Escribir a destajo: Los derechos de autor de José Zorrilla

El caso del escritor José Zorrilla (1817-1893) es paradigmático del a todas luces injusto trato al que los editores se habían acostumbrado a someter a los escritores, y probablemente la razón haya que buscarla no sólo en la ausencia de una ley mínimamente eficaz para protegerlos, sino también en las endémicas dificultades de los creadores artísticos españoles para crear asociaciones profesionales robustas y eficientes. En cualquier caso, hasta tal punto esto fue así que en fecha tan tardía como 1946 el Tribunal Supremo sentenciaba a favor de algunas reversiones de derechos de ciertas obras de Zorrilla (entre las cuales el celebérrimo Don Juan Tenorio) a favor de su heredera.

José Zorrilla.

José Zorrilla.

Los problemas serios para Zorrilla pueden seguirse con precisión y detalle en la serie que en su senectud escribió para El Imparcial (a partir de 1880) y luego publicaría en tres volúmenes titulados Recuerdos del tiempo viejo, y pueden identificarse con precisión en sus acuerdos con el editor madrileño Manuel Delgado (¿?-1848), de quien escribió el poeta: «era el único que sabía lo que yo valía en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí ». Inicialmente, como se cuenta también con jugosos detalles en estos más interesantes que leídos tomos, el flamante editor se ocupó de que se publicaran en forma de volumen los poemas que Zorrilla iba publicando (y cobrando) en la prensa periódica, con un acuerdo por el que pagaba a tanto alzado y se reservaba el derecho perpetuo a la reimpresión y, desde 1839, el mismo tipo de acuerdo se estableció en relación a las obras teatrales, con el agravante de que se aplicaba idéntico principio a los derechos de estreno y representación de las obras, todo lo cual convertían el de Delgado en un negocio redondo del que el escritor apenas se beneficiaba. Así lo cuenta Zorrilla:

Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, después de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara [1839], emigró mi padre a Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí a mi editor D. Manuel Delgado, quien a vueltas de larguísimas e inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedía; es decir, jamás me lo dio en su casa, sino que me lo envió siempre a la mía a la mañana siguiente del día en que se lo pedí: parecía que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, o que no quería dejarme ver que lo tenía en su casa, o que no era dueño de emplearlo sin consulta o permiso previo de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó a pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte a mi padre; pero era preciso trabajar mucho…

También cuenta cómo fueron las estrecheces económicas las que le llevaron a decidir escribir a cuatro manos y a toda prisa con el también apurado autor del exitoso drama romántico El trovador, Antonio García Gutiérrez (1813-1884), el hoy apenas recordado drama en tres actos Juan Dandolo, por la que cobraron de Delgado 3.000 reales (unos 4,50 euros).

García Gutiérrez.

Sin embargo, el problema grave, acerca del cual Zorrilla incluso proyectó un jamás escrito Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor (para cuya publicación incluso puso fecha), llegó en 1844, el mismo año, curiosamente, en que una pléyade de escritores románticos (el Duque de Rivas, Bretón de los Herreros, Hartzenbusch, etc.) creaban la Sociedad de Autores Dramáticos, uno de cuyos principales objetivos era proteger la propiedad de los creadores. Sin embargo, según dejó escrito David García Aristegui en Por qué Marx no habló del copyright, «La Sociedad no tuvo mucho recorrido, pero supuso el primer intento organizativo de los autores españoles ante los abusos y excesos de empresarios de teatro», quienes, pese a existir desde 1764 disposiciones acerca de la extensión de los derechos a los herederos de los autores (que en 1834 un Real Decreto fijó en diez años tras la muerte del autor), mantenían una situación muy irregular en sus relaciones con los autores en general.

Bretón de los Herreros.Si bien el estreno del Don Juan, cuyo manuscrito Zorrilla entregó a su editor en febrero de ese año, pasó con buenas críticas pero sin pena ni gloria en cuanto a público pese a protagonizarla Carlos Latorre (1799-1851), el autor se embolsó de inmediato 4.200 reales de vellón (equivalentes a unos 7 euros actuales). Nadie podía suponer el colosal éxito que la obra obtendría unos quince años después.

Por el camino, en 1847 se promulgó la primera ley que reconoció de forma extensa y clara los derechos del autor, pero para entonces Zorrilla estaba ya hasta tal punto entrampado que mantuvo el mismo tipo de relación contractual no sólo con Manuel Delgado sino también con su hijo y heredero (Manuel Pedro Delgado García), y jamás recuperó sus legítimos derechos sobre Don Juan. Muy probablemente con esta nueva ley, y con el deseo de aprovechar las ventajas que le ofrecía, hay que relacionar la escritura de la versión del Don Juan Tenorio como zarzuela (estrenada en 1877 con muy escaso éxito), con música del compositor Nicolás Manent (1827-1887), así como el fallido intento de convertirlo en novela (El tenorio bordelés: recuerdo legendario, publicada póstumamente en 1897) y el poema inacabado La leyenda de Don Juan Tenorio. Era muy probablemente un modo de beneficiarse económicamente del éxito de su creación.

Federico Balart.

En sus últimos años de su vida José Zorrilla dejó de cobrar, por restricciones presupuestarias, la pensión que a modo de compensación de una injusticia flagrante el gobierno le había otorgado en 1871, así que se vio en la imperiosa necesidad de solicitar empleo a su editor barcelonés, Montaner y Simón, que sólo pudo ofrecerle una ayuda provisional en metálico, y el dramaturgo no obtuvo una fuente de ingresos regulares hasta que el crítico teatral y poeta Federico Balart (1831-1905) le puso en contacto con Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), que acababa de fundar El Imparcial (1867-1933) en cuyo célebre suplemento cultural que dirigía el fino crítico José Ortega Munilla («Los Lunes de El Imparcial») empezó el insigne dramaturgo a publicar regularmente, y además más adelante le dio todas las facilidades para recoger buena parte de esas colaboraciones en prensa. Así contó la jugosa escena el propio Balart:

Por la noche me fui a casa de Eduardo Gasset, a quien encontré solo en su despacho fumando el cigarro de la sobremesa, frente a un enorme jardín de canarios que ocupaba el centro de la habitación.
—Deme usted setenta y cinco duros –—le dije por primer saludo.
Gasset se levantó, me echó el brazo por la espalda, me llevó a su mesa de escritorio, abrió un cajón donde había en abundancia monedas y billetes y me dijo volviéndose a su contemplación ornitológica:
—Tome usted lo que quiera y no se quede corto.
Yo conté quince monedas de cinco duros, me las guardé y alargándole la llave del cajón le dije:
—Le advierto que no son para mí.
—Sobra la advertencia —me contestó—. Ya sabe usted que puede disponer de todo sin explicaciones.
—Es que cuando yo le diga el nombre de quien los recibirá dentro de media hora, sin sospechar el paso que doy en este momento, tendrá usted seguro dos satisfacciones: una por mí y otra por él.
—Eso ya me pica la curiosidad. ¿De quién se trata?
—De un pájaro que no es de cuenta porque nunca ha sabido ajustar las suyas; pero que en cambio canta mejor que los encerrados en esa jaula.
Y le referí el caso. Gasset quería duplicar la cantidad, pero ante mi negativa, cedió, diciéndome al despedirme:
—Diga usted a Zorrilla que mi bolsillo y mi periódico están a su disposición.

José Zorrilla.La muerte impidió que Zorrilla pudiera beneficiarse de la Ley de Propiedad Intelectual de 1879, que amplía el concepto de propiedad literaria y amplía el plazo a ochenta años tras la muerte del autor, pero aún en 1933 se estudiaron seis recursos presentados por Manuel Pedro Delgado contra las órdenes de la Dirección General de Bellas Artes que obligaban a inscribir en el Registro de la Propiedad Intelectual a favor de la sobrina política del poeta, Blanca Arimón Pacheco. Y, con la guerra civil de por medio, el caso no quedó resuelto hasta 1946, es decir: noventa y ocho años después de la publicación de la obra.

Fuentes:

Francisco Cervera, «Zorrilla y sus editores. El Don Juan Tenorio, caso cumbre de explotación de un drama», Bibliografta Hispánica, 3-III-1944, págs. 147-190.

David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló del copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones, Madrid, Enclave de Libros, 2015.

Raquel Sánchez García, «La propiedad intelectual en la España contemporánea, 1847-1936», Hispania, vol. 62, núm. 212 (2002), pp. 993-1020.

 

 

Anuncios

Paisajes Narrados, una colección rupturista

Logo de Minúscula, un hallazgo de Pepe Far y Valeria Bergalli.

Logo de Minúscula, un hallazgo del diseñador Pepe Far y la editora Valeria Bergalli.

Una de las formas que los aficionados a la taxonomía tienen de clasificar a los lectores –aunque todos ellos busquen en última instancia el placer estético– es entre aquellos que lo que esperan en la lectura es «reconocerse», tomar consciencia de su pertenencia a una tradición y reencontrarse con unos formatos, estilos y géneros literarios previamente conocidos, y quienes lo que buscan es «conocer», descubrir nuevos modos de leer lo más distintos posibles a los que han experimentado hasta el presente, acceder a nuevos puntos de vista desde los que acercarse e interpretar el mundo. Muy probablemente, la colección Paisajes Narrados de la Editorial Minúscula ofrece más alicientes a los segundos que a los primeros, aun cuando el objetivo parece ser también, de un modo sutil e irónico, que el lector tome consciencia acerca de la existencia de una arraigada tradición europea (u occidental), que es lo que a su vez vincula la colección con otras de la editorial y convierte el proyecto en marcadamente europeísta. Y quizá esto explica que se haya convertido en una de las colecciones más prestigiosas y atentamente seguidas de las primeras décadas del siglo XXI.

La radicalidad de la propuesta de la editora Valeria Bergalli no es de esas estruendosas y rampantes, las de rompe y rasga, sino de las punzantes, de las irónicas, y una de sus manifestaciones es la absoluta ruptura de una categoría en apariencia incuestionada tanto en el sector editorial como en el de la crítica literaria y entre los lectores más convencionales como es la distinción entre ficción y no ficción como categoría clasificadora de los textos literarios. Uno se pregunta atónito cómo podría alguien describir en pocas palabras cualquiera de los textos de Paisajes Narrados en una espídica reunión en la Feria del Libro de Frankfurt.

En una entrevista conjunta que la filóloga, dramaturga y actriz Esther Lázaro le hizo a la escritora chilena Nona Fernández y a Valeria Bergalli, explicaba Fernández que cuando publicó en su país natal la novela Chilean Electric (aparecida originalmente en la editorial independiente santiagueña Alquimia) tenía muchas dudas acerca de la recepción que iba a tener precisamente debido al carácter híbrido y poco convencional de su texto, mientras que eso era justamente uno de los mayores atractivos que tenía para la editora de Minúscula, que no trabaja con las categorías ficción/no ficción, sino con la mirada puesta en la calidad de la prosa y en la creatividad literaria.

