Historia y Crítica de la Literatura Española

El mismo año en que se celebraron en España las primeras elecciones tras la dictadura franquista, se estrenaba en la aún reciente Editorial Crítica una colección destinada a los profesionales y aficionados a la filología con un título legendario no sólo en esta disciplina sino en las humanidades en un sentido amplio, Erasmo y el erasmismo, de Marcel Bataillon (1895-1977), precedido de una breve nota previa del director de la colección, Francisco Rico (que ya había dirigido la colección Letras e Ideas en Ariel). Reconocido como el mayor conocedor del erasmismo, al que ya había dedicado su tesis doctoral (Érasme et l’Espagne, recherches sur l’histoire spirituelle du XVIe siècle, 1937), Bataillon era célebre sobre todo gracias a la traducción que con el título Erasmo en España había preparado el escritor y filólogo mexicano Antonio Alatorre (1922-2010) para el Fondo de Cultura Económica, que la publicó en 1950 (922 páginas), y sucesivamente actualizada, corregida y ampliada en 1960 y 1966.

Marcel Bataillon.

El segundo número de la colección Filología, publicado también en 1977, fue Semántica y poética. Góngora, Quevedo, del fundador en París del Centre d’Études Catalans Mauricio Molho (1922-1995), al que seguirían, entre otros, títulos de Walter D. Mignolo (Elementos para una teoría del texto literario, 1978), Carlos Blanco Aguinaga (edición corregida y aumentada de Juventud del 98, 1978), Constanzo Di Girolamo (Teoría crítica de la literatura, 1982), Russell P. Sebold (Trayectoria del Romanticismo español, 1983), Emilio Orozco (Introducción a Góngora, 1984), Cesare Segre (Principios de análisis del texto literario, 1985), Claudio Guillén (Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada, 1985)… Y asimismo nacería una serie de Lecturas de Filología, dirigida también por Rico, que daría cabida a textos o compilaciones más breves de Roman Jakobson (Lingüística, Poética y tiempo, 1981), José Ferrater Mora (El mundo del escritor, 1983) o Francisco Ayala (La estructura narrativa y otras experiencias literarias, 1984).

Página de créditos de El mundo del escritor. Adviértase que la dirección de Crítica (en un edificio diseñado por el arquitecto Emili Donat) corresponde a la que actualmente lo es de otra editorial importante, Anagrama, que hasta 1987 ocupó un dúplex en el número 44 de esa misma calle, y entonces (como consecuencia del traslado de Crítica a la sede de Grijalbo), la editorial de Jorge Herralde compró y pasó a ocupar lo que fueran las oficinas de Crítica.

Sin embargo, el mayor y más longevo éxito de la colección Filología fue el de una serie que guardaba ciertas similitudes con El Escritor y la Crítica de la madrileña editorial Taurus, Historia y Crítica de la Literatura Española (comúnmente conocida también como HCLE), cuyos dos primeros números aparecieron en 1980: Edad Media, a cargo del hispanista inglés Alan Deyermond (1932-209), y Siglos de Oro: Renacimiento, preparado por Francisco López Estrada (1918-2010), quien ese mismo año publicaba en la Editorial Complutense Tomás Moro y España: sus relaciones hasta el siglo XVIII. Se trataba de libros bastante voluminosos, con un ingenioso y muy clarificador diseño (de Enric Satué), encuadernados en rústica con solapas y en los que era evidente que, pese a su complejidad editorial, se ajustaban cuanto se podían los costes para no disparatar el precio de venta al público.

En su divertida introducción (con fábula incluida) a cada uno de los volúmenes (nueve en total, más suplementos), Francisco Rico empezaba por exponer con claridad los propósitos de la obra:

Historia y crítica de la literatura española quisiera ser varios libros, pero sobre todo uno: una historia nueva de la literatura española, no compuesta de resúmenes, catálogos y ristras de datos, sino formada por las mejores páginas que la investigación y la crítica más sagaces, desde las perspectivas más originales y reveladoras, han dedicado a los aspectos fundamentales de cerca de mil años de expresión artística en castellano.

La obtención de tal objetivo se fundamentó en la elección de un editor que conociera exhaustivamente el campo que debía abordar y la selección de textos (artículos en revistas especializadas, pasajes de ensayos e incluso ocasionalmente textos específicamente reescritos para su inclusión en la obra), y en una utilísima disposición de los materiales. Tras la mencionada introducción y una nota previa con las claves empleadas, cada volumen se abría con un prólogo del editor y a continuación seguían los diversos capítulos, cada uno de ellos precedidos a su vez de una breve introducción (que orientaba al lector sobre el estado en que se encontraban los estudios acerca de la materia específica y comentaba la bibliografía), una bibliografía específica, y los artículos seleccionados, y el volumen se cerraba con un completo y exhaustivo índice alfabético. Sirva como ejemplo el índice, a grandes rasgos, del quinto volumen, dedicado a Romanticismo y Realismo y a cargo de la poetisa e intelectual puertorriqueña Iris M. Zavala, coordinado por Elvira Pañeda y con traducciones de Carlos Pujol:

  • Introducción
  • Notas previas
  • Prólogo al volumen
  • Románticos y liberales
  • Temas de la literatura burguesa
  • Larra y Espronceda
  • La fortuna del teatro romántico
  • La poesía romántica. Bécquer y Rosalía
  • Costumbrismo y novelas
  • El naturalismo y la novela
  • Benito Pérez Galdós
  • «Clarín»
  • Teatro y poesía naturalistas
  • Apéndice: Prosa intelectual
  • Adiciones [bibliográficas, que actualizan el volumen]
  • Índice alfabético

Entre los textos seleccionados aparecen los más citados y prestigiosos sobre cada una de las materias de Donald L. Shaw, Vicente Llorens, Allison Peers, José Luis Aranguren, Jaime Vicens Vives, Pedro Sailinas, Joaquín Casalduero, Robert Marrast, Bruce W. Wardropper, Luis Cernuda, Fernando Lázaro Carreter, José F. Montesinos, Frank Durand, Vicente Gaos, Carlos Blanco Aguinaga, José-Carlos Mainer, Gonzalo Sobejano, Sergio Beser, Dámaso Alonso, Francisco Ruiz Ramón…

Ya desde el primer momento se anunció la intención de actualizar estas antologías ya fuera mediante la publicación de suplementos o bien mediante ediciones íntegramente rehechas, y al cabo de diez años, en 1991, aparecían los suplementos dedicados a la Edad Media y a Siglos de Oro: Renacimiento, a cargo de los mismos especialistas que se habían ocupado de los tomos originales (véase al pie del texto la lista de títulos publicados). Sin embargo, todo parece indicar que la aceptación que tuvieron estos suplementos fue sensiblemente menor a la que había tenido la serie original, y cosa bastante parecida puede decirse de la Historia y Crítica de la Literatura Hispanoamericana, cuyos tres volúmenes aparecieron entre 1988 y 1990 coordinados por el crítico chileno Cedomil Goic: Época colonial, Del Romanticismo al Modernismo y Época contemporánea.

Como sucede con toda selección, es por su misma naturaleza discutible, y la comparación entre la calidad de uno y otro volumen se convirtió en su momento en poco menos que un entretenimiento recurrente que a veces se convertía en competición de esnobismo. Hoy, casi medio siglo después de su publicación original, es muy probable que el grueso de los textos recogidos en los volúmenes de HCLE sean fácil y gratuitamente accesibles en internet, pero, aun así, lo que sigue haciéndolos útiles a día de hoy es precisamente la tarea prescriptiva y de análisis (a menudo con criterios explicitados en los prólogos) llevada a cabo por reconocidos especialistas en cada ámbito concreto.

Títulos, con sus correspondientes suplementos,de Historia y Crítica de la Literatura Española

Se han dispuesto los suplementos a continuación del título que actualizan y, si no se indica lo contrario, el responsable del suplemento es el mismo que el del volumen corriente.

1: Alan Deyermond, Edad Media, 1980.

1/1 Primer suplemento, 1991.

2 Francisco López Estrada, Siglos de Oro: Renacimiento, 1980.

2/1 Primer suplemento, 1991.

3 Bruce W. Wardropper, Siglos de Oro: Barroco, 1983.

3/1 Aurora Egido, Primer suplemento, 1992.

4 José Miguel Caso González, Ilustración y Neoclasicismo, 1983.

4/1 David T. Gies y Russell P. Sebold, Primer suplemento, 1992.

5 Iris M. Zavala, Romanticismo y Realismo, 1982.

5/1 Primer suplemento, 1993.

6: José-Carlos Mainer, Modernismo y 98, 1980.

6/1 Primer suplemento, 1994

7 Víctor García de la Concha, Época contemporánea: 1914-1939, 1984.

7/1 Agustín Sánchez Vidal, Primer suplemento, 1995.

8 Domingo Ynduráin, Época contemporánea: 1939-1981, 1981.

8/1 Santos Sanz Villanueva, Primer suplemento, 1999.

9 Darío Villanueva, José Luis García Marín, Santos Sanz Villanueva y César Oliva, Los nuevos nombres: 1975-1990, 1992.

9/1 Jordi Gracia, Primer suplemento, 2000.

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Alberto Elósegui y Ediciones Gudari, otro ejemplo de edición vasca en Caracas

Si bien desde 1941, y como consecuencia de la dictadura franquista y su política de imposición lingüística, Buenos Aires se había convertido en el gran centro editorial en euskera merced a la presencia en la capital argentina de la editorial Ekin, por lo menos desde 1946 Caracas se convirtió en otro centro de creación importante de la cultura vasca: en aquel año con la creación de la revista Argia. Euskaldunak euskarak («Luz. Los vascos en su lengua») a la que dos años después se añadían Euzko Gastedi («Juventud Vasca», 1948-1977, si bien de periodicidad irregular), Erri (1949), Euzkadi Keorriak (1951) y otras más o menor efímeras, pero años después también con la revista Gudari, aparecida en 1961 con el ilustrativo lema «Resistencia vasca» (cambiado en 1964: «por una Euzkadi libre en una Europa unida») y con proyectos paralelos como la reanudación de las emisiones, en esta ocasión en la capital venezolana en 1965, de la iniciativa radiofónica Euzkadi Irratia —nacida durante la guerra, en 1937, retomó sus emisiones entre 1946 y 1956 en Iparralde, hasta que las autoridades francesas obligaron a su cierre— o la edición de libros con el sello Gudari.

A principios de la década de 1960, Caracas contaba con una nutrida y ya asentada colonia de exiliados vascos, que disponían además desde 1942 con el Centro Vasco de Caracas (en una nueva sede desde 1950) como punto aglutinador, y un grupo de inquietos intelectuales nacionalistas unieron esfuerzos para poner en marcha estas iniciativas culturales. Entre ellos destaca el grupo de Euzko Gaztedi-Interior, con el prolífico historiador y escritor Miguel Pelay Orozco (1913-1998), que ya en 1951 regresó a su país natal; el periodista José Abásolo Mendíbil (1917-2009), llegado a Caracas en 1947, tras conocer las cárceles franquistas; Félix Berriozabal (Elorrio), el también periodista (coincidió con Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez, en la revista Momento y colaboró en la Ibérica neoyorquina de Victoria Kent) y en España condenado en rebeldía por «actividades subversivas», Alberto Elósegui; el activista político, que también había sido huésped de las cárceles franquistas, Jokin Inza (1924-2008); el capitán y colaborador de Argia José María Burgaña (1905-1987)… El encargo de un logo para EGI (una mano sosteniendo una antorcha) se lo hizo Elósegui al diseñador catalán Joan Queralt, y no tardó en figurar en la portada de Gudari.

Con Alberto Elósegui como director y uno de sus principales impulsores, Gudari no tardó en convertirse en una de las revistas más leídas entre la clandestinidad antifranquista, pese a las dificultades para llevarla a cabo. Según ha contado Iñaki Anasagasti (que le sucedería al frente de la revista cuando en 1969 Elósegui se marchó a Londres), «los fotolitos eran enviados al País Vas­co-Continental y, luego, distribuidos en el interior. Elósegui incorpora todas las novedades de las artes gráficas y del periodismo moderno a su periódico».

