Libros infantiles antisemitas y otras ediciones nazis

A principios del siglo XXI se publicó la traducción al español de uno de los libros infantiles antisemitas más famosos, Der Giftpilz (La seta venenosa), de Ernst Hiemer (1900-1974)  e ilustrado por Philipp Rupprecht (1900-1975), conocidos ambos por sus participación en la revista igualmente antisemita, anticomunista, pornográfica y pronazi Der Stürmer (1923-1945). Esta colección de diecisiete cuentos apareció originalmente en 1938 con pie editorial de Julius Streicher, veterano de la primera guerra mundial, miembro desde 1919 de la Deutschvölkischer un Trutzbund (Federación Nacionalista Alemana de Protección y Defensa) y propietario y fundador de Der Stürmer. No hará falta añadir que Der Strümer, si bien siempre se mantuvo en manos de Streicher y no fue nunca una publicación oficial del Partido Nazi, vivió su época dorada con el ascenso al poder de Hitler, cuando pasó de unas tiradas de 2.000 o 3.000 ejemplares en los años veinte a los 600.000 que imprimía entre 1933 y 1940.

Cubierta de Der Giftpilz.

Der Giftpilz no es el primer libro infantil antisemita, pero muy probablemente sí es el más famoso y el más traducido a otras lenguas, gracias sobre todo a su uso como libro escolar, a que en 1938 la londinense organización de los años treinta Friends of Europe lo tradujo al inglés y, ya en el siglo XXI, a la iniciativa del neonazi estadounidense Gary Lauck (n. 1953), quien  financió la traducción y publicación en diversas lenguas, amparándose en la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos.

Poco menos conocido es Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid! («No confíes en un zorro entre el breza verde ni en el juramento de un judío»), de la maestra, escritora e ilustradora Elvira Bauer (1915-¿?), quien antes de lograr publicarlo en 1936 en la colección de libros ilustrados de Stürmer Verlag, vio como se lo rechazaban editoriales en principio tan idóneas como Eher Verlag (editorial oficial del Partido Nazi y boyante sobre todo gracias a la publicación del Mein Kampf de Adolf Hitler). En poco tiempo se hicieron por lo menos siete ediciones, lo que supone un total, como mínimo, de cien mil ejemplares, y la efectividad de sus imaginativas y avanzadas ilustraciones y decoraciones fue reconocida incluso por personajes tan poco sospechosos como Erika Mann (1905-1969), la hija de Thomas. El hecho de emplearse también en centros escolares –no se olvide que el 97% de los maestros pertenecía al sindicato nacionalsocialista– explica en buena medida su amplísima difusión.

Interior de Trau keinem Fuchs grüner Heid Und keinem Jud bei seinem Eid!, de Elvira Bauer.

De 1940 es Der Pudelmopsdackelpinscher, también del ya mencionado Hiemer y vinculado al editor Julius Streicher (en este caso en Stürm Buchverlag) y en el que cada capítulo establece un paralelismo entre los judíos y un animal distinto (perro, víbora, el piojo…), también destinado al público infantil pero del que incluso una publicación tan afín como Der Hoheitsträger, órgano oficial del Partido Nazi, consideraba excesivamente fuerte. Antes de ser juzgado al final de la segunda guerra mundial e internado en el campo de prisioneros Stalag XIII-D, en el norte de Baviera, durante tres años, Hiemer, colaborador de Der Stürmer desde los años veinte, publicó un tercer libro, pero en este caso destinado al público adulto: una amplísima antología de proverbios y aforismos antisemitas (Der Jude im Sprichwort del Völker, 1942).

Portada de un número de Der Stürmer.

Más allá de la actividad editorial de Streicher, la edición propiamente nazi mantuvo a todo lo largo de los años treinta y buena parte de los cuarenta un ritmo de actividad tremendo en el que destacan sobre todo Ullstein Verlag y, por supuesto, Franz Eher Nachfolger.

El origen de la primera –hoy propiedad de Random House– se remonta a finales del siglo XIX, cuando en 1877 el empresario judío Leopold Ullstein (1826-1899) compró a Rudolf Mosse un periódico, Berliner Tageblatt, que reconvirtió en Berliner Zeitung y sobre el que fue construyendo un auténtico imperio editorial. A su muerte la empresa pasó a manos de sus hijos (uno de los cuales, Hermann, huyó en 1938 de la Alemania nazi y se estableció en Estados Unidos), quienes en 1933 fueron obligados a una «arianización» forzosa de la empresa y al año siguiente, en una operación en la que desempeñaron un papel crucial las presiones del Deutsche Bank, la familia se vio obligada a vender a Franz Eher Nachfolger la editorial, valorada en unos sesenta millones de marcos alemanes, por seis millones. A partir de ese momento, Ullstein, rebautizada Deutscher Verlag, cambió por completo su línea editorial en lo que probablemente sea uno de los giros más incomprensibles de un catálogo si se desconoce su historia.

Cubierta de Der Pudelmopsdackelpinscher.

Franz Xavier Josef Eher (1851-1918)  había fundado su editorial a principios del siglo XX (1901), y a su muerte pasó a manos del fundador de la Sociedad Thule y uno de los precursores del nacionalsocialismo, de nacionalidad turca, Rudolf von Sbottendorf (Adam Alfred Rudolf Glauer, 1875-1945). A través del mentor político de Hitler Anton Dexler (1884-1942) y financiación del fanático anticomunista Franz von Epp (1868-1947), en diciembre de 1920 la editorial fue comprada por el Partido Nazi, y al año siguiente el principal accionista era ya Adolf Hitler (1889-1945). Por su parte, después de publicar Bevor Hitler kam («Antes de Hitler»), donde subrayaba los vínculos entre las ideas de Hitler expuestas en Mein Kampf y el esoterismo, Sbottendorf fue deportado en 1934 y regresó a Turquía (donde murió misteriosamente ahogado en mayo de 1945).

Sobrecubierta de una de las muchas ediciones de Eher de Mein Kampf.

El grueso de las editoriales nazis, y sobre todo las más conocidas  e importantes salvo en el caso de Streicher, no fueron tanto de nueva creación como resultado de compras, a menudo más bien oscuras, valiéndose de una indudable posición de fuerza.

Fuentes:

Randall L. Bytwerk, Julius Streicher, Nazi editor of the notorious Anti-semitic Newspaper «Der Stürmer», Nueva York, Cooper Square Press, 2001.

Mary Mills, «Propaganda and Childrens during the Hitler years», Jewish Virtual Library.

Holocaust Encyclopedia en el United States Holocaust Memorial Museum.

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De publicaciones femeninas a diccionarios: Algunos de los primeros libros vinculados a Hymsa

Si bien debe su fama a la publicación de una de las revistas españolas más famosas y leídas de todos los tiempos (Lecturas), la historia de Hymsa –siglas de Hogar y Moda, S.A.– se remonta a la primera década del siglo XX y tiene unos antecedentes que hoy pueden resultar una tanto sorprendentes.

En 1909 se fundó con un capital de 5.000 pesetas la compañía editora e impresora Juli Gibert i Cia.,  por iniciativa del propio Juli Gibert Mateus (1880-1956), su hermano el periodista y escritor Salvador (1882-1919), que hacía apenas dos años había regresado de su exilio en México (como consecuencia de sus artículos en La Tralla del Carreter y Metralla), y el impresor Joan Pijoan i Claramunt, y ese mismo año, concretamente el 7 de junio, ponía ya a la venta el primer resultado de sus esfuerzos, el número inicial de la revista El Hogar y la Moda, pero los acontecimientos de ese mes de julio conocidos, como Setmana Trágica, hicieron que el arranque fuera difícil. Aun así, logró crearse un público, distribuirse por toda España y en 1910 ampliaban capital y se les unía el empresario del mundo del libro Josep Maria Borràs de Quadras, así como el entonces responsable de las obras sobre contabilidad, el luego gran editor Josep Zendrera (1894-1969) y José Fernández de la Reguera, que se ocupaba de la Colección Hogar. Fue entonces cuando la redacción se trasladó a la amplia nave del número  211 de la calle Diputació de Barcelona, donde reunieron redacción, talleres de impresión y almacén (pagaban 25 pesetas de alquiler y 5 por la electricidad) y el nombre de la empresa cambió a Sociedad General de Publicaciones. Con el arranque de los años veinte, asociados a las páginas de El Hogar y la Moda, que en 1921 incluiría como suplemento artístico y cultural Lecturas, aparecerían las firmas de periodistas y escritores famosos, como María Luz Morales (1889-1980), que se convirtió en su directora, Carmen Karr (1865-1943), Eduardo Zamacois (1873-1971), Narcís Oller (1846-1930) o Ramón Pérez de Ayala (1880-1967), entre otros, o de un ilustrador de larga trayectoria en el mundo editorial como Lorenzo Oliván. Lecturas se convirtió en revista autónoma en 1925, coincidiendo más o menos con la creación de Hymsa, que continuó imprimiendo en los talleres de la Sociedad General de Publicaciones.

Sin embargo, los libros que salieron de esos talleres eran muy distintos y diversos. De finales de la primera década del siglo son, por ejemplo, una novedosa Biblioteca Ciencia para Todos, en la que aparecen títulos como El universo al día, de C.G. Dolmage, con prólogo del célebre astrónomo José Comas i Solà (1868-1937), entre otras cosas descubridor de once asteroides entre marzo de 1915 y diciembre de 1929 y fundador de la Sociedad Astronómica Española, o La mecánica al día: inventos mecánicos actuales, de Thomas W. Corbin, La electricidad al día, de Charles Gibson, La aviación al día, de Charles C. Turner o El mar al día. Ingeniería y guerra submarina, de Fife C. Domville, con introducción del padre de la oceanografía española, y divulgador del darwinismo, Odón de Buen (1863-1945), por poner algunos ejemplos. Aún con pie de la Sociedad General de Publicaciones aparecieron colecciones como la Biblioteca de Conocimientos Útiles o la Biblioteca Enciclopédica de Ciencias Comerciales (con series como La práctica de los negocios o Altos Estudios Comerciales), pero también la Biblioteca de la Madre de Familia, la colección Novelas Hogar o Las Grandes Novelas de la Pantalla.

En 1923, Zendrera y algunos de los accionistas crean –según Mònica Baró, con el objetivo de ganarse también al público masculino y más tarde  al infantil y juvenil–, la Editorial Juventud, que a diferencia de la anterior publicará tanto en español como en catalán, y en 1925 se desgaja de la empresa Hymsa, cuyas primeras publicaciones, ya a partir de ese año, son una serie de libros dedicados a las capitales de provincia españolas, que procedían de la serie firmada por Antonio Cárcer de Montalbán, quien (¿quién?) desde enero de 1929 los había ido publicado como folletín ilustrado acompañando la revista Lecturas con el título genérico Geografía física de España.

