Toole, Gottlieb y la edición no publicada de La conjura de los necios

Del mismo modo que muchos de los que han leído El doctor Zhivago saben de las peripecias a que se enfrentó su creador, Boris Pasternak (1890-1960), antes de que se publicara su gran novela, que quienes jamás han leído En el camino saben que originalmente Jack Kerouac (1922-1969) la mecanografió en un rollo de papel continuo o incluso que quienes no han tenido el placer de leer Lo que no quise decir, de Sándor Márai (1900-1989), quizá conocen el rocambolesco modo en que se descubrió esa obra fascinante, toda persona formada sabe algo acerca de los avatares de la publicación póstuma de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969).

John Kennedy Toole.

En este último caso, como en los anteriormente mencionados –a los que se podría añadir el de las indicaciones de Kafka para impedir que póstumamente se publicara su obra inédita, entre otros muchos–, ciertas circunstancias editoriales, extraliterarias, han rodeado las obras en cuestión de un halo o, como mínimo, las han dotado de una cierta popularidad –cuando no de morbo– que ha hecho que incluso quienes nunca las han leído puedan decir algo sobre ellas.

Pero ¿qué sucedió con la edición no publicada de La conjura de los necios? El profesor Cory MacLauchlin reconstruyó en su primer libro el diálogo entre Toole y su editor en Una mariposa en la máquina de escribir. La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de «La conjura de los necios», que permite, por una parte, conocer la visión que tenía un editor genial de la obra y su modo de enfocarla, y, por otro, descorazonar a cualquiera que albergara la ilusión de cotejar la versión no editada y publicada con la editada por uno de los profesionales más reputados de su tiempo.

Tras unos trabajos preparatorios en 1961, puede decirse que Toole comenzó a escribir La conjura de los necios en 1963, y a principios de 1964 la mandó a una de las editoriales más importantes de su tiempo, de la que explica MacLauchlin:

Simon & Schuster [era] una editorial que estaba experimentando una transformación, en gran medida gracias a Robert Gottlieb, su editor estrella; y aunque durante un tiempo Simon & Schuster se había centrado en los ensayos y los libros de autoayuda, Gottlieb marcó el comienzo de una nueva época con títulos de ficción como Trampa 22 y las novelas de Bruce Jay Friedman. Algunos títulos provocaron en Toole una «reacción personal intensa», en especial Stern, de Friedman, y cuando su madre le preguntó por qué había enviado el manuscrito a un solo editor, respondió que por la fama y el prestigio de Simon & Schuster.

Antiguo logo de Simon & Schuster.

La primera en Simon & Schuster que leyó la novela de Toole fue Jean Ann Jollet, asistente de Gottlieb que le recomendó su lectura, y, aunque hay constancia de que algunas de las cartas iniciales de su relación se destruyeron, sabemos por una de Jollet a Toole del 6 de junio que habían proyectado una reunión en Nueva York a finales de ese mes que se frustró por un viaje a Europa de Gottlieb, quien sin embargo le escribió a al inédito escritor de Nueva Orleans el siguiente día 15:

Me parece que usted entiende el mayor problema de la obra, pero piensa que con el simple desenlace puede resolverlo. Sin embargo, se requiere más. No sólo es necesario que se tejan mejor los hilos de la trama (éstos siempre pueden tejerse mejor); lo que en verdad debe ocurrir es que dichos hilos sean fuertes y significativos todo el tiempo, no solo de una forma episódica para luego ser ingeniosamente aunados aparentando que todo salió como se esperaba. En otras palabras, debe haber un punto para todo lo que usted ha escrito, un punto real, y no simplemente que la historia sea un divertimento forzado que se resuelva de cualquier manera.

Robert Gottlieb.

Toole viajó de todos modos a Nueva York y se entrevistó con Jollet, quien sin embargo, al parecer, no pudo ayudarle a concretar qué aspectos debía mejorar de su texto, pero le entregó el manuscrito para que pudiera seguir trabajándolo. En otoño Toole mandó a su editor una nueva versión de la novela, y entonces Gottlieb la dio a leer y la comentó detenidamente con la agente literaria Candida Donadio (1929-2001), que había empezado como secretaria del agente Jeff Harbe representando a dramaturgos y guionistas y que, cuando en 1961 Harbe vendió el negocio, se había hecho enseguida famosa como agente de Joseph Heller, John Cheever, Philip Roth, Mario Puzo o Thomas Pynchon, entre otros. Es probable que esa reunión entre Gottlieb y Donadio reafirmara al primero en los defectos que seguían presentes en esa segunda versión de La conjura de los necios, pues le escribe:

Pienso que, en varios sentidos, usted ha hecho un excelente trabajo: pulió la trama de la obra, dio sentido a eventos que antes no lo tenían, profundizando en algunos personajes, eliminó otros. El libro está mucho mejor, pero todavía no está bien del todo.[…]

[Donadio y Gottlieb coinciden en] que muchos de sus personajes son maravillosos. […] Que algunas cosas no funcionan: Myrna, especialmente. Que Ignatius plantea problemas: no es tan bueno como usted supone y hay un exceso de él en el libro. Que la pareja Levy no es tan brillante. Que el libro es demasiado extenso. Que algunas escenas –particularmente mi favorita, la manifestación por los derechos civiles en la fábrica– son gloriosas. Que otras son descoloridas. Pero que, dejando todo esto de lado, aún hay otro problema: con toda su grandeza, el libro, a pesar de su buena trama, no tiene una razón de ser.

El editor confiesa que ante eso no hay gran cosa en lo que él pueda ayudarle —«Un editor no puede decir: “póngale un significado”», le escribe—, pero sigue manteniendo su compromiso de continuar trabajando en la obra, ofreciéndose a pensar en alguna «sugerencia editorial específica» si cree que eso es lo que necesita, se presta a organizar un encuentro para hablar del asunto personalmente si se presenta la oportunidad e incluso embarca a Donadio en el trabajo de hallar la manera de dotar de un sentido final más unitario a la novela. Aun así, si se lo pide, le devolverá el manuscrito.

Robert Gottlieb.

Tras una primera carta más de cortesía que de auténtico trabajo, escritor y editor mantuvieron una conversación telefónica en la que, al parecer, Gottlieb insistió en no publicar la versión de La conjura de los necios tal como estaba en ese momento, y es probable que Toole no confesara sus limitaciones para llevar a cabo la tarea que se le encomendaba (dotar de sentido a la historia, además de detalles menores) o su incapacidad para hacerlo, o tal vez incluso su incomprensión acerca de lo que Gottlieb y Donadio le estaban pidiendo. El caso es que, en carta del 15 de enero de 1965 solicitó la devolución del manuscrito, en apariencia dándose por vencido o por lo menos descartando a Simon & Schuster como posible editorial para su novela. Gottlieb acompañó la devolución del manuscrito con una carta, hoy perdida, que, según Santiago Gallego Franco «causó una gran impresión a Toole» y que lo indujo a presentarse sin previo aviso en las oficinas de Simon & Schuster en Nueva York. Así lo cuenta MacLauchlin:

¿Qué le diría cuando estuviera ante el hombre que había dicho que su obra «carecía de sentido»? Cuando llegó a Simon & Schuster, se enteró de que, una vez más, Gottlieb no estaba en la ciudad. Por segunda vez, tras todo un día de viaje fue al despacho de su potencial editor para acabar descubriendo que no estaba. Mientras hablaba con la señorita Jollet, lo embargó una oleada de emoción. Como explicó más adelante, «se retorcía de servilismo». […] Luego se desmayó. Poco después, cuando recuperó el conocimiento, dejó una nota para Gottlieb pidiéndole que lo llamara y regresó a Nueva Orleans.

Por la siguiente carta de Toole (fechada el 5 de marzo de 1965), bastante extensa, sabemos que mantuvieron otra larga conversación telefónica de la que el autor tampoco sacó mucho en claro:

No estaba muy convencido con la corrección que le envié: con frecuencia se trataba de más (y puro) retoque argumental. Por lo tanto, cuando recibí su carta en diciembre [de 1964], estaba a la vez animado y desanimado. Animado por el tipo de comentarios y las indicaciones de persistente interés, desanimado por aquello de que «el libro podría mejorarse y publicarse. Pero no tendría éxito». ¿Se refería usted al libro tal como está, o a su versión definitiva? La llamada telefónica tornó mis dudas en desespero. […] Su carta, después de que le solicitara el manuscrito, fue lo que más me confundió. Al final de nuestra conversación telefónica yo estaba convencido de que la suerte y la oportunidad para la obra habían llegado y se habían ido.

En otras palabras, voy a trabajar en el libro nuevamente. Ni siquiera he tenido tiempo para mirar el manuscrito desde que lo recibí, pero como una parte de mi alma está en el asunto no puedo dejar que muera sin al menos intentarlo una vez más. No creo que pueda escribir nada hasta que le haya dado una última oportunidad a este proyecto.

John Kennedy Toole.

Un par de semanas más tarde (el 23 de marzo), Gottlieb le escribe expresando de nuevo su compromiso con la novela y con el autor, tome éste las decisiones que tome respecto a lo que presenta de nuevo como sugerencias y aludiendo a la propuesta de centrarse en una nueva obra mientras dejaba reposar La conjura de los necios.

En cuanto a la actual reescritura, le digo, como ya se lo dije antes: «Nunca abandonaré al señor Micawber». Las decisiones de un escritor son autónomas, no las dicta su editor. Si usted cree que debe continuar con Ignatius, eso es por supuesto lo que debe hacer. Yo leeré, releeré, editaré, quizás publicaré, lidiaré con ello hasta que esté harto de mí. ¿Qué más puedo decir?

Por favor escríbame breve o largamente, cuando guste, así sea solo para decirme que está trabajando (o que no lo está). O si prefiere, muéstreme fragmentos de lo que vaya haciendo (o no lo haga): lo que sea que le resulte más beneficioso. Ánimo. Trabaje. Estamos venciendo.

MacLauchlin da muy bien la medida de ese compromiso de Gottlieb cuando escribe que «Toole recibió más cumplidos y críticas y más atención de un editor de Nueva York de los que muchos escritores recibirán en su vida», aun cuando no se limitara sólo a elogiarlo como habrían hecho editores inanes. Sin embargo, por motivos que sólo pueden conjeturarse, la decisión del narrador de Nueva Orleans consistió en dejar el manuscrito tal cual estaba en una caja y guardarla en lo alto de un armario.

Thelma Toole.

