Hipótesis sobre una accidentada edición «desaparecida»

En las obras completas del excelente dramaturgo español Antonio Buero Vallejo (1916-2000), publicadas por Espasa Calpe en 1994, se incluye un artículo de homenaje a Eusebio García Luengo (1909-2003) en el que se cuentan los motivos de que su obra más conocida experimentara un cambio de título:

Había titulado yo La escalera a la obra, ya escrita, que fue más tarde mi primer estreno; cambié un tanto ese título al enterarme de que Eusebio era autor de otro drama así denominado, aunque ‒según comprobé cuando al fin pude leerlo‒ nada tenía que ver con el mío salvo la acción del primer cuadro en el rellano de una escalera vecinal.

Ciertamente, García Luengo había visto estrenada esta obra el 13 de febrero de 1948 en el Instituto Cardenal Cisneros de la mano del Teatro Experimental Arte Nuevo, con dirección de Medardo Fraile (1925-2013), en una sesión en la que también se pusieron en escena Cuando llega la otra luz, de Carlos José Costas (dirigida por Alfonso Sastre) y Compás de espera, de Alfonso Paso (1926-1978) y dirigida por él mismo. Como es bien conocido, la obra de Buero Vallejo Historia de una escalera se estrenó el 14 de octubre de 1949 con los honores propios de un ganador del Premio Lope de Vega y con dirección de Cayetano Luca de Tena (1917-1997).

Pero añade también en el citado texto Buero Vallejo: «De otros títulos de textos suyos me llegaban referencias, como del de No sé, una novela que nunca pude encontrar». Resulta que, en la cualificada opinión del profesor Enrico Di Pastena, quizá se trate precisamente de «su mejor novela, de corte unamuniano y centrada en la desorientación de la figura del intelectual procedente de ambientes rurales».

El asunto se explica porque esta novela escrita a finales de la década de 1940 no llegó a circular con cierta fluidez por España hasta 1985, en la colección de Anthropos Memoria Rota-Exilios y Heterodoxias y con prólogo de Carlos Gurméndez.

No obstante, el libro sí había existido en 1949, y hay pruebas fehacientes de ello. Según la entrada dedicada a García Luengo en Wikipedia (consultada en febrero de 2023), la primera edición publicó «una editorial valenciana», pero se trató de «una edición malograda por un accidente» del que no se dan más datos.

La empresa valenciana en cuestión fue Cosmos, que a finales de 1949 hizo una edición de No sé encuadernada en cartoné, de volúmenes de 13 x 18 y 272 páginas, que se encuadraban en la colección Tyris. En la misma colección aparecería en mayo de 1951 el poemario de Alejandro Gaos (1906-1958) La sencillez atormentada, si bien en ese caso las 78 del volumen se encuadernaron en rústica y con un formato de 22 x 16 cm., y según la página de créditos a cargo de los Talleres Gráficos de Impresos Cosmos. Pero mencionar algunos de los títulos de Cosmos quizá sea más orientativo.

En Impresos Cosmos había aparecido ya antes de la guerra, desde noviembre de 1935, la revista semanal Información Internacional, que al parecer sustituía a La Correspondencia Internacional (órgano de la III Internacional).

Sin embargo, mayor importancia tienen otros trabajos anteriores, y en particular el hecho de se ocupara de la primera etapa de la revista Nueva Cultura, revista marxista fundada por Josep Renau (1907-1982) y que aglutinaba a artistas tan destacados como Alberto [Sánchez Pérez, 1895-1962], [Francisco] Carreño (1908-1993), (Antonio Ballester (1910-2001) y Manuela Ballester (1908-1994) y firmas como las de César Arconada (1898-1964), Max Aub (1903-1972), Juan Gil-Albert (1904-1994) o Pascual Pla y Beltrán (1908-1961), pero en cuyas páginas son también frecuentes tanto la del mencionado Ángel Gaos como la de García Luengo, que se estrena en el quinto número (junio-julio 1935) con un texto sobre «El teatro de los Quintero», al que seguiría en el sexto (agosto-septiembre 1935) «Un novelista actual: César M. Arconada» y en el úndécimo (marzo-abril 1935) la breve pieza teatral Conato y fracaso de un esperpento). También se imprimió en Cosmos un cartel anónimo conocido como Nueva Cultura por el Frente Popular (66,5 x 45 cm).

Durante la guerra, entre diciembre de 1937 y enero de 1938, Impresos Cosmos se ocupó de Libre Estudio, revista de Acción Cultural al servicio de la CNT en la que escribieron Joan García Oliver (1901-1980), Katy Horna (1912-2000), Ada Martí (1915-1960), Antonio Morales Guzmán (1903-1973) y Juan Santana Calero (1914-1939), entre otros, y un poco anterior es el librito (32 páginas) del sindicalista murciano Juan López Sánchez (1900-1972) La unidad de la CNT y su trayectoria (1936), impreso también en Cosmos.

Posterior ya a la guerra española es el primer libro del poeta y pintor de la Quinta del 42 José Luis Hidalgo (1919-1947), Raíz, un librito de 80 páginas publicado en 1944, y el año siguiente imprimieron un volumen de Poesías, de quien había sido delegado provincial de la Falange, el empresario, periodista e impresor alicantino Juan Sansano Benisa (1887-1955), que aparece con pie editorial de la Editorial Carrera (1945), también de Alicante.

A partir de 1946 empieza a imprimir también algunas ediciones seriadas de revistas infantiles y juveniles ilustradas, como es el caso de El caballero del antifaz rojo (para Europa) y su continuación al año siguiente en la editorial Saturno (El caballero fantasma) o, también para esta editorial, K CH T, pero en esas mismas fechas aparecen también un volumen de Poesía (1947) de Pablo Herrera, encuadernado en cartoné, y, del mismo autor, quizás al año siguiente, el volumen de relatos Cuando mi tío me enseñaba a volar (140 páginas), que incluye ilustraciones del ya mencionado Carreño, de [Manuel] Monleón (1904-1976) y de Genaro Lahuerta (1905-1985), entre otros. El autor de estas dos obras no era sino ese a quien el escritor falangista Gonzalo Torrente Ballester, debido a su joroba, rebautizó como «el Quiasimodo del Turia»: Pascual Pla y Belrtrán, que tras la guerra había pasado por el campo de concentración de Albatera ‒en Campo de los Almendros Max Aub lo convierte en uno de los personajes importantes de la novela‒ y por las cárceles franquistas hasta 1946, lo que basta para explicar que empleara un seudónimo, pues según contó su hija Yolanda, en esa época la policía «le entraba al piso y le hacía fogatas con los libros en el salón, Querían esconder la obra tras las baldosas y se las rompían todas. Siempre se lo llevaban detenido».

Pla y Beltrán retratado por Josep Renau.

Ya de entrados los años cincuenta es el curioso librito ilustrado con fotografías sobre el boxeador Folgado escrito por Tobias Masip Prades Aventuras y desventuras de Folgado (el Tigre de Manises), y de 1959 un volumen de José Luis Aguirre Serra titulado Cervantes y Don Quijote que se inscribe en una colección de Estudio y Vida, lo que indica inequívocamente que Cosmos tuvo continuidad tras el «accidente» que acabó con la edición de No sé (de hecho, Cosmos siguió imprimiendo hasta por lo menos la década de 1970).

La dirección que aparece en los impresos de los Talleres Gráficos Cosmos es el número 34 de la calle Pintor Salvador Abril (paradójicamente, como se verá, dedicada a un pintor famoso por sus paisajes y escenas marinas, a quien el Museo Naval de Madrid condecoró por su donación del cuadro Naufragio del crucero Reina Regente). Esta calle valenciana del distrito del Eixample y no lejos de donde en 1954 se construiría el Mercat de Russafa, está situada en la que durante mucho tiempo se conoció como «la terra del ganxo», porque muchos de sus habitantes se dedicaban a recoger los troncos que llegaban a través del río Turia en un terreno que Pascual Madoz decribió en su Diccionario como «flojo y de buena calidad distribuido en huerta y arrozar que se fertiliza con las aguas del Turia, que desagua en el mar por el término de Ruzafa».

Mientras es de suponer que se estaba ultimando la edición del No sé de García Luengo se produjo en Valencia, el 28 de septiembre, una riada muy sonada conocida como la «riada de las chabolas» (había por entonces unas dos mil chabolas en el cauce del río), acerca de la que cuenta el periódico Las Provincias del 30 de septiembre: «los obreros del molino de Manises vieron acercarse a enorme velocidad una ola gigantesca de más de tres metros de altura» y según relata José Ángel Núñez Mora, «cuando las aguas volvieron a su cauce, sobre las zonas próximas al río que fueron inundadas quedó un inmenso manto de lodo y barro».

No es disparatado pensar que si Buero Vallejo no consiguió leer la primera edición del No sé de García Luego fuera porque la edición quedara sepultada por el lodo. Y aun así sobrevivió algún que otro ejemplar…

Fuentes:

Salvador Albiñana Huerta, Añorantes de un país que no existía: Ana Martínez Iborrra y Antonio Deltoro. Exiliados en México, Universitat de València, 2020.

Antonio Buero Vallejo, «En el Gijón estaba Eusebio», en Obra completa, vol. II, (Poesía, Narrativa, Ensayos y Artículos), edición de Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco, Madrid, Espasa Calpe, 1994, pp. 1241-1243.

Eusebio García Luengo.

Enrico Di Pastena, «Alfonso Sastre, del grupo Arte Nuevo al TAS (1945-1950): prehistoria de una abierta disidencia», Anales de Literatura Española, n.º 29-30 (2018), pp. 205-229.

Eusebio García Luengo, No sé, prólogo de Carlos Gurméndez, Barcelona, Anthropos, 1985.

Andrés Herrero Gutiérrez, «Pla y Beltrán, poemas entre el fusil y la amnesia», Jot Down, 26 de febrero de 2022.

V. Lladró, «La otra gran riada del Turia causó 49 muertos», Las Provincias, 19 de mayo de 2015.

José Ángel Núñez Mora, «Crónica de las catastróficas riadas del Turia en Valencia», Tiempo y clima, n. 60 (abril de 2018), pp. 42-45; n. 62 (octubre de 2018), pp. 18-21 y n. 65 (julio 2019), pp. 38-42.

s. f., «1949, la terrible riada de las chabolas», Las Provincias, 3 de marzo de 2012.

Silvia Viola Morató, «La narrativa de posguerra en Extremadura», Revista de Estudios Extremeños, vol. 70, n. 2 (2014), pp. 1047-1096.

Talín, veintiocho entradas sobre Eusebio García Luengo, con entrevistas y algunos textos del propio autor, en el blog de la revista Caminar Conociendo 3, en diversas fechas.

Italo Calvino y Carlos Barral

A Cristina Suárez Toledano,

con los mejores deseos y toda la confianza en su éxito.

Italo Calvino

El 24 de mayo de 1959, desvinculado del Partido Comunista, enfrascado con Elio Vittorini (1908-1966) en el proyecto de revista Il Menabò y habiendo cerrado ya la trilogía Nuestros antepasados con El caballero inexistente, llegaba a Barcelona Italo Calvino (1923-1985) para participar en Formentor, en calidad de representante de Einaudi, en el Primer Coloquio Internacional de Novela organizado por Jaime Salinas (1925-2011) a instancia de Carlos Barral (1928-1989) y gracias a la red de relaciones de Monique Lange (1926-1996). Son muy abundantes los datos e indicios que permiten situar en ese momento el arranque de la actividad de Calvino como propiciador del intercambio entre las culturas de raíz hispánica y la italiana, que tendría continuidad en los encuentros de los tres años siguientes y que se reflejaría en diversas ediciones y en unos cuantos proyectos frustrados. Además de con Barral y Salinas, en estas reuniones Calvino conocería al entorno de lo que se ha llamado la Escuela de Barcelona (Barral, Gil de Biedma, Costafreda, los Goytisolo, Ferrater, Castellet…), pero también a Miguel Delibes, a a Camilo José Cela, a Gabriel Celaya, a Juan García Hortelano, a Jesús López Pacheco o a Carmen Martín Gaite. Sin embargo, en ese momento, en que Calvino estaba empezando a desinteresarse por el neorrealismo por considerar que había fallado en sus objetivos y a explorar nuevas opciones estéticas, pronto le interesó más la novela latinoamericana de autores como Rulfo o Cortázar que la española, que en el contexto de la narrativa occidental podría considerarse epigonal.

