El médico editor y el «Curín Tellado» (a la espera de su Vargas Llosa)

Tienen un punto de singularidad las editoriales literarias que, como es por ejemplo el caso de la Editorial Rocas (la primera que publicó en España a Mario Vargas Llosa), tenían como promotores y directores a profesionales de la medicina, lo que parece venir a demostrar hasta qué punto es inadecuada la habitual distinción entre gente de letras y gente de ciencias.

José María Richard Grandío.

No muy alejado del ejemplo de Rocas está en esos mismos años cincuenta y sesenta el de Richard Grandío Editor, a cuyo frente estaba el luego reconocido médico y fundador del Centro Médico Asturias José María Richard Grandío (1933-2018), quien incluso llegó a dar nombre a una calle en Oviedo.

Con apenas dieciocho años, Richard Grandío se inició en el sector de los laboratorios farmacéuticos, pero no tardó en pasarse al de la librería, en el que cosechó un notable éxito. Destacó al frente de la Universal, una librería especializada en temas relacionados con la medicina y ubicada en la carbayona calle Gil de Jaz que se convirtió rápidamente en un referente en la materia. Hasta tal punto, que la librería inicial contó pronto con tres delegaciones y, para lo que aquí interesa, con una editorial cuya dirección era la misma de la Universal.

Uno de los primeros libros que aparecen con el sello Editorial Richard Grandío es, en 1961, Caza Mayor, del barcelonés Jorge Ferrer-Vidal Turull (1926-2001), y el dato no deja de tener su interés o, cuanto menos, su retranca. Ferrer-Vidal Turull se había dado a conocer en 1953 con una muy bella edición de El trapecio de Dios, aprovechando la apuesta que por aquellos años estaba llevando a cabo el editor José Janés por los nuevos narradores españoles, pero luego empezó a probar suerte en diversos premios literarios y había publicado ya tres novelas con la mencionada editorial Rocas: Sobre la piel del mundo (1956), a raíz de haber ganado el Premio Leopoldo Alas (el mismo que más tarde daría a conocer a Vargas Llosa), Fe de vida (1958) y Cuando lleguen las golondrinas (1960), a las que añadiría en 1963 Historias de desamor y malandanza. Como se indica en la sobrecubierta del libro de Ferrer-Turull publicado por Richard Grandío, esta novela había obtenido el primer puesto en el estreno del Premio de Novela Ciudad de Oviedo, con el que, al parecer, la editorial estuvo muy estrechamente vinculado desde el primer momento (si no es que fue incluso una de sus principales promotoras).

Entre los títulos aparecidos en esta editorial a principios de los sesenta se cuenta la controvertida recreación de la revolución de 1934, la guerra civil y el cerco de Asturias Dios va con ellos (1962), cuyo título parece evocar el lema de la Wehrmacht Gott mit uns («Dios está con nosotros» o «Dios está de nuestra parte»). Su autor era el periodista del Movimiento y profundamente derechista Ricardo Vázquez-Prada (1912-1986). Y en un mismo año aparecen también en Richard Grandío dos libros del periodista gijonés también contratado por la Prensa del Movimiento Mauro Muñiz (1931-2011), que por entonces escribía en La Actualidad Española: la compilación de cuentos La paga (1963) y la novela Ambrosio (1963).

Sin embargo, más importancia incluso tendría la segunda edición del mencionado premio Ciudad de Oviedo, otorgado a una novela que recreaba el asesinato de un párroco durante la revolución de Asturias de 1934. El autor de la novela en cuestión, Sexta galería (1962), era José Luis Martín Vigil (1919-2011), quien ya tenía una obra notable a sus espaldas repartida entre la madrileña editorial Escelicer (La vida sale al encuentro, 1953), la santanderina Sal Terrae (Destino Dios, 1956, y Listos para resucitar, 1958) y la barcelonesa Juventud (La muerte está en el camino, 1956; Tierra brava, 1959; En marcha, cristianos, 1960; Una chabola en Bilbao, 1960, y La brújula marca el Norte, 1960).

A partir de ese momento, Martín Vigil se convertiría enseguida en el buque insignia de la editorial de Richard Grandío, aunque no por ello dejara de publicar ocasionalmente en Juventud. Así, la editorial ovetense le publicó sucesivamente al prolífico y exitoso ex sacerdote Réquiem a cinco voces (1963), con la que había ganado el Premio Pérez Galdós, Alguien debe morir (1964), Los curas «comunistas» (1965), La sociedad contra Miquel Jalón (1966), Un sexo llamado débil (1967), Muerte a los curas (1968)…

No siempre fue fácil publicar las novelas de Martín Vigil, y Fernando Larraz repasa en Letricidio español los informes de censura de los que fue objeto, por ejemplo, Muerte a los curas, de la que en marzo de 1968 se le suprimieron hasta dieciocho páginas antes de que se autorizara su difusión, y que, en palabras de Larraz, eliminaban «aquellos pasajes que acentuaban la alineación de la iglesia católica con el golpe militar [de julio de 1936], opiniones contra la Iglesia, los militares y los obispos y sobre la legitimidad de la guerra y la equiparación de culpas, expresada en todos los casos por el [personaje de] el catedrático». Aun así, finalmente ese mismo año se pudieron poner a la venta los veinte mil ejemplares que, según indica la página de créditos, se imprimieron de Muerte a los curas.

Los títulos de Martín Vigil, auténtico motor económico del proyecto, alternaron en esta editorial con otros del ya mencionado Vázquez Prada, como El loco de la montaña en 1966, de Alfredo Castro (La última semana, 1967, y La nueva tierra, 1968), de José Julio Perlado (El viento que atraviesa, 1968), de Álvaro de Villa (El olor de la muerte que viene, 1968), de Magín Berenguer (Arte en Asturias, 1969), de Domingo Manfredi Cano (Los resentidos, 1969), etc., todos ellos escritores hoy casi completamente olvidados por el común de los lectores. Quizás el periodista José Julio Perlado (n. 1936), que publicaba en Richard Grandío su primer libro tras haber prologado las Memorias de un setentón de Mesonero Romanos (1803-1882), sea el más conocido de todos ellos, pero acaso más por sus ensayos que por su obra narrativa. Álvaro de Villa (1915-1985), humorista y guionista televisivo de origen cubano, se estrenó en la narrativa con El olor de la muerte que vino, que obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Oviedo en un momento particularmente propicio para los autores hispanoamericanos (en pleno boom), pero al parecer aquí acabó la cosa, mientras que Magín Berenguer (1918-2000) destacó como pintor y grabador, y Domingo Manfredi (1918-1998), a quien también se le publicó por haber obtenido el Premio Ciudad de Oviedo, había hecho la guerra civil española como militar profesional (en el bando franquista), antes de incorporarse al Cuerpo de Policía y posteriormente abandonarlo para dedicarse sobre todo al periodismo radiofónico y televisivo; nadie parece recordar que en 1959 Manfredi obtuvo el Premio Nacional de Literatura con la novela La rastra (publicada en 1956 por Luis de Caralt, y recuperada en 1977 en la colección Manantial de Plaza & Janés).

Al lado de todos ellos, es indudable que el brillo del éxito de Martín Vigil destacaba mucho más de lo que lo haría luego (a partir de la década de 1980) en Planeta.

Personaje singular, sin duda, Martín Vigil, a quien el inicio de la guerra civil pilló estudiando ingeniería naval y afiliado a Falange Española, con solo diecisiete años, siendo alférez, ascendió a capitán de compañía al fallecer todos sus superiores y combatió en la Ciudad Universitaria (Madrid), el Ebro, Extremadura, Toledo… Concluida la guerra, en 1944 ingresó en la Compañía de Jesús, hasta que, en no del todo claras circunstancias, en 1958 tuvo que abandonar la Compañía y la enseñanza para dedicarse, con un éxito que rebasó fronteras, a la literatura.

Lo hizo no sin polémica en muchos casos, como recoge Larraz en su libro ya citado. Por ejemplo, Jaque mate a un hombre honrado, después de ser autorizada por el arzobispado de Oviedo y por censura en 1959, fue denunciada por la Capitanía General de la IV Región Militar debido a sus comentarios sobre la institución militar, incautada toda la edición (preparada por Juventud) y retirada de los almacenes antes de su llegada a las librerías. Una vez aparecida en francés, en 1966, a raíz de la nueva ley de censura (la conocida como «ley Fraga»), se intentó de nuevo su publicación en una versión revisada según indicaran los censores, pero ni siquiera así se le concedió autorización, de modo que no pudo publicarse hasta 1985 (en Planeta). Según resume Larraz, la biografía de Martín Vigil que acompañaba esta última denegación:

Ofrecía datos nada favorecedores de la biografía de Martín Vigil: su participación en la División Azul, su expulsión de la Compañía de Jesús por supuestas prácticas homosexuales y por la sospecha de pederastia de algunos padres, su comportamiento mundano a pesar de seguir siendo sacerdote, su desafección al régimen…

Aun en 1970 vio como se le denegaba autorización a Sentencia para una menor en su presentación a censura previa, una novela que Larraz describe como una «novela de bajísimos fondos en la que se refleja la caída de una joven en la delincuencia y el vicio, todo ello acentuado por las condiciones carcelarias», y añade: «fue denegada en agosto de 1970 y autorizada con tachaduras en 25 páginas un mes después».

La relación entre Martín Vigil y Richard se extendió aún a lo largo de toda esa década, pero al parecer la medicina privada fue absorbiendo la atención del médico editor, hasta el punto de abandonar por completo la publicación de libros y, por otra parte, el prolífico novelista encontró enseguida acomodo en Planeta.

De la en su momento leídísima obra narrativa de Martín Vigil apenas queda registro en las más conocidas historias críticas de la literatura española; no en vano fue conocido popularmente como el «Curín Tellado», y a diferencia de la escritora de Viavélez no ha encontrado aún al Vargas Llosa que lo reivindique.

Fuentes:

Rosalía Agudín, «José María Richard Jiménez: “Mi padre mi pidió que pusiese la cardiología a un buen nivel”», El Comercio, 6 de octubre de 2019.

—«Oviedo despide a José María Richard Jiménez, “alma mater” del Centro Médico», El Comercio, 9 de noviembre de 2018.

A. Fidalgo y L. Blanco, «La sanidad pierde a José María Richard, uno de los promotores del Centro Médico», La Nueva España, 18 de noviembre de 2018.

Fernando Larraz, Letricido español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Cecilia Pérez, «Sentido adiós a “un hombre bueno” y “·pionero de la sanidad privada”», El Comercio, 10 de noviembre de 2018.

Anagrama en su contexto, Herralde en su salsa

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Un día en la vida de un editor» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

«En el mundillo de la edición casi todo se acaba sabiendo»
Jorge Herralde

No es probable que existan muchas cátedras universitarias que lleven el nombre de una editorial; también en esto la barcelonesa Anagrama probablemente sea una excepción, como pone de manifiesto uno de los últimos capítulos de Un día en la vida de un editor (pp. 419-429), en el que se cuenta la gestación y la tarea llevada a cabo por la Cátedra Anagrama de la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey), por iniciativa del ensayista y responsable de ediciones de esta universidad, José Garza, desde su fundación el año 2007.

De izquierda a derecha, Gustavo Guerrero, Lali Gubern y Jorge Heralde.

