La edición de traducciones como motor de la lengua literaria: La Biblioteca Popular de L’Avenç

El texto de Montserrat Bacardí puede leerse en las pp. 275-286 de Pliegos alzados.

En un excelente repaso de los períodos más trascendentales en la historia de la traducción catalana («Edición y traducción en catalán: momentos fundacionales»), Montserrat Bacardí destacaba la magnitud, importancia y trascendencia cultural de un proyecto que sólo fue posible gracias a la implicación de un nutrido grupo de intelectuales y financieros, la Biblioteca Popular de L’Avenç.

Baste como muestra de la profunda huella que dejó esa iniciativa, el análisis comparativo que llevó a cabo Jacqueline Hurtley entre los títulos aparecidos en esta colección y los que se publicaron cuarenta años después en una iniciativa destinada a remodelar y renovar el panorama editorial catalán, los Quaderns Literaris de Josep Janés (1913-1959). Aparte de publicar a varios autores previamente dados a conocer en la Biblioteca Popular de L’Avenç, Janés recuperó hasta nueve títulos de esta serie, pero además distribuyó sus obras al mismo precio sumamente popular (0.50 céntimos inicialmente) y, según recoge Hurtley, en el número 22 de los Quaderns se explicaba del siguiente modo la imposibilidad de seguir haciéndolo (la traducción es mía):

…nunca se ha visto en Cataluña que libros mejor presentados que los que normalmente se venden a 4 y 5 pesetas, y con un contenido insuperable, sean ofrecidos al precio récord de 75 céntimos. Este esfuerzo que asumimos supera, teniendo en cuenta la evolución de los tiempos, el esfuerzo memorable e insuperado hasta ahora de la Colección [sic] Popular de L’Avenç.

También en el diseño de otra de las grandes colecciones posteriores destinadas sobre todo a la traducción al catalán de las mejores obras literarias de la literatura universal, la colección A Tot Vent de Proa, es perceptible la huella de esta iniciativa que arrancó en la primera década del siglo XX.

La Biblioteca Popular de L’Avenç (mencionada a menudo como BPA), nació en 1905 en el seno de un proyecto más amplio impulsado por el editor Jaume Massó i Torrents (1863-1943) y el abogado y escritor Joaquim Casas i Carbó  (1858-1943) que incluía, además de una librería y una muy prestigiosa imprenta, una revista que enseguida fue muy influyente (L’Avenç) y una editorial.

De izquierda a derecha: Jaume Algarra. Jaume Massó i Torrents, Antoni Rubió i Lluch, Josep Pijoan y Joaquim Casas i Carbó.

El logo del proyecto editorial, que incluía el lema «Amb temps, creix» («Con tiempo, crece»), fue creado en 1903 por el prestigioso y polifacético artista Alexandre de Riquer (1856-1920), autor de algunas de las representaciones gráficas más icónicas del Modernismo catalán (ex libris, postales, sellos, partituras…) y que ese mismo año obtuvo el segundo premio en el Concurso Anual de Edificios Artísticos por la decoración de la mítica Maison Dorée.

Interior de la Maisaaaon Dorée.

En este contexto, es muy significativo que el primer libro del filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), Ensayo de gramática del catalán moderno (1891) apareciera con pie editorial de la librería de L’Avenç, pues fue este núcleo de intelectuales y escritores el que mayor impulso dio a la normalización del catalán, y la BPA fue uno de los instrumentos de los que se sirvió para ello, como ya se planteaba entre sus principales objetivos en el texto que sirvió de anuncio del proyecto a los lectores:

La Biblioteca Popular que presentamos al público viene a llenar un vacío cada vez más sentido por el pueblo catalán debido a la expansión de nuestra nacionalidad, que comporta el uso creciente de nuestra lengua: ofrecer lectura abundante y escogida por un precio módico.

Como señala Bacardí en el ensayo mencionado, el peso que tuvo en la normalización de la lengua y en la difusión de la gran literatura, del pasado y del momento, no fue menor:

Frente a la tradición poética que habían impulsado los artífices de la Renaixença, la colección promovió la prosa narrativa, el teatro y el ensayo, tanto de autores clásicos (Dante, Shakespeare, Pascal, Molière, Goldoni, Goethe, Leopardi…) como del mismo siglo XIX (Emerson, Ruskin, Walt Withman, Turguénev, Mistral, Ibsen, Maeterlinck, Gorki…), procedentes de lenguas y tradiciones culturales diferentes. Se trataba de recuperar el tiempo perdido, de vincularse con la literatura europea de mayor ambición y calidad y de proporcionar al público unas lecturas que no habían podido desarrollarse en la tradición propia. La traducción, en definitiva, conformaba la lengua y universalizaba la literatura.

A los nombres mencionados, pueden añadirse aún los de Novalis, La Rochefoucauld, Perrault, Giacosa, Pellico, Björnson o Swift, entre otros muchos, y en buena parte de los casos vertidos al catalán por firmas importantes del momento o que llegarían a serlo en años no muy posteriores (Pompeu Fabra, Joan Maragall, Alfons Maseras, Manuel de Montoliu, Narcís Oller,  Rafael Patxot, Joan Puig i Ferrater…).

Por otra parte, el mensaje implícito de alternar a algunos de los principales representantes del Modernismo literario catalán (Ignasi Iglésias, Gabriel Alomar, Jeroni Zanné, Miquel dels Sants Oliver, Joan Puig i Ferreter…) con nombres tan insignes de la literatura universal no dejaba de ser un modo de reivindicar la importancia y calidad de esos escritores catalanes recientes..

Tras el inicial D’aquí i d’allà, del polifacético artista modernista Santiago Rusiñol (1861-1931), el segundo título publicado en la BPA fue ya una traducción, Contes. Primera serie, de Lev Tolstoi (1828-1910), trasvasados al catalán por el propio Joaquim Casas, que firma también la del cuarto número, Historietes galizzianes, de Leopold von Sacher-Massoch (1836-1895). El tercer número de la colección había sido Croquis pirinencs. Primera serie, de Massó i Torrents, mientras que el quinto sería una traducción llevada a cabo por el gran poeta del momento, Jacint Verdaguer (1845-1902), de Nerto, del poeta provenzal y Premio Nobel de Literatura en 1904 Fréderic Mistral (1830-1914).

Según testimonio de Casas, vanagloriándose de su buen ojo para establecer las tiradas, éstas oscilaban entre los dos mil y los tres mil ejemplares en el caso de las primeras ediciones, que en las ocasiones más exitosas eran reimpresas luego y encuadernadas en tapa dura (como fue el caso, por ejemplo, de Enric d’Ofterdingen, de Novalis, traducido por Joan Maragall). Al margen de las ya mencionadas tiradas a 0,50 céntimos, era habitual también imprimir una tirada menor impresa sobre buen papel satinado que se comercializaba a una peseta.

En cualquier caso, es indudable que la que fue una de las primeras colecciones de libros de bolsillo en catalán tuvo una aceptación más que notable, prestigió el proyecto (lo que a su vez atrajo a nuevos inversores en el mismo) y, sobre todo, contribuyó a establecer y asentar un modelo de lengua literaria.

 Llegaron a publicarse un total de 152 números ‒que no volúmenes, pues algunos eran dobles‒, de los que más de una tercera parte (62) eran traducciones, y su contribución a la literatura catalana parece innegable, entre otras cosas porque los traductores se veían en la necesidad de adoptar soluciones que, si bien no siempre eran de uso común ni habitual en el lenguaje hablado ni en los textos no literarios, enriquecían la lengua literaria y aportaban giros o expresiones que acabaron generalizándose y asentándose.

En 1915 se cerraba la colección con el libro de relatos Toia virolada, del escritor y político de la Lliga Regionalista Carles de Camps i d’Olzinelles (1860-1939), pero en 1925 el hijo de uno de los fundadores de L’Avenç, Josep Massó Ventós (1891-1931), le dio nueva vida con la publicación de su propia obra La nau de les veles d’or, ilustrado por Lola Anglada (1892-1984). En la cubierta de esta edición aparece el nombre de la Llibreria Antiga i Moderna, con sede en el número 45 de la calle Canuda (no muy lejos del Ateneu Barcelonès), que regentaba el célebre librero y anticuario Salvador Babra i Rubinat (1874-1930), que era quien se había quedado con los fondos de L’Avenç cuando esta, aquejada por una decadencia económica fruto de un irresoluble déficit, en 1915 se vio en la necesidad de cerrar. La imprenta, por otra parte, acabó en manos de la Casa de la Caritat, por un montante de 82.000 pesetas de la época, que se hizo cargo de los veinte empleados con que por entonces contaba el negocio.

A este último título aún se añadirían a modo de epílogo los seis volúmenes que llegarían hasta el número doble 151/152, aparecidos entre 1925 y 1926, de Selecta de contistes catalans, donde confluyeron Robert Robert, Marià Vayreda, Joan Maragall, Santiago Rusiñol, etc., que acaso pueda interpretarse como una réplica a la colección de la Imprenta Atenes Els Contistes Catalans, que se había estrenado con un volumen de cuentos de Carles Soldevila («La clínica de bebès», «L’heroi, la seva dona i el seu pare» y «L’emancipació d’en Quimet») ilustrados por Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1903-1964) y proseguiría luego con otras compilaciones de narrativa breve de Alfons Maseras, Josep M. de Sagarra, Josep Pla, Joan Sacs (Feliu Elias i Bracons, 1878-1948), Àngel Ferran, etc.

Fuentes:

Corpus de traducciones publicadas por la Biblioteca Popular de L’Avenç (con enlaces a facsímiles de muchos de los títulos) publicada en 1611. Revista de Historia de la Traducción.

Anónimo, «Homenatge a L’Avenç», El Poble Català, 7 de febrero de 1910.

Montserrat Bacardí, «Edición y traducción en catalán: momentos fundacionales», en F. Larraz, J. Mengual y M. Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, 2020, pp. 275-286.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L’edició a Catalunya. El segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

—, «Semblanza de L’Avenç (1881-1915)», en EDI-RED, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI), 2006.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial,1986.

Ramon Pla i Arxé, «L’Avenç (1891-1915): la modernització de la Renaixença», Els Marges, n. 4 (mayo de 1975), pp. 23-38.

