Hipótesis sobre una accidentada edición «desaparecida»

En las obras completas del excelente dramaturgo español Antonio Buero Vallejo (1916-2000), publicadas por Espasa Calpe en 1994, se incluye un artículo de homenaje a Eusebio García Luengo (1909-2003) en el que se cuentan los motivos de que su obra más conocida experimentara un cambio de título:

Había titulado yo La escalera a la obra, ya escrita, que fue más tarde mi primer estreno; cambié un tanto ese título al enterarme de que Eusebio era autor de otro drama así denominado, aunque ‒según comprobé cuando al fin pude leerlo‒ nada tenía que ver con el mío salvo la acción del primer cuadro en el rellano de una escalera vecinal.

Ciertamente, García Luengo había visto estrenada esta obra el 13 de febrero de 1948 en el Instituto Cardenal Cisneros de la mano del Teatro Experimental Arte Nuevo, con dirección de Medardo Fraile (1925-2013), en una sesión en la que también se pusieron en escena Cuando llega la otra luz, de Carlos José Costas (dirigida por Alfonso Sastre) y Compás de espera, de Alfonso Paso (1926-1978) y dirigida por él mismo. Como es bien conocido, la obra de Buero Vallejo Historia de una escalera se estrenó el 14 de octubre de 1949 con los honores propios de un ganador del Premio Lope de Vega y con dirección de Cayetano Luca de Tena (1917-1997).

Pero añade también en el citado texto Buero Vallejo: «De otros títulos de textos suyos me llegaban referencias, como del de No sé, una novela que nunca pude encontrar». Resulta que, en la cualificada opinión del profesor Enrico Di Pastena, quizá se trate precisamente de «su mejor novela, de corte unamuniano y centrada en la desorientación de la figura del intelectual procedente de ambientes rurales».

El asunto se explica porque esta novela escrita a finales de la década de 1940 no llegó a circular con cierta fluidez por España hasta 1985, en la colección de Anthropos Memoria Rota-Exilios y Heterodoxias y con prólogo de Carlos Gurméndez.

No obstante, el libro sí había existido en 1949, y hay pruebas fehacientes de ello. Según la entrada dedicada a García Luengo en Wikipedia (consultada en febrero de 2023), la primera edición publicó «una editorial valenciana», pero se trató de «una edición malograda por un accidente» del que no se dan más datos.

La empresa valenciana en cuestión fue Cosmos, que a finales de 1949 hizo una edición de No sé encuadernada en cartoné, de volúmenes de 13 x 18 y 272 páginas, que se encuadraban en la colección Tyris. En la misma colección aparecería en mayo de 1951 el poemario de Alejandro Gaos (1906-1958) La sencillez atormentada, si bien en ese caso las 78 del volumen se encuadernaron en rústica y con un formato de 22 x 16 cm., y según la página de créditos a cargo de los Talleres Gráficos de Impresos Cosmos. Pero mencionar algunos de los títulos de Cosmos quizá sea más orientativo.

En Impresos Cosmos había aparecido ya antes de la guerra, desde noviembre de 1935, la revista semanal Información Internacional, que al parecer sustituía a La Correspondencia Internacional (órgano de la III Internacional).

Sin embargo, mayor importancia tienen otros trabajos anteriores, y en particular el hecho de se ocupara de la primera etapa de la revista Nueva Cultura, revista marxista fundada por Josep Renau (1907-1982) y que aglutinaba a artistas tan destacados como Alberto [Sánchez Pérez, 1895-1962], [Francisco] Carreño (1908-1993), (Antonio Ballester (1910-2001) y Manuela Ballester (1908-1994) y firmas como las de César Arconada (1898-1964), Max Aub (1903-1972), Juan Gil-Albert (1904-1994) o Pascual Pla y Beltrán (1908-1961), pero en cuyas páginas son también frecuentes tanto la del mencionado Ángel Gaos como la de García Luengo, que se estrena en el quinto número (junio-julio 1935) con un texto sobre «El teatro de los Quintero», al que seguiría en el sexto (agosto-septiembre 1935) «Un novelista actual: César M. Arconada» y en el úndécimo (marzo-abril 1935) la breve pieza teatral Conato y fracaso de un esperpento). También se imprimió en Cosmos un cartel anónimo conocido como Nueva Cultura por el Frente Popular (66,5 x 45 cm).

Durante la guerra, entre diciembre de 1937 y enero de 1938, Impresos Cosmos se ocupó de Libre Estudio, revista de Acción Cultural al servicio de la CNT en la que escribieron Joan García Oliver (1901-1980), Katy Horna (1912-2000), Ada Martí (1915-1960), Antonio Morales Guzmán (1903-1973) y Juan Santana Calero (1914-1939), entre otros, y un poco anterior es el librito (32 páginas) del sindicalista murciano Juan López Sánchez (1900-1972) La unidad de la CNT y su trayectoria (1936), impreso también en Cosmos.

Posterior ya a la guerra española es el primer libro del poeta y pintor de la Quinta del 42 José Luis Hidalgo (1919-1947), Raíz, un librito de 80 páginas publicado en 1944, y el año siguiente imprimieron un volumen de Poesías, de quien había sido delegado provincial de la Falange, el empresario, periodista e impresor alicantino Juan Sansano Benisa (1887-1955), que aparece con pie editorial de la Editorial Carrera (1945), también de Alicante.

A partir de 1946 empieza a imprimir también algunas ediciones seriadas de revistas infantiles y juveniles ilustradas, como es el caso de El caballero del antifaz rojo (para Europa) y su continuación al año siguiente en la editorial Saturno (El caballero fantasma) o, también para esta editorial, K CH T, pero en esas mismas fechas aparecen también un volumen de Poesía (1947) de Pablo Herrera, encuadernado en cartoné, y, del mismo autor, quizás al año siguiente, el volumen de relatos Cuando mi tío me enseñaba a volar (140 páginas), que incluye ilustraciones del ya mencionado Carreño, de [Manuel] Monleón (1904-1976) y de Genaro Lahuerta (1905-1985), entre otros. El autor de estas dos obras no era sino ese a quien el escritor falangista Gonzalo Torrente Ballester, debido a su joroba, rebautizó como «el Quiasimodo del Turia»: Pascual Pla y Belrtrán, que tras la guerra había pasado por el campo de concentración de Albatera ‒en Campo de los Almendros Max Aub lo convierte en uno de los personajes importantes de la novela‒ y por las cárceles franquistas hasta 1946, lo que basta para explicar que empleara un seudónimo, pues según contó su hija Yolanda, en esa época la policía «le entraba al piso y le hacía fogatas con los libros en el salón, Querían esconder la obra tras las baldosas y se las rompían todas. Siempre se lo llevaban detenido».

Pla y Beltrán retratado por Josep Renau.

Ya de entrados los años cincuenta es el curioso librito ilustrado con fotografías sobre el boxeador Folgado escrito por Tobias Masip Prades Aventuras y desventuras de Folgado (el Tigre de Manises), y de 1959 un volumen de José Luis Aguirre Serra titulado Cervantes y Don Quijote que se inscribe en una colección de Estudio y Vida, lo que indica inequívocamente que Cosmos tuvo continuidad tras el «accidente» que acabó con la edición de No sé (de hecho, Cosmos siguió imprimiendo hasta por lo menos la década de 1970).

La dirección que aparece en los impresos de los Talleres Gráficos Cosmos es el número 34 de la calle Pintor Salvador Abril (paradójicamente, como se verá, dedicada a un pintor famoso por sus paisajes y escenas marinas, a quien el Museo Naval de Madrid condecoró por su donación del cuadro Naufragio del crucero Reina Regente). Esta calle valenciana del distrito del Eixample y no lejos de donde en 1954 se construiría el Mercat de Russafa, está situada en la que durante mucho tiempo se conoció como «la terra del ganxo», porque muchos de sus habitantes se dedicaban a recoger los troncos que llegaban a través del río Turia en un terreno que Pascual Madoz decribió en su Diccionario como «flojo y de buena calidad distribuido en huerta y arrozar que se fertiliza con las aguas del Turia, que desagua en el mar por el término de Ruzafa».

Mientras es de suponer que se estaba ultimando la edición del No sé de García Luengo se produjo en Valencia, el 28 de septiembre, una riada muy sonada conocida como la «riada de las chabolas» (había por entonces unas dos mil chabolas en el cauce del río), acerca de la que cuenta el periódico Las Provincias del 30 de septiembre: «los obreros del molino de Manises vieron acercarse a enorme velocidad una ola gigantesca de más de tres metros de altura» y según relata José Ángel Núñez Mora, «cuando las aguas volvieron a su cauce, sobre las zonas próximas al río que fueron inundadas quedó un inmenso manto de lodo y barro».

No es disparatado pensar que si Buero Vallejo no consiguió leer la primera edición del No sé de García Luego fuera porque la edición quedara sepultada por el lodo. Y aun así sobrevivió algún que otro ejemplar…

Fuentes:

Salvador Albiñana Huerta, Añorantes de un país que no existía: Ana Martínez Iborrra y Antonio Deltoro. Exiliados en México, Universitat de València, 2020.

Antonio Buero Vallejo, «En el Gijón estaba Eusebio», en Obra completa, vol. II, (Poesía, Narrativa, Ensayos y Artículos), edición de Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco, Madrid, Espasa Calpe, 1994, pp. 1241-1243.

Eusebio García Luengo.

Enrico Di Pastena, «Alfonso Sastre, del grupo Arte Nuevo al TAS (1945-1950): prehistoria de una abierta disidencia», Anales de Literatura Española, n.º 29-30 (2018), pp. 205-229.

Eusebio García Luengo, No sé, prólogo de Carlos Gurméndez, Barcelona, Anthropos, 1985.

Andrés Herrero Gutiérrez, «Pla y Beltrán, poemas entre el fusil y la amnesia», Jot Down, 26 de febrero de 2022.

V. Lladró, «La otra gran riada del Turia causó 49 muertos», Las Provincias, 19 de mayo de 2015.

José Ángel Núñez Mora, «Crónica de las catastróficas riadas del Turia en Valencia», Tiempo y clima, n. 60 (abril de 2018), pp. 42-45; n. 62 (octubre de 2018), pp. 18-21 y n. 65 (julio 2019), pp. 38-42.

s. f., «1949, la terrible riada de las chabolas», Las Provincias, 3 de marzo de 2012.

