El «gran editor» al que enterró Max Aub

En el primer número de la revista Los Sesenta, publicado en México en 1964, apareció por primera vez el cuento de Max Aub (1903-1972) «Entierro de un gran editor», que ese mismo año se ponía al alcance de los lectores españoles en el volumen El Zopilote y otros cuentos mexicanos gracias a la colección El Puente creada muy poco antes por Guillermo de Torre (1900-1971).

Los cinco números de la revista Los Sesenta.

El cuento en cuestión, que sin atraer tanta atención como «Librada» o «La verdadera muerte de Francisco Franco», se cuenta entre los más apreciados por la crítica, fue incluido por Javier Quiñones en su antología Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico (Alba Editorial, 1994), pero tampoco en el prólogo a esta selección de narrativa breve aubiana se aventura ninguna hipótesis acerca de la identidad del interfecto. Y lo mismo sucede en la edición, a cargo de Lluis Llorens Marzo y Javier Lluch Prats, de este cuento en el tomo de las obras completas —que siguiendo una muy hispana tradición de la que Aub era muy consciente, siguen incompletas—dedicadas a Los relato de El laberinto mágico (Generalitat Valenciana, 2006).

Francisco Giner de los Ríos, Ricardo Martínez, Max Aub, José Luis Martínez y Joaquín Díez-Canedo.

También resulta muy borgeana la mención en «Entierro de un gran editor» a tres obras de carácter histórico (Historia general del mundo, Historia de la Marina Española y Diccionario de frases hechas y por hacer), pues son en apariencia inexistentes, si bien la primera podría aludir a la obra del cronista de Indias Antonio de Herrera y Tordesillas (1549-1626), publicada con ese mismo título originalmente en tres volúmenes, y la segunda podría ocultar Cuando el mar no era un camino. Apuntes para la historia de la Marina Española, de Julio Pardo Canalís (¿1918?-2003), publicada en enero de 1937 por la zaragozana y muy fascista Tipografía La Editorial.

Sin embargo, Sebastiaan Faber sí abrió el camino para develar a quién se oculta en el cuento aubiano al proponer a un posible candidato —si bien advirtiendo que «no es seguro que el cuento “Entierro de un gran editor […] se refiera a Juan Grijalbo»— basándose sobre todo en algunas coincidencias biográficas entre el valenciano Solà y el editor de Gandesa y ofreciendo una explicación bastante sugerente.

…ambos [nacieron] en el seno de una familia humilde, con padres que valían poco; los dos se destacaron por sus dotes comerciales; ambos desempeñaron una función importante en un sindicato (Grijalbo en la UGT, Solá en la CNT); los dos se casaron más de una vez; y los dos fundaron una empresa editorial poco después de llegar a México, especializándose en un principio en las obras de referencia.

Además, no puede ser casual que Aub decidiera narrar la muerte del editor ficcional Solá precisamente cuando el Grijalbo real se disponía a establecerse definitivamente en la España de Franco —decisión, en esa época, bastante mal vista por la comunidad exílica y que bien podría interpretarse como una muerte metafórica.

Sin embargo, como es lógico, muchos otros datos pueden dirigir la investigación en otras diversas direcciones. Se nos dice, por ejemplo, que «el difunto se había hecho muy rico aprovechando como parias a mil refugiados republicanos españoles» y que «allí trabajamos casi todos, unos al principio —como yo—, otros luego, en los puestos que dejamos al crecer el negocio», en referencia a los exiliados de 1939. Con esos datos, uno pudiera aventurar que quizás Aub está aludiendo al gallego José María González Porto (1895-1975), el célebre creador de la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, conocida por sus siglas UTEHA (que recuerda la H.U.S.C. de V. mencionada en el cuento). Al igual que Gabriel Solá padre, González Porto se dedicó inicialmente a la venta de libro de viejo, en su caso en cuanto llegó a Cuba, y una vez establecido en México había puesto un pie en Barcelona ya en 1952 mediante la compra de la editorial Montaner i Simón (especializada en libro técnico y grandes obras enciclopédicas).

La alusión al abundante reclutamiento de exiliados podría hacer pensar también en el Fondo de Cultura Económica, y hay algún que otro dato adicional para apoyar esta hipótesis, pero lo cierto es que, desde el principio, en UTEHA trabajó como corrector de pruebas en sus primeros meses de exilio quien fuera ministro de Economía y gobernador del Banco de España, Lluís Nicolau d’Olwer (1888-1961), así como un buen puñado de republicanos llegados a México que colaboraron en el muy famoso Diccionario Enciclopédico de UTEHA en diez volúmenes y dos apéndices —y recuérdese la mención en el cuento a «el Gran Diccionario Solá»— , como fue el caso del militar Vicente Guarner (1893-1981), el matemático Marcelo Santaló Sors (1905-¿?) y su hermano (geógrafo) Miguel Santaló, el físico y astrónomo Pedro Carrasco Garrorena (1883-1966), el escritor Lluís Feran de Pol (1911-1995) o el también escritor y dibujante Pere Calders (1912-1994), que destacó como uno de los principales ilustradores de los libros de UTEHA.

Aun podría añadirse otra hipótesis a las planteadas, la del editor Marín Civera Martínez, nacido en Valencia en 1900 y fallecido en México en 1975, quien ya en 1919 se había afiliado a la CNT y ese mismo año fue delegado en el Congreso confederal del Comedia por el Sindicato Único de Empleados de Comercio (de Solá se dice que entró en ella en 1936, al iniciarse la guerra, e «hizo una carrera brillante y rápida»). En

Ramón J. Sender.

los años treinta, Civera dirigía los Cuadernos de Cultura en los que se fogueaban artistas como Manuel Monleón (1904-1976) y Josep Renau (1907-1982) y compartían página escritores como Ángel Pestaña (1886-1937), Rodolfo Llopis (1895-1983), Ramón J. Sender (1901-1982), Juan Gil Albert (1904-1994) o Carmen Conde (1907-1996), así como la también muy combativa y transgresora revista Orto. Durante la guerra civil Civantos pasó a dirigir primero El Pueblo, y más tarde, en Barcelona, Mañana, el órgano del Partido Sindicalista de Catalunya. Se da la circunstancia de que, tras su paso por el campo de refugiados de Argelés, cuando finalmente logró Civantos recalar en México, no tardó en convertirse en gerente de la editorial UTEHA. Sin embargo, eso no le impidió asumir la redacción de la revista del exilio valenciano Mediterrani ni colaborar con publicaciones como CNT, Comunidad Ibérica, Quaderns de l’Exili o Horizontes.

Es cierto que la fecha de la muerte de Civantos —como también la de Grijalbo— es bastante posterior a la publicación del cuento aubiano, pero quizá sea una candidatura que valga la pena estudiar con mayor detenimiento…

 

Una mirada cubista al libro: Roger Chartier

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Las revoluciones de la cultura escrita, de Roger Chartier» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en enero de 2019.

Roger Chartier.

Roger Chartier es hoy, sin ningún género de duda, uno de los estudiosos más sagaces, productivos e influyentes con que cuentan las disciplinas vinculadas de algún modo al libro, ya sea la historia de la edición, la sociología del libro o la historia de la lectura. Y una de las virtudes del breve volumen Las revoluciones de la cultura escrita que Gedisa reeditó en 2018 con un nuevo prólogo («La cultura escrita en el mundo digital») es la posibilidad de conocer los rasgos fundamentales del pensamiento de Chartier de un modo rápido y eficaz, si bien hay que tener en cuenta que se trata de su mirada en un momento determinado, porque una de las principales virtudes de este sabio borgeano es que a lo largo de su trayectoria ha sabido adaptar su manera de enfocar los diversos aspectos que inciden en el libro y la lectura a la evolución permanente, y en los últimos años muy veloz, de su objeto de estudio.

Con el subtítulo «Diálogo», el grueso del libro lo ocupa una extensa y muy bien estructurada entrevista de Jean Lebrun, historiador y sobre todo periodista muy bregado en el género desde que en los años setenta se fogueó en la mítica Combat y autor además de entrevistas a una retahíla de historiadores importantes en la cultura occidental (René Rémond, Alain Corbin, Jacques Le Goff…), publicadas en diversos volúmenes de la editorial Textuel, así como de una biografía sobre Chanel que, con el título Notre Chanel, ganó el Premio Concourt en 2014. En la mencionada entrevista Lebrun ciñe los estribos imprescindibles para que Chartier exponga sus reflexiones sobre algunas de las cuestiones mayores, a cada una de las cuales se dedica un apartado: «¿La revolución de las revoluciones?», «El autor, entre el castigo y la protección», «El texto, entre autor y editor», «El lector, entre restricciones y libertad», «La lectura, entre la escasez y el exceso», «La biblioteca, entre la concentración y la dispersión» y el que se ha traducido como «Lo numérico como sueño de lo universal» pero también se hubiera podido traducir como «Lo digital».

Es evidente que, a la luz de estas características, a un libro como Las revoluciones de la cultura escrita se le podría reprochar no haber profundizado más en los temas que plantea y no ordenarse alrededor de un tema que lo aglutine. Ciertamente, pero también es evidente desde el principio que en este caso no estamos ante una monografía y también que no hay en este librito nada de la «paja» que a menudo rellena los libros de entrevistas de este tipo ni ningún género de digresiones que lo aparten del tema anunciado en el título. Lebrun formula las preguntas pertinentes y Chartier desarrolla, con la concisión, precisión y claridad que lo caracterizan, sus argumentos; ni más ni menos.

Chartier, uno de los abanderados en la reivindicación de un estudio transversal, interdisciplinario y de mirada abierta sobre el mundo del libro, sorprenderá sin duda a quien no conozca su obra previa por la profundidad y alcance de sus conocimientos sobre muy diversos factores que intervienen en la comunicación escrita. Sorprenderá la densidad de sus reflexiones sobre aspectos que quizás a primera vista pueden parecer secundarios, que incluso en una primera lectura podrían llegar a interpretarse como digresiones respecto de la pregunta planteada, pero que en realidad no tardan en revelarse como ejemplos históricos que le sirven no sólo para interpretar el presente, sino incluso para atreverse, siempre con prudencia, a hacer proyecciones sobre el futuro posible. Y, pasados los años desde sus primeras proyecciones a futuro (la primera edición en francés de este libro es de 1997) son asombrosos tanto su prudencia al hacerlas como el acierto cuando se atreve a hacerlas.

A título de ejemplo, uno de los temas a los cuales Chartier saca mucho partido, entre el amplio abanico de cuestiones que aborda, es mediante qué procedimientos y estrategias un título o una obra adquiere una determinada connotación a ojos de los lectores, lo cual le permite ver qué aspectos contribuyen a crear la histórica distinción entre alta cultura y cultura popular. Aquí, como en otras ocasiones, toma como punto de partida un caso del siglo XVII que ha analizado con detalle, la conocida como Biblioteca Azul, que también había estudiado, por ejemplo, uno de los padres de la historia de las mentalidades, Robert Mandrou, quien veía en esta colección de precios bajos y textos de una cierta heterogeneidad (si bien a menudo en versiones abreviadas) una prueba de la separación entre cultura popular y alta cultura.

Lo que hace Chartier no es tanto rebatir esta visión aunque, en el fondo, también—  sino sobre todo plantearse otro tipo de preguntas, porque en realidad no considera relevante la posible dicotomía o incluso la pugna entre la literatura popular y la literatura culta, para la cual Mandrou identifica en la Biblioteca Azul una demostración de la preeminencia de la primera; y esto a su vez le permitía cuestionar la idea tradicionalmente aceptada de un flujo en el cual las grandes ideas de todo tipo llegaban a divulgarse mediante su paso de la alta cultura (preeminentemente creativa, tanto ideológica como estéticamente) a la popular. En cambio, por el mismo hecho de analizar también en este caso a los lectores, Chartier puede ir más allá del planteamiento de Mandrou, porque concluye que el público lector de la Biblioteca Azul no sólo no se circunscribía a las clases populares, sino que pertenecía mayoritariamente a la burguesía. Chartier se fija en dos aspectos de los procesos comunicativos que le permiten rebatir y contradecir las conclusiones de Mandrou: los textos (a menudo versiones de alta literatura) y los lectores (muy mayoritariamente clases medias, burguesía).

