El Hipocampo de Plaza & Janés

Entre 1959 y 1968, la editorial barcelonesa Plaza & Janés mantuvo activa una curiosa colección en la que casi todo resultaba bastante singular y que, pese a publicar en ella a escritores estadounidenses tan insignes como Nabokov, Salinger, Saroyan o Tennesee Williams, hoy parece bastante olvidada: El Hipocampo. Fue sin duda una de las primeras en crearse tras la fusión del fondo de Janés Editor con la editorial de quien fuera su buen amigo Germán Plaza (1903-1977).

La colección se estrenó el mismo año de la muerte de Josep Janés (1913-1959) con uno de los autores más característicos de su sello, el entonces aún celebérrimo Lajos Zilahy (1891-1974), de quien se recuperó la novela En el profundo bosque. Janés la había incorporado a su propio catálogo por primera vez como apertura del tercer volumen de novelas de este autor en la colección de Clásicos del Siglo XX, en traducción de Oliver Brachfeld (1908-1967), si bien en los créditos de la edición de El Hipocampo aparece como traducida por J. Romero de Tejada (desconozco si se trata de una nueva traducción, pero lo dudo).

La acompañaba en el lanzamiento de la colección el novelista e ingeniero aeronáutico Nevil Shute (1899-1960) con la novela Pastoral, una historia romántica en la que el escenario es una base aérea y que publicó originalmente Heinemann durante la segunda guerra mundial (en 1944) y que aparecía entonces por primera vez en España. Y muy poco después aparecía Carne mortal (febrero de 1961), de John Lodwick (1916-1959), el escritor inglés de aventuras bélicas que murió en el mismo accidente automovilístico que Josep Janés.

El grueso de la colección se concentró en los primeros años de la década de 1960, y junto a los grandes nombres de la literatura en lengua inglesa ya mencionados se publicó también a autores muy prestigiosos y de grandes ventas en esos años que en muchos casos procedían de los catálogos de Janés: los franceses Maxene van der Meersch (1907-1951) –La máscara de carne (1960) y La huella de dios (1961)–, una buena tanda de obras de Colette (Sionie Gabrielle Colette,1873-1854) –Gigi (y otros relatos) (1962), La ingenua libertina (1963) , La gata (1963), Dúo (1963), La casa de Claudine (1964), Claudine en la escuela (1964), La vagabunda (1965), Claudine se va (1965) y El retiro sentimental (1966)–, Françoise Sagan (1935-2004) –Las maravillosas nubes (1961), La capitulación (1966) y El guardián del corazón (1969)–, así como, más ocasionalmente, escritores italianos (de Italo Svevo con Senilidad a Mario Cartasegna con Un río por frontera, ambos en 1965, o Lisa Morpurgo con La señora está de viaje, en 1968), alemanes (Irmard Keurn con La muchacha de seda artificial, en 1965) o incluso alguna autora serbia (Grozdana Olujić con Una excursión por el cielo, en 1964) y el por entomces famosísimo escritor finlandés Mika Waltari (con Vacaciones en Carnac y Una muchacha llamada Osmi, en 1960), de quien seguía esperándose otro éxito comercial ligeramente parecido al de Sinuhé el egipcio.

Abundan entre las obras publicadas en El Hipocampo las pertenecientes o emparentadas de cerca o de lejos con la novela negra y de espionaje, como es el caso de La evasión (1961), del novelista y guionista cinematográfico corso José Giovanni (Joseph Damiani, 1923-2004) o El gran negocio de Girija (1960), del narrador y asimismo guionista británico Eric Ambler (1909-1998). De hecho, como en general en los catálogos de Plaza & Janés de aquellos años, es muy frecuente advertir también vínculos entre las obras publicadas en El Hipocampo y el mundo de la gran pantalla, así como una buena cantidad de guionistas o autores adaptados. En 1960, por ejemplo, se publicó Siete ladrones, de Max Catto (1907-1992), que ese mismo año se había estrenado en versión cinematográfica dirigida por Henry Hathaway (con Edward G. Robinson y Joan Collins como protagonistas), y al año siguiente se le publicó al mismo autor Tres muchachas de París; sin embargo, Catto debía su mayor fama a Trapecio (The killing Frost), novela de la que Carol Reed había dirigido una película protagonizada por Burt Lancaster, Tony Curtis, Gina Lollobrigida y Katy Jurado, y sus novelas dieron a pie a muchas otras versiones cinematográficas (El diablo a las cuatro, con Spencer Tracy y Frank Sinatra; El aventurero de Kenya, con Robert Mitchum y Carrol Baker; La guerra de Murphy, con Peter O´Toole y Philippe Noiret…).

Estos vínculos o versiones cinematográficas eran a menudo empleados en los paratextos y en el material promocional como reclamo publicitario, y obviamente solía usarse como título del libro el que tuviera la versión cinematográfica española aun a riesgo de ser infiel al de la novela original, pero en cambio en las cubiertas no se incorporaban imágenes originales de las películas sino que, a veces inspirándose en ellas, las ilustraciones se encargaban a uno de los colaboradores habituales de Janés, Joan Palet (1911-1996).

Sin embargo, otro reflejo de esos vínculos con el cine es la mayoritaria presencia en la colección de géneros narrativos que en aquel entonces gozaban de éxito en los cines, como es el caso de las novelas de aventuras. Valga como ejemplo ya del mismo 1960 la novela de aventuras bélicas Sendero de furia (The Mountain Road), del periodista e historiador Theodore H. White (1915-1986). A partir de ella, el escritor inglés Alfred Hayes (1911-1985), conocido sobre todo por el poema «Joe Hill» por haberlo musicado tanto Pete Seeger como Joan Baez y Bruce Springsteen, desarrolló un guión que Daniel Mann convirtió en una película que protagonizó James Stewart.

Caso un poco diferente es el de la novela del escritor francés Henry Castillou (1921-1994) La fiebre llega a El Pao (1960), de la que el año anterior se había estrenado la versión cinematográfica dirigida por Luis Buñuel y protagonizada por Gérard Philipe y María Félix, pues se halla más bien a medio camino entre el drama y la sátira (sin perder el peculiar toque buñuelesco).

En cualquier caso, en este contexto de novelas picantes, policíacas, de misterio o de aventuras hay unos cuantos títulos que resultan particularmente llamativos. Ya también en 1960 aparece Es cosa de reírse, de William Saroyan (1908-1981), en traducción de Antonio Ribera, y unos años más tarde se le publica al mismo autor (uno de los más apreciados y publicados por Janés en sus últimos años de vida) Un día en el atardecer del mundo (1967).

Al año siguiente aparece en El Hipocampo la traducción de Antonio Samons de Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov (1899-1977), que fue la que se leyó durante muchos años (se publicó también en la muy popular colección Reno, también de Plaza & Janés) hasta que ya al filo del siglo XXI Anagrama publicó la llevada a cabo por Javier Calzada.

