La relación (mala) entre dos escritores y editores: Pedrolo y Sales

Manuel de Pedrolo.

En el ámbito de la edición, Manuel de Pedrolo (1918-1990) es recordado sobre todo como creador en 1963 de una impactante colección de novela policíaca en el seno de Edicions 62, La cua de palla, cuyo propósito evidente era –dando así respuesta a una reivindicación ya añeja de críticos como Rafael Tasis (1906-1966)–, normalizar la lengua y la literatura catalana mediante la publicación de novela de género de éxito, con buenas traducciones de autores clásicos (Chandler, Hammett. Chester Himes, Simenon) y la incorporación de algunos escritores más o menos jóvenes (el propio Pedrolo) a los que se pretendió sin éxito incentivar en el cultivo del género. Sin embargo, ya antes había hecho Pedrolo trabajos como corrector, traductor y asesor para Bruguera (entre otras cosas, corrigió novelas de Corín Tellado), y en 1951 empezó a desempeñar las mismas tareas para la editorial Albor de Ferran Canyameres (1898-1964).

Por su parte, Joan Sales (1912-1983) había dejado atrás una época de formación en México durante su exilio y estaba al frente del Club Editor cuando trabó contacto con Pedrolo.

Núria Folch y Joan Sales.

Es sabido que, como consecuencia de sus diferencias sobre en qué debía consistir la labor del editor, no llegaron a un acuerdo para incorporar ninguna novela de Manuel de Pedrolo al catálogo del Club Editor. De hecho, las diferencias en este sentido eran tan abismales que lo extraño hubiera sido cualquier otra cosa. Así lo explica Marta Pasqual, en su análisis del Sales editor:

Fueron bastantes los autores que no llegaron a publicar las novelas previstas. Algunos, como Manuel de Pedrolo, debido al hecho de que, según Sales, escribía para sí mismo y no tanto para los lectores y, en consecuencia, no estaba dispuesto a aceptar ninguno de los cambios propuestos por el editor.[la traducción de esta cita, como de todas las demás, es mía]

La apreciación parece bastante acertada, y Àlex Milian y Xavier Aliaga han resumido bien el meollo del problema en un reportaje en El Temps, sirviéndose del utilísimo estudio de Bel Zaballa:

Sales pretendía más concreción y contención de Pedrolo para extraer lo mejor de su talento, obras más condensadas. De más reescritura que escritura compulsiva. Esos consejos y sugerencias ofendieron a Pedrolo. La relación con el responsable de Club Editor no acabó bien: la correspondencia entre Sales i Rodoreada es prueba de ello. Pero, como recuerda Zaballa, el escritor «tenía claro que, si continuaba escribiendo, lo haría a su manera, “pese a objeciones, obstáculos y trabas de todo tipo, porque no podía, ni quería, dejar de ser quien era».

Manuel de Pedrolo era un autor prolífico que no estaba en absoluto dispuesto a aceptar sugerencias de nadie para retocar sus obras, por muy buena intención que se pusiera al hacérsele, y lo cierto es que tampoco fue muy receptivo a las críticas que, sin ambages y muy abiertamente, le hizo Sales cuando tuvo oportunidad de leer sus inéditos.

Cuenta Zaballa que, un año después de quedar impresionado por la puesta en escena de la pieza de Pedrolo Cruma (1957), Sales escribió al novelista solicitándole su colaboración en Club Editor porque tenía mucha fe en él, y que como respuesta obtuvo el envío de la obra escrita en 1953 y por entonces inédita Un de nosaltres (que se publicaría en 1963 en Selecta como Balanç fins a la matinada). Ante la negativa a trabajar sobre un texto que a Sales le pareció –y así se lo dijo a su autor– un tostón, Pedrolo replicó que no escribía para «distraer a la gente, sino todo lo contrario», pero aun así le mandó (con la misma suerte) una segunda obra: Avui es parla de mi, escrita también en 1953 y que Edicions 62 publicaría en 1966. Sales le propuso algunos cambios, que Pedrolo tampoco aceptó, y les mandó una novela escrita en 1952, Cendra per Martina (que según Zaballa finalmente publicaron, aunque no he encontrado una edición de Club Editor y la primera parece ser la de Proa en 1965).

Sin embargo, según contó el también editor y escritor Carlos Pujol (1936-2012), traductor además al español de la Incerta glòria de Sales, éste le dio una versión bastante distinta de este mismo asunto:

Sales me contó que un día fue a verle Pedrolo y le dijo: «Es una vergüenza que a un autor de tanto éxito como yo, el Club no le haya publicado nunca nada». «Tráigame algo y lo hablamos», le dijo Sales. Le mandó quince novelas inéditas, me explicó. Y me dijo «¿Puede creerse que no me gustó ni una? Tuve que decirle que no».

Desde luego, de tres a quince va un trecho que difícilmente puede atribuirse a un error de memoria, pero costará averiguar quién camufló la verdad para salir airoso del asunto.

Más tinta han hecho correr las numerosas referencias, más bien despectivas, que Sales hace a la obra de Pedrolo en su epistolario con Mercè Rodoreda, que el editor ya podía prever que tarde o temprano, póstumamente, saldrían a la luz debido a la importancia de ambos corresponsales en el canon de la novela catalana. Tanto el editor como la narradora, por entonces exiliada en Bélgica, tenían a Pedrolo por ejemplo paradigmático del escritor descuidado, y en cierto modo echado a perder, que gozaba de un favor de los lectores que no se correspondía con la calidad de su obra. Y en este caso la maledicencia no puede atribuirse a la típica envidia del escritor frustrado, pues tanto Sales como Rodoreda conocían bien el éxito y sus obras –en particular Incerta glòria y La plaça del Diamant– eran objeto de traducciones a las principales lenguas y además en editoriales muy potentes.

Sebastià Juan Arbó.

Así, por ejemplo, escribe Sales acerca de la situación de la crítica literaria del momento: «Cuando Pedrolo escribe alguna de sus tonterías sin pies ni cabeza, toda la crítica –salvo Joan Fuster, que calla como un muerto– dice que es genial; lo dicen con tanta más convicción y prosopopeya cuanto menos se la han leído» (carta del 6 de enero de 1967); o comentando la composición del Premi Ramon Llull: «El inconveniente es que en el jurado, además de [Sebastià-Joan] Arbó, están Martí de Riquer y Baltasar Porcel, un par que nunca sabes por dónde te saldrán. Los creo capaces de otorgar el premio a un Pedrolo o a Estanislau Torres» (28 de septiembre de 1967); o incluso en fecha tan tardía como 1979: «Hay una novela de Pedrolo que empieza textualmente así: “Caminava pel novell desenvolupament urbà [Caminaba por el bisoño desarrollo urbano]. Después de devanarme los sesos, conseguí descifrar su significado: quería decir que andaba por el Eixample». Sin embargo, lo valiente no quita lo cortés, y cuando Pedrolo es procesado por las autoridades franquistas acusado de «escándalo público» por mostrar en Un amor fora ciutat una relación homosexual, escribe Sales a Rodoreda: «No olvidemos ambos escribir a Pedrolo con motivo de su proceso», y a continuación le adjunta las señas a las que puede hacerlo (calle Calvet, núm. 9, el domicilio particular del escritor).

Pese a que, al parecer, a Núria Folch le habían gustado algunas de las novelas que había leído de Pedrolo antes de conocerlo y que Sales veía en él un gran potencial, fueron sin duda las discrepancias acerca de cuál era la función que debía desempeñar un editor, de sus diferentes conceptos de lo que era y significaba editar, lo que hizo que no cuajara su relación, y sin embargo es posible que haber publicado en Club Editor hubiera facilitado quizá la traducción de algunas novelas de Pedrolo a otras lenguas más allá de las peninsulares.

Fuentes:

Pere Antoni Pons, «Carlos Pujol sobre Joan Sales», Lluc: revista cultural i d’idees, núm. 864 (julio-agosto de 2018), pp. 16-19.

Montserrat Casals, ed., Mercè Rodoreda-Joan Sales. Cartes completes (1960-1983), Barcelona, Club Editor, 2008.

Joan Fontcuberta, «Pedrolo i La Cua de Palla», Quaderns. Revista de Traducció, núm. 14 (2007), pp. 49-55.

Àlex Milian y Xavier Aliaga, «Capmany i Pedrolo, cent anys de dues veus insubornables», El Temps, núm. 1766 (16 de abril de 2018).

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, A Contra Vent Editors, 2012.

Bel Zaballa, Manuel de Pedrolo, la llibertat insubornable, València, Sembra Llibres, 2018.

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Ediciones Fronda, una efímera editorial de circunstancias

Las Ediciones Fronda fueron una iniciativa de corta vida encabezada por dos hombres de letras de larga y brillante trayectoria, lo cual, paradójicamente, contribuyó a que este proyecto quedara aún más sepultado en el olvido.

Vicenç Riera Llorca.

Vicenç Riera Llorca (1903-1991) se estrenó en el periodismo en la Barcelona de los años treinta (en L’Esquella de la Torratxa, El cor del poble, Justícia Social, etc.), después de haber ejercido como profesor de catalán, pero fue en su exilio en México tras la guerra civil cuando, además de iniciar una notable carrera como narrador (Tots tres surten per l´Ozama, Giovanna i altres contes, Roda de malcontents, etc.), entró como corrector de pruebas y más tarde como traductor en la imprenta que regentaba Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954).

El prolífico dramaturgo, periodista e impresor-editor Artís i Balaguer tenía ya una muy larga trayectoria cuando llegó a México, y es lógico que una de las primeras tareas que se le encomendaran al llegar a América fuera la dirección de un periódico en Saltillo, que sin embargo nunca llegó a publicarse. Así, a mediados de 1940 decide trasladarse al Distrito Federal, donde su primer empleo es como cajista en la imprenta de la escritora y pionera periodista feminista Emilia Enriquez de Rivera (1881-1963), que hacía ya muchos años que había fundado y dirigía la longeva revista El Hogar (1913-1942), y con quien se asoció para crear A. Artís Impresor (en la calle Durango, 290), en la que, como señala Teresa Férriz:

 …dio trabajo a muchos operarios refugiados, un buen número de ellos de origen catalán: Marià Martínez Cuenca, prensista; Joan Margelí, linotipista; Joan Falcó, minervista; Miquel Fustagures, cajista; Lluís Branzuela, administrador; Elvira Tella i Lucrècia Ivan, encuadernadoras; Bartomeu Rosique y Lois –antiguo cónsul de España en Lyon–, cajista, Pere Matalonga y, más tarde, Vicenç Riera Llorca, corrector de pruebas, etc.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Añade Férriz que el primer encargado del taller fue Marian Roca (1886-1976), «quien había aprendido el oficio antes de la guerra, en su antiguo taller de Reus» y había llegado a presidir el sindicato Societat Tipogràfica, y a quien sustituyó el tipógrafo madrileño José Castillo tras un episodio bastante asombroso que Riera Llorca reconstruyó en su libro Els exiliats catalans a Mèxic. Al parecer, al mencionado cajista Rosique, que aspiraba a dirigir el taller, le sentó muy mal la entrada del ugetista Castillo para ocupar ese puesto y tuvo con él un agrio enfrentamiento en el Sindicato de Artes Gràficas, y unos días después el jefe de taller apareció muerto mientras de dirigía a su puesto de trabajo. Tras las preceptivas investigaciones, que incluyeron interrogatorios a Artís y a Rosique, en palabras de Riera Llorca:

Nunca se aclaró oficialmente el caso, pero enseguida se supo que los instigadores –no los asesinos materiales, pero sí quienes habían dado la orden de asesinar a Castillo- eran los dirigentes del Sindicato de Artes Gráficas […] En el fondo de la cuestión había el asunto de unas máquinas de imprenta, un asunto sórdido y miserable.

Logo de Ediciones Fronda.

La asociación entre Artís i Balaguer y Enriquez de Rivera no duró mucho tiempo, entre otras cosas porque la salida de la periodista de El Hogar fue tormentosa y la abocó a una serie de problemas económicos que coincidieron con la intensificación de sus labores como activista del feminismo. Para entonces había entrado ya como cajista Vicenç Riera Llorca, que sustituyó como corrector de pruebas al periodista y escritor Pere Matalonga (1907-1947), cuando éste, que en 1941 había fundado con el poeta Josep Carner (1884-1970) la revista Full Català, entró a trabajar como corrector en la UTEHA (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana) del gallego José González Porto.