Una agrupación de bibliófilos sin corsés

A Amadeu Pons, coleccionista de goigs

Al poco tiempo de aparecer la que sin duda fue una de las revistas literarias más importantes de la cultura catalana de la primera mitad del siglo XX, La Nostra Revista (dirigida por el poeta Josep Maria Junoy y con Pompeu Fabra, Josep Pla, Just Cabot y Carles Riba entre sus principales colaboradores), publicaba en ella el arqueólogo e ingeniero agrario Epifani de Fortuny i Salazar (1898-1989) un breve texto en el que intentaba describir la bibliofília y anunciaba la reciente creación de una sociedad dedicada a compartir el conocimiento sobre el libro y su historia, Els XII, de cuyos miembros da concisa noticia en el siguiente pasaje que traduzco:

En Els XII se encuentra la más variada gama de las aficiones: desde la cartulina de visita (Manuel Rocamora), para algunos insignificante, hasta los libros de horas (Josep Escobet), riquísimo en miniaturas, obsequio de príncipes y reyes; desde los exquisitos figurines (Condesa de Vilardaga), demostración de la veleidad femenina, a los goigs (Dr. Roca i Bellver), ejemplo abundante de la devoción popular catalana, de la imaginería y de la imprenta; desde la austeridad de las Imitaciones de Cristo (Epifani de Fortuny), a la suntuosidad de las encuadernaciones y ediciones modernas (Gustau Gili [i Roig]). Qué bella diversidad la de todas estas colecciones; tanto como las especializaciones de Ramon Miquel i Planas con su completísimo arsenal de materiales para la historia del libro, de Domènec Carles-Tolrà en la historia de Catalunya, de Josep M. Carles-Tolrà en ciencias exactas i relojería, y las monografías de Eduard Zaragoza y los interesantísimos acopios de Oriol Martorell y mosén Jaume Barrera.

Como se cuenta también en este mismo artículo aparecido en el cuarto número de La Nova Revista (de abril de 1928), el objetivo inicial de esta sociedad de bibliófilos era reunirse una vez al mes alternativamente en la residencia de cada uno de ellos y mostrar y comentar las principales piezas de las respectivas colecciones. A diferencia de lo habitual en muchos círculos de esta naturaleza, no se planteaban ni la celebración de conferencias ni la publicación de obras singulares o raras, pero sí, una vez al año, por sorteo y a cargo del interesado, la edición de detallados catálogos de las colecciones de cada uno de ellos.

Un poco anterior a la aparición de este artículo es la publicación de un primer texto anunciando la creación de Els XII en un contexto un poco sorprendente, la revista de periodicidad semanal y carácter humorístico y satírico El Borinot, fundada y dirigida por Lluís Bertran i Pijoan (1892-1959) y Josep Aragay (1889-1973) y que contaba entre sus más fieles ilustradores con las firmas de Apa (Feliu Elias i Bracons, 1878-1948), D’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947) y Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1908-1964).

En este segundo texto (publicado en el número del 13 de enero de 1927), se añaden algunas precisiones de cierto interés. Se indica por ejemplo que la colección de la condesa de Vilardaga (Carmen Gil Llopart, ¿?-1966) la componían libros sobre la historia de la indumentaria y de la moda; que la de Lluis Escobet (a quien se tiene por el único poseedor de una encuadernación de Jean Grolier en toda la península) incluía, además de libros de horas, cancioneros y romanceros; que, además de tarjetas de visitas, la colección del escritor, pintor y mecenas Manuel Rocamora (1892-1976) incluía impresos relacionados con el arte dramático o que la del político Oriol Martorell se centraba en libros del siglo XVIII. Además, permite fechar el proyecto un poco antes del inicio del año 1927.

A pesar del nombre asignado a esta asociación, que parecía restringir de antemano su número de componentes, llevó a cabo una iniciativa que, al parecer, tuvo una amplia repercusión y despertó mucho interés (se calcula que recibió diez mil visitantes), la exposición en enero de 1928 de una selección de lo más importante de las colecciones de sus miembros en las muy conocidas Galerías Laietanas, acerca de la que el escritor y periodista Just Cabot (1898-1961) escribió una muy completa y extraordinariamente ilustrada reseña en las páginas de la mencionada La Nova Revista (núm. 15, marzo de 1928, pp. 256-263).

Por su parte, en la publicación de Foment de les Arts Decoratives, Arts i Bells Oficis, se describía esta iniciativa como «una verdadera revelación para muchos, que ignoraban la existencia en nuestra tierra de colecciones que en otras partes contribuirían a la gloria de la ciudad», y añadía a continuación: «Y es que generalmente nuestros coleccionistas viven aislados, se sienten sumergidos en un ambiente hostil que los repele con sus afanes positivistas e imediatamente utilitarios».

Se mostraron en esta exposición un total de trescientas sesenta piezas, y se publicó además un catálogo de las mismas impreso en la Tipogràfica Occitània. Entre las singularidades de la exposición se encuentra además la exposición de un ejemplar aportado por el miembro número 12+1 de la sociedad (miembro honorario), el rey Manuel de Bragança y Orleans (1889-1932): las pruebas con correcciones del propio rey de Portugal de un Catalogue of a Collection of Early Portuguese Books, del que poco después Maggs Brothers hizo una tirada de cuarenta y cinco ejemplares numerados y firmados por el último monarca portugués.

Es interesante también advertir algunos cambios que se han producido en tan poco tiempo entre los miembros iniciales de la sociedad y los de quienes expusieron libros. Ya no aparecen ni Oriol Martorell, ni Eduardo Zaragoza ni mosén Jaume Barrera, que han sido cumplidamente sustituidos por el abogado, archivero y diputado a Cortes Leonci Soler i March, Maria dels Àngels Perpinyà (coleccionista de estampas religiosas) y Albert Lleó (especialista en libros orientales modernos).

Hubo, al parecer proyectos de editar algunos almanaques y algunas otras obras menores, pero no consta que ni estas ni los proyectados catálogos exhaustivos de las colecciones de Els XII llegaran a realizarse o, cuanto menos, a completarse.

 Aunque tenue, porque los planteamientos y los objetivos eran otros, puede trazarse una línea de continuidad entre Els XII y la Associació de Bibliòfils de Barcelona (ABB), a cuyo frente aparece uno de los integrantes de este grupo, Ramon Miquel i Planas (que además de intervenir en las reuniones iniciales fue vocal en la primera junta de gobierno) y entre sus socios Epifani de Fortuny, Manuel Rocamora, además de Gustavo Gili Esteve (hijo de Gili i Roig). Y fue precisamente la ABB la que en 1965 publicó una edición de muy corta tirada con la conferencia que el 15 de diciembre de 1965 pronunció sobre la historia de este singular grupo, y en la que, entre otras cosas, contó que su pasión inicial por las ediciones de la Imitación de Cristo surgió después de haber encontrado alguno de ellos mientras curioseaba en la imponente biblioteca (unos ochenta mil ejemplares) de su padre, el político y escritor Carles de Fortuny i de Miralles (1872-1931), conde de Esponellà y en 1918 diputado a Cortes por la Lliga Regionalista.

Fuentes:

Anónimo, «Els XII (Una agrupació de bibliòfils)», El Borinot, núm. 164, 1927, p. 10.

Anónimo, «Els XII», Arts i Bells Oficis. Revista mensual de Foment de les Arts Decoratives, marzo de 1928, pp. 92-93.

Jordi Estruga i Estruga, «L’Associació de Bibliòfils de Barcelona», en AA. VV., La bibliofília a Catalunya, Barcelona, Fundació Jaume I, 2001, pp. 52-63.

Epifani Fortuny, «Els XII», La Nova Revista, núm 4, abril 1928, pp. 376-378.

Aitor Quiney y Jordi Estruga i Estruga, «Els col·leccionistes són corporativistes: les societats de bibliòfils», en Col·leccions privades, llibres singulars, Biblioteca de Catalunya, 2005, pp. 87-97.

Del exilio y el ostracismo al éxito editorial: Frederic Rahola y Jaume Vicens Vives

Son incontables la cantidad de españoles que recordarán el muy característico logo de la Editorial Teide a raíz de las horas pasadas en sus años escolares frente a alguno de ellos.

El proyecto, de exitosa y dilatada trayectoria, fue producto de la feliz alianza de dos personajes peculiares —Frederic Rahola i Espona (1914-1992) y Jaume Vicens Vives (1910-1960)—, y entre otras diversas virtudes de esta iniciativa se cuenta la de haber contribuido a que el segundo de ellos pudiera disponer de los recursos necesarios para regresar a Barcelona y reincorporarse a la universidad, después de haber sido apartado de la docencia por las autoridades franquistas.

Militante de Esquerra Republicana de Catalunya y empleado en el Departament de Finances de la Generalitat de Catalunya, el abogado Frederic Rahola se había exiliado como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y en Francia, además de estudiar economía política, participó muy activamente en la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). Sin embargo, en 1942 regresó a Barcelona y retomó su labor como abogado, al tiempo que se asociaba con su cuñado, Jaume Vicens Vives, para crear la editorial Teide.

1947

Por su parte, Vicens Vives había destacado muy pronto como un brillantísimo estudiante en la Universitat de Barcelona, donde había sido compañero de promoción de Pere Grases y Santiago Sobrequés, y en cuanto se licenció empezó a trabajar en la por entonces recién creada Universitat Autònoma de Barcelona. Sin embargo, al inicio de la guerra fue movilizado como sanitario y al término de la misma a punto estuvo de emprender el camino del exilio acompañando a Rahola, pero a principios de 1940 sobrevivía impartiendo clases particulares y haciendo colaboraciones en la revista Destino y en la editorial Gallach.

Según escribió en su momento Jesús A. Martínez Martín en Historia de la edición en España, 1939-1975 (2015):

En 1950 fue fundada la editorial Teide, S.A., por el historiador Jaume Vicens Vives y Federico Rahola de Espona, con un capital de 1.500.000 pesetas, inicialmente para coeditar en castellano e italiano obras del Instituto Geográfico De Agostini (Novara, Italia), obras pedagógicas de la Abadía de Averbode en Bélgica y libros de textos. El capital se había duplicado en 1969.

1952

Sin embargo, tal síntesis es cuanto menos ambigua, pues no solo no da razón de la existencia de libros de Teide ya en los años cuarenta, sino que además no tiene en cuenta las muy útiles páginas que en este sentido había dejado escritas Manuel Llanas una década antes (concretamente, en el año 2006).

Las primeras incursiones en la edición de los dos socios catalanes se centraron, ya desde 1942, en material cartográfico, atlas, y manuales escolares de geografía e historia, ámbito en el que llevaba la voz cantante Vicens Vives, mientras que Rahola se centraba sobre todo en la gestión. Es destacable también la colaboración, inicialmente externa, de quien luego sería también otro editor barcelonés importante, Enric Borràs Cubells, que a principios de los cincuenta pasó a formar parte de la plantilla de Teide (y acabaría casándose con la secretaria de Rahola).

Mediada la década de los cuarenta se hace más frecuente la edición de libros de historia, en diversas ocasiones escritos por los mencionados compañeros universitarios de Vicens Vives, y en 1951 nace en el seno de la editorial la importante revista Índice Histórico Español, considerada la principal recopilación de fuentes historiográficas española de la época preinformática.