Aun así, Hymsa publicó también uno dedicado a Suecia, de Jaime Alemany, y un Tratado de medicina que se presentaba como «Redactado por un cuerpo de reputados médicos e higienistas, bajo la dirección» del por entonces famoso autor en la materia Doctor Saimbraum, que no era otro que el pedagogo y polígrafo todo terreno Joan Bardina i Castarà (1877-1950).

Título de diez acciones de El Hogar y la Moda.

Entre ese año y el inicio de la guerra civil española, Hymsa diversifica sus publicaciones de libros y antes de acabar la década ya está publicando obras muy bien encuadernadas y de cierto lujo, como, en la colección Algo, Teatro Clásico (Calderón, Lope, Ruiz de Alarcón, Véle de Guevara…) en 1929, que reunía piezas antes publicadas independientemente, o ya al año siguiente el asombroso  y profusamente ilustrado Arte y costumbres de los pieles rojas, de Julian Harris Salomon (1896-1987), y Panorama de la pintura española, del por entonces joven crítico Emiliano M. Aguilera (1905-1975), que en la posguerra dirigiría la Editorial Iberia.

Probablemente, la primera edición de Wodehouse en España, en la colección La Novela Aventura (Hymsa).

No obstante, el campo donde mayores éxitos obtuvo en esos años Hymsa fue el de la literatura popular, y muy particularmente con la muy famosa colección La Novela Aventura, donde muy probablemente se publicó en español por primera vez a autores tan diversos como Georges Simenon (1903-1989) y P.G. Wodehouse (1881-1975), así como la muy popular serie sobre el detective Sexton Blake creada por Harry Blyth empleando el seudónimo Hal Meredeth, o diversas novelas de Agatha Christie (1890-1976).

También vale la pena consignar de esa época el inicio con Biografías de Hombres Célebres de una colección dedicada a un género que vivió un esplendor que se extendió hasta bastante más allá de 1939. De 1931 es un Lope de Vega firmado por Ismael Sánchez Estevan, al que seguirían Murillo (1932), de Santiago Montoto; Wagner (1932), de Renato Dumesnil;  Napoleón (1933), de José Poch Noguer; Leonardo de Vinci (1933), de Tristan Klingsor [Tristan Leclerc]; Rodin (1934), de Leoncio Bénedite o, entre otros, El Greco (1934), del hispanista francés Jean Cassou (1897-1986), que periódicamente se reunían en volúmenes mayores, con el título Vidas de Hombres ilustres, en lo que parece ser una práctica bastante habitual de Hymsa.

De 1934 son también Teatro Clásico Extranjero (Shakespeare, Molière, Goldoni, Goethe, Schiller…), un volumen ilustrado de España Histórica,  del ya mencionado pero no identificado Antonio Cárcer de Montalbán, y una edición de La mujer del porvenir, de la pionera del feminismo español Concepción Arenal (1820-1893), y también dos años más tarde Mil ideas para las madres (1936), de Helen Jackson Miller.

Cubierta con el logo de los diccionarios Cuyas.

Otro ámbito explotado ya antes de la guerra por Hymsa fueron los libros sobre gramática y en particular los muy populares diccionarios manuales, entre los que destaca por su difusión el de quien fuera director de la revista catalana Llumanera de Nueva York (el medio más importante de los catalanes en América) Arturo Cuyàs Armengol (1845-1925), de quien en 1936 se publicitaba un Gran Diccionario Inglés-Español completado y revisado por Antonio Cuyàs Armengol, que durante muchos años fue objeto de constantes actualizaciones y reediciones. De quien en la posguerra se convertiría en interesante escritor de novela popular, prolífico traductor y doblador de películas Guillermo López Hipkiss (autor por ejemplo en 1935 de la de Las genialidades de Sam, de Wodehouse), es el libro Las dificultades del idioma inglés. Complemento de gramáticas y diccionarios ingleses (1935).

Sin embargo, como es fácil suponer, tanto antes como después de la guerra los pilares de Hymsa fueron siempre las publicaciones periódicas, y muy en particular la celebérrima Lecturas.

Fuentes:

Mònica Baró, Les edicions infantils i juvenils de l’editorial Juventut (1923-1969), tesis doctoral Departament de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2005.

Juana Gallego Ayala, Mujeres de papel. De «¡Hola!» a «Vogue». La prensa femenina en la actualidad, Barcelona, Icaria Editorial (Serie Antrazyt, 57), 1990.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Miriam Soriano, «Feminal, El Hogar y la Moda i La Dona Catalana. La construcción d’un mercat femení a través de nous productes (1900-1936)», en Anna Calvera, coord., La formació del sistema Disseny Barcelona (1914-2014), un camí de modernitat. Assaigs d’historia local, Gracmon (Grup de Recerca en Histìoria de l’Art i del Disseny Contemporanis)-Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, 2014, pp. 129-156.

 

Corréard, el célebre editor antiborbónico que naufragó

Una de las dificultades a la hora de conocer a los editores del siglo XIX y su labor es conseguir una imagen de los mismos. Con suerte, el investigador puede toparse con algún grabado publicado en periódicos de la época, en particular si además de la edición el personaje en cuestión se dedicaba también a la escritura creativa, o a alguna otra profesión que por entonces tuviera algún tipo de glamur. Mucho más raro es toparse con algún que otro editor decimonónico en óleos donde pueda asomar entre algún grupo de escritores o artistas, pero absolutamente extraordinario es el caso del editor que aparece, con todo merecimiento e implacable lógica, en uno de los cuadros más famosos de la historia de la pintura occidental, La balsa de la Medusa de Théodore Géricault (1791-1824).

Alexandre Corréard (1788-1857) se formó como ingeniero geógrafo y en calidad de tal inició el 17 de junio de 1816 el desastroso viaje que, paradójicamente, propició que Géricault le inmortalizara, pues fue uno de los quince supervivientes (de 160 embarcados), cuando la fragata en la que viajaban, La Méduse, encalló ante la costa mauritana el 2 de julio, y uno de los diez que llegó vivo a Francia. Las peripecias de ese naufragio, en el que no faltaron motines, asesinatos e incluso episodios de canibalismo, fueron contadas a menudo y desde el primer momento en detalle, y en tiempos más recientes Arabella Edge la convirtió incluso en novela (The God of Spring/The Raft; en español, en traducción de David León: El naufragio de «La Medusa»). Entre otras versiones, en 1931 Armand Praviel había publicado un relato novelado por entregas en Lectures pour tous con el título La tragédie du radeau de la Meduse, publicado en 1934 en volumen en Flammarion. La primera versión teatral publicada fue la de Adolphe d´Ennery (1811-1899) y Charles Desnoyer (1806-1858), aparecida en Barbré en 1864.

Fue precisamente el hecho de convertir en libro su dramática experiencia lo que hizo que Corréard perdiera su puesto de ingeniero colonial y, como consecuencia de ello, se convirtiera primero en librero y luego en editor (distinción inapropiada para la época). En noviembre de 1817 publicaba a cuatro manos con otro protagonista de su epopeya náutica, el cirujano de a bordo Henri Savigny (1793-1843), el libro no autorizado de larguísimo título Naufrage de la frégate La Méduse, faisant partie de l’expédition du Sénégal, en 1816, que apareció en Hoquet y de la que, en versión ampliada con unas Notes sur le naufrage de La Méduse, del ingeniero de minas y también superviviente del naufragio Charles Marie Brédif (1786-1818), Eymery publicaba ya al año siguiente una segunda edición, en  cuyo pie se indica que puede encontrarse el libro en la Librería de la Minerve Française, de Eymery, en Delaunay y en la librería de Madame Ladvocat, así como en los establecimientos de Treutell & Wutz, en Estrasburgo y Londres.

A esas alturas el escándalo del naufragio y de toda la expedición, atribuible a una pésima preparación y a la ineptitud contrastada de su bisoño capitán, había tomado ya enormes proporciones, en buena medida como consecuencia de la decisión de Savigny y Corréard de mandar una instancia al gobierno francés reclamando indemnizaciones y el castigo de los culpables, sin ningún éxito (después de mucho reclamar, la Marina le pagaría 250 francos, cuando reclamaba 9.000). El escritor y crítico de arte inglés Julian Barnes (n. 1946) atribuye a ese fracaso la decisión de publicar su Naufrage de la frégate La Méduse.

De 1821 es una interesante quinta edición (más bien una refundición) de esta polémica y escandalosa obra –puesto que el gobierno francés pretendía enterrar el asunto del naufragio cuanto antes– en la que aparecen diversos añadidos: Jugement, del oficial de Marina Hugues Duroy de Chaumareys (1763-1841), la Mémoire présenté aux Chambres par M. Corréard, el Procès de M. Corréard, una «Liste des souscripteurs en faveur des naufragés»  y una «Ode sur le naufrage de La Méduse» escrita por Louis Brault (1782-1829) que ya se había publicado en Delaunay en 1818, pero mucho más interesante resulta la inclusión de ocho grabados de artistas diversos, entre los cuales Géricault. En esta edición aparece ya como pie editorial «Chez Corréard Libraire, Palais-Royal, Galerie de Bois, nº 258».

 

Esbozos de Géricault de los rostros de Savigny y Corréard para “La balsa de la Medusa”.

Pero ya antes de su propio libro con Savingny, Corréard había publicado, como Corréard & Pellicer, algunos títulos que le situaban políticamente a la izquierda, como las Lettres de Henri Saint-Simon [1760-1825] a messieurs les jurés que doivent prononcier sur l´accusation intentée contre lui (1820) o las Chansons. Deixième recueil, de Pierre-Jean de Béranger (1789-1857), que le valieron un escandaloso juicio que llevó al poeta a prisión.

Alexandre Corréard.

Con  su propio nombre publica en 1822 Corréard algunas obras colectivas en las que él mismo participa también como autor, caso de las Mémoires pour servir à l´histoire de la vie privée: du retour et du règne de l´empereur Napoléon en 1815, en el que le acompañan como coautores quien fuera secretario particular del emperador, el barón Alexandre Édouard Fleury de Chaboulon (1779-1835), y el ingeniero agrónomo y publicista suizo Fréderic Lullin de Châteauvieux (1772-1842), a quien se atribuye el texto autobiográfico apócrifo de Bonaparte Manuscrit venu de Sainte-Hélène d´une manière inconnue. Y es el caso también de Qu´est-ce que le Tiers état? precedé de l´Essai sur les privilèges par l´abbé Sieyès… Nouvelle édition augmenté de vingt-trois notes par l´Abbé Morellet, en el que le acompañaban también diversos autores (el impresor Alexandre-Joseph-Eugène Giraudet, Camille Chabanueau y Emmanuel-Joseph Sieyès).