Silvia Viola Morató, «La narrativa de posguerra en Extremadura», Revista de Estudios Extremeños, vol. 70, n. 2 (2014), pp. 1047-1096.

Talín, veintiocho entradas sobre Eusebio García Luengo, con entrevistas y algunos textos del propio autor, en el blog de la revista Caminar Conociendo 3, en diversas fechas.

Aldo Manucio, patrón de los editores

A los editores parece que se les ha asignado como patrón el mismo santo que a escritores y periodistas, el polígrafo San Francisco de Sales (1567-1622), si bien los editores católicos le añaden el escritor y fundador de escuelas tipográficas Juan Bosco (1815-1888). Sin embargo, aunque en sentido estricto no sea santo, sin duda el veneciano Aldo Manucio (1449-1515) tiene para semejante cargo muchos más méritos, que en su introducción a De re impressoria la historiadora del libro Tiziana Plebani da por conocidos y resume espléndidamente:

…produjo caracteres tipográficos nuevos y elegantes; cuidó el lenguaje para que fluyera limpio y agradable, por lo que se ocupó especialmente de la ortografía y la puntuación; perfeccionó el índice; señaló con eficacia los errores; insertó la numeración continua de las páginas; para facilitar el aprendizaje del griego, pensó en ponerlo junto a la traducción latina en la página opuesta. Y, sobre todo, hizo que las obras fueran manejables.

Tal vez no sean tan ampliamente conocidos y valga la pena detenerse un poco en ellos. Consecuente con el objetivo de difundir la cultura clásica que estaban redescubriendo los humanistas que eran sus contemporáneos, Manucio recurrió al punzonista Francesco Griffo de Bologna (1450-1518) para que le creara un tipo acorde con la escritura manual de los humanistas, y de ahí nació el uso generalizado de la cursiva para el texto, que desde el inicial Virgilio de 1501 fue perfeccionándose en libros posteriores. El esmero por proporcionar una página que respire, adjudicándole amplios márgenes, fue otro de los grandes aciertos de Manucio y contribuyó a generar una conciencia de la estética de la página en la que intervenían tanto la legibilidad como el valor artístico, pero Juan José Marcos García subraya sobre todo la vigencia en nuestros días del editor italiano en cuanto a la forma de los textos cuando escribe:

Conviene no olvidar que fuentes informáticas tan ampliamente utilizadas como Times New Roman (llamada Times por el periódico que fue quien encargó en 1929 a Stanley Morris la creación de esta tipografía y New Roman porque es el tipo «nueva romana»), Garamond, Book Old Style, etc., son recreaciones de tipos humanísticos y constatan el predominio hasta hoy de la escritura humanista.

En realidad, no es exagerado afirmar que con la aparición de Manucio se produce en 1501 el paso del «estilo literario» de la literatura cancilleresca al tipo de imprenta.

En un ámbito muy cercano hay que situar la creación y empleo en el círculo de editores de textos creado alrededor de Manucio del semicolon —lo que actualmente conocemos como punto y coma (;)—, al parecer sugerido por Pietro Bembo (1470-1547) y que años más tarde justificaría y explicaría con detenimiento el nieto del editor, Aldo Manucio el Joven (1547-1597), en el apartado  Interpungendi ratio de su Epitome ortographie (1561), si bien en español no entrará hasta 1606, cuando lo propone el humanista e impresor valenciano Felipe Mey (h. 1542-1612) en De ortografhia libellus, vulgare sermone scriptus, ad usum tironum. Inscripción para bien escrevir en lengua latina y española, con el nombre «colon imperfecto», y luego el ortógrafo Gonzalo Correas (1571-1631) lo incorpora a su Ortografía kastellana, nueva y perfeta (1630). Cosa parecida puede decirse del uso impreso del signo del paréntesis semicircular y del apóstrofo.

También se señala a menudo a Manucio como precursor del libro de bolsillo, que constituye una respuesta idónea a la voluntad de hacer posible que quienes no disponían de muchos recursos pudieran acceder a la lectura de las grandes obras de la humanidad, y a ello contribuyó también la sustitución de las lujosas encuadernaciones propias de los códices medievales por cubiertas en pasta de papel o cartón, el uso del lomo plano… Su influencia en la configuración del libro en octavo tal como lo conocemos es en realidad tremenda. Aun así, por otra parte también se preocupaba de que sus libros estuvieran bien encolados para evitar que se desmembraran y en ocasiones imprimía sobre soportes de gran calidad, usando el excelso papel que podía ofrecerle entonces la casa Fabriano.  Asimismo, el ingenioso sistema de numeración de los pliegos, para evitar que se encuadernaran en desorden, fue otro de los avances del editor y uno de los que durante más tiempo pervivieron como costumbre.

Se le tiene además por el primero en imprimir lo que pueden llamarse con propiedad primeros catálogos editoriales, en los que sus publicaciones aparecían ordenadas por las distintas colecciones que creó en función de la temática y/o la lengua original de las obras (otra de sus iniciativas exitosas), e incluso la misma idea de crear distintas colecciones para agrupar y dar orden a la producción editorial se ha atribuido a Manucio. Desde nuestros días, resulta apabullante la cantidad de nombres célebres y todavía hoy objeto de lectura y análisis que acoge el catálogo aldino, que consta de un centenar largo de títulos: Aristóteles, Aristófanes, Pietro Bembo, Dante, Eurípides, Homero, Isócrates, Petrarca, Platón, Policiano, Teócrito… Pero no menos importantes eran los traductores, entre los que sin duda descolla por su fama su buen amigo Erasmo de Róterdam (1466-1536), autor de las de Eurípides y que además pudo dar a conocer sus Adagios —cuya influencia recorre la literatura universal desde Montaigne a Faulkner, pasando por Cervantes, Shakespeare, Kafka y Borges— gracias al trabajo de Manucio.

Sin embargo, es sobre todo en el aspecto de generador de paratextos en lo que se centra la ya mencionada De re impressoria, en la que Ana Mosqueda selecciona y anota con exquisitez una muestra de cartas prologales incluidas en las obras editadas por Manucio de las cuales se desprende un auténtico programa editorial y en el que quedan bien expuestas las aspiraciones del editor, si bien pueden ser también interpretadas, en muchos casos, como lo que hoy serían los textos de contra y de catálogos editoriales e incluso los paratextos en general.

Además, el mencionado libro está salpicado de algunas sentencias que siguen resultando muy útiles y pertinentes para los editores de nuestros días; valgan como ejemplo las siguientes: «Confía en los experimentados aunque no sean infalibles, y más aún en Demóstenes, que dice: “Siempre es necesario el dinero, y sin él nada de lo esencial se puede hacer» o «en nuestros libros la mayoría de las letras están conectadas unas con otras y parecen manuscritas, obras valiosas de ver» (el subrayado es mío).

También en uno de estos textos se produce la aparición por primera vez del lema Festina lente (apresúrate lentamente), cuyo origen remoto quizás esté en los adagios de Erasmo, pero que en cualquier caso, en conjunción con el ancla procedente de una moneda del emperador Vespasiano, conformó la muy célebre marca que tanta influencia tendría en las de editores posteriores (caso de las colecciones Seis Delfines de Tartessos y Áncora y Delfín de Destino, del logo de Dolphin Books, del de Barral Editores…).

Fuentes:

Roberto Calasso, «La hoja voladora de Aldo Manuzio», en La marca del editor, Barcelona: Anagrama, 2014, pàg. 157-177.

Joana Escobedo, «De re impressoria: cartas prologales del primer editor» (reseña), blog de la Escola de Llibreria de la Universitat de Barcelona, 17 de junio de 2022.

Miquela Forteza, «Aldo Manuzio y la búsqueda de la excelencia tipográfica», Xilos.org, 8 de noviembre de 2020.

Aldo Manucio, De re impressoria. Cartas prologales del primer editor, selección, traducción y notas de Ana Mosqueda e introducción de Tiziana Plebani, Buenos Aires, Ampersand (Terrirorio Postal), 2022.

Redacción, «Los tipos cursivos. Origen y evolución», Unos Tipos Duros, 16 de diciembre de 2006.

Fidel Sebastián Mediavilla, La puntuación en el Siglo de Oro. Teoría y práctica, tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 2000.

Los orígenes remotos de Norma Ediciones: de la imprenta al imperio editorial

En la ciudad colombiana de Palmira, en el valle del Cauca, se publicó en 1871 la novela Júlia, de Adriano Scarpetta (1839-1881), quien dos años después publicaría la que acaso sea su obra más conocida, Eva, novela caucana. La impresión de la primera de estas novelas la llevó a cabo Teodoro Materón, que en 1875 se ocupó también del libro del reconocido escritor y pionero fotógrafo Luciano Rivera y Garrido (1846-1899) De Europa a América: recuerdos de viaje.  Sin embargo, el negocio de Mateón se sustentaba sobre todo en el periódico El telégrafo, del que el immpresor era copropietario y fundador con Santiago Eder.

»En 1894, asociado con Belisario Palacios, Ignacio Palau y José Antonio Sánchez, Manuel Carvajal Valencia (1851-1912) compró esta empresa, la trasladó a Cali, la rebautizaron como Imprenta Comercial y con ella puso los cimientos de un auténtico imperio editorial. En su estudio sobre las imprentas de Cali durante las primeras décadas del siglo XX, Maira Beltrán describe este taller del siguiente modo: «Estaba conformada por una prensa tipográfica Washington [de R. Hoe & Co.] y algunas cajas de tipos móviles, que habían llegado a Palmira en el siglo XIX [concretamente en 1867] después de pasar de mano en mano desde su fabricación en Londres en 1797. Con semejantes materiales, podían llegar a imprimir unas doscientas hojas por hora».

