Joaquín Almendros y Aristeo Andrés en Chile: la librería Séneca

En una entrevista al magnate de las librerías chilenas Juan Aldea Vallejos, creador de la Feria Chilena del Libro (que en los dieciséis locales que en 2015 tenía por todo el país, concentraba el 40% las ventas en Chile), se cuenta que, tras hacer sus pintos como poeta, su entrada en el negocio de los libros se produjo «apadrinado por los refugiados españoles Joaquín Almendros y Aristeo Andrés [Cercós]», propietario y gerente, respectivamente, de la librería Séneca. Allí, en un primer momento como contador y más adelante como librero, aprendió Aldea Vallejos «los trucos del oficio», hasta que decidió establecerse por su cuenta y riesgo.

Joaquín Almendros.

De la trayectoria en el mundo del libro del editor, librero y distribuidor Joaquín Almendros (1904-¿?) son conocidos unos cuantos datos que permiten trazar una imagen de la misma, aunque sea incompleta, pero menos conocida es la enigmática historia de su socio en la librería Séneca, al igual que Almendros llegado a Chile como exiliado a bordo del legendario buque Winnipeg (que atracó en Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939).

Algunos datos acerca de la actividad de Andrés Cercós durante la guerra civil española de 1936-1939 pueden recabarse de los ejemplares del Diario Oficial del Ministerio de Defensa republicano. De ellos se extrae que en junio de 1937 servía en el Batallón Montaña número 4, y el 17 de ese mismo mes fue ascendido a teniente de Infantería y destinado a la recién creada 97 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República (constituida en las inmediaciones de Cartagena con mozos de los remplazos de 1932 a 1935), que partió de Almería con destino al frente de Teruel como unidad de refuerzo. Durante el verano de ese mismo año intervino en el fallido intento de recuperar las localidades de Villastar y Fuente Artesa y posteriormente sufrió muchas bajas por enfermedad y congelación como consecuencia del rigor de la batalla de Teruel (diciembre 1937-febrero 1938). Sin embargo, el 28 de diciembre de 1937 Aristeo Andrés Cercós había sido destinado al CRIM número 18 de Tarragona, y el 31 de mayo seguía en ese destino, pues según dice una circular con esa fecha firmada por el subsecretario de Defensa Antonio Cordón (1895-1969/1971): «He resuelto dejar sin efecto el destino adjudicado por orden circular de 16 de abril pasado (D. O. núm. 94) al teniente de INFANTERÍA profesional D. Aristeo Andrés Cercos, quedando subsistente el asignado al Centro de Reclutamiento, Instrucción y Movilización núm. 18 (Tarragona), por circular de 24 de diciembre anterior (D. O. núm. 311)».

En ese mismo periodo, Joaquín Almendros estaba también en Cataluña, donde fue el único representante de la Federación catalana del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en el primer Comité Ejecutivo del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya), partido creado el 24 de julio de 1936 y en cuyo comité estaban representados también la Unió Socialista de Catalunya (por Joan Comorera, como secretario general, y Pau Sirera), el Partit Comunista de Catalunya (por Miquel Valdés, Feilp Garcia y Pera Arcadia) y el Partit Català Proletari (Artur Cussó y Lluis Álvarez). Almendros fue durante la guerra secretario militar del PSUC y comisario de guerra del Ejército del Este —en los años setenta publicó unas memorias sobre esta época, Situaciones españolas, 1936-1939: el PSUC en la guerra civil (Dopesa, 1976), que en general no cuenta con mucho crédito por parte de los historiadores—, y no es demasiado arriesgado suponer que, si no fue ya a bordo del Winnipeg, por aquel entonces coincidiera con Aristeo Andrés Cercós.

Al poco tiempo de llegar a Santiago de Chile, Almendros empezó a trabajar como comercial y distribuidor para la revista y editorial Ercilla (jefe de circulación y propaganda), cuya revista homónima dirigía de facto el escritor peruano y político del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) Manuel Seoane (1900-1963) —aunque por ley un extranjero no podía figurar como director de un medio de comunicación—, que también se encontraba exiliado en Chile. Así lo contó el periodista Hernán Millás (1921-2016) ya a principios de los años noventa:

Tenía treinta y siete años cuando se embarcó [en el Winnipeg]. Era técnico en perforaciones mineras. Pero a los pocos días de llegar a Chile tropezó con Manuel Seoane (un peruano, otro exiliado), que era director de la revista Ercilla, y cambió la prospección por los libros. Tanto le apasionaron, que después se instaló con la librería Séneca, y más tarde fundó la editorial Orbe. […] Aún recuerdo con simpatía a este conversador andaluz [había nacido en Linares, Jaén] en el altillo gerencia de un local de la Galería Imperio, desapareciendo entre rumas de libros.

Por su parte, en un artículo de Liballe publicado en 1972 en el periódico chileno La Nación y dedicado a Joaquín Almendros, se cuenta del siguiente modo la relación entre ambos exiliados:«El periodista peruano había conocido al padre de Joaquln en Buenos Aires, cuando la familia Almendros estuvo exiliada en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. Seoane sufría, a su vez, el exilio por Ia dictadura de Sánchez Cerro en Perú».

No está del todo clara la cronología de los acontecimientos, pues ya en 1941 aparecían libros de Ediciones Orbe. De ese año son, por ejemplo, Quince poetas de Chile, de Carlos Réné Correa (1912-1999), Cabo de Hornos, de Francisco Coloane (1910-2002) y con prólogo de Mariano Latorre (1856-1955), Ahumada 75, del boliviano Luis Toro Ramallo (1899-1950) e Historia de una derrota (25 de octubre de 1938), del escritor y por entonces diputado Ricardo Boizard (1903-1983), que dan buena muestra de la variedad de géneros que desde un principio acogió Orbe. Sin embargo, al parecer Almendros no adquirió la editorial hasta 1945 (de manos de Vega y Kamisnky).  Y unos pocos años antes, por lo menos antes del verano de 1944, estaba ya activa la Librería Orbe (en San Antonio 212), que se anunciaba como especializada en «ediciones chilenas, figurines y novedades extranjeras».

Al parecer, antes incluso de tomar los mandos de Orbe había fundado Almendros una librería llamada Mundi, pero en 1944 la vendió y creó la Séneca, domiciliada en Huérfanos, 836, a cuyo frente puso como gerente al eximilitar profesional Aristeo Andrés Cercós.

Según cuenta Aldea Vallejos en la entrevista mencionada, entre los clientes más o menos habituales de la Séneca se encontraban los escritores Mariano Latorre, Manuel Rojas, María Luisa Bombal (de quien Almendros se convirtió más adelante en editor), Benjamín Subercasseaux y Pablo Neruda (que, al parecer, casi nunca compraba nada en esa librería pero la frecuentaba).

Sin embargo, mediada la década Joaquín Almendros pasó a México, y ya en el año 1944 está fechada la edición mexicana en Orbe de la novela Caravana nazarena. El sudor de sangre del antifascismo español, del anarcosindicalista y escritor Ángel Samblancat (1885-1963). Al parecer, según el ya mencionado artículo en La Nación:

El editor tuvo que huir de nuestra tierra durante el gobierno de Gabriel González Videla, antes de ser detenido acusado de actividades extremistas Eran los tiempos de la Ley de Defensa de la Democracia y de la ofensiva anticomunista y Almendros, como muchos otros intelectuales de avanzada, traspasó las fronteras en forma clandestina, fue detenido en Bolivia, remitido a Perú y asilado en México.

De la actividad posterior del gestor de la librería Séneca, la única pista hallada hasta el momento es el registro de una edición del Libro de Buen Amor, en una versión modernizada y versificada por Clemente Canales y con un estudio preliminar de María Cristina Vergara, que publicó en Santiago de Chile la Editorial Renacimiento en su colección Delfín en 1980 (según indica José Jurado en Bibliografía sobre Juan Ruiz y su Libro de Buen Amor [CSIC, 1993]), que al parecer incluye en sus páginas 23 a 25 un breve prólogo de Aristeo Andrés Cercós.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1 (Abad-Casalduero), Sevilla, Renacimiento (biblioteca del Exilio 30), 2016.

Diario Oficial del Ministerio de Defensa, 1936-1939.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio 36), 2018.

Liballe, «Joaquín Almendros: “Soy mucho más que un editor”», La Nación, 8 de octubre de 1972, p. 4.

Hernán Millás, Habráse visto, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1993.

Juan Carlos Ramírez, «Juan Aldea, dueño de la Feria Chilena del Libro: Las batallas del librero más antiguo de Chile», La Segunda, 23 de enero de 2015.

El arranque de una colección universal de bolsillo: El Cangur

A la altura de 1974, con una trayectoria de más de una década, Edicions 62 lanzó la que en ocasiones se ha considerado la primera colección de bolsillo en lengua catalana. Obviamente, no se trata de la primera cronológicamente, pero su importancia es indiscutible y por lo menos doble. Por un lado, porque, gracias en buena medida a su precio de venta al público, fue eficaz en la difusión de obras y autores de la literatura universal entre los lectores en lengua catalana, pero, además, por el prestigio de los escritores que reunió.

A título orientativo, el mismo mes en que se estrenaba El Cangur, se ponía a la venta la quinta edición de la novela La punyalada de Joaquim Vayreda (1853-1903) en la Biblioteca Selecta (trescientas páginas, encuadernada en rústica con solapas) a un  precio de 150 pesetas. Los primeros ejemplares de El Cangur (18,5 x 11,5 encuadernados en rústica pero todos ellos de autores por entonces vivos), se vendían a 80: Narracions de Salvador Espriu (1913-1985), El pa dels anys joves, de Heinrich Böll (1917-1985) —la primera traducción  de Böll al catalán— y L’art d’estimar, de Erich Fromm (1900-1980), de 147, 108 y 149 páginas, respectivamente, y todos ellos con cubiertas diseñadas por Jordi Fornas.

La intención universalista explicitada ya en el nombre de la colección (Col·lecció Universal de Butxaca El Cangur) es evidente ya con estos títulos iniciales, como lo es también la voluntad de introducir entre los grandes nombres de la literatura universal contemporánea la de algunos autores insignes en lengua catalana que, implícitamente, se consideran de un rango similar o parecido, así como combinar el ensayo con la novela y el relato breve.

Aún en 1974 aparece un volumen con dos novelas de Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008) traducidas por Josep M. Güell, La casa de Matriona y Tot sigui per la causa; un columen con las entrevistas de Woodrow Wyatt (1918-1997) al filósofo Bertrand Russell (1872-1970), La meva concepció del món; el libro de cuentos de Mercè Rodoreda (1908-1983) La meva Cristina i altres contes; la novela de Georges Simenon (1903-1989) L´home que mirava pasar els trens, que se publicó como volumen doble (171 páginas), en traducción de Ramon Folch i Camarasa (1926-2019), quien se ocupó también del número siguiente y último aparecido en 1974, la recopilación de Francisco Candel (1925-2007) como volumen triple (217 páginas) Trenta mil pessetes per un home i altres contes. Lo cierto es que en sus primeros años, la colección parece mantenerse bastante fiel a la panorámica y la apertura de miras que parecen trazar estos primeros títulos, que procedían de colecciones previas de Edicions 62 pero a menudo tenían un atractivo adicional por sí mismas (más allá del precio y, por tanto, la mayor accesibilidad).

Las Narracions de Espriu, por ejemplo, se habían publicado originalmente en la colección Antologia Catalana y se habían hecho de ella once ediciones, pero se amplía en esta ocasión con nuevos textos. Entre los misterios aparentes de la colección se cuenta el caso del prólogo al mencionado libro de cuentos de Rodoreda, que en la edición de Antologia Catalana, en 1967, iba precedido de un prólogo firmado por Joaquim Batllori, mientras que en la de El Cangur quien figura como prologuista es Joaquim Molas. No hay misterio, o se aclara enseguida mediante el cotejo entre ambos prólogos: se trata de dos versiones de un mismo texto (la segunda más matizada y pulida), obra de quien era director de algunas colecciones en Edicions 62 (como Clàssics Catalans del Segle XX y la propia Antologia Catalana), Joaquim Molas i Batllori (1930-2015).

