La Editorial Rocas y el «descubrimiento» de Vargas Llosa

vargasllosajovenEl descubrimiento de Mario Vargas Llosa (n. 1936) ha quedado comúnmente asociado a la obtención del Premio Biblioteca Breve en 1962 con La ciudad y los perros (1962), que luego ganaría también el Premio de la Crítica, y a la labor de difusión que de su obra llevaron a cabo con tesón la agente Carmen Balcells (1930-2015) y el editor Carlos Barral (1928-1989).

Sin embargo, quienes por primera vez le permitieron entrever la posibilidad de acabar convirtiéndose en escritor profesional fueron los editores de la barcelonesa Editorial Rocas, que por aquel entonces estaba consiguiendo prestigiar un galardón destinado a libros de cuentos literarios, el Premio Leopoldo Alas, mediante el cual esta singular empresa se estaba haciendo con un cierto renombre entre las jóvenes promesas del género. La idea surgió de un grupo de curiosos escritores vinculados muchos de ellos profesionalmente a la medicina: el especialista en obstetricia y ginecología Martín Garriga Roca (1900-1980); el estomatólogo Esteve Padrós de Palacios (1925-2005), que se había iniciado como ayudante de Garriga en la asistencia a partos a domicilio, el también ginecólogo Manuel Carreras Roca (1915-1997), quien antes de la guerra se financió los estudios como futbolista del Llevant y el València, y el crítico literario y poeta Enrique Badosa. A Badosa y Padrós atribuyó específicamente Vargas Llosa la posibilidad de publicar su primer libro, y en realidad la Editorial Rocas, y muy particularmente la Colección Leopoldo Alas, de cuentos, dio a conocer algunos otros nombres importantes o apoyó de un modo decisivo a jóvenes narradores que no tardarían en destacar en la segunda mitad del siglo XX.

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La mencionada colección se había estrenado en 1956 con 12 cuentos y 1 más, con el que se da a conocer Lauro Olmo (1921-1994), quien sin embargo ya había publicado en colaboración con Pilar Enciso (1919-2000) El león engañado y Cuno (en la colección Literatura de Juglaría, Madrid, Gráficas Bachende) y el poemario Del aire (en la colección Neblí que dirigían Rafael Millán y Felipe García Ibáñez) y quien poco después se ganaría un lugar destacado en la historia de la literatura española en el terreno de la literatura dramática (La camisa, 1960; La pechuga de la sardina, 1962; English Spoken, 1967, etc.). Entre las curiosidades de este volumen se cuenta un muy buen prólogo de Enrique Badosa y la indicación de la barcelonesa calle Ausias March, número 31 (esquina calle Girona), como sede de la editorial, pues coincide con el domicilio de la clínica en la que trabajaban Esteve Padrós y su hermano Eduard, y donde previamente había tenido la suya su padre, el oftalmólogo Jaume Padrós de Gaona (1885-1943). Según reza en la página 5 de este volumen, impreso en Socitra y encuadernado en rústica:

Doce cuentos y uno más, de Lauro Olmo, fue galardonado con el I Premio Leopoldo Alas para libros de cuentos literarios en Barcelona la noche del día 3 de marzo de 1956, por un jurado compuesto por don Martín Garriga, don Manuel Carreras, don Gonzalo Lloveras, don Manuel Pla y Salat, don Miguel Dalmau Ciria, don Juan Planas Cerdá, don Esteban Padrós de Palacios y don Enrique Badosa.

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La familia Olmo al ser deshauciados de Las Pozas en noviembre de 1972.

No deja de tener su interés y su punto subversivo la reivindicación del escritor Leopoldo Alas (1852-1901) implícita en el nombre elegido para el premio y la colección, pues vale la pena recordar que la obra magna de este autor, la novela La Regenta, estuvo prohibida por la censura franquista durante muchos años, y justo por aquel entonces, ese mismo año 1956, al editor Alfredo Herrero Romero (1924-1974) se le denegó la autorización de publicarla alegando en el informe de censura que «los verdaderos protagonistas de la obra son la simonía y la lujuria, que convierten un bellísimo idilio digno de Santa Teresa o San Juan de la Cruz en un torbellino de lascivias sacrílegas».

El tercer número de la colección Leopoldo Alas (el segundo es una antología de cuentos presentados al premio) lo ocupó en 1957 un libro de quien obtuvo el premio homónimo en su segunda convocatoria, Jorge Ferrer-Vidal Turull (con Sobre la piel del mundo, prologado por Padrós), quien en 1954 había despertado la atención de la crítica con la novela El trapecio de Dios, aparecida en la lujosa colección de Josep Janés (1913-1959) La Botella Errante. Y a este le seguirían, antes de la aparición de Los jefes, las primeras obras de una serie de autores que pueden más o menos inscribirse en un tipo de realismo de crítica social: La noticia (1958), de Manuel San Martín (1930-1963), quien dos años después sería finalista del Premio Planeta con El borrador (1960); Los desterrados (1958), de Ramon Nieto (n. 1934), que previamente había publicado sólo La Tierra y que en años posteriores desarrollaría una amplia labor editorial (en Santillana, Altea, la Unesco, Salvat, Alhambra); Aljaba, de Esteve Padrós, La rebusca y otras desgracias (1958), con el que se estrenaba en las letras de molde Daniel Sueiro (1931-1986), que al año siguiente obtendría el Premio Nacional de Literatura con Los conspiradores (reeditado en Menoscuarto en 2006) y Muertos y vivos, de Julián Gállego (1919-2006), que años más tarde ganaría el Leopoldo Alas con Apócrifos españoles (1967).

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En un díptico sobre las primeras publicaciones de la colección, Eduardo Tijeras hacía un primer intento de señalar la tendencia predominante en esta colección de la Editorial Rocas, en unos términos muy de época y hoy bastante sorprendetes, y en la que se inscribiría Los jefes:

En lo referente a modismos dialogales, [Ferrer-Vidal] sigue una tendencia parecida a la de Olmo (recurrimos a la comparación para fijar y unificar de algún modo tales conceptos), es decir, que ambos gustan de poner en boca de sus personajes expresiones populares, barriobajeras, libertarias [sic] y magnetofónicas, lo que se ha venido en denominar realismo objetivo o cinematográfico, y que son, desde luego, acusadoras de un estado social vigente.

Y al libro inaugural del joven escritor peruano le seguirían otros libros no muy alejados de esta línea firmados por nombres tan notables como los de Víctor Mora (1931-2016), Ana María Matute (1925-2014), Carmen Kurtz (1911-1999) o Ignacio Aldecoa (1925-1969) entre los más destacados.

arrepentidamatuteEste es el contexto en el que se publica, pues, el primer libro de cuentos de Vargas Llosa, originalmente con prólogo de Joan Planas Cerdà, un dibujo de Clara Guillot y tan sólo cinco cuentos («Los jefes», «El desafío», «El hermano menor», «Día domingo» y «El abuelo»). El que habitualmente suele incorporarse en ediciones recientes, «Un visitante», se publicó por primera vez en la edición de la limeña Populibros Peruanos en 1963 en sustitución de «El abuelo», y fue en la edición también limeña de José Godard Editor cuando por primera vez el libro tomó la forma con que hoy es conocido, acogiendo los seis cuentos mencionados.

De escritura posterior a «Los jefes», «El abuelo» es sin embargo el primer cuento que había publicado Vargas Llosa, en las páginas de El Dominical del periódico de Lima El Comercio, el 9 de diciembre de 1956, y acerca del que posteriormente diría:

«El abuelo» desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: A delicate Prey y The Sheltering Sky— y de un verano limeño de gestos decadentes; íbamos al cementerio de medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo.

losjefesEn febrero del año siguiente «Los jefes», que el autor describió luego como «un eco desafinado de L’espoir de Malraux, que iba leyendo mientras lo escribía», apareció en forma de separata de la longeva revista Mercurio Peruano (fundada en 1918) que en aquellos años dirigía el reputado historiador peruano César Pacheco Vélez (1929-1989). Tampoco era inédito «El desafío», cuya historia editorial es un poco más compleja y se inicia cuando en 1957 lo presenta a un galardón convocado por la Revue Française y se lleva el premio (consistente en un viaje a París). Su primera aparición pública la hizo este cuento en el número 98 la mencionada revista en la traducción al francés llevada a cabo por el profesor André Coyné (1927-2015) y revisada por Georgette Marie Philippart Travers (1908-1984), más conocida como Georgette Vallejo por el hecho de ser la viuda de César Vallejo y haber logrado mantener a salvo y conservar a través de dos guerras (la civil española y la segunda mundial) el legado del poeta César Vallejo (1892-1938).

A estos tres cuentos añadió Vargas Llosa otros dos escritos más o menos por esos mismos años en el envío que desde Madrid preparó como candidatura al Premio Leopoldo Alas en su edición de 1958, en la que se alzó como vencedor y, según confesaba a Xavi Ayén, eso le decidió a tomar la seria determinación de hacerse escritor, y en términos muy similares se expresó en una entrevista con Leandro Pérez Miguel: «Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente. Creo que [Los jefes] es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros».

Es posible que la primera mención que aparece en prensa de la inminente aparición de este volumen sea la que se publicó en el número 115 de Cuadernos Hispanoamericanos (julio de 1959) del ya mencionado Eduardo Tijeras, que contiene una hoy chocante errata precisamente en el nombre del por entonces autor novel: «El último premio Leopoldo Alas, concedido recientemente al libro Los jefes, de Mariano Vargas, aún no ha visto la luz pública».

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Enrique Badosa.

Sin embargo, los cuentos de ese joven peruano de veintipocos años reunidos en Los jefes están más cerca del estilo que caracterizaba las propuestas de la Editorial Rocas que de los derroteros que iría tomando la narrativa de Vargas Llosa en los años inmediatamente posteriores. Si bien es poco cuestionable el parentesco entre los ambientes, las atmósferas, los personajes e incluso los temas presentes en estos cuentos y los que aparecen en obras como La ciudad y los perros (1963) o Los cachorros (1967), uno de los más perspicaces miembros del jurado que le galardonó, Enrique Badosa, identificó retrospectivamente el que tal vez sea principal rasgo que marca un hiato entre este libro inicial y los posteriores, durante una conversación del autor con varios editores barceloneses en 1967:

En su primera obra, Los jefes […] emplea usted un estilo que se podría denominar convencional; esto es, un estilo en el que, desde fuera de la obra, el narrador describe personajes, hechos y diálogos. En Los cachorros, por el contrario, usted se sitúa, por así decirlo, en el seno mismo de lo relatado, más casi como sujeto paciente de su literatura que como sujeto agente. Por otra parte, en Los jefes la originalidad creadora era buscada, sobre todo, en la novedad del argumento, mientras que en Los cachorros esa originalidad se busca más en el cómo se dice lo que se dice.

