¿Qué diantre pintan los escritores en el sector (o el campo) editorial?

Lo peor no son los autores es el agudo título que el editor Mario Muchnik dio a uno de sus primeros libros memorialísticos, y en él ya queda implícito que, aun no siendo lo peor, los autores tampoco son de lo mejor con lo que uno se topa cuando frecuenta el mundillo editorial.

Mario Muchnik.

Desde hace ya bastantes años, se ha ido desarrollando la tecnología destinada a acabar con tan molesto elemento del negocio editorial, que no contento con cobrar un anticipo —por miserable que éste pueda parecerle— por poner su obra en manos del editor, tiene derecho además a cobrar unos royalties o regalías si la edición de su texto obtiene éxito, más dinero si a partir del texto alguien decide hacer alguna obra derivada (en audio, en película, en forma de cómic o de videojuego…) o incluso aún más si a algún emprendedor rampante se le ocurre crear figuritas de plástico que reproduzcan a escala los personajes de su obra. A estas alturas, y dadas las prácticas editoriales y los modos de consumo de literatura de principios del siglo XXI, a nadie se le ocurre que no deba atribuírse a la genialidad o pericia del autor las características o rasgos que hacen que su texto se convierta en un éxito.

Vladimir Propp.

Tal vez de ese planteamiento deriven proyectos como Neurowriter (del Instituto de Ingeniería del Conocimiento), que a partir de una cantidad de textos más o menos grande, es capaz de crear un texto en un determinado estilo o con un cierto vocabulario (desconozco si es capaz de crear neologismos). La idea es, por ejemplo, proporcionarle un corpus cuantioso de novela negra, de teatro de enredo o de cuentos fantásticos y dejar que aplique el patrón de estas modalidades literarias para generar un texto distinto y original (o no menos original de los que generan muchos humanos que son publicados por editoriales). Desde Vladimir Propp (1895-1970) y su Morfología del cuento sabemos que el conjunto de las obras narrativas creadas a lo largo de períodos muy amplios de tiempo son reducibles a un número más o menos corto de estructuras y funciones de los personajes, así que en realidad no es tan difícil imaginar que un programa de software sea capaz de salir airoso de un reto semejante ¿a satisfacción del lector? Bueno, eso dependerá también de lo que lector espere de un texto.

En la sugerente Coda a Los fundamentos del libro y la edición, Michael Bhaskar y Angus Phillips van un paso más allá y plantean como una posibilidad no desdeñable ni disparatada la opción de la «novela bajo demanda», adaptada a los gustos y los caprichos del lector individual en un momento concreto:

Enciendes tu dispositivo digital y le pides una novela, algo absolutamente apasionante con helicópteros, comandos militares, nazis en la luna, romances a raudales y, por qué no, gatos. Si bien unos años atrás habría sido imposible dar con una mezcla tan improbable, incluso con la tecnología más sofisticada de búsqueda y recomendación, hoy estás de suerte: tu dispositivo y su servicio de lectura incorporado no necesitan escanear el material existente para dar con la coincidencia más cercana. No, en vez de eso, el aparato se limita a escribirte la historia, En cuestión de segundos te ha entregado una novela absolutamente personalizada de exactamente 95.000 palabras, que es absolutamente apasionante y está llena de helicópteros, comandos militares, nazis en la luna, romances a raudales y, cómo no, gatitos.

Sería muy interesante poder saber cómo hubieran juzgado experiencias como esta los defensores del cut up o escritores como William Burroughs, Georges Perec y los miembros de Oulipo. Pero también es difícil ante esta visión distópica no evocar las (no se sabe si intencionadamente) jocosas declaraciones de Pérez-Reverte en el sentido de que «No perduraré. Cuando muera nadie me recordará», porque ciertamente eso quizás acabara por completo con lo que muchos editores llaman la «novela de género» (por contraste con una nunca bien definida «novela literaria»).

En cualquier caso, de nuevo topamos con una visión muy restringida, limitada o reducida de lo que es la literatura y sobre cuál debe ser su función, pues eso nos dejará siempre dentro de un ámbito con nuestro horizonte de expectativas actual, creando a demanda a partir de elementos que ya conocemos; pero más difícilmente ampliaría nuestro horizonte (si a lo largo de nuestra vida nos hemos familiarizado con los suficientes patrones narrativos) y no podría actuar como la droga que es la literatura: expandiendo nuestra conciencia, como pedía Aldous Huxley (1894-1963) en Las puertas de la percepción, entre otros textos de la misma cuerda.

Se remonta a 2016 el primer caso sonado de novelas co-escritas mediante inteligencia artificial y presentadas a un premio literario. Juguetonamente titulada The Day A Computer Writes a Novel, en un proyecto impulsado y liderado por el profesor de ciencia y tecnologá Hitoshi Matsubara, esta novela breve se presentó al premio de narrativa de ciencia ficción japonés que toma el nombre del escritor Shinichi Hoshi (1926-1997). A ella se añadieron otras dos creadas bajo el cuidado del profesor de Ingeniería de la Universidad de Tokio Fujio Toriumi. Con todo, lo interesante del caso es que la primera de las novelas mencionadas pasó la primera criba, lo que tal vez no dice mucho de los miembros del jurado, o acaso de los otros escritores humanos presentados al certamen. Tal vez la narrativa de género se esté convirtiendo en tal ensaladilla de tópicos y estereotipos que es indistinguible la mano humana ni siquiera para los lectores más expertos, bien podría ser.

Shinichi Hoshi.

Sin embargo, no se trata sólo de literatura de más o menos candente actualidad. En el año 2020 dio muchas vueltas por la prensa generalista la creación de poemas mediante el software Deep-Spare, a partir de la «lectura» de unos 2.700 poemas atribuidos a William Shakespeare (porque también fue un programa de deep learning lo que permitió clarificar algunas falsas atribuciones), que estaban accesibles mediante el Proyecto Gutenberg creado por Michael Hart en 1971.

Por lo que se refiere al ámbito de la literatura escrita originalmente en español, Pablo Gervás creó el WASP (delirantes siglas que en este caso no significan White Anglo-Saxon Protestant, afortunadamente, sino Wishful Automatic Spanish Poet), que le permitió, entre otras cosas de indudable utilidad para los filólogos, obtener nuevos poemas que se ajustan a las estructuras métricas y temáticas recurrentes o más habituales en la lírica del siglo de áureo español.

También en el ámbito de la poesía había tenido una enorme repercusión, ya en mayo de 2017, la publicación por parte de la editorial china Cheers Publishing de un poemario cuyo título en español se conoció como «La luz solar se perdió en la ventana de cristal», cuyo creador era el software Microsoft Little Ice, que a partir de apenas quinientos sonetos fue capaz de generar diez mil, de los que se seleccionaron 139 para incluirlos en el libro.

Primera edición del debut literario de Microsoft Litle Ice.

Pero, ¿y qué sucede en estos casos con los derechos de autor? Pues no parece que esté todavía del todo claro o haya un consenso muy amplio, porque si bien podría considerarse que se trata de «obras derivadas» a partir de todas aquellas que se han introducido en el software (cuyos autores son o fueron personas físicas), en realidad ese es precisamente el modo en que, por regla general, vienen formándose los autores, asimilando y procesando una enorme cantidad de obra previa de otros escritores mediante una lectura más o menos reflexiva y más o menos crítica. ¿Deberían ser, pues, los editores los propietarios de los derechos de reproducción de las obras generadas por inteligencia artificial y de todo el negocio colateral que éstas puedan generar? ¿O acaso quienes crearon la herramienta capaz de generar esos textos (lo que equivaldría, en términos un poco soeces, a «la madre que los parió»)?

En cualquier caso, en Gran Bretaña los derechos recaen, ciertamente, en el creador del software, y en Estados Unidos no tardaron en sonar las alarmas y ya en febrero de 2020 la US Copyright Office y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual convocaban en la Biblioteca del Congreso un interesante debate acerca de si deben generar derechos de autor y a quiénes corresponden en el caso de las obras artísticas creadas por inteligencia artificial, y entre otras obras sobre el tema se publicó en 2012 la de Aviv H. Gaon The Future of Copyright in the Age of Artificial Inteligenge, que sin duda no será la última que debata y polemice el asunto. La cuestión del «derecho moral», por ejemplo, tiene miga.

Quizá la literatura creada mediante inteligencia artificial acabe por poner en jaque a los autores, pero los editores (y en particular los editores de best séllers) ya pueden poner también sus barbas a remojar…

Fuentes:

Anónimo, «Inteligencia artificial y literatura: la máquina que escribe», blog del Instituto de Ingeniería del Conocimiento.

Julia Escobar, «La Feria se serena», Libertad Digital, 10 de junio de 2005.

Carlos Losada, «¿Sustituirán los robots a los escritores?», Crónica global, 27 de noviembre de 2020.

June Javelosa, «An AI novel written novel has passed literary prize screening», Futurism, 24 de marzo de 2016.

Redacción, «Cuatro experiencias alucinantes de renovación cultural», El Tiempo, 5 de noviembre de 2020.

Michael Schaub, «Is the future award winning novelist a writing robot?», The Washington Post, 22 de marzo de 2016.

Nathalie Shoemaker, «Japanese AI writes a novel, nearly wins literary award», Big Think, 24 de marzo de 2016.

José Antonio Vázquez, «Un robot que escribe como Shakespeare», Dosdoce, 3 de junio de 2020.

«El libro rojo del cole» y la censura de libros en España

En un Estado verdaderamente libre, el pensamiento y la palabra deben ser libres.

Suetonio (c. 70- post 126)

Considerar que en España la censura de libros acabó al terminar el franquismo resulta bastante problemático, porque o bien se obvia que a partir de la muerte del dictador la censura tomó otras formas, o bien se acepta que el franquismo, como régimen, se extiende bastante más allá del fallecimiento del dictador o incluso de la entrada en vigor de la Constitución española de 1978.

En su momento tuvo bastante repercusión mediática, e incluso peligró su celebración, la Feria del Libro de Madrid de 1980 (dos detenidos, incautación de material gráfico a periodistas, la suspensión de una asamblea…) debido a las vehementes protestas encabezadas por una serie de editoriales, las sospechosas habituales, contra la persecución policial y jurídica que por entonces sufría la editorial Nuestra Cultura como consecuencia de haber publicado El libro rojo del cole. En respuesta a ello, veintiséis editoriales, de nuevo las sospechosas habituales (Anagrama, Fundamentos, Miraguano, Tusquets, Txertoa, ZYX…), canalizaron su enfado mediante la edición en bolsillo de ese mismo libro auspiciados por la denominación Comité para la Libertad de Expresión.

Edición de Extemporáneos.

El libro rojo del cole, de los profesores Soren Hansen y Bo Dan Andersen y el psicólogo Jesper Jensen, había aparecido originalmente en 1969 en danés y no tardó mucho en tener una amplísima difusión en otras lenguas: en español la publicó en México la editorial Extemporáneos en 1972 (como El pequeño libro rojo de la escuela), por ejemplo, y en catalán se publicó en 1973 una traducción a partir de la edición francesa a cargo de Jordi Moners i Sinyol (1933-2019) con pie editorial de las JRC (Joventuts Revolucionàries Catalanes, las juventudes del Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans). En 1979 había circulado por la península una edición clandestina bastante burda y mal encuadernada impresa en español en Barcelona con el sello de Ediciones Utopía que al parecer se basaba en la versión mexicana, y muy poco después puso en circulación cien mil ejemplares la editorial Nuestra Cultura de Luis Martínez Ros (nacido en México, descendiente de exiliados republicanos).

Edición de la J.R.C.

La de Nuestra Cultura, una editorial especializada precisamente en temas pedagógicos, era una edición preparada por el músico, escritor y activista Lluís Cabrera (fundador del Taller de Músics), traducida por el antropólogo y líder del maoísta Partido del Trabajo de España Josefina López López-Gay (1949-2000) y con ilustraciones del muy popular caricaturista Romeu (Carles Romeu i Muller, 1948-2021) e incluida en la colección Mano y Cerebro.