Toda la historia posterior, bastante más conocida, de la madre de Toole buscando a partir de 1973 editor a esa versión pendiente de revisión —y rechazada entonces por Simon & Schuster, Knopf, Norton y así hasta ocho editoriales— y culpando de un modo deleznable a Gottlieb de que la obra no se hubiera llegado a publicar e incluso de ser el desencadenante del suicidio del escritor parece cuanto menos miserable, sin tomar en consideración siquiera las alusiones antisemitas que vertió Thelma Toole sobre el gran editor neoyorquino (él, nada menos, que arrostró con los problemas familiares derivados de casarse con una no judía). Es más, esa actitud de la señora Toole da motivos para sospechar por qué no se ha encontrado rastro de algunas de las cartas que podrían quizás arrojar más luz sobre este proceso de edición llevado a cabo con tesón por Gottlieb más de cuatro años después de haber leído la primera versión, que dan una clara imagen del tipo de editor que era, sobre todo teniendo en cuenta que estaba trabajando por una obra con la que no le ligaba ningún contrato. Sin duda, hubiera sido muy interesante tener la oportunidad de cotejar la versión inicial de Toole con el manuscrito final pasado por cedazo del ojo editorial de Robert Gottlieb.

Estatua en bronce de Ignatius J. Rilley, protagonista de La conjura de los necios, en la calle Canal de Nueva Orleans.

Fuentes:

Lo que queda del legado de John Kennedy Toole tras la purga al que lo sometió su madre se conserva en la Howard-Tilton Memorial Library de la Universidad de Tulane (Nueva Orleans).

Santiago Gallego Franco, ed., «Cartas cruzadas: Correspondencia entre John Kennedy Toole y Robert Gottlieb»,Trama & Texturas, núm. 11 (diciembre de 2011), pp. 87-105.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez y revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

Melissa MacFarquhar, «Robert Gottlieb, The Art of Editing. No.1», The Paris Review, núm. 132 (otoño de 1994).

Cory MacLauchlin, Una mariposa en la máquina de escribir. La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de «La conjura de los necios», traducción de Daniel Najmías, Barcelona, Anagrama, 2015.

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Robert Gottlieb, hacedor de milagros, editor magistral

La figura del editor Robert Gottlieb (n. 1931) se ha convertido en un punto de referencia para varias generaciones de profesionales, y gracias al testimonio de quienes trabajaron con él, ya hace años que su influencia y magisterio se había extendido mucho más allá del ámbito de la industria editorial estadounidense o incluso de la edición en lengua inglesa antes de la aparición de sus memorias, Avid reader. A Life (Farrar, Straus & Giroux, 2016).

Robert Gottlieb.

El también célebre editor Michael Korda (n. 1933) desempeñó un papel de primer orden en la divulgación de las enseñanzas de Gottlieb, a quien se encontró como mentor cuando entró en Simon & Schuster y al que retrata del siguiente modo en sus muy leídas memorias:

Una mañana, un joven alto que recordaba a uno de esos eternos estudiantes pobres de las novelas rusas llegó a mi oficina y se sentó en una esquina de mi escritorio. Usaba gafas de gruesos cristales y montura negra, y llevaba la larga y negra cabellera peinada como un joven Napoleón. Sus expresivos ojos denotaban astucia, pero poseían una chispa de humor amable que hasta entonces no había visto en Simon & Schuster. Vestía unos raídos pantalones oscuros de pana, mocasines y una camisa sin corbata; parecía más un estudiante graduado que un joven editor de genio. Bob Gottlieb aparentaba mi edad, pero transmitía cierta sabiduría y experiencia en el mundo editorial.

La laboriosa edición de la gran novela de Joseph Heller (1923-1999) Trampa 22, que satiriza el militarismo mediante la denuncia del pensamiento circular –y que en español se publicó originalmente en traducción de Francesc Elías en la colección de Plaza & Janés Novelistas del Día en 1962– suele mencionarse como uno de los grandes hitos en la carrera de Gottlieb, y por otra parte como argumento para subrayar la extrañeza que provocó que la excelente La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969), no llegara a publicarse finalmente bajo los auspicios de alguien tan dotado como Gottlieb, pero eso es en realidad otra historia distinta.

Graduado en la Universidad de Columbia en 1952 y tras completar su formación en la de Cambridge, en 1955 Gottlieb entró en Simon & Schuster como asistente de Jack Goodman, entre cuyos méritos destaca el haber descubierto al influyente escritor y humorista gráfico James Thurber (1894-1961), célebre por La vida secreta de Walter Mitty, pero cuando Gottlieb se enfrentó al reto de editar la novela de un por entonces desconocido Joseph Heller su gran apoyo, a tenor de las palabras de Korda, fue otra figura que dejaría una importante huella en la edición estadounidense, Nina Bourne, cuya campaña de promoción de Trampa 22 se ha convertido además en un ejemplo clásico para los estudiantes de publicidad:

Al ver a Bob Gottlieb trabajar –escribe Korda–, intuí que el truco consistía en tener una autoestima insolente. Él usaba un rotulador negro y no dejaba espacio para dudas o reconsideraciones. Bob y Nina Bourne no sólo tachaban mucho, sino que también ponían páginas enteras en sus máquinas de escribir y las reescribían por completo, y usaban tijeras y cinta adhesiva para eliminar frases y cambiarlas de lugar. El manuscrito de Trampa 22, interminablemente reescrito, parecía un rompecabezas, pues había pedazos y trozos del libro pegados en cada rincón del despacho de Gottlieb. Eso, pensé, es editar, y yo deseaba hacer lo mismo algún día.

Heller contó, para disgusto de Gottlieb, varios de los cambios argumentales y de orden de los episodios narrativos que introdujo a sugerencia de su editor, y John Le Carré (n. 1931) ha señalado la creación de personajes y las descripciones de espacios como los dos aspectos de sus novelas que más han mejorado en el proceso editorial. Es sabido también que muchas de las pugnas más minuciosas que Gottlieb ha tenido con sus autores han estado relacionadas con un aspecto en apariencia de minucia, como es la puntuación. Según cuenta Toni Morrison (n. 1931), sus conversaciones a menudo abordan el asunto de las comas, a las que Gottlieb concede mucha importancia: «Él se equivoca y yo tengo razón. Discutimos porque él concibe las comas desde el punto de vista sintáctico, mientras que yo puntúo en función de la musicalidad. Son discusiones que suele ganar él».

Robert Gottlieb.

Michael Korda ha señalado lo extraordinario que supone esa doble habilidad de Gottlieb en el ámbito editorial, vinculándola con su capacidad para entusiasmarse tanto con la buena literatura como con las obras honestas y las historias potentes:

En el mundo editorial es muy corriente dividir a los buenos editores, que revisan un manuscrito con detalle, de los que se interesan más por el resultado total; pero Bob era bueno en ambas cosas. Al verlo trabajar uno aprendía pronto que de nada sirve una sin la otra, que en ocasiones es necesario hacer grandes arreglos, otras corregir cada línea, y a veces hacer ambas cosas. Uno sencillamente hace lo que tiene que hacer, y eso es todo.

Sin embargo, ningún editor, da igual lo bueno que sea, puede convertir un libro malo en uno bueno, así que debe trabajar sólo en aquellos libros que ama, sin importarle el motivo. Amar el libro hace que el trabajo tenga sentido y se consiga extraer algún valor de él. El que trabaja en un libro que detesta, que le disgusta o que le resulta indiferente, no logra nada.

Bob Dylan.

Cuando otro peso pesado de la edición estadounidense, Jason Epstein (n. 1928) describe a Gottlieb como: «el editor más dotado de mi generación, y quizás de todas», probablemente se está refiriendo a esa versatilidad, a este carácter de todoterreno que ha llevado a Gottlieb a editar con éxito tanto a novelistas y cuentistas como a celebridades que han escrito sus memorias o a historiadores académicos, de John Cheever, Ray Bradbury, Salman Rushdie y Doris Lessing, a Bob Dylan, Bill Clinton, Michael Crichton o Barbara Tuchman, por poner sólo algunos ejemplos. Algo que probablemente sólo es posible si uno es un muy buen lector desprejuiciado, y que le llevó a acuñar ese hallazgo que es «el buen libro malo».

Fue Bob [Gottlieb] quien impuso el patrón que aún se mantiene en la industria editorial según el cual se tiene la creencia general (correcta o incorrecta) de que el principal editor o editores de una editorial pueden hacer milagros al convertir un manuscrito en un libro de éxito si se lo proponen: el editor como hacedor de milagros. […] Bob fue el primer editor en convertirse en una celebridad, y aunque aseguraba sentirse apenado por el fenómeno, aceptaba la atención de todo el mundo. La historia sobre cómo había retitulado Trampa 22 se convirtió en una leyenda editorial, así como la forma en que promocionó de manera brillante a Roma Jaffe y su libro Mujeres en busca de amor. Lo que hacía de Bob una persona formidable era su combinación de refinada sensibilidad literaria con un criterio comercial infalible. No era un intelectual pretencioso. La palabra «comercial» no lo asustaba, y disfrutaba tanto con un buen libro como con un libro malo, siempre que fuera, como él decía con encanto, «un buen libro malo». […] Una novela tenía que estar escrita con sinceridad y pasión genuina; si lo estaba, entonces no importaba su calidad literaria, siempre y cuando fuera honesta.

Fuentes:

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

Alexandra Alter, «Robert Gottlieb: Avid reader, reluctant writer», The New York Times, 23 de septiembre de 2016.

Michelle Dean, «Gotlieb, the editor who changed American literature», The Guardian, 27 de septiembre de 2016.

Jason Epstein, La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición, traducción de Jaime Zulaika, Barcelona, Anagrama, 2001.

Robert Gottlieb, «Anatomy of a publisher. The history of Farrar, Straus & Giroux», The New Yorker, 12 y 19 de agosto de 2013.

Claire Kelley, «Remembering Nina Bourne, book advertising and publishing legend», Melville House webpage, 16 de abril de 2013.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez y revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

Melissa MacFarquhar, «Robert Gottlieb, The Art of Editing. No.1», The Paris Review, núm. 132 (otoño de 1994).

Jaime G. Mora, «Robert Gottlieb: legado de un editor», Abc, 8 de febrero de 2018.

Carrie Tuhy, «Robert Gottlieb is a Man of a Million words», Publishers Weekly, 19 de septiembre de 2016.

Continuidad en el exilio de un gran proyecto cultural

En el año 2004, el profesor Josep Camps i Arbós publicó un artículo que ponía de manifiesto hasta qué punto, aun siendo fragmentarios y estando dispersos, los epistolarios, tratados con la debida paciencia y rigor, pueden ser una herramienta de primer orden para reconstruir la historia de una editorial. En su caso, basándose sobre todo en el fondo Ramon Xuriguera i Parramona (1901-1966), que se conserva en el Arxiu Nacional de Catalunya, y en el de Josep Queralt i Clapés (1896-1965), que alberga el Institut Franco-Català Transfronterer de la Universidad de Perpiñán, pudo analizar con detenimiento la labor del tándem formado por Queralt, uno de los fundadores de la editorial Proa, y Joan Puig i Ferrater (1882-1956), director literario de la misma, sacando un gran rendimiento también a las cartas cruzadas entre Xuriguera y personajes importantes y bien informados de la cultura catalana, como por ejemplo Rafael Tasis (1906-1966). En el fondo de este último, conservado en la Biblioteca d´Humanitats de Barcelona, se conserva además una carta de Marcel·lí Antich (1895-1968) fechada en San José de Costa Rica en abril de 1965 en la que, como otro de sus artífices, comenta que ha informado a su nuevo propietario de los orígenes de Proa.

