El enigmático editor Ramon Maynadé y Chile (tirando de un hilo)

De 1942 es una cuanto menos curiosa edición de un librito firmado por la escritora feminista y socialista inglesa Annie Besant (1847-1933), La sabiduría antigua, en versión española de Rafael Urbano, en cuyo pie editorial se indica: Editorial Maynadé, Barcelona-Editorial Ercilla, Santiago de Chile.

Es bastante escaso y confuso lo que se sabe acerca del fundador de esa editorial barcelonesa, más allá de una etapa bastante concreta comprendida entre las últimas décadas del siglo XIX y la guerra civil española, pero algún rastro dejó la relación entre esta firma y Santiago de Chile, y la mencionada edición deja algunos hilos de los que tirar. El traductor, el periodista madrileño Rafael Urbano (1870-1924), había publicado ya en 1903 una Historia del socialismo. Parte antigua: la conquista utópica, así como obras de títulos tan insólitos como El papel de fumar (1908), Manual del perfecto enfermo (ensayo de mejora) (1911) o, ambos en la Biblioteca del Más Allá, El Diablo. Su vida, su poder (1922) y el prólogo, biografía y glosario que acompaña la edición de Doctrinas y enseñanzas teosóficas, de la ocultista y teósofa rusa H.P. Blavatsky (1831-1891).

Sin embargo, más interesante resulta un pasaje de las memorias del médico Eduardo Alfonso Hernán (encarcelado al fin de la guerra por su pertenencia a la Sociedad Teosófica y posteriormente exiliado en América), Mis recuerdos: «Arnaldo Maynadé (otro exiliado catalán, hermano de la simpar y cultísima Josefina Maynadé y Mateos), que tenía una editorial en Santiago [de Chile] me publicó La Religión de la Naturaleza (año 1949 [en Ercilla])». Como es fácil suponer, tanto Arnaldo como Josefina son hijos del editor que aquí nos interesa, Ramon Maynadé Sallent, casado con Carmen Mateos Prat, aunque otro dato pertinente en este caso es la edición que del libro de Josefina La vida serena de Pitágoras se publicó en 1954. El pie editorial de esta última obra indica que el libro fue diseñado por el célebre Mauricio Amster (1907-1980) –que había llegado a Chile a bordo del legendario Winnipeg como consecuencia del resultado de la guerra civil española–, y publicado por los «Talleres Gráficos de Encuadernadora Hispano Suiza, Ltda., Santa Isabel 0174, Santiago de Chile». De la colaboración de Amster con la Hispano Suiza (que en los años cincuenta y sesenta trabajó mucho para la editorial Andrés Bello o Editorial Jurídica de Chile, así como para el Círculo Literario de Chile) es también testimonio más tardío el libro colectivo Gabriel Amunategui, memoria y homenaje, publicado por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales en 1961, por ejemplo, en cuya página de créditos se indica que «proyectó la edición Mauricio Amster».

Carmen Mateos.

No obstante, y pese a la experta intervención de Amster en muchos de los proyectos de la Hispano Suiza, lo cierto es que hay también testimonio de algún que otro enfado tremendo con los trabajos llevados a cabo en esos talleres, como es singularmente el caso del narrador e historiador dominicano Juan Bosch (1909-2001), quien al recibir los ejemplares justificativos de su Cuento de Navidad, escribía el 4 de febrero de 1957 al director editorial de Zig-Zag Ramón Zañartu:

A primera vista, la impresión que me produjo Cuento de Navidad no pudo ser peor. El proyectista de la impresión confundió ese libro con un estudio sobre el desarrollo de la minoría o con una tesis doctoral y escogió el tipo, la distribución de cuerpo y márgenes apropiados para trabajos de esa índole, no para un cuento infantil. Pero al proceder a la lectura la impresión se trasformó en desoladora: No hay derecho a hacer con mi cuento lo que ha hecho Zig-Zag, ni a ningún lector se le puede cobrar dinero por ofrecerle una edición plagada de errores tan graves que le hacen perder el sentido a lo escrito. Lo menos que yo esperaba de Zig-Zag es que tuviera un corrector de pruebas, no que se confiara al linotipista que compone el material.

A ello respondió como buenamente pudo Zañartu en carta del 22 del mismo mes, contando además con cierto pormenor, que es lo que aquí interesa, cómo se llevó a cabo el proceso de edición de la obra y señalando como principal responsable de las numerosas erratas detectadas por el autor a la «desastrosa» corrección de pruebas de la Hispano Suiza:

Su proyección y diagramación fue encomendada personalmente por mí a Mauricio Amster, que es el profesional más capacitado de nuestro país para esta clase de trabajos y que no solamente goza de reconocido prestigio en Chile sino que cuenta con él en el exterior.[…]

El libro fue primero acuciosamente corregido por el jefe de nuestra corrección de pruebas. Al decir nuestra corrección de pruebas me refiero a la de Zig-Zag, de la cual puedo

Mauricio Amster en 1937.

enorgullecerme porque es la mejor que existe en América y es reconocida como tal por todos los autores y editores, sin excepción alguna.

Lo lamentable del asunto es que como nuestra capacidad de impresión se encuentra muy reducida, tuvimos que hacer imprimir este libro en otra imprenta que trabaja especialmente para la empresa Ercilla.

Soy el primero en reconocer que sí tienen una corrección de pruebas desastrosa. Tal así, que no confiando en ella no solamente hago revisar los libros por nuestros correctores en galeradas, sino que también en pruebas de trozos y una vez compaginados.

Desgraciadamente, al parecer en este caso nuestras correcciones no fueron atendidas en debida forma ¿Serán las erratas tan graves como usted dice? Los talleres de la imprenta Hispano-Suiza se encuentran actualmente cerrados por vacaciones, pero se reabren el 1° de marzo próximo. Inmediatamente que esto suceda y reciba las indicaciones que usted me anuncia, haré revisar acuciosamente el original suyo con el libro impreso y cotejarlo con las notas que usted me envíe.

El doctor Eduardo Alfonso Hernán (1896-1991).

Es casi imposible y muy probablemente injusto intentar averiguar quién llevó a cabo esa corrección, pero en cambio sí conocemos algunos datos de uno de los empleados de esos talleres, el linotipista y corrector madrileño Homero García Ramos (1911-1979), quien antes de la guerra había trabajado para Espasa Calpe y era miembro de la Asociación General del Arte de Imprimir de la UGT (Unión General de Trabajadores), y que como consecuencia del resultado de la guerra se exilió a Francia y fue recluido en el campo de refugiados de Bram. Logró llegar a Chile en septiembre de 1939, también a bordo del Winnipeg, y empezó trabajando en la editorial Zig-Zag antes de hacerlo en la Hispano Suiza (donde se jubiló), al tiempo que era secretario de la sección del PSOE de Santiago de Chile hasta su muerte. En cualquier caso, resulta muy lógico que en una editorial como Ercilla, entre cuyos fundadores y directivos abundaban los peruanos miembros o afines a la APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) que se habían exiliado a Chile, encontraran buena acogida los exiliados republicanos españoles

En el año 2008 quien probablemente sea el primer gran estudioso de la historia editorial chilena, Bernardo Subercaseaux, ponía en una misma frase a Maynadé y estos talleres en un artículo publicado en la Revista Chilena de Literatura: «Maynadé, el editor barcelonés, se incorporó a Ercilla, retirándose más tarde para instalar con el suizo Hans Schwalm la imprenta Hispano-Suiza, en que se imprimían parte de los libros de la editorial [Ercilla]».

Logo de Editorial Ercilla.

Por otro lado, el teósofo valenciano Salvador Sendra –fallecido en Puerto Rico en 1991, pero que desde la editorial mexicana Orión había proporcionado trabajos bien remunerados a exiliados republicanos como Joquím Xirau o Luis Santullano– relató de la siguiente manera su reencuentro en Chile con el hijo del editor Ramón Maynadé, a quien atribuye además responsabilidades de gerencia en Ercilla ya en los años cuarenta:

A instancias del amigo Arnaldo Maynadé, hijo de don Ramón Maynadé y hermano de Pepita Maynadé –la culta escritora española–, todos viejos amigos de Barcelona, en 1940 acepté realizar un viaje por Latinoamérica por cuenta de una empresa de libros chilena de la cual mi amigo Arnaldo era gerente.

Y a todo ello aún pueden añadirse algunos datos más que llevan a cuestionarse qué papel desempeñaron padre e hijo Maynadé en la industria editorial chilena, a tenor de la investigación llevada a cabo por José Rodríguez Guerrero, quien anota en «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros»:

Su hermano [de Josefina Maynadé i Mateos] Arnaldo Maynadé i Mateos fue acusado de delito de masonería en 1944 por su pertenencia a la Logia Inmortalidad de Barcelona. Se exilió a Chile, donde llegó a ser Venerable Maestro en la Logia Iberia nº 51. Su expediente se conserva en: Salamanca, Archivo de la Guerra Civil Española, Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y del Comunismo, nº 10797.

Al mismo Arnaldo Maynadé lo describe Sebastián Jans (Gran Maestro de la Gran Logia de Chile) como «imprentero», además de como Venerable Maestro de la logia chilena Iberia 51. Así, pues, parece que habrá que seguir tirando de ese hilo para deslindar a los dos Maynadé y afinar su relación con Ercilla y con los talleres de la Hispano Suiza.

Fuentes:

Eduardo Alfonso y Hernán, Mis recuerdos, Madrid, Edición del Autor en Imprenta Europa (colección Sagitario), 1986

Rafael García Romero, «Juan Bosch: cartas escritas en el exilio», blog del autor, 10 de julio de 2014.

Sebastián Jans, «Presentación del libro Desde el silencio, verso a verso», blog personal de Sebastian Jans, 18 de julio de 2012.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Salvador Sendra, Impacto de Krishnamurti. Respuestas de España, Portugal e Hispanoamérica, México, Orión, 1987.

