Xoc, la librería como dinamizadora de barrio

A los amantes del aigua de València

 

Que las librerías no son meros comercios dispensadores de libros y que pueden incluso ser algo más que un lugar donde obtener recomendaciones adecuadas para lectores intensivos y fieles es una verdad incontrovertible pese a que la idea de «crear comunidad» pueda hacer que parezca cosa reciente.

Salida del metro en Vila Picina.

En uno de los barrios obreros más característicos de Barcelona, Vila Picina i la Torre Llobeta (uno de los trece que conformarían el distrito de Nou Barris), se abría en 1972 una librería cuya vocación combativa y asociativa quedó clara desde el primer momento, la Xoc (choque).

Su cabeza visible fue Conxa Torrent i Murall, que lo contó del siguiente modo:

Un grupo de amigos […] con el proyecto de acercar la cultura a los barrios me lo proponen […]. Gente joven, con ganas de ofrecer conocimientos, sobre todo en ciencias sociales, a lugares de la periferia urbana, que en aquella eépoca quedaban totalmente al margen de los circuitos de inquietudes culturales y sociales que empezaban a manifestarse abiertamente en el centro [de Barcelona]. En aquellos momentos me había quedado sin empleo, empezaba estudios de sociología, y la propuesta me pareció muy interesante. […] Los libros eran el arma, la librería el medio y el barrio el objetivo del trabajo.

En ese grupo inicial que dio el primer empujón se encontraba por ejemplo Isabel Monteagudo, que por entonces ya trabajaba en International Editors (IECO) y muy poco después impulsaría también LaSal Edicions Les Dones, pero la presencia constante en la librería, ubicada en el número 325 del passeig Fabra i Puig, fue Torrent, más adelante con el apoyo de Toni Munné.

Màrius Serra.

Uno de los más devotos clientes, el escritor Màrius Serra (que presentó todos sus libros en la Xoc mientras esta estuvo abierta), ha evocado (y reivindicado) en varias ocasiones ese local, atiborrado de libros por todas partes (pero también inicialmente de juguetes y discos), y el ambiente que en él se generó, sobre todo en los años ochenta, mediante presentaciones de libros, exposiciones de arte gráfico y fotografía, lecturas poéticas, coloquios, debates, e incluso se convirtió en uno de los principales impulsores de lo que sería la asociación de vecinos del barrio, liderando los primeros estudios rigurosos acerca de los equipamientos existentes en la zona y aglutinando a quienes estaban interesados en formar parte de ella.

En ese contexto de los años setenta previos a la muerte del dictador, uno de los aspectos chocantes era la predilección de la librería por los títulos en catalán, e incluso el hecho de que todo en la librería estuviera escrito en esta lengua y fuera el medio de expresión habitual, echando así por tierra el prejuicio de que el catalán era el vehículo de comunicación solo de la burguesía y/o que no existía una clase obrera catalanoparlante. En una entrevista publicada en la revista Via fora!! la propia Conxa Torrent explicaba la reacción de sus convecinos del siguiente modo:

Afortunadamente, por parte de la gente corriente del barrio, el modo de proceder de Xoc fue recibido con  absoluta normalidad, aunque pudiera sorprender. Las únicas reacciones contrarias llegaron por parte de gente adepta al régimen y de dogmáticos españolistas, incluso de izquierdas, muchos de ellos apelando a un supuesto internacionalismo.

Por otra parte, en un momento en que aún era habitual la prohibición de mostrar en escaparates determinados libros publicados en catalán, eso, añadido al hecho de que la librería se convirtió a menudo en almacén de material impreso «subversivo», la convirtió no sólo en uno de los objetivos de la policía, sino también de los grupos ultranazionalistas. Tampoco podía ser ajeno a ello que, como hacían otros comercios en barrios y pueblos menos expuestos o susceptibles de generar ese tipo de reacciones, la Xoc había establecido por costumbre mantener abierto los 12 de octubre, conocida sucesivamente como Día de la Raza, Día de la Hispanidad y Fiesta Nacional de España.

Pasada la transición, en el paso de la década de los setenta a los ochenta, la Xoc fue pionera en Barcelona en añadir a la librería un minúsculo servicio de bar, en el que cada viernes se servía una muy popular «aigua de València», y que en su caso tenía todo el sentido como ampliación y acondicionamiento a las funciones de lugar de reunión y tertulia que había adoptado desde el principio.

Así lo describía Màrius Serra, en un artículo muy intencionadamente titulado ‒por contraste con la contemporánea gauche divine‒ «La “gauche humaine”»:

Jamás un espacio tan reducido albergó tantas especies de espacios a la vez: un vestíbulo con revistas, un aparador temático, tres mesas de café aptas para todo tipo de discusiones, otra inundada por las novedades editoriales, rodeada en tres de sus cuatro lados por altas estanterías con libros de fondo, una pared y media capaces de acoger fotografías o dibujos o tapices o pinturas para exposiciones sin ínfulas ni inflación de precios, un rincón de libro infantil rodeado de expositores y una barra con tres taburetes en la que cada viernes se servía auia de València.

Avel·lí Artís-Gener.

Como no podía ser de otra manera, a medida que avanzaba la década la viabilidad económica de una librería de estas características y en ese contexto se hizo cada vez más difícil, por lo que finalmente, acabó por cerrar en septiembre de 2007, según las cuentas siempre fiables de Serra, «treinta y cinco años, tres meses y ocho días» después de haberse puesto en funcionamiento. De aquí que pasara a ser conocida como la librería con bebidas.

Entre los hitos de la librería Serra suele evocar el momento en que allí, tras la presentación de L’home del sac, Tísner (Avel·lí Artís-Gener, 1912-2000) le propuso ser su sustituto como creador de los crucigramas de La Vanguardia, pero a este podría añadirse, por ejemplo, el primer homenaje al joven militante del Partit Comunista d´Espanya (internacional), el PCE(i), Jordi Martínez de Foix i Llorenç, Lino, (1957-1978), en cuya memoria se publicó en el año 2003 un libro-dossier preparado por su familia y editado por la Xoc y la papelería La Tinta, así como numerosas exposiciones (como es el caso de la pintora Luisa Fortes) o visitantes de tanto fuste como Maria Mercè Marçal o Joan Brossa; «En estas tres décadas y un lustro de precaria economía Conxa ha montado mil y un saraos», escribe Serra en el ya citado artículo.

Fuentes:

Àngels, «Conversa amb Conxa Torrent i Murall», Via fora!!, núm. 51, volum VI (verano de 1996), pp. 54-60.

Màrius Serra, «La “gauche humaine”», La Vanguardia, 6 de septiembre de 2007.

Màrius Serra, «Hoy llega la gripe E», La Vanguardia, 12 de octubre de 2009.

Màrius Serra, «Els llibres són tímids si no tenen qui els prescrigui», Ara, 24 de abril de 2016.

Joan Josep Isern, «El dia que Tísner va nomenar el seu sucesor», Núvol, 29 de mayo de 2012.

Joaquín Almendros y Aristeo Andrés en Chile: la librería Séneca

En una entrevista al magnate de las librerías chilenas Juan Aldea Vallejos, creador de la Feria Chilena del Libro (que en los dieciséis locales que en 2015 tenía por todo el país, concentraba el 40% las ventas en Chile), se cuenta que, tras hacer sus pintos como poeta, su entrada en el negocio de los libros se produjo «apadrinado por los refugiados españoles Joaquín Almendros y Aristeo Andrés [Cercós]», propietario y gerente, respectivamente, de la librería Séneca. Allí, en un primer momento como contador y más adelante como librero, aprendió Aldea Vallejos «los trucos del oficio», hasta que decidió establecerse por su cuenta y riesgo.

Joaquín Almendros.

De la trayectoria en el mundo del libro del editor, librero y distribuidor Joaquín Almendros (1904-¿?) son conocidos unos cuantos datos que permiten trazar una imagen de la misma, aunque sea incompleta, pero menos conocida es la enigmática historia de su socio en la librería Séneca, al igual que Almendros llegado a Chile como exiliado a bordo del legendario buque Winnipeg (que atracó en Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939).

Algunos datos acerca de la actividad de Andrés Cercós durante la guerra civil española de 1936-1939 pueden recabarse de los ejemplares del Diario Oficial del Ministerio de Defensa republicano. De ellos se extrae que en junio de 1937 servía en el Batallón Montaña número 4, y el 17 de ese mismo mes fue ascendido a teniente de Infantería y destinado a la recién creada 97 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República (constituida en las inmediaciones de Cartagena con mozos de los remplazos de 1932 a 1935), que partió de Almería con destino al frente de Teruel como unidad de refuerzo. Durante el verano de ese mismo año intervino en el fallido intento de recuperar las localidades de Villastar y Fuente Artesa y posteriormente sufrió muchas bajas por enfermedad y congelación como consecuencia del rigor de la batalla de Teruel (diciembre 1937-febrero 1938). Sin embargo, el 28 de diciembre de 1937 Aristeo Andrés Cercós había sido destinado al CRIM número 18 de Tarragona, y el 31 de mayo seguía en ese destino, pues según dice una circular con esa fecha firmada por el subsecretario de Defensa Antonio Cordón (1895-1969/1971): «He resuelto dejar sin efecto el destino adjudicado por orden circular de 16 de abril pasado (D. O. núm. 94) al teniente de INFANTERÍA profesional D. Aristeo Andrés Cercos, quedando subsistente el asignado al Centro de Reclutamiento, Instrucción y Movilización núm. 18 (Tarragona), por circular de 24 de diciembre anterior (D. O. núm. 311)».

En ese mismo periodo, Joaquín Almendros estaba también en Cataluña, donde fue el único representante de la Federación catalana del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en el primer Comité Ejecutivo del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya), partido creado el 24 de julio de 1936 y en cuyo comité estaban representados también la Unió Socialista de Catalunya (por Joan Comorera, como secretario general, y Pau Sirera), el Partit Comunista de Catalunya (por Miquel Valdés, Feilp Garcia y Pera Arcadia) y el Partit Català Proletari (Artur Cussó y Lluis Álvarez). Almendros fue durante la guerra secretario militar del PSUC y comisario de guerra del Ejército del Este —en los años setenta publicó unas memorias sobre esta época, Situaciones españolas, 1936-1939: el PSUC en la guerra civil (Dopesa, 1976), que en general no cuenta con mucho crédito por parte de los historiadores—, y no es demasiado arriesgado suponer que, si no fue ya a bordo del Winnipeg, por aquel entonces coincidiera con Aristeo Andrés Cercós.

Al poco tiempo de llegar a Santiago de Chile, Almendros empezó a trabajar como comercial y distribuidor para la revista y editorial Ercilla (jefe de circulación y propaganda), cuya revista homónima dirigía de facto el escritor peruano y político del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) Manuel Seoane (1900-1963) —aunque por ley un extranjero no podía figurar como director de un medio de comunicación—, que también se encontraba exiliado en Chile. Así lo contó el periodista Hernán Millás (1921-2016) ya a principios de los años noventa:

Tenía treinta y siete años cuando se embarcó [en el Winnipeg]. Era técnico en perforaciones mineras. Pero a los pocos días de llegar a Chile tropezó con Manuel Seoane (un peruano, otro exiliado), que era director de la revista Ercilla, y cambió la prospección por los libros. Tanto le apasionaron, que después se instaló con la librería Séneca, y más tarde fundó la editorial Orbe. […] Aún recuerdo con simpatía a este conversador andaluz [había nacido en Linares, Jaén] en el altillo gerencia de un local de la Galería Imperio, desapareciendo entre rumas de libros.

