Anagrama en su contexto, Herralde en su salsa

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Un día en la vida de un editor» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

«En el mundillo de la edición casi todo se acaba sabiendo»
Jorge Herralde

No es probable que existan muchas cátedras universitarias que lleven el nombre de una editorial; también en esto la barcelonesa Anagrama probablemente sea una excepción, como pone de manifiesto uno de los últimos capítulos de Un día en la vida de un editor (pp. 419-429), en el que se cuenta la gestación y la tarea llevada a cabo por la Cátedra Anagrama de la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey), por iniciativa del ensayista y responsable de ediciones de esta universidad, José Garza, desde su fundación el año 2007.

De izquierda a derecha, Gustavo Guerrero, Lali Gubern y Jorge Heralde.

En una entrevista de 2001 incluida asimismo en este libro («Jorge Herralde, la virtud, los tiburones y la red», p. 128-131), el también gran editor Javier Pradera señala otra de las muchas singularidades interesantes de la trayectoria de esta influyente editorial:

Anagrama es una de las pocas editoriales culturales fundadas durante los esperanzados años sesenta, a uno y otro lado del Atlántico, que han logrado sobrevivir como empresas independientes. No son muchas: solo Ediciones Era en México y un puñado de editores en España –se pueden contar con los dedos de la mano– han aguantado el huracán de las concentraciones empresariales.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Aun cuando, como también se explica en detalle en este libro («Operación Feltrinelli», p. 372-386), desde 2017 Anagrama pertenece mayoritariamente a la selecta editorial italiana fundada por el legendario Giangiacomo Feltrinelli, que la editorial barcelonesa haya perdido independencia en algún sentido está por demostrar. En cuanto a Javier Pradera, editor en el Fondo de Cultura Económica primero y luego de Alianza Editorial, han surgido en los últimos tiempos libros muy interesantes, como el de Santos Juliá Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2012) y en particular el editado por Jordi Gracia y epilogado por Miguel Aguilar Javier Pradera: itinerario de un editor (Trama, 2017), que guarda algunos paralelismos en cuanto a estructura y contenidos con Un día en la vida de un editor: un conjunto de textos inéditos o publicados previamente en la prensa –entre los cuales, entrevistes en profundidad– o bien pensados originalmente como conferencias y discursos, ordenados temáticamente y  acompañados de una estricta selección de documentos (cartas, correos electrónicos) que vienen a cuento y resultan oportunos. Es evidente que, para reconstruir y valorar la trayectoria de Pradera, Jordi Gracia se enfrentaba a la dificultad añadida de la escasez y dispersión de la documentación propiamente editorial, pero en cambio contaba con la hoy ya más que notable bibliografía de Jorge Herralde como posible modelo.

Aun así, en el momento de analizar y evaluar la aportación de Anagrama no es Pradera sino Esther Tusquets y sobre todo Beatriz de Moura –o, dicho de otro modo, Lumen y Tusquets Editores–, los nombres que aparecen una y otra vez entrelazados en la historia de Herralde y, como no podía ser de otra manera, también tienen su protagonismo en este volumen (en particular en el texto inédito «El caso Lumen: incidentes en la absorción de una editorial independiente por un gran grupo», p. 317-320). De hecho, tal vez no haya un modo correcto de estudiar el «fenómeno Anagrama» sin analizar también en paralelo los casos de Lumen y Tusquets. Y viceversa, como ya se ponía de manifiesto, por ejemplo, en las Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (RqueR, 2005) y sobre todo en Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz Ruiz (Tusquets, 2014).

André Schiffrin y Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Desde el inicial Opiniones mohicanas (Aldus, 2000, ampliado en Acantilado el 2001) y a lo largo de los ocho títulos que lo han seguido hasta este Un día en la vida de un editor –que apareció coincidiendo con los cincuenta años de la editorial–, Herralde ha ido desarrollando y afinando un esquema de libro que, por el tono cercano y la heterogeneidad y diversidad del contenido, sitúan al lector en una posición de acompañante privilegiado de un paseo entretenido y ameno, trufado de anécdotas contadas con una ironía fuera de serie, por su trayectoria y su día a día; y con el bonus track, como él diría, de toparse, al doblar cualquier página, con algunos de los escritores, editores y agentes literarias más relevantes que le son contemporáneos. Pero aún hay otro bonus track adicional: un pliego de fotografías, con muchas de las cuales ya está familiarizado quien ha tenido la suerte de hojear los diversos libros conmemorativos y no venales que Anagrama ha ido publicando periódicamente.

Con Bolaño.

Del conjunto de los libros de Herralde puede extraerse una imagen de las circunstancias de todo tipo (intelectuales, sociales, políticas, culturales, e incluso deportivas) en que ha ido desarrollándose la historia de Anagrama, y tambien en cada uno de ellos se ha ido trazando la historia de Anagrama, de modo que cada nuevo volumen la actualiza y añade también una pincelada nueva, que en el caso de Un día en la vida de un editor quizá se concreta sobre todo en la mayor atención dedicada al contexto internacional, a las relaciones con otros editores y agentes literarios, pero también con escritores y críticos literarios, lo cual contribuye a situar Anagrama en un mapa más amplio de la edición literaria de los siglos XX y XXI.