En 1962 se publica el volumen de relatos de J.D. Salinger (1919-2010) Franny y Zoey, en la traducción de Jesús Pardo (1927-2020). Sin embargo, en la siguiente edición de este título, en la colección Libro Amigo de Bruguera (1979), se encargó una nueva traducción a Pilar Giralt Gorina y, en 1987, al incluirse en El Libro de Bolsillo de Alianza, una tercera a Maribel de Juan. La presencia de Salinger es llamativa sobre todo por su conocido desdén hacia el cine (más allá de que en 1949 Mark Robson dirigiera una adaptación del cuento de Salinger «El tío Wiggly en Connecticut»; o tal vez precisamente por eso), pero también es notable que, en contra de las exigencias contractuales luego proverbiales del siempre excéntrico Salinger, esas ediciones aún presenten ilustraciones de cubierta, pero en cambio, probablemente atendiendo a las exigencias del autor, el título de la obra ya aparezca en ellas en cuerpo mayor que el del autor, como solía exigir por contrato).

De 1964 es la publicación en El Hipocampo de la única novela del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams, La primavera romana de la señora Stone, en traducción de Martín Ezcurdia, de la que en 1961 se había estrenado la versión cinematográfica, dirigida por José Quintero y protagonizada por Vivien Leigh y un por entonces veinteañero Warren Beatty.

Quizá atender al nombre de la colección proporcione algunas claves para interpretar correctamente el propósito y la naturaleza de esta colección (en apariencia desigual y heterogénea), porque durante mucho tiempo se consideró que, en tanto que componente del sistema límbico, el hipocampo tenía un papel principal en la generación de emociones, si bien también se le atribuyeron funciones importantes en la detección de estímulos novedosos. Por si fuera poco, a raíz de un estudio sobre el hipocampo liderado por el ingeniero biomédico Lam Woo (del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Electrónica de la Universidad de Hong Kong), se empezó a describirlo como «el corazón del cerebro». Tal vez el nombre elegido para la colección fue un rotundo acierto.

El traductor y agente literario Olivér Brachfeld de su puño y letra

En más de una ocasión se ha analizado la quizá desproporcionada presencia de la literatura húngara en el mercado literario español, en la que tuvo sin duda influencia el hecho de que en 1999 Hungría fuera el país invitado en la Feria de Frankfurt, y que como consecuencia de ello sea creara un fondo para subvencionar la traducción de obras en húngaro a otras lenguas. Sin embargo, ya entonces la presencia de la literatura húngara tenía una historia bastante larga en la que ocupan lugares preferente el periodista, escritor y traductor Andréás (o Andrés) Révész Speier (1896-1970), el psicólogo, traductor y agente literario Ferenc Olivér Brachfeld (1908-1967) y la traductora y activista cultural Judit Xantus Szarvas (1952-2003), cuyo relevo ha tomado afortunadamente Adan Kovacsics, de ninguno de los cuales se conoce una cantidad de información proporcional a su importancia e influencia.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Sin embargo, del riquísimo epistolario de Ferenc Oliver Brachfeld, conservado en el Arxiu Nacional de Catalunya y quizá no suficientemente explotado por los investigadores, pueden extraerse muchos datos, en algunos casos de detalle, de cierta relevancia y, al parecer, muy poco conocidos. Es posible que en ciertos ámbitos se haya interpretado a veces que Carmen Balcells (1930-2015) fue la primera agente que operó en España, cosa que por lo menos en el sentido cronológico es errónea si se tiene en cuenta por ejemplo el caso del escritor rumano Vintilia Horia (1915-1992) y la creación de la agencia literaria A.C.E.R. (Argentina-Colombia-España-Rumanía), con la colaboración del editor de origen argentino Francisco Pérez González y el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005). Otro ejemplo es el de Ferenc Olivér Brachfeld, de cuya agencia literaria dejó una colorista descripción Pere Carbonell i Fita (1916-2016) en Tres nadals empresonats, 1939-1943:

Fue ella [Maria Bages] quien dio nombre a la agencia literaria que creó el marido y en la que yo empecé a trabajar como secretario.[…] Los ayudaba en las labores del despacho y salía a la calle a visitar a los editores para ofrecerles los derechos de publicación de las obras de autores extranjeros que Brachfeld representaba. También me especialicé en sacarles dinero a quienes habían publicado obras de los representados o habían encargado traducciones. […] Los Brachfeld vivían, con el padre de Maria, en el piso de los Bages de toda la vida, en la calle Riera Alta. El comedor nos servía de despacho. A la hora de comer, para disponer la mesa, había que retirar previamente los papeles y los libros amontonados. En ese comedor polivalente me presentaron, el día de mi debut, a un buen amigo de la familia, el poeta y editor Josep Janés i Olivé.

José Janés.

Es imposible, por ejemplo, aquilatar el calado de la relación entre Olivér Brachfeld y el escritor Eugenio d’Ors (1881-1954) en la inmediata posguerra, sin recurrir al epistolario conservado de Brachfeld, que se inicia en 1941, cuando el primero le anuncia el envío de dos ejemplares de una reedición de Guillermo Tell a través del editor Josep Janés, que por entonces viajaba con frecuencia entre Barcelona y Madrid. No tardó Olivér Brachfeld en convertirse en agente de D’Ors para sus traducciones a otras lenguas.

Más interesante es sin embargo el diálogo mantenido en otoño de 1942 acerca de un proyecto del mencionado Janés de dedicar un número de la colección Las Quintaesencias a Eugenio d’Ors y encargar la selección de títulos y prólogo a Olivér Brachfeld, quien el 25 de octubre de 1942 ya tenía casi terminado el texto introductorio. Sin embargo, como es bien sabido, este número no llegó a incluirse en la colección de las Ediciones de la Gacela janesiana.

Por su parte, D’Ors elogia por carta tanto la traducción como el prólogo que Olivér Brachfeld hizo en 1942 de Viaje en torno a mi cráneo, del húngaro Frigyes Karinthy (1887-1938), para la Editorial Argos, pero lo interesante en este caso es obtener constancia de que Olivér Brachfeld actuaba de agente literario de la obra de Karinthy, pues dice en un pasaje de una carta fechada el 13 de octubre de 1942 que lo «celebraría en cuanto representante de la viuda del autor». Ya en 1941 Janés había publicado en su minúscula colección Grano de Arena el cuento de Karinthy «El marido escribe», y más tarde, en 1945, fue el propio Olivér Brachfeld quien le publicaría, en su efímera editorial Victoria, Viaje a Faremidó: El último viaje de Gulliver. En 1949 y 1955 José Janés Editor reimprimió Viaje en torno a mi cráneo, hasta que en 1961 este mismo título se recuperó en Plaza & Janés y en 2007 en Círculo de Lectores.

Espigando este mismo epistolario pueden identificarse algunos otros autores representados por la agencia que Brachfeld había organizado con su esposa (y traductora ocasional) Maria Bages González. Es el caso, por ejemplo, del durante un tiempo vendidísimo escritor húngaro Lajos Zilahy (1891-1974), quien hasta 1947 no se establecería en Estados Unidos pero ya desde los años treinta era ampliamente conocido en España gracias a novelas como Primavera mortal (Apolo, 1935) o las bastante reeditada comedia dramática en tres actos Aquella noche (Argentores, 1935). Más adelante, ya en los años cuarenta y cincuenta, José Janés convirtió a Zilahy en uno de los puntales de su catálogo y lo convirtió en un autor omnipresente en las librerías españolas.

