Vicente Salas Viu, corrector de Xavier Benguerel

X. Benguerel.

Es significativo que un traductor tan consciente como Xavier Benguerel (1905-1990), cuyas versiones al catalán de grandes clásicos son aún hoy canónicas, en su faceta de autotraductor de su propia obra narrativa del catalán al español, pusiera la máxima atención en poder contar con los mejores correctores de español disponibles. El riquísimo epistolario que Benguerel mantuvo con Joan Oliver (1899-1986) permite reconstruir los pormenores de sus intentos por publicar, desde su exilio en Chile, algunas de sus obras tanto en catalán como en español. Así, por ejemplo, en carta del 30 de abril de 1950 cuenta a su buen amigo que la elogiosa carta-prólogo que el filósofo catalán Josep Ferrater Mora (1912-1991) le ha escrito para la edición de La máscara i [L´home dins] el mirall. [Dos assaigs novel·lístics sobre la timidesa] que ha proyectado editar Aymà le servirá para (traduzco): «abrir las puertas de la Sudamericana de Buenos Aires, a la cual él mismo [Ferrater Mora] escribirá uno de estos días proponiéndoles la publicación de mis dos novelitas, que yo mismo he traducido y que ha revisado Vicente Salas Viu». Por un lado, hay que señalar que desde 1947 Ferrater Mora, exiliado en Estados Unidos tras su paso por Chile, publicaba su obra en Sudamericana y era por tanto lo que suele llamarse un «autor de la casa», y por otro que Salas Viu es un personaje sumamente interesante al que habrá que retomar la pista.

Logo de la editorial chilena El Pi de les Tres Braqnues.

En carta también dirigida a Oliver y poco posterior (del 24 de junio), Benguerel añade información jugosa sobre las gestiones y trabajos que está llevando a cabo: acaba de traducir y está revisando L´home i el mirall, al tiempo que revisa una vez más su propia traducción de La màscara (cuya versión en catalán había aparecido con dos cuentos más en El Pi de les Tres Branques en 1947), y cuenta que, en respuesta a la sugerencia de Ferrater Mora, el propietario de Sudamericana, el editor barcelonés Antoni López Llausàs (1888-1979), le ha escrito «una carta muy amable […] en la que me decía que si bien hacia finales de mes me escribirá para decirme si definitivamente puede o no publicarla, en caso de que no pudiera sería por motivos ajenos al valor de la obra». El lector que debía dictaminar sobre la oportunidad o no de que el volumen con las dos novelas de Benguerel apareciera en Sudamericana era otro amigo catalán, el escritor Cèsar August Jordana (1893-1958), quien al poco tiempo le anuncia que, en caso de que llegue a un acuerdo con López Llausàs acerca del contrato, la obra aparecería no en la colección Horizonte, sino en otra en la que le acompañarán Francisco Ayala, Pedro Salinas y Baroja. En la misma carta explica aún Benguerel que

ha recibido carta del director de Sudamericana exponiéndole las condiciones y anunciando los términos del contrato (que Benguerel firmará en Buenos Aires el 3 de julio), y escribe: «Como ves, después de diez años de sudamericanismo, publico mi primer libro [en español]. El Paco [Francesc Trabal, 1899-1957] me había propuesto editármelo yo mismo en las ediciones Rapa Nui, pagándome yo la edición a base de 30, 40 o 50.000 pesos y le respondí que se tomara algo.» Y, efectivamente, en contra de las previsiones de Trabal, El hombre en el espejo (que incluye también La máscara) salió en 1950 en Sudamericana. Al año siguiente el mismo libro aparecía no en Aymà, sino en Proa, por una serie de desencuentros entre escritor y editor de los que también deja constancia el mencionado epistolario.

V. Salas Viu.

En cuanto a Vicente Salas Viu (1911-1967), a mediados del siglo XX era ya toda una personalidad en el ámbito de la musicología chilena y se encontraba en la cresta de la ola de su prestigio, con la aparición de sus estudios Chopin y las dos caras del Romanticismo (Instituto de Investigaciones Musicales, 1949),  Sentimiento y expresión en la música del Barroco (Atlántida, 1950),  La última luz de Mozart (Nuevo Extremo, 1951), La creación musical en Chile, 1900-1951 (Ediciones de la Universidad de Chile, 1952), primera historia de la música chilena, además de traducir y prologar el Ravel de Vladimir Jankélevich (Losada, 1950). Quedaban ya lejos la fundación de la Revista de Arte (1942), a la que siguió la de la muy influyente Revista Musical Chilena en 1945 y sus diversas iniciativas destinadas a dar un empuje a la musicología chilena (escritura de crítica musical, fundación del Ballet Nacional de Chile, del Instituto de Investigaciones Folklóricas, del Cuarteto de Cuerda de la Universidad de Chile, de la Orquesta Nacional…). Recién llegado a Santiago de Chile, en agosto de 1939 Salas Viu ya se había integrado en la redacción de ¿Qué hubo?, donde se reencontró con el célebre diseñador Mauricio Amster (1907-1980) y los escritores Lorenzo Varela (1916-1978) y Arturo Serrano Plaja (1909-1979), entre otros exiliados.

Mauricio Amster en 1937.

Y más lejos todavía quedaban sus inicios en el periodismo y en las tareas editoriales en los años previos a la guerra civil española, que se iniciaron con sus colaboraciones en la revista Nueva España, en la editorial comunista Oriente y con la publicación de la novela fantástica Viaje y ensoñaciones (Cruz y Raya, 1934). Unos pasajes de la presentación de la editorial Oriente orientan acerca del ambiente en que se movía Salas Viu en esos años:

Ediciones Oriente no nace con propósitos industriales. Trata de hacer una labor de cultura popular, pero no en el sentido que hasta ahora se ha dado a esta frase, etiqueta de toda mercancía chabacana, sino con el empeño de acercar al público de lengua castellana la vasta expresión de nuestro tiempo en orden a la obra impresa.

[…] en nuestro catálogo han de figurar autores contemporáneos extranjeros y españoles, cuya selección atenderá rigurosamente tanto a lo ideológico como a lo formal. Y trataremos de unir a nuestra empresa a un núcleo de escritores jóvenes que sientan la responsabilidad de los graves instantes que vive el mundo. Ellos, en realidad, constituyen Ediciones Oriente. (Nota editorial incluida en Juan Andrade, China contra el imperialismo, Ediciones Oriente, 1928.)

Más interesante es el modo en que, una vez llegado a Chile, Salas Viu pudo publicar algunos de sus libros de narrativa. El primero de ellos, Las primeras jornadas y otras narraciones de la Guerra Española, acababa de imprimirse en Barcelona en español y en catalán cuando las tropas franquistas conquistaron la ciudad y destruyeran todo rastro de él; fue si no el primero sí uno de los primeros libros publicados por un exiliado republicano español en Chile (en la serie Obras de Actualidad, de la editorial Zig-Zag, en 1940). Alguno de los cuentos o fragmentos de los que lo componen habían aparecido durante la guerra en publicaciones periódicas (en particular en la célebre revista Hora de España), pero la edición chilena pudo llevarse a cabo gracias a que, ni siquiera en el campo de concentración de Saint Cyprien, Salas Viu se separó de las pruebas de imprenta que poseía, y a partir de ellas pudo rehacerse el libro en una imprenta chilena.

Algo similar sucedió con el Diario de la guerra de un soldado (aparecido ya en Madrid, en Hispamerca, en 1977), que se había publicado durante la guerra en Barcelona en una pequeña edición de los servicios de publicaciones del Ejército Popular y desde entonces no se había vuelto a reeditar, con lo que se convirtió en un ejemplo más de esos libros que no fueron leídos por los lectores a los que iban dirigidos cuando se crearon. En Chile publicó Salas Viu, además de varios e importantes ensayos de su especialidad, el volumen La espaciosa soledad. Novelas breves (Editorial Universitaria, 1960) y La doble vida de Felipe Villagrán (Zig-Zag, Biblioteca de Novelistas, 1960). Aun así, otro texto suyo que vale mucho la pena leer es la reivindicación que llevó a cabo de la literatura creada por quienes salieron de España como consecuencia del resultado de la guerra civil, siendo aún muy jóvenes y sin una obra importante a sus espaldas, «Angustia de una generación literaria».

Fuentes:

Anónimo, «X. Benguerel i l’editorial Sudamericana», Germanor (Santiago de Chile), núm,. 555-556 (septiembre-octubre de 1950).

Francisco Arias Solís, «Vicente Salas Viu», internautasporlapaz.org, 28 de febrero de 2010.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Eduardo Godoy Gallardo, «Vicente Salas Viu y una visión de la guerra civil española. Entre el testimonio y la novelización», Nueva Revista del Pacífico, núm. 48 (2003), pp. 89-98.

Alfonso Letelier Llona, «Editorial. Vicente Salas Viu», Revista Muscial Chilena, núm. 102, pp. 3-7.

Gemma Mañá, Rafael García, Luis Monferrer y Luis A. Esteve, La voz de los náufragos. La narrativa republicana entre 1936 y 1939, Madrid, Ediciones de la Torre, 1997.

Caterina Parera i Rodríguez, Xavier Benguerel i Llobet. Obra novelística de la primera etapa (1929-1953), tesis doctoral presentada en la Universitat de Barcelona en el bienio 2005-2007.

Gonzalo Santonja, Del lápiz rojo al lápiz libre. La censura previa de publicaciones y sus consecuencias durante los últimos años del reinado de Alfonso XIII, Barcelona, Anthropos (Ambitos Literarios. Ensayo 15), 1986.

Vicente Salas Viu, «Angustia de una generación literaria», Pro Arte, núm. 96 (22 de junio de 1950), p. 4.

Federico Sopena Ibáñez, «Vicente Salas Viu», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 216 (diciembre de 1967), p. 650-652.

Premi Crexells: El asociacionismo como reacción de los jóvenes escritores

A lo largo de toda su ya extensa historia, uno de los premios de narrativa en lengua catalana más importantes, el Premi Crexells, ha ido acompañado de la polémica, y la última hasta la fecha, la desencadenada en 2017 con la concesión a una novela autopublicada (Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades) y sobre todo con las declaraciones posteriores a la concesión del premio hechas por algunos de los miembros del jurado, generó un cierto revuelo entre editores y escritores que recuerda en algunos puntos la que ya se produjo en 1935 y que sirvió de estímulo a lo que pudiera haber sido un fructífero movimiento asociativo de los escritores catalanes, El Club dels Novel·listes.

Aunque sus primeras manifestaciones se produjeron en 1935, hay que retrotraerse algunos años en la historia del Premi Crexells para aquilatar la magnitud y el sentido de ese movimiento de oposición al galardón. Surgido a finales de los años veinte para honrar la memoria de Joan Crexells i Vallhonrat (1896-1926), uno de los principales socios del Ateneu Barcelonès (la institución que lo creó), nació con una cierta polémica, pues si bien su objetivo era premiar la mejor novela publicada el año anterior, en su primera convocatoria (1928) ya quedó desierto. Pero posteriormente se lo llevarían algunas novelas y libros de narrativa importantes en aquellas fechas (Laura a la ciutat dels sants, de Miquel Llor, en 1930; Vida privada, de Josep Maria de Sagarra, en 1932 o Valentina, de Carles Soldevila, en 1933).

Joan Crexells i Vallhonrat.

Sin embargo, Josep M. López Picó suscitó un cierto debate, que recogieron sobre todo los autores jóvenes, cuando con motivo de obtener el Premi Folguera de poesía expresó en voz alta sus dudas acerca de si el objetivo de los premios literarios, en aquel punto de la evolución de las letras y el mercado libresco catalán, debía ser destacar un determinado libro o bien la trayectoria de un autor. Durante el mes de marzo de 1935 se publicaron en las páginas de La Veu de Catalunya las respuestas a una interesante encuesta acerca de la significación que los premios debían tener en aquel momento de la historia cultural catalana, y entre ellas son particularmente interesantes las de una nueva generación de jóvenes escritores que estaban empezando a mover los codos para abrirse paso en el campo literario y editorial catalán (Joan Oliver, Ignasi Agustí, Joan Sales, Joan Teixidor, Xavier Benguerel, Josep Janés i Olivé, Salvador Espriu, Martí de Riquer, Francesc Trabal, etc.).

