Algunos descubrimientos editoriales: al César lo que es del César

Es muy común entre los editores con vocación cultural el deseo del descubrimiento de nuevos valores, y quien fuera editora de Lumen, Esther Tusquets (1936-2012), lo expresaba diciendo que prefería publicar la primera obra de un autor importante que la última. Otro editor de cuerda hasta cierto punto similar, Manuel Borrás, de Pre-Textos, se quejó en alguna ocasión de tener la sensación de actuar como el ojeador que levanta la pieza para que otro cazador mayor cobre la pieza, aludiendo a las grandes empresas editoras que contrataban las segundas o terceras obras de escritores a los que pequeñas editoriales, como la suya, se habían arriesgado a dar a conocer por primera vez.

De izquierda a derecha, Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez .

Esta vocación descubridora es muy común que vaya acompañada de la voluntad de crear un catálogo de autores, frente a los catálogos de obras. Dicho de otro modo, la pretensión de reunir toda la obra de algunos autores, aunque es evidente que compaginar esas dos vocaciones (descubrir y hacer lo que suele llamarse «política de autor»), a la larga siempre ha sido problemático, porque también es muy raro que una editorial de esas características pueda (o quiera) crecer del modo en que tal equilibrio requeriría, así que a menudo llega un momento que cada nuevo descubrimiento implica desprenderse de las nuevas obras de algún autor que hasta entonces era considerado «de la casa».

Estas «políticas de autor» acaban por generar entre los lectores el establecimiento de una muy firme asociación entre unos autores y sus editores. Valgan como ejemplos, en el ámbito de la edición española, el de Miguel Delibes con Destino o el de Umberto Eco con la Lumen de Esther Tusquets. Por otra parte, este mismo vínculo suele ser explotado y reivindicado por los editores, cuando el autor en cuestión se consagra, como caso de éxito en su política de autor, pero en más de una ocasión eso ha llevado también a excesos, y la prensa literaria, no siempre suficientemente informada, a veces no ha hecho sino contribuir a ello.

Es bastante lógico, por ejemplo, que el nombre de Javier Marías haya quedado estrechamente vinculado en la memoria del lector más joven a la editorial Alfaguara, desde que en 1998 publicó allí Negra espalda del tiempo y a partir de ese momento publicó en Alfaguara tanto sus nuevas obras como las reediciones de sus novelas anteriores. Pero estas no eran pocas, desde la inicial Los dominios del lobo en Edhasa (1971), pasando luego por La Gaya Ciencia (Travesía del horizonte, 1973), un primer paso por Alfaguara que no fructificó (El monarca del tiempo, 1978) y otro también efímero por Seix Barral (El siglo, 1983), antes de recalar en Anagrama, donde empezó a despertar una atención progresivamente mayor tanto de la crítica como de los lectores (El hombre sentimental, 1986; Todas las almas, 1989; Corazón tan blanco, 1992; Mañana en la batalla piensa en mí, 1994), hasta que una vitriólica polémica entre autor y editor acabó con la relación.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

En el ámbito de las traducciones del francés, otror ejemplo, un nombre estrechamente ligado a Anagrama es el de Amélie Nothomb,  quien se estrenó en esta editorial con una novela (Estupor y temblores) lo suficientemente asombrosa como para aunar dos premios tan aparentemente opuestos como el Gran Premio de la Academia Francesa y el Premio Internet (otorgado por los internautas). Menos conocido es que quien se había empeñado inicialmente en convertir a Nothomb en «autora de la casa» y darla a conocer a los lectores en lengua española, implementando su propia política de autor, fue Sílvia Lluís en su editorial Circe, donde aparecieron consecutivamente Higiene del asesino (1996), Las catilinarias (1997) y Atentado (1998).

En cuanto a la literatura en lengua inglesa, y sin movernos de la editorial de la calle Pedró de la Creu, pocos autores más específicamente anagramáticos que Paul Auster, aun cuando a su llegada a la editorial de Jorge Herralde ya tenía una obra notable publicada en español. En Júcar habían aparecido por entonces los tres títulos de la Trilogía de Nueva York (1988), que más tarde aparecería retraducida en Anagrama, mientras que en Edhasa se habían publicado El país de las últimas cosas (1989), La invención de la soledad (1990) y El arte del hambre (1992), títulos todos ellos de los que Anagrama reeditaría las mismas traducciones de María Eugenia Ciocchini. Jorge Herralde explicó del siguiente modo el caso de Auster, en un patrón aplicable también a Nothomb y Marías, apuntando al papel de la crítica literaria y a la diversa fiabilidad que ésta, al margen de las cualidades de las obras y autores en cuestión, otorga a ciertas editoriales: «Después de la publicación en España de sus primeras obras con muy poca repercusión, en Anagrama iniciamos la publicación de este autor, en 1990, con una de sus mejores novelas, El palacio de la luna, que tuvo reseñas excelentes.»  Caso un tanto distinto fue el paso de la esposa de Auster, Siri Hustvedt, de Circe a Anagrama, que empezó a gestarse con la publicación simultánea de la novela Todo cuanto amé (2003) por la primera en España y la segunda en Latinoamérica, cuando Circe le había publicado ya las novelas Los ojos vendados (1992), El hechizo de Lili Dahl (1996) y el ensayo En lontananza (1998).

Al igual que en el de Marías, también fue muy sonado y ampliamente divulgado por la prensa más o menos cultural el polémico paso del escritor húngaro Imré Kertész (1929-2016) de Acantilado a Alfaguara, escándalo que respondía tanto a que se le acaba de conceder  el Premio Nobel de Literatura como a la reivindicación casi patrimonial que de él hacía Jaume Vallcorba (1949-1914), quien desde 2001 había ido publicando, sin ningún éxito, toda su obra. Sergio Vila-Sanjuán resumió con bastante ecuanimidad el proceso:

Jaume Vallcorba ha realizado una labor de primera con la obra de Imre Kertész, a la que ha conferido visibilidad en España a través de su edición en El Acantilado. Por ello es de lamentar que no sea él quien siga publicándole ahora. Sin embargo, el debatido cambio de editorial hispana del autor húngaro tras la concesión del Nobel sirvió, paradójicamente para devolverle a los brazos de su primer editor entre nosotros.

Y la clave para entenderlo está en un pasaje de Mihaly Dés en la revista Lateral:

Modestia y patriotismo aparte, puedo aportar algún dato sobre el trasfondo del affaire Kertész. En su día recomendé a algunas editoriales que publicasen Sin destino, su primera novela. Al final me hizo caso Enrique Murillo, a la sazón director literario de Plaza & Janés, la editorial que luego oportunamente se deshizo tanto de Murillo, como de esa obra tan poco comercial.

Jaume Vallcorba.

