Dos conflictos laborales en la Imprenta de Luis Tasso

Cuando al inicio de la guerra civil española, el Sindicato de Artes Gráficas de la CNT expropió la que había sido una de las imprentas más importantes y técnicamente más avanzadas del momento, la Tasso, apareció enseguida en las páginas de Solidaridad Obrera un extenso reportaje titulado «Historia de un despido en masa. El espíritu constructivo de la CNT», que en apariencia debía servir como justificación o cuanto menos de explicación de esa expropiación, y ya en sus primeros párrafos anunciaba por dónde iban los tiros:

Muerto [Luis] Tasso, débil su anciana viuda, el clásico yerno se había instaurado amo y señor. Curioso tipo. Balzac lo hubiera inmortalizado, si se puede inmortalizar la estupidez humana. No conocía «su» industria, no conocía la literatura, no tenía la menor idea de las artes del libro, ni del libro, ni apenas del alfabeto… ¡pero era un gran señor! ¡Con qué destreza montaba a caballo! […] Pero como no era más que todo un señor, la industria se le moría en las manos sin que él lo pudiera remediar. En los últimos tiempos, como quien da coces contra el aguijón, el yerno se afanaba trabajosamente en descubrir la enfermedad de «su» industria.

Luis Tasso i Gonyalons.

El yerno aludido es Alfons Vilardell Portuondo, quien a la larga acabaría por hacer un negocio redondo con la venta del edificio y la maquinaria en él acumulada durante la guerra, pero la empresa venía de una larga trayectoria. La inició Lluis Tasso i Gonyalons (1817-1880), nacido en Mahón y trasladado a Barcelona en 1835, quien tras formarse en la imprenta de Pedro Antonio Serra, y casarse con la hija del patrón, fue afianzándose primero como impresor y más tarde como impresor y editor, y de quien sabemos que ya en enero de 1861 disponía de cuatro imprentas mecánicas (concretamente de la marca Koënig), de las veinticuatro que había en Cataluña. En 1877, enfermo el fundador, se hizo cargo de la gerencia su hijo Luis Tasso i Serra (¿?-1906), quien pone al día la empresa en  el aspecto técnico y, entre otras innovaciones, añade una sección de fotograbado a color y crea diversas publicaciones periódicas (entre las cuales la revista ilustrada La Ilustración, cuya dirección cedió en 1890 a su hermano Torcuato, conocido sobre todo como traductor [entre otros, valga la paradoja, de Balzac]).  Muerto Tasso i Serra, la empresa pasó a manos de su esposa, Elena Matamala, con el nombre Viuda de Lluís Tasso, quien puso al cargo de la empresa al marido de su hija Magdalena, Alfons Vilardell.

Imagen de los talleres de composición.

De Vilardell, con la contribución de uno de los descendientes de la saga, nos ha dejado un perfilado retrato Romà Arranz en su excelente tesis:

Con él se inicia una etapa de crisis que llevará a la desaparición del establecimiento. Parece que su implicación en el negocio familiar no era muy intensa y que tanto la viuda como su esposa le dejaban absoluta libertad de actuación.

Había sido empleado de la casa. Su carrera política le alejaba de la mayoría de los trabajadores tipógrafos –de tendencia anarquista– por el hecho de ser un hombre de derechas, ultraconservador. Su actitud –según me explica Joan Tasso– era la de un comodón. De hecho, su imprenta dejaba mucho que desear.

En cuanto a la actividad económica, parece ser que sus inversiones no se dirigían hacia ningún otro lado que a los locales nocturnos. La belle époque y los felices veinte debieron de hacer el resto.

Eudald Canivell.

Lo cierto es que a lo largo de su historia la empresa ya había tenido que enfrentarse a momentos de conflictos con los empleados, y en particular lo que el propio Arranz, tomando el término de la prensa de la época, define como el «caso Tasso» y cuya primera aparición en prensa sitúa en el Boletín de la Sociedad Tipográfica a finales de 1881. Y es significativo que sea en el boletín de una sociedad destinada a aglutinar a cajistas, maquinistas y marcadores de clara tendencia libertaria, en la que figuraban, entre otros, Eudald Canivell (1858-1928), Anselmo Lorenzo (1841-1914) y Antoni Pellicer (1851-1916). Al parecer, la dirección había conminado a todos sus empleados, o bien a darse de baja de la tal sociedad, o bien a dejar la empresa, lo cual, lógicamente, fue fuente de roces y conflictos que se trasladaron enseguida a la prensa, pues los empleados mandaron una carta explicativa que fue reproducida, por lo menos, por El Diluvio y La Publicidad el 13 de diciembre de 1881, y en la que se explicaba también que para un total de diez máquinas y dos minervas se contaba con sólo seis ayudantes y ningún maquinista. Acababa explicando la carta:

Y como pudiera extraviarse la opinión pública creyendo que aquella casa había sido víctima de una colisión de sus operarios asociados, damos publicidad a estos hechos, poniendo al público por juez para que decida en esta cuestión quién ha sido el agresor y quiénes los agredidos.

El edificio de la popularmente conocida como “Casa Tasso”.

Los asociados, con el apoyo económico de la sociedad, deciden entonces abandonar la Tasso y se inicia entonces una serie de réplicas y contrarréplicas en la prensa entre los asociados y la empresa, de la que puede deducirse que el conflicto tenía su raíz en la negativa de Tasso a asumir las tarifas acordadas entre impresores, autoridad civil y los trabajadores en octubre de 1872, y ello conllevó luego, dada además la repercusión del conflicto en la prensa especializada nacional e internacional, que a Tasso le costara encontrar a profesionales dispuestos a trabajar con él, pues entre otras cosas los posibles postulantes sabían que sus nombres serían publicados en el Boletín de la Sociedad Tipográfica, del mismo modo que lo habían sido los de quienes habían optado por mantener el empleo y darse de baja de la Sociedad Tipográfica.

Sin embargo, lo cierto es que cuando se produce el  golpe de estado que provocó la guerra 1936, la de Tasso seguía siendo todavía una empresa de muy considerables dimensiones, con un imponente edificio de cinco plantas, aunque ya en graves dificultades que la habían llevado, a principios de julio de 1936 (apenas dos semanas antes del inicio de la guerra), a cerrar sus puertas y a dejar en manos de un Tribunal Mixto la decisión sobre las indemnizaciones a la cincuentena de empleados que por entonces tenía.

Recibo fechado en 1892.

Si hay que creer la versión de Solidaridad Obrera, una vez cerrada y acordadas indemnizaciones de un máximo del equivalente a un año de trabajo, los trámites administrativos se encallaron, y en julio de 1936 el Sindicato de Artes Gráficas decidió tomar las riendas de la empresa de manos de Vilardell, que no tardaría en abandonar el territorio nacional, y ponerla en manos de los obreros, que «nombraron un comité administrativo, formado por un camarada de la sección de cajas, otro de máquinas, otro de encuadernación, un cuarto por la oficina y un delegado con atribuciones directivas», e iniciaron así una etapa en la que contaron como clientes con sindicatos, ateneos, las Juventudes Libertarias y comités diversos dispuestos a pagar, ya no en el momento de la entrega de los trabajos, sino en el del encargo, con lo cual en seis meses pudieron saldarse las deudas pendientes con acreedores y empezar a cobrar los empleados el jornal completo, e incluso realizar algunas compras de maquinaria para trabajos especiales de numerado y timbrado, una guillotina e inició una renovación de los tipos de imprenta. Es sabido también que fue a parar a ese amplio edificio maquinaria diversa procedente de otras empresas requisadas.

El caso es que, al concluir la guerra, a su regreso en 1940 Vilardell pudo cerrar la empresa con un beneficio de nueve millones de pesetas como consecuencia de la venta del local y la maquinaria que contenía. Pas mal.

Fuentes:

Romà Arranz, “De la manufactura gráfica a la industria. La imprenta de Lluís Tasso”, en Pilar Vélez, ed., L’ exaltació del llibre al Vuitcents: art, indústria i consum a Barcelona, Barcelona, Biblioteca de Catalunya, 2008, pp.13-32.

Romà Arranz, Megalomania i obsolescència. Temporalitat de l´art a l´època de la seva reproductibilitat tècnica, tesis en la Facultat de Belles Arts de la Universitat de Barcelona, 2010.

Albert Isern, “Lluis Tasso, un tipògraf amb carrer a Barcelona”, Safaris Tipogràfics. Mon icònic, 7 de marzo de 2015.

Josep Janés i Olivé, “Aventuras y desventuras de un editor”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2004.

José March Fierro, “La imprenta de Luis Tasso en el corazón del barrio chino”, No te quejarás por las flores que te he traído, 1 de junio de 2015.

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Páginas Libres y la edición anarquista en Tolosa

Como es bien sabido, en la inmediata postguerra española Tolosa se convirtió en ciudad de acogida de numerosos anarquistas españoles y, según escribió Emma Torrent:

La labor de escritores y editorialistas fue muy importante en el Toulouse de los años posteriores a la Guerra Civil española. La actividad de los escritores conllevaba el trabajo de las editoriales. Escritores y editoriales formaban un perfecto tándem de proyectos e intereses. En cuanto a los escritores, cabe diferenciar los que ya eran conocidos en el ámbito del exilio republicano español en Francia como Federica Montseny [1905-1994] o Federico Urales [1864-1942], de los que se dan a conocer en el exilio, como Juan Mateu [1929-2009].

Un período particularmente fructífero en este sentido es el comprendido entre el momento de la liberación de Tolosa de manos de los nazis alemanes (producida el 20 de agosto de 1944) y el inicio de la década de 1950, pues en esos años aparecen en la ciudad, además de las estrictamente políticas, las publicaciones culturales periódicas España popular (1944-1945),  El Patriota del Sud-Oeste (1944-1945), Tiempos Nuevos (1944-1946),  Armas y Letras (1945-1948), Impulso (1945),  Nuestra Bandera (1945), Universo (1946-1948), La Novela Española (1947), M. U. R. (1946-1947), L’Espagne Républicaine (1948) y Letras españolas (1948), además del boletín bibliográfico de la Librairie des Éditions Espagnoles, de Antonio Soriano (1913-2005), Lee.

Esta prolífica actividad cultural del núcleo anarquista tolosano, que se expresó también mediante la creación de salas de arte como la Galería Antonio Alos, grupos teatrales como Iberia o más adelante Amigos del Teatro Español,  y en muy diversas asociaciones, cristalizó en algunas empresas editoriales que publicaron también libros y folletos, como fue el caso de Ediciones Ideas, Ediciones Tierra y Libertad, Editorial Cultura Obrera o las Páginas Libres de Fernando Pintado, que tenían su sede en la calle Conservatoire, número 6, y cuyo nombre tal vez aluda a la obra del mismo título que le valió al prosista peruano Manuel González Prada (1844-1918) ser excomulgado por la Iglesia católica.

