Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

Los inicios de un excelso decorador de libros, Ricard Marlet

La vinculación del artista sabadellense Ricard Marlet (1896-1976) con la letra impresa fue muy temprana, y a principios de los años veinte publica ya algunos grabados al boj en impresos modestos, como por ejemplo dos ilustraciones para unos versos satíricos de Pere Quart dedicados al tranvía (y aparecidos en las modestas Edicions No me olvides en 1920) y en abril de 1922 en la revista de la Acadèmia Catòlica Garba (1920-1922), en la que colaboraban algunos jóvenes luego vinculados en distinto grado a la llamada Colla de Sabadell, como el crítico Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), el corrector y periodista Lluis Parcerisa (1896-1989) o el pedagogo y escritor Jordi Pons (Pere Valls Garreta, 1894-1983), así como ilustraciones en numerosos menús, programas de mano y otros impresos de uso efímero. Menos claro es que sea suya la firma del grabado que aparece en la cubierta de un elegante libro impreso a dos tintas en la sabadellense imprenta Sallent y que tuvo un éxito más que notable, Gloses femenines (1914), de Miquel Poal Aragall (189-1935), como se desliza en la interesante tesis de Marc Comadran Orpi sobre el noucentisme en Sabadell; esa firma tanto podría ser «R. Marlet» como «R. Marcet» (¿Ricard Marcet i Picard?) . Se da por seguro que Ricard Marlet se inició en el grabado al boj en 1918 de la mano de Antoni Oliver (hermano del célebre poeta y dramaturgo Joan Oliver, que firmaba como Pere Quart) y se tiene el de una bailarina por su primera xilografía.

Grabado al boj fechado en 1920.

En cualquier caso, en 1924, asentado ya como poco menos que el grabador oficial de la reputada imprenta de Joan Sallent, Marlet ganó el primer premio en un concurso de carteles convocado por Faianç Català (germen de las Galeries Laietanes) y se ocupó del interesantísimo Almanach de les Arts, revelándose entonces como uno de los mejores cultivadores del grabado al boj, una técnica que gracias al impulso del noucentisme estaba viviendo un proceso de reivindicación y recuperación. Por aquel entonces, el fotograbado había convertido los procedimientos xilográficos en recursos técnicamente obsoletos, pero como ha señalado Francesc Fontbona, una exposición en 1915 de Lluís Jou en las Galeries Dalmau llamó la atención de la crítica acerca de las posibilidades artísticas del grabado al boj, y durante el Noucentisme «si alguien ponía un boj en un impreso era precisamente porque se quería dotar a ese impreso de un tono de modesta solemnidad, un aire culto, prestigioso, que al mismo tiempo resultaba popular, atávico, y esta dualidad sería la que marcó el renacimiento de la xilografía».

Sello de contracubierta.

El primero de estos dos Almanachs de las Arts, fechado en abril de 1924, se abrió a una participación muy amplia entre los artistas sabadellenses, tanto de escritores (Joan Arús, Marià Burguès, Miquel Carreras, Joan Garriga, Armand Obiols, Joan Oliver, Joan Sallarès…) y compositores musicales (Josep A. Clapés, Josep Masllovet, Mateu Rifà…) como de grabadores e ilustradores (Marià Burguès, Francesc Cassanyes, Antoni Oliver, Antoni Vila Arrufat, Gustau Vila Grapa, etc.). Salvo por la ausencia de Trabal, aparecía al completo el Grup o Colla de Sabadell, y esta apertura respondía a la voluntad de demostrar la vitalidad —en términos cuantitativos— de las letras y las artes en Sabadell. Sin embargo, en el segundo (de junio de 1925) se fue más selectivo, sobre todo en la parte gráfica (dirigida por el propio Marlet). Ambos almanaques, muy cuidadosamente editados y encuadernados con cierto empaque, se imprimieron en la ya por entonces muy prestigiosa imprenta Joan Sallent.

Es el momento en que nace la editorial La Mirada, en la que Marlet tuvo una implicación de primer orden (diseños de la maqueta, cubiertas, logo) e ilustra para esta iniciativa muchos de los libros y diversos dípticos, como por ejemplo una edición del poema de Obiols «Llegenda del pirata que esdevingué ermità» (aparecido previamente en el Diari de Sabadell en el número especial de Navidad de 1924) acompañado de «El rústic villancet» de Josep Carner (1884-1970).

También de 1925 son las xilografías de L’aire daurat. Interpretacions de poesía xinesa, del traductor, crítico y poeta Marià Manent (1898-1988), que publicaría Atenes A. G. en 1928 y de la que tiraría quinientos ejemplares numerados en papel Offset A. G. P. con los cantos dorados. En enero de ese mismo año y hasta marzo de 1927 se desarrolló la andadura de la Revista de Poesía, dirigida por Manent, con Fages de Climent como secretario de redacción y Jaume Bofill i Ferro, Anna Maria de Saavedra y Tomás Garcés entre sus redactores y en la que colaborarían Josep Carner, Carles Riba, Josep Lleonart, etc. Ricard Marlet colaboró en la ilustración de las portadas.

El tren. Paisatge de conreus, grabado fechado en 1922.

Durante esa segunda mitad de la década, Marlet se dedica con intensidad al trabajo de grabador para libros, y no sólo de La Mirada; así, ilustra por ejemplo dos libros de Josep Puig Bosch (1889-1976), conocido como el Pare Hilari d’Arenys: Les eixides (1928), prologado por Apel·les Mestres y publicado por Lluís Gili, y La vall de Núria, que incluye numerosas fotografías de J. Canals y J. Mª Guilera, publicado por la Editorial Ibérica el año siguiente.

Aun así, le queda tiempo también para integrarse en la redacción artística de la que probablemente sea la mejor revista infantil del noucentisme, Jordi (febrero-agosto de 1928), dirigida inicialmente por Melcior Font (1902-1959) —luego sustituido por el infatigable Clovis Eimeric (1882-1952)— y en la que su nombre coincide con el de los escritores Josep Carner, C[èsar] A[ugust] Jordana (1893-1958), Carles Riba (1893-1959), Armand Obiols, Carles Soldevila (1892-1967) y los artistas Lola Anglada (1896-1984), Xavier Nogués (1873-1941), E[nric] C[ristòfor] Ricart (1893-1960) y, entre otros, Josep Obiols (1894-1967), autor de la cabecera.

De los años previos a la guerra civil resultan muy interesantes las doce planchas de gran formato (19 x 13) destinadas a un Quijote proyectado por The Limited Editions Club, creado en 1929 por George Macy (1900-1956) y que contaba con John Flass (1890-1973) para el diseño de sus ediciones. Actuó como mediador de este proyecto cervantino, que debía imprimirse en la Oliva de Vilanova, el poeta Marià Manent, que lo encargó inicialmente a E.C. Ricart. Se celebró incluso una reunión en mayo de 1931 con Macy en el Hotel Ritz de Barcelona en el que se le ofrecieron mil dólares por una cuarentena aproximada de grabados. Por entonces Ricart estaba inmerso en la creación de lo que sería la edición de Gili de La vida es sueño y del Poema de Nadal de Josep Maria de Sagarra que publicaría en 1931 la Llibreria Catalònia, pero aun así aceptó el encargo. Por motivos no del todo claros, los hermanos Vilanova encargaron el trabajo (36 grabados) a Ricard Marlet, que ese mismo año entregaba doce grabados correspondientes a nueve capítulos del primer volumen, dos del segundo y el frontispicio. Así las cosas, se pensó en una edición con grabados de ambos artistas, pero Marlet se sintió traicionado porque nada sabía de esos tratos y acabó demandando judicialmente a la Oliva, lo que obligó a los impresores a prescindir de sus obras y encargar a toda prisa a E.C. Ricart más grabados (la edición acabó saliendo sólo con obras suyas, veintinueve, en agosto de 1933), quien por esta obra fue objeto de más de una acusación de plagio.

Ilustración para el calendario publicitario de 1927 de la Impremta Sallent (en ocasiones se ha atribuido, erróneamente, a Josep Obiols).

Con la llegada de la guerra (durante la que diseñó por ejemplo el papel moneda de Sabadell) y el consecuente traslado de Marlet a la cercana Matadepera, se inicia una nueva etapa en la trayectoria del polifacético artista, que vale la pena tratar con un mínimo detenimiento.

Fuentes:

AA.VV., Ricard Marlet. Exposició del centenari (1896-1996), Museu d’Art de Sabadell-Fundació Caixa de Sabadell, 1996.

Anton Carbonell, «La Colla de Sabadell: “La qüestió es no estar mai parat»», Visat. 29 (febrer 2020), pp. 18-24.

Una de las ilustraciones de Marlet para el Almanach de 1925.

Marc Comadran Orpi, El procés d’expansió del noucentisme cap a les «segones ciutats». El cas de Sabadell (1910-1923), tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2004.

Ana Fernández, «Ricard Marlet. Un centenari que ha valgut la pena», Quadern de les Idees, les Arts i les Lletres, núm. 107 (1996), pp. 316-317.

Montse Frisach, «Papers que parlen.70 anys d’història de Sabadell a través de la impremta Sallent», El Temps, 15 de enero de 2022.

Jaume Mercadé i Vergés, «Ricard Marlet i Saret (Sabadell, 1896- Matadepera 1976», Quadern de les Idees, les Arts i les Lletres, núm. 104 (febrero de 1996), p. 159.

Ferran Sanz Lou, La projecció internacional d’Enric Cristòfor Ricart com a gravador, Vilanova i la Geltrú, Fundació Privada del Foment Vilanoví (Colección Garivaldina 1), 2010.

Antoni Trallero i Alòs, «Algunes consideracions a l’entorn dels “Goigs en honra dels nassos més respectables de Sabadell» Arraona: revista d’història, núm 14 (1982), pp. 30-34

La editorial de Daniel Cortezo como factor determinante en el proceso creativo de «La Regenta»

De 1885 es la primera edición de La dama joven, de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), en un volumen prologado por la propia autora (fechado el 5 de septiembre de 1884 en La Coruña) y que incluye los relatos «La dama joven», «Bucólica», «Nieto del Cid», «El indulto», «Fuego a bordo», «El rizo del Nazareno», «La Borgoñona», «Primer amor», «Un diplomático», «Sic transit…», «El premio gordo», «Una pasión», «El príncipe Amado» y «La gallega».

Emilia Pardo Bazán.

Con dibujos de M[anuel] Obiols Delgado grabados por Thomás, e incluida en la muy prestigiosa colección Biblioteca de Artes y Letras, se trata del primer libro que publicó a Pardo Bazán el Establecimiento Tipográfico-Editorial de Daniel Cortezo y C.ª (con sede en el número 95 de la calle Ausiàs March de Barcelona), apenas un año después de la muy polémica La cuestión palpitante (impresa en Madrid a cargo de Victorino Sainz), que llevaba un prólogo de Leopoldo Alas (1852-1901).