En su confección colaboró también la diseñadora gráfica y diagramadora Karmele Leizaola, considerada pionera del diseño de información venezolano y que también había coincidido con la época de García Márquez en Momento (luego trabajaría en Élite, El Nacional, Feriado…). También pudo aprovecharse Gudari de la experiencia y buen hacer de la Tipografía Vargas, una de las más prestigiosas y sólidas, que con Juan de Guruceaga (1894-1974) al frente había impreso la primera edición venezolana de Doña Bárbara (1925), de Rómulo Gallegos (1884-1969) y en la que trabajaba como gerente el padre de Karmele Leizaola.

Iñaki de Urreiztieta, País Vasco, Caracas, Editorial Élite, 1945.

Con el tiempo, Gudari encargó a autores específicos la elaboración de algunos números monográficos y de algunos folletos y opúsculos. De 1956 es una edición impresa en los Talleres de la Société Parisienne d’Impressions, pero financiada por los exiliados vascos en Venezuela, del ensayo La causa del Pueblo Vasco, de Francisco Javier de Landaburu (1907-1963), cuyas 165 páginas se publicarían posteriormente en tres folletos monográficos y numerados (del mismo modo se publicaría después en los Cuadernos Alderdi).

En los años sesenta y setenta la publicación en Gudari es un poco más nutrida pero en ningún momento parece llegar a establecer una continuidad: En 1963 se publica el que sin duda es su libro más importante, la traducción de Alberto Elosegui de El Árbol de Guernica. Un ensayo sobre la vida moderna, de quien fuera corresponsal de guerra del Times en España George Steer (1909-1944), al que siguen 7 días y 7 meses en la España de Franco. El caso de los católicos vascos (1964), del sacerdote, periodista y escritor exiliado en Buenos Aires Iñaki de Azpiazu Olaizola (1910-1988), el extenso poema narrativo “Mugarra Begiraria” (1969), de Francisco Atucha Bicarregui (1908-1973) y, ya en los años setenta, los dos volúmenes de El PNV en la vida práctica de dos tercios de siglo (1976), de Jesús María de Leizaola (1896-1989) y las compilaciones de los discursos del que fuera presidente José Antonio Aguirre (1904-1960), Mensajes del Lendakari (1936-1940) (1975) y Mensajes del Lendakari (1940-1945) (1976).

Como es habitual entre las ediciones del exilio vasco en América, se trata de libros destinados a rescatar episodios de la historia política y cultural vasca o de reflexiones políticas y sociales de sus líderes más destacados, cuyo objetivo evidente es mantener abierto el canal de comunicación entre los acontecimientos en el interior y los vascos diseminados por Europa y América, y si bien la revista llegó a cobrar mucha importancia y al parecer fue la más difundida las iniciativas editoriales fueron menos sostenidas, algo a lo que debió contribuir también la movilidad (en muchos casos en la clandestinidad) de quienes debían ocuparse de ello.

Fuentes:

Iñaki Anasagasti, «La prensa nacionalista en Venezuela», en su blog.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

José Ramon Zabala Agirre, «La lengua desterrada. La literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas exiliadas de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 1), 1993, pp. 51-56.

José Ramon Zabala, «Ediciones Gudari», en Diccionario biobibliográfico de los Escriores, Editoriales y Revistas del Exilio Republicano de 1939, Sevilla, Gexel- Renacimiento, vol 2, p. 538.

Libros sobre música: el caso de Los Juglares de Júcar

Cuando a principios del siglo XX se produjo en España una cierta eclosión de libros con la música como tema –particularmente en sellos de nombre tan inequívoco como Ma Non Troppo, Es Pop Ediciones o Global Rhythm y en otros como Fundamentos o Libros Crudos–, fue habitual al comentarla evocar una experiencia de principios de los años setenta, la colección Los Juglares de la editorial gijonesa Júcar (con sede en Ruiz Gómez, 10), fundada en 1967 por Silverio Cañada (1938-2002) y Ángel Pariente (1937-2017) y que no tardó en abrir sede en Madrid (en Chantada, 7). Menos habitual, en cambio, fue vincular Los Juglares con la colección en la que evidentemente se inspiraba, Poésie et Chansons, de la editorial parisina Seghers.

Alphonse Bonnafé, Georges Brassens, París, Seghers (Poetes et chansons), 1974.

Pierre Seghers (1906-1987), a quien había introducido en el mundo de los libros el artista catalán Lluís Jou (1882-1968), se había estrenado autopublicándose sus poemas con el sello por él creado para tal propósito, Les Éditions de la Tour, y tuvo una primera experiencia editorial ya durante la segunda guerra mundial con la revista clandestina Poètes Casqués y posteriormente Poésie, hasta que en mayo de 1944 sale la célebre colección Poetes d’adjourd’hui con el sello Seghers y en 1966 Poetes et chansons. En realidad, esta última colección pretendía dar cabida a un tipo de poetas cantantes que inicialmente había publicado en Poetes d’adjourd’hui, como Leo Ferré, Georges Brassens, Jacques Brel o Charles Aznavour, y en ella se publicaron también libros dedicados a Edith Piaf, Julitette Greco, Paolo Conte, etc.

Edición en Seghers del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Viendo el catálogo de Júcar no sólo es fácil emparentar Los juglares con Poetes et chansons, sino incluso Los Poetas con la de Pierre Seghers Poetes d’adjourd’hui. A modo de ejemplo, vale la pena constatar que los cuatro primeros números de Los Juglares fueron Bob Dylan (1972), por Jesús Ordovás (n. 1947), la traducción que llevó a cabo el dramaturgo Fermín Cabal (n. 1948) del Jacques Brel (1972), de Jean Clouzet, publicado previamente por Seghers, un Joan Manuel Serrat preparado por el periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), y un Brassens firmado por el también periodista afincado en París Ramón Luis Chao (que a partir de la segunda edición ya apareció firmado como Ramón Chao [1935-2018]).

Edición en Los Juglares del Jacques Brel de Jean Clouzet.

Según ha contado Mariano Antolín Rato, que da una idea de la manga ancha con que se editaba en esa casa, la idea de ampliar el abanico de músicos en Júcar se la sugirió él mismo al director de la editorial cuando ya llevaba un tiempo traduciendo la serie policíaca de Harry Dickson (los primeras traducciones de la cual aparecen firmadas por José Manuel Caballero Bonald, Fermín Cabal y Alfonso Sastre):

Traducía una a la semana, y además añadía contenidos inventados, porque me pagaban por páginas y así llegaba a la siguiente página, con dos líneas ya cobraba otra. Añadía frases inspiradas en H. P. Lovecraft o lo que fuese, porque eran novelas medio policiacas, medio de terror. Entonces con Cañada empecé a traducir y él montó la colección Los juglares. Un día, hablando con él, le pregunté por qué en vez de sacar en Los juglares solamente a Serrat y otros cantautores no sacáis también a los Beatles, los Rolling Stones y esos. Y, efectivamente, los sacaron y se forraron. Entonces Cañada me ofreció un cargo fijo en Ediciones Júcar, que dirigía Caballero Bonald, y me iba muy bien porque les pasaba información, les hablaba de Pink Floyd y grupos de los que ellos no tenían ni la más remota idea, a la vez que les buscaba libros y autores.

Pero más allá del catálogo de títulos de Los Juglares, en el que se puede advertir una cierta evolución en cuanto a los intereses predominantes (de lo más folk al rock, y con cierta obsesión por Bob Dylan), es notable la coincidencia en la idea y la disposición de las dos colecciones. Si los libros de Seghers se basaban en una selección de textos, una discografía, ilustraciones (generalmente fotografías) y un texto biográfico y crítico, eso mismo exactamente es lo que compone los títulos de la colección Los Juglares.

Al igual que su modelo francés, los libros de Los Juglares estaban pensados con el objetivo de que su precio de venta al público fuera lo más moderado posible, en el caso de Júcar encuadernándolos con una cartulina basta (con un formato de 11 x 18 y unas 200 páginas), que a la primera doblez perdía la tinta, e impresos en papel muy tosco y en rotativa. Durante mucho tiempo, concretamente en la madileña Altamira-Rotopress, una sociedad que presidía el procurador a Cortes franquistas Enrique Sánchez de León (luego ministro de Sanidad y Seguridad Social por UCD) y que imprimiría colecciones como la Biblioteca Básica Salvat, los Libros RTV de Salvat o los suplementos de El País y revistas como El Socialista y Tiempo.

En cuanto a los autores de estos libros, abundan los periodistas versátiles, no estrictamente musicales en algunos casos, así como los profesionales de la pluma, con nombres bastante conocidos, como son los casos de Eduardo Haro Ibars (1948-1988), que se ocupó del volumen Gay rock (1975), Eduardo Cerdán Tato (1930-2013), que preparó el de Ovidi Montllor, Ramón de España, que firmó los dedicados a Roxy Music (1982) y Buddy Holly (1987),  Javier Barreiro, que firmó el dedicado a El tango (1985), Carlos Zanón,  autor de Bee Gees (1998), o Josep Maria Espinàs, que escribió el dedicado a Pi de la Serra (1974). Más curiosa es la presencia de autores muy estrechamente vinculados al mundo del teatro, como es el caso de los dramaturgos exiliados en México Álvaro Custodio (1912-1992) y Paco Ignacio Taibo I (padre de Paco Ignacio Taibo II, que dirigió la colección policíaca en Júcar), o Marcos Ordóñez, que firmó el dedicado al Gato Pérez (1987), así como un par de profesores especialistas en literatura y cine españoles del siglo XX, como es el caso de Agustín Sánchez Vidal, autor de Simon & Garfunkel, y José-Carlos Mainer, que preparó el de Labordeta (1977).

Aun así, los nombres de más relumbrón que aparecen en este catálogo son sin duda los vinculados al boom de la novela latinoamericana: el escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), con Daniel Viglieti (1974), el escritor argentino  Ernesto Sábato, que prologa el del historiador y poeta argentino León Benarós sobre Eduardo Falú (1974), y el de Jorge Luis Borges (1899-1986), que firma el prólogo del volumen dedicado a Carlos Gardel (1976), obra del historiador uruguayo Carlos Zubillaga.

Acerca del libro ya mencionado sobre el cantautor francés Georges Brassens, contamos con un interesante comentario que dejó Ramon Chao que puede ser orientativo acerca del método de selección de autores y el modo de confección de los libros:

Este mi primer libro fue de encargo. Me lo pidió Silverio Cañada en uno de sus viajes a París. No es que el tema me apasionara, pero por algo hay que empezar, me dije. Me puse a escuchar canciones de este juglar, y a indagar en su vida. Mis conocimientos musicales eran más que suficientes para analizar la música (tónica-dominante en general) del vate francés. Y hurgando en libros y entrevistas descubrí que la imagen de mi héroe no se correspondía con la realidad.

Vicente Escudero, que en la década de los noventa acaparó la autoría del grueso de la producción de Los Juglares, se ha mostrado paradójicamente muy crítico con la orientación que en esos años tomó la colección (que se resistía a hacer productos de usar y tirar y con fecha de caducidad muy corta) y da también pistas acerca de las condiciones en que se escribían estos libros. Así, en relación a Auge y caída de Michael Jackson (1994), lo describe como un «libro eminentemente periodístico, de rápida edición, aprovechando un momento coyuntural», y añade: «Fue escrito a “seis manos”: Julia [Cibrián], Miguel [Martínez] y yo mismo; en un tiempo récord. Se trataba, precisamente de eso: unir música y actualidad. Júcar no lo entendió y no pudo profundizar en el tema de unir “música” con actualidad periodística». Pero aún más ilustrativa es su caracterización del libro que Escudero preparó sobre Phil Spector: «Un nuevo reto personal: ¿En cuánto tiempo podía escribir un libro…?».

