Fogwill, editor de Tierra Baldía

Intentar desentrañar y establecer cuánto hay de mito, ficción, leyenda, anécdota apócrifa o campaña de autobombo en la historia comúnmente compartida acerca de la breve y atribulada trayectoria del sociólogo, publicitario y escritor Rodolfo Fogwill (1941-2010) como editor de libros no es fácil ni sencillo. En cualquier caso, quizá no sea ocioso ante ese reto evocar como preámbulo un artículo que publicó en los años sesenta, escrito a cuatro manos con Óscar Steimberg (n. 1936), titulado «La publicidad en el mundo actual» y publicado en Transformaciones: «Actualmente, la publicidad sirve para vender haciendo apetecibles los artículos de consumo; pero también es empleada para orientar conductas electorales, modificar ideologías políticas y sociales, desarrollar nuevas costumbres y difundir modas».

Rodolfo Enrique Fogwill, que a partir de cierto momento firmó como, simplemente, el más comercial “Fogwill”.

Si bien con variantes, según cuenta la leyenda acerca de la editorial Tierra Baldía esta nació de la confluencia de los mencionados Fogwill y Steimberg con Osvaldo Lamborghini (1940-1985) y si no llegó a llamarse Waste Land como originalmente habían acordado fue por una decisión a última hora de Fogwill, por su cuenta y riesgo y sin advertir a sus colegas, algo a lo que sin duda estaba legitimado si, como todo parece indicar, el grueso de los fondos ─si no todos─ salían de los bolsillos de Fogwill, que según contó Alan Pauls, por entonces podía tener todo tipo de problemas, pero no de dinero:

Tenía 38 años, dos hijos, una agencia de publicidad llamada ad hoc, una consultora de mercado llamada Facta que daba de comer a los semiólogos, sociólogos, lingüistas y lacanianos más brillantes de la época, una oficina gigante en un edificio francés de Callao y Santa Fe, una cuenta corriente en British Airways, un velero, algún auto más o menos antiguo, varias máquinas de escribir IBM con bochita, una colección de zapatos náuticos, provisiones regulares de un polvo blanco que a los pichis como yo, cuando lo veían por primera vez hundir la nariz en él, le gustaba describir como un “remedio para la sinusitis”

El momento fue el final de la década de 1970; el escenario, la muy exitosa agencia de publicidad mencionada en la que Fogwill era la estrella indiscutible y donde confluyeron brevemente, entre otros personajes tanto o más peculiares, Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher (1942-1992).  A nadie extrañaría, pues, que el primer libro de Tierra Baldía fuera el primer poemario de Fogwill, El efecto de la realidad (1979).

En el nacimiento de la editorial Tierra Baldía se ha cruzado también en ocasiones una muy famosa anécdota, la referente al premio de cuentos patrocinado por Coca-cola, que se otorgó a Fogwill y éste, tras cobrar el correspondiente cheque y recibir el contrato, pretendió renegociarlo por considerarlo insuficiente. Según lo cuenta Leila Guerriero, «cuando la empresa quiso firmar un contrato de publicación él dijo que, si querían publicar, tenían que pagarle aparte, de modo que lo editó por su cuenta bajo el título Mis muertos punk». A ese dinero se ha atribuido a veces parte del capital fundacional de Tierra Baldía. O tal como se cuenta en la solapa de Mis muertos punk:

Había un premio. Dinero: un cheque. Había otro premio: una edición. La Gran Editorial lanzaría el premio. Vaticinaban un lanzamiento Grande, Editorial. Llegó el cheque. Días después, por correo, el Contrato Editorial. “Rogamos firmarlo a la brevedad…” rezaba un papelito. Fue leído, a la brevedad, el contrato: ¿Premio o Castigo…?

Llamaron al ejecutivo de la editorial. Hombre de letras, hombre de tacto y reconocido buen gusto. (Era uno de los miembros del jurado que premiaron el libro.) Se habló:

─Dime, querido… ¿Vos leíste mi libro? ─preguntó el de escribir.

─Sí. Naturalmente ─juró el de premiar.

─¿Y vos pensabas ─preguntó el de hacer cuentos─ que habiendo escrito un libro como el mío yo firmaría un contrato como el tuyo?…

Reía el de juzgar (el de premiar, el de editar). No firmó el de escribir. Y quedaron amigos: chicas cuestiones de derechos de autor no pueden pringar una amistad, ya bastante enchastran la literatura. El libro sale así. El que escribe ya había aprendido a perder, especialmente cuando gana.

 

En la efímera vida de Tierra Baldía se publicó la poesía de lo que acaso no sea excesivo llamar la camarilla de Fogwill: Majestad, etc. de Oscar Steimberg, Episodios de Leónidas Lamborghini, Poemas de Osvaldo Lamborghini, Austria–Hungría de Néstor Perlongher, El tapiz, de Ferdinand Oziel y El efecto de realidad y Las horas de citar, del propio Fogwill, todos ellos en 1980. A ello hay que añadir el cuarto y último número de la revista LENGUAjes, órgano de la Asociación Argentina de Semiótica y cuyo comité editorial integraban Steimberg, Juan Carlos Indart (n. 1943), Oscar Traversa (n. 1940) y Eliseo Verón (1935-2014). Tras eso, según Steimberg, «No hubo ninguna decisión explícita de cerrar la editorial. El motivo fue que hubo un momento en que Fogwill dejó de ser el hombre rico del trío.»

Las valoraciones acerca de esta empresa, sin embargo, han sido bastante variopintas y diversas, y quizá el mejor modo de exponerlas sea recoger unas cuantas opiniones cualificadas al respecto: «Fogwill estaba siempre detrás de lo nuevo, de la vanguardia […] Se le pueden atribuir los surgimientos en la escena literaria de Fabian Casas, Martín Gambarotta, Sergio Raimondi, Hebe Uhart, Diego Meret, María Medrano, entre otros (Carla Grasse)»; «Fogwill fue –y hubiera seguido siendo– un extraordinario editor, como lo probó en los ochenta con su editorial –La tierra baldía–, y como lo demostraba en cada una de sus campañas de entusiasmo por autores que le gustaban, de César Aira a Belgrano Rawson, de Marcos Victoria a Héctor Viel Témperley.» (Luis Chitarroni); «Tierra Baldía fue un proyecto increíble. Fogwill trataba de poner en práctica técnicas de publicidad y marketing para vender poesía argentina contemporánea » (Alan Pauls)…

Si parece claro que la obra editorial de Fogwill no fue un caso de mecenazgo, y que sin duda contribuyó a agitar el canon literario argentino (labor que continuó en formas diversas), no está tan claro que Tierra Baldía no fuera un modo de introducir su nombre en el panorama literario de su tiempo ─lo que permite a Mirta Harispe compararlo con Oliverio Girondo o con Dalí─, poniendo sus libros de poesía en compañía de los de otros outsiders o enfants teribles, en algún caso de un cierto prestigio (caso en particular de Lamborghini), y hacerlo como una inversión de futuro en lo que podría describirse como una exitosa campaña de política literaria (y la anécdota del premio de la Coca-cola tiene visos de ello). Valgan como final unas líneas sobre el editor procedentes de «Fogwill versus Fogwill»:

La paradoja del editor es andar siempre a la caza de un libro bueno ─paga fortunas por los que lo parecen─ sabiendo que su mejor negocio es fabricar libros malos: los libros que se tiran a la basura, los libros que se olvidan rápidamente, los que no son irremplazables son, por puro fáciles de remplazar, la realización sobre papel de la fórmula de la obsolescencia planificada que fortalece al capitalismo predador, abarrotador y contaminador que sostiene el modo de vida que preferimos.

Fuentes:

Luis Chitarroni,  «Memoria de paso», Radar (suplemento cultural de Página12), 29 de agosto de 2010.

Fogwill, «Fogwill versus Fogwill», Ñ. Revista de Cultura, 10 de agosto de 2010.

Carla Grassi, «El libro que Fogwill deseo toda su vida», Infobae, 9 de febrero de 2017.

Leila Guerreiro, «Máquina Fogwill», publicado con el título «Pensar al sol» en el suplemento cultural de El País, de Uruguay, el 2 de octubre de 2009, en la revista colombiana El Malpensante en noviembre de 2009 y en Plano americano, Barcelona, Anagrama, 2018.

Mirta Harispe, «Genio y figura hasta la sepultura», El Día, 19 de septiembre de 2010.

Rodrigo Montenegro, «Poesía y publicidad. Notas sobre la editorial Tierra Baldía», El jardín de los poetas. Revista de teoría y crítica de la poesía latinoamericana, núm. 7 (segundo semestre 2018), pp.116-131.

Rodrigo Montenegro, «Capitalismo, lenguaje e ideología a través de Rodolfo Fogwill», Orbis Tertius, núm. 27 (junio de 2018).

Alan Pauls, «Despiadado West», Radar (suplemento cultural de Página12), 29 de agosto de 2010.

Sofía Silva, «Oscar Steimberg, en una zona sin nombre», Diagonales, 3 de octubre de 2011.

Gustavo Valle y Pablo E. Chacón, «Entrevista con César Aira y Rodolfo Enrique Fogwill», Letras Libres (septiembre 2003), pp. 50-53.

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Un episodio ¿turbio? en la trayectoria del editor y traductor Ricardo Baeza

Del muy versátil intelectual español Ricardo Baeza (1890-1956) se ha destacado a menudo las muy diversas maneras en que a lo largo del siglo XX se convirtió en uno de los principales introductores de las corrientes culturales europeas más importantes, ya fuera en su vertiente de prolífico y pionero traductor de Wilde, D’Annunzio, Shaw o Pirandello, como empresario, director y crítico teatral o como editor en Minerva, miembro del «comité selectivo» de la colección Clásicos Jackson (donde firmó varias antologías) y director literario de la Biblioteca Emecé de Obras Universales y de Los Grandes Músicos de la editorial Schapire.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963).

Ya mientras cursaba el bachillerato (1909-1910) empezó Baeza a traducir para la revista fundada por Javier Gómez de la Serna Prometeo, de cuya dirección literaria se ocupaba su hijo Ramón Gómez de la Serna, a la sazón compañero de estudios de Baeza. Se han contabilizado treinta y seis traducciones suyas en esta revista entre 1909 y 1911, pero además ya ese mismo 1909 aparecía su primera traducción en forma de libro, en la madrileña Imprenta El Trabajo: la tragedia La ciudad muerta, de Gabrielle D’Annunzio (uno de sus autores dilectos y de los que más traducciones firmaría en años sucesivos). En los catorce años siguientes, hasta 1923, aparecerían unos ochenta libros traducidos por Baeza, quien sin embargo encontraba también tiempo para fundar en 1916 una editorial (Minerva) en asociación con los hermanos Calleja, colaborar con las revistas La Correspondencia de España (1918) y España (1919-1922), montar la compañía teatral Atenea (que debutó en el Teatro Princesa el 29 de septiembre de 1919) o cubrir la corresponsalía del periódico El Sol en Londres.

Uno de los primeros libros de Minerva, La hija de Iorio.

En el periódico El Sol se publicaron algunos textos de Baeza tan importantes e influyentes en su tiempo como «En torno al problema del teatro» (entre octubre de 1926 y enero de 1927) o más adelante, a finales de 1928, una interesante serie sobre la labor e importancia del traductor: «El espíritu de internacionalidad y las traducciones» (2 de octubre), «Traduttore: traditore» (9 de octubre), «El traductor como artista», (13 de octubre), «Literalidad y literariedad» (26 de octubre) y «La pérfida errata y el traductor sin imaginación» (15 de noviembre de 1928). Por el camino, había vuelto a asumir la dirección artística de una nueva compañía teatral, la de Irene López Heredia y Ernesto Vilches, que se estrenó el 7 de abril de 1928 en el Poliorama de Barcelona con una obra traducida por el propio Baeza, Un marido ideal, de Oscar Wilde, y todo ello sin dejar de mandar colaboraciones a la bonaerense El Hogar y a las españolas La Gaceta Literaria, Índice o Revista de Occidente ni, por supuesto, dejar de ver como aparecían editadas nuevas traducciones suyas.