Sin embargo, en septiembre de 1822 Corréard fue condenado por falsificación (sin pruebas del todo convincentes), lo que dados sus antecedentes conllevaba la pérdida de la autorización para operar como de librero-editor, y de nada le sirvió alegar que había puesto la empresa a nombre de su hermano. Su empresa fue cerrada y durante la venta de sus fondos se le embargaron 80.000 volúmenes; y empezó entonces su labor como editor clandestino.

A. Dumas, padre.

De la confluencia de sus intereses científicos y sus ideas políticas surgió lo más maduro de sus creaciones. Corréard fue uno de los miembros destacados de la organización secreta de los Carbonarios franceses, a los que Alejandro Dumas padre haría célebres con Mohicanos de París (1802-1870), lo que le acarreó muchos problemas con la justicia; de hecho, a lo largo de su vida Corréard acumularía casi ocho años completos en prisión.

Henri Beyle (Stendhal).

En 1825 pone en circulación el Journal des sciences militaires y apenas tres años más tarde el más ambicioso Journal du Génie Civil, des Sciences et des Arts, pero la publicación de numerosos panfletos políticos no dejaron de propiciar encontronazos con la justicia, y el hecho de que su librería se hubiera convertido en centro de tertulia de escritores, artistas y periodistas hostiles a la Restauración borbónica ponía las cosas muy fáciles a la policía, que en numerosas ocasiones registró también su casa particular y en 1828 a punto estuvo de encarcelarlo de nuevo por «poner en circulación una enorme cantidad de panfletos incendiarios». Fueron tiempos difíciles para un hombre que sabía muy bien lo que era encontrarse en una situación límite y salvarse en el último instante.

Como es fácil suponer, participó activamente en los movimientos revolucionarios de 1830 que lograron acabar por fin con los Borbones y casi inmediatamente se le condecoró con la Cruz de la Legión de Honor, cosa que hizo que el gran Stendhal (1783-1842), interpretándolo como un acto de reparación histórica, escribiera al conde de Argout (Antoine-Marie Apollinaire d´Argout, 1782-1858, por entonces ministro de Marina y Colonias en el gobierno de Jacques Lafitte): «Os felicito por la Cruz otorgada al pobre diablo de Corréard y a otros náufragos».

Thédore Géricault, pionero del romanticismo pictórico.

Todavía tuvo tiempo y fuerzas Alexandre Corréard, a sus sesenta años, para presentar candidatura, sin éxito, a las elecciones a diputado en 1848, pero a la vista de los resultados decidió retirarse al pequeño priorato de Basses-Loges, cerca del bosque de Fontainebleau (y a unos sesenta kilómetros de París), donde murió en 1857. Poco después de su fallecimiento se hallaron entre sus pertenencias cuatro acuarelas de Théodore Géricault, el pintor que lo había inmortalizado.

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Fuentes:

Fondation Napoleon, Naufrage de La Meduse, 4 juillet 1816, Fondation Napoleon-Gallica Bibliothéque Numérique, 2016.

Julian Barnes, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, traducción de Maribel de Juan, Barcelona, Anagrama (compactos), 2017.

Julian Barnes, «Géricault: La catástrofe convertida en arte», en Con los ojos bien abiertos, traducción de Cecilia Ceriani, Barcelona, Anagrama, 2018.

Jacques-Olivier Boudon, Les naufragés de La Méduse, París, Belin, 2016.

 

 

El muy prolífico traductor anarquista José Prat (1867-1932)

La página que dedica a José Prat (1867-1932) el catálogo de la Biblioteca Nacional de España lo identifica como autor de ocho obras y participante en otras dieciocho (como traductor), lo que difícilmente puede explicar la fama de prolijo que tiene el traductor anarquista a quien Pío Baroja inmortalizó al inspirarse en su trayectoria –y en la de Ricardo Mella– para crear a algunos de los personajes de la novela Aurora roja (1905), con la que se cierra la trilogía La lucha por la vida que forma con La busca (1904) y Mala hierba (1904).

José Prat.

Son evidentes las carencias en este caso de la página de la Biblioteca Nacional cuando a este José Prat –que no debe confundirse con el abogado y diputado socialista español José Diosdado Prat García (1905-1994), exiliado en Colombia–, Alejandro Civantos lo describe en Leer en rojo como «incombustible traductor», «figura principalísima en el movimiento editorial anarquista», «el habitual traductor de las editoriales alternativas» y «proteico traductor y activo propagandista». Por supuesto, su obra es bastante más amplia que la registrada y conservada en la BN, y no sólo porque se sirvió de seudónimos para firmar algunas obras.

Aun cuando hay quien menciona Barcelona como lugar del nacimiento de Prat, suele identificársele como vigués, al igual que Ricardo Mella (1861-1925), quien en 1896 le acogió temporalmente en su casa en Vigo. La primera militancia política de la que hay constancia fue en el Partido Republicano Democrático Federal, pero ya en 1890 José Prat se había decantado por el anarquismo.

Ricardo Mella.

Seis años más tarde se convertía en el traductor principal de los volúmenes publicados por el periódico coruñés El Corsario, que tras una primera etapa entre 1890 y 1892 (212 números), inició el 9 de enero de 1896 una segunda que se extendió hasta el mes de octubre de 1908, y que debe su fama a la colaboración en él de José Martínez Ruiz (1873-1967), luego célebre como Azorín. Según cuenta Civantos Urrutia en su enjundioso estudio: «en su haber cuenta [la biblioteca El Corsario] la nueva traducción de Entre campesinos, de Errico Malatesta, que fue la más popular en nuestro país y llegó a alcanzar la hiperbólica cifra de 35 ediciones en distintas bibliotecas y casas editoras alternativas». Ese año 1896, Prat había llegado desde Barcelona a Vigo huyendo de la represión que siguió a los procesos de Montjuïc, y en julio de ese año pasó unos días en Londres (en el Congreso Internacional Socialista de los Trabajadores y de las Cámaras Sindical Obrera) durante los cuales trabó amistad con estacados intelectuales a los que tarde o temprano traduciría, como los italianos Errico Malatesta (1853-1932) y Pietro Gori (1865-1911) o el francés Augustin Hamon (1862-1945).

Del año siguiente, 1897, es la publicación del duro alegato contra los juicios de Montjuïc La barbarie gubernamental en España, atribuido a Mella y Prat (firman R.; y J.P.) y aparecido con pie editorial de la Imprenta de El Despertar de Brooklin (Nueva York), así como el viaje del traductor y activista a Buenos Aires. En la capital argentina entró en contacto con el ebanista y anarquista catalán Gregori Inglán Lafarga (¿?-1922), que el año anterior había puesto en marcha con el anarcocomunista individualista Manuel Reguera el periódico La Revolución Social (19 números) y en 1897 fundó el más importante y duradero La Protesta Humana (1897-1902), del que Prat se convirtió en uno de los colaboradores principales y en contacto clave para atraer las firmas de figuras como Mella y Anselmo Lorenzo, entre otros. Además, empezó una traducción de algunas obras que luego fueron muy reeditadas en España, como Los crímenes de Dios, del filósofo anarquista Agustin Faure, y Entre campesinos, de Malatesta.

Sin embargo, al cabo de un año José Prat regresaba a España, y a partir de entonces es cuando empiezan a aparecer con mayor asiduidad sus traducciones más importantes, tanto del italiano como del francés. De 1898 es por ejemplo, aun en Buenos Aires, la de la muy popular pieza de Pietro Gori Primero de Mayo. Boceto dramático en un acto e himno coral, que luego publicarían Juventud Libertaria, La Tipográfica, Biblioteca Tierra y Libertad, Biblioteca Acracia, Perseo, Ediciones Internacionales y Vértice.

A principios de siglo, su firma aparece en algunas publicaciones barcelonesas singularescomo Natura (1903-1904), subtitulada Revista quincenal de ciencia, sociología literatura y arte, fundada y dirigida por Anselmo Lorenzo y entre cuyos colaboradores habituales se contaba Mella.

En 1904 apareció como número 17 de la Biblioteca de la Juventud Libertaria una conferencia de Prat pronunciada en Vilanova y la Geltrú, Nuestras ignorancias, y al año siguiente Ser y no ser. Y del mismo año es la primera edición de su traducción de Por qué somos anarquistas, del abogado y teórico del socialismo libertario Saverio Merlino (1856-1930) en Juventudes Libertarias, que luego recuperaría la colección Tierra y Libertad.

También publica Prat en esos años en la revista ilustrada de orientación naturista y neomalthusiana promovida por la Liga de Regeneración Humana Salud y Fuerza (1904-1914), que dirigía el médico Luis Bulffi (1867-191?) y en la que pueden leerse textos de Émile Armand, Emilio Gante, Vicente García, Anselmo Lorenzo y Charles Malato, y que incluso publicó diversos folletos de escritores anarquistas como Errico Malatesta (entre ellos la traducción de Prat de Nuestro programa, en 1909), Pietro Gori, Jean Grave, Agustin Hamon, Bernard Lazare, el muy famoso ¡Huelga de vientres!Medios prácticos para evitar las familias numerosas, de Bulffi (1906) o el del propio José Prat La burguesía y el proletariado (apuntes sobre la lucha sindical).

De esos mismos años pero con fechas de publicación difíciles de precisar, registra la Biblioteca Nacional varios títulos traducidos para la valenciana editorial Sempere, entre los cuales Una mujer (1907), de la activista feminista Sibilla Aleramo (Rina Faccio, 1876-1960), Un sueño de amor (1908),  de la también feminista italiana, anarquista convertida al islamismo, Leda Rafanelli (1880-1971), Juan Jacobo Rousseau (El jacobinismo y la Revolución Francesa), de Aguste Dide (1839-1919), etc.

A partir de 1914, aproximadamente, no dejan de aparecer traducciones suyas, en muchos casos reediciones,  en su mayor parte en las ediciones de Tierra y Libertad, como Influencias burguesas sobre el anarquismo (1918), del pedagogo anarquista Luiggi Fabbri o República y Anarquía, del cirujano y tipógrafo Nicollo Converti (1918), que previamente había publicado en CNT-Biblioteca Acracia y en Vértice, y con el seudónimo Forward publica la «novela consciente» ¿Herejías?