No tardó en ocuparse de la impresión de algunas publicaciones periódicas, como el semanario La Patria (1897-1998) y el diario Correo del Cauca (1903-1939), dirigidas ambas por su socio Ignacio Palau, o como El Día, que crearon y dirigieron sus hijos Hernando y Alberto. La concordia entre los socios no duró demasiado tiempo, y entre 1904 y 1905 Carvajal compró la parte de sus colegas, que luego renombraría Tipografía Carvajal y Cía. (la compañía eran sus dos mencionados hijos), mientras que Palau se asoció con sus hermanos y su yerno para poner en pie una empresa mejor dotada, con justicia bautizada como Imprenta Moderna. Como es fácil suponer, a partir de ese momento la Moderna se ocupó del Correo del Cauca, entre cuyos primeros trabajos importantes se cuentan también el libro de 247 páginas y encuadernado en cartoné Episodios nacionales en Nueva Granada héroes y patriotas (1907), del famoso escritor de literatura juvenil William H. G. Kingston (1814-1880), cuya traducción (anónima) había aparecido por primera vez en el Correo del Cauca.

Tampoco la Comercial tardó demasiado en sacar algunos libros de cierta importancia, como es el caso de Centenario en Cali (1910), en el que Ernesto Ayala y Ramón Bonilla compilan diversos discursos pronunciados en conmemoración de los cien años de independencia, o la edición en volumen de Los gusanos urticantes del Valle del Cauca (1910), de Evaristo García (1845-1921), que la Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales reprodujo con las magníficas ilustraciones originales en su número 24 del volumen VI (septiembre 1945-marzo 1946), en reconocimiento a quien fuera fundador de la Sociedad de Medicina del Cauca y de la Sociedad de Medicina de Bogotá (germen de la Academia Nacional de Medicina). Con todo, vale la pena mencionar también la publicación de una colección de ensayos y poemas de publicación periódica titulada Bajo el Sol del Valle, a cuyo frente se encontraba Alberto Carvajal Borrero (1982-1946), quien no tardaría en asistir a la impresión de sus propios libros y en 1930 vería publicado en la barcelonesa Araluce Héroes y fundadores. Ensayos de historia americana.

A la muerte en 1912 de Manuel Carvajal Valencia en 1912, le sucedió al frente de la empresa uno de sus hijos, Hernando Carvajal (1884-1939), que emprendió un profundo y riguroso proceso de modernización de la empresa que empezó por adaptar un motor eléctrico a la prensa manual que había comprado su padre. Por aquel entonces la empresa contaba ya con un local en propiedad destinado exclusivamente al almacenaje y comercio de material de papelería, cuya importación se había iniciado en 1907. Además, a partir de 1914 inicia la comercialización de los primeros blocs de notas y libretas encuadernados por Carvajal & Cía.

Hernando inició también un largo viaje a Leipzig y por otras ciudades europeas con el propósito de poner la empresa al día, y regresó del él con dos prensas impresoras con piedras litográficas, un juego completo de tipos en plomo y con cinco operarios especializados con contrato para manejar las prensas. A mediados de la década se sucedieron la compra y construcción de edificios donde dar cabida a la expansión de la empresa (que compró los saldos de José Vicente Mogollón y Cía, un lote de cajas registradoras, instrumentos musicales, máquinas de escribir Underwood…). Según lo explica Brayan Delgado Muñoz: «Así abrieron nuevos locales para el crecimiento en cuanto infraestructura de la compañía, debido a que la casa paterna donde habían funcionado los talleres industriales se había quedado definitivamente pequeña para sus actividades», y añade un poco más adelante:

Las nuevas instalaciones de los talleres que fueron intervenidos para realizar en ellas la ampliación de la infraestructura, que permitió a Carvajal & Cía. separar los talleres de impresión litográfico y tipográfico, llevó a la empresa a ofertar mejores servicios y así abarcar la demanda interna (con la producción de empaques, tiquetes, envolturas) en las artes gráficas de diseño e impresión litográfica, resultado del desarrollo industrial que se había iniciado desde la década del veinte. Carvajal se posicionó como una empresa que estaba a la altura con medios de producción más tecnificados, en la rama de la impresión y el diseño a nivel regional y nacional…

Cuando hubo completado el bachillerato, Hernando mandó a su hijo Alberto Carvajal Sinisterra a ampliar estudios a Europa, concretamente a Bruselas, y a su regreso en 1932, en una época de crisis (la «violencia bipartidista»), agravada por las guerras fronterizas con Perú, Alberto abandona sus estudios para incorporarse a la empresa familiar, donde desempeñó un papel importante para mantener la imprenta en vanguardia de las innovaciones técnicas con la compra de nuevas máquinas, entre las que destaca la adquisición en de una impresora offset bicolor en 1935. Progresivamente, Alberto Carvajal fue tomando el mando de la empresa, mientras que Manuel se hacía cargo de la litografía y en 1936 se incorporaba Mario Carvajal (hermano de Hernando) como gestor.

Al margen de la diversificación de Carvajal y Cía en otros sectores (la importaciones de automóviles entre ellos), y de la apertura de la primera sucursal en Bogotá, destaca en esa época la creación de una marca destinada a la confección y comercialización de productos de papelería, Norma, que se hizo conocida sobre todo por los cuadernos coloridos o con la cubierta ilustrada, que en 1960 cristalizará en la fundación de la Editorial Norma, inicialmente destinada sobre todo al libro de texto, pero que no tardó en añadir títulos de literatura como el volumen con la Poesía (1963) del filósofo Óscar Gerardo Ramos (1928-2010) o libros destinados a la educación superior y de interés más general, como el Curso elemental de Bibliotecología (1966) de Araceli Oramos Cardona, la traducción de la republicana española exiliada en México Núria Parés del Panorama de las letras norteamericanas desde el siglo XVIII hasta la era atómica (1966), de Norman Foerster, la de Sara Galofré de Estados Unidos: juicio y análisis (1966), de Seymour Martin Lipset… A la larga, sin embargo, y pese a haber creado algunas colecciones literarias brillantes con autores como William Ospina, Álvaro Mutis, Óscar Collazos, Bioy Casares, Pablo Simonetti o Gabriel García Márquez (que en realidad acabó por ser una piedra en el zapato) y haber convocado un notable premio literario entre 2005 y 2011, La Otra Orilla (que galardonó a Marco Schwartz, Horacio Vázquez Rial y Gioconda Belli, entre otros), el sello acabó por regresa a sus orígenes y a centrarse en proyectos educativos o destinados a los jóvenes, ámbito en el que cosechó éxitos incontestables y duraderos.

Fuentes:

Web del Grupo Carvajal.

 Historia de Manuel Carvajal Valencia (vídeo).

Maira Beltrán, «Imprentas e impresores en las primeras décadas del siglo XX en Cali», Papel de colgadura, núm. 16, pp. 104-109.

Brayan Delgado Muñoz, Prácticas empresariales en los negocios de la familia Carvajal Borrero: Inicio, desenvolvimiento, consolidación y crecimiento económico en Cali, 1880 -1939, tesis de licenciatura presentada en la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle (Santiago de Cali), 2014.

 Julio César Londoño, Manuel Carvajal Sinisterra (Una vida dedicada a generar progreso con equidad), Cali, Universidad Icesi (Colección …a conocer el hielo), 2016.

Nancy Estella Vargas Castro, «Un breve recorrido por la historia de la editorial Norma (1960-2016) y sus colecciones de ficción y literatura para adultos», Estudios de Literatura Colombiana, núm. 46 (enero-junio 2020), pp. 159-176.

El autor (e impresor) del «Diccionario tragalológico»

José María Azcona y Díaz de la Rada.

En 1935 la editorial Espasa-Calpe publicó en Madrid un asombroso libro titulado Clara-Rosa, masón y vizcaíno, que Ravina Martín describió como «mordaz, a veces con fina ironía, que en otras llega a ser hasta divertido». Su autor era el escritor y bibliógrafo navarro José María Azcona y Díaz de la Rada (1882-1951), de quien se sabe que era además encuadernador aficionado, que es quien se esconde tras el seudónimo Fray Gerundio en El Diario Vasco y que el año anterior había ordenado y prologado las Memorias. Escenas de la vida tafallesa de Ángel Morrás Navascués (1846-1934), que previamente (desde agosto de 1933) había ido publicando seriadas en el semanario La voz de la Merindad

El 22 de septiembre de ese mismo año 1935 la obra de Azcona publicada por Espasa-Calpe era ampliamente reseñada en el prestigioso periódico madrileño El Sol, en la misma página en que se anunciaba la reciente aparición, también en Espasa-Calpe, de Mi rebelión en Barcelona, de Manuel Azaña (1880-1940).

El título de la obra de Azcona se refería a un personaje bastante singular, el médico José Joaquín de Clararrosa, que previamente había sido conocido como el fraile Juan Antonio Olavarrieta, y no deja de ser curiosa la explicación que Azcona sugiere para la elección de su nombre como médico: «en América casó con dos mujeres y en Portugal con otras dos, y con los nombres de las cuatro Josefa, Joaquina, Clara y Rosa, formó el seudónimo que le hizo famoso». Muy poco antes había aparecido también en Espasa Calpe un libro del donostiarra afincado en Madrid Pío Baroja (1872-1956), Siluetas románticas y otras historias de pillos y extravagancias (1934) en el que se recogía un artículo cuyo título pudo servir de inspiración a Azcona: «Clara Rosa, fraile vasco y anarquista» (pp.79-86). Baroja dejó en este artículo un sucinto retrato de Clara Rosa: «vascongado un poco arlote, grueso, pálido y rechoncho, con unas barbas negras».

Olavarrieta, nacido hacia 1763 y cuya complicada trayectoria vital ha reconstruido admirablemente Beatriz Sánchez Hita, tomó los hábitos franciscanos en Santander en 1776, pero poco después fue trasladado a Bilbao cuando se halló en su celda material de contrabando. Con el tiempo logra convertirse en capellán de la Compañía de Filipinas, lo que le permite conocer mundo, hasta que se establece en la capital del Perú y empieza a publicar su Semanario crítico (desde 1791), que se hizo conocido por sus agrias polémicas con el Mercurio peruano (1791-1795).

