Continuidad en el exilio de un gran proyecto cultural

En el año 2004, el profesor Josep Camps i Arbós publicó un artículo que ponía de manifiesto hasta qué punto, aun siendo fragmentarios y estando dispersos, los epistolarios, tratados con la debida paciencia y rigor, pueden ser una herramienta de primer orden para reconstruir la historia de una editorial. En su caso, basándose sobre todo en el fondo Ramon Xuriguera i Parramona (1901-1966), que se conserva en el Arxiu Nacional de Catalunya, y en el de Josep Queralt i Clapés (1896-1965), que alberga el Institut Franco-Català Transfronterer de la Universidad de Perpiñán, pudo analizar con detenimiento la labor del tándem formado por Queralt, uno de los fundadores de la editorial Proa, y Joan Puig i Ferrater (1882-1956), director literario de la misma, sacando un gran rendimiento también a las cartas cruzadas entre Xuriguera y personajes importantes y bien informados de la cultura catalana, como por ejemplo Rafael Tasis (1906-1966). En el fondo de este último, conservado en la Biblioteca d´Humanitats de Barcelona, se conserva además una carta de Marcel·lí Antich (1895-1968) fechada en San José de Costa Rica en abril de 1965 en la que, como otro de sus artífices, comenta que ha informado a su nuevo propietario de los orígenes de Proa.

Imagen de los primeros tiempos de Proa en la que pueden identificarse, sentado, a Andreu Nin y Olga Tereeva Pavolva; en el extremo izquierdo, a Josep Queralt; en el centro con un cigarro en la boca, a Puig i Ferreter, y, con las manos cruzadas y con gafas, a Marcel·lí Antich.FOTO CEDIDA POR JORDI ANTICH, DE COSTA RICA, NIETO DE ESTE ÚLTIMO.

 

Logo de la mítica colección A Tot Vent, obra de Josep Obiols.

La primera etapa de la editorial Proa, la comprendida entre su fundación en Badalona por parte de Queralt y Marcel·lí Antich y su desmembramiento en 1935 cuando Antich la abandonó para crear la efímera editorial Atena con los traductores Francesc Payarols (1896-1998) y Andreu Nin (1892-1937) y el apoyo económico del contable de Begur Josep Cruells, agravado en 1938 con su desintegración como consecuencia del rumbo de la guerra civil española, había bastado para que Proa se situara a la vanguardia de la edición de narrativa, tanto traducida por excelentes profesionales como en catalán, de su tiempo, y su logo, creado por Josep Obiols (1894-1967), en un punto de referencia inequívoco de solvencia. A la altura de 1938 figuraban ya en su buque insignia, la colección A Tot Vent, obras de Tolstoi, Balzac, Stevenson, Remarque, Dostoyevsi, Dickens, Stendhal, Zweig o Maupassant junto a otras de Prudenci Bertrana, Miquel Llor, Xavier Benguerel, Mercè Rodoreda o Sebastià Juan-Arbó.

De ahí la importancia que tenía la supervivencia en el exilio francés de semejante iniciativa y que enseguida supieron verlo, y así se lo hicieron saber a Queralt, personalidades como el lingüista y filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), que incluso le acompañó en sus gestiones con la Administración francesa para poder establecerse como editor, o el mencionado Xuriguera. No es un dato menor que Queralt nunca lograra obtener beneficios de la empresa hasta que la vendió, y que en los primeros tiempos compatibilizara su dedicación a Proa con traducciones y un empleo a media jornada como contable, mientras que su esposa Antònia Pedra se empleaba en labores domésticas en casas ajenas. Eso contribuye a explicar sin duda que Queralt aceptara publicar, fuera de colección, algunas obras financiadas por sus autores.

El hecho de que el contacto entre los implicados se estableciera sobre todo por medio de cartas, con las complicaciones de todo tipo que ello debió de suponer para llevar a buen puerto las diversas ediciones, es a la postre una suerte a la hora de reconstruir esa singladura de Proa por tierras francesas. Ello permite conocer, por ejemplo, detalles como que Queralt obtuvo la Carte de comerçant étranger el 30 de abril de 1949, que la sede de Proa era el domicilio particular del editor (place Cassanyes, 4, 4º de Perpiñán), que la dirección de los posibles suscriptores le fue facilitada por el también escritor y editor exiliado Ferran Canyameres (1898-1964) o que la composición e impresión de las obras se llevaba a cabo inicialmente en la Imprimérie Regionale de Toulouse y posteriormente en Montpellier. Sin embargo, más interesante resulta incluso saber que inicialmente se ofreció la dirección de esta nueva etapa a Xuriguera, quien, si bien declinó muy amablemente la propuesta alegando la necesidad de comprobar primero que el proyecto era viable, en carta a su amigo Tasis le confiesa más abiertamente que no le ve mucho futuro ni ve muy claro semejante proyecto, y escribe: «las condiciones en que se me ofreció la dirección de las ediciones no me permitió aceptar. No entro en detalles para no tener que confiar nombres propios al papel» (es posible que eso aluda específicamente a Puig i Ferrater, quien no puede decirse que tuviera muy buena fama como gestor y uno de cuyos intereses en resucitar Proa era publicar en ella su oceánica novela, en doce volúmenes, El pelegrí apassionat).

Canyameres.

Para financiar semejante proyecto, Queralt ideó un patronato cuyo objetivo era proteger la empresa y en la que figuraron personalidades y entidades comprometidas con la supervivencia en el exilio de la cultura catalana de los más diversos países: el banquero Joan Casanellas y los hermanos y empresarios Josep y Bertran Cusiné en México, los eminentes médicos Josep Trueta y August Pi i Sunyer y el editor Joan Lluis Gili en Gran Bretaña, por ejemplo, o el Casal Català de París, el Institut de Cultura Catalana, el Orfeó Català y la Comunitat Catalana de México, el Centre Català y el Casal Català de Nueva York, el Centre Català de Bruselas… Es significativa también una de las escasas renuncias a figurar en este patronato, la del poeta y traductor Carles Riba, sobre todo por las razones que esgrime: Por el hecho de residir de nuevo en Barcelona, tras un breve exilio, que su nombre apareciera en una lista semejante despertaría sin duda las sospechas de las autoridades españolas, lo que sin duda le reportaría más inconvenientes a él que los beneficios que podría conllevar para Proa que su nombre se añadiera a tan selecta nómina.

Puig i Ferreter durante su exilio.

La primera novela publicada por Proa en Perpiñán tiene la singularidad de ser la primera editada en francés, el retrato La llegende de Pablo Casals, del escritor rosellonés Arthur Conte (1920-2013) –el experimento se repitió en 1951 con Un esprit mediterranéen, Joan Maragall, tesis doctoral del traductor exiliado Josep Maria Corredor–, pero a esta, tras otro caso singular, siguieron enseguida una serie de novelas encuadradas en la colección a A Tot Vent de cuyas vicisitudes hasta su publicación da muy buena cuenta Camps i Arbós en el artículo mencionado. La otra obra singular, con la que se remprende la mítica colección con el número 93, no apareció hasta mediado 1951, El Ben Cofat i l’Altre, del poeta Josep Carner (1884-1970), por entonces exiliado en Bruselas. La singularidad en este caso, comentada no sin sorna por Xuriguera en su epistolario con Tasis, reside en el hecho de que, a diferencia de lo que venía publicándose hasta entonces en A Tot Vent, se trata de la versión catalana de la pieza teatral que Carner había publicado previamente en México, en español y en las efímeras Ediciones Fronda de Vicenç Riera Llorca (1903-1991) y Avel·lí Artís Balaguer (1881-1954), con el título Misterio de Quanaxhuata. La historia de este libro es también bastante peculiar, pues la idea inicial de Carner en 1949 era darla a conocer en Barcelona, a través de Marià Manent, a la editorial Selecta de Josep M. Cruzet (1903-1962), pero éste descartó la posibilidad y entonces fue Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), quien le informó en términos bastante curiosos a Carner de la gestación de una nueva etapa de Proa en una carta del 26 de enero de 1950:

Dudo que Queralt consiga hacer nada. Vi a Puig i Ferrater la semana pasada. En el fondo sólo le preocupa una cosa: encontrar a unas cuantas personas presentables que le flanqueen la rentrée. En principio, quería empezar la colección con el primer volumen de su novela [El pelegrí apassionat]. Pero [Domènec] Guansé le ha escrito diciéndole que sería una pena que el resurgir de Proa sólo sirviera para publicar sus libros con una lista de colaboradores en la cubierta a modo de aval.

Benguerel.

En su etapa en Perpiñán, fracasados algunos intentos de poner en marcha otras colecciones cuya dirección ofreció a Xuriguera, la producción de Proa se centró casi exclusivamente en la colección A Tot Vent, de la que consiguió publicar una docena larga de títulos, aparecidos algunos de ellos con posterioridad a la muerte de Puig i Ferrater: L’home dins el mirall (1952), de Xavier Benguerel; Laberint (1953), de Domènec Guansé, la traducción de Cèsar August Jordana de L’hereu de Ballantrae, de Stevenson; la de Just Cabot de L’estany del diable (1955), de George Sand; El mar escolta (1957), de Joan Garrabou, y a estos hay que añadir los del propio director editorial, cuya abusiva abundancia no puede explicarse sólo por la dificultad para encontrar autores de relieve: Janet vol ser un heroi (1952), Homes i camins (1952), Janet imita el seu autor (1954), Vells i nous camins de França (1956), Els emotius (1956), Demà… (1957), Les profanacions (1958), Els amants enemics (1959), La traïció de Llavaneres (1961), El penitent (1961) y Pel camí dels desgreuges (1962). Cuando ya se estaba gestando el traslado de nuevo a Barcelona, apareció como número 99 de la colección la traducción de Manuel de Pedrolo (1918-1990) de Homes i ratolins, de John Steinbeck. Del número 100, L’Estranger, de Albert Camus, en traducción de Jaume Fuster (1945-1998), se ocupó ya la Proa remodelada por Joan B. Cendrós en Barcelona, a cuyo frente puso a Joan Oliver (1899-1986). Y en el volumen conmemorativo de los primeros cincuenta años de la editorial, Cendrós subrayaba con toda justicia un dato particularmente estremecedor: «Son los cincuenta años de historia de Edicions Proa, de los cuales sólo durante veinte años se ha podido editar en Cataluña».