Lo cierto es que buen testimonio del apresuramiento con que se llevaba a cabo todo el proceso de la colección Los Juglares —al margen de la asombrosa superficialidad de algunos textos— es la calidad muy limitada de muchas de estas ediciones. José Manuel Caballero Bonald hizo un retrato del ambiente que se respiraba en la sucursal madrileña de Júcar, en la que él mismo trabajaba, que quizá pueda explicar algunas cosas acerca del espíritu de la época y de los resultados de tal empeño:

Por Júcar pasaban a menudo personajes de muy distinta condición, aunque los más frecuentes eran los inclasificables: especímenes de vagas afinidades con traductores espontáneos, noveles pretenciosos, diseñadores incomprendidos, proveedores de hachís y desocupados crónicos. María [Calonje] y Mariano Antolín solían encargarse de bandear a esas visitas con invariable efectividad.

Fuentes:

José Manuel Caballero Bonald «Caballero Bonald, episodios asturianos», La Nueva España, 9 de marzo de 2010.

Ramón Chao, «Georges Brassens», en el blog de Ramon Chao, s/f.

Vicente Escudero, Blog personal.

Antón López, «Entrevista con Juan Manuel Domínguez: “En España hubo problemas con la publicación de Yonqui», Libros Crudos, web de la editorial.

Bruno Mattiusi, «Entrevista a Mariano Antolín Rato, traductor, novelista, ensayista, psiconauta y agitador cultural», Trans. Revista de Traductología, núm. 21 (2017), pp. 253-275.

Listado (muy provisional e incompleto) de los títulos publicados en Los Juglares.

1/ Jesús Ordovás, Bob Dylan, 1972.

2/ Jean Clouzet, Jacques Brel, 1972.

3/ Manuel Vázquez Montalbán, Joan Manuel Serrat, 1972.

4/ Ramón-Luis Chao (Ramon Chao a partir de la 2ª ed.), Brassens, 1973.

5/ Alan Dister, Beatles, 1974.

6/ Phillipe Bas-Rabérin, Los Rolling Stones, 1973.

7/ Jesús Ordovás, Jimi Hendrix, 1974.

8/ Félix Luna, Atahualpa Yupanqui, 1974.

9/ Jean-Marie Leduc, Pink Floyd, 1974.

10/ Sergio Laguna, Leo Ferré, 1974.

11/ León Benarós (con prólogo de Ernesto Sábato), Eduardo Falú, 1974.

12/ Jean Clouzet, Boris Vian, 1974.

13/ Mario Benedetti, Daniel Viglieti, 1974.

14/ Josep Maria Espinàs, Pi de la Serra, 1974.

15/ Phillipe Bas-Rabérin, El blues moderno.

16/ Viale Moutinho, Jose Alfonso.

17/ Mariano Antolín Rato, Bob Dylan 2, 1975.

18/ Héctor Vázquez Azpiri, Víctor Manuel, 1974.

19/ Gaspar Fraga, Elvis Presley.

20/ Eduardo Haro Ibars, Gay rock, 1975.

21/ Agustín Sánchez Vidal, Simon & Garfunkel, 1975.

22/ Hervé Muller, Jim Morrison y los Doors.

23/ Jesús Ordovás, El rock ácido de California.

24/ Enrique Cerdán Tato, Ovidi Monllor.

25/ Alan Dister, El rock inglés.

26/ Jacques Vassal, Leonard Cohen, 1978.

27/ Álvaro Custodio, El corrido popular mexicano (su historia, sus temas, sus intérpretes), 1976.

28/ Antonio Cillero, Beatles 2, 1976.

29/ Álvaro Feito, Joan Báez, 1976.

30/ Armando Tejada Gómez, Horacio Guarany.

31, Galvarino Plaza, Victor Jara, 1976.

32/ Francisco López Barrios, La nueva canción en castellano (L. A. Aute, Pablo Guerrero, Julia León, Rosa León, Luis Pastor, Elisa Serna), 1976.

33/ Carlos Zubilaga (con prólogo de Jorge Luis Borges), Carlos Gardel, 1976.

34/ Patricio Manns, Violeta Parra, 1978.

35/ José-Carlos Mainer, Labordeta, 1977.

36/ Esteban Leivas, David Bowie, 1977.

37/ John Pidgeon, Eric Clapton, 1976.

38/ Alain Dister, Frank Zappa y The Mothers of Invention, 1981.

39/ Jorge Arnaiz, Los Who, 1980.

40/ Alicia Dujovne, María Elena Walsh.

41/ Jesús Ordovás, Bob Marley, 1980.

42/ George Tremlett, Rod Stewart, 1981.

43/ Álvaro Feito, Alan Stivell, 1981.

44/ Víctor Claudín, Sisa, 1982.

45/ Alberto Manzano, Jackson Browne, 1982.

46/ Danny Faux, Dylan 3, 1982.

47/ Ramón de España, Roxy Music, 1982.

48/ Fernando Márquez, Vainica doble, 1983.

49/ Sagrario Luna, The Jam, 1983.

50/ Ignacio de Juan, Stones 2, 1983.

51/ Jaume Pomar, Raimon, 1983.

52/ J. M. Plaza, Luis Eduardo Aute, 1983.

53/ Fernando González Lucini, Carlos Cano, 1983.

54/ Ignacio Q. Santander, Quilapayún, 1983.

55/ Javier de Juan, Jethro Tull, 1984.

57/ José Luis Álvarez, Miguel Ríos. ¿El rock que no termina?, 1984.

58/  Danny Faux, Kris Kristofferson, por los Buenos tiempos. Retrato de un artista americano, 1985.

59/ Connie Berman, Linda Ronstadt, 1985.

60/ Judith Davis y Danny Faux, Queen, 1985.

61/ Javier Pérez de Albéniz, Bruce Springsteen, 1985.

62/ Paco Ignacio Taibo I, Agustín Lara, 1985

63/ Danny Faux, Michael Jackson, 1985.

64/ Javier Barreiro, El tango, 1985.

65/ Álvaro Feito, Dire Straits.

66/ Carlos Toro, Charles Aznavour.

67/ Maurilio de Miguel, Joaquín Sabina.

68/ Daniel Tubau, Deep Purple, 1986.

69/ Mikel Barsa, The Kinks, 1987.

70/ Ramón de España, Buddy Holly, 1987.

71/ Marcos Ordóñez, Gato Pérez, 1987.

72/ Ángel Vivas, Javier Krahe, 1991.

73/ Luis Lapuente, Jery Lee Lewis, 1992.

74/ Vicente Escudero, Bob Dylan 4, 1992.

75 y 76/ José Luis Atienza Merino, Jacques Brel 2, 1987.

77/ Juan Mari Montes, Suzanne Vega, 1992.

78/ J. J. Medina, Queen 2. Freddie Mercury (1946-1991), 1994.

79/ Vicente Escudero, Phil Spector, 1994.

80/ Miguel Martínez y Vicente Escudero, Lennon, 1994.

81/ Vicente Escudero, Julián Cibrian y Miguel Martínez, Auge y caída de Michael Jackson, 1994.

82/ Vicente Escudero, Bob Dylan y la prensa española (1980-1993), 1995.

83/ Vicente Escudero, Eric Clapton 2, 1995.

84/ Vicente Escudero, Cher, 1995.

85/Vicente Escudero, Bob Dylan. Los discos, 1996.

86/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las canciones, 1996.

87/ Vicente Escudero, Bob Dylan. Las palabras, 1996.

88/ Bob Dylan, Tarántula, 1985.

89/ Andrés López Martínez y Vicente Escudero, John Lennon 2.

92/ Carlos Zanón, Bee Gees. La importancia de ser un grupo pop, 1998.

93/ Juan Martí Montes, Elton John, 1998.

Los Juglares. Serie Especial

1/ Anthony Scaduto, La biografía de Bob Dylan.

2/ Anthony Scaduto, Mick Jagger.

3/ LeRoy Jones, Música negra, 1978.

5/ Julian Beck, Canciones de la revolución (Living Theatre).

6/ Ramón J. Martínez [Ramoncín], Animal de ojos caídos. Poemas y musiquitas.

7/Simon Frith, Sociología del rock, 1978.

8/ Victor Claudín, Canción de autor en España, 1981.

9/ David Dunaway King, Una canción sin Pete Seeger, 1993.

Publicidad de una presentación de Los Juglares.

El Escritor y la Crítica (Taurus)

A finales de los años sesenta, la editorial Taurus estaba sobradamente afianzada como una de las referencias en la edición de libros de Humanidades en lengua española, acaso con una mirada muy predominantemente peninsular, y en un momento de ebullición tras ponerse al frente de ella Jesús Aguirre (1934-2001) y la entrada muy poco después, por recomendación de Javier Pradera (1934-2011), del escritor y editor José María Guelbenzu (n. 1944). Una de las más originales colecciones lanzadas por el entonces en Taurus fue El Mirlo Blanco, creada por Francisco García Pavón (1919-1989), que reunía varios textos de un mismo dramaturgo, precedidos de un prólogo de presentación (generalmente, del director de la revista Primer Acto y de la colección, José Monleón) y seguidos de algunos estudios en profundidad de críticos o escritores prestigiosos. Así, tras un primer número en 1968 dedicado a Carlos Muñiz (1927-1994) (El Tintero, Solo de saxofón y Las viejas difíciles) con textos de Monleón, Antonio Buero Vallejo, Manolo Ruiz Castillo, Alfonso Sastre, Ricardo Rodríguez Buded, Francisco García Pavón, José María Rincón, y el propio Muñiz, seguirían otros con obras destacadas de Alfonso Sastre (n. 1926), Antonio Buero Vallejo (1916-2000), José Ricardo Morales (1915-2016), José Martín Recuerda (1926-2007), Miguel Mihura (1905-197), Fernando Arrabal (n. 1932), etc.

Juan Ramón Jiménez (1981-1958).

Puede advertirse cierto parentesco, en cuanto a la estructura y la idea general, entre El Mirlo Blanco y la serie El Escritor y la Crítica, dirigida inicialmente por Ricardo Gullón (1908-1991), cuya vinculación con Taurus se remontaba por lo menos a la preparación de las Conversaciones con Juan Ramón Jiménez (1958) y la publicación en Taurus de las segundas ediciones de sus ensayos Las secretas galerías de Antonio Machado (1958), con la que estrenaba otra colección muy valiosa (Cuadernos Taurus) y Galdós, novelista moderno (1960). Posteriormente se le uniría en la dirección su hijo Ricardo, quien ya en 1974 se había estrenado en Taurus como coeditor con su esposa Agnés de Teoría de la novela y luego con la publicación de su El narrador en la novela del XIX (1977).

Enmarcada en la colección Persiles, la serie El Escritor y la Crítica pretendía, en palabras del propio Gullón, reunir en un volumen monográfico: «Los artículos y ensayos más selectos dedicados a la vida y la obra de un escritor español o hispanoamericano actual, entendiendo por actual lo que tiene vigencia activa, operante para el hombre de hoy, y no sólo lo rigurosamente contemporáneo».  La intención era sobre todo dotar a estudiantes y profesores de letras de un selecto compendio de lo mejor que se había escrito sobre un determinado tema o autor, lo cual (en una época previa a internet) le permitía acceder a una serie de textos críticos valiosos cuya localización y hallazgo podían de otro modo suponer varias horas —si no días—de búsqueda y captura por bibliotecas. Naturalmente, era también un punto determinante la capacidad y el rigor de quienes elaboraban la selección, siempre firmas de reconocida autoridad en su materia (por lo general docentes en Estados Unidos) y con razón pudo escribir Darío Villanueva que fue «un instrumento que todos los amantes de la Literatura, por no decir los estudiosos o los profesionales de su enseñanza, han utilizado alguna vez».

En estos libros, perfectamente manejables y diseños de cubierta de Antonio Jiménez, tenía especial importancia también la disposición de los materiales, que muy a menudo incorporaban los primeros testimonios críticos acerca del autor o materia objeto de estudio, así como, cuando era preciso, la traducción de artículos aparecidos en revistas o formando parte de libros de difícil acceso para el lector español. Se estrenó la serie en 1973 con tres títulos que ya daban idea del grado de exigencia y la orientación en la selección: Un Benito Pérez Galdós preparado por Douglas M. Rogers (profesor en la Universidad de Texas); Antonio Machado, a cargo del propio Ricardo Gullón en colaboración con Allen W. Phillips (1922-2011), formado en la Universidad de Michigan (Ann Arbor) y posteriormente profesor en la Universidad de Texas; y Federico García Lorca, editado por Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003), profesor de la Rutgers University y quien ya en 1934 había coincidido con Gulllón en la fundación de la revista Literatura.