1953.

Es posible que la creación de la sociedad anónima, que es lo que parece registrar Martínez Martín tomando como fuente los libros de registro del Archivo del Instituto Nacional del Libro (INLE), se produjera en 1950, pero por esas mismas fechas Teide disponía ya de un catálogo bastante voluminoso y estaba poniendo en circulación la Duran y Bas, en honor del jurisconsulto y político que siendo ministro de Justicia dimitió como consecuencia del célebre Tancament de Caixes de 1899 (Manuel Duran i Bas, 1823-1907), una colección centrada en estudios económicos, y la colección de temas históricos Raimundo Lulio, además de las mencionadas colaboraciones con De Agostini y Aberbode. Y también de aquellos años son los muy recordados libros de Cosmos, sobre ciencias de la naturaleza para uso escolar.

Otro hito importante, mediada ya la década de los cincuenta, fue la publicación de los primeros títulos en catalán, y en particular la muy conocida colección Biografies Catalanes (así rebautizada al prohibirles la censura franquista emplear el nombre Història de Catalunya) y la también muy divulgada Gramàtica catalana de Pompeu Fabra (1868-1948), aparecida póstumamente por razones evidentes.

La muerte en 1960 de Vicens Vives y las desavenencias entre Rahola y su hermana desembocaron en la división del fondo y en la creación de la también muy conocida editorial Vicens Vives, que originalmente dirigieron la muy longeva Roser Rahola (1915-2020) y su hijo Pere Vicens Rahola, pero nada parece indicar que Teide perdiera por ello fuelle, y en esa misma década inicia un amplio despliegue expansivo por los mercados americanos (México, Colombia, Chile..).

Ya en los setenta se produce una decidida entrada de Teide en el campo de los libros de historia y biografía en el ámbito universitario, centrándose en particular en temas de historia catalana en tiempos de la Segunda Repúbica, con la colección Capdavanters.

Aun así, de la labor de Rahola merece la pena destacar también su iniciativa de asociar a los diversos y hasta entonces dispersos editores de libros de texto, un proyecto que cuajó en 1957 con el nacimiento del Grupo de Editores de Libros de Enseñanza, y su intervención comprando en 1970 las acciones de Edicions 62 en el macroproyecto de la Gran Enciclopèdia Catalana, lo que permitió que este pudiera seguir adelante más allá del tercer volumen. Tampoco es desdeñable su etapa como presidente del Gremi d’Editors de Catalunya, entre 1971 y 1975, hasta que en 1976 el que luego sería president de la Generalitat Josep Tarradellas (1899-1988) lo nombra su representante en el interior y, ya como presidente, en conseller de Governació de la Generalitat Provisional. Poco duró en ese cargo, pero al asumir el de Síndic de Greuges (defensor del pueblo), abandonó definitivamente las labores al frente de Teide, que delegó en sus hijos Frederic i Cristian.

Fuentes:

Enric Borràs, «J. Vicens Vives: col·laborador de Franco i mentor de la classe política filocolonial a Catalunya», Bloc d’Enric Borràs, noviembre 2010.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Jesús A. Martínez Martín, «El capitalismo de edición moderno. Las empresas editoriales: negocios, política y cultura. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 273-328.

Joan Plana, «Germans Rahola, una vida dedicada a la lluita», El blog de’n Plana, 16 de març de 2012.

LaSal Edicions de les Dones, pionera del feminismo postfranquista

¿Cuántos proyectos editoriales no se habrán gestado en un bar? Lo curioso y meritorio es que algunos de ellos incluso llegaron a hacerse realidad, como es el caso de la editorial feminista LaSal Edicions de les Dones.

Aunque registrada oficialmente en 1978, los orígenes de esta iniciativa editorial se remontan al 6 de julio de 1977, cuando en el número 8 de la barcelonesa calle Riereta (en el barrio del Raval) abre las puertas un peculiar establecimiento gestionado por mujeres y que Katia Almerini —que lo contextualiza con una ajustada panorámica del feminismo barcelonés inmediatamente posterior a la muerte del dictador—, ha descrito como «una experiencia híbrida a medio camino entre el bar, el centro cultural y el espacio de reflexión feminista». Teatro (el Teatrí de les Dones), performances, pases de cine (Boy meets Girl, de Eugènia Balcells), conciertos y recitales (Txiky con Anna Subirana y Teresa, la Titi, el grupo La Traca) y exposiciones de arte pictórico fueron la sal de unos tiempos un poco sosos que no tardarían en amenizar también, en una onda parecida, la Tribuna Feminista de la editorial Debate.

Apenas había transcurrido un año desde su inauguración cuando la activista Mari Chordá, Mariló Fernández, Isabel Martínez y la luego importante agente literaria Isabel Monteagudo se rascaron el bolsillo y un poco más allá para poder abrir casi justo enfrente (en Riereta, 13) una librería y editorial, LaSal Edicions de les Dones, un proyecto al que una vez empezó a andar se unieron la poeta mallorquina Maria Bauçà, Mª José Quevedo, Carme Cases, la poetisa Montserrat Abelló (1918-2014), la escritora y traductora catalana nacida en Chile Mireia Bofill, Mercè Fernàndez, Isabel Segura y Goya Vivas.

Los propósitos y ambiciones quedaron claramente establecidos en lo que puede considerarse poco menos que un manifiesto fundacional:

Somos una editorial feminista: LaSal Edicions de les Dones. Publicaremos libros escritos por mujeres que sean expresión de las mujeres. En este sentido, queremos recuperar textos de autoras ya reconocidas por otras publicaciones, pero olvidadas en su creación literaria más íntima. También iremos sacando a la luz, en la medida en que lleguen a nuestras manos, los textos de tantas mujeres que se expresan silenciosamente, sin posibilidades de ser conocidas y leídas. Sacaremos novela, ensayo, actualidad, testimonio, cuento, poesía, libros gráficos, y mantendremos una periodicidad de publicación.

En buena medida gracias al éxito de la Agenda de les Dones, que empezó a publicarse ese mismo año 1978 (y lo hizo hasta 1990, con una segunda etapa entre 1996 y 2009), añadido al apoyo y las colaboraciones desinteresadas, se pudo dar continuidad a la iniciativa. Uno de los primeros libros publicados fue La bolchevique enamorada, de la activista marxista Aleksandra Kolontái (1872-1952), una edición de 170 páginas encuadernada en rústica de la traducción firmada por Vasilisa Malyguina publicada en 1928 por Ediciones Oriente (y reeditada en laSal por lo menos en dos ocasiones), a la que siguió el libro de artista Quadern del cos i l’aigua, con poemas de Mari Chordá e ilustraciones de la pionera del cómic español Montse Clavé (que ese mismo año había ilustrado el Cuaderno feminista. Introducción al self-help, de Leonor Taboada, publicado por Fontanella).

De 1979 es el ensayo de la periodista alemana y directora de la revista Emma Alice Schwarcer La pequeña diferencia y sus grandes consecuencias. Las mujeres hablan de sí mismas. Comienzo de una liberación y la novela Pan de boda, de Nuria Amat, y del año siguiente el poemario con el que Rosa Fabregat había ganado el Premio Vila de Martorell 1978, Estelles, así como Poemas encintos, de Carmen Ruiz y una traducción de Mari Chordá de La Celina, de la escritora, periodista y acrtiz feminista (e hija de un brigadista internacional) Christianne Rochefort (1917-1998).

Se creó enseguida un sistema de suscripción, de poco más de mil pesetas, que se reembolsaba con libros, y eso aseguró además la continuidad de las ediciones, que se distribuían en varios apartados o colecciones: la muy popular Agenda, Poesía, Narrativa, Ensayo, Cuadernos Inacabados y una interesantísima colección de Clàssiques Catalanes, dirigida por Isabel Segura, en la que aparecieron, entre otros títulos (hasta un total de catorce), L’Abisme/L’Huracà (1983), de Carme Monturiol i Puig (1892-1966); La infanticida i altres textos (1984), de Victor Català (Caterina Albert, 1869-1966); Del mon (1983), de Dolors Monserdà de Macià (1845-1919); Cartes a l’Anna Murià, 1939-1956 (1985), de Mercè Rodoreda (1908-1983); Contraclaror. Antologia poètica (1985), de Clementina Arderiu (1889-1976), seleccionada y precedida de un prólogo de Maria Mercè Marçal (1952-1998); Contes (1985), de Rosa Leveroni (1910-1985), con una introducción de Helena Valentí (1940-1990); Les aigües roges (1986), de Maria Teresa Vernet (1907-1974), con introducción de Maria Campillo; Paradisos oceànics (1988), de Aurora Bertrana (1892-1974), con prólogo de Maria Aurèlia Capmany (1918-1991)…

A partir de principios de los años ochenta, otra colección muy combativa fueron los Cuadernos Inacabados, en los que se publicó El no de las niñas. Feminario antropológico (1981), de Martha I[sabel] Moia —a quien sin duda recordarán los lectores de los diarios de Alejandra Pizarnik—, y, bastante más adelante, El arquetipo viril protagonista de la historia: ejercicio de lectora no androcénrica, de Amparo Moreno. Esta peculiar colección no tardó en encontrar quien le diera continuidad, la editorial madrileña Horas y Horas (otra interesante iniciativa del grupo de trabajo de la Librería de Mujeres, Lola Pérez López, Elena Lasheras Pérez y Ana Domínguez Loschi, creada con el arranque de la década de 1990).

A mediados de los años ochenta, tanto la editorial como la librería se trasladaron a una zona más céntrica, en la calle València (al número 226), y en 1988, coincidiendo con la primera década de LaSal, cuando las libreras feministas se encontraban en un proceso de asociación que cristalizó en la Asociación de Librerías de Mujeres, a ojos del común de los lectores tuvieron visibilidad con la convocatoria del Primer Premio de Narrativa de Mujeres Una Palabra Otra, en cuya primera edición un jurado formado por Maria José Obiols, Dolors Ollé, Soledad Puértolas y Elena Soriano, otorgaron el galardón a Carmen Gómez Ojeda por La novela que Marien no terminó, que se le entregó en un acto presidido por Rosa Montero y cuya publicación recayó en LaSal. En las siguientes convocatorias fueron premiadas Teresa Pámies (por Cómo nos fregaron, Dora, en 1989), publicada también por LaSal, y Elisabeth Bertran (por Nadie sabe, en 1990).