En una entrevista de 2001 incluida asimismo en este libro («Jorge Herralde, la virtud, los tiburones y la red», p. 128-131), el también gran editor Javier Pradera señala otra de las muchas singularidades interesantes de la trayectoria de esta influyente editorial:

Anagrama es una de las pocas editoriales culturales fundadas durante los esperanzados años sesenta, a uno y otro lado del Atlántico, que han logrado sobrevivir como empresas independientes. No son muchas: solo Ediciones Era en México y un puñado de editores en España –se pueden contar con los dedos de la mano– han aguantado el huracán de las concentraciones empresariales.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Aun cuando, como también se explica en detalle en este libro («Operación Feltrinelli», p. 372-386), desde 2017 Anagrama pertenece mayoritariamente a la selecta editorial italiana fundada por el legendario Giangiacomo Feltrinelli, que la editorial barcelonesa haya perdido independencia en algún sentido está por demostrar. En cuanto a Javier Pradera, editor en el Fondo de Cultura Económica primero y luego de Alianza Editorial, han surgido en los últimos tiempos libros muy interesantes, como el de Santos Juliá Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2012) y en particular el editado por Jordi Gracia y epilogado por Miguel Aguilar Javier Pradera: itinerario de un editor (Trama, 2017), que guarda algunos paralelismos en cuanto a estructura y contenidos con Un día en la vida de un editor: un conjunto de textos inéditos o publicados previamente en la prensa –entre los cuales, entrevistes en profundidad– o bien pensados originalmente como conferencias y discursos, ordenados temáticamente y  acompañados de una estricta selección de documentos (cartas, correos electrónicos) que vienen a cuento y resultan oportunos. Es evidente que, para reconstruir y valorar la trayectoria de Pradera, Jordi Gracia se enfrentaba a la dificultad añadida de la escasez y dispersión de la documentación propiamente editorial, pero en cambio contaba con la hoy ya más que notable bibliografía de Jorge Herralde como posible modelo.

Aun así, en el momento de analizar y evaluar la aportación de Anagrama no es Pradera sino Esther Tusquets y sobre todo Beatriz de Moura –o, dicho de otro modo, Lumen y Tusquets Editores–, los nombres que aparecen una y otra vez entrelazados en la historia de Herralde y, como no podía ser de otra manera, también tienen su protagonismo en este volumen (en particular en el texto inédito «El caso Lumen: incidentes en la absorción de una editorial independiente por un gran grupo», p. 317-320). De hecho, tal vez no haya un modo correcto de estudiar el «fenómeno Anagrama» sin analizar también en paralelo los casos de Lumen y Tusquets. Y viceversa, como ya se ponía de manifiesto, por ejemplo, en las Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (RqueR, 2005) y sobre todo en Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz Ruiz (Tusquets, 2014).

André Schiffrin y Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Desde el inicial Opiniones mohicanas (Aldus, 2000, ampliado en Acantilado el 2001) y a lo largo de los ocho títulos que lo han seguido hasta este Un día en la vida de un editor –que apareció coincidiendo con los cincuenta años de la editorial–, Herralde ha ido desarrollando y afinando un esquema de libro que, por el tono cercano y la heterogeneidad y diversidad del contenido, sitúan al lector en una posición de acompañante privilegiado de un paseo entretenido y ameno, trufado de anécdotas contadas con una ironía fuera de serie, por su trayectoria y su día a día; y con el bonus track, como él diría, de toparse, al doblar cualquier página, con algunos de los escritores, editores y agentes literarias más relevantes que le son contemporáneos. Pero aún hay otro bonus track adicional: un pliego de fotografías, con muchas de las cuales ya está familiarizado quien ha tenido la suerte de hojear los diversos libros conmemorativos y no venales que Anagrama ha ido publicando periódicamente.

Con Bolaño.

Del conjunto de los libros de Herralde puede extraerse una imagen de las circunstancias de todo tipo (intelectuales, sociales, políticas, culturales, e incluso deportivas) en que ha ido desarrollándose la historia de Anagrama, y tambien en cada uno de ellos se ha ido trazando la historia de Anagrama, de modo que cada nuevo volumen la actualiza y añade también una pincelada nueva, que en el caso de Un día en la vida de un editor quizá se concreta sobre todo en la mayor atención dedicada al contexto internacional, a las relaciones con otros editores y agentes literarios, pero también con escritores y críticos literarios, lo cual contribuye a situar Anagrama en un mapa más amplio de la edición literaria de los siglos XX y XXI.

Sin embargo, es eminentemente un volumen de lectura independiente y que por tanto no presupone el conocimiento previo de los libros anteriores, y así pues volvemos a encontrar un relato de los primeros pasos de la editorial, centrados sobre todo en el ensayo político y sociológico más combativo y, subsidiariamente, en la literatura underground; aparece asimismo la irrepetible aventura de Enlace, que a finales de los años setenta aglutinaba algunas de las editoriales más ruidosas y rupturistas (Anagrama, Barral, Cuadernos para el Diálogo, Edhasa, Edicions 62, Laia, Lumen y Tusquets), el nacimiento de la espectacular colección Panorama de Narrativas, que no tardaría en convertirse en sede social –y valga la expresión, por lo que tiene también de punto de encuentro– de los autores destinados a entrar en el canon de la literatura universal reciente, el momento en que los editores plantaron cara a los proyectos para acabar con el precio fijo de los libros… y todo aquello que puede satisfacer al lector interesado no sólo en la historia de esta editorial en concreto, sino en el panorama de la edición reciente.

También es cierto que este tipo de lector quizá se reencuentre con algún texto que ya ha leído o incluso con alguno que le ha oído leer al  propio Herralde (somos poco menos que una secta), pero no hay duda de que, insertos en este conjunto y situados en este determinado orden, estos textos cobran un nuevo sentido, se complementan entre sí y con los que hasta ahora permanecían inéditos y, a la manera de un trencadís gaudiniano, componen una imagen colorista, alegre y rigurosa de un fragmento de vida que a los lectores más veteranos les toca muy de cerca porque está íntimamente conectada con su propia biografía lectora.

Si algún día se hiciera lo que suele llamarse una edición ómnibus con todos los libros de Herralde, un Herralde esencial que bien podría incluirse en la anagramática colección Compendium, quizá habría que editarlo con cuidado para evitar algunas reiteraciones, pero si se le añadiera una versión actualizada de los impagables volúmenes conmemorativos y no venales que ha venido publicando Anagrama coincidiendo con sus aniversarios más sonados, tendríamos una visión completa y bastante exhaustiva de la historia de Anagrama; o, dicho de otro modo, una compacta biografía de Jorge Herralde.

Herralde, Jorge. Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales. Pról., Silvia Sesé. Barcelona: Anagrama (Biblioteca de la memoria, 39), 2019.

Las precoces y fugaces Ediciones Nuevo Romance

Según ha documentado José Ramón López García en su excelente y probablemente definitiva obra sobre Arturo Serano Plaja (1909-1979), éste concluyó los cuentos que conformarían el volumen Del cielo y del escombro en Chile, donde intentaba sobrevivir alternando su ocupación como delineante en una sección ministerial del Gobierno chileno con colaboraciones en la prensa de ese país (Atenea, ¿Qué hubo?), pero también con colaboraciones en la prensa del exilio español en Argentina (Pensamiento español) y con trabajos de traducción para la editorial argentina Atlántida del escritor uruguayo Constancio G. Vigil, en la que colaboraban ya por entonces Rafael Dieste Carmen Muñoz Manzano, José Otero Espasandín, Lorenzo Varela o Clemente Cimorra, entre otros exiliados republicanos. Más adelante, Serrano Plaja adaptaría para el lector infantil los Viajes de Simbad el Marino para Atlántida y dirigiría para la misma editorial la colección Los Místicos.

Arturo Serrano Plaja.

Sin embargo, mientras que Fernando Larraz ya describe Del cielo y del escombro como un «libro de cuentos de notable calidad injustamente olvidado sobre la guerra y sobre la infancia», José Ramón López García caracteriza el volumen como una colección de cuentos «la mayoría ambientados en la guerra civil española y en los que ficcionaliza diversos hechos autobiográficos, como la muerte de su padre en pleno asedio de Madrid».

No puede decirse que la narrativa breve de Serrano Plaja —aunque tampoco la extensa obra ensayística— haya tenido mucha suerte editorial, y si bien alguno de sus cuentos fue reeditado e incluso traducido en los años cincuenta, caso en particular de «Don Manuel de León» incluido en Caza de la perdiz (1951) o «El capitán Javier», reproducido en la revista argelina Soleil bimestrelle en traducción de Emmanuel Roblès al año siguiente, el hecho de que Del cielo y del escombro se publicara en una editorial de vida fugaz no contribuyó precisamente a asentar la obra de Serrano Plaja.

Las Ediciones Nuevo Romance, donde apareció este volumen, se habían empezado a engendrar con el nombre ALDIA, en el que confluían los apellidos de sus principales promotores: Rafael Alberti (1909-1992), Rafael Dieste (1899-1991) y  Francisco Ayala (1906-2009), a los que enseguida se añadió Lorenzo Varela (1916-1978) —que tuvo la excelente idea de rebautizar el proyecto— y, quizás más importante, el industrial papelero de origen vasco José Iturrat, que actuó como poco menos que mecenas.

Acabado en la Imprenta López en diciembre de 1941, el primer libro que puso en circulación, presumiblemente ya en 1942, Nuevo Romance fue una obra cuya publicación en Espasa Calpe se había visto truncada por el golpe franquista y el posterior inicio de la guerra civil española, Teresa, de Rosa Chacel (1898-1994), un volumen de poco más de 250 páginas encuadernado en rústica y con una ilustración del también exiliado Luis Seoane (1910-1979) además de una imagen del icónico bisonte de las cuevas de Altamira que funcionaba como logo editorial.

En febrero de 1942 se publicaba el libro de Serrano Plaja, de características muy similares (243 páginas), y también de edición y aspecto muy similar es el tercer libro aparecido en Nuevo Romance: La luna nona y otros cuentos, del narrador cubano nacido en Galicia Lino Novás Calvo (1903-1983), un título que Cabrera Infante recuperó al escribir en la revista Vuelta la necrológica del escritor y traductor, al que cíclicamente la crítica académica dedica una atención entusiasta pero hasta la fecha quizás insuficiente para asentar su obra narrativa.

A partir de ese momento, puede intuirse que se produjeron ciertas discrepancias entre los promotores en cuanto a la línea editorial que debía tomar el proyecto, y que en los primeros volúmenes se describía en las solapas del siguiente modo:

…Por otra parte, las Ediciones Nuevo Romance nacen con un carácter definiro en cuanto se proponen, ante todo, difundir principalmente los valores actuales de nuestra cultura, que es la cultura de España y América.

Esta difusión de valores actuales, que se canalizaba a través de la distribución de la editorial Losada, se ve puesta en entredicho con los tres libros siguientes (y últimos) de los que aparecieron bajo este sello, y que además se imprimieron, a diferencia de los anteriores, en la Imprenta Patagonia. Recurriendo al epistolario de Dieste, Federico Gerhardt ha subrayado que esta nueva orientación, diseñada por Rafael Alberti con el apoyo de Francisco Ayala, no contaba con la aprobación de Dieste, y quizás algo tenga que ver con ello el hecho los cambios en el formato y la calidad del papel que entonces se produjeron, que en ambos aspectos es menor. El hecho de que el libro de Novás Calvo se acabara de imprimir en mayo de 1942 y que los siguientes lleven fecha de impresión de entre noviembre de ese año (seis meses después) y enero de 1943 no hace sino reforzar esa hipótesis.

