Antisemitismo y homofobia editorial en España: La editorial Nos

Es de la mayor importancia distinguir las diversas editoriales (y revistas) que han adoptado el término Nos para identificarse. Por un lado está, por ejemplo, la Editorial Nós fundada por el galleguista Ànxel Casal (1895-1935) en 1927, cuyo nombre completo era Nós, Publicacións Galegas e Imprenta y albergó las revistas A Nosa Terra (1907-1936), órgano de Solidaridad Galega y luego de las Irmandades da Fala, y Nós (1920-1936), dirigida por Vicente Risco (1884-1963). Por otra parte, en junio de 1940 el empresario, político y mecenas cultural galleguista Manuel Puente (1890-1970) fundó en Buenos Aires una editorial con ese mismo nombre (que en 1950 publicó As cruces de pedra na Galiza, del artista y político gallego Castelao).

Mauricio Carlavilla.

Sin embargo, existió también una Nos de muy distinto signo, creada en Madrid por un personaje bastante siniestro y conspiranoico, Mauricio Carlavilla (1896-1982), conocido también por su seudónimo: Mauricio Karl. Esta Nos (sin acento) publicó libros de título tan inequívoco como, por ejemplo, Perón (1946), del falangista Federico de Urrutia (Federico González Navarro, 1907-1988); Allá en el rancho grande. Itinerarios de la infamia (1948), del periodista ex militante de la CEDA y luego próximo a Falange Joaquín Pérez Madrigal (1898-1988), Protestantismo y comunismo (1958), del fundamentalista ultracatólico francés Auguste Nicolas (1807-1888), Sinfonía en rojo mayor (1950), de José Landowski, y los libros del propio Carlavilla Historia secreta de la Segunda República (1954), Sodomitas (1956), Anti España 1959. Autores cómplices y encubridores del comunismo (1959), etc.

Cuando en 1946 funda la editorial, Mauricio Carlavilla tenía ya un carrerón a sus espaldas como vehemente antimasón, anticomunista, antimarxista, homófobo y antidemócrata cuya primera expresión pública, tras haber participado en la Sanjurjada (1932), había sido El comunismo en España, publicado en febrero de 1932 con el seudónimo Mauricio Karl en la madrileña Imprenta Sáez Hermanos, que ese mismo año ya hacían dos reimpresiones, y en 1935 aparecía, con el título ampliado a El comunismo en España, 1931-1935 (1935), una cuarta edición publicada paradójicamente en la editorial de Juan Bautista Bergua (1892-1991), quien unos años antes, tras publicar en su propia empresa su libro Catecismo comunista. La esencia del comunismo, había intentado crear una Partido Comunista Libre. Antes, en 1934, había aparecido también en Sáez Hermanos el segundo libro de Mauricio Karl, El enemigo: marxismo, anarquismo, masonería (1934), pero la segunda parte, Asesinos de España: marxismo, anarquismo, masonería (1935), apareció de nuevo en Bergua, que parecía tener la manga muy ancha en cuanto a ideología editorial (recuérdese que durante la guerra a Bergua le salvaría de ser fusilado por los falangistas su amistad con el general Mola, de quien había publicado las memorias) y según Paul Preston de este librito se distribuyeron cien mil ejemplares a oficiales del Ejército de forma gratuita.

También en 1935 se produce su expulsión en apariencia definitiva de la policía, en la que había entrado en 1921 y que le llevó a ser destinado en Valencia (de donde se le retiró por cometer actos que socavaban el prestigio del Cuerpo), Zaragoza, Segovia, Bilbao, Madrid, Marruecos y de nuevo en la Península, donde fue acusado de abusos de autoridad y corrupción. Poco después tuvo que huir a Portugal, acusado, al parecer, de tramar con el también policía Santiago Martín Báguenas (¿?-1936), un complot para asesinar al presidente de la República Manuel Azaña.

Después de la guerra civil española, que obviamente hizo al lado de Franco ‒pero tuvo tiempo también de publicar Técnicas de la Komintern en España (Badajoz, Gráficas Cooperativas, 1937)‒, se reincorporó a la policía y fue destinado primero a Barcelona y posteriormente a Madrid, donde al parecer hizo trabajos para los servicios secretos franquistas, al tiempo que fundaba una editorial con sede ‒muy oportunamente‒ en la Avenida José Antonio (número 38)  y destinada sobre todo a publicar los textos que él mismo iba firmando con diversos seudónimos. Se estrena en 1945 con El último príncipe de Gales, de un supuesto pero no identificado Austen Lane, y los libros creados a partir de fragmentos diversos Stalin en Norteamérica (con textos de Bernard Shaw, Stuart Chase, Eleanor Roosevelt, etc.) y Sucedió en la URSS, una compilación de textos de André Gide, Serge Kostineff, Ángel Pestaña, etc., prologado por L. Ponce de León y con un epílogo de Mauricio Karl.

De 1946 es un libro muy polémico en su momento, Yo escogí la libertad. Vida privada y política de un alto funcionario soviético, firmado por el desertor ucraniano establecido en Estados Unidos Victor Kravchenko, si bien escrito por el furibundo anticomunista y biógrafo del presidente Herbert Hoover Eugene Lyons (1898-1985). El título es interesante porque sin duda sirvió de inspiración para la biografía del militar comunista Valentín González (1904-1983), popularmente conocido como El Campesino. Este último libro había aparecido inicialmente en francés, en Plon, con el título La vie et la mort en URSS, con una introducción de Julián Gorki (que se presenta también como transcriptor de los recuerdos de González) y traducido por Jean Talbot. Las primeras ediciones en español aparecieron casi simultáneamente en la editorial mexicana Avante (1951) y la argentina Bell (1951), ambas como Vida y muerte en la URSS, y rápidamente se tradujo a diversas lenguas (francés, alemán, inglés), al parecer con el apoyo activo de la CIA. Hay sin embargo algunas ediciones curiosas de este libro en que se publica con el título Yo escogí la esclavitud: una, la venezolana, en Maracay, que aparece sin fecha y con prólogo del ínclito Maurico Carlavilla (firmando con su nombre), características que comparte con otra llevada a cabo como número 106 del Boletín de Información de la Dirección General de Marruecos y Colonias de la Presidencia del Gobierno.

Todo hace suponer que se trata de ediciones piratas que surgen de la publicada por Nos, también sin fecha, y parecen responder a una práctica de manipulación y tergiversación de los textos que fue bastante frecuente durante la Guerra Fría y el franquismo. Él biógrafo e historiador falangista Maximiano García Venero (1907-1975) describió bastante bien esta práctica cuando, durante el proceso de publicación en Francia de uno de sus libros, le escribía el 6 de febrero de 1965 al editor de la editorial antifranquista Ruedo Ibérico José Martínez Guerricabeitia: «…trae a la memoria lo que se hace en España con libros de Miguel Morayta, Jesús Hernández, [Indalecio] Prieto, El Campesino y otros. Les ponen prólogos insultantes para los autores y los cargan de notas agresivas, injuriosas y calumniosas antes de lanzarlos a la venta».

Al parecer, Nos era una especialista en esta práctica, pues García Venero parece aludir también otros dos libros publicados por esta editorial: Yo, ministro de Stalin en España (1954), del ex ministro comunista Jesús Hernández Tomás (1907-1971), y Yo y Moscú (1954), del exministro socialista Indalecio Prieto (1883-1962), en ambos casos acompañados de un prólogo y abundantes notas de Carlavilla.

Con todo, quizá uno de los libros más comentados de Nos sea el muy exitoso y reiteradamente reeditado Sodomitas. Políticos, científicos, criminales, espías, etc., donde establece una estrecha interdependencia entre «el vicio sodomita» y la conspiración judeo-masónica-bolchevique antiespañola: «Tan masón era Bolívar como Riego ‒escribe‒ y todos ellos y sus seguidores obedecían a una autoridad omnipotente, al supremo y oculto poder masónico, aliado a los seculares enemigos de España: a los pueblos anglosajones». Todo el libro está plagado de pasajes absolutamente delirantes semejantes al citado, pero valga un ejemplo en el que se remonta a las fuentes de su tema: «…resulta notable que en el primer filósofo del comunismo, en el autor de La República, coincidan comunismo y sodomía […] Había de latir en Platón, como en todo pederasta, ese instinto de aniquilación de la especie humana que lleva en sí la impronta satánica de aniquilar, si no le es posible al Dios creador, a su imagen y semejanza, la especie humana».

Todo parece indicar que 1964 fue el último año en que la editorial de Carlavilla estuvo activa, pues ese año aparecieron La lucha por el poder mundial, del presidente del Russian Supreme Monarchist Council George Knupffer, y Estrella roja sobre Cuba. El asalto soviético sobre el hemisferio occidental, del exmilitante del Partido Comunusta y por aquel entonces economista supremacista Nathaniel Weyl (1910-2005), pero posteriormente aún haría alguna reedición. No obstante, Carlavilla, a quien Juan Carlos Castillón describió como «cazador de masones, comunistas y homosexuales» y Eduardo Connoly de Pernas como «un verdadero servidor de “las cloacas del Estado”», encontró pronto acomodo para sus textos en la editorial Acervo, de su amigo el falangista, ex divisionario azul y abogado y fiscal de la Audiencia de Barcelona José Antonio Llorens Borràs, quien le publicó también en las páginas de Juanpérez. Revista de Información Mundial. No deja de ser tan curioso como inquietante leer a algunos friquis de la ciencia ficción ensalzando y reivindicando la labor como antólogo de Llorens Borràs en Acervo y sus diversos tomos de la Antologia de Novelas de Anticipación; es de suponer (y de desear) que no acabe pasando lo mismo con Carlavilla.

Fuentes:

Anónimo, «Julián Mauricio Carlavilla del Barrio, 1896-1982, “Mauricio Karl desde 1932”», en Filosofía en Español, s.f.

Juan Carlos Castillón, Amos del mundo. Una historia de las conspiraciones, Barcelona, Debate, 2006.

Eduardo Connoly de Pernas, «Mauricio Carlavilla: el encanto de la conspiración», Hibris. Revista de Bibliofilia, núm. 23 (2004), pp. 4-9.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Paul Preston, «Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», traducción de Sandra Souto Kustrín, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007).

José Luis Rodríguez Jiménez, «Carlavilla, un personaje al servicio de las teorías conspirativas judeo-masónico-comunistas y de la conspiración contra la Segunda República Española», en José Antonio Ferrer Benimelli, coord.,  La masonería española: represión y exilios, Zaragoza, Centro de Estudios Históricos de la Masonería, 2010, vol. II, pp. 871-886.

Fernández de la Reguera, un ovillo del sector editorial barcelonés

A mediados de 1887 empieza a publicarse en Barcelona una revista humorística, La Semana Cómica, en la que coinciden los hermanos José Fernández de la Reguera y Aguilera, en calidad de director, y el pintor Gerardo Fernández de la Reguera y Aguilera (1881-1937), que publicaba caricaturas y dibujos bajo el seudónimo Areuger. La revista tuvo continuidad hasta 1894, pero por el camino ambos hermanos se prodigaron en otras facetas creativas relacionadas con el papel impreso.