Por su parte, en un artículo de Liballe publicado en 1972 en el periódico chileno La Nación y dedicado a Joaquín Almendros, se cuenta del siguiente modo la relación entre ambos exiliados:«El periodista peruano había conocido al padre de Joaquln en Buenos Aires, cuando la familia Almendros estuvo exiliada en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. Seoane sufría, a su vez, el exilio por Ia dictadura de Sánchez Cerro en Perú».

No está del todo clara la cronología de los acontecimientos, pues ya en 1941 aparecían libros de Ediciones Orbe. De ese año son, por ejemplo, Quince poetas de Chile, de Carlos Réné Correa (1912-1999), Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002) y con prólogo de Mariano Latorre (1856-1955), Ahumada 75, del boliviano Luis Toro Ramallo (1899-1950) e Historia de una derrota (25 de octubre de 1938), del escritor y por entonces diputado Ricardo Boizard (1903-1983), que dan buena muestra de la variedad de géneros que desde un principio acogió Orbe. Sin embargo, al parecer Almendros no adquirió la editorial hasta 1945 (de manos de Vega y Kamisnky).  Y unos pocos años antes, por lo menos antes del verano de 1944, estaba ya activa la Librería Orbe (en San Antonio 212), que se anunciaba como especializada en «ediciones chilenas, figurines y novedades extranjeras».

Al parecer, antes incluso de tomar los mandos de Orbe había fundado Almendros una librería llamada Mundi, pero en 1944 la vendió y creó la Séneca, domiciliada en Huérfanos, 836, a cuyo frente puso como gerente al eximilitar profesional Aristeo Andrés Cercós.

Según cuenta Aldea Vallejos en la entrevista mencionada, entre los clientes más o menos habituales de la Séneca se encontraban los escritores Mariano Latorre, Manuel Rojas, María Luisa Bombal (de quien Almendros se convirtió más adelante en editor), Benjamín Subercasseaux y Pablo Neruda (que, al parecer, casi nunca compraba nada en esa librería pero la frecuentaba).

Sin embargo, mediada la década Joaquín Almendros pasó a México, y ya en el año 1944 está fechada la edición mexicana en Orbe de la novela Caravana nazarena. El sudor de sangre del antifascismo español, del anarcosindicalista y escritor Ángel Samblancat (1885-1963). Al parecer, según el ya mencionado artículo en La Nación:

El editor tuvo que huir de nuestra tierra durante el gobierno de Gabriel González Videla, antes de ser detenido acusado de actividades extremistas Eran los tiempos de la Ley de Defensa de la Democracia y de la ofensiva anticomunista y Almendros, como muchos otros intelectuales de avanzada, traspasó las fronteras en forma clandestina, fue detenido en Bolivia, remitido a Perú y asilado en México.

De la actividad posterior del gestor de la librería Séneca, la única pista hallada hasta el momento es el registro de una edición del Libro de Buen Amor, en una versión modernizada y versificada por Clemente Canales y con un estudio preliminar de María Cristina Vergara, que publicó en Santiago de Chile la Editorial Renacimiento en su colección Delfín en 1980 (según indica José Jurado en Bibliografía sobre Juan Ruiz y su Libro de Buen Amor [CSIC, 1993]), que al parecer incluye en sus páginas 23 a 25 un breve prólogo de Aristeo Andrés Cercós.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1 (Abad-Casalduero), Sevilla, Renacimiento (biblioteca del Exilio 30), 2016.

Diario Oficial del Ministerio de Defensa, 1936-1939.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 36), 2018.

Liballe, «Joaquín Almendros: “Soy mucho más que un editor”», La Nación, 8 de octubre de 1972, p. 4.

Hernán Millás, Habráse visto, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1993.

Juan Carlos Ramírez, «Juan Aldea, dueño de la Feria Chilena del Libro: Las batallas del librero más antiguo de Chile», La Segunda, 23 de enero de 2015.

El librero ácrata de Augusto Pinochet

En agosto del año 2002 el profesor chileno Eddie Morales Piña evocaba su librería de referencia en sus años universitarios en Valparaíso y describía su experiencia del siguiente modo:

..dejaba parte de mis ahorros para comprar libros en una librería que existía en calle Victoria del puerto, a pocos metros del Cine Rívoli. Obviamente que ambos ya no existen como tales. El lugar donde estuvo la librería es ahora una disquería, mientras que el cine terminó sus días convertido en un «persa». La librería se llamaba «El Pensamiento» y era atendida por su dueño, don Macario Ortés, un español republicano junto con su hijo Luis, quien era un destacado musicólogo. Cada vez que entraba al local había música clásica que salía de una vieja victrola. De esta librería me hice de varios libros, porque siempre tenía ofertas.

Modest Parera Casas.

Esta alusión al republicanismo y al origen español del librero podría inducir a pensar que se trataba de uno de los muchos republicanos españoles llegados precisamente a Valparaíso a raíz del resultado de la guerra civil de 1936-1939, y se da el caso además de que otro de los libreros famosos de esa ciudad, el catalán Modest Parera Casas (1910-2003), sí pertenecía a ese contingente de exiliados.

Una mención de pasada en Sin Dios ni patrones (Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena, 1890-1990), de Víctor Muñoz Cortés, no hace sino contribuir a aumentar esa confusión al respecto: «En Valparaíso, en tanto, algunos viejos libertarios como el refugiado español Manuel Escorza (redactor de la sección literatura de La Estrella) eran activos animadores de la vida cultural del puerto», frase que va además vinculada a una nota explicativa (la 269) en que puede leerse: «El poeta porteño Gregorio Paredes se refiere especialmente al refugiado español Manuel Escorza del Val, redactor y crítico literario del diario La Estrella, y a Macario Ortés, dueño de la antigua Librería El Pensamiento». Por su redactado, podría tenderse a suponer que, al igual que el cenetista barcelonés Escorza del Val (1912-1968) –quien además de escribir en La Estrella, fue corrector de pruebas en una imprenta–, Macario Ortes Ruiz también llegó a Chile en 1939.

Manuel Escorza del Val durante la guerra civil española.

Sin embargo, como se verá enseguida, la librería El Pensamiento y la llegada de Macario Ortes a esa ciudad chilena fue sin duda bastante anterior al final de la guerra civil española.

En 1919, el escritor, pedagogo y editor costarricense Joaquín García Monge (1881-1958) creó una importante revista destinada originalmente a divulgar por América una selección de los textos más interesantes o pertinentes aparecidos en español en muy diversas publicaciones periódicas (algo así como un Reader´s Digest cultural), Repertorio Americano, de cuya elaboración se ocupó personal y artesanalmente hasta casi el final de su vida. Para su distribución se sirvió de la colaboración de librerías dispersas por diversas ciudades a lo largo y ancho del continente (Managua, San Salvador, San Pedro Tula, Lima…), y en el caso de Valparaíso la dirección de referencia que aparece anunciada ya en el número correspondiente al 15 de septiembre de 1927 es: «Don Macario Ortes Ruiz. Casilla 4259». Así pues, la llegada de Ortes a la ciudad tuvo que ser necesariamente bastante anterior al inicio siquiera de la guerra civil española. Cabe la posibilidad, no obstante, de que se exiliara a Chile como consecuencia de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, que se extendió entre 1923 y 1930.

Gracias a una escrupulosa, documentada y minuciosa nota a pie de Ernesto Guajardo a los Diarios de Valparaíso, del escritor Alfonso Calderón (1930-2009), publicados en 2013 por RIL Editores, es posible acceder a mayor información acerca de esta librería y su fundador. Según anota Calderón en la entrada correspondiente al 11 de febrero de 1948:

Descubrí una gran librería en la calle Victoria se llama El Pensamiento y pertenece a don Macario Ortes. Voy casi todos los días, después de tomar el sol en Las Torpederas. Hay unas ediciones muy lindas de la Revista de Occidente, y él me cuenta de Ortega y Gasset y Unamuno, pero sobre todo de Marcelino Menéndez Pelayo, a quien vio muchas veces en Santander, tierra natal de ambos.

Resulta curiosa e incluso desconcertante la alusión al origen santanderino de Ortes, porque se le ha identificado también en ocasiones como nacido en Burgos. En la aludida nota a pie, Guajardo informa de la dirección de la librería (Victoria 2426), repasa diversos testimonios sobre sus características más notables y señala que, según Manuel Peña Muñoz, previamente se llamó El Pensamiento de Cuba, y cita un pasaje de Luis Díaz Valenzuela en el que se caracteriza a Ortes Ruiz como un hombre cultísimo y melómano, que no tenía inconveniente en que sus clientes curiosearan largamente y a placer entre los anaqueles de su establecimiento. En cuanto a los fondos de la librería, al parecer los caracterizaban las ediciones antiguas y raras y, sobre todo, un completísimo contingente de las mejores revistas culturales y universitarias de los más diversos países.

Unos años antes de la edición en RIL de esos diarios de Calderón, la periodista Berta Morales (1949-2010) había publicado en el periódico santiaguino La Época un reportaje titulado «En el mundo de las ruinas es uno de los últimos libros que adquirió Pinochet» (19 de septiembre de 1988), en el que aportaba otros datos valiosos acerca de Macario Ortes, entre los cuales destaca que uno de sus clientes habituales, desde el año 1930, cuando era todavía un escolar, fue Augusto Pinochet (1915-2006), que además regresaba periódicamente a esta librería. Tampoco es de menor interés la fecha de la muerte de Macario Ortes (1975), momento en que el negocio pasó a manos de su hijo Luis, de quien Berta Morales daba algunas declaraciones interesantes en las que rememoraba la última visita del célebre dictador bibliófilo.

Luis Ortes Jorcano.

Quizá no tenga mucho mérito haber sido uno de los libreros de referencia de Pinochet, pues según señala el periodista Juan Cristóbal Peña (autor de La secreta vida literaria de Augusto Pinochet), «casi no hubo librero en Chile que no tuviera tratos con Pinochet», y Luis Ortes explicó que «las periódicas visitas de Pinochet a la zona son un fuerte aliciente para la siempre modesta curva de las ventas: el general siempre compra cuatro, ocho, doce y hasta quince mil pesos».

Pero el mencionado artículo en La Época proporciona otros dos datos de interés. Al parecer, una de las primeras cosas que hacía el dictador chileno por antonomasia al entrar en El Pensamiento era admirar la reproducción galvánica que en 1984 la Editorial Bibliografica Chilena otorgó la librería «por su labor en la difusión del libro». Pero además, concluye el texto señalando que «en su época de esplendor fue el punto de encuentro de escritores como Mariano Latorre [1886-1955], Luis Durand [1895-1954], Alfonso Calderón, José Santos González Vera [1897-1970], Joaquín Edwards Bello [1887-1968] y Plablo Neruda [1904-1973]». No está nada mal la clientela.