Sin embargo, en 1795 está de nuevo en España y al año siguiente empieza la publicación clandestina de Diario de Cádiz, de vida breve (entre abril y mayo), pero al sentirse perseguido por la Inquisición huye en el Leocadia para radicarse en Guayaquil (por entonces perteneciente al Virreinato de Nueva Granada), de donde sus ideas le llevan a convertirse en cura de Axuchitlán (México). Publica allí una sorprendente negación de la existencia del alma y de Dios, El hombre y el bruto, que pese a haber circulado muy probablemente solo en copias manuscritas se ha considerado una pieza clave del pensamiento materialista de la Ilustración española y que, lógicamente, le llevó a la cárcel por «hereje formal, apostata de nuestra sagrada religión, tolerante, deísta ateísta, materialista, reo de lesa majestad pontificia y real».

Debía cumplir condena en España, por lo que fue de nuevo trasladado a Cádiz, y antes de ser entregado a la Suprema General Inquisición consiguió escapar de las autoridades y cambiar de identidad. Con la ayuda del embajador español, en Portugal se hizo con nueva documentación como José Joaquín de Clararrosa, se convirtió en médico de familia (presentó un título como profesor de Medicina por la Universidad de Zaragoza) y contrajo matrimonio con Maximiana Candía de Pesol. Enzarzado en controversias acerca de su profesionalidad como médico, la jura de la Constitución por parte de Fernando VII en 1820 (que daría inicio al trienio liberal) le da la oportunidad de regresar a España y dedicarse a la publicación de sus ideas: Catecismo constitucional y Reflexiones políticas sobre diferentes artículos de la Constitución, ambas en la Imprenta de Carreño en 1820, además de dirigir el Diario Gaditano de la libertad e independencia nacional, político, mercantil, económico y literario, que en la Hemeroteca Nacional se describe como el «más significativo, avanzado, beligerante y polémico del partido liberal en Cádiz durante el Trienio Liberal».

De esas mismas fechas e inicialmente en las páginas del periódico empieza a publicarse una sección entre satírica y política titulada «Diccionario abreviado de todas las cosas» (concretamente desde el 24 de junio de 1821), origen de la obra que, en palabras de Fernando Durán López, convertiría a Clararrosa en «el más ambicioso diccionarista del Trienio», si bien el propio autor se presenta a sí mismo y su estilo como «diccionarista o cocinero literario de bocadillos sueltos de diferentes substancias bajo de una salsa general y económica, en que cada uno de los convidados echa mano de lo que más gusta». Después de aparecer regularmente en el diario hasta principios de agosto de ese mismo año, y probablemente en otoño (aparece anunciada en el periódico en noviembre) se publicó en forma de volumen (180 páginas). El título completo que figuraba en la portada era Diccionario tragalológico o Biblioteca de todo lo tragable por orden alfabético, por el ciudadano José Joaquín de Clararrosa, pero el anuncio en el mencionado periódico es engañoso, pues se describe como «siendo el mismo que se publicó en el diario, se reimprimió separado de él, aumentado y corregido para mayor comodidad de los lectores», cuando en realidad no es sino una compilación de lo aparecido en prensa, sin ninguna ampliación.

La obra salió de la gaditana Imprenta de la Sincera Unión (Alameda, 114), en la que ese mismo año Clararrosa publica, entre muchos otros varios libros y folletos, «La nación y el gobierno». La razón era simple: Clararrosa era el propietario de la imprenta, en palabras de Ravina Martín, «regalo, según sus malévolos e inevitables enemigos, de un pequeño grupo de amigos exaltados», si bien fue en el mismo Diario de Cádiz donde se explicó que el dinero reunido para comprar los útiles de imprenta salió de una recolecta entre los liberales. El nombre de la imprenta, cuya historia también ha reconstruido con minucia Beatriz Sánchez Hita, ya es indicativo de sus posibles vínculos con la masonería, y más concretamente con la logia del mismo nombre creada en septiembre de 1841.

Como no podía ser de otro modo tratándose de un personaje tan controvertido y singular, enzarzado continuamente en controversias y denuncias, ni siquiera después de muerto estuvo exenta su figura de polémica, ya desde las discrepantes versiones de sus honras fúnebres, cuyo marcado carácter político se pone de manifiesto en la descripción que de él hizo Ravina  Martín:

La mañana del día 28 de enero de 1822, las calles de Cádiz se verán recorridas por un espectacular e insólito entierro: en la caja, con la tapa descubierta, iba el cadáver de Clararrosa con la Constitución de la Monarquía española de 1812 abierta por el capítulo en que se habla de la Soberanía Nacional; un gentío acompañaba al féretro portando hojas de olivo y entonando canciones patrióticas, desde el Trágala al Himno de Riego.

Fuentes:

José Joaquin de Clararrosa, Viaje al mundo subterráneo y secretos de la Inquisición revelados a lo españoles. Seguido de «El hombre y el bruto» y otros escritos, edición, introducción y notas de Daniel Muñoz Sempere y Beatriz Sánchez Hita y prólogo de Alberto Gil Novales, Grupo de Estudios del siglo XVIII (Universidad de Cádiz), 2003.

José Joaquin de Clararrosa, Diccionario tragalógico y otros escritos políticos (1820-1821), edición, introducción y notas de Fernando Durán López, Universidad del País Vasco (Textos Clásicos del Pensamiento Político y Social en el País Vasco 9), 2021.

Fernando Durán López, «Pelearse con las palabras: diccionarios políticos en la prensa española de principios del siglo XIX», en Leonardo Funes, coord., Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, Anexo Digital, Sección III, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores, pp.137-146.

Eduardo Enríquez del Árbol, «La capitular Sincera Unión de Cádiz, ¿una logia fundada en la regencia de Espartero?», Trocadero, núm. 26 (2014), pp. 135-168.

Manuel Ravina Martín, «El entierro de un masón: Joaquín de Clararrosa (1822)», Revista de Historia Contemporánea, núm. 1 (1982), pp. 65-80.

Beatriz Sánchez Hita, «Juan Antonio Olavarrieta/José Joaquín de Clararrosa: fraile, médico, periodista y agitador político», Estudios de Teoría Literaria Revista digital, año 3, núm. 5 (marzo de 2014), pp. 115-129.

Beatriz Sánchez Hita, «Semblanza de Imprenta de la Sincera Unión (1821-1823)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

El lugar de Carlos Milla Batres en la historia editorial peruana

El reconocido editor, impresor y escritor Carlos Prince Letcher (1836-1919) no sólo ocupa un lugar de privilegio en la historia de la edición en Perú sino que se convirtió en modelo de algunos de los profesionales del libro más relevantes del país. Nacido en París, pronto quedó huérfano y se formó como tipógrafo al lado de su tío, y una vez llegado a Lima, en 1862, trabajó con Manuel Atanasio Fuentes (1820-1889) en los talleres El Mercurio (que más tarde llegaría a dirigir), antes de establecerse en 1871 por su cuenta y crear la Imprenta del Universo, que luego reconvertiría en Casa Editorial y Librería de la Imprenta del Universo. Entre los libros que editó se cuentan dos de las últimas obras de Fuentes, Ramillete o repertorio de los más piramidales documentos oficiales del gobierno dictatorio (1881) y El purgatorio de nombres o sea extravagancia de apellidos (1883), además de obras de autores como Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), Víctor Balaguer (1824-1901), Edgar Allan Poe (1809-1949), Víctor Hugo (1802-1885), o de las peruanas Clorinda Matto de Turner (1852-1909) y Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909), entre otros. Aun así, quizá su legado más importante fueron los tres volúmenes de Lima antigua, aparecidos en 1890 y considerado aún hoy uno de los trabajos fundamentales sobre la historia de la ciudad. La aparente heterogeneidad del catálogo respondía, pues a las necesidades culturales del Perú de su época y alentó al mismo tiempo la creación literaria peruana.

En la estela y como herederos de algún modo de Prince cabe situar al gran Juan Mejía Baca (1912-1991), a Jaime Campodónico Falconi (1919-2007), a Andrés Martín Carbone Obradovich (1920-1988), a Francisco Moncloa Fry (1922-1982) y, entre otros pero de un modo particular, a Carlos Milla Batres (1935-2004).

El hijo de este último reconstruyó en un estremecedor texto la dura infancia de Carlos Milla, nacido en El Salvador, huérfano desde muy joven y al cargo de su tío, terrateniente en Honduras, del que huyó a los quince años para emprender un periplo que a finales de los cuarenta, azarosa y afortunadamente, le permitió obtener el bachillerato en Tegucigalpa, donde participó también en un precario periódico estudiantil, El Tornillo Sinfín. Se trasladó entonces a Lima, y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos inició estudios de Derecho, que abandonó para editar la Gaceta Sanmarquina.

Juan Mejía Baca.

Más tarde, ya en 1964, aparecen los primeros números de Visión del Perú. Revista de Cultura, que publica un mítico cuarto número (junio de 1969) en el que reúne una amplísima selección de artículos hoy famosos sobre la obra de César Vallejo escritos por Jean Cassou («Recuerdo de Vallejo»), Corpus Barga («Vallejo indescifrado»), Antonio Cornejo Polo («Sobre “Paco Yunque”»), André Coyné («César Vallejo, vida y obra»), Hans Magnus Enzensberger («Vallejo, víctima de sus presentimientos»), Vicente Gaos («Auscultación de César Vallejo»), Nicolás Guillén («Adhesión a Vallejo»), Saúl Yúrkievich («Vallejo, realista y arbitrario»)… Posteriormente este número se publicaría en forma de libro, con algunas imágenes, con el título Homenaje Internacional a César Vallejo.

Un poco antes había coeditado Milla con la Universidad Nacional de Ingeniería un librito de apenas 58 páginas pero legendario en la historia del llamado boom de la novela latinoamericana, al que tituló La novela en América Latina: Diálogo. Se trataba de la transcripción de las conversaciones que tuvieron en la Facultad de Arquitectura el 5 y el 7 de septiembre de 1967 Gabriel García Márquez (que acababa de publicar en mayo Cien años de soledad) y Mario Vargas Llosa (que recién había obtenido el Rómulo Gallegos con La Casa Verde), cuando hacía apenas un mes que se conocían personalmente, aunque sí se habían comunicado epistolarmente. No deja de ser curioso y cuanto menos infrecuente que en la cubierta aparecieran sólo los apellidos de los autores, sin el nombre de pila. Después de reeditarse en diversas ocasiones (tanto en Lima como en Buenos Aires) y de haber circulado profusamente en copias y ediciones pirata, se publicó en Alfaguara en una versión muy ampliada con el título Dos soledades: un diálogo sobre la novela de América Latina (2021), entonces ya con los nombres completos de los interlocutores.

