Manuel Altolaguirre, editor durante la guerra civil española

En un pasaje de la novela Campo de los Almendros (1968), el escritor valenciano Max Aub (1903-1972) dejó constancia, en el estilo vivaz y preciso que le caracteriza, de la existencia de un libro editado durante la guerra por el sello creado por Manuel Altolaguirre (1905-1959) que luego ha dado mucho que hablar:

Georgette y César Vallejo por las calles de Madrid en 1931.

–Se llamaba Abraham de segundo nombre. Lo suelen olvidar.

–¿Era judío?

–¡A qué santo! Nieto –por ambas partes– de curas españoles.

–¿De quién estáis hablando?

–De un peruano que dice éste que era muy importante.

–¿Murió?

–Sí, en París.

–¿Cuándo?

–El año pasado.

–¡Ah!

Como si ya diera lo mismo: la muerte pasada carece de importancia, está ahí, alrededor, con la lluvia fría y el mar. Alfredo se relaja, las manos hundidas a más no poder en los bolsillos de su chaquetón de cuero raspadísimo. Vuelve.

–¿Cómo se llamaba?

–Vallejo.

–¿César?

–¿Le conocías?

–Sí, estábamos haciendo la edición de un libro suyo. Lo estarán leyendo los fachas. No sé si [José Herrera] Petere salvó algunos ejemplares. Creo que no.

Efectivamente, no consta que el también escritor José Herrera Petere (José Herrera Aguilera, 1909-1977) lograra conservar ningún ejemplar, o en cualquier caso que este no se extraviara enseguida durante su exilio en el campo de Saint Cyprien, antes de salir con destino a México (gracias a la ayuda de Picasso) y Suiza. Este libro de César Vallejo (1892-1938), el tercero y último de las Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este (tras España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra, de Pablo Neruda, y Cancionero menor para los combatientes (1936-1938), de Emilio Prados) era España, aparta de mí ese cáliz, que según el colofón se terminó de imprimir el 20 de enero de 1939; es decir, dos días antes de que los organismos oficiales de la Generalitat fueran evacuados de Barcelona y a una semana de la llegada del Cuerpo del Ejército Navarro y el Cuerpo marroquí a la montaña del Tibidabo.

Se trataba de un librito de 64 páginas de texto, que incluye un dibujo original de Pablo Picasso (1881-1973) y el texto introductorio de Juan Larrea (1895-1980) «Profecía de América», del que se imprimieron 1.100 ejemplares, 250 de ellos numerados. La impresión se llevó a cabo en el monasterio de Montserrat, donde la Generalitat de Catalunya había establecido el Hospital del Ejército del Este y Unidad de Imprentas, aprovechando la infraestructura con la que ya contaba el monasterio (un taller que databa del siglo XV).

Vallejo retratado por Picasso.

Juan Larrea cuenta los alguno de los prolegómenos de este libro, en los que también desempeñó un papel importante la buena predisposición y la gestión de la viuda del poeta, Georgette Marie Philippart Travers (1908-1984):

Picasso no conocía a Vallejo. Apenas se produjo la muerte de César, me reuní, una larga tarde, con el pintor y le leí un buen puñado de versos vallejianos. Picasso, profunda y visiblemente emocionado, exclamó: «A éste sí que le hago el retrato». Allí mismo, Picasso, en cosa de diez minutos, acabó varios dibujos del poeta.

En cuanto a las circunstancias en que se llevó a cabo este trabajo, quedan sucinta pero adecuadamente explicadas en la portada del mismo libro:

Soldados de la República fabricaron el papel, compusieron el texto y movieron las máquinas. Ediciones Literarias del Comisariado. Ejército del Este. Guerra de la Independencia. Año de 1939.

Aun así, más jugosas resultan las explicaciones que da Altolaguirre en sus memorias acerca del proceso para fabricar papel empleando unos viejos molinos de la barcelonesa localidad de Orpí, cerca de Capellades (donde actualmente existe un museo-molino papelero) para poder llevar a cabo todas esas ediciones, y, según dice, obtuvo:

un papel precioso. Los trapos viejos triturados y blanqueados se transformaban en hojas blanquísimas de papel de hilo con transparentes marcas de agua. Papel que salía hoja a hoja y que eran colgadas de los cordeles con los mismos ganchos con que las lavanderas cuelgan la ropa limpia. Producción limitada pero sorprendente. El Boletín del Cuerpo de Ejército y su suplemento literario fueron impresos en ese papel de lujo. También editamos varios libros. Entre ellos España en el corazón, de Pablo Neruda; como materia prima para ese libro se usaron banderas enemigas, chilabas de moros y uniformes de soldados italianos y alemanes.

