El autor (e impresor) del «Diccionario tragalológico»

José María Azcona y Díaz de la Rada.

En 1935 la editorial Espasa-Calpe publicó en Madrid un asombroso libro titulado Clara-Rosa, masón y vizcaíno, que Ravina Martín describió como «mordaz, a veces con fina ironía, que en otras llega a ser hasta divertido». Su autor era el escritor y bibliógrafo navarro José María Azcona y Díaz de la Rada (1882-1951), de quien se sabe que era además encuadernador aficionado, que es quien se esconde tras el seudónimo Fray Gerundio en El Diario Vasco y que el año anterior había ordenado y prologado las Memorias. Escenas de la vida tafallesa de Ángel Morrás Navascués (1846-1934), que previamente (desde agosto de 1933) había ido publicando seriadas en el semanario La voz de la Merindad

El 22 de septiembre de ese mismo año 1935 la obra de Azcona publicada por Espasa-Calpe era ampliamente reseñada en el prestigioso periódico madrileño El Sol, en la misma página en que se anunciaba la reciente aparición, también en Espasa-Calpe, de Mi rebelión en Barcelona, de Manuel Azaña (1880-1940).

El título de la obra de Azcona se refería a un personaje bastante singular, el médico José Joaquín de Clararrosa, que previamente había sido conocido como el fraile Juan Antonio Olavarrieta, y no deja de ser curiosa la explicación que Azcona sugiere para la elección de su nombre como médico: «en América casó con dos mujeres y en Portugal con otras dos, y con los nombres de las cuatro Josefa, Joaquina, Clara y Rosa, formó el seudónimo que le hizo famoso». Muy poco antes había aparecido también en Espasa Calpe un libro del donostiarra afincado en Madrid Pío Baroja (1872-1956), Siluetas románticas y otras historias de pillos y extravagancias (1934) en el que se recogía un artículo cuyo título pudo servir de inspiración a Azcona: «Clara Rosa, fraile vasco y anarquista» (pp.79-86). Baroja dejó en este artículo un sucinto retrato de Clara Rosa: «vascongado un poco arlote, grueso, pálido y rechoncho, con unas barbas negras».

Olavarrieta, nacido hacia 1763 y cuya complicada trayectoria vital ha reconstruido admirablemente Beatriz Sánchez Hita, tomó los hábitos franciscanos en Santander en 1776, pero poco después fue trasladado a Bilbao cuando se halló en su celda material de contrabando. Con el tiempo logra convertirse en capellán de la Compañía de Filipinas, lo que le permite conocer mundo, hasta que se establece en la capital del Perú y empieza a publicar su Semanario crítico (desde 1791), que se hizo conocido por sus agrias polémicas con el Mercurio peruano (1791-1795).

Sin embargo, en 1795 está de nuevo en España y al año siguiente empieza la publicación clandestina de Diario de Cádiz, de vida breve (entre abril y mayo), pero al sentirse perseguido por la Inquisición huye en el Leocadia para radicarse en Guayaquil (por entonces perteneciente al Virreinato de Nueva Granada), de donde sus ideas le llevan a convertirse en cura de Axuchitlán (México). Publica allí una sorprendente negación de la existencia del alma y de Dios, El hombre y el bruto, que pese a haber circulado muy probablemente solo en copias manuscritas se ha considerado una pieza clave del pensamiento materialista de la Ilustración española y que, lógicamente, le llevó a la cárcel por «hereje formal, apostata de nuestra sagrada religión, tolerante, deísta ateísta, materialista, reo de lesa majestad pontificia y real».

Debía cumplir condena en España, por lo que fue de nuevo trasladado a Cádiz, y antes de ser entregado a la Suprema General Inquisición consiguió escapar de las autoridades y cambiar de identidad. Con la ayuda del embajador español, en Portugal se hizo con nueva documentación como José Joaquín de Clararrosa, se convirtió en médico de familia (presentó un título como profesor de Medicina por la Universidad de Zaragoza) y contrajo matrimonio con Maximiana Candía de Pesol. Enzarzado en controversias acerca de su profesionalidad como médico, la jura de la Constitución por parte de Fernando VII en 1820 (que daría inicio al trienio liberal) le da la oportunidad de regresar a España y dedicarse a la publicación de sus ideas: Catecismo constitucional y Reflexiones políticas sobre diferentes artículos de la Constitución, ambas en la Imprenta de Carreño en 1820, además de dirigir el Diario Gaditano de la libertad e independencia nacional, político, mercantil, económico y literario, que en la Hemeroteca Nacional se describe como el «más significativo, avanzado, beligerante y polémico del partido liberal en Cádiz durante el Trienio Liberal».

De esas mismas fechas e inicialmente en las páginas del periódico empieza a publicarse una sección entre satírica y política titulada «Diccionario abreviado de todas las cosas» (concretamente desde el 24 de junio de 1821), origen de la obra que, en palabras de Fernando Durán López, convertiría a Clararrosa en «el más ambicioso diccionarista del Trienio», si bien el propio autor se presenta a sí mismo y su estilo como «diccionarista o cocinero literario de bocadillos sueltos de diferentes substancias bajo de una salsa general y económica, en que cada uno de los convidados echa mano de lo que más gusta». Después de aparecer regularmente en el diario hasta principios de agosto de ese mismo año, y probablemente en otoño (aparece anunciada en el periódico en noviembre) se publicó en forma de volumen (180 páginas). El título completo que figuraba en la portada era Diccionario tragalológico o Biblioteca de todo lo tragable por orden alfabético, por el ciudadano José Joaquín de Clararrosa, pero el anuncio en el mencionado periódico es engañoso, pues se describe como «siendo el mismo que se publicó en el diario, se reimprimió separado de él, aumentado y corregido para mayor comodidad de los lectores», cuando en realidad no es sino una compilación de lo aparecido en prensa, sin ninguna ampliación.

La obra salió de la gaditana Imprenta de la Sincera Unión (Alameda, 114), en la que ese mismo año Clararrosa publica, entre muchos otros varios libros y folletos, «La nación y el gobierno». La razón era simple: Clararrosa era el propietario de la imprenta, en palabras de Ravina Martín, «regalo, según sus malévolos e inevitables enemigos, de un pequeño grupo de amigos exaltados», si bien fue en el mismo Diario de Cádiz donde se explicó que el dinero reunido para comprar los útiles de imprenta salió de una recolecta entre los liberales. El nombre de la imprenta, cuya historia también ha reconstruido con minucia Beatriz Sánchez Hita, ya es indicativo de sus posibles vínculos con la masonería, y más concretamente con la logia del mismo nombre creada en septiembre de 1841.

Como no podía ser de otro modo tratándose de un personaje tan controvertido y singular, enzarzado continuamente en controversias y denuncias, ni siquiera después de muerto estuvo exenta su figura de polémica, ya desde las discrepantes versiones de sus honras fúnebres, cuyo marcado carácter político se pone de manifiesto en la descripción que de él hizo Ravina  Martín:

La mañana del día 28 de enero de 1822, las calles de Cádiz se verán recorridas por un espectacular e insólito entierro: en la caja, con la tapa descubierta, iba el cadáver de Clararrosa con la Constitución de la Monarquía española de 1812 abierta por el capítulo en que se habla de la Soberanía Nacional; un gentío acompañaba al féretro portando hojas de olivo y entonando canciones patrióticas, desde el Trágala al Himno de Riego.

Fuentes:

José Joaquin de Clararrosa, Viaje al mundo subterráneo y secretos de la Inquisición revelados a lo españoles. Seguido de «El hombre y el bruto» y otros escritos, edición, introducción y notas de Daniel Muñoz Sempere y Beatriz Sánchez Hita y prólogo de Alberto Gil Novales, Grupo de Estudios del siglo XVIII (Universidad de Cádiz), 2003.

José Joaquin de Clararrosa, Diccionario tragalógico y otros escritos políticos (1820-1821), edición, introducción y notas de Fernando Durán López, Universidad del País Vasco (Textos Clásicos del Pensamiento Político y Social en el País Vasco 9), 2021.

Fernando Durán López, «Pelearse con las palabras: diccionarios políticos en la prensa española de principios del siglo XIX», en Leonardo Funes, coord., Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, Anexo Digital, Sección III, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, pp.137-146.

Eduardo Enríquez del Árbol, «La capitular Sincera Unión de Cádiz, ¿una logia fundada en la regencia de Espartero?», Trocadero, núm. 26 (2014), pp. 135-168.

Manuel Ravina Martín, «El entierro de un masón: Joaquín de Clararrosa (1822)», Revista de Historia Contemporánea, núm. 1 (1982), pp. 65-80.

Beatriz Sánchez Hita, «Juan Antonio Olavarrieta/José Joaquín de Clararrosa: fraile, médico, periodista y agitador político», Estudios de Teoría Literaria Revista digital, año 3, núm. 5 (marzo de 2014), pp. 115-129.

Beatriz Sánchez Hita, «Semblanza de Imprenta de la Sincera Unión (1821-1823)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

El lugar de Carlos Milla Batres en la historia editorial peruana

El reconocido editor, impresor y escritor Carlos Prince Letcher (1836-1919) no sólo ocupa un lugar de privilegio en la historia de la edición en Perú sino que se convirtió en modelo de algunos de los profesionales del libro más relevantes del país. Nacido en París, pronto quedó huérfano y se formó como tipógrafo al lado de su tío, y una vez llegado a Lima, en 1862, trabajó con Manuel Atanasio Fuentes (1820-1889) en los talleres El Mercurio (que más tarde llegaría a dirigir), antes de establecerse en 1871 por su cuenta y crear la Imprenta del Universo, que luego reconvertiría en Casa Editorial y Librería de la Imprenta del Universo. Entre los libros que editó se cuentan dos de las últimas obras de Fuentes, Ramillete o repertorio de los más piramidales documentos oficiales del gobierno dictatorio (1881) y El purgatorio de nombres o sea extravagancia de apellidos (1883), además de obras de autores como Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), Víctor Balaguer (1824-1901), Edgar Allan Poe (1809-1949), Víctor Hugo (1802-1885), o de las peruanas Clorinda Matto de Turner (1852-1909) y Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909), entre otros. Aun así, quizá su legado más importante fueron los tres volúmenes de Lima antigua, aparecidos en 1890 y considerado aún hoy uno de los trabajos fundamentales sobre la historia de la ciudad. La aparente heterogeneidad del catálogo respondía, pues a las necesidades culturales del Perú de su época y alentó al mismo tiempo la creación literaria peruana.

En la estela y como herederos de algún modo de Prince cabe situar al gran Juan Mejía Baca (1912-1991), a Jaime Campodónico Falconi (1919-2007), a Andrés Martín Carbone Obradovich (1920-1988), a Francisco Moncloa Fry (1922-1982) y, entre otros pero de un modo particular, a Carlos Milla Batres (1935-2004).

El hijo de este último reconstruyó en un estremecedor texto la dura infancia de Carlos Milla, nacido en El Salvador, huérfano desde muy joven y al cargo de su tío, terrateniente en Honduras, del que huyó a los quince años para emprender un periplo que a finales de los cuarenta, azarosa y afortunadamente, le permitió obtener el bachillerato en Tegucigalpa, donde participó también en un precario periódico estudiantil, El Tornillo Sinfín. Se trasladó entonces a Lima, y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos inició estudios de Derecho, que abandonó para editar la Gaceta Sanmarquina.

Juan Mejía Baca.

