Olga Sacharoff, una artista genial y su relación con la bibliofilia

Cuando la pintora de origen georgiano Olga Sacharoff se establece en Barcelona en 1940, no sólo era ya una de las vanguardistas europeas que contaba con mayor reconocimiento internacional, sino que además ya tenía un buen conocimiento de Catalunya, pues durante la primera guerra mundial había residido en Céret y en Barcelona con su primer marido (el pintor y fotógrafo londinense Otho Lloyd) y posteriormente, desde París, había viajado en diversas ocasiones a la capital catalana, donde progresivamente fue abriéndose camino en los ambientes artísticos.

Ya entre 1918 y 1919,Sacharoff había formado parte de la Agrupació Courbet, que, en el seno del Cercle Artístic de Sant Lluc e impulsada por el ceramista Josep Llorens i Artigas (1892-1980) y el arquitecto y pintor Josep Francesc Ràfols (1889-1965), aglutinó a toda una serie de creadores muy diversos (Francesc Domingo, Josep Obiols, Joan Miró, Enric C. Ricard, Joaquim Torres-Garcia…) a los que unía la intención de dar un auténtico revolcón a la estética un tanto acartonada que había caracterizado al Noucentisme.

Por aquellos mismos años, Sacharoff había colaborado curiosa y episódicamente en 391, la mítica revista dadaísta creada en Barcelona por Francis Picabia (1879-1953), financiada por el galerista Rafael Dalmau i Ferreres (1867-1937) y en la que se publicó obra gráfica de Otho Lloyd, Marie Laurencin (1883-1956) y el propio Picabia y textos de Gabrielle Buffet (1881-1985), Max Jacob (1876-1944), Georges Ribemont Dessaignes (1884-1974), Maximilien Gauthier (Max Goth, 1893-1977), Guillaume Apollinaire (1880-1918) y de nuevo Laurencin y Picabia. La colaboración de Sacharoff se limitó al parecer a una ilustración en el segundo número, acompañando poemas de Jacob y Goth, pero, acaso para desorientación de algunos críticos e historiadores del arte, su nombre quedó así en alguna medida vinculado al dadaísmo.

En una interesantísima tesis presentada en 2018, Tránsitos entre París y Barcelona en la primera mitad del siglo XX: Obra y trayectoria de Olga Sacharoff, Elina Norandi ha dejado, además un recorrido por su cosmopolita trayectoria biográfica, una detallada descripción y una propuesta de interpretación de las no muy abundantes pero sí significativas participaciones de esta artista en la creación de libros, todos ellos llevados a cabo en Barcelona.

Cronológicamente, su primer trabajo como ilustradora de libros se publicó en 1943: La casa de Claudina, de Colette (1873-1954), en traducción de la periodista y escritora María Luz Morales (1889-1980) y con elementos decorativos ‒básicamente, capitulares y folios‒ debidos a Evarist Mora (1904-1987). La edición corrió a cargo de Ediciones Mediterráneas ‒de las que Mora se había convertido en uno de los puntales gráficos, gracias a sus cubiertas de los Sonetos del portugués o Leyendas de la Virgen‒ en los talleres de los prestigiosos talleres Juan Sallent de Sabadell, que imprimieron unos pocos ejemplares sobre papel Japón, Holanda y papel de hilo y otros mil cuatrocientos noventa numerados sobre papel offset. El libro, de 24 x 18 cm y encuadernado en rústica, incluye ocho delicadas acuarelas de Sacharoff cuyos originales se expusieron en la librería-galería Galerías Mediterránea durante la segunda quincena de marzo de 1944 pero que, al parecer, se encuentran en paradero desconocido.

Este proyecto editorial había surgido poco tiempo antes como ampliación de la galería adjunta a la Librería Mediterránea, donde ya en 1940 había acogido una exposición de acuarelas y gouaches de Sacharoff, y en 1941 habían expuesto Manolo Hugué y Opisso, por ejemplo, y estaban a su frente Margarida Gabarró y Antoni Vancells. Además de los ya mencionados, Ediciones Mediterráneas (fundadas en 1935 por Dalmau) se distinguieron por proporcionar una interesante fuente de ingresos como traductores a algunos de los más importantes escritores catalanes de antes de la guerra; publicaron, por ejemplo, ediciones de Éramos siete hermanas (1942), de Karin Michaelis, traducida por Carles Soldevila, Las florecillas de San Francisco (1946), en traducción de Marià Manent, etc., además de Tristán, un amor de Ricardo Wagner (1943), de Josep Palau, y Aventuras de un aviador (1943), de Carles Soldevila e ilustrado por el gran Junceda o Prímula, de Ester de Andreis.

Casi como curiosidad, en 1944 Sacharoff ilustró con un dibujo titulado «Un bello rincón» el texto dedicado a «San Gervasio, Sarià, Pedralbes» que el poeta y editor Joan Teixidor (1913-1992) aportó al número especial de la revista Destino dedicado a la ciudad de Barcelona y sus diversos barrios aparecido el 18 de marzo de ese año (y que incluye también ilustraciones de Pere Pruna, Emili Grau Sala y José Miguel Serrano, además de viñetas humorísticas de Valentí Castanys).

Apenas dos años más tarde aparecía el poemario Donde las lilas crecen (1946), de Juan Eduardo Cirlot, en Helikón (que al año siguiente le publicaría a Cirlot Susan Lenox). Se trataba de nuevo de una edición de bibliógrafo, de 170 ejemplares, encuadernada en rústica y estuchada, en cuarto mayor (26 x 18) y con ocho ilustraciones a color de Sacharoff y los poemas impresos con tipos Ibarra sobre papel de hilo de Guarro. De Helikón, creada por el traductor y poeta simbolista José Miguel Velloso Coca (1921-1982) es conocida también la edición biblingüe de Epipsychidion, de Shelley, con traducción del ya mencionado Marià Manent (1898-1988) y aguafuertes de Domènec Olivé Busquets (1892-1959), pero Masid Valiñas destaca esta edición, supervisada por el propio Velloso y Joaquim Horta, como «una de las obras mejor editadas de Juan Eduardo Cirlot».

También de 1946 es Sempre i ara, el poemario con el que Clementina Arderiu (1889-1976) había obtenido el Premi Joaquim Folguera en 1938, pero la guerra y el exilio habían impedido hasta entonces su publicación. De este libro, que contiene veintiséis poemas y cinco litografías, se tiraron solo 150 ejemplares, con el texto impreso en Antigua Menhart y también sobre papel de hilo de Guarro. Elaborado en la S.A.D.A.G. (Sociedad Alianza de Artes Gráficas), se presentaba en estuche con los pliegos por un lado y las ilustraciones protegidas con papel de seda por otro (al parecer, para que éstas pudieran ser enmarcadas si así se deseaba).

Mientras que, en opinión de Norandi, «contemplando la obra, es fácil deducir que Arderiu y Scharoff trabajaron en un proyecto que sintieron como común, que les entusiasmaba y pusieron en él un amoroso cuidado», según Masid Valiñas «las ilustraciones nunca llegaron a entusiasmar a la propia Clementina Arderiu, que no veía en la delicadeza de estas ilustraciones la fuerza y la gracia especial de [Josep] Obiols o de [Enric Cristòfor] ]Ricart», pero ninguno de los dos aporta mayores especificaciones o documentación a favor de sus argumentos. Sí parece acertada la suposición de Masid Valiñas acerca de que, muy probablemente, se trató de una edición de mecenazgo.

El que probablemente sea el último trabajo editorial de Sacharoff lo hizo para la edición de José Janés de la novela Netochka Nezvanova, de Dostoievski, traducida por Juan G. de Luaces e «ilustrada con diez aguafuertes originales compuestos y grabados por Olga Sacharoff». Según el pie editorial de esta edición, encuadernada en cartoné y presentada en estuche, se hizo en los talleres de la S.A.D.A.G. una tirada de 122 ejemplares sobre papel Royal Amman, los grabados al aguafuerte los tiró el prestigioso impresor y grabador Francesc Mèlich (muy vinculado a Grau Sala, Picasso y Miró) y la dirección artística corrió a cargo de Édouard Chimot (1880-1959), que se ocupó también de los otros libros de bibliofilia, fuera de comercio, que en esos años editó Janés (los Cent sonnets français y los Cants d’amor de Ausiàs March en 1945 y las Rimas de Bécquer en 1946). Este libro de Dostoievski resultaba relativamente caro, pues el primer ejemplar («con las composiciones originales de los aguafuertes») salió a la venta a 8000 pesetas, mientras que los once siguientes («con una carpeta que comprende los bocetos y los dibujos originales de una de las planchas de Olga Sacharoff, la serie completa de los estados de los grabados y una punta seca no puesta a la venta») a 2000.

Al hacer balance de la trayectoria de Sacharoff en relación a los libros, Elina Norandi concluye que «la mayoría de su producción como ilustradora data de la década de los años cuarenta del siglo pasado. Los libros ilustrados por Sacharoff, o bien con acuarelas o bien con grabados en diferentes técnicas, actualmente constituyen obras muy representativas de la cultura editorial catalana de mediados del siglo XX y su capacidad para crear atmósferas ensoñadoras en un tiempo triste y con ansias de belleza». A la vista del grueso de su obra pictórica, resulta un poco intrigante pero muy atractiva su dedicación a una muy determinada tipología de libros.

Fuentes:

Natàlia Farré, «Una rusa cubista en el Putxet», El Periódico, 21 de noviembre de 2017 (y actualizada el 29 de diciembre de 2017).

Elina Norandi, «La pintora Olga Sacharoff: Una historia d’exili i acollida», Biblioteca Virtual de Investigación Duoda, 8 de febrero de 2017 (última modificación el 10 de septiembre de 2019).

Tránsitos entre París y Bacelona en la primera mitad del siglo XX. Obra y trayectoria de Olga Sacharoff, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universitat de Barcelona en 2018.

Anónimo, «Olga Sajaroff», Interactius Ara, s/f.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero y Ramos, 2008.

Sergio Vila-Sanjuán, «La colla, vista por un superviviente», La Vanguardia, 28 de marzo de 1994.

El sindicalista Manuel Albar y la imprenta mexicana La Carpeta

Como es bien sabido, en sus orígenes el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) estuvo muy vinculado a obreros de la imprenta y en particular a los tipógrafos; no en vano, el fundador del partido, Pablo Iglesias Posse (1850-1925), se formó como tipógrafo en el Real Hospicio General de Pobres del Ave María y Santo Rey don Fernando y se inició en el oficio en diversas pequeñas imprentas madrileñas.

Manuel Albar.

Es también este el caso de Manuel Albar Catalán (1900-1955), quien con apenas quince años entró a trabajar en la zaragozana Imprenta de Arte Berdejo Casañal (al parecer, Eduardo Berdejo Casañal estaba emparentado con la madre del entonces joven Manuel) y casi al mismo tiempo empieza a colaborar en Juventud. Revista Semanal Ilustrada, entre cuyos mayores éxitos se cuentan por esos años la publicación de dos fragmentos de La lámpara maravillosa, de Ramón María del Valle Inclán (18661-936), así como de textos de escritores de renombre como Luis Bello (1872-1935), Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) y Enrique de Mesa (1878-1929) y de jóvenes ya pujantes como Guillermo de Torre (1900-1971) y Mauricio Bacarise (1895-1931).

También desde muy joven inició Albar una actividad sindicalista en el seno de la anarquista CNT (Confederación Nacional del Trabajo) que le llevó a partir de 1920 a dirigir el periódico libertario El Comunista, y también a ver publicados sus textos en la primera y al parecer breve etapa del sevillano Solidaridad Obrera. Periódico sindicalista y Órgano de la Confederación Andaluza y portavoz del proletariado internacional. A partir de 1924 y hasta otoño de 1927 figura como regente de la imprenta en la que se había formado, la Casañal, que en aquellos tiempos era una de las más prestigiosas de Zaragoza.

