Corréard, el célebre editor antiborbónico que naufragó

Una de las dificultades a la hora de conocer a los editores del siglo XIX y su labor es conseguir una imagen de los mismos. Con suerte, el investigador puede toparse con algún grabado publicado en periódicos de la época, en particular si además de la edición el personaje en cuestión se dedicaba también a la escritura creativa, o a alguna otra profesión que por entonces tuviera algún tipo de glamur. Mucho más raro es toparse con algún que otro editor decimonónico en óleos donde pueda asomar entre algún grupo de escritores o artistas, pero absolutamente extraordinario es el caso del editor que aparece, con todo merecimiento e implacable lógica, en uno de los cuadros más famosos de la historia de la pintura occidental, La balsa de la Medusa de Théodore Géricault (1791-1824).

Alexandre Corréard (1788-1857) se formó como ingeniero geógrafo y en calidad de tal inició el 17 de junio de 1816 el desastroso viaje que, paradójicamente, propició que Géricault le inmortalizara, pues fue uno de los quince supervivientes (de 160 embarcados), cuando la fragata en la que viajaban, La Méduse, encalló ante la costa mauritana el 2 de julio, y uno de los diez que llegó vivo a Francia. Las peripecias de ese naufragio, en el que no faltaron motines, asesinatos e incluso episodios de canibalismo, fueron contadas a menudo y desde el primer momento en detalle, y en tiempos más recientes Arabella Edge la convirtió incluso en novela (The God of Spring/The Raft; en español, en traducción de David León: El naufragio de «La Medusa»). Entre otras versiones, en 1931 Armand Praviel había publicado un relato novelado por entregas en Lectures pour tous con el título La tragédie du radeau de la Meduse, publicado en 1934 en volumen en Flammarion. La primera versión teatral publicada fue la de Adolphe d´Ennery (1811-1899) y Charles Desnoyer (1806-1858), aparecida en Barbré en 1864.

Fue precisamente el hecho de convertir en libro su dramática experiencia lo que hizo que Corréard perdiera su puesto de ingeniero colonial y, como consecuencia de ello, se convirtiera primero en librero y luego en editor (distinción inapropiada para la época). En noviembre de 1817 publicaba a cuatro manos con otro protagonista de su epopeya náutica, el cirujano de a bordo Henri Savigny (1793-1843), el libro no autorizado de larguísimo título Naufrage de la frégate La Méduse, faisant partie de l’expédition du Sénégal, en 1816, que apareció en Hoquet y de la que, en versión ampliada con unas Notes sur le naufrage de La Méduse, del ingeniero de minas y también superviviente del naufragio Charles Marie Brédif (1786-1818), Eymery publicaba ya al año siguiente una segunda edición, en  cuyo pie se indica que puede encontrarse el libro en la Librería de la Minerve Française, de Eymery, en Delaunay y en la librería de Madame Ladvocat, así como en los establecimientos de Treutell & Wutz, en Estrasburgo y Londres.

A esas alturas el escándalo del naufragio y de toda la expedición, atribuible a una pésima preparación y a la ineptitud contrastada de su bisoño capitán, había tomado ya enormes proporciones, en buena medida como consecuencia de la decisión de Savigny y Corréard de mandar una instancia al gobierno francés reclamando indemnizaciones y el castigo de los culpables, sin ningún éxito (después de mucho reclamar, la Marina le pagaría 250 francos, cuando reclamaba 9.000). El escritor y crítico de arte inglés Julian Barnes (n. 1946) atribuye a ese fracaso la decisión de publicar su Naufrage de la frégate La Méduse.

De 1821 es una interesante quinta edición (más bien una refundición) de esta polémica y escandalosa obra –puesto que el gobierno francés pretendía enterrar el asunto del naufragio cuanto antes– en la que aparecen diversos añadidos: Jugement, del oficial de Marina Hugues Duroy de Chaumareys (1763-1841), la Mémoire présenté aux Chambres par M. Corréard, el Procès de M. Corréard, una «Liste des souscripteurs en faveur des naufragés»  y una «Ode sur le naufrage de La Méduse» escrita por Louis Brault (1782-1829) que ya se había publicado en Delaunay en 1818, pero mucho más interesante resulta la inclusión de ocho grabados de artistas diversos, entre los cuales Géricault. En esta edición aparece ya como pie editorial «Chez Corréard Libraire, Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 258».

 

Esbozos de Géricault de los rostros de Savigny y Corréard para “La balsa de la Medusa”.

Pero ya antes de su propio libro con Savingny, Corréard había publicado, como Corréard & Pellicer, algunos títulos que le situaban políticamente a la izquierda, como las Lettres de Henri Saint-Simon [1760-1825] a messieurs les jurés que doivent prononcier sur l´accusation intentée contre lui (1820) o las Chansons. Deixième recueil, de Pierre-Jean de Béranger (1789-1857), que le valieron un escandaloso juicio que llevó al poeta a prisión.

Alexandre Corréard.

Con  su propio nombre publica en 1822 Corréard algunas obras colectivas en las que él mismo participa también como autor, caso de las Mémoires pour servir à l´histoire de la vie privée: du retour et du règne de l´empereur Napoléon en 1815, en el que le acompañan como coautores quien fuera secretario particular del emperador, el barón Alexandre Édouard Fleury de Chaboulon (1779-1835), y el ingeniero agrónomo y publicista suizo Fréderic Lullin de Châteauvieux (1772-1842), a quien se atribuye el texto autobiográfico apócrifo de Bonaparte Manuscrit venu de Sainte-Hélène d´une manière inconnue. Y es el caso también de Qu´est-ce que le Tiers état? precedé de l´Essai sur les privilèges par l´abbé Sieyès… Nouvelle édition augmenté de vingt-trois notes par l´Abbé Morellet, en el que le acompañaban también diversos autores (el impresor Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet, Camille Chabanueau y Emmanuel-Joseph Sieyès).

Sin embargo, en septiembre de 1822 Corréard fue condenado por falsificación (sin pruebas del todo convincentes), lo que dados sus antecedentes conllevaba la pérdida de la autorización para operar como de librero-editor, y de nada le sirvió alegar que había puesto la empresa a nombre de su hermano. Su empresa fue cerrada y durante la venta de sus fondos se le embargaron 80.000 volúmenes; y empezó entonces su labor como editor clandestino.

A. Dumas, padre.

De la confluencia de sus intereses científicos y sus ideas políticas surgió lo más maduro de sus creaciones. Corréard fue uno de los miembros destacados de la organización secreta de los Carbonarios franceses, a los que Alejandro Dumas padre haría célebres con Mohicanos de París (1802-1870), lo que le acarreó muchos problemas con la justicia; de hecho, a lo largo de su vida Corréard acumularía casi ocho años completos en prisión.

Henri Beyle (Stendhal).

En 1825 pone en circulación el Journal des sciences militaires y apenas tres años más tarde el más ambicioso Journal du Génie Civil, des Sciences et des Arts, pero la publicación de numerosos panfletos políticos no dejaron de propiciar encontronazos con la justicia, y el hecho de que su librería se hubiera convertido en centro de tertulia de escritores, artistas y periodistas hostiles a la Restauración borbónica ponía las cosas muy fáciles a la policía, que en numerosas ocasiones registró también su casa particular y en 1828 a punto estuvo de encarcelarlo de nuevo por «poner en circulación una enorme cantidad de panfletos incendiarios». Fueron tiempos difíciles para un hombre que sabía muy bien lo que era encontrarse en una situación límite y salvarse en el último instante.

Como es fácil suponer, participó activamente en los movimientos revolucionarios de 1830 que lograron acabar por fin con los Borbones y casi inmediatamente se le condecoró con la Cruz de la Legión de Honor, cosa que hizo que el gran Stendhal (1783-1842), interpretándolo como un acto de reparación histórica, escribiera al conde de Argout (Antoine-Marie Apollinaire d´Argout, 1782-1858, por entonces ministro de Marina y Colonias en el gobierno de Jacques Lafitte): «Os felicito por la Cruz otorgada al pobre diablo de Corréard y a otros náufragos».

Thédore Géricault, pionero del romanticismo pictórico.

Todavía tuvo tiempo y fuerzas Alexandre Corréard, a sus sesenta años, para presentar candidatura, sin éxito, a las elecciones a diputado en 1848, pero a la vista de los resultados decidió retirarse al pequeño priorato de Basses-Loges, cerca del bosque de Fontainebleau (y a unos sesenta kilómetros de París), donde murió en 1857. Poco después de su fallecimiento se hallaron entre sus pertenencias cuatro acuarelas de Théodore Géricault, el pintor que lo había inmortalizado.

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Fuentes:

Fondation Napoleon, Naufrage de La Meduse, 4 juillet 1816, Fondation Napoleon-Gallica Bibliothéque Numérique, 2016.

Julian Barnes, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, traducción de Maribel de Juan, Barcelona, Anagrama (compactos), 2017.

Julian Barnes, «Géricault: La catástrofe convertida en arte», en Con los ojos bien abiertos, traducción de Cecilia Ceriani, Barcelona, Anagrama, 2018.

Jacques-Olivier Boudon, Les naufragés de La Méduse, París, Belin, 2016.

 

 

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Ediciones Peisa: Luchar contra la piratería en Perú

En el longevo e histórico catálogo de Ediciones Peisa —en 2018 cumple cincuenta años—pueden encontrarse a algunos de los nombres más famosos de la literatura de ese país, de  José Maria Arguedas (1911-1969) a Mario Vargas Llosa (n. 1936), de Ciro Alegría (1909-1967) a  Alonso Cueto (n. 1954) o de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) a Antonio Cisneros (1942-2012) y Alfredo Bryce Echenique (n. 1939). Sin embargo, la iniciativa de fundar la editorial partió de un hombre bregado previamente en el mundo del libro en su Ecuador natal, José Muñoz Rodríguez (1910-2013).

José Muñoz Rodríguez.

José Muñoz Rodríguez había creado en 1940 en Guayaquil, con sus hermanos Agustín, Julio y Alonso (este último como director), la librería Selecciones, y poco después una distribuidora de libros y revistas, Muñoz Hermanos. Sin embargo, en 1949 José se trasladó a Lima para iniciar una andadura por cuenta y riesgo, que no tardó en dar un primer paso importante con la creación en 1951 de la Distribuidora Inca, y dos años después  con la fundación de lo que acabaría por convertirse en una de las más importantes y populares cadenas de librerías de Perú, La Familia.

