La Avispa, una librería y editorial al servicio del arte dramático

Como en tantos otros casos de editoriales pequeñas y caracterizadas por procesos de producción más o menos artesanales, la editorial La Avispa nace en el seno de una librería, así que se hace indispensable empezar su historia por ahí. Abierta en septiembre de 1979, la primera ubicación de esta iniciativa fue un pequeño local de apenas 9 metros cuadrados en la calle madrileña Gravina, cerca del Teatro Infanta Isabel. Es probable que el nombre procediera de una publicación homónima que se publicó entre 1888 y 1891, un semanario satírico ilustrado con dibujos litografiados que se ha definido como combativo con «el flamenquismo y la chulapería» y entre cuyos colaboradores se contaban el dramaturgo y poeta Gonzalo Cantó (1859-1931), el humorista Juan Pérez Zúñiga (1860-1938), el dramaturgo Celso Lucio (1865-1915) y el periodista y poeta Manuel Paso (1860-1901), entre otros.

Al frente del proyecto de La Avispa estaban la dramaturga de origen cordobés Julia García Verdugo como directora cultural y su marido Joaquín Solanas como director comercial, y si bien inicialmente fue una librería general, no tardó en decantarse hacia las publicaciones relacionadas con el teatro. Apenas dos años después de su apertura, se trasladó a un espacio mucho mayor en el número 30 de la calle San Mateo, que les permitió organizar actos, encuentros y debates públicos, y que según lo recuerda Phyllis Zatlin:

Uno de los peores sitios en lo que a humo se refiere era también uno de mis lugares madrileños favoritos, un auténtico hogar lejos del hogar: la librería de teatro La Avispa […],  un lugar de encuentro para autores, actores y demás gente de la farándula, así como para críticos y especialistas. […] Su colección de libros, revistas y guiones no publicados era excepcional, y Julia y Joaquín daban la impresión de haberlos leído todos.

Entre los rasgos que caracterizan a la librería, y antecedente quizás de su paso a editorial, está la distribución de copias mecanuscritas o incluso fotocopiadas de obras de autores principiantes que se dejaban caer por La Avispa, así como la posibilidad que ofrecían de fotocopiar algunas obras de difícil acceso a las que algunos clientes no podían acceder debido a su precio.

Como evolución lógica del proyecto, la editorial La Avispa nace en 1982, con Julia García Verdugo como editora, Joaquín Solanas como director y la incorporación de Charo Llanas (al cargo de nuevas colecciones) y María Rosa García como administrativa. Además de publicaciones destinadas a la docencia y el estudio de la historia teatral, con una enorme diversidad de colecciones, destaca sobre todo en La Avispa la Colección Teatro, que cuenta con un número 0 a cargo del autor (Sois como niños, de Alberto Miralles), pero cuyo primer número es una de las obras de mayor y más prolongado éxito de esos años, La estanquera de Vallecas (1982), de José Luis Alonso de Santos. El diseño gráfico de la colección se debe al dramaturgo, director y escenógrafo Jesús Campos García, ganador en 1974 del Premio Lope de Vega con 7000 gallinas y un camello, que fue la primera obra que se publicó en La Avispa-Teatro en 1983 (como número 2 de la colección).

La colección, en cuanto a números publicados, empezó con muy buen ritmo, con seis títulos a lo largo del primer año completo y entre ellos títulos de Luis Riaza (1925-2017), José Ricardo Morales (1915-2016) y Concha Romero (n. 1945), pero la producción se ralentizó mucho al año siguiente, con sólo dos títulos: como octavo número, El jardín de nuestra infancia, de Alberto Miralles (1940-2004), que ese año fue galardonada con el Premio Rojas Zorrilla, y, como noveno, el drama histórico Yo, Martín Lutero, de Ricardo López Aranda (1934-1996), que pese a haber sido escrito en 1963, su estreno había sido prohibido por la censura tanto en 1967 como en 1968, y hasta ese mismo año no pudo ser objeto de una lectura escenificada (en la Casa de Cantabria de Madrid).

No obstante, la colección parece reanimarse en 1985, cuando los volúmenes publicados ascienden a ocho, iniciándose el año con la obra con la que Domingo Miras (n. 1934) obtuvo el Premio Tirso de Molina, Las alumbradas de Encarnación Benita, y seguida del volumen Tiempos muertos, de Jerónimo López Mozo (n. 1942), que reúne «cinco obras fuera de formato»: Viernes, 29 de julio de 1983, La maleta de X, La viruela de la humanidad, Sociedad Limitada, S.A. y El adiós sin ceremonia y las ceremonias del adiós. Pueden llamar la atención, entre los títulos publicados ese año, la versión de Andrés Amorós del Don Juan Tenorio, de José Zorrilla (1817-1893), y la que se tiene por la primera obra de tema judío escrita en español después de quinientos años, Los conversos, del hispanoargentino Solly Wolodarsky, de cuyo estreno en el Ateneo de Madrid se ocuparon activamente, como hicieron en otros casos, los mismos editores.

Sin embargo, pese al enorme despliegue de actividad, la colección avanzaba a trompicones, y en los años siguientes la producción fue más irregular y careció de éxitos del calibre de La estanquera de Vallecas, entre otros motivos posibles porque, además de las publicaciones periódicas sobre teatro por entonces aún activas que pubilcaban textos dramáticos (como Pipirijaina o Primer Acto), el panorama de la edición de teatro en España era todavía bastante dinámico –pese a la desaparición de colecciones emblemáticas como El Mirlo Blanco de Taurus o Voz Imagen de Aymá– y los dramaturgos disponían de varias opciones a la hora de intentar publicar sus textos.