De 1929 es su compilación de artículos Clasicismo y romanticismo (CIAP), de 1930 su libro sobre la experiencia en Irlanda La isla de los santos (CIAP), y del año siguiente Bajo el signo de Clío (Ulises), pero también por esas fechas cruzan e Atlántico algunas cartas que pueden contribuir a explicar la asombrosa cantidad de traducciones que Ricardo Baeza llevaba firmadas cuando apenas había cumplido los cuarenta años.

Quienes han estudiado la labor de Ricardo Baeza a menudo han pasado de puntillas ─o incluso vuelan─ sobre una declaración un poco escandalosa de Álvaro Mutis (1923-2013) que se publicó en 1978 en un libro de homenaje al escritor, traductor y diplomático también colombiano Jorge Zalamea (1905-1969): «corren por ahí las magistrales traducciones hechas por Zalamea de El negro del «Narcissus» y La línea de la sombra, de Joseph Conrad» (en Juan Gustavo Cobo, ed., Literatura, política y arte, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura-Editorial Andes, 1978).

Montaner y Simón publicó en 1931 una edición de La línea de la sombra. Una confesión, que en la portada atribuye la «Traducción y nota Premilinar» a Ricardo Baeza (esa misma traducción circuló muchísimo en España en los años ochenta en la colección El Libro Amigo de Bruguera). En cuanto a El negro del «Narcissus», lo publicó también Montaner y Simón al año siguiente, según se indica, en «Traducción del inglés de Ricardo Baeza», y en los años ochenta fue Seix Barral quien lo movió profusamente en la Península.

La confirmación de lo expuesto por Mutis se encuentra en el epistolario de Jorge Zalamea recuperado por Andrés López Bermúdez, que permite además conocer hasta qué punto se agravaron las dificultades económicas de los diplomáticos colombianos como consecuencia del crack de 1929. Así, en agosto de 1930 escribe Zalamea a su amigo también escritor José Restrepo Jaramillo (1896-1945): «Gracias a Ricardo Baeza y al sacrificio casi total de mi propia obra, gano con qué comer», a lo que añade un poco más adelante: «Ricardo [Baeza] me ha dado muchas traducciones, pero todas terriblemente difíciles y mal pagadas […] Las [traducciones] de D’Annunzio y alguna de Conrad y otras cosillas que he hecho, las firmará Baeza, artificio que empleamos para lograr mejor precio».

Podemos deducir de ello –pero no es la única posibilidad– que Ricardo Baeza, sirviéndose de su prestigio, se prestaba a que las traducciones que hacía su buen amigo colombiano se publicaran bajo su propio nombre para que de este modo se las pagaran un poco mejor (aunque de todos modos a Zalamea le siguiera pareciendo un trabajo muy poco rentable). En cualquier caso, a diferencia de lo señalado por Mutis, Zalamea se refiere ya no sólo a dos novelas de Joseph Conrad, sino a traducciones (en plural) de D’Annunzio y, además, a «otras cosillas» que ha hecho y que sin más datos es imposible identificar con precisión. Sin embargo, eso permite poner en duda que otras traducciones publicadas en esos años con la firma de Baeza las escribiera realmente el autor de tan interesantes ensayos en El Sol sobre la labor del traductor, pero el mencionado epistolario deja aún algunas otras perlas:

Más de cuatro mil cuartillas del tamaño de estas llevo escritas en cinco meses. He aprendido el italiano para traducir esas horribles novelas de D’Annunzio que no tienen para mí otro halago que las 750 pesetas que me pagan por tomo (hago cada novela en 25 días) y traduzco a [Dmitri] Merejkovsky del francés. Algunas de este saldrán con mi nombre en estos días. […] Es materialmente imposible pretender que yo escriba una línea de La doble visita después de traducir treinta páginas de El placer o El triunfo de la Muerte [obras ambas de D’Annunzio].

Como sabiamente recomendaba Jack El Destripador, vayamos por partes:

Jorge Zalamea en su exilio bonaerense.

La doble visita era la novela que estaba escribiendo Zalamea cuando en 1929 llegó al puerto de Barcelona, y de la que, pese a haber aparecido ya algunos fragmentos en el periódico de Bogotá El Tiempo, nunca llegó a publicarse una versión completa.

Sobre los mencionados libros de D’Annunzio, tanto de El placer como de El triunfo de la Muerte existían traducciones al español desde 1900, publicadas por la barcelonesa Maucci y llevadas a cabo por Emilio Reverter Delmos y T. Orts Ramos, respectivamente, y no he sabido hallar ninguna edición en la que figure como traductor de estos libros ni Zalamea ni Baeza.

En cuanto a la obra de Dmitri Merezhkovski (1886-1941), Espasa-Calpe venía publicándolo en rápida sucesión, ya desde unos pocos años antes. En 1930 aparecieron en esta editorial las traducciones de Tutankhamen en Creta: El nacimiento de los dioses (con traducción y prólogo firmados por Ricardo Baeza), El misterio de Alejandro I (traducida por Jorge Zalamea y prologada por Ricardo Baeza) y El fin de Alejandro (fimada por J. Zalamea). Añádase como curiosidad, que Luis Antonio Esteve recuperó en su tesis una reseña de la primera de estas obras, publicada en El Pregón el 22 de enero de 1931 firmada por Manuel Culebra, que no es otro que quien llegaría a hacerse famoso como Manuel Andújar.

Años más tarde, cuando, exiliados ambos, volvieron a coincidir en Buenos Aires, Baeza facilitó a su amigo colombiano el contacto con los círculos de Sur y con las principales editoriales argentinas, pero para entonces Zalamea ya se había creado un muy sólido prestigio como traductor, gracias sobre todo a la publicación en la editorial mexicana Costa-Amic de su versión de Elogios y otros poemas de Saint-John Perse (Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger, 1887-1975) en 1946. De todos modos, lo seguro es que seguimos aún hoy leyendo traducciones falsamente atribuidas a Baeza y que, caso de haberlas, no sería Zalamea quien cobrara regalías por las sucesivas reediciones de estas traducciones, sino Baeza o sus herederos. Por no hablar de los derechos morales.

Fuentes:

Retrato de Ricardo Baeza en Buenos Aires.

Ricardo Creus «Ricardo Baeza y la difusión de la cultura europea en España (1909.1936)», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayismo Hispánico, núm. 2 (2018), pp. 47-62.

Francisco Díez de Revenga, «Rafael Alberti y Gerardo Diego, traductores de un mismo volumen de dramaturgos áureos», Monteagudo, núm. 19 (2014), pp. 17-192.

Jorge Fondebrider, «Un traductor español que vivió en Argentina», Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, 17 de noviembre de 2009.

Iker González-Allende, «Semblanza de Ricardo Baeza Durán (1890- 1956)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

Olga Glondys, «Ricardo Baeza», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio), 2016, vol. I, pp. 260-265.

Germán Loedel Rois, Los traductores del exilio español en Argentina, tesis doctoral, Universitat Pompeu Fabra, 2012.

Andrés López Bermúdez, Jorge Zalamea. Enlace de dos mundos. Quehacer literario y cosmopolitismo (1905-1969), Bogotá, Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad de Rosario (Colección Textos de Ciencias Humanas), 2014.

Consuelo Triviño Anzola, «Federico García Lorca y Jorge Zalamea, un viajero colombiano en España», Actas del Encuentro Internacional Lorca: Viajero por América, Centro Virtual Cervantes.

Juan Jesús Zaro, «Los “Clásicos Jackson” y la traducción», El Trujamán, 24 de mayo de 2017.

Roser Bru, una niña del «Winnipeg» en la industria editorial chilena

A última hora de la tarde del 2 de septiembre de 1939 atracaba en el puerto de Valparaíso el paquebote mixto Winnipeg con 2078 republicanos españoles que huían del franquismo a bordo, una parte importante de los cuales eran niños. Entre ellos, una recién nacida durante el viaje significativamente bautizada como Agnes América Winnipeg Alonso Bollada, pero también algunos otros que llegarían a alcanzar cierta fama en la cultura chilena, como son los casos del pintor José Balmes (1927-2016), la actriz Montserrat Julió (1929-2017), la pianista Diana Pey (1922-1988) o la pintora y grabadora Roser Bru (n. 1923).

Cubierta del Winnipeg.

Antes incluso de alcanzar la veintena de años, y mientras cursaba estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile (entre 1939 y 1942), Roser Bru vio publicada en forma de libro sus primeros trabajos. Otro joven pasajero del Winnipeg que contribuyó de modo notable a la cultura chilena, José Ricardo Morales (1915-2016), editó una selección de poemas de poemas inéditos o nunca antes recogidos en libro de los poetas españoles Antonio Machado, José Moreno Villa, Juan Larrea, Rafael Alberti y Luis Cernuda, entre otros, y se encargó de publicarlos la exquisita editorial Cruz del Sur, de Antonio Soria (1907-1980), con ilustraciones de Roser Bru.

Mauricio Amster en 1937.

De 1944 es Voz celestial de España. Poesía religiosa, una amplia y voluminosa antología (900 páginas, de Santa Teresa y Fray Luis de León a Jacint Verdaguer, Emilio Prados e incluso Miguel Hernández) que se publicó encuadernada en rústica y que su antólogo, Roque Manuel Scarpa (1914-1995), describió más adelante en un artículo en La Tercera («De cómo transgredir el protocolo», 3 de mayo de 1981) como «editado con mucha nobleza por Zig-Zag, bajo la tuición de Mauricio Amster y con ilustraciones de Roser Bru». Diciembre de ese mismo año es la fecha que figura en el colofón de El secreto maravilloso, una novela destinada al público infantil obra del escritor, editor y diplomático Alejandro Magnet (1919-2009)  que publicó la Editorial Difusión Chilena con ilustraciones de Lucía Gallo y portada de Roser Bru.

Antes de acabar la década de 1940, aún llevó a cabo Bru algunos trabajos de peculiar y significativa importancia, como es el caso del encargo que le hizo el poeta y dramaturgo catalán Pere Quart (Joan Oliver, 1899-1986), acerca de cuya etapa en Santiago de Chile le contaba Roser Bru a Julià Guillamon: «Yo era muy amiga de Joan Oliver y Conxita Riera. Vivían muy cerca de Bellas Artes, en la calle Miraflores, casi esquina con el Parque Forestal. Trabajaba por las mañanas y estudiaba durante las tardes, y muy seguido, después de salir de Bellas Artes, pasaba por su casa». Esa familiaridad propició seguramente que Oliver encargara a Roser el logo de la editorial en catalán que, mediada ya la década, se llevaba entre manos el poeta en colaboración con los también escritores catalanes exiliados Xavier Benguerel y Francesc Trabal, El Pi de les Tres Branques. Sin embargo, ya antes Roser Bru se había ocupado de diseñar los decorados y los figurines de una obra de Josep Maria de Sagarra, La plaça de Sant Joan, que con dirección de Benguerel se había estrenado en el Centre Català de Santiago de Chile en 1940.

Cuando finalmente el proyecto editorial de Oliver y Benguerel llegó a buen término, cuenta en sus memorias Benguerel, «el 19 de julio de 1947, Saló de tardor de Pere Quart inauguró las ediciones de El Pi de les Tres Branques: volumen de 116 páginas con treinta y cinco poemas y media docena de ilustraciones de Roser Bru, bien impreso en los obradores de la imprenta Mediterránea».

Roser Bru.

De ese mismo año es la espléndida portada de Roser Bru para La niña de piedra, que Hernán del Solar (1901-1985) publicó en la editorial que había fundado con Francesc Trabal, Rapa Nui, con uno de sus seudónimos más conocidos, Aldo Blu. El papel desempeñado por Rapa Nui en el empuje y la modernización del libro infantil chileno ha sido amplísimamente reconocido, por ejemplo por Manuel Peña Muñoz en su Historia de la literatura infantil chilena (Andrés Bello, 1982). Acabó la década la intervención de Rosa Bru en el sector editorial chileno con la publicación de una edición ilustrada de la novela María, del colombiano Jorge Isaacs (1837-1845), que se inscribía en la colección Biblioteca Americana de la editorial Zig-Zag.