Bernardo Subercaseaux, «Editoriales y círculos intelectuales en Chile, 1930-1950», Revista Chilena de Literatura, núm 72 (abril de 2008), pp. 221-233.

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Manuel Delgado, editor de novela histórica española

El 5 de febrero de 1834 un joven José de Espronceda (1808-1842) firmaba un contrato de edición de la novela histórica Sancho Saldaña con el editor madrileño Manuel Delgado (f.s. XVIII-1848) en el que se especificaba que cobraría mil reales por cada uno de los seis volúmenes (de doce cuadernos impresos cada uno) que compondrían la obra, y se le adelantaban ya dos mil por los primeros. A título orientativo: a un escritor más afianzado por entonces como Mariano José de Larra (1809-1837) Delgado le hizo un contrato por 4.800 reales a cambio de los cuatro volúmenes de El Doncel de don Enrique el Doliente, que se publicaría ese mismo año 1834 y en la misma colección que la novela de Espronceda, y dos años más tarde le pagó dos mil a Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880) por Los amantes de Teruel, si bien en el caso del teatro con unas condiciones singulares, como se verá.

José de Espronceda.

José de Espronceda.

Una segunda edición del Sancho Saldaña mucho más extensa aparecida en 1869 (muerto ya Espronceda) creó en su momento una cierta confusión acerca de la versión definitiva de la obra y de su autoría, pero la explicación estaba en la intervención de Julio Nombela (1836-1919), autor de la prolongación de la obra y quien explicó sin ambages este tipo de prácticas editoriales en sus memorias (Impresiones y recuerdos) en un pasaje donde además caracterizaba del siguiente modo a su colaboradores en tales y semejantes menesteres:

García Cuevas, autor en sus mocedades de comedias y zarzuelas muy aplaudidas, magistrado después de brillante carrera y literato de verdadero mérito, favoreció con algunos capítulos trazados por su pluma mis novelas Mendigos y ladrones, Pepehillo, mi obra histórica Los Ministros de España y la continuación de la novela de Espronceda Sancho Saldaña. En la novela de Ignacio de Loyola me auxilió, superando mi trabajo, Martín Melgar, que en la época en que colaboró conmigo inauguraba con gran acierto sus tareas literarias prometiendo mucho y cumpliendo más tarde sus promesas, sino en cantidad al menos en calidad.

Mi íntimo y siempre buen amigo Juan Cancio Mena me prestó su valiosa ayuda en las obras La Bandera Española y Dios, Patria y Rey, publicadas en 1872 y 1873.

Sin embargo, Manuel Delgado, a quien a menudo se ha considerado el primer editor en sentido estricto (en el sentido de que era sólo intermediario, pues no era librero, tipógrafo ni impresor) y quien en 1847 sería condecorado con cruz supernumeraria de la Orden de Carlos III, debe su fama sobre todo a la implementación más o menos estable de algunas tácticas editoriales que tuvieron mucho éxito comercial, como es el caso de sus contratos con dramaturgos en los que se reservaba, además de los derechos indefinidos de reimpresión, los derechos devengados por las representaciones de las obras, y que en ocasiones –y muy particularmente en el del Don Juan Tenorio de José Zorrilla (1817-1893)– le fueron enseguida muy ventajosos. No deja de ser paradójico que el mismo año en que Delgado era condecorado se aprobara una nueva Ley de la Propiedad Intelectual.

El propio Zorrilla habla no muy bien en Recuerdos del tiempo viejo (1880-1882) de hasta qué punto los anticipos por obras no escritas acabaron convirtiéndose en mensualidades que le llevaron a continuar «produciendo tantas líneas diarias como reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las barbaridades que en ellas decía», situación que Martínez Martín vincula a «la fragilidad de un mercado en construcción». En cualquier caso, visto desde el siglo XXI, el elenco de dramaturgos que acabaron bajo el ala de Delgado fue realmente impresionante (Gil y Zárate, Hartzenbusch, García Gutiérrez, el Duque de Rivas…).

Sancho Saldaña, en cambio, se incluía en una operación no muy exitosa pero quizá atinada cuyo objetivo –en la línea de lo que habían intentado en Barcelona las revistas El Europeo y El Vapor y el filólogo y editor Antonio Bergnes de las Casas (1801-1879) – era impulsar el interés de los novelistas y lectores por la historia española mediante la publicación de novelas en la estela de las que tanto éxito habían reportado a Walter Scott (1771-1832) en inglés y tan buena aceptación habían tenido también en España, en particular en las ediciones que desde 1829 venía haciendo el editor e impresor Tomás Jordán de once novelas de Scott.

Para ello –y sobre todo para competir con Jordán– contó Delgado con el asesoramiento del escritor catalán Ramón López Soler (1806-1836), quien había debutado con el resonante éxito Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne (1930) que dio a la imprenta el editor valenciano Mariano Cabrerizo y cuya deuda (rayana en el plagio) con Ivanhoe ya quedaba claramente explicitada en el prólogo:

hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitándole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quien escribe.

Ros de Olano.Con razón pudo describir esta novela el periodista madrileño Mesonero Romanos (1803-1882) como un «Ivanhoe disfrazado», si bien la crítica ha identificado también trazas en su composición del Quentin Duward, de Waverley, de pasajes de lord Byron y de fragmentos de la Historia general de España, de Juan de Mariana (1536-1624). El proyecto de Delgado de dotar a la literatura española de una colección específicamente dedicada a novelas históricas sobre el pasado propio se había iniciado en noviembre de 1833 con El primogénito de Albuquerque, firmado por Gregorio López de Miranda (que no era otro que López Soler), a la que siguieron las mencionadas El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña, y en diciembre de ese año se anunciaban como autores de las obras siguientes a López Soler, Larra, Gil y Zárate (1793-1861), Ventura de la Vega (1807-1865), Estanislao de Kosca Vayo (1804-1864), Serafín Calderón (1799-1967) y Patricio de la Escosura (1807-1878). Más adelante (el febrero siguiente) se anunciaron también novelas de José de Villalta (1801-1846), Antonio Ros de Olano (1808-1886), Joaquín Pacheco (1805-1865) y Nicómedes Pastor Díaz (1811-1863).

Reedición del Sancho Saldaña a cargo de los descendientes de Manuel Delgado.

Según el célebre crítico de la generación del 27 José F. Montesinos (1897-1972) si, a diferencia de la novela histórica traducida, la colección de Delgado no triunfó fue en buena medida debido a la reticencia de los lectores españoles acerca de la literatura de ficción escrita en su lengua, lo cual quizá explique también que muchos de los autores no llegaran a publicarse (aunque con la firma de López de Miranda, en cambio, apareciera una segunda novela, La catedral de Sevilla, en 1833-1834). Ni la presentación ni el precio de los tomos (a 8 reales en Madrid y 9 en provincias) no eran muy distintos a las de otras colecciones similares que sí obtuvieron una buena respuesta por parte de los lectores. Así, de entre las novelas publicadas, solo tuvieron algunas reediciones las de Larra, Koska Vayo (Los expatriados de Zulema y Gazul, 1834), García Villalta (El golpe en vago, 1835), y la colección fue diluyéndose enseguida con Ni rey ni Roque (1835), de Escosura, y El caballero de Madrid en la conquista de Toledo por don Alfonso el VI (1836), de Basilio Sebastián Castellanos (1801-1891). Aun así, ya en 1846, en el segundo número de El Español, revista literaria, se proclamaba que «debe consultarla [esta colección] cualquiera que se proponga estudiar la historia de los trámites que ha seguido entre nosotros el arte de narrar». Sin embargo, no tardó Delgado en desistir y decantarse por novelas traducidas.

Fuentes:

Ángel Antón Andrés, «Prólogo» a José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, Barcelona, Barral Editores (Ediciones de Bolsillo, núms. 322 y 323), 1974, pp. 7-42.

Robert Marrast, José de Espronceda y su tiempo. Literatura, sociedad y política en tiempos del Romanticismo, traducción de Laura Roca, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 1980.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Julio Nombela, Impresiones y recuerdos, tomo I (1836-1850), edición digital a partir de Madrid, Casa editorial de “La Última Moda”, 1909. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Madrid, CSIC, 2014.

Enrique Rubio Cremades, «La novela histórica del romanticismo español», edición digital a partir de Historia de la Literatura Española. Siglo XIX (I), coordinador Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe, 1997, pp. 610-642. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012.

mens sana in corpore sano

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.

Décimo Junio Juvenal (60-126)

Sean Burnett (béisbol).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yogi Berra (béisbol).

 

 

 

Emeka Okafor (baloncesto).

 

 

 

Mithali Raj (críquet).

 

 

 

Eric Abidal (fútbol).

 

 

Rhys Priestland (rugby).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tim Tebow (fútbol americano).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LeBron James (baloncesto).

 

 

J. M. Castañón, un peculiar editor asturiano en Venezuela

El polígrafo asturiano José Manuel Castañón (1920-2001) es recordado sobre todo por una desconcertante novela inspirada por su estancia en las cárceles franquistas, Moletú Volevá (1956), pero, aun sin datos fehacientes, todo hace pensar que en buena medida cabe atribuir a este autor —de asombrosa trayectoria ideológica— la autoría de una empresa editorial caraqueña bastante singular, Casuz Editores.

Es muy probable que su primer fogueo en el ámbito de la edición sea la singular revista Aramo, profusamente ilustrada con fotografías y dibujos de la que tan sólo pudo publicar tres números (dedicados a Asturias, León y Segovia). En esta revista madrileña Castañón figura como director y Valentín Andrés A Corugedo como vicesecretario, y entre las firmas se encuentran las del ingeniero de minas Ignacio Patac (1875-1967) y la del historiador Luis Alonso Luengo (1907-2003), entre otras. Expresaba así sus propósitos en el editorial del primer número:

Aramo (Revista de las provincias españolas) nace con su primer número dedicado a Asturias. Es el esfuerzo de un grupo de asturianos residentes en Madrid, que tienen el propósito de publicar una serie de números, de igual formato que este [27 x 22, 96 páginas], consagrados a las provincias españolas.