Fue entonces cuando los sectores más tradicionalistas —el integrismo ultracatólico, el Ejército, la prensa más afecta al franquismo (lo que hoy llamaríamos la Brunete mediática), etc.— pusieron el grito en el cielo ante el contenido de este libro, y el hecho de que esas Navidades la abogada y entonces concejala del ayuntamiento madrileño Cristina Almeida lo incluyera en las dotaciones a las bibliotecas públicas no hizo sino acrecentar el escándalo. Como réplica inmediata, la Federación de Padres de Familia acusó al libro de «minar el respeto a la democracia y el respeto por las instituciones sociales» y la Asociación Católica de Padres de Familia puso una denuncia por «escándalo público». Por su parte, el ex ministro franquista y por entonces ministro de Cultura Ricardo de la Cierva y Hoces (1926-2015) definió el libro como «absolutamente intolerable y atentatorio contra las más elementales normas de la convivencia cívica», mientras que por su parte el ministro de Educación, José Manuel Otero Novas, que en 1989 se afiliaría el Partido Popular, aseguró que contenía «pronunciamientos que no están de acuerdo con la Constitución» y en un giro delirante añadía que fomentaba «prácticas tales como el consumo de drogas y prácticas sexuales de muy variado tipo, haciendo apología de las relaciones homosexuales y los matrimonios de grupo», dónde no queda ni mínimamente claro a qué debía de referirse a con «matrimonios de grupo»

Ricardo de la Cierva Hoces.

El asunto fue haciéndose cada vez más confuso enredándose innecesariamente, porque en las diligencias se mencionaba la retirada de ejemplares ya a principios de octubre cuando el libro de Nuestra Cultura había salido de imprenta el 24 de ese mes; pero la explicación es sencilla: en un primer momento se retiraron de librerías ejemplares de la edición de Utopía; pero todo valía contra El libro rojo del cole. Resultará también ilustrativo tener en cuenta la carrera posterior de algunos de los implicados en este caso para hacerse una mejor idea del tipo de personajes que intervinieron en él.

La mencionada denuncia hizo que el libro fuera de inmediato retirado de las escuelas y secuestrado, pero la polémica arreció en el Congreso de los Diputados durante la celebración en febrero de los debates de la Comisión de Educación tendentes a aprobar el Estatuto de Centros Docentes. Y, mientras, la prensa seguía echando leña al fuego.

En este último aspecto, resultan hoy particularmente delirantes los calificativos que dedicó al libro el coronel ultracatólico Ricardo Pardo Zancada, quien en las páginas de la revista militar Reconquista lo consideraba «goma-2 contra la defensa nacional» destinada a «aniquilar todo vestigio moral» y que ponía en riesgo «la capacidad de resistencia y el ánimo combativo indispensable para sostener con eficacia la defensa» del país. A saber el concepto que tendría Pardo Zancada de la defensa nacional, pues en 1983 fue condenado a doce años de prisión por participar en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, si bien luego fue indultado por el Gobierno de Felipe González en 1987. Tampoco dejan de ser curiosas sus actividades al salir de prisión: dirigió la revista Iglesia y Mundo, colaboró en la revista del ex banquero Mario Conde MC y en 2018 fue uno de los firmantes de la execrable«Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco Bahamonde, soldado de España». Previamente, Plaza & Janés le había publicado 23-F: La pieza que falta. Testimonio de un protagonista (1998) y, para conmemorar los veinticinco años del acontecimiento, la editorial Áltera (dirigida entonces por Javier Ruiz Portella, condenado por plagiar una traducción de Francisco Rico) le había publicado 23-F: Las dos caras del golpe (2006).

Edición de Utopía.

La cuestión es que, tal como cuenta el profesor José Benito Seoane, «el Juzgado Central de Instrucción admitió a trámite la querella y ordenó el secuestro del libro, considerando la obra “una provocación al aborto y a la corrupción de menores”». En la Audiencia Nacional se hizo cargo del caso el juez Varón Cobos (que luego se haría famoso al verse envuelto en el llamado caso Bardellino, la puesta en libertad de un mafioso, y fue apartado de temporalmente de la judicatura acusado de prevaricación), quien de buenas a primeras dictó prisión incondicional para el editor de Nuestra Cultura, sin posibilidad de fianza, y se dispuso a procesar a editores, impresores y cualquier otra persona vinculada a la publicación y distribución del libro (de ahí la iniciativa del Comité por la Libertad de Expresión).

Coincidiendo con el inicio del juicio se hizo público un manifiesto en el que más de ochocientos profesionales de la edición, artistas y escritores se declaraban colaboradores en la preparación del libro, entre ellos el dramaturgo Carlos Muñiz (1927-1994),las actrices Lola Gaos (1921-1993) y Mari Paz Ballesteros, el equipo de caricaturistas El Cubri, el diseñador Alberto Corazón (1942-2021), el filósofo Carlos París (1925-2014), los periodistas Pedro Altares (1935-2009) y Eduardo Haro Tecglen (1924-2005)…, con el único objetivo de reivindicar la libertad de expresión y poner de manifiesto la persecución judicial a la que estaba siendo sometido Martínez Ros.

Sin embargo, apenas unos días después la respuesta del Juzgado Central de Instrucción número 1 de Madrid fue citar al editor Emiliano Escolar, imputado por escándalo público por ser la que él dirigía una de las editoriales que habían colaborado en la coedición de bolsillo de El libro rojo del cole. Y no sería el último de esos coeditores citado a declarar.

Por si la cosa no estaba suficientemente encendida y embrollada, la Comisión para la Libertad de Expresión denunció que, simultáneamente con la edición de bolsillo, aparecieron algunas ediciones piratas pese al acuerdo de no reeditar la obra mientras estuviera en librerías la de la comisión: una de ellas con pie editorial de la propia Comisión sin que esta tuviera noticia de ello (10.000 ejemplares), otra de Nuestra Cultura (25.000) y aún una tercera de 2.000 ejemplares que distribuyó Jesús González (jefe de producción y encargado por tanto de la impresión y encuadernación de la obra). Contaba la agencia Efe:

Jesús González, según las informaciones de que dispone la comisión, entregó a la misma 12.190 libros en lugar de los 13.000 encargados, es decir, 810 menos; imprimió 2.000 ejemplares más de los acordados, que distribuyó por medio de la empresa Distribuidora Futuro y en beneficio propio, junto a los 810 anteriores, y retrasó la edición pirata de Nuestra Cultura, cuya producción dependía de la misma imprenta y de la que él estaba también encargado.

Luis Martínez Ros con un ejemplar de la edición de Nuestra Cultura.

Para no alargarlo más: A finales de julio de 1982 se condenó al Luis Martínez Ros, con evidente desmesura, a cuatro meses y un día de arresto mayor, sazonados además con una multa de mil pesetas y la inhabilitación para llevar a cabo cualquier tipo de actividad relacionada con la edición destinada al lector juvenil.

El contenido del libro quizá pueda deducirse o suponerse a partir del título (donde se anuncia ya el remedo o parodia del libro de Mao), pero, en realidad, ¿qué importancia tendrá eso cuando se trata de libertad de expresión?

Fuentes:

Reportaje en TVE sobre El libro rojo del cole

Anónimo, «Sigue la polémica sobre El libro rojo del cole», El País, 8 de febrero de 1980.

Anónimo, «Incidentes en la inauguración de la Feria del Libro», El País, 31 de mayo de 1980.

Anónimo, «850 profesionales afirman haber colaborado en la edición de El libro rojo del cole», El País, 8 de junio de 1980.

Anónimo, «Procesado uno de los 26 coeditores de El libro rojo del cole», El País, 12 de junio de 1980.

Anónimo, «La Comisión para la Libertad de Expresión acusa de fraude al editor de El libro rojo del cole», El País, 5 de agosto de 1980.

José Benito Seoane Cegara, «Pedagogía del cuerpo y educación sexual en la España contemporánea. Una aproximación genealógica a través de las polémicas suscitadas en torno a los manuales destinados a la infancia y la adolescencia», Revista Educación y Pedagogía, vol. 24, núm. 63-64 (mayo-diciembre de 2012), pp. 40-59.

Juan Cruz, «En Iglesia y sexo, España no ha cambiado tanto (entrevista a Luis Martínez Ros)», El País, 9 de octubre de 2008.

Fernando Pariente, «A vueltas con El libro rojo del cole», Padres y Maestros / Journal of Parents and Teachers, núm. 71 (1980), pp. 6-9.

El escurridizo proyecto editorial de Manuel Chiapuso

Del anarcosindicalista donostiarra Manuel Chiapuso Hualde (1912-1997) se conoce su trayectoria política dentro de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), tanto antes de la guerra civil española como durante su largo exilio en Francia, pero raramente es evocada una curiosa y fugaz experiencia como editor de la que probablemente falten por esclarecer muchos datos, Ametzak («Sueños» en euskara»).

Tras abandonar de muy joven los estudios, a los diecinueve años inició su militancia política y su participación en una compañía teatral de aficionados, pero a los veinte ya es encarcelado por participar en una huelga y no recuperará la libertad hasta tres años después. Esa primera estancia preso quedó reflejada en Juventud, rebeldía. Oposición popular y cárceles en la República (Lur, 1980). A la salida de la cárcel interviene en la puesta en marcha del semanario anarquista de San Sebastián Crisol (1935-1936, no confundir con el periódico madrileño homónimo de Nicolás María de Urgoiti), al tiempo que su firma empieza a hacerse habitual en la madrileña Revista Blanca de Federico Urales (Joan Montseny, 1864-1942) y Soledad Gustavo (Teresa Mañé, 1865-1939).

Desde el momento en que se produce el alzamiento militar filofascista de julio de 1936 participa activamente en la lucha armada en los frentes de Peñas de Alta e Irún. Herido en combate, al caer Donostia (septiembre de 1936) huye primero a Durango y posteriormente a Bilbao, donde se responsabiliza de la propaganda del Comité Regional del Norte de la CNT. Con este cargo incauta y asume la responsabilidad de la rotativa del Noticiero Bilbaíno, donde por iniciativa de Pablo Valle, Juan Expósito y Fermín Arce entre otros imprime el periódico CNT del Norte, que tiraba once mil ejemplares e incluyó colaboraciones de Felipe Alaiz, Germán Bleiberg, Cecilia Guilarte y Justo Esparza entre otros, así como una «revista quincenal ilustrada» de notable importancia en ese contexto, Horizontes (10 de febrero-15 de mayo de 1937), que se mantuvo activa casi hasta el momento mismo de la ocupación de la ciudad por las tropas sublevadas y que tiraba unos cinco mil ejemplares.

Posteriormente, tras poner a salvo a su compañera y a su hijo recién nacido embarcándolos con destino a París, se desplazó a Barcelona, sin abandonar por ello sus cargos de responsabilidad en la CNT. A la caída de esta ciudad pasó a Francia, donde fue encerrado en un campo de concentración (del que logró huir hasta tres veces con el propósito de reunirse con su familia). Combatiente en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, en 1944 estableció su residencia en Biarritz y una vez concluida la contienda participó activamente en la reconstrucción y reorganización del sindicato y de empezar a diseñar una posible entrada armada en la Península.

Fue en estos años (antes de su en traslado en 1949 a París para iniciar estudios en La Sorbona), cuando aparece en Bayona el que, al parecer, fue el primer título de Ametzak, el folleto Generalidades sobre Euskadi y la CNT (1945), al que seguiría al año siguiente Sembrando inquietudes: anticipación (1946), Bosquejos, la ciencia y el joven libertario (1946) y dos años después, en Toulouse (donde era colaborador de la revista cultural bilingüe Tiempos Nuevos), el texto narrativo El impertinente andariego, luz y penumbra (1948, con una nota previa de su amigo Juan Bernat), todos ellos escritos por el propio Chiapuso.

