La injustificada modestia de un editor emboscado (homenaje a Carlos Pujol Jaumandreu)

“Hacer libros divertidos pero secretos, esta es la fórmula.”

Carlos Pujol

Es casi inevitable, al referirse a lo que fue el grupo Planeta en el siglo XX, mencionar los nombres de José Manuel Lara (Lara Hernández y Lara Bosch), pero en lo que se refiere a la Editorial Planeta, es muy probable (y comprobable) que uno de los hombres más importantes de la casa fue Carlos Pujol Jaumandreu (1936-2012), que procedía del mundo universitario cuando entró en la órbita de lo que entonces era el gigante indiscutible de la edición española.

Carlos Pujol, que siempre reivindicó a Martí de Riquer como su gran maestro, al regreso de un lectorado en 1961 en Aberdeen (Escocia) se doctoró en Filología Románica con una tesis sobre Ezra Pound (1962) y empezó a ejercer la docencia de literatura francesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, pero le flaqueaba la vocación para semejante empresa. Al poco tiempo de su regreso a Barcelona ya estaba colaborando en la preparación de la colección de Clásicos Planeta que dirigían los catedráticos de su universidad Martí de Riquer, José Manuel Blecua Tejeiro y José Mª Valverde, así como leyendo, seleccionando, evaluando, informando y editando originales para la misma editorial. “Ahí anduvo haciendo informes, emitiendo dictámenes, resolviendo admirablemente traducciones, mejorando manuscritos”, en palabras de Jordi Gracia.

De izquierda a derecha, Juan Eslava Galán, Rosa Regàs, Pere Gimferrer, Ángeles Caso, José Manuel Lara Bosch, Carmen Posadas, Carlos Pujol Jaumandreu y Alberto Blecua.

Cuando en 1963 José Manuel Lara Hernández decide poner en marcha la versión española de la Enciclopedia Larousse, y tras consultarlo con Riquer, pone la magna y ambiciosa obra en manos de Carlos Pujol, momento en que su carrera como editor, aunque no abandonara todavía la universidad, toma impulso y, además de desempeñar un papel de primer orden en la formación en el oficio de un por entonces joven José Manuel Lara Bosch, le llevará a formar parte del jurado del Premio Planeta (al jubilarse Manuel Lombardero en 1972) y a ocupar en Planeta episódicamente el puesto de director literario (1973), cargo al que, en palabras de su colega y sucesor Rafael Borràs Betriu, “había renunciado tras participar en una convención del departamento comercial con los vendedores de toda España, intervención que, por lo visto, no le resultó cómoda”.

A quienes tuvieron el privilegio de conocerle, no les extrañará esa incomodidad de un gentleman de la edición como él que agradecía mantenerse en la sombra, ocupándose de lo que le gustaba (los textos), al verse de pronto entre los “mercaderes de la literatura”; a quienes hayan leído su Voltaire, aparecido por esas mismas fechas (1973) les será también fácil hacerse una idea de qué poco encajaba él entre vendedores. Este ensayo, como los que le sucederían en los años siguientes (Balzac y La comedia humana, 1974; La novela extramuros, 1975; Abecé de literatura francesa, 1976; Leer a Saint-Simon, 1979…), así como su ingente labor como crítico literario en La Vanguardia, Abc, El Sol, El País y en numerosas revistas le acreditan como uno de los críticos más informados, finos y sensibles de su tiempo. Esta dedicación le llevó inevitablemente a abandonar la Universidad de Barcelona, en 1977, si bien volvería a las aulas entre 1997 y 2007 (en esa ocasión a las de la Facultad de Humanidades de la Universitat Internacional de Catalunya, de cuyo Consejo Académico formó parte).

Pero a esta imagen poliédrica añadió además la de prolífico y exquisito traductor con una versión del Moll Flanders (Planeta, 1978) de Defoe, al que se añadirían enseguida traducciones de  Pascal Lainé (La encajera, Argos-Vergara, 1978), Balzac (El primo Pons, Planeta, 1981) o Stendhal (La cartuja de Parma, Planeta, 1981), entre otros de semejante relumbre. Visto a una cierta distancia, la imagen que transmitía de crítico afilado, lector exquisito y traductor penetrante costaba de encajar con el ambiente planetario.

Para dar una vuelta de tuerca más, en 1981 se daba a conocer como novelista con La sombra del tiempo (y no hay que ser muy avispado para deducir de dónde procede el título del gran best séller de Ruiz Zafón), a partir de la cual se forjó una espléndida y brillante –si bien tan minoritaria como la de Patrick Modiano– obra novelística, en la que sobresalen títulos como El lugar del aire (Bruguera, 1984), Jardín inglés (Plaza & Janés, 1987), Los secretos de San Gervasio (Pamiela, 1994), Cada vez que decimos adiós (Seix Barral, 1999), Los días frágiles (Edhasa, 2003) o El teatro de la guerra (Menoscuarto, 2009).

También de los ochenta son su primer y sorprendente poemario (una biografía de Bernini en alejandrinos: Gian Lorenzo, Diputación Provincial de Málaga, 1987) y su primer libro de aforismos (Cuaderno de escritura, Pamiela, 1988), que contribuyen a perfilar una heterogénea obra literaria, en un sentido muy amplio, regida en todas sus vertientes por una técnica impecable, un dominio –sin exhibicionismos– de la lengua y una vastísima y profunda cultura literaria.

¿Qué hacía un hombre de letras de semejante categoría intelectual y ambición literaria proponiendo obras, evaluándolas, coordinando procesos editoriales y editando textos en un despacho de Planeta? Unas palabras del propio José Manuel Lara Bosch permiten atisbar una explicación:

No quiso nunca ni fue su objetivo fabricar bestsellers, pero no por ello despreció a los lectores de este tipo de obras; lo que hizo fue buscar aquel tipo de lector con el que él se sentía más identificado y con el que le resultaba más fácil comunicarse, y al final encontró al adecuado para su obra […] Supo distinguir perfectamente entre un tipo de obra, que es la que a él le gustaba crear, dirigida a un público exigente en los niveles literarios, y al mismo tiempo valorar perfectamente una novela que buscaba más los valores comerciales y el gran público. Y esto, que a primera vista parece muy fácil, ha sido siempre muy, muy difícil en el mundo editorial.

Sin embargo, más claro incluso fue su hijo, y también editor, Carlos Pujol Lagarriga, quien distinguió claramente entre su “oficio” y su “capricho”, y es evidente que se tomaban tan en serio el uno como el otro. Puedo dar fe de que cuando entregaba una de sus obras de creación, llegaba hasta tal punto revisada, con tal esmero corregida y comprobada hasta en sus más mínimos detalles que sus editores apenas podían desenfundar su lápiz rojo. Y eso es muy muy raro que suceda.

En su extensa trayectoria en el jurado del Premio Planeta, un galardón cuyo objetivo evidente nunca ha sido premiar la calidad literaria sino la comercialidad (dentro de unos mínimos de dignidad), Carlos Pujol era quien, en la práctica, lideraba y coordinaba el equipo de lectores, proporcionándoles unas pautas acerca de los rasgos o características deseados, y tras esa preselección las obras “finalistas” pasaban a manos del jurado (con la salvedad de las siempre supuestas injerencias de las agentes literarias con capacidad para ejercerlas, por lo que todo este trabajo podía ser casi en balde) y, en palabras del propio Pujol, “”salvo contadas excepciones, la decisión final se toma en la tradicional comida del jurado en un restaurante de Barcelona [Via Venetto]”. En cualquier caso, su participación y la de otros hombres de letras mesurado y muy consciente de su papel, como es el caso Alberto Blecua, siempre fue muy valorada por quienes formaron parte de esos jurados.

Otro de los méritos innegables de Carlos Pujol fue su capacidad para crear y liderar discreta y eficientemente equipos de trabajo, y es bien conocida la alineación del que formaban Maite Arbó (hija de Sebastià Juan Arbó), Laureano Bonet, Jordi Estrada, Marcel Plans (autor de los editings de buen número de títulos de la colección Espejo de España) y Xavier Vilaró. Por todo ello, no es de extrañar que Carlos Pujol, apreciado y estimado por sus colegas, respetado cuando no admirado por los autores y a quien no se le conocen enemigos, dejara un hueco importante en Planeta, aunque sea difícil precisar si quienes más lo echarán de menos serán los propietarios de la empresa o los lectores.

Es cierto que profesionalmente quizás hubiera podido dar más de sí en el ámbito de una editorial más eminentemente literaria, nunca lo sabremos con certeza por mucho que lo intuyamos, pero no es menos cierto que el nivel de exigencia y rigor estéticos en cuanto a traducciones y ediciones en Planeta quizás hubiera sido otro (en cualquier caso no más alto) sin su ojo avizor. Se le echa de menos.

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Dedicatoria de Carlos Pujol al autor del blog en su ejemplar de “Cada vez que decimos adiós” (Seix Barral, 1999): “Al amigo Josep Mengual, esta fantasía, con un abrazo”. ( abril 2003).

Fuentes:

Alberto Blecua, “Recuerdo de Carlos Pujol”, Fábula, núm. 32 (primavera- verano de 2012), pp. 54-55.

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Jordi Gracia, “Elogio intempestivo de Carlos Pujol“, Letras Libres, marzo de 2012.

