Elicio Muñoz Galache, de labores agrícolas a la impresión y edición de libros

Cuando en 1939 Elicio Muñoz Galache llegó a México procedente del campo de refugiados francés de Saint Cyprien, sus antecedentes difícilmente podían hacer pensar que se convertiría en un importante impresor. Nacido en Fuentelapeña (Zamora) en 1908, Elicio Muñoz se había desempeñado en diversas labores, pero todas ellas bastante alejadas del mundo de las letras: desde trabajos agrícolas en Tordesillas (Valladolid), hasta ayudante de panadero en la capital de la provincia, aunque al parecer había aprendido el oficio de impresor en el hospicio de Valladolid, antes de trasladarse a Barcelona en busca de mejor empleo.

Al poco tiempo de su llegada empezó a trabajar como prensista en una imprenta establecida por el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles) situada en la calle Balderas –y que andado el tiempo se convertiría en las Gráficas Panamericanas–, donde también halló empleo su hermano Blas como cajista.

Firma de Elicio Muñoz.

Sin embargo, en cuanto puede, probablemente al filo de la década de 1940, Elicio Muñoz consigue establecerse por su cuenta, en una primera etapa para imprimir las cajas de los Laboratorios Zapata y algunas publicaciones de tipo científico, gracias a su relación con el naturalista de origen madrileño Ignacio Bolívar (1850-1944)  y su hijo el entomólogo Cándido Bolivar Pieltáin (1897-1976), vinculados ambos al Colegio de México y que en 1940 crearon la influyente revista Ciencia (que a partir de 1980 se convertiría en la publicación oficial de la Academia de Ciencias Mexicanas). No tarda tampoco Elicio Muñoz en empezar a imprimir para El Colegio de México y para el Departamento Literario del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes).

De esta imprenta, que como editora adopta progresivamente los nombres de Imprenta Muñoz, Editorial Muñoz y Editorial Galache, sale por ejemplo en 1953 la compilación de poemas aparecidos en el suplemento de la revista Nueva Polonia compilados por el poeta cordobés Juan Rejano (1903-1976), con pie de Imprenta E. Muñoz Galache. Y del año siguiente es la traducción de la exdiputada por Badajoz y cofundadora de la Unión de Mujeres Antifascistas Margarita Nelken (1894-1968) de la obra de F. Berence Leonardo da Vinci, obrero de la inteligencia, que se publica con pie de Imprenta Muñoz Galache.

Poco posterior es la aparición en los mismos talleres de Un pueblo y dos agonías, cuyo autor, el intelectual de origen asturiano formado en Cuba Luis Amado Blanco (1903-1975), ante las dificultades para publicar este libro en la Cuba de Batista, decidió costeárselo en México y apareció en 1955 en la colección Novelas Atlante de la editorial de Juan Grijalbo (1911-2002). Con una cubierta diseñada por Juan Madrid y creada por Blas Muñoz Galache, el libro se acompañaba de una ilustración de Raúl Martínez.

Entre otros trabajos interesantes de la imprenta Muñoz para la Atlante de Grijalbo se cuenta también una novela de la madrileña Luisa Carnés (1905-1964), Juan Caballero (1956), y de ese mismo año —salvo error— es la publicación del primer libro firmado por el propio Elicio Muñoz, Fuente Abeja: Estampas castellanas, cuya edición en las mismas Novelas Atlante contiene un prólogo de Lusia Carnés (además de ilustraciones de la luego famosa artista mexicana de origen salmantino María Luisa Martín, que firma ya en este caso como Mary Martin).

Inicio de Fuente Abeja, con grabados de la santanderina exiliada en México María Luisa Martín.

Otra editorial importante y prestigiosa para la que trabajó Elicio Muñoz fue el Fondo de Cultura Económica, y muy en particular la colección literaria Tezontle, a cuyo cargo estaba el madrileño Joaquín Díez Canedo (1917-1999). En 1961 se publicó en esa colección el segundo libro de Muñoz, Muros y sombras.

En los años sesenta, aparecen con pie de la Imprenta de la editorial Galache algunos libros también notables por motivos diversos, como De Juan a J. Guadalupe Posada: Esquema de cuatro siglos de grabado en relieve mexicano (1973), de Francisco Díaz de León, para la Academia de Arte, o una Antología de poesía surrealista latinoamericana (1974) de Stefan Baciu para Joaquín Mortiz, la editorial creada por Díez Canedo a su salida del Fondo de Cultura Económica.

Un dato poco recordado acerca de esta imprenta y editorial es que en ella, en sus primeros años, se formó el pintor y diseñador gráfico nacido en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) Miguel Prieto (1907-1956), que también se había visto confinado en el campo de Saint Cyprien, y todo parece indicar que esta primera experiencia profesional dejó su huella. Según contaba el también diseñador Vicente Rojo:

Las ediciones del INBA se imprimían en la imprenta Muñoz, que contaba con los tipos que a Prieto le gustaba utilizar, los clásicos Garamond, Baskerville, Bodoni, Caslon y el estilizado Empire, único tipo moderno que él usaba como contrapunto en sus hermosas composiciones tipográficas.

En su progresiva ampliación y crecimiento empresarial, Elicio Muñoz creó también una librería particularmente centrada en el fondo más que en las novedades, acerca de la que el editor mexicano Alfredo Herrera Patiño recordaba en 2006:

Recuerdo ahora la librería Barma, muy cerca de mis correrías de niño y adolescente. Refugiado español su dueño, tenía el gusto por el buen surtido y los libros poco comerciales. Descubrí en ella a León Felipe, editado entonces por Finisterre, a Gabriel Zaid, a Cortázar, a Octavio Paz, y claro, a Stendhal, a Hesse, a Manuel Alvar y la poesía sefardí, a Juan Valera, a Casona, a García Morente, al buen Kant, a Sartre, a tantos y tantos, y tantas y tantas editoriales, de la Porrúa a Latitudes, de Carlos Isla: las traducciones que hizo Paz de Mallarmé, Zaid de Vidyapati, las Cosillas para el nacimiento de Pellicer, La Sangre de Medusa de Pacheco, en fin. Recuerdo, en vitrina, Poemas en el regazo de la muerte de Isabel Fraire… Una gran librería, perfecta para ese lector en ciernes que era yo… Tardó en desaparecer, pero lo hizo hará unos seis años, y me pareció una pena enorme.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016.

Lydia Elizalde Valdés, «Intención gráfica en Vicente Rojo», Escritos. Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje, núm 32 (junio-diciembre de 2005), pp. 79-94.

Martí Soler, «Miguel Prieto, entre impresores y tipógrafos», en James Valdender et al., Los Refugiados Españoles y La Cultura Mexicana: Actas de las segundas jornadas celebradas en El Colegio De México en noviembre de 1996. El Colegio de México, 1999, pp. 255-266.

Alfredo Herrera Patiño, «Precio único», Erratas eminentes, 18 de marzo de 2006.

Vicente Rojo, «Primeros diseños», en Centro Virtual Cervantes.

Colofón de Libertad bajo palabra, editada al cuidado del autor y Marti Soler e impresa en los talleres gráficos de Editorial Muñoz.

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Laura Riding y la Seizin Press

Quizá Laura Riding (Laura Reichenthal, 1901-1991) pase a la historia como icono del feminismo de principios del siglo XX o bien como poeta tardíamente recuperada por la crítica académica, pero sin duda es menos conocida su vertiente de editora e impresora al frente de Seizin Press, que se inicia casi coincidiendo con su tormentosa y muy cacareada relación con el también poeta, amén de ensayista, traductor y novelista, Robert Graves (1895-1985).

Laura Riding.

Cuando se produjo el encuentro entre Riding y Graves, la poeta estadounidense tenía ya una cierta experiencia editorial en relación con el grupo de escritores reunidos alrededor de la Universidad de Vanderbilt (Nashville, Tennesseee) conocidos como los Fugitives, que se dieron a conocer sobre todo con la revista The Fugitive (1922-1925), cuya importancia va estrechamente ligada al origen del New Criticism, pues entre ellos se contaban personajes clave en este movimiento crítico como John Crowe Ransom (1888-1974), Allen Tate (1899-1979), Robert Penn Warren (1905-1989) o Cleanth Brooks (1906-1944), que años después crearían la muy influyente y aún activa The Southern Review (n.1935). Si bien en 1923 Riding también publicó en revistas como Nomad (el poema «A pair» en el número de otoño), The Lyric West («Adjustment» en noviembre) o The Step Ladder («The Lightning» en diciembre), entre ese año de su estreno y el siguiente aparecieron trece poemas suyos en The Fugitive.

Laura Riding.

Como es bien sabido, sin embargo, una vez divorciada en 1925 del historiador Louis R. Gottschalk (1899-1975), Laura Riding pasó a vivir con Robert Graves y su esposa Nancy Nicholson, primero en Londres y posteriormente en El Cairo, hasta su regreso a Inglaterra, que fue la etapa en que crearon ella y Graves la editorial. Por su parte, Graves contaba con la experiencia previa de la edición de la revista miscelánea The Owl, en la que había contado con la colaboración de su suegro (William Nicholson) y algunas de cuyas ilustraciones firmaba su esposa Nancy.

Sin embargo, la prehistoria de Seizin Press reside en cierto modo en un proyecto que no llegó a cuajar liderado por dos compañeros en Oxford, de fortuna en cuanto a posteridad muy diversa, el arqueólogo y escritor T.E. Lawrence (1888-1935) y el también escritor e impresor Vyvyan Richards (1886-1968), quienes proyectaron crear una editorial, pero, aun cuando apreciaba casi hasta la obsesión el diseño de libros (profundamente influenciado por la obra de William Morrison [1834-1896]), las inquietudes de Lawrence iban por otros derroteros y nunca llegó a concretarse el proyecto común.

La imprenta de Seizen Press en la Casa Robert Graves (Imagen del blog PerdidoenMallorca).