En ese momento la literatura latinoamericana estaba siendo divulgada en Italia sobre todo por editoriales como Guanda (que ya en los años cuarenta había demostrado un enorme interés por la literatura hispánica, seguramente por obra y gracia de Oreste Macrì) y en menor medida por Bompiani y Feltrinelli, pero también Einaudi había publicado por ejemplo a Jorge Luis Borges ya en 1955, animado por la recomendación de Gallimard, y resulta indicativo que la primera traducción de esa obra fuera traducida (por Franco Luncentini) a partir de la traducción francesa (firmada por P. Verdevoye y N. Ibarra). De ese mismo 1955 es la publicación de un volumen de la Poesia de Pablo Neruda en traducción de Salvatore Quasimodo (1901-1968), con lo que esa edición, ilustrada por Renatto Guttuso (1911-1987), reúne a dos escritores premiados luego con el Nobel de Literatura.

En cuanto a la literatura española, Francesco Luti subrayó en su tesis que ya en carta de Barral fechada el 14 de junio de 1956 éste recomendaba a Einaudi la traducción al italiano de La colmena, de Cela (desconociendo quizá que el año anterior ya la había traducido Sergio Ponzanelli y publicado Aldo Martella Editore); El Jarama, de Sánchez Ferlosio; El camino, de Delibes, y Duelo en el paraíso, de Juan Goytisolo. Justo el año siguiente aparecía en Einaudi la muy influyente edición en dos volúmenes del Quijote en traducción de Vittorio Bodini (1914-1970) y con las ilustraciones de Honoré Daumier (1808-1879), pero en esos años también la cultura española más reciente tendría una presencia muy notable en los catálogos de Einaudi: el ensayo Gli intellettuali e la guerra di Spagna (1959), de Aldo Garosci; la edición de Elena Croce de los Poeti del Novecento (italiani e stranieri) (1960), que incluía a Alberti, Guillén, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Machado, Unamuno; La familia de Pascual Duarte (1960), traducida por Salvatore Battaglia; Las afueras (1961), de Luis Goytisolo, que en 1958 había obtenido el Premio Biblioteca Breve de Seix & Barral, traducida por Luisa Orioli; Fiesta al noroeste (1961), de Ana María Matute; Tormenta de verano (1962), de Juan García Hortelano y traducida también por Orioli; la muy polémica antología Canti de la nuova Resistenza spagnola (1939-1961) (1962), que tantos problemas acarrearía a Einaudi con las ultraderechas españolas e italianas; La hora del lector (1962), de Josep Maria Castellet: la antología de Bodini de Poeti surrealisti spagnoli (1963); El Jarama (en traducción de Raffaela Solmi) (1963)…

En lo que se refiere a la dirección contraria, en 1956 Barral había presentado a censura dos novelas breves del muy einaudiano Cesare Pavese (1908-1950), Il compagno y La spiaggia, aunque solo del segundo recibió autorización y con mutilaciones muy notables en cuanto a su extensión, de modo que se le añadieron otros textos narrativos breves y se publicó con el título La playa y otros relatos (en traducción de Enrique Sordo). Como se verá, ciertos aspectos de este episodio empezaron a enojar al agente literario de Pavese, que lo era también de Calvino.

La llegada de Calvino a España coincide con el momento en que éste está empezando a dar a conocer en Italia algunos escritores muy barralianos, como Juan Goytisolo, que en 1959 y justo antes del viaje había publicado en Einaudi Fiestas (traducida por Vittorio Bodini), a la que seguirá unos años después La isla. Pero todo parece indicar que la circulación de textos funcionó sobre todo en dirección opuesta, y que fracasó por los problemas organizativos y de comunicación de Seix & Barral y sobre todo de su tormentosa relación con el principal agente de los escritores italianos más pujantes, Erich Linder (1924-1983), quien en 1951 había pasado a dirigir la Agenzia Letteraria Internazionale (ALI), que representaba entre otros muchísimos a Giorgio Bassani, Dino Buzzati, Benedetto Croce, Beppe Fenoglio, Carlo Emilia Gadda, Eugenio Montale, Elsa Morante, Leornardo Sciascia, Italo Svevo o el propio Calvino; de hecho, en ese momento la ALI era la única agencia literaria de importancia internacional en Italia.

En junio de 1960, Barral escribe a Linder expresándole su intención de publicar en su editorial una novela publicada por Einaudi, La ragazza di Bube, con la que Carlo Cassola (1917-1987) acababa de ganar el Premio Strega y cuyos derechos cinematográficos no tardaron en venderse para que Luigi Comencini hiciera una notable película (protagonizada por Claudia Cardinale y Georges Chakiris); a principios del mes siguiente añade el interés por otra novela de Cassola, Fausto e Anna. Ante este perentorio interés, Linder se mueve para satisfacer la intención de Barral de adquirir los derechos mundiales de estas obras en lengua española, lo que supone atajar las posibles aspiraciones de los editores americanos que pudieran tener en estudio o incluso derecho preferencial sobre las obras de Cassola (probablemente se tratara de Sudamericana). En cualquier caso, ya en carta del 20 de julio de 1960 el agente informa a Barral de que los derechos sobre las dos obras que desea están disponibles; y aquí empiezan los problemas con la censura, que hacen que el editor barcelonés renuncie a los derechos y en consecuencia que Cassola vea cómo la aparición en español de su obra más exitosa se retrase. Finalmente, Sara Gallardo tradujo La ragazza y Dolores Sierra El cazador para la bonaerense Sudamericana, que las publicaría en 1963 y 1965, respectivamente.

Dos años después, también es la censura la que obliga a un cambio de planes, y la oferta por La calda vita, de Pier Antonio Quarantotti-Gambini (1910-1965), se sustituye por otra obra del mismo autor (Cavallo di Tripoli), pero, aun siendo comprensivo con los problemas a los que se enfrentaban los editores españoles bajo el franquismo, lo que hizo que Linder perdiera la paciencia fue el modo de trabajar caótico, los errores en los documentos y los retrasos en los pagos de la editorial capitaneada por Barral, y en palabras de Sara Carini, que ha estudiado con detenimiento estas relaciones a partir sobre todo de los epistolarios:

Los pagos empiezan a solicitarse y Linder demuestra ahí toda su firmeza: las cartas se vuelven secas, duras y amenazan con anular todo tipo de contrato si no llega el pago y, en el caso de que no llegue y el libro se publique –algo que ya se había dado con Pavese–, denunciar a los editores por fraude. Finalmente, la cuestión se aplaca, pero estas son quizás las razones por las que a partir de 1963 la agencia de Linder deja de ser tan complaciente con Seix Barral y los problemas empiezan a acumularse en un sinfín que explota, en 1965, en la amenaza de dejar de enviar libros a Seix Barral.

Carlos Barral

No menos engorroso debió de ser el envío del contrato por Teoriche del film de Guido Aristarco (1918-1996) en junio de 1963, y ver cómo a finales de año el editor los devolvía sin firmar y sin aclarar el motivo por el que la censura le había denegado autorización, tras haberlo presentado en dos ocasiones (con los consiguientes retrasos en ver publicado el libro, que no se publicaría hasta 1968, en Lumen, en una edicion ampliada). Las gestiones de quienes representaban a la Agenzia Letteraria Internazionale en España, la recién instalada en Barcelona International Editors (IECO), no obtenían resultados mucho mejores, pese a las constantes reclamaciones de respuestas acerca de manuscritos enviados para su estudio y de pagos pendientes.

Tal como lo resume Sara Carini: «Entre 1965 y 1966 las relaciones empeoran y los problemas son siempre los mismos: censura y dinero». Y llegó un momento en que Calvino se vio en medio del rifirrafe. Ante la negativa de Linder a aceptar la necesidad expresada por Barral de traducir de nuevo obras de Calvino que ya se habían publicado en Argentina con demasiados americanismos para su gusto —El sendero de los nidos de ara­ña (1956) y Las dos mitades del vizconde (1956), en la Editorial Futuro, El barón rampante (1958) en Compañía General Fabril Editora, Entramos en la guerra (1961) en Peuser e Idilios y amores difíciles (1962) en Losada—, en carta del 16 de junio de 1966 Calvino mostró al editor catalán su acuerdo con tal conveniencia, pero adujo la negativa de Linder, tras mostrarle éste los números de sus tratos con Barral, como un problema irresoluble, comprensible y ante el cual nada podía hacer él. Sin duda Calvino, por su amplia experiencia como editor y porque a esas alturas debía de conocer a Barral, debió de comprender con claridad dónde residía el problema, y sabía bien que una de las funciones de una agencia literaria es evitar a los autores —que son sus auténticos clientes— tener que pelearse con los editores por cuestiones de dinero que puedan enturbiar sus relaciones o perjudicar la divulgación de sus obras. Pero es absurdo pensar que un agente literario actuara en contra de los deseos y los intereses de su cliente o tomara sin su consentimiento decisiones que afectaran a su obra, sobre todo cuando se trataba además de un escritor que conocía bien el sector editorial. Aun así, y para complacer en la medida de lo posible a Barral, Calvino obtuvo de Linder el compromiso de que, si en algún momento quedaban libres los derechos de algunos de sus libros (si caducaban y las editoriales americanas no los renovaban), Seix Barral fuera la primera editorial en ser informada de ello. ¿Qué más se podía pedir razonablemente?

Erich Linder

De ahí, entre otros motivos, que resulte tan sorprendente el pasaje en que (confundiendo además la ALI con IECO y, en una nota, al editor Jaime Salinas con el futbolista Julio Salinas) Francesco Luti resume del siguiente modo en Cuadernos Hipsanoamericanos la razón de que en España la obra de Calvino no se publicara regularmente en castellano (sí en catalán, y gracias a Castellet) hasta los años ochenta: «El mayor impedimento estaba cerca del mismo Calvino: fue su propio agente literario, el judío Erich Linder, de International Editors, quien se reveló un hueso demasiado duro de roer para los dientes de Barral, que siempre se arrepentiría de no haber incluido finalmente a Italo en su catálogo».

Fuentes:

Sara Carini, «Censura, economía y literatura: los contactos entre la editorial Seix Barral y Erich Linder», Oggia. Revista Electrónica de Estudios Hispánicos, núm. 28 (2020), pp. 243-258.

Italo Calvino

Monica Ciotti, «Italo Calvino in lingua spagnola. Dall’escordio argentino allá prima edizione castigliana pubblicata in Spagna», Cuadernos de Filologia Italiana, núm. 28 (2021), pp. 363-378.

Ernesto Ferrero, La tribu Einaudi. Retrato de grupo, traducción de Chiara Giordano y Javier Echalescu y prólogo de Manuel Rodríguez Rivero, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 31),  2020.

Francesco Luti, Italia-España, un entramado de relaciones literarias: la «Escuela de Barcelona», Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 2012.

Francesco Luti, «Italo Calvino en España», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 785 (noviembre de 2015), pp. 2-17.

Michel Martino, Calvino editor e ufficio stampa. Dal «Notiziario Einaudi» ai Centopagine, Roma, Oblique Studio, 2012.

Autoedición, autopublicación, «vanity publishing»…

Los escritores autopublicados deben invertir tanto esfuerzo en promocionar sus obras, que no les queda tiempo para leer y reescribir.

(chiste del sector editorial)

Una de las ventajas que desde el primer momento se le supusieron a la propagación del acceso a internet, tal vez la más jaleada, fue la democratización en un sentido amplio. En el sector editorial, como en muchos otros ámbitos, es evidente que la posibilidad de enviar archivos de texto de forma inmediata incidió de un modo indudable en la rapidez y fluidez de las comunicaciones y de las tomas de decisiones, agilizó los procesos editoriales y, sobre todo con la aparición de las redes sociales, abrió un amplio abanico de posibilidades a la divulgación y promoción de productos editoriales.

Al mismo tiempo, se generó una cierta expectativa acerca de la posibilidad de prescindir de los editores en tanto que filtros que podían acabar por convertirse a veces en una determinada forma de censura, ni que fuese una censura económica. Si el desarrollo tecnológico daba a los escritores la posibilidad de ocuparse ellos mismos de todo el proceso previo a la publicación de libros, ¿qué sentido tenía ceder un porcentaje de los beneficios al editor, cuando, acogiéndose a la filosofía punk del do it yourself, una misma persona podía ocuparse de todo y obtener un mayor beneficio?

