Anagrama y el canon literario latinoamericano (sobre Narrativas Hispánicas)

«El criterio de uno como lector es selectivo, y el criterio de uno como editor debe ser aglutinante.»

Ricardo Piglia

 

Desde por lo menos el estallido del boom, las capitales editoriales españolas han actuado tradicionalmente como puente entre las literaturas latinoamericanas y las europeas, si bien es cierto que también París ha desempeñado un papel importante. Esto subraya lo que, refiriéndose al caso de Argentina, Javier Lluch-Prats ha denominado la «dependencia de la mediación editorial española para la internacionalización de los textos».

El capital simbólico acumulado por Anagrama a lo largo de su historia, así como los contactos cultivados por su fundador, Jorge Herralde, contribuyen a explicar la importancia que ha cobrado Anagrama en la construcción del canon en países como México, Argentina o Chile, y ese proceso puede advertirse bien a la vista del catálogo de la colección Narrativas Hispánicas.

Beatriz de Moura (Tusquets) y Jorge Herralde.

Si bien ya previamente habían aparecido en Anagrama algunos textos del argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) y del también argentino pero de expresión francesa Copi (Raúl Damonte Botana, 1939-1987), puede tomarse como punto de referencia la entrada en la colección Narrativas Hispánicas (creada en 1981) del mexicano Sergio Pitol (1933-2018) con el libro de relatos Vals de Mefisto (publicado previamente en México con el título Nocturno de Bujara por Siglo XXI), y en particular porque Pitol, residente por entonces en Europa, será uno de los grandes beneficiarios de la política de autor llevada a cabo en muchísimos casos por Jorge Herralde y verá publicado en esta editorial el grueso de su obra. Al año siguiente, en 1985, se publicaba ya en la misma colección al primer escritor argentino –afincado en París– Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano, prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante).

Ricardo Piglia.

Además de la colección Narrativas Hispánicas, otro punto de referencia para analizar esta progresiva presencia de literatura latinoamericana es el Premio Herralde de Novela, que, además de premiar El desfile del amor de Pitol en 1984, ese mismo año designa como finalistas al argentino residente en Madrid Miguel Enesco, por Me llamaré Tadeusz Freyre, y al año siguiente a la también argentina Luisa Futoransky, por De Pe a Pa (De Pekín a París). De 1987 es la publicación en NH de La trenza de la hermosa Luna, de la cubana afincada en Puerto Rico Mayra Montero, quien hasta entonces sólo había publicado el libro de relatos Veintitrés y una tortuga (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981) y cuyos libros siguientes fueron casi sistemáticamente publicados en Estados Unidos en traducción al inglés de Edith Grossman (prestigiosa traductora de Cervantes, García Márquez, Vargas Llosa y Julián Ríos, entre otros). En 1986 Montero había compartido la condición de finalista del Premio Herralde (que en la página que Harper Collins se describe como «one of Europe’s most prestigious literary awards») con el uruguayo Roberto Fernández Sastre (La manipulación) y el colombiano Evelio Rosero (Juliana los mira). Como señala Jorge L. Locarno, uno de los mayores intereses del Premio Herralde es su capacidad para conferir valor simbólico a textos que pasan luego a circular por el mundo con la etiqueta de «literatura latinoamericana», y por lo tanto incide en qué se toma por tal cosa más allá de los propios países latinoamericanos. Incidiendo en la misma cuestión, en el prólogo a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina Juan Villoro, por su parte, señala que el catálogo de Anagrama es «siempre heterodoxo respecto a la valoración que las literaturas hacen de sí mismas, y acaso por eso mismo, tiene altas posibilidades de definir el canon futuro». También de 1987 es la recuperación en NH de Las ratas, seguido de Sombras suele vestir (que en 1972 había aparecido ya como tal en Siglo XXI), del entonces recién fallecido José Bianco (1908-1986). Desde entonces, si bien porcentualmente no era predominante, la presencia de literatura latinoamericana fue constante y sostenida con la obra de Pitol como indudable protagonista principal.

Aun así, suele señalarse como un momento clave en la intensificación de estas relaciones la mitad de la década de 1990, no casualmente coincidente con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea (1993) que a finales de 1995 culminaría con el acuerdo de creación de una moneda única (el euro). En el texto de presentación de Anagrama. 45 años. 1969-2014, Recorrido por cuatro décadas y media, Herralde sitúa ese cambio incluso más adelante, de la primera década del siglo XXI:

Uno de los rasgos más destacados de este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina.

Herralde con Roberto Bolaño.

En cualquier caso, tanto en la segunda mitad de los ochenta como en la primera de los noventa, los autores latinoamericanos, y no sólo argentinos y mexicanos, siguen presentes en NH, y valga como muestra los premios Herralde  a La noche es virgen, del peruano Jaime Bayly en 1997 y Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en 1998, a los que pueden añadirse como finalistas la peruana Teresa Ruiz Rosas (con El copista, en 1994) o el hispanoargentino Andrés Neuman (con Bariloche, en 1999), o el inicio de la publicación casi sistemática de la obra del mexicano de origen hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) (Movimiento perpetuo y Obras completas y otros cuentos en 1990, La Oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio en 1991, Viaje al centro de la fábula en 1992..) o aun la aparición del cervantista argentino Federico Jeanmarie con Miguel (1990), quien tras dar muchas vueltas (Sudamericana, Norma, Seix Barral, Alfaguara…) volvería a Anagrama con Tacos altos (2016) y para ser finalista del Herralde de Novela ese mismo año con Amores enanos.

Otro libro importante en este sentido –en tanto que propuesta para la actualización del canon–, es la antología preparada por Juan Forn y publicada en 1992 Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina (publicada luego en la colección Compactos con el subtítulo Una antología de narrativa argentina), que dio a conocer a muchos lectores no argentinos a escritores como Cecilia Absatz, César Aira, Rodrigo Fresán, Fogwill, Sylvia Iparraguirre, Alberto Laiseca, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Alan Pauls… El respaldo de un sello como Anagrama, confirmado en varios de estos casos con la posterior incorporación a su catálogo (Alan Pauls, por ejemplo) o a grandes editoriales (caso de Fresán), situó de pronto en otra división internacional a estos autores a ojos de los editores de otros países, pues como ha explicado el propio Herralde, «en tanto y en cuanto tienes un fondo de autores extranjeros de primerísima fila, los editores extranjeros se fían a priori de los libros que tú les recomiendas».

Tal vez sí el despegue más vistoso se produce en el inicio del nuevo siglo, con autores jóvenes, outsiders en sus propios milieux literarios locales, exploradores de tradiciones que no son las predominantes en sus respectivos países, y a ello hay que añadir que en muchos casos establecieron relaciones de amistad o cuanto menos de trato entre ellos, creando si no una imagen de grupo sí de parentesco, con Anagrama como elemento aglutinador, pero también es cierto que es un despegue que llevaba ya bastante tiempo con el motor en marcha. Y parece indudable la incidencia de las elecciones de Anagrama en la configuración del canon de la literatura latinoamericana más innovadora a ojos del conjunto del sistema literario internacional.

Fuentes:

Leila Guerriero, «Jorge Herralde: el anagrama perfecto», La Nación, 24 de junio de 2001.

Jorge Herralde, El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina, texto introductorio de Juan Villoro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Javier Lluch-Prats, «Escritores de marca: voces argentinas en el catálogo de Anagrama», Orbius Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jorge J. Locane, «El Premio Herralde de Novela: Literatura Latinoamericana para el mundo y desterritorialización del prestigio», INTI: Revista de Literatura Hispánica, núm. 85-86 (2017), pp. 100-112.

Jorge L. Locane, «¿Cómo se produce la literatura mundial? Esbozo de una respuesta: el catálogo de Anagrama», intervención en el VII Seminario Internacional Redes Públicas y Relaciones Editoriales. La edición iberoamericana en el mapa de la literatura mundial, Madrid, 30 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 2017.

Juan Carlos Piedrahita B., «En Anagrama somos audaces» (entrevista a Jorge Herralde), El Espectador, 28 de noviembre de 2009.

Redacción, «Anagrama apuesta por los escritores rebeldes», Proceso, 24 agosto de 2003.

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Alejandro Zambra y la generación de la Biblioteca Ercilla

A lo largo de la espléndida colección de textos de Alejandro Zambra que Andrés Braithwaite seleccionó y editó con el título No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), el escritor chileno menciona en diversas ocasiones la importancia que tuvo en la formación de los lectores de su generación los libros que integraron la Biblioteca Ercilla. Así, por ejemplo, en «Niños genios» explica Zambra:

Gran parte de los niños de los años ochenta debemos nuestra iniciación literaria a la Biblioteca Ercilla, una nu­merosa colección de libros sin dibujos, sin prólogos y sin notas a pie de página que venían de regalo con la revista Ercilla […]. Somos, mal que nos pese, la generación Ercilla: leímos La metamorfosis o El retrato de Dorian Gray o los cuentos de Poe fundamentalmente porque entonces bastaba estirar la mano para obtener esos libros y porque nos cautivaron o no nos aburrieron

A la altura de los años ochenta del siglo XX, Ercilla era ya toda una institución en el panorama editorial chileno. Sin embargo, ya un siglo antes Ercilla había dado nombre a una célebre imprenta creada por el bibliófilo y erudito José Toribio Medina (1852-1930) (de ella salió, por ejemplo, el poema histórico Las guerras de Chile [1888], de don Juan de Mendoza Monteagudo, con el que nace la colección de Poemas Épicos Relativos a Chile).

De 1933 data la fundación de la Editorial Ercilla de Laureano Rodrigo y Luis Figueroa, que entre los años treinta y los cuarenta, la época dorada de la edición chilena, ocupó un lugar preponderante, junto con Nascimento y Zig_Zag y, a cierta distancia en cuanto a tamaño otras como Osiris y Universo. Si Nascimento era la editorial de referencia en cuanto al ensayo y Zig Zag destacó por acoger a los narradores chilenos y por el esmero en el diseño, Ercilla fue la gran divulgadora de la literatura universal, gracias entre otras cosas al un equipo de prestigiosos editores que reunió, entre los cuales un buen número de intelectuales peruanos  afines o vinculados al APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) exiliados en Chile, como el profesor limeño Luis Alberto Sánchez (1900- 1994), que dirigió la editorial además de publicar en ella diversos títulos propios (Panorama de la literatura actual, 1934; Historia de la literatura americana (desde los orígenes hasta 1936), 1937; Historia general de América, 1941, etc.), los escritores Ciro Alegría (1909-1967), que empezó alternando el trabajo como corrector de pruebas con traducciones para Zigzag, y Juan José Lora (1902-1961) o el periodista Manuel Seoane Corrales (1900-1963), que a partir del abril de 1937 dirigiría la revista Ercilla.

Avanzada la década de los treinta, sumida la industria editorial española en las trabas inherentes a una guerra civil, Ercilla vivió su momento de esplendor en 1937, con la apertura de diversas sucursales (Buenos Aires, Caracas, México, Montevideo…) y con un ritmo de publicación de hasta tres obras mensuales y tiradas de mil ejemplares iniciales.Por entonces la revista Ercilla tenía ya cuatro años, si bien inicialmente se había planteado como un boletín literario de apenas ocho páginas, pero la llegada en 1935 del español José María Souviron (1904-1973) y en abril de 1937 del ya mencionado Manuel Seoane, le dieron un empujón definitivo y la convirtieron en un modelo de magazin.

Tras la breve etapa de dirección de quien pasa por ser la primera periodista chilena, Lenka Franulic (1908-1961), durante la cual se incorpora alguna firma importante a la revista –la de José Donoso, en particular–, a su muerte se pone al frente de la misma Enrique Cid y se inicia una etapa de cambios muy frecuentes en la dirección –Humberto Malinarich entre 1962 y mediados de 1966, Erika Vexler los doce meses siguientes, Alejandro Cabrera Ferrada la segunda mitad de 1967–, en la década siguiente se inicia la fórmula promocional de regalar todo tipo de productos adicionales con la adquisición de la revista y, en palabras de Subercaseaux, «el libro se convierte en factor de promoción para sacar a la revista Ercilla de su decaimiento». Tal fue la magnitud del éxito que Ercilla llegó a tener una tirada de 237.000 ejemplares.