Otro ejemplo de la colaboración entre colectivos feministas en esos años es la edición de 1789-1793. La voz de las mujeres en la Revolución Francesa. Cuadernos de quejas y otros textos, con una introducción de Isabel Alonso y Mila Belinchón y un prólogo de Paule Maie-Duhet, traducido por Antònia Pallach i Estela, que se publicó gracias a la cooperación entre LaSal, el Institut Valencià de la Dona y las Éditions des Femmes Antoinette Fouque.

Sin embargo, con el inicio de la década de los noventa, tanto la librería como la editorial tuvieron que echar el cierra —por razones de insostenibilidad económica, como no podía ser de otra manera— si bien hay quienes interpretan el nacimiento poco después de la Llibreria Pròleg (que abrió el 22 de mayo de 1991 en la calle Sant Pere Més Alt, 46) como la continuidad natural del espacio que ocupaba laSal, entre otras cosas porque entre el colectivo de jóvenes feministas que la pusieron en marcha se cuenta Núria Monrós (hija de Àngels Grases, muy vinculada en su momento al grupo de laSal).

Fuentes:

AA.VV., «Racons i raconets: laSal, bar-biblioteca feminista», Ca La Dona, núm. 53 (junio de 206), pp. 20-21.

Katia Almerini, «La Sal, bar-biblioteca feminista en Barcelona. Empoderamiento femenino y cultura visual», Boletín de Arte (Departamento de Historia del Arte, Universidad de Málaga), núm. 35 (2014), pp. 83- 100.

Centre de Documentació de Ca La Dona, Dossier Els llibres de laSal i les nostres lectures, 9 de abril de 2014. 

Rosa María Piñol, «Cierra laSal, única editorial feminista que existía en España», La Vanguardia, 10 de marzo de 1990, p.

Xoc, la librería como dinamizadora de barrio

A los amantes del aigua de València

 

Que las librerías no son meros comercios dispensadores de libros y que pueden incluso ser algo más que un lugar donde obtener recomendaciones adecuadas para lectores intensivos y fieles es una verdad incontrovertible pese a que la idea de «crear comunidad» pueda hacer que parezca cosa reciente.

Salida del metro en Vilapicina.

En uno de los barrios obreros más característicos de Barcelona, Vilapicina i la Torre Llobeta (uno de los trece que conformarían el distrito de Nou Barris), se abría en 1972 una librería cuya vocación combativa y asociativa quedó clara desde el primer momento, la Xoc (choque).

Su cabeza visible fue Conxa Torrent i Murall, que lo contó del siguiente modo:

Un grupo de amigos […] con el proyecto de acercar la cultura a los barrios me lo proponen […]. Gente joven, con ganas de ofrecer conocimientos, sobre todo en ciencias sociales, a lugares de la periferia urbana, que en aquella eépoca quedaban totalmente al margen de los circuitos de inquietudes culturales y sociales que empezaban a manifestarse abiertamente en el centro [de Barcelona]. En aquellos momentos me había quedado sin empleo, empezaba estudios de sociología, y la propuesta me pareció muy interesante. […] Los libros eran el arma, la librería el medio y el barrio el objetivo del trabajo.

En ese grupo inicial que dio el primer empujón se encontraba por ejemplo Isabel Monteagudo, que por entonces ya trabajaba en International Editors (IECO) y muy poco después impulsaría también LaSal Edicions Les Dones, pero la presencia constante en la librería, ubicada en el número 325 del passeig Fabra i Puig, fue Torrent, más adelante con el apoyo de Toni Munné.

Màrius Serra.

Uno de los más devotos clientes, el escritor Màrius Serra (que presentó todos sus libros en la Xoc mientras esta estuvo abierta), ha evocado (y reivindicado) en varias ocasiones ese local, atiborrado de libros por todas partes (pero también inicialmente de juguetes y discos), y el ambiente que en él se generó, sobre todo en los años ochenta, mediante presentaciones de libros, exposiciones de arte gráfico y fotografía, lecturas poéticas, coloquios, debates, e incluso se convirtió en uno de los principales impulsores de lo que sería la asociación de vecinos del barrio, liderando los primeros estudios rigurosos acerca de los equipamientos existentes en la zona y aglutinando a quienes estaban interesados en formar parte de ella.

En ese contexto de los años setenta previos a la muerte del dictador, uno de los aspectos chocantes era la predilección de la librería por los títulos en catalán, e incluso el hecho de que todo en la librería estuviera escrito en esta lengua y fuera el medio de expresión habitual, echando así por tierra el prejuicio de que el catalán era el vehículo de comunicación solo de la burguesía y/o que no existía una clase obrera catalanoparlante. En una entrevista publicada en la revista Via fora!! la propia Conxa Torrent explicaba la reacción de sus convecinos del siguiente modo:

Afortunadamente, por parte de la gente corriente del barrio, el modo de proceder de Xoc fue recibido con  absoluta normalidad, aunque pudiera sorprender. Las únicas reacciones contrarias llegaron por parte de gente adepta al régimen y de dogmáticos españolistas, incluso de izquierdas, muchos de ellos apelando a un supuesto internacionalismo.

Por otra parte, en un momento en que aún era habitual la prohibición de mostrar en escaparates determinados libros publicados en catalán, eso, añadido al hecho de que la librería se convirtió a menudo en almacén de material impreso «subversivo», la convirtió no sólo en uno de los objetivos de la policía, sino también de los grupos ultranazionalistas. Tampoco podía ser ajeno a ello que, como hacían otros comercios en barrios y pueblos menos expuestos o susceptibles de generar ese tipo de reacciones, la Xoc había establecido por costumbre mantener abierto los 12 de octubre, conocida sucesivamente como Día de la Raza, Día de la Hispanidad y Fiesta Nacional de España.

Pasada la transición, en el paso de la década de los setenta a los ochenta, la Xoc fue pionera en Barcelona en añadir a la librería un minúsculo servicio de bar, en el que cada viernes se servía una muy popular «aigua de València», y que en su caso tenía todo el sentido como ampliación y acondicionamiento a las funciones de lugar de reunión y tertulia que había adoptado desde el principio.

Así lo describía Màrius Serra, en un artículo muy intencionadamente titulado ‒por contraste con la contemporánea gauche divine‒ «La “gauche humaine”»:

Jamás un espacio tan reducido albergó tantas especies de espacios a la vez: un vestíbulo con revistas, un aparador temático, tres mesas de café aptas para todo tipo de discusiones, otra inundada por las novedades editoriales, rodeada en tres de sus cuatro lados por altas estanterías con libros de fondo, una pared y media capaces de acoger fotografías o dibujos o tapices o pinturas para exposiciones sin ínfulas ni inflación de precios, un rincón de libro infantil rodeado de expositores y una barra con tres taburetes en la que cada viernes se servía auia de València.

Avel·lí Artís-Gener.

Como no podía ser de otra manera, a medida que avanzaba la década la viabilidad económica de una librería de estas características y en ese contexto se hizo cada vez más difícil, por lo que finalmente, acabó por cerrar en septiembre de 2007, según las cuentas siempre fiables de Serra, «treinta y cinco años, tres meses y ocho días» después de haberse puesto en funcionamiento. De aquí que pasara a ser conocida como la librería con bebidas.

Entre los hitos de la librería Serra suele evocar el momento en que allí, tras la presentación de L’home del sac, Tísner (Avel·lí Artís-Gener, 1912-2000) le propuso ser su sustituto como creador de los crucigramas de La Vanguardia, pero a este podría añadirse, por ejemplo, el primer homenaje al joven militante del Partit Comunista d´Espanya (internacional), el PCE(i), Jordi Martínez de Foix i Llorenç, Lino, (1957-1978), en cuya memoria se publicó en el año 2003 un libro-dossier preparado por su familia y editado por la Xoc y la papelería La Tinta, así como numerosas exposiciones (como es el caso de la pintora Luisa Fortes) o visitantes de tanto fuste como Maria Mercè Marçal o Joan Brossa; «En estas tres décadas y un lustro de precaria economía Conxa ha montado mil y un saraos», escribe Serra en el ya citado artículo.

Fuentes:

Àngels, «Conversa amb Conxa Torrent i Murall», Via fora!!, núm. 51, volum VI (verano de 1996), pp. 54-60.

Màrius Serra, «La “gauche humaine”», La Vanguardia, 6 de septiembre de 2007.

Màrius Serra, «Hoy llega la gripe E», La Vanguardia, 12 de octubre de 2009.

Màrius Serra, «Els llibres són tímids si no tenen qui els prescrigui», Ara, 24 de abril de 2016.

Joan Josep Isern, «El dia que Tísner va nomenar el seu sucesor», Núvol, 29 de mayo de 2012.

Las dos vidas de «El Obrero Gráfico» español

La explotación codiciosa de las industrias del Libro en España —incluyendo en el primer lugar a Madrid— ha empeorado talmente las condiciones de vida de cuantos obreros a ellas se dedican, que ya se recuerdan como si fuesen tiempos de leyenda aquellos en que nuestros predecesores percibían buenos jornales y vestían «como las personas decentes».

Así empezaba uno de los primeros artículos publicados en la revista El Obrero Gráfico, en la que se exponían «Nuestros propósitos» y que apareció el 1 de marzo de 1908. Es necesario precisar, sin embargo, que se trata de El Obrero Gráfico. Tipografía. Litografía. Fotograbado. Encuadernación, pues existieron por lo menos dos publicaciones distintas con este mismo título.

El Obrero Gráfico fue también el título del órgano de prensa de la Federación Gráfica Bonaerense (Sociedades Únicas) desde el mismo momento de su constitución, en 1907, en el que confluyeron sindicalistas socialistas y anarquistas de la capital argentina. Entre sus colaboradores destacados se contó el periodista e ilustrador socialista Joaquín Spandonari (luego afiliado al Partido Conservador), que tras pasar por las imprentas El Cosmo, Pomás, Compañía General de Fósforos y los talleres en Gotelli, había creado su propia imprenta y cuya firma aparece ocasionalmente en revistas profesionales como Noografía, Éxito Gráfico y Anales Gráficos, además de promover la fundación del Instituto Argentino de las Artes del Libro (de cuya acta fundacional, fechada el 11 de mayo de 1907, es uno de los firmantes).

El Obrero Gráfico madrileño (con oficinas en la calle Huertas, 24, 2º, e impreso en I. Calleja, en Mendizábal, 6), nació desvinculado de partidos políticos y sindicatos y costeado por los asociados:

… hemos creído los fundadores de este periódico que era llegado el momento de crear un órgano de combate desligado de toda colectividad, desde el cual contribuir con todas nuestras fuerzas, y asumiendo personalmente la responsabilidad de nuestros escritos, a difundir la necesidad de extender y perfeccionar la asociación, a denunciar abusos, a señalar derroteros, a servir, en fin, de nexo entre todos los obreros de la Imprenta en España, con objeto de robustecer nuestras organizaciones e infundir en ellas los alientos que necesitan para luchar por su mejoramiento inmediato.

