Ediciones, traducciones y universalidad de Terra Baixa

El protagonista de la obra teatral de Àngel Guimerà Terra Baixa, Manelic —que se ha interpretado como un remedo de «el buen salvaje roussoniano» y como el único que se atreve a enfrentarse al poderoso terrateniente y subvertir así el orden establecido—, es quizá el arquetipo más poderoso que ha legado la dramaturgia catalana decimonónica al teatro universal.

Página de créditos de la primera edición en catalán de Terra Baixa.

La obra, que se había estrenado inicialmente en Madrid a finales de noviembre de 1896 en traducción de quien sería sorprendente Premio Nobel de Literatura José de Echegaray (1832-1916), subió por primera vez a las tablas en la lengua en que había sido escrita el 7 de febrero de 1897 en el Teatre Principal de Tortosa y a cargo de la compañía de Teodor Bonaplata (1841-1904), quien después de haberse dedicado con ahínco y éxito al teatro de Frederic Soler (1839-1895), había interpretado ya otras obras de Guimerà, como Mar i cel en 1888, Rei i monjo en 1890 o Ànima morta en 1892.

Primera edición de las Poesías, de Guimerà, con prólogo de Josep Yxart.

Del mismo año del estreno en Madrid existe una edición de Florencio Fiscowich y Díaz de Antoñana (1851-1915), que desde 1879, al casarse con María Loreto Gullón, gestionaba la empresa Hijos de Alonso Gullón, y que con el tiempo se convertiría en el líder en el ámbito de la edición de zarzuelas y se haría célebre por sus leoninos contratos con los autores. Pero lleva asimismo pie de ese año la de la también madrileña Sucesores de Rodríguez y Odriózola, que edita la misma traducción.

Como es lógico tratándose de Guimerà, la primera edición de Terra Baixa en catalán corrió a cargo de la Imprenta de la Renaixensa, que era resultado de un movimiento de promoción de la cultura catalana que ya se había puesto de manifiesto con la creación de la efímera revista La Gramalla. Setmanari Català (1870) y sobre todo con la más longeva revista La Renaixensa. Periodich de literatura, ciencia i arts (1871-1880), de la que en 1873 Guimerà se había convertido en jefe de redacción y que luego dirigiría hasta 1903.

Enric Borràs (Manelic) y Margarita Xirgu (Marta).

Manuel Llanas sintetiza, en el volumen dedicado al siglo XIX de su imprescindible L’edició a Catalunya, el nacimiento de esa imprenta del siguiente modo:

Empezó a funcionar en 1873 tanto para satisfacer las necesidades propias [de la revista] como para cumplimentar encargos externos. Situada en la calle Xuclà, pronto especializada en la producción de textos en catalán y abierta hasta 1938, esta imprenta la fundan cuatro socios, tres en calidad de capitalistas (Pere Aldavert, Àngel Guimerà y Iu Bosch) y uno de industrial (Tadeu Monge).

Tras una primera etapa en que se ocupaba básicamente de la revista, a partir de 1893 la imprenta subsiste precisamente gracias sobre todo a la edición de obras teatrales de Guimerà, que ya en 1879 había publicado en ella Gala Placídia y que por entonces se había convertido en todo un fenómeno mediático.

Indicativo del resonante éxito de la obra es que ya el 17 de mayo de 1897 Joaquim Montero Delgado (1869-1942) estrenara en el Teatre Romea una parodia de Terra Baixa con el título Riera Baixa (y que se publicó en la Tipografia La Académica). Es poco conocida la primera versión operística, con partitura de Fernand La Borne y libreto de Paul Ferrier y Lous Tiercelin, titulada La catalane y estructurada en cuarto actos y un prólogo. Sin embargo, lo que por lo menos en un primer momento le dio un impulso internacional fue precisamente el estreno el 15 de noviembre de 1903 en Praga de Tiefland, una adaptación operística con música del compositor escocés Eugen d’Albert y libreto del escritor austríaco Rudolf Lothar (1865-1943), que constituyó además el primer gran triunfo de D’Albert y ese mismo año la publicaba en Berlín Bote und Bock, en Leipzig Peters Verlag y en Zürich Apollo. La adaptación catalana, publicada por Alvar Verdaguer en 1910, corrió a cargo del musicólogo y célebre traductor de Wagner Joaquim Pena (1873-1944).

Esas versiones propiciaron la publicación en 1907 de la obra de Guimerà en checo, traducida por Antonin Pickhart y editada por Máj, y de ese mismo año es la primera adaptación cinematográfica, dirigida que dirigió Fructuós Gelabert (1874-1955) con la compañía del Romea —Emilia Baró (1882-1964), Miquel Sirvent (¿?-1930), Maria Llorente y Enric Guitart (1863-1933)…— y que obtuvo un resonante éxito tanto de crítica como de público.

Sin embargo, ya en 1903 se había estrenado en Broadway Marta of the Lowlands, la versión inglesa de la obra, con Corona Riccardo (1878-1917) en el papel de Marta, a quien luego sustituiría Fernanda Eslicu (1888-1968), que luego tendría un cierto papel en el cine de la época. Tras este arranque, tanto Terra Baixa como otra de las más conocidas obras del dramaturgo catalán, Maria Rosa, iniciaron una presencia continuada del teatro de Guimerà a lo largo y ancho de los escenarios estadounidenses, así como en los de Canadá.

Primera edición en Doubleday.

En 1909 se publica la versión italiana de la ópera de Eugen d’Albert, con el título Terra bassa: dramma lirico in un prologo e due atti y firmada por F. Fontana, y al año siguiente la traducción al ruso de la obra teatral, a cargo de Isaac Pawlosski y A.E. Nikifotaki, en San Petersburgo. Ese año, en un homenaje de la ciudad de Barcelona al dramaturgo celebrado el día de San Jordi, interviene en una puesta en escena de Terra Baixa la legendaria actriz Margarita Xirgu (1888-1969). Pero más importante es sin duda el estreno en 1913 de Tierra baja, la versión cinematográfica argentina dirigida por Mario Gallo (1878-1945) y protagonizada por Pablo Podestà (1875-1923), que se producía cuatro años después del estreno teatral en ese país.

De 1914 es la primera gran versión cinematográfica, dirigida por el pionero J. Searley Dawley (1877-1949), que entonces ya se había hecho famoso como el primer adaptador de Frankenstein a la gran pantalla, con Bertha Kallich (1874-1939) y Wellington A. Playter (1879-1937) en los papeles principales. Ese mismo año, en Nueva York Doubleday and Page Co. publica una versión de la obra teatral firmada por Wallace Gilpatrick (guionista para Cecil B. DeMille de Maria Rosa) y hecha a partir de la versión de Echegaray, precedida de una introducción del dramaturgo John Garret Underhill (1876-1946), traductor a su vez de Jacinto Benavente y Gregorio Martínez Sierra. Era el octavo volumen de la luego prestigiosa colección Drama League (con Victorien Sardou, Thomson Buchanan, Gerhart Hauptmann, etc.)

Guimerà con los actores de Terra baixa con motivo del homenaje que le dedicó la ciudad. A su derecha, en el suelo, la Xirgu.

Antes de morir, y mientras las ediciones en catalán y en español se sucedían sin pausa, Àngel Guimerà aún tendría ocasión de ver estrenada en 1923 la primera versión cinematográfica en alemán, producida por los Wiener Studiofilm y dirigida por Hans Rhoden y Friedrich Rosenthal con Marie Marchal en el papel de Marta y el prolífico Anton Endhofer (1883-1971) en el de Manelic, así como, al año siguiente, la versión cinematográfica de la ópera, dirigida por Adolf Edgar Licho (1876-1944) y con Lil Dagover (1887-1980) en el papel de Marta.

Durante la guerra civil española Terra Baixa fue llevada a las tablas en diversas ocasiones, quizá porque permitía hacer una relectura del enfrentamiento entre el terrateniente y el pastor, ante la inacción de los campesinos. En Barcelona, por ejemplo, no se interrumpió su habitual presencia en los escenarios, y el 15 de agosto de 1936 Enric Borràs (1863-1957) sigue interpretando a Manelic con su compañía en el Poliorama, la repone en noviembre de 1937 (cuando pasa a llamarse Teatre Català de la Comèdia) y durante el verano de 1938, e incluso la interpreta en castellano en el Partenón a finales de noviembre de 1938; en Madrid, Enrique Martí la puso en escena en el Teatro Libertad en el verano de 1937 y el 19 de marzo de 1938 la montó la compañía de Pepe Romeu (1900-1986).

Por otra parte, la versión cinematográfica más célebre de Terra Baixa en alemán es la dirigida en 1940 por Leni Riefenstahl, realizada también a partir de la ópera de D’Albert, en la que ella misma encarnó a Marta y seleccionó a los extras entre los presos gitanos del campo de Auschwitz para contar con rostros de aspecto mediterráneo, pero esta versión, absurdamente flamencoide, no pudo estrenarse hasta 1954. Anterior, de 1951, es la versión cinematográfica mexicana dirigida por Miguel Zacarías (1905-2006) a partir de un guión propio basado en la obra teatral, e interpretada por Pedro Armendáriz (1912-1963) en el papel de Manelic y Zully Moreno (1920-1999) en el de Marta.

En lo que se refiere a las ediciones, es reseñable la traducción que publicó en 1930 Orbis, salida de la Imprenta Altés, con ilustraciones de Mauricio de Vassal, doce de ellas a color, y de la que se hizo una tirada de trescientos ejemplares, doscientos de ellos numerados. De 1943 es la que se publica en la editorial bonaerense de Joan Merli (1901-1995), Poseidón, como volumen 26 de la colección Pandora y con traducción firmada el traductor y guionista barcelonés exiliado en Buenos Aires Francisco Madrid (1900-1952), que asimismo es autor del prólogo que la precede.

La edición en la colección Pandora de Poseidón.