Pese a los numerosos datos que se desconocen acerca de la biografía de Fernando Pintado (entre ellos las fechas de su nacimiento [¿1888?] y muerte), en el momento en que puso en marcha Páginas Libres contaba ya con una amplia experiencia en el mundo editorial que se remontaba, por lo menos a 1913.

Fernando Pintado.

A finales de ese año había puesto en pie en Barcelona, junto con Ángel Samblancat (1885-1963), el semanario y luego diario Los Miserables (1913-1915) subtitulado sucesivamente «Eco de los que sufren hambre y sed de justicia», «Diario de extrema izquierda», «Diario republicano de extrema izquierda» y «Periódico republicano independiente», en cuyo comité de redacción figuraron Mateo Santos (¿1891/1892?-¿1964?), Plató Peig (1884-1927), Gorkiano (Joan Salvat-Papasseit, 1894-1924), Lluís Capdevila (1893-1980) y Amichatis (Josep Amich i Bert, 1888-1965), entre otros, y tuvo colaboradores del calibre de Pablo Iglesias (1850-1925), Marcel·lí Domingo (1884-1939), José Nakens (1841-1926), Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) o Miguel de Unamuno (1864-1936).  En una novela escrita en el exilio (Perico en Las Ramblas) recordaría el propio Pintado acerca de Los Miserables:

Sin maquinaria propia, sin talleres adecuados y con escasos medios económicos, a fuerza de ingenio y de sacrificios de toda naturaleza lograba su director poner en circulación tres o cuatro mil ejemplares cada semana, cuyos lectores eran, al parecer, sobre todo obreros y estudiantes universitarios.

La redacción de Solidaridad Obrera en 1923. El segundo por la derecha es Pintado.

Ya este primer proyecto convirtió a Pintado en un habitual de las cárceles españolas, condenado por delitos de injurias al rey, delitos de lesa patria, atentados contra la opinión o delitos de prensa, pero no se arrugó. Inició la década de 1920 figurando como gerente del periódico La Tarde (1921) y posteriormente dirigió la revista madrileña Carteles y el Diario de la Nueva España, antes de crear la empresa Prensa Roja, uno de los conglomerados editoriales más importantes de su tiempo. En la colección de Prensa Roja Siluetas (1923-1924), inspirada en las Vidas de hombres ilustres de Romain Rolland, publicaron Samblancat, Felipe Aláiz (1887-1959) y unos jóvenes Arturo Perucho (1902-1956) y César González-Ruano (1903-1965), mientras que en la cincuentena de títulos de la colección de narrativa breve La Novela Roja ─no confundir con la de 1931 de Ceferino Avecilla─, que se estrenó con La inquisición de Sevilla, de Blasco Ibáñez, aparecieron los nombres de Federica Montseny, Federico Urales, César Falcón (1892-1970), Valentín de Pedro (1896-1966), Francesc Pi i Margall (1824-1901), Ángel Marsá (1900-1988), El Noi del Sucre (Salvador Seguí, 1886-1923), Ángel Pestaña (1886-1937), etc., junto a algunas traducciones de Máximo Gorki, Andreiev o Tolstoi, y a estas colecciones hay que añadir aún en el seno de Prensa Roja la muy extensa y divulgada Biblioteca para Obreros.

De nuevo en Barcelona, antes de la guerra civil dirigiría Pintado las Ediciones de La Rambla y los dos únicos números aparecidos de la revista anunciada como quincenal Reportajes ( en realidad, de enero y diciembre de 1935).

Concluida la guerra, Pintado pasó un tiempo indeterminado en un campo de concentración francés, antes de poder crear en Tolosa Páginas Libres, en muchos de cuyos títulos no aparece consignada la fecha de aparición, cosa que dificulta la reconstrucción de un catálogo en el que alternaban las grandes figuras del pensamiento político internacional (caso de Kropotkin) con algunos autores importantes del anarquismo español.

Tal vez sea de 1945, por ejemplo, la traducción de Los espectros de Leonid Andreiev (1871-1919), y es muy probable que también se cuenten entre las primeras publicaciones Rosarito, de Valle-Inclán, y La cardenala, reflejos de la vida crapulosa de los cardenales de la Iglesia romana, de un incógnito Tito Fóscolo, que en apariencia debían iniciar, respectivamente, las colecciones Novelas Célebres, Novelas Españolas y Novela. De Felipe Aláiz se publican en Páginas Libres Azaña: combatiente en la paz, pacifista en la guerra, Indalecio Prieto, padrino de Negrin y campeón anticomunista y La zarpa de Stalin en Europa, probablemente de mediada la década de los cuarenta los tres títulos (¿1947-1948?). Parece de las mismas fechas, aproximadamente, Historia de un crimen, ni Franco ni monarquía, de Restituto Mogrovejo (1891-1949) y suele aceptarse como fecha de impresión 1947 en el caso de la obra del propio Pintado Zarpazos, prologada por Salvador Cánovas Cervantes (conocido por sus detractores como Nini, porque «ni Cánovas ni Cervantes»), que recoge artículos previamente publicados en la revista CNT (de la que era Pintado era además administrador), entre 1946 y 1947. Del mismo modo que suele fecharse en 1948 su ya mencionada novela breve acerca del entramado de corrupción política de principios de siglo Perico en las Ramblas, que se publicó precedida de un prólogo de Samblancat.

También suelen fecharse en 1948 De Franco a Negrín pasando por el Partido Comunista: historia de la revolución española, de  Cánovas Cervantes, que al año siguiente partiría con destino a Venezuela, donde murió en 1949, así como A caballo del Ande, crónica del universo occidental, de Samblancat, y Cuatro cartas a [Eusebio] Carbó [1883-1958], de José García Pradas (1910-1988). Es muy probable que, también de Cánovas Cervantes, Durruti y Acaso. La CNT y la Revolución de julio sea un poco anterior.

Es sumamente difícil fechar algunos otros títulos, como Anselmo Lorenzo, el hombre y la obra, de Federica Montseny, del que en 1962 se publicaría en Espoir la traducción al francés, así como el clásico del anticlericalismo La religión al alcance de todos, del acaudalado ateo excomulgado Rogelio H[erques] Ibarreta (1843-1888), del que aparecieron por lo menos cuatro volúmenes: La religión al alcance de todos, La Biblia y la Iglesia, La Iglesia de Roma y Dios y el alma.

Como es fácil suponer, se trataba de publicaciones formalmente muy modestas, de aproximadamente 20 x 30 cm, que solían rondar las cuarenta páginas y encuadernadas de un modo más bien tosco: con cartulina o papel ligeramente satinado y con  los pliegos unidos mediante una grapa. Su precio oscilaba de los veinte a los, más excepcionalmente, los cincuenta. Sin embargo, sobre todo tras el fin de la segunda guerra mundial, es posible aventurar que estos libros cumplirían una interesante función social (¿política?) de aglutinadores y cohesionadores del núcleo de anarquistas exiliados, mientras aguardaban y confiaban en que, mediante la solidaridad internacional, se acabara de una vez por todas (del mismo modo que se había hecho con la italiana y con la alemana), con la dictadura española establecida en 1939 en la Península como consecuencia del resultado de la guerra civil.

Fuentes:

Pueden consultarse ejemplares de Páginas Libres en la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo.

Alicia Alted Vigil y Manuel Aznar Soler, ed., Literatura y cultura del exilio español en Francia, Salamanca- Bellaterra, Aemic-Gexel (Serpa Pinto 2), 1998.

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016.

José Antonio Ríos Carratarlá, Hojas volanderas. Periodistas y escritores en tiempos de la República, Sevilla, Renacimiento, 2014.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones-El Museo Universal, 1993.

Emma Torrent, «Publicaciones y labor teatral del exilio anarquista de 1939 en Toulouse», en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos IX), 2006, pp. 1.129-1.135.

Una aproximación al «gran renovador de las artes del libro en Francia»

Una de las primeras cosas que uno aprende del movimiento de vanguardia futurista es probablemente que le dio carta de naturaleza Filippo Tommasi Marinetti (1876-1944) con el «Manifiesto Futurista», que se publicó por primera vez en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Aun cuando es cierto que el movimiento tenía algún que otro antecedente reciente, sorprende sin embargo toparse con una revista, de la que la Biblioteca de Catalunya conserva los que parecen los tres únicos números publicados, titulada Futurisme. Revista Catalana, aparecida ya el 1 de enero de 1907.

Cubierta de un ejemplar de la conferencia de Alomar (1905).

Más sorprendente es incluso leer en la apertura del tercer número de esta revista un texto de Gabriel Alomar (1873-1941) que sólo cobra sentido sabiendo que, ya en 1904, este poeta mallorquín había empleado el término en una conferencia en el Ateneu Barcelonès que al año siguiente se publicaría, ampliada, en la Colecció de Prosistes Catalans de  L’Avenç.

En realidad, se trata más de una coincidencia de términos que de conceptos en sentido estricto, pues lo que con mayor evidencia se expresa en la revista Futurisme es el anticonservadurismo, el regeneracionismo y la voluntad de reactivar la tradición cultural catalana y despertarla de lo que se interpreta como un anquilosamiento sin ir más allá, y en realidad sus planteamientos están tan cercanos al futurismo italiano como al noucentisme catalán. Aun así, es digna de mención entre los ilustradores del primer número de Futurisme la presencia del artista del libro Lluís Jou (cuyo nombre se ha escrito tambiéna veces como Luis y Louis), que además publica el breve texto «Salutació», al lado del de escritores como Ángel Gumerà (1845-1924), Joaquim Ruyra (1858-1939) o Ignasi Iglesias (1871-1928), que difíclmente emparentaría nadie con el futurismo italiano. En primer lugar, sorprende por la diferencia de edad con estos colaboradores, pero sobre todo porque en el momento en que aparece la revista Jou estaba intentando abrirse camino en el campo de las ediciones de bibliófilo en París.

Taller de composición de Tasso.

 

Lluis Jou había entrado en el mundo de la letra impresa a la temprana edad de ocho años, en los talleres de Lluís Tasso, en los que por entonces era asesor artístico Eudald Canivell (1858-1928). Éste le orientó en su formación como tipógrafo, se convirtió en poco menos que su mentor y luego mantuvo con él frecuente correspondencia epistolar (al parecer, sólo parcialmente conservada). Muy pronto empezó Jou a colaborar con algunas publicaciones periódicas barcelonesas y a trabajar como pintor a las órdenes de un decorador.

Eudald Canivell (escrito también a veces Canibell).

Tras este aprendizaje, hacia 1906 o 1908 Jou se trasladó a París, donde inicialmente vendió algunos dibujos a publicaciones periódicas como Le Rire (1874-1971), de Félix Juven (1862-1947), hasta que entró en contacto con el escritor, tipógrafo y editor François Bernouard (1884-1948), quien en 1909 creó la pequeña imprenta Á la Belle Edition (en un primer momento en la calle Dupuytren, 9), con una tropa de jóvenes izquierdistas de procedencia y destinos diversos como ayudantes: el periodista rumano Adolphe Clarnet (Adolf Burah Cuperman, 1877-1937), el poeta y letrista Francis Carco (François Carcopino Tusoli, 1886-1956), el escritor y periodista Émile Zavie (Émile Boyer, 1884-1943), que corregía pruebas, y el también catalán y muy joven Pere Créixams (1893-1965), llegado a París para iniciar su carrera como pintor.