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Y en una carta de noviembre de 1941, que probablemente le sirviera en el momento de redactar sus memorias, incluso aporta Altolaguirre algún detalle más:

el día que se fabricó el papel del libro de Pablo [Neruda] fueron soldados los que trabajaron en el molino. No sólo se utilizaron las materias primas (algodón y trapo) que facilitó el Comisariado, sino que los soldados echaron en la pasta ropas y vendajes, trofeos de guerra, una bandera enemiga y la camisa de un prisionero moro. El libro de Pablo, impreso bajo mi dirección, fue compuesto a mano e impreso también por soldados.

Juan Larrea.

Se suponía que la entrada de los franquistas en el monasterio en febrero de 1939 acabó con todas las ediciones que allí se habían llevado a cabo durante los años de guerra civil. Sin embargo, en 1983 Julio Vélez y Antonio Molino localizaron en el Monasterio de Montserrat cuatro ejemplares de esta obra de Vallejo, que se daba ya por completamente perdida, y al año siguiente la reprodujo en la editorial madrileña Fundamentos (y de 2013 hay un segundo facsímil de la cooperativa Árdora Ediciones, con un epílogo de Alan Smith Soto).

Este texto parafrasea, resume y abrevia las páginas 70-72 de mi A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Fuentes:

Manuel Altolaguirre.

Manuel Altolaguirre, El caballo griego, en Obras Completas I, edición de James Valender, Madrid, Istmo (Col. Bella Bellatrix), 1986.

Manuel Altolaguirre, Las vidas de Pablo Neruda, México, Grijalbo, 1973.

Max Aub, Campo de los almendros, edición de Francisco Caudet y Lluis Llorens Marzo, en Obras completas, vol. III-B, València, Institució Alfons el Magnànim, 2002. El pasaje citado, en p. 337.

Marco Aurelio Torres H. Mantecón, «Poetas en guerra: Neruda, Prados y Vallejo en un curioso sello editorial: las “Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este” (1938-1939)”», en Congreso Internacional La Guerra Civil Española 1936-1939, celebrado en Madrid el 27, 28 y 29 de mayo de 2006, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, edición electrónica.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1995.

Manuel Altolaguirre.

James Valender, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Poetas e impresores, Madrid, Residencia de Estudiantes, 2001.

James Valender, «Pablo Neruda y Manuel Altolaguirre. Notas sobre la primera edición española de España en el corazón», que acompaña la edición facsimilar de este texto, Sevilla, Renacimiento, 2004.

Marko Zouvek, «Los libros perdidos de la República Española», blog personal de Marko Zouvek, 15 de mayo de 2014.

El amigo de Gómez de la Serna que retrató a James Joyce

En la muy difícilmente superable biografía del escritor irlandés James Joyce (1882-1941) de Richard Ellmann (1918-1987) tiene una aparición fugaz un personaje del que apenas se ofrecen datos, pero que quizá sea el único que creó una caricatura de Joyce contando con el asesoramiento del retratado. Cuenta Ellmann:

Los Jolas [Eugene y Maria] querían publicar en [la revista] transition un retrato de Joyce para celebrar su cumpleaños, y Joyce aceptó la idea de que se contratara al artista español César Abín para que hiciera un dibujo. Como el resultado del trabajo de Abín resultó ser a fin de cuentas la clásica imagen del escritor rodeado de sus libros, y envuelto en una bata, Joyce quedó insatisfecho y se pasó quince días seguidos haciendo sugerencias de modificaciones.

James Joyce.

Hay indicios más que sobrados para afirmar que trabajar con Joyce no debía de ser nada fácil, y su biógrafo cuenta incluso los cambios que propuso, así como el origen de los mismos. El hecho de que tomara la figura de un signo de interrogación procede del hecho de que su amigo Paul Léon (1893-1942?) decía de Joyce que cuando se asomaba a una esquina antes de cruzar una calle parecía tal signo; a otro amigo no identificado la cara de Joyce le hacía pensar en la de un payaso con la nariz azul; la idea de mostrarlo tocado con un gorro hongo procede del hecho de que en el momento del retrato estaba de luto por su padre, y eso explica también el número 13 inscrito en él, y también son sugerencias del escritor irlandés que se le mostrara con remiendos en las rodillas del pantalón, para poner de manifiesto su pobreza, y que del bolsillo de la chaqueta le sobresaliera la letra (¿la partitura?) de la canción «Yes, Let Me Like a Soldier Fall» (que aparece fugazmente mencionada en «Los muertos») y que el punto de interrogación fuera un globo terráqueo en el que sólo quedara a la vista Irlanda. Puede decirse, pues, que más que una caricatura realmente creativa que mostrara su interpretación del retratado, lo que hizo Abín fue poner su técnica al servicio de un autorretrato del propio Joyce.