Otro dato interesante o cuanto menos curioso de este rico epistolario es la preferencia que expresa Olivér Brachfeld hacia la editorial Destino a la hora de vender derechos de traducción, y sobre todo el motivo: A diferencia de lo que ocurre con otras editoriales, que sospecha que hacen sobretiradas y declaran haber impreso menos ejemplares de los que en realidad ponen en circulación, en el caso del impresor de Destino tiene modo de obtener información fiable acerca de las tiradas reales, cabe suponer que por medio de alguno de los empleados de la imprenta.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Ferenc Oliver Brachfeld.

En una carta del 26 de junio al geógrafo francés Pierre Deffontaines (1894-1978), entre 1939 y 1964 director del Instituto Francés de Barcelona, menciona como otra de sus representadas a la escritora noruega Sigrid Undset (1889-1942), a quien Janés publicó La edad feliz (1942) en Ánfora; La pastora de porcelana (1942) en Grano de Arena; La orquídea blanca (1947) en Los Escritores de Ahora; y Kristina Lavrandsdatter (1959) en La Pléyade, además de un volumen en Los Clásicos del Siglo XX que incorpora Olav Andunssson. A la muerte de Janés la obra de Undset fue recuperada en los sesenta por Aguilar y ya desde finales del siglo XX por Ediciones Encuentro. Mayor precisión incluso aparece como de pasada en una carta dirigida a Eugenio d’Ors y fechada el 8 de julio de 1943, donde Olivér Brachfeld especifica que viene representando a Undset (que había obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1928), desde 1935.

André Maurois.

André Maurois.

Otro de los grandes autores representados por el agente húngaro era el escritor francés André Maurois (Émile Herzog, 1885-1967), a quien la ocupación nazi de París convirtió en un autor proscrito y le complicó mucho las cosas, pues sus libros, obviamente, desaparecieron de las librerías francesas. Y, aun así, paradójicamente, Bernard Grasset (1881-1955) seguía vendiendo sus derechos sin que el escritor, por ley, se pudiera beneficiar lo más mínimo de ello; con la retranca añadida de que Maurois era uno de los socios minoritarios de Grasset. (El otro gran editor en Francia de Maurois, Gallimard, por lo menos creó una bolsa para poder pagarle cuando esto fuera posible.)

Sin embargo, el caso de los derechos de Maurois es un asunto ya tratado en este mismo blog. En cualquier caso, lo que es evidente es que el epistolario de Ferenc Olivér Brachfeld está aún pendiente de que alguien lo analice con detenimiento y saque a la luz los numerosísimos datos que contiene acerca de los pequeños detalles acerca de la historia editorial española en una época de la que no abundan las fuentes. Quizá constituya incluso la base para reconstruir el catálogo de autores representados por esta pionera agencia literaria barcelonesa.

Fuentes:

Fons Férenc Oliver Brachfeld del Arxiu Nacional de Catalunya.

Agnes Baló, Iniciativas privadas para la difusión del patrimonio húngaro en Catalunya, trabajo de fin de máster en Gestió del Patrimoni Cultural en l’Àmbit Local, Universitat de Girona, 2010-2011.

Ipoli Az, «Los libros que no fueron… o en busca del libro perdido (hasta el 14 de octubre). Los 9 libros fantasmales de la literatura húngara en español», Celdas de papel, 11 de junio de 2012.

Carbonell i Fita, Pere, Tres nadals empresonats, 1939-1943, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 234), 1999.

Eva Cserháti, «De Kubala a Kertész. Más de cien años de traducción de la literatura húngara en España (1887-2007)», en Vasos comunicantes, núm. 41 (invierno 2008-2009), pp. 51-56.

Manuel Llanas y Ramon Pinyol, «L’activitat de Ferenc Oliver Brachfeld a Catalunya: algunes notícies», Actes del Catorzè Col·loqui Internacional de Llengua i Literatura Catalanes Budapest  2006, Barcelona, Publicacions de lAbadia de Montserrat, 2009, vol, I, pp. 295-307.

 

José Manuel Lara Hernández, primeros “trapicheos” y “golpes bajos”

Si se repasa la adolescencia y primera juventud de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), resulta un tanto paradójico que acabara al frente de uno de los grandes imperios editoriales del siglo xx. Según el resumen que de ello hizo Màrius Carol:

Primero entró en un taller de mecánico ajustador y se cansó, luego empezó en una droguería y se siguió cansando, hasta que por último se decidió por la carpintería, pero también lo dejó si bien no parece que fuera por agotamiento. Finalmente fue su padre quien se cansó del chico y lo mandó a Madrid con dieciséis años.

Celia Gámez (1905-1992).

Pero no acabó este periplo en Madrid, adonde llegó en 1930 para entrar al poco tiempo en la compañía de revista de Celia Gámez como bailarín de claqué, dedicarse luego durante un breve tiempo a la venta de galletas e ingresar en 1935 en el Ejército y posteriormente en la Legión, en la que no tardó en obtener el rango de oficial. Licenciado en Barcelona, una vez concluida la guerra civil española–que no hará falta decir que libró en el banco franquista–, estuvo un tiempo empleado en la empresa italiana Pirelli,  hasta que, una vez ya casado, creó con su esposa una academia de enseñanza general y oposiciones, cosa que no tardó en descubrir que exigía mucha dedicación y daba pocos ingresos, pero que puede considerarse su primer acercamiento profesional a la letra impresa.

Entrada de la Legión en Barcelona en 1939.

Entre las frases célebres de Lara se cuenta aquella según la cual “el negocio que no da para levantarse a las once de la mañana, ni es negocio ni es nada”, que contribuye a esclarecer los motivos que le llevaron al mundo de los libros. Volviendo a Carol:

Lara no estaba satisfecho con sus academias y sus trapicheos y un buen día, aburrido de una vida sedentaria, monótona y pobre, se enteró de que el catedrático Félix Ros vendía una pequeña editorial llamada Tartsesos.

Félix Ros (1912-1974)

Félix Ros (1912-1974)

Así pues, el 26 de junio de 1944 José Manuel Lara Hernández se hizo con la empresa creada por el traductor, periodista escritor y editor falangista Félix Ros, y basta con una ojeada distraída a los libros que publicó a partir de entonces para advertir que en ella los principales colaboradores de José Manuel Lara fueron el traductor y agente literario de origen húngaro Férenc Oliver Brachfeld (1908-1967) y quien sería uno de los miembros del primer jurado del Premio Planeta (y firmante de numerosas traducciones en esa época) José Romero de Tejada. No deja de ser también indicativo del carácter de Lara que una de las primeras cosas que hiciera con la editorial recién adquirida fuera cambiarle el nombre por el de Editorial Lara.

Lara como miembro del primer Premio Planeta (1952), con Bartolomé Soler, Romero de Tejada, Tristán la Rosa, Pedro de Lorenzo, González Ruano y Gregorio del Toro.

 

Lo cierto es que, si alguna mano se adivina en los títulos publicados entre el momento de la compra y el de su paso a manos de Josep Janés (1903-1959) es la de Brachfeld, quien había traducido ya obras para Ros en Tartessos. Basta comparar los títulos de Tartessos con los de Editorial Lara para darse cuenta de ello. Pero una de las primeras cosas que hacen (Lara, e intuyo que no por su cuenta y riesgo sino asesorado por Brachfeld) es desmontar la estructura de colecciones.

Somerset Maugham (1874-1965).