Encuadrados en una colección llamada Libros Raros y Curiosos, que se proponía publicar «obras clásicas más famosas y citadas que conocidas y leídas, que, por una u otra causa, han sido poco editadas y resultan de difícil acceso», aparecieron tres obras y quedó una cuarta en el tintero: Una edición de La lozana andaluza, de Francisco Delicado (c. 1474- c. 1535), preparada por el exiliado republicano y prolífico traductor Javier Farias; las Guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1544-1619), preparadas por Francisco Ayala, y, ya en 1943, las Obras en español de Gil Vicente (1465- ¿1536?) en edición del poeta argentino Ricardo Molinari y quedó en proyecto El viaje entretenido, de Agustín de Rojas (1572-1635).

En las solapas de los primeros libros quedó constancia de otros proyectos que no llegaron a ver la luz en las Ediciones Nuevo Romance, como es el caso de obras indeterminadas de Rafael Alberti, Francisco Ayala, Rafael Dieste, Vicente Salas Viu o Antonio Sánchez Barbudo, y el caso es que, según Ayala debido a problemas de gestión contable (atribuibles a Dieste) y de distribución (responsabilidad de Losada), el proyecto acabó por hundirse rápidamente.

Fuentes:

Federico Gerhardt, «Semblanza de Ediciones Nuevo Romance (Buenos Aires, 1941-1943)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2019.

Fernando Larraz, «Nuevo Romance, Ediciones», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento Biblioteca del Exilio, 2016, vol. 3, p. 432.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento Biblioteca del Exilio, 2018.

José Ramón López García, Vanguardia y revolución y exilio: La poesía de Arturo Serrano Plaja, Valencia, Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego, 2008.

«K. L. Reich» y la autocensura, una enigmática historia editorial

Tanto el proceso de escritura como el de publicación de una de las obras más estremecedoras e impactantes sobre la vida de los republicanos españoles en campos nazis, K. L. Reich, ha sido objeto de largas, enrevesadas y en algunos casos enconadas controversias, pero que al fin y al cabo han contribuido bastante a esclarecer la génesis de su publicación.

Joaquim Amat-Piniella.

Todo parece indicar que Joaquim Amat-Piniella (1913-1974) completó una primera versión de la obra entre septiembre de 1945 y abril de 1946, apenas ocho meses después de haber sido liberado por las tropas estadounidenses (en mayo de 1945) y mientras residía en Andorra, concretamente en Sant Julià de Lòria. Es más, David Serrano identifica una primera versión del episodio del asesinato del personaje de Vicent en K.L. Reich en un relato que se publicó ya en 1945 en la revista del exilio catalán en Niza Per Catalunya con el título «La Fam», y que años después se publicaría de nuevo de forma independiente en la recopilación póstuma Retaule en gris (Bromera, 2012).

En noviembre de 1947 aparece otro fragmento de esta versión en una interesante revista barcelonesa dirigida por el militante de Estat Català Antoni Ribera (1920-2001) titulada Antologia dels fets, les idees i el homes d’Occident. De esta publicación clandestina de divulgación cultural, entre cuyos colaboradores habituales se contaban el poeta y compositor Lluís de Rialp (Lluís Soler, n. 1920), el pedagogo y lingüista Políglot (Delfí Dalmau, 1891-1965), el crítico literario Joan Triadú (1921-2010) y los escritores exiliados Josep Carner (1884-1970), Agustí Bartra (1908-1982) y Josep Pous i Pagès (1873-1952), se hacía una tirada privada de mil ejemplares que distribuía el corredor de libros Pere Bonada con el método de cadena; hasta que en mayo de 1948 fue suspendida por orden gubernativa. Sin embargo, en el número 7 se publicó entre las páginas 52 y 59 el mencionado texto de Amat-Piniella con el título «Eutanàsia» y la siguiente indicación (que traduzco):

De los siete mil españoles que han pasado por el campo de concentración alemán de Mauthausen, apenas han salido unos mil ochocientos. El autor es uno de los supervivientes y, acerca de los recuerdos de su cautiverio de cuatro años y medio, ha escrito un reportaje novelado con el título K. L. Reich, aún inédito, y del cual publicamos hoy un capítulo.

Resulta cuanto menos curiosa pero quizá desorientadora la adscripción del texto al género del «reportaje novelado», pero es interesante que se publique en una revista que en cierto modo actuaba como catalizadora de la obra de diversos exiliados (como era por entonces el caso de Amat-Piniella) o de puente entre autores del interior y del exilio. En junio de 1953, fue el mencionado Agustí Bartra quien se planteó la posibilidad de publicar, en México, la obra de Amat-Piniella, enmarcándola en el proyecto de colección Fona que estaba planeando con el impresor Guillem Gally (1906-1981) y que pretendía dar a conocer obras impublicables en España por razones de censura, acompañándolas además de los pertinentes documentos ministeriales de prohibición. El fracaso de ese proyecto hizo que K.L. Reich siguiera inédita aún unos cuantos años más.

Sin embargo, el caso es intrigante porque la primera presentación de la obra a censura documentada es la del editor Santiago Albertí (1930-1997), y cuando Amat-Piniella hacía ya unos años que se había establecido en Catalunya. En abril de 1955 está fechada la denegación de la autorización para publicar la versión que se había presentado, de 140 páginas, a pesar de que el preceptivo informe del censor no señalaba en ella ningún pasaje y ningún motivo para prohibirla. Segundo enigma.

Tal vez la siguiente mención pública de la novela se produce en las páginas de la revista Destino, que en el número del 19 de abril de 1958, en el marco de un amplio reportaje sobre las novedades para el Sant Jordi de ese año con entrevistas a los editores, se alude a K. L. Reich como una «extensa e importante novela» inédita en la que Amat-Piniella «recoge extraordinarias experiencias de su internamiento en un campo de concentración alemán», al presentar al autor con motivo de la reciente aparición de su Roda de solitaris en la Nova Col·lecció Lletres del ya mencionado Santiago Albertí.

Hay muchas pruebas de que por lo menos la existencia de la obra y su tema era ampliamente conocido en el milieu, y poco después, en el número de enero de 1959 de la principal revista del exilio catalán en Buenos Aires, Ressorgiment, la traductora, periodista y escritora Anna Murià (1904-2002) le dedica el artículo «K. L. Reich, novel·la inèdita de J. Amat-Piniella», sin duda porque debió de tener acceso al manuscrito a través de su cónyuge, Agustí Bartra.

Finalmente, en 1961 se presenta de nuevo a censura, pero lo más notable de este episodio es que la obra había ido creciendo hasta las 250 páginas, lo que permite concluir a Josefina Sabaté que de Andorra no llega ya con una versión definitiva sino que, muy al contrario, el autor fue puliendo y retocando su texto a lo largo de esos años. Es incluso posible aventurar que el ejercicio de autocensura que Sabaté advierte en el texto definitivo sea consecuencia del contacto directo del autor con el ambiente cultural y literario de la Barcelona de esos años, donde, como en todas partes, se habían desarrollado diversas estrategias ante la censura (y que en el ámbito del teatro tuvieron dos polos opuestos representativos en el posibilismo de Buero Vallejo y el imposibilismo de Alfonso Sastre). En cualquier caso, el 10 de abril de 1961 José de Pablo Muñoz firmaba un informe de censura en el que consideraba, puesto que no atacaba ninguna de las instituciones fundamentales del régimen franquista, que «puede publicarse».

En 1963 aparece finalmente K. L. Reich, pero lo hace en una traducción al español firmada por el escritor Baltasar Porcel (1937-2009), si bien quienes tradujeron la obra fueron en realidad el propio Amat-Piniella, en colaboración con su amigo el médico, pintor y escritor Josep M. Cid-Prat y Porcel se limitó a hacer una corrección de estilo. Esta edición en español se publica en la colección Testimonio de Seix Barral, pero poco después ese mismo año lo hace también la edición en catalán, en este caso en el Club Editor de Joan Sales (1912-1983), cuyos procesos de producción y problemas con la programación de las obras en cartera acaso eran menos fluidos que en Seix Barral.

Estas fueron, pues, las ediciones disponibles durante muchos años, hasta que en 1995 Serrano Blanquer sacó a la luz un nuevo manuscrito íntegro que halló en un maletín que le facilitó el hijo de Amat Piniella y que difería del hasta entonces conocido, así como pasajes que tampoco figuraban en la edición publicada. Se generó entonces una cierta polémica acerca de los motivos de las diferencias entre uno y otro, básicamente entre quienes pensaban que respondían a motivos de censura y quienes pensaban que era una versión menos pulida y en un estadio en que el proceso de autocensura al que la sometió el propio autor no era aún evidente. En cualquier caso, esa fue la versión, editada por el propio Serano Blanquer, que Edicions 62 publicó en el año 2001.

Probablemente, lo más interesante que nos han dejado los análisis y cotejos de estas diferentes versiones que se han ido publicando, así como de las notas del autor y prólogos que las acompañaban, sea, de facto, un «estudio de caso» tremendo de lo que fue la autocensura durante la dictadura franquista.

Fuentes:

Joaquim Aloy i Bosch, «Les dues versions diferents de K. L. Reich», web Joaquim Amat-Piniella, escriptor i intel·lectual manresà (1913-1974).

Marta Marín-Dòmine, «K. L. Reich (1963)», Visat, núm. 16 (octubre de 2013).

Josep Massot, «Centenario de Joaquim Amat-Piniella, un catalán en Mathausen», La Vanguardia, 19 de febrero de 2013.

Josefina Sabaté, «Análisis de las variantes autógrafas en la “Nota de l’autor” de Joaquim Amat-Piniella en K. L. Reich», Represura, núm. 3 (2018), pp. 39-71.

Patria y Ausencia, ¿un nombre gachupín para una colección del exilio republicano español?

En el punto en que se encuentran ya los estudios sobre el proyecto editorial frustrado que emprendieron Max Aub (1903-1972), como director de la colección, y «la edición cuidada por Joaquín Díez-Canedo [Manteca, 1917-1999], Francisco Giner de los Ríos [Morales, 1917-1995] y Julián Calvo [Blanco, 1919-1966]», estos tres últimos con diversos grados de implicación en la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, es muy difícil hacer nuevas aportaciones. Federico Gerhardt y sobre todo Manuel Aznar Soler le han dedicado estudios que posiblemente han agotado todo lo que de esta iniciativa se pueda saber –salvo quizá las razones concretas de su fracaso–y han ofrecido interpretaciones, si bien –como todas– siempre revaluables, muy atinadas acerca de su significado y sentido.

Max Aub, Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustin Yañez y Ricardo Martínez en las oficinas del Fondo de Cultura Económica.

Juan Ramón Jiménez.