No es difícil suponer que algo parecido debió de ser el caso de un autor igualmente inclasificable, y por eso mismo difícil de incorporar a los catálogos de otras muchas editoriales, como es el asturiano Jesús del Campo (cuyo ámbito de investigación preferente como profesor universitario ha sido precisamente la literatura de viajes). Su estreno en 1995 con Radio Babel –descrito  como «un esfuerzo por dinamitar la lógica literaria»– fue ya significativo, pues se produjo en la muy heterogénea y hetedoroxa editorial de Benito García Noriega KRK, que tiene en su haber la obtención del Premio Nacional al Libro Mejor Editado en la categoría de obras generales y de divulgación en dos años consecutivos (2011 y 2012), y a éste siguió el libro de sonetos en lengua inglesa Knights and Days, en la misma editorial en 1996, y un ensayo académico sobre cuatro novelas de Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Paul Theroux y J. M. Coetzee. Igualmente inclasificables fueron sus siguientes obras narrativas, publicadas originalmente en Debate, Los diarios clandestinos de Blancanieves (2001) y Las últimas voluntades del caballero Hawkins (2002), que luego recuperaría Edhasa, que a su vez le publicaría también su mordaz y sarcástica compilación de cuentos Historia del mundo para rebeldes y sonámbulos (2007). Sin embargo, Edhasa no se atrevió con Castilla y otras islas (2008), entre otras cosas porque no tenía colección donde hacerla encajar, que publicó Minúscula como número 22 de Paisajes Narrados y, según Bergalli, «circuló bien, para ser un libro difícil de clasificar». También en esta colección apareció, como número 44, Berlín y los barcos de ocho velas (2010), libro que en buena medida está muy emparentado con su siguiente Tristan Benson Blues (2011), que de nuevo sí se atrevió a publicar Edhasa por razones que quizá se puedan deducir fácilmente. La calidad de la prosa de Jesús del Campo y la inventiva e inteligencia del autor ha sido más que elogiada por la crítica española más exigente, y a ello se añade ya en 2004 el italiano Premio Gatea (destinado a la literatura de viajes), pero ese mismo carácter híbrido, escurridizo, irónico e indómito ante la taxonomía de la literatura de Jesús del Campo explican seguramente su trayectoria editorial.

De hecho, Paisajes Narrados ya expresa esa convivencia, confluencia, acaso cruce o mezcla entre lo ficticio y lo no ficticio en su propio nombre; e incluso si hasta el momento sólo ha albergado obras en prosa (cercanas a la crónica, al ensayo, al relato o al reportaje), es posible que libros como Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, o Roma, peligro para caminantes, de Rafael Alberti, no desentonaran en exceso en ella, pues el elemento esencial en este caso es la vinculación con un espacio. Para encontrar algo mínimamente similar quizá hubiera que evocar algunos de los títulos publicados por Gadir (Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi; Caminando por Las Hurdes, de Antonio Ferres, La toscana en tren de vapor, de Carlo Collodi, Elogio de  París, de Víctor Hugo, Las cartas de Egipto, de Flaubert…).

La asombrosa y muy personal idea de convertir el espacio, y más particularmente la ciudad, en elemento vertebrador de una colección, al margen de consideraciones de género más allá de la prosa, sin duda tiene que ver con la formación como antropóloga de su editora y su interés por la antropología urbana y el imaginario urbano, como ella misma ha reconocido, lo cual no hace sino subrayar el carácter marcadamente personal de la colección. La propia Bergalli ha desarrollado convincente y reiteradamente la idea que impulsa la colección (cercana a la idea de literatura de lugares), más allá de la sucinta descripción que cualquiera puede encontrar en su web:

Paisajes Narrados es una colección abierta que busca explorar el papel que ocupa el lugar en la literatura. Los ingleses tienen la expresión the sense of place, que sugiere la exploración de textos que pueden surgir a partir del estímulo que produce el hecho de intentar aprehender un determinado lugar real o imaginario. La colección también busca explorar los microcosmos que se van creando alrededor de un determinado lugar, por lo cual creo que la expresión paisaje engloba muy bien lo que entendemos como todo lo que forma parte del lugar y no sólo como la apariencia física de éste.

Las Crónicas berlinesas, de Joseph Roth (1894-1939), publicadas en 2006 como número 16 de la colección y uno de los títulos más reeditados y conocidos de la misma, es un buen ejemplo de ello, pero ya los tres primeros números publicados (todos ellos en el año 2000, el del estreno de la editorial), permitían hacerse una idea bastante aproximada de por dónde irían los tiros: Las ciudades blancas, de Joseph Roth, Verde agua, de Marisa Madieri (1938-1996) y Cerdeña como una infancia, de Elio Vittorini (1908-1966).

Un vistazo apresurado y poco informado a la lista de títulos publicados (Roma, de Gógol, El viaje a Arzum durante la campaña de 1829, de Pushkin, Esto es Nueva York, de E.B. White, París Francia, de Gertrude Stein…) podría propiciar el error –y al parecer eso fue lo que les pasó al principio a algunos libreros despistados– de suponer que se trata de textos cercanos al libro de viajes, pero pocas cosas más lejos de la realidad, pocos textos más alejados del pintoresquismo, de la mirada del turista occidental contemporáneo y de la visión de postal; se trata en cambio en muchos casos de las reflexiones y de la expresión de los sentimientos ambivalentes y/o contradictorios inspirados por la ciudad, de las relaciones afectivas y/o conflictivas establecidas con las mismas, de las vivencias o las impresiones apegadas tanto a un paisaje físico como a un paisaje humano.

Precisamente en uno de los libros ya mencionados, Verde agua, y en los temas que Claudio Magris comenta en el posfacio a la obra, identifica la editora algunas de las ideas recurrentes de la colección y de aquellas que la vinculan con el conjunto del catálogo: «en la publicación del libro de Marisa Madieri estaban ya las preguntas que son ciertamente recurrentes en el catálogo: la cuestión de la identidad, el papel de la frontera, el exilio, el peso de la infancia, la mirada sobre los paisajes, etc.». Y no es muy difícil establecer un parentesco con el modo en que se aborda el tema de la memoria y de la reconstrucción de la historia en un libro publicado casi veinte años después que Verde agua –y por otra parte tan distinto– como es el ya mencionado Chilean Electric. De nuevo, nos encontramos aquí con la fuerte carga personal y biográfica expresada en forma de criterios editoriales. Es decir, al observador mínimamente informado de la trayectoria biográfica e intelectual de la muy cosmopolita y viajada Valeria Bergalli no puede pasarle inadvertido hasta qué punto en su creación la editora está expresando su personalidad y su modo de afrontar el mundo. O dicho en otras palabras, Paisajes Narrados, como idea y como proyecto, es una obra de creación, en ningún caso la mera aplicación del «oficio de editar». Y eso, en el panorama editorial español de principios de siglo, era sumamente rupturista.

Fuentes:

Carlos A. Aguilera, «Paisajes Narrados. Conversación con Valeria Bergalli», El Nuevo Herald, 9 de abril de 2015.

Valeria Bergalli, «Editorial minúscula. Retrato en blanco y negro», intervención en el I Encuentro de Talento Editorial (Cartagena de Indias, 30 de enero de 2014).

Valeria Bergalli, «Una minúscula esperanza», Quimera núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 18-20.

Javier Blánquez, «Valeria Bergalli: “El exceso de libros nuevos perjudica a los lectores”», El Mundo, 2 de noviembre de 2018.

Manuel Cuéllar del Río, «Una editorial minúscula frente a la tiranía de la novedad», Asombrario & Co., 18 de julio de 2016.

Martín Gómez. «Entrevista a Valeria Bergalli, editora de Editorial Minúscula», El Ojo Fisgón, 10 de abril de 2007.

Esther Lázaro, «“La memoria es una especie de palimpsesto”. Entrevista con Nona Fernández (y Valeria Bergalli)», La Huella Digital, 21 de diciembre de 2018.

Matías Néspolo, «“Mi fórmula fue apostar por un catálogo coherente” (entrevista a Valeria Bergalli)», El Mundo, 20 de enero de 2010.

 

 

Manuel Delgado, editor de novela histórica española

El 5 de febrero de 1834 un joven José de Espronceda (1808-1842) firmaba un contrato de edición de la novela histórica Sancho Saldaña con el editor madrileño Manuel Delgado (f.s. XVIII-1848) en el que se especificaba que cobraría mil reales por cada uno de los seis volúmenes (de doce cuadernos impresos cada uno) que compondrían la obra, y se le adelantaban ya dos mil por los primeros. A título orientativo: a un escritor más afianzado por entonces como Mariano José de Larra (1809-1837) Delgado le hizo un contrato por 4.800 reales a cambio de los cuatro volúmenes de El Doncel de don Enrique el Doliente, que se publicaría ese mismo año 1834 y en la misma colección que la novela de Espronceda, y dos años más tarde le pagó dos mil a Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880) por Los amantes de Teruel, si bien en el caso del teatro con unas condiciones singulares, como se verá.

José de Espronceda.

José de Espronceda.

Una segunda edición del Sancho Saldaña mucho más extensa aparecida en 1869 (muerto ya Espronceda) creó en su momento una cierta confusión acerca de la versión definitiva de la obra y de su autoría, pero la explicación estaba en la intervención de Julio Nombela (1836-1919), autor de la prolongación de la obra y quien explicó sin ambages este tipo de prácticas editoriales en sus memorias (Impresiones y recuerdos) en un pasaje donde además caracterizaba del siguiente modo a su colaboradores en tales y semejantes menesteres:

García Cuevas, autor en sus mocedades de comedias y zarzuelas muy aplaudidas, magistrado después de brillante carrera y literato de verdadero mérito, favoreció con algunos capítulos trazados por su pluma mis novelas Mendigos y ladrones, Pepehillo, mi obra histórica Los Ministros de España y la continuación de la novela de Espronceda Sancho Saldaña. En la novela de Ignacio de Loyola me auxilió, superando mi trabajo, Martín Melgar, que en la época en que colaboró conmigo inauguraba con gran acierto sus tareas literarias prometiendo mucho y cumpliendo más tarde sus promesas, sino en cantidad al menos en calidad.

Mi íntimo y siempre buen amigo Juan Cancio Mena me prestó su valiosa ayuda en las obras La Bandera Española y Dios, Patria y Rey, publicadas en 1872 y 1873.

Sin embargo, Manuel Delgado, a quien a menudo se ha considerado el primer editor en sentido estricto (en el sentido de que era sólo intermediario, pues no era librero, tipógrafo ni impresor) y quien en 1847 sería condecorado con cruz supernumeraria de la Orden de Carlos III, debe su fama sobre todo a la implementación más o menos estable de algunas tácticas editoriales que tuvieron mucho éxito comercial, como es el caso de sus contratos con dramaturgos en los que se reservaba, además de los derechos indefinidos de reimpresión, los derechos devengados por las representaciones de las obras, y que en ocasiones –y muy particularmente en el del Don Juan Tenorio de José Zorrilla (1817-1893)– le fueron enseguida muy ventajosos. No deja de ser paradójico que el mismo año en que Delgado era condecorado se aprobara una nueva Ley de la Propiedad Intelectual.

El propio Zorrilla habla no muy bien en Recuerdos del tiempo viejo (1880-1882) de hasta qué punto los anticipos por obras no escritas acabaron convirtiéndose en mensualidades que le llevaron a continuar «produciendo tantas líneas diarias como reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las barbaridades que en ellas decía», situación que Martínez Martín vincula a «la fragilidad de un mercado en construcción». En cualquier caso, visto desde el siglo XXI, el elenco de dramaturgos que acabaron bajo el ala de Delgado fue realmente impresionante (Gil y Zárate, Hartzenbusch, García Gutiérrez, el Duque de Rivas…).