Hay por lo menos dos cuestiones que este planteamiento parece no tener en cuenta: que no es lo mismo editar que publicar y que el exceso de información disponible es más un inconveniente que una ventaja para el lector que pretenda orientarse en una oferta poco menos que infinita.

La práctica de la autopublicación, es decir, el hecho de costearse la conversión de un manuscrito o mecanoscrito en un número variable de libros, no tiene nada de novedoso y existen algunos ejemplos decimonónicos muy célebres. En la cubierta de la primera edición de Sense and sensibility, la famosísima primera novela de Jane Austen (1775-1817) publicada en tres volúmenes, puede leerse «Printed for the author by C. Roworth, Bell-yard, Temple-bar and Published by T. Egerton, Whitehall, 1811». El mencionado Charles Roworth fue un conocido impresor londinense que había servido en los Royal Westminster Volunteers y se había especializado en libros de temática militar (conocido por el muy longevo manual de infantería The Art of Defence in Foot, que le llevó a verse envuelto en un complejo pleito con John Wilkes por una cuestión de derechos de autor), mientras que el  librero y editor Thomas Egerton (c. 1750-1830) había asumido con su hermano John Egerton el negocio que el impresor y librero John Millan (1701-1782) había establecido en Charing Cross (Londres). Jane Austen, pues, lo que hizo fue costear la impresión, encuadernación y puesta la venta de la obra tal como salió de su pluma: se autoeditó y se autopublicó.

Catálogo de Thomas Egerton.

En unas circunstancias completamente distintas, siendo ya un escritor muy famoso, Benito Pérez Galdós (1843-1920) se animó a entrar en el negocio editorial cuando se sintió desencantado con las liquidaciones de sus editores. Con la única ayuda de su sobrino José Hermenegido y de Gerardo Peñarrubia (que luego haría carrera en la Editorial Hernando), abrió una oficina destinada a gestionar la impresión y distribución de sus obras. Así lo cuenta el propio escritor en sus Memorias de un desmemoriado:

…resolví establecerme como editor de ellas en el número 132 de la calle de Hortaleza, piso bajo. Dio comienzo con esto una nueva etapa de mi existencia literaria. El considerable desembolso que tuve que hacer para liquidar las resultas del pleito [con su editor Miguel Cámara por los derechos de sus primeras obras] obligóme a sacar de mi caletre los elementos necesarios para salir del paso. 

No tardó mucho en fracasar, en buena medida por la inexperiencia de todos los implicados en la empresa, y en entablar negociaciones con la editorial Hernando para que se ocuparan de esas tareas.

Retrato de Benito Pérez Galdós en un billete de mil pesetas.

Tanto en el caso de Austen como en el de Galdós se trata de casos en el que los autores se financian la publicación de sus libros contratando los servicios de quienes están en condiciones de dárselos, pero en una época en el que la edición propiamente dicha ‒es decir, la selección de textos, su mejora y la promoción de las obras resultante‒ se daba por hecho que la llevaría a cabo el propio autor (autoedición). Sensiblemente distinta es la intención por ejemplo de Max Aub (1903-1972), que va algunos pasos más allá y dota de un nuevo sentido a la autoedición y autopublicación de algunas de sus obras (caso de Fábula verde, de modo notable, pero también de El teatro español sacado a la luz de las tinieblas de nuestro tiempo).

Se calcula que solo en España en el año 2022 se autopublicaron no menos de 10.000 títulos, pero esas cifras parecen incluir tanto libros editados por empresas de servicios editoriales y producidas a cargo del autor como libros en los que casi todo el proceso ha quedado en manos del autor. ¿En qué renglón de la estadística quedan, por ejemplo, las plaquettes de alguna docena de ejemplares que algunos poetas aficionados a la impresión llevan a cabo de sus propias obras, a veces con un gusto exquisito? Probablemente, fuera de la estadística, y sin embargo en muchos casos se trata de libros autoeditados y autopublicados.

Más grave, también quedan fuera algunos libros publicados por editoriales que son financiados, en todo o en parte, por los propios autores, sin que por ello se consideren coediciones ni se mencione en ninguna parte. Es más, al hablar de la gestión económica del libro en su Manual de edición Manuel Pimentel considera una de las fuentes de ingresos dignos de consideración la «venta de servicios» y explica que «en las pequeñas editoriales, ocasionalmente, se ofertan servicios editoriales ‒maquetación, diseño, control de imprenta, etc.‒ a instituciones, servicios de publicaciones, particulares u otros». La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque en algunos casos esos libros se comercializan con el sello de esa misma «pequeña editorial» ‒y al hablar de eso siempre se menciona sottovoce a la editorial Huerga & Fierro‒, que en realidad no está actuando como tal sino como una empresa de servicios editoriales y no solo está poniendo en riesgo su prestigio sino que, además, está engañando a sus lectores (es lo que se ha llamado «autopublicación encubierta»).

En el caso concreto de los “particulares”, se convierte en realidad en lo que a menudo se ha llamado una editorial de vanidad, la que cobra a los autores diversos servicios de publicación, a menudo de no muy buena calidad y que no suelen incluir ni una distribución sólida, ni una promoción profesional ni un marketing mínimamente bien orientado (sí en cambio, una presentación pública del libro en la que el “particular” en cuestión pueda sentir halagado su ego). En su momento fueron en ciertos círculos bastante sonados en España los conflictos de algunos “particulares” con este tipo de empresas, que incumplían sus compromisos tanto en la distribución pactada como en el control de ventas, pero el mayor porcentaje del precio de venta que recibe el particular con este sistema y los casos aislados de éxitos sonados (acaso comparable al de jugadores de fútbol que pueden llegar a profesionalizarse) hicieron que pese a ello este tipo de negocios no dejara de crecer. Según los resultados de la investigación de Nuria Azancot e Iria de Francisco:

Lo cierto es que cada año, cincuenta nuevos casos de escritores estafados acaban sobre la mesa de Juan Mollá, abogado y presidente de la Asociación Colegial de Escritores. En la mayoría de los casos son autores noveles que, después de haber pagado cantidades que nunca bajan de los 1.000 euros a empresas que se comprometen a publicar y distribuir su obra inédita, ven cómo el dinero se ha esfumado ante sus ojos a cambio de una veintena de ejemplares que jamás llegan a librerías.

Acaso uno de los conflictos más sonados que acabó dirimiéndose en los tribunales sea el de la editorial sevillana Jamais de Santiago Rojas Pulido, que incluso propició que sus autores se asociaran para demandarlo por estafa y que en la prensa se resumió del siguiente modo:

El acusado cobró 3.427 euros por la edición de 1.500 ejemplares y las labores de «presentación, promoción, entrega de ejemplares gratuitos para la promoción y la crítica», si bien sólo llegó a editar [publicar] 500 copias y no realizó ninguno de sus restantes compromisos.

Mayor conflicto ético, en sentido inverso, plantean incluso los cada vez menos raros autores que, después de haberse dado a conocer y haberse hecho un nombre gracias al respaldo de alguna editorial con una marca bien asentada o de prestigio literario ‒en otras palabras, tras aproveecharse tanto de sus medios como del capital simbólico que supone su catálogo‒, pasan en algún momento a autopublicarse seducidos sobre todo por la posibilidad de verse retribuidos por el 40% o incluso el 80% del precio de venta al público (casos de Juan Gómez Jurado o Lucía Etxebarría, por ejemplo); como si ese capital simbólico no tuviera ningún valor. No muy lejos de ese planteamiento puede situarse también el proyecto del premiado con el Nadal y el Planeta y guardia civil honorario Lorenzo Silva y la poeta Noemí Trujillo Playa de Ákaba, que decía nacer con afán de realizar un producto de calidad, con ediciones cuidadas y textos bien seleccionados y arrancó con un epistolario libre de derechos de Lawrence traducido por Silva, dos títulos de Noemí Trujillo (Judith y las muñecas monstruosas y Solo fue un post) y  otro más de Carlos Zanón (Yo vivía aquí).

Con este desparpajo contaba a Xavi Ayén el creador de Círculo Rojo, Alberto Cerezuela, las ventajas de su modelo de negocio:

A los grandes autores les sale más a cuenta vender 20.000 ejemplares con nosotros ‒porque se llevan ocho euros por cada libro‒ que 50.000 con una editorial convencional ‒donde se llevan uno o dos euros‒. Pero los grupos les ofrecen grandes campañas de marketing, giras y gran presencia mediática, y entiendo que muchos prefieran tener más lectores que más dinero.

Lo que se omitía es cómo esos “particulares” se habían convertido en grandes autores. Y quizá algo tenga que ver esta deriva que tomaron las cosas en el hecho que empezaran a dar cabida a proyectos de autopublicación incluso los grandes grupos (Caligrama en Random House, Universo de Letras en Planeta…).

Fuentes:

Xavi Ayén, «Yo me lo escribo, yo me lo edito», La Vanguardia, 4 de octubre de 2021.

Nuria Azancot e Iria de Francisco, «La historia oculta de la autoedición encubierta y la edición subvencionada», publicado originalmente en El Cultural y reproducido sin más datos pero protegido por copyright en escritores.og.

Carlos Burgos, «Estafa literaria literal», La ley de otros, 18 de agosto de 2017.

Derek Haines, «Vanity publishing and Self-Publishing are Definitely not the Same», Just Publishing Advice, 5 de noviembre de 2022.

International Association Professional Writers & Editors, «The Difference between Self-Publishing and Vanity Publishing», blog de la IAPWE, 21 de enero de 2019.

Bill Jiménez, «Breve historia de la autoedición», blog de Bill Jiménez, s.f.

Raquel C. Pico, «Cómo la autoedición ha cambiado el mercado editorial», Librópatas, 8 de abril de 2015.

Manuel Pimentel, Manual del editor. Cómo funciona la moderna industria editorial, Córdoba, Berenice, 2007.

Redacción, «El fiscal pide un año por estafar a una escritora novel», Abc, 3 de agosto de 2009.

William H. Shoemaker, «Galdos’ letters to Gerardo», Anales galdosianos, Año XIX (1984), pp. 151-157.

Care Santos, «Jamais: una estafa», Silencio es lo demás, 20 de febrero de 2006.

Victoria Strauss, «Blurred Distinctions: Vanity Publishing vs Self-Publishing», originalmente en Writer Beware y reproducido en el blog de la SFWA (Science Fiction & Fantasy Writers Association), el 2 de diciembre de 2009.

La colección Ucronía y el underground catalán del postfranquismo

La historia de la colección Ucronía ha quedado hasta tal punto marcada por su polémico desenlace —un episodio que concluyó con un manifiesto «Contra cualquier censura» firmado por Juan Cruz, Jaime Gil de Biedma, Lluís Llach, Severo Sarduy y Copi, entre otros—, que apenas se recuerda otra cosa de su muy interesante trayectoria que ese funesto conflicto protagonizado sobre todo por el escritor mallorquín Biel Mesquida y el periodista oriolano Federico Jiménez Losantos.

Todo empezó a cocerse en una empresa llamada Iniciativas Editoriales, cuya cabecera más emblemática fue la revista de izquierdas El Viejo Topo, que había sido creada en 1976 por el periodista y crítico musical Claudi Montanyá (1944-1977), el profesor de filosofía Josep Sarret y el periodista y editor Miguel Riera, y que no tardó en disponer también de una editora de libros.

Biel Mesquida.

En el seno de esta casa editorial y al parecer por iniciativa de Montanyà se creó pues la colección Ucronía, en la que fungía como codirector Miguel Riera y dirigía un joven Biel Mesquida avalado ya por una trayectoria cuanto menos prometedora. Por entonces hacía poco que su novela L’adolescent de sal se había alzado con el premio Prudenci Bertrana de 1973, un galardón que en esos años había empezado a dar a conocer a nuevos autores y apostaría en los siguientes por novelas inequívocamente rompedoras, como es el caso de Oferiu flors als rebels que fracassaren, de Oriol Pi de Cabanyes (premiada en 1972) o lo sería en menor medida después el de Cavalls cap a la fosca, de Baltasar Porcel (en 1975, después de dejar desierto el de 1974) y sobre todo el caso de L’udol del griso al caire de les clavegueres de Quim Monzó (en 1976).