Sin embargo, es eminentemente un volumen de lectura independiente y que por tanto no presupone el conocimiento previo de los libros anteriores, y así pues volvemos a encontrar un relato de los primeros pasos de la editorial, centrados sobre todo en el ensayo político y sociológico más combativo y, subsidiariamente, en la literatura underground; aparece asimismo la irrepetible aventura de Enlace, que a finales de los años setenta aglutinaba algunas de las editoriales más ruidosas y rupturistas (Anagrama, Barral, Cuadernos para el Diálogo, Edhasa, Edicions 62, Laia, Lumen y Tusquets), el nacimiento de la espectacular colección Panorama de Narrativas, que no tardaría en convertirse en sede social –y valga la expresión, por lo que tiene también de punto de encuentro– de los autores destinados a entrar en el canon de la literatura universal reciente, el momento en que los editores plantaron cara a los proyectos para acabar con el precio fijo de los libros… y todo aquello que puede satisfacer al lector interesado no sólo en la historia de esta editorial en concreto, sino en el panorama de la edición reciente.

También es cierto que este tipo de lector quizá se reencuentre con algún texto que ya ha leído o incluso con alguno que le ha oído leer al  propio Herralde (somos poco menos que una secta), pero no hay duda de que, insertos en este conjunto y situados en este determinado orden, estos textos cobran un nuevo sentido, se complementan entre sí y con los que hasta ahora permanecían inéditos y, a la manera de un trencadís gaudiniano, componen una imagen colorista, alegre y rigurosa de un fragmento de vida que a los lectores más veteranos les toca muy de cerca porque está íntimamente conectada con su propia biografía lectora.

Si algún día se hiciera lo que suele llamarse una edición ómnibus con todos los libros de Herralde, un Herralde esencial que bien podría incluirse en la anagramática colección Compendium, quizá habría que editarlo con cuidado para evitar algunas reiteraciones, pero si se le añadiera una versión actualizada de los impagables volúmenes conmemorativos y no venales que ha venido publicando Anagrama coincidiendo con sus aniversarios más sonados, tendríamos una visión completa y bastante exhaustiva de la historia de Anagrama; o, dicho de otro modo, una compacta biografía de Jorge Herralde.

Herralde, Jorge. Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales. Pról., Silvia Sesé. Barcelona: Anagrama (Biblioteca de la memoria, 39), 2019.

Los libros como herramientas de bolsillo

Existe desde 2007 en Barcelona (c/ Aragó, 367) una librería especializada en literatura infantil y juvenil con vocación de espacio cultural cuyo nombre es tremendamente significativo de una determinada manera de concebir los libros y la lectura: La caixa d’Eines (“La caja de herramientas”). Existe igualmente en el Grup 62 una colección de clásicos universales (Llull, Shakespeare, Orwell, Huxley, Joan Oliver…) que toma también esa idea, Llibres de les Eines (“Libros de las herramientas”), pero a ambos casos se les puede identificar un antecedente en la colección de la editorial Laia Les Eines, que estuvo activa entre 1973 y 1983 y publicó casi un centenar de títulos.

Les Eines, una colección encuadernada en rústica con solapas y un tamaño de 20 x 13, en su primer año de existencia se dio a conocer con cinco títulos que daban cuenta de la flexibilidad en cuanto a géneros literarios y a procedencias, pero que encajaban perfectamente con la identidad crítica y combativa de la editorial Laia: el ensayo sociológico Capvespre de creences, de Antoni M. Güell, una segunda edición de La CIA: el govern invisible, de David Wise, Els drets de l’home, de E. H. Carr (1892-1982), la primera edición íntegra de la novela Els plàtans de Barcelona, de Víctor Mora (1931-2016) y Societat catalana i reforma escolar: La continuïtat d’una institució, de Joan Gay, Àngels Pascual y Rosa Quitllet.

Logo de Les Eines de Butxaca.

Más divulgación incluso tuvo la colección derivada de esta, Les Eines de Butxaca (20 x 13, en rústica, con diseños de Enric Satué), que en contra de lo que suele suceder no fue el destino de los libros de mayor éxito de la colección madre, sino que publicó sobre todo novedades y tuvo un criterio propio muy explícito (concretamente, expresado en las páginas finales de algunos títulos) desde el momento de su aparición en 1979:

Los clásicos catalanes como sugerencia permanente. Textos introducidos por los mejores especialistas de la literatura catalana actual. Herramientas para quien desee releer o estudiar los grandes hitos de nuestra cultura escrita.