A modo de somero resumen de lo que sabemos gracias a los trabajos de Gerhardt y Aznar Soler, la idea de crear una colección destinada a publicar la obra de los intelectuales que, como consecuencia del resultado de la guerra civil, habían tenido que abandonar España venía rondándole por la cabeza a Max Aub desde principios de la década de 1940, pero fue sólo al principio de la siguiente cuando esta pudo empezar a tomar cuerpo, coincidiendo además con el momento en que, descontento con la Editorial Losada, Juan Ramón Jiménez (1881-1958) ha roto y rescindido el contrato que le vinculaba esa editorial argentina y ha empezado a publicar más con empresas mexicanas, lo que abre la posibilidad de contar con su presencia en la colección. Aub empieza a mover los hilos con la larga serie de escritores que proyecta incluir como tarde a finales de 1952 (en noviembre ya escribía a Casona pidiéndole un texto para «una colección de escritores españoles en el exilio»), y es de suponer que también en aquellas fechas, probablemente de viva voz, tantearía a quienes pensaba que podrían ocuparse de la producción y distribución de los libros (el FCE). Así, se ha fechado en los primeros meses de 1953 un documento en que menciona ya el nombre de la colección, «Patria y Ausencia», un listado con catorce obras a las que se refiere con descripciones más o menos vagas –«un libro de memorias de José Gaos», «los poemas no incluidos en la obra escogida de Miguel Hernández ahora aparecida en Madrid», «una antología de prosa contemporánea de Guillermo de Torre», etc.– y una extensísima lista de autores que, es de suponer, todavía no habían mandado nada tangible, más allá de su conformidad o compromiso (León Felipe, Josep Carner, Esteban Salazar Chapela, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Salas Viu…).

Francisco Giner de los Ríos, Ricardo Martínez, Max Aub, José Luis Martínez y Joaquín Díez-Canedo.

Mucho más preciso es el texto no muy posterior en que se especifica no sólo la periodicidad y los primeros títulos, sino algunos de los autores que le seguirán, lo que pone de manifiesto que ya se habían empezado a echar cuentas y, probablemente, a buscar proveedores:

De cada volumen se hará una tirada, en buen papel, numerada y encuadernada, al precio de $ (50 pesos) exclusivamente para los suscriptores, a quienes corresponderá siempre el mismo número, y otra, también encuadernada y numerada, en el papel de la edición general, al precio de $ 25 (pesos).

Piénsase poder entregar un volumen mensual como mínimo. Los suscriptores pagarán sus ejemplares –que tendrán de 150 a 300 páginas– a la entrega de los mismos. Baste citar los primeros títulos para darse cuenta de la importancia del intento:

Guerra en España, de Juan Ramón Jiménez

Río natural, de Emilio Prados

Hechizo de la triste marquesa, de Corpus Barga

El escritor, de Francisco Ayala

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

A continuación se añadía una lista de autores más breve que la anterior pero en la que se repetían los nombres (León Felipe, Díez Canedo, Moreno Villa, Paulino Masip…). El caso es que el Fondo, al parecer, no mostró el interés que los promotores auguraban, y además se sucedieron los problemas con la preparación del original de Juan Ramón Jiménez, retrasos que Aznar Soler resigue paso a paso mediante el epistolario entre Aub y Ayala, y pese a que a mediados de 1953 se rehízo la programación (para arrancar con Corpus Barga, Ayala, Arturo Serrano Poncela y Quiroga Pla), finalmente el proyecto quedó en agua de borrajas, aunque durante un buen tiempo Aub se negó a darse por vencido.

Enrique Díez-Canedo.

Sin embargo, también cita Aznar Soler una carta de Francisco Ayala fechada el 15 de junio de 1953 en la que pone ciertos reparos al nombre elegido para la colección: «Te diré que no me hace demasiado feliz ese título, al parecer ya definitivo, dado a la colección, pues tiene un tufo gachupín algo desagradable. ¿Qué necesidad había de que significara algo muy concreto este título?». Y el propio Aub había expresado sus dudas en la búsqueda del nombre idóneo para la colección en carta a Guillermo de Torre de finales de 1952 (el 17 de noviembre): «todavía no doy con un título para la colección que me satisfaga, pero ya saldrá».

¿De dónde procedía ese cuanto menos problemático nombre para una colección destinada a reunir a los escritores del exilio republicano de 1939? La respuesta fácil, por proximidad, es que de uno de los poemas más importantes de Joaquín Díez-Canedo (1879-1944), «El desterrado», que consta en el volumen homónimo publicado en 1940 por la Imprenta de Miguel N. Lira como cuarta entrega de los Amigos Españoles de Fábula, y que empieza del siguiente modo:

Todo lo llevas contigo,
tú, que nada tienes.
Lo que no te han de quitar
los reveses
porque es tuyo y sólo tuyo,
porque es íntimo y perenne,
y es raíz, es tallo, es hoja,
flor y fruto, aroma y jugo,
todo a la vez, para siempre.
No es recuerdo que subsiste
ni anhelo que permanece;
no es imagen que perdura,
ni ficción, ni sombra. En este
sentir tuyo y sólo tuyo,
nada se pierde:
lo pasado y lo abolido,
se halla, vivo y presente,
se hace materia en tu cuerpo,
carne en tu carne se vuelve,
carne de la carne tuya,
ser del ser que eres,
uno y todos entre tantos
que fueron, y son, y vienen,
hecho de patria y de ausencia,
tiempo eterno y hora breve,
de nativa desnudez
y adquiridos bienes.

Max Aub con una de sus hijas.

El poema parece venirle como anillo al dedo a la colección ideada por Max Aub, pero se puede ir un paso más allá y preguntarse si acaso en el verso «hecho de patria y de ausencia», de algún modo u otro, Díez-Canedo, cuyo conocimiento de la literatura española era asombrosamente enciclopédico, no estaría evocando otro poema sobre el exilio, y concretamente sobre el regreso a la patria tras una prolongada ausencia, escrito por un muy olvidado escritor decimonónico que siempre permaneció en tercera o incluso cuarta fila: Francisco Martínez de Arizala.

La información acerca de este personaje en tanto que escritor parece escasa, más allá de la peculiar apreciación que de él dejó Julio Cejador (1864-1927) en el octavo volumen de su generosamente prolija Historia de la lengua y literatura castellana (Primer periodo de la época realista [1850-1869]): «Francisco Martínez de Arizala, poeta melancólico y tierno, aunque de solos bosquejos, sin acabar sus poesías, publicó Noches perdidas, poesías, Granada, 1850». Muy probablemente sea el mismo Francisco Martínez Arizala que, según la Escala General del Cuerpo Administrativo del Ejército de enero de 1857, desde 1845 era oficial de segunda, y, a  tenor de los poemas sobre África que aparecen en este volumen, también el mismo de quien se incluye una oda titulada «Nacimiento de María» en la Corona poética a la rendición de Tetuán (Madrid, Imprenta de la calle de Peralta, 1860).

Ciertamente, en la Imprenta y Librería de Manuel Sanz, sita en el número 3 de la calle de Montería de Granada, se acabó de imprimir el referido volumen Noches perdidas de Martínez Arizala, a quien describe el historiador y escritor Antonio Pirala (1824-1903) en el prólogo, fechado ese mismo año 1850, como «joven vate».

En este volumen, aparece un poema titulado «Patria y Ausencia» cuyo pie indica «Málaga, 17 de noviembre de 1847» y en el que puede leerse:

Por fin, Patria querida,

Vuelvo a pisar tu suelo bendecido…

La esperanza perdida

Vuelva a cobrar el corazón herido.

[…]

Al través de la mar embravecida,

Al través de las nubes agrupadas,

Con tu recuerdo el alma embebecida

Mis ávidas miradas

Buscaban a las costas españolas

Entre la espuma de las crespas olas.

 

Para rematar más adelante el texto del siguiente modo:

Que tú me inspiras

Patria bendecida

Que tú eres mi consuelo y mi esperanza

Que es para ti mi vida

Y cuanto el loco pensamiento alcanza.

Con estos exiguos datos en la mano, bien podría pensarse que Francisco Martínez Arizala es uno de los poetas incluidos por Aub en su Antología traducida, pero no es el caso.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler, «Biblioteca del Exilio», Renacimiento. Revista de Literatura, núm. 27-30 (2001), pp. 8-14.

–«Exilio republicano de 1939 y patrimonio literario: De “Patria y Exilio” (1952) a la “Biblioteca del exilio”», en José Ignacio Cruz y María José Millán, eds., La Numacia errante, el exilio republicano de 1939 y patrimonio cultural, València, Biblioteca Valenciana, 2002, pp. 233-262, recogido en Manuel Aznar Soler, Los laberintos del exilio. Diecisiete estudios sobre la obra literaria de Max Aub, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos 3), 2003, pp. 93-126.

–«La frustrada colección Patria y Ausencia a través del epistolario Max Aub-Juan Ramón Jiménez», El Correo de Euclides, núm. 12 (2017), pp. 13-24.

Federico Gerhardt, «Editar (en) el exilio: Dos colecciones en diálogo “Patria y Exilio” de Max Aub y El Puente de Guillermo de Torre», en Raquel Macciuci, dir., Diálogos Transatlánticos. Memoria del II Congreso Internacional de Literatura y Cultura Española Contemporáneas, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 2003, vol. I., pp. 386-394.

 

«El público» de Federico García Lorca y su azarosa historia editorial

Resulta asombrosa la cantidad de años que pasaron entre el asesinato del artista multidisciplinar que fue Federico García Lorca (1898-1936) y el momento en que se pudo tener acceso a su obra literaria completa, si bien por el camino se publicaron compendios que se pretendían y presentaban como tales.

Federico García Lorca.

Al margen de poemas de juventud que en su día el poeta prefirió no publicar y de los textos y entrevistas que pudieran quedar dispersos en publicaciones periódicas, más interesantes parecen los casos de las obras teatrales Yerma,  La casa de Bernarda Alba (publicada en Losada en 1945 por iniciativa del editor español Guillermo de Torre y estrenada en el Teatro Avenida de Buenos Aires ese mismo año), Así que pasen cinco años y, sobre todo, El Público, cuya primera edición tardó muchos años en estar a disposición de sus lectores, si bien unos breves pasajes se habían publicado ya en junio 1933 en el tercer número de la revista Cuatro Vientos (pp. 61-78), con la indicación «De un drama en cinco actos» que durante mucho tiempo se dio por inacabado o por perdido. Es más, a partir de la correspondencia entre Dámaso Alonso y Jorge Guillén, el lorquista Antonio Monegal reconstruye un proyecto de publicación de la obra en la editorial Signo, que quedó en el aire debido a que un viaje a la Argentina impidió a Lorca llegar a firmar el contrato.

Rafael Martínez Nadal.

En la revista mexicana Residencia, Rafael Martínez Nadal (1903-2001) publicó en 1963 un importante y polémico artículo titulado «El último día de Federico García Lorca en Madrid» en el que cuenta la jornada que pasó con Lorca ante la inminencia del golpe de Estado de julio de 1936, y cómo el poeta, antes de viajar a Granada, le entregó una serie de papeles personales con instrucciones de destruirlos si le pasaba algo, y entre los que se encontraba el único manuscrito conocido de El Público, que ha sido objeto de enrevesados debates acerca de si le falta o no un cuadro. A su vez, Martínez Nadal puso en manos de un amigo el manuscrito y no lo recuperó hasta 1958, cuando se encontraba ya exiliado en Londres. Ya entonces proyectó una edición facsímil y mostró el manuscrito a la familia Lorca, en particular a su hermano Francisco García Lorca (1902-1976), pero este se opuso, al parecer con la esperanza de localizar una versión más definitiva de la obra (de cuya existencia tampoco había datos fiables).