Es muy conocido, porque se ha repetido muchas veces, que la sugerencia de presentar su segunda obra a Carlos Barral le llegó a Vargas Llosa en París a través del hispanista Claude Couffon (1926-2013), quien consideraba al por entonces director de Seix Barral el único capaz de conseguir que La ciudad y los perros pasara sin daños excesivos por la censura española, pero en cualquier caso es evidente que, debido a la línea editorial de Rocas, centrada en el cuento realista con un componente de crítica social, la evolución del escritor peruano no hubiera tardado en desentonar en el catálogo de quienes le descubrieron como narrador.

Aun así, el galardón y la publicación a Los jefes, añadida a la de obras primerizas de tantos otros autores que no tardarían en consagrarse mediante premios de mayor relumbrón, son muy indicativos del buen olfato y la intuición del grupo que gestionaba la Editorial Rocas, capitaneado por Enrique Badosa, quien poco después se convertiría en una de las piezas importantes de la editorial Plaza & Janés, sobre todo como director del departamento de Lengua Española y de las colecciones Selecciones de Poesía Española y Selecciones de Poesía Universal.

Foto de archivo. El escritor durante una reunión de amigos. Horizontal

El grueso de los autores del boom en Barcelona. Al fondo a la izquierda, al lado de Barral, puede verse a Vargas Llosa.

Fuentes:

Xavi Ayén, «Vargas Llosa: “Barcelona me hizo escritor”», La Vanguardia, 10 de octubre de 2010.

Enrique Badosa, Juan Ramón Masoliver, Joaquín Marco, Esther Tusquets, Carlos Barral y Jose María Castellet, «”Realismo” sin límites. Vargas Llosa, diálogo de amistad», Índice, núm. 224 (octubre de 1967, pp. 21-22. Recogido en Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds., La llegada de los bárbaros. La recepción de la narrativa hispnoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004, pp. 479-484.

Ernesto Mauri, «En recuerdo de Esteban Padrós de Palacios», Luke, núm. 97 (junio de 2008).

Leandro Pérez Miguel, «Mario Vargas Llosa: “Los jefes es un microcosmos del resto de mis libros”», El Mundo, 11 de agosto de 1999.

Eduardo Tijeras, «Noticia sobre el Premio Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 115 (julio 1959), pp. 68-72.

Eduardo Tijeras, «Segunda noticia sobre la colección Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 125 (mayo 1960), pp. 236-238.

Mario Vargas Llosa, «Acerca de mis primeros cuentos», en Lauro Zavala, ed., Teorías del cuento II: La escritura del cuento, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Textos de Difusión Cultural. Serie El Estudio, 1995, pp. 207-212.

 

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Carlos Barral y Jaime Salinas, caos y orden editorial

El encuentro entre quienes, por motivos muy distintos, se convirtieron en dos de los editores de referencia en la España del siglo XX, Jaime Salinas (1925-2011) y Carlos Barral (1928-1989), se produjo gracias a la intervención de un empresario francés cuya trayectoria se hace difícil de rastrear, Gilbert Garnon. La Histoire des français libres registra un Gilbert Garnon nacido en París el 24 de mayo de 1921 que se pasó a la Francia Libre y se incorporó a la Resistencia francesa en 1943. Por otra parte, la firma de un «Gilbert Garnon» aparece como responsable de unas cuantas ilustraciones pornográficas que acompañan pequeñas ediciones más o menos clandestinas debidas a firmas importantes de la literatura francesa: una Nouvelle Justine del Marqués de Sade prologada por Alain Robbe Grillet (1922-2008), un Gamiani ou deux nuits d´excès, de Alfred de Musset, prologado por la madre del ecofeminismo Françoise d´Eaubonne (1920-2005), Quelques images pour la jeunesse d´Alexandre, con textos de Roger Peyrefitte (1907-2000)…

Menos dudas hay acerca de que el Garnon que, involuntariamente, actuó de puente entre Salinas y Barral es el mismo que en la revista profesional Techniques graphiques publicó SalinasTravesíasdos artículos complementarios en los números 4 (octubre de 1956) y 11 (octubre de 1957) con los títulos respectivos «Implantation des ateliers. Cas d´un atelier travaillant sur édition et revues» e «Implantation des ateliers: L´atelier de façonnage». Y ninguna duda hay de que se trata del mismo Garnon que el 18 de diciembre da en Madrid, bajo los auspicios del Patronato Juan de la Cierva, una conferencia con el título «Cálculo de presupuestos en la industria de Artes Gráficas» y es sin duda el mismo que ya en 1956 se anunciaba en las páginas de Travail et métodes como director de una empresa dedicada a la formación profesional con sede en el número 20 de la parisina rue Delambre. He aquí como lo explica Jaime Salinas en su espléndido libro de memorias Travesías, que abarca desde su nacimiento hasta el momento en que se produjo el feliz encuentro:

Era un joven ingeniero, director de una empresa dedicada a la «racionalización y organización del trabajo», una nueva rama de la ingeniería industrial importada de Estados Unidos readaptada en Francia por un tal Charles Bedaux con el nombre de Système Bedaux. Garnon, como muchos otros, aplicaba el Système Bedaux en la industria de las artes gráficas y de la edición de libros. Ideológicamente estaba muy ligado a ese catolicismo progresista tan lleno de ambigüedades que empezaba a propagarse por Europa y había venido a España con el fin de introducirse en el nuevo mercado. […] Garnon necesitaba un ayudante que dominara el francés, el castellano y el inglés para servirle de enlace en España. […] A mediados de septiembre tenía que presentarme en Bilbao, donde me esperaría Garnon. Empezaría a trabajar el día siguiente.

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Victor Seix Perarnau i Joan Seix Miralta.

Así pues, Jaime Salinas regresó a España como empleado de Garnon, y su primer trabajo en Bilbao fue para la benemérita empresa Artes Gráficas Grijelmo, por entonces en manos de la tercera generación (Federico Guillermo Grijelmo), impulsora de iniciativas editoriales como Durvan, Neguri, Urmo, Deusto o Prisma. Prosigue Salinas:

En esta imprenta los pocos cajistas que quedaban ya no eran apuestos jovenzuelos, sino hombres encorvados, amargados viejos anarquistas derrotados que se habían salvado del pelotón de fusilamiento. Ahora eran conscientes de que los linotipistas, o Monsieur Garnon con sus reformas, podrían ponerlos en la calle.

Acompañados por los directores, Garnon y yo nos paseamos pomposamente por los talleres. Monsieur Garnon, con su arrogancia gala, ridiculizaba […] los métodos de trabajo, la distribución del material, la calidad de la impresión…

Tras haber emitido un informe proponiendo cambios tendentes a racionalizar los procesos de trabajo y mejorar los controles de calidad, Garnon y Salinas todavía estuvieron un par de semanas en Euzkadi visitando imprentas, pero no lograron cerrar nuevos acuerdos porque, según Salinas, «la verdad era que la mayoría de las imprentas del País Vasco estaban muy al día. Por mar recibían maquinaria inglesa y alemana […] Después de tres días en San Sebastián, el galo se dio por vencido». A continuación se trasladaron en tren a Barcelona, donde tenían una cita en el número 219 de la calle Provenza con Joan Seix Miralta (1903-1993) y su hijo Victor Seix Perarnau (1923-1967). Carlos Barral lo recordaba en sus no muy fiables memorias así:

Salinas apareció por Seix Barral en el otoño, quizá en octubre de 1955, como auxiliar del ingeniero Garnon, especialista en racionalización de empresas de artes gráficas y, a partir de aquella experiencia, creo yo, de editoriales […]. Cuando Victor Seix, su contratador, me lo presentó en el cuarto de los sabios, reparé muy poco en aquel ayudante norteamericano, creí entonces, de apellido español, al que debí tomar por un cronometrador o por alguien de oficio poco simpático. Observé más bien con cierta impaciencia cómo se iba quedando cada vez más tiempo en una mesa solitaria […] Garnon venía poco, Jaime estaba allí casi todo el tiempo conversando discretamente con regentes o con maquinistas o pasando anotaciones folio a folio.

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Poco a poco fue estrechándose la relación, y al parecer fue el director literario, Joan Petit (1904-1964), quien cayó en la cuenta de que Jaime no podía ser otro que el hijo del famoso poeta Pedro Salinas. Según cuenta Carme Riera, la presencia de Salinas «influyó notablemente para que Seix Barral se convirtiera, con el apoyo de Petit, en una editorial moderna y, en la medida de lo posible, cosmopolita», y además intentó ejercer, en aras de un mejor funcionamiento de la editorial, una cierta ascendencia sobre el comportamiento personal tanto de Carlos Barral como de Jaime Gil de Biedma (1929-1990), con quien la formación británica que tenían en común facilitaba el entendimiento. Así juzgaba retrospectivamente Barral los primeros pasos de la iniciativa que entonces se disponían a poner en pie:

Hay que tener en cuenta, una vez más, que aquella editorial que unos pocos años más tarde, todavía en una etapa de inmadurez empresarial, había de jugar un papel importante en el rearme de la cultura literaria y humanística españolas, desmanteladas por el franquismo, nacía de la improvisación y en el más absoluto desgobierno financiero. Injertada en una empresa industrial de mediano porte que se movía a impulsos de una inercia indetenible y ritmada, la embrionaria casa editora carecía de cuentas propias, ignoraba la contabilidad de costos y no padecía de estrecheces de los presupuestos de tesorería.

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Logo de Seix Barral.

El proyecto barraliano nacía, ciertamente, en el seno de una empresa centrada por entonces en la impresión de obras para otras editoriales y en libros destinados a la enseñanza y al público infantil y juvenil, y es Salinas quien con mayor claridad ha contado –a Juan Cruz– en qué condiciones Seix aceptó integrar lo que le parecían veleidades del joven (e inexperto) Barral en el seno de una empresa de sólida trayectoria:

Lo primero que le planteé a Carlos fue cuántos libros quería publicar al año y en qué periodo, plazos de entrega y demás, para lo que me sirvió mi trabajo con el francés. Teníamos que luchar con el viejo Joan Seix, porque los libros que nosotros hacíamos él pretendía imprimirlos cuando las máquinas estaban paradas, ya que entonces el grueso de la facturación de la empresa se hacía con la impresión de calendarios, folletos o libros para otros. Yo consideraba que con ese criterio era imposible que pudiéramos hacer una editorial.