A finales de los años sesenta y primeros setenta son frecuentes en Milla las ediciones de libros de poetas peruanos (en la colección  Ernesto Che Guevara): Informe al rey y otros libros secretos, 1963-1967 (1969), de Gonzalo Juan Rose, Noé delirante (1970), de Arturo Corcuera e ilustrado por Tilsa Tsuchiya, Surcando el aire oscuro (1970) de Javier Sologuren e ilustrado por Fernando de Szyszlo, o Agua que no has de beber (1970), de Antonio Cisneros, pero alternan desde el primer momento con volúmenes editorialmente más complejos de tema histórico y político que sitúan a Carlos Milla como una editorial comprometida con la sociedad de su tiempo; es el caso por ejemplo de los diez volúmenes de la Historia general del Perú (1971), de Lenguaje y discriminación social en América Latina (1972), de Alberto Escobar, de Imagen del Perú en el siglo XIX (1972), de Léonce Angrand, o de la Historia de las batallas de Junín y Ayacucho preparada por Juan Basilio Cortegana y Manuel de la Haza.

Tiene también mucho interés la publicación en enero de 1968 de El viejo saurio se retira, la primera novela del hoy ya consagrado Miguel Gutiérrez, de la que hace además ediciones con fotografías en blanco y negro fuera de texto en la Colección Imagen y Literatura. No desatiende pues Milla la narrativa, y engalana su catálogo con algunos títulos importantes de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), como los tres volúmenes de cuentos La palabra del mudo (1952-1972), la novela publicada ya en 1960 por Ediciones Tawantinsuyu Crónica de San Gabriel (1975), o las inclasificables Prosas apátridas (1978).

Precisamente con Ribeyro arranca en 1973 una Biblioteca de Autores Peruanos, concretamente con Los geniecillos dominicales, prologado por quien fuera su compañero de escuela y por entonces prestigioso escritor Washington Delgado (1927-2003). Y en esa misma colección, como tercer número, se publica el anónimo Tutupaka Llacta (El mancebo que venció al diablo), preparado y traducido del quechua por Jorge A. Lira y prologado asimismo por Delgado. Fruto de ese mismo interés por las culturas prmigenias de América es la publicación en 1974 del clásico quechua Issicha Puytu: drama quechua anónimo, en edición bilingüe y con introducción y notas también de Lira. Y, aún en esa misma línea, de 1979 es la edición definitiva de Ñahuin. Narraciones ordinarias, de Eleodoro Vargas Vicuña (1924-1997), acaso el más importante de los representantes peruanos del neoindigenismo literario.

Con todo, quizás las obras más perdurables de la labor cultural de Milla Batres hayan sido la coordinación y edición ya a partir de la década de 1980 de grandes obras de referencia, como los nueve volúmenes del Diccionario Histórico y Biográfico del Perú (1986), que luego se actualizó con los dos volúmenes del Diccionario Biográfico del Perú Contemporáneo (2004), el Atlas Histórico y Geográfico del Perú (1995), en cuatro volúmenes, y, pese haber quedado inconclusa, la Enciclopedia Temática del Perú.

Cuantitativamente, la importancia del legado de Milla Batres es difícilmente discutible, pero además se hace evidente en él, al margen de la voluntad de dotar a la sociedad peruana de los materiales indispensables para su autoconocimiento, una visión muy abierta del país que le acogió cuando llegó siendo adolescente y una invitación al diálogo entre las comunidades culturales que alberga. Algo no muy distinto al proyecto de Prince Letcher, con quien quizá sean también explicativas las coincidencias biográficas.

Carlos Milla Batres.

Fuentes:

Marcos E. Milla, «Carlos Milla Batres, el editor que yo vi (mi padre)», Escritura y pensamiento, núm. 15 (2004), pp. 106-117.

Julio César Olaya Guerrero, La producción del libro en el Perú, período 1955-1999, tesis presentada en la Escuela Académico Profesional de Bibliotecología y Ciencias de la Información de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2001.

Frank Otero, «¿Reeditarás la Biblia en el cielo? Semblanza de Carlos Milla Batres», Lecturalia. Tierra de Letras, núm. 120 (21 de febrero de 2005).

Melanie Pastor Boza, «Semblanza de la Imprenta del Universo (1870)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2017.

Primeros editores españoles de Edgar Allan Poe

La recepción e influencia en la literatura española de Edgar Allan Poe —que estudió español durante un año en la Universidad de Virginia— ha despertado un intermitente pero intenso interés entre los críticos e historiadores de la literatura del siglo XIX, y parece plenamente justificado, pues, según concluyó David Roas, «la principal novedad en el panorama fantástico de esta segunda mitad del siglo xix la debemos a la publicación y popularización en España de la obra de Edgar Allan Poe».

Edgar Allan Poe.

John Englekirk estableció como la primera traducción al español de un cuento del escritor estadounidense la publicada con el título «La semana de los tres domingos» en el número correspondiente al 15 de febrero de 1857 por la revista el El Museo Universal, fundada y dirigida por el grabador catalán Josep Gaspar i Maristany y cuyo director literario era entonces Nemesio Fernández Cuesta Picatoste (1818-18939  (luego lo sería Gustavo Adolfo Bécquer, desde  1866). Muy poco posterior es el famoso primer artículo publicado en España sobre Poe, firmado por Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) en el número del 18 de agosto de 1858 de La ÉpocaEdgar Poe. Carta a un amigo»), en el que se anuncia ya la próxima aparición del primer volumen de textos de Poe. Tan conocidas como esta primera aparición en El Museo Universal son las ediciones en El Mundo Pintoresco de los cuentos «¿Quién es él? (Imitación de Edgardo Poe)» (1859) y «El gato negro: fantasía imitada de Edgardo Poe» (1859), ambas del poeta y bibliógrafo Vicente Barrantes (1829-1898), y «La verdad de lo que pasó en casa del señor Valdemar», vertida al español por el periodista y comandante de infantería Pedro de Prado y Torres.

Sin embargo, la primera edición en volumen aparece ya en 1858 en la Imprenta de Luis García (calle de San Bartolomé, 4), quien, además de la traducción de El piloto, historia marina, de Fenimore Cooper (1789-1851), acababa de publicar en su Biblioteca Literaria una edición aumentada de las Doloras de Ramón de Campoamor (1817-1901) y la polémica y exitosa tercera novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), Espatolino (1858), que tantos problemas había tenido con la censura cuando apareció por entregas en la revista El Laberinto.

Esta mencionada primera edición de Poe en volumen, publicada en septiembre y titulada Historias estraordinarias [sic], que se presentan como «precedidas de un prólogo crítico biográfico del Doctor Nombela», se abre con «Dos palabras al público» en las que el periodista y escritor Julio Nombela (1836-1919) explica:

Encomendada a nuestro cuidado la dirección literaria de esta Biblioteca, y proponiéndonos desde luego dar a conocer en España las obras extranjeras más notables, nos ha parecido oportuno inaugurar esta serie que ofrecemos con las Historias estraordinarias de Edgardo Poe, colección de cuentos fantásticos que se distinguen por su originalidad, al mismo tiempo que por los profundos conocimientos científicos que encierran en cada una de sus páginas.

Los cuentos incluidos —que se ajustan más bien poco al criterio de «cuento fantástico» anunciado por Nombela—, lo hacen con los títulos «Singular historia de un tal Hans Pfall», «Doble asesinato» («The Murders in the Rue Morgue»), «El escarabajo de oro», «La carta robada» y «La verdad de lo ocurrido con el señor de Valdemar», todos ellos traducidos a partir de las celebérrimas versiones francesas de Charles Baudelaire (que los hermanos Michel Lévi acababan de reunir con los títulos Histoires extraordinaires y Nouvelles histoires extraordinaires en 1856 y 1857). Como reconoce el propio Nicasio Landa, también su prólogo depende muy estrechamente de la nota final de Baudelaire («Edgar Poe, sa vie et ses oeuvres», remedo a su vez de un artículo publicado en 1852 en la Revue de Paris), pero no así la elección de los títulos. Los cinco relatos publicados por Luis García aparecen en Histoires extraordinaires, pero esta se compone de trece títulos; en cambio, acaso para dar mayor atractivo comercial al volumen o quizás para completar el pliego, esta primera edición madrileña incluye un texto que nada en absoluto tiene que ver con el estilo de Poe: «Dicha y suerte, cuadro de costumbres populares», de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber,1796-1877), una novela de amor de tintes folklóricos que se había publicado en 1852 en Cuadros de costumbres populares andaluzas y que acaso se incluyera para dotar al libro de mayor atractivo comercial.

Casi inmediatamente después, aún en 1858, aparece el primero de los dos volúmenes que el impresor J. Martín Alegría preparó de narraciones de Poe, asimismo con el título Narraciones extraordinarias. Primera serie, con el que se estrenaba la colección Biblioteca de Viaje. También en este caso las traducciones procedían de las de Baudelaire, y tampoco en este caso el contenido se ajustaba a las compilaciones del poeta francés, pues tras una nota de presentación del autor en este caso se incluyen siete cuentos, ninguno de los cuales había recogido Nombela: «El barril de amontillado», «El demonio de la Perversidad», «Cuatro palabras con una momia», «Una bestia que vale por cuatro», «El corazón revelador», «Lo que son notabilidades» y «Enterrado vivo».

El segundo volumen (Historias extraordinarias. Segunda serie), quinto volumen de la Biblioteca de Viaje y fechado ya en 1859, lo ocupa casi por completo la narración titulada aquí «Viaje a la luna a despecho de la gravitación, la presión atmosférica y otras zarandajas. Aventuras sin igual de un tal Hans Pfaall», que sin que se sepa muy bien por qué hay quien ha considerado como un error de la portada al suponer que se trataba de dos títulos diferentes (cuando el volumen incluye un solo texto de Poe), en lugar de interpretar que con este título se alude a «The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall», en el que efectivamente el protagonista narra un viaje a la Luna y que se había publicado también alternativamente como «Voyage to the moon». No menos curioso resulta que esta narración de Poe se acompañe de «Soy, tengo y quiero», de Pedro Antonio de Alarcón, a no ser que venga a confirmar que para introducir con éxito en España las obras de Poe sus editores creyeran conveniente añadirles textos de autores españoles famosos.