Además de Antologia Catalana, El Cangur se nutre de otras colecciones (La cua de palla, Trapezi), pero sobre todo de El Balancí, de donde procede por ejemplo la traducción de Carme Serrallonga de la novela ya mencionada de Böll, que se publicó originalmente en 1965 y fue una de las primeras traducciones que llevaba a cabo quien luego trasladaría al catalán a autores de la categoría de Brecht, Döblin, Dürrenmatt, Goethe, Handke, Schintzler… Así se anunciaba en 1965 El Balancí, que se estrenó con Crònica dels pobres amants, de Vasco Pratolini (1913-1991), y fue la principal colección a la hora de configurar la identidad de El Cangur:

 La colección de novelas más representativa de todas las corrientes mundiales de nuestros días: el noveau roman francés, la gran literatura de Estados Unidos, la moderna literatura alemana, el neorrealismo italiano, el establishment literario inglés y los actuales novelistas catalanes.

El año 1975 se inició con otra obra de Espriu (Primera historia d’Esther), de quien poco después se publicó Laia. Unes esvaides ombres del nostre mar (número 22) y se repitieron también enseguida otros nombres, como Simenon (La pell d’un home) y Fromm (Marx i Freud, en traducción de Jordi Solé Tura, que al año siguiente vería también en El Cangur su traducción de la Iniciació a la filosofía, de Bertrand Russell, como número 30). Sin embargo, uno de los autores más representados en la colección fue Manuel de Pedrolo (el que fuera director de la ya mencionada colección La Cua de Palla).

Ese año 1975 aparecieron de Pedrolo Avui es parla de mi (núm. 11) y Joc brut (núm. 15) y el año siguiente la distopía Mecanoscrit del segon origen (núm. 23), además de su traducción de La ruta del tabac, de Erskine Caldwell (1903-1987). Mecanoscrit del segon origen, había sido traducida de inmediato al occitano (1975), pero fue a partir de 1984, después de traducirla al español el pionero de la ciencia ficción española Domingo Santos (Pedro Domingo Mutiñó, 1941-2018) cuando desencadenó una retahíla de traducciones: al inglés (1985), al neerlandés (1986), al euskera (1989), al gallego (1992), al francés (1993)…, convirtiéndose en una de las novelas más leídas de la literatura catalana del siglo XX. A la altura de 1986, se habían hecho, sólo en catalán, más de veinticinco ediciones del Mecanoscrit.

Sin embargo, la importancia de la edición de El mecanoscrit del segon origen en El Cangur reside en que, a diferencia de la publicada en 1974 en la colección El Trapezi (destinada al público juvenil), en esta ocasión se publicó la versión íntegra, restituyendo los cortes que había impuesto inicialmente la censura franquista. La sorpresa, sin embargo, surgió con una edición de 1986. Por aquel entonces aún se conservaba una tradición —que hoy parece irremediablemente perdida— consistente en que todas las oficinas bancarias regalaban a sus clientes una rosa y un libro la Diada de Sant Jordi, lo cual suponía un estímulo para las editoriales, que hacían tiradas especiales (con el logo de la entidad bancaria bien visible) para cumplir con tal compromiso. La Caixa regaló ese año ejemplares del Mecanoscrit, pero para asombro de sus lectores se trataba de la versión censurada, cosa que es probable que se debiera a que se emplearon los fotolitos de la edición de Trapezi, en lugar de los de El Cangur, para ajustarse así a un determinado formato más resultón para los clientes de La Caixa.

Es también llamativa en esta colección la notable presencia entre los primeros números de textos en prosa no narrativa, como es el caso de Llengua i cultura als Països Catalans, del filólogo Antoni M. Badia i Margarit (1920-2014) o los ya mencionados de Russell y Fromm, y es muy notable el nivel de los autores extranjeros: Gorki (La meva infantesa, Caminant pel món, Les meves universitats), Cesare Pavese (El company, La lluna i les fogueres, La meva terra), William Saroyan (con el libro de cuentos Em dic Aram, de nuevo en traducción de Folch i Camarasa), así como la entidad de los escritores en lengua catalana (Avel·lí Artís-Gener, Prudenci Bertrana, Pere Calders, Joan Fuster, Montserrat Roig…), aunque tal vez puedan ponerse más reparos a la suerte que ha dispensado la posteridad a algunos de los escritores catalanes publicados en esos los primeros años (casos de Oriol Pi de Cabanyes o Pere Verdaguer, por ejemplo).

Años más tarde, superados ya los 150 títulos, mediada la década de los noventa el abanico de textos se amplió a diccionarios, atlas y sobre todo a una derivada de El Cangur, El Cangur Plus, destinada muy específicamente al ámbito escolar, donde la colección había entrado con cierta fluidez, sobre todo gracias a la exitosa novela de Pedrolo. Pero esa es ya otra historia.

Anexo: Los treinta primeros títulos de El Cangur

1- Salvador Espriu, Narracions, 1974.

2- Heinrich Böll, El pa dels anys joves, traducción de Carme Serrallonga, 1974.

3- Erich Fromm, L’art d’estimar, traducción de Jordi Monés, 1974.

4- Aleksandr Soljenitsin, La casa de matrona. Tot sigui per la causa, traducción de Josep M. Güell, 1974.

5- Bertrand Russell, La meva concepció del món, trad. Llorenç Carbonell i Torras,1974.

6- Mercè Rodoreda, La meva cristina i altres contes, 1974.

7- Georges Simenon, L´home que mirava pasar els trens, traducción de Ramon Folch i Camarasa, 1974.

8- Francesc Candel, Trenta mil pessetes per un home i altres contes, traducción de Ramon Folch i Camarasa, 1974.

9- Salvador Espriu, Primera història d’Esther, 1975.

10- Oriol Pi de Cabanyes, Oferiu flors als rebels que fracassaren, 1975.

11- Manuel de Pedrolo, Avui es parla de mi, 1975.

12- William Saroyan, Em dic Aram, traducción de Ramon Folch I Camarasa, 1975.

13- George Simenon, La pell d’un home, traducción de Gabriel Bas, 1975.

14- Maxim Gorki, La meva infantesa, traducción de Josep M. Güell, 1975.

15- Manuel de Pedrolo, Joc brut, 1975.

16- Antoni M. Badia i Margarit, Llengua i cultura als Països Catalans, 1975.

17- Cesare Pavese, El company, traducción de Francesc Parcerisas, 1975.

18- Friederich Durrenmatt, Grec busca grega, traducción de Lluís Solà, 1975.

19- Erskine Caldwell, La ruta del tabac, traducción de Manuel de Pedrolo, 1976.

20- Jaume Fuster, De mica en mica s’omple la pica, 1976.

21- Erich Fromm, Marx i Freud, traducció de Jordi Solé Tura, 1976.

22- Salvador Espriu, Laia. Unes esvaides ombres del nostre mar, 1976.

23- Manuel de Pedrolo, Mecanoscrit del segon origen, 1976.

24- Maxim Gorki, Caminant pel món, traducción de Helena Vidal, 1976.

25- Montserrat Roig, Ramona, adéu, 1976.

26–Baltasar Porcel, La lluna i el Cala Llamp, 1976.

27- Màxim Gorki, Les meves universitats, traducción de Josep M. Güell, 1976.

28- Dashiell Hammett, El falcó maltès, traducción de Marga García de Miró, 1976.

29- Manuel de Pedrolo, Tocats pel foc, 1976.

30- Bertrand Russell, Iniciació a la filosofía, traducción de Jordi Solé Tura, 1976.

La Acracia de la editorial Tusquets

Sergio Vila-Sanjuán interpreta la creación de Acracia, la colección de explícito nombre ideada por Beatriz de Moura en Tusquets en 1973, como «su contribución al momento histórico [de España]», marcado en el ámbito de la edición por el auge de la literatura de tema o contenido político y por el empuje de la de cierto contenido sicalíptico. Por su parte, Gonzalo Pasamar inserta la colección en un contexto de esfuerzos por «rescatar y difundir, por ejemplo, textos y análisis de la obra de Andreu Nin (Zyx, Castellote, Anagrama, Nova Terra, Fontamara) y de los más importantes autores libertarios españoles: Gregorio del Toro, Edicions 62, Edicusa, Bruguera, Ariel (Horas de España), Planeta (Espejo de España), Júcar (Crónica General de España)» que se intensifican a partir de 1976.

Beatriz de Moura, que había creado Tusquets en 1969, declara en el mismo libro de Vila-Sanjuán aludido —Pasando página— haber «militado en el movimiento anarquista, en un grupo que se llamaba Mujeres Libres, que no estaba directamente directamente vinculado a la CNT [Confederación Nacional del Trabajo] pero tenía relaciones con la organización», y de ahí su interés por poner en marcha una colección como Acracia, mientras simultáneamente publicaba colaboraciones en la prensa feminista, como el artículo «Esa ideología nuestra de cada día» en la revista dirigida por Carmen Alcalde Vindicación feminista, que concluía citando a uno de los teóricos más importantes del anarquismo español, Ricardo Mella (1861-1925): «la utopía de hoy es la realidad de mañana». Todo ello concuerda perfectamente con uno de los primeros títulos publicados en Acracia, la antología preparada por la historiadora de origen irlandés Mary Nash Mujeres Libres. España, 1936-1939 (1975), pero también con Breves apuntes sobre las pasiones humanas.

La primera intención de Beatriz de Moura fue recabar la colaboración como director de la colección del periodista Xavier Domingo (1929-1996), que acababa de regresar de una amplia etapa profesional en Francia (1954-1976), durante la que había publicado también diversos ensayos y novelas en francés (La veuve andalouse, Le sceptre et la bombe, L’erotique de l’Espagne…), pero este a su vez, por exceso de trabajo, la dirigió a otro buen conocedor de la materia, el controvertido escritor y periodista con amplia experiencia en la clandestinidad Carlos Semprún Maura (1926-2009), quien sí aceptó el encargo. «Pretendimos sacar a la luz Acracia cuando Ricardo de la Cierva [1926-2015] era director general de Cultura en el año 1974 —explicó De Moura en Por el gusto de leer—; a él le presentamos el programa de Acracia con títulos prudentemente considerados “clásicos” y, para nuestra consternación, sólo quitó un libro, el del pedagogo anarquista Francesc Ferrer i Guàrdia sobre la Escuela Moderna». En cuanto a Xavier Domingo, finalmente Beatriz de Moura consiguió reclutarlo para que dirigiera la colección de Tusquets Los Cinco Sentidos.

Así pues, en 1975 aparecía encuadernado en rústica y un diseño de Lluís Clotet y Oscar Tusquets el primer número de la colección, ¿Qué es la propiedad?, del filósofo francés Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), al que ese mismo año seguirían Historia del movimiento macknovista, del obrero del metal y pedagogo ruso Piotr Arshinov (1886-1938) y en traducción de Diego Abad de Santillán; El movimiento anarquista en China, del multigalardonado politólogo Robert A. Scalpino (1919-2011), en colaboración con George T. You; la ya mencionada antología de Mary Nash; Malatesta, vida e ideas, del editor y escritor Vernon Richards (1915-2001); Consultorio psíquico-sexual, del psicoterapeuta y sexólogo español exiliado en Estados Unidos Félix Martí Ibáñez (1911-1972), en el que se recogen artículos publicados entre enero de 1936 y junio de 1937 en la mítica revista Estudios seleccionados y prologados por Ignacio Vidal; y ya en el año siguiente aparecerían en Acracia, entre otras obras, Los trajes nuevos del presidente Mao, del historiador y sinólogo Simon Leys (1935-2014) La anarquía según Bakunin, en edición del sindicalista, escritor y tenaz impulsor del Libertarian Book Club Sam Goldoff, Breves apuntes sobre las pasiones humanas, del mencionado Ricardo Mella, Para la anarquía y otros enfrentamientos, de Fernando Savater (que el año anterior había publicado en la editorial Ayuso La filosofía como anhelo de la revolución y otras intervenciones), o La Escuela Moderna. Póstuma explicación y alcance de la enseñanza racionalista, de Francesc Ferrer i Guàrdia (1859-1909), que más tarde se complementaría en Acracia con una selección de textos publicados en el Boletín de la Escuela Moderna, seleccionada por Albert Mayol y publicada en 1978 como número 23 de la colección.