A continuación, fue también la empresa de Daniel Cortezo la que se ocupó de las primeras ediciones de los libros de Pardo Bazán Los pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos (1886) y La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa (1887), lo que bastaría para que Daniel Cortezo ocupara un lugar de honor entre los editores decimonónicos, y en particular entre los impulsores del naturalismo.

Leopoldo Alas.

Sin embargo, el nombre de Cortezo suele aparecer asociado a otra edición tanto o más importante en este sentido, un poco anterior a esta, y que, como consecuencia del atropellado proceso editorial, fue sospechosa de haber sido pirateada, la de La Regenta (1884), de Leopoldo Alas, Clarín. En refuerzo de esta hipótesis de piratería se evocó por ejemplo una carta del escritor asturiano Armando Palacio Valdés (1853-1938) a Clarín de 1888 en la que le advertía que tuviera mucho cuidado porque, pese a que hacía ya tiempo que se había agotado la primera edición de La Regenta (al margen de una seriada en La Publicitat), Cortezo no la había reimpreso.

Josep Yxart.

La edición corrió a cargo de quien desde mediados de 1883 era el director literario de la colección, el prestigioso ensayista, traductor y crítico literario Josep Yxart (1852-1895). Fue Santos Sanz Villanueva quien advirtió ciertas diferencias entre ejemplares distintos del primer volumen de lo que parecía la primera edición del primer volumen, lo que puso sobre la mesa la posibilidad de que alguien (¿el propio Cortezo?) hubiera llevado a cabo una edición no autorizada por el autor. Se daba el caso de que términos que en unos ejemplares aparecían en cursiva, en otros aparecían en redonda; en algunos ejemplares se sustituían algunas palabras por sinónimos; en algunos pasajes se insertaban breves añadidos… Sin embargo, el caso tenía una explicación más simple que la sospecha de piratería, y José Luis Gómez la clarificó con detenimiento en su prólogo a la edición de La Regenta en la editorial Crítica (2006): resultó que estaba estrechamente vinculada al proceso creativo. Como se explica en el mencionado prólogo, la fe de erratas que se incluyó en el segundo volumen ya daba alguna pista, pues indica explícitamente que se trata de «erratas de algunos ejemplares del primer tomo», y que el propio Clarín cuantificó en 130. José Luis Gómez llevó un paso más allá el cotejo e identificó los siete pliegos en los que aparecían estas erratas, que en ningún caso afectaban ni a los doce primeros pliegos ni a los once últimos, así como el cambio de papel (de papel con pasta mecánica a papel con pasta química) a partir del pliego 23 y que fue el que se empleó también luego en el segundo volumen.

La muy convincente hipótesis de José Luis Gómez es que Cortezo, a la vista de las expectativas que estaba generando la obra, ampliara la edición inicialmente prevista y agotara el papel del que disponía (con pasta mecánica), de modo que gastó el papel con el que había previsto toda la obra para imprimir solo los doce primeros pliegos, y el resto (incluido el segundo volumen) lo hizo con papel de pasta química. Las galeradas corregidas por el autor llegaron cuando ya se estaban imprimiendo esos pliegos, de modo que se incorporaron las correcciones a pie de imprenta, pero hubo algunos pliegos sobre los que ya no hubo ocasión de intervenir.

Cubierta de la primera edición.

Aún añade José Luis Gómez otro detalle que refuerza su fundamentadísima explicación: Si bien el único dibujante acreditado es Joan Llimona (1860-1926) y Enrique Gómez Polo (1841-1911) como grabador, a partir del capítulo XXVI del segundo tomo las ilustraciones son de Francisco Gómez-Soler (c. 1860-1899). En el aspecto gráfico, lo que más juego ha dado ha sido el aún inexplicado satisfactoriamente contraste entre el boceto de la cubierta y el acabado final, pues si bien en el boceto original de Llimona (a lápiz y coloreado con guache sobre papel, y unas medidas de 21 x 13,5) aparece un personaje inequívocamente mefistotélico cubriéndose el pelo, en el resultado final se muestra lo que podría ser un trovador que muy poco tiene ver, ni metafóricamente, con el contenido de la novela. Al parecer, el responsable de la versión última fue Francesc Jorba Curtils (1850-¿?), reputado dibujante especializado en crear planchas matrices para encuadernación industrial y colaborador habitual de Cortezo en la Biblioteca Artes y Letras, pero sigue siendo un enigma el motivo del cambio, que en cualquier caso orientó (o desorientó) algunas de las experiencias lectoras iniciales creando unas expectativas anacrónicas y absurdas. El cambio de dibujante, por otra parte, probablemente se debiera a la imposibilidad de Llimona de hacerse cargo de esta labor con la premura requerida.

Boceto de la cubierta.

Es bien sabido que el plan inicial de Cortezo, y también de Clarín, era publicar la novela en un solo volumen, pero en el momento que se llegó a ese acuerdo existía un pequeño inconveniente: la novela aún no estaba concluida. Así, pues, en cuanto tuvo escrito el material correspondiente a un volumen (en otoño de 1884) se decidió empezar a confeccionar un libro con lo que Clarín llevaba escrito (que cuantitativamente era lo estipulado, pero apenas era la mitad del proyecto narrativo), en lo que Sergio Beser (1934-2010) describió como «imposición de la editorial, y en contra de su voluntad [la de Clarín]». Se justifica así, además, que en carta no fechada de entre abril y julio de 1884 escribiera a Pérez Galdós acerca de «una novela, vendida ya (pero no cobrada)». Mientras tanto, el autor proseguía la escritura (y en diciembre corregía pruebas del primer volumen, sin abandonar tampoco su labor como crítico literario). Ese primer tomo empezó a circular aún en 1884, pero no se comercializó hasta enero de 1885. En mayo se ese año, Clarín concluye el segundo volumen, que se había ido editando en paralelo a la escritura y aparecería en julio de 1885.

Con motivo de la publicación de este segundo volumen, coincidente con la de las Obras escogidas de José Cadalso, el director de la Revista Contemporánea (1875-1907), R. Álvarez Sereix (1855-1946), destacaba implícitamente el papel que desempeñaba Cortezo en la publicación de los grandes nombres del realismo literario español: «No cabe duda que preside gran acierto a la elección de obras que hace la empresa editorial de D. Daniel Cortezo, y, por ende, de que verá premiados ésta sus afanes con el favor del público.»,  

Volviendo a esta división en dos tomos, impuesta o no por la editorial, tuvo varias consecuencias. En el terreno de la economía personal del autor, escribía Clarín al poeta en bable Pepín Quevedo (José Fernández Quevedo, 1849-1911), en carta fechada 21 de marzo de 1985, que le «han dado once mil reales, que es poco para dos tomos, pero algo para uno, que era lo que me habían pedido». Las consecuencias en la recepción crítica y de ventas de la obra ha sido muy estudiada, pues el lector decimonónico podía estar acostumbrado a seguir novelas seriadas en folletines, pero menos a esperar seis meses entre el inicio de una novela y su continuación, y más cuando el primero se destinaba sobre todo a recrear los ambientes, presentar a los personajes y plantear apenas el conflicto. Aun así, el pormenorizado estudio de José Luis Gómez le permite deducir que la primera edición debió ser de diez mil ejemplares, «tiraje muy elevado para la época, pero no excepcional», por lo que parece evidente que el éxito fue más que notable desde el primer momento y la primera parte de la novela tuvo una buenísima acogida. Con todo, el mayor interés está en las consecuencias propiamente literarias de esta división.

Desaparecidos al parecer tanto el manuscrito como las pruebas de imprenta, basta el distinto tempo narrativo de la segunda parte, sobre todo en su final, para aventurar que Clarín se esforzó en contenerse y ajustarse a la extensión de un segundo volumen similar al primero (y aún así el primero tenía 528 páginas y el segundo 592), con lo que nos encontraríamos ante un caso en que los procesos editoriales ‒¿«imposición de la editorial»?‒ se convirtieron en un factor determinante para que una de las novelas españolas más importantes del siglo XIX tuviera el ritmo (descompensado) y la forma que tuvo ya para siempre.

Fuentes:

R. Álvarez Sereix,  «Variedades. Publicaciones.», Revista Contemporánea, (julio-agosto 1885) vol. 58, pp. 82-90.

Sergio Beser, ed., Clarín y «La Regenta», Barcelona, Ariel, 1982.

José Luis Gómez, «El texto», en Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta, edición de José Luis Gómez, anotación y revisión de Rebeca Martín y con un estudio de Sergio Beser, Barcelona, Crítica (Clásicos Universales 10), 2006)

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Ángeles Quesada Novás, «La Regenta (1885) de Leopoldo Alas, Clarín. Ilustraciones de Juan Llimona y F. Gómez Soler», en AA. VV., Literatura e Imagen. La Biblioteca Artes y Letras, Santander, Ediciones de la Universidad de Cantabria, 2012, pp. 133-154.

María José Tintoré, «La Regenta» de Clarín y la crítica de su tiempo, prólogo de Antonio Vilanova, Barcelona, Editorial Lumen (Palabra Crítica 1), 1987.

«El secreto» de Sender, un arsenal de armas oculto en una imprenta

De pasada y como quien no quiere la cosa, en la biografía que de Albert Camus escribió Olivier Todd y publicó en español Tusquets en 1997 se menciona que participó en el montaje teatral de «algunas piececillas en las fiestas organizadas en diciembre de 1936 en los suburbios de Argel por la publicación [comunista] La lutte sociale, así como una obra realista de Ramón J. Sender, El secreto». La puesta en escena de la obra senderiana se produjo concretamente el día 6 del mencionado mes y corrió a cargo del Théatre du Travail, que previamente había estrenado clandestinamente fragmentos de la obra colectiva Révolte dans les Asturies (también de tema español y prohibida por las autoridades) y  cuyo repertorio se nutrió luego de textos de Esquilo (525 a. C.-456 a. C.), Gorki (1868-1936), Georges Courteline (1858-1929) y Malraux (1901-1976), entre otros.

Aunque con cierta periodicidad siempre hay quien reivindica puntos de interés en el teatro de Sender, lo cierto es que su abrumadora ‒cualitativa y cuantitativamente‒ obra narrativa ha sepultado unos cuantos textos de Sender que no puede decirse que sean tampoco fácilmente accesibles. De 2001 es la edición que Jesús Vived Mairal (1932-2018) hizo de una de las obras más conocida de Sender, La llave, que publicó el Centro de Estudios Senderianos, pero muchas otras obras no pudieron leerse más o menos fácilmente hasta la edición en 2015 del Teatro completo publicado en la colección Larumbe, en edición de Manuel Aznar Soler, quien la acompaña además de una muy completa y rigurosa introducción.

Ya en 2001 Aznar Soler había dedicado un esclarecedor análisis a «La literatura dramática de Ramón J. Sender: de El secreto (1935) a Comedia del diantre (1969)» en el que concluía acerca de El secreto que «reúne en su concisión esquemática y en su planteamiento directo de la lucha de clases, todas las características (“obras teatrales un un acto, de acción rápida y contenido ideológico de clase”, en palabras de la revista Octubre) que, según la estética marxista, debían singularizar al teatro revolucionario de agitación y propaganda». .En cuanto a la acción, transcurre a principios de los años veinte en una comisaría barcelonesa, donde dos sindicalistas son interrogados para averiguar dónde se oculta una imprenta clandestina, que en realidad, pero la policía lo ignora, no es sino un arsenal preparado para activar una huelga.

