Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

La Biblioteca Sabadellenca

«Uno es siempre de donde hizo el bachillerato; de donde se hizo hombre»

Max Aub

Es evidente que el momento álgido de la edición en la ciudad de Sabadell ha quedado indeleblemente asociado a la creación por parte de la Colla de Sabadell (Francesc Trabal, Armand Obiols, Ricard Marlet, Joan Oliver, etc.) de la editorial La Mirada. Sin embargo, el historiador Josep Lluís Martín i Berbois argumentó bastante convincentemente ya en 2006 hasta qué punto esta editorial fue una réplica a otra iniciativa de notable entidad, la Biblioteca Sabadellenca.

Creada por el librero y escritor Joan Sallarès i Castells (1893-1971) y el periodista Joan Costa-Jussà i Deu (1883-1938), de los que solo el segundo militaba en La Lliga (desde 1907), el origen de la editorial está en una tertulia predominantemente afín a este partido y el primer libro responde, a decir del prólogo, a un encargo o demanda de la Lliga Regionalista local.

El primer libro, un volumen de 19 x 13 encuadernado en cartoné, aparece fechado en la cubierta en 1924, si bien según el colofón se terminó de imprimir —en la muy prestigiosa empresa de Joan Sallent (1879-1936)— en enero de 1925, lo que permite asegurar que llegaría a los lectores ese año (el mismo en que se estrena La Mirada). Se trataba de una obra del dramaturgo, poeta, bibliotecario y archivero municipal Manuel Ribot i Serra (1859-1925) que se tituló Poesies, y de cuya selección figuran como responsables Sallarès y Costa. El volumen se había planteado como un homenaje de La Lliga Regionalista al célebre autor local y se había abierto para ello una suscripción, que añadida a la enorme repercusión que tuvo en la prensa hizo que el libro se convirtiera en un éxito.

Conviene añadir que una de estas primeres críticas, aparecida en marzo de ese año, se publica en la Revista de Sabadell, fundada por el propio Ribot y la firmaba el historiador y filosofo Miquel Carreras (1905-1938), quien dos años más tarde aparece en la misma colección como prologuista del poemario de Josep Cardona Agut Terrals y en 1930 como autor de Línies d’història ciutadana. Tampoco estará de más añadir que Carreras era sobrino de Joan Costa-Jussà, lo que si hiciera falta vendría a confirmar el carácter casi grupal y muy endogámico de este proyecto editorial.

El segundo volumen fue de nuevo de Ribot, y es particularmente interesante por entrar en el terreno de la poesía jocosa, que caracterizaba a quienes podían considerarse hasta cierto punto su competencia, el Grup o Colla de Sabadell. Su título era inequívoco, Garbuix: poesies festives i humorístiques, y era una edición aumentada del libro que el autor ya había publicado en 1905 en la imprenta del pionero Pere Tugas Marca (¿?-1911).

Los dos número siguientes son de la poeta Agnès Armengol Altayó (1852-1934), un nuevo homenaje de la Lliga titulado Sabadellenques i altres poesies (1925), cuya selección corrió de nuevo a cargo de Costa y Sallarés, y Redempció; poema (1925), prologado por Josep Lleonart (1880-1951), quien ya a principios de siglo se había hecho famoso por sus versiones en verso de obras wagnerianas y sus versiones de Goethe y que en 1925 publicaba en la Llibreria l’Arc de Berà Dos ànimas, del premio Nobel de 1910 Paul Heyse (1830-1914). Y a ellos hay que añadir como séptimo número Els dies clars: petits poemes (1926), con prólogo de mosén Anton Navarro y en cuyo colofón figura solo Joan Costa i Deu como director de la Biblioteca Sabadellenca.

Mayor empaque tenía el prologuista del siguiente número, el quinto, el poeta Josep Mª López-Picó (1886-1959), quien presenta una nueva edición de homenaje, los póstumos Poemes de Joaquím Folguera (1893-1919), con quien en su momento López-Picó había fundado la muy influyente La Revista (y las Edicions de La Revista). Años más tarde, en 1934, el número trigésimo de la colección lo ocuparía otro libro de Folguera, La lírica catalana moderna, prologado por Octavi Saltor (1902-1982), que acaso sea el mismo que en el ya mencionado Els dies clars se anuncia en las páginas finales como en preparación con el título Articles y prólogo de Josep Carner.

También el prologuista del sexto resulta sorprendente, Joan Oliver, que presenta otro de los homenajes de la Lliga, en este caso al poeta y dramaturgo Joan Trías Fàbregas (1883-1955) publicándole el poemario Les hores quietes (1925), con un retrato del autor obra del pintor y grabador también sabadellense Antoni Vila Arrufat (1894-1989) en el frontispicio. Y resulta hasta cierto punto sorprendente porque estas intervenciones tanto de Oliver como de Vila Arrufat en un libro de la Sabadellenca ponen de manifiesto las colaboraciones o trasvases de relaciones entre este proyecto editorial y el que por entonces acababa de poner la Colla de Sabadell, La Mirada.

El año 1925, pues, se salda con un promedio de un libro cada dos meses, y hasta 1928 se mantendrá un ritmo de publicación similar (cuatro títulos en 1926, seis de nuevo en 1927, cuatro en 1928 y dos solo en 1929 para ya no remontar). Ciertamente, como señaló Josep Lluís Martin i Berbois, a la larga han sido más famosos y reconocidos algunos de los prologuistas de estos libros —el dramaturgo Ignasi Iglesias (1871-1928), el crítico Manuel de Montoliu (1877-1961) o el poeta Joan Mínguez (1900-1961), por ejemplo— que sus autores (Pere Salom Morera, Joaquim Guiu, Camil Geis…), sobre todo en lo que se refiere a los libros publicados en los años veinte.

Con el número octavo se rompe el hábito de publicar sólo poesía: La bogeria i altres comèdies (1926), de Josep Got Anguera (1861-1908), quien había publicado el grueso de su obra a través de la imprenta de Joan Comas Faura. Además del drama en tres actos que da título al volumen (estrenado en el Romea el 14 de enero de 1895), incluía la comedia en un acto La Dideta (publicada en 1900 en la Llibreria de l’Arc de Berà) y el cuadro de costumbres inédito (del que se conserva un manuscrito en la Biblioteca de Catalunya) La Societat del bon apreci o Ball de la punyalada, así como un prólogo del periodista e historiador local Pere Martí y Peydró (1886-1932) y, como todos los volúmenes, un retrato del autor en el frontispicio (en este caso una fotografía).  

De los títulos posteriores, resulta curiosa la presencia de Pilar Tous de Cirera (Pilar Tous i Forrellad, 1899-1993), tanto como autora debutante con el poemario Vergeret d’abril (1934), prologado por Joan Arús (1891-1982), como autora de un libro (Poesia) prologado por el poeta, compositor y organista de la iglesia de Sant Fèlix de Sabadell Camil Geis (1902-1986) que quedó inédito cuando la colección desapareció como consecuencia de la guerra civil pese a haberse anunciado reiteradamente desde mayo de 1936 en las páginas de La Veu de Catalunya su aparición ese otoño. A no ser que el contenido de ese proyectado libro fuese el que luego compuso Figures i paisatge (1943), con el que obtuvo la Flor Natural en la Festa de les Lletres celebrada en el Teatre Euterpe de Sabadell (la primera que se celebraba tras la guerra) y del que, según la autora, se hizo una tirada limitadísima (menos de veinte ejemplares, uno de ellos en papel Japón y el resto en papel de hilo) con diecisiete ilustraciones del xilógrafo sabadellense Ricard Marlet (1896-1976).

En cuanto a la presencia femenina en la colección, al margen de los casos mencionados de Agnès Armengol y Tous i Forrellad, hay que añadir el prólogo que la sufragista y adalid del feminismo Carme Karr (1865-1943) escribió para la novela Tot cendra, de Pere Salom Morera (1883-1950), que se publicó en 1931 como número 24.

En cuanto a los frontispicios, que a menudo reproducen fotografías de los autores, tiene particular interés el hecho de que tres de ellos sean obra de Vila Arrufat: además del ya mencionado Les hores quietes (1925), los dos volúmenes del Ideari del Doctor Sardà, de Joan Ugas, con prólogo de Lluís Carreras el primero (1927) y de Manuel de Montoliu el segundo (1930). El vínculo de Vila i Arrufat con este grupo se extiende además a otro de los libros especialmente interesantes de esta colección, La jove pintura local (1927), un volumen de 238 páginas profusamente ilustradas en blanco y negro fuera de texto, en el que se pasa revista a artistas como los entonces jóvenes Joan Vila Puig (1890-1963), Rafael Durancamps (1891-1978), Jaume Bassa (1900-1961), Josep Vives Bracons (1902-1985), vinculado como Vila Arrufat a la Colla de Sabadell y colaborador de La Mirada, Màrius Vilatobà (1907-1969), que en 1925 había expuesto por primera vez (a los dieciocho años) y al final de la guerra civil iniciaría un periplo por Francia, Buenos Aires y México, y repasa más sucintamente la obra de Francesc Planas Dòria (1879-1955), Ricard Marcet (1890-1939), Enric Palà (1891-1974), el ya mencionado Ricard Marlet y a los jovencísimos Esteve Valls Baqué (1910-1994) y Molins de Mur (1911-2006).

Se ha debatido cuántos títulos componen la Biblioteca Sabadellenca. A los treinta y uno más conocidos, Josep Lluís Martín i Berbois señalaba la necesidad de añadir el de homenaje al acuarelista y profesor Joan Vila Cinca (1856-1938), padre precisamente de Vila Arrufat, que se publicó en 1936 como número 34 y recoge los actos de homenaje y numerosas ilustraciones. Sin embargo, es posible que sean incluso más, pues hay algunos, como advierte Josep M. Benaul, que no aparecen numerados y que por la presentación y el diseño de cubierta parecen formar parte de otra serie, como es el caso de —cuanto menos— Línies d’història ciutadana (1930), de Miquel Carreras i Costa-Jussà (1905-1938), y El Dr. Sardà i Salvany i la fundació de la Casa-Asil de les Germanetes dels Avis Desemparats de Sabadell (1931), de Lluís Berenguer. Y añádase a ello la colección Els Nostres Goigs. Aún quedan, pues, cuestiones por esclarecer acerca de este proyecto editorial y sobre la eclosión editorial sabadellense que Benaul atribuye a la confluencia de tres factores: la revitalización de la actividad intelectual en el ámbito de las izquierdas (Editorial La Fona, Biblioteca Germinal, Crisol), la aparición de la Colla de Sabadell (y de La Mirada) y, en lo que aquí atañe, la vitalidad de la creación literaria y ensayística conservadora local. Ciertamente, parece tratarse más bien de una confluencia que de polos enfrentados o en pugna.

Fuentes:

Joan Alsina i Giralt, «Joan Sallarès i Castells, 1893-1971. Assaig de biografia», Arrahona, tercera época, núm. 6 (primavera de 1990), pp. 47-64.

Lluis Bonada, «Industrial i lletraferida», El Temps, núm. 1471 (21 de agosto de 2012), pp. 50-52.

Àngels Casanovas i Romeu, Miquel Carreras i Costajussà (1905-1938): passió i compromís, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2011.