Fuentes:

Josep Camps i Arbós, «Edicions Proa a Perpinyà (1949-1965)», Els Marges núm. 72 (2004), pp. 45-72.

Isidor Cònsul, «Una mica d’història», en Pastís d’aniversari. A tot vent, 80 anys. Un viatge per les millors obres de la literatura universal, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2008.

Julià Guillamon, ed., La propera festa del llibre será de color taronja. Cinquanta anys del rellançament d’Edicions Proa, Barcelona, Edicions Proa, 2015.

Albert Manent, «Antecedents i història d’una aventura editorial: Edicions Proa», en Escriptors i editors del nou-cents, Barcelona, Curial, 1984, pp. 180-202.

Genís Sinca, El cavaller Floïd. Biografia de Joan Baptista Cendrós, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2016.

 

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El lenguaje como virus

En 1962, el inclasificable escritor estadounidense William Burroughs (1914-1997) publicaba en las parisinas ediciones de Maurice Girodias (1919-1990), Olympia Press, la novela de carácter distópico El tíquet que explotó, en la que puso en circulación el concepto del lenguaje como virus, que a su vez popularizó años más tarde la artista Laurie Anderson (Laura Phillips Anderson, n. 1947) en el tema musical y vídeo Language is a virus (1986). Esta sería a grandes rasgos la genealogía del nombre de una de las experiencias editoriales más efectivas y firmes en la línea de dar voz a los movimientos políticos anticapitalistas y de izquierda en España, Virus Editorial.

Los orígenes de Virus Editorial están asimismo estrechamente vinculados con la asociación cultural barcelonesa El Lokal, nacida en 1987 y que, entre otras muchas cosas, ha creado una distribuidora de fanzines, revistas y otros tipos de materiales culturales. El propósito que se plantearon en 1991 era dar un paso adelante en esa misma dirección, empezando a distribuir, pero también a editar, libros que pudieran recuperar la memoria histórica de los movimientos sociales y políticos que se movían en los márgenes, y, desde unas oficinas en la calle Aurora (más tarde se trasladarían a la calle Comerç), en 1992 se daban a conocer los primeros títulos de Virus Editorial: Sabaté. Guerrilla urbana en España (1945-1960), de Antonio Téllez Solà (del que en 2013 se haría una edición en catalán); El descubrimiento del 92. Expo, Olimpiadas… La otra cara del espectáculo, de autoría colectiva; La insumisión encarcelada, coordinado por Carlos Martín Beristáin, pero también de autoría colectiva mediante la recopilación de testimonios; ¡Viva el mal! ¡Viva el capital!, que recopila guiones televisivos de Santiago Alba Rico para «Los electroduendes», y 92. Lo que se nos viene encima, con obras de 29 dibujantes, entre los cuales Lusmore, Achota Gol, Nazario, Montse Clavé, Azagra, Juanito Garrafa, Fer, Toni Garcés, etc.

Antonio Téllez (1921-2005), uno de los historiadores no académicos más conocidos de su generación, daba con ese primer libro mencionado, que estrenaba la colección Memoria, las pautas o modelos que marcarían esa serie, una de las colecciones señeras de Virus, y se convirtió además en uno de los autores emblemáticos de esta línea de la editorial, con títulos como Historia de un atentado aéreo contra el general Franco (1993), La red de evasión del Grupo Ponzán. Anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1994) (1996) o Facerías, guerrilla urbana (1936-1945). La lucha antifranquista del Movimiento Libertario en España y en el exilio (2005), entre otros.

Lo que caracteriza a Virus entre las iniciativas editoriales surgidas en Barcelona en los primeros años de la década de los noventa es su por entonces muy singular organización en cuanto empesa y sus procesos de trabajo editorial, que en 2012 Patric de San Pedro describió el siguiente modo:

Funcionamos como cooperativa, aunque no lo somos oficialmente; en la práctica, somos más cooperativistas que muchas cooperativas. […] Todo se propone en asamblea de Virus y allí se decide. La razón principal para publicar un libro es su contenido, y luego se tiene en cuenta si el libro es viable económicamente o no, si el libro es demasiado extenso, si es necesario traducirlo, el público potencial, colectivos a los que puede interesar trabajar políticamente el texto, etc. […] Actualmente en Virus somos seis personas y todos decidimos. Funcionamos asambleariamente en todos los niveles. Todas las decisiones, tanto económicas, como de edición o de distribución, se deciden entre todos. Las decisiones importantes se toman en asamblea.

Vale la pena subrayar que, a diferencia de lo que ocurre en otros casos de editoriales independientes, esas seis personas trabajan a tiempo completo, todos ellos con el mismo sueldo y que no se establecen distinciones de ningún tipo entre ellos en razón de antigüedad en el proyecto ni de ningún otro tipo. Es evidente que se enfrentan a unas dificultades sobre todo en el ámbito económico muy severas, y eso les llevó a crear una serie de iniciativas destinadas a asegurar lectores, en forma socios y de suscriptores, pero en cualquier caso han conseguido publicar sostenidamente unos diez libros anuales desde entonces, encuadrados sobre todo en cuatro colecciones: Memoria, Arcadia, Ensayo y Folletos, a las que posteriormente se añadieron otras (y en reediciones se reposicionaron títulos) como Narrativa (en la que publicaron por ejemplo Siete domingos rojos, que Carlos Seco Serrano describe como «una de las novelas más definitorias, tanto en lo político como en lo estilístico» de Ramón J. Sender), Crónica (donde figura, por ejemplo, ¡Zapata Vive!, de Guiomar Rovira), Libélula (El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, apareció en ella), Hojas de Hierba (de explícito nombre), Acracia (dedicada a biografías de personajes como Teresa Claramunt, Lola Iturbe o Anselmo Lorenzo), etc. Títulos como ¡Huye, hombre, huye!, de Xose Tarrío (que a su vez dio pie a la revista Panóptico), o El lado oscuro de Google, del colectivo Ippolita, además, se convirtieron en más que notables éxitos que contribuyeron a dar a conocer sus trabajos bastante más allá de sus círculos originales.

Por su parte, la distribuidora, que trabaja sobre todo con editoriales afines en sus planteamientos y orientaciones (Bellaterra Ediciones, Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Cambalache, Traficantes de Sueños, La Felguera, Pepitas de Calabaza, Pantera Rosa, etc.), se desdobla a su vez en distribución comercial (librerías convencionales) y distribución alternativa (ateneos, centros y ferias del ámbito alternativo, libertario y de los movimientos sociales), con implantación en toda Cataluña, con particular presencia en Barcelona.

Con más de un cuarto de siglo de historia a sus espaldas y una enorme y densa red de colaboradores, Virus fue convirtiéndose progresivamente en una editorial de referencia en su ámbito, y tal vez eso contribuyó a que saliera airosa del auge de la cultura digital y de los planteamientos anticopyright, ante los que sucumbieron algunos de sus pares, anteponiendo la voluntad de divulgar las obras (la mayoría de ellas disponibles en abierto, salvo las traducciones) y confiando en que el grado de compromiso de sus lectores les permitiría seguir adelante. Y ahí siguen.

Fuentes:

Web de Virus.

Adrián Crespo, «Veinte años contagiando antagonismo», Diagonal, 21 de noviembre de 2012.

Txema Bofill y Okupem les Ones, «Virus Editorial: 20 anys de publicacions anticapitalistes i llibertàries», Catalunya. Òrgan d´Expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 126 (marzo de 2011), pp. 16-17.

Álvaro Hilario, «Virus Editorial, más de veinte años creando cultura del libro», Gara, 11 de marzo de 2005.

Entrevista con Fran, de Virus Editorial, Estudios. Revista de pensamiento libertario, 7 de octubre de 2012 (originalmente en CNT, núm. 393 [octubre de 2012]).

Los presos y los libros

«No hay mayor dolor que no tener libertad.»

Marcos Ana (1920-2016)

 

La ingente cantidad de literatura no ficcional referida a la vida carcelaria, ya sea en forma de memorias, testimonios o biografías, casi puede considerarse ya un subgénero que, quizá no tenga un gran atractivo comercial, pero ha experimentado una presencia constante y sostenida y ha encontrado en algunas editoriales marcadamente de izquierdas, como es el caso de Virus Editorial o Txalaparta, a corajudos y tenaces valedores.

X.Tarrío.

De hecho, uno de los libros de mayor divulgación publicados por Virus es un libro de muy complejo y azaroso proceso de edición, Huye, hombre, huye. Diario de un preso FIES (1997), del activista anarquista y escritor gallego Xosé Tarrío (1968-2005), apodado Che, que se publicó originalmente acompañado de un prólogo del profesor de Derecho Penal en la Universitat de Barcelona (y director del Observatorio del Derecho Penal y de los Derechos Humanos) Iñaki Rivera, del que se hicieron numerosas ediciones, incluso en traducción al inglés, y que está disponible en abierto en la red. En realidad, pues, quizá no se trate de un best séler, pero sí de un long séler muy ilustrativo de la experiencia en las cárceles españolas en los años ochenta y noventa, y en particular entre los presos FIES (Fichero Interno de Especial Seguimiento).

Quinto hijo de una muy modesta familia marcada por un padre dado a la bebida y a la violencia machista del barrio coruñés de Kananga, Xosé Tarrío conoció la reclusión desde muy joven, a los once años ya era internado en un colegio del Opus y posteriormente en correccionales, pero fue al ser condenado en 1987 a una primera pena de dos años, cuatro meses y un día cuando inició un periplo que lo llevó a conocer de primera mano los aspectos  más duros de las cárceles españolas, la impune violencia ejercida por sus custodios y la solidaridad, en un ambiente de violencia muy dura, entre los presos, así como los aislamientos durante años en celdas individuales durante hasta veinticuatro horas.

Interesado inicialmente en el independentismo gallego marxista leninista a través de sus lecturas, Tarrío no tardó sin embargo en acercarse al anarquismo, y colaboró muy activamente con el coruñés Colectivo Libertario Oveja Negra cuando salió de prisión, al reducírsele la condena a una sola de veinte años y ser liberado por haber cumplido ya tres cuartas partes de la misma.

