La formación de los editores en España, el ICAL y la Feria de Leipzig de 1914.

Según datos recogidos por Jesús A. Martínez Marín en «La edición artesanal y la construcción del mercado»: «En 1879, del total de 51 editores censados en el padrón fiscal [español], 41 tenían domiciliada su actividad en Madrid, 7 en Barcelona y 3 en las provincias de Guadalajara, Lérida y Sevilla, respectivamente». A tenor de estas cifras, resulta bastante asombroso constatar que, según las mismas fuentes, «al terminar el siglo Madrid y Barcelona son los dos centros de la edición, con 44 y 35 editores respectivamente», pues de ser fiables esos datos resulta espectacular el crecimiento en número de editores en la capital catalana, tanto en términos absolutos como en porcentuales en el conjunto de los españoles.

Eudald Canivell i Masbernat.

Es probable que algo tuviera que ver en ello la iniciativa que empezó a fraguarse en otoño de 1897 en una reunión convocada por el dibujante, tipógrafo, impresor y bibliotecario anarquista Eudald Canivell i Masbernat (1858-1928) en casa del cajista e impresor Josep Cunill, con la participación también del excajista, dibujante y cronista gráfico anarquista Josep Lluís Pellicer i Fenyé (1842-1901), con el propósito de crear un centro que diera una formación más completa y rápida que la que hasta entonces obtenían los profesionales, que se basaba casi exclusivamente en la experiencia acumulada desde el puesto de aprendiz hasta el de maestro.

Un año más tarde, en noviembre de 1898, se constituía formalmente el Institut Català de les Arts del Llibre (ICAL), con la participación también del impresor y editor Josep Thomàs i Bigas (1852-1910), el librero y editor Àlvar Verdaguer, el impresor Fidel Giró Brouil (1849-1926), el escritor y editor Joaquim Casas Carbó (1858-1943) y el tipógrafo e impresor Joan Rusell i Anglarill (1862-1923); como puede advertirse, todos ellos rondando la cuarentena en aquel entonces.

Dos años después de su fundación formal ya contaba con una cabecera que les serviría de portavoz, la Revista Gráfica, cuyo primer director fue el mencionado Pellicer y que se publicó periódicamente entre 1900 y 1928 (salvo los años 1924 a 1927), en los primeros años en la prestigiosa imprenta especializada en libros de bibliófilo Oliva de Vilanova, fundada apenas unos años antes (en 1899) por Joan Oliva i Milà (1858-1911). Paralelamente, en 1900 los editores habían creado el Centre de la Propietat Intel·lectual, la primera asociación de estas características en España y entre cuyos primeros asociados figuraba uno de los dos fundadores de la editorial Montaner y Simon,  Francesc Simon i Font (1843-1923) y otros editores importantes, como Manuel Maucci (1859-1937), Josep Espasa i Anguera (1840-1911), los hermanos Joan y Gustau Gili, Antoni López i Benturas (1861-1931), Francesc Seix i Faya o el impresor Manuel Tasso i Serra, entre otros.

Josep Lluís Pellicer i Fenyé.

Según la detallada reconstrucción que hace Manuel Llanas de los pasos iniciales del ICAL, en 1905 empieza a funcionar activamente la Escola Pràctica de les Arts del Llibre en la misma sede que el ICAL (en los bajos de lo que hoy es el número 153 de la calle Claris) y con el siguiente programa:

Tipografía (subdividida en dos secciones: cajas y máquinas), composición a máquina, litografía, encuadernación, dibujo y gramática castellana. —Y prosigue Llanas—: Y si el profesorado lo integraban, en ocasiones, prestigiosos impresores y tipógrafos (Ceferí Gorchs, Ramon Tobella, Fidel Giró, Joan Russell), el alumnado asistía, por mandamiento estatutuario, de forma totalmente gratuita. De media, oscilaba alrededor de los doscientos matriculados, la gran mayoría aprendices en diversos talleres gráficos; por eso las clases se hacían entre las 20 y las 21.30 h., de lunes a sábado, y alguna vez incluso las mañanas de los domingos. Los únicos requisitos que se exigían para entrar eran haber cumplido los trece años y saber leer y escribir.

Bajo la presidencia del mencionado Francesc Simon i Font (1843-1923), que desde su fundación y hasta 1903 había presidido la junta directiva del Centre de la Propietat Intel·lectual, el ICAL experimenta un notable impulso y se aprueban unos nuevos estatutos que definen del siguiente modo el segundo de sus objetivos (el primero es la docencia): «Establecer solidaridad y facilitar las relaciones profesionales cuando éstas se relacionen con las Artes del Libro».

Logo de Montaner y Simon.

Además de organizar el I Congrés Internacional de les Arts del Llibre (1911), como consecuencia del cual nació la Unió Patronal de les Arts del Llibre (germen a su vez de la Unió Sindical de les Indústries del Llibre) y procurar la participación de sus socios en algunas ferias internacionales y presentar conjuntamente sus reivindicaciones ante las autoridades, uno de los mayores logros del ICAL fue la participación de los profesionales catalanes en la importante Feria de Leipzig en 1914, que conmemoraba el quinto centenario de la Real Academia de Artes Gráficas y de la Industria del Libro, y cuya organización y desarrollo, en cuanto atañe a la participación española, Philippe Castellano ha reconstruido con mucho detalle.

Ya en octubre de 1912 Ludwig Wolkmann, como presidente tanto de la Sociedad Alemana de Artes Gráficas como de la Junta Directiva de la Exposición, propuso que se organizara una representación española al editor español que mejor conocía, el madrileño Enrique Bailly-Baillière y Plano, quien se había formado como librero-editor en Alemania y había sido uno de los promotores de la conocida –para abreviar– como Asociación de la Librería de España (Asociación de la Librería, de la Imprenta, del Comercio de la Música, de los Fabricantes de Papel y de todas las Industrias y Profesiones que concurren en la fabricación del Libro y a la publicación de obras de literatura, ciencia y arte); incluso lo nombra presidente de la Junta Organizadora para España.

Sin embargo, pese a iniciar gestiones (infructuosas) para obtener financiación, Bailly-Bailliere topa enseguida con la oposición del editor catalán Manuel Henrich Girona, por entonces presidente de la Federació de les Arts del Llibre, lo cual le lleva a dimitir en noviembre de ese mismo año, lo que ofrece al gobierno español el pretexto idóneo para desentenderse del asunto y evitar comprometer ningún tipo de partida presupuestaria para la participación española en la exposición.

Así las cosas, el ICAL decide participar en la feria por su cuenta y riesgo, y en septiembre de 1913 crea un comité organizador con Manuel Henrich, August Heinrich Höfer, Ramon Miquel i Planas, A. Cardunets, P. Cruells, J. Fabré, J. Furnells, F. Mestres y Russell. Aun así, Bailly-Ballière, también extraoficialmente tras su dimisión, seguía haciendo gestiones y manteniendo correspondencia con el comité organizador alemán incluso en el verano de 1913. Por su parte, la Revista Gráfica se había hecho eco de la vergüenza que suponía que un país con una industria editorial como la española no participara en una feria tan importante como la de Leipzig, y esa misma queja se repite en diversos números de la revista del ICAL, siempre en vano.

Colofón del segundo volumen de Revista Gráfica.

En septiembre de 1913 desde el ICAL se empiezan a solicitar propuestas de participación en la feria alemana y a crear un comité organizador, con lo que se da la paradójica situación de que avanzan en paralelo dos líneas de trabajo para un mismo fin (una en Barcelona y otra en Madrid), ambas sin contar con un compromiso en firme de participación estatal. Y, en una nueva vuelta de tuerca, al enterarse de la existencia de un comité en Madrid, el del ICAL se disuelve, poco antes de que, ante la nueva imposibilidad de obtener fondos del gobierno, Bailly-Ballière renunciara por segunda vez a presidir el comité organizador. De todos modos, el ICAL sigue adelante con la organización de una presencia extraoficial en la feria y en la primavera de 1914 la Revista Gráfica publica ya un listado de 55 participantes comprometidos, y la iniciativa es saludada con entusiasmo por parte de la prensa barcelonesa.

No tardan en sumarse a la iniciativa del ICAL diversas empresas de otros puntos de la península, y en su número de mayo el órgano de la Federación Nacional de las Artes del Libro ensalza el empeño y el empuje que están poniendo los profesionales catalanes en esa iniciativa:

El Instituto Catalán de las Artes del Libro de Barcelona ha tomado la iniciativa de organizar una Exposición colectiva de sus socios, a la cual se han adherido varias casas del ramo gráfico de Madrid […] Actualmente se está trabajando febrilmente en Leipzig en la instalación y decorado de la sección española […]; de modo que es de esperar que la sección española se presentará dignamente en aquel certamen internacional de cultura, al cual acudirán todas las naciones del mundo. Hay que felicitar calurosamente al Instituto Catalán de las Artes del Libro y a los organizadores de la Exposición española por su altruista labor y trabajo en favor del ramo gráfico de España, que han conseguido, por fin, que sea un hecho la participación y representación de España en la Exposición Internacional de Leipzig.

Finalmente fueron setenta los expositores representados: 51 barceloneses, 1 de Sabadell, 1 de Sant Feliu d Guíxols, 1 de València y 15 de Madrid, desproporción que en su imprescindible estudio de este caso Castellano atribuye tanto a la asunción de la organización por parte del ICAL como al desplazamiento que ya se había producido en cuanto a la capitalidad editorial en España de Madrid a Barcelona, y que en alguna medida cabe atribuir al evidente interés por formar a buenos profesionales que permitieran ofrecer una calidad equiparable, por ejemplo, a la de la industria editorial alemana.

Espacio del ICAL en la Feria de Leipzig de 1914.

Fuentes:

Anónimo, «La Exposición de Artes Gráficas de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 2 (marzo de 1914), p. 10.

Anónimo, «Exposición de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 4 (mayo de 1914), pp. 8-12.

Eudald Canivell, «Ecos. El Temps», El Poble Català, núm. 3299 (28 de marzo de 1914), p. 1.

Philippe Castellano, «La Sala Espanyola en l’Exposició Internacional de les Arts Gràfiques i de la Industria del Llibre, Leipzig 1914 (o com va voler fer-se Pàtria mitjançant el llibre)», traducción de Anna Carreras, Els Marges, núm. 71 (desembre de 2002), pp. 89-106.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Caires de l’edició catalana en el segle xx, Lección inaugural del curso 2011-2012 de la Facultat d’Educació, Traducció i Ciències Humanes de la Universitat de Vic.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1836-1936), Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

González Porto y la edición culturalmente ambiciosa

El nombre del legendario José María González Porto (1895-1975) ha quedado casi indeleblemente asociado a la mexicana Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana (UTEHA) y en particular a la edición de su impresionante diccionario en doce tomos y dos apéndices, así como a la editorial barcelonesa Montaner y Simón, que acabó por comprar en 1952. Sin embargo, sus inicios son igualmente interesantes y permiten trazar una trayectoria basada en la internacionalización de su trabajo y sobre todo en el interés por las grandes enciclopedias presentadas con esmero y de encuadernación lujosa, comercializadas a plazos para hacerlas así asequibles a casi todos los bolsillos.

Horace Everett Hooper.

A su llegada a Cuba desde su Galicia natal, uno de sus primeros empleos que tuvo fue como dependiente en una librería de viejo, pero poco después pasó a ser vendedor de la celebérrima Editorial Jackson, cuya fama se debe sobre todo a sus grandes enciclopedias vendidas a crédito y cuyos orígenes se encuentran en la historia del editor estadounidense Walter Montgomery Jackson (1863-1923), que había empezado como librero pero se hizo famoso cuando, asociado con Horace Everett Hooper (1859-1922), compró los derechos de la Enciclopedia Británica, de manos de A. & C. Black, y juntos pusieron todos sus esfuerzos en la implantación de la magna obra editorial en Estados Unidos apoyándose en el famoso publicista Henry Haxton. Además, se ocuparon de la undécima edición, dirigida por Hugh Chisholm desde Londres y Franklin Hooper (hermano de Horace) en Estados Unidos, que tiene la peculiaridad de contener un artículo («advertisement», cómo no) redactado por el mencionado publicista. Sin embargo, Jackson parecía más interesado en seguir publicando versiones revisadas y actualizadas que en hacer una auténtica nueva edición, y parece que algo de ello tuvo que ver en que acabara por romper la asociación –con el consiguiente conflicto– y emprendiera una andadura por su cuenta que se concretó en la creación de lo que llegaría a ser otro gigante de la edición de enciclopedias: Grolier (que debe su nombre al conocido bibliófilo Jean Grolier de Servières, 1489-1565).

La Grolier Society, haciendo honor a su nombre, se centró inicialmente sobre todo en una línea de libros lujosos con textos de autores clásicos y más o menos raros, pero más adelante la compra en 1908 de los derechos de The Children Eciclopaedya (creada por el escritor Arthur Mee, 1875-1943) le permitió unas mayores ventas gracias a un tipo de enciclopedias y grandes obras temáticas destinadas al público infantil y sobre todo juvenil, a las que bautizó como The Book of Knowledge.

Edición bonaerese en la Editorial Jackson de Ediciones Selectas de la obra Neil Paterson Pasó una estrella.

Después de expandirse como editorial Jackson Ediciones Selectas, la empresa creada por el audaz estadounidense en las primeras décadas del siglo, experimentó un enorme crecimiento y una expansión que la llevó a abrir sucursales en la mayoría de países americanos (Argentina, Perú, Uruguay, Brasil, Colombia, Cuba…), donde implantó con notable éxito el sistema de venta a crédito.