De tan sólo dos años después, tras su paso por la cárcel (condenado por «fomentar la subversión»), es la primera edición de la novela Moletú Volevá, bajo el nombre de Editorial Arte, a la que sigue en 1959 una segunda, prologada por el historiador y estudioso del falangusta Ledesma Ramos Santiago Montero Díaz (1911-1985) en la que se la incluye en una colección de nombre Fondo y Forma y bajo el sello de Aramo. A esta seguiría una tercera en Oviedo, prologada por Emilio Alarcos Llorach e ilustrada por José Sesto (Alarde, 1978, con una tirada de cien ejemplares en rama numerados con el sello J.M. Castañón) y una cuarta prologada por el escritor venezolano Edgar Gabaldón Márzquez con las ilustraciones de Sesto (Gijón, J.M. Castañón-Stella, 1993). Acerca de la publicación de esta dura diatriba contra la sociedad de consumo, puede leerse en el blog dedicado al autor:

Para poder combatir la censura y publicar sus novelas se hizo editor. La censura había denegado la publicación de sus obras, pero logra publicarla con la ayuda de un alto funcionario de la censura española, un amigo, compañero de la División Azul, quien se solidarizó con su esfuerzo y le dio la autorización […] Un año más tarde, en 1957, publica, de la misma manera Bezana Roja, un relato de los acontecimientos acaecidos en un pueblo inventado que podría ser cualquier pueblo español, con sus habitantes fanatizados por las pasiones políticas.

José Manuel Castañón.

Inscrita también en la colección Fondo y Forma, Bezana Roja tuvo una segunda edición en 1971, en Casuz Editores, ya en Caracas, adonde Castañón llegó después de renunciar a su graduación militar y de solicitar al gobierno franquista que destinara su pensión por herida de guerra a algún excombatiente republicano que lo necesitara más que él.

En Venezuela desplegó Castañón una enorme actividad como crítico literario, escritor, conferenciante, y e Paula Simón apunta como al desgaire: «la Editorial Casuz, impulsada por José Manuel Castañón, un disidente del franquismo que recaló en dicho país para dedicarse a la tarea editorial».

La primera obra con pie editorial de Casuz Editores S.R.L. (Apartado 2883 de Caracas) fue, salvo error, la novela de Casañón El Virus (1968), lo que vendría a confirmar esa idea, reforzada por la abrumadora presencia de sus libros en el catálogo de esta empresa, si bien Castañón no mencionara nunca su vertiente de editor más que en la ambigua expersión «dedicación a las letras» o fórmulas similares. Por otra parte, a la altura de 1968 había publicado ya sus propias obras en diversas editoriales americanas, como las Ediciones Paraguachoa (Confesiones de un vivir absurdo, 1959) o la Universidad de Los Andes (Pasión por Vallejo, 1963), por ejemplo.

De esas mismas fechas debe de ser una singular edición discográfica del sello Casuz, pues son coincidentes con el centenario del poeta: Disco Homenaje a Rubén Darío (Centenario 1867-1967), en el que el propio Castañón da muestras de otra de sus vertientes que lo harían famoso recitando casi una veintena de poemas del vate nicaragüense.

De 1969 es un curioso Almanaque Literario Venezolano que se publica bajo los auspicios de José Manuel Castañón Editor y en el que confluyen las firmas de Carlos Augusto León, Arturo Uslar Pietri, Juan Liscano, Antonio Fernández Molina, Adriano González León, etc. y la siguiente obra localizada de Casuz es también de Castañón, Encuentro con Venezuela, aun así, en Casuz Editores no todo es Castañón, ni mucho menos, aunque los títulos pueden sugerir sospechas acerca del propósito de su inclusión en este sello.

En 1970 aparece en Casuz, junto una nueva obra preparada por Castañón (El amor en la poesía venezolana), la tercera edición Propiedad industrial, del abogado industrial y profesor venezolano Mariano Uzcátegui Urdaneta (1927-2009), quien más adelante publicaría en la misma editorial Las hormigas y yo (1978), con prólogo de Juan Iglesias. Tras la segunda edición de Bezana Roja, en 1971, Casuz empieza a crearse una identidad un poco más clara definida por la alternancia de autores venezolanos con algunos españoles bastante singulares, añadidos a algunos americanos históricos.

Entre los venezolanos, el poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955) (Canto al Orinoco, canto a la madre, 1973) y el periodista y autor del primer diccionario de galicismos Rafael Maria Baralt (1810-1960) (1821: Carabobo; 1824: Ayacucho, 1974). Entre los históricos, los también venezolanos Cecilio Acosta (1818-1881) (Cosas sabidas y cosas por saberse, 1974), de quien Castañón escribió que «estaba tocado de la gracia de los elegidos; de los que el destino marca con fuego: sin lastre de convencionalismo alguno» y el polímata Andrés Bello (1781-1865) (La silva de la zona tórrida y artículos de prensa, 1972), Simón Bolívar (La carta de Jamaica, 1972), junto a los libros preparados y prologados por Castañón para la colección Selecciones Literarias Mi Simón Bolívar (1973), Venezuela (1973), de José Martí, y Grandes páginas bolivarianas (1974).

Pero más curiosas resultan las obras de escritores peninsulares. Al obrero gallego Vicente Fillol se le publica en 1971, con una veintena de fotografías, Underdog. Los perdedores. Crónica de un exiliado español de la Segunda Guerra Mundial, de la que dos años después hizo una edición española La Gaceta Literaria. Y en 1975 aparecen una serie de títulos muy interesantes, entre los que destacan el ensayo La figura del sacerdote en la moderna narrativa española, de José Ortega y Francisco Carenas, la novela de Antonio Ferres (n. 1924) Al regreso del Boiras, cuya publicación le habían denegado previamente al editor Carlos Barral cuando la presentó a la censura española, la primera serie del libro memorialístico de Castañón Entre dos orillas: registros testimoniales, y uno de sus libros más citados, Mi padre y Ramón Gómez de la Serna. También de 1975 es otra curiosidad, una edición de Las Mocedades de Bolívar y Florilegios del Libertador, del abogado y político exiliado en Cuba y luego en Venezuela Eduardo Ortega y Gasset, con el sello José Manuel Castañón Editor.

Del año siguiente son el polémico Prosas de Razón y hiel. Desde el exilio, desmitificando al franquismo y ensoñando una España mejor, del prestigioso escritor y crítico literario gallego exiliado en Estados Unidos José Rubia Barcia y con un epílogo del propio Castañón, así como las Memorias de un republicano gallego perseguido por el franquismo, de Juan Noya Gil, quien había sido alcalde de A Guarda desde 1936 y luego estuvo en prisión hasta 1941, pero no pudo salir de España, con destino a Venezuela, hasta 1951. Su obra, con ilustración de cubierta del surrealista gallego exiliado en Caracas Mario Granell (1915-1991), se acompaña de un prólogo del poeta también gallego y exiliado Celso Emilio Ferreiro (1912-1979) y un epílogo de Castañon.

A los títulos mencionados hasta aquí podrían añadirse una segunda edición de El paraíso del Caribe (1975), del periodista y poeta venezolano Heraclio Narváez Alfonso, Cuando las nubes pasan (1975), de Mariano Uzcátegui Urdaneta, La puerta azul o Georgina Altamirano, la venezolana que se convirtió en mormona (1976), de Josefina Febres Cordero (1929-1979) publicada tres años después por el Stevenson’s Genealogical Center en traducción de Harold E. Rosen, Unos pasos por el teatro (1977), de Guillermo Korn o Los destinos manifiestos. Exploración histórica de la doctrina mítica y milenial que ha promovido y justificado los imperialismos (1977), del historiador Edgar Gabaldón Márquez, así como un buen número de obras del propio Castañón: la selección y prólogo de Bolívar y los poetas (1976), publicada por Casuz para la Embajada española en Venezuela, Cuentos vividos (1976) la segunda y tercera series de Entre dos orillas (1977 y 1978)...

Regresado a España en 1978, una vez muerto Franco, Castañón fue objeto de diversos homenajes tanto en su país natal como en Venezuela (que le concedió en 1987 la Orden de Andrés Bello de la Cultura) y Perú (es hijo adoptivo de la ciudad de Santiago de Chuco), adonde regresaba con frecuencia, pues nunca dejó ya de ser un exiliado. En palabras de José Ángel Ascunce, «José Manuel Castañçon es otra historia perteneciente al “Desencanto del exilio vencedor” […] salió rtiunfante de una guerra, pero vivió el resto de su vida con la presión de la derrota interior.»

Fuentes:

José Ángel Ascunce Arrieta, «El exilio del desencanto vencedor», en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos IX), 2006, pp. 17-34.

José Fernández Fernández, «Documentos sobre el exilio. La correspondencia entre Juan Larrea y José Manuel Castañón», en Antonio Fernández Insuela, ed., Sesenta años después. El exilio literario asturiano de 1939. Actas del Congreso Internacional, Oviedo, Universidad de Oviedo, 2000.

Paula Simón, «Aquí estoy yo y Los perdedores de Vicente Fillol y el problema del espacio en los testimonios del exilio español», en Diálogos ibéricos e iberoamericanos, Actas del IV Congreso Internacional de ALEPH, Lisboa, ALEPH-Centro de Estudos Comparatistas da Faculdade de Letras da Universidade de Lisboa, 2010 (versión digital) , 2010, pp. 864-874.