Estas eran las nueve de Tartessos en 1943: Grandes Narradores Contemporáneos (Joyce, Maugham, Roger Vercel), Narradores Eternos (Jane Austen, Goncharov), El Molino y la Rosa (Los papeles póstumos del Club Pickwick), Penélope (Maurois, Fratelli), Amadís (donde publicó a Azorín y Unamuno), Noche en Vela (El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder, Dickens), Muérdago (Bécquer, Maupassant) Seis Delfines (Maugham, Chesterton, Baring, Maurois) y Áncora de Salvación (Iván Bunin).

Entre las colecciones de Editorial Lara, en la que cobran importancia las literaturas nacionales como criterio, se cuentan en cambio una llamada Voces de Francia (que se estrena con Tragedia en Francia, de Maurois, en traducción de Brachfeld), Novelas Húngaras (donde se publican dos títulos de Lajos Zilahy y El error, de Ferenc Körmendi) y Pequeñas Obras Maestras (narrativa breve de Thomas Mann y de Maurois traducidas ambas por Brachfeld), así como dos colecciones con nombres que hoy pueden sonar un tanto new age avant la lettre, Horizonte (varios títulos de Maugham, en versión de Romero de Tejada ) y Amanecer.

Y si la colección de Tartessos Seis Delfines publicó en su Biblioteca de Escritores Hispánicos el Sintiendo a España, de Azorín –que ya se había anunciado en la empresa conjunta de Ros y Janés como de próxima aparición en la colección Rosa de Piedra–, en la Editorial Lara se le publica al mismo autor la novela histórica Salvadora de Olbena (1944), cuya publicación coincide en el tiempo con otra (¿pirata?) en las zaragozanas Ediciones Cronos. Sin embargo, aunque indicativa, en realidad la presencia de autores españoles no es importante ni en uno ni en otro caso. En Editorial Lara se limita a  Francisco Fernandez Mateu (Después de la vida y antes de la muerte, 1944), quien al año siguiente fundaría la editorial Mateu, el ínclito César González Ruano (Imitación del amor y Poder relativo, 1946), el escritor un tanto demodé Bartolomé Soler (Karú-Kinká, 1946) y el periodista y escritor Manuel Pombo Angulo (En la orilla, 1946).

De todos modos, es difícil aquilatar a partir de 1946 son elecciones de la etapa Lara y cuáles de Janés, que compró la empresa en unas circunstancias que Francisco Candel resumió en uno de sus libros de memorias:

Josep Janés la compró, se dijo que por un millón de pesetas, cantidad archirespetable en aquellos tiempos. Con la compra de L.A.R.A., Janés eliminaba a alguien de la competencia –aparte de adquirir su fondo editorial, ya que Lara no podría usar si nombre editorialmente.

Shanghai Hotel, de Vicki Baum, en L.A.R.A.

Y, a su vez, Janés le cambió el nombre a L.A.R.A., bromeando en privado acerca de su significado: Los Autores Realmente Antifascistas, pero es muy probable también que lo que le interesara fueran algunos autores de ese catálogo (y particularmente Chesterton, Somerset Maugham, Zilahy y Maurois, a los que había publicado ya o publicaría reiteradamente en los años siguientes), pues con el tiempo le permitirían crear colecciones tan exitosas como sus volúmenes de Maestros de Hoy, cuyo logo remite, no de un modo inocente, a la emblemática y excelente colección La Rosa de Piedra.

Según ha referido Manuel Lombardero, durante muchos años mano derecha de Lara Hernández, “Lara se había comprometido con Janés, puede que verbalmente, a dedicarse al negocio del papel y que no pondría una editorial. Pero el negocio del papel se liberalizó y dejó de ser tal negocio, con lo que Lara montó Planeta [en 1949]. Eso Janés lo tenía grabado.” (lo cuento con más detalle en A dos tintas, pp. 287-290).

José Janés.

José Janés.

Parece evidente que no era sólo eso lo que movió a Janés a comprar la Editorial Lara, si bien hay muchos testimonios de la incompatibilidad de caracteres y de la extraordinaria diferencia de sus modos respectivos de enfocar la labor del editor.

En la ambiciosa e impresionante Historia de la edición en España, Martínez Martín relata la irrupción de Lara en lo que tradicionalmente se consideraba “un negocio de caballeros” en los siguientes términos:

Lara no tenía vinculación previa con ninguna de las piezas que alimentaban la edición: tipografía, librería, antecedentes familiares de editores, creación literaria, actividad intelectual… y, quizá por partir de cero, desplegó una agudeza en los negocios sin los márgenes que condicionaban a los editores de profesión […] No era editor. Tampoco lector. Su contacto con los libros había sido episódico […] No contaba con criterios de selección literaria […]

Entendía muy bien las relaciones personales y clientelares del Régimen, con idea siempre del pragmatismo y el negocio.

No está nada mal, pero no evoca en cambio aquella muy célebre declaración del propio Lara al prestigioso entrevistador de La Vanguardia Manuel del Arco, de la que Francisco Candel explicó las circunstancias:

Lara dijo, en entrevista a Del Arco, periodista que te hacía firmar sus entrevistas para que luego no te retractaras: “Yo he triunfado en la vida porque he dado muchos golpes bajos”.

José Manuel Lara Hernández.

Apéndice

Datos (incompletos) de algunos libros de Editorial Lara entre 1944 y 1946

Portada de Tragedia en Francia.

 

Azorín, Salvadora de Olbena, 1944.

Francisco Fernández Mateu, Después de la vida y antes de la muerte, 1944.

André Maurois, Tragedia en Francia, Voces de Francia 1, traducción de Oliver Brachfeld,  1944.

Phillipe Barrès, Charles de Gaulle, prólogo de Marcelin Defourneaux y traducción de F. Oliver Brachfield y, 1944.

André Maurois, La salvación de Norteamérica, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1944.

Alia Rachmanova, La fábrica de los hombres nuevos, traducción de J. García Mercadal, 1944.

Lajos Zilahy, El amor de un antepasado mío, 1944.

Cubierta de Charles de Gaulle.

 

Thomas Mann, Tonio Kröger. Anhelo de felicidad. El payaso, Colección Pequeñas Obras Maestras, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1945.

André Maurois, Tragedia en Francia, 1945.

André Maurois, Viaje al país de los hortícolas, seguido de Por el camino de Chelsea, Colección Pequeñas Obras Maestras, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1945.

William Somerset Maugham, Ah King (mi criado chino), 1945.

William Somerset Maugham, Servidumbre humana, traducción de Enrique de Juan, 1945.

Lucio D´Ambra, Conversaciones de medianoche, traducción de Eugenio Montalt, 1945.

G.K. Chesterton, El escándalo del padre Brown, traducción de F. González Taujis, 1945.

Ferenc Körmendi, El error,  traducción autorizada por Luis Torres, Colección Novelas Húngaras, núm. 2, 1945.

André Maurois, Historia de los Estados Unidos, traducción de Oliver Brachfeld, 2 vols., 1945.

Somerset Maugham, El paso del hombre, traducción de J. Romero de Tejada, 1945; 1946 (Horizonte).

Erwin H. Rainalter, Música de la vida, traducción de  José Lleonart, 1945.

Lajos Zilahy, La vida de un escritor, trad. Oliver Brachfeld, Lara, 1945.

Stefan Zweig, El candelabro enterrado, traducción de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro, 1945.

Colección Novelas Húngaras, núm. 2.