Más tarde, ya en 1964, aparecen los primeros números de Visión del Perú. Revista de Cultura, que publica un mítico cuarto número (junio de 1969) en el que reúne una amplísima selección de artículos hoy famosos sobre la obra de César Vallejo escritos por Jean Cassou («Recuerdo de Vallejo»), Corpus Barga («Vallejo indescifrado»), Antonio Cornejo Polo («Sobre “Paco Yunque”»), André Coyné («César Vallejo, vida y obra»), Hans Magnus Enzensberger («Vallejo, víctima de sus presentimientos»), Vicente Gaos («Auscultación de César Vallejo»), Nicolás Guillén («Adhesión a Vallejo»), Saúl Yúrkievich («Vallejo, realista y arbitrario»)… Posteriormente este número se publicaría en forma de libro, con algunas imágenes, con el título Homenaje Internacional a César Vallejo.

Un poco antes había coeditado Milla con la Universidad Nacional de Ingeniería un librito de apenas 58 páginas pero legendario en la historia del llamado boom de la novela latinoamericana, al que tituló La novela en América Latina: Diálogo. Se trataba de la transcripción de las conversaciones que tuvieron en la Facultad de Arquitectura el 5 y el 7 de septiembre de 1967 Gabriel García Márquez (que acababa de publicar en mayo Cien años de soledad) y Mario Vargas Llosa (que recién había obtenido el Rómulo Gallegos con La Casa Verde), cuando hacía apenas un mes que se conocían personalmente, aunque sí se habían comunicado epistolarmente. No deja de ser curioso y cuanto menos infrecuente que en la cubierta aparecieran sólo los apellidos de los autores, sin el nombre de pila. Después de reeditarse en diversas ocasiones (tanto en Lima como en Buenos Aires) y de haber circulado profusamente en copias y ediciones pirata, se publicó en Alfaguara en una versión muy ampliada con el título Dos soledades: un diálogo sobre la novela de América Latina (2021), entonces ya con los nombres completos de los interlocutores.

A finales de los años sesenta y primeros setenta son frecuentes en Milla las ediciones de libros de poetas peruanos (en la colección  Ernesto Che Guevara): Informe al rey y otros libros secretos, 1963-1967 (1969), de Gonzalo Juan Rose, Noé delirante (1970), de Arturo Corcuera e ilustrado por Tilsa Tsuchiya, Surcando el aire oscuro (1970) de Javier Sologuren e ilustrado por Fernando de Szyszlo, o Agua que no has de beber (1970), de Antonio Cisneros, pero alternan desde el primer momento con volúmenes editorialmente más complejos de tema histórico y político que sitúan a Carlos Milla como una editorial comprometida con la sociedad de su tiempo; es el caso por ejemplo de los diez volúmenes de la Historia general del Perú (1971), de Lenguaje y discriminación social en América Latina (1972), de Alberto Escobar, de Imagen del Perú en el siglo XIX (1972), de Léonce Angrand, o de la Historia de las batallas de Junín y Ayacucho preparada por Juan Basilio Cortegana y Manuel de la Haza.

Tiene también mucho interés la publicación en enero de 1968 de El viejo saurio se retira, la primera novela del hoy ya consagrado Miguel Gutiérrez, de la que hace además ediciones con fotografías en blanco y negro fuera de texto en la Colección Imagen y Literatura. No desatiende pues Milla la narrativa, y engalana su catálogo con algunos títulos importantes de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), como los tres volúmenes de cuentos La palabra del mudo (1952-1972), la novela publicada ya en 1960 por Ediciones Tawantinsuyu Crónica de San Gabriel (1975), o las inclasificables Prosas apátridas (1978).

Precisamente con Ribeyro arranca en 1973 una Biblioteca de Autores Peruanos, concretamente con Los geniecillos dominicales, prologado por quien fuera su compañero de escuela y por entonces prestigioso escritor Washington Delgado (1927-2003). Y en esa misma colección, como tercer número, se publica el anónimo Tutupaka Llacta (El mancebo que venció al diablo), preparado y traducido del quechua por Jorge A. Lira y prologado asimismo por Delgado. Fruto de ese mismo interés por las culturas prmigenias de América es la publicación en 1974 del clásico quechua Issicha Puytu: drama quechua anónimo, en edición bilingüe y con introducción y notas también de Lira. Y, aún en esa misma línea, de 1979 es la edición definitiva de Ñahuin. Narraciones ordinarias, de Eleodoro Vargas Vicuña (1924-1997), acaso el más importante de los representantes peruanos del neoindigenismo literario.

Con todo, quizás las obras más perdurables de la labor cultural de Milla Batres hayan sido la coordinación y edición ya a partir de la década de 1980 de grandes obras de referencia, como los nueve volúmenes del Diccionario Histórico y Biográfico del Perú (1986), que luego se actualizó con los dos volúmenes del Diccionario Biográfico del Perú Contemporáneo (2004), el Atlas Histórico y Geográfico del Perú (1995), en cuatro volúmenes, y, pese haber quedado inconclusa, la Enciclopedia Temática del Perú.

Cuantitativamente, la importancia del legado de Milla Batres es difícilmente discutible, pero además se hace evidente en él, al margen de la voluntad de dotar a la sociedad peruana de los materiales indispensables para su autoconocimiento, una visión muy abierta del país que le acogió cuando llegó siendo adolescente y una invitación al diálogo entre las comunidades culturales que alberga. Algo no muy distinto al proyecto de Prince Letcher, con quien quizá sean también explicativas las coincidencias biográficas.

Carlos Milla Batres.

Fuentes:

Marcos E. Milla, «Carlos Milla Batres, el editor que yo vi (mi padre)», Escritura y pensamiento, núm. 15 (2004), pp. 106-117.

Julio César Olaya Guerrero, La producción del libro en el Perú, período 1955-1999, tesis presentada en la Escuela Académico Profesional de Bibliotecología y Ciencias de la Información de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2001.

Frank Otero, «¿Reeditarás la Biblia en el cielo? Semblanza de Carlos Milla Batres», Lecturalia. Tierra de Letras, núm. 120 (21 de febrero de 2005).

Melanie Pastor Boza, «Semblanza de la Imprenta del Universo (1870)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2017.

Primeros editores españoles de Edgar Allan Poe

La recepción e influencia en la literatura española de Edgar Allan Poe —que estudió español durante un año en la Universidad de Virginia— ha despertado un intermitente pero intenso interés entre los críticos e historiadores de la literatura del siglo XIX, y parece plenamente justificado, pues, según concluyó David Roas, «la principal novedad en el panorama fantástico de esta segunda mitad del siglo xix la debemos a la publicación y popularización en España de la obra de Edgar Allan Poe».

Edgar Allan Poe.

John Englekirk estableció como la primera traducción al español de un cuento del escritor estadounidense la publicada con el título «La semana de los tres domingos» en el número correspondiente al 15 de febrero de 1857 por la revista el El Museo Universal, fundada y dirigida por el grabador catalán Josep Gaspar i Maristany y cuyo director literario era entonces Nemesio Fernández Cuesta Picatoste (1818-18939  (luego lo sería Gustavo Adolfo Bécquer, desde  1866). Muy poco posterior es el famoso primer artículo publicado en España sobre Poe, firmado por Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) en el número del 18 de agosto de 1858 de La ÉpocaEdgar Poe. Carta a un amigo»), en el que se anuncia ya la próxima aparición del primer volumen de textos de Poe. Tan conocidas como esta primera aparición en El Museo Universal son las ediciones en El Mundo Pintoresco de los cuentos «¿Quién es él? (Imitación de Edgardo Poe)» (1859) y «El gato negro: fantasía imitada de Edgardo Poe» (1859), ambas del poeta y bibliógrafo Vicente Barrantes (1829-1898), y «La verdad de lo que pasó en casa del señor Valdemar», vertida al español por el periodista y comandante de infantería Pedro de Prado y Torres.

Sin embargo, la primera edición en volumen aparece ya en 1858 en la Imprenta de Luis García (calle de San Bartolomé, 4), quien, además de la traducción de El piloto, historia marina, de Fenimore Cooper (1789-1851), acababa de publicar en su Biblioteca Literaria una edición aumentada de las Doloras de Ramón de Campoamor (1817-1901) y la polémica y exitosa tercera novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), Espatolino (1858), que tantos problemas había tenido con la censura cuando apareció por entregas en la revista El Laberinto.

Esta mencionada primera edición de Poe en volumen, publicada en septiembre y titulada Historias estraordinarias [sic], que se presentan como «precedidas de un prólogo crítico biográfico del Doctor Nombela», se abre con «Dos palabras al público» en las que el periodista y escritor Julio Nombela (1836-1919) explica:

Encomendada a nuestro cuidado la dirección literaria de esta Biblioteca, y proponiéndonos desde luego dar a conocer en España las obras extranjeras más notables, nos ha parecido oportuno inaugurar esta serie que ofrecemos con las Historias estraordinarias de Edgardo Poe, colección de cuentos fantásticos que se distinguen por su originalidad, al mismo tiempo que por los profundos conocimientos científicos que encierran en cada una de sus páginas.

Los cuentos incluidos —que se ajustan más bien poco al criterio de «cuento fantástico» anunciado por Nombela—, lo hacen con los títulos «Singular historia de un tal Hans Pfall», «Doble asesinato» («The Murders in the Rue Morgue»), «El escarabajo de oro», «La carta robada» y «La verdad de lo ocurrido con el señor de Valdemar», todos ellos traducidos a partir de las celebérrimas versiones francesas de Charles Baudelaire (que los hermanos Michel Lévi acababan de reunir con los títulos Histoires extraordinaires y Nouvelles histoires extraordinaires en 1856 y 1857). Como reconoce el propio Nicasio Landa, también su prólogo depende muy estrechamente de la nota final de Baudelaire («Edgar Poe, sa vie et ses oeuvres», remedo a su vez de un artículo publicado en 1852 en la Revue de Paris), pero no así la elección de los títulos. Los cinco relatos publicados por Luis García aparecen en Histoires extraordinaires, pero esta se compone de trece títulos; en cambio, acaso para dar mayor atractivo comercial al volumen o quizás para completar el pliego, esta primera edición madrileña incluye un texto que nada en absoluto tiene que ver con el estilo de Poe: «Dicha y suerte, cuadro de costumbres populares», de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber,1796-1877), una novela de amor de tintes folklóricos que se había publicado en 1852 en Cuadros de costumbres populares andaluzas y que acaso se incluyera para dotar al libro de mayor atractivo comercial.

Casi inmediatamente después, aún en 1858, aparece el primero de los dos volúmenes que el impresor J. Martín Alegría preparó de narraciones de Poe, asimismo con el título Narraciones extraordinarias. Primera serie, con el que se estrenaba la colección Biblioteca de Viaje. También en este caso las traducciones procedían de las de Baudelaire, y tampoco en este caso el contenido se ajustaba a las compilaciones del poeta francés, pues tras una nota de presentación del autor en este caso se incluyen siete cuentos, ninguno de los cuales había recogido Nombela: «El barril de amontillado», «El demonio de la Perversidad», «Cuatro palabras con una momia», «Una bestia que vale por cuatro», «El corazón revelador», «Lo que son notabilidades» y «Enterrado vivo».

El segundo volumen (Historias extraordinarias. Segunda serie), quinto volumen de la Biblioteca de Viaje y fechado ya en 1859, lo ocupa casi por completo la narración titulada aquí «Viaje a la luna a despecho de la gravitación, la presión atmosférica y otras zarandajas. Aventuras sin igual de un tal Hans Pfaall», que sin que se sepa muy bien por qué hay quien ha considerado como un error de la portada al suponer que se trataba de dos títulos diferentes (cuando el volumen incluye un solo texto de Poe), en lugar de interpretar que con este título se alude a «The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall», en el que efectivamente el protagonista narra un viaje a la Luna y que se había publicado también alternativamente como «Voyage to the moon». No menos curioso resulta que esta narración de Poe se acompañe de «Soy, tengo y quiero», de Pedro Antonio de Alarcón, a no ser que venga a confirmar que para introducir con éxito en España las obras de Poe sus editores creyeran conveniente añadirles textos de autores españoles famosos.