Josep M. Benaul Berenguer, «Autors, editors i impressors a Sabadell, 1850-1975. Nota histórica», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Josep Lluís Martín i Berbois, «La Biblioteca Sabadellenca. Una editorial al servei d’un partit», Els Marges, núm 80 (2006), pp. 31-48.

M. Àngels Solà Vidal, «Catàleg de la Colecció Esteve Renom-Montserrat Llonch», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Apéndice: Títulos de la Biblioteca Sabadellenca (recogidos a partir del catálogo preparado por M. Àngels Solà Vidal mencionado en las Fuentes).

1 Manuel Ribot i Serra, Poesies, selección de Joan Costa i Deu i Joan Sallarès. Edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 189 pp.

2 Manuel Ribot i Serra, Garbuix: poesies festives i humorístiques, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 115 pp.

3 Agnès Armengol Altayó, Sabadellenques i altres poesies, selección de Joan Costa i Deu i Joan Sallarès. Edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 192 pp.

4 Agnès Armengol Altayó, Redempció: poema, prólogo de  Josep Lleonart Imprenta de Joan Sallent, 1925,168 pp.

5 Joaquim Folguera Poal, Poemes, prólogo de Josep M. Lòpez-Picó. Edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 154 pp.

6 Joan Trías Fábregas, Les hores quietes: poemes, selección de Joan Oliver Sallarès, frontispicio de Joan Vila Arrufat, edición de homenaje de la Lliga Regionalista de Sabadell, Imprenta de Joan Sallent, 1925, 187 pp.

7 Agnès Armengol Altayó, Els dies clars: petits poemes, prólogo de mosén Anton Navarro, Imprenta de Joan Sallent, 1926, 193 pp.

8 Josep Got Anguera,  La Bogeria i altres comèdies, prólogo de Pere Martí i Peydró, incluye La Bogeria, La Dideta y La Societat del Bon Apreci o el Ball de la punyalada, Imprenta Joan Sallent, 1926, 190 pp.

9 Pere Salom Morera, Com nosaltres perdonem…, prólogo de Ignasi Iglesias,  Imprenta de Joan Sallent, 1926, 174 pp.

10 Agnès Armengol Altayó, Rosari antic: tradicions i records, prólogo de Anton Busquets i Punset y nota biográfica de Margarida Costa, frontispicio de Lluïsa Vidal,  Imprenta de Joan Sallent, 1926, 240 pp.

11 Joan Ugas, Ideari del Doctor Sardà i Salvany: volum I, prólogo de Lluís Carreras, ilustraciones de Antoni Vila Arrufat, Imprenta de Joan Sallent, 1927, 207 pp.

12 Josep Cardona Agut, Terrals: poesies, prólogo de Miquel Carreras, Imprenta de Joan Sallent, , 1927, 208 pp.

13, El Doctor Sardà i Salvany: memòries i records, prólogo de Joan Ugas, Imprenta Joan Sallent, 1927, 225 pp.

14 Josep Cardona Agut, Cançons i moralies, prólogo de Lluís Bertran i Pijoan, Imprenta Joan Sallent, 1927, 210 pp.

15 Joan Matas Munné, La Jove pintura local, Imprenta Joan Sallent, 1927, 238 pp.

16 Pau Griera Cruz, L’estàtua viva i altres narracions, prólogo de Joan Trias Fàbregas, Imprenta Joan Sallent, 1927, 182 pp.

17 Pau M. Turull Fournols, Eurítmia: poemes,  prólogo de Manuel de Montoliu, Imprenta Joan Sallent, 1928, 122 pp.

18 Josep Cardona Agut, Lliris blaus, prólogo de Pere Verdaguer, Imprenta Joan Sallent, 1928, 226 pp.

19 Joan Sallarès Castells, Ànimes i accions, prólogo de Joan Mínguez, Imprenta Joan Sallent, 1928, 222 pp.

20 Agustí Rius i Borrell, Sabadell: monografia, prólogo de F. de P. Xercavins, Imprenta Joan Sallent, 1928, 163 pp.  En el colofón se menciona como traductor a Agustí Rius i Tarragó.

21 Joaquim Guiu i Bonastre, La Parròquia de la Puríssima Concepció: monografia, prólogo de Lluís Carreras, Imprenta Joan Sallent, 1929, 212 pp.

22 Josep Puig Cassanyes, La Pretèrita collita, prólogo de Joan Sallarès, Imprenta Joan Sallent, 1929, 182 pp.

23 Joan Ugas, Ideari del Doctor Sardà i Salvany: volum II, prólogo de Manuel de Montoliu, il·lustracions de Antoni Vila Arrufat, Imprenta Joan Sallent, 1930, 191 pp.

24 Pere Salom Morera, Tot cendra, prologo de Carme Karr, Imprenta Joan Sallent, 1931, 158 pp.

25 Camil Geis, Camil Balades i cançons, prólogo de Octavi Saltor, Imprenta Joan Sallent, 1931, 188 pp.

26 Josep Cardona Agut, Històries i fantasies, prologo de Anton Busquets i Punset, Imprenta Joan Sallent, 1931 en el colofón; 1932 en la sobrecubierta, 214 pp.

27 Joan Trias Fàbregas, Del meu voltant: poemes, prologo de Anton Busquets i Punset. , Imprenta Joan Sallent, 1932, 142 pp.

28 Frederic Martí Albanell, Notes històriques de la Parròquia de Sant Feliu de Sabadell, prologo de mosén Josep Cardona, Imprenta Joan Sallent Succr., 1933, 241 pp.

29 Pilar Tous de Cirera, Vergeret d’abril: poesies, prologo de Joan Arús, Imprenta Joan Sallent Succr., 1934, 163 pp.

30 Joaquim Folguera Poal, La lírica catalana moderna: estudis, prologo de Octavi Saltor, Imprenta Joan Sallent Succr., 1934, 141 pp.

31 Camil Geis, Glossari de pietat: poesies, prólogo de mosén Pere Verdaguer, Imprenta Joan Sallent Succr., 1935, 214 pp.

32 Joan Vila Cinca: llibre d’homenatge., Imprenta Joan Sallent Succr., 1936, 197 pp.

s/n Lluís Berenguer, El Dr. Sardà i Salvany i la fundació de la Casa-Asil de les Germanetes dels Avis Desemparats de Sabadell, Imprenta Joan Sallent, 1931, 37 pp.

s/n Miquel Carreras i Costajussà, Línies d’història ciutadana, Imprenta Joan Sallent, 1930, 55 pp.

Hay constancia de que se preparaba, por lo menos, un libro de poesía de Tous i Forrellat prologado por Camil Geis. Convendría repasar sistemáticamente las páginas finales (donde se anuncian títulos en preparación) de todos los ejemplares para identificar otros proyectos que no llegaron a publicarse.

Cuando la novela histórica española llamó a la puerta

En el año 1996 la novela histórica en España se había convertido en un género que no sólo proporcionaba grandes ventas a las editoriales sino que además empezaba a captar poderosamente el interés del mundo académico, y una prueba de ello es la publicación de algunos libros que tomaban la novela histórica como tema de estudio, de los que son buen ejemplo las actas del V Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria y Teatral de la UNED (celebrado en la UIMP en Cuenca entre el 3 y el 6 de julio de 1995) y que se publicó con el título La novela histórica a finales del siglo XX e incluía estudios de Carlos García Gual, Maryse Bertrand de Muñoz, Joan Oleza, María del Carmen Bobes Naves, José Antonio Pérez Bowie, José María Pozuelo Yvancos…

Las traducciones de títulos como el Yo, Claudio (1978) de Robert Graves, Las memorias de Adriano (1982) de Marguerite Yourcenar o El nombre de la rosa (1982) de Umberto Eco habían mantenido un interés intermitente por parte del grueso de lectores españoles, más allá de los círculos de aficionados incondicionales al género, pero el profesor Fernando Gómez Redondo situaba en los años finales de la década de los ochenta una eclosión del interés de editoriales muy diversas por este tipo de novela. Tal como escribió en 1990 en «Edad Media y narrativa contemporánea. La eclosión de lo medieval en la literatura»:

Ediciones Orbis […] en 1988 inundó los quioscos con sus semanales entregas de Biblioteca de Novela Histórica, con la pretensión de simultanear obras clásicas (W. Scott, E. Gil y Carrasco, J. Fenimore Cooper) con títulos que acababan de alcanzar sonoros éxitos (R. Graves, M. Yourcenar, G. Vidal). También nuevas editoriales se subirán al carro de la fantasía histórica en esta desenfrenada búsqueda de lectores: Almarabú, Lumen, Muchnik y Montesinos, por ejemplo, han competido por sacar títulos que, en otros momentos, hubiera sido temerario publicar.

Sin embargo, mediada la década de los noventa se produjo un cierto cambio consistente, ya no en el cultivo ocasional por parte de autores españoles más o menos consagrados —José Luis Sampedro con El caballo desnudo (1970), Antonio Gala con El manuscrito carmesí (1990) y La pasión turca (1993) o Arturo Pérez Reverte con La sombra del águila (1993)— o en la aparición de éxitos puntuales —el Premio Planeta a Juan Eslava Galán por En busca del unicornio en 1987, por ejemplo—, sino en la irrupción de una avalancha de primeras novelas de escritores españoles, muchos de los cuales tuvieron un momento de gran éxito, que llevó incluso a que en la prensa se hablara de un cierto «boom». Originalmente se trató de novelas escritas a menudo por historiadores y muy fieles tanto a los hechos como (quizá más importante) a las mentalidades de la época en que situaban la acción, pero eso duró bastante poco tiempo.

Es posible que la espita que consiguiera abrir el grifo fuera la novela del historiador zaragozano José Luis Corral Lafuente El Salón Dorado (1996), publicada en la colección Narrativas Históricas de Edhasa en mayo de 1996 y que vino a demostrar que los editores podían ahorrarse los costos de traducción para publicar buenas novelas en este ámbito. En Pasando página, un compendio periodístico de los hitos de la edición española a partir de 1975, Sergio Vila-Sanjuán da cuenta de la publicación de esta novela del siguiente modo:

Desde finales de los setenta, la colección Narrativas Históricas, creada por Francisco Porrúa, representaba el pulmón de la editorial. Su línea la continuarían otros directores literarios como María Antonia de Miquel o Jordi Nadal, hasta alcanzar los doscientos títulos. […] Pero no había españoles. Algo que preocupó a Daniel Fernández, quien se había hecho cargo de la dirección general de Edhasa en 1996. […]  El tema, no hay que decirlo, le gustaba. Y si los manuscritos no llegaban, Fernández los encargaría. […] Con ese nombre [El Salón Dorado] encontró Fernández encima de su mesa una novela que había encontrado su antecesor, Jorge Durán.

Tal vez en este pasaje haya una confusión de nombres, pero en cualquier caso es evidente que algo falla. El antecesor de Fernández en Edhasa como director general fue Jordi Nadal, mientras que Jorge Durán fue coordinador editorial tanto con Nadal como, durante apenas un año aproximadamente, con Fernández. Aunque siempre resulta bastante absurdo asignar un «descubridor» a cualquier libro, si se toma como referencia el firmante del contrato (un criterio tan válido como cualquier otro), en el caso del de El Salón Dorado, fechado en febrero de 1996, puede zanjarse el tema diciendo que lleva la firma de Jordi Nadal.

