Josep Salvador, linotipista y editor en Toulouse

A Adrià Pujol Cruells, escriptor empordanès

Al término de la guerra civil española y hasta la liberación de Francia, Toulouse se convirtió en uno de los más interesantes centros editoriales en lengua española, si bien el traslado progresivo de muchos escritores e intelectuales a París hizo que esta condición quedara luego debilitada. Aun así, la vitalidad cultural de los centros de refugiados, a menudo de marcado cariz anarquista, duró aún varias décadas. En Cataluña, por ejemplo, en la inmediata posguerra fue posible sintonizar Radio Toulouse y tener oportunidad de escuchar las emisiones que durante tres meses hizo en catalán el luego importante librero y editor Antonio Soriano (1913-200), que luego regentaría la célebre Librería Española de París.

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Fue precisamente Soriano quien, con la colaboración de Josep Salvador Puignau (1908-1974)m creó en Toulouse el Centro de Estudios Económicos Toulouse-Barcelona, que José-Luis Morro Casas ha descrito como: «Una especie de Ateneo en el que se realizaban conferencias, cuyo éxito fue tal que la gente casi vivía pendiente de las mismas. Allí hablaron hispanistas como [Jean] Cassou, Henri Lefevre, Bruinstard..», y prosigue más adelante:

A Soriano se le ocurre crear una librería. Le venían a la memoria aquellos años en que fue bibliotecario en Barcelona; volvía a tener la oportunidad de encontrarse con lo que le fascinaba, la obra impresa. Junto a su amigo José Salvador, funda la Librería Española, ubicada en la rue D’Arcole número 1. No sin problemas lograron que un amigo ciudadano francés de origen español, Luis Surères, gestor de profesión, se prestara a regentarla. […] Soriano encontró el filón; con una maleta llena de libros franceses se encaminó hacia Andorra, donde aún quedaban remanentes de libros españoles anteriores a la guerra civil y logró cambiarlos por libros sobre la Civilización Española del Instituto Gallach, que se encontraban a miles. A la vuelta los vendieron enseguida, no quedando más remedio que hacer varios viajes a Andorra por semana.

Cuando Soriano se marchó a París, quedo al frente de la librería en Toulouse Josep Salvador, quien a los dieciocho años se había trasladado de su Palafrugell natal a Barcelona, desde donde se trasladó luego a París para formarse en artes gráficas durante la dictadura de Primo de Rivera. Además de aprender el francés, en esta etapa aprende también esperanto, y a su regreso imparte clases de esta lengua en el Ateneu Enciclopèdic Popular de la barcelonesa calle del Carme. En 1935 crea con un socio una imprenta en la calle Aribau de la misma ciudad, donde trabajará hasta su intervención en la batalla del Ebro y su posterior exilio a Francia en febrero de 1939.

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Campo de concentración en Barcarès.

Tras su paso por los campos de concentración en las playas de Argelés y Barcarès, es enrolado en una compañía de trabajo e inicia entonces un periplo por diversos grupos de trabajadores españoles. Según explica Javier Campillo Galmés en el magnífico estudio que dedicó a Salvador: «El 25 de septiembre de 1944, un mes después de la liberación de Toulouse, Salvador es dispensado de su pertenencia al Grupo 562 de Trabajadores Extranjeros. Salvador adquiere el estatuto de refugiado apátrida, dependiendo del Ministerio de Exteriores francés». Y es un par de años después, en agosto de 1946, cuando inicia trámites para crear en la Librairie des Éditions Espagnoles, mediante la creación de una sociedad en la que inicialmente participaban también Soriano, Solères, Fernand Vargas y Amadeo Vives. Siguiendo de nuevo a Campillo Galmés:

Un recorte de prensa de la época recoge los dos objetivos de la librería: por una parte, favorecer la difusión de las publicaciones españolas entre el público francés y, por otra, ayudar a los intelectuales españoles mediante la edición de sus obras. Se dice incluso que «cuando España sea libre, una casa análoga se abrirá más allá de los Pirineos, lo que contribuirá a un activo intercambio cultural entre nuestros dos países»

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Diseño de ArgÑuelles para una exposición en Toulouse en 1947.