F. Xumetra.

Surgidos ambos de la Imprenta de El Atalaya (que en 1859 había publicado un volumen de Cuentos, artículos y novelas de Alarcón) , estos dos libros no siguen el índice establecido por Baudelaire ni indican traductor, como tampoco lo hace el volumen que en 1863 reunió, con el título Cuentos inéditos, los que La Correspondencia Autógrafa había ido publicando por entregas en su Biblioteca de Instrucción y Recreo (que aparecía todos los días laborables e incluía cuatro obras y, según indicaba la publicidad, «una de ellas destinada a las madres de familia y otra a los niños»).

Tal vez sea la de E. Doménech Editor de Aventuras de Arturo Gordon Pynn (1863) la primera edición en forma de libro de Poe que indica claramente el traductor, A. de Rosas, que lo es también de la versión seriada que se había ido publicando en el Diario de Barcelona ese mismo año. También la edición en el Establecimiento Viuda e Hijos de Gaspar de El escarabajo de oro, ya en 1867, explicita este dato, pues se presenta en la portada como «traducida espresamente [sic] para la Biblioteca del Viajero por Emilio Domínguez».

Diez años después aparecería otra edición importante, la de Historias extraordinarias (1887) traducidas por Enrique Leopoldo de Verneuil en la Biblioteca de Artes y Letras de Daniel Crortezo, que incorporaba, además del prólogo de Baudelaire, ilustraciones de Ferran Xumetra Ragull (1865-1920), que se convirtió en poco menos que el especialista en narrativa fantástica de la colección de Cortezo (ilustró los Mil y un fantasmas de Dumas, a Hoffmann, etc.). Probablemente, pese a haber sido hecha a partir de la versión francesa, ha sido una de las más difundidas (en 2004, por ejemplo, aún la reeditaba la española Akal; en 2010, la argentina Losada, y en 1974 la mexicana Editora Nacional la había publicado con las ilustraciones originales de Xumetra).

Dibujo de F. Xumetra.

Fuentes:

Francisco Casanova, «Fermando Xumetra», Álbum Salón. Primera Iustración Española en Colores, 1903, pp. 235-245.

Juan José Lanero, Julio–César Santoyo y Secundino Villoria, «50 años de traductores, críticos e imitadores de Edgar Allan Poe (1857–1913)», Livius núm. 3 (1993), pp. 159–184.

Juan Gabriel López Guix, «Sobre la primera traducción de Edgar Allan Poe al español», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 3.

David Roas, «Difusión e impacto de las traducciones españolas de la narrativa fantástica de E. A. Poe en el siglo XIX», en Flavio García, Luciana Collucci, Marisa Martins Gama-Khalil y Renata Philippov, eds., Edgar Allan Poe: efemérides em trama, Río de Janeiro, Dialogarts, 2019, pp. 47-77.

David Roas, La recepción de la literatura fantástica en la España del siglo XIX, tesis doctoral, Departament de Filologia Espanyola de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2000.

David Roas, «Prólogo» a El castillo del espectro. Antología de relatos fantásticos españoles del siglo XIX, Barcelona, Círculo de Lectores, 2002.

Javier Ortiz García, «La retraducción a examen. El caso de Edgar A. Poe en español», Meta. Journal des Traducteurs, vol. 65, núm. 2 (agosto de 2020), pp. 332-351.

Pedro Salinas. «Poe en España e Hispanoamérica», en Ensayos completos III, Madrid, Taurus, 1981, pp. 340-345.

El tipógrafo nazi madrileño que inventó el artóleo

En junio de 1930 se publicaba en diversos periódicos españoles un anuncio con el siguiente texto:

ARTÓLEO

Reproducciones artísticas de pinturas al óleo

Artóleo es una imitación de cuadros hecha por un novísimo procedimiento con patente de invención española número 102.895, que permite la reproducción de las pinturas en tal forma que da la sensación exacta del original pintado al óleo.

Los primeros artóleos que se han hecho son reproducciones de algunos de los más célebres cuadros del Museo del Prado, y muchas personas versadas en el arte, que los han visto, han quedado maravilladas de su perfección.

Como el precio de los a artóleos es poco elevado, no son solamente los adinerados los que pueden adquirirlos, sino que a todas las clases sociales les es posible adornar sus casas con ellos. Puestos en un marco adecuado no desmerecen en nada de las pinturas auténticas.

Al publicarse en el «Diario Monárquico» de Mahón El Bien Público, se añade: «Pueden adquirirse estos cuadros en la librería de Manuel Sintes Rotger, Plaza del Príncipe número 17, Mahón». En 1930, Manuel Sintes Rotger (sucesor de B. Fàbregues y M. Parpal) era una empresa de larga trayectoria que, además de al comercio de libros y a la venta de «objetos de escritorio y artículos de fantasía», ofrecía servicios de impresión y encuadernación. Así, por ejemplo, en esas fechas había publicado el libro de 240 páginas del capitán de infantería Francisco Rodríguez-Martín Fernández Hazañas que canta la Española Infantería. Himnario militar, se ocupaba de la impresión del periódico El Scout. Portavoz de la Patrulla del León (que a partir de abril de 1930 incorporaría como subtítulo «Boletín de los Exploradores de España en Mahón») y al final de la guerra civil española lo haría del efímero Arriba España. Diario Nacional Sindicalista (1939-1940), entre otras publicaciones de cariz semejante.

No obstante, en la primavera de 1930 ya hacía varios meses que el artóleo había hecho una intensa presentación en sociedad a través de la prensa, tanto local como nacional. En el periódico turolense Tierra Charra, por ejemplo, en febrero de ese año había aparecido, firmado sólo como X, un muy laudatorio artículo titulado «Sobre un maravilloso invento: Los artóleos del inventor Blass» que se inicia con las siguientes palabras (respeto la delirante puntuación del original):

Ya publicamos en nuestras columnas hace algún tiempo, un notable artículo del prestigioso publicista madrileño don Eduardo Navarro Salvador, en el que se hacía un elogioso comentario del brillante resultado obtenido por el artista señor Blass con su maravilloso invento denominado «Artóleo».

El escritor y militar profesional Eduardo Navarro Salvador (¿?-1939), germanófilo durante la primera guerra mundial, había colaborado en diversos periódicos y revistas conservadores y tradicionalistas (El Correo Español, El Siglo Futuro, Gaceta de los Caminos de Hierro, La Correspondencia de España, El Reformista Pedagógico…), a menudo abordando temas culturales y en particular de alfabetización, y es muy probable que el artículo al que se alude sea el mismo que en marzo de 1930 publica en el también turolense El Mañana.

En cuanto a «el inventor Blass», nada tiene que ver con el protagonista de la pionera novela del costarricense  Joaquín García Monge (1881-1958) El Moto, sino que alude a Joseph Blass Mayer (1873-1957), a quien el mencionado Navarro Salvador describe como un «culto y muy laborioso alemán que lleva muchos años de residencia en España» y como un «impresor de los de mayor fama de Madrid, y aun de España entera», cuya empresa (después de ubicarse en la calle de San Mateo) estaba por entonces situada en el colindante y muy pijo barrio de Salamanca (en la calle Núñez de Balboa, número 21). Por su parte, en «Tinta franquista al servicio de Hitler: La Editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», se define a Joseph Blass como «uno de los principales artífices de toda la producción propagandística y cultural en defensa de los valores nazis en lengua castellana». Y es que una cosa no quita la otra.

Logo de la Editorial Blass.

Blass llegó a España cuando en 1899 el director de Abc, Torcuato Luca de Tena Álvarez Ossorio (1861-1929), lo reclutó para que se pusiera al frente de la parte gráfica de la revista Blanco y Negro, trabajo que desempeñó hasta que en 1903 creó su propio taller impresor. Cuatro años después de arrancar su propio negocio ya estaba en condiciones de imprimir por lo menos parte de las enormes cantidades de ejemplares (alrededor de 50.000) que tiraba la exitosa publicación periódica El Cuento Semanal propiedad de Antonio Galiardo y dirigida por el novelista de origen cubano Eduardo Zamacois (1873-1971) y que, en palabras de Gonzalo Santonja, «dio origen al impresionante aluvión de novelas cortas de autores españoles, de bajo precio y distribuidas en quioscos de prensa, que constituyó el fenómeno editorial y literario más relevante de aquellos años». A raíz del suicidio de Galiardo en 1908, Blass se convirtió en socio de Zamacois en la publicación que intentó dar continuidad a este proyecto, Los Contemporáneos, cuyo primer número está fechado en primer día de 1909.

Pruebas del prestigio que alcanzó Blass en el ámbito del papel impreso son por ejemplo que en 1911 se le eligiera para clausurar el Primer Congreso Nacional de las Artes del Libro o que en 1914 fuera el representante del gremio de tipógrafos en la Exposición Internacional de las Artes Gráficas y de la Industria del Libro de Leipzig (donde mostró diversos impresos, catálogos y libros y obtuvo un Gran Premio).

En cuanto concluyó la primera guerra mundial, el Gobierno alemán le concedió la Cruz de Hierro ‒una condecoración militar, si bien ocasionalmente concedida a civiles por prestar servicios militares‒, gracias a la cantidad de folletos propagandísticos anglófobos generados en Alemania que Blass había puesto en circulación en España, entre los que el más famoso es Alerta, marineros españoles (1916), así como de algunos libros entre los que destaca El pensamiento y la actividad alemana en la guerra europea (1915), del economista y diputado por la Unión Valencianista Vicente Gay (1876-1949), quien en 1934 publicaría en Bosch  La revolución nacionalsocialista y al año siguiente, también en Bosch, Madre Roma. Para entender el estado autoritario y totalitario, antes de hacerse famoso por considerar el campo de Dachau «un verdadero establecimiento educativo».

En los años treinta la Imprenta Blass publicó, entre otras obras inesperadas, la primera edición de Fábula y signo (con pie de imprenta del 14 de abril de 1931), de Pedro Salinas (1891-1951), publicado bajo el sello de Plutarco, así como Los nuevos artistas españoles (1932), con veinticuatro reproducciones de obras y texto de Benjamín Palencia (1894-1980), las traducciones de Rafael Alberti (1902-1999), Manuel Altolaguirre, Mariano Brull (1891-1956), Jorge Guillén y Salinas que conformaron Bosque sin horas (1932), de Jules Supervielle (1884-1960) o, por encargo de la Cámara Oficial del Libro de Madrid, el volumen de Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) con que se celebró la Fiesta del Libro de 1936.

Paralelamente, y por lo menos desde 1919 (de ese año es Notas sobre la cacería en el África oriental inglesa, del duque de Medinaceli), Blass había seguido actuando como sello editorial (en muchos casos como Blass y Cía), que se intensificaría durante los años de la segunda guerra mundial, con un carácter y orientación muy evidente.

A la empresa de Joseph Blass cupo el dudoso honor de la publicación de la edición facsimilar del célebre parte oficial de guerra firmado en Burgos por Franco el 1 de abril de 1939, con el membrete del Cuartel General del Generalísimo Estado Mayor. Y en los primeros años de la posguerra publicó libros como, por ejemplo, La paz que quiere Hitler (1939), de Federico de Urrutia (1907-1988), Recordación de José Antonio (1939), de Eugenio Suárez (1919-2014) o Blasón, versos de la cárcel (1940), de José Díaz de Quijano Garcíabriz (1890-1943). No es de extrañar que se convirtiera en uno de los puntales de la propaganda nazi en España.