 

Joan Palet y los libros, una desenfadada coda sobre la censura franquista

Jacqueline Hurtley, cuyos trabajos sobre el editor Josep Janés (1913-1959) no me cansaré de recomendar, ya en su tesis doctoral analizó y describió la censura a la que fue sometida la traducción al español de Portrait in a mirror, y en un apéndice reproducía además algunas páginas del mecanoscrito con las tachaduras censorias; realmente, el de esta novela de Charles Morgan es un caso bastante singular, en el que además el ilustrador Joan Palet (1911-1996) tuvo un papel que, pasado el tiempo, resulta bastante gracioso.

En 1942, cuando Janés acababa de disolver la asociación que en la inmediata posguerra había intentado con Félix Ros (1912-1974) para llevar adelante la editorial Emporion, una de las primeras iniciativas que llevó a cabo fueron las Ediciones Lauro, conocidas sobre todo por su colección Aretusa (inicialmente encuadernada en rústica). En esta colección se publicó Retrato en un espejo (Premio Fémina 1930), pero con la singularidad de ser editada con ilustraciones, de Palet, encuadernada en tapa dura y con punto de lectura en tela. Recordando experiencias recientes de Janés con la censura, Hurtley aventura con mucho tino que muy probablemente este trato excepcional a la novela de Morgan respondía quizá a la voluntad de pasar el filtro de la censura franquista, que se mostraba más flexible con las ediciones lujosas por considerar que, dado su precio más elevado, difícilmente caerían en manos “poco convenientes” (es decir, las clases populares, a las que se suponía maleables).

Josep Janés.

La obra tuvo una inesperadamente buena acogida y recepción, y fueron muy elogiadas las ilustraciones de Palet. De hecho, la idea de los libros ilustrados o decorados fue una de las grandes iniciativas de Janés en aquellos años de la inmediata posguerra, aunque comportaran algunos inconvenientes, problemas de producción y retrasos. Así, explica Janés en su estupenda conferencia «Aventuras y desventuras de un editor»:

Solían ilustrar muchas veces los libros sin leerlos. Joan Commeleran me ilustró una vez una novela de veinte capítulos con veinte escenas, todas ellas referentes al primero. Pedro Pruna dibujó unos personajes que, según la obra, eran niños de ocho o nueve años, y me los representó, él, con bigote, y ella, con una figura que resultó un retrato anticipado en doce años de esa señora, de tanto relieve en la pantalla de hoy, que se llama Gina Lolobrigida. […] Había excepciones, claro está. [Josep M.] Mallol Suazo, [Joan] Palet [Evarist] Mora, Eduardo Vicente y muchos otros eran de una seriedad impecable.

Pere Pruna (1904-1977).

En Retrato en un espejo –«una novela perfecta», en palabras quizá demasiado entusiastas de Ricardo Gullón, que la emparenta con Jane Austen y Henry James– el joven pintor Nigel Frew rememora en primera persona el momento en que siendo muy joven se enamoró de Clare Sibright (cuando ésta estaba a punto de casarse), más por cómo se la imaginaba que por cómo era ella realmente, y su posterior frustración al negarse Clare a acompañarlo cuando, en un arrebato de pasión, le propuso una muy novelesca huida. El quid de la novela sin embargo, reside en el hecho de que Nigel se enamora de la idea que se ha hecho de Clare, y ello se pone de manifiesto cuando intenta pintar un retrato al óleo de su amada. Sólo consigue retazos, esbozos de sus manos, de su pelo, de su cuello, porque lo que en realidad parece desear es poseerla desde un punto de vista artístico, estético y muy romántico, y cuando comprende eso su pasión se apaga. En una segunda parte, convertida Clare en la esposa de Ned Fullaton en un aburrido matrimonio, es ella quien no puede quitárselo de la cabeza, y el desenlace es, efectivamente, el que es fácil suponer y que muy poca gracia le haría a la censura franquista.

Sin embargo, y resumiendo el relato que hace Hurtley del caso, la censura obligó sobre todo a tachar:

unas alusiones a los monjes y a Dios que se interpretarían como irreverentes e, incluso, heréticas, por lo que se refiere a Dios y, luego, la versión de la obra autorizada revela la supresión o sustitución de lenguaje explícitamente físico o sensual y la comparación cruda de los labios de la protagonista con los de una prostituta.

Sin embargo, la censura dejó pasar la escena en que Nigel se imagina el cuerpo desnudo de Clare y eso despierta su deseo, quizá sin tener en cuenta que esa escena se desarrolla en el interior de una iglesia.

Portada de la edición de 1957 .

Por si esto fuera poco, ya el traductor (Alfonso Nadal) o quien corrigiera la traducción se ocupó de atenuar el lenguaje, dando en la versión española “belleza física” como traducción de the body o traduciendo como “amor” lo que en el original era passion.

Con todo, lo más jugoso de esta historia queda para el final, que ya en la resolución definitiva de la Delegación Nacional de Propaganda (del 30 de junio de 1942) se pedia que el traductor «suavizara». Lo que decía la primera versión de traducción, y de lo que se deducía que se había consumado el acto sexual, era lo siguiente: «de modo que mi cabeza descansó en su pecho y sus cabellos cayeron sobre mí», frase que fue muy convenientemente tachada por el censor de turno.

Joan Palet pintando al aire libre en 1973.

Lo jocoso del caso es que esa fue precisamente la imagen que Plaet concibió, y Janés hizo imprimir, como última ilustración de la obra. Cabe discutir, sin fundamento ni pruebas, si fue un modo intencionado o no de torear a la censura, pero en cualquier caso no deja de tener su gracia.

Tambien la tiene que, visto lo visto, Gullón rematara su reseña con el siguiente comentario, en el que pone de manifiesto lo arriesgado que resulta hablar de las tracucciones cuando no se ha llevado a cabo un cotejo mínimamente serio del original con su versión traducida:

Es un deber fácil y gustoso de cumplir consignar que la versión castellana de Retrato en un espejo se presenta en esmerada y bella edición de la colección Aretusa que dirige José Janés. La traducción de Alfonso Nadal, cuidadosa y poética, es fiel trasunto del original inglés. Lleva ilustraciones muy delicadas de Juan Palet. En conjunto el libro resulta digno por su presentación de la obra con que, si no me engaño, se da a conocer a Charles Morgan al lector español.

Portada de la edición de 1942.

Fuentes:

Ricardo Gullón, «Retrato en un espejo», Escorial, núm 32 (junio de 1943), pp. 449-453.

Jacqueline Hurtley,La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis de doctorado, Universitat de Barcelona, 1983.

La profesora Jacqueline Hurtley tras recibir el Premio de la European Society of the Study of English por su biografía de Walter Starkie.

Jacqueline Hurtley, «La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología (Universitat de Barcelona), n. 11-12 (1985-1986), pp. 293-329.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés, editor de literatura inglesa, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias (Letras, Ciencias, Técnica 28), 1992.

Josep Janés i Olivé, «Aventuras y desventuras de un editor», conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Bareclona, Debate, 2013.

Eduaro Ruiz Bautista, coord., Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 188), 2008.

Primera aproximación a la obra de Joan Palet como ilustrador de libros

En la vieja sede de Plaza & Janés hubo en un tiempo un enorme cuadro al óleo, casi un mural, que bajo el título Los importantes de la literatura catalana presentaba una escena imposible, un encuentro entre Jacint Verdaguer (1845.1902), Joan Maragall (1860-1911), Ángel Guimerà (1845-1924) y Carles Riba (1893-1959), que nunca pudieron coincidir por razones cronológicas obvias. Es un misterio, al menos para mí, dónde fue a parar ese cuadro cuando se abandonó la sede, pero tiene mucho sentido que se tratara de una obra fechada en 1970 por el pintor y excelente dibujante Joan Palet Batiste (28 de marzo de 1911-19 de agosto de 1996), pues su labor como ilustrador de libros y su papel en la edición española es extraordinaria e, incomprensiblemente, muy poco reconocida.

Autorretrato de Joan Palet (1911-1996) en 1976 (óleo sobre madera, 30 x 41 cm).

Nacido en el seno de una familia de escultores y tallistas de la madera con taller en Barcelona, Palet se inició muy pronto en el mundo artístico en la pequeña empresa familiar, y su precocidad le llevó con apenas dieciocho años a participar en la Exposición Internacional de Barcelona (1929) y a hacer unas primeras colaboraciones para la celebérrima revista infantil Patufet.

A la derecha, cabecera de Joan Palet para Patufet.

Matriculado en 1930 como alumno nocturno en la Escola de Belles Arts de Barcelona, conocida popularmente como La Llotja, no tardó en formar grupo, una “colla”, con algunos jóvenes que no tardarían en destacar en el mundo de la ilustración y el diseño, como Josep M. Mallol Suazo (1910-1986), Manuel Ricart Serra (1913-2014) o Ricard Giralt-Miracle (1911-1994), entre otros. Dos años después, el fallecimiento de su padre le llevó a iniciarse profesionalmente en el mundo de la publicidad en una de las agencias pioneras catalanas, Publicitats, al tiempo que, sin abandonar los estudios nocturnos en La Llotja, se hizo socio del Reial Cercle Artístic de Barcelona y del Cercle de Sant Lluc.

Giralt per Palet

Ricard Giralt-Miracle (1951), retratado por Joan Palet (pluma sobre papel, 14 x 11 cm).

Como sucedió a tantos miembros de su generación, la guerra civil española hizo picadillo su prometedora carrera ascendente. Tras ver morir a su hermano en sus propios brazos en los primeros compases de la contienda, fue movilizado y pasó la guerra en el servicio cartográfico, para cruzar en febrero de 1939 la frontera con Francia y ser internado en el campo de refugiados de Barcarès. No volvió a cruzarla, en sentido contrario, hasta cinco meses después.