Tal como la interpreta el historiador aragonés Gonzalo Pasamar:

Acracia fue una colección […] pensada para actualizar el pensamiento libertario y antiautoritario en general. Esto llevó a sus responsables a incluir, además de las biografías de los padres el anarquismo del siglo XIX, textos de Cornelius Castoriadis [1922-1997], fundador del grupo Socialismo o Barbarie, y análisis filosóficos de autores recientes.

Ciertamente, Castoriadis es el autor más ampliamente representado en el catálogo que Semprún Maura creó en el seno de esta colección de Tusquets. Ya en 1976 aparecieron sus dos voluminosos estudios sobre La sociedad burocrática: Las relaciones de producción en Rusia y La revolución contra la burocracia, en una traducción en la que intervino, entre otros, Joan Viñoly, y en 1979 se publicó otra de sus obras mayores, La experiencia del movimiento obrero, asimismo en dos volúmenes (Cómo luchar y Proletariado y organización). También fueron de Castoriadis los dos volúmenes con que se dio carpetazo a la colección, correspondientes a los dos que conforman La institución imaginaria de la sociedad: Marxismo y teoría revolucionaria (en 1983, como número 33) y El imaginario social y la institución (1989, núm. 34 y último), que son un poco un cierre retardado de Acracia, pues el número 32 de la colección había sido Esa anarquía nuestra, del prolífico escritor y pionero de la historia social Colin Ward (1924-2010), aparecido en 1982.

En efecto, la colección puede darse casi por cerrada en 1982, como ponen de manifiesto las palabras de Beatriz de Moura en Por el gusto de leer: «La colección se mantuvo con un buen ritmo de ventas exactamente hasta 1982, cuando el libertarismo histórico español ya había dejado de crear ampollas en la sociedad». Y del éxito de la colección también habla en otro pasaje del mismo libro:

Así como se había tolerado ya el marxismo, aposté por la vitalidad que había en el pensamiento ácrata en la línea de un Ferrer i Guàrdia y en el de las comunidades campesinas de Aragón o Andalucía. Y esta colección, ese año [1977], fue la colección que más vendimos, la que más eco alcanzó en revistas como Ajoblanco.

Paralelamente, de la colaboración entre Tusquets y Semprún Maura surgió una efímera revista de notable interés y escasa difusión, Nada. Cuadernos Internacionales, de la que —salvo error— tan solo pudieron aparecer tres números entre abril de 1978 y el invierno de 1979 y en la que figuraron como colaboradores Julia Escobar, Antonio López Campillo, José Manuel Álvarez o los ya mencionados Albert Mayol e Ignacio Vidal. Entre otras cosas, en Nada se publicó un dossier sobre «¿Para qué la CNT?», lo que luego sería un capítulo del libro de Castoriadis Los dominios del hombre (Gedisa, 1988), una interesantísima entrevista al escritor estadounidense William Burroughs (1941-1997) y curiosidades como el artículo de Carmen Martín Gaite (1925-2000) «El miedo a lo gris» (luego recogido en Agua pasada, en Anagrama, 1993).

Sin embargo, no parece que hubiera continuidad de esa línea en Tusquets, si bien no son pocos los títulos que se reeditaron incluso una vez concluida la colección, o los que quizás hubieran podido incluirse en ella y lo hicieron en otras colecciones o incluso los que pasaron de Acracia a otras colecciones (como La institución imaginaria de la sociedad, ahora en Ensayo). Cuando casi dos décadas después arrancó la colección Kriterios, dirigida por Miguel Aguilar, se estableció una cierta separación de temas: los más literarios, artísticos, filosóficos y humanísticos en sentido amplio se publicaron en la colección Ensayo, mientras que Kriterios se centró en los textos más políticos, sociológicos o económicos. Un simple vistazo al listado de autores —Domenico Fisichella (ministro con Berlusconi), José María Ridao, Félix Ovejero Lucas (uno de los promotores de Ciutadans)— basta para comprobar que nada en absoluto tenía que ver ya esta colección nacida en 2001 con la Acracia de los años setenta y ochenta del siglo XX.

No deja de resultar curioso que, en una entrevista publicada en agosto de 2018, a la pregunta de qué colección del catálogo de Tusquets le gusta recordar, respondiera Beatriz de Moura: «En 1974, cuando ya se agotaba la oleada de libros de tendencia marxista, inicié la colección Acracia, en la tradición libertaria catalana…».

Fuentes:

Tusquets Editores, 1969-2009, catálogo editorial conmemorativo (edición no venal).

Lluís Amiguet, «El porno femenino es muy flojo pero salva librerías» (entrevista a Beatriz de Moura), La Vanguardia, 1 de agosto de 2012.

Beatriz de Moura, «Esa ideología nuestra de cada día», Vindicación feminista, núm. 3 (septiembre de 1976), p. 61.

Juan Cruz Ruiz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (Imago Mundi 26), 2003.

Gonzalo Pasamar, «La memoria de la guerra civil durante la Transición: la aportación de los editores y las colecciones editoriales», en Carlos Navajas Zulbedia y Diego Iturriaga Barco, eds., España en democracia (Actas del IV Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo), Logroño, Universidad de La Rioja, 2014, pp. 223-233.

Las dos vidas de «El Obrero Gráfico» español

La explotación codiciosa de las industrias del Libro en España —incluyendo en el primer lugar a Madrid— ha empeorado talmente las condiciones de vida de cuantos obreros a ellas se dedican, que ya se recuerdan como si fuesen tiempos de leyenda aquellos en que nuestros predecesores percibían buenos jornales y vestían «como las personas decentes».

Así empezaba uno de los primeros artículos publicados en la revista El Obrero Gráfico, en la que se exponían «Nuestros propósitos» y que apareció el 1 de marzo de 1908. Es necesario precisar, sin embargo, que se trata de El Obrero Gráfico. Tipografía. Litografía. Fotograbado. Encuadernación, pues existieron por lo menos dos publicaciones distintas con este mismo título.

El Obrero Gráfico fue también el título del órgano de prensa de la Federación Gráfica Bonaerense (Sociedades Únicas) desde el mismo momento de su constitución, en 1907, en el que confluyeron sindicalistas socialistas y anarquistas de la capital argentina. Entre sus colaboradores destacados se contó el periodista e ilustrador socialista Joaquín Spandonari (luego afiliado al Partido Conservador), que tras pasar por las imprentas El Cosmo, Pomás, Compañía General de Fósforos y los talleres en Gotelli, había creado su propia imprenta y cuya firma aparece ocasionalmente en revistas profesionales como Noografía, Éxito Gráfico y Anales Gráficos, además de promover la fundación del Instituto Argentino de las Artes del Libro (de cuya acta fundacional, fechada el 11 de mayo de 1907, es uno de los firmantes).

El Obrero Gráfico madrileño (con oficinas en la calle Huertas, 24, 2º, e impreso en I. Calleja, en Mendizábal, 6), nació desvinculado de partidos políticos y sindicatos y costeado por los asociados:

… hemos creído los fundadores de este periódico que era llegado el momento de crear un órgano de combate desligado de toda colectividad, desde el cual contribuir con todas nuestras fuerzas, y asumiendo personalmente la responsabilidad de nuestros escritos, a difundir la necesidad de extender y perfeccionar la asociación, a denunciar abusos, a señalar derroteros, a servir, en fin, de nexo entre todos los obreros de la Imprenta en España, con objeto de robustecer nuestras organizaciones e infundir en ellas los alientos que necesitan para luchar por su mejoramiento inmediato.

Somos, claro está, partidarios decididos de la organización sindical; pero no nos arrogamos la representación de las colectividades a que pertenecemos, aunque deseamos contribuir a su desenvolvimiento…

Quizá sea el afán de señalar lo injusto de las condiciones laborales y las injusticias en el sector (tanto las advertidas por sus colaboradores en Madrid como las que les comunicaban sus compañeros en otras capitales) lo que justifique que la mayor parte de los artículos aparezcan sin firma, salvo más adelante en artículos de carácter histórico y/o cultural (como por ejemplo en el número del 23 de abril de 1916, dedicado al Quijote). Aun así, en La cuna de un gigante. Historia de la Asociación General del Arte de Imprimir (Imprenta José Molina, 1925, ed. facsímil del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1984), Juan José Morato destacaba entre sus más prolíficos colaboradores al tipógrafo valenciano Francisco Núñez Tomás (1877-1945) y el corrector de pruebas sevillano Antonio Atienza de la Rosa (1867-1944), ambos vinculados luego, con cargos, a la Unión General de Trabajadores y al Partido Socialista Obrero Español, y que acabaron también ambos sus días exiliados en México.

Ya en el primer número de El Obrero Gráfico se describe la huelga generada en los talleres de la Sociedad Bilbaína de Artes Gráficas (cuyo gerente era el luego célebre Sebastián Amorrortu) como consecuencia de haber contratado a un tal tipógrafo Enrique Hornberger Jole, de quien se dice que su «conciencia debe de estar formada con lo peor de lo más malo de los obreros indignos»; tras haber llegado a un aparente acuerdo entre obreros y empresa para despedirlo, se generó un auténtico escándalo cuando se descubrió que a Hornberger «le tenían oculto en uno de los almacenes distribuyendo tipos y haciendo otras operaciones relativas a la tipografía».

Resulta indicativo —o acaso un poco sospechoso a tenor de los acontecimientos posteriores— la entusiasta acogida que la aparición de El Obrero Gráfico despertó en las páginas de El Socialista. Órgano central del partido obrero (es decir, del Partido Socialista Obrero Español), que por aquel entonces aún dirigía su fundador, y tipógrafo él mismo, Pablo Iglesias (1888-1925). Según una nota aparecida seis meses después de la aparición de El Obrero Gráfico, en el número del 7 de agosto de El Socialista:

Es, en suma, El Obrero Gráfico un excelente auxiliar de la organización de los obreros de la Imprenta y su campaña no puede menos de resultar útil para estos.

Lo que hace sobre todo recomendable a dicho periódico es la circunstancia de que en todos sus trabajos, aun cuando se refieren a asuntos peculiares de los distintos ramos de la Imprenta, campea una amplitud tal de miras que puede ser muy bien leídos por los obreros de todos los oficios y acomodadas sus conclusiones a las luchas que estos hayan de sostener con sus respectivos patronos, constituyendo en cierto modo un arsenal de enseñanzas verdaderamente precioso.

Por todo ello, recomendamos su lectura a los compañeros que quieran tener un buen periódico societario.

Eudald Canivell.

Hacía ya unos años, desde 1883, que venía publicándose otro boletín profesional, La Unión Tipográfica, creado por Toribio Reoyo (s. XIX-1918) y surgido a raíz de la creación de la Federación Tipográfica Española, uno de los pilares de lo que sería poco después la Unión General de Trabajadores (creada en 1888 y adscrita al PSOE). A su vez, la Societat Tipogràfica, creada en un congreso celebrado en Barcelona en 1879 y compuesta por obreros de tendencias políticas dispares (entre los que se contaban Josep Llunas i Pujals, Anselmo Lorenzo y Eudald Canivell), había sido con la socialista Asociación del Arte de Imprimir madrileña, el germen de la mencionada Federación Tipográfica Española, nacida en un congreso celebrado también en Barcelona a caballo entre septiembre y octubre de 1882.

Como consecuencia del resultado este último congreso, la Societat Tipogràfica sufrió el abandono de la mayoría —si no la totalidad— de sus militantes anarquistas, que crearon entonces una nueva organización de tipógrafos llamada Societat Solidària dels Obrers Impressors, entre cuyos primeros dirigentes figuraron el dramaturgo y primo hermano de Rafael Farga Antoni Pellicer i Paraire (1851-1916), Josep Llunas i Pujals, el tipógrafo de La Academia Lluis Gili Peladí, Eudald Canivell (1858-1928), Francisco Fo, A. Serra, el traductor Emilio Guanyabens o Guanyavents (1860-1941) y Pere Esteve (1866-1926).