Somos, claro está, partidarios decididos de la organización sindical; pero no nos arrogamos la representación de las colectividades a que pertenecemos, aunque deseamos contribuir a su desenvolvimiento…

Quizá sea el afán de señalar lo injusto de las condiciones laborales y las injusticias en el sector (tanto las advertidas por sus colaboradores en Madrid como las que les comunicaban sus compañeros en otras capitales) lo que justifique que la mayor parte de los artículos aparezcan sin firma, salvo más adelante en artículos de carácter histórico y/o cultural (como por ejemplo en el número del 23 de abril de 1916, dedicado al Quijote). Aun así, en La cuna de un gigante. Historia de la Asociación General del Arte de Imprimir (Imprenta José Molina, 1925, ed. facsímil del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1984), Juan José Morato destacaba entre sus más prolíficos colaboradores al tipógrafo valenciano Francisco Núñez Tomás (1877-1945) y el corrector de pruebas sevillano Antonio Atienza de la Rosa (1867-1944), ambos vinculados luego, con cargos, a la Unión General de Trabajadores y al Partido Socialista Obrero Español, y que acabaron también ambos sus días exiliados en México.

Ya en el primer número de El Obrero Gráfico se describe la huelga generada en los talleres de la Sociedad Bilbaína de Artes Gráficas (cuyo gerente era el luego célebre Sebastián Amorrortu) como consecuencia de haber contratado a un tal tipógrafo Enrique Hornberger Jole, de quien se dice que su «conciencia debe de estar formada con lo peor de lo más malo de los obreros indignos»; tras haber llegado a un aparente acuerdo entre obreros y empresa para despedirlo, se generó un auténtico escándalo cuando se descubrió que a Hornberger «le tenían oculto en uno de los almacenes distribuyendo tipos y haciendo otras operaciones relativas a la tipografía».

Resulta indicativo —o acaso un poco sospechoso a tenor de los acontecimientos posteriores— la entusiasta acogida que la aparición de El Obrero Gráfico despertó en las páginas de El Socialista. Órgano central del partido obrero (es decir, del Partido Socialista Obrero Español), que por aquel entonces aún dirigía su fundador, y tipógrafo él mismo, Pablo Iglesias (1888-1925). Según una nota aparecida seis meses después de la aparición de El Obrero Gráfico, en el número del 7 de agosto de El Socialista:

Es, en suma, El Obrero Gráfico un excelente auxiliar de la organización de los obreros de la Imprenta y su campaña no puede menos de resultar útil para estos.

Lo que hace sobre todo recomendable a dicho periódico es la circunstancia de que en todos sus trabajos, aun cuando se refieren a asuntos peculiares de los distintos ramos de la Imprenta, campea una amplitud tal de miras que puede ser muy bien leídos por los obreros de todos los oficios y acomodadas sus conclusiones a las luchas que estos hayan de sostener con sus respectivos patronos, constituyendo en cierto modo un arsenal de enseñanzas verdaderamente precioso.

Por todo ello, recomendamos su lectura a los compañeros que quieran tener un buen periódico societario.

Eudald Canivell.

Hacía ya unos años, desde 1883, que venía publicándose otro boletín profesional, La Unión Tipográfica, creado por Toribio Reoyo (s. XIX-1918) y surgido a raíz de la creación de la Federación Tipográfica Española, uno de los pilares de lo que sería poco después la Unión General de Trabajadores (creada en 1888 y adscrita al PSOE). A su vez, la Societat Tipogràfica, creada en un congreso celebrado en Barcelona en 1879 y compuesta por obreros de tendencias políticas dispares (entre los que se contaban Josep Llunas i Pujals, Anselmo Lorenzo y Eudald Canivell), había sido con la socialista Asociación del Arte de Imprimir madrileña, el germen de la mencionada Federación Tipográfica Española, nacida en un congreso celebrado también en Barcelona a caballo entre septiembre y octubre de 1882.

Como consecuencia del resultado este último congreso, la Societat Tipogràfica sufrió el abandono de la mayoría —si no la totalidad— de sus militantes anarquistas, que crearon entonces una nueva organización de tipógrafos llamada Societat Solidària dels Obrers Impressors, entre cuyos primeros dirigentes figuraron el dramaturgo y primo hermano de Rafael Farga Antoni Pellicer i Paraire (1851-1916), Josep Llunas i Pujals, el tipógrafo de La Academia Lluis Gili Peladí, Eudald Canivell (1858-1928), Francisco Fo, A. Serra, el traductor Emilio Guanyabens o Guanyavents (1860-1941) y Pere Esteve (1866-1926).

En cuanto a El Obrero Gráfico, que hacía gala de su independencia con respecto a partidos y sindicatos, acabó por desaparecer en 1812, al parecer por problemas económicos. Y la Unión Tipográfica creada por Reoyo como órgano de la Federación Tipográfica Española publicó su último número también ya bien entrado el siglo XX, en septiembre de 1916. Sin embargo, a partir de enero del año siguiente aparecía de nuevo El Obrero Gráfico, si bien en esta ocasión con el subtítulo «Continuación de La Unión Tipográfica» y especificando que se trataba del «Órgano de la Federación Tipográfica Española», sección de la UGT que en 1918 cambió su nombre a Federación Gráfica Española. Se da la circunstancia, además, de que el ya mencionado Manuel Atienza de la Rosa, ese mismo año 1917, había dejado su puesto como ajustador jefe en El Heraldo de Madrid para pasar a formar parte de la redacción de El Socialista.

Así, pues, quizá haya por lo menos no dos, sino tres periódicos distintos con el nombre El Obrero Gráfico.

Fuentes:

El Obrero Gráfico, digitalizado en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

El Socialista, digitalización en la Fundación Pablo Iglesias.

Primer Manifiesto de la Federación Tipográfica (octubre de 1882), transcrito en La Alcarria Obrera, 22 de abril de 2008.

Eduardo Montagut, «El nacimiento de El Obrero Gráfico», Tercera Información, 10 de diciembre de 2018.

Manuel Redero Sanromán, Estudios de historia de la UGT, Universidad de Salamanca, 1992.

Andrés Saborit, Apuntes históricos. Pablo Iglesias, PSOE y UGT, Fundación Pablo Iglesias, 2009.

Francisco Sánchez Pérez, Protesta colectiva y cambio social en los umbrales del siglo XX. Madrid, 1914-1923, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, leída el 14 de abril de 1994.

Luisa Sierra Cortés, «El Obrero Gráfico, 1926-1936», en Santiago Castillo y Luis E. Otero Carvajal, Prensa obrera en Madrid 1855-1936, Madrid, revista Alfoz- Comunidad de Madrid, 1987, pp. 647-664.

El editor Gonzalo Pontón y la historia

«Mucha gente diría que hubo una primera transición hasta el 23 de febrero de 1981, cuando los militares intentaron dar un golpe de Estado que fracasó, y luego a partir de ahí comenzó una segunda transición, que sería la actual. Otros dicen que la verdadera transición empezó cuando por primera vez en España los socialistas llegaron al gobierno, cuando Felipe González ganó las elecciones en 1982. Pero otros creemos que la transición todavía no terminó.»

Gonzalo Pontón

 

Es de suponer que a nadie extrañaría que en diciembre de 2005 la superagente literaria Carmen Balcells (1930-2015) fuera investida doctora honoris causa por la Universitat Autònoma de Barcelona, pero en realidad históricamente no ha sido muy habitual que, ni siquiera a iniciativa de las facultades de humanidades, las universidades españolas hayan reconocido de este modo a quienes a lo largo de las últimas décadas han intervenido de un modo crucial en la difusión del conocimiento y la cultura o en la mejora del ecosistema editorial. Es el caso, sin embargo, de Gonzalo Pontón Gómez (n. 1944), a quien, a propuesta del ámbito de Humanidades, el rectorado de la Universitat Pompeu Fabra aprobó el 17 de octubre de 2018 iniciar los trámites para concederle el doctorado honoris causa por esa universidad (en un acto celebrado casi exactamente un año después).

En la propia web de Pasado & Presente, se calcula que a lo largo de su trayectoria –más de medio siglo ya– Gonzalo Pontón, licenciado en Historia por la Universitat de Barcelona), habrá editado unos dos mil títulos aproximadamente, de los cuales la mitad dedicados a la historia, y en particular a la moderna y contemporánea, pero su adscripción es además clara a la estirpe de editores que se formaron en todos los procesos de elaboración del libro desde que en 1963 entró como corrector en la editorial Ariel, cuando esta se había convertido ya en sociedad anónima. Progresivamente pasó a ser en esta misma empresa jefe de producción, jefe de redacción y secretario de gestión, al tiempo que dejaba además algunas traducciones en el catálogo que más adelante revitalizaría (Hobsbawm y Cipolla, por ejemplo).

No es raro que de esa etapa se recuerde en particular la primera edición española de La historia de España, de Pierre Vilar (1906-2003) –publicada originalmente en las Presses Universitaires de France en 1947–, y no sólo porque Pontón la considera «la mejor síntesis interpretativa de la historia de España», sino también por las condiciones en que se llevó a cabo y por las consecuencias que tuvo su primera edición. Ariel era por entonces uno de los puntos de contacto que con la edición española tenía el librero y editor exiliado en París Antonio Soriano (1913-2005) , que había encargado a sus talleres la impresión de algunos libros que luego distribuía en el exilio, como es el caso de La España del siglo XIX, de Manuel Tuñón de Lara (1915-1997), pero además de esos mismos talleres salieron algunas otras ediciones clandestinas, como Así cayó Alfonso XIII, del que fuera breve ministro de la Gobernación en 1931, Miguel Maura (1887-1971).

Acerca de este caso, escribió Francisco Rojas Claros:

Desafortunadamente para los editores, la Brigada Político Social intervino una parte de los ejemplares del libro. Según establecía la Ley de Prensa e Imprenta, se abrió expediente contra la editorial, siendo el caso juzgado por el Tribunal de Orden Público. El pliego de cargos del Ministerio de Información y Turismo se basó en tres puntos fundamentales: imprimir una obra sin el debido pie de imprenta; difundirla sin efectuar el depósito de la misma (de los 7350 ejemplares, sólo fueron incautados 3834); ser inexactos los datos relativos al lugar de impresión (Librairie Espagnole, París).

Al gerente de la empresa, Alejandro Argullós Marimon, la broma le costó cuatro meses de arresto, pero a la editorial una multa de cien mil pesesetas y, entre otros daños colaterales, la inhabilitación política de Gonzalo Pontón (militante del PSUC, el Partit Socialista Unificat de Catalunya). El editor se resarciría de este mal trago años más tarde, cuando pudo por fin publicar en Crítica este mismo libro en condiciones, «con todos los honores», en sus palabras, al que añadiría varios de los títulos más importantes y representativos de Vilar.