Valga este caso como ejemplo de lo que muy probablemente sea una de las mayores virtudes de la obra y el pensamiento de Chartier, haber introducido una mirada triple: hacia los emisores (autores, pero también y sobre todo editores y distribuidores), hacia los textos (como ha venido haciéndose tradicionalmente a lo largo de la historia) y hacia los lectores (más complejos y difíciles de analizar, pese a los esfuerzos de la sociología, la estadística y los historiadores de la lectura. En buena medida, esto explica a su vez la insistencia en reivindicar la conservación de las ediciones en su materialidad responsabilidad que, obviamente, recaería en los bibliotecarios— incluso cuando todos los textos se pongan a disposición de los investigadores mediante la digitalización. La materialidad, el cómo se construye el texto en el proceso editorial (formato, diseño de la caja, tipo de encuadernación, paratextos, etc.), son elementos altamente significativos para una adecuada interpretación de la vida que han tenido los textos, y de la consideración social de la que han gozado, de los cuales la digitalización no puede dar cuenta más que de un modo aproximado e insatisfactorio. En consecuencia, la digitalización nunca debería suplir por completo la conservación de ejemplares (cosa que, desgraciadamente, no siempre ha sido así, por ejemplo en el caso de los periódicos y de las publicaciones efímeras).

Roger Chartier.

No obstante, esta visión cercana en ciertos aspectos a la estética de la recepción desarrollada a partir de los estudios de Hans-Robert Jauss (1921-1997) es una buena muestra de hasta qué punto Chartier ha aportado a la historia del libro una mirada que va mucho más allá de los análisis basados en la descripción y la cuantificación. Y lo mismo podría decirse de su particular manera de analizar los otros elementos que intervienen en la comunicación libresca.

Este volumen es, pues, una excelente manera de entrar en el meollo del pensamiento de Chartier, acaso el más clarividente y de mayor influencia actualmente en el mundo del libro.

Roger Chartier, Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogos e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2018 (2ª ed., con un nuevo prólogo).

Un librero y editor en el exilio en Londres, Vicente Salvá

En agosto de 1942, el librero y editor catalán exiliado en Londres Joan Gili i Serra (1907-1998) publicó en Senyera (el boletín del Casal Català de Londres, a cuya fundación él mismo había contribuido), un artículo titulado «Una edició del Nou Testament en català impresa a Londres» en el que, al margen de revisar la actividad de algunos exiliados catalanes del siglo xix en Gran Bretaña (entre ellos Antoni Puigblanc, autor de unos Opúsculos gramático-satíricos veladamente dirigidos contra Salvá), se centraba en las circunstancias que desembocaron en la publicación en 1834 de una traducción anónima —pero obra del exiliado liberal Josep Melcior Prat (1779-1855)— del texto bíblico, promovida por la British and Foreign Bible Society e impresa en Londres por Samuel Begster Jr.

Joan Gili i Serra.

Parte notable de estas circunstancias previas a la publicación del Nou Testament fueron las discusiones acerca de quién debía llevar a cabo la traducción, pues existía otro candidato prestigioso, el valenciano Joaquín Lorenzo Villanueva. En el debate que suscitó esta elección en el seno de la British and Foreign Bible Society tuvo un papel destacado un extraordinario filólogo, escritor, librero y editor, también valenciano, de vida trepidante, Vicente Salvá Pérez (1786-1849).

Hijo de José Salvá, un apasionado de los libros y lector voraz desde muy temprana edad, y Andrea Pérez, que quedó viuda siendo aún muy joven, Vicente Salvá destacó enseguida como un lector y estudiante excepcional, acaso un superdotado o en cualquier caso un niño prodigio. Tras licenciarse en Valencia en Filosofía, Derecho, Teología y Griego, en 1804 (con apenas dieciocho años) ya obtuvo plaza como profesor en esta universidad, y poco después pasó a las de San Isidro y Alcalá de Henares, de donde abandonó el puesto consecuencia del avance de las tropas napoleónicas y del levantamiento del Dos de Mayo (1808). Regresó entonces a Valencia, donde un año después se casó con Josefa Mallén, y se adentró en el mundo del comercio del libro asociándose con su cuñado Pedro Juan Mallén (hijo del célebre librero de origen francés Diego Mallén y que vivió entre 1775 y después de 1823).

Vicente Salvá Pérez.

De esta etapa tuvo una importancia crucial en la trayectoria de Salvá la edición —durante la ocupación de Valencia por las tropas del mariscal Louis Gabriel Suchet (1770-1826)— de la primera edición española de El contrato social de Rousseau (1712-1789), que previamente (en 1799) ya había traducido al español el Abate Marchena (José Marchena y Ruiz de Cueto, 1768-1821) y había publicado unos quinientos ejemplares (la mayoría de los cuales destinados a América, aunque otra buena parte fueron a parar a Perpiñán), con falso pie editorial de Londres (si bien editado en París) y presentada también falsamente como una «segunda edición». En el caso de Salvá, la publicación de El contrato social le valdría la incoación de un proceso judicial por parte de la Inquisición española. También durante la ocupación de Valencia por Suchet, vale la pena recordar la colaboración de Salvá con la muy combativa revista liberal y vehementemente antimonárquica Aurora Patriótica Malloquina, que imprimía Miguel Domingo y que tuvo una vida más bien breve (1812-1813).

Lista de suscriptores de Aurora patriótica.

Germán Ramírez Aledón, el mejor conocedor de la obra de Salvá, ha analizado con detenimiento la edición de Salvá de El contrato social, llevada a cabo en colaboración con su cuñado Pedro Juan Mallé y traducida por Pedro Estala, cuya consecuencia más importante fue el inicio de una persecución inquisitorial que le llevó a un primer exilio (en Francia e Italia). Sin embargo, durante el conocido como Trienio Liberal (1820-1823), Salvá estaba de nuevo en España desarrollando una intensa actividad política, que le llevó a ser diputado a Cortes.

Como consecuencia de ello, en la segunda mitad de 1823, huyendo del absolutismo de los Cien Mil Hijos de San Luis, se trasladó a Gibraltar con el propósito de pasar posteriormente a Londres, cosa que consiguió a finales del año siguiente. En la capital británica, al igual que le ocurriría años más tarde a Gili i Serra con C. Henry Warren, contó con un socio importante para despegar en el negocio de la comercialización y edición de libros. En el caso de Salvá, este socio fue el célebre y muy longevo librero y editor francés Martin Bossange (1765-1865), que había fundamentado su fortuna en el extraordinario éxito que había tenido en 1789 con la publicación del Carlos IX de Joseph Chenier (1764-1811), de la que se calcula que vendió cincuenta mil ejemplares. Posteriormente Bossange se había asociado con el comerciante lionés Joseph René Masson para crear Bossange, Masson et Besson, una empresa destinada al comercio internacional de libros franceses que en 1814 había creado una sucursal en Londres (ciudad en la que residió hasta 1820).

Gracias, pues, a la ayuda financiera de Bossange, Vicente Salvá pudo abrir en 1825 una librería que muy pronto se convirtió en punto de reunión preferente de los exiliados políticos españoles en la capital inglesa (del mismo modo que sucedería con la librería Dolphin de Gil i Serra durante la guerra civil española), la Spanish & Classical Library, en el número 124 de Regent Street. Otra de las coincidencias con el editor republicano catalán establecido en Londres es que los cimientos del prestigio de Salvá como editor fueron inicialmente unos muy esmerados catálogos centrados sobre todo en obras peninsulares y americanas (A catalogue of Spanish and Portuguese Books) que despertaron el interés de los bibliógrafos de todo el mundo, que el editor valenciano puso en circulación en 1825 y 1826. A estos catálogos se atribuye también el impulso inicial de la conocida leyenda sobre el monje de Poblet dedicado al comercio de libro raro, que, después de ser recreada por autores como Charles Nodier o Gustave Flaubert, desembocó en la obra del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) La llegenda del llibreter assassí de Barcelona (1821). El libro clave en este sentido es el ejemplar único de los Furs de Valencia, que aparece mencionado en estos catálogos.

Al parecer, no tuvo tiempo Salvá de publicar mucho más en Londres, porque ya en 1830, manteniendo la gestión de sus negocios tanto en Valencia como en la capital inglesa, se trasladó a París, donde llevó a cabo el grueso de su obra de librero y editor de primera magnitud. Aun así, parece que cabe atribuir a la labor de Salvá algunos ejemplares aparecidos en los años veinte en Londres, como es el caso de un curioso folleto de apenas 40 páginas y con un formato de 15 x 100 titulado Interesante narración de los extraordinarios medios por los cuales salvó su vida el español D. Paulino Lacalle, que aparece con pie editorial de 1825 y con las indicaciones de «Se vende en la librería de D. V. Salva, nº 124, Regent Street» e «Imprenta Española de M. Calero, 17 Frederick Place, Goswell Road». Si bien no aparece en muchos de los principales catálogos bibliográficos —tampoco en los del propio Salvá— hay indicios para pensar que se ocupó de su publicación el editor y librero valenciano.

Además de su amplia y exitosa etapa en la librería española fundada en París, sobre la que existe también una bibliografía notable, de Salvá es particularmente interesante el destino que tuvo a su muerte la excepcional biblioteca que fue atesorando a lo largo de su vida. A partir de los años sesenta del siglo XIX, después de haber dejado los negocios en manos de su hijo, Salvá se concentró en la elaboración de un detallado y minucioso catálogo que registraba las obras que había ido atesorando a lo largo de su carrera, entre las que figuraban primeras ediciones muy raras, más de un centenar de manuscritos de los siglos XV y XVI y textos poco asequibles de Petrarca, March, Juan de la Encina, Cervantes o Boscán, entre otros. De hecho, en su afán por documentar con detalle su biblioteca, Salvá encontró la muerte durante un viaje a París para cumplir este propósito cuando la capital francesa era asolada por una pandemia (de peste). A la larga, su biblioteca sería ofrecida a la Diputación de Valencia, a la universidad de esa ciudad al Estado español, pero finalmente fue adquirida por Ricardo Heredia, a cuya muerte esa enorme y valiosa cantidad de libros se dispersó, lamentablemente.

Fuentes:

  1. M. Bacarés, Noticia biográfica de D. Vicente Salvá, València, Imprenta de José Rius, 1849.

Vicent Baydal, «La biblioteca perdida del librero Vicente Salvá», Valencia Plaza, núm 1 (noviembre de 2014).

Pablo González Muñoz, «El exlibris de la Biblioteca de Salvá», Revista Ibérica de Exlibris, núm. 1 (1903), pp. 59-60.

Germán Ramírez Aledón, «Las librerías de Vicente Salvá en Londres y París (1825-1849). El primer proyecto comercial de una librería española en el exterior», en AA. VV., Pasiones bibliográficas. Vint anys de la Societat Bibliogràfica Valenciana Jerónima Galés, València, 2014, pp. 123-135.

—«Semblanza de Vicente Salvá y Pérez (1786-1849)», Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2015.

—«Rousseau en la revolución liberal española: La primera edición en España de El contrato social (1812)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo. Revista Digital del Grupo de Estudios del Siglo xviii, n. 18 (2012).

Los bolsilibros de Bruguera, antecedentes y secuelas

El término «bolsilibros» se popularizó en España en los años setenta gracias a una colección que con este nombre puso en circulación la por entonces muy poderosa editorial Bruguera. Se trataba de unos libritos de unas ciento cincuenta páginas de un formato de 15 x 10,5, con una encuadernación muy simple pero con vistosas cubiertas a color y que, por regla general, entrarían en lo que en el mundo anglosajón suele considerarse pulp.