José, que no llegó a concluir su estudios en Filosofía y Letras, colabora luego en Barcelona Cómica (1889-1890), pero su carrera da un salto importante cuando se vincula a la originaria sociedad en comandita de Julio Gibert y Cía, en la que participaba también Salvador Gibert, el impresor Joan Pijoan y Josep Maria Borràs de Quadras, en cuyo seno se convierte en director de la exitosa revista El Hogar y la Moda. Como consecuencia de las compras que lleva a cabo esta sociedad, en 1914 José se convierte en director ocasional de las revistas Actualidad y Actualidad Cómica.

Después de una primera ampliación de socios, en 1920 nace como sociedad anónima la Sociedad General de Publicaciones, que al año siguiente pone en marcha, como suplemento de El Hogar y la Moda, la revista Lecturas, en la que José Fernández de la Reguera figura como director. Según se explicita en el primer número (de junio de 1921):

Esta revista, Lecturas, que hoy ofrecemos al público, es el complemento obligado de El Hogar y la Moda. Ésta se ocupa con preferencia de la conservación, embellecimiento y buena marcha del hogar, así como de la higiene, de la belleza, del modo de comportarse, etc. de las personas; es decir, que El Hogar y la Moda atiende preferentemente a lo que podríamos llamar la parte material de la vida. Lecturas viene a llenar una necesidad espiritual: quiere ser el magazine de las familias y su intención es propagar la cultura literaria, dar sano y honesto esparcimiento al ánima y fomentar la afición a la buena literatura.

Consecuente con este planteamiento, en este primer número se publica la obra en un acto de Jacinto Benavente (1866-1954) La casa de la dicha y la narración «Cruz y raya» (¿?), de Víctor Català (Caterina Albert, 1869-1966), a los que en números posteriores se añadirán nombres tan conocidos como el de Concha Espina (1869-1955), así como ilustraciones de Emili Freixas, Rafael Barradas (1890-1929), Ricardo Opisso (1880-1966) y Junceda (1881-1948), entre otros. Pero, paralelamente, José Fernández de la Reguera aparecía también como director de la colección Hogar, una de las series de la Sociedad General de Publicaciones, donde se publican relatos altamente edulcorados del estilo de María: novela americana (1912), de Jorge Isaacs (1837-1895), Paddy, lo mejor a falta de un chico (1924), de Gertrude Page (1892-1972), Pared por medio (1924), de Florence L. Barclay (1862-1921) o El Mago (1928), de Guy Chantepleure (Jean Caroline Violet-Dussap, 1870-1951).

En la dirección de El Hogar y la Moda, sustituye a José Fernández de la Reguera en 1923 la periodista y narradora María Luz Morales (1889-1980), pero en 1929 aparece ya como uno de los promotores de la revista Algo (1929-1938), subtitulada «Semanario Enciclopédico y de Buen Humor», donde llama la atención la presencia de Julio Camba (1884-1962), Emili Freixas y Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983), por ejemplo. Poco antes, en 1926 la Sociedad General de Publicaciones se había escindido y de ella había nacido Hymsa, y ese mismo año José había contribuido a la creación de la editorial Mentora, iniciativa de José Zendrera Fecha (1894-1962).

Según anota Mònica Baró en su tesis sobre Juventud, editorial también vinculada a este entramado, al término de la guerra varios de los miembros del Consejo de administración de la empresa lo habían abandonado y habían dejado de residir en Barcelona; menciona los casos de Borràs de Quadras, Julio del Molino y Juli Gibert, pero también el de José Fernández de la Reguera. Se da el caso, sin embargo, de que según indica la revista Lecturas José Fernández de la Reguera murió en 1933, lo que plantea la duda de si se trata de la misma persona. En cualquier caso, unos años después, y muy vinculada a esta Sociedad General de Publicaciones, nace en los primeros años cuarenta una Editorial Reguera que sin duda ha de guardar algún tipo de relación con José Fernández de la Reguera (cuyos hijos se llamaron Luis, Carlos, Alejandro, Eduardo y Francisco), pero habrá que averiguar por qué caminos.

En lo que parece otro hilo de este mismo ovillo familiar, en 1940 aparece, con Francisco Tur y Enrique Ferrán Dibán, un Alejandro Fernández de la Reguera como creador de Dibsono Films, empresa que produjo algunas películas de animación muy conocidas en la época, como por ejemplo la serie protagonizada por Don Cleque y las películas SOS Doctor Marabú (1940), Rapto de luz (1941) o El aprendiz de brujo (1941), pero no tardó esta empresa en fusionarse y diluirse en Hispano Gráfic Films. De momento, habrá que suponer que se trata de uno de los hijos del empresario editorial y director de revistas.

El ya mencionado Gerardo Fernández de la Reguera aparece como ilustrador de la edición en la colección La Novela Chica de Los crímenes de la calle Morge, de Edgar Allan Poe, y de Patatitas por las nubes o La conquista de Venus (1924), de Adolfo Sánchez Carrere, en La Novela Corta, además de colaborar asiduamente en Buen Humor (1926) y Gracia y Justicia (1931), entre otras publicaciones periódicas, hasta su prematura y al parecer violenta muerte durante la guerra civil.

Y también cabe la posibilidad que del mismo ovillo salga el hilo que conduzca hasta el novelista Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), esposo de la también escritora Susana March (1915-1990), quien a su vez publicó su novela rosa Nina (1949) en la por entonces recién creada editorial Planeta. Y vale la pena recordar que Ricardo Fernández de la Reguera, además de publicar en esta editorial desde 1950 (Cuando voy a morir; Perdimos el paraíso, 1955, Bienaventurados los que aman, 1957, Vagabundos provisionales, 1959…), actuó desde 1959 como miembro del jurado del Premio Planeta.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’Editorial Joventut (1923-1969), tesis doctoral presentada en el Departament de Biblioteconomia i Documentació la Universitat de Barcelona, 2005.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya el segle XX (fins 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Ediciones Patria, aproximación a un enigma de la postguerra

No parece ser gran cosa lo que se sabe de las Ediciones Patria, una empresa que recién terminada la guerra civil española (1936-1939) puso en circulación una interesante revista de poesía y una serie de libros con doble pie editorial en Barcelona y Madrid, en el primer caso llevados a cabo en los Talleres Tipográficos de Pellicer (en la calle Muntaner, 111) y en el segundo en Gráfica Informaciones (en Orellana, 7).

Recién concluida la guerra, el mismo año 1939 Ediciones Patria publica por lo menos cuatro libros que ya permiten atisbar quién se encontraba detrás de esta iniciativa: el libro de viajes Inglaterra y los ingleses, de Alfredo Marqueríe (1907-1974), con prólogo de Jesús Nieto, que se acompaña de fotografías en blanco y negro; la novela humnorística Don Laureano y sus seis aventuras, también de Marqueríe; Breviario sentimental, relámpagos de humor y filosofía, del mencionado Jesús Nieto, y la Carta encíclica Sumus Pointificatus, del papa Pío XII. Al parecer, la novela de Marquerie gozó de cierto éxito, pues José María Martinez Cachero habla de ella en los siguientes términos: «Las a veces regocijantes, a veces tristes peripecias del mediocre funcionario protagonista fueron muy comentadas a su aparición (“una novela finísima”, “un libro de graciosa amenidad”, un ejemplo de novela humana y humanizada)».

El año siguiente abre una curiosa colección llamada Biblioteca de Marinos Españoles que se estrena con Legazpi (el conquistador de Filipinas), del carlista y luego falangista José Sanz Díaz (por aquel entonces adscrito a la Subsecretaría de Prensa y Propaganda; es decir, a la censura) y España en Trafalgar (Abismo de gloria), del escritor y ex militar Federico de Mendizábal (1901-1988), y publica al abogado asturiano establecido en Galicia Camilo Barcia Trelles (1888-1970) el ensayo Vázquez de Menchaca (sus teorías internacionalistas, 1512-1569). El género de la novela, rosa en esta ocasión, está representado ese año por Edad y belleza en el amor, de Andrés Revesz (1896-1970), mientras que el humor está representado por los Cuentos de humor de Samuel Ros (1904-1945) y se publica también el anecdotario firmado por Curro Vargas La vida no es así (páginas por abrir), pero lo más interesante es la incursión en la poesía.

Son también de 1940, por ejemplo, Rutas paganas, del poeta madrileño Isidoro Martínez Alonso; Mar del sol, del poeta falangista gallego José María Castroviejo (1909-1983), quien el año anterior había publicado en Ediciones Jerarquía el poemario Altura, poemas de guerra; una reedición del primer libro de Antonio Mas-Guindal, que había aparecido originalmente en Unión Poligráfica en 1935, y ahora se publicó precedido de un prólogo de César González Ruano (1903-1965), con quien había compartido iniciativas como Los Jóvenes y el Arte, que Miguel A. Iglesias ha descrito como «un grupo de intelectuales de derechas en el Madrid de preguerra» en el que figuraban también Marquerie, Agustín de Foxá o Margarita de Pedroso.

Gerardo Diego dibujado por Escassi.

Con todo, la edición más relevante de Ediciones Patria ese año parece ser la de Ángeles de Compostela, del poeta de la Generación del 27 Gerardo Diego (1896-1987), que se publica impreso a dos tintas, con varias ilustraciones del artista [José Romero] Escassi (1914-1994), que al arrancar la guerra civil se convirtió en uno de los habituales en la revista FE, y fotografías del gallego Ksado (Luis Casado Fernández, 1888-1972), que se había hecho famoso en 1936 con el álbum Estampas de Galicia.

Del año siguiente son los cinco números de la revista Cuadernos de Poesía, que en el inicial (de enero) incluye textos de Manuel Machado, Gerardo Diego, Jorge Guillén, entre otros, y un homenaje a Unamuno ilustrado por Demetrio [López Vargas] (1886-1960), quien, después de hacerse célebre por sus dibujos de mujeres, tras la guerra era colaborador habitual de Informaciones. En números sucesivos, esta revista publicó obra a Luis Rosales, Ángel Valbuena Prat, Félix Ros, Rubén Darío, Pilar Valderrama (la Guiomar de Antonio Machado), Federico Sopeña, etc., e incluyó en algunos números ilustraciones de Escassi.

Desgajados de la revista salieron un par de volúmenes que se presentaban como pertenecientes a una Biblioteca Poética Cuadernos de Poesia, de Ediciones Patria: Poesías místicas, selección de textos de Miguel de Unamuno llevada a cabo por Jesús Nieto y con un prólogo de Juan Aparicio; y Romances 1918-1941, selección de poemas de Gerardo Diego realizada por él mismo.