 

Condesa de Chambrun, Cinco damas de corazón y una fea simpática, traducción de José Onrubia, 1946.

César González Ruano, Imitación del amor, 1946.

César González Ruano, El poder relativo, 1946.

Manuel Pombo Angulo, En la orilla, 1946.

J.B. Priestley, La isla lejana, Traducción de J. Romero de Tejada y Diego Navarro, 1946.

Félix Ros, El paquebot de Noé, 1946.

Bartolomé Soler, Karú-Kinká, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Rosie, traducción de Manuel Vallvé, 1946.

William Somerset Maugham, Luz en el alma, traducción de Fernando Gutiérrez, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Soberbia, traducción de José Romero de Tejada, 1946.

William Somerset Maugham, El velo pintado. Aventura en Tching-yen, traducción y prólogo de J. Romero de Tejada, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Cautiva del amor, 1946.

William Somerset Maugham, Cosmopolitas, traducción de Isidoro Guerrero, 1946.

Wulliam Somerset Maugham, Una hora antes del amanecer, 1946.

William Somerset Maugham, A orillas del Támesis, 1946.

William Somerset Maugham, El agente secreto, traducción de. R. García Adamuz, 1946.

Herbert Wild, En la boca del dragón, 1946.

P.C. Wren, Los hijastros de Francia, 1946.

Stefan Zweig, Americo Vespucio, versión de Alfredo Kahn, 1946.

El poder relativo, de González-Ruano.

 

Fuentes:

Màrius Carol, José Manuel Lara, de otro planeta”, en Noms per a una historia de l´edició a Catalunya, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001, pp. 9-39.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Paco Candel ante una caricatura suya obra de Manuel del Arco.

Francisco Candel, Patatas calientes, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo. Crónicas), 2013.

Jesús A. Martínez Martín, “La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta”, en Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, p. 233-271.

Morán,“Entrevista a Manuel Lombardero”, Asturama, 23 de julio de 2012.

Sándor Márai como personaje literario (y el filón de la novela húngara)

“Siempre fui consciente de la superioridad literaria de Németh. Él era un artista, yo sólo un periodista”

Arthur Koestler

Sándor Márai (1900-1989).

El extraordinario escritor Sándor Márai (1900-1989) aparece como personaje en –por lo menos– dos muy buenas novelas húngaras de las que existe traducción al español.

La primera de estas novelas es Viaje en torno a mi cráneo, obra pionera en el empleo del monólogo interior y el fluir de la conciencia escrita en 1937 por el antaño famoso Frigyes Karinthy (1887-1938), notable narrador, dramaturgo y traductor que debe la posteridad en particular a su teoría de los seis grados de separación. De esta novela, Férenc Oliver Brachfeld publicó en 1941 una traducción en Argos, que posteriormente apareció en las colecciones El Manantial que no Cesa, de José Janés, en 1949 y Lauro de Plaza & Janés en 1961 y Galaxia Gutenberg recuperó en 2007 como número 48 de su Serie Narrativa.

Edición en la colección El Manantial que no Cesa,  José Janés, 1949.

Sin embargo, Sándor Márai –quien dijera que “sin cafés no hay literatura”– tiene mayor presencia en la espléndida novela Reservado para una tertulia, obra de un escritor húngaro pendiente aún de recuperar, pese a los diversos libros suyos que circulan en Europa, sobre todo en traducciones al francés: Andor (o Endre, o André) Németh (1891-1953).

Andor Németh (1891-1953).

Hubo una breve época (en los años cuarenta) en la que Németh tuvo una presencia notable en las librerías españolas, donde le acompañaban además un buen número de compatriotas (Lajos Zilahy, Jenö Heltai, Férenc Kormendi o los propios Márai y Karinthy), gracias sobre todo a la labor de Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967) como divulgador en España de la literatura húngara, pero fue en particular en su vertiente como biógrafo que Németh alcanzó reconocimiento.

Así, en 1941 aparecía en la editorial Tartessos su Metternich y su tiempo (en traducción firmada por Javier Carballo), y al año siguiente, sin  pie editorial, una traducción de Oliver Brachfeld de Napoleón (en una colección llamada Historia y salida de la Imprenta Atlántida), a la que seguiría María Teresa de Austria (en la editorial Apolo, de nuevo en traducción de Oliver Brachfeld, en 1952). Intercalada en esta sucesión de biografías había aparecido en agosto de 1948 la novela en clave Reservado para una tertulia como número 48 de la colección El Manantial que no Cesa de José Janés.

La vida de Németh es una de las muchas marcadas por los avatares de la historia política y militar europea. Nacido en una familia judía, fue una de las firmas de la prestigiosa revista Nyugat (que el narrador aparece leyendo en Reservado para una tertulia). A raíz de la primera guerra mundial conoció los campos de concentración franceses (Noirmourtier), y de su historia (la de los presos en Francia por el simple hecho de ser húngaros) ha quedado una intensa recreación literaria en Monasterio Negro,* de Aladár Kuncz (1885-1931), quien por cierto aparece episódicamente como personaje en Reservado para una tertulia.

Aladár Kuncz (1885-1931).

Tras la disolución del Imperio Austrohúngaro, Németh se estableció durante unos años en Viena (1919-1926), con una obra aún menor a sus espaldas (algunas piezas de teatro y textos de crítica literaria y poemas de influencia simbolista) pero ya como una de las figuras importantes de la literatura de vanguardia que se expresaba en las revistas literarias de entreguerras. Posteriormente pasó unos años de lo que suele llamarse “exilio interior” en Budapest (1927-1939), la etapa literariamente más brillante, en la que aparecen sus obras ensayísticas sobre La comuna de París en 1871 (1932), María Teresa de Austria (1938) o Metternich (1939) y traduce además a grandes narradores franceses (Victor Hugo, Dumas, Zola, Balzac, Malraux, Maurois), del mismo modo que en los años sucesivos traduciría a escritores como Stefan Zweig, Theodore Dreiser, Somerset Maugham, Sinclair Lewis, Ernst Hemingway…

Jean Vigneau Editeur, 1947 (traducción de Victor Hinz).

Con el ascenso del nazismo, Németh emprendió un exilio en Marsella, Cassis-sur-mer y Montauban (1939-1947), y con el tiempo Francia se convertiría, hasta el día de hoy, en el puente de las traducciones de su obra a otras lenguas. Allí publica uno de sus libros más famosos, Kafka ou le mystère juif (1947), pero el mismo año de su publicación regresa a Budapest, donde vive otra breve etapa con el viento en las velas, hasta que la presión comunista lo lleva a desaparecer de la vida pública. Fallece el 13 de noviembre de 1953, dejando una obra muy diversa en cuanto a géneros, con curiosidades como una obra escrita a cuatro manos con Arthur Koestler (aparecida póstumamente en francés en 1996 como Au chat qui louche en Calmann-Lévy) y una notable cantidad de manuscritos que todavía no han visto la luz ni siquiera en húngaro y que se conservan en el Museo de la Literatura Húngara (Petófi Iroldami Múzeum) de Budapest.

Tras años inédita, la novela policíaca de Koestler-Németh, la publicó Calmann-Lévy en 1996.