La Biblioteca Ercilla, y su éxito, fue posible en buena medida gracias a la participación de la Editorial Andrés Bello, que cedió gratuitamente los derechos para la selección de Los Mejores Libros Chilenos, y sobre todo del patrocinio de la Televisión Universidad Católica de Chile, a los que habría que añadir Xerox, Nescafé y el Banco Nacional de Valores. Fruto de esta relación fue el lanzamiento entre marzo y noviembre de 1983 de Los Mejores Libros Chilenos, que alcanzan una venta media de 158.417 ejemplares, según datos de Subercaseaux. A este éxito contribuyó también que algunos de los títulos eran de lectura obligada en el Plan de Estudios de Enseñanza Media, como se ocupaba de subrayar la publicidad. Tras Martín Rivas, de Alberto Blest Gana (1830-1920), aparecen sucesivamente Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002), Recuerdos del pasado, de Vicente Pérez Rosales (1807-1886), Sub-terra, de Baldomero Lillo (1867-1923), Gran Señor y Rajadiablos, de Eduardo Barrios (1884-1963), La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533-1594), Montaña adentro y otros cuentos, de Marta Brunet (1897-1967), Mio Cid Campeador, de Vicente Huidobro (1893-1948), La última niebla, de María Luisa Bombal (1910-1980), Un juez rural, de Pedro Prado (1886-1952), Llampo de sangre, de Óscar Castro (1910-1947), y Frontera, de Luis Durand (1895-1954).

Marta Brunet.

A esta colección siguieron semanalmente a partir de noviembre de 1984 Los Mejores Libros Españoles, formalmente igualmente toscos y poco cuidados y con títulos en general más provectos (y por tanto libres de derechos), como El Libro de Buen Amor, El Conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La perfecta casada, El Burlador de Sevilla, La vida es sueño, aunque también Marianela, Bodas de sangre, Azorín, Poesía Selecta de Antonio Machado (títulos que acaso Alejandro Zambra no llegó a ver) y uno de los sí recordará Zambra, la Niebla de Miguel de Unamuno (1864-1936), de los que se vendía una media de 160.000 ejemplares.

En «De novela, ni hablar», donde vuelve a insistir en la influencia de esta colección, escribe Zambra:

En mi casa, como en la mayoría de las casas de clase media, la biblioteca consistía únicamente en una colección de libros baratos que venían de regalo con la revista Ercilla. La Biblioteca Ercilla incluía varias decenas de títulos de color rojo para la literatura española y de color café para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No había una colección de libros latinoamericanos. No había, para nosotros, literatura latinoamericana. Doña Bár­bara, el Martín Fierro y las Ficciones de Borges figuraban entre los libros de literatura universal, y si mal no recuerdo el título más actual de los españoles era Niebla, de Unamu­no. Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una litera­tura latinoamericana.

Quizá el término, sin embargo, resulte un poco desorientador, porque en los años treinta la editorial Ercilla había publicado ya una longeva colección, específicamente llamada Biblioteca Ercilla, que daba una orientación bastante distinta de lo que era la línea ideológica de Ercilla en aquellos años: Breve historia del mundo (1934), de H.G. Wells; Y así vamos.. (1934), de Carlos Sáez Morales; El fin del capitalismo (1934), de Ferdinand Fried; Chile frente al socialismo y al comunismo (1934), de Mario Bravo Lavín; Dostoiewski (1935), de André Gide; Psicología de la vida erótica (1935), de Sigmund Freud; Fundamentos reales de sociología (1936), de Georg Nicolai; El golpe de estado de 1924, ambiente y actores (1938), de Emilio Rodríguez Mendoza,…

Fuentes:

Joaquín Fermandois, dir., Olga Ulianova, coord.., Chile. Mirando hacia dentro, vol. 4 (1930-1960), Taurus, Fundación Mapfre, 2015.

Jorge Fuentes, «Los famosos libros regalados por revista Ercilla: Ocho millones de nuevos lectores en Chile», Guioteca, 25 de octubre de 2013.

Bernardo Subercaseaux, La industria editorial y el libro en Chile (Ensayo de interpretación de una crisis), Santiago de Chile, Centro de Indagación y Expresión Cultural y Artística, octubre de 1984.

Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile (Alma y Cuerpo), segunda edición, corregida, aumentada y puesta al día en noviembre de 2000, Santiago de Chile, Ediciones LOM (Colección sin Norte), 2003.

Alejandro Zambra, No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), selección y edición de Andres Braithwaite, Santiago de Chile, Ediciones UDP, 2010; Barcelona Alpha Decay, 2012; Barcelona, Anagrama, 2018.

López Bernagossi, Llibreria Espanyola y la censura a la sátira

Además de iniciar una espléndida estirpe de libreros y editores, el gerundense de ascendencia italiana Innocenci López Bernagossi (1929-1895) fue en la segunda mitad del siglo XIX uno de los puntales de la divulgación de prensa y colecciones populares, próximas tanto al republicanismo como a la tradición satírica catalana, expuesta, ciertamente, a los vaivenes a que la historia política sometió a la libertad de expresión.

Tras formarse como gerente de la Librería Histórica de Luis Tasso, López Bernagossi compró a los hermanos Oliveres i Montmany la librería que estos tenían en la calle Ample (núm. 26), y ya en diciembre de 1859 aparecía una original iniciativa, El Cañón Rayado. Periódico Metralla de la Guerra de África, del que aparecieron veinticuatro números, impresos en la Imprenta Euterpe (que dirigían Anselm Clavé y Antoni Bosch), hasta marzo de 1860. Se trataba de una demoledora y mordaz crítica de la política española con respecto a la guerra, en la que colaboraron, entre otros (muchos de ellos con seudónimo), el poeta Víctor Balaguer (1824-1901) y en el que destacan sobre todo los grabados al boj de Eusebi Planas (1833-1897) y Manuel Moliné (1833-1901).

Simultáneamente, ya en 1858 se había ocupado López Bernagossi de la edición de El pendón de Santa Eulalia, de Manuel Angelón i Broquetas (1831-1889), a quien publicaría también con éxito Un Corpus de Sangre, Treinta años o la vida de un jugador, Flor de un día, ¡Atrás el extranjero!, etc., y a principios de la década de 1860 la Llibreria Espanyola ya estaba publicando libros regularmente; de 1862 es por ejemplo la novela histórica de Antoni Bofarull La orfeneta de Menargues o Catalunya agonisant, en coedición con la Llibreria del Plus Ultra. No es disparatado aventurar que la elección del nombre fue un subterfugio para poder escribirlo en catalán en unos años en que esta lengua era perseguida. Al año siguiente, 1863, abre un segundo establecimiento en la Rambla del Mig, número veinte, centro tanto de célebres partidas de tresillo como de tertulias en las que se imbricaban la política y el humor.

Sin embargo, el punto fuerte y que más fama le reportó fueron las publicaciones periódicas. En abril de 1965 ponía en circulación una breve revistilla que despertó enseguida el recelo de Antoni Brusi i Ferrer (1815-1878), propietario del Diario de Barcelona, que intentó por todos los medios frustrar su aparición. La idea original la había planteado Conrad Roure (1841-1928), miembro del grupo de defensores del «català que ara es parla» (el catalán que ahora se habla), quien se proponía parodiar la sección de anuncios del almanaque de López Bernagossi El Tiburón, y luego la reformuló el también dramaturgo del mismo grupo Albert Llanas (Albert de Sicília Llanas i Castells, (1841-1915), quien propuso en diversas tertulias publicar una Parodia de un Diario de Barcelona. Pese a las influencias que movió el Brusi, López Bernagossi se atrevió a ponerlo en marcha y, en su Llibreria Espanyola y a cargo de la Imprenta Económica de José Antonio Oliveres, publicó el número correspondiente al de 16 abril de 1865, que fue el único que llegó a aparecer, si bien se agotó de inmediato. Sin embargo, la colaboración entre Llanas y López Bernagossi puso los cimientos de la prensa satírica catalana.

Josep Lluís Pellicer, ilustrador de los Singlots poètics de Pitarra con el seudónimo Nyapus, fue un prolífico caricaturista político antes de asumir la dirección artística Montaner y Simó.

Ese mismo año aparecían dos nuevas cabeceras. Por un lado se estrena el considerado primer almanaque humorístico en catalán, Lo Xanguet (1865-1874), donde colaboran Serafí Pitarra (Frederic Soler, 1839-1995) y autores afines, así como los destacados dibujantes Tomás Padró (1840-1877) y Josep Lluís Pellicer (1842-1901), que luego sería estrecho colaborador de Eudald Canivell (1858-1928). Y por otro aparece Un tros de paper (1865-1866), iniciativa también de Manuel Llanas e ilustrado con novedosas litografías por Tomás Padró y en el que colaboraron, con seudónimo, el propio Llanas, Conrad Roure, que se ocupaba de la crítica teatral, Robert Robert (1827-1873) —cuyo primer número del también satírico El Tío Crispín le había llevado a pasar un año en la cárcel—, Frederic Soler, Josep Feliu i Codina (1845-1897), Eduard Vidal i Valenciano (1838-1899)… Prueba de la extraordinaria aceptación de Un tros de paper es que en 1920 Carles Riba prepara una selección de sus números y que más tarde apareciera en forma de folleto en La campana de Gracia.

Interior de Un tros de paper.

Luego, alternando siempre con los libros, se sucederían otras cabeceras incluso más exitosas, como Lo noy de la mare (1866-1867), La Rambla (1867-1868), que fue suspendido por cuestiones políticas, Lo Somatén (1868-1869), que «declara[ba] terminantemente que no admite ninguna otra forma de gobierno que la República democrática federal»,  Las Barras Catalanas (1869) o las muy longevas La campana de Gràcia (1870-1934) y L’Esquella de la Torratxa (1872-1939), que llegaron ambas a tiradas de 30.000 ejemplares, entre otras muchas.

Imagen de los fundadores y más asiduos colaboradores de La Campana de Gracia que se inicia con López Bernagossi y se cierra con su hijo López Benturas y en la que aparecen los escritores Rovira i Virgili, Roca i Roca, Ángel Samblancat, Gabriel Alomar, Lluis Capdevila, etc., los dibujantes Moliné, Pellicer, Opisso, etc., el grabador Pere Bonet, el fotógrafo y grabador Manuel Solano…

Sin embargo, una de las que mayores quebraderos de cabeza dio a los historiadores de la prensa fue Velón, cuyo origen quizá tenga alguna vinculación con la trayectoria biográfica del padre de López Bernagossi, Miguel López Carrascosa, quien llegó a ser teniente coronel por méritos durante la Guerra de Independencia y, tras el sitio de Girona, fue hecho prisionero por las tropas napoleónicas. Según declara la cabecera de Velón, se trata de un «Diario de Avisos y Noticias», del que se conserva sólo único el número 1, fechado el 18 de abril de 1909, que se vendía a 8 maravedises, cosa que ha hecho que durante muchos años se lo considerara una publicación aparecida durante lo que se conoce como Guerra del Francés, y así lo recogen por ejemplo el catálogo preparado por Joan Torrent, Francesc Carbonell, Josep Montfort y Rafael Borí La presse catalana depuis 1640 jusqu´a 1937 (1937). Sin embargo, en 1940 Joaquím Álvarez Calvo arrojó nueva luz —nunca mejor dicho— sobre el asunto al establecer su fecha en 1877 y atribuir su paternidad a López Bernagossi. El propósito ya señalado en el título era vehicular una corrosiva crítica al Ayuntamiento de Barcelona, que por entonces había anunciado la intención de implementar un impuesto a los comerciantes por el alumbrado público, a lo que éstos replicaron con una huelga de consumo de gas. El Velón, pues, venía a poner de manifiesto el tremendo retroceso que suponía la recuperación del velón como herramienta para alumbrar.