Fuentes:

Alfonso Calderón, Diario de Valparaíso, prólogo de Allan Browne, selección y notas de Ernesto Guajardo, Santiago de Chile, RIL Editores, 2013.

DPA, «Pinochet juntó la mayor biblioteca privada de América Latina por un “complejo de inferioridad”», La Jornada, 8 de mayo de 2013.

Eddie Morales Piña, «De libros y bibliotecas», Epicentrochile, 4 de agosto de 2012.

Víctor Muñoz Cortés, Sin dios ni patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990), Valparaíso, Mar y Tierra Ediciones, 2013.

Berta Morales, «El mundo de las ruinas es uno de los últimos libros que adquirió Pinochet», La Época, 19 de septiembre de 1988, p. 5.

Origen y primera época de la editorial chilena Nascimento

Es bien sabido que en el origen de una de las más importantes editoriales chilenas del siglo XX, Nascimento, está la iniciativa de un portugués originario de isla Corvo (en las Azores) llegado a América a finales del siglo XX, Juan Nascimento.

Fachada de la librería en la calle Ahumada.

Al poco tiempo de llegar a Chile, en 1875 Juan Nascimento fundó una librería en el número 265 de la calle Ahumada, que sigue el trazado del Qhapaq Ñan (Camino del Inca) pero debe su nombre a Juan de Ahumada (capitán de la hueste de García Hurtado de Mendoza, nombrado regidor perpetuo, alférez real y alcalde la ciudad) y que tal vez sea la única calle de Santiago que mantiene el nombre que le dieron los conquistadores españoles.

La librería Nascimento no tardó en ganar creciente prestigio entre la gente de letras por disponer de uno de los más surtidos y mejor seleccionados stocks de libros franceses y españoles, lo que a su vez le convirtió en una empresa comercialmente sólida y en polo de atracción de la intelectualidad santiaguina, que en la misma zona donde se ubicaba la librería tenían a su disposición numerosos cafés (justo enfrente de la librería estaba el Astoria, por ejemplo) que le servían de punto de encuentro.

Interior de la librería y editorial.

Sin embargo, hubo que esperar a la muerte del más o menos olvidado Juan Nascimento para que arrancara el negocio editorial. Del fundador de la librería se conservan cartas en que intenta atraer a algunos de sus familiares a Chile: «Este es un país magnífico ─escribe en una de las cartas conservadas─. Es muy fértil, tiene un clima admirable, las gentes son buenas, sobrias, sencillas. El chileno es muy honrado. Da su palabra y no falla». Uno de sus sobrinos, Carlos George-Nascimento, siguió su consejo. Así lo contó Enrique de Santiago:

En 1905, [Carlos George-Nacimento] decide abandonar su isla, para dirigirse primeramente a EEUU, a visitar a sus hermanos y meses después viaja hacia Chile en busca de nuevos horizontes. En noviembre de ese año llega a Valparaíso, desde donde toma un tren hacia nuestra capital. Acá llega en busca de un empleo donde su tío Juan Nascimento, quien era dueño de una librería en calle Ahumada. En esa ocasión no tiene buena acogida y decide trasladarse a Concepción al día siguiente.

En la ciudad penquista, encuentra trabajo y conoce a Rosa Elena Márquez con quien contrae matrimonio en mayo de 1915. Ella pertenecía a la Sociedad La Ilustración de la Mujer, de la Confederación Obrera de Concepción. La participación activa en estas sociedades de lectura de quien será su esposa y compañera de aventura editorial, tendrá a futuro suma importancia, ya que siempre él escuchaba los comentarios literarios que le hacía Rosa Elena.

Por su parte, en Concepción Carlos se afilia a la Sociedad de Socorros Mutuos Lorenzo Arenas, entre cuyas prestaciones a sus socios se contaba la asistencia educativa mediante bibliotecas y escuelas nocturnas, lo que sin duda tuvo que contribuir a una formación intelectual de la que él siempre hablkó con quizás excesiva modestia.

En cualquier caso, a la muerte de su tío, en 1916, se vio heredero de una parte de la librería, así que viajó a Santiago con el propósito inicial de liquidarla y repartir los beneficios, pero en el último momento cambia de opinión, decide tomar las riendas del negocio y pagar la parte que les correspondería a los otros herederos con lo que obtenga del negocio.

Carlos George-Nascimento.

Enseguida su idea es potenciar un aspecto que para su tío había sido ya no secundario sino excepcional, así que en 1917 recupera el librito de Luis Caviedes Jeografía Elemental [sic] que en 1909 había aparecido con pie editorial «Casa Editora Juan Nascimento» y lo publica bajo la rúbrica «Casa Editora Librería Nascimento, 1917. Imprenta Universitaria. Santiago de Chile». A este libro inicial le sigue aún en 1917 una antología con la Poesía del bohemio Pedro Antonio González (1863-1903), y pone los cimientos de lo que será una de las editoriales más importantes de Chile y una de las más influyentes en la proyección de su literatura.

Acaso inseguro de su formación, ante el éxito de esta iniciativa Nascimento buscó el asesoramiento de Eduardo Barrios (1884-1963) y Raúl Simón (1894-1969), ambos por entonces profesores en la universidad de Chile, y poco después aparecían la novela El hermano asno, de Eduardo Barrios, que tenía a sus espaldas ya una cierta obra como dramaturgo además de El niño que enloqueció de amor (1915) y la novela Un perdido; La señorita Ana, del periodista y escritor Rafael Maluenda (1885-1963), de quien escribe Luis Alberto Sánchez que «tenía fama de ser uno de los mejores cuentistas chilenos», y Cien nuevas crónicas firmadas con un seudónimo sacado de Julio Verne, César Cascabel, que correspondía a Raúl Simón.

La privilegiada localización de la librería, cercana al vetusto Café Hevia (fundado en 1831), la Confitería Torres y otros cafés famosos como el Lucerna, el Waldorf, la Novia, el Santos o el Haití, propició que los sábados se convirtiera en punto de reunión y de tertulia, lo que no hizo sino consolidar y acrecentar su posición, y con el viento en popa, Nascimento compró en 1923 una antigua máquina Marinori y alquiló un local en la calle Arturo Prat 1434 para instalar un taller de impresión propio.

Fachada de la librería en la calle San Antonio, 390.

Quizá fuera Bernardo Subercaseaux quien estableciera la idea ampliamente compartida de que entre 1930 y 1950 se produce una «época de oro de la industria editorial y del libro en Chile», pero en cuanto a la promoción de autores chilenos Nascimento se anticipó un poco y en 1923 publicaba a autoras que luego serían tan importantes como Gabriela Mistral (1889-1957),de quien edita por primera vez en Chile una edición aumentada del poemario Desolación (publicado el año anterior en Nueva York) y Marta Brunet (1897-1967), de quien publica el libro de relatos Montaña adentro.

Cubierta de una edición facsímil de la primera de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Por aquellos mismos años, a un jovencito Pablo Neruda (1904-1973), el responsable de publicaciones de la Universidad de Chile, Carlos Acuña (1886-1963), le había rechazado la singular copia de Veinte poemas de amor y una canción desesperada que el venerable poeta y bibliotecario Augusto Winter (1868-1927) había mecanografiado sobre hojas cuadradas de papel de embalar cortadas a serrucho, así que Neruda se lo ofreció a Nascimento, que ya empezaba a parecer destinado a convertirse en el gran editor de los jóvenes literatos chilenos. Tras una primera negativa, al parecer fue la intercesión del poeta Pablo Prado y sobre todo la de Eduardo Barrios lo que acabaron por convencerlo. Y si bien descartó la posibilidad de cortar el papel a sierra, sí adoptó el formato cuadrado, que acabaría por convertirse en distintivo de las ediciones de poesía de Nascimento. Así lo contaba el propio Nascimento, según lo atestigua Volodia Teitelboim: «me convenció y hasta tuve que hacer el libro a la medida que él pidió: un formato grande, cuadrado, que no era nada económico porque se perdía mucho papel». El libro apareció en el mes de junio, cuando apenas faltaba un mes para que el poeta cumpliera los veinte años, y no tardó en convertirse en uno de los libros más famosos, editados, pirateados y leídos de Neruda, a quien además Nascimento proporcionó de inmediato trabajos editoriales, como es el caso de la traducción y prólogo de unas Páginas escogidas (1924) de Anatole France, además de encargarle una novela, El habitante y su esperanza (1926) y publicarle en los años posteriores el grueso de su obra: Tentativa del hombre infinito (1926), Anillos (1926), una segunda y definitiva versión de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1932), Residencia en la tierra (1925-1931) (1933)…

Sin embargo, esto cambió cuando Neruda regresó de España, por entonces sumida en la guerra civil. A la propuesta que le hizo el director literario de la editorial Ercilla, Luis Alberto Sánchez, de reeditar algunos de sus libros, el poeta respondió cuando se lo planteó en el café Viena:

«Con mucho gusto autorizaré la edición de mis libros por Ercilla. Nascimento no difunde sus libros en el exterior, ustedes sí, pero impongo una condición: que lo primero que salga sea España en el corazón y que me haga un adelanto sustancial». Asentí. Al día siguiente tenía en mis manos el original del libro, que yo conocía fragmentariamente, y le entregué un cheque por quince mil pesos; que entonces era una suma apreciable; yo ganaba en ese momento unos cinco mil pesos mensuales, juntando sueldos, traducciones y royalties.

Fuentes:

Anónimo, «Editorial y Librería Nascimento (1875-1986)», en Memoria Chilena.

Anónimo, «Nascimiento, el editor de la literatura chilena»,  Atenea. Revista de Ciencia, Arte y Literatura de la Universidad de Concepción,  núm 436 (segundo semestre de 1977), p. 333-334.

AA.VV. ¡Adiós Nascimento! Asimpres Informa (Revista de la Asociación Gremial de Impresores de Chile), núm 35 (número especial dedicado a Nascimento), con artículos de Martín Cerdá, Roque Esteban Scarpa, Braulio Arenas, Andrés Sabella, Rosa Cruchaga de Walker, Alfonso Calderón y otros sin firma.

Chilenostálgico, «Librería y Editorial Nascimento, Ahumada, 125», Chile Nostálgico. Pasado y Presente en una Fotografía, 5 de mayo de 2016.

Marisol García, «Carlos George Nascimiento: el editor fecundo», Revista Dossier (Universidad Diego Portales), núm 6.

Joaquin Pérez Arancibia, «Calidad literaria nacional y edición. La importancia de la editorial Nacimiento en la creación de un campo literario nacional, 1930-1950» (I y II), Mito. Revista Cultural, 22 de septiembre y 9 de octubre de 2004.

Milton Rossel, «Evocación de la Librería Nascimento », El Mercurio, 26 de enero de 1966, p. 5.

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, prólogo de Miguel Laborde, Santiago, Tajamar Editores (colección Alameda), 2004.

Enrique de Santiago, «Nascimento, de mar a mar, una aventura editorial», Escáner Cultural, 20 de noviembre de 2014.

Daniel Schidlowsky, Neruda y su tiempo: las furias y las penas, Santiago, RIL Editores, 2008.

Subercaseaux, Bernardo. Historia del libro en Chile (Alma y cuerpo), Santiago, Lom Editores, 2000.