Según contó uno de los fundadores y jefe de redacción de la revista Le festin d’Essope que dirigía Guillaume Apollinaire,  Jean Mollet (1877-1964), Lluis Jou desempeñó una función esencial en esta singular empresa:

Dos de mis colegas, el grabador Louis Jou y François Bernouard, se habían formado el propósito de renovar el arte de la impresión, no con máquinas modernas, sino todo lo contrario, con un material que bien pudiera haber servido a Gutenberg […] Disponían, pues, de una prensa a mano que Jou manejaba, y de algunos caracteres.

Grabado de Jou en el que se autorretrata (a la izquierda) junto a Anatole France.

A través de Bernouard, Jou entró en contacto con los impetuosos escritores que rondaban por allí, como Jean Cocteau (1889-1963), Léon-Paul Fargue (1876-1947), el ya mencionado Apollinaire (1880-1918) o un poco más adelante André Suarès (1868-1948), y a raíz del traslado a finales de 1910 a la calle Saints-Perès, probablemente se encontraría a diario con sus vecinos de escalera Remy de Gourmont (1858-1915) y su hermano Jean (1877-1928) o con el polifacético artista y escritor Pierre Albert Birot (1876-1967). Aun así, en 1910 el gran acontecimiento para Jou fue la aparición de su realización y estampación del Bestiaire de Apollinaire, en colaboración con Raoul Dufy (1877-1953).

Lluis Jou, en los últimos años de su vida.

Sin embargo, Jou no tardó en intentar establecerse por su cuenta, y emprendió la preparación una extensa serie de grabados, capitulares y viñetas, que había diseñado para Les opinions de Jerôme Coignard, de Anatole France, con la que iniciaría una carrera que le llevaría a convertirse, en palabras de Masid Valiñas, en «el gran renovador de las artes del libro en Francia», y cuya resolución aparece perfectamente resumida en el artículo que sobre Jou publicó José Ramón Penela en Unos Tipos Duros:

Durante meses se dedica a realizar los grabados y los muestra a diferentes editoriales sin conseguir llamar la atención de ninguna de ellas. En un último intento decide llevárselas, sin mucha convicción, al propio escritor quien queda tan impresionado del trabajo de Jou que decide escribir a la Societé des Cent Bibliophiles [concretamente, a Claude Roger-Marx (1888-1977)] recomendando su publicación.

El libro en cuestión apareció en diciembre de 1914, pero ya el año anterior Jou se había dado a conocer como grabador en el Salon d’Automne, donde expuso ocho grabados de tema bíblico, y entre diciembre de 1915 y enero de 1916 su obra se expondría por primera vez en Barcelona, en las galerías Dalmau, donde, coincidiendo con una muestra de Kees Van Dongen (1877-1968), mostró nueve grabados de Les opinions de Jerôme Coignard y treinta y cuatro xilografías independientes. Con motivo de esta exposición se publicó un catálogo con un texto de Canivell que aún hoy ofrece orientaciones muy interesantes para situar el trabajo de aquellos años de Jou y para comprender su evolución posterior, y que tuvo una notable repercusión en la prensa.

Sin embargo, los grandes éxitos de Lluis Jou estaban por llegar, y no lo harían hasta concluida la Gran Guerra.

Placa de entrada al museo Louis Jou en Lei Bauç de Provença (Les-Baux-de-Provence), pueblo clasificado con razón como uno de Les plus beaux villages de France.

Fuentes:

Fundación y Museo Louis Jou.

Anónimo, «Louis Jou, le typographe inventeur», Apostilles Éditions Plein Chant.

Patricia Córdoba, La modernidad tipográfica truncada, València, Campgràfic, 2008.

Francesc Fontbona, La xilografía a Catalunya entre 1800 y 1923, Barcelona, Biblioteca de Catalunya, 1992.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero y Ramos, 2008.

José Ramon Penela, «Lluís Jou, arquitecto del libro», UnosTiposDuros, 1 de mayo de 2015.

Algunas ediciones decimonónicas de literatura en asturiano

Xosé Caveda.

A Xosé Caveda y Nava (1796-1882), a quien se calificado en alguna ocasión como «el padre de la modernidad literaria en lengua asturiana», se debe la iniciativa –en consonancia con la voluntad ilustrada de normalizar y normativizar la lengua– de reunir en 1839 una Colección de poesías en dialecto asturiano, considerado el primer libro de literatura en asturiano y publicado gracias a la Imprenta de don Benito González y Compañía. Esta empresa es la que unos años después, entre 1846 y 1859, se ocuparía de la impresión del Boletín Provincial de Oviedo (del que luego se encargaría Domingo González Solís) y de las ediciones de la Sociedad de Amigos del País de Asturias. Sin embargo, en el momento en que aparece la antología de Caveda un problema al que se enfrentaba la edición en Asturias era la escasez de imprentas fuera de Oviedo, pues Gijón careció de ella hasta 1845 y la primera establecida en Avilés, la de Antonio María Pruneda, no lo hizo hasta 1866 (imprimiendo El Eco de Avilés).

Quizá eso contribuya a explicar que otras obras importantes escritas en esos años, y particularmente el Diccionario del dialecto asturiano, el Diccionario asturiano-castellano, los Apuntes lexicográficos y la Gramática asturiana elaborados entre 1831 y 1869 por Xuan Xunquera (1804-1880) sólo muy tardíamente (a finales del siglo XX) fueran conocidos cuando en 1989 sus manuscritos fueron hallados en la biblioteca de la Fundación Menéndez Pidal.

John Ruskin.

Aunque con otros condicionantes y en el contexto de la traducción de este texto a una diversidad de lenguas, no deja de ser significativo que una obra tan importante para el asentamiento de la lengua como la traducción al asturiano del Evangelio de San Mateo, llevada a cabo  por Manuel Fernández de Castro, apareciera en Londres en 1861, gracias a la labor de la imprenta Strangeways & Walden, que tiró de ella 250 ejemplares. Strangeways & Walden (con sede en el número 28 de Castle Street, Leicester Square) cobraría cierta notoriedad unos años después gracias a la impresión del libro de dibujos de Philibert Charles Berjenau (¿?- ¿1869?) The horses of Antiquity, Middle Ages and Renaissance (Dulau & Co., 1864), a la publicación del panfleto del reformador social británico John Ruskin (1819-1900) Notes on the General Principles on Employment of the Destitute and criminal clases (1868) y sobre todo gracias a dos ediciones privadas de obras del prerafaelita Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), Hand and soul (1869) y Poems (1870).

Francisco Fernández Santa Eulalia.

Aun así, en fecha tan avanzada en el XIX como 1874, un título emblemático de la prosa literaria asturiana como es La olla asturiana, subtitulado Librito curioso y entretenido, de Juan Francisco Fernández Flórez (¿?-1866), se imprimió por primera vez en Madrid, concretamente en la Imprenta de M. G. Hernández (de la calle San Miguel, 23). Y en 1890, también en Madrid, en este caso en la Tipografía de Diego Pacheco Latorre (plaza del Dos de Mayo, núm. 5), se imprime la obra con la que se divulgará como cuentista una autora relevante de las letras asturianas como fue la periodista Enriqueta González Rubín (1832-¿?), las Memorias asturianas dispuestas por Protasio González Solís, que recopila sus cuentos «Una boda por amor» y «Un indianu como hay pocos» (aparecidos previamente ambos en el periódico El Faro Asturiano).

Tanto la narrativa breve como la literatura dramática en asturiano crecen en correlación con el avance de la actividad impresora, vinculada a su vez con la aparición en esas décadas de nuevas cabeceras en Asturias, que acogieron buena parte de la literatura asturiana decimonónica, tanto poética como los breves monólogos, diálogos y pequeñas piezas dramáticas de autores como  Pepín de Pría, Francisco de Paula Fernández Santa Eulalia, Perfecto F. Usatorre o José Napoleón Acebal, en algunos casos estrenados y publicados en Cuba.

José García Peláez (1864-1928), Pepín de Pría.

No obstante eso, antes de que acabe el siglo, en 1887, aparece otro libro importante, la reedición de la ya mencionada obra de Caveda, editada, anotada y ampliada con una segunda parte de autores modernos por Fermín Canella Secades (1849-1924), que se imprime en la Imprenta y Litografía de Vicente Brid, sita en el número 18 de la calle Canóniga. Vicente Brid era quien desde marzo de 1879 se ocupaba también de la impresión, por ejemplo, de la Revista Asturiana. Esta reedición se publica con la siguiente nota previa:

La colección de poesías en dialecto asturiano, impresas en 1839 por D. Benito González, se halla completamente agotada. Habiendo adquirido nosotros los derechos de aquel benemérito editor, decidimos reimprimir tan importante libro, que comprenderá las obras escogidas y restauradas por el sabio colector D. José Caveda, y además otras selectas poesías bables de autores modernos. Así resultará más completa e interesante esta nueva edición que ha dirigido y anotado el escritor asturiano D. Fermín Canella Secades, catedrático de la Universidad de Oviedo.

Teodoro Cuesta.

Ya a finales de siglo aparece la edición póstuma de las Poesías asturianas (1896) de Teodoro Cuesta (1829-1895), precedidas de una carta-prólogo fechada el 16 de mayo de 1896 por el entonces ya académico de la RAE Alejandro Pidal y Mon (1846-1913) y que se cierran con una biografía del poeta a cargo de Canella Secades y con un apéndice compuesto por  breves comentarios, a modo de homenaje, de Félix Aramburu, Clarín (que lo describe como «trovador del pueblo»), Bernardo Acevedo, Rogelio Jové y Bravo y Rogelio Beltrán. Se ocuparon de esta obra los talleres de la gijonesa Imprenta de Pardo, Gusano y Compañía (calle de San José, 6), que figura también como impresora de los suplementos de la breve revista poética y musical La Tuna, órgano de muchos bemoles, que había empezado a publicarse en 1887, y que entre otros libros imprimiría la Heráldica asturiana y catálogo armoral de España (1892) y la Colección histórico-diplomática del Ayuntamiento de Oviedo (1899), del cronista de Asturias Ciriaco Miguel Vigil (1819-1903), La cuestión en sí… (1895), de Manuel Vázquez Praga, y otras obras destinadas a los estudiantes de álgebra de este mismo autor, o la Agricultura elemental (1897), de Dionisio Martín Ayuso, así como, durante algunos meses de 1897, La Opinión de Villaviciosa: periódico independiente defensor de los intereses del distrito hasta que la persecución obligó a este periódico semanal a trasladarse a Gijón donde viviría sus últimos días. Del prólogo a Poesías asturianas, dirigido a Canella y Secades pero solicitado en vida por el propio Cuesta, se deduce que la impresión sufrió varios retrasos como consecuencia de los muchos compromisos de Pidal y Pon, y de ahí que saliera con pie en la portada de 1895.