La edición prínceps de El secreto apareció en la primera etapa de la revista creada en Valencia por Josep Renau Nueva Cultura (en el quinto número, fechado en junio-julio de 1935 y entre las páginas 10-13) tras el título «Teatro revolucionario: El secreto: Drama social en un acto». Ese mismo año las modestas Ediciones Tensor de Madrid, surgidas de la efímera revista homónima creada en agosto por el propio Sender, publicaban ya una edición suelta de esta obra de dieciséis páginas encuadernadas con cubiertas de cartulina y en un formato de 18,5 x 12 cms. La revista declaraba como sede el número 43 de la calle Menéndez Pelayo, que era el domicilio de Sender, y Pi Margall, 9, correspondiente a Yagües Editor, que no era otro que José María Yagües (hermano del tipógrafo Carlos) y donde el año anterior Sender había publicado Proclamación de la sonrisa y La noche de las cien cabezas; tanto estos libros como la revista las imprimió el por entonces activísimo Juan Pueyo (con sede en la calle Luna, 29).

Según declara, si las cosas iban bien Tensor tenía el propósito de publicar algunas obras breves, pero el caso es que solo apareció la de Sender, si bien el tercer número de la revista publicó la novela colectiva La historia de un día de la vida española, entre cuyos autores se ha identificado a Joaquín Arderius (1885-1969), César Arconada (1898-1964), María Teresa León (1903-1988), José Herera Petere (1909-1977) e Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003), entre otros, además del propio Sender. A saber por qué esta peculiar obra colectiva no se convirtió en el segundo volumen de Ediciones Tensor.

Melià y Cibrián.

A finales de ese mismo año 1935 ya se avanzó en prensa la noticia de que Benito Cibrián (1890-1974) estaba preparando el estreno de El secreto, pero lo cierto es que este no se produjo hasta mayo del año siguiente, en el madrileño Teatro Cervantes, y luego la compañía de Cibrián y Pepita Melià (1893-1990) la presentó también en Albacete y Alicante. Además, aún en 1936, se representó en el Monumental Cinema de Zaragoza, en el Teatro Robledo de Gijón, en el Teatro Pereda de Santander (junto con El bazar de la providencia de Alberti y Crimen, de Arderíus), en el Teatro Popular que dirigía Luis Mussot (1896-1980) (con fragmentos de La vida es sueño y Fuenteovejuna, un montaje de El Gil Gil de Alberti y ¡No pasarán! de Mussot), que se añadían al ya mencionado montaje del Théatre du Travail en Argel. Probablemente, el envejecimiento de los repertorios de las compañías hasta entonces en activo y la escasez de obras adecuadas para tiempos de guerra y revolución como los iniciados en julio de 1936 favorecieron esta presencia en los escenarios de El secreto en esos años.

Fue precisamente el arranque de la guerra civil lo que hizo imposible la publicación de un volumen del que había hablado Sender en el vespertino Claridad (el 3 de julio), Cinco peripecias para la escena, que debía incluir cinco obras teatrales breves y de carácter revolucionario: El Cristo, El sumario, La llave, El duelo y El secreto, de las que hasta el momento solo conocemos la tercera (hallada por Vived Mairal en el Archivo General de la Administración Civil del Estado) y El secreto. El propio Sender daba los manuscritos de las cuatro primeras por perdidos como consecuencia de la guerra, aunque constan los estrenos de alguna de ellas.

Sin embargo, en 1937 aparecen dos nuevas ediciones de El secreto: una muy poco estudiada (sin apenas datos de lugar ni fecha de impresión) en el ámbito de la LXIII Brigada, cuyo grupo teatral de la III División la puso en escena en septiembre junto con La real gana, de Carlos Arniches (1866-1943), de la que incluso se ha mencionado a menudo como fecha de impresión 1936 sin que sea fácil desmentirlo. Previamente, en junio de 1937, también el grupo del II Batallón de la 67 Brigada la había montado.

En Barcelona, esta obra senderiana la había dado a conocer en escena el Grup de l’Ateneu Republicà de Gràcia en el Orfeó Gracienc, pero en 1937 se anunció para el 18 una representación a cargo del grupo Teatre del Poble en el marco de un festival de teatro antifascista (junto con La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde) y el 23 de ese mismo mes puso colofón a un mitin en el que intervinieron Enrique Crusat, Salvador Roca, José Bobet, Caridad Mercader y Manuel Culebra (es decir, Manuel Andújar).

La otra edición de 1937 es la traducción al catalán a cargo del escritor y crítico teatral Manuel Valldeperes (1902-1970), que se títuló El secret. Drama social en un acte como número 110 de la legendaria Col·lecció Teatral y acompañada de La cartera, de Mirbeau, en versión de Carles Costa, cuya fecha de final de impresión indica el 1 de febrero. No eran habituales en esta colección que venía publicando desde 1932 la Editorial Millà la publicación de traducciones, si bien habían aparecido  L’home i les armes, de Bernard Shaw, en 1934, Nostra Natatxa, de Alejandro Casona, en 1936, y ese 1937 aparecería también Alberg de nit, de Gorki.

Tanto esta colección como la que la misma editorial destinaba al Teatre d’Infants las imprimió durante la guerra la Tipografia Lluís Guia, una muy meritoria pero poco conocida empresa ubicada en la calle Villarroel que a finales de 1938 llegó incluso a actuar como editora de una pequeña tirada (200 ejemplares) del interesantísimo volumen La porta oberta, de Carles Pi i Sunyer (1888-1971), con ilustraciones de Josep Narro (1902-1994), como  «Lluís Guia, impresor», y de cuyas prensas saldrían también durante la guerra algunos de los títulos de las editoriales Barcino y Bosch, así como los números de esos meses de los Quaderns Literaris de Josep Janés i Olivé (1913-1959).

Hasta 1969 no volvería a publicarse en España un libro de teatro senderiano, Comedia del diantre y otras dos, en Destino (Áncora y Delfín 330), que incluía Los Antofagastas y Donde crece la marihuana. De la primera había aparecido una versión apenas distinta en la colección mexicana Los Presentes de Ediciones de Andrea, en 1958, con el título El diantre: tragicomedia para el cine según un cuento de Andreiev, mientras que Donde crece la marihuana se había publicado seriada en los números 362, 363 y 364 (correspondientes al 28 de enero y 11 y 25 de febrero de 1967) de la revista madrileña La Estafeta Literaria (apareció luego en volumen, en Escelicer, en 1973).

El eminente senderiano Francisco Carrasquer (1915-2012) escribió sobre las obras incluidas en ese volumen includio en Áncora y Delfín en 1969: «A veces me inclino a creer que son estas obras más para leerlas que para representarlas. Pero no estoy muy seguro, porque del teatro de Valle-Inclán se había dicho lo mismo»…

Ramón J. Sender.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler, «La literatura dramática de Ramón J. Sender: de El secreto (1935) a Comedia del diantre (1969)», en José Domingo Duelas Lorente, ed., Sender y su tiempo. Crónica de un sigloe. Actas del II Congreso sobre Ramón J. Sender, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp.

Luis A. Esteve Juárez, «Manuel Culebra (Manuel Andújar) sobre Ramón J. Sender: tres artículos juveniles (1936-1938)», Alazet, núm. 30 (2018), pp. 219-237.

Irene González Escudero, «El secreto de Ramón J. Sender: Una puesta en escena para la renovación del teatro español de principios del siglo XX», Alazet, núm. 26 (2014), pp. 259-287.

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil espanyola. Assaig d’història i documents, Barcelona Publicacions de l’Institut del Teatre- Edicions 62 (Monografies de Teatre 8), 1978.

Ramón J. Sender, La llave (Drama en un acto), edición y estudio introductorio de Jesús Vived Mairal, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001.

Olivier Todd, Albert Camus. Una vida, traducción de Mauro Armiño, Barcelona, Tusquets, 1997.

Ramón J. Sender, Teatro completo, edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2015.

Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma, 2002.

Sucinta historia editorial de un poema de Neruda

Pablo Neruda.

En la Biblioteca Nacional de Chile se conserva la copia de un poema bastante asombroso de Pablo Neruda (1904-1973) dedicado a su enemigo íntimo y también enorme escritor chileno Vicente Huidobro (1893-1948), «Aquí estoy». Al parecer, la enemistad tuvo su origen en las acusaciones de plagiario de Neruda, en particular por las evidentes semejanzas entre diversas piezas incluidas en Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) y algunos de los poemas de Tagore que desde 1914 había ido traduciendo Zenobia Camprubí (1887-1956), entre los que era muy evidente el parecido en entre el 16 de Veinte poemas y el 30 de El jardinero (tanto es así, que a partir de la tercera edición apareció con el añadido «paráfrasis de R. Tagore»). Ya en un 1935, la revista Vital (dirigida por Huidobro), publicó un no por documentado menos interesado y vitriólico resumen de los acontecimientos que habían llevado la enemistad hasta ese punto.

Cubierta de la edición parisina.

En cuanto al mencionado documento, según la esmerada descripción del archivo se trata de cinco hojas de 25 x 18 que contienen doscientos cincuenta versos mecanografiados con cinta negra y morada e indicaciones a lápiz azul, y está fechado en España en agosto 1935.

Al parecer, el texto empezó a circular como anónimo (cosa lógica dada la condición de diplomático de Neruda), aunque no tardaron los lectores un poco avezados en atribuírselo a quien hacía apenas unos meses había triunfado con la edición en dos volúmenes de Residencia en la tierra (1935). La inaudita violencia verbal de ese extenso poema parece haber sido uno de los argumentos de peso para que no se publicara, ni siquiera en alguna revista de poca monta, pero, como explica quien quizá mejor lo ha estudiado, el profesor René de Costa, sí se colaron algunos versos de este poema en una conferencia que dio en la Universidad de Chile y en la sociedad Amigos del Arte el también poeta Arturo Aldunate Phillips (1902-1985), quien empleó los menos duros y explícitos de ellos como ejemplo de la «originalidad y firmeza» de Neruda, así como de «la honradez de su masculinidad poética» [sic], si bien ya advertía que su carácter difamatorio los hacía a todas luces impublicables en su integridad.

Cubiertas de la edición española, en Cruz y Raya, de Residencia en la tierra.

Esta conferencia fue publicada ese mismo año por Nascimento con el título El nuevo arte poético y Pablo Neruda. Apuntes de una charla dada en la universidad, pero ya antes se había dado a conocer a través, entre otros, de un artículo de Gabriela Huneeus en el periódico El Mercurio (5 de julio de 1936).