Así pues, parece que, según la versión de Salinas, coincidente en buena medida con las de Carme Riera, originalmente el problema estribaba en la escasa capacidad de organización de Barral, algo en lo que Salinas, por formación y sentido de la responsabilidad, podía ser el contrapeso idóneo. Y a ello hay que añadir la pereza y el desinterés por la novela, de la que se confesaba mal lector. Sin embargo, Barral no lo veía exactamente del mismo modo:

Sin cambiar casi en nada la que había sido hasta entonces su función de consejero externo, [Salinas] adoptó, desde dentro, un papel que los menudos acontecimientos cotidianos y una inercia dinámica que no pudo menos que traer consigo –correctivo al escepticismo de [Joan] Petit y a la escasez de mi voluntad de decisión y combate, sobre todo– hacían cada día más importante. No sé en qué momento, para satisfacción de su vanidad y tranquilidad de su progresiva conciencia profesional, ese papel se tituló oficialmente como el de secretario general, pero esa titulación no tuvo mayor trascendencia y, seguramente, la inventó él mismo.

Parece evidente que no debió de ser fácil intentar poner en orden con Barral manejando el timón. Sin embargo, menos conocida y más asombrosa resulta quizás la influencia de Salinas en aspectos más directamente relacionados con la selección de títulos, sobre todo en cuanto a narrativa y en particular de las fuentes de información, acerca de las que el propio Barral reconoció que:

Por lo que respecta a las fuentes de información, justo es decir que, hasta aquel momento, hasta la llegada de Salinas, las nuestras no habían sido mucho más completas de las que suponíamos a nuestros amigos ultramarinos: unas cuantas revistas literarias francesas, inglesas, italianas, encabezadas por la NRF y por Les Temps Modernes. Y los suplementos de algún semanario centroeuropeo. Desde Salinas las cosas cambiaron y comenzó la era de los viajes frecuentes a París, con cuartel general en el hotel Port Royal, en la esquina de la rue du Bac con la Montalembert, a veinte metros de la Gallimard, y a Milán, donde la información prácticamente universal era más nerviosa y rápida.

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María Luz Morales.

En su extraordinario diario de su estancia en España tras un muy prolongado exilio, La gallina ciega, Max Aub expone su estupefacción ante el hecho de que alguien de la posición de Carlos Barral le pregunte acerca ya no de ningún escritor cuyas obras no pudieran llegar a distribuirse en la España franquista, sino acerca de la célebre escritora y periodista barcelonesa María Luz Morales (1889-1980), que en los últimos tiempos había llevado además una muy fructífera actividad en el mundo editorial como directora de proyectos en Salvat, creadora de la editorial Surco y con colaboraciones diversas en editoriales de cierto fuste como Juventud y Araluce. Sin embargo, más jugosa todavía es la página de La gallina ciega en que Aub reproduce una conversación entre el escritor y tipógrafo exiliado Bernardo Giner de los Ríos y Carlos Barral –a quien describe como «Señorito y marxista, como hoy se debe ser, sobre todo en Barcelona»– en la que se hace evidente la, por lo menos, imperfecta información de que disponía el editor barcelonés:

Recuerdo a Bernardo contándome una conversación con Carlos:

–Te voy a dar a leer una novela española fenomenal. Tan buena como la mejor de Galdós. Una novela que no has leído nunca.

–¿Cuál? –pregunta intrigado el barbón de treinta años al de cuarenta.

La Regenta.

Bernardo se ríe.

–Si en la escuela, cuando tenía quince años, ya hacía resúmenes…

–¡No es posible!

La España, de Carlos Barral; el México, de Bernardo, que no presume, ni tiene por qué, de grandes escuelas.

–Además está publicada en la colección de Nuestros Clásicos en la Universidad [Nacional Autónoma de México]

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Max Aub (1903-1972).

Ciertamente, esa muy imperfecta información de la que disponía Barral puede atribuirse en alguna medida a los tremendos efectos de la censura franquista sobre la divulgación de la obra maestra de Clarín, pero, aun siendo un mal lector de novela, es chocante el desdén con que consideraba la literatura hispanoamericana, y más teniendo en cuenta que  posteriormente ha pasado a la historia como uno de los principales artífices del boom  de la narrativa hispanoamericana e incluso como el adalid de un proyectado puente entre los escritores españoles y los hispanomexicanos (los hijos de los exiliados):

Me sorprendió mucho, cuando conocí a Barral –cuenta Salinas a Juan Cruz–, el enorme desprecio que él tenía por la literatura hispanoamericana; decía que los latinoamericanos eran monos subidos a los cocoteros. Se produjo un incidente con Alejo Carpentier con motivo del Premio Formentor. Las delegaciones enviaban listas de candidatos y de pronto apareció el nombre de Carpentier, que a nosotros no nos decía absolutamente nada. Fue mi amigo [Gudbergur] Bergsson (¡islandés!) quien me dijo que era un autor cubano. Barral cambia por completo de actitud cuando aparecen García Márquez y Vargas Llosa, y se da cuenta de que tiene que tomarse en serio la literatura hispanoamericana.

Foto de archivo. El escritor durante una reunión de amigos. Horizontal

Castellet, García Márquez, Barral, Vargas Llosa, Félix de Azúa, Salvador Clotas, Cortázar y Juan García Hortelano en 1972.

En cualquier caso, gracias a su relación con Barral Salinas pudo hacer las primeras armas en la edición, que Carme Riera resume del siguiente modo: La colección de poesía «Colliure fue fundada en 1960 por José M. Castellet, como director, Carlos Barral, que facilitaría gracias a Seix-Barral, la impresión y distribución, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo, que actuarían de consejeros, y Jaime Salinas, en funciones de editor». Todos aportaron cuatro mil quinientas pesetas, salvo Salinas y Gil, que pusieron seis mil cada uno, de modo que en 1961 pudiera publicarse el primer libro de una colección cuyo éxito Castellet atribuyó significativamente a la buena distribución que consiguió Jaime Salinas.

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De izquierda a derecha, fila superior: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castellón; fila inferior: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

Salinas tardaría aún un tiempo en convertirse en el editor de éxito económico y cultural a que debe su fama, y, retrospectivamente, juzgaría su etapa al lado de Carlos Barral en términos muy similares a los que pueden hallarse en los testimonios de quienes tradicionalmente han sido considerados sus discípulos:

Me pregunto si no aprendí más acerca de las cosas que no se deben hacer, lo que no quiere decir que olvide mi deuda con él. Lo importante de Carlos era lo que quiso hacer en cierto momento histórico en España, el esfuerzo, el empeño de introducir una literatura extranjera prácticamente desconocida y su afán y entrega admirables sobre todo al principio.

No es escaso mérito lograr introducir algunas muestras de lo mejor de la literatura europea de aquel entonces; pero no otra cosa venían haciendo desde hacia ya algunos años otros editores, como Josep Janés o Luis de Caralt, por ejemplo.

 

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En el sentido de las agujas del reloj: Josep M. Castellet, José María Valverde. Joan Petit, Barral y Víctor Seix.

 

Fuentes:

Max Aub, La gallina ciega. Diario español, edición, estudio introductorio y notas de Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba Editorial, 1995.

salinasoficioeditorCarlos Barral, Memorias, edición, introducción y notas de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

María Jesús Cava Mesa, «De imprentas e impresores en Bilbao, a comienzos del siglo XX», Bilbao, abril de 2008, p. 15.

Carme Riera, La Escuela de Barcelona. Barral, Gil de Biedma, Goytisolo: el núcleo poético de la generación de los 50, Barcelona, Anagrana (Argumentos 95), 1988.

Jaime Salinas, Travesías. Memorias, 1925-1955, Barcelona, Tusquets, 2003.

Jaime Salinas, El oficio de editor. Una conversación con Juan Cruz (incluye textos de Juan Cruz, Jaime Salinas, Mario Muchnik y Javier Marías), Madrid, Alfaguara, 2013.

 

Carlos Barral, el personaje legendario

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Imagen de la portada de las Memorias de Carlos Barral (Lumen, 2015).

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Carlos Barral, el personaje» en el Blog de l´Escola de Llibreria de la Facultat de Biblioteconomía i Documentació de la Universitat de Barcelona.

Lo primero que hay que decir de la edición en Lumen de las Memorias de Carlos Barral es quizá que es un libro muy bien hecho. Encuadernado en cartoné, con un retrato excelente obra de la fotógrafa Colita, con una sobrecubierta sobria y muy elegante en la que se nota la mano de la diseñadora Nora Grosse y que reproduce un fragmento de esa misma fotografía y en la que el título aparece en relieve en color plata, con unas guardas en buen papel, con un interior maquetado con gusto y en el que la caja y el cuerpo de la letra, generosos, se ponen al servicio de una lectura cómoda, con tres pliegos de fotografías…, en pocas palabras: un buen libro.

En cuanto al texto, se compone de un prólogo a cargo de Andreu Jaume (responsable de la edición), los tres volúmenes convencionalmente considerados de memorias de Carlos Barral (seguidos, cuando los hay, de los prefacios y notas introductorias a las reediciones de cada uno de ellos), un apéndice formado por dos capítulos referentes a la infancia (que dejaron de ser inéditos cuando, ya póstumamente, Tusquets los añadió a la reedición que publicó en 1990 de Años de penitencia) y un índice onomástico.

A grandes rasgos, pues, los textos son los mismos que ya había publicado Península con el título Memorias en 2001, precedidas en aquella ocasión de un breve y certero prólogo de Josep Maria Castellet y una jugosa introducción de Alberto Oliart. Según explica Andreu Jaume en la nota a la edición que acompaña el prólogo a esta nueva edición, el objetivo es dotar editorialmente de carácter unitario a lo que inicialmente se publicó en tres volúmenes, y de ahí la disposición –acaso discutible– de los prefacios y las notas de Carlos Barral después de cada uno de los textos (que podrían haber formado parte de los apéndices, por ejemplo), la unificación de criterios de cita (dado que los libros habían sido originalmente publicados por editoriales diversas, salvo el caso de Península) y también se han cotejado las primeras ediciones con las sucesivas reediciones para fijar un texto lo más limpio posible y que incorpora las últimas adiciones y correcciones del autor.

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Paco Ignacio Taibo Lavilla (Gijon, 1924-México, 2008).