Tampoco pasaban desapercibidas en ciertos círculos de tintes contraculturales las colaboraciones de Mesquida en Qwerty Poiuy. Revista de Literatura (1974-1977) creada en el seno de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona por un grupo de estudiantes entre los que se contaban, además de Mesquida, Alberto Cardín, Jiménez Losantos y Jordi Llovet, y heredera de esta suele considerarse la revista Diwan, fundada en enero de 1978 por Mesquida, Cardín, Jiménez Losantos y Javier Rubio, todos ellos muy próximos a la órbita de El Viejo Topo, cuando no colaboradores de la misma.

Cuando empiezan a distribuirse los primeros libros de Ucronía, Mesquida había visto ya por fin publicada en 1975 L’adolescent de sal, cuyo retraso en aparecer hay que atribuir a la censura, además de haber hecho una edición privada del poemario Matèria de cos, en colaboración con Steva Terrades. Los títulos publicados en Ucronía son representativos de ese mismo momento fugaz de la contracultura y el underground catalán, del que forma también parte el volumen colectivo aparecido en 1974 El parking de les feres (con obra literaria y gráfica de Fina Miralles, Arcadio Reynes, Oriol Pi de Cabanyes, Wendy Granger, Fernando Trias, Junoy y Jaume Vallcorba, entre otros), que constituye el origen de lo que serían una serie de volúmenes atribuidos a Edicions 62 por cuestiones legales pero llevadas a cabo por unas efímeras Edicions 1068: Anotacions-31 de desembre de 1974 (1975), de Bigas LunaExercicis de cal·ligrafia (1975), de Alexandre Ferrer i Pucci Vilurbina, y  Notes nocturnes (1976), de Albert Ràfols-Casamada.

Se trata de iniciativas que, no sin cierto retraso, llegaban empapadas de las teorías literarias francesas de las que en Cataluña estaban empezándose a traducirse algunos textos, sobre todo en revistas especializadas como Els Marges. En palabras del poeta y exguitarrista de Rigor Mortis Eduardo Haro Ibars (1948-1988) reseñando un título de Ucronía:

 [Cataluña[ sigue siendo una colonia cultural francesa; que la influencia anglosajona, tan importante en el resto del mundo, aquí ha pasado de una manera un tanto tangencial en materia de pensamiento. Francia sigue dictando aquí sus modos culturales: se es telqueliano, estructuralista o lacaniano de una manera natural y con unos años de retraso sobre los originales.

En 1977 publica Ucronía Self service, que en una muy perspicaz reseña Maria Campillo describió en su momento como «una recopilación de cuentos, manifiestos, declaraciones de principios, relatos que parecen guiones cinematográficos, índices bibliográficos que parecen manifiestos y manifiestos que parecen índices bibliográficos, etcétera», algunos de ellos obra de Mesquida y el resto por Quim Monzó.

Presentación de Self Service, porrón mediante, en la Ramblas de Barcelona en el Sant Jordi de 1978. Biel Mesquida, Pepa López, Pep-Maür Serra, dos personajes no identificados, Claudi Montanyá i Quim Monzó.

Del mismo año es Puta Marès (Ahí), de nuevo de Mesquida, lo que podría empezar a incentivar la idea de que se trataba de una colección destinada sobre todo a dar salida a su ebullición creativa. La intertextualidad, la dinamitera subversión de la narrativa popular, la mezcolanza de lenguas (catalán, francés, español y en mucha menor medida inglés y árabe), la crudeza expresiva, la transgresión sexual, discursiva y de valores la convirtieron en un asombroso zapatazo sobre la mesa de un panorama literario cuyos debates centrales eran en aquellos años la recuperación de una tradición literaria muy debilitada por los largos años de franquismo (con una continuidad problemática), la normalización d la lengua catalana en cuanto a su uso social y la cuestión de la lengua literaria catalana, de modo que la crítica especializada no supo muy bien cómo hacer encajar esa obra, pese a que esta incluye también el manifiesto (o parodia de los tan frecuentes manifiestos de aquellas fechas) «Babel catalana, on no ets?», publicado previamente en el primer número Diwan (de enero de 1978).

A continuación se publicó en Ucronía, ya en 1978 y en traducción del francés de Javier Rubio, El buen sexo ilustrado (1978), del famoso pedófilo confeso y escritor Tony Duvert (1945-2008), quien unos años antes había obtenido el premio Médicis por Paysage de fantasie (en Editions de Minuit). Conocido sobre todo por la desarticulación de las convenciones de la novela clásica de sus primeras novelas (juegos tipográficos, diversidad de tramas y de puntos de vista, alteración del orden cronológico, etc.) y del marcado componente político de su obra, la publicación de un autor como Duvert (a quien en España sólo se le publicó luego el Diario de un inocente en traducción de Manuel Arranz en Pre-Textos), es ya orientativo de los modelos y las influencias que estaba adoptando y adaptando el grupo de escritores que se movían alrededor de Ucronía.

Varios de ellos aparecen en el siguiente de los libros publicados por esta editorial, una obra colectiva provocativamente titulada La revolución teórica de la pornografía (1978), preparada por Cardín y Jiménez Losantos y que incluye textos de, en orden alfabético, Mesquida (que firma B. Amengual), el psicoanalista argentino Adolfo Berenstein, el antropólogo y ensayista asturiano Alberto Cardin (1948-1992), J.F. David, el crítico cinematográfico Christian Deschamps, el psicólogo y publicista argentino Germán L. García, Sara Glasmann, la filósofa y lingüísta belga Luce Irigaray, el periodista francés G. Hennebelle, Jiménez Losantos, el escritor y periodista francés Gilles Lapouge, el crítico cinematográfico italofrancés Joseph Marie M. Lo Duca (1910-2004), el psicólogo argentino Óscar Masotta (1930-1979), el psicólogo italiano D. Poggi y el crítico y novelista francés Philippe Sollers. En parte por lo menos, el libro había tenido su origen en una mesa redonda celebrada en la casa barcelonesa de Masotta el 13 de febrero de 1977 (cuyos resultados se publicaron en octubre 2002 en Buenos Aires en el tercer número de la Revista Conceptual. Estudios de Psicoanálisis con el título «El psicoanálisis ante la pornografía»).

El listado de títulos publicados por Ucronía se completa, salvo error, con dos libros más; los cuentos de Alberto Cardín ilustrados con dibujos del diseñador Adolfo Fernández Punsola Detrás por delante (de enero de 1978), recuperado por Laertes en 1986 y que en la edición original se presenta, con la delirante verbosidad jergal propia de la época, como «ante todo un artificio retórico, figura de detracción lo suficientemente equívoca para resultar vendible. […] Hay una torcedura básica, a pesar de todo, un hilo de través, que encadena los temas al significante, haciendo que éste adopte la forma ya manida de aquéllos o éstos se borren en favor de aquél».

Y, por último, la novel·la con la que el debutante valenciano Ferran Cremades había ganado el Premi Sant Jordi en 1977, Coll de serps (1978), que ya suscitó un memorable follón porque la editorial que solía publicar a los ganadores, la Selecta, se negó a incluirlo en su catálogo por temor a represalias, la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana protestó con vehemencia y el crítico y editor Josep Maria Castellet (1926-2014) fue apartado del jurado, lo que a su vez provocó la renuncia de otros dos miembros del mismo, Jordi Llovet y Jordi Castellanos (1946-2012). Así pues, el libro de Cremades apareció en las corajuda colección Ucronía.

Sin embargo, la pataleta de Jiménez Losantos cuando Riera se negó a publicarle fue ya demasiado, así que la colección acabó por desaparecer sin dejar más rastro.

Fuentes:

Maria Campillo, reseña de Self-service, de Biel Mesquida y Quim Monzó, Els Marges, núm. 12 (1978), pp. 126-128.

Jaume Guillamet, «No s’autoritza el Bertrana 73» (entrevista a Biel Mesquida), Presència, 13 de julio de 1974, p. 20.

Eduardo Haro Ibars, «Porno-pasión y porno-reflexión», Triunfo,  núm. 814 (2 de septiembre de 1978), pp. 47-48.

Max Hidalgo Nátcher, Los estudios literarios en Argentina y en España. Institucionalización e internacionalización. 1 Teoría en tránsito. Arqueologóa de la crítica y la teoría literaria españolas de 1966 a la posdictadura, Ciudad de Santa Fe, Ediciones Universidad Nacional del Litoral, 2022.

Margalida Pons, «Aproximació a la narrativa experimental postfranquista», Catalan Review, núm. 19 (2005), pp. 173-196

Margalida Pons, «La subversió lingüística com a alternativa identitària en la narrativa postfranquista», Journal of Catalan Studies, 2017, pp. 104-125.

Enric Sullà, reseña de L’udol del griso al caire de les clavegueres, de Quim Monzó, Els Marges, núm. 10 (1977), pp. 127-129.

Sobre el primer libro en catalán tras la guerra civil y el «Mosaic III» de Víctor Català

Parece que hay negacionistas para todo, incluso para rebatir que tras la guerra civil española se prohibió la publicación de libros en catalán. Y, según como se exprese, la afirmación puede incluso parecer cierta porque más que una prohibición explícita lo que hubo es la limitación de publicar, solamente, aquellos libros que apenas nadie desearía leer (y en ningún caso novedades literarias).

Se ha mencionado a menudo Mosaic III (1946), de Victor Català, como la primera novedad publicada en catalán después de 1939, cosa que además de requerir matización no es correcta en sentido estricto. En primer lugar, porque sobre todo en los primeros años de posguerra hubo unas cuantas ediciones que circularon con páginas de créditos falsos (con fechas anteriores a 1939) o se publicaron y distribuyeron de forma clandestina, pero aún hay más.

 En un libro publicado en 1975, Els altres quaranta anys, el lingüista y editor mallorquín Francesc de Borja Moll (1903-1991) contó cómo logró colar a censura ya en 1943 un nuevo libro de Miquel Dolç (1912-1994), El somni encetat, encuadrándolo entre autores consagrados y dando a entender que se trataba de un clásico en la colección Les Illes d’Or, creada en 1934 y en la que figuraban Joan Alcover (1824-1926), Antoni Maria Alcover (1862-1932), Miquel Costa i Llobera (1854-1922) y Pere d’Alcàntara Penya (1823-1906), entre otros. Después de haber visto como le denegaban permiso para publicar una traducción suya de Das Fräulein von Scuderi de ETA Hoffmann y Cançons mallorquines de Guillem Colom (1890-1979) e incluso una pieza teatral del muy franquista Josep M. Tous i Maroto (1870-1949), a Moll debió de parecerle una buena idea, y el caso es que coló.

Sin embargo, la primera novedad que recibió autorización a cara descubierta, entre otras cosas porque mantenía las convenciones ortográficas anteriores a las normas de Pompeu Fabra (1868-1948) y por tanto presentaba severas dificultades para el lector común, fue ciertamente el mencionado libro de Víctor Català (Caterina Albert, 1869-1966), quien previamente había publicado ya una reedición de la traducción que en 1907 hiciera Francesc Xavier Garriga (1864-1941) para Montaner y Simón de Solitud (1942), así como una edición de bibliófilo de la novela en castellano Retablo (1944), ilustrada por Joan Colom (1879-1964) y decorada por Evarist Mora para la que tuvo que escribir un segundo prólogo porque el primero lo rechazó la censura debido a las alusiones a la catalanidad de la autora.

De la existencia de Mosaic ya tenían noticia el común de los lectores interesados por lo menos desde 1926, cuando en declaraciones al célebre poeta y traductor Tomás Garcés (1901-1993) publicadas en la prestigiosa Revista de Catalunya la autora explicaba que, además de un libro de versos, tenía inédita una recopilación de trabajos en prosa titulado Mosaic. Pero sus orígenes se remontan aún a varias décadas atrás.

La edición de Mosaic III de 1946 incluye veinticuatro textos, por lo menos muchos de ellos publicados previamente en los primeros años del siglo xx en la revista La Renaixença («La Tramuntana»), en la Ilustració Catalana («Ma cambra blanca», «Les teulades», «Mon niu», «La tortuga», «La tramuntana», «L’euga») y en el suplemento de esta última publicación, Feminal, que dirigía Carme Karr (1865-1943) («L’hort»). Sin embargo, el primer indicio de este libro se encuentra en la primera edición en volumen de la novela más conocida de Víctor Català, Solitud (1905), en cuya contracubierta se anuncia «Intimitats».