José Manuel Lara Bosch, “Carlos Pujol, un hombre tranquilo”, Fábula, núm. 32 (primavera-verano de 2012), pp. 59-62.

Fernando Valls, “Carlos Pujol, sabio clandestino“, El País, 24 de enero de 2012.

 

 

Un libro clave en el desarrollo de la historia editorial española: Las últimas banderas

Al margen del lugar que ocupe en el canon literario español, la novela Las últimas banderas (1967), de Ángel María de Lera (1912-1984) es quizá, por diversas razones, la obra literaria española más importante del siglo XX en lo que a historia editorial se refiere.

Ángel María de Lera

A modo de mínimo contexto, vale la pena recordar que por una Orden de 21 de mayo de 1965 se había creado la Sección de Estudios de la Guerra de España, dependiente de la Secretaría Técnica del Ministerio de Información y Turismo, a cuya cabeza estaba ya, desde julio de 1962, Manuel Fraga Iribarne (1922-2012). Su función era “la adquisición, clasificación, conservación y custodia de la información relativa al tema, la promoción y realización de estudios sobre el mismo y el mantenimiento de relaciones con otros centros de estudio dedicados al tema”. Su nacimiento se ha atribuido a la voluntad del régimen franquista de contrarrestar el impacto de la obra de historiadores británicos como Herbert Southworth (en particular El mito de la cruzada de Franco, 1963), Hugh Thomas, Grabriel Jackson o Stanley Payne, entre otros, cuyos libros estaban empezando a circular con cierta fluidez en España gracias sobre todo al buen hacer de la editorial parisina de Ruedo Ibérico, del incombustible José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) y ofreciendo una imagen de la historia reciente de España muy poco lisonjera con el franquismo.

Sólo con este dato en mente, añadido a la obtención del Premio Planeta, cobra sentido que la censura autorizara  la publicación de Las últimas banderas, una novela que relataba los días finales de la guerra civil española desde el punto de vista de un oficial republicano, escrita por un anarquista que había sido comandante del Ejército Republicano y, al concluir la guerra, había sido condenado a muerte y estuvo preso entre 1939 y 1947. Es decir, un tipo de autor y un tema que, hasta entonces, había chocado frontalmente con la censura franquista.

Max Aub

Uno de los más asombrados de ello fue sin duda el escritor Max Aub, cuyas novelas sobre la guerra civil (el ciclo El laberinto mágico en particular) era por entonces imposible publicar en España y que poco después de leer Las últimas banderas escribió a su autor:

¿Cómo es posible que le hayan dejado publicar este libro […] ¿Qué fenómeno se ha producido para que esto acontezca? No salgo de mi asombro. Le aseguro que ninguno de mis libros –cuya entrada está prohibida en España– dice más.

El hecho de haber tratado exactamente el mismo período que Lera y no lograr que la obra resultante (Campo del Moro) llegara al lector español debió de escocer particularmente a Aub, por entonces exiliado en México y ansioso por ver su obra en las librerías españolas, como demuestra el epistolario que mantuvo con la agente Carmen Balcells que analizó Javier Sánchez Zapatero.

México, Joaquín Mortiz, 1963.

En cuanto al Premio Planeta, también en la historia de este premio Las últimas banderas constituía una anomalía.

La concesión del premio a Lera –ha escrito Fernando González Ariza– significaba un cambio importante en la trayectoria del Planeta. Hasta entonces se había concedido a obras de más o menos fortuna literaria y de público, pero nunca a ninguna novela fuera de los parámetros ideológicos del sistema. Por el contrario, esta vez se concede a un escritor que estuvo en la cárcel y tenía raíces anarcosindicalistas. Por si fuera poco, Las últimas banderas era la primera novela publicada en España que narraba la guerra civil desde el punto de vista de los perdedores.

Cabe destacar también que ese año (1967), el premio había pasado de una dotación de 250.000 pesetas a 1.100.000 (es decir, se había multiplicado por más de cuatro), y quizá vale también la pena recordar quienes formaron ese año el jurado y sus respectivas edades: Sebastián Juan Arbó (1902-1984), Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), Martí de Riquer (1914-2013), José Manuel Lara Hernández (1914-2003), Baltasar Porcel (1937-2009) y, como secretario, Manuel Lombardero (n. 1924).

De derecha a más a la derecha, Manuel Fraga y Francisco Franco.

No hay duda de que la novela de Lera ofrecía al régimen una ocasión única para demostrar esa supuesta apertura que la nueva ley de censura, creada en 1966 y conocida como ley Fraga, pregonaba, y el hecho de haber sido premiada en esas circunstancias dejaba en una posición incómoda a quienes debían decidir sobre sus posibilidades de publicación en la España franquista, pues de negarle la autorización el escándalo podía ser mayúsculo y, a la postre, redundaría en el éxito de la novela (que en cualquier caso fue extraordinario, con 10 ediciones en 1968 y un total de 26 ediciones en los doce años siguientes a su publicación).

En Letricidio español, Fernando Larraz, como no podía ser de otra manera, se ocupa del proceso de informes acerca de la novela de Ángel María de Lera, y anota:

El informe, sin firma y especialmente prolijo en sus razonamientos, resultaba poco halagüeño pues anotaba que el “partidismo claro y patente del autor no viene compensado por una toma de posición objetiva o neutral respecto de los “nacionales”” y señalaba la abundancia de “juicios de valor claramente inaceptables, por cuanto pugnan con los principios que informaron nuestra Cruzada”.

Larraz no deja de señalar la paradoja de que sea un editor filofranquista como Lara quien estuviera detrás de esa edición, que explica por “el flagrante oportunismo del editor sevillano” y por la muy probable intención de revivir el tremendo éxito de la trilogía de José María Gironella sobre la guerra civil formada por  Los cipreses creen en Dios (1953), Un millón de muertos (1961) y Ha estallado la paz (1966), pues era un éxito tremendo era el único modo de recuperar una dotación tan cuantiosa como la que se había asignado al Premio Planeta de ese año.

José María Gironella.

La guinda a este episodio tal como lo cuenta Larraz son una serie de extensas citas de una carta dirigida por Lara a Lera en las que, entre otras muchas cosas de interés no menor, el editor explicita su modo de juzgar las obras literarias. La espoleta son unas declaraciones que Ángel María de Lera había hecho a la prensa señalando Tres días de julio, de Luis Romero (Editorial Ariel, 1967) como la única novela reciente sobre la guerra civil que valía la pena leer, cosa que hace escribir a Lara:

…de los Tres días de julio, hasta la fecha se han vendido veinte mil ejemplares; de las novelas de José Mª Gironella, de cada uno de los títulos estamos alrededor de trescientos mil. Me parece que no queda duda alguna de qué es lo que al público le interesa y prefiere, y además tu estilo de escritor, por lo menos en el que está escrita tu novela Las últimas banderas, es el mismo de Gironella.

Por supuesto, a Larraz le interesa más, en el marco de su obra, el relato de cómo, gracias a una reunión entre Lara, Lera y Carlos Robles Piquer (por entonces director general de Información), pudo autorizarse la publicación de Las últimas banderas pese a contar con un informe muy desfavorable, y de qué modo, por cauces extraoficiales, se obtuvo la si no imprescindidble sí muy conveniente aprobación.

Carlos Robles Piquer.

Esta autorización, recién instaurada la Ley Fraga, no serviría para que se autorizara de inmediato la extensísima bibliografía sobre la guerra civil española que los escritores republicanos habían ido acumulando a lo largo de los años en el exilio (Arturo Barea, Manuel Andújar, Max Aub, Ramón J. Sender, y un larguísimo etcétera), pero sí incidió en cambio en lo que a partir de entonces los editores se atrevieron a presentar a consulta previa e incluso a publicar sin pasar por ese filtro establecido por la nueva ley. Aunque eso pudiera significar sanciones que podían llegar a las 500.000 pesetas.

José Manuel Lara Hernández.

Fuentes:

Maryse Bertrand de Muñoz, “Dos novelas de los momentos finales de la guerra civil en Madrid: Campo del Moro de Max Aub y Las últimas banderas de Ángel María de Lera”, en Cecilio Alonso, Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español, Valencia y Segorbe. 13-17 de diciembre de 1993., Valencia, Ajuntament de Valencia, 1996, I , pp. 471-480.

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad. El Premio Planeta, tesis presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, 2004.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Trea (Biblioteconomía y Administración cultural), 2015.

Carmen Menchero de los Ríos, “La modernización d la censura. La ley de 1966 y su aplicación”, en Jesús A. Marínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 67-96.

Javier Sánchez Zapatero, “Lo que importa es España. Proyectos para la recuperación editorial en el epistolario entre Max Aub y Carmen Balcells (1964-1972)”, El Correo de Euclides, núm. 6 (2011), pp. 33-57.

José Manuel Lara Hernández, primeros “trapicheos” y “golpes bajos”

Si se repasa la adolescencia y primera juventud de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), resulta un tanto paradójico que acabara al frente de uno de los grandes imperios editoriales del siglo xx. Según el resumen que de ello hizo Màrius Carol:

Primero entró en un taller de mecánico ajustador y se cansó, luego empezó en una droguería y se siguió cansando, hasta que por último se decidió por la carpintería, pero también lo dejó si bien no parece que fuera por agotamiento. Finalmente fue su padre quien se cansó del chico y lo mandó a Madrid con dieciséis años.

Celia Gámez (1905-1992).

