Giménez Siles, Arderíus y la imprenta Argis

En sus nunca bastante leídas memorias, publicadas en 1972, el editor José Ruiz Castillo Basala describía al también editor y librero madrileño Rafael Giménez Siles (1900-1991) en los siguientes términos:

Hoy Giménez Siles, aparte de su actividad editorial, es uno de los libreros más importantes del mundo, y sin duda el más considerable de los países de habla española, por la enorme labor desarrollada en favor de la difusión del libro en México durante estos últimos treinta años, a través de una veintena de grandes establecimientos y asistido por un grupo de intelectuales muy destacados en aquel país, especialmente con la colaboración del escritor Martín Luis Guzmán.

Mucho más recientemente, y sin dejar ni mucho menos aparte «su actividad editorial», Ana Martínez Rus lo reivindicaba desde las páginas de la revista Texturas como «un personaje fascinante pero desconocido para la sociedad española debido a la desmemoria enraizada en este país», y añadía que «El mundo de la cultura de ambas orillas del Atlántico le debe mucho a este hombre alto, erguido y con gafas».
Antes sin embargo de alcanzar un puesto tan preeminente en el ámbito editorial en lengua española, e incluso antes de convertirse en uno de los editores emblemáticos de literatura de avanzada de los años treinta, el malagueño Giménez Siles se inició en la profesión de corrector e impresor cuando, llamado a filas, se incorpora a la Brigada Obrera y Tipográfica del Estado Mayor en el Ministerio de Guerra y participó en la confección del Anuario Militar de España.

A partir del número séptimo de El Estudiante (correspondiente a junio de 1925), Giménez Siles sustituye a Ángel Santos Mirat (uno de los habituales de la tertulia La Sentina, presidida por Miguel de Unamuno en el café Novelty) como corresponsal de esta interesante revista estudiantil salmantina que tenía al comunista Wenceslao Roces (1897-1997) como principal inspirador, quien por entonces era catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Salamanca. Según se indica en la undécima página (no foliada) de este número, «Dirige y representa a El Estudiante en Madrid Rafael Giménez Siles, Ateneo (Prado 21)».

Cuando la presión de la censura acabó definitivamente con esta primera época de la revista, resurgió domiciliada en Madrid con el subtítulo «Semanario de la juventud española» y dirigida a partir de entonces por Giménez Siles. A partir de este momento la revista pasa a imprimirse en la célebre Caro Raggio (hasta entonces se hacía en la salmantina de Francisco González) y Giménez Siles reúne a su alrededor un equipo en el que figuran José Antonio Balbotín (1893-197), que entonces presidía el Grupo de Estudiantes Socialistas de Madrid, y Antonio Garrigues, que había presidido la Asociación Oficial de Estudiantes de Derecho. Entre los colaboradores habituales destaca el caso de Esteban Salazar [Chapela], que pasa a dirigir la sección de libros, y entre los nuevos fichajes el del ilustrador Luis Bagaría (hasta entonces el ilustrador había sido Júlio Núñez). Sin embargo, lo más recordado de esta etapa es sin duda que en El Estudiante se publican los primeros pasajes de la novela de Valle Inclán Tirano Banderas.

En cualquier caso, desde Madrid la revista prosiguió asentándose como una publicación estudiantil ávida por conocer la literatura y los movimientos políticos que estaban gestándose en América, así como por combatir el auge de una concepción de la cultura alejada de las clases populares. Sin embargo, Alejandro Civantos ha subrayado las consecuencias que tendría en los años sucesivos esta concentración de las iniciativas editoriales obreras en Madrid —«la ciudad con mayor densidad de intelectuales por metro cuadrado», según escribe— en detrimento de proyectos similares que venían desarrollando colectivos más propiamente obreros tanto en Cataluña como en Andalucía.

Mayor trascendencia incluso tuvo el siguiente proyecto hemerográfico en el que participó Giménez Siles, la revista Post-Guerra, en particular porque supuso la confluencia con otros activistas importantes en su trayectoria, pero también por su intento de amalgamar vanguardia estética y vanguardia política (fueron impactantes sus diatribas contra Revista de Occidente, La Gaceta Literaria y sus embates contra el «reaccionarismo político y social de esa literatura última, llamada en doble paradoja joven y de vanguardia»). No es de extrañar, pues, que fuera en un número de esta revista (el cuarto, de septiembre de 1927) donde José Fernández Díaz (1898-1941) publicara una primera aproximación a lo que acabaría por ser el polémico libro El Nuevo Romanticismo. En palabras de nuevo de Alejandro Civantos:

Es posible que Post-Guerra, recogiendo el testigo de El Estudiante, fuese el primer ensayo serio y sistemático por parte de la burguesía para luchar contra la cultura como privilegio de clase, afirmando los valores populares y denunciando la falsa de los intelectuales de salón con sus mil asepsias y esteticismos, pero es posible también que hubiera algo de cinismo extremoso en toda la simbología revolucionaria de la que la revista alardeaba, con su sistemática idealización de una clase obrera con la que apenas tenían contacto real.

El heterogéneo grupo que sustentaba Post-Guerra se reunía en el café Savoia, en el vestíbulo del madrileño teatro Apolo, y lo formaban, con Giménez Siles, el republicano Justino Azcárate, los socialistas José Venegas y José Díaz Fernández y los más o menos próximos al comunismo de tendencias diversas José Antonio Balbotín, Joaquín Arderius (1885-1969), Juan de Andrade, Julián Gorkin y José Loredo Aparicio. Las cubiertas de Gabriel García Maroto, autor también de muchas ilustraciones interiores, dotaban de dignidad artística a esta revista de 27 x 19 y texto a dos columnas, pero la maquetación, corrección e impresión no estaban a su altura, y probablemente algo tenga que ver en ello que no se componía ni imprimía en los prestigiosos talleres de este impresor (en la calle Alcántara, 9-11), sino, sucesivamente, en Aguiano Impresor (números 1 y 2), Imprenta La Perfecta (3, 4 y 5), y finalmente la Imprenta Argis (en la calle General Lacy hasta el número 12, y en Tarragona, 22, el 13 y último).

El nombre Argis surge de unir el principio de los nombres de Arderíus (que por entonces contaba cuarenta y dos años) y Giménez Siles (de veintisiete), y la imprenta se creó a finales de 1927, probablemente con el propósito de hacerse cargo de la edición de la revista y poder ampliar el radio de acción de este activo grupo de escritores, que no tardarían mucho en desdoblarse en editores para poner en pie una amplia serie de plataformas sin las que, sin duda, la llamada «literatura de avanzada» hubiera sido otra cosa muy distinta.

Procedente de una familia murciana adinerada —que pudo permitirse mandarlo a iniciar estudios de Ingeniería en Lieja (Bélgica)—, Joaquín Arderíus ya había residido intermitentemente en Madrid desde su época escolar, y desde principios de los años veinte malvivía entregado a la literatura y al activismo político-cultural en la capital madrileña. Al igual que hicieran cabeceras como Tierra y Libertad o Acracia, Post-Guerra empezó por crear un catálogo mediante el cuan distribuía libros publicados originalmente por otras editoriales afines, así como La espuela, de Arderíus (aparecida previamente en la Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez), Inquietudes, de Balbotín y Los de abajo, del mexicano Mariano Azuela, y muchísima literatura soviética.

Otro de los libros con pie de Argis,

En Post-Guerra, pues, de cuya impresión se ocupaba ya Argis, está el germen de Ediciones Oriente, fundada en diciembre de 1927 y de la que empiezan a anunciarse títulos en el número 10 de la revista (de mayo de 1928), y en ella volverán a confluir Giménez Siles y Arderíus con el grueso del consejo de redacción de Post-Guerra y la adición de y José Lorenzo y, en calidad de socios capitalistas, el pintor Juan Manuel DÍaz Caneja y Bustelo.

Como es lógico suponer, la impresión de los libros de Ediciones Oriente corrió a cargo también de Argis, el primero de los cuales fue, en enero de 1928, China contra el imperialismo, de Juan Andrade, y no lo es menos que cuando Giménez Siles creó con Graco Marsá y Andrade la editorial Cénit, también recayera en Argis la tarea de imprimir sus libros (el primero de los cuales fue El problema religioso en México, de Ramón J. Sender).

A diferencia de Arderíus, que ya solo participaría en la dirección de la revista Nueva España, a Giménez Siles la fiebre de la tinta ya no le abandonaría nunca, y son cuantiosísimas las iniciativas relacionadas de un modo u otro con el libro que llevan su impronta.

Primera edición del primer libro de Sender.

Fuentes:

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo (Colección Investigación 3), 2017.

Alejandro Civantos Urrutia, «Esplendor y miseria de Ediciones Oriente (Madrid 1927-1932). Un grupo editorial de avanzada para construir la República», Cultura de la República. Revista de Análisis Crítico, 3 (junio 2019), pp. 114-144.

Ana Martínez Rus, «Rafael Giménez Siles, editor comprometido y moderno. Impulsor de la Feria del Libro de Madrid», Texturas, núm. 42 (2020), pp. 77-90.

José Ruiz-Castillo Basala, El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor, Madrid, Agrupación Nacional del Comercio del Libro, 1972.