La edición pues de libros, asumida por Soriano y Salvador como un deber moral, se inicia en 1947 con la publicación en el sello Librairie des Editions Espagnoles de Tres mesos i un dia a Nova York, de Josep Mª Poblet (1897-1980), Goya: sa vie, son ouevre, son temps…, de Domènec de Bellmunt (1903-1993), con una serie de muy famosos Boletines Bibliográficos (preciada compilación de libros publicados en español) y la muy celebrada colección La Novela Española, quizás la mayor contribución de la LEE a la edición en lengua española, a la que en 1948 se añade una colección dirigida por el hispanista Pierre Darmangeat dedicada a los clásicos españoles (Tirso, Garcilaso, Zorrilla, etc.), todas ellas impresas en Toulouse. Poco después se empiezan a imprimir también en París, es de suponer que bajo la supervisión de Soriano, que ya se había establecido allí, con indicación editorial «París-Toulouse: Librairie des Éditions Espagnoles». Las primeras obras son tres conferencias de peso: La lengua y la cultura en Hispanoamérica (1951), de Ángel Rosenblat, El sentido del Lazarillo de Tormes (1954) de Marcel Bataillon y El romanticismo y el siglo XX (1955) de Pedro Salinas.

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La famosa colección La Novela Española la dirigía inicialmente el excolaborador de La Revista Blanca, Umbral y, ya en Francia, el parisino El Heraldo de España Antonio Fernández Escobés, y la constituían pequeños volúmenes de 16 x 12 de entre treinta y cuarenta páginas en las que el texto de relatos y novelas breves aparecían compaginados a doble columna y con portadas diseñadas y dibujadas por el cartelista Antonio Argüello. A la muerte de Fernández Escobés le sustituyó en la dirección Ezequiel Endériz. Tras estrenarse con la cervantina Rinconete y Cortadillo, entre 1947 y 1949 La Novela Española publicó mensualmente una amplia combinación de clásicos indiscutibles (para cumplir con el propósito de dar a conocer la cultura española en el país de acogida) con novelas breves de autores exiliados (a los que se pretendía ayudar en alguna medida). Así, junto a obras de Lope de Vega o Quevedo, aparecen antologías poéticas de Federico García Lorca y Machado y obras de Alejandro Casona, Victor Alba y Ramón J. Sender, entre otros escritores exiliados hoy menos conocidos.

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Victor Alba, Diálogo sin testigos (1947).

Tal fue el éxito de estas ediciones, en papel de muy baja calidad y a un precio inicial de 25 francos, que a partir de la segunda serie, iniciada en enero de 1948, se empiezan a publicar dos títulos mensuales (y a 30 francos), pero, como explica Francisca Montiel Rayo, esta ambiciosa empresa, que se vio pronto en la necesidad de implementar una segunda subida de precio que lo situaría en los 50 francos, fue bastante difícil:

El encarecimiento del precio del papel, el pago del diez por ciento de las ventas acordado con los autores, la imposibilidad de vender en Francia las tiradas completas de las ediciones –que llegaron a alcanzar los cinco mil ejemplares– y los problemas que entrañaba su distribución en América –expansión que intentó poner en marcha Fernández Escobés– fueron algunas de las dificultades que marcaron la vida de la colección.

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Victor Alba, La muerte falsificada (1948).

Antes de cerrar la colección esta se atrevió incluso a estimular la creación literaria entre sus lectores con la convocatoria un Premio Antonio Zozaya dotado con diez mil francos y cuya obtención comportaría la publicación de la obra. Según se anunciaba ya en la contracubierta del número 12:

Acontecimiento literario. Continuando con su obra de divulgación de la cultura española, para corresponder al favor creciente que recibe de sus numerosos lectores y para excitar la producción literaria dando a los jóvenes escritores la oportunidad de darse a conocer, La Novela Española, de acuerdo con un prestigioso periódico del exilio [¿L’Espagne?], estudian las bases de un concurso literario que llevará por título el nombre del insigne escritor Antonio Zozaya, rindiendo así un merecido homenaje a esta figura señera del periodismo y la literatura española contemporánea [que hacía poco, en 1943, había muerto en su exilio mexicano].

