Los bolsilibros de Bruguera, antecedentes y secuelas

El término «bolsilibros» se popularizó en España en los años setenta gracias a una colección que con este nombre puso en circulación la por entonces muy poderosa editorial Bruguera. Se trataba de unos libritos de unas ciento cincuenta páginas de un formato de 15 x 10,5, con una encuadernación muy simple pero con vistosas cubiertas a color y que, por regla general, entrarían en lo que en el mundo anglosajón suele considerarse pulp.

No obstante en España los libros de pequeñísimo formato se habían popularizado ya en la inmediata postguerra, con los Grano de Arena de Josep Janés (1913-1959), de 9 x 6, y unos pocos años después con la colección Pulga de Germán Plaza (1903-1977), de 10,5 x 7,5. La diferencia esencial entre ellos estribaba en la selección de títulos y autores publicados, pues en la colección de la editorial G.P. empezaron a frecuentar por primera textos que iban más allá de los más indudablemente prestigiosos o «canónicos», si bien abundaban también los clásicos, en consonancia con su propósito declarado de acercar la «alta literatura» a las clases populares.

Sin embargo, retrospectivamente se empleó a veces el término «bolsilibro» para designar cualquier librito de formato ínfimo, precio bajísimo y calidad –en cuanto a papel y encuadernación– exigua, fuera cual fuese su contenido. Es más, a finales de los años sesenta, incluso la Academia colombiana de Historia publicó una llamada Colección Bolsilibros.

En España ya desde principios de los años cincuenta Bruguera disponía de algunas colecciones, como Pimpinela, Amapola, Alondra, Camelia, Rosaura, Madreperla u Orquídea –destinadas todas ellas muy específicamente al público femenino– que se ajustaban a esta descripción, pero ––salvo error– todo parece indicar que no es hasta 1970 cuando empieza a imprimirse el término Bolsilibro en las cubiertas de estas colecciones y de otras que les habían ido siguiendo con un aspecto muy similar y dedicadas al género policíaco y de espionaje, a la novela de tema bélico, a las conocidas como space operas (o epopeyas espaciales) y a los weterns, por ejemplo, ámbitos todos ellos identificados con la «novela popular». Quizás ello contribuyera a que se estableciera  o reforzara una correlación muy evidente entre el bajo precio de estos libros y el valor cultural de estos géneros.

Ya en las décadas de 1950 y 1960 se había popularizado el nombre de algunos autores especializados en este tipo de obras, como es el caso sobre todo de Marcial Lafuente Estefanía (1903-1984), que se había estrenado en las editoriales viguesas Cies y Gráficas Marisal con los seudónimos Tony Spring y Arizona y que para Bruguera firmó unos 2600 títulos, o Corín Tellado (María del Socorro Tellado, 1927-2009), que empezó ya en Bruguera, en 1946, con Atrevida apuesta, si bien publicó también en Cies, y a la que se tiene por una de las escritoras más prolíficas de todos los tiempos (unos cinco mil títulos, profusamente traducidos y adaptados al teatro, el cine, la radio y la televisión; figura en el Libro Guiness de 1994 como la más vendida: 400.000.000 de ejemplares). Entre los pioneros del western español destaca el nombre de José Mallorquí (1913-1972), creador en 1944 de la celebérrima serie El Coyote, publicada en Clíper, pero que ya antes de la guerra era un traductor y autor más o menos habitual de la Editorial Molino y que a partir de 1968 vio como la serie pasaba a publicarse en Bruguera, con portadas de Antonio Bernal (1924-2013).

En la postguerra era muy habitual que este tipo colecciones, a menudo de periodicidad semanal y venta en quioscos, se alimentaran del trabajo de represaliados por el franquismo que se veían en la imposibilidad de reincorporarse a sus trabajos o de hacer carrera. En el caso de Lafuente Estefanía, que durante la guerra había sido teniente de alcalde y concejal en Chamartín, por la CNT, y general de artillería del ejército popular, no pudo iniciar su carrera en las letras, aun siendo ingeniero industrial, hasta que salió de prisión. Otro caso célebre es el de Francisco González Ledesma (1927-2015), que empezó a costearse los estudios de Derecho con lo que ganaba escribiendo para Molino primero y luego para Bruguera, donde se hizo muy popular a partir de 1952, una vez ya concluida la carrera, su seudónimo Silver Kane (con títulos como Los pistoleros las prefieren rubias, A los muertos les gustan las mujeres, Un corsé con una chica dentro o Todas las mujeres quieren matarme).

La diversidad de series, dedicadas a los géneros sobre los que se sustentaba el éxito de Bruguera en cuanto a literatura popular, añadido a la intensa periodicidad y a la enormidad de las tiradas (impresas en rotativa) hicieron que se reforzara más si cabe la identificación entre bolsilibro y esta editorial en particular, que estuvo publicándolos hasta bien avanzados los años ochenta. Y si bien es cierto que el concepto de «libro de bolsillo» por antonomasia ha quedado muy estrechamente vinculado a la colección homónima de Alianza Editorial, al fin y al cabo los bolsilibros, y sus precedentes, no dejan de ser tampoco libros de bolsillo, y de bolsillos bien pequeños en todos los sentidos.