El mencionado René de Costa halló una copia de 1954 impresa sobre papel del siglo XVII cuyo colofón se iniciaba del siguiente modo: «La presente copia, efectuada por Fernando Rivera Zavala, fue transcrita de otra, facilitada por José María Souvirón, a quien un amigo del poeta se la remitió», lo que viene a confirmar, por lo menos, que el poema estuvo circulando profusamente durante muchos años por España.

Sin embargo, más interesante es sin duda una edición que se presenta como impresa en París en 1938 —es decir, durante la guerra civil española— por «amigos del autor» (que no estaría mal saber quiénes fueron). Se trata de una carpeta con cuatro pliegos que completan veinticinco páginas impresas, del que según el bibliógrafo nerudiano Horacio Jorge Becco se hizo una tirada de unos trescientos ejemplares, y que va acompañado de una viñeta del pintor Ramón Gaya (1910-2005). Además, fecha el poema con mayor precisión: Barcelona, 1935.

Si bien el propio Costa puso inicialmente en duda la veracidad de ese colofón y lo atribuyó a una edición pirata mucho más moderna, posteriormente matizó esas sospechas, y parece más bien que esa fue, efectivamente, la primera edición del tan combativo poema, que marca un mojón en la enemistad entre los dos poetas chilenos y universales, como no es de extrañar si se lee ni que sea superficialmente.

CABRONES
Hijos de puta.
Hoy ni mañana
ni jamás acabaréis conmigo.
Tengo lleno de pétalos los testículos
tengo lleno de pájaros el pelo,
tengo poesía y vapores,
cementerios y casas,
gente que se ahoga,
incendios en mis veinte poemas,
en mis semanas y en mis caballerías,
y me cago en la puta que os mal parió,
derrocas, patíbulos,
Vidobros,
y aunque escribáis en francés con el retrato de Picasso en las verijas
y aunque muy a menudo robéis espejos y llevéis a la venta el retrato de vuestras [hermanas,
a mí no me alcanzáis ni con anónimos,
ni con saliva…

Portada de la edición de Altazor en la CIAP.

Desde luego, por su crudeza e intensidad demoledora, Neruda se sitúa aquí más cerca de los poemas de maldecir que de los de escarnio, si bien tampoco las alusiones o sobreentendidos que tal vez solo quienes pertenecían a los círculos literarios de la época pudieron interpretar adecuadamente, lo acerca a esta segunda modalidad poético-bélica. Para entender mejor la alusión a Picasso, por ejemplo, resulta útil recordar que la edición española de Altazor la publicó la CIAP (Compañía Ibero Americana de Publicaciones) acompañada de un retrato de Huidobro realizado por Pablo Picasso (1881-1973), y que ésta se incluyó también en la edición chilena, numerada, de Cruz del Sur en 1949, por lo que los lectores de poesía podían entender perfectamente a qué se refería Neruda.

El caso es que esa edición parisina de Aquí estoy, por un lado, explicita por primera vez la autoría del poema, pero por otra parte mantiene en el anonimato tanto a los editores como al impresor, si hacemos caso del colofón, y no parece (o no me consta) que hayan salido a la luz muchos documentos más a los que agarrarse para esclarecerlo por completo. De todos modos, esta edición tuvo el valor de fijar el texto, porque es evidente que, de copia en copia, lógicamente tuvieron que multiplicarse las alteraciones (intencionadas o no) y las variantes entre las diferentes versiones, lo que sin duda sería un festín delirante para el intrépido filólogo que consiguiera reunir una buena cantidad de copias, cotejarlas e intentar atribuir inequívocamente la autoría de esas variantes.

El poema en cuestión no volvió a publicarse en volumen hasta 2001, cuando Hernán Loyola lo incluyó en la edición de Galaxia Gutenberg de las Obras completas de Neruda, en el tomo titulado Nerudiana dispersa I.

Vicente Huidobro.

Fuentes:

René de Costa, «Sobre Huidobro y Neruda», Revista Iberoamericana, núm. 106-107 (enero-junio de 1979), pp. 379-386.

Renée de Costa, «El Neruda de Huidobro», en Ángel Flores, comp., Nuevas aproximaciones a Pablo Neruda, Fondo de Cultura Económica, 1973, pp. 273-279.

Fernando Lizama Murphy, «Los plagios de Pablo Neruda», blog personal, mayo de 2017.

Olvido Rius, «Huidobro, Neruda, de Rokha: enemigos íntimos», Drugstore, 24 de febrero de 2015.

Una broma rara: la falsa atribución de un libro durante guerra civil

José M. Camps (1916-1975)

Hasta de 1998 no se estrenó en España, por iniciativa de César Oliva, la intensa obra del barcelonés Josep M. Camps Víznar o Muerte de un poeta, después de haberla publicado en su etapa de exilio en México (en 1960) y estrenarse durante la continuación de su exilio en lo que por entonces era la República Democrática Alemana (en 1963). Hacía años que el retraso en este estreno en su tierra no podía achacarse ya a la censura franquista, sino más bien a la desmemoria o la desidia hacia quien en 1973 había obtenido el galardón más prestigioso que se concedía en España a una obra dramática (con la no menos intensa y crítica El Edicto de Gracia).

Romances del combatiente.

Como fácilmente se deduce del título, la muerte en cuestión es la del poeta y dramaturgo Federico García Lorca (1898-1936), y en la obra tiene un papel fundamental un militar que, curiosamente, figura en la cubierta de uno de los libros más extraños y asombrosos publicados durante la guerra civil española, Los versos del combatiente, cuyo título puede evocar los Romances de un combatiente que Leopoldo de Luis (Leopoldo Urrutia de Luis, 1918-2005) firmó como Leopoldo Urrutia, publicaron las Ediciones Soldado del Pueblo en Gandía en 1937 y cuyos beneficios se destinaron al Socorro Rojo Internacional y a Solidaridad Internacional Antifascista. Es decir, nada que ver.

Quien figura en la cubierta de este curioso libro y es presentado como «Sargento de Morteros» José R. Camacho no es otro que José Rosales Camacho (1911-1978), uno de los siete hermanos del célebre poeta falangista Luis Rosales (1910-1992), pero una de las curiosidades del caso es que, salvo error, ninguno de los textos que componen el poemario salió de la pluma del joven militar.

José Rosales Camacho.

Al parecer, este librito de pequeño formato (12 x 17) y muy limitada extensión (52 páginas), impreso en diciembre de 1938 en los bilbaínos «Talleres Tipo-litográficos de José A. de Lerchundi» y publicado con pie de Ediciones Arriba por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, iba destinado a los bolsillos de los combatientes insurgentes en el frente (tenía una clara vocación propagandística y doctrinal, pues), y de ahí sus características formales, así como la enorme tirada (se han mencionado, quizás un poco a bulto, «medio millón de ejemplares»). Por su contenido pero no por su sesgo o signo ideológico, se ha puesto en relación de contraste algunas veces con la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera (1939), mucho más lujosa, en respuesta a unos objetivos muy distintos.

Que no figure el autor de la ilustración de la cubierta, impresa a dos tintas, es casi lo de menos, pues el origen del libro estuvo en una idea del entonces director nacional de Propaganda, Dionisio Ridruejo (1912-1975), quien tal vez pretendía contrarrestar el efecto de las antologías poéticas que en el bando republicano aglutinaban a autores hoy tan conocidos como Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Rafael Dieste, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, José Herrera Petere, Emilio Prados… Acaso esa posible comparación explicara que se recurriera al nombre de José Rosales Camacho como parapeto tras el que ocultarse un grupo de autores que quizá temieran no estar a la altura, pero esa hipótesis no resulta muy convincente.

Ninguno de los treinta y nueve poemas de Los versos del combatiente van firmados, pero sí se sabe con certeza, según declaración propia, que el grueso de los textos se deben a Luis Rosales, que fue quien recibió el encargo de Ridruejo. Tampoco hay duda ya de que el romance dedicatoria inicial al Caudillo lo escribió Manuel Machado (1874-1947), que resulta particularmente interesante, en lo que aquí nos interesa, porque concluye con un envío que se inicia del siguiente modo: «Príncipe: De estas canciones / nunca el autor se sabrá / son de nadie y son de todos / los que las quieran cantar». El interés por adscribirse a una literatura popular es más que evidente, lo que por un lado contribuiría quizás a explicar el anonimato colectivo, por otro estaría más en consonancia con la modestia formal del volumen y, por último, tiene además confirmación en las formas métricas predominantes.

Si en el bando republicano la poesía de combate se inspiró en formas de clara raigambre tradicional y popular (con preferencia sobre todo por el romance), este volumen del bando franquista aparece trufado de cuartetas, seguidillas, soleás, pero también en él predomina el romance; resulta altamente significativo que no figure ni un solo soneto, que será el elemento común de la mencionada Corona de sonetos. Sobre otros rasgos que se podrían aducir como explicación a la autoría colectiva asignada a un sargento de morteros, Miguel d’Ors planteó hace ya algún tiempo otras hipótesis sugerentes, aunque tampoco a él le convencían:

¿Acaso la intención propagandística de aquellos versos los disminuían estéticamente a ojos de sus mismos autores hasta el punto de que éstos prefirieron disimular su paternidad? ¿Cómo podría aceptarse esta explicación si la mayoría —por lo menos— de los colaboradores del libro publicaron sin rebozo poemas igualmente propagandísticos y de calidad no superior?

Sin embargo, previamente apunta D’Ors en otra dirección más convincente: puesto que el libro iba destinado a los soldados, quizá a estos les resultara más fácil y natural identificarse con su contenido si los poemas se atribuían a un militar en lugar de a unos escritores más o menos conocidos. En cualquier caso, la identificación de la autoría de los poemas también trajo cola. Rosales recordaba en un artículo en Abc de 1981 que colaboraron en el libro Agustín de Foxá (1906-1959), Leopoldo Panero (1909-1962), José María Pemán (1897-1981), Dionisio Ridruejo (1912-1975) y Luis-Felipe Vivanco (1907-1975), a los que podemos añadir Manuel Machado, y tendríamos ya al grueso de lo que los hermanos Mónica y Pablo Carbajosa llamaron con singular acierto «la corte de José Antonio [Primo de Rivera]».

En un artículo publicado en la revista Ejército en junio de ese mismo año por el teniente de Infantería (y premio Nacional de Literatura en 1961) Luis López Anglada (1919-2007) se añaden como coautores hipotéticos a Antonio de Zubiaurre (1916-2004) y Ernesto Giménez Caballero (1899-1988), a partir de algunos rasgos estilísticos de los textos, pero sin apoyo documental que lo avale, y luego se han añadido entre otros a José María Souvirón (1904-1973). El típico enigma que proporciona trabajos y alegrías a los filólogos, pero que hasta ahora no parece haber logrado explicar por qué ese colectivo empleó como nombre, muy poco disimulado, el del hermano de Luis Rosales, quien se refirió a ello como una broma; según contó:

En nuestra propagada evitamos hacer campaña de menoscabo para el adversario, evitamos el odio y el insulto. No hay más que leer nuestra publicación Versos del combatiente, un folleto del que se repartieron medio millón de ejemplares y que aparecía firmado por el sargento José R. Camacho, las iniciales de mi hermano, al cual así le gasté una broma.