En cuanto a El Obrero Gráfico, que hacía gala de su independencia con respecto a partidos y sindicatos, acabó por desaparecer en 1812, al parecer por problemas económicos. Y la Unión Tipográfica creada por Reoyo como órgano de la Federación Tipográfica Española publicó su último número también ya bien entrado el siglo XX, en septiembre de 1916. Sin embargo, a partir de enero del año siguiente aparecía de nuevo El Obrero Gráfico, si bien en esta ocasión con el subtítulo «Continuación de La Unión Tipográfica» y especificando que se trataba del «Órgano de la Federación Tipográfica Española», sección de la UGT que en 1918 cambió su nombre a Federación Gráfica Española. Se da la circunstancia, además, de que el ya mencionado Manuel Atienza de la Rosa, ese mismo año 1917, había dejado su puesto como ajustador jefe en El Heraldo de Madrid para pasar a formar parte de la redacción de El Socialista.

Así, pues, quizá haya por lo menos no dos, sino tres periódicos distintos con el nombre El Obrero Gráfico.

Fuentes:

El Obrero Gráfico, digitalizado en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

El Socialista, digitalización en la Fundación Pablo Iglesias.

Primer Manifiesto de la Federación Tipográfica (octubre de 1882), transcrito en La Alcarria Obrera, 22 de abril de 2008.

Eduardo Montagut, «El nacimiento de El Obrero Gráfico», Tercera Información, 10 de diciembre de 2018.

Manuel Redero Sanromán, Estudios de historia de la UGT, Universidad de Salamanca, 1992.

Andrés Saborit, Apuntes históricos. Pablo Iglesias, PSOE y UGT, Fundación Pablo Iglesias, 2009.

Francisco Sánchez Pérez, Protesta colectiva y cambio social en los umbrales del siglo XX. Madrid, 1914-1923, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, leída el 14 de abril de 1994.

Luisa Sierra Cortés, «El Obrero Gráfico, 1926-1936», en Santiago Castillo y Luis E. Otero Carvajal, Prensa obrera en Madrid 1855-1936, Madrid, revista Alfoz- Comunidad de Madrid, 1987, pp. 647-664.

La primera bibliotecaria en España y el impresor de su tesis doctoral

La madrileña Ángela García Rives (1891-¿1968?) fue la primera mujer en España que ingresó, como oficial de tercer grado, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, el 26 de julio de 1913 y con destino inicial en el Instituto Jovellanos de Gijón, pero al año siguiente, tras un paso también breve por el Archivo General Central de Alcalá de Henares, aprobaba el concurso de ingreso en la Biblioteca Nacional de España (BNE), donde desarrolló toda su carrera hasta que el 12 de junio de1961 se jubiló. Allí coincidió con el poeta Manuel Machado (1874-1947), quien había obtenido plaza en Santiago de Compostela pero, gracias a sus influencias en el Ministerio, se la cambiaron por una en la BNE.

Su ingreso planteó una novedad en cuanto a los requisitos para acceder al Cuerpo. A diferencia de sus compañeros masculinos, a Ángela García le bastó presentar como mérito su historial académico para acreditarse, «por estar exenta por razón de su sexo del voto y del servicio militar», según consignaba el periódico Abc.

Ángela García había completado el bachillerato en el colegio Cardenal Cisneros y posteriormente cursó estudios de pedagogía en la Escuela Normal de Madrid y el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, antes de ser una de las primeras mujeres en completar la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, donde fue compañera de Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984) y donde, mientras trabajaba ya en la BNE, se doctoraría con una tesis titulada Felipe VI y doña Bárbara de Braganza (1748-1759). Apuntes sobre su reinado, según cuyo pie editorial se imprimió en «Madrid, Imprenta y Encuadernación de Julio Cosano, sucesor de Ricardo F. de Rojas, Torija, 5, teléfono 316, 1917», publicada en un formato de 14,5 x 22,5 y acompañado de diversas páginas con reproducciones de grabados de la época tratada.

Julio Casano no era un impresor cualquiera, si bien por aquel entonces, centrado en la impresión y encuadernación de material docente y científico, era sobre todo conocido por su infatigable labor en favor de la formación de tipógrafos, pues ya en 1909 había publicado un artículo importante en esta materia, «Las escuelas profesionales», en el número 37 de El Obrero Gráfico.Tipografía. Litografía. Fotograbado. Encuadernación (1 de marzo de 1909); más adelante, en los años veinte, consta como uno de los profesionales que contribuía económicamente al mantenimiento de la Escuela de Aprendices Tipógrafos promovida por el sindicalista socialista Antonio García Quejido (1856-1927), en la que fue además docente.

En el momento en que se ocupó de la tesis de García Rives, hacía poco tiempo que había empezado a hacerse cargo de una publicación históricamente importante, el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, tomando así el relevo en estas tareas de «Imprenta y Fotograbado de Enrique Rojas» (mayo 1899-abril de 1901) e «Imprenta de Ricardo F. de Rojas» (mayo de 1901-abril de 1916). Y ese mismo 1917 sale de sus prensas, por ejemplo, Tres revoluciones. Apuntes y notas (Las Juntas de Defensa. La Asamblea Parlamentaria. La huelga), del historiador catalán Ferran Soldevila (1894-1971), hermano del célebre escritor Carles Soldevila (1892-1967). También ese año empieza a aparecer con pie editorial de Julio Cosano el extenso anuario unipersonal que Ferran Soldevila venía publicando desde 1895, El Año Político. Ese primer número había aparecido como elaborado en la Imprenta de Enrique Fernández de Rojas (domiciliada en plaza de los Montenses, 24, y calle del Rosal, 2), pero el inmediatamente anterior se publicó con pie de Ricardo F. de Rojas, en la calle de Torijas, 6.

También es interesante, del año siguiente (1919), el volumen ilustrado Retratos del Museo del Prado. Identificaciones y rectificaciones, de Juan Allende Salazar (1882-1938) y Francisco Javier Sánchez Cantón (1891-1971), este último autor años más tarde, en Archivo de Arte y Arqueología (núm. 33, 1937), de «Noventa y siete retratos de Felipe III por Bartolomé González», escrito a cuatro manos con el pintor y poeta José Moreno Villa (1887-1955), y encargado del traslado de las obras del Museo del Prado cuando durante la guerra civil  española corrieron riesgo como consecuencia de los bombardeos de la aviación franquista. El interés de esta obra impresa por Cosano reside, además de en la importancia de sus autores y en el largo periodo en que se mantuvo como título de referencia para los historiadores del arte español, en el hecho de haber sido galardonado por la Junta de Iconografía Nacional.

Ya en los años veinte empezó Cosano a hacerse cargo, en colaboración primero con La Lectura y luego con Espasa-Calpe, de los sucesivos volúmenes de las obras completas de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), continuidad lógica de su labor de impresión del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Y en la misma línea cabe situar más adelante las impresiones para el Museo de Instrucción Pública (luego Museo Pedagógico Nacional), una de las primeras instituciones creadas por la Institución Libre de Enseñanza, como es el caso, por ejemplo, de La escuela unificada, del pedagogo Lorenzo Luzuriaga (1889-1959), quien en su exilio bonaerense, además de traducir profusamente del alemán, dirigiría la Colección Pedagógica de la editorial Losada, crearía la influyente Revista de Pedagogía y formaría parte del consejo de dirección de la revista Realidad. Revista de Ideas (diecisiete números entre 1947-1949), junto a Amado Alonso (1896-1952), Guillermo de Torre (1900-1971), Eduardo Mallea (1903-1982) y Francisco Ayala (1906-2009), entre otros.

Ya en los años treinta, se ocupó Cosano de imprimir el libro Alice Pestana (1860-1929). In Memoriam, editado por su viudo, el pedagogo de la Institución Libre de Enseñanza  Pedro Blanco Suárez, y publicado en 1931, así como la conferencia dada por el cirujano José Goyanes Capdevila (1876-1964) con motivo de la Fiesta del Libro en abril de 1934, La sátira contra los médicos y la Medicina en los libros de Quevedo, que probablemente esté de algún modo vinculada a la impresión de volúmenes de discursos inaugurales de curso para la Real Academia de Medicina y con la de títulos como la Topografía médica del término municipal de Sobrescopio (1932), de José María Jové y Camella, pero la pista de Cosano se pierde durante la guerra civil española de 1936-1939.

Por su parte, Ángela García Rives no legó una obra escrita cuantiosa, si bien en fecha tan temprana como 1907 La Escuela Moderna. Revista pedagógica y administrativa de primera enseñanza ya registra un artículo con su firma con el título «Trabajos escolares». Posteriormente publicó en dos partes un extenso artículo de investigación histórica, «Clases sociales en León y Castilla (siglos X-XIII)» en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, en 1920, al que siguieron en la misma cabecera «Algunas observaciones acerca de la adquisición de obras en la Biblioteca Nacional» y «Servicio de obras obscenas en la Biblioteca Nacional. Comunicación a la Asamblea de 1923».

Si poco o nada se sabe de Julio Cosano durante la guerra civil española, en cambio García Rives figura entre quienes en la inmediata posguerra testificaron durante el proceso de depuración llevado a cabo por la Dirección General de Seguridad contra su compañera en la Biblioteca Nacional, biógrafa e historiadora Luisa Cuesta Gutiérrez (1892-1962), una de las primeras profesoras universitarias españolas, que fue cesada y no se pudo reincorporar hasta 1945.

Ya en los años cincuenta García Rives figura como coautora, con María Luisa Poves Bárcenas, de las ponencias «La unificación de nuestras reglas de catalogación con las de los demás países» y «Lista de encabezamientos de entidades oficiales españolas» en el I Congreso Iberoamericano y Filipino de Archivos, Bibliotecas y Propiedad Intelectual (octubre-noviembre de 1952), y al año siguiente publica en la ya mencionada Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, en colaboración con el periodista y bibliotecario carlista Guillermo Arsenio de Izaga y Ojembarrena (1885-1951), «En torno a las instrucciones de catalogación (encabezamientos especiales y otros elementos de la cédula: modificación de algunas reglas)».

Aun así, quizá mayor interés tiene su participación en la obra colectiva dirigida por el musicólogo y bibliógrafo Jaume Moll (1926-2011) Instrucciones para la catalogación de obras musicales, discos y películas, publicado por la valenciana Tipografía Moderna en 1960 como volumen 49 de los anejos del Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas.

Fuentes:

Gema Hernández Carralón, «La Eva bibliotecaria: Ángela García Rives, primera bibliotecaria española (1913)», Blog de la Biblioteca Nacional de España, 7 de marzo de 2013.

Francisco Luis Martín, «Dos experiencias socialistas de Formación Profesional en el primer tercio del siglo XX. Las escuelas de aprendices de tipógrafos y de aprendices metalúrgicos», Historia de la Educación, 11 de marzo de 2010, pp. 233-253.

Carmen Morales Sanabria, «La mujer en las ciencias de la documentación», Clip núm. 76 (julio-diciembre de 2017).

Jon Zabala Vázquez, «La presencia femenina en la documentación», en Magdalena Suárez Ojeda, coord., Género y mujer desde una perspectiva multidisciplinar, Madrid, Fundamentos, 2012, vol. I, pp.99-120.

Sobre cómo afrontar el estudio de los libros

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «L’estudi del llibre com a confluencia de disciplines» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en julio de 2017.

 

«Las lecciones de los libros muchas veces hacen
más cierta la experiencia de las cosas.»
Miguel de Cervantes

Basta con echar un vistazo al catálogo (de más de mil quinientos títilos) de la editorial barcelonesa Gedisa, para advertir que, poco a poco, ha ido reuniendo a algunas de las figuras más importantes e influyentes en sus respectivos campos de las humanidades, aunque con cierta predilección por la cultura francesa (Jacques LeGoff, Michel Foucault, Jacques Derrida, Tzvetan Todorov, Jean Starobinski…). Por ello, fue una muy buena iniciativa dar nueva vida a algunos de los títulos emblemáticos hasta entonces publicados para conmemorar los primeros cuarenta años de historia de la editorial con la creación de la colección Gedisa_cult·, que incluía obras más bien breves pero representativas de Hannah Arendt, Hans-Georg Gadamer, Marc Augé y Georges Perec, entre otros.