No obstante en España los libros de pequeñísimo formato se habían popularizado ya en la inmediata postguerra, con los Grano de Arena de Josep Janés (1913-1959), de 9 x 6, y unos pocos años después con la colección Pulga de Germán Plaza (1903-1977), de 10,5 x 7,5. La diferencia esencial entre ellos estribaba en la selección de títulos y autores publicados, pues en la colección de la editorial G.P. empezaron a frecuentar por primera textos que iban más allá de los más indudablemente prestigiosos o «canónicos», si bien abundaban también los clásicos, en consonancia con su propósito declarado de acercar la «alta literatura» a las clases populares.

Sin embargo, retrospectivamente se empleó a veces el término «bolsilibro» para designar cualquier librito de formato ínfimo, precio bajísimo y calidad –en cuanto a papel y encuadernación– exigua, fuera cual fuese su contenido. Es más, a finales de los años sesenta, incluso la Academia colombiana de Historia publicó una llamada Colección Bolsilibros.

En España ya desde principios de los años cincuenta Bruguera disponía de algunas colecciones, como Pimpinela, Amapola, Alondra, Camelia, Rosaura, Madreperla u Orquídea –destinadas todas ellas muy específicamente al público femenino– que se ajustaban a esta descripción, pero ––salvo error– todo parece indicar que no es hasta 1970 cuando empieza a imprimirse el término Bolsilibro en las cubiertas de estas colecciones y de otras que les habían ido siguiendo con un aspecto muy similar y dedicadas al género policíaco y de espionaje, a la novela de tema bélico, a las conocidas como space operas (o epopeyas espaciales) y a los weterns, por ejemplo, ámbitos todos ellos identificados con la «novela popular». Quizás ello contribuyera a que se estableciera  o reforzara una correlación muy evidente entre el bajo precio de estos libros y el valor cultural de estos géneros.

Ya en las décadas de 1950 y 1960 se había popularizado el nombre de algunos autores especializados en este tipo de obras, como es el caso sobre todo de Marcial Lafuente Estefanía (1903-1984), que se había estrenado en las editoriales viguesas Cies y Gráficas Marisal con los seudónimos Tony Spring y Arizona y que para Bruguera firmó unos 2600 títulos, o Corín Tellado (María del Socorro Tellado, 1927-2009), que empezó ya en Bruguera, en 1946, con Atrevida apuesta, si bien publicó también en Cies, y a la que se tiene por una de las escritoras más prolíficas de todos los tiempos (unos cinco mil títulos, profusamente traducidos y adaptados al teatro, el cine, la radio y la televisión; figura en el Libro Guiness de 1994 como la más vendida: 400.000.000 de ejemplares). Entre los pioneros del western español destaca el nombre de José Mallorquí (1913-1972), creador en 1944 de la celebérrima serie El Coyote, publicada en Clíper, pero que ya antes de la guerra era un traductor y autor más o menos habitual de la Editorial Molino y que a partir de 1968 vio como la serie pasaba a publicarse en Bruguera, con portadas de Antonio Bernal (1924-2013).

En la postguerra era muy habitual que este tipo colecciones, a menudo de periodicidad semanal y venta en quioscos, se alimentaran del trabajo de represaliados por el franquismo que se veían en la imposibilidad de reincorporarse a sus trabajos o de hacer carrera. En el caso de Lafuente Estefanía, que durante la guerra había sido teniente de alcalde y concejal en Chamartín, por la CNT, y general de artillería del ejército popular, no pudo iniciar su carrera en las letras, aun siendo ingeniero industrial, hasta que salió de prisión. Otro caso célebre es el de Francisco González Ledesma (1927-2015), que empezó a costearse los estudios de Derecho con lo que ganaba escribiendo para Molino primero y luego para Bruguera, donde se hizo muy popular a partir de 1952, una vez ya concluida la carrera, su seudónimo Silver Kane (con títulos como Los pistoleros las prefieren rubias, A los muertos les gustan las mujeres, Un corsé con una chica dentro o Todas las mujeres quieren matarme).

La diversidad de series, dedicadas a los géneros sobre los que se sustentaba el éxito de Bruguera en cuanto a literatura popular, añadido a la intensa periodicidad y a la enormidad de las tiradas (impresas en rotativa) hicieron que se reforzara más si cabe la identificación entre bolsilibro y esta editorial en particular, que estuvo publicándolos hasta bien avanzados los años ochenta. Y si bien es cierto que el concepto de «libro de bolsillo» por antonomasia ha quedado muy estrechamente vinculado a la colección homónima de Alianza Editorial, al fin y al cabo los bolsilibros, y sus precedentes, no dejan de ser tampoco libros de bolsillo, y de bolsillos bien pequeños en todos los sentidos.

No obstante esta larga trayectoria y de que este tipo de libros tienen una presencia asegurada en cualquier tipo de feria o mercado de libro viejo, de vez en cuando resurge en España la misma idea que encarna el bolsilibro.

Muy emparentada con ella está por ejemplo la iniciativa de la editorial 23 Escalones cuyo nombre basta para situarla, Selección Pulp Fiction. Surgida en 2011 y dirigida por el escritor y guionista vigués Darío Vilas, salvo error no llegó a publicar más de tres títulos a un precio muy módico (3,50 euros) con vocación de aparición mensual: una reedición de Revividos, de Ralph Barby (el barcelonés Rafael Barberán Domínguez), No podrás salir, firmada por una también incógnita Damien Wake, y Cazador de striges, de la folclorista Soizik Stiwell, un texto que posteriormente volvió a estar disponible en Gorgona Pulp Ediciones. Además, quedó anunciada pero inédita una novela Entre rejas, de Emma Goshwak, es de suponer que también enmarcada en la literatura de terror, como las anteriores.

Y apenas desaparecidos los 23 Escalones, en 2012 nacía en Salamanca Dlorean Ediciones, dedicada inicialmente a la ciencia ficción, pero también con títulos a medio camino entre las novelas del Oeste y las de terror, con una estética y una presentación hasta tal punto emparentada con los bolsilibros del siglo XX que asumió desde el principio una identidad vintage.

Acaso estas dos iniciativas ejemplifican el recurrente sistema de redescubrir métodos y practicas editoriales del pasado para afrontar situaciones particularmente complejas o de crisis económica. Por lo menos, tienen la virtud de ser conscientes de ello, cosa que no siempre puede decirse de otros autodenominados «proyectos independientes».

Fuentes:

La memoria del bolsilibro (blog).

Carles Geli, «Bolsilibros, el “pulp” castizo», El País, 29 de enero de 2019.

Canal L, «Los bolsilibros de Bruguera», 31 de enero de 2010 (vídeo): Incluye resumen de una mesa redonda con Francisco González Ledesma, Frank Caudett y Frank Gallardo Muñoz.

 

Avatares de una biblioteca legendaria (la de Raymond Foulché-Delbosc)

Si al filólogo Raymond Foulché-Delbosc (1864-1929) se le considera uno de los hispanistas más importantes de todos los tiempos, es en buena medida por la creación y mantenimiento de la muy influyente Revue Hispanique (1894-1920), donde publicó —con su nombre o con diversos seudónimos— numerosísimos e importantes estudios, así como algunas relevantes obras o versiones inéditas de clásicos españoles, pero consecuencias no menos positivas tuvo su faceta como coleccionista de libros y manuscritos.

Raymond Foulché-Delbosch.

Nacido en Tolosa de Llenguadoc, Foulché-Delbosc cursó estudios de Derecho con el propósito de dedicarse a la diplomacia, y el conocimiento de diversas lenguas despertó en él el interés por la filología, fruto del cual escribió antes de haber cumplido treinta años una muy exitosa Grammaire espagnole (1888), con su correspondiente Supplement (1888) y una Liste complète des verbes irréguliers espagnols (1889), y enseguida se estrenó también como traductor con Contes espagnols (1889), donde reunía textos de Vicente Arana (1847-1890), Víctor Balaguer (1824-1901), Arturo de Campión (1854-1937) y Vicente de Febrer, vertidos al francés en colaboración con E. Contamine de Latour, ilustrados por Ogier y publicados por la Société de Publications Internationales. Antes de acabar el siglo traduciría también a Cervantes (El licenciado vidriera en 1892), un volumen de Poesías de Moratín al año siguiente y El estudiante de Salamanca, de Espronceda, también en 1893. Sin embargo, su primer gran éxito comercial fue el método para aprendizaje de lenguas expuesto inicialmente en Écho du français parlé (1890).

Desde 1893, viajó por diversos países europeos, particularmente por España (donde inició el estudio del manuscrito de las Guerras de Granada, de Diego Hurtado de Mendoza) y empezó entonces a comprar numerosos libros y manuscritos antiguos. Al año siguiente (1894) creaba la que con razón se considera su obra magna, la Revue Hispanique, donde dio a conocer muchos de los documentos que había ido descubriendo y recuperando en el transcurso de sus viajes, que le habían puesto además en contacto con numerosos estudiosos e historiadores, a los que en algunos casos incorporó a la revista (Arturo Farinelli, Rufino José Cuervo, Ernest Merimée, Leite de Vasconcellos, James Fitzmaurice-Kelly, Marcelino Menéndez Pelayo…). Su amistad con el filólogo catalán Pompeu Fabra —desde 1902 era corresponsal de la Academia de les Bones Lletres de Barcelona— le llevó a ser una de las estrellas principales del Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana (1906), además de permitirle publicar por primera vez un manuscrito inédito propiedad de Fabra que contenía los sesenta primeros versos del romance «Testament de la Reina Doña Isabel la Católica» (en el tomo XIII de la Revue Hispanique, en 1905). Autores tan distintos, cultivadores de géneros tan dispares y de épocas tan diversas como Rodrigo Cota (1434-1498), Luis de Góngora (1561-1627), Juan Meléndez Valdés (1754-1817), José Cadalso (1741-1782) o Tomás Iriarte (1750-1791) son sólo algunos de los autores de los que publicó en su revista ediciones comentadas de textos hasta entonces inéditos.

Foulché-Delbosc retratado por Ramon Casas.

La entonces recién creada Society of America empezó a subvencionar desde 1905 la Revue, de modo que, incluso durante la primera guerra mundial —pese a que la imprenta en que se publicaba cayó en manos de los alemanes, que se incautaron de dos números a punto de imprimir—, la publicación consiguió seguir apareciendo con relativa regularidad. Se publicaban tres números anuales, de unas trescientas páginas, y durante el período bélico algunos, debido a las dificultades para conseguir colaboraciones, salieron íntegramente de la pluma de Foulché-Delbosc (sólo en la Revue Hispanique publicó unos doscientos artículos, con diversos seudónimos, y 171 ediciones críticas o comentadas).

Por si no bastara con ello, en colaboración con otros hispanistas fundó la colección Bibliotheca Hispanica, en la que se publicaron, por ejemplo, su pionera edición crítica del Lazarillo de Tormes, las ediciones de 1499 y 1501 de la Comedia de Calisto e Melibea, o la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro (¿1437-1498?), así como textos de Pedro Manuel de Urrea (1485-1535), Jorge Manrique (c. 1440-1479) o Luis de Góngora, entre otros muchos.

A esta intensísima actividad filológica y editorial se ha atribuido a veces la temprana muerte de Foulché-Delbosc, a la que dejó una biblioteca, según consigna Julio Puyol, de «once mil volúmenes impresos, más de tres mil folletos, otros tantos manuscritos y un número considerable de planos, mapas, estampas y dibujos». ¿Qué pasó y adónde fue a parar esta inmensa, rica y valiosísima biblioteca?

Catálogo de una venta gestionada por Andrieux en 1934.