Historias tras una fotografía histórica

No hay duda de que la edición y la literatura crea compañeros un tanto extraños y a menudo une a personajes de lo más peculiares. Es el caso de la fotografía de grupo en la que aparecen, de izquierda a derecha, el poeta editor Josep Janés (1913-1959), el pintor surrealista por antonomasia Salvador Dalí (1904-1989), el filósofo Eugeni (o Eugenio) d’Ors (1881-1954), el escritor y adalid del falangismo Luys Santamarina (Luis Narciso Gregorio Santa Marina, 1898-1980) y su sobrino el poeta, traductor y crítico de arte Fernando Gutiérrez González (1911-1984).

De izquierda a derecha: José Janés, Salvador Dalí, Eigeni d’Ors, Luys Santamarina y Fernando Gutiérrez.

El escenario es la fachada de la ermita de Sant Cristòfor de Vilanova i la Geltrú (en la provincia de Barcelona), una construcción del siglo XIV que D’Ors compró en 1944 y dos años más tarde empezó a funcionar en ella su «Academia del Faro de San Cristóbal», que Francesc-Marc Àlvaro ha caracterizado del siguiente modo:

José Janés.

Aquella singular institución, a medio camino de la reunión doméstica y la clase magistral protagonizada por el autor del Glosari y de otros «glosarios», se proponía como campo de estudio la «síntesis de la cultura», según refiere Guillermo Díaz-Plaja. Esta síntesis tenía que producirse mediante la investigación de las interrelaciones entre los diversos campos de la actividad cultural.

Lo más probablemente es que quien inmortalizara el encuentro fuera el insigne fotoperiodista catalán Carlos Pérez de Rozas y Sainz de Tejada (1920-1990), que al concluir la guerra civil española había entrado a trabajar en el periódico Solidaridad Nacional, del que fungía —pero al parecer ejercía más bien poco como director— Luys Santa María.

Muchas de estas relaciones se remontaban, por lo menos, a los primeros años treinta. En el primer gran proyecto editorial que ideó, La Setmana Literaria, Josep Janés preveía contar con la presencia de Eugeni D’Ors entre las primeras entregas para, aprovechando su fama en esos tiempos, llamar la atención de los lectores sobre su catálogo. En su por muchos imprescindible Josep Janés, el combat per la cultura, Jacqueline Hurtley reproduce un anuncio aparecido en el Diario Mercantil del 13 de marzo de 1934 en el que se informa de que, junto a La llegenda de Don Joan de Merimée traducida por Farran i Mayorial, algunas Històries extraordinàries de Edgar Allan Poe traducidas por Carles Riba o El rector de Tours de Balzac traducido por Lluís Palazón, entre otras obras, aparecerá La Ben Plantada de D’Ors, que tras haberse publicado por entregas en La Veu de Catalunya entre agosto y octubre de 1911 había tenido una primera edición en volumen, a cargo la Llibreria Àlvar de Balaguer, ya en 1912; y en la primavera de ese año tres artículos de Miguel de Unamuno (1864-1936) en Los lunes del Imparcial contribuyeron a hacer de ella la obra emblemática del noucentisme y la más popular entre las de Ors.

Sin embargo, La Setmana Literària sufrió unas ciertas modificaciones, entre ellas las del nombre, cuando en abril de 1934 apareció el primer número de la colección, también semanal, Quaderns Literaris (Les presons imaginàries, de Pere Coromines, ya anunciada en La Setmana Literària). D’Ors no aparece en Quaderns Literaris hasta el número doble76-77, y no con La Ben Plantada sino con Tina i la Guerra Gran (1935), que habían aparecido fragmentariamente como glosas con el título Lletres a Tina. En cualquier caso, a partir de entonces Janés y D’Ors tuvieron un trato frecuente y se atribuye al segundo una intervención decisiva pero no del todo clara para que Janés se decidiera (y pudiera) regresar a España tras haberla abandonado por temor a represalias tras el desenlace de la guerra civil en represalia por su intervención en los Serveis de Cultura al Front durante la contienda.

Félix Ros (1912-1974)

Es muy probable que la relación entre Santamarina y Janés fuera incluso anterior y se estableciera a través del entonces bisoño periodista y poeta Félix Ros (1912-1974), que participaba en la tertulia del escritor falangista y que recordó haber conocido a Janés cuando éste empezó a dirigir el Diario Mercantil. También el editor Luis Miracle pudo ejercer como puente entre el entonces esporádico traductor (entre otras cosas, y un poco paradójicamente, de Un mundo feliz, de Aldous Huxley) y el pujante editor.  El caso es que todo indica que establecieron una relación de amistad de un cierto calibre, pues no sólo Janés intentó interceder para evitar que durante la guerra Santamarina fuera condenado a muerte, sino que, ya como figura destacada del falangismo triunfante, en la posguerra Santamarina avaló y procuró por la integridad física de Janés, de modo que pudiera regresar a Barcelona.

Interior del Lyon d´Or reproducido por Antonina Rodrigo en García Lorca en Cataluña.

El caso de Dalí está, quizá, menos claro, como no podía ser de otra manera tratándose de personaje semejante. Lo más probable es que el vínculo entre Dalí i D’Ors sea un personaje no menos pintoresco, Lídia de Cadaqués (Lídia Noguer Sabà, 1866-1946). Y también es muy probable que tanto Santa Marina como sobre todo Janés, que era un habitual del Ateneu Barcelonès, tuvieran un primer contacto con Dalí a raíz de su muy sonada conferencia en esta institución el 22 de marzo de 1930, en la que puso de vuelta y media a un dramaturgo que no sólo era una celebridad reconocida internacionalmente sino que además había presidido el Ateneu, Àngel Guimerà (1845-1924), a quien calificó de «inmenso putrefacto peludo», «pederasta» y «gran puerco»; el revuelo llegó a tal punto que el joven pintor tuvo que huir de estampida para librarse de los socios que intentaron agredirle.

Sin embargo, la relación entre Janés y Dalí cristalizó en 1954 en un libro histórico, la edición precisamente de La Ben Plantada, en el que Ors remedaba novelescamente la historia de Lídia de Cadaqués, ilustrada por Salvador Dalí y de cuya publicación se hizo cargo Janés, después de haber intentado sin éxito, según cuenta Sebastià Tomàs Arbó en sus memorias, obtener los derechos para publicar en España las memorias del excéntrico artista (que en Argentina publicó Joan Merli en su editorial Poseidón, en traducción de Cèsar August Jordana). Cierta relación se retomó también a raíz de Dalí al desnudo, el libro de Manuel del Arco publicado por Janés en 1952, pero en este punto es gracioso recordar los comentarios que dejó Janés en una carta fechada en enero de 1933 y conservada en el Arxiu Nacional de Catalunya en la que, con motivo de su asistencia a un pase de Un chien andalou y L’Âge d’Or con coloquio posterior, declara: «No me gusta el surrealismo, pero me interesa».

Por último, Fernando Gutiérrez, probablemente a sugerencias de su tío, se convirtió en uno de los colaboradores más prolíficos de Janés, al margen del interés que pudiera sentir por la obra daliniana, en su condición de crítico de arte.

La imprenta del Julián Calvo ficticio y la carrera editorial del Julián Calvo histórico

Las promesas un tanto vagas de una revista de cuyo título puede deducirse que dedicada a la economía y el comercio (Revista Fiduciaria y Comercial), una importante empresa constructora y el compromiso de darle tres libros de los de Astral —que bien podría interpretarse como una —errata por Austral— bastaron para que el protagonista del cuento de Max Aub (1902-1972) «De cómo Julián Calvo se arruinó por segunda vez» decidiera endeudarse y comprar una prensa, para la que contrató a diversos operarios y técnicos mexicanos con los que el entendimiento fue, cuanto menos, difícil. Hasta ahí el relato, que vale mucho la pena leer y que significativamente va dedicado al poeta y asesor editorial del Fondo de Cultura Económica Alí Chumacero (1918-2010).

Max Aub entre Dámaso Alonso y Jorge Guillén.

Sin embargo, casi tan interesante como esta es la historia del reconocido jurista de origen murciano Julián Calvo Blanco (1909-1986), que al concluir la guerra civil española llegó a México, después de haber sido magistrado del Tribunal Superior de Alta Traición y Espionaje y haber formado parte del turbio tribunal que en octubre de 1938 juzgó a los dirigentes del POUM (Partit Obrer d’Unificació Marxista), que sólo gracias a la intervenciones de Largo Caballero, Federica Montseny y Largo Caballero no acabó con condenas a penas capitales.

Julián Calvo Blanco.

Poco después de su llegada a la capital mexicana, y como consecuencia de la recomendación de dos viejos amigos de su etapa como diplomático republicano, José  Medina  Echavarría  y  Manuel Martínez Pedroso, en 1941 Calvo se integró como técnico en el Fondo de Cultura Económica, inicialmente, como él mismo contó en una extensa entrevista, como corrector de pruebas, junto a los también exiliados Luis Alaminos (1902-1955), Eugenio Imaz (1900-1951) y Sindulfo de la Fuente (1886-1956), entre otros.