Menos prolífica fue en sus colaboraciones editoriales en los años cincuenta, después de haber contribuido a la creación del Grupo de Estudiantes Plásticos (con su compañero en el Winnipeg José Balmes, entre otros) y coincidiendo con su entrada en el Taller 99 y sus primeros viajes a Barcelona, pero en su ciudad natal destacan sus colaboraciones con el imaginativo pintor y grabador Jaume Pla (1914-1959), como es el caso del arranque en 1957 de la serie Dotze natures mortes, en el que el poeta y novelista mallorquín Blai Bonet (1926-1997) comenta su grabado, o su participación en Dotze temes de circ (1958), incluido en la Rosa Vera, en el que se publica su «Acròbates», comentado por el prestigioso ensayista valenciano Joan Fuster (1922-1992), en una colección en la que figuran grabadores de la talla de Josep Granyer (1899-1983), Josep Mundó (1918-2012) o Josep Pla-Narbona (n. 1928) y escritores del calibre de Pere Quart, Tomàs Garcés (1901-1993), Josep Maria Espinàs (n. 1927) o Salvador Espriu (1913-1985). En años sucesivos, sus colaboraciones con editoriales catalanas no serían raras, y destacan también entre ellas, por poner un ejemplo, una impresionante edición en la editorial Nauta del Martín Fierro (1968), precedido de unas coplas de presentación del poeta Rafael Alberti y un prólogo de Alejandro Losada Guido.

Aun así, en 1957 aparece en Santiago de Chile, con pie de Empresa Periodística Colectiva, Callejón de la bombilla y otros cuentos, del ensayista Ernesto Eslava (1914-1995), con prólogo de Benjamín Morgado, ilustración de cubierta de Gregorio de la Fuente y grabados interiores de Bru, y en 1960 se publica en la misma ciudad otro libro destinado al público infantil con ilustraciones suyas, Aleluyas para los más chiquitos, con textos de Marta Brunet (1897-1967), en la Editorial Universitaria.

De entre su obra editorial publicada en Chile en los años sesenta puede mencionarse a título de ejemplos su ilustración de cubierta del poemario Umbral de sombra (1960), firmado por Macías y publicado por la Imprenta Arancibia Hermanos; la maquetación e ilustración de la bella edición del Manifiesto de Nicanor Parra (1914-2018) publicada en 1963 por Nascimiento, así como las ilustraciones para una selección de Poemas infantiles de Efraín Barquero preparada en Zig Zag. Sin embargo, en esa época destaca el libro de artista Diez odas para diez grabados de Roser Bru, publicado en las barcelonesas Edicions del Laberint, del que se hizo una primera tirados de 216 ejemplares firmados por ambos autores, encuadernado en tapa dura, estuchado e impreso sobre papel de hilo con filigrana creada por la autora y fabricado expresamente por Guarro.

Es posible que hasta los dibujos para el poemario Estrellas fijas en un cielo blanco, de Óscar Hahn (n. 1938) publicados por la Editorial Universitaria en 1989, no se reemprendiera la colaboración con editores chilenos, que entonces alternaba con trabajos también para editoriales catalanas.

Fuentes:

Página web de Roser Bru.

Xavier Benguerel, Memòria dun exili. Xile, 1940-1952, Barcelona, Edicions 62 (Cara i Creu 34), 1982.

Roser Bru, «Viaje en el Winnipeg de la familia Bru», Revista Universitaria (Pontificia Universidad Católica de Chile, núm. 27 (1989), pp. 20-21.

Jaime Ferrer Mir, Los españoles del Winnipeg, el barco de la esperanza, Santiago de Chile, Ediciones Cal Sogas, 1989.

Francesc Foguet i Boreu, «Las razones del teatro catalán en el exilio», Anales de Literatura Española Contemporánea, núm. 29 (2012), pp. 213-228.

Julià Guillamon, El dia revolt, Barcelona, Editorial Empúries, 2008.

Adriana Hidalgo, la última editora del siglo XX

Pedro García, fundador de El Ateneo.

Según ella misma ha contado, la editora argentina Adriana Hidalgo no llegó a conocer al impulsor de lo que llegaría a ser el enorme e influyente entramado editorial y librero El Ateneo, Pedro García Fernández, pues este murió antes de que su hija, Delia García Rueda, se casara. En cuanto al padre de Adriana Hidalgo, el diplomático militante de la UCR (Unión Cívica Radical) Héctor Hidalgo Solá, lo secuestraron el 18 de julio de 1977, durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (esto es, la considerada como «la dictadura más sangrienta de la historia argentina») mientras era embajador en Venezuela; al parecer, había viajado a Buenos Aires para, entre otras cosas, asistir a la boda de su hija Adriana.

El punto de inflexión en la carrera de esta editora se produce a finales de los años noventa, cuando la entonces ya prestigiosa editorial y librería El Ateneo donde trabajaba fue adquirida por el Grupo Ilhsa (que había pasado del negocio petrolero a introducirse en el del libro mediante la compra de la cadena de librerías Yenny). Según ella misma explicó: «Mientras se hacía la venta, me dije: “Algo tengo que hacer. A mí me gusta mucho este trabajo. Voy a empezar otra vez”.». El dinero obtenido con la venta, por otra parte, le proporcionaba además el capital inicial para poder hacer realidad ese proyecto.

Adriana Hidalgo.

Para ello se asoció con el crítico de arte Fabián Lebenglik, que desde 1989 era el jefe de la sección de artes visuales del periódico bonaerense Página/12 y ese mismo año incluye en Kuitca (Julia Lublin Ediciones) el ensayo El joven Kuitca (premiado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte).

Así, en agosto de 1999 aparecen ya los cuatro primeros libros de Adriana Hidalgo Editora, y, en palabras de José Luis de Diego, a partir de ahí «consolidó un catálogo a partir de reediciones de grandes autores olvidados, como Guimarâes Rosa y Clarice Lispector, ensayos poco conocidos de Harold Bloom y George Steiner, y cuidadas ediciones de poesía argentina». Ya en el año 2000 era premiada por la CAPLA (Cámara Argentina de Papelerías, Librerías y Afines) como Editor del Año.

También casi desde el primer momento se sumó a la tendencia a unir esfuerzos tan característico de las pequeñas editoriales estéticamente ambiciosas, en particular con el propósito de exportar sus libros, y en la presentación pública de Edit.ar, creada con el apoyo de la Fundación ExportAr y la Fundación BankBoston, su nombre figuraba al lado de los de Julio Acosta (de Ameghino Editora), Juan Carlos Ugerman (Ugerman Editor), Graciela Rosenberg (Lugar Editorial), José Néstor Pérez (Homo Sapiens), Héctor Dinsmann (Editorial Biblos), Carlos Samonta (Galerna Editorial), Rodolfo Hamawi (de Grupo Editorial Altamira) y Manuel Traba (Latinoamericana Editora) cuando en 2001 se presentó la asociación, una de cuyas primeras iniciativas visibles fue la edición de un catálogo colectivo. Del mismo modo, se unió también a Los Siete Logos (con Eterna Cadencia, Beatriz Viuterbo, Mar Dulce, Entropía, Caja Negra y Katz Editores) para trabajar conjuntamente en la visualización de sus propuestas editoriales en ferias y otras iniciativas similares, tanto nacionales como internacionales.

Tras un arranque en 1999 en el que alternaban La mano del teñidor y El mundo de Shakespeare, de W.H Auden (1907-1973), con Ochenta poemas y canciones, de Bertolt Brecht (1898-1956) y el Marat-Sade, de Peter Weiss (1916-1982), y Cuentos claros, Los suicidas y El silenciero, de Antonio Di Benedetto (1922-1986), con El mundo de Mahler, de Norman Lebrecht (n. 1948) y El mundo de Ravel, de Roger Nichols (n. 1939), el aterrizaje de la editorial en España se produjo en 2002 con La asesina de Lady Di, la novela del debutante Alejandro López (n. 1968). Sin embargo, encomendar la distribución en la Península a Melisa (Mensajerías del Libro, S. A.), una empresa estrechamente vinculada a Edhasa y que ya por entonces daba muestra de profundas deficiencias de gestión, no tardó en demostrarse un error morrocotudo.

Al año siguiente, sin embargo, publica la primera traducción al español, de Pablo Giameti, de la novela de un autor tan marcadamente anagramático como Jack Kerouac (1922-1969) Big Sur, lo que para el lector español era un dato muy orientativo, y que si bien en un principio se vendió muy modesta y lentamente, el estreno de la película homónima de Michael Polish en 2013 dio un espaldarazo a este libro de culto cuya inercia parece no haberse agotado todavía. Adriana Hidalgo, conocedora de la resistencia de los lectores argentinos a las traducciones españolas –resistencia de la que la propia Anagrama, y en particular de las traducciones en las que abunda el argot como es el caso de las de la beat generation, ha sido víctima–, puso desde el primer momento especial énfasis en la búsqueda de un registro lingüístico que pudiera ser aceptado sin irritación tanto por el lector argentino como por el chileno, el mexicano o el español; empresa nada fácil.

Esa misma constancia y resistencia a la descatalogación acelerada que propició las constantes reediciones de Big Sur reportó también recompensa en el caso del primer volumen de crónicas inéditas de Clarice Lispector (Descubrimientos, traducción de Claudia Solans, 2004), por ejemplo, o con las ya mencionadas obras de Di Benedetto, una de las grandes apuestas de la casa y autor acerca del cual explicó Hidalgo: «al principio se vendía poco, y luego salió de ese lugar de “escritor de escritores” y pasó al gran púbico».

En 2007 apareció otro libro decisivo para la editorial, y además lo hizo en el momento idóneo, la traducción de Juana Bignozzi de  El africano, de J.M. G. Le Clézzio (n. 1940), gracias a la mediación de uno de los agentes fundacionales de International Editors, Nicolás Costa. Así lo contaba la propia Adriana Hidalgo:

Le Clézio publicaba en Tusquets, habían publicado todas sus obras hasta un cierto momento, pero él escribe muchísmo. Entonces Nicolás Costa, de International Editors, nos propuso El africano, de Le Clézio. Lo leímos y decidimos hacerlo. La Alliance Française lo trajo a Buenos Aires, ese mismo año lo volvimos a publicar y en octubre, en [la Feria del Libro de] Frankfurt, nos enteramos de que había recibido el Nobel. ¡No lo podíamos creer! Era una pegada única, era el único libro que estaba recién impreso.

Nos es sorprendente, pues, que a partir de la segunda década del siglo XXI empezara a ser objeto de reconocimiento por parte del sector: En 2012 obtuvo el Reconocimiento al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dos años después recibía el Premio de la Fundación Konex a la Labor Editorial de la Década, así como el reconocimiento a la trayectoria ortorgado por la Legislatura Porteña.

Por el camino, en el proceso de diversificación y creación de nuevas colecciones, en 2009 (al cumplir la editorial diez años) había creado un sello destinado a la literatura infantil ilustrada, Pípala, con Clara Huffman (hija de Adriana Hidalgo) como directora editorial, que a diferencia de la casa madre empezó imprimiendo sus libros en China y que en 2015 fue destacada en la sección Nuevos Horizontes en la prestigiosa Feria del Libro de Bolonia por el libro del debutante Mariano Díaz Prieto Mondo Babosa.

En el enorme y activo pelotón de editoriales no vinculadas a grandes grupos surgidas en el cambio de siglo (de ahí el epíteto de «última editora del siglo XX» que se le ha dado a menudo), Adriana Hidalgo se cuenta sin duda entre las que un mayor crecimiento y una mayor expansión internacional experimentaron desde el primer momento, como pone de manifiesto, por ejemplo, la apertura de sede en España y su presencia en librerías; acaso el síntoma de una tendencia que no se producía desde los tiempos en que se asentó en la Península el Fondo de Cultura Económica.

Fuentes:

Catálogo de Adriana Hidalgo 2018.

Anónimo, «Adriana Hidalgo: “Editar libros es un modo de expresión, es transmitir algo que nos haga mejores”» (entrevista) Revista Ñ. Clarín, 27 de noviembre de 2011.

Lydiette Carrión, «Adriana Hidalgo: Adicción a la edición», Replicante, 11 de mayo de 2010.