No es arriesgado aventurar que López Bernagossi era un miembro más de un amplio grupo de artistas de la sátira política que por aquellos años tenían como punto de reunión algunas tertulias (entre ellas la de la Llibreria Espanyola) en las que confluían escritores (Pitarra, Conrad Roure, Robert Robert) y dibujantes (Tomàs Padró, Josep Lluís Pellicer, Moliné) y entre los que él representaba la figura del librero-editor (no menos satírico y mordaz), y en los años sucesivos publicaría, en un muy nutrido catálogo, La cólera y la miseria (1882), de C. Gumà (Juli Francesc Guibernau, 1856-1927); L’amor, lo matrimoni y’l divorci (1883), también de Gumà e ilustrado por Moliné; Cel rogent, de Eduart Aulés, Cuentos del avi (1889), de Pitarra; Baladas (1889), de Apeles Mestres (1854-1936), con sesenta ilustraciones del propio autor; Cants íntims (1889) y Estiuet de Sant Martí (1891), también de Mestres; Art de festejar (catecisme amorós en vers), con textos de Gumà e ilustraciones de Moliné, así como varios números de la serie conocida como singlots poètics (hipidos poéticos) de Pitarra de los que, por ejemplo, en 1894 publicó Singlots poétichs, ó sia colecció de totas las obras que, en vers y en català del que ara’s parla. Y estos son méritos que hay que añadir al de fundador de una brillante estirpe de editores en la que destacaron sobre todo Antoni López Benturas (1861-1931), Antoni López Llausàs (1888-1979) y Gloria Rodrigué.

Fuentes:

Varias de las publicaciones de Innocenci López Bernagossi pueden verse en ARCA.

Josep Maria Cadena  i Catalán, «Publicacions satíriques esporádiques», Treballs de comunicación, núm 3 (1992), pp. 55-59.

Josep Maria Cadena  i Catalán, «Les publicacions de l’editor López Bernagossi i Lo Xanguet (1865-1874), primer almanac humorístic en català», Comunicació. Revista de Recerca i d’Anàlisi, núm. 8 (octubre de 1997), pp. 265-315.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Isabel Lletget López, Memoria de la familia Lletget López del 1872 al 1942, Barcelona, 2007.

 

Las dos primeras etapas de la revista D’Ací i d’Allà y el mundo del libro

El número 179, publicado en diciembre de 1934, ha bastado para que la revista D’Ací i D’allà haya pasado a la historia de las artes gráficas como uno de los principales ejemplos y más logrados de publicación periódica vanguardista. Patricia Córdoba ha subrayado acerca de ese número la «extraordinaria calidad en la reproducción de las obras de arte, [que] tenía su complemento idóneo en los artículos de J.V. Foix, Carles Sindreu, Sebastià Gasch y Magí A. Cassanyes, entre otros» y acerca de las reproducciones fotográficas, tanto en blanco y negro como en color, destaca también la «óptima calidad que aún resaltaba más las obras de arte originales».

Portada del famosísimo número extraordinario de invierno de 1934, con la encuadernación original mediante espiral metálica.

Vale la pena echar un vistazo a este extraordinario número de D’Ací i D’allà, dirigido por Josep Lluís Sert (1902-1983) y Joan Prats (1881-1970) para evaluar la justicia de esta valoración, pero, en cualquier caso, basta un repaso al índice de sus colaboradores para hacerse una idea de la ambición que alentaba este proyecto, que se proponía hacer un balance de la historia del arte en las tres primeras décadas del siglo XX: Tras una portada de Joan Miró (1893-1983), una pléyade de textos encabezados por uno del director de la revista, Carles Soldevila (1892-1967), a quien siguen el pintor de origen asturiano Luis Fernández (1900-1973), el crítico y editor, además de fundador de Cahiers d’art, Christian Zervos (1889-1970) , el mencionado arquitecto e impulsor del GATEPAC Josep Lluís Sert, el poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987), el publicista vinculado tanto al GATEPAC como al grupo ADLAN Carles Sindreu (1900-1974), el crítico Magí Albert Cassanyes (1893-1956), el crítico colaborador de Cahiers d’art Anatole Jakovski (1907-1983) y el también crítico Sebastià Gasch (1897-1980). Y en cuanto al arte, un compendio de lo que hoy son algunos de los nombres más representativos de las artes visuales del primer tercio del siglo XX: Tricomias de obras de Picasso, Braque, Gris, Léger, Kandinsky y Dalí, un pochoir original de Miró, y reproducciones en blanco y negro de obras de Ernst, Duchamp, Arp, Picasso, Matisse, Derain, Brancusi, Le Corbusier, Gris, Rousseau, Modrian, Léger, Giacometti…

Páginas interiores, dedicadas a Miró, en el mismo número.

Con este número, la revista que entonces dirigía Soldevila, con el apoyo de Antoni López Llausàs (1888-1979), se ganaba un puesto de honor en la historia de la prensa artística, pero para entonces D’Ací i D’allà ya tenía una notable trayectoria a sus espaldas y, de hecho, estaba afianzando una brillante tercera época que, como no podía ser de otra manera, quedaría truncada por la guerra civil española.

Cubierta del primer número, de Labarta, con el título original, D´Ací D´Allà.

El primer número, con el título ligeramente distinto (D’Ací D’allà, magazine mensual) se remontaba al 10 de enero de 1918, en el ámbito de Editorial Catalana, bajo la dirección del poeta Josep Carner (1884-1970) y con una estética claramente vinculada al art déco muy consecuente con el noucentisme que destila esta primera y breve etapa. El primer volumen, con portada de Francesc Labarta (1883-1963), un formato de 245 x 170 y 98 páginas, ya da un tono de lo que serán sus colaboradores y, por lo que atañe a los grafistas, muchos de ellos tendrán una implicación importante en el diseño e ilustración de libros, como es el caso de Joan d’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947), Valentí Castanys (1898-1965), Pere Pruna (1904-197) o el nieto del impresor que inventó el submarino, Emili Pascual Monturriol (que firmaba Pal), quien llevaría a cabo una profunda renovación de la editorial Apolo.

Cabecera e índice del primer número.

A finales de 1919 asume la dirección el también escritor y «pluma para todo» Ignasi M. Folch i Torres (1884-1927), y durante su dirección se produce un cambio de formato, que pasa a ser de 330 x 245 (en julio de 1924) y de maquetación (en enero de 1931), pero quizá lo más notable sea el progresivo cambio en las portadas y el cada vez mayor protagonismo de la fotografía, aspectos en los que probablemente tenga que ver la influencia de quien llegaría a figurar explícitamente como director de arte, Josep Sala Tarragó (1896-1962). De nuevo aparecen entre los diseñadores de portadas gente muy vinculada al mundo del libro, como los mencionados Junceda, Castanys o Pruna, a los que se añaden Lola Anglada (a quien Soldevila hizo una interesante entrevista en el número de agosto de 1924 y de quien es la portada Radiotelefonia, de enero de 1925), Apa (Feliu Elias), Dalí (de quien se reproduce Figura en una finestra, como portada del número 97, de enero de 1926), Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1908-1964), Ramon Martí Alsina (1826-1894), el excelente grabador Enric C. Ricard (1893-1960), Feliu Elias (1878-1948), el pintor Joaquim Mir (1873-1940)…

En relación al mundo de la edición de libros, resulta notable el caso de la traducción del libro de Okakura Kakuzo El llibre del tè, que empieza a publicarse entre los números 104 y 108, con la firma de Carles Soldevila como traductor. Y es curioso porque existe una edición de este mismo libro en rústica como número 19 de la colección Bibiloteca Univers, publicada por la Llibreria Catalonia de López Llausàs, en la que el traductor se esconde bajo el seudónimo Marçal Pineda, y otra edición probablemente posterior ilustrada por quien sería uno de los colaboradores fundamentales de la tercera etapa de D’Ací i D’allà, Will Faber (1901-1987), numerada y encuadernada mediante un cordel de seda.

Página interior del número de junio de 1920.

En un sentido similar, en su afán por conseguir textos que poder publicar durante los duros tiempos de la guerra civil en sus benemérita Biblioteca de la Rosa dels Vents, Josep Janés se sirvió de algunas traducciones extraídas de números de la revista D’Ací i D’allà, llevadas a cabo por su amigo Josep Miracle (1904-1998), quien, antes de partir al frente, le entregó los volúmenes de dos años de esa publicación «para que pudiera seguir manteniendo la Biblioteca de la Rosa dels Vents a base de aprovechar las mejores o más extensas traducciones que allí había publicado», y de Miracle son las traducciones de Quasi blanca, de Claude McKay, y El pescador d´esponges de Istrati, El somni de Makar, de Vladímir Korolenko, números 209, 210 y 221 respectivamente de los Quaderns Literaris de Janés (correspondientes a los 62, 63 y 74 de Rosa dels Vents). Miracle, que había entrado en D´Ací i D´Allà inicialmente como corrector, se convirtió en poco menos que un chico para todo en la revista, sin redactores (que más que dirigir, Soldevila se limitaba a coordinar), y a él corresponden muchos de los seudónimos empleados en esos números, como es el caso por ejemplo de Josep Píus i Lluís, que firma una traducción de Joyce («Un nuvolet»). Por aquella época, Miracle trabajaba en el sótano de la calle Diputació donde la Catalònia tenía también la imprenta.

Ilustración de Apa para el número de agosto de 1924.

Una última curiosidad es que, cuando el prestigioso diseñador Ricard Giralt-Miracle, tras su paso por los campos de refugiados franceses y unos inicios difíciles en el destrozado panorama de las artes gráficas en la posguerra, se estableció por su cuenta, recuperó una maquina plana en la que se habían impreso los últimos números de D’Ací i d’Allà.

Portada de Ernest Santassussagna para el número de junio de 1930.

En el número de enero de 1931 se produce un nuevo cambio de maquetación, y en el de diciembre de ese mismo año se anuncia el final de la revista, que será más bien la apertura de una extensa pausa, pues en la primavera de 1932 reanuda su andadura con una estética que, si bien en algunos aspectos puede considerarse una evolución a partir de las dos anteriores, merecería una atención más detallada que fuera más allà del espectacular número 179 (diciembre de 1934) y un repaso a las portadas de Josep Obiols, Grau Sala, Lola Anglada, Xavier Nogués  y sobre todo a las de Will Faber, de quien Camilo José Cela dejó escrito que «la historia hubiera sido diferente de no haber llevado la revista D’Ací i d’Allà ilustraciones de cubierta suyas».

Portada del número aparecido en septiembre de 1932.

Fuentes:

Camilo José Cela, «Glosa a unas viejas palabras propias y ajenas sobre Will de Faber», en Los vasos comunicantes, Barcelona, Plaza & Janés, 1989, pp. 423-427.

Patricia Córdoba, La modernidad tipográfica truncada, València, Campgràfic, 2008.

Galderic, «L’extraordinària revista D’Ací i D’Allà i el seu extraordinari número d’hivern (1934)», Piscolabis & Librorum, 13 de abril de 2010.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catala 60), 1986.

Josep Miracle, “Sinopsi autobiográfica”, en AA.VV., Josep Miracle i la seva obra, Tàrrega-Andorra, F. Camps Calmet-Erosa, 1973.

Joan Manuel Treserras, «D’Ací i d’Allà». Aparador de la modernitat (1918- 1936), Barcelona, Llibres de l’Índex, 1993.

Interior del número de septiembre de 1930, que contiene el artículo «Un nou gran retaule català del Quatre-cents» firmado por Joan Sacs (Feliu Elias).