No obstante, Manuel Albar se pasó muy pocos años después a las filas del socialismo: en febrero 1926 había entrado en la Federación Gráfica de la UGT (Unión General de Trabajadores), y al año siguiente aparece ya como delegado de varias sociedades obreras de Zaragoza en el Congreso Extraordinario de este sindicato. Sin embargo, ese mismo año 1927 es sentenciado a destierro por un tribunal aragonés y recala entonces en Irún, donde entra en contacto con el también tipógrafo, periodista y político socialista Andrés Saborit (1889-1980).

De la mano de Saborit empieza a colaborar Albar, con el seudónimo Juan de Alzate, en el periódico del PSOE El Socialista, del que no tardaría en convertirse en redactor jefe. A finales de 1928 se traslada a Madrid ya como redactor en plantilla del periódico del partido, pero en la capital de España irá decantándose cada vez más por una actividad política que culminaría con su entrada en el Congreso de los Diputados por la circunscripción de Zaragoza: secretario general de la ejecutiva del PSOE (1931), secretario general y luego vicepresidente de la Agrupación Socialista, diputado a Cortes, miembro del comité revolucionario de Madrid en octubre de 1934 y vocal de la comisión ejecutiva del PSOE (1936-1946).

Durante la guerra civil española se pone al frente de El Socialista para sustituir a Julián Zugazagoitia (1899-1940), coincidiendo además con el momento en que entra por fin en funcionamiento una rotativa Winkler adquirida tres años antes, y cuando el avance de las tropas franquistas obliga a ello dirige también la versión barcelonesa de este mismo periódico, mientras coordina asimismo una serie de agencias de noticias bajo las órdenes de Indalecio Prieto (1883-1962). De esos mismos años es la publicación a cargo de la Gráfica Socialista del PSOE de Un afán cumplido, ¿de qué sirve si no engendra en nosotros un afán nuevo, una conferencia que previamente había pronunciado ante los micrófonos de Unión Radio el 4 de mayo de 1937.

Concluida la guerra, en julio de 1939 llegó a México a bordo del Ipanema, y ya al año siguiente abría una oficina de información para exiliados y en enero de 1940, en colaboración con el también aragonés Lucio Martínez Gil (1883-1956), ponía en circulación un Boletín, para posteriormente fundar el periódico mensual Adelante (que dirigió en dos etapas: 1942-1946 y 1952-1955), compaginándolo además durante un tiempo con la del semanario España (órgano de la Junta Española de Liberación). Estas actividades periodísticas y las políticas no le impidieron sin embargo retomar en el exilio su actividad como tipógrafo.

No es fácil precisar en qué fechas, pero colaboró con una de las imprentas más consolidadas de México. Cuenta en sus memorias el santanderino también exiliado en México Eulalio Ferrer (1920-2009) que, en un determinado momento, poco después de su llegada a México, por intercesión de su padre (que se había colocado como linotipista Talleres Gráficos de la Nación) intentaron encontrarle un empleo como comercial en la empresa de los también santanderinos hermanos Julio y Francisco Gilardi de la Torre, que eran amigos de la familia Ferrer.

Estos dos hermanos, conocidos en Santander como «los italianos», se habían puesto al frente de la delegación en la capital de una vetusta y muy prestigiosa empresa de impresión, Al Libro Mayor, cuando en 1932 la sucursal de Tampico de esta empresa se independizó y provocó una disolución del conglomerado (que contaba con delegaciones en varias ciudades mexicanas, e incluso en Estados Unidos).

Aun así, estos empresarios no pudieron ofrecerle ninguna ayuda al joven Eulalio Ferrer porque la Tipográfica y Litográfica La Carpeta estaba atravesando una situación financiera muy complicada, pues, según Gonzalo Santonja, «acababa de perder la exclusiva de los impresos del Banco Nacional de México, su mejor y en realidad casi exclusivo cliente».

No fue ese el caso de Manuel Albar, que sí empezó a colaborar poco tiempo después en La Carpeta, probablemente gracias a que se puso al frente de la misma el polifacético editor madrileño Rafael Giménez Siles (1900-1991), que intentó reflotar el negocio orientándolo hacia la impresión de libros. Es posible (no hay ninguna constancia de ello) que también tuviera mucho que ver en la colaboración de Albar el hecho de que la mano derecha de Giménez Siles en La Carpeta fuera José Rodríguez Vera, impresor que fuera presidente de la Asociación de Artes Gráficas de Madrid y del Grupo Sindical Socialista de Artes Gráficas (además de vicepresidente de la Unión de Grupos Sindicales Socialistas de Madrid).

Al término de la guerra civil, Rodríguez Vera había sido detenido en el puerto de Alicante, mientras esperaban la llegada de algún barco que les sacara del país, y tras pasar por el campo de Albatera y por diversas prisiones franquistas, en 1943 fue liberado por un error administrativo y logró llegar a México, donde trabajó para los Talleres Gráficos de La Nación, antes de incorporarse a La Carpeta y, con el tiempo, sustituir a Giménez Siles como director de la misma. De ser cierta esta aventurada suposición, quizá contribuiría a fechar los trabajos de Albar para La Carpeta.

Manuel Albar colaboró también como corrector de pruebas en el Diccionario Enciclopédico UTEHA, que venía gestándose desde 1939 y a cuyo frente se puso también casi en el momento de su lanzamiento en 1949 Rafael Giménez Siles, así que, en cualquier caso, quedan más o menos claros los contactos con que contaba para retomar la profesión en la que se había formado, y de la que no parece que se alejara nunca mucho pese a su intensísima actividad política y periodística.

Fuentes:

Aurora Cano Andaluz, «Cántabros de ayer y hoy. Una historia centenaria alrededor del papel», en Rafael Domínguez Martín y Mario Cerutti Pignat, eds., De la colonia a la globalización. Empresarios cántabros en México, Santander, Ediciones de la Universidad de Cantabria, 2021, pp. 179-198.

Eulalio Ferrer, México en el corazón, México, Océano, 2009.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad), 2003.

Sílvia Jofresa y Esther Barrachina, «Albar Catalán, Manuel» Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2006, vol. I, pp. 44-46.

Honoré de Balzac, editor

Los escritores siempre han considerado el dinero con una mezcla de estima y de desprecio, pero sus atracciones y repulsiones nunca han sido tan poderosamente comprendidas, pues Balzac era al mismo tiempo la víctima notoria de la literatura industrial y su empresario más emprendedor. Desde sus transacciones en Grub Street hasta su presidencia al frente de la Societé des Gens de Lettres, consideró francamente la profesión de escritor como un negocio. «Ya no tenemos obras —informa en Beatriz—, tenemos productos.» Georg Lukács, al describir Las ilusiones perdidas como el Don Quijote de las ilusiones burguesas, ha resaltado acertadamente su tema: la transformación de la literatura en mercancía.

Hary Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust.

La entrada del grandísimo escritor Honoré de Balzac (1799-1850) en el mundo de la publicación de libros se ha atribuido a los fracasos que experimentó a su llegada a París como escritor de noveluchas de tendencia neogótica.

Así, en abril de 1825, Balzac se asocia con el médico Charles Caron, un funcionario retirado llamado Jacques-Edouard Benet de Montcarville, y con el célebre librero Urbain Canel (1789-1867). Este último, que se haría famoso tanto como editor de los románticos como por sus reiteradas quiebras, había proyectado ya con otro librero, Agustin Deslongchamps, publicar en pequeños volúmenes a Jean de La Fontaine (1621-1695). Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), Jean Racine (1639-1699) y Pierre Corneille (1647-1684), y cuando expuso la idea a Balzac, este corrió a obtener un préstamo de seis mil francos de sus amigos Bernard-François Blassa y Henri Dassonvillez de Rougemont para entrar en la asociación y ponerse al frente del proyecto.

Las obras de La Fontaine y Molière aparecieron ese mismo año 1825 precedidas de prólogos introductorios del propio Balzac y con ilustraciones a cargo del artista británico Thompson a partir de dibujos originales de Achille Deveria (1800-1858), los libros aparecieron ese mismo año 1825.

Sin embargo, tanto el diseño de los volúmenes como el proceso de distribución de la obra y los planteamientos comerciales de Balzac Editeur ponen de manifiesto que el proyecto estaba mal concebido desde el principio, acaso por carencia de formación en artes gráficas añadida a una enciclopédica falta de experiencia. Para condensar las obras, aprovechar al máximo el papel y evitar que el libro diera demasiadas páginas, se eligió una tipografía extremadamente minúscula, con unos interlineados criminales y sin márgenes razonables, cosa que los hacía difíciles de leer. Además, su optimismo le llevó a suponer que podría financiar los siguientes libros con la venta de los primeros. Por si fuera poco, las ilustraciones en el de La Fontaine en particular, que han sido objeto de algunas críticas demoledoras, encarecieron absurdamente el precio sin aportar ningún valor adicional, de modo que las obras se comercializaron inicialmente a veinte francos franceses de la época (unos 69 euros de 2020). Los libreros no sintieron ningún interés por unos libros exorbitantemente caros publicados por alguien completamente desconocido y sin ningún prestigio en el sector, así que Balzac no tardó en bajar los precios, primero a trece y posteriormente a doce francos. Y ni aún así. Al cabo de un año, de los casi dos mil ejemplares de cada título había vendido apenas una veintena y acabó liquidando a un librero todo el stock.

Mientras el negocio avanzaba con paso firme y decidido hacia el fracaso más estrepitoso que imaginarse pueda, a principios de 1826 Balzac inició una sorprendente huida hacia delante consiguiendo que su familia y madame de Berny le prestaran el dinero necesario para comprare a Laurent de Perignac la imprenta que este tenía en la calle Marais-Saint-Germain (rebautizada luego Visconti) y que contaba con siete prensas Stanhope y treinta y siete empleados (lo que la convertía en una empresa de tipo medio, si se tiene en cuenta que la poderosa Everat contaba con casi quinientos empleados o la prestigiosa Firmin-Didot con doscientos).

Sin embargo, el todavía incipiente escritor carecía de la prescriptiva licencia que Napoleón I había instaurado en 1810 para controlar a quienes intervenían en la creación de material impreso. Blazac, aun cuando no había hecho ningún aprendizaje al respecto y por tanto carecía de las credenciales necesarias para obtener la licencia, la obtuvo el 12 de abril de 1825, al parecer gracias a la intervención del señor de Berny, por entonces influyente magistrado y cuya esposa había prestado la poco desdeñable suma de 45.000 francos para que el joven pusiera en pie su Imprimerie H. Balzac.

Lo primero que hizo Balzac fue contratar como jefe de taller al joven tipógrafo André Barbier, a quien asignó un sueldo de doce mil francos, y entre julio de 1826 y agosto de 1928 —por el camino, la disolución de la editorial le reportó una deuda de quince mil francos—llegó a imprimir poco más de doscientos trabajos entre prospectos, folletos y libros, una cifra más bien modesta teniendo en cuenta las dimensiones e instalaciones con que contaba la empresa. El primer trabajo salido de las prensas de la H. Balzac fue un prospecto de «pilules anti-glaireuses de longue vie» (pastillas de larga vida contra las mucosidades), y a este seguirían diversos folletos de tipo noticiero, de resumen de procesos judiciales, de temas políticos, etc., pero también algunos cancioneros y algunos libros más bien modestos.

Entre estos últimos se cuenta una serie entre didáctica y paródica en cuyos títulos puede advertirse quizá el origen de algunos títulos del hoy olvidado Noel Clarasó (1899-1985) como El arte de perder el tiempo, El arte de no pensar en nada, El arte de tratar y maltratar a las mujeres, etc. Unos de los más famosos de esta coleccción impresos por Balzac fueron Art de ne jamais déjeuner chez soi et de toujours diner chez les autres par feu le Chevalier de Mangeville, pero quizás el más oportuno fuera l’Art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourse un sou, porque también esta nueva empresa balzaquiana acabó en desastre financiero, cosa que no es de sorprender a la vista del número de empleados (y los sueldos que cabe suponerles) y la cantidad de trabajos llevados a cabo.