Mucho más confusas, equívocas o ambiguas (por decirlo suavemente) fueron en 2005 unas declaraciones del por entonces director general de Edhasa al periodista de El País Jacinto Antón:

Corral envió su manuscrito por correo y decidimos publicarlo simplemente porque nos pareció una buena novela, no porque pensáramos entonces crear una colección específica de novela histórica española. No hubo voluntad de ir a por un autor español.

En realidad, puede decirse que esa búsqueda de novelas históricas de calidad escritas en español ya hacía tiempo que estaba activa en Edhasa cuando llegó Fernández, y de ahí la contratación de títulos como El ojo del faraón (1993), del polaco Boris de Rachewiltz (1926-1997) y el catalán Valentí Gómez i Oliver (n. 1947); El señor de los últimos días. Visiones del año mil (1994), del mexicano Homero Aridjis; La máquina solar (1996), la novela que el argentino Miguel Betanzos dedicó a Galileo, o El maestro de justicia (1997), de César Vidal: en ninguno de los casos se trató de novelas de encargo, ni de Nadal y mucho menos (por razones cronológicas evidentes) de Fernández, pero tampoco tuvieron un gran éxito ni la presencia de sus autores tuvo continuidad en el catálogo (salvo en el caso de César Vidal, con quien Fernández reincidió con Hawai 1898, en 1998).

Los derechos de El Salón Dorado, que tuvo ventas muy por encima de las expectativas, se habían cedido además enseguida a la histórica editorial alemana especializada en literatura de género Bastei Lübe, un trato en el que, dado que el autor no dispuso nunca de agente, Edhasa actuó como intermediario y la traducción apareció ya en 1997.

A partir de ese momento Edhasa se convirtió en la editorial de las novelas históricas de José Luis Corral: El amuleto de bronce (1998), El invierno de la Corona (1999), y así hasta once títulos, aunque el éxito de otro debut de características similares no volvería a repetirse hasta la publicación en el año 2000 de Al-Gazal, el viajero de los dos orientes, de Jesús Maeso de la Torre (a la que seguirían en la misma colección La Piedra del Destino (2001), El Papa Luna (2002), Tartessos (2003) y El Auriga de Hispania (2004), antes de su paso a Grijalbo.

Por esas mismas fechas, en 1997, se daba a conocer también con ventas muy notables en Salamandra Ángeles de Irisarri, con El viaje de la reina, sobre Toda Aznar de Toledo, reina de Navarra El cambio de siglo, sin embargo, estuvo a marcado en cuanto a ventas por el éxito de Matilde Asensi, cuya primera novela, El salón de ambar (1999), ya fue muy llamativa, pero se convirtió en superventas con las novelas históricas Iacobus (2000) y El último catón (2001), ambas publicadas originalmente por Plaza & Janés (y luego reeditadas por Planeta), la segunda de las cuales alcanzaría en 2006 la cuadragésima edición y declaraba haber vendido 460.000 ejemplares. Por su parte, Ediciones B publicaba en 2000 la primera novela de Jesús Sánchez Adalid (La luz del Oriente), Maeva publicaba en 2001 la primera en español de la escritora vasca Toti Martínez de Lezea (Señor de la guerra), etc.

Mientras tanto, una editorial de trayectoria tumultuosa como Martínez Roca había sufrido una acusada remodelación desde la entrada en ella en 1990 de Finakey (empresa que tanto se dedicaba a la promoción y construcción de edificios como a la explotación de guarderías infantiles), y había apostado también con mucho ahínco por la novela histórica de autor español. En julio de 1990 entró también como accionista de Martínez Roca el grupo Planeta (que al cabo de dos años se hacía con el control y la absorbía), y en 1995 publicaría la primera novela histórica del entonces alcalde de Cabra y diputado provincial de Córdoba por el Partido Andalucista José Calvo Poyato, El rey hechizado, si bien a partir de entonces iniciaría un recorrido por diversas editoriales (Belacqua, El Aleph, Grijalbo, Ediciones B…). En 2001 empezaría Martínez Roca a otorgar el Premio Internacional de Novela Histórica Alfonso X el Sabio, que le sirvió para captar a autores exitosos del género (entre los primeros galardonados se encuentran Eduardo Gil Bera, Almudena de Arteaga, Jorge Molist, Ángeles de Irisarri o el ya mencionado César Vidal), aunque también el Premio Fernando Lara premió en más de una ocasión a cultivadores del género, como es el caso de Antonio Gómez Rufo (en 2005 por El secreto del rey cautivo), que se había dado a conocer en la colección La Sonrisa Vertical de Tusquets con El último goliardo (1984), o Sánchez Adalid (en 2007 por El alma de la ciudad). En esos años proliferaron los premios, ya fuera promocionados por editoriales o por instituciones públicas o privadas, específicamente dedicados a este género, que se convirtieron en estímulo y cantera (Premio Adriano de la editorial Apóstrofe, el Premio Alfonso VIII de la Diputación Provincial de Cuenca, el Ciudad de Úbeda de Pàmies, el Premio Hispania de Ediciones Áltera…).

Un punto culminante en este proceso, por las dimensiones del éxito, tal vez sea La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, publicada en 2006 por Grijalbo (que antes de cumplirse un año declaraba haber vendido ya el primer millón de ejemplares), y con la que en el sector editorial barcelonés sucedía algo parecido a los testimonios sobre el Mayo del 68 parisino: Al igual que casi todo el mundo decía haber estado en la capital francesa la primavera de ese año mítico, son legión los profesores de escritura creativa y los editores de mesa que aseguran haber participado en algún punto del lento y laborioso proceso de escritura, reescritura y corrección de esa novela (que duró, por lo menos, cuatro años y fue rechazada, en diversos estados de elaboración, por hasta siete editoriales cuando aún se titulaba Bastaix). Aunque quizá eso sea solo una leyenda urbana… 

Fuentes:

Jacinto Antón, «Entrevista a Daniel Fernández», Babelia, 30 de julio de 2005.

Juan Gómez Jurado, «El boom de la novela histórica en español», Abc, 27 de febrero de 2018.

Jesús Maeso de la Torre.

Fernando Gómez Redondo, «Edad Media y narrativa contemporánea. La eclosión de lo medieval en la literatura», Atlántida, núm. 3 (1990), pp. 28-42.

Antonio Huertas Morales, La Edad Media contemporánea. Estdio de la novela española de tema medieval (1990-2012), tesis doctoral presentada en la Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació de la Universitat de València en 2012.

Jesús Maeso de la Torre, «El porqué del boom de la novela histórica», Todo Literatura. República Ibérica de las Letras, 13 de enero de 2017.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino, 2003.

La intermintente presencia de un premio Nobel en la edición en español

Frans Emil Sllianpää.

Al margen de las siempre muy comentadas ausencias (Borges, Graham Greene, Rafael Alberti…), en la impresionante nómina de premiados con el Nobel de Literatura conviven escritores que forman parte poco discutida del canon occidental (Kipling, Tagore, Thomas Mann, Sinclair Lewis, Pirandello, Neruda, Hesse, Faulkner…) con otros apenas recordados y mucho menos leídos (Rudolf Eucken, Wladislaw Reymont, Halldór Naxsess, Shmuel Yosef Agnón, Eyvind Johnson, Harry Martinson, etc.). Frans Emil Sllanpää (1888-1964), que lo recibió entre el de la cosmopolita narradora estadounidense Pearl S. Buck (1892-1973) y el del polifacético escritor danés Johannes Wilhem Jensen (1873-1950) pertenece sin duda a esta segunda categoría, y de hecho su elección tuvo un punto de casualidad, otro de oportunidad y un tercero de conveniencia política. Y hasta el momento de escribir estas líneas, es el único finlandés galardonado con el Nobel de Literatura.

Si bien Sillanpää se dio a conocer en su país ya 1916 con La vida y el sol, ‒en la que es lugar común identificar elementos claramente deudores de otros dos premiados con el Nobel, Maeterlinck y Hamsun‒, la primera traducción al español de su obra que se publicó en forma de libro sea muy probablemente Santa miseria, aparecida en la colección de Prosistas Extranjeros Contemporáneos de la editorial Cénit en 1930, en traducción no firmada (pero atribuida a Manuel G. Santana) y con una ilustración de cubierta de quien por entonces era el director gráfico y artístico de Cénit, Ramón Puyol (1907-1981).

Es muy probable que en la inclusión de una novela de 1919 en una colección dirigida sobre todo al lector popular e ideologizado como la de Cénit tuviera mucho que ver el tema de la obra, que describe con pesimismo y amargura las tremendas masacres de civiles durante la breve pero intensa guerra que en 1918 había enfrentado a los bolcheviques («los rojos») con los conservadores monárquicos («momárquicos») ‒que Sillanpää parece atribuir sobre todo a las desigualdades sociales‒ y que se resolvió con la retirada militar de Rusia de suelo finlandés y el paso de este país a estar bajo la hegemonía alemana. Aun así, otra consecuencia del conflicto fue la disgregación de la izquierda finlandesa en tres sectores: los socialdemócratas moderados, los socialistas de izquierda y los comunistas prosoviéticos.

Contra la abundancia de autores que tras su derrota se encarnizaron con el comportamiento de los rojos durante la guerra (Ilmari Kianto, Eino Leino, Joel Lehtonen, Veikko Koskenniemi), a la novela de Sillanpää la singulariza la visión ecuánime, comprensiva y de simpatía hacia éstos, lo que le ganó temporalmente el favor de los socialistas, sin que ello le restara apoyo entre la crítica literaria más conservadora. Sin embargo, a principios de los años treinta esto estaba a punto de cambiar, señalando la crítica marxista como inadmisible que el protagonista fuera un campesino rojo holgazán y miserable. Así pues, Santa miseria llegó a España en un momento clave, que explicaría tal vez, añadido al silencio que como escritor mantuvo Sillanpää, que su obra no volviera a recuperarse hasta una década después.

En este intervalo, en 1939, fue cuando se le concedió a Sillanpää el Premio Nobel de Literatura, en una convocatoria en la que los principales candidatos al galardón eran el dramaturgo belga de expresión neerlandesa Stijn Streuvels (1861-1969), el filósofo e historiador neerlandés Johan Huizinga (1842-1945), que acababa de publicar el impresionante Homo Ludens (1938), y el escritor alemán Hermann Hesse (1877-1962), que ya había sonado como ganador el año anterior. En ese momento, premiar a un autor nacido y residente durante muchos años en el Imperio alemán, por mucho que por entonces viviera en la neutral Suiza, planteaba sin duda una situación incómoda tanto para el jurado como, sobre todo, a la diplomacia sueca, cosa que propició, gracias en buena medida al papel de la entonces octogenaria escritora sueca y miembro del jurado Selma Lagerlöf (1858-1940), que el galrdón se lo llevara Sillanpää.