No obstante esta larga trayectoria y de que este tipo de libros tienen una presencia asegurada en cualquier tipo de feria o mercado de libro viejo, de vez en cuando resurge en España la misma idea que encarna el bolsilibro.

Muy emparentada con ella está por ejemplo la iniciativa de la editorial 23 Escalones cuyo nombre basta para situarla, Selección Pulp Fiction. Surgida en 2011 y dirigida por el escritor y guionista vigués Darío Vilas, salvo error no llegó a publicar más de tres títulos a un precio muy módico (3,50 euros) con vocación de aparición mensual: una reedición de Revividos, de Ralph Barby (el barcelonés Rafael Barberán Domínguez), No podrás salir, firmada por una también incógnita Damien Wake, y Cazador de striges, de la folclorista Soizik Stiwell, un texto que posteriormente volvió a estar disponible en Gorgona Pulp Ediciones. Además, quedó anunciada pero inédita una novela Entre rejas, de Emma Goshwak, es de suponer que también enmarcada en la literatura de terror, como las anteriores.

Y apenas desaparecidos los 23 Escalones, en 2012 nacía en Salamanca Dlorean Ediciones, dedicada inicialmente a la ciencia ficción, pero también con títulos a medio camino entre las novelas del Oeste y las de terror, con una estética y una presentación hasta tal punto emparentada con los bolsilibros del siglo XX que asumió desde el principio una identidad vintage.

Acaso estas dos iniciativas ejemplifican el recurrente sistema de redescubrir métodos y practicas editoriales del pasado para afrontar situaciones particularmente complejas o de crisis económica. Por lo menos, tienen la virtud de ser conscientes de ello, cosa que no siempre puede decirse de otros autodenominados «proyectos independientes».

Fuentes:

La memoria del bolsilibro (blog).

Carles Geli, «Bolsilibros, el “pulp” castizo», El País, 29 de enero de 2019.

Canal L, «Los bolsilibros de Bruguera», 31 de enero de 2010 (vídeo): Incluye resumen de una mesa redonda con Francisco González Ledesma, Frank Caudett y Frank Gallardo Muñoz.

 

La primera década del Libro Amigo de Bruguera

Para toda una generación por lo menos, lo que define a una colección tan longeva y famosa como El Libro Amigo de Bruguera son unos libritos con un formato de 18, con el lomo y la contracubierta gris, y en la que se publicaron por ejemplo obras de mérito literario perdurable como el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1886-1927), El siglo de las luces de Alejandro Carpentier (1904-1980), Las máscaras de Jorge Edwards (n. 1931), Dejemos hablar al viento de Juan Carlos Onetti (1909-1994), Cien años de soledad de Gabriel García Márquez (1927-2014), Los jefes de Mario Vargas Llosa (n. 1936),  los cuatro volúmenes de Los pasos contados (1985-1986) de Corpus Barga (Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, 1887-1985), La aventura equinoccial de Lope de Aguirre de Ramón J. Sender (1901-1982), la compilación de prosa narrativa La uña de Max Aub (1903-1972), y un larguísimo etcétera, así como una extensísima retahíla de clásicos sobre todo decimonónicos, de muchísimos narradores traducidos de casi todas las lenguas (la de Jorge Rodolfo Wilcock de El americano impasible de Graham Greene entre ellas) y de una serie específica de novela negra en la que se publicó a escritores tan prestigiosos y variopintos como Dashiell Hanmett, Raymond Chandler, Boris Vian, Giorgio Scerbanenco, James Ellroy, Chester Himes, Patricia Highsmith, Juan Madrid, Jaume Fuster…

Sin embargo, llegados a este punto (que coincide con el momento de mayor expansión y crecimiento de la editorial) la colección ya tenía una historia bastante larga, y se había iniciado con obras y autores de los que hoy queda un recuerdo mucho más difuso. Aunque ya se habían publicado unos primeros títulos en 1965, Libro Amigo Bruguera se lanzó coincidiendo con la inminente celebración del Día del Libro de 1966, con un diseño muy diferente al que se haría célebre décadas después y con autores cuyo vínculo era sobre todo la magnitud de sus ventas. Entre los primeros títulos alternaban además una veta más o menos periodística y/o ensayística y en todo caso no ficcional, con novelas a menudo muy extensas. Ejemplo de lo primero son El proceso de Nuremberg (1965), de Joe J. Heydecker y Johannes Leeb, La Gestapo (1965), de Jacques DeLarue, o un curioso libro preparado por el historiador y periodista Allan Nevins (1890-1971) en el que se recogían textos del célebre presidente estadounidense asesinado precedidos de un prólogo de quien fue su sucesor en el cargo, Lyndon B. Johnson (1908-1973), y que se tituló en español El deber y la gloria. Testamento político de John F. Kennedy (1966).

