Dos libros sobre el comercio de libros viejos, antiguos y de lance

Si bien ya en 2015, en una de las perogrulladas más ostentosas de la historia, la Unesco reconoció a Barcelona como una de las «ciudades literarias del mundo», siempre se ha incidido mucho más en su mención como tal en El Quijote, en el hecho de ser sede de algunas de las editoriales más importantes del mundo o en la coincidencia en ella de los principales protagonistas del boom de la literatura latinoamericana que en la riquísima tradición de librerías de lance, de viejo y anticuarias de la ciudad. Sin embargo, es difícil equivocarse al afirmar que, en la vida cotidiana de los barceloneses, ha tenido una mayor incidencia y ha sido mucho más importante que ninguna de las circunstancias antes mencionadas.

Solo en el año 2020 aparecieron ‒ambas en Barcelona, lógicamente‒ dos auténticas maravillas sobre el comercio del libro de lance en la capital catalana que pueden interpretarse como una reivindicación y una remembranza ‒con un leve tono de nostalgia‒ de un mundo que parece irrevocablemente destinado a desaparecer o cuanto menos a cambiar por completo: el profesor y maestro de historiadores de la edición Manuel Llanas documentó y recreó la azarosa e interesantísima vida de una de las librerías de viejo más emblemáticas con las que ha contado la ciudad en La Canuda i el comerç del llibre de vell, construido a partir de una serie de conversaciones con el librero Santi Mallafré y publicado por la Editorial Comanegra, mientras que con el sello de Llibres de l’Índex y enriquecido con un magnífico prólogo del editor Josep Maria Orteu (n. 1960) y una breve nota del reputado librero Lluís Millà, se reeditó una pequeña joya titulada Una mañana de domingo en los «encantes» de San Antonio. Reportaje libresco, del librero y bibliógrafo Pavl Cid Noé (Pedro Vindel, 1894-1960) e ilustrado con mucho gusto y acierto con obra de Joan D’Ivori (Joan Vila i Pujal, 1890-1947).

Del segundo de estos libros, según consigna el colofón, se hizo una tirada de «307 ejemplares de los cuales 250 numerados y 57 numerados y firmados por Lluís Millà impresos sobre papel cien por cien de algodón natural de 150 gramos», mientras que el colofón de la edición original, que se reproduce en esa misma página, indica que ésta «acabóse de imprimir este reportaje libresco en la Imprenta de La Neotipia, de Barcelona, el día 25 de marzo de 1938» (es decir, en plena guerra civil española) y se tiraron sólo cincuenta y siete ejemplares.

Pedro Vindel pertenecía a una recia tradición familiar de bibliófilos, y con su mismo nombre se conserva la Biblioteca Nacional de España títulos tan explícitos como Antiguos tratados de esgrima (siglo XVII) (1898), Catálogo descriptivo de ex-libris hispanoamericanos (1588-1900) (1929) o los dos impresionantes volúmenes de Bibliografía gráfica. Reproducción en facsímil de portadas, retratos y otras curiosidades útiles a los bibliófilos que se hallan en obras únicas y libros preciosos o raros (1910), que sólo por las fechas bastará para intuir que se deben a Pedro Vindel Álvarez (1865-1921). Su hijo Francisco (1894-1960) ejerció también como librero en Madrid y firmó también títulos curiosos, como El manual grafico del bibliófilo hispanoamericano (1930-1933) o El arte tipográfico en España durante los siglos XV a XIX (1941), pero sobre todo unas Memorias bibliográficas (1922-1960), de las que la Asociación Bibliográfica Hispánica editó en 1993 cuatrocientos ejemplares.

La primera vez que Francisco, o Paco, Vindel se estrenó con el ingenioso seudónimo Pavl Cid Noé fue precisamente con este Una mañana de domingo…, un texto a medio camino entre el cuadro de costumbres decimonónico ‒puede muy bien evocar en el lector algunos textos de Mesonero Romanos‒ y el tipo de reportaje periodístico que triunfaba en los años treinta en Barcelona. El prólogo contextualiza perfectamente los antecedentes y la relación del librero madrileño con la ciudad, además de aportar documentación interesante sobre esta visita durante la guerra civil (el texto aparece fechado en enero de 1938), y recurre a las memorias del autor para relatar la huida de la familia Vindel del Madrid asediado para establecerse, con la ayuda del librero Pere Monge, en la capital catalana con el propósito de ocuparse además de las publicaciones de otros libros, como Cervantes,el mejor hombre de España, Librería Célebres, Gabriel de León, siglo XVII o La imprenta Ibarra, sus marcas tipográficas de carácter caligráfico y las de los impresores del siglo XVIII, todos ellos en 1938 y elaborados a partir del material bibliográfico existente en librerías barcelonesas.

Al margen de retratar el ambiente y describir a los protagonistas del Mercat de Sant Antoni, recrea con jugosos detalles unas prácticas de compra-venta y unas oportunidades inesperadas que, a medida que los libreros fueron profesionalizándose, fueron cada vez más infrecuentes. De hecho, puede comprobarse que por entonces llegaban a los comercios del Mercat una tipología de libros que hoy es rarísimo ver. El fino humorismo, la precisión en el perfil de algunos libreros míticos, pero sobre todo la pintura al natural de sus modos y costumbres convierten el librito de Cid Noé en una pequeña joya, y ponen además en conocimiento del lector a quien el editor describe como «el padre de la bibliofilia en lengua castellana moderna».

También el libro de Manuel Llanas traslada al lector a ese ambiente fascinante, y ningún lector de La sombra del viento de Ruiz Zafón que disfrutara con el cementerio de libros olvidados a la espera de lectores y no tuviera en su momento oportunidad de visitar La Canuda debería leer, por lo menos, la enjundiosa recreación de la librería que le sirvió de modelo.

El origen dialogado de este libro lo despoja de cualquier gesto de academicismo, que no de detalle y rigor, y lo acerca en cambio a la sensación de experiencia vivida, de paseo entre algunas de las anécdotas más deslumbrantes, divertidas o disparatadas de las que La Canuda fue escenario, como quien se mueve entre altísimos anaqueles sin saber con qué se topara al pasar al pasillo (o la página) siguiente. Para quien tuviera la suerte de visitar y conocer ni que fuera ocasionalmente la célebre librería en cuestión, adentrarse en las páginas de este libro es como ralentizar el tiempo y volver al ritmo de la cultura de la letra impresa, para establecer con él un diálogo sosegado, socarrón e irónico…, sumamente gratificante.

Fundada en 1948 por Ramón Mallafré Conill en una zona privilegiada, muy cercana al Ateneu Barcelonès (tras un traspaso por cien mil pesetas de la época), por los atiborrados seiscientos metros cuadrados de la Canuda no sólo pasaron todo tipo de libros, sino algunos personajes no menos singulares (de Néstor Luján a Rafael Alberti o de Emili Brugalla a Salvador Dalí o Enrique Badosa, por poner sólo algunos ejemplos), lo que por sí mismo ya da pie a interesantes escenas del libro, pero desde el primer momento fue lugar de encuentro, no siempre casual, de apasionados de los libros. Ya antes de convertirse en librería, el conocido como grupo Oasis (Agustí Bartra, Ramon Vinyes, Rafael Tasis, Pere Quart…) se reunía en la preguerra en ese mismo establecimiento, y aunque menos formales los encuentros en ese espacio fueron siempre frecuentes y azarosos.

Los procesos de compra de lotes, los hallazgos más sorprendentes, la tipología variopinta y en muchos casos divertida de la clientela, pero también algunos «episodios infaustos», se acompañan de diversas fotografías e ilustraciones que contribuyen a dar esa sensación de salto temporal, y no faltan tampoco alusiones a los robos más sonados, las compras más delirantes y las situaciones cómicas de todo tipo propiciadas por las relaciones entre vendedores, libreros y compradores. Sin embargo, la reflexión final que se desprende, y que sin explicitarse se esboza suficientemente, deja un poso de cierto desencanto, pues el cierre en 2013 fue un rotundo aviso para navegantes.

Los desafortunados que no tuvieran ocasión visitarla, pueden ver la Canuda en este reportaje y el ambiente del Mercat dominical de Sant Antoni, que sigue en activo en el momento de escribir estas líneas, en este otro.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Caer y levantarse: Urbain Canel, el editor de los románticos franceses

Si bien suele tomarse 1827 como el año fundacional del romanticismo en Francia, debido al carácter de manifiesto que se atribuye al prefacio al Cromwell de Victor Hugo (1802-1885), es evidente que el romanticismo, o cuanto menos la sensibilidad característica del romanticismo, llevaba años gestándose y creciendo y, retrospectivamente, sus expresiones artísticas pueden ser vistas como ejemplos de «prerromanticismo». En esos años previos al escándalo del estreno de Hernani, asimismo de Victor Hugo, se forjó como librero y editor Urbain Canel (1789-1867), famoso por los pequeñitos volúmenes que editaba con esmero sobre buen papel y hacía encuadernar con refinado gusto. Y también por sus frecuentes inversiones ruinosas de las que, de un modo u otro, siempre conseguía rehacerse..

 Canel había nacido en Nantes y, en 1816, como consecuencia del abandono del hogar por parte del cabeza de familia en 1803, su madre no tardó en trasladarse con sus tres hijos a París, donde, gracias a su buena formación, el joven Canel encontró un primer empleo como tenedor de libros (contable) en un comercio dedicado a la venta de flores artificiales y plumas destinadas a engalanar a las mujeres de la alta burguesía, de la que con el tiempo se convertiría en socio. Sin embargo, ya en septiembre de 1822 está fechada su primera petición de licencia de Canel para establecerse como librero en la capital francesa, que se le concede a finales de ese mismo año.

Casi inmediatamente se asocia con el escritor Jean-Marie-Vincent Audin (1793-1851), que había llegado a París en 1815 después de pasar una breve temporada en prisión por sus opúsculos políticos, y en 1823 publican gracias a la imprenta de Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet la Histoire de l’administratiom du royaume d’Italie pendant la domination française, de Frederic Coraccini (seudónimo de Giuseppe Valeriani, ¿1765?-1856), traducida por Charles Jean Lafolie (1780-1824), y Guide du voyageur en France, que Audin firma con el su seudónimo Richard. Más interesantes, sin embargo, resultan dos obras que imprime para ellos Thomas François Rignoux y se publican ese mismo año, obra de quien sería uno de los grandes nombres del romanticismo francés, Alphonse de Lamartine (1790-1869): Nouvelles méditations poétiques y Lettre de M. Alphonse de Lamartine à M. Casimir Delavige, qui lui avait envoyé son «École des viellards».

No obstante, lo que acabó por convertir a Canel en uno de los personajes importantes del movimiento que empezaba a hervir en aquellos años fue la dirección de las Tablettes romantiques, que apenas se publicaron durante un año (1823) pero reunieron en sus páginas, además de a los ya mencionados Victor Hugo y Lamartine, a François René de Chateubriand (1768-1848), Felicité Robert de Lamenais (1782-1854), Charles Nodier (1780-1844) y Alfred de Vigny (1797-1863), entre otros (entre los cuales el hermano de Victor Hugo Eugène). De hecho, Canel rebautizó la publicación como Annales romantiques. Recueil de morceaux choisis de littérature contemporaine y le dio un nuevo impulso hasta el punto de convertirlo en el más serio rival del veterano Almanach des Muses (1765-1833), que por entonces dirigía el dramaturgo Justin Gensoul (1781-1848).