Entre estos otros se encuentra el historiador Roger Chartier, de quien se preparó una nueva edición de El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa en los siglos XIV y XVII, con el añadido de un nuevo prólogo del autor fechado el 10 de febrero de 2017 («Veinticinco años después») –que, si bien numerado en romanos (y con un cuerpo e interlineado menor) hace que la foliación del libro quede un poco coja– y a continuación de este prólogo se reproduce el que el historiador Ricardo García Cárcel escribió en su día para la primera edición en español, ya con la numeración en arábigos.

El orden de los libros compila tres artículos, que también se pueden leer perfectamente aislados, sobre tres elementos muy concretos de la historia del libro: los lectores, el autor y las bibliotecas (en el sentido conceptual más que en el espacial). Aun así, la unidad del libro reside, por un lado, en el período del cual proceden los casos de estudio, que crea un cierto marco en el que Chartier encuentra los pretextos idóneos a partir de los cuales reflexionar sobre las cuestiones que lo ocupan, y, por otro lado, en lo que el propio autor identifica como un intento por definir y perfilar la pregunta que recorre estos textos: «¿de qué modo, entre finales de la Edad Media y el siglo XVIII, los hombres de Occidente intentaron dominar la cantidad multiplicada de los textos que el libro manuscrito y luego el impreso habían puesto en circulación?»; o, en otras palabras, cómo estos mismos hombres han intentado poner orden en el marasmo de libros surgidos en el periodo establecido y qué consecuencias sobre todo culturales ha tenido esta actividad intelectual.

Ya en el primero de estos capítulos, al hablar del lector, Chartier empieza por poner en duda la idea de que el sentido del texto, como preconizaba el estructuralismo, dependa sobre todo del propio texto. Constata que también corrientes críticas en apariencia alejadas entre sí como es el caso del New Criticism estadounidense y la Analytical Bibliography, con su énfasis en el análisis del texto, marginaban en sus estudios tanto al escritor como al lector, y llega a la conclusión de que con estos apriorismos y los procedimientos de estudio que de ellos se derivan, en última instancia es imposible establecer la significación (inestable en el tiempo) de las obras. Si bien no niega que la forma discursiva del texto tiene una importancia fundamental en el modo en que el lector recibe y hace suya la obra, Chartier nos recuerda que los objetos que le sirven de «soporte» (la copia manuscrita, los pliegos de cordel, los panfletos) inciden también en muy buena medida en cómo es leído el mismo texto, y en consecuencia será conveniente delimitar lo que llama los «espacios de lectura», que también estarán siempre sometidos a factores históricamente cambiantes.

Roger Chartier.

Subraya Chartier que el modo como se presenta el texto puede modificar substancialmente su significación, y para ello se basa en el ejemplo de lo que en Francia se conoce como la Bibliothèque Bleue, el conjunto de literatura popular que entre los siglos XII y XIX imprimía originalmente en Troyes el librero Jean Oudot. El autor describe cómo el carácter popular que socialmente se atribuye a los textos que Oudot publica en esta célebre colección procede más bien de los destinatarios (compradores de libros torpemente impresos en papel de mala calidad) que no en ningún rasgo intrínseco que podamos identificar en los propios textos. Quizá un ejemplo equivalente más próximo sea el de los libros de aventuras que en el siglo XIX no tenían un público específicamente marcado (Los tres mosqueteros, Robinson Crusoe o las novelas de la frontera de Fenimore Cooper) y que durante buena parte del siglo XX, como consecuencia de la intervención sobre estos mismos textos de editores que los adaptaban para el público, han acabado por quedar asociados a la novela propia de este tipo de lectores.

En cuanto al autor, Chartier evoca y rebate, sin detenerse mucho en ello, el famoso texto de Roland Barthes. «La mort de l´auteur», y para ello se sirve en buena medida de las reflexiones expuestas por Michel Foucault en «Qué es un autor», si bien dejando de lado algunos aspectos y deducciones, y a continuación traza una pequeña historia de cómo fue imponiéndose el concepto de autor, en un proceso en el que la clave es la transferencia progresiva de la autoridad autorial al individuo que redacta el texto y que desemboca en la legitimación del hecho que este individuo obtenga un beneficio económico de su obra. Pero, consecuente con las etapas de este proceso, Chartier titula muy acertadamente este capítulo, no «la función-autor» —como probablemente hubiera hecho Foucault—, sino «Figuras del autor», porque han sido diversas y cambiantes en el tiempo.

En el tercer y último capítulo, «Bibliotecas sin muros», jugando con el término “biblioteca” en el sentido del edificio y al mismo tiempo como colección y catálogo de títulos y/o obras, Chartier propone un recorrido por la historia de la tensión entre la búsqueda de la exhaustividad por un lado y su imposibilidad material por otro («reunir todo el patrimonio escrito de la humanidad en un lugar único se revela, no obstante, como una tarea imposible»), para concluir con un final abierto que contempla las nuevas tecnologías con cierta esperanza prudente. Un capítulo que hubiera podido firmar Borges.

El concepto clave en este tercer ensayo acaso sea el de “selección”, incluso para quien considera que la biblioteca debe ser enciclopédica, y el estudioso francés muestra como, a lo largo de la historia, en las compilaciones, antologías y bibliotecas, este criterio de selección ha estado marcado por elementos tan diversos como el orden alfabético, la lengua en que han sido escritos los textos o el periodo temporal en que fueron escritos. Pero, en cualquier caso, escribe Chartier:  «La distancia irreductible entre inventarios, idealmente exhaustivo, y colecciones, necesariamente lacunares, ha sido vívida como una intensa frustración».

Ya en el epílogo, el autor pone de manifiesto, a la luz de las tres reflexiones que ha ido desarrollando en las páginas precedentes y de las preguntas que ha ido planteando, hasta qué punto es difícil dilucidar la posibilidad o no de resolver esta tensión entre exhaustividad mediante el recurso a la infinitud que parecen ofrecer las llamadas (ya casi tradicionalmente) «nuevas tecnologías», que de todos modos cambiarán de forma radical las maneras de interpretación y apropiación (en el sentido de asunción e integración en la cultura individual y colectiva) de los textos.

Aun cuando cada uno de estos tres capítulos puedan leerse independientemente, ya en el prólogo Chartier se ha ocupado de definir un objetivo amplio y de alcance teórico mayos, que se plantea con este libro, y que quizá sea el aspecto más jugoso de este volumen:

…dar inicio a una reflexión de alcance más general sobre las relaciones recíprocas que mantienen las dos significaciones que, espontáneamente, adjudicamos al termino cultura. Una designa las obras y los gestos que, en una sociedad dada, son juzgados desde el punto de vista estético o intelectual. La otra apunta a prácticas ordinarias, «sin cualidades», que expresan la manera en que una comunidad –cualquiera que sea su escala– vive y analiza su relación con el mundo, con las otras comunidades y consigo misma.

Y tal vez se pueda añadir a los ya mencionados en el prólogo un tercer rasgo, sea intencionado o no, que da coherencia y unidad a este libro denso e iluminador de Chartier: el planteamiento cuidadoso de preguntas que a su vez suponen o llevan implícita la propuesta de apertura de nuevos caminos y nuevas perspectivas en la investigación en el campo amplio y bastante inexplorado aún de los estudios sobre el libro y la lectura. En cualquier caso, estos nuevos caminos deberían ir construyendo una disciplina mestiza en la que confluyan las corrientes de raíz formalista y estructuralista y la teoría de la percepción (tal como las ha formulado la teoría de la literatura), la sociología (sobre todo a partir de la obra de Pierre Bourdieu), y la bibliografía analítica. Y aquí es donde acaso en cierta medida cobra mayor sentido que, a la hora de elegir un título para este volumen, Chartier hace un evidente guiño a un texto célebre, El orden del discurso (en los Cuadernos Marginales de Tusquets, 1974), de Michel Foucault, autor por el cual no por casualidad es profusamente citado. Y tan significativo como este ejemplo de intertextualidad lo es la diferencia, el paso del singular al plural, dado que, en definitiva, la pretensión de Chartier no es tanto dar respuestas como plantear como mucho esmero las preguntas idóneas. Si la investigación de Foucault partía de la idea de que la historia debía tener un sentido y que, paradójicamente, este sentido era precisamente el de la imposición de un sentido del cual debíamos reconstruir la historia, para Chartier no parece tan importante la acumulación del conocimiento, sino que lo que se propone es más bien buscar un método de análisis y a la vez un modelo de posición ante el conocimiento (partiendo de la base de que más que acumularse, el conocimiento se está redistribuyendo).

En definitiva, nos encontramos ante un libro espléndido, con diversos niveles de lectura y de una riqueza y profundidad no muy habituales en los estudios sobre el libro. Es un placer tanto leerlo por primera vez como releerlo aprovechando esta reedición prologada por el autor.

Roger Chartier, El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, nuevo prólogo de Roger Chartier y prólogo de Ricardo García Cárcel, traducción de Viviana Ackerman y, del nuevo prólogo, de Xavier Gaillard Pla, Barcelona, Gedisa (Gedisa_Cult·), 2017.

El impresor-editor Pérez Dubrull y los grandes nombres de su tiempo

Índice de los libros prohibidos por el Santo Oficio de la Inquisición Española desde su primer decreto hasta el último, que espidió en 29 de mayo de 1813, y por los Rdos. Obispos españoles desde esta fecha hasta fin de diciembre de 1872 por el Dr. León Carbonero y Sol, director de «La Cruz», revista religiosa, es el desmedidamente extenso título del que se conoce como Índice de libros prohibidos de 1872 y cuya extensión no es menos desmedida, 690 páginas. Lo publicó la Imprenta de D. Antonio Pérez Dubrull, según se indica domiciliada en la calle Jesús del Valle, 15, si bien en otras obras con el mismo pie de imprenta aparecen sucesivamente como direcciones la calle de Valverde, número 6, la calle del Pez, número 6, y la calle de la Flor Baja, número 22.

Antonio Pérez Dubrull (1804-1891) es sobre todo reconocido, además por el título ya mencionado, por haber participado en dos proyectos muy ambiciosos, la ultracatólica Biblioteca de la Familia Cristiana de Novelas Morales (63 tomos entre los que figuran obras de Julio Nombela, el padre Coloma y Fermín Caballero), en 1873, y la Colección de Escritores Castellanos, de los que se publicaron un total de 161 títulos, entre 1880 y 1929, pero se había labrado un nombre ya desde la década de los cincuenta del siglo XIX, cuando asumió la impresión del longevo e influyente periódico carlista La Esperanza (1844-1874), inicialmente a cargo de la Imprenta de D. Pedro Mora y Soler (calle del Fomento, número 7), y que creó incluso una colección de libros (Biblioteca de La Esperanza), así como de las seis entregas (en 1856) de La España Teatral. Sin embargo, Pérez Dubrull publicó también algunos libros por su cuenta, entre los que destacan de esta etapa la recopilación de leyendas Ecos de gloria (1863), de una autora revalorizada como narradora a principios del siglo XXI, Faustina Sáez de Melgar (Faustina Sáez y Soria, 1834-1895), quien ya en 1860 había obtenido un gran éxito con la novela La pastora de Guadiela. Enorme interés tiene también la tercera edición, en 1866, de De Madrid a Nápoles, pasando por París, Ginebra, el Mont-Blanc, el Simplón, el Lago Mayor, Turín, Pavía, Milán… Viaje de recreo, realizado durante la guerra de 1860, obra de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) — con quien más adelante trabaría una relación más regular— que previamente había aparecido en la imprenta y librería Gaspar y Roig (en 1861).

En 1869 inicia Pérez Dubrull la ultraconservadora colección La Familia Cristiana: Biblioteca de Novelas Morales, uno de cuyos primeros títulos fueron las Aventuras de Periquillo, averiguadas y contadas por Antonio de Trueba (1819-1889), en cuyo pie figura Pérez Dubrull como editor y domiciliado en «Barco, 9 primero, cuarto tercero» y también como impresor en la ya mencionada dirección en la calle del Pez. Se trata, pues, de un profesional del mundo del libro representativo de la transición que en la segunda mitad del siglo XIX se produjo del librero-editor-impresor a la especialización de las diversas funciones. Poco después del libro de Trueba, en abril de 1871 publicaría la primera obra del ultracatólico padre Coloma (Luis Coloma Roldán, 1851-1915), Solaces de un estudiante (números 27, 28 y 29 de la colección), con prólogo de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber, 1796-1877).