Imagen de los primeros tiempos de Proa en la que pueden identificarse, sentado, a Andreu Nin y Olga Tereeva Pavolva; en el extremo izquierdo, a Josep Queralt; en el centro con un cigarro en la boca, a Puig i Ferreter, y, con las manos cruzadas y con gafas, a Marcel·lí Antich.FOTO CEDIDA POR JORDI ANTICH, DE COSTA RICA, NIETO DE ESTE ÚLTIMO.

 

Logo de la mítica colección A Tot Vent, obra de Josep Obiols.

La primera etapa de la editorial Proa, la comprendida entre su fundación en Badalona por parte de Queralt y Marcel·lí Antich y su desmembramiento en 1935 cuando Antich la abandonó para crear la efímera editorial Atena con los traductores Francesc Payarols (1896-1998) y Andreu Nin (1892-1937) y el apoyo económico del contable de Begur Josep Cruells, agravado en 1938 con su desintegración como consecuencia del rumbo de la guerra civil española, había bastado para que Proa se situara a la vanguardia de la edición de narrativa, tanto traducida por excelentes profesionales como en catalán, de su tiempo, y su logo, creado por Josep Obiols (1894-1967), en un punto de referencia inequívoco de solvencia. A la altura de 1938 figuraban ya en su buque insignia, la colección A Tot Vent, obras de Tolstoi, Balzac, Stevenson, Remarque, Dostoyevsi, Dickens, Stendhal, Zweig o Maupassant junto a otras de Prudenci Bertrana, Miquel Llor, Xavier Benguerel, Mercè Rodoreda o Sebastià Juan-Arbó.

De ahí la importancia que tenía la supervivencia en el exilio francés de semejante iniciativa y que enseguida supieron verlo, y así se lo hicieron saber a Queralt, personalidades como el lingüista y filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), que incluso le acompañó en sus gestiones con la Administración francesa para poder establecerse como editor, o el mencionado Xuriguera. No es un dato menor que Queralt nunca lograra obtener beneficios de la empresa hasta que la vendió, y que en los primeros tiempos compatibilizara su dedicación a Proa con traducciones y un empleo a media jornada como contable, mientras que su esposa Antònia Pedra se empleaba en labores domésticas en casas ajenas. Eso contribuye a explicar sin duda que Queralt aceptara publicar, fuera de colección, algunas obras financiadas por sus autores.

El hecho de que el contacto entre los implicados se estableciera sobre todo por medio de cartas, con las complicaciones de todo tipo que ello debió de suponer para llevar a buen puerto las diversas ediciones, es a la postre una suerte a la hora de reconstruir esa singladura de Proa por tierras francesas. Ello permite conocer, por ejemplo, detalles como que Queralt obtuvo la Carte de comerçant étranger el 30 de abril de 1949, que la sede de Proa era el domicilio particular del editor (place Cassanyes, 4, 4º de Perpiñán), que la dirección de los posibles suscriptores le fue facilitada por el también escritor y editor exiliado Ferran Canyameres (1898-1964) o que la composición e impresión de las obras se llevaba a cabo inicialmente en la Imprimérie Regionale de Toulouse y posteriormente en Montpellier. Sin embargo, más interesante resulta incluso saber que inicialmente se ofreció la dirección de esta nueva etapa a Xuriguera, quien, si bien declinó muy amablemente la propuesta alegando la necesidad de comprobar primero que el proyecto era viable, en carta a su amigo Tasis le confiesa más abiertamente que no le ve mucho futuro ni ve muy claro semejante proyecto, y escribe: «las condiciones en que se me ofreció la dirección de las ediciones no me permitió aceptar. No entro en detalles para no tener que confiar nombres propios al papel» (es posible que eso aluda específicamente a Puig i Ferrater, quien no puede decirse que tuviera muy buena fama como gestor y uno de cuyos intereses en resucitar Proa era publicar en ella su oceánica novela, en doce volúmenes, El pelegrí apassionat).

Canyameres.

Para financiar semejante proyecto, Queralt ideó un patronato cuyo objetivo era proteger la empresa y en la que figuraron personalidades y entidades comprometidas con la supervivencia en el exilio de la cultura catalana de los más diversos países: el banquero Joan Casanellas y los hermanos y empresarios Josep y Bertran Cusiné en México, los eminentes médicos Josep Trueta y August Pi i Sunyer y el editor Joan Lluis Gili en Gran Bretaña, por ejemplo, o el Casal Català de París, el Institut de Cultura Catalana, el Orfeó Català y la Comunitat Catalana de México, el Centre Català y el Casal Català de Nueva York, el Centre Català de Bruselas… Es significativa también una de las escasas renuncias a figurar en este patronato, la del poeta y traductor Carles Riba, sobre todo por las razones que esgrime: Por el hecho de residir de nuevo en Barcelona, tras un breve exilio, que su nombre apareciera en una lista semejante despertaría sin duda las sospechas de las autoridades españolas, lo que sin duda le reportaría más inconvenientes a él que los beneficios que podría conllevar para Proa que su nombre se añadiera a tan selecta nómina.

Puig i Ferreter durante su exilio.

La primera novela publicada por Proa en Perpiñán tiene la singularidad de ser la primera editada en francés, el retrato La llegende de Pablo Casals, del escritor rosellonés Arthur Conte (1920-2013) –el experimento se repitió en 1951 con Un esprit mediterranéen, Joan Maragall, tesis doctoral del traductor exiliado Josep Maria Corredor–, pero a esta, tras otro caso singular, siguieron enseguida una serie de novelas encuadradas en la colección a A Tot Vent de cuyas vicisitudes hasta su publicación da muy buena cuenta Camps i Arbós en el artículo mencionado. La otra obra singular, con la que se remprende la mítica colección con el número 93, no apareció hasta mediado 1951, El Ben Cofat i l’Altre, del poeta Josep Carner (1884-1970), por entonces exiliado en Bruselas. La singularidad en este caso, comentada no sin sorna por Xuriguera en su epistolario con Tasis, reside en el hecho de que, a diferencia de lo que venía publicándose hasta entonces en A Tot Vent, se trata de la versión catalana de la pieza teatral que Carner había publicado previamente en México, en español y en las efímeras Ediciones Fronda de Vicenç Riera Llorca (1903-1991) y Avel·lí Artís Balaguer (1881-1954), con el título Misterio de Quanaxhuata. La historia de este libro es también bastante peculiar, pues la idea inicial de Carner en 1949 era darla a conocer en Barcelona, a través de Marià Manent, a la editorial Selecta de Josep M. Cruzet (1903-1962), pero éste descartó la posibilidad y entonces fue Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), quien le informó en términos bastante curiosos a Carner de la gestación de una nueva etapa de Proa en una carta del 26 de enero de 1950:

Dudo que Queralt consiga hacer nada. Vi a Puig i Ferrater la semana pasada. En el fondo sólo le preocupa una cosa: encontrar a unas cuantas personas presentables que le flanqueen la rentrée. En principio, quería empezar la colección con el primer volumen de su novela [El pelegrí apassionat]. Pero [Domènec] Guansé le ha escrito diciéndole que sería una pena que el resurgir de Proa sólo sirviera para publicar sus libros con una lista de colaboradores en la cubierta a modo de aval.

Benguerel.

En su etapa en Perpiñán, fracasados algunos intentos de poner en marcha otras colecciones cuya dirección ofreció a Xuriguera, la producción de Proa se centró casi exclusivamente en la colección A Tot Vent, de la que consiguió publicar una docena larga de títulos, aparecidos algunos de ellos con posterioridad a la muerte de Puig i Ferrater: L’home dins el mirall (1952), de Xavier Benguerel; Laberint (1953), de Domènec Guansé, la traducción de Cèsar August Jordana de L’hereu de Ballantrae, de Stevenson; la de Just Cabot de L’estany del diable (1955), de George Sand; El mar escolta (1957), de Joan Garrabou, y a estos hay que añadir los del propio director editorial, cuya abusiva abundancia no puede explicarse sólo por la dificultad para encontrar autores de relieve: Janet vol ser un heroi (1952), Homes i camins (1952), Janet imita el seu autor (1954), Vells i nous camins de França (1956), Els emotius (1956), Demà… (1957), Les profanacions (1958), Els amants enemics (1959), La traïció de Llavaneres (1961), El penitent (1961) y Pel camí dels desgreuges (1962). Cuando ya se estaba gestando el traslado de nuevo a Barcelona, apareció como número 99 de la colección la traducción de Manuel de Pedrolo (1918-1990) de Homes i ratolins, de John Steinbeck. Del número 100, L’Estranger, de Albert Camus, en traducción de Jaume Fuster (1945-1998), se ocupó ya la Proa remodelada por Joan B. Cendrós en Barcelona, a cuyo frente puso a Joan Oliver (1899-1986). Y en el volumen conmemorativo de los primeros cincuenta años de la editorial, Cendrós subrayaba con toda justicia un dato particularmente estremecedor: «Son los cincuenta años de historia de Edicions Proa, de los cuales sólo durante veinte años se ha podido editar en Cataluña».

Fuentes:

Josep Camps i Arbós, «Edicions Proa a Perpinyà (1949-1965)», Els Marges núm. 72 (2004), pp. 45-72.

Isidor Cònsul, «Una mica d’història», en Pastís d’aniversari. A tot vent, 80 anys. Un viatge per les millors obres de la literatura universal, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2008.

Julià Guillamon, ed., La propera festa del llibre será de color taronja. Cinquanta anys del rellançament d’Edicions Proa, Barcelona, Edicions Proa, 2015.

Albert Manent, «Antecedents i història d’una aventura editorial: Edicions Proa», en Escriptors i editors del nou-cents, Barcelona, Curial, 1984, pp. 180-202.

Genís Sinca, El cavaller Floïd. Biografia de Joan Baptista Cendrós, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2016.

 

El epistolario de un traductor (el de Jordi Arbonès)

Los epistolarios cruzados entre los muy diversos profesionales que intervienen en la edición de los libros constituyen una de las fuentes privilegiadas para conocer cómo eran –incluso más allá de las apariencias– las relaciones entre ellos y muchos pequeños detalles que los documentos procedentes de la prensa e incluso los archivos de las editoriales –caso de conservarse– muy raramente pueden ofrecernos con el mismo grado de precisión. Son, por ejemplo, fuente de primera mano para conocer por qué motivos la aparición de un determinado título se retrasó, cómo se negociaban las tarifas entre editores y traductores, cómo un determinado editor llegó a tener conocimiento de la existencia de una obra que encajaba como un guante en la colección que se disponía a crear… Valgan como buena muestra de ello, por ejemplo, el epistolario entre Gregorio Mayans i Siscar y el barón de Schönberg estudiado por Santiago Axeitos y Antonio Mestre (Universitat de València, 2002), las Cartes completes Joan Sales Mercè Rodoreda, 1960-1983 (Club Editor, 2008) editadas por Montserrat Casals o los recogidos por Ana Gallego Cuñas y Erika Martínez en Queridos todos. El intercambio epistolar entre escritores hispanoamericanos (Bruselas, Peter Lang, 2013), entre muchísimos otros posibles.