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019.

Mariela González Rosso,«La editorial argentina Adriana Hidalgo llega a España», El País, 2 de noviembre de 2002.

Laura Ventura, «Adriana Hidalgo y el espíritu de los primeros editores argentinos», El Estado Mental, núm. 15 (febrero de 2016).

Patricio Zunini, «El verdaderamente importante es el autor» (entrevista), Blog de Eterna Cadencia, 24 de noviembre de 2015.

Antecedentes de la editorial Adriana Hidalgo: el riojano Pedro García y El Ateneo

El eminente historiador de la edición José Luis de Diego describe con particular acierto la transición que supuso la compra en 1998 de la librería y editorial argentina El Ateneo por parte de la petrolera Ilhsa hasta la posterior conformación y consolidación del catálogo de la editorial Adriana Hidalgo como un reciclaje de capital simbólico.

Pedro García Fernández.

Para entonces, El Ateneo tenía una ya más que longeva historia. Su fundador, Pedro García Fernández (1884-1948), había nacido en Anguiano (La Rioja) en el seno de una familia numerosa cuyo hijo mayor, Martín (maestro de profesión), había emigrado en el cambio de siglo y había abierto una librería en La Plata.

Diez años más tarde emigraron también sus hermanos Francisco, Manuel y Pedro y, después de trabajar unos meses con Martín, por entonces embajador español en Argentina, Pedro García abrió en 1913 la librería El Ateneo, originalmente en el número 651 de la calle Victoria (luego rebautizada como Hipólito Yrigoyen) y caracterizada como «Librería Científica y Literaria» y «Casa Editora». El rápido éxito de esta iniciativa hizo que ya en 1917 se trasladara a la muy cosmopolita y transitada calle Florida (inicialmente al número 371 y más adelante al 340), y que se convirtiera en punto de referencia. Los viajes que llevó a cabo el muy activo Pedro García contribuyeron a acrecentar su prestigio tanto entre sus nuevos compatriotas como entre las principales editoriales francesas y españolas.

Lo cierto es que la fundación de El Ateneo coincidía con un momento pujante del mercado librero argentino en las primeras décadas del siglo XX, en el que la presencia de españoles emigrados era bastante notable: en 1914 el madrileño Tomás Pardo había abierto la Librería General y el gallego Julio Sánchez la Cervantes, dos años después el también madrileño Calixto Perlado puso en funcionamiento su librería, coincidiendo con la apertura también de la Librería de los Estudiantes, del asimismo español Francisco García López, y en 1918 el compostelano Jaime Moreira abre las puertas de la Librería Argentina. Por el camino, además, el hijo del periodista y crítico literario mallorquín Joan Torrendell i Escalas (1869-1937), Joan Carles Torrendell, había puesto en marcha en 1916 la editorial Tor.

En el ámbito propiamente editorial, son los años en que se ponen en marcha editoriales más o menos efímeras, como La Cultura Argentina (1915), de José Ingenieros; la Biblioteca Argentina (1915), de Ricardo Rojas; las Ediciones Mínimas (1915), de Leopoldo Durán, las Ediciones Selectas América (1919), de los hermanos Glusberg (Samuel y Leandro) y poco después el emigrante español Antonio Zamora creará la Cooperativa Editorial Claridad (1922).

En uno de sus viajes a la Península, Pedro García se casó con Francisca Rueda (nacida en Argentina pero residente desde niña en España), lo que en buena medida explica que, entre los muchos familiares a los que integró en su pujante negocio, se encontrara un joven destinado a convertirse en otro de los grandes editores en Argentina, Santiago Rueda (1905-1968), que después de casi veinte años en El Ateneo y alcanzar el puesto de encargado de la sección de literatura fundó la editorial con su nombre muy cerca de la librería. Otro fichaje trascendente fue el del pontevedrés Francisco Gil Cota, que entró en 1931 (a los dieciséis años) como recadero y, con el tiempo, no sólo se convertiría en «el librero favorito de Borges», sino que llegaría a ser Librero Mayor de Buenos Aires y fundador de la Feria del Libro de la capital argentina.

Una de las curiosidades del catálogo de El Ateneo de la primera mitad del siglo XX es el libro pionero (¿fundacional?) del longevo bibliófilo Domingo Buonocore (1899-1991) Libreros, editores e impresores de Buenos Aires (1944). Sin embargo, al principio el crédito de El Ateneo se basó sobre todo en el libro científico (Biblioteca de Semiología, Biblioteca de Terapéutica Clínica, Biblioteca de Patología Médica, etc.) y en particular de obras vinculadas a las ciencias de la salud. Acaso como consecuencia del republicanismo socialista de Pedro García, el higienismo fue uno de sus principales puntos de interés, campo en el que contó con el asesoramiento de los eminentes Bernardo Houssay (1887-1971), premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1947, y Luis Federico Leloir (1906-1987), premio Nobel de Química en 1970.

Uno de los primeros libros de El Ateneo, Organización de la Confederación Argentina (1913), de Juan Bautista Alberdi (1810-1884).

Entre los autores en lengua española a los que publicó El Ateneo destacan por ejemplo el psiquiatra exiliado Emilio Mira y López (1896-1964), que durante la guerra civil española había dirigido el Institut d’Adaptació Professional de la Dona de la Generailtat de Catalunya y desde 1938 había asumido la jefatura de los Servicios Psiquiátricos del Gobierno Español. Ya en 1940 publicó en El Ateneo Problemas psicológicos actuales, al que seguirían en rápida sucesión Psicología evolutiva del niño y del adolescente (1941), Manual de Psicología jurídica (1942, publicado originalmente en 1932 por Salvat), Manual de Psiquiatría (1943, reedición del publicado por Salvat en 1935), Cuatro gigantes del alma (1947), Psiquiatría básica (1948), Compendio de Psiquiatría (1948), Factores psicológicos de la productividad (1961), Psicología de la vida moderna (1963)…

Tras la muerte de Pedro García la madrugada del 29 de noviembre de 1948, sus hijos Pedro y Eustasio garantizaron la continuidad e incluso el crecimiento de la empresa (cuyo catálogo se había enriquecido con literatura tanto traducida como en español), y en los años sesenta alcanzó fama como centro aglutinador de la intelectualidad bonaerense, con el ya mencionado Gil Cota como protagonista principal, y sus tertulias y «peñas de escritores», en las que eran habituales Victoria Ocampo (1890-1979), el polifacético Conrado Nalé Roxlo (1898-1971), Jorge Luis Borges (1899-1986), el bibliotecario y escritor Leopoldo Marechal (1900-1970), Eduardo Mallea (1903-1982), el pintor y muralista Antonio Berni (1905-1981), el artista hispanoargentino Luis Seoane (1910- 1979), Manuel Mujica Lainez (1911-1984), la poeta Olga Orozco (1920-1999), el dramaturgo Carlos Gorostiza (1920-2016), el actor barcelonés Alberto Closas (1921-1994), la actriz Analia Gadé (1931-2019)…

En estas tertulias y encuentros se ha identificado el germen de lo que sería a partir de septiembre de 1969 la Primavera de las Letras, caracterizada por la firma de ejemplares por parte de los más destacados escritores bonaerenses, que a su vez está en el origen de lo que acabaría por desembocar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

En el ámbito más puramente editorial, los años sesenta culminan en El Ateneo con la aparición en 1967 de una de los más ambiciosos proyectos de la casa, la Enciclopedia El Ateneo, en un momento en que tanto la editorial como la librería no dejaban de crecer y diversificarse (con sedes en diversas ciudades argentinas y capitales sudamericanas, así como en México, Barcelona, Houston…).

Fuentes:

José Luis de Diego, «Semblanza de Santiago Rueda (1905-1968)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED, 2018.

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición, Buenos Aires, Ampersand, 2019, pp. 13-32.

Eustasio García, El Ateneo, vida y obra de Pedro García, Buenos Aires, Editorial Dunken, 2004.

Hugo Klappenbach, «Dos aspectos de la influencia española en la psicología argentina. Autores y editores», Revista de Historia de la Psicología, vol. 28, núm. 4 (2007), pp. 35-48

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo 9), 2006

Ada Martí, una barcelonesa entre los boquinistas parisinos (II)

Los avatares de la periodista, narradora y pedagoga anarquista Ada Martí desde que al término de la guerra civil española cruzó la frontera hasta que se estableció como librera de lance en París son más difíciles de seguir que los años anteriores porque llevó una vida nómada y semiclandestina que en buena medida estuvo marcada por su compleja e intensa vida sentimental.

Al parecer, pasó una breve primera etapa en Francia en el campo de refugiados de Argelés, pero en cuanto pudo salir, si no colaboró con la Resistencia fue acaso por considerarla una organización marcada excesivamente por un sentimiento nacionalista francés con el que de ninguna manera podía congeniar, pero dedicó sus esfuerzos a ayudar a los exiliados republicanos mediante la colaboración con diversas organizaciones creadas para este fin, y en particular con el SIA (Solidaridad Internacional Antifascista), así como con sus contactos entre las organizaciones estudiantiles en diversos países americanos. Como explicó Abel Paz en el periódico de la CNT en el exilio Solidaridad Obrera:

Ada desde Orleans fue tejiendo un rosario de correspondencia entre ella y los antiguos afiliados a la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios. Confortó a todos con su correspondencia optimista, ayudó cuanto pudo haciendo gestiones en uno y otro lado para dulcificar la vida de los que no tenían otro horizonte que el mar y más lecho que la arena.

También es Abel Paz quien relata un encuentro con una de las mejores amigas de Ada Martí, Eva Cascante, en 1941, en este caso en Burdeos, quien le proporcionó su dirección en el París ocupado, donde inicialmente vivió con un enigmático Frédéric Sylveire, baron de Osten Laken (¿profesor danés?). No parece haber muchas trazas de cómo se ganó la vida Ada Martí durante la segunda guerra mundial, pero una vez concluida esta intentó reingresar en la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), contando para ello con el aval de dos amigos y personajes de peso, Antonio García Birlán (1891-1984) y Gaston Leval (Pierre Robert Pillier, 1895-1978). El periodista y traductor García Birlán, que a menudo firmaba como Dionisios, había sido un miembro destacado de Tierra y Libertad y posteriormente había dirigido la revista valenciana Estudio, en la que había colaborado Ada, y en 1939 había entrado a formar parte del consejo general del Movimiento Libertario Español, antes de empezar dirigir y colaborar en cabeceras anarquistas y a trabajar como corrector de la Enciclopedia Larousse. Por su parte, el historiador Gastón Leval, a quien es muy posible que Martí conociera también a través de las publicaciones periódicas en que ambos habían colaborado durante la guerra (Estudios, Ruta, Tierra y Libertad), desde que en agosto de 1940 había logrado evadirse de la prisión de Clairvaux (Aube) vivía clandestinamente con nombres falsos (entre ellos, Nicasio Casanova); el hecho de haber trabajado episódicamente en los restaurantes comunitarios creados por el Socorro Nacional del gobierno Petain propició que en 1945 fuera apartado de la Federación Anarquista, pero como Nicasio Casanova representó a la CNT en el mitin que esta organización celebró en París el 14 de octubre de 1944 bajo la presidencia de Albert Cané (de la CGT).

Ada Martí Vall.

Poco después de la muerte de su padre en Barcelona (1947), Ada se casa con Sylveire y en febrero de 1948 nace su hijo Fréderic, y a los seis meses aproximadamente se divorcian y el niño queda a cargo de ella. Una década después del fin de la guerra civil española, aislada de la mayor parte de quienes habían sido sus compañeros de militancia en el antifascimo, vinculada a muchas de sus amistades solo epistolarmente y alejada de su familia y de su entorno cultural natural, en septiembre de 1949 escribe una estremecedora carta a Adora Sánchez, que Manel Aisa reproduce en su biografía:

Acaso una de las razones de mi dificultad para expresarme sea banal, estúpida, he perdido la costumbre de hablar español. Tanto más de escribir en castellano. Más todavía, en catalán, mi lengua materna.