Sin embargo, César Abín (César Jenaro Abín, 1892-1974) tenía ya una cierta experiencia trabajando para escritores más o menos excéntricos, pues uno de sus primeros trabajos fue una caricatura de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), a quien había descubierto en las páginas de la revista del grupo Prensa Gráfica Por estos mundos (1900-1926). Esta caricatura se había expuesto en el Salón Lacoste de Madrid, junto a otras, entre las que figuraba la de Ramón María del Valle-Inclán, y en cierto modo fue su primer gran escaparate, pues hasta entonces sólo había expuesto en el Ateneo de Santander (en 1915) caricaturas de Fernando Cueto, Matilde de la Torre y Concha Espina, entre otros. A ello había que añadir, sin embargo, su participación como ilustrador en El amor de las estrellas (mujeres del Quijote), de Concha Espina (1863-1955), publicado en Renacimiento en 1916.

La célebre imagen de la tertulia del café Pombo, obra de José Gutiérrez Solana.

A través de Ramón Gómez de la Serna entró Abín en contacto con la vanguardia madrileña, y se convirtió en uno de los asiduos de la tertulia del Pombo, a muchos de cuyos asistentes caricaturizó, y en 1917 participaba en el Tercer Salón de Humoristas de Madrid, donde expuso, entre otras, la de Rafael Cansinos Assens (1882-1964), además de empezar a colaborar en el periódico La Tribuna. Con una serie de litografías en las que caricaturizaba a los maestros de medicina de la universidad (Los médicos de San Carlos de Madrid) empezó a ganar algún dinero, mediante el acuerdo con Mateu, Artes Gráficas e Industriales, que se ocupaba de las litografías, y de la legendaria librería Fernando Fe, que las comercializaba.

Pablo Picasso (1881-1973).

En 1924 hizo Abín el por entonces casi prescriptivo viaje a París, donde inició una sólida carrera en la ilustración para los más diversos periódicos y revistas de la por entonces efervescente capital francesa. Sus trazos salpicaron las páginas de periódicos como Le Parisien, Le Journal, Aurore y sobre todo de L’Intransegeant, así como de las revistas Des Lettres, Des Arts, Noir et Blanc o Cine Miroir, pero probablemente accedió a un público distinto gracias a la publicación, hacia 1932 de Leurs Figures. 56 portraits d’artistes, critiques, et marchands d’aujourd’hui avec un commentaire de Maurice Raynal, del que se hizo una tirada de 250 ejemplares numerados en la Imprimerie Muller. Entre los retratados, Jean Casseau, Chagall, Gargallo, Matisse, Miró, Picabia, Picasso…

Poco después del ya referido cumpleaños de Joyce, y la consecuente caricatura a cuatro manos, el nombre de Abín vuelve a asociarse al de Picasso en una edición de 1934 en Denöel et Steele de un libro más extenso, 356 páginas, del cuarto tomo de la colección Tableau XXe Siècle (1900-1933), titulado Lettres, en la que se recoge el epistolario del filólogo y editor literario René Gros (1898- ¿?) con el prolífico crítico, biógrafo y ensayista Gonzague Truc (1877-1972), profusamente iluminado con obra de Axelle, De Bosschère, Cocteau, De Noailles, Picasso, Carlo Rim, Sikorska y Vallotton, entre otros.

Abín permaneció en París hasta la conclusión de la guerra civil española, dedicado también al lucrativo arte de la decoración de restaurantes y otros establecimientos (decoró entre otros el restaurante Mir, que posteriormente fue pasto de un incendio), y no regreso a España hasta que la presión bélica de los totalitarismos no se hizo sentir también en la capital francesa. El 20 de noviembre de 1939 empiezan a aparecer en el madrileño periódico Informaciones las primeras caricaturas de esta etapa de su trayectoria.

Con todo, Abín diversifica entonces su actividad en el campo de la pintura paisajística, las exposiciones, la obra de encargo y dicta en este tramo de su vida alguna conferencia posteriormente recogida en volumen. Antes de su muerte, tuvo tiempo de ser objeto de algunos actos de homenaje, e incluso póstumamente su obra ha sido ocasionalmente expuesta en España.

Fuentes:

Leon Edel, «Psychopathology of Shem», en Stuff of Sleep and Dreams: Experiments in Literary Psychology, Nueva York, Harper-Collins, 1982, pp 112-115.

Richard Ellman, James Joyce, traducción de Enrique Castro y Beatriz Blanco, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 1), 1991.

Esther López Sobrado, Pintura cántabra en París (1900-1936). Entre la tradición y la vanguardia, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, 2012.

Leopoldo Rodríguez Alcalde, Retablo biográfico de montañeses ilustres: Pintores, escultores, arquitectos, músicos, científicos, militares, marinos, eclesiásticos e impulsores, Torrelavega, Ediciones de Librería Estudio, 1978.