Fuentes:

Marició Janué Miret, «Relaciones culturales en el «Nuevo orden»: la Alemania nazi y la España de Franco», Hispania, LXXXV/251 (diciembre de 2015), pp. 805-832.

Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío, «Tinta franquista al servicio de Hitler: la editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», RIHC. Revista Internacional de Historia de la Comunicación, núm. 12  (2019), pp. 344-369.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones El Museo Universal, 1993.

Edición colombiana en lengua catalana entre 1939 y 1977

Es muy probable que el catalán con más presencia e influencia en la literatura colombiana sea Ramon Vinyes i Cluet (1882-1952), que si bien no publicó en catalán en ese país obtuvo un premio en los Jocs Florals celebrados en Bogotá con el volumen de cuentos A la boca dels núvols (cuya primera edición se publicó en México en 1946). Aun así, a tenor del número de exiliados republicanos catalanes que acogió Colombia, es notable su labor editorial.

Ramon Vinyes i Cluet

En 1945 apareció en Bogotá un opúsculo de once páginas titulado L’infant de neu. Conte per infants [El niño de nieve. Cuento infantil] impreso en los talleres de la Editorial Centro de Bogotá y que, en su estudio sobre La literatura catalana a l’exili, Albert Manent califica como edición del autor, si bien se presenta como perteneciente a una «Colecció Els Infants Catalans a Colòmbia» que acaso sea una creación personal de su autor.

El autor de L’infant de neu, Jordi Vallès Ventura (1906-1984), era un pediatra catalán licenciado en 1932 que siendo todavía estudiante se había dado a conocer como perspicaz crítico literario en el Butlletí de l’Agrupament Escolar de l’Academia de Ciències Mèdiques, del que era uno de los redactores. Si esta publicación ha pasado a la historia es sobre todo por el número especial (7-9) dedicado en julio de 1930 al surrealismo, en el que colaboraron Manuel Altolaguirre, Concepció Casanova, Salvador Dalí, Guillermo Díaz-Plaja, Darío Carmona, Sebastià Gasch, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna, J. V. Foix, Juan Ramón Masoliver y Joan Miró, entre otros, y en el que Vallès publicó la obra teatral en un acto Ismael 22.

Como consecuencia de la derrota republicana de 1939, Jordi Vallès se estableció inicialmente en México, donde, además de ser (junto a Pere Calders, Agustí Bartra y Anna Maria Murià) uno de los principales animadores de la revista del exilio Lletres. Revista Literaria Catalana (1944-1948), publicaría Escuintles (en 1941, en unas Ediciones Barcino muy probablemente de su propia creación), Un médico en una guerra (1942), en la editorial Quetzal de Costa-Amic y Julián Gorkin, y El pollets de colors, en una colección llamada «Els Infants Catalans a Mèxic» de la Biblioteca Catalana e ilustrado por el cartelista y dibujante catalán Marcel·lí Porta (1898-1959). Este último título resulta interesante por presentarse en el colofón como el «primer libro de cuentos, pensando en nuestros niños exiliados, huérfanos de la más simple hoja de papel impreso donde aprender a leer en su lengua materna», y la coincidencia en el título de la colección es lo que sugiere que acaso fuese una creación del propio Vallès, si bien la colección mexicana tuvo continuidad con El nen blanc i el nen negre. Conte per a infants. Glossa de la «Cançó de Bressol» d’Agustí Bartra (1947), de Anna Murià (1904-2002).

A partir de ese momento, aparecieron en B. Costa-Amic Editor sus dos novelas en castellano, Sinfonia. Primer movimiento (1944) y Las vacaciones del profesor Müller (1944), y luego se estableció luego durante un tiempo en Venezuela y posteriormente pasó a Estados Unidos, donde se dedicó a la cura del alcoholismo (publicó en 1967 How to life with an alcoholic y From social drinking to alcoholism) y a la docencia en la Universidad Baylor.

Sin embargo, el de Vallès no es un caso singular de edición en catalán en Colombia, pues ya en las navidades de 1940 había aparecido en Barranquilla y promovido por Edicions de l’Associació Protectora de l’Ensenyança Catalana un libro escrito en 1939 por el ingeniero y escritor Carles Pi i Sunyer (1888-1971), Montserrat i Czenstochowa. Diàleg de les dues Verges Negres de Polonia i de Catalunya. Este libro se imprimió en la Tipografía Escofet, empresa creada por el matrimonio de origen catalán Isidro Escofet Roset y Francisca Romagosa Escofet y donde se formó el tipógrafo linotipista José Ignacio Montoya Tobón (luego profesor de imprenta y reputado profesional en Barranquilla, Medellín y Santa Marta).

Por si fuera poco, en mayo 1945 Bogotá acogió los Jocs Florals de la Llengua Catalana en el exilio, y la Editorial Centro Instituto Gráfico se ocupó al año siguiente de la impresión del preceptivo libro (unas doscientas páginas), con el título Jocs Florals de la Llengua Catalana. Any LXXXVIII de llur restauración. I centenari del Naixement de Mossèn Jacint Verdaguer.

Con todo, quien con más tesón, si bien con modestia, se dedicó a la edición en catalán en Colombia fue el escritor y político mallorquín Francesc de Sales Aguiló Forteza (1899-1956), quien a finales de la década de 1940 estrenó una colección de opúsculos dedicados a autores mallorquines importantes de los que ofrecía la versión original y una traducción al español. Así, el primero en aparecer (en los talleres de la Editorial Centro), fue el dedicado a Joan Alcover, con traducciones del empresario y promotor cultural gallego Ramiro Illa Couto (1896-1987), el filólogo de nacionalidad francesa Marcel Baïche (1920-2003) y la filósofa y escritora británica  Kathleen Nott (1905-1999).

Francesc de Sales Aguiló.

Poco posterior es el dedicado a Miquel Costa i Llobera, preparado por el propio Aguiló e impreso en la bogotana Litografía Colombia del antioqueño Enrique Vidal (muy celebrado por sus trabajos cartográficos). A este siguió Gabriel Alomar, futurista (1949), de nuevo en la Litografía Colombia, que incluye textos de Santiago Rusiñol y de Azorín y en el que la traducción corre a cargo de Nicolás Bayona Posada (1899-1963), poeta y ensayista famoso (autor de la letra del «Himno de Sonsón» y de una muy difundida y reeditada Historia de la literatura española).

El opúsculo de 1950 (doce páginas) está dedicado a Maria Antònia Salvà, poetessa de Mallorca, e incorpora un prólogo escrito por Josep Carner (1884-1970) para Espigues en flor (1926) y traducciones del poeta, antologuista y traductor José Vargas Tamayo (1891-1969), autor además de la antología poética  De los jardines de Mallorca, Cataluña y Valencia (Bogotà, Empresa Nacional de Publicaciones, 1957), y el cuentista del grupo Los Nuevos Octavio Amórtegui (1901-1990).

Los dos siguientes números se llevan a cabo en los talleres de la Editorial Iqueima del exiliado madrileño Clemente Airó (1918-1975), el primero dedicado al poeta Rosselló-Pòrcel, català de Mallorca, que incorpora el prólogo de Salvador Espriu a Obra poética, y el segundo a Miquel dels Sants Oliver, poeta i humanista, con fragmentos de un discurso del poeta y ensayista Joan Alcover (1854-1926) y en traducción del ya mencionado Bayona Posada.

La conclusión de esta serie de opúsculos no significa el cese de la actividad editorial de Aguiló, que se puso al frente de las Edicions Comunitat Catalana de Colòmbia y promovió la publicación de In memoriam Lluis Companys, president de Catalunya. XII aniversari del seu afusellament (1952), con el texto de Josep Carner, «Fi de Lluis Companys», en versión española de Bayona Posada, e In memoriam Lluis Companys, president de Catalunya. XIII aniversari del seu afusellament (1953), con el texto de Martí i Muntaner, «Catalans, Catalunya», traducido por el propio Aguiló.

En Gráficas Mora-Escofet de Barranquilla apareció unos años más tarde Fugida! (1962), del pedagogo Miquel Fornaguera (1893-1982) y con dibujos de su yerno Antonio Roda (1921-203), donde narra las primeras semanas del exilio cuando en 1938 salió hacia Francia con su familia y al cargo de ciento cincuenta niños españoles de la colonia Alba de Ter, cerca de Ripoll. Unos años después Fornaguera vería publicados en español (en la Editorial de la Revista de Derecho Colombiano) los Aguafuertes colombianos con los que había obtenido un premio en los Jocs Florals celebrados en Colombia (entonces con el título Aguaforts del Tròpic). La obra, que narra sus impresiones de su primera etapa vivida en Colombia, se publicó con el subtítulo «Visiones de Colombia (1914-1934). Hojas arrancadas al diario de un caminante»

Y a estos libros y opúsculos hay que añadir además, como testimonio de la presencia del exilio catalán en Colombia, las publicaciones periódicas Butlletí d’Informació Catalana, dirigida en Bogotá por Pere Barenys y aparecidas entre diciembre de 1959 y marzo-abril de 1966, y los Fulls de la Comunitat Catalana. Por lo menos.

Fuentes:

Web de la Comunitat Catalana de Colòmbia.

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomía i Documentació de la Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, El Colegio de Jalisco, 1998.

Albert Manent, La literatura catalana a l’exili, Barcelona, Curial, 1989.

Antoni Marimon, «De Palma a Bogotá», Diari de Balears, 23 de marzo de 2010.

Gina Maria Zanella Adarme, ed., Miguel Fornaguera i Ramon, un catalán de Bogotá, Bogotá, Pontificia Universidad Javieriana (Documentos Javerianos 5), 2013.

Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

Los inicios de un excelso decorador de libros, Ricard Marlet

La vinculación del artista sabadellense Ricard Marlet (1896-1976) con la letra impresa fue muy temprana, y a principios de los años veinte publica ya algunos grabados al boj en impresos modestos, como por ejemplo dos ilustraciones para unos versos satíricos de Pere Quart dedicados al tranvía (y aparecidos en las modestas Edicions No me olvides en 1920) y en abril de 1922 en la revista de la Acadèmia Catòlica Garba (1920-1922), en la que colaboraban algunos jóvenes luego vinculados en distinto grado a la llamada Colla de Sabadell, como el crítico Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), el corrector y periodista Lluis Parcerisa (1896-1989) o el pedagogo y escritor Jordi Pons (Pere Valls Garreta, 1894-1983), así como ilustraciones en numerosos menús, programas de mano y otros impresos de uso efímero. Menos claro es que sea suya la firma del grabado que aparece en la cubierta de un elegante libro impreso a dos tintas en la sabadellense imprenta Sallent y que tuvo un éxito más que notable, Gloses femenines (1914), de Miquel Poal Aragall (189-1935), como se desliza en la interesante tesis de Marc Comadran Orpi sobre el noucentisme en Sabadell; esa firma tanto podría ser «R. Marlet» como «R. Marcet» (¿Ricard Marcet i Picard?) . Se da por seguro que Ricard Marlet se inició en el grabado al boj en 1918 de la mano de Antoni Oliver (hermano del célebre poeta y dramaturgo Joan Oliver, que firmaba como Pere Quart) y se tiene el de una bailarina por su primera xilografía.

Grabado al boj fechado en 1920.