[…]

He dejado de escribir –en absoluto– a no ser para pedir trabajo, etc. Ni teatro, ni conciertos. Vendí la TSF [el radio transistor]. Juan se llevó el fonógrafo, con los mejores discos (Bach, Vivaldi, etc.). El cine me interesa poco, así que tampoco voy, ni siquiera invitada. Y –eso es lo peor– llevo unos meses alejada de mi chuiquitín, que voy a ver cada quince días, pues el precio del viaje no me permite hacerlo más a menudo. El médico exigió esa separación, momentánea, para que pueda reposarme un poco, mejorar mi salud, harto quebrantada, buscar trabajo, arreglar ciertos asuntos…

Georges Orwell.

Es difícil leyendo la biografía de Ada Martí en París no evocar el libro de Georges Orwell (1903-1950) que en España se tradujo como Sin blanca en París y Londres o algunos de los relatos de Henry Miller (1891-1980) del tipo Días tranquilos en Clichy. La carencia de otros datos acerca de las fuentes de ingresos de Asa (que busco empleo en el periodismo y en la docencia) llevan a suponer al lector que en esos años dependió de su relación con otros hombres, si bien en la misma carta a Adora Sánchez recién citada escribe:

A menudo he pensado prostituirme, hacerme entretener, por lo menos, hasta que mi salud se rehaga y pueda trabajar normalmente. Me es imposible, hasta la fecha, por lo menos. Repugnancia física, por un lado. […] Pero más todavía por la mentira permanente que implica la prostitución. […] De ahí que hacerme entretener me sea todavía más difícil que conseguir trabajo. Sin embargo, eso sería una solución para tener al chiquillo junto a mí, para que nada le falte y mi salud se rehaga.

En 1950 vendió las pocas posesiones que todavía le quedaban, entre ellas los últimos restos de su biblioteca de libros en catalán y español, y tres años después nació su hija Claudia, cuyo padre, un librero al que sólo se ha identificado por el nombre de Boris, le proporcionó un medio para cuanto menos subsistir, un puesto en el quoi des Grandes Augustins, junto al Pont Neuf, con su correspondiente caja para vender libros. En contrapartida, en cuanto el padre de su hija se marchó tuvo que dejar a  su hija en un pensionado de monjas.

Hacia 1956 vivió, por lo menos episódicamente, con un contable de cierto nivel cultural llamado Roland, y poco tiempo después con Georges Vila, a quien había conocido a través de unos músicos húngaros de paso por París, y que a partir de 1956, con el fracaso de la revolución en Hungría, a todos los efectos se había convertido también en un exiliado.

Como es fácil suponer, el puesto de Ada Martí, que ocupaba normalmente de diez de la mañana a nueve de la noche y a la que sus compañeros conocían como «la librera española», se caracterizó por la amplia presencia de libros en lengua española (en mucha menor medida en catalán), que obtenía tanto a través de ocasionales subastas como, en algunos casos, a través de los medios libertarios que en la década de los cincuenta desarrollaron una notable labor editorial en el sur de Francia. Según Agustí Guillamón, uno de esos viajes a Toulouse sirvió para que se reencontrara con el anarcosindicalista Ginés Alonso (1911-1988), creador en 1931 del Ateneo Racionalista de La Torrassa (L’Hospitalet) y que por entonces se había establecido como carpintero en L’Avelhanet (departamento de Arieja), que entre 1957 y 1960 sería secretario del subcomité nacional de la CNT en el exilio y en calidad de tal entraba clandestinamente en España.

No es casual sino más bien bastante significativo que el encuentro fortuito con Ada a orillas del Sena en el mes de diciembre de 1958 que Abel Paz narró lo propiciara una edición de Siete domingos rojos (muy probablemente la edición barcelonesa de 1932 de Balagué), la novela en que Sender narra una huelga anarquista en Madrid y cuyo título se ha interpretado en ocasiones como una resurrección de la lucha obrera.

A finales de la década de 1950, por lo menos ocasionalmente, la firma de Ada Martí vuelva a aparecer en la prensa anarquista, y Manel Aisa consigna la aparición de artículos suyos en los números de la Solidaridad Obrera del 30 de enero de 1958 y el 2 de febrero de 1960, aunque es probable que haya otros por descubrir. En el excelente número especial de la edición mexicana de Tierra y Libertad de julio de 1970 (formato revista) se recuperaron algunos textos suyos (firmados como Nina), que apareceron en compañía de otros de figuras señeras del antifascismo, como Diego Abad de Santillán (1897-1983), Sebastian Faure (1852-1942), León Felipe (1884-1968), Emma Goldman (1869-1940), Federica Montseny (1905-1994), José Peirats (1908-1989), Ángel Samblancat (1885-1963)…

Como escribe Georges Paul Vila en las páginas finales de la biografía que Aisa ha dedicado a Ada Martí:

Vender libros en los muelles de París le pareció una solución posible, pero resultó un fiasco o fracaso. Su vocación era escribir pero no era verdaderamente un oficio, la rutina de la vida cotidiana le mataba poco a poco las fuentes de inspiración, sin ingresos económicos regulares, sin hogar, los hijos se convertían en una pesada carga, bajo la cual corría el riesgo de hundirse todos los días.

Georges Vila, que ya lo había logrado en dos ocasiones, no pudo evitar el tercer intento de suicidio, con somníferos, que acabó con la vida de Ada Martí la madrugada del 1 de diciembre de 1960.

Manel Aisa Pàmpols, Ada Martí Vall. El sueño de la conciencia libre, Barcelona, El Lokal (Col·lecció Històries del Raval 9), 2019.

Fuentes adicionales:

AA. VV., La Barcelona rebelde. Guía de la ciudad silenciada, Barcelona, Octaedro (Límites), 2003.

Ariane y Joël, «Abel Paz à Lausanne» (entrevista), L´Affranchi. Periodique des Amis de l´Association Internationale des Travailleurs, núm. 6 (julio-agosto de 1993), pp. 18-21.

Txema Bofill i Okupem les Ones, «La revolució que vam viure no cal somiar-la» (entrevista a Conxa Pérez), Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 125 (febrero de 2011), pp. 16-17. También en versión videográfica en  TV Sants.

Espai de Llibertat, «Abel Paz, escriptor», Espai de Llibertat, septiembre de 1997.

Ada Martí.

Agustí Guillamón, «Martí, Ada (1915-1960)», Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 154 (octubre de 2013), p. 30 y reproducido en diversas webs.

Alejandro Lora Medina, «El poder de la lectura como herramienta revolucionaria. El caso del anarquismo español de los años treinta», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 17 (2018), pp. 335-360.

Puyol, «La hija de Ada Martí», Solidaridad Obrera (Portavoz de la CNT Española en el Exilio), año XVII, núm 836 (30 de marzo de 1961), pp. 4 y 2.

Milan Rátkovic, La légende des bouquinistes de Paris, París, L’Age d’Homme, 2000.

Ada Martí, una barcelonesa entre los bouquinistas parisinos (I)

«Bouquinista, no está mal, sin patrón, sin alquiler, sin horarios… sin clientes… ¡una bicoca!»

(Chiste popular entre los libreros de viejo parisinos)

 

No son muchos los vendedores de libro usado que a lo largo de las décadas han abierto sus bouquins verdes a orilla del Sena y que han cobrado suficiente notoriedad para pasar a los libros de historia, pero más de uno de ellos se ha convertido él mismo en escritor de cierto recorrido y fama. Es el caso, por ejemplo, de Louis Lanoizelée (1895-1990), quien después de trabajar como granjero, minero, maitre de hotel, carretero y desde 1931 periodista ocasional, en 1935 se estableció como bouquinista y siguió en su puesto (en diferentes localizaciones), hasta 1977. Su libro Les bouquinistes des quais de París (1956), del que se financió él mismo una primera edición ilustrada por Jean Lébédeff (1884-1972) y prologada por Daniel Halévy (1872-1962), ha sido varias veces reeditado y le abrió las puertas de las editoriales para otros ensayos similares. Más famoso es el caso del conocido libertario autor de novela negra Leo Malet (1909-1996), que después de darse a conocer como cantante de cabaret y relacionarse con los surrealistas André Breton, Yves Tanguy y René Magritte, se estableció a orillas del Sena a principios de los años sesenta y desde allí pudo observar las oscilaciones en cuanto a fama de su serie sobre el detective André Bruma, así como los avatares de las numerosas obras que escribió bajo seudónimo. Por aquel entonces, desde 1963, y después de haber sido secretario, era presidente del sindicato de bouquinistas el poeta, pianista y compositor Maurice Korb (1914-1992), que tuvo su puesto abierto desde 1958 y hasta 1992. A ellos pueden añadirse el autor de novela histórica, a menudo con el seudónimo Aimé Sarrus, Pierre Hubac (1894-1964), el periodista y escritor Ferdinand Teulé (1909-1975), que en ocasiones firmaba como Ferlé, y el escritor, crítico e historiador del anarquismo y de la literatura proletaria Michel Ragon (n. 1924), que estuvo al frente de un puesto entre 1954 y 1964.

En el otoño de 1957, el escritor e historiador anarquista Abel Paz (Diego Camacho Escámez, 1921-2009) se encontró a orillas del Sena trabajando como bouquinista a una activista barcelonesa a quien había perdido la pista poco después de la guerra civil española (en Burdeos, en 1941), y que sin duda merecía mejor suerte, Concepción Juana Ana Martí Vall, más conocida como Ada Martí.

Ada Martí.

Nacida en la barcelonesa calle de la Cendra (en el barrio del Raval) en julio de 1915 en el seno de una familia nacionalista de clase media baja, durante los conocidos como Fets d´Octubre de 1934 resultó herida en el brutal asalto artillero del ejército español a las dependencias del CADCI (Centre Autonomista dels Dependents del Comerç i de la Indústria) en la Rambla Santa Mònica, en que murieron los dirigentes del Partit Català Proletari Jaume Compte i Canelles (1897-1934) y Manuel González Alba (1896-1934) y el militante del Partit Comunista de Catalunya Amadeu Bardina i Prats (1908-1934), pero muchos de los allí atrincherados pudieron huir por las azoteas, cuyos muretes, de escasa altura, apenas supusieron dificultad alguna ni siquiera para los heridos.

Ada Martí era alumna del célebre médico especializado en psicosexología Félix Martí Ibáñez (1911-1972) en la Escola d´Idealistes Pràctics que este había fundado en la calle Bonavista. Por entonces Martí Ibáñez era conocido sobre todo por su ensayo sobre la psicopatología sexual de Teresa de Ávila (1515-1582), pero no tardaría en serlo también como director general de Sanitat i Assistència Social de la Generalitat de Catalunya en representación de la CNT y, como tal, autor de la primera ley de interrupción voluntaria del embarazo (aprobada en diciembre de 1936).

Por su parte, Ada Martí contribuía a la creación en 1935 de la Federación Estudiantil de Conciencias Libres (FECL),que originalmente se nutrió sobre todo de estudiantes de la Escola del Treball de Barcelona (el esperantista Eduardo Vivancos, entre ellos), pero no tardó en convertirse en la organización estudiantil anarquista dominante en Catalunya, Alicante y Málaga. Opuesta al desdén administrativo hacia la enseñanza, a la burocracia universitaria y a la limitada y envarada formación del profesorado, y en ocasiones colaborando con la Federació Nacional d´Estudiants de Catalunya (FNEC; cercana ideológicamente a Estat Català y Esquerra Republicana de Catalunya), las primeras actividades de la FECL consistieron en la organización de charlas, conferencias, debates, etc., y ya iniciada la guerra civil crearían una publicación periódica propia, Evolución, de la que Ada Martí fue una de las colaboradoras. Según lo describió Abel Paz:

Creamos la Federació d’Estudiants de Consciències Lliures (FECL) que tenía su sede en el local del Colegio Libre de Estudios Contemporáneos. Este local aún existe -la primera calle que hace esquina con Portaferrisa, a la izquierda, delante de un centro de Falange. […] Tenían relación con  el Ateneu Enciclopèdic Popular (hoy en la Biblioteca Arús) donde había gente del Bloc Obrer Camperol y de Idealistas Pràcticos que animaban Alfonso Martínez Rizo, Fèlix Martí Ibàñez y Ada Martí. Eran un grupito de intelectuales -gente con carrera- pero que no se habían desvinculado de la clase obrera.