En un determinado momento, a la vista del funcionamiento del sistema editorial británico, Riding y Graves llegaron a la decisión de que era necesario crear una estructura capaz de poner en circulación de obras espiritualmente emparentadas y hacerlo en forma de libros acordes con su estética literaria; era también el modo idóneo de dar a conocer a nuevos autores. La colaboración de Vyvyan Richards fue crucial para que, finalmente, cuajaran las ediciones de Seizin Press. Riding y Graves se habían hecho con una Crown Albion de 1872 que imprimía 8 páginas en octavo a la vez (que aún puede verse en la Casa Robert Graves en Deià, Mallorca) y tipos Calson que instalaron en el domicilio de St Peter’s Square (en el barrio de Hammersmith) al que se habían trasladado en mayo de 1927. Para familiarizarse con el funcionamiento de la imprenta (similar a la de William Morris en Kelmscott Press) y el resto de tareas asociadas a la edición de libros, Riding y Graves se beneficiaron de los consejos e indicaciones que les ofreció Richards, y que ambos posteriormente reconocieron con agradecimiento. En 1927 aparecía el número 1 de Seizin Press, Love as Love, Death as Death, del que se imprimieron, manualmente, 175 copias que se distribuyeron sobre todo a través de la librería de William Bain, quien valoraba muy positivamente tanto la buena y elegante impresión de los volúmenes como el prestigio y la novedad de los autores proyectados. Ese mismo año aparecía también, en la editorial William Heinemann, el primer libro elaborado a cuatro manos por Riding y Graves, A Survey of Modernist Poetry, que Graves había proyectado originalmente con el gran poeta y editor por entonces de Faber & Faber T.S. Eliot como colaborador.

Portada de Poems 1929, de Robert Graves, en la edición londinense de Seizin.

Aún en el mismo apartamento alquilado se compusieron e imprimieron los dos números siguientes de la editorial, que aparecieron ambos en 1929 y con tiradas de 225 copias: An Acquaintance with Description, de Gertrude Stein (1874-1946), y Poems 1929, de Robert Graves. En el ínterin, en enero de 1928 Riding y Graves habían publicado en Jonathan Cape su segunda publicación conjunta, A Pamphlet Against Anthologies. En el viaje que concluiría en Deià, Riding y Graves visitaron en París a su amiga recién publicada Gertrude Stein, y una vez en la isla encomendaron el envío de la Crown Albion; poco tiempo después recibieron ya en la isla a otra figura importante en Seizin Press, el diseñador y cineasta neozelandés Len Lye (Leonard Charles Huia Lye, 1901-1980), que llegó acompañado de su esposa Jane Thompson.

Lye venía procedente de Londres, adonde había llegado en 1926 y donde había contado en su carrera con el apoyo de Riding, Graves y el narrador irlandés Georges Moore, entre otros. Para entonces, Lye aún no había iniciado su colaboración con Hours Press (1928-1931), la imprenta establecida por Nancy Cunard en Normandía, ni había ilustrado portadas de libros de sus amigos, pero sí había aparecido anunciado en el primer número de Seizin Press su exquisito libro No Trouble, que fue el primero que apareció ya en la isla, en 1930. Ese mismo año aparece en Seizin también Though Gently, de Riding, y esta etapa se cierra al año siguiente con la publicación de To Whom Else?, de Graves, y Laura and Francisca, de Riding.

Con el establecimiento de un acuerdo con la histórica editorial Constable, fundada en 1795 por Archibald Constable (1774-1827), continuada por sus hijo Thomas y su nieto Archibald, y conocida por haber sido la editora de Sir Walter Scott, de la Encyclopaedia Britannica y del Drácula de Bram Strocker (1847-1912), inició Seizin una nueva etapa cuyo primer resultado, siempre impreso a mano en Deià por Riding, fue su Progress of Stories, ya en 1935, año en que también aparecieron The Natural Need, la primera obra de creación de James Reeves (John Morris Reeves, 1909-1978), quien hasta entonces sólo había editado la colección de poesía tradicional Songs for Sixpence (1929), y el anónimo A Mistake Somewhere (atribuido a Honor Wyatt, Gordon Glover y una no identificada Molly a la que se supone que añadieron pasajes Riding y/o Graves). Honor Wyat había visitado a los editores de Seizin en Deià en 1933 con su marido Gordon, y de nuevo lo hicieron ese mismo 1935.

Cubierta de Whom Else?, obra de Lye.

Antes de que la guerra civil española les empujara a marcharse aún publicaron en Deià la novela de Riding, firmada como Madeline Vera, Convalescent Conversations (1936), la interesantísima novela de Graves Antigua Penny Puce (1936), la traducción al inglés que llevaron a cabo al alimón Riding y Graves del libro de su vecino alemán Georges Schwarz Almost Forgotten Germany (1936), The Heathen (1937), de Honor Wyatt, y la novela de Riding A Trojan Ending (1937). En cualquier caso, parece bastante evidente que la selección de títulos respondía a la voluntad de los editores de dar a conocer sobre todo la obra propia y la de sus amigos más cercanos, aunque ello no fuera obstáculo para seguir publicando en otras editoriales, y Riding publicó tanto en comerciales (Poems. A Jocking Word en 1928 y Anarchism is not enough en 1930, ambos en Jonathan Cape en 1930, The Life of the Death y Poet A Lying Word en Arthur Barker ambos en 1933, etc.), como en imprentas privadas (Twenty Poems Less y Four Unposted Letters to Catherine en las ya mencionadas Hours, en 1933 ambos).

Al margen de los libros, y también en asociación con Constable, de la vieja Crown Albion salieron tres números de una revista de periodicidad más o menos anual (otoño de 1935, verano de 1936 y primavera de 1937) titulada Epilogue y subtitulada A Critical Summary en la que Riding figuraba como editora y Graves como editor asociado, y que en la publicidad que insertaron en algunas revistas (en la New Verse de Geoffrey Grigson, por ejemplo) se presentaba con el «propósito de insertar las corrientes críticas modernas en una visión de la vida y un pensamiento coherente» y en el Prelimiar del primer número ya hacía una declaración de intenciones: «Un examen crítico, sea cual sea el tema, debe empezar por lo que tiene de más confuso, y emprenderse con el objetivo más simple posible». No es de extrañar que entre los temas abordados se cuenten desde la publicidad o la fotografía hasta el concepto de realidad, la tauromaquia, la fama, la dramaturgia o la ficción detectivesca. En sus páginas pueden encontrarse firmas poco sorprendentes a estas alturas, además de, por supuesto, las de Riding y Graves: James Reeves, Len Lye, etc.

El cuarto volumen de Epilogue, casi un colofón,  resulta bastante singular con respecto a los otros tres, pues se trata de un monográfico dedicado a cartas de 65 corresponsales de profesiones muy diversas en las que comentan la situación mundial, con algunas apostillas y comentarios de Riding, y que se publicó ya en Londres y en asociación con Chatto & Windus en 1938. Todo induce a pensar que se trataba ya de una obra concebida, diseñada, compuesta e incluso impresa por Laura Riding en solitario.

De izquierda a derecha: Gordon Glover (tapado por el perro Solomon), Laura Riding, Honor Wyatt, Mary Phillips, Karl Goldschmidt y Robert Graves en Deià.

Fuentes

Roger Burford Mason, «The Siezin Press of Laura Riding & Robert Graves», Dalhousie Review, vol. 68, núm. 4 (1989), pp. 402-405.

Robert Graves y Camilo José Cela durante las Conversaciones de Formentor (adviértase el distinto grado de formalidad en el vestir).

Robert Graves, Adiós a todo eso, traducción de Sergio Pitol, Barcelona, Edhasa, 1985.

Richard P. Graves, Robert Graves. Biografía, 1895-1940, traducción de Lucía Graves y Elena Lambea, Barcelona, Edhasa, 1992.

Christina Cain Whitney, «Editorial Collaboration and Control: Laura Riding and the Seizin Press Years», Electronic Theses and Dissertations, 703 (2003).

Jean Moorcroft Wilson, Robert Graves: From Great War Poet to Good-Bye to all that (1895-1929), Londres, Bloomsbury Publishing, 2018.

Candida Ridler, «Len Lye, Robert Graves and Laura Riding: Designing Books for the Seizin and Hours Press», en Dunstand Ward, ed., The Art of Collaboration: Essays on Robert Graves and his Contemporaries, Universitat de les Illes Balears, pp. 93-116.

 

De la fundación de la Editorial Juventud a la creación de Molino

A Marta Graupera Sanz, agradecido

 

La creación en 1933 de la Editorial Molino por iniciativa de Pablo del Molino Mateus (1900-1968) es el desenlace de un desencuentro larvado a lo largo de varios años en el seno de la editorial Juventud y para desentrañarlo hay que remontarse, como hizo con particular acierto Mònica Baró en su tesis sobre ediciones de literatura infantil y juvenil, a la relación entre los miembros de su consejo de administración.

La fundación de la Editorial Juventud como sociedad anónima puede fecharse con precisión el 5 de octubre de 1923, cuando se constituye con la participación de la Sociedad General de Publicaciones, Concepció Mateus Massana y su hijo Pablo del Molino (que acababa de heredar de su tío abuelo Agustí Massana, creador de la Escola Massana) y, actuando además como director gerente, Josep Zendrera Fecha (1894-1969). Al formarse el consejo de administración, hay un nuevo reparto de acciones, en el que entran el editor e impresor y primo de Concepció Mateu Juli Gibert Massana (1880-1956), el impresor Joan Pijoan i Claramunt, Josep M. Borràs de Quadras—que ya habían coincidido en la fundación de la Sociedad General de Publicaciones e Hymsa—, quien fuera colaborador de Barcelona Cómica (1898) y director de La Semana Cómica (1888-1894) José Fernández de la Reguera y el abogado Raimon Duran i Ventosa (1858-1933).

Obra de Enric Ricard.

 

Pablo del Molino, pues, entró con veintitrés años a bordo de la nave que pilotaba Josep Zendrera, quien a su vez contaba con la experiencia en la revista Hogar y Moda de la Sociedad General de Publicaciones, donde trabajaba desde los catorce años y donde creó además diversas colecciones (la más popular de las cuales destinada a novela rosa).