Catalonia, la librería y la editorial chilenas

Al pueblo chileno, que a tantos intelectuales catalanes acogió en 1939

Apenas iniciada la primera década del siglo XXI, se abrió en Santiago de Chile una librería cuyo nombre remitía de inmediato a una de las más míticas e influyentes de cuantas estuvieron en activo en Barcelona durante la Segunda República, Catalonia. La Catalonia catalana la había fundado el luego famoso impulsor de Editorial Sudamericana, Antoni López Llausàs (1888-1979), asociado a Manuel Borràs de Quadras y al más tarde editor de la legendaria Selecta Josep Maria Cruzet (1903-1962). Sucedía esto en 1924 e inicialmente con sede en la plaza Catalunya, en lo que hasta entonces había sido un comercio de material eléctrico, y enseguida empezó a destacar como una librería moderna, entre cuyas peculiaridades estaba la posibilidad de hojear los libros, dispuestos contra lo que era habitual en mesas en lugar de en anaqueles, y la musculosa actividad cultural que generó, incentivo y promovió (conferencias, debates, lecturas, presentaciones de libros…). Hay testimonio gráfico del enorme despliegue que solían llevar a cabo con motivo del Día del Libro, pero todo eso concluyó como consecuencia del resultado de la guerra civil española, tras la cual se vio obligada a cambiar su nombre por el de La Casa del Libro.

La Catalonia barcelonesa.

Tendrían que pasar casi sesenta años para que alguien les tomara el relevo. Unos pocos años antes de la creación de la Catalonia barcelonesa, en 1918, había llegado la luz a lo que a principios de siglo era una zona del sector oriente de Providencia (en Santiago de Chile), donde existía un famoso establecimiento de restauración con música y baile regentado por unas hermanas (las Urbinas), en el que solían detenerse los habitantes del centro que salían hacia la periferia en busca de espacios más abiertos y rurales. De estas hermanas procede el nombre de la calle en la que estaban, el callejón de las Urbinas, donde, pasado el tiempo y modernizada la zona, en el año 1996 Drina Beovic Gómez (1948-2001), a quien su hija Laura Infante Beovic recuerda como «muy sociable y alegre», decidió fundar la librería Catalonia.

Drina Beovic.

La web de esta librería, que en los años noventa llegó a disponer de cuatro establecimientos diseminados por la capital chilena, pone claramente de manifiesto la voluntad de dar continuidad al proyecto catalán:

…desde su comienzo intentó recoger la tradición de la mítica librería barcelonesa de la plaza Cataluña, en España. En su inicio, la librería desarrolló una importante difusión de catálogos de editoriales hasta entonces desconocidas para el lector chileno, y se destacó por la gran cantidad de actos culturales que buscaban vincular al lector y al autor. Llegó a tener cuatro locales de venta existentes en los noventas, lo que la posicionó como una de las librerías más importantes de la capital.

A la muerte de la fundadora, la librería vivió una etapa de cierta languidez, ya con sólo la sede de Las Urbinas en pie, pero mientras tanto el editor de la diáspora Arturo Infante Reñasco, hermano menor del poeta Sergio Infante Reñasco, había creado a finales del año 2003 la Editorial Catalonia, que se presenta como «una empresa chilena, independiente, de vocación literaria y cultural». Sergio Infante, que huyendo de la dictadura de Pinochet se había establecido en Barcelona, cuando fundó la editorial Catalonia tenía ya una larga trayectoria en el mundo editorial, que había iniciado en 1974 en Seix Barral, después de haberse licenciado en filología hispánica en la Universitat de Barcelona. Posteriormente, además, había dirigido la sede bonaerense de esta editorial, de donde pasó a dirigir la del Grupo Planeta en la misma ciudad hasta que regresó a Chile para fundar y dirigir la estructura de Editorial Sudamericana (que por entonces dirigía la nieta de Antoni López Llausàs, Gloria Rodrigué) en Chile, hasta el momento en que Sudamericana fue subsumida en lo que por entonces era el Grupo Random House- Mondadori (hoy Penguin-Random House).

Antes de que terminara 2003 aparecían en la Editorial Catalonia la Historia de Chile desde la invasión incaica hasta nuestros días, de Armando de Ramón (1927-2004), Premio Nacional de Historia en 1998 y conocido sobre todo por sus obras sobre historia del urbanismo; Chile, un país dividido, del profesor y luego diplomático Carlos Huneeus e Historia de los antiguos mapuches del Sur, del antropólogo José Bengoa, que obtuvo por él el Premio Municipal de Literatura, pero también los menos académicos Diario enamorado, del veterano poeta y ensayista Armando Uribe Arce, y Las diez cosas que un hombre en Chile debe hacer de todas maneras, de la periodista Elizabeth Subercaseaux (cuya carrera en la ficción había iniciado en 1986 con el libro de relatos entrelazados Silendra, publicado por Ediciones del Ornitorrinco) y sobre todo, Allende, cómo la Casa Blanca provocó su muerte, de la periodista y escritora Patricia Verdugo (1947-2008), cuyo resonante éxito permitió asentar los pilares de una labor a más largo plazo.

Progresivamente, desde la historia y las ciencias políticas, el foco de Catalonia fue abriéndose a las crónicas y libros de testimonio, la filosofía, la investigación periodística y, en el ámbito de la ficción, a la narrativa, la poesía y el libro infantil. Y, además de ser fiel editor de alguno de los autores iniciales, como es el caso Bengoa (El tratado de Quilín, 2007, y la reedición de Mapuche, colonos y el Estado nacional, 2014), ha incorporado a su catálogo a escritores de prestigio como, entre otros muchos, la antropóloga Sonia Montecino (Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2013), a quien entre otros libros publicó una reedición ampliada y actualizada de Madres y huachos, alegorías del mestizaje chileno (2007), el filósofo Humberto Giannini (1927-2014), también galardonado con el Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (en 1999) y que con La metafísica eres tú (Catalonia, 2007) obtuvo el Premio Nacional del Libro y la Lectura 2008 y el Premio Altazor de Ensayo 2009, o el abogado y escritor comunista Volodia Telteiboim, a quien en 2004 le publicaron Neruda 100 Multiuso/Todoterreno.

Paralelamente al crecimiento del catálogo de la editorial, Catalonia se convirtió además en una de las distribuidoras de referencia para las editoriales españolas, y gestiona por ejemplo los catálogos de Blackie Books, Comanegra, Candaya, Plataforma Editorial, Claret, Serres, así como sellos de varios países latinoamericanos (Brujita de Papel, Latin Books, Peisa, Libros de la Araucaria, Losada…).

Al iniciarse la segunda década del siglo, la librería recibió un nuevo impulso, se revitalizó y modernizó, abrió en 2015 una sucursal en Santa Isabel (también en Providencia), empezaron a organizar encuentros, debates, talleres y uno de los primeros y más importantes clubs de lectura de Santiago de Chile, dirigidos por la profesora de Letras María José Navía y el pedagogo y librero de la Catalonia Gerardo Jara, en los que la inscripción a los mismos consiste en la compra del libro que se comenta y que no tardó en ramificarse en tres: un club de poesía, a cargo del editor y profesor de literatura James Staig, otro de narrativa y un tercero de ensayo feminista, dirigido o coordinado por la historiadora, biógrafa y editora de contenidos de Memoria Chilena María José Cumplido, autora de Chilenas (2017), Chilenas rebeldes (2018), Chilenas rebeldes 2 (2019).

Al frente de esta renovación y ampliación, cuando se cumplían diez años de la muerte de Drina Beovic, estaban sus hijas Catalina (también editora en Catalonia) y Laura Infante Beovic, así que no sería de extrañar que quizás algún día Las Urbinas se conozca como las Infante Beovic…

Fuentes:

Web de la Librería Catalonia

Web de la Editorial Catalonia

Martí Crespo, «Unes llibreries Catalonia a 11.000 km, de Barcelona», Vilaweb, 5 de septiembre de 2019.

Vale Lopresti Fuenzalida, «El boom de los clubes de lectura en Chile explicado por un librero», El Definido, 14 de mayo de 2014.

Tamy Palma, «Laura Infante: “Mi mamá murió el día de mi cumpleaños» (entrevista), La Tercera, 29 de marzo de 2019.

 

Los orígenes (y lo que no se ve) de Páginas de Espuma

Cuando el proyecto apenas contaba tres años, Juan Casamayor, álma mater con Encarnación Molina de la editorial Páginas de Espuma, publicó un breve texto marcadamente cartesiano titulado «Tengo una impresión, luego edito» donde contaba con qué bagaje y con qué armas se lanzó a la aventura, y en el que queda claro que cuando se decidió a crear lo que empezó siendo una empresita muy hogareña había hecho ya todo un aprendizaje acerca del mundo en que aun así decidió meterse.

Partiendo de mis impresiones surgió la idea; partiendo del entorno con el que convivo, surgió la iniciativa, estimulante, preciosa y terrible, de re-inventar un sello editorial. Y mi experiencia en este sentido es similar a la de otros editores que conozco, que se embarcaron en el nacimiento y materialización de su idea editorial a partir de sus impresiones: algunos de ellos desde la prosperidad intelectual del medio, desde la creación literaria o desde la librera, como es el caso, para mí muy cercamos, de Cristina Vizcaíno desde la combativa Cultar a su participación en Editorial Fundamentos en los madrileños años sesenta, o de Delfín Seral, desde… siempre a su preciosa Clan Editorial. Es decir, uno fue lector, corrector, feriante en Madrid o en Fráncfurt… antes que editor independiente; conocedor del medio antes que partícipe con plenitud del mismo.

Encarnación Molina y Juan Casamayor.

No puede decirse que los referentes elegidos por entonces por Casamayor, ambos de estirpe aragonesa, carecieran de abolengo. En el caso de Cristina Vizcaíno Auger, en 1970 formó con su marido Juan Serraller Ibáñez y la madre de éste, Juana Ibáñez Ajuria, el trío fundador de la mencionada Editorial Fundamentos, y en ella se ocupó con Juan Serraller de trazar la línea editorial y del departamento de producción de una empresa que desde su aparición —con un catálogo en el que abundaban los textos de raigambre marxista y underground— tuvo a la censura franquista pisándole (o más bien pisoteándole) los talones. Poco se recuerda también que a un autor tan difícil de vender como Thomas Pynchon lo introdujo en España Fundamentos, a sugerencia del poeta Julián Ríos, en la colección Espiral que este último dirigía. Más tarde, Vizcaíno fundaría una agencia literaria, pero encontraría también tiempo traducir el ensayo de Philippe Sollers Sade. Sade en el Tiempo. Sade contra el Ser Supremo, que en España publicó Páginas de Espuma.

Por lo que se refiere a Serafín Seral Aranda, hijo del escritor, galerista y editor vanguardista Tomás Seral (1908-1975), se formó en la librería que en 1945 había establecido en Madrid su padre, Clan, que como sello editorial había publicado, entre muchos otros libros interesantes, Cuentos de fin de año (1947), de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Las palmeras de cartón (1948), de Ángel Antonio Mingote (1919-2012), Julio Ramis. Pintura (1948), de Paul Bowles (1910-1999), Maruja Mallo. Arquitecturas (1948), de Jean Cassou (1897-1986), Violento idílico, de Miguel Labordeta (1921-1969) y Mundo a solas (1950) de Vicente Aleixandre (1898-1984), galardonado como el Libro Mejor Editado en ese año. Delfín Seral dio continuidad a la editorial Clan, y cualquier aficionado a los libros recordará sin duda sus ediciones de El Manual del dorado de libros (2000), de José Vicente Torrente Secorún o La encuadernación japonesa (2011), de Kojiro Ikegami, en traducción de Eduardo Giménez Burgos, o los preciosos libros ilustrados y con diseños de cubierta de Marina de Arespacochaba.