Su siguiente obra, la sátira política Délire et rétrovisión, no se publicaría hasta treinta años después, en la parisina La Pensée Universella de Alain Moreau, coincidiendo además con la aparición en la editorial donostiarra Txertoa de Los anarquistas y la guerra en Euskadi. La comuna de San Sebastián (1977) y El gobierno vasco y los anarquistas: Bilbao en guerra (1978), lo que lleva a suponer un amplio período sin publicar (ni editar) pero de escritura más o menos continuada, de la que son testimonio sus colaboraciones en cabeceras de la prensa anarquista (la Askatasuna bilbaína, CNT, Polémica…) y sus numerosos textos memorialísticos y testimoniales que publicaría en los años sucesivos.

Sin embargo, también tuvo tiempo para abordar el género novelístico, y con una obra titulada Las incertidumbres del doctor H entró en la terna del Premio Nadal de 1972, según consigna, por ejemplo, una crónica de La Vanguardia. Un jurado compuesto por Néstor Luján, Juan Ramón Masoliver, Josep Vergés, Francisco García Pavón y con Antonio Vilanova como secretario seleccionó, entre las ciento cuatro obras presentadas, inicialmente diez, entre ellas la de Chiapuso, pero solo obtuvo un voto, por lo que no pasó ya a la siguiente ronda de votaciones (ese año se llevó el premio José María Carrascal con Groovy).

Juan Bernat, Daniel Berbegal y, en primer término, Chiapuso, en París.

Volviendo a la experiencia editorial de Chiapuso, si poco se sabe de Ametzak, que tiene todas las trazas de una empresa unipersonal, menos aún acerca de un título anunciado en El impertinente andariego y que muy probablemente tampoco llegó a publicarse, Nuevas atalayas. Esta idea se refuerza observando dónde se imprimió El impenitente andariego, en la modesta Societé Ouvriere Méridional d’Impression, que se dedicaba en Toulouse a imprimir sobre todo textos breves, panfletos, revistas y sobre todo tesis doctorales nacidas en la universidad de la ciudad, como es el caso de la Contribution a l’étude de la pensée de Claude Bernard, con la que se doctoró Marcel Guibert (reputado especialista en tuberculosi renal, sobre la que escribió un importante tratado con Henri Berthon), así como títulos de la heterogénea editorial de izquierdas Hier et ajourd’hui.

El resto de títulos de Amezak, en cambio, al parecer (no he tenido ocasión de acceder directamente a ellos) no indican lugar de edición ni de impresión, pero por lo menos en el caso de La ciencia y el joven libertario sí existe una edición presentada como responsabilidad del «Comité de Relaciones de Euzkadi-Norte CNT-MLE» (Movimiento Libertario). ¿Acaso hubo dos ediciones casi simultáneas con dos pies editoriales distintos de este título?

La modestia de los impresos generados, y es de suponer que su reducida tirada, así como la escasa duración de este proyecto dificulta bastante aquilatarlo, aunque tal vez sea esa misma dificultad es lo que haga más atractivo (e incluso más necesaria) su investigación por quien consiga tener acceso a esos libritos..

Fuentes:

Lorenzo Sebastián, «Manuel Chiapuso, un anarquista vasco», blog de Iñaki Anasagasti, 10 de agosto de 2019 (originalmente, 7 de diciembre de 1997).

José Ramón Zabala, «Ametzak, Editorial» y «Chiapuso Hualde, Manuel», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento-Gexel (Biblioteca del Exilio. Amejos 30), 2016, vol 1, p. 136 y vol. 2, pp. 79-80.

—«Chiapuso Hualde, Manuel», sección de la biografías de la web de Hamaika Bide Alkartea.

Diseño editorial e identidad: Julio Vivas

El probablemente mal llamado «libro electrónico» es al libro lo que al chocolate los sucedáneos sin manteca de cacao; quizá contengan lo más importante (el texto) pero no son un libro sino más bien un archivo digital (que contiene el texto). Aun así, resulta paradójico que sigan anunciándose y promocionándose asociados a una imagen que actúa como sucedáneo de la cubierta (y vale la pena recordar que, durante los cuatro primeros siglos de existencia de la imprenta de tipos móviles, su diseño respondía a menudo a decisión del lector que encargaba la encuadernación a un taller).

La cubierta, junto con el logo y el diseño del libro en su conjunto, es uno de los principales elementos formales de que dispone el editor o la empresa editorial para comunicar su personalidad, su identidad, que al fin y al cabo es lo que, a ojos del lector, le dará credibilidad, pertinencia y, en último extremo, le hará imprescindible para salvaguardar el gusto literario —o cuanto menos la bibliodiversidad y la novedad— de la dictadura del algoritmo (pues es evidente que el algoritmo hará que se nos ofrezca lo que ya está en nuestro horizonte de expectativas, pero no lo ampliará).

Asociado al diseño, en el ámbito de la edición literaria sobre todo, está la cuestión de las colecciones, de la identidad de las colecciones. Como escribe la historiadora del arte mexicana Marina Garone Gravier en su contribución a Pliegos alzados («Entre lo material y lo visual: consideraciones para historiar el diseño editorial»):

Es posible que la preeminencia de la colección sobre el libro «en solitario» sea un comportamiento particular de la edición literaria, aunque también está en relación con la apuesta y consolidación del capital visual que una casa editora articula en torno a sus productos físicos y su identidad de marca.

En el ámbito de la edición en español, pocos casos tan flagrantes y llamativos de identificación entre diseño y casa editorial (o de «capital visual») deben de existir como el establecido entre el de Panoramas de Narrativa y Anagrama, que el fundador de Planeta, José Manuel Lara Hernández, caracterizó como «la peste amarilla» y cuyo diseño debemos a Julio Vivas. Con todo, la trayectoria creativa de Vivas quizá sigue siendo insuficientemente conocida. Del mismo modo que Max Aub caracterizó a Carmen Laforet —no sin cierta mala leche, obvio— como quien «escribió Nada y luego nada», Julio Vivas parece que solo hubiera diseñado esa colección. Y no es así ni mucho menos, sino que tanto antes como después creó algunos diseños memorables o cuanto menos muy dignos de consideración por lo que tienen también de capital visual.

Nacido en 1950, el catalán Julio Vivas (no confundir con el dibujante de cómics Julio Vivas García, 1923-2017) se estrenó en el mundo editorial como rotulista en Bruguera con apenas quince años, y unos tres después pasó a Barral como montador. Con cierta intervención del azar (o del desbarajuste organizativo), un diseño para La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe (1928-2010), publicada por Seix Barral en 1962 (coincidiendo con la versión cinematográfica de Tony Richardson), le convirtió en el diseñador gráfico por antonomasia de las novelas de esa editorial.

Con el tiempo, tal como cuenta con cierta displicencia Carlos Barral en sus memorias, Vivas se independizó y no siguió al editor barcelonés cuando éste dejó Seix Barral y fundó Barral Editores, pero si bien empezó a trabajar para otras editoriales (Círculo de Lectores entre ellas), Vivas mantuvo a Carlos Barral como uno de sus clientes importantes y diseñó las portadas de sus colecciones más emblemáticas:

Ni siquiera seguía allí el grafista Julio Vivas -escribe Barral-, tan hábil y sincero aprendiz, quien había puesto estudio y trabajaba también para otros, menguando grandemente mis oportunidades de jugar con la diagramación y las portadas, que son como el vino de postres de los editores por gusto.

Fue entonces cuando Vivas unificó para Anagrama el diseño de la colección Argumentos, y un tiempo después, ya entrada la década de 1970, diseñaría también la rompedora colección Contraseñas, completamente distinta a lo que había estado haciendo hasta entonces. Jorge Herralde ha narrado el caso concreto de la cubierta de El baile de las locas (1978), de Copi, que se publicó con una ilustración que quizás pueda evocar el rostro de Bibi Andersen, acaso porque la intención inicial del editor era emplear una foto de esta artista, siguiendo la estela de lo que había hecho con Guillermina Mota en Guillermota en el país de las Guillerminas, de Vázquez Montalbán.

A finales de esa década, que parece corresponderse con su etapa de mayor creatividad o cuanto menos de mayor impacto, empieza Vivas a diseñar también cubiertas e interiores para una importante revista cultural y política (en la órbita marxista) recién fundada por Claudi Montañá, Josep Serret y Miguel Riera, El Viejo Topo, y el diseño rompedor y colorista es precisamente uno de los argumentos no menores que explican el éxito de esta publicación.

En 1979 se produce en la sede de Barral Editores el encuentro de Julio Vivas con otro de los grandes editores barceloneses, Paco Porrúa, que por entonces estaba en Edhasa. Enseguida empieza a encargar a Vivas diseños de cubiertas, tanto para su colección de ciencia ficción Nebulae (El sueño de hierro, de Norman Spinrad, ya en 1979) como para algunos de los títulos más famosos de la colección Narrativas Históricas de Edhasa, como es el caso de la traducción de Julio Cortázar de Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Minotauro, la editorial creada por Porrúa, será otro de los clientes más fieles y constantes de Vivas, y su relación sólo se romperá cuando la empresa pasa a la órbita de Planeta, con cuyos editores no llegó a entenderse ni mucho ni poco («ya era una relación muy burocrática», declara Vivas a Castagnet).

El tan evocado encargo de la colección de narrativa ideada por Herralde cuando empezó a decaer el interés por el libro de carácter político lo contó el propio Julio Vivas en entrevista con Martín Felipe Castagnet, quien lo cita profusa y oportunamente en su tesis doctoral, y también en el aspecto gráfico pretendía desmarcarse por completo de lo que había sido Contraseñas: «Herralde me pidió una colección muy poco llamativa porque iban a ser muchos volúmenes, con una tipografía muy discreta, todo muy discreto pero elegante».

Así pues, no sólo se ocupó del diseño y realización de las cubiertas de Panorama de Narrativas, sino también del interior, como también ha detallado el propio Herralde en Un día en la vida de un editor:

El tan importante tema de la maqueta fue muy trabajado por nuestro grafista, Julio Vivas, que presentó diversos proyectos que discutimos hasta la elección final, con sus elementos tipográficos fijos y el luminoso color vainilla de fondo como signo más inequívoco. Un diseño de colección que sólo tuvo una ligera modificación en el año 1991, y que es una de las más fuertes señas de identidad de Anagrama, reforzada además por el diseño de la colección Narrativas Hispánicas, iniciada a finales de 1983, que solo se diferencia de su colección hermana en el color de fondo, gris claro.

En entrevista con Castagnet, Herralde da a entender que se conservan aún los diversos esbozos de ese diseño (no incluidos sin embargo por Jordi Gracia en Los papeles de Herralde), lo que permitiría seguir el proceso creativo de esa obra magna de Julio Vivas. Porque, justa o injustamente, igual que le sucede a Carmen Laforet, Vivas es solo (o sobre todo) recordado por una de sus obras, sin duda la más influyente y definitiva, pero a la vista del enorme listado de sus cubiertas y trabajos editoriales es evidente que son muchos más lectores que los de Anagrama los que han tenido en sus manos libros en los que puso su impronta, y es también muy reseñable la fuerte identidad con que dotó una de las etapas visualmente más marcadas de la colección Nebulae, por ejemplo, en la que Porrúa le concedía absoluta libertad para que, a partir de un resumen y una charla acerca del texto, el diseñador imaginara y creara una imagen alusiva al ambiente de la obra en cuestión. Lo cual probablemente defina bien a Porrúa, pero también a Julio Vivas. Valdría la pena, seguramente, que alguien se animara a estudiar en serio y a fondo su trabajo.

Fuentes:

Carlos Barral, Memorias, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Martín Felipe Castagnet, Las doradas manzanas de la ciencia ficción: Francisco Porrúa, editor de Minotauro, tesis doctoral presentada en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata en septiembre de 2017.

Iñaki Esteban, «Cada diseño, un manifiesto», La Voz de Cádiz, 21 de julio de 2009.

Marina Garone Gravier, «Entre lo material y lo visual: consideraciones para historiar el diseño editorial», en Fernando Larraz, Josep Mengual y Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, Gijón, Trea, 2020, pp. 161-176.