Con esta experiencia, y el conocimiento que sobre el panorama libresco peruano le habían dado por entonces sus numerosos viajes por el país, el 9 de diciembre de 1968 José Muñoz Rodríguez dio el paso a la publicación de libros con la creación de Ediciones Peisa, con la voluntad explícita de dar sobre todo a conocer a los autores peruanos y con unos primeros títulos que daban ya la medida de sus intenciones y orientación: Horas de lucha (1969), del poeta y ensayista anarquista Manuel González Prada (1844-1918), cuya primera edición era de 1908 y subsumía su importante ensayo previo Nuestros indios (publicado originalmente en 1904); el Manual de arqueología peruana (1969) del eminente historiador, antropólogo y arqueólogo Federico Kauffmann Doig (n. 1928), padre de la teoría aloctonista sobre el origen de la cultura andina; el Diccionario kechwa-castellano/ castellano-kechwa, del profesor represaliado César A. Guardia Mayorga (1906-1983), que defiende en el prólogo a este libro «el principio reconocido al derecho que tienen los pueblos a expresarse y desarrollar su cultura en su propio idioma», y la antología de Ensayos revolucionarios de Perú, preparada por Alfonso Molina (quien en 1934 ya había publicado en Chile Poesía revolucionaria de Perú y en 1967 Cuentos revolucionarios de Perú) y que incluye textos del ya mencionado González Prada y del pedagogo y político José Antonio Encinas (1888-1958), el historiador y antropólogo indigenista Luis Eduardo Valcárcel (1891-1987), el periodista y escritor marxista José Carlos Mariátegui (1895-1930), conocido también como El Ayamauta (del quechua hamawt’a [maestro]) y el historiador, diplomático y ensayista político Raúl Porras Barrenechea (1897-1960).

El gran éxito le llegó a Peisa en 1973 con la Biblioteca Peruana, de cuyo primer número, Crónica del Perú, de Pedro Cieza de León (1520-1554), vendieron ya 120.000 ejemplares, y al que siguieron otros de César Vallejo, Ciro Alegría, Vargas Llosa, el Inca Garcilaso de la Vega, Clorinda Matto de Turner, Flora Tristán, hasta un total de sesenta y cinco títulos que cerraba Cuentos turbios del faulkneriano Carlos E. Zavaleta (1928-2011). Sin embargo, también empezó a ser importante la edición de literatura infantil y juvenil, en un catálogo que crecía diversificándose.

Por otra parte, los tiempos más duros para Peisa llegaron a finales de los años noventa, cuando se encontraba ya al frente de la editorial Germán Coronado (quien en 1983 había sustituido en el puesto a su esposa, Martha Muñoz, hija de José Muñoz Rodríguez), quien, en unas jugosas declaraciones a Virginia Vílchez, atribuye esas dificultades a las turbulencias del Fujimorato:

…entramos en una profunda crisis económica por causa de la piratería orientada contra Peisa durante una década por Montesinos que, estoy seguro, quería quebrar la empresa. Estoy persuadido de que Vladimiro Montesinos enfiló el ataque de la piratería contra PEISA, porque nosotros éramos, en aquel entonces, los editores exclusivos en el Perú de Mario Vargas Llosa, quien se había convertido en el principal crítico del régimen corrupto. Hay que recordar que el 6 de abril de 1992, al día siguiente del autogolpe de Fujimori […], Vargas Llosa pidió a la comunidad internacional organizar un bloqueo económico contra el Perú para expulsar a la que él llamó «dictadura cívico-militar». Desde ese momento Vargas Llosa fue vilipendiado por el fujimontesinismo, a través de la prensa adicta al régimen, y hasta se le inició un proceso penal por presuntamente haber cometido un acto de traición a la patria. En un artículo publicado en un diario de circulación nacional, un conocido escritor y catedrático universitario pidió a sus lectores que no compraran los libros de Vargas Llosa en edición original. El absurdo argumento que esgrimía este personaje es que «un traidor a la patria» no merecía que le compraran libros originales y si alguien quería leer alguna de sus obras, debía comprarlas en edición pirata. Ese fue el inició de una campaña de demolición contra Vargas Llosa, y de carambola, ¡contra Peisa! Cada vez que Peisa sacaba algún libro de interés nacional, como, por ejemplo, Ciudadano Fujimori de Luis Jochamowitz, o Desafíos a la libertad, del propio Vargas Llosa, inmediatamente se me lanzaban los piratas encima, me despedazaban. Esto fue así a lo largo de diez años, del 92 al 2001 más o menos.

Conociendo estos antecedentes, no es de extrañar que cuando en 2014 Germán Coronado accedió a la presidencia de la Cámara Peruana del Libro subrayara la lucha contra la piratería como uno de sus objetivos prioritarios.

Sin embargo, no se amilanó, y al lado de vivir amenazado de muerte, una deuda de un millón y medio de dólares debió de parecerle un problema secundario; así pues, logró salir del mal paso mediante una política de edición de grandes obras en colaboración con periódicos, primero (en 2001) con El Comercio y los diecisiete tomos de la Enciclopedia Ilustrada de Perú, de Alberto Tauro del Pino, al año siguiente, con el mismo periódico, los veinticinco volúmenes de la Gran Biblioteca de la Literatura Peruana, ambas obras de tiradas estratosféricas, luego, en 2003, la también exitosa Gran Biblioteca de la Literatura Latinoamericana, que engalanaba en su primer número la mítica novela de García Márquez Cien años de soledad y que llegó a vender unos 900.000 ejemplares de algunos de sus títulos. Posteriormente llegarían los seis volúmenes de Historia y Arte del Perú Antiguo, de Kauffmann Doig, en colaboración con La República, o los veinticuatro del Atlas Regional de Perú, con el mismo periódico, entre otras iniciativas similares.

Miembro desde su fundación en 2007, con Borrador Editores, Matalamanga, Círculo Abierto, Estruendomudo y Jaime Campodónico, entre otros, a la ALPE (Asociación Peruana de Editores Independientes, Universitarias y Autónomas), integrada a su vez en la Alianza Internacional de Editores Independientes, Peisa lanzaba en esos mismos años una ambiciosa colección de veinte títulos destinada al lector infantil, Los Bichitos Curiosos, de la que se tiraron cerca de un millón de ejemplares, y cuenta en el momento de cumplir medio siglo con un catálogo tan amplio como diversificado, si bien centrado muy predominantemente en autores y temas peruanos.

Fuentes:

Anónimo, «Murió fundador de Ediciones Peisa, Distribuidora Inca y Librerías La Familia», Serperuano, 5 de abril de 2013.

Anónimo, «¿Libreros libres?», IDL-Reporteros, 24 de enero de 2014.

Black Arrow, «Colección Biblioteca Peruana», La Flecha Negra- Siglo XV, 24 de septiembre de 2011.

Edwin Cabello, «FIL de Lima, el salvador de Peisa», Lima Gris, 18 de julio de 2018.

César Ferrerira, ed., Edgardo Rivera Martínez: Nuevas lecturas, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006.

Virginia Vilchez, «Peisa y el florecimiento de sus proyectos editoriales enmedio de la crisis», Librospruanos.com, julio de 2008.

Los orígenes trotskistas de la FNAC

A la vista de la manera en que entró en el siglo XXI la enorme empresa de venta de libros, discos, entradas de conciertos y todo tipo de cachivaches electrónicos Fnac, no sólo resulta asombroso el origen y trayectoria previa de sus fundadores, sino que incluso resulta sorprendente el significado original de esas siglas, Federation Nationale d’Achats (Federación Nacional de Compras), reconvertido luego en su primera deriva sospechosa en Fédération Nationale d’Achats des Cadres (Federación Nacional de Compras para los Ejecutivos Medios).

La primera piedra de lo que hoy constituye una red de almacenes, que a su vez forma parte de un inmenso grupo empresarial (Groupe Fnac Darty), la pusieron en 1954 dos hombres cuyas intenciones al hacerlo quizá queden bien explicadas por sus trayectorias biográficas, André Essel (1918-2005) y Max Théret (1913-2009), apasionados ambos de la fotografía que habían coincidido ya en 1935 en la creación de la organización trotskista dirigida por Yvan Craipeau (1911-2001) Jeunesses Socialistes Révoluctionaires (Juventudes Socialistas Revolucionarias). Al parecer, quien les puso en contacto fue el pintor Fred Zeller (1912-2003), militante también de las JSR y quien había sido secretario de Leon Trotski en Noruega.

Sin embargo, otro aspecto importante para entender su éxito es el contexto en que se produce este nacimiento, en un momento en que han aumentado tremendamente en Francia los ciudadanos con estudios superiores, una vez dejados atrás los efectos más duros de la guerra, y cuando está a punto de iniciarse el amplio período (1958-1969) del escritor  André Malraux (1901-1976) al frente del Ministerio de Cultura, durante el cual pondrá en marcha y extenderá por todo el país las Maisons de Jeunes et de la Culture.

Théret y Essel.

Max Théret, hijo de un jefe de sección en los grandes almacenes Printemps, había entrado en 1931 en el Mouvement des Jeunes Socialistes, y en 1934 es testigo como fotógrafo de la revolución de Asturias, lo que le llevó luego a implicarse personalmente en la campaña electoral de 1936 al lado del Frente Popular y a combatir como voluntario en la guerra civil española hasta 1938. Durante la guerra mundial combate en la Resistencia, y una vez concluida la misma se hace conocido como fundador de Économie Nouvelle, una central de compras destinada a los funcionarios.

Por su parte, Essel, nacido en Toulouse e hijo de un hombre de negocios, empezó como obrero en la Talbot antes de militar también en la Resistencia francesa distribuyendo propaganda y, una vez concluida la guerra, dirigiendo la Drapeau Rouge des Socialistes. Cuando se une a Théret trabajaba como representante de una marca fotografía, y cuando ponen en marcha su primera oficina (en la parisina calle Sebastopol) su primer objetivo es poner al alcance de las clases medias los aparatos fotográficos, cinematográficos y discográfico, a los que años más tarde, en parte debido a las dificultades para llegar a acuerdos con las empresas de material fotográfico, añadirían los libros (en 1974).

Théret y Essel.

 

Inicialmente, siguiendo el modelo de Économie Nouvelle, intentaron crear n sistema mediante el cual los poseedores de un carnet los clientes tenían derecho a un descuento del 20% en la compra en los comercios asociados. Y ese mismo 1954 fundan como revista propia Contact, una publicación con una tirada de 300.000 ejemplares (que irá derivando desde la propaganda hacia la publicidad) que inicia una implacable campaña contra los precios injustificadamente altos de los bienes culturales y denuncia la defectuosa calidad de algunos productos. Particularmente polémicos –e irritantes para algunas marcas– fueron sus tests comparativos entre productos similares, que les llevarían incluso a crear, en 1972, un laboratorio para llevar a cabo tales estudios. Este activismo político-cultural en defensa de los derechos de los ciudadanos les permite en un primer momento aglutinar a sus clientes (o asociados) en una lucha entre los consumidores y la gran industria fabricante y distribuidora.