Con este escenario, resulta asombroso que, gracias a la mediación y ayuda de algunos abogados particularmente sensibles, poco a poco pudieran ir saliendo al exterior de la prisión los textos que acabarían conformando su estremecedor libro de memorias, mecanografiados, como se indica en la página de agradecimientos de las mismas, por Javier Ávila Navas (uno de los promotores de la Asociación de Presos en Régimen Especial y autor de Un resquicio para levantarse. Historia de la APRE) y Carlos Esteve García (conocido por su fuga de la prisión de Huesca en el coche de su director y colaborador también de Juan José Garfia en Adiós, prisión, publicado en 1995 en Txalaparta). Una primera versión del texto fue corregida, según se cuenta en la mencionada página de agradecimientos, por el también preso y licenciado en Historia del Arte Juan José Garfia, que llegó a pasar año y medio solo las veinticuatro horas en una celda de seis metros cuadrados en el penal de El Dueso.

Finalmente, el editor de Virus Editorial Patric de San Pedro, fundador también con Marina Steen de la pequeña editorial destinada al público infantil Takatuka, fue quien se ocupó del proceso de edición del texto que acabaría convirtiéndose en Huye, hombre, huye, que apareció en 1997. Cuenta Patric de Pedro que su proceso de edición fue de los que vivió «con mucha intensidad, un libro que recibíamos por entregas, con muchas trabas por parte de las instituciones penitenciarias, y con el que abrimos una línea de denuncia de la prisión que luego tendría continuidad con la revista Panóptico y con otras publicaciones».

Posteriormente Huye, hombre, huye se distribuiría también en México gracias a las Ediciones sin Nombre, se haría una edición en las bonaerenses Individualidades Anarquistas (en otoño de 2008 y con prólogo del célebre anarquista español Gabriel Pombo da Silva) y en los LBC Books, de Berkeley, en 2014, entre otras, y acaso sea uno de los textos en español más conocidos en su género de los publicados en las últimas décadas el siglo XX. Ya en 2015 apareció un segundo libro con la firma de Tarrío, Que la lucha no muera. Ante la adversidad, rebeldía y amistad, con una introducción escrita por su madre, Pastora González Vieites, y publicada por Editorial Imperdible, que también recuperó Huye, hombre, huye en 2017. Y de la vitalidad del género y de la vigencia de su interés por parte de los lectores es buena muestra también, por ejemplo, la reedición corregida y ampliada, aún en 2017, de las Memorias del calabozo, de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, con prólogo de Eduardo Galeano, en Txalaparta.

Fuentes:

Anónimo, «Quién fue Xosé Tarrío», Plaza Xosé Tarrío, s/f.

Txema Bofill i Okupem les Dones, «Virus Editorial. Vint anys de publicacions anticapitalistes i llibertàries», Catalunya (Òrgan d´Expresió de les CGT de Catalunya i de Balears), núm 126 (marzo de 2011), pp. 16-17.

Elena del Estal Martínez, «Xosé Tarrió: “Odié, odié, odié. Odié porque había aprendido a odiar”», La Huella Digital, 6 mayo 2011.

 

Premi Crexells: El asociacionismo como reacción de los jóvenes escritores

A lo largo de toda su ya extensa historia, uno de los premios de narrativa en lengua catalana más importantes, el Premi Crexells, ha ido acompañado de la polémica, y la última hasta la fecha, la desencadenada en 2017 con la concesión a una novela autopublicada (Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades) y sobre todo con las declaraciones posteriores a la concesión del premio hechas por algunos de los miembros del jurado, generó un cierto revuelo entre editores y escritores que recuerda en algunos puntos la que ya se produjo en 1935 y que sirvió de estímulo a lo que pudiera haber sido un fructífero movimiento asociativo de los escritores catalanes, El Club dels Novel·listes.

Aunque sus primeras manifestaciones se produjeron en 1935, hay que retrotraerse algunos años en la historia del Premi Crexells para aquilatar la magnitud y el sentido de ese movimiento de oposición al galardón. Surgido a finales de los años veinte para honrar la memoria de Joan Crexells i Vallhonrat (1896-1926), uno de los principales socios del Ateneu Barcelonès (la institución que lo creó), nació con una cierta polémica, pues si bien su objetivo era premiar la mejor novela publicada el año anterior, en su primera convocatoria (1928) ya quedó desierto. Pero posteriormente se lo llevarían algunas novelas y libros de narrativa importantes en aquellas fechas (Laura a la ciutat dels sants, de Miquel Llor, en 1930; Vida privada, de Josep Maria de Sagarra, en 1932 o Valentina, de Carles Soldevila, en 1933).

Joan Crexells i Vallhonrat.

Sin embargo, Josep M. López Picó suscitó un cierto debate, que recogieron sobre todo los autores jóvenes, cuando con motivo de obtener el Premi Folguera de poesía expresó en voz alta sus dudas acerca de si el objetivo de los premios literarios, en aquel punto de la evolución de las letras y el mercado libresco catalán, debía ser destacar un determinado libro o bien la trayectoria de un autor. Durante el mes de marzo de 1935 se publicaron en las páginas de La Veu de Catalunya las respuestas a una interesante encuesta acerca de la significación que los premios debían tener en aquel momento de la historia cultural catalana, y entre ellas son particularmente interesantes las de una nueva generación de jóvenes escritores que estaban empezando a mover los codos para abrirse paso en el campo literario y editorial catalán (Joan Oliver, Ignasi Agustí, Joan Sales, Joan Teixidor, Xavier Benguerel, Josep Janés i Olivé, Salvador Espriu, Martí de Riquer, Francesc Trabal, etc.).

Ignasi Agustí.

Ya en un artículo asombrosamente poco citado de diciembre de 1931, quien luego sería célebre editor, Josep Janés i Olivé (1913-1959), daba por justo el galardón del Crexells de ese año a Prudenci Bertrana (por una obra menor como L’hereu), considerando que su trayectoria se lo merecía, pero hacía una afilada apreciación acerca de la composición de los jurados:

Tenemos el convencimiento absoluto de que el jurado del Premi Crexells, nuestra máxima distinción literaria, tendría que estar formado por gente de la máxima competencia. A ser posible, si los hubiera lo suficientemente inteligentes, por críticos.

Nos resentimos, aún, de una cierta mezquindad de espíritu que hace que cerremos los ojos a todo aquello que abre nuevos horizontes. Es preciso abandonar los prejuicios anacrónicos y tener en cuenta, más que las dotes literarias, la solvencia crítica de las personas elegidas. Y no creo que constituyan ninguna garantía de la mencionada solvencia unos señores que hoy dan dos votos a Carles Capdevila com L’amor retobat y en cambio eliminan el Víctor de [Agustí] Esclassans, y otros que dan dos votos, también, a Joan Mínguez, y eliminan L’últim combat de Sebastià Joan Arbó.

Los años y los fallos sucesivos no hicieron otra cosa que alimentar esa polémica, y en la mencionada encuesta el por entonces ya editor de los excelentes Quaderns Literaris, y ganador en 1934 de la Flor Natural en los  Jocs Florals de Barcelona (con Tu), se mostraba de nuevo explícito acerca de los problemas que, a su modo de ver (coincidente con el de muchos de los escritores de su generación), aquejaba los premios literarios en catalán, y en particular al Crexells:

De izquierda a derecha, Ignasi Agustí, Joan Teixidor, Félix Ros, Pedro Salinas, Tomàs Garcés y Guillermo Díaz-Plaja.

Creo que dado el carácter de consagración que hasta el momento presente se ha venido concediendo a los premios literarios, es absolutamente necesaria la creación de unos premios literarios para los jóvenes. […] Ya tenemos una experiencia lo suficientemente larga –con el Premi Crexells, particularmente– para que nos hayamos dado cuenta de cuán contraproducente es adjudicar un premio al nombre y la obra total de un autor, tomando la obra concursante como un simple pretexto pero glorificando esa obra concreta. Esto nos ha llevado a la paradoja de encontrarnos presenciando que, salvo una o dos, las obras premiadas sean las más mediocres o incluso la peor de cada autor. Y que una antología de Premis Crexells signifique una antología de nuestra novela inferior.

[…] Otra de las cosas que habría que corregir es la formación de los jurados. Hay que buscar los nombres entre gente solvente y desapasionada. ¡Es tan fácil que un padrino literario, o un amigo, o un enemigo, cambien el rumbo lógico y justo de una votación, por apasionamiento o mezquindad! Tenemos muchos ejemplos de ello, algunos de ellos muy recientes.

Y, para acabar, creo que debería crearse, también, un premio para el mejor primer libro, publicado por autores menores de veinticinco años. Y tal vez fuera conveniente que el Premio consistiera en una espléndida bolsa de viaje. Lo que nos perjudica más, a los escritores catalanes, es que las circunstancias económicas no nos permitan viajar. La literatura aquí no da para nada (y mucho es que no cueste dinero). De un espléndido viaje de juventud un escritor de raza sacaría un  provecho enorme, un provecho que revertiría en nuestra literatura y en Cataluña esencialmente.

Josep Janés i Olivé

Es evidente que Janés llevaba ya algunos años pensando críticamente en las necesidades del sistema literario catalán, y en particular en el funcionamiento de premios literarios importantes, y las propuestas que hace, evidentemente pensando en los escritores de su generación y en sus dificultades para establecerse, son todas ellas muy sensatas y en buena medida extraídas de su experiencia como observador atento de, en particular, el Premi Crexells.

Cuando en 1934 este galardón pasa a adscribirse a los premios instituidos por la Generalitat, por primera vez se otorga a una voz no excesivamente conocida y reputada, y también por primera vez a una voz femenina, la de Teresa Vernet (1907-1974) por Les algues roges, que había publicado en Proa. Quizá sea el primer caso en el que este premio cumplía una de las funciones que muchos jóvenes pensaban que debía tener: consolidar una carrera en progresión, cuando no anunciar una obra en auge.

Sebastià Juan Arbó (1902-1984).

En su artículo para Mirador con motivo de esa convocatoria del premio, Rafael Tasis apunta a que hubo otros dos autores a los que se apuntaban como favoritos y que casi contaban ya con llevarse el premio, curiosamente ambos muy estrechamente vinculados a la editorial Proa, pues casi con toda seguridad se trataba de Joan Puig i Ferreter y, una vez más, Sebastià Juan-Arbó, a quien el Crexells se le resistía.