Sancho Saldaña, en cambio, se incluía en una operación no muy exitosa pero quizá atinada cuyo objetivo –en la línea de lo que habían intentado en Barcelona las revistas El Europeo y El Vapor y el filólogo y editor Antonio Bergnes de las Casas (1801-1879) – era impulsar el interés de los novelistas y lectores por la historia española mediante la publicación de novelas en la estela de las que tanto éxito habían reportado a Walter Scott (1771-1832) en inglés y tan buena aceptación habían tenido también en España, en particular en las ediciones que desde 1829 venía haciendo el editor e impresor Tomás Jordán de once novelas de Scott.

Para ello –y sobre todo para competir con Jordán– contó Delgado con el asesoramiento del escritor catalán Ramón López Soler (1806-1836), quien había debutado con el resonante éxito Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne (1930) que dio a la imprenta el editor valenciano Mariano Cabrerizo y cuya deuda (rayana en el plagio) con Ivanhoe ya quedaba claramente explicitada en el prólogo:

hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitándole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quien escribe.

Ros de Olano.Con razón pudo describir esta novela el periodista madrileño Mesonero Romanos (1803-1882) como un «Ivanhoe disfrazado», si bien la crítica ha identificado también trazas en su composición del Quentin Duward, de Waverley, de pasajes de lord Byron y de fragmentos de la Historia general de España, de Juan de Mariana (1536-1624). El proyecto de Delgado de dotar a la literatura española de una colección específicamente dedicada a novelas históricas sobre el pasado propio se había iniciado en noviembre de 1833 con El primogénito de Albuquerque, firmado por Gregorio López de Miranda (que no era otro que López Soler), a la que siguieron las mencionadas El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña, y en diciembre de ese año se anunciaban como autores de las obras siguientes a López Soler, Larra, Gil y Zárate (1793-1861), Ventura de la Vega (1807-1865), Estanislao de Kosca Vayo (1804-1864), Serafín Calderón (1799-1967) y Patricio de la Escosura (1807-1878). Más adelante (el febrero siguiente) se anunciaron también novelas de José de Villalta (1801-1846), Antonio Ros de Olano (1808-1886), Joaquín Pacheco (1805-1865) y Nicómedes Pastor Díaz (1811-1863).

Reedición del Sancho Saldaña a cargo de los descendientes de Manuel Delgado.

Según el célebre crítico de la generación del 27 José F. Montesinos (1897-1972) si, a diferencia de la novela histórica traducida, la colección de Delgado no triunfó fue en buena medida debido a la reticencia de los lectores españoles acerca de la literatura de ficción escrita en su lengua, lo cual quizá explique también que muchos de los autores no llegaran a publicarse (aunque con la firma de López de Miranda, en cambio, apareciera una segunda novela, La catedral de Sevilla, en 1833-1834). Ni la presentación ni el precio de los tomos (a 8 reales en Madrid y 9 en provincias) no eran muy distintos a las de otras colecciones similares que sí obtuvieron una buena respuesta por parte de los lectores. Así, de entre las novelas publicadas, solo tuvieron algunas reediciones las de Larra, Koska Vayo (Los expatriados de Zulema y Gazul, 1834), García Villalta (El golpe en vago, 1835), y la colección fue diluyéndose enseguida con Ni rey ni Roque (1835), de Escosura, y El caballero de Madrid en la conquista de Toledo por don Alfonso el VI (1836), de Basilio Sebastián Castellanos (1801-1891). Aun así, ya en 1846, en el segundo número de El Español, revista literaria, se proclamaba que «debe consultarla [esta colección] cualquiera que se proponga estudiar la historia de los trámites que ha seguido entre nosotros el arte de narrar». Sin embargo, no tardó Delgado en desistir y decantarse por novelas traducidas.

Fuentes:

Ángel Antón Andrés, «Prólogo» a José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, Barcelona, Barral Editores (Ediciones de Bolsillo, núms. 322 y 323), 1974, pp. 7-42.

Robert Marrast, José de Espronceda y su tiempo. Literatura, sociedad y política en tiempos del Romanticismo, traducción de Laura Roca, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 1980.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Julio Nombela, Impresiones y recuerdos, tomo I (1836-1850), edición digital a partir de Madrid, Casa editorial de “La Última Moda”, 1909. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Madrid, CSIC, 2014.

Enrique Rubio Cremades, «La novela histórica del romanticismo español», edición digital a partir de Historia de la Literatura Española. Siglo XIX (I), coordinador Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe, 1997, pp. 610-642. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012.

El traductor y agente literario Olivér Brachfeld de su puño y letra

En más de una ocasión se ha analizado la quizá desproporcionada presencia de la literatura húngara en el mercado literario español, en la que tuvo sin duda influencia el hecho de que en 1999 Hungría fuera el país invitado en la Feria de Frankfurt, y que como consecuencia de ello sea creara un fondo para subvencionar la traducción de obras en húngaro a otras lenguas. Sin embargo, ya entonces la presencia de la literatura húngara tenía una historia bastante larga en la que ocupan lugares preferente el periodista, escritor y traductor Andréás (o Andrés) Révész Speier (1896-1970), el psicólogo, traductor y agente literario Ferenc Olivér Brachfeld (1908-1967) y la traductora y activista cultural Judit Xantus Szarvas (1952-2003), cuyo relevo ha tomado afortunadamente Adan Kovacsics, de ninguno de los cuales se conoce una cantidad de información proporcional a su importancia e influencia.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Sin embargo, del riquísimo epistolario de Ferenc Oliver Brachfeld, conservado en el Arxiu Nacional de Catalunya y quizá no suficientemente explotado por los investigadores, pueden extraerse muchos datos, en algunos casos de detalle, de cierta relevancia y, al parecer, muy poco conocidos. Es posible que en ciertos ámbitos se haya interpretado a veces que Carmen Balcells (1930-2015) fue la primera agente que operó en España, cosa que por lo menos en el sentido cronológico es errónea si se tiene en cuenta por ejemplo el caso del escritor rumano Vintilia Horia (1915-1992) y la creación de la agencia literaria A.C.E.R. (Argentina-Colombia-España-Rumanía), con la colaboración del editor de origen argentino Francisco Pérez González y el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005). Otro ejemplo es el de Ferenc Olivér Brachfeld, de cuya agencia literaria dejó una colorista descripción Pere Carbonell i Fita (1916-2016) en Tres nadals empresonats, 1939-1943:

Fue ella [Maria Bages] quien dio nombre a la agencia literaria que creó el marido y en la que yo empecé a trabajar como secretario.[…] Los ayudaba en las labores del despacho y salía a la calle a visitar a los editores para ofrecerles los derechos de publicación de las obras de autores extranjeros que Brachfeld representaba. También me especialicé en sacarles dinero a quienes habían publicado obras de los representados o habían encargado traducciones. […] Los Brachfeld vivían, con el padre de Maria, en el piso de los Bages de toda la vida, en la calle Riera Alta. El comedor nos servía de despacho. A la hora de comer, para disponer la mesa, había que retirar previamente los papeles y los libros amontonados. En ese comedor polivalente me presentaron, el día de mi debut, a un buen amigo de la familia, el poeta y editor Josep Janés i Olivé.

José Janés.

Es imposible, por ejemplo, aquilatar el calado de la relación entre Olivér Brachfeld y el escritor Eugenio d’Ors (1881-1954) en la inmediata posguerra, sin recurrir al epistolario conservado de Brachfeld, que se inicia en 1941, cuando el primero le anuncia el envío de dos ejemplares de una reedición de Guillermo Tell a través del editor Josep Janés, que por entonces viajaba con frecuencia entre Barcelona y Madrid. No tardó Olivér Brachfeld en convertirse en agente de D’Ors para sus traducciones a otras lenguas.

Más interesante es sin embargo el diálogo mantenido en otoño de 1942 acerca de un proyecto del mencionado Janés de dedicar un número de la colección Las Quintaesencias a Eugenio d’Ors y encargar la selección de títulos y prólogo a Olivér Brachfeld, quien el 25 de octubre de 1942 ya tenía casi terminado el texto introductorio. Sin embargo, como es bien sabido, este número no llegó a incluirse en la colección de las Ediciones de la Gacela janesiana.

Por su parte, D’Ors elogia por carta tanto la traducción como el prólogo que Olivér Brachfeld hizo en 1942 de Viaje en torno a mi cráneo, del húngaro Frigyes Karinthy (1887-1938), para la Editorial Argos, pero lo interesante en este caso es obtener constancia de que Olivér Brachfeld actuaba de agente literario de la obra de Karinthy, pues dice en un pasaje de una carta fechada el 13 de octubre de 1942 que lo «celebraría en cuanto representante de la viuda del autor». Ya en 1941 Janés había publicado en su minúscula colección Grano de Arena el cuento de Karinthy «El marido escribe», y más tarde, en 1945, fue el propio Olivér Brachfeld quien le publicaría, en su efímera editorial Victoria, Viaje a Faremidó: El último viaje de Gulliver. En 1949 y 1955 José Janés Editor reimprimió Viaje en torno a mi cráneo, hasta que en 1961 este mismo título se recuperó en Plaza & Janés y en 2007 en Círculo de Lectores.

Espigando este mismo epistolario pueden identificarse algunos otros autores representados por la agencia que Brachfeld había organizado con su esposa (y traductora ocasional) Maria Bages González. Es el caso, por ejemplo, del durante un tiempo vendidísimo escritor húngaro Lajos Zilahy (1891-1974), quien hasta 1947 no se establecería en Estados Unidos pero ya desde los años treinta era ampliamente conocido en España gracias a novelas como Primavera mortal (Apolo, 1935) o las bastante reeditada comedia dramática en tres actos Aquella noche (Argentores, 1935). Más adelante, ya en los años cuarenta y cincuenta, José Janés convirtió a Zilahy en uno de los puntales de su catálogo y lo convirtió en un autor omnipresente en las librerías españolas.

Otro dato interesante o cuanto menos curioso de este rico epistolario es la preferencia que expresa Olivér Brachfeld hacia la editorial Destino a la hora de vender derechos de traducción, y sobre todo el motivo: A diferencia de lo que ocurre con otras editoriales, que sospecha que hacen sobretiradas y declaran haber impreso menos ejemplares de los que en realidad ponen en circulación, en el caso del impresor de Destino tiene modo de obtener información fiable acerca de las tiradas reales, cabe suponer que por medio de alguno de los empleados de la imprenta.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Ferenc Oliver Brachfeld.

En una carta del 26 de junio al geógrafo francés Pierre Deffontaines (1894-1978), entre 1939 y 1964 director del Instituto Francés de Barcelona, menciona como otra de sus representadas a la escritora noruega Sigrid Undset (1889-1942), a quien Janés publicó La edad feliz (1942) en Ánfora; La pastora de porcelana (1942) en Grano de Arena; La orquídea blanca (1947) en Los Escritores de Ahora; y Kristina Lavrandsdatter (1959) en La Pléyade, además de un volumen en Los Clásicos del Siglo XX que incorpora Olav Andunssson. A la muerte de Janés la obra de Undset fue recuperada en los sesenta por Aguilar y ya desde finales del siglo XX por Ediciones Encuentro. Mayor precisión incluso aparece como de pasada en una carta dirigida a Eugenio d’Ors y fechada el 8 de julio de 1943, donde Olivér Brachfeld especifica que viene representando a Undset (que había obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1928), desde 1935.