El riquísimo y bastante extraordinario caso del epistolario de Jordi Arbonès (1929-2001), que se conserva en la Biblioteca d´Humanitats de la Universitat Autònoma de Barcelona, es otro caso particularmente revelador y útil en este sentido. Afortunadamente, además, el Grup dEstudi de la Traducció Catalana Comtemporània lleva ya unos años editando bastante regularmente en la leridana Punctum los cruces más importantes de Jordi Arbonès, entre los que se cuentan los del escritores, eruditos y editores Manuel de Pedrolo (1918-1990), Albert Manent (1930-2014), Matthew Tree (n. 1958), Joaquim Carbó (n. 1932), Francesc Parcerisas (n. 1944) y, en 2017, Antoni Clapés (n. 1948), que quizá sea de toda la relación precedente el menos conocido pero sin embargo uno de los más necesarios, porque a partir de su epistolario con Arbonès se pueden reconstruir (y Pep Sanz Datzira se ocupa de ello con pormenor, incluyendo un imprescindible anexo) algunas aventuras editoriales comercialmente muy modestas pero culturalmente muy exigentes de las que, de otro modo, quizás apenas tendríamos noticia. Es el caso, sobre todo, de las Edicions dels Dies (1980-1986) y, con el también poeta y editor Victor Sunyol (n. 1955), de Cafè Central (n. 1989), cuyos catálogos albergan en ambos casos nombres bastante impresionantes.

Mientras que Jordi Arbonès, afincado en Argentina, es hoy uno de los traductores a la lengua catalana más reputados del siglo XX y con una obra más que notable también en lengua española, habiéndose especializado en textos dramáticos y en clásicos contemporáneos (Kipling, Henry James, Hemingway, Henry Miller, Lawrence Durrell, Nabokov, Faulkner, Paul Bowles, Doctorow…), tal vez el conocimiento de la obra editorial de Clapés haya quedado más restringida al círculo de connaisseurs, cosa que se explicaría sólo en parte por el carácter mismo de algunas de sus iniciativas.

Su estreno como editor se produjo en Sabadell, escenario de notables vocaciones editoriales, y se inició simultáneamente en diciembre de 1976 con la creación de la librería Els Dies (en lo que hoy es la calle del Sol, 55). Estrenadas con el Diari 1973 de Feliu Formosa (n. 1934), precedido de una nota introductoria de Joan Oliver (Pere Quart, 1899-1986), pero ese arranque fue seguido de una larga pausa que no se retomó hasta 1980, y a partir de ese momento, en palabras de Pep Sanz Datzira:

Las Edicions dels Dies, aun con un catálogo reducidísimo, tienen el mérito de haber dado a la luz obras y traducciones de Vicenç Altaió, Miquel Bauçà, Joan Borrell, Jordi Coca, Feliu Formosa, Joan Fortuny, Albert Ràfols-Casamada, Joaquim Sala-Sanahuja, Imma Sarduc, Serge Sautreau, Víctor Sunyol o Jordi Vintró, además de acoger el primer libro de Clapés y la traducción de Henry Miller [En tombar de la vuitantena] hecha en Argentina. […] todos los números de la colección Plecs, con una tirada regular de mil ejemplares, mantuvieron un diseño muy cuidado y unificado, con la particularidad de emplear tintas de diversos colores para la impresión del texto. Algunos títulos incorporaban colaboraciones de artistas plásticos como Alfons Borrell, Joan Rabascall, Albert Ràfols-Casamada o Antoni Taulé.

Sin embargo, no menos interesante es la segunda iniciativa editorial de Clapés, más ambiciosa aunque continuadora de la filosofía que animó la primera y, según la declaración que figura en su presentación en su web, siguiendo un modelo de «edición de inmediatez, sin intermediarios, en la línea del DIY (Do It Yourself). Con un Mac clásico y una impresora láser por toda estructura, Café Central se adentró en la edición de plaquettes, que se vendían en las lecturas organizadas en bares, simbólicamente, al precio de un café.»  Se indica, además, que desde entonces se han llevado a cabo más de mil actos públicos (recitales, performances, lecturas, presentaciones…), en los sitios más diversos (Salamanca, Madrid, Francia, Argentina, Chile, Estados Unidos…).

Por el camino, además de la incorporación temprana del ya mencionado poeta vinculado a la editorial EumoVictor Sunyol, cuando Clapés llevaba apenas un año bregando con la idea, se han ido incorporando al equipo la traductora Dolors Udina (n. 1955), el poeta Jaume C. Pons Alorda (n. 1984) y, desde Montreal, la poeta Diane Régimbald.

En el impresionante catálogo de la colección de plaquettes del Cafè Central alternan los nombres Jordi Coca, Perejaume, Màrius Serra, Enric Sòria, Agustí Bartra o Matthew Tree con los de Ángel Crespo, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Ana Rosetti, José Corredor-Matheos, Enrique Badosa o José Carlos Cataño, así como con los de David Rosenthal, Maria Luisa Spaziani, Ignacio Delogu, Dylan Thomas… y, por supuesto, Jordi Arbonès, con un Henry Miller (1990) cuyos pormenores en todo el proceso de creación y edición puede seguirse al dedillo en este epistolario.

A las plaquettes hay que añadir aún las colecciones Els Ulls de Tirèsies (Biel Mesquida, Gertrude Stein traducida por Sam Abrams, Francesc Parcerisas, Jordi Nopca…) la Black Mountain (Robert Creeley traducido por Udina, Charles Olson por Abrams, Carles Hac Mor, etc.), la Balbec (Adan Kovacsis, Laura Borràs, Selma Ancira, etc.), Poètiques (Daniel Calabrñes, Rosa Alice Branco traducida por Clapés, Rolf Dieter Brinkmann traducido por Ramón Farrés, Mallarmé traducido por Margarida y Rosina Ballester, etc.) o las más breves Cop de Daus, Paisatge involuntari (cuyo único título es el Fora de lloc de Tree), Altazor (con solo la Antología de Jorge Folch, seleccionada y precedida de una introducción de Enrique Badosa) y algunos títulos fuera de colección entre los que se cuenta, por poner solo un ejemplo más, Inger (1994), de Juan-Eduardo Cirlot.

Sin embargo, además de la creación del Premi Jordi Domènech de Traducció de Poesia o los seminarios de traducción de poesía Anna-Tornada (que promueven la traducción entre autores quebequenses y catalanes), es de justicia destacar también la colección Jardins de Samarcanda, iniciada en 1992 en colaboración con Eumo y que constituye, en palabras de nuevo de Sanz Datzira, «una colección esencial en el panorama poético de las últimas décadas […] que consolidó el modo de hacer inicial de Cafè Central.»

Fuentes:

Web de Cafè Central.

Títulos del epistolario de Jordi Arbonès publicados hasta diciembre de 2017 (vale la pena consultar la web de Punctum para actualizar esta información):

Epistolari Jordi Arbonès & Manuel de Pedrolo, edición de M. Elena Carné, Lleida, Punctum (Visions 1), 2011.

Epistolari Jordi Arbonès & Albert Manent, edición de Ramon Farés, Lleida, Punctum (Visions 2), 2011.

Epistolari Jordi Arbonès & Mattehw Tree, edición de Josefina Caball, Lleida, Punctum (Visions 3), 2013.

Epistolari Jordi Arbonès & Joaquim Carbó, edición de Montserrat Bacardí, Lleida, Punctum (Visions 5), 2014.

Epistolari Jordi Arbonès & Francesc Parcesisas, Lleida, Punctum (Visions 6), 2016.

Epistolari Jordi Arbonès & Antoni Clapés, edició de Pep Sanz Datzira, Lleida, Punctum (Visions 9), 2017.

A ellos puede añadirse, además:

Susana Álvarez y Montserrat Bacardí, «Epistolari Jordi Arbonès-Joan Triadú (1964-1967)», Quaderns. Revista de Traducció, 12 (2005), pp. 85-113.

Los presos y los libros

«No hay mayor dolor que no tener libertad.»

Marcos Ana (1920-2016)

 

La ingente cantidad de literatura no ficcional referida a la vida carcelaria, ya sea en forma de memorias, testimonios o biografías, casi puede considerarse ya un subgénero que, quizá no tenga un gran atractivo comercial, pero ha experimentado una presencia constante y sostenida y ha encontrado en algunas editoriales marcadamente de izquierdas, como es el caso de Virus Editorial o Txalaparta, a corajudos y tenaces valedores.

X.Tarrío.

De hecho, uno de los libros de mayor divulgación publicados por Virus es un libro de muy complejo y azaroso proceso de edición, Huye, hombre, huye. Diario de un preso FIES (1997), del activista anarquista y escritor gallego Xosé Tarrío (1968-2005), apodado Che, que se publicó originalmente acompañado de un prólogo del profesor de Derecho Penal en la Universitat de Barcelona (y director del Observatorio del Derecho Penal y de los Derechos Humanos) Iñaki Rivera, del que se hicieron numerosas ediciones, incluso en traducción al inglés, y que está disponible en abierto en la red. En realidad, pues, quizá no se trate de un best séler, pero sí de un long séler muy ilustrativo de la experiencia en las cárceles españolas en los años ochenta y noventa, y en particular entre los presos FIES (Fichero Interno de Especial Seguimiento).

Quinto hijo de una muy modesta familia marcada por un padre dado a la bebida y a la violencia machista del barrio coruñés de Kananga, Xosé Tarrío conoció la reclusión desde muy joven, a los once años ya era internado en un colegio del Opus y posteriormente en correccionales, pero fue al ser condenado en 1987 a una primera pena de dos años, cuatro meses y un día cuando inició un periplo que lo llevó a conocer de primera mano los aspectos  más duros de las cárceles españolas, la impune violencia ejercida por sus custodios y la solidaridad, en un ambiente de violencia muy dura, entre los presos, así como los aislamientos durante años en celdas individuales durante hasta veinticuatro horas.

Interesado inicialmente en el independentismo gallego marxista leninista a través de sus lecturas, Tarrío no tardó sin embargo en acercarse al anarquismo, y colaboró muy activamente con el coruñés Colectivo Libertario Oveja Negra cuando salió de prisión, al reducírsele la condena a una sola de veinte años y ser liberado por haber cumplido ya tres cuartas partes de la misma.