En una entrevista en 2017, además de señalar que de Delfín Seral –a quien describe como «un experto en la artesanía del libro»– aprendió «el mimo de los libros», Casamayor añadió algunos otros editores que en algún aspecto le sirvieron como modelos y que resultan quizá un poco menos sorprendentes para quien hubiera seguido la trayectoria de Páginas de Espuma en los quince años transcurridos desde la publicación de «Tengo una impresión, luego edito»: Lengua de Trapo, Jacobo Siruela, Jorge Herralde y Gustavo Guerrero.

Nacida en los prolegómenos de una oleada de pequeñas editoriales españolas, a la altura de 2017 Páginas de Espuma se había asentado sobradamente como la gran editorial independiente en el género del cuento, no ya solo en el ámbito hispano sino a nivel internacional, porque costaría encontrar otro ejemplo tan intensa y claramente comprometido con el género narrativo breve, e incluso hiperbreve, como este del que es la cara visible Juan Casamayor. Eso a veces relega a la sombra el hecho de que el primer libro que publicaron fuera Escritos, del cineasta aragonés Luis Buñuel (editados por Manuel López Villegas), en el que se ponía ya de manifiesto el peso invisible de Encarnación Molina, gran aficionada al cine.

Esa misma identificación entre Páginas de Espuma y el libro de cuentos resta visibilidad también a otra colección tan importante como la dedicada al ensayo, en la que se publicó la que probablemente será la biografía canónica del escritor aragonés Ramón J- Sender durante muchos años (obra de Jesús Vived Mayral), pero en la que destacan asimismo varios títulos de autores como Eugene Ionesco, Robert Louis Stevenson, Julian Marías o Eugène Ionesco y obras críticas de referencia como Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico, de David Roas, Cuentos y cuentistas. El canon del cuento, de Harold Bloom, El arquero inmóvil. Nuevas poéticas del cuento, editado por Eduardo Becerra, o Soplando vidrio y otros ensayos sobre el microrrelato español, de Fernando Valls.

Desde luego que Páginas de Espuma es indiscutiblemente la gran editorial del cuento en el ámbito de la edición en lengua española. Pero no sólo eso, cosa que vieron antes en la mexicana Feria Internacional del Libro de Guadalajara (que la distinguió con el Homenaje al Mérito Editorial en 2017) que el Ministerio de Cultura y Deporte Español (que la galardonó con el Premio a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2019).

Fuentes:

Je suis de la Martinique, «Thomas Pynchon: el novelista que sabe lo que está pasando», Los madrugones del MK, 16 de diciembre de 2017.

Juan Casamayor, «Tengo una impresión, luego edito», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 14-17.

Sonia Fernández, «Aires nuevos en el sector editorial», La Vanguardia, 23 de febrero de 2001, pp. 8-9.

Daniel Gascón, «El editor debe estar comprometido con la literatura de su tiempo», Letras Libres, 14 de noviembre de 2017, pp. 58-59.

Fernando Palmero, «Los otros editores. Páginas de Espuma» (entrevista a Juan Casamayor y Encarnación Molina), Leer (abril de 2005), pp. 30-33.

Ramón Tena Fernández, «Reacciones de la Editorial Fundamentos ante la censura franquista: entrevista a Cristina Vizcaíno Auger», Revista Chilena de Literatura, núm. 98 (noviembre de 2018), pp. 383-394.

Antecedentes de la editorial Adriana Hidalgo: el riojano Pedro García y El Ateneo

El eminente historiador de la edición José Luis de Diego describe con particular acierto la transición que supuso la compra en 1998 de la librería y editorial argentina El Ateneo por parte de la petrolera Ilhsa hasta la posterior conformación y consolidación del catálogo de la editorial Adriana Hidalgo como un reciclaje de capital simbólico.

Pedro García Fernández.

Para entonces, El Ateneo tenía una ya más que longeva historia. Su fundador, Pedro García Fernández (1884-1948), había nacido en Anguiano (La Rioja) en el seno de una familia numerosa cuyo hijo mayor, Martín (maestro de profesión), había emigrado en el cambio de siglo y había abierto una librería en La Plata.

Diez años más tarde emigraron también sus hermanos Francisco, Manuel y Pedro y, después de trabajar unos meses con Martín, por entonces embajador español en Argentina, Pedro García abrió en 1913 la librería El Ateneo, originalmente en el número 651 de la calle Victoria (luego rebautizada como Hipólito Yrigoyen) y caracterizada como «Librería Científica y Literaria» y «Casa Editora». El rápido éxito de esta iniciativa hizo que ya en 1917 se trasladara a la muy cosmopolita y transitada calle Florida (inicialmente al número 371 y más adelante al 340), y que se convirtiera en punto de referencia. Los viajes que llevó a cabo el muy activo Pedro García contribuyeron a acrecentar su prestigio tanto entre sus nuevos compatriotas como entre las principales editoriales francesas y españolas.

Lo cierto es que la fundación de El Ateneo coincidía con un momento pujante del mercado librero argentino en las primeras décadas del siglo XX, en el que la presencia de españoles emigrados era bastante notable: en 1914 el madrileño Tomás Pardo había abierto la Librería General y el gallego Julio Sánchez la Cervantes, dos años después el también madrileño Calixto Perlado puso en funcionamiento su librería, coincidiendo con la apertura también de la Librería de los Estudiantes, del asimismo español Francisco García López, y en 1918 el compostelano Jaime Moreira abre las puertas de la Librería Argentina. Por el camino, además, el hijo del periodista y crítico literario mallorquín Joan Torrendell i Escalas (1869-1937), Joan Carles Torrendell, había puesto en marcha en 1916 la editorial Tor.

En el ámbito propiamente editorial, son los años en que se ponen en marcha editoriales más o menos efímeras, como La Cultura Argentina (1915), de José Ingenieros; la Biblioteca Argentina (1915), de Ricardo Rojas; las Ediciones Mínimas (1915), de Leopoldo Durán, las Ediciones Selectas América (1919), de los hermanos Glusberg (Samuel y Leandro) y poco después el emigrante español Antonio Zamora creará la Cooperativa Editorial Claridad (1922).

En uno de sus viajes a la Península, Pedro García se casó con Francisca Rueda (nacida en Argentina pero residente desde niña en España), lo que en buena medida explica que, entre los muchos familiares a los que integró en su pujante negocio, se encontrara un joven destinado a convertirse en otro de los grandes editores en Argentina, Santiago Rueda (1905-1968), que después de casi veinte años en El Ateneo y alcanzar el puesto de encargado de la sección de literatura fundó la editorial con su nombre muy cerca de la librería. Otro fichaje trascendente fue el del pontevedrés Francisco Gil Cota, que entró en 1931 (a los dieciséis años) como recadero y, con el tiempo, no sólo se convertiría en «el librero favorito de Borges», sino que llegaría a ser Librero Mayor de Buenos Aires y fundador de la Feria del Libro de la capital argentina.

Una de las curiosidades del catálogo de El Ateneo de la primera mitad del siglo XX es el libro pionero (¿fundacional?) del longevo bibliófilo Domingo Buonocore (1899-1991) Libreros, editores e impresores de Buenos Aires (1944). Sin embargo, al principio el crédito de El Ateneo se basó sobre todo en el libro científico (Biblioteca de Semiología, Biblioteca de Terapéutica Clínica, Biblioteca de Patología Médica, etc.) y en particular de obras vinculadas a las ciencias de la salud. Acaso como consecuencia del republicanismo socialista de Pedro García, el higienismo fue uno de sus principales puntos de interés, campo en el que contó con el asesoramiento de los eminentes Bernardo Houssay (1887-1971), premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1947, y Luis Federico Leloir (1906-1987), premio Nobel de Química en 1970.

Uno de los primeros libros de El Ateneo, Organización de la Confederación Argentina (1913), de Juan Bautista Alberdi (1810-1884).

Entre los autores en lengua española a los que publicó El Ateneo destacan por ejemplo el psiquiatra exiliado Emilio Mira y López (1896-1964), que durante la guerra civil española había dirigido el Institut d’Adaptació Professional de la Dona de la Generailtat de Catalunya y desde 1938 había asumido la jefatura de los Servicios Psiquiátricos del Gobierno Español. Ya en 1940 publicó en El Ateneo Problemas psicológicos actuales, al que seguirían en rápida sucesión Psicología evolutiva del niño y del adolescente (1941), Manual de Psicología jurídica (1942, publicado originalmente en 1932 por Salvat), Manual de Psiquiatría (1943, reedición del publicado por Salvat en 1935), Cuatro gigantes del alma (1947), Psiquiatría básica (1948), Compendio de Psiquiatría (1948), Factores psicológicos de la productividad (1961), Psicología de la vida moderna (1963)…

Tras la muerte de Pedro García la madrugada del 29 de noviembre de 1948, sus hijos Pedro y Eustasio garantizaron la continuidad e incluso el crecimiento de la empresa (cuyo catálogo se había enriquecido con literatura tanto traducida como en español), y en los años sesenta alcanzó fama como centro aglutinador de la intelectualidad bonaerense, con el ya mencionado Gil Cota como protagonista principal, y sus tertulias y «peñas de escritores», en las que eran habituales Victoria Ocampo (1890-1979), el polifacético Conrado Nalé Roxlo (1898-1971), Jorge Luis Borges (1899-1986), el bibliotecario y escritor Leopoldo Marechal (1900-1970), Eduardo Mallea (1903-1982), el pintor y muralista Antonio Berni (1905-1981), el artista hispanoargentino Luis Seoane (1910- 1979), Manuel Mujica Lainez (1911-1984), la poeta Olga Orozco (1920-1999), el dramaturgo Carlos Gorostiza (1920-2016), el actor barcelonés Alberto Closas (1921-1994), la actriz Analia Gadé (1931-2019)…

En estas tertulias y encuentros se ha identificado el germen de lo que sería a partir de septiembre de 1969 la Primavera de las Letras, caracterizada por la firma de ejemplares por parte de los más destacados escritores bonaerenses, que a su vez está en el origen de lo que acabaría por desembocar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

En el ámbito más puramente editorial, los años sesenta culminan en El Ateneo con la aparición en 1967 de una de los más ambiciosos proyectos de la casa, la Enciclopedia El Ateneo, en un momento en que tanto la editorial como la librería no dejaban de crecer y diversificarse (con sedes en diversas ciudades argentinas y capitales sudamericanas, así como en México, Barcelona, Houston…).

Fuentes:

José Luis de Diego, «Semblanza de Santiago Rueda (1905-1968)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED, 2018.

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019, pp. 13-32.

Eustasio García, El Ateneo, vida y obra de Pedro García, Buenos Aires, Editorial Dunken, 2004.