Apenas tres años después de su fundación, estrechamente vinculado a este grupo se crea un sello editorial, Mentora, destinado a obras infantiles en catalán y en cuyo consejo de administración figuraba Julio del Molino, así como Edita, que publica libros ilustrados más lujosos, tanto orientados al público infantil como al adulto, y en cuyo consejo de administración de nuevo Julio del Molino aparecía como vocal.

Sin embargo, la ruptura que desembocará en la salida de la familia Molino y la creación  de su propia editorial empieza a gestarse iniciada ya la década de los treinta y Manuel Llanas la atribuye, básicamente, a «desacuerdos en la línea de las publicaciones».

Además de esos desacuerdos, ya en 1930 creó tensión en el consejo de administración la compra de un nuevo edificio más amplio (en la calle Provença 101), así como la absorción de la editorial Mentora y muy poco después la de Edita. En el seno del consejo de administración, estas iniciativas de Zendrera se advertían como audaces asunciones de riesgos, por lo que se le impuso como contrapartida el nombramiento de Pablo del Molino, que por entonces contaba veintitrés años, como subdirector de la empresa, entre otras condiciones sobre las cuales escribe Mònica Baró:

Además, se le obliga de recortar los gastos de funcionamiento —lo cual acaba conllevando finalmente el despido de cuatro trabajadores en 1931—, impone un control más riguroso —mensual— de los planes editoriales e, incluso, llegan a desestimar algunas de las propuestas de Zendrera que, no se olvide, se había ido convirtiendo en un socio importante. Forzosamente, estas decisiones no debieron de gustar a Zendrera —que, no obstante, las acata— y debían de producir disensiones importantes entre los miembros del Consejo, aunque no se manifiesten explícitamente en las actas.

En cuanto a la línea editorial, era muy evidente desde sus primeros pasos la voluntad de Juventud de cubrir el ámbito de las ediciones populares, en muchos casos mediante la explotación de los derechos de edición de la Sociedad General de Publicaciones, y dando incluso continuidad a la ya mencionada colección La Novela Rosa, por ejemplo, y con colecciones como la mensual La Aventura (1925) o la más lujosa Obras Maestras, dándose el caso de que un mismo autor u obra aparecía en más de una de estas colecciones. De nuevo es Baró quien ofrece cifras contundentes acerca del éxito de estas ediciones: «en cinco años, la editorial ha vendido 300.000 ejemplares de diversos títulos y, de la obra El rosario, de Florence L. Barclay, se han vendido más de 120.000 ejemplares».

A medida que fueron ampliándose los ámbitos de edición debieron de empezar a surgir los problemas, pero es evidente, tanto por los autores (Salgari, Sabatini, Victor Hugo, Zane Grey) como por la periodicidad y las características de los libros, el tipo de público popular y del lector infantil y juvenil al que se dirigían. Cuando finalmente Pablo del Molino presenta su renuncia para crear su propia editorial, no choca con una oposición en el seno del consejo de administración de Juventud, pero sí se le impone como condición que, en caso de crear una nueva empresa editorial, el catálogo de esta no entre en competencia directa con el de Juventud, cosa que es muy discutible que no sucediera ya desde el primer momento (y que, por lo menos en España, ha venido siendo una cláusula habitual en este tipo de casos).

Algunos de los autores de la inicial y muy célebre Biblioteca Oro (1933-1970) no hubieran desentonado en absoluto en Juventud, cuando no se daba el caso de que ya habían figurado en su catálogo: Julio Verne, Alejandro Dumas, Rex Stout, Emilio Salgari…, novelas de aventuras y del Oeste de carácter popular destinadas a un público muy amplio, en cualquier caso insertadas en series debidamente marcadas: Serie Azul (piratas y westerns), Serie Roja (novelas de capa y espada) y Serie Amarilla (novela detectivesca), a las que en 1935 se añadiría el espectacular éxito de la versión española de revista de Walt Disney Mickey (1935-1936), dirigida por Josep Maria Huertas Ventosa (1907-1967), padre de un periodista que se haría célebre y quien ya contaba con experiencia como colaborador de la revista infantil Alegría (1925-1934) y redactor jefe de Pocholo (1931-1951), de la editorial Santiago Vives.

El mismo acuerdo tomado en relación a la salida de Pablo del Molino de Juventud establecía que, en caso de incumplir con la condición de no competir con Juventud, saldría del consejo de esta empresa, pero al parecer, aun con las evidencias en la mano, esto no llegó a cumplirse. Como consecuencia de la guerra civil, en 1938 Pablo del Molino se trasladó a Buenos Aires, donde creó Molino Argentina (desmantelada con motivo de su regreso a Barcelona en 1952), mientras que su hermano Luis (1907-1990) se hacía cargo de la casa matriz barcelonesa, que tuvo continuidad en la posguerra con una línea editorial sin grandes variaciones, en la que siguió compitiendo con la de Juventud.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’editorial Juventut (1923-1969), tesis doctoral Departament de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2005.

Raquel García Fuentes, «Semblanza de Editorial Molino (Barcelona, 1933- )». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED: http://www.cervantesvirtual.com/obra/editorial-molino-barcelona-1933– semblanza-928709/

Jaime García Padrino, «Libros infantiles y juveniles», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015, pp.699-721.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Antonio Machado y algunas ediciones raras

Tanto la primera como las últimas obras que vio publicadas en vida Antonio Machado (1875-1939) tienen algunas singularidades dignas de mención.

En 1903 aparecía de la Imprenta A. Álvarez (con sede en la calle Barco, 20), la primera edición de las Soledades (Poesías), un volumen de 112 páginas con un formato de 11 x 16,5 cm, que reunía obra publicada previamente en revistas (Electra, Revista Ibérica) y sin un sentido orgánico muy trabado. Ese mismo año aparecía con pie de esa misma imprenta, por ejemplo, las Páginas sueltas con las que también se estrenaba como autora de libros M. Pilar Contreras de Rodríguez (1861-1930).

Según se indica en la contrabierta, el libro de Machado se insertaba en una Colección de la Revista Ibérica, de la que todo parece indicar que fue el único número publicado. Dirigida por Francisco Villaespesa (1877-1936) y con Pedro González Blanco (1879-1961) como jefe de redacción y el dibujante barcelonés Ricardo Marín (1874-1955) como ilustrador, esta efímera Revista Ibérica —heredera en cierto sentido de Electra—había desaparecido ya en 1903, después de la aparición quincenal de sus cinco números entre el 20 de junio y el 30 de septiembre de 1902 (con textos de Francisco Giner de los Ríos, Juan Ramón Jiménez, Jacinto Benavente, Valle-Inclán), y nadie parece haber aclarado si se propuso convertirse en editora de libros y fracasó o bien había iniciado el proceso de publicación de las Soledades machadianas antes de desaparecer.

En cualquier caso, al año siguiente apareció en Barcelona una edición idéntica (¿acaso empleando las mismas planchas y con un papel idéntico?) presuntamente impresa por Valero Díaz y publicada por Lezcano y Cía Editores —cuya especialidad era la literatura erótica—, como tercer número de la Colección de Escritores Jóvenes que se había estrenado con Amores, del narrador y periodista cántabro Ramón Sánchez Díaz (1869-1960). En realidad, todo induce a pensar que esta segunda edición de las Soledades era un reentape de la misma edición con el propósito de aumentar unas ventas que habían sido más bien magras.

Las Soledades, galerías y otros poemas (1907) los publicó ya una empresa editorial de cierto fuste, la Librería de Pueyo en su Biblioteca Hispano-Americana, y en 1919 iniciaba Machado su relación con sus más fieles editores, Calpe, que se ocuparon de la segunda edición de este libro en su Colección Universal.

Además de varias otras obras —Juan de Mañara en 1927, Poesías completas (1899-1925) y  Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel en 1928, Poesías completas (1899-1933) en 1933—, en los años finales de su vida Machado vio publicadas tres obras singulares vinculadas a Espasa-Calpe, empresa creada en 1925 como resultado de la fusión de las dos editoriales que le daban nombre.

De 1937, cuando tanto los talleres gráficos como la editorial habían sido asumidos por un comité obrero (que la subsumieron en la editorial Nuestro Pueblo) y sus fundadores se hallaban en zona nacional (en San Sebastián), es La Guerra (1936-1937), que aparece aún con pie de Espasa-Calpe en Madrid y cuya edición sorprende el contexto en que se lleva a cabo. Se trata de un volumen de 115 páginas con un formato de 17 x 24,5, muy cuidado en cuanto a la tipografía e impreso sobre papel de hilo de la casa Guarro, con una portada a dos tintas (azul y rojo). Una edición de lujo que Ian Gibson supone «apoyada oficialmente por las agencias de propaganda republicana».

Contiene La Guerra siete textos de Machado y cuarenta y ocho dibujos a pluma de su hermano José. Los textos, aparecidos previamente en las publicaciones que se indican son los siguientes y en este orden:

  • «Los milicianos de 1936», fechado en Madrid, agosto de 1936, y publicado por primera vez en la etapa valenciana de la revista Hora de España (núm. 8, agosto de 1937).
  • «El crimen fue en Granada», aparecido el 17 de octubre de 1936 en el periódico Ayuda y pocos días después en El Mono Azul y el murciano El Liberal.
  • «Apuntes», publicados con el título «Notas de actualidad» en el primer número de la valenciana Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura (Valencia) en febrero de 1937.
  • «Meditación del día», salvo error, inédito hasta entonces.
  • «Carta a David Vigodsky» en el número de abril de 1937 de Hora de España (20 de febrero de 1937).
  •  «Al escultor Emiliano Barral», que es una versión corregida y aumentada del publicado en Nuevas canciones (Mundo Lartino, 1924).
  • «Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas», inédito si bien leído en Valencia el Primero de Mayo de 1937.