Jorge Herralde, «Canutos con Copi», originalmente en el periódico Avui en julio de 2000, tomado aquí de Opiniones mohicanas, Barcelona El Acantilado 43, 2001, pp. 89-95. Se publicó en Buenos Aires una edición de Eloísa Cartonera, en la colección Nueva Narrativa y Poesía Sudaca Border, con el título Canutos con Copi: aventuras de un editor (2008).

Jorge Herralde, Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 39), 2019.

Los primeros trabajos del tipógrafo y diseñador Mariano Rawicz en España

La trayectoria del tipógrafo y diseñador de origen polaco Mariano Rawicz (1908-1974) ha quedado relativamente ensombrecida por la brillantez de la de su colega, compatriota y amigo Mauricio Amster (1907-1980), pero sobre todo por un episodio que, al concluir la guerra civil española, marcó una profunda cesura en su carrera y muy probablemente también en su vida.

Marian Rawicz.

Nacido en Lvov o Leópolis (actualmente en Ucrania pero entonces parte del Imperio Austrohúngaro y entre 1919 y 1939 de Polonia), después de iniciar estudios de Bellas Artes en su ciudad natal Rawicz completó su formación en Cracovia y posteriormente en la prestigiosa Academia de Artes Visuales de Leipzig, que probablemente le dieron una formación idónea para contribuir a renovar el grafismo editorial español.

Coincidiendo con la anexión de Lvov por parte la Segunda República Polaca, los expresionistas polacos estaban experimentando con la tipografía, la abstracción geométrica y el constructivismo, sobre todo a través de la revista Zdrój, y poco después apareció en Varsovia la rompedora revista futurista GGA, que seguiría trabajando en la divulgación y la exploración de las innovaciones tipográficas centroeuropeas. Además, en Alemania tuvo Rawicz la oportunidad de asistir al auge de la renovación tipográfica de ese país y a la divulgación en él de la obra de los constructivistas rusos.

Cuando llega a España, pues, Rawicz se encontró un terreno abonado para un diseñador deseoso de experimentar con los movimientos renovadores en los que se había formado, como él mismo consignaría del siguiente modo en sus memorias: «en los escaparates de las escasas librerías [madrileñas] observo portadas de libros muy anticuadas y convencionales, como las que se estilaban en Europa central allá por el año 1910 […] Presiento que tendré aquí un buen campo de acción.»

Las editoriales llamadas de vanguardia que por entonces empezaban a despuntar son las que de modo más entusiasta le acogieron, y entre ellas las Ediciones Hoy, creadas a principios del año 1930 por Juan Andrade en el seno de la CIAP, cuyos primeros libros fueron saludados con vehemente alegría por la madrileña revista Nosotros (número 37, del 11 de abril de 1931), dirigida por el escritor de origen peruano César Falcón (1892-1970):

Nuestro querido Juan Andrade ha comenzado a editar los libros de Ediciones Hoy. Esta es una edición nueva, brillante, perfectamente definida en el admirable conjunto de las editoriales madrileñas. Nunca como ahora la función editorial se ha realizado en Madrid con tanto esmero, con tanto empuje y con tanta brillantez. […] Los tres primeros libros señalan ya el carácter de la editorial. Indican que Ediciones Hoy recogerá en su catálogo la fuerte y estremecedora literatura de la época. Esa literatura que transparenta las inquietudes, los anhelos y las encendidas emociones de los hombres y las muchedumbres actuales. Una literatura profundamente humana en su transcripción de las realidades y ardorosamente revolucionaria en sus finalidades.

A Rawicz se atribuye el diseño del logo de la editorial, pero ya en 1930 diseña además para Hoy las cubiertas de Job, Novela de un hombre sencillo, de Joseph Roth en traducción de C.K. Koellen e I. Catalán; Brusski, de F. Panforof, traducido por Fernando Osorio; 22 de agosto, de Nathan Asch; El gran organizador de derrotas (La Internacional Comunista desde la muerte de Lenin), de Leon Trotsky, traducida por Julián Gorkin; Lorenzo y Ana, de Arnold Zweig, que fue la primera traducción escrita por Francisco Ayala (1906-2009), y Citroën 10 HP, de Ilya Ehrenburg y El financiero, de Theodor Dreisser, ambas en traducción del periodista comunista Manuel Pumarega, con quien RAwicz había coincidido trabajando en una imprenta y que era quien le introdujo en los círculos de la edición de avanzada. Además Rawicz y Pumarega firmarían a cuatro manos la traducción del libro de Ernst Toller Nueva York-Moscú, publicado por Hoy en 1931 y que llevaba una cubierta, también a cuatro manos, de Rawicz y Mauricio Amster, del mismo modo que también firmaría con Amster otra cubierta publicada en 1930, la de José busca la libertad, de Hermann Kesten, traducida del alemán por Rafael Seco.

Sin embargo, uno de los primeros encargos que aceptó en Madrid Rawicz no fue de diseño sino de traducción, y le llegó de la mano de un editor que nada tenía que ver con los movimientos editoriales de avanzada, Manuel Aguilar (1888-1965). En los primeros años de la década de 1930 Ferdinand Antoine Ossendowski (1876-1946) era un autor con una notable presencia en las librerías españolas: este escritor polaco se había dado a conocer al mundo con una primera novela escrita originalmente en inglés (Beasts, Men and Gods, 1921) que Gonzalo Guasp había traducido para Aguilar, y luego había publicado algunos libros de viajes, como es el caso de El capitán Blanco, que en 1930 había aparecido en Pueyo traducido del inglés por Ramon Armada Quiroga, Los esclavos del sol, publicado por Aguilar en traducción de Rafael Cansinos Assens (1883-1964), El hombre y el misterio en Asia, traducido de nuevo del inglés, por Jaime Dubón, para Aguilar, o, más interesante todavía, una biografía novelada de Lenin marcadamente anticomunista, que tradujo Franscesc Almela i Vives (1903-1967) para Aguilar.

Con la llegada a Madrid de Rawicz, Aguilar vio la oportunidad de publicar a Ossendowski traducido directamente de su lengua original, labor que le sirvió además al diseñador para afianzar y ampliar sus conocimientos de la lengua española y por la que se consideró muy bien pagado (1200 pesetas de la época). Es poco conocida esta vertiente de Rawicz, pero también en su exilio en Chile se dedicó ocasionalmente a la traducción (en 1959 apareció en Editorial del Nuevo Extremo su traducción de la novela de Marek Hlasko ¿Le gusta o no le gusta?, por ejemplo).

Sin embargo, en el caso de la novela de Ossendowski Mariano Rawicz se ocupó también del diseño de la cubierta, sin bien la importancia que se concede en ella a la imagen es poco representativa del estilo más característico y reconocible (en el que el predominio es para la tipografía) que desarrollaría en trabajos posteriores, donde deja que el peso recaiga sobre la tipografía o el fotomontaje, entre otras cosas porque no se consideraba a sí mismo un buen ilustrador. Aun así, tanto en el juego de contrastes en cuanto al color y al empleo de tipografías de palo seco, sí marca ya el estilo que le singularizará entre los diseñadores de portadas en esos años.

A partir de mayo de 1931, la intensa labor de diseño de cubiertas para las ediciones de Andrade quedan en manos de Mauricio Amster, y Rawicz pasa a sustituir a Ramón Puyol como director gráfico y artístico de Cénit, la editorial de Giménez Siles. Pero antes aún tiene tiempo de firmar para Hoy la cubiertas de El amor en libertad, de Lev Gomilevski.

También en 1931 se publican en Hoy algunas cubiertas surgidas de la colaboración entre Rawicz y Amster, como El nacimiento de nuestra fuerza, de Victor Serge, en la que destaca la disposición en diagonal de la tipografía y la combinación de caligrafía y tipografía en colores distintos, lo cual dota de gran intensidad la palabra «fuerza»; Amok, de Stefan Zweig; y La mujer nueva y la moral sexual, de Aleksándra Kolontái. Y a ellas hay que añadir, también de 1931,  Al servicio del zar rojo de todas las Rusias, de Boris Bajanov (en la editorial Ulises, para la que el año anterior Rawicz y Amster habían firmado ya la de Tengo hambre, de Georges Fink).

 Mario Martín Gijón ha relacionado este paso a Cénit con la cierta incomodidad que Rawicz, comunista convencido aunque por entonces aún no militante, podía sentir ante algunos de los autores que publicaba Andrade en Hoy (particularmente Trotsky y Victor Serge), así como con un episodio de notable importancia en la divulgación del diseño gráfico centroeuropeo en la industria editorial española, del que, siguiendo en parte a Rawicz, hace una interpretación acaso un poco osada:

En cierto modo, [Rawicz] boicoteará a su jefe, Juan  Andrade, que pre­tendía adquirir los derechos de las obras de la Malik Verlag, editorial berli­nesa referencia en libros de izquierdas. Cuando el director de ésta, Wieland Herzfelde, sabe del trotskismo de Andrade, decide vender sus derechos a la competencia, Cénit, dirigida por Giménez Siles, quien contrata como recom­pensa a Rawicz como director gráfico y artístico.

Ese año 1931, Rawicz actúa como intérprete en una reunión entre Andrade y Wieland Kerzfelde, director de la intrépida editorial berlinesa Malik cuyo propósito es vender los derechos en España de importantes escritores sobre los que Kerzfelde tenía derechos exclusivos en Europa (Barbusse, Upton Sinclair, Gorki…). Lo cierto es que quien acabaría por cerrar ese acuerdo fue efectivamente la Cénit de Giménez Siles, y se añadiría en él el innovador diseño de cubiertas que estaban haciendo famosa a Malik Verlag y los artistas gráficos que trabajaban para ella. En caso de hacer esta interpretación de las palabras que dedica a este episodio Rawicz en sus memorias, lo cierto es que quedaría en bastante mal lugar el fair play de Giménez Siles, aprovechándose de las gestiones de su compañero para hacerse con los derechos de una serie de autores y de diseños que llegaron a sus manos de carambola.

En cualquier caso, así es como llegó a publicarse en Madrid, por ejemplo, el impactante e influyente diseño de John Heartfield para el interesantísimo reportaje novelado de Maria Leitner Hotel America (recuperado en 2017 por El Desvelo Editorial), basado en el fotomontaje y que abarcaba tanto la cubierta como el lomo y la contracubierta, y al que en la edición española de Cénit Rawicz solo tuvo que cambiar el nombre de la editorial y una breve indicación sobre el género en una de las franjas.

Este empleo del fotomontaje y de la extensión del diseño a la contracubierta no tardaría en convertirse en uno de los rasgos más característicos de los trabajos de Rawicz y Amster y, por extensión, de muchos de los diseños destinados a cubiertas de la llamada literatura de avanzada.

Fuentes:

Sobra la biografía de Mariano Rawicz vale mucho la pena ver el cortometraje de Sergi Pitarch Garrido El último abrazo (2014)

Salvador Albiñana, ed., Libros en el infierno. La biblioteca de la Universidad de Valencia, 1939 (catálogo), Universitat de València, 2018.

Manuel Aznar Soler, República literaria y revolución (1920-1939), Sevilla, Renacimiento, 2014.

Alicia García Medina, Las cubiertas de los libros de las editoriales españolas, 1923-1936. Modelo de revocación del lenguaje plástico, tesis doctoral presentada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, 2017.

Mario Martín Gijón, «Los polacos del exilio republicano español», Estudios Hispánicos, núm 25 (2017), pp. 21-32.

Mariano Rawicz, Confesionario de papel. Memorias de un inconformista, prólogo de Virginia Rawicz Pellicer e introducción de Horacio Fernández, Granada-Valencia, Editorial Comares-IVAM. 1997.

La censura estatal contra un editor, el caso de Ragip Zarakolu

Por el hecho de haberse convertido en el adalid de la literatura kurda, armenia y griega en Turquía, entre otros muchos motivos, el editor Ragip Zarakolu, fundador con su esposa Ayşe Nur de la editorial Belge en 1977, se convirtió casi desde el primer momento en objetivo de una censura gubernamental implacable. En particular a partir del golpe de Estado militar de 1980, Belge se distinguió por dar voz a los represaliados, entre los que destacan la treintena larga de libros de todo tipo (poemarios, novelas, cuentos, memorias) escritos por prisioneros políticos kurdos y armenios, pero su espíritu indómito se puso de manifiesto desde el primer momento.