En esa época dirigía el Fondo Daniel Cosío Villegas (1898-1976), quien tenía al economista Javier Márquez (1909-1987), nacido en España, como subdirector. Según explica en la mencionada entrevista Calvo:

La gran visión de Cosío Villegas fue aprovechar la afluencia de españoles a México, españoles utilizables, [y] vincular […] el Colegio de México con el Fondo de Cultura Económica para tener una mano de obra barata que estaba subvencionada por el Colegio de México. El Colegio de México, entonces, acogió a los profesores españoles, a intelectuales españoles y les daba una subvención que entonces era muy importante; eran seiscientos pesos al mes o algo así, y a cambio de alguna conferencia o de algún trabajo. Pero en realidad, para el que trabajaban era para el Fondo de Cultura Económica, que era el que aprovechaba el rendimiento de esta gente. […] como corrector de pruebas no tenía sueldo, tenía un jornal de seis pesos diarios por jornada de trabajo.

De izquierda a derecha, Max Aub, Joaquín Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

En este punto, y teniendo en mente los datos del cuento aubiano, es pertinente recordar las siguientes palabras de Díez Canedo de 1993 y el título de la revista del Fondo: «antes de la llegada de los transterrados en 1939, el Fondo prácticamente no era una editorial, aunque editaba algunos pocos libros y la revista El Trimestre Económico». Calvo ascendió rápidamente, pero cuando Javier Márquez fue despedido —al parecer, por negarse a hacer espionaje industrial en Gráfica Panamericana— y parecía que le correspondía a él ocupar su puesto, se presentó la oportunidad de contratar a Joaquín Díez Canedo Manteca (1917-1999), y así se hizo.

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Por esos mismos años, en 1944, figura Calvo como secretario de la etapa mexicana de la mítica revista Litoral, que dirigían los exiliados republicanos José Moreno Villa, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos, y en el seno de esta publicación se ocupó de la edición, en colaboración con Emilio Prados, de El Genil y los olivos, de Juan Rejano e ilustrado por Miguel Prieto, y de uno de los libros más importantes aparecidos bajo el sello de Litoral, la primera edición en el exilio de Cántico, de Jorge Guillén (1893-1984), con quien estableció una estrecha amistad.

Al año siguiente, en 1945, una vez había abandonado ya el Fondo, aparece una traducción firmada por Calvo de Ensayo sobre el espíritu de las sectas, de Roger Caillois (1913-1978), publicado por El Colegio de México. Sin embargo, del análisis pormenorizado del prólogo («Actualidad de las sectas»), Antonio Cajero Vázquez colige que es exactamente la misma traducción que el año anterior había aparecido en la prestigiosa revista de Octavio G. Barreda (1897-1964) El Hijo Pródigo y que«la misma versión firmada por [Gilberto] Owen en El Hijo Pródigo se reprodujo [también] en Fisiología de Leviatán (1946), de Caillois, que incluye el Ensayo sobre el espíritu de las sectas, con traducción de Calvo y Jordana», publicada por la argentina Editorial Sudamericana. Así pues, todo parece indicar que Calvo fusiló la traducción aparecida en El Hijo Pródigo para incluirla como prólogo, y luego se la atribuyó en la edición argentina.

Del año siguiente es la aparición del único número de la revista Ultramar (junio de 1947), en cuyo comité de redacción figura al lado de nombres insignes del calibre de Juan Rejano, Adolfo Sánchez Vázquez y Carlos Velo, entre otros. Y de 1949 es la publicación en el FCE del Diccionario de sociología, de Henry Pratt Fairchild, en el que figuran como responsables de la traducción y revisión T[omás] Muñoz, J[osé] Medina Echevarría y J[ulián] Calvo.

Un poco posteriores son sus trabajos en colaboración con el bibliógrafo de origen canario y por entonces profesor en la UNAM Agustín Millares Carló (1893-1980), Juan Pablos, primer impresor que a esta tierra vino (Librería de Manuel Porrúa, 1953) y, por encargo del FCE, de la actualización y edición de la Bibliografía mexicana del siglo XVI (1954), cuya primera edición era de 1886.

A principios de la década siguiente, participó con Max Aub, Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos en la gestación de la frustrada colección Patria y Ausencia, y en 1952 las imprentas de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde colaboraba estrechamente con el también murciano catedrático de criminología —y exministro de Justicia— Mariano Ruiz Funes (1889-1953), sacan a la luz su estudio El primer formulario jurídico en la Nueva España: la «Política de escrituras» de Nicolás de Irolo (1605). Sin embargo, en 1955 se integra en el funcionariado la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, y se estableció entonces en Chile, donde en julio de 1957 se casó con la psicóloga y profesora de inglés Eliana Vergara Flores.

En cualquier caso, no ha quedado evidencia de ninguna vinculación más específica de Julián Calvo con la imprenta, y mucho menos de que se arruinara como consecuencia de haberse endeudado para invertir en ella. Pero tratándose de Max Aub, vaya usted a saber.

Fuentes:

Max Aub, «De cómo Julián Calvo se aruinó por segunda vez», en Max Aub, Obras completas. Vol. IV-B. Relatos II. Los relatos del laberinto mágico, edición, introducción y notas de Lluis Llorens Marzo y Javier Lluch Prats, Generalitat Valnciana- Institució Alfons el Magnànim, 2006 (primera edición en Cuentos mexicanos (con pilón). México, Imprenta Universitaria, 1959).

Antonio Cajero Vézquez, «Traducción y mediación: la obra dispersa de Gilberto Owen», Literatura Mexicana, vol. 25 (2014), pp. 25-47.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Anejo 36), 2018.

Juan Rodríguez, «Calvo Blanco, Julián» en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario bio-bibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, vol. 1, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio Anejos 30), 2016, p. 457.

Concepción Ruiz Funes, «Entrevista a Julián Calvo, realizada en su domicilio particular de Madrid», Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (México).

 

Una agrupación de bibliófilos sin corsés

A Amadeu Pons, coleccionista de goigs

Al poco tiempo de aparecer la que sin duda fue una de las revistas literarias más importantes de la cultura catalana de la primera mitad del siglo XX, La Nostra Revista (dirigida por el poeta Josep Maria Junoy y con Pompeu Fabra, Josep Pla, Just Cabot y Carles Riba entre sus principales colaboradores), publicaba en ella el arqueólogo e ingeniero agrario Epifani de Fortuny i Salazar (1898-1989) un breve texto en el que intentaba describir la bibliofília y anunciaba la reciente creación de una sociedad dedicada a compartir el conocimiento sobre el libro y su historia, Els XII, de cuyos miembros da concisa noticia en el siguiente pasaje que traduzco:

En Els XII se encuentra la más variada gama de las aficiones: desde la cartulina de visita (Manuel Rocamora), para algunos insignificante, hasta los libros de horas (Josep Escobet), riquísimo en miniaturas, obsequio de príncipes y reyes; desde los exquisitos figurines (Condesa de Vilardaga), demostración de la veleidad femenina, a los goigs (Dr. Roca i Bellver), ejemplo abundante de la devoción popular catalana, de la imaginería y de la imprenta; desde la austeridad de las Imitaciones de Cristo (Epifani de Fortuny), a la suntuosidad de las encuadernaciones y ediciones modernas (Gustau Gili [i Roig]). Qué bella diversidad la de todas estas colecciones; tanto como las especializaciones de Ramon Miquel i Planas con su completísimo arsenal de materiales para la historia del libro, de Domènec Carles-Tolrà en la historia de Catalunya, de Josep M. Carles-Tolrà en ciencias exactas i relojería, y las monografías de Eduard Zaragoza y los interesantísimos acopios de Oriol Martorell y mosén Jaume Barrera.

Como se cuenta también en este mismo artículo aparecido en el cuarto número de La Nova Revista (de abril de 1928), el objetivo inicial de esta sociedad de bibliófilos era reunirse una vez al mes alternativamente en la residencia de cada uno de ellos y mostrar y comentar las principales piezas de las respectivas colecciones. A diferencia de lo habitual en muchos círculos de esta naturaleza, no se planteaban ni la celebración de conferencias ni la publicación de obras singulares o raras, pero sí, una vez al año, por sorteo y a cargo del interesado, la edición de detallados catálogos de las colecciones de cada uno de ellos.

Un poco anterior a la aparición de este artículo es la publicación de un primer texto anunciando la creación de Els XII en un contexto un poco sorprendente, la revista de periodicidad semanal y carácter humorístico y satírico El Borinot, fundada y dirigida por Lluís Bertran i Pijoan (1892-1959) y Josep Aragay (1889-1973) y que contaba entre sus más fieles ilustradores con las firmas de Apa (Feliu Elias i Bracons, 1878-1948), D’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947) y Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1908-1964).

En este segundo texto (publicado en el número del 13 de enero de 1927), se añaden algunas precisiones de cierto interés. Se indica por ejemplo que la colección de la condesa de Vilardaga (Carmen Gil Llopart, ¿?-1966) la componían libros sobre la historia de la indumentaria y de la moda; que la de Lluis Escobet (a quien se tiene por el único poseedor de una encuadernación de Jean Grolier en toda la península) incluía, además de libros de horas, cancioneros y romanceros; que, además de tarjetas de visitas, la colección del escritor, pintor y mecenas Manuel Rocamora (1892-1976) incluía impresos relacionados con el arte dramático o que la del político Oriol Martorell se centraba en libros del siglo XVIII. Además, permite fechar el proyecto un poco antes del inicio del año 1927.