Confesaré de entrada que no me he entretenido a cotejar sistemáticamente las diversas ediciones, pero una mirada más o menos superficial es suficiente para detectar algunos errores que, dadas las circunstancias y las múltiples reediciones que han tenido estos textos, resultan un poco sorprendentes a estas alturas de la vida de los libros compilados. Para poner algunos ejemplos: la ausencia de acento en «Mas que las cuevas de Almería me recuerdan ahora ciertas habitaciones del desierto tunecino» (p. 269, la cursiva es mía), frases con erratas tan evidentes como «Ver nada suscitaba en Moissi gran rijo y ternura» (p. 293), «Se puso violentamente en pie e increpó a Novais que no entendía nada y le fue levantado de su silla a tirones de solapa» (p. 492), «…un pesebre de cabañas sobres unas lajas» (p. 485), la puntuación sin discusión posible errónea en «…la ausencia de criterio, la arbitrariedad y el talante ridículo de las resoluciones, eran una escocedura» (p. 459), a la que sigue otra frase también con coma criminal (entre sujeto y predicado), o la persistencia, tanto en el texto como en el índice onomástico, de la referencia al escritor hispanomexicano Paco Ignacio Taibo como José Ignacio Taibo (pp. 848 y 936), con el agravante, y el contexto induce a error, de no especificar si se trata de Paco Ignacio Taibo I (Taibo Lavilla) o de su hijo y también escritor, conocido popularmente como Paco Ignacio Taibo II (Taibo Mahojo), si bien lo cierto es que este error está ya en la edición de Cuando las horas veloces (Tusquets, 1988).

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Paco Ignacio Taibo Mahojo (n. Gijón, 1949).

En cualquier caso, la potencia y la capacidad cautivadora de la prosa de Barral y el interés que tiene lo que explica bastan para atenuar todas las reticencias que puedan tener los lectores tiquismiquis ante estas imperfecciones. A lo largo de los tres volúmenes, el autor recrea, de un modo muy personal, su trayectoria vital y sentimental, así como la de su contexto más cercano, en tres etapas, aun cuando en este caso el término hay que tomarlo con mucha precaución: la infancia y la adolescencia de un hijo de la burguesía ilustrada (Años de penitencia, 1939-1959), el estudiante universitario y el poeta y su andadura hacia la fama como editor literario (Los años sin excusa) y la decadencia tanto profesional como de salud y la entrada en la política activa (Cuando las horas veloces, 1962-1981).

Me arriesgaré a suponer que serán la segunda y la tercera etapa las que más suscitaran el interés del lector de un blog como éste, y en consecuencia me centraré en ellas, pero de entrada hay que tener en cuenta que Barral crea en estos libros una variante bastante peculiar de los géneros autobiográficos y memorialísticos que incluso a menudo conscientemente rehúye ya no sólo la precisión histórica, sino incluso la estricta veracidad. El propio Castellet se hacía eco de ello cuando en la presentación del volumen de Península explicó que le señaló al autor diversas inexactitudes históricas que había detectado al leer el manuscrito de Años de penitencia, pero que a Barral eso le traía al pairo y que en consecuencia las mantuvo en la versión publicada.

HorasVelocesEn otras palabras, que nadie se espere otra cosa que un revoltijo de verdades, medias verdades, falsedades y silencios, pues el objetivo no es reconstruir los episodios evocados tal como se produjeron, sino más bien recrear una época y unos sentimientos a partir de los recuerdos que de ellos tenía Barral en el momento de escribirlos, y en algún pasaje es muy evidente que recuerda o evoca las cosas según le interesa para su objetivo, que no es otro que mostrar cómo fue construyéndose la leyenda o el personaje de un gran editor literario (que lo era), parte de la cual tenía un punto de ficcionalidad Tal vez sea clarificador acudir también a la novela de Barral Penúltimos castigos, publicada en la mítica colección Biblioteca Breve en 1983, donde el autor ficcionaliza uno de los episodios menos y peor conocidos de su vida profesional: su salida de la empresa familiar en la que se había formado y sus consecuencias, que creó bastante escándalo pero de la que conocemos sólo casi exclusivamente versiones interesadas. Hubiera sido muy oportuno incluso incluirla en este magnífico volumen, pues a raíz de su publicación generó una polémica, con querella del editor Francisco Gracia Guillén por injurias incluida, que llegó al Senado en la época en que Barral ocupaba un escaño por el PSC-PSOE. Por cierto, no hay noticia de que la mencionada novela se haya reimpreso ni reeditado desde que en 1994 Plaza & Janés publicó una edición de bolsillo, y no es fácil encontrarla. Insisto: aun cuando se decanta más hacia la ficcionalización, no hubiera desentonado en este volumen.

Este ir y venir entre los hechos históricos concretos, los sentimientos que provocaron (según se recuerdan años más tarde) y la actividad diaria lo asume el autor como poco menos que un rasgo de estilo –por lo menos en este proyecto narrativo concreto–, cosa que hace que, entre los muchos puntos de interés que tiene la obra, no predomine el de constituir una fuente de información fiable y rigurosa sobre la historia reciente de la edición en Barcelona. En diferentes momentos de la obra se explicitan dudas acerca de la cronología y la exactitud de algunos acontecimientos, así como alusiones al talante con que se aborda la escritura de estas memorias: «Fiel a una forma de contar basada en la espontaneidad de la memoria, al compromiso de respetar sus lagunas e imprecisiones», escribió Barral en el prólogo a la primera edición de Los años sin excusa (pp. 615-617).

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Lomo y frontis de la sobrecubierta, diseñada por Nora Grosse.

Quizá no sea necesario aquí señalar los hitos en la extensa y brillante carrera de Carlos Barral, que se materializó en Seix Barral, Labor, Barral Editores y Argos Vergara, sobre todo, pero sí es interesante advertir cómo juzga en la distancia lo que considera su legado más importante (aun cuando a ratos lo hace con una muy evidente falsa modestia): la reivindicación del valor de la literatura internacional y de la latinoamericana en particular, y el hecho de poner en contacto la edición española con los editores occidentales más importantes de su tiempo, que llevó a cabo sobre todo en las célebres conversaciones de Formentor (en las que tuvo un papel muy destacado el editor Jaime Salinas) y los premios homónimos (ídem). Surge de ahí una información muy valiosa, aun tomándola con toda la precaución que la situación requiere, de las explicaciones sobre la importancia de las relaciones personales para promover determinadas líneas, tendencias y autores literarios, o de las conversaciones de pasillo y los trapicheos que desembocan en la concesión de un premio a un determinado autor en detrimento de otro, porque sacan a la luz aspectos que muy pocos otros editores han mostrado de una manera tan clara y sin ambages en sus escritor autobiográficos. El lector avisado sabrá leer como es debido aquellos pasajes en que, cuando el premio recayó en un autor poco solvente, alega ausencia o complicaciones de lo más diverso de las que fue víctima Barral que le impidieron imponer su criterio, en contraste con su fundamental y decisivo papel, según dice como al desgaire, en aquellos casos en que los premios se otorgaron a autores hoy de relevancia contrastada.

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De izquierda a derecha, fila superior: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castellón; fila inferior: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

Es a todo punto indiscutible que Barral fue un gran editor y que su influencia en la generación inmediatamente posterior, la de Beatriz de Moura, Jorge Herralde o Esther Tusquets, fue muy provechosa y relevante, no se trata a estas alturas de escatimarle méritos, pero también es cierto que sobre todo estos «alumnos aventajados» aprendieron tanto de los aciertos como de los errores del maestro, y nunca perdieron de vista el peligro que puede suponer para un editor-empresario de personalidad fuerte el hecho de depender de un grupo editorial o dejar en manos ajenas según qué decisiones de tipo económico. El riesgo de no ver más allá de la leyenda que el propio Barral fue construyéndose a lo largo de su vida –el personaje que con ayuda del alcohol acabó por comerse a la persona, un poco a la manera de lo que pasaba a menudo con las estrellas del rock– no debería hacer olvidar que, si bien fue el impulsor de la carrera de autores tan notables como Vargas Llosa, Julio Cortázar y tantos otros, también fue quien puso en circulación ediciones de novelas de Raymond Chandler indecorosamente mutiladas, y no por culpa de la censura precisamente, como podría suponerse, sino en un simple caso de mala praxis editorial: no los hizo traducir del inglés sino que los encargó al poeta Joan Vinyoli a partir de versiones francesas abreviadas.

DiariosBarralMás allà del muy útil volumen de Los diarios 1957-1989 de Barral que preparó Carme Riera con la colaboración de Pilar Beltran, y del Almanaque (que recopila sobre todo opiniones sobre poesía), existe un reguero de libros de memorialística que es provechoso leer en paralelo a las memorias de Barral, como es el caso de los de sus amigos y compañeros Josep Maria Castellet (Els escenaris de la memoria, Memòries confidencials dʼun editor y en particular Seductors, il·lustrats i visionaris) y Alberto Oliart (Contra el olvido), así como el excelente ensayo de Carme Riera (La escuela de Barcelona), pero aun así el poso que deja su lectura es que hay muchos aspectos de la labor editorial de Carlos Barral que todavía hoy están por estudiar y analizar antes de que estemos en disposición de poder separar la leyenda Barral de la verdad histórica.

Carlos Barral, Memorias, edición, introducción y notas de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Otras reseñas de la misma obra:

Ana Alejandre, «Memorias, Carlos Barral», Siglo XXI, 21 de diciembre de 2015; también en Editalnet, núm 34 (enero-marzo de 2016).

Natalio Blanco, «Carlos Barral, mucho más que el editor que rechazó Cien años de soledad», Esquire, 30 de noviembre de 2015.

Fernando Díaz de Quijano, «Carlos Barral, la voz literaria de un mito de la edición», El Cultural, 24 de noviembre de 2015.

Santos Domínguez,«Carlos Barral. Memorias», Encuentros de Lecturas, 11 de diciembre de 2015.

Antonio Lucas, «La memoria recobrada de Carlos Barral», El Cultural, 19 de noviembre de 2015.

Joana Rei, «Carlos Barral, una memoria visual», El Español, 19 de noviembre de 2015.

Gonzalo Torné, «La restitución de la escuela de Barcelona», Letras Libres, febrero de 2016.

 

Juan Marsé, José Janés, Carlos Barral y el «escritor obrero»

Una de las muchas cosas que pone de manifiesto la excelente –y políticamente comprometida– biografía de Josep Maria Cuenca acerca de Juan Marsé (n. 1933) es la trascendental importancia que tuvo en su entrada en el mundo editorial, así como en su formación como escritor, la ya conocida amistad con la traductora, crítica literaria y narradora barcelonesa Paulina Crusat (1900-1981), cuando ésta se había establecido ya en Sevilla.

Paulina Crusat se había estrenado como traductora de Jean Moréas (Poemas y estancias, 1950) para la editorial vinculada al Opus Rialp, pero se consagró enseguida en esta faceta con una Antologia de poetas catalanes contemporáneos (1952), traducida en verso también para Rialp. Esto la llevó a las páginas de la revista Ínsula, donde se puso al frente de una longeva sección dedicada a las letras catalanas y, poco después, a publicar una primera novela en la colección Novelistas Hispano-Americanos de José Janés (1913-1959), Mundo pequeño y fingido (1953). Sin embargo, sus dos obras siguientes, que formaban el díptico Historia de un viaje, Aprendiz de personas (1956) y Las ocas blancas (1959), aparecieron en la prestigiosa colección Áncora y Delfín de la editorial Destino de Josep Vergés (1910-2001).

