Descentralización editorial contra censura

En algunas ocasiones se ha alegado la edición de obras del poeta romántico Jacint Verdaguer (1845-1902) a principios de los años cuarenta del siglo xx para intentar minimizar el efecto de la censura franquista en el retroceso que experimentó el uso de la lengua catalana tras la guerra civil española. Lo que se oculta en estos casos es cómo, por qué y en qué condiciones se pudo publicar a Verdaguer ya en 1943.

Jacint Verdaguer.

En su reciente tesis doctoral dedicada a la editorial La Selecta, Mireia Sopena ha reconstruido ese proyecto, que arranca en 1941 (cuando ya cursa un primer permiso para publicar a Verdaguer) y que cristalizó en la publicación de un texto escrito en un catalán previo a la reforma ortográfica llevada a cabo por el filólogo Pompeu Fabra y unánimemente aceptada. Escribe Sopena (traduzco del catalán):

A partir de la edición en rústica de Francesc Matheu, i con un prólogo de Frederic Mistral, las Obres completes de Jacinto Verdaguer se estamparon con un copyright de la Cada del Libro y el pie editorial de una llamada Biblioteca Selecta, si bien al poco tiempo la obra se transformó en el número 1 de la colección Biblioteca Perenne. La NAGSA imprimió un tiraje de casi 1.500 páginas y 123.000 ejemplares, que debían permitir amortizar los costos de edición y producción, aunque el precio de 175 pesetas era excesivamente elevado si se tienen en cuenta el de obras homologables de la competencia, que rondaban las 125 pesetas, y el de novelas en castellano de doscientas páginas a unas 15 pesetas.

Basta echar un vistazo a esa edición para comprender que si se pudo publicar fue, entre otros motivos, porque iba destinada a las clases pudientes y el arcaísmo del texto lo hacía poco menos que incomprensible para los lectores poco formados. Lo que quizá no se esperaran es que se convirtiera en un exitazo (se agotó en menos de un año). El fin de la guerra mundial propició un interés de la censura franquista por dar muestra de su manga ancha, lo que propició que este tipo de tejemanejes se repitiera con Victor Català (retablo en 1944, Mosaic en 1946) y que de Verdaguer, con motivo del centenario de su nacimiento, se hicieran en esos años otras diversas ediciones.

Dibujo de Junceda para el Canigó.

El excelente dibujante Joan Junceda (1881-1948) ilustró algunos pasajes del poema narrativo de Verdaguer Canigó, del que en 1945 hizo una edición de mil ejemplares en rústica a la que la única objeción que puso la censura fue a la intención de incluir un texto preliminar (meramente biográfico, de apenas media página y en catalán prefabriano). Además de los mil ejemplares corrientes, se hizo una tirada de ciento cincuenta en papel de hilo, numerados, con los dibujos ilustrados a mano y protegidos con papel de seda y acompañada de un estuche. De nuevo, el libro se dirigía a un determinado tipo de lectores, pero en este caso es particularmente interesante la casa editora: Sala, de Vic, que lo hizo imprimir en la igualadina Estampa de Pere Bas i Vic (creada en 1930 y que publicó en los años treinta mucha prensa local y en la postguerra, por ejemplo, El Club de Futbol Igualada, campeón de Cataluña, 1945-1946 y en 1958, en catalán, La indústria textil igualadina. Història d’un gremi, de Josep Riba i Ortínez).

Los orígenes de las ediciones de la Sala de Vic se remontan a la creación de la librería homónima en agosto de 1941 por impulso de Francesc Sala i Cidera, a quien el poeta Agustí Esclassans inmortalizó en el poema «A un llibrer de Vic» (en Beatrix, 1954). La librería, punto de reunión y de tertulia, actuó como catalizadora y difusora de la cultura en la ciudad de Vic y alrededores, y ya en 1943 hacía imprimir una edición de El criterio, del filósofo y teólogo Jaume Balmes (1810-1848), ilustrada por Junceda. Dos años después, además del Canigó, aparecía Don Serafín: ¿Bailamos o no bailamos? Interesantes y borascosas ideas sobre un problema de candente actualidad, que el obispo Ramon Masnou (1907-2004) firmó como Darío.

En la primera solapa de la sobrecubierta de este libro se encuentra alguna información interesante, como por ejemplo que la edición corriente de Canigó valía 35 pesetas y los 150 ejemplares numerados, 350. Sin embargo, más interesante es el anuncio de la «Colección Aures de la Plana. Volúmenes poéticos de autores vicenses» y sobre todo de una colección de goigs en ediciones limitadas de doce ejemplares de Escrits inèdits de Mn. Cinto Verdaguer i homes de l’Esbart de Vich, que es dudoso que se llevara a cabo, pues no parecen haber dejado ningún rastro. También de 1945 es la antología de viñetas Garabatos de Lluis Mallol. Cuentos, chistes, historietas, encueaderbado en cartoné y con la cubierta impresa a dos tintas y el interior en bicromía (esto es: la viñeta en azul, rojo o negro, con una orla enmarcándola en amarillo o verde, por ejemplo).

A quien por entonces era rector del seminario de Vic, Climent Villegas, le publica Sala Ejemplaridad de Balmes en 1946 y ese mismo año se imprime El alma religiosa de Contardo Ferrini, de Ánngelo Portaluppi y prologado por Agostino Gemelli y traducido por el filósofo y escritor Josep Miquel i Macaya (1907-1995), pero mayor importancia tuvo la mencionada colección en catalán Aures de la Plana, que se estrenó en 1947 con Els meus racons de Vic, de Miquel S. Salarich i Torrents y prologado por de Eduard Junyent, Hores enceses, de Josep Clarà i Roca y con prólogo de Tomàs Roig i Llop y Messa novella, de Ramon Vidal i Peix e introducción de Artur Martorell i Bisbal, y en la que en los años sucesivos se publicarían, entre otros, Records de juventud, de Pilar Pratdesaba de Surroca prologado por Miquel S. Salarich i Torrents (1952), La finestra oberta, del mencionado Salarich prologado por Ramon Rucabado (1954) y Díptic, de Nuria Arbó y Maria Àngels Anglada y prólogo de Marià Manent (1972) (puede verse el catálogo completo de esta a colección en el artículo de Miquel S. Ylla-Català i Genís mencionado en las fuentes).

Desde 1949 se habían empezado a hacer habitual la edición de opúsculos ilustrados con motivo fechas señaladas, como el día del libro o Navidad, ilustrados en su mayoría por Salvador Puntí (1909-1970), pero también otros por artistas como Joan Vilà i Moncau (1924-2013), Jacint Conill (1914-1992) o Pere Brugulat (n. 1922).

Mayor interés tiene otra modesta colección, destinada al género dramático y llamada Biblioteca Teatral Ausona, en cuya creación tuvo un peso importante el actor, dramaturgo y polifacético hombre de teatro Josep Subirana (1874-1951), conocido también como «Manel dels ous». Según cuenta Pilar Cabot:

Hubo autores que escribieron algunas obras pensando específicamente en él [Josep Subirana]; para que él las estrenara, como fue el caso de Florenci Cornet, Lluís Rossic, l’Aubanell… Però él padrí lo completaba: las ponía en escena y las editaba. Creó la Biblioteca Teatral Ausona, una colección abierta a autores en lengua catalana y que tenía dos vertientes: Obras de Centre Catòlic (solo hombres) y Obres amb Dama. Los impresores eran Aleu, Domingo & Cía., de la calle Calàbria (entonces en el núm. 89), en Barcelona. Más adelante reconvirtió la colección. Pasó a llamarse Biblioteca Teatral Subirana y se imprimía en Vic, en la Tipografia Balmesiana de la calle de la Riera (por entonces en el núm. 5).

En esta colección se publican en 1947 en rápida sucesión El rabadà a Betlem (Pastorets): dividit en tres actes i quatre quadres, de Ramon Vidal i Pietx;  La comtesseta de Bella flor: drama líric en quatre actes (1947), de Joan Villacís y música de Adjutori Vilalta; Amor triomfant y Sospirs d’infant: quadrets lírics (1947), de Joan Vilacís y Joan Brugalla i Saurina, con música de Lluís Brugarolas i Ventulà Sala (como título inicial de una serie dentro de la colección llamada Joai Infantil); Llum dintre la fosca: drama líric per a nenes dividit en dos quadres i El bes de la caritat: quadrets lírics per a nenes, de Joan Villacís y continuación de la mencionada Joai; El calvari d’una llar: drama en tres actes i en prosa per a noies, de Francesc Carbó i Trilla, y tras una pausa en el ritmo de publicación se añaden A la ciutat de Lleida: poema líric en tres actes (1950), de Joan Casanovas i Molist y música de Josep Casanovas i Molist, Poemes d’infants: quadrets originals (1952), de Francesc Carbó i Trilla y Joana d’Arc: poema històric en vers, obra de teatre catòlic per a noies (1952), de Francesc Planas i Vilaró.

Y es importante esta colección porque su publicación es casi coincidente en el tiempo con la iniciativa de Sunyol de crear un pequeño grupo teatral de jóvenes, que cuajaría en la Schola Teatral y en la organización del Primer Cicle de Teatre Actual, cuya pretensión era estrenar en la ciudad a grandes dramaturgos internacionales, alentar el interés de los jóvenes por el teatro y, además, investigar nuevas formas de preparar la puesta en escena del teatro contemporáneo a partir de las innovaciones que en este campo se estaban produciendo en toda Europa. Lamentablemente, no pasó de la primera edición, por problemas de financiación, pero sí dejó un cierto poso como punto de partida del teatro independiente en la ciudad, que con el tiempo cristalizaría en el grupo vanguardista La Gàbia (1961-1994) fundado por Lluís Sola i Sala (quien en 1976 se convertiría en director de la sede del Institut del Teatre en Ososa) y que empezó a rodar en 1961 con Poemes civils, de Joan Brossa (1919-1998), en la creación en la Universitat de Vic de un posgrado en Teatre i Educació, en la fundación del Centre Dramàtic d’Osona, etc. 