En cualquier caso, en 1924, asentado ya como poco menos que el grabador oficial de la reputada imprenta de Joan Sallent, Marlet ganó el primer premio en un concurso de carteles convocado por Faianç Català (germen de las Galeries Laietanes) y se ocupó del interesantísimo Almanach de les Arts, revelándose entonces como uno de los mejores cultivadores del grabado al boj, una técnica que gracias al impulso del noucentisme estaba viviendo un proceso de reivindicación y recuperación. Por aquel entonces, el fotograbado había convertido los procedimientos xilográficos en recursos técnicamente obsoletos, pero como ha señalado Francesc Fontbona, una exposición en 1915 de Lluís Jou en las Galeries Dalmau llamó la atención de la crítica acerca de las posibilidades artísticas del grabado al boj, y durante el Noucentisme «si alguien ponía un boj en un impreso era precisamente porque se quería dotar a ese impreso de un tono de modesta solemnidad, un aire culto, prestigioso, que al mismo tiempo resultaba popular, atávico, y esta dualidad sería la que marcó el renacimiento de la xilografía».

Sello de contracubierta.

El primero de estos dos Almanachs de las Arts, fechado en abril de 1924, se abrió a una participación muy amplia entre los artistas sabadellenses, tanto de escritores (Joan Arús, Marià Burguès, Miquel Carreras, Joan Garriga, Armand Obiols, Joan Oliver, Joan Sallarès…) y compositores musicales (Josep A. Clapés, Josep Masllovet, Mateu Rifà…) como de grabadores e ilustradores (Marià Burguès, Francesc Cassanyes, Antoni Oliver, Antoni Vila Arrufat, Gustau Vila Grapa, etc.). Salvo por la ausencia de Trabal, aparecía al completo el Grup o Colla de Sabadell, y esta apertura respondía a la voluntad de demostrar la vitalidad —en términos cuantitativos— de las letras y las artes en Sabadell. Sin embargo, en el segundo (de junio de 1925) se fue más selectivo, sobre todo en la parte gráfica (dirigida por el propio Marlet). Ambos almanaques, muy cuidadosamente editados y encuadernados con cierto empaque, se imprimieron en la ya por entonces muy prestigiosa imprenta Joan Sallent.

Es el momento en que nace la editorial La Mirada, en la que Marlet tuvo una implicación de primer orden (diseños de la maqueta, cubiertas, logo) e ilustra para esta iniciativa muchos de los libros y diversos dípticos, como por ejemplo una edición del poema de Obiols «Llegenda del pirata que esdevingué ermità» (aparecido previamente en el Diari de Sabadell en el número especial de Navidad de 1924) acompañado de «El rústic villancet» de Josep Carner (1884-1970).

También de 1925 son las xilografías de L’aire daurat. Interpretacions de poesía xinesa, del traductor, crítico y poeta Marià Manent (1898-1988), que publicaría Atenes A. G. en 1928 y de la que tiraría quinientos ejemplares numerados en papel Offset A. G. P. con los cantos dorados. En enero de ese mismo año y hasta marzo de 1927 se desarrolló la andadura de la Revista de Poesía, dirigida por Manent, con Fages de Climent como secretario de redacción y Jaume Bofill i Ferro, Anna Maria de Saavedra y Tomás Garcés entre sus redactores y en la que colaborarían Josep Carner, Carles Riba, Josep Lleonart, etc. Ricard Marlet colaboró en la ilustración de las portadas.

El tren. Paisatge de conreus, grabado fechado en 1922.

Durante esa segunda mitad de la década, Marlet se dedica con intensidad al trabajo de grabador para libros, y no sólo de La Mirada; así, ilustra por ejemplo dos libros de Josep Puig Bosch (1889-1976), conocido como el Pare Hilari d’Arenys: Les eixides (1928), prologado por Apel·les Mestres y publicado por Lluís Gili, y La vall de Núria, que incluye numerosas fotografías de J. Canals y J. Mª Guilera, publicado por la Editorial Ibérica el año siguiente.

Aun así, le queda tiempo también para integrarse en la redacción artística de la que probablemente sea la mejor revista infantil del noucentisme, Jordi (febrero-agosto de 1928), dirigida inicialmente por Melcior Font (1902-1959) —luego sustituido por el infatigable Clovis Eimeric (1882-1952)— y en la que su nombre coincide con el de los escritores Josep Carner, C[èsar] A[ugust] Jordana (1893-1958), Carles Riba (1893-1959), Armand Obiols, Carles Soldevila (1892-1967) y los artistas Lola Anglada (1896-1984), Xavier Nogués (1873-1941), E[nric] C[ristòfor] Ricart (1893-1960) y, entre otros, Josep Obiols (1894-1967), autor de la cabecera.

De los años previos a la guerra civil resultan muy interesantes las doce planchas de gran formato (19 x 13) destinadas a un Quijote proyectado por The Limited Editions Club, creado en 1929 por George Macy (1900-1956) y que contaba con John Flass (1890-1973) para el diseño de sus ediciones. Actuó como mediador de este proyecto cervantino, que debía imprimirse en la Oliva de Vilanova, el poeta Marià Manent, que lo encargó inicialmente a E.C. Ricart. Se celebró incluso una reunión en mayo de 1931 con Macy en el Hotel Ritz de Barcelona en el que se le ofrecieron mil dólares por una cuarentena aproximada de grabados. Por entonces Ricart estaba inmerso en la creación de lo que sería la edición de Gili de La vida es sueño y del Poema de Nadal de Josep Maria de Sagarra que publicaría en 1931 la Llibreria Catalònia, pero aun así aceptó el encargo. Por motivos no del todo claros, los hermanos Vilanova encargaron el trabajo (36 grabados) a Ricard Marlet, que ese mismo año entregaba doce grabados correspondientes a nueve capítulos del primer volumen, dos del segundo y el frontispicio. Así las cosas, se pensó en una edición con grabados de ambos artistas, pero Marlet se sintió traicionado porque nada sabía de esos tratos y acabó demandando judicialmente a la Oliva, lo que obligó a los impresores a prescindir de sus obras y encargar a toda prisa a E.C. Ricart más grabados (la edición acabó saliendo sólo con obras suyas, veintinueve, en agosto de 1933), quien por esta obra fue objeto de más de una acusación de plagio.

Ilustración para el calendario publicitario de 1927 de la Impremta Sallent (en ocasiones se ha atribuido, erróneamente, a Josep Obiols).

Con la llegada de la guerra (durante la que diseñó por ejemplo el papel moneda de Sabadell) y el consecuente traslado de Marlet a la cercana Matadepera, se inicia una nueva etapa en la trayectoria del polifacético artista, que vale la pena tratar con un mínimo detenimiento.

Fuentes:

AA.VV., Ricard Marlet. Exposició del centenari (1896-1996), Museu d’Art de Sabadell-Fundació Caixa de Sabadell, 1996.

Anton Carbonell, «La Colla de Sabadell: “La qüestió es no estar mai parat»», Visat. 29 (febrer 2020), pp. 18-24.

Una de las ilustraciones de Marlet para el Almanach de 1925.

Marc Comadran Orpi, El procés d’expansió del noucentisme cap a les «segones ciutats». El cas de Sabadell (1910-1923), tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2004.

Ana Fernández, «Ricard Marlet. Un centenari que ha valgut la pena», Quadern de les Idees, les Arts i les Lletres, núm. 107 (1996), pp. 316-317.

Montse Frisach, «Papers que parlen.70 anys d’història de Sabadell a través de la impremta Sallent», El Temps, 15 de enero de 2022.

Jaume Mercadé i Vergés, «Ricard Marlet i Saret (Sabadell, 1896- Matadepera 1976», Quadern de les Idees, les Arts i les Lletres, núm. 104 (febrero de 1996), p. 159.

Ferran Sanz Lou, La projecció internacional d’Enric Cristòfor Ricart com a gravador, Vilanova i la Geltrú, Fundació Privada del Foment Vilanoví (Colección Garivaldina 1), 2010.

Antoni Trallero i Alòs, «Algunes consideracions a l’entorn dels “Goigs en honra dels nassos més respectables de Sabadell» Arraona: revista d’història, núm 14 (1982), pp. 30-34

La Biblioteca Sabadellenca

«Uno es siempre de donde hizo el bachillerato; de donde se hizo hombre»

Max Aub

Es evidente que el momento álgido de la edición en la ciudad de Sabadell ha quedado indeleblemente asociado a la creación por parte de la Colla de Sabadell (Francesc Trabal, Armand Obiols, Ricard Marlet, Joan Oliver, etc.) de la editorial La Mirada. Sin embargo, el historiador Josep Lluís Martín i Berbois argumentó bastante convincentemente ya en 2006 hasta qué punto esta editorial fue una réplica a otra iniciativa de notable entidad, la Biblioteca Sabadellenca.

Creada por el librero y escritor Joan Sallarès i Castells (1893-1971) y el periodista Joan Costa-Jussà i Deu (1883-1938), de los que solo el segundo militaba en La Lliga (desde 1907), el origen de la editorial está en una tertulia predominantemente afín a este partido y el primer libro responde, a decir del prólogo, a un encargo o demanda de la Lliga Regionalista local.

El primer libro, un volumen de 19 x 13 encuadernado en cartoné, aparece fechado en la cubierta en 1924, si bien según el colofón se terminó de imprimir —en la muy prestigiosa empresa de Joan Sallent (1879-1936)— en enero de 1925, lo que permite asegurar que llegaría a los lectores ese año (el mismo en que se estrena La Mirada). Se trataba de una obra del dramaturgo, poeta, bibliotecario y archivero municipal Manuel Ribot i Serra (1859-1925) que se tituló Poesies, y de cuya selección figuran como responsables Sallarès y Costa. El volumen se había planteado como un homenaje de La Lliga Regionalista al célebre autor local y se había abierto para ello una suscripción, que añadida a la enorme repercusión que tuvo en la prensa hizo que el libro se convirtiera en un éxito.

Conviene añadir que una de estas primeres críticas, aparecida en marzo de ese año, se publica en la Revista de Sabadell, fundada por el propio Ribot y la firmaba el historiador y filosofo Miquel Carreras (1905-1938), quien dos años más tarde aparece en la misma colección como prologuista del poemario de Josep Cardona Agut Terrals y en 1930 como autor de Línies d’història ciutadana. Tampoco estará de más añadir que Carreras era sobrino de Joan Costa-Jussà, lo que si hiciera falta vendría a confirmar el carácter casi grupal y muy endogámico de este proyecto editorial.

El segundo volumen fue de nuevo de Ribot, y es particularmente interesante por entrar en el terreno de la poesía jocosa, que caracterizaba a quienes podían considerarse hasta cierto punto su competencia, el Grup o Colla de Sabadell. Su título era inequívoco, Garbuix: poesies festives i humorístiques, y era una edición aumentada del libro que el autor ya había publicado en 1905 en la imprenta del pionero Pere Tugas Marca (¿?-1911).

Los dos número siguientes son de la poeta Agnès Armengol Altayó (1852-1934), un nuevo homenaje de la Lliga titulado Sabadellenques i altres poesies (1925), cuya selección corrió de nuevo a cargo de Costa y Sallarés, y Redempció; poema (1925), prologado por Josep Lleonart (1880-1951), quien ya a principios de siglo se había hecho famoso por sus versiones en verso de obras wagnerianas y sus versiones de Goethe y que en 1925 publicaba en la Llibreria l’Arc de Berà Dos ànimas, del premio Nobel de 1910 Paul Heyse (1830-1914). Y a ellos hay que añadir como séptimo número Els dies clars: petits poemes (1926), con prólogo de mosén Anton Navarro y en cuyo colofón figura solo Joan Costa i Deu como director de la Biblioteca Sabadellenca.