Otro de los problemas a los que, del mismo modo que otras iniciativas parecidas, se enfrentaba La Avispa fue el de la distribución de un tipo de libros de ventas raramente espectaculares y circunscritas al lector interesado y/o fiel, y en este sentido se fiaba en buena medida a los pedidos directos a la librería, si bien contaba también como distribuidores con librerías como la Abrante en Vigo o la barcelonesa Millá. Eso explica también que desde la librería, activísimo punto de encuentro de los profesionales del teatro, se crearan y distribuyeran periódicamente catálogos con las obras disponibles, tanto nacionales como extranjeras y tanto nuevas como antiguas y descatalogadas.

Por otra parte, a principio de los años noventa empezaron a diversificarse las propias series de textos teatrales en La Avispa, con colecciones como El Ojo de la Avispa y La Avispa Universal, por ejemplo, y el proyecto empezó a finales de la década a dar síntomas de agotamiento, hasta el punto que a inicios de la siguiente, pese a publicar aún algunos títulos, tanto la editorial como la librería (que había sido sede tanto de la Asociacion de Directores de Escena como de la Asociación Española de Dramaturgas) se vieron abocadas a tirar la toalla y poco tiempo después de jubilarse sus promotores iniciales.

En el otoño de 2004 los impulsores de La Avispa fueron objeto de un muy merecido y oportuno homenaje con motivo de la inauguración de lo que era su heredera natural, Ñaque, que se instaló en la misma sede y se desdoblaba también en editorial, además de en revista, blog, etc., siempre con el teatro y la literatura dramática como tema principal.

Los impresionantes fondos de libros de y sobre teatro tanto antiguo como moderno de La Avispa se dispersaron entonces, si bien el grueso de los mismos fueron a parar a la biblioteca del Teatro Principal de Burgos (unos seis mil cuatrocientos volúmenes) y sobre todo a la Biblioteca Regional de Murcia (más de ocho mil volúmenes).

Anexo. Las primeros veintinún títulos de la colección.

0. Alberto Miralles, Sois como niños

  1. Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas (1982)
  2. Jesús Campos García, 7000 gallinas y un camello (1983)
  3. Miguel Medina Vicario, Claves de vacío, El camerino (1983)
  4. Luis Riaza, Antígona… ¡Cerda! Mazurka. Epílogo (1983)
  5. José Ricardo Morales, Teatro en Libertad (La Imagen. Este jefe no le tiene miedo al gato. Nuestro norte es el Sur) (1983)
  6. Concha Romero, Un olor a ámbar (1983)
  7. Fernando Martín Iniesta, Quemados sin arder, No hemos perdido aún este crepúsculo (1983)
  8. Alberto Miralles, El jardín de nuestra infancia (1984)
  9. Ricardo López Aranda, Yo, Martín Lutero (1984)
  10. Domingo Miras, Las alumbradas de la Encarnación Benita (1985)
  11. Jerónimo López Mozo, Tiempos muertos (1985)
  12. José Zorrilla, Don Juan Tenorio (versión de Andrés Amorós) (1985)
  13. Solly Wolodarsky, Los conversos (1985)
  14. Sebastián Junyent, Hay que deshacer la casa (1985)
  15. Manuel Rodríguez Díaz, Convidados a vivir (1985)
  16. Francisco Benítez, Melodrama verídico de Burri de Carga. Farsa inmortal del anís Machaquito (1985)
  17. Jesús Ríosalido, Función de límites. Movimiento uniformemente acelerado. Órbitas (1985)
  18. José María Bastús Márquez, El banquero y el teatro (1986)
  19. Francisco Benítez, Joaquín Muñoz en casa de las máscaras (1986)
  20. Sebastián Junyent, Señora de (1986)

 

Fuentes:

Julia García Verdugo, «El tearto en España a través de sus colecciones teatrales», Estreno, vol. XIX, núm. 2 (Otoño de 1993), pp. 2-3.

Manuel Gómez García, Diccionario Akal de Teatro, Madrid, Akal, 1998.

Adelardo Méndez, «La Avispa. El ecosistema mágico de una librería de artes escénicas» (vídeo), Retrologando, 20 de enero de 2020.

Mariano de Paco, «Las ediciones teatrales desde 1939», Las Puertas del Drama, núm. 41 (2017).

Mariano de Paco, «El teatro español en los años de la transición», Las Puertas del Drama, núm 51 (2018).

Phyllis Zatlin, Escritores en el recuerdo. Memorias de amistades en España y Francia, traducción de José Sánchez Compañy, Sitges, Editores del Desastre, 2018.

El Hipocampo de Plaza & Janés

Entre 1959 y 1968, la editorial barcelonesa Plaza & Janés mantuvo activa una curiosa colección en la que casi todo resultaba bastante singular y que, pese a publicar en ella a escritores estadounidenses tan insignes como Nabokov, Salinger, Saroyan o Tennesee Williams, hoy parece bastante olvidada: El Hipocampo. Fue sin duda una de las primeras en crearse tras la fusión del fondo de Janés Editor con la editorial de quien fuera su buen amigo Germán Plaza (1903-1977).

La colección se estrenó el mismo año de la muerte de Josep Janés (1913-1959) con uno de los autores más característicos de su sello, el entonces aún celebérrimo Lajos Zilahy (1891-1974), de quien se recuperó la novela En el profundo bosque. Janés la había incorporado a su propio catálogo por primera vez como apertura del tercer volumen de novelas de este autor en la colección de Clásicos del Siglo XX, en traducción de Oliver Brachfeld (1908-1967), si bien en los créditos de la edición de El Hipocampo aparece como traducida por J. Romero de Tejada (desconozco si se trata de una nueva traducción, pero lo dudo).

La acompañaba en el lanzamiento de la colección el novelista e ingeniero aeronáutico Nevil Shute (1899-1960) con la novela Pastoral, una historia romántica en la que el escenario es una base aérea y que publicó originalmente Heinemann durante la segunda guerra mundial (en 1944) y que aparecía entonces por primera vez en España. Y muy poco después aparecía Carne mortal (febrero de 1961), de John Lodwick (1916-1959), el escritor inglés de aventuras bélicas que murió en el mismo accidente automovilístico que Josep Janés.