Tras una nómina de autores igualmente deslumbrantes (Miguel de Unamuno, por Antonio Sánchez Barbudo, y Pío Baroja, por Javier Martínez Palacio, en 1974, y César Vallejo, por Julio Ortega, en 1975), el volumen dedicado al poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948) anuncia en el título la primera ampliación del campo, Vicente Huidobro y el Creaciónismo, preparado por René de Costa (Universidad de Chicago) y ese mismo año 1975 llegaría el dedicado a El Modernismo, a cargo de la profesora en la Universidad de Texas Lily Litvak (n. 1938), al que seguirían algunos otros temáticos, como el centrado en los Novelistas hispanoamericanos de hoy (Onetti, Agustín Yáñez, Carpentier, etc.), coordinado por el profesor de la Universidad de Michigan Juan Loveluck, el primero de dos volúmenes dedicados a los Novelistas españoles de postguerra, preparado por Rodolfo Cardona (Univerdidad de Washington) —del segundo se ocupó José Schraibman (también de la Universidad de Washington)—, El Simbolismo, del profesor de origen cubano José Olivio Jiménez (1926-2003), El Surrealismo, a cargo de Víctor García de la Concha, los dos volúmenes sobre La novela lírica, por Darío Villanueva, o los dedicados incluso a obras concretas de singular importancia (el Quijote, editado por George Haley, y Fortunata y Jacinta, preparado por Germán Gullón, por ejemplo). Entre los dedicados a escritores, tuvieron mucha presencia los escritores de la generación del 27 (Jorge Guillén, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Aleixandre, Cernuda…), así como los novelistas del boom y sus aledaños (Borges, Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa…), por muy poca los anteriores al siglo XIX (sólo los dedicados a Lope de Vega. El teatro I, a cargo de Antonio Sánchez Romelano, del que no llegó a salir la previsible segunda parte, y Francisco de Quevedo, en edición de Gonzalo Sobejano).

Entre los títulos anunciados que no llegaron a publicarse resultan particularmente interesante el Teatro español contemporáneo que debía preparar Ricardo Domenech (1938-2010), quien en 1988 se había ocupado del de Ramón María del Valle-Inclán,  y un volumen dedicado al Naturalismo, del que debía hacerse cargo José María Martínez Cachero (1924-2010), quien en 1978 había preparado para Taurus la Antología crítica clariniana.

Relacionado también con Clarín es el curioso caso del volumen sobre La Regenta publicado en 1988 y preparado por Frank Duran, un volumen acerca del cual dejaba escrito Germán Gullón en «La mirada masculina y la conciencia en La Regenta»:

Es un hecho que el mejor volumen de crítica sobre la obra de Leopoldo Alas «Clarín», editado por Frank Durand, La Regenta de Leopoldo Alas, Taurus, Madrid, 1988, apenas aparece citado en las notas y trabajos sobre el autor asturiano, mientras hay una increíble ponderación del trabajo erudito, que contribuye a adelantar el conocimiento de la obra clariniana en una sola dirección. Mejor suerte ha tenido, aunque no excepcional, el tomo de Sergio Beser, Clarín y La Regenta, Barcelona, Ariel, 1982.

Dadas las fechas de publicación, es de suponer que Frank Durand ya estaría trabajando en su propia obra cuando apareció en la colección Letras e Ideas (dirigida por Francisco Rico) la de Beser, compuesta también de artículos temáticos de diversos autores, y vale la pena mencionar que en la antología crítica de Ariel aparecen dos textos de Durand («Leopoldo Alas Clarín: Coherencia entre sus ideas críticas y La Regenta» y «La caracterización en La Regenta: punto de vista y tema»), mientras que la de Taurus incorpora el texto de Beser «Espacio y objetos en La Regenta» y que sólo coincide en ambos libros un texto («Un estudio de La Regenta», de Segundo Serrano Poncela) y tres autores (Gonzalo Sobejano, además de Durand y Beser). Por otra parte, el libro de Taurus preparado por Durand recoge una selección más amplia (veinticinco textos frente a los nueve de Ariel).

Con todo, no deja de ser tampoco curioso el hecho de que en 1980 hubiera aparecido el primer volumen de un muy ambicioso proyecto dirigido por Francisco Rico, Historia y Crítica de la Literatura Española (en la editorial Crítica, descendiente directa de Ariel), pues guarda parecidos razonables con la idea de El Escritor y la Crítica.

Fuentes:

Germán Gullón, «La mirada masculina y la conciencia en La Regenta», en Antonio Vilanova, Adofo Sotelo Vázquez (eds.), Leopoldo Alas “Clarín”, Actas del Simposio Internacional : (Barcelona, abril de 2001), Barcelona, Universidad de Barcelona, 2002, pp.325-336.

Javier Huerta Calvo, «Medio siglo de gran literatura», en Antonio Largo Carballo, coord., Taurus. Cincuenta años de una editorial (1954-2004) (edición no venal), Madrid, 2004, pp. 199-233.

Pedro Rújula López, «El ensayo y los libros de ciencias sociales», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 783-805.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Detino (Imago Mundi 26), 2003.

Darío Villanueva, «Ricardo Gullón, crítico literario», en Javier Huerta Calvo, coord., La Escuela de Astorga: Luis Alonso Luengo, Ricardo Gullón, Leopoldo Panero, Juan Panero, Astorga, Ayuntamiento- Diputación de León, 1993, pp. 199-210.

Anagrama y el canon literario latinoamericano (sobre Narrativas Hispánicas)

«El criterio de uno como lector es selectivo, y el criterio de uno como editor debe ser aglutinante.»

Ricardo Piglia

 

Desde por lo menos el estallido del boom, las capitales editoriales españolas han actuado tradicionalmente como puente entre las literaturas latinoamericanas y las europeas, si bien es cierto que también París ha desempeñado un papel importante. Esto subraya lo que, refiriéndose al caso de Argentina, Javier Lluch-Prats ha denominado la «dependencia de la mediación editorial española para la internacionalización de los textos».

El capital simbólico acumulado por Anagrama a lo largo de su historia, así como los contactos cultivados por su fundador, Jorge Herralde, contribuyen a explicar la importancia que ha cobrado Anagrama en la construcción del canon en países como México, Argentina o Chile, y ese proceso puede advertirse bien a la vista del catálogo de la colección Narrativas Hispánicas.

Beatriz de Moura (Tusquets) y Jorge Herralde.

Si bien ya previamente habían aparecido en Anagrama algunos textos del argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) y del también argentino pero de expresión francesa Copi (Raúl Damonte Botana, 1939-1987), puede tomarse como punto de referencia la entrada en la colección Narrativas Hispánicas (creada en 1981) del mexicano Sergio Pitol (1933-2018) con el libro de relatos Vals de Mefisto (publicado previamente en México con el título Nocturno de Bujara por Siglo XXI), y en particular porque Pitol, residente por entonces en Europa, será uno de los grandes beneficiarios de la política de autor llevada a cabo en muchísimos casos por Jorge Herralde y verá publicado en esta editorial el grueso de su obra. Al año siguiente, en 1985, se publicaba ya en la misma colección al primer escritor argentino –afincado en París– Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano, prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante).

Ricardo Piglia.

Además de la colección Narrativas Hispánicas, otro punto de referencia para analizar esta progresiva presencia de literatura latinoamericana es el Premio Herralde de Novela, que, además de premiar El desfile del amor de Pitol en 1984, ese mismo año designa como finalistas al argentino residente en Madrid Miguel Enesco, por Me llamaré Tadeusz Freyre, y al año siguiente a la también argentina Luisa Futoransky, por De Pe a Pa (De Pekín a París). De 1987 es la publicación en NH de La trenza de la hermosa Luna, de la cubana afincada en Puerto Rico Mayra Montero, quien hasta entonces sólo había publicado el libro de relatos Veintitrés y una tortuga (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981) y cuyos libros siguientes fueron casi sistemáticamente publicados en Estados Unidos en traducción al inglés de Edith Grossman (prestigiosa traductora de Cervantes, García Márquez, Vargas Llosa y Julián Ríos, entre otros). En 1986 Montero había compartido la condición de finalista del Premio Herralde (que en la página que Harper Collins se describe como «one of Europe’s most prestigious literary awards») con el uruguayo Roberto Fernández Sastre (La manipulación) y el colombiano Evelio Rosero (Juliana los mira). Como señala Jorge L. Locarno, uno de los mayores intereses del Premio Herralde es su capacidad para conferir valor simbólico a textos que pasan luego a circular por el mundo con la etiqueta de «literatura latinoamericana», y por lo tanto incide en qué se toma por tal cosa más allá de los propios países latinoamericanos. Incidiendo en la misma cuestión, en el prólogo a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina Juan Villoro, por su parte, señala que el catálogo de Anagrama es «siempre heterodoxo respecto a la valoración que las literaturas hacen de sí mismas, y acaso por eso mismo, tiene altas posibilidades de definir el canon futuro». También de 1987 es la recuperación en NH de Las ratas, seguido de Sombras suele vestir (que en 1972 había aparecido ya como tal en Siglo XXI), del entonces recién fallecido José Bianco (1908-1986). Desde entonces, si bien porcentualmente no era predominante, la presencia de literatura latinoamericana fue constante y sostenida con la obra de Pitol como indudable protagonista principal.

Aun así, suele señalarse como un momento clave en la intensificación de estas relaciones la mitad de la década de 1990, no casualmente coincidente con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea (1993) que a finales de 1995 culminaría con el acuerdo de creación de una moneda única (el euro). En el texto de presentación de Anagrama. 45 años. 1969-2014, Recorrido por cuatro décadas y media, Herralde sitúa ese cambio incluso más adelante, de la primera década del siglo XXI:

Uno de los rasgos más destacados de este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina.

Herralde con Roberto Bolaño.

En cualquier caso, tanto en la segunda mitad de los ochenta como en la primera de los noventa, los autores latinoamericanos, y no sólo argentinos y mexicanos, siguen presentes en NH, y valga como muestra los premios Herralde  a La noche es virgen, del peruano Jaime Bayly en 1997 y Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en 1998, a los que pueden añadirse como finalistas la peruana Teresa Ruiz Rosas (con El copista, en 1994) o el hispanoargentino Andrés Neuman (con Bariloche, en 1999), o el inicio de la publicación casi sistemática de la obra del mexicano de origen hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) (Movimiento perpetuo y Obras completas y otros cuentos en 1990, La Oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio en 1991, Viaje al centro de la fábula en 1992..) o aun la aparición del cervantista argentino Federico Jeanmarie con Miguel (1990), quien tras dar muchas vueltas (Sudamericana, Norma, Seix Barral, Alfaguara…) volvería a Anagrama con Tacos altos (2016) y para ser finalista del Herralde de Novela ese mismo año con Amores enanos.

Otro libro importante en este sentido –en tanto que propuesta para la actualización del canon–, es la antología preparada por Juan Forn y publicada en 1992 Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina (publicada luego en la colección Compactos con el subtítulo Una antología de narrativa argentina), que dio a conocer a muchos lectores no argentinos a escritores como Cecilia Absatz, César Aira, Rodrigo Fresán, Fogwill, Sylvia Iparraguirre, Alberto Laiseca, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Alan Pauls… El respaldo de un sello como Anagrama, confirmado en varios de estos casos con la posterior incorporación a su catálogo (Alan Pauls, por ejemplo) o a grandes editoriales (caso de Fresán), situó de pronto en otra división internacional a estos autores a ojos de los editores de otros países, pues como ha explicado el propio Herralde, «en tanto y en cuanto tienes un fondo de autores extranjeros de primerísima fila, los editores extranjeros se fían a priori de los libros que tú les recomiendas».