A pesar del nombre asignado a esta asociación, que parecía restringir de antemano su número de componentes, llevó a cabo una iniciativa que, al parecer, tuvo una amplia repercusión y despertó mucho interés (se calcula que recibió diez mil visitantes), la exposición en enero de 1928 de una selección de lo más importante de las colecciones de sus miembros en las muy conocidas Galerías Laietanas, acerca de la que el escritor y periodista Just Cabot (1898-1961) escribió una muy completa y extraordinariamente ilustrada reseña en las páginas de la mencionada La Nova Revista (núm. 15, marzo de 1928, pp. 256-263).

Por su parte, en la publicación de Foment de les Arts Decoratives, Arts i Bells Oficis, se describía esta iniciativa como «una verdadera revelación para muchos, que ignoraban la existencia en nuestra tierra de colecciones que en otras partes contribuirían a la gloria de la ciudad», y añadía a continuación: «Y es que generalmente nuestros coleccionistas viven aislados, se sienten sumergidos en un ambiente hostil que los repele con sus afanes positivistas e imediatamente utilitarios».

Se mostraron en esta exposición un total de trescientas sesenta piezas, y se publicó además un catálogo de las mismas impreso en la Tipogràfica Occitània. Entre las singularidades de la exposición se encuentra además la exposición de un ejemplar aportado por el miembro número 12+1 de la sociedad (miembro honorario), el rey Manuel de Bragança y Orleans (1889-1932): las pruebas con correcciones del propio rey de Portugal de un Catalogue of a Collection of Early Portuguese Books, del que poco después Maggs Brothers hizo una tirada de cuarenta y cinco ejemplares numerados y firmados por el último monarca portugués.

Es interesante también advertir algunos cambios que se han producido en tan poco tiempo entre los miembros iniciales de la sociedad y los de quienes expusieron libros. Ya no aparecen ni Oriol Martorell, ni Eduardo Zaragoza ni mosén Jaume Barrera, que han sido cumplidamente sustituidos por el abogado, archivero y diputado a Cortes Leonci Soler i March, Maria dels Àngels Perpinyà (coleccionista de estampas religiosas) y Albert Lleó (especialista en libros orientales modernos).

Hubo, al parecer proyectos de editar algunos almanaques y algunas otras obras menores, pero no consta que ni estas ni los proyectados catálogos exhaustivos de las colecciones de Els XII llegaran a realizarse o, cuanto menos, a completarse.

 Aunque tenue, porque los planteamientos y los objetivos eran otros, puede trazarse una línea de continuidad entre Els XII y la Associació de Bibliòfils de Barcelona (ABB), a cuyo frente aparece uno de los integrantes de este grupo, Ramon Miquel i Planas (que además de intervenir en las reuniones iniciales fue vocal en la primera junta de gobierno) y entre sus socios Epifani de Fortuny, Manuel Rocamora, además de Gustavo Gili Esteve (hijo de Gili i Roig). Y fue precisamente la ABB la que en 1965 publicó una edición de muy corta tirada con la conferencia que el 15 de diciembre de 1965 pronunció sobre la historia de este singular grupo, y en la que, entre otras cosas, contó que su pasión inicial por las ediciones de la Imitación de Cristo surgió después de haber encontrado alguno de ellos mientras curioseaba en la imponente biblioteca (unos ochenta mil ejemplares) de su padre, el político y escritor Carles de Fortuny i de Miralles (1872-1931), conde de Esponellà y en 1918 diputado a Cortes por la Lliga Regionalista.

Fuentes:

Anónimo, «Els XII (Una agrupació de bibliòfils)», El Borinot, núm. 164, 1927, p. 10.

Anónimo, «Els XII», Arts i Bells Oficis. Revista mensual de Foment de les Arts Decoratives, marzo de 1928, pp. 92-93.

Jordi Estruga i Estruga, «L’Associació de Bibliòfils de Barcelona», en AA. VV., La bibliofília a Catalunya, Barcelona, Fundació Jaume I, 2001, pp. 52-63.

Epifani Fortuny, «Els XII», La Nova Revista, núm 4, abril 1928, pp. 376-378.

Aitor Quiney y Jordi Estruga i Estruga, «Els col·leccionistes són corporativistes: les societats de bibliòfils», en Col·leccions privades, llibres singulars, Biblioteca de Catalunya, 2005, pp. 87-97.

Anagrama en su contexto, Herralde en su salsa

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Un día en la vida de un editor» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

«En el mundillo de la edición casi todo se acaba sabiendo»
Jorge Herralde

No es probable que existan muchas cátedras universitarias que lleven el nombre de una editorial; también en esto la barcelonesa Anagrama probablemente sea una excepción, como pone de manifiesto uno de los últimos capítulos de Un día en la vida de un editor (pp. 419-429), en el que se cuenta la gestación y la tarea llevada a cabo por la Cátedra Anagrama de la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey), por iniciativa del ensayista y responsable de ediciones de esta universidad, José Garza, desde su fundación el año 2007.

De izquierda a derecha, Gustavo Guerrero, Lali Gubern y Jorge Heralde.

En una entrevista de 2001 incluida asimismo en este libro («Jorge Herralde, la virtud, los tiburones y la red», p. 128-131), el también gran editor Javier Pradera señala otra de las muchas singularidades interesantes de la trayectoria de esta influyente editorial:

Anagrama es una de las pocas editoriales culturales fundadas durante los esperanzados años sesenta, a uno y otro lado del Atlántico, que han logrado sobrevivir como empresas independientes. No son muchas: solo Ediciones Era en México y un puñado de editores en España –se pueden contar con los dedos de la mano– han aguantado el huracán de las concentraciones empresariales.

Beatriz de Moura y Jorge Herralde.

Aun cuando, como también se explica en detalle en este libro («Operación Feltrinelli», p. 372-386), desde 2017 Anagrama pertenece mayoritariamente a la selecta editorial italiana fundada por el legendario Giangiacomo Feltrinelli, que la editorial barcelonesa haya perdido independencia en algún sentido está por demostrar. En cuanto a Javier Pradera, editor en el Fondo de Cultura Económica primero y luego de Alianza Editorial, han surgido en los últimos tiempos libros muy interesantes, como el de Santos Juliá Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2012) y en particular el editado por Jordi Gracia y epilogado por Miguel Aguilar Javier Pradera: itinerario de un editor (Trama, 2017), que guarda algunos paralelismos en cuanto a estructura y contenidos con Un día en la vida de un editor: un conjunto de textos inéditos o publicados previamente en la prensa –entre los cuales, entrevistes en profundidad– o bien pensados originalmente como conferencias y discursos, ordenados temáticamente y  acompañados de una estricta selección de documentos (cartas, correos electrónicos) que vienen a cuento y resultan oportunos. Es evidente que, para reconstruir y valorar la trayectoria de Pradera, Jordi Gracia se enfrentaba a la dificultad añadida de la escasez y dispersión de la documentación propiamente editorial, pero en cambio contaba con la hoy ya más que notable bibliografía de Jorge Herralde como posible modelo.

Aun así, en el momento de analizar y evaluar la aportación de Anagrama no es Pradera sino Esther Tusquets y sobre todo Beatriz de Moura –o, dicho de otro modo, Lumen y Tusquets Editores–, los nombres que aparecen una y otra vez entrelazados en la historia de Herralde y, como no podía ser de otra manera, también tienen su protagonismo en este volumen (en particular en el texto inédito «El caso Lumen: incidentes en la absorción de una editorial independiente por un gran grupo», p. 317-320). De hecho, tal vez no haya un modo correcto de estudiar el «fenómeno Anagrama» sin analizar también en paralelo los casos de Lumen y Tusquets. Y viceversa, como ya se ponía de manifiesto, por ejemplo, en las Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (RqueR, 2005) y sobre todo en Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz Ruiz (Tusquets, 2014).

André Schiffrin y Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector

Desde el inicial Opiniones mohicanas (Aldus, 2000, ampliado en Acantilado el 2001) y a lo largo de los ocho títulos que lo han seguido hasta este Un día en la vida de un editor –que apareció coincidiendo con los cincuenta años de la editorial–, Herralde ha ido desarrollando y afinando un esquema de libro que, por el tono cercano y la heterogeneidad y diversidad del contenido, sitúan al lector en una posición de acompañante privilegiado de un paseo entretenido y ameno, trufado de anécdotas contadas con una ironía fuera de serie, por su trayectoria y su día a día; y con el bonus track, como él diría, de toparse, al doblar cualquier página, con algunos de los escritores, editores y agentes literarias más relevantes que le son contemporáneos. Pero aún hay otro bonus track adicional: un pliego de fotografías, con muchas de las cuales ya está familiarizado quien ha tenido la suerte de hojear los diversos libros conmemorativos y no venales que Anagrama ha ido publicando periódicamente.

Con Bolaño.