La importancia de esa edición del Crexells y lo que distinguió esta polémica de las que siempre solía generar el fallo de este premio es sobre todo, como apuntó Josep M. Balaguer, que fue uno de los estímulos iniciales para que los jóvenes escritores empezaran a articular poco menos que un «frente generacional» que aglutinaba a los grupos que habían ido asomando la cabeza en el panorama cultural catalán, que ya se habían ido interrelacionando entre sí y que formaban principalmente los universitarios, los tertulianos del Euzkadi y la Colla de Sabadell, y todo ello cuajaría poco más de un año después en la creación del Club dels Novel·listes.

Joan Sales (1912-1983), quien más tarde, con Xavier Benguerel y Joan Oliver, retomaria el nombre El Club dels Novel·listes para bautizar una célebre colección.

En el número del 14 de noviembre de 1935 de La Publicitat aparecían en la misma página un artículo de Carles Capdevila titulado «Els jurats dels premis literaris» y una nota que anunciaba «Un club de novelistes?», en la que se señalaban como impulsores de la iniciativa algunos autores publicados por la editorial Proa y se enumeraban entre sus propósitos la creación de un premio literario honorífico para la mejor novela del año, cuyo jurado estaría compuesto exclusivamente por novelistas, especificando además que no era una competencia al Crexells, sino un estímulo para lectores y escritores. Aun así, de la lectura de este texto muy bien podría deducirse que la intención de este grupo de escritores era precisamente crear un contrapeso al Crexell, un galardón que permitiera dar a conocer a los jóvenes escritores, además de permitir situar la iniciativa en los aledaños de la editorial Proa.

 

Antoni López Llausàs (1888-1979).

En los meses siguientes, van apareciendo en la prensa nuevas precisiones: la sede se sitúa en el número 34 de la calle Pelayo, será un espacio destinado a debates y lecturas e incluso se describe quién podrá asociarse (quien haya escrito o traducido por lo menos una novela al catalán) y se especifica la cuantía de la cuota de «amigo» (36 pesetas anuales). El 8 de enero La Publicitat, además de anunciar la inauguración formal mediante una cena en el restaurante Catalunya, publica ya una extensa lista de adhesiones, con algunos nombres un poco sorprendentes al lado de los más esperables, como Teixidor (que ciertamente era autor del relato «Coses de tres soldats», publicado en La Revista) u otros a quienes, además de interesar la materia, figuraban posiblemente más como traductores, como Martí de Riquer, J.V. Foix, el editor Antoni López Llausàs o Joan Oliver. Tampoco pasa desapercibido el hecho de que, al lado de nombres como los de Mercè Rodoreda, Xavier Benguerel, Ignasi Agustí, Josep Sol, Juan Arbó o Josep Janés i Olivé figure el de Prudenci Bertrana, lo que puede dar idea de la amplitud del abanico de autores que se reunían alrededor de esa mesa, si bien la iniciativa, como es muy lógico, la tomaran las generaciones jóvenes y muy particularmente el escritor vallesano Francesc Trabal.

Xavier Benguerel (11905-1990).

No se trataba en principio, pues, como pudieran temer ciertos sectores, de dar una réplica al Crexells, a quienes han sido miembros de sus jurados o a quienes se han llevado el galardón, sino que nace con unas intenciones más o menos similares a las que tenían los Amics de la Poesia. Sin embargo, a nadie escapaba tampoco que la creación de un premio que distinguiera a los jóvenes, con lo que ello podía tener de promoción de los nuevos escritores y de difusión de sus obras, no era el menor de los objetivos que movían al Club. En este sentido, resulta sumamente indicativa esta reunión de escritores tan diferentes en muchos aspectos, si se pone en contraste con la situación política de los primeros meses de 1936, con una cesura muy profunda entre la derecha y la izquierda que sólo provisionalmente se resolvería con las elecciones del 16 y 23 de febrero, las últimas de la Segunda República. Lógicamente, la guerra civil española acabó con el Club dels Novel·listes (y con el Premi Crexells).

Fuentes:

Ignasi Agustí, «Les Arts i les Lletres. Els camins de la victòria», L´Instant, 4 de febrero de 1935.

Anónimo, «Un club de novelistes?», La Publicitat, 14 de noviembre de 1935.

Anónimo [¿Ignasi Agustí?], «S´ha fundat el Club dels Novel·listes», L´Instant, 9 de enero de 1936.

Rafael Tasis (1906-196).

Josep M. Balaguer, «El Club dels Novel·listes i els fils de la història», Els Marges, núm. 57 (1996), pp. 15-35.

Margarida Casacuberta, «Gènesi i primera adjudicació del Premi Crexells. Notes sobre cultura i novel·la en el tombant dels anys vint als trenta», Els Marges, núm. 52 (1995), pp. 19-42.

Josep Janés, «La nostra enquesta sobre la significació literaria dels premis literaris», La Veu de Catalunya, 13 de marzo de 1933.

Josep Janés i Olivé, «Del Premi Crexells, 1931», Flama, núm. 7 (25 de diciembre de 1931), p. 7.

Rafael Tasis, «Premi Crexells 1934. Maria Teresa Vernet», Mirador, 4 de abril de 1935.

La Tramontana y el entorno de Eudald Canivell

 A Ainara LeGardon y David García Aristegui,

escritores necesarios

El 16 de febrero de 1881 aparecía en Barcelona uno de los primeros semanarios anarquistas en lengua catalana de larguísima trayectoria, La Tramontana, a cuyo frente se encontraba el polífacético poeta, tipógrafo y editor Josep Llunas  i Pujals (1852-1905), que acababa de ver fracasar el intento en la misma dirección de la cabecera La Teula (1881). La Tramontana era inicialmente propiedad del ampurdanés Evarist Ullastres i Dillet, que a finales de la década de 1870 se había establecido en la Ronda Universitat de Barcelona como impresor en La Academia, cuya dirección estaba a cargo del prestigioso tipógrafo e introductor de las tiradas en combinación de tintas Rafael Farga i Pellicer (1844-1890), que fue también uno de los principales difusores del pensamiento de Bakunin en la capital catalana.

La cabecera de La Tramontana es bastante elocuente: una alegórica cabeza tocada con barretina, quitándose de enfrente el clericalismo, el militarismo, el capitalismo o la burguesía, y más explícito es aún el subtítulo con el que expresan sus intereses: «salut pública, interessos populars y arts y lletras». La historia de esta publicación en la que venían a confluir el anticlericalismo, el republicanismo federal, el librepensamiento, la masonería, el anarquismo colectivista y el catalanismo popular y progresista no sería en absoluto plácida (denuncias, sanciones, una supresión gubernamental durante todo el año 1894, encarcelamiento de varios de los redactores), lo que hace más relevante si cabe su prolongada vida.

En los años en que nace La Tramontana acababa de crearse la Sociedad Tipográfica de Barcelona (29 de junio de 1879), organización con vocación sindical y asistencial apolítica, en la que militaron entre otros Anselmo Lorenzo, el Abuelo del Anarquismo Español (1841-1914), el dibujante y tipógrafo Eduald Canivell o Canibell (1858-1928) y el ya mencionado Llunas y Pujals, y que entre febrero de 1880 y noviembre de 1882 publicó un Boletín Oficial de la Sociedad Tipográfica de Barcelona. Sin embargo, no tardaron en surgir fricciones como consecuencia del pretendido apoliticismo y a mediados de 1882 nacería el sindicato anarquista de tipógrafos Societat Solidaria dels Obrers Impressors de Barcelona, entre cuyos primeros dirigentes figuraron el dramaturgo y primo hermano de Rafael Farga Antoni Pellicer i Paraire (1851-1916), Josep Llunas i Pujals, el tipógrafo de La Academia Lluis Gili Peladí, Canivell, Francisco Fo, A. Serra, el traductor Emilio Guanyabens o Guanyavents (1860-1941) y Pere Esteve (1866-1926).

Buena parte de estos hombres de letras formarían a su vez la redacción y el grueso de colaboradores de La Tramontana, pero entre ellos empezaba a destacar como tipógrafo Canivell, quien en 1881 ya había dado a conocer un tipo de creación propia basado en la letra de Tortis (o gótica rotunda). Ya desde los doce años, Canivell se había formado como iluminador de naipes antes de iniciarse como impresor mientras seguía estudios nocturnos de dibujo en la Llotja (Escola d’Arts Nobles) y frecuentaba el Ateneu Català de la Classe Obrera, del que por entonces era secretario Rafael Farga y que es considerado el germen del bakunismo en Barcelona (fue clausurado en 1874 a raíz del golpe de Estado de Manuel Pavía, y renació en 1881 como Ateneu Obrer de Barcelona). Fue precisamente a raíz del golpe de Pavía y la consecuente persecución de activistas anarquistas que Canivell tuvo que pasar a Francia (donde trabaja un tiempo como maquinista impresor), de donde regresó un año más tarde.

Eudald Canivell (o Canibell).

De nuevo en Barcelona empieza una intensa colaboración en publicaciones periódicas de diverso signo, como el semanario literario-humorístico Bandera Catalana o el semanario ilustrado L’Escut de Catalunya, dirigido por el escritor Josep Fiter i Inglés (1857-1815) y entre cuyos colaboradores se encontraban el popular dramaturgo Frederic Soler, Pitarra, (1839-1895) o el arqueólogo  Pere de Palol i Poch (1860-1935), bisabuelo del conocidísimo poeta Miquel de Palol (n. 1953). No tarda en convertirse también en redactor de El Diari Català del político y ensayista republicano federalista Valentí Almirall (1841-1904), entre 1879 y 1881; de La Ilustració Catalana, de marcada tendencia catalanista, entre 1880 y 1883, y sobre todo de la importantísima revista L’Avens, cabecera que se declaraba continuadora del positivismo de El Diari Català, donde su colaboración se extiende entre 1881 y 1883. Es también la época en que Canivell forma parte de la Comisión Federal de la Federación de Trabajadores de la Región Española (F.T.R.E.), aprovechando la libertad de asociación anunciada por el gobierno de Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), aún bajo el reinado de Alfonso XII. En palabras de Josep Termes, con el nacimiento de la F.T.R.E., que al cabo de un año contaba ya con 218 federaciones locales y 58.000 afiliados, acababa «la historia de la Federación Regional española de la A.I.T. [Asociación Internacional de Trabajadores], para dar paso a la reconstrucción de un movimiento sindical potente, cosa que hicieron los mismos hombres de la Alianza [Internacional de la Democracia Socialista], los anarcosindicalistas barceloneses, obreros de oficio, que se imponían a los anarquistas insurreccionalistas poco proclives a la acción sindical pública».