Tal vez sí el despegue más vistoso se produce en el inicio del nuevo siglo, con autores jóvenes, outsiders en sus propios milieux literarios locales, exploradores de tradiciones que no son las predominantes en sus respectivos países, y a ello hay que añadir que en muchos casos establecieron relaciones de amistad o cuanto menos de trato entre ellos, creando si no una imagen de grupo sí de parentesco, con Anagrama como elemento aglutinador, pero también es cierto que es un despegue que llevaba ya bastante tiempo con el motor en marcha. Y parece indudable la incidencia de las elecciones de Anagrama en la configuración del canon de la literatura latinoamericana más innovadora a ojos del conjunto del sistema literario internacional.

Fuentes:

Leila Guerriero, «Jorge Herralde: el anagrama perfecto», La Nación, 24 de junio de 2001.

Jorge Herralde, El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina, texto introductorio de Juan Villoro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Javier Lluch-Prats, «Escritores de marca: voces argentinas en el catálogo de Anagrama», Orbius Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jorge J. Locane, «El Premio Herralde de Novela: Literatura Latinoamericana para el mundo y desterritorialización del prestigio», INTI: Revista de Literatura Hispánica, núm. 85-86 (2017), pp. 100-112.

Jorge L. Locane, «¿Cómo se produce la literatura mundial? Esbozo de una respuesta: el catálogo de Anagrama», intervención en el VII Seminario Internacional Redes Públicas y Relaciones Editoriales. La edición iberoamericana en el mapa de la literatura mundial, Madrid, 30 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 2017.

Juan Carlos Piedrahita B., «En Anagrama somos audaces» (entrevista a Jorge Herralde), El Espectador, 28 de noviembre de 2009.

Redacción, «Anagrama apuesta por los escritores rebeldes», Proceso, 24 agosto de 2003.

Alejandro Zambra y la generación de la Biblioteca Ercilla

A lo largo de la espléndida colección de textos de Alejandro Zambra que Andrés Braithwaite seleccionó y editó con el título No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), el escritor chileno menciona en diversas ocasiones la importancia que tuvo en la formación de los lectores de su generación los libros que integraron la Biblioteca Ercilla. Así, por ejemplo, en «Niños genios» explica Zambra:

Gran parte de los niños de los años ochenta debemos nuestra iniciación literaria a la Biblioteca Ercilla, una nu­merosa colección de libros sin dibujos, sin prólogos y sin notas a pie de página que venían de regalo con la revista Ercilla […]. Somos, mal que nos pese, la generación Ercilla: leímos La metamorfosis o El retrato de Dorian Gray o los cuentos de Poe fundamentalmente porque entonces bastaba estirar la mano para obtener esos libros y porque nos cautivaron o no nos aburrieron

A la altura de los años ochenta del siglo XX, Ercilla era ya toda una institución en el panorama editorial chileno. Sin embargo, ya un siglo antes Ercilla había dado nombre a una célebre imprenta creada por el bibliófilo y erudito José Toribio Medina (1852-1930) (de ella salió, por ejemplo, el poema histórico Las guerras de Chile [1888], de don Juan de Mendoza Monteagudo, con el que nace la colección de Poemas Épicos Relativos a Chile).

De 1933 data la fundación de la Editorial Ercilla de Laureano Rodrigo y Luis Figueroa, que entre los años treinta y los cuarenta, la época dorada de la edición chilena, ocupó un lugar preponderante, junto con Nascimento y Zig_Zag y, a cierta distancia en cuanto a tamaño otras como Osiris y Universo. Si Nascimento era la editorial de referencia en cuanto al ensayo y Zig Zag destacó por acoger a los narradores chilenos y por el esmero en el diseño, Ercilla fue la gran divulgadora de la literatura universal, gracias entre otras cosas al un equipo de prestigiosos editores que reunió, entre los cuales un buen número de intelectuales peruanos  afines o vinculados al APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) exiliados en Chile, como el profesor limeño Luis Alberto Sánchez (1900- 1994), que dirigió la editorial además de publicar en ella diversos títulos propios (Panorama de la literatura actual, 1934; Historia de la literatura americana (desde los orígenes hasta 1936), 1937; Historia general de América, 1941, etc.), los escritores Ciro Alegría (1909-1967), que empezó alternando el trabajo como corrector de pruebas con traducciones para Zigzag, y Juan José Lora (1902-1961) o el periodista Manuel Seoane Corrales (1900-1963), que a partir del abril de 1937 dirigiría la revista Ercilla.

Avanzada la década de los treinta, sumida la industria editorial española en las trabas inherentes a una guerra civil, Ercilla vivió su momento de esplendor en 1937, con la apertura de diversas sucursales (Buenos Aires, Caracas, México, Montevideo…) y con un ritmo de publicación de hasta tres obras mensuales y tiradas de mil ejemplares iniciales.Por entonces la revista Ercilla tenía ya cuatro años, si bien inicialmente se había planteado como un boletín literario de apenas ocho páginas, pero la llegada en 1935 del español José María Souviron (1904-1973) y en abril de 1937 del ya mencionado Manuel Seoane, le dieron un empujón definitivo y la convirtieron en un modelo de magazin.

Tras la breve etapa de dirección de quien pasa por ser la primera periodista chilena, Lenka Franulic (1908-1961), durante la cual se incorpora alguna firma importante a la revista –la de José Donoso, en particular–, a su muerte se pone al frente de la misma Enrique Cid y se inicia una etapa de cambios muy frecuentes en la dirección –Humberto Malinarich entre 1962 y mediados de 1966, Erika Vexler los doce meses siguientes, Alejandro Cabrera Ferrada la segunda mitad de 1967–, en la década siguiente se inicia la fórmula promocional de regalar todo tipo de productos adicionales con la adquisición de la revista y, en palabras de Subercaseaux, «el libro se convierte en factor de promoción para sacar a la revista Ercilla de su decaimiento». Tal fue la magnitud del éxito que Ercilla llegó a tener una tirada de 237.000 ejemplares.

La Biblioteca Ercilla, y su éxito, fue posible en buena medida gracias a la participación de la Editorial Andrés Bello, que cedió gratuitamente los derechos para la selección de Los Mejores Libros Chilenos, y sobre todo del patrocinio de la Televisión Universidad Católica de Chile, a los que habría que añadir Xerox, Nescafé y el Banco Nacional de Valores. Fruto de esta relación fue el lanzamiento entre marzo y noviembre de 1983 de Los Mejores Libros Chilenos, que alcanzan una venta media de 158.417 ejemplares, según datos de Subercaseaux. A este éxito contribuyó también que algunos de los títulos eran de lectura obligada en el Plan de Estudios de Enseñanza Media, como se ocupaba de subrayar la publicidad. Tras Martín Rivas, de Alberto Blest Gana (1830-1920), aparecen sucesivamente Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002), Recuerdos del pasado, de Vicente Pérez Rosales (1807-1886), Sub-terra, de Baldomero Lillo (1867-1923), Gran Señor y Rajadiablos, de Eduardo Barrios (1884-1963), La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533-1594), Montaña adentro y otros cuentos, de Marta Brunet (1897-1967), Mio Cid Campeador, de Vicente Huidobro (1893-1948), La última niebla, de María Luisa Bombal (1910-1980), Un juez rural, de Pedro Prado (1886-1952), Llampo de sangre, de Óscar Castro (1910-1947), y Frontera, de Luis Durand (1895-1954).

Marta Brunet.

A esta colección siguieron semanalmente a partir de noviembre de 1984 Los Mejores Libros Españoles, formalmente igualmente toscos y poco cuidados y con títulos en general más provectos (y por tanto libres de derechos), como El Libro de Buen Amor, El Conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La perfecta casada, El Burlador de Sevilla, La vida es sueño, aunque también Marianela, Bodas de sangre, Azorín, Poesía Selecta de Antonio Machado (títulos que acaso Alejandro Zambra no llegó a ver) y uno de los sí recordará Zambra, la Niebla de Miguel de Unamuno (1864-1936), de los que se vendía una media de 160.000 ejemplares.

En «De novela, ni hablar», donde vuelve a insistir en la influencia de esta colección, escribe Zambra:

En mi casa, como en la mayoría de las casas de clase media, la biblioteca consistía únicamente en una colección de libros baratos que venían de regalo con la revista Ercilla. La Biblioteca Ercilla incluía varias decenas de títulos de color rojo para la literatura española y de color café para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No había una colección de libros latinoamericanos. No había, para nosotros, literatura latinoamericana. Doña Bár­bara, el Martín Fierro y las Ficciones de Borges figuraban entre los libros de literatura universal, y si mal no recuerdo el título más actual de los españoles era Niebla, de Unamu­no. Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una litera­tura latinoamericana.

Quizá el término, sin embargo, resulte un poco desorientador, porque en los años treinta la editorial Ercilla había publicado ya una longeva colección, específicamente llamada Biblioteca Ercilla, que daba una orientación bastante distinta de lo que era la línea ideológica de Ercilla en aquellos años: Breve historia del mundo (1934), de H.G. Wells; Y así vamos.. (1934), de Carlos Sáez Morales; El fin del capitalismo (1934), de Ferdinand Fried; Chile frente al socialismo y al comunismo (1934), de Mario Bravo Lavín; Dostoiewski (1935), de André Gide; Psicología de la vida erótica (1935), de Sigmund Freud; Fundamentos reales de sociología (1936), de Georg Nicolai; El golpe de estado de 1924, ambiente y actores (1938), de Emilio Rodríguez Mendoza,…

Fuentes:

Joaquín Fermandois, dir., Olga Ulianova, coord.., Chile. Mirando hacia dentro, vol. 4 (1930-1960), Taurus, Fundación Mapfre, 2015.

Jorge Fuentes, «Los famosos libros regalados por revista Ercilla: Ocho millones de nuevos lectores en Chile», Guioteca, 25 de octubre de 2013.

Bernardo Subercaseaux, La industria editorial y el libro en Chile (Ensayo de interpretación de una crisis), Santiago de Chile, Centro de Indagación y Expresión Cultural y Artística, octubre de 1984.

Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile (Alma y Cuerpo), segunda edición, corregida, aumentada y puesta al día en noviembre de 2000, Santiago de Chile, Ediciones LOM (Colección sin Norte), 2003.

Alejandro Zambra, No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), selección y edición de Andres Braithwaite, Santiago de Chile, Ediciones UDP, 2010; Barcelona Alpha Decay, 2012; Barcelona, Anagrama, 2018.

Antonio Soriano, los primeros años de un «guerrillero de la imprenta»

El nombre de Antonio Soriano ha quedado indeleblemente asociado al de la legendaria Librería Española de (rue de Siene, 72), punto de confluencia de lo más granado de la intelectualidad española republicana en París y de la editorial homónima que en los años sesenta puso en circulación libros tan míticos como la Historia de España, de Pierre Vilar, La España del siglo XIX y La España del siglo XX, de Manuel Tuñón de Lara, o Guerra y vicisitudes de los españoles, de Julián Zugazagoitia. Sin embargo, cuando creó esa obra maestra Soriano había recorrido una notable trayectoria en el ámbito de la letra impresa.

Antonio Soriano.

Nacido el 15 de febrero de 1913 en Segorbe, capital de la comarca del Alto Palancia y punto de ineludible peregrinaje de maxaubianos, con apenas quince años Antonio Soriano se trasladó a Barcelona, donde además de cursar el bachillerato, que concluyó en 1933, ya de muy joven ingresó en el Centre Excursionista de Catalunya y se convirtió en espectador asiduo de los estrenos teatrales de la ciudad. En esos mismos años republicanos, había establecido amistad, entre otros, con el sindicalista portuario Germinal Vidal (1915-1936), con quien sería secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas, Francisco Graells, o con el joven de origen mexicano Enrique Obregón (1904-1936), militante de la CNT e integrado en el grupo Germen de la FAI (Federación Anarquista Ibérica); los tres, fallecidos durante la defensa de la República el 19 de julio de 1936. Soriano se asoció al Ateneu Enciclopèdic Popular barcelonés (calle del Carme, 4), donde amplió autodidácticamente sus estudios y del que pronto llegaría a ser bibliotecario, y además coincidió allí con otro apasionado de la letra impresa, el palafrugellense Josep Salvador Puignau (1908-1974). De su colaboración, en tiempos de la República, surgieron iniciativas como el centro de estudios universitarios dirigidos a aquellos jóvenes que, por razones económicas o laborales, no podían matricularse o acudir con regularidad a las aulas universitarias.