Durante el franquismo, en Cataluña se publicó una edición en catalán con pie de imprenta de J. Sabater Bros, y en 1955 la de la editorial Selecta, como segundo volumen de las obras de Guimerà, con prólogo del erudito y editor Josep Miracle (1904-198) e incluyendo además María Rosa y Mossèn Janot. Más tarde, en 1971, Selecta la publicaría individualmente como undécimo número de la Biblioteca Teatral Popular, y las ediciones se sucedían ya entonces en bajo muy diversos sellos. Aun en 1975 aparecían sin embargo nuevas traducciones, en ese caso al esperanto (Malsupra tero), firmada por el dramaturgo y activista Ricard S. Güell(1916-2008), así como adaptaciones a diferentes medios (de 2011 es una nueva versión cinematográfica dirigida por Isidro Ortiz e interpretada por Ernest Villegas y Marina Gatell).

Fuentes:

Base de datos de Filmafinity.

Estatua de Àngel Guimerà en Santa Cruz de Tenerife.

Internet Movie Database.

Worldcat.

Catálogos de la Biblioteca Nacional de España.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Robert Marrast, El teatre durant la guerra civil espanyola. Assaig d’història i documents, Barcelona, Publicacions de l’Institut del Teatre- Edicions 62 (Monografies de Teatre 8), 1978.

Honoré de Balzac, editor

Los escritores siempre han considerado el dinero con una mezcla de estima y de desprecio, pero sus atracciones y repulsiones nunca han sido tan poderosamente comprendidas, pues Balzac era al mismo tiempo la víctima notoria de la literatura industrial y su empresario más emprendedor. Desde sus transacciones en Grub Street hasta su presidencia al frente de la Societé des Gens de Lettres, consideró francamente la profesión de escritor como un negocio. «Ya no tenemos obras —informa en Beatriz—, tenemos productos.» Georg Lukács, al describir Las ilusiones perdidas como el Don Quijote de las ilusiones burguesas, ha resaltado acertadamente su tema: la transformación de la literatura en mercancía.

Hary Levin, El realismo francés. Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Proust.

La entrada del grandísimo escritor Honoré de Balzac (1799-1850) en el mundo de la publicación de libros se ha atribuido a los fracasos que experimentó a su llegada a París como escritor de noveluchas de tendencia neogótica.

Así, en abril de 1825, Balzac se asocia con el médico Charles Caron, un funcionario retirado llamado Jacques-Edouard Benet de Montcarville, y con el célebre librero Urbain Canel (1789-1867). Este último, que se haría famoso tanto como editor de los románticos como por sus reiteradas quiebras, había proyectado ya con otro librero, Agustin Deslongchamps, publicar en pequeños volúmenes a Jean de La Fontaine (1621-1695). Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), Jean Racine (1639-1699) y Pierre Corneille (1647-1684), y cuando expuso la idea a Balzac, este corrió a obtener un préstamo de seis mil francos de sus amigos Bernard-François Blassa y Henri Dassonvillez de Rougemont para entrar en la asociación y ponerse al frente del proyecto.

Las obras de La Fontaine y Molière aparecieron ese mismo año 1825 precedidas de prólogos introductorios del propio Balzac y con ilustraciones a cargo del artista británico Thompson a partir de dibujos originales de Achille Deveria (1800-1858), los libros aparecieron ese mismo año 1825.

Sin embargo, tanto el diseño de los volúmenes como el proceso de distribución de la obra y los planteamientos comerciales de Balzac Editeur ponen de manifiesto que el proyecto estaba mal concebido desde el principio, acaso por carencia de formación en artes gráficas añadida a una enciclopédica falta de experiencia. Para condensar las obras, aprovechar al máximo el papel y evitar que el libro diera demasiadas páginas, se eligió una tipografía extremadamente minúscula, con unos interlineados criminales y sin márgenes razonables, cosa que los hacía difíciles de leer. Además, su optimismo le llevó a suponer que podría financiar los siguientes libros con la venta de los primeros. Por si fuera poco, las ilustraciones en el de La Fontaine en particular, que han sido objeto de algunas críticas demoledoras, encarecieron absurdamente el precio sin aportar ningún valor adicional, de modo que las obras se comercializaron inicialmente a veinte francos franceses de la época (unos 69 euros de 2020). Los libreros no sintieron ningún interés por unos libros exorbitantemente caros publicados por alguien completamente desconocido y sin ningún prestigio en el sector, así que Balzac no tardó en bajar los precios, primero a trece y posteriormente a doce francos. Y ni aún así. Al cabo de un año, de los casi dos mil ejemplares de cada título había vendido apenas una veintena y acabó liquidando a un librero todo el stock.

Mientras el negocio avanzaba con paso firme y decidido hacia el fracaso más estrepitoso que imaginarse pueda, a principios de 1826 Balzac inició una sorprendente huida hacia delante consiguiendo que su familia y madame de Berny le prestaran el dinero necesario para comprare a Laurent de Perignac la imprenta que este tenía en la calle Marais-Saint-Germain (rebautizada luego Visconti) y que contaba con siete prensas Stanhope y treinta y siete empleados (lo que la convertía en una empresa de tipo medio, si se tiene en cuenta que la poderosa Everat contaba con casi quinientos empleados o la prestigiosa Firmin-Didot con doscientos).

Sin embargo, el todavía incipiente escritor carecía de la prescriptiva licencia que Napoleón I había instaurado en 1810 para controlar a quienes intervenían en la creación de material impreso. Blazac, aun cuando no había hecho ningún aprendizaje al respecto y por tanto carecía de las credenciales necesarias para obtener la licencia, la obtuvo el 12 de abril de 1825, al parecer gracias a la intervención del señor de Berny, por entonces influyente magistrado y cuya esposa había prestado la poco desdeñable suma de 45.000 francos para que el joven pusiera en pie su Imprimerie H. Balzac.

Lo primero que hizo Balzac fue contratar como jefe de taller al joven tipógrafo André Barbier, a quien asignó un sueldo de doce mil francos, y entre julio de 1826 y agosto de 1928 —por el camino, la disolución de la editorial le reportó una deuda de quince mil francos—llegó a imprimir poco más de doscientos trabajos entre prospectos, folletos y libros, una cifra más bien modesta teniendo en cuenta las dimensiones e instalaciones con que contaba la empresa. El primer trabajo salido de las prensas de la H. Balzac fue un prospecto de «pilules anti-glaireuses de longue vie» (pastillas de larga vida contra las mucosidades), y a este seguirían diversos folletos de tipo noticiero, de resumen de procesos judiciales, de temas políticos, etc., pero también algunos cancioneros y algunos libros más bien modestos.

Entre estos últimos se cuenta una serie entre didáctica y paródica en cuyos títulos puede advertirse quizá el origen de algunos títulos del hoy olvidado Noel Clarasó (1899-1985) como El arte de perder el tiempo, El arte de no pensar en nada, El arte de tratar y maltratar a las mujeres, etc. Unos de los más famosos de esta coleccción impresos por Balzac fueron Art de ne jamais déjeuner chez soi et de toujours diner chez les autres par feu le Chevalier de Mangeville, pero quizás el más oportuno fuera l’Art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourse un sou, porque también esta nueva empresa balzaquiana acabó en desastre financiero, cosa que no es de sorprender a la vista del número de empleados (y los sueldos que cabe suponerles) y la cantidad de trabajos llevados a cabo.

A estos últimos pueden añadirse, sin embargo, obras didácticas poco menos que imprescindibles para los estudiantes de la época, como el muy usado Vocabulaire del lexicógrafo Noël François de Wailly (1724-1801) o el Lycée ou Cours de litérature del prestigioso crítico Jean-François La Harpe (1739-1803), a los que podría añadirse algunos libros de memorias sobre la época revolucionaria, como las del abogado Jean-Charles Jean Marie Barbaroux (1767-1794), el general François-Claude-Amour, marqués de Bouillé (1739-1800) o las de la célebre girondina Marie-Jeanne Roland (1754-1793), todos ellos guillotinados (los autores de estas memorias, se entiende, no los libros).

Quizá más interesante sea que de la imprenta de Balzac salieran algunos libros más o menos prohibidos por la censura, caso de las Ruines del explorador y filósofo Volney (Constantin-François Chaseboeuf de La Giraudais, 1757-1820), las Scènes contemporaines de la vizcondesa de Chamilly (seudónimo colectivo de François-Adolphe Loève-Veimars, Louis-Émile vanderbuch y Auguste Romieu), o las obras del poeta Évariste de Parny (Évariste Desiré de Forges, vizconde de Parny, 1753-1814). Y a ellos aun puede añadirse una tercera edición de los Cinq-Mars de Alfred de Vigny (1797-1863) y otra de La Jacquerie de Prosper Mérimée (1803-1870).

El balance del primer año de trabajos deja una deuda de noventa mil francos (unos trescientos mil euros actuales), pero tampoco esto arredra a Balzac.

En julio de 1827 se asocia con su empleado André Barbier y con Jean-François Laurent para adquirir una fundición de plomo, en lo que parece un intento de controlar todo el proceso industrial de creación de los libros. Pero las deudas no tardaron en alcanzar los sesenta mil francos. Quizás afortunadamente, no llegó a poner sus ojos en ningún taller de encuadernación, y las deudas contraídas hasta entonces fueron suficientes para convencer a Balzac de que lo mejor que podía hacer era dedicar toda su atención a la escritura de novelas, a un ritmo vertiginoso, para poder saldarlas. Entre estas obras, destacan para lo que aquí interesa el cuento «El ilustre Gallisard», sobre un comerciante de periódicos para jóvenes, pero sobre todo la serie Las ilusiones perdidas (formada por Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Eva y David), incluida a su vez en La Comedia Humana, en la que el joven Lucien de Rubempré ve frustradas sus esperanzas de vivir de la literatura en cuanto se adentra en las trampas del mundo editorial de los años veinte del siglo XIX; los que sin duda mejor conocía su autor.

Fuentes:

Web de la Maison de Balzac.

Gabriel Hanotaux, Georges Vicaire, Honoré de Balzac y Louise Antoniette Laure Berny, La jeneusse de Balzac, Paris, Librairie des Amateurs, 1921.

Harry Levin, El realismo francés. Stendhal, Blazac, Flaubert, Zola, Proust, traducción de Jaume Reig, Barcelona, Laia (Papel 451), 1974.

Roger Pierrot, Honoré de Balzac, París, Fayard, 1999.