 

El amigo de Gómez de la Serna que retrató a James Joyce

En la muy difícilmente superable biografía del escritor irlandés James Joyce (1882-1941) de Richard Ellmann (1918-1987) tiene una aparición fugaz un personaje del que apenas se ofrecen datos, pero que quizá sea el único que creó una caricatura de Joyce contando con el asesoramiento del retratado. Cuenta Ellmann:

Los Jolas [Eugene y Maria] querían publicar en [la revista] transition un retrato de Joyce para celebrar su cumpleaños, y Joyce aceptó la idea de que se contratara al artista español César Abín para que hiciera un dibujo. Como el resultado del trabajo de Abín resultó ser a fin de cuentas la clásica imagen del escritor rodeado de sus libros, y envuelto en una bata, Joyce quedó insatisfecho y se pasó quince días seguidos haciendo sugerencias de modificaciones.

James Joyce.

Hay indicios más que sobrados para afirmar que trabajar con Joyce no debía de ser nada fácil, y su biógrafo cuenta incluso los cambios que propuso, así como el origen de los mismos. El hecho de que tomara la figura de un signo de interrogación procede del hecho de que su amigo Paul Léon (1893-1942?) decía de Joyce que cuando se asomaba a una esquina antes de cruzar una calle parecía tal signo; a otro amigo no identificado la cara de Joyce le hacía pensar en la de un payaso con la nariz azul; la idea de mostrarlo tocado con un gorro hongo procede del hecho de que en el momento del retrato estaba de luto por su padre, y eso explica también el número 13 inscrito en él, y también son sugerencias del escritor irlandés que se le mostrara con remiendos en las rodillas del pantalón, para poner de manifiesto su pobreza, y que del bolsillo de la chaqueta le sobresaliera la letra (¿la partitura?) de la canción «Yes, Let Me Like a Soldier Fall» (que aparece fugazmente mencionada en «Los muertos») y que el punto de interrogación fuera un globo terráqueo en el que sólo quedara a la vista Irlanda. Puede decirse, pues, que más que una caricatura realmente creativa que mostrara su interpretación del retratado, lo que hizo Abín fue poner su técnica al servicio de un autorretrato del propio Joyce.

Sin embargo, César Abín (César Jenaro Abín, 1892-1974) tenía ya una cierta experiencia trabajando para escritores más o menos excéntricos, pues uno de sus primeros trabajos fue una caricatura de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), a quien había descubierto en las páginas de la revista del grupo Prensa Gráfica Por estos mundos (1900-1926). Esta caricatura se había expuesto en el Salón Lacoste de Madrid, junto a otras, entre las que figuraba la de Ramón María del Valle-Inclán, y en cierto modo fue su primer gran escaparate, pues hasta entonces sólo había expuesto en el Ateneo de Santander (en 1915) caricaturas de Fernando Cueto, Matilde de la Torre y Concha Espina, entre otros. A ello había que añadir, sin embargo, su participación como ilustrador en El amor de las estrellas (mujeres del Quijote), de Concha Espina (1863-1955), publicado en Renacimiento en 1916.

La célebre imagen de la tertulia del café Pombo, obra de José Gutiérrez Solana.

A través de Ramón Gómez de la Serna entró Abín en contacto con la vanguardia madrileña, y se convirtió en uno de los asiduos de la tertulia del Pombo, a muchos de cuyos asistentes caricaturizó, y en 1917 participaba en el Tercer Salón de Humoristas de Madrid, donde expuso, entre otras, la de Rafael Cansinos Assens (1882-1964), además de empezar a colaborar en el periódico La Tribuna. Con una serie de litografías en las que caricaturizaba a los maestros de medicina de la universidad (Los médicos de San Carlos de Madrid) empezó a ganar algún dinero, mediante el acuerdo con Mateu, Artes Gráficas e Industriales, que se ocupaba de las litografías, y de la legendaria librería Fernando Fe, que las comercializaba.

Pablo Picasso (1881-1973).

En 1924 hizo Abín el por entonces casi prescriptivo viaje a París, donde inició una sólida carrera en la ilustración para los más diversos periódicos y revistas de la por entonces efervescente capital francesa. Sus trazos salpicaron las páginas de periódicos como Le Parisien, Le Journal, Aurore y sobre todo de L’Intransegeant, así como de las revistas Des Lettres, Des Arts, Noir et Blanc o Cine Miroir, pero probablemente accedió a un público distinto gracias a la publicación, hacia 1932 de Leurs Figures. 56 portraits d’artistes, critiques, et marchands d’aujourd’hui avec un commentaire de Maurice Raynal, del que se hizo una tirada de 250 ejemplares numerados en la Imprimerie Muller. Entre los retratados, Jean Casseau, Chagall, Gargallo, Matisse, Miró, Picabia, Picasso…

Poco después del ya referido cumpleaños de Joyce, y la consecuente caricatura a cuatro manos, el nombre de Abín vuelve a asociarse al de Picasso en una edición de 1934 en Denöel et Steele de un libro más extenso, 356 páginas, del cuarto tomo de la colección Tableau XXe Siècle (1900-1933), titulado Lettres, en la que se recoge el epistolario del filólogo y editor literario René Gros (1898- ¿?) con el prolífico crítico, biógrafo y ensayista Gonzague Truc (1877-1972), profusamente iluminado con obra de Axelle, De Bosschère, Cocteau, De Noailles, Picasso, Carlo Rim, Sikorska y Vallotton, entre otros.

Abín permaneció en París hasta la conclusión de la guerra civil española, dedicado también al lucrativo arte de la decoración de restaurantes y otros establecimientos (decoró entre otros el restaurante Mir, que posteriormente fue pasto de un incendio), y no regreso a España hasta que la presión bélica de los totalitarismos no se hizo sentir también en la capital francesa. El 20 de noviembre de 1939 empiezan a aparecer en el madrileño periódico Informaciones las primeras caricaturas de esta etapa de su trayectoria.

Con todo, Abín diversifica entonces su actividad en el campo de la pintura paisajística, las exposiciones, la obra de encargo y dicta en este tramo de su vida alguna conferencia posteriormente recogida en volumen. Antes de su muerte, tuvo tiempo de ser objeto de algunos actos de homenaje, e incluso póstumamente su obra ha sido ocasionalmente expuesta en España.

Fuentes:

Leon Edel, «Psychopathology of Shem», en Stuff of Sleep and Dreams: Experiments in Literary Psychology, Nueva York, Harper-Collins, 1982, pp 112-115.

Richard Ellman, James Joyce, traducción de Enrique Castro y Beatriz Blanco, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 1), 1991.

Esther López Sobrado, Pintura cántabra en París (1900-1936). Entre la tradición y la vanguardia, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, 2012.

Leopoldo Rodríguez Alcalde, Retablo biográfico de montañeses ilustres: Pintores, escultores, arquitectos, músicos, científicos, militares, marinos, eclesiásticos e impulsores, Torrelavega, Ediciones de Librería Estudio, 1978.

Carlos G. Santa Cecilia, «Cinco españoles que conocieron a Joyce», De libros raros, perdidos y olvidados, 14 de junio de 2014.

Alejo Carpentier y la gestión de papel como arma censoria

Sin ninguna duda, Alejo Carpentier (1904-1980) ha pasado a la historia, con todo merecimiento, como uno de los grandes narradores del siglo XX, e incluso su labor como musicólogo e historiador de la música ha sido objeto de encomio y reconocimiento, pero menos analizada y valorada parece haber sido su labor editorial como administrador general de la Editorial de Libros Populares de Cuba, entre 1959 y 1962, y como director ejecutivo de la Editorial Nacional de Cuba (heredera natural de la Imprenta Nacional de Cuba), cargo que ocupó entre 1962 y 1966.

De izquierda a derecha: un personaje que no identifico, Alejo Carpentier y el escritor y editor español José Bergamín en París.

La experiencia previa de Carpentier en menesteres semejantes se remonta cuando menos a sus años en la cubana Revista de Avance (1927-1930) y posteriormente, ya en París, de La Gaceta Musical, de la que fue jefe de redacción, y en la parisina Imán.

En la Revista de Avance, del llamado Grupo Minorista y a menudo señalada como la primera expresión de las vanguardias en Cuba (por Guillermo de Torre, por ejemplo), Carpentier figuró inicialmente como uno de los Los Cinco, el núcleo director de la revista –junto con el español Martín Casanovas (1894-196) y los cubanos Francisco Ichaso (1901-1962), Jorge Mañach (1898-1961) y Juan Marinello (1898-1977) –, pero ya en el segundo número se anunciaba que había abandonado tal condición, al parecer por incompatibilidad con su puesto como jefe de redacción de la revista gráfica semanal Carteles (de la que ya lo había sido episódicamente en 1925 y de la que desde 1931 hasta su regreso había sido redactor en París) y sería sustituido por José Zacarías Tallet (1893-1998).

La Gaceta Musical, fundada en 1928 por el músico y escritor mexicano Manuel M. Ponce (1882-1948) y en la que colaboraron desde Salvador de Madariaga hasta César M. Arconada, pasando por Adolfo Salazar, Manuel de Falla o Robert Desnós,  tuvo una notable importancia como puente de comunicación entre los ámbitos musicales europeos y americanos.

Sin embargo, la muy interesante revista en la que ocupó desde el principio el cargo de secretario de redacción, Imán (cuyo título se ha relacionado con Les Champs manètiques de André Breton y Philippe Soupault), tuvo una muy corta vida, limitada a un único número fechado el 30 de abril de 1931 y a un segundo, al parecer ya compuesto, que no llegó a publicarse. Fundada, financiada y dirigida por Elvira de Alvear (1907-1959), las 260 páginas del primer número albergan a una pléyade de escritores entre los que se cuentan Franz Kafka, Miguel Ángel Asturias, Jean Giono, Eugeni d’Ors, John Dos Passos, Hans Arp, Vicente Huidobro, Henri Michaux o una traducción de Manuel Altolaguirre de «Documentos» del escritor y crítico literario vanguardista franco-estadounidense Eugène Jolas (1894-1952). También, el propio Carpentier, con la traducción de un texto de Robert Desnos sobre Lautréamont y, más importante aún, con fragmentos discontínuos de Écue-Yamba-O, una obra escrita en prisión en Cuba y rehecha en París, que publicaría en 1933 como «novela afrocubana», en una primera edición de la Editorial España que dirigía Juan Negrín y cuyos fondos fueron casi completamente destruidos al término de la guerra civil (se sabe de la existencia de menos de una docena de ejemplares de esa primera edición de Écue-Yamba-O).

Alejo Carpentier.

En cualquier caso, según indica una de las páginas iniciales, de Imán se hacían tres ediciones distintas, en papeles de calidad diversa, y se distribuía tanto en París, a través de la Librería Española de Juan Vicens de la Llave, y en Madrid de la mano de León Sánchez Cuesta, como en la Librería Viau y Zona de Buenos Aires.

No sería hasta casi veinte años después, con el triunfo de la revolución en Cuba, que Carpentier se pondría al frente, como administrador general, de la Editorial de Libros Populares de Cuba, posteriormente (tras dos años como subdirector de Cultura del gobierno revolucionario), como director ejecutivo, de una de las iniciativas más trascendentes de la política editorial en la historia de Cuba. Ya el 31 de marzo de 1959 se había creado la Imprenta Nacional de Cuba, una de cuyas primeras iniciativas fue una extensa tirada (cien mil ejemplares) de El Quijote en cuatro volúmenes, con ilustraciones de Gustave Doré (1832-1883) y Pablo Picasso (1881-1973), que se puso a la venta al muy módico precio de 25 centavos y con la que se iniciaba la colección Biblioteca del Pueblo. Aun en los años noventa, Arnaldo Orfila decía acerca de las tiradas de las ediciones cubanas: «No se editan [en Cuba] sólo autores cubanos revolucionarios o procubanos, sino también a los clásicos españoles. A nosotros [Ediciones Siglo XXI] nos avergüenza decirles que hacemos 3.000 o 4.00 ejemplares de un libros mientras que ellos editan 15.000 ejemplares de un libro de poemas y 50.000 de una novela».