Janés per Palet

Retrato de Josep Janés i Olivé, grabado a la punta seca (1952).

A su regreso, al parecer, el reencuentro con sus compañeros, y en particular con el poeta y editor Josep Janés i Olivé (1913-1959), fue fundamental para su integración en el entonces muy asfixiado mundo editorial y cultural catalán. Según lo cuenta perfectamente su hija Olga:

Palet encuentra en el oficio de ilustrador una salida a sus necesidades artísticas, pero con Janés y su círculo también descubre una calidez humana y cultural que, recién terminada la guerra, parece un milagro. Conoce un ambiente que, a pesar de las dificultades del momento, se mantiene fuerte gracias a la colaboración entre pintores, poetas y escritores catalanes […] Janés se rodeó de colaboradores de gran valía artística y con inquietudes y cualidades manifiestas que habían quedado un poco huérfanos tras la guerra. Grau Sala, Giralt-Miracle, Mallol Suazo… los viejos amigos de la Llotja son algunos de los artistas que coinciden en aquella época en torno al editor; entre todos potencian un interesante clima creativo. Fruto de este ambiente son las ediciones de bibliófilo en las que colaborarán artistas plásticos –que realizan los grabados– y escritores. Todos ellos son hijos de una tradición novecentista, cuentan con un gran bagaje literario y cultural y son grandes lectores y amantes de la poesía, con Maragall y Carner como referentes.

En la década de los cuarenta Palet se dedica más a ilustrar libros y portadas de libros comerciales que a la edición propiamente de bibliófilo (en la que trabajará sobre todo a partir de los años cincuenta), pero fue muy destacada ya en la inmediata posguerra su edición de Retrato en un espejo, de Charles Morgan, que en El Español Darío Fernández Flórez describió como “un libro perfecto que acaso hoy día valga la capitanía maestra, la flor espléndida de la edición actual española”.

Forntispicio y portada de Retrato en un espejo.

Sin embargo, más interesante e ilustrativo de la singularidad de esta edición resulta el relato que hizo el muy estimado impresor Joan Bonet acerca del momento en que el libro se puso a la venta:

 Un libro caro, de literatura, una maravilla de presentación, a dos tintas, el precio del cual pronosticaban los entendidos en la materia que era inaccesible a la disponibilidad del público al que iba destinado. Lo miraban [a Josep Janés] como si fuera un demente. Era Retrato en un espejo, de Charles Morgan, con estuche y celofán, y, en el interior, unas ilustraciones exquisitas [litografiadas] de Joan Palet. El libro llevaba una sobrecubierta que era una maravilla. En apenas un mes se agotó esa edición.

A esta edición seguirían algunas otras muy notables, como las muchísimas sobrecubiertas que ilustró para la colección Leda, diseñada por Giralt Miracle para la editorial Lauro también de Janés, o las excelentes ilustraciones para el libro de Planas i Bach La meva vida en el llac (de la renacida colección Rosa dels Vents), o la sobrecubierta y el fronstispicio de Elisabeth vuela conmigo, Walter Ackerman, de la colección La Pleyade, que incorporaba en el interior dibujos de Ernst Daniel, o tantos otros títulos de colecciones janesianas como La Rosa de Piedra, La Pleyade o de las Ediciones de la Gacela para las que dibujó memorables forntispicios.

Portada de La meva vida en el llac (José Janés, 1948).

La labor de Palet para las ediciones de Janés y algunos otros editores en la década de los cuarenta (Aymà, Selene) fue enorme, pero, además de para su obra pictórica, aun encontró tiempo para intervenir además en algunas de las más destacadas ediciones emprendidas por la resistencia cultural catalana, como es el caso de la obra de Ramon Tor L´hereu Riera, de la que, con prólogo de Maria Aurèlia Capmany, variaciones melódicas de Joan Massip y cuatro láminas coloreadas a mano por Joan Palet, salieron de la Imprenta Joan Sallent 500 ejemplares numerados y falsamente fechados en 1938 (con lo que se pretendía engañar a la censura haciéndolo pasar por un libro anterior a la derrota republicana).

Interior de La meva vida en el llac.

De unos pocos años después es la colaboración con Josep Palau i Fabre (1917-2008), que conoció a Palet a través de Janés, para la revista clandestina Poesia, de la que entre marzo de 1944 y diciembre de 1945 (aunque evidentemente sin indicación de fechas) se publicaron veinte números con pie editorial de La Sirena impresos en la imprenta Gràfica Catalana, de cien ejemplares numerados en papel de hilo Guarro. De Palet es el diseño y realización de la cabecera, así como alguna que otra ilustración de esta mítica revista.

Cubierta de Novenari líric, con unas golondrinas que recuerdan las de los Quaderns Literaris de Janés.

De 1945 es la muy singular edición que hizo Aymà de Tú y yo, de Paul Géraldy, con cuatro láminas a color de Palet y de la que se tiraron tan solo 36 ejemplares. Por esas mismas fechas, ya mediada la década y gracias a una ayuda económica del Instituto Francés, se planteó salir clandestinamente del país y establecerse en París, donde contaba con reunirse con sus amigos Josep Palau i Fabre y Antoni Clavé (1913-2005), pero el contacto que debía ayudarle a traspasar los Pirineos no se presentó a la cita y Palet ya nunca más volvió a intentarlo.

A los trabajos ya mencionados puede añadirse aún la colaboración con la revista clandestina dirigida por Josep Romeu (1917-2004) Ariel. Revista de las Arts, o su participación como uno de los diversos ilustradores del Primer llibre de goigs firmado por Hilari, pare d´Arenys de Mar, publicado en 1949 por Montaner y Simón.

Quizá sea muy osado o ambicioso en exceso pretender crear un registro de todos los trabajos editoriales llevados a cabo por el muy prolífico Joan Palet, y son de prever ya grandes dificultades para localizar sus trabajos de preguerra, pero probablemente en algún momento, alguien, debería intentarlo para poder justipreciar la labor de un hombre importante en la ilustración de libros en los años cuarenta y cincuenta, tanto en ediciones de bibliófilo como en ediciones corrientes.

 Fuentes:

Joan Palet. Una mirada íntima, libro catálogo con textos de Josep Palau i Fabre (“Presentació”), Olga Palet (“Joan Palet. Una mirada íntima” y “Joan Palet. Notes biogràfiques”), y Pere Secorún (“Un estiu a Mallorca”), con bibliografía y traducciones de los textos al español y al inglés de Discobole, Caldes d´Estrac, Fundació Palau-Centre d´Art, 2006.

Página web a medio crear dedicada a la memoria y obra de Joan Palet Batiste.

Fernando Gutiérrez, “Juan Palet en Galería Anglada”, La Vanguardia, 6 de abril de 1974, p. 49.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Darío Fernández Flórez, “Trance y fortuna de la edición actual española”, El Español, 2 de enero de 1943, p. 11.

Juan Ramón Masoliver, “Salones jóvenes, “Artes y Artistas”, La Vanguardia, 29 de septiembre de 1949, p.40.

J.V., “El facsímil de Poesía, primer revista clandestina impresa en català”, La Vanguardia, 13 de enero de 1977, p. 40.

Ignacio Vidal-Foclh, “Palet, Palau i Picasso”, El País, 26 de diciembre de 2011.

Plaza & Janés Editores, S.A.”, en el blog Fotogramas del Pasado.

 

 

El libro, ¿dispositivo de lectura inmejorable?

En el siglo XX no puede decirse que surgieran en España grandes innovaciones en el terreno del libro como objeto, ni siquiera en su producción, por lo que fue el dispotivo de lectura más ampliamente aceptado, tanto en ámbito del ocio como en el de la enseñanza. Y lo que pudiera haber llegado a ser la mayor aportación a los modos de lectura, el libro mecánico, quedó en nada por falta de financiación, quizá porque se adelantó al tiempo en que una iniciativa como ésa pudiera haber encontrado inversores (ya fuese en el propio país o fuera de él). Surgió en una España que atravesaba un momento político y económico en que era poco probable que llegara a triunfar.

Sin embargo, otro de los antecedentes que se han señalado a los dispositivos de lectura actuales, el Microfilm Book Reader, anunciado en fecha tan temprana como abril de 1935 en Everyday Science and Mechanics, no tuvo mejor suerte. Se trataba de un diseño directamente inspirado en los lectores de microfilms que hoy  pueden verse en bibliotecas y en particular en hemerotecas, que debía funcionar con corriente eléctrica y cuyo objetivo era la lectura de libros (con un botón incluso para pasar las páginas) que hace pensar en la lectura de un pdf en pantalla. La gran diferencia en líneas generales con la idea rectora del lector de microfils es la disposición en vertical, que parece intentar reproducir la lectura de libros. Sin embargo, acaso también debido a los tiempos que corrían (con la segunda guerra mundial a la vuelta de la esquina), esta original idea no pasó de ser un interesante diseño que apenas dejó rastro.

Ángela Ruiz Robles (1895-1975).

La artífice del libro mecánico, Àngela Ruiz Robles (1895-1975), abordó el asunto que se había planteado desde el ámbito que le era propio y en el que hasta entonces había desarrollado su vida profesional (era maestra en El Ferrol, donde también abrió una academia para adultos), y sus propósitos eran, por un lado, paliar el problema para la salud que suponía que niños y adolescentes en proceso de crecimiento acarrearan pesadas carteras o mochilas, con las consecuencias que en buena lógica eso se suponía que podía tener en el desarrollo de su columna vertebral, y por otro lado, iniciar un nuevo modo de impartir conocimientos más ameno y que los hiciera fácil y rápidamente asimilables.