Así pues, a diferencia de Les Eines, la colección de bolsillo se restringía a obras más propiamente literarias y dejaba además de lado las traducciones, aunque acogió asimismo un ensayo de tema marcadamente literario, como es el caso de la biografía de Joan Maragall escrita por Maurici Serrahima (1902-1979). Ello cabe atribuirlo, en alguna medida, al espectacular equipo que se acreditaba como «asesores» de la colección, en el que figuraban algunos profesores universitarios que han tenido notable influencia y que en algunos casos hacía tiempo que estaban vinculados a la editorial.

El más veterano, el poeta y profesor Albert Manent (1930-2014), había sido uno de los impulsores de la revista clandestina Curial (creada en la Universidad de Barcelona en 1949) y en el momento en que se puso en marcha la colección hacía tiempo ya que había publicado alguno de sus estudios literarios más recordados (La literatura catalana en debat, 1969; Josep Carner y el noucentisme, 1969, por el que había sido galardonado con el Premi Serra d’Or; La literatura catalana a l’exili, 1976…). Unos años más joven era el profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) desde 1970 Sergi Beser (1934-2010), rampante especialista en la obra de Clarín desde que presentó su tesis doctoral y que precisamente en Laia había publicado en 1972 su influyente Leopoldo Alas: teoría y crítica de la novela (en Les Eines de Butxaca dejó un espléndido y muy citado estudio preliminar a La bogeria, de Narcís Oller). Bastante más joven, Jordi Castellanos (1946-2010) era también profesor en la UAB pero no se había doctorado todavía (lo haría en 1981 con la tesis Raimon Casellas i el Modernisme, publicada dos años después por la editorial Curial en dos volúmenes), si bien tenía experiencia editorial como redactor de la Gran Enciclopèdia Catalana y como fundador de la prestigiosa revista de estudios literarios Els Marges. Completaba el grupo el también profesor en la UAB y sobre todo reconocidísimo traductor, tanto en prosa como en verso, Miquel Desclot (Miquel Creus i Muñoz, n. 1952). En esos mismos créditos, figuraba como redactor y coordinador Ignasi Riera (n. 1940), por entonces seguramente más conocido en el ámbito político que en el literario (desde 1979 y durante muchos años fue regidor de Cultura en el Ayuntamiento de Cornellà de Llobregat).

Sergi Beser.

Beser se había convertido en asesor de Laia desde el primer momento, al parecer a propuesta de Ignasi Riera, y su entendimiento con el director literario (Alfons Comín) fue muy fácil, a lo que probablemente contribuyó también la afinidad política. La elección de Beser, según ha contado quien fuera el coordinador de Les Eines de Butxaca, respondía a la necesidad de cubrir el ámbito literario:

Si bien Estela/Laia tenía bien asesorados ámbitos como la Pedagogía, la Sociología, la Psicología-Psiquiatría, el debate de ideas en el mundo de la Política –estábamos a punto de crear la revista Taula de Canvi [1976-1981]–, la literatura infantil… el sabio de Morella inyectó al programa literario de Laia espacios como la crítica literaria […] la sensibilidad por la literatura del siglo XIX […] por la República y la Guerra (In)civil, gracias a la aportación de una persona que fue fundamental para el programa de Laia: Manolo Aznar Soler [también profesor en la UAB].

Todo parece indicar que fue precisamente por el camino de las afinidades intelectuales y políticas que fue conformándose el amplio círculo de colaboradores que circulaban alrededor de Laia, en el que estaban también los periodistas y escritores Emili Teixidor (1932-2012) y Montserrat Roig (1946-1991), entre otros. Sin embargo, del mismo modo que en el antecedente directo de la editorial Laia (Nova Terra), los colaboradores no cobraban, tampoco lo hacían los de esta segunda iniciativa, como explica también Riera recurriendo a las impresiones del propio Beser:

Cuando en un homenaje en Morella, el profesor Beser hablaba de la editorial Laia, lo hacía con entusiasmo: «Cobrar no combrábamos nunca; eso no. Pero jamás en la vida me he sentido tan feliz colaborando en un catálogo editorial. Decían que los libros no eran rentables, cosa que no sucedió hasta que llegaron los expertos en contabilidad. Muchas otras editoriales, más aburridas, también tuvieron que cerrar».

Como se verá en el inventario de los títulos publicados en Les Eines de Butxaca, muchos de ellos fueron primeras ediciones (no procedentes de Eines), en algunos casos fueron reiteradamente reimpresos (y en otros es una lástima que no se hayan recuperado, aunque algún título se reeditó en Grup 62), y las fechas de edición son muy elocuentes de la trayectoria de la colección, a remolque de las dificultades insalvables a las que se enfrentó la editorial Laia y que conllevaron su desaparición definitiva en 1989.

Les Eines de butxaca:

Jacint Verdaguer, Contes extraordinaris, introducción de Miquel Desclot, 1979.

AA.VV., Dotze poetes catalans del segle XX, edición de Miquel Desclot, 1979.

Narcís Oller, La bogeria, prólogo de Sergi Beser, 1980.

Josep M. Folch i Torres, Aigua avall, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Serafí Pitarra (Frederic Soler), Gatades, prólogo de Xavier Fàbregas, 1980.