Carlos G. Santa Cecilia, «Cinco españoles que conocieron a Joyce», De libros raros, perdidos y olvidados, 14 de junio de 2014.

Cuando Picasso encontró a Balzac, y pintó el Gernika

«Para ser un gran poeta no basta con dominar la sintaxis y no cometer errores gramaticales.»

Honoré de Balzac, La obra maestra desconocida

«Aprende las reglas como un profesional, para poder romperlas como un artista.»

Pablo Picasso

balzac - copiaQuizás en el conjunto de la obra literaria de Honoré de Balzac (1799-1850), la novela breve Le Chef-d’œuvre inconnu (La obra maestra desconocida) sea una rareza, pero sin duda se cuenta entre las más densas en cuanto a significado y una de las que a lo largo del tiempo ha dado pie a una mayor diversidad de interpretaciones, aunque a veces resulte un poco molesta a quienes prefieren conformarse con una imagen estereotipada de la obra del gran escritor francés y ventilan la cuestión etiquetándolo como «autor de novela realista», o se haya convertido en un festín delirante para la crítica feminista.

Es posible que la bellísima novela breve que es La obra maestra desconocida sea una de las víctimas de la grandeza, indiscutibe, de la gran obra narrativa de Balzac

Cuando en agosto de 1831 sale a la luz por primera vez, en las páginas del hebdomadario L’Artiste, fundado por Achille Ricourt y dedicado originalmente a la literatura y las bellas artes, lo hace con el título de uno de sus protagonistas, Mâitre Frenhofer, en un momento en que Balzac se encuentra en una etapa particularmente fecunda, cuando gracias sobre todo al éxito de El último chuan (primera versión de Los chuanes) y La peau de chagrin (Piel de zapa), publicada fragmentariamente en La Revue de Paris y en La Revue des Deux Mondes antes de aparecer en dos volúmenes, se había empezado a reponer de sus desastrosas incursiones en el mundo de la edición y de la imprenta (arrastraba deudas por el intento de publicar las obras completas de Molière y La Fontaine desde 1825). Poco después se consagraría además con Eugénie Grandet (1832) y Les Célibataires (primer título de Le Curé de Tours, 1832).

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La historia es relativamente sencilla: El maestro Frenhofer (el único personaje ficticio) y su amigo el pintor Nicolas Poussin (1594-1665) visitan el taller del joven Porbus (1570-1622), que se encuentra en un callejón sin salida en su intento de completar un cuadro dedicado a santa María Egipcíaca, y tras admirar la obra Frenhofer empuña el pincel la remata brillantemente con un par de toques gracias a su dominio de la técnica pictórica. Sin embargo, también Frenhofer se ha encallado, con el cuadro que tiene en marcha desde hace ya diez años, La belle noiseuse, cuyo objetivo es la belleza femenina perfecta, así que Pousin le sugiere que emplee como modelo a su amante, Gilette. Finalmente Frenhofer podrá completar su obra, pero cuando sus amigos la ven sólo son capaces de advertir un espléndido pie femenino entre un batiburrillo de colores. El desenlace de la historia vale la pena leerlo.

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Sin embargo, los elementos en conflicto los ha resumido perfectamente Eva Rausell, asociándolos a cada uno de los personajes, si bien todo intento de analizar la novela va inevitablemente asociada a una interpretación de la misma que, dada la riqueza y apertura del texto, no excluye otras posibles:

Sus obras [de Balzac], como señala Stefan Zweig, tratan de proporcionar un contraste entre las actitudes del funcionamiento corriente de la sociedad y aquellas otras actitudes que franquean las fronteras de lo establecido […] Los tres personajes de La obra maestra desconocida representan diferentes modelos de conducta artística: el artista moderado que atiende a principios inviolables (Frenhofer), el artista que cuestiona esos principios (Probus) y el aprendiz que oscila entre ambas posturas (Poussin).

Más sintéticamente, Harry Levin ya planteó la que acaso sea la pregunta fundamental a la que debe intentar dar respuesta el lector tras la lectura del relato de Balzac: «¿Es ese pintor un genio incomparable o un charlatán autosugestionado?», porque de ella se derivará una determinada interpretación de la novela, entre las muchas y muy diversas posibles. Quizá en eso consista la «ambigüedad» que algunos críticos atribuyen a la obra, o tal vez sea que, como toda obra clásica, pese al paso de las años sigue siendo vigente porque es capaz de generar nuevas interpretaciones.

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Albert Skira (1904-1973).