En abril de 1936 se publica su primer libro, Un drama que no es de amor, como número 507 de la colección La Novela Ideal que publicaba La Revista Blanca de los editores anarquistas Federico Urales (Joan Montseny Carret, 1864-1942) y Soledad Gustavo (Teresa Mañé Miravet, 1865-1939), y a este sigue enseguida Memorias de un colegial, como número 531 de la misma colección. Se le ha atribuido tambíén  Memorias de un soldado, publicada como número 541, y se han planteado algunas dudas, pues apareció firmada como A. Martí y en ocasiones se ha atribuido a Alberto Martín, seudónimo empleado por Francisco López García (1885-1967), un anarquista que emigró siendo muy joven a Estados Unidos y escribió en la neoyorquina Cultura Obrera y posteriormente fundaría Cultura Proletaria, antes de dar a la imprenta una Breve historia del anarquismo en Estados Unidos de América del Norte, escrita en colaboración con Federica Montseny (1905-1994) y Vladimiro Muñoz (1920-2004) y publicada en Toulouse por Cultura Obrera. La similitud del título no es en absoluto significativa para identificar a Ada Martí como autora de las Memorias de un soldado, pues en la misma colección Novela Ideal habían aparecido ya en 1934 las Memorias de un médico (núm. 45), del doctor Javier Serrano Coello (1897-1974), y, como número 445, aparecerían luego las Memorias de un seminarista, del periodista anarquista Jacinto Toryho (Jacinto Torío Rodríguez,1911-1989), por ejemplo. Aun así, tampoco parece atribuible a López García.

Pese a la afirmación de Abel Paz, no hay constancia de que se matriculara en la universidad, pero en aquellos tiempos tenía ya fama de buenísima estudiante, voraz lectora (de Baroja, Kierkegaard, Unamuno, Gide) y con un magnetismo como oradora que la hacía particularmente dotada para la docencia. Así la recordaba el historiador anarquista Antonio Pérez González (1923-2009), quien a los trece años fue uno de los jóvenes que la tuvo como profesora particular:

La amplitud de miras intelectual, su apertura cultural. Con Ada Martí aprendí a leer, sí, a Bakunin, Kropotkin, Max Steiner, pero también a Dostoyevski, Nietzsche, Ortega y Gasset, Thomas Mann, Stefan Zweig. Y recuerdo todo esto para mostrar hasta qué punto no había en las ideas ni en la actitud de Ada ni una gota de sectarismo. Sus ideas, ─que las tenía y defendía con ardor─ no la encerraban en sí misma, sino todo lo contrario: hacían de ella una mujer abierta a todo lo que la vida le ponía ante los ojos.

Ateneu Llibertari Faros.

También impartió enseñanzas en el Ateneu Llibertari Faros (en la avenida Mistral, en el barrio de Sant Antoni), del que contaba Conxa Pérez:

En el ateneu Faros comentábamos libros, hacíamos lecturas, aprendíamos a escribir, a hacer cuentas. Había cursos de esperanto, psicología, sexualidad, naturismo. […] García Oliver, que era camarero en Sants, nos enseñaba a usar armas. Manuel Escorza, jefe de los grupos especiales de la FAI dedicados a contrainforación y persecución de fascistas, nos daban charlas sobre sexualidad y cultura. Era un maestro nato, que vivía en [el barrio de] Les Corts. A Mauricio, quien fuera mi compañero definitivo, lo llevaba a cuestas, porque era inválido, al ateneo Faros a dar charlas.

En 1936 Ada Martí se convierte también en redactora y editora de la emisora de ECN1 Radio CNT-FAI y lo cierto es que los años de la guerra civil y la revolución fueron tiempos de una actividad frenética en los que su firma aparece en publicaciones como la valenciana Estudios (conocida por sus portadas de Monleón, Bou o Renau), el periódico mural en formato de cartel Esfuerzo, Ruta (órgano de las Juventudes Libertarias Catalanas), El Amigo del Pueblo (portavoz de Los Amigos de Durruti, en la que firmaba como Artemisa), Solidaridad Obrera (de la que fue corresponsal en el frente de Aragón) Libre Estudio, Mi Revista (donde publica un reportaje ilustrado por el fotógrafo Agustí Centelles), Tierra y Libertad (de la Federación Anarquista Ibérica), Nosotros, la feminista Mujeres Libres de Lucía Sánchez Saornil, Amparo Poch y Mercedes Comaposada, Acracia, e incluso dirige sin apenas colaboradores el único número de la revista Fuego (junio de 1938), nacida como órgano de expresión de la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios, surgida en Valencia en 1937 como resultado de la fusión de la mencionada FECL con la Asociación de Estudiantes de la CNT (y que tenía como publicación regional Evolución, en la que también colaboró Martí); en esta última publicación aparece su entrevista al hispanista estadounidense  Waldo Frank (18891967). Su nombre aparece incluso en el muy perseguido y censurado semanario humorístico Criterion, aparecido en mayo de 1973, dirigido por Alejandro Gilabert y donde confluyeron textos de Ángel Samblancat, Juanonus, León Felipe o Mingo con ilustraciones de Opisso, Prats, Passarell y Bagaría, entre otros, y donde Martí publica el relato «La tragedia de Don Casto».

Simón Radowitzki.

Se la sitúa también como una habitual en una tertulia vespertina muy singular organizada por el dramaturgo y editor argentino Rodolfo González Pacheco (1883-1949) que se reunía por las tardes en la cuarta planta de lo que era conocido como la «Casa CNT» (en lo que habían sido unos astilleros propiedad de Francesc Cambó). Al frente de esta peculiar tertulia de marcado acento argentino se encontraba el muy célebre libertario de origen ucraniano Simón Radowitzki (1891-1956), quien cuando logró salir de Ushuaia, la cárcel más austral del mundo (tras un intento de fuga fallido) y unos años en Montevideo, viajó a España para combatir primero en la 28ª División de Gregorio Jover, luego en propaganda exterior y finalmente como responsable del traslado de los archivos de la CNT a Ámsterdam (murió en México oculto bajo el nombre Raúl Gómez Saavedra como empleado en una fábrica de juguetes). Compartía allí mesa con el bonaerense Vicente Tomé Martín, el editor y traductor Antonio Casanova Prado (1898-1966), que también combatió en la 28ª de Jover, Dolores (Eva) Cascante o el pedagogo argentino José Maria Lunazzi (1904-1995), entre otros.

Si las exigencias de la guerra y la revolución le impidieron desarrollar una más amplia obra pedagógica y literaria, es lógico que el resultado de las mismas la obligara a un exilio que, en 1939, hacía difícil prever qué caminos tomaría. Cuando, con dos libros a sus espaldas y una enorme cantidad de artículos dispersos por la prensa anarquista, Ada Martí cruzó la frontera española en los últimos días de la guerra civil, estaba lejos de suponer que acabaría sus días vendiendo libros de segunda mano a orillas del Sena.

Manel Aisa Pàmpols, Ada Martí Vall. El sueño de la conciencia libre, Barcelona, El Lokal (Col·lecció Històries del Raval 9), 2019.

Fuentes adicionales:

AA. VV., La Barcelona rebelde. Guía de la ciudad silenciada, Barcelona, Octaedro (Límites), 2003.

Ariane y Joël, «Abel Paz à Lausanne» (entrevista), L´Affranchi. Periodique des Amis de l´Association Internationale des Travailleurs, núm. 6 (julio-agosto de 1993), pp. 18-21.

Txema Bofill i Okupem les Ones, «La revolució que vam viure no cal somiar-la» (entrevista a Conxa Pérez), Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 125 (febrero de 2011), pp. 16-17. También en versión videográfica en  TV Sants.

Espai de Llibertat, «Abel Paz, escriptor», Espai de Llibertat, septiembre de 1997.

Ada Martí.

Agustí Guillamón, «Martí, Ada (1915-1960)», Revista Catalunya. Òrgan d´expressió de les CGT de Catalunya i Balears, núm. 154 (octubre de 2013), p. 30 y reproducido en diversas webs.

Alejandro Lora Medina, «El poder de la lectura como herramienta revolucionaria. El caso del anarquismo español de los años treinta», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, núm. 17 (2018), pp. 335-360.

Puyol, «La hija de Ada Martí», Solidaridad Obrera (Portavoz de la CNT Española en el Exilio), año XVII, núm 836 (30 de marzo de 1961), pp. 4 y 2.

Milan Rátkovic, La légende des bouquinistes de Paris, París, L’Age d’Homme, 2000.

Ignacio C. Soriano Jiménez, «Semblanza de La Novela Ideal (1925- 1938)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2016.

Ramon Maynadé, el gran editor teósofo

No es gran cosa lo que se sabe acerca de quien probablemente fuera el más importante editor y divulgador español en el campo de la teosofía, Ramon Maynadé Sallent, quien acaso llegara a la edición más por necesidad y convicción que como fruto del desarrollo de una vocación. Maynadé aparece ya como primer vocal de la junta fundación de la Sociedad Teosófica en 1899, que presidía el médico Josep Roviralta y formaban el también médico Josep Plana i Dorca (administrador), Josep Granes (secretario), Josep Querol (vocal) y Jacint Plana (vocal).

Después de la publicación descoordinada de la «Revista Teosófica Mensual» Antahkarana (1894-1896) y una notable serie de opúsculos, a menudo traducidos, a principios del siglo XX esta actividad editorial dispersa cristaliza en 1901 en la creación de la Biblioteca Orientalista, financiada por Josep Xifré Hamel (1855-1920) –quien en Madrid había sufragado ya el boletín teosófico Sophia (1893-1914) – y dirigida por Ramon Maynadé con la estrecha colaboración de su esposa Carme Mateos Prat (1865-1915). Acerca de Sophia, vale la pena consignar que uno de sus suscriptores, por lo menos hasta 1913, fue el urbanista Arturo Soria y Mata (1844-1920), conocido por ser el creador de la madrileña ciudad lineal, pero quizá entre los amantes de los libros más por haber creado el periódico crítico-satírico urbanístico La Dictadura, editar La Ciudad Lineal. Revista de Higiene, Agricultura, Ingeniería y Urbanización y sobre todo por ser el padre del famoso librero y editor de Cruz del Sur Arturo Soria y Espionsa (1907-1980) y del no menos insigne impresor y editor Carmelo Soria (1921-1976).

Volviendo a las obras publicadas en la Biblioteca Orientalista, los pies editoriales no son tampoco muy clarificadores, pues de 1901 es por ejemplo una traducción de Ciencia oculta en la medicina, de Franz Hartmann, firmada con las iniciales A.F.G., o El poder del pensamiento, su dominio y cultura, de Annie Besant, en traducción de José Melián, que aparecen bajo el sello R. Maynadé Editor. Otra cuestión por aclarar, dada la coincidencia de los apellidos con los del matrimonio editor, es si existe alguna relación de parentesco entre el editor y su principal impresor, Joan Sallent i Prat, de Sabadell.

Lo que sí parece más claro es que la dirección de la empresa, calle de la Tapinería, 10 (no lejos de donde hoy se encuentra el Museu Picasso), estaba muy cerca del principal punto de venta de los libros, la Librería Orientalista que regentaba el matrimonio Maynadé (en Tapineria, 24) y que durante un tiempo fue frecuentada por algunos de los personajes más conocidos del modernismo catalán, como el polímata Alexandre de Riquer (1856-1920), el egiptólogo y sinólogo Eduard Toda (1855-1942), el dramaturgo Pompeu Gener (1848-1920) y el dibujante, pintor y escritor Santiago Rusiñol (1861-1931), entre otros. Sin embargo, también en la Carbonell y Esteva (en Rambla Catalunya, 118) podían adquirirse ejemplares de esta colección. Tampoco deja de ser curioso que, según constata Armando López Rodríguez a partir del epistolario, Maynadé solicitó al mencionado Arturo Soria ejemplares de los libritos que este último había ido publicando por su cuenta y riesgo para venderlos en su librería, y de que en ella se vendieron ejemplares de sus obras Origen poliédrico de las especies (1894) y Contribución al Origen poliédrico de las Especies (1896). De ese mismo epistolario procede la información de que ya ese mismo año 1901 se confeccionó un primer catálogo de publicaciones disponibles del que se hizo una primera tirada de seis mil ejemplares y se preparaba ya una segunda de doce mil.