Con este escenario, resulta asombroso que, gracias a la mediación y ayuda de algunos abogados particularmente sensibles, poco a poco pudieran ir saliendo al exterior de la prisión los textos que acabarían conformando su estremecedor libro de memorias, mecanografiados, como se indica en la página de agradecimientos de las mismas, por Javier Ávila Navas (uno de los promotores de la Asociación de Presos en Régimen Especial y autor de Un resquicio para levantarse. Historia de la APRE) y Carlos Esteve García (conocido por su fuga de la prisión de Huesca en el coche de su director y colaborador también de Juan José Garfia en Adiós, prisión, publicado en 1995 en Txalaparta). Una primera versión del texto fue corregida, según se cuenta en la mencionada página de agradecimientos, por el también preso y licenciado en Historia del Arte Juan José Garfia, que llegó a pasar año y medio solo las veinticuatro horas en una celda de seis metros cuadrados en el penal de El Dueso.

Finalmente, el editor de Virus Editorial Patric de San Pedro, fundador también con Marina Steen de la pequeña editorial destinada al público infantil Takatuka, fue quien se ocupó del proceso de edición del texto que acabaría convirtiéndose en Huye, hombre, huye, que apareció en 1997. Cuenta Patric de Pedro que su proceso de edición fue de los que vivió «con mucha intensidad, un libro que recibíamos por entregas, con muchas trabas por parte de las instituciones penitenciarias, y con el que abrimos una línea de denuncia de la prisión que luego tendría continuidad con la revista Panóptico y con otras publicaciones».

Posteriormente Huye, hombre, huye se distribuiría también en México gracias a las Ediciones sin Nombre, se haría una edición en las bonaerenses Individualidades Anarquistas (en otoño de 2008 y con prólogo del célebre anarquista español Gabriel Pombo da Silva) y en los LBC Books, de Berkeley, en 2014, entre otras, y acaso sea uno de los textos en español más conocidos en su género de los publicados en las últimas décadas el siglo XX. Ya en 2015 apareció un segundo libro con la firma de Tarrío, Que la lucha no muera. Ante la adversidad, rebeldía y amistad, con una introducción escrita por su madre, Pastora González Vieites, y publicada por Editorial Imperdible, que también recuperó Huye, hombre, huye en 2017. Y de la vitalidad del género y de la vigencia de su interés por parte de los lectores es buena muestra también, por ejemplo, la reedición corregida y ampliada, aún en 2017, de las Memorias del calabozo, de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, con prólogo de Eduardo Galeano, en Txalaparta.

Fuentes:

Anónimo, «Quién fue Xosé Tarrío», Plaza Xosé Tarrío, s/f.

Txema Bofill i Okupem les Dones, «Virus Editorial. Vint anys de publicacions anticapitalistes i llibertàries», Catalunya (Òrgan d´Expresió de les CGT de Catalunya i de Balears), núm 126 (marzo de 2011), pp. 16-17.

Elena del Estal Martínez, «Xosé Tarrió: “Odié, odié, odié. Odié porque había aprendido a odiar”», La Huella Digital, 6 mayo 2011.

 

La recuperación (o la quema) editorial de Ramón J. Sender en España

En su documentadísima biografía de Ramón J. Sender (1901-1982), Jesús Vived Mairal cita una carta bastante interesante en relación al Premio Planeta, que el escritor aragonés mandó al profesor Francisco Carrasquer el 13 de abril de 1969: «Las novelas que acabo de terminar son En la vida de Ignacio Morel (la mandaré probablemente a Destino) y Tanit, que irá también allí». Conociendo esta intención de publicarla en la editorial de Josep Vergés (1910-2001), dando pie a una abrumadora operación por publicar su obra y cuando Destino aún no formaba parte del entramado planetario ¿cómo es posible que En la vida de Ignacio Morel acabara alzándose con el Premio Planeta en la edición de 1969, a cuya ceremonia de entrega no asistió el autor y cuyo finalista fue el novelista peruano Manuel Scorza (1928-1983) con Redoble por rancas?

Vived Mairal da algunas claves para comprender cómo y quién le invitó a participar (vale la pena leerlas), pero en cualquier caso a partir de ese momento se ponía en marcha, propiciado sobre todo por el cambio de actitud de la censura española hacia la obra y la persona de Sender, lo que el ya mencionado Francisco Carrasquer describió como  «un pequeño alud de títulos» senderianos y José-Carlos Mainer como «una avalancha». Lejos quedaban los años en que, sin ningún género de duda por el solo hecho de llevar la firma de Sender, la circulación de sus libros era impedida tajantemente por la censura. De hecho, la prohibición de Florentino Pérez-Embid (secretario general de Información) a que José Janés pudiera publicar en un volumen los tres primeros libros de Crónica del Alba, después de haber sido autorizada por el censor Javier Dieta (en lo que Fernando Larraz considera «una de las declaraciones más contundentes que pueden encontrarse de veto a un autor con independencia del carácter de sus obras»), databa del entonces lejano 1956.

Ramón J. Sender.

En años inmediatamente previos a la concesión del Planeta, la Editorial Magisterio Español había contado con La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (aparecida en Las Américas Publishing en 1964), con prólogo de Carmen Laforet, para reactivar su colección Novelas y Cuentos en 1967 bajo la dirección de Manuel Cerezales, y luego añadiría a su heterogéneo catálogo la exitosa y divertida serie sobre Nancy y La llave y otras narraciones. Es decir, su política parecía ser la recuperación de textos ya publicados en el exilio, y el éxito de La tesis de Nancy les llevó a ocuparse de la edición de los tres siguientes, pero, paradójicamente, el volumen con el ciclo completo de Nancy lo publicaría en 1984 Destino.

De hecho, desde 1965 Destino había sido quien había publicado en España el grueso de la obra de Sender: la a ojos de la censura inocua novela del Oste El bandido adolescente (1965), Tres novelas teresianas (1967), la extravagante novela histórica Las criaturas saturnianas (1968), los relatos de El extraño señor Photynos y otras novelas americanas (1968) y la Comedia del diantre y otras dos (1969), si bien es cierto que a aquellas alturas la obra de Sender en el exilio era lo suficientemente amplia y variada para que aparecieran también muestras de ella en Gredos (Valle-Inclán y la dificultad de la tragedia, en 1965), Delós-Aymà (Crónica del Alba, en tres tomos, en 1965), Magisterio Español (el ya mencionado volumen La llave y otras narraciones, de 1967) o Alianza Editorial (Tres ejemplos de amor y una teoría, en 1969).

Sobrecubierta de la edición de Destino.

La acaso sorprendente concesión del Planeta a Sender no hizo sino acrecentar hasta límites abrumadores ese asombroso ritmo de publicación de una obra que, en su conjunto, era literariamente muy desigual y en cuanto a géneros muy diversa. Tras la publicación de En la vida de Ignacio Morel Planeta le publicaría hasta cuatro novelas más a un ritmo casi anual: Zu, el ángel anfibio (1970), Tánit (1970), El fugitivo (1972) y La mesa de las tres moiras (1974). Y el hecho de que algunos de estos títulos pasaran posteriormente a la colección de bolsillo y el número de ediciones dan fe de la distinta suerte de las obras de Sender publicadas por Planeta, entre cuyos éxitos destaca, junto a la novela premiada, una novela en apariencia poco apreciada por la crítica senderiana pero bastante jugosa: Tánit.

Por entonces dirigía la Colección Popular de Planeta Rafael Borrás Betriu con un consejo de redacción de lujo formado por Mª Teresa Arbó, Marcel Plans, Carlos Pujol y Xavier Vilaró. La Popular se alimentaba básicamente de los éxitos de la colección Autores Españoles e Hispanoamericanos y era el destino final de las novelas premiadas por la editorial (antes del resurgir de las colecciones de quiosco). Entre sus cien primeros títulos figuran, además de Tánit (núm. 31) y En la vida de Ignacio Morel (núm. 68), tanto las obras de Álvaro de Laiglesia, Ángel Palomino y Torcuato Luca de Tena como textos literariamente más ambiciosos de Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez, Juan Marsé, Ana María Matute o Carmen Laforet y, entre los extranjeros, Juan Rulfo, Hemingway, Steinbeck y Kippling. Se trata de una colección de grandes éxitos, como queda claro en el empeño de indicar (impreso en la cubierta) el número de ejemplares vendidos. A título de ejemplo, en la cubierta de la segunda edición de Tánit (1982) se declara haber vendido 45.000 ejemplares de la primera, y en la segunda de Las uvas de la ira se señalan 90.000 ejemplares vendidos (la 1ª ed. es de junio de 1978).

Además, eso no detuvo la publicación de otros libros senderianos en otras editoriales, particularmente en Destino (La antesala en 1970, Túpac Amaru en 1973, Las Tres Sorores en 1974…), pero también en Escelicer (Donde crece la marihuana, 1973) y Akal (Cronus y la señora con rabo), además de las ya consignadas novelas de Nancy en Magisterio Español.

Cuando finalmente en 1974 Sender regresó por primera vez a España, invitado por la Fundación General Mediterránea para dar un ciclo de conferencias en diversas ciudades, y para someterse también a una enorme cantidad de entrevistas y actos promocionales de su obra, el lector español se encontraba sometido al asfixiante ritmo al que se le ofrecían novedades bibliográficas del polígrafo aragonés. Aunque no pudo entrar en la Real Academia Española, pese al intento de Dámaso Alonso, por el hecho de no tener pasaporte español, quizá si finalmente hubiera obtenido el Nobel (como solicitó el Spanish Institute de Nueva York), a la larga la suerte de la obra senderiana hubiera sido otra.

En cualquier caso, en tales circunstancias de bombardeo editorial, no es de extrañar que la obra de Sender haya sido de digestión lenta y que aún hoy depare inesperadas sorpresas (ya sean sus obras teatrales, sus novelas policíacas o sus relatos) a quienes de pronto descubren alguno de sus títulos que, en su momento, pasaron inevitablemente desapercibidos. Hoy tal vez podríamos decir que, pese a la supervivencia del puñado de títulos de primer rango (Imán, Mr. Witt en el Cantón, El lugar de un hombre, Crónica del alba, Réquiem por un campesino español) esas desenfrenadas políticas editoriales «quemaron» al autor, sepultando buena parte de su obra.

Fuentes:

Luz C. de Watts, Veintiún días con Sender en España, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín 480), 1976.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma (Voces Clásicas 14), 2002.

Enric Borràs i Cubells y la edición independentista catalana en los ochenta

En el volumen con que cierra su monumental historia de la edición en Catalunya, Manuel Llanas establece ciertos paralelismos entre el origen y la orientación de iniciativas como Edicions de l´Arc de Berà y Edicions Mediterrània o, posteriormente, La Magrana y las de la editorial El Llamp, de la que cita el siguiente propósito procedente de un catálogo de 1989: «[Publicaremos] obras en muchos casos comprometidas, siempre con el pensamiento puesto en Cataluña, génesis y objetivo de nuestra tarea editorial». Sin embargo, también indica Llanas que, de todas las que menciona, El Llamp fue la que a lo largo de su trayectoria más fiel se mantuvo a estos principios ideológicos fundacionales.