El caso de Teodoro Cuesta resulta doblemente interesante porque desde los quince años, en que entró como cajista en una imprenta ovetense, su carrera estuvo estrechamente ligada al mundo de la impresión (tanto en Oviedo como en Gijón, donde se desempeñó como gerente de una imprenta) y sus colaboraciones pueden encontrarse en El Industrial, El Faro Asturiano y El Independiente, actividad que compaginó además con la que le reportaría fama (la música), lo cual tal vez permita establecer un sutil vínculo entre La Tuna y la edición de su obra póstuma.

Con todo, la edición de libros en asturiano en el siglo XIX parece ocasional, poco regular y muy estrechamente vinculada a las publicaciones periódicas y a los talleres que las imprimían, y si bien es cierto que en el último cuarto de siglo la prensa comarcal experimentó un notable auge y concedió espacio a la literatura en asturiano, aún quedaba lejos el momento en que se organizaran las primeras empresas destinadas a la edición específica de libros.

Imagen de la portada de la Colección de poesías en dialecto asturiano (1839).

Fuentes:

De varios de los libros mencionados, pueden consultarse versiones digitalizadas en la Biblioteca Virtual del Principado de Asturias.

Jean François Botrel, «Leer en Asturias a finales del siglo XIX», en N. Ludec, F. Dubosquet-Lairys y J-M. Voces, eds. Prensa, impresos y territorios. Centros y periferias en el mundo hispánico contemporáneo. Homenaje a Jacqueline Covo-Maurice, Bordeaux, Université Michel de Montaigne-Bordeaux 3, 2004 pp. 131-145.

Xosé Ramon Iglesias Cueva, «El nacimientu de la prosa nel XIX», Actas del I Conceyu Internacional de Literatura Asturiana (CILLA), Oviedo, Academia de la Llingua Asturiana, 2003, pp. 171-178.

Enrique Miralles, «Catálogo de Obras Teatro del siglo XIX por autores asturianos» Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, núm. 28 (2003), pp. 241-328.

Andrés Villagrá, «Hacia una redefinición del canon de literatura asturiana: la obra asturiana de Alfonso Camín como ejemplo práctico», Lletres Asturianes. Boletin de l´Academia de la Llingua Asturiana, n. 79 (2002), pp. 9-110.

La entidad editorial en activo más antigua del mundo*

*(Véase, sin embargo, nota en comentarios).

Desde por lo menos la segunda mitad del siglo XX, para cualquiera que hubiera escrito alguna tesis o estudio sobre algún aspecto de la cultura catalana, o incluso para quienes deseaban ver publicadas las actas de algún encuentro, simposio o congreso sobre esta materia era un aval de primer orden que apareciera auspiciado por las Publicacions de l’Abadia de Montserrat, que ha ido construyendo un impresionante fondo heterogéneo y al mismo tiempo compacto con un alto grado de exigencia. Ha abierto espacio a estudios muy de detalle, o incluso muy marcadamente locales o dirigidos a un nicho muy estrecho de lectores, siempre y cuando la calidad de la investigación lo justificara, pero a estas alturas lleva recorrido un camino muy extenso en el que esto no siempre ha sido así.

El nacimiento del monasterio de Montserrat como entidad editorial puede remontarse a finales del siglo XV, pues fechadas ya en 1488 publica estampas, si bien impresas en Barcelona, y a principios de febrero de 1499 se instaló en el monasterio una primera imprenta por iniciativa del abad García Jiménez de Cisneros (¿1455?-1510), quien en 1500 publicaba en ella su Exercitatorio de la vida spiritual.

El primer maestro de esta imprenta fue inicialmente Joan Luschner (¿?-1512), que hasta entonces había trabajado para diversos impresores establecidos en Barcelona, y entre ellos el famoso Joan Rosembach o Rosenbach (¿?-1530), que también trabajó a menudo para el monasterio.  Del talento de Luschner son responsables los primeros libros del monasterio, sobre todo litúrgicos, musicales y de promoción del santuario, caracterizados por la austeridad en términos generales, el pequeño formato y unos grabados y tipos que otorgaron enseguida personalidad propia a las ediciones del monasterio. En consecuencia, ya en mediado el siglo XVI se establecería una marca tipográfica propia, un sello editorial cuyo diseño se basa en los sellos de las bulas y opúsculos impresos en esos primeros años.

Marca del Impresor J. Rosembach.

El 30 de julio de 1518 se abre una segunda etapa de la imprenta de Montserrat, cuando se hace cargo de ella el mencionado Rosembach, considerado el impresor litúrgico por antonomasia, y entre cuyos méritos se cuenta el que muy probablemente sea el primer libro ilustrado de la imprenta catalana (Lo cárcel de amor, de Diego de San Pedro, traducido por Bernardí Balmanya, 1493), varias obras del célebre humanista Antonio de Nebrija (1441-1522) o un muy divulgado diccionario que se publicó en Perpiñán con el título Vocabulari molt profitos per aprendre lo catalan alamany y lo alamany catalan (1502). Destaca en esos años entre las publicaciones de Montserrat una edición de quinientos ejemplares de un Missale Benedictinum, del que no se ha conservado ningún ejemplar con colofón, que marca un cambio de tendencia que Altés i Aguiló explica del siguiente modo:

Es una obra ambiciosa por el lujo de los grabados, las orlas y las capitulares historiadas, al estilo de los grandes misales monásticos de la época estampados en Venecia y de los misales impresos en Lyon. Los grabadores del taller de Rosembach, Joan Pere i Dionís, se inspiraron en ellos y los copiaron, si no es que adquirieron algunos grabados en Italia. Como consecuencia de ello, el taller de Rosembach emprendió un nuevo estilo en el grabado, abandonando el grabado de tradición gótica y popular, y dando paso al grabado renacentista de influencia italiana. Aun así, en este misal aún se estampa en el inicio del canon de la misa la gran xilografía gótica del Calvario que Joan Rosembach había empleado en los misales diocesanos de Girona (1493), de Vic (1496), de Tarragona (1499) y de Elna (1501).

Con más o menos altibajos, la producción de libros religiosos, de teología, de latinidad, de música sacra, de historia y promoción del monasterio, etc., así como opúsculos e impresos menores de la misma temática, tuvo continuidad hasta principios del siglo XIX, cuando la convulsa situación bélica marcada por la primera guerra carlista (1833-1840) obligó a un periodo de silencio que no se rompió hasta 1844 mediante sobre todo reimpresiones, gracias al impulso del abad Miquel Muntadas i Romaní (1855-1885), autor a su vez de una Historia de Monserrat (1867), impresa por Pau Roca en Manresa.

Uno de los primeros sellos identificativos de las Publicaciones de Montserrat.

Las Publicacions de l’Abadia de Montserrat, sin embargo, empiezan a tomar trazas de una editorial moderna mediante el empuje del abad Antoni M. Marcet (1878-1946), y ya en 1907 es indicio de los nuevos tiempos la publicación de la bilingüe Revista Montserratina (1907-1917),  a la que sucedería, íntegramente en catalán, Analecta Montserratina, publicación casi unipersonal del por entonces archivero del monasterio Anselm M. Albareda (1892-1966), que Massot i Muntaner describe como de «gran prestigio científico y de una gran dignidad tipográfica, de la cual salieron siete volúmenes, íntegramente dedicados a temas de historia de Montserrat, entre 1918 y 1928». A ellas hay que añadir aún Montserrat. Butlletí del Santuari, cuya dirección recaía en Antoni Ramon i Arrufat (1900-1973), durante muchos años responsable también de las publicaciones de libros.

Desde 1918 se había establecido de nuevo una imprenta, cuyos operarios se formaban en la imprenta de Francesc Xavier Altés, y en ella empezó a prepararse del número inicial de la colección Biblioteca Monástica (Regla de sant Benet, 1920), en la que entre ese año y 1934 aparecerían hasta diez volúmenes, entre originales y traducciones, clásicas y modernas, tanto de temas espirituales como históricos. Sin embargo, el gran proyecto que se inicia en esta etapa, a iniciativa del orientalista y biblista Bonaventura Ubach (1879-1960), es la traducción a partir del hebreo o el griego de la Biblia, acompañada de la versión en latín, de la que en 1926 apareció ya El Gènesi. Muchos fueron los avatares con los que tuvo que lidiar la que durante la dictadura del general Primo de Rivera era conocida como la «Biblia separatista», cuya publicación quedó interrumpida con motivo de la guerra civil española (1936-1939). También la obra de Gregori M. Sunyol  Introducció a la Paleografía Musical Gregoriana (1925), representativa de otra de las líneas editoriales, tuvo sus trompazos con la censura primorriverista como consecuencia evidente de la ignorancia de ésta, en su caso por referirse en sus páginas un término específico de musicología, la notació catalana, con la que se designa una grafía de notación del canto gregoriano.

Ejemplo de notación catalana.

Del mayor interés son también las gramáticas de lenguas orientales, como la del hebreo, Legisne Toram? (19818-1919), del propio Ubach, la Grammatica Syriaca (1931), de Luis Palacios, la Grammatica Aramaico-Biblica (1933), también de Palacios, o El grec del Nou Testament (1928-1929), de Salvador Obiols.

Durante la guerra civil, convertido el monasterio en hospital y gestionado por la Generalitat de Catalunya, de sus imprentas salieron tres libros míticos con sello de las Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este gracias al tesón de Manuel Altolaguirre (1905-1959), que contó con la colaboración de Bernabé Fernández Canivell (1907-1990) y Juan Gil-Albert (1904-1994): quinientos ejemplares de España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra, de Pablo Neruda, Cancionero menor para el combatiente (1936-1938), de Emilio Prados, y España, aparta de mí ese cáliz, de César Vallejo, con un dibujo original de Picasso y un texto introductorio de Juan Larrea, del que se tiraron 1.100 ejemplares, 250 de ellos numerados, quedando pendiente un gran libro de Emilio Prados, de unas mil páginas, que ya estaba compuesto pero no pudo llegar a imprimirse.

Una vez concluida la guerra, Montserrat figura enseguida entre las editoriales adscritas a la Cámara del Libro de Barcelona, publicando la revista Música Sacra Española (1943-1947) y las ediciones clandestinas o de circulación restringida en catalán de Regla de sant Benet y Vida de sant Benet treta de Sant Gregori, junto a obras como una reedición de la Història de Montserrat, fechada según el colofón en 1935 pero que contiene un apéndice que abarca de 1931 a 1945.