Ignasi Agustí.

Ya en un artículo asombrosamente poco citado de diciembre de 1931, quien luego sería célebre editor, Josep Janés i Olivé (1913-1959), daba por justo el galardón del Crexells de ese año a Prudenci Bertrana (por una obra menor como L’hereu), considerando que su trayectoria se lo merecía, pero hacía una afilada apreciación acerca de la composición de los jurados:

Tenemos el convencimiento absoluto de que el jurado del Premi Crexells, nuestra máxima distinción literaria, tendría que estar formado por gente de la máxima competencia. A ser posible, si los hubiera lo suficientemente inteligentes, por críticos.

Nos resentimos, aún, de una cierta mezquindad de espíritu que hace que cerremos los ojos a todo aquello que abre nuevos horizontes. Es preciso abandonar los prejuicios anacrónicos y tener en cuenta, más que las dotes literarias, la solvencia crítica de las personas elegidas. Y no creo que constituyan ninguna garantía de la mencionada solvencia unos señores que hoy dan dos votos a Carles Capdevila com L’amor retobat y en cambio eliminan el Víctor de [Agustí] Esclassans, y otros que dan dos votos, también, a Joan Mínguez, y eliminan L’últim combat de Sebastià Joan Arbó.

Los años y los fallos sucesivos no hicieron otra cosa que alimentar esa polémica, y en la mencionada encuesta el por entonces ya editor de los excelentes Quaderns Literaris, y ganador en 1934 de la Flor Natural en los  Jocs Florals de Barcelona (con Tu), se mostraba de nuevo explícito acerca de los problemas que, a su modo de ver (coincidente con el de muchos de los escritores de su generación), aquejaba los premios literarios en catalán, y en particular al Crexells:

De izquierda a derecha, Ignasi Agustí, Joan Teixidor, Félix Ros, Pedro Salinas, Tomàs Garcés y Guillermo Díaz-Plaja.

Creo que dado el carácter de consagración que hasta el momento presente se ha venido concediendo a los premios literarios, es absolutamente necesaria la creación de unos premios literarios para los jóvenes. […] Ya tenemos una experiencia lo suficientemente larga –con el Premi Crexells, particularmente– para que nos hayamos dado cuenta de cuán contraproducente es adjudicar un premio al nombre y la obra total de un autor, tomando la obra concursante como un simple pretexto pero glorificando esa obra concreta. Esto nos ha llevado a la paradoja de encontrarnos presenciando que, salvo una o dos, las obras premiadas sean las más mediocres o incluso la peor de cada autor. Y que una antología de Premis Crexells signifique una antología de nuestra novela inferior.

[…] Otra de las cosas que habría que corregir es la formación de los jurados. Hay que buscar los nombres entre gente solvente y desapasionada. ¡Es tan fácil que un padrino literario, o un amigo, o un enemigo, cambien el rumbo lógico y justo de una votación, por apasionamiento o mezquindad! Tenemos muchos ejemplos de ello, algunos de ellos muy recientes.

Y, para acabar, creo que debería crearse, también, un premio para el mejor primer libro, publicado por autores menores de veinticinco años. Y tal vez fuera conveniente que el Premio consistiera en una espléndida bolsa de viaje. Lo que nos perjudica más, a los escritores catalanes, es que las circunstancias económicas no nos permitan viajar. La literatura aquí no da para nada (y mucho es que no cueste dinero). De un espléndido viaje de juventud un escritor de raza sacaría un  provecho enorme, un provecho que revertiría en nuestra literatura y en Cataluña esencialmente.

Josep Janés i Olivé

Es evidente que Janés llevaba ya algunos años pensando críticamente en las necesidades del sistema literario catalán, y en particular en el funcionamiento de premios literarios importantes, y las propuestas que hace, evidentemente pensando en los escritores de su generación y en sus dificultades para establecerse, son todas ellas muy sensatas y en buena medida extraídas de su experiencia como observador atento de, en particular, el Premi Crexells.

Cuando en 1934 este galardón pasa a adscribirse a los premios instituidos por la Generalitat, por primera vez se otorga a una voz no excesivamente conocida y reputada, y también por primera vez a una voz femenina, la de Teresa Vernet (1907-1974) por Les algues roges, que había publicado en Proa. Quizá sea el primer caso en el que este premio cumplía una de las funciones que muchos jóvenes pensaban que debía tener: consolidar una carrera en progresión, cuando no anunciar una obra en auge.

Sebastià Juan Arbó (1902-1984).

En su artículo para Mirador con motivo de esa convocatoria del premio, Rafael Tasis apunta a que hubo otros dos autores a los que se apuntaban como favoritos y que casi contaban ya con llevarse el premio, curiosamente ambos muy estrechamente vinculados a la editorial Proa, pues casi con toda seguridad se trataba de Joan Puig i Ferreter y, una vez más, Sebastià Juan-Arbó, a quien el Crexells se le resistía.

La importancia de esa edición del Crexells y lo que distinguió esta polémica de las que siempre solía generar el fallo de este premio es sobre todo, como apuntó Josep M. Balaguer, que fue uno de los estímulos iniciales para que los jóvenes escritores empezaran a articular poco menos que un «frente generacional» que aglutinaba a los grupos que habían ido asomando la cabeza en el panorama cultural catalán, que ya se habían ido interrelacionando entre sí y que formaban principalmente los universitarios, los tertulianos del Euzkadi y la Colla de Sabadell, y todo ello cuajaría poco más de un año después en la creación del Club dels Novel·listes.

Joan Sales (1912-1983), quien más tarde, con Xavier Benguerel y Joan Oliver, retomaria el nombre El Club dels Novel·listes para bautizar una célebre colección.

En el número del 14 de noviembre de 1935 de La Publicitat aparecían en la misma página un artículo de Carles Capdevila titulado «Els jurats dels premis literaris» y una nota que anunciaba «Un club de novelistes?», en la que se señalaban como impulsores de la iniciativa algunos autores publicados por la editorial Proa y se enumeraban entre sus propósitos la creación de un premio literario honorífico para la mejor novela del año, cuyo jurado estaría compuesto exclusivamente por novelistas, especificando además que no era una competencia al Crexells, sino un estímulo para lectores y escritores. Aun así, de la lectura de este texto muy bien podría deducirse que la intención de este grupo de escritores era precisamente crear un contrapeso al Crexell, un galardón que permitiera dar a conocer a los jóvenes escritores, además de permitir situar la iniciativa en los aledaños de la editorial Proa.

 

Antoni López Llausàs (1888-1979).

En los meses siguientes, van apareciendo en la prensa nuevas precisiones: la sede se sitúa en el número 34 de la calle Pelayo, será un espacio destinado a debates y lecturas e incluso se describe quién podrá asociarse (quien haya escrito o traducido por lo menos una novela al catalán) y se especifica la cuantía de la cuota de «amigo» (36 pesetas anuales). El 8 de enero La Publicitat, además de anunciar la inauguración formal mediante una cena en el restaurante Catalunya, publica ya una extensa lista de adhesiones, con algunos nombres un poco sorprendentes al lado de los más esperables, como Teixidor (que ciertamente era autor del relato «Coses de tres soldats», publicado en La Revista) u otros a quienes, además de interesar la materia, figuraban posiblemente más como traductores, como Martí de Riquer, J.V. Foix, el editor Antoni López Llausàs o Joan Oliver. Tampoco pasa desapercibido el hecho de que, al lado de nombres como los de Mercè Rodoreda, Xavier Benguerel, Ignasi Agustí, Josep Sol, Juan Arbó o Josep Janés i Olivé figure el de Prudenci Bertrana, lo que puede dar idea de la amplitud del abanico de autores que se reunían alrededor de esa mesa, si bien la iniciativa, como es muy lógico, la tomaran las generaciones jóvenes y muy particularmente el escritor vallesano Francesc Trabal.

Xavier Benguerel (11905-1990).

No se trataba en principio, pues, como pudieran temer ciertos sectores, de dar una réplica al Crexells, a quienes han sido miembros de sus jurados o a quienes se han llevado el galardón, sino que nace con unas intenciones más o menos similares a las que tenían los Amics de la Poesia. Sin embargo, a nadie escapaba tampoco que la creación de un premio que distinguiera a los jóvenes, con lo que ello podía tener de promoción de los nuevos escritores y de difusión de sus obras, no era el menor de los objetivos que movían al Club. En este sentido, resulta sumamente indicativa esta reunión de escritores tan diferentes en muchos aspectos, si se pone en contraste con la situación política de los primeros meses de 1936, con una cesura muy profunda entre la derecha y la izquierda que sólo provisionalmente se resolvería con las elecciones del 16 y 23 de febrero, las últimas de la Segunda República. Lógicamente, la guerra civil española acabó con el Club dels Novel·listes (y con el Premi Crexells).

Fuentes:

Ignasi Agustí, «Les Arts i les Lletres. Els camins de la victòria», L´Instant, 4 de febrero de 1935.

Anónimo, «Un club de novelistes?», La Publicitat, 14 de noviembre de 1935.

Anónimo [¿Ignasi Agustí?], «S´ha fundat el Club dels Novel·listes», L´Instant, 9 de enero de 1936.

Rafael Tasis (1906-196).

Josep M. Balaguer, «El Club dels Novel·listes i els fils de la història», Els Marges, núm. 57 (1996), pp. 15-35.

Margarida Casacuberta, «Gènesi i primera adjudicació del Premi Crexells. Notes sobre cultura i novel·la en el tombant dels anys vint als trenta», Els Marges, núm. 52 (1995), pp. 19-42.

Josep Janés, «La nostra enquesta sobre la significació literaria dels premis literaris», La Veu de Catalunya, 13 de marzo de 1933.

Josep Janés i Olivé, «Del Premi Crexells, 1931», Flama, núm. 7 (25 de diciembre de 1931), p. 7.

Rafael Tasis, «Premi Crexells 1934. Maria Teresa Vernet», Mirador, 4 de abril de 1935.

De «sinergias» y «complicidades» en el campo editorial

Uno de los problemas importantes que sigue sin haber resuelto satisfactoriamente la historia de la edición, y que afecta también a la historia de la literatura, es cómo abordar el estudio de lo que –tomando el término de Bourdieu– podríamos llamar el «campo editorial», equivalente y al mismo tiempo muy imbricado con el «campo literario». Es decir, el espacio en que se establecen las relaciones entre individuos, grupos e instituciones en el ámbito editorial, y que, evidentemente, no sólo ejerce una notable influencia en qué obras llegan a publicarse o cuáles tienen más o menos éxito comercial, sino que incluso tiene repercusiones en lo que en un momento dado es considerado literatura estéticamente valiosa, por ejemplo, pues está también estrechamente relacionado con el mundo de la crítica y con el académico.

Pierre Bordieu (1930-2002).