De todos modos, tampoco en la Editorial Jackson duró muchos años González Porto, pese a ser uno de sus vendedores más exitosos, hasta el punto que el propio Jackson le recomendó que se tomara unos meses de descanso y regresara a España. No fue buena idea, porque en cuanto llegó a la Península tuvo que incorporarse al servicio militar (por entonces obligatorio). En cuanto estuvo en condiciones de volver a Cuba pudo retomar su empleo en Jackson, pero pronto se estableció como «importador de libros y agente de editores extranjeros» –entre los que se encontraban, por ejemplo, Montaner y Simón–, en su establecimiento de la calle Obispo (núm. 409), entre Compostela y Aguacate, inicialmente asociado con su hermano Francisco en la Librería Académica, y posteriormente como Editorial González Porto, que pronto cuenta con una sucursal en Caracas (dirigida por su hermano Hipólito), mientras que otro de sus dieciocho [no es errata] hermanos, Manuel, se ocupa de la sede habanera.

Muy probablemente con el modelo de las Jackson en mente, en 1928 González Porto ideó y desarrolló el proyecto de una magna obra en 25 volúmenes de 400 páginas cada uno y muy profusamente ilustrado, El libro de la cultura, que propuso a la también barcelonesa Salvat (en concreto a Fernando y Santiago Salvat Espasa), que la acogieron con indudable interés y pronto establecieron un acuerdo. Tardó unos años en hacerse realidad, pero en 1933 se retoma la idea, relaborada, y González Porto empieza a buscar colaboradores para la versión americana en Cuba, Puerto Rico, Jamaica, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Colombia, Venezuela, cuya unificación encomienda al escritor hondureño establecido en México Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), quien se desespera un poco con la escasa disciplina de los redactores españoles con respecto a las normas que se habían establecido. A principios de 1935 empieza a promocionarse esta imponente obra, con el objetivo de poder continuar financiándola mediante la venta de los primeros siete volúmenes impresos hasta entonces, y González Porto viaja a Europa para, además de contratar la exclusiva de distribución de nuevas obras españolas, intentar vender los derechos de traducción de su gran proyecto a otras lenguas (particularmente al italiano). Sin embargo, el estallido de la guerra civil española frustra estas expectativas, y en septiembre de 1936 González Porto regresa a Cuba, desde donde se establece luego en México (donde ya anteriormente había residido seis meses comisionado por Jackson) y donde funda ya en 1938 la Unión de Tipógrafos Editorial Hispano Americana, dejando el local cubano como una sucursal especializada en libros de literatura, arte, enciclopedias y diccionarios.

Manuel Andújar.

Como es bien sabido, porque se reitera en cualquier análisis que se haya hecho de ella, la situación política de aquellos años favoreció en buena medida el crecimiento de las editoriales en América, principalmente por el estado de postración en que quedó la industria española como consecuencia de la guerra y, a la conclusión de la misma, como consecuencia de su resultado y del periodo tanto económico como político que entonces se abrió en España. A las duras limitaciones en la compra de papel, la dificultad –prácticamente imposibilidad– de modernizar la maquinaria y los procesos de trabajo al ritmo que lo estaban haciendo las empresas más competitivas y la escasez de profesionales cualificados o con experiencia, debía añadirse además el peso de la censura religiosa y política, que propiciaba que los autores y editoriales extranjeros que pretendían que sus obras fueran traducidas al español optaran por hacerlo a través de empresas americanas. Y a ello hay que añadir aún el enorme flujo de escritores y profesionales expertos tanto en labores de edición como de impresión y encuadernación, que no hizo otra cosa que propiciar un auge de la edición sobre todo en México y Argentina, que fueron los dos países que más refugiados republicanos acogieron y donde más oportunidades tuvieron de retomar de alguna manera sus carreras profesionales.

Así pues, la editorial González Porto continuó como editorial dentro del conglomerado que fue creándose alrededor de UTEHA con la creación en 1946 de la editorial Acrópolis (con sede también en Caracas), además de contar con sus propias y muy pronto potentes imprenta y distribuidora. El crecimiento y expansión de la editorial en los años sucesivos y la nómina de colaboradores que UTEHA conseguirá para la elaboración de su famoso diccionario es impresionante y constituye una retahíla de nombres ilustres, pero valga como ejemplo recordar, limitándonos exclusivamente a los refugiados españoles, que durante quince meses tuvo como representante en Chile al excelente escritor Manuel Andújar (1913-1994), que procedía del mexicano Fondo de Cultura Económica; o que tuvo como gerente apoderado al economista y sindicalista Estanislau Ruiz Ponsetí (1889-1967) cuando éste abandonó la editorial Atlante de Juan Grijalbo (1911-2002), y a su vez fue sustituido por otro español, Julio Sanz Saínz; como editor al cenetista Marín Civera Martínez (1900-1975), que en la península Ibérica había dirigido los periódicos Orto, El Pueblo y Mañana; como ilustrador a Pere Calders (1912-1994), que en México también había trabajado mucho para Atlante; como corrector de pruebas al tipógrafo Manuel Albar Catalán (190-1955), y haciendo diversas labores, muchas de ellas vinculadas a la Enciclopedia UTEHA y a la Enciclopedia Cultural UTEHA, a Antonio Ramos Espinós (que dirigió el departamento de enciclopedias y diccionarios), Luis Doporto Marcheri (que llegó a ser director del departamente editorial, tras una larga carrera en la casa);  Gabriel García Narezo (n. 1916), por no mencionar a la pléyade de redactores de este tipo de obras que hicieron famosa a la editorial, entre ellos el historiador Josep M. Miquel i Vergés (1903-1964) y  la química María Teresa Toral (1911-1994) o a la extensísima nómina de traductores e ilustradores de relumbrón de origen español, que incluiría nombres como Agustí Cabruja (1908-1983), Lluis Ferran de Pol (1911-1995), Albert Folch i Pi (1905-1993), Miquel Santaló (1888-1961), Josep Maria Giménez Botey…

Esto permitió escribir con razón al pontevedrés Julio Sanz Saínz (que tras su paso por Labor Mexicana sustituyó a Ruiz Ponsetí como gerente y más tarde fundaría la editorial Aconcagua), en El exiliado vive en las honduras de su ser:

En la capital mexicana se editó, y fue obra de los refugiados españoles, el único diccionario enciclopédico, originalmente redactado en Hispanoamérica, no traducido de otros idiomas, que incluía todo núcleo de población de habla hispana con más de cien habitantes; el diccionario cubrió el vacío de obras similares editadas, escritas o sólo traducidas en España; subsanó matices, errores y omisiones producidos por el predominante criterio del virreinato y del espíritu centralista absorbente de la metrópoli.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2006.

Carlos Bua, «Memorias de un cubano. El gato de papel», 2 de junio de 2014.

Philippe Castellano, «El libro de la cultura o cómo se intentó construir una representación de América Latina», Cahiers du CRICCAL, vol. 31, núm. 1 (2004), pp. 73-80.

Marcela Lucci, Semblanzas de José María González Porto y de la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana en el portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XX) – EDI-RED.

Julio Sanz Sainz, El exiliado vive en las honduras de su ser, Valls, edición del autor al cuidado de Eduardo Fermín Partido e impresa en Gràfiques Moncunill, 1995.

Moulines, un librero y editor excepcional

Al término de la guerra civil española, Venezuela fue país de acogida de muchos refugiados republicanos víctimas de la guerra civil española, entre los que suelen destacarse sobre todo a una pléyade de científicos: Manuel Corachán (1881-1942), que fundó en la Universidad de Caracas el Instituto de Cirugía Experimental; August Pi i Sunyer (1879-1965), que impartió diversas materias en la Universidad Central y dirigió el mencionado Instituto de Medicina Experimental; Rossend Carrasco i Formiguera (1892-1990), profesor de fisiología sucesivamente en las universidades de Los Andes (Mérida), Maracay y Central de Caracas; el valeroso Antoni Peyrí (1889-1973), que dirigió la leprosería Isla de Providencia de Maracaibo, o el geógrafo Pau Vila i Vinarès (1881-1980), que desarrolló una ingente y fructífera labor docente, y a éstos podrían añadirse muchos otros. Sin embargo, también hubo entre los exiliados republicanos que fueron a parar a Venezuela alguna gente del libro importante, como es el caso del librero y editor Linus (o Lino) Moulines Gascons (1913-2000).

Pere Pagès i Elies (Victor Alba).

Su compañero de militancia en el BOC (Bloc Obrer i Camperol) Víctor Alba describe de un brochazo al Moulines de principios de los años treinta, en Barcelona, «despechugado y con sandalias», y lo recuerda como quien le descubrió un restaurante de la calle Sitjà donde por 1,25 pesetas diarias los estudiantes podían hacer una comida a mediodía y tomarse un café con leche como cena. Moulines había llegado a Barcelona en 1933 procedente de su Anglès (Girona) natal –tras un breve paso por Terrassa, donde trabajó en la industria textil– con el propósito de presentarse a una oposición convocada por el SMC (Sindicat de Metges de Catalunya), y, según el Diccionario biobibliográfico del exilio republicano de 1939, en esos años se ocupó de la edición de «revistas y folletos de carácter médico-científico» cuyos títulos no precisa.

Al estallar la guerra, este militante del BOC y luego del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista) participó en la toma de la universidad y posteriormente marchó al frente de Aragón, hasta que el 10 de febrero de 1939 cruzó la frontera con Francia, donde pasó por varios campos de concentración antes de poder evadirse a Luxemburgo. Allí fue detenido por indocumentado y enviado a un campo de trabajo en el Sarre. La que sería su esposa, Otília Castellví (1917-2001), dejó un testimonio impagable e imprescindible para reconstruir estos años del primer exilio –o primera etapa del exilio– en De las checas de Barcelona a la Alemania nazi. Veinte años de una vida (Acantilado, 2008).

Con su llegada en 1946 a Brasil, país desde el que antes de un año pasaría a Venezuela, se abría una nueva etapa en la trayectoria de Moulines en la que una de los primeros hitos fue convertirse ese mismo 1946 en primer secretario de la Asociación Esperantista. La librería Suma, de la que Moulines fue gerente, no tardó en convertirse en uno de los puntos de reunión y difusión de esta lengua, en la que el propio librero tuvo un papel muy destacado como conferenciante y articulista. La dedicación de Moulines a su labor como librero fue lo que le convirtió con el tiempo en un punto de referencia indispensable, y a principios de la década de los cincuenta ya estaba al frente de otra librería, la Politécnica (en la caraqueña calle Villaflor, de Sabana Grande), que se convirtió en agente de ventas de las publicaciones de la Unesco y de la FAO y que, además de mantener contacto frecuente con editores españoles, proveía de material bibliográfico a lo más granado del país. Cuenta su esposa que «Linus se pasaba todo el día en la librería. La élite profesional y política de Caracas iba a comprar sus libros a la librería». Su fluida y frecuente relación con los ambientes universitarios le convirtió además en asesor y proveedor de los más importantes profesores e instituciones culturales (como es el caso por ejemplo del Centro Cultural y de Estudios Sociales), y facilitó también las colaboraciones editoriales. La Politécnica fue además la librería en exclusiva de la facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, así como de otras varias de la Universidad Católica Andrés Bello, y más adelante coeditó algunas obras con el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (unas Novelas ejemplares de Cervantes en 1969, por ejemplo) o la Academia Nacional de la Historia entre otras instituciones.

Al mismo tiempo, en 1953, como miembro del Centre Català de Caracas –en cuya revista Senyera dejó algunas colaboraciones–, participó activamente en la organización de los Jocs Florals de la Llengua Catalana de ese año, celebrados en el Teatro Municipal de Caracas y en el que, por conseguir por tercera vez la Englantina, se proclamó al poeta Agustí Bartra (1908-1992) mestre en gai saber.

Guillermo Meneses.

La firma de Linus Moulines aparece junto a las de Macario Fernández, Jaime Gelpi Lago, Alfredo León Luprón, José Ramón Martín, José María Pachón, Gerónimo Puig Pérez, José Rivas Rivas, Violeta Roffe, Julio Vázquez, Luis Yépez en el acta de constitución de la Cámara Venezolana del Libro, fechada el 7 de noviembre de 1953, y unos pocos años anteriores (¿1950?) son las primeras ediciones de la empresa que Moulines acababa de crear, la editorial Nueva Cádiz, que arrancó con un Atlas escolar de Venezuela (1951)  y con la ambiciosa colección Biblioteca de Escritores Venezolanos, donde recuperó varios títulos de Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) (Sensaciones de viajes, Confidencias de psiquis prologadas por Pedro Emilio Coll, Cuentos de color, Camino de perfección y otros ensayos) e hizo una segunda edición de la obra del cronista y tipógrafo venezolano Casto Fulgencio López (1893-1962), Lope de Aguirre, el Peregrino, primer caudillo de América, así como La voz de los cuatro vientos (poemas), de Fernando Paz Castillo (18931971),  El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses (1911-1978), Humanismo y romanticismo, de Luis Beltrán Guerrero (1914-1996), Juan Bautista Picornell y la conspiración de Gual y España. Narración documentada de la pre-revolución de independencia venezolana, también de Casto Fulgencio López, y, en 1955, un Compendio histórico de la literatura de Venezuela preparado por el abogado y político José Ramón Barrios Mora (1913-¿?).