Pues ahí sigue el enigma.

Fuentes:

Bremaneur, «Adoctrinamiento poético», La biblioteca fantasma: reseñas de libros viejos (2005-2012), 1 de noviembre de 2011.

Javier Cuesta Guadaño, «Por Dios y por España Poesía y propagandapoesía y propaganda del bando nacional durante la Guerra Civil», en Francisco Sáez Raposo y Emilio Peral Vega, eds., Métodos de propaganda activa en la Guerra Civil española. Literatura, arte, música, prensa y educación, Fráncfor del Meno, Vervuert, 2015, pp. 279-331.

Luis Rosales.

José María García de Tuñon Aza, «La poesía de Luis Rosales», El Catoblepas. Revista Crítica del Presenta, núm. 141 (noviembre de 2013), p. 9.

Luis López Anglada, «Literatura y Milicia. Los versos del combatiente», Ejército. Revista de las Armas y Servicios, núm. 497 (junio de 1981), pp. 77-80.

Miguel d’Ors, «”¡La sonrisa de Franco Resplandece!” (Notas sobre un topos de la literatura “nacional” de la guerra de 1936-1939», Revista de Filología Hispánica, 8 (1992), pp. 9-21.

José María Rondón, «Sublime poesía fascista», Letra global, 28 de diciembre de 2017.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad), 2003.

Andrés Trapielo, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil, Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

¿Qué diantre pintan los escritores en el sector (o el campo) editorial?

Lo peor no son los autores es el agudo título que el editor Mario Muchnik dio a uno de sus primeros libros memorialísticos, y en él ya queda implícito que, aun no siendo lo peor, los autores tampoco son de lo mejor con lo que uno se topa cuando frecuenta el mundillo editorial.

Mario Muchnik.

Desde hace ya bastantes años, se ha ido desarrollando la tecnología destinada a acabar con tan molesto elemento del negocio editorial, que no contento con cobrar un anticipo —por miserable que éste pueda parecerle— por poner su obra en manos del editor, tiene derecho además a cobrar unos royalties o regalías si la edición de su texto obtiene éxito, más dinero si a partir del texto alguien decide hacer alguna obra derivada (en audio, en película, en forma de cómic o de videojuego…) o incluso aún más si a algún emprendedor rampante se le ocurre crear figuritas de plástico que reproduzcan a escala los personajes de su obra. A estas alturas, y dadas las prácticas editoriales y los modos de consumo de literatura de principios del siglo XXI, a nadie se le ocurre que no deba atribuírse a la genialidad o pericia del autor las características o rasgos que hacen que su texto se convierta en un éxito.

Vladimir Propp.

Tal vez de ese planteamiento deriven proyectos como Neurowriter (del Instituto de Ingeniería del Conocimiento), que a partir de una cantidad de textos más o menos grande, es capaz de crear un texto en un determinado estilo o con un cierto vocabulario (desconozco si es capaz de crear neologismos). La idea es, por ejemplo, proporcionarle un corpus cuantioso de novela negra, de teatro de enredo o de cuentos fantásticos y dejar que aplique el patrón de estas modalidades literarias para generar un texto distinto y original (o no menos original de los que generan muchos humanos que son publicados por editoriales). Desde Vladimir Propp (1895-1970) y su Morfología del cuento sabemos que el conjunto de las obras narrativas creadas a lo largo de períodos muy amplios de tiempo son reducibles a un número más o menos corto de estructuras y funciones de los personajes, así que en realidad no es tan difícil imaginar que un programa de software sea capaz de salir airoso de un reto semejante ¿a satisfacción del lector? Bueno, eso dependerá también de lo que lector espere de un texto.

En la sugerente Coda a Los fundamentos del libro y la edición, Michael Bhaskar y Angus Phillips van un paso más allá y plantean como una posibilidad no desdeñable ni disparatada la opción de la «novela bajo demanda», adaptada a los gustos y los caprichos del lector individual en un momento concreto:

Enciendes tu dispositivo digital y le pides una novela, algo absolutamente apasionante con helicópteros, comandos militares, nazis en la luna, romances a raudales y, por qué no, gatos. Si bien unos años atrás habría sido imposible dar con una mezcla tan improbable, incluso con la tecnología más sofisticada de búsqueda y recomendación, hoy estás de suerte: tu dispositivo y su servicio de lectura incorporado no necesitan escanear el material existente para dar con la coincidencia más cercana. No, en vez de eso, el aparato se limita a escribirte la historia, En cuestión de segundos te ha entregado una novela absolutamente personalizada de exactamente 95.000 palabras, que es absolutamente apasionante y está llena de helicópteros, comandos militares, nazis en la luna, romances a raudales y, cómo no, gatitos.

Sería muy interesante poder saber cómo hubieran juzgado experiencias como esta los defensores del cut up o escritores como William Burroughs, Georges Perec y los miembros de Oulipo. Pero también es difícil ante esta visión distópica no evocar las (no se sabe si intencionadamente) jocosas declaraciones de Pérez-Reverte en el sentido de que «No perduraré. Cuando muera nadie me recordará», porque ciertamente eso quizás acabara por completo con lo que muchos editores llaman la «novela de género» (por contraste con una nunca bien definida «novela literaria»).

En cualquier caso, de nuevo topamos con una visión muy restringida, limitada o reducida de lo que es la literatura y sobre cuál debe ser su función, pues eso nos dejará siempre dentro de un ámbito con nuestro horizonte de expectativas actual, creando a demanda a partir de elementos que ya conocemos; pero más difícilmente ampliaría nuestro horizonte (si a lo largo de nuestra vida nos hemos familiarizado con los suficientes patrones narrativos) y no podría actuar como la droga que es la literatura: expandiendo nuestra conciencia, como pedía Aldous Huxley (1894-1963) en Las puertas de la percepción, entre otros textos de la misma cuerda.

Se remonta a 2016 el primer caso sonado de novelas co-escritas mediante inteligencia artificial y presentadas a un premio literario. Juguetonamente titulada The Day A Computer Writes a Novel, en un proyecto impulsado y liderado por el profesor de ciencia y tecnologá Hitoshi Matsubara, esta novela breve se presentó al premio de narrativa de ciencia ficción japonés que toma el nombre del escritor Shinichi Hoshi (1926-1997). A ella se añadieron otras dos creadas bajo el cuidado del profesor de Ingeniería de la Universidad de Tokio Fujio Toriumi. Con todo, lo interesante del caso es que la primera de las novelas mencionadas pasó la primera criba, lo que tal vez no dice mucho de los miembros del jurado, o acaso de los otros escritores humanos presentados al certamen. Tal vez la narrativa de género se esté convirtiendo en tal ensaladilla de tópicos y estereotipos que es indistinguible la mano humana ni siquiera para los lectores más expertos, bien podría ser.

Shinichi Hoshi.

Sin embargo, no se trata sólo de literatura de más o menos candente actualidad. En el año 2020 dio muchas vueltas por la prensa generalista la creación de poemas mediante el software Deep-Spare, a partir de la «lectura» de unos 2.700 poemas atribuidos a William Shakespeare (porque también fue un programa de deep learning lo que permitió clarificar algunas falsas atribuciones), que estaban accesibles mediante el Proyecto Gutenberg creado por Michael Hart en 1971.

Por lo que se refiere al ámbito de la literatura escrita originalmente en español, Pablo Gervás creó el WASP (delirantes siglas que en este caso no significan White Anglo-Saxon Protestant, afortunadamente, sino Wishful Automatic Spanish Poet), que le permitió, entre otras cosas de indudable utilidad para los filólogos, obtener nuevos poemas que se ajustan a las estructuras métricas y temáticas recurrentes o más habituales en la lírica del siglo de áureo español.

También en el ámbito de la poesía había tenido una enorme repercusión, ya en mayo de 2017, la publicación por parte de la editorial china Cheers Publishing de un poemario cuyo título en español se conoció como «La luz solar se perdió en la ventana de cristal», cuyo creador era el software Microsoft Little Ice, que a partir de apenas quinientos sonetos fue capaz de generar diez mil, de los que se seleccionaron 139 para incluirlos en el libro.

Primera edición del debut literario de Microsoft Litle Ice.

Pero, ¿y qué sucede en estos casos con los derechos de autor? Pues no parece que esté todavía del todo claro o haya un consenso muy amplio, porque si bien podría considerarse que se trata de «obras derivadas» a partir de todas aquellas que se han introducido en el software (cuyos autores son o fueron personas físicas), en realidad ese es precisamente el modo en que, por regla general, vienen formándose los autores, asimilando y procesando una enorme cantidad de obra previa de otros escritores mediante una lectura más o menos reflexiva y más o menos crítica. ¿Deberían ser, pues, los editores los propietarios de los derechos de reproducción de las obras generadas por inteligencia artificial y de todo el negocio colateral que éstas puedan generar? ¿O acaso quienes crearon la herramienta capaz de generar esos textos (lo que equivaldría, en términos un poco soeces, a «la madre que los parió»)?

En cualquier caso, en Gran Bretaña los derechos recaen, ciertamente, en el creador del software, y en Estados Unidos no tardaron en sonar las alarmas y ya en febrero de 2020 la US Copyright Office y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual convocaban en la Biblioteca del Congreso un interesante debate acerca de si deben generar derechos de autor y a quiénes corresponden en el caso de las obras artísticas creadas por inteligencia artificial, y entre otras obras sobre el tema se publicó en 2012 la de Aviv H. Gaon The Future of Copyright in the Age of Artificial Inteligenge, que sin duda no será la última que debata y polemice el asunto. La cuestión del «derecho moral», por ejemplo, tiene miga.

Quizá la literatura creada mediante inteligencia artificial acabe por poner en jaque a los autores, pero los editores (y en particular los editores de best séllers) ya pueden poner también sus barbas a remojar…

Fuentes:

Anónimo, «Inteligencia artificial y literatura: la máquina que escribe», blog del Instituto de Ingeniería del Conocimiento.

Julia Escobar, «La Feria se serena», Libertad Digital, 10 de junio de 2005.

Carlos Losada, «¿Sustituirán los robots a los escritores?», Crónica global, 27 de noviembre de 2020.

June Javelosa, «An AI novel written novel has passed literary prize screening», Futurism, 24 de marzo de 2016.

Redacción, «Cuatro experiencias alucinantes de renovación cultural», El Tiempo, 5 de noviembre de 2020.

Michael Schaub, «Is the future award winning novelist a writing robot?», The Washington Post, 22 de marzo de 2016.

Nathalie Shoemaker, «Japanese AI writes a novel, nearly wins literary award», Big Think, 24 de marzo de 2016.

José Antonio Vázquez, «Un robot que escribe como Shakespeare», Dosdoce, 3 de junio de 2020.

«El libro rojo del cole» y la censura de libros en España

En un Estado verdaderamente libre, el pensamiento y la palabra deben ser libres.