De Mosaic III se hizo en 1946 una edición de bibliófilo en cuya página de cortesía puede leerse (traduzco):

Por imposibilidad material de preparar el volumen entero Mosaic para poder darlo al público en fecha determinada, sale hoy su última parte, esperando que sea factible publicar a no tardar las dos primeras, titulada una de ellas «Vibracions» y la otra, «Encunys».

Puede deducirse de ello que la única parte que la autora llegó a ordenar y compilar fue esta tercera parte originalmente titulada «Intimitats», si bien el subtítulo que lleva es «Impressions literàries sobre temes domèstics».

De esa edición de bibliófilo acabada en la Imprenta Vda. de J. Ferrer i Coll, se tiraron veintinueve ejemplares en papel de hilo, cuatro de ellos fuera de venta, más veinticinco ejemplares numerados y, según la justificación de tirada, «firmados por el autor» (lo cual no parece ni casualidad ni error tratándose de una autora como Víctor Català). En cambio, de la edición comercial se tiraron unos tres mil y la única diferencia fue que se encuadernó con una cubierta distinta en la que, en lugar del sello de Llibreria Dalmau (Passeig de Gràcia, 80) figuraba el de Dalmau i Jover. Pero la diferencia más significativa es que en la edición de bibliófilo esta edición se consignaba como el primer título perteneciente a una Biblioteca Nova Renaixença tanto en la portada como en la cubierta y la contracubierta, mientras que en la edición comercial solo aparecía esa mención en la portada.

De nuevo, el motivo parece ser la censura, que vetó el nombre de la colección cuando el editor Rafael Dalmau (1904-1976) la propuso, así que con el interior ya impreso debió de encuadernar la tirada con una nueva cubierta de la que desapareciese la mención a La Nova Renaixença y, sobre el mismo logo, apareciera una a Biblioteca Literaria Catalana, que así fue como finalmente decidió llamar a la colección.

Rafael Dalmau se había iniciado como editor poco antes de la guerra civil, y en unas iniciales Edicions Mediterrània (en la calle Mallorca, 95) tuvo tiempo de publicar libros iniciales de colecciones diversas: L’empeltament dels arbres fruiters, de Oscar Bonfiglioli, con muchas ilustraciones en blanco y negro, El Sis d’Octubre des del Palau de Governació, de Josep Dencàs (1900-1966), una traducción del propio Dalmau de Pilsudski, de Sigismomd Stanislav Klingsland, con prólogo de Rafael Cardona (1890-1943) y Les aventures de Marcel, de Antoni Jaume y con ilustraciones de J. Altamira. No fue hasta el término de la guerra que este militante de Estat Català y de Unió Catalanista pudo reincorporarse al mundo del libro, inicialmente como librero.

Al Mosaic III de Víctor Català con el que se inició la Biblioteca Literaria Catalana le siguieron Cromos de la vida noucentista. (Memòries d’un barceloní), de Joaquim M. Nadal (1883-1972), Memòries d’un antiquari, novela del propio Rafael Dalmau; el poemario Urània o la música de les esferes, de Agustí Esclassans (1895-1967), y la novela de Josep Ribalta Clos (1890-1966) Jaume Farell.

Para que se completara el Mosaic III tal como la autora lo concibió originalmente hubo que esperar a la edición de 2021 que Agnès Prats y Blanca Llum Vidal prepararon para Club Editor, que dio pie tanto a una cierta reinterpretación de esta obra como a una revisión de la imagen pública de Víctor Català.

Fuentes:

Pilar Arnau i Segarra, «Paratextos en el discurs literari català durant el franquisme: censura i compromís en els pròlegs de Josep Maria Llompart», Journal of Catalan Studies, núm. 17 (2014), pp. 90-113.

Maria Josepa Gallofré i Virgili, L’edició catalana i la censura franquista (1939-1951), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat,1991.

Tomás Garcés, «Conversa amb Victor Català», Revista de Catalunya, núm. 26 (agostp de 1926), pp. 126-134.

Irene Muñoz i Pairet, «Epistolari entre Francesc Matheu i Víctor Català (1902-1934)», Actes del XVIIè Col·loqui de l’Associació Internacional de Llengua i Literatura Catalana (València, 2015), pp. 403-411.

La novela que ganó el Planeta y se publicó en Plaza & Janés

En el número correspondiente al 18 de octubre de 1962, el célebre y reputado periodista Manuel del Arco (1909-1971) dedicaba su famosa sección de La Vanguardia «Mano a mano» a entrevistar al editor Germán Plaza (1903-1977), hombre poco dado a atender a los medios de comunicación; pero en este caso había un buen motivo para que atendiera a la prensa.

Unos pocos días antes el mismo periódico había mostrado en portada a la escritora valenciana Concha Alós (1926-2011) con el siguiente pie: «Anteanoche, en el hotel Ritz, se celebró la concesión del XI Premio Planeta, resultando galardonada la escritora Concha Alós, con su novela El sol y las bestias». Sin embargo, quien pasaría a la historia como el ganador del premio mejor dotado de la literatura en lengua española en 1962 sería el escritor radicado en Tánger Ángel Vázquez Molina (1929-1980) con Se enciende y se apaga una luz, que sería su primera novela publicada.

Uno de los relatos más jugosas de ese delirante asunto que acabó vinculándolo con Plaza lo firmó en el periódico madrileño Pueblo Enrique Rubio (1920-2005) en una crónica cuyo arranque no tiene desperdicio y pone ya las cartas sobre la mesa: «Brillante jornada la de este XI Planeta. Y un final pleno de emoción, porque, tras la alegría de recibir un premio dotado con 200.000 pesetas, la vencedora recibía una amenaza de ir al Juzgado, y nada menos que de boca del premio Nacional de Literatura Tomás Salvador.» Recuérdese que por aquel entonces Salvador era editor en Plaza & Janés.

Lo cierto es que, salvo engaño por uso de seudónimo, la convocatoria de ese año del Premio Planeta no consiguió atraer a grandes novelistas, y entre los ciento setenta y nueve que pasaron la primera criba se encontraban nombres como Carmen García Bellver (1915-1994), con La sangre inútil (que en 1966 publicaría en Alicante la Caja de Ahorros del Sureste, lo que luego sería la Caja de Ahorros del Mediterráneo o CAM), Luisa María Alberca (1920-2006), que en 1949 ya había sido finalista del Premio Nadal y que ese año presentó al Planeta Del cauce hacia el torrente, o Miguel Signes (1915-1994), que tras haber sido detenido al final de la guerra en el puerto de Alicante, se había quedado en la península y era un habitual del Planeta desde por lo menos 1956 (en 1962 probó suerte con Rama silvestre). Como es de suponer, en los días pevios la prensa iba muy despistada acerca de quién podría obtener ese año el premio porque no había favoritos claros, y al parecer tampoco se produjeron filtraciones de los miembros del jurado. «José Manuel Lara, el más grueso editor de la región —escribe Enrique Rubio en su crónica—, no soltaba prenda; Carmen Laforet… nada.»

Según contó entonces Concha Alós, aunque escribía desde los catorce años solo había escrito otras dos novelas, pero ya había sido finalista del Premio Sésamo con El agosto, y en 1958 había sido finalista del Premio Ciudad de Mallorca, mientras que por el premio Lealtad (a El cerro del telégrafo) se embolsó siete mil quinientas pesetas.

La salida airada e intempestiva de Tomás Salvador al conocerse el fallo de 1962 ya había tenido un anuncio esa misma mañana, en que el por entonces conocido escritor, que había ganado el Planeta dos años antes con El atentado, había mostrado su disconformidad con los modos de proceder de Lara con respecto al premio, lo que se encuadra en los tradicionales piques y rivalidades entre Plaza & Janés y Planeta: «se está desorbitando un poco y menosprecia a los escritores al decir públicamente que lo que importa es la venta y no la calidad del libro». «Pero eso lo decía por la mañana —prosigue la crónica de Rubio—, y por la noche, cuando se enteró del premio que acababa de otorgarse, anunciaba muy serio, muy enfadado: “¡Llevaré al Juzgado a Concha Alós! Su libro lo tengo yo contratado en [la colección] Selecciones y no podía presentarlo al Planeta…”».

Lógicamente, empezaron de inmediato las carreras de los periodistas, que ni tiempo de frotarse las manos debían de tener, cosa que a José Manuel Lara debió de complacerle sobremanera: «El editor, más feliz que nadie, tranquilo y sonriente, como de costumbre, disfrutó anoche con este barullo. Y su opinión no puede ser más pacificadora: “No pasará nada. Plaza & Janés y yo somos muy amigos»». Según declaró esa misma noche Tomás Salvador a Juan Segura Palomares (cronista de La Prensa): «No me extrañaría que el señor Lara, propietario de editorial Planeta, lo hubiera hecho a conciencia para obtener una publicidad escandalosa y gratis», y el mismo periodista recoge también las declaraciones de Lara: «La gente quería escándalo. Ya está satisfecha. Ha habido escándalo». Sea como fuere, ciertamente, no pasó gran cosa. Pero podría haber pasado si, como colige Sergio Vila-Sanjuán, Concha Alós fue declarada ganadora gracias a las gestiones de quien por entonces era su pareja, Baltasar Porcel (1937-2009), quien además trabajaba entonces en Planeta.

Concha Alós, José Manuel Lara y Sebastià Juan Arbó, ambos miembros del jurado (que completaban Joaquín de Entrambasaguas, Carmen Laforet, Ignacio Agustí, Ricardo Fernández de la Reguera, José María Gironella y, como secretario, Manuel Lombardero).

Esa misma primavera, Concha Alós había presentado la novela Los enanos a Plaza & Janés para la colección Selecciones de Lengua Española, que ofrecía mensualmente cincuenta mil pesetas a una novela y según el memorándum de acuerdo «El Autor tendrá presente que mientras no renuncie expresamente, y con la antelación necesaria para evitar simultaneidad de gestiones, el presente contrato concede al Editor un año de opción sobre su obra, durante el cual debe abstenerse de cualquier otra gestión que dificulte el acuerdo». Evidentemente, presentar esa novela a un premio, aunque fuera con otro título, estaba contraviniendo el acuerdo al que había llegado con Plaza & Janés, aunque ella alegara entonces que el propio Salvador le había confesado que posiblemente no le publicaran la novela (según algunas versiones, «por sus tendencias socialistas»; sin embargo, cuando pasó censura, según escribe Fernando Larraz, «ningún resquicio de socialismo debió de ver el censor en esta historia de miserias urbanas»). Lo que tardó un poco más en saberse es que Concha Alós ya había presentado previamente esa misma novela al Nadal y al Biblioteca Breve sin éxito: si algo no le faltaba a Concha Alós era tesón.

A raíz del tremendo follón de 1962 se llegó incluso a hablar en la prensa de la posibilidad de que tanto Plaza & Janés como Planeta publicaran esa novela, cada una de ellas con el título con que había llegado a sus manos, lo cual era un auténtico disparate y que no sin cierta gracia Germán Plaza describió como un muy peculiar caso de «plagio».

La editorial Planeta anuló su fallo, el premio pasó a manos de Ángel Vázquez Molina, y Plaza & Janés, con una propaganda que no podía ni imaginarse, anunciaba ya en octubre la inminente publicación de Los enanos, y según declaró la autora con la promesa de, además de las cincuenta mil pesetas del Selecciones, cincuenta mil más en el momento de la publicación de la obra, y un tercer pago de cien mil pesetas, con lo que se hubiera igualado el montante total de lo ofrecido por Planeta.

Los enanos en la famosa y popularísima colección Reno.

Las aguas debieron de volver a su cauce, porque también fue Plaza & Janés quien, entre otras obras, publicó su siguiente novela, Los cien pájaros (1963), y más tarde La madama (1969) —que Fernando Larraz constató que tras su paso por censura «quedó completamente desfigurada y así sigue, porque la reedición de 1981, la última de esta novela, mantuvo todas las tachaduras y modificaciones»—, Os habla Electra (1975) o Rey de gatos (1969, reeditada por Barral en 1972), entre otras.