Carmen Mateos.

A partir de 1912 (y hasta 1924) tanto Ramon Maynadé como Carmen Mateos colaboraron también con El Heraldo de la Estrella, cuyo contenido se nutría sobre todo de la traducción de conferencias, entrevistas y textos diversos de Jiddu Krishnamurti (1895-1986), y ese mismo año interviene, con el escritor y periodista masón Frederic Climent Terrer (que colaboraba en la Biblioteca Orientalista como traductor y corrector), en la creación del Instituto de Educación Integral y Armónica.

Entre enero de 1917 y abril de 1932, Maynadé figura como miembro de la junta administrativa de El Loto Blanco, que se autodefine como «Revista Teosófica. Órgano de relación entre los teósofos españoles e hispanoamericanos», y en ese mismo año 1932 aparece como colaborador de la revista Teosofía. Unos años antes, en un libro de 1928, quien llegaría a ser un editor de cierta trascendencia al frente de las Ediciones Antisectarias, Joan Tusquets i Terrats (1901-1998), describía en El teosofismo (Eugenio Subirana, Editor Pontificio) la editorial de Maynadé como uno de los pilares principales del teosofismo en Cataluña, y según dice en 1927 había publicado ya unas 150 obras. Años más tarde, en 1934, el catálogo incluía ya 268 títulos. Por el camino, en 1922, Maynadé se había convertido en vicepresidente del Consejo de la Sociedad Teosófica Española y había establecido contactos con libreros y distribuidores comerciales americanos –caso de Nicolás B. Kier en Argentina, por ejemplo– mediante los cuales lograba una mayor difusión de las obras que publicaba (aunque se desconocen los métodos de distribución).

En la extensa nómina de traductores que colaboraron con la Biblioteca Orientalista figuran la luego célebre pedagoga Maria Solà [Ferrer] de Sellarés (1899-1998), el conocido traductor de Shakespeare y Goethe Josep Roviralta Borrell, médico homeópata de profesión, el filósofo, políglota y prolífico traductor Edmundo González Blanco (187-1938), el discreto poeta Josep Plana i Dorca (1856-1914), el ingeniero y yerno de Ramon Maynadé Luis García Lorenzana y los dos hijos del matrimonio: Josefina Maynadé Mateos (1908- 1978) y Arnaldo Maynadé Mateos (no confundir con el también ocasional traductor Arnaldo Maynadé Crespo, nacido el 24 de julio de 1929).

Josefina o Pepita Maynadé, que a los catorce años vio ya publicado El tesoro de Maya, creó una amplísima obra como traductora e ilustradora, y es autora de títulos como el articulo inicial «El teósofo y el ceremonial» (publicado en El Loto Blanco en 1925), Escuela de héroes (¿1929?), Plotino, su escuela iniciática y su filosofía (1929), Los niños a través de la plástica histórica (¿1946?), etc., y al final de la guerra civil española (durante la que se vio separada de su marido Luis García Lorenzana), residió en las islas Canarias (donde publicó los poemarios A Cloris y Los silencios y colaboró en la revista feminista Mujeres en la isla) y desde 1958 en México, donde amplió sus actividades al campo de la pedagogía. En los años sesenta dirigió la no muy longeva Colección Astrología Cíclica, que se publicaba con el sello del editor catalán B. Costa-Amic, y posteriormente, en colaboración con Maria Solà Ferrer, la colección de la editorial Diana Tradición Sagrada de la Humanidad.

Su hermano Arnaldo Maynadé Mateos, en cambio, afiliado a la Rama Arjuna de la Sociedad Teosófica Española ya en febrero de 1926, dejó una huella bastante menor, aunque pueden suponerse los motivos que le llevaron a trasladarse a Chile.

Fuentes:

Armando López Rodríguez, Arturo Soria y Mata. Una biografía, tesis doctoral presentada en el Programa de Doctorado en Historia e Historia del Arte t Territorio, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2017.

Joseba Louzao Villar, «Los idealistas de la Fraternidad Universal. Una aproximación a la historia del movimiento teosófico Español, (c 1890-1939)», Historia Contemporánea, núm. 37, pp. 501-529.

Pepita Maynadé, «Don Mario Roso de Luna», El Loto Blanco, de enero 1932, digitalizado por Biblioteca Upasika en Noviembre 2003.

Vicente Penalva Mora, El orientalismo en la cultura española en el primer tercio del siglo XX. La Sociedad Teosófica Española (1888-1940), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i Lletres de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2013.

Jordi Pomés Vives, «Diálogo Oriente-Occidente en la España de finales del siglo
XIX. El primer teosofismo español (1888-1906): un movimiento religioso heterodoxo bien integrado en los movimientos sociales de su época», HMiC, núm 4, 2006.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Susana, «Josefina Maynadé, una escritora amante de los clásicos», Huellas de Mujeres Geniales, 8 de abril de 2016.

Eliseu Trenc, «Josep Plana i Dorca, modernista, catalanista i teòsof», Anuari Verdaguer núm. 26, 2018, pp. 147-157.

 

Enrique de Hériz, traducción, escritura, edición… y amistad

A Mariana Montoya y Juan Gabriel Vásquez (y familia)

La nómina de los editores barceloneses que han publicado alguna que otra novela es relativamente extensa, e incluye algunos nombres tan conocidos como los de Josep Vergés (que escribió a cuatro manos con su cuñado Tomás Salvador Garimpo, que José Janés publicó en 1952), Carlos Barral (y su rencorosa Penúltimos castigos, aparecida en Seix Barral en 1983), Carlos Pujol (La sombra del tiempo, Jardín inglés, Los secretos de San Gervasio, Los días frágiles, etc.) o Enrique Murillo (de El centro del mundo en Anagrama en 1988 a La muerte pegada a las uñas en Bruguera en 2007), pero entre los más vocacionales, constantes e internacionalmente exitosos se cuenta sin duda Enrique de Hériz (1964-2019), probablemente el único entre todos ellos que aunó una obra narrativa de suficiente calibre y grosor como para perdurar y el favor del común de los lectores.

Enrique de Hériz.

Licenciado en Filología Hispánica en la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona, la entrada de Hériz en el sector editorial fue bastante temprana y en 1987, cuando contaba veintitrés años, ya figura como traductor de dos novelas policíacas de Elmore Leonard (1925-2013) publicadas ambas por la editorial Versal ─a cuyo frente estaba por entonces Antoni Munné, que se convertiría en uno de sus muchos amigos─, Bandidos y Chantaje mortal.

Ese mismo año, a raíz y como consecuencia de la compra de la histórica editorial Bruguera por parte del Grupo Z, se creó Ediciones B, en la que en 1992 aparecieron otras tres traducciones suyas, El santuario de Altamira, del prolífico escritor estadounidense John L’Hereux (1934-2019) y, acaso más importantes para el traductor, Érase un hombre, érase una mujer y Una casa en Mango Street, de la escritora de raíces mexicanas Sandra Cisneros. Escribió Hériz acerca del lenguaje de Cisneros y de lo que supuso la experiencia de traducirla:

Es una mezcla absoluta, no tiene nada que ver con el spanglish porque ella no utiliza ninguna palabra española, excepto en algún diálogo en que hablan dos hispanos. Todo es en inglés, pero la gramática de alguna manera es española. Y eso, cuando lo lees en inglés, es interesantísimo; […] Es una especie de traición permanente al idioma que estás leyendo, donde tú estás leyendo y casi dirías: «esta frase está mal», pero en realidad para el lector que no habla español acaba teniendo una especie de exotismo brutal: es precioso, es una gran escritora. Bueno, pues traduce eso al español… A mí me tocó hacer eso a los veintisiete o veintiocho años […] Me enamoré del texto, me propusieron traducirlo y dije que sí felicísimo, pero en la segunda página…

Sandra Cisneros. Foto: Diana Solís, 1982.

Sin embargo, más allá de lo que el traductor describe como el arduo (y sin duda poco rentable) trabajo que le supuso ese encargo, más interesante resulta la anécdota que cuenta en el mismo texto («Gente que oye voces»), acerca de su encuentro posterior con la autora, con motivo de la presentación en Barcelona de una de estas novelas, en la que en cierto modo le censuró que no le hubiera hecho ninguna consulta durante el proceso de traducción: «aunque hubieses tenido que inventarte una duda para consultarme ─le reprendió Cisneros─, yo me hubiera quedado más tranquila». El interés de la anécdota reside sobre todo en la idea a menudo expresada por Enrique de Hériz posteriormente acerca de la necesidad de colaboración entre autor y traductor, probablemente uno de los puntales de su enfoque sobre la traducción literaria ─hasta el punto que para aceptar una traducción exigía contacto directo con el autor─ junto con su idea de la necesidad de «atrevimiento» ─cosa distinta a la libertad─ por parte de quien la ejerce, y que tuvo ocasión de expresar en más de una ocasión cuando su novela Mentira empezó a ser traducida a una docena de lenguas: «el hecho de que un traductor no se ponga en contacto contigo en una novela de seiscientas treinta y cuatro páginas es mala señal. A mí no me transmite que ese traductor esté muy seguro de lo que hace sino todo lo contrario».

Otras colaboraciones de Hériz habían aparecido un poco antes que estas traducciones en Ediciones B. En 1990 Círculo de Lectores publicó una edición de la clásica Nana, de Émile Zola, traducida por Carlos de Arce, ilustrada por Rafael Bartolozzi (1943-2009) y precedida de un «ensayo biográfico» firmado por Enrique de Hériz, y, ese mismo año, la novela negra del escritor estadounidense Andrew Vachss Strega, en traducción de Susana Estrada y precedida de un texto de presentación también de Hériz.

Del año 1993 es su traducción de Dolores Clairbone, de Stephen King, que apareció simultáneamente en Orbis (en la colección dedicada al autor) y en Ediciones B (en Éxito Internacional), y al año siguiente se produce ya su entrada en esta última empresa. De cómo obtuvo su primer empleo con vacaciones pagadas dejó él mismo testimonio:

…me propusieron crear y dirigir el departamento de traducción de una editorial que apenas empezaba. Yo ni sabía que me lo iban a proponer. De hecho, acudía a una reunión en esa editorial con dos carpetas: una azul que contenía la traducción que les iba a entregar (un Elmore Leonard, no recuerdo el título [Cóctel explosivo, luego reimpresa con el cinematográfico título Jackie Brown]); la otra, roja, tenía en la tapa las letras VSO, escritas a mano por mí con un tamaño enorme: VOLUNTARY SERVICE OVERSEAS. Dentro, una serie de documentos y formularios que me proponía rellenar esa misma tarde para presentar mi candidatura a uno de los puestos que ofrecía la VSO para participar en proyectos de alfabetización en Kenia.

Al cabo de tres días acudí a la editorial con una propuesta: aceptaba el trabajo con la condición de que me dieran dos meses para encerrarme a terminar una novela que estaba escribiendo.

Así es, más o menos, como se gestó en Salamanca lo que acabaría siendo la primera edición de su novela El día menos pensado (Ediciones B, 1994), que obtuvo como respuesta el entusiasmo de crítica y lo que no puede describirse sino como negligencia de los lectores. Pero de esa etapa es también un libro de muy distinto pelaje montado a base de entrevistas acerca de la por entonces popular serie televisiva Farmacia de guardia (Ediciones B, 1994), así como la publicación de su traducción de Parte de guerra (1995), de Larry Beinhart.

De su seis años al frente del departamento literario de Ediciones B sería muy difícil hallar testimonios de sus colaboradores que no sean elogiosos, pero valga como muestra que al ser preguntado quien entonces era su superior jerárquico (y buen amigo), Pere Sureda, acerca de los editores que más le influyeron en su formación respondiera: «Felipe Palma Claudín, el primer jefe que tuve. Me dio alas y confianza. Aprendí mucho con él. Enrique de Hériz, sin duda el mejor editor que he conocido, y con el que he tenido el privilegio de hacer equipo».

