicente Escudero, que en la década de los noventa acaparó la autoría del grueso de la producción de Los Juglares, se ha mostrado paradójicamente muy crítico con la orientación que en esos años tomó la colección (que se resistía a hacer productos de usar y tirar y con fecha de caducidad muy corta) y da también pistas acerca de las condiciones en que se escribían estos libros. Así, en relación a Auge y caída de Michael Jackson (1994), lo describe como un «libro eminentemente periodístico, de rápida edición, aprovechando un momento coyuntural», y añade: «Fue escrito a “seis manos”: Julia [Cibrián], Miguel [Martínez] y yo mismo; en un tiempo récord. Se trataba, precisamente de eso: unir música y actualidad. Júcar no lo entendió y no pudo profundizar en el tema de unir “música” con actualidad periodística». Pero aún más ilustrativa es su caracterización del libro que Escudero preparó sobre Phil Spector: «Un nuevo reto personal: ¿En cuánto tiempo podía escribir un libro…?».

Lo cierto es que buen testimonio del apresuramiento con que se llevaba a cabo todo el proceso de la colección Los Juglares —al margen de la asombrosa superficialidad de algunos textos— es la calidad muy limitada de muchas de estas ediciones. José Manuel Caballero Bonald hizo un retrato del ambiente que se respiraba en la sucursal madrileña de Júcar, en la que él mismo trabajaba, que quizá pueda explicar algunas cosas acerca del espíritu de la época y de los resultados de tal empeño:

Por Júcar pasaban a menudo personajes de muy distinta condición, aunque los más frecuentes eran los inclasificables: especímenes de vagas afinidades con traductores espontáneos, noveles pretenciosos, diseñadores incomprendidos, proveedores de hachís y desocupados crónicos. María [Calonje] y Mariano Antolín solían encargarse de bandear a esas visitas con invariable efectividad.

Fuentes:

José Manuel Caballero Bonald «Caballero Bonald, episodios asturianos», La Nueva España, 9 de marzo de 2010.

Ramón Chao, «Georges Brassens», en el blog de Ramon Chao, s/f.

Vicente Escudero, Blog personal.

Antón López, «Entrevista con Juan Manuel Domínguez: “En España hubo problemas con la publicación de Yonqui», Libros Crudos, web de la editorial.

Bruno Mattiusi, «Entrevista a Mariano Antolín Rato, traductor, novelista, ensayista, psiconauta y agitador cultural», Trans. Revista de Traductología, núm. 21 (2017), pp. 253-275.

Listado (muy provisional e incompleto) de los títulos publicados en Los Juglares.

1/ Jesús Ordovás, Bob Dylan, 1972.

2/ Jean Clouzet, Jacques Brel, 1972.

3/ Manuel Vázquez Montalbán, Joan Manuel Serrat, 1972.

4/ Ramón-Luis Chao (Ramon Chao a partir de la 2ª ed.), Brassens, 1973.

5/ Alan Dister, Beatles, 1974.

6/ Phillipe Bas-Rabérin, Los Rolling Stones, 1973.

7/ Jesús Ordovás, Jimi Hendrix, 1974.

8/ Félix Luna, Atahualpa Yupanqui, 1974.

9/ Jean-Marie Leduc, Pink Floyd, 1974.

10/ Sergio Laguna, Leo Ferré, 1974.

11/ León Benarós (con prólogo de Ernesto Sábato), Eduardo Falú, 1974.

12/ Jean Clouzet, Boris Vian, 1974.

13/ Mario Benedetti, Daniel Viglieti, 1974.

14/ Josep Maria Espinàs, Pi de la Serra, 1974.

15/ Phillipe Bas-Rabérin, El blues moderno.

16/ Viale Moutinho, Jose Alfonso.

17/ Mariano Antolín Rato, Bob Dylan 2, 1975.

18/ Héctor Vázquez Azpiri, Víctor Manuel, 1974.

19/ Gaspar Fraga, Elvis Presley.

20/ Eduardo Haro Ibars, Gay rock, 1975.

21/ Agustín Sánchez Vidal, Simon & Garfunkel, 1975.

22/ Hervé Muller, Jim Morrison y los Doors.

23/ Jesús Ordovás, El rock ácido de California.

24/ Enrique Cerdán Tato, Ovidi Monllor.

25/ Alan Dister, El rock inglés.

26/ Jacques Vassal, Leonard Cohen, 1978.

27/ Álvaro Custodio, El corrido popular mexicano (su historia, sus temas, sus intérpretes), 1976.

28/ Antonio Cillero, Beatles 2, 1976.

29/ Álvaro Feito, Joan Báez, 1976.

30/ Armando Tejada Gómez, Horacio Guarany.