Una cuestión que no he podido esclarecer es a qué responde el hecho de que el pie de estas ediciones indique Caracas (Venezuela)-Barcelona (España) como lugar de publicación, pero quizá la estrecha relación entre Moulines y el editor, escritor y traductor catalán de Terrasa Ferran Canyameres (1898-1964), con quien había coincidido también en Francia, sea una posible vía de explicación. Canyamares, que había regresado a Barcelona en 1949, se encontraba en una situación financiera bastante complicada pese a contar con los derechos de traducción y edición de las obras de George Simenon, y sobre todo después de haber sido detenido y encarcelado entre 1951 y 1955, por lo cual a finales de 1955, según su biógrafo Gustau Erill i Pinyot, «intenta colocar libros sobre todo a los amigos de Sudamérica, como Linus Moulines, de Venezuela, que es librero, y Emili Pla, en el mismo país, a quien propone entrar como socio en la editorial [Albor] y le pide que haga de mediador con otras editoriales y distribuidores». Y durante el año siguiente:

Llegó a ser tan mala la situación de la editorial que suerte tuvieron de la ayuda que les llegaba de Venezuela. Pla y Moulines les mandaban cada mes mil quinientas pesetas (que Canyameres tuvo que pedir que mandaran a nombre de Fernando Cañameras porque si no no las podía cobrar en Correos), teóricamente a cuenta de libros del fondo de Aymà. Libros que, por otra parte, muy probablemente Linus Moulines tampoco vendía con la fluidez suficiente para justificar mensualmente ese dinero, y mucho menos Emili Pla, que no tenía ningún negocio directamente relacionado con el mundo del libro.

Aun sin la más mínima prueba, ¿se puede especular que quizá, desde el momento de su regreso a la península, Canyameres colaboraba de algún modo en las ediciones de Nueva Cádiz? El epistolario entre Moulines y Canyameres refleja la voluntad del primero de regresar a Barcelona y crear una librería especializada en libros técnicos como la que tan bien le funcionaba en Caracas, mientras que el segundo tenía arrendados los bajos de una torre en Vallcarca (donde guardaba los libros de Simenon del fondo Aymà) que quizá le podría convenir a su amigo, pero antes de poder concretar nada, Canyameres se quedó sin local (y consiguió que una fábrica de Terrassa le cediera un rincón donde dejar los libros).

Portada de una edición Nueva Cádiz con el doble pie.

En el verano de 1958, tras un nuevo paso por prisión, Canyameres consiguió llegar a un acuerdopara alquilar la parte del piso donde había estado la editorial Albor a Moulines y Otilia Castellví (que lo aprovecharían en las temporadas que pasaran en la capital catalana) y además se convirtió en representante en Barcelona de la empresa de su amigo. Explica Erill i Pinyot:

Sin serlo legalmente, ni con una remuneración específica, Canyameres salía a hacer gestiones y encargos a las editoriales y librerías de Barcelona por cuenta de su amigo: era un modo de devolverle el gran favor económico que desde Venezuela les había hecho, y todavía les estaba haciendo, desde que se encontraban en aquella situación.

Unos años después, en junio de 1963, el matrimonio Moulines pasó en compañía de su amigo una semana de reposo en el monasterio de Montserrat, que Canyameres aprovechó para proseguir con la escritura de su propia obra literaria. Por su parte, Moulines, que participaría también en la organización de los Jocs Florals de 1966 en Caracas, presididos por Rómulo Gallegos (1884-1969), obtendría un importante éxito unos años después con una recopilación del argot caraqueño, que firmó como Julio Cáceres y publicó en 1974 en Nueva Cádiz, Malas y peores palabras.

Ferran Canyameres.

Más allá de las diversas facetas profesionales de Moulines Gascons (esperantista, librero y difusor de la cultura y el conocimiento, editor de literatura y de bibliografía científica y académica, etc.), una primera aproximación panorámica ya permite entrever una calidad humana excepcional, que viene a confirmar la que ofrecen las memorias de su esposa, recomendables sin reparos.

Fuentes:

Esther Barachina, «Lino Moulines Gascons», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento, 2017, vol. 3, p. 372.

Otilia Castellví, De las checas de Barcelona a la Alemania nazi: veinte años de una vida, Barcelona, Acantilado, 2008. Hay una versión previa (1997), también en español, en la editorial Oikos-Tau y el título 1926-1946: Vint anys d’història

Gustau Erill i Pinyot, Ferran Canyameres. Entre la memòria i l´oblit, Barcelona, Baula, 1999.

Lino Moulines, «Orígenes o inicios del esperanto en Venezuela», conferencia reproducida en el blog de Ricardo Coutinho el 10 de junio de 2011.

La editora catalano-mexicana Neus Espresate Xirau y su generación

Neus Espresate Xirau, nacida en Canfranc (Huesca) el 5 de enero de 1934 y fallecida en la Ciudad de México el 21 de febrero de 2017, perteneció a una generación de intelectuales nacidos en España, trasladados a América siendo aún niños y que tuvieron una formación bastante peculiar.

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Tomàs Espresate.

En los años treinta, su padre, Tomàs Espresate Pons (1904-1994) había sido un destacado líder socialista en la provincia de Huesca y al estallar la guerra civil española se trasladó a Barcelona, donde quedaron sus hijos cuando, al caer Barcelona en manos franquistas, Tomàs cruzó la frontera y se trasladó inicialmente a París, donde trabajó en el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles). En el verano de 1940, con las tropas franquistas a un paso de la capital francesa, Tomàs Espresate se trasladó a Marsella, desde donde intentó salir hacia México con su esposa, cosa que no logró hasta la primavera de 1942, y desembarcó del Nyassa el 22 de mayo de ese año. Antes de que pudieran reunirse con él sus hijos, Jordi, Francesc (Quico) y Neus, que llegó con doce años, había creado una empresa de comercio textil y, en colaboración con el zaragozano Enrique Naval (1901-1958) –quien en Argentina había puesto en pie con Epifanio Madrid la editorial Bajel, que entre otras cosas publicó De un momento a otro, de Alberti–, crearon la empresa Crédito Editorial y posteriormente la Librería Madero, a la que años más tarde añadirían una pequeña imprenta en la que reside el origen de las Ediciones Era.

Tras unos años de escolarización en centros educativos franquistas, Neus Espresate forma su personalidad en México inicialmente en el ámbito de los centros creados por exiliado españoles desde 1939 con el propósito de que los hijos de los republicanos españoles pudieran seguir su educación hasta el momento de regresar a su país de origen, cosa que se suponía que podrían hacer en cuanto las fuerzas aliadas acabaran con las dictaduras fascistas en Europa. En consecuencia, la formación de estos niños, aun siendo hispanomexicana, daba mucha importancia a la geografía, la historia, la literatura y en general la cultura españolas, lo que posteriormente los singularizó entre sus compañeros universitarios.

En la Imprenta Madero confluyen en los años cincuenta los hermanos Jordi y Francesc Espresate (1932-2013) con Vicente Rojo (Barcelona, 1932) y José Hernández Azorín. Se trata de un núcleo de jóvenes nacidos en España, próximos al socialismo y comprometidos con el antifranquismo, que en 1960 pondrían en pie las Ediciones Era, en compañía además de otros hijos de exiliados republicanos como Nuria Galipienzo, Pili Alonso, Adolfo (Fito) Sánchez Rebolledo o el abogado Carlos Fernández del Real.

Jomi García Ascot

Jomi García Ascot

Por aquel entonces habían podido seguir muy de cerca las primeras iniciativas editoriales de sus compañeros generacionales, como las revistas promovidas por universitarios que habían abandonado España de niños tales como Clavileño (1948), de Luis Rius, Arturo Souto Alabarce, Inocencio Burgos, etc.; Presencia (1948-1950), editada por Enrique Echeverría, Jomí García Ascot y Roberto Riuz; Hoja (1948), en cuyas Ediciones de la revista aparecieron los primeros libros de Tomás Segovia (1927-2011) y Enrique de Rivas (n. 1931) o Segrel (1951), que publicó también el libro Canciones de vela (1951), de Luis Rius (1930-1984). No es extraño, pues, que ya en los primeros años de su andadura Ediciones Era contribuyera a dar a conocer la poesía de Jomi García Ascot (Un otoño en el aire,1964), Luis Rius (Canciones de amor y sombra,1965) y Tomás Segovia (Historias y poemas, 1968) y un poco más adelante tuviera también el acierto de publicar la importante Historia documental del cine mexicano (1978), de Emilio García Riera.

Eran los años también en que sus compañeros hispanomexicanos estaban empezando a forjarse un nombre en el mundo editorial, con Joaquín Díez Canedo (1917-1999) a la cabeza con su independiente Editorial Joaquín Mortiz, creada en 1962, pero también, sobre todo en la órbita del FCE, Tomás Segovia (1927-2011) como excelente traductor literario, Juan Almela Castell (1934-2014), conocido como poeta Gerardo Deniz, que hizo labores de edición y corrección, o José de la Colina (n.1934), que hizo también trabajos de corrección y traducciones para González Porto, el Fondo y Era, Francisco González Aramburu, también corrector y traductor… Sin embargo, más importante aún como aglutinadora de estos intelectuales hispanomexicanos fue la iniciativa del Movimiento Español 1959 (ME/59), que había reunido poco antes de la fundación de la editorial a Vicente Rojo, Luis Rius, García Ascot, Xavier de Oteyza, Jordi Espresate, José de la Colina, Manuel Duran, Martí Soler, José Pascual Buxó y Elena Aub entre otros muchos, y entre cuyos propósitos estuvo el de publicar libros con la intención de distribuirlos en España.

Max Aub, J. Díez-Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Max Aub, J. Díez-Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Ediciones Era nace como una editorial de izquierdas firmemente arraigada a México, a su realidad social y política, con la que se compromete desde el primer momento, y lo hace abriéndose a la obra de los nuevos creadores en lengua española en un sentido muy amplio y a aquellos ensayos del ámbito de las ciencias humanas que, más por reticencias ideológicas que por cuestiones de rigor o de calidad, muy difícilmente podían encontrar su espacio en las grandes editoriales del momento. Aun así, los temas españoles y en particular los derivados de la guerra civil tienen una presencia mayor que en cualquier otra editorial de su tiempo (con la salvedad de Ruedo Ibérico).

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Neus Espresate.

Ya las circunstancias que rodearon la aparición del primer libro de Ediciones Era, con la que estrenaba la colección Ancho Mundo, es significativo e ilustrativo tanto del momento histórico como del perfil ideológico de la editorial y de su firme apuesta por un tipo de literatura estrechamente vinculada con el reportaje periodístico: La batalla de Cuba. Fisonomía de Cuba, un volumen en cuya primera parte lo constituye un amplio ensayo a modo de reportaje del historiador Fernando Benítez (1912-2000) y la segunda es una breve semblanza de la Cuba prerrevolucionaria escrita por el catedrático Enrique González Pedrero (n. 1930), quien ya había abordado el mismo tema en La revolución cubana (UNAM, 1959) y quien entre 1955 y 1957 había adquirido experiencia como secretario de redacción de la revista del Fondo Económico de Cultura El Trimestre Económico, fundada en 1934 por Daniel Cosío Villegas y Eduardo Villaseñor y por aquel entonces dirigida por Víctor L. Urquidi y Javier Márquez. En cuanto al aspecto de La batalla de Cuba, Vicente Rojo se ocupó tanto del diseño como de la reproducción de las numerosas imágenes fotográficas a color como del mapa a color que incluye y de diversas tablas.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

En una intensa entrevista de Guillermo Sánchez Cervantes, publicada en Gatopardo, Neus Espresate ponía de manifiesto la importancia que tuvieron las colaboraciones en los pasos iniciales de Era, y en particular la ayuda recibida de Benítez y del editor de origen argentino Arnaldo Orfila. El vínculo con Benítez procedía del hecho de que, a la muerte del diseñador gráfico también exiliado Miguel Prieto (1907-1956), Rojo fue al hombre a quien recurrió Benítez para que le sustituyera como dirección gráfica de los prestigiosos suplementos México en la Cultura y luego La Cultura en México, que tenían como colaboradores más o menos asiduos a muchos otros hispanomexicanos (Tomás Segovia, Gerardo Deniz, García Riera, Núria Parés, Manuel Duran, Ramon Xirau, Francisca Perujo, Agustí Bartra…), así como a autores que no tardarían en estrenarse en Era: Mosiváis, Monterroso, José Revueltas, Poniatowska, José Emilio Pacheco…