Hasta enero de 1942, pues, no vuelve a publicarse una obra de Sillanpää, en ese caso en Buenos Aires y en la colección de Grandes Novelas de Nuestra Época que Guillermo de Torre (1900-1971) dirigía para la editorial Losada. El título elegido fue Silvya, publicada originalmente en Finlandia en 1931 y publicada en Argentina en una edición en rústica y en traducción firmada por Luis Echávarri (luego célebre por sus traducciones de Henry Miller y del teatro de Ionesco, entre otras). Tal vez este detallado estudio psicológico de una muy modesta y joven campesina sea la obra más conocida y traducida de Sillanpää.

Tres años después aparecía en Barcelona en la colección Nórdica de la editorial del falangista Luis de Caralt (1916-1994), con el título Silja: un breve destino de mujer (1945), encuadernada en tapa dura y con el texto traducido por Fabricio Valserra.

Del mismo año son las ediciones de La vida y el sol, traducida por Carolina D’Antin Sutherland, y La vida ignorada, en versión de y G. y L. Gossé, publicadas ambas en la colección Alborada de la editorial barcelonesa Selecciones Literarias y Científicas. No aparece fecha de impresión en otra edición en tapa dura de la primera de estas traducciones, con el título de su protagonista, Kyyli Korkee, en una empresa identificada solo como Editorial Libros y Revistas e impresa en Gráficas Espejo; podría ser de entre 1947 y 1956.

Sí está clara y legalmente fechada, en enero de 1956, la edición en Aguilar de un volumen titulado Novelas esogidas que contiene las ya mencionadas Siljia, La vida y el sol y La vida ignorada, a las que se añaden traducciones de A ras del suelo, El camino del hombre, Noches de estío y Bellezas y miseras de la vida, que según augura con entusiasta ilusión el escritor y sindicalista Cástulo Carrasco (1910-1985) en el prólogo, «coadyuvarán a que el nutrido grupo de admiradores que el escritor finés tiene en todo el mundo se vea engrosado en unos cuantos miles de lectores españoles e hispanoamericanos». Además de emplear las ya previamente publicadas, las nuevas traducciones las firman F. Caballero y M. Chamorro, pero no consta que se editaran sueltas y no se reimprimió este volumen hasta 1962.

La dedicación de Josep Janés (1913-1959) a la literatura escandinava y nórdica en general venía ya de lejos, y ya en los Quaderns Literaris (1934-1938), además de al danés Hans Christian Andersen (1805-1895), había publicado al noruego Bjørnsterne Bjørnson (1832-1910) y al finlandés Zacharias Topelius (1918-1898), y a mediados de los cincuenta Janés señalaba al también finlandés Mika Waltari (1908-1979) como uno de los dos escritores de mayor éxito de cuantos había publicado (el otro era el francés Maxence van der Meersch); además, dio a conocer la novela del también finlandés Aleksis Kivi (1834-1972) Los siete hermanos (1951), años más tarde retraducida y publicada en español en Alfaguara (en 1988) y al gallego en Rinoceronte (en 2014). Poco después del fallecimiento del editor barcelonés y del paso de su fondo a manos de Germán Plaza, se publicó el séptimo volumen de su colección Premios Nobel de Literatura (en 1960), en el que la presencia de obras de Juan Ramón Jiménez y Hermann Hesse probablemente hiciera sombra a las que se incluyeron en el mismo tomo del alemán Theodor Mommsen (1817-1903), el italiano Giosuè Carducci (1835-1907) y Sillanpää, de quien se incluían las novelas ya mencionadas Silja y La vida y el sol.

En un ejemplo de reciclaje editorial, ese mismo año se publicaba bajo el sello G.P. (Germán Plaza) un volumen en rústica que contenía La avenida de los sauces, de Lewis Sinlcair; Puck, de Kipling, y La vida y el sol, que se reimprimió en diversas ocasiones, y otro volumen con ¡Desciende, Moisés!, de Faulkner, En el campo, de Ivan Bunin, y Silja, de Sillanpää, que también se reimprimió por lo menos en una ocasión.

Luego hubo que esperar hasta los años ochenta para que algunas de sus obras fueran reimpresas o recuperadas, en ocasiones (novedad) en nuevas traducciones directas del finés.

Fútbol, libros y propaganda nazi en España

Si por algún motivo ha pasado a la historia el seudónimo Juan Deportista es por habérsele atribuido la creación del epíteto «furia española» para referirse a la selección nacional española de fútbol. Sin embargo, quizá más interesantes fueron sus vinculaciones a proyectos editoriales nazis.

Juan Deportista, con Spectator, fue uno de los seudónimos más conocidos del periodista deportivo Juan Alberto Martín Fernández (1898-1961), quien empezó a despuntar escribiendo sobre fútbol en Los Deportes, de Bilbao desde 1916, y ya en 1923 dirigía la revista Aire Libre, una cabecera del grupo Prensa Gráfica (Nuevo Mundo, Mundo Gráfico, La esfera, La Novela Semanal, Elegancias…), que se publicó entre 1923 y 1925. En esa década Martín Fernández colabora en Gran Vida, La Jornada Deportiva, Campeón, El Día, España Sportiva, Nuevo Mundo, La Opinión, La Moda Elegante y La Nación, pero alcanza mayor fama cuando en 1927 se incorpora a la sección de deportes del periódico Abc.

Su exitoso libro La furia española. De las Olimpiadas de Amberes a las de París es un poco anterior, de 1925, y lo publicó como Juan Deportista en Renacimiento. Al finalizar la década, estando ya en Abc, aprovechó que el término había triunfado para publicar La vieja furia. Una brillante temporada de futbol internacional (1929), en este caso en una empresa muy vinculada al Real Madrid en la que vale la pena detenerse, Chulilla y Ángel.

El futbolista del Gimnástica, el Iberia y luego, entre 1905 y 1913, el Madrid F. C. Julio Chulilla y Gazol (1887-1960), uno de los fundadores del Real Madrid, se había iniciado como empresario con la creación de la Tipografía Hispana (en c/ Pelayo, 46), conocida en ciertos círculos por ocuparse desde 1919 de la revista Madrid Sport (1916-1924), después de haber pasado ésta de imprimirse en el Establecimiento Tipográfico de Manuel García y Galo Sáez a hacerlo en la Tipografía Giralda. En 1921 Chulilla unió sus fuerzas con otro histórico socio del Real Madrid, Felipe Ángel Rodríguez, y trasladaron sus talleres al número 17 de la calle Torrecilla del Leal, y también por aquel entonces figuran como director-gerente y administrador de la revista, respectivamente, Chulilla y Ángel.

En otros círculos, sin embargo, Chulilla y Ángel, convertida en poco menos que la imprenta oficial del Real Madrid, quizá sea más recordada por haber impreso en 1931 la primera edición de Fermín Galán: romance de ciego en tres actos, diez episodios y un epílogo (1931), de Rafael Alberti (1902-1999), algunos libros en o relacionados con el esperanto (¿Qué es el esperanto?, El esperanto, lazo de fraternidad universal, Solución al problema de la relación entre los pueblos y Helepanta, de Julio Mangada Rösenon; Mia poezio, de Rafael de San Millán Alonso, Universala Termilogio de la Arkitekturo, de Francisco Azorín Izquierdo…) y, desde 1936, haberse ocupado de imprimir la propaganda y los carteles del partido Izquierda Republicana.

Mientras, el periodista Martín Fernández había hecho famoso también en la prensa el seudónimo Spectator, con el que en 1932 figura sorpresivamente como compilador de la Correspondencia secreta entre [Bernhard Fürts von] Bullow y Guillermo III, traducida por José Campo Moreno (traductor también de Cellini, Stendhal, Romain Rolland y Maeterlinck) y publicada por la editorial Aguilar. Y seguía en Abc, cuya sección de deportes llegaría a dirigir.

Durante la guerra civil española (1936-1939) el nombre de Spectator (en algunas ocasiones españolizado a Espectador) cobró notoriedad como reportero de guerra, además de en Abc, en el periódico falangista zaragozano Imperio y en el «Diario Nacional-sindicalista» Águilas (cubrió el frente de Madrid, la batalla de Teruel y la ocupación de Barcelona), pero tuvo también tiempo de colaborar como Juan Deportista en la esmerada revista falangista Vértice que dirigía Manuel Halcón en San Sebastián, en el diario deportivo del Movimiento, Marca (creado también en San Sebastián y dirigido por Manuel Fernández-Cuesta) y de publicar en la histórica y ya por entonces muy ultraderechista Casa Santarén de Valladolid un libro tremendamente anticomunista firmado como Juan Deportista que, sin que quede muy claro el motivo, se publicó con dos títulos: Los rojos (1938) y Los rojillos (1938);   

La amistad de preguerra quizás explique que Spectator aparezca como prologuista de las memorias de quien fuera uno de los puntales de la creación del Real Madrid, Heliodoro Ruiz Arias, que en 1939 publicó en la capital española Treinta y dos meses y once días con los rojos bajo el muy misterioso sello de Creaciones Elerre (que no parece que publicara nada más), así como la segunda edición de la novela de Enrique Noguera La mascarada trágica, aparecida en Zaragoza en Gráficas Uriarte (conocidas por haber impreso para la falangista Editorial Jerarquía el Poema de la Bestia y el Ángel de Pemán con láminas de Carlos Sáez de Tejada).

Y todos estos antecedentes hacen menos sorprendente que el muy versátil Martín Fernández colaborara en la posguerra con una editorial al servicio de la propaganda nazi. Ya en 1939 se publica con sello de Rudolf Kadner, librero residente en Ávila y activo asesor de la embajada nazi, Lo que nos enseña la campaña de Polonia. Parte oficial de guerra, con prólogo de Spectator, al que seguirá poco después ¡¡¡Paracaidistas!!! (¿1940?), que, citando pasajes del prólogo, Marco da Costa describe como «un breve folleto laudatorio de los paracaidistas del Tercer Reich durante las campañas en Polonia (“un ensayo magnífico”), Noruega (“desempeñando misiones esenciales”) Holanda y Bélgica, “donde la acción se mostró más activa (…), más resuelta y más feliz en resultados fructíferos”». Lo publicó una editorial que tiene miga, Blass, a la que Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío dedicaron un detallado y jugoso estudio.

En el origen de Blass se encuentra el tipógrafo alemán establecido en 1899 en Madrid al ser contratado por Abc Joseph Blass Mayer (1873-1957). Cuatro años después de su llegada, en 1903, Blass Mayer abandonó el periódico para crear su propia empresa, que fue escenario de hasta tres huelgas entre 1909 y 1931 y él mismo fue incluso objeto de un intento de asesinato, debidos al parecer a los bajos salarios y a los despidos masivos. Al término de la guerra ‒durante la que dos de sus hijos estuvieron presos por quintacolumnistas hasta que fueron canjeados por intercesión de la diplomacia alemana‒, se convirtió en el principal editor de la propaganda nazi de la embajada, a veces poniendo su sello a lo que le encargaba el Deutsche Informationsstelle.

También de 1940 son La guerra en Polonia. Resumen de las operaciones alemanas en territorio polaco, un folleto de 32 páginas publicado con el sello de Chulilla y Ángel, y el virulento Alas germanas sobre Europa, si bien la censura ‒¡la censura franquista!‒ retuvo su circulación, acaso por razones diplomáticas, hasta 1941. Con ellos Martín Fernández se mostraba como una de las plumas más útiles para la propaganda nazi en España durante la segunda guerra mundial.