A estos últimos pueden añadirse, sin embargo, obras didácticas poco menos que imprescindibles para los estudiantes de la época, como el muy usado Vocabulaire del lexicógrafo Noël François de Wailly (1724-1801) o el Lycée ou Cours de litérature del prestigioso crítico Jean-François La Harpe (1739-1803), a los que podría añadirse algunos libros de memorias sobre la época revolucionaria, como las del abogado Jean-Charles Jean Marie Barbaroux (1767-1794), el general François-Claude-Amour, marqués de Bouillé (1739-1800) o las de la célebre girondina Marie-Jeanne Roland (1754-1793), todos ellos guillotinados (los autores de estas memorias, se entiende, no los libros).

Quizá más interesante sea que de la imprenta de Balzac salieran algunos libros más o menos prohibidos por la censura, caso de las Ruines del explorador y filósofo Volney (Constantin-François Chaseboeuf de La Giraudais, 1757-1820), las Scènes contemporaines de la vizcondesa de Chamilly (seudónimo colectivo de François-Adolphe Loève-Veimars, Louis-Émile vanderbuch y Auguste Romieu), o las obras del poeta Évariste de Parny (Évariste Desiré de Forges, vizconde de Parny, 1753-1814). Y a ellos aun puede añadirse una tercera edición de los Cinq-Mars de Alfred de Vigny (1797-1863) y otra de La Jacquerie de Prosper Mérimée (1803-1870).

El balance del primer año de trabajos deja una deuda de noventa mil francos (unos trescientos mil euros actuales), pero tampoco esto arredra a Balzac.

En julio de 1827 se asocia con su empleado André Barbier y con Jean-François Laurent para adquirir una fundición de plomo, en lo que parece un intento de controlar todo el proceso industrial de creación de los libros. Pero las deudas no tardaron en alcanzar los sesenta mil francos. Quizás afortunadamente, no llegó a poner sus ojos en ningún taller de encuadernación, y las deudas contraídas hasta entonces fueron suficientes para convencer a Balzac de que lo mejor que podía hacer era dedicar toda su atención a la escritura de novelas, a un ritmo vertiginoso, para poder saldarlas. Entre estas obras, destacan para lo que aquí interesa el cuento «El ilustre Gallisard», sobre un comerciante de periódicos para jóvenes, pero sobre todo la serie Las ilusiones perdidas (formada por Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Eva y David), incluida a su vez en La Comedia Humana, en la que el joven Lucien de Rubempré ve frustradas sus esperanzas de vivir de la literatura en cuanto se adentra en las trampas del mundo editorial de los años veinte del siglo XIX; los que sin duda mejor conocía su autor.

Fuentes:

Web de la Maison de Balzac.

Gabriel Hanotaux, Georges Vicaire, Honoré de Balzac y Louise Antoniette Laure Berny, La jeneusse de Balzac, Paris, Librairie des Amateurs, 1921.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

La imprenta del Julián Calvo ficticio y la carrera editorial del Julián Calvo histórico

Las promesas un tanto vagas de una revista de cuyo título puede deducirse que dedicada a la economía y el comercio (Revista Fiduciaria y Comercial), una importante empresa constructora y el compromiso de darle tres libros de los de Astral —que bien podría interpretarse como una —errata por Austral— bastaron para que el protagonista del cuento de Max Aub (1902-1972) «De cómo Julián Calvo se arruinó por segunda vez» decidiera endeudarse y comprar una prensa, para la que contrató a diversos operarios y técnicos mexicanos con los que el entendimiento fue, cuanto menos, difícil. Hasta ahí el relato, que vale mucho la pena leer y que significativamente va dedicado al poeta y asesor editorial del Fondo de Cultura Económica Alí Chumacero (1918-2010).

Max Aub entre Dámaso Alonso y Jorge Guillén.

Sin embargo, casi tan interesante como esta es la historia del reconocido jurista de origen murciano Julián Calvo Blanco (1909-1986), que al concluir la guerra civil española llegó a México, después de haber sido magistrado del Tribunal Superior de Alta Traición y Espionaje y haber formado parte del turbio tribunal que en octubre de 1938 juzgó a los dirigentes del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista), que sólo gracias a la intervenciones de Largo Caballero, Federica Montseny y Largo Caballero no acabó con condenas a penas capitales.

Julián Calvo Blanco.

Poco después de su llegada a la capital mexicana, y como consecuencia de la recomendación de dos viejos amigos de su etapa como diplomático republicano, José  Medina  Echavarría  y  Manuel Martínez Pedroso, en 1941 Calvo se integró como técnico en el Fondo de Cultura Económica, inicialmente, como él mismo contó en una extensa entrevista, como corrector de pruebas, junto a los también exiliados Luis Alaminos (1902-1955), Eugenio Imaz (1900-1951) y Sindulfo de la Fuente (1886-1956), entre otros.

En esa época dirigía el Fondo Daniel Cosío Villegas (1898-1976), quien tenía al economista Javier Márquez (1909-1987), nacido en España, como subdirector. Según explica en la mencionada entrevista Calvo:

La gran visión de Cosío Villegas fue aprovechar la afluencia de españoles a México, españoles utilizables, [y] vincular […] el Colegio de México con el Fondo de Cultura Económica para tener una mano de obra barata que estaba subvencionada por el Colegio de México. El Colegio de México, entonces, acogió a los profesores españoles, a intelectuales españoles y les daba una subvención que entonces era muy importante; eran seiscientos pesos al mes o algo así, y a cambio de alguna conferencia o de algún trabajo. Pero en realidad, para el que trabajaban era para el Fondo de Cultura Económica, que era el que aprovechaba el rendimiento de esta gente. […] como corrector de pruebas no tenía sueldo, tenía un jornal de seis pesos diarios por jornada de trabajo.

De izquierda a derecha, Max Aub, Joaquín Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

En este punto, y teniendo en mente los datos del cuento aubiano, es pertinente recordar las siguientes palabras de Díez Canedo de 1993 y el título de la revista del Fondo: «antes de la llegada de los transterrados en 1939, el Fondo prácticamente no era una editorial, aunque editaba algunos pocos libros y la revista El Trimestre Económico». Calvo ascendió rápidamente, pero cuando Javier Márquez fue despedido —al parecer, por negarse a hacer espionaje industrial en Gráfica Panamericana— y parecía que le correspondía a él ocupar su puesto, se presentó la oportunidad de contratar a Joaquín Díez Canedo Manteca (1917-1999), y así se hizo.

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Por esos mismos años, en 1944, figura Calvo como secretario de la etapa mexicana de la mítica revista Litoral, que dirigían los exiliados republicanos José Moreno Villa, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos, y en el seno de esta publicación se ocupó de la edición, en colaboración con Emilio Prados, de El Genil y los olivos, de Juan Rejano e ilustrado por Miguel Prieto, y de uno de los libros más importantes aparecidos bajo el sello de Litoral, la primera edición en el exilio de Cántico, de Jorge Guillén (1893-1984), con quien estableció una estrecha amistad.

Al año siguiente, en 1945, una vez había abandonado ya el Fondo, aparece una traducción firmada por Calvo de Ensayo sobre el espíritu de las sectas, de Roger Caillois (1913-1978), publicado por El Colegio de México. Sin embargo, del análisis pormenorizado del prólogo («Actualidad de las sectas»), Antonio Cajero Vázquez colige que es exactamente la misma traducción que el año anterior había aparecido en la prestigiosa revista de Octavio G. Barreda (1897-1964) El Hijo Pródigo y que«la misma versión firmada por [Gilberto] Owen en El Hijo Pródigo se reprodujo [también] en Fisiología de Leviatán (1946), de Caillois, que incluye el Ensayo sobre el espíritu de las sectas, con traducción de Calvo y Jordana», publicada por la argentina Editorial Sudamericana. Así pues, todo parece indicar que Calvo fusiló la traducción aparecida en El Hijo Pródigo para incluirla como prólogo, y luego se la atribuyó en la edición argentina.

Del año siguiente es la aparición del único número de la revista Ultramar (junio de 1947), en cuyo comité de redacción figura al lado de nombres insignes del calibre de Juan Rejano, Adolfo Sánchez Vázquez y Carlos Velo, entre otros. Y de 1949 es la publicación en el FCE del Diccionario de sociología, de Henry Pratt Fairchild, en el que figuran como responsables de la traducción y revisión T[omás] Muñoz, J[osé] Medina Echevarría y J[ulián] Calvo.

Un poco posteriores son sus trabajos en colaboración con el bibliógrafo de origen canario y por entonces profesor en la UNAM Agustín Millares Carló (1893-1980), Juan Pablos, primer impresor que a esta tierra vino (Librería de Manuel Porrúa, 1953) y, por encargo del FCE, de la actualización y edición de la Bibliografía mexicana del siglo XVI (1954), cuya primera edición era de 1886.

A principios de la década siguiente, participó con Max Aub, Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos en la gestación de la frustrada colección Patria y Ausencia, y en 1952 las imprentas de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde colaboraba estrechamente con el también murciano catedrático de criminología —y exministro de Justicia— Mariano Ruiz Funes (1889-1953), sacan a la luz su estudio El primer formulario jurídico en la Nueva España: la «Política de escrituras» de Nicolás de Irolo (1605). Sin embargo, en 1955 se integra en el funcionariado la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, y se estableció entonces en Chile, donde en julio de 1957 se casó con la psicóloga y profesora de inglés Eliana Vergara Flores.

En cualquier caso, no ha quedado evidencia de ninguna vinculación más específica de Julián Calvo con la imprenta, y mucho menos de que se arruinara como consecuencia de haberse endeudado para invertir en ella. Pero tratándose de Max Aub, vaya usted a saber.

Fuentes:

Max Aub, «De cómo Julián Calvo se aruinó por segunda vez», en Max Aub, Obras completas. Vol. IV-B. Relatos II. Los relatos del laberinto mágico, edición, introducción y notas de Lluis Llorens Marzo y Javier Lluch Prats, Generalitat Valnciana- Institució Alfons el Magnànim, 2006 (primera edición en Cuentos mexicanos (con pilón). México, Imprenta Universitaria, 1959).

Antonio Cajero Vézquez, «Traducción y mediación: la obra dispersa de Gilberto Owen», Literatura Mexicana, vol. 25 (2014), pp. 25-47.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Anejo 36), 2018.

Juan Rodríguez, «Calvo Blanco, Julián» en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario bio-bibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio Anejos 30), 2016, p. 457.

Concepción Ruiz Funes, «Entrevista a Julián Calvo, realizada en su domicilio particular de Madrid», Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (México).

 

El impresor Artís i Balaguer en México

A Patricia Pizarroso, agradecido.

Hacía ya unos meses que había acabado la guerra civil española cuando, el 12 de junio de 1939, partía del puerto francés de Paulliac el vapor Ipanema, con destino a México, con unos mil republicanos españoles a bordo, y entre ellos, según consta en la lista de pasajeros, el impresor y editor Avel·lí Artis i Balaguer, de 57 años entonces, acompañado de sus hijos.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Con una amplia experiencia entonces como impresor, fundador y promotor de revistas ilustradas, y como director de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, el ya veterano impresor no tardó mucho en retomar su labor. Radicado inicialmente en Saltillo (en el estado de Cohauila de Zaragoza), donde a su hijo Avel·lí Artís i Gener (1912-2000), ya conocido como Tísner, se le reclamó para dirigir un periódico institucional y a él se le encargó su impresión, así describe Óscar Fernández Pozas su primera residencia en México:

La familia Artís se instalará en una escuela de la calle de Xicoténcatl, 221. El edificio, que estaba destinado para el diario, era una casa deshabitada de tres pisos, que se encontraba al lado del edificio del Gobierno. La rotativa se encontraba en el sótano; en la planta baja encontraban los linotipos, las cajas y las platinas; en el primer y en el segundo piso se encontraban la redacción y la centralita, y en el tercer piso el departamento de dibujo y el archivo. Avel·lí Artís i Balaguer, según su hijo, no debió hacer mucho en aquel primer trabajo mexicano.