La mención de algunos títulos es indicativa de las intenciones y los caminos que pretendía transitar el equipo fundador de Ediciones Era. También de 1960 es por ejemplo la traducción de Francisco Álvarez Iraola de Sudáfrica: la tragedia del apartheid, de Norman Phillips, asimismo con ilustraciones fotográficas, y de esos primeros años 3b4ae-sierradeteruel1945algunos títulos permiten aquilatar el equilibrio que en ERA va construyéndose entre el compromiso político –en el que marca un hito la creación de la revista Cuadernos Políticos (1974-1990), donde se darán a conocer los grandes politólogos y ensayistas latinoamericanos de izquierda– y la nueva literatura de alta exigencia estética: el libro que recopilaba las entrevistas llevadas a cabo por Elena Poniatowska que ningún periódico se atrevía a publicar, Palabras cruzadas (1961);  México. Pintura Activa (1961), de Luis Cardozo y Aragón, en la espléndida colección Imágenes; España heroica. Diez bocetos de la guerra española (1961), del general republicano Vicente Rojo, padre del diseñador de la casa; Franco, Hitler y los Estados Unidos (1962), de E. N. Dzelepy; Aura (1962), de Carlos Fuentes; Breve historia de Coyoacán (1962), de Salvador Novo; El único camino (1962), de Dolores Ibárruri; El cine mexicano (1963), del Emilio García Riera (Ibiza, 1931-México D.F., 2002); Cuentos del Sur y Diario de México (1963), del chileno Manuel Rojas, El coronel no tiene quien le escriba (1963), de García Márquez…, así como un curioso libro de Frédéric Rossif Madeleine Chapsal titulado Morir en Madrid (1963), montado a partir de fotogramas de la película documental dirigida por Rossif para la que se sirvió de numerosas películas de época y que en 1965 fue nominada al Oscar al mejor documental (el 1967 obtuvo el BAFTA en la misma categoría). Ahí está el precedente de otra obra importante basada en guiones cinematográficos vinculados a la guerra civil, Sierra de Teruel (1968), de André Malraux, que Era publicó en traducción y con prólogo de Max Aub en una espléndida colección dedicada al cine.

amorysombraTambién es orientativo ver a qué editoriales compraron en sus principios más derechos los jóvenes creadores de ERA para editar las correspondientes traducciones: Gallimard, Edizioni Avanti, Pantheon Books, Julliard, Libraire François Maspero, Monthly Review, New Left Books… Que en Era se publicara la obra de algunos exiliados republicanos, como por ejemplo Menesteos, marinero de abril (1965), de María Teresa León, la Poesía española contemporánea, de Max Aub (1969) o Las ideas estéticas de Marx (1965) y Estética y marxismo (1970), de Adolfo Sánchez Vázquez, encaja perfectamente en el propósito expresado por la propia directora de la editorial, Neus Espresate –a quien se ha caracterizado como «la heredera de esa generación de grandes exiliados»– de dar a conocer desde México lo que no se podía publicar en España, y particularmente lo que hacía referencia a la guerra civil, y procurar luego introducirlo en la Península.

cardozayaragonAun así, como ha escrito Carlos Monsiváis, uno de los autores más arraigados en ERA, lo que singulariza a Era es la concepción latinoamericana de su postura ante la realidad:

En los años sesenta Ediciones Era comienza y el proyecto es y parece distinto porque, además de todo, el momento de América Latina es eléctrico, y Era surge como proyecto latinoamericano. Se cree en el cambio (que la mayoría adjetiva: cambio revolucionario), se observa con detalle lo que ocurre en Cuba… se vive con pasión las teorías de la dependencia, y por vez primera desde los treintas, la izquierda cultural está a la vanguardia, una izquierda desestalinizada, crítica, alejada del lenguaje torrencialmente histíorico de Vicente Lombardo Toledano […] Era publica entonces lo que las editoriales oficiales y la mayoría de las privadas no admiten, temas como el castrismo, la presencia de las transnacionales, el nuevo colonialismo….

Neus Espresate, quien tenía claro que no es fácil describir su trayectoria, porque «nos hemos cuidado de no definir: la mejor definición es conocer nuestros libros», desde el primer momento «La propuesta era entre publicar los libros que queríamos y los necesarios. Afortunadamente, esas dos intenciones se han ido conjugando hasta el momento [1994]».

Aun así, según la evaluación que se hizo en la Universidad Autónoma de México al decidir nombrarla doctora honoris causa:

La política editorial de ERA durante la gestión de su directora fue documentar y difundir los acontecimientos sociales más relevantes de la historia contemporánea de México y América Latina, al abrir un espacio al pensamiento crítico para expresarse, como lo demuestran los testimonios de sus autores y colaboradores más cercanos.

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Fuentes:

AA.VV., “Entrevista con Neus Espresate y Vicente Rojo”, en Ediciones Era. 35 años, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1995, pp. 61-83.

Elena Aub, Historia del ME/59. Una última ilusión, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia (Palabras del Exilio 5), 1992.

exilio2agenManuel Aznar Soler y José Ramón López García, El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Gexel-Remacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos XV), 2011.

Colegio Académico de la UAM, «Acta de la Sesión 329», 2 de diciembre de 2010.

Teresa Férriz Roure, «Fernando Benítez, la prensa cultural mexicana y el exilio repubilcano», Arrabal, núm. 1, pp. 235-241.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo 9), 2006.

Elena Poniatowska, «Los españoles de antes», La Jornada, 28 de junio de 2015.

José Carlos Reyes Pérez, «El sueño mayor de hacer libros»: Era. Cultura escrita en español y la difusión de las ciencias sociales a través de una editorial, tesis presentada en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, agosto de 2016.

Javier Rico Moreno, «El exilio español en México. Reencuentro y proeza en tinta y papel», Texturas, núm. 24 (septiembre 2014), pp. 91-108.

Guillermo Sánchez Cervantes, «Neus Espresate y los inicios de Ediciones Era», Gatopardo, 2011.

Josep Salvador, linotipista y editor en Toulouse

A Adrià Pujol Cruells, escriptor empordanès

Al término de la guerra civil española y hasta la liberación de Francia, Toulouse se convirtió en uno de los más interesantes centros editoriales en lengua española, si bien el traslado progresivo de muchos escritores e intelectuales a París hizo que esta condición quedara luego debilitada. Aun así, la vitalidad cultural de los centros de refugiados, a menudo de marcado cariz anarquista, duró aún varias décadas. En Cataluña, por ejemplo, en la inmediata posguerra fue posible sintonizar Radio Toulouse y tener oportunidad de escuchar las emisiones que durante tres meses hizo en catalán el luego importante librero y editor Antonio Soriano (1913-200), que luego regentaría la célebre Librería Española de París.

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Fue precisamente Soriano quien, con la colaboración de Josep Salvador Puignau (1908-1974)m creó en Toulouse el Centro de Estudios Económicos Toulouse-Barcelona, que José-Luis Morro Casas ha descrito como: «Una especie de Ateneo en el que se realizaban conferencias, cuyo éxito fue tal que la gente casi vivía pendiente de las mismas. Allí hablaron hispanistas como [Jean] Cassou, Henri Lefevre, Bruinstard..», y prosigue más adelante:

A Soriano se le ocurre crear una librería. Le venían a la memoria aquellos años en que fue bibliotecario en Barcelona; volvía a tener la oportunidad de encontrarse con lo que le fascinaba, la obra impresa. Junto a su amigo José Salvador, funda la Librería Española, ubicada en la rue D’Arcole número 1. No sin problemas lograron que un amigo ciudadano francés de origen español, Luis Surères, gestor de profesión, se prestara a regentarla. […] Soriano encontró el filón; con una maleta llena de libros franceses se encaminó hacia Andorra, donde aún quedaban remanentes de libros españoles anteriores a la guerra civil y logró cambiarlos por libros sobre la Civilización Española del Instituto Gallach, que se encontraban a miles. A la vuelta los vendieron enseguida, no quedando más remedio que hacer varios viajes a Andorra por semana.

Cuando Soriano se marchó a París, quedo al frente de la librería en Toulouse Josep Salvador, quien a los dieciocho años se había trasladado de su Palafrugell natal a Barcelona, desde donde se trasladó luego a París para formarse en artes gráficas durante la dictadura de Primo de Rivera. Además de aprender el francés, en esta etapa aprende también esperanto, y a su regreso imparte clases de esta lengua en el Ateneu Enciclopèdic Popular de la barcelonesa calle del Carme. En 1935 crea con un socio una imprenta en la calle Aribau de la misma ciudad, donde trabajará hasta su intervención en la batalla del Ebro y su posterior exilio a Francia en febrero de 1939.

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Campo de concentración en Barcarès.

Tras su paso por los campos de concentración en las playas de Argelés y Barcarès, es enrolado en una compañía de trabajo e inicia entonces un periplo por diversos grupos de trabajadores españoles. Según explica Javier Campillo Galmés en el magnífico estudio que dedicó a Salvador: «El 25 de septiembre de 1944, un mes después de la liberación de Toulouse, Salvador es dispensado de su pertenencia al Grupo 562 de Trabajadores Extranjeros. Salvador adquiere el estatuto de refugiado apátrida, dependiendo del Ministerio de Exteriores francés». Y es un par de años después, en agosto de 1946, cuando inicia trámites para crear en la Librairie des Éditions Espagnoles, mediante la creación de una sociedad en la que inicialmente participaban también Soriano, Solères, Fernand Vargas y Amadeo Vives. Siguiendo de nuevo a Campillo Galmés:

Un recorte de prensa de la época recoge los dos objetivos de la librería: por una parte, favorecer la difusión de las publicaciones españolas entre el público francés y, por otra, ayudar a los intelectuales españoles mediante la edición de sus obras. Se dice incluso que «cuando España sea libre, una casa análoga se abrirá más allá de los Pirineos, lo que contribuirá a un activo intercambio cultural entre nuestros dos países»

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Diseño de ArgÑuelles para una exposición en Toulouse en 1947.

La edición pues de libros, asumida por Soriano y Salvador como un deber moral, se inicia en 1947 con la publicación en el sello Librairie des Editions Espagnoles de Tres mesos i un dia a Nova York, de Josep Mª Poblet (1897-1980), Goya: sa vie, son ouevre, son temps…, de Domènec de Bellmunt (1903-1993), con una serie de muy famosos Boletines Bibliográficos (preciada compilación de libros publicados en español) y la muy celebrada colección La Novela Española, quizás la mayor contribución de la LEE a la edición en lengua española, a la que en 1948 se añade una colección dirigida por el hispanista Pierre Darmangeat dedicada a los clásicos españoles (Tirso, Garcilaso, Zorrilla, etc.), todas ellas impresas en Toulouse. Poco después se empiezan a imprimir también en París, es de suponer que bajo la supervisión de Soriano, que ya se había establecido allí, con indicación editorial «París-Toulouse: Librairie des Éditions Espagnoles». Las primeras obras son tres conferencias de peso: La lengua y la cultura en Hispanoamérica (1951), de Ángel Rosenblat, El sentido del Lazarillo de Tormes (1954) de Marcel Bataillon y El romanticismo y el siglo XX (1955) de Pedro Salinas.

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La famosa colección La Novela Española la dirigía inicialmente el excolaborador de La Revista Blanca, Umbral y, ya en Francia, el parisino El Heraldo de España Antonio Fernández Escobés, y la constituían pequeños volúmenes de 16 x 12 de entre treinta y cuarenta páginas en las que el texto de relatos y novelas breves aparecían compaginados a doble columna y con portadas diseñadas y dibujadas por el cartelista Antonio Argüello. A la muerte de Fernández Escobés le sustituyó en la dirección Ezequiel Endériz. Tras estrenarse con la cervantina Rinconete y Cortadillo, entre 1947 y 1949 La Novela Española publicó mensualmente una amplia combinación de clásicos indiscutibles (para cumplir con el propósito de dar a conocer la cultura española en el país de acogida) con novelas breves de autores exiliados (a los que se pretendía ayudar en alguna medida). Así, junto a obras de Lope de Vega o Quevedo, aparecen antologías poéticas de Federico García Lorca y Machado y obras de Alejandro Casona, Victor Alba y Ramón J. Sender, entre otros escritores exiliados hoy menos conocidos.

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Victor Alba, Diálogo sin testigos (1947).

Tal fue el éxito de estas ediciones, en papel de muy baja calidad y a un precio inicial de 25 francos, que a partir de la segunda serie, iniciada en enero de 1948, se empiezan a publicar dos títulos mensuales (y a 30 francos), pero, como explica Francisca Montiel Rayo, esta ambiciosa empresa, que se vio pronto en la necesidad de implementar una segunda subida de precio que lo situaría en los 50 francos, fue bastante difícil:

El encarecimiento del precio del papel, el pago del diez por ciento de las ventas acordado con los autores, la imposibilidad de vender en Francia las tiradas completas de las ediciones –que llegaron a alcanzar los cinco mil ejemplares– y los problemas que entrañaba su distribución en América –expansión que intentó poner en marcha Fernández Escobés– fueron algunas de las dificultades que marcaron la vida de la colección.

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Victor Alba, La muerte falsificada (1948).

Antes de cerrar la colección esta se atrevió incluso a estimular la creación literaria entre sus lectores con la convocatoria un Premio Antonio Zozaya dotado con diez mil francos y cuya obtención comportaría la publicación de la obra. Según se anunciaba ya en la contracubierta del número 12:

Acontecimiento literario. Continuando con su obra de divulgación de la cultura española, para corresponder al favor creciente que recibe de sus numerosos lectores y para excitar la producción literaria dando a los jóvenes escritores la oportunidad de darse a conocer, La Novela Española, de acuerdo con un prestigioso periódico del exilio [¿L’Espagne?], estudian las bases de un concurso literario que llevará por título el nombre del insigne escritor Antonio Zozaya, rindiendo así un merecido homenaje a esta figura señera del periodismo y la literatura española contemporánea [que hacía poco, en 1943, había muerto en su exilio mexicano].