Pero no acabó este periplo en Madrid, adonde llegó en 1930 para entrar al poco tiempo en la compañía de revista de Celia Gámez como bailarín de claqué, dedicarse luego durante un breve tiempo a la venta de galletas e ingresar en 1935 en el Ejército y posteriormente en la Legión, en la que no tardó en obtener el rango de oficial. Licenciado en Barcelona, una vez concluida la guerra civil española–que no hará falta decir que libró en el banco franquista–, estuvo un tiempo empleado en la empresa italiana Pirelli,  hasta que, una vez ya casado, creó con su esposa una academia de enseñanza general y oposiciones, cosa que no tardó en descubrir que exigía mucha dedicación y daba pocos ingresos, pero que puede considerarse su primer acercamiento profesional a la letra impresa.

Entrada de la Legión en Barcelona en 1939.

Entre las frases célebres de Lara se cuenta aquella según la cual “el negocio que no da para levantarse a las once de la mañana, ni es negocio ni es nada”, que contribuye a esclarecer los motivos que le llevaron al mundo de los libros. Volviendo a Carol:

Lara no estaba satisfecho con sus academias y sus trapicheos y un buen día, aburrido de una vida sedentaria, monótona y pobre, se enteró de que el catedrático Félix Ros vendía una pequeña editorial llamada Tartsesos.

Félix Ros (1912-1974)

Félix Ros (1912-1974)

Así pues, el 26 de junio de 1944 José Manuel Lara Hernández se hizo con la empresa creada por el traductor, periodista escritor y editor falangista Félix Ros, y basta con una ojeada distraída a los libros que publicó a partir de entonces para advertir que en ella los principales colaboradores de José Manuel Lara fueron el traductor y agente literario de origen húngaro Férenc Oliver Brachfeld (1908-1967) y quien sería uno de los miembros del primer jurado del Premio Planeta (y firmante de numerosas traducciones en esa época) José Romero de Tejada. No deja de ser también indicativo del carácter de Lara que una de las primeras cosas que hiciera con la editorial recién adquirida fuera cambiarle el nombre por el de Editorial Lara.

Lara como miembro del primer Premio Planeta (1952), con Bartolomé Soler, Romero de Tejada, Tristán la Rosa, Pedro de Lorenzo, González Ruano y Gregorio del Toro.

 

Lo cierto es que, si alguna mano se adivina en los títulos publicados entre el momento de la compra y el de su paso a manos de Josep Janés (1903-1959) es la de Brachfeld, quien había traducido ya obras para Ros en Tartessos. Basta comparar los títulos de Tartessos con los de Editorial Lara para darse cuenta de ello. Pero una de las primeras cosas que hacen (Lara, e intuyo que no por su cuenta y riesgo sino asesorado por Brachfeld) es desmontar la estructura de colecciones.

Somerset Maugham (1874-1965).

Estas eran las nueve de Tartessos en 1943: Grandes Narradores Contemporáneos (Joyce, Maugham, Roger Vercel), Narradores Eternos (Jane Austen, Goncharov), El Molino y la Rosa (Los papeles póstumos del Club Pickwick), Penélope (Maurois, Fratelli), Amadís (donde publicó a Azorín y Unamuno), Noche en Vela (El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder, Dickens), Muérdago (Bécquer, Maupassant) Seis Delfines (Maugham, Chesterton, Baring, Maurois) y Áncora de Salvación (Iván Bunin).

Entre las colecciones de Editorial Lara, en la que cobran importancia las literaturas nacionales como criterio, se cuentan en cambio una llamada Voces de Francia (que se estrena con Tragedia en Francia, de Maurois, en traducción de Brachfeld), Novelas Húngaras (donde se publican dos títulos de Lajos Zilahy y El error, de Ferenc Körmendi) y Pequeñas Obras Maestras (narrativa breve de Thomas Mann y de Maurois traducidas ambas por Brachfeld), así como dos colecciones con nombres que hoy pueden sonar un tanto new age avant la lettre, Horizonte (varios títulos de Maugham, en versión de Romero de Tejada ) y Amanecer.

Y si la colección de Tartessos Seis Delfines publicó en su Biblioteca de Escritores Hispánicos el Sintiendo a España, de Azorín –que ya se había anunciado en la empresa conjunta de Ros y Janés como de próxima aparición en la colección Rosa de Piedra–, en la Editorial Lara se le publica al mismo autor la novela histórica Salvadora de Olbena (1944), cuya publicación coincide en el tiempo con otra (¿pirata?) en las zaragozanas Ediciones Cronos. Sin embargo, aunque indicativa, en realidad la presencia de autores españoles no es importante ni en uno ni en otro caso. En Editorial Lara se limita a  Francisco Fernandez Mateu (Después de la vida y antes de la muerte, 1944), quien al año siguiente fundaría la editorial Mateu, el ínclito César González Ruano (Imitación del amor y Poder relativo, 1946), el escritor un tanto demodé Bartolomé Soler (Karú-Kinká, 1946) y el periodista y escritor Manuel Pombo Angulo (En la orilla, 1946).

De todos modos, es difícil aquilatar a partir de 1946 son elecciones de la etapa Lara y cuáles de Janés, que compró la empresa en unas circunstancias que Francisco Candel resumió en uno de sus libros de memorias:

Josep Janés la compró, se dijo que por un millón de pesetas, cantidad archirespetable en aquellos tiempos. Con la compra de L.A.R.A., Janés eliminaba a alguien de la competencia –aparte de adquirir su fondo editorial, ya que Lara no podría usar si nombre editorialmente.

Shanghai Hotel, de Vicki Baum, en L.A.R.A.

Y, a su vez, Janés le cambió el nombre a L.A.R.A., bromeando en privado acerca de su significado: Los Autores Realmente Antifascistas, pero es muy probable también que lo que le interesara fueran algunos autores de ese catálogo (y particularmente Chesterton, Somerset Maugham, Zilahy y Maurois, a los que había publicado ya o publicaría reiteradamente en los años siguientes), pues con el tiempo le permitirían crear colecciones tan exitosas como sus volúmenes de Maestros de Hoy, cuyo logo remite, no de un modo inocente, a la emblemática y excelente colección La Rosa de Piedra.

Según ha referido Manuel Lombardero, durante muchos años mano derecha de Lara Hernández, “Lara se había comprometido con Janés, puede que verbalmente, a dedicarse al negocio del papel y que no pondría una editorial. Pero el negocio del papel se liberalizó y dejó de ser tal negocio, con lo que Lara montó Planeta [en 1949]. Eso Janés lo tenía grabado.” (lo cuento con más detalle en A dos tintas, pp. 287-290).

José Janés.

José Janés.

Parece evidente que no era sólo eso lo que movió a Janés a comprar la Editorial Lara, si bien hay muchos testimonios de la incompatibilidad de caracteres y de la extraordinaria diferencia de sus modos respectivos de enfocar la labor del editor.

En la ambiciosa e impresionante Historia de la edición en España, Martínez Martín relata la irrupción de Lara en lo que tradicionalmente se consideraba “un negocio de caballeros” en los siguientes términos:

Lara no tenía vinculación previa con ninguna de las piezas que alimentaban la edición: tipografía, librería, antecedentes familiares de editores, creación literaria, actividad intelectual… y, quizá por partir de cero, desplegó una agudeza en los negocios sin los márgenes que condicionaban a los editores de profesión […] No era editor. Tampoco lector. Su contacto con los libros había sido episódico […] No contaba con criterios de selección literaria […]

Entendía muy bien las relaciones personales y clientelares del Régimen, con idea siempre del pragmatismo y el negocio.

No está nada mal, pero no evoca en cambio aquella muy célebre declaración del propio Lara al prestigioso entrevistador de La Vanguardia Manuel del Arco, de la que Francisco Candel explicó las circunstancias:

Lara dijo, en entrevista a Del Arco, periodista que te hacía firmar sus entrevistas para que luego no te retractaras: “Yo he triunfado en la vida porque he dado muchos golpes bajos”.

José Manuel Lara Hernández.

Apéndice

Datos (incompletos) de algunos libros de Editorial Lara entre 1944 y 1946

Portada de Tragedia en Francia.

 

Azorín, Salvadora de Olbena, 1944.

Francisco Fernández Mateu, Después de la vida y antes de la muerte, 1944.

André Maurois, Tragedia en Francia, Voces de Francia 1, traducción de Oliver Brachfeld,  1944.

Phillipe Barrès, Charles de Gaulle, prólogo de Marcelin Defourneaux y traducción de F. Oliver Brachfield y, 1944.

André Maurois, La salvación de Norteamérica, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1944.

Alia Rachmanova, La fábrica de los hombres nuevos, traducción de J. García Mercadal, 1944.

Lajos Zilahy, El amor de un antepasado mío, 1944.

Cubierta de Charles de Gaulle.

 

Thomas Mann, Tonio Kröger. Anhelo de felicidad. El payaso, Colección Pequeñas Obras Maestras, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1945.

André Maurois, Tragedia en Francia, 1945.

André Maurois, Viaje al país de los hortícolas, seguido de Por el camino de Chelsea, Colección Pequeñas Obras Maestras, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1945.

William Somerset Maugham, Ah King (mi criado chino), 1945.

William Somerset Maugham, Servidumbre humana, traducción de Enrique de Juan, 1945.

Lucio D´Ambra, Conversaciones de medianoche, traducción de Eugenio Montalt, 1945.