La aparición de ese artículo en México debió de desatar todo tipo de pesquisas para publicarlo, y uno de los que se puso a ello fue el grafómano y editor Max Aub (1903-1972), que por entonces había puesto en marcha una original y espléndida revista internacional, Los Sesenta, cuyo propósito era publicar inéditos sólo de autores que hubieran cumplido cuanto menos esa edad, y entre los que se contaron a Juan Ramón Jiménez (1881-1958), León Felipe (1884-1968), Américo Castro (1885-1972), Julio Torri (1898-1970), Vicente Aleixandre (1898-1984), André Malraux (1901-1976), Ramón J. Sender (1901-1982), Rafael Alberti (1902-1999), Salvador Novo (1904-1974), Manuel Altolaguirre (1905-1959), etc.

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Lo primero que intentó Max Aub fue recabar información a través de su amigo Esteban Salazar Chapela (a quien escribe al respecto en octubre de 1964), que al igual que Martínez Nadal se encontraba exiliado en Londres, así como del propio Martínez Nadal, de quien recibe respuesta en diciembre de ese mismo año y a quien en el cuarto número de Los Sesenta publicó «Dos viñetas» acerca de Unamuno.

Arturo del Hoyo.

Salazar Chapela, después de abordar directamente el tema con Martínez Nadal, informa a Aub de que el crítico no deseaba que la obra se incluyera en las Obras completas de Lorca –que venía preparando Arturo del Hoyo (1917-2004) en Aguilar a partir de las ediciones de Losada– porque la consideraba una versión no definitiva, deficiente, y que, puesto que esa editorial tenía por contrato (desde mayo de 1952) derecho a publicar cualquier obra que saliera a la luz del escritor granadino, estaba dispuesto a esperar a que ese contrato venciera.

Sin embargo, hay testimonios también de que en los círculos literarios del exilio republicano se rumoreaba acerca de otras motivaciones, que resultan también bastante plausibles. En la entrevista que Max Aub mantuvo con Rafael Alberti mientras preparaba lo que debía ser su biografía del cineasta Luis Buñuel, le preguntó con falsa ingenuidad si él creía que El Público existía realmente, a lo que Alberti responde que él cree que si Francisco García Lorca no autoriza su publicación es simplemente porque la obra es expresión inequívoca de la homosexualidad de su hermano, razón que, en la misma entrevista, Aub da por buena.

Sin embargo, en la misma extensa carta de diciembre de 1964 ya aludida, Martínez Nadal ofrece a Aub la posibilidad de cederle un texto que está preparando sobre El Público, si puede publicarlo antes de que aparezca en Inglaterra. Según dice, este estudio exige largas y abundantes citas de la obra, lo que confía en que obligue a los hermanos de Federico, o bien a autorizar la edición íntegra del manuscrito, o bien a publicar la edición íntegra si ésta realmente existe. El caso es que cuando Martínez Nadal estuvo en disposición de mandar a México el primer capítulo de su estudio, en 1968, Los Sesenta había desaparecido.

Aun así, Aub no se había quedado de brazos cruzados al respecto, y el 30 de marzo de 1965 había escrito directamente a Francisco García Lorca para tantearlo y, además de pedirle alguna colaboración para la revista, le dice: «Supongo que es inútil preguntarte si tienes algún inédito de Federico».

Como es bien sabido, este silencio se rompió en 1970 con la publicación del libro de Martínez Nadal «El Público». Amor, teatro y caballos en la obra de Federico García Lorca, que editó lujosamente en Gran Bretaña el exiliado catalán Joan Gili i Serra (1907-1998) en sus Dolphin Books Co. (que publicaron otros facsímiles de autógrafos de García Lorca en los años siguientes, preparados también por Martínez Nadal), y apenas pasaron cuatro años antes de que se publicara en México, gracias a la editorial Joaquín Mortiz, «El Público». Amor y muerte en la obra de Federico García Lorca, que era una versión corregida, ampliada y más asequible de la edición de Doplhin.

La primera edición destinada al gran público corrió a cargo de nuevo de Martínez Nadal y se ocupó de ella Seix Barral en marzo de 1978, en la que El Público aparecía acompañada de la inacabada Comedia sin título, según se indica, con «introducción, transcripción y versión depurada por Rafael Martínez Nadal y Marie Laffranque [1921-2006]»

No obstante, mayor fortuna comercial tuvo la edición que María Clementa Millán preparó para la colección Letras Hispánicas de Cátedra, casi inmediatamente después de que la revista Cuadernos de El Público dedicara un número monográfico a esta obra lorquiana con contribuciones de Ángel García Pintado, Ian Gibson, Ángel Sahquillo, Juanjo Guerenabarrena, Rafael Martínez Nadal y la propia María Clementa Millán. Es significativo en este caso que en Cátedra se eligiera como ilustración de la cubierta un dibujo coloreado del propio García Lorca, «Hombre y joven marinero», fechado en Nueva York  entre 1929 y 1930 y perteneciente a la colección personal de Camilo José Cela, porque a Clementa Millán debemos la catalogación y estudio de buena parte de la obra gráfica lorquiana, de la cual se intercalan también algunos otros ejemplos en el interior del libro.

Dos años después se incluyó como número 32 en la Colección Teatral de Autores Españoles de la Biblioteca Antonio Machado de Teatro, y en los años sucesivos se publicó en compañía de otras obras de García Lorca, más o menos pertinentes (en 1993, por ejemplo, Derek Harris preparó como número 32 de la colección Clásicos Taurus una edición muy divulgada que incluía el Romancero gitano, Poeta en Nueva York y El Público).

Tal vez las últimas ediciones importante de esta serie sean la preparada por Miguel García Posada para su inclusión en el segundo volumen de las Obras completas de Lorca (desde luego, bastante más completas que las de Aguilar) que coeditaron Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores en 1997, y la del mencionado Antonio Monegal para Alianza en el año 2000, que pone título a la conocida hasta entonces como Comedia sin nombre: Sueño de la vida.

Fuentes:

María José Blas Ruiz, «Las obras completas de Federico García Lorca en Aguilar», Blog Antigua Editorial Aguilar, 5 de junio de 2013.

Mariano de Paco, «El teatro en las revistas de vanguardia: Los Cuatro Vientos», Monteagudo, núm. 7 (2002), pp. 115-124.

Federico García Lorca, El Público, edición de María Clementa Millán, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas 272), 1987.

Ian Gibson, «El insatisfactorio estado de la cuestión», Cuadernos de El Público, núm. 20 (enero de 1987), pp. 12-17.

Rafael Martínez Nadal, «El público»: Amor y muerte en la obra de Federico García Lorca, edición de Enrique Ortiz Aguirre, Comunidad de Madrid, 2019.

Josep Mengual, «Historia de “un maduro Litoral”: Los Sesenta», en Cecilio Alonso, coord., Max Aub y El laberinto español, Ajuntament de València, 1996, vol. 2, pp. 715-724.

Chomsky, Herman y la censura de Warner Books

El término «censura económica» es un poco resbaladizo cuando se aplica a la edición y publicación de libros, quizá debido al abuso que de él han hecho escritores que, tergiversando su sentido original y pese a la enorme cantidad de títulos que se publican cada año, no han sido capaces de encontrar ninguna editorial dispuesta a trabajar y apoyar sus textos y han encontrado en este término consuelo.

Sin embargo, quizá sin recurrir a él sea difícil calificar el caso de Counter-Revolutionary Violence: Bloodbaths in Fact and Propaganda, del economista y analista de medios de comunicación de la Warton School de la Universidad de Pensilvania Edward S. Herman (1925-2017) y el lingüista, filósofo e historiador del MIT (Massachusetts Institute of Technology) Noam Chomsky (n. 1928) y publicado con un prólogo de Richard Falk (de la Universidad de Princeton) originalmente en 1973, unos cuantos años antes de otra importante obra escrita al alimón por estos dos intelectuales pero con la que está emparentada: Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media (1988), publicada en español por la editorial Crítica, en traducción de Carme Castells, como Los guardianes de la libertad. Propaganda, comunicación y consenso en los medios de comunicación de masas.

De Counter-Revolutionary Violence hubo una fugaz edición en español ‒probablemente a partir de la traducción francesa‒ mediante las efímeras A. Q. Ediciones de Agustín de Quinto en 1976 con el título Baños de sangre, pero tanto esta empresa como la distribuidora homónima cerró por suspensión de pagos al año siguiente y su propietario desapareció dejando una estela de deudas (que El País cifró en su momento en unos sesenta millones de pesetas). No resulta del todo fácil encontrar hoy ejemplares de esa edición, profusamente ilustrada con fotografías en blanco y negro.

Quizá vale la pena detenerse sucintamente en los protagonistas del asunto Counter-Revolutionary Violence, más allá de los autores.

El editor Claude McCaleb obtuvo cierta notoriedad cuando en diciembre de 1960, estando al frente de John Willey & Sons Inc., fue contratado como editor en Bobbs-Merril Company (creada en 1938 y por entonces subsidiaria de Howard W. Sams and Company Inc.), cuando esta empresa decidió empezar a focalizarse en el libro universitario y creó en Indianápolis un equipo directivo en el que entraron, además de McCaleb (especialista en ciencias y con el cargo de executive editor), Leo Grans (de American Books), Ranald P. Hobbs y William H. Y. Hacket Jr. (procedentes de Khinehart ambos, y el segundo de ellos nombrado director) y Lucius Lamar (de Charles Scribners Son’s).

Una década más tarde,  McCaleb trabajaba como editor en Andover (Massachusetts) de Warner Modular Publications, que había empezado a crear una serie de panfletos, revistas y breves monografías acerca de los temas sociológicos, culturales y políticos más candentes destinados sobre todo a los por entonces muy inquietos estudiantes universitarios. El Watergate le llevó a ver la necesidad de explicar y divulgar qué eran y cómo actuaban las principales instituciones del país y los principales acontecimientos nacionales e internacionales mediante una colección de monografías, y en esta línea debía incluirse el libro de Hermann y Chomsky, cuya tesis principal era que Estados Unidos, en su intento por sofocar los movimientos revolucionarios en los países subdesarrollados (el libro se centra en los países del sudeste asiático), había acabado por convertirse, con la anuencia y el silencio cómplice de los grandes medios de comunicación, en el principal generador de violencia en el mundo.

Warner Modular era entonces propiedad de Warner Communications, cuyo presidente, William Sarnoff, era uno de los sobrinos de David Sarnoff (célebre pionero en la radiodifusión y uno de los primeros presidentes de RCA, Radio Corporation of America). Tras su paso por las universidades de Stanford y Harvard, William Sarnoff, sobradamente cualificado como gestor, seguía sin tener ninguna experiencia en el mundo de la edición de libros. Tras su paso como tesorero del Club Razor Blade Manufacturing Company (fabricantes de cuchillas de afeitar en Newak) entre 1955 y 1962, se había convertido ese mismo año en vicepresidente de Warner Communications ‒que en 1972 colaboraría con la campaña presidencial de Richard Nixon (1913-1994)‒, y sobre él recaía la responsabilidad de todas las operaciones que tuvieran que ver con libros.