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El premio lo ganó Andrés María del Carpio (autor en 1931 de la música del «Himno a Andalucía») con la obra El Españolito, cuya extensión excedía en mucho la habitual en la colección, y quizá eso contribuyera a que no llegara a publicarse, aun cuando los miembros del jurado describieron al autor como un «escritor español, agudo y original, muy conocido y apreciado en la vida literaria de París» y expresaron su convencimiento de que no sería éste el último triunfo que obtendría. Andrés María del Carpio dejó abundante material inédito acerca del lenguaje, el cante y las costumbres andaluzas, pero antes de su muerte vio publicadas una variopinta serie de obras, como Juan García Morales, presbítero. Algunos rasgos del hombre y de su obra (Lyon, Imprimerie Juhan, 1946), Sonoridad del castellano (Madrid, Marsiega de Artes Gráficas, ¿1955?), Cartas galas. Febrero de 1939- julio de 1940 (Madrid, Ediciones Iberoamericana, 1960), La espera interminable (julio de 1940-septiembre de 1944), Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1964 o El canto del gallo. Ensayo de fonética descriptiva galla (Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1970).

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Josep Salvador en 1952.

Por su parte, concluida La Novela Española, Salvador prosiguió con su labor de difusión y apoyo a las culturas peninsulares, y así por ejemplo en 1952 la librería se convirtió en una de las principales organizadoras de los Jocs Florals de la Llengua Catalana en el exilio, año en que recibieron los premios ordinarios Joan Barat (1918-1996), Edmon Brazès (1893-1980) y Albert Manent (1930-1914).

Sin embargo, no por ello abandonó Salvador su trabajo como linotipista en La Dépeche du Midi (donde ya había empezado a trabajar en 1944, cuando se llamaba La République du Sud-Ouest). La vida de este infatigable embajador en Toulouse de la cultura española llegó a su fin en febrero de 1974, poco antes de la muerte del dictador, y sus restos descansan en el cementerio municipal de Bourg St. Bernard. Es hasta cierto punto comprensible, pues, que buena parte de la cuantiosa documentación generada por la actividad de Salvador se conserve en el Instituto Cervantes de Toulouse. Sin embargo, otra parte de su legado se encuentra repartida, como es lógico, entre la Biblioteca de Catalunya y el Ajuntament de Palafugell.

Fuentes:

Anónimo, «Donen 74 llibres editats a l’Estat francés per un palafrugellenc», Avui, 17 de mayo de 2010.

Michel Baglin, «C’était la librairie des réfugiés espagnols à Toulouse», Texture, 18 de abril de 2009.

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Alejandro Casona, Flor de leyendas (1947).

Javier Campillo Galmés, «Josep Salvador, librero y editor del exilio en Toulouse», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García (eds.), El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario)-Editorial Renacimiento, 2011, pp. 921-930.

Javier Campillo, «Josep Salvador y la Librairie des Editions Espagnoles de Toulouse».

Francisca Montiel Rayo,  «Semblanza de La Novela Española (1947- 1949)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

José Luis Morro Casas, «Antonio Soriano: los libros, su vida», en Alicia Alted Vigil y Manuel Aznar Soler, eds., Literatura y cultura del exilio español de 1939 en Francia, Salamanca, AEMIC (Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Contemporáneas)- Gexel, 1998, pp. 391-404.

La profunda huella de los libreros

Del paso de los refugiados republicanos españoles de 1939 por Santo Domingo quedó un legado cultural relativamente menor si se compara con el de otros países americanos, pues muchos de ellos no permanecieron allí mucho tiempo. Pese al interés del dictador Trujillo (1891-1961) –que respondía sobre todo a la voluntad de «mejorar la raza» propiciando el mestizaje, y blanquear así a la población–, era difícil pensar que quienes se habían librado de la dictadura en España pudieran sentirse cómodos en otra dictadura, y en un país que, tanto laboral como intelectualmente, poco podía ofrecerles.

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Trujillo (derecha) y Franco (más a la derecha).

Entre las excepciones se cuentan, por supuesto, los casos del músico, pintor y escritor Eugenio F. Granell (1912-2001), que además de convertirse en primer violín de la Orquesta Sinfónica Dominicana, en los cuatro años que pasó allí tuvo tiempo de publicar y de crear, junto con el poeta chileno Alberto Baeza Flores (1914-1998), la revista La Poesía Sorprendida (donde colaboraron otros españoles, como Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Segundo Serrano Poncela) y de publicar en las prensas de la revista la novela El hombre verde (1944); o el poeta catalán Agustí Bartra (1908-1982), que en Santo Domingo –por entonces Ciudad Trujillo– publicó su propia traducción de El árbol de fuego (Librería Dominicana, 1940), antes de poder llevarla a imprenta en la versión original en catalán (México, Imprenta Grafos, 1946); o el escritor y político nacionalista vasco, inmortalizado por Vázquez Montalbán en una interesante novela, Jesús Galíndez (1915-1956), que publicó allí Cinco leyendas del trópico (La Opinión, 1944); o…

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Menos conocida, pero sin duda más profunda fue la huella dejada por dos hermanos que quien quizá antes que nadie estudió el legado de los republicanos españoles en la República Dominicana, Vicente Lloréns (1906-1979), caracterizó del siguiente modo en su espléndido libro de 1975:

En Santo Domingo dos catalanes, los hermanos Escofet, establecieron una librería con un largo y pomposo título: Instituto Hispano-Americano del Libro y de la Prensa. Los Escofet eran unos señores amabilísimos, muy puntuales y diligentes en su negocio. Pronto empezaron a prosperar. Al primer establecimiento –único que conocí– siguió otro en lugar también céntrico, ya con el nombre de Librería Escofet. Y mientras los demás emigrantes iban abandonando año tras año Santo Domingo, la librería de los Escofet ha sido ejemplo de estabilidad, aun en medio de las conmociones que han sacudido al país después de la violenta eliminación de Trujillo en 1961.

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Sobrecubierta (lommo, frontis y solapa) del libro mencionado del valenciano Vicente Llorens (véanse Fuentes).

No es fácil espigar información acerca de la biografía de estos hermanos, José (el mayor) y Antonio Escofet, que en alguna ocasión han sido descritos incluso como valencianos, pero sí hay diversos testimonios de la enorme influencia que su acogedora librería ejerció sobre los jóvenes estudiantes dominicanos a lo largo de varias décadas. No he tenido acceso, por ejemplo, a un libro publicado en la barcelonesa Seix y Barral Hermanos aparecido en 1929 con el título Francisco Pizarro ó El País del Oro. Narraciones novelescas de la conquista del Nuevo Mundo, que firma un José Escofet que quizá sea uno de los hermanos, y que tal vez pueda aportar alguna información al respecto. Pero el carácter singular y generoso de estos hermanos lo confirma por ejemplo Miguel Rone: «El sol salía en el Instituto del Libro. Aquellos viejitos, valencianos, los Escofet Hermanos, al fondo, siempre conversando en catalán, nos brindaban el más amplio espacio librero del Santo Domingo de los 70». Y también el arquitecto Plácido Piña lo confirma: «Eran unos catalanes republicanos amables y paternales que acostumbraban a orientar a uno sobre las mejores o más convenientes lecturas».

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Arzobispo Mariño en la década de 1940.

La librería se instaló inicialmente en la calle Arzobispo Mariño, en la zona colonial (distrito Nacional), para trasladarse posteriormente no muy lejos de allí, a un elegante y funcional edificio del número 86 de la conocida como «calle de las librerías», la Arzobispo Nouel (actualmente correspondería al número 286). El edificio en cuestión, levantado en 1953, fue obra de uno de los arquitectos más importantes del país, José Antonio Caro Álvarez (1910-1978), que, formado en Europa, a su regreso se convirtió en 1939 en profesor de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Santo Domingo, y en 1958 llegaría a ser decano de la de Ingeniería y Arquitectura del mismo centro. Plácido Piña, entusiasta tanto de la librería como del edificio, hace la siguiente descripción del msimo:

Es un edificio medianero de uso mixto, con comercio abajo y dos pisos de apartamentos arriba. Pero lo más notable es su conducta y escala pública, su relación con la ciudad, ese vacío que crea junto a la acera y la gran altura al frente con la entrada retirada a modo de zaguán abierto y una vitrina que parece flotar. De antología. […] Un día, hacia el final de mis estudios universitarios, descubrí algo en su fachada que me dejó atónito. Sus balcones tienen una especie de cortinas en bloques de vidrio curvos que parecen estar a medio abrir o a medio cerrar. Una ocurrencia tan particular y atrevida que siempre me saca mi mejor sonrisa. Hasta ese momento nunca había visto bloques de vidrio curvos y menos usados de esa manera, como si fuera una cortina de cabaret. ¡Alucinante!

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José Antonio Caro Álvarez.

Sin embargo, tan interesante como el edificio es el impacto y la proyección en el tiempo que tuvo la librería de estos de momento enigmáticos hermanos Escofet entre sus jóvenes clientes. El ingeniero Juan Gil Argelés, un «niño de la guerra» llegado a Santo Domingo en 1940 con sus padres, hizo la siguiente evocación:

Más adelante del 1949-1954, era por mi cuenta, asiduo asistente a esa librería en la que revisaba cuanto libro al igual que otros estudiantes interesados en ello, los libros de nuestra carrera sin costo alguno.

Podría confirmar sin duda alguna que otros muchos estudiantes y profesionales disfrutaron de esa amabilidad y generosidad de los Escofet, personajes de hidalguía sin igual llegados al país como consecuencia de la cruel Guerra Civil Española, de quienes al través de los años guardo no sólo un grato recuerdo sino también un sincero agradecimiento por la hermosa imagen que representaron ante el país de nuestra forzosa inmigración.

Por otra parte, de nuevo de Piña es una detallada descripción del interior del comercio tal como él lo conoció: «La librería tenía un salón amplio con mesas que mostraban las novedades y paredes enormes forradas de libros hasta el tope. Al fondo, un salón abierto servía de sala de lectura donde podía uno pasar el rato leyendo sin obligación de comprar».

InstiDelLibro

Planta baja del edificio donde estuvo el Instituto del Libro. Imagen procedente del blog de Plácido Piña citado en Fuentes.

El escritor Efraím Castillo recuerda incluso que, al igual que otros libreros de la misma zona, los hermanos Escofet «me fiaban sin la necesidad de firmar documentos, ya que bastaba una simple nota con el registro de los títulos adquiridos». Evocada también como punto de encuentro de exiliados republicanos residentes en Santo Domingo, desde los primeros números aparece como corresponsal en ese país de la prestigiosa revista cultural Cuadernos Hispanoamericanos, uno de los escasos puentes de diálogo entre la intelectualidad en el exilio y los escritores y pensadores peninsulares (de Luis Rosales a Juan Gil-Albert o de José Vasconcelos a Francisco Ayala). El repaso a los testimonios mencionados deja sin embargo una impresión de amplísima variedad de los fondos de la librería, pues hay quien recuerda, por ejemplo, los libros de arquitectura, de ingeniería o los volúmenes específicamente enfocados a los estudios universitarios, pero también quien recuerda las lecturas de la longeva revista infantil argentina Billiken (de la Editorial Atlántida), célebre por las cubiertas diseñadas desde 1930 por Lino Palacio (1903-1984), o de Pif Paf (de la editorial argentina Tor, creada por el mallorquín Juan Carlos Torrendell [1895-1961]), que divulgó diversos personajes del cómic estadounidense.

Billiken

Reproducción de la portada del primer número de Billiken, con motivo de un aniversario.

Quizá el impacto de estos poco conocidos libreros no fuera tan mediático y brillante como el fugaz viaje de Pedro Salinas a Santo Domingo, pero no cabe duda que de su influencia en la vida cultural y en la formación de lectores es un legado digno de ser recordado y que pone de manifiesto la profunda y duradera influencia que puede tener un buen librero.

GranellSalinas

De izquierda a derecha, Eugenio Granell, Vicente Lloréns, Alberto Paz y Pedro Salinas, a la llegada de este último a Santo Domingo.

Fuentes:

Efraím Castillo, «Ocaso de librerías», El Nacional, 19 de abril de 2016.

Reina C. Rosario Fernández, coord.., El exilio republicano español en la sociedad dominicana, Seminario Internacional celebrado en marzo de 2010, Santo Domingo, Comisión Permanente de Efemérides Patrias, Archivo de la Nación- Academia Dominicana de la Historia, 2010.

Leibi N.G., «Memorias de don Juan Gil Argelés: Exiliados de la Guerra Civil en la República Dominicana», Memorias de don Juan Gil Argelés, 8 de enero de 2011.

MemoEmigración

Reedición del libro de Lloréns en la Biblioteca del Exilio.

Vicente Lloréns, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975. Hay una nueva edición prologada y anotada por Manuel Aznar Soler publicada en Sevilla por Renacimiento (Biblioteca del Exilio 27), en 2006.

Miguel D. Mena, «Vía dolorosa de libros: la Librería Mateca», El cañero, 26 de octubre de 2013.

Onorio Montás «Han desaparecido la mayoría de librerías en Santo Domingo», Hoy, 2 de marzo de 2008.

Plácido Piña, «El instituto del libro», Arquitectura en bici, 8 de diciembre de 2008.

Los inicios de la Librería Editorial Argos

Ignacio Agustí (1913-1974).

Ignacio Agustí.

La librería y posteriormente editorial Argos, situada inicialmente en el número 30 del barcelonés Passeig de Gràcia, ha quedado estrechamente vinculada al nombre del periodista y escritor Ignacio Agustí (1913-1974), quien asociado al waterpolista olímpico Ángel Sabata (1911-1990) dio un enorme impulso tanto a la librería como a la edición en cuanto en 1958 hubo abandonado la editorial Destino.