Juan Marsé.

Ese mismo año 1953 en que Crusat se da a conocer como novelista consigue Marsé publicar su primer cuento, en Ínsula («Plataforma posterior»), gracias precisamente a las gestiones de la escritora, con quien mantuvo una nutrida correspondencia que Cuenca cita por extenso. No es de extrañar por tanto, que al primer editor a quien se dirigiera Marsé fuera al que lo había sido de Crusat, Josep Janés, tal como explicó él mismo en declaraciones a Sergi Dòria:

Paulina Crusat leyó un par de cuentos y recomendó su publicación en la revista Ínsula, que entonces dirigía su amigo José Luis Cano. También me proporcionó entrevistas con Salvador Espriu, que me ayudó muy poco –¡me aconsejó que me casara, lo juro!– y con el editor Josep Janés, que me animó a escribir mi primera novela. Sin duda la habría publicado él, de no haber muerto en accidente de automóvil cuando yo la estaba terminando cuatro años después.

José Janés.

José Janés.

Cabe deducir que se produjo pues un primer encuentro a mediados de la década de los cincuenta en el que Janés animó a Marsé a decantarse por la novela, pues en aquellos años Marsé estaba sobre todo intentando colocar cuentos en revistas y premios, y en 1957 probó fortuna en el Nadal con una versión primeriza de Encerrados con un solo juguete con el título Las cenizas (lo ganaría Carmen Martín Gaite con Entre visillos). Sin embargo, hubo una segunda visita en la que Marsé presentó su novela y que Josep Maria Cuenca registra a partir de una carta que le mandó Crusat al enterarse de ello en diciembre de 1959:

¿Qué Janés no le tomó el libro? Le llevó Ud. el primero. Si encontró que no estaba a punto de arriesgar en él el dinero (pues de eso se trata) tenía razón. A casi nadie (genios comprendidos) le toman el primer libro.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Este encuentro se puede contextualizar en una época en que, sobre todo a raíz del sonado éxito de las novelas de Francisco Candel (1925-2007) Hay una juventud que aguarda (1956) y Donde la ciudad cambia su nombre (1957), Janés se había comprometido con mayor ahínco en una apuesta que llevaba manteniendo en esos años por la novela de una nueva generación nacida en los años veinte, y en su mayor parte sin formación universitaria, que retrataba de un modo realista e implícitamente crítico los ambientes menos pulcros de los centros urbanos españoles.

En ese propósito cabe situar, por ejemplo, el intento de premiar y publicar en 1947 a Francisco González Ledesma (1927-2015) Sombras viejas, tentativa que la censura desbarató, y exactamente lo mismo sucedió con Juan Goytisolo (n. 1931) y su aún hoy inédita El mundo de los espejos en 1952, así como con Antonio Rabinad (1927-2009) y La noche de Juan Dociac al año siguiente, si bien esta última, que el censor Valentín García Yebra describía como «una gran novela en el aspecto literario pero muy peligrosa desde el punto de vista moral y religioso», sí se pudo publicar, expurgada y con mucho retraso, con el título Los contactos furtivos (1956). Fruto de este mismo proyecto janesiano o vinculado de algún modo a él sí vieron la luz en cambio La moneda en el suelo (1951), de Ildefonso Manuel Gil (1912-2003) –que Fernando Larraz ha caracterizado como «una alegoría de las amputaciones psicológicas que supuso la guerra» – o El trapecio de Dios (1953), de Jorge Ferrer-Vidal (1926-2001), que practicaba un realismo social más asimilable por el régimen franquista (García Yebra la definió en su informe a censura como nada menos que «una alabanza de la gracia y la misericordia divinas»).

Al margen de las dificultades que encontró Janés para hacer accesibles al lector español estas novelas, es interesante comprobar también que muchos de estos escritores mencionados han reconocido entre sus principales influencias a ciertos autores extranjeros que formaban la columna vertebral de los catálogos de Janés (Zilahy, Knut Hamsun, Maurice Baring, Aldous Huxley, Maugham, Mauriac, Maxence van der Meersch, H.G. Wells), y en este sentido es especialmente curioso el caso de José Luis Sampedro, que presentó al Premio Internacional de Novela de Janés una novela, La sombra de los días, cuyo modelo estructural confeso era la novela de Clemence Dane Leyenda (publicada en 1942 en la colección janesiana Aretusa). Al parecer llegó incluso a firmarse un contrato de edición por la obra de Sampedro entre Janés y el autor, y en este caso es muy dudoso que los problemas se debieran a la censura, pero la obra no apareció hasta casi medio siglo después y en Alfaguara.

Antonio Rabinad.

Respecto a las lecturas e influencias son bien conocidas, por repetidas o parafraseadas, las declaraciones de Juan Marsé a Marcos Ordóñez:

Leía de todo y en total desorden, si es que hay que tener un orden en las lecturas, que yo creo que no: Balzac y El Coyote, Stendhal y Salgari, Stevenson y Edgar Wallace, en traducciones horribles, impresas en un papel que se deshacía entre los dedos. Y las novelas policiacas de la Biblioteca Oro [Editorial Molino] y la «literatura seria» que publicaba José Janés, lo poco que dejaban: sus máximos exponentes eran Somerset Maugham y Lajos Zilahy, que no estaban nada mal (los cuentos de Maugham siguen siendo espléndidos), mezclados con Cecil Roberts y Maxence Van der Meersch.

Si bien podemos atribuir a la muerte de Janés el hecho de que la primera novela de Juan Marsé no se publicara en su editorial, el hecho de que se hiciera cargo de ello Carlos Barral (1928-1989) es difícil no vincularlo a la trayectoria de algunos de los autores anteriormente mencionados, lectores que en buena medida se formaron con lo que Janés conseguía que la censura le permitiera publicar de entre lo más notable de la literatura europea de su tiempo.

De izquierda a derecha, fila superior: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castellón; fila inferior: Jaime Gil de Biedma, Alberto Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

Antonio Rabinad, por ejemplo, que se había marchado a Venezuela, atribuye en sus memorias su regreso a España al entusiasmo de Barral por reeditar Los contactos furtivos, lo que llevaría a cabo en 1971, y ya antes le publicaría A veces, a esta hora (1965), El niño asombrado (1967) y Marco en el sueño (1969). De Juan Goytisolo es muy famoso y conocido tanto su acercamiento al círculo barraliano y la publicación en Biblioteca Breve de La isla (1961) La chanca (1962), Fin de fiesta (1962) etc., como su posterior distanciamiento mediada la década de los sesenta, precisamente a raíz de la polémica concesión del Premio Biblioteca Breve a Últimas tardes con Teresa en detrimento de La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig (1932-1990). Se trate de una coincidencia o no, lo cierto es que en alguna medida el proyecto puesto en marcha por Janés, y redoblado a raíz del extraordinario éxito de las primeras novelas de Paco Candel, se trasladó en alguna medida al ya legendario “cuarto de los sabios” capitaneado por Barral, cuya tripulación, lógicamente, lo fue ampliando y modernizando.

Cubierta de Últimas tardes con Teresa, con la famosísima fotografía de Oriol Maspons (1928-2013).

Otra coincidencia digna de ser tenida en cuenta es que, exactamente en esos mismos años, entre 1955 y 1956, se produjo en paralelo también el frustrado intento por parte de Janés de publicar a un autor cuya distribución siquiera en España estuvo estrictamente prohibida por la simple y llana razón de su trayectoria biográfica previa, José Ramon Sender (1901-1982), que si bien perteneciente a una generación anterior, acaso podría situarse, por lo menos una parte de su extensa bibliografía, en la misma estirpe que la de algunos de los autores mencionados.

De izquierda a derecha: Juan Marsé, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y José Agustín Goytisolo.

En cualquier caso, lo que parece evidente es una cierta continuidad entre dos proyectos consecutivos, el segundo con una intención más claramente política, que Marsé se encargó en su momento de caricaturizar con su vitriólica mordacidad:

Me recibió Joan Petit y me llevó al despacho de Barral, que estaba con Josep Maria Castellet. Les había llamado mucho la atención la novela porque, dijeron, no tenía nada que ver con lo que les enviaban. Era la época del realismo social a todo trapo, y Encerrados [con un solo juguete] les pareció una novela extraña, introspectiva, decadente… Cuando Castellet se enteró de que trabajaba en un taller se le caía la baba. ¡Al fin el espécimen más buscado en el panorama literario español! ¡Un escritor obrero, uno de verdad! Su alegría duró poco, porque no tardaron en descubrir que lo que yo quería era ser un escritor burgués y cobrar el máximo posible por los libros para escapar de las siete horas diarias en el taller.

Juan Marsé en el taller.

Fuentes:

Josep Maria Cuenca, Mientras llega la felicidad. Una biografía de Juan Marsé, Barcelona, Anagrama, 2015.

Sergi Doria, «Juan Marsé: “El escritor, cuanto más lejos del poder político, mejor», Abc, 25 de noviembre de 2014.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Marcos Ordóñez, «De mis archivos: Un paseo con Marsé. Primera parte-1993», Blog de El País, 19 de septiembre de 1912 (publicado originalmente en la revista Co & Co, h. septiembre de 1993).

Nuevas Generaciones, edición antifranquista

A Manuel Ortuño, siempre tramando.

 

Francisco M. Ortas.

Soldado y medio, de Francisco Martínez Ortas, fue el único libro que llegó a publicar una iniciativa editorial tan interesante como efímera, nacida en el seno del Movimiento Español 1959 (ME/59), que el hispanomexicano Emilio García Riera definió certeramente como el “último intento de los refugiados en México de actuar directamente contra Franco”.

Francisco Martínez Ortas (Jaén, 1919-Barcelona, 1992), sitúa la acción de esa novela en la batalla del Ebro, en la que había participado activamente, y por lo que al término de la guerra civil pasó tres años en campos de refugiados en Francia, tras los cuales decidió regresar a España, donde fue encuadrado en un batallón de trabajo (experiencia que queda de algún modo reflejada en su novela El último faraón, sobre la construcción del Valle de los Caídos). En los años cuarenta y cincuenta trabajó en Barcelona como guionista cinematográfico, al tiempo que iniciaba una carrera literaria jalonada por algunos premios menores (el Ondas, el Ciudad de Murcia), hasta que entró en contacto con Carlos Barral, a quien pasó una copia de Soldado y medio. A Barral debió de interesarle la obra, pero comprendió enseguida que esa novela no tenía ninguna posibilidad de pasar por censura, así que se la remitió a París a Juan Goytisolo por si conseguía publicarla en Gallimard. Mientras tanto, Martínez Ortas se trasladó en 1959 a Londres, donde empezó a trabajar para la BBC.