Tras una asociación en 1824 con el traductor bretón François Marie Maurice Le Gonidec (1775-1838) para publicar dos obras de Louis-Antoine-François de Marchangy en seis volúmenes cada una de ellas, La Gaule poétique y Tristan le voyageur, ou la France au XVIe siècle, de 1825 son las ediciones en colaboración con el jovencito Honoré de Balzac (1799-1850) que no tardarían en llevarle a la ruina, pero también la novela anónima, obra de Balzac, Wann-Chlore (publicada en asociación con Augustin Delongchamps en cuatro volúmenes en septiembre), el poema en seis cantos de Jacques François Ancelot (1794-1854) Marie de Brabant y dos obras de Lamartine, Chant du sacré ou la Veille des armes (en asociación con los hermanos Baudouin) y Épitres (de nuevo con Audin).

Del año siguiente, en que parece que rompe su asociación con Audin, son los Poèmes antiques et modernes, de Alfred de Vigny, y Bug-Jargal, de Victor Hugo, y de 1827 otro libro igualmente interesante, Armance, ou quelques scènes d’un salón de Paris en 1827, que aparece como anónimo pero fue escrito por Marie-Henri Beyle (1783-1842), quien más tarde se haría célebre con el seudónimo Stendhal y a quien Canel le publicaría Le rouge et le noir asociado a Levavasseur.

1826 es el año de su primera gran ruina, pero no tarda en reponerse de ella y publicar en 1929 los cuatro volúmenes de la novela de su buen amigo Honoré de Balzac Le Dernier Chouan ou la Bretagne en 1800. Al año siguiente se asocia a Levavasseur para publicar los Contes d’Espagne et d’Italie, de Alfred de Musset, y una novela firmada como «un jeune célibataire» que no era otro que Balzac titulada Physiologie du mariage ou méditations de philophie éclectique, sur le bonheur et le malheur conjugal. En 1830, con su propio sello, aparece otro libro del máximo interés: la traducción en verso de Alfred de Vigny de la tragedia de Shakespeare Le More de Venise, Othelo.

En esos años se asocia también Charles Gosselin para publicarle a Balzac su «roman philosophique» La peau de chagrin, entre otros libros, y con Adolphe Guyot para publicar a Eugène Sue (1804-1857) La Coucaratcha (1832), en dos volúmenes, y Cécile (1834), a Victor Hugo su Étude sur Mirabeau (1834), etc. Por lo visto, las ventas de estos libros eran pésimas, y diversas circunstancias propiciaron que Guyot acabara en la cárcel incapaz de saldar sus deudas. Por el contrario, el gran éxito de esta asociación fue el libro Contes bruns par une [viñeta de Tony Johannot de una cabeza invertida], una antología de cuentos que en su primera edición apareció como anónima, pero que en la segunda ya se mencionaba a sus autores: Philarète Chasles (1798-1873), Charles Rabou (1803-1871) y Honoré de Balzac. En 1841 este título ocupó un lugar de honor en el Índice de libros prohibidos. Canel tuvo un poco más de suerte que Guyot y conservó la libertad, pero la ruina lo dejó de nuevo fuera de combate.

Abandonó el «negocio» librero y se convirtió de nuevo en contable para una gran empresa de comercio, y cuando se postuló para un puesto de vendedor ambulante en la Direction de la Librairie le fue denegado. Falleció en diciembre de 1867 en su domicilio parisino.

Fuentes:

Jean-Paul Fontaine, «Urbain Canel (1789-1867), oublié et rare», Histoire de la Bibliophilie, 2 de enero de 2017.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Honoré de Balzac, editor

Los escritores siempre han considerado el dinero con una mezcla de estima y de desprecio, pero sus atracciones y repulsiones nunca han sido tan poderosamente comprendidas, pues Balzac era al mismo tiempo la víctima notoria de la literatura industrial y su empresario más emprendedor. Desde sus transacciones en Grub Street hasta su presidencia al frente de la Societé des Gens de Lettres, consideró francamente la profesión de escritor como un negocio. «Ya no tenemos obras —informa en Beatriz—, tenemos productos.» Georg Lukács, al describir Las ilusiones perdidas como el Don Quijote de las ilusiones burguesas, ha resaltado acertadamente su tema: la transformación de la literatura en mercancía.

Hary Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust.

La entrada del grandísimo escritor Honoré de Balzac (1799-1850) en el mundo de la publicación de libros se ha atribuido a los fracasos que experimentó a su llegada a París como escritor de noveluchas de tendencia neogótica.

Así, en abril de 1825, Balzac se asocia con el médico Charles Caron, un funcionario retirado llamado Jacques-Edouard Benet de Montcarville, y con el célebre librero Urbain Canel (1789-1867). Este último, que se haría famoso tanto como editor de los románticos como por sus reiteradas quiebras, había proyectado ya con otro librero, Agustin Deslongchamps, publicar en pequeños volúmenes a Jean de La Fontaine (1621-1695). Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), Jean Racine (1639-1699) y Pierre Corneille (1647-1684), y cuando expuso la idea a Balzac, este corrió a obtener un préstamo de seis mil francos de sus amigos Bernard-François Blassa y Henri Dassonvillez de Rougemont para entrar en la asociación y ponerse al frente del proyecto.

Las obras de La Fontaine y Molière aparecieron ese mismo año 1825 precedidas de prólogos introductorios del propio Balzac y con ilustraciones a cargo del artista británico Thompson a partir de dibujos originales de Achille Deveria (1800-1858), los libros aparecieron ese mismo año 1825.

Sin embargo, tanto el diseño de los volúmenes como el proceso de distribución de la obra y los planteamientos comerciales de Balzac Editeur ponen de manifiesto que el proyecto estaba mal concebido desde el principio, acaso por carencia de formación en artes gráficas añadida a una enciclopédica falta de experiencia. Para condensar las obras, aprovechar al máximo el papel y evitar que el libro diera demasiadas páginas, se eligió una tipografía extremadamente minúscula, con unos interlineados criminales y sin márgenes razonables, cosa que los hacía difíciles de leer. Además, su optimismo le llevó a suponer que podría financiar los siguientes libros con la venta de los primeros. Por si fuera poco, las ilustraciones en el de La Fontaine en particular, que han sido objeto de algunas críticas demoledoras, encarecieron absurdamente el precio sin aportar ningún valor adicional, de modo que las obras se comercializaron inicialmente a veinte francos franceses de la época (unos 69 euros de 2020). Los libreros no sintieron ningún interés por unos libros exorbitantemente caros publicados por alguien completamente desconocido y sin ningún prestigio en el sector, así que Balzac no tardó en bajar los precios, primero a trece y posteriormente a doce francos. Y ni aún así. Al cabo de un año, de los casi dos mil ejemplares de cada título había vendido apenas una veintena y acabó liquidando a un librero todo el stock.

Mientras el negocio avanzaba con paso firme y decidido hacia el fracaso más estrepitoso que imaginarse pueda, a principios de 1826 Balzac inició una sorprendente huida hacia delante consiguiendo que su familia y madame de Berny le prestaran el dinero necesario para comprare a Laurent de Perignac la imprenta que este tenía en la calle Marais-Saint-Germain (rebautizada luego Visconti) y que contaba con siete prensas Stanhope y treinta y siete empleados (lo que la convertía en una empresa de tipo medio, si se tiene en cuenta que la poderosa Everat contaba con casi quinientos empleados o la prestigiosa Firmin-Didot con doscientos).

Sin embargo, el todavía incipiente escritor carecía de la prescriptiva licencia que Napoleón I había instaurado en 1810 para controlar a quienes intervenían en la creación de material impreso. Blazac, aun cuando no había hecho ningún aprendizaje al respecto y por tanto carecía de las credenciales necesarias para obtener la licencia, la obtuvo el 12 de abril de 1825, al parecer gracias a la intervención del señor de Berny, por entonces influyente magistrado y cuya esposa había prestado la poco desdeñable suma de 45.000 francos para que el joven pusiera en pie su Imprimerie H. Balzac.

Lo primero que hizo Balzac fue contratar como jefe de taller al joven tipógrafo André Barbier, a quien asignó un sueldo de doce mil francos, y entre julio de 1826 y agosto de 1928 —por el camino, la disolución de la editorial le reportó una deuda de quince mil francos—llegó a imprimir poco más de doscientos trabajos entre prospectos, folletos y libros, una cifra más bien modesta teniendo en cuenta las dimensiones e instalaciones con que contaba la empresa. El primer trabajo salido de las prensas de la H. Balzac fue un prospecto de «pilules anti-glaireuses de longue vie» (pastillas de larga vida contra las mucosidades), y a este seguirían diversos folletos de tipo noticiero, de resumen de procesos judiciales, de temas políticos, etc., pero también algunos cancioneros y algunos libros más bien modestos.

Entre estos últimos se cuenta una serie entre didáctica y paródica en cuyos títulos puede advertirse quizá el origen de algunos títulos del hoy olvidado Noel Clarasó (1899-1985) como El arte de perder el tiempo, El arte de no pensar en nada, El arte de tratar y maltratar a las mujeres, etc. Unos de los más famosos de esta coleccción impresos por Balzac fueron Art de ne jamais déjeuner chez soi et de toujours diner chez les autres par feu le Chevalier de Mangeville, pero quizás el más oportuno fuera l’Art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourse un sou, porque también esta nueva empresa balzaquiana acabó en desastre financiero, cosa que no es de sorprender a la vista del número de empleados (y los sueldos que cabe suponerles) y la cantidad de trabajos llevados a cabo.

A estos últimos pueden añadirse, sin embargo, obras didácticas poco menos que imprescindibles para los estudiantes de la época, como el muy usado Vocabulaire del lexicógrafo Noël François de Wailly (1724-1801) o el Lycée ou Cours de litérature del prestigioso crítico Jean-François La Harpe (1739-1803), a los que podría añadirse algunos libros de memorias sobre la época revolucionaria, como las del abogado Jean-Charles Jean Marie Barbaroux (1767-1794), el general François-Claude-Amour, marqués de Bouillé (1739-1800) o las de la célebre girondina Marie-Jeanne Roland (1754-1793), todos ellos guillotinados (los autores de estas memorias, se entiende, no los libros).

Quizá más interesante sea que de la imprenta de Balzac salieran algunos libros más o menos prohibidos por la censura, caso de las Ruines del explorador y filósofo Volney (Constantin-François Chaseboeuf de La Giraudais, 1757-1820), las Scènes contemporaines de la vizcondesa de Chamilly (seudónimo colectivo de François-Adolphe Loève-Veimars, Louis-Émile vanderbuch y Auguste Romieu), o las obras del poeta Évariste de Parny (Évariste Desiré de Forges, vizconde de Parny, 1753-1814). Y a ellos aun puede añadirse una tercera edición de los Cinq-Mars de Alfred de Vigny (1797-1863) y otra de La Jacquerie de Prosper Mérimée (1803-1870).