F. Xumetra.

Surgidos ambos de la Imprenta de El Atalaya (que en 1859 había publicado un volumen de Cuentos, artículos y novelas de Alarcón) , estos dos libros no siguen el índice establecido por Baudelaire ni indican traductor, como tampoco lo hace el volumen que en 1863 reunió, con el título Cuentos inéditos, los que La Correspondencia Autógrafa había ido publicando por entregas en su Biblioteca de Instrucción y Recreo (que aparecía todos los días laborables e incluía cuatro obras y, según indicaba la publicidad, «una de ellas destinada a las madres de familia y otra a los niños»).

Tal vez sea la de E. Doménech Editor de Aventuras de Arturo Gordon Pynn (1863) la primera edición en forma de libro de Poe que indica claramente el traductor, A. de Rosas, que lo es también de la versión seriada que se había ido publicando en el Diario de Barcelona ese mismo año. También la edición en el Establecimiento Viuda e Hijos de Gaspar de El escarabajo de oro, ya en 1867, explicita este dato, pues se presenta en la portada como «traducida espresamente [sic] para la Biblioteca del Viajero por Emilio Domínguez».

Diez años después aparecería otra edición importante, la de Historias extraordinarias (1887) traducidas por Enrique Leopoldo de Verneuil en la Biblioteca de Artes y Letras de Daniel Crortezo, que incorporaba, además del prólogo de Baudelaire, ilustraciones de Ferran Xumetra Ragull (1865-1920), que se convirtió en poco menos que el especialista en narrativa fantástica de la colección de Cortezo (ilustró los Mil y un fantasmas de Dumas, a Hoffmann, etc.). Probablemente, pese a haber sido hecha a partir de la versión francesa, ha sido una de las más difundidas (en 2004, por ejemplo, aún la reeditaba la española Akal; en 2010, la argentina Losada, y en 1974 la mexicana Editora Nacional la había publicado con las ilustraciones originales de Xumetra).

Dibujo de F. Xumetra.

Fuentes:

Francisco Casanova, «Fermando Xumetra», Álbum Salón. Primera Iustración Española en Colores, 1903, pp. 235-245.

Juan José Lanero, Julio–César Santoyo y Secundino Villoria, «50 años de traductores, críticos e imitadores de Edgar Allan Poe (1857–1913)», Livius núm. 3 (1993), pp. 159–184.

Juan Gabriel López Guix, «Sobre la primera traducción de Edgar Allan Poe al español», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 3.

David Roas, «Difusión e impacto de las traducciones españolas de la narrativa fantástica de E. A. Poe en el siglo XIX», en Flavio García, Luciana Collucci, Marisa Martins Gama-Khalil y Renata Philippov, eds., Edgar Allan Poe: efemérides em trama, Río de Janeiro, Dialogarts, 2019, pp. 47-77.

David Roas, La recepción de la literatura fantástica en la España del siglo XIX, tesis doctoral, Departament de Filologia Espanyola de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2000.

David Roas, «Prólogo» a El castillo del espectro. Antología de relatos fantásticos españoles del siglo XIX, Barcelona, Círculo de Lectores, 2002.

Javier Ortiz García, «La retraducción a examen. El caso de Edgar A. Poe en español», Meta. Journal des Traducteurs, vol. 65, núm. 2 (agosto de 2020), pp. 332-351.

Pedro Salinas. «Poe en España e Hispanoamérica», en Ensayos completos III, Madrid, Taurus, 1981, pp. 340-345.

El tipógrafo nazi madrileño que inventó el artóleo

En junio de 1930 se publicaba en diversos periódicos españoles un anuncio con el siguiente texto:

ARTÓLEO

Reproducciones artísticas de pinturas al óleo

Artóleo es una imitación de cuadros hecha por un novísimo procedimiento con patente de invención española número 102.895, que permite la reproducción de las pinturas en tal forma que da la sensación exacta del original pintado al óleo.

Los primeros artóleos que se han hecho son reproducciones de algunos de los más célebres cuadros del Museo del Prado, y muchas personas versadas en el arte, que los han visto, han quedado maravilladas de su perfección.

Como el precio de los a artóleos es poco elevado, no son solamente los adinerados los que pueden adquirirlos, sino que a todas las clases sociales les es posible adornar sus casas con ellos. Puestos en un marco adecuado no desmerecen en nada de las pinturas auténticas.

Al publicarse en el «Diario Monárquico» de Mahón El Bien Público, se añade: «Pueden adquirirse estos cuadros en la librería de Manuel Sintes Rotger, Plaza del Príncipe número 17, Mahón». En 1930, Manuel Sintes Rotger (sucesor de B. Fàbregues y M. Parpal) era una empresa de larga trayectoria que, además de al comercio de libros y a la venta de «objetos de escritorio y artículos de fantasía», ofrecía servicios de impresión y encuadernación. Así, por ejemplo, en esas fechas había publicado el libro de 240 páginas del capitán de infantería Francisco Rodríguez-Martín Fernández Hazañas que canta la Española Infantería. Himnario militar, se ocupaba de la impresión del periódico El Scout. Portavoz de la Patrulla del León (que a partir de abril de 1930 incorporaría como subtítulo «Boletín de los Exploradores de España en Mahón») y al final de la guerra civil española lo haría del efímero Arriba España. Diario Nacional Sindicalista (1939-1940), entre otras publicaciones de cariz semejante.

No obstante, en la primavera de 1930 ya hacía varios meses que el artóleo había hecho una intensa presentación en sociedad a través de la prensa, tanto local como nacional. En el periódico turolense Tierra Charra, por ejemplo, en febrero de ese año había aparecido, firmado sólo como X, un muy laudatorio artículo titulado «Sobre un maravilloso invento: Los artóleos del inventor Blass» que se inicia con las siguientes palabras (respeto la delirante puntuación del original):

Ya publicamos en nuestras columnas hace algún tiempo, un notable artículo del prestigioso publicista madrileño don Eduardo Navarro Salvador, en el que se hacía un elogioso comentario del brillante resultado obtenido por el artista señor Blass con su maravilloso invento denominado «Artóleo».

El escritor y militar profesional Eduardo Navarro Salvador (¿?-1939), germanófilo durante la primera guerra mundial, había colaborado en diversos periódicos y revistas conservadores y tradicionalistas (El Correo Español, El Siglo Futuro, Gaceta de los Caminos de Hierro, La Correspondencia de España, El Reformista Pedagógico…), a menudo abordando temas culturales y en particular de alfabetización, y es muy probable que el artículo al que se alude sea el mismo que en marzo de 1930 publica en el también turolense El Mañana.

En cuanto a «el inventor Blass», nada tiene que ver con el protagonista de la pionera novela del costarricense  Joaquín García Monge (1881-1958) El Moto, sino que alude a Joseph Blass Mayer (1873-1957), a quien el mencionado Navarro Salvador describe como un «culto y muy laborioso alemán que lleva muchos años de residencia en España» y como un «impresor de los de mayor fama de Madrid, y aun de España entera», cuya empresa (después de ubicarse en la calle de San Mateo) estaba por entonces situada en el colindante y muy pijo barrio de Salamanca (en la calle Núñez de Balboa, número 21). Por su parte, en «Tinta franquista al servicio de Hitler: La Editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», se define a Joseph Blass como «uno de los principales artífices de toda la producción propagandística y cultural en defensa de los valores nazis en lengua castellana». Y es que una cosa no quita la otra.

Logo de la Editorial Blass.

Blass llegó a España cuando en 1899 el director de Abc, Torcuato Luca de Tena Álvarez Ossorio (1861-1929), lo reclutó para que se pusiera al frente de la parte gráfica de la revista Blanco y Negro, trabajo que desempeñó hasta que en 1903 creó su propio taller impresor. Cuatro años después de arrancar su propio negocio ya estaba en condiciones de imprimir por lo menos parte de las enormes cantidades de ejemplares (alrededor de 50.000) que tiraba la exitosa publicación periódica El Cuento Semanal propiedad de Antonio Galiardo y dirigida por el novelista de origen cubano Eduardo Zamacois (1873-1971) y que, en palabras de Gonzalo Santonja, «dio origen al impresionante aluvión de novelas cortas de autores españoles, de bajo precio y distribuidas en quioscos de prensa, que constituyó el fenómeno editorial y literario más relevante de aquellos años». A raíz del suicidio de Galiardo en 1908, Blass se convirtió en socio de Zamacois en la publicación que intentó dar continuidad a este proyecto, Los Contemporáneos, cuyo primer número está fechado en primer día de 1909.

Pruebas del prestigio que alcanzó Blass en el ámbito del papel impreso son por ejemplo que en 1911 se le eligiera para clausurar el Primer Congreso Nacional de las Artes del Libro o que en 1914 fuera el representante del gremio de tipógrafos en la Exposición Internacional de las Artes Gráficas y de la Industria del Libro de Leipzig (donde mostró diversos impresos, catálogos y libros y obtuvo un Gran Premio).

En cuanto concluyó la primera guerra mundial, el Gobierno alemán le concedió la Cruz de Hierro ‒una condecoración militar, si bien ocasionalmente concedida a civiles por prestar servicios militares‒, gracias a la cantidad de folletos propagandísticos anglófobos generados en Alemania que Blass había puesto en circulación en España, entre los que el más famoso es Alerta, marineros españoles (1916), así como de algunos libros entre los que destaca El pensamiento y la actividad alemana en la guerra europea (1915), del economista y diputado por la Unión Valencianista Vicente Gay (1876-1949), quien en 1934 publicaría en Bosch  La revolución nacionalsocialista y al año siguiente, también en Bosch, Madre Roma. Para entender el estado autoritario y totalitario, antes de hacerse famoso por considerar el campo de Dachau «un verdadero establecimiento educativo».