Cuando finalmente en 1971 Ariel se fusionó con Seix Barral, que por entonces no se encontraba precisamente en su mejor momento en cuanto a saneamiento económico, Pontón se puso al frente de la empresa resultante pero nunca se sintió del todo cómodo, porque además había empezado a pensar ya en crear una editorial que, en el ámbito del ensayo, sacara todo el partido posible a la apertura que se suponía que conllevaría la muerte de Franco (si bien, como a otros muchos, a Pontón le pareció que esta se quedaba muy muy corta).

Como es bien sabido, fue el editor catalán exiliado en México Juan Grijalbo (1911-2002), con quien compartía además militancia, quien le proporcionó la oportunidad de poner a andar su propio proyecto, la Editorial Crítica, en el que la colaboración del prestigioso profesor Josep Fontana (1938-2018) fue fundamental y uno de cuyos primeros títulos fue La República y la Guerra Civil, de Gabriel Jackson, que Grijalbo había publicado ya en 1967 en México, y retomó también un ambicioso proyecto que había dado sus primeros pasos en esa capital americana, la edición en español de las obras de Marx y Engels. Fundada en fecha tan simbólica como el 14 de abril (de 1976), el impresionante catálogo de Crítica constituye un índice impecable de los historiadores más importantes en la materia, tanto españoles (Jordi Nadal, Xavier Moreno, José Álvarez Junco, Miguel Artola, Josep Termes, José Antonio González Casanova, Josep Fontana…), como extranjeros (Gabriel Jackson, Ian Gibson, Henry Kamen, Ronald Fraser, Antony Beevor, Eric Hobsbawn…), pero aparecen también políticos tan importantes como Iliá Ehrenburg, Santiago Carrillo o Manuel Azaña, y colecciones destinadas a otros ámbitos, como es el conocido caso de la colección Historia y Crítica de la Literatura Española. 

Cuando Juan Grijalbo finalmente se jubiló, el grupo que había creado fue absorbido en 1985 por el conglomerado italiano Mondadori, de lo que nació Grijalbo.Mondadori, donde completó su formación, entre muchos otros, Claudio López Lamadrid (1960-2019). Al frente de este nuevo grupo como consejero delegado, Pontón logró mantener la independencia de Crítica, pero tuvo además que lidiar con nuevos inconvenientes, que explicó con cierto detalla a Sergio Vila-Sanjuán:

Esencialmente los italianos no me aportaron nada. La idea era aprovechar su know-know para impulsar el desarrollo de Grijalbo-Mondadori en América Latina. Pero en medio los consejeros delegados iban cambiando y cada uno aparecía con un proyecto diferente. Se pierde mucho tiempo discutiendo con un montón de ejecutivos y administradores delegados, No es un mundo tan racional como parece: muchas veces los caprichos y las manías personales pesan mucho más que la consecución de beneficio. A mí los italianos solo me pedían grandes resultados económicos y los di: cuando lo cogí, el grupo facturaba treinta millones de dólares anuales; cuando lo dejé facturaban 100 millones, con cinco millones de beneficio.

Cuando lo dejó, Pontón compró la editorial gracias a la para muchos sorprendente ayuda de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), de modo que Crítica pasó a integrarse en el Grupo Planeta y Pontón se convirtió en director general del área universitaria y cultural (formada por las editoriales Crítica,. Paidós y Ariel), y también fue en esta etapa cuando Crítica fue galardonada con el Premio a la Mejor Labor Editorial (en 2007). En 2009, para sorpresa y enfado de casi todos, se le empujó a una jubilación con una cláusula que le impedía además dedicarse a labores editoriales durante los dos siguientes años, lo que recuerda inevitablemente el acuerdo de Lara con Josep Janés cuando le vendió la editorial L.A.R.A. y que evidentemente incumplió.

Sin embargo, Pontón no perdió el tiempo, y además de ultimar su primer libro (La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII), con el que ganaría el Premio Nacional de Ensayo en 2017, empezó a poner las bases de lo que acabaría siendo la editorial Pasado&Presente, que arrancó en cuanto se cumplía el plazo establecido por el contrato con Lepanto, de Alessandro Barbero, y Por el bien del Imperio, de Josep Fontana, y ha dado continuidad a lo que antes los lectores conocían como Crítica (que ha proseguido su trayectoria en el Grupo Planeta).

Por si todo ello fuera poco, aún ha tenido tiempo para intervenir muy activamente en asociaciones y organizaciones destinadas a la colaboración entre editores, y así, presidió la Cámara del Llibre de Catalunya (1994-1998), se incorporó a la Junta Directiva del Gremi d´Editors de Catalunya, presidió la comisión de comercio exterior de la Federación de Gremios de Editores de España y fue el representante español en la comisión Libertad para Publicar de la Asociación Internacional de Editores.

Gonzalo Pontón no solo ha sabido mantener el interés y el prestigio de los catálogos que ha construido, por lo que sobre su aportación a la cultura escrita hay poca discusión posible, sino que además ha logrado mantener su combatividad e independencia tanto cuando ha trabajado a su aire como cuando ha tenido que hacerlo integrado en estructuras empresariales con las que, muy probablemente, ideológicamente no sintiera ninguna afinidad.

Fuentes:

Ab Origine Magazine, «La barbarie del capitalisme (entrevista a Gonzalo Pontón)».

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XX (1973-1975), Barcelona, Gremi d Editors de Catalunya, 2006.

Ana Martínez Rus, «Semblanza de Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944- )», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Francisco Luis del Pino Olmedo, «Editorial Ariel. Feliz 70 cumpleaños», Clío, núm. 132 (2012), pp. 29-34.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Tiempo de aprendizaje», Tiempo de Ensayo. Revista Internacional sobre el Ensayo Hispánico, núm. 1 (2017), pp. 240-256.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Estoy orgulloso de haber publicado estos libros», Librotea El País.

Silvina Friera, «Un estratega contra la censura», Página 12, 9 de junio de 2007.

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia cultural en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (imago mundi 26), 2003.

Adriana Hidalgo, la última editora del siglo XX

Pedro García, fundador de El Ateneo.

Según ella misma ha contado, la editora argentina Adriana Hidalgo no llegó a conocer al impulsor de lo que llegaría a ser el enorme e influyente entramado editorial y librero El Ateneo, Pedro García Fernández, pues este murió antes de que su hija, Delia García Rueda, se casara. En cuanto al padre de Adriana Hidalgo, el diplomático militante de la UCR (Unión Cívica Radical) Héctor Hidalgo Solá, lo secuestraron el 18 de julio de 1977, durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (esto es, la considerada como «la dictadura más sangrienta de la historia argentina») mientras era embajador en Venezuela; al parecer, había viajado a Buenos Aires para, entre otras cosas, asistir a la boda de su hija Adriana.

El punto de inflexión en la carrera de esta editora se produce a finales de los años noventa, cuando la entonces ya prestigiosa editorial y librería El Ateneo donde trabajaba fue adquirida por el Grupo Ilhsa (que había pasado del negocio petrolero a introducirse en el del libro mediante la compra de la cadena de librerías Yenny). Según ella misma explicó: «Mientras se hacía la venta, me dije: “Algo tengo que hacer. A mí me gusta mucho este trabajo. Voy a empezar otra vez”.». El dinero obtenido con la venta, por otra parte, le proporcionaba además el capital inicial para poder hacer realidad ese proyecto.

Adriana Hidalgo.

Para ello se asoció con el crítico de arte Fabián Lebenglik, que desde 1989 era el jefe de la sección de artes visuales del periódico bonaerense Página/12 y ese mismo año incluye en Kuitca (Julia Lublin Ediciones) el ensayo El joven Kuitca (premiado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte).

Así, en agosto de 1999 aparecen ya los cuatro primeros libros de Adriana Hidalgo Editora, y, en palabras de José Luis de Diego, a partir de ahí «consolidó un catálogo a partir de reediciones de grandes autores olvidados, como Guimarâes Rosa y Clarice Lispector, ensayos poco conocidos de Harold Bloom y George Steiner, y cuidadas ediciones de poesía argentina». Ya en el año 2000 era premiada por la CAPLA (Cámara Argentina de Papelerías, Librerías y Afines) como Editor del Año.

También casi desde el primer momento se sumó a la tendencia a unir esfuerzos tan característico de las pequeñas editoriales estéticamente ambiciosas, en particular con el propósito de exportar sus libros, y en la presentación pública de Edit.ar, creada con el apoyo de la Fundación ExportAr y la Fundación BankBoston, su nombre figuraba al lado de los de Julio Acosta (de Ameghino Editora), Juan Carlos Ugerman (Ugerman Editor), Graciela Rosenberg (Lugar Editorial), José Néstor Pérez (Homo Sapiens), Héctor Dinsmann (Editorial Biblos), Carlos Samonta (Galerna Editorial), Rodolfo Hamawi (de Grupo Editorial Altamira) y Manuel Traba (Latinoamericana Editora) cuando en 2001 se presentó la asociación, una de cuyas primeras iniciativas visibles fue la edición de un catálogo colectivo. Del mismo modo, se unió también a Los Siete Logos (con Eterna Cadencia, Beatriz Viuterbo, Mar Dulce, Entropía, Caja Negra y Katz Editores) para trabajar conjuntamente en la visualización de sus propuestas editoriales en ferias y otras iniciativas similares, tanto nacionales como internacionales.

Tras un arranque en 1999 en el que alternaban La mano del teñidor y El mundo de Shakespeare, de W.H Auden (1907-1973), con Ochenta poemas y canciones, de Bertolt Brecht (1898-1956) y el Marat-Sade, de Peter Weiss (1916-1982), y Cuentos claros, Los suicidas y El silenciero, de Antonio Di Benedetto (1922-1986), con El mundo de Mahler, de Norman Lebrecht (n. 1948) y El mundo de Ravel, de Roger Nichols (n. 1939), el aterrizaje de la editorial en España se produjo en 2002 con La asesina de Lady Di, la novela del debutante Alejandro López (n. 1968). Sin embargo, encomendar la distribución en la Península a Melisa (Mensajerías del Libro, S. A.), una empresa estrechamente vinculada a Edhasa y que ya por entonces daba muestra de profundas deficiencias de gestión, no tardó en demostrarse un error morrocotudo.