El balance del primer año de trabajos deja una deuda de noventa mil francos (unos trescientos mil euros actuales), pero tampoco esto arredra a Balzac.

En julio de 1827 se asocia con su empleado André Barbier y con Jean-François Laurent para adquirir una fundición de plomo, en lo que parece un intento de controlar todo el proceso industrial de creación de los libros. Pero las deudas no tardaron en alcanzar los sesenta mil francos. Quizás afortunadamente, no llegó a poner sus ojos en ningún taller de encuadernación, y las deudas contraídas hasta entonces fueron suficientes para convencer a Balzac de que lo mejor que podía hacer era dedicar toda su atención a la escritura de novelas, a un ritmo vertiginoso, para poder saldarlas. Entre estas obras, destacan para lo que aquí interesa el cuento «El ilustre Gallisard», sobre un comerciante de periódicos para jóvenes, pero sobre todo la serie Las ilusiones perdidas (formada por Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Eva y David), incluida a su vez en La Comedia Humana, en la que el joven Lucien de Rubempré ve frustradas sus esperanzas de vivir de la literatura en cuanto se adentra en las trampas del mundo editorial de los años veinte del siglo XIX; los que sin duda mejor conocía su autor.

Fuentes:

Web de la Maison de Balzac.

Gabriel Hanotaux, Georges Vicaire, Honoré de Balzac y Louise Antoniette Laure Berny, La jeneusse de Balzac, Paris, Librairie des Amateurs, 1921.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Un librero y editor en el exilio en Londres, Vicente Salvá

En agosto de 1942, el librero y editor catalán exiliado en Londres Joan Gili i Serra (1907-1998) publicó en Senyera (el boletín del Casal Català de Londres, a cuya fundación él mismo había contribuido), un artículo titulado «Una edició del Nou Testament en català impresa a Londres» en el que, al margen de revisar la actividad de algunos exiliados catalanes del siglo xix en Gran Bretaña (entre ellos Antoni Puigblanc, autor de unos Opúsculos gramático-satíricos veladamente dirigidos contra Salvá), se centraba en las circunstancias que desembocaron en la publicación en 1834 de una traducción anónima —pero obra del exiliado liberal Josep Melcior Prat (1779-1855)— del texto bíblico, promovida por la British and Foreign Bible Society e impresa en Londres por Samuel Begster Jr.

Joan Gili i Serra.

Parte notable de estas circunstancias previas a la publicación del Nou Testament fueron las discusiones acerca de quién debía llevar a cabo la traducción, pues existía otro candidato prestigioso, el valenciano Joaquín Lorenzo Villanueva. En el debate que suscitó esta elección en el seno de la British and Foreign Bible Society tuvo un papel destacado un extraordinario filólogo, escritor, librero y editor, también valenciano, de vida trepidante, Vicente Salvá Pérez (1786-1849).

Hijo de José Salvá, un apasionado de los libros y lector voraz desde muy temprana edad, y Andrea Pérez, que quedó viuda siendo aún muy joven, Vicente Salvá destacó enseguida como un lector y estudiante excepcional, acaso un superdotado o en cualquier caso un niño prodigio. Tras licenciarse en Valencia en Filosofía, Derecho, Teología y Griego, en 1804 (con apenas dieciocho años) ya obtuvo plaza como profesor en esta universidad, y poco después pasó a las de San Isidro y Alcalá de Henares, de donde abandonó el puesto consecuencia del avance de las tropas napoleónicas y del levantamiento del Dos de Mayo (1808). Regresó entonces a Valencia, donde un año después se casó con Josefa Mallén, y se adentró en el mundo del comercio del libro asociándose con su cuñado Pedro Juan Mallén (hijo del célebre librero de origen francés Diego Mallén y que vivió entre 1775 y después de 1823).

Vicente Salvá Pérez.

De esta etapa tuvo una importancia crucial en la trayectoria de Salvá la edición —durante la ocupación de Valencia por las tropas del mariscal Louis Gabriel Suchet (1770-1826)— de la primera edición española de El contrato social de Rousseau (1712-1789), que previamente (en 1799) ya había traducido al español el Abate Marchena (José Marchena y Ruiz de Cueto, 1768-1821) y había publicado unos quinientos ejemplares (la mayoría de los cuales destinados a América, aunque otra buena parte fueron a parar a Perpiñán), con falso pie editorial de Londres (si bien editado en París) y presentada también falsamente como una «segunda edición». En el caso de Salvá, la publicación de El contrato social le valdría la incoación de un proceso judicial por parte de la Inquisición española. También durante la ocupación de Valencia por Suchet, vale la pena recordar la colaboración de Salvá con la muy combativa revista liberal y vehementemente antimonárquica Aurora Patriótica Malloquina, que imprimía Miguel Domingo y que tuvo una vida más bien breve (1812-1813).

Lista de suscriptores de Aurora patriótica.

Germán Ramírez Aledón, el mejor conocedor de la obra de Salvá, ha analizado con detenimiento la edición de Salvá de El contrato social, llevada a cabo en colaboración con su cuñado Pedro Juan Mallé y traducida por Pedro Estala, cuya consecuencia más importante fue el inicio de una persecución inquisitorial que le llevó a un primer exilio (en Francia e Italia). Sin embargo, durante el conocido como Trienio Liberal (1820-1823), Salvá estaba de nuevo en España desarrollando una intensa actividad política, que le llevó a ser diputado a Cortes.

Como consecuencia de ello, en la segunda mitad de 1823, huyendo del absolutismo de los Cien Mil Hijos de San Luis, se trasladó a Gibraltar con el propósito de pasar posteriormente a Londres, cosa que consiguió a finales del año siguiente. En la capital británica, al igual que le ocurriría años más tarde a Gili i Serra con C. Henry Warren, contó con un socio importante para despegar en el negocio de la comercialización y edición de libros. En el caso de Salvá, este socio fue el célebre y muy longevo librero y editor francés Martin Bossange (1765-1865), que había fundamentado su fortuna en el extraordinario éxito que había tenido en 1789 con la publicación del Carlos IX de Joseph Chenier (1764-1811), de la que se calcula que vendió cincuenta mil ejemplares. Posteriormente Bossange se había asociado con el comerciante lionés Joseph René Masson para crear Bossange, Masson et Besson, una empresa destinada al comercio internacional de libros franceses que en 1814 había creado una sucursal en Londres (ciudad en la que residió hasta 1820).

Gracias, pues, a la ayuda financiera de Bossange, Vicente Salvá pudo abrir en 1825 una librería que muy pronto se convirtió en punto de reunión preferente de los exiliados políticos españoles en la capital inglesa (del mismo modo que sucedería con la librería Dolphin de Gil i Serra durante la guerra civil española), la Spanish & Classical Library, en el número 124 de Regent Street. Otra de las coincidencias con el editor republicano catalán establecido en Londres es que los cimientos del prestigio de Salvá como editor fueron inicialmente unos muy esmerados catálogos centrados sobre todo en obras peninsulares y americanas (A catalogue of Spanish and Portuguese Books) que despertaron el interés de los bibliógrafos de todo el mundo, que el editor valenciano puso en circulación en 1825 y 1826. A estos catálogos se atribuye también el impulso inicial de la conocida leyenda sobre el monje de Poblet dedicado al comercio de libro raro, que, después de ser recreada por autores como Charles Nodier o Gustave Flaubert, desembocó en la obra del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) La llegenda del llibreter assassí de Barcelona (1821). El libro clave en este sentido es el ejemplar único de los Furs de Valencia, que aparece mencionado en estos catálogos.

Al parecer, no tuvo tiempo Salvá de publicar mucho más en Londres, porque ya en 1830, manteniendo la gestión de sus negocios tanto en Valencia como en la capital inglesa, se trasladó a París, donde llevó a cabo el grueso de su obra de librero y editor de primera magnitud. Aun así, parece que cabe atribuir a la labor de Salvá algunos ejemplares aparecidos en los años veinte en Londres, como es el caso de un curioso folleto de apenas 40 páginas y con un formato de 15 x 100 titulado Interesante narración de los extraordinarios medios por los cuales salvó su vida el español D. Paulino Lacalle, que aparece con pie editorial de 1825 y con las indicaciones de «Se vende en la librería de D. V. Salva, nº 124, Regent Street» e «Imprenta Española de M. Calero, 17 Frederick Place, Goswell Road». Si bien no aparece en muchos de los principales catálogos bibliográficos —tampoco en los del propio Salvá— hay indicios para pensar que se ocupó de su publicación el editor y librero valenciano.

Además de su amplia y exitosa etapa en la librería española fundada en París, sobre la que existe también una bibliografía notable, de Salvá es particularmente interesante el destino que tuvo a su muerte la excepcional biblioteca que fue atesorando a lo largo de su vida. A partir de los años sesenta del siglo XIX, después de haber dejado los negocios en manos de su hijo, Salvá se concentró en la elaboración de un detallado y minucioso catálogo que registraba las obras que había ido atesorando a lo largo de su carrera, entre las que figuraban primeras ediciones muy raras, más de un centenar de manuscritos de los siglos XV y XVI y textos poco asequibles de Petrarca, March, Juan de la Encina, Cervantes o Boscán, entre otros. De hecho, en su afán por documentar con detalle su biblioteca, Salvá encontró la muerte durante un viaje a París para cumplir este propósito cuando la capital francesa era asolada por una pandemia (de peste). A la larga, su biblioteca sería ofrecida a la Diputación de Valencia, a la universidad de esa ciudad al Estado español, pero finalmente fue adquirida por Ricardo Heredia, a cuya muerte esa enorme y valiosa cantidad de libros se dispersó, lamentablemente.

Fuentes:

  1. M. Bacarés, Noticia biográfica de D. Vicente Salvá, València, Imprenta de José Rius, 1849.

Vicent Baydal, «La biblioteca perdida del librero Vicente Salvá», Valencia Plaza, núm 1 (noviembre de 2014).

Pablo González Muñoz, «El exlibris de la Biblioteca de Salvá», Revista Ibérica de Exlibris, núm. 1 (1903), pp. 59-60.

Germán Ramírez Aledón, «Las librerías de Vicente Salvá en Londres y París (1825-1849). El primer proyecto comercial de una librería española en el exterior», en AA. VV., Pasiones bibliográficas. Vint anys de la Societat Bibliogràfica Valenciana Jerónima Galés, València, 2014, pp. 123-135.

—«Semblanza de Vicente Salvá y Pérez (1786-1849)», Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2015.

—«Rousseau en la revolución liberal española: La primera edición en España de El contrato social (1812)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo. Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo xviii, n. 18 (2012).

Avatares de una biblioteca legendaria (la de Raymond Foulché-Delbosc)

Si al filólogo Raymond Foulché-Delbosc (1864-1929) se le considera uno de los hispanistas más importantes de todos los tiempos, es en buena medida por la creación y mantenimiento de la muy influyente Revue Hispanique (1894-1920), donde publicó —con su nombre o con diversos seudónimos— numerosísimos e importantes estudios, así como algunas relevantes obras o versiones inéditas de clásicos españoles, pero consecuencias no menos positivas tuvo su faceta como coleccionista de libros y manuscritos.