Cien años más tarde de la publicación original de esta pequeña joya literaria (una obra de arte desconocida ella misma durante mucho tiempo), cuya influencia se ha señalado en escritores y artistas tan diversos como Cézanne, Hawthorne («El artista de lo bello»), Zola (La obra) o incluso Henry James («La madonna del futuro»), quien en Notes on novelists definió a Balzac como «el primero y más destacado miembro de su oficio», el genial galerista, marchante y editor Amboise Vollard (1866-1939), que en 1901 había organizado la primera exposición de Pablo Picasso (1881-1973) en París y a quien el pintor malagueño había retratado en un célebre cuadro fechado en 1910, le propuso a Picasso hacer una edición ilustrada de la novela breve de Balzac. Acababa de aparecer, en las exquisitas ediciones Skira de Lausana, la edición de las Metamorfosis de Ovidio con una treintena de aguafuertes picassianos en los que había dado rienda suelta a su fascinación por la figura taurina, y a la vista del éxito (artístico, me refiero) la opción de ilustrar una nueva obra literaria tenía mucho sentido.

Conociendo un poco los intereses de Picasso, por aquel entonces un artista de fama internacional, no es extraño que el proyecto despertara su pasión creativa, pues a nadie escaparon las concomitancias entre el personaje del maestro técnicamente sobresaliente cuya inspiración no es cabalmente comprendida y la situación que Picasso había experimentado en determinadas épocas de su vida (y que, de hecho, en realidad le acompañarían en mayor o menor medida siempre).

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Pablo Picasso.

La obra publicada por Vollard contiene dos series de grabados, doce aguafuertes creados en 1927 (salvo uno de 1931) y sesenta y cinco dibujos de 1924 que Vollard hizo grabar en madera a Georges Aubert (1866-1961), y posteriormente hizo también una edición separada, en una carpeta, de los trece aguafuertes. Como bien se comprenderá, la obra de Picasso no se somete a la creación del genio literario, no se trata de ilustraciones al uso, de imágenes que muestren en forma gráfica lo que Balzac ha creado mediante la palabra, sino que se trata en cierto modo de lo que podrían llamarse «variaciones sobre el mismo tema», obras de Picasso en las que se expresan sus propias ideas, y que el pintor consideró corroboradas por la breve novela de Balzac. Es decir, Picasso reconoció en la obra del escritor francés algunas ideas que llevaban ya tiempo rondándole por la cabeza,

Valgan como colofón, unas palabras del apasionado picassiano Palau i Fabre en las que subraya la coincidencia, una más, entre el escenario de la novela de Balzac y el lugar de nacimiento de uno de los cuadros más impactantes y legendarios del siglo XX:

…es muy posible que el taller de Porbus, con el que comienza la narración [«Una fría mañana de diciembre, hacia finales del año 1812, un joven muy modestamente vestido deambulaba ante la puerta de una casa situada en la Rue des Grands-Augustins, de París»], sea el mismo que ocupó Picasso a partir de 1937, en el número 7 […] Todos los detalles coinciden, y la escalera de caracol es la misma que yo subí en los años treinta […] Por desgracia, y a pesar de la leyenda que lo aureola –es el taller donde se pintó el Gernika–, el artista fue expulsado de él en 1966.

 

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Josep Palau i Fabre.

Honoré de Balzac-Pablo Ruiz Picasso, La obra maestra desconocida, diseño de Eva Mutter, edición al cuidado de Nilda Echarri, prólogo de Josep Palau i Fabre y traducción de Javier Albiñana, Barcelona, Círculo de Lectores, 2000.

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Frontis de la sobrecubierta.

Fuentes adicionales:

Patricio Álvarez Aragón, «La obra maestra desconocida: el juicio estético de Honoré de Balzac», Cultura colectiva, 15 de agosto de 2014.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451, núm. 22), 1974.

Eva Rausell, «Honoré de Balzac: la obra maestra desconocida», La activa minoría, 13 de enero de 2015.

Graham Robb, Balzac. A biography, New York, W.W. Norton, 1996.

Canyameres, Simenon y Picasso en París

El 26 de junio de 1942 está fechado un documento por el cual el escritor y editor Ferran Canyameres (1898-1964) se hizo, por 40.000 francos, con los derechos de traducción al catalán y al castellano de las obras del narrador belga de expresión francesa Georges Simenon (1903-1989), a quien por carta había consultado acerca de la situación de esos derechos a principios de ese mismo año. Por muy poco, al parecer, Canyameres se adelantó a las intenciones de Carlos Sentís.

Georges Simenon

Según cuenta Gustau Erill i Pinyot en la minuciosa biografía que dedicó a Canyameres, finalmente se conocieron el 5 de marzo de 1942 cuando, al saber que el creador de Maigret estaba descontento con las traducciones peninsulares y deseoso de contar con un único traductor para su obra, le visitó en La Vendée.

Canyameres en su época bohemia.