G.K. Chesterton, El escándalo del padre Brown, traducción de F. González Taujis, 1945.

Ferenc Körmendi, El error,  traducción autorizada por Luis Torres, Colección Novelas Húngaras, núm. 2, 1945.

André Maurois, Historia de los Estados Unidos, traducción de Oliver Brachfeld, 2 vols., 1945.

Somerset Maugham, El paso del hombre, traducción de J. Romero de Tejada, 1945; 1946 (Horizonte).

Erwin H. Rainalter, Música de la vida, traducción de  José Lleonart, 1945.

Lajos Zilahy, La vida de un escritor, trad. Oliver Brachfeld, Lara, 1945.

Stefan Zweig, El candelabro enterrado, traducción de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro, 1945.

Colección Novelas Húngaras, núm. 2.

 

Condesa de Chambrun, Cinco damas de corazón y una fea simpática, traducción de José Onrubia, 1946.

César González Ruano, Imitación del amor, 1946.

César González Ruano, El poder relativo, 1946.

Manuel Pombo Angulo, En la orilla, 1946.

J.B. Priestley, La isla lejana, Traducción de J. Romero de Tejada y Diego Navarro, 1946.

Félix Ros, El paquebot de Noé, 1946.

Bartolomé Soler, Karú-Kinká, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Rosie, traducción de Manuel Vallvé, 1946.

William Somerset Maugham, Luz en el alma, traducción de Fernando Gutiérrez, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Soberbia, traducción de José Romero de Tejada, 1946.

William Somerset Maugham, El velo pintado. Aventura en Tching-yen, traducción y prólogo de J. Romero de Tejada, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Cautiva del amor, 1946.

William Somerset Maugham, Cosmopolitas, traducción de Isidoro Guerrero, 1946.

Wulliam Somerset Maugham, Una hora antes del amanecer, 1946.

William Somerset Maugham, A orillas del Támesis, 1946.

William Somerset Maugham, El agente secreto, traducción de. R. García Adamuz, 1946.

Herbert Wild, En la boca del dragón, 1946.

P.C. Wren, Los hijastros de Francia, 1946.

Stefan Zweig, Americo Vespucio, versión de Alfredo Kahn, 1946.

El poder relativo, de González-Ruano.

 

Fuentes:

Màrius Carol, José Manuel Lara, de otro planeta”, en Noms per a una historia de l´edició a Catalunya, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001, pp. 9-39.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Paco Candel ante una caricatura suya obra de Manuel del Arco.

Francisco Candel, Patatas calientes, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo. Crónicas), 2013.

Jesús A. Martínez Martín, “La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta”, en Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, p. 233-271.

Morán,“Entrevista a Manuel Lombardero”, Asturama, 23 de julio de 2012.

La Regenta, la censura y los editores de El Pedroso (Sevilla)

Leopoldo Alas (1852-1901).

A la memoria de Sergio Beser (1934-2010).

Hay quien todavía hoy se sorprende de que la censura franquista prohibiera la circulación de la que está ampliamente considerada la mejor novela española del siglo XIX, La Regenta (1885), de Leopoldo Alas (1852-1901), Clarín, pero lo cierto es que después de la guerra tuvieron que pasar más de quince años antes de que se autorizara su publicación, e incluso cuando se hizo, en 1946, sólo se autorizó como parte de una edición de lujo de las Obras selectas de Leopoldo Alas que llevó a cabo José Ruiz-Castillo. Es indudable que esta autorización respondía, por un lado, al catálogo que había ido creando Ruiz-Castillo, poco molesto para el régimen, y sobre todo por tratarse de una edición destinada a un público adinerado y, en consecuencia (a ojos del mojigato régimen franquista), poco susceptible de dejarse arrastrar por el anticlericalismo de la novela. En las elocuentes palabras del informe, que Carmen Servén ha reproducido en uno de sus enjundiosos trabajos sobre la materia:

En esta obra Clarín parece que tiene una cuestión personal con el clero. Las Dignidades eclesiásticas lo ponen fuera de sí. La obra, meritoria en diversos aspectos, es, en general, peligrosa para personas que no estén suficientemente formadas en el orden moral y religioso […] en ocasiones roza la herejía.

Eso favorecía de un modo enorme a la editorial de Ruiz-Castillo (Biblioteca Nueva), no sólo por el hecho mismo de poder publicarla, sino que además en el momento de intentar seducir a otros autores importantes, en particular en el caso del Nobel Juan Ramón Jiménez, el hecho de poder ofrecer incorporarlo a una colección en la que figuraban ya las de Azorín y Clarín resultaba muy tentador.

Edición de las Obras Selectas de Clarín en Biblioteca Nueva. Adviértase que el título y autor sólo aparecen en el lomo.

Sin embargo, acaso alentada por esta primera autorización, la por entonces jovencísima Editora y Distribuidora Hispanoamericana (Edhasa) intentó importar doscientos ejemplares de la edición de la novela de Alas que la argentina Ediciones Emecé acababa de publicar (1946) en dos tomos. Censura denegó a Edhasa el permiso en 1947, que hizo luego una solicitud de importación de doscientos ejemplares de Doña Berta, también de Clarín.

El siguiente intento de publicar La Regenta durante la posguerra española es el que hace en 1956 Alfredo Herrero Romero (de AHR), hoy quizá más famoso por haber nacido en el mismo pueblo que José Manuel Lara (El Pedroso), por haber publicado la primera biografía de Francsico Franco (Centinela de Occidente) o por la mutilación a la que sometió la traducción que Vidal Jové hizo (a partir de la traducción francesa) del Ulysses de Joyce que otras cosas.

El Pedroso en 1888, pueblo del que a José Manuel Lara le gustaba decir que dio dos editores y ningún lector. Podría haber sido al revés.

Es curioso que Alfredo Herrero Romero (1924-1974) recurriera a un recurso muy similar al de su paisano de El Pedroso a la hora de elegir nombre para su editorial. Servirse de las iniciales de sus nombres no es muy distinto al L.A.R.A. con que José Manuel Lara Hernández se estrenó en el mundo de la edición antes de fundar Planeta. Algunas de las colecciones de AHR más famosas fueron la Epopeya y su Héroes, y no hará falta decir a qué “epopeya” aludía al título tras mencionar algunos de los biografiados, además de Franco: Queipo de Llano, Calvo Sotelo, Mola, Primo de Rivera, el general Sanjurjo, Millán Astray… Sin embargo, no puede decirse que se tratara de una editorial monotemática, pues, en un asombroso alarde de heterogenia, también publicó desde 1954 la revista de misterio Elery Queen, la colección infantil y juvenil Fantasía, Medianoche, la destinada a novelas policíacas, y sin duda la mucho más interesante Grandes Novelistas. Pero entre otras rarezas, sus catálogos incluyen también, por ejemplo, las memorias del bohemio periodista y escritor de novelas psicalípticas Eduardo Zamacois (1873-1971) o una todavía aún más incomprensible colección de literatura traducida al catalán en la que, junto al ya mencionado Ulises (para el que intentó sin éxito que Cela escribiera un prólogo) se publicó un Decameró de Boccaccio.

José Manuel Lara Hernández (1914-203).

Según se describe en la solicitud a Censura, lo que se proponía AHR respecto a La Regenta era de nuevo publicar una edición de lujo, pero en este caso en un volumen suelto. El informe que redacta A. Sobejano en respuesta a la petición de AHR de publicar la novela no tiene desperdicio:

 En realidad, los verdaderos protagonistas de la obra son la simonía y la lujuria, que convierten un bellísimo idilio digno de Santa Teresa o San Juan de la Cruz en un torbellino de lascivias sacrílegas que llegan hasta el crimen y hacen olvidar en su nauseabunda fealdad las innumerables bellezas de una pluma magistral como la de Alas. Estimando que esta joya de la literatura es más demoledora por su misma condición de joya, opinamos que NO DEBE AUTORIZARSE.

La Regenta vista por Mauro Álvarez (Plaza de Alfonso II de Oviedo).

El siguiente censor que se enfrentó a la obra, y el primero que paradójicamente la autorizó en una edición suelta, fue Manuel de la Pinta Llorente, conocido sobre todo por dos trabajos como historiador, a cuál más irónico tratándose de un lector de Censura: La Inquisición Española (1948) y La Inquisición Española y los problemas de la cultura y de la intolerancia (1958). En esta ocasión, el 30 de agosto de 1962, quien había presentado La Regenta era la editorial del otro editor del Pedroso, José Manuel Lara, y en el informe de Pinta Lorente se defendía su autorización acudiendo, ya no a la necesidad de restringir el público, sino a que la novela misma de Alas no contaría con el favor de los lectores porque era una novela que él mismo describe como “una joya de la literatura”:

Ciertamente, la novela responde en muchas de sus páginas al inveterado y soez anticlericalismo español de entonces y de «ahora», pero ha de entenderse que se trata de una novela de un intelectual con público bastante restringido, y consideramos una grave equivocación, pese a censuras anteriores negativas, prohibir esta obra, novela capital en nuestras letras contemporáneas.