Entre los días 12 y 17 de octubre de 1936, casi siete años después de su muerte, se anunció en el Hotel Drouot de París una subasta de la biblioteca Foulché-Delbosc cuyo responsable fue un conocido experto en la materia muy versado en estas lides, Georges Andrieux. Se trataba, según el catálogo en que se describían las obras, de una parte mínima de esa biblioteca, unos 1610 volúmenes, ordenados en cinco categorías: libros antiguos (417), ediciones de La Celestina en diversas lenguas (39), libros de bibliografía (80), libros posteriores a 1815 (947) y manuscritos (127). La ausencia de una presencia importante de instituciones culturales españolas en la subasta se explica probablemente por la guerra civil que por entonces proseguía su curso, pero quien mayor interés mostró fue la Biblioteca Nacional de la República Argentina, por entonces presidida por Gustavo Martínez Zuviria y que estuvo representada en la subasta por el diplomático Jorge Máximo Rodhe (que dejó su testimonio de la misma en sus memorias parisinas). Rodhe se había visto envuelto, no hacía aún mucho tiempo, en un sonado escándalo cuando, como jurado del Premio Nacional de Literatura, en 1932 premiaron a Ezequiel Martínez Estrada y Manuel Gálvez se sintió tan ultrajado por ello que le escribió una carta abierta en el periódico La Prensa en el que le afeaba que hubiera roto el trato que tenían para premiarle a él y donde explicaba que «estuvo en mi casa hace quince días sólo para asegurarme que todo estaba arreglado».

Acerca del catálogo de esta subasta parisina escribió Rodhe en sus memorias: «Hojeo el catalogo de la Biblioteca hispànica de Foulché-Delbosc, que el mes próximo se dispersará por el mundo. ¡Cuánto tesoro! La ciencia y el arte españoles hallan aquí magnífica expresión.» Rodhe, que contaba con el apoyo logístico de la embajada argentina en París, tenía el encargo de intentar comprar la colección completa Foulché-Delbosc, y para ello se puso enseguida en contacto con Andrieux para negociarla, pero tal operación fue imposible (al margen de que hubiera desbordado el presupuesto del gobierno argentino) debido a la oposición de la vetusta y muy prestigiosa firma anticuaria inglesa Maggs Brothers, que acudía con la representación de varios clientes británicos y estadounidenses. Aun así, la biblioteca argentina invirtió 283.631 francos de la época en 1281 volúmenes que, paradójicamente, durante muchos años en las bibliografías publicadas se dieron por perdidos, cuando en realidad se embarcaron en diciembre de ese mismo año 1936 y al siguiente se incorporaron a la sección de Reservados de la Biblioteca Nacional (en la llamada Sala del Tesoro). Entre las obras adquiridas se encontraba, por ejemplo, nada menos que una de las tres ediciones de que se tiene noticia de la edición sevillana de 1502 de La Celestina. Tan desconocida fue la existencia de este fondo, que no fue hasta 1996 cuando los profesores Arthur Askins y Harvey Sharrer (de las universidades californianas de Berkeley y Santa Bárbara, respectivamente) identificaron el origen de muchas de las obras allí conservadas e impulsaron un trabajo de catalogación y puesta en línea de semejante información.

Francesc Parserisas cuenta —a medias— adónde fue a parar otra parte importante de la biblioteca Foulché-Delbosc en una conferencia de 2002, en la que relata cómo en 1938 el editor catalán afincado en Londres Joan Gili i Serra llegó a enterarse a través de su esposa de la existencia de una voluminosa biblioteca de libros antiguos que alguien había heredado y cómo en la primavera del año siguiente, en los prolegómenos ya de la segunda guerra mundial, se ocupó del traslado en tren de ciento cincuenta contenedores (ocho toneladas de papel) desde la capital francesa hasta la costa, y posteriormente hasta su librería londinense, The Dolphin Bookshop.

Joan Gili i Serra.

De algunos de esos libros y documentos adquiridos por Gili puede seguirse incluso la pista de su destino final. Así, por ejemplo, Álvaro Piquera Rdríguez resiguió con minucia los sucesivos cambios de mano y el recorrido del Arte de putear, de Nicolás Fernández de Moratín.

A finales de los años cincuenta, por ejemplo, el hispanista Nigel Glendinning (1929—2013) explicaba en «Ortelio en la poesía y en la vida de Cadalso. Una nueva teoría sobre su identidad y datos sobre la amistad de Casimiro Gómez Ortega y Cadalso» la procedencia del material con el que había trabajado y que le había permitido hacer aportaciones significativas en su campo:

Los papeles de Cadalso que pertenecían a M. Foulché-Delbosc pasaron después de su muerte al señor J. Gili del Dolphin Book Company, Oxford, que actualmente los tiene. Muy amablemente el señor Gili me ha dejado consultar con entera libertad estos interesantes documentos. Los he aprovechado aquí.

Los testimonios de la eficiencia y la generosidad de Gili i Serra con los hispanistas que se interesaban por los volúmenes y manuscritos que poseía son abundantes en libros y artículos de filología de esos años, y ya en julio de 1936, en el influyente Bulletin of Spanish Studies el eminente Edgar Allison Peers (1891-1952) se había referido al brío y diligencia del librero y editor catalán y a los buenos servicios que prestaba a los hispanistas que le visitaban.

Nigel Glendinning.

El legajo al que se refería Glendinning en su artículo de 1958 es sin duda el que aún aparece en el catálogo 39 de Dolphin Books de 1963, donde se describe como «la mayor colección de manuscritos autógrafos de Cadalso existente», junto con obra de Meléndez Valdés, Iglesias y Moratín, que se ponía a la venta al precio de 155 libras esterlinas. Este lote formaba originalmente por lo menos parte de un envío que en la primavera de 1775 Cadalso había hecho a Meléndez Valdés para que, en caso que falleciera en la guerra que entonces emprendía, su obra se conservara, y contenía varias piezas, además de cartas y unas veinte páginas impresas de Ocios de mi juventud con correcciones autógrafas. Parte de este material lo había dado ya a conocer Foulché-Delbosch en el primer número de la Revue Hispanique («Obras inéditas de Cadalso») y casi simultáneamente en el volumen impreso por la librería Murillo Obras inéditas de D. José Cadalso (1894), pero no así la veintena de páginas impresas en 1775 por Antonio de Sancha de Ocios de mi juventud y corregidas de puño y letra de Cadalso (probablemente, porque no se consideraron, en sentido estricto, inéditas). Y las correcciones son importantes porque indicaban con qué enmiendas y cambios debía reeditarse, si fuera el caso, los Ocios de mi juventud.

Según la descripción del mencionado catálogo de Dolphin, los manuscritos procedían sobre todo de las colecciones de Salvá y Heredia y del propio Cadalso, y su importancia, según el mismo catálogo, estriba en el hecho de que «existen pocos autógrafos de Cadalso, aparte del de Don Sancho García, en la Biblioteca Nacional, y algunas cartas».

José Cadalso retratado por Pablo de Castas Romero.

Pocos años después de la publicación del catálogo 39 de Dolphin, algunos estudiosos de la literatura del XVIII español consultaron parte de estos mismos documentos en la Universidad de Utrecht en 1966, lo que sin duda permite deducir adónde fue a parar esta pequeñísima parte de la inmensa biblioteca Foulché-Delbosc (y que lo hizo entre 1963 y 1966). Y puede deducirse también que, originalmente, su grueso se dividió entre la Biblioteca Nacional de la República Argentina y la Dolphin Books de Joan Gili i Serra.

En 2013, Miguel Ángel Lama concluía un artículo titulado «Cadalso leyéndose a sí mismo» subrayando la importancia que tenían esas veinte páginas corregidas para tener una edición de sus Ocios de mi juventud que por primera vez

…respeta la voluntad del autor expresada genéricamente a su amigo Meléndez Valdés y materializada sobre el papel en la veintena de páginas que hemos podido conservar gracias a filólogos como Foulché-Delbosc, libreros como Joan Gili e investigadores como Nigel Glendinning.

Quizá los Ocios de mi juventud no sea una obra de principal importancia en el conjunto de la literatura española del siglo XVIII, ensombrecida incluso en el conjunto de la obra de Cadalso por las Noches lúgubres y las Cartas marruecas, pero el episodio es significativo o ilustrativo de cómo los editores fijan los textos y de cómo es posible que los lectores estemos leyendo durante décadas ediciones «deficientes» por falta de filólogos, libreros e investigadores tan escrupulosos y generosos como lo fueron Foulché Delbosc, Joan Gili o Nigel Glendinning.

Fuentes:

Catálogo núm. 35 de la Dolphin Books (1957).

Isabel Foulché-Delbosc y Julio Puyol, Bibliografía de R. Foulché-Delbosc (1864-1929), Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1931.

Miguel Ángel Lama, «Cadalso leyéndose a sí mismo. Notas para una edición», Romanica Olomucensia, 24/II (2012), pp. 1659-168.

Francisco A. Marcos Marín, «La colección Foulché-Delbosc de la Biblioteca Nacional de la República Argentina: catalogación y edición electrónica», 1998.

—«La recuperación de la Colección Foulché-Delbosch de la Biblioteca Nacional de la República Argentina», La Coronica, 19/II (primavera de 2001), pp. 147-157.

Georgina Olivetto, «El fondo medieval de la colección Foulché-Delbosch», Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, núm. 40-41 (junio de 1999-junio de 2000), pp.158-165.

Álvaro Piquero Rodríguez,«El ejemplar perdido del Arte de putear de Moratín (c. 1815-1820): nuevos datos ecdóticos y bibliográficos», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 34 (2016), pp. 279-310.

Francesc Parcerisas, The Irish Poet and the British Gentleman, Sheffield, The Anglo-Catalan Society- Hallamshire Press, 2002.

Jorge Máximo Rodhe, Cinco años de París: 1935-1939, Buenos Aires, Emecé, 1948.

Primeras aventuras editoriales de Germán Plaza Pedraz

Si bien uno de los pilares de Plaza & Janés, el editor Josep Janés (1913-1959), ha sido objeto de cierto número de estudios y acercamientos analíticos, se ha dedicado bastante menos atención a Germán Plaza Pedraz (1903-1977), auténtico artífice de esa empresa desde el momento en que, el 5 de agosto de 1959, constituyó con sus hijos Germán, Carlos y Guadalupe Plaza de Diego, y sus respectivos cónyuges, la editorial Plaza & Janés con un capital inicial de cinco millones de pesetas.

Germán Plaza.

Sin embargo, con toda la razón puede escribir José Carlos Rueda Laffond que el nombre de Germán Plaza «constituye un paradigma en las dinámicas de adaptabilidad y diversificación en el sector de la literatura de quiosco». Plaza, nacido un 2 de mayo en Pozálvez (Valladolid), residió con su familia en Salamanca y Madrid, antes de casarse y trasladarse a Barcelona –en 1928 o en 1931– como representante de la Editorial Católica. Se iniciaba pues en el negocio de las publicaciones más o menos al mismo tiempo que Josep Janés empezaba con sus primeros proyectos editoriales (los Quaderns Literaris, de venta periódica). En los años treinta puso en pie una empresa distribuidora, Comercial Gerplá, cuya marca condensaba su nombre y apellido, como luego haría con Ediciones G.P. y que a finales de los años cincuenta aparece como sello en algunos libros como Exclusivas Gerpla.

Sin embargo, parece que ya en tiempos de la República –es difícil precisar fechas porque estas ediciones no las indicaban– empezaron a aparecer bajo responsabilidad de Germán Plaza unos pequeños y breves volúmenes con el sello Cisne destinados a un público muy amplio. Es el caso por ejemplo de los Manuales Cisne, muchos de ellos firmados con seudónimo, y entre cuyos primeros títulos se cuentan Ciclismo, firmado por Aerre; Secretario de los amantes: Novísimo correo del amor (número 3), de Angelita Cuenca; Declaraciones de amor y arte de enamorar (núm. 4) y Cartas de amor, de odio, de sentimiento y ternura, ambos de Fernando Álvarez Llosés, o, acaso más interesante, algunos títulos firmados por el luego muy prolífico escritor y traductor Guillermo López Hipkiss (1902-1957), como 1000 refranes, proverbios y adagios, 200 pasatiempos, jeroglíficos y crucigramas, ¿De dónde es usted?, o, en la Colección Turquesa, La reina de los aires; y se ha especulado incluso con la posibilidad de que otro seudónimo que aparece a menudo en esta editorial, Gamma Lambda, oculte a López Hipkiss (mediante las iniciales de su nombre de pila y primer apellido). También resultan cuanto menos curiosos un Usted puede ser estrella de cine, firmado por Juan Mira, que acaso sea el mismo Juan José Moreno Sánchez (1907-1980) que, con el seudónimo Juan José Mira, se convirtió en 1952 en el primer ganador del Premio Planeta con En la noche no hay caminos; y La natación. Método sencillo y práctico, firmado por José Mallorquí (1913-1972), más adelante celebérrimo por las aventuras de El Coyote.