Sin embargo, tanto la apertura de la librería como sus primeras ediciones se remontan a la inmediata posguerra, y, pese a la existencia de un catálogo de 1948 en la Biblioteca de Catalunya, no es fácil encontrar información sobre su actividad en esos años. Aun así, sus colecciones, no excesivamente nutridas, son un excelente modo de introducirse en el coleccionismos, porque se trata de textos literariamente muy dignos y de libros de notable belleza editados con esmero (y no muy difíciles de localizar).

ColecciónCalesa

Si bien existen unos volúmenes que bajo el título Argos. La literatura universal en la mano compilan diversos textos fechables en los años cuarenta sin mayor precisión (probablemente 1943), los primeros títulos en los que se especifica el año son de 1941, y se trata ya de títulos de fuste: Diario de un artista, del premio Nobel de 1905 Henry Sienkiewicz (en traducción de Pedro de Palma e ilustraciones de Josep Granyer), con la que se abre la colección Calesa, y Tierra nueva, del también premiado con el Nobel Knut Hamsun (en traducción firmada por J. Pérez Bances) que es el primer número de la colección Carabela.

Sin embargo, al año siguiente ya muestra una producción más viva y estrena la colección Vita Vitae con la autobiografía Cuento de mi vida, de Hans Chistian Andersen, de la que ese mismo año la editorial Nausica publicaba una edición en rústica cuya versión española firma el insigne escritor y traductor Jaume Bofill i Ferro (1891-1968). La edición de Argos, encuadernada en tapa dura y con sobrecubierta, lleva la firma de Asís de Rodas (seudónimo quizá de Augusto Riera Sol) e incorpora un grabado a la madera del célebre artista vilanovino y compañero de taller de Joan Miró  E[nric].C[ristòfor]. Ricart (1893-1960). Esta traducción había aparecido ya en la Biblioteca Inquietud de las barcelonesas Publicaciones Mundiales en 1930.

EnricCluselles

Enric Cluselles.

El diseño de las cubiertas tanto de la colección Calesa como de Carabela, así como sus logos, son obra del grafista Enric Cluselles (1914-2014), quien ese mismo año 1942 participa también en el segundo número de Vita Vitae con un retrato litografiado de Letizia Bonaparte para la edición de la obra de R. McNair Wilson, Letizia Bonaparte, madre de Napoleón, que se publica en traducción de Alfonso Nadal e ilustrada con grabados a la madera intercalados en el texto firmados por J. Fors (¿acaso el alcalde republicano de Canet de Mar Joaquim Fors Vidal [1889-1956]?). Entre las obras anunciadas para esta colección, de las que no hay constancia de que se publicaran, se contaban La vida privada de Helena de Troya, de John Erskine (1879-1951), Mi padre Knut Hamsun, de Tore Hamsun (1912-1995), Beatrice Cenci, del arqueólogo e historiador del arte Corrado Ricci (1858-1934) y Yo, Claudio, del célebre novelista y poeta británico Robert Graves (1895-1985).

Portada StormEn cuanto a Calesa, en 1942 ofrece a los lectores una edición de El jinete del caballo blanco, del escritor alemán Theodor Storm (1817-1888), en traducción de Kathe von Blankentsein e ilustraciones de Joan Commeleran (1902-1992), que hasta 1979 no recuperaría La Gaya Ciencia (en traducción de Julio Pintado); la traducción de Pedro de Palma de Vida de hidalgo, de Ivan Turgueniev, acompañada de ilustraciones firmadas por E. Albert, 1942, y Tres cruces, de Federigo Tozzi (1883-1920), traducida por Josep M. Camps (1915-1975) e ilustrada por J. Morató.

De Carabela aparecen también ese año 1942 La hostería volante de Chesterton, traducida por Mario Pineda, y el clásico del escritor húngaro Frigyes Karinthy, Viaje en torno a mi cráneo, traducido y con prólogo de Férenc Oliver Brachfeld (1908-1967).

Aún ese mismo año aparece el primer número de una nueva colección, Los Artistas Contemporáneos, que estrena con un libro dedicado a Juan Serra, pintor, de Juan Cortés, de la que se hace una tirada de dos mil ejemplares numerados. Se trata de un volumen en formato 19,5 x 13,5 e impreso en rústica con retrato del artista y cuarenta láminas impresas en papel couché con reproducciones fotográficas de obras de Serra.

Joan Teixidor (1913-1992)

Joan Teixidor.

Enorme interés tiene una de las obras que quedó como anunciada e inédita en esta colección, el libro dedicado a Domingo Carles por el escritor y editor Joan Teixidor (1913-1992), que se refirió en diversas ocasiones a este artista en sus textos en la revista Destino, entre ellos uno en su sección “En el Taller de los Artistas” (núm. 142, 6 de abril de 1940, p. 6) y varios en la sección Las Exposiciones y los Artistas (“La Exposición Nacional de Bellas Artes de Barcelona” [núm. 256, 13 de junio de 1942, p. 11], “De París a Roma” [núm. 305, 22 de mayo de 1943, p. 11], “Diez artistas en la Sala Pares” [núm 310, 26 de junio de 1943, p. 11], “María Llimona y Domingo Carles” [núm 334, 11 de diciembre de 1943, p. 11], etc.) y en el número 347 (11 de marzo de 1947) anunciará en la misma publicación, en la sección Formas y Colores, las memorias que el pintor estaba preparando y que, con prólogo de Josep Pla, se publicarían en la Editorial Barna con el título Memorias de un pintor (1912-1930).

De ese mismo 1942 es una edición de 300 ejemplares de El escultor Manolo Hugué, de Rafael Benet, con iniciales y viñetas al boj de E. C. Ricart, así como un par de libros en gran folio y encuadernados en tapa dura con solapa que, sin nombre de colección, quedan unificados por el diseño de Clusellas: Un siglo de Barcelona, 1830-1930, de Carlos Soldevila (con fotografías a color impresas al huecograbado y cuatricomías) y Las ciudades del mar, de Josep Pla (también ampliamente ilustrado).

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Diseño inequívocamente de Cluselles.

Sin embargo, este impresionante arranque de la Librería Editorial Argos se desploma enseguida, y lo cierto es que hasta la entrada de Agustí, que puede inyectar una buena dosis de dinero procedente de la venta de sus acciones de Destino, la actividad editorial languidece con obras en cierto sentido menores, como el catálogo de la exposición celebrada por E. Casanovas el 12 de marzo de 1943, por ejemplo, Las subastas de libros (1945), un volumen con dibujos del célebre Opisso (1880-1966) que contiene la obra de Mirbeau Don José y del que se hizo una tirada de quinientos ejemplares numerados e impresos sobre papel de Holanda con filigrana de Argos, En la llama (1945), del poeta Juan Eduardo Cirlot (que dos años después entraría como empleado en la librería), de la que se hizo una tirada de 100 ejemplares en papel de hilo verjurado y otra de cien en papel de hilo, así como las ediciones más modestas (en rústica con solapas) de Jaume Fuster La corona valenciana (1945) y Calígula, biografía humorística (según la cubierta) o Las memorias de Calígula (según la portada), firmadas por un Fidelio Trimalción que no es otro que el escritor cántabro Cecilio Benítez de Castro (1917-1975), quien el año anterior había usado ya ese mismo seudónimo en el primer número de la revista ¡Hola! (2 de septiembre de 1944).

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Interior de El jinete del caballo blanco, de Storm, con una ilustración de Joan Commeleran.

En 1946 destacan dos hechos en relación a Argos: por un lado, la edición del texto de Apuleyo Amor y Psiche, según la versión hecha en el siglo XV por Diego López de Cortegana, con prólogo del polígrafo catalán Carlos Soldevila, y por otro la petición a Censura, fechada el 21 de octubre de 1946, para importar 500 ejemplares de La isla de las almas perdidas de H.G. Wells que E.M. Antonioni había traducido y Acmé Agency había publicado en Buenos Aires.

Dado el estado letárgico en que entran las publicaciones de la Librería Editorial Argos a partir de ese momento –si bien en 1949 publica a Sebastià Gasch Títeres y marionetas, y al año siguiente inicia una colección Esto es España con el libro de Alberto del Castillo y Carlos Pellicer, Jose Maria Sert, su vida y su obra–, tal vez, pueda plantearse como hipótesis que en ello tenga poco o mucho que ver la fundación ese mismo año en Buenos Aires de una Editorial Argos dirigida por Luis Miguel Baudizzone (abogado y empresario, 1909-1979), José Luis Romero (historiador, 1909-1977) y Jorge Romero Brest (ensayista y crítico de arte, 1905-1989). No tengo de momento ninguna constancia de ello.

Véase también, en los comentarios, la información adicional de Enric Blanco y los enlaces que adjunta,

Editar para dar fe: las iniciativas de Norbert Orobitg

«Tancar els ulls a una realitat que la volem aparedar

perqué ens fa mal als ulls, no es esborrar aquesta realitat.»

Norbert Orobitg

 

Cuando el pintor Norbert Orobitg i Carné (1915-1995) se puso por primera vez al frente de una iniciativa editorial, contaba ya, aparte de con su formación en Magisterio, con una notable experiencia en el mundo de las letras, entre la que se contaba la de miembro de la Comisión de Cultura y responsable de las bibliotecas que los cuáqueros organizaron en el campo de refugiados de Saint Cyprien, al que Orobitg había ido a parar al final de la guerra civil española.

Saint Cyprien

Campo de Saint Cyprien.

El camino que le había conducido al campo estuvo jalonado por su afiliación en 1931, de la mano de Manuel de Pedrolo y de Josep Magí, a las Juventuts d’Estat Català, su entrada luego en la Federación Española de Estudiantes de Magisterio (1935) y posteriormente en el Partit Socialista Unificat de Catalunya (1936) y, ya durante la guerra civil, su actividad como conseller de Transportes y Obras Públicas en el Ayuntamiento de su Tárrega natal (1938), antes de ser nombrado ese mismo año para el Tribunal Especial Contra el Sabotaje y la Alta Traición en la misma ciudad.

Así, pues, su exilio en los momentos finales de la contienda se inicia en el campo de Saint Cyprien, del que posteriormente pasará en 1940 al de Argelès, desde donde puede empezar a salir enrolándose en uno de los batallones de trabajadores españoles con que los franceses suplían a los agricultores y obreros enviados al frente. Al cabo de poco tiempo, en 1941 cruza la frontera con Andorra, donde se establece primero como jornalero y luego, en cuanto se decretó la expulsión de Andorra de todos los indocumentados, como profesor particular. Al concluir la guerra mundial, se traslada durante unos años a Perpiñán, hasta que en 1949 regresa a Andorra y al año siguiente crea la Escola Particular. Seis años más tarde, entra de nuevo en Cataluña, donde alterna su tarea de maestro y la venta de libros a domicilio con la ayuda a los grupos comunistas en la clandestinidad. Hasta que el 28 de abril de 1964 es detenido por la temida Brigada Social por posesión de «propaganda clandestina» y condenado a dos años.

N Orobitg i Carne, 1970

Una de las primeras ediciones de Orobitg en Andorra, en 1970.

Cuando una vez conseguido el pasaporte, regresa a Andorra, una de las primeras cosas que hace es asociarse con un socio capitalista con nacionalidad andorrana, Josep Mestres, para poder así poner legalmente en marcha Publicitat Andogràfica con unos muy exitosos Anuaris-guía, extensos volúmenes en los que los directorios de empresas andorranas alternan con breves artículos de historia, ocio y cultura, firmados por personajes de cierto fuste en los ambientes culturales del país, como el pintor Albert Ràfols i Cullerés (1892-1986; padre del célebre pintor y poeta Albert Ràfols-Casamada), el periodista y escritor catalán exiliado en Andorra Lluís Capdevila (1895-1980) o el historiador y escritor Pere Canturri (1935-2015).

LluisCapdevila

Lluís Capdevila durante la guerra civil.

A partir de ese momento, la actividad literaria se entrelaza con la dedicación a la edición de libros: de febrero de 1970 es la publicación de su poemario De l’amor a la Terra Alta, del 4 de marzo la legalización de la empresa Edicions del Mirador del Pirineu y de octubre de ese mismo año la aparición de su primera novela, La Pau dins la Guerra (escrita en la sexta galería de la prisión de Carabanchel y, obviamente, por ello mismo, impublicable en España).

Edicions del Mirador del Pirineu venía a sumarse al auge editorial del país, que representaban en aquellos años sobre todo iniciativas como Editorial Andorra o la muy sólida Casal i Valls con obras que en muchos casos pretendían dar fe de los acontecimientos políticos y militares de las últimas décadas. Entre sus principales títulos, todos ellos muy combativos, se cuentan por ejemplo las ya mencionadas La Pau dins la Guerrra y De l’amor a la terra alta; Els camins de la por (1971), de Miquel Lladó; Fui del mixto de artillería de Melilla (1972), de Magí Riart Birbe; Por qué fui secretario de Buenaventura Durruti (1972), de Jesús Arnal; Contrapunts al Camí de l’Opus Dei (1973), de Josep Dalmau, de la que Pòrtic había hecho una primera edición que la censura española secuestró, y la misma suerte corrió esta segunda; o el volumen de memorias de quien fuera secretario de Lluis Nicolau d’Olwer, Domènec de Bellmunt Cinquanta anys de periodisme català (1975), de quien previamente había publicado también Boires i Candelers (novel·la de l’Urgell). Els prrimers records (narracions en prosa) (1973).