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El premio lo ganó Andrés María del Carpio (autor en 1931 de la música del «Himno a Andalucía») con la obra El Españolito, cuya extensión excedía en mucho la habitual en la colección, y quizá eso contribuyera a que no llegara a publicarse, aun cuando los miembros del jurado describieron al autor como un «escritor español, agudo y original, muy conocido y apreciado en la vida literaria de París» y expresaron su convencimiento de que no sería éste el último triunfo que obtendría. Andrés María del Carpio dejó abundante material inédito acerca del lenguaje, el cante y las costumbres andaluzas, pero antes de su muerte vio publicadas una variopinta serie de obras, como Juan García Morales, presbítero. Algunos rasgos del hombre y de su obra (Lyon, Imprimerie Juhan, 1946), Sonoridad del castellano (Madrid, Marsiega de Artes Gráficas, ¿1955?), Cartas galas. Febrero de 1939- julio de 1940 (Madrid, Ediciones Iberoamericana, 1960), La espera interminable (julio de 1940-septiembre de 1944), Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1964 o El canto del gallo. Ensayo de fonética descriptiva galla (Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1970).

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Josep Salvador en 1952.

Por su parte, concluida La Novela Española, Salvador prosiguió con su labor de difusión y apoyo a las culturas peninsulares, y así por ejemplo en 1952 la librería se convirtió en una de las principales organizadoras de los Jocs Florals de la Llengua Catalana en el exilio, año en que recibieron los premios ordinarios Joan Barat (1918-1996), Edmon Brazès (1893-1980) y Albert Manent (1930-1914).

Sin embargo, no por ello abandonó Salvador su trabajo como linotipista en La Dépeche du Midi (donde ya había empezado a trabajar en 1944, cuando se llamaba La République du Sud-Ouest). La vida de este infatigable embajador en Toulouse de la cultura española llegó a su fin en febrero de 1974, poco antes de la muerte del dictador, y sus restos descansan en el cementerio municipal de Bourg St. Bernard. Es hasta cierto punto comprensible, pues, que buena parte de la cuantiosa documentación generada por la actividad de Salvador se conserve en el Instituto Cervantes de Toulouse. Sin embargo, otra parte de su legado se encuentra repartida, como es lógico, entre la Biblioteca de Catalunya y el Ajuntament de Palafugell.

Fuentes:

Anónimo, «Donen 74 llibres editats a l’Estat francés per un palafrugellenc», Avui, 17 de mayo de 2010.

Michel Baglin, «C’était la librairie des réfugiés espagnols à Toulouse», Texture, 18 de abril de 2009.

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Alejandro Casona, Flor de leyendas (1947).

Javier Campillo Galmés, «Josep Salvador, librero y editor del exilio en Toulouse», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García (eds.), El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario)-Editorial Renacimiento, 2011, pp. 921-930.

Javier Campillo, «Josep Salvador y la Librairie des Editions Espagnoles de Toulouse».

Francisca Montiel Rayo,  «Semblanza de La Novela Española (1947- 1949)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

José Luis Morro Casas, «Antonio Soriano: los libros, su vida», en Alicia Alted Vigil y Manuel Aznar Soler, eds., Literatura y cultura del exilio español de 1939 en Francia, Salamanca, AEMIC (Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Contemporáneas)- Gexel, 1998, pp. 391-404.

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Joaquín Maurín, el traductor y su sombra

Acerca de lo que David Paradela llamó “Todos los hombres de Janés”, es decir la pléyade de ilustradores, correctores y sobre todo traductores a los que el editor catalán auxilió encargándoles trabajos en lo más duro de la posguerra, siguen habiendo algunos de los que sabemos poco más que el nombre, pese a que es un tema que se explora y analiza en casi todos los libros y artículos que se han dedicado a Josep Janés, y sobre el que aparece también referencias dispersas en numerosos textos memorialísticos y autobiográficos.