No obstante, la presencia de estos nombres hace que a la hora de fechar estos libros se planteen algunas dudas razonables y haya que tener en cuenta ciertos indicios no corroborados. Es bien sabido, por ejemplo, que a partir de 1931 Mallorquí se dedicó intensamente al deporte, a raíz de morir su madre y recibir una cuantiosa herencia que le permitía vivir holgadamente sin trabajar, y que en 1933 ya estaba empezando a publicar en Molino, que era una de las editoriales que distribuía Gerplá. Es probable, pues, que en esa misma época empezara a colaborar también en Cisne, pero es igualmente posible que estas colaboraciones se produjeran ya en la posguerra.

Otra colección interesante de Cisne fueron los Cuentos de Hadas, firmados por López Hipkiss e ilustrados en blanco y negro por Tomás Porto (1918-2003) –que durante la guerra civil trabajaría en el Comisariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya–, cuyos primeros títulos fueron La aventura de Mayita, Madrinita bella, La reina de los aires, La cenicienta y Blanca Nieves.

Con todo, en los años inmediatamente previos a la guerra, con el sello Cisne y distribuidos siempre por Gerplá, tuvieron muchísima difusión a partir de 1935 algunas colecciones teatrales ilustradas y de publicación semanal de las que se han ocupado Julia María Labrador Ben y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa en Teatro Frívolo y Teatro Selecto, la producción teatral de editorial Cisne, Barcelona (1935-1943). Sobre la primera de estas colecciones escriben los mencionados estudiosos ya en la introducción a su obra que

tuvo un carácter singular, ya que reunió hasta veintinueve títulos catalogables dentro del subgénero de la revista musical, caso único dentro de la bibliografía teatral española, pues aunque las revistas se editaron en colecciones teatrales de carácter general y en publicaciones de la S. A. E., nunca lo fueron de forma seriada con anterioridad ni tampoco lo serían después

En la colección de Teatro Selecto alternaron los clásicos más ligeros y amenos de la tradición dramática española (Lope de Vega, Moreto, Alarcón…) con obras de algunos de los dramaturgos más famosos del momento (Alejandro Casona, Jacinto Benavente, Enrique Jardiel Poncela, Juan Ignacio Luca de Tena, Luis Fernández Ardavín, los hermanos Quintero…).

Otra colección bastante curiosa y que sin ningún género de duda ha de ser previa a la guerra fue Cultura Física y Sexual, que, según se describía en la publicidad, se «publica quincenalmente profusamente ilustrada con magníficas y originalísimas fotografías y dibujos» y que

Constituirá la más perfecta y acabada biblioteca sobre cuestiones físico-sexuales, de presentación esmeradísima, con gran riqueza de ilustración gráfica. Sus originales están redactados con una maestría y sencillez insuperables por el tan discutido pero indiscutible maestro de estas materias.

El «maestro» en cuestión era quien firmaba como Á[ngel] Martín de Lucenay, que previamente había publicado una extensa serie de Temas Sexuales en la Biblioteca de Divulgación Sexual en la editorial Fénix, y que en 1938 tuvo que exiliarse a México (donde, tras una estrepitosa incursión en el cine, acabó triunfando en el cómic con la serie Chanoc, ilustrados por Ángel Mora). En cuanto a la riqueza de ilustración gráfica mencionada en la publicidad, se concretaba sobre todo en fotografías fuera de texto impresas sobre papel satinado, y todo ello hace pensar que, por decirlo de algún modo más o menos elegante, su clientela no era –cuanto menos– estrictamente la comunidad científica.

También anterior a julio de 1936 es el arranque de la colección Mundo Aventurero, que Vázquez de Parga describe como construida «a base de novelitas breves de autoría anglosajona».

Concluida la guerra Germán Plaza se convierte con Cisne en el primer editor de los cromos, y los correspondientes álbumes, de la primera y segunda división de Liga Española de Fútbol en los que las imágenes de los futbolistas se ofrecen, ya no mediante dibujos coloreados, sino en fotografías. Entre los muy aficionados al género esta primera edición es conocida porque, por un muy comentado error, en la página correspondiente al Atlético de Madrid aparecía como portero el que era delantero centro del Barcelona, Mariano Martín (y viceversa, en el caso del portero del Atlético en aquel entonces, Luis Martín Camino).

Pero también es por aquel entonces cuando Plaza empieza una extraordinaria ampliación de su radio de acción que Vázquez de Parga explica del siguiente modo:

Ante las restricciones que en la primera posguerra sufría Molino y las facilidades que Plaza tenía para obtener cupos de papel, se lanzó de lleno a la edición de novelas populares, empezando por una nueva colección policíaca para la que conservó el nombre editorial de Cisne.

Es sabido que precisamente una de las estrategias, empleada también por Janés, para aumentar tanto las asignaciones de papel como de divisas consistía en crear diversos sellos, puesto que el gobierno franquista de la inmediata posguerra asignaba los cupos no a editores personales sino a empresas, y quizá eso explique en parte esa diversificación, aunque Vázquez de Parga no especifica cuáles eran esas facilidades ni por qué Plaza gozaba de ellas, pero también tenían mayores facilidades las publicaciones periódicas (en principio porque imprimían papel de cualquier calidad, por ínfima que esta fuese).

Por esas mismas fechas, concretamente en 1942, crea Germán Plaza la editorial Clíper, que lanza un montón de historietas de publicación periódica y venta en quioscos (Tontaina y Filetito en 1942, el famosísimo El Coyote en 1947, Billy el Niño y Nicolás en 1948, Florita, McLarry y El Encapuchado en 1949…) y de la que enseguida se hace muy famosa la colección de libros Wallace, destinada a novela policíaca y escrita siempre bajo seudónimos de resonancia anglosajona, así como otras igualmente dedicadas a publicar novela de género, entre las que una de las primeras fue Novelas del Oeste (dirigida por José Mallorquí y donde en su número 9 nació el personaje del Coyote). De 1943 es por ejemplo la Colección de Misterio, de nuevo policíaca, para la que Plaza contrató como coordinador a López Hipkiss (que escribió casi una veintena de títulos, bajo seudónimos diversos). Y de dos años después Fantástica, que se presentaba como un «magazine de historias, leyendas y relatos impresionantes» y que publicó diez números, más ocho extraordinarios.

Se atribuye a José Mallorquí la idea de Futuro, otra colección bajo la égida de Plaza, que a menudo aparece mencionada entre las pioneras entre las colecciones destinadas a la ciencia ficción, si bien lo suyo eran más bien aventuras en el espacio (o space opera). De los treinta seis títulos que publicó a partir de 1953, veinticuatro los escribió Mallorquí, con diversos seudónimos, y creó algunos personajes que calaron entre los lectores, como la pareja formada por el capitán Pablo Rido y el sargento Sánchez Platz.

De 1950 es el sello Ediciones Plaza (que entre otras cosas publica la revista femenina de «fascículos encuadernables» Festival y las fotonovelas de westerns Cimarrón) y ya avanzados los años cincuenta se añaden a este creciente y laberíntico entramado las Ediciones G.P., en cuyo seno aparece inicialmente Libros Alcotán, que publica como número 2 la traducción de Romero de Tejada de El velo pintado, de Somerset Maugham, que en 1946 ya se había publicado en la Editorial L.A.R.A. (poco antes de que el buen amigo de Plaza Josep Janés le comprara esta editorial a su fundador, José Manuel Lara Hernández). Entre los autores que publicará en esos primeros años Alcotán se encuentran también Julio Verne, H.G. Wells, Jack London y la serie sobre el oficial de la marina Horatio Hornblower de C. S. Forester. Y muy poco posteriores (¿1951?) deben de ser los popularísimos libros Pulga.

De mediados de la década (¿1955?) parece ser el primer volumen de una serie de Libros Plaza, encuadrados en las Ediciones G.P. y de aparición semanal, Grandes almacenes, de Cecil Roberts, al que seguiría, como volumen 2, la versión de Juan Luis Calleja de En tinieblas, de Rudyard Kipling, El Danubio Rojo (volumen 3), de Bruce Marshall y la traducción de Manuel Bosch Barrett de El rumor del torrente, de W. A. Mason; el número 7 fue el primero de autor español, Martín de Caretas, de Sebastià Juan Arbó, a quien seguiría Ignacio Agustí con Mariona Rebull y El viudo Rius (números 16 y 17, respectivamente).

Otra de las colecciones de Plaza, G.P. Policiaca, constituye uno de los ejemplos más claros de la colaboración con José Janés, pues arrancó inicialmente reimprimiendo aquellas obras de contenido más adecuado que previamente habían aparecido en colecciones janesianas, y si bien a ambos les interesaba el lector de policíacas, sus modos de publicación diferían enormemente y se dirigían a sectores de poder adquisitivo muy distinto.

En ese año 1955 se había incorporado a la empresa, inicialmente como coordinador editorial y traductor, Mario Lacruz, quien a su vez incorporó en septiembre del año siguiente a Rafael Borrás Betriu (que acababa de dejar Caralt), para completar un departamento literario en el que trabajaba también el doctor Mas Beya. En el primer volumen de sus memorias, Borrás Betriu dejó el siguiente retrato de Germán Plaza:

Don Germán me pareció una bellísima persona, con un punto de deslumbramiento por la letra impresa, tal vez debido a su condición de autodidacta, lo que hacía más meritorio su deseo de publicar a precios asequibles unas obras «para miles de lectores», como rezaba el eslogan de Libros Plaza.

Fuentes:

Anónimo, «Falleció el editor don Germán Plaza Pedraz», La Vanguardia, 18 de febrero de 1977.

Manuel Barrero, «Editorial Cisne», en Tebeosblog, 16 de agosto de 2010.

Julia María Labrador Ben y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, Teatro Frívolo y Teatro Selecto. La producción teatral de editorial Cisne, Barcelona (1935-1943), Madrid, CSIC, 2005.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya: el segle XX (1939-1975), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2006.

Felipe B. Pedraza, eds., «Editorial Cisne y las colecciones populares de teatro», en La comedia española en la imprenta catalana, Universidad de Castilla-La Mancha (Corral de Comedias 32), 2015, pp. 127

José Carlos Rueda Laffond, «Las colecciones populares: literatura de quiosco y tebeos», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 657-679.

Salvador Vázquez de Parga, Héroes y enamoradas. La novela popular española, Barcelona, Glénat (Parapapel 3), 2000.

Rufino Torres Castañeira, importador clandestino de libros

«Tú sabrás quién tocó la cuestión. Si atas cabos sacarás el resultado. No dudes que tienes amigos de los otros en la organización».

Esta advertencia que a simple vista puede parecer inocua o incomprensible constituye uno de los estremecedores testimonios de la ingente y peligrosa labor llevada a cabo por editores, distribuidores y libreros durante el franquismo para hacer llegar a los lectores libros que en España estaban prohibidos. El pasaje pertenece a una carta del 8 de agosto de 1973 dirigida por el distribuidor pontevedrés afincado en Barcelona Rufino Torres al editor de Ruedo Ibérico, José Martínez Guerricabeitia, en la que aborda una cuestión bastante recurrente en algunos momentos de su relación: la existencia de algún «topo» que informaba a las fuerzas represoras franquistas acerca de los envíos de libros que Ruedo Ibérico hacía desde su exilio en París para que de este modo la policía pudiera incautarse de los libros, con las pérdidas tanto culturales como económicas que eso conllevaba.