La trayectoria previa de Zarakolu, nacido en 1948, ya permitía prever que su labor como editor entraría en conflicto con el autoritarismo y que no se sometería de buena ni a componendas ni a presiones. Tras graduarse en la universidad, Zarakolu se dio a conocer como periodista en las revistas Ant y Yeni Ufuklar, en ambos casos escribiendo sobre temas relativos a la justicia social, así que tras el golpe de la junta militar de 1971 se le acusó de mantener relaciones secretas con Amnistía Internacional y como consecuencia de ello pasó cinco meses en prisión. El año siguiente, un artículo en Ant sobre el líder revolucionario Ho Chi Mihn (1890-1969) y los crímenes de guerra estadounidenses en Vietnam le llevó a ingresar de nuevo en prisión, en la penitenciaria de Selimiye, donde permaneció encerrado hasta la amnistía general de 1974. Aun así, en cuanto salió se convirtió en un adalid del respeto a la diversidad ideológica y cultural en Turquía, lo cual se tradujo en una constante censura de sus textos, multas y la prohibición de salir de Turquía, lo que le llevó a ampliar sus temas a las vulneraciones de los derechos humanos en otros países. Con estos mimbres, se forjó un editor con un coraje sin apenas punto de comparación.

El primer libro que publicó Belge Yayinlari apareció en enero de 1978 y ya dejaba algunas cosas claras: la Introducción a la vida y la obra de Karl Marx y Friedrich Engels, del revolucionario y archivero ucraniano David Riazanov (1870-1938), célebre por haberse propuesto la ingente tarea de editar las obras completas de estos dos teóricos del marxismo.

Sin embargo, Zarakoulu no abandonó en absoluto el periodismo, sino que en 1979 sería uno de los fundadores del periódico Demokrat y se puso al frente de la sección de internacional de esta cabecera(que un año después era cerrado tras el golpe militar de turno), y además su activismo en el ámbito de la libertad de expresión le impulsó a ser uno de los creadores de la Asociación Turca de Derechos Humanos (1986), a dirigir el Comité de Escritores en Prisión del PEN Internacional en Turquía y a presidir el Comité de Libertad de Publicación de la Asociación de Editores de Turquía (2007).

La política, la economía, la filosofía y los derechos humanos serían los grandes campos temáticos en los que operó la editorial Belge y los que más contribuyeron a perfilar su identidad, aunque también ha creado colecciones de poesía, de literatura infantil y una colección de literatura, significativamente llamada Marenostrum, destinada a las obras de creación literaria y a dar voz sobre todo a culturas minoritarias del entorno, en muchos casos traducidas (Georgios Andreadis, Ertugul Aladag, Hyr Simon Yeremyan o Franz Werfel).

Otro de los primeros libros importantes en los primeros años fue el del sociólogo político Nicos Poulantzas (1936-1979) conocido en español como La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia, España, aparecido apenas dos años después del supuesto suicidio de su autor (¿víctima de una operación Gladio?), y que publicado en formato de bolsillo que tuvo una difusión muy amplia.

Abundan en el catálogo de Belge los libros colectivos en los que se analizan con rigor académico y con reproducción de materiales históricos o documentales algunos de los temas principales pero intencionadamente olvidados de la historia moderna y contemporánea turca, como es el caso del volumen en 400 apretadas páginas titulado Geçiş Sürecinde Türkiye [El proceso de transición en Turquía], en el que se analiza el desarrollo del capitalismo desde finales del Imperio Otomano hasta 1980, en trabajos llevados a cabo por profesores universitarios que, en muchos casos, fueron víctimas de la represión y expulsados de sus centros de investigación.

De hecho, el golpe militar del 12 de septiembre de 1980 conllevó un cierto cambio en la línea de Belge que se materializó en la ya mencionada publicación de obras escritas por presos políticos.

Si bien el grueso de su catálogo es en turco, en 1988 Belge publicó en inglés Palestine Through documents, del embajador de la OLP en diversos países Ribhi Halloum (Abu Firas), de nuevo casi cuatrocientas páginas, más un pliego de nueve páginas de fotografías y diversos mapas a color en cada uno de los dos volúmenes. Se trata del resultado de casi ocho años de trabajo de recuperación y análisis de documentos sobre la historia de Palestina en un libro que creó cierto recuelo también en Estados Unidos.

En 1990, se añadía al catálogo el libro de Theodor Adorno (1903-1969) conocido en español como Crítica cultural y sociedad, así como un importantísimo estudio del sociólogo y especialista en la cultura kurda Ismail Beşikçi (de cuyos 36 libros, 32 fueron prohibidos en Turquía), sobre la masacre de Dersim (1937-1938).

Muy vinculado a este último libro, en 1995 publicaban la traducción al turco de Yavuz Alogan del estudio del sociólogo e historiador armenio Vahakn Dadrian (1926-2019) Jenosid Ulusal ve Uluslararasi Hukuk Sorunu Olarak: 1915 Ermeni Olay ve Hukuki Sonuçlar [El genocidio como problema de derecho nacional e internacional: el caso armenio de la Primera Guerra Mundial y sus ramificaciones legales contemporáneas]. 

Ese mismo año, la editorial fue la primera en recibir el Premio a la Libertad de Publicación instituido por la Asociación Turca de Editores, y unos años después (en 2008) sería reconocida también su labor en este campo con la obtención del Premio a la Libertad de Prensa de la International Publishers Association (el conocido desde 2016 como Premio Voltaire y que el año anterior había premiado a dos periodistas, el armenio Hrant Dink y la rusa Anna Politskóvskaya). El editor no pudo asistir a la entrega del premio, celebrada en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt, porque las autoridades le habían retirado el pasaporte.

Aunque en ningún momento tuvo una vida plácida, los problemas más graves se habían iniciado ya precisamente en 1995, cuando la sede de la editorial fue atacada con explosivos, en apariencia por un grupo de extrema derecha, y se decidió entonces trsladar las oficinas a un sótano.

Sin embargo, las cosas se aceleraron y agravaron a medida que avanzaba el siglo XXI. En marzo de 2002, tres meses después de fallecida su esposa, Zarakolu tuvo que responder ante la justicia por ella, acusada de divulgar propaganda separatista (se trataba de un cancionero del kurdo Hüseyin Turhalli), y aunque se retiraron los cargos la presencia ante los tribunales se hizo constante. Al año siguiente se le encausó por un libro de Gazi Çağlar sobre el golpe de Estado de Kenen Evran del 12 de septiembre de 1980, y en 2005 tuvo que responder ante los tribunales por un libro de memorias escrito en los años veinte, la traducción al turco de An American doctor in Turkey. Garabed Hatcherian. My Smyrna ordeal of 1922, de la lingüista griega de origen armenio Dora Sakayan, donde se da testimonio de la brutal aniquilación de los griegos de Esmirna, a manos del considerado «padre de la Turquía moderna», Mustafá Kemal Atatürk.

Dos años después (2007) fue un libro del historiador estadounidense David Gaunt sobre el genocidio turco de los asirios entre 1915 y 1923 —que originalmente había publicado en inglés la editorial académica independiente Gorgias Press con el título Massacres, Resistance, Protectors: Muslim-Christian Relations in Esastern Anatolia During World War Iel que le llevó ante los tribunales. Y el año siguiente fue un libro del historiador británico Georges Jerjian sobre el genocidio armenio el que hizo que se condenara a Zarakolu a cinco meses de prisión por «insulto a las instituciones de la República de Turquía».

Finalmente, en octubre de 2011, en el marco de la macroperación KCK (que coincidía con el proyecto de Erdogán de aprobar una nueva constitución), Zarakolu fue detenido en un ambiente muy turbio que, en cuanto a derechos humanos, el informe anual de Amnistía Internacional resumía del siguiente modo:

A lo largo del año se iniciaron miles de procesos judiciales, casi siempre por pertenencia a una organización terrorista, en aplicación de leyes antiterroristas excesivamente amplias e imprecisas, cuyas disposiciones provocaban abusos adicionales.

Por otra parte, en febrero del año siguiente el editor Ragip Zarakolu fue nominado por el Parlamento sueco al Premio Nobel de la Paz, y al año siguiente se exilió a ese país, aunque la editorial siguió en activo, aunque en mayo de 2017, como consecuencia de un allanamiento policial, vio como le confiscaban ejemplares de más de mik de los tírulos que había publicado, pese a que los agentes sólo tenían órdenes de confiscar un libro sobre los apátridas kurdos.

Probablemente no haya un editor tan reiterada y enconadamente perseguido por censura estatal.

Fuentes:

Página web de Belge Yayinlari.

Blog por la liberación de de Ragip Zarakolu.

Anónimo, «Belge Yayınları 40 yaşında», Cumhuriyet, 25 de enero de 2018.

Anónimo, «Publishers denounce raid on Award-Winning Turkish Publisher», International Publishers Association, 17 de mayo de 2017.

Simon Reichley, «Turkish Police confiscate 2.170 books from Belge Publishing House», Melville House, s/f.

Anónimo, «Police raid publishing house in Istambul, detain editors, seize 2170 books», Turkish Minute, 8 de mayo de 2017.

Ragip Zarakolu, «Tragedya» (1), Yeniyasam Gazetesi, 22 de febrero de 2020.

El papel de la propiedad intelectual en la historia de la edición

De ambición y valentía ya había dado muestras Trama Editorial en diversas ocasiones, y de hecho crear una colección como Tipos Móviles bien pudiera parecer un disparate pero el caso es que ha sobrepasado la treintena de títulos después del inicial El nuevo paradigma del sector del libro (2013), de Javier Jiménez y Manuel Gil y hoy agotado. Con todo, con la edición del voluminoso y completísimo libro colectivo Los fundamentos del libro y la edición. Manual para este siglo XXI, a cargo de Michael Bhaskar y Angus Philllips y traducido por el activo bloguero Íñigo García Ureta, Trama ha vuelto a poner de manifiesto su coraje al ofrecer al lector en lengua española un libro magnífico pero destinado a lectores muy exigentes y militantes publicado originalmente en inglés con el título The Oxford Handbook of Publishing (Oxford University Press, 2019).

Entre los muchos textos interesantes que contiene el volumen, el profesor Alistair McCleery, director del Centro Escocés del Libro creado en 1995 en el seno de la Universidad Napier de Edimburgo, dedica uno a los objetivos y la naturaleza de la historia de la edición y a cómo esta ha ido cambiando de rumbo, de objetivos y de intereses, a menudo en función de la cambiante percepción que se ha ido teniendo de qué es un editor y qué es lo que caracteriza su actividad. Objetivos parecidos a esos fueron los que animaron las jornadas de debate que en noviembre de 2016 protagonizaron un grupo de estudiosos españoles, argentinos y mexicanos y que cuajarían finalmente en la publicación en la editorial Trea de Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate (2020), con resultados muy diferentes pero en muchos aspectos complementarios. Asimismo, este texto de McCleery dialoga y se complementa sobre todo con otros dos incluidos en Los fundamentos del libro y la edición, el de la profesora de literatura Simon Murray («Autoría») y el de la investigadora, profesora y consultora en derecho de autor Mira T. Sundara Rajan («Derechos de autor y edición»), ambos también muy jugosos.

Alistair McCleery.