Fuentes:

Maria Antònia Bisbal i Cendra, «La imprenta a Igualada», Miscellanea Aqualatensia, núm. 3 (1983), pp. 289-311.

Pilar Cabot, «Josep Subirana (Vic 1874-1951)», Ausa, vol. XX, núm 150 (2002), pp. 683-693.

Ramon Pinyol i Torrents, Verdaguer sota el franquisme: censura i manipulació, discurso de recepción del autor como miembro numerario en Secció Històrico-Arqueològica del Institut d’Estudis Catalans, leído el 25 de enero de 2018.

Carme Rubio, «L’activita teatral a Vic a partir de la postguerra», Ausa, vol. Xx, núm. 148-149 (2002) pp. 221-243

Mireia Sopena, La Selecta, centre de l’edició i de la vida literària(1943-1962), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i LLetres, Universitat Autònoma de Barcelona, 2021.

Miquel S. Ylla-Català i Genís, «La llibreria Sala, gresol de cultura vigatana», Ausa, vol. IX, núm. 100 (1981) pp. 425-431.

Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

Joan Senent Anaya y la cultura del libro en Valencia

La primera sede de la que probablemente sea la librería más importante de Valencia, Tres i Quatre, estuvo en la planta baja del número 7 de la calle Pérez Bayer, que hasta entonces había sido una autoescuela propiedad de la familia del abogado Joan Senent Anaya (1916-1975). El padre de éste, Joan Senent Ibáñez, natural de Massarrojos y conocido popularmente como Tio Roig el Fariner, además de notable arqueólogo había sido pionero en la edición de manuales de circulación ‒la primera edición del exitosísimo El examen de conductor. Carmet de chofer, escrito y editado por él mismo bajo el sello Senent, data de 1946‒, así como en la docencia de las técnicas de chófer. También Senent Anaya aparece como autor de la actualización de alguno de estos libros. Por si fuera poco, su tío, el activista cultural y empresario Nicolau Primitiu (1877-1971), también estaba estrechamente vinculado al mundo de los libros, no sólo como coleccionista sino también como fundador de la revista bilingüe Sicània (1954-1959) y de la editorial homónima. Y habría que establecer si existe parentesco con Miguel Senent, el Cojo Senent, que con el escritor Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fundó en 1893 la efímera empresa editorial La Propaganda Democrática.

Se da la circunstancia de que Senent Anaya ya había cedido antes locales a comercios libreros: la Can Boïls (la primera librería valencianista de la postguerra), gestada en el seno de la asociación Lo Rat Penat (por Lluís Aracil, Josep Lluís Carrión y Emili Boïls) y fundada en 1962, y poco después de que ésta cerrara (en 1965), la también valencianista Concret Llibres, impulsada por Valerià Miralles, Alfons Cucó y Tomàs Llorens, abierta en 1967 y objeto desde el primer momento de la vigilancia, el acoso y de diversas multas por parte de secuaces del Ministerio de Información y Turismo (a cuyo frente se encontraba por entonces Manuel Fraga).

En diciembre de ese mismo 1967, Senent Anaya y su hijo Joan Senent Moreno figuran entre los creadores de la sociedad civil Tres i Quatre, junto con Joan Fuster, Rosa Raga y Eliseu Climent, una de cuyas primeras iniciativas será la apertura de la mencionada librería homónima.

Joan Senent Anaya.

Antes, ese mismo año, había aparecido con sello de Senent la novela de Maria Beneyto (1925-2011) La dona forta, precedida de un prólogo del prestigioso filólogo e historiador Manuel Sanchís Guarner (1911-1981) y galardonada con el entonces aún recientemente instituido Premi Joan Senent de narrativa.

El 25 de febrero de 1968, Senent Anaya registra una solicitud de autorización para una iniciativa de enorme trascendencia, que el 19 de diciembre es aprobada. Así, el 1 de junio de 1969 empieza a aparecer el boletín bibliográfico inicialmente bimestral Gorg, que incluía resúmenes y fragmentos de obras publicadas en lengua catalana, a menudo acompañadas de breves biografías de sus autores. Era un modo de dar a conocer en Valencia una producción bibliográfica muy mayoritariamente generada en Cataluña a un conjunto de lectores potenciales que empezaba muy tímidamente a crecer. Tal como lo cuenta Senent Moreno, traducido:

…aprovechando el fin de la pena de prisión de Enric Valor [(1911-2000)] con la que el franquismo lo reprimió […] y durante la cual mi padre, valiéndose de su condición de abogado para entrar libremente en la cárcel, iba a visitarlo todas las semanas. Cuando Valor salió de prisión le proporcionó una actividad y un medio de subsistencia, ya que le habían confiscado todos sus bienes, la cuantía de los cuales ignoro, y fue así como nació Gorg. En un rincón al fondo del local del negocio familiar, en la gestoría de la calle Colom, entre los dos hacían la revista.

La eficacia de lo que en origen era un simple boletín bibliográfico, puramente informativo, estriba entre otras cosas en la labor altruista de Senent, quien, según cuenta el mismo Enric Valor, «regaló por todo el País Valenciano, a entidades culturales, colegios, bibliotecas e incluso a peluquerías y tiendas importantes», los ejemplares de los dos primeros números. Con todo, esta revista de casi una cincuentena de páginas se distribuía a un precio de 10 pesetas sobre todo en quioscos y librerías, tanto en el País Valenciano como en Cataluña y las islas Baleares, además de contar con numerosos suscritores, lo que permitió hacer tiradas de hasta ocho mil ejemplares.

Si bien de la vertiente organizativa y de buena parte de los textos se ocuparon Senent Anaya y Valor, lo cierto es que contaron también con la colaboración del corresponsal en Valencia de Serra d’Or, Oriflama y La Vanguardia, Josep Maria Soriano, y con una pléyade de excelentes colaboradores entre los que destacan el filósofo y escritor Josep Maria Capdevila (1892-1972), el escritor y activista Gonçal Castelló (1912-2003), el poeta y traductor mallorquín Josep M. Llompart (1925-1993), el historiador Alfons Cucó (1941-2002), el considerado padre de la sociolingüística catalana Rafael Ninyoles (1943-2019), el entonces joven dramaturgo y traductor Rodolf Sirera (n.1948) y el célebre y muy influyente ensayista y editor Juan Fuster (1922-1992), al margen de que en Gorg se publicaron fragmentos de obras firmadas por escritores de primer orden como Pere Calders (1912-1994) o Jean Paul Sartre (1905-1980), entre otros muchos, que contribuían a suscitar debate intelectual en esas tierras. Progresivamente, estas notas informativas fueron creciendo y las páginas de Gorg acogieron tanto breves ensayos o críticas como pequeñas polémicas, siempre de tema literario, así como crónicas, reportajes y entrevistas; sin embargo, lo que aumentó también de un modo notable el interés de la revista fueron las cartas al director, que vehiculaban algunas de las preocupaciones de los lectores y generaban ciertos debates culturales con inevitables connotaciones políticas.

En el ámbito visual las iniciativas vinculadas a Gorg contaron con la colaboración del empuje renovador y vanguardista que representaban el Equip Crònica, compuesto por Juan Antonio Toledo, Rafael Solbes y Manolo Valdés, así como el escultor Andreu Alfaro (muy vinculado también a las ediciones de Tres i Quatre).

Acaso como consecuencia del éxito y el crecimiento del proyecto, a principios de la década de 1970 Gorg acabó por topar de frente con la censura, que decidió cerrarla con el pretexto de que estaba excediendo el contenido para el cual había obtenido autorización, precisamente cuando Senent solicitó autorización para convertir Gorg en una revista cultural. Senent Anaya se presentó al combate, y el 5 de febrero de 1972 presenta alegaciones ante el Ministerio de Información y Turismo, que nunca hasta entonces había hecho ninguna advertencia al respecto; como a nadie sorprendería, el MIT rechazó las alegaciones y canceló su número en el Registro de Empresas Periodísticas. A esas alturas, Senent no se arredra y pide entonces un recurso de alzada ante el Consejo de Ministros, que en julio de 1972 ratificó la suspensión. Ni así se rindió el combativo mecenas y agitador cultural, que en diciembre de 1972 aún presentó recurso ante el Tribunal Supremo. La cosa iba para largo, y mientras, hasta abril de 1972 la revista había seguido publicándose.

Luego, Senent cedió el nombre a Gonçal Castelló y le proporcionó además un espacio en lo que hoy es el passeig de Russafa (donde estaba también la distribuidora El Molinet), y Castelló creó Els Quaderns Gorg, una serie de revistas monográficas que eran casi libros colectivos (un poco al estilo de lo que fue, para esquivar la censura, la revista Critèrion), el primero de cuyos números se tituló Estimem la nostra lengua (1973), con un prólogo de Castelló y dos textos, uno de Manuel Sanchis Guarner y el otro de Josep Melià.

Llegaron a publicarse once números, entre los cuales la traducción de Enric Valor de L’ingenu (1974), de Voltaire, con un prólogo del periodista cultural Rafael Ventura Melià (1948-2020) y único número de la colección La Ploma, la obra teatral L’ombra de l’escorpí (1974), que Maria Aurèlia Capmany escribió por encargo del Grup d’Estudis Teatrals d’Horta, uno colectivo sobre Les Falles (1974) en el que colaboraron Sanchis Guarner, Rodolf Sirera, Joan Fuster, Vicent Andrés Estellés (1924-1993), y en cuya portada lucía un fotomontaje de Josep Renau (1907-1982), Nova frontera económica (País Valencià 1974), con textos de Joan Fuster Màrius Garcia Bonafé y Ernest Lluch, entre otros, y Homenatge a la imprenta valenciana 1474-1974, en el que escriben Pere Bohigas, Josep Perarnau y Joan Fuster.