En esta etapa cobran sobre todo impulso las publicaciones periódicas (Germinans, La Veu de Montserrat, Via vitae, Noticiari) que anticipan la aparición ya en la década de los cincuenta de publicaciones tan influyentes en la cultura catalana de la época como Germinabit (1949-1959), donde se creó un equipo muy potente formado por Josep Benet, Max Cahner y Ramon Bastardes, y sobre todo Serra d’Or, nacida en 1946 y con una segunda etapa desde 1959 que llega hasta la actualidad. En ello tuvo mucho que ver el empuje como encargado de las publicaciones del lingüista y romanista Jordi Bruguera i Talleda (1926-2010), quien además se puso al frente de la reanudación de la Biblia de Montserrat como director literario entre 1957 y 1970. Fue entonces cuando Bruguera pasó largas etapas en Andorra, donde la empresa Casal i Vall (que en esos años imprimió otros libros españoles importantes) se ocupaba de la preparación de Tobit, Judit i Esther (1960), Evangeli segons sant Mateu (1963), Salms (1965), Profetes (1967), Pentateuc (1969) y Llibres històrics (1969).

También en estos años, por iniciativa de Martí Roig y Maur Boix, empieza la publicación de libros y publicaciones periódicas destinadas al público infantil y juvenil, entre las que destaca por su popularidad Tretzevents (1973, aunque retoma L’Infantil, creado en 1951), y a partir de los setenta (Josep Massot i Muntaner asume la dirección en 1971) Publicacions de l’Abadia de Montserrat, conocidas popularmente como las PAM, empiezan a perfilar la identidad que todavía hoy mantienen, con colecciones dedicadas a la literatura infantil, la historia local y a la cultura catalana en un sentido muy amplio, entre las que quizá las más conocidas sean la Biblioteca Abad Oliva, La Xarxa, Espiga, Estudis de Llengua i Literatura Catalana o Biblioteca Serra d’Or, con las que alberga un total de muchos más de 3.000 títulos, al margen de las publicaciones periódicas que siguen en activo y de las muchísimas coediciones con las más diversas instituciones y universidades catalanas.

Fuentes:

Francesc Xavier Altés i Agulló, Josep Massot i Muntaner y Josep Faulí, Cinc-cents anys de Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Ór), 2005.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició de Catalunya: el segle XX (fins 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Mireia Sopena, «Los satélites de la curia diocesiana. Censores eclesiásticos en la Barcelona de los setenta», Represura (Nueva Época), núm 1 (2015), pp. 66-92.

Marco Aurelio Torres H. Mantecón, «Poetas en guerra: Neruda, Prados y Vallejo en un curioso sello editorial: las “Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este” (1938-1939)», en Congreso Internacional La Guerra Civil Española 1936-1939, celebrado en Madrid el 27, 28 y 29 de mayo de 2006, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.

Laura Vilardell, ed., Traducció i censura en el franquisme, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 2016.

Marco Zouvek, «Los libros perdidos de la República española», blog de Marco Zouvek, 15 de mayo de 2014.

Los primeros pasos de Andrés Saborit en la imprenta

Desde por lo menos los últimos años del siglo XIX, las imprentas fueron en España un núcleo importante de los movimientos políticos y sociales de izquierda. Por ello no es de extrañar el modo en que el luego importante dirigente socialista Andrés Saborit Colomer (1889-1980) inició su carrera laboral, con tan sólo ocho años. No parece haber evidencia de en qué imprenta dio sus primeros pasos como aprendiz, y Francisco Luis de Martín cursó estudios nocturnos, en algún momento, en la Escuela de Aprendices Tipográficos de Madrid, pero sí se ha constatado que en 1900, a los once años, ya era cajista en Baena Hermanos, impresores con taller en el número 14 de la madrileña calle de la Colegiata.

Impreso en Baena Hermanos en 1907.

Baena Hermanos, inicialmente como Estudio Tipográfico Baena Hermanos, ya en el siglo recién concluido había publicado breves libros y opúsculos, como por ejemplo una segunda edición corregida y aumentada de un curioso y seductor título, Tesoro del especulador de bolsa y sistema seguro de ganar siempre (1895), o un par de años después, para la Librería Religiosa de E. Hernández, una Devoción de los Siete Domingos de San José (1897) o una cuarta edición corregida y aumentada, con bellos grabados, del Tratamiento de las hernias y consejos a los que las padecen, de Francisco Bervero Guerra. El mismo año en que entró en Baena Hermanos Ándrés Saborit, aparecieron, y quizá se podría especular si trabajó directamente en ellos, el libro un poco más voluminoso (446 páginas) de Ciria y Nasarre Santa Teresa y Felipe II, concepto cabal de justo y de piadoso Rey Prudente, leyendo las obras de Santa Teresa de Jesús (1900) e imprimía regularmente la Memoria reglamentaria de los trabajos realizados anualmente por la Real e Ilustre Congregación de la Purísima Concepción de Nuestra Señora (hasta 1904).

De izquierda a derecha, Daniel Aguiano, Largo Caballero, Julián Besteiro y Andrés Saborit.

Dos años después, Saborit ingresaba en la Asociación General del Arte de Imprimir y en la Federación Gráfica Española, y con quince años, en 1904, empezó a militar en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), partido estrechamente vinculado desde sus inicios con el ámbito de las imprentas y los talleres tipográficos, recuérdese que su fundador, Pablo Iglesias Possé (1850-1925), se formó de niño como tipógrafo en el Real Hospicio General de Pobres del Ave María y Santo Rey Don Fernando y que al impulso socialista se debe la creación en 1871 de la Asociación del Arte de Imprimir. En 1906, Saborit trabajó con Tomás Meabe (1879-1915) por la extensión territorial de las Juventudes Socialistas.

Andrés Saborit.

Mientras tanto, en Baena Hermanos iban apareciendo tanto breves folletos y discursos de instituciones diversas como libros más voluminosos: una edición de Emilio Cotarelo (1857-1936) de la Epístola a Mateo Vázquez dirigida en 1577 desde Argel por Miguel de Cervantes (1905), el Cervantes en medicina. De la lectura del «Quijote», ¿se desprende que su autor tenía conocimientos médicos? (1905, 67 pp.), de Francisco de Velasco y Martínez o, del mismo autor, la extensa (492 páginas) Defensa de los cementerios católicos contra la secularización y reivindicación de los derechos parroquiales en el entierro y funerales (1907).

Por su parte, Saborit asumió en 1910 la dirección de la histórica revista de las Juventudes Socialistas Renovación, cuando ésta pasó a publicarse en Madrid, y consigue aumentar su tirada hasta los 9.000 ejemplares, pese a los periódicos secuestros de números por parte de la censura. En 1912 asumió la dirección de las Juventudes Socialistas y dirigiría la revista Acción Socialista (1914-1917).

Jenaro Felipe Peña Cruz.

En 1915, momento que coincide con su cargo de secretario adjunto del comité de dirección del partido, Saborit estaba en cambio trabajando como corrector de pruebas ya en una imprenta más conocida, la de Felipe Peña Cruz (1857-1926), a quien había cedido el negocio al retirarse en 1905 Inocente Calleja (muy buen amigo de Pablo Iglesias) y que desde 1900 era el tesorero del Comité Nacional del PSOE. Solo en el año 1912 había publicado ya para la Biblioteca Socialista de la Escuela Nueva a Leopoldo Alas (1852-1901) un folleto de 35 páginas con el título Proudhon, a Francisco Bernis Carrasco (1877-1933) Carlos Marx (82 pp.) a Julián Besteiro Luis Blanc y su tiempo y a Fernando de los Ríos Urruti (1879-1949) Los orígenes del socialismo moderno (42 pp.), entre otros títulos. Según explica Francisco Luis de Martín:

En su imprenta se confeccionaron la mayoría de los periódicos y boletinas de las organizaciones madrileñas [del PSOE y de la UGT] y los impresos de las entidades de la Casa del Pueblo. El Socialista se imprimió en el establecimiento de Peña Cruz hasta que se convirtió en diario, momento en que hubo que buscar otros talleres por no haber allí los elementos necesarios para seguir funcionando.

De hecho, ese mismo año 1915 salen de las prensas de Peña Cruz la edición del Reglamento de la Cooperativa Socialista Moderna (32 pp.) y de los años siguientes ¡Abusos del caciquismo! (1916), de Vicente Fernández y Hernández y la Psicología del pueblo español (1917), de Diego Abad de Santillán (Sinesio Baudilio García Fernández, 1897-1983). Ese mismo en 1917, la participación en el comité de la huelga general de ese año le valió a Saborit una condena a cadena perpetua (que compartió con otros dirigentes socialistas como Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero), que cumplió en Cartagena hasta 1918, cuando salió elegido diputado por Oviedo.

Juan Ramón Jiménez.

Por entonces entró en la que quizá sea la más famosa y exquisita imprenta de la época, Fortanet, que, además de imprimir para la benemérita Librería de Fernando Fe, por aquellos años era la empresa de confianza del poeta y editor Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Allí había publicado ya o publicaría en los años siguientes, con pie de la editorial Calleja,  Estío (1916), Poesías escojidas (1917), Platero y yo (1917), Diario de un poeta recién casado (1917), Piedra y cielo (1919) o la traducción de Zenobia Camprubí (1887-1956) de El jardinero, de Rabrindanath Tagore (1861-1941), que se publicó con un poema adicional de Juan Ramón.

Y en 1918, como indicio ya de un nuevo derrotero en su vida, Felipe Peña Cruz publicó a Saborit uno de sus discursos, junto con los de Indalecio Prieto, Largo Caballero y Marcelino Domingo, entre otros, en La huelga de agosto en el Parlamento. Su actividad política y la dedicación posterior al periodismo, sin embargo, no alejó demasiado a Saborit de las imprentas y mucho menos de las iniciativas para mejorar la formación de sus trabajadores. Además de pertenecer al Consejo de Dirección de la Cooperativa Socialista Madrileña, en 1926 fue con Peña Cruz uno de los fundadores y secretario de la Gráfica Socialista, y frecuentó también los talleres como subdirector y posteriormente director de El Socialista y como director de Democracia (1935) y  de la revista de estudios socialistas municipales Tiempos Nuevos (1934-1936). Incluso durante la breve etapa de su salida de la vicepresidencia de la UGT (enero de 1934) había vuelto a ejercer como corrector de pruebas, en este caso en el Heraldo de Madrid. Fue sobre a partir del momento en que tuvo que emprender el camino del exilio, pese a una segunda etapa como director de El Socialista, lo que a partir de entonces su relación con la imprenta se limitara a la de autor de diversas obras biográficas y de testimonio.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 4, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio, Anejo 30), 2016.

Web de la Biblioteca Nacional de España.

Francisco Luis de Martín, La cultura socialista en España, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1993.

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-319.

Samarán, una estirpe de impresores y editores

En 1951 alcanzó en España un resonante éxito un libro entre las memorias y el ensayo más o menos histórico de Josep Maria Fontana Tarrats (1911-1984), por entonces diputado en las Cortes franquistas y jefe del Sindicato Nacional del Textil, con el que se daba a conocer también una editorial, Samarán.

Una de las muchísimas reediciones de la obra de Fontana (la de Acervo, de 1977).