Jomi García Ascot

Jomí García Ascot.

En esas mismas fechas, en México, y en parte alentado por la revolución cubana, nacía un movimiento que aunaba a jóvenes de muy diversas tendencias políticas para contribuir a la lucha contra el franquismo con los medios a su alcance. Como cabía esperar, entre sus miembros son muy abundantes los exiliados, o hijos de exiliados republicanos: por poner algunos ejemplos: José de la Colina, Octavi Alberola Surinyach, Vicente Rojo, Ruy Renau, Luis Rius, Jomí García Ascot, María Luisa Elío, Federico Álvarez, Manuel Duran,  Martí Soler, Arturo Souto, José Pascual Buxó, Xavier de Oteyza, Jorge Espresate, Juan Espinasa, Elena Aub.

Rosario Castellanos.

El detonante de que grupos de todo el espectro político, desde nacionalistas catalanes y vascos hasta libertarios, socialistas y comunistas aunaran esfuerzos fue una estupidez cometida por el entonces embajador oficioso del gobierno franquista en México, Manuel Oñós de Plandolit, a quien no se le ocurrió mejor idea que intentar conmemorar por todo lo alto, en México, la insurrección que desembocó en la guerra civil. Tan pronto como se supo del proyecto, la fachada de la sede de la representación oficiosa (el gobierno mexicano no reconocía el gobierno Franco como legítimo), apareció llena de pintadas alusivas y el acto acabó por suspenderse.

Elena Aub, que se ha ocupado por extenso del ME/59 en Historia del ME/59. Una última ilusión, escribe:

Nos reuníamos en asambleas multitudinarias en el viejo caserón del Ateneo, en la calle Morelos. Cuando ya estuvimos más organizados, el Ateneo fue nuestra sede cotidiana, punto de reunión fijo, y las comisiones de trabajo y la junta directiva se seguían reuniendo en casa de unos y otros, donde mejor les acomodase.

Después de tres asambleas, el 21 de agosto de 1959 se constituyeron secretariados de la primera junta, en las que figuraban García Ascot (secretario general), Mariluz Conde (finanzas), Fernando Medrano (organización y control), Federico Álvarez (propaganda), Xavier de Oteyza (relaciones públicas), Manolo Meda (relaciones exteriores), Julián Zugazagoitia (relaciones con España) y Justo Somonte (actividades) y se firmó una Declaración de Principios muy inclusiva.

De izquierda a derecha, de pie: Jomi García Ascot, José Luis González de León, Luis Buñuel, Gabriel Ramírez, Armando Bartra y José de la Colina; agachados: Salvador Elizondo y Emilio García Riera.

De nuevo en palabras de Elena Aub:

Editamos un boletín, organizamos un cine-club, programas de radio los domingos, un grupo de teatro, actos de solidaridad, bailes y excursiones, conferencias sobre España y muchos actos de protesta en la calle. Se tomaron las oficinas oficiosas de la embajada y se destruyeron sus ficheros, cuando se supo del fusilamiento de Julián Grimau.

Reunimos dinero suficiente para ayudar en España. Primero sólo a las familias de los presos, luego a las agrupaciones antifranquistas también. El acto de solidaridad más importante fue el que se hizo a favor de la libertad de Luis Goytisolo en el cine Versalles.

Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Luis Cardoza, Luisa Josefina Hernández, Carlos Fuentes…, la solidaridad mexicana con el proyecto fue enorme y entusiasta, y ya el 21 de diciembre, la convocatoria de una manifestación ante la embajada estadounidense en protesta por la visita del presidente Eisenhower a Madrid, fue un gran éxito (entre otros, allí estuvieron León Felipe, José Luis de la Loma y Daniel Tapia, en representación de la generación “no tan joven”).  El mencionado acto a favor de Goytisolo se celebró el 6 de marzo de 1960, y participaron en él Max Aub, Mariano Granados, Juan Rejano, Antoni Maria Sbert, Daniel Tapia y José de la Colina.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

“Y a pesar del boicot del periódico Excélsior –escribe Manuel Aznar Soler–, que se negó a publicar el anuncio del acto y que manifestó abiertamente su desprecio por el sentido político antifranquista del acto, constituyó un notable éxito de público y obtuvo un notable impacto en los medios de comunicación mexicanos.” La repercusión de la detención de Goytisolo fue también enorme en Francia, por ejemplo, y entre los firmantes de la carta de protesta se cuentan los nombres de Louis Aragon, Jean Genet, Picasso, Charles Chaplin, Giulio Einaudi, Blas de Otero…

En el ámbito propiamente de la edición, en diciembre de 1959 vio la luz la Hoja de Información del Movimiento Español 1959 (en cierto modo paralela al Boletín de Información de la Unión de Intelectuales Españoles de la primera generación del exilio), en cuyo primer número, junto a la ya aludida “Declaración de principios”, aparecía un texto importante de García Ascot, “Tradición y traición”.

Luisa Josefina Hernández.

El proyecto de crear una editorial (que se llamaría Nuevas Generaciones) se debe a una sugerencia de Antoni Sbert a la Junta Directiva del ME/59 el 11 de mayo de 1960, y un borrador de la junta explica los objetivos: “la editorial la fundamos con la idea de 1) conseguir fondos para nuestra lucha, y 2) publicar todas aquellas novelas o poemas, ensayos, etcétera, que no pudieran pasar la prueba de la censura en España.

Noticia más concreta del proyecto puede encontrarse en una interesante carta de Max Aub al historiador español exiliado en París Manuel Tuñón de Lara:

El Movimiento del 59 piensa tener una importante actividad editorial –como comprenderás mi influencia no es ajena a esta decisión–, piensan publicar primero una antología gráfica y literaria de nuestra guerra. Ahí no hay problema. Luego piensan republicar las traducciones españolas de La esperanza, Los grandes cementerios bajo la luna y El testamento español, libros que ninguno de los componentes del Movimiento ha leído en español y de los que, hace veinte años, no hay un solo ejemplar en las librerías de México. Ahora bien, como quieren hacer las cosas en serio, quieren saber –a la mayor urgencia– en qué condiciones están los derechos de traducción (Bernanos, Plon; Koestler, Albin Michel; Malraux, Gallimard).

Max Aub y su hija Elena.

En el ya citado borrador de la Junta Directiva, se menciona además como “próximo a salir el volumen de poemas de José Agustín Goytisolo titulado Claridad, que ya se encuentra en prensa”. El caso es que nunca llegó a salir de ahí, y el único libro que llegó a publicar Nuevas Generaciones fue el de Martínez Ortas, precedido de un prólogo de Max Aub. (“Yo hubiera preferido que me lo prologara Ramón J. Sender –declaró años después Ortas–, pero me dijeron que Aub era más conocido en México”) y cuyo colofón lo fecha el 23 de mayo de 1961.

La edición en Marte.

Todo parece indicar que el talón de Aquiles de este proyecto lo constituyó la distribución, pese a las generosas condiciones que ofrecían a los posibles interesados, y Elena Aub explica el fracaso sin paliativos en los siguientes términos: Habíamos confiado en una venta relámpago de los dos mil ejemplares editados, sobre todo de los doscientos en edición de lujo. No conseguimos ni cubrir gastos”, pese a que todo el trabajo editorial fue llevado a cabo por animosos  voluntarios. Sin embargo, al poco de aparecer Soldado y medio, se publicaba una traducción en inglés, y en 1977 la recuperó Tomás Salvador en sus Ediciones Marte (en la colección Novela y Documento) con el título Bajo dos banderas.

La carrera literaria de Martínez Ortas prosiguió con Cincuenta céntimos (publicada en España en 1963 por Júcar, y en Gran Bretaña por Neville Spearman, en traducción de Christopher Martin, y en Italia por Baldini & Castoldi), la ya mencionada El último faraón (en Weidenfeld & Nicholson) y Flores, abejas zánganos. El fenómeno hippie (Marte, 1974), entre algunas otras. Pero las ediciones del Movimiento Español 1959 no remontaron el vuelo tras ese fracaso, atribuible en buena medida al amateurismo y la falta de experiencia.

Aun así, contrastando la descripción de los objetivos que hace Elena Aub (“nos sentíamos representantes, editores formales de la nueva generación de escritores que tropezaban con la censura franquista” y deseaban hacer llegar sus libros a todos los exiliados y a la Península) con los que declararon en su momento Neus Espresate y Tomás Rojo (publicar en México lo que no se podía publicar en España, y particularmente lo que hacía referencia a la guerra civil, y procurar luego introducirlo en España), el parentesco entre los dos proyectos es más que evidente, y en cierto modo Ediciones Era recogió, cuando menos inicialmente, el testigo de las Nuevas Generaciones.

 

Fuentes:

AA.VV., “Entrevista con Neus Espresate y Vicente Rojo”, en Ediciones Era. 35 años, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1995, pp. 61-83.

Elena Aub, Historia del ME/59. Una última ilusión, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia (Palabras del Exilio 5), 1992.

Manuel Aznar Soler, “Movimiento Español 1959: literatura y política de la segunda generación del exilio”, en Manuel Aznar Soler y Joé Ramón López García, El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Gexel-Remacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos XV), 2011, pp. 143-198.

Ángel Carmona Ristol, “A un soldado desconocido. Bajo dos banderas”, La Vanguardia, 24 de noviembre de 1977, p. 52.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo 9), 2006.

, Eduardo Mateo Gambarte, “El movimiento español de 1959, Estudios de Ciencias Sociales, núm. 6 (1993), pp. 107-116.

Carlos Mendo, “Entrevista a Francisco M. Ortas”, El País, 4 de abril de 1987.

Lluis Monferrer, Odisea en Albión. Los republicanos españoles exiliados en Gran Bretaña, 1936-1977, Madrid, Ediciones de la Torre, 2007.