Memorias

La creación en 1972 de sus propios talleres gráficos en Andorra (Gràficas Tobira) y una librería que se convirtió en punto de peregrinaje para las compradores peninsulares de las ediciones de Ruedo Ibérico (LEsquetlla) permitían a Orobitg esquivar, más o menos, la censura. En 1973 había añadido a su actividad la creación de una revista estrictamente cultural, Claror, de la que llegó a publicar once números, pero la censura española hizo inviable la continuidad de esta publicación, y la posterior retirada de la empresa de Josep Mestres, que actuaba casi como mecenas más que como inversor, acabó por dar al traste con todos estos proyectos.

Norbert Orobitg visto por el grabador Lluís Trepat.

Así las cosas, en 1977 Norbert Orobitg regresa de nuevo a Tárrega y posteriormente se traslada a Arcalís, donde además de una galería de arte (Claris) pone en marcha una Fundació Mirador donde publica varios de sus libros hasta su muerte, dejando aún una buena cantidad de inéditos entre los cuales una trilogía de novelas breves ambientadas en el campo de refugiados de Saint Cyprien titulada D’un temps de vent i salobre o Unes vides més o menys?, formada por El pobre Jeroni, La llibreta del mestre d’escola y El Brillante, para la cual incluso dejó escrito un preámbulo de presentación pero continua inédita.

Fuentes:

Anónimo, «Norbert Orobitg i Carné, un dels camins habituals dels exiliats a França», en Núria Bonet Baqué, Amanda Cardona Alcaide y Gerard Corbella López, eds., Tárrega. 1939-1962. Aproximació a la repressió, l´exili i la vida quotidiana, pp. 28-29.

Sergi Mas,« Norbert Orobitg (1915-1995), apóstol laic», ExLibris Casa Bauró. Fulls de bibliografía, núm 18 (abril de 2015), pp. 3-5.

LaLlumFaNosaRamon Miró «L´autobiografia de Norrbert Orobitg», Culturàlia. Centre Cultural de Tárrega, núm. 21 (verano 2001), pp. 5-6.

Pere Miquel Fonolleda Pérez, Editorials i societat a Andorra, 1945-1994, i relacions amb Catalunya sota el règim franquista, Andorra la Vella, Editorial Andorra (Biblioteca dAndorra), 2006.

Enric Orobitg Kiko Orobitg, Meritxell Orobitg y Jordi Orobitg, «Pare, escriptor, mestre i pintor», ExLibris Casa Bauró. Fulls de bibliografía, núm 18 (abril de 2015), pp. 6-8.

Antoni Pol, «Norbert Orobitg i Carné, seductor cultural», ElPeriódic.ad, 5 de mayo de 2015.

J. V., «La llum fa nosa, de Norbert Orobitg», La Vanguardia, 13 de julio de 1972, p. 72.

Àlvar Valls, «Aproximació al fet literari a Andorra», en Eliseu Trenc Ballester, ed., Els Pirineus, Catalunya i Andorra (Actes del Tercer Col·loqui Interancional de la Associació Francesa de Catalanística), Barcelona, Abadia de Montserrat, 2006, pp. 125-138.

Para una ampliación, convendría ver y contrastar con Per a la llibertat i la democràcia: autobiografia de Norbert Orobitg i Carné (1915-1995), edición de Ramon Miró, Lleida, Institut d’Estudis Ilerdencs, 2001.

 

 

 

La editorial de Manuel Andújar en España

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Manuel Andújar.

La llegada de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994) a España en marzo de 1967, después de un largo exilio en México como consecuencia del resultado de la guerra civil española, va asociada casi siempre a su incorporación a Alianza Editorial, para la que, debido a sus contactos con un sinnúmero de escritores y críticos literarios era un mirlo blanco. Sin embargo, además de publicar sus propias obras en su país, el objetivo principal de Andújar cuando regresa a la Península es poner en pie una editorial, y de ahí que, en lugar de establecerse en Madrid donde tenía la sede Alianza, lo haga en Barcelona, ciudad que había conocido ya en la preguerra y durante la contienda. Prueba de su convencimiento de poder llevar a cabo el proyecto es que adquiere un piso en la calle Sardenya (153, 2º, 4ª izda.), donde se instala con su mujer e hija. En todo este proceso de traslados, cuenta además con la ayuda de un importante colaborador, el escultor y grafista catalán Josep Maria Giménez Botey (1911-1974), con quien había compartido exilio en México, donde ambos habían colaborado en el Fondo de Cultura Económica, quien desde 1964 volvía a residir en su tierra.

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Manuel Andújar.

Para crear lo que el propio Andújar describe como «una modesta editorial», contaba la colaboración de un personaje importante en el mundo del libro en Chile, Joaquín Almendros Jiménez (1904-¿?), periodista de origen leonés que había sido secretario militar del Partit Socialista Unificat de Catalunya y último comisario general en el Ejército del Este, quien había llegado a Chile a bordo del mítico Winnipeg. Almendros Jiménez había empezado en Santiago de Chile por crear la librería Mundi y, posteriormente, asociado a quien durante la guerra era teniente de infantería profesional y luego también pasajero del Winnipeg Aristeo Andrés Cercos, la Séneca (en Huérfanos 836), que contaba también con sala de exposiciones. Sin embargo, más importante sería su labor al frente de la Distribuidora General de Ediciones, de la editorial y distribuidora Orbe, que inicialmente fue también una librería santiaguina (en San Antonio 212), y su participación en la editorial Siluetas, así como, ya en los ochenta, la creación de una editorial con su propio nombre, con sedes en Santiago de Chile y Buenos Aires, en la que publicó a Alberto Glest Gana, Jorge Isaacs o María Quijada, junto a algunos libros de no ficción bastante peculiares sobre la isla de Pascua o la existencia de los ovnis.

Producto de su experiencia en el mundo editorial son el folleto El libro y la difusión cultural en México (1954), con todo el aspecto de ser una conferencia, acaso en alguna feria o congreso, y sobre todo El libro y el problema editorial en Chile, (Talleres Gráficos de Enc. Hispano Suiza, 1958), así que Andújar contaba con un socio muy sólido, en un trato mediante el cual Almendros actuaría de socio capitalista y Andújar, además de un sueldo por dirigirla, aportaría como socio su parte correspondiente de beneficios cuando éstos llegaran. Al poco tiempo de llegar Andújar, estaba ya estableciendo (o reanundando) contactos, estudiando diversas ofertas de impresores, etc., pero Almendros retrasaba una y otra vez su llegada a Barcelona, hasta el punto que en agosto le informó de la necesidad de posponer el proyecto.

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Manuel Andújar.

Andújar, agotadas sus reservas económicas, y aún pagando las letras de su piso en Barcelona, decidió entonces aceptar la propuesta de entrar en Alianza Editorial como jefe del departamento de promoción y propaganda, aunque eso le supusiera alquilar una nueva vivienda en Madrid. Es muy probable que ése fuera un momento muy decisivo en la trayectoria profesional de Andújar, para quien en aquel momento, y a sus cincuenta y cinco años, quizá hubiera sido más fácil considerar esos meses en Barcelona como poco más que unas vacaciones y regresar a México para reemprender su carrera. No hay duda de que la oferta le llegó en un momento idóneo. En cualquier caso, en octubre de 1967 Manuel Andújar se integra en Alianza, donde permanecería hasta un acuerdo de semijubilación que le obligaba a sólo dos mañanas en la editorial y a una notable disposición de tiempo.

Acerca del proyecto frustrado en asociación con Almendros, las gestiones que a finales de los sesenta llevó a cabo Andújar para poner en pie la colección Valira, en el seno de la editorial Aymà, cuyo propósito era reunir a lo que Marra-López consideraba en su hoy clásico Narrativa española fuera de España (1963) lo más granado de la narrativa del exilio (Rosa Chacel, Ramón J.Sender, Max Aub, Francisco Ayala, Segundo Serrano Poncela y el propio Andújar), podrían llevar a pensar que el objetivo era publicar en España a aquellos compañeros de exilio, a muchos de los cuales había publicado ya además en algunas de las revistas en las que había colaborado en México.

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Del epistolario del exilio de Andújar sólo se conservan las cartas publicadas por Finisterre en 1968.

Sin embargo, el epistolario de Andújar, que tan a fondo ha analizado Blas Medina Ávila, revela algunos títulos que estaban en estudio y que quizá pueden apuntar más bien a la introducción de literatura extranjera, sobre todo alemana pero también francesa, italiana y latinoamericana. Entre los ejemplares que Andújar se ve en la necesidad de devolver a sus autores cuando el proyecto se abandona por completo, se cuenta por ejemplo un libro apenas conocido, Proklamationen und Manifeste zur Weltgeschichte, de Margrit Henning, o Machado e Garcia Lorca, del prestigioso historiador y crítico literario Virgilio Titone (1905-1989), que en 1967 acababa de publicar la pequeña editorial napolitana Giannini. Ello permite aventurar, pese a la escasez de datos, que el ensayo de humanidades serían donde pondría sobre todo el foco este proyecto, hipótesis que se refuerza a la vista de las editoriales y librerías destinatarias de las devoluciones de originsles y ejemplares que Andújar había estado estudiando.

Sin embargo, el epistolario entre Manuel Andújar y el escritor peruano Arturo D. Hernández (1903-1970) permite asegurar que algún espacio tendría también la novela, pues al parecer había el compromiso verbal de publicarle en España su novela más conocida, Selva trágica (basada en hechos reales) que, publicada por Juan Mejía Baca & P.L. Villanueva en 1956, había obtenido el Premio Nacional Ricardo Palma, que la reconocía como la mejor novela peruana aparecida del año.

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Arrturo D. Hernández.

A la altura de septiembre de 1967, cuando el boom hispanoamericano ya estaba tomando velocidad y acababa de premiarse al colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) con el Nadal por  El buen salvaje (1966) y al mexicano Carlos Fuertes con el Biblioteca Breve por Cambio de piel (1967), no parecía inoportuna la novela de Arturo Hernández, quien, con sus novelas y relatos situados siempre en la Selva Baja del Perú, se inscribe en el movimiento conocido como regionalismo o indigenismo peruano, en el que suele encuadrarse también a Ciro Alegría (1909-1967), Francisco Ríos Izquierdo (1910-1981) y César Calvo Soriano (1940-2000). Al parecer, a Hernández le había surgido la posibilidad de publicar sus obras en “una conocida editorial mexicana” (que tal vez fuera el Fondo de Cultura Económica), pero era muy consciente de que en ese momento el lugar donde se cocía todo en el ámbito de las letras en lengua española era Barcelona, pero incluso una vez abandonada la idea de crear una editorial e incorporado Andújar a Alianza, el escritor peruano volvió a insistir en un intento de ser publicado en España. Aun así, llegaría antes la traducción al inglés (obra de Raymond A. Enstam para Quaestor Press en 2015) que la edición española.

Son muy escasos los datos disponibles para atisbar por dónde iría este proyecto que dirigía Andújar y que no llegó a ver la luz, pero si de algo deja constancia el epistolario aludido es de la intensísima actividad del autor malagueño, que en cuanto pone un pie en Barcelona ya está removiendo contactos, pensando en introducir obras jamás publicadas en España y tomándole el pulso a la vida cultural de la ciudad y a las posibilidades del país en este terreno. No está del todo claro por qué no cuajó el proyecto y Almendros siguió retrasando su viaje, si bien en el ínterin murió su padre y son años en que Orbe despliega una gran actividad. En cualquier caso, hay pruebas abrumadoras de hasta qué punto Andújar continuaría siempre siendo un valioso contacto para quienes, compañeros de exilio en los años precedentes, intentaron reincorporarse a la vida cultural española en el tardofranquismo y la transición. De hecho, se convirtió en el agente literario oficioso de muchos de ellos.

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Firma de Manuel Andújar.

Fuentes:

Diego Carcedo, Neruda y el barco de la esperanza: la historia del salvamento de miles de exiliados españoles de la guerra civil, Madrid, Temas de Hoy (Historia Viva), 2006.

Rafael Conte, «Andújar, todo el exilio», en Abc, Sevilla, 17 de agosto de 1994, p. 3.

Rafael Conte, «Nacimiento y muerte del exilio»

, capítulo 24 de El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998, pp. 242-249.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberomaericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo), 2006.

Fernando Larraz, «La “operación retorno” de la narrativa en el exilio en la prensa diaria del Franquismo (1966- 1975). Los casos de Abc, Informaciones y Pueblo», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, vol. 29 pp. 171-195.

Blas Medina Ávila, Manuel Andújar, su correspondencia, fe de vida y de obra, Facultad de Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2014.

Juan Carlos Ramírez F., «Juan Aldea, dueño de Feria Chilena del Libro: Las batallas del librero más antiguo de Chile», La Segunda, 23 enero de 2015.

 

Rafael Tasis y la librería como trinchera

A Montserrat Bacardí

Rafael Tasis

Rafael Tasis.

Rafael Tasis i Marca (1906-1966) fue sin duda uno de esos personajes del mundo del libro que llevan la tinta en las venas, pero sobre todo un activista cultural de una lucidez, tesón y empenta muy poco usuales, en unos tiempos particularmente difíciles.