Paralelamente, en 1957 abierto su primer almacén, al que siguió un segundo en 1960 (en la avenida Wagram), hasta 1972 no fundarían el primero fuera de la capital (en Lyon) y en 1981 el primero fuera de Francia (en Bruselas).

Otra iniciativa bastante interesante como dinamizadora de la vida cultural fue la creación en 1965 de la primera asociación privada francesa del mundo del espectáculo, Alpha (Arts et Loisirs Pour l’Homme Aujourd’hui), bajo la dirección desde el principio de Raymonde Chavagnac. Entre sus objetivos estaba conseguir entradas para espectáculos a precios preferentes, además de divulgar información cultural y promocionar y coproducir o patrocinar algunos espectáculos (entre ellos, el Festival de Teatro de Avignon y los teatros Rond-Point, L´Athénée y el Silvia-Montfort). En último sentido, quizá su mayor éxito fue la creación del Festival de la Jeune Chanson Française, destinado a descubrir y apoyar a nuevos, compositores e intérpretes.

Algunos números indicativos bastan para hacerse una idea del rápido crecimiento de la década de los sesenta: los socios pasan de 20.000 en 1955 a 400.000 en 1969, y los asalariados de 22 en 1960 a 580. En el año 2000 los asociados llegaron al millón.

De 1974 es el exitoso nacimiento de la sección de libros, a la que no es una exageración atribuir el prolongado debate y las tensiones entre los editores y los libreros en Francia, que no se cerró hasta el final de la década con la conocida como pionera Ley Lang (1981), que estableció un precio inamovible para cada libro y el 5% como el descuento máximo que se podía aplicar a éste. Las pequeñas librerías tenían motivos más que sobrados para temer el modo de funcionar de la Fnac, que sin embargo le permitió ya a fínales de los setenta ofrecer a sus asalariados dos días de descanso semanal y la reducción de la jornada de 48 a 38 horas semanales y el pago del transporte. Pero para entonces la Fnac estaba ya inmersa en un acusado proceso de transformación.

La ampliación de capital necesaria para seguir creciendo hizo que en 1970 los fundadores vendieran el 40 % de la empresa al Banque de París y las Assurances de París y surgen las primeras tensiones entre Théret, que necesitaba fondos para sus actividades paralelas, y Essel, que se resiste a abandonar el barco. Aun así, en 1977 venden la empresa a la Société Générale des Coopératives Consommateurs, y sólo Essel permanece en la Fnac como director asalariado (cargo del que dimite en 1983 para pasar a asesorar al grupo Hachette y más tarde publicar sus memorias y dirigir el periódico Le Matin, entre otras labores). Dos años después, en 1985, la cooperativa experimenta una profunda crisis que tiene como primera respuesta una claro deterioro de las condiciones laborales. Se iniciaba una etapa completamente distinta de la Fnac.

Fuentes:

Vincent Chabault, «La FNAC. Du militantisme politique à la grande distribution culturelle», Histoire d’entreprises, 2008, pp.66-71.

Vincent Chabault, La FNAC, entre commerce et culture, prólogo de Patrice Fridenson, París, Presses Universitaires de France, 2010.

José María Martí Font, «Max Théret, cofundador de las tiendas culturales FNAC», El País, 26 de febrero de 2009.

Frédéric Leblanc, «La FNAC, histoire d’une normalisation», La vie des idees, 24 de junio de 2010.

Edwy Plenel, «Hommage a Max Théret, aventurier de l’espérance», Meidapart, 1 de marzo de 2009.

Thomas Wieder, «Max Théret, fondateur de la FNAC», Le Monde, 28 de febrero de 2009.

Antonio Soriano, los primeros años de un «guerrillero de la imprenta»

El nombre de Antonio Soriano ha quedado indeleblemente asociado al de la legendaria Librería Española de (rue de Siene, 72), punto de confluencia de lo más granado de la intelectualidad española republicana en París y de la editorial homónima que en los años sesenta puso en circulación libros tan míticos como la Historia de España, de Pierre Vilar, La España del siglo XIX y La España del siglo XX, de Manuel Tuñón de Lara, o Guerra y vicisitudes de los españoles, de Julián Zugazagoitia. Sin embargo, cuando creó esa obra maestra Soriano había recorrido una notable trayectoria en el ámbito de la letra impresa.

Antonio Soriano.

Nacido el 15 de febrero de 1913 en Segorbe, capital de la comarca del Alto Palancia y punto de ineludible peregrinaje de maxaubianos, con apenas quince años Antonio Soriano se trasladó a Barcelona, donde además de cursar el bachillerato, que concluyó en 1933, ya de muy joven ingresó en el Centre Excursionista de Catalunya y se convirtió en espectador asiduo de los estrenos teatrales de la ciudad. En esos mismos años republicanos, había establecido amistad, entre otros, con el sindicalista portuario Germinal Vidal (1915-1936), con quien sería secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas, Francisco Graells, o con el joven de origen mexicano Enrique Obregón (1904-1936), militante de la CNT e integrado en el grupo Germen de la FAI (Federación Anarquista Ibérica); los tres, fallecidos durante la defensa de la República el 19 de julio de 1936. Soriano se asoció al Ateneu Enciclopèdic Popular barcelonés (calle del Carme, 4), donde amplió autodidácticamente sus estudios y del que pronto llegaría a ser bibliotecario, y además coincidió allí con otro apasionado de la letra impresa, el palafrugellense Josep Salvador Puignau (1908-1974). De su colaboración, en tiempos de la República, surgieron iniciativas como el centro de estudios universitarios dirigidos a aquellos jóvenes que, por razones económicas o laborales, no podían matricularse o acudir con regularidad a las aulas universitarias.

Josep Salvador.

Durante el alzamiento en Barcelona, luchó con sus compañeros de las Juventudes Socialistas Unificadas en el tiroteo de la confluencia de la avenida Diagonal con Paseo de Gracia, e hizo la guerra en la capital catalana como secretario de Organización de las JSU y posteriormente como secretario general de las mismas, hasta que en la segunda mitad de 1937se integró en la 44 División, apostada en el frente de Aragón. Tras la tremenda batalla del Ebro inició un periplo que le llevó hasta Puigcerdà el 13 de febrero de 1939 y por allí cruzó la frontera con Francia. Tras unos días en Bourg-Madam, Soriano fue internado por las autoridades francesas en el campo de Bram, donde coincidió con el célebre fotoperiodista Agustí Centelles (1909-1985), quien, en colaboración con el también fotógrafo Salvador Pujol, montó un rudimentario laboratorio fotográfico que permitió que hayan quedado bastantes testimonios gráficos de las condiciones de este campo. En Brams se ocupó inicialmente Soriano en tareas de alfabetización, así como en la traducción y divulgación entre los presos del periódico Depeche y de los números que conseguían entrar del diario Madrid, hasta que los conductores que los introducían fueron descubiertos, y también en impartir a los refugiados clases de francés para que, si tenían la suerte de ser reclutados para los equipos de trabajo en el exterior, pudieran desenvolverse mejor. Finalmente pudo salir también él mismo del campo integrado en un grupo de trabajo agrícola (a medida que avanzaba la ocupación alemana, escaseaba la mano de obra), y más tarde se estableció en Toulouse, donde se reencontró con Josep Salvador. Trabajó entonces como peón de carga y descarga, como friegaplatos, y se ocupó de organizar una serie de plataformas de modesta resistencia clandestina, orientadas a asistir a los españoles sin papeles y que se concretó también en la creación de la primera revista clandestina del exilio en Francia, Alianza (treinta y tres números entre el 14 de abril de 1941 y 1942). De finales de 1942 data la creación, en colaboración con el comunista Jaime Nieto, de la Unión Nacional española, cuyo objetivo era formar a refugiados españoles antes de su paso clandestino a España mediante la creación de una «escuela política», en palabras de José Luis Morro Casas, situada en la avenida de la Gloria. Consumada la libración de Toulouse, por encargo del «capitán Phillipe» Soriano se ocupó de las crónicas radiofónicas en catalán para la Península emitidas por Radio Toulouse.

A principios de 1946, crea con Salvador el Centro de Estudios Económicos Toulouse-Barcelona, germen de su posterior labor editorial. El centro organizaba sobre todo conferencias de intelectuales y políticos de las más diversas tendencias, con el objetivo de mantener informados a los exiliados acerca de la actualidad en España, pero también de mantener viva la cultura republicana; en este sentido, creó cursos de catalán que contaron para su primera clase con la participación del célebre filólogo Pompeu Fabra. Así contaba el propio Soriano las intenciones que alentaban este pretendido foco de confluencia de las diversas tendencias republicanas, que finalmente, en este aspecto, acabó por fracasar:

Queríamos dar a conocer la cultura hispánica, organizábamos conferencias e invitábamos a gente con este propósito. Recuerdo la visita de Jean Cassou y Henri Lefèvre. Además, queríamos contribuir a que no se perdiera la lengua catalana […] Desde el Centro Toulouse-Barcelona intentábamos mantener un contacto diario con España, y de ahí nació la idea de la Librería de Ediciones Españolas.

Federica Montseny antes los micrófonos de Radio Associació de Catalunya.

Prácticamente coincidiendo con su cierre –al parecer, por presiones del Partido Comunista–, el centro aún tuvo tiempo de organizar un emotivo homenaje a los republicanos españoles sobrevivientes a los campos nazis, celebrado en el cine Plaza, presidido por el alcalde la ciudad y con una asistencia que se ha cifrado en seis mil personas; entre ellas, la dirigente anarquista Federica Montseny (1905-1994), así como Jaime Nieto y el anarquista José Ester (1913-1980), superviviente él mismo de Mauthausen y que en 1947 pasaría a sustituir a Francisco Largo Caballero (1869-1946) como presidente de Federación Española de Deportados e Internados Políticos.