El interés por Unamuno se puso también de manifiesto en la creación de uno de los primeros premios literarios de una cierta entidad de la inmediata posguerra, que las Ediciones Patria lanzaron precisamente con el nombre de Premio Unamuno, destinado a «despertar el interés de los escritores, y especialmente de los jóvenes, y para ayudar a mantener el cultivo de la novela española» y dotado con 2.000 pesetas al ganador y con la posibilidad de otorgar un accésit de 1.000. El primer y único ganador fue el arabista y gastrónomo Luis Antonio de la Vega (1900-1977), que vio publicada Los que no descienden de Eva en Patria ese mismo año.

No menos singular es, por diversos motivos, la Antología poética del escritor modernista peruano Alberto Ureta (1885-1966), que entre 1934 y 1937 había sido cónsul general en Madrid, y que se publica con un prólogo de Jesús Nieto. Según la cubierta de este libro, se enmarca en una Biblioteca Hispanoamericana de Cuadernos de Poesía, perteneciente a las ediciones Patria, con doble sede en Barcelona-Lima. Hay que retener este dato.

La revista no tuvo continuidad en 1942, y a decir de Martínez Cachero tampoco la editorial: «La marcha de Jesús Nieto Pena, responsable de la editorial, a Hispanoamérica supuso la desaparición de Ediciones Patria que en 1941 había ofrecido la novela de Samuel Ros Los vivos y los muertos, breve narración elegíaca o canto a la amada muerta con relevante acento poético y estructura dialogada».

A este título del falangista Samuel Ros pueden añadirse aún en 1941 Apología del espíritu religioso, de Jesús Nieto; Barceló, Sus luchas con ingleses y piratas berberiscos (en la Biblioteca de Marinos), del antisemita y colaborador de Informaciones Francisco Ferrari Billoch (1901-1958); Estelaria (Sinfonías verbales) y Alegorías, ambos del ya mencionado Isidoro Martínez Alonso; Vida y doctrina de Cornelio Codreanu, de Tomás Escolar y Jesús Nieto y con prólogo del fundador de las JONS Emiliano Aguado (1907-1979); Serrano Suñer en la Falange, del periodista, novillero, espía pronazi y falangista de primera hora Ángel Alcázar de Velasco (1909-2001).

En el número de la revista Destino correspondiente al 10 de agosto de 1940, aparece una breve nota en la que se celebra el número especial dedicado a la Marina Española por la espléndida y soberbia revista Mio Cid, subtitulada inequívocamente «Revista Nacional de Arte, Literatura e Imperio» y en la que figura como director y gerente nuestro Jesús Nieto Pena. Unas semanas después, en el número del 24 del mismo mes anuncia Destino: «En Valencia, por el esfuerzo inteligente de Jesús Nieto Pena, capitán de muy simpáticas empresas de cultura, sale ahora la revista de literatura Mío Cid, que ha publicado un número lleno de frescura y poesía dedicado al mar.»

En su tesis doctoral, de 1993, Ana Isabel Álvarez Casado hizo la siguiente descripción de esta revista:

Esta pequeña revista, subitulada «Hoja de literatura y arte bajo el signo Imperial», nace en Burgos, ciudad donde radicó el primer gobierno franquista durante la contienda y de la cual saldrían importantes medidas bélico-políticas del Alzamiento Nacional. El director de Mio Cid, que a partir de junio de 1938 se tituló «Revista católica de Literatura y Arte», fue Jesús Nieto Pena y su redactor jefe A. Mariño Vilella. Desde su nacimiento Mio Cid se mostró plenamente sesgada por su advocación religiosa y clerical, y, lógicamente, apologista del Régimen que impondría el general Franco, al cual se le dedicó un número extraordinario en 1937. Con un sentido falangista de tradicionalismo, regeneración y universalidad, pretendía presentarse ante sus lectores esta revista, ayudando al Caudillo en su labor de salvaguardia de los valores tradicionales hispánicos.

Al margen de acabar de rematar la caracterización ideológica de Nieto Pena, lo que interesa aquí es ver un número de la segunda época de Mio Cid, en que figura como secretario Jaime Santamaria y la dirección de la revista es el entresuelo del número 39 de la Vía Layetana (a unos pasos de la de Patria, que estaba en el número 47); en particular interesa el número correspondiente a mayo de 1941 (realizado lujosamente en la S.A.D.A.G.) que, además de textos de Karl Vosler, Manuel Machado, Ramón Menéndez Pidal, Gerardo Diego y Rafael Lapesa, ofrece una página completa titulada «La obra de una gran editorial española» que es muy generosa en información, no sólo acerca de los títulos publicados hasta entonces en Patria, sino también acerca de algunos planes editoriales que no llegaron a completarse.

Además de afirmar que en apenas dos años se han publicado más de sesenta títulos (algunos sin fechar), se indica por ejemplo que de la Biblioteca de Marinos está prevista la aparición de doce volúmenes, que son los mismos que compondrán la de Músicos (en la que se anuncian títulos dedicados a Granados, Pedrell, Falla, Arriaga y Sarasate), se presenta para el siguiente otoño una Biblioteca de Filosofía con textos anotados, otra colección de Biografías contemporáneas… Pero sobre todo resulta revelador una noticia que acaso explique el precipitado fin de una empresa que, en apariencia, tan bien funcionaba: «Próximamente Ediciones Patria instalará en la ciudad de Lima (Perú) una importante sucursal para los mercados hispanoamericanos con el fin de estrechar vínculos culturales entre Perú y España». Es una pista.

Fuentes:

Ana Isabel Álvarez Casado, Bibliografía Artística del Franquismo: Publicaciones periódicas, 1936-1948, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid en 1993.

Anónimo, «La obra de una gran editorial española», Mío Cid. Revista Nacional de Arte, Literatura e Imperio, mayo de 1941, s/n [p. 2].

Homenaje a Jesús Nieto Pena en Radio París en 1964; en Devuélveme la Voz.

Miguel A. Iglesias, «”Los jóvenes y el arte”: escapismo y estética neorromántica en un grupo de intelectuales de derecha en el Madrid de preguerra», RILCE, vol. 17, núm. 2 (2001), pp- 211-224.

José María Martínez Cachero, «Novelistas jóvenes y panorama editorial en la década de los cuarenta», en Estudios ofrecidos a Emilio Alarcos Llorach, vol IV, 1979, pp. 479-494.

El encuadernador y editor Enric Messeguer y sus circunstancias

El término «novela gráfica» se ha asentado en el ámbito editorial, quizá para evitar la connotación humorística, popular, infantil o comercial de lo que hasta no hace tanto tiempo conocíamos como «historietas», «tebeos» o más tarde «cómics». Sin embargo, ya en 1904 había aparecido una revista (Monos. Semanario Humorístico Ilustrado), que añadió como subtítulo a la serie «Travesuras de Bebé», de Frank Lagendorf, este término a modo de caracterización («La primera novela gráfica española»). Unos cuantos años después, en 1948, las barcelonesas Ediciones Reguera lanzaron una colección con exactamente este término, y explicaban en la presentación: «La Novela Gráfica os dará a conocer las mejores novelas de la literatura mundial por medio de dibujos explicados. Cada número contendrá el argumento completo de una novela de amor, aventuras, pasión o intriga, siempre dedicado a personas mayores.»

Resulta bastante curiosa la génesis de las Ediciones Reguera, que empieza a publicar con ese sello en 1942, pero su reconstrucción obliga a retrotraerse hasta por lo menos las primeras décadas del siglo y a centrarse en la figura del encuadernador Enric Messeguer Fàbregas, que impartió con Hermenegild Alsina Munné (1889-1980) clases de encuadernación artística en la Escola d’Arts i Oficis i Belles Arts de Barcelona y tuvo como alumno, entre otros muchos, al luego celebérrimo encuadernador Emili Brugalla (1901-1987).

En 1925, Messeguer se asoció con uno de los grandes editores de su tiempo, José Zendrera Flecha (1894-1969), que dos años antes había creado la Editorial Juventud, S.A. con Concepción Massana y su hijo Julio del Molino, Juli Gibert, José Fernández de la Reguera y otros accionistas con los que previamente se había relacionado en la editorial Hymsa.

De esta asociación entre Juventud y Molino nace Encuadernaciones Messeguer, que inicialmente tiene como razón social el mismo edificio en el que se encontraba la editorial (el número 214 de la calle Provença), y prueba de la estrecha relación que establecen es que unos años después Messeguer se convierte también en socio de Edita, S.A. (otra iniciativa de Zendrera) y en 1931 entra a formar parte del consejo de administración de la editorial, que, obviamente, era uno de sus clientes preferentes, pero no el único.

Aun así, va configurándose un entramado en el que aparecen, vinculados por sus fundadores, accionistas y miembros de los consejos de administración, la editorial Hymsa, Edicions Mentora, Juventud, etc., y que Mónica Baró explica del siguiente modo (la traducción, del catalán, es mía):

De este modo se creaba una especie de consorcio editorial que disponía de una imprenta muy moderna (la de la Sociedad General de Publicaciones), varias editoriales que permitían publicar productos diversos (revistas, libros técnicos, libros de gran consumo, libros infantiles, obras en catalán) y una empresa de encuadernación. El nexo común entre todas ellas son Juli Gibert y Josep Zendrera, que se iba perfilando ya como el empresario que sería en el futuro.

No abunda la información sobre la actividad de Messeguer en los años siguientes, pero el 9 de abril de 1926 aparece en La Vanguardia la esquela de doña Adela Pérez de la Reguera, en la que, junto a su viudo, José Fernández de la Reguera y sus hijos, agradecen la asistencia a la misa por su alma la Sociedad General de Publicaciones, la Editorial Juventud y las Encuadernaciones Messeguer, S.A., lo cual deja constancia de la continuidad de la empresa.

Parece evidente que estos vínculos se mantuvieron durante la década siguiente, y ya en la inmediata postguerra (¿en 1943?) se publicaron un par de libros infantiles con ilustraciones de Emilio Freixas (1899-1976) titulados El sueño de una noche de verano, narrado por Àngel Puigmiquel (1922-2009), y Los pastorcillos, adaptado por el mismo autor, ambos publicados por «Sucesores de Enrique Meseguer [sic]». Con ellos se iniciaba una serie de libros entre los que triunfarían especialmente los muy conocidos Manuales Messeguer. Sin embargo, lo interesante en este contexto es que en esos mismos años, Freixas, que antes de la guerra civil española (1936-1939) había colaborado en las publicaciones de Hymsa El Hogar y la Moda y Lecturas, además de colaborar con Meseguer (donde publica también Lecciones de dibujo artístico en 1944) crea una efímera Editorial Mosquito con el mencionado Puigmiquel y su hijo Carlos en 1943, pero sobre todo que en los años siguientes se convertiría en uno de los dibujantes habituales de Reguera, lo que lleva a pensar que, o bien al término de la guerra se reanudaron los vínculos establecidos a través de ese «consorcio» al que alude Baró, o bien que nunca se rompieron por completo como consecuencia de la guerra. Sería interesante reconstruir la historia y aquilatar las dimensiones y derivadas de este «consorcio», que parece tener mayor importancia de la que hasta ahora se le ha dado.