Marcelino Menéndez Pelayo.

Como consecuencia del inicio de la tercera guerra carlista (1872-1876), Pérez Dubrull se trasladó a Tolosa, donde figuró durante los tres años siguientes como editor del boletín oficial del gobierno del pretendiente carlista Carlos VII, El Cuartel Real (1873-1876), pero al concluir la guerra regresó a Madrid e imprimió el que se considera el descendiente natural de La Esperanza, La Fe (1876-1891).

Antes de acabar la década de los setenta publica algunas de las primeras obras de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), como su prólogo a Felipe II: estudio histórico y crítico (1879), de Valentín Gomez (1843-1907), pero en particular tuvo el honor de publicar uno de los escasos libros de poemas (traducciones y originales) de Menéndez Pelayo, Odas, Epístolas y Tragedias (1883), que reunía las ya publicadas con el mismo título en 1878 por Víctor Sáinz en la Imprenta Central, con el añadido de dieciséis nuevas composiciones y un prólogo del novelista y crítico literario Juan Valera (1824-1905). Se ocupó también de la composición e impresión, por contrato con el editor Mariano Catalina, de la ya monumental primera edición de la Historia de las Ideas Estéticas en España (1883-1889), cinco tomos en ocho volúmenes, que se integraron en la serie Críticos de la Colección de Escritores Castellanos.

Pedro Antonio de Alarcón.

Esta muy famosa Colección de Escritores Castellanos (dirigida por Mariano Catalina) le convierte en impresor de algunos de los autores más conocidos de su tiempo. Por ejemplo, en 1883 publica una edición de las Escenas andaluzas de Serafín Estébanez Calderón (1799-1867) —previamente publicadas en 1847 por Baltasar González—, a quien publicará además De la conquista y pérdida de Portugal (1885) y Poesías (1889), así como la biografía que de él escribió Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) con el título «El Solitario» y su tiempo. Biografía de Serafín Estébanez Calderón y crítica de sus obras (1883). Pero ya antes le había publicado al famoso novelista Pedro Antonio de Alarcón la segunda edición de La Alpujarra. Sesenta leguas a caballo, precedidas de seis en diligencia (1881), la primera en volumen de La pródiga (1882, previamente en la Revista Hispano-Americana), la quinta de El sombrero de tres picos, y de 1883 son su Viajes por España, la cuarta edición de El final de Norma y de El escándalo, mientras que en 1885 imprime la segunda edición de sus Poesías serias y humorísticas.

Alarcón estableció una fluida y frecuente relación con el impresor, que Martínez Martín explica del siguiente modo:

Corregía las distintas ediciones –en 1887 había realizado nueve ediciones de El escándalo y ocho de El sombrero de tres picos–, y encargaba su impresión, normalmente en la imprenta de Dubrull, comprando el papel en Romillo a 50 reales la resma, y después distribuía entre los libreros para su venta en comisión. Tenía cuentas corrientes con los libreros, a quienes entregaba ejemplares y recibía unos vales de entrega por el número de existencias, y quienes se quedaban con un 30% de comisión, excepto Victoriano Suárez con un 33%. Muy cuidadoso con las ediciones, dirigía y planificaba la edición de sus obras.

De 1891 es otro libro reiteradamente reimpreso, Ventura de la Vega, estudio biográfico-crítico, del no menos famoso por entonces Juan Valera, a quien ese mismo año publica en volumen Currita Albornoz al Padre Coloma.

A la muerte de Pérez Dubrull, la Colección de Escritores Castellanos tendría continuidad sucesivamente en el Establecimiento Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra (1891-1900), Imprenta Viuda e Hijos de Manuel Tello (1906), la Tipografía de la Revista de Archivos (1907-1908) y a partir de 1909 por la Editorial Hernando, en la que constituyó durante mucho tiempo, con la mítica BAE (Biblioteca de Autores Españoles), la mayor compilación de textos españoles hasta entonces publicada. Así pues, también la trayectoria de esta colección es ilustrativa del proceso de deslinde entre la labor de los libreros, los impresores y los editores.

Fuentes:

Virginia Mª Cuñat Ciscar, «Historia de la edición», en Marcelino Menéndez Pelayo, Obras completas. Tomo I Historia de las Ideas Estéticas en España, (volúmenes I-III), Santander, Editorial de la Universidad de Cantabria-Real Sociedad Menéndez Pelayo, 2017, pp. CCXXIII-CCXXXVIII.

Eduardo Hernández Cano, «Notas sobre la colección literaria en la edición católica en España (1842-1939)», en Christine Rivalan Guégo y Miriam Nicoli, eds., La colección: auge y consolidación de un objeto editorial: (Europa/Américas, siglos xviii-xxi), prólogo de Jean Yives Mollier y traducción de Jaime Velásquez, Bogotá, Universidad de los Andes-Universidad Nacional de Colombia, 2017, pp. 175-199.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Rodrigo, «La imprenta de “La Esperanza, una fuente de conocimiento en la España del siglo XIX», Reino de Granada, 27 de septiembre de 2019.

Las primeras ediciones de la generación beat

A la librería On the Road,

celebrando sus primeros cuatro años.

Un debate recurrente acerca de la conocida como generación beat ha sido casi tradicionalmente establecer quiénes forman parte de ella y quiénes no, pues siempre se le añaden antecedentes, mentores, epígonos y gente de todo tipo y pelaje que simplemente pasaba por allí y luego escribieron algún texto autobiográfico, hasta bastante más allá de su etapa más creativa e incluso allende las fronteras de la literatura. Sin embargo, hay tres nombres nucleares que nadie discute: Allen Ginsberg (1926-1997), Jack Kerouac (1922-1969) y William Burroughs (1914-1997). Y por buenos motivos.

De izquierda a derecha: Lucien Carr (1925-205), Kerouac, Ginsberg y Burroughs.

Si bien Ginsberg se había estrenado publicando en revistas literarias de difusión restringida, como la Columbia Review o Jester (ambas de la Universidad de Columbia) ya en 1945 —el mismo año en que Kerouac y Burroughs escribían a cuatro manos Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, inédita hasta 2008—, los dos primeros libros que lograron publicar los miembros nucleares y primigenios de la generación beat, La ciudad y el campo (1950), de Kerouac, y Yonqui (1953), de Burroughs, lo fueron por unos caminos y en unas condiciones hoy quizás un poco sorprendentes, y en ambos casos Ginsberg tuvo una importancia enorme en el proceso, gracias en buena medida a las amistades que había trabado en la Universidad de Columbia.

Maxwell Perkins.

Debido a la admiración que Kerouac sentía por el gran editor Maxwell Perkins (1884-1947) y en particular por su trabajo en la obra de Thomas Wolf (1900-1938), sin saber que ya había fallecido mandó su novela a Charles Scribners’ Son confiando en que Perkins sintonizaría con el estilo y la ambición de su primera novela. Una vez se la hubieron rechazado por primera vez, Ginsberg intentó a través de su profesor en Columbia Mark van Doren (1894-1972) ponerlo en contacto (sin suerte) con el escritor y crítico literario Alfred Kazin (1915-1998), por entonces muy vinculado a Harcourt Brace y que se convirtió en uno de los principales defensores del texto, así como con editores en Viking, Houghton Mifflin, Knopf, Little Brown y Random House (todos ellos rechazaron el mastodóntico manuscrito). Scribner incluso rechazó una segunda versión de la novela, en diciembre de 1948, casi al mismo tiempo en que Robert Giroux (exestudiante en Columbia y por entonces editor en Harcourt Brace) aceptaba hacerse cargo de la edición del manuscrito si Kerouac estaba dispuesto, por un lado, a emplear nombres ficticios para los personajes —aparecían como tales, entre otros, tanto Ginsberg (Leon Levinsky) y Burroughs (Will Dennison) como Lucien Carr (Kenneth Wood)—, y por otra a reducir considerablemente su extensión porque, para una primera novela, la consideraba excesiva (1.100 páginas, nada menos); lo que le pedía, en definitiva, es que la dejara en quinientas y le evitara posibles problemas legales.

La sede de Scribner.

Eso llevó su tiempo, pero finalmente Kerouac cobró un anticipo de 1.000 dólares (que Harcourt Brace nunca recuperó) y en febrero de 1950 apareció una tirada de 15.000 ejemplares, todos ellos con una dedicatoria «To Robert Giroux, friend and editor» y firmados como John Kerouac. La crítica literaria de la época que se ocupó de la novela se mostró dividida, pero no así los lectores (unánimemente desdeñosos) y, como es bien sabido, Giroux cometió luego la imprudencia de rechazar la segunda novela de Kerouac, En el camino (que no se publicó hasta 1957 y en Viking). Según registra Dennis McNally en su biografía de Kerouac, Ginsberg escribió en sus diarios al respecto:

Pienso que Jack es el más grande escritor vivo de la Norteamérica de nuestra época […], pero Harcourt (Giroux) rechazó su primera versión [de En el camino] por demasiado personal y subjetiva… y ahora esta segunda versión les parece una mezcla de sobras pertenecientes a asociaciones libres sin ninguna relación. Creo que seguiré fiel a Jack.

Cubierta de la edición de Luis de Caralt (1971).

Mayor intervención tuvo Ginsberg incluso en el proceso que culminó con la aparición de Yonqui, de William Burroughs, en cuyas primeras versiones se incluía mucho material que posteriormente pasaría a Queer. Al parecer, existió incluso un vago proyecto de crear una trilogía sobre la multifacética experiencia droga-homosexualidad-exilio (Yonqui, Queer, Las cartas del yagé), pero a Burroughs, pese a que Kerouac y Ginsberg le animaran a ello, le costaba encontrar estímulos para llevar adelante semejante empresa, a tenor de lo que declaró en el número de otoño de 1967 de Paris Review:

En apariencia no hubo ningún motivo poderoso [para escribir Yonqui]. Trataba simplemente de contar más o menos en estilo periodístico directo mis experiencias de intoxicación y con drogados […] no tenía nada mejor que hacer. Escribir me supuso una ocupación para mis días.

Ginsberg y Kerouac.

Ginsberg no sólo alentó a Burroughs a culminar la obra, sino que le apoyó de un modo decisivo para que no abandonara el proyecto cuando su novela empezó a ser rechazada por los editores que la recibían o cuando le pedían enmiendas. En esta ocasión, Ginsberg le encontró editor a través de Carl Solomon (1928-1993), con quien había coincidido en 1949 como paciente del Greystoke Park Psychiatric Hospital y a quien más adelante dedicaría su poema fundacional Aullido. Un tío de Solomon, A.A. Wyn (1898-1967), era propietario y director general desde 1929 de la editorial Ace Magazines y, por sugerencia de Donald A. Wollheim (1914-1990), deseoso de abandonar su empleo en Avon Books, en 1952 acababa de fundar Ace Books, un catálogo inesperado —o acaso no tanto— en el que gestar lo que sería la beat generation.

Tanto las revistas como los libros en rústica de Ace iban destinados a la lectura rápida y fácilmente olvidable y se centraron en la narrativa detectivesca, del Oeste y deportiva, pero descollaron sobre todo, gracias en particular a Wollheim, en el descubrimiento de los grandes autores estadounidenses de la ciencia ficción y la fantasía (Robert Silverberg, Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin…), aunque entre los autores que publicaron se encuentran también nombres sorprendentes como el de P. G. Wodehouse.

Ginsberg y Burroughs.