Uno de los principales objetivos que se planteaba, pues, era compactar todos los libros de conocimiento en uno solo o en unos pocos (una macroenciclopedia escolar), y además conseguir que tuviera el menor peso posible. La bondad de tal propósito no parece discutible, y en realidad los dispositivos de lectura de textos electrónicos han empleado esos mismos argumentos en su intento de divulgación.

La faceta de Ángela Ruiz Robles como innovadora se despierta en la posguerra española, pero sus primeras tentativas se producen ya incluso antes y tal vez como consecuencia de su experiencia como docente de taquigrafía y mecanografía (1915-1916), materia sobre la que publicaría diversos libros en la coruñesa Imprenta Moret (que ocasionalmente actuaba, desde los años veinte, también como editora de libros técnicos destinados a la enseñanza). Ya su Primer Atlas gramatical (1944), resultaba ingenioso en su planteamiento, pues pretendía ofrecer un mapa explicativo de variantes lingüísticas con un cierto grado de interactividad con el lector.

Su segunda gran creación fue un método taquimecanográfico del que en 1949 surgió el diseño de un proyecto de máquina taquimecanográfica ad hoc. La principal novedad a simple vista era una nueva propuesta de ordenación de caracteres en el teclado, que tenía en cuenta además las grafías y signos propios de diversas lenguas y cuyo objetivo era facilitar tanto la escritura (mediante un perfeccionamiento del sistema de enlaces sistemáticos y un encadenamiento de signos simplificado) como la lectura.

En realidad su invento puede interpretarse como la fusión de la máquina de escribir y el libro, pues el contenido que ofrecía permitía adiestrarse en el conocimiento y empleo de las letras y números y ejercitarse en los rudimentos de la escritura, la lectura y el cálculo matemático simple. Pero con la enciclopedia mecánica lo que proponía era la posibilidad de acceder a materias más diversas estructuradas en carretes y bobinas, a los que se pudieran incorporar las imágenes que fuera necesario y sonido (lo que hace pensar sin duda en el sonobox que Plaza & Janés adoptó a principios de los años ochenta), así como las explicaciones en forma de texto de las materias escolares.

Otra idea interesante de la enciclopedia mecánica es el hecho de incorporar una lente de aumento (que permitía comprimir el tamaño de la información que deseaba incorporarse) y luz interna que posibilitaba la lectura en la oscuridad (y que de nuevo remite a las pantallas delos dispositivos de lectura electrónicos y a los teléfonos móviles o celulares).

Esquemas que acompañan la patente de la enciclopedia mecánica.

Construida en el Parque de Artillería de Ferrol y patentada el 7 de diciembre de 1949 (patente 190.698), la enciclopedia mecánica de Ángela Ruiz Robles nunca llegó a buen puerto, pese a que al parecer desdeñó una oferta de construcción en serie en Estados Unidos con la esperanza de que podría encontrar financiación para construirla en España. Sin embargo, es justo que actualmente de nombre a uno de los Premios Nacionales de Informativa, el destinado, entre otras cosas, a galardonar “las actividades institucionales, corporativas o individuales que potencien el emprendimiento en el área de las tecnologías de la información y que estimulen la innovación, la transferencia de conocimiento”, etc.

Le enciclopedia mecánica.

A finales de los años cuarenta, en la industria editorial española no hubo nadie con la visión suficiente para intentar la materialización y el desarrollo de esas ideas, y quizá no era el momento propicio para ello. Pero resulta paradójico que sí se intentara implantar otros inventos que no están muy lejos de esa misma línea, como el ya mencionado sonobox, del que hoy ya apenas nadie se acuerda.

Fuentes:

Entrevista y reportaje sobre “Ángela Ruiz Robles, la inventora gallega del libro electrrónico“,  en el programa de RTVE Con Ciencia.

La patente de la enciclopedia mecánica puede leerse aquí.

AA. VV., Ángela Ruiz Robles y la invención del libro mecánico, Ministerio de Economía y Competitividad y Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2010.

Detalle de la patente.

Alpoma, “Ángela Ruiz Robles, precursora de los libros electrónicos”, Tecnología Obsoleta, 3 de noviembre de 2013 (versión abreviada de un artículo publicado previamente en Historia de Iberia Vieja, núm. 101, noviembre de 2003).

Lorena Fernández, “Mujeres tecnólogas. Haberlas, Haylas“, en Doce miradas, 11 de febrero de 2014; glosado con el título  “Mucho antes que Jeff Bezos ya estuvo Ángela Ruiz Robles“, en Texturas.

Guillermo García, “Doña Angelita, la inventora gallega del libro electrónico“, Sinc, 25 de enero de 2013.

Daniel González de la Rivera Grandel y Juan José Moreno Navarro, “Los orígenes hispánicos del libro electrónico”, El País, 17 enero 2013.

Mary Lebert, El libro digital (1971-2010). Proyecto Gutenberg, 2010.

Rosa Millán García, “La enciclopedia mecánica de Ángela Ruiz Robles en la MUNCYT de Coruña”, Rosa Millán García en femenino, 3 de mayo de 2012.

Rocío Pita Parada, “El primer e-book nació en El Ferrol“, La Voz de Galicia, 16 de abril de 2010.

Elena Rojas Romero, “El libro mecánico, precursor del libro digital, nació en 1949 y su inventora fue una maestra de El Ferrol”, Marchamos. Revista de Comunicación Interna de la Oficina de Patentes y Marcas,  núm.39 (3er cuatrimestre de 2010), pp. 20-21.

 

 

De la Librería Madero a Ediciones Era

A Juan Miguel de Mora, ex brigadista,

excelente escritor y tertuliano de primera.

Ediciones Era quizá sea una de las editoriales independientes mexicanas más conocidas y reputadas internacionalmente, pero sus inicios en 1960 poco podían hacerlo presagiar. Uno de los impulsores de esa iniciativa, el pintor y diseñador gráfico Vicente Rojo (Barcelona, 1932), que llegó a México en 1949, ha dejado testimonio de las circunstancias en que nació la editorial:

En 1959 propuse a José [Hernández] Azorín y los hermanos [Neus, Jordi y Francisco] Espresate, mis amigos y colaboradores en la imprenta Madero (Ciudad de México), la creación de una pequeña editorial cuyos libros se pudiesen imprimir en los tiempos en que las máquinas estaban inactivas. El proyecto contó con el apoyo entusiasta de don Tomás Espresate, quien puso una sola condición: que la editorial estuviera compuesta por jóvenes (ninguno de nosotros contaba aún con treinta años).

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

Max Aub, Juan Goytisolo y Vicente Rojo.

El grupo iniciador de la editorial, pues, estaba compuesto por jóvenes militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, una organización política surgida en los meses previos al inicio de la guerra civil española como resultado de la fusión de la Unión de Juventudes Comunistas de España (PCE) y las Juventudes Socialistas de España (PSOE), y con el tiempo a su alrededor crearon un grupo de colaboradores entre los que abundaban los exiliados o hijos de exiliados (Pili Alonso, Fernández del Real, Nuria Galizpiendo, Adolfo Sánchez Rebolledo…). Casi desde el primer momento, Ediciones Era se posicionó como una de las editoriales jóvenes más interesantes, pero nada de ello hubiera sido posible sin el estímulo (y la financiación, en forma de un crédito de 100.000 pesos) de un personaje tan fascinante como  Tomás Espresate Pons (Portbou, 1904-México, 1994), a quien sus hijos Jordi y Neus Espresate Xirau editaron Las guerras del avi. Recuerdos (1904-1994), publicado en Veracruz en 2012.

Antes de la guerra civil, Tomás Espresate había iniciado una ascendente carrera política (al tiempo que se desempeñaba como agente de aduanas), en el seno del PSOE y del sindicato UGT, y ya no abandonó su compromiso político. Al entrar las tropas franquistas en Barcelona, a donde le había llevado un agitado periplo, pasó a Francia por Portbou,  y de ahí a París, donde trabajó para el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles hasta que la amenaza de las tropas nazis le llevó ya en 1940 a Marsella. Cuando finalmente se embarcó en el Nyassa con destino a México, en 1942, dejaba atrás a sus hijos, que proseguían su escolarización en la Barcelona ocupada.

Recién llegado a la capital mexicana, Espresate empieza a trabajar en el Comité Técnico de Ayuda a los Refugiados Españoles, pero al mismo tiempo crea una empresa de exportación de productos textiles (Comercial Espresate). Sus inicios en el mundo de los libros casi coinciden con el momento en que por fin consigue reunirse con sus hijos. En 1946, se asocia con Enrique Naval (Zaragoza, 1901- México 1958), abogado que durante la guerra había sido secretario general del Ministerio de Instrucción Públicay responsable de los servicios de propaganda. Naval (que al término de la guerra pasó por el campo de refugiados de Saint Cyprien) tenía además una cierta experiencia en el mundo editorial, pues con Epifanio Madrid habían puesto en marcha la fugaz editorial Bajel. Juntos, Naval y Espresate crean Crédito Editorial, que dura apenas dos años.

Sin embargo, la empresa que le vale a Tomás Espresate un lugar de honor en la historia de los libros e incluso en la historia cultural de México, la mítica Librería Madero, abre sus puertas a mediados del siglo XX en la calle Madero, 12, especializándose en libros antiguos, raros y lujosos, y al cabo de tres años amplía su radio de acción con la creación de la Imprenta Madero, que empezó a funcionar con una sola máquina de 50 x 70 en la calle Amberes (posteriormente, al ampliar el negocio con tres máquinas más, se trasladaría a Aniceto Ortega). En la Imprenta Madero, además Vicente Rojo, José Azorín y Tomás y Jordi Espresate se formó un nutrido grupo de profesionales de las artes gráficas, como Hipólito Galván, Roberto Muñoz, Antonio González,Carlos Maldonado, Pilar Ríos, Candelaria Montiel o Efraín Morales. Carlos Monsiváis evocó el ambiente de la Imprenta Madero en los años iniciales de Era en los siguientes términos:

Un local no muy amplio en las cercanías de la avenida Universidad, la Imprenta Madero que edita entre otras maravillas, el Boletín de la URSS, los trabajadores, los escritores que se suceden unos a otros, y en un despacho Vicente Rojo, Neus Espresate y José Azorín discuten, revisan pruebas, y examinan con orgullo autocrítico (angustia optimista) sus primeras portadas.