Josep Carner, La creació d´Eva i altres contes, prólogo de Albert Manent, 1980.

Joan Oller i Rabassa, Quan mataven pels carrers, prólogo de Joaquim Martí, 1980.

Josep M. de Sagarra, Antologia poética, edición de Vicent Andrés Estellés, 1980.

Raimon Casellas, Els sots ferestecs, edición y prólogo de Jordi Castellanos, 1980.

Josep M. de Sagarra, Paulina Buxareu, prólogo de Marina Gustà, 1980.

  1. V., Tretze poetes catalans, edición de Miquel Desclot, 1981.

Victor Català, Contes diversos, selección y prólogo de Nuria Nardi, 1981.

Gabriel Maura, Aiguaforts: proses ciutadanes, prólogo de Maria Carme Ribé, 1981.

Jordi Sarsanedas, El Martell, prólogo de Joan Triadú, 1981.

Maurici Serrahima, Vida i obra de Joan Maragall, prólogo de Jaume Lorés, 1981.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) I, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

AA.VV. Contes de guerra i revolució (1936-1939) II, introducción, selección y notas de Maria Campillo, 1982.

Sebastià Juan Arbó, Hores en blanc, prólogo de Josep Maria Balaguer, 1983.

Agustí Bartra, La vent llaura la mar. Antologia poética, introducción y selección de Llorenç Soldevila, 1984.

Josep M. Maragall, Visions i cants, introducción de Joan-Lluís Marfany, 1984.

Fuentes:

El fondo de la editorial Laia se encuentra en el Arxiu Nacional de Catalunya.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Ignasi Riera, «El professor Sergi Beser i editorial Laia», texto de homenaje a Sergi Beser 2010, en la web de Gices XIX (Grupo de Investigación del Cuento Español del Siglo XIX).

Papel 451: Laia bajo la égida de Ray Bradbury

WELLECK

Encuadernadas en rústica con solapas, Papel 451 lucía cubiertas diseñadas y realizadas por Enric Satué.

A Jorge Portland, que sin saberlo me dio la idea.

Para por lo menos toda una generación, Historia literaria. Problemas y conceptos (1983), libro del crítico literario checo René Wellek (1903-1995), supuso el primer contacto con el germen de lo que años más tarde sería la literatura comparada, con la teoría literaria e incluso, en muchos casos, el primer enfrentamiento crítico con los fundamentos y problemas teóricos que presenta la historia y la periodización literaria como disciplinas. Sin embargo, el libro se incluía en una colección de la editorial Laia, Papel/451, que, si bien concedía un espacio notable a los temas literarios, se había centrado desde el principio en las humanidades en un sentido muy amplio que daba cabida a la historia, a la sociología, la psicología y sobre todo a la política, pero preferentemente con un enfoque teórico o una mirada amplia hacia las diferentes disciplinas.

El nombre de la colección ya presupone una determinada lectura de la obra de Ray Bradbury quien, en general, en esos años era considerado en España como poco más que un autor de género por el común de los lectores. Si bien dentro de la colección se distinguieron series específicas (historia, literatura), la numeración de Papel 451 era consecutiva y se presentaba del siguiente modo: «Textos básicos, imprescindibles para acceder al conocimiento de las estructuras culturales del mundo contemporáneo. Una colección de textos no numerarios en aula libre.»

Sin embargo, el nacimiento de la colección es un poco anterior a la creación de Laia, y sus inicios se remontan a finales de los años sesenta en el seno de la editorial Estela, cuya trayectoria, a su vez, está íntimamente vinculada a la de Nova Terra. Procedamos pues por partes, como decía Jack el Destripador.

LOGO

Nova Terra la funda en 1957 un grupo vinculado a la Juventut Obrera Cristiana (JOC) en el que se cuentan el entonces vicario de la Barceloneta Joan Carrera (1930-2008), Anton Cañellas (1923-2006), Joaquim Pibernat (1924-1984), Alfons Carles Comín (1933-1980), Josep Verdura o Ignasi Riera (n. 1940), que muy pronto empezó a publicar indistintamente en catalán y castellano obras de orientación religiosa destinadas tanto al público adulto como al infantil y juvenil, tomando como modelo Les Editions Ouvrieres de Paris (del servicio de publicaciones del JOC francés) e incluso traduciendo varias de las obras publicadas originalmente por su partenaire francés. Los choques de Nova Terra con la censura fueron frecuentes, y Francisco Rojas Carlos resume del siguiente modo el expediente que se le abrió (núm. 1.307, sin fecha):

Los informes del Ministerio estudiaron concienzudamente las líneas ideológicas de la editorial, y así se dictaminó entre otras cosas: “Examinada la línea general de sus ediciones y estudiados algunos de sus numerosos títulos característicos, puede afirmarse que Nova Terra tiene, en lo religioso, una marcada orientación peligrosamente progresista y, en lo político, una clara tendencia filomarxista. Como también «editorial de actividades progresistas, de matiz catalanista y rotunda oposición al Régimen». Entre sus integrantes, los informes destacaban las figuras de los sacerdotes Jorge Bertrán Quintana y Casimiro Martí Martí, junto a Josep Verdura y Alfonso Comín Ros, «todos los cuales sustentan una línea política de avanzada tendencia libertaria».