Rossend Arús.

En consonancia con ello, Canivell colabora también muy activamente con algunas de las principales publicaciones anarquistas de Barcelona, como es el caso por ejemplo de Acracia, dirigida por ya mencionado Farga Pellicer, y, con la muerte del dramaturgo y filántropo Rossend Arús (1845-1891) y el posterior legado de su extensa biblioteca a la ciudad, se convierte en el primer bibliotecario y director de la Biblioteca Pública Arús, cargo que le permite adquirir un destacadísimo papel en la promoción y divulgación de las artes del libro en la última década del siglo XIX y, por otra parte, contribuye a explicar el riquísimo legado de prensa y documentos sobre movimientos obreros y anarquismo que conserva aún hoy esa biblioteca (donde destacan, por ejemplo, las actas, circulares y comunicaciones de la Primera Internacional, cuya donación, según Termes, es prácticamente seguro que hay que atribuir a Canivell).

Ya en 1891 se convirtió en casi el redactor único del primer número de El Arte de la Imprenta (1891), y muy poco después inicia el estudio y hace fundir los caracteres conocidos como góticos incunables (en cuerpo 14). Mayor influencia tendrá sin embargo la creación del Institut Català de les Arts Gràficas, que fundó la primera escuela especializada en la materia de la Península y puso en circulación la muy celebrada Revista Gràfica, donde el papel de Canivell, como escribió Eliseu Trenc, fue fundamental: «Canivell es el director artístico y literario, y publica en ella artículos importantes sobre la introducción de la litografía y de la fotografía en España (1900), dibuja viñetas de la portadilla y las letras iniciales de textos.»

Ya del siglo XX es la continuación de la restauración de los caracteres góticos incunables del siglo XV (cuerpos 8, 12 y 24), a las que añadió las iniciales monacales diseñadas por Rosenbach en cuerpo 24, en bicolor y policromas, que la Societat Catalana de Bibliòfils empleó en algunas de sus publicaciones, y gracias a ello fue muy empleada e imitada en todo tipo de invitaciones, tarjetas de felicitación, pequeños grabados, etc., consiguiéndose así una amplia divulgación en ámbitos distintos al de la bibliofilia.

A partir de ese momento, Canivell se asentó como uno de los tipógrafos y estudiosos y divulgadores de las artes del libro de referencia, que en las primeras décadas del siglo XX pudo llevar a cabo, mientras ponía orden al inmenso legado que conserva la Biblioteca Pública Arús.

Entrada a la Biblioteca Pública Arús, en el Passeig de Sant Joan de Barcelona.

Fuentes:

Versión digitalizada de La Tramontana.

Algunos dibujos de Canivell pueden verse aquí.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica (Biblioteca de Bolsillo 34), 2000.

Eliseu Trenc, «Eudald Canivell i Masbernat, impresor, polígraf i promotor», en AA.VV., Bibliofilia a Catalunya. Des del segle XIX, Barcelona, Fundació Jaume I, 2002, pp. 70-73.

 

Edición colaborativa de buenos libros: ABB

A Margarida Trias Pareja, agradecido y admirado.

Lo que podríamos llamar «edición colaborativa», si bien es cierto que toda modalidad de edición lo es, tiene una larguísima tradición en el ámbito hispánico, que ya en el siglo XIX se manifestó mediante la creación de las asociaciones de bibliófilos, que dieron pie (y nombre) a un tipo específico de edición.

A la zaga de la edición francesa (e inspirados concretamente en Las aventuras del último Abencerraje, de Chateaubriand), uno de los primeros ejemplos en la península Ibérica tal vez sean los doce volúmenes aparecidos entre 1839 y 1872 de los Recuerdos y bellezas de España, del pintor, litógrafo y dibujante barcelonés Francesc Xavier Parcerisa (1803-1875), cuyos textos fueron escritos sucesivamente por el escritor Pau Piferrer (1818-1848), el traductor y político Francesc Pi i Margall (1824-1901), el crítico de arte Pedro de Madrazo (1816-1898) y el archivero e historiógrafo Josep Maria Quadrado (1819-1896), que se vendía por suscripción a medida que iban apareciendo.

De 1866 data la fundación de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, y dos años después nace en Sevilla la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.

Francesc Xavier Parcerisa.

Poco posterior es la creación de La Protecció Literaria, creada en octubre de 1877 por el humorista Francesc Manuel Pau (1845-1908) y cuyo objetivo era sobre todo la compra de ejemplares, de modo que las ediciones fueran rentables, por lo que su funcionamiento, más allá de sus objetivos iniciales, fue más parecido al de un club del libro. A esta sigue, en Barcelona, la Societat Catalana de Bibliòfils (1903-1915), entre cuyos fundadores se cuentan el célebre bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) y el coleccionista de Reus Pau Font de Rubinat (1860-1948), colaborador habitual de la Revista Ibérica de Exlibris (1903-1906), y su objetivo es ya muy específicamente la edición de libros, como explicita el artículo 1 de sus estatutos: «Publicar o reproducir obras catalanas inéditas o raras que tengan interés en Cataluña y en el resto de reinos y territorios de lengua catalana». Con Els XIII, una asociación de coleccionistas también de corta vida (1927-1932), que encabezaba el arqueólogo Epifani de Fortuny (1898-1989)  y que publicó algunos almanaques, catálogos y facsímiles de manuscritos, acaban los antecedentes de la Associació de Bibliòfils de Barcelona, de más extensa e importante trayectoria.

Pau Piferrer.

Si bien ya desde 1940, con la guerra civil aún muy reciente, habían empezado a resurgir en España algunas asociaciones de bibliófilos (ese año inician una segunda etapa la Asociación de Bibliófilos Españoles, Acción Bibliográfica Valenciana y la tertulia madrileña La Arcadia), fue en 1943 cuando empezó a gestarse la que, en palabras de Germán Masid Valiñas:

Se sitúa esta entidad en la cúspide de todo el entramado de las sociedades de bibliófilos. El número y la calidad de sus ediciones, la amplitud de las actividades desarrolladas, la activa participación de sus asociados y la renovación que supuso en el horizonte de la bibliofilia le confieren un indudable primer puesto entre todas las entidades [españolas y posteriores a 1940]

Josep Porter i Rovira.

Tras unas reuniones preliminares en las que intervinieron el industrial Cayetano Vilella (1898-1966), el cervantista Joan Sedó i Perís-Mencheta (1908-1966),  el librero y bibliógrafo Josep Porter i Rovira (1901-1999), el pintor José Pedro Gil Moreno de Mora y Plana (1892-1945), el dirigente deportivo Alfons Macaya (1878-1950) y el aristócrata y bibliófilo Ramon de Dalmases Villavechia (1897-1983) –autor de una obra de sugerente título: Pequeñas sorpresas del bibliófilo: un caso de estraperlo en el siglo XVII (1945) –, entre algunos otros amantes de los libros, se consiguió convencer a Josep Porter de que encabezara una nueva asociación de bibliófilos, cosa que aceptó con las siguientes condiciones en cuanto a la edición de obras: «No serían como eran habitualmente aquellas que publicaban las asociaciones españolas de bibliófilos, meras exhumaciones de libros raros, sino que, sin desdeñar el texto, nuestras ediciones debían tener tanta importancia en el contenido como en el continente».

El 21 de marzo de 1944 se celebraba una primera reunión cuyo éxito llevó a ampliar la idea inicial de cincuenta socios a cien, y el 17 de junio se aprobaban oficialmente los estatutos de la Associació de Bibliófils de Barcelona (ABB), que incluso tuvo que crear veinticinco plazas adicionales para dar cabida a asociaciones y socios colectivos como la Biblioteca del Congreso de Washington, la Biblioteca de l’Abadia de Montserrat o la Hispanic Society of America. Indicaban entre los objetivos principales esos ambiciosos estatutos:

La Asociación procurará difundir el conocimiento de los tesoros bibliográficos existentes en España, en colecciones generales o particulares, velando por su conservación; organizar exposiciones de obras impresas, grabados, láminas, exlibris, encuadernaciones, manuscritos, y, en general, de todas las manifestaciones del arte del libro o de la imprenta; facilitar a las bibliotecas la adquisición de ejemplares raros, mediante la aportación económica de sus asociados a suscripciones organizadas al efecto; y, en una palabra, ejercitar todas aquellas actividades encaminadas a incrementar la afición a los libros y al mejoramiento de la producción española.

Más allá de conferencias (por lo menos anuales), encuentros o tertulias mensuales, encuadernaciones y organización de exposiciones importantes (Bibliofilia Española, en 1974; Aureum Opus en el 2000; la exposición en el marco del XXII congreso de la Association Internationale de Bibliophilie, en 2001), así como de congresos internacionales,  el legado más palpable de la ABB son, evidentemente, sus publicaciones, que se concretaron en una serie de libros en tiradas de unos cien ejemplares (más algunos para colaboradores), impresos sobre papel de hilo con filigrana de la sociedad y de las que se ocuparon las empresas más sobresalientes del país (Oliva de Vilanova, Horta, Joan Sallent, SADAG, Seix y Barral, Miquel Rius…). El tipo de textos y autores escogidos son muy variados, y se inician en 1945 con El Capitán Veneno, de Pedro Antonio de Alarcón, con ilustraciones de Mallol Suazo (1910-1986) y cabeceras de Teodoro Miciano (1903-1974).

J.V. Foix.

Estas publicaciones enseguida toman un ritmo anual, y entre ellas se cuentan, por ejemplo, unas Rimas de Gustavo Adolfo Becquer ilustradas con grabados al buril de José Luis Sánchez Toda (1901-1975) a partir de dibujos de Carlos Sáez de Tejada (1897-1958) en 1973; una edición bilingüe de XL Sonets de J.V. Foix, con la traducción al español obra del poeta Enrique Badosa (n. 1927) y un aguafuerte de Antoni Tàpies (1923-2012), en 1986; una muy vistosa de Les històries naturals de Joan Perucho, ilustrada por Ramon Herreros con un aguafuerte-aguatinta e ilustraciones  litográficas, precedida de una introducción de Carlos Pujol (1936-2012) y una nota acerca de Herreros de Francesc X. Puig Rovira (n. 1934), en el año 2001, o, al año siguiente, una compilación de 20 contes de Pere Calders, ilustrados con xilografías de Enric Cluselles (1914-2014) y acompañados de una introducción de Joan Triadú (1921-2010) y una semblanza de Cluselles escrita por el ya mencionado Puig Rovira.