En el verano de 1973 estaba ya en marcha una tirada de 20.000 ejemplares de Counter-Revolutionary Violence y se diseñaron una serie de anuncios publicitarios destinados a periódicos y revistas de ámbito nacional como el New York Times, la New York Review of Books, New Republic, The Nation y Saturday Review, y una copia de los mismos se le remitió a William Sarnoff, quien el 27 de agosto se apresuró a llamar a McCaleb para saber de qué iba el libro, temiéndose que fuera producto de una nueva filtración de documentos del Pentágono del tipo que había propiciado el Watergate y del que la Warner pudiera tener que avergonzarse luego. McCaleb le explicó que se trataba de un estudio llevado a cabo por reputados miembros de la comunidad academica, pero eso no tranquilizó por completo a Sarnoff, que dos horas después de su primera llamada volvía a comunicarse con el editor y pedía que le trajera esa misma noche una copia de las pruebas que se habían preparado para mandar a algunos periodistas.

Edward Herman.

McCaleb voló de inmediato a Nueva York y a la mañana siguiente dejaba en la oficina de la Warner un ejemplar para Sarnoff, que unas horas después le convocaba de urgencia en su oficina y, según palabras del editor, le soltó una violenta diatriba por considerar que el libro era «una sarta de mentiras» y «un ataque escandaloso contra ciudadanos reputados» impropio de un editor respetable, a lo que McCaleb le retó a señalar algún pasaje que pudiera sostener una denuncia por injurias o difamación. Pero ese no era el problema para Sarnoff, que había llamado ya a la imprenta para que detuvieran su trabajo (se calcula que llevaban ya impresa la mitad de la edición, de 20.000 ejemplares). Mc Caleb le recordó al vicepresidente de la Warner que, en virtud del contrato que les unía, él y su equipo tenían absoluta independencia para elegir los títulos que publicaba y que sólo debería rendir cuentas por las ventas de los libros y por la solvencia financiera de la empresa, pero Sarnoff replicó que eso no regía para los libros «que no valían nada y estaban repletos de mentiras», así que se le obligó a reimprimir el catálogo de novedades eliminando el título de Hermann y Chomsky y detener toda la operación de comunicación acerca de esta obra. De nada sirvió que McCaleb propusiera publicar un nuevo libro que contrastara y diera una visión contrapuesta a ese mismo asunto ni que advirtiera del desprestigio en el ámbito académico que una operación de esas características conllevaría para una editorial enfocada precisamente al libro universitario. Obviamente, las razones de la Warner se impusieron, pues a Sarnoff no pareció importarle lo que pudieran pensar McCaleb, sus empleados y colaboradores, los propios autores o la comunidad científica en general.

De hecho, poco después McCaleb y su equipo abandonaron el proyecto, Warner vendió la empresa a MSS Information Corporation (que no tenía servicio de distribución) y Warner Modular no tardó en desmantelarse por completo.

Mc Caleb pasó entonces una temporada conduciendo un taxi en Boston (antes de reincorporarse al negocio editorial), mientras que Sarnoff obtenía en 1975 una presidencia en Warner.

No deja de ser curioso que Warner Books no sólo se convirtiera uno de los principales editores de los libros de Richard Nixon (The Real War, Leaders y sus volúmenes de memorias), sino que además el Nixon v. Warner Communications sea el más célebre caso en que se puso en tela de juicio ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos los límites de la libertad de prensa.

Ha contado Herman que consultaron la cuestión de Counter-Revolutionary Violence ante la ACLU (American Civil Liberties Union), pero que al tratarse de una decisión empresarial (y no gubernamental) el asunto no tendría ningún recorrido en el improbable caso de que alguien se atreviera a llevarlo ante los tribunales. Así pues, ¿acaso debe considerarse este uno de los casos más célebres de censura económica? ¿O bien se entreveran lo económico y lo político y es más preciso el término censura corporativa que emplea Schivone?

Fuentes:

Robert F. Barsky, Noam Chomsky. Una vida de discrepancia, traducción de Isabel González Gallarza, Barcelona, Península (Atalaya 202), 2005.

Noam Chomsky, vídeo de la conferencia «Manufacturing Consent The Political Economy of the Mass Media», campus de Madison de la Universidad de Wisconsin, 15 de marzo de 1989.

Alan McLeod, «Noam Chomsky: The Real Election Medding Isn’t Coming from Rusia», Truth Dig, 20 junio 2019.

Michael Moore, «The Media Monopoly», The Multinational Monitor, septiembre de 1987.

Agustín Mosreal, «La censura económica», Revista de la Universidad de México, núm. 66 (2009), pp. 79-81.

Gabriel M. Schivone, «Corporate Censorship Is a Serious, and Mostly Invisible, Threat to Publishing», Electric Literature, 17 de enero de 2019, recogido también en el Pen Sydney Magazine de mayo de 2019, pp. 19-22.

Publicar contra la censura, el proyecto de Guillem Gally y Agustí Bartra

A principios de la década de 1950 empezó a gestarse una curiosa colección literaria mexicana cuyo propósito era publicar aquellos títulos de literatura catalana que la censura española hubiera prohibido con argumentos realmente insólitos y/o delirantes, y acompañarlos además del pertinente documento de Censura. Lamentablemente, tan original proyecto no llegó a tomar mucho vuelo.

Guillem Gally Grivé.

Al frente del mismo se había puesto un veterano militante de la CNT, el impresor Guillem Gally Grivé (1906-1981), que en 1952 acababa de instalarse en el Callejón de San Antonio Abad de México. En el aspecto profesional, Gally Grive se había iniciado en Barcelona en las imprentas Clarassó y Vicente Ferrer, mientras que en el político había llegado a ser secretario del Front d’Esquerres de Catalunya (equivalente al Frente Popular en el resto de España) y durante la guerra civil española combatió seis meses encuadrado en la legendaria Columna Macià-Companys. En los momentos finales de la guerra pasó a Francia, donde inició un periplo por diversas ciudades (Perpiñán, Bédarieux, París, Amberes) antes de embarcarse con destino a México, adonde llegó en abril de 1939 en compañía de sus hermanos Hèctor (1910-1978) y Humbert (1915-1989). Hasta octubre de 1942 no consiguieron reunirse con él su esposa y su hijo.

En un primer momento, Guillem Gally adquirió una pequeña imprenta dedicada a las menudencias e impresos menores en la calle Aquiles Serdán, pero no tardó en asociarse con sus dos hermanos, residentes también en México, y crear la Imprenta Grafos. Entre sus clientes se ha podido identificar, por ejemplo, a las Ediciones Sol, para las que en 1951 imprimió la obra colectiva La teoría de la vida eterna (en traducción de Roberto Guzmán y con guardas ilustradas a sangre en blanco y negro) o en 1953 Un nuevo modelo del Universo, de Piotr Ouspensky (en traducción de Horacio Flores Sánchez y profusamente ilustrado) y Los signos. Desvelaciones del lenguaje de los signos, de Pedro Astete.

Sin embargo, ya previamente (por lo menos desde 1944) habían aparecido algunos volúmenes con pie editorial de Talleres de Imprenta Grafos, como es el caso de La flota republicana de España (1944), memorias del que fuera su comisario general, Bruno Alonso (1887-1977), por entonces exiliado en México tras su paso por el tremendo campo de prisioneros argelino de Maknassy; Guerra en España, 1936 a 1939 (1947), del que fuera coronel de la República Española Jesús Pérez Salas (1892-¿?) y que previamente había estado al frente de la columna Macià-Companys, acompañado de un prólogo de quien fuera l coronel del Estado Mayor Mariano Salafranca (1878-1946), exiliado como Pérez Salas en México; o ya en 1950 Max Nettlau, el herodoto de la anarquía, de Rudolf Rocker.

Mayor importancia aún, en relación al proyecto editorial de obras prohibidas tuvo la publicación en 1946 de L’arbre de foc. Poema de l’Home. Poema de Rut, ilustrado por el pintor barcelonés exiliado en Estados Unidos Joan Junyer (1804-194) en el caso de «L’arbre de foc», y por el hijo de Victor Serge, exiliado en México, Vlady (1920-2005), en el de «Poema de l’Home», y todo ello precedido de una ilustración de cubierta del ilustrador y escritor también exiliado en México Pere Calders (1912-1994). De esta edición de autor se hizo una tirada de 240 ejemplares, los diez primeros en papel Ameca Buff y el resto sobre papel Malinche, todos ellos firmados por el autor y distribuidos en buena parte por suscripción. El interés de esta edición reside sobre todo en el hecho de establecer una relación entre poeta e impresor, cuya continuidad explicó muy atinadamente la escritora Anna Murià (1904-2002), pareja de Bartra, en relación a la desaparición de la revista Lletres, de cuya impresión debía ocuparse Gally en cuanto dejó de hacerlo el incombustible el Bartomeu Costa-Amic (1911-2002):

Entonces, otro amigo impresor, Guillem Gally, se comprometió a continuar editando la revista y a cargar con el déficit; cuando nosotros nos marchamos [de México], a finales de 1948, tenía en prensa «Rèquiem», el poema de Bartra dedicado a la muerte de su padre, que debía aparecer como suplemento de Lletres. Pero sin Bartra la distribución falló y ya no fue posible que saliera el número 11 d la revista, que ya estaba compuesto.

No obstante, el germen de la original iniciativa editorial de Guillem Gally la contó perfectamente el escritor e ilustrador Pere Calders en una carta fechada en México el 19 de julio de 1953:

La historia del nuevo intento editorial en México es la siguiente: el impresor Guillem Gally, al saber que la censura [española] había prohibido el Odisseu de [Agustí] Bartra [1908-1982], obra de intención puramente literaria, tuvo la idea de editarla adjuntando el oficio de censura, sin ningún comentario. De ahí nació el propósito de editar todas aquellas obras de publicación imposible en Cataluña, pero esencialmente las de prohibición injustificable.

Pere Calders.

El epistolario de Calders es muy rico en datos acerca de este proyecto, y en otra carta, del 25 de agosto de 1953, explica que «Gally es un impresor que ha conseguido cierta posición con su trabajo, pero está lejos de las grandes posibilidades. Su propósito consiste en impulsar la colección invirtiendo el capital inicial y resignándose a no ganar nada, o incluso a perder dinero de forma moderada.» En cualquier caso, la edición del Odisseu fue muy esmerada, de nuevo con portada de Pere Calders y en este caso con ilustraciones del escultor, cartelista y pintor Josep Maria Giménez-Botey (1911-1974), y según se indica en su colofón (traducido): «Esta primera edición de  Odisseu, de Agustí Bartra, se ha impreso bajo el cuidado y dirección de Guillem Gally, en los obradores de Impresora Galve, S. A., de donde estuvo lista el día 19 de juliol de 1953». Efectivamente, para entonces se había producido un cambio de nombre y un nuevo traslado (al callejón de San Antonio Abad), pero con este título se estrenaba la colección Fonda (honda), nombre con el que en 1929 había existido en Sabadell una colección en cuya gestación había participado, entre otros, Amadeu Aragay i Daví (1886-1965), exiliado en México.

Rafael Tasis (1906-1966).