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Adviértase la muy sutil diferencia en el diseño del frontis de la cubierta.

El Ministerio encabezado por Manuel Fraga Iribarne (1948-1996) se abocó entonces a una labor de presión para que Verdura y Comín fueran apartados de la editorial y sustituidos por personas más moderadas, cosa que consiguieron durante el estado de excepción de 1969 (un momento además de graves dificultades económicas y de liderazgo en la editorial), a lo que se añadiría en abril de 1973 el ataque que recibió Nova Terra cuando la ultraderecha incendió su almacén, causando graves pérdidas económicas adicionales al arrasar con varias ediciones completas antes de que se pusieran a la venta.

Los dos «expulsados» de Nova Terra, Verdura y Comín, decidieron entonces convencer al abogado, empresario y mecenas Josep Maria Vilaseca i Marcet (1919-1995) para que en 1970 comprara los fondos de la editorial Estela, una editorial nacida en 1958 y de características similares a las de Nova Terra (divulgación de textos católicos en castellano y catalán), entre cuyos autores se contaban los muy célebres autores de literatura juvenil Josep Vallverdú (n. 1923) y Joaquím Carbó (n. 1932). Martínez Martín consigna que Estela «contaba con un capital de seis millones de pesestas y 35 accionistas, con Jaume Carner [Suñol, 1925-1992] como presidente del consejo de administración, y con un fondo de 700 títulos», y añade que el suyo representó «uno de los procesos donde se manifestó con mayor endurecimiento la política censora del Régimen».

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Sobrecubierta (en no muy buen estado y sin mostrar las solapas) de uno de los escasos libros de la colección encuadernados en tapa dura.

Así pues, Verdura se convirtió en el nuevo gerente de Estela y Comín, en cuanto salió de la cárcel, en el nuevo director literario, y ambos emprendieron un severo rediseño de la línea editorial. Del carácter muy combativo de Comín ha dejado un ilustrativo relato el mestre Josep Maria Castellet refiriéndose a sus visitas a los despachos del Ministerio de Información y Turismo (Censura):

La cosa era tan aburrida y siniestra que necesitábamos la compañía mútua. Alfonso desplegaba una táctica determinada y yo otra distinta. Visto en la distancia, no sabría decir quién lo hacía peor. Él atacaba de frente, lanzando invectivas y acabando por tratarlos a todos de reaccionarios. De vez en cuando, salvaba algún libro, pero su justificada irritación, añadida a sus actividades políticas, acabaron por hacer inviable la editorial que dirigía con Verdura.

A la altura de 1971, después de varios topetazos con la Censura, que canceló su inscripción en el registro de empresas editoriales por considerar que el plan editorial era de «contenido subversivo e incitación a la revolución social», el por entonces ministro Alfredo Sánchez Bella firmó una resolución por la que se obligaba al cierre de Estela, cuyos últimos títulos habían sido La historia del Primero de Mayo, de Maurice Dommanget, Literatura y Arte nuevo en Cuba de Miguel Barnet, Benedetti, Carpentier y Cortázar, entre otros, y  Los que nunca opinan, de Francisco Candel (conocido como el autor español más censurado por las autoridades franquistas), que fue secuestrado SAVAGE(retirado tras haber llegado a librerías), y se abrió expediente también al libro humorístico de Perich Autopista (cuya alusión en el título a El camino de Escrivá de Balaguer no pasó desapercibido al Opus). Cuenta la leyenda que el cierre se acompañó de una retorcida sentencia de un alto cargo de censura: «¡Catalanistas, católicos y rojos no puede ser!».

Sin embargo, fue en Estela donde tuvieron tiempo de aparecer los primeros números de Papel 451, a menudo con esos extensos títulos muy del gusto de la izquierda de la época: en 1970, El conflicto de las clases técnicas, un falso problema. La profesión de aparejador y la estructura de clase de las profesiones técnicas en España, de Jesús A. Marcos Alonso, y ya en 1971, Populismo y marxismo en Rusia (la teoría de los populistas rusos: controversia sobre el capitalismo), de Andrzej Walicki y traducido por Ricard Domingo, Del yo al nosotros (lectura de “Fenomenología del Espíritu” de Hegel), de Ramon Valls Plana, y La evolución de la agricultura en España, de José Manuel Neredo, todos ellos recuperados entre los primeros números de la colección una vez nació ya en 1972 Laia.

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Pliego de ilustraciones de La cultura y el pueblo, en el que, junto a un anuncio aparecido en El Sol en 1928, se reproducía la portada de febrero de 1933 de Sin Dios, órgano de la Liga Atea.