La cuestión de la distribución y venta de libros prohibidos es uno de los ámbitos aún más desconocidos, en buena medida debido a las comprensibles pero en ocasiones insuperables y desesperantes dificultades que supone su estudio. Lo sabe bien, por ejemplo, Jordi Cornellà-Detrell, que lleva ya algunos años recabando datos acerca de la circulación de libros prohibidos, de sus redes de distribución y de los puntos de venta y cuyos estudios han dado ya algunos frutos importantes y quien ha explicado que:

…había, claro está, importadores a pequeña escala que utilizaban su propio automóvil o los hacían llegar por correo postal en pequeños paquetes En cuanto llegaban a Catalunya, los libros se almacenaban en el depósito de distribuidores como Siegfried Blume, gerente de la Librería Técnico-Extranjera, en la calle Tuset, o Eduardo Beneyto, que los escondía en una habitación secreta en su distribuidora Vilben, situada en la calle Aragó.

Aun así, la exhumación del rico epistolario entre José Martínez Guerricabeitia y sus distribuidores llevado a cabo por Albert Forment ha permitido conocer algunos otros aspectos particulares acerca de la distribución clandestina de libros en España.

Eduardo Fidalgo.

Entre los escasos distribuidores de los que se tiene información suele destacarse precisamente la importancia de los de Ruedo Ibérico Siegfried Blume y Rufino Torres, al segundo de los cuales describió Jorge Herralde en Por orden alfabético como un «antiguo ex-guardia civil que, por razones obvias, conocía bien los entresijos fronterizos». Entre sus principales colaboradores tuvo Rufino Torres a su cuñado Eduardo Fidalgo Cerreda (1934-2015), hijo de un exiliado en Cuba y que, según contó su hija, «trajo muchos libros de América Latina, sobre todo de Argentina, libros que llegaban al puerto disimulados con las mercaderías». Sin embargo, fue sin duda Albert Forment quien más datos sacó a la luz acerca de la actividad de Rufino Torres y quien la ha explicado con más detalle.

Al parecer, Rufino Torres, que tenía como una de sus direcciones la calle Calabria número 137 y un almacén en Viladomat, 247, tenía la importación de libros sobre todo de Francia como una fuente adicional, pero lucrativa, de su negocio como distribuidor, aun a sabiendas de los riesgos que corría; a través de Blume contactó con el editor de Ruedo Ibérico y a partir de 1964, propiciado además por las dificultades económicas a que tuvo que enfrentarse Blume, se convirtió en su principal distribuidor. Así cuenta Forment el modo de proceder, que en buena medida explica los altos precios que alcanzaban estos ejemplares (es sabido que, con la venta de los que poseía, Goytisolo se financió su viaje a París):

Rufino tenía verdadero olfato para los negocios editoriales ilegales que la censura hacía florecer indirectamente, además de los legales que le servían de cobertura y eran la parte del león de su negocio. Al tanto de los usos y costumbres de los cuerpos de seguridad franquistas, entre los cuales se decía que conservaba buenas amistades, supo sortear el acoso policial durante quince años, hasta la época de la transición política, convirtiéndose en la otra gran pieza clave [junto con Blume] del dispositivo de distribución de Ruedo Ibérico en España [..] Rufino compraba con tan descomunales descuentos que apenas daban beneficio a la editorial […], y los revendía luego al por mayor a otros distribuidores, cobrando su propia comisión.

A finales de los años sesenta, esos descuentos de los que gozaba Distribuciones Torres podían alcanzar el 55% por ciento, al que se añadía aún un 3% adicional por pronto pago, lo cual pone de manifiesto que entre las prioridades de Ruedo Ibérico no estaba ganar dinero, sino hacer que sus libros llegaran a los lectores. Refiriéndose también a esos años finales de la década de los sesenta, otro de los puntales de Ruedo Ibérico, Marianne Brull, explicó en una entrevista con Carlos Prieto el modo de proceder:

Mandábamos los libros a Barcelona en sacas postales de unos treinta kilos, y él [Torres] se encargaba de que nadie las inspeccionara en Correos… […] Los envíos se hacían siempre desde la misma oficina de correos en París, el día que nos indicaba Rufino, sin remite y de manera que pudieran ser localizados fácilmente por los empleados de aduanas… previamente sobornados por Rufino. Fácil no era.

No cuesta imaginar que no debía de ser fácil. Para evitar que se pudieran rastrear los pagos, en ocasiones estos los hacía Rufino Torres desde Andorra, adonde se desplazaba con cierta regularidad, y las dificultades impuestas por el acoso policial explican que en más de una ocasión los distribuidores se vieran en la necesidad de pedir a Ruedo Ibérico que retuviera los envíos.

François Maspero.

Es lo que sucedió, por ejemplo, a finales de 1966, cuando surgieron serias sospechas de que alguien desde París estaba informando a las autoridades españolas de los detalles de los envíos. Tanto Blume como Torres sospechaban que acaso se tratara de alguien que trabajaba para el editor francés François Maspero (1932-2015), que era quien distribuía los libros de Ruedo Ibérico en casi toda Francia (salvo en Iparralde). El caso es que, según contaba Tores a Martínez Guerricabeitia en febrero de 1967, los envíos que se hacían directamente a particulares eran retenidos y confiscados, y la misma situación se mantuvo en los meses siguientes.

No fue hasta junio de 1967, cuando ya llevaban varios años de comunicación epistolar, que el editor exiliado y el ex guardia civil se conocieron personalmente, en Perpinyà. Las dificultades a las que los heterodoxos modos de gestión y producción abocaron a Ruedo Ibérico propiciaron que en 1969 se llegara a un acuerdo por el cual Rufino Torres avanzaba 18.500 francos para que el editor exiliado en París pudiera llevar a cabo la reimpresión de cinco de los títulos que mejor habían funcionado de su catálogo y que por entonces se hallaban agotados, pero ya a principios de 1966 tanto Torres como Blume habían ofrecido ayudas en metálico a José Martínez (en cierto modo, la dadivosidad de Blume contribuye a explicar las dificultades por las que pasó la Editorial Blume, fundada en 1965).

José Martínez Guerricabeitia.

A principios de 1973 volvieron a surgir recelos acerca de las filtraciones de información sobre los envíos clandestinos de libros, y en mayo de ese año escribe Torres a Martínez Guerricabeitia:

Hemos tenido noticias de que estáis preparando catálogos para un fuerte envío. Tus amigos ya lo saben y han tomado precauciones. Se conoce que dentro del ramo hay quien te vigila y procura por tus intereses. Desgraciadamente debes estar bien acompañado, no lo dudes.

El editor de Ruedo Ibérico sospechaba que, caso de haber filtraciones, estas se debían probablemente a la indiscreción del filósofo del Opus Rafael Calvo Serer (1916-1988), que desde noviembre de 1971 se encontraba en París a raíz de sus críticas al gobierno franquista publicadas en Le Monde, o bien a alguien de su entorno, pero en agosto, como pone de manifiesto el pasaje reproducido inicialmente, los recelos persistían:

La nota indicaba se están preparando envíos, forma de caja, embalaje, peso y otros detalles reales, ignorando de momento la dirección. El caso es que coordinaba todo perfectamente. ¿Quién podía saberlo? Tú sabrás quién tocó la cuestión…

Según cuenta Forment, más tarde los colaboradores habituales de Ruedo Ibérico llegaron a sospechar, aunque sin pruebas fehacientes, que las filtraciones se debieron a Luis Palomeque, militante comunista que entre finales de 1971 y enero de 1972 había sido despedido de Ruedo Ibérico tras dos años como empleado, pero aun así en 1974 Rufino Torres propuso poner a prueba la solvencia de la confidencialidad en las comunicaciones. Se preparó un envío comunicando detalles a los allegados a la editorial, y se comprobó que ninguno de los detalles divulgados llegó a oídos de las autoridades españolas.

Al margen de las motivaciones que tuviera Rufino Torres (que ya había empezado a publicar algunos libros como Ediciones R. Torres) tras una reunión con Martínez Guerricabeitia durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1976 llegaría a convertirse en coeditor de Trotski, concretamente de los dos volúmenes de sus Escritos militares, así como del Diario de la Revolución Cubana de Carlos Franqui (1921-2010). No está mal, tratándose de un ex guardia civil.

Fuentes:

Jordi Cornellà-Detrell, «Estratègies contra la censura durant el período democràtci: reedició, reescriptura i polítiques editorials», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, Traducció i franquisme, Lleida, Punctun-Grup d’Estudi de la Traducció Catalana comntemporània (Visions 8), 2017, pp. 121-137.

—«La circulación de libres clandestins durant el franquisme», Querol, núm. 22 (2018), pp. 44-50.

Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo Ibérico, Barcelona, Anagrama (Argumentos 247), 2000.

Domingo Marchena, «El señor de los libros», La Vanguardia, 21 de abril de 2015.

Ana Martínez Rus, «Ni rojos ni ateos: las difíciles relaciones editoriales entre la España franquista y el exilio argentino», Kamchatka. Revista de análisis cultural núm. 7 (junio de 2016).

Núria Navarro, «Escondía los libros en un armario con doble fondo» (entrevista a Eduardo Beneyto), El Periódico, 21 de noviembre de 2010.

Carlos Prieto, «Los papeles secretos del Opus Dei: de las confidencias “salvajes” a la maleta del 23-F», El Confidencial, 10 de marzo de 2018.

Redacción, «Muere Eduardo Fidalgo, defensor y amante de los libros», El Periódico, 18 de abril de 2015.

Evarist Mora, ilustrador de libros

Los conocedores del diseño español probablemente asocien el nombre de Evarist Mora i Rosselló (1904-1987) a la célebre butaca de inspiración art déco Coliseum o a la decoración del conocido como Consulat del Mar (en el Ayuntamiento de Barcelona), pero este muy polifacético artista, de proverbial profesionalidad, intervino en muchos otros campos y, en el ámbito de las artes gráficas, dejó algunos libros ilustrados de notable interés.

Nacido en la barcelonesa calle Petritxol, en el seno de una familia que confeccionaba vestuario para teatro, Mora se formó inicialmente en La Llotja, pero luego fue ampliando conocimientos vinculándosee a centros tan prestigiosos como la Escola Superior de Bells Oficis de la Mancomunitat (en el seno del Cercle Artístic de Sant Lluc) y el Foment de les Arts Decoratives, pero también mediante una estancia en París, en la que completó su formación con el ceramista y crítico de arte catalán  Josep Llorens i Artigas (1892-1980). A su regreso a Barcelona, Mora abrió un estudio en un piso situado en el muy céntrico y elegante Passeig de Gràcia en el que se presentaba como decorador.

Sin embargo, ya en los años veinte, combinándolo con una ingente obra en proyectos de decoración y exposiciones de su obra, empezó Mora a dibujar y pintar tanto carteles como folletos y anuncios publicitarios para diversas empresas (entre ellas las Industrias Gráficas Seix y Barral Hnos.), y es muy recordado también su cartel ya de 1930, destinado a los excursionistas, acerca de los riesgos de hacer fuego en el bosque. Un poco anteriores son sus trabajos para revistas ilustradas como Patufet, destinada a iniciar los niños catalanes en la lectura, o las bastante más ácidas El senyor Daixonses (1926) i La senyora Dallonses (1926).


Aun así, es probable que sus primeras ilustraciones de cubiertas de libros sean las que empezaron a publicarse, ya a principios de los años treinta, en la colección Ideal de la por entonces muy popular Bauzá, que en el aspecto gráfico es recordada sobre todo por las célebres ilustraciones de Helios Gómez (1905-1956) pero que también contó con la colaboración de otros artistas notables, como el el caso de Shum (Alfons Vila i Franquesa, 1897-1967).

Entre las cubiertas que en esos años hace Mora para Bauzá se cuentan, por lo menos, las de Dante no vio nada (La vida en los presidios militares) (1930), del pionero del periodismo de investigación Albert Londres (1884-1932), El amor en las prisiones (1931), de la fundadora de Psiqué Mary Choisy (1903-1979), Isabel y Beatriz. Novela del tercer sexo (1931), de la también periodista francesa y conocida feminista Maria Laparcerie y El alimento de los dioses (1933) de H. G. Wells (1866-1946).