A lo que hay que añadir que cuando la obra de Kertész pasó a Alfaguara Murillo era asesor de esa editorial para literaturas internacionales. Y también que entre Plaza & Janés y El Acantilado, el autor húngaro tuvo otro valedor en España, Herder, que le publicó el volumen de ensayos Un instante en el paredón (1998).  Sin embargo, cuesta entender las dimensiones y la acritud de esa polémica sin tener en cuenta una idea de identificación entre Kertész y Acantilado que estaba muy arraigada entre los lectores españoles.

Algo similar se ha ido asentando más recientemente entre el escritor de origen keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y las versiones españolas y catalana de la editorial Rayo Verde/Raig Verd, que rescataron y tradujeron (del inglés) Sueño en tiempos de guerra. Memorias de infancia (2016), Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales (2017) y, sólo en catalán, Descolonitzar la ment (en español había aparecido en 2015 en Debolsillo), pero se volcaron en una intensa campaña para afianzar ese vínculo entre la editorial y el narrador y ensayista keniano en la opinión general (vía medios de comunicación), probablemente muy conscientes de la visibilidad que conlleva la candidatura de Ngũgĩ wa Thiong’o al Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, ya desde los años ochenta estaban disponibles la novela de Ngũgĩ wa Thiong’o Pétalos de sangre en Arte y Cultura en 1987 y Elefanta del Sur Editorial en 2014,  y a este título le siguieron Un grano de trigo, publicada en la editorial habanera Arte y Cultura (en traducción de José Rodríguez Feo) y años más tarde en Ediciones Zanzíbar (traducida y prologada por Marta Sofía López), El diablo en la cruz en Txalaparta en 1994, Matigari en El Colegio de México en 2005, El brujo del cuerpo en Alfaguara ese mismo año, e incluso su narrativa breve («Boda en la cruz») estuvo representada en el primer volumen de la famosa antología preparada por Charlotte Broad Todos cuentan. Narrativa africana contemporánea (UNAM, 2012).

Como dejó escrito el gran editor Siegfried Unseld (1924-2002), «el prestigio de una editorial literaria lo determinan el rango de sus autores, la influencia y la distinciones de éstos, el grado de interés que sus libros suscitan y las consecuencias que tienen». Aun así, en algunas ocasiones los departamentos de promoción de algunas pequeñas editoriales, en su afán por establecer y afirmar esos vínculos, «olvidan» mencionar quién descubrió, ni que sea para un determinado público, al autor en cuestión, cosa que, al fin y al cabo,  probablemente sea más asumible por los lectores cuando lo hacen los editores que cuando, haciendo dejación de sus funciones de informarse y dando gato por liebre, lo hace la prensa cultural. Con todo, es bastante absurdo o pueril intentar personalizar unos descubrimientos, por un lado porque el editorial es un ámbito de trabajo colectivo, pero sobre todo cuando nos referimos a traducciones (pues hubo quien arriesgó previamente).

Fuentes:

Mihály Dés, «También la Corte está desnuda», Lateral, núm. 95 (noviembre de 2002).

Jorge Herralde, «Los cinco libros más significativos en Anagrama», conferencia pronunciada en el marco del Simposio Editores, editoriales, agentes y mercado literario en Iberoamérica el 28 de marzo de 2008 y recogido en El optimismo de la voluntad, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

Sergio Vila-Sanjuán, «Las paradójicas vueltas del editor», Clarín, 18 de enero de 2003.

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Anagrama y Tusquets ante un momento crítico

En el marco del foro Edita Barcelona, auspiciado por la Universitat Pompeu Fabra y celebrado entre los días 6 y 8 de julio de 2016, el editor de Debate Miguel Aguilar (n. 1976) recordó en su intervención un momento de súbita y profunda caída del interés de los lectores españoles por el ensayo a través de la experiencia de Tusquets Editores, donde en el verano de 1979 todos se marcharon la mar de contentos de vacaciones en julio, con una colocación estupenda de sus nuevos libros de no ficción, y a su regreso en septiembre se sumieron en la estupefacción al comprobar el enorme volumen de devoluciones. Cuando en el mismo foro intervino Jorge Herralde (n. 1935), de Anagrama, aun sin convenir por completo en la precisión cronológica, coincidió que por esos meses se produjo una caída importante en la lectura en España de obras de no ficción, quizá por agotamiento, tal vez porque en un espacio de tiempo bastante breve se había ido publicando lo esencial y pertinente, o vaya usted a saber por qué caprichos de los lectores en lengua española.

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En realidad, por edad y aun cuando en su etapa en Tusquets (1999-2004) fue editor de no ficción, Miguel Aguilar no pudo de ningún modo vivir de primera mano ese verano al parecer tan trascendental, sino que, como ávido lector de libros sobre el mundo editorial, los datos que aportó proceden posiblemente de unas declaraciones de Beatriz de Moura (n. 1939) publicadas en el libro preparado por Juan Cruz Ruiz:

Creo que fue en julio de 1979: los editores nos fuimos de vacaciones como siempre, con las programaciones de unos dos años ya previstas y encaminadas. Por entonces, los lectores españoles consumían sobre y ante todo libros de no ficción. La narrativa, salvo algunas escasas excepciones, era considerada, con el habitual retintín, «cosa de mujeres». Así pues, una amplísima mayoría de editores de la época dedicados mayoritariamente al libro de no ficción, se encontró, al regresar de vacaciones –como quien dice, de la noche a la mañana–, con un futuro inmediato que para algunos fue catastrófico.

Desde su posición privilegiada de espectador del milieu, Sergio Vila-Sanjuán lo resumió retrospectivamente del siguiente modo, aceptando 1979 pero matizándolo, como la fecha clave:

Hacia 1979 había comenzado a caer en picado el libro político que tan buenos dividendos había generado durante los primeros años de la Transición [1975-1978]. Bajo el gobierno de Adolfo Suárez, exiliados y teóricos prohibidos ya habían sido redescubiertos hasta la saciedad y parecía claro que en España no iba a estallar la Revolución. Fuera por el famoso desencanto o por simple saturación, los editores especializados en este género le estaban viendo las orejas al lobo. Había que cambiar de rumbo.

Lo curioso es que dos editoriales de trayectorias paralelas como Anagrama y Tusquets, afectadas además ambas por la crisis que había sufrido la Distribuidora de Enlace, llevaran a cabo ese cambio de rumbo con mediante colecciones con ciertos rasgos comunes, en un momento en que Tusquets hacía poco tiempo que se había constituido en sociedad anónima con la implicación más intensa de Antonio López Lamadrid (1938-2009).