Del conjunto de los libros de Herralde puede extraerse una imagen de las circunstancias de todo tipo (intelectuales, sociales, políticas, culturales, e incluso deportivas) en que ha ido desarrollándose la historia de Anagrama, y tambien en cada uno de ellos se ha ido trazando la historia de Anagrama, de modo que cada nuevo volumen la actualiza y añade también una pincelada nueva, que en el caso de Un día en la vida de un editor quizá se concreta sobre todo en la mayor atención dedicada al contexto internacional, a las relaciones con otros editores y agentes literarios, pero también con escritores y críticos literarios, lo cual contribuye a situar Anagrama en un mapa más amplio de la edición literaria de los siglos XX y XXI.

Sin embargo, es eminentemente un volumen de lectura independiente y que por tanto no presupone el conocimiento previo de los libros anteriores, y así pues volvemos a encontrar un relato de los primeros pasos de la editorial, centrados sobre todo en el ensayo político y sociológico más combativo y, subsidiariamente, en la literatura underground; aparece asimismo la irrepetible aventura de Enlace, que a finales de los años setenta aglutinaba algunas de las editoriales más ruidosas y rupturistas (Anagrama, Barral, Cuadernos para el Diálogo, Edhasa, Edicions 62, Laia, Lumen y Tusquets), el nacimiento de la espectacular colección Panorama de Narrativas, que no tardaría en convertirse en sede social –y valga la expresión, por lo que tiene también de punto de encuentro– de los autores destinados a entrar en el canon de la literatura universal reciente, el momento en que los editores plantaron cara a los proyectos para acabar con el precio fijo de los libros… y todo aquello que puede satisfacer al lector interesado no sólo en la historia de esta editorial en concreto, sino en el panorama de la edición reciente.

También es cierto que este tipo de lector quizá se reencuentre con algún texto que ya ha leído o incluso con alguno que le ha oído leer al  propio Herralde (somos poco menos que una secta), pero no hay duda de que, insertos en este conjunto y situados en este determinado orden, estos textos cobran un nuevo sentido, se complementan entre sí y con los que hasta ahora permanecían inéditos y, a la manera de un trencadís gaudiniano, componen una imagen colorista, alegre y rigurosa de un fragmento de vida que a los lectores más veteranos les toca muy de cerca porque está íntimamente conectada con su propia biografía lectora.

Si algún día se hiciera lo que suele llamarse una edición ómnibus con todos los libros de Herralde, un Herralde esencial que bien podría incluirse en la anagramática colección Compendium, quizá habría que editarlo con cuidado para evitar algunas reiteraciones, pero si se le añadiera una versión actualizada de los impagables volúmenes conmemorativos y no venales que ha venido publicando Anagrama coincidiendo con sus aniversarios más sonados, tendríamos una visión completa y bastante exhaustiva de la historia de Anagrama; o, dicho de otro modo, una compacta biografía de Jorge Herralde.

Herralde, Jorge. Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales. Pról., Silvia Sesé. Barcelona: Anagrama (Biblioteca de la memoria, 39), 2019.

Del exilio y el ostracismo al éxito editorial: Frederic Rahola y Jaume Vicens Vives

Son incontables la cantidad de españoles que recordarán el muy característico logo de la Editorial Teide a raíz de las horas pasadas en sus años escolares frente a alguno de ellos.

El proyecto, de exitosa y dilatada trayectoria, fue producto de la feliz alianza de dos personajes peculiares —Frederic Rahola i Espona (1914-1992) y Jaume Vicens Vives (1910-1960)—, y entre otras diversas virtudes de esta iniciativa se cuenta la de haber contribuido a que el segundo de ellos pudiera disponer de los recursos necesarios para regresar a Barcelona y reincorporarse a la universidad, después de haber sido apartado de la docencia por las autoridades franquistas.

Militante de Esquerra Republicana de Catalunya y empleado en el Departament de Finances de la Generalitat de Catalunya, el abogado Frederic Rahola se había exiliado como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y en Francia, además de estudiar economía política, participó muy activamente en la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). Sin embargo, en 1942 regresó a Barcelona y retomó su labor como abogado, al tiempo que se asociaba con su cuñado, Jaume Vicens Vives, para crear la editorial Teide.

1947

Por su parte, Vicens Vives había destacado muy pronto como un brillantísimo estudiante en la Universitat de Barcelona, donde había sido compañero de promoción de Pere Grases y Santiago Sobrequés, y en cuanto se licenció empezó a trabajar en la por entonces recién creada Universitat Autònoma de Barcelona. Sin embargo, al inicio de la guerra fue movilizado como sanitario y al término de la misma a punto estuvo de emprender el camino del exilio acompañando a Rahola, pero a principios de 1940 sobrevivía impartiendo clases particulares y haciendo colaboraciones en la revista Destino y en la editorial Gallach.

Según escribió en su momento Jesús A. Martínez Martín en Historia de la edición en España, 1939-1975 (2015):

En 1950 fue fundada la editorial Teide, S.A., por el historiador Jaume Vicens Vives y Federico Rahola de Espona, con un capital de 1.500.000 pesetas, inicialmente para coeditar en castellano e italiano obras del Instituto Geográfico De Agostini (Novara, Italia), obras pedagógicas de la Abadía de Averbode en Bélgica y libros de textos. El capital se había duplicado en 1969.

1952

Sin embargo, tal síntesis es cuanto menos ambigua, pues no solo no da razón de la existencia de libros de Teide ya en los años cuarenta, sino que además no tiene en cuenta las muy útiles páginas que en este sentido había dejado escritas Manuel Llanas una década antes (concretamente, en el año 2006).

Las primeras incursiones en la edición de los dos socios catalanes se centraron, ya desde 1942, en material cartográfico, atlas, y manuales escolares de geografía e historia, ámbito en el que llevaba la voz cantante Vicens Vives, mientras que Rahola se centraba sobre todo en la gestión. Es destacable también la colaboración, inicialmente externa, de quien luego sería también otro editor barcelonés importante, Enric Borràs Cubells, que a principios de los cincuenta pasó a formar parte de la plantilla de Teide (y acabaría casándose con la secretaria de Rahola).

Mediada la década de los cuarenta se hace más frecuente la edición de libros de historia, en diversas ocasiones escritos por los mencionados compañeros universitarios de Vicens Vives, y en 1951 nace en el seno de la editorial la importante revista Índice Histórico Español, considerada la principal recopilación de fuentes historiográficas española de la época preinformática.

1953.

Es posible que la creación de la sociedad anónima, que es lo que parece registrar Martínez Martín tomando como fuente los libros de registro del Archivo del Instituto Nacional del Libro (INLE), se produjera en 1950, pero por esas mismas fechas Teide disponía ya de un catálogo bastante voluminoso y estaba poniendo en circulación la Duran y Bas, en honor del jurisconsulto y político que siendo ministro de Justicia dimitió como consecuencia del célebre Tancament de Caixes de 1899 (Manuel Duran i Bas, 1823-1907), una colección centrada en estudios económicos, y la colección de temas históricos Raimundo Lulio, además de las mencionadas colaboraciones con De Agostini y Aberbode. Y también de aquellos años son los muy recordados libros de Cosmos, sobre ciencias de la naturaleza para uso escolar.

Otro hito importante, mediada ya la década de los cincuenta, fue la publicación de los primeros títulos en catalán, y en particular la muy conocida colección Biografies Catalanes (así rebautizada al prohibirles la censura franquista emplear el nombre Història de Catalunya) y la también muy divulgada Gramàtica catalana de Pompeu Fabra (1868-1948), aparecida póstumamente por razones evidentes.

La muerte en 1960 de Vicens Vives y las desavenencias entre Rahola y su hermana desembocaron en la división del fondo y en la creación de la también muy conocida editorial Vicens Vives, que originalmente dirigieron la muy longeva Roser Rahola (1915-2020) y su hijo Pere Vicens Rahola, pero nada parece indicar que Teide perdiera por ello fuelle, y en esa misma década inicia un amplio despliegue expansivo por los mercados americanos (México, Colombia, Chile..).

Ya en los setenta se produce una decidida entrada de Teide en el campo de los libros de historia y biografía en el ámbito universitario, centrándose en particular en temas de historia catalana en tiempos de la Segunda Repúbica, con la colección Capdavanters.

Aun así, de la labor de Rahola merece la pena destacar también su iniciativa de asociar a los diversos y hasta entonces dispersos editores de libros de texto, un proyecto que cuajó en 1957 con el nacimiento del Grupo de Editores de Libros de Enseñanza, y su intervención comprando en 1970 las acciones de Edicions 62 en el macroproyecto de la Gran Enciclopèdia Catalana, lo que permitió que este pudiera seguir adelante más allá del tercer volumen. Tampoco es desdeñable su etapa como presidente del Gremi d’Editors de Catalunya, entre 1971 y 1975, hasta que en 1976 el que luego sería president de la Generalitat Josep Tarradellas (1899-1988) lo nombra su representante en el interior y, ya como presidente, en conseller de Governació de la Generalitat Provisional. Poco duró en ese cargo, pero al asumir el de Síndic de Greuges (defensor del pueblo), abandonó definitivamente las labores al frente de Teide, que delegó en sus hijos Frederic i Cristian.