Volviendo a Messeguer, según anota Manuel Martínez Barrero en su tesis doctoral (Sistemática de la Historieta, 2015) tomando como fuente la Guía de Editores y Libreros de España del INLE de 1952, «Ediciones Reguera era la misma empresa que Encuadernaciones Messeguer, S. A., afincada en Barcelona pero con delegación también en Madrid». Sin embargo, y aunque no está del todo claro que en los años cuarenta se tratara de la misma empresa (con sede en la calle Borrell, 245), es evidente que el consorcio, más o menos difuminado, seguía funcionando.

De 1943 es un volumen que contiene «Las tres naranjas de las hadas (cuento oriental)» y «La tabaquera de oro (cuento inglés)», traducidos por el prolífico escritor de novela popular H.C. Granch (1892-1970), que se publica con pie editorial de Enrique Meseguer. Y de ese mismo año es también una edición de Gobseck, de Honoré de Balzac, que se publica con pie editorial de Ediciones Reguera (en la colección Oasis) y se presenta como «versión directa del francés de E. Meseguer», lo cual redunda en la idea de la continuidad o identidad de esa pléyade de nombres comerciales.

En el año 1944 se concentran el grueso de las ediciones de Messeguer, empezando con una edición del Romeo y Julieta, en la versión de Luis Astrana Marín (1889-1959) e ilustrada por Freixas y siguiendo con varios títulos de Francisco Pérez-Dolz con los que se estrenaban los Manuales Messeguer (Teoría de los colores y Historia y técnica de la cerámica), a los que se añadían títulos, aún en 1944 de Emilio Freixas (Vicente Navarro (Técnica de la escultura), Emilio Freixas (Lecciones de dibujo artístico) y Adolfo Oller (El arte de la fotografía), pero también de 1944 es un título con el que parece arrancar una colección Amapola: Un tesoro para la mujer (breviario de la mujer moderna), firmado por Rosa de Nancy. Rosa de Nancy era uno de los diversos seudónimos empleados por la periodista y musicóloga Regina Opisso i Sala (18791965), hermana del célebre dibujante Ricard Opisso, que se había estrenado como novelista rosa en los años veinte en colecciones como La Novela Ideal, La Revista Blanca y en 1926 había publicado en La Novela Femenina  (colección creada por Aurora Bertrana y Maria Carme Nicolau) Mar adentro, con prólogo de Carmen Karr (1865-1943); aún antes de la guerra civil, en 1930 y en la colección Rocío, había aparecido su novela La muchacha del Oeste.

En 1946, ya con pie de Sucesor de E. Messeguer, aparecen solo un segundo número de la colección Amapola, La felicidad dura seis horas, de uno de los primeros biógrafos de Imperio Argentina y luego célebre periodista radiofónico, Antonio Losada (1921-1990), y otro manual de Pérez-Dolz, Procesión de los Ismos, pero a partir de entonces la Meseguer se centrará ya casi exclusivamente en los manuales: Arte del hierro en España (1947), de A. Ruiz Castillo, Pintura mural (1953), de Pérez Dolz, Decoración manual de tejidos (1954), de Pérez-Dolz…

Sin ser una excepción, pues encaja perfectamente en la idea de los Manuales Meseguer, un caso singular es El Cant (1955), del muy popular tenor Emili Vendrell (1893-1962), que acaso sea el único libro publicado en catalán en esta editorial.

Una fuente de confusión en relación con la Messeguer/Meseguer es la labor que como agente comercial llevo a cabo en ella quien fuera editor de las Publicaciones de la Escuela Moderna, la Editorial Progreso y la Biblioteca Séneca, Alfredo Meseguer Roglán (1885-¿?), que mediada la década de los cuarenta hacía las mismas labores para Francisco Alum (que en los años treinta había iniciado una lujosa edición de las obras completas de Manuel Rivas) y para Sintes (que desde los años veinte se dedicaba al libro práctico). Al parecer, no guardaba parentesco con Enric Messeguer, que falleció en 1962 a los setenta y dos años.

A modo de colofón, en 1988 la Universitat Autònoma de Barcelona publicó a Montserrat Lamarca i Morell un Catàleg de Revistes de la reserva Marca, en cuya página de créditos se indica que se encuadernó en Encuadernaciones Meseguer, S. A., con sede en Comte Borrell, 241.

Fuentes:

Manuel Barrero Martínez, Sistemática de la Historieta. Aplicación al caso de la historieta y el humor gráfico en Sevilla, 1864-2000, tesis doctoral presentada en el Departamento de Comunicación, Publicidad y Literatura de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, 2015.

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’Editorial Joventut (1923-1969), tesis doctoral presentada en el Departament de Biblioteconomia i Documentació la Universitat de Barcelona, 2005.

Álvaro G. Marhuenda, «Alfredo Meseguer: Las bibliotecas perdidas», Alacant Obrera, 24 de agosto de 2010.

Catálogo de la Biblioteca Nacional de España.

Tebeosfera.

La edición de traducciones como motor de la lengua literaria: La Biblioteca Popular de L’Avenç

El texto de Montserrat Bacardí puede leerse en las pp. 275-286 de Pliegos alzados.

En un excelente repaso de los períodos más trascendentales en la historia de la traducción catalana («Edición y traducción en catalán: momentos fundacionales»), Montserrat Bacardí destacaba la magnitud, importancia y trascendencia cultural de un proyecto que sólo fue posible gracias a la implicación de un nutrido grupo de intelectuales y financieros, la Biblioteca Popular de L’Avenç.

Baste como muestra de la profunda huella que dejó esa iniciativa, el análisis comparativo que llevó a cabo Jacqueline Hurtley entre los títulos aparecidos en esta colección y los que se publicaron cuarenta años después en una iniciativa destinada a remodelar y renovar el panorama editorial catalán, los Quaderns Literaris de Josep Janés (1913-1959). Aparte de publicar a varios autores previamente dados a conocer en la Biblioteca Popular de L’Avenç, Janés recuperó hasta nueve títulos de esta serie, pero además distribuyó sus obras al mismo precio sumamente popular (0.50 céntimos inicialmente) y, según recoge Hurtley, en el número 22 de los Quaderns se explicaba del siguiente modo la imposibilidad de seguir haciéndolo (la traducción es mía):

…nunca se ha visto en Cataluña que libros mejor presentados que los que normalmente se venden a 4 y 5 pesetas, y con un contenido insuperable, sean ofrecidos al precio récord de 75 céntimos. Este esfuerzo que asumimos supera, teniendo en cuenta la evolución de los tiempos, el esfuerzo memorable e insuperado hasta ahora de la Colección [sic] Popular de L’Avenç.

También en el diseño de otra de las grandes colecciones posteriores destinadas sobre todo a la traducción al catalán de las mejores obras literarias de la literatura universal, la colección A Tot Vent de Proa, es perceptible la huella de esta iniciativa que arrancó en la primera década del siglo XX.

La Biblioteca Popular de L’Avenç (mencionada a menudo como BPA), nació en 1905 en el seno de un proyecto más amplio impulsado por el editor Jaume Massó i Torrents (1863-1943) y el abogado y escritor Joaquim Casas i Carbó  (1858-1943) que incluía, además de una librería y una muy prestigiosa imprenta, una revista que enseguida fue muy influyente (L’Avenç) y una editorial.

De izquierda a derecha: Jaume Algarra. Jaume Massó i Torrents, Antoni Rubió i Lluch, Josep Pijoan y Joaquim Casas i Carbó.

El logo del proyecto editorial, que incluía el lema «Amb temps, creix» («Con tiempo, crece»), fue creado en 1903 por el prestigioso y polifacético artista Alexandre de Riquer (1856-1920), autor de algunas de las representaciones gráficas más icónicas del Modernismo catalán (ex libris, postales, sellos, partituras…) y que ese mismo año obtuvo el segundo premio en el Concurso Anual de Edificios Artísticos por la decoración de la mítica Maison Dorée.

Interior de la Maisaaaon Dorée.

En este contexto, es muy significativo que el primer libro del filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), Ensayo de gramática del catalán moderno (1891) apareciera con pie editorial de la librería de L’Avenç, pues fue este núcleo de intelectuales y escritores el que mayor impulso dio a la normalización del catalán, y la BPA fue uno de los instrumentos de los que se sirvió para ello, como ya se planteaba entre sus principales objetivos en el texto que sirvió de anuncio del proyecto a los lectores:

La Biblioteca Popular que presentamos al público viene a llenar un vacío cada vez más sentido por el pueblo catalán debido a la expansión de nuestra nacionalidad, que comporta el uso creciente de nuestra lengua: ofrecer lectura abundante y escogida por un precio módico.

Como señala Bacardí en el ensayo mencionado, el peso que tuvo en la normalización de la lengua y en la difusión de la gran literatura, del pasado y del momento, no fue menor:

Frente a la tradición poética que habían impulsado los artífices de la Renaixença, la colección promovió la prosa narrativa, el teatro y el ensayo, tanto de autores clásicos (Dante, Shakespeare, Pascal, Molière, Goldoni, Goethe, Leopardi…) como del mismo siglo XIX (Emerson, Ruskin, Walt Withman, Turguénev, Mistral, Ibsen, Maeterlinck, Gorki…), procedentes de lenguas y tradiciones culturales diferentes. Se trataba de recuperar el tiempo perdido, de vincularse con la literatura europea de mayor ambición y calidad y de proporcionar al público unas lecturas que no habían podido desarrollarse en la tradición propia. La traducción, en definitiva, conformaba la lengua y universalizaba la literatura.

A los nombres mencionados, pueden añadirse aún los de Novalis, La Rochefoucauld, Perrault, Giacosa, Pellico, Björnson o Swift, entre otros muchos, y en buena parte de los casos vertidos al catalán por firmas importantes del momento o que llegarían a serlo en años no muy posteriores (Pompeu Fabra, Joan Maragall, Alfons Maseras, Manuel de Montoliu, Narcís Oller,  Rafael Patxot, Joan Puig i Ferrater…).

Por otra parte, el mensaje implícito de alternar a algunos de los principales representantes del Modernismo literario catalán (Ignasi Iglésias, Gabriel Alomar, Jeroni Zanné, Miquel dels Sants Oliver, Joan Puig i Ferreter…) con nombres tan insignes de la literatura universal no dejaba de ser un modo de reivindicar la importancia y calidad de esos escritores catalanes recientes..

Tras el inicial D’aquí i d’allà, del polifacético artista modernista Santiago Rusiñol (1861-1931), el segundo título publicado en la BPA fue ya una traducción, Contes. Primera serie, de Lev Tolstoi (1828-1910), trasvasados al catalán por el propio Joaquim Casas, que firma también la del cuarto número, Historietes galizzianes, de Leopold von Sacher-Massoch (1836-1895). El tercer número de la colección había sido Croquis pirinencs. Primera serie, de Massó i Torrents, mientras que el quinto sería una traducción llevada a cabo por el gran poeta del momento, Jacint Verdaguer (1845-1902), de Nerto, del poeta provenzal y Premio Nobel de Literatura en 1904 Fréderic Mistral (1830-1914).