Inicialmente el modo de operar de la Librería Ediciones Españolas (situada en la rue D´Arcole, 1) fue muy modesto (e ilegal), pero tremendamente efectivo. Cuando consiguió un modesto fondo de libros franceses, Soriano se dedicó a trasladarse con los libros en un par de grandes maletas hasta Andorra en autocar, y una vez allí los canjeaba por libros en español anteriores a la guerra civil, entre los que en su vejez recordaba por ejemplo ediciones del Instituto Gallach de Librería y Ediciones (fundado por Josep Gallach Torras [1872-1928] en 1890 y, tras pasar a manos de Calpe, germen remoto del influyente Grupo Océano), que se caracterizaban por aunar la calidad en la impresión, profusión de buenas ilustraciones y el propósito eminentemente divulgativo del conocimiento científico. Con este método, repetido en diversas ocasiones, e incluso varias veces por semana por haberse demostrado muy exitoso, empezó Soriano a asentar su incipiente empresa, cuyos primeros trámites datan de agosto de 1946, en colaboración con Josep Salvador. Una segunda línea de actuación que impulsó el proyecto fue el establecimiento de contactos con las editoriales ya creadas en América por exiliados republicanos, particularmente en Argentina, Chile, Perú, Estados Unidos y México (Joan Grijalbo entre ellos).

Cubierta de un ejemplar de La Novela Española.

Posteriormente, y en buena medida como consecuencia de estos contactos, llegaría a partir de marzo de 1947 la publicación de la revista Lee, destinada a la divulgación de la lectura y a la catalogación de las novedades bibliográficas españolas. Así la describe su contenido José Luis Morros Caso:

Con su presentación, Soriano trata de contribuir al mantenimiento de las relaciones existentes entre los franceses y los españoles utilizando para ello un medio inapreciable, el libro, como el mejor modo de conocer España. En sus diferentes apartados, la publicación ofrece resúmenes de catálogos de arte, clásicos castellanos, geografía, literatura española contemporánea…, así como información de revistas de próxima aparición, caso de Realidad, de Buenos Aires, y críticas de libros y de noticias.

Antes aún de trasladarse a París y poner los cimientos de su célebre librería parisina, aún tuvo tiempo el tandem Salvador-Soriano de poner en marcha una modesta colección dirigida nominalmente por Luis Solères (un francés de origen español), La Novela Española (1947-1949), que sin duda marcó un hito.

Fuentes:

Entrevista en vídeo «Antonio Soriano y la Librería Española en París»

Michel Baglin, «C’était la librairie des réfugiés espagnols à Toulouse», Texture, 18 de abril de 2009.

Ana Martínez Rus, «Antonio Soriano, una apuesta por la cultura y la democracia: la Librairie Espagnole de París», Litterae. Cuadernos sobre cultura escrita, núm. 3-4 (2003-2004), pp. 327-348.

Judith Moris Campos, «Soriano, Antonio», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 4, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 201, pp. 420-422.

José Luis Morro, «Antonio Soriano: los libros, su vida», en Alicia Alted Vigil y Manuel Aznar Soler, eds., Literatura y cultura del exilio español de 1939 en Francia, Salamanca, Aemic-Gexel (Serpa Pinto 2), pp. 391-404.

Juan Miguel Sánchez Vigil y María Olivera Zaldua, «La editorial Gallach y su contribución a la industria cultural española. Recuperación y análisis de su catálogo», Investigación Bibliotecológica (México), vol. 28, núm. 63 (mayo-agosto de 2014), pp. 51-83.

Antonio Soriano, Exodos. Historia oral del exilio republicano en Francia, 1939-1945, prólogo de Roberto Mesa, Barcelona, Editorial Crítica (Serie General. Temas Hispánicos), 1989.

Sonia Soriano, blog Librairie Espagnole … Antonio Soriano o la aventura de la cultura.

Lourdes Toledo, «Entrevista a Antonio Soriano», Lletres valencianes: Revista del llibre valencià, núm 5 (Tardor 2001), pp. 2-7.

 

Tomás Herreros Miquel, pionero del libro obrero

En Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Alejandro Civantos Urrutia pone orden a un enorme caudal de información sobre la edición underground anarquista de principios de siglo en España, en la que entre otras cosas identifica los antecedentes de algunas innovaciones en cuanto a distribución, política de precios o diseño gráfico (que luego se generalizarían en la seguramente mal llamada «edición de avanzada»), pero, entre otros valores, su libro tiene además el mérito de rescatar y reconstruir la trayectoria de personalidades más influyentes que conocidas, como es el caso del librero, tipógrafo y editor Tomás Herreros Miquel (1877-1937).

No es fácil establecer la cronología de sus primeros pasos, y en particular el momento en que empezó a regir uno de los pequeños quioscos de ventas de libros establecidos en la Rambla de Santa Mònica, muy cerca del cuartel de Ataranzas barcelonesas ante el que el 19 de julio de 1936 moriría su amigo Francisco Ascaso (1901-1936). Aun así, todo parece indicar que su despegue profesional en Barcelona en el ámbito del papel impreso (salvo por la publicación de algún que otro texto) la inició como tipógrafo hacia 1908 en El Progreso, órgano del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, donde coincidió con anarquistas muy conocidos como Josep Negre i Oliveres (1875-1939) y Adolfo Bueso (1889-1979), pero, en cualquier caso, mayor importancia tiene la creación hacia 1910 de la Imprenta Germinal. Previamente, su compromiso político, además de numerosos problemas con la justicia, le había llevado a participar en 1910 en la fundación de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), de cuyo consejo de dirección formó parte bajo el seudónimo Timoeto Herrer, con Josep Negre como secretario general. Su actividad en este ámbito merecería una atención por sí misma.

Tomás Herreros Miquel.

Si bien hasta entonces se habían ocupado de ello la de J[osé] Ortega y la del concejal republicano Félix Costa, a partir de ese momento Germinal cobró importancia sobre todo como impresora del periódico Tierra y Libertad, que a finales de 1911 empieza también a publicar folletos y libros. Además de colaborar con cierta regularidad en el periódico, éste da también noticia de las intermitentes encarcelaciones de las que fue víctima Herreros, así como de la actividad vehemente y digna que llevo a cabo en los centros penitenciarios. Así, por ejemplo, en el número 111 (correspondiente al 15 de mayo de 1912) de Tierra y Libertad, puede leerse:

El sábado último, con motivo de la visita general de cárceles, se personó en la misma la Audiencia en pleno y al comparecer ante ella los compañeros Arnall, Negre, Salud, Herreros, Miranda, Cardenal y Coll, y manifestarles que el proceso que se les seguía era por rebelión, contestaron: «Eso no es cierto; podrá ser esa la verdad oficial, pero la verdad única es que estamos siendo víctimas de una infamia policíaca o gubernativa. […]  y creemos que este proceso es un proceso anormal y que sobre él pesa, más que el espíritu de justicia, la influencia del gobernador, que es a quien se han dirigido cuantos se han interesado por nosotros».

1915.

Pese a estas detenciones, que no fueron infrecuentes, en Germinal tuvo tiempo Tomás Herreros de ponerse al frente de la Biblioteca Tierra y Libertad, además de ocuparse de gran cantidad de libros y folletos de diversos grupos y organizaciones políticas y sindicales y, con particular acierto, de los almanaques de Tierra y Libertad.

El desarrollo de la Biblioteca llega a su punto culminante en 1917, en el que, en palabras de Civantos Urrutia a la vista del catálogo de ese año:

El conjunto de las publicaciones de Biblioteca Tierra y Libertad en 1917 es, en efecto, un buen resumen del proyecto cultural anarquista en toda su dimensión. Textos clásicos del anarquismo reeditados (Kropotkin, Malatesta); primeras ediciones de obras divulgativas, sobre higiene o salud, y libros práctico en general (como el del doctor [Fernand] Élosu); divulgación de historia, de arte o de literatura, desde una perspectiva consciente fuera esta ácrata o no (como en el volumen de [Fernand] Pelloutier); pacifismo internacional ([Pierre] Chardon), intelectuales libertarios españoles ([Ricardo] Mella); o literatura en general puesta al alcance del gran público ([Octave]Mirbeau).

1918.

No puede decirse que el proyecto no fuera ambicioso, y no contento con la ingente y a menudo exitosa Biblioteca Tierra y Libertad, publicaba Herreros, con pie de Imprenta Germinal, varios otros títulos, como la traducción llevada a cabo por Anselmo Lorenzo (1841-1914) de las Déclarations del anarquista individualista francés Georges Etiévant (1865-1900), del que previamente se habían hecho ya varias ediciones y que en este caso responde a la iniciativa de la Agrupación de Cultura Racional de Barcelona, fundada ese mismo año 1918 en Sant Cugat del Vallès, cuyo objetivo era «propagar la cultura y al efecto combatirá todos los sofismas políticos, religiosos y sociales para cooperar al perfeccionamiento moral, material e intelectual de la clase obrera». Y también en 1919 publica Herreros, de nuevo como Imprenta Germinal y con sello del Sindicato Obrero del Ramo del Transporte de Barcelona, una compilación de artículos de Josep Negre, ¿Qué es el sindicalismo? De la colaboración con Bonafulla, El Productor y Toribio Taberner con Herreros salió adelante además la colección Biblioteca Germinal.

Y a ellos pueden añadirse todavía otros títulos, a menudo conferencias, de Anselmo Lorenzo y otros personajes importantes del obrerismo del pasado reciente que eran ya puntos de referencia, así como folletos para organizaciones no sólo anarquistas. Una labor a todas luces ingente a la que Civantos Urrutia ha puesto orden en su libro y que, en lo que atañe exclusivamente a la editorial, el propio Herreros cifró en cuatro millones de copias (entre novedades y reimpresiones).

1919.

La imprenta se fue a pique después de ser víctima de varios ataques por parte del entorno tanto de la policía como del pistolerismo blanco. El 30 de marzo de 1919, al encontrarlo en su casa que era también donde estaba domiciliada la imprenta (en la Ronda Sant Pau, 36), la policía lanzó por la ventana buena parte de sus muebles. Posteriormente, el 3 de marzo de 1923 fue detenido y acusado de complicidad en un robo, aunque tuvo que ser liberado por falta de pruebas. Poco después se exilió durante un tiempo en París, pero el 14 de julio de ese mismo año volvía a estar en Barcelona, donde fue herido de gravedad, frente a su quiosco de libro viejo, en un ataque con arma blanca por parte de León Simón Sanz, del Sindicato Libre (quien más tarde sería el jefe de guardaespaldas de José María Albiñana, líder del Partido Nacionalista Español).

Tomás Herreros.