En los años treinta la Imprenta Blass publicó, entre otras obras inesperadas, la primera edición de Fábula y signo (con pie de imprenta del 14 de abril de 1931), de Pedro Salinas (1891-1951), publicado bajo el sello de Plutarco, así como Los nuevos artistas españoles (1932), con veinticuatro reproducciones de obras y texto de Benjamín Palencia (1894-1980), las traducciones de Rafael Alberti (1902-1999), Manuel Altolaguirre, Mariano Brull (1891-1956), Jorge Guillén y Salinas que conformaron Bosque sin horas (1932), de Jules Supervielle (1884-1960) o, por encargo de la Cámara Oficial del Libro de Madrid, el volumen de Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) con que se celebró la Fiesta del Libro de 1936.

Paralelamente, y por lo menos desde 1919 (de ese año es Notas sobre la cacería en el África oriental inglesa, del duque de Medinaceli), Blass había seguido actuando como sello editorial (en muchos casos como Blass y Cía), que se intensificaría durante los años de la segunda guerra mundial, con un carácter y orientación muy evidente.

A la empresa de Joseph Blass cupo el dudoso honor de la publicación de la edición facsimilar del célebre parte oficial de guerra firmado en Burgos por Franco el 1 de abril de 1939, con el membrete del Cuartel General del Generalísimo Estado Mayor. Y en los primeros años de la posguerra publicó libros como, por ejemplo, La paz que quiere Hitler (1939), de Federico de Urrutia (1907-1988), Recordación de José Antonio (1939), de Eugenio Suárez (1919-2014) o Blasón, versos de la cárcel (1940), de José Díaz de Quijano Garcíabriz (1890-1943). No es de extrañar que se convirtiera en uno de los puntales de la propaganda nazi en España.

Fuentes:

Marició Janué Miret, «Relaciones culturales en el «Nuevo orden»: la Alemania nazi y la España de Franco», Hispania, LXXXV/251 (diciembre de 2015), pp. 805-832.

Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío, «Tinta franquista al servicio de Hitler: la editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», RIHC. Revista Internacional de Historia de la Comunicación, núm. 12  (2019), pp. 344-369.

Gonzalo Santonja, La novela revolucionaria de quiosco 1905-1939, Madrid, La Productora de Ediciones El Museo Universal, 1993.

Edición colombiana en lengua catalana entre 1939 y 1977

Es muy probable que el catalán con más presencia e influencia en la literatura colombiana sea Ramon Vinyes i Cluet (1882-1952), que si bien no publicó en catalán en ese país obtuvo un premio en los Jocs Florals celebrados en Bogotá con el volumen de cuentos A la boca dels núvols (cuya primera edición se publicó en México en 1946). Aun así, a tenor del número de exiliados republicanos catalanes que acogió Colombia, es notable su labor editorial.

Ramon Vinyes i Cluet

En 1945 apareció en Bogotá un opúsculo de once páginas titulado L’infant de neu. Conte per infants [El niño de nieve. Cuento infantil] impreso en los talleres de la Editorial Centro de Bogotá y que, en su estudio sobre La literatura catalana a l’exili, Albert Manent califica como edición del autor, si bien se presenta como perteneciente a una «Colecció Els Infants Catalans a Colòmbia» que acaso sea una creación personal de su autor.

El autor de L’infant de neu, Jordi Vallès Ventura (1906-1984), era un pediatra catalán licenciado en 1932 que siendo todavía estudiante se había dado a conocer como perspicaz crítico literario en el Butlletí de l’Agrupament Escolar de l’Academia de Ciències Mèdiques, del que era uno de los redactores. Si esta publicación ha pasado a la historia es sobre todo por el número especial (7-9) dedicado en julio de 1930 al surrealismo, en el que colaboraron Manuel Altolaguirre, Concepció Casanova, Salvador Dalí, Guillermo Díaz-Plaja, Darío Carmona, Sebastià Gasch, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna, J. V. Foix, Juan Ramón Masoliver y Joan Miró, entre otros, y en el que Vallès publicó la obra teatral en un acto Ismael 22.

Como consecuencia de la derrota republicana de 1939, Jordi Vallès se estableció inicialmente en México, donde, además de ser (junto a Pere Calders, Agustí Bartra y Anna Maria Murià) uno de los principales animadores de la revista del exilio Lletres. Revista Literaria Catalana (1944-1948), publicaría Escuintles (en 1941, en unas Ediciones Barcino muy probablemente de su propia creación), Un médico en una guerra (1942), en la editorial Quetzal de Costa-Amic y Julián Gorkin, y El pollets de colors, en una colección llamada «Els Infants Catalans a Mèxic» de la Biblioteca Catalana e ilustrado por el cartelista y dibujante catalán Marcel·lí Porta (1898-1959). Este último título resulta interesante por presentarse en el colofón como el «primer libro de cuentos, pensando en nuestros niños exiliados, huérfanos de la más simple hoja de papel impreso donde aprender a leer en su lengua materna», y la coincidencia en el título de la colección es lo que sugiere que acaso fuese una creación del propio Vallès, si bien la colección mexicana tuvo continuidad con El nen blanc i el nen negre. Conte per a infants. Glossa de la «Cançó de Bressol» d’Agustí Bartra (1947), de Anna Murià (1904-2002).

A partir de ese momento, aparecieron en B. Costa-Amic Editor sus dos novelas en castellano, Sinfonia. Primer movimiento (1944) y Las vacaciones del profesor Müller (1944), y luego se estableció luego durante un tiempo en Venezuela y posteriormente pasó a Estados Unidos, donde se dedicó a la cura del alcoholismo (publicó en 1967 How to life with an alcoholic y From social drinking to alcoholism) y a la docencia en la Universidad Baylor.

Sin embargo, el de Vallès no es un caso singular de edición en catalán en Colombia, pues ya en las navidades de 1940 había aparecido en Barranquilla y promovido por Edicions de l’Associació Protectora de l’Ensenyança Catalana un libro escrito en 1939 por el ingeniero y escritor Carles Pi i Sunyer (1888-1971), Montserrat i Czenstochowa. Diàleg de les dues Verges Negres de Polonia i de Catalunya. Este libro se imprimió en la Tipografía Escofet, empresa creada por el matrimonio de origen catalán Isidro Escofet Roset y Francisca Romagosa Escofet y donde se formó el tipógrafo linotipista José Ignacio Montoya Tobón (luego profesor de imprenta y reputado profesional en Barranquilla, Medellín y Santa Marta).

Por si fuera poco, en mayo 1945 Bogotá acogió los Jocs Florals de la Llengua Catalana en el exilio, y la Editorial Centro Instituto Gráfico se ocupó al año siguiente de la impresión del preceptivo libro (unas doscientas páginas), con el título Jocs Florals de la Llengua Catalana. Any LXXXVIII de llur restauración. I centenari del Naixement de Mossèn Jacint Verdaguer.

Con todo, quien con más tesón, si bien con modestia, se dedicó a la edición en catalán en Colombia fue el escritor y político mallorquín Francesc de Sales Aguiló Forteza (1899-1956), quien a finales de la década de 1940 estrenó una colección de opúsculos dedicados a autores mallorquines importantes de los que ofrecía la versión original y una traducción al español. Así, el primero en aparecer (en los talleres de la Editorial Centro), fue el dedicado a Joan Alcover, con traducciones del empresario y promotor cultural gallego Ramiro Illa Couto (1896-1987), el filólogo de nacionalidad francesa Marcel Baïche (1920-2003) y la filósofa y escritora británica  Kathleen Nott (1905-1999).

Francesc de Sales Aguiló.

Poco posterior es el dedicado a Miquel Costa i Llobera, preparado por el propio Aguiló e impreso en la bogotana Litografía Colombia del antioqueño Enrique Vidal (muy celebrado por sus trabajos cartográficos). A este siguió Gabriel Alomar, futurista (1949), de nuevo en la Litografía Colombia, que incluye textos de Santiago Rusiñol y de Azorín y en el que la traducción corre a cargo de Nicolás Bayona Posada (1899-1963), poeta y ensayista famoso (autor de la letra del «Himno de Sonsón» y de una muy difundida y reeditada Historia de la literatura española).

El opúsculo de 1950 (doce páginas) está dedicado a Maria Antònia Salvà, poetessa de Mallorca, e incorpora un prólogo escrito por Josep Carner (1884-1970) para Espigues en flor (1926) y traducciones del poeta, antologuista y traductor José Vargas Tamayo (1891-1969), autor además de la antología poética  De los jardines de Mallorca, Cataluña y Valencia (Bogotà, Empresa Nacional de Publicaciones, 1957), y el cuentista del grupo Los Nuevos Octavio Amórtegui (1901-1990).

Los dos siguientes números se llevan a cabo en los talleres de la Editorial Iqueima del exiliado madrileño Clemente Airó (1918-1975), el primero dedicado al poeta Rosselló-Pòrcel, català de Mallorca, que incorpora el prólogo de Salvador Espriu a Obra poética, y el segundo a Miquel dels Sants Oliver, poeta i humanista, con fragmentos de un discurso del poeta y ensayista Joan Alcover (1854-1926) y en traducción del ya mencionado Bayona Posada.

La conclusión de esta serie de opúsculos no significa el cese de la actividad editorial de Aguiló, que se puso al frente de las Edicions Comunitat Catalana de Colòmbia y promovió la publicación de In memoriam Lluis Companys, president de Catalunya. XII aniversari del seu afusellament (1952), con el texto de Josep Carner, «Fi de Lluis Companys», en versión española de Bayona Posada, e In memoriam Lluis Companys, president de Catalunya. XIII aniversari del seu afusellament (1953), con el texto de Martí i Muntaner, «Catalans, Catalunya», traducido por el propio Aguiló.

En Gráficas Mora-Escofet de Barranquilla apareció unos años más tarde Fugida! (1962), del pedagogo Miquel Fornaguera (1893-1982) y con dibujos de su yerno Antonio Roda (1921-203), donde narra las primeras semanas del exilio cuando en 1938 salió hacia Francia con su familia y al cargo de ciento cincuenta niños españoles de la colonia Alba de Ter, cerca de Ripoll. Unos años después Fornaguera vería publicados en español (en la Editorial de la Revista de Derecho Colombiano) los Aguafuertes colombianos con los que había obtenido un premio en los Jocs Florals celebrados en Colombia (entonces con el título Aguaforts del Tròpic). La obra, que narra sus impresiones de su primera etapa vivida en Colombia, se publicó con el subtítulo «Visiones de Colombia (1914-1934). Hojas arrancadas al diario de un caminante»

Y a estos libros y opúsculos hay que añadir además, como testimonio de la presencia del exilio catalán en Colombia, las publicaciones periódicas Butlletí d’Informació Catalana, dirigida en Bogotá por Pere Barenys y aparecidas entre diciembre de 1959 y marzo-abril de 1966, y los Fulls de la Comunitat Catalana. Por lo menos.