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Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Tusquets no tardó en detener el primer golpe y salvar la papeleta con la hasta hoy más prestigiosa y conocida colección española de literatura erótica, la Sonrisa Vertical, entre cuyos méritos no menores está haber dado a conocer a Almudena Grandes (n. 1960) con Las edades de Lulú, además de publicar a Georges Bataille, Frank Harris, Marguerite Duras y Mauricio Wácquez, entre otros cultivadores ocasionales o no del género. Sin embargo, en el mismo libro ya mencionado explica De Moura que, si bien había salido en otoño de 1976 (con El cipote de Archidona, de Cela), el proyecto de esta colección llevaba años gestándose: «La Sonrisa Vertical fue un proyecto que se había planteado ya en 1970, cuando presentamos en Madrid la novela de Cargenio Trías (Carlos y Eugenio Trías), Santa Ava de Abis Abeba» y atribuye la idea al director cinematográfico Luis García Berlanga (1921-2010).

A sugerencia de Antonio López Lamadrid, en cambio, se atribuye la decisión de iniciar la colección de narrativa que resituaría a Tusquets Editores, Andanzas, que arrancó con El valle del Issa (1981), de Czeslaw Milosz, que el año anterior había sido galardonado con el Nobel de Literatura, Sangre inocente, de la cultivadora del género policíaco P.D. James, Una princesa en Berlín, de Arthur R.G. Solmssen, célebre como el más claro antecedente del estilo John Grisham de combinar intriga y tramas judiciales, y Jardín de cemento, del muy británico  Ian McEwan, a quien Anagrama había dado a conocer en 1980 en la colección Contraseñas con el libro de relatos Primer amor, últimos ritos (Premio Sommerset Maugham 1976).

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Diversos ejemplares de la colección Andanzas de Tusquets.

La Anagrama de Jorge Herralde, por su parte, salió del bache también con velocidad de crucero gracias a la colección de ficción sobre todo traducida Panorama de narrativas, que en 1981, además de obras de Mircea Eliade, Thomas Bernhard, Joseph Roth y Jorge Rodolfo Wilcock ya publica dos títulos de Patricia Highsmith (A pleno sol y La máscara de Ripley) y al año siguiente publicará la explosiva novela de John Kennedy Toole (1937-1969) La conjura de los necios.

En 1980, tras su paso por Barral y Tusquets, la agente Mercedes Casanova, que acababa de montar empresa propia asociada a la también exBarral Michi Straufeld, andaba buscando algún editor español que se aviniera a dotar de coherencia a la publicación de las obras de Patricia Highsmith. Según contó a Vila-Sanjuán López Lamadrid, en Tusquets tuvieron que rechazar la propuesta inicial, consistente en contratar ocho títulos de golpe, y ofrecieron a cambio adquirir tres, pero fue Herralde quien, aceptando contratar cuatro de una tacada, consiguió incorporar a su catálogo la célebre serie del celebérrimo Tom Ripley y las diversas novelas de Highsmith que andaban dispersas en varias editoriales, con lo que la autora británica, que obtuvo enseguida una reacción inesperadamente buena de los lectores de entonces, se convirtió en uno de los puntales de aquella época anagramática. En 1983, es decir, en apenas dos años, se habían hecho ya cinco ediciones de A pleno sol (lo que sumaba 20.000 ejemplares) y de La máscara de Ripley, tres (13.000 ejemplares).

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Más azarosa todavía fue la contratación de otro de esos puntales, el libro póstumo de Toole, que despertó la atención de Herralde cuando se topó con él en uno de los lugares menos esperables, un catálogo de la Louisiana University Press (por lo general, poblado de títulos sobre ragtime, jazz e historia del Sur), donde el escritor Walker Percy (1916-1990) contaba cómo la madre del por entonces ya suicidado autor novel insistió una y otra vez en que leyera la copia en papel carbón de la obra de su hijo que le había dejado (texto, el de Percy, que luego se publicó como prólogo de la novela de Toole). No resultará extraño que el libro de Toole destacara en un catálogo semejante, pero es evidente también que una primera novela de un completo desconocido, que además llevaba ya un buen tiempo muerto (de hecho, su muerte se produjo el mismo año que la fundación de Anagrama), no tenía trazas de convertirse en un gran éxito.

Rafael Conte.

Aun cuando otra editorial española había solicitado opción sobre la obra, por aproximadamente mil dólares de la época, según recuerda el editor, Herralde se hizo con los derechos de esta novela, a la que en cuanto se publicó, en la primavera de 1982, con una tirada de 4.000 ejemplares, saludó el por entonces influyente crítico Rafael Conte (1935-2009) con un entusiasmo directamente heredero del de Percy, como ponen de manifiesto sus alusiones a santo Tomás de Aquino, Thomas Hardy y don Quijote como referentes, pero el caso es que dio un espaldarazo definitivo a una novela que ya se estaba convirtiendo en fenómeno gracias al boca a oreja, y que además en 1981 recibió el Premio Pulitzer.

Es evidente, pues, que el golpe de timón que ante el súbito y profundo declive del ensayo de tema político que dieron ambas editoriales, conocidas hasta entonces sobre todo por colecciones que apostaban sin fisuras por el género, salieron paradójicamente muy reforzadas, y en la década a punto de abrirse se convirtieron en referencia obligada en cuanto a novedades en el ámbito de la narrativa, tanto traducida como en español, hasta tal punto que tuvieron un papel fundamental en colecciones de quiosco de RBA muy populares en su momento, como es el caso de Narrativa Actual (con Alfaguara, Destino, Lumen, Planeta y Seix Barral, en 1992). De nuevo es Vila-Sanjuán quien arroja luz sobre la trascendencia de estas iniciativas en un periodo, el que va de 1975 1 1982, en que el panorama editorial español dio un vuelco (del cual algunas editoriales ya no se levantarían):

Los rebeldes de anteayer pasaban a formar parte, ¡más que eso!, pasaban a marcar las reglas del juego del espacio central, lo que los norteamericanos llaman el mainstream, de la cultura española de la era socialista.

Fuentes:

Virginia Bautista, «Una guerra individual contra el mundo de John Kennedy Toole», Excélsior, 7 de octubre de 2012.

MouraGustoLeerRafael Conte, «John Kennedy Toole, la víctima que triunfó», Babelia, 5 de septiembre de 1982.

Juan Cruz Ruiz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Alberto Gordo, «Cómo se publicó La conjura de los necios», El Cultural, 12 de julio de 2012.

Manuel Rodríguez Rivero, «Sillón de orejas – Codeándome con mis topos», Letras y Letanías, 3 de marzo de 2012.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Todo mucho más claro: los Argumentos de Anagrama y su partitura

Tantas luchas que ha costado,

tantos afanes en vela,

tantos bordes de fracaso

junto a este esplendor sereno

ya son nada, se olvidaron.