Hasta entonces, la experiencia como editor de Canyameres (“un personaje de veras novelesco», en palabras de Salvador Cardús) se limitaba a la obtenida durante su primera estancia en Francia en la preparación de la revista Plançons. Revue franco-catalane d´Art et de Litterature, de la que el número de marzo (en cuyo índice figuraban Marcel Sauvage, Guillaume Apollinaire, Joseph Rivière y el propio Canyameres entre otros) fue el único que llegó a publicarse, pese a anunciarse una periodicidad mensual. Sin embargo, Canyameres acumulaba una amplísima y heterogénea experiencia laboral, entre en la que en el ámbito de las letras se contaba su actividad como articulista, autor de novelas sentimentales y pornográficas (con seudónimo), como “negro” (o autor fantasma) de traductores y autores, empleado en Hachette primero como mensajero y posteriormente –a instancias de Vicente Blasco Ibáñez– como traductor, y como poeta.

Exiliado como consecuencia del resultado de la guerra civil española, y regresado a una Francia muy distinta a la que había conocido en sus años de bohemia, a Canyameres los derechos sobre las obras de Simenon le permitieron empezar a pensar seriamente en la posibilidad de convertirse en editor. Tras enrolar como administrador a Pere Ballbé, creó en París Edicions Albor, y en agosto de 1942 ya recibía la traducción de Joaquim Ventalló de Diario de Katherine Mansfield, una autora a la que Josep Janés había dado a conocer en la Península durante la guerra civil en su Biblioteca de la Rosa dels Vents.

La intención de editar en París traducciones al catalán con el propósito de poner a disposición de los exiliados y sobre todo de los catalanes del interior obras de calidad, y con la perspectiva de, en cuanto terminara la guerra y –convencido como estaba de que los aliados liberarían a España de Franco– proseguir su labor en Barcelona.

Rafael Tasis

Erill reproduce en su libro una interesantísima carta de julio de 1943 en la que Canyameres expone el proyecto al escritor Rafael Tasis (1906-1966):

Esta editorial, para las materias que lo requieran, se asesorará para los elementos técnicos que considere oportunos y solicitará la colaboración de ilustradores y escritores catalanes exiliados, tanto para las ediciones de sus obras inéditas como para la reedición de algunos autores clásicos o modernos de la literatura catalana.

La idea inicial era hacer ediciones dobles: una de bibliófilo destinada a la venta inmediata en Francia, y otra general destinada a los lectores de Cataluña, que quedó en agua de borrajas. Pero los primeros títulos responden realmente a los planteamientos anunciados en la carta citada: Tras publicar cincuenta ejemplares de Tot l´any. 12 estampes barcelonines (1945), de Rafael Tasis, con 13 litografías de Antoni Clavé, aparecieron en Arbor otros 55 de Paisatges (1945), que contiene 14 poemas de otros tantos autores (entre ellos, Josep Carner, Gabriel Alomar, Josep M. López-Picó, Joan Maragall…), con 14 litografías de Martí Bas (1910-1966) y prólogo de Feliu Elias (que lo firma como Joan Sacs), pero tiene además en marcha una buena media docena de obras en la que estaban implicados, además del impresor catalán afincado en París Julià Grifé, escritores como Just Cabot, Rafael Tasis, Antoni Romigosao Joan Reventós y artistas como Emili Grau-Sala, Joan Rebull, Pau Planas, Pablo Picasso…

Deux contes (1947), ilustrados por Picasso.

Mientras las traducciones de las obras de Simenon, a las que el propio Canyameres se ocupa de unificar el tono, avanza pero obtiene una moratoria para posponer su publicación hasta que pueda hacerlo en España, Canyameres publicará en Albor algunas obras excepcionales.

De 1947 es la edición de Deux Contes: Le Centaure Picador et Le Crepuscle d´un faune, de Joan Reventós y traducidos por Canyameres. Se trata de un volumen del que se tiraron 250 ejemplares en el que acompañaban los textos 4 grabados al buril a toda página obra de Picasso y otros varios en el texto, y que se distribuía en una bella caja de madera, atada con cinta. Es una versión lujosa del mismo texto que Albor publicó en catalán, y también con la colaboración, más modesta, de Picasso. Roger Lacourier fue quien imprimó esta pequeña joya.

Del año siguiente es Ofrena a París dels intelectuals catalans a l´exili, un volumen de 23 x 18, de 116 páginas, con 36 ilustraciones de Fermí Palau, Ignasi Vidal, Pere Creixams y Pablo Picasso entre otros, y grabados de Picasso, Feliu Elias, Eugeni Foz, etc. Los textos alternan poesía (Carner, Corominas) y prosa (Xuriguera, Pere Vigués).

Y también de 1949 es Barcelona a vol d´infant, de 33 x 26 (46 páginas), con frontispicio, viñetas, capitulares y culs-de-lampe de Emili Grau Sala, una serie de litografías en color que llevaron a cabo en prensa manual los impresores de arte Edmond y Jacques Desjobert, y que acabó Grifé. De este último título se tiraron cien ejemplares numerados en papel de hilo.