No tardó la familia Artís en irse trasladando al distrito federal, donde se encontraba el núcleo de exiliados republicanos catalanes, y en marzo de 1940 ya se encontraban todos allí. En la capital, Avel·lí Artis i Balaguer entra inicialmente como cajista al servicio de una imprenta fundada por la escritora y pionera periodista feminista Emilia Enríquez de Rivera (1881-1963), que hacía ya muchos años que había fundado y dirigía la longeva revista El Hogar (1913-1942). Debió de hacerse evidente enseguida que ese trabajo le venía pequeño a Artís, así que Enríquez de Rivera le propuso montar juntos un taller, A. Artís, Impresor, donde el impresor catalán creó un equipo formado sobre todo con exiliados catalanes. Teresa Férriz identificó entre ellos a los cajistas Miquel Fustagueres, Bartomeu Rosique y Lois el linotipista Joan Margelí, el minervista Joan Falcó, el prensista Marià Martínez Cuenca, los correctores de pruebas Pere Matalonga y más tarde Vicenç Riera Llorca, las encuadernadoras Elvira Tella y Lucrècia Ivan, el administrativo Lluís Branzuela y el jefe de taller Marian Roca y posteriormente José Castillo, muchos de los cuales le acompañaron en sus diversas iniciativas posteriores.

De la pronta incorporación de Artís i Balaguer a la vida asociativa de la colonia catalana en México es indicativo que se pusiera al frente y revitalizara notablemente la Agrupació Catalan d’Art Dramàtic del Orfeó Català de Mèxic –que en 1942 repuso su Hom les prefereix rosses y en 1945 su célebre Seny i amor, amo i senyor– , o que en mayo de 1942 sea uno de los miembros del jurado de los Jocs Florals celebrados en esa edición en México. También en esos mismos años iniciales de su exilio mexicano se ocupa de El Poble Català, publicación periódica portavoz de la Comunitat Catalana de Mèxic, pero sin duda es más importante, al desvincularse de Enriquez de Rivera, la creación en 1943 de la Compañía Impresora y Distribuidora de Ediciones (CIDE), en cuyo seno nacería la Col·lecció Catalònia. Según parece, la colección surge a raíz del ofrecimiento de la familia Pi i Sunyer del manuscrito de La novel·la del besavi para su publicación en México, y cuya composición Artís encargó a otro célebre editor catalán exiliado en ese país, Joan Sales (1912-1983), que por entonces trabajaba en Ediciones Minerva.

Lluís Agustí lo ha explicado del siguiente modo:

En un principio las obras las imprimía Artís i Balaguer en los Talleres de las Edicions Minerva y esta colección aparece en algunas ocasiones como de Ediciones Minerva. Acabará siendo una editorial, primero como Col·lecció Catalònia y más adelante, a partir del número 12, Solitud, de Víctor Català (1946), como Edicions Catalònia.

Rafael Tasis.

De ese mismo año 1946, cuando pasa a convertirse en Edicions Catalònia, Fernández Poza menciona una carta en la que Artís explica a Antoni Rovira i Virgili su intención de poner en pie dos proyectos editoriales para esta reformulación, una serie destinada al libro político (Col·lecció Almirall) y una Col·lecció Verdaguer dedicada a la poesía que piensa estrenar con la antología La collita tardana, que prepara Rafael Tasis (1906-1966).

Pero hay constancia de muchos otros títulos que quedaron sin publicarse, como es el caso del libro de memorias del poeta y ensayista Josep Pijoan (1879-1963), Retalls de vida, del que se habían adelantado fragmentos en la revista Quaderns de l’Exili, pero nunca llegó a publicarse en volumen. También parece que fue el caso de L’obscur deixeble, de Xavier Benguerel (1905-1990), acaso la novela con que el autor había quedado finalista del Premi Crexells en 1937 con el título L’Evangelista, que Benguerel quemó durante su exilio en Chile. También quedaron en proyecto la edición de dos títulos de escritores de Arenys de Mar: un no identificado L’erm ampulós, de Lluís Feran de Pol (1911-1996), y un Antoni Puigblanch. Figura de la Prerenaixensa, un talent sense profit, del historiador Josep Maria Miquel i Vergés, también inédito.

Paralelamente a esta iniciativa puramente cultural y de promoción de la lengua y la cultura catalana –y, de hecho, como principales fuentes para financiarla–, Artís crea la librería CIDE (en Insurgentes, 70) y sobre todo interviene entre 1943 y 1947 en las Ediciones Fronda.

De la mayor trascendencia es también la creación de La Nostra Revista, una de las mejores revistas culturales del exilio catalán en México, en la que su fiel compañero Vicenç Riera Llorca (1903-1991) actuó como secretario de redacción y entre cuyos principales colaboradores se encontraban tanto escritores en el exilio, como Mercè Rodoreda (1908-1983), Ramon Vinyes (1898-1952), Ferran Canyameres (1898-1964) o Josep Ferrater Mora (1912-1991), como en el interior, caso de Joan Fuster (1922-1992) o Miquel Ferrer Sanxis (1899-1990), además de disponer de corresponsalías en Estados Unidos (Jaume Miravitlles), Inglaterra (Fermí Vergés) y Francia (Rafael Tasis). Contó además con una auténtica pléyade de ilustradores, entre los que se encontraban Francesc Domingo (1893-1974), Carles Fontserè (1916-2007), Emili Grau Sala (1911-1975) o Tísner, y su vida se extendió entre enero de 1946 y noviembre de 1954. Entre enero de 1948 y diciembre de 1949 se publicaron en ella entregas de las Memòries d’un català. Ciinquanta anys de vida a Mèxic, de uno de los fundadores del Orfeó, Enric Botey i Puis (1877-1954), que nunca han llegado a reunirse en volumen, así como, entre 1949 y 1950, fragmentos de un Diari de Bonampak, en el que Josep Puig Gurí naraba los descubrimientos de pinturas mayas que llevó a cabo en Chiapas. Poco después del cierre de La Nostra Revista, a partir de enero de 1955, Tísner dio continuidad al proyecto con La Nova Revista (1955-1958).

Recién iniciada sin embargo esa revista, Artís i Balaguer se pone al frente también del Butlletí de la Unió de Periodistes de Catalunya, que aglutinaba a los profesionales catalanes que ejercían en México, y en abril de 1950 llevaba a cabo otra importante iniciativa, al instituir un Premi Catalònia, cuya obra ganadora debía publicarse en las Edicions Catalònia, como fue el caso de en 1953 de Tres, de Rafael Tasis, que sin embargo no se publicó hasta 1963, en México, gracias a la intervención del otro gran editor catalán exiliado, Bartomeu Costa-Amic (1911-2002).

Para entonces, tras haber estado generando, promoviendo, alentando y dirigiendo las más diversas iniciativas destinadas a dar continuidad a la edición y la cultura en lengua catalana, Artís i Balaguer había sido ya enterrado en México, con el siguiente epitafio:

«Avel·lí Artís i Balaguer, escriptor

i mestre impressor, enamorat de Catalunya,

Vilafranca del Penedès, 1881- Ciutat de Mèxic, 1954.»

 

Títulos de la Col·lecció Catalònia y Ediciones Catalònia:

1 August Pi i Sunyer, La novel·la del besavi, 1944 (segunda ed., 1946).

2 Avel·lí Artís i Balaguer, Adrià Gual i la seva época, prólogo de Joan Roura-Parella, 1944.

3 Joan Moles, Mossèn Cinto, 1944.

4 Jaume Ayguader, Miquel Servet, 1945.

5 Avel·lí Artís-Gener, 556. Brigada Miixta, 1945.

6 Lluís Nicolau d’Olwer, El pont de la mar blava, 1945.

7 Jacint Verdaguer, L’Atlàntida, 1945.

8 Vicenç Riera Llorca, Tots tres surten per l’Ozama, 1946.

9 Jaume Roig, El darrer dels Tubaus, 1946.

10 Ferran Soldevila y Pere Bosch Gimpera, Història de Catalunya, 1946.

11 Ramon Vinyes, A la boca dels núvols, 1946

12 Victor Català, Solitud, 1946

13 Domènec Guansé, Retrats literaris, 1947.

14 Antoni Rovira i Virgili, La collita tardana, 1947.

15 Antoni Roira i Virgili, Teatre de la natura, 1947.

16 Francesc Trabal, Temperatura, 1947.

17 Josep Pous i Pagès, De la pau i del combat, 1948.

18 Victor Alba, Els supervivents, 1950.

19 Artur Bladé Desumvila, Benissanet, 1953.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Miquel Martí Soler, L’Orfeó Català de Mèxic (1906´-1986), Barcelona, Curial, 1989.

Avel·lí Artís i Balaguer y su colección literaria popular

En su completísima tesis sobre Avel·lí Artís i Balaguer, Óscar Fernández Pozas reproduce un pasaje de De l’exili a Mèxic, de Artur Bladé i Desumvila  (1907-1995), que pone de manifiesto hasta qué punto era un impresor y editor escrupuloso el fundador de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, referido además a lo que sin duda era un problema morrocotudo (en particular en México), que podría traducirse del siguiente modo:

 En cierta ocasión tuvo que imprimir un libro en una imprenta mediocre, la mejor que pudo encontrar, que ya tenía todas las especialidades, salvo una, la l·l. Este dígrafo, o mejor la ausencia de este dígrafo, fue motivo de constantes tropiezos, de la primera a la última página. Y eso que él mismo le había explicado previamente al linotipista la manera de hacerlo como es debido. Sólo era cuestión de tener cuidado al escribir primero la l, luego el punto sobrealzado, y a continuación la otra l. Aun así, el dígrafo salía siempre en mala postura, en ocasiones caída (l.l), en otras con un apóstrofo impertinente (l’l), e incluso en otros casos como l-l. […] Fue combate ceñudo y duro, que duró meses, entre la dejadez, combinada con mala fe, y la tenacidad perseverante. Avel·lí Artís nunca permitió una ele geminada incorrecta.

Avel·lí Artís i Balaguer.

De la escrupulosidad de Artís i Balaguer en estos menesteres abundan los testimonios, y Rafael Tasis, por ejemplo, menciona «el amor profundo» que siempre tuvo por «el oficio en el que había empezado la lucha por la vida, y se explayaba en las maquetas y la composición y compaginación de los libros y las revistas que editaba o confeccionaba», así como que «no solo era uno de los cajistas con más arte de Barcelona, sino también un corrector exigente».

Cuando en 1929 empezaron a publicarse los primeros volúmenes de La Col·lecció Les Ales Esteses, tenía ya una experiencia amplia y diversa, con revistas como El Teatre Català, La Mainada o Un enemic del poble, así como los volúmenes de la Biblioteca de La Mainada, y seguramente ello le sirvió en el diseño, tanto editorial como gráfico, e incluso en sus modalidades de distribución, de este nuevo proyecto. Vistos en perspectiva los veinte títulos que llegaron a publicarse (véase Anexo), es evidente la ambición de lograr mostrar una panorámica de la literatura catalana desde el siglo xx hasta el momento “actual”, salpicados además de algunos nombres notables de la literatura universal, Alfred de Musset (1810-1857), Jean Jacques Bernard (1888-1972) y Adelbert von Chamisso (1781-1838), concediendo además espacio a los géneros más diversos, desde la poesía, el cuento y el teatro, hasta el ensayo.

La intención era publicar cada quince días un volumen de menos de cien páginas a un precio que estuviera por debajo de la peseta (en general, alrededor de ochenta céntimos), lo que condiciona la forma de los volúmenes, y ofrecer a los lectores habituales la posibilidad de recibir a domicilio cada uno de los volúmenes, de modo que les salían incluso notablemente más baratos (la suscripción anual era de veinte pesetas). Como es fácil suponer, y queda constancia en el epistolario reproducido por Maria-Mercè Miró i Vilà, los autores no recibían ningún pago por la publicación de su obra, más allá del número de ejemplares que desearan.