Artís i Balaguer y buena parte de su equipo (Roca, Riera Llorca, Joan B.Climent) pasaron entonces a las Ediciones Minerva, fundadas en 1940 por los también exiliados Miquel Àngel Marín, el librepensador y marido de la escritora Silvia Mistral Ricard Mestre Ventura (Ricarditu) (1906-1997) y el médico y político Ramon Pla Armengol (1880-1956).

Por el camino, Artís i Balaguer había creado la Impresora Insurgentes, donde se prepararon los volúmenes que las Edicions Catalonia hacían para el Comité de Propaganda Interaliado, muchos de los cuales traducía Riera Llorca, y  a finales de 1942 o principios de 1943 se asocian y, si bien no la registran oficialmente, ponen en marcha una editorial con el propósito inicial de publicar libros sobre la guerra en curso.

Empezamos con Una francesa en la tormenta, de Madeleine Gex Le Verrier –ha contado Riera Llorca–, que traduje yo y otro libro que tradujo el matrimonio Joan Sales-Núria Folch. Artís pagó la traducción a los Sales pero como yo era socio de la editorial no vi ni un peso por mi trabajo.

No he sabido hallar constancia de cuál era el libro traducido por Sales y Folch –que  tal vez no llegó a publicarse en estas Ediciones Fronda o, cómo apunta Lluís Agustí en su tesis, quizá se ocultaron tras un seudónimo– , pero sí en cambio aparecieron otros libros de escasa relevancia literaria, sin indicación del año de publicación, bastante apartados de los propósitos iniciales y firmados todos ellos por traductores sospechosos: Amor que todo lo vence, de Jean de La Brète, en versión de Florencio González (que no puede ser el escritor argentino homónimo que vivió entre 1818 y 1839); La boda de Gerardo, de André Theuriet, en traducción firmada también por Florencio González; Diario de Nesta: la muchacha que se declaró, de Berta Ruck, en traducción de Enrique de Cisneros (que por las fechas en que vivió tampoco puede ser el dramaturgo y senador español: 1826-1898), y  Noviazgo de prueba, de Henry Bordeaux, en versión de un ilocalizado Rodrigo Fernández de la Vega (aun cuando Bordeaux había sido profusamente traducido en Barcelona en los años veinte y treinta).

Lluís Agustí apunta también la posibilidad de que haya incluso algunos títulos de Ediciones Fronda por localizar, pues se distinguen dos colecciones, Ahora (en la que al parecer solo se publicó Una francesa en la tormenta) y La Novela Blanca, numerada, en la que se encajan Amor que todo lo vence (núm. 1), La boda de Gerardo (núm. 2), Noviazgo de prueba (núm. 5) y Mi prima Antonieta (núm. 6), por lo que faltarían los números 3 y 4, si es que llegaron a publicarse. Si no llegaron a publicarse, podría conjeturarse acerca del salto en la numeración.

Más importancia tiene Misterio de Quanaxhuata, de Josep Carner, que levantó entre la comunidad catalana en el exilio cierto revuelo –y la amarga crítica de escritores como Lluís Ferran de Pol, que tituló su reseña en Quaderns de l´Exili «Contra la obra de Josep Carner el Misterio de Quanaxhuata»– porque era la primera obra en español de uno de los grandes poetas catalanes, de la que la versión catalana, con el título El ben cofat i l´altre, no aparecería hasta 1951 (en la etapa de la editorial Proa en Perpinyà, después de haberla rechazado la Selecta de Josep M. Cruzet).

Los dos últimos libros publicados en las Ediciones Fronda aparecieron bastantes años después, la mencionada Mi prima Antonieta (1947), de Mario Uchard, en versión de una incógnita María Luisa del Olmo, y la obra del sindicalista anarquista Pere Foix (1893-1978) Cárdenas, su actuación, su país (1947), del que luego se hicieron varias ediciones en la editorial Trillas.

En cualquier caso, la relación entre Riera Llorca y Artís i Balagué en México fue muy estrecha y tuvo continuidad luega en proyectos como la editorial Colecció Catalonia (iniciada en 1944 y reconvertida en 1946 en Edicions Catalònia), donde Riera Llorca vio publicada su Tots tres surten per l’Ozama (1946); compartiendo vocalía en la Unió de Periodistes de Catalunya o en la Nostra Revista, fundada en 1946 y dirigida por Artís i Balaguer y en la que Riera Llorca actuó como secretario hasta que la abandonó por discrepancias sobre política internacional con Artís, lo que le dio pie a iniciar por su cuenta y riesgo una de las mejores revistas del exilio catalán en México, Pont Blau (1952-1963).

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili de Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral presentada en la Facultat de Biblioteconomia i Documentació de la Universitat de Barcelona en julio de 2018. Agradezco al autor que me facilitara copia de las páginas en que reúne la información sobre esta editorial, así como los datos adicionales que me proporcionó.

Manuel Aznar y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio (Anejos 30), 2016.

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Marcela Lucci, «Semblanza de Vicenç Riera Llorca (Barcelona, 1903- Barcelona, 1991)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2017.

Toole, Gottlieb y la edición no publicada de La conjura de los necios

Del mismo modo que muchos de los que han leído El doctor Zhivago saben de las peripecias a que se enfrentó su creador, Boris Pasternak (1890-1960), antes de que se publicara su gran novela, que quienes jamás han leído En el camino saben que originalmente Jack Kerouac (1922-1969) la mecanografió en un rollo de papel continuo o incluso que quienes no han tenido el placer de leer Lo que no quise decir, de Sándor Márai (1900-1989), quizá conocen el rocambolesco modo en que se descubrió esa obra fascinante, toda persona formada sabe algo acerca de los avatares de la publicación póstuma de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969).

John Kennedy Toole.

En este último caso, como en los anteriormente mencionados –a los que se podría añadir el de las indicaciones de Kafka para impedir que póstumamente se publicara su obra inédita, entre otros muchos–, ciertas circunstancias editoriales, extraliterarias, han rodeado las obras en cuestión de un halo o, como mínimo, las han dotado de una cierta popularidad –cuando no de morbo– que ha hecho que incluso quienes nunca las han leído puedan decir algo sobre ellas.

Pero ¿qué sucedió con la edición no publicada de La conjura de los necios? El profesor Cory MacLauchlin reconstruyó en su primer libro el diálogo entre Toole y su editor en Una mariposa en la máquina de escribir. La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de «La conjura de los necios», que permite, por una parte, conocer la visión que tenía un editor genial de la obra y su modo de enfocarla, y, por otro, descorazonar a cualquiera que albergara la ilusión de cotejar la versión no editada y publicada con la editada por uno de los profesionales más reputados de su tiempo.

Tras unos trabajos preparatorios en 1961, puede decirse que Toole comenzó a escribir La conjura de los necios en 1963, y a principios de 1964 la mandó a una de las editoriales más importantes de su tiempo, de la que explica MacLauchlin:

Simon & Schuster [era] una editorial que estaba experimentando una transformación, en gran medida gracias a Robert Gottlieb, su editor estrella; y aunque durante un tiempo Simon & Schuster se había centrado en los ensayos y los libros de autoayuda, Gottlieb marcó el comienzo de una nueva época con títulos de ficción como Trampa 22 y las novelas de Bruce Jay Friedman. Algunos títulos provocaron en Toole una «reacción personal intensa», en especial Stern, de Friedman, y cuando su madre le preguntó por qué había enviado el manuscrito a un solo editor, respondió que por la fama y el prestigio de Simon & Schuster.

Antiguo logo de Simon & Schuster.

La primera en Simon & Schuster que leyó la novela de Toole fue Jean Ann Jollet, asistente de Gottlieb que le recomendó su lectura, y, aunque hay constancia de que algunas de las cartas iniciales de su relación se destruyeron, sabemos por una de Jollet a Toole del 6 de junio que habían proyectado una reunión en Nueva York a finales de ese mes que se frustró por un viaje a Europa de Gottlieb, quien sin embargo le escribió a al inédito escritor de Nueva Orleans el siguiente día 15:

Me parece que usted entiende el mayor problema de la obra, pero piensa que con el simple desenlace puede resolverlo. Sin embargo, se requiere más. No sólo es necesario que se tejan mejor los hilos de la trama (éstos siempre pueden tejerse mejor); lo que en verdad debe ocurrir es que dichos hilos sean fuertes y significativos todo el tiempo, no solo de una forma episódica para luego ser ingeniosamente aunados aparentando que todo salió como se esperaba. En otras palabras, debe haber un punto para todo lo que usted ha escrito, un punto real, y no simplemente que la historia sea un divertimento forzado que se resuelva de cualquier manera.

Robert Gottlieb.

Toole viajó de todos modos a Nueva York y se entrevistó con Jollet, quien sin embargo, al parecer, no pudo ayudarle a concretar qué aspectos debía mejorar de su texto, pero le entregó el manuscrito para que pudiera seguir trabajándolo. En otoño Toole mandó a su editor una nueva versión de la novela, y entonces Gottlieb la dio a leer y la comentó detenidamente con la agente literaria Candida Donadio (1929-2001), que había empezado como secretaria del agente Jeff Harbe representando a dramaturgos y guionistas y que, cuando en 1961 Harbe vendió el negocio, se había hecho enseguida famosa como agente de Joseph Heller, John Cheever, Philip Roth, Mario Puzo o Thomas Pynchon, entre otros. Es probable que esa reunión entre Gottlieb y Donadio reafirmara al primero en los defectos que seguían presentes en esa segunda versión de La conjura de los necios, pues le escribe:

Pienso que, en varios sentidos, usted ha hecho un excelente trabajo: pulió la trama de la obra, dio sentido a eventos que antes no lo tenían, profundizando en algunos personajes, eliminó otros. El libro está mucho mejor, pero todavía no está bien del todo.[…]

[Donadio y Gottlieb coinciden en] que muchos de sus personajes son maravillosos. […] Que algunas cosas no funcionan: Myrna, especialmente. Que Ignatius plantea problemas: no es tan bueno como usted supone y hay un exceso de él en el libro. Que la pareja Levy no es tan brillante. Que el libro es demasiado extenso. Que algunas escenas –particularmente mi favorita, la manifestación por los derechos civiles en la fábrica– son gloriosas. Que otras son descoloridas. Pero que, dejando todo esto de lado, aún hay otro problema: con toda su grandeza, el libro, a pesar de su buena trama, no tiene una razón de ser.

El editor confiesa que ante eso no hay gran cosa en lo que él pueda ayudarle —«Un editor no puede decir: “póngale un significado”», le escribe—, pero sigue manteniendo su compromiso de continuar trabajando en la obra, ofreciéndose a pensar en alguna «sugerencia editorial específica» si cree que eso es lo que necesita, se presta a organizar un encuentro para hablar del asunto personalmente si se presenta la oportunidad e incluso embarca a Donadio en el trabajo de hallar la manera de dotar de un sentido final más unitario a la novela. Aun así, si se lo pide, le devolverá el manuscrito.

Robert Gottlieb.

Tras una primera carta más de cortesía que de auténtico trabajo, escritor y editor mantuvieron una conversación telefónica en la que, al parecer, Gottlieb insistió en no publicar la versión de La conjura de los necios tal como estaba en ese momento, y es probable que Toole no confesara sus limitaciones para llevar a cabo la tarea que se le encomendaba (dotar de sentido a la historia, además de detalles menores) o su incapacidad para hacerlo, o tal vez incluso su incomprensión acerca de lo que Gottlieb y Donadio le estaban pidiendo. El caso es que, en carta del 15 de enero de 1965 solicitó la devolución del manuscrito, en apariencia dándose por vencido o por lo menos descartando a Simon & Schuster como posible editorial para su novela. Gottlieb acompañó la devolución del manuscrito con una carta, hoy perdida, que, según Santiago Gallego Franco «causó una gran impresión a Toole» y que lo indujo a presentarse sin previo aviso en las oficinas de Simon & Schuster en Nueva York. Así lo cuenta MacLauchlin:

¿Qué le diría cuando estuviera ante el hombre que había dicho que su obra «carecía de sentido»? Cuando llegó a Simon & Schuster, se enteró de que, una vez más, Gottlieb no estaba en la ciudad. Por segunda vez, tras todo un día de viaje fue al despacho de su potencial editor para acabar descubriendo que no estaba. Mientras hablaba con la señorita Jollet, lo embargó una oleada de emoción. Como explicó más adelante, «se retorcía de servilismo». […] Luego se desmayó. Poco después, cuando recuperó el conocimiento, dejó una nota para Gottlieb pidiéndole que lo llamara y regresó a Nueva Orleans.