Con tan sólo quince años ya publica una primera colaboración en la revista infantil de Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954) La Mainada, cuya cabecera era de Joan d’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947) y entre cuyos dibujantes se cuentan Opisso, Xavier Nogués, Apel·les Mestres o Lola Anglada, ilustrando a dos tintas textos de Josep M. López-Picó, Carles Riba, Josep Carner o Salvat Papasseit, y al año siguiente ya aparece su relato El daltabaix (1923) en la colección semanal La Novel·la d’Ara (1923-1927), que era la de mayor difusión entre las colecciones catalanas populares de esos años. Sin embargo, progresivamente, y mientras dedica buena parte de su tiempo a trabajar en la librería-papelería-imprenta familiar, empieza a destacar como crítico literario y a acumular una obra ensayística, narrativa, poética y teatral, además de como traductor, que superará los sesenta títulos (adviértase que salen a más de uno por año vivido, y dejó además obra inédita y un voluminoso epistolario).

LaMainadaEl hecho de que la empresa familiar se desdoblara en pequeña imprenta artesanal (Imprenta La Industria Manuel Tasis, a cuyo frente estuvo el grabador Bartolomé Tasis) debió de ponerle en contacto desde muy pronto con esas labores, si bien limitadas a modestos impresos comerciales, pues raramente se dedicó la Tasis a los libros, si bien en los primeros años del siglo había publicado La máquina locomotora (1905), de Edouard Sauvage (para la Llibreria Penella y Bosch), y sobre todo obras teatrales: Don Juan Curda parodia del drama de Don José Zortilla Don Juan tenorio escrita en siete actos y en verso (1908), de Julio de las Cuevas, o las obras, adaptaciones o refundiciones teatrales de Lluis Sunyer Casademunt La Font dels Enamorats (1901), Els mals esperits (1901), Los plomos de Venecia (1901), Un vividor (1901), El capitán de la Marta (1901), La bohème (1905) o Ingènua: idil·li en un acte y en prosa (1906), así como las de Francisco Xavier Godó Els dos crepúscles (1905), Mala partida (1905), Botifarras dolsas (1906), Fugint del niu (1907), Ánimas perdidas (1908), etc.

Canyameres

F. Canyameres.

Sin embargo, los primeros contactos estrechos de Rafael Tasis con la producción de libros de los que tenemos noticia se produce ya en el exilio parisino, donde vivió la ocupación nazi, cuando colaboró con Ferran Canyameres (1898-1964). Con este animoso editor, además de traducir para su empresa una docena larga de novelas de George Simenon, trabaja en uno de los primeros libros bibliográficamente importantes del exilio, Tot l’any. Dotze estampes barcelonines (1943), ilustrado por Antoni Clavé (1913-2005) con doce litografías y con el que se estrena la editorial Albor de Canyameres. Posteriormente publicará un soneto en el libro colectivo de Albor, formalmente más modesto, Ofrena a París dels intel·lectuals catalans a l’exili (1948), cuyo frontispicio de Pablo Picasso da entrada a textos en prosa y verso de Pere Corominas, Josep Carner, Ramon Xuriguera, con 35 ilustraciones a pluma de autoría no menos destacada (Feliu Elies, Emili Grau-Sala…).

Durante esos años asesoró literariamente al cartelista y pintor exiliado también en París Carles Fontserè (1916-2007) en sus ediciones de bibliófilo, e incluso prologó uno de los libros que le había recomendado, La fi del món a Girona, de Joaquim Ruyra, publicado con litografías de Fontserè en 1946.

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Carles Fontserè.

Al morir su padre, Tasis regresa a Barcelona y se pone al frente del negocio familiar, que pronto se convierte en uno de los epicentros de la resistencia cultural catalana, pues los contactos que el escritor mantenía con todo tipo de intelectuales, con la prensa y las editoriales en el exilio y con la resistencia clandestina del interior, lo convertían en una fuente de información privilegiada. Enumerar siquiera las actividades de todo tipo en las que se implicó, comprometió o lideró en esos años (conferencias, artículos, intervención en agrupaciones relacionadas con el teatro, con la traducción, con la cultura en un sentido muy amplio) sería ya extensísimo, pero valga como ejemplo su incorporación a la tertulia de Joan Santamaria, con los escritores Josep Sol, Joan Oller i Rabassa y Rosa María Arquimbau, el librero Joan Ballester o los editores Rafael Dalmau i Ferreres y Miquel Arimany, entre otros muchos, que unos años después desembocaría en la creación, a propuesta suya, del Premi Joan Santamaria, destinado a estimular la producción de literatura en lengua catalana. La primera edición galardonó en 1955 el relato «Carnaval», de Mercè Rodoreda, que después se publicaría en Vint-i-dos contes (en 1988 se publicó en Mondadori la traducción de Ana María Moix de este libro), y posteriormente premiaría, por ejemplo, a Manuel de Pedrolo (1918-1990), Ramón Folch i Camarassa (n. 1924) y Baltsar Porcel (1937-2009).

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Miquel Arimany.

Las memorias y epistolarios de la gente de letras catalanas de posguerra están salpicados de referencias a la poco menos que mítica librería Tasis, sede de numerosas tertulias más o menos improvisadas. Así, por ejemplo, explica Sebastià Gasch a Ferran Canyameres el 3 de julio de 1948: «Veo a menudo a Tasis, reintegrado a su librería en la Rambla, donde trabaja todo el día. Tranquilo, vigoroso, animado». Se trataba de un comercio que en su propias tarjetas se presentaba como «Imprenta. Papelería. Objetos de Escritorio. Librería Tasis. Especialidad en trabajos comerciales. Rambla Capuchinos, 33» –en los anuncios del premio se da como dirección postal el número 42–, pero sus existencias eran variadas: Si bien había un amplio espacio de estanterías móviles dedicadas a novela policíaca y de ciencia ficción, era también una de las pocas librerías que en Barcelona apoyó desde el principio al editor Josep Pedreira aceptando en depósito ejemplares de su ambiciosa colección de poesía Els Llibres de l’Óssa Menor.

LogoOssaMenorA mediados de los cincuenta, fue allí donde el poeta y traductor irlandés Pearse Hutchinson (1927-2012) consiguió su primera gramática catalana (publicada en tiempos de la república, por supuesto), sin lo que probablemente jamás hubiera existido el volumen Josep Carner: poems (Oxford, The Dolphin Press, 1962). Y muestra de su apoyo a la introducción de las revistas del exilio (con muchas de las cuales colaboraba asiduamente, en ocasiones con seudónimo) lo constituye el episodio recreado por Miquel Guinart, director de Vida Nova (1954-1978), recordando que «durante algunos años, la tienda de Tasis se convirtió en una fidelísima agencia de la publicación occitano-catalana», y añadiendo la siguiente respuesta de Tasis al plantearle ciertos problemas con la censura y con la administración de las suscripciones del interior:

Intentad enviarme veinte ejemplares en un paquete que no muestre qué periódico contiene. Si los recibo, a partir de entonces haréis eso mismo con cada número. Yo me ocuparé de que se vendan cuanto antes. Y en referencia a lo que me contáis de que los pocos suscriptores que tenéis en Cataluña no os pagan porque temen el castigo del franquismo, advertidles de que pueden hacerlo en mi librería y yo mismo les haré el recibo.

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Pearse Hutchinson.

En la misma línea se sitúa el comentario de Albert Manent acerca del papel de aglutinador de fuerzas y de difusor de proyectos que llevó a cabo Tasis desde su librería:

No es fácil imaginar cómo tenía que actuar Tasis en ese mundo aún lleno de prohibiciones contra la lengua y la cultura, sin plataformas públicas, haciendo de puente con el exilio, dando conferencias sobre temas no políticos que a veces acababan en multa. Y sobre todo debiendo dedicar muchas horas a la papelería y a la pequeña imprenta artesanal. Recibía no sólo la visita de amigos y de «conspiradores» ávidos de noticias o de conocer algún rumor por boca del mismo Tasis, sino también de clientes o de quienes lo llamaban para saber cuándo acababa el plazo para presentar trabajos a los Jocs Florals de Molins de Rei. [El editor Miquel] Arimany recuerda que era usual la frase: «Cuando no sepáis algo, preguntándselo a Tasis»

RafaTasisA principios de los años sesenta, fue uno de esos visitantes, Ferran Canyameres, quien le presentó a Tasis a Josep Fornas, y con la colaboración de Albert Manent formaron el trío que, en el aspecto intelectual, puso en pie una de las editoriales culturalmente importantes de la época, Pòrtic. En consonancia con ello, el propio Tasis prologó el primer título que publicaron, las Memòries polítiques (1890-1917) del periodista y político Claudi Ametlla (1883-1968), además de ofrecer a Fornas el enlace con el agente ante la censura Bernardo Crespo Bellido (agente también de diversas editoriales catalanas, Rafael Dalmau, Nova Terra y Estela entre ellas), quien después de saltar a las páginas de la prensa con sólo trece años como acusado por el conocido como «Crimen de Huerta», hizo la Guerra del Rif en el regimiento de Infantería de Ceriñola.

También a principios de los sesenta la imprenta de los Tasis toma un nuevo impulso, y no sólo para hacer exquisitas felicitaciones navideñas. Ya de 1956 es la edición de Libreros y bibliófilos barceloneses del siglo XIX. Apuntes para su pequeña historia, de Ángel Millá, un volumen de 70 páginas con cubierta y cabeceras de cubierta de Antonio Roca, algunas ilustraciones y láminas, encuadernado en rústica, del que se tiraron cien ejemplares en papel de hilo y que era un encargo del Gremio de Libreros de Barcelona.

De 1960 son el volumen de Lluis Valeri (1891-1971) Requiem per a Carles Riba (70 páginas en octavo mayor encuadernadas en rústica) y Frases célebres adaptadas al libro con un poco de humor, 23 páginas en octavo encuadernadas en rústica, con ilustraciones de Antonio Roca entre el texto, que se obsequiaba a los colaboradores de la IX Feria Anual del Libro de Ocasión Antiguo y Moderno.

Poemes de tardaEn 1964 está fechado Centenario del nacimiento de Miquel S. Oliver, 1864-1964, Discurso leído el día 31 de diciembre de 1920, por encargo del Ayuntamiento de Palma en el acto solemne de ser proclamado Hijo Ilustre de Mallorca, texto biográfico escrito por Joan Alcover (1854-1926) que se acompaña de «Mi padre y yo», de Joana Oliver, así como los Poemes de tarda de Miquel S. Salarich Torrents (con prólogo de Leandre Amigó), y las navidades del año siguiente la Tasis felicita a sus clientes y amigos con un texto del propio Tasis titulado Història d’una penya literaria, que reconstruía la trayectoria de la conocida como Penya Oasis, y en las de 1964, del mismo autor, La saviesa del poble, 52 páginas en octavo menor encuadernadas ambas en rústica, numeradas y nominales.

Más curioso es el último de los textos, también de Tasis, que he localizado impreso en su imprenta: Discurs de gràcies no pronunciat en un acte no celebrat per a commemorar els seixanta anys de Rafael Tasis, apenas doce páginas de las el Club d’Amics de la Unesco de Barcelona hizo una edición facsímil fechada el 12 de marzo de 1966.

Con todo, quizá la mejor caracterización de lo que significó la peculiar librería Tasis en la posguerra sea la que hizo el librero, escritor y gestor cultural Salvador Balcells:

Este espacio se convirtió en un centro neurálgico del catalanismo cultural y literario de la posguerra. En los años cincuenta y sesenta, con un hombre como él al frente –un divulgador cultural, un intelectual comprometido y un luchador constante– la librería se convirtió en un punto de encuentro y en un centro de iniciativas patriotas de todo tipo. Ya se recibían originales que se presentaban a los premios Joan Santamaria, como se reunían los miembos del Institut d’Estudis Catalans o se vendían boletos para asistir a una cena de homenaje a Carles Riba. Como el Barça, era más que una librería.

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De izquierda a derecha: Rafael Tasis, Sebastià Gasch, Antoni Vancells, Andreu-Avel·lí Artís i Tomàs (Sempronio) y Josep M. Boixareu.

Nota: Todas las traducciones de las citas son mías. El legado documental de Rafael Tasis se ecuentra en la Biblioteca d’Humanitats de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Fuentes:

Montserrat Bacardí y Francesc Foguet, «Teoria d’exili», en Rafael Tasis, Les raons de l’exili, Valls, Cossetània (Memòria del Segle XX 19), pp. 5-40.

Salvador Balcells, «Rafael Tasis, els fonaments d´un gènere», Ítaca. Revista de Filologia, núm. 5 (2014), pp. 215-227.

Ferran Canyameres, Obra completa VI: Epistolari, 1939-1951, Barcelona, Columna, 2006.

Escáner_20160302Sílvia Coll-Vinent, «Rafael Tasis, traductor i divulgador literari», Quaderns. Revista de Traducció, núm. 14 (2007), pp.  95-104.

Carles Fontserè, «La fi del món a París», Revista de Girona, Girona, Año XXXV, núm. 136 (septiembre-octubre de 1989), pp. 49-51.

Miquel Guinart, Memòries d’un militant catalanista, Barcelona, Publicacions de l Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or 73), 1988.

Francesc Parcerisas, «The Irish Poet and the British Gentleman», The Anglo-Catalan Society, 2002.

Mireia Sopena, Editar la memoria. L’etapa resistent de Pòrtic (1963-1976), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Història Contemporània 366), 2006.

Rafael Tasis, «L’escriptor Joan Santamaria i el Premi Joan Santamaria», en Ferran Canyamares, El gos udolà a la mort, Barcelona, 1959, pp.7-32.