Como suele suceder, las novelas han tenido mejor posteridad editorial, y la primera publicada en el Libro Amigo fue Éxodo, de Leon Uris (1924-2003), que tras su primera edición, en 1958, se había mantenido casi veinte semanas encabezando la lista de más vendidos el New York Times y no tardó en convertirse en un fenómeno editorial de dimensiones colosales, con cinco millones de ejemplares vendidos en siete años, hasta el punto de ser su éxito solo comparable entonces al de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949) (publicada en 1936 gracias al buen ojo del mítico editor Harold Macmillan Latham). Bruguera había publicado de Éxodo la primera edición en español en 1960, en la colección Joyas Literarias y traducida por Baldomero Porta Gou, y en 1966, cuando se incorporó a Libro Amigo, llevaba ya veintiuna ediciones. Como se verá, Libro Amigo era en muy buena medida un contendedor, en ediciones económicas, de títulos que ya habían sido explotados con éxito. Entre la primera docena de títulos aparece otra obra de Uris, Mila 18, de la que también en Joyas Literarias se había publicado en 1965 la séptima reimpresión. El traductor era de nuevo Baldomero Porta Gou, luego conocido sobre todo por la primera y polémica traducción al español de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. En los primeros años del presente siglo, de Leon Uris recuperó buena parte de sus extensísimas novelas, en traducciones revisadas, Roca Libros, si bien lo hizo solo en formato digital (en el sello Ciudad de Libros).

Entre la primera docena de títulos publicados en Libro Amigo, todos ellos en 1966, se cuenta también clásicos del calibre de la traducción del famoso marino y lexicógrafo Fernando Corripio (1928-1993) de Las aventuras amorosas de Moll Flanders, de Daniel Defoe (1660-1731); no es muy ampliamente sabido que también a Corripio se deben muchas de las novelas de la serie de Conan, de Robert E. Howard (1906-1936), que publicó Bruguera entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, y también fue esta empresa la que publicó la primera edición de sus inmortales y tremendamente populares Diccionario de sinónimos y antónimos de la lengua española (1971) y Diccionario de ideas afines (1983).

Al mencionado de Defoe pueden añadirse, aún en esa primera docena, Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski (1821-1881) como séptimo volumen, que se publica sin indicación del traductor y que procedía también de Joyas Literarias, y Tom Jones, de Henry Fielding (1707-1754), que aparece en la traducción de Carlos González Castresana y cierra esa primera docena, entre la que también se encuentra la novela del periodista y guionista estadounidense Morton Thompson (1907-1953) No serás un extraño (1966), de la que en 1955 se había estrenado una versión cinematográfica dirigida por Stanley Kramer con un reparto espectacular (Olivia de Havilland, Frank Sinatra, Robert Mitchum, Lee Marvin…).

Tras estos primeros doce títulos, se mantiene durante un buen tiempo ese relativo equilibrio entre grandes clásicos universales y libros de extraordinario éxito comercial pero muy a menudo hoy apenas recordados. Así, y siempre en 1966, el megaéxito incombustible de Lewis Wallace (1827-1905) Ben Hur alterna con la traducción de Crimen y castigo, de Dostoyevski, firmada por Julián Alemany Zaragoza (que es la única de este traductor que recoge la base de datos de la Biblioteca Nacional de España), así como con la de Baldomero Porta de El hombre del traje gris, de Sloan Wilson (1920-2003). Esa misma traducción de la novela de Wilson había aparecido ya en 1959 en Joyas Literarias, poco después del estreno de la versión cinematográfica (dirigida por Nunnaly Johnson y protagonizada por Gregory Peck), y es también la misma que en 2009 reeditó Libros del Asteroide con un prólogo de Jonathan Franzen (y de la que en 2016 aparecía una tercera edición). Son numerosas las traducciones de Baldomero Porta, además de las ya mencionadas, que se publican en los primeros años de la colección, y de hecho su primera traducción para Bruguera se remonta por lo menos a 1953 (Un hombre llega del Este, de William McLeod Rainer): La nave del mal (1966), de Katherine Anne Porter (1890-1980); Hija de Judá (1966), de Dan Levin; El mundo del delito (1966), de Alan Hynd; Armageddon (1967), de Leon Uris; Parrish (1967), de Mildred Savage; Habitación por alquilar (1967), de Hèlene Miserly…

Bruguera disponía desde 1967 de una colección (Libro Clásico), con una presentación casi idéntica a la de Libro Amigo y en la que había empezado publicando a autores de la tradición española (Lope de Rueda, Fernando de Rojas, Armando Palacio Valdés, Emilia Pardo Bazán), pero también clásicos universales (Homero, Laurence Sterne, Charles Darwin, Tolstoi…), lo que dificulta dilucidar cuál era el criterio para incluir a determinados autores y títulos en una u otra colección.