31, Galvarino Plaza, Victor Jara, 1976.

32/ Francisco López Barrios, La nueva canción en castellano (L. A. Aute, Pablo Guerrero, Julia León, Rosa León, Luis Pastor, Elisa Serna), 1976.

33/ Carlos Zubilaga (con prólogo de Jorge Luis Borges), Carlos Gardel, 1976.

34/ Patricio Manns, Violeta Parra, 1978.

35/ José-Carlos Mainer, Labordeta, 1977.

36/ Esteban Leivas, David Bowie, 1977.

37/ John Pidgeon, Eric Clapton, 1976.

38/ Alain Dister, Frank Zappa y The Mothers of Invention, 1981.

39/ Jorge Arnaiz, Los Who, 1980.

40/ Alicia Dujovne, María Elena Walsh.

41/ Jesús Ordovás, Bob Marley, 1980.

42/ George Tremlett, Rod Stewart, 1981.

43/ Álvaro Feito, Alan Stivell, 1981.

44/ Víctor Claudín, Sisa, 1982.

45/ Alberto Manzano, Jackson Browne, 1982.

46/ Danny Faux, Dylan 3, 1982.

47/ Ramón de España, Roxy Music, 1982.

48/ Fernando Márquez, Vainica doble, 1983.

49/ Sagrario Luna, The Jam, 1983.

50/ Ignacio de Juan, Stones 2, 1983.

51/ Jaume Pomar, Raimon, 1983.

52/ J. M. Plaza, Luis Eduardo Aute, 1983.

53/ Fernando González Lucini, Carlos Cano, 1983.

54/ Ignacio Q. Santander, Quilapayún, 1983.

55/ Javier de Juan, Jethro Tull, 1984.

57/ José Luis Álvarez, Miguel Ríos. ¿El rock que no termina?, 1984.

58/  Danny Faux, Kris Kristofferson, por los Buenos tiempos. Retrato de un artista americano, 1985.

59/ Connie Berman, Linda Ronstadt, 1985.

60/ Judith Davis y Danny Faux, Queen, 1985.

61/ Javier Pérez de Albéniz, Bruce Springsteen, 1985.

62/ Paco Ignacio Taibo I, Agustín Lara, 1985

63/ Danny Faux, Michael Jackson, 1985.

64/ Javier Barreiro, El tango, 1985.

65/ Álvaro Feito, Dire Straits.

66/ Carlos Toro, Charles Aznavour.

67/ Maurilio de Miguel, Joaquín Sabina.

68/ Daniel Tubau, Deep Purple, 1986.

69/ Mikel Barsa, The Kinks, 1987.

70/ Ramón de España, Buddy Holly, 1987.

71/ Marcos Ordóñez, Gato Pérez, 1987.

72/ Ángel Vivas, Javier Krahe, 1991.

73/ Luis Lapuente, Jery Lee Lewis, 1992.

74/ Vicente Escudero, Bob Dylan 4, 1992.

75 y 76/ José Luis Atienza Merino, Jacques Brel 2, 1987.

77/ Juan Mari Montes, Suzanne Vega, 1992.

78/ J. J. Medina, Queen 2. Freddie Mercury (1946-1991), 1994.

79/ Vicente Escudero, Phil Spector, 1994.

80/ Miguel Martínez y Vicente Escudero, Lennon, 1994.

81/ Vicente Escudero, Julián Cibrian y Miguel Martínez, Auge y caída de Michael Jackson, 1994.

82/ Vicente Escudero, Bob Dylan y la prensa española (1980-1993), 1995.

83/ Vicente Escudero, Eric Clapton 2, 1995.

84/ Vicente Escudero, Cher, 1995.

85/Vicente Escudero, Bob Dylan. Los discos, 1996.

86/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las canciones, 1996.

87/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las palabras, 1996.

88/ Bob Dylan, Tarántula, 1985.

89/ Andrés López Martínez y Vicente Escudero, John Lennon 2.

92/ Carlos Zanón, Bee Gees. La importancia de ser un grupo pop, 1998.

93/ Juan Martí Montes, Elton John, 1998.

Los Juglares. Serie Especial

1/ Anthony Scaduto, La biografía de Bob Dylan.

2/ Anthony Scaduto, Mick Jagger.

3/ LeRoy Jones, Música negra, 1978.

5/ Julian Beck, Canciones de la revolución (Living Theatre).

6/ Ramón J. Martínez [Ramoncín], Animal de ojos caídos. Poemas y musiquitas.

7/Simon Frith, Sociología del rock, 1978.

8/ Victor Claudín, Canción de autor en España, 1981.

9/ David Dunaway King, Una canción sin Pete Seeger, 1993.

Publicidad de una presentación de Los Juglares.