Raymond Foulché-Delbosch.

Nacido en Tolosa de Llenguadoc, Foulché-Delbosc cursó estudios de Derecho con el propósito de dedicarse a la diplomacia, y el conocimiento de diversas lenguas despertó en él el interés por la filología, fruto del cual escribió antes de haber cumplido treinta años una muy exitosa Grammaire espagnole (1888), con su correspondiente Supplement (1888) y una Liste complète des verbes irréguliers espagnols (1889), y enseguida se estrenó también como traductor con Contes espagnols (1889), donde reunía textos de Vicente Arana (1847-1890), Víctor Balaguer (1824-1901), Arturo de Campión (1854-1937) y Vicente de Febrer, vertidos al francés en colaboración con E. Contamine de Latour, ilustrados por Ogier y publicados por la Société de Publications Internationales. Antes de acabar el siglo traduciría también a Cervantes (El licenciado vidriera en 1892), un volumen de Poesías de Moratín al año siguiente y El estudiante de Salamanca, de Espronceda, también en 1893. Sin embargo, su primer gran éxito comercial fue el método para aprendizaje de lenguas expuesto inicialmente en Écho du français parlé (1890).

Desde 1893, viajó por diversos países europeos, particularmente por España (donde inició el estudio del manuscrito de las Guerras de Granada, de Diego Hurtado de Mendoza) y empezó entonces a comprar numerosos libros y manuscritos antiguos. Al año siguiente (1894) creaba la que con razón se considera su obra magna, la Revue Hispanique, donde dio a conocer muchos de los documentos que había ido descubriendo y recuperando en el transcurso de sus viajes, que le habían puesto además en contacto con numerosos estudiosos e historiadores, a los que en algunos casos incorporó a la revista (Arturo Farinelli, Rufino José Cuervo, Ernest Merimée, Leite de Vasconcellos, James Fitzmaurice-Kelly, Marcelino Menéndez Pelayo…). Su amistad con el filólogo catalán Pompeu Fabra —desde 1902 era corresponsal de la Academia de les Bones Lletres de Barcelona— le llevó a ser una de las estrellas principales del Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana (1906), además de permitirle publicar por primera vez un manuscrito inédito propiedad de Fabra que contenía los sesenta primeros versos del romance «Testament de la Reina Doña Isabel la Católica» (en el tomo XIII de la Revue Hispanique, en 1905). Autores tan distintos, cultivadores de géneros tan dispares y de épocas tan diversas como Rodrigo Cota (1434-1498), Luis de Góngora (1561-1627), Juan Meléndez Valdés (1754-1817), José Cadalso (1741-1782) o Tomás Iriarte (1750-1791) son sólo algunos de los autores de los que publicó en su revista ediciones comentadas de textos hasta entonces inéditos.

Foulché-Delbosc retratado por Ramon Casas.

La entonces recién creada Society of America empezó a subvencionar desde 1905 la Revue, de modo que, incluso durante la primera guerra mundial —pese a que la imprenta en que se publicaba cayó en manos de los alemanes, que se incautaron de dos números a punto de imprimir—, la publicación consiguió seguir apareciendo con relativa regularidad. Se publicaban tres números anuales, de unas trescientas páginas, y durante el período bélico algunos, debido a las dificultades para conseguir colaboraciones, salieron íntegramente de la pluma de Foulché-Delbosc (sólo en la Revue Hispanique publicó unos doscientos artículos, con diversos seudónimos, y 171 ediciones críticas o comentadas).

Por si no bastara con ello, en colaboración con otros hispanistas fundó la colección Bibliotheca Hispanica, en la que se publicaron, por ejemplo, su pionera edición crítica del Lazarillo de Tormes, las ediciones de 1499 y 1501 de la Comedia de Calisto e Melibea, o la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro (¿1437-1498?), así como textos de Pedro Manuel de Urrea (1485-1535), Jorge Manrique (c. 1440-1479) o Luis de Góngora, entre otros muchos.

A esta intensísima actividad filológica y editorial se ha atribuido a veces la temprana muerte de Foulché-Delbosc, a la que dejó una biblioteca, según consigna Julio Puyol, de «once mil volúmenes impresos, más de tres mil folletos, otros tantos manuscritos y un número considerable de planos, mapas, estampas y dibujos». ¿Qué pasó y adónde fue a parar esta inmensa, rica y valiosísima biblioteca?

Catálogo de una venta gestionada por Andrieux en 1934.

Entre los días 12 y 17 de octubre de 1936, casi siete años después de su muerte, se anunció en el Hotel Drouot de París una subasta de la biblioteca Foulché-Delbosc cuyo responsable fue un conocido experto en la materia muy versado en estas lides, Georges Andrieux. Se trataba, según el catálogo en que se describían las obras, de una parte mínima de esa biblioteca, unos 1610 volúmenes, ordenados en cinco categorías: libros antiguos (417), ediciones de La Celestina en diversas lenguas (39), libros de bibliografía (80), libros posteriores a 1815 (947) y manuscritos (127). La ausencia de una presencia importante de instituciones culturales españolas en la subasta se explica probablemente por la guerra civil que por entonces proseguía su curso, pero quien mayor interés mostró fue la Biblioteca Nacional de la República Argentina, por entonces presidida por Gustavo Martínez Zuviria y que estuvo representada en la subasta por el diplomático Jorge Máximo Rodhe (que dejó su testimonio de la misma en sus memorias parisinas). Rodhe se había visto envuelto, no hacía aún mucho tiempo, en un sonado escándalo cuando, como jurado del Premio Nacional de Literatura, en 1932 premiaron a Ezequiel Martínez Estrada y Manuel Gálvez se sintió tan ultrajado por ello que le escribió una carta abierta en el periódico La Prensa en el que le afeaba que hubiera roto el trato que tenían para premiarle a él y donde explicaba que «estuvo en mi casa hace quince días sólo para asegurarme que todo estaba arreglado».

Acerca del catálogo de esta subasta parisina escribió Rodhe en sus memorias: «Hojeo el catalogo de la Biblioteca hispànica de Foulché-Delbosc, que el mes próximo se dispersará por el mundo. ¡Cuánto tesoro! La ciencia y el arte españoles hallan aquí magnífica expresión.» Rodhe, que contaba con el apoyo logístico de la embajada argentina en París, tenía el encargo de intentar comprar la colección completa Foulché-Delbosc, y para ello se puso enseguida en contacto con Andrieux para negociarla, pero tal operación fue imposible (al margen de que hubiera desbordado el presupuesto del gobierno argentino) debido a la oposición de la vetusta y muy prestigiosa firma anticuaria inglesa Maggs Brothers, que acudía con la representación de varios clientes británicos y estadounidenses. Aun así, la biblioteca argentina invirtió 283.631 francos de la época en 1281 volúmenes que, paradójicamente, durante muchos años en las bibliografías publicadas se dieron por perdidos, cuando en realidad se embarcaron en diciembre de ese mismo año 1936 y al siguiente se incorporaron a la sección de Reservados de la Biblioteca Nacional (en la llamada Sala del Tesoro). Entre las obras adquiridas se encontraba, por ejemplo, nada menos que una de las tres ediciones de que se tiene noticia de la edición sevillana de 1502 de La Celestina. Tan desconocida fue la existencia de este fondo, que no fue hasta 1996 cuando los profesores Arthur Askins y Harvey Sharrer (de las universidades californianas de Berkeley y Santa Bárbara, respectivamente) identificaron el origen de muchas de las obras allí conservadas e impulsaron un trabajo de catalogación y puesta en línea de semejante información.

Francesc Parserisas cuenta —a medias— adónde fue a parar otra parte importante de la biblioteca Foulché-Delbosc en una conferencia de 2002, en la que relata cómo en 1938 el editor catalán afincado en Londres Joan Gili i Serra llegó a enterarse a través de su esposa de la existencia de una voluminosa biblioteca de libros antiguos que alguien había heredado y cómo en la primavera del año siguiente, en los prolegómenos ya de la segunda guerra mundial, se ocupó del traslado en tren de ciento cincuenta contenedores (ocho toneladas de papel) desde la capital francesa hasta la costa, y posteriormente hasta su librería londinense, The Dolphin Bookshop.

Joan Gili i Serra.

De algunos de esos libros y documentos adquiridos por Gili puede seguirse incluso la pista de su destino final. Así, por ejemplo, Álvaro Piquera Rdríguez resiguió con minucia los sucesivos cambios de mano y el recorrido del Arte de putear, de Nicolás Fernández de Moratín.

A finales de los años cincuenta, por ejemplo, el hispanista Nigel Glendinning (1929—2013) explicaba en «Ortelio en la poesía y en la vida de Cadalso. Una nueva teoría sobre su identidad y datos sobre la amistad de Casimiro Gómez Ortega y Cadalso» la procedencia del material con el que había trabajado y que le había permitido hacer aportaciones significativas en su campo:

Los papeles de Cadalso que pertenecían a M. Foulché-Delbosc pasaron después de su muerte al señor J. Gili del Dolphin Book Company, Oxford, que actualmente los tiene. Muy amablemente el señor Gili me ha dejado consultar con entera libertad estos interesantes documentos. Los he aprovechado aquí.

Los testimonios de la eficiencia y la generosidad de Gili i Serra con los hispanistas que se interesaban por los volúmenes y manuscritos que poseía son abundantes en libros y artículos de filología de esos años, y ya en julio de 1936, en el influyente Bulletin of Spanish Studies el eminente Edgar Allison Peers (1891-1952) se había referido al brío y diligencia del librero y editor catalán y a los buenos servicios que prestaba a los hispanistas que le visitaban.

Nigel Glendinning.

El legajo al que se refería Glendinning en su artículo de 1958 es sin duda el que aún aparece en el catálogo 39 de Dolphin Books de 1963, donde se describe como «la mayor colección de manuscritos autógrafos de Cadalso existente», junto con obra de Meléndez Valdés, Iglesias y Moratín, que se ponía a la venta al precio de 155 libras esterlinas. Este lote formaba originalmente por lo menos parte de un envío que en la primavera de 1775 Cadalso había hecho a Meléndez Valdés para que, en caso que falleciera en la guerra que entonces emprendía, su obra se conservara, y contenía varias piezas, además de cartas y unas veinte páginas impresas de Ocios de mi juventud con correcciones autógrafas. Parte de este material lo había dado ya a conocer Foulché-Delbosch en el primer número de la Revue Hispanique («Obras inéditas de Cadalso») y casi simultáneamente en el volumen impreso por la librería Murillo Obras inéditas de D. José Cadalso (1894), pero no así la veintena de páginas impresas en 1775 por Antonio de Sancha de Ocios de mi juventud y corregidas de puño y letra de Cadalso (probablemente, porque no se consideraron, en sentido estricto, inéditas). Y las correcciones son importantes porque indicaban con qué enmiendas y cambios debía reeditarse, si fuera el caso, los Ocios de mi juventud.

Según la descripción del mencionado catálogo de Dolphin, los manuscritos procedían sobre todo de las colecciones de Salvá y Heredia y del propio Cadalso, y su importancia, según el mismo catálogo, estriba en el hecho de que «existen pocos autógrafos de Cadalso, aparte del de Don Sancho García, en la Biblioteca Nacional, y algunas cartas».