Es más, en esos años empiezan también a aparecer libros con el sello Editorial Gorg; Millorem el llenguatge (1971), que recogía el título de una sección de la revista, de Enric Valor; Viure a Madrid. Cròniques des de l’altiplà (1973), de Gonçal Castelló; Els quaderns d’ Emili Coniller. Diari 1958-1960 (1973), de Emili Boïls; Curso medio de gramática catalana, referida especialmente al País Valenciano (1973), de Valor, de quien se inicia la publicación además de la Obra literaria completa, con dos volúmenes (1975 y 1976), de más de cuatrocientas páginas y con textos preliminares de Sanchis Guarner, Ninyoles y Neus Oilag.

Resulta muy significativa la solicitud que en diciembre de 1973 cursa el fiscal del Estado en la que insta al Tribunal Supremo a dictar sentencia sobre Gorg cuanto antes, porque ésta expresa: «un radicalismo separatista que constituye un claro ataque a los principios que muestran toda la savia sociológica del régimen vigente». Con todo, el Supremo no avaló el cierre de la revista hasta el 15 de marzo de 1975; apenas tuvo tiempo de disfrutar de ello Senent Anaya, que murió el 22 de diciembre de 1975, solo un mes después que el dictador.

Póstumamente, con sello de Gorg, se publicó su muy elocuente libro En defensa del regionalismo (Proceso a la revista “Gorg”), 1976.

Fuentes:

Índices de la revista Gorg:

Santi Cortés, El compromís amb la cultura. La història de Tres i Quatre, València, Edicions 3i4 (La Unitat 205), 2014.

Francesc Martínez Sanchis, Premsa valencianista. Repressió, resistencia cultural i represa democrática (1958-1987), prólogo de Joan Manuel Tresserras, Universitat de València (Aldea Global 36), 2017.

Joan Josep Senent i Moreno, «Gonçal Castelló i Gorg», en Àngel Velasco y Vicent Terol i Calabuig, eds., El món de Gonçal Castelló, Gandia, Centre d’Estudis i Investigacions Comarcals Alfons el Vell, 2013, pp. 32-38.

Librero, todavía una profesión de riesgo en España (1975-2021)

Dedicado y en apoyo a la Librería de la Fundación Anselmo Lorenzo

La muerte del dictador español (20 de noviembre de 1975) no detuvo ni atenuó sino que más bien alentó la retahíla de atentados terroristas de la extrema derecha contra librerías que venía produciéndose hasta entonces, así como las que sufrían editoriales, salas de cine, organizaciones sociales, etc.

No se habían cumplido muchos días desde la muerte de Franco, cuando una madrugada de invierno la sede de la librería Ágora, en el barrio de Ciudad Jardín de Córdoba, fue tiroteada. En palabras de Antonio Carlos Zurita, «un atentado por el que nadie pagó, nunca se supo y, si se supo, nadie contó.»

Destrozo de libros como consecuencia del atentado terrorista en Distribuciones de Enlace (1974),

Los conocidos como Guerrilleros de Cristo Rey ‒a cuyo frente estaba el exdivisionario azul Mariano Sánchez Covisa, declarado fascista y admirador de Hitler‒ reivindicaron mediante una llamada telefónica a France Press el atentado que se produjo la madrugada del 17 al 18 de diciembre en una librería dependiente de la CNT en la parisina rue de La Tour-d’Auvergne (numero 39), donde la explosión de una bomba produjo cuantiosos daños materiales.

El 10 de marzo de1976, un seat de color blanco matriculado en Madrid se detiene ante la pamplonica librería El Parnasillo, fundada en 1973 por Javier López de Munain y unos amigos, y desde el vehículo se tirotea el escaparate del establecimiento (se contabilizaron más de veinticinco impactos de bala); no hacía ni un mes del último atentado contra esta librería (el mismo día, 16 de febrero, en que también la librería Aritza era atacada). De nuevo, se atribuyen todos estos atentados terroristas, que obviamente quedaron impunes, a Guerrilleros de Cristo Rey.

La librería Alberti es reiteradamente atacada en 1976 (en abril, en junio, en julio). En julio de ese año, no casualmente el día 18, fue La Oveja Negra (en el barrio madrileño de Quintana: Hermanos de Pablos, 13) la víctima de un nuevo atentado terrorista, y no tardó en convertirse en objetivo preferente de la ultraderecha violenta, que perpetró otro atentado de importancia en la misma librería en 1980 en el que irrumpieron en el local una veintena de fascistas y provocaron destrozos en el local y heridas a una de las trabajadoras.

El Parnasillo.

Llegados a agosto de 1976, los libreros instan a las autoridades a acabar con la impunidad de lo que sin ambages describen como terroristas, y se produce una reunión entre el presidente del Sindicato Nacional del Papel y las Artes Gráficas, el de la Agrupación Nacional del Comercio del Libro y los presidentes de las agrupaciones provinciales de Barcelona, València y Zaragoza con  el ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa (a quien, a instancias de la justicia argentina, la Interpol persiguió en 2014 por delitos de genocidio y lesa humanidad durante el franquismo pero el Gobierno español denegó su extradición). Como era de esperar, apenas salió gran cosa de esa reunión, aunque, por lo menos, como señala Arámzazu Sarría Buil, Rodolfo Martín Villa no minimizó la importancia de los atentados con el argumento de que no causaban víctimas, como sí había hecho su predecesor en el cargo, Manuel Fraga Iribarne (que en septiembre de ese año fundaría Alianza Popular y entre 1989 y 1990 presidiría el Partido Popular).

El 5 de agosto de ese mismo año, en el marco de lo que más tarde se conocería como la Batalla de València, la librería La Araña, donde aquel mismo verano entró a trabajar el luego célebre librero Paco Camarasa (1950-2018), es objeto de un atentado con bomba que la destroza (renacerá con el nombre La Araña-Pablo Neruda).

El que no lleva uniforme es Manuel Fraga.

Poniendo de manifiesto su querencia por las conmemoraciones, los grupos de ultraderecha hicieron que el mes de noviembre de 1976 fuese particularmente duro para las librerías, y entre otras lindezas el día 6 quemaron la librería Rafael Alberti (propiedad del militante comunista Enrique Lagunero), llenándola de gasolina, y poco después el quiosco que tenía en la cordobesa plaza de Las Tendillas el dirigente socialista Matías Camacho. En Valencia, el mes empezó con un atentado terrorista con bomba en la librería y editorial Tres i Quatre que desplazó cristales y metales a doscientos metros; nadie lo reivindicó.

Los detenidos como presuntos responsables del incendio en la Alberti eran todos conocidos de las autoridades, pues eran agentes de la policía de Madrid: José Alberto García, Alfonso Moreno, Ricardo Manteca (asalariado de la Dirección General de Seguridad) y Francisco José Alemany (que en la universidad había sido «indicador» de la policía). La suspicacia de los libreros era más que comprensible, pues por si fuera poco, en caso de atentado las aseguradoras solo pagaban los desperfectos si se detenía a los responsables.

La Costera tras el atentado.

Las cosas habían llegado a tal punto, que la Asociación del Comercio del Libro decidió convocar el día 12 un día de cierre en protesta por los continuos atentados y sobre todo por la impunidad de los responsables a la que se adhirieron unas cincuenta librerías. Al día siguiente, la Librería México, del Fondo de Cultura Económica, fue atacada con un cóctel molotov. Y antes de acabar el mes, la Pórtico de Zaragoza (propiedad de José Alerudo) fue objeto del quinto atentado terrorista en dos años; en La Costera, de Xàtiva, un explosivo colocado en la puerta de acceso provocó enormes destrozos en el local; la Librería Popular, especializada en ensayo y situada en Albacete, fue atacada mientras se celebraba en ella una exposición dedicada al poeta Miguel Hernández… Estos dos últimos atentados fueron reivindicados por el autoproclamado «Sexto Comando Adolfo Hitler de Orden Nuevo», mientras que el «Cuarto Comando Adolfo Hitler» reivindicó ante la agencia de noticias Cifra un atentado contra la sevillana librería Proa. Ilustrativo de la postura de las instituciones públicas de la época ante estos asuntos es que en mayo de 1976 a la Popular no se le aceptaría una denuncia por dibujos de esvásticas y pintadas diversas en su fachada («Viva la Falange», «Dios y Patria con Franco») porque todas las frases escritas eran legales.

La Popular.

Antes de acabar el mes de noviembre, el día 29 cerraron en Barcelona seiscientas librerías —es decir, en realidad casi todas—, en una protesta que contó también con el apoyo explícito del Gremi de Llibreters de Vell de Catalunya y que, en contrapartida, fue acompañada de la puesta a la venta, a un precio simbólico, de una edición de dos mil ejemplares de la obra de Salvador Espriu El caminant i el mur.

Y antes de acabar el año, en una reunión celebrada en la librería Antonio Machado a la que asistieron una cuarentena de libreros establecidos en Catalunya, Euskadi, València, Andalucía y Madrid, se estimaron las pérdidas sufridas ese año por los libreros en unos cien millones de pesetas y se plantearon estrategias para conseguir el amparo y la protección de las instituciones públicas.

Tal como lo interpreta Sarría Buil:

Recortes de prensa de la época.

Las amenazas envueltas en la simbología fascista y los daños económicos derivados de los atentados provocaban un clima de temor y de tensión al que diariamente estaban sometidos los profesionales del libro, inmersos además en un sentimiento de abandono por parte de las fuerzas del orden.

Sin embargo, la bárbara vorágine no se detenía. El 12 de mayo 1977 también fue víctima de atentado la librería Rafael Alberti, en cuya fachada habían aparecido en los días previos pegatinas de Fuerza Nueva y Alianza Popular; y el periódico Ya lo contaba apresurada pero pormenorizadamente del siguiente modo:

Cinco individuos que viajaban en un automóvil Citroën-8 familiar, de color blanco, matrícula M-2299-I, efectuaron varios disparos contra los escaparates de la librería, sita en la calle Benito Gutiérrez esquina la de Tudor, lo que alertó a los guardias, que salieron a la vía pública. Quizá fuera eso lo que buscaban los agresores, pues realizaron una segunda pasada y entonces dispararon contra los dos policías armados, quienes repelieron el ataque, sin que fueran alcanzados ni unos ni otros. En la inspección ocular posterior se encontraron doce casquillos del nueve largo. Cuatro de los impactos dieron en la puerta del establecimiento y también están astilladas dos lunas, que son de fabricación antibala. Los agresores huyeron en el vehículo, metiéndose por dirección prohibida.