Graham Robb, Balzac, a biography, Londres, Picador, 2000.

Giménez Siles, Arderíus y la imprenta Argis

En sus nunca bastante leídas memorias, publicadas en 1972, el editor José Ruiz Castillo Basala describía al también editor y librero madrileño Rafael Giménez Siles (1900-1991) en los siguientes términos:

Hoy Giménez Siles, aparte de su actividad editorial, es uno de los libreros más importantes del mundo, y sin duda el más considerable de los países de habla española, por la enorme labor desarrollada en favor de la difusión del libro en México durante estos últimos treinta años, a través de una veintena de grandes establecimientos y asistido por un grupo de intelectuales muy destacados en aquel país, especialmente con la colaboración del escritor Martín Luis Guzmán.

Mucho más recientemente, y sin dejar ni mucho menos aparte «su actividad editorial», Ana Martínez Rus lo reivindicaba desde las páginas de la revista Texturas como «un personaje fascinante pero desconocido para la sociedad española debido a la desmemoria enraizada en este país», y añadía que «El mundo de la cultura de ambas orillas del Atlántico le debe mucho a este hombre alto, erguido y con gafas».
Antes sin embargo de alcanzar un puesto tan preeminente en el ámbito editorial en lengua española, e incluso antes de convertirse en uno de los editores emblemáticos de literatura de avanzada de los años treinta, el malagueño Giménez Siles se inició en la profesión de corrector e impresor cuando, llamado a filas, se incorpora a la Brigada Obrera y Tipográfica del Estado Mayor en el Ministerio de Guerra y participó en la confección del Anuario Militar de España.

A partir del número séptimo de El Estudiante (correspondiente a junio de 1925), Giménez Siles sustituye a Ángel Santos Mirat (uno de los habituales de la tertulia La Sentina, presidida por Miguel de Unamuno en el café Novelty) como corresponsal de esta interesante revista estudiantil salmantina que tenía al comunista Wenceslao Roces (1897-1997) como principal inspirador, quien por entonces era catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Salamanca. Según se indica en la undécima página (no foliada) de este número, «Dirige y representa a El Estudiante en Madrid Rafael Giménez Siles, Ateneo (Prado 21)».

Cuando la presión de la censura acabó definitivamente con esta primera época de la revista, resurgió domiciliada en Madrid con el subtítulo «Semanario de la juventud española» y dirigida a partir de entonces por Giménez Siles. A partir de este momento la revista pasa a imprimirse en la célebre Caro Raggio (hasta entonces se hacía en la salmantina de Francisco González) y Giménez Siles reúne a su alrededor un equipo en el que figuran José Antonio Balbotín (1893-197), que entonces presidía el Grupo de Estudiantes Socialistas de Madrid, y Antonio Garrigues, que había presidido la Asociación Oficial de Estudiantes de Derecho. Entre los colaboradores habituales destaca el caso de Esteban Salazar [Chapela], que pasa a dirigir la sección de libros, y entre los nuevos fichajes el del ilustrador Luis Bagaría (hasta entonces el ilustrador había sido Júlio Núñez). Sin embargo, lo más recordado de esta etapa es sin duda que en El Estudiante se publican los primeros pasajes de la novela de Valle Inclán Tirano Banderas.

En cualquier caso, desde Madrid la revista prosiguió asentándose como una publicación estudiantil ávida por conocer la literatura y los movimientos políticos que estaban gestándose en América, así como por combatir el auge de una concepción de la cultura alejada de las clases populares. Sin embargo, Alejandro Civantos ha subrayado las consecuencias que tendría en los años sucesivos esta concentración de las iniciativas editoriales obreras en Madrid —«la ciudad con mayor densidad de intelectuales por metro cuadrado», según escribe— en detrimento de proyectos similares que venían desarrollando colectivos más propiamente obreros tanto en Cataluña como en Andalucía.

Mayor trascendencia incluso tuvo el siguiente proyecto hemerográfico en el que participó Giménez Siles, la revista Post-Guerra, en particular porque supuso la confluencia con otros activistas importantes en su trayectoria, pero también por su intento de amalgamar vanguardia estética y vanguardia política (fueron impactantes sus diatribas contra Revista de Occidente, La Gaceta Literaria y sus embates contra el «reaccionarismo político y social de esa literatura última, llamada en doble paradoja joven y de vanguardia»). No es de extrañar, pues, que fuera en un número de esta revista (el cuarto, de septiembre de 1927) donde José Fernández Díaz (1898-1941) publicara una primera aproximación a lo que acabaría por ser el polémico libro El Nuevo Romanticismo. En palabras de nuevo de Alejandro Civantos:

Es posible que Post-Guerra, recogiendo el testigo de El Estudiante, fuese el primer ensayo serio y sistemático por parte de la burguesía para luchar contra la cultura como privilegio de clase, afirmando los valores populares y denunciando la falsa de los intelectuales de salón con sus mil asepsias y esteticismos, pero es posible también que hubiera algo de cinismo extremoso en toda la simbología revolucionaria de la que la revista alardeaba, con su sistemática idealización de una clase obrera con la que apenas tenían contacto real.

El heterogéneo grupo que sustentaba Post-Guerra se reunía en el café Savoia, en el vestíbulo del madrileño teatro Apolo, y lo formaban, con Giménez Siles, el republicano Justino Azcárate, los socialistas José Venegas y José Díaz Fernández y los más o menos próximos al comunismo de tendencias diversas José Antonio Balbotín, Joaquín Arderius (1885-1969), Juan de Andrade, Julián Gorkin y José Loredo Aparicio. Las cubiertas de Gabriel García Maroto, autor también de muchas ilustraciones interiores, dotaban de dignidad artística a esta revista de 27 x 19 y texto a dos columnas, pero la maquetación, corrección e impresión no estaban a su altura, y probablemente algo tenga que ver en ello que no se componía ni imprimía en los prestigiosos talleres de este impresor (en la calle Alcántara, 9-11), sino, sucesivamente, en Aguiano Impresor (números 1 y 2), Imprenta La Perfecta (3, 4 y 5), y finalmente la Imprenta Argis (en la calle General Lacy hasta el número 12, y en Tarragona, 22, el 13 y último).

El nombre Argis surge de unir el principio de los nombres de Arderíus (que por entonces contaba cuarenta y dos años) y Giménez Siles (de veintisiete), y la imprenta se creó a finales de 1927, probablemente con el propósito de hacerse cargo de la edición de la revista y poder ampliar el radio de acción de este activo grupo de escritores, que no tardarían mucho en desdoblarse en editores para poner en pie una amplia serie de plataformas sin las que, sin duda, la llamada «literatura de avanzada» hubiera sido otra cosa muy distinta.

Procedente de una familia murciana adinerada —que pudo permitirse mandarlo a iniciar estudios de Ingeniería en Lieja (Bélgica)—, Joaquín Arderíus ya había residido intermitentemente en Madrid desde su época escolar, y desde principios de los años veinte malvivía entregado a la literatura y al activismo político-cultural en la capital madrileña. Al igual que hicieran cabeceras como Tierra y Libertad o Acracia, Post-Guerra empezó por crear un catálogo mediante el cuan distribuía libros publicados originalmente por otras editoriales afines, así como La espuela, de Arderíus (aparecida previamente en la Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez), Inquietudes, de Balbotín y Los de abajo, del mexicano Mariano Azuela, y muchísima literatura soviética.

Otro de los libros con pie de Argis,

En Post-Guerra, pues, de cuya impresión se ocupaba ya Argis, está el germen de Ediciones Oriente, fundada en diciembre de 1927 y de la que empiezan a anunciarse títulos en el número 10 de la revista (de mayo de 1928), y en ella volverán a confluir Giménez Siles y Arderíus con el grueso del consejo de redacción de Post-Guerra y la adición de y José Lorenzo y, en calidad de socios capitalistas, el pintor Juan Manuel DÍaz Caneja y Bustelo.

Como es lógico suponer, la impresión de los libros de Ediciones Oriente corrió a cargo también de Argis, el primero de los cuales fue, en enero de 1928, China contra el imperialismo, de Juan Andrade, y no lo es menos que cuando Giménez Siles creó con Graco Marsá y Andrade la editorial Cénit, también recayera en Argis la tarea de imprimir sus libros (el primero de los cuales fue El problema religioso en México, de Ramón J. Sender).

A diferencia de Arderíus, que ya solo participaría en la dirección de la revista Nueva España, a Giménez Siles la fiebre de la tinta ya no le abandonaría nunca, y son cuantiosísimas las iniciativas relacionadas de un modo u otro con el libro que llevan su impronta.

Primera edición del primer libro de Sender.

Fuentes:

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo (Colección Investigación 3), 2017.

Alejandro Civantos Urrutia, «Esplendor y miseria de Ediciones Oriente (Madrid 1927-1932). Un grupo editorial de avanzada para construir la República», Cultura de la República. Revista de Análisis Crítico, 3 (junio 2019), pp. 114-144.

Ana Martínez Rus, «Rafael Giménez Siles, editor comprometido y moderno. Impulsor de la Feria del Libro de Madrid», Texturas, núm. 42 (2020), pp. 77-90.

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972.

Anagrama en su contexto, Herralde en su salsa

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Un día en la vida de un editor» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

«En el mundillo de la edición casi todo se acaba sabiendo»
Jorge Herralde

No es probable que existan muchas cátedras universitarias que lleven el nombre de una editorial; también en esto la barcelonesa Anagrama probablemente sea una excepción, como pone de manifiesto uno de los últimos capítulos de Un día en la vida de un editor (pp. 419-429), en el que se cuenta la gestación y la tarea llevada a cabo por la Cátedra Anagrama de la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey), por iniciativa del ensayista y responsable de ediciones de esta universidad, José Garza, desde su fundación el año 2007.

De izquierda a derecha, Gustavo Guerrero, Lali Gubern y Jorge Heralde.