Civantos Urrutia, en un libro imprescindible para seguir a personajes de la cuerda de José Prat, registra libro organizado como un debate ficticio entre éste y Adolfo Marsillach i Costa (1868-1935), lerrouxista y furioso anticatalanista (y abuelo del célebre hombre de teatro homónimo), acerca de la posibilidad de implantar el anarquismo, que en 1919 dio pie a otro título de la Biblioteca Tierra y Libertad, Una polémica, en el que se reúnen artículos publicados por Marsillach en El Diluvio junto a otros de Prat en Alba Social.

De años posteriores son sus libros Orientaciones (1916), Libertad y comunismo (1924) y La sociedad burguesa (1932), entre otros, pero desde que en 1925 abandona el periodismo, así como había ido abandonando el activismo político, parece que tampoco se dedica tan intensamente a la traducción, antes de morir en Barcelona el 17 de julio de 1932.

 

Fuentes:

Anónimo, «José Prat, anarquista y periodista», en CNT Puerto Real.

Cesáreo Calvo Rigual, «Las traducciones de obras literarias italianas publicadas en las editoriales Sempere y Prometeo (1900-1936)», en Miguel Ángel Vega Cernuda y Juan Pedro Pérez Pardo, coords., La traducción de los clásicos: problemas y perspectivas, Madrid, Universidad Complutense, 2005.

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo (Colección Investogación, 3), 2017.

Ignacio C. Soriano Jiménez, L’Anarquisme a Tarragona. Formós Plaja i Carme Paredes, Tarragona, Publicacions de la Universitat Rovira i Virgili, 2016.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Bibliografía del anarquismo en España, 1968-1939.

La relación (mala) entre dos escritores y editores: Pedrolo y Sales

Manuel de Pedrolo.

En el ámbito de la edición, Manuel de Pedrolo (1918-1990) es recordado sobre todo como creador en 1963 de una impactante colección de novela policíaca en el seno de Edicions 62, La cua de palla, cuyo propósito evidente era –dando así respuesta a una reivindicación ya añeja de críticos como Rafael Tasis (1906-1966)–, normalizar la lengua y la literatura catalana mediante la publicación de novela de género de éxito, con buenas traducciones de autores clásicos (Chandler, Hammett. Chester Himes, Simenon) y la incorporación de algunos escritores más o menos jóvenes (el propio Pedrolo) a los que se pretendió sin éxito incentivar en el cultivo del género. Sin embargo, ya antes había hecho Pedrolo trabajos como corrector, traductor y asesor para Bruguera (entre otras cosas, corrigió novelas de Corín Tellado), y en 1951 empezó a desempeñar las mismas tareas para la editorial Albor de Ferran Canyameres (1898-1964).

Por su parte, Joan Sales (1912-1983) había dejado atrás una época de formación en México durante su exilio y estaba al frente del Club Editor cuando trabó contacto con Pedrolo.

Núria Folch y Joan Sales.

Es sabido que, como consecuencia de sus diferencias sobre en qué debía consistir la labor del editor, no llegaron a un acuerdo para incorporar ninguna novela de Manuel de Pedrolo al catálogo del Club Editor. De hecho, las diferencias en este sentido eran tan abismales que lo extraño hubiera sido cualquier otra cosa. Así lo explica Marta Pasqual, en su análisis del Sales editor:

Fueron bastantes los autores que no llegaron a publicar las novelas previstas. Algunos, como Manuel de Pedrolo, debido al hecho de que, según Sales, escribía para sí mismo y no tanto para los lectores y, en consecuencia, no estaba dispuesto a aceptar ninguno de los cambios propuestos por el editor.[la traducción de esta cita, como de todas las demás, es mía]

La apreciación parece bastante acertada, y Àlex Milian y Xavier Aliaga han resumido bien el meollo del problema en un reportaje en El Temps, sirviéndose del utilísimo estudio de Bel Zaballa:

Sales pretendía más concreción y contención de Pedrolo para extraer lo mejor de su talento, obras más condensadas. De más reescritura que escritura compulsiva. Esos consejos y sugerencias ofendieron a Pedrolo. La relación con el responsable de Club Editor no acabó bien: la correspondencia entre Sales i Rodoreada es prueba de ello. Pero, como recuerda Zaballa, el escritor «tenía claro que, si continuaba escribiendo, lo haría a su manera, “pese a objeciones, obstáculos y trabas de todo tipo, porque no podía, ni quería, dejar de ser quien era».

Manuel de Pedrolo era un autor prolífico que no estaba en absoluto dispuesto a aceptar sugerencias de nadie para retocar sus obras, por muy buena intención que se pusiera al hacérsele, y lo cierto es que tampoco fue muy receptivo a las críticas que, sin ambages y muy abiertamente, le hizo Sales cuando tuvo oportunidad de leer sus inéditos.

Cuenta Zaballa que, un año después de quedar impresionado por la puesta en escena de la pieza de Pedrolo Cruma (1957), Sales escribió al novelista solicitándole su colaboración en Club Editor porque tenía mucha fe en él, y que como respuesta obtuvo el envío de la obra escrita en 1953 y por entonces inédita Un de nosaltres (que se publicaría en 1963 en Selecta como Balanç fins a la matinada). Ante la negativa a trabajar sobre un texto que a Sales le pareció –y así se lo dijo a su autor– un tostón, Pedrolo replicó que no escribía para «distraer a la gente, sino todo lo contrario», pero aun así le mandó (con la misma suerte) una segunda obra: Avui es parla de mi, escrita también en 1953 y que Edicions 62 publicaría en 1966. Sales le propuso algunos cambios, que Pedrolo tampoco aceptó, y les mandó una novela escrita en 1952, Cendra per Martina (que según Zaballa finalmente publicaron, aunque no he encontrado una edición de Club Editor y la primera parece ser la de Proa en 1965).

Sin embargo, según contó el también editor y escritor Carlos Pujol (1936-2012), traductor además al español de la Incerta glòria de Sales, éste le dio una versión bastante distinta de este mismo asunto:

Sales me contó que un día fue a verle Pedrolo y le dijo: «Es una vergüenza que a un autor de tanto éxito como yo, el Club no le haya publicado nunca nada». «Tráigame algo y lo hablamos», le dijo Sales. Le mandó quince novelas inéditas, me explicó. Y me dijo «¿Puede creerse que no me gustó ni una? Tuve que decirle que no».

Desde luego, de tres a quince va un trecho que difícilmente puede atribuirse a un error de memoria, pero costará averiguar quién camufló la verdad para salir airoso del asunto.

Más tinta han hecho correr las numerosas referencias, más bien despectivas, que Sales hace a la obra de Pedrolo en su epistolario con Mercè Rodoreda, que el editor ya podía prever que tarde o temprano, póstumamente, saldrían a la luz debido a la importancia de ambos corresponsales en el canon de la novela catalana. Tanto el editor como la narradora, por entonces exiliada en Bélgica, tenían a Pedrolo por ejemplo paradigmático del escritor descuidado, y en cierto modo echado a perder, que gozaba de un favor de los lectores que no se correspondía con la calidad de su obra. Y en este caso la maledicencia no puede atribuirse a la típica envidia del escritor frustrado, pues tanto Sales como Rodoreda conocían bien el éxito y sus obras –en particular Incerta glòria y La plaça del Diamant– eran objeto de traducciones a las principales lenguas y además en editoriales muy potentes.

Sebastià Juan Arbó.

Así, por ejemplo, escribe Sales acerca de la situación de la crítica literaria del momento: «Cuando Pedrolo escribe alguna de sus tonterías sin pies ni cabeza, toda la crítica –salvo Joan Fuster, que calla como un muerto– dice que es genial; lo dicen con tanta más convicción y prosopopeya cuanto menos se la han leído» (carta del 6 de enero de 1967); o comentando la composición del Premi Ramon Llull: «El inconveniente es que en el jurado, además de [Sebastià-Joan] Arbó, están Martí de Riquer y Baltasar Porcel, un par que nunca sabes por dónde te saldrán. Los creo capaces de otorgar el premio a un Pedrolo o a Estanislau Torres» (28 de septiembre de 1967); o incluso en fecha tan tardía como 1979: «Hay una novela de Pedrolo que empieza textualmente así: “Caminava pel novell desenvolupament urbà [Caminaba por el bisoño desarrollo urbano]. Después de devanarme los sesos, conseguí descifrar su significado: quería decir que andaba por el Eixample». Sin embargo, lo valiente no quita lo cortés, y cuando Pedrolo es procesado por las autoridades franquistas acusado de «escándalo público» por mostrar en Un amor fora ciutat una relación homosexual, escribe Sales a Rodoreda: «No olvidemos ambos escribir a Pedrolo con motivo de su proceso», y a continuación le adjunta las señas a las que puede hacerlo (calle Calvet, núm. 9, el domicilio particular del escritor).

Pese a que, al parecer, a Núria Folch le habían gustado algunas de las novelas que había leído de Pedrolo antes de conocerlo y que Sales veía en él un gran potencial, fueron sin duda las discrepancias acerca de cuál era la función que debía desempeñar un editor, de sus diferentes conceptos de lo que era y significaba editar, lo que hizo que no cuajara su relación, y sin embargo es posible que haber publicado en Club Editor hubiera facilitado quizá la traducción de algunas novelas de Pedrolo a otras lenguas más allá de las peninsulares.

Fuentes:

Pere Antoni Pons, «Carlos Pujol sobre Joan Sales», Lluc: revista cultural i d’idees, núm. 864 (julio-agosto de 2018), pp. 16-19.

Montserrat Casals, ed., Mercè Rodoreda-Joan Sales. Cartes completes (1960-1983), Barcelona, Club Editor, 2008.

Joan Fontcuberta, «Pedrolo i La Cua de Palla», Quaderns. Revista de Traducció, núm. 14 (2007), pp. 49-55.

Àlex Milian y Xavier Aliaga, «Capmany i Pedrolo, cent anys de dues veus insubornables», El Temps, núm. 1766 (16 de abril de 2018).

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, A Contra Vent Editors, 2012.

Bel Zaballa, Manuel de Pedrolo, la llibertat insubornable, València, Sembra Llibres, 2018.

Ediciones Fronda, una efímera editorial de circunstancias

Las Ediciones Fronda fueron una iniciativa de corta vida encabezada por dos hombres de letras de larga y brillante trayectoria, lo cual, paradójicamente, contribuyó a que este proyecto quedara aún más sepultado en el olvido.

Vicenç Riera Llorca.