José Cadalso retratado por Pablo de Castas Romero.

Pocos años después de la publicación del catálogo 39 de Dolphin, algunos estudiosos de la literatura del XVIII español consultaron parte de estos mismos documentos en la Universidad de Utrecht en 1966, lo que sin duda permite deducir adónde fue a parar esta pequeñísima parte de la inmensa biblioteca Foulché-Delbosc (y que lo hizo entre 1963 y 1966). Y puede deducirse también que, originalmente, su grueso se dividió entre la Biblioteca Nacional de la República Argentina y la Dolphin Books de Joan Gili i Serra.

En 2013, Miguel Ángel Lama concluía un artículo titulado «Cadalso leyéndose a sí mismo» subrayando la importancia que tenían esas veinte páginas corregidas para tener una edición de sus Ocios de mi juventud que por primera vez

…respeta la voluntad del autor expresada genéricamente a su amigo Meléndez Valdés y materializada sobre el papel en la veintena de páginas que hemos podido conservar gracias a filólogos como Foulché-Delbosc, libreros como Joan Gili e investigadores como Nigel Glendinning.

Quizá los Ocios de mi juventud no sea una obra de principal importancia en el conjunto de la literatura española del siglo XVIII, ensombrecida incluso en el conjunto de la obra de Cadalso por las Noches lúgubres y las Cartas marruecas, pero el episodio es significativo o ilustrativo de cómo los editores fijan los textos y de cómo es posible que los lectores estemos leyendo durante décadas ediciones «deficientes» por falta de filólogos, libreros e investigadores tan escrupulosos y generosos como lo fueron Foulché Delbosc, Joan Gili o Nigel Glendinning.

Fuentes:

Catálogo núm. 35 de la Dolphin Books (1957).

Isabel Foulché-Delbosc y Julio Puyol, Bibliografía de R. Foulché-Delbosc (1864-1929), Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1931.

Miguel Ángel Lama, «Cadalso leyéndose a sí mismo. Notas para una edición», Romanica Olomucensia, 24/II (2012), pp. 1659-168.

Francisco A. Marcos Marín, «La colección Foulché-Delbosc de la Biblioteca Nacional de la República Argentina: catalogación y edición electrónica», 1998.

—«La recuperación de la Colección Foulché-Delbosch de la Biblioteca Nacional de la República Argentina», La Coronica, 19/II (primavera de 2001), pp. 147-157.

Georgina Olivetto, «El fondo medieval de la colección Foulché-Delbosch», Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, núm. 40-41 (junio de 1999-junio de 2000), pp.158-165.

Álvaro Piquero Rodríguez,«El ejemplar perdido del Arte de putear de Moratín (c. 1815-1820): nuevos datos ecdóticos y bibliográficos», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 34 (2016), pp. 279-310.

Francesc Parcerisas, The Irish Poet and the British Gentleman, Sheffield, The Anglo-Catalan Society- Hallamshire Press, 2002.

Jorge Máximo Rodhe, Cinco años de París: 1935-1939, Buenos Aires, Emecé, 1948.

Rufino Torres Castañeira, importador clandestino de libros

«Tú sabrás quién tocó la cuestión. Si atas cabos sacarás el resultado. No dudes que tienes amigos de los otros en la organización».

Esta advertencia que a simple vista puede parecer inocua o incomprensible constituye uno de los estremecedores testimonios de la ingente y peligrosa labor llevada a cabo por editores, distribuidores y libreros durante el franquismo para hacer llegar a los lectores libros que en España estaban prohibidos. El pasaje pertenece a una carta del 8 de agosto de 1973 dirigida por el distribuidor pontevedrés afincado en Barcelona Rufino Torres al editor de Ruedo Ibérico, José Martínez Guerricabeitia, en la que aborda una cuestión bastante recurrente en algunos momentos de su relación: la existencia de algún «topo» que informaba a las fuerzas represoras franquistas acerca de los envíos de libros que Ruedo Ibérico hacía desde su exilio en París para que de este modo la policía pudiera incautarse de los libros, con las pérdidas tanto culturales como económicas que eso conllevaba.

La cuestión de la distribución y venta de libros prohibidos es uno de los ámbitos aún más desconocidos, en buena medida debido a las comprensibles pero en ocasiones insuperables y desesperantes dificultades que supone su estudio. Lo sabe bien, por ejemplo, Jordi Cornellà-Detrell, que lleva ya algunos años recabando datos acerca de la circulación de libros prohibidos, de sus redes de distribución y de los puntos de venta y cuyos estudios han dado ya algunos frutos importantes y quien ha explicado que:

…había, claro está, importadores a pequeña escala que utilizaban su propio automóvil o los hacían llegar por correo postal en pequeños paquetes En cuanto llegaban a Catalunya, los libros se almacenaban en el depósito de distribuidores como Siegfried Blume, gerente de la Librería Técnico-Extranjera, en la calle Tuset, o Eduardo Beneyto, que los escondía en una habitación secreta en su distribuidora Vilben, situada en la calle Aragó.

Aun así, la exhumación del rico epistolario entre José Martínez Guerricabeitia y sus distribuidores llevado a cabo por Albert Forment ha permitido conocer algunos otros aspectos particulares acerca de la distribución clandestina de libros en España.

Eduardo Fidalgo.

Entre los escasos distribuidores de los que se tiene información suele destacarse precisamente la importancia de los de Ruedo Ibérico Siegfried Blume y Rufino Torres, al segundo de los cuales describió Jorge Herralde en Por orden alfabético como un «antiguo ex-guardia civil que, por razones obvias, conocía bien los entresijos fronterizos». Entre sus principales colaboradores tuvo Rufino Torres a su cuñado Eduardo Fidalgo Cerreda (1934-2015), hijo de un exiliado en Cuba y que, según contó su hija, «trajo muchos libros de América Latina, sobre todo de Argentina, libros que llegaban al puerto disimulados con las mercaderías». Sin embargo, fue sin duda Albert Forment quien más datos sacó a la luz acerca de la actividad de Rufino Torres y quien la ha explicado con más detalle.

Al parecer, Rufino Torres, que tenía como una de sus direcciones la calle Calabria número 137 y un almacén en Viladomat, 247, tenía la importación de libros sobre todo de Francia como una fuente adicional, pero lucrativa, de su negocio como distribuidor, aun a sabiendas de los riesgos que corría; a través de Blume contactó con el editor de Ruedo Ibérico y a partir de 1964, propiciado además por las dificultades económicas a que tuvo que enfrentarse Blume, se convirtió en su principal distribuidor. Así cuenta Forment el modo de proceder, que en buena medida explica los altos precios que alcanzaban estos ejemplares (es sabido que, con la venta de los que poseía, Goytisolo se financió su viaje a París):

Rufino tenía verdadero olfato para los negocios editoriales ilegales que la censura hacía florecer indirectamente, además de los legales que le servían de cobertura y eran la parte del león de su negocio. Al tanto de los usos y costumbres de los cuerpos de seguridad franquistas, entre los cuales se decía que conservaba buenas amistades, supo sortear el acoso policial durante quince años, hasta la época de la transición política, convirtiéndose en la otra gran pieza clave [junto con Blume] del dispositivo de distribución de Ruedo Ibérico en España [..] Rufino compraba con tan descomunales descuentos que apenas daban beneficio a la editorial […], y los revendía luego al por mayor a otros distribuidores, cobrando su propia comisión.

A finales de los años sesenta, esos descuentos de los que gozaba Distribuciones Torres podían alcanzar el 55% por ciento, al que se añadía aún un 3% adicional por pronto pago, lo cual pone de manifiesto que entre las prioridades de Ruedo Ibérico no estaba ganar dinero, sino hacer que sus libros llegaran a los lectores. Refiriéndose también a esos años finales de la década de los sesenta, otro de los puntales de Ruedo Ibérico, Marianne Brull, explicó en una entrevista con Carlos Prieto el modo de proceder:

Mandábamos los libros a Barcelona en sacas postales de unos treinta kilos, y él [Torres] se encargaba de que nadie las inspeccionara en Correos… […] Los envíos se hacían siempre desde la misma oficina de correos en París, el día que nos indicaba Rufino, sin remite y de manera que pudieran ser localizados fácilmente por los empleados de aduanas… previamente sobornados por Rufino. Fácil no era.

No cuesta imaginar que no debía de ser fácil. Para evitar que se pudieran rastrear los pagos, en ocasiones estos los hacía Rufino Torres desde Andorra, adonde se desplazaba con cierta regularidad, y las dificultades impuestas por el acoso policial explican que en más de una ocasión los distribuidores se vieran en la necesidad de pedir a Ruedo Ibérico que retuviera los envíos.

François Maspero.

Es lo que sucedió, por ejemplo, a finales de 1966, cuando surgieron serias sospechas de que alguien desde París estaba informando a las autoridades españolas de los detalles de los envíos. Tanto Blume como Torres sospechaban que acaso se tratara de alguien que trabajaba para el editor francés François Maspero (1932-2015), que era quien distribuía los libros de Ruedo Ibérico en casi toda Francia (salvo en Iparralde). El caso es que, según contaba Tores a Martínez Guerricabeitia en febrero de 1967, los envíos que se hacían directamente a particulares eran retenidos y confiscados, y la misma situación se mantuvo en los meses siguientes.

No fue hasta junio de 1967, cuando ya llevaban varios años de comunicación epistolar, que el editor exiliado y el ex guardia civil se conocieron personalmente, en Perpinyà. Las dificultades a las que los heterodoxos modos de gestión y producción abocaron a Ruedo Ibérico propiciaron que en 1969 se llegara a un acuerdo por el cual Rufino Torres avanzaba 18.500 francos para que el editor exiliado en París pudiera llevar a cabo la reimpresión de cinco de los títulos que mejor habían funcionado de su catálogo y que por entonces se hallaban agotados, pero ya a principios de 1966 tanto Torres como Blume habían ofrecido ayudas en metálico a José Martínez (en cierto modo, la dadivosidad de Blume contribuye a explicar las dificultades por las que pasó la Editorial Blume, fundada en 1965).

José Martínez Guerricabeitia.

A principios de 1973 volvieron a surgir recelos acerca de las filtraciones de información sobre los envíos clandestinos de libros, y en mayo de ese año escribe Torres a Martínez Guerricabeitia:

Hemos tenido noticias de que estáis preparando catálogos para un fuerte envío. Tus amigos ya lo saben y han tomado precauciones. Se conoce que dentro del ramo hay quien te vigila y procura por tus intereses. Desgraciadamente debes estar bien acompañado, no lo dudes.