Pasaron apenas tres años antes de que la Imprenta Nacional (creada originalmente para aprovechar el papel de los periódicos conservadores para imprimir libros) se reconvirtiera y reorganizara en Editora Nacional de Cuba, en un proceso más amplio de clarificación del panorama editorial cubano que Cira Romero explica del siguiente modo:

En 1962, [la Imprenta Nacional se convirtió] en Editora Nacional de Cuba, mediante la cual se separaron las funciones editoriales de la industria y la comercialización. Surgieron las editoriales Universitaria, Pedagógica, Juvenil y Política como parte de esa reorganización. Asimismo nacieron editoriales vinculadas a otras instituciones o grupos que surgieron en esos primeros años de la década del sesenta, como Ediciones R, vinculada al periódico Revolución, la Editorial de la Casa de las Américas, el sello editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Ediciones El Puente, con carácter independiente, donde publicaron algunas de las más jóvenes voces de la literatura cubana de aquel momento.

Carpentier en Cuba.

El propósito y los objetivos tanto de la editorial como del propio Carpentier parecen bastante claros: poner a disposición de todo tipo de lectores los grandes textos de la literatura universal, con particular atención a los clásicos y a los primeros lectores y jóvenes, como lo demuestra en particular la Editora Nacional, primera editorial cubana destinada específicamente al público infantil y juvenil a cuyo cargo estuvo el exiliado republicano español Herminio Almendros (1898-1974) y en la que aparecieron ediciones de La edad de oro, de José Martí, Ivanhoe, de Walter Scott, La isla misteriosa, de Julio Verne, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, y sobre todo a raíz de la convocatoria de un premio destinado a este público en 1963, también a autores cubanos como Antonio Vázquez Gallo (1918-2007), Anisia Miranda (1932-2009) o Renée Méndez Capote (1901-1989).

En una entrevista a Carpentier que le hizo la escritora mexicana Elena Poniatowska a finales de 1963, y que se publicó en el periódico Revolución de La Habana el 24 de diciembre, el ya entonces autor de El siglo de las luces y apodado en Cuba «el Zar del Libro» aseguraba que el gobierno castrista había publicado más de dieciséis millones de libros –entiéndase ejemplares, claro– a lo largo de ese año.

Alejo Carpentier.

El cargo que ocupaba entonces Carpentier –y lo que en buena medida justifica el mencionado apodo– llevaba aparejada la decisión de autorizar o no el empleo de las partidas de papel existente para publicar (o no) determinados libros, lo que no deja de ser un modo sutil de censura y creó más de un episodio de cierta tensión, como fue el caso por ejemplo de la importante y bien analizada editorial El Puente (creada en 1960 por el joven poeta José Mario Rodríguez con la colaboración de Ana María Simó, Gerardo Fulleda León y Nancy Morejón, entre otros). Según lo cuenta Emilio José Gallardo Saborido:

El segundo [Alejo Carpentier], siempre según Mario [Rodríguez], apoyaba la continuidad de El Puente, pero «sólo si él podía controlar el contenido» […] Sin embargo, la siguiente escasez de papel obligó a Mario a sostener con Carpentier, el encargado de autorizar el empleo de las partidas de este material, una epecie de juego del ratón y el gato que lo llevó a utilizar el siguiente ardid. Visto el afrancesamiento de el autor de El reino de este mundo, pensó que si le prometía publicar una nueva traducción de En busca del tiempo perdido de Proust conseguiría el papel que necesitaba para sus publicaciones. Por supuesto, aquella traducción nunca se llegó a realizar y Mario confiesa que, a pesar de que consiguió lo que se proponía, no cree que llegara a engañar a Carpentier, y que si éste consintió en darle lo que pedía era porque estaba recibiendo presiones de influyentes personalidades que estaban a favor de El Puente, como Herminio Almendros o Félix Ayón.

José Mario Rodríguez (1940-2002).

No abundan las fuentes para hacerse una idea cabal del funcionamiento cotidiano de la gestión de Carpentier como director o coordinador de las diversas iniciativas editoriales bajo su tutela en esos años, pero desde por lo menos 2014 (en que el editor Jaime Labastida lo mencionó en un encuentro en la Fundación Alejo Carpentier) se sabe de la existencia de un nutrido epistolario entre el célebre narrador cubano y el fundador y director de Siglo XXI, Arnaldo Orfila Reynal (1897-1998) que tal vez pudiera dar alguna orientación sobre ello (aunque abarcan de 1966 a 1982), aunque también pudiera resultar tan decepcionante como el cruzado entre Orfila y Julio Cortázar (donde el gran tema parece ser el diseño de las cubiertas de La vuelta al día en ochenta mundos o Último round, ambas con Julio Silva como diseñador).

En el verano de 2016 saltó a la prensa que Siglo XXI estaba trabajando ya en el proceso de edición de este epistolario, del que en el momento de escribir estas líneas aún no se ha publicado, aclarando, el mencionado Labastida, que las cartas se encontraban en un proceso de análisis y revisión que hacía imposible determinar aún su número, y añadía: «También debemos contactar con la Fundación Alejo Carpentier de La Habana, porque tal vez tengan algunas cartas más. Hay que confrontar si son las mismas o distintas y hacer una edición conjunta». A la espera de esta publicación, no es mucho lo que, al parecer, se sabe de esa labor editorial de Carpentier.

Fuentes:

Virginia Bautista, «La magia de la edición entre Orfilia, Carpentier y Cortázar», Excelsior, 4 de julio de 2016.

Dominique Diard, «Políticas y poética: Literatura y Cultura del Nuevo Mundo, según Alejo Carpentier», en Josef Opatmy, coord., Proyectos políticos y culturales en las realidades caribeñas de los siglos XIX y XX, suplemento 43 de Iberoamericana Pangensia, Universidad Carolina de Praga-Editorial Karolinum, Praga, 2016, pp. 301-108.

Emilio José Gallardo Saborido, El martillo y el espejo: directrices de la política cultural cubana (1959-1976), Sevilla, CSIC, 2012.

Javier Montenegro, «Cincuenta y cinco años de libros Cubanos», Cubahora, 31 de marzo de 2014.

Javier Pradera, «Arnaldo Orfila, un editor ejemplar», El País, 17 de enero de 1998, recogido en Jordi Gracia, ed., Javier Pradera, itinerario de un editor, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 24), 2017, pp. 177-185.

Cira Romero, «Curioso Boletín de la Editorial Nacional de Cuba», La Jiribilla, núm. 760 (30 de enero al 17 febrero de 2016).

Cira Romero, «La edición en Cuba», portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI)-EDI-RED.

Carmen Vásquez, «Alejo Carpentier en París (1928-1939)», en Milagros Palma, ed., Escritores de América Latina en París, París, Índigo & Coté, 2006, pp. 101-115.

Algunas ediciones decimonónicas de literatura en asturiano

Xosé Caveda.

A Xosé Caveda y Nava (1796-1882), a quien se ha calificado en alguna ocasión como «el padre de la modernidad literaria en lengua asturiana», se debe la iniciativa –en consonancia con la voluntad ilustrada de normalizar y normativizar la lengua– de reunir en 1839 una Colección de poesías en dialecto asturiano, considerado el primer libro de literatura en asturiano y publicado gracias a la Imprenta de don Benito González y Compañía. Esta empresa es la que unos años después, entre 1846 y 1859, se ocuparía de la impresión del Boletín Provincial de Oviedo (del que luego se encargaría Domingo González Solís) y de las ediciones de la Sociedad de Amigos del País de Asturias. Sin embargo, en el momento en que aparece la antología de Caveda un problema al que se enfrentaba la edición en Asturias era la escasez de imprentas fuera de Oviedo, pues Gijón careció de ella hasta 1845 y la primera establecida en Avilés, la de Antonio María Pruneda, no lo hizo hasta 1866 (imprimiendo El Eco de Avilés).

Quizá eso contribuya a explicar que otras obras importantes escritas en esos años, y particularmente el Diccionario del dialecto asturiano, el Diccionario asturiano-castellano, los Apuntes lexicográficos y la Gramática asturiana elaborados entre 1831 y 1869 por Xuan Xunquera (1804-1880) sólo muy tardíamente (a finales del siglo XX) fueran conocidos cuando en 1989 sus manuscritos fueron hallados en la biblioteca de la Fundación Menéndez Pidal.

John Ruskin.

Aunque con otros condicionantes y en el contexto de la traducción de este texto a una diversidad de lenguas, no deja de ser significativo que una obra tan importante para el asentamiento de la lengua como la traducción al asturiano del Evangelio de San Mateo, llevada a cabo  por Manuel Fernández de Castro, apareciera en Londres en 1861, gracias a la labor de la imprenta Strangeways & Walden, que tiró de ella 250 ejemplares. Strangeways & Walden (con sede en el número 28 de Castle Street, Leicester Square) cobraría cierta notoriedad unos años después gracias a la impresión del libro de dibujos de Philibert Charles Berjenau (¿?- ¿1869?) The horses of Antiquity, Middle Ages and Renaissance (Dulau & Co., 1864), a la publicación del panfleto del reformador social británico John Ruskin (1819-1900) Notes on the General Principles on Employment of the Destitute and criminal clases (1868) y sobre todo gracias a dos ediciones privadas de obras del prerafaelita Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), Hand and soul (1869) y Poems (1870).

Francisco Fernández Santa Eulalia.

Aun así, en fecha tan avanzada en el XIX como 1874, un título emblemático de la prosa literaria asturiana como es La olla asturiana, subtitulado Librito curioso y entretenido, de Juan Francisco Fernández Flórez (¿?-1866), se imprimió por primera vez en Madrid, concretamente en la Imprenta de M. G. Hernández (de la calle San Miguel, 23). Y en 1890, también en Madrid, en este caso en la Tipografía de Diego Pacheco Latorre (plaza del Dos de Mayo, núm. 5), se imprime la obra con la que se divulgará como cuentista una autora relevante de las letras asturianas como fue la periodista Enriqueta González Rubín (1832-¿?), las Memorias asturianas dispuestas por Protasio González Solís, que recopila sus cuentos «Una boda por amor» y «Un indianu como hay pocos» (aparecidos previamente ambos en el periódico El Faro Asturiano).

Tanto la narrativa breve como la literatura dramática en asturiano crecen en correlación con el avance de la actividad impresora, vinculada a su vez con la aparición en esas décadas de nuevas cabeceras en Asturias, que acogieron buena parte de la literatura asturiana decimonónica, tanto poética como los breves monólogos, diálogos y pequeñas piezas dramáticas de autores como  Pepín de Pría, Francisco de Paula Fernández Santa Eulalia, Perfecto F. Usatorre o José Napoleón Acebal, en algunos casos estrenados y publicados en Cuba.

José García Peláez (1864-1928), Pepín de Pría.

No obstante eso, antes de que acabe el siglo, en 1887, aparece otro libro importante, la reedición de la ya mencionada obra de Caveda, editada, anotada y ampliada con una segunda parte de autores modernos por Fermín Canella Secades (1849-1924), que se imprime en la Imprenta y Litografía de Vicente Brid, sita en el número 18 de la calle Canóniga. Vicente Brid era quien desde marzo de 1879 se ocupaba también de la impresión, por ejemplo, de la Revista Asturiana. Esta reedición se publica con la siguiente nota previa:

La colección de poesías en dialecto asturiano, impresas en 1839 por D. Benito González, se halla completamente agotada. Habiendo adquirido nosotros los derechos de aquel benemérito editor, decidimos reimprimir tan importante libro, que comprenderá las obras escogidas y restauradas por el sabio colector D. José Caveda, y además otras selectas poesías bables de autores modernos. Así resultará más completa e interesante esta nueva edición que ha dirigido y anotado el escritor asturiano D. Fermín Canella Secades, catedrático de la Universidad de Oviedo.

Teodoro Cuesta.