Fuentes:

Enric Borràs, «J. Vicens Vives: col·laborador de Franco i mentor de la classe política filocolonial a Catalunya», Bloc d’Enric Borràs, noviembre 2010.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Jesús A. Martínez Martín, «El capitalismo de edición moderno. Las empresas editoriales: negocios, política y cultura. Los años sesenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 273-328.

Joan Plana, «Germans Rahola, una vida dedicada a la lluita», El blog de’n Plana, 16 de març de 2012.

Las precoces y fugaces Ediciones Nuevo Romance

Según ha documentado José Ramón López García en su excelente y probablemente definitiva obra sobre Arturo Serano Plaja (1909-1979), éste concluyó los cuentos que conformarían el volumen Del cielo y del escombro en Chile, donde intentaba sobrevivir alternando su ocupación como delineante en una sección ministerial del Gobierno chileno con colaboraciones en la prensa de ese país (Atenea, ¿Qué hubo?), pero también con colaboraciones en la prensa del exilio español en Argentina (Pensamiento español) y con trabajos de traducción para la editorial argentina Atlántida del escritor uruguayo Constancio G. Vigil, en la que colaboraban ya por entonces Rafael Dieste Carmen Muñoz Manzano, José Otero Espasandín, Lorenzo Varela o Clemente Cimorra, entre otros exiliados republicanos. Más adelante, Serrano Plaja adaptaría para el lector infantil los Viajes de Simbad el Marino para Atlántida y dirigiría para la misma editorial la colección Los Místicos.

Arturo Serrano Plaja.

Sin embargo, mientras que Fernando Larraz ya describe Del cielo y del escombro como un «libro de cuentos de notable calidad injustamente olvidado sobre la guerra y sobre la infancia», José Ramón López García caracteriza el volumen como una colección de cuentos «la mayoría ambientados en la guerra civil española y en los que ficcionaliza diversos hechos autobiográficos, como la muerte de su padre en pleno asedio de Madrid».

No puede decirse que la narrativa breve de Serrano Plaja —aunque tampoco la extensa obra ensayística— haya tenido mucha suerte editorial, y si bien alguno de sus cuentos fue reeditado e incluso traducido en los años cincuenta, caso en particular de «Don Manuel de León» incluido en Caza de la perdiz (1951) o «El capitán Javier», reproducido en la revista argelina Soleil bimestrelle en traducción de Emmanuel Roblès al año siguiente, el hecho de que Del cielo y del escombro se publicara en una editorial de vida fugaz no contribuyó precisamente a asentar la obra de Serrano Plaja.

Las Ediciones Nuevo Romance, donde apareció este volumen, se habían empezado a engendrar con el nombre ALDIA, en el que confluían los apellidos de sus principales promotores: Rafael Alberti (1909-1992), Rafael Dieste (1899-1991) y  Francisco Ayala (1906-2009), a los que enseguida se añadió Lorenzo Varela (1916-1978) —que tuvo la excelente idea de rebautizar el proyecto— y, quizás más importante, el industrial papelero de origen vasco José Iturrat, que actuó como poco menos que mecenas.

Acabado en la Imprenta López en diciembre de 1941, el primer libro que puso en circulación, presumiblemente ya en 1942, Nuevo Romance fue una obra cuya publicación en Espasa Calpe se había visto truncada por el golpe franquista y el posterior inicio de la guerra civil española, Teresa, de Rosa Chacel (1898-1994), un volumen de poco más de 250 páginas encuadernado en rústica y con una ilustración del también exiliado Luis Seoane (1910-1979) además de una imagen del icónico bisonte de las cuevas de Altamira que funcionaba como logo editorial.

En febrero de 1942 se publicaba el libro de Serrano Plaja, de características muy similares (243 páginas), y también de edición y aspecto muy similar es el tercer libro aparecido en Nuevo Romance: La luna nona y otros cuentos, del narrador cubano nacido en Galicia Lino Novás Calvo (1903-1983), un título que Cabrera Infante recuperó al escribir en la revista Vuelta la necrológica del escritor y traductor, al que cíclicamente la crítica académica dedica una atención entusiasta pero hasta la fecha quizás insuficiente para asentar su obra narrativa.

A partir de ese momento, puede intuirse que se produjeron ciertas discrepancias entre los promotores en cuanto a la línea editorial que debía tomar el proyecto, y que en los primeros volúmenes se describía en las solapas del siguiente modo:

…Por otra parte, las Ediciones Nuevo Romance nacen con un carácter definiro en cuanto se proponen, ante todo, difundir principalmente los valores actuales de nuestra cultura, que es la cultura de España y América.

Esta difusión de valores actuales, que se canalizaba a través de la distribución de la editorial Losada, se ve puesta en entredicho con los tres libros siguientes (y últimos) de los que aparecieron bajo este sello, y que además se imprimieron, a diferencia de los anteriores, en la Imprenta Patagonia. Recurriendo al epistolario de Dieste, Federico Gerhardt ha subrayado que esta nueva orientación, diseñada por Rafael Alberti con el apoyo de Francisco Ayala, no contaba con la aprobación de Dieste, y quizás algo tenga que ver con ello el hecho los cambios en el formato y la calidad del papel que entonces se produjeron, que en ambos aspectos es menor. El hecho de que el libro de Novás Calvo se acabara de imprimir en mayo de 1942 y que los siguientes lleven fecha de impresión de entre noviembre de ese año (seis meses después) y enero de 1943 no hace sino reforzar esa hipótesis.

Encuadrados en una colección llamada Libros Raros y Curiosos, que se proponía publicar «obras clásicas más famosas y citadas que conocidas y leídas, que, por una u otra causa, han sido poco editadas y resultan de difícil acceso», aparecieron tres obras y quedó una cuarta en el tintero: Una edición de La lozana andaluza, de Francisco Delicado (c. 1474- c. 1535), preparada por el exiliado republicano y prolífico traductor Javier Farias; las Guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1544-1619), preparadas por Francisco Ayala, y, ya en 1943, las Obras en español de Gil Vicente (1465- ¿1536?) en edición del poeta argentino Ricardo Molinari y quedó en proyecto El viaje entretenido, de Agustín de Rojas (1572-1635).

En las solapas de los primeros libros quedó constancia de otros proyectos que no llegaron a ver la luz en las Ediciones Nuevo Romance, como es el caso de obras indeterminadas de Rafael Alberti, Francisco Ayala, Rafael Dieste, Vicente Salas Viu o Antonio Sánchez Barbudo, y el caso es que, según Ayala debido a problemas de gestión contable (atribuibles a Dieste) y de distribución (responsabilidad de Losada), el proyecto acabó por hundirse rápidamente.

Fuentes:

Federico Gerhardt, «Semblanza de Ediciones Nuevo Romance (Buenos Aires, 1941-1943)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2019.

Fernando Larraz, «Nuevo Romance, Ediciones», en Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento Biblioteca del Exilio, 2016, vol. 3, p. 432.

Fernando Larraz, Editores y editoriales del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento Biblioteca del Exilio, 2018.

José Ramón López García, Vanguardia y revolución y exilio: La poesía de Arturo Serrano Plaja, Valencia, Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego, 2008.

El poeta Juan Panadero, el ilustrador Toño Salazar y el editor Rafael Alberti

«La caja de mi guitarra

no es caja, que es calabozo,

penal donde pena España»

Rafael Alberti, Coplas de Juan Panadero

 

De izquierda a derecha, Alberti, María Teresa León y Luis Buñuel.

Ha quedado en los anales de la historia del teatro, el estreno en Montevideo de la adaptación de El ladrón de niños de Jules Superville (1884-1960), llevada a cabo a cuatro manos por María Teresa León (1903-1988) y Rafael Alberti (1902-1999). El estreno tuvo lugar en el Estudio Auditorio del Sodre (Servicio Oficial de Representaciones y Espectáculos) el 1 de octubre de 1943.

Se enmarcaba en la temporada que había programado la actriz española Margarita Xirgu al hacerse cargo de la dirección del Sodre, que se abrió con La Numancia de Cervantes, adapatada también por Alberti, e incluía Alto alegre de Justino Xavala Muñiz, El matrimonio de Gogol y El enfermo imaginario de Molière, entre otras, y se cerraba con la Mariana Pineda de Federico García Lorca, y participaron en ella algunos de los actores y técnicos habituales de la Xirgu, como Edmundo Barbero (1899-1982), Enrique Álvarez Diosdado (1910-1983), Amelia de la Torre (1905-1987) o Santiago Ontañón (1903-1989).

No obstante, en la bibliografía de Alberti Montevideo quedará asociado a las Coplas de Juan Panadero, aparecidas en 1949 con el extenso título Coplas de Juan Panadero recopiladas y ordenadas por Rafael Alberti. 10 aleluyas de Toño Salazar y publicadas por la editorial comunista Pueblos Unidos, fundada en 1942 por Ettore Quagliarini (1893-1953), conocido también como Pablo Bono.