Del mismo modo en que en buena medida, como efecto de las corrientes de raíz estructuralista (que entre otras cosas preconizaba la autonomía del texto literario), la historia literaria y el sistema académico en general ha ido dejando de lado el estudio de las biografías de los autores (pues el desdén hacia el positivismo decimonónico hizo estragos), en el ámbito de los estudios del libro y de la edición tampoco se dispone aún de un corpus ni de lejos suficiente de biografías, memorias y epistolarios que permitan trazar ni siquiera un mapa esquemático de las relaciones entre los agentes (en el sentido que le da Bourdieu) que intervienen en que una determinada corriente, género o incluso obra concreta sean socialmente reconocidos como literaria valiosos. Ni siquiera tenemos un conocimiento preciso y completo de quienes formaban el equipo editorial de determinados sellos en determinadas épocas; es decir quiénes eran el editor, los asesores literarios, los miembros del comité editorial, los traductores, los correctores o los ilustradores y diseñadores gráficos que formaron equipos más o menos estables, y que en algunos casos, al completo o en parte, incluso pasaron de una editorial a otra cuando lo hizo el editor (del mismo modo que también algunos autores siguieron a su editor de una editorial a otra). Disponer de lo que conocemos como el «fichero de un editor» (que incluía los datos básicos de sus colaboradores habituales y también de «sus» autores) para poder analizarlo y estudiarlo es algo de lo que muy raramente disponen los investigadores que pretenden analizar la trayectoria de una editorial, pero lo conveniente sería además poder comparar y cotejar diversos «ficheros». Sin embargo, ciertamente, las cosas han cambiado un poquito en los últimos años.

Como consecuencia quizá de una cierta compartimentación de los diversos estudios culturales, existen algunos ejemplos de investigaciones que en alguna medida podrían servir como modelo y que tal vez no hayan recibido la atención que merecen. En los primeros años del siglo XXI, Brian Uzzi y Jarrett Spiro llevaron a cabo un interesante estudio acerca del modo en que se conformaban los equipos que en Broadway se encargaban de poner en pie los espectáculos musicales para ponerlo en relación con la recepción (crítica y de número de espectadores) que estos musicales tenían. Vale la pena anotar que lo hacían en un ámbito, el estadounidense, en el que probablemente la distinción entre cultura (o alta cultura, si se quiere) y espectáculo o entertainment está mucho mejor establecido y en general es mucho más inequívoco que en Europa (donde incluso se justifican las reticencias a destinar dinero público al cine porque nadie tiene claro que, como tal, sea un arte, o por lo menos todas sus manifestaciones sean obras artísticas; curiosamente, eso no sucede de igual modo en el caso de los géneros narrativos textuales, y se considera que una novela es siempre una obra literaria). Tal vez no sea ningún disparate establecer una equivalencia entre esos grupos creadores de espectáculos musicales y los equipos editoriales, y sería bueno poder hacer estudios sincrónicos (quiénes los formaban) y diacrónicos (cómo evolucionaron y qué trasvases se produjeron entre los diferentes equipos en activo). Para ello, sería preciso contar con una base de datos (que quizá se podría inspirar en LinkedIn) de la historia del sector.

Brian Uzzi.

Las dimensiones de un campo literario como el de la lengua española, de una inmensidad y una cantidad de interconexiones apenas abarcable, plantea unos problemas que ya al primer vistazo producen vértigo, pero campos literarios de tamaño reducido, como podrían serlo por ejemplo el sueco, el neerlandés o el catalán, son quizá más propicios para intentar un estudio de esas características. Sin embargo, presupone un estudio previo de una enorme cantidad de biografías, memorias y epistolarios, e incluso archivos editoriales y particulares, que probablemente sólo puede llevarse a cabo en equipo (y con un equipo no pequeño).

En un encuentro celebrado noviembre de 2016 en Alcalá de Henares cuyo objetivo era repensar la historia de la edición como disciplina, Ana Mosqueda subrayaba la enorme importancia de los epistolarios entre escritores, críticos y editores, que además en muchos casos son funciones desempeñadas por una misma persona, para reconstruir esas relaciones entre los agentes de la edición, además de la cuantiosa información que proporcionan acerca de los procesos editoriales de obras determinadas (que puede incluir desde discusiones acerca del título hasta cuestiones de puntuación).  Los ejemplos de esta reivindicación son numerosos, y cualquiera que haya leído un epistolario de este tipo sabe cuán certera es esa apreciación. Ya en en 1996, en el transcurso de un congreso celebrado en 1995 en Bellaterra sobre la literatura del exilio español de 1939, Lluís Busquets i Grabulosa, reivindicaba ya por ejemplo el interés de las cartas cruzadas entre el escritor y editor catalán Xavier Benguerel (1905-1990), que calificaba como «un pozo de información». En este epistolario, que editó el mismo Busquets, se encuentra, entre muchas otras de carácter similar, una del también escritor y editor Joan Oliver (1899-1986) en la que le cuenta que el asimismo editor y escritor Ferran Canyameres (1898-1964) tiene intención de publicarle en París su obra Biografia de Lot con ilustraciones de Joan Vila i Casas (1920-2007), y a renglón seguido comenta que está trabajando en la edición del primer poemario de Canyameres, que después de corregirlo y, una vez maquetado por Antoni Clavé (1913-2005), se lo imprimirá en la imprenta que regenta. Creo que se le entiende todo.

Si al estudio pormenorizado de este tipo de materiales epistolares se pudiera añadir, como hicieron Uzzi y Spiro, un esquema de las relaciones entre los diferentes personajes que tenían alguna importancia en el campo literario en un momento determinado, y se pudiera cotejar esa red de relaciones con la imagen del sector editorial que se desprende de las fuentes de información de ese mismo momento (listas de más vendidos, premios, reseñas y comentarios en los principales medios de comunicación), quizá se podrían plantear hipótesis como las que plantean los estudiosos de Broadway, que llegan incluso a establecer el porcentaje entre equipos ya consolidados y nuevas incorporaciones (lo que llaman el «nivel de interconectividad») que mejor rendimiento dan en cuanto a éxito de público. Es decir, qué grado de conocimiento había entre los miembros del numeroso equipo que pone en pie un espectáculo musical, en relación con su éxito de crítica y de público. Lo que pretendían, y hacen en buena medida, es descubrir qué combinación de relaciones es la idónea en el seno de un equipo para averiguar cuál es el grado de conectividad que se daba en Broadway en los casos de éxito.

En el sentido de las agujas del reloj: Josep M. Casteller, José M. Valverde, Victor Seix, Carlos Barral y Joan Petit.

Para poder imaginar siquiera algo semejante aplicado al estudio del ámbito editorial, sería preciso contar con una descomunal base de datos que permitiera disponer del lugar que ocupaba cada quien en un momento dado (qué cargo ocupada en determinada editorial, en qué medios escribía) e incluso qué tipo de relación había entre determinados sellos o empresas (asociaciones de editores, gremios, pertenencia a un mismo grupo editorial o de comunicación, etc.). Datos como el centro educativo donde se formaron sería también pertinente, pues quizá pudiera descubrirse una relación entre profesores que han sido asesores literarios y exalumnos que han entrado en el mundo literario por esa puerta. Probablemente sea una quimera, pero resulta una idea sugestiva y quizá permitiera poder establecer con cierto rigor una serie de relaciones, coincidencias y, por qué no decirlo, trapicheos que se ocultan a ojos del lector común pero de los que el observador cercano tiene una intuición que no está en disposición de demostrar, a veces sólo por falta de datos fehacientes.

Fuentes:

Pierre Bourdieu, «El campo literario. Prerrequisitos críticos y principios de método», Criterios (La Habana), núm. 25-28 (enero de 1989-diciembre de 1990), pp. 20-42.

David Burkus, «Why the Best Teams Might Be Temporary», Harvard Business Review, 17 de septiembre de 2013.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Jordan Ellenberg, «Six Degrees of innovation. What Broadways musicals tell us about creavity», Slate, 23 de marzo de 2012.

Brian Uzzi y Jarrett Spiro, «Collaboration and Creativity: The Small World Problem», American Journal of Sociology 111, n.º 2 (2005), pp. 447-504.

 

El carácter de Joan Oliver

«Un impresor es un hombre a quien no le falta “carácter” y que busca causar buena impresión»

Serge Mirgean, crucigramista e impresor francés.

 

Una vez llegado a Santiago de Chile, y tras una etapa saliendo al paso como agente comercial de un fabricante de zapatos y como transportista de vinos, al término de la segunda guerra mundial una de las primeras iniciativas de Joan Oliver fue poner en pie, en colaboración con otros dos catalanes, la Imprenta Mediterránea. Brias, Oliver y Manresa Ltda., con domicilio en el número 320 de la avenida Matta de la capital chilena.

Joan Oliver, que firmaba su obra literaria como Pere Quart.

Poco después, en julio de 1947, salía el primer volumen de El Pi de les Tres Branques, editorial a cuyo frente acompañaba a Oliver el escritor catalán Xavier Benguerel (1905-1990), si bien lo impulsaba un patronato en el que figuraban también otros exiliados, como Joaquim Sabaté, Pere Mir, Joan Joanet, Josep Salomó, Josep Castellà Granja y el político y empresario Salvador Sarrà i Serravinyals (1902-1965), quien en 1933 había publicado en Barcelona la traducción catalana de Caliban parle (Sabadell, La Fona, 1928), de Jean Géhénno (1890-1978).

De esas mismas fechas es una factura de la Mediterránea al laboratorio farmacéutico de Benguerel, que Lluís Busquets i Grabulosa ha reprodujo en el epistolario entre Oliver y Benguerel, lo que puede dar una idea del tipo de impresos a los que se dedicaba esta imprenta en la que se bregaba Oliver: cajas y prospectos, en este caso.

Xavier Benguerel.

Estando ya de regreso en Barcelona, Oliver se ocupó de actuar de puente entre el tipógrafo Salvador Grau Mora, quien pretendía establecerse en Chile, y Benguerel. También por esos días, septiembre de 1948, Oliver proyectaba crear una librería anexa a la imprenta que su cuñado Ignasi Riera i Sallarès tenía en la barcelonesa calle de Major de Gràcia, Pal·las Artes Gráficas, y buscaba financiación para poder comprar una máquina para imprimir en plano y de este modo estar en disposición de ocuparse de la impresión de libros (menciona, en el citado epistolario, tener apalabrado el asunto con Luis Zendrera, de Juventud, y con Joan Teixidor, de Destino). Una de las dudas que plantea esta imprenta Pal·las es la posible relación que hasta ahora no he hallado con las Ediciones Pal·las (posteriormente Pal·las Bertran), que entre 1941 y 1946 publicó algunos libros ideados por Josep Janés (1913-1959).

José Janés.

A finales de 1949 Oliver invierte en la empresa de Riera y empieza a trabajar por las tardes en la imprenta, que explica de este modo: «Es un negocio modesto pero sólido. Me saco las pesetas justas para no tener que vivir del capital. Tengo otros proyectos, pero las cosas están pésimas con tendencia a empeorar». Sigue aún con el proyecto de comprar una imprenta en plano, y cuenta por carta a Benguerel que ha entrado en tratos con Josep Pedreira (1917-203), a quien define como «un chico muy serio y eficiente», quien ese mismo año creaba la colección de poesía Llibres de l’Óssa Menor.

Seis meses más tarde, cabe deducir que Pal·las ya ha empezado a imprimir libros, pues el mismo epistolario menciona los preparativos para ocuparse de la edición del primer poemario de Ferran Canyameres (1898-1964), Mig temps, que apareció con dibujos obra de Antoni Clavé (1913-2005), para el que además Oliver escribió el prólogo; así como también habla de un libro de poemas cuyo título no concreta de Armand Obiols (Joan Prat, 1904-1971), cuya obra apareció toda póstumamente.

Ferran Canyameres.