Ya a finales de siglo aparece la edición póstuma de las Poesías asturianas (1896) de Teodoro Cuesta (1829-1895), precedidas de una carta-prólogo fechada el 16 de mayo de 1896 por el entonces ya académico de la RAE Alejandro Pidal y Mon (1846-1913) y que se cierran con una biografía del poeta a cargo de Canella Secades y con un apéndice compuesto por  breves comentarios, a modo de homenaje, de Félix Aramburu, Clarín (que lo describe como «trovador del pueblo»), Bernardo Acevedo, Rogelio Jové y Bravo y Rogelio Beltrán. Se ocuparon de esta obra los talleres de la gijonesa Imprenta de Pardo, Gusano y Compañía (calle de San José, 6), que figura también como impresora de los suplementos de la breve revista poética y musical La Tuna, órgano de muchos bemoles, que había empezado a publicarse en 1887, y que entre otros libros imprimiría la Heráldica asturiana y catálogo armoral de España (1892) y la Colección histórico-diplomática del Ayuntamiento de Oviedo (1899), del cronista de Asturias Ciriaco Miguel Vigil (1819-1903), La cuestión en sí… (1895), de Manuel Vázquez Praga, y otras obras destinadas a los estudiantes de álgebra de este mismo autor, o la Agricultura elemental (1897), de Dionisio Martín Ayuso, así como, durante algunos meses de 1897, La Opinión de Villaviciosa: periódico independiente defensor de los intereses del distrito hasta que la persecución obligó a este periódico semanal a trasladarse a Gijón donde viviría sus últimos días. Del prólogo a Poesías asturianas, dirigido a Canella y Secades pero solicitado en vida por el propio Cuesta, se deduce que la impresión sufrió varios retrasos como consecuencia de los muchos compromisos de Pidal y Pon, y de ahí que saliera con pie en la portada de 1895.

El caso de Teodoro Cuesta resulta doblemente interesante porque desde los quince años, en que entró como cajista en una imprenta ovetense, su carrera estuvo estrechamente ligada al mundo de la impresión (tanto en Oviedo como en Gijón, donde se desempeñó como gerente de una imprenta) y sus colaboraciones pueden encontrarse en El Industrial, El Faro Asturiano y El Independiente, actividad que compaginó además con la que le reportaría fama (la música), lo cual tal vez permita establecer un sutil vínculo entre La Tuna y la edición de su obra póstuma.

Con todo, la edición de libros en asturiano en el siglo XIX parece ocasional, poco regular y muy estrechamente vinculada a las publicaciones periódicas y a los talleres que las imprimían, y si bien es cierto que en el último cuarto de siglo la prensa comarcal experimentó un notable auge y concedió espacio a la literatura en asturiano, aún quedaba lejos el momento en que se organizaran las primeras empresas destinadas a la edición específica de libros.

Imagen de la portada de la Colección de poesías en dialecto asturiano (1839).

Fuentes:

De varios de los libros mencionados, pueden consultarse versiones digitalizadas en la Biblioteca Virtual del Principado de Asturias.

Jean François Botrel, «Leer en Asturias a finales del siglo XIX», en N. Ludec, F. Dubosquet-Lairys y J-M. Voces, eds. Prensa, impresos y territorios. Centros y periferias en el mundo hispánico contemporáneo. Homenaje a Jacqueline Covo-Maurice, Bordeaux, Université Michel de Montaigne-Bordeaux 3, 2004 pp. 131-145.

Xosé Ramon Iglesias Cueva, «El nacimientu de la prosa nel XIX», Actas del I Conceyu Internacional de Literatura Asturiana (CILLA), Oviedo, Academia de la Llingua Asturiana, 2003, pp. 171-178.

Enrique Miralles, «Catálogo de Obras Teatro del siglo XIX por autores asturianos» Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, núm. 28 (2003), pp. 241-328.

Andrés Villagrá, «Hacia una redefinición del canon de literatura asturiana: la obra asturiana de Alfonso Camín como ejemplo práctico», Lletres Asturianes. Boletin de l´Academia de la Llingua Asturiana, n. 79 (2002), pp. 9-110.

Toole, Gottlieb y la edición no publicada de La conjura de los necios

Del mismo modo que muchos de los que han leído El doctor Zhivago saben de las peripecias a que se enfrentó su creador, Boris Pasternak (1890-1960), antes de que se publicara su gran novela, que quienes jamás han leído En el camino saben que originalmente Jack Kerouac (1922-1969) la mecanografió en un rollo de papel continuo o incluso que quienes no han tenido el placer de leer Lo que no quise decir, de Sándor Márai (1900-1989), quizá conocen el rocambolesco modo en que se descubrió esa obra fascinante, toda persona formada sabe algo acerca de los avatares de la publicación póstuma de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969).

John Kennedy Toole.

En este último caso, como en los anteriormente mencionados –a los que se podría añadir el de las indicaciones de Kafka para impedir que póstumamente se publicara su obra inédita, entre otros muchos–, ciertas circunstancias editoriales, extraliterarias, han rodeado las obras en cuestión de un halo o, como mínimo, las han dotado de una cierta popularidad –cuando no de morbo– que ha hecho que incluso quienes nunca las han leído puedan decir algo sobre ellas.

Pero ¿qué sucedió con la edición no publicada de La conjura de los necios? El profesor Cory MacLauchlin reconstruyó en su primer libro el diálogo entre Toole y su editor en Una mariposa en la máquina de escribir. La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de «La conjura de los necios», que permite, por una parte, conocer la visión que tenía un editor genial de la obra y su modo de enfocarla, y, por otro, descorazonar a cualquiera que albergara la ilusión de cotejar la versión no editada y publicada con la editada por uno de los profesionales más reputados de su tiempo.

Tras unos trabajos preparatorios en 1961, puede decirse que Toole comenzó a escribir La conjura de los necios en 1963, y a principios de 1964 la mandó a una de las editoriales más importantes de su tiempo, de la que explica MacLauchlin:

Simon & Schuster [era] una editorial que estaba experimentando una transformación, en gran medida gracias a Robert Gottlieb, su editor estrella; y aunque durante un tiempo Simon & Schuster se había centrado en los ensayos y los libros de autoayuda, Gottlieb marcó el comienzo de una nueva época con títulos de ficción como Trampa 22 y las novelas de Bruce Jay Friedman. Algunos títulos provocaron en Toole una «reacción personal intensa», en especial Stern, de Friedman, y cuando su madre le preguntó por qué había enviado el manuscrito a un solo editor, respondió que por la fama y el prestigio de Simon & Schuster.

Antiguo logo de Simon & Schuster.

La primera en Simon & Schuster que leyó la novela de Toole fue Jean Ann Jollet, asistente de Gottlieb que le recomendó su lectura, y, aunque hay constancia de que algunas de las cartas iniciales de su relación se destruyeron, sabemos por una de Jollet a Toole del 6 de junio que habían proyectado una reunión en Nueva York a finales de ese mes que se frustró por un viaje a Europa de Gottlieb, quien sin embargo le escribió a al inédito escritor de Nueva Orleans el siguiente día 15:

Me parece que usted entiende el mayor problema de la obra, pero piensa que con el simple desenlace puede resolverlo. Sin embargo, se requiere más. No sólo es necesario que se tejan mejor los hilos de la trama (éstos siempre pueden tejerse mejor); lo que en verdad debe ocurrir es que dichos hilos sean fuertes y significativos todo el tiempo, no solo de una forma episódica para luego ser ingeniosamente aunados aparentando que todo salió como se esperaba. En otras palabras, debe haber un punto para todo lo que usted ha escrito, un punto real, y no simplemente que la historia sea un divertimento forzado que se resuelva de cualquier manera.

Robert Gottlieb.

Toole viajó de todos modos a Nueva York y se entrevistó con Jollet, quien sin embargo, al parecer, no pudo ayudarle a concretar qué aspectos debía mejorar de su texto, pero le entregó el manuscrito para que pudiera seguir trabajándolo. En otoño Toole mandó a su editor una nueva versión de la novela, y entonces Gottlieb la dio a leer y la comentó detenidamente con la agente literaria Candida Donadio (1929-2001), que había empezado como secretaria del agente Jeff Harbe representando a dramaturgos y guionistas y que, cuando en 1961 Harbe vendió el negocio, se había hecho enseguida famosa como agente de Joseph Heller, John Cheever, Philip Roth, Mario Puzo o Thomas Pynchon, entre otros. Es probable que esa reunión entre Gottlieb y Donadio reafirmara al primero en los defectos que seguían presentes en esa segunda versión de La conjura de los necios, pues le escribe:

Pienso que, en varios sentidos, usted ha hecho un excelente trabajo: pulió la trama de la obra, dio sentido a eventos que antes no lo tenían, profundizando en algunos personajes, eliminó otros. El libro está mucho mejor, pero todavía no está bien del todo.[…]

[Donadio y Gottlieb coinciden en] que muchos de sus personajes son maravillosos. […] Que algunas cosas no funcionan: Myrna, especialmente. Que Ignatius plantea problemas: no es tan bueno como usted supone y hay un exceso de él en el libro. Que la pareja Levy no es tan brillante. Que el libro es demasiado extenso. Que algunas escenas –particularmente mi favorita, la manifestación por los derechos civiles en la fábrica– son gloriosas. Que otras son descoloridas. Pero que, dejando todo esto de lado, aún hay otro problema: con toda su grandeza, el libro, a pesar de su buena trama, no tiene una razón de ser.

El editor confiesa que ante eso no hay gran cosa en lo que él pueda ayudarle —«Un editor no puede decir: “póngale un significado”», le escribe—, pero sigue manteniendo su compromiso de continuar trabajando en la obra, ofreciéndose a pensar en alguna «sugerencia editorial específica» si cree que eso es lo que necesita, se presta a organizar un encuentro para hablar del asunto personalmente si se presenta la oportunidad e incluso embarca a Donadio en el trabajo de hallar la manera de dotar de un sentido final más unitario a la novela. Aun así, si se lo pide, le devolverá el manuscrito.

Robert Gottlieb.

Tras una primera carta más de cortesía que de auténtico trabajo, escritor y editor mantuvieron una conversación telefónica en la que, al parecer, Gottlieb insistió en no publicar la versión de La conjura de los necios tal como estaba en ese momento, y es probable que Toole no confesara sus limitaciones para llevar a cabo la tarea que se le encomendaba (dotar de sentido a la historia, además de detalles menores) o su incapacidad para hacerlo, o tal vez incluso su incomprensión acerca de lo que Gottlieb y Donadio le estaban pidiendo. El caso es que, en carta del 15 de enero de 1965 solicitó la devolución del manuscrito, en apariencia dándose por vencido o por lo menos descartando a Simon & Schuster como posible editorial para su novela. Gottlieb acompañó la devolución del manuscrito con una carta, hoy perdida, que, según Santiago Gallego Franco «causó una gran impresión a Toole» y que lo indujo a presentarse sin previo aviso en las oficinas de Simon & Schuster en Nueva York. Así lo cuenta MacLauchlin:

¿Qué le diría cuando estuviera ante el hombre que había dicho que su obra «carecía de sentido»? Cuando llegó a Simon & Schuster, se enteró de que, una vez más, Gottlieb no estaba en la ciudad. Por segunda vez, tras todo un día de viaje fue al despacho de su potencial editor para acabar descubriendo que no estaba. Mientras hablaba con la señorita Jollet, lo embargó una oleada de emoción. Como explicó más adelante, «se retorcía de servilismo». […] Luego se desmayó. Poco después, cuando recuperó el conocimiento, dejó una nota para Gottlieb pidiéndole que lo llamara y regresó a Nueva Orleans.