Por la siguiente carta de Toole (fechada el 5 de marzo de 1965), bastante extensa, sabemos que mantuvieron otra larga conversación telefónica de la que el autor tampoco sacó mucho en claro:

No estaba muy convencido con la corrección que le envié: con frecuencia se trataba de más (y puro) retoque argumental. Por lo tanto, cuando recibí su carta en diciembre [de 1964], estaba a la vez animado y desanimado. Animado por el tipo de comentarios y las indicaciones de persistente interés, desanimado por aquello de que «el libro podría mejorarse y publicarse. Pero no tendría éxito». ¿Se refería usted al libro tal como está, o a su versión definitiva? La llamada telefónica tornó mis dudas en desespero. […] Su carta, después de que le solicitara el manuscrito, fue lo que más me confundió. Al final de nuestra conversación telefónica yo estaba convencido de que la suerte y la oportunidad para la obra habían llegado y se habían ido.

En otras palabras, voy a trabajar en el libro nuevamente. Ni siquiera he tenido tiempo para mirar el manuscrito desde que lo recibí, pero como una parte de mi alma está en el asunto no puedo dejar que muera sin al menos intentarlo una vez más. No creo que pueda escribir nada hasta que le haya dado una última oportunidad a este proyecto.

John Kennedy Toole.

Un par de semanas más tarde (el 23 de marzo), Gottlieb le escribe expresando de nuevo su compromiso con la novela y con el autor, tome éste las decisiones que tome respecto a lo que presenta de nuevo como sugerencias y aludiendo a la propuesta de centrarse en una nueva obra mientras dejaba reposar La conjura de los necios.

En cuanto a la actual reescritura, le digo, como ya se lo dije antes: «Nunca abandonaré al señor Micawber». Las decisiones de un escritor son autónomas, no las dicta su editor. Si usted cree que debe continuar con Ignatius, eso es por supuesto lo que debe hacer. Yo leeré, releeré, editaré, quizás publicaré, lidiaré con ello hasta que esté harto de mí. ¿Qué más puedo decir?

Por favor escríbame breve o largamente, cuando guste, así sea solo para decirme que está trabajando (o que no lo está). O si prefiere, muéstreme fragmentos de lo que vaya haciendo (o no lo haga): lo que sea que le resulte más beneficioso. Ánimo. Trabaje. Estamos venciendo.

MacLauchlin da muy bien la medida de ese compromiso de Gottlieb cuando escribe que «Toole recibió más cumplidos y críticas y más atención de un editor de Nueva York de los que muchos escritores recibirán en su vida», aun cuando no se limitara sólo a elogiarlo como habrían hecho editores inanes. Sin embargo, por motivos que sólo pueden conjeturarse, la decisión del narrador de Nueva Orleans consistió en dejar el manuscrito tal cual estaba en una caja y guardarla en lo alto de un armario.

Thelma Toole.

Toda la historia posterior, bastante más conocida, de la madre de Toole buscando a partir de 1973 editor a esa versión pendiente de revisión —y rechazada entonces por Simon & Schuster, Knopf, Norton y así hasta ocho editoriales— y culpando de un modo deleznable a Gottlieb de que la obra no se hubiera llegado a publicar e incluso de ser el desencadenante del suicidio del escritor parece cuanto menos miserable, sin tomar en consideración siquiera las alusiones antisemitas que vertió Thelma Toole sobre el gran editor neoyorquino (él, nada menos, que arrostró con los problemas familiares derivados de casarse con una no judía). Es más, esa actitud de la señora Toole da motivos para sospechar por qué no se ha encontrado rastro de algunas de las cartas que podrían quizás arrojar más luz sobre este proceso de edición llevado a cabo con tesón por Gottlieb más de cuatro años después de haber leído la primera versión, que dan una clara imagen del tipo de editor que era, sobre todo teniendo en cuenta que estaba trabajando por una obra con la que no le ligaba ningún contrato. Sin duda, hubiera sido muy interesante tener la oportunidad de cotejar la versión inicial de Toole con el manuscrito final pasado por cedazo del ojo editorial de Robert Gottlieb.

Estatua en bronce de Ignatius J. Rilley, protagonista de La conjura de los necios, en la calle Canal de Nueva Orleans.

Fuentes:

Lo que queda del legado de John Kennedy Toole tras la purga al que lo sometió su madre se conserva en la Howard-Tilton Memorial Library de la Universidad de Tulane (Nueva Orleans).

Santiago Gallego Franco, ed., «Cartas cruzadas: Correspondencia entre John Kennedy Toole y Robert Gottlieb»,Trama & Texturas, núm. 11 (diciembre de 2011), pp. 87-105.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez y revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

Melissa MacFarquhar, «Robert Gottlieb, The Art of Editing. No.1», The Paris Review, núm. 132 (otoño de 1994).

Cory MacLauchlin, Una mariposa en la máquina de escribir. La vida trágica de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de «La conjura de los necios», traducción de Daniel Najmías, Barcelona, Anagrama, 2015.

Cecilia G. de Guilarte: De reportera de la CNT a autora de novela rosa (y editora frustrada)

Cecilia G. de Guilarte.

La trayectoria biográfica de la polifacética Cecilia G[arcía]. de Guilarte (1915-1989) resulta bastante singular ya por su misma precocidad (tanto literaria como en cuanto a la militancia en las Juventudes Libertarias). Publicó en Barcelona un primer reportaje inspirado en el viaje transoceánico del Plus Ultra con tan solo once años, a los diecisiete vio en las páginas del periódico de la CNT tinerfeña En Marcha una serie de artículos sobre «La lucha de clases en Italia», hasta que finalmente abandonó su empleo en la Papelera Española de Tolosa, donde trabajaba también su padre, para marchar a Madrid. Allí empezó a trabajar en el periódico Ahora y en la prestigiosa  «Revista Gráfica y Literaria de la Actualidad Española y Mundial» Estampa, que contó entre sus colaboradores con nombres tan notables como los de los artistas gráficos Rafael de Penagos, Salvador Bartolozzi y K-Hito (Ricardo García López), los fotógrafos Antonio Calbache, Campúa (José Demaría Vázquez) y Agustí Centelles y los escritores Josefina Carabías, Andrés Caranque de Ríos, Matilde Muñoz o Eduardo de Ontañón.

Paralelamente, inicia una carrera como narradora sirviéndose de esquemas o modelos cercanos a los de la novela sentimental y folletinesca, con un lenguaje directo y claro creando unos argumentos breves, sencillos, mediante los cuales comunicar aspectos del pensamiento anarquista. Estos rasgos encajan perfectamente (quizás incluso los condicionaran) con los de la colección que desde 1925 estaban llevando adelante Federico Urales (Juan Montseny, 1864-1942), Soledad Gustavo (Teresa Mañé, 1865-1939) y Federica Montseny Mañé (1905-1994): La Novela Ideal, entre cuyas peculiaridades no menores respecto de otras colecciones anarquistas de la época estaba el retribuir tanto los textos como las ilustraciones de cubierta. Como resultado de esta ¿coincidencia?, no es raro que en enero de 1935 la novela Locos o vencidos, apareciera, como número 389, en esta colección, y firmado como Cecilia García. Y a esta seguiría en febrero del año siguiente, en las mismas condiciones, Mujeres (número 497) y, como número 13 de la colección La Novela Vasca, por esas mismas fechas aparecen los dos relatos «Rosa del rosal cortada» y «Los claros ojos de Ignacio», donde el componente ideológico y de crítica social es menos acusado, lo cual podría explicar el cambio de colección, pues en 1935 en La Novela Vasca habían aparecido como primeros números el relato semiautobiográfico del polifacético medico Victoriano Juaristi Sagarzazu (1880-1949) Caminos de Navarra, el relato de Antonio Arabolaza El boticario de Ibarrola, así como Ana Mari, de Bernabé Orogorzi, dirigente de Euzko Abertzale Ekintza (Acción Nacionalista Vasca) que poco después pasaría a dirigir el periódico Ereintza.

Germán Bleiberg.

Sin embargo, el gran salto a la fama de Cecilia G. de Guilarte se produce durante la guerra civil española, que la sorprende en Guipúzcoa y se incorpora al grupo anarquista Los Temerarios, al tiempo que empieza a forjarse fama como una de sus más destacadas corresponsales de la contienda a través de las páginas del donostiarra Frente Popular y de El Liberal. Caída Guipúzcoa, viaja a Vizcaya, donde escribe para CNT Norte (órgano oficial del comité regional del Norte), donde coincide por ejemplo con Germán Bleiberg (1915-1990), hasta que esta cabecera es temporalmente clausurada como consecuencia de sus tensiones con el Gobierno Vasco, y Cecilia empieza a escribir para La lucha de clases. En palabras de Karolina Almagia, (sospechosamente parecidas a las de la contracubierta  de Cecilia G. de Guilarte, reporter de la CNT):

Cecilia fue una mujer que no huyó del peligro y permaneció en medio de la batalla de Irun, en las calles de Bilbo durante los trágicos sucesos del 4 de enero de 1937 (cuando, tras un bombardeo que causó varios muertos, la muchedumbre penetró en las cárceles de la ciudad y causó una matanza entre los presos franquistas), en las posiciones del batallón Isaac Puente en Cimadevilla o en la ofensiva del general Mola.

Guilarte, en el centro de la imagen, al fondo, en una trinchera.

Al término de la guerra, la audaz corresponsal pudo pasar a Francia, donde colaboró en el periódico republicano de Bayona Le Sud-Ouest, hasta que finalmente pudo embarcarse con destino a México. Un puesto de redactora-jefe en la revista femenina El Hogar fue una de sus primeras ocupaciones en la capital mexicana (entre 1941 y 1949), pero en aquellos primeros años se dedicó también a la escritura de breves novelas rosas que le publicó en 1942 la editorial Delly, Camino del corazón, El milagro de la vida y Orgullo de casta, y que ella misma definió retrospectivamente como «Novelas para cambiarlas por pan, sentimentalonas y rosas». Declaró acerca de aquel trabajo:

Escribí tres novelas para ellos… Fíjate que les llevé una y me dijeron: «hay que quitarle cien páginas». Yo cogí cien páginas de cualquier sitio y las quité. Es que era una manera de ganar dinero, pero yo no tenía ilusión de dedicarme a la novela rosa…

En su libro Voces del exilio. Mujeres españolas en México, 1939-1950, Pilar Domínguez Prats rescata unas declaraciones acerca de esos primeros años de exilio en las que Guilarte revela la existencia de un proyecto de crear en la inmediata posguerra unan editorial en México en colaboración con quien en 1936 fuera secretario de la Agrupación de Periodistas de Madrid y uno de los pioneros de la radio en Unión Radio, Rafael Torres Endrina (1897-1945), asociados con quien fuera abogado fiscal del Tribunal Supermo y, durante la guerra, del Tribunal Popular de Murcia, José Gomis Soler (1900-1971), que era además un reputado arabista y había colaborado con diversas publicaciones periódicas ya en tiempos de la Segunda República (el semanario Tiempo, Crónica Ilustrada, Humanismo, Clarín, El Telegrama del Rif, El Sol…) y que en 1952 publicaría en la colección Ideas, Letras y Vida, de la Compañía General de Ediciones, una novela reportaje situada en la guerra civil, Cruces sin Cristo.

Del mismo modo que José Bergamín obtuvo financiación del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) para poder poner en marcha su selecta editorial Séneca, que no hay duda de que con sus ediciones contribuyó a la dignificación de la cultura republicana española, según contaba Cecilia G. de Guilarte la intención de esta empresa editorial que ella lideraba era obtener una ayuda de 15.000 pesos de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE) para dedicarse a:

La edición de una serie de publicaciones semanales (novelas cortas, teatro, episodios históricos, biografías) de precio barato y fácil divulgación y venta… Además, emplearíamos a muchos escritores y periodistas exiliados, a quienes sería posible ayudar encargándoles originales, traducciones…

Guilarte en México.