J. Maurín.

En el rico espistolario entre quien fuera secretario general de la CNT y del POUM, Joaquín Maurín (1896-1973), y el escritor exiliado Ramón J. Sender (1901-1982) que editó Francisco Caudet, hay una anotación interesante en este sentido. Cuando en funciones de agente literario no oficial, Maurín estimulaba a Sender a intentar publicar su obra en España, le dice en dos cartas separadas por casi dos años:

Podría ver si algún editor con el que yo estuve en contacto en España –hacía traducciones– podría interesarse por algo suyo. Usted verá, y podría ser algo a explorar, sin que me atreva a prever los resultados. [Carta del 7 de septiembre de 1953]

Creo como tú –más que tú– que tus novelas en España se venderían –se venderán– muchísimo.

La primera proposición la haría al editor de Barcelona –José Janés– que edita el libro de Bertram D. Wolfe [Tres que hicieron una revolución, 1956, traducido por Manuel Bosch Barrett y Fernando Barangó Solís]. Es un antiguo amigo mío: me dio trabajo cuando salí de prisión. Espero que –si no hay “veto” político– acepte la propuesta que le haga. [Carta del 9 de junio de 1955]

Ramón J. Sender.

Esa amistad entre Janés y Maurín, que explica que el editor barcelonés estuviera en un tris de convertirse en el editor en España de la obra de Sender –si la censura no se hubiera interpuesto– hay que situarla en el año 1946, cuando, después de un periplo por cárceles españolas (ocultando su auténtica identidad para evitar males mayores), Maurín, condenado a treinta años por inducción a la rebelión, fue indultado y salió en libertad vigilada y con la obligatoriedad de residir en Madrid.

Fue la madre de otro militante del POUM que traducía para Janés ya en la cárcel (Víctor Alba) quien propuso a Maurín que se pusiera en contacto con el editor y aprovechara sus amplios conocimientos lingüísticos para ofrecerse como traductor.

Sherwood Anderson

Naturalmente, el nombre de Joaquín Maurín no figura en ningún libro publicado por Janés, pero hay un buen indicio para identificarlo, por lo menos, como el traductor de una obra del corresponsal de guerra e historiador Alan Moorehead (1910-1983), un conjunto de relatos del narrador escocés A.J. Cronin (1896-1981), una novela de Phyllis Bottome (1884-1963) y otra semiautobiográfica del maestro de la pieza breve Sherwood Anderson (1876-1941).

En una entrevista publicada originalmente en 1977, Luis Portela recordaba haber coincidido con Maurín en 1946 y, ante el ofrecimiento de ayuda económica del partido para paliar las evidentes estrecheces por las que pasaba, Maurín la rechazó alegando que iba defendiéndose a base de traducciones. Preguntado acerca de los títulos en los que podía estar trabajando, declara Portela: “Una de las cosas que tradujo fue un libro sobre el mariscal Montgomery, porque me habló justamente del tipo, del personaje. Otras cosas no sé”.

Inédita, 2009.

Para un conocedor de los catálogos janesianos esa referencia remite sin duda posible a la biografía de Alan Moorehead que publicó Janés en el año 1947 en la colección Los Libros de Nuestro Tiempo, que apareció firmada por un inexistente Mario G. Alcántara. Ese mismo título, Montgomery, fue mucho más recientemente publicado en la editorial Inédita (en traducción firmada, curiosamente, por “Mario G. Alcántara y Miquel Salarich“) en 2009.

Los otros tres libros existentes en los catálogos de Janés firmados por Mario G. Alcántara son: Señal de peligro (1947), de Phyllis Bottome, el libro de relatos Las aventuras de un maletín negro (1947), de A. J. Cronin, y la novela de Sherwood Anderson Tar (en el original inglés, con el subtítulo “A Midwest Childhood”), publicada ya en 1948.

Sobrecubierta de Joan Palet para Señal de peligro.

Por tanto, de entrada podemos añadir un nuevo pseudónimo a los que hasta ahora se le conocían a Maurín (Silivio Kosti, Máximo Uriarte, J.M. Julià, etc.).

Por otra parte, en carta a Manuel Sánchez fechada el 12 de marzo de 1947, escribe Maurín:

Recibí tu carta a su debido tiempo. Perdóname que te conteste con algún retraso. La verdad es que no me queda materialmente tiempo. El trabajo de traductor es absorbente. Lo hago por fuerza, porque no me queda otro remedio.