Por la siguiente carta de Toole (fechada el 5 de marzo de 1965), bastante extensa, sabemos que mantuvieron otra larga conversación telefónica de la que el autor tampoco sacó mucho en claro:

No estaba muy convencido con la corrección que le envié: con frecuencia se trataba de más (y puro) retoque argumental. Por lo tanto, cuando recibí su carta en diciembre [de 1964], estaba a la vez animado y desanimado. Animado por el tipo de comentarios y las indicaciones de persistente interés, desanimado por aquello de que «el libro podría mejorarse y publicarse. Pero no tendría éxito». ¿Se refería usted al libro tal como está, o a su versión definitiva? La llamada telefónica tornó mis dudas en desespero. […] Su carta, después de que le solicitara el manuscrito, fue lo que más me confundió. Al final de nuestra conversación telefónica yo estaba convencido de que la suerte y la oportunidad para la obra habían llegado y se habían ido.

En otras palabras, voy a trabajar en el libro nuevamente. Ni siquiera he tenido tiempo para mirar el manuscrito desde que lo recibí, pero como una parte de mi alma está en el asunto no puedo dejar que muera sin al menos intentarlo una vez más. No creo que pueda escribir nada hasta que le haya dado una última oportunidad a este proyecto.

John Kennedy Toole.

Un par de semanas más tarde (el 23 de marzo), Gottlieb le escribe expresando de nuevo su compromiso con la novela y con el autor, tome éste las decisiones que tome respecto a lo que presenta de nuevo como sugerencias y aludiendo a la propuesta de centrarse en una nueva obra mientras dejaba reposar La conjura de los necios.

En cuanto a la actual reescritura, le digo, como ya se lo dije antes: «Nunca abandonaré al señor Micawber». Las decisiones de un escritor son autónomas, no las dicta su editor. Si usted cree que debe continuar con Ignatius, eso es por supuesto lo que debe hacer. Yo leeré, releeré, editaré, quizás publicaré, lidiaré con ello hasta que esté harto de mí. ¿Qué más puedo decir?

Por favor escríbame breve o largamente, cuando guste, así sea solo para decirme que está trabajando (o que no lo está). O si prefiere, muéstreme fragmentos de lo que vaya haciendo (o no lo haga): lo que sea que le resulte más beneficioso. Ánimo. Trabaje. Estamos venciendo.

MacLauchlin da muy bien la medida de ese compromiso de Gottlieb cuando escribe que «Toole recibió más cumplidos y críticas y más atención de un editor de Nueva York de los que muchos escritores recibirán en su vida», aun cuando no se limitara sólo a elogiarlo como habrían hecho editores inanes. Sin embargo, por motivos que sólo pueden conjeturarse, la decisión del narrador de Nueva Orleans consistió en dejar el manuscrito tal cual estaba en una caja y guardarla en lo alto de un armario.

Thelma Toole.

Toda la historia posterior, bastante más conocida, de la madre de Toole buscando a partir de 1973 editor a esa versión pendiente de revisión —y rechazada entonces por Simon & Schuster, Knopf, Norton y así hasta ocho editoriales— y culpando de un modo deleznable a Gottlieb de que la obra no se hubiera llegado a publicar e incluso de ser el desencadenante del suicidio del escritor parece cuanto menos miserable, sin tomar en consideración siquiera las alusiones antisemitas que vertió Thelma Toole sobre el gran editor neoyorquino (él, nada menos, que arrostró con los problemas familiares derivados de casarse con una no judía). Es más, esa actitud de la señora Toole da motivos para sospechar por qué no se ha encontrado rastro de algunas de las cartas que podrían quizás arrojar más luz sobre este proceso de edición llevado a cabo con tesón por Gottlieb más de cuatro años después de haber leído la primera versión, que dan una clara imagen del tipo de editor que era, sobre todo teniendo en cuenta que estaba trabajando por una obra con la que no le ligaba ningún contrato. Sin duda, hubiera sido muy interesante tener la oportunidad de cotejar la versión inicial de Toole con el manuscrito final pasado por cedazo del ojo editorial de Robert Gottlieb.

Estatua en bronce de Ignatius J. Rilley, protagonista de La conjura de los necios, en la calle Canal de Nueva Orleans.

Fuentes:

Lo que queda del legado de John Kennedy Toole tras la purga al que lo sometió su madre se conserva en la Howard-Tilton Memorial Library de la Universidad de Tulane (Nueva Orleans).

Santiago Gallego Franco, ed., «Cartas cruzadas: Correspondencia entre John Kennedy Toole y Robert Gottlieb»,Trama & Texturas, núm. 11 (diciembre de 2011), pp. 87-105.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez y revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

Melissa MacFarquhar, «Robert Gottlieb, The Art of Editing. No.1», The Paris Review, núm. 132 (otoño de 1994).

Cory MacLauchlin, Una mariposa en la máquina de escribir. La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de «La conjura de los necios», traducción de Daniel Najmías, Barcelona, Anagrama, 2015.

Robert Gottlieb, hacedor de milagros, editor magistral

La figura del editor Robert Gottlieb (n. 1931) se ha convertido en un punto de referencia para varias generaciones de profesionales, y gracias al testimonio de quienes trabajaron con él, ya hace años que su influencia y magisterio se había extendido mucho más allá del ámbito de la industria editorial estadounidense o incluso de la edición en lengua inglesa antes de la aparición de sus memorias, Avid reader. A Life (Farrar, Straus & Giroux, 2016).

Robert Gottlieb.

El también célebre editor Michael Korda (n. 1933) desempeñó un papel de primer orden en la divulgación de las enseñanzas de Gottlieb, a quien se encontró como mentor cuando entró en Simon & Schuster y al que retrata del siguiente modo en sus muy leídas memorias:

Una mañana, un joven alto que recordaba a uno de esos eternos estudiantes pobres de las novelas rusas llegó a mi oficina y se sentó en una esquina de mi escritorio. Usaba gafas de gruesos cristales y montura negra, y llevaba la larga y negra cabellera peinada como un joven Napoleón. Sus expresivos ojos denotaban astucia, pero poseían una chispa de humor amable que hasta entonces no había visto en Simon & Schuster. Vestía unos raídos pantalones oscuros de pana, mocasines y una camisa sin corbata; parecía más un estudiante graduado que un joven editor de genio. Bob Gottlieb aparentaba mi edad, pero transmitía cierta sabiduría y experiencia en el mundo editorial.

La laboriosa edición de la gran novela de Joseph Heller (1923-1999) Trampa 22, que satiriza el militarismo mediante la denuncia del pensamiento circular –y que en español se publicó originalmente en traducción de Francesc Elías en la colección de Plaza & Janés Novelistas del Día en 1962– suele mencionarse como uno de los grandes hitos en la carrera de Gottlieb, y por otra parte como argumento para subrayar la extrañeza que provocó que la excelente La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969), no llegara a publicarse finalmente bajo los auspicios de alguien tan dotado como Gottlieb, pero eso es en realidad otra historia distinta.

Graduado en la Universidad de Columbia en 1952 y tras completar su formación en la de Cambridge, en 1955 Gottlieb entró en Simon & Schuster como asistente de Jack Goodman, entre cuyos méritos destaca el haber descubierto al influyente escritor y humorista gráfico James Thurber (1894-1961), célebre por La vida secreta de Walter Mitty, pero cuando Gottlieb se enfrentó al reto de editar la novela de un por entonces desconocido Joseph Heller su gran apoyo, a tenor de las palabras de Korda, fue otra figura que dejaría una importante huella en la edición estadounidense, Nina Bourne, cuya campaña de promoción de Trampa 22 se ha convertido además en un ejemplo clásico para los estudiantes de publicidad:

Al ver a Bob Gottlieb trabajar –escribe Korda–, intuí que el truco consistía en tener una autoestima insolente. Él usaba un rotulador negro y no dejaba espacio para dudas o reconsideraciones. Bob y Nina Bourne no sólo tachaban mucho, sino que también ponían páginas enteras en sus máquinas de escribir y las reescribían por completo, y usaban tijeras y cinta adhesiva para eliminar frases y cambiarlas de lugar. El manuscrito de Trampa 22, interminablemente reescrito, parecía un rompecabezas, pues había pedazos y trozos del libro pegados en cada rincón del despacho de Gottlieb. Eso, pensé, es editar, y yo deseaba hacer lo mismo algún día.

Heller contó, para disgusto de Gottlieb, varios de los cambios argumentales y de orden de los episodios narrativos que introdujo a sugerencia de su editor, y John Le Carré (n. 1931) ha señalado la creación de personajes y las descripciones de espacios como los dos aspectos de sus novelas que más han mejorado en el proceso editorial. Es sabido también que muchas de las pugnas más minuciosas que Gottlieb ha tenido con sus autores han estado relacionadas con un aspecto en apariencia de minucia, como es la puntuación. Según cuenta Toni Morrison (n. 1931), sus conversaciones a menudo abordan el asunto de las comas, a las que Gottlieb concede mucha importancia: «Él se equivoca y yo tengo razón. Discutimos porque él concibe las comas desde el punto de vista sintáctico, mientras que yo puntúo en función de la musicalidad. Son discusiones que suele ganar él».

Robert Gottlieb.

Michael Korda ha señalado lo extraordinario que supone esa doble habilidad de Gottlieb en el ámbito editorial, vinculándola con su capacidad para entusiasmarse tanto con la buena literatura como con las obras honestas y las historias potentes:

En el mundo editorial es muy corriente dividir a los buenos editores, que revisan un manuscrito con detalle, de los que se interesan más por el resultado total; pero Bob era bueno en ambas cosas. Al verlo trabajar uno aprendía pronto que de nada sirve una sin la otra, que en ocasiones es necesario hacer grandes arreglos, otras corregir cada línea, y a veces hacer ambas cosas. Uno sencillamente hace lo que tiene que hacer, y eso es todo.

Sin embargo, ningún editor, da igual lo bueno que sea, puede convertir un libro malo en uno bueno, así que debe trabajar sólo en aquellos libros que ama, sin importarle el motivo. Amar el libro hace que el trabajo tenga sentido y se consiga extraer algún valor de él. El que trabaja en un libro que detesta, que le disgusta o que le resulta indiferente, no logra nada.

Bob Dylan.

Cuando otro peso pesado de la edición estadounidense, Jason Epstein (n. 1928) describe a Gottlieb como: «el editor más dotado de mi generación, y quizás de todas», probablemente se está refiriendo a esa versatilidad, a este carácter de todoterreno que ha llevado a Gottlieb a editar con éxito tanto a novelistas y cuentistas como a celebridades que han escrito sus memorias o a historiadores académicos, de John Cheever, Ray Bradbury, Salman Rushdie y Doris Lessing, a Bob Dylan, Bill Clinton, Michael Crichton o Barbara Tuchman, por poner sólo algunos ejemplos. Algo que probablemente sólo es posible si uno es un muy buen lector desprejuiciado, y que le llevó a acuñar ese hallazgo que es «el buen libro malo».

Fue Bob [Gottlieb] quien impuso el patrón que aún se mantiene en la industria editorial según el cual se tiene la creencia general (correcta o incorrecta) de que el principal editor o editores de una editorial pueden hacer milagros al convertir un manuscrito en un libro de éxito si se lo proponen: el editor como hacedor de milagros. […] Bob fue el primer editor en convertirse en una celebridad, y aunque aseguraba sentirse apenado por el fenómeno, aceptaba la atención de todo el mundo. La historia sobre cómo había retitulado Trampa 22 se convirtió en una leyenda editorial, así como la forma en que promocionó de manera brillante a Roma Jaffe y su libro Mujeres en busca de amor. Lo que hacía de Bob una persona formidable era su combinación de refinada sensibilidad literaria con un criterio comercial infalible. No era un intelectual pretencioso. La palabra «comercial» no lo asustaba, y disfrutaba tanto con un buen libro como con un libro malo, siempre que fuera, como él decía con encanto, «un buen libro malo». […] Una novela tenía que estar escrita con sinceridad y pasión genuina; si lo estaba, entonces no importaba su calidad literaria, siempre y cuando fuera honesta.

Fuentes:

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

Alexandra Alter, «Robert Gottlieb: Avid reader, reluctant writer», The New York Times, 23 de septiembre de 2016.

Michelle Dean, «Gotlieb, the editor who changed American literature», The Guardian, 27 de septiembre de 2016.