El caricaturista e ilustrador salvadoreño Toño Salazar (1897-1986) —«el príncipe de los caricaturistas», según lo definió Enrique Gómez Carrillo—, tras su paso por México, París, Nueva York y Argentina, había empezado ya entonces a publicar algunas muy celebradas caricaturas de los principales dictadores de esos años bélicos (Mussolini, Franco, Hitler, Perón) pero había hecho también algunas colaboraciones editoriales. De 1930 es su libro Caricaturas (1930), al que precede un prólogo del pintor neerlandés Kees Van Dongen (1877-1968).

 

Una vez concluida la guerra mundial, había ilustrado las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias (1948), con quien había trabado amistad en París, en una edición que incluía la carta de Paul Valéry en que expresaba una opinión que se ha hecho célebre: «En cuanto a las leyendas, me han dejado traspuesto. Nada me ha parecido más extraño —quiero decir a mi espíritu, a mi facultad de alcanzar lo inesperado— que estas historias-sueños-poemas».

Toño Salazar.

La obra de Asturias ilustrada por Salazar se publicó en la editorial Pleamar, acerca de la que Emilia de Zulueta dejó escrito:

Pleamar fue otra empresa donde los españoles cumplieron una función protagónica. Fundada en 1941 por Manuel Hurtado de Mendoza, editó diversas colecciones como «Conocimiento», El ceibo y la encina, Mirto. En la segunda de ellas salieron obras de autores españoles como Alarcón, Galdós y Valera cuya novela Pepita Jiménez, llevaba prólogo de Rafael Alberti y viñetas de Gori Muñoz, talentosísimo pintor y escenógrafo valenciano de vasta actuación en Buenos Aires desde el momento de su exilio en 1939.

Pero fue, sin duda, la colección Mirto, dirigida por Rafael Alberti, una de sus más memorables aportaciones. Sus volúmenes encuadernados en tela blanca, con letras verdes y un ramo dorado en la cubierta y en el lomo, constituyen una de las más bellas series de poesía española. Entre las primeras obras publicadas figuran las poesías de Fray Luis de León, Garcilaso, Góngora, dos volúmenes de Églogas y Fábulas castellanas, con prólogo de Rafael Alberti y algunos textos contemporáneos que acompañan a los clásicos. Debemos mencionar, también, la Obra poética (1944) de Antonio Machado, con poemas extraídos de sus libros en prosa y textos sobre la guerra civil; y las Rimas de Bécquer (1944), con un retrato del poeta por su hermano Valeriano, y autógrafos y dibujos originales, un poema de Alberti y un texto en prosa de Juan Ramón Jiménez. Otra edición memorable, dentro de la misma colección Mirto fue la de Animal de fondo, de Juan Ramón Jiménez, que reúne los poemas escritos durante su viaje a Buenos Aires, en 1948, y que aparecieron en 1949, en edición bilingüe, traducidos al francés por el poeta argentino Lisandro Z. D. Galtier.

La obra de Asturias apareció en la mencionada colección dirigida por Alberti Mirto, y una vez publicada el artista salvadoreño estuvo creando ilustraciones para unas proyectadas pero nunca publicadas ediciones del Quijote y de La isla del tesoro.

No es de extrañar, pues, que fuera Salazar quien se ocupara de los dibujos que enriquecen las coplas de su ¿heterónimo? Juan Panadero, una de las obras más emblemáticas de la poesía política de Alberti, en cuyo colofón puede leerse: «Realizada para Ediciones Pueblos Unidos (Colonia y Tacuarembó, Montevideo- Uruguay), por la Corporación Gráfica (Reconquista, 624) y expedida de sus talleres el día 25 de noviembre de 1949».

Fuentes:

Emilia de Zulueta, Españoles en la Argentina. El exilio literario de 1936, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002 (a partir de la de Buenos Aires, Ediciones Atril, 1999).

Luis García Montero, «Rafael Alberti, pasando por Cervantes, admira por fin a Benito Pérez Galdós», Cuadernos Hispanoamericanos, 27 de junio de 2020.

Miguel Huezo Mixco, «Toño Salazar. Expedicionario del siglo XX», Letras Libres, núm. 41 (febrero de 2005).

Yves Lissorgues, «La poética de Juan Panadero», Dr. Rafael Alberti, El poeta en Toulouse, Université de Toulouse-Le Mirail, Service des Publications, 1984.

El «gran editor» al que enterró Max Aub

En el primer número de la revista Los Sesenta, publicado en México en 1964, apareció por primera vez el cuento de Max Aub (1903-1972) «Entierro de un gran editor», que ese mismo año se ponía al alcance de los lectores españoles en el volumen El Zopilote y otros cuentos mexicanos gracias a la colección El Puente creada muy poco antes por Guillermo de Torre (1900-1971).

Los cinco números de la revista Los Sesenta.

El cuento en cuestión, que sin atraer tanta atención como «Librada» o «La verdadera muerte de Francisco Franco», se cuenta entre los más apreciados por la crítica, fue incluido por Javier Quiñones en su antología Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico (Alba Editorial, 1994), pero tampoco en el prólogo a esta selección de narrativa breve aubiana se aventura ninguna hipótesis acerca de la identidad del interfecto. Y lo mismo sucede en la edición, a cargo de Lluis Llorens Marzo y Javier Lluch Prats, de este cuento en el tomo de las obras completas —que siguiendo una muy hispana tradición de la que Aub era muy consciente, siguen incompletas—dedicadas a Los relato de El laberinto mágico (Generalitat Valenciana, 2006).

Francisco Giner de los Ríos, Ricardo Martínez, Max Aub, José Luis Martínez y Joaquín Díez-Canedo.

También resulta muy borgeana la mención en «Entierro de un gran editor» a tres obras de carácter histórico (Historia general del mundo, Historia de la Marina Española y Diccionario de frases hechas y por hacer), pues son en apariencia inexistentes, si bien la primera podría aludir a la obra del cronista de Indias Antonio de Herrera y Tordesillas (1549-1626), publicada con ese mismo título originalmente en tres volúmenes, y la segunda podría ocultar Cuando el mar no era un camino. Apuntes para la historia de la Marina Española, de Julio Pardo Canalís (¿1918?-2003), publicada en enero de 1937 por la zaragozana y muy fascista Tipografía La Editorial.

Sin embargo, Sebastiaan Faber sí abrió el camino para develar a quién se oculta en el cuento aubiano al proponer a un posible candidato —si bien advirtiendo que «no es seguro que el cuento “Entierro de un gran editor […] se refiera a Juan Grijalbo»— basándose sobre todo en algunas coincidencias biográficas entre el valenciano Solà y el editor de Gandesa y ofreciendo una explicación bastante sugerente.

…ambos [nacieron] en el seno de una familia humilde, con padres que valían poco; los dos se destacaron por sus dotes comerciales; ambos desempeñaron una función importante en un sindicato (Grijalbo en la UGT, Solá en la CNT); los dos se casaron más de una vez; y los dos fundaron una empresa editorial poco después de llegar a México, especializándose en un principio en las obras de referencia.

Además, no puede ser casual que Aub decidiera narrar la muerte del editor ficcional Solá precisamente cuando el Grijalbo real se disponía a establecerse definitivamente en la España de Franco —decisión, en esa época, bastante mal vista por la comunidad exílica y que bien podría interpretarse como una muerte metafórica.

Sin embargo, como es lógico, muchos otros datos pueden dirigir la investigación en otras diversas direcciones. Se nos dice, por ejemplo, que «el difunto se había hecho muy rico aprovechando como parias a mil refugiados republicanos españoles» y que «allí trabajamos casi todos, unos al principio —como yo—, otros luego, en los puestos que dejamos al crecer el negocio», en referencia a los exiliados de 1939. Con esos datos, uno pudiera aventurar que quizás Aub está aludiendo al gallego José María González Porto (1895-1975), el célebre creador de la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, conocida por sus siglas UTEHA (que recuerda la H.U.S.C. de V. mencionada en el cuento). Al igual que Gabriel Solá padre, González Porto se dedicó inicialmente a la venta de libro de viejo, en su caso en cuanto llegó a Cuba, y una vez establecido en México había puesto un pie en Barcelona ya en 1952 mediante la compra de la editorial Montaner i Simón (especializada en libro técnico y grandes obras enciclopédicas).

La alusión al abundante reclutamiento de exiliados podría hacer pensar también en el Fondo de Cultura Económica, y hay algún que otro dato adicional para apoyar esta hipótesis, pero lo cierto es que, desde el principio, en UTEHA trabajó como corrector de pruebas en sus primeros meses de exilio quien fuera ministro de Economía y gobernador del Banco de España, Lluís Nicolau d’Olwer (1888-1961), así como un buen puñado de republicanos llegados a México que colaboraron en el muy famoso Diccionario Enciclopédico de UTEHA en diez volúmenes y dos apéndices —y recuérdese la mención en el cuento a «el Gran Diccionario Solá»— , como fue el caso del militar Vicente Guarner (1893-1981), el matemático Marcelo Santaló Sors (1905-¿?) y su hermano (geógrafo) Miguel Santaló, el físico y astrónomo Pedro Carrasco Garrorena (1883-1966), el escritor Lluís Feran de Pol (1911-1995) o el también escritor y dibujante Pere Calders (1912-1994), que destacó como uno de los principales ilustradores de los libros de UTEHA.