En una entrevista de 2001 incluida asimismo en este libro («Jorge Herralde, la virtud, los tiburones y la red», p. 128-131), el también gran editor Javier Pradera señala otra de las muchas singularidades interesantes de la trayectoria de esta influyente editorial:

Anagrama es una de las pocas editoriales culturales fundadas durante los esperanzados años sesenta, a uno y otro lado del Atlántico, que han logrado sobrevivir como empresas independientes. No son muchas: solo Ediciones Era en México y un puñado de editores en España –se pueden contar con los dedos de la mano– han aguantado el huracán de las concentraciones empresariales.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Aun cuando, como también se explica en detalle en este libro («Operación Feltrinelli», p. 372-386), desde 2017 Anagrama pertenece mayoritariamente a la selecta editorial italiana fundada por el legendario Giangiacomo Feltrinelli, que la editorial barcelonesa haya perdido independencia en algún sentido está por demostrar. En cuanto a Javier Pradera, editor en el Fondo de Cultura Económica primero y luego de Alianza Editorial, han surgido en los últimos tiempos libros muy interesantes, como el de Santos Juliá Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2012) y en particular el editado por Jordi Gracia y epilogado por Miguel Aguilar Javier Pradera: itinerario de un editor (Trama, 2017), que guarda algunos paralelismos en cuanto a estructura y contenidos con Un día en la vida de un editor: un conjunto de textos inéditos o publicados previamente en la prensa –entre los cuales, entrevistes en profundidad– o bien pensados originalmente como conferencias y discursos, ordenados temáticamente y  acompañados de una estricta selección de documentos (cartas, correos electrónicos) que vienen a cuento y resultan oportunos. Es evidente que, para reconstruir y valorar la trayectoria de Pradera, Jordi Gracia se enfrentaba a la dificultad añadida de la escasez y dispersión de la documentación propiamente editorial, pero en cambio contaba con la hoy ya más que notable bibliografía de Jorge Herralde como posible modelo.

Aun así, en el momento de analizar y evaluar la aportación de Anagrama no es Pradera sino Esther Tusquets y sobre todo Beatriz de Moura –o, dicho de otro modo, Lumen y Tusquets Editores–, los nombres que aparecen una y otra vez entrelazados en la historia de Herralde y, como no podía ser de otra manera, también tienen su protagonismo en este volumen (en particular en el texto inédito «El caso Lumen: incidentes en la absorción de una editorial independiente por un gran grupo», p. 317-320). De hecho, tal vez no haya un modo correcto de estudiar el «fenómeno Anagrama» sin analizar también en paralelo los casos de Lumen y Tusquets. Y viceversa, como ya se ponía de manifiesto, por ejemplo, en las Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (RqueR, 2005) y sobre todo en Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz Ruiz (Tusquets, 2014).

André Schiffrin y Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Desde el inicial Opiniones mohicanas (Aldus, 2000, ampliado en Acantilado el 2001) y a lo largo de los ocho títulos que lo han seguido hasta este Un día en la vida de un editor –que apareció coincidiendo con los cincuenta años de la editorial–, Herralde ha ido desarrollando y afinando un esquema de libro que, por el tono cercano y la heterogeneidad y diversidad del contenido, sitúan al lector en una posición de acompañante privilegiado de un paseo entretenido y ameno, trufado de anécdotas contadas con una ironía fuera de serie, por su trayectoria y su día a día; y con el bonus track, como él diría, de toparse, al doblar cualquier página, con algunos de los escritores, editores y agentes literarias más relevantes que le son contemporáneos. Pero aún hay otro bonus track adicional: un pliego de fotografías, con muchas de las cuales ya está familiarizado quien ha tenido la suerte de hojear los diversos libros conmemorativos y no venales que Anagrama ha ido publicando periódicamente.

Con Bolaño.

Del conjunto de los libros de Herralde puede extraerse una imagen de las circunstancias de todo tipo (intelectuales, sociales, políticas, culturales, e incluso deportivas) en que ha ido desarrollándose la historia de Anagrama, y tambien en cada uno de ellos se ha ido trazando la historia de Anagrama, de modo que cada nuevo volumen la actualiza y añade también una pincelada nueva, que en el caso de Un día en la vida de un editor quizá se concreta sobre todo en la mayor atención dedicada al contexto internacional, a las relaciones con otros editores y agentes literarios, pero también con escritores y críticos literarios, lo cual contribuye a situar Anagrama en un mapa más amplio de la edición literaria de los siglos XX y XXI.

Sin embargo, es eminentemente un volumen de lectura independiente y que por tanto no presupone el conocimiento previo de los libros anteriores, y así pues volvemos a encontrar un relato de los primeros pasos de la editorial, centrados sobre todo en el ensayo político y sociológico más combativo y, subsidiariamente, en la literatura underground; aparece asimismo la irrepetible aventura de Enlace, que a finales de los años setenta aglutinaba algunas de las editoriales más ruidosas y rupturistas (Anagrama, Barral, Cuadernos para el Diálogo, Edhasa, Edicions 62, Laia, Lumen y Tusquets), el nacimiento de la espectacular colección Panorama de Narrativas, que no tardaría en convertirse en sede social –y valga la expresión, por lo que tiene también de punto de encuentro– de los autores destinados a entrar en el canon de la literatura universal reciente, el momento en que los editores plantaron cara a los proyectos para acabar con el precio fijo de los libros… y todo aquello que puede satisfacer al lector interesado no sólo en la historia de esta editorial en concreto, sino en el panorama de la edición reciente.

También es cierto que este tipo de lector quizá se reencuentre con algún texto que ya ha leído o incluso con alguno que le ha oído leer al  propio Herralde (somos poco menos que una secta), pero no hay duda de que, insertos en este conjunto y situados en este determinado orden, estos textos cobran un nuevo sentido, se complementan entre sí y con los que hasta ahora permanecían inéditos y, a la manera de un trencadís gaudiniano, componen una imagen colorista, alegre y rigurosa de un fragmento de vida que a los lectores más veteranos les toca muy de cerca porque está íntimamente conectada con su propia biografía lectora.

Si algún día se hiciera lo que suele llamarse una edición ómnibus con todos los libros de Herralde, un Herralde esencial que bien podría incluirse en la anagramática colección Compendium, quizá habría que editarlo con cuidado para evitar algunas reiteraciones, pero si se le añadiera una versión actualizada de los impagables volúmenes conmemorativos y no venales que ha venido publicando Anagrama coincidiendo con sus aniversarios más sonados, tendríamos una visión completa y bastante exhaustiva de la historia de Anagrama; o, dicho de otro modo, una compacta biografía de Jorge Herralde.

Herralde, Jorge. Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales. Pról., Silvia Sesé. Barcelona: Anagrama (Biblioteca de la memoria, 39), 2019.

Del exilio y el ostracismo al éxito editorial: Frederic Rahola y Jaume Vicens Vives

Son incontables la cantidad de españoles que recordarán el muy característico logo de la Editorial Teide a raíz de las horas pasadas en sus años escolares frente a alguno de ellos.

El proyecto, de exitosa y dilatada trayectoria, fue producto de la feliz alianza de dos personajes peculiares —Frederic Rahola i Espona (1914-1992) y Jaume Vicens Vives (1910-1960)—, y entre otras diversas virtudes de esta iniciativa se cuenta la de haber contribuido a que el segundo de ellos pudiera disponer de los recursos necesarios para regresar a Barcelona y reincorporarse a la universidad, después de haber sido apartado de la docencia por las autoridades franquistas.

Militante de Esquerra Republicana de Catalunya y empleado en el Departament de Finances de la Generalitat de Catalunya, el abogado Frederic Rahola se había exiliado como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y en Francia, además de estudiar economía política, participó muy activamente en la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). Sin embargo, en 1942 regresó a Barcelona y retomó su labor como abogado, al tiempo que se asociaba con su cuñado, Jaume Vicens Vives, para crear la editorial Teide.

1947

Por su parte, Vicens Vives había destacado muy pronto como un brillantísimo estudiante en la Universitat de Barcelona, donde había sido compañero de promoción de Pere Grases y Santiago Sobrequés, y en cuanto se licenció empezó a trabajar en la por entonces recién creada Universitat Autònoma de Barcelona. Sin embargo, al inicio de la guerra fue movilizado como sanitario y al término de la misma a punto estuvo de emprender el camino del exilio acompañando a Rahola, pero a principios de 1940 sobrevivía impartiendo clases particulares y haciendo colaboraciones en la revista Destino y en la editorial Gallach.

Según escribió en su momento Jesús A. Martínez Martín en Historia de la edición en España, 1939-1975 (2015):

En 1950 fue fundada la editorial Teide, S.A., por el historiador Jaume Vicens Vives y Federico Rahola de Espona, con un capital de 1.500.000 pesetas, inicialmente para coeditar en castellano e italiano obras del Instituto Geográfico De Agostini (Novara, Italia), obras pedagógicas de la Abadía de Averbode en Bélgica y libros de textos. El capital se había duplicado en 1969.

1952

Sin embargo, tal síntesis es cuanto menos ambigua, pues no solo no da razón de la existencia de libros de Teide ya en los años cuarenta, sino que además no tiene en cuenta las muy útiles páginas que en este sentido había dejado escritas Manuel Llanas una década antes (concretamente, en el año 2006).

Las primeras incursiones en la edición de los dos socios catalanes se centraron, ya desde 1942, en material cartográfico, atlas, y manuales escolares de geografía e historia, ámbito en el que llevaba la voz cantante Vicens Vives, mientras que Rahola se centraba sobre todo en la gestión. Es destacable también la colaboración, inicialmente externa, de quien luego sería también otro editor barcelonés importante, Enric Borràs Cubells, que a principios de los cincuenta pasó a formar parte de la plantilla de Teide (y acabaría casándose con la secretaria de Rahola).

Mediada la década de los cuarenta se hace más frecuente la edición de libros de historia, en diversas ocasiones escritos por los mencionados compañeros universitarios de Vicens Vives, y en 1951 nace en el seno de la editorial la importante revista Índice Histórico Español, considerada la principal recopilación de fuentes historiográficas española de la época preinformática.

1953.