El grueso de la colección se concentró en los primeros años de la década de 1960, y junto a los grandes nombres de la literatura en lengua inglesa ya mencionados se publicó también a autores muy prestigiosos y de grandes ventas en esos años que en muchos casos procedían de los catálogos de Janés: los franceses Maxene van der Meersch (1907-1951) –La máscara de carne (1960) y La huella de dios (1961)–, una buena tanda de obras de Colette (Sionie Gabrielle Colette,1873-1854) –Gigi (y otros relatos) (1962), La ingenua libertina (1963) , La gata (1963), Dúo (1963), La casa de Claudine (1964), Claudine en la escuela (1964), La vagabunda (1965), Claudine se va (1965) y El retiro sentimental (1966)–, Françoise Sagan (1935-2004) –Las maravillosas nubes (1961), La capitulación (1966) y El guardián del corazón (1969)–, así como, más ocasionalmente, escritores italianos (de Italo Svevo con Senilidad a Mario Cartasegna con Un río por frontera, ambos en 1965, o Lisa Morpurgo con La señora está de viaje, en 1968), alemanes (Irmard Keurn con La muchacha de seda artificial, en 1965) o incluso alguna autora serbia (Grozdana Olujić con Una excursión por el cielo, en 1964) y el por entomces famosísimo escritor finlandés Mika Waltari (con Vacaciones en Carnac y Una muchacha llamada Osmi, en 1960), de quien seguía esperándose otro éxito comercial ligeramente parecido al de Sinuhé el egipcio.

Abundan entre las obras publicadas en El Hipocampo las pertenecientes o emparentadas de cerca o de lejos con la novela negra y de espionaje, como es el caso de La evasión (1961), del novelista y guionista cinematográfico corso José Giovanni (Joseph Damiani, 1923-2004) o El gran negocio de Girija (1960), del narrador y asimismo guionista británico Eric Ambler (1909-1998). De hecho, como en general en los catálogos de Plaza & Janés de aquellos años, es muy frecuente advertir también vínculos entre las obras publicadas en El Hipocampo y el mundo de la gran pantalla, así como una buena cantidad de guionistas o autores adaptados. En 1960, por ejemplo, se publicó Siete ladrones, de Max Catto (1907-1992), que ese mismo año se había estrenado en versión cinematográfica dirigida por Henry Hathaway (con Edward G. Robinson y Joan Collins como protagonistas), y al año siguiente se le publicó al mismo autor Tres muchachas de París; sin embargo, Catto debía su mayor fama a Trapecio (The killing Frost), novela de la que Carol Reed había dirigido una película protagonizada por Burt Lancaster, Tony Curtis, Gina Lollobrigida y Katy Jurado, y sus novelas dieron a pie a muchas otras versiones cinematográficas (El diablo a las cuatro, con Spencer Tracy y Frank Sinatra; El aventurero de Kenya, con Robert Mitchum y Carrol Baker; La guerra de Murphy, con Peter O´Toole y Philippe Noiret…).

Estos vínculos o versiones cinematográficas eran a menudo empleados en los paratextos y en el material promocional como reclamo publicitario, y obviamente solía usarse como título del libro el que tuviera la versión cinematográfica española aun a riesgo de ser infiel al de la novela original, pero en cambio en las cubiertas no se incorporaban imágenes originales de las películas sino que, a veces inspirándose en ellas, las ilustraciones se encargaban a uno de los colaboradores habituales de Janés, Joan Palet (1911-1996).

Sin embargo, otro reflejo de esos vínculos con el cine es la mayoritaria presencia en la colección de géneros narrativos que en aquel entonces gozaban de éxito en los cines, como es el caso de las novelas de aventuras. Valga como ejemplo ya del mismo 1960 la novela de aventuras bélicas Sendero de furia (The Mountain Road), del periodista e historiador Theodore H. White (1915-1986). A partir de ella, el escritor inglés Alfred Hayes (1911-1985), conocido sobre todo por el poema «Joe Hill» por haberlo musicado tanto Pete Seeger como Joan Baez y Bruce Springsteen, desarrolló un guión que Daniel Mann convirtió en una película que protagonizó James Stewart.

Caso un poco diferente es el de la novela del escritor francés Henry Castillou (1921-1994) La fiebre llega a El Pao (1960), de la que el año anterior se había estrenado la versión cinematográfica dirigida por Luis Buñuel y protagonizada por Gérard Philipe y María Félix, pues se halla más bien a medio camino entre el drama y la sátira (sin perder el peculiar toque buñuelesco).

En cualquier caso, en este contexto de novelas picantes, policíacas, de misterio o de aventuras hay unos cuantos títulos que resultan particularmente llamativos. Ya también en 1960 aparece Es cosa de reírse, de William Saroyan (1908-1981), en traducción de Antonio Ribera, y unos años más tarde se le publica al mismo autor (uno de los más apreciados y publicados por Janés en sus últimos años de vida) Un día en el atardecer del mundo (1967).

Al año siguiente aparece en El Hipocampo la traducción de Antonio Samons de Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov (1899-1977), que fue la que se leyó durante muchos años (se publicó también en la muy popular colección Reno, también de Plaza & Janés) hasta que ya al filo del siglo XXI Anagrama publicó la llevada a cabo por Javier Calzada.