Según testimonio de Casas, vanagloriándose de su buen ojo para establecer las tiradas, éstas oscilaban entre los dos mil y los tres mil ejemplares en el caso de las primeras ediciones, que en las ocasiones más exitosas eran reimpresas luego y encuadernadas en tapa dura (como fue el caso, por ejemplo, de Enric d’Ofterdingen, de Novalis, traducido por Joan Maragall). Al margen de las ya mencionadas tiradas a 0,50 céntimos, era habitual también imprimir una tirada menor impresa sobre buen papel satinado que se comercializaba a una peseta.

En cualquier caso, es indudable que la que fue una de las primeras colecciones de libros de bolsillo en catalán tuvo una aceptación más que notable, prestigió el proyecto (lo que a su vez atrajo a nuevos inversores en el mismo) y, sobre todo, contribuyó a establecer y asentar un modelo de lengua literaria.

 Llegaron a publicarse un total de 152 números ‒que no volúmenes, pues algunos eran dobles‒, de los que más de una tercera parte (62) eran traducciones, y su contribución a la literatura catalana parece innegable, entre otras cosas porque los traductores se veían en la necesidad de adoptar soluciones que, si bien no siempre eran de uso común ni habitual en el lenguaje hablado ni en los textos no literarios, enriquecían la lengua literaria y aportaban giros o expresiones que acabaron generalizándose y asentándose.

En 1915 se cerraba la colección con el libro de relatos Toia virolada, del escritor y político de la Lliga Regionalista Carles de Camps i d’Olzinelles (1860-1939), pero en 1925 el hijo de uno de los fundadores de L’Avenç, Josep Massó Ventós (1891-1931), le dio nueva vida con la publicación de su propia obra La nau de les veles d’or, ilustrado por Lola Anglada (1892-1984). En la cubierta de esta edición aparece el nombre de la Llibreria Antiga i Moderna, con sede en el número 45 de la calle Canuda (no muy lejos del Ateneu Barcelonès), que regentaba el célebre librero y anticuario Salvador Babra i Rubinat (1874-1930), que era quien se había quedado con los fondos de L’Avenç cuando esta, aquejada por una decadencia económica fruto de un irresoluble déficit, en 1915 se vio en la necesidad de cerrar. La imprenta, por otra parte, acabó en manos de la Casa de la Caritat, por un montante de 82.000 pesetas de la época, que se hizo cargo de los veinte empleados con que por entonces contaba el negocio.

A este último título aún se añadirían a modo de epílogo los seis volúmenes que llegarían hasta el número doble 151/152, aparecidos entre 1925 y 1926, de Selecta de contistes catalans, donde confluyeron Robert Robert, Marià Vayreda, Joan Maragall, Santiago Rusiñol, etc., que acaso pueda interpretarse como una réplica a la colección de la Imprenta Atenes Els Contistes Catalans, que se había estrenado con un volumen de cuentos de Carles Soldevila («La clínica de bebès», «L’heroi, la seva dona i el seu pare» y «L’emancipació d’en Quimet») ilustrados por Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1903-1964) y proseguiría luego con otras compilaciones de narrativa breve de Alfons Maseras, Josep M. de Sagarra, Josep Pla, Joan Sacs (Feliu Elias i Bracons, 1878-1948), Àngel Ferran, etc.

Fuentes:

Corpus de traducciones publicadas por la Biblioteca Popular de L’Avenç (con enlaces a facsímiles de muchos de los títulos) publicada en 1611. Revista de Historia de la Traducción.

Anónimo, «Homenatge a L’Avenç», El Poble Català, 7 de febrero de 1910.

Montserrat Bacardí, «Edición y traducción en catalán: momentos fundacionales», en F. Larraz, J. Mengual y M. Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, 2020, pp. 275-286.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L’edició a Catalunya. El segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

—, «Semblanza de L’Avenç (1881-1915)», en EDI-RED, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI), 2006.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial,1986.

Ramon Pla i Arxé, «L’Avenç (1891-1915): la modernització de la Renaixença», Els Marges, n. 4 (mayo de 1975), pp. 23-38.

Tiempo, con la familia Lara en segundo plano y su editorial al fondo

Cuando alguien ve en la carta de un bar o restaurante «bistec con patatas fritas», es lógico que sus expectativas lo lleven a interpretar que se le ofrece un plato con un buen pedazo de carne bovina y unas patatas de acompañamiento, aun a riesgo de que se trate de patatas congeladas y al margen de la calidad de la carne. Por tanto, se sentirá muy defraudado si le ponen delante un plato a rebosar de patatas y, casi oculto entre ellas, un minúsculo y anónimo trozo de carne indocumentada, aun en el supuesto de que la calidad de la carne fuese excelente. Del mismo modo, ante un libro que lleva por título Los Lara y como subtítulo Aproximación a una familia y a su tiempo, el lector tenderá a esperar una biografía coral de los Lara, contextualizada en su tiempo. Y no es este el caso.

Es muy probable, además, que los estudiosos e interesados en el mundo del libro se acerquen a este volumen de José Martí Gómez con la esperanza de encontrar en él algún dato, documentación o interpretación original referidas a la historia de lo que sin duda es una de las editoriales y grupos editoriales más importantes en la historia del sector del libro en lengua española; en tal caso, el sentimiento de decepción está doblemente asegurado.

Por ejemplo, es muy probable que resulte descorazonadora la escasa atención que se dedica a la infancia, juventud y a los primeros años como editor de José Manuel Lara Hernández, la ausencia de la más mínima referencia al papel del agente literario y traductor Ferenc Oliver Brachfeld en estos inicios aun cuando fue pieza fundamental en ellos, la apresurada manera en que se cuenta la venta de la editorial L.A.R.A., hasta tal punto que resulta imposible saber por qué quien la compró (el editor Josep Janés) se refería a ella como Los Autores Realmente Antifascistas, y sin mayor alusión, además, al controvertido compromiso de Lara Hernández de no volver a dedicarse al negocio editorial. También sorprenderá, al tipo de lector antes descrito, descubrir que en este libro, aparte de Rafael Borrás Betriu (y básicamente para citar sus memorias), no tienen apenas ningún papel los editores y asesores más conocidos de Planeta, como es por ejemplo el caso de Manuel Lombardero, Sílvia Bastos, Pere Gimferrer o, particularmente, una figura tan importante como Carlos Pujol, que paradójicamente, durante varios años publicó en La Vanguardia unos espléndidos y utilísimos resúmenes de carácter general de las obras presentadas al Premio Planeta. Si se trata, como algunos detalles permiten suponer, de una obra de encargo o de una biografía autorizada y supervisada, es una lástima que no se haya sacado mayor provecho a los archivos de Planeta, ni a los epistolarios que se puedan conservar, que consta que en alguna medida existen.

Ferenc Ooliver Brachfeld.

En una crítica más bien severa del libro de Martí Gómez publicada el 2 de agosto de 2019 en El Nacional y firmada por Gustau Nerín se señala que «muchos de los hechos reseñados en Los Lara son de difícil verificación, situándose entre la leyenda urbana y el hecho real. Hay otros muchos que, en realidad, ni siquiera atañen a los Lara.» Es incuestionable. Por un lado, porque un porcentaje altísimo de la información que Martí Gómez consigna procede exclusivamente de entrevistas grabadas a personas que, en muchos casos, de una manera u otra, pueden tener un recuerdo sesgado de lo que cuentan o una opinión mediatizada, o bien interesada, y que no se contrastan con otras fuentes que las podrían poner en cuestión. Por si esto no bastara, la ausencia de notas a pie de página o de bibliografía ‒ni siquiera índice onomástico‒ hace imposible comprobar la procedencia de muchas otras informaciones y datos que van condimentando los capítulos de Los Lara. El grado con que el autor saca rendimiento al montón admirable de entrevistas que ha realizado a lo largo de su brillante trayectoria periodística resulta a ratos abrumador, pero lo que resulta más irritante es la paja, esas derivas hacia episodios e informaciones que muy lejanamente colaterales ‒expuestos exhaustivamente y demasiado a menudo con prolijas citas de documentos‒ que poca o ninguna relación tienen ni con la editorial Planeta ni con ninguno de sus protagonistas principales. Pero esto mismo lleva al autor a confesiones que se hace difícil leer sin, cuanto menos, alzar una ceja: «Cuando José Manuel [Lara Bosch] se hizo cargo de la revista [Opinión] ya era difícil salvarla, pero lo intentó fichando a un nuevo director residente en Madrid. No recuerdo su nombre» (p. 129).

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La conjunción de hechos relevantes escamoteados y datos muy remotamente vinculados con la familia Lara y su labor empresarial hacen suponer que el editor del texto no ha hecho aquello que más a menudo suelen hacer y que a veces es imprescindible ni que sea por respeto al lector (suprimir pasajes irrelevantes que no aportan nada), y la explicación a ello es en ocasiones que el libro tenga un cierto número de páginas (291) que permita justificar un determinado precio de venta al público (21,50 €). Quizá sea esta una suposición muy osada, pero hay pasajes cuya presencia se hace difícil de justificar y que, en cualquier caso, hacen responsable del desequilibrio también al editor por no haberle puesto remedio. Valga como ejemplo la siguiente comparación referida a la manera de fumar de Juan José Mira (seudónimo con el que Juan José Moreno ganó el Premio Planeta en su primera edición), que lleva al autor a enzarzarse en una maraña de datos acaso curiosos pero más bien inoportunos e irrelevantes de un personaje que no guarda ninguna relación con los Lara:

Carlos Pujol Jaumandreu.

Fumaba mucho, sosteniendo el cigarrillo en posición vertical sin que cayese la ceniza, cosa que solo le he visto hacer a Ramón Mendoza, el presidente del Madrid, que se definía como un viajante distinguido que igual vendía compresas a mujeres de Nigeria que hacía de intermediario en la compra de petróleo en la Unión Soviética de Brézhnev, de ahí que gestionase la publicación en España de la hagiografía, que no biografía, del longevo dirigente de la URSS. (p. 22).