El editor de Ruedo Ibérico sospechaba que, caso de haber filtraciones, estas se debían probablemente a la indiscreción del filósofo del Opus Rafael Calvo Serer (1916-1988), que desde noviembre de 1971 se encontraba en París a raíz de sus críticas al gobierno franquista publicadas en Le Monde, o bien a alguien de su entorno, pero en agosto, como pone de manifiesto el pasaje reproducido inicialmente, los recelos persistían:

La nota indicaba se están preparando envíos, forma de caja, embalaje, peso y otros detalles reales, ignorando de momento la dirección. El caso es que coordinaba todo perfectamente. ¿Quién podía saberlo? Tú sabrás quién tocó la cuestión…

Según cuenta Forment, más tarde los colaboradores habituales de Ruedo Ibérico llegaron a sospechar, aunque sin pruebas fehacientes, que las filtraciones se debieron a Luis Palomeque, militante comunista que entre finales de 1971 y enero de 1972 había sido despedido de Ruedo Ibérico tras dos años como empleado, pero aun así en 1974 Rufino Torres propuso poner a prueba la solvencia de la confidencialidad en las comunicaciones. Se preparó un envío comunicando detalles a los allegados a la editorial, y se comprobó que ninguno de los detalles divulgados llegó a oídos de las autoridades españolas.

Al margen de las motivaciones que tuviera Rufino Torres (que ya había empezado a publicar algunos libros como Ediciones R. Torres) tras una reunión con Martínez Guerricabeitia durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1976 llegaría a convertirse en coeditor de Trotski, concretamente de los dos volúmenes de sus Escritos militares, así como del Diario de la Revolución Cubana de Carlos Franqui (1921-2010). No está mal, tratándose de un ex guardia civil.

Fuentes:

Jordi Cornellà-Detrell, «Estratègies contra la censura durant el período democràtci: reedició, reescriptura i polítiques editorials», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, Traducció i franquisme, Lleida, Punctun-Grup d’Estudi de la Traducció Catalana comntemporània (Visions 8), 2017, pp. 121-137.

—«La circulación de libres clandestins durant el franquisme», Querol, núm. 22 (2018), pp. 44-50.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Domingo Marchena, «El señor de los libros», La Vanguardia, 21 de abril de 2015.

Ana Martínez Rus, «Ni rojos ni ateos: las difíciles relaciones editoriales entre la España franquista y el exilio argentino», Kamchatka. Revista de análisis cultural núm. 7 (junio de 2016).

Núria Navarro, «Escondía los libros en un armario con doble fondo» (entrevista a Eduardo Beneyto), El Periódico, 21 de noviembre de 2010.

Carlos Prieto, «Los papeles secretos del Opus Dei: de las confidencias “salvajes” a la maleta del 23-F», El Confidencial, 10 de marzo de 2018.

Redacción, «Muere Eduardo Fidalgo, defensor y amante de los libros», El Periódico, 18 de abril de 2015.

La Avispa, una librería y editorial al servicio del arte dramático

Como en tantos otros casos de editoriales pequeñas y caracterizadas por procesos de producción más o menos artesanales, la editorial La Avispa nace en el seno de una librería, así que se hace indispensable empezar su historia por ahí. Abierta en septiembre de 1979, la primera ubicación de esta iniciativa fue un pequeño local de apenas 9 metros cuadrados en la calle madrileña Gravina, cerca del Teatro Infanta Isabel. Es probable que el nombre procediera de una publicación homónima que se publicó entre 1888 y 1891, un semanario satírico ilustrado con dibujos litografiados que se ha definido como combativo con «el flamenquismo y la chulapería» y entre cuyos colaboradores se contaban el dramaturgo y poeta Gonzalo Cantó (1859-1931), el humorista Juan Pérez Zúñiga (1860-1938), el dramaturgo Celso Lucio (1865-1915) y el periodista y poeta Manuel Paso (1860-1901), entre otros.

Al frente del proyecto de La Avispa estaban la dramaturga de origen cordobés Julia García Verdugo como directora cultural y su marido Joaquín Solanas como director comercial, y si bien inicialmente fue una librería general, no tardó en decantarse hacia las publicaciones relacionadas con el teatro. Apenas dos años después de su apertura, se trasladó a un espacio mucho mayor en el número 30 de la calle San Mateo, que les permitió organizar actos, encuentros y debates públicos, y que según lo recuerda Phyllis Zatlin:

Uno de los peores sitios en lo que a humo se refiere era también uno de mis lugares madrileños favoritos, un auténtico hogar lejos del hogar: la librería de teatro La Avispa […],  un lugar de encuentro para autores, actores y demás gente de la farándula, así como para críticos y especialistas. […] Su colección de libros, revistas y guiones no publicados era excepcional, y Julia y Joaquín daban la impresión de haberlos leído todos.

Entre los rasgos que caracterizan a la librería, y antecedente quizás de su paso a editorial, está la distribución de copias mecanuscritas o incluso fotocopiadas de obras de autores principiantes que se dejaban caer por La Avispa, así como la posibilidad que ofrecían de fotocopiar algunas obras de difícil acceso a las que algunos clientes no podían acceder debido a su precio.

Como evolución lógica del proyecto, la editorial La Avispa nace en 1982, con Julia García Verdugo como editora, Joaquín Solanas como director y la incorporación de Charo Llanas (al cargo de nuevas colecciones) y María Rosa García como administrativa. Además de publicaciones destinadas a la docencia y el estudio de la historia teatral, con una enorme diversidad de colecciones, destaca sobre todo en La Avispa la Colección Teatro, que cuenta con un número 0 a cargo del autor (Sois como niños, de Alberto Miralles), pero cuyo primer número es una de las obras de mayor y más prolongado éxito de esos años, La estanquera de Vallecas (1982), de José Luis Alonso de Santos. El diseño gráfico de la colección se debe al dramaturgo, director y escenógrafo Jesús Campos García, ganador en 1974 del Premio Lope de Vega con 7000 gallinas y un camello, que fue la primera obra que se publicó en La Avispa-Teatro en 1983 (como número 2 de la colección).

La colección, en cuanto a números publicados, empezó con muy buen ritmo, con seis títulos a lo largo del primer año completo y entre ellos títulos de Luis Riaza (1925-2017), José Ricardo Morales (1915-2016) y Concha Romero (n. 1945), pero la producción se ralentizó mucho al año siguiente, con sólo dos títulos: como octavo número, El jardín de nuestra infancia, de Alberto Miralles (1940-2004), que ese año fue galardonada con el Premio Rojas Zorrilla, y, como noveno, el drama histórico Yo, Martín Lutero, de Ricardo López Aranda (1934-1996), que pese a haber sido escrito en 1963, su estreno había sido prohibido por la censura tanto en 1967 como en 1968, y hasta ese mismo año no pudo ser objeto de una lectura escenificada (en la Casa de Cantabria de Madrid).

No obstante, la colección parece reanimarse en 1985, cuando los volúmenes publicados ascienden a ocho, iniciándose el año con la obra con la que Domingo Miras (n. 1934) obtuvo el Premio Tirso de Molina, Las alumbradas de Encarnación Benita, y seguida del volumen Tiempos muertos, de Jerónimo López Mozo (n. 1942), que reúne «cinco obras fuera de formato»: Viernes, 29 de julio de 1983, La maleta de X, La viruela de la humanidad, Sociedad Limitada, S.A. y El adiós sin ceremonia y las ceremonias del adiós. Pueden llamar la atención, entre los títulos publicados ese año, la versión de Andrés Amorós del Don Juan Tenorio, de José Zorrilla (1817-1893), y la que se tiene por la primera obra de tema judío escrita en español después de quinientos años, Los conversos, del hispanoargentino Solly Wolodarsky, de cuyo estreno en el Ateneo de Madrid se ocuparon activamente, como hicieron en otros casos, los mismos editores.

Sin embargo, pese al enorme despliegue de actividad, la colección avanzaba a trompicones, y en los años siguientes la producción fue más irregular y careció de éxitos del calibre de La estanquera de Vallecas, entre otros motivos posibles porque, además de las publicaciones periódicas sobre teatro por entonces aún activas que pubilcaban textos dramáticos (como Pipirijaina o Primer Acto), el panorama de la edición de teatro en España era todavía bastante dinámico –pese a la desaparición de colecciones emblemáticas como El Mirlo Blanco de Taurus o Voz Imagen de Aymá– y los dramaturgos disponían de varias opciones a la hora de intentar publicar sus textos.

Otro de los problemas a los que, del mismo modo que otras iniciativas parecidas, se enfrentaba La Avispa fue el de la distribución de un tipo de libros de ventas raramente espectaculares y circunscritas al lector interesado y/o fiel, y en este sentido se fiaba en buena medida a los pedidos directos a la librería, si bien contaba también como distribuidores con librerías como la Abrante en Vigo o la barcelonesa Millá. Eso explica también que desde la librería, activísimo punto de encuentro de los profesionales del teatro, se crearan y distribuyeran periódicamente catálogos con las obras disponibles, tanto nacionales como extranjeras y tanto nuevas como antiguas y descatalogadas.

Por otra parte, a principio de los años noventa empezaron a diversificarse las propias series de textos teatrales en La Avispa, con colecciones como El Ojo de la Avispa y La Avispa Universal, por ejemplo, y el proyecto empezó a finales de la década a dar síntomas de agotamiento, hasta el punto que a inicios de la siguiente, pese a publicar aún algunos títulos, tanto la editorial como la librería (que había sido sede tanto de la Asociacion de Directores de Escena como de la Asociación Española de Dramaturgas) se vieron abocadas a tirar la toalla y poco tiempo después de jubilarse sus promotores iniciales.

En el otoño de 2004 los impulsores de La Avispa fueron objeto de un muy merecido y oportuno homenaje con motivo de la inauguración de lo que era su heredera natural, Ñaque, que se instaló en la misma sede y se desdoblaba también en editorial, además de en revista, blog, etc., siempre con el teatro y la literatura dramática como tema principal.

Los impresionantes fondos de libros de y sobre teatro tanto antiguo como moderno de La Avispa se dispersaron entonces, si bien el grueso de los mismos fueron a parar a la biblioteca del Teatro Principal de Burgos (unos seis mil cuatrocientos volúmenes) y sobre todo a la Biblioteca Regional de Murcia (más de ocho mil volúmenes).

Anexo. Las primeros veintinún títulos de la colección.

0. Alberto Miralles, Sois como niños

  1. Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas (1982)
  2. Jesús Campos García, 7000 gallinas y un camello (1983)
  3. Miguel Medina Vicario, Claves de vacío, El camerino (1983)
  4. Luis Riaza, Antígona… ¡Cerda! Mazurka. Epílogo (1983)
  5. José Ricardo Morales, Teatro en Libertad (La Imagen. Este jefe no le tiene miedo al gato. Nuestro norte es el Sur) (1983)
  6. Concha Romero, Un olor a ámbar (1983)
  7. Fernando Martín Iniesta, Quemados sin arder, No hemos perdido aún este crepúsculo (1983)
  8. Alberto Miralles, El jardín de nuestra infancia (1984)
  9. Ricardo López Aranda, Yo, Martín Lutero (1984)
  10. Domingo Miras, Las alumbradas de la Encarnación Benita (1985)
  11. Jerónimo López Mozo, Tiempos muertos (1985)
  12. José Zorrilla, Don Juan Tenorio (versión de Andrés Amorós) (1985)
  13. Solly Wolodarsky, Los conversos (1985)
  14. Sebastián Junyent, Hay que deshacer la casa (1985)
  15. Manuel Rodríguez Díaz, Convidados a vivir (1985)
  16. Francisco Benítez, Melodrama verídico de Burri de Carga. Farsa inmortal del anís Machaquito (1985)
  17. Jesús Ríosalido, Función de límites. Movimiento uniformemente acelerado. Órbitas (1985)
  18. José María Bastús Márquez, El banquero y el teatro (1986)
  19. Francisco Benítez, Joaquín Muñoz en casa de las máscaras (1986)
  20. Sebastián Junyent, Señora de (1986)

 

Fuentes:

Julia García Verdugo, «El tearto en España a través de sus colecciones teatrales», Estreno, vol. XIX, núm. 2 (Otoño de 1993), pp. 2-3.