Un cúmulo de despropósitos, por supuesto. Sin embargo, la autorización para que José Manuel Lara pudiera poner a la venta La Regenta abrió la veda para que pudieran publicarse a continuación tanto la previamente denegada edición de lujo de AHR (el 17 de octubre de 1963), como sobre todo la edición en bolsillo en un solo volumen a Alianza Editorial (16 de noviembre de 1966). Esta última es especialmente importante porque vino a paliar definitivamente un problema del que en 1975 dejaba constancia Francisco Pérez Gutiérrez en El problema religioso en la Generación de 1868:

En los años cuarenta Clarín no se hallaba al alcance de los pobres estudiantes que habíamos contraído el vicio de leer. Su edición de La Regenta, publicada por Emecé, en Buenos Aires en 1946, era caso imposible encontrar; sus Obras Escogidas de Biblioteca Nueva resultaba inasequible por su precio.

Sin embargo, bien pudiera suceder al lector de nuestros días que el saber que La Regenta fue prohibida por la censura franquista actuase como estímulo para leer una de las grandes novelas europeas del siglo XIX.

Folio autógrafo de La Regenta.

 

Fuentes:

Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta (edición de Gonzalo Sobejano), Madrid, Castalia (Clásicos Castalia 110 y 111), 1980 (5ª ed.).

Sergio Beser, ed., Clarín y “La Regenta”, Barcelona, Ariel (Letars e Ideas), 1982.

Clarín y La Regenta en su tiempo. Actas del coloquio internacional, Oviedo, Universidad de Oviedo-Ayuntamiento de Oviedo, Consejería de Educación, Cultura y Deportes, 1987.

La Regenta en Libro de Bolsillo (Alianza Editorial).

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972.

Alberto Lázaro, “El misterio del primer Ulysses catalán: la odisea de Joan Francesc Vidal Jové”, en Santiago José Henríquez Jiménez y Carmen Martín Santana, eds., Estudios Joyceanos en Gran Canaria. Joyce in his Palms, Madrid Huerga & Fierro (Ensayo 51), 2007.

Carmen Servén Díez, “La Regenta frente a la censura franquista”, en María del Pilar García Pinacho e Isabel Pérez Cuenca, eds., Clarín, espejo de una época. Actas del Congreso Internacional celebrado en 2001 en la Universidad San Pablo-CEU.

Carmen Servén Díez, “Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas frente a la censura franquista”, Actas del Séptimo Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular, 2001, pp. 7434-756.

María José Tintoré, “La Regenta” de Clarín y la crítica de su tiempo (prólogo de Antonio Vilanova), Barcelona, Lumen (Palabra Crítica 1), 1987.

 

Planeta, el premio del Día de la Raza (y otros)

A Marta Fernández, una crack a prh

Cualquiera que haya buscado una fecha idónea para algún tipo de acto cultural sabe de la importancia de consultar primero el calendario futbolístico si pretende asegurarse una buena entrada. Aun así, hay unos cuantos premios literarios que desde el principio eligieron una fecha como día para su entrega sin preocuparse por estas menudencias.

Ignacio Agustí, creador del Nadal.

Ignacio Agustí, creador del Nadal.

Es el caso del Premio Nadal, por ejemplo. En sus memorias, Ganas de hablar, Ignacio Agustí (1913-1974) se entretuvo en justificar la elección de la fecha para este galardón:

Aquel año todavía no podía apreciar el acierto que había yo tenido al elegir la fecha del concurso. Me había costado algunos días de reflexión. Pero elegí la noche del día de Reyes considerando la enorme fatiga con que se llega al término de lo que llamamos Fiestas de Navidad. La burguesía llega al –el 6 de enero en que culminan hasta de pavo relleno, de champaña familiar, de aullidos de chiquillería, d regalos a la suegra, de llantos, quejidos, disparos de pacotilla, toques de corneta infantil y con ansia de desatar tantos lazos familiares… […) Yo estoy convencido de que la mitad del éxito del Premio Nadal y, por tanto,  de los premios literarios españoles, ha sido debido a la oportunidad gástrica y social de la fecha elegida.

Es sabido que la primera entrega del premio tuvo como escenario el hoy desaparecido Café Chino de la Rambla (Barcelona), y que se lo llevó Carmen Laforet (1921-2004) con Nada, con lo que el galardón iniciaba una carrera triunfal.

José Janés

José Janés

En la estela del Nadal se situó el Premio Internacional de Primera Novela de José Janés (1913-1959), cuya convocatoria apareció en la prensa en octubre de 1946. El lujoso jurado creado para la ocasión lo formaban  José Maria de Cossío, Eugenio d´Ors, Walter Starkie, William Somerset Maugham y Fernando Gutiérrez (secretario). En la primera convocatoria premió Turris Eburnea, de Rodolfo Lucio Fonseca, Sombras viejas, de Francisco González Ledesma, que chocó con la censura, y Sis o set sirenes, de Màrius Gifreda, a la que le pasó lo mismo. La fecha elegida para hacer público el resultado de estas votaciones, llevadas a cabo en el domicilio madrileño de D´Ors, fue el 6 de mayo, San Juan ante Portan Latinam, fecha en la que no sé ver ninguna simbología, a no ser que Janés pensara en la Real Cédula que con esa fecha declaraba en 1497 libre de impuestos el comercio con las Indias Americanas. Posible, pero raro. La irregularidad de este premio, empeñado en premiar obras que la censura se cargaba sin mayores contemplaciones, afecto también a las fechas de concesión, por lo que en este caso no parece que se puedan extraer conclusiones.

Yagüe en la Plaça Catalunya

El Premio Ciudad de Barcelona, creado en 1949 por el falangista Luis de Caralt Borrell (n. 1916) sí eligió una fecha muy simbólica, el 26 de febrero, para conmemorar la entrada de las tropas franquistas en Barcelona al término de la guerra civil española. No es de extrañar que en cuanto fue nombrado regidor del Ayuntamiento y creó el premio, Caralt eligiera esa fecha si se tiene en cuenta que ya antes de 1936 era jefe de centuria de la Falange y que pasó el período bélico en la centuria falangista Nuestra Señora de Montserrat (no confundir con el Tercio de requetés del mismo nombre).

Ex Libris de Luis de Caralt con el inequívoco lema “La fuerza de la razón, la razón de la fuerza”

Sólo el primer año se concedió únicamente en la categoría de novela (luego se ampliaría a otros géneros y disciplinas artísticas), y los afortunados fueron el falangista de primera hora Bartolomé Soler (1894-1975), con Patapalo (1949), y la reputada abogada falangista Mercedes Fórmica (1916-2002), por Monte de Sancha (1950). El año siguiente los galardones recayeron en Ricardo Fernández de la Reguera (1912-2000), que también había combatido en el bando nacional (en el regimiento de Cazadores de Ceriñola n. 6), con Cuando voy a morir, y como finalista Manuel Vela Jiménez, periodista y narrador muy próximo al grupo de la revista Azor de Luys Santa Marina, con La hora silenciosa.

José Manuel Lara Hernández también justificó en su día la elección del 12 de octubre como fecha de entrega del Premio Planeta, que no sólo es el Día de Nuestra Señora del Pilar, sino que esa Fiesta Nacional era también conocida por aquel entonces como Día de la Raza, una fecha, en palabras de Lara: “muy significativa para los valores espirituales de nuestro pueblo, y el libro escrito en lengua española es la mejor arma para expansionar la cultura hispánica en casi todo el mundo”. Lo que parece increíble es que, sabiendo hasta qué punto la actividad que generaba esa fiesta, con el Caudillo a la cabeza, copaba las páginas las páginas más importantes de todos los periódicos y el espacio en las emisoras de radio, a alguien tan perspicaz para estos asuntos como José Manuel Lara se le ocurriera que esa podía ser la fecha idónea para la entrega del galardón. También es cierto que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (en este caso, que el 15 de octubre es Santa Teresa, y que así se llamaba quien desde 1941 era su esposa), a partir de 1955 el premio cambió a la fecha actual.

6a01156f7ea6f7970b01538ed9bca4970b-250wiComo es bien conocido, el primer Premio Planeta, que se entregó por única vez en el restaurante Lhardy de Madrid se lo llevó Juan José Mira (seudónimo de Juan José Moreno Sánchez, 1907-1980), con la novela En la noche no hay caminos. La voluntad de premiar a un autor nuevo se cumplía sólo a medias, porque Juan José Moreno, con el seudónimo Juan José Morán o Juan José Mira, tenía ya una obra a sus espaldas (El gran bazar antes de la guerra, y luego El misterio de las siete trompetas, La pluma verde, Así es la rosa, Rita Suárez, El billete de cien dólares…), pese a las declaraciones que había hecho Lara a Enrique A. Llop (“He querido que este concurso fuera honesto. Me importa, sobre todo, el descubrimiento de nuevos valores, ya que esta es la finalidad de todos los concursos”), que luego reafirnaría alguien de fiabilidad tan dudosa como César González-Ruano en una carta al director de El Alcázar: “El general criterio de todos, del editor el primero y también el mío, es que, a ser posible, las cuarenta mil pesetas sean para un novel”. No deja de ser paradójico, que Moreno, activista político en la clandestinidad con una trayectoria anterior a 1936, cayera en la famosa redada que en 1957 llevó a la detención de cuarenta y nueve miembros del Partit Comunista Unificat de Catalunya (PSUC). Ese año el Planeta lo ganaba Emilio Romero con un título demoledor que parecía una declaración de intenciones, La paz empieza nunca.

Imagen de la adaptación cinematográfica de La paz empieza nunca, dirigida por León Klimovsky y estrenada en 1960, que ese año se llevó el Premio Especial del Sindicato.