X. Benguerel.

A ello se añade la voluntad de incorporar al catálogo a los jóvenes escritores que estaban empezando a pugnar por establecerse en el ámbito de la novela en catalán, y a ello responde el generoso premio Les Ales Esteses (mil pesetas para el ganador) que instituyó ya en el año de su nacimiento, y que tuvo el acierto además de galardonar en su primera edición al debutante Xavier Benguerel (1905-1990) por sus Pàgines d’un adolescent. Además también al finalista, el muy enigmático Joan Crespí i Martí, se le publicó, póstumamente, la irónica novela de aventuras La ciutat de la por, que periódicamente ha sido recuperada (en 1987 por Pòrtic y en 2016 por Males Herbes) y ha ganado siempre su pequeño círculo de adeptos. No podrá negarse, pues, la productividad de las apuestas de Les Ales Esteses por los nuevos autores.
Encuadernados, lógicamente, en rústica, se trataba de unos volúmenes muy cercanos ya al concepto del libro de bolsillo, con un formato de 10,5 x 14 cm, que raramente se acerca siquiera al centenar de páginas. Un caso particular, en este aspecto, es el de Julita, culmen de la novela romántica catalana, pues la idea inicial de Artís i Balaguer era publicar del mismo autor La reyneta del Cadí, debido precisamente a su menor extensión, pero Martí Genís i Aguilar lo convence para que cambie su elección inicial, y aprueba sin mayor discusión la labor de adaptación a las normas ortográficas fabrianas del texto que lleva a cabo el editor. Y no solo eso, sino que, para evitarse problemas, Artís suprime, con la aprobación del escritor, lo que define como un «canto a sentimientos que no alberga el corazón de nuestro pueblo [que] podía perjudicarnos a todos» y que se refiere a un episodio de la guerra en el norte de África que Artís interpreta como de cierto tono militarista. El dedicado a Genís i Aguilar fue el único volumen que alcanzó las doscientas páginas, y también fue bastante superior al habitual su precio, 1,50 pesetas.

Un volumen un poco desconcertante, no numerado (al parecer de 1929), es Cançons valencianes, de Miquel Duran de València, cuyas 70 páginas se pusieron a la venta encuadernada en cartoné a 1,50 pesetas pero fuera de la colección por motivos no muy fáciles de dilucidar. Es posible que fuera anterior a la concepción de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, porque de otro modo no se explicaría fácilmente esta singularidad.

J. Janés i Olivé.

La concepción general de esta colección hará pensar fácilmente a los conocedores de la obra editorial de Josep Janés (1913-1959) en la colección no nata que en marzo de 1934 anunció en el Diario Mercantil como La Setmana Literària –y que más tarde se conseguiría materializar como Quaderns Literaris–, tanto por la concepción general ecléctica en la selección de títulos como por la vocación de acercar la literatura a las clases populares. En este sentido es inevitable evocar un pasaje de la obra de Jacqueline Hurtley Josep Janés. El combat per la cultura, que traducido vendría a ser algo así como:

[Janés] había conocido [a Avel·lí Artís Gener] a través de su padre [Avel·lí Artís i Balaguer], propietario de la librería Renaixença. Avel·lí Arrtís i Balaguer llevaba la librería y papeleria, y a la vez dirigía la biblioteca literaria Col·lecció Popular de les Ales Esteses, de periodicidad quincenal. Aproximadamente en el año 1929, Artís i Balaguer le hablaba a su hijo de «un cliente insólito con pinta de curita», que compraba muchos libros y solía pagar en sellos.

Más notable es la insistencia de Janés en la conveniencia de reeditar en Les Ales Esteses la compilación de cuentos de Agustí Esclasans (1865-1967) Històries de la carn i de la sang, que apareció como número 11 y que tiene también una historia editorial singular. La primera selección de los treinta cuentos que componían originalmente este título la recibió la editorial de Sabadell La Mirada ya en 1928, pero su director, Francesc Trabal (1899-1957) aceptó publicarlo sólo si se reducían a veinte, y se publicaron con la siguiente justificación de tirada (que traduzco):

4 ejemplares en papel Japón Imperial marcados a, b, c y d, no venales; 4 ejemplares en papel Holanda numerados I, II, III,y IV, no venales; 48 ejemplares en papel de hilo Guarro, 18 de los cuales marcados de 1 a 18, firmados por el autor y con el nombre de los bibliófilos de La Mirada a los cuales han sido especialmente dedicados, y los 30 restantes, numerados de 19 a 48, puestos a la venta; y 444 en papel especial L.M., sin numerar.

Al año siguiente Històries de la carn i de la sang se incluía en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses, una edición destinada a un público más amplio, y Janés no solo la incluyó, durante la guerra civil española, como 152 en sus Quaderns Literaris (que habían adoptado el nombre Biblioteca de la Rosa dels Vents), sino que además proyectó una frustrada edición en gran lujo que Xavier Nogués (1873-1940) se había comprometido a ilustrar y ya en la posguerra publicó su traducción al español en la editorial Lauro en 1946 (que luego se reimprimió en 1960 en la colección Novelas y Cuentos de Revista Literaria). Por si no bastaba con ello, Janés recopiló los cuentos que Esclasans había descartado para la edición de La Mirada y los publicó con el título Miquel Àngel y altres proses, que Emili Grau Sala (1911-1975) embelleció con frontispicios a pluma a dos tintas. Ya más recientemente, en 2019, la editorial Males Herbes publicó las Històries de la carn i de la sang, con una imagen que homenajea la de Les Ales Esteses.

Logo de Les Ales Esteses.

Anexo. Obras publicadas en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses

1 Victor Català, Marines.

2 Alexandre Plana, A l’ombra de Santa Maria del Mar.

3 Apel·les Mestres, Tots els contes. Primera serie.                

4 Josep Mª de Sagarra, Cançons de rem i de vela.

5 Alfred de Musset, «Mimí Pinson», seguit de «Frederic i Bernadeta» i «El fill de Tizià», traducción de Melcior Font.

6 Prudenci Bertrana, Josafat.

7 Martí Genís i Aguilar, Julita.

8 Jean Jacques Bernard, El foc que es revifa malament, traducción de Josep Pous i Pagès.

9 Carles Soldevila, Una nit a Bonrepòs.

10 Josep Mª de Segarra, La filla del Carmesí.

11 Agustí Esclasans, Històries de la carn i de la sang.

12 Apel·les Mestres, Tots els contes. Segona serie. Nits de Llegenda.

13 Josep Lleonart, Rondant de nit.

14 Narcís Oller, La bogeria.

15 Josep Berga i Boix, L’estudiant de La Garrotxa.

16 Joan Crespí i Martí, La ciutat de la por.

17 Adelbert de Chamisso, La meravellosa historia de Pere Schèmil, traducción de Gustau Llobet.

18 Josep Sebastià-Pons, Amor de pardal. El singlar.

19 Xavier Benguerel, Pàgines d’un adolescent.

20 Enric Prat de la Riba, La nacionalitat catalana.

Fuentes:

Sílvia Caballeria i Ferrer, «La Col.lecció Popular Les Ales Esteses (1929-1931) d’Avel.lí Artís i Balaguer», Revista de Catalunya, núm. 165 (2001), pp. 79- 90.

Jordi Chumillas i Coromina, «Semblanza de Col·lecció popular Les Ales Esteses (1929-1930)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Agustí Esclasans, La meva vida (1920-1945), Barcelona, Selecta (Biblioteca Selecta 222), 1957.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Maria Mercè Miró i Vilà, «Julita i l’edició de Les Ales Esteses (Correspondència Marí Genís i Aguilar-Avel·lí Artís i Balaguer)», Ausa, vol. XV, num. 132-133 (1994), pp. 27-40.

 

El impresor-editor Artís i Balaguer, antes de extender las alas y alzar el vuelo

El prestigio que llegó a adquirir Avel·lí Artís i Balaguer como impresor es perfectamente comparable al éxito del que durante unos años gozó como dramaturgo, gracias en particular a obras como Comèdia d’amor i de guerra (1921), Les noies enamorades (1924) y sobre todo Seny i amor, amo i senyor (1925), y que empezó a forjarse desde muy joven.

Según consigna Óscar Fernández Poza en la tesis que le dedicó, rondaría Artís i Balaguer los trece años cuando empezó a trabajar como aprendiz de cajista en una imprenta llamada Vidal Germans, ubicada en el número 12 de la Ronda de Sant Pere, que se dedicaba a pequeños trabajos para comercios e industrias, pero sin duda consolidó sus conocimientos con rapidez, al tiempo que hacía sus primeros escarceos como dramaturgo.

En 1904 crea junto a su hermano Manuel el semanario humorístico ilustrado Palla Nova, primer ejemplo de otra veta importante de Artís i Balaguer, la de fundador de iniciativas editoriales. De las posibles vicisitudes de esta efímera revista quizá sean indicativos algunos datos: El primer número, fechado el 1 de agosto, lo imprimió Francisco Badia, y aparece en color verde y en formato de octavo. Sin embargo, a partir del número 3 figura como impresor F. Baixeres y desde el número 6 en adelante se publica en papel color crema. En el octavo y último (con fecha del 28 de septiembre), que es el único en formato de cuarto, figura como impresor J. Ortega. No parace, pues, una trayectoria muy plácida, pese a su brevedad.

Muy poco posterior es Ep!, una publicación del mismo cariz e igualmente de corta vida (ocho números en 1906), a la que siguen entre octubre y diciembre de ese mismo año los diez números de Marramau…, que inicialmente se imprimen en Porcar (carretera Real, 11) y luego en la Imprenta de Monsonís, en el carrer de Ponent, 2, que es la misma dirección de la redacción de la revista. Ese mismo año, Artís i Balaguer se convierte en corrector de pruebas en la redacción de El Poble Català, que ese mismo año había pasado a dirigir Francesc Rodon y lo había convertido en diario y poco después pasaría a ser el órgano oficial del Centra Nacionalista Republicà de Jaume Carner i Romeu (1867-1934), así como en colaborador habitual de ese periódico.

El cambio de década viene marcado por su dedicación a la literatura dramática y a los estrenos teatrales, pero ello no le impide, a principios de 1912, ocuparse de la impresión de la revista humorística ilustrada de vida efímera Picarol, dirigida por el pintor Josep Aragay (1889-1973) y el ilustrador y grabador Xavier Nogués (1873-1941) y entre cuyos colaboradores se contaban el filósofo Francesc Pujols (1882-1962), pero más importante es sin duda la creación a finales de febrero de ese mismo año de la revista de referencia en su materia El Teatre Català (1912-1917).

Margarida Xirgu, en la portada del número del 4 de abril de 1912.

En la fundación de El Teatre Català, que pretendía tomar al pulso a la escena catalana mediante textos y fotografías, acompañaban a Artís i Balaguer el crítico teatral Francesc Curet (1886-1972), que se convirtió en su director, el editor de literatura sicalíptica y escritor anarquista Joan Sanxo Ferrerons (1887-1957) y el escritor y profesor de teatro Ambrosi Carrión (1888-1973), y entre sus colaboradores contó con firmas de la categoría y popularidad de Ángel Guimerà (1845-1924), Apel·les Mestres (1854-1936), Adrià Gual (1872-1943), Josep Pous i Pagès (1873-1952), Rafael Marquina (1887-1960), Alexandre Plana (1889-1940), Lluis Capdevila (1893-1980)…

En una nota al segundo número de esta revista, correspondiente al 7 de marzo de 1912, se publica una nota indicativa del esmero y escrupulosidad de Artís i Balaguer en sus labores de imprenta, y de la importancia que a ellas otorgaban en la revista:

El mucho trabajo que, por suerte para él, tiene Artís en su imprenta fue el motivo de que no pudiera ocuparse más que de componer el primer número de El Teatre Català y que tuviera que darlo a tirar fuera de casa. Esto fue motivo de que nuestro número anterior no quedara tan bien como nosotros esperábamos y Artís deseaba. Pero todo se arreglará poco a poco y, confiando en ello, los lectores sabrán disculparnos.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Ese mismo año, en octubre, aun se ocupa Artís de la composición e impresión de otra revista interesante por su importancia histórica y por la complejidad que tenía en el aspecto gráfico, el Correo de las Artes & de las Letras, creación del poeta vanguardista Josep M. Junoy (1887-1955), en cuyo primer número aparecía, por ejemplo, una defensa del cubismo a cargo de Guillaume Apollinaire (1880-1918). También la presencia de esta revista en el panorama editorial catalán fue fugaz, apenas tres números, pero en ella pueden leerse textos del pintor y crítico Miquel Utrillo (1862-1934), del poeta Vicent Solé de Sojo (1891-1963), del empresario y crítico teatral René Blum (1878-1942), del crítico de arte y adalid del cubismo Maurice Raynal (1884-1954) o del ya mencionado Adrià Gual, junto a ilustraciones de Emili Casanovas (1929-2019) y Joaquim Sunyer (1874-1956). La sede de la redacción era la de la propia imprenta, Balmes, 54.