Durante la dictadura de Primo de Rivera (septiembre de 1923-enero de 1930), Tomás Herreros llevó a cabo una actividad de difusor en la Península de la revista de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) La Protesta (en la que colaboraron José Prats, Eduardo García Gilimón, Antoni Pellicer i Paraire, etc,), así como de enlace entre los anarquistas españoles y los argentinos. En tiempos de la II República, Herreros volvió de nuevo a actuar como impresor de folletos y hojas volanderas para organizaciones sindicales y políticas hasta que, al parecer, le quemaron el negocio, y empezó entonces una etapa mucho más diluida como librero de viejo en su puesto en la rambla de Santa Mónica, si bien siguió también estrechamente vinculado al movimiento ácrata. En 1933 figura como administrador de la histórica cabecera Solidaridad Obrera, y al parecer su última participación pública importante fue su intervención en el homenaje a Ascaso en septiembre de 1936. Moría el 22 de febrero del año siguiente y, en lo que quedaba de guerra, dio nombre a una calle barcelonesa (que ya nunca lo recuperó).

Puestos de venta de libros en la rambla de Santa Mónica.

Fuentes:

Manel Aisa, «Tomás Herreros Miquel» (corrección de un artículo publicado previamente en ORTO. Revista cultural de ideas ácratas, núm. 99 [enero/ febrero de 1997]), Libros Aisa, s.f.

Ateneu Llibertari Estel Negre, «Tomás Herreros i Miquel (1877-1937)».

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo,  (Colección Investigación 3), 2017.

Joselito, «Tomás Herreros Miquel (Vida y obra)», Sobre la anarquía y otros temas (Vida, obra y biografías de activistas, luchadoras y luchadores anarquistas), 15 de septiembre de 2017.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Antología documental del anarquismo español. Bibliografía del anarquismo en España, 1868-1939, Centre de Documentació Antioautoritari i Llibertari, 2016 (8ª ed.).

López Bernagossi, Llibreria Espanyola y la censura a la sátira

Además de iniciar una espléndida estirpe de libreros y editores, el gerundense de ascendencia italiana Innocenci López Bernagossi (1929-1895) fue en la segunda mitad del siglo XIX uno de los puntales de la divulgación de prensa y colecciones populares, próximas tanto al republicanismo como a la tradición satírica catalana, expuesta, ciertamente, a los vaivenes a que la historia política sometió a la libertad de expresión.

Tras formarse como gerente de la Librería Histórica de Luis Tasso, López Bernagossi compró a los hermanos Oliveres i Montmany la librería que estos tenían en la calle Ample (núm. 26), y ya en diciembre de 1859 aparecía una original iniciativa, El Cañón Rayado. Periódico Metralla de la Guerra de África, del que aparecieron veinticuatro números, impresos en la Imprenta Euterpe (que dirigían Anselm Clavé y Antoni Bosch), hasta marzo de 1860. Se trataba de una demoledora y mordaz crítica de la política española con respecto a la guerra, en la que colaboraron, entre otros (muchos de ellos con seudónimo), el poeta Víctor Balaguer (1824-1901) y en el que destacan sobre todo los grabados al boj de Eusebi Planas (1833-1897) y Manuel Moliné (1833-1901).

Simultáneamente, ya en 1858 se había ocupado López Bernagossi de la edición de El pendón de Santa Eulalia, de Manuel Angelón i Broquetas (1831-1889), a quien publicaría también con éxito Un Corpus de Sangre, Treinta años o la vida de un jugador, Flor de un día, ¡Atrás el extranjero!, etc., y a principios de la década de 1860 la Llibreria Espanyola ya estaba publicando libros regularmente; de 1862 es por ejemplo la novela histórica de Antoni Bofarull La orfeneta de Menargues o Catalunya agonisant, en coedición con la Llibreria del Plus Ultra. No es disparatado aventurar que la elección del nombre fue un subterfugio para poder escribirlo en catalán en unos años en que esta lengua era perseguida. Al año siguiente, 1863, abre un segundo establecimiento en la Rambla del Mig, número veinte, centro tanto de célebres partidas de tresillo como de tertulias en las que se imbricaban la política y el humor.

Sin embargo, el punto fuerte y que más fama le reportó fueron las publicaciones periódicas. En abril de 1965 ponía en circulación una breve revistilla que despertó enseguida el recelo de Antoni Brusi i Ferrer (1815-1878), propietario del Diario de Barcelona, que intentó por todos los medios frustrar su aparición. La idea original la había planteado Conrad Roure (1841-1928), miembro del grupo de defensores del «català que ara es parla» (el catalán que ahora se habla), quien se proponía parodiar la sección de anuncios del almanaque de López Bernagossi El Tiburón, y luego la reformuló el también dramaturgo del mismo grupo Albert Llanas (Albert de Sicília Llanas i Castells, (1841-1915), quien propuso en diversas tertulias publicar una Parodia de un Diario de Barcelona. Pese a las influencias que movió el Brusi, López Bernagossi se atrevió a ponerlo en marcha y, en su Llibreria Espanyola y a cargo de la Imprenta Económica de José Antonio Oliveres, publicó el número correspondiente al de 16 abril de 1865, que fue el único que llegó a aparecer, si bien se agotó de inmediato. Sin embargo, la colaboración entre Llanas y López Bernagossi puso los cimientos de la prensa satírica catalana.

Josep Lluís Pellicer, ilustrador de los Singlots poètics de Pitarra con el seudónimo Nyapus, fue un prolífico caricaturista político antes de asumir la dirección artística Montaner y Simó.

Ese mismo año aparecían dos nuevas cabeceras. Por un lado se estrena el considerado primer almanaque humorístico en catalán, Lo Xanguet (1865-1874), donde colaboran Serafí Pitarra (Frederic Soler, 1839-1995) y autores afines, así como los destacados dibujantes Tomás Padró (1840-1877) y Josep Lluís Pellicer (1842-1901), que luego sería estrecho colaborador de Eudald Canivell (1858-1928). Y por otro aparece Un tros de paper (1865-1866), iniciativa también de Manuel Llanas e ilustrado con novedosas litografías por Tomás Padró y en el que colaboraron, con seudónimo, el propio Llanas, Conrad Roure, que se ocupaba de la crítica teatral, Robert Robert (1827-1873) —cuyo primer número del también satírico El Tío Crispín le había llevado a pasar un año en la cárcel—, Frederic Soler, Josep Feliu i Codina (1845-1897), Eduard Vidal i Valenciano (1838-1899)… Prueba de la extraordinaria aceptación de Un tros de paper es que en 1920 Carles Riba prepara una selección de sus números y que más tarde apareciera en forma de folleto en La campana de Gracia.

Interior de Un tros de paper.

Luego, alternando siempre con los libros, se sucederían otras cabeceras incluso más exitosas, como Lo noy de la mare (1866-1867), La Rambla (1867-1868), que fue suspendido por cuestiones políticas, Lo Somatén (1868-1869), que «declara[ba] terminantemente que no admite ninguna otra forma de gobierno que la República democrática federal»,  Las Barras Catalanas (1869) o las muy longevas La campana de Gràcia (1870-1934) y L’Esquella de la Torratxa (1872-1939), que llegaron ambas a tiradas de 30.000 ejemplares, entre otras muchas.

Imagen de los fundadores y más asiduos colaboradores de La Campana de Gracia que se inicia con López Bernagossi y se cierra con su hijo López Benturas y en la que aparecen los escritores Rovira i Virgili, Roca i Roca, Ángel Samblancat, Gabriel Alomar, Lluis Capdevila, etc., los dibujantes Moliné, Pellicer, Opisso, etc., el grabador Pere Bonet, el fotógrafo y grabador Manuel Solano…

Sin embargo, una de las que mayores quebraderos de cabeza dio a los historiadores de la prensa fue Velón, cuyo origen quizá tenga alguna vinculación con la trayectoria biográfica del padre de López Bernagossi, Miguel López Carrascosa, quien llegó a ser teniente coronel por méritos durante la Guerra de Independencia y, tras el sitio de Girona, fue hecho prisionero por las tropas napoleónicas. Según declara la cabecera de Velón, se trata de un «Diario de Avisos y Noticias», del que se conserva sólo único el número 1, fechado el 18 de abril de 1909, que se vendía a 8 maravedises, cosa que ha hecho que durante muchos años se lo considerara una publicación aparecida durante lo que se conoce como Guerra del Francés, y así lo recogen por ejemplo el catálogo preparado por Joan Torrent, Francesc Carbonell, Josep Montfort y Rafael Borí La presse catalana depuis 1640 jusqu´a 1937 (1937). Sin embargo, en 1940 Joaquím Álvarez Calvo arrojó nueva luz —nunca mejor dicho— sobre el asunto al establecer su fecha en 1877 y atribuir su paternidad a López Bernagossi. El propósito ya señalado en el título era vehicular una corrosiva crítica al Ayuntamiento de Barcelona, que por entonces había anunciado la intención de implementar un impuesto a los comerciantes por el alumbrado público, a lo que éstos replicaron con una huelga de consumo de gas. El Velón, pues, venía a poner de manifiesto el tremendo retroceso que suponía la recuperación del velón como herramienta para alumbrar.

No es arriesgado aventurar que López Bernagossi era un miembro más de un amplio grupo de artistas de la sátira política que por aquellos años tenían como punto de reunión algunas tertulias (entre ellas la de la Llibreria Espanyola) en las que confluían escritores (Pitarra, Conrad Roure, Robert Robert) y dibujantes (Tomàs Padró, Josep Lluís Pellicer, Moliné) y entre los que él representaba la figura del librero-editor (no menos satírico y mordaz), y en los años sucesivos publicaría, en un muy nutrido catálogo, La cólera y la miseria (1882), de C. Gumà (Juli Francesc Guibernau, 1856-1927); L’amor, lo matrimoni y’l divorci (1883), también de Gumà e ilustrado por Moliné; Cel rogent, de Eduart Aulés, Cuentos del avi (1889), de Pitarra; Baladas (1889), de Apeles Mestres (1854-1936), con sesenta ilustraciones del propio autor; Cants íntims (1889) y Estiuet de Sant Martí (1891), también de Mestres; Art de festejar (catecisme amorós en vers), con textos de Gumà e ilustraciones de Moliné, así como varios números de la serie conocida como singlots poètics (hipidos poéticos) de Pitarra de los que, por ejemplo, en 1894 publicó Singlots poétichs, ó sia colecció de totas las obras que, en vers y en català del que ara’s parla. Y estos son méritos que hay que añadir al de fundador de una brillante estirpe de editores en la que destacaron sobre todo Antoni López Benturas (1861-1931), Antoni López Llausàs (1888-1979) y Gloria Rodrigué.

Fuentes:

Varias de las publicaciones de Innocenci López Bernagossi pueden verse en ARCA.