Es bien conocido el caso, por ejemplo, del propagandista nazi alemán Julius Streicher (de Der Stürmer), al que en los juicios de Núremberg el Tribunal Internacional condenó a muerte y fue ejecutado en octubre de 1946. A Martín Fernández, en cambio, estas actividades le granjearon el favor de un Estado que, al no haber sido liberado de un régimen dictatorial por los Aliados, en este terreno tomaba sus propias iniciativas.

Al margen de en la prensa, en 1947 el nombre de Juan Deportista reaparece como traductor de las memorias del árbitro de fútbol John Langenus, Silbando por el mundo o Recuerdos e impresiones de viajes, publicado en Madrid por Ediciones Verdad, y unos años más tarde como autor de La verdad sobre Río (diario de un testigo), en el que recrea, con profusión de ilustraciones fotográficas, el Mundial de Fútbol de 1950 ‒el que ganó el Uruguay de Varela (El Negro Jefe), Máspoli, Rodríguez Andrade, Ghiggia y Pepe Schiaffino‒ que va precedido por un prólogo de Manuel Valdés Larrañaga, quien por entonces era nada menos que el presidente de la Real Federación Española de Fútbol.

Alberto Martín Fernández.

En los años cincuenta Martín Fernández pasó del Abc a Madrid, periódico fundado por el furibundo nazi y antisemita Juan Pujol Martínez (1883-1967), simultaneando este empleo con colaboraciones bastante regulares en el no menos institucionalizado Marca. No es de extrañar que, a diferencia de sus colegas alemanes, Martín Fernández acabara como jefe de Prensa y Propaganda de la Delegación Nacional de Deportes de Falange Española y de las J.O.N.S. Murió en 1961.

Fuentes:

AA. VV., Frente y retaguardia. Visiones de la guerra civil (1936-1939, Universidad de Castilla- La Mancha, 2006.

Isabel Bernal Martínez, «Libros, bibliotecas y propaganda nazi en el primer franquismo: las exposiciones del libro alemán», Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, núm. 7 (2007).

Isabel Bernal Martínez, «La Buchpropaganda nazi en el primer franquismo a través

de la política de donaciones bibliográficas (1938-1939)», Ayer, núm. 78 (2010), pp. 195-232.

Marco da Costa, «Dos caminos paralelos en el deporte y en la guerra: la trayectoria ideológica de los periodistas Jacinto Miquelarena y Alberto Martín Fernandez, Spectator»,  Brocar, núm. 42 (2018), pp. 237-261.

Josep M. Figueres Artigues, «Periodismo de guerra: las crónicas de la guerra civil española», Estudios sobre el Mensaje Periodístico, núm., 11 (2005), pp. 279-291.

Marició Janué Miret, «Relaciones culturales en el «Nuevo orden»: la Alemania nazi y la España de Franco», Hispania, LXXXV/251 (diciembre de 2015), pp. 805-832.

Antonio César Moreno Cantano y Mercedes Peñalba Sotorrío, «Tinta franquista al servicio de Hitler: la editorial Blass y la propaganda alemana (1939-1945)», RIHC. Revista Internacional de Historia de la Comunicación, núm. 12  (2019), pp. 344-369.

Marta Olivas, «Semblanza de la Casa Editorial Santarén (Valladolid, 1800-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2018).

«Sol, i de dol», de J. V. Foix: un pie de imprenta falso pero verídico

A Margarida Trias, agradecido.

Aún en 2021, una fuente tan consultada como Wikipedia explica, en su entrada sobre el famoso poemario de J.V. Foix (1893-1987) Sol i de dol, que «salió en 1947, aunque con pie de imprenta de 1936 para saltarse la censura», lo que puede llevar, cuando menos, a cierta confusión, porque esa misma idea ha venido repitiéndose en diversos textos divulgativos sobre este libro de Foix. Vaya por delante, sin embargo, que el copyright reza: «L’Amic de les Arts, 1935-1936».

Ciertamente, no es excesivamente raro encontrar ediciones de literatura catalana de los años cuarenta con pies editoriales falsos para eludir a la censura franquista. En algunos casos se indicaban lugares de edición en el extranjero, entre los que el más famoso quizá sea la primera versión de Las elegies de Bierville de Carles Riba (1893-1959) editado en Barcelona, en una tirada muy reducida, y fechada falsamente en Buenos Aires; en otros, se elegían fechas previas a la guerra civil para, llegado el caso, quienes tuvieran un ejemplar lo pudieran hacer pasar por publicado antes de las leyes censoras franquistas (de 1938).

J.V. Foix.

Sin embargo, no fue exactamente ese el caso de Sol, i de dol. Algunos de los setenta sonetos que lo componen aparecen fechados ya en su primera edición (1947) en años tan lejanos como 1913, 1916, entre 1918 y 1923 y 1927 en el breve texto que precede a los poemas titulado «Descàrrec», fechado en octubre de 1936.

Así, pues, no se trata en sentido estricto de un libro creado en 1947 al que se le pusiera una fecha falsa para engañar a la censura franquista, sino que la recopilación de los poemas escritos en la década de 1910 y 1920, o una primera edición (en el sentido de ordenación y corrección de los mismos, no de publicación) se llevó efectivamente a cabo en las inmediaciones de la guerra civil, si bien es cierto que la idea fue transformándose incluso en el período comprendido entre 1938 y 1947.

Se ha mencionado también en ocasiones que en 1936 Foix llegó a corregir pruebas de imprenta, si bien un buen conocedor de la obra del poeta, el editor Jaume Vallcorba, en el prólogo a la edición crítica que preparó de Sol, i de dol (Quaderns Crema, 1985) expresa ciertas reticencias en cuanto a la veracidad de esta afirmación: «Fue publicado en 1947—aunque su pie de imprenta afirme que es de 1936: una argucia para despistar a las autoridades, si bien el poeta siempre afirmó que en 1936 ya estaba impreso, y que fue el inicio de la guerra lo que impidió su difusión [la traducción es mía]».

Es también sabido que las fechas aportadas por Foix a veces deben ser tomadas con prudencia, atendiendo al peculiar argumento que expresó en el texto que antecede Les irreals omegues (1949), titulado «Excuses», en el que explica que «la fecha que acompaña individualmente los poemas suscribe provisionalmente la experiencia de los mismos y no cierra el proceso», lo que sin duda abre explícitamente la puerta a posteriores correcciones o enmiendas.

Con todo, una de las declaraciones más inequívocas respecto a si existieron o no unas pruebas de imprenta de Sol, i de dol se encuentran en un contexto que difícilmente se prestan al engaño o la mixtificación: el intenso e interesantísimo epistolario que Foix mantuvo con el que fuera su cuñado, el librero, editor, traductor y divulgador de la cultura catalana y española Joan Gili i Serra (1907-1998), del que en 2021 la Fundación J. V. Foix publicó una amplísima selección con el título Entre llibres i llibres. Correspondència 1935-1983. Ya en 2017 Joan R. Veny-Mesquida y en 2019 Míriam Ruiz-Ruano habían llamado la atención, por ejemplo, acerca de una carta de Foix a Gili fechada el 23 de noviembre de 1938 (que luego se incluyó en el mencionado libro y de la que traduzco el pasaje):

Es casi seguro que el mes que viene saldrá una compilación mía de sonetos de todas las épocas, en la misma colección que los otros dos [Gertrudis y KRTU, en L’Amic de les Arts] y con la misma presentación tipográfica. Comprende sonetos del año 13, 18, 19, 21, 22, 25 y cuatro o cinco que he escrito para dar unidad al libro. Como el tiraje será limitado, en edición de papel de hilo, numerada y firmada, te ruego que me digas, en el primer correo, los ejemplares que te interesen […] Va ilustrada con dos Obiols, inéditos.

 

Para rematarlo, añade en la misma carta una versión del soneto cuyo primer verso reza «No pas irós, ni trist, si dellà el riu», incorporado luego a la primera sección de Sol, i de dol; y, ciertamente, la edición de 1947 se publicó en L’Amic de les Arts e incluyó una, pero solo una, ilustración de Josep Obiols (volveremos sobre este punto).

De la fecha del «Descàrrec» puede deducirse que el libro quedó listo para entrar en imprenta en 1936 pero que la evolución de la guerra civil retrasó hasta tal punto su impresión y encuadernación que a finales de 1938 aún no se había publicado. De ser así, es evidente que la entrada de las tropas franquistas en Barcelona en enero de 1939 desbarataría por completo cualquier plan en ese sentido.

Joan R. Veny -Mesquida consigna dos modos distintos de divulgar algunos de los sonetos de Sol, i de dol entre 1936 y los primeros años cuarenta, dos de los cuales pueden leerse ahora en el mencionado epistolario: en cartas a Gili del 3 de noviembre de 1938 y en la ya citada del 23 del mismo mes; además, en una lectura clandestina del grupo Amics de la Poesia el 20 de diciembre de 1942, de la que surgió un opúsculo que reproduce seis poemas. Y aun, el mismo año de la publicación, aparecen otros tres sonetos en la Antología de la poesía catalana publicada por José Janés y preparada por Josep Pedreira, si bien firmada por Fernando Gutiérrez (en esta caso, sí para eludir la censura franquista).

En ese utilísimo epistolario con Gili aparece además de nuevo una referencia interesante a Sol, i de dol, en este caso fechada en un día tan señero como el 14 de abril (de 1948); en respuesta a una pregunta de Gili que desconocemos, Foix se muestra muy explícito y apela además a la memoria de su amigo: «No, estimadísimo Joan, el título del libro data de 1936 (¿recuerdas que se había compuesto al principio de la revolución y que Altés no lo pudo tirar porque le ocuparon la editorial?) y el poema data de 1928».

Años más tarde, en una famosa entrevista concedida al poeta Narcís Comadira y publicada en 1985 (cuando Foix contaba noventa y dos años), explica que el libro ya estaba impreso en 1936 y que las pruebas, corregidas, quedaron en la imprenta sin llegar a distribuirse, y que varios años más tarde (traduzco de nuevo): «Altés me llamó un día para decirme que tenía allí las pruebas de Sol, i de dol y decidimos publicarlo. Aún añadí un par de poemas. Pasó el libro y sólo me quitaron una lámina de un desnudo femenino, un dibujo de Obiols, que después se ha publicado en otro libro publicado por Aymà».

El dibujo de Obiols incluido en la primera edición de Sol, i de dol.

Esto resulta un poco extraño y un punto enigmático. Si fuese cierto que el motivo para dejar como fecha del copyright 1935-1936 era simular que se había impreso antes de la guerra y así no tener problemas con la censura, no parece del todo congruente que Foix diga que «pasó el libro» con la única salvedad de la imagen de un desnudo femenino. Lo cierto es que a partir de 1946 empezaron a concederse algunos permisos para publicar algunos libros en catalán, si se trataba de ediciones destinadas a públicos reducidos, ya fueran filólogos especializados o biblilófilos que pudieran permitírselo. Entonces, ante la aparente evidencia de que este libro fue presentado a censura y obtuvo autorización para publicarse con enmiendas (como puso también de manifiesto Veny-Mesquida, quien alude a un «mecanuscrito del libro presentado a censura»), la fecha del pie de imprenta ha de encontrar otra explicación que no sea «una argucia para despistar a las autoridades». Añádase al enigma que, de nuevo según la investigación de Veny-Mesquida, el Archivo General de la Administración de Alcalà de Henares asegura no conservar ningún expediente de censura de Sol, i de dol.