Teniendo en cuenta la extensión de las obras firmadas como Mario G. Alcántara, y si tan intensamente trabajaba Maurín en estas labores, cabe incluso la posibilidad (tampoco muy probable) de que sea también el autor de alguna otra traducción firmada con otro seudónimo o sin indicación del traductor.

Sin embargo, cuando finalmente ese año 1947 Maurín consigue salir de España y establecerse definitivamente en Nueva York, no cesa el contacto con Janés. Francisco Caudet reproduce un fragmento de una carta de Maurín a Janés, que fecha en enero de 1950, que pone de manifiesto la participación del entonces agente literario y periodista en el Premio Internacional de Novela que Janés había instituido (y que se caracterizó por premiar obras que luego eran censuradas e imposbles de publicar: Rabinad, González Ledesma, etc.):

Tal como le dije verbalmente, deseo que mi novela Los compañeros de prisión vaya al concurso organizado por usted llevando la firma Mario Tiznel. En caso de salir premiada, si por razones editoriales fuese más conveniente darla con mi nombre, podríamos estudiarlo.

Janés, 1947.

En 1999, el Instituto de Estudios Altoaragoneses recuperó dos obras narrativas de Maurín,¡Miau!: historia del gatito Miscelánea (narraciones escritas en la prisión de Jaca) y May: rapsodia infantil (escrita en las de Salamanca y Modelo de Barcelona), y en 2003 la exquisita colección Larumbe publicó Algol en edición preparada por Anabel Bonsón Aventín, pero se sabe además de otras obras narrativas escritas en esos años por Maurín, entre ellas: “Valentín”, el primer relato de En las prisiones de Franco (México, Costa-Amic, 1974, con prólogo de Germán Arciniegas), y Amor y comedia (manuscrito en la Biblioteca del  Bryn Mawr College).

Víctor Alba (1916-2003), correligionario y buen amigo de Maurín, con quien coincidió en la Modelo, dejó escrito en sus memorias acerca de uno de sus primeros encuentros en la prisión:

Un día Kim [Maurín] me dijo que estaba escribiendo un libro (en hojas de papel higiénico, para poder ocultarlo si era preciso). Pude leerlo unos años después (me encargué de sacarlo del país) y lo encontré acertado en muchos aspectos”.

Victor Alba

Víctor Alba no menciona ningún título, pero es posible que aluda a lo que entonces era Los compañeros de prisión y que acabaría publicándose en México como En las prisiones de Franco.

De ello puede deducirse que Maurín y Janés seguían en contacto ininterrumpido, y permite interpretar razonablemente el ofrecimiento que Maurín hizo de la obra narrativa de Sender precisamente a Janés como un modo de agradecer la ayuda que en su día el editor prestó al político recién excarcelado (y con muy pocas posibilidades de ganarse el sustento). Como tantas otras cosas, la censura impidió que ese bello gesto de Joaquín Maurín llegara a buen puerto. E incluso cabe atribuir a la censura el empleo del pseudónimo y, por consiguiente, que estemos tardando tanto en conocer la obra de quienes llevaron a cabo su labor en la España en tiempos de Franco.

Fuentes:

Víctor Alba (Pere Pagès i Elias), «Quan Janés donava feina a escriptors malvistos», Avui dels Llibres IV, 17 de septiembre de 1986, p. 18.

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. II. Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Carlos Bravo Suárez, “La faceta literaria de Joaquín Maurín“, en su blog personal el 23 de febrero de 2003, y previamente en el Diario de Alto Aragón.

Francisco Caudet, ed., Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín, Madrid, Ediciones de La Torre (Nuestro Mundo), 1995.

Ricardo Crespo, “Cambio ideológico y trascendencia: Sender en la American Literary Agency”, en José Domingo Dueñas Lorente, ed., Sender y su tiempo. Crónica de un siglo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp. 527-534.