Hugo Klappenbach, «Dos aspectos de la influencia española en la psicología argentina. Autores y editores», Revista de Historia de la Psicología, vol. 28, núm. 4 (2007), pp. 35-48

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo 9), 2006

Ada Martí, una barcelonesa entre los boquinistas parisinos (II)

Los avatares de la periodista, narradora y pedagoga anarquista Ada Martí desde que al término de la guerra civil española cruzó la frontera hasta que se estableció como librera de lance en París son más difíciles de seguir que los años anteriores porque llevó una vida nómada y semiclandestina que en buena medida estuvo marcada por su compleja e intensa vida sentimental.

Al parecer, pasó una breve primera etapa en Francia en el campo de refugiados de Argelés, pero en cuanto pudo salir, si no colaboró con la Resistencia fue acaso por considerarla una organización marcada excesivamente por un sentimiento nacionalista francés con el que de ninguna manera podía congeniar, pero dedicó sus esfuerzos a ayudar a los exiliados republicanos mediante la colaboración con diversas organizaciones creadas para este fin, y en particular con el SIA (Solidaridad Internacional Antifascista), así como con sus contactos entre las organizaciones estudiantiles en diversos países americanos. Como explicó Abel Paz en el periódico de la CNT en el exilio Solidaridad Obrera:

Ada desde Orleans fue tejiendo un rosario de correspondencia entre ella y los antiguos afiliados a la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios. Confortó a todos con su correspondencia optimista, ayudó cuanto pudo haciendo gestiones en uno y otro lado para dulcificar la vida de los que no tenían otro horizonte que el mar y más lecho que la arena.

También es Abel Paz quien relata un encuentro con una de las mejores amigas de Ada Martí, Eva Cascante, en 1941, en este caso en Burdeos, quien le proporcionó su dirección en el París ocupado, donde inicialmente vivió con un enigmático Frédéric Sylveire, baron de Osten Laken (¿profesor danés?). No parece haber muchas trazas de cómo se ganó la vida Ada Martí durante la segunda guerra mundial, pero una vez concluida esta intentó reingresar en la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), contando para ello con el aval de dos amigos y personajes de peso, Antonio García Birlán (1891-1984) y Gaston Leval (Pierre Robert Pillier, 1895-1978). El periodista y traductor García Birlán, que a menudo firmaba como Dionisios, había sido un miembro destacado de Tierra y Libertad y posteriormente había dirigido la revista valenciana Estudio, en la que había colaborado Ada, y en 1939 había entrado a formar parte del consejo general del Movimiento Libertario Español, antes de empezar dirigir y colaborar en cabeceras anarquistas y a trabajar como corrector de la Enciclopedia Larousse. Por su parte, el historiador Gastón Leval, a quien es muy posible que Martí conociera también a través de las publicaciones periódicas en que ambos habían colaborado durante la guerra (Estudios, Ruta, Tierra y Libertad), desde que en agosto de 1940 había logrado evadirse de la prisión de Clairvaux (Aube) vivía clandestinamente con nombres falsos (entre ellos, Nicasio Casanova); el hecho de haber trabajado episódicamente en los restaurantes comunitarios creados por el Socorro Nacional del gobierno Petain propició que en 1945 fuera apartado de la Federación Anarquista, pero como Nicasio Casanova representó a la CNT en el mitin que esta organización celebró en París el 14 de octubre de 1944 bajo la presidencia de Albert Cané (de la CGT).

Ada Martí Vall.

Poco después de la muerte de su padre en Barcelona (1947), Ada se casa con Sylveire y en febrero de 1948 nace su hijo Fréderic, y a los seis meses aproximadamente se divorcian y el niño queda a cargo de ella. Una década después del fin de la guerra civil española, aislada de la mayor parte de quienes habían sido sus compañeros de militancia en el antifascimo, vinculada a muchas de sus amistades solo epistolarmente y alejada de su familia y de su entorno cultural natural, en septiembre de 1949 escribe una estremecedora carta a Adora Sánchez, que Manel Aisa reproduce en su biografía:

Acaso una de las razones de mi dificultad para expresarme sea banal, estúpida, he perdido la costumbre de hablar español. Tanto más de escribir en castellano. Más todavía, en catalán, mi lengua materna.

[…]

He dejado de escribir –en absoluto– a no ser para pedir trabajo, etc. Ni teatro, ni conciertos. Vendí la TSF [el radio transistor]. Juan se llevó el fonógrafo, con los mejores discos (Bach, Vivaldi, etc.). El cine me interesa poco, así que tampoco voy, ni siquiera invitada. Y –eso es lo peor– llevo unos meses alejada de mi chuiquitín, que voy a ver cada quince días, pues el precio del viaje no me permite hacerlo más a menudo. El médico exigió esa separación, momentánea, para que pueda reposarme un poco, mejorar mi salud, harto quebrantada, buscar trabajo, arreglar ciertos asuntos…

Georges Orwell.

Es difícil leyendo la biografía de Ada Martí en París no evocar el libro de Georges Orwell (1903-1950) que en España se tradujo como Sin blanca en París y Londres o algunos de los relatos de Henry Miller (1891-1980) del tipo Días tranquilos en Clichy. La carencia de otros datos acerca de las fuentes de ingresos de Asa (que busco empleo en el periodismo y en la docencia) llevan a suponer al lector que en esos años dependió de su relación con otros hombres, si bien en la misma carta a Adora Sánchez recién citada escribe:

A menudo he pensado prostituirme, hacerme entretener, por lo menos, hasta que mi salud se rehaga y pueda trabajar normalmente. Me es imposible, hasta la fecha, por lo menos. Repugnancia física, por un lado. […] Pero más todavía por la mentira permanente que implica la prostitución. […] De ahí que hacerme entretener me sea todavía más difícil que conseguir trabajo. Sin embargo, eso sería una solución para tener al chiquillo junto a mí, para que nada le falte y mi salud se rehaga.

En 1950 vendió las pocas posesiones que todavía le quedaban, entre ellas los últimos restos de su biblioteca de libros en catalán y español, y tres años después nació su hija Claudia, cuyo padre, un librero al que sólo se ha identificado por el nombre de Boris, le proporcionó un medio para cuanto menos subsistir, un puesto en el quoi des Grandes Augustins, junto al Pont Neuf, con su correspondiente caja para vender libros. En contrapartida, en cuanto el padre de su hija se marchó tuvo que dejar a  su hija en un pensionado de monjas.

Hacia 1956 vivió, por lo menos episódicamente, con un contable de cierto nivel cultural llamado Roland, y poco tiempo después con Georges Vila, a quien había conocido a través de unos músicos húngaros de paso por París, y que a partir de 1956, con el fracaso de la revolución en Hungría, a todos los efectos se había convertido también en un exiliado.

Como es fácil suponer, el puesto de Ada Martí, que ocupaba normalmente de diez de la mañana a nueve de la noche y a la que sus compañeros conocían como «la librera española», se caracterizó por la amplia presencia de libros en lengua española (en mucha menor medida en catalán), que obtenía tanto a través de ocasionales subastas como, en algunos casos, a través de los medios libertarios que en la década de los cincuenta desarrollaron una notable labor editorial en el sur de Francia. Según Agustí Guillamón, uno de esos viajes a Toulouse sirvió para que se reencontrara con el anarcosindicalista Ginés Alonso (1911-1988), creador en 1931 del Ateneo Racionalista de La Torrassa (L’Hospitalet) y que por entonces se había establecido como carpintero en L’Avelhanet (departamento de Arieja), que entre 1957 y 1960 sería secretario del subcomité nacional de la CNT en el exilio y en calidad de tal entraba clandestinamente en España.

No es casual sino más bien bastante significativo que el encuentro fortuito con Ada a orillas del Sena en el mes de diciembre de 1958 que Abel Paz narró lo propiciara una edición de Siete domingos rojos (muy probablemente la edición barcelonesa de 1932 de Balagué), la novela en que Sender narra una huelga anarquista en Madrid y cuyo título se ha interpretado en ocasiones como una resurrección de la lucha obrera.

A finales de la década de 1950, por lo menos ocasionalmente, la firma de Ada Martí vuelva a aparecer en la prensa anarquista, y Manel Aisa consigna la aparición de artículos suyos en los números de la Solidaridad Obrera del 30 de enero de 1958 y el 2 de febrero de 1960, aunque es probable que haya otros por descubrir. En el excelente número especial de la edición mexicana de Tierra y Libertad de julio de 1970 (formato revista) se recuperaron algunos textos suyos (firmados como Nina), que apareceron en compañía de otros de figuras señeras del antifascismo, como Diego Abad de Santillán (1897-1983), Sebastian Faure (1852-1942), León Felipe (1884-1968), Emma Goldman (1869-1940), Federica Montseny (1905-1994), José Peirats (1908-1989), Ángel Samblancat (1885-1963)…

Como escribe Georges Paul Vila en las páginas finales de la biografía que Aisa ha dedicado a Ada Martí:

Vender libros en los muelles de París le pareció una solución posible, pero resultó un fiasco o fracaso. Su vocación era escribir pero no era verdaderamente un oficio, la rutina de la vida cotidiana le mataba poco a poco las fuentes de inspiración, sin ingresos económicos regulares, sin hogar, los hijos se convertían en una pesada carga, bajo la cual corría el riesgo de hundirse todos los días.

Georges Vila, que ya lo había logrado en dos ocasiones, no pudo evitar el tercer intento de suicidio, con somníferos, que acabó con la vida de Ada Martí la madrugada del 1 de diciembre de 1960.

Manel Aisa Pàmpols, Ada Martí Vall. El sueño de la conciencia libre, Barcelona, El Lokal (Col·lecció Històries del Raval 9), 2019.

Fuentes adicionales:

AA. VV., La Barcelona rebelde. Guía de la ciudad silenciada, Barcelona, Octaedro (Límites), 2003.

Ariane y Joël, «Abel Paz à Lausanne» (entrevista), L´Affranchi. Periodique des Amis de l´Association Internationale des Travailleurs, núm. 6 (julio-agosto de 1993), pp. 18-21.

Txema Bofill i Okupem les Ones, «La revolució que vam viure no cal somiar-la» (entrevista a Conxa Pérez), Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 125 (febrero de 2011), pp. 16-17. También en versión videográfica en  TV Sants.

Espai de Llibertat, «Abel Paz, escriptor», Espai de Llibertat, septiembre de 1997.

Ada Martí.

Agustí Guillamón, «Martí, Ada (1915-1960)», Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 154 (octubre de 2013), p. 30 y reproducido en diversas webs.

Alejandro Lora Medina, «El poder de la lectura como herramienta revolucionaria. El caso del anarquismo español de los años treinta», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 17 (2018), pp. 335-360.

Puyol, «La hija de Ada Martí», Solidaridad Obrera (Portavoz de la CNT Española en el Exilio), año XVII, núm 836 (30 de marzo de 1961), pp. 4 y 2.

Milan Rátkovic, La légende des bouquinistes de Paris, París, L’Age d’Homme, 2000.

Ada Martí, una barcelonesa entre los bouquinistas parisinos (I)

«Bouquinista, no está mal, sin patrón, sin alquiler, sin horarios… sin clientes… ¡una bicoca!»