En el número de diciembre de 1937 de Hora de España (pp. 68-74), la escritora y filósofa María Zambrano (1901-1991) ya dedica una reseña a esta obra; «Sin melancolía y con austero dolor nos habla a lo más hondo de nosotros este libro, La Guerra, ofrenda de un poeta a su pueblo», escribe, sin aludir apenas a las obras en prosa. Esto debería bastar para fechar su publicación a finales de 1937, pero también cabe la posibilidad, incluso a la vista del contenido, que Zambrano leyera los textos antes de su edición en forma de libro (muchos de los cuales publicados precisamente en Hora de España), porque resulta un poco asombroso que no haga la más mínima mención ni a los dibujos de José Machado (1879-1958) ni a las llamativas características de la edición. Desconozco, sin embargo, si existe documentación que acredite o desmienta esa suposición, aunque el caso es que aún en 1937 Antonio Machado agradece por carta esta reseña.

Sin embargo, Andrés Trapiello da la siguiente explicación acerca de los motivos de que esta edición pasara tan desapercibida, pese a la reseña de una intelectual como Zambrano en una publicación tan leída como lo era Hora de España: «por razones que desconocemos, los editores nunca lo distribuyeron y sólo circularon algunos pocos ejemplares, causa de su extrema rareza. Al terminar la guerra, la edición completa, guardada en los almacenes de Espasa-Calpe en Madrid, fue destruida.»

De fechas muy cercanas tiene que ser La tierra de Alvargonzález y Canciones del Alto Duero, de nuevo ilustrado por José Machado, que compila el largo romance ya aparecido en 1933 en una edición a cargo de Manuel Altolaguirre (1905-1959) con un dibujo de Santiago Ontañón (1903-1989) y unas canciones de aire folcórico y tradicional («A un olmo seco», «Canciones de tierras altas» y «Canción de mozas»). Según el pie editorial, este volumen de 76 páginas y un formato de 11,5 x 15,5 se imprimió sobre papel basto en Barcelona en los Talleres Gráficos de la Editorial Ramón Sopena, colectivizada, y bajo el sello de Nuestro Pueblo, cuyo destino eran los combatientes en el frente, y Gonzalo Santonja subraya las tremendas tiradas que hacía esta editorial de este tipo de obras:

Los datos asentados en inventarios, actas notariales y diversos documentos de índole comercial certifican que Nuestro Pueblo ponía en circulación tiradas bastante superiores a las normalizadas con anterioridad a la guerra: diez mil ejemplares (frente a dos mil quinientos o tres mil), hasta veinticinco mil en casos como los de Sender (Contraataque), Valle-Inclán o Machado.

Sin duda, eso contribuye a explica que este volumen —aun sin contarse entre los más divulgados y, por supuesto, mucho menos los más representativos del autor— sea ampliamente más conocido que La Guerra.

Fuentes:

Edición digitalizada de La Guerra.

Jordi Doménech, «Machado vs. Espasa-Calpe», Ínsula, núm. 622 (octubre de 1988), pp. 26-27.

Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Madrid, Aguilar, 2006.

Fernando Larraz, «Política y cultura. Biblioteca Contemporánea y Colección Austral, dos modelos de difusión cultural», Orbis Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jaume Pont, «Sobre La guerra de Antonio Machado», Abel Martín. Revista de Estudios sobre Antonio Machado, 1997.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad 76), 2003.

Suárez, Cristina Suárez, «Semblanza de Sociedad Anónima Espasa-Calpe (1925)» (2006), en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED: http://www.cervantesvirtual.com/obra/sociedad-anonima-espasa-calpe1925-semblanza/

Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

María Zambrano, «La Guerra de Antonio Machado», Hora de España, núm. XII (diciembre de 1937), pp. 68-74.

Manuel Altolaguirre, última aventura editorial

Cuando a mediados de marzo de 1943 el exiliado republicano español Manuel Altolaguirre (1905-1959), gracias a la ayuda del poeta y ensayista Ángel Augier (1910-2010), llegó a México procedente de La Habana, gozaba ya del aprecio de los connaisseurs en el ámbito de la tipografía y la impresión, quizá más por su buen gusto que por su destreza, pero en cualquier caso, desde los tiempos de la mítica Imprenta Sur hasta su etapa más recientemente al frente de La Verónica en Cuba, era muy bien conocido como editor e impresor.

No es de extrañar por tanto que una de las primeras cosas que hiciera fuese incorporarse al equipo que se puso al frente de la dirección de la tercera época de la legendaria revista de poesía, pintura y música Litoral, con José Moreno Villa (1887-1955), Emilio Prados (1899-1962), Francisco Giner de los Ríos (1917-1995) y Juan Rejano (1903-1976). Sin embargo, es sintomático que cuando esta publicación periódica se acercaba a su fin, tras la publicación de tan sólo tres números, Giner de los Ríos creara, con la colaboración del talentoso Joaquín Díez-Canedo Manteca (1917-1999), la colección Nueva Floresta (en la editorial Stylo de Antonio Caso), y Altolaguirre, por su parte, con el apoyo de la adinerada cubana María Luisa Gómez Mena (1907-1959) pusiera en marcha una nueva iniciativa personal, Ediciones Isla, si bien en esos mismos años se está introduciendo ya en el mundo del cine en la productora Posa-Films.

Desde el principio tuvo Isla problemas administrativos, si bien disponía de un taller espacioso y moderno, de imprenta propia (Manuel Altolaguirre Impresor), de un equipo de obreros tipográficos e incluso de un acuerdo con una sede en La Habana para distribuir en Cuba los libros que se publicaran.

Sin embargo, también desde el primer momento la editorial parecía disponer de un programa de publicaciones muy ambicioso y perfectamente estructurado. Al margen de algunas ediciones importantes fuera de colección, las numerosas ediciones que empiezan a imprimirse se encuadran en cuatro colecciones eminentemente literarias: Los Clásicos, El Siglo de Oro, Los Románticos y los Modernos, de lo que puede deducirse al primer vistazo la voluntad de revisar el canon de los principales autores de la literatura en lengua española, aunque la presencia de autores no peninsulares (caso del nicaragüense Rubén Darío) fue casi residual. En cambio, entre las obras publicadas fuera de colección es muy notable la presencia de escritores republicanos españoles.

En la revista El Hijo Pródigo, fundada en 1943 por iniciativa de los poetas Octavio G. Barreda (1897-1964) y Octavio Paz (1914-1998), se publica en el número 32 (del 15 de noviembre de 1945) un anuncio en que se describe Isla del siguiente modo: «En esta colección bella y originalmente presentada irán apareciendo todas y cada una de las obras más famosas del Siglo de Oro, de la edad romántica, así como de la moderna» y, además de una breve reseña de la edición de Mariana Pineda, de Federico García Lorca (1898-1936), aparece la siguiente lista de volúmenes publicados:

Juan Ruiz de Alarcón, El tejedor de Segovia

Calderón de la Barca, La vida es sueño

Miguel de Cervantes, Entremeses

Tirso de Molina, Don Gil de las calzas verdes

Miguel de Cervantes, El cerco de Numancia

José Zorrilla, Don Juan Tenorio

Manuel Tamayo, Locura de amor

Carlos Arniches, Las estrellas

Benito Pérez Galdós, La loca de la casa

Ricardo de la Vega, La verbena de la Paloma

José Bergamín, La niña de Dios y La niña guerrillera

Fray Luis de León, La perfecta casada

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas

Juan Valera, Pepita Jiménez

Garcilaso de la Vega, Poesía

Rubén Darío, Canto de vida y esperanza

Lope de Vega, Fuente Ovejuna

Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino

Carlos Arniches, Don Verdades

Por el mismo anuncio, puede saberse que la Librería Madrid del distrito federal ofrecía la posibilidad de obtener veinte volúmenes con un pago inicial de 7,50 dólares y cinco abonos mensuales de 10, mientras que cada volumen individual tenía un precio de 2,50. Además de los consignados, Isla publicó también, por ejemplo, el original libro y que dice mucho sobre la integración de Moreno Villa en México Navidad: villancicos, pastorelas, posadas, piñatas, antologada e ilustrada por el propio Moreno Villa, y en el que se conjugan obras del folklore español con otras de la tradición teatral mexicana (posadas piñatas), así como Lo que sabía mi loro. Una colección folklórica infantil.

Editorial Nuestro Pueblo, 1938.

Entre los autores no españoles se publica al poeta mexicano Elías Nandino (1900-1993) Espejo de mi muerte (1945), pero la presencia de exiliados republicanos es bastante más nutrida, desde el ensayo de tema literario Los designios de Dios, vistos a través de El condenado por desconfiado y otras comedias españolas (1945) de José Manuel Gallegos Rocafull (1895-1963) hasta el poemario De mar a mar, de María Enciso (María Dolores Pérez Enciso, 1908-1949), prologado por Concha Méndez. Entre ellos, y casi simultáneamente, una nueva edición de la novela que José Herrera Petere (José Herrera Pérez, 1909-1977) había publicado ya en Barcelona durante la guerra, Cumbres de Extremadura. Novela de guerrilleros (1945) o la primera novela que se publicaba del espléndido ciclo narrativo Lares y Penares de Manuel Andújar (1913-1994), Cristal herido, con prólogo de José Ramón Arana (1905-1993) y una nota de Benjamín Jarnés (1888-1949).

La aventura no duró más de un año y medio, pero después del poemario del propio Altolaguirre Nuevos poemas de las islas invitadas, con cubierta y dibujo de portada de Moreno Villa en 1946, aún tuvo un pilón en 1949 con Fin de un amor. Sin embargo, en realidad Isla había dejado de funcionar como editora en 1946 y, si bien entonces Altolaguirre se asoció con el impresor Roberto Barrié y con él publica los dos números de la revista Antología de España en el Recuerdo, ya había empezado a decantarse cada vez más por la cinematografía.

Si ya en 1947 Carlos Orellana había estrenado la película La casa de Troya, cuyo guión había adaptado Altolaguirre a partir de la novela romántica homónima del coruñés Alejandro Pérez Lugín (1870-1926), en 1950 había podido crear ya la compañía cinematográfica Producciones Isla, uno de cuyos trabajos fue Yo quiero ser tonta, adaptación de Las estrellas de Arniches (publicada en Isla), que se estrenó eso mismo año dirigida por el guipuzcoano Eduardo Ugarte (1901-1955), para quien Altolaguirre adaptó también la obra de los Álvarez Quintero Doña Clarines y le produjo El puerto de los siete vicios.