Aunque el nombre remite a una histórica y combativa revista publicada entre 1921 y 1934, El Llamp empieza a gestarse durante el verano de 1980, y, salvo en los trámites iniciales para constituirse, nunca pagó tasas ni impuestos directos a la agencia tributaria ni a la seguridad social españolas, lo que ya es sobradamente indicativo de esta fidelidad al compromiso declarado. Un tiempo después, el 22 de febrero de 1982, está fechado en los obradores de Gràfiques Diamant el primer libro de El Llamp, Manual d’orientació, de Ferran Pàmies.

La iniciativa había surgido de Enric Borràs i Cubells (1920-1985) y de su hijo Enric Borràs Calvo. El primero tenía ya por entonces una larga experiencia en el mundo editorial, que había iniciado al poco de salir de prisión, pues como consecuencia de su compromiso político pasó en la cárcel Modelo los años que van de febrero de 1946 a mayo de 1950. Después de una temporada haciendo colaboraciones externas como corrector y redactor, en 1952 Borràs i Cubells entró en la editorial Teide, donde con el tiempo se convirtió en mano derecha del célebre historiador y editor Jaume Vicens Vives (1910-1960), además de en prolífico traductor. Y coincidiendo con el arranque de El Llamp empezaba a aparecer además una de las iniciativas importantes en las que se comprometió, la colección en catalán de Joan Grijalbo (1911-2002) Plec de Setze, que puso a disposición de los lectores catalanes a algunos nombres importantes de la literatura universal contemporánea gracias a la labor de escritores y traductores tan destacados como Xavier Benguerel, Avel·lí Artís-Gener, Quim Monzó o Francesc Parcerisas.

A los dos años del arranque de El Llamp aparecía además una revista homónima, inicialmente dirigida por el escritor e intelectual Joan Crexells (18961-1926), que avanzaba en paralelo y con los mismos objetivos y planteamientos que la editorial.

A lo largo de sus trece años de existencia la editorial El Llamp publicó alrededor de trescientos títulos encuadrados en diversas colecciones entre las que destaca por su extensión L’Aplec, dedicada a libros periodísticos, memorias, ensayos históricos y textos de narrativa obra de autores catalanes como Josep Espunyes, Joan Barceló o Maria Mercè Marçal, y sobre todo La Rella, centrada en textos más reflexivos y memorialísticos de tipo político e ideológico.

Es muy recordada también como pionera de la novela erótica en catalán gracias a la colección La Cuca al Cau, donde abundan los textos firmados con seudónimo y de atribución dudosa, como es el caso de Els quaderns d’en Marc (que a menudo se supuso obra del prolífico Manuel de Pedrolo [1918-1990]) e Historieta Gràfica, donde se abordaba la historia y la actualidad política en forma de cómic en una iniciativa que hoy puede considerarse pionera. Y a ellas deberían añadirse aún otras de título tan inequívoco como Antropología, La Franja, Sociolingüística o Comunicació.

Entre sus mayores éxitos, a veces polémicos, se cuentan, por ejemplo, varias obras del propio Crexells, como Si és boig, que el tanquin! Poesia popular anónima, 1977-1982 (1983), antología en cuya preparación contó con la colaboración del poeta y editor Pere Quart (Joan Oliver [1899-1986]), Origen de la bandera independentista (1984), El monument a Rafael Casanova (1985) o Premsa catalana clandestina i d’exili, 1917-1938 (1986), así como textos tan importantes o que han dejado una huella profunda en el pensamiento independentista como es el caso de Anarquisme i alliberament nacional (1987), obra de un colectivo encabezado por Ricard de Vargas Golarons (excompañero de Salvador Puig Antich en el Moviment Ibèric d’Alliberament y posteriormente militante de Olla [Organització de la Lluita Armada]), en el que figuraban entre otros Joan A. Montesinos, Joan Casares y Enric Cabra, y que, prologado, ampliado y actualizado, por su pertinencia y vigencia fue rescatado por Virus Editorial en 2007.

Fenecida la revista, que tenía una tirada de unos dos mil ejemplares (la mitad destinada a suscriptores), dos años después le siguió el cierre de la editorial (que previamente se había convertido en sociedad anónima), debido al parecer al cierre de la distribuidora y a la dificultad por aquel entonces para obtener créditos bancarios. Aun así, en cierto modo la revista ha tenido una segunda vida, dispersa, en internet.

Si sin duda puede considerarse El Llamp como una de las editoriales más insignes entre todas las independentistas surgidas en el siglo XX en Cataluña, tampoco parece muy discutible que fue la más radicalmente independiente de las últimas décadas del siglo.

Fuentes:

Enric Borràs, «El Llamp: doble aniversari», El Llamp, 22 de febrero de 2012.

Ferran Dalmau «30 anys de la fundació d’El Llamp», Llibertat.cat, 26 de enero de 2012.

Manuel Llanas, Historia de l’edició a Catalunya. El segle XX (els darrers trenta anys). 1975-2007, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2007.

Roger Palà, «La nissaga Borràs. De l’editorial independentista el Llamp al fotoperiodisme contra la extrema dreta», La nevera, 13 d’octubre de 2016.

 

 

Cosas sobre Ontañón, Mada Carreño y la editorial Xóchitl

La relativamente breve historia de la editorial Xóchitl (1941-1948) dejó una estela de interesantes libros repartidos en tres colecciones de cuyo conjunto puede inferirse una interesante perspectiva acerca de la integración de los intelectuales republicanos exiliados en México como consecuencia del resultado de la Guerra Civil.

Este empresa creada por Eduardo de Ontañón (1904-1949), Mada Carreño (1914-2000), con la que se había casado durante la guerra (en 1938), y el mexicano Joaquín Ramírez Cabañas (1886-1945) toma su nombre de una palabra náhuatl (cuyo significado es flor) que posteriormente dio lugar a un nombre de persona. Eduardo de Ontañón ya tenía a sus espaldas una asentada carrera como periodista y editor cuando llegó a México, pues como hijo del librero burgalés Jacinto Ontañón (propietario de la librería que llevaba su apellido, además de editor de la revista satírica El Papa-Moscas), estuvo desde muy joven en contacto con la letra impresa. A los trece años ya publicaba Eduardo de Ontañón en la revista de su padre, pero sobre todo una vez concluidos estudios de periodismo su firma es frecuente en periódicos y revistas de la época como El Diario Español, La Voz de Madrid, Crisol, Luz, Estampa o El Sol, si bien sin duda una de las más importantes fue Parábola, entre cuyos colaboradores se contaban César Arconada, José María Alfaro, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pedro Garfias, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Concha Méndez, Pedro Salinas…

Mada Carreño, por su parte, de formación autodidacta, se estrenó ya durante la guerra civil como escritora en periódicos vinculados a las Juventudes Socialistas Unificadas como Alerta, y fue sobre todo en México donde forjó su prestigio como escritora tan prolífica como versátil. Y en cuanto al poeta e historiador Ramírez Cabañas, ya en 1918 había publicado un primer poemario, La sombra de los días, al que habían seguido la novela La fruta del cercado ajeno (1921) y los libros de poemas Remanso de silencios (1922) y Esparcimiento (1925), así como el libro de ensayos Estudios históricos (1935), pero además había figurado como editor de la revista Tiempo, con Francisco Gamoneda había fundado la Librería Biblos (que actuaba ocasionalmente como editorial) y luego desarrollaría una importante labor como editor de textos históricos para la editorial Pedro Robredo.

A la derecha, Eduardo de Ontañón.

Xóchitl se estrena con un libro de impacto, potencialidad comercial y además supieron lograr una buena distribución: una biografía de Hernán Cortes escrita por el prestigioso escritor José Vasconcelos (1882-1959) y con obra gráfica del ilustrador y escenógrafo mexicano Julio Prieto (1912-1977), con la que nacía la colección Vidas Mexicanas (que tomaba como modelo las Vidas Españolas e Hispanoamericanas del Siglo XIX de Espasa-Calpe) acerca de cuya distribución explica Mada Donato en sus memorias:

Cuando tuvimos en nuestras manos el Hernán Cortés de Vasconcelos, con una atractiva portada del escenógrafo Julio Prieto y varios grabados en el texto, fui a ver a los libreros y editores más importantes de México, los Porrúa. Eran –y siguen siéndolo– un clan numeroso de tíos y sobrinos, hermanos y cuñados, tres generaciones por lo menos de una familia de procedencia mallorquina, personas de gran probidad y prestigio. […]

Me ofrecieron adquirir al contado cien ejemplares de cada libro. Con eso teníamos suficiente para pagar los gastos del último y emprender la impresión del siguiente. Visité, con igual fortuna, otra rama de los Porrúa, los dueños de la Librería Robredo.

Si bien este título inicial lo había financiado Ramírez Cabañas, a partir de ese momento arrancó una trayectoria que puso en pie otras colecciones, como la Biblioteca Mexicana de Libros Raros y Curiosos, destinados a bibliófilos y por consiguiente en tiradas más cortas, o, inspirada por Mada Carreño, Historias Apasionadas, acerca de la que cuenta que empezaron a «atesorar todo lo que “de apasionado” figura en la literatura clásica, y obtuvimos resultados excelentes», y así publicaron obra de Rousseau, Dostoyevski, Merimée, Conrad, Nerval, Chateaubriand…

Razones personales, nada menos que la separación del matrimonio de los fundadores, acabó con el proyecto demasiado pronto, pero dejaban una treintena de títulos como testimonio, y en cuanto Ontañón regresó a España Mada Carreño liquidó la empresa y saldó las existencias dejando en manos de la Librería Patria las de la colección Vidas Mexicanas y las de Historias Apasionadas en las del editor de origen catalán Francesc Sayrols, conocido en México sobre todo por ser uno de los pioneros del cómic, en 1934, con la revista Paquín, que en esos momentos acababa de desaparecer (en 1947).

Al margen de ocuparse como albacea de la obra de su buena amiga Magda Donato (1898-1966), a partir de ese momento Carreño ya no volvió a intervenir en el mundo editorial y dedicó sus energías a las más diversas disciplinas (la literatura infantil, la interpretación dramática, el periodismo…), y tampoco Ontañón, gravemente enfermo, tuvo ocasión de hacerlo, e incluso la obra con la que llegó a cuestas, Larra, el español desesperado, no llegó a publicarse nunca, del mismo modo que la gran obra editorial de Carreño, la traducción y revisión de textos de la Biblia del nuevo milenio, no vería la luz hasta el año 2000, en la editorial Trillas.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 4 vols., 2016.

Concepción Bados Ciria, «Republicanas exiliadas en México (I) Mada Carreño», Rinconete, 15 de julio de 2007.

Francisco Blanco, «La revista Parábola y la tertulia del ciprés», Burgospedia, 21 de octubre de 2014.

Mada Carreño, Memorias y regodeos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.

La antología como estrategia editorial (el caso del exilio)

«Lector, nunca desdeñes una antología. Siempre tendrá una buena flor (anthos, en griego) entre tantas reunidas.»

Luis Antonio de Villena

Roger Chartier.