Vicenç Riera Llorca (1903-1991) se estrenó en el periodismo en la Barcelona de los años treinta (en L’Esquella de la Torratxa, El cor del poble, Justícia Social, etc.), después de haber ejercido como profesor de catalán, pero fue en su exilio en México tras la guerra civil cuando, además de iniciar una notable carrera como narrador (Tots tres surten per l´Ozama, Giovanna i altres contes, Roda de malcontents, etc.), entró como corrector de pruebas y más tarde como traductor en la imprenta que regentaba Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954).

El prolífico dramaturgo, periodista e impresor-editor Artís i Balaguer tenía ya una muy larga trayectoria cuando llegó a México, y es lógico que una de las primeras tareas que se le encomendaran al llegar a América fuera la dirección de un periódico en Saltillo, que sin embargo nunca llegó a publicarse. Así, a mediados de 1940 decide trasladarse al Distrito Federal, donde su primer empleo es como cajista en la imprenta de la escritora y pionera periodista feminista Emilia Enriquez de Rivera (1881-1963), que hacía ya muchos años que había fundado y dirigía la longeva revista El Hogar (1913-1942), y con quien se asoció para crear A. Artís Impresor (en la calle Durango, 290), en la que, como señala Teresa Férriz:

 …dio trabajo a muchos operarios refugiados, un buen número de ellos de origen catalán: Marià Martínez Cuenca, prensista; Joan Margelí, linotipista; Joan Falcó, minervista; Miquel Fustagures, cajista; Lluís Branzuela, administrador; Elvira Tella i Lucrècia Ivan, encuadernadoras; Bartomeu Rosique y Lois –antiguo cónsul de España en Lyon–, cajista, Pere Matalonga y, más tarde, Vicenç Riera Llorca, corrector de pruebas, etc.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Añade Férriz que el primer encargado del taller fue Marian Roca (1886-1976), «quien había aprendido el oficio antes de la guerra, en su antiguo taller de Reus» y había llegado a presidir el sindicato Societat Tipogràfica, y a quien sustituyó el tipógrafo madrileño José Castillo tras un episodio bastante asombroso que Riera Llorca reconstruyó en su libro Els exiliats catalans a Mèxic. Al parecer, al mencionado cajista Rosique, que aspiraba a dirigir el taller, le sentó muy mal la entrada del ugetista Castillo para ocupar ese puesto y tuvo con él un agrio enfrentamiento en el Sindicato de Artes Gràficas, y unos días después el jefe de taller apareció muerto mientras de dirigía a su puesto de trabajo. Tras las preceptivas investigaciones, que incluyeron interrogatorios a Artís y a Rosique, en palabras de Riera Llorca:

Nunca se aclaró oficialmente el caso, pero enseguida se supo que los instigadores –no los asesinos materiales, pero sí quienes habían dado la orden de asesinar a Castillo- eran los dirigentes del Sindicato de Artes Gráficas […] En el fondo de la cuestión había el asunto de unas máquinas de imprenta, un asunto sórdido y miserable.

Logo de Ediciones Fronda.

La asociación entre Artís i Balaguer y Enriquez de Rivera no duró mucho tiempo, entre otras cosas porque la salida de la periodista de El Hogar fue tormentosa y la abocó a una serie de problemas económicos que coincidieron con la intensificación de sus labores como activista del feminismo. Para entonces había entrado ya como cajista Vicenç Riera Llorca, que sustituyó como corrector de pruebas al periodista y escritor Pere Matalonga (1907-1947), cuando éste, que en 1941 había fundado con el poeta Josep Carner (1884-1970) la revista Full Català, entró a trabajar como corrector en la UTEHA (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana) del gallego José González Porto.

Artís i Balaguer y buena parte de su equipo (Roca, Riera Llorca, Joan B.Climent) pasaron entonces a las Ediciones Minerva, fundadas en 1940 por los también exiliados Miquel Àngel Marín, el librepensador y marido de la escritora Silvia Mistral Ricard Mestre Ventura (Ricarditu) (1906-1997) y el médico y político Ramon Pla Armengol (1880-1956).

Por el camino, Artís i Balaguer había creado la Impresora Insurgentes, donde se prepararon los volúmenes que las Edicions Catalonia hacían para el Comité de Propaganda Interaliado, muchos de los cuales traducía Riera Llorca, y  a finales de 1942 o principios de 1943 se asocian y, si bien no la registran oficialmente, ponen en marcha una editorial con el propósito inicial de publicar libros sobre la guerra en curso.

Empezamos con Una francesa en la tormenta, de Madeleine Gex Le Verrier –ha contado Riera Llorca–, que traduje yo y otro libro que tradujo el matrimonio Joan Sales-Núria Folch. Artís pagó la traducción a los Sales pero como yo era socio de la editorial no vi ni un peso por mi trabajo.

No he sabido hallar constancia de cuál era el libro traducido por Sales y Folch –que  tal vez no llegó a publicarse en estas Ediciones Fronda o, cómo apunta Lluís Agustí en su tesis, quizá se ocultaron tras un seudónimo– , pero sí en cambio aparecieron otros libros de escasa relevancia literaria, sin indicación del año de publicación, bastante apartados de los propósitos iniciales y firmados todos ellos por traductores sospechosos: Amor que todo lo vence, de Jean de La Brète, en versión de Florencio González (que no puede ser el escritor argentino homónimo que vivió entre 1818 y 1839); La boda de Gerardo, de André Theuriet, en traducción firmada también por Florencio González; Diario de Nesta: la muchacha que se declaró, de Berta Ruck, en traducción de Enrique de Cisneros (que por las fechas en que vivió tampoco puede ser el dramaturgo y senador español: 1826-1898), y  Noviazgo de prueba, de Henry Bordeaux, en versión de un ilocalizado Rodrigo Fernández de la Vega (aun cuando Bordeaux había sido profusamente traducido en Barcelona en los años veinte y treinta).

Lluís Agustí apunta también la posibilidad de que haya incluso algunos títulos de Ediciones Fronda por localizar, pues se distinguen dos colecciones, Ahora (en la que al parecer solo se publicó Una francesa en la tormenta) y La Novela Blanca, numerada, en la que se encajan Amor que todo lo vence (núm. 1), La boda de Gerardo (núm. 2), Noviazgo de prueba (núm. 5) y Mi prima Antonieta (núm. 6), por lo que faltarían los números 3 y 4, si es que llegaron a publicarse. Si no llegaron a publicarse, podría conjeturarse acerca del salto en la numeración.

Más importancia tiene Misterio de Quanaxhuata, de Josep Carner, que levantó entre la comunidad catalana en el exilio cierto revuelo –y la amarga crítica de escritores como Lluís Ferran de Pol, que tituló su reseña en Quaderns de l´Exili «Contra la obra de Josep Carner el Misterio de Quanaxhuata»– porque era la primera obra en español de uno de los grandes poetas catalanes, de la que la versión catalana, con el título El ben cofat i l´altre, no aparecería hasta 1951 (en la etapa de la editorial Proa en Perpinyà, después de haberla rechazado la Selecta de Josep M. Cruzet).

Los dos últimos libros publicados en las Ediciones Fronda aparecieron bastantes años después, la mencionada Mi prima Antonieta (1947), de Mario Uchard, en versión de una incógnita María Luisa del Olmo, y la obra del sindicalista anarquista Pere Foix (1893-1978) Cárdenas, su actuación, su país (1947), del que luego se hicieron varias ediciones en la editorial Trillas.

En cualquier caso, la relación entre Riera Llorca y Artís i Balagué en México fue muy estrecha y tuvo continuidad luega en proyectos como la editorial Colecció Catalonia (iniciada en 1944 y reconvertida en 1946 en Edicions Catalònia), donde Riera Llorca vio publicada su Tots tres surten per l’Ozama (1946); compartiendo vocalía en la Unió de Periodistes de Catalunya o en la Nostra Revista, fundada en 1946 y dirigida por Artís i Balaguer y en la que Riera Llorca actuó como secretario hasta que la abandonó por discrepancias sobre política internacional con Artís, lo que le dio pie a iniciar por su cuenta y riesgo una de las mejores revistas del exilio catalán en México, Pont Blau (1952-1963).

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral presentada en la Facultat de Biblioteconomia i Documentació de la Universitat de Barcelona en julio de 2018. Agradezco al autor que me facilitara copia de las páginas en que reúne la información sobre esta editorial, así como los datos adicionales que me proporcionó.

Manuel Aznar y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio (Anejos 30), 2016.

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Marcela Lucci, «Semblanza de Vicenç Riera Llorca (Barcelona, 1903- Barcelona, 1991)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2017.

La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistas Élite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Simón Alberto Consalvi.

El capital inicial surgió al parecer de una partida de un millón de dólares destinado inicialmente al del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera convocatoria galardonó La casa verde de Vargas Llosa y que, pese a tratarse de un premio que se otorgaba cada cinco años, por error apareció también en el presupuesto de 1968 del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela. Así, pues, Monte Ávila tomó forma jurídica y administrativa de compañía anónima, pero perteneciente al Estado, que es quien –venturoso azar– se vio comprometida a financiarla.

Sin embargo, al frente de Monte Ávila destacó desde el primer momento otro nombre importante en las letras latinoamericanas, el director literario Benito Milla (1918-1987), exiliado republicano español que hasta entonces había estado ocupándose de publicar a nombres como Ramón J. Sender, Mario Benedetti o Juan Carlos Onetti en la montevideana Editorial Alfa.

Benito Milla.

Algunos de los títulos publicados en 1968 en Monte Ávila permiten, además de captar el ambiente de los círculos intelectuales venezolanos en los momentos de la primavera de Praga y el Mayo francés, advertir el triple propósito de la editorial de divulgar la obra de algunos de los pensadores de izquierda importantes en el ámbito de las humanidades, asentar un canon de los autores del pasado reciente y divulgar la obra literaria de autores emergentes o poco conocidos –en un momento de pleno estallido del boom de la literatura hispanomericana– a menudo mediante cuidadas antologías: El laberinto del lenguaje de Max Black, Problemas del desarrollo y de la integración, de Marcos Kaplan, Ser, verdad y fundamento, de Martin Heidegger, Dialéctica y derecho en Hegel, de Eduardo Vásquez, Ensayos sobre Sartre, de Federico Rui, el colectivo Estudiantes y política en América LatinaHistoria de la imaginación viciosa, de Elemire Zolla, La realidad mexicana en su novela de hoy, de Domingo Miliani, Tendencias del teatro contemporáneo, de Isaac Chocrón, Ensayos literarios de Ezra Pound, antologados y prologados por T.S. Eliot, El teatro de Jean Genet, de Lucien Goldman, Introducción a la literatura de Brasil, de Antonio Cándido, El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal (con entrevistas profundas a Max Aub, Cabrera Infante, Juan Goytisolo y Ernesto Sábato, entre otros), Nuevos narradores colombianos, antologados por Fernando Arbeláez, Narradores peruanos, por José Miguel Oviedo, Los habitantes, de Salvador Garmendia, Nuevo diario de Noé, de Germán Arciniegas, los relatos contenidos en Los huéspedes, del exiliado español Segundo Serrano Poncela, los supuestos Cuentos completos de Onetti o la edición venezolana de Borges, el poeta, de Sucre, entre otros varios títulos, también en estas mismas líneas. Desde luego, un primer año bastante espectacular.