Sin embargo, Samarán aparece por lo menos desde principio de siglo como pie de imprenta de los más diversos impresos. Sin indicación de fecha, pero probablemente de la primera década del siglo XX existen algunos títulos de la madrileña Biblioteca Escolar Recreativa (El premio de la virtud, con ilustraciones de F. Alberti, y Cuentos de Fernandillo, con ilustraciones de Méndez Bringa) que se declaran como a cargo de «S[aturnino] Calleja, March y Samarán» y algunos títulos de la Editorial Saturnino Calleja (de la segunda serie Salgari, por ejemplo) aparecen en los años cuarenta impresos por «Samarán y Compañía».

En los años veinte y treinta, esa madrileña Imprenta de Samarán y Compañía aparece como pie editorial de varios carteles taurinos, así como de los más diversos tipos de discursos académicos, del Anuario del observatorio meteorológico de Madrid, o de revistas como la socialista Juventud o Ritmo, revista musical ilustrada. Quizá más interesantes en el ámbito literario sean dos títulos de 1922, Jardines de Francia, una antología en la que figuran poemas de Baudelaire, Francis Jammes, Verlaine, Verhaeren y la Condesa de Noailles entre otros, en traducción de E. González Martínez (y de la que hay una edición previa, de 1918, de Editorial América) y sobre todo el del escritor y editor estadounidense Isaac Goldberg (1887-1938) La literatura hispanoamericana. Estudios críticos, en traducción de Rafael Cansinos Assens (1882-1964) y precedido de unas «Palabras críticas» del poeta y prestigioso crítico literario Enrique Díez-Canedo (18791-944). Unos años después moría Felipe Samarán y Fernández (1883-1929), miembro de la Asociación General del Arte de Imprimir de la UGT desde los dieciséis años, con lo que tomaba el relevo una nueva generación de una estirpe de impresores cuyos límites no están de momento claros.

Félix Ros (1912-1974)

El éxito comercial de Samarán como empresa editora llega en 1951, con Los catalanes en la guerra de España, de Fontana, cuando figura como director de la misma el poeta y traductor catalán Félix Ros (1912-1974), que se había forjado una cierta fama como editor de la mano de Josep Janés i Olivé (1913-1959) en Emporion y con la creación de la Editorial Tartessos, que posteriormente había vendido a José Manuel Lara Hernández (1914-2003).

Podría deducirse que ese resonante éxito, tan enorme como quizás inesperado, animó el ritmo de producción de Samarán, que después de una segunda obra de Fontana, En el Pirineo se vive de pie (1953) y una primera novela firmada por Cargel Blaston (Yo, rey del hampa, 1954), se acreciente de un modo espectacular en los años siguientes y en particular en 1956. De Cargel Blaston, seudónimo Carlos Lestón (1922-2000), publicó Samarán en 1955 Los cuatro mancos, y ese mismo año la novela del prolífico polígrafo catalán Noel Clarasó La ciudad de los hombres buenos. Novela de la vida posible, encuadradas ya en una colección Hipocampo, que será junto con Borní la más importante de la editorial.

Por otra parte, muy probablemente sea muestra de la vinculación de Fontana con Samarán el hecho que en la imprenta de ese mismo nombre se publique Textil Mensual, la revista profesional del Sindicato Nacional Textil. Y probablemente sea en algunas de las ediciones de Samarán donde se publican las primeras ilustraciones de sobrecubierta de quien fuera secretario de Izquierda Republicana y colaborador de la almeriense Lucha, Manuel Prieto Muriana (n. 1931), que en 1947 había salido de prisión y que más adelante se haría célebre con cubiertas para tebeos y para algunas colecciones populares de Rollán, Bruguera y, en el extranjero, para The Black Horse Western, The Lindford Western Library, Alfred Hitchcock’s Library, Bastei Verlag o Il Giallo Mondadori.

Ilustración de sobrecubierta de Prieto Muriana para La esfinge de Maragata.

Entre los traductores que colaboraron con Samarán, uno de los asiduos fue el manresano Joan Francesc Vidal i Jové (1899-1978), que en tiempos de la República había sido secretario general de Orden Público de la Generalitat de Catalunya, y que ha pasado a la historia de la traducción por ser el primero en verter a una lengua peninsular el Ulises de James Joyce (en 196), si bien su mecanoscrito permaneció en el Archivo General de la Administración hasta que el profesor Alberto Lázaro la dio a conocer en 2007.

De 1956 es por ejemplo la edición de Sonia, los otros y yo, de Pierre Daninos, en traducción de Vidal Jové, así como, en la misma colección Hipocampo (en tapa dura y con sobrecubierta ilustrada), el libro de relatos Las aguas de Arbeloa y otras cuestiones, del escritor falangista y por entonces presidente del Patronato del Museo del Prado Rafael Sánchez Mazas (1895-1966), Cita en Berlín, del escritor francés José Van den Esch, Para usted, Fantasía, del periodista y dramaturgo falangista Tomás Borrás (1891-1976), Granados, de Antonio Fernández Cid, una reedición de la exitosa novela La esfinge Maragata, de la célebre novelista entonces recién fallecida Concha Espina (1869-1955), una traducción de Veinticuatro horas en Le Mans, de Jean Albert Gregoire (1899-1922) o, sorprendentemente, la recuperación de La familia de León Roch, de Benito Pérez Galdós (1843-1920).

La dificultad para advertir una línea editorial más o menos clara en este catálogo de Hipocampo construido por Félix Ros tras el éxito inicial de Los catalanes en la guerra de España bien podría hacer pensar que en la creación del mismo influían desde la voluntad de no perder dinero, y eso explicaría la inclusión de novela popular y de obras que ya habían demostrado su potencia comercial, hasta las ganas de quedar bien con personalidades afectas al régimen franquista.

Más allá de esquivar la ficción, tampoco es mucho más firme la línea editorial de la colección Borní o de Samarán en general, donde también en 1956 conviven Van Gogh según Van Gogh, del oscuro doctor F. Gipson-Müller, con La conquista de los polos, de Roger Vergel o, fuera de colección pero con un aspecto muy similar al de los Hipocampo, Los españoles ante el año 2000. Cosmología de España, de nuevo de Fontana e Interpol (La policía internacional), de A.J. Forrest.

Este frenético ritmo de publicación se ralentiza abruptamente ya en 1957, año en que en la colección Borní aparece la traducción de Vidal Jové de Vivir bajo los faraones, del periodista y divulgador de la arqueología como guionista de la BBC Leonard Cottrell (1913-1974), en una edición profusamente ilustrada con fotografías en blanco y negro fuera de texto y dibujos intercalados en el texto. También en Borní y en 1957 aparece Con dinero rueda el mundo, del furibundo antimasón, antisemita y antiglobalización Henry Coston (1910-2001).

Más difícil es aún encontrar títulos de Samarán ediciones en los años posteriores, aunque en 1958 parece que sigue viva la colección Hipocanto, pues en ella aparecen los cuentos Yo, tu, ella, del ya mencionado Tomás Borrás, y a principios de los años sesenta aún aparecen con pie de Samarán Ediciones los dos libros del arquitecto y narrador Román Aldasoro Campoamor, Brumas de un pasado (1961) y Estirpe de raza (1962), y al año siguiente aún aparecería un libro luego repetidamente reeditado, San Sebastián, biografía sentimental de una ciudad, encuadernado en tapa dura, con guardas ilustradas con una fotografía y profusamente ilustrado y con una carta final del dramaturgo Joaquín Calvo Sotelo (1905-1993) como apéndice. Su autor, el también dramaturgo vasco Jesús María de Arozamena (1918-1972), era consejero delegado nacional de la Sociedad General de Autores (de la que llegaría a ser director general) y cronista oficial de San Sebastián.

Curiosamente, y aunque en años posteriores aún aparecerían otros libros en la Imprenta Samarán y Compañía, parece que el declive en la producción coincide con la compra en 1958 por parte de la familia Samarán de un local madrileño que a principios del siglo XXI saltaría a las páginas de la prensa, el de la calle Amparo 103 (en Lavapiés). A la muerte del último propietario de la imprenta, en 1982, el local fue abandonado, hasta que fue okupado y albergó El Laboratorio, un espacio artístico autogestionado que montó un pequeño museo de la imprenta y que se mantuvo en activo hasta que la justicia española obligó a su desalojo.

En cualquier caso, si poco se sabe de Samarán Ediciones, más allá de la etapa en que estuvo a su frente el editor catalán Félix Ros, la estirpe de los impresores Samarán y sus avatares a lo largo del siglo XX siguen estando en muy buena medida en la sombra.

Fuentes:

Enrique Fernández de Córdoba y Calleja, Saturnino Calleja y su editorial. Los cuentos de Calleja y mucho más, Madrid, Ediciones de la Torre, 2006.

Vicente Alberto Serrano, «Félix Ros o las afinidades electivas», La luna de Alcalá, 1 de octubre de 2017.

La edición clandestina, de Minuit a Negra Nit

Uno de los retos más complejos, por razones evidentes, a los que se enfrenta la historia de la edición, es el deber de reconstruir, en la medida en que sea posible, la trayectoria de las ediciones clandestinas, de las que en el caso de la historia española, como en otros muchos en que la censura se cebó en la obra editorial, es posible que existan más ejemplos de los que hasta ahora son comúnmente conocidos.

En este ámbito particular, existen bastantes datos dispersos acerca de Edicions Negra Nit, nacidas en 1945 de la mano de Esteve Albert (1914-1995), quien en 1942 había salido de la prisión de Ondarreta, y Josep Benet (1920-2008), militante del clandestino Front Universitari de Catalunya, y cuyo nombre parece cuando menos inspirado en las Éditions de Minuit del ilustrador Jean Bruller (1902-1991), hijo del editor húngaro Louise Brüller, y el periodista de origen algeriano Pierre de Lescure (1891-1963). Éditions de Minuit había surgido unos pocos años antes en la Francia ocupada, y el 20 de febrero de 1942 sacó un primer libro, Le silence de la mer, firmada por Bruller empleando el seudónimo Vercors. A su vez, en La bataille du silence, Bruller contó que el origen del nombre de este proyecto editorial, cuyo objetivo inicial era dar salida a su propia obra, estuvo en algunas obras de Georges Duhamel y Pierre MacOrlan, pero aun así la leyenda ampliamente divulgada lo atribuye al hecho de que imprimían los libros por la noche. Sería una bella historia, pero lo cierto es que el mencionado primer libro de Éditions de Minuit lo imprimió muy lentamente Claude Odeville, a plena luz del día aunque con las precauciones pertinentes, y los siguientes libros corrieron a cargo de Ernest Aulard, que los imprimía los domingos. Entre los méritos extraordinarios de Éditions de Minuit en sus primeros años se cuenta el hecho de que fue la primera editorial (y hasta el momento de escribir estas líneas, que se sepa, la única) que, como tal, fue galardonada con el Premio Fémina, en 1944, por el conjunto de su obra durante la guerra. Al término de la misma, en 1946, empezó a dirigir la editorial el celebérrimo y reputadísimo Jérôme Lindon (1925-2001), y desde su muerte la hija de éste, Iréne Lindon.