La Rafael Alberti.

También los escritores estaban en el blanco de estos grupos de ultraderecha, particularmente autores valencianos cuya obra resultaba particularmente incómoda a la ultraderecha, como Joan Fuster (1922-1992), en cuyo domicilio en Sueca reventó un explosivo colocado en una ventana la noche del 17 al 18 de octubre de 1978, desencajando puertas, destrozando parte de su biblioteca y desparramando cristales por toda la casa. Mientras, la librería Tres i Quatre seguía recibiendo un goteo incansable de ataques.

En Euskadi, el 12 de febrero la librería El Parnasillo fue objeto de un nuevo incendio como consecuencia de un ataque con cócteles molotov (reivindicado de nuevo por un Comando Adolfo Hitler), pero peor parada aún salió la sede de la revista anarquista de Bilbao Askatasuna, cuya sede fue quemada el 24 de agosto. En diciembre de ese año, el lingüista e historiador valenciano Manuel Sanchis Guarner (1911-1981) recibía en su domicilio un paquete, sospechoso, que resultó ser una bomba de medio kilo de pólvora y metralla.

A menudo se ha empleado el término «terrorismo tardofranquista» para referirse a este tipo de atentados cometidos por grupos como los Guerrilleros de Cristo Rey, los GAE (Grupos Armados Españoles), ATE (Antiterrorismo ETA), el BVE (Batallón Vasco Español) o la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), pero quizá la duda que plantea es cuándo concluye ese proceso. Si en 1980 se producía el mencionado atentado contra La Oveja Negra, el 9 de noviembre de 1985 resultaban heridos el propietario (Salvador Egea Feliu) y un empleado (Cipriano Arenas) como consecuencia de un asalto que hizo detonar un explosivo de nagolita (nitrato armónico y gasóleo) en la librería Egea de la calle de la Diputació de Barcelona.

En la misma dinámica parece encuadrarse la irrupción de varias decenas de fascistas en la céntrica librería Crisol de la madrileña calle Juan Bravo mientras Santiago Carrillo (1915-2012) llevaba a cabo la presentación del libro del historiador gallego Santos Juliá (1940-2019) Las dos Españas.

Así lo contaba el periódico El Mundo, recogiendo información de agencias:

El grupo de ultraderechistas, compuesto por varias decenas de exaltados, profirió gritos de «asesino» contra el ex secretario general del PCE, y agredió a quienes protegieron a Carrillo, entre otros el autor del libro, Santos Juliá, el director general de Crisol, Andrés Galdón, y el ex ministro socialista Claudio Aranzadi.

Quizá vale la pena señalar que por entonces Carrillo era nonagenario, pues el episodio sucedió en abril de 2005, y que uno de los cuatro detenidos (tres hombres y una mujer de entre veintiséis y sesenta y un años) era un sargento del Ejército de Tierra en activo. Se les acusó de desórdenes públicos.

También en Madrid, ya en 2013 y durante la celebración del Día del Libro, se produjo en la librería del mismo nombre el que se dio en llamar «Caso Blanquerna» (del que se conservan diversas grabaciones videográficas) que igualmente se consideró un caso de desórdenes públicos y por el que se detuvo a una docena larga de personas. Tras diversas peripecias procesales en las que se implicó la Audiencia Nacional de Madrid y el Tribunal Constitucional, en abril de 2021 no habían entrado en prisión.

En el momento de escribir estas líneas, el último ataque contra librerías que puede considerase atentado terrorista que ha tenido una mínima divulgación es el sufrido por la librería de la Fundación Anselmo Lorenzo.

Fuentes:

AA.VV., El terrorismo desconocido. Atentados terroristas de extrema derecha en Navarra (1975-1985). Informe 2020, Gobierno de Navarra, 2020.

Agencias, «En libertad los cuatro detenidos por el intento de agresión a Carrillo», El Mundo, 21 abril 2005.

Cooperartiva de Cine Alternatiu 1975, Atentados fascistas. Los reductos neo-fascistas contra organizaciones y librerías progresistas (vídeo).

La librería de la Universitat de València.

Santiago Cortés Hernández, «El llibre, perillós enemic. Atemptats contra la llibreria Tres i Quatre (1970-2007)», L’Espill, núm. 38 (2011), pp. 155-166.

Rosa María Pereda, «Un centenar de atentados a librerías españolas», El País, 6 de mayo de 1976.

Redacción, «Los ataques fascistas contra las librerías durante la transición», mpr21, 21 de febrero de 2017.

R. M. S., «Ultras en la Universidad, bombas contra las librerías- Terrorismo en el País Valenciano (I)», Valencia Semanal, núm. 52 (24-31 de diciembre de 1978.

Aránzazu Sarría Buil, «Atentados contra librerías en la España de los setenta. La expresión de una violencia política», en Marie-Claude Chaput y Manuelle Peloile, coords., Sucesos, guerras, atentados. La escritura de la violencia y sus representaciones, PILAR (Presse, Imprimés, Lecture dans l’Aire Romane), 2009.

Ángel Vivas, «Heroicas librerías», El Mundo, 8 de diciembre de 2015.

Antonio Carlos Zurita, «Librería Ágora», Diario de Córdoba, 10 de febrero de 2016.

Librero, profesión de riesgo en España (1970-1975)

En fecha tan tardía como es el fin de semana del 12 y 13 de junio de 2021, aún se vivió en España un episodio de ataque de las fuerzas de ultraderecha contra una librería; en ese caso la víctima fue la madrileña Fundación Anselmo Lorenzo.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Semejante alarde de barbarie tiene en la península una ya bastante ‒a todo punto excesiva‒ tradición, aunque no siempre la prensa ha empleado el mismo término para caracterizarla. Al hablar de los embates de la censura contra Anagrama durante los años setenta, escribe Jorge Herralde: «No hay que olvidar otro tipo de “censura”, la que practicaban los grupos ultras, alentados o permitidos por el gobierno, con sus atentados a las librerías progresistas».

Suele considerarse la colocación de una bomba en la imprenta-librería Mugalde de Hendaya, la madrugada del 7 de abril de 1975, como primer atentado del llamado «terrorismo tardofranquista». Situada en territorio francés, la Mugalde se había especializado casi en libros prohibidos en España, por lo que se había convertido en punto de peregrinación para muchos lectores, además de en sede de encuentros de la oposición abertzale al franquismo y de exiliados diversos. Por si fuera poco, el 20 de mayo sería objeto de un segundo atentado, de nuevo con explosivos, y dos días después gendarmes franceses acompañaban hasta la frontera a un sospechoso trío que tomaba fotografías en el lugar, ante lo que el semanario Enbata (editado en Iparralde) se preguntaba:

Enlace tras el atentado de 1974.

¿Y qué se puede decir sobre los tres policías españoles vestidos de civil sorprendidos el miércoles 21 de mayo ante la librería vasca Mugalde en Bayona por refugiados vascos, que fueron entregados por ellos a la policía francesa, que todo lo que hizo fue conducirlos sin problemas a la frontera? ¿Por qué no se quiso controlar la identidad de los dos «turistas» españoles que fotografiaban a los militantes vascos ante el tribunal de Bayona?

Se mencionó a menudo y vagamente a los responsables como «los de Cristo Rey», pero nunca se identificó a ninguno de los terroristas.

Sin embargo, unos años antes, en diciembre de 1970, ya se había producido otro atentado terrorista sonado, en ese caso en la librería Lagun («amigo» en euskera) de San Sebastián, abierta dos años antes por María Teresa Castell, José Ramón Rekalde e Ignacio Latierro. Era sabido que en la trastienda vendía libros prohibidos, y entre sus clientes ocasionales contaba además con sospechosos habituales de desafección al régimen, como los historiadores Pierre Vilar (1906-2003) y Manuel Tuñón de Lara (1915-1997).

Manuel Tuñón de Lara.

Apenas unos meses después, el 23 de mayo de 1971, se produjo otro atentado de entidad ‒las roturas de escaparates y las pintadas en librerías izquierdosas pronto fueron más o menos habituales‒, en ese caso en la librería valenciana Tres i Quatre, fundada también en 1968 por Eliseu Climent y sede de encuentros clandestinos de sindicalistas y activistas culturales, entre los que destacan el ensayista Joan Fuster (1922-1992), el grafista Josep Renau (1907-1982) a su regreso del exilio, el poeta Vicent Andrés Estellés (1924-1993) o el escultor Andreu Alfaro (1929-2012). En este caso, se lanzó una bomba de pintura al interior del local, que produjo unas pérdidas de 140.000 pesetas de la época. Santiago Cortés Hernández ha documentado hasta qué punto esta librería se convirtió en aquellos años en objetivo de la extrema derecha en «El llibre, un perillós enemic. Atemptats contra la llibrería Tres i Quatre (1970-2007)» (Espill, núm. 38, pp. 155-166).

El 28 de octubre de ese mismo año, se produjeron ataques simultáneos a tres conocidas librerías madrileñas, Visor, Cultart y Antonio Machado, lo que ponía de manifiesto que se trataba de atentados planificados, si bien lo que vinculaba a estas tres librerías en ese momento es haber dedicado sus escaparates a Pablo Picasso (1881-1973), con motivo de su noventa cumpleaños, con libros dedicados a su obra, pósters, carteles o grabados.