A finales de 1950, Oliver proyecta una empresa editorial conjunta con Pedreira, para la que incluso diseñan tres colecciones (dos en catalán y una en español), que piensan poner en marcha en los primeras semanas de 1951, y con la que, según escribe a Benguerel, Oliver piensa paliar sus dificultades:  «Yo necesito urgentemente aumentar mis ingresos. Sólo para comer un poco bien y pagar el alquiler del piso y otros gastos de primera necesidad, preciso 6.500 pesetas […] Yo no sé cómo se las apañan los asalariados. Piense que un sueldo de 1000 pesetas es respetable. Un prensista de primera gana 800 pesetas. ¡Echa cuentas!». Ese mismo año entra de nuevo en tratos con Canyameres, quien le pide que actúe de puente con El Pi de les Tres Branques –es decir, básicamente con Benguerel– para que se ocupe de la publicación de un par de textos que había editado pero no publicado Canyameres en Albor, Tota la saviesa del món, de Josep Pous i Pagès (1873-1952) y con ilustraciones de Apa (Feliu Elies, 1878-1948), y las Poesies, de Màrius Torres (1910-1942). Como consecuencia de estas gestiones, cuyo desarrollo pueden seguirse con mayor detalle en el epistolario Oliver-Benguerel,  el primero de estos libros apareció en El Pi de les Tres Branques, pero la editorial catalonchilena desapareció antes de llegar a publicar el segundo.

Joan Teixidor.

Ese mismo año 1951 Oliver publica en Pal·las, pero según el colofón en Tossa de Mar, Quasi un paradís. Allò que a Tossa s´esdevingué (centúria terca D. J. C.). Passatemps en dos actes i en vers, escrita a cuatro manos con Joan Guarro (1920-1997), que apareció con portada y figurines de Josep Granyer (1899-1983), cabeceras de R. Reig y F. Lloveres y una caricatura de los autores obra de Lluís Morató. La obra, estrenada en el Teatre Rovira de Tossa de Mar y de la que en 1999el ayuntamiento de esta ciudad hizo una edición facsímil, tiene la peculiaridad de no ir firmada por los seudónimos habituales de los autores (Pere Quart y Joan Basté), sino por sus nombres reales, y se hizo de ella originalmente una edición de 350 ejemplares de los que los 50 primeros iban numerados y firmados por ambos autores.

A finales de año las cosas parecen irle ya suficientemente bien como para que pueda invertir 50.000 pesetas en una pequeña sociedad anónima con Canyameres para editar las obras de Simenon, que Oliver había estado traduciendo aquellos años para Aymà, pero las gestiones siguen avanzando con lentitud durante más de seis meses, e incluso se tantea sin éxito la posibilidad de que intervenga también como socio el propio Simenon, pero el proyecto no llega a cuajar

Del 30 de enero del año siguiente (1952) es una ilustrativa carta de Oliver en la que cuenta a su amigo las satisfacciones que le reporta el trabajo en la imprenta, que le permiten tiempo tanto para la creación literaria como para el activismo cultural:  «Cuando tengo un trabajo entre manos  en mi imprenta soy feliz. Proyectar un programa bonito o una felicitación, o un libro, y supervisar la impresión… Por eso necesito un negocio que rinda lo suficiente para vivir con decencia. Hay que conjugar ambas cosas.» Esta formación en artes gráficas, en tipografía e impresión, añadida a su ya entonces ya dilatada trayectoria como escritor y traductor, situaba a Oliver en una situación idónea para ocupar cargos editoriales, una formación que en generaciones sucesivas se fue perdiendo.

Josep Granyer.

Una de estas obras de las que se ocupó con particular esmero Oliver fueron los 150 ejemplares impresos sobre papel de hilo de un poema de agradecimiento de Carles Riba a los participantes en el homenaje que se le tributó con motivo de sus sesenta años, al que acompaña un grabado al boj de Granyer y en el que puede leerse: «Joan O. ha tingut cura de l´estampació del text» [Juan O. se ha ocupado de la estampación del texto].

Sin embargo, Oliver no salía de las estrecheces económicas, hasta que avanzado 1956 empieza a hacer colaboraciones en Ediciones Vergara, gracias a Josep M. Boix i Selva (1914-1996), y en Alcides, gracias a Pere Puig i Quintana (1907-1981), pero el gran cambio ─por lo menos en lo que a estabilidad laboral se refiere─ llegó cuando pudo empezar a trabajar en el ámbito de la redacción en Montaner y Simón, de donde pasó luego a Aymà como director literario y posteriormente a la Proa de Joan B. Cendrós («el cavaller Floïd»). Según contó a su amigo Pere Calders, que ya conocía a González Porto de su exilio en México y que también se incorporó a la Montaner y Simón a su regreso a Barcelona, este golpe de suerte (relativa) le llegó por un camino inesperado, pero que pone de manifiesto que las diferencias ideológicas no impidieron ni la colaboración ni la ayuda mutua entre la gente de letras catalana: fue gracias a su amigo de juventud Martí de Riquer (1914-2013), a quien define como «pasado al otro bando», que fue nombrado redactor de la adaptación española del Diccionario Bompiani, una de las obras cumbre de la Montaner y Simón.

Pere Calders.

El tan mencionado e interesante epistolario Oliver-Benguerel da reiterado testimonio de las insatisfacciones que este trabajo acabaría por provocar en el poeta y dramaturgo sabadellense, pero esta ya es harina de otro costal.

Fuentes:

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Gustau Erill i Pinyot, Ferran Canyameres, entre la memoria i l´oblit, Barcelona, Baula, 1999.

P.O., «En la mort d’un impresor»,  Avui, 16 de abril de 1981.

Ignasi Riera, «La impremta Pal·las A. G.», Avui, 22 de abril de 2009, p. 25.

 

La primera editorial que le tomó el pelo a la censura franquista

Cuando al término de la guerra civil española, Aymà crea la combativa editorial Alcides, poco podía imaginar que con el tiempo acabaría por publicar una obra tan sobresaliente como la dirigida por el prestigioso historiador Ferran Soldevila (1894-1971) Un segle de vida catalana 1814-1930, ni que acabaría por tener como director a Joan Oliver (1899-1986), que justo en ese momento se encontraba en Francia a punto de iniciar un largo periplo que le llevaría a exiliarse durante varios años en Chile.

La editorial Alcides la crea formalmente el 15 de mayo de 1939, con sede en la calle Pau Claris, un grupo formado por Jaume Aymà i Ayala (1882-1964), su hijo  Jaume Aymà i Mayol (1911-1989), que con esta iniciativa se estrenaban en el mundo editorial tras un intento frustrado durante la guerra y después de colaborar el primero con la Editorial Pedagógica, y tres de los hombres que habían sido responsables de la Associació Protectora de la Ensenyança Catalana, y por consiguiente también de su ya mencionada editorial (la Pedagócica), los geógrafos Tomàs Iduarte i Aragonés y Josep Parunella i Eulàlia (1889-1980) y el doctor en medicina Josep Girona i Cuyàs.

Una de las copias de la escritura de la fundación de Alcides.

Si, pese a la brevedad de esta primera etapa de la editorial, su nombre ha quedado en un lugar destacado en las historias del libro es porque a ella se debe, en un episodio bastante azaroso, el primer libro en catalán autorizado por la censura franquista, gracias a un astuto ardid. El libro en cuestión, Mes de Maria Eucarístic, de Lluís G. Otzet, es un volumen de 237 páginas, con ilustraciones de Josep Lisbona, del que en la imprenta Vídua de Ramon Tobella se tiraron 125 ejemplares que, según se indica en una estampilla adjunta, se trata de una «Edición particular. Prohibida la venta de este ejemplar bajo ningún concepto». La autorización para publicarlo, solicitada por  Jaume Aymà, pudo hacerse sin pasar por Madrid porque se presentó como un recordatorio de comunión, y, puesto que la censura barcelonesa estaba facultada para autorizar obras e impresos de hasta 16 páginas, debieron de pensar que un recordatorio de comunión no debía de exceder esa extensión, aunque en este caso se trata de un impreso inusualmente extenso para tratarse de un recordatorio.  Seguramente contribuyó también a obtener la autorización para publicar en catalán el hecho de que el autor era un sacerdote (había sido rector de Súria) fallecido en enero de 1939 en Vic como consecuencia de los bombardeos (franquistas, eso sí).  El nihil obstat lo firmó el obispo Gabriel Solà Brunet, que llegaría a ser máximo responsable de la catedral de Barcelona.

Oscar Samsó, en su imprescindible estudio sobre la edición clandestina en Cataluña durante el franquismo, reconstruye el origen de esta primera edición de Alcides del siguiente modo:

Desde la imprenta de la Vídua de Ramon Tobella de la calle del Carme 19, donde se imprimió, llaman a Jaume Aymà, hijo, para que se ocupara de la corrección del catalán. Entonces se planteó quién figuraría como editor, y convinieron en que se podría hacer con el nombre de Alcides.

Así pues, cuando hacía apenas un mes que se había constituido Alcides, ya aparecía un título con su nombre, pero lo que en realidad se proponía el grupo fundador era poner en pie una colección dedicada a los clásicos españoles e italianos, la Biblioteca de Clásicos Alcides, de la que apenas pudieron sacar unos pocos títulos.

Jordi Aymà menciona entre las publicaciones de Alcides una edición de Laura o el sello rojo, de Alfred de Vigny (muy probablemente en la traducción de Emili Vallès i Vidal) y un Calendario instructivo para 1940, y anteriores a estas fueron las de un Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, precedido de un prólogo de Jaume Aymà i Mayol, y una edición de Juan Ruiz de Alarcón, así como una compilación de canciones navideñas con textos de autores tan diversos como Santa Teresa, Lope de Vega, Góngora, Eugeni d´Ors y Sebastià Sánchez Juan, entre otros, ilustrada por D´Ivori (Joan Vila Pujol, 1890-1947).

En 1940, los problemas económicos y la escasa implicación de los socios hizo que la editorial cesara su actividad, justo en el momento en que Jaume Aymà i Mayol se da de alta como editor en la Cámara Oficial del Libro para fundar sucesivamente Atlàntida (1940), también de corta vida, y posteriormente, con su padre Jaume Aymà y Mayol, la Editorial Aymà, S.L. (1941), que subsumió las colecciones creadas por Atlántida y consiguió despegar sobre todo gracias al extraordinario éxito que obtuvo en 1942 al arriesgarse con Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949), de la que, dada su descomunal extensión,  hicieron una tirada de 12.000 ejemplares, que se agotó a los pocos días.

Sin embargo, Alcides no llegó a disolverse, lo que permitió que varias décadas después, en 1962, cuando la censura con respecto a la edición en catalán ya se había relajado bastante, se la pudieran ceder al abogado y activista cultural catalanista Pere Puig Quintana (1907-1981), quien ya tenía una cierta experiencia en el ámbito editorial como cofundador de la Revista d´Igualada (1929-1930), que contó con alguna colaboración esporádica de Xavier Benguerel (1905-1990), y sobre todo como creador, con Maurici Serrahima (1902-1979) y Félix Millet i Maristany (1903-1967), de la Benéfica Minerva, empresa gracias a la cual se publicaron algunas obras bibliográficamente importantes en los años cuarenta y cincuenta (la traducción de la Odisea de Carles Riba, la del miltoniano El paradís perdut de Josep M. Boix i Selva, L expansió de l´art català al món, de Sebastià Gasch…)  y financió también las investigaciones que cuajaron en la magna Historia de España (1952-1957) de Ferran Soldevila, que incorpora ilustraciones del editor Joan Sales (1912-1983).

Xavier Benguerel.

Puig Quintana dio un vuelco completo a lo que habían sido las primeras ediciones de Alcides, y lo único que mantuvo fue la voluntad de poner el sello al servicio de la edición en catalán, para lo que contó además con la colaboración de un director al que la propuesta de dirigir Alcides le llegó en el momento idóneo, Joan Oliver, quien por entonces estaba agobiado con el ambiente que se había ido creando en la editorial Montaner y Simón de González Porto, como le cuenta en carta del 19 de marzo de 1961 a su amigo Benguerel:

Puig i Quintana está dando los últimos toques a la editorial Alcides, donde parece que voy a tener un sitio. Esta es la única esperanza que me queda, hoy por hoy. En Montaner y Simón la atmósfera se enrarece cada vez más, y cualquier día explotará todo. ¡No lo puedo aguantar más!

Pero esta segunda etapa, que tampoco fue muy feliz para Oliver, fue ya otra historia.