Pedro Salinas, fragmento de «El poema»

 

Del mismo modo que el canon está sujeto a vaivenes y cambia con el paso del tiempo (cada vez menos tiempo), también los géneros literarios, como la Bolsa, experimentan subidas y bajadas, no siempre fáciles de justificar ni de prever. En las últimas décadas, el ensayo, como la biografía, la crónica periodística o el relato breve –y a diferencia de la novela–, ha estado intermitentemente en lugares preeminentes, a menudo en función de los temas de actualidad. Sin embargo, se ha extendido tanto el sentido del término “ensayo”, que en algunos casos resulta poco orientativo y es poco menos que un cajón de sastre. En otros casos: la cuestión está muy clara.

ProcMoscú En abril de 1969 salían a la luz las colecciones fundacionales de la Editorial Anagrama: Textos (1969-1970, dedicada al ensayo traducido al catalán: Pavese, Sartre, Lévi-Strauss, Artaud), Documentos (1969-1982, que se estrenó con Los procesos de Moscú, de Pierre Broué y se cerró con La nueva derecha norteamericana de Alain Finkieltraut) y Argumentos, que en conjunto y en su contexto trazaban el perfil de una editorial claramente de izquierda heterodoxa y a contracorriente dedicada de un modo preferente a la no ficción de marcado carácter político, sociológico y artístico. No tardarían en sumarse a éstas otras colecciones (Cuadernos, Cinemateca Anagrama, Ibérica, Debates) que subrayaban y matizaban esta misma imagen, si bien es también cierto que desde el principio reservó espacio a la literatura de creación, tanto en los Cuadernos (Sacher-Massoch, Marqués de Sade, Gombrowicz, Jacques Vaché), como sobre todo en la Serie Informal (1970-1989: Donald Barthelme, Stendhal, Luis Goytisolo, André Breton, José Donoso, Juan García Ponce, Tom Wolfe…).

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Cubierta de la primera edición de Detalles (aún sin el logo).

La colección Argumentos se estrenó con Detalles, de Hans Magnus Enzesberger, y en el momento de escribir estas líneas está a un paso de llegar a la asombrosa cifra de quinientos títulos, pero más asombra la firmeza con que, aun dando cabida a los temas más diversos, esta colección ha mantenido contra viento y marea un rumbo bien definido cuya mejor exposición sea probablemente la que desde su fundación en 1973 rige el Premio Anagrama de Ensayo, «el jurado preferirá los trabajos de imaginación crítica a los de carácter erudito o estrictamente científico», a lo que el propio Jorge Herralde añade a modo de precisión: «Es decir, aspirábamos a estimular y convocar ensayos creativos o imaginativos en lugar de mamotretos académicos, tesis, tesinas y similares». Sin embargo, como no podía ser de otra manera, este talante propició diversos choques con la censura que, ciñéndose al período 1970-1971, Carmen Menchero resume del siguiente modo:

Anagrama es la editorial que, junto a Estela, acumula el mayor número de rechazos, junto a dos secuestros que en una de las ocasiones le supuso al editor, Jorge de Herralde Grau, un procesamiento, siendo finalmente indultado en septiembre de 1971. La obra que le hizo valedor de tal atención fie Los Tupamaros [Documentos 9] de Antonio Mercader y Jorge de Vera, revisada por Ordenación Editorial bajo el expediente 833-71. Revuelo insospechado levantó también la publicación de la primera obra de Vicente Verdú, Si usted no hace regalos lo asesinan [Serie Informal 4], en el mismo año, llegando los censores a elucubrar interpretaciones mucho más allá de la intencionalidad real de la obra, causando el incidente tal impacto en el autor que no volvió a publicar hasta tres años después.

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Una edición ya con el logo en cubierta.

Y el hecho de optar por pasar por alto la consulta previa y arriesgarse a la denuncia, hizo que fueran unos tiempos de pugna constante (a veces muy cara en términos económicos) con la censura tardofranquista.

El diseño gráfico original de las cubiertas de la colección –obra de Julià Mumbrú (que se dio a conocer en Proa y Aymà y creó también el logo de Anagrama) y actualmente realizado por Estudio A– es muy marcado y está presidido por una imagen (fotografía, dibujo) centrada sobre un fondo cuyo color se ha estabilizado en distintos tonos de marrón o gris (con algunas excepciones, cómo no, como Diez mil millones, por ejemplo), y apenas cambió a lo largo del tiempo más que en la tipografía y el añadido del logo, pero el diseño de Siete breves lecciones de física parece anunciar un cambio más acusado, por lo menos en cuanto a los títulos de carácter más científico que de humanidades, si bien pudiera tratarse también de una excepción.

Cuando a finales de los años setenta el ensayo político perdió buena parte del interés de los lectores españoles (coincidiendo, curiosamente, con el fin de la censura), se presentaron nuevas dificultades. Anagrama potenció y acrecentó entonces su línea de narrativa, tanto traducida como originalmente escrita en español, hasta el punto que no son pocos los lectores para los que el nombre de Anagrama va asociado más a la novela y el cuento que al ensayo. Sin embargo, y sobre todo gracias a los textos surgidos desde 1973 del Premio Anagrama, la colección Argumentos ha continuado avanzando con las velas desplegadas, y en buena medida es otra de las bases de este premio lo que más puede contribuir a explicarlo: «No habrá limitación formal alguna, aunque se valorarán especialmente aquellos trabajos que representen una apertura en concepto literario de ensayo», que se acompaña de la exclusión de las «simples recopilaciones de artículos».

Ruedo2000La sola lista de títulos galardonados o finalistas del Premio Anagrama (de Rubert de Ventós a Enrique Gil Calvo, pasando por Eugenio Trías, Fernando Savater, Manuel Delgado, Jordi Gracia o Miguel Morey) bastaría para componer una imagen bastante fiel del alcance y los rasgos más definitorios de la colección Argumentos, pero dejaría fuera a la impresionante cantidad de traducciones.

Leyendo a lo largo la colección, es posible por ejemplo seguir la evolución intelectual de un humanista de nuestro tiempo de primer orden como es Hans Magnus Enzesberger, que estrenó la colección y publica Ensayos sobre las discordias como número 500, después de haber aparecido en Argumentos lo más granado de su obra ensayística; o bien, en consecuencia con la idea que Herralde tiene de lo que debe ser un catálogo editorial creativo, invita o sugiere hacer determinadas lecturas que tanto pueden resultar complementarias como contrapuestas: valga como ejemplo, la de Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo xx, de Greil Marcus, publicada en 2005, con la más reciente de Dadá. El cambio radical del siglo xx (2016), de Jed Rasula. En otras palabras, se cumple el principio según el cual un catálogo no es sólo la suma de los títulos que lo componen, sino un discurso nuevo (cuyo autor es sin duda el editor) que no surge mecánicamente de su acumulación, sino que más bien es, en cierto modo, un nuevo sentido y significado que nace de una mirada transversal de ese listado de títulos.