Al año siguiente, sin embargo, publica la primera traducción al español, de Pablo Giameti, de la novela de un autor tan marcadamente anagramático como Jack Kerouac (1922-1969) Big Sur, lo que para el lector español era un dato muy orientativo, y que si bien en un principio se vendió muy modesta y lentamente, el estreno de la película homónima de Michael Polish en 2013 dio un espaldarazo a este libro de culto cuya inercia parece no haberse agotado todavía. Adriana Hidalgo, conocedora de la resistencia de los lectores argentinos a las traducciones españolas –resistencia de la que la propia Anagrama, y en particular de las traducciones en las que abunda el argot como es el caso de las de la beat generation, ha sido víctima–, puso desde el primer momento especial énfasis en la búsqueda de un registro lingüístico que pudiera ser aceptado sin irritación tanto por el lector argentino como por el chileno, el mexicano o el español; empresa nada fácil.

Esa misma constancia y resistencia a la descatalogación acelerada que propició las constantes reediciones de Big Sur reportó también recompensa en el caso del primer volumen de crónicas inéditas de Clarice Lispector (Descubrimientos, traducción de Claudia Solans, 2004), por ejemplo, o con las ya mencionadas obras de Di Benedetto, una de las grandes apuestas de la casa y autor acerca del cual explicó Hidalgo: «al principio se vendía poco, y luego salió de ese lugar de “escritor de escritores” y pasó al gran púbico».

En 2007 apareció otro libro decisivo para la editorial, y además lo hizo en el momento idóneo, la traducción de Juana Bignozzi de  El africano, de J.M. G. Le Clézzio (n. 1940), gracias a la mediación de uno de los agentes fundacionales de International Editors, Nicolás Costa. Así lo contaba la propia Adriana Hidalgo:

Le Clézio publicaba en Tusquets, habían publicado todas sus obras hasta un cierto momento, pero él escribe muchísmo. Entonces Nicolás Costa, de International Editors, nos propuso El africano, de Le Clézio. Lo leímos y decidimos hacerlo. La Alliance Française lo trajo a Buenos Aires, ese mismo año lo volvimos a publicar y en octubre, en [la Feria del Libro de] Frankfurt, nos enteramos de que había recibido el Nobel. ¡No lo podíamos creer! Era una pegada única, era el único libro que estaba recién impreso.

Nos es sorprendente, pues, que a partir de la segunda década del siglo XXI empezara a ser objeto de reconocimiento por parte del sector: En 2012 obtuvo el Reconocimiento al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dos años después recibía el Premio de la Fundación Konex a la Labor Editorial de la Década, así como el reconocimiento a la trayectoria ortorgado por la Legislatura Porteña.

Por el camino, en el proceso de diversificación y creación de nuevas colecciones, en 2009 (al cumplir la editorial diez años) había creado un sello destinado a la literatura infantil ilustrada, Pípala, con Clara Huffman (hija de Adriana Hidalgo) como directora editorial, que a diferencia de la casa madre empezó imprimiendo sus libros en China y que en 2015 fue destacada en la sección Nuevos Horizontes en la prestigiosa Feria del Libro de Bolonia por el libro del debutante Mariano Díaz Prieto Mondo Babosa.

En el enorme y activo pelotón de editoriales no vinculadas a grandes grupos surgidas en el cambio de siglo (de ahí el epíteto de «última editora del siglo XX» que se le ha dado a menudo), Adriana Hidalgo se cuenta sin duda entre las que un mayor crecimiento y una mayor expansión internacional experimentaron desde el primer momento, como pone de manifiesto, por ejemplo, la apertura de sede en España y su presencia en librerías; acaso el síntoma de una tendencia que no se producía desde los tiempos en que se asentó en la Península el Fondo de Cultura Económica.

Fuentes:

Catálogo de Adriana Hidalgo 2018.

Anónimo, «Adriana Hidalgo: “Editar libros es un modo de expresión, es transmitir algo que nos haga mejores”» (entrevista) Revista Ñ. Clarín, 27 de noviembre de 2011.

Lydiette Carrión, «Adriana Hidalgo: Adicción a la edición», Replicante, 11 de mayo de 2010.

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019.

Mariela González Rosso,«La editorial argentina Adriana Hidalgo llega a España», El País, 2 de noviembre de 2002.

Laura Ventura, «Adriana Hidalgo y el espíritu de los primeros editores argentinos», El Estado Mental, núm. 15 (febrero de 2016).

Patricio Zunini, «El verdaderamente importante es el autor» (entrevista), Blog de Eterna Cadencia, 24 de noviembre de 2015.

Ramon Maynadé, el gran editor teósofo

No es gran cosa lo que se sabe acerca de quien probablemente fuera el más importante editor y divulgador español en el campo de la teosofía, Ramon Maynadé Sallent, quien acaso llegara a la edición más por necesidad y convicción que como fruto del desarrollo de una vocación. Maynadé aparece ya como primer vocal de la junta fundación de la Sociedad Teosófica en 1899, que presidía el médico Josep Roviralta y formaban el también médico Josep Plana i Dorca (administrador), Josep Granes (secretario), Josep Querol (vocal) y Jacint Plana (vocal).

Después de la publicación descoordinada de la «Revista Teosófica Mensual» Antahkarana (1894-1896) y una notable serie de opúsculos, a menudo traducidos, a principios del siglo XX esta actividad editorial dispersa cristaliza en 1901 en la creación de la Biblioteca Orientalista, financiada por Josep Xifré Hamel (1855-1920) –quien en Madrid había sufragado ya el boletín teosófico Sophia (1893-1914) – y dirigida por Ramon Maynadé con la estrecha colaboración de su esposa Carme Mateos Prat (1865-1915). Acerca de Sophia, vale la pena consignar que uno de sus suscriptores, por lo menos hasta 1913, fue el urbanista Arturo Soria y Mata (1844-1920), conocido por ser el creador de la madrileña ciudad lineal, pero quizá entre los amantes de los libros más por haber creado el periódico crítico-satírico urbanístico La Dictadura, editar La Ciudad Lineal. Revista de Higiene, Agricultura, Ingeniería y Urbanización y sobre todo por ser el padre del famoso librero y editor de Cruz del Sur Arturo Soria y Espionsa (1907-1980) y del no menos insigne impresor y editor Carmelo Soria (1921-1976).

Volviendo a las obras publicadas en la Biblioteca Orientalista, los pies editoriales no son tampoco muy clarificadores, pues de 1901 es por ejemplo una traducción de Ciencia oculta en la medicina, de Franz Hartmann, firmada con las iniciales A.F.G., o El poder del pensamiento, su dominio y cultura, de Annie Besant, en traducción de José Melián, que aparecen bajo el sello R. Maynadé Editor. Otra cuestión por aclarar, dada la coincidencia de los apellidos con los del matrimonio editor, es si existe alguna relación de parentesco entre el editor y su principal impresor, Joan Sallent i Prat, de Sabadell.

Lo que sí parece más claro es que la dirección de la empresa, calle de la Tapinería, 10 (no lejos de donde hoy se encuentra el Museu Picasso), estaba muy cerca del principal punto de venta de los libros, la Librería Orientalista que regentaba el matrimonio Maynadé (en Tapineria, 24) y que durante un tiempo fue frecuentada por algunos de los personajes más conocidos del modernismo catalán, como el polímata Alexandre de Riquer (1856-1920), el egiptólogo y sinólogo Eduard Toda (1855-1942), el dramaturgo Pompeu Gener (1848-1920) y el dibujante, pintor y escritor Santiago Rusiñol (1861-1931), entre otros. Sin embargo, también en la Carbonell y Esteva (en Rambla Catalunya, 118) podían adquirirse ejemplares de esta colección. Tampoco deja de ser curioso que, según constata Armando López Rodríguez a partir del epistolario, Maynadé solicitó al mencionado Arturo Soria ejemplares de los libritos que este último había ido publicando por su cuenta y riesgo para venderlos en su librería, y de que en ella se vendieron ejemplares de sus obras Origen poliédrico de las especies (1894) y Contribución al Origen poliédrico de las Especies (1896). De ese mismo epistolario procede la información de que ya ese mismo año 1901 se confeccionó un primer catálogo de publicaciones disponibles del que se hizo una primera tirada de seis mil ejemplares y se preparaba ya una segunda de doce mil.

Carmen Mateos.

A partir de 1912 (y hasta 1924) tanto Ramon Maynadé como Carmen Mateos colaboraron también con El Heraldo de la Estrella, cuyo contenido se nutría sobre todo de la traducción de conferencias, entrevistas y textos diversos de Jiddu Krishnamurti (1895-1986), y ese mismo año interviene, con el escritor y periodista masón Frederic Climent Terrer (que colaboraba en la Biblioteca Orientalista como traductor y corrector), en la creación del Instituto de Educación Integral y Armónica.

Entre enero de 1917 y abril de 1932, Maynadé figura como miembro de la junta administrativa de El Loto Blanco, que se autodefine como «Revista Teosófica. Órgano de relación entre los teósofos españoles e hispanoamericanos», y en ese mismo año 1932 aparece como colaborador de la revista Teosofía. Unos años antes, en un libro de 1928, quien llegaría a ser un editor de cierta trascendencia al frente de las Ediciones Antisectarias, Joan Tusquets i Terrats (1901-1998), describía en El teosofismo (Eugenio Subirana, Editor Pontificio) la editorial de Maynadé como uno de los pilares principales del teosofismo en Cataluña, y según dice en 1927 había publicado ya unas 150 obras. Años más tarde, en 1934, el catálogo incluía ya 268 títulos. Por el camino, en 1922, Maynadé se había convertido en vicepresidente del Consejo de la Sociedad Teosófica Española y había establecido contactos con libreros y distribuidores comerciales americanos –caso de Nicolás B. Kier en Argentina, por ejemplo– mediante los cuales lograba una mayor difusión de las obras que publicaba (aunque se desconocen los métodos de distribución).

En la extensa nómina de traductores que colaboraron con la Biblioteca Orientalista figuran la luego célebre pedagoga Maria Solà [Ferrer] de Sellarés (1899-1998), el conocido traductor de Shakespeare y Goethe Josep Roviralta Borrell, médico homeópata de profesión, el filósofo, políglota y prolífico traductor Edmundo González Blanco (187-1938), el discreto poeta Josep Plana i Dorca (1856-1914), el ingeniero y yerno de Ramon Maynadé Luis García Lorenzana y los dos hijos del matrimonio: Josefina Maynadé Mateos (1908- 1978) y Arnaldo Maynadé Mateos (no confundir con el también ocasional traductor Arnaldo Maynadé Crespo, nacido el 24 de julio de 1929).