Junto a textos de carácter marcadamente político pero muy variados en su concepción, desde análisis críticos, libros colectivos y antologías de textos de diversos autores, y otros tan dispares como los Fundamentos de Aritmética de Gottlob Frege, la Fonología general de Zarko Mulacic o La Medicina impugnada de Guy Caro, ya entre los primeros números destacan en el muy nutrido catálogo de Papel 451 algunos muy interesantes libros en las series de historia y literatura, como el Dostoievski (1821-1881) de E.H. Carr (núm. 8), El realismo francés (Stendhal  Balzac, Flaubert, Zola, Proust), de Harry Levin (núm. 25), La reproducción, de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron (núm. 39), los tres volúmenes colectivos dirigidos por Jacques Le Goff y Pierre Nora Hacer la historia (núms. 42, 47 y 50), la antología preparada y comentada por Christopher H. Cobb La cultura y el pueblo. España 1930-1939 (núm. 52), la Introducción al estudio de la novela, de Jacques Sauvage (núm. 53), El rapto de la cultura, de Carlos Paris (núm. 59), La novela OLEZAdel XIX. Del parto a la crisis de una ideología, de Juan Oleza (núm. 65)… En cierto modo, durante la Transición Papel 451 se convirtió para sus lectores en una colección complementaria, con una mirada más abierta e internacional, a algunas otras del tipo de la Crónica General de España de Júcar.

No estuvo ni mucho menos exenta de problemas, como puede suponerse dado el talante de su director literario y sus posicionamientos respecto a la censura, la trayectoria de Laia, que había solicitado su inscripción en 1971 y no lo obtuvo hasta 1974 y aun así, paradójicamente, con la obligación de presentar a «consulta voluntaria» (como se hizo con Edicions 62) todo título que se propusiera publicar. A los problemas con la censura se añadían otros más singulares, como el amargo conflicto generado con el librero y editor exiliado en París Antonio Soriano (1913-2005) a raíz de la publicación en Laia de los libros de Manuel Tuñón de Lara La España del siglo XIX y La España del siglo XX en 1973 y 1974 respectivamente, que Ana Martínez Rus ha documentado con rigor y detalle y estudiado con lucidez en su artículo dedicado al segorbino fundador de la Librairie Espagnole.

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Alfons Carles Comín (1932-1980), a quien la muerte impidió tomar posesión de su cargo como diputat al Parlament de Catalunya.

Poco después de la muerte de Comín, Laia fue adquirida en 1981 por el exiliado navarro Benito Milla (1916-1987), que a su vez la legó a su muerte a su hijo Leonardo como presidente del consejo de administración, y a finales de esa década, tras sucesivos problemas financieros, acabó por desaparecer abrupta, confusa y conflictivamente, cuando el por entonces gerente, Hugo García Robles (que había sido colaborador de Benito Milla en la editorial Alfa), regresó a Uruguay dejando un agujero de doscientos millones, y los tres miembros restantes del consejo de administración (Miquel Xancó, Maria Josepa Font y Joan García Grau) interpusieron una querella criminal contra él, contra el apoderado Félix Palomar (que acababa de presentar su dimisión) y contra el asesor fiscal Enric Teixidor. Poco después, en 1990, el grueso del fondo en catalán de Laia pasó a manos de Edicions 62. Por su parte, Hugo García Robles, nacido en 1931, falleció en Uruguay en 2013 tras haber colaborado con el pseudónimo Sebastián Elcano en diversos medios radiofónicos y de prensa, entre ellos El País.

Nota: Los fondos de la editoriales Nova Terra, Estela y Laia se encuentran en el Arxiu Nacional de Catalunya y el primero de ellos sirvió a Dolors Marín y Agnès Ramírez para recoger su historia en Editorial Nova Terra (1958-1978): un referent (Barcelona, Mediterrània, 2004); sin embargo, una parte de la documentación de esta editorial se había perdido en el incendio aludido.

Fuentes

Montserrat Casals, «Laia interpondrá querella criminal por estafa contra tres ex directivos de la empresa», El País, 11 de noviembre de 1989.

– «Leonardo Milla: Laia no se ha hundido», El País, 16 de noviembre de 1989.

Josep M. Castellet, «Memòries poc formals d´un director literari» en Edicions 62. Vint-i-cinc anys, Barcelona, Edicions 62, 1987.

Elena Hevia, «Laia anuncia que “probablemente” tendrá que declararse en quiebra», Abc, 5 de noviembre de 1989, p.55.

24c40-sellodecensuradelibrosespac3b1adictaduradefrancoManuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2006.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Jesús A. Martínez Martín, «La Transición editorial. Los años setenta», en J.A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, Madrid, Marcial Pona (Historia), 2015, pp. 329-386.

Ana Martínez Rus, «Antonio Soriano, una apuesta por la cultura y la democracia: la Librairie Espagnole de París», Litterae. Cuadernos sobre cultura escrita, núm. 3-4 (2003-2004), pp. 327-348.

Francisco Rojas Carlos, Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

René Wellek, Historia literaria. Problemas y conceptos, selección y presentación de Sergio Beser y traducción de Luis López Oliver, Barcelona, Laia (Papel 451/ Literatura 60), noviembre de 1983.