También Plaza & Janés intentó sacar partido al escándalo.

Aun así, y quién sabe si como parte de un acuerdo verbal o no, en 1964, entre las doscientas cincuenta y cuatro novelas presentadas al Planeta, volvía a encontrarse una de Concha Alós (presentada con seudónimo, cabe decir), titulada Las hogueras, que en la última votación se impuso por un solo voto a El adúltero y dios, del profesor Víctor Chamorro (1939-2022), de quien quizá la obra más conocida sea La hora del barquero, con la que obtuvo el Premio Gijón en 2002 y de la que hay edición en la editorial Acantilado.

Se convertía así Concha Alós en el único caso en que alguien era votado y proclamado en dos ocasiones como ganador del Premio Planeta, aunque eso no ayudara mucho al prestigio de la autora, si bien es cierto que en el primer cuarto del siglo XXI y encuadrado en el esfuerzo por reformular el canon atendiendo a la obra de las escritoras, varias de sus novelas han sido reeditadas y han despertado cierto interés. Con todo, como escribió el crítico literario Fernando Valls en su blog, Concha Alós «debería haber formado parte de la llamada generación del medio siglo, al menos de sus miembros más jóvenes, como Juan Marsé o Luis Goytisolo. Y, sin embargo, nunca fue encuadrada junto a ellos, quizá porque publicó siempre en editoriales comerciales como Planeta o Plaza & Janés». Si bien es cierto que su narrativa no se caracterizó precisamente por su experimentalismo u originalidad, tampoco es un detalle menor y da que pensar el hecho de que Barral reeditara una de sus libros (Rey de gatos. Narraciones antropófagas).

Fuentes:

Manuel del Arco, «Mano a mano. Concha Alós», La Vanguardia, 16 de octubre de 1962, p. 23.

Manuel del Arco, «Mano a mano. Germán Plaza», La Vanguardia, 18 de octubre de 1962, p. 25.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea, 2014.

Juan Ramón Masoliver, «Mesa de redacción», La Vanguardia, 15 de octubre de 1962, p. 15.

s. f., «Concha Alós, conforme con la anulación del fallo del Planeta», La Vanguardia, 21 de octubre de 1962, p. 28.

s.f., «Premio Planeta 1962: Concha Alós, con El sol y las bestias», La Vanguardia, 24 de octubre de 1962, p. 15.

Fernando Valls, «Concha Alós, entre gatos», La nave de los locos, 8 de agosto de 2011.

Sergio Vila-Sanjuán, El jove Porcel. Una ascensió literària a la Barcelona dels anys seixanta, Barcelona, Edicions 62 (Biografies i Memòries 99), 2021.

Al margen del muy diferente estilo de las ilustraciones de sobrecubierta, es llamativo el distinto tamaño de la letra del nombre del autora y su caracterización como «autora de Los enanos».

Exilio y edición de literatura juvenil: Herminio Almendros y Ruth Robés Masses

Con motivo de la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el año 2010 se reeditó uno de los libros infantiles más exitosos en la isla, Había una vez…, en esa ocasión con la participación de una treintena de ilustradores entre los que se contaban Bladimir González, Vicente Rodríguez Bonechea y Yahilis Fonseca.

Herminio Almendros.

El libro aparecía firmado por el pedagogo de origen español Herminio Almendros (1898-1974), que se había estrenado como autor en tiempos de la Segunda República Española. Poco después de aparecer en las Publicaciones de la Revista de Pedagogía su primer libro, La imprenta en la escuela. La técnica Freinet (1932), Almendros se encontraba en Arán formando parte de una de las célebres Misiones pedagógicas con su compañero Alejandro Rodríguez (1903-1965), cuando se enteraron de que ambos habían planeado presentar candidatura al Premio Nacional de Literatura de ese año con las adaptaciones de cuentos tradicionales y folklóricos que acababan de leer para los habitantes de la zona. Ante semejante coincidencia, Herminio Almendros decidió desistir, y su compañero, que firmaba entonces como Alejandro Rodríguez «Casona», obtuvo el galardón con Flor de Leyendas, que publicó Espasa Calpe en 1933 con ilustraciones de Francisco Rivera Gil (1899-1972) y desde entonces se reeditó en numerosas ocasiones e ilustrado por firmas tan insignes como Faustino Goico-Aguirre (1906-1987) o Gori Muñoz (1906-1978).

Por su parte, Almendros publicó su Pueblos y leyendas en la barcelonesa Seix Barral, que la reimprimió también en numerosas ocasiones si bien más adelante Almendros le cambiaría el título por el de Oros viejos.

Al término de la guerra civil, durante la que había participado en el Consell de l’Escola Nova Unificada y en la Comissió Tècnica de Material Escolar i Pedagògic de la Generalitat de Catalunya, Herminio Almendros cruzó los Pirineos en compañía de su amigo Josep Ferrater Mora (1912-1991), dejando en Barcelona a su familia (con la que tardaría diez años en rencontrarse). Poco después, ayudado por Casona, se embarcó con destino a Cuba, donde no se le reconocieron sus titulaciones y tuvo que cursar estudios en la Universidad de Oriente en Santiago, de donde en 1952 se doctoró con una tesis sobre La inspección escolar. Sin embargo, ya en los años cuarenta impartió clases en la Escuela José Miguel Gómez y en la Escuela Libre de La Habana, para después intentar crear un colegio en el Vedado, asociado a los exiliados españoles Francisco Alvero Francés (1904-1989), con quien elaboró diversos libros de enseñanza de lengua española, y Julio López Rendueles (1893-1986) que tuvo corta duración. También en esos años se dedica a la traducción de textos pedagógicos para la Editorial Cultural S.A. (surgida en 1926 de la unión de las librerías Cervantes de José López Serrano y la del español Ricardo Veloso La Moderna Poesía).

En colaboración con Ruth Robés Massés, habían creado con el apoyo de la Editiorial Selecta Ronda: la revista de los niños, que inicia su andadura en octubre de 1941 pero desaparece al año siguiente. Formada en la Escuela Normal para Maestros, Ruth Robés llegaría con el tiempo a ser directora de la escuela municipal femenina Alfredo M. Aguayo, pero el advenimiento de la revolución truncaría esa trayectoria.

Existen unos cuantos libros escritos a cuatro manos por Herminio Almendros y Ruth Robés Massés. De 1949 es Salud y seguridad, un curso de higiene y fisiología humanas para cuarto grado y del año siguiente el título equivalente para quinto grado, ambos publicados en la robusta Editorial Cultural S.A. Mayor interés para lo que nos atañe aquí tiene la anterior Cuentos y poemas para la escuela (1945), publicada por la misma editorial.

El año siguiente Herminio Almendros y Ruth Robés publican, ilustrado por la maestra y librera Rebeca Robés Masses, lo que Omar Felipe Mauri Sierra calificó como «el mayor best seller de los niños cubanos», Había una vez…, una amplia selección de textos de tradición oral que inicialmente fue contratado por la Cultural con el título Cuentos y poemas para la escuela (se publicó con el subtítulo «Cuentos y poemas para el hogar y la escuela»), lo cual quizás explique que a menudo esa primera edición se haya pasado por alto.

Lo sorprendente —o en realidad no tanto— es que después de la quinta edición (de 1960), el nombre de Ruth Robés desaparece de las cubiertas de las ediciones de este libro, si bien hay constancia de que recibía los derechos de autor que le correspondían. Sin duda, es un peculiar caso de censura que recayó sobre la obra de Robés, pero no el único y tampoco resulta fácil de explicar.

Uno de los cuentos originales más conocidos de esta autora, «Las navidades de Higinio», se había incluido en el volumen colectivo Navidades para un niño cubano, una amplia recopilación de piezas teatrales, cuentos y poemas publicada por la Dirección General de Cultura el 15 de diciembre de 1959 (recién derrocado Batista). En este relato se pone de manifiesto ya el contraste entre los años republicanos y los revolucionarios, y se alude directamente a «la lucha contra la tiranía asesina», pero aun así la autora se vio impelida a exiliarse a Estados Unidos y su nombre desapareció del exitoso Había una vez…, mientras que la mencionada compilación navideña desapareció rápidamente y no volvió a ser reeditada (acaso por su excesiva connotación religiosa a ojos de las nuevas autoridades culturales).

Por su parte, el exiliado republicano español Herminio Almendros prosiguió su labor tanto en el campo de la pedagogía como en el de la creación literaria, pero además, mientras Había una vez… iba reimprimiéndose a su nombre, en 1962 Armando Hart Dávalos le nombra director de la Editorial Juvenil, adscrita a la Editorial Nacional de Cuba, y ocupó este cargo hasta la desaparición de ésta en 1967 (cuando se reconvirtió en la Editorial Gente Nueva) y además publicó en ella Pasteur y Finlay (1963), Cuentos de animales (1963), Cosas curiosas de la vida de algunos animales (1964), Estupendas excursiones de los animales (1964) y El gallo de boda (1965). Se trataba del primer sello en Cuba dedicado en exclusiva a la literatura destinada a niños y jóvenes, y difícilmente podría encontrarse profesional más cualificado para poner al frente de la misma.

Se ha señalado como modelo o referencia de la labor llevada a cabo por Almendros en esta editorial La Edad de Oro, una revista infantil de la que entre julio y octubre de 1889 habían aparecido apenas cuatro números (si bien en 1921 se había publicado en volumen en Costa Rica), pero cuyo autor único se encontraba entre los mayores intereses de Almendros: el escritor y político cubano José Martí (1853-1895). Entre otros textos dedicados a Martí, en1956 la Universidad de Oriente le había publicado a Almendros A propósito de «La Edad de Oro», de José Martí. Notas sobre la literatura infantil, y en 1959 el Ministerio de Cultura En torno a la Edad de Oro, de José Martí (como cuarto número de las Publicaciones para Maestros).

Con el objetivo de poner al alcance de niños y jóvenes lo más selecto de la tradición narrativa universal, Almendros creó un notable equipo del que formaron parte entre otros Renée Méndez Capote, que tradujo y adaptó el Ivanhoe (1965) de Walter Scott y adaptó El último de los mohicanos (1966), de Fenimore Cooper, además de publicar su propia obra (Relatos heroicos en 1965 y Dos niños en la Cuba colonial al año siguiente); Anisia Miranda, autora de Becados (1965) y Mitos y leyendas de la antigua Grecia (1966), antes de convertirse en destacada colaboradora del semanario infantil Pionero (1966-1967); o el periodista y prolífico corrector nacido en la ciudad catalana de Mataró José Elizalde Manent (1902-1988), que firmaba como Santiago Velasco (ocasionalmente como J.E. Manent) y que en los años cuarenta había dirigido la revista Combate (órgano de la Asociación de Excombatientas Antifascistas Revolucionarios) y en los cincuenta había sido el administrador de la revista ácrata Estudios. Mensuario de la Cultura, cuyo consejo de redacción incluía a Marcelo Salinas, Abelardo Iglesias y Roberto Bretau. En 1944, Santiago Velasco había sido uno de los fundadores de la Alianza de Intelectuales Antifranquistas de Cuba, junto con el periodista José Luis Galbe (1904-1985), el poeta y escritor Juan Chabás (1900-1954) y el propio Herminio Almendros.

Fuentes:

Néstor Almendros, «Perseguido en España, olvidado en Cuba», El País, 13 de marzo de 1986.

Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez, «Apuntes sobre la censura de autores y libros de literatura infantil en Cuba (1960-1985)», MiauBlog, Literatura, lectura, libros para niños y jóvenes, 15 de septiembre de 2022.

Maritza Carrillo Gibert, «Vigencia de Herminio Almendros en la tradición pedagógica cubana», en la web de la Asociación Cultural Torre Grande Almansa, 7 de octubre de 2007, pp. 125-133.

Carmen Diego Pérez, «Las bibliotecas del Patronato de Misiones Pedagógicas en la provincia de Palencia: dotación y depuración de fondos», segunda parte de «Un caso paradigmático de represión cultural: Depuración de bibliotecas escolares en la provincia de Palencia durante la guerra civil española», Represura, núm 7 (2011).

Jorge Domingo y Róger González, Sentido de la derrota. Selección de textos de escritores españoles exiliados en Cuba, Bellaterra, Associacio d’Idees-Gexel, 1998.