Severino Delgado Cruz, “Dos obras nuevas de Joaquín Maurin escritas en el exilio sin salir de España”, en José María Balcells y José Antonio Pérez Bowie, eds., El exilio cultural de la Guerra Civil (1936-1939) (vol. VI de la serie 60 años después), Universidad de Salamanca-Universidad de León, 2001, pp. 295-322.

Pepe Gutiérrez Álvarez, “Joaquím Jorda: Recordando a Maurín en una entrevista con Luís Portela“, Kaos en la Red, 9 de julio de 2012.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, prólogo de Jordi Castellanos, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Albert Manent, “Josep Janés i Olivé, promotor cultural i poeta”, Serra d´Or, núm. 643-644 (julio-agosto de 2013), pp. 34-35.

Josep Mengual Català, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate (Biografías), 2013.

David Paradela, “Todos los hombres de Janés“, Malapartiana, 18 de junio de 2013

José Ramón López, “Joaquín Maurín”, en Diccionario biobibliográfico de los escritores del exilio republicano de 1939.

Rius VilaRius i Vila, Joan, El meu Josep Janés i Olivé, prólogo de Manuel Cruells, L´Hospitalet de Llobregat, Ajuntament de L´Hospitalet de Llobregat, 1976.

Joaquín Roy, ALA- Periodismo y Literatura, Madrid, Hijos de E. Minuesa S.L., 1985.

s.f., “Asuntos laborales nada “inéditos”“, Adenda&Corrigenda, ¿febrero de 2009?

La celda del traductor

A Carme Barba, escritora sitgeana

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Victor Alba (Pere Pagès i Elies, 1916-2003).

Cuatro editoriales catalanas (Maucci, Janés, Nausica y Aymà) publicaron en la inmediata postguerra traducciones escritas por un preso. En aquellos años de censura y miedo, si publicar la obra de autores represaliados era ya arriesgado, más todavía lo era publicar a un preso condenado por “auxilio a la rebelión” (en otras palabras, mantenerse fiel a la legalidad republicana), por lo que, lógicamente, esos textos iban firmados con seudónimos: Boyd, Del Haya o Pedro Elías fueron tres de los que empleó en esa época Pere Pagès i Elies, más conocido como Víctor Alba, mientras estaba preso, primero en el Palacio de Misiones de Montjuïc y posteriormente en la cuarta galería de la cárcel Modelo. El método para crear o elegir el seudónimo del que se sirvió Víctor Alba como traductor no era por entonces muy original y es el mismo o muy parecido al que emplearon Pedro Pellicena Camacho (Pedro Camacho), Juan González Luaces (Juan G. de Luaces) o Lluis Palazón i Bertràn (Luis Ignacio Bertrán).

Según el mismo Víctor Alba contó, en cuanto fue encarcelado, recién terminada la guerra, “en Misiones había hecho prácticas con Maurice Baring y Chesterton. Para Nausica traduje a las tres hermanas Brönte, la serie de los inocentes de Mark Twain y unos cuentos de Georges Moore”. Sin embargo, bastante más estremecedor es el escalofriante ardid que se ingenió el joven periodista y activista del POUM para conseguir un espacio donde traducir y, además, escribir obra propia. Según lo cuenta el mismo Víctor Alba en sus originalísimas memorias, se cortaba las encías con una hoja de afeitar para hacer creer que era tísico y así lograba que le aislaran en una celda propia, que con el tiempo llegó a proveer de libros y diccionarios. Y como el tiempo era precisamente lo que le sobraba, lo aprovechó bien.

Me puse a escribir novelas del Oeste y rosas, que Maucci publicaba con nombres de autores falsos y novelas propias: una sobre un valle habitado por ciegos (inspirada en un cuento de Wells), otra sobre un resistente perseguido (que se publicó años después, como anónima, con el título “La vida inviolable” [México, Costa-Amic, 1957]) y muchos cuentos Recuerdo una serie, “Los barrios”, con un relato por cada barrio de Barcelona, cuentos para niños, “Leyendas imposibles”, y sátira, “Fábulas inoportunas”. Excepto las traducciones, nada de esto se publicó [en realidad, varios de los cuentos escritos en prisión se publicaron luego en revistas catalanas de América].