El estímulo inicial de Canyameres, publicar la obra Simenon, un valor seguro, y a partir de ahí dar entrada a la gran literatura europea en la Península, se vio frustrada por la actitud de las potencias aliadas ante la dictadura franquista. Ya en 1949, llegó a un acuerdo con la editorial Aymá para que empezaran a publicar en castellano, en una colección Albor, las obras de Simenon que tenía listas para imprimir, a la espera de que pudiera trasladar su Albor a Bareclona (circunstancia que se dio en 1952).

Sin embargo, la espléndida labor que llevó a cabo Canyameres en París como editor de libros excepcionales sigue siendo, pese al excelente trabajo de Erill, muy poco apreciado y valorado.

Fuentes

Canyameres en su madurez.

Jaume Aulet, «Ferran Canyameres. la trayectoria intelectual de un escritor catalán en el exilio francés”, Exils et migrations ibériques au xxe siècle,  núm. 6 (1999), pp. 227-247.

Ferran Canyameres, Diari íntim, Barcelona, Pòrtic, 1972.

Gustau Erill i Pinyot, Ferran Canyameres. Entre la memoria i l´oblit, Barcelona, Òmnium Cultural-Baula, 1999 (2ª ed.).

José Oliva, «Dos cartas inéditas de Simenon destacan en la BCNegra«, La Vanguardia, 31 de enero de 2014.

David Paradela López, «Simenon, entre Canyameres i Sentís«, El Trujumán, 20 de diciembre de 2011.

David Paradela López, «La traducción según Carlos Sentís«, Malapartiana, 27 d enero de 2012.

Xavier Pla, «Ferran Canyameres, la creació de l´Editorial Albor y la fábrica Simenon«, Quaderns. Revista de Traducció, núm. 16 (2009), pp. 75-86.

El editor censor (en el centenario de Charles Orengo, primera parte)

Es muy difícil que en una trayectoria editorial un poco amplia y con una cierta vocación cultural no se detecte fácilmente una cierta orientación ideológica, e incluso política. Sin llegar a los extremos de Carlo Feltrinelli, en España son elocuentes, por ejemplo, los casos de Crítica, Pasado & Presente, Ruedo Ibérico o, ya en el nombre elegido para la editorial, en el de Ediciones Libertarias. En este sentido, sin embargo, Charles Orengo (1913-1974) resulta en Europa quizás el caso más escurridizo y asombroso. Pero no es extraño que su centenario pase desapercibido incluso en Francia.

Póster publicitario de la época.

La prehistoria de este editor nacido en Mónaco reside en sus muy modestas colaboraciones como redctor en la prensa local en Niza (Le Petit Niçois y L´Éclarieur), antes de entrar en contacto con la Agencia Havas monegasca cuando empieza a trabajar para la revista de promoción turística Rives d´Azur y para la guía telefónica de su país, y es allí donde entra en contacto con Alice Clauvet, directora en Mónaco de la agencia.

Con el inicio de la invasión alemana, conocida como Ocupación (1940), Orengo se convierte en agente de los servicios exteriores del control de prensa creados por el Ministerio de Información en 1939 (con Daladier) para evitar la entrada en Francia de prensa comunista, judía o antinazi. Destinado inicialmente a la forntera franco-suiza y con contrato como jefe adjunto en la CPF (Censure Principal Française), Orengo no tarda en llamar la atención de sus superiores en Vichy por hacer la vista gorda ante algunas obras de Louis Aragon, Paul Claudel o Paul Eluard, y singularmente por las publicadas en la colección Cahiers du Rhône, dirigida por el crítico literario Albert Béguin para las Éditions de La Baconnière. No sólo eso, Orengo hace algunas sugerencias curiosas a los editores suizos para evitar la reacción de Vichy, como por ejemplo cambiar las menciones a Jacques Maritain (exiliado en Estados Unidos) por «M. Jacques», pues en Francia todo el mundo entendería la alusión.

En otoño de 1942, Orengo es convocado por el ministro Pierre Laval, recibe una reprimenda y a continuación se dispone a regresar a Mónaco, pero, sin que hasta ahora parezcan claramente establecidas las circunstancias, es detenido por los italianos, encarcelado en Cunéo (Piamonte) y luego en un campo de internamiento en Embrun (Hautes-Alpes), de donde sale con la capitulación italiana en septiembre de 1943.