Que en aquellos años se encargara a Artís i Balaguer la composición e impresión de revistas de arte profusamente ilustradas como la Ars. Ilustración artística y literaria (1911-1912) o Vell i Nou (1915), así como los últimos números de la también muy ilustrada Iberia (1915-1919) de Claudi Ametlla (1883-1968) permiten presuponer que contaba ya con un prestigio entre quienes se embarcaban en proyectos semejantes, en los que además se estaba otorgando cada vez mayor relieve al diseño y la composición.

Sin embargo, quizá tenga mayor importancia histórica que, unos años más tarde, fuera el impresor de Un enemic del poble, la «fulla de subversió espiritual» del poeta Joan Salvat Papasseit (1894-1924), en cuyo primer número le acompañaban las firmas del pintor y escritor anarquista Josep M. de Sucre (1886-1969), el psiquiatra, filósofo y escritor Diego Ruiz (1881-1959), el pintor y teórico uruguayo-catalán Joaquim Torres García (1874-1949) y el librero y escritor izquierdoso Emili Eroles (1895-1983), autor luego de unas fascinantes Memòries d’un llibre vell. Cent anys de la vida d’un llibre (publicado por Pòrtic en 1971 y no reeditado). En los números siguientes alternarían los nombres del anarquista Ángel Samblancat (1885-1963), el dramaturgo Jaume Brossa (¿1869?-1919) y el ensayista y traductor Josep Farran i Mayoral (1883-1955) con los de los poetas Josep M. López Picó (1886-1959) y Joaquim Folguera (1893-1919), entre otros, así como con ilustraciones de Francesc Elías (1892-1991), Celso Lagar (1891-196) o Torres-Garcia. Inicialmente, la composición a tres columnas, con letra muy legible y con márgenes generosos, era en este caso particularmente dinámica, con cursivas que daban variedad a su aspecto general y acaso la única dificultad que presentaba era reproducir fielmente las ilustraciones, pero en números sucesivos la composición fue haciéndose más dúctil para acomodarse a la creatividad poética de Salvat Papasseit, y Artís i Balaguer supo corresponder a ella.

Pese a las muchas y muy diversas cabeceras de cuya impresión se ocuparon los talleres de Artís en esos mismos años –Butlletí de L’Aditorium (1913), Joventut téxtil (1914), Catalunya lliberal (1917), Gaseta Catalana d’Art Dramàtic (1917), o los últimos números del muy combativo semanario radical La Tralla (1922)–, es incuestionable que el siguiente gran hito en la carrera de Artís i Balaguer fue la remodelación gráfica de la revista humorística L’Estevet (en la que participaban figuras de primer orden como Gaietà Cornet, Feliu Elias y Junceda) y sobre todo la creación de la revista infantil La Mainada, cuyo éxito se prolongó desde su inicial número (del 10 de junio de 1921) hasta que, por orden gubernativa, fue clausurada en noviembre de 1923 (en el contexto de la persecución de publicaciones en catalán de la dictadura de Primo de Rivera). El éxito se explica bien por la variedad de secciones, con páginas con letra mayor para los más pequeños, por ejemplo, y por la auténtica pléyade de dibujantes y escritores jóvenes que reúne de Clementina Arderiu (1889-1976), Joan D’Ivori (Joan Vila [1890-1947]), Lola Anglada (1892-1984) y Josep Obiols (1894-1967) a los ya mencionados Apel·les Mestres, Elías o Junceda.

Entre sus peculiaridades más interesantes se cuenta la publicación en modo de folletín de algunas obras que luego se reunían en volumen, como es el caso por ejemplo del muy célebre Capcigrany, de Blai Einer (Francesc Maspons [1872-196]), El penjoll d’or y En Jan Petit, ambos firmados por Montserrat Puigmal (muy probablemente un seudónimo), en las colecciones Contes de La Mainada y Biblioteca de La Mainada, porque suponen el estreno de Artís como editor de libros, pero también la aparición entre sus colaboradores de Joan Salvat Papaseit, que publica por entregas las anécdotas o narraciones minimas que conforman «Els nens de la meva escala», sobre cuya publicación posterior en volumen vale mucho la pena leer el texto que se le dedicó en Piscolabis & Librorum.

Una vez cerrada esta exitosa revista infantil y juvenil, Artís i Balaguer se estrena como librero con la inauguración en el número 423 de la Gran Via (esquina Entença) de la Llibreria Renaixença, un nombre que era toda una declaración de intenciones en plena dictadura primorriverista, y poco después, hacia 1924, entra como colaborador en la exquisita revista de Antoni López Llausàs (1888-1979) D’Ací i d’Allà que dirigía Carles Soldevila (1892-1967), pero será en el mismo ámbito de su librería de donde surgirá su gran hallazgo editorial de preguerra, la colección Les Ales Esteses (1929-1930), que durante muchos años actuó como ejemplo de colección literaria a precios populares.

Fuentes:

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Teresa Fèrriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, Colegio de Jalisco, 1998.

Rafael Tasis, «Avel·lí Artís, home de teatre, periodista, editor i catalanista», Pont Blau, núm. 27 (enero de 1955), pp. 6-7; recogido en Lecturas de postguerra, edición de Montserrat Bacardí y Francesc Foguet, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or 491), 2016.

Tras la pista de Pizkunde, editores en euskara en México

Es lógico que una empresa de vida efímera como fue la editorial vasca establecida en México Pizkunde no haya dejado en su estela una profusión de datos, pero poco a poco se han ido conociendo algunos detalles acerca de su historia.

José Ramon Zabala Aguirre, en su enjundioso «La lengua desterrada. Literatura del exilio en euskara» (1995), subraya con énfasis el carácter pionero de la edición de libros en euskara en el exilio republicano del poemario de Telesforo de Monzón (1904-1981) Urrundik. Bake oroi (Desde lejos. Recuerdos de paz), publicado por Pizkunde en 1945, y añade en una nota que la publicación de lo que podría ser considerada la segunda parte de este libro, Gudarien egiñak (Hechos de los soldados vascos), había sido anunciada inicialmente por la misma editorial mexicana con el título Urrundik. Guda Oroi (Desde lejos. Recuerdos de guerra), si bien finalmente apareció en Biarritz en 1947 con pie de la Imprimerie Moderne (lo que permite suponer que quizá se tratara de una edición  a cargo del autor).

La entrada de esta editorial euskomexicana en el grandioso Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939 (volumen 4) presenta cierta desunificación en cuanto a la escritura del nombre de la empresa (Pizkunda/Piskunde/Pizkunde), pero quizá ofrezca la información más completa al respecto, y añade datos acerca de lo que parece haber sido el segundo título, Goldaketan (1946), de Jokin Zaitegi (1906-1979), que combina traducciones de Baudelaire, Horacio, Maragall, Musset o Jacint Verdaguer con obra propia de Zaitegi.

Jokin Zaitegi.

Cazando al vuelo una alusión en este blog a la tercera obra publicada por Pizkunde, el primer volumen de la traducción que Zaitegi hizo de las tragedias de Sófocles, Lluis Agustí se lanzó en su exhaustiva tesis sobre la edición española en el exilio en México a una investigación que le permitió sistematizar y poner orden a una serie de datos dispersos y plantear como hipótesis la responsabilidad que tanto Monzón como Zaitegi pudieron tener en la creación de Pizkunde, pero aun así quedaron algunos huecos por rellenar acerca de esta insólita iniciativa de publicar en euskara en México.

Son muchas las dudas pendientes antes de poder reconstruir la creación y recorrido de Pizkunde, pero alguna certeza queda también a partir de los tres títulos hasta ahora identificados, y ofrecen además algún que otro hilo del que tirar o caminos posibles por los que proseguir la investigación.

Urrundik se publicó como volumen de doscientas páginas con cuatro hojas de partituras musicales, con once láminas fuera de texto obra del pintor, ilustrador y muralista vizcaíno Juan Aranoa (1901-1973), fallecido en Argentina tras un exilio iniciado en 1937 que le llevó por muy diversos países americanos. Se acompaña el texto de su traducción al español, de la que fue responsable Germán Maria de Iñurrategui (1908-1979), quien al iniciarse la guerra civil española había sido fiscal del Tribunal Popular de Euzkadi y luego lo fue del Tribunal de Alta Traición en Cataluña; entre su obra destaca el texto memorialístico Al servicio de la justicia en tiempo de guerra, recuperado en 2005, además de numerosas colaboraciones en la prensa mexicana. Según indica el pie editorial, Urrundik se imprimió en los talleres de la conocida editorial Cultura (durante mucho tiempo escrita significativamente Cvltvra).

En cuanto a Goldaketan, se trata también de un volumen encuadernado en rústica e igualmente de unas doscientas páginas, pero en este caso, al igual que en el caso del siguiente (y en aparente último) libro de Pizkunde, se indica como impreso en Bolibar Irarkolan, es decir, en la imprenta Bolívar, que —a la espera de un estudio más a fondo— casi con toda seguridad se refiere a los Talleres de la Editorial Bolívar, que si bien no es muy conocida tiene algún que otro superéxito de ventas, en esos mismos años trabajó para otras editoriales y, además, tuvo vínculos con una de las editoriales más importantes del exilio republicano español en México, la Sénéca de José Bergamín (1995-1983), para la que imprimió La enormidad de España, de Miguel de Unamuno, el 31 de enero de 1945, y La agonía del mundo, de José María Gallegos Rocafull, el 24 de marzo de 1947. Este tipo de vínculos con los exiliados republicanos podría ser acaso esclarecedor.

En la época de sus trabajos para Pizkunde, quedaban lejos los días en que los talleres de la Editorial Bolívar (domiciliada en Revillagigedo 37), habían publicado con notable éxito las obras de Alfonso Taracena (1896-1995) En el vértigo de la Revolución Mexicana (1930), Mexicanas modernas (1930), Diez personajes extravagantes (1930), La tragedia zapatista (1931) y Carranza contra madero (1934), lo cual podría hacer pensar que la editorial nació con el propósito de publicar la obra de este autor, pero hacía menos tiempo de una obra quizá significativa para ver los vínculos entre esta estos talleres y el exilio republicano, España unida contra Franco (1944), de la Federación de Organismos de Ayuda a la República Española en México (FOARE), si bien por esa misma época se ocuparon también de las Tendencias actuales del Estado (1944), de Jesús Reyes Heroles, de El estudio dirigido (fundamentos pedagógicos) (1945), de Jesús Román Mastache, de las Semblanzas tabasqueñas (1946), de Francisco J. Santamaría, de Veracruz en el ensueño y el recuerdo. Apuntes de la vida de un jarocho (1946), de Rafael Domínguez, o de Semblanza mexicana (1948), de Alfredo Ramos Espinosa, todos ellos con sello de la Bolívar.

Además, los mismos talleres de la Editorial Bolívar venían por aquel entonces de preparar, para la Editorial Polis, la obra colectiva El gran despojo nacional (1945) y la novela de María Boettiger de Álvarez Alma y ensueño, por ejemplo, y para el Fondo de Cultura Popular (Editorial Popular), la novela En la tormenta, de Alfonso Fabila, con portada de Marichal y de la que, por el colofón, podemos saber que corrigió un personaje insigne, Camilo Cámara. A Cámara lo describía Andrés Molina Enríquez en una carta a Vicente Lombardo Toledano fechada el 3 de abril de 1937, cuando trabajaba para las publicaciones del Museo Nacional de Historia, como «un corrector de pruebas como yo creo que no hay otro en la República, por su práctica y sus conocimientos de lenguaje», y en 1947 se ocupó de la corrección que Ediciones Fuente Cultural publicó de la monumental Biblioteca Hispano Americana Septentrional. Y hete aquí que de 1946 es una edición de la obra de Gonzalo Aguirre Beltrán  La población negra de México, 1519-1810: Estudio etno-histórico, que también se publicó bajo el sello de Ediciones Fuente Cultural y cuya impresión, según consta en su colofón, se llevó a cabo en los Talleres de Editorial Bolívar.