En 1962 se publica el volumen de relatos de J.D. Salinger (1919-2010) Franny y Zoey, en la traducción de Jesús Pardo (1927-2020). Sin embargo, en la siguiente edición de este título, en la colección Libro Amigo de Bruguera (1979), se encargó una nueva traducción a Pilar Giralt Gorina y, en 1987, al incluirse en El Libro de Bolsillo de Alianza, una tercera a Maribel de Juan. La presencia de Salinger es llamativa sobre todo por su conocido desdén hacia el cine (más allá de que en 1949 Mark Robson dirigiera una adaptación del cuento de Salinger «El tío Wiggly en Connecticut»; o tal vez precisamente por eso), pero también es notable que, en contra de las exigencias contractuales luego proverbiales del siempre excéntrico Salinger, esas ediciones aún presenten ilustraciones de cubierta, pero en cambio, probablemente atendiendo a las exigencias del autor, el título de la obra ya aparezca en ellas en cuerpo mayor que el del autor, como solía exigir por contrato).

De 1964 es la publicación en El Hipocampo de la única novela del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams, La primavera romana de la señora Stone, en traducción de Martín Ezcurdia, de la que en 1961 se había estrenado la versión cinematográfica, dirigida por José Quintero y protagonizada por Vivien Leigh y un por entonces veinteañero Warren Beatty.

Quizá atender al nombre de la colección proporcione algunas claves para interpretar correctamente el propósito y la naturaleza de esta colección (en apariencia desigual y heterogénea), porque durante mucho tiempo se consideró que, en tanto que componente del sistema límbico, el hipocampo tenía un papel principal en la generación de emociones, si bien también se le atribuyeron funciones importantes en la detección de estímulos novedosos. Por si fuera poco, a raíz de un estudio sobre el hipocampo liderado por el ingeniero biomédico Lam Woo (del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Electrónica de la Universidad de Hong Kong), se empezó a describirlo como «el corazón del cerebro». Tal vez el nombre elegido para la colección fue un rotundo acierto.

El impresor Artís i Balaguer en México

A Patricia Pizarroso, agradecido.

Hacía ya unos meses que había acabado la guerra civil española cuando, el 12 de junio de 1939, partía del puerto francés de Paulliac el vapor Ipanema, con destino a México, con unos mil republicanos españoles a bordo, y entre ellos, según consta en la lista de pasajeros, el impresor y editor Avel·lí Artis i Balaguer, de 57 años entonces, acompañado de sus hijos.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Con una amplia experiencia entonces como impresor, fundador y promotor de revistas ilustradas, y como director de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, el ya veterano impresor no tardó mucho en retomar su labor. Radicado inicialmente en Saltillo (en el estado de Cohauila de Zaragoza), donde a su hijo Avel·lí Artís i Gener (1912-2000), ya conocido como Tísner, se le reclamó para dirigir un periódico institucional y a él se le encargó su impresión, así describe Óscar Fernández Pozas su primera residencia en México:

La familia Artís se instalará en una escuela de la calle de Xicoténcatl, 221. El edificio, que estaba destinado para el diario, era una casa deshabitada de tres pisos, que se encontraba al lado del edificio del Gobierno. La rotativa se encontraba en el sótano; en la planta baja encontraban los linotipos, las cajas y las platinas; en el primer y en el segundo piso se encontraban la redacción y la centralita, y en el tercer piso el departamento de dibujo y el archivo. Avel·lí Artís i Balaguer, según su hijo, no debió hacer mucho en aquel primer trabajo mexicano.

No tardó la familia Artís en irse trasladando al distrito federal, donde se encontraba el núcleo de exiliados republicanos catalanes, y en marzo de 1940 ya se encontraban todos allí. En la capital, Avel·lí Artis i Balaguer entra inicialmente como cajista al servicio de una imprenta fundada por la escritora y pionera periodista feminista Emilia Enríquez de Rivera (1881-1963), que hacía ya muchos años que había fundado y dirigía la longeva revista El Hogar (1913-1942). Debió de hacerse evidente enseguida que ese trabajo le venía pequeño a Artís, así que Enríquez de Rivera le propuso montar juntos un taller, A. Artís, Impresor, donde el impresor catalán creó un equipo formado sobre todo con exiliados catalanes. Teresa Férriz identificó entre ellos a los cajistas Miquel Fustagueres, Bartomeu Rosique y Lois el linotipista Joan Margelí, el minervista Joan Falcó, el prensista Marià Martínez Cuenca, los correctores de pruebas Pere Matalonga y más tarde Vicenç Riera Llorca, las encuadernadoras Elvira Tella y Lucrècia Ivan, el administrativo Lluís Branzuela y el jefe de taller Marian Roca y posteriormente José Castillo, muchos de los cuales le acompañaron en sus diversas iniciativas posteriores.

De la pronta incorporación de Artís i Balaguer a la vida asociativa de la colonia catalana en México es indicativo que se pusiera al frente y revitalizara notablemente la Agrupació Catalan d’Art Dramàtic del Orfeó Català de Mèxic –que en 1942 repuso su Hom les prefereix rosses y en 1945 su célebre Seny i amor, amo i senyor– , o que en mayo de 1942 sea uno de los miembros del jurado de los Jocs Florals celebrados en esa edición en México. También en esos mismos años iniciales de su exilio mexicano se ocupa de El Poble Català, publicación periódica portavoz de la Comunitat Catalana de Mèxic, pero sin duda es más importante, al desvincularse de Enriquez de Rivera, la creación en 1943 de la Compañía Impresora y Distribuidora de Ediciones (CIDE), en cuyo seno nacería la Col·lecció Catalònia. Según parece, la colección surge a raíz del ofrecimiento de la familia Pi i Sunyer del manuscrito de La novel·la del besavi para su publicación en México, y cuya composición Artís encargó a otro célebre editor catalán exiliado en ese país, Joan Sales (1912-1983), que por entonces trabajaba en Ediciones Minerva.

Lluís Agustí lo ha explicado del siguiente modo:

En un principio las obras las imprimía Artís i Balaguer en los Talleres de las Edicions Minerva y esta colección aparece en algunas ocasiones como de Ediciones Minerva. Acabará siendo una editorial, primero como Col·lecció Catalònia y más adelante, a partir del número 12, Solitud, de Víctor Català (1946), como Edicions Catalònia.