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Ricardo Piglia (n.1941), otro de los insignes presentes en Argumentos (con Crítica y ficción y Por un relato futuro).

En consecuencia, señalar que se trata de una colección de Humanidades, de pensamiento o que los temas predominantes en la colección pueden inscribirse en la estética, la crítica literaria y artística, la sociología, la politología o la sociología, será siempre inexacto o insuficiente –del mismo modo que lo sería definir un poema por la suma de sus versos–, tanto como señalar el predominio del pensamiento francés (Lévi-Strauss, Foucault, Deleuze, Glucksmann, Debord, Bourdieu, Lipovetsky, etc.), porque es una colección muy viva. Y aun así, para seguir perfilándola es indispensable añadir aún algunos nombres insignes y títulos estelares a los ya mencionados: Juan Villoro, José Antonio Marina, Alan Pauls, Josep Martínez Guerricabeitia: la epopeya de Ruedo Ibérico (de Albert Forment), Jean Baudrillard, Roberto Bolaño, Alessando Braicco, Claudio Magris, Lecturas de Octavio Paz (de Pere Gimferrer), Oliver Saks, Edward W. Said, W.G. Sebald, La Escuela de Barcelona (de Carme Riera), Harold Bloom, Noam Chomsky… No se trata de otro dream team, ¡sino de una all-stars big band!

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Jorge Herralde con el también editor André Schiffrin en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

Apéndice los 10 primeros Argumentos y los núms. 490-500, que dan idea tanto de la coherencia como de la vitalidad de Argumentos.

1 Hans Magnus Enzesberger, Detalles, traducción de N. Ancochea Millet, 1969.

2 Roger Vailland, Laclos (Teoría del libertino), traducción de Joaquín Jordà, 1969.

Edición en Anagrama de La industria del libro, de Jason Epstein

Edición en Anagrama de La industria del libro, de Jason Epstein

3 Georges Mounin, Saussure. Presentación y textos, traducción de Joan A. Argenté y Amado Alonso, 1969.

4 Barrington Moore Jr., Poder político y teoría social, traducción de José R. Llobera, 1969.

5 Paolo Caruso, Conversaciones con Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, traducción de Francisco Serra Cantarell, 1969.

6 Roger Mucchiello, Introducción a la psicología estructural, traducción de Ramón García, 1969.

7 Jürgen Habermas, ed., Respuestas a Marcuse (textos de Alfred Schmidt, Fritz Hang, Claus Offe, Joachim Bergmann, Heide Berdnt, Reimut Reiche y Paul Breines), prólogo y traducción de Manuel Sacristán, 1969.

8 André Glucksmann, El Discurso de la Guerra, traducción de Miquel Martí i Pol, 1969.

9 Georges Mounin, Claves para la lingüística, traduccíon de Felisa Marcos, 1970.

10 Marthe Robert, Acerca de Kafka. Acerca de Freud, traducción de José Luis Giménez Frontín y Jaume Pomar, 1970.

DemasiadosLibros1996

490 Ricardo Piglia, Por un relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer, 2015.

491 Thomas Piketty, La crisis del capital en el siglo XXI. Crónicas de los años en que el capital se volvió loco, traducción de Hebes Ostroviesky, 2015.

492 Oliver Sacks, En movimiento. Una vida, traducción de Damià Alou, 2015

493 Julia Cagé, Salvar los medios de comunicación, presentación de Thomas Piketty, traducción de Joan Riambau, 2016.

494 Oliver Sacks, Gratitud, traducción de Damià Alou, 2016.

495 Jed Rasula, Dadá. El cambio radical del siglo XX, traducción de Daniel Najmías, 2016.

496 Eric Jarosinski, Nein. Un manifiesto, traducción de Juan de Sola, 2016.

497 Carlo Rovelli, Siete breves lecciones de física, traducción de J. Ramos Mena, 2016.

Epstein2001498 Žižek Slavoj, La nueva lucha de clases, traducción de Damià Alou, 2016.

499 Philip-Joseph Salazar, Palabras armadas, traducción de Ignacio Vidal-Folch, 2016.

500 Hans Magnus Enzesberger, Ensayos sobre las discordias, traducción de Michael Faber-Kaiser, Richard Gross y Francesc Rovira, 2016.

Fuentes:

Pueden consultarse los títulos vivos de la colección Argumnentos aquí.

Página web de Anagrama.

Anagrama. 25 años. 1969-1994, Barcelona, Anagrama, 1994. Edición no venal.

Anagrama. 40 años. 1969-2009, Barcelona, Anagrama, 2009. Edición no venal.

MarcaEditor4Jorge Herralde, Biblioteca Anagrama. 40 años de labor editorial, Barcelona, Anagrama, 2009.

Jorge Herralde, «Premio Anagrama de Ensayo: 25º aniversario» (julio de 1997), en Opiniones mohicanas, prólogo de Sergio Pitol, Barcelona, El Acantilado 43, 2001, pp. 119-122.

Carmen Menchero de los Ríos, «Editoriales disidentes y el libro político», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 809-834.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

 

Doctorow en España I. Un recorrido por la publicación de su obra

A raíz de la muerte de E[dgar] L[awrence]. Doctorow (1931-2015) se generó en twiter un interesante debate en el que intervinieron, entre otros, los editores Pere Sureda y José Antonio Millán y las editoras Patricia Escalona y Julieta Lionetti, acerca de las causas o motivos de la desproporción existente entre la enorme calidad de la obra de este escritor estadounidense y la muy modesta repercusión que ha tenido siempre su obra entre la crítica literaria española y sobre todo las exiguas ventas que han tenido sus libros.

Más con la intención de proseguir un debate que las limitaciones de twiter estrangulaba que con el ánimo de hallar una única respuesta, las dos editoras que más constantes han sido en la publicación de Doctorow aceptaron trasladar y proseguir ese diálogo a Negritas y cursivas, replanteándolo a partir del modo en que esta obra fue dándose a conocer en España (y por extensión en los países de habla hispana).

El aterrizaje de Doctorow en España se produce en 1976 con una edición en Grijalbo de Ragtime, que el año anterior había obtenido el Premio del Círculo Nacional de Críticos  (National Book Critics Circle Award)  en la categoría de ficción en la que era su primera convocatoria. Por aquel entonces, Doctorow hacía ya unos cuantos años que había abandonado su puesto como director editorial (editor-in-chief) en Dial Press (en 1964), e incluso había publicado ya en Estados Unidos tres novelas (y entre ellas The Book of Daniel).

Tras esta primera traducción en España, obra de la escritora Marta Pessarrodona, aún en Grijalbo aparecieron dos traducciones de Antoni Puigrau, las de El libro de Daniel (1979) y El malo de Brodie (1981; Welcome to hard times), pero es muy probable que los resultados no satisficieran las expectativas, porque la siguiente obra de Doctorow en España la publica Argos Vergara en una de las ingeniosas colecciones creadas por Mario Lacruz, Las Cuatro Estaciones, y se trata de Loon Lake, que apareció en traducción de Iris Menéndez como El lago.