Víctor Alba escribía apretadamente en el papel que conseguía hacer entrar en prisión (previo pago al mutilado de guerra de turno), y luego su esposa pasaba los originales a máquina, por los que le pagaban 500 pesetas cada una de las tres editoriales para las que traducía (Nausica, Aymà y Janés).

Cubierta de La época de los tres Jorges a través de la correspondencia de Horace Walpole, cuya traducción y notas firma un Pedro Elías que no es otro que Víctor Alba (es decir, Pere Pagès i Elies).

El contacto con Josep Janés i Olivé lo estableció a través de quien había sido uno de sus profesores en la mítica Escola del Mar, el doctor Alfonso Nadal Sauquet (hijo de un buen traductor del ruso, Alfonso Nadal, y cuñado de Janés), quien, en cuanto supo que estaba buscando traducciones hizo de puente para que, además de traducir a Mark Twain (Un yanqui en la corte del rey Artús, septiembre de 1943, y La vida dura, 1944), el teatro de Bontempelli (Nuestra diosa comedia, 1942) o las cartas, anotadas por el mismo Alba, de Horace Walpole (La época de los tres Jorges, 1943), les propusiera obras libres de derechos.

Imágenes de sobrecubierta, lomo y portada de la Historia de la penicilina, de Alfonso Nadal Sauquet, que Janés le publicó en 1946 en la colección La Aventura del Hombre, de Ediciones Lauro.

Cuando salió de prisión, y mientras dirigía la revista clandestina Solidaridad Obrera, de la que entre 1943 y 1945 se publicaron dieciocho números que pueden consultarse en la Casa de l´Ardiaca, Víctor Alba prosiguió su relación profesional con Janés, y de ello ha dejado un testimonio que pone de manifiesto el exquisito trato que por entonces tenía Janés con sus colaboradores, aun cuando se trataba de gente ideológicamente tan alejada

En 1996, Laertes publicó Sísifo y su tiempo. Memorias de un cabreado (1916-1996), las excelentes e interesantísimas memorias de Víctor Alba, que en catalán había publicado la misma editorial en dos volúmenes: Costa avall (1990) y Costa amunt (1990).

de él: “Cuando iba a entregar alguna traducción, Janés me hacía pasar al comedor a tomar café con su esposa Esther [Nadal Sauquet], una de las mujeres más deslumbrantes que he conocido. Me parecía imposible que me tomaran en serio, aun cuando ya tenía veintiséis años”. Además de traducir a Defoe, Maurois y otros para los Aymà, inició tratos también con Josep Miracle, a quien se lo presentó telefónicamente Janés, y para él tradujo un Tobias Smollet que no llegó a publicarse y un relato de Richard Jefferies.

A aquellas alturas, Víctor Alba era capaz de manejarse lo suficientemente bien, pues, con el español, el francés, el inglés y el italiano, lenguas todas ellas en las que más adelante escribiría, pero la primera traducción que hizo en el exilio fue del catalán al francés, y nada menos que el Cant espiritual y Soleiada, de Joan Maragall, que publicó Le Cheval de Troie (revista de Gallimard) y que escribió a cuatro manos con un colaborador de lujo: su amigo de Combat Albert Camus (de quien en 1913 se cumple el centenario). Quien, todo sea dicho ni que sea de paso, calificó de merde la novela escrita en prisión por Víctor Alba, La vida inviolable.

Fuentes:

Víctor Alba me concedió una extensa entrevista en su casa de Sitges el primero de febrero de 1996 que conservo grabada en cinta magnetofónica y de la que procede parte de la información aquí recogida.

Víctor Alba, “Quan Janés donava feina als escriptors malvistos”, Avui (17 de septiembre de 1986), p. 18.

Víctor Alba, Sísif i el seu temps I. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990.

Victor Alba” en  Manuel Aznar Soler, dir., Diccionario bio-bibliográfico de los escritores del exilio republicano de 1939.

Hurtley, “Josep Janés periodista”, Serra d´Or núm. 304 (15 de enero de 1985), pp. 43-45.

Vicenç Riera Llorca, “Víctor Alba”, en Nou obstinats, Selecta (Biblioteca Selecta 449; Assaigs XLI), 1971, pp. 149-173.