También gracias al espléndido epistolario de Calders es posible saber que la edición, de seiscientos ejemplares, tuvo un coste de 4.576 pesos y que el precio de venta era de 15, que el 40% del precio se lo llevaba el impresor y que el resto, una vez cubiertos los costes de redacción y producción, era para el autor, así como que la distribución fue un desastre, y de ahí en buena medida que no se diera continuidad al proyecto. En junio de 1954, le escribe Calders a Rafael Tasis: «La distribución de este libro ha sido un fracaso tan grande que me temo que la empresa empezará y acabará aquí». Así pues, quedaron sólo en proyecto El riu i els inconscients, de Maria Dolors Orriols (1914-2008), que poco antes había ganado el Premi Concepció Ravell en los Jocs Florals de Montevideo con Cavalcades y el Josep Trueta en los de Londres con Reflexos, y K. L. Reich, la impresionante novela sobre los campos de concentración nazis que Joaquim Amat Piniella (1913-1974) escribió basándose en su propia experiencia en Mauthausen  y que no conseguiría publicar hasta 1963 (en el Club Editor de Joan Sales).

Con todo, la relación Bartra-Gally tuvo continuidad con la edición de un poema dedicado a Maria Companys (hermana de quien fuera presidente de la Generalitat y esposa de Hèctor Gally), «Coral a Lluís Companys per a moltes veus», acompañado de un dibujo de Joan Junyer, que salió también con pie de Galve.

Cubierta de Misioneros con boina, diseñada por Manuel Rivera.

Otras obras editadas por Galve fueron Estampas de México (1954), de la etnóloga estadounidense Doris Stone; Hágase la luz (La novela de un filósofo existencialista) (1955), de la feminista cubana Ofelia Rodríguez Acosta (1902-1975); Misioneros con boina. La vida de los españoles en América (1954), novela del exiliado español Felipe Morales (1913-1987); Personalidad de la mujer mexicana (1961), de Margarita Loreto Hernández o una carpeta con tres libros de romances del poeta mexicano José Maria Gurría Urgell (1889-1965): Romancero del recuerdo, Romancero de Veracruz, Romancero de los tres dioses (1966).

Paralelamente, la empresa fue adquiriendo algunas empresas, como Encuadernación Leal, así como editoriales preexistentes, casos de la veterana Árbol (dedicada a la pedagogía, la psicología o la medicina alternativa, pero también al teatro y la arquitectura), Concepto (en la que se publicaron clásicos tan variados como El Príncipe de Maquiavelo o el Popol Vuh) o la editorial Pax, en la que se inició como redactor y corrector de estilo Héctor Gally Companys (1942-2010) y donde publicó los libros de cuentos Diez días y otras narraciones (1963), Los restos (1966) y Cuentos a Orfeo (1967), preparó la edición y prologó 30 cuentos de autores mexicanos jóvenes (1967) y publicó la novela Fuego negro (197).

A la muerte de Guillem Gally Grivé pasó a dirigir la empresa su hijo Guillem Gally Amorós, nacido en España pero llegado de niño a México. Su hermana Elisenda, nacida en 1945 ya en México, publicó en Concepto una edición comentada de la novela Juanita la Larga, de Juan Valera.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico del exilio republicano de 1939, vol. 2 (Casanovas-Guerra), Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Anejos 30), 2016.

Pere Calders, «L’Odisseu d’Agustí Bartra», Pont Blau, 11 (setembre 1953), pp. 212-213.

Teresa Ferriz Roure, La edición catalana en México, Guadalajara (Jalisco), El Colegio de Jalisco, 1998.

Anna Murià, Crònica de la vida d´Agustí Bartra, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Anna Murià. Obres completes), 2004.

Josefina Sabaté, «Análisis de las variantes autógrafas en la “Nota de l’Autor” de Joaquim Amat-Piniella en K. L. Reich», Represura, núm 3 [nueva época] (2018), pp. 39-70.

Josep Vall, coord., L´Esquerra a Mèxic, 1941-1980, Barcelona, Fundació Josep Irla, 2016 (ed. corregida y ampliada).

 

Estrategias de la censura: el caso de Edima

En su etapa como ministro franquista, el fundador del Partido Popular Manuel Fraga Iribarne (1922-2012) dio nombre a una ley de prensa e imprenta que en un principio se supuso que suavizaría la arbitrariedad de la censura y en particular atenuaría su discrecionalidad ─«con Fraga hasta la braga», se decía entonces en relación a esa ley, sobre todo en los ambientes teatrales─, y de ahí una famosa frase del escritor vallisoletano Miguel Delibes publicada en el diario Abc del 11 de marzo de 1979:

Cuando se promulgó la ley de Fraga, un periodista me preguntó si consideraba ésta un avance respecto a la situación anterior. Mi respuesta fue la que cabría esperar: «Antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes, algo hemos ganado».

Esa misma ley es a la que tuvo que enfrentarse Jorge Herralde desde el mismo momento en que fundó Anagrama y de la cual, en el capítulo dedicado a la censura que suele incluir en los libros conmemorativos de la editorial, escribe:

En el Ministerio [de Información y Turismo] se llevaba a cabo una calculada política de secuestros reiterados [de libros] para estrangular económicamente a las editoriales de izquierda, de financiación siempre precaria. Así cayeron, a finales de los sesenta, la madrileña Ciencia Nueva o la catalana Edima, por citar dos casos paradigmáticos.

De que no hay en esta afirmación ni atisbo de exageración dejó constancia, por ejemplo, Javier Muñoz Soro en «Vigilar y censurar. La censura editorial tras la Ley de Prensa e Imprenta, 1966-1976», donde, recurriendo incluso a una conversación entre Fraga y un funcionario de su ministerio, concluye que:

…las sanciones y secuestros escondían otra intención reconocida solo en informes reservados: la de erosionar a largo plazo la base económica de las revistas o editoriales que, obligadas a destruir o rehacer los impresos, asumían «un elevado coste, incluso por encima de la cuantía de las más graves sanciones económicas previstas en la ley de prensa».

Parece evidente que ese fue el caso mencionado por Herralde de Edima (Edició de Materials), la editorial a cuyo frente se encontraban el yerno del abogado y escritor Maurici Serrahima (9102-1979) Manuel Nadal i Abella (1928-1997), que se ocupaba de la selección y contratación de textos, y el hermano menor del gran editor Josep M. Castellet (1926-2014) Eduard Castellet i Díez de Cossío (1930-2017), encargado de convertirlos en libros a punto para ser distribuidos. Sin embargo, la estrategia para acabar con Edima fue un poco más retorcida.

Resulta asombroso que esta editorial marcadamente contestataria y muy ilustrativa de un periodo muy determinando de la historia editorial española haya generado tan escasa bibliografía, pero Albert Manent le dedicó tres breves páginas en las que destaca la reconstrucción de su catálogo, formado por una veintena de títulos que se abren en 1966 con la biografía de uno de los fundadores del Frente de Liberación Nacional argelino y presidente del país entre 1963 y 1965 Ben Bella, obra del escritor francés nacido en Argel Robert Merle (1908-2004) y traducida por Maurici Serrahima, y se cierra en 1968 con Corea altra vegada, de Wilfred Burchett (1911-1983), periodista australiano célebre por haber sido el primero en entrar en Hiroshima tras el paso del Enola Gay y buen conocedor de los conflictos bélicos en el sudeste asiático. Burchett es precisamente el autor más representado en el exiguo catálogo de Edima, pues le publicaron también Vietnam, la segona resistència (1966) y Hanoi sota les bombes (1967), este último con prólogo de Bertrand Russell (1872-1970).

Sólo otro autor, el mencionado activista e historiador comunista Isaac Deutscher (1907-1967), está representado con más de una obra entre los veintidós títulos de Edima, en su caso con la muy célebre e influyente biografía Stalin, biografía política (1967), que dio el mayor volumen de la editorial (725 páginas) y que el año anterior acababa de publicar la mexicana Era en traducción de José Luis González.

Otro título muy destacado fue por ejemplo la autobiografía del activista político Malcolm X (El-Hajj Malik El-Shabazz, 1925-1965), titulada en catalán Malcolm X, el poder negre (1967), traducida por Ramon Barnils, maquetada por Argenté y Mumbrú, con un diseño de cubierta de Josep Gruañas y acompañado de apéndices de M. S. Handler, A. Haley, S. Soler, V. Soler y J.M. Brunet.

Y un ejemplo más, representativo de una modalidad editorial que hizo fortuna en España en esa época (la compilación de artículos de revista de tema común), fue El conflicte àrab-israelita (1967), otro ambicioso proyecto que recogía en 550 páginas ilustradas con mapas y fotografías en blanco y negro los artículos aparecidos en el número monográfico que dedicó al tema la revista parisina Les Temps Modernes, dividiéndolos en dos partes (la visión árabe y la visión israelí), precedidos de «Per la veritat», de Jean-Paul Sartre e «Israel, fet colonial?», de Maxime Rodinson y acompañados de siete anexos documentales, entre ellos un glosario obra de Jordi Marfà y una cronología elaborada por Santi Soler. Un proyecto sin duda caro, en el que intervinieron hasta cinco traductores (Ramon Barnils, Neus Faura, Luis López del Castillo, Coloma Leal y Josefina Niubó).

Entre los traductores de Edima destacan algunos profesionales de trayectoria tan sólida como Ramon Folch i Camarasa (1926-2019) o Ramon Barnils (1940-2001), así como, además de los ya mencionados, Miquel Muntaner, Enric Puig, Lluis Gassiot, Miquel Torras o quien luego sería uno de los redactores del Estatut d’Autonomia de Catalunya de 1978 y más tarde vicepresidente tercero del Congreso de los Diputados (por el PSC) Josep Verde i Aldea (1928-2017), que tradujo la ya aludida biografía de Stalin y el libro colectivo (el Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra o Tribunal Russell-Sartre) Judici a Estocolm (1969), con textos Simone de Beauvoir, Lázaro Cárdenas, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Bertrand Russell, Sartre, Peter Weiss, etc. y cubierta de Alejo Escutia.

Estos datos bastarán para justificar que la censura franquista, incluso a finales de los años sesenta, pusiera a Edima en su punto de mira, y además de infligirle un enorme perjuicio económico con el secuestro de libros como Documents de Cuba (1968), que se abría con un texto de José Martí e incluía la ley de Castro que justificaba la incautación de bienes estadounidenses en la isla, la puntilla se la dio al denegarle el ministerio la inscripción en el Registro de Empresas Editoriales (en marzo de 1968),así como la autorización para ejercer actividad editorial ninguna en España, lo que llevó indefectiblemente a la empresa al cierre y a la asunción de una deuda con Banca Catalana (la empresa fundada por Florenci Pujol, su hijo Jordi y Francesc Cabana) que Nadal y Castellet –quienes se negaron a aceptar la ayuda de sus colaboradores y socios– tardarían mucho tiempo en poder saldar pese a las ventajosas condiciones.

Fuentes:

Pepe Gutiérrez Álvarez, «La revolución en los libros. Una aproximación particular por el activismo editorial de los 60-70», Kaosenlared, 22 de junio de 2019.

Jorge Herralde, «La censura», última edición hasta la fecha, en Anagrama. 50 años 1969-2019, Barcelona, Anagrama (edición no venal), 2019, pp. 23-25.

Miquel López Crespí, «1965: Fanon, Che Guevara, Malcolm X, Ho Chi Minh i l’anticolonialisme mallorquí», L’Estel de Mallorca, 1 de marzo de 1997, p. 6.