Enric Cluselles.

Aun así, una de las ediciones que más resonancia tuvo fue, en 2015, la edición de Set cartes de Dalí a Pere Corominas, en edición de Vicent Santamaría de Mingo, autor también del texto introductorio y de las notas, y de textos complementarios de Albert Balcells y Enric Casasses, de cuya realización se ocupó Edicions de l’Eixample. Se trata de cinco cartas hasta entonces inéditas, fechadas en 1930, vinculadas a la espectacular y escandalosa conferencia que el artista ampurdanés dio en el Ateneu Barcelonès, del que tuvo que huir por piernas,  a las que acompañan otras dos ya aparecidas previamente en el catálogo de la exposición celebrada 2004 en la Biblioteca de Catalunya Dalí. Una vida de libro y que aluden a un encargo de ilustraciones para una edición de lujo del libro de Corominas Les gràcies de l´Empordà y que nunca llegó a buen puerto. No es empresa fácil (ni barata) la edición de obras de bibliófilo y son muchos los buenos proyectos que, por los más diversos motivos, no llegaron a realizarse. De momento.

Fuentes:

Web de la Associació de Bibliòfils de Barcelona.

AA.VV., Bibliofilia a Catalunya, Barcelona, Fundació Jaume I, 2001.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

De «sinergias» y «complicidades» en el campo editorial

Uno de los problemas importantes que sigue sin haber resuelto satisfactoriamente la historia de la edición, y que afecta también a la historia de la literatura, es cómo abordar el estudio de lo que –tomando el término de Bourdieu– podríamos llamar el «campo editorial», equivalente y al mismo tiempo muy imbricado con el «campo literario». Es decir, el espacio en que se establecen las relaciones entre individuos, grupos e instituciones en el ámbito editorial, y que, evidentemente, no sólo ejerce una notable influencia en qué obras llegan a publicarse o cuáles tienen más o menos éxito comercial, sino que incluso tiene repercusiones en lo que en un momento dado es considerado literatura estéticamente valiosa, por ejemplo, pues está también estrechamente relacionado con el mundo de la crítica y con el académico.

Pierre Bordieu (1930-2002).

Del mismo modo en que en buena medida, como efecto de las corrientes de raíz estructuralista (que entre otras cosas preconizaba la autonomía del texto literario), la historia literaria y el sistema académico en general ha ido dejando de lado el estudio de las biografías de los autores (pues el desdén hacia el positivismo decimonónico hizo estragos), en el ámbito de los estudios del libro y de la edición tampoco se dispone aún de un corpus ni de lejos suficiente de biografías, memorias y epistolarios que permitan trazar ni siquiera un mapa esquemático de las relaciones entre los agentes (en el sentido que le da Bourdieu) que intervienen en que una determinada corriente, género o incluso obra concreta sean socialmente reconocidos como literaria valiosos. Ni siquiera tenemos un conocimiento preciso y completo de quienes formaban el equipo editorial de determinados sellos en determinadas épocas; es decir quiénes eran el editor, los asesores literarios, los miembros del comité editorial, los traductores, los correctores o los ilustradores y diseñadores gráficos que formaron equipos más o menos estables, y que en algunos casos, al completo o en parte, incluso pasaron de una editorial a otra cuando lo hizo el editor (del mismo modo que también algunos autores siguieron a su editor de una editorial a otra). Disponer de lo que conocemos como el «fichero de un editor» (que incluía los datos básicos de sus colaboradores habituales y también de «sus» autores) para poder analizarlo y estudiarlo es algo de lo que muy raramente disponen los investigadores que pretenden analizar la trayectoria de una editorial, pero lo conveniente sería además poder comparar y cotejar diversos «ficheros». Sin embargo, ciertamente, las cosas han cambiado un poquito en los últimos años.

Como consecuencia quizá de una cierta compartimentación de los diversos estudios culturales, existen algunos ejemplos de investigaciones que en alguna medida podrían servir como modelo y que tal vez no hayan recibido la atención que merecen. En los primeros años del siglo XXI, Brian Uzzi y Jarrett Spiro llevaron a cabo un interesante estudio acerca del modo en que se conformaban los equipos que en Broadway se encargaban de poner en pie los espectáculos musicales para ponerlo en relación con la recepción (crítica y de número de espectadores) que estos musicales tenían. Vale la pena anotar que lo hacían en un ámbito, el estadounidense, en el que probablemente la distinción entre cultura (o alta cultura, si se quiere) y espectáculo o entertainment está mucho mejor establecido y en general es mucho más inequívoco que en Europa (donde incluso se justifican las reticencias a destinar dinero público al cine porque nadie tiene claro que, como tal, sea un arte, o por lo menos todas sus manifestaciones sean obras artísticas; curiosamente, eso no sucede de igual modo en el caso de los géneros narrativos textuales, y se considera que una novela es siempre una obra literaria). Tal vez no sea ningún disparate establecer una equivalencia entre esos grupos creadores de espectáculos musicales y los equipos editoriales, y sería bueno poder hacer estudios sincrónicos (quiénes los formaban) y diacrónicos (cómo evolucionaron y qué trasvases se produjeron entre los diferentes equipos en activo). Para ello, sería preciso contar con una base de datos (que quizá se podría inspirar en LinkedIn) de la historia del sector.

Brian Uzzi.

Las dimensiones de un campo literario como el de la lengua española, de una inmensidad y una cantidad de interconexiones apenas abarcable, plantea unos problemas que ya al primer vistazo producen vértigo, pero campos literarios de tamaño reducido, como podrían serlo por ejemplo el sueco, el neerlandés o el catalán, son quizá más propicios para intentar un estudio de esas características. Sin embargo, presupone un estudio previo de una enorme cantidad de biografías, memorias y epistolarios, e incluso archivos editoriales y particulares, que probablemente sólo puede llevarse a cabo en equipo (y con un equipo no pequeño).

En un encuentro celebrado noviembre de 2016 en Alcalá de Henares cuyo objetivo era repensar la historia de la edición como disciplina, Ana Mosqueda subrayaba la enorme importancia de los epistolarios entre escritores, críticos y editores, que además en muchos casos son funciones desempeñadas por una misma persona, para reconstruir esas relaciones entre los agentes de la edición, además de la cuantiosa información que proporcionan acerca de los procesos editoriales de obras determinadas (que puede incluir desde discusiones acerca del título hasta cuestiones de puntuación).  Los ejemplos de esta reivindicación son numerosos, y cualquiera que haya leído un epistolario de este tipo sabe cuán certera es esa apreciación. Ya en en 1996, en el transcurso de un congreso celebrado en 1995 en Bellaterra sobre la literatura del exilio español de 1939, Lluís Busquets i Grabulosa, reivindicaba ya por ejemplo el interés de las cartas cruzadas entre el escritor y editor catalán Xavier Benguerel (1905-1990), que calificaba como «un pozo de información». En este epistolario, que editó el mismo Busquets, se encuentra, entre muchas otras de carácter similar, una del también escritor y editor Joan Oliver (1899-1986) en la que le cuenta que el asimismo editor y escritor Ferran Canyameres (1898-1964) tiene intención de publicarle en París su obra Biografia de Lot con ilustraciones de Joan Vila i Casas (1920-2007), y a renglón seguido comenta que está trabajando en la edición del primer poemario de Canyameres, que después de corregirlo y, una vez maquetado por Antoni Clavé (1913-2005), se lo imprimirá en la imprenta que regenta. Creo que se le entiende todo.

Si al estudio pormenorizado de este tipo de materiales epistolares se pudiera añadir, como hicieron Uzzi y Spiro, un esquema de las relaciones entre los diferentes personajes que tenían alguna importancia en el campo literario en un momento determinado, y se pudiera cotejar esa red de relaciones con la imagen del sector editorial que se desprende de las fuentes de información de ese mismo momento (listas de más vendidos, premios, reseñas y comentarios en los principales medios de comunicación), quizá se podrían plantear hipótesis como las que plantean los estudiosos de Broadway, que llegan incluso a establecer el porcentaje entre equipos ya consolidados y nuevas incorporaciones (lo que llaman el «nivel de interconectividad») que mejor rendimiento dan en cuanto a éxito de público. Es decir, qué grado de conocimiento había entre los miembros del numeroso equipo que pone en pie un espectáculo musical, en relación con su éxito de crítica y de público. Lo que pretendían, y hacen en buena medida, es descubrir qué combinación de relaciones es la idónea en el seno de un equipo para averiguar cuál es el grado de conectividad que se daba en Broadway en los casos de éxito.

En el sentido de las agujas del reloj: Josep M. Casteller, José M. Valverde, Victor Seix, Carlos Barral y Joan Petit.

Para poder imaginar siquiera algo semejante aplicado al estudio del ámbito editorial, sería preciso contar con una descomunal base de datos que permitiera disponer del lugar que ocupaba cada quien en un momento dado (qué cargo ocupada en determinada editorial, en qué medios escribía) e incluso qué tipo de relación había entre determinados sellos o empresas (asociaciones de editores, gremios, pertenencia a un mismo grupo editorial o de comunicación, etc.). Datos como el centro educativo donde se formaron sería también pertinente, pues quizá pudiera descubrirse una relación entre profesores que han sido asesores literarios y exalumnos que han entrado en el mundo literario por esa puerta. Probablemente sea una quimera, pero resulta una idea sugestiva y quizá permitiera poder establecer con cierto rigor una serie de relaciones, coincidencias y, por qué no decirlo, trapicheos que se ocultan a ojos del lector común pero de los que el observador cercano tiene una intuición que no está en disposición de demostrar, a veces sólo por falta de datos fehacientes.

Fuentes:

Pierre Bourdieu, «El campo literario. Prerrequisitos críticos y principios de método», Criterios (La Habana), núm. 25-28 (enero de 1989-diciembre de 1990), pp. 20-42.

David Burkus, «Why the Best Teams Might Be Temporary», Harvard Business Review, 17 de septiembre de 2013.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Jordan Ellenberg, «Six Degrees of innovation. What Broadways musicals tell us about creavity», Slate, 23 de marzo de 2012.