Reservado para una tertulia, aparecida inicialmente por entregas entre 1938 y 1939 en el periódico Az Ujság y luego en volumen en 1942, es una novela en clave cuyo escenario principal es el café Beleznai, y entre los tertulianos, además del propio Németh, figuran el mencionado Karinthy (que de hecho es sobre quien pivota la tertulia), el filósofo y crítico literario Georg Lukács y Sándor Márai en su momento de mayor fama, que aparece con el nombre de Mihályfi-Messer y que resulta además muy bien retratado en sus intervenciones por sus propias y no muy alentadoras palabras acerca del momento literario:

La era de las experimentaciones, de las extravagancias ha pasado; superada la época de las formas de vida individuales, nos acercamos a pasos agigantados hacia la sociedad íntegra de los ideales de vida colectivos, unitarios. El intelectual que está obligado a darse cuenta hasta de cómo crece la hierba, hace bien en acomodarse oportunamente a esa formidable metamorfosis. Hoy día, todo representante del espíritu debe ser serio, consciente de su deber y hasta pedante como un maître d´hôtel.[…] La humanidad ya está harta de libertades; amanece la era de las dictaduras, que tampoco será más que una transición hacia la segunda Edad Media del género humano.

Y, realmente, el retrato colectivo de la tertulia del Beleznai que hace Németh es tanto un acercamiento de la psicología de cada uno de los personajes (en ocasiones sorprendente, y en el caso de la del propio Németh quizá incluso un poco cruel), como sobre todo y más interesante, constituye una foto fija de un ambiente intelectual en un momento en que la clase a la que pertenecía el grueso de los escritores, la burguesía, como salvaguarda de la gran tradición literaria, se veía amenazada tanto por el auge del totalitarismo nazifascista como por el empuje de los movimientos políticos de raíz marxista.

Placa dedicada a Németh en la estación ferroviaria de Celldömöllki.

Interés añadido de la novela lo constituye el capítulo titulado “Intermedio”, ocupado por una breve pieza en la que el narrador hace una transposición en forma de parábola mediante personajes más o menos mitológicos, de lo que acontece en el Beleznai, en lo que supone una estructura de cajas chinas que pone en cuestión la capacidad de la literatura para recrear fielmente la vida (como suele atribuirse a la probablemente mal llamada “novela burguesa”), y la consecuencia de ello es que el lector se encuentra con un relato dentro de un relato que, a su vez, es una transposición de personajes y acontecimientos reales.

Resulta un poco asombroso que una cultura relativamente minoritaria como la húngara haya dado al mundo una pléyade tan extensa, diversa y heterogénea de excelentes escritores de esos que a veces los pequeños editores en lengua española logran convertir en masivos por puras y simples razones interés humano y calidad literaria de sus obras. Valgan como ejemplos Sándor Petöfi, Károly Pap, Lajos Zilahy, Aladár Kuncz, Sándor Márai, Magda Szabó, Gyula Illyés, Péter Esterházy, Péter Nádas o el premio Nobel Imre Kertész. Es evidente que con un público potencial tan limitado como los 13 millones de hablantes de magiar (aproximadamente el mismo que de griego, kurdo o  serbio), la vitalidad de la literatura húngara se sustenta precisamente, por lo menos en parte, en la militancia cultural de esos hablantes y en particular de una burguesía dispuesta a mantener vivo el mercado y la industria editorial necesaria, así como en la capacidad de esa industria para interesar lo suficiente a los editores de otras culturas en las obras de estos autores como para que inviertan en traducirlos y publicarlos.

Lo intrigante es saber qué nos depara esa ingente cantidad de manuscritos de autores húngaros que, debido a la trompicada vida política de su país, aún permanecen inéditos… ¿Alguien duda que quedan joyas por descubrir?

*De Monasterio Negro hay una traducción al español de Andrés Revesz y otra con traducción y notas de Eva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño e introducción de Ricardo Menéndez Salmon, publicada en Oviedo por KRK en 2012.

Andor Németh, Reservado para una tertulia, traducción y nota previa de Férenc Oliver Brachfeld, Barcelona, José Janés Editor (El Manantial que no Cesa 90), 1948.

Fuentes:

Javier Aparicio Maydeu, “De letras húngaras”, Libros. El Periódico de Catalunya, 3 de diciembre de 1999, p. 6, recogido en Lecturas de ficción contemporánea. De Kafka a Ishiguro, Madrid, Cátedra, 2008, pp. 525-526.

Eszter Oszbán, “Sin cafés no hay literatura“, Literatura Húngara on line.

Niño Vampiro, “Viaje en torno a mi cráneo, de Frigyes Karinthy“, en El Niño Vampiro Lee, 1 de junio de 2012,

 

Tuits en tapa dura y bellamente decorados

A Agustín Paz, todo facilidades.

El 13 de septiembre de 1941 se anunciaba en las páginas de la revista barcelonesa Destino:

Va a publicarse en Barcelona una nueva colección literaria bautizada con el nombre de Las Quintaesencias. Es intención de los editores recoger en ella lo más selecto del pensamiento universal. Síntoma de su buena orientación lo constituye el hecho de que el primer volumen de esta serie esté dedicado a G.K. Chesterton, el gran polemista católico fallecido hace poco tiempo.

La iniciativa, puesta en marcha por José Janés en sus Ediciones de La Gacela, nacía con una encomiable ambición que se reiteraba en el texto de solapas en que se describía el proyecto:

El pensamiento de los más grandes escritores de todos los tiempos, precedido de un extenso ensayo sobre su vida y su obra. La edición totalmente impresa a dos tintas y bellamente encuadernada en tela, va ilustrada por un retrato y más de cien grabados originales y exclusivos para cada volumen. Una biblioteca única por su ambición y por su presencia.

Las Quintaesencias de Tagore, preparadas por Pedro López Ferret (a quien ese mismo año publicaba Janés su traducción de las Memorias del Rey Sol en La Gacela), fueron el último título aparecido de un proyecto asombrosamente ambicioso para los tiempos que corrían.

Los ciertamente extensos ensayos introductorios son en muchos casos valiosos por sí mismos y los firman a menudo escritores y críticos solventes y bien informados (Lluis Palazón, José M. Camps, Pedro López Ferret, Maurici Serrahima), del mismo modo que las ilustraciones son obra de artistas igualmente apreciables, de Joan Narro a Joan Commeleran y de Enric Cluselles a Pedro Pruna.

ScubShawQuizás el primer atisbo de esta excelente colección de libritos de 17,5 x 11 cm encuadernados en tapa dura, con sobrecubierta y profusamente decorados pueda localizarse en las declaraciones que en 1935 hacía Janés a Josep Palau i Fabre en una entrevista aparecida en el periódico La Humanitat el 21 de noviembre: “También queremos hacer unas antologías de autores. Es decir, una selección de los mejores fragmentos en prosa de cada autor”. Un proyecto que no pudo llevar a cabo, pero del que durante la guerra civil parece deudora su Presència de Catalunya. [Per al soldat català de l´Exèrcit de la Repúbica], publicada en los Serveis de Cultura al Front en 1938 y que recogía pasajes de destacados autores catalanes de las más diversas épocas y estilos.

Sin embargo, un antecedente más cercano es la serie de Pensamientos que en 1940 Janés había programado en la colección Euro con Pensamientos sobre el amor (firmados por un José Aguirre que no es sino un seudónimo que Janés había empleado también como traductor) y Pensamientos sobre la mujer (a cargo de S. Pascual Catán), que finalmente aparecieron también en Ediciones de La Gacela.