Obviamente, esa misma onomástica se celebró en Barcelona, donde la Galería Aquitania organizó una exposición de la que saldría luego el libro Picasso 90 (con obra de Brossa, Tàpies y Tharrats, entre otros, y textos de Luis Racionero, Vázquez Montalbán, Fernando Quiñones…). En la Ciudad Condal la víctima fue la muy popular y céntrica librería Cinc D’Oros, cuyos escaparates recibieron el impacto de varios cócteles molotov, que a su vez incendiaron el interior del local y destruyeron sus entonces innovadoras máquinas expenedoras de libros; las pérdidas económicas se estimaron en un millón de pesetas.

La librería Cinc d’Oros tras los atentados terroristas de octubre de 1974.

Un sistema similar se empleó en 1974 contra la Tres i Quatre, de nuevo en horario comercial, mientras en su interior un jurado compuesto por Baltasar Porcel, Celso Emilio Ferreriro y Lluís y Josep María Carandell deliberaba sobre los Premis Octubre de ese año. En esta ocasión, los cócteles fueron lanzados desde un automóvil en marcha, y reivindicó la acción el Partido Español Nacional Socialista (donde al parecer militó el policía torturador Luis Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño). Ya en abril de ese mismo año habían aparecido pintadas del PENS en el atentado y robo a la sede barcelonesa de Agermanament (que desarrollaba su actividad humanitaria en Camerún, Chile y Catalunya y editaba una revista homónima).

Muy relacionados con esta serie de atentados terroristas perpetrados en Barcelona por grupos de extrema derecha se encuentran otros que por esos meses tuvieron como objetivo la editorial Nova Terra (Primero de Mayo de 1973), la sede de la revista El Ciervo (4 de julio de 1973) ‒atribuido al Quinto Comando Adolfo Hitler‒, la librería Viceversa (16 de agosto), la librería PPC (Propaganda Popular Católica), la editorial Gran Enciclopèdia Catalana (4 de agosto de 1973) y los almacenes de las Distribuidoras de Enlace (noche del 2 al 3 de julio de 1974), que aglutinaba a editoriales cultural e ideológicamente rompedoras como Laia, Cuadernos para el Diálogo, Estela, Anagrama, Tusquets, etc. y cuyas pérdidas alcanzaron los doce millones de pesetas y supusieron poco menos que la asfixia de la empresa; enseguida se publicó un texto de repulsa firmado por 173 escritores (García Márquez, Heinrich Böll, Samuel Beckett, Manuel de Pedrolo, Alberto Moravia, Peter Weiss, Umberto Eco, Julio Cortázar, Teresa Pàmies…). En todos estos casos, el incendio se acompañó de pintadas filofascistas y en algunos casos de robos de material.

Rueda de prensa en Enlace.

Ante lo abrumador e interminable de esta retahíla, no circunscrita a Barcelona, en diciembre de 2015 Ángel Vivas resumió de modo contundente esa etapa en un artículo titulado «Heroicas librerías»:

En los cinco últimos años del franquismo sufrieron ataques de diversa intensidad librerías de Madrid (Antonio Machado, La Tarántula, Visor, Fuentetaja, Libyson, Cultart…), Barcelona (Cinc d’Oros, El Borinot Ros, Tahull), Valencia (Ausias March, Dau al Set y Tres i Quatre), San Sebastián (Corcuera, además de Lagun), Pamplona (El Parnasillo), Valladolid (Clamor, Villalar), Sevilla (Antonio Machado), Zaragoza (Pórtico, que ya fue amenazada en 1946 por exponer libros que aludían a la derrota del Eje).

La Pórtico tras un atentado terrorista.

Como es lógico, por el hecho de estar situadas en territorio francés, no menciona por ejemplo la explosión de una bomba en la sede de la Editorial Ebro (del PCE) en París, el atentado con bomba del 12 de junio de 1975 contra Nafarroa, propiedad de refugiados políticos vascos, que tres días después de reabrir volvió ser atacada (el 14 de julio) o a la editorial Elkin, ni la más sonada contra la sede de la editorial Ruedo Ibérico en la rue Latran el 14 de octubre (una semana antes de la muerte del dictador y mientras su editor se encontraba en la Feria del Libro de Frankfurt). En su biografia del editor de Ruedo Ibérico, Albert Forment recoge la siguiente carta de José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) a Francisco Carrasquer (1915-2012):

Una carga de plástico hizo saltar la librería. Todo está en un desorden indescriptible. Los desperfectos sólo en  nuestro domicilio ‒la calle se quedó sin vidrios y varios autos fueron reventados‒ superan el millón de pesetas. […] El atentado ha sido reivindicado por Antiterrorismo-ETA [grupo de ultraderecha más conocido como ATE]

La Ruedo Ibérico tras el atentado terrirista.

Apostilla Forment que los daños directos se cifraron en 70.000 francos y en unos 12.000 los derivados del obligado cierre, lo que generó una ola de solidaridad que se tradujo en la cesión de obras de Joan Miró (1893-1983) y Antoni Tàpies (1923-1012), así como en aportaciones económicas importantes de Josep Tarradellas (1899-1988) y Francisco Carrasquer o en la cesión de derechos de Gabriel Jackson (1921-2019), entre otras muchas ayudas.

Los atentados terroristas contra librerías no se atenuaron tras la muerte de Franco, y como escribe Aránzazu Sarría Buil:

Convertida en medio para ejercer una presión política y en finalidad para desestabilizar el proceso democrático en ciernes, la violencia ocupó un papel destacado que se extendió a lo largo de todo el período de la transición […] En los meses que sucedieron la muerte de Franco las librerías de las ciudades españolas más importantes fueron testigo de una escalada de violencia política sin precedentes cuya autoría, no siempre reivindicada, recaerá en grupos de la ultraderecha.

A tenor de todo ello, no es de extrañar que el 6 de mayo de 1976 la escritora y periodista cultural Rosa Pereda titulara un abrumador artículo en El País: «Un centenar de atentados a librerías españolas».

Fuentes:

AA.VV., El terrorismo desconocido. Atentados terroristas de extrema derecha en Navarra (1975-1985). Informe 2020, Gobierno de Navarra, 2020.

Cooperartiva de Cine Alternatiu 1975, Atentados fascistas. Los reductos neo-fascistas contra organizaciones y librerías progresistas (vídeo).

Santiago Cortés Hernández, «El llibre, perillós enemic. Atemptats contra la llibreria Tres i Quatre (1970-2007)», L’Espill, núm. 38 (2011), pp. 155-166.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000. 

Jorge Herralde, «La censura», en Anagrama. 50 Años, Anagrama, 2019, pp. 23-25.

Rosa María Pereda, «Un centenar de atentados a librerías españolas», El País, 6 de mayo de 1976.

Aránzazu Sarría Buil, «Atentados contra librerías en la España de los setenta. La expresión de una violencia política», en Marie-Claude Chaput y Manuelle Peloile, coords., Sucesos, guerras, atentados. La escritura de la violencia y sus representaciones, PILAR (Presse, Imprimés, Lecture dans l’Aire Romane), 2009.

Ángel Vivas, «Heroicas librerías», El Mundo, 8 de diciembre de 2015.

Dos libros sobre el comercio de libros viejos, antiguos y de lance

Si bien ya en 2015, en una de las perogrulladas más ostentosas de la historia, la Unesco reconoció a Barcelona como una de las «ciudades literarias del mundo», siempre se ha incidido mucho más en su mención como tal en El Quijote, en el hecho de ser sede de algunas de las editoriales más importantes del mundo o en la coincidencia en ella de los principales protagonistas del boom de la literatura latinoamericana que en la riquísima tradición de librerías de lance, de viejo y anticuarias de la ciudad. Sin embargo, es difícil equivocarse al afirmar que, en la vida cotidiana de los barceloneses, ha tenido una mayor incidencia y ha sido mucho más importante que ninguna de las circunstancias antes mencionadas.

Solo en el año 2020 aparecieron ‒ambas en Barcelona, lógicamente‒ dos auténticas maravillas sobre el comercio del libro de lance en la capital catalana que pueden interpretarse como una reivindicación y una remembranza ‒con un leve tono de nostalgia‒ de un mundo que parece irrevocablemente destinado a desaparecer o cuanto menos a cambiar por completo: el profesor y maestro de historiadores de la edición Manuel Llanas documentó y recreó la azarosa e interesantísima vida de una de las librerías de viejo más emblemáticas con las que ha contado la ciudad en La Canuda i el comerç del llibre de vell, construido a partir de una serie de conversaciones con el librero Santi Mallafré y publicado por la Editorial Comanegra, mientras que con el sello de Llibres de l’Índex y enriquecido con un magnífico prólogo del editor Josep Maria Orteu (n. 1960) y una breve nota del reputado librero Lluís Millà, se reeditó una pequeña joya titulada Una mañana de domingo en los «encantes» de San Antonio. Reportaje libresco, del librero y bibliógrafo Pavl Cid Noé (Pedro Vindel, 1894-1960) e ilustrado con mucho gusto y acierto con obra de Joan D’Ivori (Joan Vila i Pujal, 1890-1947).

Del segundo de estos libros, según consigna el colofón, se hizo una tirada de «307 ejemplares de los cuales 250 numerados y 57 numerados y firmados por Lluís Millà impresos sobre papel cien por cien de algodón natural de 150 gramos», mientras que el colofón de la edición original, que se reproduce en esa misma página, indica que ésta «acabóse de imprimir este reportaje libresco en la Imprenta de La Neotipia, de Barcelona, el día 25 de marzo de 1938» (es decir, en plena guerra civil española) y se tiraron sólo cincuenta y siete ejemplares.

Pedro Vindel pertenecía a una recia tradición familiar de bibliófilos, y con su mismo nombre se conserva la Biblioteca Nacional de España títulos tan explícitos como Antiguos tratados de esgrima (siglo XVII) (1898), Catálogo descriptivo de ex-libris hispanoamericanos (1588-1900) (1929) o los dos impresionantes volúmenes de Bibliografía gráfica. Reproducción en facsímil de portadas, retratos y otras curiosidades útiles a los bibliófilos que se hallan en obras únicas y libros preciosos o raros (1910), que sólo por las fechas bastará para intuir que se deben a Pedro Vindel Álvarez (1865-1921). Su hijo Francisco (1894-1960) ejerció también como librero en Madrid y firmó también títulos curiosos, como El manual grafico del bibliófilo hispanoamericano (1930-1933) o El arte tipográfico en España durante los siglos XV a XIX (1941), pero sobre todo unas Memorias bibliográficas (1922-1960), de las que la Asociación Bibliográfica Hispánica editó en 1993 cuatrocientos ejemplares.