Fuentes:

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad: El premio Planeta, tesis de doctorado presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid en 2004.

César González-Ruano, “Carta al director”, El Alcázar, 10 de octubre de 1952, pág. 3.

Joaquín Montaner, “Anoche fueron entregados los premios Ciudad de Barcelona”, 27 de enero de 1956.

Juan Francisco Puch, “Entrevista a José Manuel Lara”, Pueblo, 9 de octubre de 1954, p. 2.

Lara, el tahúr, y notas sobre el Premio Planeta

A menudo se han señalado paralelismos entre editar y el juego, generalmente referido a juegos de azar. Beatriz de Moura (n. 1939) lo comparó con la ruleta, y de Esther Tusquets (1936-1912) es conocida su afición a las partidas de cartas y al bingo porque ella misma dejó constancia de ello en sus libros de memorias (así como en la novela ¡Bingo!). En cambio, a José Manuel Lara Hernández (1914-2003), al parecer, lo que le iban eran los juegos en los que el azar intervenía poco: el billar y más tarde el ajedrez.

Lara y Torrente Ballester.

En mayo de 2003, Salomé Machío dedicó un curioso reportaje a los orígenes de Lara Hernández en el pequeño pueblo sevillano de El Pedroso –por cierto, cuna de otro interesante editor, Antonio Herrero Romero–, y en él recogía algunas declaraciones no muy discretas de compañeros de infancia de quien en 1994 llegaría a ser nombrado Marqués de El Pedroso. Eloísa Neyra, por ejemplo, suelta allí que “Pepe era un golfo, yo no digo más que la verdad”, mientras que Pablo Muñoz recuerda haberle visto en sotana durante su breve etapa en el seminario, rememora que “a Pepe le gustaba mucho jugar, pero nunca pagaba” y añade que “era un poco fullero, porque en las canicas siempre hacía trampas, no le gustaba perder”. Se cuenta que, ya en Barcelona –adonde entró por la Diagonal como legionario con las tropas franquistas del general Yagüe–,  solía enviar a su chófer a buscar café cuando estaban a media partida de ajedrez y las cosas pintaban feas, y cuando regresaba, por ensalmo, la partida había tomado un giro inesperado (un giro favorable a Lara, por supuesto).

Félix Ros (1912-1974)

Félix Ros (1912-1974)

Sin embargo –y si bien sus éxitos son sobradamente conocidos–, en el juego de la edición Lara Hernández también perdió alguna que otra partida. Suele ocultarse que, tras comprar la editorial Tartsesos a Félix Ros y montar una editorial con su nombre (Editorial Lara), al acabar la guerra mundial y ante las consecuentes dificultades para pagar en divisas los derechos de autor Lara acabó vendiéndosela a José Janés para crear un almacén de papel. Según ha referido Manuel Lombardero, durante muchos años mano derecha de Lara Hernández, “Lara se había comprometido con Janés, puede que verbalmente, a dedicarse al negocio del papel y que no pondría una editorial. Pero el negocio del papel se liberalizó y dejó de ser tal negocio, con lo que Lara montó Planeta” (lo cuento con más detalle en A dos tintas, pp. 287-290).

De izquierda a derecha, Ángel González, Joaquina Hoyas, Manuel Lombardero hijo, Juan Marsé y Manuel Lombardero.

También son conocidos, por ejemplo, los fracasos en los intentos de contratar las memorias del futbolista Helenio Herrera, de conceder el Planeta a Delibes, o de fichar a autores tan dispares pero exitosos como Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte.

Helenio Herrera (1910-1997)

Como se ha recordado en numerosas ocasiones, a Lara Hernández “le encantaba fotografiarse con sonrisa de oreja a oreja entregando el talón millonario –o un fajo de flamantes billetes de mil pelas encuadernados– al sonrojado ganador [del Premio Planeta]” (Manuel Rodríguez Rivero), y Antonio Prieto ha contado que, en su caso, “el Premio, vamos, el dinero, lo recibí en un acto que se celebró en el Ateneu Barcelonès. Me dieron las 10.000 pesetas en billetes de 100, puestos uno encima del otro en una bandeja de plata”. También es conocido que después de 1959 se produjo un relativo cambio en el modo de proceder a las votaciones del Premio Planeta, aunque quizá lo es menos el motivo de tal cambio. Ese año apoyaban como ganador al que fuera director de Abc Torcuato Luca de Tena (1923-1999), próximo al régimen pese a sus problemas con Arias Salgado, los miembros madrileños del jurado y el propio Lara, pero los barceloneses preferían a Julio Manegat (1922-2011), que quedaría finalista. Eso provocó que, al emplear el llamado método Goncourt (ir eliminado de la lista a los peor calificados en sucesivas votaciones) este enfrentamiento entre los miembros del jurado desembocara en la eliminación de los dos favoritos (y ganara Fernando Bermúdez de Castro con un título que ni hecho aposta, Pasos sin huellas). Escribió entonces Lara a Luca de Tena:

Torcuato Luca de Tena (1923-1999)

He decidido cambiar el sistema de votación por ser éste peligrosísimo y prestarse a cosas como la acontecida en esta última edición del premio, donde una novela como la tuya [Edad prohibida] , que llevábamos como ganadora cinco de los miembros del jurado, fue eliminada en la tercera votación.

Un poco más complicado fue el lío que se produjo unos años después, en 1962, cuando entre 178 obras un jurado formado por Ignacio Agustí, Joaquín de Entrambasaguas, Ricardo Fernández de la Reguera, José María Gironella, Sebastián Juan-Arbó, Carmen Laforet, José Manuel Lara y Manuel Lombardero (secretario) eligió como vencedora una novela de Concha Alós (El sol y las bestias) que con el título Los enanos tenía comprometida ya con la colección de Plaza & Janés Selecciones Lengua Española que dirigía Tomás Salvador (ganador del Planeta en 1960, por cierto), quien montó un pollo al anunciarse el fallo y la publicó ese mismo

Concha Alós (1926-2011) vista por Manuel del Arco (1909-1971)

año 1962. Como es de suponer, el asunto se resolvió al estilo Lara: Alós ganaría el Planeta en 1964 con Las hogueras y todos contentos.  De hecho, el Premio Planeta, entre cuyos galardonados se encuentran también firmas del renombre de Santiago Lorén (1953), Andrés Bosch (1959), Ángel Vázquez (1962), Rodrigo Rubio (1965), Marta Portal (1966), Manuel Ferrand (1968), Marcos Aguinis (1970) o Jesús Zárate (1972), le permitió a Lara Hernández alguna que otra buena jugada. Así, en 1957, cuando apenas hacía un año que Lombardero (n. 1924) había montado para Lara Crédito Internacional del Libro, obtuvo un gran éxito al conseguir que el Ministerio de Trabajo les hiciera una importante compra de libros de consulta y enciclopedias destinadas a las universidades laborales. El problema era que el susodicho ministerio retrasaba mucho el pago, lo que ponía a Planeta en jaque, así que ese año ganó el Planeta La paz empieza nunca, de Emilio Romero (por entonces director de Pueblo y personaje influyente tanto en el Sindicato Vertical como, de rebote, en el Ministerio de Trabajo). Antes de acabar el año, la deuda estaba –¿milagrosamente? – saldada.

Emilio Romero (1917-2003)

Es bastante dudoso, como se ha proclamado machacona e insistentemente desde Planeta (y la prensa ha repetido) que el premio haya contribuido a acrecentar los hábitos de lectura de los españoles, sino que más bien les ha vendido algo parecido a melones –melones que debían rentabilizar el oneroso esfuerzo de promoción, eso sí–, porque al fin y al cabo hay que abrirlos para saber si son buenos o putrefactos, incluso cuando el autor es alguien con una carrera ya hecha y de cierta solvencia (pienso en los Planeta de Cela o de Vargas Llosa, por ejemplo). Con lo cual, sin duda, se distorsiona el papel prescriptor que los premios literarios acostumbran a tener en las sociedades más o menos cultas.

 Fuentes:

Anónimo, “José Manuel Lara”, Qué Leer, junio de 2003, p. 20.

Rafael Borrás Betriu, La guerra de los Planetas, Barcelona, Ediciones B, 2005.

Antoni Capilla, “Medio siglo creando mitos”, suplemento Libros de El Periódico, 12 de octubre de 2001, pp. 1-3.

Màrius Carol, “José Manuel Lara Hernández”, en Noms per a una història de l´edició a Catalunya, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001, pp. 9-40.

Manuel del Arco, “Mano a mano. Concha Alós“, La Vanguardia Española, 16 de octubre de 1962.

Ignacio Echevarría, “El tinglado de los premios“, Babelia, 10 de mayo de 2003.

Julio Fernández, “José Manuel Lara: Quisiera empezar de nuevo”, El Periódico, 31 de agosto de 1981.

Fernando González Ariza, Literatura y sociedad: El premio Planeta, tesis de doctorado presentada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid en

Josep Maria Huertas, “El Premio Planeta no viene de París”, suplemento Libros de El Periódico, 13 de octubre de 2000, pp. 1-3.

Josep Maria Huertas (1939-2007)

Josep Maria Huertas, “Las obras favoritas de Lara”, suplemento Libros de El Periódico, 13 de octubre de 2000, p. 4.