Sin embargo, incluso antes de que se produzca el cambio de diseño de la colección, el mencionado equilibrio empieza a trastocarse un poco a medida que la el Libro Amigo avanza, y los superventas, más allá de las reimpresiones, empiezan a ser más escasos en comparación con los clásicos y con los títulos contemporáneos más prestigiados por la crítica. Ejemplo un poco sorprendente de ello podría ser la publicación en cuanto la colección había superado ya los diez años, en 1977, de Años difíciles como número 492 de la colección: un volumen que, tras un prólogo de Ricard Salvat (1934-2009), compila los textos dramáticos de Madrugada, de Antonio Buero Vallejo (1916-2000), La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo (1921-1994) y Los buenos días perdidos, de Antonio Gala (n. 1930). Por el camino, series con identidad propia, como la dedicada a la fantasía y la ciencia ficción, la policíaca o la destinada a reunir diez prosistas de diferentes países, habían experimentado ya un cambio en la presentación, que prefiguraba la más popular en los ochenta. Pero progresivamente los superventas efímeros van siendo cada vez más residuales en Libro Amigo.

Ese mismo año 1977 se publicó también por ejemplo El lugar sin límites, de José Donoso (1924-1996), coincidiendo con el estreno de la versión cinematográfica de Arturo Ripstein, y acaso sean de ese mismo año las primeras ediciones que empiezan a adquirir el perfil estético que triunfará en años posteriores (con una encuadernación en una cartulina menos rígida, entre otras cosas). Pero, más allá de reimpresiones, apenas quedan ya rastro de los bestsélers de tema bélico, aventurero o de pasiones desatadas (salvo si son también textos avalados por la crítica).

¿Qué hace un libro como tú en una colección como esta?

Portada de Luis Ignacio de Horna para la edición en Todolibro (Bruguera, 1980)

Es probable que la primera edición española de lo que Henry Miller (1891-1980) describió como “la historia más extraña que he escrito hasta ahora [1948]”, La sonrisa al pie de la escala, sea la de la colección Todolibro de Bruguera en 1980 (y reimpresa en 1981), lo cual resulta un poco preocupante, pues se trataba de una colección destinada al parecer a un público juvenil al que seguramente el denso prólogo de Ana María Moix debía ser suficiente para desorientar. Esta edición, traducida por Juan Carlos Silvi e ilustrada por Luis Ignacio de Horna (n. 1942) no es sin embargo la primera en español, pues la editorial bonaerense Sur había publicado ya en 1966 una traducción de este relato o poema en prosa como cierre, un poco asombroso, del volumen a La sabiduría del corazón (que recoge textos acerca de personajes como Brassaï, D.H. Lawrence o Balzac). Y en catalán la había publicado la editorial Proa en traducción de Joan Oliver en 1970 en una edición en octavo mayor con ilustración en la cubierta de Joan Miró.

La poco conocida edición de Proa de 1970.

Sin embargo, es probable que la edición de Bruguera deba interpretarse como resultado del objetivo de reunir el grueso de la obra de Henry Miller, pues en los años inmediatamente anteriores esta editorial había ido publicando las traducciones de Carlos Manzano de Trópico de Cáncer (1977), Primavera negra (1978), Sexus (1978), Trópico de Capricornio (1979), así como la de Ana Goldar de Cartas a Anaïs Nin (1979).

Edición en Círculo de Lectores, en traducción de Carlos Manzano.

Hay que esperar hasta 1999 para que aparezca una edición realmente importante en español de La sonrisa al pie de la escala, la que en versión del que quizá sea el traductor idóneo de Henry Miller, Carlos Manzano, publicó Círculo de Lectores también con dibujos de Joan Miró.

Sin embargo, esta obrita parte del encargo o sugerencia de otro artista, Fernand Léger, con el propósito de acompañar sus obras pictóricas centradas en el mundo del circo, por el que ambos (Miller y Léger) sentían un profundo y serio interés. Sin embargo, al pintor no acabó de convencerle el texto de Miller, y el proyecto no llegó a buen puerto.

Portada de la primera edición en Duell, Sloan & Pearce (1948).

A medio camino entre la novela breve y el poema en prosa, La sonrisa al pie de la escala narra la historia de August, cuyo éxito en una sola faceta de su arte (la sonrisa al pie de la escala), provoca una crisis existencial que le lleva a una arriesgada búsqueda espiritual en la que puede percibirse el interés de Miller por el budismo y el hinduismo, al tiempo que su censura al pensamiento de tradición judeocristiana tal como se expresaba a mediados del siglo xx. Uno de los rasgos más sorprendentes de este texto para quienes conocen la narrativa de Miller es sobre todo que se trata de un relato en tercera persona y aparentemente alejado del fuerte componente autobiográfico que caracteriza sus textos más conocidos (La crucifixión rosada, Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Primavera negra…). En realidad, el empleo de un payaso para plantear un pensamiento muy serio es perfectamente consecuente con la naturaleza de esta obra y con el grueso de la narrativa de Miller, y más todavía: le permite mostrarse con mayor profundidad que en muchas de sus otras obras en su conflicto entre la individualidad y la sociedad. La sociedad que le rodeaba, sus lectores y los críticos atentos a su evolución, habían creado ya unas expectativas acerca de Miller, y el conflicto nacía entre la libertad de epresarse a su modo y manera, aun a riesgo de frustrar esas expectativas, y el progresivo desencanto al que podía llevarle la repetición de una misma fórmula narrativa. Auguste es, pues, un magnífico trasunto del núcleo espiritual y filosófico del Miller que en 1944 se había establecido en Big Sur (“mi primer auténtico hogar en Estados Unidos”, según sus palabras), donde actualemente sigue funcionando la Henry Miller Memorial Library fundada por Emil White.