Más irritantes incluso son las veinticinco páginas dedicadas a evocar a cada uno de los ganadores y finalistas del Premio Planeta, cuando por otro lado no se aporta ninguna información nueva ni se aprovechan como sería deseable las dos tesis doctorales de que ya había sido objeto este premio. El crítico literario Fernando Valls, al reseñar Los Lara en el periódico Infolibre, señalaba además algunos errores de cierto calibre en estas mencionadas páginas (Lituma de los Andes per Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, por ejemplo, o la afirmación de que Ángel Vázquez [1929-1980] desapareció del panorama literario tres ganar en 1962 el Premio Planeta, olvidando no solo la novela Fiesta para una mujer sola, sinó también la más exitosa La vida perra de Juanita Narboni, publicada precisamente por una editorial del Grupo Planeta, Seix Barral, y convertida en película por la cineasta marroquí Farida Benlyazid). Más llamativas incluso son otras erratas sobre les cuales advierte también Valls, como referirse reiteradamente al autor de La catedral del mar como Falcone (p. 283) o mencionar como la que invistió a Lara Hernández doctor honoris causa la inexistente «Universidad de Lebrija» (p. 103) en lugar de la madrileña Universidad Nebrija. La de Valls es una reseña por completo contrapuesta a la anteriormente mencionada de Nerín, pero aun así hay alguna que otra coincidencia: «El libro de Martí Gómez, en suma, tiene mucho interés y se lee con gusto, pues está escrito con fluidez y amenidad, aunque en algunos momentos me parezca que se va del tema. En otros, sepa a poco y debiera seguir ampliándolo para una posible próxima edición».

Pío Baroja y José Manuel Lara Hernández.

Cuatro páginas citando recuerdos de Antoni Castells sobre el pasado reciente de Cataluña y España (pp. 115-121), la reproducción literal de diez puntos expuestos por José Montilla sobre la situación económica en una conferencia (pp. 143-144), una extensa conversación con Carlos Güell (pp. 193-194), la reproducción (¿íntegra?) del documento «El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial de España» (pp. 198-203) o una extemporánea conversación con Bibis Salisachs de Samaranch («No me gusta Ana Karénina. Considero que la protagonista es una estúpida. ¡Suicidarse por un adulterio!», p. 217) podrán valer como ejemplos de esta tendencia a irse por las ramas, de irse del tema; pero hay también otras citas excesivamente prolijas (como la entrevista de Xavi Ayén a la agente Carmen Balcells y José Manuel Lara Bosch publicada la Diada de Sant Jordi de 2003 en La Vanguardia, que ya empieza citando con errores de detalle [«Ustedes se deben haber enfrentado muchas veces» per «Ustedes se habrán enfrentado muchas veces»], pero que ocupa cinco páginas del libro de Martí Gómez [p. 162-167]).

José Manuel Lara Hernández.

Sobre la trayectoria de los Lara, también con una mirada más bien complaciente y de síntesis, resultará sin duda mucho más útil a quien se interese por la su trayectoria y su papel en el mundo de la edición el capítulo que le dedica Francesc Canosa en Capitans d’indústria (Mobil Books, 2013), aunque Martí Gómez sí que aporta más datos sobre la implicación de los Lara, sobre todo de Lara Bosch, en las organizaciones empresariales catalanas y sobre sus relaciones con los poderes mediáticos y políticos españoles. Pero, al fin y al cabo, quien se acerque a Los Lara con la pretensión de conocer la trayectoria de la editorial Planeta, las patatas apenas le permitirán ver el bistec.

Martí Gómez, José. Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.

José Janés y el diseño de una colección canónica

Hubo un tiempo no muy lejano, que no sólo los boomers recordarán bien, en que los apasionados de la literatura eran también amantes de los libros y no se conformaban con tener acceso a esos textos que les emocionaban, les ilusionaban o los reconfortaban, sino que además apreciaban una buena edición, un libro bien impreso sobre papel agradable al tacto, una ilustración de cubierta que dialogara de algún modo con el contenido del texto y una encuadernación que hiciera justicia al valor del libro.

José Janés.

Hubo en aquel entonces muchos editores que buscaron la manera de satisfacer esas preferencias, y entre estos se cuenta en España Josep Janés (1913-1959), en los años treinta (durante la Segunda República) con sus Quaderns Literaris y en avanzados ya los cuarenta (en pleno franquismo) con El Manantial que no Cesa.

¿Qué puede decirse de una colección que entre sus primeros diez títulos cuenta con La Feria de las Vanidades de Thackeray (1811-1863), la Trilogía del vagabundo de Knut Hamsun (1859-1953), La princesa blanca, de Maurice Baring (1874-1945), los Creadores de mundos de André Maurois (1885-1967), Luz de gas de Patrick Hamilton (1904-1962) y títulos de Axel Munthe (1857-949), Jakob Wassermann (1873-1934), Lajos Zilahy (1891-9174) y Charles Morgan (1894-1958)? Cuanto menos y por de pronto, que es bastante indicativa y representativa del gusto de los lectores españoles que se quedaron en la Península en la primera década de la postguerra. Tampoco es baladí en este sentido la relativamente escasa presencia en esta colección de autores españoles entre los primeros cincuenta títulos y el carácter de estos: Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Noel Clarasó (1899-1985), Miguel Vilalonga (1899-1956) y Sebastián Juan Arbó (1902-1984), a los que ya en el segundo año de andadura de esta colección se añaden otros de diverso signo pero, obviamente, siempre entre los que podían ser aceptados por la censura, como Francisco de Cossío (1887-1975), Benjamín Jarnés (1888-1949), Tono (Antonio Lara de Gavilán, 1896-1978), César González Ruano (1903-1965) y Miguel Mihura (1905-1977).

Aun así, y pese a la utilidad que puedan tener estos datos para la sociología de la literatura, más interesante resultan las intenciones y pretensiones expresadas, a medio camino entre el texto de presentación y el manifiesto fundacional, por José Janés en la sobrecubierta, en la que vale la pena detenerse:

Una biblioteca que quiere procurar con la máxima frecuencia, al máximo número de lectores, una nutrida colección de libros escogidos e inmejorable presentación, a un precio mínimo.

MANANTIAL QUE NO CESA va destinada al público que ama los libros, los comenta, los recomienda y los conserva, y sólo adopta la denominación de «colección popular» en el sentido de que quiere llevar al conocimiento del gran público la obra de los escritores más destacados, antiguos y modernos, de la literatura de todos los países.

Se ha establecido una clasificación en trece series para dar cabida en cada una de ellas a libros de una definida y característica especialidad. Cada serie podrá identificarse por la inicial que sigue a cada título en las listas que figuran en las sobrecubiertas. Estas series son las siguientes:

N: Novelas psicológicas

A: Novela de aventuras

M: Novela de misterio

C: Narraciones cortas

E: Ensayos

T: Teatro

P: Poesía

R: Religión y filosofía

B: Biografía y Memorias

CJ: Divulgación científica

CL: Clásicos griegos y latinos

H: Humorismo

AN: Antologías

Esta voluntad de atender o cubrir todos los géneros literarios y cuantas lenguas de partida fuera posible es la misma que ya se advertía en los Quaderns Literaris de los años treinta, en los que con razón pudo señalar Joan Teixidor que se encuentra «el germen de toda la orientación que había de marcar la fabulosa actividad [de Janés] de sus años maduros». También el afán por incluir el mayor número posible de títulos, que hasta cierto punto pone en entredicho el tan mencionado «páramo» en que se encontraba el mercado literario de aquel entonces, es perceptible ya en los Quaderns, que inicialmente se proyectaron con el nombre La Setmana Literària y la voluntad de publicar un título cada siete días. A la altura de 1947, con un catálogo más que nutrido y con la compra reciente de la editorial de José Manuel Lara Hernández (1914-2003) L.A.R.A., Janés estaba en condiciones inmejorables para poder cumplir ese objetivo de largo alcance y que requería disponer de un fondo de calado. Con medio centenar de títulos en el año de su estreno (1947), El Manantial que no cesa cumplió con creces su propósito, aunque a posteriori se pueda discutir hasta la saciedad si los criterios que dieron como resultado esos «libros escogidos» siguen siendo o no válidos, si bien, en caso de de hacerlo, valdrá la pena tener en cuenta también las restricciones impuestas por la censura franquista. Entre tantos títulos es cierto que se cuentan muchos hoy apenas valorados (Ernest Haycox, Hans Rothe o Nikolai Berdiáyev, sin ir muy lejos), pero también, naturalmente, abundan los que todavía hoy son muy leídos y apreciados: Aldous Huxley, Saint-Exupéry, Alba de Céspedes, Katherine Mansfield, Rilke, Dino Buzzati, C.S. Lewis, Wodehouse, Hamsun, Leon Bloy, Saroyan…

También es digno de mención el público al que dice dirigirse la colección, pues resulta de lo más convincente, en la primera década de posguerra, que se dirija «al máximo número de lectores» y que para ello sea una prioridad de primer orden lograr «un precio mínimo».

Con todo, donde con mayor claridad se percibe la personalidad de Josep Janés como editor es en la insobornable voluntad de obtener una «inmejorable presentación», y aquí es oportuno citar a Andrés Trapiello en su Imprenta Moderna, donde describe el excelente trabajo llevado a cabo por Ricard Giralt Miracle (1911-1994) en el diseño: «acaso estemos ante la cubierta más elegante de las que se hicieron para una colección de bolsillo en España, capaz de codearse con cualquiera de las que se hayan hecho en España».

Sin embargo, fuera de contexto esta cita de Trapiello puede resultar engañosa o llevar a equívoco, pues se trata de una colección en formato de bolsillo, sí (10,5 x 17), pero encuadernado en tapa dura y con sobrecubierta, con guardas ilustradas, con el primer pliego impreso a dos tintas, en algunos casos con cinta o punto de lectura en tela…, un diseño del libro como objeto, obra también de Giralt Miracle, que ciertamente responde a la voluntad expresada de limitar su sentido de «colección popular» al hecho de hacerse accesible a todos los bolsillos, pero de ofrecerles un objeto bello, primoroso, equilibrado y cuidado hasta su más mínimo detalle.

Como hiciera también con los Quaderns, la colección buscaba fidelizar a sus lectores mediante algún tipo de «subscripción», que se concreta en los siguientes términos para concluir el mencionado texto de sobrecubierta:

El precio de las obras oscilará según el siguiente prorrateo: 12,50 pesetas por volumen medio de 160 páginas. Cada 32 páginas de texto sufrirán un aumento de 1 peseta.

Aquellos lectores a quienes interese poseer la colección completa de MANANTIAL QUE NO CESA a medida de su aparición y quieran considerarse, por lo tanto, como virtuales subscriptores de la misma, tendrán derecho a satisfacer en diez plazos mensuales el importe de los doce primeros títulos.

Para ello bastará remitir una solicitud al efecto y la cantidad de 56,50 pesetas a cuenta del primer desembolso de 206,50. A la recepción el boletín, le serán remitidos los doce primeros volúmenes, y durante diez meses deberá satisfacer la suma mensual de 15 pesetas, más el importe de las novedades que le serán enviadas a reembolso o por el sistema más conveniente.

Este servicio de venta a plazos se entiende franco de portes y sin recargo alguno.

Lo cierto es que algunos títulos alcanzaron las 45 pesetas (La montaña mágica, de Thomas Mann) o incluso las 55 (Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell), pero siempre quedaba perfectamente justificado por la extensión mucho mayor que la media, y la mayoría de títulos rondaban ese precio de doce pesetas y media.