Fuentes:

Web de la Comunitat Catalana de Colòmbia.

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomía i Documentació de la Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, El Colegio de Jalisco, 1998.

Albert Manent, La literatura catalana a l’exili, Barcelona, Curial, 1989.

Antoni Marimon, «De Palma a Bogotá», Diari de Balears, 23 de marzo de 2010.

Gina Maria Zanella Adarme, ed., Miguel Fornaguera i Ramon, un catalán de Bogotá, Bogotá, Pontificia Universidad Javieriana (Documentos Javerianos 5), 2013.

Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

Los inicios de un excelso decorador de libros, Ricard Marlet

La vinculación del artista sabadellense Ricard Marlet (1896-1976) con la letra impresa fue muy temprana, y a principios de los años veinte publica ya algunos grabados al boj en impresos modestos, como por ejemplo dos ilustraciones para unos versos satíricos de Pere Quart dedicados al tranvía (y aparecidos en las modestas Edicions No me olvides en 1920) y en abril de 1922 en la revista de la Acadèmia Catòlica Garba (1920-1922), en la que colaboraban algunos jóvenes luego vinculados en distinto grado a la llamada Colla de Sabadell, como el crítico Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), el corrector y periodista Lluis Parcerisa (1896-1989) o el pedagogo y escritor Jordi Pons (Pere Valls Garreta, 1894-1983), así como ilustraciones en numerosos menús, programas de mano y otros impresos de uso efímero. Menos claro es que sea suya la firma del grabado que aparece en la cubierta de un elegante libro impreso a dos tintas en la sabadellense imprenta Sallent y que tuvo un éxito más que notable, Gloses femenines (1914), de Miquel Poal Aragall (189-1935), como se desliza en la interesante tesis de Marc Comadran Orpi sobre el noucentisme en Sabadell; esa firma tanto podría ser «R. Marlet» como «R. Marcet» (¿Ricard Marcet i Picard?) . Se da por seguro que Ricard Marlet se inició en el grabado al boj en 1918 de la mano de Antoni Oliver (hermano del célebre poeta y dramaturgo Joan Oliver, que firmaba como Pere Quart) y se tiene el de una bailarina por su primera xilografía.

Grabado al boj fechado en 1920.

En cualquier caso, en 1924, asentado ya como poco menos que el grabador oficial de la reputada imprenta de Joan Sallent, Marlet ganó el primer premio en un concurso de carteles convocado por Faianç Català (germen de las Galeries Laietanes) y se ocupó del interesantísimo Almanach de les Arts, revelándose entonces como uno de los mejores cultivadores del grabado al boj, una técnica que gracias al impulso del noucentisme estaba viviendo un proceso de reivindicación y recuperación. Por aquel entonces, el fotograbado había convertido los procedimientos xilográficos en recursos técnicamente obsoletos, pero como ha señalado Francesc Fontbona, una exposición en 1915 de Lluís Jou en las Galeries Dalmau llamó la atención de la crítica acerca de las posibilidades artísticas del grabado al boj, y durante el Noucentisme «si alguien ponía un boj en un impreso era precisamente porque se quería dotar a ese impreso de un tono de modesta solemnidad, un aire culto, prestigioso, que al mismo tiempo resultaba popular, atávico, y esta dualidad sería la que marcó el renacimiento de la xilografía».

Sello de contracubierta.

El primero de estos dos Almanachs de las Arts, fechado en abril de 1924, se abrió a una participación muy amplia entre los artistas sabadellenses, tanto de escritores (Joan Arús, Marià Burguès, Miquel Carreras, Joan Garriga, Armand Obiols, Joan Oliver, Joan Sallarès…) y compositores musicales (Josep A. Clapés, Josep Masllovet, Mateu Rifà…) como de grabadores e ilustradores (Marià Burguès, Francesc Cassanyes, Antoni Oliver, Antoni Vila Arrufat, Gustau Vila Grapa, etc.). Salvo por la ausencia de Trabal, aparecía al completo el Grup o Colla de Sabadell, y esta apertura respondía a la voluntad de demostrar la vitalidad —en términos cuantitativos— de las letras y las artes en Sabadell. Sin embargo, en el segundo (de junio de 1925) se fue más selectivo, sobre todo en la parte gráfica (dirigida por el propio Marlet). Ambos almanaques, muy cuidadosamente editados y encuadernados con cierto empaque, se imprimieron en la ya por entonces muy prestigiosa imprenta Joan Sallent.

Es el momento en que nace la editorial La Mirada, en la que Marlet tuvo una implicación de primer orden (diseños de la maqueta, cubiertas, logo) e ilustra para esta iniciativa muchos de los libros y diversos dípticos, como por ejemplo una edición del poema de Obiols «Llegenda del pirata que esdevingué ermità» (aparecido previamente en el Diari de Sabadell en el número especial de Navidad de 1924) acompañado de «El rústic villancet» de Josep Carner (1884-1970).

También de 1925 son las xilografías de L’aire daurat. Interpretacions de poesía xinesa, del traductor, crítico y poeta Marià Manent (1898-1988), que publicaría Atenes A. G. en 1928 y de la que tiraría quinientos ejemplares numerados en papel Offset A. G. P. con los cantos dorados. En enero de ese mismo año y hasta marzo de 1927 se desarrolló la andadura de la Revista de Poesía, dirigida por Manent, con Fages de Climent como secretario de redacción y Jaume Bofill i Ferro, Anna Maria de Saavedra y Tomás Garcés entre sus redactores y en la que colaborarían Josep Carner, Carles Riba, Josep Lleonart, etc. Ricard Marlet colaboró en la ilustración de las portadas.

El tren. Paisatge de conreus, grabado fechado en 1922.

Durante esa segunda mitad de la década, Marlet se dedica con intensidad al trabajo de grabador para libros, y no sólo de La Mirada; así, ilustra por ejemplo dos libros de Josep Puig Bosch (1889-1976), conocido como el Pare Hilari d’Arenys: Les eixides (1928), prologado por Apel·les Mestres y publicado por Lluís Gili, y La vall de Núria, que incluye numerosas fotografías de J. Canals y J. Mª Guilera, publicado por la Editorial Ibérica el año siguiente.

Aun así, le queda tiempo también para integrarse en la redacción artística de la que probablemente sea la mejor revista infantil del noucentisme, Jordi (febrero-agosto de 1928), dirigida inicialmente por Melcior Font (1902-1959) —luego sustituido por el infatigable Clovis Eimeric (1882-1952)— y en la que su nombre coincide con el de los escritores Josep Carner, C[èsar] A[ugust] Jordana (1893-1958), Carles Riba (1893-1959), Armand Obiols, Carles Soldevila (1892-1967) y los artistas Lola Anglada (1896-1984), Xavier Nogués (1873-1941), E[nric] C[ristòfor] Ricart (1893-1960) y, entre otros, Josep Obiols (1894-1967), autor de la cabecera.

De los años previos a la guerra civil resultan muy interesantes las doce planchas de gran formato (19 x 13) destinadas a un Quijote proyectado por The Limited Editions Club, creado en 1929 por George Macy (1900-1956) y que contaba con John Flass (1890-1973) para el diseño de sus ediciones. Actuó como mediador de este proyecto cervantino, que debía imprimirse en la Oliva de Vilanova, el poeta Marià Manent, que lo encargó inicialmente a E.C. Ricart. Se celebró incluso una reunión en mayo de 1931 con Macy en el Hotel Ritz de Barcelona en el que se le ofrecieron mil dólares por una cuarentena aproximada de grabados. Por entonces Ricart estaba inmerso en la creación de lo que sería la edición de Gili de La vida es sueño y del Poema de Nadal de Josep Maria de Sagarra que publicaría en 1931 la Llibreria Catalònia, pero aun así aceptó el encargo. Por motivos no del todo claros, los hermanos Vilanova encargaron el trabajo (36 grabados) a Ricard Marlet, que ese mismo año entregaba doce grabados correspondientes a nueve capítulos del primer volumen, dos del segundo y el frontispicio. Así las cosas, se pensó en una edición con grabados de ambos artistas, pero Marlet se sintió traicionado porque nada sabía de esos tratos y acabó demandando judicialmente a la Oliva, lo que obligó a los impresores a prescindir de sus obras y encargar a toda prisa a E.C. Ricart más grabados (la edición acabó saliendo sólo con obras suyas, veintinueve, en agosto de 1933), quien por esta obra fue objeto de más de una acusación de plagio.

Ilustración para el calendario publicitario de 1927 de la Impremta Sallent (en ocasiones se ha atribuido, erróneamente, a Josep Obiols).

Con la llegada de la guerra (durante la que diseñó por ejemplo el papel moneda de Sabadell) y el consecuente traslado de Marlet a la cercana Matadepera, se inicia una nueva etapa en la trayectoria del polifacético artista, que vale la pena tratar con un mínimo detenimiento.

Fuentes:

AA.VV., Ricard Marlet. Exposició del centenari (1896-1996), Museu d’Art de Sabadell-Fundació Caixa de Sabadell, 1996.

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Una de las ilustraciones de Marlet para el Almanach de 1925.

Marc Comadran Orpi, El procés d’expansió del noucentisme cap a les «segones ciutats». El cas de Sabadell (1910-1923), tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2004.

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Montse Frisach, «Papers que parlen.70 anys d’història de Sabadell a través de la impremta Sallent», El Temps, 15 de enero de 2022.

Jaume Mercadé i Vergés, «Ricard Marlet i Saret (Sabadell, 1896- Matadepera 1976», Quadern de les Idees, les Arts i les Lletres, núm. 104 (febrero de 1996), p. 159.

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Antoni Trallero i Alòs, «Algunes consideracions a l’entorn dels “Goigs en honra dels nassos més respectables de Sabadell» Arraona: revista d’història, núm 14 (1982), pp. 30-34