 

Joan Vinyoli y la edición científica en Labor

La entrada de Joan Vinyoli (1914-1984) en el mundo editorial estuvo posiblemente vinculada a su muy prematura orfandad (desde los cuatro años). En otras circunstancias, probablemente hubiera cursado estudios universitarios. Sin embargo, cuando contaba apenas dieciséis años, y recién terminados los estudios de comercio, un colega de su padre, el doctor Josep Fornés i Vila (uno de los fundadores en 1915 de la Editorial Labor), le incorporó a la empresa. Algunos de sus primeros poemas los publica Vinyoli en la excelente cantera de escritores que fue la revista Juventus, entre marzo y noviembre de 1931, es decir, cuando ya trabajaba en Labor, y compartió páginas con jovencitos como Tomàs Lamarca, Martí de Riquer, Josep M. Camps, Josep Maria Boix i Selva o Ignasi Agustí. La entrada de Vinyoli en Labor no supuso, pues, el abandono de la creación literaria, como lo demuestran también la publicación en la prestigiosa La Publicitat (el 16 de enero de 1935) de “De si una volta algú t´hagi amat”, versión de un poema de Rainer Maria Rilke, o de dos textos en Quaderns de Poesia (en octubre de 1935 y enero de 1936). Durante la guerra civil española, destinado a la Inspecció de Centres de Reclutament, participó en la traducción para Labor de la Historia de la literatura, de Klabund (Alfred Henschke, 1890-1928), que se publicaría en 1937, y las Edicions de la Residencia d´Estudiants, que dirigía el poeta Bartomeu Roselló-Pòrcel (1913-1938), le publicaron ese mismo año el poemario Primer desenllaç, del que Josep Janés i Olivé (1913-1954) seleccionaría un texto para la antología Presència de Catalunya (1938) publicada por los Serveis de Cultura al Front de la Generalitat de Catalunya. Aunque los poemarios de Vinyoli fueron apareciendo a lo largo de los años cuarenta y cincuenta, ciertamente no se trata de un corpus muy abundante, y Joan Margarit lo atribuyó precisamente al absorbente trabajo de Vinyoli en la editorial:

En la editorial Labor llegó a ser un alto cargo (director), pero este éxito económico y social se le reveló como un obstáculo para el cultivo de su vertiente de búsqueda espiritual, que incluye la escritura de poesia. Hay que decir, sin embargo, que el trabajo en la editorial también tuvo aspectos muy positivos para él. Hubo un tiempo en que hizo libros magníficos […] como la Enciclopedia Labor, con la que pudo dar trabajo a gente que lo necesitaba, como por ejemplo a muchas personas que acababan de regresar del exilio.

El célebre Dioscórides renovado, ejemplo de magnífica edición de texto científico.

El célebre Dioscórides renovado, ejemplo de magnífica edición de texto científico.

También Carlos Barral traza en sus memorias la imagen de un Vinyoli amargado por la dificultad para imponerse como poeta importante debido a su empleo en Labor y que los sábados se refugia en su tertulia con el catedrático de latín y director literario de Seix Barral Joan Petit (1904-1964) o el catedrático de filosofía Francesc Gomà (1915-1998), entre otros. Joan Guitart, en cambio, ha dejado constancia de la vocación editorial de Vinyoli: “Joan Vinyoli trabajaba con pasión  y con entusiasmo, era un experto en edición, negociaba y se entusiasmaba con los mejores libros de medicina, de veterinaria, de ingeniería… trabajaba con los mejores especialistas”. Lo cierto es que, junto a la pléyade de empleados que pasaron por Labor (Manuel Sánchez Sarto, Salvador Clotas, José Martínez de Sousa, Carlos Barral, Mauricio Wacquez…), una de las cosas que siempre distinguió a Labor fue la calidad de sus colaboradores, entre los que se contaron profesionales de la talla de Vicente Aleixandre, José Manuel Blecua, Andrés Amorós, Martí de Riquer, Lluis Izquierdo, Severo Ochoa, Ricardo Gullón, Daniel Giralt Miracle, Antonio Skármeta, etc.

Vinyoli vivía apasionadamente la programación editorial –prosigue Guitart– y creía en la calidad y la comercialidad de los libros que producía. Era un buen negociador y ponía los cinco sentidos en todas las cartas que escribía, tanto a los editores extranjeros como a los autores propios. Preparaba con esmero y detalle la Feria de Frankfurt y acudía a allí con los encuentros cuidadosamente preparados, sabiendo muy bien lo que pediría y lo que ofrecería.

Plantas Medicinales, de Pius Font i Quer, conmúnmente conocido por su subtítulo, Dioscórides renovado.

Es indiscutible que como director editorial de ediciones generales (de las especiales lo fue Josep Maria Mas i Solench), Vinyoli dejó en Labor un legado muy importante, en el que destacan con luz propia dos libros del eminente botánico Pius Font i Quer (1888-1964) que se convirtieron en clásicos en la materia y en herramienta imprescindible para varias generaciones de universitarios, el Diccionario de botánica (1953), quizás el título más exitoso de Labor y que se reeditaba anualmente, y el enorme Plantas medicinales. Dioscórides renovado (1962), un tratado de 1030 páginas que tuvo 14 ediciones en Labor antes de pasar al catálogo de Península.

Edición en Península del Diccionario de botánica.

El progresivo enrarecimiento del ambiente laboral, al tomar a principios de los años setenta las riendas de la empresa el Banco Urquijo y Explosivos Río Tinto (que se convirtió en socio mayoritario), influyó notablemente en el progresivo descontento de Vinyoli en los años previos a su jubilación en 1979. La errática gestión del grupo, que en 1972 había comprado Ediciones Guadarrama y en 1973 Barral Editores se hacía sentir en el día a día. En palabras del poeta Joan Margarit:

A finales de los años setenta, en la editorial Labor se acaba toda una época con la entrada de Trías Fargas y su equipo de márketin en el consejo de administración. Se acabó el negocio basado en las relaciones personales, se acabaron los tiempos de emborracharse con un editor en una feria para conseguir unos derechos de traducción. Crece el desacuerdo de Vinyoli con el mundo que lo rodea y, en medio de una sociedad que se encaminaba hacia el pesimismo, el poeta va perdiendo su entusiasmo natural.

El prestigioso traductor del alemán Feliu Formosa contribuye a situar el inicio de esta insatisfacción a finales de la década anterior, cuando Vinyoli le confiesa que “el trabajo editorial le satisfacía poco”.

Vinyoli en Santa Coloma de Farners.

Una vez jubilado de Labor, Vinyoli aún firmaría un buen número de traducciones al castellano como Juan Viñoly, Juan Goytisolo seleccionaría y editaría para Lumen los celebérrimos Cuarenta poemas (1980) y se publicarían en la editorial Crítica, entre otros libros, el volumen de su Obra poética 1975-1979 (con prólogo de Miquel Martí i Pol) y A hores petites (1981), Premio de la Crítica Serra d Or, y, en la editorial Empúries, Passeig d´aniversari (1984), precedido de una nota introductoria de Francesc Parcerisas, con el que volveria a ganar el Premio de la Crítica Serra d´Or y, además, el Premio Nacional de Literatura 1985. En los años sucesivos, su prestigio como poeta acabó por relegar su sin embargo muy meritorio trabajo como editor en Labor.

Fuentes:

Feliu Formosa, “La constant recerca creadora”, en I cremo tot en cant. Actes del 1r Simposi Internacional Joan Vinyoli, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2006, pp. 247-252.

Joan Guitart, “Joan Vinyoli, el símbol demesurat de la vida” en  I cremo tot en cant, op. cit., pp. 47-49.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), “Labor: un referent inqüestionable”, en L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005, pp. 256-260.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), “Labor: un gran catàleg truncat”, L´edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2006, pp. 130-135.

Joan Margarit, “El meu Vinyoli”, en I cremo tot en cant, op.cit., pp. 15-36.

José Martínez de Sousa, “Mi paso por Editorial Labor”, Panacea, vol. VI, núm. 19, ps. 63-67.

Albert Vinyoli, “Hablando de best sellers“, Audioblog de Albert Viinyoli, 26 de abril de 2013.

Vinyoli & Viñoly, traduttore, traditore (malgré lui?)

Joan Vinyoli

NOTA IMPRESCINDIBLE (ABRIL DE 2016): En el apartado Comentarios se revisan algunos de los datos ofrecidos en su momento en este texto de enero de 2014, y que condicionan buena parte de su sentido.

Es lógico y justo que las conmemoraciones del centenario de Joan Vinyoli (1914-1984) se concentren sobre todo en su obra poética, porque se cuenta entre las más importantes que ha dado la literatura catalana del siglo xx. Sin embargo, no es en absoluto desdeñable su impresionante trayectoria como editor y, en menor medida, su obra como traductor al catalán y al español también tiene puntos de interés.

Al tratar este último aspecto de la obra de Vinyoli suele mencionarse y ponderarse sobre todo la calidad de sus traducciones de Rainer Maria Rilke al catalán: Versions de Rilke (Proa, 1984) y, póstumamente, en edición de Xavier Folch y Feliu Formosa, Noves versions de Rilke (Empúries, 1985), que obviamente firmaba con su nombre. Pero rara vez se aborda su ingente producción como traductor al español, que, si bien variada, es particularmente cuantiosa en el ámbito de la novela policíaca que publicó Barral Editores a principios de la década de 1970. (Ver, sin embargo, Comentarios)

Sin embargo, ya durante la guerra había participado como cotraductor, al español, con Ernesto Martínez Ferrando y José María Quiroga, en la Historia de la literatura. Maravillosa síntesis de historia universal, de Klabund (Arthur Henschke, 1890-1928), firmando “Juan Viñoly”, y con el mismo nombre, ya en la posguerra, Aquí debieran florecer rosas, del autor danés Jens Peter Jacobsen (1847-1885), en la colección Euro de José Janés y Félix Ros.

Aun así, en los primeros años de la década de 1970 y coincidiendo con una etapa muy difícil en la editorial en que trabajaba (Labor), aparece el grueso de su producción como traductor, que se prolongará más allá del año de su jubilación como director editorial (1979). En 1971 se publica en Seix Barral, firmada por Juan Viñoly y José Elías, la traducción de Las guerrilleras, de Monique Witting; en la misma editorial, en 1973, aparece Lectura de Brecht, de Bernard Dort, y en la Serie Negra de Barral Editores se publican en 1973 sus traducciones de La hermana pequeña, de Raymond Chandler (número 18); Las princesas de Acapulco, de Giorgio Scerbanenco (número 20); Max y los chatarreros (en colaboración con Josep Elías), de Claude Néron (núm. 23); Sinfonía para una masacre, de Alain Reynaud-Fourton (núm. 36) Tierra al asunto, de Jean Laborde (núm. 37) y El traficante de cadáveres, de Dominique Fabre (núm. 38). Poco después traduciría también a Céline (Casse-Pipe. Conversaciones con el profesor Y), a Josep Pla (Vida de Manolo contrada por él mismo), la antología de Van Hageland Las mejores historias de fantasmas y toda una serie de traducciones pro pane lucrando (Carlos Semprún Maura, Dominique Cacoub, Aldo Rizzo, Philippe de Jonas, etc.).