Mayor empaque tenía el prologuista del siguiente número, el quinto, el poeta Josep Mª López-Picó (1886-1959), quien presenta una nueva edición de homenaje, los póstumos Poemes de Joaquím Folguera (1893-1919), con quien en su momento López-Picó había fundado la muy influyente La Revista (y las Edicions de La Revista). Años más tarde, en 1934, el número trigésimo de la colección lo ocuparía otro libro de Folguera, La lírica catalana moderna, prologado por Octavi Saltor (1902-1982), que acaso sea el mismo que en el ya mencionado Els dies clars se anuncia en las páginas finales como en preparación con el título Articles y prólogo de Josep Carner.

También el prologuista del sexto resulta sorprendente, Joan Oliver, que presenta otro de los homenajes de la Lliga, en este caso al poeta y dramaturgo Joan Trías Fàbregas (1883-1955) publicándole el poemario Les hores quietes (1925), con un retrato del autor obra del pintor y grabador también sabadellense Antoni Vila Arrufat (1894-1989) en el frontispicio. Y resulta hasta cierto punto sorprendente porque estas intervenciones tanto de Oliver como de Vila Arrufat en un libro de la Sabadellenca ponen de manifiesto las colaboraciones o trasvases de relaciones entre este proyecto editorial y el que por entonces acababa de poner la Colla de Sabadell, La Mirada.

El año 1925, pues, se salda con un promedio de un libro cada dos meses, y hasta 1928 se mantendrá un ritmo de publicación similar (cuatro títulos en 1926, seis de nuevo en 1927, cuatro en 1928 y dos solo en 1929 para ya no remontar). Ciertamente, como señaló Josep Lluís Martin i Berbois, a la larga han sido más famosos y reconocidos algunos de los prologuistas de estos libros —el dramaturgo Ignasi Iglesias (1871-1928), el crítico Manuel de Montoliu (1877-1961) o el poeta Joan Mínguez (1900-1961), por ejemplo— que sus autores (Pere Salom Morera, Joaquim Guiu, Camil Geis…), sobre todo en lo que se refiere a los libros publicados en los años veinte.

Con el número octavo se rompe el hábito de publicar sólo poesía: La bogeria i altres comèdies (1926), de Josep Got Anguera (1861-1908), quien había publicado el grueso de su obra a través de la imprenta de Joan Comas Faura. Además del drama en tres actos que da título al volumen (estrenado en el Romea el 14 de enero de 1895), incluía la comedia en un acto La Dideta (publicada en 1900 en la Llibreria de l’Arc de Berà) y el cuadro de costumbres inédito (del que se conserva un manuscrito en la Biblioteca de Catalunya) La Societat del bon apreci o Ball de la punyalada, así como un prólogo del periodista e historiador local Pere Martí y Peydró (1886-1932) y, como todos los volúmenes, un retrato del autor en el frontispicio (en este caso una fotografía).  

De los títulos posteriores, resulta curiosa la presencia de Pilar Tous de Cirera (Pilar Tous i Forrellad, 1899-1993), tanto como autora debutante con el poemario Vergeret d’abril (1934), prologado por Joan Arús (1891-1982), como autora de un libro (Poesia) prologado por el poeta, compositor y organista de la iglesia de Sant Fèlix de Sabadell Camil Geis (1902-1986) que quedó inédito cuando la colección desapareció como consecuencia de la guerra civil pese a haberse anunciado reiteradamente desde mayo de 1936 en las páginas de La Veu de Catalunya su aparición ese otoño. A no ser que el contenido de ese proyectado libro fuese el que luego compuso Figures i paisatge (1943), con el que obtuvo la Flor Natural en la Festa de les Lletres celebrada en el Teatre Euterpe de Sabadell (la primera que se celebraba tras la guerra) y del que, según la autora, se hizo una tirada limitadísima (menos de veinte ejemplares, uno de ellos en papel Japón y el resto en papel de hilo) con diecisiete ilustraciones del xilógrafo sabadellense Ricard Marlet (1896-1976).

En cuanto a la presencia femenina en la colección, al margen de los casos mencionados de Agnès Armengol y Tous i Forrellad, hay que añadir el prólogo que la sufragista y adalid del feminismo Carme Karr (1865-1943) escribió para la novela Tot cendra, de Pere Salom Morera (1883-1950), que se publicó en 1931 como número 24.

En cuanto a los frontispicios, que a menudo reproducen fotografías de los autores, tiene particular interés el hecho de que tres de ellos sean obra de Vila Arrufat: además del ya mencionado Les hores quietes (1925), los dos volúmenes del Ideari del Doctor Sardà, de Joan Ugas, con prólogo de Lluís Carreras el primero (1927) y de Manuel de Montoliu el segundo (1930). El vínculo de Vila i Arrufat con este grupo se extiende además a otro de los libros especialmente interesantes de esta colección, La jove pintura local (1927), un volumen de 238 páginas profusamente ilustradas en blanco y negro fuera de texto, en el que se pasa revista a artistas como los entonces jóvenes Joan Vila Puig (1890-1963), Rafael Durancamps (1891-1978), Jaume Bassa (1900-1961), Josep Vives Bracons (1902-1985), vinculado como Vila Arrufat a la Colla de Sabadell y colaborador de La Mirada, Màrius Vilatobà (1907-1969), que en 1925 había expuesto por primera vez (a los dieciocho años) y al final de la guerra civil iniciaría un periplo por Francia, Buenos Aires y México, y repasa más sucintamente la obra de Francesc Planas Dòria (1879-1955), Ricard Marcet (1890-1939), Enric Palà (1891-1974), el ya mencionado Ricard Marlet y a los jovencísimos Esteve Valls Baqué (1910-1994) y Molins de Mur (1911-2006).

Se ha debatido cuántos títulos componen la Biblioteca Sabadellenca. A los treinta y uno más conocidos, Josep Lluís Martín i Berbois señalaba la necesidad de añadir el de homenaje al acuarelista y profesor Joan Vila Cinca (1856-1938), padre precisamente de Vila Arrufat, que se publicó en 1936 como número 34 y recoge los actos de homenaje y numerosas ilustraciones. Sin embargo, es posible que sean incluso más, pues hay algunos, como advierte Josep M. Benaul, que no aparecen numerados y que por la presentación y el diseño de cubierta parecen formar parte de otra serie, como es el caso de —cuanto menos— Línies d’història ciutadana (1930), de Miquel Carreras i Costa-Jussà (1905-1938), y El Dr. Sardà i Salvany i la fundació de la Casa-Asil de les Germanetes dels Avis Desemparats de Sabadell (1931), de Lluís Berenguer. Y añádase a ello la colección Els Nostres Goigs. Aún quedan, pues, cuestiones por esclarecer acerca de este proyecto editorial y sobre la eclosión editorial sabadellense que Benaul atribuye a la confluencia de tres factores: la revitalización de la actividad intelectual en el ámbito de las izquierdas (Editorial La Fona, Biblioteca Germinal, Crisol), la aparición de la Colla de Sabadell (y de La Mirada) y, en lo que aquí atañe, la vitalidad de la creación literaria y ensayística conservadora local. Ciertamente, parece tratarse más bien de una confluencia que de polos enfrentados o en pugna.

Fuentes:

Joan Alsina i Giralt, «Joan Sallarès i Castells, 1893-1971. Assaig de biografia», Arrahona, tercera época, núm. 6 (primavera de 1990), pp. 47-64.

Lluis Bonada, «Industrial i lletraferida», El Temps, núm. 1471 (21 de agosto de 2012), pp. 50-52.

Àngels Casanovas i Romeu, Miquel Carreras i Costajussà (1905-1938): passió i compromís, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2011.

Josep M. Benaul Berenguer, «Autors, editors i impressors a Sabadell, 1850-1975. Nota histórica», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Josep Lluís Martín i Berbois, «La Biblioteca Sabadellenca. Una editorial al servei d’un partit», Els Marges, núm 80 (2006), pp. 31-48.

M. Àngels Solà Vidal, «Catàleg de la Colecció Esteve Renom-Montserrat Llonch», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Apéndice: Títulos de la Biblioteca Sabadellenca (recogidos a partir del catálogo preparado por M. Àngels Solà Vidal mencionado en las Fuentes).

1 Manuel Ribot i Serra, Poesies, selección de Joan Costa i Deu i Joan Sallarès. Edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 189 pp.

2 Manuel Ribot i Serra, Garbuix: poesies festives i humorístiques, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 115 pp.

3 Agnès Armengol Altayó, Sabadellenques i altres poesies, selección de Joan Costa i Deu i Joan Sallarès. Edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 192 pp.

4 Agnès Armengol Altayó, Redempció: poema, prólogo de  Josep Lleonart Imprenta de Joan Sallent, 1925,168 pp.

5 Joaquim Folguera Poal, Poemes, prólogo de Josep M. Lòpez-Picó. Edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 154 pp.

6 Joan Trías Fábregas, Les hores quietes: poemes, selección de Joan Oliver Sallarès, frontispicio de Joan Vila Arrufat, edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 187 pp.

7 Agnès Armengol Altayó, Els dies clars: petits poemes, prólogo de mosén Anton Navarro, Imprenta de Joan Sallent, 1926, 193 pp.

8 Josep Got Anguera,  La Bogeria i altres comèdies, prólogo de Pere Martí i Peydró, incluye La Bogeria, La Dideta y La Societat del Bon Apreci o el Ball de la punyalada, Imprenta Joan Sallent, 1926, 190 pp.

9 Pere Salom Morera, Com nosaltres perdonem…, prólogo de Ignasi Iglesias,  Imprenta de Joan Sallent, 1926, 174 pp.

10 Agnès Armengol Altayó, Rosari antic: tradicions i records, prólogo de Anton Busquets i Punset y nota biográfica de Margarida Costa, frontispicio de Lluïsa Vidal,  Imprenta de Joan Sallent, 1926, 240 pp.

11 Joan Ugas, Ideari del Doctor Sardà i Salvany: volum I, prólogo de Lluís Carreras, ilustraciones de Antoni Vila Arrufat, Imprenta de Joan Sallent, 1927, 207 pp.

12 Josep Cardona Agut, Terrals: poesies, prólogo de Miquel Carreras, Imprenta de Joan Sallent, , 1927, 208 pp.

13, El Doctor Sardà i Salvany: memòries i records, prólogo de Joan Ugas, Imprenta Joan Sallent, 1927, 225 pp.

14 Josep Cardona Agut, Cançons i moralies, prólogo de Lluís Bertran i Pijoan, Imprenta Joan Sallent, 1927, 210 pp.

15 Joan Matas Munné, La Jove pintura local, Imprenta Joan Sallent, 1927, 238 pp.

16 Pau Griera Cruz, L’estàtua viva i altres narracions, prólogo de Joan Trias Fàbregas, Imprenta Joan Sallent, 1927, 182 pp.

17 Pau M. Turull Fournols, Eurítmia: poemes,  prólogo de Manuel de Montoliu, Imprenta Joan Sallent, 1928, 122 pp.

18 Josep Cardona Agut, Lliris blaus, prólogo de Pere Verdaguer, Imprenta Joan Sallent, 1928, 226 pp.

19 Joan Sallarès Castells, Ànimes i accions, prólogo de Joan Mínguez, Imprenta Joan Sallent, 1928, 222 pp.

20 Agustí Rius i Borrell, Sabadell: monografia, prólogo de F. de P. Xercavins, Imprenta Joan Sallent, 1928, 163 pp.  En el colofón se menciona como traductor a Agustí Rius i Tarragó.