 Entre 1947 y 1951, pues, el editor que durante la Segunda República fue Josep Janés i Olivé y que con el triunfo del franquismo cambió su nombre a José Janés continuó llevando a la práctica hasta donde las circunstancias se lo permitieron una misma concepción de la tarea y misión del editor de libros, y, de entre las muchas que creó y dirigió, acaso Manantial que no cesa se cuenta entre las que mejor le definen. Siendo mucho el mérito y la trascendencia que tuvo, cuando se mira retrospectivamente, sería injusto recordarla sólo como la colección en que se publicó el primer libro de Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera (1950).

Fuentes:

Jacqueline Hurtley, La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis doctoral, Universitat de Barcelona, 1983.

—«La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología, núm. 11-12 (1985-1986), pp. 293-295.

Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial, 1986.

José Janés, editor de literatura inglesa, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias, 1992.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Joan Teixidor, «En la muerte de José Janés Olivé», Destino, 1228 (21 de marzo de 1959), p. 37.

Andrés Trapiello, Imprenta Moderna, Tipografía y literatura en España, 1874-2004, València, Campgràfic, 2006.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Vicenç Riera Llorca, trabajos editoriales brillantes (y los puramente alimenticios)

Vicenç Riera Llorca.

La que probablemente sea la mejor novela de Vicenç Riera Llorca (1903-1991), Tots tres surten per l’Ozama, tardó más de veinte años en publicarse en su país natal, después de su primera edición en el país que le acogió en su exilio tras la guerra civil española. Inicialmente la publicó en México Avel·lí Artís i Balaguer en su Col·lecció Catalònia en 1946 y, por razones obvias de censura, su aparición en Barcelona se retrasó hasta que en 1967 Edicions 62 la incorporó a su colección El Balancí.

Al concluir la guerra civil, y tras el consabido paso por Francia, Riera Llorca se trasladó a Santo Domingo, donde uno de sus primeros empleos fue como camarero en el café restaurante Hollywood, que, debido a su clientela mayoritariamente estadounidense, contrató asimismo a otros sindicados en la FOSIG (Federació d’Organitzacions Sindicals de la Indústria Gastronòmica) capaces de hablar en inglés. Fue durante esos meses cuando Riera Llorca compartió por primera vez faenas con el caricaturista y pintor surrealista valenciano Toni (Antoni Bernad Gonzálvez, 1917-2011), con quien volvería a coincidir más tarde en la redacción de la revista Confidencias, antecedente en México de las revistas del corazón.

Una vez llega a México, en febrero 1942, Riera Llorca se incorpora al equipo de A. Artís Impresor como corrector de pruebas, trabajo que ya había llevado a cabo a finales de los años veinte en Barcelona, y más tarde seguiría corrigiendo para la Editorial Minerva (donde también tradujo) y en la Imprenta Sícoris.

En cuanto le surge la oportunidad, interviene en la fundación de una editorial, Ediciones Fronda, cuyo recorrido fue más bien breve y trompicado y ya ha sido resumido.

Estaba ya un paso de poder poner en pie las diversas iniciativas editoriales que desarrollaría en México, pero a lo largo de toda la década de los cuarenta no deja de intervenir en todo tipo de aventuras editoriales y ocupándose de las más diversas tareas. Por aquel entonces, por ejemplo, colabora en la fundación de la revista Lletres (1944-1947) con el aún emergente poeta Agustí Bartra (1908-1982), que ese mismo año publicaba su Oda a Catalunya des dels tròpics. Lletres se caracterizó por un grado de exigencia literaria superior a la media de las revistas del exilio, y no es de extrañar que pronto dispusiera de un sello editorial propio (Edicions Lletres), en el que se publicó al ilustrador Xavier Nogués (50 ninots, 1944), Anna Murià (Via de l’Est, 1946), al «sabio catalán» Ramon Vinyes (Pescadors d’anguiles, 1947), al joven hispanomexicano Manuel Duran (Ciutat i figures, 1952) y al propio Riera Llorca (Giovanna i altres contes, 1945), además de, obviamente, diversos poemarios de Bartra.

Vicenç Riera Llorca.

Sin embargo, 1944 es también el año de fundación de una importante revista humorística mexicana que combinaba chistes, caricaturas y poemas satíricos, Don Timorato, en la que Riera Llorca tuvo una participación menos conocida, como dibujante. Ya en los años treinta el polifacético grafómano catalán había dibujado chistes para publicaciones tan distintas como L’Esquella de la Torratxa y Rambla, pero en Don Timorato se unió a una pléyade de espléndidos ilustradores mexicanos que luego tendrían, en algunos casos, dilatadas y exitosas carreras. En esta revista, en cuya fundación intervinieron Ernesto García Cabral (1890-1968), Renato Leduc (1897-1986), Carlos León, Antonio Arias Bernal (1913-1960) y dirigió el ilustrador de libros Héctor de Falcón (1905-1990), sobresalieron como escritores Salvador Novo y el mencionado Leduc, pero la revista se hizo célebre sobre todo gracias a ilustradores como Abel Quezada, Alberto Isaac, Rafael Freyre, Alberto Huici de la Torre, X-Peña, Bismarck Mier, Ram (Héctor Ramírez Bolaños), etc., así como por la presencia de los exiliados españoles Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983) y Lucio López Rey (1904-1957). Por intervención precisamente de Riera Llorca, entró también como colaborador de Don Timorato Avel·lí Artís Gener (1912-2000), que no firmaba las caricaturas con su nombre, probablemente debido a que la revista la financiaba (muy generosamente) Miguel Alemán Valdés con la oculta intención de promover su candidatura a la presidencia de la República Mexicana.

Marilyn Monroe en Confidencias.

Como ya se ha mencionado, en 1946 Riera Llorca coincide de nuevo con Toni cuando se pone al frente de la revista Confidencias, una publicación semanal de gran éxito destinado a las amas de casa (con consejos de belleza, recetas de cocina, biografías de personajes famosos, etc.), en la que colaboraron otros exiliados republicanos españoles, como es el caso de la feminista socialista Matilde Cantos (1898-1987), que firmaba como Márgara Seoane. Asimismo de agosto de 1946 es el único número de la revista Endavant, órgano del MSC (Moviment Socialista de Catalunya), que dirigió Ángel Estivill y del que Riera Llorca fue el único redactor.

Victor Alba.

Sin embargo, dos años después ya está poniendo en marcha una nueva revista de muy distinto signo, Cròniques. Víctor Alba, que completaba el trío de promotores de esta iniciativa con Costa-Amic, la describe del siguiente modo:

Una especie de carta confidencial, impresa en papel biblia, que se mandaba a Catalunya por avión desde diversos puntos de America (gracias a los amigos de S [el propio Victor Alba]. Querían informar sobre la situación internacional, sobre lo que pasaba en España, pero recibieron algunas quejas de destinatarios que tenían miedo y, finalmente, pensando que era muy cómodo hacer oposición desde el exterior, decidieron suprimir Cròniques al cabo de tres números que se habían pagado con aportaciones de cuatro o cinco compañeros.

Pasarán unos años antes de que, en compañía del político, librero y escritor Ramon Fabregat (1894-1985), el escultor y pintor  Josep Maria Giménez Botey (1911-1974) y el político e historiador Josep Soler i Vidal (1908-1999), crearan una de las mejores revistas literarias que pusieron en pie los exiliados republicanos catalanes en México, Pont Blau (1952-1963), que no sólo es una fuente indispensable para aquilatar la literatura catalana de aquellos años, sino que, además de publicar textos explícitamente censurados en España, fue escenario de algunas polémicas importantes; valga como ejemplo la generada por la Antologia de la poesia catalana, 1900-1950, de Joan Triadú (publicada por la Editorial Selecta de Josep Maria Cruzet en 1951), y en la que intervinieron escritores como Pere Calders, Joan Fuster, Antoni Ribera y Rafael Tasis.

No es ocioso añadir ‒porque es indicativo de las intenciones de restablecer el diálogo transoceánico‒ que también de 1952 es la aparición de una revista de nombre con connotaciones muy similares llevada a cabo por el editor Miquel Arimany (1920-1996), en cuyos primeros números, al igual que en Pont Blau, también convergieron escritores de diversas generaciones del exilio (Jordi Arbonés, Agustí Bartra Pere Calders, Josep Ferrater Mora, Domènec Guansé, Odó Hurtado, Rafael Tasis, etc.) con los del interior (Maria Aurèlia Capmany, Josep Maria Espinàs, J.V. Foix, Rosa Leveroni, Manuel de Pedrolo, Carles Riba, Jordi Sarsanedas…).

Apenas tres años después de arrancar la revista aparece el primer libro publicado por quienes la animaban, Unes quantes dones (1955), que reunía diversos cuentos publicados por Odó Hurtado (1902-1965) en Pont Blau y que aparece bajo el sello de Editorial Xaloc. No llegarían a la decena los libros de Xaloc, pero entre ellos se cuentan una joya para los historiadores de la política catalana, Quaranta anys d’advocat, de Amadeu Hurtado (1875-1950), con prólogo de su hijo Odó, quien más tarde publicaría en esa misma editorial su primera novela, L’Araceli Bru (1958).   

Riera Llorca siguió al frente de la revista hasta su desaparición (si bien un año después la relevaba Xaloc, en la que también colaboró), y en cuanto regresó a su país, en 1969 (dos años después de la publicación en Barcelona de Tots tres surten per l’Ozama), relanzó su carrera como escritor y encontró un nuevo público para su obra, con novelas como Amb permís de l’enterramorts (1970), galardonada con los premios Prudenci Bertrana y de la Crítica Serra d’Or, Fes memòria, Bel (1971), Premi Sant Jordi, y Oh, mala bèstia! (1972), entre otras, e interesantísimos libros de evocación y testimonio, como Nou obstinats (1971), El meu pas pelt temps (1979) o, ya póstumamente, Els exiliats catalans a Mèxic (1994).

Fuentes principales:

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Vicente Lloréns, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.

Las primeras traducciones de obras de Mercè Rodoreda

Es muy probable que cuando en 1971 apareció en la prestigiosa Gallimard la traducción francesa de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda (1908-1983), nadie recordara el tenue y muy fino hilo que la vinculaba con la primera traducción de un texto rodorediano al francés, que propició, indirectamente y de lejos, el mismo Gaston Gallimard (1881-1975).

Mercè Rodoreda en Barcelona.

Ciertamente, ya durante la guerra, el 27 de abril de 1938, se publicaba en francés el cuento de Rodoreda «Els carrers blaus», que había aparecido originalmente en número inicial de Companya. Revista de la dona, fechado el 11 de marzo de 1937,que dirigía la pedagoga de origen navarro Elisa Úriz Pi (1893-1979).