(Chiste popular entre los libreros de viejo parisinos)

 

No son muchos los vendedores de libro usado que a lo largo de las décadas han abierto sus bouquins verdes a orilla del Sena y que han cobrado suficiente notoriedad para pasar a los libros de historia, pero más de uno de ellos se ha convertido él mismo en escritor de cierto recorrido y fama. Es el caso, por ejemplo, de Louis Lanoizelée (1895-1990), quien después de trabajar como granjero, minero, maitre de hotel, carretero y desde 1931 periodista ocasional, en 1935 se estableció como bouquinista y siguió en su puesto (en diferentes localizaciones), hasta 1977. Su libro Les bouquinistes des quais de París (1956), del que se financió él mismo una primera edición ilustrada por Jean Lébédeff (1884-1972) y prologada por Daniel Halévy (1872-1962), ha sido varias veces reeditado y le abrió las puertas de las editoriales para otros ensayos similares. Más famoso es el caso del conocido libertario autor de novela negra Leo Malet (1909-1996), que después de darse a conocer como cantante de cabaret y relacionarse con los surrealistas André Breton, Yves Tanguy y René Magritte, se estableció a orillas del Sena a principios de los años sesenta y desde allí pudo observar las oscilaciones en cuanto a fama de su serie sobre el detective André Bruma, así como los avatares de las numerosas obras que escribió bajo seudónimo. Por aquel entonces, desde 1963, y después de haber sido secretario, era presidente del sindicato de bouquinistas el poeta, pianista y compositor Maurice Korb (1914-1992), que tuvo su puesto abierto desde 1958 y hasta 1992. A ellos pueden añadirse el autor de novela histórica, a menudo con el seudónimo Aimé Sarrus, Pierre Hubac (1894-1964), el periodista y escritor Ferdinand Teulé (1909-1975), que en ocasiones firmaba como Ferlé, y el escritor, crítico e historiador del anarquismo y de la literatura proletaria Michel Ragon (n. 1924), que estuvo al frente de un puesto entre 1954 y 1964.

En el otoño de 1957, el escritor e historiador anarquista Abel Paz (Diego Camacho Escámez, 1921-2009) se encontró a orillas del Sena trabajando como bouquinista a una activista barcelonesa a quien había perdido la pista poco después de la guerra civil española (en Burdeos, en 1941), y que sin duda merecía mejor suerte, Concepción Juana Ana Martí Vall, más conocida como Ada Martí.

Ada Martí.

Nacida en la barcelonesa calle de la Cendra (en el barrio del Raval) en julio de 1915 en el seno de una familia nacionalista de clase media baja, durante los conocidos como Fets d´Octubre de 1934 resultó herida en el brutal asalto artillero del ejército español a las dependencias del CADCI (Centre Autonomista dels Dependents del Comerç i de la Indústria) en la Rambla Santa Mònica, en que murieron los dirigentes del Partit Català Proletari Jaume Compte i Canelles (1897-1934) y Manuel González Alba (1896-1934) y el militante del Partit Comunista de Catalunya Amadeu Bardina i Prats (1908-1934), pero muchos de los allí atrincherados pudieron huir por las azoteas, cuyos muretes, de escasa altura, apenas supusieron dificultad alguna ni siquiera para los heridos.

Ada Martí era alumna del célebre médico especializado en psicosexología Félix Martí Ibáñez (1911-1972) en la Escola d´Idealistes Pràctics que este había fundado en la calle Bonavista. Por entonces Martí Ibáñez era conocido sobre todo por su ensayo sobre la psicopatología sexual de Teresa de Ávila (1515-1582), pero no tardaría en serlo también como director general de Sanitat i Assistència Social de la Generalitat de Catalunya en representación de la CNT y, como tal, autor de la primera ley de interrupción voluntaria del embarazo (aprobada en diciembre de 1936).

Por su parte, Ada Martí contribuía a la creación en 1935 de la Federación Estudiantil de Conciencias Libres (FECL),que originalmente se nutrió sobre todo de estudiantes de la Escola del Treball de Barcelona (el esperantista Eduardo Vivancos, entre ellos), pero no tardó en convertirse en la organización estudiantil anarquista dominante en Catalunya, Alicante y Málaga. Opuesta al desdén administrativo hacia la enseñanza, a la burocracia universitaria y a la limitada y envarada formación del profesorado, y en ocasiones colaborando con la Federació Nacional d´Estudiants de Catalunya (FNEC; cercana ideológicamente a Estat Català y Esquerra Republicana de Catalunya), las primeras actividades de la FECL consistieron en la organización de charlas, conferencias, debates, etc., y ya iniciada la guerra civil crearían una publicación periódica propia, Evolución, de la que Ada Martí fue una de las colaboradoras. Según lo describió Abel Paz:

Creamos la Federació d’Estudiants de Consciències Lliures (FECL) que tenía su sede en el local del Colegio Libre de Estudios Contemporáneos. Este local aún existe -la primera calle que hace esquina con Portaferrisa, a la izquierda, delante de un centro de Falange. […] Tenían relación con  el Ateneu Enciclopèdic Popular (hoy en la Biblioteca Arús) donde había gente del Bloc Obrer Camperol y de Idealistas Pràcticos que animaban Alfonso Martínez Rizo, Fèlix Martí Ibàñez y Ada Martí. Eran un grupito de intelectuales -gente con carrera- pero que no se habían desvinculado de la clase obrera.

En abril de 1936 se publica su primer libro, Un drama que no es de amor, como número 507 de la colección La Novela Ideal que publicaba La Revista Blanca de los editores anarquistas Federico Urales (Joan Montseny Carret, 1864-1942) y Soledad Gustavo (Teresa Mañé Miravet, 1865-1939), y a este sigue enseguida Memorias de un colegial, como número 531 de la misma colección. Se le ha atribuido tambíén  Memorias de un soldado, publicada como número 541, y se han planteado algunas dudas, pues apareció firmada como A. Martí y en ocasiones se ha atribuido a Alberto Martín, seudónimo empleado por Francisco López García (1885-1967), un anarquista que emigró siendo muy joven a Estados Unidos y escribió en la neoyorquina Cultura Obrera y posteriormente fundaría Cultura Proletaria, antes de dar a la imprenta una Breve historia del anarquismo en Estados Unidos de América del Norte, escrita en colaboración con Federica Montseny (1905-1994) y Vladimiro Muñoz (1920-2004) y publicada en Toulouse por Cultura Obrera. La similitud del título no es en absoluto significativa para identificar a Ada Martí como autora de las Memorias de un soldado, pues en la misma colección Novela Ideal habían aparecido ya en 1934 las Memorias de un médico (núm. 45), del doctor Javier Serrano Coello (1897-1974), y, como número 445, aparecerían luego las Memorias de un seminarista, del periodista anarquista Jacinto Toryho (Jacinto Torío Rodríguez,1911-1989), por ejemplo. Aun así, tampoco parece atribuible a López García.

Pese a la afirmación de Abel Paz, no hay constancia de que se matriculara en la universidad, pero en aquellos tiempos tenía ya fama de buenísima estudiante, voraz lectora (de Baroja, Kierkegaard, Unamuno, Gide) y con un magnetismo como oradora que la hacía particularmente dotada para la docencia. Así la recordaba el historiador anarquista Antonio Pérez González (1923-2009), quien a los trece años fue uno de los jóvenes que la tuvo como profesora particular:

La amplitud de miras intelectual, su apertura cultural. Con Ada Martí aprendí a leer, sí, a Bakunin, Kropotkin, Max Steiner, pero también a Dostoyevski, Nietzsche, Ortega y Gasset, Thomas Mann, Stefan Zweig. Y recuerdo todo esto para mostrar hasta qué punto no había en las ideas ni en la actitud de Ada ni una gota de sectarismo. Sus ideas, ─que las tenía y defendía con ardor─ no la encerraban en sí misma, sino todo lo contrario: hacían de ella una mujer abierta a todo lo que la vida le ponía ante los ojos.

Ateneu Llibertari Faros.

También impartió enseñanzas en el Ateneu Llibertari Faros (en la avenida Mistral, en el barrio de Sant Antoni), del que contaba Conxa Pérez:

En el ateneu Faros comentábamos libros, hacíamos lecturas, aprendíamos a escribir, a hacer cuentas. Había cursos de esperanto, psicología, sexualidad, naturismo. […] García Oliver, que era camarero en Sants, nos enseñaba a usar armas. Manuel Escorza, jefe de los grupos especiales de la FAI dedicados a contrainforación y persecución de fascistas, nos daban charlas sobre sexualidad y cultura. Era un maestro nato, que vivía en [el barrio de] Les Corts. A Mauricio, quien fuera mi compañero definitivo, lo llevaba a cuestas, porque era inválido, al ateneo Faros a dar charlas.

En 1936 Ada Martí se convierte también en redactora y editora de la emisora de ECN1 Radio CNT-FAI y lo cierto es que los años de la guerra civil y la revolución fueron tiempos de una actividad frenética en los que su firma aparece en publicaciones como la valenciana Estudios (conocida por sus portadas de Monleón, Bou o Renau), el periódico mural en formato de cartel Esfuerzo, Ruta (órgano de las Juventudes Libertarias Catalanas), El Amigo del Pueblo (portavoz de Los Amigos de Durruti, en la que firmaba como Artemisa), Solidaridad Obrera (de la que fue corresponsal en el frente de Aragón) Libre Estudio, Mi Revista (donde publica un reportaje ilustrado por el fotógrafo Agustí Centelles), Tierra y Libertad (de la Federación Anarquista Ibérica), Nosotros, la feminista Mujeres Libres de Lucía Sánchez Saornil, Amparo Poch y Mercedes Comaposada, Acracia, e incluso dirige sin apenas colaboradores el único número de la revista Fuego (junio de 1938), nacida como órgano de expresión de la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios, surgida en Valencia en 1937 como resultado de la fusión de la mencionada FECL con la Asociación de Estudiantes de la CNT (y que tenía como publicación regional Evolución, en la que también colaboró Martí); en esta última publicación aparece su entrevista al hispanista estadounidense  Waldo Frank (18891967). Su nombre aparece incluso en el muy perseguido y censurado semanario humorístico Criterion, aparecido en mayo de 1973, dirigido por Alejandro Gilabert y donde confluyeron textos de Ángel Samblancat, Juanonus, León Felipe o Mingo con ilustraciones de Opisso, Prats, Passarell y Bagaría, entre otros, y donde Martí publica el relato «La tragedia de Don Casto».

Simón Radowitzki.

Se la sitúa también como una habitual en una tertulia vespertina muy singular organizada por el dramaturgo y editor argentino Rodolfo González Pacheco (1883-1949) que se reunía por las tardes en la cuarta planta de lo que era conocido como la «Casa CNT» (en lo que habían sido unos astilleros propiedad de Francesc Cambó). Al frente de esta peculiar tertulia de marcado acento argentino se encontraba el muy célebre libertario de origen ucraniano Simón Radowitzki (1891-1956), quien cuando logró salir de Ushuaia, la cárcel más austral del mundo (tras un intento de fuga fallido) y unos años en Montevideo, viajó a España para combatir primero en la 28ª División de Gregorio Jover, luego en propaganda exterior y finalmente como responsable del traslado de los archivos de la CNT a Ámsterdam (murió en México oculto bajo el nombre Raúl Gómez Saavedra como empleado en una fábrica de juguetes). Compartía allí mesa con el bonaerense Vicente Tomé Martín, el editor y traductor Antonio Casanova Prado (1898-1966), que también combatió en la 28ª de Jover, Dolores (Eva) Cascante o el pedagogo argentino José Maria Lunazzi (1904-1995), entre otros.