De ese mismo año 1933 son algunas colaboraciones para el intrépido y muy efímero periódico dirigido por Josep Janés i Olivé (1913-1959) Avui. Diari de Catalunya (octubre-diciembre de 1933), en el que Mora coincidió con otros artistas importantes, como Francesc Domingo (1893-1974) o Josep Maria Mallol Suazo (1910-1986).

Poco posterior, de 1934, es la edición de Els vells, font de poesía, un bello librito  de 46 páginas que incluye ilustraciones de Mora a los poemas de temática común firmados por Jaume Bofill (1879-1933), Victor Català (Caterina Albert, 1869-1966), Ignasi Iglesias (1871-1928) y Apel·les Mestres (1854-1936), entre otros, y que sufragó la Caixa de Pensions per a la Vellesa i d’Estalvi con el propósito de regalarlo a sus clientes, como «Obra dels homenatges a la vellesa» y del que se hizo una segunda edición en 1936. Con todo, acaso la imagen más vista de Mora ese año, y también el siguiente, fue la publicidad que creó para la cadena de corte y confección El Dique Flotante, que se reprodujo con profusión en la elegante y cosmopolita revista D’Ací i d’Allà, entre otros muchos medios impresos.

Iniciada la guerra civil española, uno de sus carteles fue premiado en octubre de 1936 en la Trienal de Artes Decorativas e Industrias Modernas, pero esa época la dedica Mora sobre todo a colaborar con el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya. Colaboró asimismo con la Revista Estel (1937), pero también tuvo tiempo para ilustrar una edición de los Cuentos de Navidad del escritor y periodista francés G. Lenotre (Théodore Gosselin,1855-1935) que se publicó en 1938 en adaptación de Marià Manent (1898-1988) en la Editorial Lucero.

También en Lucero se publicaron dos obras de Lope de Vega, Los pastores de Belén, donde a las ilustraciones de Mora iban acompañadas de otras de Josep M. Junoy (1887-1955) y Los reyes magos, ambas de 1939. 

Y en cuanto acabó la contienda, ya en 1939 Evarist Mora se asoció con Josep Mir i Virgili (1904-1974), conocido interiorista cuya familia tenía una amplia vinculación con las artes gráficas y él mismo hizo, ocasionalmente algún cartel y portada de revista en los años veinte (aunque quizá su cartel más conocido sea el que hizo para la empresa Uralita). De esta asociación saldrían obras de decoración tan recordadas como las que hicieron para el Salón Rosa (más tarde reconvertido en Boulevard Rosa) y para algunas de las tiendas del Dique Flotante.

Aun así, ya de junio de 1940 son la cubierta y las ilustraciones interiores de La solitaria de Dulwich, de Maurice Baring (1874-1945), que aparece en la editorial que por aquel entonces llevaban al alimón José Janés (1913-1959) y Félix Ros (1912-1974), Emporion, y concretamente en la exquisita colección La Rosa de Piedra. Muy poco más tarde ese mismo año, en cuanto se disolvió la asociación, Janés publicó también esa misma traducción (firmada como José Aguirre, pero obra del propio Janés), en su colección Los Libros de Cristal e incorporó a ella de nuevo esas ilustraciones de Mora. Se retomaba así una colaboración más o menos esporádica entre el polifacético decorador y los proyectos editoriales de Janés que tendría continuidad en los años sucesivos.

Menos conocida sea quizás la edición de bibliófilo de Retablos, de Victor Català, llevada a cabo por Ediciones Mediterráneas ya en 1944 (si bien en un catalán previo a las normas de Fabra, y por consiguiente difícilmente legible para el lector de esos años). Aunque las ilustraciones son obra de Joan Colom i Agustí (1879-1969), Mora se ocupó de enriquecer el libro con sutiles elementos decorativos. Pero ya el año anterior (1943) había ilustrado con seis láminas una edición de Jane Eyre, de Charlotte Brontë (1816-1855) para la editorial Iberia de Joaquín Gil y en traducción del ya mencionado Juan G. de Luaces.

Y en los años previos había hecho para las Ediciones Mediterráneas las portadas de algunos otros libros, entre los cuales Sonetos del portugués, de Elizabeth Barret Browning (1806-1861), traducidos por Ester de Andreis (1901-1989), y Leyendas de la Virgen, de Jérome y Jean Tharaud, con ilustraciones interiores de Mercè Llimona (1914-1997) y traducidas por Marià Manent.

Y también de 1943 es uno de los libros que mayor fama dieron a Mora, El viaje, de Charles Morgan, cuya traducción a cargo de Alfonso Nadal (1886-1943) publicó Janés en las Ediciones Lauro. En este caso el éxito quedó corroborado por el hecho de que la británica editorial Macmillan, como la prensa española del momento se ocupó de subrayar, había decidido comprar las planchas de esa edición con el propósito de incorporar las ilustraciones a las siguientes versiones en inglés.

En 1945 está fechada la edición de la novela Intemperie (The Weather in the Streets), de la controvertida Rosamond Lehmann (1901-1990), que Janés publica traducida por el ya mencionado Juan G. de Luaces y con seis litografías de Mora. Años más tarde (en 2017) la editorial Errata Naturae recuperaría esta misma novela con el título A la intemperie y en una traducción firmada por Regina López Muñoz (sin ilustraciones).

Del año siguiente (1946) es la publicación en Astarté –nada que ver con el sello creado en el siglo XXI por Lucía Echevarría– de unas Narraciones y cuentos de Oscar Wilde (1854-1900), con traducción de Antonio Ribera Jordá y con grabados dentro y fuera de texto de Mora.

Ya más avanzada la postguerra vale la pena mencionar también de Evarist Mora las ilustraciones para Les figures del pessebre de l’Atmetlla del Vallès, un libro del poeta Carles Sindreu (1900-1974) publicado en 1960, precedido de un prólogo de Félix Millet i Maristany, con colofones de J. V. Foix y Jeroni de Moragas y que asimismo incluía dibujos de Amador Garrell (1916-2000) y de Josep Maragall i Noble (1900-1982). Se trata de un volumen de apenas 127 páginas, con un formato de 25 x 18 que se distribuía en estuche, editado por Els Amics de la Poesia y con el que Sindreu había ganado el Premio P. Maspons i Camarasa en 1957.

Fuentes:

Carles Figols, «Evarist Mora Roselló (1904-1987)», i Dibuixants catalans, 6 de septiembre de 2015.

Jacqueline Hurtley, José Janés: Editor de literatura inglesa, Barcelona, Publicaciones Universitarias  (Letras, Ciencias, Técnica 28), 1992.

Josep Janés i Olivé, «Aventuras y desventuras de un editor», conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955. Reimpreso en Texturas, núm. 18 (diciembre de 2015).

Pilar Soler García, La marqueteria artística: El taller J. Sagarra. Barcelona (1940-1965), tesis doctoral presentada en el Departament de Història de l’Art de la Universitat de Barcelona en julio de 2012.

«K. L. Reich» y la autocensura, una enigmática historia editorial

Tanto el proceso de escritura como el de publicación de una de las obras más estremecedoras e impactantes sobre la vida de los republicanos españoles en campos nazis, K. L. Reich, ha sido objeto de largas, enrevesadas y en algunos casos enconadas controversias, pero que al fin y al cabo han contribuido bastante a esclarecer la génesis de su publicación.

Joaquim Amat-Piniella.

Todo parece indicar que Joaquim Amat-Piniella (1913-1974) completó una primera versión de la obra entre septiembre de 1945 y abril de 1946, apenas ocho meses después de haber sido liberado por las tropas estadounidenses (en mayo de 1945) y mientras residía en Andorra, concretamente en Sant Julià de Lòria. Es más, David Serrano identifica una primera versión del episodio del asesinato del personaje de Vicent en K.L. Reich en un relato que se publicó ya en 1945 en la revista del exilio catalán en Niza Per Catalunya con el título «La Fam», y que años después se publicaría de nuevo de forma independiente en la recopilación póstuma Retaule en gris (Bromera, 2012).

En noviembre de 1947 aparece otro fragmento de esta versión en una interesante revista barcelonesa dirigida por el militante de Estat Català Antoni Ribera (1920-2001) titulada Antologia dels fets, les idees i el homes d’Occident. De esta publicación clandestina de divulgación cultural, entre cuyos colaboradores habituales se contaban el poeta y compositor Lluís de Rialp (Lluís Soler, n. 1920), el pedagogo y lingüista Políglot (Delfí Dalmau, 1891-1965), el crítico literario Joan Triadú (1921-2010) y los escritores exiliados Josep Carner (1884-1970), Agustí Bartra (1908-1982) y Josep Pous i Pagès (1873-1952), se hacía una tirada privada de mil ejemplares que distribuía el corredor de libros Pere Bonada con el método de cadena; hasta que en mayo de 1948 fue suspendida por orden gubernativa. Sin embargo, en el número 7 se publicó entre las páginas 52 y 59 el mencionado texto de Amat-Piniella con el título «Eutanàsia» y la siguiente indicación (que traduzco):

De los siete mil españoles que han pasado por el campo de concentración alemán de Mauthausen, apenas han salido unos mil ochocientos. El autor es uno de los supervivientes y, acerca de los recuerdos de su cautiverio de cuatro años y medio, ha escrito un reportaje novelado con el título K. L. Reich, aún inédito, y del cual publicamos hoy un capítulo.

Resulta cuanto menos curiosa pero quizá desorientadora la adscripción del texto al género del «reportaje novelado», pero es interesante que se publique en una revista que en cierto modo actuaba como catalizadora de la obra de diversos exiliados (como era por entonces el caso de Amat-Piniella) o de puente entre autores del interior y del exilio. En junio de 1953, fue el mencionado Agustí Bartra quien se planteó la posibilidad de publicar, en México, la obra de Amat-Piniella, enmarcándola en el proyecto de colección Fona que estaba planeando con el impresor Guillem Gally (1906-1981) y que pretendía dar a conocer obras impublicables en España por razones de censura, acompañándolas además de los pertinentes documentos ministeriales de prohibición. El fracaso de ese proyecto hizo que K.L. Reich siguiera inédita aún unos cuantos años más.

Sin embargo, el caso es intrigante porque la primera presentación de la obra a censura documentada es la del editor Santiago Albertí (1930-1997), y cuando Amat-Piniella hacía ya unos años que se había establecido en Catalunya. En abril de 1955 está fechada la denegación de la autorización para publicar la versión que se había presentado, de 140 páginas, a pesar de que el preceptivo informe del censor no señalaba en ella ningún pasaje y ningún motivo para prohibirla. Segundo enigma.

Tal vez la siguiente mención pública de la novela se produce en las páginas de la revista Destino, que en el número del 19 de abril de 1958, en el marco de un amplio reportaje sobre las novedades para el Sant Jordi de ese año con entrevistas a los editores, se alude a K. L. Reich como una «extensa e importante novela» inédita en la que Amat-Piniella «recoge extraordinarias experiencias de su internamiento en un campo de concentración alemán», al presentar al autor con motivo de la reciente aparición de su Roda de solitaris en la Nova Col·lecció Lletres del ya mencionado Santiago Albertí.

Hay muchas pruebas de que por lo menos la existencia de la obra y su tema era ampliamente conocido en el milieu, y poco después, en el número de enero de 1959 de la principal revista del exilio catalán en Buenos Aires, Ressorgiment, la traductora, periodista y escritora Anna Murià (1904-2002) le dedica el artículo «K. L. Reich, novel·la inèdita de J. Amat-Piniella», sin duda porque debió de tener acceso al manuscrito a través de su cónyuge, Agustí Bartra.