André Maurois.

André Maurois.

Otro de los grandes autores representados por el agente húngaro era el escritor francés André Maurois (Émile Herzog, 1885-1967), a quien la ocupación nazi de París convirtió en un autor proscrito y le complicó mucho las cosas, pues sus libros, obviamente, desaparecieron de las librerías francesas. Y, aun así, paradójicamente, Bernard Grasset (1881-1955) seguía vendiendo sus derechos sin que el escritor, por ley, se pudiera beneficiar lo más mínimo de ello; con la retranca añadida de que Maurois era uno de los socios minoritarios de Grasset. (El otro gran editor en Francia de Maurois, Gallimard, por lo menos creó una bolsa para poder pagarle cuando esto fuera posible.)

Sin embargo, el caso de los derechos de Maurois es un asunto ya tratado en este mismo blog. En cualquier caso, lo que es evidente es que el epistolario de Ferenc Olivér Brachfeld está aún pendiente de que alguien lo analice con detenimiento y saque a la luz los numerosísimos datos que contiene acerca de los pequeños detalles acerca de la historia editorial española en una época de la que no abundan las fuentes. Quizá constituya incluso la base para reconstruir el catálogo de autores representados por esta pionera agencia literaria barcelonesa.

Fuentes:

Fons Férenc Oliver Brachfeld del Arxiu Nacional de Catalunya.

Agnes Baló, Iniciativas privadas para la difusión del patrimonio húngaro en Catalunya, trabajo de fin de máster en Gestió del Patrimoni Cultural en l’Àmbit Local, Universitat de Girona, 2010-2011.

Ipoli Az, «Los libros que no fueron… o en busca del libro perdido (hasta el 14 de octubre). Los 9 libros fantasmales de la literatura húngara en español», Celdas de papel, 11 de junio de 2012.

Carbonell i Fita, Pere, Tres nadals empresonats, 1939-1943, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 234), 1999.

Eva Cserháti, «De Kubala a Kertész. Más de cien años de traducción de la literatura húngara en España (1887-2007)», en Vasos comunicantes, núm. 41 (invierno 2008-2009), pp. 51-56.

Manuel Llanas y Ramon Pinyol, «L’activitat de Ferenc Oliver Brachfeld a Catalunya: algunes notícies», Actes del Catorzè Col·loqui Internacional de Llengua i Literatura Catalanes Budapest  2006, Barcelona, Publicacions de lAbadia de Montserrat, 2009, vol, I, pp. 295-307.

 

Las traducciones falsas (y las auténticas) de Max Aub

En 1963, durante su exilio en México, Max Aub (1903-1972) dio a conocer en la revista mallorquina de Camilo José Cela (1916-2002) Papeles de son Armandans una primera entrega de lo que ya entonces se titulaba Antología traducida y que Aub había mandado en noviembre de 1962.

Max Aub.

Max Aub.

Consistía esta primicia, que se publicó entre las páginas 143 y 161 del número 92 (noviembre de 1963), en una recopilación de trece traducciones de poemas, en algunos casos fragmentarios, de los autores más diversos y pertenecientes a las tradiciones más heterogéneas, pero en todos los casos absolutamente desconocidos para los lectores españoles (que vivían aún bajo la censura franquista); a los que acompañan breves biografías, generalmente muy parcas y sintéticas, de los antologados, así como muy someras pero contundentes consideraciones críticas. La aparición en la revista de Cela coincide cronológicamente con la publicación en México, en la colección Poemas y Ensayos de la Universidad Nacional Autónoma de México, del volumen con el mismo título, que incluye ya a cuarenta y ocho autores. Dos años más tarde se publicaron algunos textos de esta antología con el título «Nuevas versiones» en la Revista Mexicana de Literatura (núm. 3-4, marzo-abril de 1965); en enero de 1966 se publica otra pequeña muestra de estas traducciones en la revista salmantina Álamo, y en mayo de ese mismo año se publica una segunda entrega de poemas en Papeles de son Armadans, hasta que en 1972 aparece en la serie mayor de la Biblioteca Breve de Bolsillo de Seix Barral la última edición en vida del autor, que incluye sesenta y nueve poetas. El año anterior, también en España, Max Aub había publicado en la colección El Saco Roto de la editorial Helios Versiones y subversiones y en 1972 en México en Alberto Dallal Editor, cuya primera parte se incorpora a la edición de Seix Barral y la segunda la componen, para decirlo en pocas palabras, «traducciones» de autores mejor conocidos.

La edición de la UNAM.

La edición de la UNAM.

La Antología traducida iba precedida de una interesante nota introductoria en la que escribe Aub:

Escribí muchos renglones cortos con la esperanza de que fuesen versos. Joaquín Díez-Canedo me los echa siempre en cara. Sin más dificultad que la tristeza, acabó por convencerme. Entonces me puse a mal traducir estos poemas segundones que posiblemente tampoco tienen interés. Peor es publicarlos. Ahora bien, ¿tengo yo toda la culpa?

Aunque su criterio como crítico y sus dotes como filólogo estaban ya más que probados, la experiencia de Max Aub como traductor no parece que fuera muy amplia hasta entonces. En 1944 Aub se había ofrecido por carta a su amigo André Malraux (1901-1976) para traducir sus próximas obras, pero en ese momento el escritor francés estaba ocupado en otros menesteres más urgentes que su obra literaria (concretamente, la segunda guerra mundial); cuatro años más tarde Aub tradujo con el título Doña Millones la obra del hispanista Jean Camp (1891-1968) y el novelista Jean Bommart (1894-1979) La dame d’atout, pero esta obra quedó inédita; en 1949 tradujo el guión cinematográfico de René Clair (1907-1988) Le silence est d’or; en los años cincuenta publicó para el Fondo de Cultura Económica Las clases sociales (1950), de Maurice Halbwachs, e Introducción a la historia (1952), de Marc Bloch; y, salvo error por omisión, en noviembre de 1963 se publicó en la Revista de la Universidad de México su traducción del poema de Antonin Artaud (1896-1948) «Le visage humaine» (fechado en julio de 1947). No es un bagaje muy amplio, al que en 1968 añadiría la traducción del guión de Sierra de Teruel, que las Ediciones Era publicarían profusamente ilustrado con fotografías de la célebre película de Malraux y con un prólogo del propio Aub.

Acerca del primer poeta que aparece en la Antología traducida, anónimo, se dice que es «Sin duda de la época de Amenofis IV, en el que rezuma un curioso anticlericalismo, probable consecuencia de la pérdida de las provincias sirias». Vale la pena destacar el comentario por el contraste entre el «sin duda» y el «probable», muy ilustrativo acerca del contenido de toda la antología, en la que alternan el dato erudito con la hipótesis de apariencia más o menos arriesgada y/o fiable. Esto es, por ejemplo, todo lo que explica Aub acerca de «Juan Manuel Wilkesntein (1623-¿1657/8?). Dicen sus contemporáneos que no salió de las tabernas. Parece que en sus años mozos hizo algunas campañas en Flandes e Italia. Escribió en alemán.»

Una de las cuestiones ya en un primer momento sospechoso, aun a sabiendas del poliglotismo de Aub, es la diversidad de lenguas a partir de las cuales traduce, que va desde el sánscrito al inglés, pasando por el griego, el latín, al arameo o el chino, lo cual solo podría explicarse si, en buena medida, se coligiera que las traducciones no se hicieron a partir de las lenguas originales sino de traducciones puente, como se explicita en algún caso. De hecho, según cuenta el autor en la nota introductoria, Howard L. Middleton («especialista en lenguas y literaturas eslavas», de quien se lamenta su muerte en 1959, le prestó «sus luces y las voces de tantos que tradujeron lo suyo en idiomas para mí comprensibles») y Juan de la Salle (a quien dice haber conocido en 1930 en Madrid ya entonces como insigne arabista y sanscritista, y que en el momento de escribirse la nota está «desaparecido en un convento canadiense») le ayudaron con una colaboración muy intensa. Eso podría inducir a pensar que posiblemente Max Aub está ni más ni menos que atribuyéndose traducciones que en realidad no había llevado a cabo, pero sin duda todo es más complejo y divertido. El hecho de que aparezca, por ejemplo, un Vladimiro Nabukov (1821-1872) que «Nació en Kiev, murió en Berlín. Joven, fue amigo de Tolstoi. Luego se enfadaron era rico; murió harto, del corazón», ya pone sobre la pista, pero más evidente es la inclusión del Max Aub, de quien entre otras cosas se dice que «no se sabe dónde está […] Nadie le conoce.», autor del que, por cierto, por si fuera poco, se incluye lo que a simple vista ya puede detectarse como un plagio de otro de los poetas previamente incluidos en la antología, concretamente de Bernard de Crenne (1501-1547). Y la retranca: de uno de los poemas de Crenne, escribe el antólogo: «A menos que este poema, por el que tengo cierta debilidad, se deba a su prima segunda Hélisenne de Creene, la autora de Las augustas dolorosas que proceden de amores (1538), la primera novela autobiográfica francesa». Añadan a eso que uno de los textos de Subandhu, «poeta persa que, aunque parezca extraño, escribió en persa», se había incluido ya en Del amor (1960), de Max Aub y Leonora Carrington.

De izquierda a derecha: Max Aub, Joaquín Díez Canedo. Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

De izquierda a derecha: Max Aub, Joaquín Díez Canedo. Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Obviamente, pues, Max Aub se hace pasar por traductor y antólogo cuando lo que demuestra ser en realidad es un poeta versátil y un ingeniosísimo creador de heterónimos capaz de poner en pie un excéntrico artefacto literario en el que vienen a confluir lo mejor de la tradición de Pessoa y Borges. Pero no se trata de un simple juego sin más.

Emparentado con la Antología traducida, además de las mencionadas Versiones y subversiones, es el libro que ya dejó preparado en 1971, si bien se publicó póstumamente, Imposible Sinaí, a partir de una selección llevada a cabo con el consentimiento de su autor por Alastair Reid (1926-2014) y Joaquín Díez Canedo (1917-1999). En él reúne Aub lo que presenta como «escritos encontrados en los bolsillo y mochilas de muertos árabes y judíos de la llamada “guerra de los seis días”, en 1967. Las traducciones deben mucho a mis alumnos», donde de nuevo se acompañan los textos de breves notas biográficas fragmentarias. Así, entre otras lindezas, de un tal Wilhelm Hochbach se dice que «Su celebridad nunca pasó las fronteras porque ni fue famoso ni lo merecía […] Lo incluyo en este libro porque lo conocí y me leyó estos versitos escritos el día anterior, en un café, donde esperó en vano –como era natural– a una alumna que le traía el seso revuelto».

Max Aub.

Quizá todo es mucho más claro en las palabras que escribió Eleanor Londero, que posteriormente prepararía una edición de la Antología traducida:

Presentarse como antólogo y traductor –es decir, como mediador al infinito– de sesenta y nueve poemas apócrifos presupone poner en tela de juicio una serie de certezas. [..] la validez o, si se quiere, sobre el fundamento de la selección en sí […], la función misma de la traducción y su real capacidad de comunicar o transmitir un mensaje determinado. Por último, sobre la legitimidad de reivindicar cualquier derecho de autoría sobre el texto. […] Supone, en definitiva, moverse en los márgenes ambiguos que separan la configuración estética de su propia reflexión.