Cubierta de la edición de 1958 en New Directions.

En cualquier caso, no parece que sea acertado considerar La sonrisa al pie de la escala una “obra menor” en la narrativa de este escritor perseguido por los tópicos más banales. Quizá las palabras de Miller en el epílogo que fechó en Big Sur en 1948 no han contribuido precisamente a clarificar su sentido:

¡Que nadie piense que se trata de una historia elaborada! Lo he contado simplemente como lo sentí, como se me reveló punto por punto. Es mía y no lo es. No cabe duda de que es la historia más extraña que he escrito hasta ahora. No es un documento surrealista, en modo alguno.

De izquierda a derecha, Salvador Dalí, Gala, Henry Miller y Barnet Riuder en 1940.

Existen unas cien ediciones distintas en una veintena de lenguas de La sonrisa al pie de la escala, pero las primeras, en 1948 ambas, fueron las de New Directions (donde se publicó por primera vez el grueso de la obra milleriana) y Duell, Loan & Pearce. Poco posterior es una de las más singulares, la de Greenwood Press, cuyo colfón indica: “500 copies printed at the Greenwood Press of San Francisco. Typography by Jack Werner Stauffacher, illustrated by Gordon Cook. Set in Van Dijck type. 35 special copies printed on French Rives”.

Portada de la edición de 1965 en Rowohlt.

La primera en que se publicaron las ilustraciones de Miró es la de Rowohl de 1965, que precisamente dio la pista a Francesc Bechdejú para llegar hasta las imágenes originales y poder hacer así la edición de Cercle de Lectors (de la que hay versión en catalán y en castellano), que por fin hizo justicia a esta maravilla de texto.

Fuentes:

Fran C., “La sonrisa al pie de la escala. Henry Miller. Portadas“, en El blog enladrillado, 13 de enero de 2013.

Henry Miller, Big Sur y las naranjas de El Bosco, traducción de Carlos Manzano, Barcelona, Edhasa, 2010.

Henry Miller, La sonrisa al pie de la escala, traducción de Carlos Manzano, ilustraciones de Joan Miró, edición a cargo de Pilar Beltrán y diseño de Eva Mutter, Barcelona, Círculo de Lectores, 1999.

Henry Miller-Lawrence Durrell, Cartas Durrell-Miller-Durrell 1935-1980, edición de Ian S. MacNiven, traducción de María Faidella, Barcelona, Edhasa, 1991.

Rosa Mora, “La filial catalana de Círculo de Lectores celebra 10 años de vida. Cercle publica un libro de Henry Miller ilustrado por Miró”, El País, 23 de febrero de 2000.

El traductor literario, farolillo rojo del paripé literario

A Agnès Agboton (Voz de la Ternura)

Manuel Serrat Crespo (Barcelona, 1942)

Con las palabras que sirven de título a este texto describió Manuel Serrat Crespo la figura del traductor literario, y desde luego podía hacerlo con conocimiento de causa, pues es uno de los más insignes traductores literarios del francés en activo. A quien va dedicado el presente texto, en cambio, se le atribuye (de hecho, se la atribuyó Serrat Crespo) la afirmación de que “todos los traductores literarios están locos”, y también ésta es una opinión bien fundamentada (esta escritora catalana nacida en Porto Novo no sólo conoce a muchos traductores literarios, sino que además, aun así, convive a diario con uno de los mejores). Como también son fundamentadas las apreciaciones de Peter Bergsma (traductor al neerlandés de Coetzee, Nabokov y Pynchon, entre otros, y presidente del RECIT) cuando define a Serrat Crespo como “el Nikita Kruschev del sector europeo de la traducción, que no vacilaba en apoyar sus afirmaciones aporreando el pupitre con su zapato” y Bernard Valero (diplomático francés que fuera portavoz del Ministerio de Exteriores), que le caracteriza como “uno de los tres mosqueteros de Alejandro Dumas y, más concretamente, a Porthos, el más grande, el más batallador, el más bocazas, el más atractivo”.

En la página web de la Associació Col·legial d´Escriptors de Catalunya dedicada a Mercè Rodoreda aparece una fotografía de grupo cuyo pie reza: “De izquierda a derecha: Manuel Serrat i Puig, Alfons Masseras, Joan Oller i Rabassa, Joan Mª Guasch, Mercè Rodoreda, Mossèn Antoni Navarro, Joan Amades y el marido de Mercè Rodoreda. Perpinyà, 27 de mayo de 1935.  Jocs Florals”. Como es lógico suponer, Manuel Serrat i Puig, poeta y colaborador durante la guerra de la revista Curiositats de Catalunya, es el padre de la criatura que nace en Barcelona en 1942.