La primera vez que Francisco, o Paco, Vindel se estrenó con el ingenioso seudónimo Pavl Cid Noé fue precisamente con este Una mañana de domingo…, un texto a medio camino entre el cuadro de costumbres decimonónico ‒puede muy bien evocar en el lector algunos textos de Mesonero Romanos‒ y el tipo de reportaje periodístico que triunfaba en los años treinta en Barcelona. El prólogo contextualiza perfectamente los antecedentes y la relación del librero madrileño con la ciudad, además de aportar documentación interesante sobre esta visita durante la guerra civil (el texto aparece fechado en enero de 1938), y recurre a las memorias del autor para relatar la huida de la familia Vindel del Madrid asediado para establecerse, con la ayuda del librero Pere Monge, en la capital catalana con el propósito de ocuparse además de las publicaciones de otros libros, como Cervantes,el mejor hombre de España, Librería Célebres, Gabriel de León, siglo XVII o La imprenta Ibarra, sus marcas tipográficas de carácter caligráfico y las de los impresores del siglo XVIII, todos ellos en 1938 y elaborados a partir del material bibliográfico existente en librerías barcelonesas.

Al margen de retratar el ambiente y describir a los protagonistas del Mercat de Sant Antoni, recrea con jugosos detalles unas prácticas de compra-venta y unas oportunidades inesperadas que, a medida que los libreros fueron profesionalizándose, fueron cada vez más infrecuentes. De hecho, puede comprobarse que por entonces llegaban a los comercios del Mercat una tipología de libros que hoy es rarísimo ver. El fino humorismo, la precisión en el perfil de algunos libreros míticos, pero sobre todo la pintura al natural de sus modos y costumbres convierten el librito de Cid Noé en una pequeña joya, y ponen además en conocimiento del lector a quien el editor describe como «el padre de la bibliofilia en lengua castellana moderna».

También el libro de Manuel Llanas traslada al lector a ese ambiente fascinante, y ningún lector de La sombra del viento de Ruiz Zafón que disfrutara con el cementerio de libros olvidados a la espera de lectores y no tuviera en su momento oportunidad de visitar La Canuda debería leer, por lo menos, la enjundiosa recreación de la librería que le sirvió de modelo.

El origen dialogado de este libro lo despoja de cualquier gesto de academicismo, que no de detalle y rigor, y lo acerca en cambio a la sensación de experiencia vivida, de paseo entre algunas de las anécdotas más deslumbrantes, divertidas o disparatadas de las que La Canuda fue escenario, como quien se mueve entre altísimos anaqueles sin saber con qué se topara al pasar al pasillo (o la página) siguiente. Para quien tuviera la suerte de visitar y conocer ni que fuera ocasionalmente la célebre librería en cuestión, adentrarse en las páginas de este libro es como ralentizar el tiempo y volver al ritmo de la cultura de la letra impresa, para establecer con él un diálogo sosegado, socarrón e irónico…, sumamente gratificante.

Fundada en 1948 por Ramón Mallafré Conill en una zona privilegiada, muy cercana al Ateneu Barcelonès (tras un traspaso por cien mil pesetas de la época), por los atiborrados seiscientos metros cuadrados de la Canuda no sólo pasaron todo tipo de libros, sino algunos personajes no menos singulares (de Néstor Luján a Rafael Alberti o de Emili Brugalla a Salvador Dalí o Enrique Badosa, por poner sólo algunos ejemplos), lo que por sí mismo ya da pie a interesantes escenas del libro, pero desde el primer momento fue lugar de encuentro, no siempre casual, de apasionados de los libros. Ya antes de convertirse en librería, el conocido como grupo Oasis (Agustí Bartra, Ramon Vinyes, Rafael Tasis, Pere Quart…) se reunía en la preguerra en ese mismo establecimiento, y aunque menos formales los encuentros en ese espacio fueron siempre frecuentes y azarosos.

Los procesos de compra de lotes, los hallazgos más sorprendentes, la tipología variopinta y en muchos casos divertida de la clientela, pero también algunos «episodios infaustos», se acompañan de diversas fotografías e ilustraciones que contribuyen a dar esa sensación de salto temporal, y no faltan tampoco alusiones a los robos más sonados, las compras más delirantes y las situaciones cómicas de todo tipo propiciadas por las relaciones entre vendedores, libreros y compradores. Sin embargo, la reflexión final que se desprende, y que sin explicitarse se esboza suficientemente, deja un poso de cierto desencanto, pues el cierre en 2013 fue un rotundo aviso para navegantes.

Los desafortunados que no tuvieran ocasión visitarla, pueden ver la Canuda en este reportaje y el ambiente del Mercat dominical de Sant Antoni, que sigue en activo en el momento de escribir estas líneas, en este otro.

El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Caer y levantarse: Urbain Canel, el editor de los románticos franceses

Si bien suele tomarse 1827 como el año fundacional del romanticismo en Francia, debido al carácter de manifiesto que se atribuye al prefacio al Cromwell de Victor Hugo (1802-1885), es evidente que el romanticismo, o cuanto menos la sensibilidad característica del romanticismo, llevaba años gestándose y creciendo y, retrospectivamente, sus expresiones artísticas pueden ser vistas como ejemplos de «prerromanticismo». En esos años previos al escándalo del estreno de Hernani, asimismo de Victor Hugo, se forjó como librero y editor Urbain Canel (1789-1867), famoso por los pequeñitos volúmenes que editaba con esmero sobre buen papel y hacía encuadernar con refinado gusto. Y también por sus frecuentes inversiones ruinosas de las que, de un modo u otro, siempre conseguía rehacerse..

 Canel había nacido en Nantes y, en 1816, como consecuencia del abandono del hogar por parte del cabeza de familia en 1803, su madre no tardó en trasladarse con sus tres hijos a París, donde, gracias a su buena formación, el joven Canel encontró un primer empleo como tenedor de libros (contable) en un comercio dedicado a la venta de flores artificiales y plumas destinadas a engalanar a las mujeres de la alta burguesía, de la que con el tiempo se convertiría en socio. Sin embargo, ya en septiembre de 1822 está fechada su primera petición de licencia de Canel para establecerse como librero en la capital francesa, que se le concede a finales de ese mismo año.

Casi inmediatamente se asocia con el escritor Jean-Marie-Vincent Audin (1793-1851), que había llegado a París en 1815 después de pasar una breve temporada en prisión por sus opúsculos políticos, y en 1823 publican gracias a la imprenta de Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet la Histoire de l’administratiom du royaume d’Italie pendant la domination française, de Frederic Coraccini (seudónimo de Giuseppe Valeriani, ¿1765?-1856), traducida por Charles Jean Lafolie (1780-1824), y Guide du voyageur en France, que Audin firma con el su seudónimo Richard. Más interesantes, sin embargo, resultan dos obras que imprime para ellos Thomas François Rignoux y se publican ese mismo año, obra de quien sería uno de los grandes nombres del romanticismo francés, Alphonse de Lamartine (1790-1869): Nouvelles méditations poétiques y Lettre de M. Alphonse de Lamartine à M. Casimir Delavige, qui lui avait envoyé son «École des viellards».

No obstante, lo que acabó por convertir a Canel en uno de los personajes importantes del movimiento que empezaba a hervir en aquellos años fue la dirección de las Tablettes romantiques, que apenas se publicaron durante un año (1823) pero reunieron en sus páginas, además de a los ya mencionados Victor Hugo y Lamartine, a François René de Chateubriand (1768-1848), Felicité Robert de Lamenais (1782-1854), Charles Nodier (1780-1844) y Alfred de Vigny (1797-1863), entre otros (entre los cuales el hermano de Victor Hugo Eugène). De hecho, Canel rebautizó la publicación como Annales romantiques. Recueil de morceaux choisis de littérature contemporaine y le dio un nuevo impulso hasta el punto de convertirlo en el más serio rival del veterano Almanach des Muses (1765-1833), que por entonces dirigía el dramaturgo Justin Gensoul (1781-1848).

Tras una asociación en 1824 con el traductor bretón François Marie Maurice Le Gonidec (1775-1838) para publicar dos obras de Louis-Antoine-François de Marchangy en seis volúmenes cada una de ellas, La Gaule poétique y Tristan le voyageur, ou la France au XVIe siècle, de 1825 son las ediciones en colaboración con el jovencito Honoré de Balzac (1799-1850) que no tardarían en llevarle a la ruina, pero también la novela anónima, obra de Balzac, Wann-Chlore (publicada en asociación con Augustin Delongchamps en cuatro volúmenes en septiembre), el poema en seis cantos de Jacques François Ancelot (1794-1854) Marie de Brabant y dos obras de Lamartine, Chant du sacré ou la Veille des armes (en asociación con los hermanos Baudouin) y Épitres (de nuevo con Audin).

Del año siguiente, en que parece que rompe su asociación con Audin, son los Poèmes antiques et modernes, de Alfred de Vigny, y Bug-Jargal, de Victor Hugo, y de 1827 otro libro igualmente interesante, Armance, ou quelques scènes d’un salón de Paris en 1827, que aparece como anónimo pero fue escrito por Marie-Henri Beyle (1783-1842), quien más tarde se haría célebre con el seudónimo Stendhal y a quien Canel le publicaría Le rouge et le noir asociado a Levavasseur.