Rafael Tasis.

De ese mismo año 1946, cuando pasa a convertirse en Edicions Catalònia, Fernández Poza menciona una carta en la que Artís explica a Antoni Rovira i Virgili su intención de poner en pie dos proyectos editoriales para esta reformulación, una serie destinada al libro político (Col·lecció Almirall) y una Col·lecció Verdaguer dedicada a la poesía que piensa estrenar con la antología La collita tardana, que prepara Rafael Tasis (1906-1966).

Pero hay constancia de muchos otros títulos que quedaron sin publicarse, como es el caso del libro de memorias del poeta y ensayista Josep Pijoan (1879-1963), Retalls de vida, del que se habían adelantado fragmentos en la revista Quaderns de l’Exili, pero nunca llegó a publicarse en volumen. También parece que fue el caso de L’obscur deixeble, de Xavier Benguerel (1905-1990), acaso la novela con que el autor había quedado finalista del Premi Crexells en 1937 con el título L’Evangelista, que Benguerel quemó durante su exilio en Chile. También quedaron en proyecto la edición de dos títulos de escritores de Arenys de Mar: un no identificado L’erm ampulós, de Lluís Feran de Pol (1911-1996), y un Antoni Puigblanch. Figura de la Prerenaixensa, un talent sense profit, del historiador Josep Maria Miquel i Vergés, también inédito.

Paralelamente a esta iniciativa puramente cultural y de promoción de la lengua y la cultura catalana –y, de hecho, como principales fuentes para financiarla–, Artís crea la librería CIDE (en Insurgentes, 70) y sobre todo interviene entre 1943 y 1947 en las Ediciones Fronda.

De la mayor trascendencia es también la creación de La Nostra Revista, una de las mejores revistas culturales del exilio catalán en México, en la que su fiel compañero Vicenç Riera Llorca (1903-1991) actuó como secretario de redacción y entre cuyos principales colaboradores se encontraban tanto escritores en el exilio, como Mercè Rodoreda (1908-1983), Ramon Vinyes (1898-1952), Ferran Canyameres (1898-1964) o Josep Ferrater Mora (1912-1991), como en el interior, caso de Joan Fuster (1922-1992) o Miquel Ferrer Sanxis (1899-1990), además de disponer de corresponsalías en Estados Unidos (Jaume Miravitlles), Inglaterra (Fermí Vergés) y Francia (Rafael Tasis). Contó además con una auténtica pléyade de ilustradores, entre los que se encontraban Francesc Domingo (1893-1974), Carles Fontserè (1916-2007), Emili Grau Sala (1911-1975) o Tísner, y su vida se extendió entre enero de 1946 y noviembre de 1954. Entre enero de 1948 y diciembre de 1949 se publicaron en ella entregas de las Memòries d’un català. Ciinquanta anys de vida a Mèxic, de uno de los fundadores del Orfeó, Enric Botey i Puis (1877-1954), que nunca han llegado a reunirse en volumen, así como, entre 1949 y 1950, fragmentos de un Diari de Bonampak, en el que Josep Puig Gurí naraba los descubrimientos de pinturas mayas que llevó a cabo en Chiapas. Poco después del cierre de La Nostra Revista, a partir de enero de 1955, Tísner dio continuidad al proyecto con La Nova Revista (1955-1958).

Recién iniciada sin embargo esa revista, Artís i Balaguer se pone al frente también del Butlletí de la Unió de Periodistes de Catalunya, que aglutinaba a los profesionales catalanes que ejercían en México, y en abril de 1950 llevaba a cabo otra importante iniciativa, al instituir un Premi Catalònia, cuya obra ganadora debía publicarse en las Edicions Catalònia, como fue el caso de en 1953 de Tres, de Rafael Tasis, que sin embargo no se publicó hasta 1963, en México, gracias a la intervención del otro gran editor catalán exiliado, Bartomeu Costa-Amic (1911-2002).

Para entonces, tras haber estado generando, promoviendo, alentando y dirigiendo las más diversas iniciativas destinadas a dar continuidad a la edición y la cultura en lengua catalana, Artís i Balaguer había sido ya enterrado en México, con el siguiente epitafio:

«Avel·lí Artís i Balaguer, escriptor

i mestre impressor, enamorat de Catalunya,

Vilafranca del Penedès, 1881- Ciutat de Mèxic, 1954.»

 

Títulos de la Col·lecció Catalònia y Ediciones Catalònia:

1 August Pi i Sunyer, La novel·la del besavi, 1944 (segunda ed., 1946).

2 Avel·lí Artís i Balaguer, Adrià Gual i la seva época, prólogo de Joan Roura-Parella, 1944.

3 Joan Moles, Mossèn Cinto, 1944.

4 Jaume Ayguader, Miquel Servet, 1945.

5 Avel·lí Artís-Gener, 556. Brigada Miixta, 1945.

6 Lluís Nicolau d’Olwer, El pont de la mar blava, 1945.

7 Jacint Verdaguer, L’Atlàntida, 1945.

8 Vicenç Riera Llorca, Tots tres surten per l’Ozama, 1946.

9 Jaume Roig, El darrer dels Tubaus, 1946.

10 Ferran Soldevila y Pere Bosch Gimpera, Història de Catalunya, 1946.

11 Ramon Vinyes, A la boca dels núvols, 1946

12 Victor Català, Solitud, 1946

13 Domènec Guansé, Retrats literaris, 1947.

14 Antoni Rovira i Virgili, La collita tardana, 1947.

15 Antoni Roira i Virgili, Teatre de la natura, 1947.

16 Francesc Trabal, Temperatura, 1947.

17 Josep Pous i Pagès, De la pau i del combat, 1948.

18 Victor Alba, Els supervivents, 1950.

19 Artur Bladé Desumvila, Benissanet, 1953.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

Teresa Férriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Miquel Martí Soler, L’Orfeó Català de Mèxic (1906´-1986), Barcelona, Curial, 1989.