Fuentes:

Max Aub, Antología traducida, edición, introducción y notas de Pasqual Mas Usó, presentación de Tomás Segovia, not preliminar de Antonio Gascó y grabados de Luis Bolumar, Segorbe, Fundación Max Aub – Universitat Jaume I (Biblioteca Max Aub 6), 1998.

Max Aub, Imposible Sinaí, Barcelona, Seix Barral (biblioteca Breve), 1982.

José Ángel Cilleruelo, «Comprometidos y apócrifos. Los poemas de Max Aub», Quimera, núm. 134 (abril de 1998).

María Teresa González de Garay, «Las máscaras poéticas de Max Aub», El Correo de Euclides, núm. 1 (2006), pp. 546-554.

Eleonor Londero, «Max Aub, traductor fingido», en Cecilio Alonso, ed., Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español, Ajuntament de València (Col·lecció Encontres), 2006, vol II, pp. 653-658.

José Ramón López García, «Memorialismo, historia e imaginación lírica. Max Aub y el ciclo de Imposible Sinaí», El Correo de Euclides, núm. 1 (2006),pp. 568-580.

Gérard Malgat, Max Aub y Francia o La esperanza traicionada, Sevilla, Editorial Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos), 2007.

Ignacio Soldevila, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, València, Biblioteca Valenciana (Colección Literaria), 2003.

Laura Riding y la Seizin Press

Quizá Laura Riding (Laura Reichenthal, 1901-1991) pase a la historia como icono del feminismo de principios del siglo XX o bien como poeta tardíamente recuperada por la crítica académica, pero sin duda es menos conocida su vertiente de editora e impresora al frente de Seizin Press, que se inicia casi coincidiendo con su tormentosa y muy cacareada relación con el también poeta, amén de ensayista, traductor y novelista, Robert Graves (1895-1985).

Laura Riding.

Cuando se produjo el encuentro entre Riding y Graves, la poeta estadounidense tenía ya una cierta experiencia editorial en relación con el grupo de escritores reunidos alrededor de la Universidad de Vanderbilt (Nashville, Tennesseee) conocidos como los Fugitives, que se dieron a conocer sobre todo con la revista The Fugitive (1922-1925), cuya importancia va estrechamente ligada al origen del New Criticism, pues entre ellos se contaban personajes clave en este movimiento crítico como John Crowe Ransom (1888-1974), Allen Tate (1899-1979), Robert Penn Warren (1905-1989) o Cleanth Brooks (1906-1944), que años después crearían la muy influyente y aún activa The Southern Review (n.1935). Si bien en 1923 Riding también publicó en revistas como Nomad (el poema «A pair» en el número de otoño), The Lyric West («Adjustment» en noviembre) o The Step Ladder («The Lightning» en diciembre), entre ese año de su estreno y el siguiente aparecieron trece poemas suyos en The Fugitive.

Laura Riding.

Como es bien sabido, sin embargo, una vez divorciada en 1925 del historiador Louis R. Gottschalk (1899-1975), Laura Riding pasó a vivir con Robert Graves y su esposa Nancy Nicholson, primero en Londres y posteriormente en El Cairo, hasta su regreso a Inglaterra, que fue la etapa en que crearon ella y Graves la editorial. Por su parte, Graves contaba con la experiencia previa de la edición de la revista miscelánea The Owl, en la que había contado con la colaboración de su suegro (William Nicholson) y algunas de cuyas ilustraciones firmaba su esposa Nancy.

Sin embargo, la prehistoria de Seizin Press reside en cierto modo en un proyecto que no llegó a cuajar liderado por dos compañeros en Oxford, de fortuna en cuanto a posteridad muy diversa, el arqueólogo y escritor T.E. Lawrence (1888-1935) y el también escritor e impresor Vyvyan Richards (1886-1968), quienes proyectaron crear una editorial, pero, aun cuando apreciaba casi hasta la obsesión el diseño de libros (profundamente influenciado por la obra de William Morrison [1834-1896]), las inquietudes de Lawrence iban por otros derroteros y nunca llegó a concretarse el proyecto común.

La imprenta de Seizen Press en la Casa Robert Graves (Imagen del blog PerdidoenMallorca).

En un determinado momento, a la vista del funcionamiento del sistema editorial británico, Riding y Graves llegaron a la decisión de que era necesario crear una estructura capaz de poner en circulación de obras espiritualmente emparentadas y hacerlo en forma de libros acordes con su estética literaria; era también el modo idóneo de dar a conocer a nuevos autores. La colaboración de Vyvyan Richards fue crucial para que, finalmente, cuajaran las ediciones de Seizin Press. Riding y Graves se habían hecho con una Crown Albion de 1872 que imprimía 8 páginas en octavo a la vez (que aún puede verse en la Casa Robert Graves en Deià, Mallorca) y tipos Calson que instalaron en el domicilio de St Peter’s Square (en el barrio de Hammersmith) al que se habían trasladado en mayo de 1927. Para familiarizarse con el funcionamiento de la imprenta (similar a la de William Morris en Kelmscott Press) y el resto de tareas asociadas a la edición de libros, Riding y Graves se beneficiaron de los consejos e indicaciones que les ofreció Richards, y que ambos posteriormente reconocieron con agradecimiento. En 1927 aparecía el número 1 de Seizin Press, Love as Love, Death as Death, del que se imprimieron, manualmente, 175 copias que se distribuyeron sobre todo a través de la librería de William Bain, quien valoraba muy positivamente tanto la buena y elegante impresión de los volúmenes como el prestigio y la novedad de los autores proyectados. Ese mismo año aparecía también, en la editorial William Heinemann, el primer libro elaborado a cuatro manos por Riding y Graves, A Survey of Modernist Poetry, que Graves había proyectado originalmente con el gran poeta y editor por entonces de Faber & Faber T.S. Eliot como colaborador.

Portada de Poems 1929, de Robert Graves, en la edición londinense de Seizin.

Aún en el mismo apartamento alquilado se compusieron e imprimieron los dos números siguientes de la editorial, que aparecieron ambos en 1929 y con tiradas de 225 copias: An Acquaintance with Description, de Gertrude Stein (1874-1946), y Poems 1929, de Robert Graves. En el ínterin, en enero de 1928 Riding y Graves habían publicado en Jonathan Cape su segunda publicación conjunta, A Pamphlet Against Anthologies. En el viaje que concluiría en Deià, Riding y Graves visitaron en París a su amiga recién publicada Gertrude Stein, y una vez en la isla encomendaron el envío de la Crown Albion; poco tiempo después recibieron ya en la isla a otra figura importante en Seizin Press, el diseñador y cineasta neozelandés Len Lye (Leonard Charles Huia Lye, 1901-1980), que llegó acompañado de su esposa Jane Thompson.

Lye venía procedente de Londres, adonde había llegado en 1926 y donde había contado en su carrera con el apoyo de Riding, Graves y el narrador irlandés Georges Moore, entre otros. Para entonces, Lye aún no había iniciado su colaboración con Hours Press (1928-1931), la imprenta establecida por Nancy Cunard en Normandía, ni había ilustrado portadas de libros de sus amigos, pero sí había aparecido anunciado en el primer número de Seizin Press su exquisito libro No Trouble, que fue el primero que apareció ya en la isla, en 1930. Ese mismo año aparece en Seizin también Though Gently, de Riding, y esta etapa se cierra al año siguiente con la publicación de To Whom Else?, de Graves, y Laura and Francisca, de Riding.

Con el establecimiento de un acuerdo con la histórica editorial Constable, fundada en 1795 por Archibald Constable (1774-1827), continuada por sus hijo Thomas y su nieto Archibald, y conocida por haber sido la editora de Sir Walter Scott, de la Encyclopaedia Britannica y del Drácula de Bram Strocker (1847-1912), inició Seizin una nueva etapa cuyo primer resultado, siempre impreso a mano en Deià por Riding, fue su Progress of Stories, ya en 1935, año en que también aparecieron The Natural Need, la primera obra de creación de James Reeves (John Morris Reeves, 1909-1978), quien hasta entonces sólo había editado la colección de poesía tradicional Songs for Sixpence (1929), y el anónimo A Mistake Somewhere (atribuido a Honor Wyatt, Gordon Glover y una no identificada Molly a la que se supone que añadieron pasajes Riding y/o Graves). Honor Wyat había visitado a los editores de Seizin en Deià en 1933 con su marido Gordon, y de nuevo lo hicieron ese mismo 1935.

Cubierta de Whom Else?, obra de Lye.

Antes de que la guerra civil española les empujara a marcharse aún publicaron en Deià la novela de Riding, firmada como Madeline Vera, Convalescent Conversations (1936), la interesantísima novela de Graves Antigua Penny Puce (1936), la traducción al inglés que llevaron a cabo al alimón Riding y Graves del libro de su vecino alemán Georges Schwarz Almost Forgotten Germany (1936), The Heathen (1937), de Honor Wyatt, y la novela de Riding A Trojan Ending (1937). En cualquier caso, parece bastante evidente que la selección de títulos respondía a la voluntad de los editores de dar a conocer sobre todo la obra propia y la de sus amigos más cercanos, aunque ello no fuera obstáculo para seguir publicando en otras editoriales, y Riding publicó tanto en comerciales (Poems. A Jocking Word en 1928 y Anarchism is not enough en 1930, ambos en Jonathan Cape en 1930, The Life of the Death y Poet A Lying Word en Arthur Barker ambos en 1933, etc.), como en imprentas privadas (Twenty Poems Less y Four Unposted Letters to Catherine en las ya mencionadas Hours, en 1933 ambos).

Al margen de los libros, y también en asociación con Constable, de la vieja Crown Albion salieron tres números de una revista de periodicidad más o menos anual (otoño de 1935, verano de 1936 y primavera de 1937) titulada Epilogue y subtitulada A Critical Summary en la que Riding figuraba como editora y Graves como editor asociado, y que en la publicidad que insertaron en algunas revistas (en la New Verse de Geoffrey Grigson, por ejemplo) se presentaba con el «propósito de insertar las corrientes críticas modernas en una visión de la vida y un pensamiento coherente» y en el Prelimiar del primer número ya hacía una declaración de intenciones: «Un examen crítico, sea cual sea el tema, debe empezar por lo que tiene de más confuso, y emprenderse con el objetivo más simple posible». No es de extrañar que entre los temas abordados se cuenten desde la publicidad o la fotografía hasta el concepto de realidad, la tauromaquia, la fama, la dramaturgia o la ficción detectivesca. En sus páginas pueden encontrarse firmas poco sorprendentes a estas alturas, además de, por supuesto, las de Riding y Graves: James Reeves, Len Lye, etc.

El cuarto volumen de Epilogue, casi un colofón,  resulta bastante singular con respecto a los otros tres, pues se trata de un monográfico dedicado a cartas de 65 corresponsales de profesiones muy diversas en las que comentan la situación mundial, con algunas apostillas y comentarios de Riding, y que se publicó ya en Londres y en asociación con Chatto & Windus en 1938. Todo induce a pensar que se trataba ya de una obra concebida, diseñada, compuesta e incluso impresa por Laura Riding en solitario.