En cualquier caso, de todos estos datos puede pensarse que, aun cuando el libro salió en 1947, en sus líneas maestras ya estaba creada en 1936 una versión que fue objeto de correcciones y enmiendas, incluso de la adición de algunos poemas y el replanteamiento del contenido de alguna de las secciones, antes de su publicación definitiva, pero que, en el proceso creativo de Foix, es un libro que corresponde y es razonable fechar en las inmediaciones de la guerra civil española.

Fuentes:

Narcís Comadira, entrevista a Foix transcrita por Xavier Febrés, en Oh, si prudent i amb paraula lleugera… Entrevistes a J. V. Foix, Barcelona, Fundació J.V. Foix,  2015, pp. 116-185 (originalmente publicado como Diàlegs de Barcelona 7, Ajuntament de Barcelona- Laia, 1985).

J. V. Foix, Entre llibres i llibres. Correspondència 1935-1983, edición de Margarida Trias y prólogo de Josep Mengual, Barcelona, Fundació J. V. Foix- Edicions 62 (Llibres a l’Abast 419), 2021.

Míriam Ruiz-Ruano Rísquez, «Citacions d’autors medievals i gènesi de Sol, i de dol», Els Marges, núm. 118, (primavera de 2019), pp. 10-38.

Joan R. Veny-Mesquida, «Variants d’autor: una tipología de tipologies», en Montserrat Jufresa, Carles Garriga y Eulàlia Miralles, eds., Som per mirar. Estudis de literatura i crítica oferts a Carles Miralles, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2014, pp. 25-55.

Joan R. Veny-Mesquida, «Sobre les darreres voluntats de l’autor a Sol, i de dol (amb versions inèdites de sonets)», en I. Zamuner, ed., «M’exalta el nou i m’enamora el vell». J.V. Foix (e Joan Miró) tra arte e letteratura, Florencia: Olschki, 2017, p. 29-59.

Sucinta historia editorial de un poema de Neruda

Pablo Neruda.

En la Biblioteca Nacional de Chile se conserva la copia de un poema bastante asombroso de Pablo Neruda (1904-1973) dedicado a su enemigo íntimo y también enorme escritor chileno Vicente Huidobro (1893-1948), «Aquí estoy». Al parecer, la enemistad tuvo su origen en las acusaciones de plagiario de Neruda, en particular por las evidentes semejanzas entre diversas piezas incluidas en Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) y algunos de los poemas de Tagore que desde 1914 había ido traduciendo Zenobia Camprubí (1887-1956), entre los que era muy evidente el parecido en entre el 16 de Veinte poemas y el 30 de El jardinero (tanto es así, que a partir de la tercera edición apareció con el añadido «paráfrasis de R. Tagore»). Ya en un 1935, la revista Vital (dirigida por Huidobro), publicó un no por documentado menos interesado y vitriólico resumen de los acontecimientos que habían llevado la enemistad hasta ese punto.

Cubierta de la edición parisina.

En cuanto al mencionado documento, según la esmerada descripción del archivo se trata de cinco hojas de 25 x 18 que contienen doscientos cincuenta versos mecanografiados con cinta negra y morada e indicaciones a lápiz azul, y está fechado en España en agosto 1935.

Al parecer, el texto empezó a circular como anónimo (cosa lógica dada la condición de diplomático de Neruda), aunque no tardaron los lectores un poco avezados en atribuírselo a quien hacía apenas unos meses había triunfado con la edición en dos volúmenes de Residencia en la tierra (1935). La inaudita violencia verbal de ese extenso poema parece haber sido uno de los argumentos de peso para que no se publicara, ni siquiera en alguna revista de poca monta, pero, como explica quien quizá mejor lo ha estudiado, el profesor René de Costa, sí se colaron algunos versos de este poema en una conferencia que dio en la Universidad de Chile y en la sociedad Amigos del Arte el también poeta Arturo Aldunate Phillips (1902-1985), quien empleó los menos duros y explícitos de ellos como ejemplo de la «originalidad y firmeza» de Neruda, así como de «la honradez de su masculinidad poética» [sic], si bien ya advertía que su carácter difamatorio los hacía a todas luces impublicables en su integridad.

Cubiertas de la edición española, en Cruz y Raya, de Residencia en la tierra.

Esta conferencia fue publicada ese mismo año por Nascimento con el título El nuevo arte poético y Pablo Neruda. Apuntes de una charla dada en la universidad, pero ya antes se había dado a conocer a través, entre otros, de un artículo de Gabriela Huneeus en el periódico El Mercurio (5 de julio de 1936).

El mencionado René de Costa halló una copia de 1954 impresa sobre papel del siglo XVII cuyo colofón se iniciaba del siguiente modo: «La presente copia, efectuada por Fernando Rivera Zavala, fue transcrita de otra, facilitada por José María Souvirón, a quien un amigo del poeta se la remitió», lo que viene a confirmar, por lo menos, que el poema estuvo circulando profusamente durante muchos años por España.

Sin embargo, más interesante es sin duda una edición que se presenta como impresa en París en 1938 —es decir, durante la guerra civil española— por «amigos del autor» (que no estaría mal saber quiénes fueron). Se trata de una carpeta con cuatro pliegos que completan veinticinco páginas impresas, del que según el bibliógrafo nerudiano Horacio Jorge Becco se hizo una tirada de unos trescientos ejemplares, y que va acompañado de una viñeta del pintor Ramón Gaya (1910-2005). Además, fecha el poema con mayor precisión: Barcelona, 1935.

Si bien el propio Costa puso inicialmente en duda la veracidad de ese colofón y lo atribuyó a una edición pirata mucho más moderna, posteriormente matizó esas sospechas, y parece más bien que esa fue, efectivamente, la primera edición del tan combativo poema, que marca un mojón en la enemistad entre los dos poetas chilenos y universales, como no es de extrañar si se lee ni que sea superficialmente.

CABRONES
Hijos de puta.
Hoy ni mañana
ni jamás acabaréis conmigo.
Tengo lleno de pétalos los testículos
tengo lleno de pájaros el pelo,
tengo poesía y vapores,
cementerios y casas,
gente que se ahoga,
incendios en mis veinte poemas,
en mis semanas y en mis caballerías,
y me cago en la puta que os mal parió,
derrocas, patíbulos,
Vidobros,
y aunque escribáis en francés con el retrato de Picasso en las verijas
y aunque muy a menudo robéis espejos y llevéis a la venta el retrato de vuestras [hermanas,
a mí no me alcanzáis ni con anónimos,
ni con saliva…

Portada de la edición de Altazor en la CIAP.

Desde luego, por su crudeza e intensidad demoledora, Neruda se sitúa aquí más cerca de los poemas de maldecir que de los de escarnio, si bien tampoco las alusiones o sobreentendidos que tal vez solo quienes pertenecían a los círculos literarios de la época pudieron interpretar adecuadamente, lo acerca a esta segunda modalidad poético-bélica. Para entender mejor la alusión a Picasso, por ejemplo, resulta útil recordar que la edición española de Altazor la publicó la CIAP (Compañía Ibero Americana de Publicaciones) acompañada de un retrato de Huidobro realizado por Pablo Picasso (1881-1973), y que ésta se incluyó también en la edición chilena, numerada, de Cruz del Sur en 1949, por lo que los lectores de poesía podían entender perfectamente a qué se refería Neruda.

El caso es que esa edición parisina de Aquí estoy, por un lado, explicita por primera vez la autoría del poema, pero por otra parte mantiene en el anonimato tanto a los editores como al impresor, si hacemos caso del colofón, y no parece (o no me consta) que hayan salido a la luz muchos documentos más a los que agarrarse para esclarecerlo por completo. De todos modos, esta edición tuvo el valor de fijar el texto, porque es evidente que, de copia en copia, lógicamente tuvieron que multiplicarse las alteraciones (intencionadas o no) y las variantes entre las diferentes versiones, lo que sin duda sería un festín delirante para el intrépido filólogo que consiguiera reunir una buena cantidad de copias, cotejarlas e intentar atribuir inequívocamente la autoría de esas variantes.

El poema en cuestión no volvió a publicarse en volumen hasta 2001, cuando Hernán Loyola lo incluyó en la edición de Galaxia Gutenberg de las Obras completas de Neruda, en el tomo titulado Nerudiana dispersa I.

Vicente Huidobro.

Fuentes:

René de Costa, «Sobre Huidobro y Neruda», Revista Iberoamericana, núm. 106-107 (enero-junio de 1979), pp. 379-386.

Renée de Costa, «El Neruda de Huidobro», en Ángel Flores, comp., Nuevas aproximaciones a Pablo Neruda, Fondo de Cultura Económica, 1973, pp. 273-279.

Fernando Lizama Murphy, «Los plagios de Pablo Neruda», blog personal, mayo de 2017.

Olvido Rius, «Huidobro, Neruda, de Rokha: enemigos íntimos», Drugstore, 24 de febrero de 2015.

Una broma rara: la falsa atribución de un libro durante guerra civil

José M. Camps (1916-1975)

Hasta de 1998 no se estrenó en España, por iniciativa de César Oliva, la intensa obra del barcelonés Josep M. Camps Víznar o Muerte de un poeta, después de haberla publicado en su etapa de exilio en México (en 1960) y estrenarse durante la continuación de su exilio en lo que por entonces era la República Democrática Alemana (en 1963). Hacía años que el retraso en este estreno en su tierra no podía achacarse ya a la censura franquista, sino más bien a la desmemoria o la desidia hacia quien en 1973 había obtenido el galardón más prestigioso que se concedía en España a una obra dramática (con la no menos intensa y crítica El Edicto de Gracia).

Romances del combatiente.

Como fácilmente se deduce del título, la muerte en cuestión es la del poeta y dramaturgo Federico García Lorca (1898-1936), y en la obra tiene un papel fundamental un militar que, curiosamente, figura en la cubierta de uno de los libros más extraños y asombrosos publicados durante la guerra civil española, Los versos del combatiente, cuyo título puede evocar los Romances de un combatiente que Leopoldo de Luis (Leopoldo Urrutia de Luis, 1918-2005) firmó como Leopoldo Urrutia, publicaron las Ediciones Soldado del Pueblo en Gandía en 1937 y cuyos beneficios se destinaron al Socorro Rojo Internacional y a Solidaridad Internacional Antifascista. Es decir, nada que ver.

Quien figura en la cubierta de este curioso libro y es presentado como «Sargento de Morteros» José R. Camacho no es otro que José Rosales Camacho (1911-1978), uno de los siete hermanos del célebre poeta falangista Luis Rosales (1910-1992), pero una de las curiosidades del caso es que, salvo error, ninguno de los textos que componen el poemario salió de la pluma del joven militar.

José Rosales Camacho.