Josep Salvador.

Durante el alzamiento en Barcelona, luchó con sus compañeros de las Juventudes Socialistas Unificadas en el tiroteo de la confluencia de la avenida Diagonal con Paseo de Gracia, e hizo la guerra en la capital catalana como secretario de Organización de las JSU y posteriormente como secretario general de las mismas, hasta que en la segunda mitad de 1937se integró en la 44 División, apostada en el frente de Aragón. Tras la tremenda batalla del Ebro inició un periplo que le llevó hasta Puigcerdà el 13 de febrero de 1939 y por allí cruzó la frontera con Francia. Tras unos días en Bourg-Madam, Soriano fue internado por las autoridades francesas en el campo de Bram, donde coincidió con el célebre fotoperiodista Agustí Centelles (1909-1985), quien, en colaboración con el también fotógrafo Salvador Pujol, montó un rudimentario laboratorio fotográfico que permitió que hayan quedado bastantes testimonios gráficos de las condiciones de este campo. En Brams se ocupó inicialmente Soriano en tareas de alfabetización, así como en la traducción y divulgación entre los presos del periódico Depeche y de los números que conseguían entrar del diario Madrid, hasta que los conductores que los introducían fueron descubiertos, y también en impartir a los refugiados clases de francés para que, si tenían la suerte de ser reclutados para los equipos de trabajo en el exterior, pudieran desenvolverse mejor. Finalmente pudo salir también él mismo del campo integrado en un grupo de trabajo agrícola (a medida que avanzaba la ocupación alemana, escaseaba la mano de obra), y más tarde se estableció en Toulouse, donde se reencontró con Josep Salvador. Trabajó entonces como peón de carga y descarga, como friegaplatos, y se ocupó de organizar una serie de plataformas de modesta resistencia clandestina, orientadas a asistir a los españoles sin papeles y que se concretó también en la creación de la primera revista clandestina del exilio en Francia, Alianza (treinta y tres números entre el 14 de abril de 1941 y 1942). De finales de 1942 data la creación, en colaboración con el comunista Jaime Nieto, de la Unión Nacional española, cuyo objetivo era formar a refugiados españoles antes de su paso clandestino a España mediante la creación de una «escuela política», en palabras de José Luis Morro Casas, situada en la avenida de la Gloria. Consumada la libración de Toulouse, por encargo del «capitán Phillipe» Soriano se ocupó de las crónicas radiofónicas en catalán para la Península emitidas por Radio Toulouse.

A principios de 1946, crea con Salvador el Centro de Estudios Económicos Toulouse-Barcelona, germen de su posterior labor editorial. El centro organizaba sobre todo conferencias de intelectuales y políticos de las más diversas tendencias, con el objetivo de mantener informados a los exiliados acerca de la actualidad en España, pero también de mantener viva la cultura republicana; en este sentido, creó cursos de catalán que contaron para su primera clase con la participación del célebre filólogo Pompeu Fabra. Así contaba el propio Soriano las intenciones que alentaban este pretendido foco de confluencia de las diversas tendencias republicanas, que finalmente, en este aspecto, acabó por fracasar:

Queríamos dar a conocer la cultura hispánica, organizábamos conferencias e invitábamos a gente con este propósito. Recuerdo la visita de Jean Cassou y Henri Lefèvre. Además, queríamos contribuir a que no se perdiera la lengua catalana […] Desde el Centro Toulouse-Barcelona intentábamos mantener un contacto diario con España, y de ahí nació la idea de la Librería de Ediciones Españolas.

Federica Montseny antes los micrófonos de Radio Associació de Catalunya.

Prácticamente coincidiendo con su cierre –al parecer, por presiones del Partido Comunista–, el centro aún tuvo tiempo de organizar un emotivo homenaje a los republicanos españoles sobrevivientes a los campos nazis, celebrado en el cine Plaza, presidido por el alcalde la ciudad y con una asistencia que se ha cifrado en seis mil personas; entre ellas, la dirigente anarquista Federica Montseny (1905-1994), así como Jaime Nieto y el anarquista José Ester (1913-1980), superviviente él mismo de Mauthausen y que en 1947 pasaría a sustituir a Francisco Largo Caballero (1869-1946) como presidente de Federación Española de Deportados e Internados Políticos.

Inicialmente el modo de operar de la Librería Ediciones Españolas (situada en la rue D´Arcole, 1) fue muy modesto (e ilegal), pero tremendamente efectivo. Cuando consiguió un modesto fondo de libros franceses, Soriano se dedicó a trasladarse con los libros en un par de grandes maletas hasta Andorra en autocar, y una vez allí los canjeaba por libros en español anteriores a la guerra civil, entre los que en su vejez recordaba por ejemplo ediciones del Instituto Gallach de Librería y Ediciones (fundado por Josep Gallach Torras [1872-1928] en 1890 y, tras pasar a manos de Calpe, germen remoto del influyente Grupo Océano), que se caracterizaban por aunar la calidad en la impresión, profusión de buenas ilustraciones y el propósito eminentemente divulgativo del conocimiento científico. Con este método, repetido en diversas ocasiones, e incluso varias veces por semana por haberse demostrado muy exitoso, empezó Soriano a asentar su incipiente empresa, cuyos primeros trámites datan de agosto de 1946, en colaboración con Josep Salvador. Una segunda línea de actuación que impulsó el proyecto fue el establecimiento de contactos con las editoriales ya creadas en América por exiliados republicanos, particularmente en Argentina, Chile, Perú, Estados Unidos y México (Joan Grijalbo entre ellos).

Cubierta de un ejemplar de La Novela Española.

Posteriormente, y en buena medida como consecuencia de estos contactos, llegaría a partir de marzo de 1947 la publicación de la revista Lee, destinada a la divulgación de la lectura y a la catalogación de las novedades bibliográficas españolas. Así la describe su contenido José Luis Morros Caso:

Con su presentación, Soriano trata de contribuir al mantenimiento de las relaciones existentes entre los franceses y los españoles utilizando para ello un medio inapreciable, el libro, como el mejor modo de conocer España. En sus diferentes apartados, la publicación ofrece resúmenes de catálogos de arte, clásicos castellanos, geografía, literatura española contemporánea…, así como información de revistas de próxima aparición, caso de Realidad, de Buenos Aires, y críticas de libros y de noticias.

Antes aún de trasladarse a París y poner los cimientos de su célebre librería parisina, aún tuvo tiempo el tandem Salvador-Soriano de poner en marcha una modesta colección dirigida nominalmente por Luis Solères (un francés de origen español), La Novela Española (1947-1949), que sin duda marcó un hito.

Fuentes:

Entrevista en vídeo «Antonio Soriano y la Librería Española en París»

Michel Baglin, «C’était la librairie des réfugiés espagnols à Toulouse», Texture, 18 de abril de 2009.

Ana Martínez Rus, «Antonio Soriano, una apuesta por la cultura y la democracia: la Librairie Espagnole de París», Litterae. Cuadernos sobre cultura escrita, núm. 3-4 (2003-2004), pp. 327-348.

Judith Moris Campos, «Soriano, Antonio», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 4, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 201, pp. 420-422.

José Luis Morro, «Antonio Soriano: los libros, su vida», en Alicia Alted Vigil y Manuel Aznar Soler, eds., Literatura y cultura del exilio español de 1939 en Francia, Salamanca, Aemic-Gexel (Serpa Pinto 2), pp. 391-404.

Juan Miguel Sánchez Vigil y María Olivera Zaldua, «La editorial Gallach y su contribución a la industria cultural española. Recuperación y análisis de su catálogo», Investigación Bibliotecológica (México), vol. 28, núm. 63 (mayo-agosto de 2014), pp. 51-83.

Antonio Soriano, Exodos. Historia oral del exilio republicano en Francia, 1939-1945, prólogo de Roberto Mesa, Barcelona, Editorial Crítica (Serie General. Temas Hispánicos), 1989.

Sonia Soriano, blog Librairie Espagnole … Antonio Soriano o la aventura de la cultura.

Lourdes Toledo, «Entrevista a Antonio Soriano», Lletres valencianes: Revista del llibre valencià, núm 5 (Tardor 2001), pp. 2-7.

 

El periplo de Francisco Galán: ¿un Ruedo Ibérico en América?

El «Romance del 5 de noviembre» es uno de los muchos poemas sobre la guerra civil española escritos por Miguel Hernández (1910-1942) que se dieron a conocer muy tardíamente, en esta caso recuperado por Jesucristo Riquelme y publicado en 1986 en la revista Canelobre a partir de una copia conservada por Julián Aparicio Alonso, teniente en la compañía de aviación cuya gesta se canta en el poema de Miguel Hernández y que al acabar la contienda fue condenado a doce años y un día de prisión y ocho más de inhabilitación. Al parecer, el original de este romance, fechado en noviembre de 1936, fue remitido al comandante Francisco Galán (1902-1971), y sería raro que quien llegó a estar al frente de la Editorial Periplo y de la editora y distribuidora Oberón perdiera un manuscrito de semejante importancia.

Miguel Hernández.

Francisco Galán, afiliado al Partido Comunista ya antes del inicio de la guerra, procedía de una larga estirpe de militares: su padre había sido suboficial de la Armada, a su hermano mayor, Fermín (1899-1930), lo hizo famoso Rafael Alberti en una pieza teatral homónima de 1931: se había alzado contra la dictadura de Primo de Rivera en 1926 y contra la dictablanda de Ramón Berenguer en 1930 (por lo que fue condenado a muerte y fusilado), y el menor, José María (1904-1978), alcanzó el grado de teniente coronel en el Ejército Popular de la República durante la guerra civil, tras la cual se exilió primero a la URSS y posteriormente a Cuba. A Francisco el levantamiento contra la legalidad republicana le halló como teniente retirado de la Guardia Civil, pero enseguida se puso al frente de las milicias que combatieron en Somosierra defendiendo Madrid y a lo largo de la guerra tuvo una carrera destacada.

En los últimos días de la misma, el presidente Juan Negrín (1892-1956) le puso al frente de la Jefatura de la base naval de Cartagena, donde fue brevemente detenido por los «casadistas», y posteriormente llegó al protectorado francés de Túnez, donde fue internado por las tropas francesas en el nauseabundo campo de Meheri Zebbeus. Finalmente, gracias a la intervención de un diputado comunista francés, el 27 de abril de 1939 pudo salir con destino a Chile, Uruguay y luego a Argentina, donde años después desarrolló su labor editorial en compañía de su esposa, la pianista y traductora argentina de origen vasco Elvira Vázquez Gamboa.

Francisco Galán cuando, como teniente coronel, estaba al mando de la XXXIV División.

En 1951 crea Francisco Galán la Editorial Periplo, una de cuyas primeras publicaciones fue El sapo en el folklore y la medicina (septiembre de 1951), de Tobías Rosemberg (1911-1960), como primer volumen de los Cuadernos de la Asociación Tucumana de Folklore. Fue el libro que dio a conocer a un público más amplio la obra de un folklorista que había empezado como librero (en Cervantes y To Be) y que para entonces tenía ya a sus espaldas una notable bibliografía (Curiosos aspectos de la terapéutica calchaquí en 1939, La serpiente en la terapéutica aborigen y americana en 1943, La serpiente en la medicina y el folklores en 1946, etc.).