La idea parece bien orientada, y además coherente con la necesidad de proporcionar fuentes de ingreso a los refugiados republicanos, pero, por falta de financiación, no pudo hacerse realidad. Cecilia de Guilarte prosiguió su carrera como escritora todo terreno, con colaboraciones en radio, como editorialista y creadora del suplemento de cultura de la cadena de periódicos Healy de Sonora, como jefa del Departamento de Extensión Universitaria y directora de la revista Universidad de Sonora, dejando su amplia obra periodística en cabeceras del exilio vasco (Guernika, Euzko-Gogoa, el Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos, Euzko-Deya), así como una obra literaria no condicionada por la necesidad económica, en la que alternan la novela ─Nació en España (Míjares, 1944)─, el teatro ─La trampa (Costa-Amic, 1958)─, el ensayo biográfico ─Sor Juana Inés de la Cruz. Claro en la Selva (Ekin, 1958) y El Padre Hidalgo, libertador (Universidad de Sonora, 1958)─, antes de su regreso definitivo a su Tolosa natal en 1964, con el que se iniciaría una nueva etapa en la que las colaboraciones periodísticas se conjugarían con el éxito literario (Premio Ancla de Oro ese mismo año, mención de honor en el Premio Gabriel Miró del Ayuntamiento de Alicante en 1969, Premio Águilas por Cualquiera que os dé muerte en 1969…) y con la publicación de inéditos que ha proseguido hasta bien entrado el siglo XXI (Los nudos del quipu, por ejemplo, se publicó por primera vez en la Biblioteca del Exilio en 2015).

Se hace difícil pensar, ante una trayectoria semejante, que si se lo hubiera propuesto Cecilia G. de Guilarte no hubiera podido sacar adelante una colección como la que había proyectado y que probablemente hubiera constituido una ayuda para los intelectuales españoles.

Carnet de periodista expedido por Euzko Deya a nombre de Cecilia G. de Guilarte.

Fuentes:

Karolina Almagia, «Cecilia G. de Guilarte, anarquista y corresponsal de guerra», Gara, 30 de marzo de 2008.

Anónimo, «Cecilia G. de Guilarte. Profesora universitaria y reportera anarcosindicalista», CNT Puerto Real (Cádiz), s/f.

Manuel Aznar Soler, «Cecilia G. de Guiliarte», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Biblioteca del Exilio, 2016, vol. 3, pp. 7-10.

Blanca Gimeno Escudero El discurso femenino en la obra literaria de Cecilia G. Guilarte, tesis doctoral presentada en la Universidad de Valladolid, 2013.

Cary Parker (dirección y edición) y Mónica Jato (guión y producción), Un barco cargado de… memoria, Independent, 2012. Film.

Mónica Jato, Holly Pike y Ana María Izaskun Ruiz García, Un barco cargado de… (blog).

Julen Lezamiz y Ana Urrutia, «Cecilia G. de Guilarte: de corresponsal en la guerra civil a escritora en el exilio», Revista Internacional de Ciencias Humanas 4 (1025), pp. 137-141.

Pilar Rodríguez Prats, Voces del exilio. Mujeres españolas en México, 1939-1950, Madrid, Universidad Complutense, 1994.

Guillermo Tabernilla y Julen Lezamiz, Cecilia G. de Guilarte, reporter de la CNT. Sus crónicas de guerra, Bilbao, Asociación Sancho de Beurko (Monografías de la guerra civil en Euzkadi 5), 2007.

 

Edición colaborativa de buenos libros: ABB

A Margarida Trias Pareja, agradecido y admirado.

Lo que podríamos llamar «edición colaborativa», si bien es cierto que toda modalidad de edición lo es, tiene una larguísima tradición en el ámbito hispánico, que ya en el siglo XIX se manifestó mediante la creación de las asociaciones de bibliófilos, que dieron pie (y nombre) a un tipo específico de edición.

A la zaga de la edición francesa (e inspirados concretamente en Las aventuras del último Abencerraje, de Chateaubriand), uno de los primeros ejemplos en la península Ibérica tal vez sean los doce volúmenes aparecidos entre 1839 y 1872 de los Recuerdos y bellezas de España, del pintor, litógrafo y dibujante barcelonés Francesc Xavier Parcerisa (1803-1875), cuyos textos fueron escritos sucesivamente por el escritor Pau Piferrer (1818-1848), el traductor y político Francesc Pi i Margall (1824-1901), el crítico de arte Pedro de Madrazo (1816-1898) y el archivero e historiógrafo Josep Maria Quadrado (1819-1896), que se vendía por suscripción a medida que iban apareciendo.

De 1866 data la fundación de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, y dos años después nace en Sevilla la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.

Francesc Xavier Parcerisa.

Poco posterior es la creación de La Protecció Literaria, creada en octubre de 1877 por el humorista Francesc Manuel Pau (1845-1908) y cuyo objetivo era sobre todo la compra de ejemplares, de modo que las ediciones fueran rentables, por lo que su funcionamiento, más allá de sus objetivos iniciales, fue más parecido al de un club del libro. A esta sigue, en Barcelona, la Societat Catalana de Bibliòfils (1903-1915), entre cuyos fundadores se cuentan el célebre bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) y el coleccionista de Reus Pau Font de Rubinat (1860-1948), colaborador habitual de la Revista Ibérica de Exlibris (1903-1906), y su objetivo es ya muy específicamente la edición de libros, como explicita el artículo 1 de sus estatutos: «Publicar o reproducir obras catalanas inéditas o raras que tengan interés en Cataluña y en el resto de reinos y territorios de lengua catalana». Con Els XIII, una asociación de coleccionistas también de corta vida (1927-1932), que encabezaba el arqueólogo Epifani de Fortuny (1898-1989)  y que publicó algunos almanaques, catálogos y facsímiles de manuscritos, acaban los antecedentes de la Associació de Bibliòfils de Barcelona, de más extensa e importante trayectoria.

Pau Piferrer.

Si bien ya desde 1940, con la guerra civil aún muy reciente, habían empezado a resurgir en España algunas asociaciones de bibliófilos (ese año inician una segunda etapa la Asociación de Bibliófilos Españoles, Acción Bibliográfica Valenciana y la tertulia madrileña La Arcadia), fue en 1943 cuando empezó a gestarse la que, en palabras de Germán Masid Valiñas:

Se sitúa esta entidad en la cúspide de todo el entramado de las sociedades de bibliófilos. El número y la calidad de sus ediciones, la amplitud de las actividades desarrolladas, la activa participación de sus asociados y la renovación que supuso en el horizonte de la bibliofilia le confieren un indudable primer puesto entre todas las entidades [españolas y posteriores a 1940]

Josep Porter i Rovira.

Tras unas reuniones preliminares en las que intervinieron el industrial Cayetano Vilella (1898-1966), el cervantista Joan Sedó i Perís-Mencheta (1908-1966),  el librero y bibliógrafo Josep Porter i Rovira (1901-1999), el pintor José Pedro Gil Moreno de Mora y Plana (1892-1945), el dirigente deportivo Alfons Macaya (1878-1950) y el aristócrata y bibliófilo Ramon de Dalmases Villavechia (1897-1983) –autor de una obra de sugerente título: Pequeñas sorpresas del bibliófilo: un caso de estraperlo en el siglo XVII (1945) –, entre algunos otros amantes de los libros, se consiguió convencer a Josep Porter de que encabezara una nueva asociación de bibliófilos, cosa que aceptó con las siguientes condiciones en cuanto a la edición de obras: «No serían como eran habitualmente aquellas que publicaban las asociaciones españolas de bibliófilos, meras exhumaciones de libros raros, sino que, sin desdeñar el texto, nuestras ediciones debían tener tanta importancia en el contenido como en el continente».

El 21 de marzo de 1944 se celebraba una primera reunión cuyo éxito llevó a ampliar la idea inicial de cincuenta socios a cien, y el 17 de junio se aprobaban oficialmente los estatutos de la Associació de Bibliófils de Barcelona (ABB), que incluso tuvo que crear veinticinco plazas adicionales para dar cabida a asociaciones y socios colectivos como la Biblioteca del Congreso de Washington, la Biblioteca de l’Abadia de Montserrat o la Hispanic Society of America. Indicaban entre los objetivos principales esos ambiciosos estatutos:

La Asociación procurará difundir el conocimiento de los tesoros bibliográficos existentes en España, en colecciones generales o particulares, velando por su conservación; organizar exposiciones de obras impresas, grabados, láminas, exlibris, encuadernaciones, manuscritos, y, en general, de todas las manifestaciones del arte del libro o de la imprenta; facilitar a las bibliotecas la adquisición de ejemplares raros, mediante la aportación económica de sus asociados a suscripciones organizadas al efecto; y, en una palabra, ejercitar todas aquellas actividades encaminadas a incrementar la afición a los libros y al mejoramiento de la producción española.

Más allá de conferencias (por lo menos anuales), encuentros o tertulias mensuales, encuadernaciones y organización de exposiciones importantes (Bibliofilia Española, en 1974; Aureum Opus en el 2000; la exposición en el marco del XXII congreso de la Association Internationale de Bibliophilie, en 2001), así como de congresos internacionales,  el legado más palpable de la ABB son, evidentemente, sus publicaciones, que se concretaron en una serie de libros en tiradas de unos cien ejemplares (más algunos para colaboradores), impresos sobre papel de hilo con filigrana de la sociedad y de las que se ocuparon las empresas más sobresalientes del país (Oliva de Vilanova, Horta, Joan Sallent, SADAG, Seix y Barral, Miquel Rius…). El tipo de textos y autores escogidos son muy variados, y se inician en 1945 con El Capitán Veneno, de Pedro Antonio de Alarcón, con ilustraciones de Mallol Suazo (1910-1986) y cabeceras de Teodoro Miciano (1903-1974).

J.V. Foix.

Estas publicaciones enseguida toman un ritmo anual, y entre ellas se cuentan, por ejemplo, unas Rimas de Gustavo Adolfo Becquer ilustradas con grabados al buril de José Luis Sánchez Toda (1901-1975) a partir de dibujos de Carlos Sáez de Tejada (1897-1958) en 1973; una edición bilingüe de XL Sonets de J.V. Foix, con la traducción al español obra del poeta Enrique Badosa (n. 1927) y un aguafuerte de Antoni Tàpies (1923-2012), en 1986; una muy vistosa de Les històries naturals de Joan Perucho, ilustrada por Ramon Herreros con un aguafuerte-aguatinta e ilustraciones  litográficas, precedida de una introducción de Carlos Pujol (1936-2012) y una nota acerca de Herreros de Francesc X. Puig Rovira (n. 1934), en el año 2001, o, al año siguiente, una compilación de 20 contes de Pere Calders, ilustrados con xilografías de Enric Cluselles (1914-2014) y acompañados de una introducción de Joan Triadú (1921-2010) y una semblanza de Cluselles escrita por el ya mencionado Puig Rovira.

Enric Cluselles.

Aun así, una de las ediciones que más resonancia tuvo fue, en 2015, la edición de Set cartes de Dalí a Pere Corominas, en edición de Vicent Santamaría de Mingo, autor también del texto introductorio y de las notas, y de textos complementarios de Albert Balcells y Enric Casasses, de cuya realización se ocupó Edicions de l’Eixample. Se trata de cinco cartas hasta entonces inéditas, fechadas en 1930, vinculadas a la espectacular y escandalosa conferencia que el artista ampurdanés dio en el Ateneu Barcelonès, del que tuvo que huir por piernas,  a las que acompañan otras dos ya aparecidas previamente en el catálogo de la exposición celebrada 2004 en la Biblioteca de Catalunya Dalí. Una vida de libro y que aluden a un encargo de ilustraciones para una edición de lujo del libro de Corominas Les gràcies de l´Empordà y que nunca llegó a buen puerto. No es empresa fácil (ni barata) la edición de obras de bibliófilo y son muchos los buenos proyectos que, por los más diversos motivos, no llegaron a realizarse. De momento.

Fuentes:

Web de la Associació de Bibliòfils de Barcelona.