Telesforo de Monzón.

Acaso se trate de simples coincidencias, porque también es cierto que desde la primera mitad de los años treinta más o menos venía produciéndose una progresiva concentración de los trabajos editoriales en unos pocos grandes talleres, según documenta Sebastián Rivera Mir, y quizá estos talleres, simplemente, fueron uno de los beneficiarios de este proceso. Por otra parte, además, como subraya Agustí, sigue sin estar claro quién fundó y de quién era propiedad Pizkunde y con qué apoyos contó, más allá de que algunas coincidencias en las trayectorias biográficas de Monzón y Zaitegi permitan aventurar alguna hipótesis.

Aun así, otro hilo del que tal vez convendría tirar es el de esa acaso no bien identificada Editorial Bolívar, pues cabe la posibilidad de que, en el peor de los casos, alguna relación tuviera con la Editorial Bolívar colombiana de la que era dueño el todavía poco conocido periodista español exiliado Fernando Martínez Dorrien, a quien se tiene por el introductor en Colombia, procedente de México, de la técnica del rotograbado (o huecograbado), que en 1939 le permitió ya estrenar con todos los honores la revista cultural Estampa (de la que se sabe que intentó exportar a México) y la humorística Guau Guau. En definitiva, queda mucho trabajo por hacer y muchas piezas por encajar, pero parece que pistas que seguir algunas hay.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

Gorka Aulestia, Estigmatizados por la guerra, Bilbao, Euskaltzaindia (Euskaltzainak 8), 2008.

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento, 2016.

Antonio Cajero Vázquez, «Gilberto Owen en la revista Estampa (1938-1942): Textos desconocidos», Literatura Mexicana vol. XXII, núm 2 (2011), pp. 101-119.

José Ramón Zabala, «”La lengua desterrada” Literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, Las literaturas exiliadas en 1939, Sant Cugat del Vallès, Cop d’Idees-Gexel (Sinaia 1), 1995, pp. 51-58.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

La edición —casi— imposible («El hombre acecha»)

El resultado de la guerra civil española, con quema de libros incluida, hizo que algunos libros no llegaran a completar su proceso de producción y, por tanto, quedaran en diversas fases de elaboración. Se hace difícil conocer el detalle de todos los libros que no llegaron a ver la luz como consecuencia de los desmanes franquistas, pero han quedado testimonios interesantes de unos cuantos.

Para ceñir el asunto solo a la edición en lengua catalana, valgan como algunos de los muchos ejemplos posibles el compendio de Carles Pi i Sunyer (1881-1971) Una veu, que recogía los textos más importantes durante su etapa como conseller (artículos,

Pere Bohigas.

conferencias, discursos) y que la Conselleria de Cultura tenía ya listo y en prensa cuando fue ocupada Barcelona; afortunadamente, Francesc Vilanova pudo reconstruir este libro a partir del guión e índice de puño y letra de su autor y lo publicó en 1992 la Fundació Pi i Sunyer. Del insigne historiador Jaume Vicens Vives (1910-1960) se sabe de una Geopolítica catalana que también estaba a punto de salir, y Pere Bohigas (1901-2003), que entre 1922 y 1925 había estado trabajando intensamente con Higini Anglès y Josep Barberà en la preparación de un Cançoner popular català, cuyo primer volumen se completó en 1938, pero antes de que llegara a ponerse a la venta la edición fue destruida (sin embargo, se salvó por lo menos un ejemplar que sirvió a las Publicacions de l´Abadia de Montserrat para elaborar una reedición ya en 1983).

Sin embargo, ninguno de estos casos tenía la importancia literaria del poemario de Miguel Hernández El hombre acecha, impreso en la Tipografía Moderna de Valencia (propiedad de Vicente Soler y por entonces incautada por la Subsecretaría de Propaganda) y auspiciado por la Secretaría de Publicaciones del Comisariado del Cuartel General del Grupo de Ejércitos.

Miguel Hernández.

El libro se componía de una prolija dedicatoria a Pablo Neruda en prosa y una serie de dieciocho poemas, algunos de los cuales había recitado ya en marzo de 1937, algunos otros escritos probablemente durante su viaje a Rusia entre agosto y octubre de 1937 o inmediatamente después (como es el caso de «La fábrica-ciudad», «Los hombres viejos» o «Rusia») y finalmente otros que acaso haya que fechar ya en 1938. Hernández había reunido los poemas y se los había hecho llegar en el otoño de 1938 al pintor y cartelista Rafael Pérez Contel (1909-1990), que por entonces era quien estaba a cargo de la dirección artística de las ediciones del Subsecretaría de Propaganda, y se programó la aparición del libro para febrero o marzo de 1939 con una tirada de, según se ha escrito, 50.000 ejemplares. (Sirva como término de comparación que por aquellas mismas fechas la editorial Nuestro Pueblo tiró 25. 000 ejemplares tanto del Contrataque de Ramón J. Sender, y como de La tierra de Alvargonzález y Canciones del Alto Duero de Antonio Machado, ilustrado por su hermano José).

La elaboración de este libro coincidió en la Tipografía Moderna con la de la recopilación que firmó Carlos Palacio de una Colección de canciones de lucha («Himno de Riego», «Els Segadors», «La Marsellesa», «La Internacional», «El Trágala», «Guernikako Arbola»…), con ilustraciones de Eduardo Vicente, Antoni Ballester, Francisco Carreño y Pérez Contel, del que salió un único ejemplar en febrero de 1939, así como un número de la revista mensual Comisario (que había albergado textos de Antonio Machado, Rafael Alberti y Pedro Garfias entre otros y a la que singularizaba la publicación de partituras musicales) y que tampoco llegaron a distribuirse. El libro preparado por Palacios pudo darse a conocer gracias a una edición facsímil hecha en 1980 por Ediciones Pacific a partir del único ejemplar conocido gracias a que el impresor que guillotinó los ejemplares conservó un juego de pruebas.

Es muy probable que en la elaboración de El hombre que acecha de Miguel Hernández tuviera un papel destacado el tipógrafo y linotipista Vicente Ortizá, de quien en los créditos de Canciones de lucha se dice que se ocupó del «ajuste tipográfico».

En cuanto a la corrección de las primeras pruebas, de las que al parecer el poeta sólo pudo ocuparse parcialmente, ha escrito su amigo el poeta y dramaturgo Antonio Aparicio (1916-2000), quien gracias a la intercesión de Rafael Alberti había visto publicado su primer libro (Elegía a la muerte de Federico García Lorca, con dibujos de Santiago Ontañón) ese mismo año 1938:

Este libro lo componen poemas escritos en la segunda mitad de la guerra y su aparición estaba fijada para febrero o marzo de 1939. Tuve ocasión de corregir con Miguel algunas pruebas del libro y hasta de revisar algunos cuadernillos ya impresos, pero el derrumbamiento de la República arrastró hacia el abismo, entre otras cosas, esta obra de especial significación dentro de la poética de su autor.

Otro poeta, Ramón de Garcíasol (seudónimo de Miguel Alonso Calvo, 1913-1994), recuerda también haber recibido el encargo del propio poeta de corregir pruebas de este libro, y así asegura haberlo hecho, y a ellos aún hay que añadir al propio Pérez Contel, quien aseguró haber colaborado con el poeta en una corrección en la que éste no tocó ni un solo versó y apenas señaló alguna que otra errata. Si las tres declaraciones son certeras, podría plantearse como hipótesis que Hernández dejó en manos de sus amigos poetas una primera corrección e intervino solo en una segunda; por ejemplo.

En cuanto a la cubierta, y muy en consonancia con el contenido del poemario, al parecer el autor insistió en que esta fuera muy sobria y sin ningún tipo de ilustración ni viñeta. Según Garciasol el encargo recayó en el pintor y prolífico ilustrador de libros en esos años Eduardo Vicente (1909-1968), si bien Pérez Contel confesó su intención de llevarla a cabo él mismo, e incluso que el poeta le había pedido que en la cubierta «dominase un color rojo, más tierra que carmín» y que la realizó mediante un cliché invertido a dos tintas (rojo y negro), de modo que el título quedara en el blanco y el nombre del autor en negro.

En cualquier caso, con la llegada de las tropas franquistas a Valencia en la primavera de 1939 todo se fue al garete, la Tipografía Moderna fue confiscada y muy buena parte de su contenido expurgado y destruido (muy probablemente por los hombres bajo el mando del censor Joaquín de Entrambasaguas).

Aun así, en 1952 se publicó en las Obras escogidas de Miguel Hernández preparadas por la editorial Aguilar y prologadas por el lexicógrafo y editor Arturo del Hoyo (1917-2004) muy buena parte de El hombre acecha a partir de manuscritos, y lo mismo puede decirse de las Obras completas reunidas por el poeta paraguayo Elvio Romero (1926-2004) y prologadas por la crítica literaria María de Gracia Ifach (Josefina Escolano, 1905-1983) publicadas por Losada en Buenos Aires, que desde 1948 disponía de un mecanuscrito incompleto. No fue hasta la aparición de las Poesías completas (1979) editadas y prologadas por Agustín Sánchez Vidal cuando se publicó por primera vez uno de los poemas clave —y asombroso— del libro, «Los hombres viejos», y dos años después se pudo publicar por primera vez una edición facsímil de El hombre acecha, preparada por Rafael Gómez de Tudanca y extensamente estudiada y prologada por Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia (que previamente, en 1976 habían preparado en la editorial Zero la Obra poética completa, donde reconstruían El hombre acecha a partir de mecanuscritos), que partía de un juego de capillas.

Se tiene noticia de tres juegos que salieron de la Tipografía Moderna antes de caer en manos de la censura franquista: uno de ellos en posesión del bibliófilo y filólogo Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970) compuesto de 72 páginas de 22 x 16 cm encuadernado en rústica; otro encuadernado artesanalmente en posesión del polígrafo José María de Cossío (1892-1977), que tal vez lo obtuvo de Rodríguez Moñino y es la que emplearon De Luis y Urrutia, y una tercera que la tuvo el poeta y crítico de arte Enrique Azcoaga (1912-1985), quien al parecer tenía la intención de publicarlo en Melilla pero acabó por perderlo.

Acaso a partir de epistolarios, memorias y diarios sería posible, por lo menos, llegar a algún día a catalogar todos los libros que se destruyeron y en muchos casos desaparecieron como consecuencia del resultado de la guerra civil española.

Fuentes:

Carlos Alcorta, «El hombre acecha, 75 aniversario del poemario no nato», Carlos Alcorte- Literatura y Arte, 3 de febrero de 2017.

Ramón Fernández Palmeral, «El hombre acecha» como eje de la poesía de guerra, prólogo de Manuel Roberto Leonis Ruiz, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2006.

Ramón Fernández Palmeral, «Apuntes sobre El hombre acecha», Miguel Hernández. Multimedia-Centenario, 6 de diciembre de 2015.

José Carlos Rovira, «Introducción» a Miguel Hernández, Antología poética. El labrador de más aire, Taurus (Clásicos 3), 1990, pp. 7-45.

Victor Ynfantes de Miguel, «Una incógnita desvelada: El hombre acecha, de Miguel Hernández», El País. Arte y Pensamiento, año III, núm. 79 (11 de febrero de 1979), p. 1.

Edición fachista durante la guerra civil española: Jerarquía

Es muy probable que las enormes diferencias entre las características físicas de los libros y revistas editados durante la guerra civil española en la zona controlada por el gobierno y las capturadas por las fuerzas sublevadas merezca un análisis más pormenorizado de los que, al parecer, se han publicado hasta el momento, pues la mayoría de los estudios en este ámbito se han centrado sobre todo en los títulos, los autores y la ideología subyacente en los textos que se publicaban en una y otra zona. Pero quizá no sea menos indicativo que mientras en la zona republicana abundaron los libros en encuadernados en rústica, en papel barato y de mala calidad, en la controlada por las fuerzas rebeldes se pusiera mayor esmero en el libro como objeto, en la calidad del papel y la impresión, en el uso del color, al margen de que el diseño tomara también como referentes tradiciones muy distintas.