Brian Uzzi y Jarrett Spiro, «Collaboration and Creativity: The Small World Problem», American Journal of Sociology 111, n.º 2 (2005), pp. 447-504.

 

La formación de los editores en España, el ICAL y la Feria de Leipzig de 1914.

Según datos recogidos por Jesús A. Martínez Marín en «La edición artesanal y la construcción del mercado»: «En 1879, del total de 51 editores censados en el padrón fiscal [español], 41 tenían domiciliada su actividad en Madrid, 7 en Barcelona y 3 en las provincias de Guadalajara, Lérida y Sevilla, respectivamente». A tenor de estas cifras, resulta bastante asombroso constatar que, según las mismas fuentes, «al terminar el siglo Madrid y Barcelona son los dos centros de la edición, con 44 y 35 editores respectivamente», pues de ser fiables esos datos resulta espectacular el crecimiento en número de editores en la capital catalana, tanto en términos absolutos como en porcentuales en el conjunto de los españoles.

Eudald Canivell i Masbernat.

Es probable que algo tuviera que ver en ello la iniciativa que empezó a fraguarse en otoño de 1897 en una reunión convocada por el dibujante, tipógrafo, impresor y bibliotecario anarquista Eudald Canivell i Masbernat (1858-1928) en casa del cajista e impresor Josep Cunill, con la participación también del excajista, dibujante y cronista gráfico anarquista Josep Lluís Pellicer i Fenyé (1842-1901), con el propósito de crear un centro que diera una formación más completa y rápida que la que hasta entonces obtenían los profesionales, que se basaba casi exclusivamente en la experiencia acumulada desde el puesto de aprendiz hasta el de maestro.

Un año más tarde, en noviembre de 1898, se constituía formalmente el Institut Català de les Arts del Llibre (ICAL), con la participación también del impresor y editor Josep Thomàs i Bigas (1852-1910), el librero y editor Àlvar Verdaguer, el impresor Fidel Giró Brouil (1849-1926), el escritor y editor Joaquim Casas Carbó (1858-1943) y el tipógrafo e impresor Joan Rusell i Anglarill (1862-1923); como puede advertirse, todos ellos rondando la cuarentena en aquel entonces.

Dos años después de su fundación formal ya contaba con una cabecera que les serviría de portavoz, la Revista Gráfica, cuyo primer director fue el mencionado Pellicer y que se publicó periódicamente entre 1900 y 1928 (salvo los años 1924 a 1927), en los primeros años en la prestigiosa imprenta especializada en libros de bibliófilo Oliva de Vilanova, fundada apenas unos años antes (en 1899) por Joan Oliva i Milà (1858-1911). Paralelamente, en 1900 los editores habían creado el Centre de la Propietat Intel·lectual, la primera asociación de estas características en España y entre cuyos primeros asociados figuraba uno de los dos fundadores de la editorial Montaner y Simon,  Francesc Simon i Font (1843-1923) y otros editores importantes, como Manuel Maucci (1859-1937), Josep Espasa i Anguera (1840-1911), los hermanos Joan y Gustau Gili, Antoni López i Benturas (1861-1931), Francesc Seix i Faya o el impresor Manuel Tasso i Serra, entre otros.

Josep Lluís Pellicer i Fenyé.

Según la detallada reconstrucción que hace Manuel Llanas de los pasos iniciales del ICAL, en 1905 empieza a funcionar activamente la Escola Pràctica de les Arts del Llibre en la misma sede que el ICAL (en los bajos de lo que hoy es el número 153 de la calle Claris) y con el siguiente programa:

Tipografía (subdividida en dos secciones: cajas y máquinas), composición a máquina, litografía, encuadernación, dibujo y gramática castellana. —Y prosigue Llanas—: Y si el profesorado lo integraban, en ocasiones, prestigiosos impresores y tipógrafos (Ceferí Gorchs, Ramon Tobella, Fidel Giró, Joan Russell), el alumnado asistía, por mandamiento estatutuario, de forma totalmente gratuita. De media, oscilaba alrededor de los doscientos matriculados, la gran mayoría aprendices en diversos talleres gráficos; por eso las clases se hacían entre las 20 y las 21.30 h., de lunes a sábado, y alguna vez incluso las mañanas de los domingos. Los únicos requisitos que se exigían para entrar eran haber cumplido los trece años y saber leer y escribir.

Bajo la presidencia del mencionado Francesc Simon i Font (1843-1923), que desde su fundación y hasta 1903 había presidido la junta directiva del Centre de la Propietat Intel·lectual, el ICAL experimenta un notable impulso y se aprueban unos nuevos estatutos que definen del siguiente modo el segundo de sus objetivos (el primero es la docencia): «Establecer solidaridad y facilitar las relaciones profesionales cuando éstas se relacionen con las Artes del Libro».

Logo de Montaner y Simon.

Además de organizar el I Congrés Internacional de les Arts del Llibre (1911), como consecuencia del cual nació la Unió Patronal de les Arts del Llibre (germen a su vez de la Unió Sindical de les Indústries del Llibre) y procurar la participación de sus socios en algunas ferias internacionales y presentar conjuntamente sus reivindicaciones ante las autoridades, uno de los mayores logros del ICAL fue la participación de los profesionales catalanes en la importante Feria de Leipzig en 1914, que conmemoraba el quinto centenario de la Real Academia de Artes Gráficas y de la Industria del Libro, y cuya organización y desarrollo, en cuanto atañe a la participación española, Philippe Castellano ha reconstruido con mucho detalle.

Ya en octubre de 1912 Ludwig Wolkmann, como presidente tanto de la Sociedad Alemana de Artes Gráficas como de la Junta Directiva de la Exposición, propuso que se organizara una representación española al editor español que mejor conocía, el madrileño Enrique Bailly-Baillière y Plano, quien se había formado como librero-editor en Alemania y había sido uno de los promotores de la conocida –para abreviar– como Asociación de la Librería de España (Asociación de la Librería, de la Imprenta, del Comercio de la Música, de los Fabricantes de Papel y de todas las Industrias y Profesiones que concurren en la fabricación del Libro y a la publicación de obras de literatura, ciencia y arte); incluso lo nombra presidente de la Junta Organizadora para España.

Sin embargo, pese a iniciar gestiones (infructuosas) para obtener financiación, Bailly-Bailliere topa enseguida con la oposición del editor catalán Manuel Henrich Girona, por entonces presidente de la Federació de les Arts del Llibre, lo cual le lleva a dimitir en noviembre de ese mismo año, lo que ofrece al gobierno español el pretexto idóneo para desentenderse del asunto y evitar comprometer ningún tipo de partida presupuestaria para la participación española en la exposición.

Así las cosas, el ICAL decide participar en la feria por su cuenta y riesgo, y en septiembre de 1913 crea un comité organizador con Manuel Henrich, August Heinrich Höfer, Ramon Miquel i Planas, A. Cardunets, P. Cruells, J. Fabré, J. Furnells, F. Mestres y Russell. Aun así, Bailly-Ballière, también extraoficialmente tras su dimisión, seguía haciendo gestiones y manteniendo correspondencia con el comité organizador alemán incluso en el verano de 1913. Por su parte, la Revista Gráfica se había hecho eco de la vergüenza que suponía que un país con una industria editorial como la española no participara en una feria tan importante como la de Leipzig, y esa misma queja se repite en diversos números de la revista del ICAL, siempre en vano.

Colofón del segundo volumen de Revista Gráfica.

En septiembre de 1913 desde el ICAL se empiezan a solicitar propuestas de participación en la feria alemana y a crear un comité organizador, con lo que se da la paradójica situación de que avanzan en paralelo dos líneas de trabajo para un mismo fin (una en Barcelona y otra en Madrid), ambas sin contar con un compromiso en firme de participación estatal. Y, en una nueva vuelta de tuerca, al enterarse de la existencia de un comité en Madrid, el del ICAL se disuelve, poco antes de que, ante la nueva imposibilidad de obtener fondos del gobierno, Bailly-Ballière renunciara por segunda vez a presidir el comité organizador. De todos modos, el ICAL sigue adelante con la organización de una presencia extraoficial en la feria y en la primavera de 1914 la Revista Gráfica publica ya un listado de 55 participantes comprometidos, y la iniciativa es saludada con entusiasmo por parte de la prensa barcelonesa.

No tardan en sumarse a la iniciativa del ICAL diversas empresas de otros puntos de la península, y en su número de mayo el órgano de la Federación Nacional de las Artes del Libro ensalza el empeño y el empuje que están poniendo los profesionales catalanes en esa iniciativa:

El Instituto Catalán de las Artes del Libro de Barcelona ha tomado la iniciativa de organizar una Exposición colectiva de sus socios, a la cual se han adherido varias casas del ramo gráfico de Madrid […] Actualmente se está trabajando febrilmente en Leipzig en la instalación y decorado de la sección española […]; de modo que es de esperar que la sección española se presentará dignamente en aquel certamen internacional de cultura, al cual acudirán todas las naciones del mundo. Hay que felicitar calurosamente al Instituto Catalán de las Artes del Libro y a los organizadores de la Exposición española por su altruista labor y trabajo en favor del ramo gráfico de España, que han conseguido, por fin, que sea un hecho la participación y representación de España en la Exposición Internacional de Leipzig.

Finalmente fueron setenta los expositores representados: 51 barceloneses, 1 de Sabadell, 1 de Sant Feliu d Guíxols, 1 de València y 15 de Madrid, desproporción que en su imprescindible estudio de este caso Castellano atribuye tanto a la asunción de la organización por parte del ICAL como al desplazamiento que ya se había producido en cuanto a la capitalidad editorial en España de Madrid a Barcelona, y que en alguna medida cabe atribuir al evidente interés por formar a buenos profesionales que permitieran ofrecer una calidad equiparable, por ejemplo, a la de la industria editorial alemana.

Espacio del ICAL en la Feria de Leipzig de 1914.

Fuentes:

Anónimo, «La Exposición de Artes Gráficas de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 2 (marzo de 1914), p. 10.

Anónimo, «Exposición de Leipzig», Federación Nacional de las Artes del Libro, Año I, núm. 4 (mayo de 1914), pp. 8-12.

Eudald Canivell, «Ecos. El Temps», El Poble Català, núm. 3299 (28 de marzo de 1914), p. 1.