Sin embargo, más importancia cultural tuvo sin duda para Periplo la publicación en 1953 del extenso Panorama de la poesía moderna (500 pp.) preparado por Enrique Azcoaga (1912-1985), que sin atisbo de sectarismo incluye a casi doscientos cincuenta escritores, tanto exiliados como a otros que permanecían en la España franquista, así como algunas muestras de la poesía gallega y catalana reciente. Como explica en el prólogo:

Lo antológico entiende sólo lo maduro, y nuestro Panorama quiso abarcar en estas páginas desde lo granado a lo posible. […] Poeta incluido, claro está, no quiere decir en primera instancia otra cosa que poeta existente. Escasez informativa no supone más que dificultad. […] Tratamos de rendir un homenaje de solidaridad a todos los poetas españoles. Y mostrar un poco en forma de borrador, para el que quisiéramos la suerte de posibles, corregidas y ampliadas ediciones, este vasto conjunto poético donde no creemos haber exceptuado, por razones que en el terreno espiritual son siempre repugnantes, a ningún poeta «moderno» español maduro o posible que merezca atención.

El mismo Azcoaga, que tenía una hermana exiliada en la URSS, no salió de España hasta 1952, y se estableció en Buenos Aires, donde dirigió durante un tiempo la prestigiosa revista Atlántida. El nombre de Azcoaga, amigo de Miguel Hernández, aparece vinculado a algunas obras e iniciativas significativas de antes de la guerra, como por ejemplo entre los fundadores y directores de La Hoja Literaria (1933-1936), junto a los de Arturo Serrano Plaja (1909-1979) y Antonio Sánchez Barbudo (1910-1995) –es  decir, el núcleo de lo que sería la mítica revista Hora de España (1937-1939)–, o al pie del texto del catálogo de la exposición de Maruja Mallo en Amigos de las Artes Nuevas en 1936, además de como autor de un libro de ensayos inédito, Línea y Acento, que le valió el Premio Nacional de Literatura, entre otras obras. Víctor García Ruiz ha publicado fragmentariamente el epistolario entre Azcoaga y el dramaturgo Victor Ruiz Iriarte (1912-1982), y un pasaje del mismo permite adivinar que desde el primer momento Azcoaga hizo trabajos editoriales, no sabemos cuáles, para Galán: «Espero que dentro de pocos meses esté mi Panorama poético en la calle, y sigo haciendo cosas para el editor».

El año siguiente aparece en Periplo Culminación y crisis del imperialismo, de quien fuera jefe del Estado Mayor del Ejército Republicano español, Vicente Rojo (1894-196), y un poco posterior es El fin de la esperanza. Testimonio (1956), retrato del primer franquismo firmado como «Juan Hermanos» por Marcel Saporta (1923-2009), cuya primera edición había aparecido en la colección Les Temps Modernes de Julliard en 1950 con un prólogo de Jean-Paul Sartre (1905-1980) y de cuya edición argentina se ocupó Francisco Galán en su otra iniciativa editorial, Oberón, después de que la versión española hubiera aparecido ya en 1953 en la mexicana Espartacus (de 1963 es la edición cubana, con la adición de un epílogo de Ramón Monreal Almela: «La nueva esperanza. Dieciocho años después»).

De 1958 es el exitoso y escandaloso No me avergoncé del Evangelio (desde mi parroquia), obra de quien fuera cura ecónomo en Alsasua durante la guerra civil, Marino Ayerra Radin (1903-1988), que en este libro expone las atrocidades franquistas de que fue testigo y el vergonzoso papel que tuvo en ellas la Iglesia católica.

La estrecha vinculación de las iniciativas editoriales de Galán con el pasado reciente y la realidad española es muy evidente, y tiene continuidad en los años sesenta con los libros de relatos de los brigadistas argentinos Luis Alberto Quesada (1919-2015) (La Saca, con prólogo de Bernardo Canal Feijóo y una «canción final» de Rafael Alberti, Periplo, 1963) y Rafael María Zúñiga (1907-¿?) (Añoranzas bélicas, Oberón, 1966), así como las memorias de Víctor García de Frutos (¿?-1968), hispanoargentino que estuvo un tiempo exiliado en la URSS tras haber combatido parte de la guerra civil a las órdenes de Francisco Galán, Los que no perdieron la guerra (Oberón, 1967).

Arturo Cuadrado.

De esa misma época tienen interés particular la segunda edición de Manso (Oberón, 1968), del prolífico autor gallego bilingüe Manuel Lueiro Rey (1916-1990), la primera que no quedó desfigurada por la implacable tijera de la censura después de la aparecida en Oviedo en 1967 y para la que en Argentina contó en la cubierta con una ilustración de Luis Seoane (1910-1979), y, también de Lueiro Rey, Vicente y el otro (con prólogo de Xesús Alonso Montero y de nuevo cubierta de Seoane; Oberón, 1968). Ambos volúmenes estuvieron al cuidado de otro exiliado insigne, el escritor y editor gallego Arturo Cuadrado (1904-1998), y son testimonio de las vinculaciones de las editoriales de Francisco Galán con la Federación de Sociedades Gallegas.

Al argentino formado en Europa Enrique de Gandía (1906-2000) encargó Galán la dirección de la Serie Histórica de Investigación y Crítica, donde el mismo Gandía publicó en 1957 Bolívar y la libertad (núm. 2), un estudio sobre la imagen que de Bolívar daba en sus obras el escritor español Salvador de Madariaga (1886-1978), después de la aparición en esa misma serie de Claros orígenes de la democracia argentina: comprobación histórica (núm. 1, 1957), de Alberto Reyna Almandos y prologado por Alfredo L. Palacios, y antes de Espartero y la paz con España (núm. 3, 1957), de Armando Alonso Piñero.

El exitoso Jardines de infantes, de Elvira Vázquez Gamboa (esposa de Francisco Galán) e ilustrado por Gori Muñoz (1906-1978), publicado en Oberón, del que se hicieron diversas ediciones con ilustraciones de cubierta distintas.

Punto de confluencia entre comunistas y republicanos, entre la cultura gallega, la argentina y la española, a lo largo de los años que permaneció en activo como editor Francisco Galán desempeñó una función que acaso fuera más allá de la estrictamente profesional, y parece claro que, en la medida de sus posibilidades, fue un punto de apoyo para muchos intelectuales, por lo menos en el primer momento de su llegada a Argentina. Sin embargo, buena parte de su catálogo puede hacer pensar en el que en esos años estaba llevando a cabo José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) en París a través de Ruedo Ibérico.

Fuentes:

Andrea Bresadola, «Manuel Lueiro Rey frente a la censura franquista: los avatares de Manso», Creneida, núm. 5 (2017), pp. 139-197.

Victoria Fernández Díaz, El exilio de los marinos republicanos, València, Universitat de València, 2011.

Víctor García Ruiz, «Ni vencedor ni vencido. El tardío ¿exilio? de Enrique Azcoaga (sus cartas a Victor Ruiz Iriarte)», en María Fernanda Mancebo, Marc Baldó i Lacomba y Cecilio Alonso, eds., L’exili cultural de 1939: seixanta anys després, València, Universitat de València-Gexel,  2001, vol. II, pp. 503-517.

Fernando Larraz, «Editorial Periplo» y «Editorial Oberón», en Manuel Aznar Soler, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel, 2016, vol 4, pp. 21-22 y vol. 3, p 437, respectivamente.

Bárbara Ortuño Martínez, El exilio y la emigración española de posguerra en Buenos Aires, tesis doctoral presentada en el Departamento de Humanidades Contemporáneas, Universidad de Alicante, 2010.

El «pobre Alaminos», un técnico editorial del FCE que sabía muchas cosas

La vida profesional de Luis Alaminos y Peña (1902-1955) en el ámbito de la edición tuvo su etapa culminante cuando, coincidiendo con el fin de la segunda guerra mundial y la muerte de su esposa (Dolores Guerrero), se trasladó a México y entró en el Fondo de Cultura Económica, donde llevó a cabo una importante labor como traductor, revisor de traducciones y técnico editorial.

Nacido en Almuñécar (Granada), su entrada en el mundo editorial se produjo en la editorial Espasa-Calpe, en cuya famosísima enciclopedia colaboró como redactor, pero la insurrección militar que desencadenó la guerra civil española le encontró ya como inspector general de primera enseñanza en la provincia de Málaga (tras haberlo sido desde 1933 en Almería); en cuanto las tropas franquistas conquistaron la ciudad, el 6 de diciembre de 1937 se publicaba en el Boletín Oficial del Estado la siguiente decisión tomada por la Comisión de Cultura y Enseñanza: «La separación definitiva del servicio de don Luis Alaminos Peña, debiendo ser dado de baja en su escalafón, e inhabilitarle para el desempeño de cargos directivos y de confianza en Instituciones Culturales y de Enseñanza». Al término de la guerra Alaminos se exilió, inicialmente a Francia y con posterioridad consiguió llegar a Santo Domingo.

Imagen de la conocida como “desbandá” (7 de febrero de 1937): la huida de los civiles malagueños republicanos por la carretera a Almería, donde fueron reiteradamente bombardeados por la aviación franquista.

Allí, gracias en parte a una carta de recomendación de quien fuera ministro de Justicia, Fernando de los Ríos, fechada en Nueva York el 3 de diciembre de 1939, Alaminos se estableció con relativa facilidad. Impartió clases de psicología aplicada a la Pedagogía y de Didáctica en la Universidad de Santo Domingo, de cuya facultad de Filosofía era catedrático (1943-1945), después de haber colaborado con la sección técnica de la Secretaría de Educación (1940-1942) y con el Instituto de Investigaciones Psicopedagógicas (1943).

Alaminos se relacionaba con frecuencia con los numerosos exiliados españoles en la isla, como el historiador de la literatura Vicente Llorens (1906-1979), el diplomático y periodista Alfredo Matilla Jimeno o el hombre de teatro Alberto Paz (1915-1967), con quienes compartían veladas musicales en casa de la pianista Manuela Jiménez, a los que asistía también el conocido compositor Enrique Casal Chapí (1909-197), o en la casa de este último –«la típica casita de una planta, con su pequeño jardín, que el filarmónico dejó convertir en selva tropical», según la descripción de Llorens– , en tertulias a las que asistió también Segundo Serrano Poncela (1912-1976), quien en aquellos años se había convertido en periodista (La Información), colaborador muy activo de revistas como Reaildad y redactor único de Panoramas, así como en autor de una incipiente obra ensayística compuesta por Un peregrino español (1940) y El alma desencantada y otros ensayos (1941).

De izquierda a derecha: V. Llorens, Leo Spitzer, Pedro Salinas y Jorge Guillén.

A su llegada a México, Alaminos fue contratado como profesor en el instituto Luis Vives, fundado en 1939 por el SERE (Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles) a iniciativa del médico y científico José Puche Álvarez (1895-1979), y no tardó en hacer incursiones como colaborador en algunas revistas vinculadas a instituciones educativas. Entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, por ejemplo, escribió razonadas y muy bien escritas reseñas bibliográficas en Universidad de México. Órgano de la Universidad Nacional Autónoma de México, que dirigía Rafael Corrales Ayala Jr. y entre cuyos colaboradores habituales se contarían Alí Chumacero, Francisco González de Cosío, Efraín Huertas, Julio Torri y Leopoldo Zea, entre otros. Más adelante publicaría también ocasionalmente crítica literaria y artística en cabeceras como El Nacional.

Dentro del FCE, Alaminos formó parte del ya casi mítico departamento técnico formado por republicanos españoles que encabezaba Joaquín Díez Canedo (1917-1999), acompañado por los no menos prestigiosos Eugenio Imaz (1900-1951) y Francisco Giner de los Ríos. La entrada de Alaminos, junto con la de Sindulfo de la Fuente (1886-1956) y las primeras incorporaciones de mexicanos, Antonio Alatorre (1922-2010) y Juan José Arreola (1918-2001), se produjo muy poco después de su llegada a México, antes de 1947, para cubrir la salida de Giner y de Herrera.

Max Aub, Joaquín Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Víctor Díaz Arciniegas ha subrayado la importancia de este grupo en la conformación del lenguaje científico en México, mediante sobre todo la indispensable creación de neologismos:

los miembros del Departamento Técnico [del FCE] (en particular Luis Alaminos, cuyos conocimientos léxicos y gramaticales a todos sorprendían, y José Gaos, Wenceslao Roces y Eugenio Imaz, cuyas experiencias como traductores eran las más amplias dentro de obras muy complejas) discutían algunos conceptos ingleses, franceses o italianos para los que no existía un equivalente exacto en español.