Manuel Altolaguirre.

Sin embargo, lo más probable es que fuera sobre todo el éxito internacional de Subida al cielo (Luis Buñuel), de cuyo guión Altolaguirre era coautor, lo que acabó por apartarlo por completo de las imprentas.

Fuentes:

García Chacón, Irene (2015). «Semblanza de Manuel Altolaguirre (1905- 1959)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED:  http://www.cervantesvirtual.com/portales/editores_editoriales_iberoamericanos/obra/semblanza-de-manuel-altolaguirre-bolin/

Julio Neira, Manuel Altolaguirre. Impresor y editor, Consejo Social Universidad de Málaga y Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Málaga-Madrid, 2009.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba. Manuel Altolaguirre, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995.

James Valender, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Poetas e impresores, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2001.

 

La Biblioteca Silenciada de la Editorial Ayuso

En los años finales del franquismo, la emblemática librería Fuentetaja, situada inicialmente en el número 24 de la calle San Bernardo (posteriormente en el 48), fue un extraordinario punto de irradiación de iniciativas editoriales de muy diverso signo pero siempre con un toque políticamente izquierdista. De allí surgieron, en distintos momentos y por iniciativa de diferentes intelectuales españoles, sellos como Ciencia Nueva, Hyperion, Orbe, Artiach, La Piqueta, Endymion… y Ayuso.

Jesús Ayuso.

Jesús Ayuso Jiménez, nacido en Moratilla de los Meleros (Guadalajara) en 1940, fundó en Madrid en 1957 la librería Fuentetaja, que no tardó en hacerse célebre por disponer de libros prohibidos por la censura española, que se ocupaba de conseguir clandestinamente sobre todo a través de las editoriales Ebro, Ruedo Ibérico y de la Librería Española de Antonio Soriano (1913-2005) y además, según informe de la Dirección General de Seguridad de 1974, tenía a la vista libros «de matiz político social» de editoriales de «tendencias marxistas o izquierdistas» españolas.

Con la librería ya más o menos asentada, el 17 de junio de 1969 Ayuso solicitó registrar la editorial que tomó su nombre, con un patrimonio declarado de quinientas mil pesetas —se le autorizó el 14 de octubre de ese mismo año—, y en la que contó como su mano derecha con el editor vallisoletano Jesús Moya, formado en la comunista editorial Ebro.

Ya desde el principio se trataba de un proyecto heterogéneo en cuanto a los géneros (ensayos y manuales, sobre todo, pero también narrativa, obras divulgativas y poesía) y a las tématicas (sociología, filosofía, historia, economía, etc.).

Los títulos publicados por la Editorial Ayuso en su primer año de andadura (1970) dan ya una imagen de por dónde iba el proyecto: Prosas encontradas (1924-1942), de Rafael Alberti, recogidas y presentadas por Robert Marrast y prologadas por Pablo Corbalán, Recientes descubrimientos sobre el origen del hombre, de Jean Herniaux, El tiempo en el hombre, de Petro Kuropulos, con el prólogo a la edición francesa de Jacques Guillamaud y un apéndice de Antonio Márquez, Aspectos sociales de la psicología moderna, de diversos autores (J.F. Le Ny, Haïn Sella, Gerard Vergnaud y Bernard Muldworf) y prologado por Julián Mesa, El joven Unamuno (influencia hegeliana y marxista), de Manuel Pizán, La filosofía de Esquilo, de Georges Thomson, Posibilidad de la estética como ciencia, de Eloy Terrón, Ernst Fischer y «el hombre sin atributos», de Fischer y con un prólogo de Roger Gauraudy,  y una reedición corregida y aumentada en cinco volúmenes de El desarrollo de la sociedad, de Mauro Olmeda. Probablemente no es ajeno al carácter de estos primeros títulos el hecho de que Fuentetaja había abierto una sucursal en la Facultad de Sociología y Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, desde la que proveía a los estudiantes de lecturas más allá de las canónicas.

Julián Zugazagoitia.

A los diez años de su creación, Ayuso ponía en marcha un proyecto bastante singular que acaso respondía en buena medida al interés por la historia literaria de los años treinta, pero con unos textos que a simple vista difícilmente conectarían con la sensibilidad de los lectores de por entonces, la Biblioteca Silenciada, que tal vez deba interpretarse más como un acto de reparación histórica que como una iniciativa comercial.

Dirigida por el crítico e historiador de la literatura salmantino Gonzalo Santonja y con cubiertas del luego prestigioso diseñador gráfico conquense Roberto Turégano, la Biblioteca Silenciada recuperó a una serie de escritores y obras realistas que siempre han estado en la órbita de los intereses de su director —Ángel Samblancat (1885-1963), Joaquín Arderius (1885-1969), César Arconada (1898-1964), etc.—, que quizá desde antes de la guerra no se publicaban en España, entre otras cosas porque sus autores —si no muertos— estaban exiliados o habían sido víctimas de la represión franquista y sus textos eran además inasumibles por la censura nacional-católica, pero a la altura de 1979 la inexistencia en las librerías españolas de estos autores, que en los años treinta representaban, con Sender, lo más granado de la llamada «novela social», era sin duda una anomalía, como se explicitaba en el texto de presentación:

Al margen de las ultimas y frecuentemente innecesarias traducciones que desde hace ya demasiados años invaden el panorama editorial español, la “Biblioteca Silenciada” se centrará exclusivamente en la recuperación de obras y autores españoles de las cuatro primeras décadas del siglo XX con el firme propósito de contribuir a restablecer una relación literaria artificialmente interrumpida.

Contracubierta de El crimen de Cuenca.

Desde el punto de vista formal, se trata de libros encuadernados en rústica, con un formato de 20 x 30, que visualmente evocan en cierto modo la etapa de preguerra en que fueron escritos y la estética que caracterizó las llamadas editoriales «de avanzada», incluso con unas cabeceras que, si bien fieles al espíritu de las obras, resultan hasta cierto punto anacrónicas.

El primer volumen de la colección recupera Madrid, Carranza, 20, una novela de quien había sido ministro de Gobernación durante la guerra, Julián Zugazagoita (1899-1940), publicada durante su exilio en París antes de que fuera detenido por la Gestapo y traslado a Madrid (donde fue fusilado el 9 de noviembre de 1940). Y a esta seguiría La guerra en Asturias (crónicas y romances), una compilación preparada por Santonja en la que se incluyen tres textos de César Arconada publicados ya durante la guerra en forma de libro como Romances de la guerra (Santander, Unidad, 1937) junto a otros periodísticos de quien había muerto en su exilio en Moscú el 13 de marzo de 1964.

Sin embargo, quizá más ilustrativos de la orientación de la Biblioteca Silenciada son los dos números siguientes, en los que Santonja antologa la famosa colección de las Ediciones Libertad (Augusto Vivero, Hildegart, Ángel Pestaña, José Antonio Balbotín, etc.), y acerca de la que más tarde escribiría:

los relatos de La Novela Proletaria representan un magnífico exponente de los dudosos resultados que acostumbra a producir la desdichada aventura de asignar a las letras un papel reducido a lo propagandístico, aunque por eso mismo  también suponga un valioso testimonio acerca del descontento experimentado por un nutrido grupo de intelectuales y políticos radicales, dotados de un innegable grado de incidencia en la vida del país.

Cubierta de un ejemplar de La Novela Proletaria de Editorial Libertard, Un ensayo revolucionario, de Mauro Bajatierra.

Dieron cuenta de esta voluntad de recuperar una determinada narrativa que había desaparecido con la guerra civil (sobre todo como consecuencia de su resultado), aun cuando para entonces quedaba ya alejada de los gustos del lector, cuatro títulos más, una novela cercana a la distopía de José Más (1885-1941) publicada en 1932 por Pueyo, una de las obras más famosas de Arderíus, aparecida en Zeus en 1931, una extraordinaria primera edición ilustrada de José Luis Gallego (1913-1980), cuyo poemario aquí publicado despertó la curiosidad de Jorge Guillén hasta el punto de escribir a la editorial solicitando más información, y la novela El crimen de Cuenca (1932) de Alicio Garcitoral (1902-2003), residente por entonces en Bostón, después de haberse exiliado originalmente en Buenos Aires.

 

La colección Biblioteca Silenciada de Editorial Ayuso:

1 Julián Zugazagoitia, Madrid Carranza, 20, 1979.

2 César M. Arconada, La guerra en Asturias (crónicas y romances), edición de Gonzalo Santonja, 1979.

3 AA.V., La novela proletaria (1932-1933), tomo I, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

4 AA.V., La novela proletaria I (1932-1933), tomo II, reedición a cargo de Gonzalo Santonja, 1979.

5 José Mas, En la selvática Bribonicia. Historia de un país que quisieron civilizarlo, prólogo de Francisco Caudet, 1980.

6 Joaquín Arderius, Campesinos, prólogo de José Esteban, Madrid, 1980.

7 José Luis Gallego, Voz última, edición facsímil del manuscrito, introducción de Leopoldo de Luis, 1980.

Imagen interior de Voz última.

8 Alicio Garcitoral, El crimen de Cuenca, prólogo de José Esteban,1980.

Fuentes:

Web de Ediciones Endymion

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo (Colección Investiogación 3), 2017.

Jorge Guillén, Carta a Leopoldo de Luis fechada el 1 de octubre de 1980. Centro Virtual Cervantes.

Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015.

Alicio Racionero, «El crimen de Cuenca (Alicio García Toral)», El Rincón de Albalate de las Nogueras, 17 de febrero de 2012.

Francisco Rojas Clarós, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Una aproximación a la edición en lengua corsa

La de la edición de literatura corsa es en apariencia una historia relativamente reciente, pues el primer texto impreso data de apenas 1817, U sirinatu di Scappinu, aparecido como cuarto canto del poema erótico-cómico Dionomachia, del magistrado y hombre de letras de Bastia Salvatore Viale (1787-1861), a quien se considera el padre de la literatura corsa y quien en 1843 publicaría una influyente antología de la rica literatura oral, Canti popolari corsi.