Primera página del prólogo de José M. Camps a Las Quintaesencias de Shaw, ilustrado por Joan Commeleran.

Primera página del prólogo de José M. Camps a Las Quintaesencias de Shaw, ilustrado por Joan Commeleran.

En el mismo momento en que arranca la colección Las Quintaesencias, aparece una referencia en el epistolario de Eugenio d´Ors a Oliver Brachfeld en el que se menciona el ensayo que el traductor húngaro está preparando para esta colección acerca del autor de las glosas (carta de Ors a Brachfeld del 3 de octubre de 1941), que sin embargo, como tantos otros títulos, no llegó a publicarse.

Las memorias de Maurici Serrahima ponen en la pista de otro volumen que no llegó a publicarse, el dedicado a Marcel Proust, cuyo estudio introductorio prevé que la censura no aceptará, y efectivamente así fue:

Hoy, lunes de Pascua, he acabado el prólogo para la selección de pensamientos de Proust que he hecho por encargo de Janés, destinada a la colección Las Quintaesencias y análoga a la que hice el año pasado sobre los de Chesterton. También la he firmado con el seudónimo Ramon Setantí por ahora y mientras el catalán no sea permitido. Janés me dijo que temía que la censura no dejara pasar el libro –Proust no es persona grata– y en el prólogo he tenido que esforzarme para ser a la vez justo e insinuar la existencia de los aspectos referentes a las anomalías sexuales a cualquier lector incauto. El prólogo diría que es más denso que el del Chesterton, que hice un poco deprisa y corriendo. [anotación del 6 de abril de 1942, la traducción es mía]

Aun así, otra de las más famosas colecciones españolas dedicadas al género aforístico (Aforismos, de Edhasa) la encabezó con el número 1 precisamente Proust (Máximas y pensamientos, extraídos de su obra En busca del tiempo perdido, compilados por Carles Besa y traducidos y prologados por Lluís Mª Todó).

Se publicaron en total en Las Quintaesencias seis títulos, tres en 1941 y otros tres en 1942, pero aparte de los ya mencionados de Ors y Proust, quedaron pendientes y anunciados como en preparación los dedicados a D´Annunzio, Nietzsche, Leopardi, Unamuno, Ortega y Gasset y Oscar Wilde, sin que sepamos, con la información de que disponemos por ahora, quiénes se estaban ocupando de ellos si efectivamente se había empezado a trabajar en estas compilaciones. Es posible que en los casos de Unamuno y Ortega los proyectos se frustraran por oposición de los derechohabientes, pues en respuesta a la “Carta abierta a José Janés” que Rafael Borràs Betriu publicó en 1954 en Estilo (núm. 5), Janés le explicó que sus intentos por publicar alguna obra de Baroja, Unamuno, Valle Inclán y Vicente Blasco Ibáñez habían chocado con la oposición de las editoriales propietarias de los derechos.

Muestras del trabajo de Commeleran en el volumen de Las Quinataesencias dedicadas a Shaw,.

Muestras del trabajo de Commeleran en el volumen de Las Quinataesencias dedicadas a Shaw.

En consonancia con la exquisitez de la propuesta (publicar lo más selecto de los autores más importantes), el diseño del libro parece cuidado en todos los detalles: encuadernación en tapa dura (en la que el logo aparece estampado en seco en el frontal y el lomo decorado a color), sobrecubierta ilustrada y con amplias solapas, una maqueta con amplísimos márgenes con ilustraciones en las capitulares, con cabeceras y folios a color, profusión de ilustraciones decorativas (en el caso de Shaw, unas 200 en sólo 150 páginas), una atinada y agradable disposición del texto…, pequeñas obritas de arte llenas de encanto.

Quizás algunas de las frases más célebres de Chesterton, Mauriac o Shaw bien se puedan hoy tuitear (véase en particular @ChestertonQuote o, en el caso de las del propio Janés,  #JanésEditor), y sin duda algunas de ellas resultan muy ingeniosas y atinadas, pero es evidente que el texto por sí solo no constituye el contenido, ni el mensaje, ni la esencia de esta breve colección janesiana publicada en los tiempos más sombríos del franquismo. Y aun así, quizás haya quien se podría plantear hacer una edición electrónica de estos libros…

Títulos publicados en Las Quintaesencias:

[Gilbert K.] Chesterton, estudio y selección de Ramón Setantí [Maurici Serrahima], viñetas de Enrique Clusellas, 1941.

Paul Valery, estudio y selección de L. I. Beltrán[Lluis Palazón i Bertran], viñetas de J. Narro, 1941.

Rainer Maria Rilke, estudio, selección y traducción de Jaime Bofill y Ferro, viñetas de Pedro Pruna, 1941.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesen-cias de André Mau-rois.

André Maurois, estudio y selección de L. I. Beltrán [Lluis Palazón i Bertran], viñetas de Planas Bach, 1942.

George Bernard Shaw, estudio y selección de José M. Camps, viñetas de Juan Commeleran, 1942.

Rabindranath Tagore, estudio y selección de Pedro López Ferret, viñetas de N. Miralles, 1942.

Fuentes:

Rafael Borrás Betriu, La batalla d Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Maurici Serrahima, Memòries de la guerra i de l´exili. 1936-1940, vol. II (1938-1940), Barcelona, Edicions 62 (Biografies i Memòries 4), 1981.

Maurici Serrahima, Del passat quan era present I (1940-1947), Barcelona, Edicions 62, 1972. Tomo la cita del libro de Montserrat Bacardí, La traducció catalana sota el franquisme, Lleida, Punctum-TRILCAT-GETCC (Quaderns 5), p. 107.

Fons Férenc Oliver Brachfeld del Arxiu Nacional de Catalunya.

Josep Palau i Fabre, El monstre, Obra Literària Completas II, Assaigs, articles i memòries, Barcelona, Cercle de Lectors-Galaxia Gutenberg, 2005.

Los derechos de Maurois en España

A Esther López López,©

de quien he aprendido lo que sé sobre derechos de autor.

Cuando en 1938 a André Maurois se le propuso entrar en la Academia Francesa, tuvo que enfrentarse ya a la hostilidad antisemita, encarnada en ese caso en la persona del académico Louis Bertrand, y con el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la rápida ocupación de Francia por los nazis vio como su nombre entraba en la conocida como Lista Otto, elaborada como consecuencia del vergonzante Convenio de Censura firmado entre el Gremio de Editores de Francia y las fuerzas de ocupación, por lo que sus libros desaparecieron de inmediato de las librerías (o por lo menos dejaron de estar a la vista). Lógicamente, no tardó Maurois (Émile Salomon Wilhelm Herzog) en abandonar su país, a finales de 1940, dejando en el aire entre otras cosas las 200 acciones que poseía de la editorial Bernard Grasset, donde publicaba el grueso de su obra (además de en Gallimard), como pasó también a la actriz Madame Simone (Pauline Benda de nacimiento y prima de Julien) o al industrial Paul-Louis Weiller. Lo que probablemente no imaginaba Maurois fuesen las consecuencias que su exilio tendría sobre los derechos de traducción de sus libros en España.