Joan Oliver.

Fuentes:

Jordi Aymà, «Jaume Aymà i Ayala, editor», Anuari Trilcat, 1 (2001), pp. 163-173.

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Xavier Benguerel/Joan Oliver. Epistolari, Barcelona, Proa, 1999.

Galderich, «El primer llibre català del franquisme: Mes de María Eucaristic (1939), de Mn. Lluís G. Otzet», Piscolabis & Librorum, 11 de junio de 2015.

Abert Manent, «Llibres en català amb data de 1939», Serra d´Or, n. 272 (mayo de 1982), pp. 341-342, recogido en Del Noucentisme a l´exili, Sobre la cultura catalana del nou-cents, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1997, pp. 239-244.

Albert Manent y Joan Crexell, Bibliografia catalana dels anys difícils (1939-1943), Barcelona, Publicacions de la Abadia de Montserrat, 1988.

Samsó, Joan, La cultura catalana entre la clandestinitat i la repressa pública, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, vol II (Biblioteca Abad Oliva 147), 1995.

La azarosa aventura de editar en catalán en Chile

A tenor de las evidentes dificultades con que se encontraron, resulta bastante asombrosa la labor que consiguieron llevar a cabo los editores catalanes que como consecuencia del resultado de la guerra civil española se convirtieron en refugiados en los países que les acogieron. Baste como ejemplo los más de doscientos libros en catalán publicados en México, de los que casi una cuarta parte corresponden a la Biblioteca Catalana organizada y publicada por Bartomeu Costa-Amic (1911-2002), a los que para según qué propósitos sería conveniente añadir las numerosas y en algunos casos muy notables publicaciones periódicas. Sin embargo, como subrayó en su momento Maria Campillo refiriéndose a las ediciones chilenas de El Pi de les Tres Branques, quizá el criterio cuantitativo no es el más pertinente.

Visto con perspectiva, si la producción de «El Pi» no pudo ser cuantitativamente extensa, el conjunto, en cambio, es significativo. Constituye, por un lado y probablemente sin ningún tipo de intención deliberada, un compendio muy equilibrado, a escala reducida, de autores, géneros y modelos literarios muy representativos de la década de los cuarenta: tres volúmenes de poesía y uno traducido, un ensayo filosófico y tres de diferentes géneros narrativos y de tres modelos distintos (que suponen diferentes eslabones de la relación tradición/modernidad) dentro del psicologismo en boga. Del otro, indica la transición hacia la década de los cincuenta.

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Logo de El Pi de les Tres Branques.

Valdrá la pena por tanto señalar cuáles eran estos siete libros y un opúsculo a los que alude Campillo, y que constituyen el exiguo catálogo completo de El Pi de les Tres Branques:

Pere Quart, Saló de tardor [POESÍA], ilustraciones de Roser Bru, Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques (Sèrie Literària Catalana 1), 1947. Poesia. Veinte ejemplares en papel especial.

Benguerel

Xavier Benguerel.

Xavier Benguerel, La Máscara (Tres contes) [CUENTOS: «La màscara», «L’home dels prismàtics» y «El fugitiu»], Santiago de Chile (Sèrie Literària Catalana 2), 1947, 124 pp.

Josep Ferrater Mora, El llibre del sentit [ENSAYO], ilustraciones de Albert Junyent, Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques (Série Literaria Catalana. 3), 1948. 108 pp. Tirada de 400 ejemplares.

Carles Riba, Elegies de Bierville [POESÍA], Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques (Sèrie Literària Catalana 4), 1949. 68 pp. Edición de 230 ejemplares (200 en papel de medio hilo y 30 sobre papel especial y numerado). Por aquel entonces existía sólo una hoy mítica edición clandestina publicada en Barcelona con pie editorial falso (Buenos Aires 1942), que en esta edición chilena Riba corrigió y prologó.

Cèsar August Jordana, El Rusio i el Pelao [NOVELA], Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques (Sèrie Literària Catalana 5), 1950. Edición que consta de 470 ejemplares en papel medio hilo, y 30 ejemplares en papel especial, numerados del 1 al 30.

Domènec Guansé, La pluja d’or [NOVELA], Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques (Sèrie literària catalana 6), 1950. Rústica. 154 pp. Edición de 470 ejemplares en papel medio hilo, y 30 ejemplares en papel especial, numerados del 1 al 30. Premi Concepció Ravell en los Jocs Florals de la Llengua Catalana 1950 (celebrados en Perpiñán, Francia).

Josep Carner, Llunyania [POESÍA], Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques (Sèrie Literària Catalana 7), 1952. 130 pp.

Paul Valéry, El cementiri marí [POESÍA], traducción de Xavier Benguerel e ilustraciones de Carles Fontserè, Santiago de Chile, El Pi de les Tres Branques, diciembre de 1947 (previamente había aparecido en la revista Germanor).

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Carles Fontserè, exiliado en París.

En sus memorias, Xavier Benguerel (1905-1990) cuenta el arranque de este proyecto, al tiempo que describe con cierto pormenor el primer volumen y da unos datos interesantes: «El 19 de julio del 1947, Saló de tardor de Pere Quart inauguró las ediciones de El Pi de les Tres Branques: volumen de 116 páginas con treinta y cinco poemas y media docena de ilustraciones de Roser Bru, bien impreso en los obradores de la Imprenta Mediterránea». A la por entonces joven pintora y grabadora nacida en Barcelona Roser Bru (n. 1923), colaboradora también de Cruz del Sur, Pere Quart le había encargado el logo para El Pi de les Tres Branques, y en cuanto a la Imprenta Mediterránea (con sede en la Avenida Matta 320), de sus prensas habían salido por aquellos años títulos como Mosaico. Poemas líricos y romances de la Guerra Española (1944), del extremeño Cesáreo Vázquez Ambrós, exiliado de la dictadura primorriverista (1923-1930), que regresó a España en 1934 y volvió de nuevo a Chile en 1939; Instituciones políticas del antiguo estado catalán (1945), del abogado gerundense Lluís Franquesa i Feliu (1908-1951); las piezas escénicas Noche oscura de España y El retiro de Don Juan (1946), del abogado y escritor gallego Celso Romero Peláez, que posteriormente haría carrera también como traductor en Venezuela…

Lluís Franquesa i Feliu.

Como ya puede intuirse, fueron los escritores Pere Quart (Joan Oliver, 1899-1989), que contaba con la experiencia previa en las Edicions La Mirada, y Xavier Benguerel quienes tomaron las riendas del proyecto, si bien contaron con un patronato formado por Joaquín Sabaté, Pere Mir, Joan Juanet y Salvador Sarrà, y con el apoyo de los círculos que se movían alrededor del Centre Català de Santiago de Chile y de la revista Germanor (1912-1963), que desde 1945 y hasta su desaparición dirigió Domènec Guansé (1894-1978) y en particular del también editor en La Mirada Francesc Trabal (1899-1957).

Sin embargo, ya en 1948 Pere Quart decidió regresar a Barcelona, lo que hizo que a partir de ese momento Benguerel tuviera la última palabra en la decisión sobre qué y cómo publicar y quedara así como la única cabeza visible de la empresa, cuya significación cultural es notable, como ha puesto de manifiesto también Campillo:

..sobre todo en el momento de su aparición, en 1947, supone un viraje, una vez desaparecida la esperanza de que la victoria aliada modificara de forma substancial la situación española. Las pulcras ediciones de El Pi de les Tres Branques, que recuerdan, incluso formalmente, las de la Institució de les Lletres Catalanes durante la guerra, pueden interpretarse como la respuesta a una demanda, la que hacía Josep Carner en el editorial de abre el número de la represa, en París, de la Revista de Catalunya ([núm. 102], abril-junio de 1947). Exponía el poeta la necesidad, común al exilio y el interior, de proseguir a cualquier precio la vida literaria y reclamaba, para la literatura, los principios de la exigencia y el rigor, de la universalidad y la lealtad, de la fidelidad a un propósito.

Rafael Tasis

Rafael Tasis.

En el mismo texto mencionado por Campillo, escribe el poeta Josep Carner, otro de los publicados en El Pi de les Tres Branques, refiriéndose a la reaparición de la Revista de Catalunya, pero perfectamente aplicable a la editorial chilena: «Sin garantizar maravillas, lo cual sería imprudente en cualquier programa, queremos hacer, como dice el pueblo, imposibles para que la manifestación de nuestras letras y nuestro pensamiento se muestre, tanto como se pueda, honorable y honorada». Por otra parte, de la pulcritud de las ediciones y el acierto en la selección de títulos, así como del interés por distribuir esta colección entre los exiliados desperdigados por el mundo, da también testimonio el siempre exigente cuando de libros se trata Rafael Tasis (1906-1966), quien el 8 de mayo de 1948 escribe desde París a su amigo también exiliado Ramon Xuriguera (1901-1966): «Como tal vez te interesará, te remito el catálogo de nuevas ediciones de El Pi de les Tres Branques. He recibido unos pocos ejemplares de los primeros títulos publicados, y los marco con el precio de venta correspondiente. Del Saló de tardor me queda ya un solo ejemplar, pero si lo deseas te lo reservo. Hay cosas realmente buenas, de lo mejor que se ha hecho en poesía catalana en el exilio».

Elegies-de-Bierville

Retrato de Riba obra de Joaquim Sunyer (impreso sobre papel cuché y encolado en el lomo) i portada de las Elegies de Bierville.

Fue también gracias al estudio de los epistolarios que Lluís Busquets i Grabulosa pudo aportar información muy interesante acerca de títulos que en algún momento se sometieron a la consideración de Benguerel, que estuvieron a punto de publicarse o que incluso entraron en proceso de edición. En la revista Germanor llegaron incluso a anunciarse, por ejemplo, títulos de Pere Calders (acaso por mediación de Joan Oliver) y de Caterina Arderiu (1889-1976), pero podemos precisar además que fue su esposo, el poeta Carles Riba, que ya había publicado en El Pi de les Tres Branques, tras una notable labor de edición de sus Elegies de Bierville gracias a la colaboración epistolar de Benguerel, quien le insistió para que publicara el poemario Sempre i ara de Arderiu, que en 1938, en plena guerra civil, había obtenido el Premi Joaquim Folguera. En 1946, se hizo finalmente una elegante edición clandestina de cincuenta y un ejemplares de Sempre i ara en la barcelonesa SADAG (Societat d’Aliança d’Arts Gràfiques), con cinco litografías de la artista de origen georgiano Olga Sacharoff (1889-1967). Riba, además, intentó también que Benguerel publicara en Chile ensayos de crítica literaria, en particular los de Jaume Bofill i Ferro (1893-1968), que hasta 1955 no reuniría su excelente crítica literaria (publicada originalmente en en La Revista, Revista de Catalunya y La Nova Revista, entre otras) en Vint-i-cinc anys de crítica literaria, y Marià Manent (1898-1988). Pero hubo muchos otros casos, como explica Busquets i Grabulosa:

[Joan] Oliver pide a Benguerel que publique en la colección el libro de relatos Tota la saviesa d’aquest món, de Pous i Pagès (libro que se corrigió y preparó en Chile y que sólo el hado impidió que viera la luz), así como una de estas dos obras de Manuel Cruells, L’onze de setembre o Biografia de Pere el Gran […] Algunos autores ofrecen libros por su cuenta, como es el caso de Carner Ribalta, del propio Marià Manent, que pone a su disposición nuevas versiones de poesía china, o de Albert Junyent, covencido de que le interesará una evocación de la guerra en el frente de Aragón.