Aun podría añadirse otra hipótesis a las planteadas, la del editor Marín Civera Martínez, nacido en Valencia en 1900 y fallecido en México en 1975, quien ya en 1919 se había afiliado a la CNT y ese mismo año fue delegado en el Congreso confederal del Comedia por el Sindicato Único de Empleados de Comercio (de Solá se dice que entró en ella en 1936, al iniciarse la guerra, e «hizo una carrera brillante y rápida»). En

Ramón J. Sender.

los años treinta, Civera dirigía los Cuadernos de Cultura en los que se fogueaban artistas como Manuel Monleón (1904-1976) y Josep Renau (1907-1982) y compartían página escritores como Ángel Pestaña (1886-1937), Rodolfo Llopis (1895-1983), Ramón J. Sender (1901-1982), Juan Gil Albert (1904-1994) o Carmen Conde (1907-1996), así como la también muy combativa y transgresora revista Orto. Durante la guerra civil Civantos pasó a dirigir primero El Pueblo, y más tarde, en Barcelona, Mañana, el órgano del Partido Sindicalista de Catalunya. Se da la circunstancia de que, tras su paso por el campo de refugiados de Argelés, cuando finalmente logró Civantos recalar en México, no tardó en convertirse en gerente de la editorial UTEHA. Sin embargo, eso no le impidió asumir la redacción de la revista del exilio valenciano Mediterrani ni colaborar con publicaciones como CNT, Comunidad Ibérica, Quaderns de l’Exili o Horizontes.

Es cierto que la fecha de la muerte de Civantos —como también la de Grijalbo— es bastante posterior a la publicación del cuento aubiano, pero quizá sea una candidatura que valga la pena estudiar con mayor detenimiento…

 

Una mirada cubista al libro: Roger Chartier

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Las revoluciones de la cultura escrita, de Roger Chartier» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

Roger Chartier.

Roger Chartier es hoy, sin ningún género de duda, uno de los estudiosos más sagaces, productivos e influyentes con que cuentan las disciplinas vinculadas de algún modo al libro, ya sea la historia de la edición, la sociología del libro o la historia de la lectura. Y una de las virtudes del breve volumen Las revoluciones de la cultura escrita que Gedisa reeditó en 2018 con un nuevo prólogo («La cultura escrita en el mundo digital») es la posibilidad de conocer los rasgos fundamentales del pensamiento de Chartier de un modo rápido y eficaz, si bien hay que tener en cuenta que se trata de su mirada en un momento determinado, porque una de las principales virtudes de este sabio borgeano es que a lo largo de su trayectoria ha sabido adaptar su manera de enfocar los diversos aspectos que inciden en el libro y la lectura a la evolución permanente, y en los últimos años muy veloz, de su objeto de estudio.

Con el subtítulo «Diálogo», el grueso del libro lo ocupa una extensa y muy bien estructurada entrevista de Jean Lebrun, historiador y sobre todo periodista muy bregado en el género desde que en los años setenta se fogueó en la mítica Combat y autor además de entrevistas a una retahíla de historiadores importantes en la cultura occidental (René Rémond, Alain Corbin, Jacques Le Goff…), publicadas en diversos volúmenes de la editorial Textuel, así como de una biografía sobre Chanel que, con el título Notre Chanel, ganó el Premio Concourt en 2014. En la mencionada entrevista Lebrun ciñe los estribos imprescindibles para que Chartier exponga sus reflexiones sobre algunas de las cuestiones mayores, a cada una de las cuales se dedica un apartado: «¿La revolución de las revoluciones?», «El autor, entre el castigo y la protección», «El texto, entre autor y editor», «El lector, entre restricciones y libertad», «La lectura, entre la escasez y el exceso», «La biblioteca, entre la concentración y la dispersión» y el que se ha traducido como «Lo numérico como sueño de lo universal» pero también se hubiera podido traducir como «Lo digital».

Es evidente que, a la luz de estas características, a un libro como Las revoluciones de la cultura escrita se le podría reprochar no haber profundizado más en los temas que plantea y no ordenarse alrededor de un tema que lo aglutine. Ciertamente, pero también es evidente desde el principio que en este caso no estamos ante una monografía y también que no hay en este librito nada de la «paja» que a menudo rellena los libros de entrevistas de este tipo ni ningún género de digresiones que lo aparten del tema anunciado en el título. Lebrun formula las preguntas pertinentes y Chartier desarrolla, con la concisión, precisión y claridad que lo caracterizan, sus argumentos; ni más ni menos.

Chartier, uno de los abanderados en la reivindicación de un estudio transversal, interdisciplinario y de mirada abierta sobre el mundo del libro, sorprenderá sin duda a quien no conozca su obra previa por la profundidad y alcance de sus conocimientos sobre muy diversos factores que intervienen en la comunicación escrita. Sorprenderá la densidad de sus reflexiones sobre aspectos que quizás a primera vista pueden parecer secundarios, que incluso en una primera lectura podrían llegar a interpretarse como digresiones respecto de la pregunta planteada, pero que en realidad no tardan en revelarse como ejemplos históricos que le sirven no sólo para interpretar el presente, sino incluso para atreverse, siempre con prudencia, a hacer proyecciones sobre el futuro posible. Y, pasados los años desde sus primeras proyecciones a futuro (la primera edición en francés de este libro es de 1997) son asombrosos tanto su prudencia al hacerlas como el acierto cuando se atreve a hacerlas.

A título de ejemplo, uno de los temas a los cuales Chartier saca mucho partido, entre el amplio abanico de cuestiones que aborda, es mediante qué procedimientos y estrategias un título o una obra adquiere una determinada connotación a ojos de los lectores, lo cual le permite ver qué aspectos contribuyen a crear la histórica distinción entre alta cultura y cultura popular. Aquí, como en otras ocasiones, toma como punto de partida un caso del siglo XVII que ha analizado con detalle, la conocida como Biblioteca Azul, que también había estudiado, por ejemplo, uno de los padres de la historia de las mentalidades, Robert Mandrou, quien veía en esta colección de precios bajos y textos de una cierta heterogeneidad (si bien a menudo en versiones abreviadas) una prueba de la separación entre cultura popular y alta cultura.

Lo que hace Chartier no es tanto rebatir esta visión aunque, en el fondo, también—  sino sobre todo plantearse otro tipo de preguntas, porque en realidad no considera relevante la posible dicotomía o incluso la pugna entre la literatura popular y la literatura culta, para la cual Mandrou identifica en la Biblioteca Azul una demostración de la preeminencia de la primera; y esto a su vez le permitía cuestionar la idea tradicionalmente aceptada de un flujo en el cual las grandes ideas de todo tipo llegaban a divulgarse mediante su paso de la alta cultura (preeminentemente creativa, tanto ideológica como estéticamente) a la popular. En cambio, por el mismo hecho de analizar también en este caso a los lectores, Chartier puede ir más allá del planteamiento de Mandrou, porque concluye que el público lector de la Biblioteca Azul no sólo no se circunscribía a las clases populares, sino que pertenecía mayoritariamente a la burguesía. Chartier se fija en dos aspectos de los procesos comunicativos que le permiten rebatir y contradecir las conclusiones de Mandrou: los textos (a menudo versiones de alta literatura) y los lectores (muy mayoritariamente clases medias, burguesía).

Valga este caso como ejemplo de lo que muy probablemente sea una de las mayores virtudes de la obra y el pensamiento de Chartier, haber introducido una mirada triple: hacia los emisores (autores, pero también y sobre todo editores y distribuidores), hacia los textos (como ha venido haciéndose tradicionalmente a lo largo de la historia) y hacia los lectores (más complejos y difíciles de analizar, pese a los esfuerzos de la sociología, la estadística y los historiadores de la lectura. En buena medida, esto explica a su vez la insistencia en reivindicar la conservación de las ediciones en su materialidad responsabilidad que, obviamente, recaería en los bibliotecarios— incluso cuando todos los textos se pongan a disposición de los investigadores mediante la digitalización. La materialidad, el cómo se construye el texto en el proceso editorial (formato, diseño de la caja, tipo de encuadernación, paratextos, etc.), son elementos altamente significativos para una adecuada interpretación de la vida que han tenido los textos, y de la consideración social de la que han gozado, de los cuales la digitalización no puede dar cuenta más que de un modo aproximado e insatisfactorio. En consecuencia, la digitalización nunca debería suplir por completo la conservación de ejemplares (cosa que, desgraciadamente, no siempre ha sido así, por ejemplo en el caso de los periódicos y de las publicaciones efímeras).

Roger Chartier.

No obstante, esta visión cercana en ciertos aspectos a la estética de la recepción desarrollada a partir de los estudios de Hans-Robert Jauss (1921-1997) es una buena muestra de hasta qué punto Chartier ha aportado a la historia del libro una mirada que va mucho más allá de los análisis basados en la descripción y la cuantificación. Y lo mismo podría decirse de su particular manera de analizar los otros elementos que intervienen en la comunicación libresca.

Este volumen es, pues, una excelente manera de entrar en el meollo del pensamiento de Chartier, acaso el más clarividente y de mayor influencia actualmente en el mundo del libro.

Roger Chartier, Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogos e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2018 (2ª ed., con un nuevo prólogo).