Dado que Vinyoli no se jubiló de Labor hasta 1979, cabe suponer que el grueso de estas traducciones, y en particular las que hizo para su amigo Carlos Barral, las compaginaba además con su jornada laboral, lo cual hace doblemente increíble la prodigalidad de Vinyoli (o Viñoly) como traductor.

De izquierda a derecha, Carlos Barral, Max Aub y Carlos Fuentes.

Los valiosísimos estudios que Daniel Linder ha dedicado a las traducciones en España de los clásicos de la novela negra dan algunas pistas para entender semejante rapidez. En un trabajo dedicado a la novela de Chandler The Big Sleep, por ejemplo, Linde establece la siguiente concatenación de traducciones:

  1. 1949: Con el título Una dama tenebrosa, en traducción firmada por el prolífico Juan G. de Luaces y publicada en Mateu.
  2. 1957: El mismo texto y la misma firma con el título Una mujer en la sombra, en Mateu de nuevo.
  3. 1958: Entre las Novelas Escogidas de Chandler, en traducción firmada por Inés Navarro y Antonio Gómez, en Aguilar. Inés Navarro era secretaria ejecutiva en Aguilar y Antonio Gómez su marido. Pese a no ser traductores profesionales, llevan su firma muchos de los títulos de series como las del inspector Maigret o las de Fantomas, por ejemplo.
  4. 1972: Como El sueño eterno, en traducción de un inexistente José Antonio Lara (¿una broma antiPlanetaria?), en Barral Editores, cuyo texto es el de Navarro-Gómez “maquillado”, es decir con cambios de estilo.

Bastará este ejemplo para advertir la escasa consideración que tenía Barral hacia la novela policíaca, y la cosa quizá no tendría mayor trascendencia si ese mismo texto no hubiera tenido más de una veintena de reimpresiones y de ediciones en Bruguera, Planeta y RBA, entre otras.

Acerca del Chandler que tradujo Vinyoli, evidentemente del francés, vale la pena remontarse a los antecedentes de ese original. Como es bien sabido, al término de la Segunda Guerra Mundial, Marcel Duhamel fundó en el seno de la editorial Gallimard la célebre colección de novela policíaca Serie Noire, y, para acomodarse a 180 o 240 páginas como máximo, decidió suprimir de las novelas estadounidenses todo lo que fuera psicología o no contribuyera a hacer avanzar la acción. Era además una práctica común en esos años de escasez de papel, y en un artículo también muy recomendable Jerôme Dupuis cuantifica los cortes a menudo en un 25 % del original o, en el caso de Cible mouvante, de Ross Macdonald (en Presses de la Cité) en un tercio del original. Más sangrante incluso es el caso de Dead Weight, de Frank Kane, de la que se publicó con el título Envoyé, c´est pesé! una versión en  la que los crueles chinos rojos del argumento original se habían convertido en los buenos y los simpáticos chinos nacionalistas en tipos deleznables. Tal despropósito parecería proceder de un fervoroso comunista, pero es que tras el Luc-Paul Dael que firmaba la traducción se ocultaba ni más ni menos que Paul Claudel (1868-1955).

Como es fácil suponer a estas alturas del texto, efectivamente, el Raymond Chandler que firmó Vinyoli lo tradujo a partir una edición muy incompleta, mutilada, que había publicado Gallimard con el título Fais pas ta rosière! (1950), traducida por Simone Jacquemont y J. G. Marquet. Y en sus excelentes trabajos Linder señala tanto la atenuación que Viñoly lleva a cabo de los pasajes de lenguaje demasiado crudo o de tema sexual (sin duda para evitar la censura franquista), como los errores en que incurre al traducir del francés. Ello lleva indefectiblemente a pensar en cuántas novelas negras publicadas en España en esa época presentarán, además de los efectos de la censura, ese mismo problema derivado del uso de traducciones-puente. En el caso concreto de La hermana pequeña, esa misma traducción mutilada que tradujo Viñoly tuvo además varias ediciones en Bruguera, Orbis y Plaza & Janés, hasta que en 1995 Juan Manuel Ibeas Delgado corrigió esa traducción y restituyó los pasajes suprimidos para la edición de Debate.

Fuentes:

Jérôme Dupuis, “Romans americains, la traduction était trop courte”, L´Express, 24 de octubre de 2012.

Daniel Linder, The American Detective Novel in Translation. The translations of Raymond Chandler´s novels in Spanish, tesis doctoral, Universidad de Salamanca, 2008.

Daniel Linder, “Classic Chandler translations published by Barral Editores (Barcelona)“, 1611. Revista d´Història de la Traducció, núm. 5.

Daniel Linder, “The Censorship of Sex: A Study of Raymond Chandl er’sThe Big Sleep in Franco’s Spain”, TTR (Traduction, terminologie, redaction) vol. 17, numero 1 (1er semestre de 2004), pp. 155-182.

Wollanup, “Raymnond Chandler, les enquêtes de Philip Marlowe“, Moonwalker.

Carlos Barral y el proyecto hispanomexicano

El editor Carlos Barral dejó constancia en 1982 de su admiración por la literatura de lo que definió como “una generación muy identificable, la de los españoles que llegaron a México con poco más o poco menos de diez años” y cuya obra, a diferencia de la de sus coetáneos españoles, se nutrió de la influencia de los poetas de la generación del veintisiete y de una tradición ampliamente cosmopolita. Menciona específicamente Barral en el artículo citado (“Los hispanomexicanos”) a Luis Rius, a Nuria Parés, a Tomás Segovia, “uno de los grandes poetas en lengua castellana de mi generación, cuyos méritos nadie reconoce en España y al que la literatura mexicana si no ignora, ningunea”, a Angelina Muñiz-Huberman, a Manuel Duran, a Ramon Xirau, “uno de los mayores poetas en lengua catalana de su generación”, y a ellos podrían añadirse Gerardo Deniz, Carlos Blanco Aguinaga, Jomí García Ascot, César Rodríguez Chicharro, Enrique de Rivas…, escritores que se educaron en los valores cívicos y estéticos de la República Española y que nunca tuvieron que soportar la censura franquista, pero sí un desarraigo difícil de conllevar y el inconveniente de ser considerados españoles en América y mexicanos en Europa.

Jomi García Ascot

Jomi García Ascot

Probablemente mucho tuvo que ver en ello que estos hijos de españoles republicanos exiliados como consecuencia de la Guerra Civil Española se formaron en su mayoría en las diversas escuelas que sus progenitores crearon en México, y donde recibieron una educación que incidía en la geografía, la historia y la literatura española porque, por lo menos hasta el desenlace de al Segunda Guerra Mundial, el proyecto vital consistía en regresar a una España liberada del franquismo y reinsertarse en la vida (y en la historia) del país que les vio nacer. Revistas de escasa proyección y breve andadura, como Clavileño, Presencia o Segrel, fueron sus órganos de expresión como grupo en los años universitarios, pero estos escritores pronto se dispersaron, tanto por todo el Estado como allende las fronteras mexicanas, algunos de sus miembros (Luis Rius, García Ascot) murieron muy prematuramente, y el grupo se disgregó, aun cuando los hay que han mantenido el contacto o la comunicación.

Ante la injusticia que a ojos de Barral suponía que ni en España ni en México gozara este grupo de autores del reconocimiento que merecían, escribe en el mismo texto ya citado lo que parece una firme declaración de intenciones: “Hay que hacer algo, por reconocer esa identidad tan coherente de un grupo de escritores mayores en lengua castellana, españoles o mexicanos, que más da, pensaba yo…, tal vez una antología que alcanzara merecida resonancia. Habría que clamar la existencia de un puñado de poetas importantes cuya existencia todo el mundo excusa y finalmente excusan ellos mismos”. Dos años antes, la también hispanomexicana Francisca Perujo se había ocupado ya de antologar una muestra de la obra de algunos de estos poetas en Peñalabra. Pliegos de Poesía (núms. 35-36, primavera-verano de 1980), pero no puede decirse que este número doble de la revista santanderina tuviera realmente “la merecida resonancia”, por lo que los buenos propósitos del editor catalán estaban plenamente justificados.

Años más tarde, exactamente el 26 de junio de 1988, fecha Carlos Barral en Calella la siguiente anotación de sus diarios, en la que parece arrogarse la responsabilidad, como editor hispánico, de establecer y divulgar la obra poética de la segunda generación del exilio republicano, poniéndola en relación además con la de determinados autores del interior:

Exhorto al editor

Una política de antologías que restituya la troncalidad de la poesía de la lengua.

Ejemplo: los hispanomejicanos,

N. Parés

Tomás Segovia              cuña entre las dos

Luis Rius                        tradiciones.

Ramon Xirau

     Generación de los 50.

Ejemplo a seguir. Función del editor.

Susana Rivera, ed., Última voz del exilio

Susana Rivera, ed., Última voz del exilio

Parece que el proyecto de Barral en este sentido nunca llegó a buen puerto, pero la que fuera compañera del poeta Ángel González, Susana Rivera, publicaría dos años después en Hiperion una nueva antología inequívocamente titulada Última voz del exilio, que contribuyó en mayor medida a dar a conocer en la Península a estos autores que la de Perujo. Algunos de los nombres mencionados por Barral, casos de Tomás Segovia o Xirau, por ejemplo, en las últimas décadas han experimentado un progresivo reconocimiento por parte de la crítica especializada y en los ámbitos universitarios españoles, y en el año 2003 el hispanista Bernard Sicot preparó una nueva y muy cuidada antología de estos poetas en la Biblioteca del Exilio. Aun así, lo que parece todavía pendiente es el desarrollo de la genial idea barraliana de establecer y subrayar la troncalidad de la poesía en lengua española de la que nacen tanto la rama hispanomexicana como la peninsular.

Bernard Sicot, ed.,  Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos

Bernard Sicot, ed., Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos

Fuentes

Carlos Barral, Observaciones a la mina de plomo, (edición y prólogo de Jordi Jové), Barcelona, Lumen (Palabra en el Tiempo 320), 2002.

Carlos Barral, Cuando las horas veloces, Barcelona, Tusquets, 1988.

Carlos Barral, Los diarios/ 1957-1989, (edición de Carme Riera), Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1993.

Francisca Perujo, ed., Segunda generación de poetas españoles en el exilio mexicano, Santander, Peñalabra. Pliegos de Poesía, núm. 35-36.

Susana Rivera, ed., Última voz del exilio (El grupo poético hispano-mexicano). Antología, Madrid, Hiperión, 1990.

Bernard Sicot, ed., Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos. Antología, A Coruña, Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 17), 3003.