Suetonio (c. 70- post 126)

Considerar que en España la censura de libros acabó al terminar el franquismo resulta bastante problemático, porque o bien se obvia que a partir de la muerte del dictador la censura tomó otras formas, o bien se acepta que el franquismo, como régimen, se extiende bastante más allá del fallecimiento del dictador o incluso de la entrada en vigor de la Constitución española de 1978.

En su momento tuvo bastante repercusión mediática, e incluso peligró su celebración, la Feria del Libro de Madrid de 1980 (dos detenidos, incautación de material gráfico a periodistas, la suspensión de una asamblea…) debido a las vehementes protestas encabezadas por una serie de editoriales, las sospechosas habituales, contra la persecución policial y jurídica que por entonces sufría la editorial Nuestra Cultura como consecuencia de haber publicado El libro rojo del cole. En respuesta a ello, veintiséis editoriales, de nuevo las sospechosas habituales (Anagrama, Fundamentos, Miraguano, Tusquets, Txertoa, ZYX…), canalizaron su enfado mediante la edición en bolsillo de ese mismo libro auspiciados por la denominación Comité para la Libertad de Expresión.

Edición de Extemporáneos (imagen cortesía de Alexander Bruck, de Siranda Librería Anticuaria).

El libro rojo del cole, de los profesores Soren Hansen y Bo Dan Andersen y el psicólogo Jesper Jensen, había aparecido originalmente en 1969 en danés y no tardó mucho en tener una amplísima difusión en otras lenguas: en español la publicó en México la editorial Extemporáneos en 1972 (como El pequeño libro rojo de la escuela), por ejemplo, y en catalán se publicó en 1973 una traducción a partir de la edición francesa a cargo de Jordi Moners i Sinyol (1933-2019) con pie editorial de las JRC (Joventuts Revolucionàries Catalanes, las juventudes del Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans). En 1979 había circulado por la península una edición clandestina bastante burda y mal encuadernada impresa en español en Barcelona con el sello de Edihttps://www.facebook.com/sirandalibros/ciones Utopía que al parecer se basaba en la versión mexicana, y muy poco después puso en circulación cien mil ejemplares la editorial Nuestra Cultura de Luis Martínez Ros (nacido en México, descendiente de exiliados republicanos).

Edición de la J.R.C.

La de Nuestra Cultura, una editorial especializada precisamente en temas pedagógicos, era una edición preparada por el músico, escritor y activista Lluís Cabrera (fundador del Taller de Músics), traducida por el antropólogo y líder del maoísta Partido del Trabajo de España Josefina López López-Gay (1949-2000) y con ilustraciones del muy popular caricaturista Romeu (Carles Romeu i Muller, 1948-2021) e incluida en la colección Mano y Cerebro.

Fue entonces cuando los sectores más tradicionalistas —el integrismo ultracatólico, el Ejército, la prensa más afecta al franquismo (lo que hoy llamaríamos la Brunete mediática), etc.— pusieron el grito en el cielo ante el contenido de este libro, y el hecho de que esas Navidades la abogada y entonces concejala del ayuntamiento madrileño Cristina Almeida lo incluyera en las dotaciones a las bibliotecas públicas no hizo sino acrecentar el escándalo. Como réplica inmediata, la Federación de Padres de Familia acusó al libro de «minar el respeto a la democracia y el respeto por las instituciones sociales» y la Asociación Católica de Padres de Familia puso una denuncia por «escándalo público». Por su parte, el ex ministro franquista y por entonces ministro de Cultura Ricardo de la Cierva y Hoces (1926-2015) definió el libro como «absolutamente intolerable y atentatorio contra las más elementales normas de la convivencia cívica», mientras que por su parte el ministro de Educación, José Manuel Otero Novas, que en 1989 se afiliaría el Partido Popular, aseguró que contenía «pronunciamientos que no están de acuerdo con la Constitución» y en un giro delirante añadía que fomentaba «prácticas tales como el consumo de drogas y prácticas sexuales de muy variado tipo, haciendo apología de las relaciones homosexuales y los matrimonios de grupo», dónde no queda ni mínimamente claro a qué debía de referirse a con «matrimonios de grupo»

Ricardo de la Cierva Hoces.

El asunto fue haciéndose cada vez más confuso enredándose innecesariamente, porque en las diligencias se mencionaba la retirada de ejemplares ya a principios de octubre cuando el libro de Nuestra Cultura había salido de imprenta el 24 de ese mes; pero la explicación es sencilla: en un primer momento se retiraron de librerías ejemplares de la edición de Utopía; pero todo valía contra El libro rojo del cole. Resultará también ilustrativo tener en cuenta la carrera posterior de algunos de los implicados en este caso para hacerse una mejor idea del tipo de personajes que intervinieron en él.

La mencionada denuncia hizo que el libro fuera de inmediato retirado de las escuelas y secuestrado, pero la polémica arreció en el Congreso de los Diputados durante la celebración en febrero de los debates de la Comisión de Educación tendentes a aprobar el Estatuto de Centros Docentes. Y, mientras, la prensa seguía echando leña al fuego.

En este último aspecto, resultan hoy particularmente delirantes los calificativos que dedicó al libro el coronel ultracatólico Ricardo Pardo Zancada, quien en las páginas de la revista militar Reconquista lo consideraba «goma-2 contra la defensa nacional» destinada a «aniquilar todo vestigio moral» y que ponía en riesgo «la capacidad de resistencia y el ánimo combativo indispensable para sostener con eficacia la defensa» del país. A saber el concepto que tendría Pardo Zancada de la defensa nacional, pues en 1983 fue condenado a doce años de prisión por participar en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, si bien luego fue indultado por el Gobierno de Felipe González en 1987. Tampoco dejan de ser curiosas sus actividades al salir de prisión: dirigió la revista Iglesia y Mundo, colaboró en la revista del ex banquero Mario Conde MC y en 2018 fue uno de los firmantes de la execrable«Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco Bahamonde, soldado de España». Previamente, Plaza & Janés le había publicado 23-F: La pieza que falta. Testimonio de un protagonista (1998) y, para conmemorar los veinticinco años del acontecimiento, la editorial Áltera (dirigida entonces por Javier Ruiz Portella, condenado por plagiar una traducción de Francisco Rico) le había publicado 23-F: Las dos caras del golpe (2006).

Edición de Utopía.

La cuestión es que, tal como cuenta el profesor José Benito Seoane, «el Juzgado Central de Instrucción admitió a trámite la querella y ordenó el secuestro del libro, considerando la obra “una provocación al aborto y a la corrupción de menores”». En la Audiencia Nacional se hizo cargo del caso el juez Varón Cobos (que luego se haría famoso al verse envuelto en el llamado caso Bardellino, la puesta en libertad de un mafioso, y fue apartado de temporalmente de la judicatura acusado de prevaricación), quien de buenas a primeras dictó prisión incondicional para el editor de Nuestra Cultura, sin posibilidad de fianza, y se dispuso a procesar a editores, impresores y cualquier otra persona vinculada a la publicación y distribución del libro (de ahí la iniciativa del Comité por la Libertad de Expresión).

Coincidiendo con el inicio del juicio se hizo público un manifiesto en el que más de ochocientos profesionales de la edición, artistas y escritores se declaraban colaboradores en la preparación del libro, entre ellos el dramaturgo Carlos Muñiz (1927-1994),las actrices Lola Gaos (1921-1993) y Mari Paz Ballesteros, el equipo de caricaturistas El Cubri, el diseñador Alberto Corazón (1942-2021), el filósofo Carlos París (1925-2014), los periodistas Pedro Altares (1935-2009) y Eduardo Haro Tecglen (1924-2005)…, con el único objetivo de reivindicar la libertad de expresión y poner de manifiesto la persecución judicial a la que estaba siendo sometido Martínez Ros.

Sin embargo, apenas unos días después la respuesta del Juzgado Central de Instrucción número 1 de Madrid fue citar al editor Emiliano Escolar, imputado por escándalo público por ser la que él dirigía una de las editoriales que habían colaborado en la coedición de bolsillo de El libro rojo del cole. Y no sería el último de esos coeditores citado a declarar.

Por si la cosa no estaba suficientemente encendida y embrollada, la Comisión para la Libertad de Expresión denunció que, simultáneamente con la edición de bolsillo, aparecieron algunas ediciones piratas pese al acuerdo de no reeditar la obra mientras estuviera en librerías la de la comisión: una de ellas con pie editorial de la propia Comisión sin que esta tuviera noticia de ello (10.000 ejemplares), otra de Nuestra Cultura (25.000) y aún una tercera de 2.000 ejemplares que distribuyó Jesús González (jefe de producción y encargado por tanto de la impresión y encuadernación de la obra). Contaba la agencia Efe:

Jesús González, según las informaciones de que dispone la comisión, entregó a la misma 12.190 libros en lugar de los 13.000 encargados, es decir, 810 menos; imprimió 2.000 ejemplares más de los acordados, que distribuyó por medio de la empresa Distribuidora Futuro y en beneficio propio, junto a los 810 anteriores, y retrasó la edición pirata de Nuestra Cultura, cuya producción dependía de la misma imprenta y de la que él estaba también encargado.

Luis Martínez Ros con un ejemplar de la edición de Nuestra Cultura.

Para no alargarlo más: A finales de julio de 1982 se condenó al Luis Martínez Ros, con evidente desmesura, a cuatro meses y un día de arresto mayor, sazonados además con una multa de mil pesetas y la inhabilitación para llevar a cabo cualquier tipo de actividad relacionada con la edición destinada al lector juvenil.

El contenido del libro quizá pueda deducirse o suponerse a partir del título (donde se anuncia ya el remedo o parodia del libro de Mao), pero, en realidad, ¿qué importancia tendrá eso cuando se trata de libertad de expresión?

Fuentes:

Reportaje en TVE sobre El libro rojo del cole

Anónimo, «Sigue la polémica sobre El libro rojo del cole», El País, 8 de febrero de 1980.

Anónimo, «Incidentes en la inauguración de la Feria del Libro», El País, 31 de mayo de 1980.

Anónimo, «850 profesionales afirman haber colaborado en la edición de El libro rojo del cole», El País, 8 de junio de 1980.

Anónimo, «Procesado uno de los 26 coeditores de El libro rojo del cole», El País, 12 de junio de 1980.

Anónimo, «La Comisión para la Libertad de Expresión acusa de fraude al editor de El libro rojo del cole», El País, 5 de agosto de 1980.

José Benito Seoane Cegara, «Pedagogía del cuerpo y educación sexual en la España contemporánea. Una aproximación genealógica a través de las polémicas suscitadas en torno a los manuales destinados a la infancia y la adolescencia», Revista Educación y Pedagogía, vol. 24, núm. 63-64 (mayo-diciembre de 2012), pp. 40-59.

Juan Cruz, «En Iglesia y sexo, España no ha cambiado tanto (entrevista a Luis Martínez Ros)», El País, 9 de octubre de 2008.

Fernando Pariente, «A vueltas con El libro rojo del cole», Padres y Maestros / Journal of Parents and Teachers, núm. 71 (1980), pp. 6-9.