La publicación en forma de libro de textos de diversos autores, e incluso de obras anónimas, reunidas con los criterios más diversos (procedencia geográfica, lengua, género literario) es históricamente anterior a la publicación de libros siguiendo el principio de la autoría o la obra unitaria (piénsese por ejemplo en los romanceros, florilegios, tesauros, etc.). Como escribió en su momento el eminente estudioso Roger Chartier, que alude por ejemplo al Primer Volumen de la Biblioteca del Señor de La Croix du Maine (1584) y a la Biblioteca de Antoine du Verdier, señor de Vauprivas (1585), entre otros casos, «la noción moderna de “libro”, que asocia espontáneamente un objeto y una obra, para no haber sido desconocida en la Edad Media, no se desprende sino lentamente de la forma de la selección que reúne varios textos de un mismo autor». Es decir, en la Europa moderna el proceso se produce del libro de autoría colectiva o que compila textos diversos al libro de un autor único (ya sea como obra unitaria o como volumen que compila diversas obras de ese mismo autor).

Modernamente la forma editorial de antología se ha empleado a menudo para reunir lo más destacado de una literatura nacional, por ejemplo, o la producción reciente de un grupo poético (con la Poesía española. Antología, 1915-1931, de Gerardo Diego, como caso paradigmático en el ámbito hispánico, pues incluso perfiló una primera nómina de la Generación del 27), pero con una tal amplitud de criterios posibles que lleva a Lluís Borràs Perelló a dar en su imprescindible vademécum  El libro y la edición una definición muy abierta (pero quizá un poco sesgada) de “antología”: «Es un libro que recoge una selección de los mejores textos literarios de uno o de varios autores. Puede ser de poesía, de cuentos o de novela negra».

A nadie extrañará que la antología (más que la colección) haya sido un modo empleado a menudo por diversas editoriales para dar a conocer ámbitos literarios apenas conocidos o bien olvidados pero aún valiosos o pertinentes para el lector de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las antologías mediante las cuales se ha intentado dado a conocer en España a algunos narradores que desarrollaron el grueso de su producción en el exilio, como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y que la censura franquista escamoteó a los lectores españoles.

Ya en 1970, estando aún vivo el dictador Francisco Franco, el crítico Rafael Conte reunió en Narraciones del la España desterrada a catorce nombres importantes de la narrativa breve escrita en el exilio, si bien con algún texto (particularmente «Ocnos», de Cernuda) un poco inesperado en un libro de tales características. En cualquier caso, en aquellas fechas el propósito de Conte, como explicaba en el siempre necesario prólogo en estas circunstancias, «no se trata de los mejores relatos de los escritores del exilio, sino de una recopilación indicativa.» En su momento, es muy probable que los nombres de Pedro Salinas, Cernuda o Ramón J. Sender le sirvieran al antólogo como gancho para llamar la atención acerca de otros nombres valiosos (casos de José Ramón Arana, Paulino Masip y Esteban Salazar Chapela, por poner algunos ejemplos), tomando también en consideración los que escribieron en lenguas distintas al español (Pere Calders y Mercè Rodoreda), pues su intención era mostrar un primer mapa de un terreno prácticamente desconocido más allá de algunos nombres descollantes. Sin duda, habrá quien objete a esta selección la muy escasa presencia de escritoras. El añadido de unas breves e incompletas fichas biobibliográficas de cada uno de los autores son, por su misma precariedad, indicativas del momento en que se publicó esta antología y del desconocimiento que tenían de ellos incluso los críticos literarios españoles bien informados. La inclusión de esta antología en una colección como lo fue El Puente Literario (continuación de El Puente, de Guillermo de Torre, ambas en Edhasa), cuya voluntad era propiciar los contactos entre las culturas americanas y españolas es también revelador de los objetivos que animaban el proyecto. Y como prueba de su relativa efectividad, las palabras del propio Conte en sus memorias: «se vendió bastante bien al principio, la edición fue de 5.000 ejemplares, aún deben de quedar restos en Moyano, y saqué 15.000 pesetas», así como las ediciones que en los años inmediatamente posteriores se hicieron de las obras de algunos de los autores antologados en este volumen.

De signo muy distinto pero en parte relacionada con ella fue la más discreta pero bastante singular antología prologada por J. León Ignacio Historias del 36 —también anterior a la muerte de Franco—, en la que el criterio es estrictamente temático (la guerra civil), pero en la que, muy acertadamente, se ofrecen algunas visiones de los perdedores de la contienda que sólo pudieron exponer su versión fuera de España: Max Aub y Manuel Andújar, junto a la de otros perdedores (Francisco Candel, Manuel Pilares) y varios escritores a los que se puede considerar «ganadores» (Luis Romero, Rafael García Serrano o Ricardo Fernández de la Reguera).

Según se anuncia en el prólogo, de 1974:

 Han pasado suficientes años para que los españoles podamos contemplar con cierta serenidad ese episodio de nuestra historia más cercana.

El propósito de la presente antología es contribuir a conseguirlo.

[…] Lo único que se ha  buscado es que dieran la visión del conflicto que obtuvieron desde el lugar en que se encontraban [durante la guerra].

[…] Para muchos, la lectura de las páginas que siguen será como volver a vivir el pasado. Para otros, y en eso confiamos, comprenderlo.

En este caso, quizá por prudencia o por el objetivo que se perseguía y los criterios de la selección, no hay referencia alguna a la biografía de los autores antologados, aun cuando no puede decirse de todos ellos, ni mucho menos, que fueran, por lo menos más allá de las aulas universitarias, sobradamente conocidos por los lectores españoles de 1974.

Pero sin duda mayor interés y más centrada en el propósito de rescatar a una serie de autores escamoteados hasta entonces al grueso de los lectores españoles es la antología preparada por Javier Quiñones para la editorial Menoscuarto, que en ciertos sentidos es heredera de la de Rafael Conte. Por ejemplo, ambas priorizan el concepto de exilio republicano español por encima de la lengua en la que se escribieron originalmente los textos y, en consecuencia, conceden espacio a la literatura catalana: ambos eligen a Rodoreda y Calders, si bien en cuanto a las literaturas gallega y vasca Quiñones selecciona textos en español (de autores bilingües como Martín de Ugalde y Rafael Dieste) no recogidos por Conte. Siendo como son muy similares los autores escogidos, del cotejo de los índices de las antologías de Conte y Quiñones se desprenden ya al primer vistazo algunas otras novedades: la lógica exclusión en el segundo de Cernuda (por no encajar en sentido mínimamente estricto en la categoría de cuentos), la inclusión de Manuel Chaves Nogales (por entonces ya recuperado para el lector español mediante la edición de las Obras Narrativas Completas por la Fundación Luis Cernuda y algunas ediciones en Clan y Abc) y Álvaro Fernández Suárez (conocido en España como poco más que finalista del Premio Espejo de España, de ensayo, en 1983), además de los ya mencionados Dieste y Ugalde.

Manuel Andújar (1913-1994)

Pero quizás incluso más significativo, y consecuente con la línea de la editorial en que apareció, fue el apartado específico dedicado a los microrrelatos, en que aparecen obras de Aub, Andújar, Barea, Ayala y una amplia selección de Pere Calders. Y acerca de la efectividad de este tipo de antologías que pretenden llamar la atención sobre autores silenciados —un corpus amputado de la historia literaria española— más por razones políticas que estéticas y a las que tan difícil les resulta entrar en el canon, escribe Javier Quiñones en 2005:

…cabría preguntarse qué queda de aquel interés, porque si bien es cierto que en el ámbito académico universitario el exilio vive un momento dulce de dedicación […], en lo que se refiere a ediciones de obras en editoriales de buena distribución y en colecciones de clásicos prestigiosas , no se puede decir otro tanto. Si nos fijamos en los autores de esta antología veremos que el panorama arroja luces y sombras en lo que a ediciones se refiere. Por poner sólo algún ejemplo, baste decir que de los libros de Álvaro Fernández Suárez, uno está aún inédito en España, desde 1954, y el otro no se reedita desde 1968; Sender […] no dispone aún hoy, en 2005, de una edición de cuentos completos, al igual que Max Aub, Paulino Masip o Segundo Serrano Poncela, entre otros. Quedan muchos libros de relatos por editar.

A ello se aplicaron más de diez años después Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, cuya selección, si por un lado deja fuera a los escritores exiliados que escribieron en una lengua distinta al español, incorpora algunas novedades que sin duda pueden interpretarse como la presentación de otros autores y textos importantes al grueso de los lectores no especialistas, como es el caso de Clemente Airó, César M. Arconada, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petera, Simón Otaola o Jesús Izcaray, cuyos libros, caso de haberlos, no habían tenido la difusión que podía darles una editorial como Salto de Página, y en una colección que se presenta en su web del siguiente modo:

La colección Cian acerca al lector obras del siglo XX escritas originalmente en lengua española que han permanecido inéditas en España o llevan un largo período de tiempo fuera del mercado editorial a pesar de su indudable calidad.

Esta colección con vocación de rescate se inaugura en 2009 con la primera edición española de La raíz rota de Arturo Barea, y se prolongará con textos narrativos —novela y relato— y antologías temáticas de autores españoles e hispanoamericanos del siglo pasado.

También incorpora por primera vez con respecto a las antologías mencionadas textos de María Teresa León, y no aparecen en cambio textos de Rosa Chacel, pero en este caso no parece pertinente hablar tanto de accesibilidad de sus obras como de uno de los modos en que se expresa el criterio estético de los antólogos.

A la vista de estos ejemplos, cuya eficiencia en la divulgación de textos y escritores que son desconocidos al lector español por efecto de la dictadura franquista es difícil de aquilatar, pero el hecho mismo de que sigan incorporándose nuevos autores dignos de ser leídos da por lo menos una idea de la magnitud (ciclópea) y la longevidad de los efectos de la censura franquista.

 

Relación, en orden alfabético, de los autores presentes cada una de las antologías mencionadas:

Rosa Chacel.

Naraciones de la España desterrada (1970): Manuel Andújar, José Ramón Arana (José Ruiz Borau), Max Aub, Francisco Ayala, Arturo Barea, Pere Calders, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, Esteban Salazar Chapela, Pedro Salinas, Ramón J. Sender y Segundo Serrano Poncela.

Historias del 36 (1974): Ignacio Aldecoa, Pedro Álvarez Manuel Andújar, Max Aub, Francisco Candel, R. Fernández de la Reguera Rafael García Serrano, Manuel Pilares (Manuel Fernández Martínez, 1921-1992), Luis Romero y Víctor Català.

Sólo una larga espera (2006): Manuel Andújar, José Ramón Arana, Francisco Ayala, Max Aub, Arturo Barea, Pere Calders, Rosa Chacel, , Manuel Chaves Nogales, Rafael Dieste, Álvaro Fernández Suárez, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, , Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela y Martín de Ugalde.

Los restos del naufragio (2016): Clemente Airó, Manuel Andújar, José Ramón Arana, César M. Arconada, Max Aub, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petere, María Teresa León, Paulino Masip, Simón Otaola, Esteban Salazar Chapela, Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela, Martín de Ugalde y Jesús Izcaray.