Es posible que la creación de la sociedad anónima, que es lo que parece registrar Martínez Martín tomando como fuente los libros de registro del Archivo del Instituto Nacional del Libro (INLE), se produjera en 1950, pero por esas mismas fechas Teide disponía ya de un catálogo bastante voluminoso y estaba poniendo en circulación la Duran y Bas, en honor del jurisconsulto y político que siendo ministro de Justicia dimitió como consecuencia del célebre Tancament de Caixes de 1899 (Manuel Duran i Bas, 1823-1907), una colección centrada en estudios económicos, y la colección de temas históricos Raimundo Lulio, además de las mencionadas colaboraciones con De Agostini y Aberbode. Y también de aquellos años son los muy recordados libros de Cosmos, sobre ciencias de la naturaleza para uso escolar.

Otro hito importante, mediada ya la década de los cincuenta, fue la publicación de los primeros títulos en catalán, y en particular la muy conocida colección Biografies Catalanes (así rebautizada al prohibirles la censura franquista emplear el nombre Història de Catalunya) y la también muy divulgada Gramàtica catalana de Pompeu Fabra (1868-1948), aparecida póstumamente por razones evidentes.

La muerte en 1960 de Vicens Vives y las desavenencias entre Rahola y su hermana desembocaron en la división del fondo y en la creación de la también muy conocida editorial Vicens Vives, que originalmente dirigieron la muy longeva Roser Rahola (1915-2020) y su hijo Pere Vicens Rahola, pero nada parece indicar que Teide perdiera por ello fuelle, y en esa misma década inicia un amplio despliegue expansivo por los mercados americanos (México, Colombia, Chile..).

Ya en los setenta se produce una decidida entrada de Teide en el campo de los libros de historia y biografía en el ámbito universitario, centrándose en particular en temas de historia catalana en tiempos de la Segunda Repúbica, con la colección Capdavanters.

Aun así, de la labor de Rahola merece la pena destacar también su iniciativa de asociar a los diversos y hasta entonces dispersos editores de libros de texto, un proyecto que cuajó en 1957 con el nacimiento del Grupo de Editores de Libros de Enseñanza, y su intervención comprando en 1970 las acciones de Edicions 62 en el macroproyecto de la Gran Enciclopèdia Catalana, lo que permitió que este pudiera seguir adelante más allá del tercer volumen. Tampoco es desdeñable su etapa como presidente del Gremi d’Editors de Catalunya, entre 1971 y 1975, hasta que en 1976 el que luego sería president de la Generalitat Josep Tarradellas (1899-1988) lo nombra su representante en el interior y, ya como presidente, en conseller de Governació de la Generalitat Provisional. Poco duró en ese cargo, pero al asumir el de Síndic de Greuges (defensor del pueblo), abandonó definitivamente las labores al frente de Teide, que delegó en sus hijos Frederic i Cristian.

Fuentes:

Enric Borràs, «J. Vicens Vives: col·laborador de Franco i mentor de la classe política filocolonial a Catalunya», Bloc d’Enric Borràs, noviembre 2010.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Jesús A. Martínez Martín, «El capitalismo de edición moderno. Las empresas editoriales: negocios, política y cultura. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 273-328.

Joan Plana, «Germans Rahola, una vida dedicada a la lluita», El blog de’n Plana, 16 de març de 2012.

El novelista, traductor y editor Ricardo Bastid Peris (1919-1966)

Si por alguna cosa aparece el nombre de Ricardo Bastid Peris en los libros de historia de la cultura, a menudo ocupando apenas una mención en alguna nota a pie, es por su obra pictórica, pese a que tuvo un momento de modesta gloria a raíz de la publicación en 1959, en la editorial bonaerense Losada, de la novela Puerta del Sol.

Formado como pintor en la Real Academia de Bellas Artes San Carlos de Valencia y afiliado muy pronto a la Federación Universitaria Escolar (FUE), en la primavera de 1936 entró en el Partido Comunista de España y, al producirse el levantamiento nazifascista que desencadenó la guerra civil, se alistó en el Ejército Republicano y sirvió en el frente de Madrid. Al concluir la guerra, con el grado de teniente, permaneció durante casi seis años confinado en Valencia ocultándose de las autoridades franquistas, hasta que en 1945 se trasladó con Ricardo Muñoz Suay (1917-1997) a Madrid y colaboró en la clandestinidad en la reconstrucción de la FUE (con Nicolás Sánchez Albornoz, Manuel Lamana y Manuel Tuñón de Lara, entre otros). Como consecuencia de ello, en 1946 la policía `franquista los detuvo a casi todos por «rebelión y auxilio a la rebelión» y, además de torturado, Bastid pasó tres años encerrado en la cárcel de Alcalá de Henares a la espera de juicio. Una vez celebrado el juicio, en el penal de Ocaña, fue encarcelado de nuevo en Alcalá donde, gracias a redimir pena como profesor de presos comunes, en marzo de 1949 obtuvo el «certificado de liberación provisional».

Empezó entonces a trabajar como grafista (cartelista y ayudante de decoración) en los Estudios Sevilla Films, creados en 1941 y cuyo primer proyecto, frustrado, había sido una adaptación de la obra de Juan Ignacio Luca de Tena (1897-1975) A Madrid 682 (exaltación del golpe falangista, publicada en 1938 por Santarén en Valladolid con ilustraciones de Kemer). También en esa época, además de dedicarse a la pintura, diseña Ricardo Bastid la publicidad de la librería madrileña Club Clan (en Espoz y Mina, 15).

Sin embargo, durante el estado de excepción de 1955 fue detenido de nuevo y hasta diciembre de ese año no obtuvo la libertad condicional, así que en julio de 1956 viajó hasta la frontera y, con el pretexto de pintar al natural, obtuvo un permiso por una hora para dedicarse a su arte y cruzó la frontera con pasaporte falso con un caballete y los enseres de pintar por todo equipaje. Se desplazó enseguida a París y, al cabo de un año, a Buenos Aires, donde sabía que podría contar con la ayuda de algunos de sus antiguos compañeros de la FUE. Así lo explica Nicolás Sánchez Albornoz en Cárceles y exilios:

Finalizada la guerra europea sin caer Franco, muchos refugiados varados en Francia aprovecharon la reanudación de las comunicaciones transatlánticas para emigrar a América cumpliendo un sueño frustrado […] Varios compañeros de la FUE acabamos por reunirnos en Buenos Aires. El segundo en recalar fue Manuel Lamana, mi socio de fuga. A él siguieron Manuel de Rivacoba, el mencionado delegado de la FUE en Barcelona, y Ricardo Bastid, ambos después de cumplir su condena y salir de la cárcel.

En Argentina, además de exponer su obra pictórica y dar conferencias, colaboró como ilustrador con varias editoriales, y desempeñó también labores editoriales diversas, en particular con Códex, Losada y Compañía Fabril Editora. Fernando Larraz identifica precisamente en la entrada de jóvenes españoles como Bastid en Losada una de las principales razones de un marcado cambio de rumbo en la línea editorial de esa empresa:

En el catálogo de Losada vemos cómo hacia 1956, coincidiendo con la cesión de responsabilidades de [Guillermo] de Torre, el predominio de la «literatura responsable» cede en favor de la «literatura comprometida». […] Durante varios años, De Torre no tendrá sustituto claro. [Gonzalo] Losada toma las riendas de la editorial, pero lo hace con un criterio principalmente mercantil, que lo lleva a rechazar la publicación de libros que él considera riesgosos desde el punto de vista comercial. Al mismo tiempo, se apoyará en algunos jóvenes que, casi siempre por su disidencia política, han salido de la España franquista: Ricardo Bastid, Manuel Lamana, Fernando Morán y Víctor Sainz.

Además de asesoraría literaria, en Losada publica Bastid su primera y única novela, Puerta del Sol (1959). El año anterior, la editorial había convocado el Premio Internacional de Novela Editorial Losada, a la que se presentó por ejemplo el español exiliado en Inglaterra Esteban Salazar Chapela con Desnudo en Picadilly pero ganó el también español, y falangista, Cecilio Benítez de Castro con La iluminada, y el jurado recomendó asimismo la publicación de las obras de los argentinos David Viñas (Los dueños de la tierra) y Mundin Schaffter (La otra mejilla), el colombiano Manuel Mejía Vallejo (Al pie de la ciudad) y la mencionada de Ricardo Bastid, que apareció publicada en 1959. También ese año presenta al barcelonés Premio Nadal (que ganaría Ana María Matute con Primera memoria) la novela Los años enterrados, que hasta el momento de escribir estas líneas permanece inédita.

El año siguiente se publican la traducción, debida también a Bastid, del ensayo de René Bulman Introducción a la política en la colección de la Compañía General Fabril Los libros del Mirasol. Una entrada del diario de Rosa Chacel fechada asimismo en 1960 (concretamente del 4 de abril) permite confirmar que por aquel entonces desarrollaba labores de edición para Losada, pues consigna Chacel que Peris le ha solicitado una foto y un resumen biográfico para su inclusión en el boletín de novedades de esta editorial.

Rosa Chacel.

Por último, de 1961 es la publicación de Alemania, un libro de texto de Joseph Rovan aparecido también en la Fabril, traducido por Ricardo Bastid, pero, sin bien prosiguió con su obra pictórica y con la escritura literaria de diversas obras que siguen inéditas, no parece que firmara Bastid nuevas traducciones.

De nuevo es Larraz quien mejor ha analizado la trascendencia del trabajo de los exiliados españoles en Losada, y en particular del de Ricardo Bastid, que en cierto modo lastran el papel renovador que había tenido esta editorial en el panorama novelístico americano:

 Lo cierto es que los jóvenes mencionados, además de ver publicados sus propios libros, promueven la publicación de los autores del interior [de la España franquista], como José Hierro, y otros cuyo valor es muy cuestionable. […] Pese a su afán de novedad, estos jóvenes carecen de la cultura literaria de De Torre. Se han educado en los axiomas del realismo social y, aunque en las novelas que escriben en el exilio y publican en Losada se alejan de las consignas objetivistas que, en aquellos finales de los cincuenta, están en pleno auge en España, no se despojan de un compromiso fuerte con la coyuntura de su tiempo.