AA.VV., Bibliofilia a Catalunya, Barcelona, Fundació Jaume I, 2001.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

Los Signos de ortografía de Max Aub

Javier Quiñones, tal vez quien más a fondo y mejor se ocupó de la veta aforística de Max Aub (1903-1972), puso de manifiesto en el prólogo a su edición de Aforismos en el laberinto la variedad de técnicas de las que se sirvió el autor valenciano en su obra Signos de ortografía, compendio de brevísimos textos de tipo aforístico en los que hace juegos malabares con la terminología de la edición y de la imprenta, que con el paso del tiempo se convirtió en piedra de toque y texto de culto entre los fanáticos de las letras (de imprenta). Y ni siquiera a libro llega: ocho páginas apenas, de las que dos de ellas son colages en los que se combinan imágenes y tipos.

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Ni siquiera el primer gran estudioso de la obra aubiana, Ignacio Soldevila (1929-2008), en su utilísima bibliografía de la obra del autor conseguía situar este título en otro apartado que no fuera el de «Ensayos, estudios, prosas y misceláneas», a lo que nada hay que discutir porque, como tantas veces ocurre con Max Aub, su obra es en esencia inclasificable, es obra de creación literaria en todo el sentido de la palabra. Por tanto, tampoco habría nada que objetar a que en sus obras completas se incluyera en el volumen dedicado a la poesía.

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Signos de ortografía aparece en el momento de plenitud de Aub, en las páginas 31 a 38 del número 23 de la mexicana Revista de Bellas Artes, con fecha de septiembre-octubre de 1968, una etapa en la que, en palabras de Quiñones, «se observa que esa tendencia a la esencialidad, que desemboca en el empleo del aforismo, se acentúa en la última etapa del escritor». El mismo Quiñones escribe al analizar  la recopilación de textos periodísticos Todo es vida: «Aub poseía, en la madurez de su estilo, un absoluto dominio de todo lo que podemos llamar en sentido amplio artificio retórico, de modo que en sus párrafos podemos encontrar numerosos procedimientos», y eso permite a este especialista en la obra aubiana detectar una amplísima diversidad de procedimientos creativos, algunos de ellos de innegable estirpe ramoniana. En otras palabras, el máximo de recursos para crear los más breves textos. La huella de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) es evidente, como lo son quizás en menor medida las de Juan Ramón Jimémez (1881-1958) y José Bergamín (1895-1983), pero Aub se sirve también de los refranes tradicionales, para darles la vuelta como a un calcetín, que en ocasiones desembocan en juegos conceptuales que en nada desmerecen junto a los de Quevedo, o en juegos de palabras de signo más simplemente humorístico en la onda de un Jardiel Poncela. O, de nuevo citando a Quiñones, crea «textos en los que se mezclan varios géneros: el aforismo, la sentencia y el microrrelato».

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Quizá sea su misma brevedad, la convivencia con otros textos muy concisos de Aub de mayor éxito y cercanos al microrrelato, o incluso la magnitud oceánica del, por fortuna, grafómano impenitente que fue este escritor valenciano nacido en París y que vivió buena parte de su vida en México, lo que explique que esta pequeña joyita que es Signos de ortografía no haya recibido mayor atención por parte de la crítica académica, o acaso sea la dificultad misma para situarla en un género determinado, pues incluso al de aforismos en un sentido amplio consigue escapar.

Difícilmente esa poca atención que se le ha prestado sea explicable por el aspecto visual de la primera edición (en la que aparece en una revista de poca difusión fuera de México y en compañía de textos de William Burroughs y una antología de poetas estadounidenses), pero lo cierto es que no se encuentra entre las más afortunadas del autor. Visualmente, como señaló Andrés Trapiello, esta edición tiene intensas connotaciones de la moda pop, muy en boga en esos años y en la que ya puede percibirse una incursión de Aub a propósito de la portada del libro Pruebas que la editorial Ciencia Nueva le había publicado en su colección Los Complementarios de Ensayistas Españoles Contemporáneos el año anterior.

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Sin embargo, que yo sepa, todavía no se ha descubierto un conjunto mayor de textos brevísimos de Max Aub acerca de los que quien fuera mano derecha del prolífico escritor en tareas editoriales, Bernardo Giner de los Ríos, dejó algunas pistas sueltas durante el congreso que se celebró en Valencia en 1993:

A su muerte [la de Aub, 1972], yo tenía entre manos una colección de crímenes que no recuerdo si se titulaban Crímenes de imprenta o Crímenes tipográficos o algo parecido; la intención era casi poética y yo me la había planteado como un reto personal: cada crimen estaría ilustrado con su tipografía, ocuparía una página, e iría acompañado por grabados que mostrasen las máquinas, los chibaletes, los linotipos, los tipómetros y toda la parafernalia que agrupaba un taller de imprenta; devolví el original y no sé qué suerte habrán corrido.

Sin duda la idea parece excelente, y más todavía cuando cada vez son menos las personas que saben qué es un chibalete o un tipómetro (por lo cual quizá convendria acompañarlo de un breve glosario). Qué bueno sería que una idea semejante fuera llevada a la práctica.

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Dámaso Alonso, Max Aub y Pedro Salinas,

Fuentes:

Max Aub, Signos de ortografía, Revista de Bellas Artes (México), núm. 23 (septiembre-octubre de 1968), pp. 31-38.

Max Aub, Signos de ortografía, prólogo de Rafael Prats Rivelles y poesías visuales de Bartolomé Ferrando, edición facsímil de la primera edición, València, Fundación Max Aub-Campgràfic, impreso en los talleres del impresor José Luis Martín, 2001.

Max Aub, Aforismo en el laberinto, prólogo de José Antonio Marina, edición e introducción de Javier Quiñones, Barcelona, Edhasa (Aforismos 30), 2003.

Max Aub, Todo es vida. Elogios y alabanzas, edición de Javier Quiñones, Segorbe, Fundación Max Aub, 2009.

Bernardo Giner de los Ríos, «Max Aub: tipógrafo y editor. Una visión parcial», en Cecilio Alonso, ed., Actas del Congreso Internacional Max Aub y el Laberinto Español, Valencia, 1993.

Javier Quiñones, «Concepto y agudeza. Max Aub en la tradición aforística», texto leído en el Congreso Internacional del Centenario «Max Aub, testigo del siglo XX», celebrado en Valencia en abril de 2003.

Ignacio Soldevila, Elogio de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003.

Andrés Trapiello, «Max Aub, caballero de la Orden del Cícero», en AA.VV., El universo de Max Aub, Generalitat Valenciana, 2003.

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Josep Salvador, linotipista y editor en Toulouse

A Adrià Pujol Cruells, escriptor empordanès

Al término de la guerra civil española y hasta la liberación de Francia, Toulouse se convirtió en uno de los más interesantes centros editoriales en lengua española, si bien el traslado progresivo de muchos escritores e intelectuales a París hizo que esta condición quedara luego debilitada. Aun así, la vitalidad cultural de los centros de refugiados, a menudo de marcado cariz anarquista, duró aún varias décadas. En Cataluña, por ejemplo, en la inmediata posguerra fue posible sintonizar Radio Toulouse y tener oportunidad de escuchar las emisiones que durante tres meses hizo en catalán el luego importante librero y editor Antonio Soriano (1913-200), que luego regentaría la célebre Librería Española de París.

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Fue precisamente Soriano quien, con la colaboración de Josep Salvador Puignau (1908-1974)m creó en Toulouse el Centro de Estudios Económicos Toulouse-Barcelona, que José-Luis Morro Casas ha descrito como: «Una especie de Ateneo en el que se realizaban conferencias, cuyo éxito fue tal que la gente casi vivía pendiente de las mismas. Allí hablaron hispanistas como [Jean] Cassou, Henri Lefevre, Bruinstard..», y prosigue más adelante:

A Soriano se le ocurre crear una librería. Le venían a la memoria aquellos años en que fue bibliotecario en Barcelona; volvía a tener la oportunidad de encontrarse con lo que le fascinaba, la obra impresa. Junto a su amigo José Salvador, funda la Librería Española, ubicada en la rue D’Arcole número 1. No sin problemas lograron que un amigo ciudadano francés de origen español, Luis Surères, gestor de profesión, se prestara a regentarla. […] Soriano encontró el filón; con una maleta llena de libros franceses se encaminó hacia Andorra, donde aún quedaban remanentes de libros españoles anteriores a la guerra civil y logró cambiarlos por libros sobre la Civilización Española del Instituto Gallach, que se encontraban a miles. A la vuelta los vendieron enseguida, no quedando más remedio que hacer varios viajes a Andorra por semana.

Cuando Soriano se marchó a París, quedo al frente de la librería en Toulouse Josep Salvador, quien a los dieciocho años se había trasladado de su Palafrugell natal a Barcelona, desde donde se trasladó luego a París para formarse en artes gráficas durante la dictadura de Primo de Rivera. Además de aprender el francés, en esta etapa aprende también esperanto, y a su regreso imparte clases de esta lengua en el Ateneu Enciclopèdic Popular de la barcelonesa calle del Carme. En 1935 crea con un socio una imprenta en la calle Aribau de la misma ciudad, donde trabajará hasta su intervención en la batalla del Ebro y su posterior exilio a Francia en febrero de 1939.

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Campo de concentración en Barcarès.

Tras su paso por los campos de concentración en las playas de Argelés y Barcarès, es enrolado en una compañía de trabajo e inicia entonces un periplo por diversos grupos de trabajadores españoles. Según explica Javier Campillo Galmés en el magnífico estudio que dedicó a Salvador: «El 25 de septiembre de 1944, un mes después de la liberación de Toulouse, Salvador es dispensado de su pertenencia al Grupo 562 de Trabajadores Extranjeros. Salvador adquiere el estatuto de refugiado apátrida, dependiendo del Ministerio de Exteriores francés». Y es un par de años después, en agosto de 1946, cuando inicia trámites para crear en la Librairie des Éditions Espagnoles, mediante la creación de una sociedad en la que inicialmente participaban también Soriano, Solères, Fernand Vargas y Amadeo Vives. Siguiendo de nuevo a Campillo Galmés:

Un recorte de prensa de la época recoge los dos objetivos de la librería: por una parte, favorecer la difusión de las publicaciones españolas entre el público francés y, por otra, ayudar a los intelectuales españoles mediante la edición de sus obras. Se dice incluso que «cuando España sea libre, una casa análoga se abrirá más allá de los Pirineos, lo que contribuirá a un activo intercambio cultural entre nuestros dos países»

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Diseño de ArgÑuelles para una exposición en Toulouse en 1947.

La edición pues de libros, asumida por Soriano y Salvador como un deber moral, se inicia en 1947 con la publicación en el sello Librairie des Editions Espagnoles de Tres mesos i un dia a Nova York, de Josep Mª Poblet (1897-1980), Goya: sa vie, son ouevre, son temps…, de Domènec de Bellmunt (1903-1993), con una serie de muy famosos Boletines Bibliográficos (preciada compilación de libros publicados en español) y la muy celebrada colección La Novela Española, quizás la mayor contribución de la LEE a la edición en lengua española, a la que en 1948 se añade una colección dirigida por el hispanista Pierre Darmangeat dedicada a los clásicos españoles (Tirso, Garcilaso, Zorrilla, etc.), todas ellas impresas en Toulouse. Poco después se empiezan a imprimir también en París, es de suponer que bajo la supervisión de Soriano, que ya se había establecido allí, con indicación editorial «París-Toulouse: Librairie des Éditions Espagnoles». Las primeras obras son tres conferencias de peso: La lengua y la cultura en Hispanoamérica (1951), de Ángel Rosenblat, El sentido del Lazarillo de Tormes (1954) de Marcel Bataillon y El romanticismo y el siglo XX (1955) de Pedro Salinas.

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La famosa colección La Novela Española la dirigía inicialmente el excolaborador de La Revista Blanca, Umbral y, ya en Francia, el parisino El Heraldo de España Antonio Fernández Escobés, y la constituían pequeños volúmenes de 16 x 12 de entre treinta y cuarenta páginas en las que el texto de relatos y novelas breves aparecían compaginados a doble columna y con portadas diseñadas y dibujadas por el cartelista Antonio Argüello. A la muerte de Fernández Escobés le sustituyó en la dirección Ezequiel Endériz. Tras estrenarse con la cervantina Rinconete y Cortadillo, entre 1947 y 1949 La Novela Española publicó mensualmente una amplia combinación de clásicos indiscutibles (para cumplir con el propósito de dar a conocer la cultura española en el país de acogida) con novelas breves de autores exiliados (a los que se pretendía ayudar en alguna medida). Así, junto a obras de Lope de Vega o Quevedo, aparecen antologías poéticas de Federico García Lorca y Machado y obras de Alejandro Casona, Victor Alba y Ramón J. Sender, entre otros escritores exiliados hoy menos conocidos.