1826 es el año de su primera gran ruina, pero no tarda en reponerse de ella y publicar en 1929 los cuatro volúmenes de la novela de su buen amigo Honoré de Balzac Le Dernier Chouan ou la Bretagne en 1800. Al año siguiente se asocia a Levavasseur para publicar los Contes d’Espagne et d’Italie, de Alfred de Musset, y una novela firmada como «un jeune célibataire» que no era otro que Balzac titulada Physiologie du mariage ou méditations de philophie éclectique, sur le bonheur et le malheur conjugal. En 1830, con su propio sello, aparece otro libro del máximo interés: la traducción en verso de Alfred de Vigny de la tragedia de Shakespeare Le More de Venise, Othelo.

En esos años se asocia también Charles Gosselin para publicarle a Balzac su «roman philosophique» La peau de chagrin, entre otros libros, y con Adolphe Guyot para publicar a Eugène Sue (1804-1857) La Coucaratcha (1832), en dos volúmenes, y Cécile (1834), a Victor Hugo su Étude sur Mirabeau (1834), etc. Por lo visto, las ventas de estos libros eran pésimas, y diversas circunstancias propiciaron que Guyot acabara en la cárcel incapaz de saldar sus deudas. Por el contrario, el gran éxito de esta asociación fue el libro Contes bruns par une [viñeta de Tony Johannot de una cabeza invertida], una antología de cuentos que en su primera edición apareció como anónima, pero que en la segunda ya se mencionaba a sus autores: Philarète Chasles (1798-1873), Charles Rabou (1803-1871) y Honoré de Balzac. En 1841 este título ocupó un lugar de honor en el Índice de libros prohibidos. Canel tuvo un poco más de suerte que Guyot y conservó la libertad, pero la ruina lo dejó de nuevo fuera de combate.

Abandonó el «negocio» librero y se convirtió de nuevo en contable para una gran empresa de comercio, y cuando se postuló para un puesto de vendedor ambulante en la Direction de la Librairie le fue denegado. Falleció en diciembre de 1867 en su domicilio parisino.

Fuentes:

Jean-Paul Fontaine, «Urbain Canel (1789-1867), oublié et rare», Histoire de la Bibliophilie, 2 de enero de 2017.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Honoré de Balzac, editor

Los escritores siempre han considerado el dinero con una mezcla de estima y de desprecio, pero sus atracciones y repulsiones nunca han sido tan poderosamente comprendidas, pues Balzac era al mismo tiempo la víctima notoria de la literatura industrial y su empresario más emprendedor. Desde sus transacciones en Grub Street hasta su presidencia al frente de la Societé des Gens de Lettres, consideró francamente la profesión de escritor como un negocio. «Ya no tenemos obras —informa en Beatriz—, tenemos productos.» Georg Lukács, al describir Las ilusiones perdidas como el Don Quijote de las ilusiones burguesas, ha resaltado acertadamente su tema: la transformación de la literatura en mercancía.

Hary Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust.

La entrada del grandísimo escritor Honoré de Balzac (1799-1850) en el mundo de la publicación de libros se ha atribuido a los fracasos que experimentó a su llegada a París como escritor de noveluchas de tendencia neogótica.

Así, en abril de 1825, Balzac se asocia con el médico Charles Caron, un funcionario retirado llamado Jacques-Edouard Benet de Montcarville, y con el célebre librero Urbain Canel (1789-1867). Este último, que se haría famoso tanto como editor de los románticos como por sus reiteradas quiebras, había proyectado ya con otro librero, Agustin Deslongchamps, publicar en pequeños volúmenes a Jean de La Fontaine (1621-1695). Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), Jean Racine (1639-1699) y Pierre Corneille (1647-1684), y cuando expuso la idea a Balzac, este corrió a obtener un préstamo de seis mil francos de sus amigos Bernard-François Blassa y Henri Dassonvillez de Rougemont para entrar en la asociación y ponerse al frente del proyecto.

Las obras de La Fontaine y Molière aparecieron ese mismo año 1825 precedidas de prólogos introductorios del propio Balzac y con ilustraciones a cargo del artista británico Thompson a partir de dibujos originales de Achille Deveria (1800-1858), los libros aparecieron ese mismo año 1825.

Sin embargo, tanto el diseño de los volúmenes como el proceso de distribución de la obra y los planteamientos comerciales de Balzac Editeur ponen de manifiesto que el proyecto estaba mal concebido desde el principio, acaso por carencia de formación en artes gráficas añadida a una enciclopédica falta de experiencia. Para condensar las obras, aprovechar al máximo el papel y evitar que el libro diera demasiadas páginas, se eligió una tipografía extremadamente minúscula, con unos interlineados criminales y sin márgenes razonables, cosa que los hacía difíciles de leer. Además, su optimismo le llevó a suponer que podría financiar los siguientes libros con la venta de los primeros. Por si fuera poco, las ilustraciones en el de La Fontaine en particular, que han sido objeto de algunas críticas demoledoras, encarecieron absurdamente el precio sin aportar ningún valor adicional, de modo que las obras se comercializaron inicialmente a veinte francos franceses de la época (unos 69 euros de 2020). Los libreros no sintieron ningún interés por unos libros exorbitantemente caros publicados por alguien completamente desconocido y sin ningún prestigio en el sector, así que Balzac no tardó en bajar los precios, primero a trece y posteriormente a doce francos. Y ni aún así. Al cabo de un año, de los casi dos mil ejemplares de cada título había vendido apenas una veintena y acabó liquidando a un librero todo el stock.

Mientras el negocio avanzaba con paso firme y decidido hacia el fracaso más estrepitoso que imaginarse pueda, a principios de 1826 Balzac inició una sorprendente huida hacia delante consiguiendo que su familia y madame de Berny le prestaran el dinero necesario para comprare a Laurent de Perignac la imprenta que este tenía en la calle Marais-Saint-Germain (rebautizada luego Visconti) y que contaba con siete prensas Stanhope y treinta y siete empleados (lo que la convertía en una empresa de tipo medio, si se tiene en cuenta que la poderosa Everat contaba con casi quinientos empleados o la prestigiosa Firmin-Didot con doscientos).

Sin embargo, el todavía incipiente escritor carecía de la prescriptiva licencia que Napoleón I había instaurado en 1810 para controlar a quienes intervenían en la creación de material impreso. Blazac, aun cuando no había hecho ningún aprendizaje al respecto y por tanto carecía de las credenciales necesarias para obtener la licencia, la obtuvo el 12 de abril de 1825, al parecer gracias a la intervención del señor de Berny, por entonces influyente magistrado y cuya esposa había prestado la poco desdeñable suma de 45.000 francos para que el joven pusiera en pie su Imprimerie H. Balzac.

Lo primero que hizo Balzac fue contratar como jefe de taller al joven tipógrafo André Barbier, a quien asignó un sueldo de doce mil francos, y entre julio de 1826 y agosto de 1928 —por el camino, la disolución de la editorial le reportó una deuda de quince mil francos—llegó a imprimir poco más de doscientos trabajos entre prospectos, folletos y libros, una cifra más bien modesta teniendo en cuenta las dimensiones e instalaciones con que contaba la empresa. El primer trabajo salido de las prensas de la H. Balzac fue un prospecto de «pilules anti-glaireuses de longue vie» (pastillas de larga vida contra las mucosidades), y a este seguirían diversos folletos de tipo noticiero, de resumen de procesos judiciales, de temas políticos, etc., pero también algunos cancioneros y algunos libros más bien modestos.

Entre estos últimos se cuenta una serie entre didáctica y paródica en cuyos títulos puede advertirse quizá el origen de algunos títulos del hoy olvidado Noel Clarasó (1899-1985) como El arte de perder el tiempo, El arte de no pensar en nada, El arte de tratar y maltratar a las mujeres, etc. Unos de los más famosos de esta coleccción impresos por Balzac fueron Art de ne jamais déjeuner chez soi et de toujours diner chez les autres par feu le Chevalier de Mangeville, pero quizás el más oportuno fuera l’Art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourse un sou, porque también esta nueva empresa balzaquiana acabó en desastre financiero, cosa que no es de sorprender a la vista del número de empleados (y los sueldos que cabe suponerles) y la cantidad de trabajos llevados a cabo.

A estos últimos pueden añadirse, sin embargo, obras didácticas poco menos que imprescindibles para los estudiantes de la época, como el muy usado Vocabulaire del lexicógrafo Noël François de Wailly (1724-1801) o el Lycée ou Cours de litérature del prestigioso crítico Jean-François La Harpe (1739-1803), a los que podría añadirse algunos libros de memorias sobre la época revolucionaria, como las del abogado Jean-Charles Jean Marie Barbaroux (1767-1794), el general François-Claude-Amour, marqués de Bouillé (1739-1800) o las de la célebre girondina Marie-Jeanne Roland (1754-1793), todos ellos guillotinados (los autores de estas memorias, se entiende, no los libros).

Quizá más interesante sea que de la imprenta de Balzac salieran algunos libros más o menos prohibidos por la censura, caso de las Ruines del explorador y filósofo Volney (Constantin-François Chaseboeuf de La Giraudais, 1757-1820), las Scènes contemporaines de la vizcondesa de Chamilly (seudónimo colectivo de François-Adolphe Loève-Veimars, Louis-Émile vanderbuch y Auguste Romieu), o las obras del poeta Évariste de Parny (Évariste Desiré de Forges, vizconde de Parny, 1753-1814). Y a ellos aun puede añadirse una tercera edición de los Cinq-Mars de Alfred de Vigny (1797-1863) y otra de La Jacquerie de Prosper Mérimée (1803-1870).

El balance del primer año de trabajos deja una deuda de noventa mil francos (unos trescientos mil euros actuales), pero tampoco esto arredra a Balzac.