José Gómez Cortés, «Herminio Almendros y la generación del 27. Algunas cartas inéditas desde su exilio cubano», web del I.E.S. Herminio Almendros de Almansa.

Jesús Gómez Cortés, Antoni Petrus Rotger, Isabel Cantón Mayo y Martí Teixidó Planas, «Centenario de Herminio Almendros. Un personaje del pasado, una figura del presente, una referencia para el futuro», número monográfico de los Cuadernos de Estudios Locales de Almansa, núm. 14 (febrero de 2001).

José Mª Hernández Díaz, «Un exponente de la pedagogía española en el exilio: Herminio Almendros y la edición en Cuba», Revista de Educación, núm. 309 (1996), pp. 217-237.

Omar Felipe Mauri Sierra, «La isla de los niños», en Mª Teresa González de Garay y Juan Aguilera Sastre, eds., El exilio literario de 1939. Actas del congreso celebrado en la Universidad de la Rioja del 2 al 5 de noviembre de 1999.    Pp. 451-458.

Héctor E. Paz Aguilar, «Herminio Almendros, maestro, pedagogo, escritor…», Invasor, 6 de diciembre de 2021.

Enrique Pérez Díaz, «El misterio de Había una vez…», Cubainformación, 20 de marzo de 2021.

Joel Franz Rosell, «La literatura cubana para niños y jóvenes: un inesperado fruto de la revolución», Revue l’Autre Amérique, 18 de enero de 2022.

Ferran Zurriaga, «Heminio Almendros, un maestro», Triunfo, Año XXIX, n. 637 (14 diciembre 1974), pp. 60-61.

Luis Martos Lalanne, escritor de informes de censura de libros

En la jugosa lista de censores que Fernando Larraz mencionó en Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, aparece el general de división Luis Martos Lalanne (1906-1982) como «el más prolífico» en la redacción de informes de lectura de textos novelísticos para este órgano represor, si bien ejerció solo estas tareas entre 1971 y 1975, y se le caracteriza en el desempeño de sus funciones como «atrabiliario, rústico, cerril y dogmático» y «el más despectivo con la literatura experimental».

En junio de 1934, su nombre aparece en el Memorial de Ingenieros del Ejército como perteneciente a la promoción 109, salida en julio de 1927 (cuando tenía veintiún años) y en la que obtuvo el número 20; uno de sus primeros destinos fue en la Agrupación de Radiotelegrafía y Automovilismo en África, hasta que el 17 de octubre de 1932 Manuel Azaña (1880-1940) firma como ministro de la Guerra la destinación de Martos al Centro de Estudios Tácticos de Ingenieros, que había obtenido por concurso.

Un poco antes de la guerra civil española, el 26 de mayo de 1935, el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra consigna su pertenencia a la sección de contabilidad de la tercera división e informa que ha quedado sin destino.

 Al iniciarse el golpe de julio de 1936 Martos era capitán de Ingenieros y se encontraba destinado en la Escuela Superior de Guerra, pero cuando en marzo de 1937 se crea la Junta de Movilización, Instrucción y Recuperación, dedicada al reclutamiento de combatientes para el bando franquistas, Martos figura como presidente de la Secretaría entre mayo y septiembre de ese año. Allí se dedicó a «la tramitación de asuntos y documentación de carácter general, y de los de índole secreta o reservada, así como del control de entrada y salida de documentación para la Jefatura», según explican Molina Franco, Sagarra Renedo y González López en su estudio de esta junta. Sin embargo, a finales de 1938, coincidiendo con la autorización para lucir sobre el uniforme la insignia de la Orden Mehdauía (de la que era oficial), se le destina al Ejército de Levante.

Unos años posterior, de 1942, es una colaboración suya en Ejército. Revista ilustrada de las Armas y Servicios del Ministerio del Ejército, en el que se le presenta como comandante de Ingenieros del Servicio de Estado Mayor y donde establece las razones de los éxitos de Hitler e interpreta la segunda guerra mundial como «una continuación de nuestra Cruzada». No es descartable ni mucho menos que anden por ahí algunos otros textos suyos de esos años. Se sabe también que en julio 1964, siendo general de brigada, se le otorgó la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, y que en noviembre de ese mismo año presidió la comisión interministerial creada para evaluar la situación de los marroquíes que habían combatido en las filas franquistas durante la guerra.

Al margen de novelas, cuyos informes emplea y cita Larraz reiterada y generosamente (para deleite del lector), también se ocupó Martos de informar acerca de ensayos políticos, como fue el caso de la traducción de Daniel Iríbar Velasco de La civilisation au Carrefour, coordinado por el filósofo checo Radovan Richta (1924-1983), publicada originalmente por las parisinas Éditions Anthropos en 1968 y que Artiach Editorial preveía publicar en España con un prólogo del sociólogo y militante comunista José Daniel Lacalle Sousa. En su informe de finales de 1971 Martos aceptaba su publicación sin tachaduras argumentando que se trataba de un «espantoso mamotreto» en el que «quizás alguna frase pudiera mejorarse», y consideraba el texto introductorio «tan oscuro como la obra que prologa». Así pues, en febrero de 1972 empezó a distribuirse una edición de 3000 ejemplares de este título. Sin embargo, esta actitud mostrada aquí por Martos de tolerar aquello que no comprendía, consideraba en exceso complejo o le aburría, no siempre la mantuvo, ni al informar acerca de ensayos políticos ni al hacerlo sobre novelas.

De esas mismas fechas es su informe acerca de Pedagogía del oprimido, del filósofo y pedagogo brasileño Paulo Freire (1921-1997) presentado por tres editoriales distintas antes de que se la autorizaran a Siglo XXI, ya en mayo de 1975. En el informe que redactó en noviembre de 1971 Martos, confiesa: «Este libro, o es un camelo, o está tan por encima de la comprensión y conocimientos del lector que suscribe, que no hemos podido entender NI UN SOLO PÁRRAFO». Y aun así, recomienda su prohibición.

Otro argumento no menos curioso es suponer que ciertas obras sólo las leerán marxistas previamente convencidos, por lo cual su capacidad proselitista y por tanto su «peligrosidad» es nula. Fue el caso por ejemplo del Gramsci del filósofo francés Jacques Texier (1932-2011), que la editorial Seghers había publicado en 1966 y Artiach intentó publicar en 1971. Según el informe de Martos, fechado en marzo de ese año, se trataba de un libro que «sólo puede ser leído y entendido por alguien que ya sea marxista, o mejor dicho filósofo del marxismo», y no obstante eso no recomienda su autorización debido a su «contenido totalmente marxista». En marzo de ese año fue denegada la autorización para publicar esta obra.

Un caso un poco similar pero con una conclusión en sentido contrario es el de una Introducción al pensamiento de Gramsci, del filósofo y militante comunista José María Laso Prieto (1926-2009), que presentó a censura la editorial Ayuso en enero de 1973 y de la que en un informe fechado el 30 de ese mes escribe no sin cierta gracia Martos: «El que sea capaz de leer esta obra y enterarse, o bien es un estudioso profundo e imparcial, o un marxista convencido de antemano. El libro puede pues hacer poco o ningún daño.» Aunque con algunas tachaduras, la obra se publicó en septiembre de ese año prologada por el entonces marxista heterodoxo Gustavo Bueno (1924-2006).

Aunque a la barcelonesa editorial Ariel ya se la habían prohibido a principios de ese mismo año, en otoño de 1971 volvió a llegar a censura Las Panteras Negras hablan, del historiador de los movimientos sociales Philip S. Forner (1910-1994), en esta ocasión presentada por la ya mencionada y combativa Artiach. Este libro había dado ocasión, en su primera consulta, a que Martos concluyera su informe haciendo gala de su exuberancia y vehemencia verbal: «En resumen y aparte de los insultos a España, todo el libro es puro comunismo superrevolucionario predicando violencia». Obviamente, la autorización fue de nuevo denegada.

En contraste, del año siguiente es un enfático informe aprobatorio acerca de El escandaloso aquelarre de Larraitz (1972), recopilación debida a Bartolomé de Armuñota acerca del festival de 1971 que tuvo lugar en Larraitz y que la prensa más retrógrada consideró poco menos que un apocalipsis hippie. Una vez presentada a Censura por Fuerza Nueva Editorial, escribe Martos: «El libro es ultraderechista, ultracatólico y ultra-antiseparatista vasco, ultra españolista y todo eso. Cosa que estimamos hace mucha falta en nuestros días para defender nuestra civilización contra las corrientes disolventes tan conocidas». Debido a todo ello, no se conforma con rematar su informe con expresiones lexicalizadas o más o menos formularias, sino que lo considera «ABSOLUTAMENTE AUTORIZABLE».

Y no es que se ensañara en particular con el nacionalismo vasco, sino que incluso se explaya entre jocoso e intolerante en relación a Canarias, región polémica, del abogado Antonio Carballo Contada (1936-1977), cuando Edicusa (Cuadernos para el Diálogo) la presenta en julio de 1972:

para pedir, los canarios tienen la boca como buzón de Correos, e incluso si se les llevara la capital de España a las islas, les parecería poco. Sentimos mucho que no les guste la Ley [sobre régimen económico y fiscal de las islas], pero tampoco les gusta a los quinquis la Ley de Orden Público y ahí está. España está por encima de los regionalismos.

El españolismo radical de Martos está fuera de toda duda, y vuelve a ponerse de manifiesto en el complejo trámite de Hablando con los vascos, del periodista Martín Ugalde (1921-2004) y presentada por la barcelonesa editorial Ariel, en el que se este censor se indigna sobre todo con la entrevista a J.M. Barandiarán porque en ella éste protesta «de que le hayan obligado a aprender español y le llama crimen a eso», aunque considera que en realidad todo el libro «está escrito con verdadera mala intención». El texto inició un periplo de tachaduras y negociación de las mismas, de idas y venidas de la editorial a censura, pero finalmente, amputado, pudo ver la luz.

Ugarte volvió a toparse con Martos a raíz de la presentación por parte de la editorial Seminarios y Ediciones de su Síntesis de Historia del Pueblo Vasco a consulta voluntaria, y en la que se le pidió que la mutilara a consciencia; después de presentarse a depósito, finalmente pudo distribuirse a partir de junio de 1974.

El mes siguiente apareció la Pequeña antología política de Gramsci preparada por el filósofo marxista Juan Ramón Capella y presentada a censura por la editorial Fontanella, que a juicio del ínclito militar metido a censor no incluye sino «Ataques groseros y violentos al capitalismo. No es un estudio filosófico y de altura del marxismo sino una serie de artículos cortos de propaganda.». Fue finalmente autorizada mediante silencio administrativo y publicada en julio de 1974. Ese mismo mes firmaba el dictador el decreto por el que Martos pasaba a la reserva, pero eso no impidió que siguiera redactando informes para censura (quizá le cogiera el gusto, ya fuere a la indigna labor o a la retribución que ésta le reportaba).

Ya muerto Franco, Anagrama presentó a depósito directo en diciembre de 1975 la antología preparada por el filósofo comunista Francisco Fernández Buey (1943-2012) Debate sobre los consejos de fábrica, con textos de Gramsci y de Amadeo Bordiga (1889-1970), que se consideró que chocaba con el ignominioso decreto antiterrorista de 1975 (Decreto-Ley 10/1975 de 26 de agosto), que entre otras cosas facilitó el indecente cierre de publicaciones periódicas como Destino, Posible y Cambio 16 y que se dirigía tanto «contra los grupos u organizaciones comunistas, anarquistas, separatistas» como contra «aquellos otros que preconicen o empleen la violencia como instrumentos de acción política y social» y quienes «públicamente, sea de modo claro o encubierto, defendieren o estimularen aquellas ideologías». Esto hizo que la obra en cuestión fuera secuestrada por el TOP (Tribunal de Orden Público) y no pudo comercializarse hasta finales de septiembre de 1976. En su informe, del 2 de diciembre de 1975, Martos equipara los consejos de fábrica con los sóviets y con las Comisiones Obreras españolas y describe el contenido del libro como «propaganda comunista evidente».