Al parecer, este librito de pequeño formato (12 x 17) y muy limitada extensión (52 páginas), impreso en diciembre de 1938 en los bilbaínos «Talleres Tipo-litográficos de José A. de Lerchundi» y publicado con pie de Ediciones Arriba por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, iba destinado a los bolsillos de los combatientes insurgentes en el frente (tenía una clara vocación propagandística y doctrinal, pues), y de ahí sus características formales, así como la enorme tirada (se han mencionado, quizás un poco a bulto, «medio millón de ejemplares»). Por su contenido pero no por su sesgo o signo ideológico, se ha puesto en relación de contraste algunas veces con la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera (1939), mucho más lujosa, en respuesta a unos objetivos muy distintos.

Que no figure el autor de la ilustración de la cubierta, impresa a dos tintas, es casi lo de menos, pues el origen del libro estuvo en una idea del entonces director nacional de Propaganda, Dionisio Ridruejo (1912-1975), quien tal vez pretendía contrarrestar el efecto de las antologías poéticas que en el bando republicano aglutinaban a autores hoy tan conocidos como Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Rafael Dieste, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, José Herrera Petere, Emilio Prados… Acaso esa posible comparación explicara que se recurriera al nombre de José Rosales Camacho como parapeto tras el que ocultarse un grupo de autores que quizá temieran no estar a la altura, pero esa hipótesis no resulta muy convincente.

Ninguno de los treinta y nueve poemas de Los versos del combatiente van firmados, pero sí se sabe con certeza, según declaración propia, que el grueso de los textos se deben a Luis Rosales, que fue quien recibió el encargo de Ridruejo. Tampoco hay duda ya de que el romance dedicatoria inicial al Caudillo lo escribió Manuel Machado (1874-1947), que resulta particularmente interesante, en lo que aquí nos interesa, porque concluye con un envío que se inicia del siguiente modo: «Príncipe: De estas canciones / nunca el autor se sabrá / son de nadie y son de todos / los que las quieran cantar». El interés por adscribirse a una literatura popular es más que evidente, lo que por un lado contribuiría quizás a explicar el anonimato colectivo, por otro estaría más en consonancia con la modestia formal del volumen y, por último, tiene además confirmación en las formas métricas predominantes.

Si en el bando republicano la poesía de combate se inspiró en formas de clara raigambre tradicional y popular (con preferencia sobre todo por el romance), este volumen del bando franquista aparece trufado de cuartetas, seguidillas, soleás, pero también en él predomina el romance; resulta altamente significativo que no figure ni un solo soneto, que será el elemento común de la mencionada Corona de sonetos. Sobre otros rasgos que se podrían aducir como explicación a la autoría colectiva asignada a un sargento de morteros, Miguel d’Ors planteó hace ya algún tiempo otras hipótesis sugerentes, aunque tampoco a él le convencían:

¿Acaso la intención propagandística de aquellos versos los disminuían estéticamente a ojos de sus mismos autores hasta el punto de que éstos prefirieron disimular su paternidad? ¿Cómo podría aceptarse esta explicación si la mayoría —por lo menos— de los colaboradores del libro publicaron sin rebozo poemas igualmente propagandísticos y de calidad no superior?

Sin embargo, previamente apunta D’Ors en otra dirección más convincente: puesto que el libro iba destinado a los soldados, quizá a estos les resultara más fácil y natural identificarse con su contenido si los poemas se atribuían a un militar en lugar de a unos escritores más o menos conocidos. En cualquier caso, la identificación de la autoría de los poemas también trajo cola. Rosales recordaba en un artículo en Abc de 1981 que colaboraron en el libro Agustín de Foxá (1906-1959), Leopoldo Panero (1909-1962), José María Pemán (1897-1981), Dionisio Ridruejo (1912-1975) y Luis-Felipe Vivanco (1907-1975), a los que podemos añadir Manuel Machado, y tendríamos ya al grueso de lo que los hermanos Mónica y Pablo Carbajosa llamaron con singular acierto «la corte de José Antonio [Primo de Rivera]».

En un artículo publicado en la revista Ejército en junio de ese mismo año por el teniente de Infantería (y premio Nacional de Literatura en 1961) Luis López Anglada (1919-2007) se añaden como coautores hipotéticos a Antonio de Zubiaurre (1916-2004) y Ernesto Giménez Caballero (1899-1988), a partir de algunos rasgos estilísticos de los textos, pero sin apoyo documental que lo avale, y luego se han añadido entre otros a José María Souvirón (1904-1973). El típico enigma que proporciona trabajos y alegrías a los filólogos, pero que hasta ahora no parece haber logrado explicar por qué ese colectivo empleó como nombre, muy poco disimulado, el del hermano de Luis Rosales, quien se refirió a ello como una broma; según contó:

En nuestra propagada evitamos hacer campaña de menoscabo para el adversario, evitamos el odio y el insulto. No hay más que leer nuestra publicación Versos del combatiente, un folleto del que se repartieron medio millón de ejemplares y que aparecía firmado por el sargento José R. Camacho, las iniciales de mi hermano, al cual así le gasté una broma.

Pues ahí sigue el enigma.

Fuentes:

Bremaneur, «Adoctrinamiento poético», La biblioteca fantasma: reseñas de libros viejos (2005-2012), 1 de noviembre de 2011.

Javier Cuesta Guadaño, «Por Dios y por España Poesía y propagandapoesía y propaganda del bando nacional durante la Guerra Civil», en Francisco Sáez Raposo y Emilio Peral Vega, eds., Métodos de propaganda activa en la Guerra Civil española. Literatura, arte, música, prensa y educación, Fráncfor del Meno, Vervuert, 2015, pp. 279-331.

Luis Rosales.

José María García de Tuñon Aza, «La poesía de Luis Rosales», El Catoblepas. Revista Crítica del Presenta, núm. 141 (noviembre de 2013), p. 9.

Luis López Anglada, «Literatura y Milicia. Los versos del combatiente», Ejército. Revista de las Armas y Servicios, núm. 497 (junio de 1981), pp. 77-80.

Miguel d’Ors, «”¡La sonrisa de Franco Resplandece!” (Notas sobre un topos de la literatura “nacional” de la guerra de 1936-1939», Revista de Filología Hispánica, 8 (1992), pp. 9-21.

José María Rondón, «Sublime poesía fascista», Letra global, 28 de diciembre de 2017.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad), 2003.

Andrés Trapielo, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil, Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

¿Qué diantre pintan los escritores en el sector (o el campo) editorial?

Lo peor no son los autores es el agudo título que el editor Mario Muchnik dio a uno de sus primeros libros memorialísticos, y en él ya queda implícito que, aun no siendo lo peor, los autores tampoco son de lo mejor con lo que uno se topa cuando frecuenta el mundillo editorial.

Mario Muchnik.

Desde hace ya bastantes años, se ha ido desarrollando la tecnología destinada a acabar con tan molesto elemento del negocio editorial, que no contento con cobrar un anticipo —por miserable que éste pueda parecerle— por poner su obra en manos del editor, tiene derecho además a cobrar unos royalties o regalías si la edición de su texto obtiene éxito, más dinero si a partir del texto alguien decide hacer alguna obra derivada (en audio, en película, en forma de cómic o de videojuego…) o incluso aún más si a algún emprendedor rampante se le ocurre crear figuritas de plástico que reproduzcan a escala los personajes de su obra. A estas alturas, y dadas las prácticas editoriales y los modos de consumo de literatura de principios del siglo XXI, a nadie se le ocurre que no deba atribuírse a la genialidad o pericia del autor las características o rasgos que hacen que su texto se convierta en un éxito.

Vladimir Propp.

Tal vez de ese planteamiento deriven proyectos como Neurowriter (del Instituto de Ingeniería del Conocimiento), que a partir de una cantidad de textos más o menos grande, es capaz de crear un texto en un determinado estilo o con un cierto vocabulario (desconozco si es capaz de crear neologismos). La idea es, por ejemplo, proporcionarle un corpus cuantioso de novela negra, de teatro de enredo o de cuentos fantásticos y dejar que aplique el patrón de estas modalidades literarias para generar un texto distinto y original (o no menos original de los que generan muchos humanos que son publicados por editoriales). Desde Vladimir Propp (1895-1970) y su Morfología del cuento sabemos que el conjunto de las obras narrativas creadas a lo largo de períodos muy amplios de tiempo son reducibles a un número más o menos corto de estructuras y funciones de los personajes, así que en realidad no es tan difícil imaginar que un programa de software sea capaz de salir airoso de un reto semejante ¿a satisfacción del lector? Bueno, eso dependerá también de lo que lector espere de un texto.

En la sugerente Coda a Los fundamentos del libro y la edición, Michael Bhaskar y Angus Phillips van un paso más allá y plantean como una posibilidad no desdeñable ni disparatada la opción de la «novela bajo demanda», adaptada a los gustos y los caprichos del lector individual en un momento concreto:

Enciendes tu dispositivo digital y le pides una novela, algo absolutamente apasionante con helicópteros, comandos militares, nazis en la luna, romances a raudales y, por qué no, gatos. Si bien unos años atrás habría sido imposible dar con una mezcla tan improbable, incluso con la tecnología más sofisticada de búsqueda y recomendación, hoy estás de suerte: tu dispositivo y su servicio de lectura incorporado no necesitan escanear el material existente para dar con la coincidencia más cercana. No, en vez de eso, el aparato se limita a escribirte la historia, En cuestión de segundos te ha entregado una novela absolutamente personalizada de exactamente 95.000 palabras, que es absolutamente apasionante y está llena de helicópteros, comandos militares, nazis en la luna, romances a raudales y, cómo no, gatitos.

Sería muy interesante poder saber cómo hubieran juzgado experiencias como esta los defensores del cut up o escritores como William Burroughs, Georges Perec y los miembros de Oulipo. Pero también es difícil ante esta visión distópica no evocar las (no se sabe si intencionadamente) jocosas declaraciones de Pérez-Reverte en el sentido de que «No perduraré. Cuando muera nadie me recordará», porque ciertamente eso quizás acabara por completo con lo que muchos editores llaman la «novela de género» (por contraste con una nunca bien definida «novela literaria»).

En cualquier caso, de nuevo topamos con una visión muy restringida, limitada o reducida de lo que es la literatura y sobre cuál debe ser su función, pues eso nos dejará siempre dentro de un ámbito con nuestro horizonte de expectativas actual, creando a demanda a partir de elementos que ya conocemos; pero más difícilmente ampliaría nuestro horizonte (si a lo largo de nuestra vida nos hemos familiarizado con los suficientes patrones narrativos) y no podría actuar como la droga que es la literatura: expandiendo nuestra conciencia, como pedía Aldous Huxley (1894-1963) en Las puertas de la percepción, entre otros textos de la misma cuerda.

Se remonta a 2016 el primer caso sonado de novelas co-escritas mediante inteligencia artificial y presentadas a un premio literario. Juguetonamente titulada The Day A Computer Writes a Novel, en un proyecto impulsado y liderado por el profesor de ciencia y tecnologá Hitoshi Matsubara, esta novela breve se presentó al premio de narrativa de ciencia ficción japonés que toma el nombre del escritor Shinichi Hoshi (1926-1997). A ella se añadieron otras dos creadas bajo el cuidado del profesor de Ingeniería de la Universidad de Tokio Fujio Toriumi. Con todo, lo interesante del caso es que la primera de las novelas mencionadas pasó la primera criba, lo que tal vez no dice mucho de los miembros del jurado, o acaso de los otros escritores humanos presentados al certamen. Tal vez la narrativa de género se esté convirtiendo en tal ensaladilla de tópicos y estereotipos que es indistinguible la mano humana ni siquiera para los lectores más expertos, bien podría ser.