Escena de “Los cantos de Maldoror” (en traducción de Manuel Serrat Crespo) montados por Pere Planella y con el actor Walmir Chaves como protagonista. Se estrenó en 1973 en la barcelonesa Capella de l´Hospital de la Santa Creu y tuvo un inesperado y rotundo éxito. El chico en primer plano es Franc Ponti (hoy director del centro de innovación en EADA).
En declaraciones a Maria Josep Ragué Arias, Serrat Crespo, que siempre elige muy bien las palabras, definió este montaje como “una experiencia fundamental, para mí”.

La entrada de Manuel Serrat Crespo en el mundo del libro, tras haber estudiado con poco convencimiento Derecho, puede decirse que fue solapada (en Bruguera, escribiendo paratextos), al tiempo que no menos solapadamente escribía para la prensa clandestina y empezaba a publicar versos. De hacia 1964 es su primera traducción y de 1968 su viaje a París (del que muchos años después surgiría su Sed realistas, pedid lo imposible, Edhasa, 2008). De esa misma época, son sus primeras publicaciones de poesía en la exquisita Les Temps Modernes y la novela Autopsia 69 (en la colección Tábano, galería de no premiados, de Picazo, 1969). Su nombre se encuentra también, por ejemplo, en la nómina de los que Ángel Carmona recogió en su Antología de la poesía social catalana (Alfaguara, en su efímera colección Ara i ací, 1970), junto a Joan Alcover, Montserrat Abelló o Jordi Sarsanedas, entre otros.

En 1973 emprende un primer largo viaje que le lleva al Líbano, Siria, Turquía, Irán, Afganistán, Paquistán y la India, y al siguiente publica uno de sus libros más celebrados, El caníbal, ceremonia antropofágica, que aparece en 1974 en los Cuadernos Ínfimos de Tusquets Editores y del que el autor ha dejado dicho: “Si hoy me presentara en una editoiral con El caníbal, me lo tirarían por la cabeza, pero Beatriz de Moura tuvo el coraje de publicarlo y hoy, a mí, me parece todavía una obra viva”. Ese mismo año emprende otro largo viaje, por África, donde pasa varios años dedicado a la docencia y visita Nigeria, Togo, Liberia, Burkina Faso y Costa de Marfil. Vinculados a esa experiencia son los libros Abidjan, itinerario iniciático (Destino, 2001) y Gbeme-ho, Kutome-ho (Edhasa, 2001). El particular y enriquecedor modo de entender la relación entre culturas e incluso la traducción que caracteriza a Manuel Serrat Crespo, autor de jugosos textos sobre estos temas, tiene sin duda mucho que ver con estos viajes. A su regreso, en 1978, sigue infatigable su labor de traductor literario del francés, pero encuentra también tiempo para acrecentar su obra como poeta y como dramaturgo: Haykú (Ediciones de Arte, 1983), Anna o la Venganza (en Columna en 1985 y en la colección Antología Teatral Española en 1988), como ensayista en un precioso libro profusamente ilustrado, Sendas del té (Ketrés, 1986), y como colaborador en algunas revistas (Destino, Algo, Camp de l´Arpa, etc.).

Poco posterior es una de las obras que mayor fama le han reportado, la elogiadísima traducción y edición de Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, para la colección Letras Universales de Cátedra, que incluye su indispensable texto “El hermano de la sanguijuela, contribución al asesinato de la palabra” (1988).

Portada del número doble (2-3) de Assaig de Teatre, el primero dirigido por Serrat Crespo, publicado en 1995.

Portada del número doble (2-3) de Assaig de Teatre, el primero dirigido por Serrat Crespo, publicado en 1995.

Portada del cuarto número de Assaig de Teatre, publicado en 1996.

Portada del cuarto número de Assaig de Teatre, publicado en 1996.

En los años noventa su pasión por el teatro le llevó a ponerse al frente de la revista Assaig de Teatre. Revista de la Associació d´Investigació i Experimentació Teatral, y los números por él dirigidos albergan una interesante entrevista a Buero Vallejo en un monográfico sobre teatro realista, un número dedicado a Artaud, Genet, Jarry y Passolini o el epistolario entre Ricard Salvat y Salvador Espriu, entre otras perlas; aun así, es sobre todo importante el hecho de que gracias a su compromiso el proyecto cultural de esa revista no feneciera prematuramente. Poco después sería nombrado Chevalier de l´Ordre des Palmes Academiques (1999) por el gobierno de la República Francesa, que posteriormente lo investiría Officier des Arts et des Lettres (2003).Ya en el siglo XXI, tras aparecer como personaje literario en El dictador y la hamaca de Daniel Pennac, publicó en las malogradas Ediciones Reverso una de las obras más geniales de la literatura japonesa, Maruyme, diario de viaje (reeditada en 2009 por José Olañeta), que lo emparenta con el Max Aub de Jusep Torres Campalans. En el caso de Maruyme, este escurridizo escritor de haikús no sólo aparece catalogado como autor en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, sino también en la mucho más cercana Biblioteca de Catalunya, así como, por supuesto, en la Biblioteca Nacional de España, como se puede comprobar clicando en cada una de ellas.