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Victor Alba, Diálogo sin testigos (1947).

Tal fue el éxito de estas ediciones, en papel de muy baja calidad y a un precio inicial de 25 francos, que a partir de la segunda serie, iniciada en enero de 1948, se empiezan a publicar dos títulos mensuales (y a 30 francos), pero, como explica Francisca Montiel Rayo, esta ambiciosa empresa, que se vio pronto en la necesidad de implementar una segunda subida de precio que lo situaría en los 50 francos, fue bastante difícil:

El encarecimiento del precio del papel, el pago del diez por ciento de las ventas acordado con los autores, la imposibilidad de vender en Francia las tiradas completas de las ediciones –que llegaron a alcanzar los cinco mil ejemplares– y los problemas que entrañaba su distribución en América –expansión que intentó poner en marcha Fernández Escobés– fueron algunas de las dificultades que marcaron la vida de la colección.

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Victor Alba, La muerte falsificada (1948).

Antes de cerrar la colección esta se atrevió incluso a estimular la creación literaria entre sus lectores con la convocatoria un Premio Antonio Zozaya dotado con diez mil francos y cuya obtención comportaría la publicación de la obra. Según se anunciaba ya en la contracubierta del número 12:

Acontecimiento literario. Continuando con su obra de divulgación de la cultura española, para corresponder al favor creciente que recibe de sus numerosos lectores y para excitar la producción literaria dando a los jóvenes escritores la oportunidad de darse a conocer, La Novela Española, de acuerdo con un prestigioso periódico del exilio [¿L’Espagne?], estudian las bases de un concurso literario que llevará por título el nombre del insigne escritor Antonio Zozaya, rindiendo así un merecido homenaje a esta figura señera del periodismo y la literatura española contemporánea [que hacía poco, en 1943, había muerto en su exilio mexicano].

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El premio lo ganó Andrés María del Carpio (autor en 1931 de la música del «Himno a Andalucía») con la obra El Españolito, cuya extensión excedía en mucho la habitual en la colección, y quizá eso contribuyera a que no llegara a publicarse, aun cuando los miembros del jurado describieron al autor como un «escritor español, agudo y original, muy conocido y apreciado en la vida literaria de París» y expresaron su convencimiento de que no sería éste el último triunfo que obtendría. Andrés María del Carpio dejó abundante material inédito acerca del lenguaje, el cante y las costumbres andaluzas, pero antes de su muerte vio publicadas una variopinta serie de obras, como Juan García Morales, presbítero. Algunos rasgos del hombre y de su obra (Lyon, Imprimerie Juhan, 1946), Sonoridad del castellano (Madrid, Marsiega de Artes Gráficas, ¿1955?), Cartas galas. Febrero de 1939- julio de 1940 (Madrid, Ediciones Iberoamericana, 1960), La espera interminable (julio de 1940-septiembre de 1944), Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1964 o El canto del gallo. Ensayo de fonética descriptiva galla (Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1970).

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Josep Salvador en 1952.

Por su parte, concluida La Novela Española, Salvador prosiguió con su labor de difusión y apoyo a las culturas peninsulares, y así por ejemplo en 1952 la librería se convirtió en una de las principales organizadoras de los Jocs Florals de la Llengua Catalana en el exilio, año en que recibieron los premios ordinarios Joan Barat (1918-1996), Edmon Brazès (1893-1980) y Albert Manent (1930-1914).

Sin embargo, no por ello abandonó Salvador su trabajo como linotipista en La Dépeche du Midi (donde ya había empezado a trabajar en 1944, cuando se llamaba La République du Sud-Ouest). La vida de este infatigable embajador en Toulouse de la cultura española llegó a su fin en febrero de 1974, poco antes de la muerte del dictador, y sus restos descansan en el cementerio municipal de Bourg St. Bernard. Es hasta cierto punto comprensible, pues, que buena parte de la cuantiosa documentación generada por la actividad de Salvador se conserve en el Instituto Cervantes de Toulouse. Sin embargo, otra parte de su legado se encuentra repartida, como es lógico, entre la Biblioteca de Catalunya y el Ajuntament de Palafugell.

Fuentes:

Anónimo, «Donen 74 llibres editats a l’Estat francés per un palafrugellenc», Avui, 17 de mayo de 2010.

Michel Baglin, «C’était la librairie des réfugiés espagnols à Toulouse», Texture, 18 de abril de 2009.

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Alejandro Casona, Flor de leyendas (1947).

Javier Campillo Galmés, «Josep Salvador, librero y editor del exilio en Toulouse», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García (eds.), El exilio republicano de 1939 y la segunda generación, Sevilla, Gexel (Grupo de Estudio del Exilio Literario)-Editorial Renacimiento, 2011, pp. 921-930.

Javier Campillo, «Josep Salvador y la Librairie des Editions Espagnoles de Toulouse».

Francisca Montiel Rayo,  «Semblanza de La Novela Española (1947- 1949)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

José Luis Morro Casas, «Antonio Soriano: los libros, su vida», en Alicia Alted Vigil y Manuel Aznar Soler, eds., Literatura y cultura del exilio español de 1939 en Francia, Salamanca, AEMIC (Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Contemporáneas)- Gexel, 1998, pp. 391-404.

Jules Verne, el escritor que hizo caso a su editor

Puede llegar a comprenderse la decisión de los escritores (o aspirantes a tales) de prescindir de un editor cuando su única expectativa respecto a éstos es que se ocupen de convertir su obra en un libro y de distribuirlo, con más o menos promoción adicional. Resulta también lógico que las agencias literarias estén asumiendo las funciones que tradicionalmente correspondieron a los editores (la edición de textos y el asesoramiento en la carrera literaria) si lo que habitualmente conocíamos como editores han hecho dejación de estas funciones para centrarse en otras acaso no menos importantes. Aun así, son legión los aspirantes a escritores que presuponen que no necesitan ni a uno ni a otros porque lo único que pretenden es vender muchos ejemplares, o bien tener muchos lectores (o para ser más precisos: a veces, sólo muchas descargas).

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Verne a los veintitrés años.

Sin embargo, un autor de situación tan variante e inestable en el canon occidental como lo fue Jules Verne (1828-1905) tal vez hubiera caído en el olvido más absoluto de no ser por un editor que conocía muy bien el negocio y que asumió con todos sus riesgos esa función, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), cuyos antecedentes explican muchas cosas.

Hertzel se había formado en Chartres y en el reputado Collège Stanislas de París, antes de matricularse para cursar Derecho en Estrasbugo, estudios que abandonó en 1836 para incorporarse como empleado en la librería de un destacado traductor, librero y editor: Alexandre Paulin (1742-1859). Asociado desde septiembre de 1930 a Jacques-Julien Dubochet, fue célebre la librería que Paulin estableció en la rue du Seine, 33, sede también desde 1833 de sus primeras tentativas como editor. Si Paulin se ha ganado un nombre destacado en la historia de la edición francesa no es sólo por haber dado continuidad a la edición de las memorias de Saint-Simon que había iniciado Auguste Sautelet (1800-1830), sino por haber experimentado con nuevas formas de libro inexistentes en su época, acercándose a lo que eran los estándares de la prensa de la época. De la confluencia de su pasión por el libro bien hecho, de un cierto lujo y empaque incluso, y el interés por las formas periodísticas nació lo que le convertiría en el antecedente de la edición ilustrada barata, después del intento fallido de Nicolas Delangle (1792-1866) con la Histoire du roi de Bohème et de ses sept châteaux, escrita por Charles Nodier (1780-1844) e ilustrada por Tony Johannot (1803-1852), que se estaba haciendo muy famoso en la Revue des Deux Mondes. Revista, por cierto, que desde enero de 1930 había adquirido como subtítulo que a los buenos lectores de Verne quizá les resulte un tanto familiar: Revue des deux mondes. Journal des voyages, de l’administration et des mœurs, etc., chez les différens peuples du globe ou archives géographiques et historiques du XIXe siècle; rédigée par une société de savants, de voyageurs et de littérateurs français et étrangers.

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Alexandre Paulin.

En mayo de 1834, Paulin y Dubochet se asocian con el director de la revista L´Artiste, Auguste Ricourt, y pronto ponen en marcha un nuevo sistema de edición de grandes obras por entregas que se estrena con la Histoire parlamentaire de la Révolution française, de Philippe Buchez y Prosper-Charles Roux, y el Atlas historique des guerres de la révolution, pero junto a las obras de carácter histórico, de las que hasta entonces las clases acomodadas eran las únicas lectoras, empiezan también muy pronto a publicar libros de actualidad política. Cuando el joven Hetzel entra en la librería de Paulin, éste acababa de asociarse con el celebérrimo escritor, editor y librero Louis Hachette (1800-1864) y no tardan en abrir una nueva línea de publicación escolar y pedagógica con la Histoire des progres de la civilisation en Europe de Hippolyte Roux-Ferrand (1798-1887).

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Louis Hachette.

No era pues un mal sitio donde formarse como editor, y a Hetzel le bastaron un par de años entre esos emprendedores audaces para atreverse a crear su propia editorial, no sin antes publicar en asociación con Paulin (con quien mantendrá siempre una amistad y colaboraran en diversas publicaciones) la Histoire des Français depuis le temps des Gaulois jusqu´en 1830, del historiador y geógrafo Théophile-Sébastien Lavallée (1804-1866).

Con estos antecedentes, no extrañará que Hetzel obtuviera su primer gran éxito comercial como editor con la Vie publique et privée des animaux, donde reúne textos de los grandes nombres del momento, como Balzac, Nodier, Georges Sand o Louis Viardot, entre otros, e ilustraciones de Grandville (Jean Ignace Isidore Gérard, 1803-1847), quien se había hecho famoso en 1929 con las Métamorphoses du jour, una serie de 70 ilustraciones protagonizadas por animales con cabeza humana intensivamente plagiada y copiada de inmediato por otros ilustradores. Hetzel, que había incluido en el libro colectivo mencionado la narración «Peines de coeur d´une chatte française» bajo el seudónimo P.J. Stahl, tuvo aún tiempo de escribir Voyage où il vous plaira, y publicarlo con ilustraciones de Johannot, así como de fundar la revista destinada a los niños Nouveau magasin des enfants, donde vuelven a coincidir las plumas de Nodier y Georges Sand con las de Alexandre Dumas, Alfred de Musset, así como con ilustraciones de Johannot, Bertall y Paul Gavarni.

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Gerard de Nerval, Victor Hugo y Charles Perrault (para quien prologa una célebre edición de sus cuentos, ilustrados por Gustave Dorée) son algunos de los nombres célebres que publicará en los años sucesivos Hetzel, sometidos a la convulsa política francesa (que le llevó al exilio en Bélgica), antes de que en 1862 cayera en sus manos la obra de un perfecto desconocido, Voyage en Anglaterre et en Escoce, de Jules Verne, que rechazó y sólo se publicaría en 1989 en las Éditions du Cherche Midi de Philippe Heracles. Sin embargo, ese mismo año 1862 Verne sometió de nuevo al juicio de Hetzel su Cinq semaines en ballon, que sí contó son su aprobación y publicó dos tiradas de mil ejemplares en 1863 con el subtítulo «Voyage de découvertes en Afrique par trois Anglais rédigé sur les notes du docteur Fergusson». El éxito inmediato de esta novela hizo concebir a Hetzel una intensiva explotación de las obras siguientes de Verne, que solían publicarse primero seriadas en revistas, posteriormente en edición comercial, a continuación en ediciones ilustradas e incluso en algunas ocasiones en ediciones de lujo. Por indicación de Hetzel, la obra de Verne pasaba además a estructurarse, un poco a la manera de los grandes ciclos novelescos de la gran novela francesa (La Comédie Humaine, Les Rougon-Macquart), en la serie de 62 títulos Voyages extraordinaires.

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Grandville hizo poro menos que una Comedia Humana mediante sus ilustraciones.