Empieza McCleery por destacar el hecho singular que supone el interés que, a diferencia de otras industrias (incluso entre las culturales), las editoriales han tenido por narrar su propia historia en forma de libro («Las editoriales son instituciones vanidosas» es el potente y provocativo arranque del texto de McCleery). Los lectores españoles pueden dar buena fe de ello, y el hecho de que sean las propias editoriales quienes publican el relato de sus trayectorias (como fue también el caso en Argentina con Editar desde la izquierda en América Latina, por ejemplo, sobre Siglo XXI) generan la sensación inevitable entre quienes se acercan a ellos de que deben evaluarlos con cierto recelo o precaución, no sólo por lo que cuentan y cómo lo cuentan sino también —o tal vez sobre todo— por lo que ocultan o sobre lo que pasan de puntillas. Y no se trata de libros más o menos memorialísticos, que es habitual que se publiquen en las editoriales de los propios interesados (aunque haya excepciones, como El observatorio editorial de Herralde en Adriana Hidalgo o, del mismo autor, las Opiniones mohicanas en Acantilado). Los ejemplos de volúmenes que más o menos vienen a narrar la historia de una editorial o un editor españoles y firman personas distintas a las implicadas pero se publican en la empresa de los interesados son abundantísimos y van mucho más allá de los libros conmemorativos (donde eso sería más comprensible): El oficio de editor de Jaime Salinas en Alfaguara, El cavaller Floïd (sobre Joan B. Cendrós) de Genís Sinca en Proa, Los papeles de Jorge Herralde de Jordi Gracia en Anagrama, Por el gusto de leer de Juan Cruz sobre Beatriz de Moura en Tusquets…

El objetivo declarado de McCleery es explorar «la naturaleza de la historia de la edición» y tratar de distinguirla de «una historia de libros más amorfa y elástica», de la que considera que ha acabado por convertirse en un subconjunto. Además, por una parte «pretende compensar las expectativas autocomplacientes de las historias de las editoriales y, por otra, corregir un desequilibro: el modo en que la historia de la edición se ha desplazado del centro de la actividad académica para acabar en su periferia.»

Para ello, toma como modelo bastante útil e ilustrativo el de HarperCollins, en cuya historia, en un alarde de desfachatez hiperbólico, se arroga como orígenes la de empresas y sellos, «sin importar cuán recientemente han sido adquiridos». Ahora bien, entre los que en lo que llama «la historia ortodoxa» de la edición se han señalado a posteriori como pioneros de la figura del editor evoca (y descarta como tal) a Tito Pomponio Ático, asesor de Cicerón en cuestiones librescas, y que ha dado nombre a algunos proyectos relacionados con el libro (Atticus Booksm, Atticus Bookstore) con el evidente propósito de empaparse de algo de su prestigio o nobleza. Sin embargo, no parece en absoluto claro que Ático actuara como lo que hoy entendemos como publisher o como editor (y el hecho de que en español se use en ambos casos editor no deja de ser un engorro, y, hay que suponer, una traba para Íñigo García Ureta) y en cualquier caso supone aplicar al pasado categorías sólo muy recientemente creadas e inexistentes e inadecuadas cuando se aplican a un pasado tan remoto en el que los sistemas de producción, divulgación y distribución de textos eran tan conceptualemte diferentes a los de nuestros tiempos.

También descarta al segundo candidato, Aldo Manuzio, cuyo logo ha servido de inspiración a muchísimas editoriales en todos los ámbitos lingüísticos (basten como ejemplo, en el ámbito hispánico, el de Barral Editores y los de las colecciones Áncora y Delfín de Destino, Seis Delfines y Áncora de Salvación de Tartessos o la Dolphin Books de Joan Gili i Serra). Incluso un editor tan prestigioso como Roberto Calasso (1941-2021) ha recurrido al ejemplo de Manuzio, en una operación que McLeery juzga como una estrategia autocomplaciente que identifica la realidad con la aspiración, cuando el rasgo que éste considera como el principal de Manuzio es su carácter de innovador tecnológico; en otras palabras: de tecnólogo.

Añade a este desenfoque que supone observar y juzgar el pasado con ojos del presente el eurocentrismo como argumento adicional para descartar estos modelos, y dedica su atención luego a la importancia de las innovaciones chinas, tanto en la creación de tinta como en la de papel y en la de impresión, para acabar identificando como las primeras empresas destinadas a la edición (publishing) las imprentas de Plantin-Moretus, fundada en Amberes en 1564, y de Lous Elzevir, creada en Leiden en 1580, pues su propósito y actividades sí están más en consonancia con las de las empresas editoriales de nuestro tiempo, pero, atendiendo al desequilibrio entre publicación de novedades y de reimpresiones, McCleery identifica como «el comienzo de la historia editorial per se» el momento en que se introduce «la propiedad intelectual como un principio exigible», pues su concepción de la labor editorial se identifica muy estrechamente con el comercio de propiedad intelectual, al margen de que este comercio acabe materializándose en forma de libro impreso, de archivo de bites o de cualquier otra forma.

A partir de ese momento, el texto hace un recorrido por la historia paralela de la propiedad intelectual y las industrias basadas en ella que resulta muy sugerente y que nos llevan no sólo hasta el presente sino también un poco más allá, pues, en palabras de McCleery:

Sólo en el contexto de la «propiedad» intelectual sobreviven y prosperan las habilidades y conocimientos acumulados en el mundo de la edición durante los últimos tres siglos. […] A su vez, la supervivencia de la industria editorial contemporánea, que ahora forma parte de las estructuras generales de los medios de comunicación, dependerá de la supervivencia del concepto de propiedad intelectual y de su continua aplicación (desde 1710) en la legislación.

Alistair McLeery, «Historia de la edición», en Michael Bhaskar & Angus Phillips, eds., Los fundamentos del libro y la edición. Manual para este siglo XXI, traducción de Íñigo García Ureta, Madrid, Trama Editorial, 2021, pp. 39-59.

Fernando Larraz, Josep Mengual, Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia de la edición, a debate, prefacio de Gonzalo Pontón, Gijón, Ediciones Trea, 2020

Diálogos interculturales: International Editors’ Co.

La importancia, trascendencia y visibilidad de la agencia literaria de Carmen Balcells ha hecho que a veces pareciera que antes de ella no hubiera nada en el ámbito de la gestión de derechos de autor en España. Y no sólo está un poco desenfocada la imagen de que en el ámbito de la lengua española el de agente literario ha sido siempre una profesión muy predominantemente ejercida por mujeres, sino que resulta engañoso considerar a Balcells (1930-2015) la primera, aunque eso no suponga menoscabar su importancia y trascendencia.

En un artículo publicado originalmente en su libro La otra cara de Jano (Ampersand, 2015) y más recientemente en la revista Trama & Texturas (núm. 42, 2020), el profesor José Luis de Diego ya puso de manifiesto hasta qué punto (pese al entusiasmo de Xavi Ayén en Aquellos años del boom) era imprescindible relativizar la importancia de la agencia Carmen Balcells en aquello que más visibilidad le dio, la gestación del boom latinoamericano, pero también es innegable que la labor de esta agencia contribuyó de un modo definitivo y muy exitoso a despertar el interés de ciertos editores europeos y estadounidenses por la literatura latinoamericana.

El matrimonio Lifezis (Cortesía IECO)

En realidad, se trataba de algo no muy distinto a lo que, unos años antes y quizás en menor escala, agentes como el rumano Vintilia Horia (1915-1992) en la agencia A.C.E.R. (Argentina-Colombia-España-Rumanía) desde 1956 o el húngaro Férenc Oliver Brachfeld (1908-1967) habían hecho con la literatura centroeuropea y en particular con la húngara en la década anterior. Resultaría bastante arduo y quizás incluso imposible dar razón de la enorme presencia de autores como Jenö Heltai (1871-1957), Fryges Karinthy (1887-1938), Lajos Zilahy (1891-1974), Andor Németh (1891-1953), Sándor Márai (1900-1989) o Férenc Körmendi (1900-1972) en el mercado librero español de los años cincuenta y principios de los sesenta sin aludir a la inmensa actividad estos dos hombres de letras y agentes literarios. Y basta con espigar los catálogos de editoriales españolas como Funambulista, Minúscula o incluso Salamandra para advertir hasta qué punto fue una labor fructífera, oportuna y trascendente.

Al otro lado del Atlántico, en Argentina, se había creado ya en 1939 International Editors’ Co., cuya labor en la difusión continuada de los que acabarían por convertirse en clásicos incontrovertibles de la literatura en lengua alemana (de Franz Werfel y Thomas Mann a Beltoltd Brecht y Erich Maria Remarque, de Vicky Baum o Stefan Zweig a Max Horkheimer, T.W. Adorno o Jürgen Habermas, pasando por Arthur Schnitzler, Sigmund Freud y Herman Hesse entre otros muchos) fue también trascendental en la inmediata postguerra.

Edición argentina de una de las traducciones de Anna Lifezis.

La agencia International Editors’ Co. (pronto conocida como IECO) la fundan al poco de llegar a Buenos Aires el matrimonio vienés formado por el abogado de origen judío Hugo Lifczis (que simplifica su nombre a Lifezis) y la editora teatral y traductora del ruso Anna Sherman, que habían llegado a la capital argentina huyendo del auge y expansión del nazismo, que les había puesto incluso en riesgo físico. A su llegada, y tras comprobar la enorme cantidad de libros traducidos del alemán que se encuentran en las librerías bonaerenses, se marcan como primer objetivo proteger los derechos de autor de muchos de sus amigos austríacos, para lo que tuvieron que pugnar con la falta de costumbre que existía en este sentido en el mercado editorial del país de pagar regalías a los autores (y en particular a los extranjeros). Zweig, Mann, Freud, Schnitzler y Baum se cuentan entre sus primeros representados, aunque se centran sobre todo en derechos teatrales y de guiones cinematográficos (para lo que, con muy buen tino, abrirán también una sede en Estados Unidos).

Una de las primeras empleadas a la que contrataron fue la luego celebérrima y reputada historiadora Hebe Clementi, que ha descrito del siguiente modo las oficinas de la agencia del matrimonio Lifezis:

La oficina estaba en su propia casa, un departamento grande en Tucumán y Montevideo. Tenía las paredes tapiadas con fotografías de Max Brod, Stefan Zweig, Joseph Roth, Shalom Ash, Leo Perutz, Franz Molnar, Vicky Baum, Leon Feuchtwanger, Arthur Schnitzler, y había más. Había fotos de escritores, músicos, actores, y estaban todas dedicadas. La tarea era ofrecer libros, artículos, argumentos de obras de teatro o cinematográficos, operetas: era como abrir un mundo nuevo, una cultura diferente. Llegaban también cantidades de libros que mandaba, desde Estados Unidos, el doctor [austríaco Franz] Horch [(1901-1951)], alguien que hacía allá el mismo trabajo que Lifezis quería hacer aquí.

Aspecto de una de las paredes de la sede actual de IECO en Barcelona.

Más trascendencia tendría sin embargo la incorporación a la agencia, precisamente para sustituir a Clementi, del emigrante croata Nicolás Costa, que había llegado a Argentina en 1948 y se sumó al proyecto de los Lifezis a finales de los años cincuenta (¿1958?), pues cuando llegó el momento fue quien dio continuidad a la agencia.

Edición española de una traducción de Anna Lifezis.

Y ese momento llegó con el cambio de década, cuando los Lifezis viajaron a España por cuestiones de salud y José Manuel Lara Hernández (1914-2003), que durante años había publicado con enorme éxito a Vicky Baum, les ayudó a encontrar piso para establecerse en Barcelona. Así pues, no tardaron en abrir una nueva sede de la agencia, que durante un tiempo tuvo su sede en el número 35 de la Vía Laietana (muy cerca de la catedral). Curiosamente, ese mismo año 1960 se creaba en la Ciudad Condal la agencia literaria de Carmen Balcells, poco después de trasladarse Horia a París y asociada muy brevemente con la esposa de Carlos Barral, Yvonne. Y apenas un año antes había llegado a la ciudad la alemana Ute Körner (1939-2008), quien, al igual que Isabel Monteagudo, que se incorporó en 1966 siendo aún estudiante, no tardaría en convertirse en uno de los puntales de la sede española de IECO.