21 Joaquim Guiu i Bonastre, La Parròquia de la Puríssima Concepció: monografia, prólogo de Lluís Carreras, Imprenta Joan Sallent, 1929, 212 pp.

22 Josep Puig Cassanyes, La Pretèrita collita, prólogo de Joan Sallarès, Imprenta Joan Sallent, 1929, 182 pp.

23 Joan Ugas, Ideari del Doctor Sardà i Salvany: volum II, prólogo de Manuel de Montoliu, il·lustracions de Antoni Vila Arrufat, Imprenta Joan Sallent, 1930, 191 pp.

24 Pere Salom Morera, Tot cendra, prologo de Carme Karr, Imprenta Joan Sallent, 1931, 158 pp.

25 Camil Geis, Camil Balades i cançons, prólogo de Octavi Saltor, Imprenta Joan Sallent, 1931, 188 pp.

26 Josep Cardona Agut, Històries i fantasies, prologo de Anton Busquets i Punset, Imprenta Joan Sallent, 1931 en el colofón; 1932 en la sobrecubierta, 214 pp.

27 Joan Trias Fàbregas, Del meu voltant: poemes, prologo de Anton Busquets i Punset. , Imprenta Joan Sallent, 1932, 142 pp.

28 Frederic Martí Albanell, Notes històriques de la Parròquia de Sant Feliu de Sabadell, prologo de mosén Josep Cardona, Imprenta Joan Sallent Succr., 1933, 241 pp.

29 Pilar Tous de Cirera, Vergeret d’abril: poesies, prologo de Joan Arús, Imprenta Joan Sallent Succr., 1934, 163 pp.

30 Joaquim Folguera Poal, La lírica catalana moderna: estudis, prologo de Octavi Saltor, Imprenta Joan Sallent Succr., 1934, 141 pp.

31 Camil Geis, Glossari de pietat: poesies, prólogo de mosén Pere Verdaguer, Imprenta Joan Sallent Succr., 1935, 214 pp.

32 Joan Vila Cinca: llibre d’homenatge., Imprenta Joan Sallent Succr., 1936, 197 pp.

s/n Lluís Berenguer, El Dr. Sardà i Salvany i la fundació de la Casa-Asil de les Germanetes dels Avis Desemparats de Sabadell, Imprenta Joan Sallent, 1931, 37 pp.

s/n Miquel Carreras i Costajussà, Línies d’història ciutadana, Imprenta Joan Sallent, 1930, 55 pp.

Hay constancia de que se preparaba, por lo menos, un libro de poesía de Tous i Forrellat prologado por Camil Geis. Convendría repasar sistemáticamente las páginas finales (donde se anuncian títulos en preparación) de todos los ejemplares para identificar otros proyectos que no llegaron a publicarse.

Joan Comas Faura, una imprenta y grupos anarquistas en Sabadell

Casa Calvet.

Del arquitecto modernista Juli Batllevell i Arús (1864-1929), discípulo de Lluís Domènch i Montaner (1849-1923) y ayudante de Antoni Gaudí (1852-1926) en la Casa Calvet, por ejemplo, es sobre todo conocida la parte de edificios barceloneses, como la Casa Teodor Prat (1899), la Casa Martí Trías i Domènech del Parc Güell (1903) o la Casa Antònia Burés (1906), pese a que ya antes de obtener en 1895 la plaza de arquitecto municipal de Sabadell había dejado numerosos e importantes edificios en su ciudad natal: la Escola Enric Casassas, les Voltes de l’Oliver (actualmente Casal Pere Quart), la fachada posterior del Ayuntamiento, el Hotel Suizo, la Casa Prats, el Café y el Teatre Euterpe, etc., así como un edificio hoy ya desaparecido en lo que era la confluencia de la Rambla con la calle Lacy que originalmente se destinó a almacén de Vinos Oliver, que era una de las muchas iniciativas empresariales del padre del luego famoso escritor Joan Oliver (Pere Quart), Antoni Oliver Turull.

El Hotel Suizo de Sabadell.

Este peculiar almacén se arrendó a uno de los impesores más innovadores y famosos de finales del siglo XIX, Joan Comas Faura, cosa que hizo que el edificio se conociera como Imprenta Joan Comas Faura hasta que al término de la guerra civil el edificio fue derribado (al mismo tiempo que el edificio contiguo, el Centre Català de Sabadell, también obra de Batllevell).

Barcelonés nacido en 1861, Joan Comas Faura se trasladó a Sabadell en 1883 para incorporarse a la Imprenta de Joan Baqués i Fills, pero muy poco tiempo después montaba una imprenta y litografía propia en la calle Campmany e incorporó a su hermano e impresor Josep, que también se instaló en la capital vallesana.

Uno de los primeros trabajos de Comas fue la pionera pero efímera Revista de Sabadell (29 de marzo a 2 de abril de 1885) y se convirtió desde el principio en el impresor de referencia del dramaturgo de Reus establecido en Sabadell Josep Got Anguera (1861-1908), de quien imprimió obras como Enredos  (estrenada en el Teatre Parreño en octubre de 1886), el monólogo Cosas del dia (1887), el drama en verso en tres actos Muralla de Ferro (estrenada en el barcelonés Teatre Novetats en 1888) y el drama entres actos en prosa La bogeria (1895).

Pero ya antes, desde mayo de 1883, Comas Faura se hizo cargo de la impresión de la publicación anticlerical del Cercle Cooperatiu Recreatiu de Sabadell Los desheredados. Órgano de todos los que aman la verdad y el bien, que hasta entonces se imprimía en los talleres del mencionado Joan Baqués y que en septiembre de ese mismo año 1883 cambiaría el subtítulo a «Periódico Defensor de la Federación Española de Trabajadores» y en noviembre de 1884 a «Periódico Anárquico Colectivista». Era su director en aquellos años, y uno de sus más activos escritores con diversos seudónimos, el ceramista Marian Burgués i Serra (1851-1932), que en 1876 había regresado de su exilio para instalarse definitivamente en Sabadell. Una de las peculiaridades de Los Deheredados entre las publicaciones periódicas de su tiempo fue la inclusión de obra poética, acerca de la que escribe Àlex Claramunt Soto, «Este tipo de textos fortalecían la relación entre el medio y los lectores, al que se instaba a contribuir a la elaboración de los contenidos; otorgaban mayor variedad a la maquetación y, en resumen, hacían el semanario más atractivo».

Según Antonio Santamaría, «entre 1884 i 1900 [Joan Comas] fue el impresor local de mayor producción a quien se atribuye la introducción de la impresión de relieve en acero y la litografía ófest», y buena prueba del crecimiento imparable de la empresa es que a la altura de 1902 llegaría a tener registrados setenta obreros (si bien en 1913 se habían reducido a 54).

Estrechamente vinculado a la Agrupación de Propaganda Socialista, a partir de 1886 Joan Comas se convierte en el impresor de una colección de folletos de entre doce y sesenta y cuatro páginas (y un formato de 17 x 12) de esta organización, que se abre con uno de los primeros textos de Anselmo Lorenzo (1841-1914), ¿Acracia o república? (1886), y entre los que figuran obras de Cels Gomis Mestre (1841-1915), Élisée Reclus (1830-1905), Juan Serrano y Oteyza (1837-1886) y una edición anónima del Entre campesinos de Errico Malatesta (1853-1932) traducida por E. Álvarez.

Sin embargo, eso no obsta para que también en 1886 empiece a ocuparse de la impresión del Boletín de la Academia Calasancia de las Escuelas Pías de Sabadell.

De 1887 son dos folletos de la sucursal en Sabadell del Centre Català del republicano federalista Valentí Almirall (1841-1904): el libro de 98 páginas Festa inaugural del Centre Català de Sabadell (que se celebró los días 26 y 27 de marzo), firmado por el entonces muy joven activista Antoni de Paula Capmany i Borri (1858-1912), y el Manifest. Documents complementaris, de cuarenta páginas y aparecido en septiembre de ese año y que puede considerarse el número cero de una nueva publicación.

A partir del 4 de septiembre de 1887 Comas empieza a encargarse de la que será una las publicaciones más importantes de Sabadell en ese período, Lo Catalanista, subtitulada «Semanario defensor de los intereses morales y materiales de Catalunya» y dirigida por el mencionado Capmany. Ya en el primer número aparece un muy informativo anuncio publicitario en el que aún se indica como dirección Capmany 18 (talleres) con una sucursal en la Rambla 70, y se presenta como Tallers de Imprenta, Litografia, Encuadernacions, lo que le permite prometer una entrega a las 48 horas de recibido el encargo. Se ofrecen además todo tipo de materiales de papelería, impresos destinados al comercio (facturas, papel pautado, talonarios, cajas archivadoras…). En 1890 publicaría un volumen de 172 páginas con el título Aplech de poesías publicadas en Lo Catalanista.

También aparece su imprenta como encargada a partir de 1889 de muchas publicaciones del grupo anarquista barcelonés El Productor (muy relacionado a su vez con la mencionada Agrupación y también con el Grupo Benevento), sobre todo de títulos de la Biblioteca del Productor, y ya en octubre de 1892 de la publicación anarcocomunista más importante de Sabadell, Ravachol. Periódico anarquista, que era de suscripción voluntaria y que según declara la cabecera «Este periódico aparecerá cuando pueda», decisión muy oportuna porque apenas pudo publicar dos números antes de ser clausurado y sustituido en enero del año siguiente por El Eco de Ravachol. Iniciado como folletín de los números de Ravachol, en 1892 aparece en volumen el relato anónimo Primero de mayo. Sueño de un burgués, incluido en la Biblioteca del Proletariado.

Y eso no quita para que en 1890 le imprima a Juan Fábregas Sala su Sermón sobre la influencia de la Música Cristiana en la santificación de las almas.

En 1902 se convierte en el pionero de la impresión en tricomía, para un cartel de la Festa Major de Sabadell, y dos años después se traslada al edificio de Batllevell, donde una de las primeras cosas que hace es instalar un motor de gas Dudbridge de siete caballos, lo que le convierte en uno de los primeros impresores —si no el primero— en mecanizar su actividad. La pasión por el motor tendría continuidad en cuanto abandonó el negocio —al parecer, en 1913 y como consecuencia de una huelga de cinco días en la imprenta—, pues fue el creador también del primer autobús urbano de Sabadell.

Quizá el momento culminante de la carrera de Joan Comas Faure fue la obtención de una medalla de bronce en la Exposición Internacional de las Artes Gráficas y de la Industria del Libro de Leipzig de 1914 por cuatro tricomías, catálogos y libros. Sin embargo, no es mérito menor haber sido cantera de una pléyade de profesionales de las artes gráficas que protagonizarían un momento álgido de la edición en Sabadell.

Con él se formó por ejemplo el pintor y dibujante sordomudo Ricard Marcet i Picard (1890-1939), autor de los cuadernos de referencia en la enseñanza del dibujo (para la Editorial Muntanyola) y que en Comas se dedicó sobre todo al dibujo litográfico. El impresor barcelonés Pere Tugas i Marca, llegó a Sabadell en 1885 y hasta 1892 trabajó en Comas, para luego asociarse con Magí Ribera y en  1894 se estableció por su cuenta (fue también impresor de Lo Catalanista). Los sabadellenses  Marià Martí Verdejo (1904-1976) y Pere Castañé Buxó (1906-1985) fueron ambos aprendices en Comas, el primero para ser luego cajista en Pere Montaner, impresor en Hostench y finalmente socio en Fábregas y Martí, y el segundo antes de convertirse en oficial en la otra gran imprenta de la ciudad, la de Joan Sallent, hasta que se convirtió en socio de Linograf. A ellos pueden añadirse Josep Elias Olivé (1893-1973), Antoni Jané Basuldo (1891), que luego fundaría la Noográfica, Marcel·lí Obradors y, sobre todo, el ya mencionado gran referente de la impresión en Sabadell en el siglo xx, Joan Sallent Prat (1879-1936).