Y más adelante, en relación al discurso de Bastid con motivo de la entrega del premio de 1960 a Augusto Roa Bastos por Hijo del hombre, añade: «Encarece más que la potencialidad artística de su lenguaje, su compromiso con los oprimidos por el poder». Así pues, parece bastante palmaria la incidencia de este grupo de profesionales de la cultura en industria editorial argentina y en la divulgación de la literatura española y de un determinado tipo de narrativa.

La muerte en accidente de tráfico, cercenó en 1966 la trayectoria de Ricardo Bastid Peris.

Fuentes:

Rosa Chacel, Diarios, en Obra completa, vol. IX, edición de Carlos Pérez Chacel y Antonio Piedra, prólogo de Ana Rodríguez-Fischer, Dueñas, Fundación Jorge Guillén, 2004.

Fernando Larraz, «Guillermo de Torre y el catálogo de la editorial Losada», Kamchatka. Revista de Análisis Cultural, núm. 7 (junio 2016), pp. 59-71.

Fernando Larraz, «Bastid Peris, Ricardo (1919-1966)» en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016, vol. 1, pp. 306-307.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2018.

Nicolás Sánchez Albornoz, Cárceles y Exilios, Anagrama (Biblioteca de la Memoria), 2012.

 

El enigmático editor Ramon Maynadé y Chile (tirando de un hilo)

De 1942 es una cuanto menos curiosa edición de un librito firmado por la escritora feminista y socialista inglesa Annie Besant (1847-1933), La sabiduría antigua, en versión española de Rafael Urbano, en cuyo pie editorial se indica: Editorial Maynadé, Barcelona-Editorial Ercilla, Santiago de Chile.

Es bastante escaso y confuso lo que se sabe acerca del fundador de esa editorial barcelonesa, más allá de una etapa bastante concreta comprendida entre las últimas décadas del siglo XIX y la guerra civil española, pero algún rastro dejó la relación entre esta firma y Santiago de Chile, y la mencionada edición deja algunos hilos de los que tirar. El traductor, el periodista madrileño Rafael Urbano (1870-1924), había publicado ya en 1903 una Historia del socialismo. Parte antigua: la conquista utópica, así como obras de títulos tan insólitos como El papel de fumar (1908), Manual del perfecto enfermo (ensayo de mejora) (1911) o, ambos en la Biblioteca del Más Allá, El Diablo. Su vida, su poder (1922) y el prólogo, biografía y glosario que acompaña la edición de Doctrinas y enseñanzas teosóficas, de la ocultista y teósofa rusa H.P. Blavatsky (1831-1891).

Sin embargo, más interesante resulta un pasaje de las memorias del médico Eduardo Alfonso Hernán (encarcelado al fin de la guerra por su pertenencia a la Sociedad Teosófica y posteriormente exiliado en América), Mis recuerdos: «Arnaldo Maynadé (otro exiliado catalán, hermano de la simpar y cultísima Josefina Maynadé y Mateos), que tenía una editorial en Santiago [de Chile] me publicó La Religión de la Naturaleza (año 1949 [en Ercilla])». Como es fácil suponer, tanto Arnaldo como Josefina son hijos del editor que aquí nos interesa, Ramon Maynadé Sallent, casado con Carmen Mateos Prat, aunque otro dato pertinente en este caso es la edición que del libro de Josefina La vida serena de Pitágoras se publicó en 1954. El pie editorial de esta última obra indica que el libro fue diseñado por el célebre Mauricio Amster (1907-1980) –que había llegado a Chile a bordo del legendario Winnipeg como consecuencia del resultado de la guerra civil española–, y publicado por los «Talleres Gráficos de Encuadernadora Hispano Suiza, Ltda., Santa Isabel 0174, Santiago de Chile». De la colaboración de Amster con la Hispano Suiza (que en los años cincuenta y sesenta trabajó mucho para la editorial Andrés Bello o Editorial Jurídica de Chile, así como para el Círculo Literario de Chile) es también testimonio más tardío el libro colectivo Gabriel Amunategui, memoria y homenaje, publicado por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales en 1961, por ejemplo, en cuya página de créditos se indica que «proyectó la edición Mauricio Amster».

Carmen Mateos.

No obstante, y pese a la experta intervención de Amster en muchos de los proyectos de la Hispano Suiza, lo cierto es que hay también testimonio de algún que otro enfado tremendo con los trabajos llevados a cabo en esos talleres, como es singularmente el caso del narrador e historiador dominicano Juan Bosch (1909-2001), quien al recibir los ejemplares justificativos de su Cuento de Navidad, escribía el 4 de febrero de 1957 al director editorial de Zig-Zag Ramón Zañartu:

A primera vista, la impresión que me produjo Cuento de Navidad no pudo ser peor. El proyectista de la impresión confundió ese libro con un estudio sobre el desarrollo de la minoría o con una tesis doctoral y escogió el tipo, la distribución de cuerpo y márgenes apropiados para trabajos de esa índole, no para un cuento infantil. Pero al proceder a la lectura la impresión se trasformó en desoladora: No hay derecho a hacer con mi cuento lo que ha hecho Zig-Zag, ni a ningún lector se le puede cobrar dinero por ofrecerle una edición plagada de errores tan graves que le hacen perder el sentido a lo escrito. Lo menos que yo esperaba de Zig-Zag es que tuviera un corrector de pruebas, no que se confiara al linotipista que compone el material.

A ello respondió como buenamente pudo Zañartu en carta del 22 del mismo mes, contando además con cierto pormenor, que es lo que aquí interesa, cómo se llevó a cabo el proceso de edición de la obra y señalando como principal responsable de las numerosas erratas detectadas por el autor a la «desastrosa» corrección de pruebas de la Hispano Suiza:

Su proyección y diagramación fue encomendada personalmente por mí a Mauricio Amster, que es el profesional más capacitado de nuestro país para esta clase de trabajos y que no solamente goza de reconocido prestigio en Chile sino que cuenta con él en el exterior.[…]

El libro fue primero acuciosamente corregido por el jefe de nuestra corrección de pruebas. Al decir nuestra corrección de pruebas me refiero a la de Zig-Zag, de la cual puedo

Mauricio Amster en 1937.

enorgullecerme porque es la mejor que existe en América y es reconocida como tal por todos los autores y editores, sin excepción alguna.

Lo lamentable del asunto es que como nuestra capacidad de impresión se encuentra muy reducida, tuvimos que hacer imprimir este libro en otra imprenta que trabaja especialmente para la empresa Ercilla.

Soy el primero en reconocer que sí tienen una corrección de pruebas desastrosa. Tal así, que no confiando en ella no solamente hago revisar los libros por nuestros correctores en galeradas, sino que también en pruebas de trozos y una vez compaginados.

Desgraciadamente, al parecer en este caso nuestras correcciones no fueron atendidas en debida forma ¿Serán las erratas tan graves como usted dice? Los talleres de la imprenta Hispano-Suiza se encuentran actualmente cerrados por vacaciones, pero se reabren el 1° de marzo próximo. Inmediatamente que esto suceda y reciba las indicaciones que usted me anuncia, haré revisar acuciosamente el original suyo con el libro impreso y cotejarlo con las notas que usted me envíe.

El doctor Eduardo Alfonso Hernán (1896-1991).

Es casi imposible y muy probablemente injusto intentar averiguar quién llevó a cabo esa corrección, pero en cambio sí conocemos algunos datos de uno de los empleados de esos talleres, el linotipista y corrector madrileño Homero García Ramos (1911-1979), quien antes de la guerra había trabajado para Espasa Calpe y era miembro de la Asociación General del Arte de Imprimir de la UGT (Unión General de Trabajadores), y que como consecuencia del resultado de la guerra se exilió a Francia y fue recluido en el campo de refugiados de Bram. Logró llegar a Chile en septiembre de 1939, también a bordo del Winnipeg, y empezó trabajando en la editorial Zig-Zag antes de hacerlo en la Hispano Suiza (donde se jubiló), al tiempo que era secretario de la sección del PSOE de Santiago de Chile hasta su muerte. En cualquier caso, resulta muy lógico que en una editorial como Ercilla, entre cuyos fundadores y directivos abundaban los peruanos miembros o afines a la APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) que se habían exiliado a Chile, encontraran buena acogida los exiliados republicanos españoles

En el año 2008 quien probablemente sea el primer gran estudioso de la historia editorial chilena, Bernardo Subercaseaux, ponía en una misma frase a Maynadé y estos talleres en un artículo publicado en la Revista Chilena de Literatura: «Maynadé, el editor barcelonés, se incorporó a Ercilla, retirándose más tarde para instalar con el suizo Hans Schwalm la imprenta Hispano-Suiza, en que se imprimían parte de los libros de la editorial [Ercilla]».

Logo de Editorial Ercilla.

Por otro lado, el teósofo valenciano Salvador Sendra –fallecido en Puerto Rico en 1991, pero que desde la editorial mexicana Orión había proporcionado trabajos bien remunerados a exiliados republicanos como Joquím Xirau o Luis Santullano– relató de la siguiente manera su reencuentro en Chile con el hijo del editor Ramón Maynadé, a quien atribuye además responsabilidades de gerencia en Ercilla ya en los años cuarenta:

A instancias del amigo Arnaldo Maynadé, hijo de don Ramón Maynadé y hermano de Pepita Maynadé –la culta escritora española–, todos viejos amigos de Barcelona, en 1940 acepté realizar un viaje por Latinoamérica por cuenta de una empresa de libros chilena de la cual mi amigo Arnaldo era gerente.

Y a todo ello aún pueden añadirse algunos datos más que llevan a cuestionarse qué papel desempeñaron padre e hijo Maynadé en la industria editorial chilena, a tenor de la investigación llevada a cabo por José Rodríguez Guerrero, quien anota en «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros»:

Su hermano [de Josefina Maynadé i Mateos] Arnaldo Maynadé i Mateos fue acusado de delito de masonería en 1944 por su pertenencia a la Logia Inmortalidad de Barcelona. Se exilió a Chile, donde llegó a ser Venerable Maestro en la Logia Iberia nº 51. Su expediente se conserva en: Salamanca, Archivo de la Guerra Civil Española, Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y del Comunismo, nº 10797.