Josep Maria Cadena  i Catalán, «Publicacions satíriques esporádiques», Treballs de comunicación, núm 3 (1992), pp. 55-59.

Josep Maria Cadena  i Catalán, «Les publicacions de l’editor López Bernagossi i Lo Xanguet (1865-1874), primer almanac humorístic en català», Comunicació. Revista de Recerca i d’Anàlisi, núm. 8 (octubre de 1997), pp. 265-315.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Isabel Lletget López, Memoria de la familia Lletget López del 1872 al 1942, Barcelona, 2007.

 

Las dos primeras etapas de la revista D’Ací i d’Allà y el mundo del libro

El número 179, publicado en diciembre de 1934, ha bastado para que la revista D’Ací i D’allà haya pasado a la historia de las artes gráficas como uno de los principales ejemplos y más logrados de publicación periódica vanguardista. Patricia Córdoba ha subrayado acerca de ese número la «extraordinaria calidad en la reproducción de las obras de arte, [que] tenía su complemento idóneo en los artículos de J.V. Foix, Carles Sindreu, Sebastià Gasch y Magí A. Cassanyes, entre otros» y acerca de las reproducciones fotográficas, tanto en blanco y negro como en color, destaca también la «óptima calidad que aún resaltaba más las obras de arte originales».

Portada del famosísimo número extraordinario de invierno de 1934, con la encuadernación original mediante espiral metálica.

Vale la pena echar un vistazo a este extraordinario número de D’Ací i D’allà, dirigido por Josep Lluís Sert (1902-1983) y Joan Prats (1881-1970) para evaluar la justicia de esta valoración, pero, en cualquier caso, basta un repaso al índice de sus colaboradores para hacerse una idea de la ambición que alentaba este proyecto, que se proponía hacer un balance de la historia del arte en las tres primeras décadas del siglo XX: Tras una portada de Joan Miró (1893-1983), una pléyade de textos encabezados por uno del director de la revista, Carles Soldevila (1892-1967), a quien siguen el pintor de origen asturiano Luis Fernández (1900-1973), el crítico y editor, además de fundador de Cahiers d’art, Christian Zervos (1889-1970) , el mencionado arquitecto e impulsor del GATEPAC Josep Lluís Sert, el poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987), el publicista vinculado tanto al GATEPAC como al grupo ADLAN Carles Sindreu (1900-1974), el crítico Magí Albert Cassanyes (1893-1956), el crítico colaborador de Cahiers d’art Anatole Jakovski (1907-1983) y el también crítico Sebastià Gasch (1897-1980). Y en cuanto al arte, un compendio de lo que hoy son algunos de los nombres más representativos de las artes visuales del primer tercio del siglo XX: Tricomias de obras de Picasso, Braque, Gris, Léger, Kandinsky y Dalí, un pochoir original de Miró, y reproducciones en blanco y negro de obras de Ernst, Duchamp, Arp, Picasso, Matisse, Derain, Brancusi, Le Corbusier, Gris, Rousseau, Modrian, Léger, Giacometti…

Páginas interiores, dedicadas a Miró, en el mismo número.

Con este número, la revista que entonces dirigía Soldevila, con el apoyo de Antoni López Llausàs (1888-1979), se ganaba un puesto de honor en la historia de la prensa artística, pero para entonces D’Ací i D’allà ya tenía una notable trayectoria a sus espaldas y, de hecho, estaba afianzando una brillante tercera época que, como no podía ser de otra manera, quedaría truncada por la guerra civil española.

Cubierta del primer número, de Labarta, con el título original, D´Ací D´Allà.

El primer número, con el título ligeramente distinto (D’Ací D’allà, magazine mensual) se remontaba al 10 de enero de 1918, en el ámbito de Editorial Catalana, bajo la dirección del poeta Josep Carner (1884-1970) y con una estética claramente vinculada al art déco muy consecuente con el noucentisme que destila esta primera y breve etapa. El primer volumen, con portada de Francesc Labarta (1883-1963), un formato de 245 x 170 y 98 páginas, ya da un tono de lo que serán sus colaboradores y, por lo que atañe a los grafistas, muchos de ellos tendrán una implicación importante en el diseño e ilustración de libros, como es el caso de Joan d’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947), Valentí Castanys (1898-1965), Pere Pruna (1904-197) o el nieto del impresor que inventó el submarino, Emili Pascual Monturriol (que firmaba Pal), quien llevaría a cabo una profunda renovación de la editorial Apolo.

Cabecera e índice del primer número.

A finales de 1919 asume la dirección el también escritor y «pluma para todo» Ignasi M. Folch i Torres (1884-1927), y durante su dirección se produce un cambio de formato, que pasa a ser de 330 x 245 (en julio de 1924) y de maquetación (en enero de 1931), pero quizá lo más notable sea el progresivo cambio en las portadas y el cada vez mayor protagonismo de la fotografía, aspectos en los que probablemente tenga que ver la influencia de quien llegaría a figurar explícitamente como director de arte, Josep Sala Tarragó (1896-1962). De nuevo aparecen entre los diseñadores de portadas gente muy vinculada al mundo del libro, como los mencionados Junceda, Castanys o Pruna, a los que se añaden Lola Anglada (a quien Soldevila hizo una interesante entrevista en el número de agosto de 1924 y de quien es la portada Radiotelefonia, de enero de 1925), Apa (Feliu Elias), Dalí (de quien se reproduce Figura en una finestra, como portada del número 97, de enero de 1926), Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1908-1964), Ramon Martí Alsina (1826-1894), el excelente grabador Enric C. Ricard (1893-1960), Feliu Elias (1878-1948), el pintor Joaquim Mir (1873-1940)…

En relación al mundo de la edición de libros, resulta notable el caso de la traducción del libro de Okakura Kakuzo El llibre del tè, que empieza a publicarse entre los números 104 y 108, con la firma de Carles Soldevila como traductor. Y es curioso porque existe una edición de este mismo libro en rústica como número 19 de la colección Bibiloteca Univers, publicada por la Llibreria Catalonia de López Llausàs, en la que el traductor se esconde bajo el seudónimo Marçal Pineda, y otra edición probablemente posterior ilustrada por quien sería uno de los colaboradores fundamentales de la tercera etapa de D’Ací i D’allà, Will Faber (1901-1987), numerada y encuadernada mediante un cordel de seda.

Página interior del número de junio de 1920.

En un sentido similar, en su afán por conseguir textos que poder publicar durante los duros tiempos de la guerra civil en sus benemérita Biblioteca de la Rosa dels Vents, Josep Janés se sirvió de algunas traducciones extraídas de números de la revista D’Ací i D’allà, llevadas a cabo por su amigo Josep Miracle (1904-1998), quien, antes de partir al frente, le entregó los volúmenes de dos años de esa publicación «para que pudiera seguir manteniendo la Biblioteca de la Rosa dels Vents a base de aprovechar las mejores o más extensas traducciones que allí había publicado», y de Miracle son las traducciones de Quasi blanca, de Claude McKay, y El pescador d´esponges de Istrati, El somni de Makar, de Vladímir Korolenko, números 209, 210 y 221 respectivamente de los Quaderns Literaris de Janés (correspondientes a los 62, 63 y 74 de Rosa dels Vents). Miracle, que había entrado en D´Ací i D´Allà inicialmente como corrector, se convirtió en poco menos que un chico para todo en la revista, sin redactores (que más que dirigir, Soldevila se limitaba a coordinar), y a él corresponden muchos de los seudónimos empleados en esos números, como es el caso por ejemplo de Josep Píus i Lluís, que firma una traducción de Joyce («Un nuvolet»). Por aquella época, Miracle trabajaba en el sótano de la calle Diputació donde la Catalònia tenía también la imprenta.

Ilustración de Apa para el número de agosto de 1924.

Una última curiosidad es que, cuando el prestigioso diseñador Ricard Giralt-Miracle, tras su paso por los campos de refugiados franceses y unos inicios difíciles en el destrozado panorama de las artes gráficas en la posguerra, se estableció por su cuenta, recuperó una maquina plana en la que se habían impreso los últimos números de D’Ací i d’Allà.

Portada de Ernest Santassussagna para el número de junio de 1930.

En el número de enero de 1931 se produce un nuevo cambio de maquetación, y en el de diciembre de ese mismo año se anuncia el final de la revista, que será más bien la apertura de una extensa pausa, pues en la primavera de 1932 reanuda su andadura con una estética que, si bien en algunos aspectos puede considerarse una evolución a partir de las dos anteriores, merecería una atención más detallada que fuera más allà del espectacular número 179 (diciembre de 1934) y un repaso a las portadas de Josep Obiols, Grau Sala, Lola Anglada, Xavier Nogués  y sobre todo a las de Will Faber, de quien Camilo José Cela dejó escrito que «la historia hubiera sido diferente de no haber llevado la revista D’Ací i d’Allà ilustraciones de cubierta suyas».

Portada del número aparecido en septiembre de 1932.

Fuentes:

Camilo José Cela, «Glosa a unas viejas palabras propias y ajenas sobre Will de Faber», en Los vasos comunicantes, Barcelona, Plaza & Janés, 1989, pp. 423-427.

Patricia Córdoba, La modernidad tipográfica truncada, València, Campgràfic, 2008.

Galderic, «L’extraordinària revista D’Ací i D’Allà i el seu extraordinari número d’hivern (1934)», Piscolabis & Librorum, 13 de abril de 2010.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catala 60), 1986.

Josep Miracle, “Sinopsi autobiográfica”, en AA.VV., Josep Miracle i la seva obra, Tàrrega-Andorra, F. Camps Calmet-Erosa, 1973.

Joan Manuel Treserras, «D’Ací i d’Allà». Aparador de la modernitat (1918- 1936), Barcelona, Llibres de l’Índex, 1993.

Interior del número de septiembre de 1930, que contiene el artículo «Un nou gran retaule català del Quatre-cents» firmado por Joan Sacs (Feliu Elias).

 

Daniel Jorro, editor de ciencia y humanidades con toque francés

En el libro Javier Pradera. Itinerario de un editor (Trama, 2017) se menciona en diversas ocasiones, y siempre admirativamente e incluso con cierta nostalgia, una iniciativa editorial cuya posteridad parece haber sido, cuanto menos, bastante modesta y restringida a quienes tuvieron la suerte de conocerla en activo, ni que fuese como lectores. En «Contra la melancolía o la continuidad del oficio», que recoge una intervención en un curso de verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de 2001, Pradera menciona el nombre de Daniel Jorro en una retahíla de editores entendidos como empresarios y a la vez hombres de letras (el modelo de «editor-presidente de la república», en terminología de Robert Laffont), flanqueado por apellidos tales como Aguilar, Salvat, Caralt, Losada o Janés. Pero en el mismo marco, ya en un texto de 1977 que se publica aquí con el título «El editor ante el espejo», lo situaba también en una pléyade de editores que habían asignado su nombre propio a la empresa que dirigían (Caro Raggio, Plaza, Bruguera, Barral…).