Gracias a este sistema, que no dejaba de tener sus riesgos, en 1866 pudieron firmar un contrato por el que Verne se comprometía a escribir tres novelas anuales a cambio de un sueldo mensual de unos 750 francos (aproximadamente, unos 2.300 euros del año 2000), lo que le permitía profesionalizarse en lo que sin duda era su vocación, la escritura de novelas.

Sin embargo, tan importante como en la difusión de su obra lo fue Hetzel al convencerle, en términos sumamente duros, de no dar a la imprenta otra obra que le sometió en 1863, Paris au XXème siècle, rechazo que Juan Tallón cita en los siguientes términos:

«Es folletinismo barato… No veo nada que elogiar en su trabajo, nada que elogiar con franqueza. Lamento tener que escribirle esto, pero consideraría una catástrofe para su reputación la publicación de este trabajo… Es casi lo que escribiría un niño, un principiante, alguien que va a estrellarse como una mariposa contra vidrio… Usted se hunde en lo mediocre hasta la cabeza», subraya la carta [de Hetzel a Verne], fechada en 1863.

Aun así, incluso este texto se publicó, póstumamente, en una iniciativa en la que se asociaron Hachette y Cherche Midi para seguir explotando el filón Verne en 1994, con ilustraciones del dibujante belga  François Schuiten (n. 1956). Lo más probable es que, si no hubiera sido por Hetzel, nadie hubiera tenido interés en leer esa obra que Verne nunca volvió a interesarse en publicar. Y tampoco debe de ser casual que los estudiosos más conspicuos de Verne adviertan en su obra un punto de inflexión, hacia una visión del mundo menos optimista, coincidiendo en el tiempo con la muerte de Hetzel.

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Pierre-Jules Hetzel

Fuentes:

Renoir Bachelier, dir., Hetzel, éditeur par excellence, número monográfico de la Revue Jules Verne, núm. 37 (verano 2013).

Volker Dehs, Jules Verne, traducción de Alicia Valero Martín, Madrid, Edaf, 2005.

Jesús Navarro Faus, Sueños de ciencia: Un viaje al centro de Jules Verne, Universitat de València, 2011.

Juan Tallón, «Esto lo escribe un niño», El Progreso, 18 de abril de 2016.

Michel Winock, Las voces de la libertad. Intelectuales y compromiso en la Francia del siglo XIX, traducción de Ana Herrera, Barcelona, Edhasa (Ensayo), 2004.

Entregar las traducciones a tiempo (sobre Martí de Riquer)

En su célebre conferencia «Aventuras y desventuras de un editor», ahora de fácil acceso en la revista Texturas, el editor Josep Janés i Olivé (1913-1959) hacía un breve recuento de algunos problemas que había tenido con traductores a lo largo de su carrera y se detenía, con respetuosa discreción, en el caso concreto de un traductor que durante varios años tuvo pendiente de entrega una traducción importante, los cuentos de Hoffmann, que finalmente no pudo publicar:

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En mi primera época de editor, un amigo que tenía fama, merecida por cierto, de muy inteligente entre sus compañeros de universidad, me ofreció una traducción de los cuentos de Hoffmann y me pidió con gran insistencia que la anunciase como de próxima aparición. Durante más de dos años la lista de obras en preparación tuvo una línea fija: «Los Cuentos de Hoffmann, traducidos directamente del alemán por Fulano de Tal». De esta inexistente traducción el pretendido traductor obtuvo fama, ya que no provecho. Cuando en algún periódico se publicaba alguna referencia al joven ensayista, siempre se aseguraba que era el brillante traductor de Hoffmann. […] ¡Traductor de Hoffman, directamente del alemán! Los compañeros le admiraban sinceramente. Pero la traducción, la misteriosa traducción, no llegó a publicarse. […] Han pasado veinte años. Este amigo ha tenido tiempo de casarse, de tener hijos y de escribir una ponencia para un congreso internacional de abogados […] Y sobre su mesa de trabajo siguen existiendo un gran pliego de cuartillas, de aquellas cuartillas del Ateneo [Barcelonès] de antes de la guerra, que empiezan ahora a adquirir un tono amarillento.

Vale la pena añadir que, curiosamente, en la preciosa novela del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950), publicada originalmente en 1927 como segundo número de la colección Amor del Llibre, ya se alude a la carencia que supone el hecho de que no exista en catalán una traducción ni siquiera parcial de los cuentos de Hoffmann. Y a estas alturas y en este contexto, quizá no sea ya preciso ser tan discreto como lo fue en su momento Janés: el traductor Fulano de Tal del que se anunció reiteradamente la traducción de Els millors contes de Hoffman era Alfons Serrallach, estudiante de Derecho tras haber pasado por el colegio alemán, que en 1935 había publicado en Les Edicions de la Revista Evolució constant de les cultures. Un assaig sobre l’hora present y que, finalmente, paradojas del destino, en 1968 apareció como responsable de la traducción de algunos textos sobre Goethe incluidos en las obras completas de Thomas Mann publicadas por Plaza & Janés.

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Ramon Miquel i Planas.

Volviendo a los años treinta, el por entonces joven estudioso y, desde las páginas de La Publicitat, divulgador de la filología y de los clásicos Martí de Riquer (1914-2013) dedicó el 9 de abril de 1935 un reportaje a los Quaderns Literaris de Janés (con motivo de su primer aniversario), dentro de una serie muy interesante –que tal vez valdría la pena recuperar– que había iniciado con la editorial Barcino, y que posteriormente seguiría con Publicacions de La Revista, Biblioteca Univers, Edicions Proa, Editorial Alpha y las Monografies Mèdiques, y en la que destacaba de la labor de Janés, junto a la recuperación de obras originales en catalán y traducciones a esta lengua, la publicación de nuevos autores y de haber traducido por primera vez obras hasta entonces poco conocidas, con el siguiente balance:

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Josep Janés i Olivé

En total son veinte volúmenes de Quaderns Literaris totalmente inéditos [traducidos] publicados en el transcurso de un año. Hay que confesar que pocas empresas editoriales catalanas pueden vanagloriarse en estos últimos años de una obra tan vasta dirigida al gran público. […] El criterio seleccionador de las obras es excelente, la presentación de los volúmenes esmerada. Al mismo tiempo, la colección presenta un carácter eminentemente patriótico y educador.

Al lado de las traducciones llevadas a cabo por primera vez de obras (con lo que quedaba representado un amplio abanico de la literatura universal) de Merimée, Stevenson, Tolstoi, Alfred de Vigny, Thackeray, Sterne, Stendhal, Saadi, Twain o Pushkin, Martí de Riquer menciona su propia traducción del Viatge a la lluna, de Hercule-Savinien Cyrano de Bergerac (1619-1655), que se había publicado como número 25 de esta colección, precedido de un breve prólogo, una serie de anécdotas acerca del autor y una bibliografía, y que en 2009 recuperó la editorial Adesiara en una versión revisada y completada por Jordi Raventós y con el título L’altre món.

En la publicidad incluida en la última página de la obra de Cyrano de Bergerac se presenta del siguiente modo:

Es una divertida historia que, bajo un fino y elegante humorismo, encierra la sátira más acertada y viva de los malos filósofos del siglo XVII, entre los cuales se formó Cyrano de Bergerac. El elemento maravilloso es tan sutil que a veces parece avanzarse a invenciones modernas (globos aerostáticos, electricidad, etc.). Toda esta historia está llena de una gran comicidad que mantiene vivo el interés del lector de cabo a rabo.

Sin embargo, en ese misma edición de 1934 de Viatge a la lluna se anunciaban otras traducciones asumidas por Martí de Riquer que nunca llegaron a ver la luz, y algunas de ellas siguieron anunciándose durante bastante tiempo. Es el caso, por ejemplo, de La pobra gent, de Dostoievski, que debía llevar a cabo en colaboración con Nicolau Ivanovich de Hartong. Se anuncia también en el número 25 de los Quaderns Literaris la versión de Martí de Riquer de La vida nova, de Dante Alighieri, que tampoco llegó a aparecer jamás, si bien pocos números después ésta deja de anunciarse como de próxima publicación. Y aun hay una tercera obra, que se anuncia en las últimas páginas de los Quaderns Literaris de 1936, que se supone que debía traducir Martí de Riquer, el Napoleón de Stendhal.

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Ilustrador: Fermí Altimir, autor también de la de Laia, de Salvador Espriu, como número 19 de Quaderns Literaris.

Ciertamente, la faceta de traductor de Martí de Riquer tal vez sea la menos conocida, aun cuando uno de sus primeros proyectos, siendo todavía muy joven, fue precisamente la traducción de los Diálogos de Luciano de Samosata, que aún en 2007 seguía considerando como la mejor obra cómica de los todos los tiempos y «una excelente burla de la mitología». Todavía no había cumplido los dieciocho años cuando en febrero de 1932 Riquer ya publicó en la revista Juventus una selección de los diálogos de la muerte (I y II), con comentarios al texto, y posteriormente añadió los números III a V en la entrega de la misma revista correspondiente a marzo. Unos años después, en la revista Rosa dels Vents que durante su efímera trayectoria dirigió Janés, ofreció una versión ampliada y revisada de estas mismas traducciones, que, añadidas a la de Cyrano de Bergerac, pueden presentar a un Riquer sumamente interesado por entonces en la literatura humorística, algo de lo que daría muestras también en las dos obras teatrales en catalán que se le conocen (Spinoza i els gentils y El troimf de la fonética). En cualquier caso, entre esa deriva hacia el arte dramático, el desarrollo de su interés por los estudios clásicos y, cómo no, el estallido de la guerra, nada se supo ya de esas traducciones prometidas a Janés.

Fuentes:

AA.VV., Martí de Riquer i els valors clàssics de les lletres. Vocació literària i filología en el centenari del seu naixement, Barcelona, Barcino-Institució de les Lletres Catalanes, 2014.

Coberta_RiquerValorsAntonio Rivero Taravillo, «Aventuras y desventuras de un editor», Fuego con nieve, 8 de enero de 2016.

Josep Janés i Olivé, «Aventuras y desventuras de un editor», conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955. Reimpreso en Texturas, núm. 18 (diciembre de 2015).

Martí de Riquer, «La tasca de les editorials catalanes: Quaderns Literaris», La Publicitat, 9 de abril de 1935, p. 4.

Martí de Riquer, «El canon secreto de Martí de Riquer», El Cultural, 4 de octubre de 2007.

Ramon Miquel i Planas, El llibreter assassí de Barcelona, edición de Josep Sarret, Barcelona, Montesinos, 1991.

Otra carrera literaria truncada por la guerra: Lluis Palazon i Beltran

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Lluís Palazón i Beltran (1914-1953).

Como consecuencia del resultado de la guerra civil española, son muy pocos los datos asequibles acerca de Lluis Palazon i Beltran (1914-1953), quien sin embargo llevó a cabo una incipiente pero muy interesante labor como narrador, una obra periodística que está aún por aquilatar y una imprescindible carrera como editor y director literario –al lado de Josep Janés i Olivé (1913-1959) –, de la que es también muy poco lo que se conoce.

La información más detallada y ordenada a la que se puede acceder con facilidad es el muy útil Diccionari de la traducció catalana, que ofrece algunos datos fundamentales. Según este texto, firmado por Annacris Mora i Figuera, Lluís Palazon nace en Barcelona y se estrena en el mundo de las letras en la muy exquisita publicación de creación literaria La Revista (1915-1936), que, bajo la dirección del poeta Josep Maria López-Picó (1886-1959), aglutinaba a escritores en general bastante mayores que Palazon y más o menos vinculados al Noucentisme que iban de Carles Riba (1893-1967) y J.V. Foix (1893-1987) a Josep Obiols (1894-1967), Agustí Esclassans (1895-1967) o Tomás Garcés (1901-1993), entre muchos otros.

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Josep Janés i Olivé.