Al mismo Arnaldo Maynadé lo describe Sebastián Jans (Gran Maestro de la Gran Logia de Chile) como «imprentero», además de como Venerable Maestro de la logia chilena Iberia 51. Así, pues, parece que habrá que seguir tirando de ese hilo para deslindar a los dos Maynadé y afinar su relación con Ercilla y con los talleres de la Hispano Suiza.

Fuentes:

Eduardo Alfonso y Hernán, Mis recuerdos, Madrid, Edición del Autor en Imprenta Europa (colección Sagitario), 1986

Rafael García Romero, «Juan Bosch: cartas escritas en el exilio», blog del autor, 10 de julio de 2014.

Sebastián Jans, «Presentación del libro Desde el silencio, verso a verso», blog personal de Sebastian Jans, 18 de julio de 2012.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Salvador Sendra, Impacto de Krishnamurti. Respuestas de España, Portugal e Hispanoamérica, México, Orión, 1987.

Bernardo Subercaseaux, «Editoriales y círculos intelectuales en Chile, 1930-1950», Revista Chilena de Literatura, núm 72 (abril de 2008), pp. 221-233.

Manuel Delgado, editor de novela histórica española

El 5 de febrero de 1834 un joven José de Espronceda (1808-1842) firmaba un contrato de edición de la novela histórica Sancho Saldaña con el editor madrileño Manuel Delgado (f.s. XVIII-1848) en el que se especificaba que cobraría mil reales por cada uno de los seis volúmenes (de doce cuadernos impresos cada uno) que compondrían la obra, y se le adelantaban ya dos mil por los primeros. A título orientativo: a un escritor más afianzado por entonces como Mariano José de Larra (1809-1837) Delgado le hizo un contrato por 4.800 reales a cambio de los cuatro volúmenes de El Doncel de don Enrique el Doliente, que se publicaría ese mismo año 1834 y en la misma colección que la novela de Espronceda, y dos años más tarde le pagó dos mil a Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880) por Los amantes de Teruel, si bien en el caso del teatro con unas condiciones singulares, como se verá.

José de Espronceda.

José de Espronceda.

Una segunda edición del Sancho Saldaña mucho más extensa aparecida en 1869 (muerto ya Espronceda) creó en su momento una cierta confusión acerca de la versión definitiva de la obra y de su autoría, pero la explicación estaba en la intervención de Julio Nombela (1836-1919), autor de la prolongación de la obra y quien explicó sin ambages este tipo de prácticas editoriales en sus memorias (Impresiones y recuerdos) en un pasaje donde además caracterizaba del siguiente modo a su colaboradores en tales y semejantes menesteres:

García Cuevas, autor en sus mocedades de comedias y zarzuelas muy aplaudidas, magistrado después de brillante carrera y literato de verdadero mérito, favoreció con algunos capítulos trazados por su pluma mis novelas Mendigos y ladrones, Pepehillo, mi obra histórica Los Ministros de España y la continuación de la novela de Espronceda Sancho Saldaña. En la novela de Ignacio de Loyola me auxilió, superando mi trabajo, Martín Melgar, que en la época en que colaboró conmigo inauguraba con gran acierto sus tareas literarias prometiendo mucho y cumpliendo más tarde sus promesas, sino en cantidad al menos en calidad.

Mi íntimo y siempre buen amigo Juan Cancio Mena me prestó su valiosa ayuda en las obras La Bandera Española y Dios, Patria y Rey, publicadas en 1872 y 1873.

Sin embargo, Manuel Delgado, a quien a menudo se ha considerado el primer editor en sentido estricto (en el sentido de que era sólo intermediario, pues no era librero, tipógrafo ni impresor) y quien en 1847 sería condecorado con cruz supernumeraria de la Orden de Carlos III, debe su fama sobre todo a la implementación más o menos estable de algunas tácticas editoriales que tuvieron mucho éxito comercial, como es el caso de sus contratos con dramaturgos en los que se reservaba, además de los derechos indefinidos de reimpresión, los derechos devengados por las representaciones de las obras, y que en ocasiones –y muy particularmente en el del Don Juan Tenorio de José Zorrilla (1817-1893)– le fueron enseguida muy ventajosos. No deja de ser paradójico que el mismo año en que Delgado era condecorado se aprobara una nueva Ley de la Propiedad Intelectual.

El propio Zorrilla habla no muy bien en Recuerdos del tiempo viejo (1880-1882) de hasta qué punto los anticipos por obras no escritas acabaron convirtiéndose en mensualidades que le llevaron a continuar «produciendo tantas líneas diarias como reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las barbaridades que en ellas decía», situación que Martínez Martín vincula a «la fragilidad de un mercado en construcción». En cualquier caso, visto desde el siglo XXI, el elenco de dramaturgos que acabaron bajo el ala de Delgado fue realmente impresionante (Gil y Zárate, Hartzenbusch, García Gutiérrez, el Duque de Rivas…).

Sancho Saldaña, en cambio, se incluía en una operación no muy exitosa pero quizá atinada cuyo objetivo –en la línea de lo que habían intentado en Barcelona las revistas El Europeo y El Vapor y el filólogo y editor Antonio Bergnes de las Casas (1801-1879) – era impulsar el interés de los novelistas y lectores por la historia española mediante la publicación de novelas en la estela de las que tanto éxito habían reportado a Walter Scott (1771-1832) en inglés y tan buena aceptación habían tenido también en España, en particular en las ediciones que desde 1829 venía haciendo el editor e impresor Tomás Jordán de once novelas de Scott.

Para ello –y sobre todo para competir con Jordán– contó Delgado con el asesoramiento del escritor catalán Ramón López Soler (1806-1836), quien había debutado con el resonante éxito Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne (1930) que dio a la imprenta el editor valenciano Mariano Cabrerizo y cuya deuda (rayana en el plagio) con Ivanhoe ya quedaba claramente explicitada en el prólogo:

hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitándole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quien escribe.

Ros de Olano.Con razón pudo describir esta novela el periodista madrileño Mesonero Romanos (1803-1882) como un «Ivanhoe disfrazado», si bien la crítica ha identificado también trazas en su composición del Quentin Duward, de Waverley, de pasajes de lord Byron y de fragmentos de la Historia general de España, de Juan de Mariana (1536-1624). El proyecto de Delgado de dotar a la literatura española de una colección específicamente dedicada a novelas históricas sobre el pasado propio se había iniciado en noviembre de 1833 con El primogénito de Albuquerque, firmado por Gregorio López de Miranda (que no era otro que López Soler), a la que siguieron las mencionadas El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña, y en diciembre de ese año se anunciaban como autores de las obras siguientes a López Soler, Larra, Gil y Zárate (1793-1861), Ventura de la Vega (1807-1865), Estanislao de Kosca Vayo (1804-1864), Serafín Calderón (1799-1967) y Patricio de la Escosura (1807-1878). Más adelante (el febrero siguiente) se anunciaron también novelas de José de Villalta (1801-1846), Antonio Ros de Olano (1808-1886), Joaquín Pacheco (1805-1865) y Nicómedes Pastor Díaz (1811-1863).

Reedición del Sancho Saldaña a cargo de los descendientes de Manuel Delgado.

Según el célebre crítico de la generación del 27 José F. Montesinos (1897-1972) si, a diferencia de la novela histórica traducida, la colección de Delgado no triunfó fue en buena medida debido a la reticencia de los lectores españoles acerca de la literatura de ficción escrita en su lengua, lo cual quizá explique también que muchos de los autores no llegaran a publicarse (aunque con la firma de López de Miranda, en cambio, apareciera una segunda novela, La catedral de Sevilla, en 1833-1834). Ni la presentación ni el precio de los tomos (a 8 reales en Madrid y 9 en provincias) no eran muy distintos a las de otras colecciones similares que sí obtuvieron una buena respuesta por parte de los lectores. Así, de entre las novelas publicadas, solo tuvieron algunas reediciones las de Larra, Koska Vayo (Los expatriados de Zulema y Gazul, 1834), García Villalta (El golpe en vago, 1835), y la colección fue diluyéndose enseguida con Ni rey ni Roque (1835), de Escosura, y El caballero de Madrid en la conquista de Toledo por don Alfonso el VI (1836), de Basilio Sebastián Castellanos (1801-1891). Aun así, ya en 1846, en el segundo número de El Español, revista literaria, se proclamaba que «debe consultarla [esta colección] cualquiera que se proponga estudiar la historia de los trámites que ha seguido entre nosotros el arte de narrar». Sin embargo, no tardó Delgado en desistir y decantarse por novelas traducidas.

Fuentes:

Ángel Antón Andrés, «Prólogo» a José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, Barcelona, Barral Editores (Ediciones de Bolsillo, núms. 322 y 323), 1974, pp. 7-42.

Robert Marrast, José de Espronceda y su tiempo. Literatura, sociedad y política en tiempos del Romanticismo, traducción de Laura Roca, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 1980.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Julio Nombela, Impresiones y recuerdos, tomo I (1836-1850), edición digital a partir de Madrid, Casa editorial de “La Última Moda”, 1909. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Madrid, CSIC, 2014.

Enrique Rubio Cremades, «La novela histórica del romanticismo español», edición digital a partir de Historia de la Literatura Española. Siglo XIX (I), coordinador Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe, 1997, pp. 610-642. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012.

mens sana in corpore sano

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.

Décimo Junio Juvenal (60-126)

Sean Burnett (béisbol).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yogi Berra (béisbol).

 

 

 

Emeka Okafor (baloncesto).

 

 

 

Mithali Raj (críquet).

 

 

 

Eric Abidal (fútbol).

 

 

Rhys Priestland (rugby).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tim Tebow (fútbol americano).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LeBron James (baloncesto).

 

 

J. M. Castañón, un peculiar editor asturiano en Venezuela

El polígrafo asturiano José Manuel Castañón (1920-2001) es recordado sobre todo por una desconcertante novela inspirada por su estancia en las cárceles franquistas, Moletú Volevá (1956), pero, aun sin datos fehacientes, todo hace pensar que en buena medida cabe atribuir a este autor —de asombrosa trayectoria ideológica— la autoría de una empresa editorial caraqueña bastante singular, Casuz Editores.