Quizá el perfil que se desprende de los primeros títulos publicados basta para comprender que Monte Ávila no tardara en ser conocida como «el Fondo de Cultura de Venezuela», en alusión a la célebre editorial mexicana, fundada también con el patrocinio de instituciones gubernamentales, aunque tampoco le hubiera sentado mal el epíteto de «Casa de las Américas de Venezuela». Pero la importancia de Monte Ávila en su contexto es precisamente haber creado un plan de publicaciones con una intencionalidad clara y a largo plazo, destinado a dar a conocer el pensamiento universal y la literatura venezolana, y con una conciencia muy clara, además, del momento histórico en que nacía. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de traducciones –por lo menos en la primera década, hasta que las dificultades económicas hicieron que disminuyera su número–, así como la atención dedicada a temas como los movimientos estudiantiles, la sociología, la antropología, la filosofía contemporánea o los estudios literarios, temas clave que hasta entonces habían llegado al lector venezolano a través de editoriales argentinas, mexicanas y, en menor medida, colombianas y chilenas. Y, más allá, lograr exportar sus libros a los países vecinos.

Su condición de editorial sin ánimo de lucro permitió que, además, Monte Ávila se convirtiera también en la plataforma idónea desde la que dar a conocer a autores hasta entonces completamente inéditos, y es innegable que sin ella difícilmente se hubieran podido dar a conocer autores como el poeta y luego editor de La Liebre Libre Harry Almela (1953-2017), la poeta nacida en Perú Martha Kornblith (1954-1997), la poeta y asistente de producción en Monte Ávila Stefania Mosca (1957-2009), el periodista y narrador de origen español Eloi Yagüe Jarque (n. 1957), la periodista y narradora hoy en Chile Mireya Tabuas (n. 1964) o la también narradora actualmente en Nueva York Lyda Aponte de Zacklin.

La misma circunstancia le permitió convertirse muy pronto en la gran editorial de poesía y teatro venezolano, géneros apenas divulgados tanto por las pequeñas editoriales sin capacidad para hacer llegar su trabajo más allá de sus fronteras, como por las de mayores dimensiones, que a menudo los consideraban, no siempre acertadamente, géneros de escasas ventas. El dramaturgo y traductor Isaac Chocrón (1930-2011), de origen sefardita, fue el impulsor y director literario de la Colección Teatro, dedicada tanto a obras de creación como de estudio: 13 autores del nuevo teatro venezolano (1971), compilado por Carlos Miguel Suárez Radillo; Tarántula (1975), de Rodoldo Santana; Resistencia (1975), de Elidio Peña; El Dorado y el amor (1989), de Ugo Ulive; Birmanos y otras piezas (1991), de Blanca Strepponi; Encuentro en Caracas (1993), de Luis Chesney Lawrence, así como Un enfoque crítico del teatro venezolano (1975), de Rubén Monasterios, Grotowski, de Raymonde Temkin o el colectivo El teatro y su crisis actual (1992).

Una colección singular es Warairarepano (nombre oficial del parque nacional de El Ávila), que a principios del siglo XXI publicó en lenguas indígenas en edición bilingüe (con traducción al español) títulos sobre todo de literatura infantil y acompañados de cedés, como El violín mágico (2005), de Antonio Lorenzano, adaptado por Beatriz Bermúdez Rothe (al español) y Esteban Emilio Mosonyi (al warao) e ilustraciones de María Isabel Hoyos; El árbol que daba sed (2005), de Kane Wa, con ilustraciones de Oswaldo Rosales; Abuela de las garzas (2005), adaptado al castellano por Daniel Otero e ilustrado por Oswaldo Dumont, con annexos informativos sobre el pueblo indígena de los Piaroa; o El sobrino desobediente (2006), de Manuel Velázquez, ilustrado por Iván Estrada. Para ello contaron con el apoyo financiero del Banco Central de Venezuela, pero este es solo uno de los ejemplos en esta línea, pues no son pocas las coediciones de literatura en lenguas indígenas en las que ha participado Monte Ávila, acompañado de otros organismos nacionales o internacionales, como es el caso de la Unesco y la ONU.

En los equipos de editores, además Chocrón y de Milla, que impulsó la colección Documentos, adquirieron prestigio Óscar Rodríguez Ortiz, que puso en marcha Ante la Crítica; Alberto Rosales al frente de Pensamiento Filosófico, o Juan Luis Delmont con la colección Memoriabilia, pero también fue un trampolín para traductores como Julieta Fombona (esposa de Sucre), cuyas traducciones de Marcuse tuvieron amplísima difusión a través de Alianza Editorial; el filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti, autor de una muy reconocida versión de la Poética de Aristóteles, o Pierre de Place (traductor de André Breton, entre otros autores franceses).

Durante un breve período de tiempo, el catálogo de Monte Ávila circuló con cierta facilidad por España, gracias al tímido intento en 1977 de abrir una sede en Barcelona (inicialmente sólo como distribuidora) y pese a publicar Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel (que en 2007 reeditaría en España la editorial de la fundación de extrema derecha FAES Gota a Gota) o las novelas El indeseable, de Regis Debray y La última conquista de El Ángel, de Elvira Orpliré, entre algunas otras obras importantes (de Manuel Scorza a Reinaldo Arenas), el proyecto no tuvo la necesaria continuidad para cuajar.

Fuentes:

Web de Monte Ávila Editores.

Anónimo, «Cincuenta años de Monte Ávila», Nodal Cultura, s.f.

Anónimo, «La Monte Ávila de antaño», en el blog de Ediciones Letra Muerta, 12 de noviembre de 2017.

Alexis Márquez Rodríguez, «La función de la Editorial Monte Ávila en el proceso de la literatura venezolana», en Karl Kohut, comp., Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano, Fondo Editorial de Humanidades, 2004, pp. 85-93.

Redacción, «Monte Ávila Editores», Qué Leer, 4 de abril de 2018.

Alejandra Torres Torres, «Semblanza de Editorial Alfa», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Matías Conde y la autoedición mexicana en asturiano

A falta de poder consultar la tesis doctoral de Lluis Agustí recientemente presentada (L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1959. Inventari i propostes de significat, 2018), es sin embargo posible aventurar que uno de los libros en asturiano más famosos publicados en México, Sol en los pomares, de Matías Conde de la Viña (1896-1982), respondía a la iniciativa del propio autor, y que el sello bajo el que se presentó fue creado para la ocasión.

Matías Conde.

Este profesor mercantil gijonés, que desde muy joven había hecho incursiones en la prensa asturiana e incluso había puesto en circulación un semanario satírico de cierta repercusión (El Epiplón), tuvo que salir de su país durante la guerra civil española, en la que había servido como concejal en el ayuntamiento de Oviedo y en el Consejo de Asturias y León en las filas de Izquierda Republicana. Establecido durante cinco años en Francia, durante los cuales fue cónsul en Marsella, llegó a México en 1944 y rápidamente se integró en los círculos de intelectuales asturianos de la capital (Luis Santullano, Jesús Vallina, Ovidio Gondi, Carlos Martínez, Joaquín Velasco, Germán Horacio…).

Ese mismo año publica ya un texto en el librito colectivo publicado por la revista Somos: homenaje de los republicanos españoles a las representaciones diplomáticas y consular de México en Francia, en el que también participaban, entre otros, el poeta cordobés Juan Rejano (1903-1976), el dramaturgo madrileño Álvaro Arauz (1911-1970) y Mauricio Fresco, que más tarde publicaría La emigración republicana española, una victoria de México (Editores Asociados, 1950).

Sin embargo, la importancia de Matías Conde como escritor la debe sobre todo al poemario Sol en los pomares (Poemas de Asturias), de cuya importancia hay indicios para pensar que el autor era muy consciente, dado el esmero con que preparó y divulgó su publicación.

Malvis (tordo o corzal común en asturiano), fue el nombre elegido para la efímera editorial creada para publicar este libro, al que tan sólo seguiría otro título, también de Matías Conde, Cuatro romances de toreros: E. Lizaga, Joselillo, Carnicerito, Manolete (1949).

Sol en los pomares se organiza en cinco secciones y lo que, usando un mexicanismo, bien podríamos llamar un pilón: La sombra de los robles (lo eterno), La lluz de les roses (lo lírico), La caleya floria (el donaire), Pompares n´el aire (lo efímero) y La luna entre carbayos (Lo infinito), rematado con un «¡Adiós!». Conde se tomó la molestia de solicitar al escritor mexicano José Vasconcelos (1882-1959) un prólogo y preparó con mucho esmero la edición. Se trata de un libro de doscientas páginas, com un formato de 30,5 x 23,5 cm, impreso a color, con ilustraciones del ya mencionado Germán Horacio (1902-1975), del que, según el colofón, el 20 de agosto de 1948 se imprimieron 1500 ejemplares.

Es probable que a José Vasconcelos lo hubiera conocido Matías Conde ya en Asturias, donde el escritor mexicano residió entre el verano de 1932 y el de 1933, y participó activamente en iniciativas culturales, como la Biblioteca Popular Circulante de Castropol (de la que fue nombrado presidente honorario y a la que donó ejemplares de sus libros) o el periódico El Aldeano. En sus memorias sobre la estancia en Asturias, Vasconcelos recuerda:

 Pasamos la última semana en Gijón, enfiestados a diario, con las despedidas. Todo el Club de los Excursionistas gijonenses, capitaneados por el poeta popular Pachín de Melas, nos visitó un domingo por la tarde, nos cantó coros asturianos, compartió con nosotros la sidra y las empanadas.

Y en este punto es oportuno recordar que el ilustrador del libro de Conde es precisamente el hijo del escritor en asturiano Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz, 1877-1938).  Formado como perito mercantil, la vocación pictórica y la presión política había llevado a Germán Horacio Robles a instalarse en Madrid (donde cursó estudios en la Academia de San Fernando y publicó dibujos en las revistas Estampa y Blanco y Negro), pero el inicio de la guerra civil española le pilló en Asturias, lo cual hizo que se convirtiera en uno de los cartelistas de combate más famosos de su tierra, pero mayor repercusión incluso tuvo su diseño de los billetes durante la guerra, conocidos como «belarminos» debido a que los firmaba el por entonces presidente del Consejo Soberano de Asturias y León, Belarmino Tomás (1892-1950), que también acabaría exiliándose a México.