Esta primera versión de un texto rodorediano vio la luz en la revista francesa Marianne, que poco después le publicaría también «En una nit obscura» (en la página 10 del número del 29 de marzo de 1939), que previamente había aparecido en catalán en la Revista de Catalunya (número 82, del 15 de enero de 1938): Por cada una de estas traducciones iniciales Rodoreda percibió doscientos francos franceses de aquel entonces. A éstas seguirían, ya unos años más tarde, la traducción al inglés uno de los sonetos que le premiaron en los Jocs Florals celebrados en Londres el 11 de septiembre de 1947 (un soneto de «Embaladit estol d’ombres acollidores» que se publicó en la revista ADAM International Review, en traducción de Joan Gili i Serra) y, de nuevo al francés, la del poema «Penélope», incluido en el sexto número de Le Journal des Poètes (de 1949), y vertido al francés por la filóloga belga Émilie Noulet (1892-1978), quien hacía apenas un par de años se había casado con el poeta catalán Josep Carner (1884-1970).

Mercè Rodoreda en el exilio.

Marianne, cuyo nombre evoca inequívocamente al símbolo de la república francesa por antonomasia, era una revista pacifista, antifascista y de izquierda que se presentaba con un punto de arrogancia como «l’hebdomadaire de l’élite intellectuelle française et étrangère», lo que puede contribuir a plantear la cuestión de hasta qué punto pertenecía ya entonces a la élite la jovencita Rodoreda, cuyos credenciales se limitaban a cuatro novelas breves de género (Soc una dona honrada?, 1932; Del que hom no pot fugir, 1934; Un dia en la vida d’un home, 1934, y Crim, 1936), pues hasta 1938 no aparecería Aloma, que había obtenido el Premi Joan Creixells de narrativa que convocó el Ateneu Barcelonès en 1937. Esto bastaría para que en las páginas de Marianne se la describiera, quizá en un exceso de ampulosidad, como «Gran Prix des Lettres Catalanes». El nombre de Rodoreda aparecía en el mismo número que, por ejemplo, los de Hugh Walpole (1884-1941), Albert Sérol  (1877-1961) o Erich Maria Remarque (1898-1970), de quien se publicaban fragmentos de Tres camaradas traducidos al francés por Marcel Stora (conocido sobre todo por sus traducciones de Nabokov).

Emmanuel Berl.

En cualquier caso, ese inicial vínculo entre la joven escritora barcelonesa y el poderoso editor parisino se estableció, a través de diversos vericuetos, mediante el periodista, editor e historiador Emmanuel Berl (1892-1976), quien en 1933 había escrito para Gallimard Histoire vrai d’un Prix de beauté, donde narraba los entresijos del premio de belleza que había obtenido Valentine Tessier y que fue un fiasco. Cuando Gallimard se propuso crear una publicación periódica capaz de competir con la exitosa Candide lanzada en 1924 por el editor Arthème Fayard, pensó enseguida en Berl, según cuenta Pierre Assouline en su biografía de Gaston Gallimard:

 Berl, de cuarenta años, es un producto puro de la burguesía israelita parisina. Procedente de una familia de industriales y universitarios, emparentada con los Proust, los Bergson y los Franck, está perfectamente integrado, ignorando cualquier religión y es clemecista. Está muy ligado a Drieu La Rochelle, con quien crea, publica y redacta en 1927 Les derniers jours, un bimensual cuyo depositario es la Librería Gallimard, pero que se acaba con el séptimo número. Malraux también es amigo suyo, y es quien le apartó de Grasset para llevarlo a Gallimard.

Cuando Gaston le propone crear Marianne sobre el modelo de Candide, Berl expresa una concepción un poco diferente: le gustaría hacer el periódico solo o casi solo; sería una especie de Cahiers de la Quinzaine del que él sería el nuevo Péguy. Es ambicioso pero poco realista si se tiene en cuenta el prestigio y la obra de Péguy en comparación con la de Berl. Gaston lo convence de que piense más bien en un periódico de periodistas, con fotos, artículos, informaciones, críticas y mucha publicidad para la NRF [la Nouvelle Revue Française de Gallimard].

Gaston Gallimard.

Después de meses de preparación del proyecto codo a codo con André Malraux (1901-1976), el semanario sale a la venta por primera vez el 26 de octubre de 1932 con fragentos de Pilot de ligne, de Antoine de Saint-Exupéry como atractivo principal y con colaboraciones de los nombres principales vinculados a la editorial Gallimard (Edouard Bourdet, Marcel Aymé, Pierre Mac Orlan, Georges Duhamel, Malraux…). En definitiva, y según lo interpreta Bernard Laguerre, la idea de Gallimard era proporcionar a sus autores un espacio en el que poder expresarse sin tener que recurrir a periódicos o revistas de la competencia. Sin embargo, y tras alcanzar unas tiradas de hasta 120.000 ejemplares, a la altura de 1936 estas habían descendido a la mitad, de modo que Gallimard logró que el 15 de enero de 1937 la revista fuera comprada por una sociedad anónima financiada por el empresario Raymond Patenôtre (1900-1951), que había sido ministro de Economía en el gobierno de Léon Blum, y pasara a dirigirla el fotógrafo y editor Lucien Vogel (Lucienne Martin Hermann, 1886-1954).

Mercè Rodoreda.

Vogel ya había puesto de manifiesto tanto su vehemente antifascismo como su compromiso con la legalidad republicana española en un proyecto anterior, la revista Vu, donde el protagonismo lo tenían sobre todo los fotomontajes y en la que se reivindicó sin ambages la intervención militar francesa en España para contribuir así a detener el avance del fascismo por Europa. En Marianne, sin embargo, el cambio más importante que introduce es de carácter estético, dándole una apariencia de revista y haciéndolo crecer primero de dieciséis a veinticuatro páginas y posteriormente a treinta y dos, introduciendo en junio de 1937 las primeras portadas fotográficas a color y, en cuanto al contenido, potenciando las secciones más específicamente culturales.

No obstante, las tensiones tanto políticas como financieras propiciaron que a finales de ese mismo año Vogel abandonara el proyecto.

La siguiente traducción de Rodoreda, en ese caso al inglés, se enmarca en un número especial de ADAM. International Review dedicado a la literatura catalana («Writers of Catalonia»), que incluye también traducciones de piezas breves o fragmentos de Joan Alcover (1854-1926), Pere Calders (1912-1994), Víctor Català (Caterina Albert, 1866-1969), J.V. Foix (1893-1987), Rosa Leveroni (1910-1985),  Josep M. López Picó (1886-1959), Marià Manent (1898-1988), Joan Maragall (1860-1911), Josep Pijoan (1879-1963), Josep Pla (1897-1981), Carles Riba (1893-1959) y Jacint Verdaguer (1845-1902), en versiones de, además de Gili i Serra (que se ocupa también de las traducciones de Foix y Riba y que muy probablemente fue el promotor de la iniciativa), Jack Lindsay, Kathleen Nott, Carles Pi i Sunyer, Nuria Pi i Sunyer, etc.

El origen de ADAM (acrónimo de Arts, Drama, Architecture y Music) está en un periódico que había fundado en 1929 en Bucarest el periodista y editor Miron Grindea (1909-1995), que en 1939 se había establecido en Londres (como Gili i Serra unos años antes) y dos años después reemprendía la publicación de la revista, tras haber establecido amistad con intelectuales británicos como Cecil Day-Lewis, T.S. Eliot o Stephen Spender con quienes, como Gili i Serra, coincidía en la BBC. La lista de colaboradores de ADAM en aquellos años, muchos de ellos emigrantes que huían del nazismo, es impresionante y abarca desde Thomas Mann y Georges Bernard Shaw hasta Picasso, Stefan Zweig, H.G. Wells, Marguerite Yourcenar, Samuel Beckett o Lawrence Durrell, pero las restricciones a la circulación de papel como consecuencia de la guerra mundial conllevaron una nueva desaparición provisional de la revista hasta 1946, que fue la etapa en la que se publicó el número dedicado a la literatura catalana que incluía los poemas de Rodoreda.

El 6 de julio de 1949, acompañada de un esbozo biográfico de la autora, se publica en la revista de Bruselas Le Journal des Poètes el poema «Penélope», que Rodoreda incluiría en el Món d’Ulises y que en 1948 había aparecido ya en México en La Nostra Revista. Creada en 1931 por un comité editorial formado por Pierre Bourgeois, Maurice Carême, Georges Linze, Norge y Edmond Vandervammen, al que luego se incorporaría el poeta y pintor Pierre Louis Flouquet (1900-1967), Le Journal des Poètes había abandonado la iniciativa de publicar algunos libros y antologías y se había reafirmado por entonces como uno de los puentes más sólidos entre la cultura francesa y la belga. Cuando se incluye a Rodoreda, la publicación la dirigía Jean Delaet y se había incorporado ya como lema de la revista el «¡Poetas de todos los países, uníos!». El poema, aparecería ese mismo año incluido en Món d’Ulises, publicado en ciclostil en París por Armand Vidal en el volumen Jocs Florals de la Llengua Catalana: Any XC de llur restauració, y casi simultáneamente en las revistas de Buenos Aires Ressorgiment y Germanor y en la mexicana La Nostra Revista.

De todos modos, el primer libro de la versátil escritora catalana traducido al español no se publicaría hastavarias décadas después, 1965, en la colección El Puente que Guillermo de Torre (1900-1971) dirigía para Edhasa y en traducción de Enrique Sordo (1923-1992), La plaça del Diamant, y dos años después aparecería la versión inglesa firmada por Eda O’Shiel, al tiempo que se publicaba un fragmento de la misma obra en francés en Europe: Revue Mensuelle, debido a Jean Pierre Verdaguer. En el caso de la ya mencionada Aloma, no aparecería en español hasta 1971, en traducción de Joan Francesc Vidal Jové (1899-1974) y en la editorial Al-Borak, pero previamente (en 1969) se había publicado en la editorial Polígrafa la traducción de José Batlló de La meva Cristina y altres contes (además de algunos cuentos de este volumen en checo en Svĕtová literatura, traducidos por Vladimír Hvízd’ala).

Fuentes:

Fuentes:

Pierre Assouline, Gaston Gallimard. Medio siglo de edición francesa, prólogo de Rafael Conte, traducción de Ana Montero Bosch, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim (Debates 3), 1987.

Maria Campillo, ed., AA.VV., Contes de guerra i revolució, Barcelona, Laia, 1981, vol. II.

Sophie Kurkdjian, «L’engagement de l’éditeur de presse Lucien Vogel, de Vu à Messidor», en Anne Mathieu y François Ouellet, dirs., Journalisme et Littérature dans la gauche des années 1930, Presses Universitaires de Rennes, pp. 43-53.

Laguerre Bernard Laguerre, «Marianne et vendredi: deux générations?», Vingtième Siècle, revue d’histoire, núm. 22 (abril-junio de 1989) «Les generations», pp. 39-44.

Josep Mengual, «Una aproximación a la historia de las traducciones rodoredianas», Vasos comunicantes, núm. 40 (otoño de 2008), pp. 13-19.