Julieta Lionetti se sirve de una comparación que ilustra muy bien los motivos que pudieron llevar a los editores de Grijalbo a desistir de proseguir con la apuesta por Doctorow:

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Julieta Lionetti FOTO: © M. Campins.

Tratemos de imaginar por un instante –aunque hará falta un esfuerzo de imaginación casi extenuante– que los flujos editoriales no se iniciaran casi exclusivamente en la industria editorial concentrada de Nueva York. O simplemente que no fueran unidireccionales.

En ese caso, habría scouts en Madrid y Barcelona que podrían ganar bien su vida haciendo recomendaciones de traducción a las grandes editoriales de Nueva York.

Ahora imaginemos a una scout bisoña en 1966. El editor de Nueva York para el que trabaja ha visto que Cinco horas con Mario ha trepado al número 1 en las listas de más vendidos (porque como el flujo editorial no es unidimensional, se mira las listas de más vendidos en España) y le pregunta a la scout bisoña: “¿Deberíamos tener en cuenta este libro para su traducción?” Y ella, entusiasmada, traslada las cifras de venta de España a la escala americana y le da un sí rotundo. El editor de Nueva York ha ganado un gran escritor y un gran agujero en su cuenta de resultados.

Los lectores americanos se acercarían a la obra con la expectativa de un bestseller y se sentirían defraudados. No conocerían en absoluto la tradición con la que dialoga Miguel Delibes. Además, la mitad de su poder literario se habría perdido en la traducción.

La obra de E. L. Doctorow entró en España con esa expectativa de bestseller por parte de sus primeros editores, que a su vez la trasladaron a sus departamentos de márketing, y estos a los libreros y, finalmente, al lector. Fue un fracaso.

Aparecen aquí por lo menos dos elementos sobre los que valdrá la pena volver, el desconocimiento de la tradición en la que se inserta la obra de Doctorow y los problemas de traducir a determinados autores literarios. Sin embargo, acaso los cambios de editor no expliquen gran cosa:

La política de autor ayuda a consolidar a un escritor –señala Patricia Escalona–, pero no lo crea a ojos del público. Es decir: si Doctorow hubiera tenido uno o varios best sellers que lo hubieran situado en el Olimpo de los autores literarios vendedores, no hubiera importado que su obra hubiera estado diseminada en tres o veinte editoriales. Su nombre hubiera sido reconocido por los lectores y hubiera tenido el suficiente tirón vendedor de por sí.

Pero, siguiendo con la progresiva llegada de la obra de Doctorow a España, el inicio de los años ochenta es interesante porque coincide con el estreno de las primeras adaptaciones cinematográficas. Cuando en 1982 se estrena Ragtime, dirigida por Milos Forman y de la que dijo Doctorow que “durante los primeros diez minutos era una película brillante, pero por desgracia tenía muchos más”, Grijalbo publica una reedición de esta obra, pero a partir de entonces se inicia un silencio que durará casi seis años y que coincide más o menos con un silencio de Doctorow como novelista, si bien es un autor que siempre se ha tomado su tiempo para publicar, ajeno –caso de haberlas– a las presiones de agentes, editores y de la industria del libro en general.

Por supuesto, el estreno en 1983 de Daniel, la película que Sidney Lumet dirigió a partir de un guión del propio Doctorow, quien la definió como “uno de los mayores desastres comerciales de todos los tiempos”, nada hizo por revitalizar la presencia de la obra del escritor estadounidense en España.

Resulta un tanto curiosa la trayectoria de la obra de Doctorow cuando se reemprende su publicación tras ese silencio: en 1988 Anagrama publica una recopilación de sus cuentos que había aparecido en EE.UU. cuatro años antes (Vidas de los poetas. Seis cuentos y una novela breve) y en 1990, además de aparecer en la colección El Espejo de Tinta de Grijalbo una nueva reedición de Ragtime, es en Planeta donde se publica otra de sus novelas más famosas, Billy Bathgate, que el mismo año publica Círculo de Lectores precedida de un prólogo de Javier Tomeo. Ese año 1990 Doctorow no paraba de recibir importantes galardones (el National Book Critics Award, el PEN/Faulkner, la William Dean Howells Medal), sobre todo por Billy Bathgate, precisamente. Además, es probable que actuara como estímulo la versión cinematográfica que preparaba Robert Benton (conocido sobre todo por su oscarizada Kramer contra Kramer) a partir de un guión del célebre dramaturgo Tom Stoppard y con un reparto de lujo en que figuraban Dustin Hoffman, Nicole Kidman, Steven Hills y Bruce Willis, entre otros, que se estrenó en  1991 coincidiendo con la segunda y última novela de Doctorow en Planeta, La feria del mundo. ¿Cómo influyeron las adaptaciones cinematográficas?

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Patricia Escalona.

En 2014 –explica Escalona– asistí en Washington a una ponencia en que Doctorow, junto a otros autores cuyas obras habían sido llevadas al cine, como Paul Auster o Alice McDermott, hablaba de esto precisamente. Su respuesta era más o menos la que se puede esperar de alguien sensato: depende. Depende de tantas cosas como que la película sea buena, que la novela sea buena, que los actores lo hayan hecho bien, que el guion sea una adaptación adecuada y que se escojan los fragmentos que se dejan fuera y los que entran con acierto. Es decir: ni idea. A él le gustó Ragtime, no tanto Daniel ni Billy Bathgate, pero en ninguno de los tres casos les achacaba el éxito o el fracaso de sus novelas. A lo mejor ayudaron a hacer su nombre algo más reconocido y ganar algunos lectores, pero para cuando las películas llegaron en Estados Unidos él ya era un autor reconocido por la crítica y apreciado por los autores

A partir de 1991, un nuevo silencio, que se rompe fugazmente en 1995 con una reedición en Círculo de Lectores de Ragtime (de nuevo con prólogo de Tomeo), pero sobre todo con la entrada en escena de Julieta Lionetti, que lo cuenta del siguiente modo:

Entré con la obra de Doctorow en la contienda editorial en el año 1995. Fue con El arca de agua y, a partir de allí, me dediqué a la recuperación de una obra que estaba agotada y dispersa. Me interesaba especialmente El libro de Daniel, que es en mi opinión uno de sus mejores logros. Tuve que pagar un anticipo que estaba en los límites de las posibilidades de una editorial literaria aunque exitosa. Porque la expectativa bestsellerística también la compartían sus agentes literarios y el autor. Fue distinto luego.