Cubierta de Ariel en Penguin

Cubierta de Ariel en Penguin

Hacía apenas cuatro años que el gran editor británico Allen Lane había estrenado la que suele considerarse la primera edición de bolsillo con un título de Maurois, Ariel ou la vie de Shelley, cuya modestia formal y enorme tirada permitía que se vendiera a tan solo seis peniques. Y el dato resulta curioso porque en 1923 esta obra había sido objeto en Grasset de una edición radicalmente opuesta, un volumen extraordinario con frontispicio del pintor y reputadísimo escenógrafo Maxime Dethomas, y al año siguiente se publicaba con pie editorial de Émile-Paul Frères (bajo la dirección artística de Jean-Gabriel Daragnès) una tirada de 1600 ejemplares numerados en formato 225 x 145 mm con viñetas al boj de la pintora y grabadora Hermine David, célebre sobre todo por su retrato de Kiki de Montparnasse.

También en España Maurois era un autor de extraordinario éxito en los años viente y treinta, y por ejemplo Josep Janés le había publicado en catalán en Quaderns Literaris Kate.

Portada de Climas en la colección Saeta Blanca

Portada de Climas en la colección Saeta Blanca

En la inmediata posguerra, José Janés incluyó su Climas en una colección de Emporion, la editorial que dirigía con Félix Ros. Con ese título se estrenaba en 1940 Saeta Blanca, que se presentaba como una “colección mensual de grandes novelas, bellamente encuadernadas”, en cartoné y con sobrecubierta, que proseguiría su andadura con la primera traducción al español de Los siete hermanos, del clásico Alexis Kivi, que los editores definen como “el Quijote finlandés”, y Misterios, del premio Nobel noruego Knut Hamsun.

El año siguiente, una vez disuelta Emporion, Félix Ros publica esa misma traducción de Climas, de Juan Ruiz de Larios, en una edición en tapa dura e ilustrada por José Picó en la colección Penélope, de la Editorial Tartessos, y por su parte José Janés incorpora en enero de 1942 a Ediciones de la Gacela Las quintaesencias de Maurois, una recopilación de citas y aforismos ampliamente ilustrada con un estudio introductorio de Lluis Palazón i Bertran (que firma como Luis Ignacio Bertran), que muy probablemente se basa para su selección en las Dites i màximes que se había publicado en 1931 en la revista D´Ací i d´Allà.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

En 1944, Félix Ros sacaba de nuevo Climas, en esta ocasión como número 24 de su mejor colección desde el punto de vista literario, Seis Delfines, en rústica, con solapas. Sin embargo, a partir de ese año entra en escena el traductor, escritor y agente literario Férenc Oliver Brachfeld y todo empieza a tomar otro cariz.

Cubierta de Climas en la colección 6 Delfines

Cubierta de Climas en la colección 6 Delfines

Bernard Grasset, que no podía publicar a Maurois en Francia, y tampoco pagarle, no tuvo tampoco la precaución de crear un fondo con lo que le adeudaba (como sí hizo Gallimard), pero estaba cediendo sin embargo los derechos de traducción de las obras de Maurois, por lo menos en el caso de la España franquista, por lo que Oliver Brachfeld pidió a André Maurois y a su hijo que le dieran poderes para gestionar los derechos de sus obras, y ya en enero de 1944, mientras el escritor se encontraba con las fuerzas aliadas en el norte de África, suagente informa por carta a su representado de la situación de sus obras (repartidas en Ediciones de la Gacela, Tartessos, Destino, Surco y Aymà). Sin embargo, mientras que la carta del hijo de Maurois a Oliver Brachfeld especifica que le autoriza a anular sus contratos en Francia (debido a que no le pagan), en la misiva del propio escritor se indica que Oliver pasa a gestionar los derechos de sus obras, salvo contratos preexistrentes.

Por entonces a José Janés la censura le había prohibido publicar de Maurois Ariel o la vida de Shelley, por la cual tenía un contrato con Grasset firmado el 7 de diciembre de 1942 (y que Oliver intentaba cancelar). Pero, ante esa dificultad con la Administración, Janés comunica al agente (con quien por entonces tenía problemas en relación a sus ediciones de la premio Nobel noruega Sigrid Unsedt y el húngaro Frygies Karinthy) que renuncia a la publicación de esta obra, por lo que Oliver Brachfeld firma un precontrato por ella con la editorial Nausica, aun cuando sospecha que Janés está preparando una edición pirata.

Edición de Climas ilustrada, en la colección Penélope de Tartessos

Edición de Climas ilustrada, en la colección Penélope de Tartessos

En cuanto a Tartessos, que acababa de editar Climas en rústica, el agente llega a un acuerdo mediante el cual Félix Ros se aviene a pagar un 20 % por los derechos de alguna otra obra de Maurois. Pero si bien el editor dice haber impreso 5000 ejemplares, Oliver Brachfeld no tarda en enterarse a través del impresor de que han sido 8000.

En esta dura pugna con Janés y Ros, Oliver Brachfeld decide implicar, sin mucho éxito, al Instituto Nacional del Libro Español, a Pierre Deffontaines (director del Instituto Francés de Barcelona) e incluso a la legación diplomática de Argelia, y finalmente ofrece a Janés que escoja un título de Maurois (finalmente sería Ni ange ni bête, que publicó en 1947) a cambio de la renuncia formal y por escrito a publicar Ariel (que de todos modos seguía encallada en Censura).

Se da la circunstancia curiosa de que la siguiente edición de Climas, antes de que Janés incorporara este título a su exitosa colección Manantial que no cesa (núm. 46) en traducción firmada por Fernando Gutiérrez, aparece en 1946 en las Ediciones Victoria creadas por el propio Oliver Brachfeld, y con las mismas ilustraciones ya mencionadas de José Picó. El año anterior había aparecido en la colección Leda de Janés una recopilación de relatos y cuentos de Maurois, Siempre ocurre lo mismo, cuya traducción firmaba J. Elias, seudónimo de Pere Pagès i Elias, más conocido como Victor Alba, quien mientras permaneció en la prisión Modelo de Barcelona tuvo tiempo de sobra para traducir novelas, sobre todo para Janés y para Aymà.

Pasarían los años, Maurois visitaría a Janés con motivo de la publicación en 1951 del primer volumen de sus Obras completas, con introducción de María Luz Morales, pero lo que ya nunca se recompuso es la buena relación entre el editor José Janés y el agente Férenc Oliver Brachfeld, pese a la amistad que les había unido antes de la guerra y a que Janés le había editado al escritor húngaro, además de numerosas traducciones, su Doña Violante de Hungría. Reina de Aragón (1942) y aún le publicaría Cómo interpretar los sueños (1949).

Fuentes

Pierre Assouline, Gaston Gallimard, València, Edicions Alfons el Magnàmim, traducción de Anna Montero Bosch, 1987.

Bibliografía general española e hispanoamericana, año XV, núm. 2 (abril-mayo de 1941, pp. 10-11. La última edición de la que tengo noticia de Los siete hermanos es la de Alfuaguara de 1988, en traducción de Úrsula Ojanen y Joaquín Fernández.

Fons Férenc Oliver Brachfeld del Arxiu Nacional de Catalunya.

Victor Alba (Pere Pagès i Elias), Sísisf i el seu temps I. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990.

Michel Winock, El siglo de los intelectuales, Barcelona, Edhasa, traducción de Ana Herrera, 2010.