Cartel de Germán Horacio.

Germán Horacio había llegado a México a bordo del Sinaia (13 de junio de 1939), y en el diario que se publicó a bordo se da noticia el 11 de junio de una exposición en la que participó, junto a José Bardasano (1910-1979), Ramón Gaya (1910-2005) y Darío Carmona (1911-1976), entre otros. Al poco de llegar ya participaba en diversas exposiciones colectivas, y en junio de 1940 exponía en solitario en la Galería Arte y Decoración, actividad que alternaba además con incursiones en el ámbito editorial, y suyas las ilustraciones de las cubiertas de Mar y Viento (Imprenta Artes Gráficas Comerciales, 1943), de Alfonso Camín (1890-1982), Partiendo de la angustia (Editorial Moncayo, 1944), de Manuel Andújar (1913-1994), Entre manzanos (Niñez por duros caminos) (Imprenta Azteca, 1952), de Alfonso Camín y prologado por Luis Astrana Marín (1889-1959), Los poemas de Madrid  (Azteca, 1955), también de Camín, antes de dedicarse también a la creación de carteles cinematográficos.

Por otra parte, Conde se ocupó también de hacer llegar su cuidadísimo poemario a algunas firmas importantes que podían apoyarlo, y se conserva por ejemplo la carta que (fechada el 29 de enero de 1949) acompañaba el envío del volumen a la prestigiosa poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957), que el año siguiente ganaría el Nobel de Literatura. Otra escritora de talento, la madrileña Luisa Carnés (1905-1964), le había dedicado ya para entonces una elogiosa reseña en firmándola con su seudónimo Natalia Valle en la Revista Mexicana de Cultura (número 80, del 10 de octubre de 1948, pp. 11 y 12).

La colaboración entre Matías Conde y Germán Horacio se repitió al año siguiente en el librito Cuatro romances de toreros, el segundo y último localizado con el sello Malvis, cuarenta y cuatro páginas. Al margen de otras consideraciones posibles, si se interpreta como un síntoma de integración cultural resulta un tanto asombroso que en fecha tan temprana Conde elija a dos toreros mexicanos (Liceaga y Carnicerito de México), uno colombiano (Joselillo) y solo uno español (Manolete) como motivos para este segundo poemario.

Conde no volvió a publicar en asturiano en México, y la edición de su «comedia dramática en tres actos y un mensaje» Me lo dijo el viento (1963) corrió a cargo de la Unión Nacional de Autores. Aun así, unos años después de la muerte del dictador español se hizo una edición en 1976 de Sol en los pomares en el Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), pero en ella se suprimió el poema «El solar de Don Pelayo o el romance de los cuatro morangos», acaso de inspiración lorquiana, para no ofender a la Guardia Civil. No fue hasta el año 2016 que la Academia de la Llingua Asturiana hizo una edición facsimilar íntegra.

Firma de Matías Conde.

Fuente

J. L. Argüelles, «La vuelta sin censura de Matías Conde», La Nueva España, 8 de noviembre de 2016.

Begoña Díaz González, «La literatura de posguerra (1940-1974)», en Miguel Ramos Corrada, Historia de la lliteratura asturiana, Oviedo, Academia de la Llingua Asturiana, 2002, pp. 365-506.

Iliana Olmedo, «La contribución del exilio español a la historiografía mexicana. La Revista Mexicana de Cultura como espacio de formación canónica», Relaciones, estudios de historia y sociedad, vol. 35, núm. 140 (2014).

Iliana Olmedo, Matías Conde la Viña, en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 2, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2002, p. 121.

Marco Fabrizio Ramírez Padilla, «Dos libros orgullosamente mexicanos», Bibliofilia novoshipana, 18 de mayo de 2009.

Anagrama y el canon literario latinoamericano (sobre Narrativas Hispánicas)

«El criterio de uno como lector es selectivo, y el criterio de uno como editor debe ser aglutinante.»

Ricardo Piglia

 

Desde por lo menos el estallido del boom, las capitales editoriales españolas han actuado tradicionalmente como puente entre las literaturas latinoamericanas y las europeas, si bien es cierto que también París ha desempeñado un papel importante. Esto subraya lo que, refiriéndose al caso de Argentina, Javier Lluch-Prats ha denominado la «dependencia de la mediación editorial española para la internacionalización de los textos».

El capital simbólico acumulado por Anagrama a lo largo de su historia, así como los contactos cultivados por su fundador, Jorge Herralde, contribuyen a explicar la importancia que ha cobrado Anagrama en la construcción del canon en países como México, Argentina o Chile, y ese proceso puede advertirse bien a la vista del catálogo de la colección Narrativas Hispánicas.

Beatriz de Moura (Tusquets) y Jorge Herralde.

Si bien ya previamente habían aparecido en Anagrama algunos textos del argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) y del también argentino pero de expresión francesa Copi (Raúl Damonte Botana, 1939-1987), puede tomarse como punto de referencia la entrada en la colección Narrativas Hispánicas (creada en 1981) del mexicano Sergio Pitol (1933-2018) con el libro de relatos Vals de Mefisto (publicado previamente en México con el título Nocturno de Bujara por Siglo XXI), y en particular porque Pitol, residente por entonces en Europa, será uno de los grandes beneficiarios de la política de autor llevada a cabo en muchísimos casos por Jorge Herralde y verá publicado en esta editorial el grueso de su obra. Al año siguiente, en 1985, se publicaba ya en la misma colección al primer escritor argentino –afincado en París– Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano, prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante).

Ricardo Piglia.

Además de la colección Narrativas Hispánicas, otro punto de referencia para analizar esta progresiva presencia de literatura latinoamericana es el Premio Herralde de Novela, que, además de premiar El desfile del amor de Pitol en 1984, ese mismo año designa como finalistas al argentino residente en Madrid Miguel Enesco, por Me llamaré Tadeusz Freyre, y al año siguiente a la también argentina Luisa Futoransky, por De Pe a Pa (De Pekín a París). De 1987 es la publicación en NH de La trenza de la hermosa Luna, de la cubana afincada en Puerto Rico Mayra Montero, quien hasta entonces sólo había publicado el libro de relatos Veintitrés y una tortuga (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981) y cuyos libros siguientes fueron casi sistemáticamente publicados en Estados Unidos en traducción al inglés de Edith Grossman (prestigiosa traductora de Cervantes, García Márquez, Vargas Llosa y Julián Ríos, entre otros). En 1986 Montero había compartido la condición de finalista del Premio Herralde (que en la página que Harper Collins se describe como «one of Europe’s most prestigious literary awards») con el uruguayo Roberto Fernández Sastre (La manipulación) y el colombiano Evelio Rosero (Juliana los mira). Como señala Jorge L. Locarno, uno de los mayores intereses del Premio Herralde es su capacidad para conferir valor simbólico a textos que pasan luego a circular por el mundo con la etiqueta de «literatura latinoamericana», y por lo tanto incide en qué se toma por tal cosa más allá de los propios países latinoamericanos. Incidiendo en la misma cuestión, en el prólogo a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina Juan Villoro, por su parte, señala que el catálogo de Anagrama es «siempre heterodoxo respecto a la valoración que las literaturas hacen de sí mismas, y acaso por eso mismo, tiene altas posibilidades de definir el canon futuro». También de 1987 es la recuperación en NH de Las ratas, seguido de Sombras suele vestir (que en 1972 había aparecido ya como tal en Siglo XXI), del entonces recién fallecido José Bianco (1908-1986). Desde entonces, si bien porcentualmente no era predominante, la presencia de literatura latinoamericana fue constante y sostenida con la obra de Pitol como indudable protagonista principal.

Aun así, suele señalarse como un momento clave en la intensificación de estas relaciones la mitad de la década de 1990, no casualmente coincidente con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea (1993) que a finales de 1995 culminaría con el acuerdo de creación de una moneda única (el euro). En el texto de presentación de Anagrama. 45 años. 1969-2014, Recorrido por cuatro décadas y media, Herralde sitúa ese cambio incluso más adelante, de la primera década del siglo XXI:

Uno de los rasgos más destacados de este período es la progresiva consolidación de Anagrama, reforzada por sus ediciones en América Latina, en especial en Argentina y México, y también en Colombia, Chile, Uruguay, Venezuela y Perú. De forma programática, en esta década los autores latinoamericanos se publican en su país de origen y en España, y se distribuyen en los restantes países de América Latina.

Herralde con Roberto Bolaño.

En cualquier caso, tanto en la segunda mitad de los ochenta como en la primera de los noventa, los autores latinoamericanos, y no sólo argentinos y mexicanos, siguen presentes en NH, y valga como muestra los premios Herralde  a La noche es virgen, del peruano Jaime Bayly en 1997 y Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en 1998, a los que pueden añadirse como finalistas la peruana Teresa Ruiz Rosas (con El copista, en 1994) o el hispanoargentino Andrés Neuman (con Bariloche, en 1999), o el inicio de la publicación casi sistemática de la obra del mexicano de origen hondureño y guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) (Movimiento perpetuo y Obras completas y otros cuentos en 1990, La Oveja negra y demás fábulas y Lo demás es silencio en 1991, Viaje al centro de la fábula en 1992..) o aun la aparición del cervantista argentino Federico Jeanmarie con Miguel (1990), quien tras dar muchas vueltas (Sudamericana, Norma, Seix Barral, Alfaguara…) volvería a Anagrama con Tacos altos (2016) y para ser finalista del Herralde de Novela ese mismo año con Amores enanos.

Otro libro importante en este sentido –en tanto que propuesta para la actualización del canon–, es la antología preparada por Juan Forn y publicada en 1992 Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina (publicada luego en la colección Compactos con el subtítulo Una antología de narrativa argentina), que dio a conocer a muchos lectores no argentinos a escritores como Cecilia Absatz, César Aira, Rodrigo Fresán, Fogwill, Sylvia Iparraguirre, Alberto Laiseca, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Alan Pauls… El respaldo de un sello como Anagrama, confirmado en varios de estos casos con la posterior incorporación a su catálogo (Alan Pauls, por ejemplo) o a grandes editoriales (caso de Fresán), situó de pronto en otra división internacional a estos autores a ojos de los editores de otros países, pues como ha explicado el propio Herralde, «en tanto y en cuanto tienes un fondo de autores extranjeros de primerísima fila, los editores extranjeros se fían a priori de los libros que tú les recomiendas».