Manuel Gómez García, Diccionario Akal de Teatro, Madrid, Akal, 1998.

Adelardo Méndez, «La Avispa. El ecosistema mágico de una librería de artes escénicas» (vídeo), Retrologando, 20 de enero de 2020.

Mariano de Paco, «Las ediciones teatrales desde 1939», Las Puertas del Drama, núm. 41 (2017).

Mariano de Paco, «El teatro español en los años de la transición», Las Puertas del Drama, núm 51 (2018).

Phyllis Zatlin, Escritores en el recuerdo. Memorias de amistades en España y Francia, traducción de José Sánchez Compañy, Sitges, Editores del Desastre, 2018.

El impresor Artís i Balaguer en México

A Patricia Pizarroso, agradecido.

Hacía ya unos meses que había acabado la guerra civil española cuando, el 12 de junio de 1939, partía del puerto francés de Paulliac el vapor Ipanema, con destino a México, con unos mil republicanos españoles a bordo, y entre ellos, según consta en la lista de pasajeros, el impresor y editor Avel·lí Artis i Balaguer, de 57 años entonces, acompañado de sus hijos.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Con una amplia experiencia entonces como impresor, fundador y promotor de revistas ilustradas, y como director de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, el ya veterano impresor no tardó mucho en retomar su labor. Radicado inicialmente en Saltillo (en el estado de Cohauila de Zaragoza), donde a su hijo Avel·lí Artís i Gener (1912-2000), ya conocido como Tísner, se le reclamó para dirigir un periódico institucional y a él se le encargó su impresión, así describe Óscar Fernández Pozas su primera residencia en México:

La familia Artís se instalará en una escuela de la calle de Xicoténcatl, 221. El edificio, que estaba destinado para el diario, era una casa deshabitada de tres pisos, que se encontraba al lado del edificio del Gobierno. La rotativa se encontraba en el sótano; en la planta baja encontraban los linotipos, las cajas y las platinas; en el primer y en el segundo piso se encontraban la redacción y la centralita, y en el tercer piso el departamento de dibujo y el archivo. Avel·lí Artís i Balaguer, según su hijo, no debió hacer mucho en aquel primer trabajo mexicano.

No tardó la familia Artís en irse trasladando al distrito federal, donde se encontraba el núcleo de exiliados republicanos catalanes, y en marzo de 1940 ya se encontraban todos allí. En la capital, Avel·lí Artis i Balaguer entra inicialmente como cajista al servicio de una imprenta fundada por la escritora y pionera periodista feminista Emilia Enríquez de Rivera (1881-1963), que hacía ya muchos años que había fundado y dirigía la longeva revista El Hogar (1913-1942). Debió de hacerse evidente enseguida que ese trabajo le venía pequeño a Artís, así que Enríquez de Rivera le propuso montar juntos un taller, A. Artís, Impresor, donde el impresor catalán creó un equipo formado sobre todo con exiliados catalanes. Teresa Férriz identificó entre ellos a los cajistas Miquel Fustagueres, Bartomeu Rosique y Lois el linotipista Joan Margelí, el minervista Joan Falcó, el prensista Marià Martínez Cuenca, los correctores de pruebas Pere Matalonga y más tarde Vicenç Riera Llorca, las encuadernadoras Elvira Tella y Lucrècia Ivan, el administrativo Lluís Branzuela y el jefe de taller Marian Roca y posteriormente José Castillo, muchos de los cuales le acompañaron en sus diversas iniciativas posteriores.

De la pronta incorporación de Artís i Balaguer a la vida asociativa de la colonia catalana en México es indicativo que se pusiera al frente y revitalizara notablemente la Agrupació Catalan d’Art Dramàtic del Orfeó Català de Mèxic –que en 1942 repuso su Hom les prefereix rosses y en 1945 su célebre Seny i amor, amo i senyor– , o que en mayo de 1942 sea uno de los miembros del jurado de los Jocs Florals celebrados en esa edición en México. También en esos mismos años iniciales de su exilio mexicano se ocupa de El Poble Català, publicación periódica portavoz de la Comunitat Catalana de Mèxic, pero sin duda es más importante, al desvincularse de Enriquez de Rivera, la creación en 1943 de la Compañía Impresora y Distribuidora de Ediciones (CIDE), en cuyo seno nacería la Col·lecció Catalònia. Según parece, la colección surge a raíz del ofrecimiento de la familia Pi i Sunyer del manuscrito de La novel·la del besavi para su publicación en México, y cuya composición Artís encargó a otro célebre editor catalán exiliado en ese país, Joan Sales (1912-1983), que por entonces trabajaba en Ediciones Minerva.

Lluís Agustí lo ha explicado del siguiente modo:

En un principio las obras las imprimía Artís i Balaguer en los Talleres de las Edicions Minerva y esta colección aparece en algunas ocasiones como de Ediciones Minerva. Acabará siendo una editorial, primero como Col·lecció Catalònia y más adelante, a partir del número 12, Solitud, de Víctor Català (1946), como Edicions Catalònia.

Rafael Tasis.

De ese mismo año 1946, cuando pasa a convertirse en Edicions Catalònia, Fernández Poza menciona una carta en la que Artís explica a Antoni Rovira i Virgili su intención de poner en pie dos proyectos editoriales para esta reformulación, una serie destinada al libro político (Col·lecció Almirall) y una Col·lecció Verdaguer dedicada a la poesía que piensa estrenar con la antología La collita tardana, que prepara Rafael Tasis (1906-1966).

Pero hay constancia de muchos otros títulos que quedaron sin publicarse, como es el caso del libro de memorias del poeta y ensayista Josep Pijoan (1879-1963), Retalls de vida, del que se habían adelantado fragmentos en la revista Quaderns de l’Exili, pero nunca llegó a publicarse en volumen. También parece que fue el caso de L’obscur deixeble, de Xavier Benguerel (1905-1990), acaso la novela con que el autor había quedado finalista del Premi Crexells en 1937 con el título L’Evangelista, que Benguerel quemó durante su exilio en Chile. También quedaron en proyecto la edición de dos títulos de escritores de Arenys de Mar: un no identificado L’erm ampulós, de Lluís Feran de Pol (1911-1996), y un Antoni Puigblanch. Figura de la Prerenaixensa, un talent sense profit, del historiador Josep Maria Miquel i Vergés, también inédito.

Paralelamente a esta iniciativa puramente cultural y de promoción de la lengua y la cultura catalana –y, de hecho, como principales fuentes para financiarla–, Artís crea la librería CIDE (en Insurgentes, 70) y sobre todo interviene entre 1943 y 1947 en las Ediciones Fronda.

De la mayor trascendencia es también la creación de La Nostra Revista, una de las mejores revistas culturales del exilio catalán en México, en la que su fiel compañero Vicenç Riera Llorca (1903-1991) actuó como secretario de redacción y entre cuyos principales colaboradores se encontraban tanto escritores en el exilio, como Mercè Rodoreda (1908-1983), Ramon Vinyes (1898-1952), Ferran Canyameres (1898-1964) o Josep Ferrater Mora (1912-1991), como en el interior, caso de Joan Fuster (1922-1992) o Miquel Ferrer Sanxis (1899-1990), además de disponer de corresponsalías en Estados Unidos (Jaume Miravitlles), Inglaterra (Fermí Vergés) y Francia (Rafael Tasis). Contó además con una auténtica pléyade de ilustradores, entre los que se encontraban Francesc Domingo (1893-1974), Carles Fontserè (1916-2007), Emili Grau Sala (1911-1975) o Tísner, y su vida se extendió entre enero de 1946 y noviembre de 1954. Entre enero de 1948 y diciembre de 1949 se publicaron en ella entregas de las Memòries d’un català. Ciinquanta anys de vida a Mèxic, de uno de los fundadores del Orfeó, Enric Botey i Puis (1877-1954), que nunca han llegado a reunirse en volumen, así como, entre 1949 y 1950, fragmentos de un Diari de Bonampak, en el que Josep Puig Gurí naraba los descubrimientos de pinturas mayas que llevó a cabo en Chiapas. Poco después del cierre de La Nostra Revista, a partir de enero de 1955, Tísner dio continuidad al proyecto con La Nova Revista (1955-1958).

Recién iniciada sin embargo esa revista, Artís i Balaguer se pone al frente también del Butlletí de la Unió de Periodistes de Catalunya, que aglutinaba a los profesionales catalanes que ejercían en México, y en abril de 1950 llevaba a cabo otra importante iniciativa, al instituir un Premi Catalònia, cuya obra ganadora debía publicarse en las Edicions Catalònia, como fue el caso de en 1953 de Tres, de Rafael Tasis, que sin embargo no se publicó hasta 1963, en México, gracias a la intervención del otro gran editor catalán exiliado, Bartomeu Costa-Amic (1911-2002).

Para entonces, tras haber estado generando, promoviendo, alentando y dirigiendo las más diversas iniciativas destinadas a dar continuidad a la edición y la cultura en lengua catalana, Artís i Balaguer había sido ya enterrado en México, con el siguiente epitafio:

«Avel·lí Artís i Balaguer, escriptor

i mestre impressor, enamorat de Catalunya,

Vilafranca del Penedès, 1881- Ciutat de Mèxic, 1954.»

 

Títulos de la Col·lecció Catalònia y Ediciones Catalònia:

1 August Pi i Sunyer, La novel·la del besavi, 1944 (segunda ed., 1946).

2 Avel·lí Artís i Balaguer, Adrià Gual i la seva época, prólogo de Joan Roura-Parella, 1944.

3 Joan Moles, Mossèn Cinto, 1944.

4 Jaume Ayguader, Miquel Servet, 1945.

5 Avel·lí Artís-Gener, 556. Brigada Miixta, 1945.

6 Lluís Nicolau d’Olwer, El pont de la mar blava, 1945.

7 Jacint Verdaguer, L’Atlàntida, 1945.

8 Vicenç Riera Llorca, Tots tres surten per l’Ozama, 1946.

9 Jaume Roig, El darrer dels Tubaus, 1946.

10 Ferran Soldevila y Pere Bosch Gimpera, Història de Catalunya, 1946.

11 Ramon Vinyes, A la boca dels núvols, 1946

12 Victor Català, Solitud, 1946

13 Domènec Guansé, Retrats literaris, 1947.

14 Antoni Rovira i Virgili, La collita tardana, 1947.

15 Antoni Roira i Virgili, Teatre de la natura, 1947.

16 Francesc Trabal, Temperatura, 1947.

17 Josep Pous i Pagès, De la pau i del combat, 1948.

18 Victor Alba, Els supervivents, 1950.

19 Artur Bladé Desumvila, Benissanet, 1953.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Miquel Martí Soler, L’Orfeó Català de Mèxic (1906´-1986), Barcelona, Curial, 1989.