Logo de Éditions de Minuit.

Edicions de Negra Nit, nacida con el propósito de publicar en catalán en tiempos particularmente difíciles, se estrenó con La subterrània deu, como primera entrega de una serie de Poesia de Resistència y encuadrada en la colección Rat Penat («murciélago» en catalán). Se trata de una publicación en un formato de 8 x 11 de apenas 24 páginas, lo que facilitaba enormemente su distribución de tapadillo y su ocultación. Lógicamente, el único canal para dar a conocer estas obras era la prensa también clandestina, y aparecieron algunos textos sobre ellos en la revista Horitzons, una publicación adherida al Front Nacional de Catalunya  que imprimía el mismo Albert con la misma imprenta con que publicaba los libros. Con la venta de una primera tirada de cien ejemplares en papel de hilo y numerados se financiaba una tirada más modesta cuyos ejemplares se regalaban de mano en mano, con el propósito evidente de fomentar la continuidad de la lectura en catalán.

Logo de Edicions de Negra Nit.

De hecho, es muy probable que Petita vall, un libro un poco más extenso (124 páginas) aparecido en 1946 en Dosrius sin pie editorial y firmado por Esteve Albert i Corp, se imprimiera del mismo modo. Sin embargo, su anterior Única amor (1945), había aparecido en la Imprenta Aquitania y con pie falso en Montepellier (se imprimió en Mataró). En cualquier caso, también de 1946 es el segundo volumen de las Edicions Negra Nit, Himnes patriòtics, como número II de la Poesia de Resistència y con el que se estrenaba la colección Pàtria i Llibertat. Se trata de un libro colectivo de 32 páginas con el mismo formato que el anterior, si bien se indica como lugar Barcelona, y que puede verse digitalizado en el blog de Pere Plana Panyart.

El tercer y último libro de esta efímera editorial apareció también en 1946, Sonets dels temps difícils, presentado como anónimo pero obra de Maurici Serrahima, abogado y poco menos que mentor de Benet, con quien poco después colaboró estrechamente en el también clandestino grup Miramar (creado en 1947 para mantener la memoria histórica a la espera de tiempos propicios). Se anunciaron en las Edicions de Negra Nit unas Commemoracions nostrades que ya no llegaron a publicarse.

Placa en homenaje a Esteve Albert i Corp en la placeta de Sant Esteve de Andorra la Vella.

 

Puede aventurarse que el abrupto fin de esta iniciativa, antes de que Esteve Albert se trasladara a vivir a Andorra, donde prosiguió una fecunda labor de divulgación cultural y de resistencia antifascista, se debió muy probablemente a la progresiva apertura de pequeños resquicios que permitían la publicación de determinadas obras en catalán, como es el caso particularmente de la poesía, de las traducciones de literatura griega y latina o las obras de algunos clásicos, si bien siempre con algunas restricciones. Ese año 1946 aparece el primer libro inédito en catalán con permiso de la censura y publicado por una editorial, Mosaic, de Victor Català, que no se ajustaba a las normas gramaticales de Pompeu Fabra; la primera reedición de un libro juvenil, en la editorial Baguñà o el primer diccionario en catalán impreso desde 1939 (el de la editorial Pal·las, que se distribuyó sobre todo en 1947). Es pues el momento que retrospectivamente se ha denominado la represa, la reanudación.

 

Fuentes:

Pierre Assouline, L´Épuration des intellectuells, Bruselas, Complexe, 1985.

Pascal Fouché, L´Édition Française sous l´Occupation 1940-1944, Bibliothèque de Littérature Française Contemporaine (Université de París-7),vol. I, 1987.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L´edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 99), 1991.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografía catalana: cap a la represa (1944-1946), Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 90), 1989.

Pere Plana Panyart, “La Negra Nit“, en De les golfes, ves! Quina troballa

Joan Samsó, La cultura catalana: entre la clandestinitat i la represa pública, 2 vols., Barcelona, Publicacions de L´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva 141 y 147), 1994 y 1995.

Los primeros años de la editorial Ariel, la literatura infantil, la censura…

Los orígenes de la editorial Ariel, que en el momento de escribir estas líneas cumple la muy respetable edad de 75 años, tiene justa fama de cantera propicia de grandes nombres de las letras y de la edición, pues en algún momento u otro de su historia desempeñaron en ella funciones de mayor o menor responsabilidad desde el filósofo y traductor Manuel Sacristán (1925-1985) a los editores Xavier Folch i Recasens (n. 1938), Gonzalo Pontón Gómez (n. 1944) y Joan Sales (1912-1983), así como el conocido corrector y editor de mesa Josep Poca i Gaya (n. 1940), pasando por el abogado y economista Jordi Petit Fontseré (1937-2004), el mediático economista Fabià Estapé (1923-2012) , el célebre abogado penalista Octavio Pérez-Vitoria (1912-2010) –a quien se atribuye más de un regate a la censura franquista– o los prestigosos historiadores Josep Fontana (n. 1931) y Jordi Nadal i Oller (n. 1929), entre no pocos otros de similar relieve.

De izquierda a derecha: Manuel Sacristán, Calsamiglia, Mario Bunge y Argullós.

Sin embargo, el origen de la editorial Ariel estuvo en la confluencia de lo que Gonzalo Pontón ha descrito como «una pareja extraña» que se había conocido en la Universidad Autònoma de Barcelona anterior a la guerra, el tándem formado por el licenciado en Derecho Alexandre Argullós (1912-1996) y el licenciado en Filosofía Josep Maria Calsamiglia (1913-1982), que había sido ayudante del celebérrimo profesor y poeta Ramon Xirau (1924-2017). A Argullós la guerra civil le había pillado en una estancia de ampliación de estudios en Milán, pero en 1937 regresó a Barcelona, por lo que no podía tener ninguna esperanza de poder proseguir su carrera como abogado, mientras que a Calsamiglia, aunque intentó depurarse, se le prohibió la docencia superior por un período de ocho años.

Así pues, en 1941 aunaron esfuerzos para comprar una de las imprentas históricas en Barcelona, la de los herederos de Domingo Casanovas, situada en el número 67 de la Ronda de Sant Pau, y al parecer durante un breve tiempo operaron con el nombre Demos. Sin embargo, no tardaron en trasladarse en 1946 a un local en los bajos del edificio modernista que ocupaba la también histórica Montaner y Simon (que hoy alberga la Fundació Tàpies), en un momento en que ésta atravesaba por serios problemas económicos, y pudieron ampliar así un poco su maquinaria, hasta el punto que unos años más tarde (en 1953) se trasladaron allí también las oficinas. En palabras de nuevo de Gonzalo Pontón:

adquirieron una vieja maquinaria tipográfica que estaba pidiendo a gritos la jubilación: una enorme máquina plana de imprimir LM, un par de Koenig Bauer mediocres, dos linotipias Mergenthaler, una cizalla y cajas y chibaletes con tipos que manipulaban con destreza dos viejos cajistas honrados de insigne tradición. Imprimían allí, aparte de la remendería del barrio, los (pocos) libros y revistas que se editaban en la Barcelona de posguerra. Pero también los apuntes de clase de sus compañeros de promoción que habían sido premiados con cátedras y prebendas por su fidelidad a la España eterna.

Al parecer, la elección del nombre con el que esta empresa se convertiría en legendaria en el ámbito de las humanidades se debe a un ensayo ya famoso en esos años de un ensayo del escritor católico francés André Maurois (1885-1967) de Ariel ou la vie de Shelley (1923), que en España habían publicado las Ediciones Oriente (1930) en traducción de Luis Calvo y que en 1951 publicaría también José Janés, que concuerda con la ideología que profesaban los propietarios de Ariel.

Entre los primeros libros que llevan pie editorial de Ediciones Ariel se cuentan títulos muy alejados de los que la harían famosa, como fueron por ejemplo La lección de San Juan de la Cruz. Episodios, doctrina y poesía de un resurgimiento espiritual (1942), de Enrique Chandebois, con un prólogo a la edición española de Luis Araujo-Acosta (1885-1956) y encuadernado en tela o Lo que vi en América (¿1942?), de Benigno Varela, pero en los años cuarenta el peso lo llevaban los Talleres Tipográficos Ariel, responsables entre otros títulos igualmente alejados de los que harían famosa a la editorial, como En la soledad del tiempo, de Dionisio Ridruejo, ilustrada por Ramón de Capmany, o la Poesía (1924-1944) de César González-Ruano, ambas para Montaner y Simon, o El paquebot de Noé del igualmente escritor de derechas Félix Ros, en este caso para la Editorial LARA (la primera empresa editorial de José Manuel Lara Hernández).

Cuando en mayo de 1946 empezó a publicarse la revista clandestina Ariel de Josep Palau i Fabra, Joan Triadú, Frederic-Pau Verrié, etc., que no tenía ningún tipo de vínculo con la editorial, surgieron inicialmente algunas confusiones entre los lectores, pero precisamente por su carácter minoritario y su trompicada distribución no se consideró que valiera la pena molestarse por ello (aunque incluso hoy se generan a veces equívocos).

Escribe Francisco Luis del Pino sobre la primera década de Ariel y su tremendo contexto político y social: «Mientras el decenio de 1940 a 1950 se caracterizó por ser años de penuria, represión y censura: “Franco manda y España obedece” sentenciaba una consigna de la dictadura, Ariel se especializó en títulos de medicina, economía, derecho y filosofía», y también hubo espacio para la sociología, la geografía o la historia, lo que marcaba ya desde el principio su vocación de editorial universitaria (incluso en el sentido de tener la vocación de sustituir o paliar las carencias de la universidad franquista). Es significativo en este sentido que la ya aludida publicación de apuntes, que se constituían prácticamente la única lectura promovida por la universidad.

Y antes de que acabara la década, con la que concluye también una primera etapa de Ariel, se inicia la publicación de libros en catalán, gracias a la iniciativa de Joan Sales, que luego tendría continuidad y frutos tan asombrosos y perennes como los diez volúmenes de Historia de la Literatura Catalana dirigida por Martí de Riquer, Manuel Comas y Joaquim Molas. Así, en 1949 aparecen una edición de bibliófilo y una destinada al comercio regular del primer volumen de rondalles populars, un volumen de 150 páginas con textos de Ramon Llull, Frederic Mistral y Jacint Verdaguer, prologados por Carles Riba y con dibujos a tres tintas de Elvira Elies, y a este seguirían tres volúmenes más cuya importancia radica sobre todo en ser la primera publicación específicamente dirigida al público infantil (en su edición regular) que conseguía la aceptación de la censura española. Sin embargo, no sucedió lo mismo con el intento Sales y Noel Clarasó de crear una publicación periódica al estilo de la muy célebre Patufet de preguerra, para la que incluso habían elegido ya el nombre, Antonet, y se mandó una primera maqueta a censura, pero estuvieron a punto. Tal como lo cuenta Òscar Samsó, una anécdota acompañó a este fracaso:

Un primer ejemplar y un memorial enviados a la Secretaría de Educación Popular en tiempos del ministro de Educación Ibáñez Martín fueron a parar a la Secretaria del Pardo, residencia de Franco. De allí fueron remitidos al organismo competente que, al ver quién era el último remitente, lo interpretaron como una recomendación. La confusión se disipó y el Antonet permaneció prohibido.