Charles F. Harris y los «libros que educan, entretienen y empoderan»

#BlackLivesMatter

Si a Charles F, Harris (1934-2015) se le tiene por un pionero en el sector editorial es por el hecho, quizás hasta cierto punto anecdótico, de haber sido el primer editor estadounidense de cierta notoriedad de origen afroamericano. Mientras trabajaba en Doubleday & Co., donde había entrado en 1956, diseñó y creó el sello Zenith Books con el propósito de captar la atención de los jóvenes lectores negros, en un momento en que la presencia de editores no blancos en el sector era casi inexistente por completo. En sus propias palabras, el objetivo era crear un sello «que hiciera libros para las minorías estadounidenses, dirigidos a un público amplio pero que pudieran emplearse como herramientas educativas». Se trataba de libros breves, de unas ciento cincuenta páginas, acompañadas de ilustraciones (también de artistas negros) y que tuvieron una aceptación mucho mayor que la esperada, en un sector de lectores al que las grandes compañías no tomaban en consideración.

Richard F. Harris.

Desde muy joven, Harris había sido ávido lector de prensa escrita, en buena medida debido a la insistencia de su padre (que en su juventud había sido repartidor de periódicos) en que se mantuviera informado de lo que aparecía en los periódicos que también él mismo repartía siendo un muchacho, y, tras licenciarse en la Universidad Estatal de Virginia, había pasado por las fuerzas armadas (de las que salió con el grado de teniente). De esa época data una anécdota que ya lo retrata: En cierta ocasión, entró con todos los hombres a su cargo en un restaurante que practicaba la discriminación racial, y cuando advirtió que estaban sirvierndo a todo el mundo menos a los negros, ordenó que nadie comiera ni se levantara de la mesa hasta que él tuviera un plato delante.

Curiosamente, o tal vez no tanto, quien le contrató como editor senior en la que entonces era una de las mayores editoriales estadounidenses (Doubleday) fue el corajudo editor Leonard Shatzkin (1920-2002), que anteriormente había sido jefe de producción en Viking y que en Doubleday, con una plantilla de cinco mil empleados, tenía que enfrentarse a menudo a los recelos y prejuicios antisemitas por ser uno de los escasísimos empleados de origen judío y el único en un puesto de responsabilidad.

El prometedor arranque de Zenith Books le dio enseguida a Charles Harris cierta notoriedad en el sector, y consiguió libros notables y accesibles a todo tipo de lectores de personajes negros tan diversos como el historiador John Hope Franklin (1915-2009), que se incorporó enseguida al equipo editor, el economista Robert Weaver (1907-1997), justo antes de que se convirtiera en primer secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano en la Administración de B. Lyndon Johnson, el historiador y activista Rayford Logan (1897-1982) o la estrella del fútbol americano, actor y activista Jim Brown (n. 1936). Ya con el libro inicial, Worth Fighting For (1965), de Agnes McCarthy y Lawrence Reddick, que recreaban la participación de combatientes negros en la guerra civil estadounidense (1861-1865), obtuvo Zenith Books un resonante éxito, y años más tarde Kevin Jarre se basaría en este estudio para escribir el guión de la película Tiempos de Gloria (1989), por la que el actor Denzel Washinton obtendría su primer Oscar.

Frederick Douglass.

Años más tarde, ya en los ochenta Charles Harris evocaba en una entrevista en The Times Books Review el tipo de resistencia a la que tenía que enfrentarse un editor como él en aquella época, cuando se le ocurrió proponer la publicación de la obra del escritor y orador Frederick Douglass (1818-1895), que en español recuperó la editorial Capitán Swing ya en el siglo XXI (Vida de un esclavo americano contada por él mismo, 2009) y una de cuyas citas convertidas en eslógan es la famosa «Sin lucha no hay progreso». Durante la mencionada reunión del consejo editorial en que se discutía el asunto, uno de los editores presentes argumentó que su abuela, una reconocida especialista en literatura estadounidense del siglo XIX, jamás había oído hablar de Douglass, ante lo que concluía Harris en su evocación:

Tenías que lidiar con este tipo de mentalidad a todas horas. La cuestión no era siquiera si debíamos o no reimprimir la obra de un escritor negro, sino si tenía algún sentido que una de las principales empresas del país basara su política editorial en lo que figuraba en las estanterías de la biblioteca de alguien.

Así pues, ese mismo año 1965 Harris dejó Doubleday para convertirse en director general de Portal Press, la división educativa de John Willey & Co., pero pese a su inveterado interés por la formación de los jóvenes no duró mucho tiempo en este puesto.

Poco después, en 1967, pasaba a Random House, donde puso en marcha el proyecto que consolidaría su prestigio y cuyo nombre ya era toda una declaración de intenciones, Amistad. Como es bien sabido, ese es el nombre de la goleta española que, durante un viaje con esclavos a bordo, en 1839 fue escenario de un motín de amplísima repercusión como detonante de los movimientos abolicionistas, y que inspiró tanto a escritores como David Pesci como a cineastas tales como Steven Spielberg.

Amistad, que pronto se convirtió en un sello, se concibió inicialmente como una extensa publicación periódica dedicada a los más diversos temas relacionados con la comunidad negra de Estados Unidos, y enseguida captó la atención de importantes círculos académicos a lo largo y ancho de todo el país, pues por primera vez alentaba y divulgaba temas que atañían a los estadounidenses negros tanto entre los estudiantes de instituto como entre los universitarios. Salieron apenas dos números, hoy míticos por la calidad de los colaboradores y sus exitosas carreras posteriores, pero el proyecto se reconvirtió en una colección de libros con el mismo espíritu. Por otra parte, con la extraordinariamente exitosa autobiografía de Muhammad Alí (Classius Clay, 1942-2016) coescrita con el periodista y activista Richard Durham (1917-1984) The Greatest. My Own History (1978), demostraría Harris ser capaz de idear libros tremendamente rentables. En la misma línea cabe situar los libros del tenista e historiador del deporte negro Arthur Ashe (1943-1993), quien en su etapa de mayor esplendor llegó al número 2 del ránking ATP. Aun así, Ashe vio como veintisiete editoriales rechazaban su enciclopédica historia de los atletas negros hasta que se topó con Harris, que la publicó en tres volúmenes con el muy apropiado título A Hard Road to Glory, hoy una obra de referencia en la materia.