Josefina o Pepita Maynadé, que a los catorce años vio ya publicado El tesoro de Maya, creó una amplísima obra como traductora e ilustradora, y es autora de títulos como el articulo inicial «El teósofo y el ceremonial» (publicado en El Loto Blanco en 1925), Escuela de héroes (¿1929?), Plotino, su escuela iniciática y su filosofía (1929), Los niños a través de la plástica histórica (¿1946?), etc., y al final de la guerra civil española (durante la que se vio separada de su marido Luis García Lorenzana), residió en las islas Canarias (donde publicó los poemarios A Cloris y Los silencios y colaboró en la revista feminista Mujeres en la isla) y desde 1958 en México, donde amplió sus actividades al campo de la pedagogía. En los años sesenta dirigió la no muy longeva Colección Astrología Cíclica, que se publicaba con el sello del editor catalán B. Costa-Amic, y posteriormente, en colaboración con Maria Solà Ferrer, la colección de la editorial Diana Tradición Sagrada de la Humanidad.

Su hermano Arnaldo Maynadé Mateos, en cambio, afiliado a la Rama Arjuna de la Sociedad Teosófica Española ya en febrero de 1926, dejó una huella bastante menor, aunque pueden suponerse los motivos que le llevaron a trasladarse a Chile.

Fuentes:

Armando López Rodríguez, Arturo Soria y Mata. Una biografía, tesis doctoral presentada en el Programa de Doctorado en Historia e Historia del Arte t Territorio, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2017.

Joseba Louzao Villar, «Los idealistas de la Fraternidad Universal. Una aproximación a la historia del movimiento teosófico Español, (c 1890-1939)», Historia Contemporánea, núm. 37, pp. 501-529.

Pepita Maynadé, «Don Mario Roso de Luna», El Loto Blanco, de enero 1932, digitalizado por Biblioteca Upasika en Noviembre 2003.

Vicente Penalva Mora, El orientalismo en la cultura española en el primer tercio del siglo XX. La Sociedad Teosófica Española (1888-1940), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i Lletres de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2013.

Jordi Pomés Vives, «Diálogo Oriente-Occidente en la España de finales del siglo
XIX. El primer teosofismo español (1888-1906): un movimiento religioso heterodoxo bien integrado en los movimientos sociales de su época», HMiC, núm 4, 2006.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Susana, «Josefina Maynadé, una escritora amante de los clásicos», Huellas de Mujeres Geniales, 8 de abril de 2016.

Eliseu Trenc, «Josep Plana i Dorca, modernista, catalanista i teòsof», Anuari Verdaguer núm. 26, 2018, pp. 147-157.

 

Escribir a destajo: Los derechos de autor de José Zorrilla

El caso del escritor José Zorrilla (1817-1893) es paradigmático del a todas luces injusto trato al que los editores se habían acostumbrado a someter a los escritores, y probablemente la razón haya que buscarla no sólo en la ausencia de una ley mínimamente eficaz para protegerlos, sino también en las endémicas dificultades de los creadores artísticos españoles para crear asociaciones profesionales robustas y eficientes. En cualquier caso, hasta tal punto esto fue así que en fecha tan tardía como 1946 el Tribunal Supremo sentenciaba a favor de algunas reversiones de derechos de ciertas obras de Zorrilla (entre las cuales el celebérrimo Don Juan Tenorio) a favor de su heredera.

José Zorrilla.

José Zorrilla.

Los problemas serios para Zorrilla pueden seguirse con precisión y detalle en la serie que en su senectud escribió para El Imparcial (a partir de 1880) y luego publicaría en tres volúmenes titulados Recuerdos del tiempo viejo, y pueden identificarse con precisión en sus acuerdos con el editor madrileño Manuel Delgado (¿?-1848), de quien escribió el poeta: «era el único que sabía lo que yo valía en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí ». Inicialmente, como se cuenta también con jugosos detalles en estos más interesantes que leídos tomos, el flamante editor se ocupó de que se publicaran en forma de volumen los poemas que Zorrilla iba publicando (y cobrando) en la prensa periódica, con un acuerdo por el que pagaba a tanto alzado y se reservaba el derecho perpetuo a la reimpresión y, desde 1839, el mismo tipo de acuerdo se estableció en relación a las obras teatrales, con el agravante de que se aplicaba idéntico principio a los derechos de estreno y representación de las obras, todo lo cual convertían el de Delgado en un negocio redondo del que el escritor apenas se beneficiaba. Así lo cuenta Zorrilla:

Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, después de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara [1839], emigró mi padre a Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí a mi editor D. Manuel Delgado, quien a vueltas de larguísimas e inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedía; es decir, jamás me lo dio en su casa, sino que me lo envió siempre a la mía a la mañana siguiente del día en que se lo pedí: parecía que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, o que no quería dejarme ver que lo tenía en su casa, o que no era dueño de emplearlo sin consulta o permiso previo de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó a pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte a mi padre; pero era preciso trabajar mucho…

También cuenta cómo fueron las estrecheces económicas las que le llevaron a decidir escribir a cuatro manos y a toda prisa con el también apurado autor del exitoso drama romántico El trovador, Antonio García Gutiérrez (1813-1884), el hoy apenas recordado drama en tres actos Juan Dandolo, por la que cobraron de Delgado 3.000 reales (unos 4,50 euros).

García Gutiérrez.

Sin embargo, el problema grave, acerca del cual Zorrilla incluso proyectó un jamás escrito Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor (para cuya publicación incluso puso fecha), llegó en 1844, el mismo año, curiosamente, en que una pléyade de escritores románticos (el Duque de Rivas, Bretón de los Herreros, Hartzenbusch, etc.) creaban la Sociedad de Autores Dramáticos, uno de cuyos principales objetivos era proteger la propiedad de los creadores. Sin embargo, según dejó escrito David García Aristegui en Por qué Marx no habló del copyright, «La Sociedad no tuvo mucho recorrido, pero supuso el primer intento organizativo de los autores españoles ante los abusos y excesos de empresarios de teatro», quienes, pese a existir desde 1764 disposiciones acerca de la extensión de los derechos a los herederos de los autores (que en 1834 un Real Decreto fijó en diez años tras la muerte del autor), mantenían una situación muy irregular en sus relaciones con los autores en general.

Bretón de los Herreros.Si bien el estreno del Don Juan, cuyo manuscrito Zorrilla entregó a su editor en febrero de ese año, pasó con buenas críticas pero sin pena ni gloria en cuanto a público pese a protagonizarla Carlos Latorre (1799-1851), el autor se embolsó de inmediato 4.200 reales de vellón (equivalentes a unos 7 euros actuales). Nadie podía suponer el colosal éxito que la obra obtendría unos quince años después.

Por el camino, en 1847 se promulgó la primera ley que reconoció de forma extensa y clara los derechos del autor, pero para entonces Zorrilla estaba ya hasta tal punto entrampado que mantuvo el mismo tipo de relación contractual no sólo con Manuel Delgado sino también con su hijo y heredero (Manuel Pedro Delgado García), y jamás recuperó sus legítimos derechos sobre Don Juan. Muy probablemente con esta nueva ley, y con el deseo de aprovechar las ventajas que le ofrecía, hay que relacionar la escritura de la versión del Don Juan Tenorio como zarzuela (estrenada en 1877 con muy escaso éxito), con música del compositor Nicolás Manent (1827-1887), así como el fallido intento de convertirlo en novela (El tenorio bordelés: recuerdo legendario, publicada póstumamente en 1897) y el poema inacabado La leyenda de Don Juan Tenorio. Era muy probablemente un modo de beneficiarse económicamente del éxito de su creación.

Federico Balart.

En sus últimos años de su vida José Zorrilla dejó de cobrar, por restricciones presupuestarias, la pensión que a modo de compensación de una injusticia flagrante el gobierno le había otorgado en 1871, así que se vio en la imperiosa necesidad de solicitar empleo a su editor barcelonés, Montaner y Simón, que sólo pudo ofrecerle una ayuda provisional en metálico, y el dramaturgo no obtuvo una fuente de ingresos regulares hasta que el crítico teatral y poeta Federico Balart (1831-1905) le puso en contacto con Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), que acababa de fundar El Imparcial (1867-1933) en cuyo célebre suplemento cultural que dirigía el fino crítico José Ortega Munilla («Los Lunes de El Imparcial») empezó el insigne dramaturgo a publicar regularmente, y además más adelante le dio todas las facilidades para recoger buena parte de esas colaboraciones en prensa. Así contó la jugosa escena el propio Balart:

Por la noche me fui a casa de Eduardo Gasset, a quien encontré solo en su despacho fumando el cigarro de la sobremesa, frente a un enorme jardín de canarios que ocupaba el centro de la habitación.
—Deme usted setenta y cinco duros –—le dije por primer saludo.
Gasset se levantó, me echó el brazo por la espalda, me llevó a su mesa de escritorio, abrió un cajón donde había en abundancia monedas y billetes y me dijo volviéndose a su contemplación ornitológica:
—Tome usted lo que quiera y no se quede corto.
Yo conté quince monedas de cinco duros, me las guardé y alargándole la llave del cajón le dije:
—Le advierto que no son para mí.
—Sobra la advertencia —me contestó—. Ya sabe usted que puede disponer de todo sin explicaciones.
—Es que cuando yo le diga el nombre de quien los recibirá dentro de media hora, sin sospechar el paso que doy en este momento, tendrá usted seguro dos satisfacciones: una por mí y otra por él.
—Eso ya me pica la curiosidad. ¿De quién se trata?
—De un pájaro que no es de cuenta porque nunca ha sabido ajustar las suyas; pero que en cambio canta mejor que los encerrados en esa jaula.
Y le referí el caso. Gasset quería duplicar la cantidad, pero ante mi negativa, cedió, diciéndome al despedirme:
—Diga usted a Zorrilla que mi bolsillo y mi periódico están a su disposición.

José Zorrilla.La muerte impidió que Zorrilla pudiera beneficiarse de la Ley de Propiedad Intelectual de 1879, que amplía el concepto de propiedad literaria y amplía el plazo a ochenta años tras la muerte del autor, pero aún en 1933 se estudiaron seis recursos presentados por Manuel Pedro Delgado contra las órdenes de la Dirección General de Bellas Artes que obligaban a inscribir en el Registro de la Propiedad Intelectual a favor de la sobrina política del poeta, Blanca Arimón Pacheco. Y, con la guerra civil de por medio, el caso no quedó resuelto hasta 1946, es decir: noventa y ocho años después de la publicación de la obra.

Fuentes:

Francisco Cervera, «Zorrilla y sus editores. El Don Juan Tenorio, caso cumbre de explotación de un drama», Bibliografta Hispánica, 3-III-1944, págs. 147-190.

David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló del copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones, Madrid, Enclave de Libros, 2015.

Raquel Sánchez García, «La propiedad intelectual en la España contemporánea, 1847-1936», Hispania, vol. 62, núm. 212 (2002), pp. 993-1020.