Los primeros trabajos del tipógrafo y diseñador Mariano Rawicz en España

La trayectoria del tipógrafo y diseñador de origen polaco Mariano Rawicz (1908-1974) ha quedado relativamente ensombrecida por la brillantez de la de su colega, compatriota y amigo Mauricio Amster (1907-1980), pero sobre todo por un episodio que, al concluir la guerra civil española, marcó una profunda cesura en su carrera y muy probablemente también en su vida.

Marian Rawicz.

Nacido en Lvov o Leópolis (actualmente en Ucrania pero entonces parte del Imperio Austrohúngaro y entre 1919 y 1939 de Polonia), después de iniciar estudios de Bellas Artes en su ciudad natal Rawicz completó su formación en Cracovia y posteriormente en la prestigiosa Academia de Artes Visuales de Leipzig, que probablemente le dieron una formación idónea para contribuir a renovar el grafismo editorial español.

Coincidiendo con la anexión de Lvov por parte la Segunda República Polaca, los expresionistas polacos estaban experimentando con la tipografía, la abstracción geométrica y el constructivismo, sobre todo a través de la revista Zdrój, y poco después apareció en Varsovia la rompedora revista futurista GGA, que seguiría trabajando en la divulgación y la exploración de las innovaciones tipográficas centroeuropeas. Además, en Alemania tuvo Rawicz la oportunidad de asistir al auge de la renovación tipográfica de ese país y a la divulgación en él de la obra de los constructivistas rusos.

Cuando llega a España, pues, Rawicz se encontró un terreno abonado para un diseñador deseoso de experimentar con los movimientos renovadores en los que se había formado, como él mismo consignaría del siguiente modo en sus memorias: «en los escaparates de las escasas librerías [madrileñas] observo portadas de libros muy anticuadas y convencionales, como las que se estilaban en Europa central allá por el año 1910 […] Presiento que tendré aquí un buen campo de acción.»

Las editoriales llamadas de vanguardia que por entonces empezaban a despuntar son las que de modo más entusiasta le acogieron, y entre ellas las Ediciones Hoy, creadas a principios del año 1930 por Juan Andrade en el seno de la CIAP, cuyos primeros libros fueron saludados con vehemente alegría por la madrileña revista Nosotros (número 37, del 11 de abril de 1931), dirigida por el escritor de origen peruano César Falcón (1892-1970):

Nuestro querido Juan Andrade ha comenzado a editar los libros de Ediciones Hoy. Esta es una edición nueva, brillante, perfectamente definida en el admirable conjunto de las editoriales madrileñas. Nunca como ahora la función editorial se ha realizado en Madrid con tanto esmero, con tanto empuje y con tanta brillantez. […] Los tres primeros libros señalan ya el carácter de la editorial. Indican que Ediciones Hoy recogerá en su catálogo la fuerte y estremecedora literatura de la época. Esa literatura que transparenta las inquietudes, los anhelos y las encendidas emociones de los hombres y las muchedumbres actuales. Una literatura profundamente humana en su transcripción de las realidades y ardorosamente revolucionaria en sus finalidades.

A Rawicz se atribuye el diseño del logo de la editorial, pero ya en 1930 diseña además para Hoy las cubiertas de Job, Novela de un hombre sencillo, de Joseph Roth en traducción de C.K. Koellen e I. Catalán; Brusski, de F. Panforof, traducido por Fernando Osorio; 22 de agosto, de Nathan Asch; El gran organizador de derrotas (La Internacional Comunista desde la muerte de Lenin), de Leon Trotsky, traducida por Julián Gorkin; Lorenzo y Ana, de Arnold Zweig, que fue la primera traducción escrita por Francisco Ayala (1906-2009), y Citroën 10 HP, de Ilya Ehrenburg y El financiero, de Theodor Dreisser, ambas en traducción del periodista comunista Manuel Pumarega, con quien RAwicz había coincidido trabajando en una imprenta y que era quien le introdujo en los círculos de la edición de avanzada. Además Rawicz y Pumarega firmarían a cuatro manos la traducción del libro de Ernst Toller Nueva York-Moscú, publicado por Hoy en 1931 y que llevaba una cubierta, también a cuatro manos, de Rawicz y Mauricio Amster, del mismo modo que también firmaría con Amster otra cubierta publicada en 1930, la de José busca la libertad, de Hermann Kesten, traducida del alemán por Rafael Seco.

Sin embargo, uno de los primeros encargos que aceptó en Madrid Rawicz no fue de diseño sino de traducción, y le llegó de la mano de un editor que nada tenía que ver con los movimientos editoriales de avanzada, Manuel Aguilar (1888-1965). En los primeros años de la década de 1930 Ferdinand Antoine Ossendowski (1876-1946) era un autor con una notable presencia en las librerías españolas: este escritor polaco se había dado a conocer al mundo con una primera novela escrita originalmente en inglés (Beasts, Men and Gods, 1921) que Gonzalo Guasp había traducido para Aguilar, y luego había publicado algunos libros de viajes, como es el caso de El capitán Blanco, que en 1930 había aparecido en Pueyo traducido del inglés por Ramon Armada Quiroga, Los esclavos del sol, publicado por Aguilar en traducción de Rafael Cansinos Assens (1883-1964), El hombre y el misterio en Asia, traducido de nuevo del inglés, por Jaime Dubón, para Aguilar, o, más interesante todavía, una biografía novelada de Lenin marcadamente anticomunista, que tradujo Franscesc Almela i Vives (1903-1967) para Aguilar.

Con la llegada a Madrid de Rawicz, Aguilar vio la oportunidad de publicar a Ossendowski traducido directamente de su lengua original, labor que le sirvió además al diseñador para afianzar y ampliar sus conocimientos de la lengua española y por la que se consideró muy bien pagado (1200 pesetas de la época). Es poco conocida esta vertiente de Rawicz, pero también en su exilio en Chile se dedicó ocasionalmente a la traducción (en 1959 apareció en Editorial del Nuevo Extremo su traducción de la novela de Marek Hlasko ¿Le gusta o no le gusta?, por ejemplo).

Sin embargo, en el caso de la novela de Ossendowski Mariano Rawicz se ocupó también del diseño de la cubierta, sin bien la importancia que se concede en ella a la imagen es poco representativa del estilo más característico y reconocible (en el que el predominio es para la tipografía) que desarrollaría en trabajos posteriores, donde deja que el peso recaiga sobre la tipografía o el fotomontaje, entre otras cosas porque no se consideraba a sí mismo un buen ilustrador. Aun así, tanto en el juego de contrastes en cuanto al color y al empleo de tipografías de palo seco, sí marca ya el estilo que le singularizará entre los diseñadores de portadas en esos años.

A partir de mayo de 1931, la intensa labor de diseño de cubiertas para las ediciones de Andrade quedan en manos de Mauricio Amster, y Rawicz pasa a sustituir a Ramón Puyol como director gráfico y artístico de Cénit, la editorial de Giménez Siles. Pero antes aún tiene tiempo de firmar para Hoy la cubiertas de El amor en libertad, de Lev Gomilevski.

También en 1931 se publican en Hoy algunas cubiertas surgidas de la colaboración entre Rawicz y Amster, como El nacimiento de nuestra fuerza, de Victor Serge, en la que destaca la disposición en diagonal de la tipografía y la combinación de caligrafía y tipografía en colores distintos, lo cual dota de gran intensidad la palabra «fuerza»; Amok, de Stefan Zweig; y La mujer nueva y la moral sexual, de Aleksándra Kolontái. Y a ellas hay que añadir, también de 1931,  Al servicio del zar rojo de todas las Rusias, de Boris Bajanov (en la editorial Ulises, para la que el año anterior Rawicz y Amster habían firmado ya la de Tengo hambre, de Georges Fink).

 Mario Martín Gijón ha relacionado este paso a Cénit con la cierta incomodidad que Rawicz, comunista convencido aunque por entonces aún no militante, podía sentir ante algunos de los autores que publicaba Andrade en Hoy (particularmente Trotsky y Victor Serge), así como con un episodio de notable importancia en la divulgación del diseño gráfico centroeuropeo en la industria editorial española, del que, siguiendo en parte a Rawicz, hace una interpretación acaso un poco osada:

En cierto modo, [Rawicz] boicoteará a su jefe, Juan  Andrade, que pre­tendía adquirir los derechos de las obras de la Malik Verlag, editorial berli­nesa referencia en libros de izquierdas. Cuando el director de ésta, Wieland Herzfelde, sabe del trotskismo de Andrade, decide vender sus derechos a la competencia, Cénit, dirigida por Giménez Siles, quien contrata como recom­pensa a Rawicz como director gráfico y artístico.

Ese año 1931, Rawicz actúa como intérprete en una reunión entre Andrade y Wieland Kerzfelde, director de la intrépida editorial berlinesa Malik cuyo propósito es vender los derechos en España de importantes escritores sobre los que Kerzfelde tenía derechos exclusivos en Europa (Barbusse, Upton Sinclair, Gorki…). Lo cierto es que quien acabaría por cerrar ese acuerdo fue efectivamente la Cénit de Giménez Siles, y se añadiría en él el innovador diseño de cubiertas que estaban haciendo famosa a Malik Verlag y los artistas gráficos que trabajaban para ella. En caso de hacer esta interpretación de las palabras que dedica a este episodio Rawicz en sus memorias, lo cierto es que quedaría en bastante mal lugar el fair play de Giménez Siles, aprovechándose de las gestiones de su compañero para hacerse con los derechos de una serie de autores y de diseños que llegaron a sus manos de carambola.

En cualquier caso, así es como llegó a publicarse en Madrid, por ejemplo, el impactante e influyente diseño de John Heartfield para el interesantísimo reportaje novelado de Maria Leitner Hotel America (recuperado en 2017 por El Desvelo Editorial), basado en el fotomontaje y que abarcaba tanto la cubierta como el lomo y la contracubierta, y al que en la edición española de Cénit Rawicz solo tuvo que cambiar el nombre de la editorial y una breve indicación sobre el género en una de las franjas.

Este empleo del fotomontaje y de la extensión del diseño a la contracubierta no tardaría en convertirse en uno de los rasgos más característicos de los trabajos de Rawicz y Amster y, por extensión, de muchos de los diseños destinados a cubiertas de la llamada literatura de avanzada.

Fuentes:

Sobra la biografía de Mariano Rawicz vale mucho la pena ver el cortometraje de Sergi Pitarch Garrido El último abrazo (2014)

Salvador Albiñana, ed., Libros en el infierno. La biblioteca de la Universidad de Valencia, 1939 (catálogo), Universitat de València, 2018.

Manuel Aznar Soler, República literaria y revolución (1920-1939), Sevilla, Renacimiento, 2014.

Alicia García Medina, Las cubiertas de los libros de las editoriales españolas, 1923-1936. Modelo de revocación del lenguaje plástico, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, 2017.

Mario Martín Gijón, «Los polacos del exilio republicano español», Estudios Hispánicos, núm 25 (2017), pp. 21-32.