De izquierda a derecha: Gordon Glover (tapado por el perro Solomon), Laura Riding, Honor Wyatt, Mary Phillips, Karl Goldschmidt y Robert Graves en Deià.

Fuentes

Roger Burford Mason, «The Siezin Press of Laura Riding & Robert Graves», Dalhousie Review, vol. 68, núm. 4 (1989), pp. 402-405.

Robert Graves y Camilo José Cela durante las Conversaciones de Formentor (adviértase el distinto grado de formalidad en el vestir).

Robert Graves, Adiós a todo eso, traducción de Sergio Pitol, Barcelona, Edhasa, 1985.

Richard P. Graves, Robert Graves. Biografía, 1895-1940, traducción de Lucía Graves y Elena Lambea, Barcelona, Edhasa, 1992.

Christina Cain Whitney, «Editorial Collaboration and Control: Laura Riding and the Seizin Press Years», Electronic Theses and Dissertations, 703 (2003).

Jean Moorcroft Wilson, Robert Graves: From Great War Poet to Good-Bye to all that (1895-1929), Londres, Bloomsbury Publishing, 2018.

Candida Ridler, «Len Lye, Robert Graves and Laura Riding: Designing Books for the Seizin and Hours Press», en Dunstand Ward, ed., The Art of Collaboration: Essays on Robert Graves and his Contemporaries, Universitat de les Illes Balears, pp. 93-116.

 

Antonio Machado y algunas ediciones raras

Tanto la primera como las últimas obras que vio publicadas en vida Antonio Machado (1875-1939) tienen algunas singularidades dignas de mención.

En 1903 aparecía de la Imprenta A. Álvarez (con sede en la calle Barco, 20), la primera edición de las Soledades (Poesías), un volumen de 112 páginas con un formato de 11 x 16,5 cm, que reunía obra publicada previamente en revistas (Electra, Revista Ibérica) y sin un sentido orgánico muy trabado. Ese mismo año aparecía con pie de esa misma imprenta, por ejemplo, las Páginas sueltas con las que también se estrenaba como autora de libros M. Pilar Contreras de Rodríguez (1861-1930).

Según se indica en la contrabierta, el libro de Machado se insertaba en una Colección de la Revista Ibérica, de la que todo parece indicar que fue el único número publicado. Dirigida por Francisco Villaespesa (1877-1936) y con Pedro González Blanco (1879-1961) como jefe de redacción y el dibujante barcelonés Ricardo Marín (1874-1955) como ilustrador, esta efímera Revista Ibérica —heredera en cierto sentido de Electra—había desaparecido ya en 1903, después de la aparición quincenal de sus cinco números entre el 20 de junio y el 30 de septiembre de 1902 (con textos de Francisco Giner de los Ríos, Juan Ramón Jiménez, Jacinto Benavente, Valle-Inclán), y nadie parece haber aclarado si se propuso convertirse en editora de libros y fracasó o bien había iniciado el proceso de publicación de las Soledades machadianas antes de desaparecer.

En cualquier caso, al año siguiente apareció en Barcelona una edición idéntica (¿acaso empleando las mismas planchas y con un papel idéntico?) presuntamente impresa por Valero Díaz y publicada por Lezcano y Cía Editores —cuya especialidad era la literatura erótica—, como tercer número de la Colección de Escritores Jóvenes que se había estrenado con Amores, del narrador y periodista cántabro Ramón Sánchez Díaz (1869-1960). En realidad, todo induce a pensar que esta segunda edición de las Soledades era un reentape de la misma edición con el propósito de aumentar unas ventas que habían sido más bien magras.

Las Soledades, galerías y otros poemas (1907) los publicó ya una empresa editorial de cierto fuste, la Librería de Pueyo en su Biblioteca Hispano-Americana, y en 1919 iniciaba Machado su relación con sus más fieles editores, Calpe, que se ocuparon de la segunda edición de este libro en su Colección Universal.

Además de varias otras obras —Juan de Mañara en 1927, Poesías completas (1899-1925) y  Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel en 1928, Poesías completas (1899-1933) en 1933—, en los años finales de su vida Machado vio publicadas tres obras singulares vinculadas a Espasa-Calpe, empresa creada en 1925 como resultado de la fusión de las dos editoriales que le daban nombre.

De 1937, cuando tanto los talleres gráficos como la editorial habían sido asumidos por un comité obrero (que la subsumieron en la editorial Nuestro Pueblo) y sus fundadores se hallaban en zona nacional (en San Sebastián), es La Guerra (1936-1937), que aparece aún con pie de Espasa-Calpe en Madrid y cuya edición sorprende el contexto en que se lleva a cabo. Se trata de un volumen de 115 páginas con un formato de 17 x 24,5, muy cuidado en cuanto a la tipografía e impreso sobre papel de hilo de la casa Guarro, con una portada a dos tintas (azul y rojo). Una edición de lujo que Ian Gibson supone «apoyada oficialmente por las agencias de propaganda republicana».

Contiene La Guerra siete textos de Machado y cuarenta y ocho dibujos a pluma de su hermano José. Los textos, aparecidos previamente en las publicaciones que se indican son los siguientes y en este orden:

  • «Los milicianos de 1936», fechado en Madrid, agosto de 1936, y publicado por primera vez en la etapa valenciana de la revista Hora de España (núm. 8, agosto de 1937).
  • «El crimen fue en Granada», aparecido el 17 de octubre de 1936 en el periódico Ayuda y pocos días después en El Mono Azul y el murciano El Liberal.
  • «Apuntes», publicados con el título «Notas de actualidad» en el primer número de la valenciana Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura (Valencia) en febrero de 1937.
  • «Meditación del día», salvo error, inédito hasta entonces.
  • «Carta a David Vigodsky» en el número de abril de 1937 de Hora de España (20 de febrero de 1937).
  •  «Al escultor Emiliano Barral», que es una versión corregida y aumentada del publicado en Nuevas canciones (Mundo Lartino, 1924).
  • «Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas», inédito si bien leído en Valencia el Primero de Mayo de 1937.

En el número de diciembre de 1937 de Hora de España (pp. 68-74), la escritora y filósofa María Zambrano (1901-1991) ya dedica una reseña a esta obra; «Sin melancolía y con austero dolor nos habla a lo más hondo de nosotros este libro, La Guerra, ofrenda de un poeta a su pueblo», escribe, sin aludir apenas a las obras en prosa. Esto debería bastar para fechar su publicación a finales de 1937, pero también cabe la posibilidad, incluso a la vista del contenido, que Zambrano leyera los textos antes de su edición en forma de libro (muchos de los cuales publicados precisamente en Hora de España), porque resulta un poco asombroso que no haga la más mínima mención ni a los dibujos de José Machado (1879-1958) ni a las llamativas características de la edición. Desconozco, sin embargo, si existe documentación que acredite o desmienta esa suposición, aunque el caso es que aún en 1937 Antonio Machado agradece por carta esta reseña.

Sin embargo, Andrés Trapiello da la siguiente explicación acerca de los motivos de que esta edición pasara tan desapercibida, pese a la reseña de una intelectual como Zambrano en una publicación tan leída como lo era Hora de España: «por razones que desconocemos, los editores nunca lo distribuyeron y sólo circularon algunos pocos ejemplares, causa de su extrema rareza. Al terminar la guerra, la edición completa, guardada en los almacenes de Espasa-Calpe en Madrid, fue destruida.»

De fechas muy cercanas tiene que ser La tierra de Alvargonzález y Canciones del Alto Duero, de nuevo ilustrado por José Machado, que compila el largo romance ya aparecido en 1933 en una edición a cargo de Manuel Altolaguirre (1905-1959) con un dibujo de Santiago Ontañón (1903-1989) y unas canciones de aire folcórico y tradicional («A un olmo seco», «Canciones de tierras altas» y «Canción de mozas»). Según el pie editorial, este volumen de 76 páginas y un formato de 11,5 x 15,5 se imprimió sobre papel basto en Barcelona en los Talleres Gráficos de la Editorial Ramón Sopena, colectivizada, y bajo el sello de Nuestro Pueblo, cuyo destino eran los combatientes en el frente, y Gonzalo Santonja subraya las tremendas tiradas que hacía esta editorial de este tipo de obras:

Los datos asentados en inventarios, actas notariales y diversos documentos de índole comercial certifican que Nuestro Pueblo ponía en circulación tiradas bastante superiores a las normalizadas con anterioridad a la guerra: diez mil ejemplares (frente a dos mil quinientos o tres mil), hasta veinticinco mil en casos como los de Sender (Contraataque), Valle-Inclán o Machado.

Sin duda, eso contribuye a explica que este volumen —aun sin contarse entre los más divulgados y, por supuesto, mucho menos los más representativos del autor— sea ampliamente más conocido que La Guerra.

Fuentes:

Edición digitalizada de La Guerra.

Jordi Doménech, «Machado vs. Espasa-Calpe», Ínsula, núm. 622 (octubre de 1988), pp. 26-27.

Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Madrid, Aguilar, 2006.

Fernando Larraz, «Política y cultura. Biblioteca Contemporánea y Colección Austral, dos modelos de difusión cultural», Orbis Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jaume Pont, «Sobre La guerra de Antonio Machado», Abel Martín. Revista de Estudios sobre Antonio Machado, 1997.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad 76), 2003.

Suárez, Cristina Suárez, «Semblanza de Sociedad Anónima Espasa-Calpe (1925)» (2006), en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED: http://www.cervantesvirtual.com/obra/sociedad-anonima-espasa-calpe1925-semblanza/

Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

María Zambrano, «La Guerra de Antonio Machado», Hora de España, núm. XII (diciembre de 1937), pp. 68-74.

Una aproximación a la edición en lengua corsa

La de la edición de literatura corsa es en apariencia una historia relativamente reciente, pues el primer texto impreso data de apenas 1817, U sirinatu di Scappinu, aparecido como cuarto canto del poema erótico-cómico Dionomachia, del magistrado y hombre de letras de Bastia Salvatore Viale (1787-1861), a quien se considera el padre de la literatura corsa y quien en 1843 publicaría una influyente antología de la rica literatura oral, Canti popolari corsi.

A lo largo del siglo XIX, la creación literaria en corso es esporádica y dispersa, pero aun así deja algunos nombres de cierto relieve, como Niccolò Tommaseo (1802-1874), Paolo-Mattei della Foata (1817-1890), Pietro Lucciana Vattalapesca (1832-1909), impulsor de la efímera revista en corso Cirno (1905-1908) y creador de las primeras expresiones de teatro cómico de raíz popular, o sobre todo Santu Casanova (1850-1934), promotor de la unificación y normalización lingüística del corso, en particular a través de la revista satírica A Tramuntana (1896-1914), donde publicó uno de los más populares escritores de la época, Petru Rocca (1887-1966), quien además, en francés, publicaría en 1913 Les corses devant de l’anthropologie y en 1921, en corso, Pruverbii, massime è detti corsi.