Avel·lí Artís i Balaguer y su colección literaria popular

En su completísima tesis sobre Avel·lí Artís i Balaguer, Óscar Fernández Pozas reproduce un pasaje de De l’exili a Mèxic, de Artur Bladé i Desumvila  (1907-1995), que pone de manifiesto hasta qué punto era un impresor y editor escrupuloso el fundador de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, referido además a lo que sin duda era un problema morrocotudo (en particular en México), que podría traducirse del siguiente modo:

 En cierta ocasión tuvo que imprimir un libro en una imprenta mediocre, la mejor que pudo encontrar, que ya tenía todas las especialidades, salvo una, la l·l. Este dígrafo, o mejor la ausencia de este dígrafo, fue motivo de constantes tropiezos, de la primera a la última página. Y eso que él mismo le había explicado previamente al linotipista la manera de hacerlo como es debido. Sólo era cuestión de tener cuidado al escribir primero la l, luego el punto sobrealzado, y a continuación la otra l. Aun así, el dígrafo salía siempre en mala postura, en ocasiones caída (l.l), en otras con un apóstrofo impertinente (l’l), e incluso en otros casos como l-l. […] Fue combate ceñudo y duro, que duró meses, entre la dejadez, combinada con mala fe, y la tenacidad perseverante. Avel·lí Artís nunca permitió una ele geminada incorrecta.

Avel·lí Artís i Balaguer.

De la escrupulosidad de Artís i Balaguer en estos menesteres abundan los testimonios, y Rafael Tasis, por ejemplo, menciona «el amor profundo» que siempre tuvo por «el oficio en el que había empezado la lucha por la vida, y se explayaba en las maquetas y la composición y compaginación de los libros y las revistas que editaba o confeccionaba», así como que «no solo era uno de los cajistas con más arte de Barcelona, sino también un corrector exigente».

Cuando en 1929 empezaron a publicarse los primeros volúmenes de La Col·lecció Les Ales Esteses, tenía ya una experiencia amplia y diversa, con revistas como El Teatre Català, La Mainada o Un enemic del poble, así como los volúmenes de la Biblioteca de La Mainada, y seguramente ello le sirvió en el diseño, tanto editorial como gráfico, e incluso en sus modalidades de distribución, de este nuevo proyecto. Vistos en perspectiva los veinte títulos que llegaron a publicarse (véase Anexo), es evidente la ambición de lograr mostrar una panorámica de la literatura catalana desde el siglo xx hasta el momento “actual”, salpicados además de algunos nombres notables de la literatura universal, Alfred de Musset (1810-1857), Jean Jacques Bernard (1888-1972) y Adelbert von Chamisso (1781-1838), concediendo además espacio a los géneros más diversos, desde la poesía, el cuento y el teatro, hasta el ensayo.

La intención era publicar cada quince días un volumen de menos de cien páginas a un precio que estuviera por debajo de la peseta (en general, alrededor de ochenta céntimos), lo que condiciona la forma de los volúmenes, y ofrecer a los lectores habituales la posibilidad de recibir a domicilio cada uno de los volúmenes, de modo que les salían incluso notablemente más baratos (la suscripción anual era de veinte pesetas). Como es fácil suponer, y queda constancia en el epistolario reproducido por Maria-Mercè Miró i Vilà, los autores no recibían ningún pago por la publicación de su obra, más allá del número de ejemplares que desearan.

X. Benguerel.

A ello se añade la voluntad de incorporar al catálogo a los jóvenes escritores que estaban empezando a pugnar por establecerse en el ámbito de la novela en catalán, y a ello responde el generoso premio Les Ales Esteses (mil pesetas para el ganador) que instituyó ya en el año de su nacimiento, y que tuvo el acierto además de galardonar en su primera edición al debutante Xavier Benguerel (1905-1990) por sus Pàgines d’un adolescent. Además también al finalista, el muy enigmático Joan Crespí i Martí, se le publicó, póstumamente, la irónica novela de aventuras La ciutat de la por, que periódicamente ha sido recuperada (en 1987 por Pòrtic y en 2016 por Males Herbes) y ha ganado siempre su pequeño círculo de adeptos. No podrá negarse, pues, la productividad de las apuestas de Les Ales Esteses por los nuevos autores.
Encuadernados, lógicamente, en rústica, se trataba de unos volúmenes muy cercanos ya al concepto del libro de bolsillo, con un formato de 10,5 x 14 cm, que raramente se acerca siquiera al centenar de páginas. Un caso particular, en este aspecto, es el de Julita, culmen de la novela romántica catalana, pues la idea inicial de Artís i Balaguer era publicar del mismo autor La reyneta del Cadí, debido precisamente a su menor extensión, pero Martí Genís i Aguilar lo convence para que cambie su elección inicial, y aprueba sin mayor discusión la labor de adaptación a las normas ortográficas fabrianas del texto que lleva a cabo el editor. Y no solo eso, sino que, para evitarse problemas, Artís suprime, con la aprobación del escritor, lo que define como un «canto a sentimientos que no alberga el corazón de nuestro pueblo [que] podía perjudicarnos a todos» y que se refiere a un episodio de la guerra en el norte de África que Artís interpreta como de cierto tono militarista. El dedicado a Genís i Aguilar fue el único volumen que alcanzó las doscientas páginas, y también fue bastante superior al habitual su precio, 1,50 pesetas.

Un volumen un poco desconcertante, no numerado (al parecer de 1929), es Cançons valencianes, de Miquel Duran de València, cuyas 70 páginas se pusieron a la venta encuadernada en cartoné a 1,50 pesetas pero fuera de la colección por motivos no muy fáciles de dilucidar. Es posible que fuera anterior a la concepción de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, porque de otro modo no se explicaría fácilmente esta singularidad.

J. Janés i Olivé.

La concepción general de esta colección hará pensar fácilmente a los conocedores de la obra editorial de Josep Janés (1913-1959) en la colección no nata que en marzo de 1934 anunció en el Diario Mercantil como La Setmana Literària –y que más tarde se conseguiría materializar como Quaderns Literaris–, tanto por la concepción general ecléctica en la selección de títulos como por la vocación de acercar la literatura a las clases populares. En este sentido es inevitable evocar un pasaje de la obra de Jacqueline Hurtley Josep Janés. El combat per la cultura, que traducido vendría a ser algo así como:

[Janés] había conocido [a Avel·lí Artís Gener] a través de su padre [Avel·lí Artís i Balaguer], propietario de la librería Renaixença. Avel·lí Arrtís i Balaguer llevaba la librería y papeleria, y a la vez dirigía la biblioteca literaria Col·lecció Popular de les Ales Esteses, de periodicidad quincenal. Aproximadamente en el año 1929, Artís i Balaguer le hablaba a su hijo de «un cliente insólito con pinta de curita», que compraba muchos libros y solía pagar en sellos.

Más notable es la insistencia de Janés en la conveniencia de reeditar en Les Ales Esteses la compilación de cuentos de Agustí Esclasans (1865-1967) Històries de la carn i de la sang, que apareció como número 11 y que tiene también una historia editorial singular. La primera selección de los treinta cuentos que componían originalmente este título la recibió la editorial de Sabadell La Mirada ya en 1928, pero su director, Francesc Trabal (1899-1957) aceptó publicarlo sólo si se reducían a veinte, y se publicaron con la siguiente justificación de tirada (que traduzco):

4 ejemplares en papel Japón Imperial marcados a, b, c y d, no venales; 4 ejemplares en papel Holanda numerados I, II, III,y IV, no venales; 48 ejemplares en papel de hilo Guarro, 18 de los cuales marcados de 1 a 18, firmados por el autor y con el nombre de los bibliófilos de La Mirada a los cuales han sido especialmente dedicados, y los 30 restantes, numerados de 19 a 48, puestos a la venta; y 444 en papel especial L.M., sin numerar.

Al año siguiente Històries de la carn i de la sang se incluía en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses, una edición destinada a un público más amplio, y Janés no solo la incluyó, durante la guerra civil española, como 152 en sus Quaderns Literaris (que habían adoptado el nombre Biblioteca de la Rosa dels Vents), sino que además proyectó una frustrada edición en gran lujo que Xavier Nogués (1873-1940) se había comprometido a ilustrar y ya en la posguerra publicó su traducción al español en la editorial Lauro en 1946 (que luego se reimprimió en 1960 en la colección Novelas y Cuentos de Revista Literaria). Por si no bastaba con ello, Janés recopiló los cuentos que Esclasans había descartado para la edición de La Mirada y los publicó con el título Miquel Àngel y altres proses, que Emili Grau Sala (1911-1975) embelleció con frontispicios a pluma a dos tintas. Ya más recientemente, en 2019, la editorial Males Herbes publicó las Històries de la carn i de la sang, con una imagen que homenajea la de Les Ales Esteses.

Logo de Les Ales Esteses.

Anexo. Obras publicadas en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses

1 Victor Català, Marines.

2 Alexandre Plana, A l’ombra de Santa Maria del Mar.

3 Apel·les Mestres, Tots els contes. Primera serie.                

4 Josep Mª de Sagarra, Cançons de rem i de vela.

5 Alfred de Musset, «Mimí Pinson», seguit de «Frederic i Bernadeta» i «El fill de Tizià», traducción de Melcior Font.

6 Prudenci Bertrana, Josafat.

7 Martí Genís i Aguilar, Julita.

8 Jean Jacques Bernard, El foc que es revifa malament, traducción de Josep Pous i Pagès.

9 Carles Soldevila, Una nit a Bonrepòs.

10 Josep Mª de Segarra, La filla del Carmesí.

11 Agustí Esclasans, Històries de la carn i de la sang.

12 Apel·les Mestres, Tots els contes. Segona serie. Nits de Llegenda.

13 Josep Lleonart, Rondant de nit.

14 Narcís Oller, La bogeria.

15 Josep Berga i Boix, L’estudiant de La Garrotxa.

16 Joan Crespí i Martí, La ciutat de la por.

17 Adelbert de Chamisso, La meravellosa historia de Pere Schèmil, traducción de Gustau Llobet.

18 Josep Sebastià-Pons, Amor de pardal. El singlar.

19 Xavier Benguerel, Pàgines d’un adolescent.

20 Enric Prat de la Riba, La nacionalitat catalana.

Fuentes:

Sílvia Caballeria i Ferrer, «La Col.lecció Popular Les Ales Esteses (1929-1931) d’Avel.lí Artís i Balaguer», Revista de Catalunya, núm. 165 (2001), pp. 79- 90.

Jordi Chumillas i Coromina, «Semblanza de Col·lecció popular Les Ales Esteses (1929-1930)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Agustí Esclasans, La meva vida (1920-1945), Barcelona, Selecta (Biblioteca Selecta 222), 1957.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Maria Mercè Miró i Vilà, «Julita i l’edició de Les Ales Esteses (Correspondència Marí Genís i Aguilar-Avel·lí Artís i Balaguer)», Ausa, vol. XV, num. 132-133 (1994), pp. 27-40.