A finales de la década, Alaminos tuvo un papel protagonista, con Díez-Canedo, en la ampliación del equipo de colaboradores cuando Alatorre y Arreola abandonaron la casa, coincidiendo con el nacimiento de la colección Breviarios, que conllevaba un aumento muy notable del trabajo en el departamento. De su mano entró, por ejemplo, Alí Chumacero (1918-2010)

El nombre de Alaminos aparece al pie de traducciones o revisiones muy leídas publicadas entre finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, como el Diccionario de Psicología (1948), de Howard C. Warren (en colaboración con Imaz y Alatorre); Arte y sociedad (1948), de Roger Bastide; Esquema de la matemática actual (1951), de E.C. Titchmarsh; El hombre y sus obras: ciencia de la antropología cultural (1952), de Jean Herskovits Melville, o la Historia de los mapas (1956) de Gerald Roe Crone, actividad que todos los miembros llevaban a cabo al margen de su tarea en el seno de la editorial.

En 1951 apareció la canónica traducción del eminente filósofo español José Gaos (1900-1969) de El Ser y el Tiempo de Heidegger para el FCE, y en los agradecimientos de la misma se pone de manifiesto que fue Alaminos el responsable de la edición. Hizo también índices para diversas de las traducciones de libros de Marx que había llevado a cabo Wenceslao Roces, quien curiosamente había sido su superior como subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública (y como tal lo había nombrado en septiembre de 1936 agregado, a las inmediatas órdenes de la Dirección General de Primera enseñanza). Los nombres de Alaminos y Roces coincidirían también en el comité de redacción de Nuestro Tiempo. Revista de Española de Cultura (julio de 1949-septiembre de 1951), en el que los acompañaban otros notables exiliados, como Antonio Ballesteros, Josep Renau, Luisa Carnés, Adolfo Sánchez Vázquez, Juan Rejano, etc.

Es muy probable que uno de los últimos servicios que Alaminos pudo prestar al Fondo antes de su muerte fuera la escritura del texto referido a las colecciones de Ciencia y Tecnología que se publicaron en el catálogo general de 1955, que conmemoraba los primeros veinte años de la creación formal de la empresa.

El lóngevo escritor y bibliófilo Andrés Henestrosa (1906-2008) dejó constancia del reconocimiento y prestigio de que gozaba Alaminos en el momento en que inesperadamente falleció:

Y ayer, nada más, el día 28, murió de muerte repentina, Luis Alaminos Peña, ilustre maestro español, desterrado por sus ideas en nuestro país. Alto empleado del Fondo de Cultura Económica, hizo por los libros mexicanos una labor llena de nobleza y de fervor, a la que nadie negó su aplauso, aun en vida de don Luis.

Por su parte, escribe Max Aub (1903-1972) en sus diarios, no se sabe si a modo de colofón, epitafio o pilón: «Enterraron hoy al pobre Alaminos: era un hombre gordo, simpático y que sabía muchas cosas».

Max Aub.

Fuentes:

Max Aub, Nuevos diarios inéditos, edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio: Memorias del Exilio. Anejos 4), 2003.

Ma. Luisa Capella, «El Fondo de Cultura Económica y los exiliados españoles en México», en Alfonso Guerra y Virgilio Zapatero, coords., Exilio, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 2009, pp. 154-159.

Victor Díaz Arciniegas, «Oficio y beneficio: traductores y editores del FCE», Historia de la Casa. El Fondo de Cultura Económica, 1934-1994, México, FCE, 1994, pp. 75-

Andrés Henestrosa, Alacena de minucias, 1951-1961, introducción y selección de Adán Cruz Bencomo, México D.F, Miguel Ángel Porrúa-Cámara de Diputados, 2007.

Silvia Jofresa, «Alaminos y Peña, Luis», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los Escritores, Editoriales y Revistas del Exilio Republicano de 1939, vol. I, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016, p. 40.

Vicente Llorens, Memorias de una emigración, Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.

Exilios, anticolonialismo y lenguas indígenas. Editar desde la izquierda (segunda parte)

Editar desde la izquierda en América Latina, de Gustavo Sorá, es un libro repleto de sugerencias y de hilos de los que tirar para quienes les interesa la historia editorial, y algunos de estos hilos es por lo menos en apariencia difícil reintroducirlos en la trama de la idea general de ese ensayo, del que es fácil quedarse con las ganas de que tuviera unas cuantas páginas más.

Quizá pueda echarse de menos en el relato de la historia del Fondo de Cultura Económica una atención mayor a la influencia en el proyecto de los numerosísimos exiliados republicanos españoles que se incorporaron a esta empresa cuando no se habían cumplido aún los cinco primeros años de su fundación, pero más allá de ponderar su importancia, Editar desde la izquierda… elude un juicio detallado sobre qué papel desempeñaban o cómo encajaban estos profesionales —ciertamente de izquierdas, pero españoles— en un proyecto calificado como eminentemente americanista y cuyo objetivo principal era emanciparse del colonialismo español. Puede parecer evidente que esos muchos colaboradores republicanos estaban muy alejados de cualquier posición colonialista, pero al fin y al cabo —como los propios fundadores del FCE— tenían una formación y procedían de una tradición cultural netamente europea. Escribe Gustavo Sorá:

El segundo período [de la historia del FCE] se despliega entre 1939 y 1948, cuando es nítida la impronta de los exiliados republicanos españoles, que intervinieron en todas las facetas del trabajo, como consejeros, autores, editores, traductores, diagramadores, correctores, directores de colección, etc. (p. 62)

Entre los datos ilustrativos que podrían aducirse, valgan que en 1941 el castellonense José Medina Echavarría, que contaba con estudios superiores en la Universidad de Marburgo, pasa a dirigir la colección de Sociología (que publica traducciones de Ernestina de Champourcín y Francisco Giner de los Ríos, entre otros) o el hecho de que la prestigiosa colección Letras Mexicanas se atribuya a la iniciativa del madrileño Joaquín Díez-Canedo, a quien se cuenta entre los principales «diseñadores del catálogo durante la gestión de Orfila».  Y prosigue Sorá luego:

Como veremos más adelante, los transterrados también motivaron una división de intereses del FCE entre la promoción de las modernas ciencias sociales y humanas y los problemas americanos. Los primeros libros del Colmex [Colegio de México, A.C.] fueron de teatro y poesía, y un año después aparece la colección Tezontle, iniciada con el libro La rama viva de[l exiliado español] Francisco Giner de los Ríos. (p. 64)

Max Aub, J. Díez-Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

No tengo la certeza de no haber sabido verlo, ni siquiera «más adelante», a no ser que deba colegirse que la apertura del Fondo a la creación literaria de ficción, pero no así las otras líneas editoriales, debe atribuirse a la presencia de republicanos españoles, aun cuando:

Con la llegada de los transterrados, Cosío les delegó buena parte de las tomas de decisiones sobre contenidos académicos y las operaciones técnicas de la empresa. Concentró fuerzas en el armado de colecciones de ensayos americanos y en los años cuarenta ya se lo observa como mentor de la conquista de un mercado internacional. (p. 66)

Vale la pena tener en cuenta que por entonces la mayoría de exiliados republicanos españoles consideraban su estancia en México una etapa que debía concluir cuando, supuestamente, los aliados acabaran con las dictaduras hitleriana, mussoliniana y franquista y ellos pudieran regresar a España, y eso explica en buena medida que en los colegios a los que asistían sus hijos se siguiera impartiendo geografía, literatura e historia española. Así pues, no sólo un buen número de traducciones y correcciones de estilo de estas obras fueron llevadas a cabo por intelectuales formados en el español peninsular, sino que incluso las colecciones las dirigían republicanos españoles.

Manuel Andújar.

En cuanto a la obra literaria de estos exiliados, el FCE acogió, ya en las primeras décadas, un buen número de obras de españoles republicanos. La colección Tezontle, por ejemplo, se estrenó con La rama viva, de Francisco Giner de los Ríos, y en ella aparecieron a lo largo de las décadas 1940 y 1950 obras originales de Manuel Andújar, Max Aub, Agustí Bartra, Manuel Duran, Juan José Domenchina, Eugenio Ímaz, Nuria Parés, Pedro Salinas, Serrano Poncela…  Aun así, es sabido  que por lo menos en varias de estas ediciones el FCE actuaba como poco más que una empresa de servicios editoriales, pues eran los autores quienes corrían con los gastos, lo cual crea cuanto menos un grave problema de distorsión que Editar desde la izquierda no llega a abordar: La inclusión de estos libros —y a saber cuántos otros— en el catálogo del FCE no responde en sentido estricto a un criterio de selección de la editorial, ya sea este o no de izquierdas, a lo que puede añadirse una reflexión adicional acerca de hasta qué punto tal práctica, en la que al parecer intervenía el amiguismo, es consecuente con la línea ideológica más visible del Fondo en aquellos años.

Así lo contó por ejemplo Max Aub en sus diarios, en la entrada correspondiente al 1 de noviembre de 1954 (es decir, ya en la etapa Orfila Reynal), en un pasaje al que añado algunos destacados en cursiva:

Uno de los casos más curiosos, que no me explico, es mi falta total de éxito. Mis libros no se venden. No tengo editor —sabe Dios si lo procuro— como no sea para mis libros de crítica (que no lo son, sino charlas de café).

Viste mucho eso del Fondo de Cultura, lo que no sabe la gente es que los libros los pago yo y que el Fondo de Cultura Económica únicamente los distribuye. Y eso gracias a mi amistad con todos los de la casa.

Max Aub.

Es realmente muy dudoso que el de Max Aub sea un caso único, y este es sin duda un aspecto crucial que merecería una atención muy cuidadosa para averiguar de qué modo se conformaban en realidad los catálogos del Fondo. En buena medida, Aub resolvió parte de ese problema cuando una década más tarde la agente literaria Carmen Balcells (1930-2015) pasó a gestionar los derechos de su nutrida y heterogénea obra.

Por otra parte, si bien se atiende en Editar desde la izquierda… a la relación del Fondo de Cultura Económica con la literatura brasileña, es también posible echar de menos alguna consideración sobre la postura que tanto Cosío como Orfila y sus colaboradores adoptaron hacia las lenguas indígenas americanas, porque en ausencia de comentarios sobre ello, más allá de subrayar la destacada presencia de títulos sobre el indigenismo y sobre esas culturas (incluyendo «la primera edición en castellano del Popoh Vuh»), cabe deducir que ni FCE ni Siglo XXI se ocuparon en absoluto de publicar literatura ni quechua, ni aymara, ni maya, ni náhualt ni en ninguna otra lengua indígena, lo cual, una vez más, despierta el deseo de que este ensayo tuviera unas cuantas páginas más dedicadas a cómo encaja esa desatención con el empuje emancipador de las prácticas colonialistas que caracteriza al Fondo. Y aun habrá quien eche de menos un análisis de las relaciones del Fondo con editoriales mexicanas con las que tenían ciertas coincidencias, y particularmente en el caso de Era (iniciativa de hijos de exiliados republicanos).

Así pues, parece evidente que por su magnitud y recorrido, el Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI son materias que pueden dar aún mucho juego a los investigadores y por supuesto no están agotados como temas, y por otro no es probable que a ningún lector interesado en el proyecto de Sorá le hubieran estorbado unos centenares de páginas más dedicadas a asuntos que en esta ocasión sólo quedan esbozadas, apuntadas o sugeridas. Uno se queda con ganas de más.

Gustavo Sorá, Editar desde la izquierda en América Latina. La agitada historia del Fondo de Cultura Económica y de Siglo XXI, Buenos Aires, Siglo XXI Editores (colección Metamorfosis), 2017.

Fuentes adicionales:

Max Aub, Diarios (1939-1972), edición de Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba Editorial, 1998.

Javier Sánchez Zapatero, «Lo que importa es España. Proyectos para la recuperación editorial en el epistolario entre Max Aub y Carmen Balcells (1964-1972)», El Correo de Euclides. Anuario científico de la Fundación Max Aub, núm. 6 (2011), pp. 33-48.