Todo cambió con la muerte de Hugo Lifezis en 1970, pues Anna Sherman, que con distintos nombres (Annie R. Lifczis, Annie Rennei) tenía a sus espaldas una obra muy notable ya como traductora (Franz Werfel, Leo Perutz, Schnitzler, Brecht…), decidió regresar a su país natal, y fue entonces (con Körner actuando ya como editora en Bruguera antes de fundar una agencia con su propio nombre), cuando Isabel Monteagudo tomó las riendas de la empresa, sin que ello le impidiera implicarse muy activamente en los años siguientes en proyectos tan rupturistas y alentadores como la creación de la librería Xoc o en la gestación del pionero colectivo feminista LaSal Edicions de les Dones.

Desde entonces, International Editors’ Co., una agencia marcadamente femenina y feminista en su gestión y modo de funcionar, ha ido ampliando su radio de acción, incorporando en su catálogo de representados a nombres indiscutibles, como los de J.D. Salinger, Peter Sloterdijk, Scott Fitzgerald, Auden, Günter Grass, Dos Passos, Gore Vidal, Michael Ondaatje o el popularísimo J. R. Tolkien. Y Augusto Monterroso, Javier Tomeo y Ramon J. Sender abrieron el camino a la representación directa desde Barcelona de grandes autores en lengua española (Bárbara Jacobs, Rigoberta Menchú y Juan José Flores, entre ellos). Por otra parte, absorbieron otra de las agencias literarias españolas de más larga trayectoria, la creada por el también traductor Julio F[ernández] Yáñez, a cuyo frente se encontraba Montse Yáñez, y fueron una de las pioneras a la hora de promover la cooperación entre agencias, que cristalizó en 2006 con la creación de ADAL (Asociación de Agencias Literarias). En ello tuvo buena parte de responsabilidad también Maru de Montserrat, quien, tras curtirse en la editorial Edhasa, entró en la agencia en 1998 y progresivamente fue poniéndose al volante del proyecto para actualizarlo procurando al tiempo que no pierda identidad.

El equipo de IECO en la despedida de Rosa Bertran (sentada); a su izquierda (también sentada), Isabel Monteagudo; y a la espalda de ésta, Maru de Montserrat.

Fuentes:

Web de International Editors’ Co.

Gabriela Adamo, Valeria Añón y Laura Wulichzer, redactoras, La extraducción en la Argentina Venta de derechos de autor para otras lenguas Un estado de la cuestión 2002-2009, investigación realizada por la Fundación Teoría y Práctica de las Artes por encargo de la Dirección General de Comercio Exterior y la Dirección General de Industrias Creativas y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2009.

Elisa Martín Mayo, Los agentes literarios en España, ISSUU.

Carmen Sesto y María Inés Rodríguez Aguilar, Hebe Clementi. Una vida. Trayectoria intelectual y política, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 2004.

La editorial Rialp y sus conexiones con el Opus Dei

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán como «Historia de Ediciones Rialp» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona en junio de 2020.

Dada su peculiar naturaleza, sus múltiples facetas y campos de influencia, hay muchos modos de narrar la historia de una editorial, de cualquier editorial. Es muy probable que a un filólogo le interese sobre todo qué tipo de textos y qué autores se publicaron, pero quizás a un historiador le resulte más atractivo conocer la trayectoria económica de la empresa; un sociólogo tal vez querrá saber hasta qué punto tuvo éxito en el sentido de incidir, mediante sus ediciones, en la sociedad a la cual iban destinadas y qué posición ocupaba en el campo de la cultura, y aún el historiador del arte evaluará si el diseño y la realización de los libros siguió una determinada tradición o en qué medida innovó en el campo del grafismo, por ejemplo, y a qué artistas solicitó su colaboración. No es fácil poder cubrir todos estos frentes a la hora de reconstruir la trayectoria de una editorial, y mucho menos exponerlos de una manera ordenada, equilibrada y coherente.

No hay duda de que, en primer lugar, la disponibilidad de los materiales para llevar a cabo una labor de esta naturaleza condiciona mucho los resultados. En el caso de la Historia de las Ediciones Rialp, la autora ha podido contar con fuentes que raramente se conservan y que, si las comparamos con otros casos, facilitan notablemente la investigación. En primer lugar, y tal como explica en la introducción, Mercedes Montero ha podido acceder al archivo de la propia empresa, afortunadamente conservado en la Universidad de Navarra y que, dada su riqueza y completitud, ha constituido la fuente básica y principal, pero también el Archivo General de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, así como los archivos personales de los principales responsables de Rialp, Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid (estos dos últimos, también en la Universidad de Navarra).

Uno de los méritos que desde el primer momento vale la pena destacar de Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores es haber reconstruido el origen de Rialp mediante la recuperación para el común de los lectores de la figura de la editora María Jiménez Salas (1910-1999) y de la Editorial Minerva, a las cuales en 2017 ya había dedicado un artículo importante pero entonces poco leído: «La editorial Minerva (1943-1946): un ensayo de cultura popular y cristiana de las primeras mujeres del Opis Dei» (Studia et documenta: rivista dell’Istituto Storico San Josemaría Escrivá, vol. 11 (2017), p. 227-263).

Si bien Jiménez Salas fue «alma y motor» de la Minerva, nacida por iniciativa del fundador del Opus Dei José María Escrivá de Balaguer (1902-1975), la propiedad de la marca era de su más estrecho colaborador, Álvaro del Portillo (1914-1994), y aunque llegó a publicar algunos títulos, entre los cuales la tercera edición del Camino, de Escrivá, en enero de 1947 el proyecto ya estaba en manos de Del Portillo, quien no tardó en rebautizarlo como Rialp (en recuerdo de una anécdota poco menos que milagrosa que había protagonizado Escrivá en el pueblo leridano de ese nombre).

José María Escrivá de Balaguer.

A partir de este punto, la autora expone la historia de la editorial Rialp centrándose, sobre todo, por un lado en el tipo de autores y de títulos que fueron publicándose en las diversas colecciones que se fueron creando (haciendo hincapié en aquellos que se publicaron por primera vez en español), e incluso deja constancia de proyectos que quedaron truncos y de títulos que nunca llegaron a ver la luz, y además lo contextualiza con pinceladas un poco impresionistas sobre la industria y el mercado del libro en las diversas etapas; por otro lado, la documentación a la cual ha tenido acceso la autora le permite describir con mucha precisión los diferentes avatares por los cuales, en el aspecto económico, pasó la empresa, con particular detenimiento en los sucesivos cambios en sus consejos de administración.

Así, en 1947 se hace cargo de la Rialp, como director, el historiador Florentino Pérez Embid (miembro del Opus y más adelante director general de Propaganda, es decir, máximo responsable de la censura franquista), con Ismael Sánchez Bella (también miembro del Opus) como secretario, si bien los editores más activos y ambiciosos fueron Rafael Calvo Serer, director de la famosa colección Biblioteca del Pensamiento Actual (y miembro también del Opus) y, el frente de la colección Patmos, Raimon Panikkar (asimismo miembro numerario, hasta 1966, del Opus).

Raimon Panikkar. (1918-2010).

En 1948 Rialp se constituye ya como sociedad anónima, y a nadie sorprenderá que el control accionarial y por tanto el consejo de administración quede en manos de miembros del Opus Dei, si bien se añaden a ellos personajes como, por ejemplo, el falangista «camisa vieja» Xavier Domínguez Marroquín (que en 1979 aún se presentaría por Falange Española Tradicionalista a las elecciones municipales en Bilbao).

Se detallan también en este libro algunos conflictos de la editorial tanto con la Iglesia como con la censura, así como la alternancia entre etapas de expansión y otras de contracción o incluso de crisis, de las cuales se libran mediante sucesivas ampliaciones de capital y, cuando es necesario, con préstamos de «bancos amigos». Capítulo aparte dedica Montero, lógicamente, a la enorme tarea que supuso la Gran Enciclopedia Rialp (1965-1977), proyecto acerca del cual se ofrecen todo tipo de datos de interés y pertinencia diversa.

Igualmente detallada es la narración del proceso que condujo a la quiebra de la empresa en 1986, que en este caso se resolvió cuando, de un modo indirecto y sirviéndose de hombres de paja, se vendió el control al empresario y especulador Pablo Bofill de Quadres mediante las Inversiones Inmobiliarias, S. A. De una segunda quiebra en 1996, que parece atribuirse a una manipulación contable que no acaba de quedar del todo clara (como tampoco a quién cabe atribuirla), se sale ya con Miguel Arango al frente de la editorial, cosa que inicia la etapa que nos lleva ya hasta el presente.

José Luis Cano.

En paralelo, también de la trascendental colección de poesía Adonais que dirigía José Luis Cano (1911-1999) va siguiéndose el recorrido, aunque en este caso el lector contaba ya con una cierta bibliografía importante sobre la materia (en particular el Medio siglo de Adonais: 1943-1993, Rialp, 1993). Pero tal vez valga la pena mencionar la sorprendente justificación que la autora da al hecho de que en 1949 no se otorgara el Premio Adonais a Ángel fieramente humano de Blas de Otero (si bien aun así Cano lo publicó enseguida en Ínsula) y sobre todo los términos con que Mercedes Cano expresa esta justificación: «El director gerente de Rialp [Pérez Embid] era católico por convicción personal, no por el ambiente de catolicismo oficial que se respiraba en España. Es razonable que le causara desasosiego premiar algo que iba en contra de su conciencia y de las convicciones por las que había fundado Rialp.»

Las quince páginas finales de conclusión acaso merecen un comentario detallado y más extenso del que conviene en un texto como el presente, porque, además de resumir el contenido de la obra, parecen tener una intención provocativa o polémica pero construida con unos argumentos no siempre lo bastante sólidos. Al margen de traslucir un indisimulado desdén por los editores antifranquistas barceloneses de los años sesenta y setenta (Beatriz de Moura, Jorge Herralde y en menor medida Esther Tusquets, que heredó Lumen de su tío y sacerdote Joan Tusquets), en estas páginas se enzarza la autora en una diatriba contra todos aquellos que siempre han considerado Rialp como un tentáculo del Opus que, si bien en el caso de algunas apreciaciones de Jordi Gràcia tienen una cierta consistencia porque señalan errores documentales irrefutables, caen en poco menos que el ridículo y la vergüenza ajena en el caso, por ejemplo, de Vicente Aleixandre («lo que pudiera decir Aleixandre sobre el sectarismo de los demás [Pérez Embid en este caso], nunca podría sobrepasar al suyo propio, del que siempre dio muestras el poeta, acostumbrado a amañar todos los premios “Adonais” que pudo y a insultar a cualquiera que no comulgara con sus planteamientos, especialmente los religiosos, sexuales y políticos (por este orden)».

La reconstrucción de la historia, sobre todo en cuanto a los aspectos de gerencia y administrativos, de Rialp que ha llevado a cabo Mercedes Montero (acompañada además de unos apéndices documentales muy útiles) es admirable y no queda en absoluto empañada por algunas escasas pero sorprendentes erratas, como la mala escritura del nombre del gran editor de posguerra Josep Janés (pp. 20 y 370) o la descripción del Premio Comillas de Tusquets como dedicado a «biografía, autogobierno [sic] y memorias», y ni siquiera por afirmaciones tan difícilmente defendibles como que «se olvida también con facilidad que fueron los libros de Rialp los primeros de la postguerra española que cuidaron decididamente el diseño» (p. 337) —cosa que, además de no haberse demostrado en el texto, es a todas luces falsa— o que fue Rialp y no Alianza Editorial (como aceptan la inmensa mayoría de los estudiosos) la gran introductora y divulgadora del libro de bolsillo en España.