Óscar López, “Planeta, el oro de la familia Lara”, suplemento Libros de El Periódico, 28 de mayo de 1999, pp. 4.

Óscar López, “La última morada del gigante”, suplemento Libros de El Periódico, 16 de mayo de 2003, pp. 20-21.

Salomé Machío, “Una vida de best-seller”, suplemento Libros de El Periódico, 16 de mayo de 2003, pp. 18-19.

Claudi Pérez, “Un astro que amplía su universo”, suplemento Libros de El Periódico, 16 de mayo de 2003, p. 19.

Manuel Rodríguez Rivero, “La muerte del faraón”, suplemento Blanco y Negro de Abc, 17 de mayo de 2003.

Julio Rodríguez-Puértolas, Historia de la literatura fascista española, Madrid, Akal, 2008.

Ricard Ruiz Garzón, “Las 5 bases del premio”, suplemento Libros de El Periódico, 6 de enero de 2005, pp. I-III.

José Serrano Belmonte, “Los premios literarios: la sombra de una
duda”, en José Manuel López de Abadía, Neuschäfer Hans-Jörg López Bernasocchi Augusta eds., Entre el ocio y el negocio: industria editorial y literatura en la España de los 90, Madrid, Verbum, 2001, pp. 43-53.

Julio Trenas, “Veinte años de historia de un premio literario“, Abc, 15 de octubre de 1971,

José Manuel Lara Hernández (1914-2003).

Lara, Janés y la vocación de Santiago Lorén

“[José Manuel] Lara [Hernández] dijo que es lo mismo hacer libros que chorizos; para mí, y para muchos, no. Editar es algo más.” Hay que haber oído la contundencia con que Esther Tusquets pronunciaba estas palabras para hacerse una idea cabal de la indignación con que lo hacía, e incluso ante la aducción de que probablemente la afirmación de Lara tenía sólo una intención provocadora, insistía Tusquets: “Pues yo recojo la provocación y digo que no, que de ninguna manera. Hay libros que editamos que son muy importantes y que tienen unos gastos que posiblemente no se van a cubrir”.

La editora Esther Tusquets (1936-2012)

Esa misma idea de que el editor debe financiar el fogueo de nuevos (o no tan nuevos) autores innovadores o interesantes con las ganancias que obtiene de los autores de best séllers la expresó ya en 1955 José Janés (1913-1959) en la interesantísima conferencia “Aventuras y desventuras de un editor”, y era también Janés uno de los muchísimos editores con vocación cultural que se las tuvieron tiesas con Lara Hernández (1914-2003).

Tan exquisito y elegante, Janés, con ese humor tan fino, tan británico, y con una trayectoria en el sector editorial iniciada manchándose los dedos de tinta en la imprenta, compaginando periódicos, capitaneando elegantes revistas culturales como Rosa dels Vents… Un hombre cuyo pudor le llevaba en la posguerra a encargar traducciones que sabía que la censura le impediría publicar –y a pagarlas muy bien y anticipadamente– para ayudar así a represaliados, exiliados, presos y depurados, etc. que lo necesitaban. Y, por otro lado, un Lara Hernández al que le gustaba que le fotografiaran entregando en metálico la dotación de sus premios literarios… En pocas palabras, un editor completamente distinto.

José Manuel Lara Hernández (1914-2003)

Tal como lo explicaba Francisco Candel  (1925-2007), parece ser una cuestión de evidente incompatibilidad de caracteres, :

Janés y Lara se tenían verdadera inquina […] Janés fue un editor culto, refinado, romántico y humanista […] Un editor de trato amistoso y personal con sus autores que ahora ya no se da. En aquellos escabrosos tiempos de posguerra ayudó a prohombres catalanes abatidos, derrotados y arrinconados contra las cuerdas del desespero por el franquismo […] Lara editor era todo un fenómeno al revés. Lara dijo, en entrevista a Del Arco, periodista que te hacía firmar sus entrevistas para que luego no te retractaras: “Yo he triunfado en la vida porque he dado muchos golpes bajos”.

Uno de los primeros y más serios conflictos que enfrentaron a Lara y Janés fue la compra de la editorial Lara por parte de Janés, cosa que impidió que Lara pudiera emplear su apellido para bautizar ninguna empresa en el ámbito editorial. Incluso Manuel Lombradero (n. 1924), que trabajó muchos años junto a Lara, se ha referido a un acuerdo verbal mediante el cual Lara se comprometía a dedicarse sólo al negocio del papel y no crear nunca una empresa editorial. Sin embargo, después de este episodio de la venta de la Editorial Lara, las armas entre Janés y Lara siguieron en alto aún durante mucho tiempo. Y Lara creó Planeta.

Alrededor de 1950, Santiago Lorén (1918-2010), un ginecólogo de Calatayud hijo de un pastelero, mandaba al editor barcelonés e hijo de un panadero José Janés una novela que –diga lo que diga la faja– podía leerse como una amable parodia de una de las novelas más exitosas de cuantas publicó Janés a lo largo de toda su carrera, Cuerpos y almas, del escritor francés Maxence van der Meersch (1907-1951).

Imagen de sobrecubierta de Cuerpos y almas, de Maxence van der Meersch (Lauro, 1946).

A Janés le gustó la novela de Lorén (Cuerpos, almas y todo eso), que Antón Castro ha descrito como “una radiografía de personajes inspirados en Calatayud”, y en su carta de respuesta al joven médico y escritor, bromeaba Janés: “¿Está usted seguro de que nunca ha publcado nada antes?”. Sin embargo, como contó en alguna ocasión Lorén y recogió José Ramón Miranda, no fue fácil llegar a ver el libro en la calle, pero entonces mostró su innegable vocación de triunfar:

Un día –cuenta Lorén– para mi desesperación me devolvió (refiriéndose a Janés) el foliado original en el que la censura de aquellos tiempos (se refiere a 1951 y la censura férrea ejercida por Arias Salgado, ministro de Información) se había ensañado con cruel animosidad. […] No me rendí, sin embargo, y hablando con el que era entonces alcalde de Calatayud y procurador en Cortes, me dio una tarjeta de recomendación para el secretario del Ministerio que me permitió introducirme en la covachuela de la censura de la calle Génova… etcétera”. en resumidas cuentas, tras las pertinentes tachaduras en rojo, pudo publicarla medio año más tarde.

Imagen de sobrecubierta y faja de Cuerpos, almas y todo eso (1952).

La primera edición de la novela, efectivamente, apareció en José Janés Editor en 1952, y si bien no tuvo una gran repercusión, se presentó al Premio Ciudad de Barcelona, donde no fue descartada hasta la quinta votación, en la que Amorrortu, de Juan Antonio Espinosa, se llevó 7 votos, Hijos de algo, de Manuel Vela Jiménez, 6, la obra de Lorén, 5, y Vendaval en el centro, de Francisco Bernaldo, 2. En Calatayud, en cambio, sí armó cierto revuelo la novela de Lorén, pues enfadó a quienes se vieron convertidos en personajes literarios e indignó a quienes no tuvieron ese honor y se creían con méritos para ello. Sin embargo, las dos reediciones siguientes de la obra se publican en la editorial Corinto, de la que Manuel Lombradero era uno de los fundadores y que se hizo conocida sobre todo por su colección Vocación Juvenil.

Imagen de sobrecubierta de Una casa con goteras (Planeta, 1953)

Y no sólo eso, sino que la segunda novela de Santiago Lorén (Una casa con goteras) la publicó Lara como consecuencia de haber obtenido ésta el Premio Planeta en su segunda edición (1953), en la que había pasado de suponer 40.000 pesetas a convertirse en un galardón de 100.000. Las circunstancias en que se produjo esto las expuso Lorén en diversas ocasiones y aquí las tomo de Antón Castro: “se presentó en la sede de Planeta con el manuscrito, pidió ver a José Manuel Lara y le espetó: “Si en este galardón no valen las recomendaciones, ahí tiene la novela ganadora de este año””. En alguna ocasión contó Lorén que no se la mandó a su descubridor porque por entonces Janés estaba pasando una crisis (como si, de considerar que era una crisis pasajera, no la estuviera pasando ya cuando le mandó su primera novela).

Se da la curiosa coincidencia de que por esas mismas fechas Manuel Lombardero había recibido una propuesta de Lara para entrar a trabajar con él, y muy sensatamente decidió consultarlo con dos editores a los que respetaba y que le dieron respuestas muy distintas: “Si te firma ese contrato, lo cumple” (Alfredo Herrero Romero, de la editorial AHR y nacido, como Lara, en El Pedroso, Sevilla) y “Antes se asocia usted con el diablo que con ése” (José Janés, por supuesto).

Portada de la edición en bolsillo de Cuerpos, almas y todo eso, en Planeta.

La tercera edición de Cuerpos, almas y todo eso (1963) se publicó ya en Planeta, lo mismo que el grueso de la obra de Lorén, quien dio una explicación cuando menos curiosa al ser preguntado en 1978 si no supuso una relativa decepción para él quedar sólo finalista (con Memoria parcial) del Premio Espejo de España que ganó Baltasar Porcel con La revuelta permanente.

No. Ya me había advertido Lara que, en cierto modo, mi libro no se atenía a las bases del premio, pero que me presentara, puesto que como fondo en mi libro aparece la preguerra vista por un adolescente y en cierta forma es un espejo de aquel acontecer. Sólo por la calidad literaria, cosa que consta en el acta del Jurado, me dieron el accésit. La calidad literaria venció a cierta legalidad del premio.