En el ámbito de la poesía, pues Martos toca todos los palos, quizá los autores más conocidos sobre los que informó fueran Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) y Gabriel Celaya (1911-1991). En consulta voluntaria, ya se le había denegado a Llibres de Sinera autorización para las Coplas a la muerte de mi tía Daniela de Vázquez Montalbán en 1970, pero aun así más adelante el poeta y editor José Batlló (1939-2016) presentó a depósito una versión con ciertas variantes y Martos firmó el 6 de julio de 1973 un informe en el que lo describía como «versos sin pies ni cabeza, pero en los que hay alusiones a personas existentes, y alguna obscenidad que deberían ser corregidas». El asunto se resolvió con un silencio administrativo, de modo que la obra pudo distribuirse.

Un poco más complejos son los casos de Rapsodia euskara, de Gabriel Celaya, que en 1961 había publicado la Biblioteca de los Amigos del País como número 16 de la Colección Monografías Vascongadas con ilustraciones de Santos Echeverría, y Baladas y decires vascos, de la que en 1965 la colección El Bardo de José Batlló había publicado una edición sensiblemente perjudicada por los cortes censorios. En 1968 apareció, también censurada y en El Bardo (en la editorial Ciencia Nueva), una edición titulada Canto en lo mío (Rapsodia euskara-Baladas y decires vascos),que en 1973 intentó publicar íntegra, sin éxito, la editorial Auñamendi. En esta ocasión Martos se explaya en algunas consideraciones hasta cierto punto personales (téngase en cuenta que era de origen andaluz, de ahí la referencia a los tartesos): «Todo gira sobre que los únicos que saben trabajar y trabajan son los vascos. Muy bien. Si quieren presumir de mulas de carga, allá ello [sic]. El que suscribe prefiere la suave filosofía tartesia».

Leídas hoy resultan entre disparatadas y jocosas todas estas parrafadas y este estilo carpetovetónico tan extremado de Martos, y el riesgo es que estas ridiculeces hagan olvidar, como insiste Larraz en su libro de 2014, las gravísimas y vergonzosas consecuencias que a menudo tenían sobre las condiciones en que los libros llegaban a lectores; y, en última instancia, sobre el nivel (y la historia) de la cultura española toda.

Fuentes:

Boletín Oficial del Estado.

Diario Oficial del Ministerio de la Guerra.

Sergio García García, «”Se trata de unos poemas de cierto regusto marxistizante”. La poesía de Manuel Vázquez Montalbán ante la censura franquista», Tonos Digital, núm. 38 (2020).

Lucas Molina Franco, Pablo Sagarra Renedo y Óscar González López, El factor humano. Organización y liderazgo para ganar una guerra. La Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación en la Guerra Civil española, Madrid, Ministerio de Defensa del Gobierno de España (colección Adalid), 2022.

Francisco Rojas Claros, «Edición y censura del marxismo italiano en la España de Franco. Antonio Gramsci y Galvano della Volpe (1962-1975)», Spagna contemporanea, núm. 49 (2016), pp. 121-139.

Francisco Rojas Claros, «La difusión del marxismo durante el franquismo: el caso de Artiach Editorial(1969-1974)», Revista Historia Autónoma, núm. 9 (2016), pp. 147-170.7

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia editorial (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Joan Mari Torrealdai Nabea, La censura de Franco y el tema vasco, Astigarraga, Fundación Kutxa, 1999.

Un caso de plagio en el Premio Planeta que no es el de Cela (ni el de Carlos Rojas)

De los muchos y diversos tipos de escándalos que han rodeado el Premio Planeta (miembros del jurado díscolos, premiados que tenían la obra ya contratada por otra editorial, sospechas de apaños, etc.), tal vez el más abundante a lo largo de la historia de este galardón sea el de los plagios. Las acusaciones de María del Carmen Formoso (1940-2020) a Camilo José Cela (1916-2002) —por La Cruz de san Andrés— y el de Dolores Rivas Cherif (1904-1993) a Carlos Rojas (1928-2020) —por Azaña—  quizá sean los más sonados, pero menos conocido es el que en 1983 rodeó la novela de José Luis Olaizola (n. 1927) La guerra del general Escobar.

De hecho, el premio de 1983 es sobre todo recordado, gracias sobre todo al libro de memorias de Mario Muchnik Lo peor no son los autores, como el que debía ganar Juan Benet (1927-1993), que en 1980 ya había sido finalista con El aire de un crimen, pero el caso es que el jurado de esa convocatoria proclamó finalista a Fernando Quiñones (que ya había sido finalista en 1979) por La canción del pirata y ganadora a la novela en que Olaizola recreaba parcialmente la vida del general Antonio Escobar Huerta (1879-1940), quien durante la guerra civil había estado al mando de un contingente formado por milicianos de la columna Tierra y Libertad y guardias civiles de la comandancia de Barcelona y al término de la guerra fue fusilado en el castillo de Montjuïc.

No había pasado ni una semana de la concesión pública del premio cuando saltó a las páginas de la prensa la denuncia que contra el autor de la novela había interpuesto Pedro Massip Uriós, ayudante de campo de Escobar durante la guerra en el frente de Extremadura y por entonces casado con una sobrina del general. Según contó por entonces Massip, en 1969 y por encargo de Alfredo Escobar (de Suevia Films), había empezado a trabajar en un guion cinematográfico basado en la biografía del general que no llegó a buen puerto, pero que había recuperado años después para proponérsela a RTVE y lo dio entonces a leer a Olaizola para que revisara el texto y acabara de darle forma cinematográfica (en 1981 había estrenado Olaizola Palmira, con guion y dirección de él mismo).

El 19 de octubre La Vanguardia recogía la primera reacción ante esta denuncia del propietario de Planeta, José Manuel Lara (1914-2003), del siguiente modo:

… en su calidad de portavoz de la editorial que otorga el galardón, mostró su sorpresa y comentó a este periódico que «por aquello de la morbosidad, no me desagrada que hablen, aunque sea mal, del premio». Declaró que la editorial «ni entra ni sale» en las responsabilidades en las que haya podido incurrir el autor y fue tajante al afirmar que era «una frivolidad tremenda que alguien acuse de plagio a otra persona sin haber leído previamente lo que ésta ha escrito».

José Manuel Lara Hernández, «leyendo».

De todos modos, la primera edición no se hizo esperar, está fechada en ese mismo 1983, y según declaró entonces Lara (1914-2003): «Nosotros hemos hablado con Olaizola y no niega que visitó a Massip y que se llevó una copia del guion. En el epílogo de la obra le agradece la ayuda prestada para reconstruir la vida del general». Vale la pena añadir que en el artículo de La Vanguardia citado (posterior a la entrega del premio, atemnción a la cronología), el autor declaraba: «comprenderá que anteayer redactara en Barcelona un epílogo a mi novela en el que expreso mi agradecimiento a todos cuantos me han hecho posible con su ayuda la reconstrucción de la biografía novelada del general Escobar». Tampoco ante la prensa Olaizola negó haber leído el guion, que en declaraciones a El País describió como «un tocho que distorsionaba la imagen que ya me había formado, un guion que es infumable, incluso para un lector técnico», pero planteó la cuestión como una coincidencia y aseguró haber accedido al texto de Massip cuando ya llevaba muy avanzado su propio proyecto novelístico sobre Escobar.

José Luis Olaizola.

Lo interesante en este caso es que la acusación era por «plagio ideológico» o no textual —es decir, la apropiación de una idea ajena, no por un burdo copia y pega como pudo ser por ejemplo el caso de Ana Rosa Quintana—, y probablemente fuese el primer caso en España en que se aceptaba a trámite una acusación de estas características (y valdrá la pena anotar que llevó el caso de Massip el famoso y luego mediático abogado Javier Nart, que con el tiempo acabaría por publicar libros en sellos del grupo Planeta). Resulta curioso que el auto de procesamiento, dictado por el Juzgado de Instrucción número 6 de Barcelona, se sustentara en el informe de un catedrático de Literatura de la Universitat de Valencia, Miquel Company, y en el de un editor que por entonces, justa o injustamente, aún arrostraba con el sambenito de haber dejado pasar la oportunidad de publicar Cien años de soledad, el senador socialista Carlos Barral (1928-1989), quien no tenía precisamente fama de buen lector de novelas.

En mayo de 1984 prestaba declaración en el juzgado Olaizola, y a la salida anunció su intención de presentar una querella porque «se ha aprovechado del eco del Planeta para hacer una película con el guion que plagia la estructura de mi novela», y ciertamente por entonces (en septiembre de 1984) se había estrenado Memorias del general Escobar, una película dirigida por José Luis Madrid a partir de un guion de Massip e interpretada por Antonio Ferrandis, Fernando Guillén, Luis Prendes, Jesús Puente, etc. De hecho, J. L. Madrid le había propuesto el proyecto inicialmente a Olaizola, y sólo cuando este se negó (porque ya estaba en negociaciones con el director Antonio Mercero para llevar a la pantalla su novela) le compró el guion a Massip.

El 6 de diciembre de 1984, Ferran Sales publicaba en El País un artículo en el que recogía fragmentariamente algunos de los pasajes del auto de procesamiento dictado por el juez Luis María Villarino, que indica que Olaizola «basó y sustentó ideológica y técnicamente» su obra en la de Massip. Y añade que se apropió:

Las ideas, estructuras, datos sustanciales, escenas, elementos y guion de la obra de Pedro Masip, incluso describiendo pasajes del mismo en idéntica similitud conceptual y sustancial […] se limitó a cambiar la redacción de esta novela y presentar el libro como obra propia.

Al galardonado novelista se le pedía un depósito de cinco millones, al tiempo que se instruía una segunda pieza judicial acerca de los beneficios generados por la venta de la novela tanto para el autor como para la editorial (además de haber aparecido en Club Planeta y Círculo de Lectores, en 1984 había aparecido la tercera edición), y como consecuencia de la misma en enero de 1985 se dictó un auto instando a la editorial a retirar de la venta la obra de Olaizola. Al parecer esto no importaba en exceso a la editorial, pues según Fernando Lara las ventas —acaso porque ya se había publicado el Premio Planeta de 1984, La crónica sentimental en rojo, de González Ledesma— por entonces se habían estancado en unas 200.000 copias.

En su informe de descargo, se adujo la autoridad de escritores (Luis Romero), historiadores (Ramón Salas Larrazábal), críticos literarios (Manuel Cerezales) y catedráticos de Literatura (Ricardo Gullón, José Luis Varela y Domingo Yndurain), después de cuyo estudio el juez levantó la prohibición de seguir vendiendo la novela, pero se fijó una fianza de cincuenta millones a la editorial, que enseguida anunció su intención de recurrir.

No parece que el caso tuviera más repercusión en la prensa (¿tal vez se llegó acaso a un acuerdo extrajudicial?). Pero en 1990 La guerra del general Escobar llegó a la decimosexta edición en la Colección Autores Españoles e Hispanoamericanos (al margen de todas las otras ediciones mencionadas).

A este podría añadirse aún, además de los casos referidos al principio, por lo menos la denuncia de Manuel Villar Raso a Cristóbal Zaragoza (premiado en 1981 por Y Dios en la última playa) y algunos rumores intensos y persistentes que quedaron en nada (como el que rodeó a Maruja Torres cuando ganó en el año 2000 por Mientras vivimos). ¿Qué sería un Premio Planeta sin polémica, sea esta fundamentada o alentada por la propia editorial?

Fuentes:

Rafael Abella, José Manuel Lara, el editor, Almuzara, 2021.

Inés Ballester, «Pedro Massip, satisfecho por la retirada del libro de Olaizola», El País, 20 de enero de 1985.

Jordi Bordas y E. Martín de Pozuelo, «El juez fija una fianza de 50 millones a Planeta», La Vanguardia, 27 de febrero de 1985.

A. C., «El último ganador del Premio Planeta, acusado de plagio, prestó declaración», La Vanguardia, 31 de mayo de 1984.

R. M. C. «Acusan de plagio al último Premio Planeta», La Vanguardia, 19 de octubre de 1983.

José Martí Gómez, Los Lara. Aproximación a una familia y a su tiempo, Barcelona. Galaxia Gutenberg, 2019.

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad. El Premio Planeta, tesis presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, 2004.

Ferran Sales, «Procesado José Luis Olaizola, penúltimo ganador del Planeta, por presunto plagio», El País, 6 de diciembre de 1984.

Núria Vidal, «Barcelona acoge hoy la presentación las Memorias del general Escobar», La Vanguardia, 21 de septiembre de 1984.

Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.