Es también digna de mención su labor en el seno de la ACEC (Associació Col·legial d´Escriptors de Catalunya) y del CEATL (Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores Literarios), donde se ha convertido en legendario y contumaz adalid de la defensa de la visibilidad de los profesionales, de intentar, en sus propias palabras, “implantar una cultura de la traducción literaria que penalizara a la editoriales poco cuidadosas con los “productos” que ponen en el mercado”, esa labor tan poco reconocida del traductor literario que requiere, sin embargo, “pasión por la lengua de llegada y profundo conocimiento por las dos lenguas de que se trate (tanto la de llegada como la de partida); amor por la literatura, claro está, y un buen fardo de paciencia”.

Uno se pregunta, ¿y de dónde ha sacado Manuel Serrat Crespo tiempo para publicar, mientras hacía todo esto, más de seiscientas traducciones, algunas tan exigentes y bien resueltas como las de obras de Pennac, Vautrin, Le Clézio, Cocteau, Jules Vallès, Queneau, Proust… Quizás el hecho de que no pierda el tiempo en saraos y cócteles, tan del gusto del milieu, ni en todo ese “paripé literario” sea una explicación bastante convincente. Aun así, si algún día este hombre bueno –bueno en el sentido más machadiano del término– publica sus memorias, más de uno dará un respingo; pueden estar seguros de que serán como para mojar pan y chuparse los dedos.

NOTA ADICIONAL: Un tiempo después de publicado este texto (abril de 2013), el escritor y traductor Manuel Serrat Crespo falleció en septiembre de 2014.

Portada de Maruyme, en la colección El Barquero de José J. Olañeta.

Fuentes:

AA.VV. Monogàfico sobre Manuel Serrat Crespo de Assaig de Teatre, núm. 60-61 (2007). Incluye, entre otros textos, su obra teatral Estos parias, ¡ay dolor!, que ves ahora, y una entrevista muy a fondo de Maria Josep Ragué-Àrias.

AA.VV., Homenaje a Manuel Serrat Crespo de los Cuadernos de Estudio y Cultura de la Associación Colegial de Escritores de Cataluña, núm. 26 (septiembre de 2006). Incluye los textos citados de Peter Bergsma y Bernard Valero, entre otros, textos de Manuel Serrat Crespo y unas útiles “Notas bibliográficas” (pp. 93-99).

Leah Bonnín, “Parodia a los clásicos“, reseña de Maruyme, de Manuel Serrat Crespo, Letras Libres, núm. junio de 2005, pp. 62-63.

“Entrevista a Manuel Serrat Crespo y José Marzo, editor y traductor de la trilogía de Jules Vallès”, en Anika entre Libros.

Maria Josep Ragué-Àrias, El teatro de fin de milenio en España (De 1975 hasta hoy), Barcelona, Ariel (Literatura y Crítica), 1996, p. 201.

Manuel Serrat Crespo, “Las lágrimas de cocodrilo. En la muerte de Ricard Salvat“, en la web de la ACEC, 24 de marzo de 2009.

Manuel Serrat Crespo, “Un buen libro extranjero se publica siempre subvencionado por el sudor y las lágrimas de su traductor“, entrevista sin firma en El Quincenal.

Esther Tusquets, editora confesa (y la Censura)

A Pilar Beltran,

tot recordant “aquella” entrevista amb l´Esther Tusquets

La creación de colecciones inolvidables como Palabra e Imagen, Palabra en el Tiempo o Lumen Femenino le ganaron a quien Carmen Balcells describió como “la gran dama de la edición” un lugar importante en la historia editorial española, del mismo modo que sus novelas y relatos (El mismo mar de todos los veranos, Correspondencia privada, Siete miradas en un mismo paisaje…) le aseguran un puesto entrañable en la memoria de los lectores de literatura. Pero Esther Tusquets (Barcelona, 1936-2012) dejó escritos además algunos libros muy útiles para todo aquel que se interese por la edición española. De 2005 son las deliciosas Confesiones de una editora poco mentirosa, aparecidas originalmente en RqueR, la aventura que emprendió con Milena Tusquets y Oscar Tusquets tras lo que Esther describió como “triste despedida” de Lumen.

Segunda edición en RqueR de las Confesiones de una editora...

Segunda edición en RqueR de las Confesiones de una editora…

Desde el limpio diseño de la portada, pasando por las guardas (en que se reproduce la página 44 de las galeradas con correcciones autógrafas), la selección de fotografías (en pliego) y el colofón, hasta la genial fotografía que ilustra la solapa (de Daniel Mordzinski), es todo él un libro de una belleza sencilla, sin estridencias, que le cuadra perfectamente a un texto del que la propia autora dejó escrito que “no es en absoluto un libro revanchista, ni un libro que pretenda poner al descubierto las lacras miserables del mundo del libro”. Por él desfilan Miguel Delibes, Ana María Matute, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Carmen Balcells, Carmen Martín Gaite, Juan Benet, Carlos Barral, Pablo Neruda, Gustavo Martín Garzo y un largo etcétera, al hilo de un relato (en 27 breves capítulos), ameno y preñado de enseñanzas, un buen humor muy refrescantre y lecciones provechosas.