Casi desde el primer momento los Ace Books llamaron la atención por un experimento que ponía de manifiesto su vinculación inicial con las revistas, lo que se dio en llamar encuadernación dos-à-dos, consistente en encuadernar los libros de tal modo que contenga dos textos, con sus correspondientes dos portadas, de manera que puede empezar a leerse por dos lados distintos, y las páginas centrales solían aprovecharse para incluir publicidad. En uno de este tipo de libros se incluyó Yonqui (y en compañía bastante curiosa, por cierto), bajo el seudónimo William Lee, con lo que puede decirse que los dos libros fundacionales de la beat generation ocultaron los nombres de sus autores. De hecho, se frustraba así la posibilidad de publicar Yonqui en compañía de Queer, que al parecer asustó un poco a los editores de Ace Books, pero quizá no fue tan mala decisión. En agosto de 1952, Burroughs estaba redactando el prólogo para Yonqui en un intento por satisfacer la exigencia de Wyn (que ya le había mandado el contrato) de alargar el texto en por lo menos unas cuarenta páginas más, para lo que se sirvió, además, según contó Oliver Harris, de algunos pasajes que ya tenía escritos de Queer:

En total, quitó más de seis mil palabras [de Queer], más de un tercio del manuscrito del 14 de mayo y alrededor de una quinta parte del total, para llevar Yonqui al tamaño exigido por Ace Books. En resumen, apenas Burroughs había terminado su segunda novela, los imperativos económicos de la publicación lo obligaron a abandonarla, canibalizando el manuscrito para terminar la primera.

Al parecer, no fueron pocas las intervenciones editoriales a las que Ace Books sometió el texto que Burroughs les mandó como definitivo, empezando por el título (que pasó de Junk a Junkie) o con el añadido de un subtítulo («Confessions o an unreedemed Drug Addict»), y posteriormente Burroughs se quejó por carta a su editor de las muy numerosas e injustificadas enmiendas, que en más de una ocasión alteraban el sentido (hasta el punto de hacerlo incomprensible incluso para su autor).

Yonqui apareció con nada menos que una novela del exagente Maurice Helbrant, del que vale la pena decir alguna cosa. Nacido en Rumanía y residente desde niño en Brooklin, había tenido una experiencia como espía para los servicios secretos británicos en Palestina durante la primera guerra mundial, al término de la cual regresó a su país de acogida, donde desarrollo el grueso de una carrera poco honrosa. En la novela que acompaña a Yonqui (Narcotic Agent), que comparte con ella su carácter autobiográfico, Hellbrant recrea su experiencia como agente en la división de narcóticos del FBI, persiguiendo y acosando al mismo tipo de personajes que transitan por Yonqui, con lo cual se convierte en un perfecto contrapunto a la novela de Burroughs (y ya es raro que no a ningún editor se le haya ocurrido volver a publicar los dos textos juntos). Se dan además curiosas y jugosas coincidencias, pues tanto Burroughs como Helbrant relatan el modo en que los perversos agentes del FBI se servían de billetes marcados para comprar droga y luego los empleaban como prueba incriminatoria contra los pequeños traficantes.

Cubierta de la edición de Anagrama de 2019.

Los libros de Ace Books muy raramente se encontraban en librerías, y mucho menos en bibliotecas, y su venta se concentraba en quioscos y en particular en los puestos de venta en estaciones de transporte público, lo que en buena medida explica los desorbitantes precios que han alcanzado los ejemplares de esa primera edición; paradójicamente, hasta 1992 la Library of Congress no consiguió comprar un ejemplar (que se conserva en la sala de libros raros y colecciones especiales). Aun así, Ginsberg, que por entonces era ya el agente literario no oficial de la beat generation, pidió a Kerouac unas palabras de elogio a Yonqui para la columna de David Dempsey en el New York Times Book Review («Sofisticado, desinhibido, erudito y perverso en el más puro estilo Goering; supone el primer relato moderno e inteligente sobre las drogas […] Es a la vez una obra independiente y un clásico»), pero ni eso sirvió para que las ventas de la novela de Burroughs se salieran de lo habitual en Ace Books. También en su caso, hubo que esperar algunos años hasta que, en las parisinas Olympia Press de Maurice Girodias, consiguiera publicar la siguiente novela y alcanzar el éxito con ella, El almuerzo desnudo (1959).

Cubierta de la edición de Olympia Press (1959).

Fuentes:

Emanuele Bevilacqua, Guía de la generación beat, traducción de Edgardo Dobry, Barcelona, Península (Ficciones 7), 1996.

William S. Burroughs, Queer (edición definitiva del 25 aniversario), Introducción de Oliver Haris y traducción de  Marcel Souto, Barcelona, Anagrama, 2013.

Bruce Cook, La generación  Beat, traducción de Esdrás Parra, Barcelona, Seix Barral, 1974.

Sam Jordison, «William Burroughs’ opposite number: William Helbrant», The Guardian, 18 de febrero de 2014.

Jack Kerouac, La ciudad y el campo, traducción de Lluis Margalef Llambrich, Barcelona, Luis de Caralt, 1971.

Jack Kerouac, Los subterráneos, Anagrama (Contraseñas), 1986. Con el prólogo de Henry Miller escrito para la edición de Grove Press (1959), traducido, al igual que la novela, por J. Rodolfo Wilcock, y una introducción adicional de Fernanda Pivano traducida por Ignacio Martínez de Pisón.

William Mikriammos, William S. Burroughs. La vida y la obra, traducción de F. P. E. González, Madrid-Gijón, Júcar (La Vela Latina 45), 1981.

Dennis McNally, Jack Kerouac. América y la generación beat. Una biografía, traducción de Jorge Piatigorsky, Barcelona, Paidós (Testimonios), 1992.

David Saunders, «A. A. Wyn», en Field Guide to Wild American Pulp Artists, 2014.

Douglas Valentine, The Strength of the Wolf. The Secret History of America’s War on Drugs, Londres, Valentine, 2004.

Métailié y la divulgación de la literatura latinoamericana en Europa

No hay duda de que Francia, y en particular París, ha sido desde hace por lo menos un siglo uno de los mayores y más importantes centros de irradiación de la literatura en lengua española. Basten para demostrarlo la trascendencia que tuvo esa ciudad en el hecho de que se hicieran un nombre en el ámbito de la edición internacional escritores como José María Vargas Vila (1860-1933), Rubén Darío (1867-1916), Amado Nervo (1870-1919), Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), Victoria Ocampo (1890-1979), Vicente Huidobro (1893-1948), Miguel Ángel Asturias (1899-1974), Alejo Carpentier (1904-1980), Alfredo Gangotena (1904-1944), Julio Cortázar (1914-1984), Elena Garro (1916-1998), Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), Héctor Bianciotti (1930-2012), Severo Sarduy (1937-1993)…

Logo conmemorativo de los primeros cuarenta años de la editorial, con su característica salamandra, símbolo, al decir de Anne Marie Métailié, de la pasión incombustible.

En las últimas décadas, y si bien, como dice Gustavo Guerrero, «tanto el capital simbólico como el capital económico están más dispersos y la producción de valor, a nivel global, se ha fragmentado y atomizado», no hay duda de que una de las editoriales que ejerce más conscientemente esa función irradiadora ha sido Éditions Métailié, fundada en 1979 por Anne-Marie Métailié, una estudiante de origen pied noir que, quizá no casualmente, tras formarse en ciencias políticas y en lengua y literatura española y portuguesa, había colaborado con Alain Touraine (n.2915) y Pierre Bordieu (1930-2002) en la Maison des Sciences de l’Homme.

De hecho, como ha contado en diversas ocasiones, la vocación de Anne-Marie Métailié se forjó como consecuencia de esa colaboración, concretamente realizando un estudio sobre el papel del editor en el campo cultural: «Me encontré con Jérôme Lindon, director de Éditions de Minuit, y me impresionó la extraordinaria forma en que hablaba de libros. Me quise reconocer en un trabajo como el de este hombre». Acaso su siguiente contacto con el mundo editorial fuera ya la traducción al francés, con Gérard Bessière, de una antología del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal publicada por la histórica editorial dominica Éditions du Cerf en 1974.

Anne-Marie Métailié.

Sin embargo, en esos años, aunque muchos puestos subalternos los ocupaban mujeres, había en Francia solo otra editorial importante a cuyo frente estuviera una mujer, Régine Desforgues (cuya editorial L’Or du Temps se estrenó con Le Con d’Irene, de Luis Aragon, y por el que fue condenada a cinco años de pérdida de derechos civiles por «ultraje a las buenas costumbres»). Eso contribuye a explicar la anécdota que Métailié contó al periodista Pablo del Llano acerca de sus inicios:

En el 79, cuando abrió su editorial, un día [Anne-Marie Métailié] fue a ver al dueño del mejor taller gráfico de París. Un anciano de 85 años que se desplazaba por la ciudad en un Rolls Royce blanco. Le acompañó su marido. Cuando llegaron, el señor del taller se dirigió al hombre para empezar a hablar de negocios, pero él le dijo: «Yo soy el chófer, la editora es mi esposa». Entonces el viejo del Rolls blanco llamó a su mujer: «Querida, haz el favor de atender a esta señorita».

En su discurso de recepción del Premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2014, la editora completó esa misma anécdota dotándola de un matiz un poco distinto acerca del lugar de las mujeres en el sistema editorial de aquellos años en Francia: «el director llamó a su esposa para negociar conmigo, y ella me dijo: “somos pocas mujeres en el oficio, le voy a poner buenas condiciones para pagar, pero, por favor, no me defraude”».

Contando con el capital suficiente para poder publicar tres libros, la editorial se estrenó con una obra bastante asombrosa que había sido un gran éxito de ventas cuando se publicó por primera vez, en 1557, Nus, féroces et antropophages (traducido en español como Verdadera historia y descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales situado en el Nuevo Mundo), en el que el soldado y marinero alemán Hans Staden (1525-1579) narra por primera vez el encuentro con un pueblo caníbal, en este caso los tupinambas brasileños, del que estuvo preso durante nueve meses hasta que finalmente logró escapar. Sin embargo, la tirada inicial que se hizo de la edición francesa (3.000 ejemplares) tardaría veinte años en agotarse.

No obstante, quizá no sea este un título muy representativo de los primeros años del catálogo de Métailié, que inicialmente pone de manifiesto el interés de su directora por divulgar las ciencias humanas en un estilo accesible a todos los públicos en las colecciones Traversées, dirigida por el etnólogo Pascal Dibié (n. 1949), y Leçons des Choses, dirigida al principio por el historiador y sociólogo Michel Pollak (1948-1992) y luego por el sociólogo, poeta y cineasta Luc Boltanski (n. 1940). En estas colecciones se ha publicado el grueso de la obra del sociólogo David Le Breton, así como títulos de Nietzsche, H.G. Wells, Michel Butor y Louis Pinto, entre otros muchos.

Sin embargo, sobre todo a principios de los años ochenta, progresivamente fue ganando terreno la literatura de ficción traducida, consecuente tanto con la voluntad de la editora de atenuar los efectos de la colonización cultural angloamericana como con su conocimiento y aprecio de la literatura latinoamericana, si bien Métailié lo ha atribuido también a la necesidad de mantener la solvencia económica de la editorial, así como al descubrimiento de que el trato con los escritores de ficción le resultaba menos rígido y más agradable que, en general, el de los académicos. La preferencia por la narrativa sobre todo latinoamericana (e inicialmente en lengua portuguesa) ha quedado también adecuadamente explicada:

Cuando tomé esa decisión, todo el mundo me decía que la literatura latinoamericana estaba muerta. […] esto me llevó a pensar que todos los jóvenes con los que había hecho campaña contra las dictaduras de América Latina, que soñaban con ser poetas, que tenían que huir, que habían sido encarcelados y muchos de ellos habían tenido que exiliarse, inevitablemente se despertarían un día u otro y volverían a la literatura, que habían tenido que abandonar. Y no me equivoqué.

Aun así, el primer beneficiado de este cambio de orientación editorial fue la obra narrativa de Machado de Asís (1839-1908), cuyas traducciones al francés, al decir de la editora, habían envejecido muy mal. Sin embargo, el primer éxito de ventas de una cierta importancia en el campo de la literatura llegó, ciertamente, un poco inesperadamente de la mano de la recuperación de un prolífico novelista italiano, Luigi Natoli (1857-1941), de quien publicó primero La bâtard de Palerme (Histoire des Beati Paoli) (1990), donde se cuentan los orígenes de la mafia siciliana, y al que siguieron, los otros dos volúmenes del ciclo Histoire des Beati Paoli: La mort à Messine (1991) y Coroliano (1991).