LlunyaniaCARNER

Albert Junyent intervino además en la búsqueda de financiación, por lo menos para el libro de Carner, cuya edición, en la que colaboró también Cèsar August Jordana (1893-1958) mediante intervención postal desde Buenos Aires, al parecer fue tan agotadora. También en el epistolario quedan reflejados los esfuerzos de Benguerel para encontrar financiación para proseguir con la publicación de nuevos título, pero finalmente las insuperables dificultades económicas hicieron que el proyecto del Pi de les Tres Branques acabara por fenecer. Como concluye Campillo al hacer balance de la contribución de los editores catalanes exiliados en América:

Por lo que se refiere al campo editorial, hay que tener en cuenta, en primer lugar, la aportación catalana al mundo de la edición latinoamericana, ya que entre los exiliados había un buen contingente de profesionales de todo tipo familiarizados con la industria del libro; desde editores a correctores de estilo, pasando por traductores, revisores de originales, ilustradores, además de toda la gama de especialistas en las artes gráficas (un sector mayoritariamente adscrito a la CNT y que se exilió masivamente). Así, la edición en lengua castellana se vio renovada y amplió su oferta […] En lo que atañe a la edición en lengua catalana, la producción no es completamente descorazonadora, si tenemos en cuenta las condiciones anómalas en que se produce.

 

Fuentes:

Xavier Benguerel, Memòria dun exili. Xile, 1940-1952, Barcelona, Edicions 62 (Cara i Creu 34), 1982.

Lluís Busquets i Grabulosa, «Epistolaris de Xavier Benguerel: un pou d’informacions», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939 (Actas del Primer Congreso Internacional (Bellaterra, 27 de noviembre-1 de diciembre de 1995), Sant Cugat del Vallès, Gexel- Cop d’Idees, vol. I, pp. 555-568.

Maria Campillo, «Breve informe sobre el exilio literario catalán», en Manuel Aznar Soler, Las literaturas exiliadas en 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel- Cop d’Idees (Sinaia 1), 1995, pp. 37-42.

Maria Campillo, «L’exili a la literatura catalana», en AA.VV., L’exili republicà: política i cultura (Actes de les Jornades d’Estudi celebrades al Centre de la Cultura Misericòrdia, Palma 18-20 de noviembre de 2009), Palma de Mallorca, Colsell Insular de Mallorca-Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2011, pp. 75-92.

Josep Camps i Arbós, ed., Lespantós és el buit, el desert. La correspondencia entre Rafael Tasis i Ramon Xuriguera, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or 432), 2010.

Josep Carner, «Represa», Revista de Catalunya, núm. 102 (abril-juny de 1947), pp. 3-5.

Juan Francisco Escalona, «Editores españoles en el exilio», en Editores del exilio republicano de 1939. Exposición en la Sala de Revistes de la Biblioteca dHumanitats de la Universitat Autònoma de Barcelona, diciembre de 1999, pp. 7-39.

Galderich, «La també rara segona edició de les Elegies de Bierville», Piscolabis&Librorum, 12 de julio de 2009.

Un vistazo a la editorial La Mirada (1925-1930)

El arranque de la editorial sabadellense La Mirada a finales de 1925 con L´Any que ve, un libro de chistes ilustrados prologado por Josep Carner, llamó mucho la atención de la crítica, de los lectores y de los profesionales, y en la misma editorial, cuyo logo era obra de Ricard Marlet (uno de los grandes artistas que estaban recuperando en aquellos años del grabado al boj), salieron otros títulos libros de parejo interés que revitalizaron el panorama editorial.

Página de L´any que ve.

Al año siguiente aparecía con el mismo sello Ofrena rural, de Guerau de Liost (Jaume Bofill i Mates, 1878-1933), en el que la crítica ha visto confirmado un desplazamiento de la influencia de Ruskin a la de Francis Jammes que ya se apuntaba en su poemario previo Selvatana d´amor (1920). A éste seguiría en 1927 Tres estels i un ròssec, un conjunto de textos firmados por Bellafila, que es el seudónimo que desde 1902 (y hasta 1928) empleó el poeta Josep Carner (1884-1970) para firmar sus comentarios políticos en el benemérito periódico La Veu de Catalunya (1880-1937).

 

En 1928 la cadencia de publicación cobró por fin un ritmo más sostenido. Del gran poeta Carles Riba (1893-1959) se recogieron una serie de cuentos destinados al lector infantil que previamente, después del éxito de Aventures d´en Pierrot Marrasquí (1917), habían aparecido en 1918 publicados individualmente en la Editorial Muntañola ilustrados por Xavier Nogués, Joan G. Junceda y Apa (Feliu Elías), y a los que en esta ocasión se añade, a modo de prólogo, unas «Paraules a la gent gran». De Josep Carner se publica el libreto de la ópera El giravolt de maig, que con música de Eduard Toldrà (1895-1962) i figurines de Xavier Nogués (1873-1941) se estrenó en el Palau de la Música de Barcelona el 27 de octubre de ese año (se repuso durante la guerra civil, el 12 de abril de 1938 y, más recientemente, en diciembre de 2003, por els Amics de l´Òpera de Sabadell) y una reedición de Els fruits saborosos, poemario que en su momento (1906) supuso la confirmación de Carner, junto con Eugeni d´Ors, como una de las puntas de lanza del noucentisme, y que en esta nueva versión aparece casi reinterpretado y reescrito por completo desde la madurez, como advierte el propio poeta en el prólogo.

Entre los autores consagrados y procedentes de la órbita del noucentisme que se publican ese mismo año en La Mirada se cuentan también Antoni Rovira i Virgili (1882-1949), de quien aparece la recopilación de prosas Teatre de la natura: paisatges i marines, botánica i zoología, conformada con textos procedentes de publicaciones periódicas como La Nau (que él mismo había contribuido a fundar y en el que sería un asiduo Armand Obiols) y La Publicitat;  Josep Maria Millàs-Raurell (1896-1971), de quien se publica la primera edición de la obra teatral estrenada en 1924 el Romea Els fills, que constituye una punzante crítica de la burguesía barcelonesa; a Carles Soldevila (1892-1967),  también la primera edición de la comedia La tia d´Amèrica, cuyos dardos apuntan a la misma clase social.

Francesc Trabal.

Por su parte, Agustí Esclasans (1895-1967) se puso en contacto con Trabal para intentar publicar su primer libro de cuentos al cerrársele otras puertas, y el editor sabadellense aceptó la propuesta si reducía la selección inicial de treinta a veinte cuentos. El éxito de este libro, Històries de la carn i de la sang, hizo que el año siguiente Avel·lí Artís i Balaguer hiciera una segunda edición, como número 11 de su colección Les Ales Esteses, y durante la guerra lo recuperó Josep Janés (1913-1959), como número 152 de sus excelentes Quaderns Literaris, quien además durante la posguerra publicó la traducción al español en su colección Lauro (Historias de la carne y de la sangre, 1946).  Si bien el arriesgado proyecto de hacer una edición en gran lujo, durante la guerra civil, con ilustraciones de Xavier Nogués, nunca llegó a materializarse, los diez cuentos descartados al conformar el volumen de La Mirada constituyeron después el cañamazo de Miquel Ángel i altres proses, que Janés publicó como tercer número de los Quaderns Literaris con una portada a pluma de Emili Grau Sala (1911-1975) y grabados del artista vidriero Jaume Muntasell (1915-¿?), en una de las muy escasas colaboraciones editoriales de este artista que parecen haber dejado rastro.

Igualmente notable es la presencia en La Mirada de un prosista muy conscientemente alejado del noucentisme y de cualquier atisbo de elitismo que le pudiera ser connatural como fue Josep Pla, de quien aún en 1928 se publica una primera y luego mítica edición –porque suele considerarse que las posteriores refundiciones estropearon el texto– de Vida de Manolo, contada per ell mateix, con 25 grabados fuera de texto (en 1930 apareció la traducción de Juan Chabás en la editorial Mundo Latino, precedida de un prólogo de Carles Riba, que hizo que en los años cincuenta Dionisio Ridruejo lo describiera como «uno de los mejores libros que se han publicado en España durante los últimos treinta años).

El resto de obras publicadas en 1928 en La Mirada responden a la segunda línea editorial, la de dar a conocer los primeros libros de los jóvenes que formaban o se movían alrededor de la conocida como Colla de Sabadell, y que puede interpretarse como un modo de responder a la situación que muchos autores consideraban injusta de las relaciones económicas entre escritores y editores:  L´home que es va perdre, de Francesc Trabal, y Una tragedia a Lil·liput, de Joan Oliver. De Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), el otro puntal del proyecto, se anunció en varias ocasiones un poemario de raigambre simbolista, Deucalió, del que al parecer nunca llegó a quedar suficientemente satisfecho como para darlo a imprimir. La misma combinación aludida se seguiría más o menos en los años sucesivos.

En 1929 aparece la obra de Josep Maria de Sagarra (1894-1961) Judit, la recopilación Tot de contes, de Cèsar August Jordana (1893-1958) y, más difícil de situar estéticamente, Vida i mort dels barcelonins, un conjunto de relatos muy concisos de Joan Sacs (Feliu Elias, 1878-1948) en la que el lenguaje humorístico y salpicado de coloquialismos y frases hechas desemboca en una visión amarga de la condición humana. Y a ellos seguirían en 1930, por un lado, el  Llibre d´estances. Llibre segon, precedit de la reedició del primer, de Carles Riba, y, por el otro,  Judita, de Francesc Trabal, que durante la guerra civil Josep Janés recuperaría en sus Quaderns Literaris. Depués de Judita, y tras publicar Quo vadis Sànchez? (1931) en Edicions de La Rambla, Trabal entró en el catálogo de la editorial Proa con Era una dona com les altres (1932) y Hi ha homes que ploren perque el sol es pon (1933), y por esos mismos años La Mirada acabó por convertirse en una colección de esa editorial, donde, en lo formal, se perdió el diseño original y, en cuanto a la selección de títulos, se introdujeron una serie de matices que como es muy lógico rompieron ese relativo equilibrio entre autores cuya obra había evolucionado a partir (y en algunas ocasiones contra) el noucentisme y los nuevos autores surgidos en los aledaños del Grup de Sabadell (a los que Carner se refirió quizá acertadamente como «escola sabadellenca»).

Al margen de este comentario han quedado una gran cantidad de hojas sueltas de poemas ilustrados, poemas visuales, grabados, estampas, etc. publicadas también por La Mirada que no son fáciles de documentar.

Fuentes:

Biblioteca de la Fundació La Mirada.

Miquel Bach, «L´indiscret encant de La Mirada», en La Colla de Sabadell, entre el Noucentisme i l´avantguarda (catálogo de la exposición), Sabadell, Fundació La Mirada, 2002.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Joan Oliver-Pere Calders, conversación transcrita por Xavier Febrés, con fotografías de Pilar Aymeric, Barcelona, Ayuntamiento de Barcelona-Laia (Diàlegs a Barcelona, 2), 1984.

Joan Oliver, Temps, records, ed. de Miquel Bach y prólogo de Pere Calders, Sabadell, Fundació La Mirada (Ragtime 3), 1991.

Apéndice: La Mirada (salvo error u omisión)

Francesc Trabal L´Any que ve; prólogo de Josep Carner e ilustraciones del autor, d’Antoni Vila Arrufat, Ricard Marlet, Lluis Parcerisa, Josep Maria Trabal, Joan Oliver, Armand Obiols i Miquel Carreras, 1925.

Guerau de Liost (Jaume Bofill i Mates), Ofrena rural, 1926.

Bellafila (Josep Carner), Tres estels i un ròssec, 1927.

Josep Carner, El giravolt de maig, 1928.

Carles Riba, Sis Joans, 1928.

Francesc Trabal, L´home que es va pedre, 1928.

Joan Oliver, Una tragedia a Lil·liput, 1928.

Josep Pla, Vida de Manolo, contada per ell mateix, 1928.

Antoni Rovira i Virgili, Teatre de la natura: paisatges i marines, botánica i zoología, 1928.

Josep Carner, El giravolt de maig, 1928.

Josep Maria Millàs-Raurell, Els fills, 1928.