En la primera mitad del siglo XX, parte de la literatura corsa seguía imprimiéndose en Italia, Francia o Inglaterra, pese al establecimiento sobre todo en Bastia de una mínima infraestructura editorial, más destinada a la impresión de publicaciones periódicas y folletos que a la de libros. Sin embargo, revistas como A Muvra, de los hermanos Petru y Mattei Rocca (como órgano del Partitu Corsu d’Azione), por ejemplo, publicaba anualmente un almanaque que incluía textos de creación literaria, y a ella fueron añadiéndose, desde Marsella, el almanaque Annu Corsu, donde se publicarían algunas novelas del periodista y poeta Sébastien d’Alzetu (1875-1963), y en la isla U Falcone (1926-1928), y ya después de la guerra mundial U Muntese (1955-1972) o Monte Cintu (1959-1963), entre otras de vida menos longeva y menos influyentes.

A estas cabeceras hay que añadir iniciativas como las de Alain Piazzola, quien ya a finales de los sesenta funda una editorial unipersonal con su propio nombre, dedicada sobre todo a libros científicos y culturales de tema corso y, con el paso del tiempo, de algunos títulos importantes, como es el caso de L’Usu Córsu: Dictionaire des mots d’usage et des locutions du Nord et du Centre de la Corse avec ses équivalents des langues italienne et française (2001), de Pascal Marchetti, quien previamente había recibido el Prix du Libre Corse en 1990 por La corsophonie, un idiome à la mer (en Albatross).

Sin embargo, suele fecharse en 1974, con la aparición de la revista Rigiru, la aparición de un segundo renacimiento de la lengua corsa que cristalizará en la llamada «generación de los setenta» (con el escritor y activista Ghjacumu Thiers a la cabeza) y los primeros proyectos sólidos de edición de literatura en lengua corsa.

Un personaje clave en ese proceso fue Jean-Jacques Colonna, quien a los veintitrés años, en 1977, abandonó su puesto como secretario general en la Maison de la Culture Corse para abrir en Ajaccio la librería La Marge, que se convirtió en punto de encuentro de la intelectualidad de la isla y en una de las casas editoras punteras (con más de doscientos libros de temática corsa en esa primera etapa). Al margen de muchas otros proyectos llevados a cabo, entre los que destaca la organización de las Journées du Livre Corse, en 1999 Colonna cedió la librería y editorial (en parte absorbidas por Albiana), pero no tardó en volver a la publicación de libros, en 2004, con Colonna Edition (centrada en libros vinculados de un modo u otro a la historia y la lengua corsa, pero también al libro lujoso y a la novela, siempre de tema corso).

En los ochenta, uno de los escritores más reconocidos, Rinatu Coti, publicaba aún sus obras de un modo bastante precario, en pequeñas editoriales de vida efímera: sus cuentos en Radichi (Una Spasimata, 1983;) o en la compañía también discográfica Cismonte e Pumonti Edizione (A Signora, 1987; U Maccedu, 1988, etc.), donde trabajó también como editor y director de la colección Paroli Sciolti y publicó también el libro que recogía su obra poética entre 1974 y 1985, Par viaghju.

Sin embargo, ya en 1983 se había creadoa Albiana, una editorial también con un catálogo muy generalista y amplio (fotografía, guías, revistas científicas, creación literaria) que para armarlo a menudo recurrió al establecimiento de acuerdos de coedición con instituciones y asociaciones como el Parc Naturel Régional de Corse, la Maison Bonaparte, el Musée de la Corse o la Università di Corsica, y que en 2004, pensando en el futuro, inició una potente línea de libro infantil y juvenil.

En la misma órbita y muy vinculada con Albiana se encuentra la revista bianual Bonanova, creada por el ya mencionado Thiers en el seno del Centru Culturale Universitaire de la Università di Corsica y que combina la creación con el estudio, pues se presenta como «una revista sobre la actividad cultural del momento» que tanto publica textos completos como extractos o pasajes de obras más extensas. Posterior a estas son las Éditions Clémentine, creadas por François Balestriere, también con un catálogo muy diverso que va del libro de arte a las guías gastronómicas, pasando por el cómic, la novela o los diccionarios.

Otra fecha clave fue 2012, cuando Jérôme Ferrari, novelista y traductor del corso al francés, obtuvo el Premio Goncourt con El sermón sobre la caída de Roma (en español, en Literatura Mondadori, traducida por Joan Riambau), pues despertó cierto interés internacional por la literatura corsa y cobraron visibilidad algunos de los autores que formarían parte del catálogo de la editorial Albiana, como Jean Yves Acquaviva (novelas como Ombre di guerra, poemarios como Tandu scrivu), Marcu Briancarelli (Murtoriu, Parichji dimonia, Prighjuneri, Stremu miridianu…) o Antoniu Trojani (1901-1991), profesor de secundaria y pionero que ya en 1964 había publicado Contes corses (en la colección Folklore de F. Lanore Editeur), Dopu Cena. Stalbatoghji Corsi (en Antoine Rico, 1973) y Sott’a l’Olmu (1978).

Entre las iniciativas más asombrosas y atractivas creadas a finales del siglo XX se encuentran Éolienne, empresa dedicada tanto a la edición y publicación de libros como a la producción de films documentales, como es el caso de Théodore Ier, roi des Corses o Récit d’úne tragedia ordinaire, sobre la historia de la violencia en Córcega. La trayectoria de sus creadores explica bien esta dualidad: Xavier Dandoy de Casaianca ya de muy joven compaginaba la creación y dirección de fanzines con el videoarte, hasta que producto de su pasión por la tipografía y las artes visuales creó A Hélice, que más tarde se convertiría en Éolienne, mientras que por su parte Anne de Giaferri se ha dedicado, además de a la editorial, tanto a la composición musical (es miembro de la orquesta electroacústica L’OrMaDor) como a la producción y la dirección cinematográfica.

Su arranque a principios de 1983 fue singular, con la novela breve de Nathalie Kuperman Janus, con una tirada de mil ejemplares, cada uno de ellos con una cubierta original obra de las tres hermanas Isabelle, Claire y Anne Duval. La preocupación por el aspecto y la calidad formal de los libros ha sido siempre evidente, y eso les ha permitido atraer a autores del calibre del multipremiado escritor de origen tunecino Hubert Haddad, el francés Frédéric Richaud (conocido sobre todo por sus novelas El jardinero del rey y Un zoológico para el rey Sol) o el premio Nobel de origen chino Gao Xingjian (de quien se publicó una versión bilingüe, con traducción de Ghiuseppu Turchini, del libreto de Ballade nocturne). A partir de 2009 Éolienne empezó a publicar también libros destinados al público infantil y juvenil, pero el reconocimiento internacional les llegó sobre todo gracias a la impresionante revista Kôan.

Fuentes:

Bonifay, «La littérature corse d’ayjourdhui», France3 CorseViastella, 27 de octubre de 2012.

François Michelle Durazzo, «La poesía corsa más allá de las lenguas», Zurgai. Euskal Herriko olerkiaren aldizkaria: Poestas por su pueblo, núm. 7 (julio de 2007), número especial sobre literatura corsa, pp. 6-12.

«Editeurs corses», en Corsicatheque.com

«In prima avec Alain Piazzola» (entrevista en vídeo), Alta Frequenza.

Musanostra, web.

Odile de Petriconi, «Bastia: Xavier Dandoy de Casabianca et les Éditions Éoliennes au service dy beau libre et de la bonne littérature», Corse Net Infos, 4 de enero de 2016.

De telefonista en el Majestic a la editorial Premiá: María José de Chopitea

Nacida en 1915 en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán asentada en lo que hoy es el barrio barcelonés de Sarrià, María José de Chopitea recibió una esmerada educación que incluyó estancias en Ginebra cursando estudios de francés que propiciaron que durante la guerra civil española, además de desempeñarse como enfermera, entrara a trabajar como telefonista en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya (establecido en el Hotel Majestic).

Sobre de azúcar en el que aparece la versión simplificada del logo del Orfeó Català de Mèxic.

Al igual que tantísimos otros republicanos, como consecuencia del resultado de la guerra salió de su país en enero de 1939 y, tras pasar episódicamente por París, Ginebra y Nueva York, en noviembre de ese mismo año llegaba a México, donde enseguida entró en contacto con los ambientes culturales de la capital, y en los años sucesivos publicaría en diversos cabeceras mexicanas (Mañana, El Nacional, Nosotras, Confidencias, Todo, La Semana Ilustrada), así como en algunas publicaciones de los exiliados republicanos (Euzko Deya, Orfeó Català) y colaboraría en instituciones como El Colegio de México (entre cuyo equipo de profesores e investigadores figuraba en 1950 como ayudante de Josep Maria Miquel i Vergés [1903-1964]). El historiador Miquel i Vergés había solicitado una colaboradora para el Diccionario de insurgentes que llevaba ya tiempo preparando y no lograba terminar, pero finalmente en abril de 1953 la Junta de Gobierno del Colegio de México decidió cancelar la beca y suspender el pago a María José de Chopitea (por cierto: el libro apareció, en Porrúa, en fecha tan tardía como 1969). Su firma puede rastrearse también en publicaciones como el Boletín Bibliográfico publicado por el Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde dedica por ejemplo un homenaje al del violonchelista catalán Pau Casals con motivo de su visita a México («Presencia de Casals», núm. 150, marzo de 1959) o inicia en el número 157 de la misma publicación (junio de 1959) una serie de artículos sobre los Jocs Florals de la Llengua Catalana. Si bien en 1946 se había naturalizado mexicana y algunas de sus obras son expresión de esa identificación con su nuevo entorno, es evidente que mantuvo también un contacto fuerte con sus raíces culturales.

María José de Chopitea, por José Ramos Castillo.

De 1950 es el primer libro de María José de Chopitea, Lazos de infancia, recopilación de cuentos infantiles impresa a cargo de la autora en los Talleres Isla, precedida de un prólogo del poeta Vicente Echevarría del Prado (1898-1976), con portada de Manuel de Chopitea y decorado con viñetas de José Suárez Olivera, que propició que José Revueltas la definiera como «la escritora de la ternura» y que en 1997 recuperó Factoría Ediciones. Cuatro años posterior es su libro más famoso y reeditado, una extensa novela de gran carga autobiográfica sobre los avatares de los refugiados españoles en Europa, Sola, en este caso en los Talleres Editoriales Unidos, recuperado en los años setenta en Premiá. Y a este seguirían el también muy reeditado ensayo Geishuba (Jardín del Istmo), publicado sucesivamente en Editora Mayo (1960) y Libro Mex (1960 y 1961) y la pieza teatral en tres actos prologada por el dramaturgo Federico S. Inclán (1910-1981) La dictadora (Costa-Amic, 1963), que se basa en un episodio de la vida de Margarita Nelken. No hay noticia de que se estrenara, pero Pedro Gringoire la describe como «en conjunto vigorosa, valiente, llena de sentimiento y sinceridad, de gran acierto psicológico, con profunda temática humana y escrita con agilidad y buen gusto». La obra de Chopitea publicada en volumen se cierra con un texto a medio camino entre el ensayo y la prosa poética: In Memoriam. Tributo póstumo a Luis Octavio Madero, publicado con dibujos de la muralista y fotógrafa mexicana Josefina Quezada (1925-2012) en 1965,  también por Costa-Amic.

Cubierta de la primera edición de Lazos de infancia.