A lo largo del siglo XIX, la creación literaria en corso es esporádica y dispersa, pero aun así deja algunos nombres de cierto relieve, como Niccolò Tommaseo (1802-1874), Paolo-Mattei della Foata (1817-1890), Pietro Lucciana Vattalapesca (1832-1909), impulsor de la efímera revista en corso Cirno (1905-1908) y creador de las primeras expresiones de teatro cómico de raíz popular, o sobre todo Santu Casanova (1850-1934), promotor de la unificación y normalización lingüística del corso, en particular a través de la revista satírica A Tramuntana (1896-1914), donde publicó uno de los más populares escritores de la época, Petru Rocca (1887-1966), quien además, en francés, publicaría en 1913 Les corses devant de l’anthropologie y en 1921, en corso, Pruverbii, massime è detti corsi.

En la primera mitad del siglo XX, parte de la literatura corsa seguía imprimiéndose en Italia, Francia o Inglaterra, pese al establecimiento sobre todo en Bastia de una mínima infraestructura editorial, más destinada a la impresión de publicaciones periódicas y folletos que a la de libros. Sin embargo, revistas como A Muvra, de los hermanos Petru y Mattei Rocca (como órgano del Partitu Corsu d’Azione), por ejemplo, publicaba anualmente un almanaque que incluía textos de creación literaria, y a ella fueron añadiéndose, desde Marsella, el almanaque Annu Corsu, donde se publicarían algunas novelas del periodista y poeta Sébastien d’Alzetu (1875-1963), y en la isla U Falcone (1926-1928), y ya después de la guerra mundial U Muntese (1955-1972) o Monte Cintu (1959-1963), entre otras de vida menos longeva y menos influyentes.

A estas cabeceras hay que añadir iniciativas como las de Alain Piazzola, quien ya a finales de los sesenta funda una editorial unipersonal con su propio nombre, dedicada sobre todo a libros científicos y culturales de tema corso y, con el paso del tiempo, de algunos títulos importantes, como es el caso de L’Usu Córsu: Dictionaire des mots d’usage et des locutions du Nord et du Centre de la Corse avec ses équivalents des langues italienne et française (2001), de Pascal Marchetti, quien previamente había recibido el Prix du Libre Corse en 1990 por La corsophonie, un idiome à la mer (en Albatross).

Sin embargo, suele fecharse en 1974, con la aparición de la revista Rigiru, la aparición de un segundo renacimiento de la lengua corsa que cristalizará en la llamada «generación de los setenta» (con el escritor y activista Ghjacumu Thiers a la cabeza) y los primeros proyectos sólidos de edición de literatura en lengua corsa.

Un personaje clave en ese proceso fue Jean-Jacques Colonna, quien a los veintitrés años, en 1977, abandonó su puesto como secretario general en la Maison de la Culture Corse para abrir en Ajaccio la librería La Marge, que se convirtió en punto de encuentro de la intelectualidad de la isla y en una de las casas editoras punteras (con más de doscientos libros de temática corsa en esa primera etapa). Al margen de muchas otros proyectos llevados a cabo, entre los que destaca la organización de las Journées du Livre Corse, en 1999 Colonna cedió la librería y editorial (en parte absorbidas por Albiana), pero no tardó en volver a la publicación de libros, en 2004, con Colonna Edition (centrada en libros vinculados de un modo u otro a la historia y la lengua corsa, pero también al libro lujoso y a la novela, siempre de tema corso).

En los ochenta, uno de los escritores más reconocidos, Rinatu Coti, publicaba aún sus obras de un modo bastante precario, en pequeñas editoriales de vida efímera: sus cuentos en Radichi (Una Spasimata, 1983;) o en la compañía también discográfica Cismonte e Pumonti Edizione (A Signora, 1987; U Maccedu, 1988, etc.), donde trabajó también como editor y director de la colección Paroli Sciolti y publicó también el libro que recogía su obra poética entre 1974 y 1985, Par viaghju.

Sin embargo, ya en 1983 se había creadoa Albiana, una editorial también con un catálogo muy generalista y amplio (fotografía, guías, revistas científicas, creación literaria) que para armarlo a menudo recurrió al establecimiento de acuerdos de coedición con instituciones y asociaciones como el Parc Naturel Régional de Corse, la Maison Bonaparte, el Musée de la Corse o la Università di Corsica, y que en 2004, pensando en el futuro, inició una potente línea de libro infantil y juvenil.

En la misma órbita y muy vinculada con Albiana se encuentra la revista bianual Bonanova, creada por el ya mencionado Thiers en el seno del Centru Culturale Universitaire de la Università di Corsica y que combina la creación con el estudio, pues se presenta como «una revista sobre la actividad cultural del momento» que tanto publica textos completos como extractos o pasajes de obras más extensas. Posterior a estas son las Éditions Clémentine, creadas por François Balestriere, también con un catálogo muy diverso que va del libro de arte a las guías gastronómicas, pasando por el cómic, la novela o los diccionarios.

Otra fecha clave fue 2012, cuando Jérôme Ferrari, novelista y traductor del corso al francés, obtuvo el Premio Goncourt con El sermón sobre la caída de Roma (en español, en Literatura Mondadori, traducida por Joan Riambau), pues despertó cierto interés internacional por la literatura corsa y cobraron visibilidad algunos de los autores que formarían parte del catálogo de la editorial Albiana, como Jean Yves Acquaviva (novelas como Ombre di guerra, poemarios como Tandu scrivu), Marcu Briancarelli (Murtoriu, Parichji dimonia, Prighjuneri, Stremu miridianu…) o Antoniu Trojani (1901-1991), profesor de secundaria y pionero que ya en 1964 había publicado Contes corses (en la colección Folklore de F. Lanore Editeur), Dopu Cena. Stalbatoghji Corsi (en Antoine Rico, 1973) y Sott’a l’Olmu (1978).

Entre las iniciativas más asombrosas y atractivas creadas a finales del siglo XX se encuentran Éolienne, empresa dedicada tanto a la edición y publicación de libros como a la producción de films documentales, como es el caso de Théodore Ier, roi des Corses o Récit d’úne tragedia ordinaire, sobre la historia de la violencia en Córcega. La trayectoria de sus creadores explica bien esta dualidad: Xavier Dandoy de Casaianca ya de muy joven compaginaba la creación y dirección de fanzines con el videoarte, hasta que producto de su pasión por la tipografía y las artes visuales creó A Hélice, que más tarde se convertiría en Éolienne, mientras que por su parte Anne de Giaferri se ha dedicado, además de a la editorial, tanto a la composición musical (es miembro de la orquesta electroacústica L’OrMaDor) como a la producción y la dirección cinematográfica.

Su arranque a principios de 1983 fue singular, con la novela breve de Nathalie Kuperman Janus, con una tirada de mil ejemplares, cada uno de ellos con una cubierta original obra de las tres hermanas Isabelle, Claire y Anne Duval. La preocupación por el aspecto y la calidad formal de los libros ha sido siempre evidente, y eso les ha permitido atraer a autores del calibre del multipremiado escritor de origen tunecino Hubert Haddad, el francés Frédéric Richaud (conocido sobre todo por sus novelas El jardinero del rey y Un zoológico para el rey Sol) o el premio Nobel de origen chino Gao Xingjian (de quien se publicó una versión bilingüe, con traducción de Ghiuseppu Turchini, del libreto de Ballade nocturne). A partir de 2009 Éolienne empezó a publicar también libros destinados al público infantil y juvenil, pero el reconocimiento internacional les llegó sobre todo gracias a la impresionante revista Kôan.

Fuentes:

Bonifay, «La littérature corse d’ayjourdhui», France3 CorseViastella, 27 de octubre de 2012.

François Michelle Durazzo, «La poesía corsa más allá de las lenguas», Zurgai. Euskal Herriko olerkiaren aldizkaria: Poestas por su pueblo, núm. 7 (julio de 2007), número especial sobre literatura corsa, pp. 6-12.

«Editeurs corses», en Corsicatheque.com

«In prima avec Alain Piazzola» (entrevista en vídeo), Alta Frequenza.

Musanostra, web.

Odile de Petriconi, «Bastia: Xavier Dandoy de Casabianca et les Éditions Éoliennes au service dy beau libre et de la bonne littérature», Corse Net Infos, 4 de enero de 2016.

Los Mitos de Claudio López de Lamadrid

«Hacer “bien” los libros no es tarea sencilla […], aparte de práctica y experiencia, se necesita cierta vocación, al menos una vocación de perfeccionismo, de trabajo bien hecho o como quieras llamarlo.»

Claudio López de Lamadrid

 

Cuando a principios de este siglo el editor barcelonés Gonzalo Pontón contrató a Claudio López de Lamadrid (1960-2019) para sustituir a Daniel Fernández como director editorial del área de internacional en Grijalbo Mondadori, coincidiendo además con la llegada de Riccardo Cavallero (que había entrado en Mondadori en 1990), López de Lamadrid tenía ya a sus espaldas una densa trayectoria que le había permitido hacer un amplio aprendizaje del funcionamiento del sector. Como recordó en más de una ocasión, entró a los diecisiete años para colaborar en el traslado de la editorial Tusquets cuando esta se desplazó del domicilio particular de Beatriz de Moura en la calle Hospital a la sede de la calle Iradier, y allí pasó toda una década, interrumpida por unas prácticas en la parisina Christian Bourgois y las milicias, como editor de mesa, en una época en que coincidió en esa empresa con un muy buen equipo de editores. En la página 87 de Por el gusto de leer se publicó una conocida foto en la que aparecen en el jardín de la editorial en la calle Iradier Antonio López Lamadrid y Beatriz de Moura rodeados de unos muy jóvenes Ignacio Echevarría, Miriam Tey y Claudio (fechada en 1987).