Su cargo de director editorial, aun con la exigencia que supone, no le impidió sin embargo seguir escribiendo, y en octubre del año 2000 Seix Barral le publicaba la novela Historia del desorden, cuya aparición coincide más o menos con el abandono de Ediciones B (y poco después le seguiría también el de Sureda). Se dedicó entonces a fondo a la escritura: su siguiente novela, Mentira (Edhasa, 2004), fue un fenómeno de ventas y, gracias sin duda al buen hacer de la agencia literaria de Carmen Balcells, fue traducida a una docena de lenguas.

Desde el momento en que decidió dejar su puesto en Ediciones B ─le sustituyó su colega y amigo Santiago del Rey─, combinó la creación propia con la traducción y más tarde con la docencia en la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès; pero decidió concentrarse sobre todo en la escritura porque estaba en condiciones de empezar a escoger las traducciones que decidía llevar a cabo:

…tomé la decisión de concentrar el esfuerzo en mi carrera de escritor; ser traductor es un oficio que me añade una posibilidad más para ganarme la vida porque no consigo ganármela como escritor. Eso, de hecho, condicionó mucho el tipo de cosas que traduzco y la manera en que traduzco. […] fue cuando hice las traducciones más interesantes, pero fueron sin lugar a dudas las más ruinosas. […] Entonces al final les empecé a decir [a los editores]… “Pues mira, si me quieres hacer un favor, ¿por qué no me guardas un tío que venda bien?”

A Mentira le seguiría años más tarde Manual de la oscuridad (Edhasa, 2009), pero también algunas traducciones de autores muy notables (Aldous Huxley, Henry Miller, Jonathan Franzen y sobre todo la primera edición íntegra en español del Robinson Crusoe) que hasta cierto punto desmienten su propósito de elegir las traducciones con criterios exclusivamente de rentabilidad. Sobre todo Salamandra y Navona se beneficiaron en el siglo XXI de su buen hacer y profesionalidad: en la primera de estas editoriales se ocupó incluso de una renovación y reestructuración del equipo de traductores y correctores, mientras que en la primera dejó traducciones tan memorables como la de Bartleby, el escribiente, precedida además de un prólogo de su muy buen amigo y durante unos años vecino Juan Gabriel Vásquez. Pero se ocupó también, por ejemplo, de la impagable edición y traducción de los cuentos completos de Dashiell Hammett para RBA (Disparos en la noche, 2014), que incluye seis cuentos inéditos. También de Enrique de Hériz es tal vez posible que en algún momento surjan algunas piezas menores inéditas de interés muy limitado a sus más acérrimos incondicionales (caso, por ejemplo, de la titulada algo así como «Manley» [?], que podría definirse como un divertimento narrativo privado).

Me consta y puedo dar fe de que, al igual que Sureda, somos legión quienes aprendimos mucho acerca del mundo del libro y de la magia que lo rodea gracias a haber trabajado cerca de Enrique de Hériz. Y se lo agradecemos.

Fuentes:

Enrique de Hériz, «Vida de un manuscrito», Quimera núm 223 (diciembre de 2002), pp. 26-30.

Enrique de Hériz y Peter Schwaar, «Gente que oye voces. Coincidencias y afinidades entre un autor y su traductor», Vasos comunicantes, núm 40 (otoño de 2008), pp. 67-79.

Enrique de Hériz, «En busca de Robinson Crusoe», Letras Libres, núm. 125 (2012), pp. 26-30.

Enrique de Hériz,«Lo que es del César», El Periódico, 15 de febrero de 2012.

Enrique de Hériz, «Todo eso», Letras Libres, 1 de agosto de 2016.

Rosa Montero, «Enrique de Hériz, una vida hermosa», El País, 14 de marzo de 2019.

 

Escribir a destajo: Los derechos de autor de José Zorrilla

El caso del escritor José Zorrilla (1817-1893) es paradigmático del a todas luces injusto trato al que los editores se habían acostumbrado a someter a los escritores, y probablemente la razón haya que buscarla no sólo en la ausencia de una ley mínimamente eficaz para protegerlos, sino también en las endémicas dificultades de los creadores artísticos españoles para crear asociaciones profesionales robustas y eficientes. En cualquier caso, hasta tal punto esto fue así que en fecha tan tardía como 1946 el Tribunal Supremo sentenciaba a favor de algunas reversiones de derechos de ciertas obras de Zorrilla (entre las cuales el celebérrimo Don Juan Tenorio) a favor de su heredera.

José Zorrilla.

José Zorrilla.

Los problemas serios para Zorrilla pueden seguirse con precisión y detalle en la serie que en su senectud escribió para El Imparcial (a partir de 1880) y luego publicaría en tres volúmenes titulados Recuerdos del tiempo viejo, y pueden identificarse con precisión en sus acuerdos con el editor madrileño Manuel Delgado (¿?-1848), de quien escribió el poeta: «era el único que sabía lo que yo valía en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí ». Inicialmente, como se cuenta también con jugosos detalles en estos más interesantes que leídos tomos, el flamante editor se ocupó de que se publicaran en forma de volumen los poemas que Zorrilla iba publicando (y cobrando) en la prensa periódica, con un acuerdo por el que pagaba a tanto alzado y se reservaba el derecho perpetuo a la reimpresión y, desde 1839, el mismo tipo de acuerdo se estableció en relación a las obras teatrales, con el agravante de que se aplicaba idéntico principio a los derechos de estreno y representación de las obras, todo lo cual convertían el de Delgado en un negocio redondo del que el escritor apenas se beneficiaba. Así lo cuenta Zorrilla:

Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, después de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara [1839], emigró mi padre a Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí a mi editor D. Manuel Delgado, quien a vueltas de larguísimas e inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedía; es decir, jamás me lo dio en su casa, sino que me lo envió siempre a la mía a la mañana siguiente del día en que se lo pedí: parecía que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, o que no quería dejarme ver que lo tenía en su casa, o que no era dueño de emplearlo sin consulta o permiso previo de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó a pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte a mi padre; pero era preciso trabajar mucho…

También cuenta cómo fueron las estrecheces económicas las que le llevaron a decidir escribir a cuatro manos y a toda prisa con el también apurado autor del exitoso drama romántico El trovador, Antonio García Gutiérrez (1813-1884), el hoy apenas recordado drama en tres actos Juan Dandolo, por la que cobraron de Delgado 3.000 reales (unos 4,50 euros).

García Gutiérrez.

Sin embargo, el problema grave, acerca del cual Zorrilla incluso proyectó un jamás escrito Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor (para cuya publicación incluso puso fecha), llegó en 1844, el mismo año, curiosamente, en que una pléyade de escritores románticos (el Duque de Rivas, Bretón de los Herreros, Hartzenbusch, etc.) creaban la Sociedad de Autores Dramáticos, uno de cuyos principales objetivos era proteger la propiedad de los creadores. Sin embargo, según dejó escrito David García Aristegui en Por qué Marx no habló del copyright, «La Sociedad no tuvo mucho recorrido, pero supuso el primer intento organizativo de los autores españoles ante los abusos y excesos de empresarios de teatro», quienes, pese a existir desde 1764 disposiciones acerca de la extensión de los derechos a los herederos de los autores (que en 1834 un Real Decreto fijó en diez años tras la muerte del autor), mantenían una situación muy irregular en sus relaciones con los autores en general.

Bretón de los Herreros.Si bien el estreno del Don Juan, cuyo manuscrito Zorrilla entregó a su editor en febrero de ese año, pasó con buenas críticas pero sin pena ni gloria en cuanto a público pese a protagonizarla Carlos Latorre (1799-1851), el autor se embolsó de inmediato 4.200 reales de vellón (equivalentes a unos 7 euros actuales). Nadie podía suponer el colosal éxito que la obra obtendría unos quince años después.

Por el camino, en 1847 se promulgó la primera ley que reconoció de forma extensa y clara los derechos del autor, pero para entonces Zorrilla estaba ya hasta tal punto entrampado que mantuvo el mismo tipo de relación contractual no sólo con Manuel Delgado sino también con su hijo y heredero (Manuel Pedro Delgado García), y jamás recuperó sus legítimos derechos sobre Don Juan. Muy probablemente con esta nueva ley, y con el deseo de aprovechar las ventajas que le ofrecía, hay que relacionar la escritura de la versión del Don Juan Tenorio como zarzuela (estrenada en 1877 con muy escaso éxito), con música del compositor Nicolás Manent (1827-1887), así como el fallido intento de convertirlo en novela (El tenorio bordelés: recuerdo legendario, publicada póstumamente en 1897) y el poema inacabado La leyenda de Don Juan Tenorio. Era muy probablemente un modo de beneficiarse económicamente del éxito de su creación.

Federico Balart.

En sus últimos años de su vida José Zorrilla dejó de cobrar, por restricciones presupuestarias, la pensión que a modo de compensación de una injusticia flagrante el gobierno le había otorgado en 1871, así que se vio en la imperiosa necesidad de solicitar empleo a su editor barcelonés, Montaner y Simón, que sólo pudo ofrecerle una ayuda provisional en metálico, y el dramaturgo no obtuvo una fuente de ingresos regulares hasta que el crítico teatral y poeta Federico Balart (1831-1905) le puso en contacto con Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), que acababa de fundar El Imparcial (1867-1933) en cuyo célebre suplemento cultural que dirigía el fino crítico José Ortega Munilla («Los Lunes de El Imparcial») empezó el insigne dramaturgo a publicar regularmente, y además más adelante le dio todas las facilidades para recoger buena parte de esas colaboraciones en prensa. Así contó la jugosa escena el propio Balart:

Por la noche me fui a casa de Eduardo Gasset, a quien encontré solo en su despacho fumando el cigarro de la sobremesa, frente a un enorme jardín de canarios que ocupaba el centro de la habitación.
—Deme usted setenta y cinco duros –—le dije por primer saludo.
Gasset se levantó, me echó el brazo por la espalda, me llevó a su mesa de escritorio, abrió un cajón donde había en abundancia monedas y billetes y me dijo volviéndose a su contemplación ornitológica:
—Tome usted lo que quiera y no se quede corto.
Yo conté quince monedas de cinco duros, me las guardé y alargándole la llave del cajón le dije:
—Le advierto que no son para mí.
—Sobra la advertencia —me contestó—. Ya sabe usted que puede disponer de todo sin explicaciones.
—Es que cuando yo le diga el nombre de quien los recibirá dentro de media hora, sin sospechar el paso que doy en este momento, tendrá usted seguro dos satisfacciones: una por mí y otra por él.
—Eso ya me pica la curiosidad. ¿De quién se trata?
—De un pájaro que no es de cuenta porque nunca ha sabido ajustar las suyas; pero que en cambio canta mejor que los encerrados en esa jaula.
Y le referí el caso. Gasset quería duplicar la cantidad, pero ante mi negativa, cedió, diciéndome al despedirme:
—Diga usted a Zorrilla que mi bolsillo y mi periódico están a su disposición.

José Zorrilla.La muerte impidió que Zorrilla pudiera beneficiarse de la Ley de Propiedad Intelectual de 1879, que amplía el concepto de propiedad literaria y amplía el plazo a ochenta años tras la muerte del autor, pero aún en 1933 se estudiaron seis recursos presentados por Manuel Pedro Delgado contra las órdenes de la Dirección General de Bellas Artes que obligaban a inscribir en el Registro de la Propiedad Intelectual a favor de la sobrina política del poeta, Blanca Arimón Pacheco. Y, con la guerra civil de por medio, el caso no quedó resuelto hasta 1946, es decir: noventa y ocho años después de la publicación de la obra.

Fuentes:

Francisco Cervera, «Zorrilla y sus editores. El Don Juan Tenorio, caso cumbre de explotación de un drama», Bibliografta Hispánica, 3-III-1944, págs. 147-190.

David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló del copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones, Madrid, Enclave de Libros, 2015.

Raquel Sánchez García, «La propiedad intelectual en la España contemporánea, 1847-1936», Hispania, vol. 62, núm. 212 (2002), pp. 993-1020.