Neus Espresate Xirau (Canfrac, 1934).

La importancia de la Madero como punto de innovación en el ámbito de las artes gráficas mexicanas fue hasta tal punto importante, que en el seno de esta innovadora imprenta surge y toma su nombre de ella un muy nutrido grupo de diseñadores y profesionales a los que caracteriza el haberse formado y experimentado en contacto directo con el trabajo a pie de imprenta y que tuvo una influencia más que notable en las décadas posteriores (Santiago Robles Bonfil, Adolfo Falcón, Rafael López Castro, Bernardo Recamier, Germán Montalvo, Efraín Herrera, Peggy Espinosa, María Figueroa…).

Entierro en México de Emilio Prados. Puede reconocerse a León Felipe en primer término, a Max Aub tras él y a Juan Rejano (el tercero a la derecha).

Por su parte, la librería se convirtió desde el primer momento en punto de importantes tertulias sobre los más diversos temas, por las que desfilaron toda una pléyade de intelectuales españoles exiliados en el Distrito Federal, como el poeta malagueño José Moreno Villa (1887-1955), la escritora y diputada feminista Margarita Nelken (1894-1968) o el escritor del exilio republicano por excelencia, León Felipe (Felipe Camino Galicia de la Rosa, 1884-1968), pero también de otros más jóvenes, como los cineastas Luis Buñuel (1900-1983) y Carlos Velo (1909-1988), entre otros mucho, y llegado el momento, también de los creadores de Ediciones Era. La Madero se planteó ya desde el principio como un punto de reunión y de intercambio para personas con unos intereses comunes, y trasladaba a México la inveterada costumbre peninsular de las tertulias que invadió también los cafés. Posteriormente la regentaron, en su larga historia, la editora catalana Ana María Cama (cuñada de Vicente Rojo) y a partir de 1988 Enrique Fuentes Castilla.

MacbethYa en 1954 la Madero, para conmemorar el fin de año y destinada a los clientes y amigos más habituales, hizo una pequeña tirada no venal de una obra importante, la paráfrasis shakesperiana que León Felipe tituló Macbeth o el asesino del sueño (de la que Alejandro Finisterre hizo otra edición en 1974). Se trata de un pequeño volumen (31 x 20 cm) de tan sólo 46 páginas y encuadernado en rústica con solapas, en el que destaca de un modo muy particular la labor de Vicente Rojo, autor de la impactante portada a dos tintas. Y a éste seguirían otros, como Aurora encadenada, poemas españoles de ira y esperanza, del poeta hispnomexicano Gabriel García Narezo en 1955, 26 poemas seleccionados por Vicente Rojo (Machado, López Velarde, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Lorca, Neruda, León Felipe, César Vallejo, Alberti, Borges, Prados, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Blas de Otero, Celaya…) en 1956, una recopilación de Poesías de Gil Vicente en 1957 (también con portada de Rojo) o el Diccionario de ideas de Massimo Bontempelli, en traducción de José Emilio Pacheco, en 1962.

Esta costumbre que se convirtió en tradición, coincide precisamente en el tiempo con la incorporación a la imprenta de Vicente Rojo, en 1954, quien se ocupaba inicialmente de la selección tipográfica (con marcada preferencia por las Bodoni y las Egipcias), y que formó un tándem muy productivo con José Azorín. Sin embargo, la idea de quienes pusieron en pie las Ediciones Era iba mucho más allá de la publicación anual o ocasional.

Con dos libros del excelente historiador y ensayista Fernando Benítez (1912-2000), a quien Rojo había conocido en sus iniciales aventuras en suplementos culturales, se pusieron a andar las dos primeras colecciones de Era (Ancho Mundo y Biblioteca Era), pero, centrada en temas filosóficos, económicos y sociales, y en humanidades en un sentido amplio, Era destacó también muy pronto como descubridora de los grandes autores literarios de su tiempo, de Rosario Castellanos (1925-1974) a Carlos Monsiváis (1938-2010) o del recientemente fallecido José Emilio Pacheco (1939-2014) a la recientemente galardonada con el Premio Cervantes Elena Poniatowska  (n. 1932).

Ediciones Era se posicionó desde su nacimiento en octubre de 1960 como un proyecto claramente social y políticamente combativo, como una editorial de izquierda, y que ocasionalmente puso de manifiesto sus raíces intelectuales con la publicación de obras del exilio republicano español, como es el caso de Menesteos, marinero de abril (1965), de María Teresa León, la Poesía española contemporánea, de Max Aub (1969), quien además hizo importantes trabajos editoriales para la casa, el guión de André Malraux de Sierra de Teruel con prólogo del propio Aub, o particularmente Las ideas estéticas de Marx (1965) y Estética y marxismo (1970), de Sánchez Vázquez, obras todas ellas que encajan perfectamente en el propósito expresado por la propia directora de la editorial, Neus Espresate, de publicar en México lo que no se podía publicar en España, y más en concreto lo que hacía referencia a la guerra civil, y procurar luego introducirlo en la Península. También los hispanomexicanos, que compartían formación y circunstancias con los fundadores de la editorial encontraron allí su oportunidad, pues en Era pudieron dar a conocer sus primeras obras autores luego tan importantes como Jomi García Ascot (Un otoño en el aire,1964), Luis Rius (Canciones de amor y sombra,1965) o Tomás Segovia (Historias y poemas, 1968).

En su siempre recomendable libro sobre la edición catalana en México, Teresa Férriz recoge una sucinta y potente cita de Víctor Ronquillo que caracteriza en pocas palabras la importancia que con el tiempo adquiría ese proyecto:

ERA es una editoral a la que los lectores debemos uno de los catálogos más ricos e influyentes, y que incluye la obra de los más prestigiados autores contemporáneos en ediciones logradas, no sólo con esmero editorial, sino también con talento artístico.

 Fuentes:

AA.VV., “Entrevista con Neus Espresate y Vicente Rojo”, Ediciones Era, 35 años, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1995, pp. 61-83.

Neus Espresate y Vicente Rojo en las oficinas de ERA.

Valeria Añón, “Editorial Era y Joaquín Mortiz, de los comienzos al catálogo”, Actas del Primer Coloquio Argentino de Estudios sobre el Libro y la Edición, 2012 Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP – CONICET) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.Universidad Nacional de La Plata.

Adolfo Castañón, “Enrique Fuentes, un librero anticuario”, Letras Libres, octubre de 2008.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Guadalajara, El Colegio de Jalisco, 1998. La cita de Victor Ronquillo procede originalmente de “Editores en México. Nace un libro”, Memoria de Papel, México, año 4, núm. 9 (marzo de 1994), pp. 4-42.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Siruela, 2006.

André Malraux, Sierra de Teruel (Era, 1968).

Abdón Mateos, “Tomás Espresate“, en Cátedra del Exilio.

Elena Poniatowska, “Doctorado honoris causa de la UAM a Neus Espresate”, La Jornada, 8 de marzo de 2011.

Claudio H. Vargas, “Alabanza de una empresa. Los primeros cincuenta años de Era”, Crisol Plural, 2 de octubre de 2011.

 

Joan Merli, agitador artístico y editorial

Joan Merli

Joan Merli

Joan Merli (1901-1995), tuvo un papel muy destacado en por lo menos tres iniciativas editoriales muy importantes: la revista barcelonesa ART (1933-1936), la editorial Poseidón, nacida en Buenos Aires (1942) y subsumida en los años noventa en la editorial barcelonesa Apóstrofe, y la revista también  bonaerense Cabalgata (1946-1947), que ha pasado a la historia, entre otros motivos, porque en sus páginas apareció uno de los primeros cuentos de Julio Cortázar, “Lejana” (en el número de febrero de 1948) y albergó textos también de eminentes republicanos españoles exiliados en Argentina, como Francisco Ayala, María Teresa León o Rafael Alberti por poner algunos ejemplos.

Debemos también a Joan Merli que vieran la luz unos cuantos libros singulares, como Óssa menor: fi dels poemes d´avantguarda (1925), obra póstuma del gran poeta vanguardista catalán Joan Salvat-Papasseit (1894-1924), que se publicó con dibujos de su buen amigo Josep Obiols (1894-1967), o la influyente antología 33 pintors catalans (1937), de enorme importancia para la crítica artística en aquellos años, entre otros.

Estatua en homenaje a Salvat- Papasseit en el puerto de Barcelona.

Ya antes de su exiliarse a Buenos Aires al término de la guerra ciivil española, Joan Merli había destacado en Barcelona desde muy joven como un incombustible agitador cultural, que vivía a medio camino entre las artes plásticas, el mundo del libro y la escritura, sin olvidar la rica vida de tertulias culturales, y que había puesto en puso en pie iniciativas muy interesantes que revelaron a grandes artistas.

Un volumen de Els Poetes d´Ara (Edicions LIRA), prologado por Carles Riba.