A su salida de Tusquets, en 1988, se desempeñó como crítico literario en El Observador y Babelia y traductor sobre todo para la editorial Circe (la Lotte Lenya de Donald Spotto en 1990; Conceptos divinos sobre la belleza física, de Michael Bracewell en 1991, la Colette de Herbert Lottman en 1992; Los ojos vendados, de Siri Hustvedt en 1994), pero también para Muchnik (El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, en 1992, y Poderosas palabras, de Northrop Frye, en 1996, por ejemplo) o Tusquets Editores (El misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen), al tiempo que bajo la tutela de Hans Meinke y en colaboración con Ignacio Echevarría ponía en pie en el seno de Círculo de Lectores la editorial Galaxia Gütenberg, donde tuvo otro encuentro importante. Si de Beatriz de Moura aprendió cómo llevar a cabo la edición de textos, el diseñador Norbert Denkel (estrecho colaborador de Meinke) le abrió, según sus palabras «los ojos a la dimensión artesanal del oficio, y me enseñó también a ver cada libro en su singularidad, también desde el punto de vista gráfico».

De los primeros pasos en Grijalbo Mondadori es particularmente recordada la que por entonces (1998) se consideró delirante idea de publicar en España una colección de breves libros de poesía a un precio en apariencia ridículo, 350 pesetas (lo que no llegaba a suponer el precio de tres periódicos de la época). Se contaba ya con la experiencia de una idea muy similar en Italia que en febrero de 1996 había tenido éxito, pero aun así fue observada con mucho escepticismo en el sector editorial español (sobre todo por la asombrosa y cara) campaña publicitaria que la acompañó). Y también por las aerolíneas españolas, pues Iberia se cerró en banda a regalar ejemplares a los viajeros del puente aéreo por considerar que se trataba de un tipo de lectura demasiado dura para sus clientes habituales. López de Lamadrid era consciente de lo arriesgado de la apuesta: «Tenía un punto de locura, de acuerdo, pero en aquellos años todo lo bueno tenía un punto de locura».

En cualquier caso, a principios de 1998 aparecían con cubiertas muy modernas los volúmenes dedicados a Safo (630 a.C-680 a.C), en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal; Fernando Pessoa (1888-1935), trasladado al español por Ángel Crespo; Pablo Neruda (1904-1973) y Charles Bukowski (1920-1994), en traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, a los que seguirían enseguida, en marzo, títulos del estadounidense  Walt Whitman (1819-1892), el francés Charles Baudelaire (1821-1867), el griego Kavafis (1863-1933) y el español Luis Cernuda (1902-1963) y más adelante títulos tan asombrosos y sin duda producto de la vena melómana de López de Lamadrid como los 56 boleros seleccionados por el ensayista mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) o volúmenes dedicados a Keats, Pizaknik, Emily Dickinson, César Vallejo, Maiakovski, Rilke, Quevedo, los haikus o la poesía clásica árabe.

Según  explicó en su momento López de Lamadrid, el propósito era proponer unas ediciones libres de notas, prólogos y de todo tipo de aparato crítico (un poco en la onda de lo que en este sentido había hecho Jaime Salinas en el Libro de Bolsillo de Alianza), con cubiertas acordes con las nuevas generaciones de lectores y destinadas a una amplia y heterogénea selección de grandes poetas para «desacralizar» el género. Sin plantearse inicialmente la posibilidad de reeditarlos y pese a las amplísimas tiradas, de cien mil ejemplares por título, vendieron más de un millón de esos pequeños libros, que con toda la intención tenían un formato similar a las de los estuches de cedés y cuya selección de poemas en muchas ocasiones llevaba a cabo el propio López de Lamadrid.

Aun así, de esa etapa de Claudio López de Lamadrid en Grijalbo Mondadori es más recordada la arriesgada contratación de algunos nombres hoy clave de la literatura estadounidense más radical, como Michael Chabon, Chuck Palahniuk y singularmente de David Foster Wallace (1962-2008) y otros no menos rompedores en español, caso de César Aira o Fogwill (mientras el grueso de editores españoles intentaban dar continuidad al éxito de la llamada «nueva narrativa española» con la menos sólida «joven narrativa española»), pero es evidente que este editor, de cuya fruición con la poesía hay numerosos testimonios, no abandonó por completo el convencimiento de que esa era una buena idea, como lo prueba el hecho de que en 2017 presentara, ya en el marco de Literatura Random House, la que sin duda es la heredera de esa colección, Poesía Portátil, dedicada tanto a la recuperación precisamente de títulos ya aparecidos anteriormente en Mitos como a continuar la labor allí iniciada. Larga vida.

Fuentes:

Entrevista a Claudio López Lamadrid (Penguin Random House) para EDI-RED (Editores y Editoriales Iberoamericanos. Siglos XIX-XXI) el 22 de septiembre de 2017 (vídeo de 15¨57″).

Miguel Aguilar, «Casco, moto, niño», El País, 13 de enero de 2019.

Xavi Ayén, «Muere el editor Claudio López de Lamadrid», La Vanguardia, 11 de enero de 2019.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 20 de abril de 2001, pp. 16-18.

Ricardo Cayuela Gally, «Adiós, gran timonel», Letras Libres, 11 de enero de 2019.

Álvaro Colomer, «Despacho pequeño, editor grande», El Mundo, 12 de enero de 2019.

Juan Cruz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Juan Cruz, «Claudio López Lamadrid, el editor que se atrevió con América», El País, 12 de enero de 2019.

Rubén Díez Cabiedes,«Claudio López de Lamadrid: “Si los editores nos moviésemos por codicia no estaríamos en el negocio de los libros”» (entrevista), Jot Down.

Ignacio Echevaría y Claudio López de Lamadrid, «¿De qué hablamos cuando hablamos de edición?», El Cultural, 26 de octubre de 2018.

Rodrigo Fresán, «Apuntes para una teoría de este editor. In memoriam Claudio López de Lamadrid», Revista Contexto 203 (12 de enero de 2019).

Andreu Jaume, «Por Claudio», El Español, 12 de enero de 2019.

Antonio Jiménez Morato, «La generosidad de un editor. Sobre Claudio López Lamadrid», Penúltima, 12 de enero de 2019.

La prodigiosa memoria de Fabrizio del Dongo

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo, Ediciones B, Barcelona, 2003, 546 páginas. (Reseña publicada originalmente en Quimera, núm. 243 [2004])

El 18 de junio de 1816, al cumplirse un año de la batalla de Waterloo, y según consigna el conde de Las Cases en el Mémorial de Sainte Hélène, Napoleón Bonaparte hacía la siguiente reflexión sobre tan decisivo acontecimiento: «Singular derrota, que, pese a ser la mayor catástrofe, no menoscabó la gloria del vencido, ni aumentó la del vencedor. El recuerdo de uno [Napoleón] sobrevivirá a su destrucción; la memoria del otro [Wellington] quedará quizá sepultada por su triunfo».

Cuando Rafael Borràs Betriu (Barcelona, 1935) titula la primera entrega de sus memorias La batalla de Waterloo, evocando la magistral apertura de La cartuja de Parma, se está definiendo como un observador que, inmerso en el combate, no alcanza a ver ni comprender la magnitud ni mucho menos las consecuencias de la batalla. La contienda de la que nos habla el autor es la lucha por la Cultura («las verdaderas conquistas son las que se obtienen sobre la ignorancia», dejó escrito el célebre corso), una batalla que en el mundo editorial se libra a diario y en la que durante décadas uno de los principales rivales, pero no el único, fue la censura.

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La brillante y laureada carrera de Rafael Borràs Betriu (de la Casa del Libro a Ediciones B, pasando sucesivamente por Luis de Caralt, Plaza, Ariel, Alfaguara, Planeta y Plaza & Janés, entre otras empresas) le ha mantenido siempre en primera línea de fuego, y a lo largo de su trayectoria ha sido tanto protagonista e instigador como testigo de hechos de armas notables en el acontecer de la industria editorial española. Sin embargo –y además de a la célebre revista La Jirafa (1956-1959) –, su gloria irá siempre unida a su condición de creador e impulsor de dos colecciones míticas: Espejo de España (en Planeta, 1973-1995) y su sucesora Así fue. La Historia Rescatada (Plaza & Janés, 1995-1998). A tenor del heterogéneo catálogo de estas dos colecciones, no sería de extrañar que

Victor Alba.

Borràs Betriu suscribiera la rotunda declaración que hiciera Peter Mayer (capitán general de Penguin Books durante muchos años), referente a la conveniencia de apoyar ciertos libros necesarios: «a veces publico libros que me desagradan, me irritan, incluso me repugnan, pero son obras escritas por gente inteligente que deben ser difundidas» (La Vanguardia, 8/VII/2000), si bien el autor de estas memorias señala ya en el prólogo que el principio rector de su labor editorial procede de Marañón («Ser liberal consiste en estar dispuesto a admitir que el otro puede tener razón»). Es precisamente la pasión por la historia contemporánea y el talante republicano y liberal lo que transmiten con una rara pureza e intensidad las páginas de este libro, cuyos dos subtítulos («Memoria de un editor» y «Una reflexión políticamente incorrecta con el mundo de la letra impresa como trasfondo») son verdaderamente acertados y esclarecedores. Nos encontramos ante un mosaico de impresiones, escenas y anécdotas que, sin atenderse rigurosamente al orden cronológico, en su conjunto nos ofrecen una amplia imagen de la vida cultural y política española entre el final de la década de los cuarenta y las postrimerías del franquismo. Abundan las anécdotas jugosas o significativas tratadas con una acerada ironía –antológicas algunas sobre la falta de método de la censura–, y a menudo dan pie a reflexiones o divagaciones acerca de la evolución histórica y política del país en las que Borràs Betriu opina con absoluta libertad y sin cortapisas sobre acontecimientos y sobre todo sobre protagonistas importantes de la dictadura primorriverista, los años republicanos, la guerra civil y la postguerra: Ricardo de la Cierva, Victor Alba, Antonio Maura, Jorge Semprún, Manuel de Pedrolo, Camilo José Cela, José Maria de Areilza, Alfonso XIII, Juan de Borbón, Ramón Serrano Súñer, José Bergamín, Manuel Azaña, Serrano Suñer, Rafael Sánchez Mazas…