Agustí Esclassans, Histories de la carn i de la sang, 1928.

Josep Carner, Els fruits saborosos, 1928.

Carles Soldevila, La tia d´Amèrica, 1928.

Joan Sacs, Vida i mort dels barcelonins, 1929.

Josep Maria de Sagarra, Judit. Poema, 1929.

C.A. Jordana, Tot de contes, 1929.

Carles Riba, Llibre d´estances. Llibre segon, precedit de la reedició del primer, 1930.

Francesc Trabal, Judita, 1930.

Un momento álgido de la edición en Sabadell

A Xavi Junyent i Xavier Bernadí, amb qui em vaig patejar, de dia i de nit, els carrers que aquí es mencionen.

 

La ciudad de Sabadell, cocapital de la comarca del Vallès Occidental (con Terrassa) y situada a unos 25 kilómetros de Barcelona, atesora una tradición como centro editor poco desdeñable y, además de algunas gentes de letras  notables como Francesc Trabal (1899-1957), Pere Quart (Joan Oliver, 1899-1986), Armand Obiols (Joan Prat, 1904-1971), Feliu Formosa (n. 1934), el librero y editor Joan Sallarès i Castells (1893-1971) o el pintor y editor Andreu Castells (1918-1987), es cuna de nombres importantes y acaso menos conocidos en el mundo de la edición, como los de Joan Sallent (1879-1936) y Ricard Marlet (1896-1976).

Imagen de la Escola Industrial de Arts i Oficis de Sabadell en 1928.

Muestra de la importancia que Sabadell tuvo como centro impresor es el hecho de que Joan Sallent i Prat, hijo de pequeños agricultores, se formara como aprendiz en una de las mayores imprentas que a principios de siglo había en España, la de Joan Comas i Faura (creada en 1885 y que contaba con unos setenta operarios), que durante muchos años estuvo situada en el número 7 de la calle Lacy, desde donde distribuía sus trabajos a toda la península e incluso al extranjero. Otro sabadellense notable, el mencionado Joan Sallarès, también pasó por la Comas, después de iniciarse a los doce como aprendiz en el taller de Magí Ribera y pasar por la Tipografía Vives, al margen de ser autor de obra sobre la historia del oficio (D´impremtes i d´impressors de Sabadell, 1963).

Antigua ferreteria en la Rambla, esquina Lacy (Sabadell).

Sin embargo, en 1912 Joan Sallent aparece ya documentado con un taller propio, dotado con una Minerva, ubicado inicialmente en Horta Nova, y en 1913 en la calle Sant Quirze (muy cerca, por tanto, de la imprenta de Joan Comas). En muy poco tiempo, esta imprenta se convirtió en un punto de referencia de la edición noucentista y empezó a recibir encargos de editoriales barcelonesas importantes, entre las que destacan la Librería Verdaguer (fundada en 1835 por Joaquim Verdaguer Bollich en las Ramblas) y la Catalonia de Antoni López Llausàs (situada en la plaza Catalunya), a las que en los años veinte se añadieron la Barcino y los principales proyectos surgidos en Sabadell.

Fueron los veinte una década bastante movida en la ciudad en cuanto a actividad editorial. En septiembre de 1920 surgía Garba (35 números hasta diciembre de 1922), una revista de arte y literatura impresa en Sabadell por Noográfica y dirigida por Ramon Ribera i Llobet (1882-1957) que no debe confundirse con la homónima barcelonesa de Josep Baguñà; en julio de 1921 aparecía, bajo la dirección de Armand Obiols y Esteve Serra, un único número de la revista de aires renovadores y vanguardistas Vibracions. Primera fulla de gimnàstica espiritual; en 1924 se publica por primera vez el Almanac de les Arts, impreso por Sallent y con grabados de Ricard Marlet, quien a esas alturas ya se había establecido como uno de los principales recuperadores del grabado al boj que había impulsado el noucentisme, y se añadía de ese modo a la pléyade que estaban conformando Xavier Nogués (1873-1941), Enric-Cristòfol Ricart (1893-1960) y Josep Obiols (1894-1967).

Página del Almanac de 1925, que recoge un poema de Joan Oliver y una acuarela de Narcís Giralt (Impreso por Sallent).

A mediados de la década, nace, por el impulso de la Lliga Regionalista, la Biblioteca Sabadellenca, un proyecto formalmente ambicioso que desde el primer volumen, en 1925, imprimió siempre la Sallent. Hasta 1936 publicó treinta  cuatro volúmenes, bajo la dirección del periodista y director del Diari de Sabadell Joan Costa i Déu (1883-1938), quien contaba con la colaboración y el asesoramiento del ya mencionado Joan Sallarès. Se estrenó con una antología seleccionada por Costa y Sallarès, y a ella siguieron poemarios de la compositora y pianista Agnès Armengol (1852-1934), del escritor vanguardista Joaquim Folguera o de Joan Trias Fàbregas (este último prologado por Joan Oliver), entre otros.

Sin embargo, el gran acontecimiento en aquellos años fue la gestación del conocido como Grup o Colla de Sabadell, pues de allí surgió otro proyecto en el que se lució Sallent, La Mirada, una de las editoriales más influyentes en la modernización tanto de la literatura como de las artes gráficas catalanas, y cuya huella puede percibirse todavía en determinados aspectos de algunos proyectos en activo (y quizá particularmente en Quaderns Crema). Ese conjunto de ejemplares, cuyo diseño sigue asombrando por su modernidad, con sus cubiertas en tela en color plano (diferente en casa caso) y con un formato casi cuadrado, o bien los de la colección de teatro, en rústica y con elegantes cubiertas a dos tintas, ha acabado por convertirse en poco menos que una serie de culto.

Uno de los integrantes del grupo, Pere Quart (Joan Oliver), dejó en 1960 una intensa y elocuente evocación de la génesis de la editorial, que tuvo por escenario la entrada al Marquet de les Roques, un pequeño castillo «al fondo de la Vall d´Horta, bajo el Montcau».

Un anochecer, alrededor de esas mesas, nos reunimos Josep Carner, Jaume Bofill i Mates, Carles Riba, Francesc Trabal, Armand Obiols y yo. Los maestros hablaban y los jóvenes escuchábamos; se nos hizo de noche. Habíamos comido en el castillo; en aquel ágape quedó constituida una empresa editorial modesta, pero significativa: La Mirada. De los seis, hoy sólo quedamos tres, y dos de ellos están muy lejos.

Imagen actual del Marquet de les Roques.

Al parecer, inicialmente se pensó en una colección de libros de arte para los cuales se barajaron como los tres primeros protagonistas Pablo Picasso, Salvador Dalí y Joan Miró, pero esa idea pronto fue sustituida por una actividad próxima a la de una cooperativa en la que los escritores implicados darían a conocer una serie de textos destinados a provocar no poco escándalo y a unas ciertas tensiones con los sectores culturalmente más conservadores de la ciudad (y, por extensión, de Cataluña), mientras otros sectores más jóvenes, que podrían perfectamente ejemplificarse en la redacción del periódico Avui (Pere Calders, Tísner, Àngel Estivill, Sebastià Juan Arbó, Lluis Palazón, Ignasi Agustí), se entusiasmaban con esa bocanada de aire fresco.

Joan Oliver en 1932.

El logo de la editorial fue obra de Marlet, miembro de la Colla de Sabadell (conocida en su ciudad también como Coro de Santa Rita), y el primer libro en el que apareció fue en L´any que ve, un volumen que firmaba Francesc Trabal pero en el que participaron también otros miembros del grupo, tanto en los textos como en las ilustraciones (Antoni Vila Arrufat, Ricard Marlet, Lluis Parcerisa, Josep Maria Trabal, Joan Oliver, Armand Obiols y Miquel Carreras). Se trataba de un libro de chistes en los que, bajo una apariencia decorosa, elegante e incluso distinguida pero moderna, elitista al fin y al cabo, se ocultaba un tipo de humorismo de lo más explosivo, en un tipo de juego que ponía ya de manifiesto las poderosas raíces vanguardistas de la propuesta de La Mirada. Este aspecto de juego un poco provocativo (épater le bourgeois) se reforzaba además por ir encabezado por un prólogo del reputado poeta Josep Carner (1884-1970), que ya con quince años había ganado su primer premio en los Jocs Florals de Barcelona y a principios de siglo era conocido como el príncep dels poetes, pues le avalaba el hecho de ser uno de los pocos escritores profesionales.

Francesc Trabal.

En realidad –y esto lo descubría el comprador una vez retirado el celofán que protegía el volumen–, los dibujos no hacían ninguna justicia al prestigio de sus autores, sino que más bien se trataba de ilustraciones de trazo desgarbado, intencionadamente naïf en el peor sentido. En cuanto al texto, los chistes ponen en cuestión la validez del lenguaje como herramienta para entendernos (en algunos momentos puede recordar algunos diálogos del teatro del absurdo), desmontan los clichés lingüísticos inservibles ya para transmitir nuevas ideas, ponen en entredicho las frases hechas y las muletillas, para poner de este modo de manifiesto su carácter absurdo e irracional, en lo que puede interpretarse como un juego bastante más serio de lo que pudiera parecer a un lector descuidado (que fue lo que en realidad sucedió a buena parte de los lectores de su tiempo).

Durante la guerra civil, entre otras cosas Marlet diseñó los billetes de uso local que se imprimieron por entonces en Sabadell.

Con este primer perdigonazo (al que siguieron una serie de títulos también muy dignos de mención de autores como Carles Riba, Cèsar August Jordana o Josep Pla), se acentuaron las diferencias y rencillas con el sector editorial más asentado en Sabadell y más conservador, particularmente con la Biblioteca Sabadellenca (vinculada a la Lliga Regionalista), si bien en la segunda mitad de  la década de los veinte no se había iniciado aún el acercamiento de los principales miembros de esta generación al pensamiento ni a las organizaciones marxistas, como sí se pondría muy claramente de manifiesto a raíz de la sublevación de julio de 1936.

En cualquier caso, ajenos a todo ello, tanto Marlet como Salllent (a cuya muerte le sucederían su hijo Eugeni y Francesc de P. Custodio) continuaron trabajando con todos ellos, acrecentando su prestigio, bien conocido y reconocido no sólo en Barcelona, sino en toda España y allende sus fronteras.

Colofón a dos tintas de uno de los 188 ejemplares de El Poema de Montserrat, de Josep Maria de Sagarra, firmados por el autor, ilustrados por Ramon de Capmany i Muntaner, e impresos por Sucesores de Joan Sallent en 1950.

Fuentes:

Joan Alsina i Giralt, «Joan Sallarès i Castells, 1893-1971. Assaig de biografia», Arrahona, tercera época, núm. 6 (primavera de 1990), pp. 47-64.

Miquel Bach, L´indiscret encant de La Mirada, La Colla de Sabadell, entre el Noucentisme i l´avantguarda (catálogo de la exposición), Sabadell, Fundació La Mirada, 2002.

Lluis Bonada, «Industrial i lletraferida», El Temps, núm. 1471 (21 de agosto de 2012), pp. 50-52.

Josep Lluís Martín i Berbois, «La Biblioteca Sabadellenca Una editorial al servei d’un partit», El Marges, núm. 80 (2006), pp. 31-48.

Joan Oliver-Pere Calders, conversación transcrita por Xavier Febrés, con fotografías de Pilar Aymerich, Barcelona, Ayuntamiento de Barcelona-Laia (Diàlegs a Barcelona, 2), 1984.

Joan Oliver, Temps, records, ed. de Miquel Bach y prólogo de Pere Calders, Sabadell, Fundació La Mirada (Ragtime 3), 1991.

Joan Sallarès, A l´ombra del campanar, Sabadell, Comissió de Cultura de I’Ajuntament de Sabadell, 1970.

Lecturas enriquecidas de textos teatrales (la colección Voz Imagen)

A Claudia Ortego yTeresa Santa María.