Con apenas diecinueve años, en La Revista Palazon publica –salvo error– sólo dos textos ensayísticos en prosa, «Ideal i carácter» (julio-diciembre de 1933, pp. 62-63) y «Entre les aules i el carrer» (enero-junio de 1934, pp. 7-78), pero por esos mismos años ya ha iniciado una incipiente carrera en el periodismo, de la mano del aún más joven Josep Janés i Olivé, que cuando en los primeros meses de 1932 se convirtió en editor del Diari Mercantil renovó a sus colaboradores incorporando a jóvenes como Pere Calders (1912-1994), Avel·lí Artís Gener (1912-2000), Joan Teixidor (1913-1992), Ignasi Agustí (1913-1974), Enric Cluselles (1914-2014) y Palazón, que contribuyeron a dar un sesgo más cultural y alegre al periódico. Así cuenta Calders su trabajo, y el de Palazon:

De veras que no sé cómo se podría calificar el trabajo que hacía [en el Diari Mercantil], si de mozo de redacción o de colaborador literario. En cualquier caso, fue un período muy breve, porque el Diari Mercantil, editado en nuestra lengua duró desde el 1 de febrero de 1932 hasta el 5 de agosto de 1933. Mi ocupación principal consistía en recibir al ciclista que nos traía las noticias servidas por la agencia Havas. Venían copìadas en unas hojas de papel vegetal, casi transparentes, en una tinta decolorada que a menudo hacía difícil su lectura, pero nos las apañábamos. Otro compañero (Lluís Palazón, ya muerto) y yo teníamos la misión de seleccionar las informaciones que nos parecían más interesantes, traducirlas del castellano y ponerles título. A continuación las pasábamos a los linotipistas, que eran tres en total, uno para cada máquina.

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Palazón estuvo en primera línea también en la creación del efímero periódico Avui. Diari de Catalunya, una aventura de Janés cuya cabecera diseñó Calders y cuyo primer número apareció el 14 de octubre de 1933; figuraban como redactores Calders, Vicenç Verni y Palazón. De nuevo es Calders quien ha dejado un testimonio impagable del funcionamiento de esa disparatada iniciativa juvenil (en la que publicaron Ignasi Agustí, Farran y Mayoral, Sebastià Juan Arbó e incluso se estrenó Calders como narrador), que concluyó abruptamente cuando los empleados se cansaron de no cobrar: «[Janés] persuadió a los que hacían funcionar la imprenta y a unos cuantos redactores y colaboradores para que hicieran el periódico sin cobrar hasta que hubiera beneficios».

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Pere Calders.

Coincidiendo con esta aventura juvenil, encontramos ocasionalmente la firma de Palazón en las páginas del periódico de Manresa El Pla de Bages (donde firma por ejemplo una defensa de la conveniencia de instituir un premio de periodismo) y en un Avui. Diari de notícies editado en Reus que nada tiene que ver con el anterior. En esta última publicación aparece, por ejemplo, una completa reseña del poemario Glosari de Pietat, de Camil Genís, publicado en la Biblioteca Sabadellenca («Una nova obra de Camil Genís», 18 de octubre) y, aún más interesante, dos importantes textos acerca de Proust, uno sobre el epistolario («Evocació de Marcel Proust», 22 de nociembre de 1933) y el otro sobre la concepción del tiempo en su narrativa («La noció de temps en la estètica de Marcel Proust», 12 de diciembre de 1933), que ponen de manifiesto la lucidez y completa formación literaria que tenía ya por entonces Palazón, que le permitía hacer reflexiones y emitir juicios muy atinados. Y aún encuentra tiempo además para traducir nada menos que a Balzac para los Quaderns Literaris que pone en marcha su amigo Janés en 1934.

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Interior de Variacions sobre el crim.

Es posible que la firma de Palazón se agazape en alguna otra publicación que no he sabido localizar, y que sea también entonces cuando se incorpora a la Metro Goldwyn Mayer, tal vez como traductor. En cualquier caso, en el verano de 1936 aparece un asombroso conjunto de relatos, Variacions sobre el crim, que anuncian un prosista y narrador de fuste, con una marcada preferencia por los ambientes cosmopolitas, artísticos y literarios como escenario, un ágil empleo de las referencias y guiños culturales y una desinhibición temática muy refrescante. Así le presenta su editor, Josep Janés, en el frontispicio a este libro aparecido en la colección de La Rosa dels Vents Quaderns Literaris como número 120:

Lluís Palazon i Bertran pertenece a la generación de los novísimos. Nació en Barcelona y es el escritor más joven al que habremos incorporado a los Quaderns Literaris. Variacions sobre el crim es la primera de las obras que pubica, pero no la primera que ha escrito; todos los trabajos literarios llevados a cabo con anterioridad a este libro permanecen todavía inéditos, salvo algunos ensayos […].

La labor inédita de Palazon abarca los campos más diversos; ha escrito novela, poesía, ensayo, crítica; ha hablado de cine, de filosofía, de arte, de catalanismo… Siempre, sin embargo, poniendo su obra de imaginación bajo el signo del surrealismo, particularmente grato a nuestro autor acaso porque sus más altos vuelos coincidieron con los primeros pasos de Palazon en el mundo de las letras.

Bio

Original en catalán del texto de presentación de Variacions sobre el crim.

Por desgracia, la guerra truncó una carrera cuyo inicio era muy prometedor, y en la posguerra su pista aparece como mano derecha única e indispensable de los primeros pasos de Janés como editor cuando, a su regreso del exilio y el correspondiente paso por prisión, se establece en Barcelona (el mítico Muntaner, 316). Al lado de Janés hasta su muy prematuro fallecimiento, Palazon llevará a cabo tanto gestiones administrativas (varias peticiones de autorización a Censura llevan su firma), como de edición de mesa o de poco menos que dirección literaria, amén de dejar una nada desdeñable cantidad de traducciones –en la inmediata posguerra con seudónimo– publicadas en las diversas empresas que durante aquellos años puso en pie Janés. Así lo contaba el linotipista Joan Bonet i Martorell:

El único colaborador que tenía en sus sueños editoriales era Lluís Palazon. En lo que más parecía un trastero me mostró todo lo que había hecho hasta entonces. Aquellas colecciones de El Grano de Arena, Cristal, etc. Editadas muchas de ellas con restos de papel que pudiera haber de resmas en la fabricación de los papeleros, con papel de barba incluso, mientras se pudiera imprimir.

Según el testimonio de Manuel Martínez, cuando el 22 de agosto de 1942 se incorpora a la editorial para ocuparse de las tareas administrativas, descubre que la plantilla de esa asomborsa empresa que no paraba de publicar libros seguía estando compuesta sólo por Josep Janés, su hermano Ángel y Palazón.

El hermano de Lluís, Ramon Palazon i Beltran, que durante la guerra fue nombrado presidente del tercer tribunal popular de Barcelona y presidió la Audiencia de Lleida –por lo que Artís le bautizó como «Palazón de Justicia» para distinguirlo de su hermano–, fue uno de los muchos exiliados que se beneficiaron de la generosidad de Janés, y estando aún en Nimes, antes de su traslado casi definitivo a México, tradujo para él uno de los primeros títulos de Wodehouse, que apareció en las Ediciones Ánfora en 1943 firmado con el seudónimo Raymon Mayoral. Mucho más tarde, yCovertaVariacionsCrima en México, Ramon publicaría la traducción de la conocida y a menudo reimpresa Breve historia de la primera guerra mundial de Vincent J. Esposito (Diana, 1966), además de participar activamente en las iniciativas culturales del Consell Nacional de Catalunya.

Sin embargo, resulta muy lamentable, tras la lectura de Variacions sobre el crim, que no llegaran al lector las obras que su hermano Lluís habría sido capaz de dar a imprenta de no haber sido por el alzamiento y la consecuente guerra civil (y su resultado). E incluso en el improbable caso de que algún día se recuperaran y se publicaran esos trabajos inéditos a los que alude Janés (o los que pudiera haber escrito después), es difícil saber cómo se leerían en un contexto ya tan distinto. Llaman la atención los temas de los relatos de Palazon, pero sobre todo los ambientes y personajes que recrea y con qué precisión, la variedad de ecos que resuenen en sus tramas, quizás hoy un tanto demodés (Wilde, Baudelaire, Proust, Conan Doyle), pero también una cierta sintonía menos evidente con algunas de los cuentos sobre el príncipe Zaleski de M. P. Shield (1865-1947), y todo ello en una prosa ciertamente trabajada, pero que aun así hoy puede resultar añeja pese a su equilibrio y sobriedad. ¿O quizá no?

ANEXOS:

Traducciones de Ramon Palazon i Beltran

Traducciones al español

G. Wodehouse, El tío Fred en primavera (firmada como B. Palazón), Barcelona, Ánfora, 1942.

Maurice Constantin-Weyer, Una cuerda sobre el abismo (firmada Raimundo Mayoral), Barcelona, Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1942.

Émile Dermenghen, Vida de Mahoma (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, Lauro, 1942.

754366Abel Hermant, Eugenia de Montijo: La española que fue emperatriz de los franceses (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, s.l. [Barcelona]/ s.n. [José Janés Editor] Colección Historia, Imprenta Moderna, s.a. [1943]

Jacques de Lacretelle, Silbermann y El regreso de Silbermann (firmada como Raimundo Mayoral) Barcelona, Aymà (Bahía I), 1943.

Joseph Peyre, El escuadrón blanco (firmada como Raimundo Mayoral), ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Sáhara), 1944; reimpresa en Ediciones G.P. (colección Guada. Libros Alcotán 38), 1958.

Bibliografía de Lluis Palazon i Beltran:

(No se registra la obra en las publicaciones periódicas mencionadas)

Narrativa en catalán:

Tres variacions sobre el crim. Tres històries morals, Barcelona, Edicions de la Rosa dels Vents (Quaderns Literaris 120), 1936.

Traducciones al catalán:

Honoré de Balzac, El rector de Tours, Barcelona, Quaderns Literaris 15, 1934; reimpresa en El coronel Cubert [traducida por Domènec Guansé] y El rector de Tours, Barcelona, Destino, 1985.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Traducciones al español:

Raymond Radiguet, El baile del conde de Orgel (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Cristal, 1941.

Paul Valéry, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmadas como Luis Ignacio Bertrán), con ilustraciones de Joan Palet, Madrid-Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1941.

François Maurois, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1942.

Charles Morgan, Sparkenbroke (firmada como Luis Ignacio Beltrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1943; reimpresa con el título La llamada infinita por Plaza & Janés (colección El Arca de Papel 42) en 1973.

Robert Louis Stevenson, El secreto del buque Náufrago (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1943.

Maurice Baring, Recuerdo inquietante (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ánfora, 1942.

G. Wodehouse, Guapo, rico y distinguido (firmada como Luis Ignacio Bertrán), La Pléyade. Novelistas Ingleses, 1944; reimpresa en una versión revisada por Hugo Mariano, Anagrama, 1993.

Clament Richard Attlee, Hacia una nueva estructura social (firmada como Luis Palazón Bertrán), Barcelona, José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1946.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Patrick Hamilton, Luz de gas. Un guiñol victoriano (firmada como Luis Ignacio Bertrán), José Janés Editor (El Manantial que no cesa) 1947; reimpresa en Ediciones G.P., 1959, y posteriormente en Plaza & Janés.

Jack London, Una hija de las nieves (firmada Luis Ignacio Beltrán), con ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Barcelona, Ediciones Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Alaska), 1949.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundiall III: La Gran Alianza (dos volúmens, firmado el primero como Luis Palazon y el segundo obra de Manuel Bosch Barrett), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1950.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundial VI: El gozne del destino (dos volúmenes, firmados ambos como Luis Palazon), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1951.

Fuentes:

La biblioteca de los hermanos Ramon y Lluís Palazon, compuesta de unos dos mil volúmenes, fue donada a la Biblioteca Pere Vergés de Badalona.

diccionari-de-la-traduccio-catalana_s.f., «El fundador del primer Avui dona la seva biblioteca», Avui, 27 de octubre de 1982, p. 42.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Annacris Mora i Figuera, «Lluis Palazon i Beltran», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, dirs., Diccionari de la traducció catalana, Vic, Eumo-Universitat Autònoma de Barcelona-Universitat de les Illes Balears-Universitat Jaume I-Universitat de Vic, 2011.

Lluis Palazon, Variacions sobre el crim. Tres històries morals (Incluye los relatos «Variacions sobre el crim», «Decebuts» y «El secret de l´homosexual»), Barcelona, Quaderns Literaris 120, 1936.

Joan Solà i Drachs, Història dels diaris en català, 1879-1976, Barcelona, Edhasa, 1978.