Jason Epstein, La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición, traducción de Jaime Zulaika, Barcelona, Anagrama, 2001.

Robert Gottlieb, «Anatomy of a publisher. The history of Farrar, Straus & Giroux», The New Yorker, 12 y 19 de agosto de 2013.

Claire Kelley, «Remembering Nina Bourne, book advertising and publishing legend», Melville House webpage, 16 de abril de 2013.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez y revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

Melissa MacFarquhar, «Robert Gottlieb, The Art of Editing. No.1», The Paris Review, núm. 132 (otoño de 1994).

Jaime G. Mora, «Robert Gottlieb: legado de un editor», Abc, 8 de febrero de 2018.

Carrie Tuhy, «Robert Gottlieb is a Man of a Million words», Publishers Weekly, 19 de septiembre de 2016.

Continuidad en el exilio de un gran proyecto cultural

En el año 2004, el profesor Josep Camps i Arbós publicó un artículo que ponía de manifiesto hasta qué punto, aun siendo fragmentarios y estando dispersos, los epistolarios, tratados con la debida paciencia y rigor, pueden ser una herramienta de primer orden para reconstruir la historia de una editorial. En su caso, basándose sobre todo en el fondo Ramon Xuriguera i Parramona (1901-1966), que se conserva en el Arxiu Nacional de Catalunya, y en el de Josep Queralt i Clapés (1896-1965), que alberga el Institut Franco-Català Transfronterer de la Universidad de Perpiñán, pudo analizar con detenimiento la labor del tándem formado por Queralt, uno de los fundadores de la editorial Proa, y Joan Puig i Ferrater (1882-1956), director literario de la misma, sacando un gran rendimiento también a las cartas cruzadas entre Xuriguera y personajes importantes y bien informados de la cultura catalana, como por ejemplo Rafael Tasis (1906-1966). En el fondo de este último, conservado en la Biblioteca d´Humanitats de Barcelona, se conserva además una carta de Marcel·lí Antich (1895-1968) fechada en San José de Costa Rica en abril de 1965 en la que, como otro de sus artífices, comenta que ha informado a su nuevo propietario de los orígenes de Proa.

Imagen de los primeros tiempos de Proa en la que pueden identificarse, sentado, a Andreu Nin y Olga Tereeva Pavolva; en el extremo izquierdo, a Josep Queralt; en el centro con un cigarro en la boca, a Puig i Ferreter, y, con las manos cruzadas y con gafas, a Marcel·lí Antich.FOTO CEDIDA POR JORDI ANTICH, DE COSTA RICA, NIETO DE ESTE ÚLTIMO.

 

Logo de la mítica colección A Tot Vent, obra de Josep Obiols.

La primera etapa de la editorial Proa, la comprendida entre su fundación en Badalona por parte de Queralt y Marcel·lí Antich y su desmembramiento en 1935 cuando Antich la abandonó para crear la efímera editorial Atena con los traductores Francesc Payarols (1896-1998) y Andreu Nin (1892-1937) y el apoyo económico del contable de Begur Josep Cruells, agravado en 1938 con su desintegración como consecuencia del rumbo de la guerra civil española, había bastado para que Proa se situara a la vanguardia de la edición de narrativa, tanto traducida por excelentes profesionales como en catalán, de su tiempo, y su logo, creado por Josep Obiols (1894-1967), en un punto de referencia inequívoco de solvencia. A la altura de 1938 figuraban ya en su buque insignia, la colección A Tot Vent, obras de Tolstoi, Balzac, Stevenson, Remarque, Dostoyevsi, Dickens, Stendhal, Zweig o Maupassant junto a otras de Prudenci Bertrana, Miquel Llor, Xavier Benguerel, Mercè Rodoreda o Sebastià Juan-Arbó.

De ahí la importancia que tenía la supervivencia en el exilio francés de semejante iniciativa y que enseguida supieron verlo, y así se lo hicieron saber a Queralt, personalidades como el lingüista y filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), que incluso le acompañó en sus gestiones con la Administración francesa para poder establecerse como editor, o el mencionado Xuriguera. No es un dato menor que Queralt nunca lograra obtener beneficios de la empresa hasta que la vendió, y que en los primeros tiempos compatibilizara su dedicación a Proa con traducciones y un empleo a media jornada como contable, mientras que su esposa Antònia Pedra se empleaba en labores domésticas en casas ajenas. Eso contribuye a explicar sin duda que Queralt aceptara publicar, fuera de colección, algunas obras financiadas por sus autores.

El hecho de que el contacto entre los implicados se estableciera sobre todo por medio de cartas, con las complicaciones de todo tipo que ello debió de suponer para llevar a buen puerto las diversas ediciones, es a la postre una suerte a la hora de reconstruir esa singladura de Proa por tierras francesas. Ello permite conocer, por ejemplo, detalles como que Queralt obtuvo la Carte de comerçant étranger el 30 de abril de 1949, que la sede de Proa era el domicilio particular del editor (place Cassanyes, 4, 4º de Perpiñán), que la dirección de los posibles suscriptores le fue facilitada por el también escritor y editor exiliado Ferran Canyameres (1898-1964) o que la composición e impresión de las obras se llevaba a cabo inicialmente en la Imprimérie Regionale de Toulouse y posteriormente en Montpellier. Sin embargo, más interesante resulta incluso saber que inicialmente se ofreció la dirección de esta nueva etapa a Xuriguera, quien, si bien declinó muy amablemente la propuesta alegando la necesidad de comprobar primero que el proyecto era viable, en carta a su amigo Tasis le confiesa más abiertamente que no le ve mucho futuro ni ve muy claro semejante proyecto, y escribe: «las condiciones en que se me ofreció la dirección de las ediciones no me permitió aceptar. No entro en detalles para no tener que confiar nombres propios al papel» (es posible que eso aluda específicamente a Puig i Ferrater, quien no puede decirse que tuviera muy buena fama como gestor y uno de cuyos intereses en resucitar Proa era publicar en ella su oceánica novela, en doce volúmenes, El pelegrí apassionat).

Canyameres.

Para financiar semejante proyecto, Queralt ideó un patronato cuyo objetivo era proteger la empresa y en la que figuraron personalidades y entidades comprometidas con la supervivencia en el exilio de la cultura catalana de los más diversos países: el banquero Joan Casanellas y los hermanos y empresarios Josep y Bertran Cusiné en México, los eminentes médicos Josep Trueta y August Pi i Sunyer y el editor Joan Lluis Gili en Gran Bretaña, por ejemplo, o el Casal Català de París, el Institut de Cultura Catalana, el Orfeó Català y la Comunitat Catalana de México, el Centre Català y el Casal Català de Nueva York, el Centre Català de Bruselas… Es significativa también una de las escasas renuncias a figurar en este patronato, la del poeta y traductor Carles Riba, sobre todo por las razones que esgrime: Por el hecho de residir de nuevo en Barcelona, tras un breve exilio, que su nombre apareciera en una lista semejante despertaría sin duda las sospechas de las autoridades españolas, lo que sin duda le reportaría más inconvenientes a él que los beneficios que podría conllevar para Proa que su nombre se añadiera a tan selecta nómina.

Puig i Ferreter durante su exilio.

La primera novela publicada por Proa en Perpiñán tiene la singularidad de ser la primera editada en francés, el retrato La llegende de Pablo Casals, del escritor rosellonés Arthur Conte (1920-2013) –el experimento se repitió en 1951 con Un esprit mediterranéen, Joan Maragall, tesis doctoral del traductor exiliado Josep Maria Corredor–, pero a esta, tras otro caso singular, siguieron enseguida una serie de novelas encuadradas en la colección a A Tot Vent de cuyas vicisitudes hasta su publicación da muy buena cuenta Camps i Arbós en el artículo mencionado. La otra obra singular, con la que se remprende la mítica colección con el número 93, no apareció hasta mediado 1951, El Ben Cofat i l’Altre, del poeta Josep Carner (1884-1970), por entonces exiliado en Bruselas. La singularidad en este caso, comentada no sin sorna por Xuriguera en su epistolario con Tasis, reside en el hecho de que, a diferencia de lo que venía publicándose hasta entonces en A Tot Vent, se trata de la versión catalana de la pieza teatral que Carner había publicado previamente en México, en español y en las efímeras Ediciones Fronda de Vicenç Riera Llorca (1903-1991) y Avel·lí Artís Balaguer (1881-1954), con el título Misterio de Quanaxhuata. La historia de este libro es también bastante peculiar, pues la idea inicial de Carner en 1949 era darla a conocer en Barcelona, a través de Marià Manent, a la editorial Selecta de Josep M. Cruzet (1903-1962), pero éste descartó la posibilidad y entonces fue Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), quien le informó en términos bastante curiosos a Carner de la gestación de una nueva etapa de Proa en una carta del 26 de enero de 1950:

Dudo que Queralt consiga hacer nada. Vi a Puig i Ferrater la semana pasada. En el fondo sólo le preocupa una cosa: encontrar a unas cuantas personas presentables que le flanqueen la rentrée. En principio, quería empezar la colección con el primer volumen de su novela [El pelegrí apassionat]. Pero [Domènec] Guansé le ha escrito diciéndole que sería una pena que el resurgir de Proa sólo sirviera para publicar sus libros con una lista de colaboradores en la cubierta a modo de aval.

Benguerel.

En su etapa en Perpiñán, fracasados algunos intentos de poner en marcha otras colecciones cuya dirección ofreció a Xuriguera, la producción de Proa se centró casi exclusivamente en la colección A Tot Vent, de la que consiguió publicar una docena larga de títulos, aparecidos algunos de ellos con posterioridad a la muerte de Puig i Ferrater: L’home dins el mirall (1952), de Xavier Benguerel; Laberint (1953), de Domènec Guansé, la traducción de Cèsar August Jordana de L’hereu de Ballantrae, de Stevenson; la de Just Cabot de L’estany del diable (1955), de George Sand; El mar escolta (1957), de Joan Garrabou, y a estos hay que añadir los del propio director editorial, cuya abusiva abundancia no puede explicarse sólo por la dificultad para encontrar autores de relieve: Janet vol ser un heroi (1952), Homes i camins (1952), Janet imita el seu autor (1954), Vells i nous camins de França (1956), Els emotius (1956), Demà… (1957), Les profanacions (1958), Els amants enemics (1959), La traïció de Llavaneres (1961), El penitent (1961) y Pel camí dels desgreuges (1962). Cuando ya se estaba gestando el traslado de nuevo a Barcelona, apareció como número 99 de la colección la traducción de Manuel de Pedrolo (1918-1990) de Homes i ratolins, de John Steinbeck. Del número 100, L’Estranger, de Albert Camus, en traducción de Jaume Fuster (1945-1998), se ocupó ya la Proa remodelada por Joan B. Cendrós en Barcelona, a cuyo frente puso a Joan Oliver (1899-1986). Y en el volumen conmemorativo de los primeros cincuenta años de la editorial, Cendrós subrayaba con toda justicia un dato particularmente estremecedor: «Son los cincuenta años de historia de Edicions Proa, de los cuales sólo durante veinte años se ha podido editar en Cataluña».

Fuentes:

Josep Camps i Arbós, «Edicions Proa a Perpinyà (1949-1965)», Els Marges núm. 72 (2004), pp. 45-72.

Isidor Cònsul, «Una mica d’història», en Pastís d’aniversari. A tot vent, 80 anys. Un viatge per les millors obres de la literatura universal, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2008.

Julià Guillamon, ed., La propera festa del llibre será de color taronja. Cinquanta anys del rellançament d’Edicions Proa, Barcelona, Edicions Proa, 2015.

Albert Manent, «Antecedents i història d’una aventura editorial: Edicions Proa», en Escriptors i editors del nou-cents, Barcelona, Curial, 1984, pp. 180-202.

Genís Sinca, El cavaller Floïd. Biografia de Joan Baptista Cendrós, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2016.