Aun así, el mayor escollo de esta investigación es, paradójicamente, la idea presentada como tesis central del libro, que se puede resumir quizá de la siguiente manera: los vínculos de Rialp con el Opus no tuvieron apenas incidencia en qué y cómo publicaba la editorial, y no hay motivos para atribuir su éxito, y ni siquiera su supervivencia a lo largo del tiempo, a su relación con esta institución. Cuesta asumir esta tesis, en particular cuando se presenta en un libro escrito por una profesora de la Universidad de Navarra (fundada por el Opus Dei), publicada por la misma editorial Rialp y cuando ha quedado bien establecido desde el principio que la iniciativa de crear una empresa destinada a publicar libros que difundieran un determinado pensamiento y visión del mundo correspondió a José María Escrivá de Balaguer (fundador del Opus Dei) y que a lo largo de toda la historia de Rialp la suma de las acciones de la empresa en manos de miembros del Opus fue siempre mayoritaria, de modo que totas las decisiones corrían  a cargo de personas en la órbita de esta organización fundamentalista católica. Las filigranas y zigzagueos argumentales para defender esta tesis llegan a extremos realmente asombrosos, y parece agarrarse al clavo ardiente de la inexistencia de pruebas documentales de que el Opus como tal transfiriera dinero o impusiera la publicación o no de determinados títulos o temas. Es como si para la autora ni Pierre Bourdieu ni su concepto de campo nunca hubieran existido.

Resulta muy pertinente disponer de una muy completa y clara historia de Rialp, pero no es de recibo pretender que el lector comulgue con ruedas de molino.

Mercedes Montero, Historia de Ediciones Rialp: orígenes y contexto, aciertos y errores, Madrid, Rialp, 2019.

El escritor que engañaba a sus editores (antecedentes de la «Antología traducida» de Max Aub)

En fecha aún por determinar, a principios del siglo XX la barcelonesa editorial Maucci, creada en 1892, publicó un par de antologías que parecen poner de manifiesto un cierto interés de los lectores peninsulares por la literatura que en el cambio de siglo se estaba produciendo en los diversos países americanos, más allá de los consabidos Rubén Darío (1867-1916), José Enrique Rodó (1871-1917) o José Martí (1853-1895). Al decir de Leona Martín:

Con estas publicaciones, se continuó la nutrida tradición de obras antológicas que aparecieron en las nuevas repúblicas americanas en el siglo XIX a partir de las guerras de independencia. Representaron al mismo tiempo una reacción frente a la hegemonía cultural expresada en La antología de poetas hispano-americanos (Madrid, 1893-1895) del gran erudito español Marcelino Menéndez Pelayo, obra que fue comisionada para la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. 

Los títulos de estas obras, sin embargo, no permitían la más mínima esperanza de innovación o modernidad, sino más bien un apego a los usos y modos más marcadamente romanticoides: Parnaso boliviano, Parnaso ecuatoriano y Parnaso costarricense.

En el primero de ellos, que se presenta como una «selecta antología de poesías, coleccionadas por el Dr. Luis F. Blanco Meaño y con prólogo de Rafael Bolívar Coronado», se incluyen algunos nombres de poetas colombianos que, quizá muy justificadamente, han caído en el olvido: Rosendo Villalobos, Felisa A. Eguez, Enrique Arce Velarde, Fernando Acha y Aguirre… Ninguno de ellos ha dejado el menor rastro ni en antologías ni en estudios posteriores sobre la poesía colombiana. De hecho, tampoco al doctor Luis F[elipe] Blanco Meaño se le conocen estudios literarios de ninguna entidad, pero, paradójicamente, esta mención sirve para fechar el libro antes de 1920.

Ese año, en el número del 6 de diciembre de la edición venezolana de la revista Billiken, se publicaba un anuncio en el que se advertía que Luis Felipe Blanco Meaño, hermano del poeta y abogado Andrés Eloy Blanco (1896-1955), jamás había escrito el prólogo que se le atribuía. No hace falta una perspicacia prodigiosa para sospechar que la retahíla de nombres que componen la antología tampoco escribieron jamás los textos que se les atribuía en la edición de Maucci, pero acaso ponen de manifiesto la versatilidad estilística de quien fuera su autor. Que Maucci no debió de estar metido en el ajo puede deducirse del hecho mismo de que publicara dos Parnasos más, aunque uno de ellos, el dedicado a la poesía ecuatoriana, firmado no por Bolívar Coronado sino por un enigmático José Brissa (que al parecer se había iniciado hacia 1910 en Maucci con El libro de la raza, escrito a cuatro manos con Enrique Leguina), al que luego siguieron, siempre en Maucci, la confección de antologías de textos como La revolución de julio en Barcelona (1910), sobre el proceso a Ferrer i Guàrdia, así como las que componen La revolución portuguesa (1911), La guerra italo-turca (1911-1912) (1913), La guerra de los Balkanes (1913), etc., si bien ya en 1888 su firma aparece episódicamente en Madrid Cómico; pero más jugoso resulta que, al parecer, actuara como asesor literario de Maucci.

Rafael Bolívar Coronado.

Con todo, la historia interesante es sobre todo la del venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-19249, que cuando empieza a trabajar para Maucci ya tenía una trayectoria notable a sus espaldas. Tras unas iniciales colaboraciones en diversos periódicos americanos (los venezolanos El Cojo Ilustrado y El Universal, pero también el nicaragüense El Nuevo Diario), su nombre saltó a la fama por el texto de la zarzuela Alma llanera, si bien el dinero que la pieza generó se la llevó su coautor, el músico Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954).

Aun así, le sirvió a Rafael Bolívar para obtener una beca gubernamental para viajar a España, donde uno de sus primeros trabajos fue como corrector de pruebas en Cervantes, la «revista mensual ibero-americana» que por entonces dirigían el poeta y dramaturgo modernista Francisco Villaespesa (1877-1936), el escritor mexicano Luis G[onzaga] Urbina (1864-1934) y el polifacético ensayista italoargentino José Ingenieros (1877-1925), donde el dramaturgo José Dicenta (1962-1917) fungía como subdirector y en la que colaboraron, en esa primera etapa y en lo que se refiere a autores americanos, César E. Arroyo (1887-1937), José María Vargas Vila (1860-1933), José Enrique Rodó, Rubén Darío, etc. A Bolívar Coronado lo despidieron al cabo de muy poco tiempo, y no sólo por la cantidad de erratas que se le pasaban por alto sino porque, además ‒cabe suponer que para desesperación o regocijo de los filólogos‒, coló en la revista algunos textos suyos como obra de insignes escritores latinoamericanos.

 Casi inmediatamente empezó a colaborar en la empresa que en 1915 había fundado el venezolano afincado en Madrid Rufino Blanco Fombona (1874-1944), Editorial América, y su cometido era copiar ciertos ejemplares de la Biblioteca Nacional para su posterior edición. Lo más curioso es que el propio Bolívar Coronado contara en el prólogo a Parnaso boliviano cómo le tomaba el pelo a este editor, a quien entre 1917 y 1920 entregó diversas falsificaciones no sólo de supuestas crónicas de Indias sino también libros engañosamente atribuidos al historiador Rafael María Baralt (1810-1960) y al ingeniero y cartógrafo Agustín Codazzi (1793-1859):

Estuve dos largos años en Madrid escribiendo libros a nombre de Juan de Ocampo, Albéniz de la Cerrada, Concepción Zapata, Montalvo de Jarama, nombres que yo inventaba y ponía en mis escrituras como cosas de mucha gloria y fama. ¿Que cómo pude engañar a los editores? Muy sencillo. La explicación la ha dado el altísimo Emilio Carrere en una frase: «en España viven del libro los que no saben leer».

No obstante, Blanco Fombona pronto tuvo pistas para saber que le estaban engañando, pues su amigo el banquero y erudito Vicente Lecuna (1870-1954) no tarda en escribirle poniendo de manifiesto su extrañeza acerca de algunos anacronismos que ha detectado en las obras que publica (en particular el reiterado empleo del término “burdel” en un texto supuestamente del siglo XV).

Así las cosas, y advertido por Villaespesa de cómo se las gastaba Fombona (se decía que había ganado doce duelos a espada), Bolívar se trasladó a Barcelona y empezó diversas colaboraciones que resumió del siguiente modo en una carta al historiador y filólogo Julio Cejador (1864-1927) y a las que hay que añadir sus trabajos como prolífico redactor de artículos para la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana de Espasa-Calpe y las crónicas como supuesto corresponsal de guerra en África que escribía desde Barcelona para La Publicitat, El Noticiero y El Diluvio:

He ganado aquí unos ciento ochenta duros haciéndole cuentos para niños a Sopena y dos antologías de poetas ecuatorianos y bolivianos a Maucci. Lo hice todo en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado!… la necesidad carece de ley… y yo carecía de todo… recordará usted al gran López que en horas veinticuatro, hacía comedias malas para el teatro.

Las reediciones de estas obras dan fe de una muy buena y sostenida acogida por parte de los lectores, lo cual explica la continuidad con el Parnaso costarricense, «selección esmerada de los mejores poetas de Costa Rica», en cuyo liminar el autor lo subraya con énfasis:

Mi estudio sobre la literatura boliviana fue el blanco escogido por aquel rebaño de cínicos y lacayuelos para lanzar su baba con el propósito de adular a la bestia de los Andes colombianos. Pero su baba no llegó hasta mí; el éxito del libro fue ampliamente franco, y ello ha dado motivo para que la Casa Maucci me haya encargado este trabajo.

El libro en cuestión contiene una curiosa y sorprendente dedicatoria (fechada en Barcelona en octubre de 1921) que quizá valga la pena reproducir: «Al eximio americanista don Rafael Vehils. Señor: Va este libro amparado con el nombre de usted. ¡Glorioso palio, el nombre férvido enaltecedor de la América Española!»

Rafael Vehils (18861-959) era, aparte de diputado y hombre de confianza del entonces ministro Francesc Cambó (1876-1947), el presidente de la Casa América de Barcelona y un entusiasta de América, a cuya industria editorial dedicaría pocos años después el informe El libro en Uruguay. La industria editorial. El libro español. El libro de texto. El régimen de propiedad intelectual (1927) y, más importante aún, sería en la postguerra uno de los principales accionistas de la bonaerense Editorial Sudamericana y el responsable de conseguir que se pusiera al frente de la misma Antoni López Llausàs (1888-1979).

De la prolijidad de Bolívar en su etapa barcelonesa aún da fe Euclides Perdomo al destacar su colaboración (¿?) con el anarquismo catalán de esos años:

Rafael Bolívar Coronado siempre se mantuvo firme en su individualismo solidario y racionalista. Quizá por ello, en Barcelona escribe habitualmente en no menos de cuatro publicaciones anarquistas: Solidaridad Obrera, Resistencia (donde firma como Federico Nietzsche, L. A. Grand Eboa y M. A. Puri Teaurb), Idea (como Agustín de Montemayor, Alberto Calígula, Alberto Ferega Zombona, Arimán Roguea, Arión Guemara, Armando Chirveches y Luis Hine Saborío) y Savia (R. Monasterios).

Pese a sus reiterados intentos de ganarse holgadamente la vida con la pluma, Bolívar Coronado murió en la miseria, en Barcelona, el 31 de enero de 1924 y durante una epidemia de gripe. Aunque quizás sus parnasos inspiraran a Max Aub su Antología traducida

Fuentes:

Nathalie Bouzaglo, «Los irreverentes plagios de Rafael Bolívar Coronado», Taller de Letras, núm. 66 (2020), pp. 119-124.

Ernesto Cazal, «Los seiscientos nombres de Rafael Bolívar Coronado», Visconversa, 8 de diciembre de 2017.

Juan Pablo Gómez Cova, «Rafael Bolívar Coronado, la levedad del escritor múltiple. Cauces para el estudio de la falsificación como estrategia literaria», Akademos, vol. 18, núm. 1 y 2 (2016), pp. 101-113.

Manuel Llanas, «Notes sobre l’editorial Maucci i les seves traduccions», Quaderns: revista de traducció, núm. 8, pp. 11-16.

Leona Martin, «Entre La antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo y Los parnasos de la Editorial Maucci: reflejos del ocaso de la hegemonía colonial».

Euclides Perdomo, «Un hombre con más de 600 seudónimos. Bolívar Coronado, anónimo por su prodigalidad».

Óscar Reyes, prólogo a Un hombre con más de seiscientos nombres (Rafael Bolívar Coronado), de Rafael Ramón Castellanos Villegas, edición del autor, 1993; reproducido en El Globo (Caracas), 10 de febrero de 1993.