Edificio de Batllevell en Sabadell que albergó la Imprenta de Joan Comas.

Fuentes:

Àlex Claramunt Soto, La prensa anarquista catalana (1881-1910). De la fundación de la FTRE a la fundación de la CNT, tesis, Universitat Autònoma de Barcelona, 2019.

Josep M. Benaul Berenguer, «Autors, editors i impressors a Sabadell, 1850-1975. Nota histórica», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Fran Fernández, «Ravachol, El Eco de Ravachol y lo que Josep Llunas logró unir (1892-1893)», Ser Histórico, 7 de agosto de 2021.

Francisco Madrid Santos, La prensa anarquista y anarcosindicalista en España desde la I Internacional hasta el final de la Guerra Civil, tesis doctoral Dept Història Cont, Facu Geo i Hist, UB, 1989.

Antonio Santamaria, «Els orígens de la prensa periódica», iSabadell, 1 de abril de 2018.

La editorial de Daniel Cortezo como factor determinante en el proceso creativo de «La Regenta»

De 1885 es la primera edición de La dama joven, de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), en un volumen prologado por la propia autora (fechado el 5 de septiembre de 1884 en La Coruña) y que incluye los relatos «La dama joven», «Bucólica», «Nieto del Cid», «El indulto», «Fuego a bordo», «El rizo del Nazareno», «La Borgoñona», «Primer amor», «Un diplomático», «Sic transit…», «El premio gordo», «Una pasión», «El príncipe Amado» y «La gallega».

Emilia Pardo Bazán.

Con dibujos de M[anuel] Obiols Delgado grabados por Thomás, e incluida en la muy prestigiosa colección Biblioteca de Artes y Letras, se trata del primer libro que publicó a Pardo Bazán el Establecimiento Tipográfico-Editorial de Daniel Cortezo y C.ª (con sede en el número 95 de la calle Ausiàs March de Barcelona), apenas un año después de la muy polémica La cuestión palpitante (impresa en Madrid a cargo de Victorino Sainz), que llevaba un prólogo de Leopoldo Alas (1852-1901).

A continuación, fue también la empresa de Daniel Cortezo la que se ocupó de las primeras ediciones de los libros de Pardo Bazán Los pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos (1886) y La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa (1887), lo que bastaría para que Daniel Cortezo ocupara un lugar de honor entre los editores decimonónicos, y en particular entre los impulsores del naturalismo.

Leopoldo Alas.

Sin embargo, el nombre de Cortezo suele aparecer asociado a otra edición tanto o más importante en este sentido, un poco anterior a esta, y que, como consecuencia del atropellado proceso editorial, fue sospechosa de haber sido pirateada, la de La Regenta (1884), de Leopoldo Alas, Clarín. En refuerzo de esta hipótesis de piratería se evocó por ejemplo una carta del escritor asturiano Armando Palacio Valdés (1853-1938) a Clarín de 1888 en la que le advertía que tuviera mucho cuidado porque, pese a que hacía ya tiempo que se había agotado la primera edición de La Regenta (al margen de una seriada en La Publicitat), Cortezo no la había reimpreso.

Josep Yxart.

La edición corrió a cargo de quien desde mediados de 1883 era el director literario de la colección, el prestigioso ensayista, traductor y crítico literario Josep Yxart (1852-1895). Fue Santos Sanz Villanueva quien advirtió ciertas diferencias entre ejemplares distintos del primer volumen de lo que parecía la primera edición del primer volumen, lo que puso sobre la mesa la posibilidad de que alguien (¿el propio Cortezo?) hubiera llevado a cabo una edición no autorizada por el autor. Se daba el caso de que términos que en unos ejemplares aparecían en cursiva, en otros aparecían en redonda; en algunos ejemplares se sustituían algunas palabras por sinónimos; en algunos pasajes se insertaban breves añadidos… Sin embargo, el caso tenía una explicación más simple que la sospecha de piratería, y José Luis Gómez la clarificó con detenimiento en su prólogo a la edición de La Regenta en la editorial Crítica (2006): resultó que estaba estrechamente vinculada al proceso creativo. Como se explica en el mencionado prólogo, la fe de erratas que se incluyó en el segundo volumen ya daba alguna pista, pues indica explícitamente que se trata de «erratas de algunos ejemplares del primer tomo», y que el propio Clarín cuantificó en 130. José Luis Gómez llevó un paso más allá el cotejo e identificó los siete pliegos en los que aparecían estas erratas, que en ningún caso afectaban ni a los doce primeros pliegos ni a los once últimos, así como el cambio de papel (de papel con pasta mecánica a papel con pasta química) a partir del pliego 23 y que fue el que se empleó también luego en el segundo volumen.

La muy convincente hipótesis de José Luis Gómez es que Cortezo, a la vista de las expectativas que estaba generando la obra, ampliara la edición inicialmente prevista y agotara el papel del que disponía (con pasta mecánica), de modo que gastó el papel con el que había previsto toda la obra para imprimir solo los doce primeros pliegos, y el resto (incluido el segundo volumen) lo hizo con papel de pasta química. Las galeradas corregidas por el autor llegaron cuando ya se estaban imprimiendo esos pliegos, de modo que se incorporaron las correcciones a pie de imprenta, pero hubo algunos pliegos sobre los que ya no hubo ocasión de intervenir.

Cubierta de la primera edición.

Aún añade José Luis Gómez otro detalle que refuerza su fundamentadísima explicación: Si bien el único dibujante acreditado es Joan Llimona (1860-1926) y Enrique Gómez Polo (1841-1911) como grabador, a partir del capítulo XXVI del segundo tomo las ilustraciones son de Francisco Gómez-Soler (c. 1860-1899). En el aspecto gráfico, lo que más juego ha dado ha sido el aún inexplicado satisfactoriamente contraste entre el boceto de la cubierta y el acabado final, pues si bien en el boceto original de Llimona (a lápiz y coloreado con guache sobre papel, y unas medidas de 21 x 13,5) aparece un personaje inequívocamente mefistotélico cubriéndose el pelo, en el resultado final se muestra lo que podría ser un trovador que muy poco tiene ver, ni metafóricamente, con el contenido de la novela. Al parecer, el responsable de la versión última fue Francesc Jorba Curtils (1850-¿?), reputado dibujante especializado en crear planchas matrices para encuadernación industrial y colaborador habitual de Cortezo en la Biblioteca Artes y Letras, pero sigue siendo un enigma el motivo del cambio, que en cualquier caso orientó (o desorientó) algunas de las experiencias lectoras iniciales creando unas expectativas anacrónicas y absurdas. El cambio de dibujante, por otra parte, probablemente se debiera a la imposibilidad de Llimona de hacerse cargo de esta labor con la premura requerida.

Boceto de la cubierta.

Es bien sabido que el plan inicial de Cortezo, y también de Clarín, era publicar la novela en un solo volumen, pero en el momento que se llegó a ese acuerdo existía un pequeño inconveniente: la novela aún no estaba concluida. Así, pues, en cuanto tuvo escrito el material correspondiente a un volumen (en otoño de 1884) se decidió empezar a confeccionar un libro con lo que Clarín llevaba escrito (que cuantitativamente era lo estipulado, pero apenas era la mitad del proyecto narrativo), en lo que Sergio Beser (1934-2010) describió como «imposición de la editorial, y en contra de su voluntad [la de Clarín]». Se justifica así, además, que en carta no fechada de entre abril y julio de 1884 escribiera a Pérez Galdós acerca de «una novela, vendida ya (pero no cobrada)». Mientras tanto, el autor proseguía la escritura (y en diciembre corregía pruebas del primer volumen, sin abandonar tampoco su labor como crítico literario). Ese primer tomo empezó a circular aún en 1884, pero no se comercializó hasta enero de 1885. En mayo se ese año, Clarín concluye el segundo volumen, que se había ido editando en paralelo a la escritura y aparecería en julio de 1885.

Con motivo de la publicación de este segundo volumen, coincidente con la de las Obras escogidas de José Cadalso, el director de la Revista Contemporánea (1875-1907), R. Álvarez Sereix (1855-1946), destacaba implícitamente el papel que desempeñaba Cortezo en la publicación de los grandes nombres del realismo literario español: «No cabe duda que preside gran acierto a la elección de obras que hace la empresa editorial de D. Daniel Cortezo, y, por ende, de que verá premiados ésta sus afanes con el favor del público.»,  

Volviendo a esta división en dos tomos, impuesta o no por la editorial, tuvo varias consecuencias. En el terreno de la economía personal del autor, escribía Clarín al poeta en bable Pepín Quevedo (José Fernández Quevedo, 1849-1911), en carta fechada 21 de marzo de 1985, que le «han dado once mil reales, que es poco para dos tomos, pero algo para uno, que era lo que me habían pedido». Las consecuencias en la recepción crítica y de ventas de la obra ha sido muy estudiada, pues el lector decimonónico podía estar acostumbrado a seguir novelas seriadas en folletines, pero menos a esperar seis meses entre el inicio de una novela y su continuación, y más cuando el primero se destinaba sobre todo a recrear los ambientes, presentar a los personajes y plantear apenas el conflicto. Aun así, el pormenorizado estudio de José Luis Gómez le permite deducir que la primera edición debió ser de diez mil ejemplares, «tiraje muy elevado para la época, pero no excepcional», por lo que parece evidente que el éxito fue más que notable desde el primer momento y la primera parte de la novela tuvo una buenísima acogida. Con todo, el mayor interés está en las consecuencias propiamente literarias de esta división.

Desaparecidos al parecer tanto el manuscrito como las pruebas de imprenta, basta el distinto tempo narrativo de la segunda parte, sobre todo en su final, para aventurar que Clarín se esforzó en contenerse y ajustarse a la extensión de un segundo volumen similar al primero (y aún así el primero tenía 528 páginas y el segundo 592), con lo que nos encontraríamos ante un caso en que los procesos editoriales ‒¿«imposición de la editorial»?‒ se convirtieron en un factor determinante para que una de las novelas españolas más importantes del siglo XIX tuviera el ritmo (descompensado) y la forma que tuvo ya para siempre.

Fuentes:

R. Álvarez Sereix,  «Variedades. Publicaciones.», Revista Contemporánea, (julio-agosto 1885) vol. 58, pp. 82-90.

Sergio Beser, ed., Clarín y «La Regenta», Barcelona, Ariel, 1982.

José Luis Gómez, «El texto», en Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta, edición de José Luis Gómez, anotación y revisión de Rebeca Martín y con un estudio de Sergio Beser, Barcelona, Crítica (Clásicos Universales 10), 2006)

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Ángeles Quesada Novás, «La Regenta (1885) de Leopoldo Alas, Clarín. Ilustraciones de Juan Llimona y F. Gómez Soler», en AA. VV., Literatura e Imagen. La Biblioteca Artes y Letras, Santander, Ediciones de la Universidad de Cantabria, 2012, pp. 133-154.

María José Tintoré, «La Regenta» de Clarín y la crítica de su tiempo, prólogo de Antonio Vilanova, Barcelona, Editorial Lumen (Palabra Crítica 1), 1987.