Sin embargo, y sin entrar en el valor cultural de las filias del autor (Mercedes Salisachs, Dionisio Ridruejo o Carlos Rojas entre los más evidentes) sorprenden, cuanto menos, algunos de los juicios vertidos sobre el mundo editorial, como por ejemplo la insistente reivindicación de la labor de Luis de Caralt. Cierto es que Caralt publicó a Bernanos, Faulkner, Steinbeck, Hesse, Greene, Kerouac o Nabokov, pero no lo es menos que, en general, se trata de traducciones abominables se mire como se mire y en ediciones muy poco cuidadas, lo que más bien resultó ser un flaco favor a la Cultura, y por ende sitúa a Caralt unos cuantos pasos por detrás de Manuel Aguilar, Josep Janés, José Vergés o Mario Lacruz. O Rafael Borràs Betriu, a quien en más de una reseña a este libro se ha caracterizado como «El Napoleón de la edición española» (P. Montero y R. Conte, por ejemplo).  Vive alors l´Empereur, y quedamos a la espera de la prometida segunda entrega, que debe cubrir su etapa como mariscal de campo de Planeta. [Efectivamente, en los años posteriores a la publicación original de este primer volumen le siguieron La guerra de los Planetas. Memorias de un editor II, Ediciones B, 2005, y La razón frente al azar. Memorias de un editor III, Flor del Viento, 2010]

De telefonista en el Majestic a la editorial Premiá: María José de Chopitea

Nacida en 1915 en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán asentada en lo que hoy es el barrio barcelonés de Sarrià, María José de Chopitea recibió una esmerada educación que incluyó estancias en Ginebra cursando estudios de francés que propiciaron que durante la guerra civil española, además de desempeñarse como enfermera, entrara a trabajar como telefonista en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya (establecido en el Hotel Majestic).

Sobre de azúcar en el que aparece la versión simplificada del logo del Orfeó Català de Mèxic.

Al igual que tantísimos otros republicanos, como consecuencia del resultado de la guerra salió de su país en enero de 1939 y, tras pasar episódicamente por París, Ginebra y Nueva York, en noviembre de ese mismo año llegaba a México, donde enseguida entró en contacto con los ambientes culturales de la capital, y en los años sucesivos publicaría en diversos cabeceras mexicanas (Mañana, El Nacional, Nosotras, Confidencias, Todo, La Semana Ilustrada), así como en algunas publicaciones de los exiliados republicanos (Euzko Deya, Orfeó Català) y colaboraría en instituciones como El Colegio de México (entre cuyo equipo de profesores e investigadores figuraba en 1950 como ayudante de Josep Maria Miquel i Vergés [1903-1964]). El historiador Miquel i Vergés había solicitado una colaboradora para el Diccionario de insurgentes que llevaba ya tiempo preparando y no lograba terminar, pero finalmente en abril de 1953 la Junta de Gobierno del Colegio de México decidió cancelar la beca y suspender el pago a María José de Chopitea (por cierto: el libro apareció, en Porrúa, en fecha tan tardía como 1969). Su firma puede rastrearse también en publicaciones como el Boletín Bibliográfico publicado por el Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde dedica por ejemplo un homenaje al del violonchelista catalán Pau Casals con motivo de su visita a México («Presencia de Casals», núm. 150, marzo de 1959) o inicia en el número 157 de la misma publicación (junio de 1959) una serie de artículos sobre los Jocs Florals de la Llengua Catalana. Si bien en 1946 se había naturalizado mexicana y algunas de sus obras son expresión de esa identificación con su nuevo entorno, es evidente que mantuvo también un contacto fuerte con sus raíces culturales.

María José de Chopitea, por José Ramos Castillo.

De 1950 es el primer libro de María José de Chopitea, Lazos de infancia, recopilación de cuentos infantiles impresa a cargo de la autora en los Talleres Isla, precedida de un prólogo del poeta Vicente Echevarría del Prado (1898-1976), con portada de Manuel de Chopitea y decorado con viñetas de José Suárez Olivera, que propició que José Revueltas la definiera como «la escritora de la ternura» y que en 1997 recuperó Factoría Ediciones. Cuatro años posterior es su libro más famoso y reeditado, una extensa novela de gran carga autobiográfica sobre los avatares de los refugiados españoles en Europa, Sola, en este caso en los Talleres Editoriales Unidos, recuperado en los años setenta en Premiá. Y a este seguirían el también muy reeditado ensayo Geishuba (Jardín del Istmo), publicado sucesivamente en Editora Mayo (1960) y Libro Mex (1960 y 1961) y la pieza teatral en tres actos prologada por el dramaturgo Federico S. Inclán (1910-1981) La dictadora (Costa-Amic, 1963), que se basa en un episodio de la vida de Margarita Nelken. No hay noticia de que se estrenara, pero Pedro Gringoire la describe como «en conjunto vigorosa, valiente, llena de sentimiento y sinceridad, de gran acierto psicológico, con profunda temática humana y escrita con agilidad y buen gusto». La obra de Chopitea publicada en volumen se cierra con un texto a medio camino entre el ensayo y la prosa poética: In Memoriam. Tributo póstumo a Luis Octavio Madero, publicado con dibujos de la muralista y fotógrafa mexicana Josefina Quezada (1925-2012) en 1965,  también por Costa-Amic.

Cubierta de la primera edición de Lazos de infancia.

En 1964 su nombre figura entre los miembros fundacionales de la Asociación de Escritores de México (núm. 36), pero no fue hasta finales de la década de los setenta, que Chopitea, que la década anterior había sido secretaria y mecanógrafa del célebre pintor David Alfaro Siqueiros (1896-1974) así como de quien llegaría a ser presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo (1908-1994), entró de lleno en el mundo editorial como fundadora en 1976 de la editorial Premiá, un proyecto en el que se ocupa de la administración y en el que le acompañaban Margarita Millet (gerente general), José Miguel Tola (producción) y el bibliófilo de origen peruano Fernando Tola de Habich (editor), conocido en España por su paso por Barral Editores y por la dirección de Distribuciones de Enlace Mexicana (cuando esta había pasado ya a manos de Labor), acerca de quien escribe Carlos Barral en sus memorias:

Tola había convertido en industria transterrada una granja fortificada en la que antes había criado conejos y vacuno, y así mantenía la editorial en Ciudad de México. Mi hijo Alexis estuvo allí una temporada de aprendiz entre los indios descalzos. Con Tola hubiéramos podido atar en México una parte de nuestros programas y ampliar nuestras complicidades culturales, pero era seguramente un personaje demasiado difícil o podía parecerlo a los demás.

Mayores detalles acerca de la editorial y de Tola dio el escritor mexicano de origen catalán Jordi Soler, tomando como estribo otra fuente importante en este aspecto, el libro Los años del boom, de Xavi Ayén:

En esa venerable editorial leímos, por ejemplo, El buen soldado, de Ford Madox Ford, en la traducción de Sergio Pitol, o Sentimiento del tiempo, de Ungaretti, traducido por Tomás Segovia, o el célebre De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, o el tremendamente manoseado, y no siempre bien comprendido Tao Te King. Todos estos libros los editaba Tola en Santa Rita Tlahuapan, con la ayuda de un grupo de campesinos que echaban la mano después de sus faenas agrarias, y de su mujer, Margarita Millet, que había sido secretaria de Carlos Barral en Barcelona y cuyo lugar de nacimiento, Premià de Mar, dio el nombre a la editorial.

La editorial se estrenó en 1977 con la traducción de Los once mil falos, de Guillaume de Apollinaire, con la que se inauguraba también la colección Los brazos de Lucas, destinada a la literatura de contenido sexual y donde se publicaron también El arte de las putas de Moratín y obras de Alfred de Musset, Georges Bataille, D.H. Lawrence y Pierre Louÿs, entre otros. Casi simultáneamente se puso en marcha la colección La Nave de los Locos, con el mencionado Tao Te King, de Lao Tsé, al que seguirían Aurelia, de Gerard de Nerval, Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, en traducción de Marcos Antonio Campos, Cartas a Teresa, de José Revueltas, etc.

Otras colecciones notables fueron Los Libros del Bicho, destinada a nuevos poetas mexicanos (Alí Chumacero, Efraín Huerta, Raúl Renán), y La Red de Jonás, con una serie destinada al ensayo humanístico (Marco Antonio Campos, Fernando Tola de Habich, Álvaro Quijano) y otra a la literatura mexicana (Margo Glanz, Carlos Montemayor, Vicente Leñero o Sola de Chopitea). En coedición con el INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) publicó también una colección dedicada a la recuperación de textos mexicanos decimonónicos (Manuel Balbotín, Mariano Azuela…).

De 1979 es la primera traducción —muy cuestionada por su excesiva libertad—en la que aparece la firma de Chopitea, El proceso, de Franz Kafka, autor de quien traduciría también El castillo (1982) y La América (1984). Asimismo,  aparece como traductora de El Panóptico (Premiá, 1989), de Jeremy Bentham, con prólogo de Michel Foucault,  y de las obras de August Strindberg (1849-1912) Alegato de un loco (Premiá, 1984), El hijo de la sirvienta (Coyoacán, 1998) y Sólo (Coyoacán, 2002), así como responsable de la revisión y corrección de la traducción de Marco Aurelio Galindo de El agente secreto, de Joseph Conrad (1857-1924). Puede deducirse, dada la edad por entonces de Chopitea, que estos trabajos para la editorial Premiá se extendieron hasta la desaparición de la misma, en 1992, cuando su fondo cayó en manos de Coyoacán (o quizás pasó entonces a colaborar con esta última editorial).

Es de suponer que a estas alturas del siglo XXI José María de Chopitea debe de haber fallecido, pero ninguna de las fuentes consultadas ofrece datos precisos acerca de su muerte, más allá de que se produjo en México y en fecha posterior al año 2000. Un misterio.

Fuentes:

Carlos Barral, Memorias, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Olga Glondys y José Ramón López García, «María José de Chopitea», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio-Anejos 30), vol. 2, 2016, pp. 82-83.

Pedro Gringoire, ¡Por Cataluña!, México D.F., Ediciones del Orfeó Català, 1970.

Armando Pereira, coord., Diccionario de literatura, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México-Ediciones Coyoacán, 2004 (2ª ed. corregida y aumentada).

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.