En 1964 su nombre figura entre los miembros fundacionales de la Asociación de Escritores de México (núm. 36), pero no fue hasta finales de la década de los setenta, que Chopitea, que la década anterior había sido secretaria y mecanógrafa del célebre pintor David Alfaro Siqueiros (1896-1974) así como de quien llegaría a ser presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo (1908-1994), entró de lleno en el mundo editorial como fundadora en 1976 de la editorial Premiá, un proyecto en el que se ocupa de la administración y en el que le acompañaban Margarita Millet (gerente general), José Miguel Tola (producción) y el bibliófilo de origen peruano Fernando Tola de Habich (editor), conocido en España por su paso por Barral Editores y por la dirección de Distribuciones de Enlace Mexicana (cuando esta había pasado ya a manos de Labor), acerca de quien escribe Carlos Barral en sus memorias:

Tola había convertido en industria transterrada una granja fortificada en la que antes había criado conejos y vacuno, y así mantenía la editorial en Ciudad de México. Mi hijo Alexis estuvo allí una temporada de aprendiz entre los indios descalzos. Con Tola hubiéramos podido atar en México una parte de nuestros programas y ampliar nuestras complicidades culturales, pero era seguramente un personaje demasiado difícil o podía parecerlo a los demás.

Mayores detalles acerca de la editorial y de Tola dio el escritor mexicano de origen catalán Jordi Soler, tomando como estribo otra fuente importante en este aspecto, el libro Los años del boom, de Xavi Ayén:

En esa venerable editorial leímos, por ejemplo, El buen soldado, de Ford Madox Ford, en la traducción de Sergio Pitol, o Sentimiento del tiempo, de Ungaretti, traducido por Tomás Segovia, o el célebre De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, o el tremendamente manoseado, y no siempre bien comprendido Tao Te King. Todos estos libros los editaba Tola en Santa Rita Tlahuapan, con la ayuda de un grupo de campesinos que echaban la mano después de sus faenas agrarias, y de su mujer, Margarita Millet, que había sido secretaria de Carlos Barral en Barcelona y cuyo lugar de nacimiento, Premià de Mar, dio el nombre a la editorial.

La editorial se estrenó en 1977 con la traducción de Los once mil falos, de Guillaume de Apollinaire, con la que se inauguraba también la colección Los brazos de Lucas, destinada a la literatura de contenido sexual y donde se publicaron también El arte de las putas de Moratín y obras de Alfred de Musset, Georges Bataille, D.H. Lawrence y Pierre Louÿs, entre otros. Casi simultáneamente se puso en marcha la colección La Nave de los Locos, con el mencionado Tao Te King, de Lao Tsé, al que seguirían Aurelia, de Gerard de Nerval, Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, en traducción de Marcos Antonio Campos, Cartas a Teresa, de José Revueltas, etc.

Otras colecciones notables fueron Los Libros del Bicho, destinada a nuevos poetas mexicanos (Alí Chumacero, Efraín Huerta, Raúl Renán), y La Red de Jonás, con una serie destinada al ensayo humanístico (Marco Antonio Campos, Fernando Tola de Habich, Álvaro Quijano) y otra a la literatura mexicana (Margo Glanz, Carlos Montemayor, Vicente Leñero o Sola de Chopitea). En coedición con el INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) publicó también una colección dedicada a la recuperación de textos mexicanos decimonónicos (Manuel Balbotín, Mariano Azuela…).

De 1979 es la primera traducción —muy cuestionada por su excesiva libertad—en la que aparece la firma de Chopitea, El proceso, de Franz Kafka, autor de quien traduciría también El castillo (1982) y La América (1984). Asimismo,  aparece como traductora de El Panóptico (Premiá, 1989), de Jeremy Bentham, con prólogo de Michel Foucault,  y de las obras de August Strindberg (1849-1912) Alegato de un loco (Premiá, 1984), El hijo de la sirvienta (Coyoacán, 1998) y Sólo (Coyoacán, 2002), así como responsable de la revisión y corrección de la traducción de Marco Aurelio Galindo de El agente secreto, de Joseph Conrad (1857-1924). Puede deducirse, dada la edad por entonces de Chopitea, que estos trabajos para la editorial Premiá se extendieron hasta la desaparición de la misma, en 1992, cuando su fondo cayó en manos de Coyoacán (o quizás pasó entonces a colaborar con esta última editorial).

Es de suponer que a estas alturas del siglo XXI José María de Chopitea debe de haber fallecido, pero ninguna de las fuentes consultadas ofrece datos precisos acerca de su muerte, más allá de que se produjo en México y en fecha posterior al año 2000. Un misterio.

Fuentes:

Carlos Barral, Memorias, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Olga Glondys y José Ramón López García, «María José de Chopitea», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio-Anejos 30), vol. 2, 2016, pp. 82-83.

Pedro Gringoire, ¡Por Cataluña!, México D.F., Ediciones del Orfeó Català, 1970.

Armando Pereira, coord., Diccionario de literatura, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México-Ediciones Coyoacán, 2004 (2ª ed. corregida y aumentada).

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.

Libros infantiles antisemitas y otras ediciones nazis

A principios del siglo XXI se publicó la traducción al español de uno de los libros infantiles antisemitas más famosos, Der Giftpilz (La seta venenosa), de Ernst Hiemer (1900-1974)  e ilustrado por Philipp Rupprecht (1900-1975), conocidos ambos por sus participación en la revista igualmente antisemita, anticomunista, pornográfica y pronazi Der Stürmer (1923-1945). Esta colección de diecisiete cuentos apareció originalmente en 1938 con pie editorial de Julius Streicher, veterano de la primera guerra mundial, miembro desde 1919 de la Deutschvölkischer un Trutzbund (Federación Nacionalista Alemana de Protección y Defensa) y propietario y fundador de Der Stürmer. No hará falta añadir que Der Strümer, si bien siempre se mantuvo en manos de Streicher y no fue nunca una publicación oficial del Partido Nazi, vivió su época dorada con el ascenso al poder de Hitler, cuando pasó de unas tiradas de 2.000 o 3.000 ejemplares en los años veinte a los 600.000 que imprimía entre 1933 y 1940.

Cubierta de Der Giftpilz.

Der Giftpilz no es el primer libro infantil antisemita, pero muy probablemente sí es el más famoso y el más traducido a otras lenguas, gracias sobre todo a su uso como libro escolar, a que en 1938 la londinense organización de los años treinta Friends of Europe lo tradujo al inglés y, ya en el siglo XXI, a la iniciativa del neonazi estadounidense Gary Lauck (n. 1953), quien  financió la traducción y publicación en diversas lenguas, amparándose en la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos.

Poco menos conocido es Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid! («No confíes en un zorro entre el breza verde ni en el juramento de un judío»), de la maestra, escritora e ilustradora Elvira Bauer (1915-¿?), quien antes de lograr publicarlo en 1936 en la colección de libros ilustrados de Stürmer Verlag, vio como se lo rechazaban editoriales en principio tan idóneas como Eher Verlag (editorial oficial del Partido Nazi y boyante sobre todo gracias a la publicación del Mein Kampf de Adolf Hitler). En poco tiempo se hicieron por lo menos siete ediciones, lo que supone un total, como mínimo, de cien mil ejemplares, y la efectividad de sus imaginativas y avanzadas ilustraciones y decoraciones fue reconocida incluso por personajes tan poco sospechosos como Erika Mann (1905-1969), la hija de Thomas. El hecho de emplearse también en centros escolares –no se olvide que el 97% de los maestros pertenecía al sindicato nacionalsocialista– explica en buena medida su amplísima difusión.

Interior de Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid!, de Elvira Bauer.

De 1940 es Der Pudelmopsdackelpinscher, también del ya mencionado Hiemer y vinculado al editor Julius Streicher (en este caso en Stürm Buchverlag) y en el que cada capítulo establece un paralelismo entre los judíos y un animal distinto (perro, víbora, el piojo…), también destinado al público infantil pero del que incluso una publicación tan afín como Der Hoheitsträger, órgano oficial del Partido Nazi, consideraba excesivamente fuerte. Antes de ser juzgado al final de la segunda guerra mundial e internado en el campo de prisioneros Stalag XIII-D, en el norte de Baviera, durante tres años, Hiemer, colaborador de Der Stürmer desde los años veinte, publicó un tercer libro, pero en este caso destinado al público adulto: una amplísima antología de proverbios y aforismos antisemitas (Der Jude im Sprichwort del Völker, 1942).

Portada de un número de Der Stürmer.

Más allá de la actividad editorial de Streicher, la edición propiamente nazi mantuvo a todo lo largo de los años treinta y buena parte de los cuarenta un ritmo de actividad tremendo en el que destacan sobre todo Ullstein Verlag y, por supuesto, Franz Eher Nachfolger.

El origen de la primera –hoy propiedad de Random House– se remonta a finales del siglo XIX, cuando en 1877 el empresario judío Leopold Ullstein (1826-1899) compró a Rudolf Mosse un periódico, Berliner Tageblatt, que reconvirtió en Berliner Zeitung y sobre el que fue construyendo un auténtico imperio editorial. A su muerte la empresa pasó a manos de sus hijos (uno de los cuales, Hermann, huyó en 1938 de la Alemania nazi y se estableció en Estados Unidos), quienes en 1933 fueron obligados a una «arianización» forzosa de la empresa y al año siguiente, en una operación en la que desempeñaron un papel crucial las presiones del Deutsche Bank, la familia se vio obligada a vender a Franz Eher Nachfolger la editorial, valorada en unos sesenta millones de marcos alemanes, por seis millones. A partir de ese momento, Ullstein, rebautizada Deutscher Verlag, cambió por completo su línea editorial en lo que probablemente sea uno de los giros más incomprensibles de un catálogo si se desconoce su historia.

Cubierta de Der Pudelmopsdackelpinscher.

Franz Xavier Josef Eher (1851-1918)  había fundado su editorial a principios del siglo XX (1901), y a su muerte pasó a manos del fundador de la Sociedad Thule y uno de los precursores del nacionalsocialismo, de nacionalidad turca, Rudolf von Sbottendorf (Adam Alfred Rudolf Glauer, 1875-1945). A través del mentor político de Hitler Anton Dexler (1884-1942) y financiación del fanático anticomunista Franz von Epp (1868-1947), en diciembre de 1920 la editorial fue comprada por el Partido Nazi, y al año siguiente el principal accionista era ya Adolf Hitler (1889-1945). Por su parte, después de publicar Bevor Hitler kam («Antes de Hitler»), donde subrayaba los vínculos entre las ideas de Hitler expuestas en Mein Kampf y el esoterismo, Sbottendorf fue deportado en 1934 y regresó a Turquía (donde murió misteriosamente ahogado en mayo de 1945).

Sobrecubierta de una de las muchas ediciones de Eher de Mein Kampf.

El grueso de las editoriales nazis, y sobre todo las más conocidas  e importantes salvo en el caso de Streicher, no fueron tanto de nueva creación como resultado de compras, a menudo más bien oscuras, valiéndose de una indudable posición de fuerza.

Fuentes:

Randall L. Bytwerk, Julius Streicher, Nazi editor of the notorious Anti-semitic Newspaper «Der Stürmer», Nueva York, Cooper Square Press, 2001.

Mary Mills, «Propaganda and Childrens during the Hitler years», Jewish Virtual Library.

Holocaust Encyclopedia en el United States Holocaust Memorial Museum.