¿Quizás debamos interpretar que en el Premio Espejo de España sí “valían recomendaciones” y en el Premio Planeta no? Por cierto, que sin que esté muy claro el motivo, en numerosas biografías de Lorén (en la de la web de Planeta, en la de wikipedia), se le atribuye erróneamente a Memoria parcial el Premio Espejo de España de 1985, año en el que, de modo extraordinario, se otorgó a otros dos autores también afectos al régimen, Emilio Romero y Ernesto Giménez Caballero.

Fuentes:

Castro, Antón, “Dos autores nonagenarios que sueñan”, Heraldo de Aragón, 1 de marzo de 2010.

Castro, Antón, “Fallece el escritor, médico, guionista y periodista aragonés Santiago Lorén”, Heraldo de Aragón, 26 de noviembre de 2010.

José Janés, «Aventuras y desventuras de un editor», anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1955.

Josep Mengual Català, “Editoras para el siglo XXI. Pilar Beltrán y Esther Tusquets ante el futuro”, Quimera 223 (diciembre de 2002), pp. 44-51.

Santiago Lorén

J. Morán, Entrevista a Manuel Lombardero, Asturama, 23 de julio de 2012.

José Ramón Miranda, “Un recuerdo para Santiago Lorén“, A la intemperie, 25 de noviembre de 2010.

Pilar Trenas,  “Santiago Lorén y su Memoria parcial”, Abc,  11 de abril de 1978, p. 44.

Fernando Gutiérrez, mentor de Juan Goytisolo

En Coto vedado (1985), con el que abre su interesantísimo volumen de Memorias (2002), Juan Goytisolo refiere la visita, en compañía de Enrique Boada, a un “poeta y crítico de arte de origen santanderino […], un hombre de una cuarentena de años, sencillo, caluroso y franco” que tuvo una intervención decisiva en el arranque de su personalísima carrera literaria: Fernando Gutiérrez González (1911-1985).

Cubierta del volumen de Memorias de Juan Goytisolo en Destino

Cubierta del volumen de Memorias de Juan Goytisolo en Destino

Con el pretexto de que Fernando Guitérrez le ayudaba a repasar las asignaturas de Derecho que por entonces cursaba sin ninguna gana, Goytisolo “le asistía a revisar sus traducciones, solicitaba su consejo en las dificultades y escollos” de la novela que tenía en marcha, la hasta hoy inédita El mundo de los espejos. En sus palabras, “Fernando Gutiérrez había advertido muy pronto las carencias y defectos de mi castellano y me alentaba a superarlos. Aunque no pudo comunicarme entonces, por culpa mía, su amor a la poesía de nuestros clásicos, contribuyó a extender y mejorar el contenido de mis lecturas”. (Cualquier lector de Juan Goytisolo sabe bien que finalmente ese amor a los clásicos españoles cuajó, y de manera muy fecunda).

En aquellos tiempos (primeros años cincuenta), Fernando Gutiérrez trabajaba muy intensamente con José Janés, quien estaba llevando a cabo una política de premios literarios en busca de jóvenes nuevos valores de la literatura española (galardonó a González Ledesma, Ildefonso-Manuel Gil o Antonio Rabinad, entre otros) que pudieran competir con la excelente cantera en que se había convertido enseguida el Premio Nadal. Fernando Gutiérrez, secretario de esos premios, animó a Goytisolo a presentar su novela, que según el propio autor, “pese a las correcciones sucesivas […], pecaba a todas luces de torpe e inmadura: la sombra de Gide y Hermann Hesse se proyectaba ostensiblemente en ella y situaciones y personajes adolecían de melodramatismo e inverosimilitud”. Goytisolo, sin embargo, se llevó el premio, pero con la franqueza que le caracterizaba, Janés le dejó claro que, pese al cheque de diez mil pesetas, “el premio sólo era un estímulo a continuar mi camino y llegar a ser algún día un escritor de verdad”.

Diversas circunstancias, entre ellas el traslado de Goytisolo a Madrid, hicieron que se interrumpiera esta relación, pero cuando años después, con Juego de Manos, el joven novelista se dio de bruces con la censura de libros franquista, pese a la buena disposición de Destino a publicársela, fue de nuevo Fernando Gutiérrez quien intervino decisivamente. Buen conocedor de los entresijos del mundo editorial barcelonés de la época, Fernando Gutiérrez le recomendó que intentara la intervención de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), y el asunto se desencalló rápidamente a cambio de publicar en Planeta el siguiente libro de Juan Goytisolo (Duelo en el paraíso).

Portada de las Páginas escogidas del Marqués de Santillana seleccionadas y anotadas por Fernando Gutiérrez y publicadas en 1939 en la Colección Merges de Luis Miracle.

Portada de las Páginas escogidas del Marqués de Santillana seleccionadas y anotadas por Fernando Gutiérrez y publicadas en 1939 en la Colección Merges de Luis Miracle.

En los años cincuenta, ciertamente, Fernando Gutiérrez había llegado a ocupar en la sombra una situación estratégicamente importante y de relativo prestigio en el mundillo editorial. Ya en los años treinta había abandonado estudios de ingeniería para lanzarse de lleno a una incierta carrera literaria que se desdoblaba en su obra sobre todo poética, el periodismo cultural y la crítica de arte (en Las Noticias) y la traducción, así como las más diversas labores editoriales (revisor, corrector, prologuista). Al concluir la guerra, ya en 1939 publica unas Páginas escogidas del Marqués de Santillana para la editorial de Luis Miracle, ejerce episódicamente de censor en la Delegación Territorial de Propaganda de Barcelona, reanuda su actividad como crítico de arte y, con Juan Ramón Masoliver y Diego Navarro, pone en marcha la que quizá sea la mejor revista literaria de la inmediata postguerra, Entregas de poesía, que aparecía en dos versiones: la corriente y la de bibliófilo. Además, poco a poco va dando a conocer Fernando Gutiérrez su obra poética (de raíz postsimbolista y clasicista), obtiene importantes premios tanto en su vertiente de poeta como en la de crítico de arte y luego, progresivamente, va cayendo en el olvido.

Sobrecubierta de la antología de poesía catalana preparada por el poeta y editor Josep Pedreira y firmada por Fernando Gutiérrez, publicada por Josep (con P) Janés, Editor.

Sobrecubierta de la antología de poesía catalana preparada por el poeta y editor Josep Pedreira y firmada por Fernando Gutiérrez, publicada por Josep (con P) Janés, Editor.

Sin embargo, deja a sus espaldas una ingente obra como traductor literario sobre todo en las editoriales de Janés (Somerset Maugham, Boris Pastenak, François Mauriac, Lampedusa, André Maurois, Homero…), pero también en Ediciones G.P. [Germán Plaza] (Kipling, Zweig) y como prologuista de colecciones janesianas tan exitosas como Los Premios Goncourt de Novela, Los Premios Nobel de Literatura o Los Premios Pulitzer de Novela, entre otras.

No es extraño que, dada la intensa y fructífera relación con el gran editor de la época, sea precisamente Fernando Gutiérrez quien nos legara uno de los textos más útiles e interseantes para conocer y comprender la obra editorial de José Janés, la conferencia “Recuerdo de José Janés”. Fallecido en 1959 José Janés, Fernando Gutiérrez siguió a partir de entonces con un ritmo de trabajo asombroso, pero en algunos casos muy por debajo de su talento, y quizá varios factores contribuyan a explicar el casi completo olvido en el que ha quedado su figura y su obra. Por un lado, su parentesco con el falangista de primerísima hora Luys Santa Marina (1898-980), su tío, añadido a su inicial militancia falangista y su episódica dedicación a la censura de libros. Por otro lado, el hecho de que a menudo tradujera a partir de lenguas puente y no de la lengua original, a lo que se suma el hecho de que firmara obras o antologías, y en particular la célebre antología La poesía catalana. Els contemporanis (Josep Janés Editor, 1947), que es bien sabido que elaboró Josep Pedreira pero que, probablemente para facilitar su paso por censura, firmó Fernando Gutiérrez.

Portada (inexplicablemente cursi) de la edición en 2011 de Un extraño en París, de William Somerset Maugham, traducida por Fernando Gutiérrez.

Portada (almibarada sin motivo) de la edición en Ediciones B (2011) de la traducción firmada por Fernando Gutiérrez de “Un extraño en París” (“Christmas Holiday”), de William Somerset Maugham. Esta misma traducción la había publicado en 1952 Janés en la colección Grandes Novelas de Grandes Autores y en 1956 en Club de Lectores con el título, no menos infiel, de “Luz en el alma”.

Fuentes:

Daniel Giralt-Miracle, “Fernando Gutiérrez. Poeta y crítico“, La Vanguardia, 2 de marzo de 1984, p. 18.

Juan Goytisolo, Memorias, Barcelona, Península (Atalaya 85), 2002.

Fernando Gutiérrez, “Recuerdo de José Janés”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1960 y publicada como anexo al Catálogo de la Producción Editorial Barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1959 y el de 1960, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1960.

Jacqueline Hurtley, La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis de doctorado, Universitat de Barcelona, 1983.

-, “La obra editorial de José Janés: 1940-1959”, Anuario de Filología (Universitat de Barcelona), n. 11-12 (1985-1986), pp. 293-329.