La revista Jerarqvía, fundada y dirigida en Pamplona por el cura falangista Fermín Yzurdiaga (1903-1981) inspirándose en la Gerarchia de Mussolini y subtitulada «Revista Negra de la Falange», es un excelente ejemplo de atención a esos detalles de impresión y encuadernación. Además de una muy característica cubierta en riguroso color negro y con el título estampado en oro, el primoroso cuidado en la tipografía, el empleo del color y la generosidad en los márgenes convierten esta publicación en algo muy fuera de lo común. Así lo resume Antonio Duplá Ansuategui:

 Ofrecía una presentación muy cuidada, con impecable tipografía de fuerte impronta clasicista (versales muy cesáreas y romanas, sustitución de las U por V, números romanos, etc.), formato de infolio, cuatro tintas (rojo, azul, negro y purpurina) y buen papel, de modo que su precio era alto (5 ptas. cada número).

 Se publicaron cuatro números con una cadencia irregular, sin duda como consecuencia de los avatares de la guerra: invierno 1936-1937, octubre de 1937, marzo de 1938 y el último fechado simplemente 1938. A Yzurdiaga lo caracteriza Andrés Trapiello como «un cura energúmeno» y añade que «más que un cura, era un curita, joven gerifalte, pálido e inquisitorial, violento y remontado, con mucha afición a echar sermones» , mientras que, según José-Carlos Mainer, «en la figura de Yzurdiaga confluían elementos falangistas y simplemente reaccionarios pero expresados en un tono de exaltación mística que llegaban a lo ridículo». Sin embargo, también hay que atribuir buena parte del mérito de la revista al periodista y escritor Ángel María Pascual (1911-1947), que se había formado como tipógrafo en el Diario de Navarra y que en Jerarqvia actuó como editor. Ese mismo 1937 se acabó en la Imprenta de Regino Bescansa (de Pamplona) un libro ornamentado y con viñetas de Pascual que se cuenta entre sus méritos más reconocidos, El coqueto don Sancho Sánchez, del diplomático de origen uruguayo Gabriel de Biurrun Garmendia (1889-1969). También el resto del equipo de colaboradores de Jerarqvia (autodenominado «escuadra») tenía cierto fuste y prestigio: Agustín de Foxá, Rafael García Serrano, Ernesto Giménez Caballero, Pedro Laín Entrando, Eugenio Montes, Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales…

En esta revista está el origen de la editorial homónima, cuyo plan de publicaciones se anuncia en las páginas finales desde el primer número y que se planteó la creación de cuatro colecciones o líneas: La Sabiduría, Las Letras, Las Artes y La Vida Nueva, bajo la dirección del poeta Luis Rosales (1910-1992), con Francisco García Valdecasa como segundo. Si bien no completamente, el plan anunciado se cumplió en cierta medida, y en 1937 ya aparecieron con pie de Jerarquía Discurso al silencio y Voz de la Falange, discurso pronunciado por Yzurdiaga en Vigo en diciembre de 1937, y Exaltaciones sobre Madrid hechas a los pueblos de España y a los pueblos del mundo, de Giménez Caballero. Sin embargo, poco tenían que ver formalmente con el cuidado puesto en la revista y, en general, ya el diseño de las cubiertas, incluso cuando aludía inequívocamente a la orientación ideológica de los textos, era más sobrio y alejado del churriguerismo cargante de la revista.

Al año siguiente, 1938, se publicó media docena larga de títulos, entre ellos la famosa novela de Agustín de Foxá (1903-1959) Madrid de corte a cheka, en abril, que se publicó simultáneamente en la Librería Internacional de San Sebastián pero impresa en Aldus, S. A. de Artes Gráficas de Santander, y Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional, y del mundo, de Ernesto Giménez Caballero, que al mismo tiempo aparecía en Zaragoza en las prensas del periódico El Heraldo de Aragón; según ha explicado Ana Martínez Rus:

 Este fenómeno fue muy común en la zona sublevada debido a la fragmentación de la industria editorial. El mismo título salía en prensas de distintos lugares para fomentar su difusión, y además, según iban conquistando nuevas localidades, iban ampliando su radio de acción para contrarrestar la enorme labor editora de la España controlada por el gobierno republicano.

 También de ese mismo año es el primer libro de Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), la pieza teatral El viaje del joven Tobías, «milagro representable en siete coloquios», de cuya primera lectura pública dejó escrito Laín Entralgo que durmió a todos sus amigos; se publicó con ilustraciones de Juan Cabanas y su colofón reza del siguiente modo: Gundisalvus auctor fecit * Ioannes Cabanas pinxit * Typis Griielmi in Bilbao * Anno Dom. MCMXXXVIII

Aún de 1938 es el Poema de la Bestia y el Ángel, de José María Pemán (1897-1981), ilustrado con diez láminas alegóricas a plumilla fuera de texto del ilustrador tangerino Carlos Sáenz de Tejada (1897-1958), impresas en Industrias Gráficas Uriarte Zaragoza. Y de 1939 destaca sobre todas la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, impresa en el Instituto Gráfico Oliva de Vilanova y del que se hizo la siguiente tirada:

Uno, numerado con el núm. 1 editado en papel de hilo verjurado agarbanzado dedicado al Excelentísimo señor don Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado y Caudillo de España.

Uno, numerado con el núm. 2, editado con el mismo papel que el anterior y dedicado al Excelentísimo señor don Ramiro Serrano Suñer, Ministro de la Gobernación.

Uno, numerado con el núm. 3 editado también papel de hilo verjurado agarbanzado dedicado el Excelentísimo señor don Raimundo Fernández Cuesta, Ministro de Agricultura y Secretario General de Falange Tradicionalista y de las J.O.N.S.

250, numerados del 4 al 253, editados en papel de hilo blanco verjurado y encuadernados en tela.

6000, sin numerar y con márgenes reducidos, editados en papel dibujo superior acremado alisado.

La producción de las Ediciones Jerarquía prosiguió hasta un poco más allá del fin de la guerra, hasta que en 1941 se subsumió en la Editora Nacional, al igual que pasaría con las Ediciones Fe que dirigía Luis Felipe Vivanco (1907-1975). Es muy probable que el último de los títulos publicados fuera el segundo volumen de las obras completas de José Antonio Primo de Rivera (1903-1936) Frente el Parlamento (1941).

 Títulos identificados:

Fermin Yzurdiaga Lorca, Discurso al silencio y Voz de la Falange, discurso pronunciado en Vigo en diciembre de 1937, Pamplona, 1937 (tuvo cinco ediciones).

Ernesto Giménez Caballero, Exaltaciones sobre Madrid hechas a los pueblos de España y a los pueblos del mundo, 1937.

Rafael García Serrano, Eugenio o proclamación de la Primavera [ésta es como la historia del muerto que yo hubiera querido ser], 1938.

Paul Claudel, El libro de Cristóbal Colón, versión de Felipe Vivanco, dibujos de Pedro Pruna, Bilbao, 1938.

José María Pemán, Poema de la Bestia y el Ángel, ilustrado con láminas fuera de texto con diez alegóricos plumilla de Carlos Saez de Tejada, Industrias Gráficas Uriarte Zaragoza, 1938.

José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, Discursos, prólogo de Raimundo Fernández Cuesta, ilustrado con un retrato de José Antonio Primo de Rivera y un autógrafo facsímil de Francisco Franco, Santander, Aldus, junio de 1938. (1938).

Gonzalo Torrente Ballester, El viaje del joven Tobías. Milagro Representable en Siete Coloquios, ilustraciones de Juan Cabanas, Bilbao, 1938.

Agustín de Foxá, Madrid de corte a checa. Episodios Nacionales I, simultáneamente en Librería Internacional de San Sebastián, Aldus, S. A. de Artes Gráficas de Santander abril de 1938.

Ernesto Giménez Caballero, Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional, y del mundo, 1938, simultáneamente en Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1938.

José María Castroviejo Blanco Cicerón, Altura. Poemas de guerra, introducción de Juan Aparicio, 1939.

Ernesto Giménez Caballero, Roma madre, Madrid, Talleres Gráficos E. Giménez, 1939.

Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco, La mejor reina de España. Figuración dramática en un prólogo y tres actos en verso y en prosa, Madrid, Imprenta de Silverio Aguirre, 1939.

Constantino Bayle, S. I., España en Indias, Barcelona, 1939.

Germán Prado, Antología litúrgica de las distintas liturgias orientales y occidentales, Burgos, Imprenta Aldecoa, 1939.

Ramón de Basterra, Antología poética, Los navíos de la ilustración, Papeles inéditos y dispersos, edición de J.M.B. [¿José Manuel Blecua Teijeiro?] y prólogo de José María de Areilza, Barcelona, 1939.

Fuero del Trabajo, Ed. Jerarquía en el colofón y Ed. Nacional en la cubierta poste, Barcelona, 1939. También: Pamplona, 1938. 54 p, 1 h. Cuidada impresión a dos tintas.

Varios autores, Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, Barcelona, 1939. Autores: Antonio Tovar, Ignacio Agustí, José María Alfaro, Manuel Augusto, Álvaro Cunqueiro, Gerardo Diego, Manuel Díez Crespo, Carlos Foyaca, Román Jiménez de Castro, Pedro Laín Entralgo, Eduardo Llosent y Marañón, Manuel Machado, Eduardo Marquina, Eugenio Montes, Alfonso Moreno, Eugenio D Ors, Leopolso Panero, José María Pemán, Fray Justo Pérez de Urbel, P. Pérez Clotet, Dionisio Ridruejo, Félix Ros, Luis Rosales, Juan Sierra, Adriano del Valle, Luis Felipe Vivanco.

Varios autores, Dolor y memoria de España en el segundo aniversario de la muerte de José Antonio, con textos de José Mª de Areilza, Francisco Casares, Melchor Fernández Almagro, Raimundo Fernández Cuesta, Agustín de Foxá, Rafael Garcerán, Ernesto Giménez Caballero, Antonio Goicoechea, José Antonio Jiménez Arnau, Pedro Laín Entralgo, Lula de Lara, Luis Legaz, José Féliz de Lequerica, Juan Ignacio Luca de Tena, Manuel Machado, J. Miquelarena, Eugenio Montes, José Pemartín, José Mª Pemán, Dionisio Ridruejo, Samuel Ros, Nieves Sáenz de Heredia, José Mª Salaverría, Ramón Serrano Suñer, Antonio Tovar, Mercedes Werner, Felipe Ximénez de Sandoval, y Barcelona, 1939.

de Iriarte, S. I., El doctor Huarte de San Juan y su examen de ingenios. Contribución a la Historia de la Psicología Diferencial, 1940.

Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco, antología y prólogos, Poesía heroica del imperio, dos volúmenes, Barcelona, Institución Gráfica Oliva de Vilanova y Madrid, Gráficas Ultra, 1940-1943.

Dionisio Ridruejo, Poesía en armas, Madrid, 1940.

Manuel Machado, Poesía. Opera Omnia lyrica, contiene elogios, en forma poética de Gerardo Diego, Enrique Frax, Pedro Laín Entralgo, Eduardo Llosent y Marañón Alfonso Moreno, Leopoldo Panero, José María Pemán, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco y Antonio de Zayas 1940.

José Antonio Primo de Rivera, Obras completas tomo II, Frente el Parlamento, 1941.

Fuentes:

Antonio Duplá Ansuátegui, «La revista falangista Jerarqvia y el modelo imperial romano», Vasconia, núm. 38 (2012), pp. 813-837.

José-Carlos Mainer, Falange y literatura, Barcelona, Labor, 1971.

Índice de autores de la Corona.

Ana Martínez Rus, «Expolios, hogueras, infiernos. La represión del libro (1936-1951)» Represura, núm. 8 (febrero de 2013).

Eduardo Ruiz Bautista, «La Editora Nacional (1941-1945): primeros pasos y traspiés», Historia y política: ideas, procesos y movimientos sociales, núm. 13 (2005), pp. 99-120.

Andrés Trapielo, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil, Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

Andrés Trapiello, Imprenta moderna. Tipografía y literatura en España, 1874-2005, València, Campgràfic, 2006.