De El arca de Agua tiramos 5.000 ejemplares, de los cuales vendimos poco más de 3.000. Para mí eso es un éxito en términos de autores literarios. Que es como había decidido publicarlo. Todo lo que supere la mitad de la edición es un éxito en la edición literaria. Se hizo una edición especial para América Latina, que funcionó peor: unos 900 ejemplares vendidos, aproximadamente: hace ya muchos años e Hispanoamérica nunca fue un mercado que trabajamos a fondo.

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Julieta Lionetti FOTO: © M. Campins.

A partir de ese momento, Julieta Lionetti publicó continuadamente en Muchnik Editores S. A. (no confundir con Anaya/Mario Muchnik), además de El arca de agua (1995), las traducciones del muy reputado Jordi Arbonés (1929-2001) de Poetas y presidentes (1996), y El libro de Daniel (1997). A esas alturas de su vida, Arbonés contaba con un currículo impresionante que incluía traducciones, al catalán y al castellano, de autores como Faulkner, Nabokov, Bowles o Bellow, aunque siempre quedará asociado a sus elogiadas traducciones de Henry Miller al catalán. Por su parte Mª José Rodellar se ocupó de una nueva versión de Ragtime (1996) y Damián Alou de La ciudad de Dios (2002) que apareció ya en Muchnik-El Aleph, que además reeditó ese mismo año la traducción de Lionetti de El arca de agua. Sin embargo, a partir de ese momento se abrió otro paréntesis de silencio.

En esta ocasión, fue Patricia Escalona quien reanudó en Roca Editorial la publicación de Doctorow, con enorme satisfacción, como ella misma cuenta, pues además pudo acabar reuiniéndola en Miscelánea:

Si mañana dejara de ser editora, me iría con la satisfacción de haberle publicado, lo que bien vale una carrera. Cuando Roca Editorial comenzó su andadura en 2003, fui a las oficinas de sus agentes con Blanca Rosa Roca. Hojeando su catálogo bromeé con la posibilidad de publicarlo si es que alguna vez quedaba libre y aunque todo se quedó en unas risas, su agente me llamó un par de años después: La gran marcha no tenía editor y ella había apuntado mi interés. Negocié la recuperación de toda su obra anterior y publicamos todas las novedades que nos iban enviando. Para una editora tan joven como yo era entonces, era un sueño hecho realidad contar con un maestro como él en mi lista, alguien a quien había leído de todavía más joven y que había contribuido a crear en mi cabeza a Nueva York, una ciudad mítica literariamente hablando.

Así, se sucedieron las traducciones en Puzzle y en Miscelánea que Isabel Ferrer y Carlos Milla hicieron de las novelas La gran marcha (2006), que les valió el Premio Esther Benítez 2007, El libro de Daniel (2009), Homer y Langley (2010), Todo el tiempo del mundo (2012) y El cerebro de Andrew (2014), además de las traducciones preexistentes de Billy Bathgate (2006), Ragtime (2006) y  El arca de agua (2014), a las que aún deben añadirse, también en Miscelánea, la antología Creadores. Ensayos escogidos 1993-2006 (2007).

Por esos años, además, con una intención muy similar las Edicions de 1984 de Josep Cots habían empezado a ofrecer en catalán Història de la dolça terra (2007), Ragtime (2008), Tot el temps del món (2012) y El cervell de l´Andrew (2014), con lo que se completa esta panorámica de la obra de Doctorow en español, a la que recientemente se ha añadido una antología de los cuentos, precedida de un prólogo de Eduardo Lago, aparecida en 2015 en Malpaso, de la que Patricia Escalona es ahora editora:

Un análisis pormenorizado podría, supongo, arrojar datos concretos sobre por qué algunos autores llegan a tener éxito cuando otros, con las mismas cualidades o calidad, se quedan a medio camino, pero muchas veces es una cuestión de estar en el momento justo con la novela adecuada, y no hay esfuerzo de marketing, de prensa o de prescripción que pueda arreglar eso.

No creo que esté descubriendo América cuando digo que el tiempo es, en realidad, el que decide qué puesto le reserva a cada quién. […] Creo que muchos lectores más tendrán el placer de “descubrirlo” en años venideros.

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Patricia Escalona.

 

Anagrama, editora de literatura catalana

Cuando en 1969 Jorge Herralde saltó al ruedo para lidiar con los lectores en lengua española, abrió fuego con tres colecciones explosivas que tuvieron ondas expansivas muy diversas. Argumentos, colección consagrada a las humanidades en un sentido amplio (antropología, filosofía, sociología, psicoanálisis, lingüística, teoría literaria…), aún hoy en plena forma, se inició con Detalles, de Hans Magnus Enzensberger (n. 1929), al que se añadirían luego Foucault, Mourin, Habermas, Pennac, Lévi-Strauss y Glucksmann, entre otros de semejante calibre. Documentos (1969-1982) se estrenó con Los procesos de Moscú, de Pierre Broué, al que seguirían títulos de E.H. Carr y Hal Draper.

L´ofici de viure, con indicación en la portada del traductor (Bonaventura Vallespinosa, 1899-1987, benemérito autor de muchas traducciones que permanecen inéditas en el Institut del Teatre).

Pero la de más corta vida de estas colecciones inaugurales fue la muy prometedora colección en catalán Textos, que sólo llegó a poder publicar L´ofici de viure, de Cesare Pavese, el Baudelaire de Jean-Paul Sartre (reeditado en 1999), El capitalisme monopolista, de Paul A. Baran y Paul Sweezy, Tristos tròpics, de Claude Lévi-Strauss (en traducción de Miquel Martí i Pol) y, ya en 1970, El teatre i el seu doble, de Antonin Artaud, quedando contratados y en el cajón Me-Ti, de Bertolt Brecht, una compilación de ensayos de Walter Benjamin, y Sota el volcà, de Malcolm Lowry.

La respuesta de los lectores a la propuesta en catalán de Anagrama no fue la esperada, y lo cierto es que ni en aquellos años (de una cierta eclosión de la edición en catalán) ni en las décadas inmediatamente siguientes los intentos similares de combinar edición en catalán y español llegaron a cuajar. A título de ejemplo, la excelente selección de títulos que llevó a cabo Francesc Parcerisas para la colección Clàssics Moderns de Edhasa no bastó para evitar que la colección tuviera una vida relativamente breve (1985-1992).

Por otra parte, ya en 1971 publicaba Anagrama la primera traducción al español de una obra original en catalán, Dos pastiches proustianos (“Marcel Proust intenta vender un De Dio-Bouton” y “Charlus de Bearn”), de Llorenç Villalonga (1897-1980), precedidos de un prólogo del autor y en traducción de José Batlló, título que más adelante se recuperaría con una introducción de José Carlos Llop y un apéndice de Herralde.