Arthur Ashe.

Sin embargo, además de en los deportes, los intereses de Harris se centraban sobre todo en el campo de las humanidades entendidas en un sentido amplio, y fue incorporando al catálogo de Amistad estudios divulgativos pero rigurosos acerca de personajes tan notables como la antropóloga Zora Neale Hurston (1891-1960), el poeta adalid del Renacimiento de Harlem Langston Hugues (1902-1967) o la obra de referencia sobre la Premio Nobel de Literatura de 1993 Toni Morrison. Critical perspectives past and present (1994).

Paralelamente, en 1971 había fundado y dirigía en Washington la pionera Howard University Press, la editorial académica de una de las históricas instituciones de educación superior destinadas a la comunidad negra antes de la proclamación de la Ley de Derechos Civiles de 1964. Allí, además de ser responsable de la publicación de un centenar largo de títulos, encabezó Harris la creación en 1980 del Howard University Book Publishing Institute, un centro destinado a la formación de jóvenes negros como profesionales en el sector editorial.

Entre ese centenar de títulos suele destacarse por ejemplo A poetic equation (1974), que recoge una serie de conversaciones entre dos poetas de generaciones y trayectorias muy diferentes pero con inesperados puntos en común, Margaret Walker (1915-1998), una de las protagonistas principales del Renacimiento Negro de Chicago, y Nikki Giovanni (n. 1943), que por entonces tenía treinta y un años pero era ya una colaboradora habitual del programa televisivo Soul! y había empezado a popularizar su obra mediante la grabación de discos (¿audiolibros?). Semejante influencia tuvo ese mismo año la edición estadounidense de How Europe Underdeveloped Africa, en el que el entonces joven profesor Walter Rodney (1942-1980), natural de la Guayana, analizaba el proceso depredatorio llevado a cabo por el colonialismo europeo en el continente africano. Ya en 1980, tuvo también un enorme impacto la publicación de The Wayward and the Seeking, en el que el entonces ya eminente y prestigioso profesor Darwin T. Turner (1931-1991) antologaba en una edición crítica la obra hasta entonces dispersa del narrador y poeta del Renacimiento de Harlem Jean Toomer (1894-1967).

Al margen de la obra de escritores negros y sobre temas que afectaban directamente a su comunidad, es también muy notable la publicación en la Howard University Press de Aiiieeeee! (1974), una antología de literatura asiática encargada a los profesores Frank Chin, Jeffery Paul Chan, Lawson Fusao Inada y Shawn Wong, todos ellos miembros del Combined Asian American Resources Project (CARP). Al parecer, Harris tenía claro que todas las minorías debían alzar la voz para conseguir que se las oyera, y el caso es que con este volumen consiguió despertar en Estados Unidos un creciente interés por la literatura con raíces asiáticas, y en particular con las vinculadas a la cultura japonesa.

Sin embargo, en 1986 Harris abandonó finalmente este proyecto para reincorporarse a la edición comercial con la fundación, en asociación con Time Warner, de Amistad Press, que fue el primer gran sello editorial dedicado explícitamente a la historia y la cultura negra en Estados Unidos, aunque ello no menoscabara su voluntad de llegar a un público lo más amplio posible.

Llegado a los sesenta y cinco años, cuando parecía que le esperaba una tranquila jubilación, Charles Harris vendió el sello Amistad a HarperCollins, pero no para abandonar la batalla sino para añadir a sus cargos como vicepresidente y director editorial de Amistad el de editor ejecutivo en la división de libro generalista de HarperCollins. La elección de integrarse precisamente en HarperCollins, según contó el propio Harris, respondió a que en su catálogo se contaban ya autores como el abogado Lawrence Otis Grahamm, la activista por los derechos infantiles Marian Wright Edelmann o la ya mencionada antropóloga Zora Neale Hurston, y además la adquisición de los sellos William Morrow y Avon Books había permitido a HarperCollins añadir a estos otros, como el del periodista y empresario Tony Brown, el de la historiadora Paula Giddings o el del exmiembro de la Cámara de Representantes de Ohio Les Brown.

Con todo, cuatro años después Harris abandonó todos sus cargos en Harper Collins para lanzarse aún a una nueva aventura que en su nombre indicaba un cierto regreso a los orígenes, pero cuyos socios, sus hijos Charles y Francis, denotaban la voluntad de seguir mirando hacia delante, Alpha Zenith Media.

El lema de la editorial Amistad hace justicia a la trayectoria y el legado de su fundador: «libros que educan, entretienen y empoderan».

Fuentes:

Página web de la editorial Amistad.

Herb Boyd, «Pioneer black publisher and editor Charles F. Harris passed at 81», New York Amsterdam News, 31 de diciembre de 2015.

Ishmael Reed, «Charles F. Harris. He popularized Black History», CounterPunch, 20 de febrero de 2018.

Calvin Reid, «Obituary. Charles F. Harris», Publishers Weekly, 22 de diciembre de 2015.

Al Silverman, The Time of Their Lives: The Golden Age of Great American Book. Publishers, Their Editors and Authors, Nueva York, Open Road Media, 2016.

Bruce Weber, «Charles F. Harris, 81, dies; Led Effort to Publish Work By Black Writers», New York Times, 22 de diciembre de 2015.