Albert Manent, «Edició de Materials (1965-1968). Una editorial de combat», Els Marges, núm 88 (2009), pp. 83-85.

Javier Muñoz Soro, «Vigilar y censurar. La censura editorial tras la Ley de Prensa e Imprenta, 1966-1976», en Eduardo Ruiz Bautista, coord., Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo, Gijón, Trea, 2008, pp. 111-141.

Francisco Rojas Claros, «Poder, disidencia editorial y cambio cultural durante los años sesenta», Pasado y Memoria, núm. 5 (2006), pp. 59-60; reproducido en Represura, núm 4 (octubre de 2017), pp. 1-20.

— «La represión de la disidencia editorial. Denuncias y secuestros de libros en España durante la “era Fraga” (1966-1969)», Represura, núm 2 (2017), pp. 7-39.

Xavier Serra, «Un déficit editorial: les traduccions d’assaig en l’edició catalana contemporània», Mirmanda, núm. 2 (2007), pp. 98-106.

Tor, quizá la editorial más ruin del siglo XX

En Visto y vivido en Chile, unas de las mejores y más honestas memorias escritas por un editor, el exiliado peruano en Chile Luis Alberto Sánchez (1900-1994) reconoce que en la editorial que dirigía en los años treinta, Ercilla, se satisfacía la predilección de los lectores chilenos por las obras traducidas mediante el poco escrupuloso método de no pagar derechos de autor, cosa que al parecer, sobre todo durante la segunda guerra mundial, fue bastante generalizada. Baste recordar, por ejemplo, el caso de los derechos de Mauriac en España. Escribe Sánchez en sus memorias:

El editor peruano exiliado en Chile Luis Alberto Sánchez.

Los públicos no consumían con demasiado entusiasmo las obras nacionales de Ercilla. Preferían la universalidad. De ahí el ahínco de Ercilla por traducir y ocupar la plaza que dejaban desierta las editoriales españolas durante el forzoso receso ocasionado por la Guerra Civil, […] Las editoriales argentinas habían sido las primeras en piratear (Tor, Claridad, Anaconda, etc.), por eso atacaron a Ercilla tildándola de pirata; nadie ve la viga en el ojo propio.

Algo no acaba de cuadrar en la cronología del relato de Sánchez, pues según él la editorial chilena Ercilla empezó a regularizar esa situación a partir de 1935, cuando, como todo el mundo sabe, la guerra civil española se libró entre 1936 y 1939. Quizá le engañe la memoria; sin embargo, quizá sea justo al poner la diana sobre la editorial bonaerense Tor.

La Editorial Tor la había fundado el catalán Juan Carlos Torrendell (1895-1961) en 1916, cuando contaba apenas veinte años y una breve experiencia en la bonaerense librería La Facultad, de Juan Roldán, pero sin duda se pudo beneficiar de los conocimientos sobre el mundo editorial que tenía su padre, Joan Torrendell i Escalas (1869-1937). Este último, además de ejercer el periodismo y haber publicado ensayos como Pimpollos (1895), Clarín y su ensayo (1900) o La política catalanesca (1904), tenía una amplísima trayectoria como director y fundador de publicaciones periódicas, tanto en su Mallorca natal (La Almudaina, La Nova Palma y La Veu de Mallorca), como en Barcelona (La Catalunya) y Montevideo (Catalunya).

La editorial tomó inicialmente el apellido de su fundador, pero las dificultades para que distribuidores y libreros lo pronunciaran correctamente derivó en su abreviatura; aunque el escritor fantasma Rodolfo Bellani (1904-1984) tenía otra irónica explicación de ello: era para ahorrarse la tinta necesaria para escribir el apellido completo. Además, este no fue el único caso en que Torrendell se vio en la necesidad de recurrir a la imaginación para bautizar sus sellos. Carlos Abraham, que es quien más a fondo ha analizado el catálogo de Tor (le dedicó la monografía La editorial Tor. Medio siglo de libros populares, Buenos Aires, Tren en Movimiento, 2012), contó en una entrevista su sorpresa al descubrir que era Torrendell quien estaba detrás de muchos otros nombres:

Muchas editoriales que yo conocía resultaron ser disfraces de Tor. […] Editorial Ombú, Ediciones Argentinas Cóndor, Editorial Las Grandes Novelas, Editorial Las Grandes Obras, Editorial Luz, Ediciones Modernas, Ediciones Fémina, Ediciones Renovación, Agencia Distribuidora Argentina de Revistas y Editorial de Grandes Aventuras…[…] Rovira, que es la primera editorial fantasma de Tor, surge en los años treinta para no pagar derechos de autor de novelas de Sexton Blake y Tarzán.[…] Pero las editoriales fantasma surgen, sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial.

Aun así, no sólo los autores y sus derechohabientes fueron víctimas de las tomaduras de pelo llevadas a cabo por Tor, sino que Torrendell trasladó a Buenos Aires una repugnante práctica que, si no inventado, sí la habían popularizado los impresores y editores barceloneses Luis Tasso i Gonyalons (1817-1880) y su hijo Luis Tasso i Serra (¿?-1906) sobre cómo engañar a los traductores para conseguir traducciones sin costo alguno.

Otra de las lindezas perpetradas por Torrendell, menos dañina pero duramente criticada por el establishment editorial argentino y más específicamente por la Academia Argentina de Letras, fue, después de la crisis posterior a 1929, la instalación de una balanza en su comercio y la práctica de vender ejemplares a peso. Pocas acciones podían ser más ilustrativas de la consideración que tenía este editor hacia el libro.

En la misma dirección de reducir los costes hasta extremos increíbles que caracterizaban la gestión de Tor apunta la compra de rotativas en cuanto tiene ocasión de hacerlo y las descomunales tiradas, amplísimas, buena parte de las cuales iban destinadas a la exportación. También es Carlos Abraham quien ha establecido tres etapas bien definidas en la trayectoria de esta empresa: Una inicial de arranque en que su catálogo no muestra rasgos específicos notables (1916-1930), una segunda de producción masiva gracias a las rotativas (1930-1959) y una última centrada casi exclusivamente en la reedición del heterogéneo, vasto (y, en general, también basto) catálogo creado a lo largo de los años anteriores (1959-1971). Cabe señalar también que a partir de 1939 empezó a publicar prolijamente revistas ilustradas destinadas al público infantil y juvenil.

El editor Luis Peña Lillo (1917-2009) dejó en Los encantadores de serpientes (mundo y submundo del libro), una caracterización bastante sintética y contundente de la labor de Tor:

Pésimas ediciones, mal traducidas, terminadas donde el pliego concluía por razones técnicas y no por designio del autor, denuncian ya los vicios de la desaprensiva y gran industrialización del libro. A esta editorial no la tiene en cuenta ningún cronista, por constituir una página negra en la historia editorial, pero su existencia, no por esa omisión ha sido menos real.

En cambio, retrospectivamente el profesor Fabio Espósito intenta ver algo de positivo en estas prácticas: «Libros mal diagramados en papel de baja calidad, a un precio ínfimo, en algunos casos de 50 centavos, facilitó su gran difusión». No es fácil advertir la ventaja de que productos claramente defectuosos tengan una gran difusión y puedan ejercer su influencia sobre grandes cantidades de lectores.

Resulta llamativa la presencia en estos catálogos de algunos autores que llegarían a ser célebres, como es el caso de un jovencísimo Aldolfo Bioy Casares (1914-1999), que en 1933 publica en la colección Cometa el libro de cuentos Diecisiete disparos contra el porvenir bajo el seudónimo de Martín Sacastrú, que curiosamente incluye no diecisiete sino dieciséis cuentos, pero va precedida de una apócrifa biografía de Sacastrú que quizá deba contabilizarse como el número 17. También Jorge Luis Borges publica en Tor, en su caso la primera edición de Historia universal de la infamia, en la colección Megáfono, así como el poeta Horacio Rega Molina (1899-1957), que publicó su «Misterio dramático en tres actos y en verso» La posada del león en 1936.

Sin embargo, y pese a la un tanto insólita presencia también de Signund Freud, Adolf Hitler, Stefan Zweig o Karl Marx, son más representativos del grueso de la producción de Tor autores de literatura popular de aventuras, sentimental y detectivesca como Edgar Rice Burroughs (1875-1950), Emilio Salgari (1862-1911), Sexton Blake o la serie sobre Rocambole de Ponson du Terra (1829-1871). En más de una ocasión sucedió que estas extensísimas series narrativas concluyeron antes de que los lectores de Tor se hubieran cansado de ellas, a lo que Torrendell también encontró una solución favorable –a sus intereses–, como ha contado también Abraham:

Tras publicar Tarzán triunfante, de Edgar Rice Burroughs, en el número 119, en cuya cubierta puede leerse «Últimas aventuras del famoso Tarzán de los monos», en el 120 [en el sello Rovira] lanzó Tarzán en el Valle de la Muerte, primer Tarzán apócrifo, que figuraba como «traducido» por Alfonso Quintana Soler, pero en realidad estaba escrito por él. A este seguirían Tarzán el vengador (n. 21), Tarzán en el bosque siniestro (n. 122), Las huestes de Tarzán (n. 123), Tarzán y la diosa del mar (n. 124), Tarzán y los piratas (n. 125), Tarzán el Magnánimo (n. 126)… [y así hasta el número 170: El castigo de Tarzán]

Estas continuaciones de Tarzán y de algunos otros ciclos novelescos los escribieron dos hombres de letras que gracias a este tipo de tareas pudieron profesionalizarse, Alfonso Quintana Solé (que como secretario de redacción de la revista Atlántica había coincidido con Torrendell i Escalas) y el mencionado Rodolfo Bellani, que empleó una ingente cantidad de seudónimos. Y entre los ilustradores de la casa destaca sin duda el humorista e ilustrador catalán Lluis Macaya (1888-1953), pero tampoco en este ámbito deja de poner de manifiesto Carlos Abraham el escaso esmero que se ponía en los procesos editoriales en Tor: «En ciertas ocasiones es fácil apreciar que el ilustrador no había leído la novela que le tocaba ilustrar, guiándose solo por el título».

Se hace difícil pensar en alguna editorial menos escrupulosa en todo el siglo XX.

Fuentes:

Carlos Abraham, «Los Tarzanes apócrifos argentinos», Quinta Dimensión, 15 de agosto de 2009.

Carlos Abraham, «Semblanza de la Editorial Tor (1916-1971)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2017).

Carlos Araujo, «La editorial Tor», en el blog El Buenos Aires que se fue, 1 de septiembre de 2014.

Juan Pablo Bertazza, «Un Tornado», Página 12, suplemento Radar, 20 de agosto de 2012.

Fabio Espósito, «Buenos Aires, 1920-1940, la emergencia de un centro editorial periférico», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayo hispánico, núm. 2 (2018), pp. 38-46.

María de los Ángeles Mascioto, «Carlos Abraham, La editorial Tor: Medio siglo de libros populares» (reseña), en Orbis Tertius, vol. XIX, núm. 20 (2014), pp. 184-185.

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, prólogo de Luis Laborde y prólogo a la segunda edición del autor, Santiago de Chile, Tajamar Editores, 2004.

Carolina Tosi, «Semblanza de Juan Carlos Torrendell (1895-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (20016)