A lo largo del siglo XX, y sobre todo en su segunda mitad, hubo en España unas cuantas colecciones importantes de literatura dramática, que se añadían además a revistas como Primer Acto, Yorick o Pipirijaina como canales de los que disponían los dramaturgos españoles para dar a conocer sus obras teatrales, y los aficionados para conocerlas, mantenerse al corriente de lo que se estaba haciendo en este ámbito y, además, para acceder a traducciones de teatro extranjero.

Entre estas colecciones dedicadas específicamente a los textos dramáticos, destacan la veterana colección Teatro de la editorial Escelicer, que entre 1951 y 1975, se distribuía sobre todo en librerías especializadas y en quioscos, y Teatro Selecto de la misma editorial (Alejandro Casona, García Lorca, Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Edgar Neville, Valle-Inclán); o la espléndida El Mirlo Blanco, de la editorial Taurus, que bajo la dirección de José Monleón publicó a Fernando Arrabal, Max Aub, Buero Vallejo, Miguel Mihura o Alfonso Sastre, entre otros dramaturgos de análoga importancia, precedidos de estudios introductorios que a menudo se han convertido en canónicos o puntos de referencia, o los Libros de Teatro de la Editorial Cuadernos para el Diáologo (Edicusa) que, dirigida por Miguel Bilbatúa y Álvaro del Amo, descubrió al lector español autores como John Arden, Günter Grass, Martin Walser, Llorenç Villalonga, Joan Brossa o Eduardo Blanco-Amor, entre algunos otros.

Una de las colecciones más innovadoras en este ámbito, mejor concebidas, diseñadas y programadas fue sin duda la serie de Teatro de Voz Imagen, de la barcelonesa editorial Aymà, que en la misma colección convivía con otras series dedicadas al Cine, la Radio y la Televisión.

Voz Imagen nace después de que Jaume Aymà i Mayol (1911-1989), que había creado en 1941 la editorial con su padre Jaume Aymà i Ayala (1882-1964), la abandonara para crear primero Delós-Aymà (1962-1968) y posteriormente, una vez ya muerto Aymà i Ayala, la Editorial Andorra (1966-1971).

Tras diversos cambios de nombre (Ediciones Aymà, Aymà Editor, Aymà Editores), en 1951 se había establecido como sociedad limitada, pero diversos cambios en el porcentaje de las participaciones hicieron que en julio de 1962 Aymà i Ayala abandonara la editorial, y poco después, en febrero de 1963, lo hiciera también su hijo. La editorial, que sin embargo mantuvo el nombre –propiciando que los historiadores a menudo hayan sido víctimas de la confusión– , pasó a controlarla el industrial y mecenas Joan Baptista Cendrós (1916-1986), a quien Joan de Sagarra se refería como “el floidman” porque debía buena parte de su fortuna a la creación de la en su época muy conocida marca de productos de afeitado Floïd.

Al frente de la editorial como director literario Cendrós puso a un “hombre de la casa”, el poeta Joan Oliver (1899-1986), que tenía por entonces una larga experiencia ya como editor (antes de la guerra, en La Mirada; en el exilio chileno, en El Pi de les Tres Branques, y a su regreso, tras el preceptivo paso por prisión, en Montaner y Simón y en la propia Aymà como director de la colección en catalán El Club dels Novel·listes).

Joan Oliver (1899-1986).

 

Voz Imagen, dirigida por uno de los hombres de teatro más influyentes en la historia del teatro español, Ricardo Doménech (1938-2010),  se dio a conocer en 1963 con una asombrosa edición de El concierto de San Ovidio, de Antonio Buero Vallejo (1916-2000) –casi simultánea a la de Escelicer en su colección Alfil–, que se publica con unas características que definen ya lo que serán las entregas siguientes. Con un formato de 18 x 13, el texto de Buero va precedido de un muy buen estudio de Jean-Paul Borel y profusamente ilustrado con imágenes en blanco y negro del montaje de la obra.

Un repaso a los 25 números publicados en esta colección a lo largo de su existencia (1963-1978) da una idea bastante ajustada de lo que era el canon teatral de la época a ojos de la crítica literaria más informada (casi nunca coincidente con los del público), así como de los estrenos estéticamente más importantes e innovadores de la escena española (ver Anexo al final). El hecho de incorporar como material gráfico láminas con fotografías de los estrenos, cosa que cuando resultó imposible hacer se justificó mediante una nota del editor (caso de Max Aub), condicionaba de un modo notable la selección de títulos, pero ofrecía a cambio una propuesta de lectura enriquecida de los textos. De todos modos la lista de títulos resulta muy ilustrativa. Por un lado, en primer lugar cabe descartar que sea casual el hecho de que la colección se abra con obras de Antonio Buero Vallejo, lo cual es significativo de la posición que ocupaba en la historia teatral española en el siglo XX desde que en 1949 estrenara Historia de una escalera y al año siguiente José Janés la publicara en la espléndida colección El Manantial que no Cesa.

Tampoco debe de serlo que sólo haya dos dramaturgo de los que se publica más de una obra: Federico García Lorca (1898-1936), el más reiteradamente publicado, y Arthur Miller (1915-2005), pues da idea también de la significación de estos autores en los ambientes teatrales de esos años, y son elecciones que, desde el punto de vista político, van trazando un perfil inequívocamente izquierdista de la colección.

Arthur Miller (1915-2005) con su esposa Norma Jean Baker (1926-1962); es decir, Marilyn Monroe.

No es muy difícil percibir una cierta línea ideológica en los autores y obras seleccionadas, incluso en el caso de lo que puede interpretarse como recuperación de textos de autores cuya dramaturgia era poco visible (Gorki, Unamuno), y muy evidente en la selección de escritores españoles exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil española (Alberti, Aub), representantes en buena medida de la misma línea de teatro que representaba García Lorca y que antes de llegar a eclosionar se había visto cercenada por la guerra civil. Desde el punto de vista estético, también es muy perceptible la coincidencia entre el teatro de crítica social, la propuesta de renovación de la escena española y el interés por el rigor que defendía en aquellos mismos años la revista Primer Acto.

El autor Federico García Lorca, la actriz Margarita Xirgu y el director Cipriano Rivas Cherif en el estreno en Valencia de Doña Rosita la soltera (1935).

Junto a ello, algunas curiosidades, como el hecho de publicar la única traducción que se le conoce al escritor republicano José  Corrales Egea (colaborador de las revistas Cuadernos para el Diálogo, Ruedo Ibérico, Ínsula y Triunfo), o por lo menos la única traducción que firmó con su nombre, mientras se encontraba en París. En cualquier caso, tras la desaparición de Voz Imagen no salió en España ninguna colección teatral equiparable, ni en cuanto al catálogo de títulos, ni en cuanto a su concepción general y diseño.

 

Anexo: Serie Teatro de la colección Voz Imagen (Aymà)

1.Antonio Buero Vallejo, El concierto de San Ovido. Parábola en tres actos, prólogo de Jean Paul Botrel, 1963.

2. Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba, con un prólogo de Domingo Pérez Minik y observaciones y notas de dirección de J. A. Bardem, 1964. (4º ed: 1973.).

3. Miguel de Unamuno, El otro, con textos críticos de A. Colodrón, José Sanchís Sinisterra y J. M. Azpeitia, 1964.

4. Máximo Gorki, Los hijos del sol, traducción directa del ruso por Victoriano Imbert, con un ensayo de J. M. de Quinto y textos de J. C. Jaubert y Antoine Vitez, 1964.

5. Samuel Beckett, La última cinta. Acto sin palabras, con textos de Ricardo Doménech y Ángel Fernández Santos y entrevistas a Trino Martíínez Trives y a Josefina Sánchez-Pedreño, 1965.

6. Friedrich Dürrenmatt, Frank V: comedia de una banca privada, traducción directa del alemán de Feliu Formosa, prólogo y notas de Julio Diamante, 1965.

7. Joan Oliver, Bodas de cobre, comedia en tres actos y un epílogo, con textos de Joaquim Molas y Jordi. Carbonell, 1965.

8. Arthur Miller, Después de la caída, con palabras preliminares del autor y ensayos de F. García Pavón y Juan Cesarabea. Un montaje de la obra, por Adolfo Marsillach. Mensaje internacional de Arthur Miller, 1965.

9. Bertolt Brecht, La óperra de perra gorda, con textos de Alfonso Sastre y Feliu Formosa, 1965.

10. Manuel de Pedrolo, Hombres y yo, traducción directa del catalán de José Corredor Matheos, con un prólogo de José Monleón, 1966.

11. Max Frich, Andorra, traducción directa del alemán por Julio Diamante y Elena Sáez, prólogo de Julio Diamante, 1966.

12. Heinar Kipphardt, El caso Oppenheimer, traducción directa de Adolfo Lozano Borroy, con un prólogo de Eduardo Haro Tecglen, septiembre de 1966.

13. Alfred Jarry, Ubú, rey, traducción de José Corrales Egea, con textos de José Corrales Egea y Roger Shattuck, 1967.

Nota del editor: Resultaba sencillamente insólito que no hubiera a mano, en lengua castellana, una traducción de esta obra impar, que marcó un jalón en la historia del drama contemporáneo. Se acepten las razones que se quiera —en primer término, la complejidad de verter a otro idioma una obra tan genuinamente francesa—, lo cierto es, en fin, que esta ausencia queda hoy subsanada.

14. Max Aub, Morir por cerrar los ojos, con un ensayo de Ricardo Doménech, 1967.

Nota del editor: La obra publicada en este volumen no ha sido estrenada; por ello no hemos podido acompañarla con fotografías como es norma de nuestra colección.

15, Arthut Miller, Inicidente en Vichy, con textos de Luis F. Rebello y Jorge Enjuto, 1968.

16. Salvador Espriu, Primera historia de Esther, traducción de Santos Hernández (con la colaboración de Maria Aurèlia Capmant y Carme Serrallonga y supervisadsa por el autor); con textos de Ricardo Doménech y Santos Hernández, 1968.

17. Molière, El Tartufo. Versión de Enrique Llovet, con textos de Enrique Llovet y Adolfo Marsillach, 1970.

18. Harold Pinter, Retorno al hogar, con textos de F. M. Lorda Alaiz, J. J. López Ibor y J. López Saancho, 1970.

19. Federico García Lorca, Bodas de sangre, introducción de José Monleón y otros textos, 1971.

20. Federico García Lorca, Yerma, prólogo de José Monleón, 1973.

21. G. Berto, Anónimo veneciano, traducción de David Casanueva (¿Francesc Parcerisas? Véase comentario del mismo), febrero de 1974.

22. Federico García Lorca, Mariana Pineda, con textos de Antonina Rodrigo y José Monleón, 1976.

23. Federico García Lorca, Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores, con textos de José Monleón y Antonina Rodrigo, 1976.

24. Rafael Alberti, El adefesio (Fábula del Amor y las Viejas en tres actos), con textos de José Monleón y José L. Alonso, 1977.

25. Antonio Buero Vallejo, La doble historia del doctor Valmy, edición de Luis Iglesias Feijóo, 1978.

 

Fuentes:

Jordi Arbonés y Matthew Tree, Epistolari, edición de Josefina Caball, Lleida, Punctum-Grup d´Estudi de la Traducció Catalana Contemporánia (Visions 3), 2013.

Jordi Aymà, “Jaume Aymà i Mayol, editor“, Anuari Trilcat, 1 (2001), pp. 163-173.

Juan Ballester, diversas entradas del blog Aquellas colecciones teatrales.

César Oliva y Francisco Torres Monreal, Historia básica del arte escénico, Madrid, Cátedra, 2005.

Mariano de Paco, “Ediciones de textos teatrales desde 1939”, El Kiosko Teatral, núm. 41.

Francisco Ruiz Ramón, Historia del teatro español. Siglo XX, Madrid, Cátedra, 1977.