Si las exigencias de la guerra y la revolución le impidieron desarrollar una más amplia obra pedagógica y literaria, es lógico que el resultado de las mismas la obligara a un exilio que, en 1939, hacía difícil prever qué caminos tomaría. Cuando, con dos libros a sus espaldas y una enorme cantidad de artículos dispersos por la prensa anarquista, Ada Martí cruzó la frontera española en los últimos días de la guerra civil, estaba lejos de suponer que acabaría sus días vendiendo libros de segunda mano a orillas del Sena.

Manel Aisa Pàmpols, Ada Martí Vall. El sueño de la conciencia libre, Barcelona, El Lokal (Col·lecció Històries del Raval 9), 2019.

Fuentes adicionales:

AA. VV., La Barcelona rebelde. Guía de la ciudad silenciada, Barcelona, Octaedro (Límites), 2003.

Ariane y Joël, «Abel Paz à Lausanne» (entrevista), L´Affranchi. Periodique des Amis de l´Association Internationale des Travailleurs, núm. 6 (julio-agosto de 1993), pp. 18-21.

Txema Bofill i Okupem les Ones, «La revolució que vam viure no cal somiar-la» (entrevista a Conxa Pérez), Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 125 (febrero de 2011), pp. 16-17. También en versión videográfica en  TV Sants.

Espai de Llibertat, «Abel Paz, escriptor», Espai de Llibertat, septiembre de 1997.

Ada Martí.

Agustí Guillamón, «Martí, Ada (1915-1960)», Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 154 (octubre de 2013), p. 30 y reproducido en diversas webs.

Alejandro Lora Medina, «El poder de la lectura como herramienta revolucionaria. El caso del anarquismo español de los años treinta», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 17 (2018), pp. 335-360.

Puyol, «La hija de Ada Martí», Solidaridad Obrera (Portavoz de la CNT Española en el Exilio), año XVII, núm 836 (30 de marzo de 1961), pp. 4 y 2.

Milan Rátkovic, La légende des bouquinistes de Paris, París, L’Age d’Homme, 2000.

Ignacio C. Soriano Jiménez, «Semblanza de La Novela Ideal (1925- 1938)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

Ramon Maynadé, el gran editor teósofo

No es gran cosa lo que se sabe acerca de quien probablemente fuera el más importante editor y divulgador español en el campo de la teosofía, Ramon Maynadé Sallent, quien acaso llegara a la edición más por necesidad y convicción que como fruto del desarrollo de una vocación. Maynadé aparece ya como primer vocal de la junta fundación de la Sociedad Teosófica en 1899, que presidía el médico Josep Roviralta y formaban el también médico Josep Plana i Dorca (administrador), Josep Granes (secretario), Josep Querol (vocal) y Jacint Plana (vocal).

Después de la publicación descoordinada de la «Revista Teosófica Mensual» Antahkarana (1894-1896) y una notable serie de opúsculos, a menudo traducidos, a principios del siglo XX esta actividad editorial dispersa cristaliza en 1901 en la creación de la Biblioteca Orientalista, financiada por Josep Xifré Hamel (1855-1920) –quien en Madrid había sufragado ya el boletín teosófico Sophia (1893-1914) – y dirigida por Ramon Maynadé con la estrecha colaboración de su esposa Carme Mateos Prat (1865-1915). Acerca de Sophia, vale la pena consignar que uno de sus suscriptores, por lo menos hasta 1913, fue el urbanista Arturo Soria y Mata (1844-1920), conocido por ser el creador de la madrileña ciudad lineal, pero quizá entre los amantes de los libros más por haber creado el periódico crítico-satírico urbanístico La Dictadura, editar La Ciudad Lineal. Revista de Higiene, Agricultura, Ingeniería y Urbanización y sobre todo por ser el padre del famoso librero y editor de Cruz del Sur Arturo Soria y Espionsa (1907-1980) y del no menos insigne impresor y editor Carmelo Soria (1921-1976).

Volviendo a las obras publicadas en la Biblioteca Orientalista, los pies editoriales no son tampoco muy clarificadores, pues de 1901 es por ejemplo una traducción de Ciencia oculta en la medicina, de Franz Hartmann, firmada con las iniciales A.F.G., o El poder del pensamiento, su dominio y cultura, de Annie Besant, en traducción de José Melián, que aparecen bajo el sello R. Maynadé Editor. Otra cuestión por aclarar, dada la coincidencia de los apellidos con los del matrimonio editor, es si existe alguna relación de parentesco entre el editor y su principal impresor, Joan Sallent i Prat, de Sabadell.

Lo que sí parece más claro es que la dirección de la empresa, calle de la Tapinería, 10 (no lejos de donde hoy se encuentra el Museu Picasso), estaba muy cerca del principal punto de venta de los libros, la Librería Orientalista que regentaba el matrimonio Maynadé (en Tapineria, 24) y que durante un tiempo fue frecuentada por algunos de los personajes más conocidos del modernismo catalán, como el polímata Alexandre de Riquer (1856-1920), el egiptólogo y sinólogo Eduard Toda (1855-1942), el dramaturgo Pompeu Gener (1848-1920) y el dibujante, pintor y escritor Santiago Rusiñol (1861-1931), entre otros. Sin embargo, también en la Carbonell y Esteva (en Rambla Catalunya, 118) podían adquirirse ejemplares de esta colección. Tampoco deja de ser curioso que, según constata Armando López Rodríguez a partir del epistolario, Maynadé solicitó al mencionado Arturo Soria ejemplares de los libritos que este último había ido publicando por su cuenta y riesgo para venderlos en su librería, y de que en ella se vendieron ejemplares de sus obras Origen poliédrico de las especies (1894) y Contribución al Origen poliédrico de las Especies (1896). De ese mismo epistolario procede la información de que ya ese mismo año 1901 se confeccionó un primer catálogo de publicaciones disponibles del que se hizo una primera tirada de seis mil ejemplares y se preparaba ya una segunda de doce mil.

Carmen Mateos.

A partir de 1912 (y hasta 1924) tanto Ramon Maynadé como Carmen Mateos colaboraron también con El Heraldo de la Estrella, cuyo contenido se nutría sobre todo de la traducción de conferencias, entrevistas y textos diversos de Jiddu Krishnamurti (1895-1986), y ese mismo año interviene, con el escritor y periodista masón Frederic Climent Terrer (que colaboraba en la Biblioteca Orientalista como traductor y corrector), en la creación del Instituto de Educación Integral y Armónica.

Entre enero de 1917 y abril de 1932, Maynadé figura como miembro de la junta administrativa de El Loto Blanco, que se autodefine como «Revista Teosófica. Órgano de relación entre los teósofos españoles e hispanoamericanos», y en ese mismo año 1932 aparece como colaborador de la revista Teosofía. Unos años antes, en un libro de 1928, quien llegaría a ser un editor de cierta trascendencia al frente de las Ediciones Antisectarias, Joan Tusquets i Terrats (1901-1998), describía en El teosofismo (Eugenio Subirana, Editor Pontificio) la editorial de Maynadé como uno de los pilares principales del teosofismo en Cataluña, y según dice en 1927 había publicado ya unas 150 obras. Años más tarde, en 1934, el catálogo incluía ya 268 títulos. Por el camino, en 1922, Maynadé se había convertido en vicepresidente del Consejo de la Sociedad Teosófica Española y había establecido contactos con libreros y distribuidores comerciales americanos –caso de Nicolás B. Kier en Argentina, por ejemplo– mediante los cuales lograba una mayor difusión de las obras que publicaba (aunque se desconocen los métodos de distribución).

En la extensa nómina de traductores que colaboraron con la Biblioteca Orientalista figuran la luego célebre pedagoga Maria Solà [Ferrer] de Sellarés (1899-1998), el conocido traductor de Shakespeare y Goethe Josep Roviralta Borrell, médico homeópata de profesión, el filósofo, políglota y prolífico traductor Edmundo González Blanco (187-1938), el discreto poeta Josep Plana i Dorca (1856-1914), el ingeniero y yerno de Ramon Maynadé Luis García Lorenzana y los dos hijos del matrimonio: Josefina Maynadé Mateos (1908- 1978) y Arnaldo Maynadé Mateos (no confundir con el también ocasional traductor Arnaldo Maynadé Crespo, nacido el 24 de julio de 1929).

Josefina o Pepita Maynadé, que a los catorce años vio ya publicado El tesoro de Maya, creó una amplísima obra como traductora e ilustradora, y es autora de títulos como el articulo inicial «El teósofo y el ceremonial» (publicado en El Loto Blanco en 1925), Escuela de héroes (¿1929?), Plotino, su escuela iniciática y su filosofía (1929), Los niños a través de la plástica histórica (¿1946?), etc., y al final de la guerra civil española (durante la que se vio separada de su marido Luis García Lorenzana), residió en las islas Canarias (donde publicó los poemarios A Cloris y Los silencios y colaboró en la revista feminista Mujeres en la isla) y desde 1958 en México, donde amplió sus actividades al campo de la pedagogía. En los años sesenta dirigió la no muy longeva Colección Astrología Cíclica, que se publicaba con el sello del editor catalán B. Costa-Amic, y posteriormente, en colaboración con Maria Solà Ferrer, la colección de la editorial Diana Tradición Sagrada de la Humanidad.

Su hermano Arnaldo Maynadé Mateos, en cambio, afiliado a la Rama Arjuna de la Sociedad Teosófica Española ya en febrero de 1926, dejó una huella bastante menor, aunque pueden suponerse los motivos que le llevaron a trasladarse a Chile.

Fuentes:

Armando López Rodríguez, Arturo Soria y Mata. Una biografía, tesis doctoral presentada en el Programa de Doctorado en Historia e Historia del Arte t Territorio, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2017.

Joseba Louzao Villar, «Los idealistas de la Fraternidad Universal. Una aproximación a la historia del movimiento teosófico Español, (c 1890-1939)», Historia Contemporánea, núm. 37, pp. 501-529.

Pepita Maynadé, «Don Mario Roso de Luna», El Loto Blanco, de enero 1932, digitalizado por Biblioteca Upasika en Noviembre 2003.

Vicente Penalva Mora, El orientalismo en la cultura española en el primer tercio del siglo XX. La Sociedad Teosófica Española (1888-1940), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i Lletres de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2013.

Jordi Pomés Vives, «Diálogo Oriente-Occidente en la España de finales del siglo
XIX. El primer teosofismo español (1888-1906): un movimiento religioso heterodoxo bien integrado en los movimientos sociales de su época», HMiC, núm 4, 2006.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Susana, «Josefina Maynadé, una escritora amante de los clásicos», Huellas de Mujeres Geniales, 8 de abril de 2016.

Eliseu Trenc, «Josep Plana i Dorca, modernista, catalanista i teòsof», Anuari Verdaguer núm. 26, 2018, pp. 147-157.