Es muy probable que su primer fogueo en el ámbito de la edición sea la singular revista Aramo, profusamente ilustrada con fotografías y dibujos de la que tan sólo pudo publicar tres números (dedicados a Asturias, León y Segovia). En esta revista madrileña Castañón figura como director y Valentín Andrés A Corugedo como vicesecretario, y entre las firmas se encuentran las del ingeniero de minas Ignacio Patac (1875-1967) y la del historiador Luis Alonso Luengo (1907-2003), entre otras. Expresaba así sus propósitos en el editorial del primer número:

Aramo (Revista de las provincias españolas) nace con su primer número dedicado a Asturias. Es el esfuerzo de un grupo de asturianos residentes en Madrid, que tienen el propósito de publicar una serie de números, de igual formato que este [27 x 22, 96 páginas], consagrados a las provincias españolas.

De tan sólo dos años después, tras su paso por la cárcel (condenado por «fomentar la subversión»), es la primera edición de la novela Moletú Volevá, bajo el nombre de Editorial Arte, a la que sigue en 1959 una segunda, prologada por el historiador y estudioso del falangusta Ledesma Ramos Santiago Montero Díaz (1911-1985) en la que se la incluye en una colección de nombre Fondo y Forma y bajo el sello de Aramo. A esta seguiría una tercera en Oviedo, prologada por Emilio Alarcos Llorach e ilustrada por José Sesto (Alarde, 1978, con una tirada de cien ejemplares en rama numerados con el sello J.M. Castañón) y una cuarta prologada por el escritor venezolano Edgar Gabaldón Márzquez con las ilustraciones de Sesto (Gijón, J.M. Castañón-Stella, 1993). Acerca de la publicación de esta dura diatriba contra la sociedad de consumo, puede leerse en el blog dedicado al autor:

Para poder combatir la censura y publicar sus novelas se hizo editor. La censura había denegado la publicación de sus obras, pero logra publicarla con la ayuda de un alto funcionario de la censura española, un amigo, compañero de la División Azul, quien se solidarizó con su esfuerzo y le dio la autorización […] Un año más tarde, en 1957, publica, de la misma manera Bezana Roja, un relato de los acontecimientos acaecidos en un pueblo inventado que podría ser cualquier pueblo español, con sus habitantes fanatizados por las pasiones políticas.

José Manuel Castañón.

Inscrita también en la colección Fondo y Forma, Bezana Roja tuvo una segunda edición en 1971, en Casuz Editores, ya en Caracas, adonde Castañón llegó después de renunciar a su graduación militar y de solicitar al gobierno franquista que destinara su pensión por herida de guerra a algún excombatiente republicano que lo necesitara más que él.

En Venezuela desplegó Castañón una enorme actividad como crítico literario, escritor, conferenciante, y e Paula Simón apunta como al desgaire: «la Editorial Casuz, impulsada por José Manuel Castañón, un disidente del franquismo que recaló en dicho país para dedicarse a la tarea editorial».

La primera obra con pie editorial de Casuz Editores S.R.L. (Apartado 2883 de Caracas) fue, salvo error, la novela de Casañón El Virus (1968), lo que vendría a confirmar esa idea, reforzada por la abrumadora presencia de sus libros en el catálogo de esta empresa, si bien Castañón no mencionara nunca su vertiente de editor más que en la ambigua expersión «dedicación a las letras» o fórmulas similares. Por otra parte, a la altura de 1968 había publicado ya sus propias obras en diversas editoriales americanas, como las Ediciones Paraguachoa (Confesiones de un vivir absurdo, 1959) o la Universidad de Los Andes (Pasión por Vallejo, 1963), por ejemplo.

De esas mismas fechas debe de ser una singular edición discográfica del sello Casuz, pues son coincidentes con el centenario del poeta: Disco Homenaje a Rubén Darío (Centenario 1867-1967), en el que el propio Castañón da muestras de otra de sus vertientes que lo harían famoso recitando casi una veintena de poemas del vate nicaragüense.

De 1969 es un curioso Almanaque Literario Venezolano que se publica bajo los auspicios de José Manuel Castañón Editor y en el que confluyen las firmas de Carlos Augusto León, Arturo Uslar Pietri, Juan Liscano, Antonio Fernández Molina, Adriano González León, etc. y la siguiente obra localizada de Casuz es también de Castañón, Encuentro con Venezuela, aun así, en Casuz Editores no todo es Castañón, ni mucho menos, aunque los títulos pueden sugerir sospechas acerca del propósito de su inclusión en este sello.

En 1970 aparece en Casuz, junto una nueva obra preparada por Castañón (El amor en la poesía venezolana), la tercera edición Propiedad industrial, del abogado industrial y profesor venezolano Mariano Uzcátegui Urdaneta (1927-2009), quien más adelante publicaría en la misma editorial Las hormigas y yo (1978), con prólogo de Juan Iglesias. Tras la segunda edición de Bezana Roja, en 1971, Casuz empieza a crearse una identidad un poco más clara definida por la alternancia de autores venezolanos con algunos españoles bastante singulares, añadidos a algunos americanos históricos.

Entre los venezolanos, el poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955) (Canto al Orinoco, canto a la madre, 1973) y el periodista y autor del primer diccionario de galicismos Rafael Maria Baralt (1810-1960) (1821: Carabobo; 1824: Ayacucho, 1974). Entre los históricos, los también venezolanos Cecilio Acosta (1818-1881) (Cosas sabidas y cosas por saberse, 1974), de quien Castañón escribió que «estaba tocado de la gracia de los elegidos; de los que el destino marca con fuego: sin lastre de convencionalismo alguno» y el polímata Andrés Bello (1781-1865) (La silva de la zona tórrida y artículos de prensa, 1972), Simón Bolívar (La carta de Jamaica, 1972), junto a los libros preparados y prologados por Castañón para la colección Selecciones Literarias Mi Simón Bolívar (1973), Venezuela (1973), de José Martí, y Grandes páginas bolivarianas (1974).

Pero más curiosas resultan las obras de escritores peninsulares. Al obrero gallego Vicente Fillol se le publica en 1971, con una veintena de fotografías, Underdog. Los perdedores. Crónica de un exiliado español de la Segunda Guerra Mundial, de la que dos años después hizo una edición española La Gaceta Literaria. Y en 1975 aparecen una serie de títulos muy interesantes, entre los que destacan el ensayo La figura del sacerdote en la moderna narrativa española, de José Ortega y Francisco Carenas, la novela de Antonio Ferres (n. 1924) Al regreso del Boiras, cuya publicación le habían denegado previamente al editor Carlos Barral cuando la presentó a la censura española, la primera serie del libro memorialístico de Castañón Entre dos orillas: registros testimoniales, y uno de sus libros más citados, Mi padre y Ramón Gómez de la Serna. También de 1975 es otra curiosidad, una edición de Las Mocedades de Bolívar y Florilegios del Libertador, del abogado y político exiliado en Cuba y luego en Venezuela Eduardo Ortega y Gasset, con el sello José Manuel Castañón Editor.

Del año siguiente son el polémico Prosas de Razón y hiel. Desde el exilio, desmitificando al franquismo y ensoñando una España mejor, del prestigioso escritor y crítico literario gallego exiliado en Estados Unidos José Rubia Barcia y con un epílogo del propio Castañón, así como las Memorias de un republicano gallego perseguido por el franquismo, de Juan Noya Gil, quien había sido alcalde de A Guarda desde 1936 y luego estuvo en prisión hasta 1941, pero no pudo salir de España, con destino a Venezuela, hasta 1951. Su obra, con ilustración de cubierta del surrealista gallego exiliado en Caracas Mario Granell (1915-1991), se acompaña de un prólogo del poeta también gallego y exiliado Celso Emilio Ferreiro (1912-1979) y un epílogo de Castañon.

A los títulos mencionados hasta aquí podrían añadirse una segunda edición de El paraíso del Caribe (1975), del periodista y poeta venezolano Heraclio Narváez Alfonso, Cuando las nubes pasan (1975), de Mariano Uzcátegui Urdaneta, La puerta azul o Georgina Altamirano, la venezolana que se convirtió en mormona (1976), de Josefina Febres Cordero (1929-1979) publicada tres años después por el Stevenson’s Genealogical Center en traducción de Harold E. Rosen, Unos pasos por el teatro (1977), de Guillermo Korn o Los destinos manifiestos. Exploración histórica de la doctrina mítica y milenial que ha promovido y justificado los imperialismos (1977), del historiador Edgar Gabaldón Márquez, así como un buen número de obras del propio Castañón: la selección y prólogo de Bolívar y los poetas (1976), publicada por Casuz para la Embajada española en Venezuela, Cuentos vividos (1976) la segunda y tercera series de Entre dos orillas (1977 y 1978)...

Regresado a España en 1978, una vez muerto Franco, Castañón fue objeto de diversos homenajes tanto en su país natal como en Venezuela (que le concedió en 1987 la Orden de Andrés Bello de la Cultura) y Perú (es hijo adoptivo de la ciudad de Santiago de Chuco), adonde regresaba con frecuencia, pues nunca dejó ya de ser un exiliado. En palabras de José Ángel Ascunce, «José Manuel Castañçon es otra historia perteneciente al “Desencanto del exilio vencedor” […] salió rtiunfante de una guerra, pero vivió el resto de su vida con la presión de la derrota interior.»

Fuentes:

José Ángel Ascunce Arrieta, «El exilio del desencanto vencedor», en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos IX), 2006, pp. 17-34.

José Fernández Fernández, «Documentos sobre el exilio. La correspondencia entre Juan Larrea y José Manuel Castañón», en Antonio Fernández Insuela, ed., Sesenta años después. El exilio literario asturiano de 1939. Actas del Congreso Internacional, Oviedo, Universidad de Oviedo, 2000.

Paula Simón, «Aquí estoy yo y Los perdedores de Vicente Fillol y el problema del espacio en los testimonios del exilio español», en Diálogos ibéricos e iberoamericanos, Actas del IV Congreso Internacional de ALEPH, Lisboa, ALEPH-Centro de Estudos Comparatistas da Faculdade de Letras da Universidade de Lisboa, 2010 (versión digital) , 2010, pp. 864-874.