Philippe Castellano, «La Sala Espanyola en l’Exposició Internacional de les Arts Gràfiques i de la Industria del Llibre, Leipzig 1914 (o com va voler fer-se Pàtria mitjançant el llibre)», traducción de Anna Carreras, Els Marges, núm. 71 (desembre de 2002), pp. 89-106.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Manuel Llanas, Caires de l’edició catalana en el segle xx, Lección inaugural del curso 2011-2012 de la Facultat d’Educació, Traducció i Ciències Humanes de la Universitat de Vic.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España (1836-1936), Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

De Bob Dylan a Galdós, pasando por Wagner y los editores Vidal

Es muy poco probable que a Leonard Cohen (1934-2016) se le concediera en 2011 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por otra cosa que no fueran sus canciones –aunque debo reconocer que sólo he leído sus novelas Hermosos perdedores y El juego favorito–, del mismo modo que sucedió en 2014 con Raimon (Raimon Pelegro Sanchís, n. 1940), pese a ser autor también de obra en prosa y en verso, cuando recibió el Premi d´Honor de les Lletres Catalanes en 2014. Sin embargo, ninguno de estos casos, ni siquiera proporcionalmente, suscitó la polémica que desencadenó la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan (Robert Allen Zimmermann, n.1941) «for having created new poetic expressions within the great American song tradition».

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Raimon, tocando para el poeta Salvador Espriu.

Es también probable que eso sea debido a la trascendencia internacional del Nobel, que siempre encuentra detractores e inevitablemente es objeto de crítica, pero tal vez uno de los debates interesantes que plantean estos casos tiene que ver, ya no con la calidad de la obra de los premiados (cosa que sucede cada año, se premie a quien se premie), sino, en este caso, con la entidad ontológica de las canciones; es decir, si son o no literatura, lo cual tiene consecuencias que afectan –o deberían afectar– a disciplinas como los estudios literarios e incluso a otros adyacentes como la historia de la edición. Y la cuestión no es si las letras de las canciones son literatura, si pueden funcionar como poemas cuando los leemos sobre papel o en pantalla (y por tanto sí son literatura), pues eso sería rebajar mucho la entidad del problema, sino que la cuestión es si las canciones, la unidad que forman música y letra, son literatura. Literatura oral, si se quiere, como lo fueron en su momento tantas obras canónicas de lo que hoy llamamos literatura medieval (de la poesía trovadoresca a los romanceros). En cualquier caso, es evidente que en la experiencia estética que ofrece la audición de una canción no separamos letra y música, se trata y es percibida como un todo, una obra en cierto sentido «total» a la que no es justo juzgar aislando artificialmente las partes que la componen (ni la música sin letra, ni la letra sin música). Algo no muy diferente a la ópera, en que cada uno de los elementos que la componen (música, texto, dramaturgia) no es capaz de expresar lo que transmite la opera sino es en combinación (¡no en adición!) con el resto.

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Bob Dylan, escribiendo.

El problema es que quizá nadie haya conseguido definir qué es y qué no es «literatura» de un modo que haya sido universalmente aceptado, por lo que, a fin de cuentas, «literatura», al parecer, es todo aquello que la mayor parte de la gente decida que es literatura, y como quienes consideran que las canciones son literatura no son, o no son todavía, mayoría aplastante, de ahí el encendido debate sobre el Nobel a Dylan.

¿Cómo leer entonces a Dylan? Es de suponer que escuchando su música, o en su defecto (como mal menor) leyendo, quienes saben hacerlo, las partituras de sus canciones. Es comprensible la irritación que la concesión del Nobel a un trovador o cantautor ha generado entre los editores, que han perdido la oportunidad de ver cómo las ventas de alguno de sus autores se disparaban, aunque por supuesto habrá otros editores satisfechos con ofrecer biografías y libros con los textos desgajados de la música y seguro que no les irá mal. Pero habría que preguntarse quién edita las partituras de Dylan (que recordaré que están sujetas a derechos de autor, y por tanto quien las transcribe, ya sea de oído o con programas como Sibelius o Finale, y las cuelga en red está despreciándolos).

Y yendo un paso más allá, ¿está la historia de la edición, en tanto que nebulosa disciplina de los estudios culturales, en disposición de abordar adecuadamente la edición de partituras? No parece que los estudios literarios, sociológicos ni antropológicos les hayan dedicado mucha atención, sino que cuando han sido objeto de análisis ha sido en el ámbito de la musicología, pero ¿y si resulta que son publicaciones literarias?

Dos de los principales editores españoles de partituras, Andreu Vidal i Roger y su hijo Andreu Vidal i Llimona (1844-1912), tuvieron un papel muy destacado en la muy célebre polémica que de desató a finales del siglo XIX en torno a la figura de Richard Wagner y su idea de la «obra total», que tanta influencia tendría sobre la pintura, las artes gráficas, el teatro y, sí, también la literatura del momento, así como, por ejemplo, en el grabado y en la encuadernación de libros (Alexandre de Riquer sería un caso). No es casual que en esta polémica intervinieran literatos como Jeroni Zanné (1873-1934), Adriá Gual (1872-1943), Manuel de Montoliu (1877-1961), Josep de Letamendi (1828-1897) o Joan Maragall (1860-1912), entre otros muchos.

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Firma de Richard Wagner.

Andreu Vidal i Roger, que tenía su «fábrica de instrumentos y almacén de música» en el número 55 del carrer Ample de Barcelona y era «proveedor de los Ejércitos Nacionales y Extranjeros de las posesiones de Ultramar, con Real Privilegio Exclusivo», lanza en enero de 1866 uno de los semanarios artísticos, literarios y teatrales más avanzados e influyentes de su tiempo, La España Musical, cuyo propósito es tener informados a sus lectores «de los continuos cambios de artistas y formación de compañías, tanto de los teatros de España, como del extranjero, de las producciones notables que se pongan en escena y de cuantos adelantos y novedades se presenten en el mundo filarmónico teatral», y para ello cuenta con ilustres corresponsales, según anuncia, en Madrid, París, Milán y Londres, así como en las principales capitales de provincia. Para ello cuenta también con la dirección de Eduardo de Canals (que tenía ya una experiencia como creador en 1868 de El correo de teatros: semanario artístico, literario y de anuncios, órgano oficial de artistas y empresas con agencia teatral, que anualmente publicaba el Almanaque del Correos de Teatros), y con las colaboraciones, entre otras, del musicógrafo y pianista Jaume Biscarri (1837-1877), que publica una serie de «Ensayos sobre estética musical», y el musicólogo Felip Pedrell (1841-1922), que en el primer almanaque publica un pionero alegato a favor de Wagner, cuya música define como «la tabla de salvación del cansado dilettanti».

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Imagen característica de la batalla entre fans de Wagner y fans de Verdi, antecedente quizá de la de Beatles vs. Stones.

De poco después, el 4 de julio de 1870, es una carta de Richard Wagner dirigida a «André Vidal» en la que el compositor se muestra dispuesto a escuchar sus propuestas si desea publicar alguna de sus partituras. Al parecer, esta carta puede darse definitivamente por perdida, pues si Alfonsina Janés no consiguió localizarla ni a través de la entidad Vidal Llimona y Boceta de Madrid ni a través de la heredera de Vidal Llimona (Dolors Gassó), no es muy probable que nadie lo consiga.

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Richard Wagner (1813-1883).

Ahí puede situarse en parte el origen de lo que acabaría fraguando en 1870 en la Societat Wagner, creada por Joquim Marsillach, Felip Pedrell, Andreu Vidal Llimona, Claudi Martínez Imbert y Josep de Letamendi, con la intención de divulgar la música wagneriana, de la que, como representante de Lucca en España, Vidal i Roger tuvo en su catálogo varias óperas (Lohengrin, Tannhäuser, Le Vaisseau Fantôme), en doble edición, una lujosa y otra corriente. Éste a su vez es el primer antecedente de la Associació Wagneriana de Barcelona, creada en 1901 por un círculo en el que reencontramos, como fundadores o como socios, a algunos de estos mismos entusiastas wagnerianos.

A la Societat Wagner se afiliaron tanto Vidal i Roger como su hijo Vidal i Llimona, quien, después de dirigir durante un tiempo La España Musical, a partir de 1875 dio continuidad a la labor editorial de su padre en el número 34 de la madrileña Carrera de San Jerónimo y creó la Crónica de la música. Revista semanal y biblioteca musical (1878-1882), en la que colaboraron algunos habituales de La España Musical, como Marsillach o Antonio Peña y Goñi (1846-1896), junto a otros músicos, directores de escena y musicólogos, como Antonio Arnao (1828-1889), José Castro y Serrano (1829-1896), José Inzenga (1828-1891) o Antonio Romero y Andía (1815-1886), y con este último, pasado un tiempo, Vidal i Llimona sería uno de los comisionados para el estudio de la Ley de la Propiedad Intelectual de 1879, que García Aristegui describe como la «base de la regulación de la propiedad intelectual en España hasta 1987, se creó el marco definitivo de derechos de autor para las obras literarias, ensayos, discursos parlamentarios, traducciones, obras dramáticas y musicales, periódicos, pinturas y esculturas».

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Célebre imagen de Pérez Galdós.

Como es bastante habitual, no aparece fecha de impresión en las ediciones de Vidal i Llimona de la wagneriana Rienzi, ni en la versión como «grande ópera trágica en cinco actos» en versión castellana y prologada por Peña y Goñi, ni en la «fantasía para piano» adaptada por D. Zabalza, pero la obra en cuestión se estrenó en Madrid el 5 de febrero de 1876, y será buen modo de concluir un pasaje de la escena que, diez años después, Benito Pérez Galdós recreó ese célebre estreno:

[Jacinta] hizo una cortesía de respeto al gran Wagner, inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que oyó fue un pasaje descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las noches de verano. Al arrullo de esta música cayó la dama en sueño profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos.

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Fuentes:

Crónica de la Música en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España, aquí.

David García Arístegui, Por qué Marx no habló del copyright. La propiedad intelectual y sus revoluciones, Madrid, Enclave de Libros, 2014.

Alfonsina Janés, L’obra de Richard Wagner a Barcelona, Barcelona, Rafael Dalmau Editor, 1983.

Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, edición de James Whiston, Barcelona, Castalia, 2012.

Jacinto Torres Mulas, Las publicaciones periódicas musicales en España (1812-1990), Madrid, Instituto de Bibliografía Musical, 1991.