En julio de 1827 se asocia con su empleado André Barbier y con Jean-François Laurent para adquirir una fundición de plomo, en lo que parece un intento de controlar todo el proceso industrial de creación de los libros. Pero las deudas no tardaron en alcanzar los sesenta mil francos. Quizás afortunadamente, no llegó a poner sus ojos en ningún taller de encuadernación, y las deudas contraídas hasta entonces fueron suficientes para convencer a Balzac de que lo mejor que podía hacer era dedicar toda su atención a la escritura de novelas, a un ritmo vertiginoso, para poder saldarlas. Entre estas obras, destacan para lo que aquí interesa el cuento «El ilustre Gallisard», sobre un comerciante de periódicos para jóvenes, pero sobre todo la serie Las ilusiones perdidas (formada por Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Eva y David), incluida a su vez en La Comedia Humana, en la que el joven Lucien de Rubempré ve frustradas sus esperanzas de vivir de la literatura en cuanto se adentra en las trampas del mundo editorial de los años veinte del siglo XIX; los que sin duda mejor conocía su autor.

Fuentes:

Web de la Maison de Balzac.

Gabriel Hanotaux, Georges Vicaire, Honoré de Balzac y Louise Antoniette Laure Berny, La jeneusse de Balzac, Paris, Librairie des Amateurs, 1921.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Un librero y editor en el exilio en Londres, Vicente Salvá

En agosto de 1942, el librero y editor catalán exiliado en Londres Joan Gili i Serra (1907-1998) publicó en Senyera (el boletín del Casal Català de Londres, a cuya fundación él mismo había contribuido), un artículo titulado «Una edició del Nou Testament en català impresa a Londres» en el que, al margen de revisar la actividad de algunos exiliados catalanes del siglo xix en Gran Bretaña (entre ellos Antoni Puigblanc, autor de unos Opúsculos gramático-satíricos veladamente dirigidos contra Salvá), se centraba en las circunstancias que desembocaron en la publicación en 1834 de una traducción anónima —pero obra del exiliado liberal Josep Melcior Prat (1779-1855)— del texto bíblico, promovida por la British and Foreign Bible Society e impresa en Londres por Samuel Begster Jr.

Joan Gili i Serra.

Parte notable de estas circunstancias previas a la publicación del Nou Testament fueron las discusiones acerca de quién debía llevar a cabo la traducción, pues existía otro candidato prestigioso, el valenciano Joaquín Lorenzo Villanueva. En el debate que suscitó esta elección en el seno de la British and Foreign Bible Society tuvo un papel destacado un extraordinario filólogo, escritor, librero y editor, también valenciano, de vida trepidante, Vicente Salvá Pérez (1786-1849).

Hijo de José Salvá, un apasionado de los libros y lector voraz desde muy temprana edad, y Andrea Pérez, que quedó viuda siendo aún muy joven, Vicente Salvá destacó enseguida como un lector y estudiante excepcional, acaso un superdotado o en cualquier caso un niño prodigio. Tras licenciarse en Valencia en Filosofía, Derecho, Teología y Griego, en 1804 (con apenas dieciocho años) ya obtuvo plaza como profesor en esta universidad, y poco después pasó a las de San Isidro y Alcalá de Henares, de donde abandonó el puesto consecuencia del avance de las tropas napoleónicas y del levantamiento del Dos de Mayo (1808). Regresó entonces a Valencia, donde un año después se casó con Josefa Mallén, y se adentró en el mundo del comercio del libro asociándose con su cuñado Pedro Juan Mallén (hijo del célebre librero de origen francés Diego Mallén y que vivió entre 1775 y después de 1823).

Vicente Salvá Pérez.

De esta etapa tuvo una importancia crucial en la trayectoria de Salvá la edición —durante la ocupación de Valencia por las tropas del mariscal Louis Gabriel Suchet (1770-1826)— de la primera edición española de El contrato social de Rousseau (1712-1789), que previamente (en 1799) ya había traducido al español el Abate Marchena (José Marchena y Ruiz de Cueto, 1768-1821) y había publicado unos quinientos ejemplares (la mayoría de los cuales destinados a América, aunque otra buena parte fueron a parar a Perpiñán), con falso pie editorial de Londres (si bien editado en París) y presentada también falsamente como una «segunda edición». En el caso de Salvá, la publicación de El contrato social le valdría la incoación de un proceso judicial por parte de la Inquisición española. También durante la ocupación de Valencia por Suchet, vale la pena recordar la colaboración de Salvá con la muy combativa revista liberal y vehementemente antimonárquica Aurora Patriótica Malloquina, que imprimía Miguel Domingo y que tuvo una vida más bien breve (1812-1813).

Lista de suscriptores de Aurora patriótica.

Germán Ramírez Aledón, el mejor conocedor de la obra de Salvá, ha analizado con detenimiento la edición de Salvá de El contrato social, llevada a cabo en colaboración con su cuñado Pedro Juan Mallé y traducida por Pedro Estala, cuya consecuencia más importante fue el inicio de una persecución inquisitorial que le llevó a un primer exilio (en Francia e Italia). Sin embargo, durante el conocido como Trienio Liberal (1820-1823), Salvá estaba de nuevo en España desarrollando una intensa actividad política, que le llevó a ser diputado a Cortes.

Como consecuencia de ello, en la segunda mitad de 1823, huyendo del absolutismo de los Cien Mil Hijos de San Luis, se trasladó a Gibraltar con el propósito de pasar posteriormente a Londres, cosa que consiguió a finales del año siguiente. En la capital británica, al igual que le ocurriría años más tarde a Gili i Serra con C. Henry Warren, contó con un socio importante para despegar en el negocio de la comercialización y edición de libros. En el caso de Salvá, este socio fue el célebre y muy longevo librero y editor francés Martin Bossange (1765-1865), que había fundamentado su fortuna en el extraordinario éxito que había tenido en 1789 con la publicación del Carlos IX de Joseph Chenier (1764-1811), de la que se calcula que vendió cincuenta mil ejemplares. Posteriormente Bossange se había asociado con el comerciante lionés Joseph René Masson para crear Bossange, Masson et Besson, una empresa destinada al comercio internacional de libros franceses que en 1814 había creado una sucursal en Londres (ciudad en la que residió hasta 1820).

Gracias, pues, a la ayuda financiera de Bossange, Vicente Salvá pudo abrir en 1825 una librería que muy pronto se convirtió en punto de reunión preferente de los exiliados políticos españoles en la capital inglesa (del mismo modo que sucedería con la librería Dolphin de Gil i Serra durante la guerra civil española), la Spanish & Classical Library, en el número 124 de Regent Street. Otra de las coincidencias con el editor republicano catalán establecido en Londres es que los cimientos del prestigio de Salvá como editor fueron inicialmente unos muy esmerados catálogos centrados sobre todo en obras peninsulares y americanas (A catalogue of Spanish and Portuguese Books) que despertaron el interés de los bibliógrafos de todo el mundo, que el editor valenciano puso en circulación en 1825 y 1826. A estos catálogos se atribuye también el impulso inicial de la conocida leyenda sobre el monje de Poblet dedicado al comercio de libro raro, que, después de ser recreada por autores como Charles Nodier o Gustave Flaubert, desembocó en la obra del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) La llegenda del llibreter assassí de Barcelona (1821). El libro clave en este sentido es el ejemplar único de los Furs de Valencia, que aparece mencionado en estos catálogos.

Al parecer, no tuvo tiempo Salvá de publicar mucho más en Londres, porque ya en 1830, manteniendo la gestión de sus negocios tanto en Valencia como en la capital inglesa, se trasladó a París, donde llevó a cabo el grueso de su obra de librero y editor de primera magnitud. Aun así, parece que cabe atribuir a la labor de Salvá algunos ejemplares aparecidos en los años veinte en Londres, como es el caso de un curioso folleto de apenas 40 páginas y con un formato de 15 x 100 titulado Interesante narración de los extraordinarios medios por los cuales salvó su vida el español D. Paulino Lacalle, que aparece con pie editorial de 1825 y con las indicaciones de «Se vende en la librería de D. V. Salva, nº 124, Regent Street» e «Imprenta Española de M. Calero, 17 Frederick Place, Goswell Road». Si bien no aparece en muchos de los principales catálogos bibliográficos —tampoco en los del propio Salvá— hay indicios para pensar que se ocupó de su publicación el editor y librero valenciano.

Además de su amplia y exitosa etapa en la librería española fundada en París, sobre la que existe también una bibliografía notable, de Salvá es particularmente interesante el destino que tuvo a su muerte la excepcional biblioteca que fue atesorando a lo largo de su vida. A partir de los años sesenta del siglo XIX, después de haber dejado los negocios en manos de su hijo, Salvá se concentró en la elaboración de un detallado y minucioso catálogo que registraba las obras que había ido atesorando a lo largo de su carrera, entre las que figuraban primeras ediciones muy raras, más de un centenar de manuscritos de los siglos XV y XVI y textos poco asequibles de Petrarca, March, Juan de la Encina, Cervantes o Boscán, entre otros. De hecho, en su afán por documentar con detalle su biblioteca, Salvá encontró la muerte durante un viaje a París para cumplir este propósito cuando la capital francesa era asolada por una pandemia (de peste). A la larga, su biblioteca sería ofrecida a la Diputación de Valencia, a la universidad de esa ciudad al Estado español, pero finalmente fue adquirida por Ricardo Heredia, a cuya muerte esa enorme y valiosa cantidad de libros se dispersó, lamentablemente.

Fuentes:

  1. M. Bacarés, Noticia biográfica de D. Vicente Salvá, València, Imprenta de José Rius, 1849.

Vicent Baydal, «La biblioteca perdida del librero Vicente Salvá», Valencia Plaza, núm 1 (noviembre de 2014).

Pablo González Muñoz, «El exlibris de la Biblioteca de Salvá», Revista Ibérica de Exlibris, núm. 1 (1903), pp. 59-60.

Germán Ramírez Aledón, «Las librerías de Vicente Salvá en Londres y París (1825-1849). El primer proyecto comercial de una librería española en el exterior», en AA. VV., Pasiones bibliográficas. Vint anys de la Societat Bibliogràfica Valenciana Jerónima Galés, València, 2014, pp. 123-135.

—«Semblanza de Vicente Salvá y Pérez (1786-1849)», Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2015.

—«Rousseau en la revolución liberal española: La primera edición en España de El contrato social (1812)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo. Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo xviii, n. 18 (2012).