Fuentes:

AA.VV., Historias del 36, prólogo de J. León Ignacio, Madrid, Ediciones 29  (Libros Río Nuevo 4/ Serie Literatura 1), 1974.

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Bibolioteconocmía y Administración Cultural 269)m 2015.

Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, prólogos de Ricardo García Cárcel y Roger Chartier, traducción de Viviana Ackerman (y de Xavier Gaillard Pla del prólogo de Chartier), Barcelona, Gedisa, 2017.

Rafael Conte.

Rafael Conte, ed., Narraciones de la España desterrada, Barcelona, Edhasa (El Puente), 1970.

Rafael Conte, El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998.

Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, eds. y prologuistas, Los restos del naufragio. Relatos del exilio republicano español, Madrid, Salto de Página, 2016.

Josep Mengual Català, «El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada», en Javier Quiñones, coord.., «La narrativa breve del exilio republicano», Quimera, núm. 252 (enero de 2005), pp. 56-58.

Javier Quiñones, ed., Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto (Reloj de Arena), 2006.

Luis Antonio de Villena, «Antología», en Gonzalo Pontón y Fernando Valls, coord., «El alfabeto de los géneros», Quimera, núm 263-264 (noviembre de 2005), pp. 17-18,

Vicente Salas Viu, corrector de Xavier Benguerel

X. Benguerel.

Es significativo que un traductor tan consciente como Xavier Benguerel (1905-1990), cuyas versiones al catalán de grandes clásicos son aún hoy canónicas, en su faceta de autotraductor de su propia obra narrativa del catalán al español, pusiera la máxima atención en poder contar con los mejores correctores de español disponibles. El riquísimo epistolario que Benguerel mantuvo con Joan Oliver (1899-1986) permite reconstruir los pormenores de sus intentos por publicar, desde su exilio en Chile, algunas de sus obras tanto en catalán como en español. Así, por ejemplo, en carta del 30 de abril de 1950 cuenta a su buen amigo que la elogiosa carta-prólogo que el filósofo catalán Josep Ferrater Mora (1912-1991) le ha escrito para la edición de La máscara i [L´home dins] el mirall. [Dos assaigs novel·lístics sobre la timidesa] que ha proyectado editar Aymà le servirá para (traduzco): «abrir las puertas de la Sudamericana de Buenos Aires, a la cual él mismo [Ferrater Mora] escribirá uno de estos días proponiéndoles la publicación de mis dos novelitas, que yo mismo he traducido y que ha revisado Vicente Salas Viu». Por un lado, hay que señalar que desde 1947 Ferrater Mora, exiliado en Estados Unidos tras su paso por Chile, publicaba su obra en Sudamericana y era por tanto lo que suele llamarse un «autor de la casa», y por otro que Salas Viu es un personaje sumamente interesante al que habrá que retomar la pista.

Logo de la editorial chilena El Pi de les Tres Braqnues.

En carta también dirigida a Oliver y poco posterior (del 24 de junio), Benguerel añade información jugosa sobre las gestiones y trabajos que está llevando a cabo: acaba de traducir y está revisando L´home i el mirall, al tiempo que revisa una vez más su propia traducción de La màscara (cuya versión en catalán había aparecido con dos cuentos más en El Pi de les Tres Branques en 1947), y cuenta que, en respuesta a la sugerencia de Ferrater Mora, el propietario de Sudamericana, el editor barcelonés Antoni López Llausàs (1888-1979), le ha escrito «una carta muy amable […] en la que me decía que si bien hacia finales de mes me escribirá para decirme si definitivamente puede o no publicarla, en caso de que no pudiera sería por motivos ajenos al valor de la obra». El lector que debía dictaminar sobre la oportunidad o no de que el volumen con las dos novelas de Benguerel apareciera en Sudamericana era otro amigo catalán, el escritor Cèsar August Jordana (1893-1958), quien al poco tiempo le anuncia que, en caso de que llegue a un acuerdo con López Llausàs acerca del contrato, la obra aparecería no en la colección Horizonte, sino en otra en la que le acompañarán Francisco Ayala, Pedro Salinas y Baroja. En la misma carta explica aún Benguerel que

ha recibido carta del director de Sudamericana exponiéndole las condiciones y anunciando los términos del contrato (que Benguerel firmará en Buenos Aires el 3 de julio), y escribe: «Como ves, después de diez años de sudamericanismo, publico mi primer libro [en español]. El Paco [Francesc Trabal, 1899-1957] me había propuesto editármelo yo mismo en las ediciones Rapa Nui, pagándome yo la edición a base de 30, 40 o 50.000 pesos y le respondí que se tomara algo.» Y, efectivamente, en contra de las previsiones de Trabal, El hombre en el espejo (que incluye también La máscara) salió en 1950 en Sudamericana. Al año siguiente el mismo libro aparecía no en Aymà, sino en Proa, por una serie de desencuentros entre escritor y editor de los que también deja constancia el mencionado epistolario.

V. Salas Viu.

En cuanto a Vicente Salas Viu (1911-1967), a mediados del siglo XX era ya toda una personalidad en el ámbito de la musicología chilena y se encontraba en la cresta de la ola de su prestigio, con la aparición de sus estudios Chopin y las dos caras del Romanticismo (Instituto de Investigaciones Musicales, 1949),  Sentimiento y expresión en la música del Barroco (Atlántida, 1950),  La última luz de Mozart (Nuevo Extremo, 1951), La creación musical en Chile, 1900-1951 (Ediciones de la Universidad de Chile, 1952), primera historia de la música chilena, además de traducir y prologar el Ravel de Vladimir Jankélevich (Losada, 1950). Quedaban ya lejos la fundación de la Revista de Arte (1942), a la que siguió la de la muy influyente Revista Musical Chilena en 1945 y sus diversas iniciativas destinadas a dar un empuje a la musicología chilena (escritura de crítica musical, fundación del Ballet Nacional de Chile, del Instituto de Investigaciones Folklóricas, del Cuarteto de Cuerda de la Universidad de Chile, de la Orquesta Nacional…). Recién llegado a Santiago de Chile, en agosto de 1939 Salas Viu ya se había integrado en la redacción de ¿Qué hubo?, donde se reencontró con el célebre diseñador Mauricio Amster (1907-1980) y los escritores Lorenzo Varela (1916-1978) y Arturo Serrano Plaja (1909-1979), entre otros exiliados.

Mauricio Amster en 1937.

Y más lejos todavía quedaban sus inicios en el periodismo y en las tareas editoriales en los años previos a la guerra civil española, que se iniciaron con sus colaboraciones en la revista Nueva España, en la editorial comunista Oriente y con la publicación de la novela fantástica Viaje y ensoñaciones (Cruz y Raya, 1934). Unos pasajes de la presentación de la editorial Oriente orientan acerca del ambiente en que se movía Salas Viu en esos años:

Ediciones Oriente no nace con propósitos industriales. Trata de hacer una labor de cultura popular, pero no en el sentido que hasta ahora se ha dado a esta frase, etiqueta de toda mercancía chabacana, sino con el empeño de acercar al público de lengua castellana la vasta expresión de nuestro tiempo en orden a la obra impresa.

[…] en nuestro catálogo han de figurar autores contemporáneos extranjeros y españoles, cuya selección atenderá rigurosamente tanto a lo ideológico como a lo formal. Y trataremos de unir a nuestra empresa a un núcleo de escritores jóvenes que sientan la responsabilidad de los graves instantes que vive el mundo. Ellos, en realidad, constituyen Ediciones Oriente. (Nota editorial incluida en Juan Andrade, China contra el imperialismo, Ediciones Oriente, 1928.)

Más interesante es el modo en que, una vez llegado a Chile, Salas Viu pudo publicar algunos de sus libros de narrativa. El primero de ellos, Las primeras jornadas y otras narraciones de la Guerra Española, acababa de imprimirse en Barcelona en español y en catalán cuando las tropas franquistas conquistaron la ciudad y destruyeran todo rastro de él; fue si no el primero sí uno de los primeros libros publicados por un exiliado republicano español en Chile (en la serie Obras de Actualidad, de la editorial Zig-Zag, en 1940). Alguno de los cuentos o fragmentos de los que lo componen habían aparecido durante la guerra en publicaciones periódicas (en particular en la célebre revista Hora de España), pero la edición chilena pudo llevarse a cabo gracias a que, ni siquiera en el campo de concentración de Saint Cyprien, Salas Viu se separó de las pruebas de imprenta que poseía, y a partir de ellas pudo rehacerse el libro en una imprenta chilena.

Algo similar sucedió con el Diario de la guerra de un soldado (aparecido ya en Madrid, en Hispamerca, en 1977), que se había publicado durante la guerra en Barcelona en una pequeña edición de los servicios de publicaciones del Ejército Popular y desde entonces no se había vuelto a reeditar, con lo que se convirtió en un ejemplo más de esos libros que no fueron leídos por los lectores a los que iban dirigidos cuando se crearon. En Chile publicó Salas Viu, además de varios e importantes ensayos de su especialidad, el volumen La espaciosa soledad. Novelas breves (Editorial Universitaria, 1960) y La doble vida de Felipe Villagrán (Zig-Zag, Biblioteca de Novelistas, 1960). Aun así, otro texto suyo que vale mucho la pena leer es la reivindicación que llevó a cabo de la literatura creada por quienes salieron de España como consecuencia del resultado de la guerra civil, siendo aún muy jóvenes y sin una obra importante a sus espaldas, «Angustia de una generación literaria».

Fuentes:

Anónimo, «X. Benguerel i l’editorial Sudamericana», Germanor (Santiago de Chile), núm,. 555-556 (septiembre-octubre de 1950).

Francisco Arias Solís, «Vicente Salas Viu», internautasporlapaz.org, 28 de febrero de 2010.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Eduardo Godoy Gallardo, «Vicente Salas Viu y una visión de la guerra civil española. Entre el testimonio y la novelización», Nueva Revista del Pacífico, núm. 48 (2003), pp. 89-98.

Alfonso Letelier Llona, «Editorial. Vicente Salas Viu», Revista Muscial Chilena, núm. 102, pp. 3-7.

Gemma Mañá, Rafael García, Luis Monferrer y Luis A. Esteve, La voz de los náufragos. La narrativa republicana entre 1936 y 1939, Madrid, Ediciones de la Torre, 1997.

Caterina Parera i Rodríguez, Xavier Benguerel i Llobet. Obra novelística de la primera etapa (1929-1953), tesis doctoral presentada en la Universitat de Barcelona en el bienio 2005-2007.

Gonzalo Santonja, Del lápiz rojo al lápiz libre. La censura previa de publicaciones y sus consecuencias durante los últimos años del reinado de Alfonso XIII, Barcelona, Anthropos (Ambitos Literarios. Ensayo 15), 1986.

Vicente Salas Viu, «Angustia de una generación literaria», Pro Arte, núm. 96 (22 de junio de 1950), p. 4.

Federico Sopena Ibáñez, «Vicente Salas Viu», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 216 (diciembre de 1967), p. 650-652.