Sin embargo, en los índices onomásticos de la monumental Historia de la edición en España dirigida por Jesús A. Martínez Martín, el nombre de Daniel Jorro aparece referenciado en una única ocasión, y remite al siguiente pasaje del capítulo «El comercio de libros. Los mercados americanos», que firma Ana Martínez Rus: «Las editoriales españolas enviaban [a América] mayoritariamente literatura, más que libros científicos y manuales, donde únicamente destacaban Jorro, Beltrán, Salvat y Gili.»

La explicación de esta aparente desproporción puede residir muy probablemente en la amarga confesión de quien con más detalle parece haber estudiado esta editorial, Quintana Fernández, quien antes de entrar en materia en «Daniel Jorro, editor. Una nueva dimensión de la Ecclesia dispersa de la I.L.E.» nos previene de que las fuentes primarias para su estudio son muy escasas, y que, más allá de algunas referencias puntuales (menciona a Gabriel Navarro Molina, Jean-François Botrel y la Historia del libro español dirigida por Hipólito Escolar Sobrino), las fuentes secundarias y terciarias son casi inexistentes. Entre las fuentes primarias de fácil acceso, se encuentran por ejemplo algunas cartas al científico italoargentino José Ingenieros (1877-1925) y una fechada en 1911 en la que se rechaza la posibilidad de publicar una obra del criminalista  Pedro Dorado Montero (1861-1919), a quien se tiene por uno de los más importantes antecedente de la criminología radical.

Aun así, con el apoyo de testimonios orales, mínimos restos de documentación epistolar y algunos catálogos muy bien aprovechados, Quintana Fernández reconstruyó con bastante convicción las líneas principales de esta saga de editores, iniciada con Juan Jorro y Antonio María do Rego al recaer en sus esposas la herencia de la madrileña librería especializada en libros antiguos de José Rodríguez (activa entre 1860 y 1881).

El humanista, pedagogo e historiador Rafael Altamira.

Posteriormente, Juan Jorro se estableció por su cuenta, inicialmente como librero, y su nueva empresa pasó luego a sus hijos, primero José Jorro Rodríguez, entre 1890 y 1894 —que coeditó con Hermenegildo Giner de los Ríos (1847-1923) la Biblioteca Andaluza (1886-1893) en la que aparecieron  desde textos afines al krausismo como Mi primera campaña, de Rafael Altamira (1866-1951), o Educación y enseñanza, de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), al compendio imperialista España en África y otros estudios de política colonial, de Gonzalo Reparaz (1860-1939) y prologado por Segismundo Moret (1838-1913)—;  y posteriormente la empresa paso a manos de Daniel Jorro Rodríguez, que fue quien en 1899 amplió el negocio a la edición (inicialmente en colaboración a veces con Victoriano Suárez, Fernando Fe y Sáenz de Jubera) y desde 1903 como Daniel Jorro Editor.

Cuestiones modernas de historia, de Altamira.

Esta etapa, que abarca el cambio de siglo y concluye en 1926, fue la de mayor proyección de la editorial, conocida sobre todo por algunas colecciones que contribuyeron a divulgar el pensamiento y los avances científicos en España y América mediante la recuperación de clásicos en esta materia y de las novedadades más sobresalientes, como es el caso, en particular, de la Biblioteca Científico-Filosófica. En ella convivían la Psicofisiología del genio y del talento (1901) de Max Nordau (1849-1923), El contrato colectivo del trabajo (1904), de Paul Bureau (1866-1923), las Cuestiones modernas de historia (1904), de Rafael Altamira, la Estética (1908) de Hegel (1770-1831), El sentido de la historia (1910), de Nordau,  El antiguo régimen y la revolución (1911) y La democracia en América (1911), de Alexis de Tocqueville (1805-1859), los Escritos de crítica y de historia (1912) de Taine (1828-1893), Los dioses y los héroes de Manuel Ciges Aparicio (1873-19376) y Felipe Peyró Carrió, la Sociología argentina (1913), de José Ingenieros (1877-1925), los dos volúmenes de  la Estética musical (1914) de Hugo Riemann (1849-1919), el Sistema de lógica (1917) de John Stuart Mill (1806-1873) o la Psicología del socialismo (1923), de Gustave Le Bon (1841-1931), entre otros muchos y muy diversos textos afines a la psicología, la sociología, la ética y la estética, la pedagogía y las humanidades en un sentido amplio.

El sentido de la historia, d Nordau.

Acaso tomando como modelo la francesa Bibliotèque de Philosophie Cientifique de Ernest Flammarion (1846-1936) —quien luego se haría célebre como editor de Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola y Maupassant—, la Biblioteca Científico-Filosófica de Daniel Jorro se convirtió muy pronto en el buque insignia de la editorial y en una poderosa herramienta de divulgación de las ciencias y las humanidades tanto en España como en América.

Quintana Fernández destaca sin embargo también, de esta etapa, el proyecto de llevar a cabo la versión española de una formidable y potente iniciativa del editor francés Octave Dion (famoso como creador de la Revue Internationale de Sciences y elogiado por sus ediciones de libros de medicina), que se concretó en una Biblioteca Internacional de Psicología Experimental, Normal y Patológica, en la que se pretendía recoger la traducción de lo que, en un conjunto de 20.000 páginas, debía ser un completo tratado de psicología. Al truncarse el proyecto de Dion se detuvo también el de Jorro.

Contribuciones a la crítica del lenguaje, de Fritz Mauthner (1849-1923), traducido por José Moreno Villa.

Y, además, la breve Enciclopedia Científica, aparecida sólo entre 1913 y 1914, que tomaba como modelo otra colección de Dion (Encyclopédie Scientifique), que se proponía alcanzar los mil volúmenes (y se quedó en una cuarentena, el último dedicado a la sociología aplicada), de los que Jorro se quedó en apenas trece. Aun así, los catálogos de estas tres colecciones de Jorro llegaron a sumar 278 títulos. A lo que habría que añadir, por ejemplo, la muy divulgada Historia Universal, en diversos volúmenes de alrededor de las quinientas páginas, también traducida del francés. No es de extrañar, pues, que en la anteriormente mencionada carta de rechazo de una propuesta de obra a Dorado Montero, Jorro confesara que «debido al poco número de aficionados a estos estudios, hay que proceder con lentitud y eso me imposibilita para adquirir nuevos compromisos». Es decir, a Jorro parecía interesarle sobre todo ir creando un fondo con vocación de perdurabilidad.

Y en efecto, el interés intrínseco de las obras hizo que circularan durante mucho tiempo. Muerto Daniel Jorro, la empresa pasó inicialmente a la viuda e hijos, y posteriormente a Daniel Jorro Fontaiña, cuyo nombre aparece en algunas historias del cine amateur en España mencionado como director de numerosos documentales antropológicos sobre la zona de Talavera de la Reina (entre las que destaca Por tierras de Talavera, 1935) y de una película cuyo humor se ha emparentado con el de Ramón Gómez de la Serna situada en la zona suburbial próxima al rastro madrileño (Viaje a las Américas, 1945). En esta etapa de Jorro Fontaiña predominó la reedición o la reimpresión de los títulos de mayor salida, que mantenían su vigencia y/o interés, si bien también es el momento en que la editorial obtiene un resonante éxito con Todos los secretos del billar. Tratado del juego de carambolas, un clásico en la materia obra de quien fuera campeón del mundo y profesor del Casino de Madrid, Julius Adorjan (1856-1918), del que existía una edición previa de 1920 llevada a cabo por iniciativa de  la junta directiva del mencionado casino. La filosofía de la editorial, pues, parece que había sufrido un cambio bastante notable.

Fuentes:

Jordi Gracia, ed., Javier Pradera. Itinerario de un editor, con un epílogo de Miguel Aguilar, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 24), 2017.

Ana Martínez Rus, «El comercio de libros. Los mercados americanos», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 269-305.

Quintana Fernández, «Daniel Jorro, editor. Una nueva dimensión de la Ecclesia dispersa de la Institución Libre de Enseñanza», Revista de Historia de la Psicología, vol. 18, núm. 1-2 (1997), pp. 301-312.

El lenguaje como virus

En 1962, el inclasificable escritor estadounidense William Burroughs (1914-1997) publicaba en las parisinas ediciones de Maurice Girodias (1919-1990), Olympia Press, la novela de carácter distópico El tíquet que explotó, en la que puso en circulación el concepto del lenguaje como virus, que a su vez popularizó años más tarde la artista Laurie Anderson (Laura Phillips Anderson, n. 1947) en el tema musical y vídeo Language is a virus (1986). Esta sería a grandes rasgos la genealogía del nombre de una de las experiencias editoriales más efectivas y firmes en la línea de dar voz a los movimientos políticos anticapitalistas y de izquierda en España, Virus Editorial.

Los orígenes de Virus Editorial están asimismo estrechamente vinculados con la asociación cultural barcelonesa El Lokal, nacida en 1987 y que, entre otras muchas cosas, ha creado una distribuidora de fanzines, revistas y otros tipos de materiales culturales. El propósito que se plantearon en 1991 era dar un paso adelante en esa misma dirección, empezando a distribuir, pero también a editar, libros que pudieran recuperar la memoria histórica de los movimientos sociales y políticos que se movían en los márgenes, y, desde unas oficinas en la calle Aurora (más tarde se trasladarían a la calle Comerç), en 1992 se daban a conocer los primeros títulos de Virus Editorial: Sabaté. Guerrilla urbana en España (1945-1960), de Antonio Téllez Solà (del que en 2013 se haría una edición en catalán); El descubrimiento del 92. Expo, Olimpiadas… La otra cara del espectáculo, de autoría colectiva; La insumisión encarcelada, coordinado por Carlos Martín Beristáin, pero también de autoría colectiva mediante la recopilación de testimonios; ¡Viva el mal! ¡Viva el capital!, que recopila guiones televisivos de Santiago Alba Rico para «Los electroduendes», y 92. Lo que se nos viene encima, con obras de 29 dibujantes, entre los cuales Lusmore, Achota Gol, Nazario, Montse Clavé, Azagra, Juanito Garrafa, Fer, Toni Garcés, etc.