Nieto por línea materna del famoso dibujante Jaume Pahissa i Laporta (1846-1928), Joan Merli no se libró de iniciarse de muy joven en la fabrica textil familiar, pero la vocación le llevó muy pronto a los libros, y con apenas veintidós años creó dentro de las Edicions Lira la prestigiosa colección Els Poetes d´Ara (1923-1924), destinada a dar a conocer a los nuevos poetas catalanes del momento, bajo la dirección literaria de Tomàs Garcés (1901-1993), amigo desde la infancia y muy influenciado por Joan Salvat Papasseit. Junto a una modesta pero cuidada presentación, un poco en la línea de lo que poco más tarde haría Josep Janés con sus Quaderns Literaris, y precedidos de estudios preliminares de firmas muy reputadas en esos tiempos (Alexandre Plana, Carles Riba, Manuel de Montoliu, Josep Mª Junoy), Els Poetes D´Ara llegó a publicar treinta y seis volúmenes, todos ellos a tan sólo 75 céntimos, el primero de los cuales estuvo dedicado a Josep Pijoan (1881-1963), y al que seguirían otros dedicados a Salvador Albert, Gabriel Alcover, Joaquim Folguera, Maria Antonia Salvà, Millàs-Raurell, Josep Sebastià Pons (o Joseph Sébastien Pons), Marià Manent, Clementina Arderiu…

Con La mà trencada, el 6 de noviembre de 1924 las flamantes Edicions Joan Merli se lanzan a la edición de pequeñas revistas. Se trata de una muy elegante y  cuidada publicación dedicada a la literatura (prosa y poesía) y al arte (con numerosas reproducciones), en cuyas páginas pueden encontrarse colaboraciones de los grandes escritores y críticos catalanes del momento, como Josep Maria de Sagarra, Josep Carner, Carles Soldevila, Joan Crexells Josep M. López-Picó o Agustí Esclasans, así como reproducción de obras de Gargallo, Nogués, Obiols y Picasso, entre otros, y fue escenario de una interesante polémica acerca de poesía vanguardista entre Esclassans y Soldevila. Publica desde breves ensayos de arte, pasando por poemas, fragmentos de novela y fotografías de obra artística, y se vendía a una peseta el ejemplar único, con la posibilidad de suscribirse trimestralmente (seis números) a un duro (cinco pesetas). Lamentablemente, aparecieron seis números solo, el último fechado el 31 de enero de 1925.

Agustí Esclasans.

Sin embargo, el 16 de marzo de ese mismo año Merli vuelve a la carga, con una propuesta formalmente tan sobria y elegante como la anterior pero más modesta, Quatre coses. Se trata, literalmente, de cuatro páginas que combinan como su predecesora géneros literarios y reproducción de obra artística. A título de ejemplo, en el primer número las páginas 1 y 2 están dedicadas a un  texto en prosa de Josep Maria Millàs Raurell (1896-1971), la tercera a la reproducción de una pintura al óleo de Jaume Gurdia (1875-1935) y cierra un poema de Rosend Llates (1899-1973). Al precio de una peseta la suscripción mensual (dos números), Quatre coses llegó a publicar dieciséis entregas, siendo Llates y Millàs Raurell los autores más asiduos, a los que se añadieron Agustí Esclasans, Carles Soldevila o Carles Riba, que en el número 6 (31 de mayo de 1925) publicaba su interesantísimo y largamente debatido ensayo “Una generació sense novel·la”.

Poco posterior es la edición del hoy mítico libro Óssa menor: fi dels poemes d´avantguarda (1925), de Joan Salvat-Papasseit (1894-1924), que se preparó a partir de un corpus de textos inéditos que se halló bajo la almohada del poeta, y que Agustí Esclasans se ocupó de ordenar, preparar y editar para su publicación.

Caligramas de Óssa Menor, de Joan Salvat-Papasseit.

En los años siguientes, Joan Merli se centra su energía en el arte (pintuar y escultura) como coleccionista, marchante y promotor. Establece inicialmente en la calle Avinyó de Barcelona una Sala Joan Merli, que enseguida traslada a las prestigiosas Galeries Laietanes propiedad de Santiago Segura. Allí crea una Organización Joan Merli, con un por entonces novedoso sistema mediante el cual los socios coleccionistas podían hacerse con la obra de nuevos valores de la pintura catalana mediante un sistema de cuotas (de 25 pesetas mensuales). Cuando en octubre de 1928 aparece el primer número de la revista Les Arts Catalanes (en buena medida destinada a promocionar a sus autores), Joan Merli tenía ya como clientes a una extensa pléyade de artistas catalanes o establecidos en Cataluña: Carme Cortés, Bosch-Roger, Camps-Ribera, Francesc Gimeno, Marquès Puig, Josep Prim, E.C. Ricart, Miquel Vila, Julián Castedo, Jaume Mercader, Josep F. Ràfols, Joan Rebull, Isidre Nonell, Josep Granyer y Rafael Barradas.

Cubierta de 33 pintors catalans (1938).

Les Arts Catalanes, profusamente ilustradas, con números casi monográficos sobre los artistas, notas de prensa, información sobre novedades bibliográficas y muchas reproducciones de obras pictóricas y escultóricas, llegó sólo al número 8 (mayo de 1929), pero de nuevo Merli se apresuró a sustituirla, en ese caso por un proyecto más ambicioso y de más larga vida: los veinte volúmenes de las Monografies d´Art (donde un famoso escritor escribía sobre un prometedor artista)  y por el semanario de artes y letras L´Horitzó.

El logo de la colección Biblioteca a Tot Vent (editorial Proa), es obra de Josep Obiols, uno de los artistas más ligados a Merli.

En 1932 Joan Merli se convierte en secretario de la Junta Municipal d´Exposicions d´Art, y en condición de tal crea la celebérrima revista ART (1933-1936), en cuyo primer número ya destaca el citadísimo artículo “Picasso y Barcelona”, de Rafael Benet,  acompañado además de La vida (1903) y otras obras del artista malagueño. De hecho, a este texto de Benet lo acompañan sólo “Xavier Nogués, decorador”, de Josep Llorens i Artigas, “El pintor Feliu Elias”, de Joan Cortés i Vida, y “La pintura d´Ignasi Mallol”, por Josep Maria Capdevila, y de las 32 páginas de la revista sólo 8 están destinadas a texto, mientras que el resto se reserva para la reproducción de obra artística. Sobre todo en la importancia concedida a la parte gráfica, ART toma como modelo evidente los Cahiers d´Art fundados en 1926 por Christian Zervos en París, que habían contribuido a dar a conocer a artistas como Kandinsky, Klee, Arp, Matisse, Bracque o Picasso (de quien publica el primer catálogo), pero también a importantes poetas, como Paul Éluard.

Una portada de los Cahier d´Arts de Christian Zervos (1889-1970), que incluyó textos de René Char, Georges Duthuit y Paul Éluard, entre otros.

 

El poeta y editor Agustí Esclasans se encontraba a menudo con Merli en el café Euskadi (inaugurado la Nochebuena de 1932 en Caspe/Paseo de Gracia y rebautizado en 1939 como Navarra), donde en aquellos años coincidían dos tertulias de jóvenes escritores y artistas bastante importantes. El editor Josep Janés (1913-1959) se reunía a menudo allí con algunos de sus autores y colaboradores, como Joan Vinyoli, Josep Maria Miquel i Vergés, Xavier Benguerel, Emili Grau Sala, Joan Teixidor, Sebastià Juan Arbó, Ramon Xuriguera, Martí de Riquer o Ignasi Agustí. Y, estableciendo vasos comunicantes, Joan Merli capitaneaba una tertulia en la que había varios artistas muy prometedores: Josep Maria Prim, José Miguel Serrano, Ricard Serra, Emili Bosch-Roger, Martí Llauradó, Montserrat Fargas, Carme Cortés, Josep Viladomat, Emili Grau Sala… En sus memorias Esclasans describe al Merli de aquellos años como “ágil, nervioso, vivo como una centella, manejaba proyectos constantemente, y, peor todavía, los llevaba a cabo”.

Joan Merli

Joan Merli

La guerra civil española truncó en buena medida esta trayectoria tan prometedora de Joan Merli. Durante el período bélico Merli fue autor de una de las muy escasas novelas propiamente bélicas escritas en catalán, La mort m´ha citat demà (Llibreria Nova, 1938), así como de la primera monografía dedicada a Isidre Nonell (1938) y el drama en tres actos L´amor es una altra cosa (1936), colaboró como jefe de redacción en la revista Meridià y preparó uno de sus mejores libros, 33 pintors catalans (Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya, 1937) que, en palabras de Maria Lluïsa Borràs, “definía las bases de un estilo de pintura figurativa de base noucentista” y que estableció un canon de la pintura figurativa catalana que triunfó (Rafael Benet, Emili Bosch-Roger, Xavier Nogués, Feliu Elias, Josep Mompou, Josep Togores, Josep Obiols, etc.).

La obra creativa de Merli no retomaría la línea ascendente que había descrito durante los años veinte y treinta hasta su llegada a Buenos Aires.

Decoración mural de Xavier Nogués de la bodega de las Galeries Laietanes, sede de célebres tertulias artísticas.

Fuentes:

Arca. Arxiu de Revistes Catalanes Antigues: http://www.bnc.cat/digital/arca/index.php

Maria Lluïsa Borras, “El canon de la pintura figurativa catalana”, La Vanguardia, 18 de mayo de 2001, pp. 8-9.

Agustí Escasans, La meva vida, vol I (1920-1945), Barcelona, Selecta (Biblioteca Selecta 222), 1957.

María Amalia García,   “El señor de las imágenes. Joan ¡Merli y las publicaciones de artes plásticas en Argentina en los 40”, en Patricia Atundo, ed., Arte en Revista. Publicaciones Culturales en la Argentina, 1900-1950, Rosario, Beatriz Viterbo, 2008, pp. 167195.

Enric Jardí, “Joan Merli, un acte de justícia”, La Vanguardia, 25 de junio de 1981, p. 25.

Merli49Joan Merli, “Papers vells”, Ressorgiment (Buenos Aires), núm. 294 (enero de 1941), pp. 4.744-4.745.

Olga Spiegel, “El centenario de Joan Merli rescata la figura de un promotor de arte olvidado”, La Vanguardia, 11 de mayo de 2001, p. 43.