La traducción de autores en catalán se convirtió pronto en práctica habitual. En palabras del propio alma máter de Anagrama, esta presencia de literatura catalana en sus catálogos no tenía otro motivo que el que le indujo a dedicar también especial atención a la literatura italiana o francesa:

No obedece a causas digamos extraliterarias (mis pulsiones patrióticas son, me temo, de muy baja intensidad), sino a las consabidas razones por las que pretende regirse la editorial: la búsqueda de la excelencia, la curiosidad intelectual, el rastreo de nuevas voces, el rescate de grandes autores.

Sin embargo, tras la obra de Villalonga, en la década de los setenta las traducciones de literatura catalana aparecen en Anagrama en cuentagotas: Federalismo, anarcosindicalismo y catalanismo, de Josep Termes en 1976 (en la colección Ibérica, 1976-1984) y El anarquista desnudo, del novelista valenciano Lluís Fernández en 1979. No obstante, el año 1977 se iniciaba una colaboración con la por entonces independiente Editorial Empúries que daría como resultado casi un centenar de títulos y tuvo como primeros frutos las traducciones al catalán de algunas de las obras de mayor impacto publicadas en español en el prestigioso catálogo de Anagrama (Arundhati Roy, Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan, Ishiguro, Harold Bloom, Kapuscinski, Siri Hustvedt, Claudio Magris…).

Sin embargo, no por ello decayó, ya en el último cuarto del siglo xx, la presencia de escritores importantes de la literatura catalana (y no sólo narradores) en los catálogos en español de Anagrama. Desde los principales y mas incontestables clásicos contemporáneos (Josep M. de Sagarra, J.V. Foix, Pere Calders) a los autores más internacionalmente reconocidos y rompedores (Ferran Torrent, Baltasar Porcel, Quim Monzó), Anagrama es sin duda alguna la editorial que más obras de la literatura catalana ha traducido a cualquier lengua (72 títulos, de 35 autores hasta el momento de escribir estas líneas).

J.V. Foix (1893-1987)

En esta tarea quizá destaquen por su relumbrón los nombres de traductores como José Agustín Goytisolo (que se ocupó de las Crónicas de ultrasueño del poeta de Sarrià J.V. Foix), Marcelo Cohen (traductor de seis obras) o Javier Cercas (que tradujo tres obras de Quim Monzó, Guadalajara, Ochenta y seis cuentos y Splasshf, y de Sergi Pàmies La gran novela de Barcelona).

 

Sin embargo, quien tuvo un mayor protagonismo como traductor del catalán al español en Anagrama fue el ideólogo y creador de la Escuela de Cine de Barcelona Joaquín Jordà (1935-2006), autor de una exquisita filmografía, en particular documental (Día de muertos, Jardín de los Ángeles, Maria Aurèlia Capmany parla d´un lloc entre els morts, Mones com la Becky, Veinte años no es nada…), que le hizo merecedor del Premi Nacional de Cinematografia (2000) y, póstumamente, el Premio Nacional de Cinematografía (2006), prolífico guionista cinematográfico y televisivo (entre cuyos trabajos se cuenta la popular adaptación de Los jinetes del alba, basada en la novela homónima de Fernández Santos), asesor de aquellos Cuadernos Anagrama de temática cinematográfica, editor de la colección Cinemateca Anagrama (1971 y 1972-1981)…

Joaquín Jordà.

En 2003 Jordà dejó testimonio de sus inicios en esas labores de traducción:

Yo había traducido alguna cosa antes de manera ocasional para Janés, no Plaza & Janés, sino para el [José] Janés previo a Plaza & Janés, que era un editor muy importante, creo que ahora muy olvidado. Yo era estudiante y mi novia de entonces era sobrina de Janés. Luego empecé a traducir de manera más seguida, más profesional con Jorge Herralde, de manera que los primeros catálogos de Jorge debo decir que casi los traduje enteros.

Entre los autores traducidos al español por Jordà se encuentran auténticos primeras espadas de la literatura europea (Stendhal, Breton, Robbe-Grillet, Sciascia, Magris, Baudrillard, Roberto Calasso, Bufalino), y entre los quince títulos del catalán que tradujo para Anagrama se cuentan obras tan importantes como Camino de Sirga (1989), de Jesus Moncada, el Itinerario de un escritor (1996), de Pere Gimferrer, o las obras de Pere Calders (1912-1994) Ruleta rusa y otros cuentos (con piezas procedentes de diversos libros y prólogo de Josep M. Castellet) y Ronda naval bajo la niebla, obra esta última que, en palabras de Carlos Guzmán Moncada, “prefigura con veinte años de anticipación muchos de los planteamientos metaficcionales de la narrativa latinoamericana y europea posterior”. Resulta muy curioso en este sentido comparar la recepción crítica que ha tenido Calders en México (entusiasta) con la que ha tenido en España (indolente, por decir algo).

Barbablava, de A. Nothomb, en traducción de Ferran Ràfols, cuyo protagonista es un apasionado de Gracián y Llull.

Cuando a principios de 2014 salió a la luz la colección Llibres Anagrama (con obras de Michell Houellebecq, Giuseppe Tornatore, Chistien Angot y Amélie Nothomb) con la editora Isabel Obiols al frente, no hacía sino proseguir la trayectoria desarrollada con Empúries mientras eso fue posible (es decir, mientras mantuvo la independencia, antes de su entrada en la órbita de Planeta) e incluso, en cierto sentido, Anagrama volvía a unos orígenes a los que, afortunadamente para muchos, siempre se ha mantenido fiel.

Fuentes

Anagrama. 25 años (1969-1994), Barcelona, Anagrama, 1994 (edición no venal).

Anagrama. 40 años (1969-2009), Barcelona, Anagrama, 2009 (edición no venal).

Maria Àngels Cabré y Dolors Udina, “Joaquín Jordà, entra la traducción y el cine”, Vasos comunicantes, núm. 26 (otoño de 2003), pp. 21-29.

EFE, “Anagrama inicia una nueva colección de libros en catalán“, La Vanguardia, 28 de enero de 2014.

Carlos Guzmán Mendoza, “Pere Calders en paños menores”, Letras Libres, julio de 2003.

Jorge Herralde, Autores catalanes traducidos al castellano. Una experiencia editorial (1971-2007),Barcelona, Anagrama, 2007 (edición no venal).

Jorge Herralde, “Du côté de Sartre” y “El slalom gigante de Hans Magnus Enzensberger”, en Opiniones mohicanas, Barcelona, El Acantilado 43, 2001, pp. 37-41 y 73-186

Jorge Herralde, “Sin domesticar. Insertos de Joaquín Jordá”, en Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos, Barcelona, Anagrama, 2013.

Laia Manresa, Joquín Jordà, La mirada libre, Barcelona, Filmoteca de Catalunya, Pòrtic, 2006.