Tal vez sí el despegue más vistoso se produce en el inicio del nuevo siglo, con autores jóvenes, outsiders en sus propios milieux literarios locales, exploradores de tradiciones que no son las predominantes en sus respectivos países, y a ello hay que añadir que en muchos casos establecieron relaciones de amistad o cuanto menos de trato entre ellos, creando si no una imagen de grupo sí de parentesco, con Anagrama como elemento aglutinador, pero también es cierto que es un despegue que llevaba ya bastante tiempo con el motor en marcha. Y parece indudable la incidencia de las elecciones de Anagrama en la configuración del canon de la literatura latinoamericana más innovadora a ojos del conjunto del sistema literario internacional.

Fuentes:

Leila Guerriero, «Jorge Herralde: el anagrama perfecto», La Nación, 24 de junio de 2001.

Jorge Herralde, El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina, texto introductorio de Juan Villoro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Javier Lluch-Prats, «Escritores de marca: voces argentinas en el catálogo de Anagrama», Orbius Tertius, vol. 14, núm. 15 (2009).

Jorge J. Locane, «El Premio Herralde de Novela: Literatura Latinoamericana para el mundo y desterritorialización del prestigio», INTI: Revista de Literatura Hispánica, núm. 85-86 (2017), pp. 100-112.

Jorge L. Locane, «¿Cómo se produce la literatura mundial? Esbozo de una respuesta: el catálogo de Anagrama», intervención en el VII Seminario Internacional Redes Públicas y Relaciones Editoriales. La edición iberoamericana en el mapa de la literatura mundial, Madrid, 30 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 2017.

Juan Carlos Piedrahita B., «En Anagrama somos audaces» (entrevista a Jorge Herralde), El Espectador, 28 de noviembre de 2009.

Redacción, «Anagrama apuesta por los escritores rebeldes», Proceso, 24 agosto de 2003.

Alejandro Zambra y la generación de la Biblioteca Ercilla

A lo largo de la espléndida colección de textos de Alejandro Zambra que Andrés Braithwaite seleccionó y editó con el título No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), el escritor chileno menciona en diversas ocasiones la importancia que tuvo en la formación de los lectores de su generación los libros que integraron la Biblioteca Ercilla. Así, por ejemplo, en «Niños genios» explica Zambra:

Gran parte de los niños de los años ochenta debemos nuestra iniciación literaria a la Biblioteca Ercilla, una nu­merosa colección de libros sin dibujos, sin prólogos y sin notas a pie de página que venían de regalo con la revista Ercilla […]. Somos, mal que nos pese, la generación Ercilla: leímos La metamorfosis o El retrato de Dorian Gray o los cuentos de Poe fundamentalmente porque entonces bastaba estirar la mano para obtener esos libros y porque nos cautivaron o no nos aburrieron

A la altura de los años ochenta del siglo XX, Ercilla era ya toda una institución en el panorama editorial chileno. Sin embargo, ya un siglo antes Ercilla había dado nombre a una célebre imprenta creada por el bibliófilo y erudito José Toribio Medina (1852-1930) (de ella salió, por ejemplo, el poema histórico Las guerras de Chile [1888], de don Juan de Mendoza Monteagudo, con el que nace la colección de Poemas Épicos Relativos a Chile).

De 1933 data la fundación de la Editorial Ercilla de Laureano Rodrigo y Luis Figueroa, que entre los años treinta y los cuarenta, la época dorada de la edición chilena, ocupó un lugar preponderante, junto con Nascimento y Zig_Zag y, a cierta distancia en cuanto a tamaño otras como Osiris y Universo. Si Nascimento era la editorial de referencia en cuanto al ensayo y Zig Zag destacó por acoger a los narradores chilenos y por el esmero en el diseño, Ercilla fue la gran divulgadora de la literatura universal, gracias entre otras cosas al un equipo de prestigiosos editores que reunió, entre los cuales un buen número de intelectuales peruanos  afines o vinculados al APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) exiliados en Chile, como el profesor limeño Luis Alberto Sánchez (1900- 1994), que dirigió la editorial además de publicar en ella diversos títulos propios (Panorama de la literatura actual, 1934; Historia de la literatura americana (desde los orígenes hasta 1936), 1937; Historia general de América, 1941, etc.), los escritores Ciro Alegría (1909-1967), que empezó alternando el trabajo como corrector de pruebas con traducciones para Zigzag, y Juan José Lora (1902-1961) o el periodista Manuel Seoane Corrales (1900-1963), que a partir del abril de 1937 dirigiría la revista Ercilla.

Avanzada la década de los treinta, sumida la industria editorial española en las trabas inherentes a una guerra civil, Ercilla vivió su momento de esplendor en 1937, con la apertura de diversas sucursales (Buenos Aires, Caracas, México, Montevideo…) y con un ritmo de publicación de hasta tres obras mensuales y tiradas de mil ejemplares iniciales.Por entonces la revista Ercilla tenía ya cuatro años, si bien inicialmente se había planteado como un boletín literario de apenas ocho páginas, pero la llegada en 1935 del español José María Souviron (1904-1973) y en abril de 1937 del ya mencionado Manuel Seoane, le dieron un empujón definitivo y la convirtieron en un modelo de magazin.

Tras la breve etapa de dirección de quien pasa por ser la primera periodista chilena, Lenka Franulic (1908-1961), durante la cual se incorpora alguna firma importante a la revista –la de José Donoso, en particular–, a su muerte se pone al frente de la misma Enrique Cid y se inicia una etapa de cambios muy frecuentes en la dirección –Humberto Malinarich entre 1962 y mediados de 1966, Erika Vexler los doce meses siguientes, Alejandro Cabrera Ferrada la segunda mitad de 1967–, en la década siguiente se inicia la fórmula promocional de regalar todo tipo de productos adicionales con la adquisición de la revista y, en palabras de Subercaseaux, «el libro se convierte en factor de promoción para sacar a la revista Ercilla de su decaimiento». Tal fue la magnitud del éxito que Ercilla llegó a tener una tirada de 237.000 ejemplares.

La Biblioteca Ercilla, y su éxito, fue posible en buena medida gracias a la participación de la Editorial Andrés Bello, que cedió gratuitamente los derechos para la selección de Los Mejores Libros Chilenos, y sobre todo del patrocinio de la Televisión Universidad Católica de Chile, a los que habría que añadir Xerox, Nescafé y el Banco Nacional de Valores. Fruto de esta relación fue el lanzamiento entre marzo y noviembre de 1983 de Los Mejores Libros Chilenos, que alcanzan una venta media de 158.417 ejemplares, según datos de Subercaseaux. A este éxito contribuyó también que algunos de los títulos eran de lectura obligada en el Plan de Estudios de Enseñanza Media, como se ocupaba de subrayar la publicidad. Tras Martín Rivas, de Alberto Blest Gana (1830-1920), aparecen sucesivamente Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002), Recuerdos del pasado, de Vicente Pérez Rosales (1807-1886), Sub-terra, de Baldomero Lillo (1867-1923), Gran Señor y Rajadiablos, de Eduardo Barrios (1884-1963), La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533-1594), Montaña adentro y otros cuentos, de Marta Brunet (1897-1967), Mio Cid Campeador, de Vicente Huidobro (1893-1948), La última niebla, de María Luisa Bombal (1910-1980), Un juez rural, de Pedro Prado (1886-1952), Llampo de sangre, de Óscar Castro (1910-1947), y Frontera, de Luis Durand (1895-1954).

Marta Brunet.

A esta colección siguieron semanalmente a partir de noviembre de 1984 Los Mejores Libros Españoles, formalmente igualmente toscos y poco cuidados y con títulos en general más provectos (y por tanto libres de derechos), como El Libro de Buen Amor, El Conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La perfecta casada, El Burlador de Sevilla, La vida es sueño, aunque también Marianela, Bodas de sangre, Azorín, Poesía Selecta de Antonio Machado (títulos que acaso Alejandro Zambra no llegó a ver) y uno de los sí recordará Zambra, la Niebla de Miguel de Unamuno (1864-1936), de los que se vendía una media de 160.000 ejemplares.

En «De novela, ni hablar», donde vuelve a insistir en la influencia de esta colección, escribe Zambra:

En mi casa, como en la mayoría de las casas de clase media, la biblioteca consistía únicamente en una colección de libros baratos que venían de regalo con la revista Ercilla. La Biblioteca Ercilla incluía varias decenas de títulos de color rojo para la literatura española y de color café para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No había una colección de libros latinoamericanos. No había, para nosotros, literatura latinoamericana. Doña Bár­bara, el Martín Fierro y las Ficciones de Borges figuraban entre los libros de literatura universal, y si mal no recuerdo el título más actual de los españoles era Niebla, de Unamu­no. Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una litera­tura latinoamericana.

Quizá el término, sin embargo, resulte un poco desorientador, porque en los años treinta la editorial Ercilla había publicado ya una longeva colección, específicamente llamada Biblioteca Ercilla, que daba una orientación bastante distinta de lo que era la línea ideológica de Ercilla en aquellos años: Breve historia del mundo (1934), de H.G. Wells; Y así vamos.. (1934), de Carlos Sáez Morales; El fin del capitalismo (1934), de Ferdinand Fried; Chile frente al socialismo y al comunismo (1934), de Mario Bravo Lavín; Dostoiewski (1935), de André Gide; Psicología de la vida erótica (1935), de Sigmund Freud; Fundamentos reales de sociología (1936), de Georg Nicolai; El golpe de estado de 1924, ambiente y actores (1938), de Emilio Rodríguez Mendoza,…

Fuentes:

Joaquín Fermandois, dir., Olga Ulianova, coord.., Chile. Mirando hacia dentro, vol. 4 (1930-1960), Taurus, Fundación Mapfre, 2015.

Jorge Fuentes, «Los famosos libros regalados por revista Ercilla: Ocho millones de nuevos lectores en Chile», Guioteca, 25 de octubre de 2013.

Bernardo Subercaseaux, La industria editorial y el libro en Chile (Ensayo de interpretación de una crisis), Santiago de Chile, Centro de Indagación y Expresión Cultural y Artística, octubre de 1984.

Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile (Alma y Cuerpo), segunda edición, corregida, aumentada y puesta al día en noviembre de 2000, Santiago de Chile, Ediciones LOM (Colección sin Norte), 2003.

Alejandro Zambra, No leer (Crónicas y ensayos sobre literatura), selección y edición de Andres Braithwaite, Santiago de Chile, Ediciones UDP, 2010; Barcelona Alpha Decay, 2012; Barcelona, Anagrama, 2018.