En octubre de 1943 está de nuevo trabajando para el Ministerio de Información, en Annonay, e inmediatamente pone en marcha una Societé Les Livres Merveilleux que tendrá una trayectoria un tanto errática, pero arrancará ese mismo año con tres colecciones de libros que no pagan derechos de autor: Les Reines de France (con obras de Gabriel de la Rachefoucauld, Sixte de Bourbon y Auguste Bailly) y un libro de fotos fuera de colección sobre Les Chateaux de la Loire con prefacio de H. Bunjes. Entre 1944 y 1946 aún publicaría algunos otros títulos: uno de Henry Bordeaux en una colección llamada Les Grandes Favorites, ocho de Classiques Illustrés (Perrault, Balzac, Georges Sand…) y otro más ya en 1948 en una colección sobre Les Grands Peintres Modernes et le Livre que es quizás uno de los más interesantes que publicaría en la inmediata postguerra Charles Orengo, Vingt poèmes de Góngora traducidos por Zdislas Milner con veinte grabados de Pablo Picasso. Se tiraron de este último libro 275 ejemplares sobre distintos papeles, y en cada caso numerados. La maqueta de la encuadernación se conserva y puede verse con el ejemplar existente en la Bibliothèque Nationale de France.

André Maurois con Jean Duhamel

Volviendo al otoño de 1943, en noviembre funda las Éditions de Rocher con su madre (Leontine Jaspard), el impresor Jean Bétinas (1914-1984), Jean Mistler (que pone 20.000 francos), Alice Chauvet y con un prestamo de 500.000 francos (¡sin intereses!) de la editorial francesa Plon. La jugada resulta bastante buena: Domiciliada en un país (Mónaco) que no está sometido a las duras restricciones de papel ni a la censura que imperan en Francia, Éditions du Rocher puede mantener vivo el catálogo de Plon mediante un sistema de cesiones que le permite, por ejemplo, estrenarse en enero de 1944 con una obra del por entonces prestigioso Jean Duhamel, Paroles de Médecin. No se trata de un libro literariamente brillante, pero sí de un cierto interés bibliográfico (quinientos ejemplares en cuarto impresos por Jean Betinas sobre papel de hilo fabricado por Johanot), que contiene siete artículos acerca de la vida como médico de Duhamel y que habían aparecido previamente en publicaciones periódicas. Luego vendrían, aún durante la guerra, Baudelaire (Poèmes, ilustrados por Paul Charlemagne y con introducciones de Jean-Daniel Maublanc y Charlemagne), Ronsard (Poèsies, ilustradas por Couturier), Pierre Emmanuel (Hymne à la France, ilustrado a color por Jean Zack), Charles-Ferdinand Ramuz (Passage du poète), Jean Giraudoux (Écrits dans l´ombre, Sans pouvoirs), Racine (una Phèdre ilustrada por Zack), Mauriac (Pages de Journal), Colette (cuatro nouvelles con el titulo Broderie ancienne), Aldous Huxley (L´Eminence gris, traducida por Jean Castier), Chamfort, Merimée, Stendhal… Es decir, obras libres de derechos o ya editadas previamente por Plon pero cuya reimpresión en Francia estaba prohibida o topaba con dificultades debido a los cupos de papel asignados.

Placa de Éditions du Rocher en su sede monegasca. Foto de Eric Dulière publicada originalmente en Nice Matin.

Lo que resulta más curioso es que este censor que propiciara la entrada en Francia de libros prohibidos por izquierdosos o judeizantes, o que incluso los publicaba él mismo, al conlcuir la guerra y una vez restablecida la democracia se convertiría en uno de los principales puntales de la divulgación de autores de extrema derecha, a menudo cedidos por editoriales como Plon o Stock, que, debido a su pasado colaboracionista, hasta 1948 no podrían recuperar su actividad más o menos normal.

Fuentes:

Pierre Assouline, L´Épuration des intellectuells, Bruselas, Complexe, 1985.

Jérome Dupuis «Le livre noir de l´édition«, entrevista a Jean-Yves Mollier en L´Express. Existe una traducción en Anaclet Pons, «Historia del libro y de los editores que lo publican«,  en Clionauta. Blog de historia, fechada el 20 de octubre de 2008.

Pascal Fouché, L´Édition Française sous l´Occupation 1940-1944, Bibliothèque de Littérature Française Contemporaine (Université de París-7),vol. I, 1987.

Pascal d´Ory, Les collaborateurs. 1940-1945, París, Seuil, 1976.

Pascal d´Or y Jean François Sirinelli, Los intelectuales en Francia: del caso Dreyfus a nuestros días, Universitat de València, 2007.

Winock, Michel, Le siècle des intellectuels, París, Éditions du Seuil (Points, Série Histoire), 1999. Existe traducción al castellano de Ana Herrera (El siglo de los intelectuales, Barcelona, Edhasa, 2010.

De las dos partes de este texto se hizo una edición en papel que se publicó en diciembre de 2013 en la revista Trama & Texturas, número 22.