La segunda mitad de la década de los ochenta fueron tiempos difíciles desde el punto de vista financiero, hasta el punto que José Saramago  (a quien en 1982 había publicado Memorial do Convento) abandonó en 1986 la editorial (ganaría el Nobel en 1998), y poco tiempo después Lobo Antunes siguió sus pasos para regresar a su anterior editor francés, Christian Bougois.

El libro que permitió a Métailié saldar las deudas acumuladas y alcanzar una cierta estabilidad económica tras una década bregando con las estrecheces sí fue muy representativo de ese interés por la narrativa latinoamericana postboom, Un viejo que leía novelas de amor, del chileno Luis Sepúlveda, quien desde entonces ha publicado toda su obra en francés en Métailié, si bien hasta que no hubo vendido más de 36.000 ejemplares Le vieux qui lisait des romans d’amour (1992) no empezó a despertar el interés de la crítica de actualidad francesa (y posteriormente ganó el Premio France Culture a la mejor novela extranjera). Su éxito, pues, se forjó en el boca-oreja y, sobre todo, a través de la complicidad con los libreros. Además, Sepúlveda le dio a conocer a otros autores que pasarían a engrosar el catálogo de Métailié e incluso a ser parte importante del mismo, como es particularmente el caso de Paco Ignacio Taibo II, por ejemplo.

Progresivamente Métailié publicaría a Selva Almada, José María Arguedas, Bryce Echenique, Horacio Castellanos Moya, Santiago Gamboa, Rafael Gumucio, Sylvia Iparraguirre, Lídia Jorge, Miguel Littin, Maitena, Elmer Mendoza, Rosa Montero, Elsa Osorio, Sergio Ramírez, Leonardo Padura, Rafael Reig, José Luis Sampedro, Santiago Roncagliolo, Juana Salabert, Karla Suárez, Dalton Trevisan… Aun así, los latinoamericanos no suponen ni la tercera parte de los nombres del catálogo, y como regla general Métailié procura fidelizar y retener a sus autores para poder publicarles así el grueso de su obra.

Al final de la década siguiente, con las finanzas ya saneadas y la voluntad de asegurar la continuidad de la editorial y dejar de frecuentar a los banqueros, en 2009 vendió el 85% de la empresa a Éditions du Seuil, con la que sea había asociado ya en 1991 para la distribución. Así lo explicaba en el citado discurso: «Elegí asociarme con Le Seuil porque son editores, tienen una cultura editorial y no hacen como los grupos que compran para echar a la calle a los editores y remplazarlos con contables, eliminando así todo margen de riesgo, pero eliminando así también la suerte».

Casi inmediatamente después de cerrar el trato con Seuil (en 2010) contrataba a la editora Lise Belperron (a quien se atribuyen los descubrimientos, por ejemplo, del nigeriano Leye Adenle en la agencia Van Aggelen y, en el catálogo de Pontas Agency, la india Shubhangi Swarup). Además, en el momento en que cumple cuarenta años de labor editorial, cuenta entre sus colaboradores con Nicole Barry, para el ámbito de la lengua alemana, Keith Dixon, para la escocesa, Serge Quadruppani para la italiana y Pierre Léglise-Costa para el ámbito portugués, mientras que de la literatura brasileña, a día de hoy, sigue ocupándose personalmente Anne-Marie Métailié.

Fuentes:

Web de Éditions Métailié

Michel Bertrand y Richard Marin, «Regard d’un éditeur sur la production littérairelatino-américaniste» (entrevista a Anne-Marie Métailié), Caravelle, núm. 100 (2013), pp. 101-117.

Claude Combet, «J’ai le syndrome des oeuvres completes» (entrevista a Anne-Marie Métailié), Livres Hebdo, 8 de febrero de 2019, pp. 34-36.

Manuela Corigliano, «Entrevista a Anne-Marie Métailié» (vídeo), en Manuela&Co, 21 de noviembre de 2019.

Astrid Éliard, «Anne-Marie Métailié, la passioné», Le Figaro, 28 de julio de 2008.

Tina García, «Entrevista a Anne-Marie Métailié, editora (Éditions Métailié)», Ah Magazine, 23 de octubre de 2014.

Marie Françoise Govin, «Anne-Marie Métailié, éditrice à la salamandre», Mediapart, 19 de abril de 2018.

Pablo del Llano, «Anne-Marie Métailié: “El premio Nobel entierra al escritor» (entrevista), El País, 30 de diciembre de 2014.

Anne-Marie Métailié, «30 ans», en la web de Éditions Métailié.

—, Discurso de aceptación del Premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014.

Liza Pulecio, «La politique éditoriale de Métailié:”Pour nous ouvrir le monde passionnément», Monde du Livre, 20 de julio de 2013.

El librero ácrata de Augusto Pinochet

En agosto del año 2002 el profesor chileno Eddie Morales Piña evocaba su librería de referencia en sus años universitarios en Valparaíso y describía su experiencia del siguiente modo:

..dejaba parte de mis ahorros para comprar libros en una librería que existía en calle Victoria del puerto, a pocos metros del Cine Rívoli. Obviamente que ambos ya no existen como tales. El lugar donde estuvo la librería es ahora una disquería, mientras que el cine terminó sus días convertido en un «persa». La librería se llamaba «El Pensamiento» y era atendida por su dueño, don Macario Ortés, un español republicano junto con su hijo Luis, quien era un destacado musicólogo. Cada vez que entraba al local había música clásica que salía de una vieja victrola. De esta librería me hice de varios libros, porque siempre tenía ofertas.

Modest Parera Casas.

Esta alusión al republicanismo y al origen español del librero podría inducir a pensar que se trataba de uno de los muchos republicanos españoles llegados precisamente a Valparaíso a raíz del resultado de la guerra civil de 1936-1939, y se da el caso además de que otro de los libreros famosos de esa ciudad, el catalán Modest Parera Casas (1910-2003), sí pertenecía a ese contingente de exiliados.

Una mención de pasada en Sin Dios ni patrones (Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena, 1890-1990), de Víctor Muñoz Cortés, no hace sino contribuir a aumentar esa confusión al respecto: «En Valparaíso, en tanto, algunos viejos libertarios como el refugiado español Manuel Escorza (redactor de la sección literatura de La Estrella) eran activos animadores de la vida cultural del puerto», frase que va además vinculada a una nota explicativa (la 269) en que puede leerse: «El poeta porteño Gregorio Paredes se refiere especialmente al refugiado español Manuel Escorza del Val, redactor y crítico literario del diario La Estrella, y a Macario Ortés, dueño de la antigua Librería El Pensamiento». Por su redactado, podría tenderse a suponer que, al igual que el cenetista barcelonés Escorza del Val (1912-1968) –quien además de escribir en La Estrella, fue corrector de pruebas en una imprenta–, Macario Ortes Ruiz también llegó a Chile en 1939.

Manuel Escorza del Val durante la guerra civil española.

Sin embargo, como se verá enseguida, la librería El Pensamiento y la llegada de Macario Ortes a esa ciudad chilena fue sin duda bastante anterior al final de la guerra civil española.

En 1919, el escritor, pedagogo y editor costarricense Joaquín García Monge (1881-1958) creó una importante revista destinada originalmente a divulgar por América una selección de los textos más interesantes o pertinentes aparecidos en español en muy diversas publicaciones periódicas (algo así como un Reader´s Digest cultural), Repertorio Americano, de cuya elaboración se ocupó personal y artesanalmente hasta casi el final de su vida. Para su distribución se sirvió de la colaboración de librerías dispersas por diversas ciudades a lo largo y ancho del continente (Managua, San Salvador, San Pedro Tula, Lima…), y en el caso de Valparaíso la dirección de referencia que aparece anunciada ya en el número correspondiente al 15 de septiembre de 1927 es: «Don Macario Ortes Ruiz. Casilla 4259». Así pues, la llegada de Ortes a la ciudad tuvo que ser necesariamente bastante anterior al inicio siquiera de la guerra civil española. Cabe la posibilidad, no obstante, de que se exiliara a Chile como consecuencia de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, que se extendió entre 1923 y 1930.

Gracias a una escrupulosa, documentada y minuciosa nota a pie de Ernesto Guajardo a los Diarios de Valparaíso, del escritor Alfonso Calderón (1930-2009), publicados en 2013 por RIL Editores, es posible acceder a mayor información acerca de esta librería y su fundador. Según anota Calderón en la entrada correspondiente al 11 de febrero de 1948:

Descubrí una gran librería en la calle Victoria se llama El Pensamiento y pertenece a don Macario Ortes. Voy casi todos los días, después de tomar el sol en Las Torpederas. Hay unas ediciones muy lindas de la Revista de Occidente, y él me cuenta de Ortega y Gasset y Unamuno, pero sobre todo de Marcelino Menéndez Pelayo, a quien vio muchas veces en Santander, tierra natal de ambos.

Resulta curiosa e incluso desconcertante la alusión al origen santanderino de Ortes, porque se le ha identificado también en ocasiones como nacido en Burgos. En la aludida nota a pie, Guajardo informa de la dirección de la librería (Victoria 2426), repasa diversos testimonios sobre sus características más notables y señala que, según Manuel Peña Muñoz, previamente se llamó El Pensamiento de Cuba, y cita un pasaje de Luis Díaz Valenzuela en el que se caracteriza a Ortes Ruiz como un hombre cultísimo y melómano, que no tenía inconveniente en que sus clientes curiosearan largamente y a placer entre los anaqueles de su establecimiento. En cuanto a los fondos de la librería, al parecer los caracterizaban las ediciones antiguas y raras y, sobre todo, un completísimo contingente de las mejores revistas culturales y universitarias de los más diversos países.

Unos años antes de la edición en RIL de esos diarios de Calderón, la periodista Berta Morales (1949-2010) había publicado en el periódico santiaguino La Época un reportaje titulado «En el mundo de las ruinas es uno de los últimos libros que adquirió Pinochet» (19 de septiembre de 1988), en el que aportaba otros datos valiosos acerca de Macario Ortes, entre los cuales destaca que uno de sus clientes habituales, desde el año 1930, cuando era todavía un escolar, fue Augusto Pinochet (1915-2006), que además regresaba periódicamente a esta librería. Tampoco es de menor interés la fecha de la muerte de Macario Ortes (1975), momento en que el negocio pasó a manos de su hijo Luis, de quien Berta Morales daba algunas declaraciones interesantes en las que rememoraba la última visita del célebre dictador bibliófilo.

Luis Ortes Jorcano.

Quizá no tenga mucho mérito haber sido uno de los libreros de referencia de Pinochet, pues según señala el periodista Juan Cristóbal Peña (autor de La secreta vida literaria de Augusto Pinochet), «casi no hubo librero en Chile que no tuviera tratos con Pinochet», y Luis Ortes explicó que «las periódicas visitas de Pinochet a la zona son un fuerte aliciente para la siempre modesta curva de las ventas: el general siempre compra cuatro, ocho, doce y hasta quince mil pesos».

Pero el mencionado artículo en La Época proporciona otros dos datos de interés. Al parecer, una de las primeras cosas que hacía el dictador chileno por antonomasia al entrar en El Pensamiento era admirar la reproducción galvánica que en 1984 la Editorial Bibliografica Chilena otorgó la librería «por su labor en la difusión del libro». Pero además, concluye el texto señalando que «en su época de esplendor fue el punto de encuentro de escritores como Mariano Latorre [1886-1955], Luis Durand [1895-1954], Alfonso Calderón, José Santos González Vera [1897-1970], Joaquín Edwards Bello [1887-1968] y Plablo Neruda [1904-1973]». No está nada mal la clientela.

Fuentes:

Alfonso Calderón, Diario de Valparaíso, prólogo de Allan Browne, selección y notas de Ernesto Guajardo, Santiago de Chile, RIL Editores, 2013.

DPA, «Pinochet juntó la mayor biblioteca privada de América Latina por un “complejo de inferioridad”», La Jornada, 8 de mayo de 2013.

Eddie Morales Piña, «De libros y bibliotecas», Epicentrochile, 4 de agosto de 2012.

Víctor Muñoz Cortés, Sin dios ni patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990), Valparaíso, Mar y Tierra Ediciones, 2013.

Berta Morales, «El mundo de las ruinas es uno de los últimos libros que adquirió Pinochet», La Época, 19 de septiembre de 1988, p. 5.