Antonio Téllez (1921-2005), uno de los historiadores no académicos más conocidos de su generación, daba con ese primer libro mencionado, que estrenaba la colección Memoria, las pautas o modelos que marcarían esa serie, una de las colecciones señeras de Virus, y se convirtió además en uno de los autores emblemáticos de esta línea de la editorial, con títulos como Historia de un atentado aéreo contra el general Franco (1993), La red de evasión del Grupo Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1994) (1996) o Facerías, guerrilla urbana (1936-1945). La lucha antifranquista del Movimiento Libertario en España y en el exilio (2005), entre otros.

Lo que caracteriza a Virus entre las iniciativas editoriales surgidas en Barcelona en los primeros años de la década de los noventa es su por entonces muy singular organización en cuanto empesa y sus procesos de trabajo editorial, que en 2012 Patric de San Pedro describió el siguiente modo:

Funcionamos como cooperativa, aunque no lo somos oficialmente; en la práctica, somos más cooperativistas que muchas cooperativas. […] Todo se propone en asamblea de Virus y allí se decide. La razón principal para publicar un libro es su contenido, y luego se tiene en cuenta si el libro es viable económicamente o no, si el libro es demasiado extenso, si es necesario traducirlo, el público potencial, colectivos a los que puede interesar trabajar políticamente el texto, etc. […] Actualmente en Virus somos seis personas y todos decidimos. Funcionamos asambleariamente en todos los niveles. Todas las decisiones, tanto económicas, como de edición o de distribución, se deciden entre todos. Las decisiones importantes se toman en asamblea.

Vale la pena subrayar que, a diferencia de lo que ocurre en otros casos de editoriales independientes, esas seis personas trabajan a tiempo completo, todos ellos con el mismo sueldo y que no se establecen distinciones de ningún tipo entre ellos en razón de antigüedad en el proyecto ni de ningún otro tipo. Es evidente que se enfrentan a unas dificultades sobre todo en el ámbito económico muy severas, y eso les llevó a crear una serie de iniciativas destinadas a asegurar lectores, en forma socios y de suscriptores, pero en cualquier caso han conseguido publicar sostenidamente unos diez libros anuales desde entonces, encuadrados sobre todo en cuatro colecciones: Memoria, Arcadia, Ensayo y Folletos, a las que posteriormente se añadieron otras (y en reediciones se reposicionaron títulos) como Narrativa (en la que publicaron por ejemplo Siete domingos rojos, que Carlos Seco Serrano describe como «una de las novelas más definitorias, tanto en lo político como en lo estilístico» de Ramón J. Sender), Crónica (donde figura, por ejemplo, ¡Zapata Vive!, de Guiomar Rovira), Libélula (El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, apareció en ella), Hojas de Hierba (de explícito nombre), Acracia (dedicada a biografías de personajes como Teresa Claramunt, Lola Iturbe o Anselmo Lorenzo), etc. Títulos como ¡Huye, hombre, huye!, de Xose Tarrío (que a su vez dio pie a la revista Panóptico), o El lado oscuro de Google, del colectivo Ippolita, además, se convirtieron en más que notables éxitos que contribuyeron a dar a conocer sus trabajos bastante más allá de sus círculos originales.

Por su parte, la distribuidora, que trabaja sobre todo con editoriales afines en sus planteamientos y orientaciones (Bellaterra Ediciones, Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Cambalache, Traficantes de Sueños, La Felguera, Pepitas de Calabaza, Pantera Rosa, etc.), se desdobla a su vez en distribución comercial (librerías convencionales) y distribución alternativa (ateneos, centros y ferias del ámbito alternativo, libertario y de los movimientos sociales), con implantación en toda Cataluña, con particular presencia en Barcelona.

Con más de un cuarto de siglo de historia a sus espaldas y una enorme y densa red de colaboradores, Virus fue convirtiéndose progresivamente en una editorial de referencia en su ámbito, y tal vez eso contribuyó a que saliera airosa del auge de la cultura digital y de los planteamientos anticopyright, ante los que sucumbieron algunos de sus pares, anteponiendo la voluntad de divulgar las obras (la mayoría de ellas disponibles en abierto, salvo las traducciones) y confiando en que el grado de compromiso de sus lectores les permitiría seguir adelante. Y ahí siguen.

Fuentes:

Web de Virus.

Adrián Crespo, «Veinte años contagiando antagonismo», Diagonal, 21 de noviembre de 2012.

Txema Bofill y Okupem les Ones, «Virus Editorial: 20 anys de publicacions anticapitalistes i llibertàries», Catalunya. Òrgan d´Expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 126 (marzo de 2011), pp. 16-17.

Álvaro Hilario, «Virus Editorial, más de veinte años creando cultura del libro», Gara, 11 de marzo de 2005.

Entrevista con Fran, de Virus Editorial, Estudios. Revista de pensamiento libertario, 7 de octubre de 2012 (originalmente en CNT, núm. 393 [octubre de 2012]).

Cosas sobre Ontañón, Mada Carreño y la editorial Xóchitl

La relativamente breve historia de la editorial Xóchitl (1941-1948) dejó una estela de interesantes libros repartidos en tres colecciones de cuyo conjunto puede inferirse una interesante perspectiva acerca de la integración de los intelectuales republicanos exiliados en México como consecuencia del resultado de la Guerra Civil.

Este empresa creada por Eduardo de Ontañón (1904-1949), Mada Carreño (1914-2000), con la que se había casado durante la guerra (en 1938), y el mexicano Joaquín Ramírez Cabañas (1886-1945) toma su nombre de una palabra náhuatl (cuyo significado es flor) que posteriormente dio lugar a un nombre de persona. Eduardo de Ontañón ya tenía a sus espaldas una asentada carrera como periodista y editor cuando llegó a México, pues como hijo del librero burgalés Jacinto Ontañón (propietario de la librería que llevaba su apellido, además de editor de la revista satírica El Papa-Moscas), estuvo desde muy joven en contacto con la letra impresa. A los trece años ya publicaba Eduardo de Ontañón en la revista de su padre, pero sobre todo una vez concluidos estudios de periodismo su firma es frecuente en periódicos y revistas de la época como El Diario Español, La Voz de Madrid, Crisol, Luz, Estampa o El Sol, si bien sin duda una de las más importantes fue Parábola, entre cuyos colaboradores se contaban César Arconada, José María Alfaro, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pedro Garfias, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Concha Méndez, Pedro Salinas…

Mada Carreño, por su parte, de formación autodidacta, se estrenó ya durante la guerra civil como escritora en periódicos vinculados a las Juventudes Socialistas Unificadas como Alerta, y fue sobre todo en México donde forjó su prestigio como escritora tan prolífica como versátil. Y en cuanto al poeta e historiador Ramírez Cabañas, ya en 1918 había publicado un primer poemario, La sombra de los días, al que habían seguido la novela La fruta del cercado ajeno (1921) y los libros de poemas Remanso de silencios (1922) y Esparcimiento (1925), así como el libro de ensayos Estudios históricos (1935), pero además había figurado como editor de la revista Tiempo, con Francisco Gamoneda había fundado la Librería Biblos (que actuaba ocasionalmente como editorial) y luego desarrollaría una importante labor como editor de textos históricos para la editorial Pedro Robredo.

A la derecha, Eduardo de Ontañón.

Xóchitl se estrena con un libro de impacto, potencialidad comercial y además supieron lograr una buena distribución: una biografía de Hernán Cortes escrita por el prestigioso escritor José Vasconcelos (1882-1959) y con obra gráfica del ilustrador y escenógrafo mexicano Julio Prieto (1912-1977), con la que nacía la colección Vidas Mexicanas (que tomaba como modelo las Vidas Españolas e Hispanoamericanas del Siglo XIX de Espasa-Calpe) acerca de cuya distribución explica Mada Donato en sus memorias:

Cuando tuvimos en nuestras manos el Hernán Cortés de Vasconcelos, con una atractiva portada del escenógrafo Julio Prieto y varios grabados en el texto, fui a ver a los libreros y editores más importantes de México, los Porrúa. Eran –y siguen siéndolo– un clan numeroso de tíos y sobrinos, hermanos y cuñados, tres generaciones por lo menos de una familia de procedencia mallorquina, personas de gran probidad y prestigio. […]

Me ofrecieron adquirir al contado cien ejemplares de cada libro. Con eso teníamos suficiente para pagar los gastos del último y emprender la impresión del siguiente. Visité, con igual fortuna, otra rama de los Porrúa, los dueños de la Librería Robredo.

Si bien este título inicial lo había financiado Ramírez Cabañas, a partir de ese momento arrancó una trayectoria que puso en pie otras colecciones, como la Biblioteca Mexicana de Libros Raros y Curiosos, destinados a bibliófilos y por consiguiente en tiradas más cortas, o, inspirada por Mada Carreño, Historias Apasionadas, acerca de la que cuenta que empezaron a «atesorar todo lo que “de apasionado” figura en la literatura clásica, y obtuvimos resultados excelentes», y así publicaron obra de Rousseau, Dostoyevski, Merimée, Conrad, Nerval, Chateaubriand…

Razones personales, nada menos que la separación del matrimonio de los fundadores, acabó con el proyecto demasiado pronto, pero dejaban una treintena de títulos como testimonio, y en cuanto Ontañón regresó a España Mada Carreño liquidó la empresa y saldó las existencias dejando en manos de la Librería Patria las de la colección Vidas Mexicanas y las de Historias Apasionadas en las del editor de origen catalán Francesc Sayrols, conocido en México sobre todo por ser uno de los pioneros del cómic, en 1934, con la revista Paquín, que en esos momentos acababa de desaparecer (en 1947).

Al margen de ocuparse como albacea de la obra de su buena amiga Magda Donato (1898-1966), a partir de ese momento Carreño ya no volvió a intervenir en el mundo editorial y dedicó sus energías a las más diversas disciplinas (la literatura infantil, la interpretación dramática, el periodismo…), y tampoco Ontañón, gravemente enfermo, tuvo ocasión de hacerlo, e incluso la obra con la que llegó a cuestas, Larra, el español desesperado, no llegó a publicarse nunca, del mismo modo que la gran obra editorial de Carreño, la traducción y revisión de textos de la Biblia del nuevo milenio, no vería la luz hasta el año 2000, en la editorial Trillas.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 4 vols., 2016.

Concepción Bados Ciria, «Republicanas exiliadas en México (I) Mada Carreño», Rinconete, 15 de julio de 2007.

Francisco Blanco, «La revista Parábola y la tertulia del ciprés», Burgospedia, 21 de octubre de 2014.

Mada Carreño, Memorias y regodeos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.