De hecho, los sobresaltos e incluso los conflictos de Ariel en las décadas siguientes serían frecuentes y serias, como ejemplifica por ejemplo otra obra magna, ya de la década siguiente, los ocho volúmenes de la Historia de España de Ferran Soldevila, que sin embargo fue uno de los primeros grandísimos éxitos de Ariel, con el que incluso puede decirse que se abría una nueva etapa.

Fuentes:

Jordi Amat, «Historia en combate», Cultura/s La Vanguardia, 18 de marzo de 2017, pp. 8-9.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XX (1973-1975), Barcelona, Gremi d Editors de Catalunya, 2006.

Francisco Luis del Pino Olmedo, «Editorial Ariel. Feliz 70 cumpleaños», Clío, núm. 132 (2012), pp. 29-34.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Tiempo de aprendizaje», Tiempo de Ensayo. Revista Internacional sobre el Ensayo Hispánico, núm. 1 (2017), pp. 240-256.

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia cultural en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Joan Samsó, La cultura catalana. Entre la clandestinitat i la repressa pública (1939-1951), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva), 1995.

 

Eudald Canivell, tipógrafo y difusor de las artes gráficas

Eudald Canivell (1858-1928)  entró en el siglo XX con un libro poco común en el contexto cultural del momento bajo el brazo, Heribert Mariezcurrena y la introducció de la fototipia y el fotogravat (1900), en el que biografiaba y reivindicaba la figura de un grabador, introductor de la fotografía al carbón y pionero del fotoperiodismo hoy muy poco conocido pero que, entre otras cosas, fue el creador de la primera figura icónica del poeta Jacint Verdaguer (1845-1902), ya en la década de 1870, y fundador de la novedosa Sociedad Heliográfica Española.  El texto de Canivell parece nacido al calor de la muerte de Mariezcurrena (en mayo de 1898), como resultado de una lectura celebrada en el Ateneu Barceloní en mayo de 1898 y organizada por el Institut Català de les Arts del Llibre (del que Canivell era uno de los fundadores).

Verdaguer retratado por Mariezcurrena.

En aquel momento inicial del siglo, gracias en parte a la seguridad que le proporcionaba su modesto sueldo como director de la Biblioteca Pública Arús, Canivell se encontraba en la cresta de la ola de su trayectoria profesional. En aquel mismo año 1900 se estrenaba la cabecera portavoz del ICAL Revista Gráfica, de la que fue director artístico y literario y cuyos dos primeros números (1900 y 1901-1902) describe Eliseu Trenc como: «Notables tanto por su contenido como por el aspecto formal, hasta el punto que pueden ser considerados como un destacado ejemplo de la riqueza del arte tipográfico modernista». Simultáneamente, Canivell dirigía la publicación del tercer y último volumen de la famosa Biografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra, que a su muerte había dejado inacabada el bibliófilo y coleccionista Leopoldo Rius de Llosellas (1840-1898) y ordenada posteriormente Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), para el que Canivell escribió además un documentadísimo prólogo acerca de su autor. Finalmente, esta magna obra del cervantismo hispánico aparecería en Vilanova i la Geltrú en 1904, gracias al buen hacer de los talleres de Joan Oliva i Milà (1858-1911), quien en 1900 había publicado en la Revista Gráfica un importante texto sobre tipografía («Senzill ensaig de classificació dels carácter tiographics»), y se hicieron, según se consigna en la portadilla: «Cinco ejemplares en papel japonés, cinco ejemplares en papel Guarro, cuarenta ejemplares en papel de hilo y cuatrocientos ejemplares en papel verjurado agarbanzado». Ese mismo año aparece otro ensayo importante de Canivell, los Tipos góticos incunables para impresiones artísticas y ediciones de bibliófilo (Oliva de Vilanova, 1904).

Caja de los volúmenes del Quijote de Viader.

Al año siguiente (1905), mientras sigue enfrascado en la restauración de caracteres góticos del siglo XV, se inauguraba la Escola Práctica d’Arts Gráfica, una de las iniciativas más notables e influyentes creadas por el ICAL y donde Canivell fue uno de los primeros docentes, pero además –y mientras proseguía la catalogación de la inmensa biblioteca y archivo de Rossend Arús– dirigía y revisaba la edición de un Don Quijote de la Macha en caracteres góticos impreso sobre corcho laminado que apareció ese mismo año en Sant Feliu de Guíxols gracias a la imprenta especializada en obras cervantinas de Octavi Viader i Margarit (1864-1938), y que Juan Givanel Mas y Luis M. Plaza Escudero describen del siguiente modo en su Catálogo de la colección cervantina de la Biblioteca Central de Cataluña (volumen IV, 1891-1915, p. 192):

Es esta una edición muy curiosa, de cuidada tipografía, sobre materia de uso tan poco frecuente en menesteres de imprenta como es el corcho. Es, al mismo tiempo que una demostración de cervantismo, indicio de la madurez que tiene en la industria corchera la región ampurdanesa.

La tirada, cincuenta y dos ejemplares, está legalizada por acta notarial y se puede considerar como de bibliófilo.

El primer volumen se terminó el 31 de diciembre de 1905, y el segundo el 6 de mayo de 1906.

Las capitulares y los adornos tipográficos son del propio Canivell, y fue tal el éxito que al año siguiente ya se hacía una segunda tirada, con las mismas características y el mismo formato (231 x 165 mm), de cien ejemplares.

Del prólogo al Quijote de Viader.

Ese año 1906, Canivell se encontraba trabajando ya en la edición y composición de otra obra ambiciosa, un Lazarillo de Tormes al estilo de las del siglo XVI, para la que incluso había escrito el prólogo, con la que debía arrancar una colección de Joies de la Bibliografia Espanyola que no tuvo continuidad. Y al mismo tiempo se ocupaba de una edición facsímil del único ejemplar conocido de la Gramática latino-catalana de Bartolomé Mates (ICAL, 1906), cuya supuesta fecha de impresión (que el colofón declara de fecha tan temprana como 1468 y por tanto sería la primera composición tipográfica de la Península Ibérica y anterior incluso a las imprentas veneciana y parisina) Canivell defendió en un extenso prólogo, interviniendo así en una densa polémica –que merecería por sí misma un estudio monográfico– en la que años más tarde recibió el apoyo del ilustre estudioso del libro Ramon Miquel i Planas (1874-1950) en «El incunable barcelonés de 1468» (Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1930) y luego el de Casas Homs en «Sobre la Gramàtica de Mates» (Butlletí de la Real Academia de Bones Lletres, 1950). Y por si no bastara, también de 1906 es la iniciativa de estampar en La Académica una serie de fascículos con grabados inspirados en las ediciones incunables y góticas, con tipos dibujados por Canivell y fundidos especialmente para la ocasión por la Societat Catalana de Bibliòfils.

El tipo gótico incunable creado por Canivell.

Al margen de estos y otros trabajos de edición de obras de bibliófilo (Iconografía del rey Don Jaume I el Conquistador, por ejemplo), en esa primera década del siglo XX Canivell va perfilándose como uno de los mayores divulgadores de las muy diversas artes del libro: pasa a ocuparse también de la corresponsalía de la revista especializada dirigida por August Hofer Allgemeine Anzeige für Druckereien, y a partir de 1910, con el cargo de director artístico, se convierte en el alma y principal redactor del Anuario Tipográfico Neufville (seis volúmenes entre 1910 y 1922), actividades que compagina con la colaboración en el Diccionario enciclopédico de la lengua catalana (1905-1910) y con la redacción de todas las entradas referidas a las artes del libro en la Enciclopedia Espasa. Y actividades que tendrán además continuidad en la Crónica Poligráfica (1920-1925) y en El Mercado Poligráfico (1926-1928), en cuyas páginas dejó numerosos artículos sobre figuras relevantes de la bibliografía española (la estirpe de los Ibarra, Manel Henrich i Girona, José Enrique Serrano y Morales, Joan Russell i Anglarill) y sobre temas generales muy diversos (desde la relación de Cervantes con las imprentas barcelonesas hasta los orígenes del papel en Europa o, en fecha tan temprana como 1927, «El cubismo en el arte tipográfico»).

Portada del Álbum caligráfico universal (J. Romà, 1901), con textos y caligrafía de Canivell y orlas a pluma d Nicanor Vázquez.

A esta torrencial actividad polígrafa hay que añadir aún sus gestiones en la organización de iniciativas asociativas en el ámbito de la industria del libro, entre las que destacan la organización del I Primer Congreso Nacional de las Artes Gráficas (1911) y su papel decisivo en la trabajosa y polémica organización de la presencia catalana en la Feria de Leipzig de 1914, etc.

Eudald Canivell.

Así, pues, Eliseu Trenc hace lo que parece un balance muy justo de la importancia de la figura y el papel desempeñado por el erudito autodidacta Eudald Canivell en el campo de las artes gráficas del siglo XX:

Los tipógrafos anarquistas modernistas, influidos por el pensamiento de William Morris, tanto por sus ideas políticas como por su ejemplo de retorno a la artesanía y a una tipografía gótica, pretendían cambiar el libro como pretendían cambiar el mundo, deseaban cambiar la sociedad y querían renovar las reglas de la composición tipográfica […]

Canivell era consecuente con sus ideas, con su vida: por un lado, ponía sus conocimientos y su erudición al servicio de la recuperación y perfecta reedición de textos catalanes o hispánicos antiguos, en una línea forzosamente elitista de la bibliofilia; pero por otra parte propiciaba y llevaba a cabo una propagación de la estética modernista en todo tipo de trabajos, desde el libro popular hasta la invitación o el anuncio de un baile de sociedad obrera, con lo cual se proponía educar a la sociedad urbana en su totalidad.

 

Y aun así, que se sepa, todavía no se ha escrito una biografía completa y en profundidad de tan fascinante personaje.

Fuentes:

Joan Givanel i Mas y Luis Plaza Escudero, Catálogo de la Colección Cervantina, volumen IV, años 1891-1915, Diputación Provincial de Barcelona, 1959.

Manuel Llanas (amb la col·laboració de Montse Ayats), L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Ex libris de Canibell.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica (Biblioteca de Bolsillo 34), 2000.

Nuria F. Rius, «Heribert Mariezcurrena i Corrons, retratista de Jacint Verdaguer i pioner del fotoperiodisme a Espanya (1847-1898)», nuriafrius.com.

Eliseu Trenc, «Eudald Canivell i Masbernat, impresor, polígraf i promotor», en AA.VV., Bibliofilia a Catalunya. Des del segle XIX, Barcelona, Fundació Jaume I, 2002, pp. 70-73.