La en su momento muy comentada portada de Habíamos ganado la guerra

La en su momento muy comentada portada de Habíamos ganado la guerra

Tuvo dos ediciones, y una vez desmantelada RqueR se reeditó en Ediciones B después de haberse publicado otro libro de memorias más personales en Bruguera (Habíamos ganado la guerra). Pero luego estas Confesiones quedaron subsumidas (y por tanto comercialmente heridas de gravedad) en la continuación de las memorias, publicadas también en Bruguera con el irónico título Confesiones de una vieja dama indigna. El excelente ilustrador Finn Campbell Notman creó entonces una portada alusiva a la galería de personajes que desfilan por el texto y se agradece en esta edición la ampliación del pliego de ilustraciones, reproducido en este caso en papel satinado y a color, añadiendo por ejemplo una foto de Colita que reúne a Esther Tusquets, Magda Oliver, Ana María Moix, Max Aub y su esposa Peua, Carmen Balcells y Alastair Reid o una divertidísima felicitación navideña del estudio Maspons-Ubiña, pero en cambio no se reproduce la que abría el pliego en la edición de RqueR (fechada quizás erróneamente en el verano de 1960), que muestra a unos jovencísimos Herralde y Oscar Tusquets, con sombrero y guitarreando, y a Esther con una sonrisa impagable. Y la fotografía de la autora en la solapa es en este caso una foto carmet a color bastante insulsa, que queda además estropeada por los reflejos en las gafas de la autora.

La edición en Bruguera de las Confesiones de una vieja dama indigna, presentada como segunda parte de Habíamos ganado la guerra, ilustrada por Finn Campbell Notman.

La edición en Bruguera de las Confesiones de una vieja dama indigna, presentada como segunda parte de Habíamos ganado la guerra, ilustrada por Finn Campbell Notman.

Significativo de la orientación de las ampliaciones de texto en este nuevo libro es que el capítulo “Primer encuentro con un autor importante: Ana María Matute” se convierte en “Primer encuentro con Ana María Matute y primeras escapadas a Madrid” o “Delibes, Castilla, las perdices rojas” en “Viajo a Valladolid para hablar de perdices y me libero allí por fin de la virginidad”. Ya no se trata, queda claro, de unas memorias de editora, que también, sino que Esther Tusquets muestra aquí otros aspectos de su personalidad que van bastante más allá y que constituyen una veta que reaparece en el texto memorialístico escrito a cuatro manos con su hermano Oscar, Tiempos que fueron (Bruguera, 2012). La”editora poco mentirosa” se detiene en algunos aspectos del proceso creativo que supone la elaboración de un libro y de sus condicionantes que, lógicamente, son marginales o quedan fuera de los intereses de la “dama indigna”.

Pero prueba estremecedora de la radical franqueza de Tusquets al hablar de su profesión es el siguiente pasaje de la edición de RqueR (suprimida por la “dama indigna”, como todo el capítulo en que se incluye): “Tal vez no fuera muy honesto ofrecer al público obras incompletas y alteradas, pero, de no hacerlo así, la mitad de la literatura que se publicaba en el mundo hubiera quedado inédita en castellano o nos hubiera llegado clandestinamente, como ocurría con frecuencia, en ediciones de América Latina. Así pues, a menos que las supresiones fueran brutales, nos doblegábamos a la más o menos caprichosa decisión del censor de turno” (pp. 65-66). Es realmente lamentable, además de los largos años de censura de libros franquista, que esa censura siga teniendo efecto hoy sobre quienes seguimos leyendo esos mismos libros, sea en bibliotecas públicas o en la red (y peor y más grave: en reimpresiones presentadas como reediciones).

Primera edición de las Confesiones de una editora en Ediciones B

Primera edición de las Confesiones de una editora en Ediciones B

Pocos editores españoles han dejado textos tan interesantes, jugosos y aleccionadores sobre su labor como Esther Tusquets; ninguno hay con tanta gracia, chispa e ironía (que echaremos de menos) como las Confesiones de una editora poco mentirosa. Por lo que yo sé, el mejor de todos ellos.

Y leídos los libros más o menos en la misma órbita de sus compañeros Carlos Barral, Jorge Herralde, Josep M. Castellet o Rafael Borràs Betriu, ¿no será razonable esperar que no tarde en llegar el de Beatriz de Moura? Veremos.

Fuentes:

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, Barcelona, RqueR, 2005.

Esther Tusquets, Habíamos ganado la guerra, Barcelona, Bruguera, 2007.

Esther Tusquets, Confesiones de una vieja dama indigna, Barcelona, Bruguera, 2009.

Esther y Oscar Tusquets, Tiempos que fueron, Bruguera, 2012.