Benito, Leonardo y Ulises Milla y la Editorial Alfa.

Jorge Carrión recuerda en su deslumbrante Librerías (Anagrama, 2013) la insigne estirpe de libreros y editores Milla, y la inscribe en el ámbito de las migraciones que “construyeron una cultura cuyo mapa arterial [Roberto] Bolaño dibujó con trazos desgarrados”.

Benito Milla Navarro (1918-1987).

Resulta muy impresionante comprobar la cantidad de publicaciones periódicas (de títulos inequívocos) en que puede encontrarse la firma del iniciador de esa dinastía, el alicantino Benito Milla (1918-1987): Ruta, Acción Directa, Cenit, Hora de Poesía, Nueva Senda, Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, Umbral, Cuadernos Internacionales, Deslinde, Temas, Marcha, Acción

El primer chute de tinta se lo inoculó Benito Milla probablemente en 1938, cuando en plena guerra civil española se convirtió con veinte años en director de Ruta, el semanario de las Juventudes Libertarias, en las que militaba desde los años treinta (tras establecerse en Barcelona) y de las que fue secretario. Durante los primeros compases de la guerra había luchado en el frente de Aragón, encuadrado en la mítica columna Durruti, y como tal ya había colaborado en el efímero periódico El Frente, y a partir de ese momento su arma de combate fue sobre todo el papel impreso.

Al término de la guerra española se exilió en Francia (que no tardaría en verse inmersa en la segunda guerra mundial), donde a lo largo de la década de 1940, sin abandonar la dirección de Ruta en sus sucesivos traslados, se mantuvo firme en la actividad política (intervino en los intentos de reconstrucción de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias y en su congreso fundacional, en abril de 1945, fue elegido secretario general, cargo que abandonó en el segundo congreso, en marzo de 1946, para hacerse cargo de la Secretaría de Relaciones).

 

Juntacadáveres (Alfa, 1964)

Al poco tiempo de establecerse en Montevideo (1951) empieza a vender libros en una modesta parada en la Plaza Libertad, pero este intelectual de formación autodidacta no tarda en convertirse en un activista editorial de primer orden como colaborador del semanario Marcha y del periódico Acción, como promotor de las publicaciones de la Unesco, como divulgador de libros españoles mediante la creación de la Distribuidora Dilae (1954) y, sobre todo, como fundador y director de las revistas Cuadernos Internacionales, Deslindes y Temas, en cuyas páginas aparecen firmas tan ilustres como las de Herbert Read, René Char, Albert Camus, Jean Bloch, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Emir Rodríguez Monegal, Octavio Paz, Juan Goytisolo, Carlos Barral, Ángel Valente, Nicolás Sánchez-Albornoz, Guillermo de Torre, Ramón J. Sender…

Contra los puentes levadizos (Montevideo, Alfa, 1966).

Aun así, la gran obra de Benito Milla fue sin duda la creación de la benemérita Editorial Alfa, que cuenta entre sus logros más brillantes el descubrimiento a lo grande de Mario Benedetti (1920-2009), a quien debió de conocer en la redacción de Marcha y a quien ya en 1959 publicó los cuentos de Montevideanos y en los años sucesivos la novela La tregua (1960), Poemas del hoyporhoy (1961), Literatura uruguaya. Siglo XX (1963), Gracias por el fuego (1965), Contra los puentes levadizos (1966), Sobre artes y oficios (1968), etc. A ellos deben añadirse la publicación de  La cara de la desgracia (1960) y Juntacadáveres (1965), de Juan Carlos Onetti, La casa inundada (1960), de Felisberto Hernández, y obras de Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi, Carlos Martínez Moreno y los exiliados españoles José Carmona Blanco, Eduardo Contreras, así como ensayos de quien fuera referente del anarquismo español José Peirats.

Benito Milla y José Peirats en Francia en 1965.

Si hasta ese momento en Montevideo abundaban las revistas más o menos literarias pero escaseaban en cambio las editoriales de libros, en esos años (entre mediada la década de 1950 y el fin de la siguiente), el panorama editorial uruguayo estaba experimentando una etapa de florecimiento, alentado en buena medida por la línea de créditos a empresas de este sector que por iniciativa de Carlos Maggi había puesto en marcha el Banco República en 1955 y que, además de propiciar la creación de sellos históricos de vida azarosa como Asir, Arca o Banda Oriental, apuntaló el proyecto más ambicioso que hasta entonces había puesto en pie Benito Milla.

Leonardo Milla (1941-2008).

Cuando Milla se trasladó a Caracas para, en colaboración con Simón Alberto Consalvi y a instancias del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, crear la importantísima Monte Ávila Editores, la Editorial Alfa quedó en manos de su por entonces ya experimentado hijo Leonardo (nacido en Marsella en 1941 y fallecido en 2008), a quien, como a su padre, la coyuntura política llevó fugazmente en 1974 a Buenos Aires y posteriormente (en 1977) a establecerse en Caracas. Fue Leonardo Milla quien en los años ochenta convirtió la Editorial Alfa en el Grupo Alfa, con una extensa red de librerías con dos sedes de Ludens y tres de Alejandría 332 a.C.