Mariano Rawicz, Confesionario de papel. Memorias de un inconformista, prólogo de Virginia Rawicz Pellicer e introducción de Horacio Fernández, Granada-Valencia, Editorial Comares-IVAM. 1997.

El escritor que engañaba a sus editores (antecedentes de la «Antología traducida» de Max Aub)

En fecha aún por determinar, a principios del siglo XX la barcelonesa editorial Maucci, creada en 1892, publicó un par de antologías que parecen poner de manifiesto un cierto interés de los lectores peninsulares por la literatura que en el cambio de siglo se estaba produciendo en los diversos países americanos, más allá de los consabidos Rubén Darío (1867-1916), José Enrique Rodó (1871-1917) o José Martí (1853-1895). Al decir de Leona Martín:

Con estas publicaciones, se continuó la nutrida tradición de obras antológicas que aparecieron en las nuevas repúblicas americanas en el siglo XIX a partir de las guerras de independencia. Representaron al mismo tiempo una reacción frente a la hegemonía cultural expresada en La antología de poetas hispano-americanos (Madrid, 1893-1895) del gran erudito español Marcelino Menéndez Pelayo, obra que fue comisionada para la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. 

Los títulos de estas obras, sin embargo, no permitían la más mínima esperanza de innovación o modernidad, sino más bien un apego a los usos y modos más marcadamente romanticoides: Parnaso boliviano, Parnaso ecuatoriano y Parnaso costarricense.

En el primero de ellos, que se presenta como una «selecta antología de poesías, coleccionadas por el Dr. Luis F. Blanco Meaño y con prólogo de Rafael Bolívar Coronado», se incluyen algunos nombres de poetas colombianos que, quizá muy justificadamente, han caído en el olvido: Rosendo Villalobos, Felisa A. Eguez, Enrique Arce Velarde, Fernando Acha y Aguirre… Ninguno de ellos ha dejado el menor rastro ni en antologías ni en estudios posteriores sobre la poesía colombiana. De hecho, tampoco al doctor Luis F[elipe] Blanco Meaño se le conocen estudios literarios de ninguna entidad, pero, paradójicamente, esta mención sirve para fechar el libro antes de 1920.

Ese año, en el número del 6 de diciembre de la edición venezolana de la revista Billiken, se publicaba un anuncio en el que se advertía que Luis Felipe Blanco Meaño, hermano del poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955), jamás había escrito el prólogo que se le atribuía. No hace falta una perspicacia prodigiosa para sospechar que la retahíla de nombres que componen la antología tampoco escribieron jamás los textos que se les atribuía en la edición de Maucci, pero acaso ponen de manifiesto la versatilidad estilística de quien fuera su autor. Que Maucci no debió de estar metido en el ajo puede deducirse del hecho mismo de que publicara dos Parnasos más, aunque uno de ellos, el dedicado a la poesía ecuatoriana, firmado no por Bolívar Coronado sino por un enigmático José Brissa (que al parecer se había iniciado hacia 1910 en Maucci con El libro de la raza, escrito a cuatro manos con Enrique Leguina), al que luego siguieron, siempre en Maucci, la confección de antologías de textos como La revolución de julio en Barcelona (1910), sobre el proceso a Ferrer i Guàrdia, así como las que componen La revolución portuguesa (1911), La guerra italo-turca (1911-1912) (1913), La guerra de los Balkanes (1913), etc., si bien ya en 1888 su firma aparece episódicamente en Madrid Cómico; pero más jugoso resulta que, al parecer, actuara como asesor literario de Maucci.

Rafael Bolívar Coronado.

Con todo, la historia interesante es sobre todo la del venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-19249, que cuando empieza a trabajar para Maucci ya tenía una trayectoria notable a sus espaldas. Tras unas iniciales colaboraciones en diversos periódicos americanos (los venezolanos El Cojo Ilustrado y El Universal, pero también el nicaragüense El Nuevo Diario), su nombre saltó a la fama por el texto de la zarzuela Alma llanera, si bien el dinero que la pieza generó se la llevó su coautor, el músico Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954).

Aun así, le sirvió a Rafael Bolívar para obtener una beca gubernamental para viajar a España, donde uno de sus primeros trabajos fue como corrector de pruebas en Cervantes, la «revista mensual ibero-americana» que por entonces dirigían el poeta y dramaturgo modernista Francisco Villaespesa (1877-1936), el escritor mexicano Luis G[onzaga] Urbina (1864-1934) y el polifacético ensayista italoargentino José Ingenieros (1877-1925), donde el dramaturgo José Dicenta (1962-1917) fungía como subdirector y en la que colaboraron, en esa primera etapa y en lo que se refiere a autores americanos, César E. Arroyo (1887-1937), José María Vargas Vila (1860-1933), José Enrique Rodó, Rubén Darío, etc. A Bolívar Coronado lo despidieron al cabo de muy poco tiempo, y no sólo por la cantidad de erratas que se le pasaban por alto sino porque, además ‒cabe suponer que para desesperación o regocijo de los filólogos‒, coló en la revista algunos textos suyos como obra de insignes escritores latinoamericanos.

 Casi inmediatamente empezó a colaborar en la empresa que en 1915 había fundado el venezolano afincado en Madrid Rufino Blanco Fombona (1874-1944), Editorial América, y su cometido era copiar ciertos ejemplares de la Biblioteca Nacional para su posterior edición. Lo más curioso es que el propio Bolívar Coronado contara en el prólogo a Parnaso boliviano cómo le tomaba el pelo a este editor, a quien entre 1917 y 1920 entregó diversas falsificaciones no sólo de supuestas crónicas de Indias sino también libros engañosamente atribuidos al historiador Rafael María Baralt (1810-1960) y al ingeniero y cartógrafo Agustín Codazzi (1793-1859):

Estuve dos largos años en Madrid escribiendo libros a nombre de Juan de Ocampo, Albéniz de la Cerrada, Concepción Zapata, Montalvo de Jarama, nombres que yo inventaba y ponía en mis escrituras como cosas de mucha gloria y fama. ¿Que cómo pude engañar a los editores? Muy sencillo. La explicación la ha dado el altísimo Emilio Carrere en una frase: «en España viven del libro los que no saben leer».

No obstante, Blanco Fombona pronto tuvo pistas para saber que le estaban engañando, pues su amigo el banquero y erudito Vicente Lecuna (1870-1954) no tarda en escribirle poniendo de manifiesto su extrañeza acerca de algunos anacronismos que ha detectado en las obras que publica (en particular el reiterado empleo del término “burdel” en un texto supuestamente del siglo XV).

Así las cosas, y advertido por Villaespesa de cómo se las gastaba Fombona (se decía que había ganado doce duelos a espada), Bolívar se trasladó a Barcelona y empezó diversas colaboraciones que resumió del siguiente modo en una carta al historiador y filólogo Julio Cejador (1864-1927) y a las que hay que añadir sus trabajos como prolífico redactor de artículos para la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana de Espasa-Calpe y las crónicas como supuesto corresponsal de guerra en África que escribía desde Barcelona para La Publicitat, El Noticiero y El Diluvio:

He ganado aquí unos ciento ochenta duros haciéndole cuentos para niños a Sopena y dos antologías de poetas ecuatorianos y bolivianos a Maucci. Lo hice todo en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado!… la necesidad carece de ley… y yo carecía de todo… recordará usted al gran López que en horas veinticuatro, hacía comedias malas para el teatro.

Las reediciones de estas obras dan fe de una muy buena y sostenida acogida por parte de los lectores, lo cual explica la continuidad con el Parnaso costarricense, «selección esmerada de los mejores poetas de Costa Rica», en cuyo liminar el autor lo subraya con énfasis:

Mi estudio sobre la literatura boliviana fue el blanco escogido por aquel rebaño de cínicos y lacayuelos para lanzar su baba con el propósito de adular a la bestia de los Andes colombianos. Pero su baba no llegó hasta mí; el éxito del libro fue ampliamente franco, y ello ha dado motivo para que la Casa Maucci me haya encargado este trabajo.

El libro en cuestión contiene una curiosa y sorprendente dedicatoria (fechada en Barcelona en octubre de 1921) que quizá valga la pena reproducir: «Al eximio americanista don Rafael Vehils. Señor: Va este libro amparado con el nombre de usted. ¡Glorioso palio, el nombre férvido enaltecedor de la América Española!»

Rafael Vehils (18861-959) era, aparte de diputado y hombre de confianza del entonces ministro Francesc Cambó (1876-1947), el presidente de la Casa América de Barcelona y un entusiasta de América, a cuya industria editorial dedicaría pocos años después el informe El libro en Uruguay. La industria editorial. El libro español. El libro de texto. El régimen de propiedad intelectual (1927) y, más importante aún, sería en la postguerra uno de los principales accionistas de la bonaerense Editorial Sudamericana y el responsable de conseguir que se pusiera al frente de la misma Antoni López Llausàs (1888-1979).

De la prolijidad de Bolívar en su etapa barcelonesa aún da fe Euclides Perdomo al destacar su colaboración (¿?) con el anarquismo catalán de esos años:

Rafael Bolívar Coronado siempre se mantuvo firme en su individualismo solidario y racionalista. Quizá por ello, en Barcelona escribe habitualmente en no menos de cuatro publicaciones anarquistas: Solidaridad Obrera, Resistencia (donde firma como Federico Nietzsche, L. A. Grand Eboa y M. A. Puri Teaurb), Idea (como Agustín de Montemayor, Alberto Calígula, Alberto Ferega Zombona, Arimán Roguea, Arión Guemara, Armando Chirveches y Luis Hine Saborío) y Savia (R. Monasterios).

Pese a sus reiterados intentos de ganarse holgadamente la vida con la pluma, Bolívar Coronado murió en la miseria, en Barcelona, el 31 de enero de 1924 y durante una epidemia de gripe. Aunque quizás sus parnasos inspiraran a Max Aub su Antología traducida

Fuentes:

Nathalie Bouzaglo, «Los irreverentes plagios de Rafael Bolívar Coronado», Taller de Letras, núm. 66 (2020), pp. 119-124.

Ernesto Cazal, «Los seiscientos nombres de Rafael Bolívar Coronado», Visconversa, 8 de diciembre de 2017.

Juan Pablo Gómez Cova, «Rafael Bolívar Coronado, la levedad del escritor múltiple. Cauces para el estudio de la falsificación como estrategia literaria», Akademos, vol. 18, núm. 1 y 2 (2016), pp. 101-113.

Manuel Llanas, «Notes sobre l’editorial Maucci i les seves traduccions», Quaderns: revista de traducció, núm. 8, pp. 11-16.

Leona Martin, «Entre La antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo y Los parnasos de la Editorial Maucci: reflejos del ocaso de la hegemonía colonial».

Euclides Perdomo, «Un hombre con más de 600 seudónimos. Bolívar Coronado, anónimo por su prodigalidad».

Óscar Reyes, prólogo a Un hombre con más de seiscientos nombres (Rafael Bolívar Coronado), de Rafael Ramón Castellanos Villegas, edición del autor, 1993; reproducido en El Globo (Caracas), 10 de febrero de 1993.