Shinichi Hoshi.

Sin embargo, no se trata sólo de literatura de más o menos candente actualidad. En el año 2020 dio muchas vueltas por la prensa generalista la creación de poemas mediante el software Deep-Spare, a partir de la «lectura» de unos 2.700 poemas atribuidos a William Shakespeare (porque también fue un programa de deep learning lo que permitió clarificar algunas falsas atribuciones), que estaban accesibles mediante el Proyecto Gutenberg creado por Michael Hart en 1971.

Por lo que se refiere al ámbito de la literatura escrita originalmente en español, Pablo Gervás creó el WASP (delirantes siglas que en este caso no significan White Anglo-Saxon Protestant, afortunadamente, sino Wishful Automatic Spanish Poet), que le permitió, entre otras cosas de indudable utilidad para los filólogos, obtener nuevos poemas que se ajustan a las estructuras métricas y temáticas recurrentes o más habituales en la lírica del siglo de áureo español.

También en el ámbito de la poesía había tenido una enorme repercusión, ya en mayo de 2017, la publicación por parte de la editorial china Cheers Publishing de un poemario cuyo título en español se conoció como «La luz solar se perdió en la ventana de cristal», cuyo creador era el software Microsoft Little Ice, que a partir de apenas quinientos sonetos fue capaz de generar diez mil, de los que se seleccionaron 139 para incluirlos en el libro.

Primera edición del debut literario de Microsoft Litle Ice.

Pero, ¿y qué sucede en estos casos con los derechos de autor? Pues no parece que esté todavía del todo claro o haya un consenso muy amplio, porque si bien podría considerarse que se trata de «obras derivadas» a partir de todas aquellas que se han introducido en el software (cuyos autores son o fueron personas físicas), en realidad ese es precisamente el modo en que, por regla general, vienen formándose los autores, asimilando y procesando una enorme cantidad de obra previa de otros escritores mediante una lectura más o menos reflexiva y más o menos crítica. ¿Deberían ser, pues, los editores los propietarios de los derechos de reproducción de las obras generadas por inteligencia artificial y de todo el negocio colateral que éstas puedan generar? ¿O acaso quienes crearon la herramienta capaz de generar esos textos (lo que equivaldría, en términos un poco soeces, a «la madre que los parió»)?

En cualquier caso, en Gran Bretaña los derechos recaen, ciertamente, en el creador del software, y en Estados Unidos no tardaron en sonar las alarmas y ya en febrero de 2020 la US Copyright Office y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual convocaban en la Biblioteca del Congreso un interesante debate acerca de si deben generar derechos de autor y a quiénes corresponden en el caso de las obras artísticas creadas por inteligencia artificial, y entre otras obras sobre el tema se publicó en 2012 la de Aviv H. Gaon The Future of Copyright in the Age of Artificial Inteligenge, que sin duda no será la última que debata y polemice el asunto. La cuestión del «derecho moral», por ejemplo, tiene miga.

Quizá la literatura creada mediante inteligencia artificial acabe por poner en jaque a los autores, pero los editores (y en particular los editores de best séllers) ya pueden poner también sus barbas a remojar…

Fuentes:

Anónimo, «Inteligencia artificial y literatura: la máquina que escribe», blog del Instituto de Ingeniería del Conocimiento.

Julia Escobar, «La Feria se serena», Libertad Digital, 10 de junio de 2005.

Carlos Losada, «¿Sustituirán los robots a los escritores?», Crónica global, 27 de noviembre de 2020.

June Javelosa, «An AI novel written novel has passed literary prize screening», Futurism, 24 de marzo de 2016.

Redacción, «Cuatro experiencias alucinantes de renovación cultural», El Tiempo, 5 de noviembre de 2020.

Michael Schaub, «Is the future award winning novelist a writing robot?», The Washington Post, 22 de marzo de 2016.

Nathalie Shoemaker, «Japanese AI writes a novel, nearly wins literary award», Big Think, 24 de marzo de 2016.

José Antonio Vázquez, «Un robot que escribe como Shakespeare», Dosdoce, 3 de junio de 2020.

El escurridizo proyecto editorial de Manuel Chiapuso

Del anarcosindicalista donostiarra Manuel Chiapuso Hualde (1912-1997) se conoce su trayectoria política dentro de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), tanto antes de la guerra civil española como durante su largo exilio en Francia, pero raramente es evocada una curiosa y fugaz experiencia como editor de la que probablemente falten por esclarecer muchos datos, Ametzak («Sueños» en euskara»).

Tras abandonar de muy joven los estudios, a los diecinueve años inició su militancia política y su participación en una compañía teatral de aficionados, pero a los veinte ya es encarcelado por participar en una huelga y no recuperará la libertad hasta tres años después. Esa primera estancia preso quedó reflejada en Juventud, rebeldía. Oposición popular y cárceles en la República (Lur, 1980). A la salida de la cárcel interviene en la puesta en marcha del semanario anarquista de San Sebastián Crisol (1935-1936, no confundir con el periódico madrileño homónimo de Nicolás María de Urgoiti), al tiempo que su firma empieza a hacerse habitual en la madrileña Revista Blanca de Federico Urales (Joan Montseny, 1864-1942) y Soledad Gustavo (Teresa Mañé, 1865-1939).

Desde el momento en que se produce el alzamiento militar filofascista de julio de 1936 participa activamente en la lucha armada en los frentes de Peñas de Alta e Irún. Herido en combate, al caer Donostia (septiembre de 1936) huye primero a Durango y posteriormente a Bilbao, donde se responsabiliza de la propaganda del Comité Regional del Norte de la CNT. Con este cargo incauta y asume la responsabilidad de la rotativa del Noticiero Bilbaíno, donde por iniciativa de Pablo Valle, Juan Expósito y Fermín Arce entre otros imprime el periódico CNT del Norte, que tiraba once mil ejemplares e incluyó colaboraciones de Felipe Alaiz, Germán Bleiberg, Cecilia Guilarte y Justo Esparza entre otros, así como una «revista quincenal ilustrada» de notable importancia en ese contexto, Horizontes (10 de febrero-15 de mayo de 1937), que se mantuvo activa casi hasta el momento mismo de la ocupación de la ciudad por las tropas sublevadas y que tiraba unos cinco mil ejemplares.

Posteriormente, tras poner a salvo a su compañera y a su hijo recién nacido embarcándolos con destino a París, se desplazó a Barcelona, sin abandonar por ello sus cargos de responsabilidad en la CNT. A la caída de esta ciudad pasó a Francia, donde fue encerrado en un campo de concentración (del que logró huir hasta tres veces con el propósito de reunirse con su familia). Combatiente en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, en 1944 estableció su residencia en Biarritz y una vez concluida la contienda participó activamente en la reconstrucción y reorganización del sindicato y de empezar a diseñar una posible entrada armada en la Península.

Fue en estos años (antes de su en traslado en 1949 a París para iniciar estudios en La Sorbona), cuando aparece en Bayona el que, al parecer, fue el primer título de Ametzak, el folleto Generalidades sobre Euskadi y la CNT (1945), al que seguiría al año siguiente Sembrando inquietudes: anticipación (1946), Bosquejos, la ciencia y el joven libertario (1946) y dos años después, en Toulouse (donde era colaborador de la revista cultural bilingüe Tiempos Nuevos), el texto narrativo El impertinente andariego, luz y penumbra (1948, con una nota previa de su amigo Juan Bernat), todos ellos escritos por el propio Chiapuso.

Su siguiente obra, la sátira política Délire et rétrovisión, no se publicaría hasta treinta años después, en la parisina La Pensée Universella de Alain Moreau, coincidiendo además con la aparición en la editorial donostiarra Txertoa de Los anarquistas y la guerra en Euskadi. La comuna de San Sebastián (1977) y El gobierno vasco y los anarquistas: Bilbao en guerra (1978), lo que lleva a suponer un amplio período sin publicar (ni editar) pero de escritura más o menos continuada, de la que son testimonio sus colaboraciones en cabeceras de la prensa anarquista (la Askatasuna bilbaína, CNT, Polémica…) y sus numerosos textos memorialísticos y testimoniales que publicaría en los años sucesivos.

Sin embargo, también tuvo tiempo para abordar el género novelístico, y con una obra titulada Las incertidumbres del doctor H entró en la terna del Premio Nadal de 1972, según consigna, por ejemplo, una crónica de La Vanguardia. Un jurado compuesto por Néstor Luján, Juan Ramón Masoliver, Josep Vergés, Francisco García Pavón y con Antonio Vilanova como secretario seleccionó, entre las ciento cuatro obras presentadas, inicialmente diez, entre ellas la de Chiapuso, pero solo obtuvo un voto, por lo que no pasó ya a la siguiente ronda de votaciones (ese año se llevó el premio José María Carrascal con Groovy).

Juan Bernat, Daniel Berbegal y, en primer término, Chiapuso, en París.

Volviendo a la experiencia editorial de Chiapuso, si poco se sabe de Ametzak, que tiene todas las trazas de una empresa unipersonal, menos aún acerca de un título anunciado en El impertinente andariego y que muy probablemente tampoco llegó a publicarse, Nuevas atalayas. Esta idea se refuerza observando dónde se imprimió El impenitente andariego, en la modesta Societé Ouvriere Méridional d’Impression, que se dedicaba en Toulouse a imprimir sobre todo textos breves, panfletos, revistas y sobre todo tesis doctorales nacidas en la universidad de la ciudad, como es el caso de la Contribution a l’étude de la pensée de Claude Bernard, con la que se doctoró Marcel Guibert (reputado especialista en tuberculosi renal, sobre la que escribió un importante tratado con Henri Berthon), así como títulos de la heterogénea editorial de izquierdas Hier et ajourd’hui.

El resto de títulos de Amezak, en cambio, al parecer (no he tenido ocasión de acceder directamente a ellos) no indican lugar de edición ni de impresión, pero por lo menos en el caso de La ciencia y el joven libertario sí existe una edición presentada como responsabilidad del «Comité de Relaciones de Euzkadi-Norte CNT-MLE» (Movimiento Libertario). ¿Acaso hubo dos ediciones casi simultáneas con dos pies editoriales distintos de este título?

La modestia de los impresos generados, y es de suponer que su reducida tirada, así como la escasa duración de este proyecto dificulta bastante aquilatarlo, aunque tal vez sea esa misma dificultad es lo que haga más atractivo (e incluso más necesaria) su investigación por quien consiga tener acceso a esos libritos..

Fuentes:

Lorenzo Sebastián, «Manuel Chiapuso, un anarquista vasco», blog de Iñaki Anasagasti, 10 de agosto de 2019 (originalmente, 7 de diciembre de 1997).

José Ramón Zabala, «Ametzak, Editorial» y «Chiapuso Hualde, Manuel», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Amejos 30), 2016, vol 1, p. 136 y vol. 2, pp. 79-80.

—«Chiapuso Hualde, Manuel», sección de la biografías de la web de Hamaika Bide Alkartea.