Finalmente, en 1961 se presenta de nuevo a censura, pero lo más notable de este episodio es que la obra había ido creciendo hasta las 250 páginas, lo que permite concluir a Josefina Sabaté que de Andorra no llega ya con una versión definitiva sino que, muy al contrario, el autor fue puliendo y retocando su texto a lo largo de esos años. Es incluso posible aventurar que el ejercicio de autocensura que Sabaté advierte en el texto definitivo sea consecuencia del contacto directo del autor con el ambiente cultural y literario de la Barcelona de esos años, donde, como en todas partes, se habían desarrollado diversas estrategias ante la censura (y que en el ámbito del teatro tuvieron dos polos opuestos representativos en el posibilismo de Buero Vallejo y el imposibilismo de Alfonso Sastre). En cualquier caso, el 10 de abril de 1961 José de Pablo Muñoz firmaba un informe de censura en el que consideraba, puesto que no atacaba ninguna de las instituciones fundamentales del régimen franquista, que «puede publicarse».

En 1963 aparece finalmente K. L. Reich, pero lo hace en una traducción al español firmada por el escritor Baltasar Porcel (1937-2009), si bien quienes tradujeron la obra fueron en realidad el propio Amat-Piniella, en colaboración con su amigo el médico, pintor y escritor Josep M. Cid-Prat y Porcel se limitó a hacer una corrección de estilo. Esta edición en español se publica en la colección Testimonio de Seix Barral, pero poco después ese mismo año lo hace también la edición en catalán, en este caso en el Club Editor de Joan Sales (1912-1983), cuyos procesos de producción y problemas con la programación de las obras en cartera acaso eran menos fluidos que en Seix Barral.

Estas fueron, pues, las ediciones disponibles durante muchos años, hasta que en 1995 Serrano Blanquer sacó a la luz un nuevo manuscrito íntegro que halló en un maletín que le facilitó el hijo de Amat Piniella y que difería del hasta entonces conocido, así como pasajes que tampoco figuraban en la edición publicada. Se generó entonces una cierta polémica acerca de los motivos de las diferencias entre uno y otro, básicamente entre quienes pensaban que respondían a motivos de censura y quienes pensaban que era una versión menos pulida y en un estadio en que el proceso de autocensura al que la sometió el propio autor no era aún evidente. En cualquier caso, esa fue la versión, editada por el propio Serano Blanquer, que Edicions 62 publicó en el año 2001.

Probablemente, lo más interesante que nos han dejado los análisis y cotejos de estas diferentes versiones que se han ido publicando, así como de las notas del autor y prólogos que las acompañaban, sea, de facto, un «estudio de caso» tremendo de lo que fue la autocensura durante la dictadura franquista.

Fuentes:

Joaquim Aloy i Bosch, «Les dues versions diferents de K. L. Reich», web Joaquim Amat-Piniella, escriptor i intel·lectual manresà (1913-1974).

Marta Marín-Dòmine, «K. L. Reich (1963)», Visat, núm. 16 (octubre de 2013).

Josep Massot, «Centenario de Joaquim Amat-Piniella, un catalán en Mathausen», La Vanguardia, 19 de febrero de 2013.

Josefina Sabaté, «Análisis de las variantes autógrafas en la “Nota de l’autor” de Joaquim Amat-Piniella en K. L. Reich», Represura, núm. 3 (2018), pp. 39-71.

La primera década del Libro Amigo de Bruguera

Para toda una generación por lo menos, lo que define a una colección tan longeva y famosa como El Libro Amigo de Bruguera son unos libritos con un formato de 18, con el lomo y la contracubierta gris, y en la que se publicaron por ejemplo obras de mérito literario perdurable como el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1886-1927), El siglo de las luces de Alejandro Carpentier (1904-1980), Las máscaras de Jorge Edwards (n. 1931), Dejemos hablar al viento de Juan Carlos Onetti (1909-1994), Cien años de soledad de Gabriel García Márquez (1927-2014), Los jefes de Mario Vargas Llosa (n. 1936),  los cuatro volúmenes de Los pasos contados (1985-1986) de Corpus Barga (Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, 1887-1985), La aventura equinoccial de Lope de Aguirre de Ramón J. Sender (1901-1982), la compilación de prosa narrativa La uña de Max Aub (1903-1972), y un larguísimo etcétera, así como una extensísima retahíla de clásicos sobre todo decimonónicos, de muchísimos narradores traducidos de casi todas las lenguas (la de Jorge Rodolfo Wilcock de El americano impasible de Graham Greene entre ellas) y de una serie específica de novela negra en la que se publicó a escritores tan prestigiosos y variopintos como Dashiell Hanmett, Raymond Chandler, Boris Vian, Giorgio Scerbanenco, James Ellroy, Chester Himes, Patricia Highsmith, Juan Madrid, Jaume Fuster…

Sin embargo, llegados a este punto (que coincide con el momento de mayor expansión y crecimiento de la editorial) la colección ya tenía una historia bastante larga, y se había iniciado con obras y autores de los que hoy queda un recuerdo mucho más difuso. Aunque ya se habían publicado unos primeros títulos en 1965, Libro Amigo Bruguera se lanzó coincidiendo con la inminente celebración del Día del Libro de 1966, con un diseño muy diferente al que se haría célebre décadas después y con autores cuyo vínculo era sobre todo la magnitud de sus ventas. Entre los primeros títulos alternaban además una veta más o menos periodística y/o ensayística y en todo caso no ficcional, con novelas a menudo muy extensas. Ejemplo de lo primero son El proceso de Nuremberg (1965), de Joe J. Heydecker y Johannes Leeb, La Gestapo (1965), de Jacques DeLarue, o un curioso libro preparado por el historiador y periodista Allan Nevins (1890-1971) en el que se recogían textos del célebre presidente estadounidense asesinado precedidos de un prólogo de quien fue su sucesor en el cargo, Lyndon B. Johnson (1908-1973), y que se tituló en español El deber y la gloria. Testamento político de John F. Kennedy (1966).

Como suele suceder, las novelas han tenido mejor posteridad editorial, y la primera publicada en el Libro Amigo fue Éxodo, de Leon Uris (1924-2003), que tras su primera edición, en 1958, se había mantenido casi veinte semanas encabezando la lista de más vendidos el New York Times y no tardó en convertirse en un fenómeno editorial de dimensiones colosales, con cinco millones de ejemplares vendidos en siete años, hasta el punto de ser su éxito solo comparable entonces al de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell (1900-1949) (publicada en 1936 gracias al buen ojo del mítico editor Harold Macmillan Latham). Bruguera había publicado de Éxodo la primera edición en español en 1960, en la colección Joyas Literarias y traducida por Baldomero Porta Gou, y en 1966, cuando se incorporó a Libro Amigo, llevaba ya veintiuna ediciones. Como se verá, Libro Amigo era en muy buena medida un contendedor, en ediciones económicas, de títulos que ya habían sido explotados con éxito. Entre la primera docena de títulos aparece otra obra de Uris, Mila 18, de la que también en Joyas Literarias se había publicado en 1965 la séptima reimpresión. El traductor era de nuevo Baldomero Porta Gou, luego conocido sobre todo por la primera y polémica traducción al español de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. En los primeros años del presente siglo, de Leon Uris recuperó buena parte de sus extensísimas novelas, en traducciones revisadas, Roca Libros, si bien lo hizo solo en formato digital (en el sello Ciudad de Libros).

Entre la primera docena de títulos publicados en Libro Amigo, todos ellos en 1966, se cuenta también clásicos del calibre de la traducción del famoso marino y lexicógrafo Fernando Corripio (1928-1993) de Las aventuras amorosas de Moll Flanders, de Daniel Defoe (1660-1731); no es muy ampliamente sabido que también a Corripio se deben muchas de las novelas de la serie de Conan, de Robert E. Howard (1906-1936), que publicó Bruguera entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, y también fue esta empresa la que publicó la primera edición de sus inmortales y tremendamente populares Diccionario de sinónimos y antónimos de la lengua española (1971) y Diccionario de ideas afines (1983).

Al mencionado de Defoe pueden añadirse, aún en esa primera docena, Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski (1821-1881) como séptimo volumen, que se publica sin indicación del traductor y que procedía también de Joyas Literarias, y Tom Jones, de Henry Fielding (1707-1754), que aparece en la traducción de Carlos González Castresana y cierra esa primera docena, entre la que también se encuentra la novela del periodista y guionista estadounidense Morton Thompson (1907-1953) No serás un extraño (1966), de la que en 1955 se había estrenado una versión cinematográfica dirigida por Stanley Kramer con un reparto espectacular (Olivia de Havilland, Frank Sinatra, Robert Mitchum, Lee Marvin…).

Tras estos primeros doce títulos, se mantiene durante un buen tiempo ese relativo equilibrio entre grandes clásicos universales y libros de extraordinario éxito comercial pero muy a menudo hoy apenas recordados. Así, y siempre en 1966, el megaéxito incombustible de Lewis Wallace (1827-1905) Ben Hur alterna con la traducción de Crimen y castigo, de Dostoyevski, firmada por Julián Alemany Zaragoza (que es la única de este traductor que recoge la base de datos de la Biblioteca Nacional de España), así como con la de Baldomero Porta de El hombre del traje gris, de Sloan Wilson (1920-2003). Esa misma traducción de la novela de Wilson había aparecido ya en 1959 en Joyas Literarias, poco después del estreno de la versión cinematográfica (dirigida por Nunnaly Johnson y protagonizada por Gregory Peck), y es también la misma que en 2009 reeditó Libros del Asteroide con un prólogo de Jonathan Franzen (y de la que en 2016 aparecía una tercera edición). Son numerosas las traducciones de Baldomero Porta, además de las ya mencionadas, que se publican en los primeros años de la colección, y de hecho su primera traducción para Bruguera se remonta por lo menos a 1953 (Un hombre llega del Este, de William McLeod Rainer): La nave del mal (1966), de Katherine Anne Porter (1890-1980); Hija de Judá (1966), de Dan Levin; El mundo del delito (1966), de Alan Hynd; Armageddon (1967), de Leon Uris; Parrish (1967), de Mildred Savage; Habitación por alquilar (1967), de Hèlene Miserly…

Bruguera disponía desde 1967 de una colección (Libro Clásico), con una presentación casi idéntica a la de Libro Amigo y en la que había empezado publicando a autores de la tradición española (Lope de Rueda, Fernando de Rojas, Armando Palacio Valdés, Emilia Pardo Bazán), pero también clásicos universales (Homero, Laurence Sterne, Charles Darwin, Tolstoi…), lo que dificulta dilucidar cuál era el criterio para incluir a determinados autores y títulos en una u otra colección.

Sin embargo, incluso antes de que se produzca el cambio de diseño de la colección, el mencionado equilibrio empieza a trastocarse un poco a medida que la el Libro Amigo avanza, y los superventas, más allá de las reimpresiones, empiezan a ser más escasos en comparación con los clásicos y con los títulos contemporáneos más prestigiados por la crítica. Ejemplo un poco sorprendente de ello podría ser la publicación en cuanto la colección había superado ya los diez años, en 1977, de Años difíciles como número 492 de la colección: un volumen que, tras un prólogo de Ricard Salvat (1934-2009), compila los textos dramáticos de Madrugada, de Antonio Buero Vallejo (1916-2000), La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo (1921-1994) y Los buenos días perdidos, de Antonio Gala (n. 1930). Por el camino, series con identidad propia, como la dedicada a la fantasía y la ciencia ficción, la policíaca o la destinada a reunir diez prosistas de diferentes países, habían experimentado ya un cambio en la presentación, que prefiguraba la más popular en los ochenta. Pero progresivamente los superventas efímeros van siendo cada vez más residuales en Libro Amigo.

Ese mismo año 1977 se publicó también por ejemplo El lugar sin límites, de José Donoso (1924-1996), coincidiendo con el estreno de la versión cinematográfica de Arturo Ripstein, y acaso sean de ese mismo año las primeras ediciones que empiezan a adquirir el perfil estético que triunfará en años posteriores (con una encuadernación en una cartulina menos rígida, entre otras cosas). Pero, más allá de reimpresiones, apenas quedan ya rastro de los bestsélers de tema bélico, aventurero o de pasiones desatadas (salvo si son también textos avalados por la crítica).