Mientras tanto, su padre hacía crecer Monte Ávila para, ya en los años ochenta, regresar a España y participar en una de las empresas culturales más curiosas e interesantes de la Transición española, la barcelonesa Editorial Laia, que reunió a una pléyade extraordinaria de colaboradores y cuyo rocambolesca desaparición merece un estudio pormenorizado que no me consta que se haya llevado a cabo.

Homenaje Benito Milla (en el centro) en Montevideo en 1962. Puede reconocerse, no sin dificultad, a los escritores Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno, Ricardo Latchman, Felisberto Hernández, Emir Rodríguez Monegal, Clara Silva y Saúl Ibargoyen.

Tras la prematura muerte de Leonardo Milla, fue su hijo Ulises (n. 1963)  quien, tras quince años desempeñándose como diseñador gráfico, decidió ponerse al frente del Grupo Alfa y, además de incorporar a su prima Carolina Saravia como directora editorial adjunta, impulsó, entre otras iniciativas, Puntocero, un sello de ensayo y narrativa que desde Venezuela se extendió rápidamente a Colombia, Argentina, Ecuador, Uruguay…

 

Ulises Milla Lacurcua (n. 1963).

Hay un dicho malicioso según el cual la primera generación de una familia crea la empresa, la segunda la hace crecer y la tercera despilfarra los beneficios y la arruina, pero la estirpe de los Milla, zarandeada por las convulsiones políticas de signo autoritario de todo el siglo XX , no parece en absoluto responder a ese tópico, y la explicación de ello en buena medida la dio Ulises Milla: “si tienes una familia donde prevalece el respeto, y trasladas esa filosofía de vida al ámbito de tu empresa, logras equipos de trabajo sólidos, comprometidos y con un sano sentido de la convivencia”.

Los anarquistas en la crisis política española (Buenos Aires, Alfa, 1964).

Si en el mencionado Librerías Jorge Carrión recoge la anécdota según la cual Ulises Milla no desayunaba hasta que se vendía el primer libro del día, su padre Leonardo a su vez dejó un testimonio igualmente significativo sobre el ejemplo que había recibido de Benito Milla:

Mientras yo vendía libros, él hacía una revista donde colaboraban firmas de la talla de Albert Camus y Octavio Paz […] Nunca tuve una bicicleta gracias a que él utilizaba todos los fondos para fines editoriales, donde el retorno del dinero es a largo plazo. Pero su visión de la cultura, de la sociedad y de la política me dejó marcado de por vida.

Días tranquilos en Clichy, de Henry Miller (Montevideo, Alfa, 1971).

Parece evidente que esa visión fue transmitiéndose por vía paterna y, afortunadamente, sigue vigente. Y si Benito Milla destacó sobre todo por su sostenido apoyo tanto a la poesía (en 1963 fue miembro del jurado que otorgó el Grand Prix International de Poésie a Octavio Paz) como a la literatura de ideas, Leonardo Milla subrayó la importancia social y cultural que ambos concedían al ensayo, un género con fama de venta difícil:

El país [se refiere a Venezuela] ha empezado a revisarse política, intelectual y artísticamente. En esa zona de la creación los libros tiene preeminencia, son el vehículo perfecto para la transmisión de las ideas; por supuesto, existen los periódicos y las revistas, pero el volumen del libro permite al autor, mediante el ensayo, establecer un análisis más depurado.

Valga como colofón una acertada observación de Benito Milla en una Ponencia presentada en el Coloquio del Libro celebrado en Caracas en julio 1972 y reproducida en el número 14 de la revista Zona Franca, correspondiente a agosto de ese mismo año y que, si bien alude sin duda al llamado “boom” de la literatura hispanoamericana, añade un matiz importante sobre esa “visión”:

 No se puede pagar la publicidad para un producto que no es de circulación masiva […] cuando un libro se conoce más allá del ámbito normal de los lectores es, casi siempre, por razones extraliterarias.

 

Viviendo, de Cristina Peri Rossi (Montevideo, Alfa, 1963).

Fuentes:

Web de Editorial Alfa.

AMHG, “Se cerró el último libro para el editor  Leonardo Milla”, El Universal, 23 de febrero de 2008.

Anónimo, “Benito Milla”, El País, 9 de marzo de 1977.

Jorge Carrión, Librerías, Barcelona, Anagrama, 2013.

José Gabriel Lagos, “El alfa y el omega”, La diaria, 17 de junio de 2010.

Ángel Rama, La crítica de la cultura en América Latina (selección y prólogos de Saúl Sosnowski y Tomás Eloy Martínez), Biblioteca Ayacucho 119, Caracas, 1972.

Alida Vergara Jurado, “Editorial Alfa. La familia que hace libros”, Gerente, 28 de octubre de 2013.