Avel·lí Artís i Balaguer y su colección literaria popular

En su completísima tesis sobre Avel·lí Artís i Balaguer, Óscar Fernández Pozas reproduce un pasaje de De l’exili a Mèxic, de Artur Bladé i Desumvila  (1907-1995), que pone de manifiesto hasta qué punto era un impresor y editor escrupuloso el fundador de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, referido además a lo que sin duda era un problema morrocotudo (en particular en México), que podría traducirse del siguiente modo:

 En cierta ocasión tuvo que imprimir un libro en una imprenta mediocre, la mejor que pudo encontrar, que ya tenía todas las especialidades, salvo una, la l·l. Este dígrafo, o mejor la ausencia de este dígrafo, fue motivo de constantes tropiezos, de la primera a la última página. Y eso que él mismo le había explicado previamente al linotipista la manera de hacerlo como es debido. Sólo era cuestión de tener cuidado al escribir primero la l, luego el punto sobrealzado, y a continuación la otra l. Aun así, el dígrafo salía siempre en mala postura, en ocasiones caída (l.l), en otras con un apóstrofo impertinente (l’l), e incluso en otros casos como l-l. […] Fue combate ceñudo y duro, que duró meses, entre la dejadez, combinada con mala fe, y la tenacidad perseverante. Avel·lí Artís nunca permitió una ele geminada incorrecta.

Avel·lí Artís i Balaguer.

De la escrupulosidad de Artís i Balaguer en estos menesteres abundan los testimonios, y Rafael Tasis, por ejemplo, menciona «el amor profundo» que siempre tuvo por «el oficio en el que había empezado la lucha por la vida, y se explayaba en las maquetas y la composición y compaginación de los libros y las revistas que editaba o confeccionaba», así como que «no solo era uno de los cajistas con más arte de Barcelona, sino también un corrector exigente».

Cuando en 1929 empezaron a publicarse los primeros volúmenes de La Col·lecció Les Ales Esteses, tenía ya una experiencia amplia y diversa, con revistas como El Teatre Català, La Mainada o Un enemic del poble, así como los volúmenes de la Biblioteca de La Mainada, y seguramente ello le sirvió en el diseño, tanto editorial como gráfico, e incluso en sus modalidades de distribución, de este nuevo proyecto. Vistos en perspectiva los veinte títulos que llegaron a publicarse (véase Anexo), es evidente la ambición de lograr mostrar una panorámica de la literatura catalana desde el siglo xx hasta el momento “actual”, salpicados además de algunos nombres notables de la literatura universal, Alfred de Musset (1810-1857), Jean Jacques Bernard (1888-1972) y Adelbert von Chamisso (1781-1838), concediendo además espacio a los géneros más diversos, desde la poesía, el cuento y el teatro, hasta el ensayo.

La intención era publicar cada quince días un volumen de menos de cien páginas a un precio que estuviera por debajo de la peseta (en general, alrededor de ochenta céntimos), lo que condiciona la forma de los volúmenes, y ofrecer a los lectores habituales la posibilidad de recibir a domicilio cada uno de los volúmenes, de modo que les salían incluso notablemente más baratos (la suscripción anual era de veinte pesetas). Como es fácil suponer, y queda constancia en el epistolario reproducido por Maria-Mercè Miró i Vilà, los autores no recibían ningún pago por la publicación de su obra, más allá del número de ejemplares que desearan.

X. Benguerel.

A ello se añade la voluntad de incorporar al catálogo a los jóvenes escritores que estaban empezando a pugnar por establecerse en el ámbito de la novela en catalán, y a ello responde el generoso premio Les Ales Esteses (mil pesetas para el ganador) que instituyó ya en el año de su nacimiento, y que tuvo el acierto además de galardonar en su primera edición al debutante Xavier Benguerel (1905-1990) por sus Pàgines d’un adolescent. Además también al finalista, el muy enigmático Joan Crespí i Martí, se le publicó, póstumamente, la irónica novela de aventuras La ciutat de la por, que periódicamente ha sido recuperada (en 1987 por Pòrtic y en 2016 por Males Herbes) y ha ganado siempre su pequeño círculo de adeptos. No podrá negarse, pues, la productividad de las apuestas de Les Ales Esteses por los nuevos autores.
Encuadernados, lógicamente, en rústica, se trataba de unos volúmenes muy cercanos ya al concepto del libro de bolsillo, con un formato de 10,5 x 14 cm, que raramente se acerca siquiera al centenar de páginas. Un caso particular, en este aspecto, es el de Julita, culmen de la novela romántica catalana, pues la idea inicial de Artís i Balaguer era publicar del mismo autor La reyneta del Cadí, debido precisamente a su menor extensión, pero Martí Genís i Aguilar lo convence para que cambie su elección inicial, y aprueba sin mayor discusión la labor de adaptación a las normas ortográficas fabrianas del texto que lleva a cabo el editor. Y no solo eso, sino que, para evitarse problemas, Artís suprime, con la aprobación del escritor, lo que define como un «canto a sentimientos que no alberga el corazón de nuestro pueblo [que] podía perjudicarnos a todos» y que se refiere a un episodio de la guerra en el norte de África que Artís interpreta como de cierto tono militarista. El dedicado a Genís i Aguilar fue el único volumen que alcanzó las doscientas páginas, y también fue bastante superior al habitual su precio, 1,50 pesetas.

Un volumen un poco desconcertante, no numerado (al parecer de 1929), es Cançons valencianes, de Miquel Duran de València, cuyas 70 páginas se pusieron a la venta encuadernada en cartoné a 1,50 pesetas pero fuera de la colección por motivos no muy fáciles de dilucidar. Es posible que fuera anterior a la concepción de la Col·lecció Popular Les Ales Esteses, porque de otro modo no se explicaría fácilmente esta singularidad.

J. Janés i Olivé.

La concepción general de esta colección hará pensar fácilmente a los conocedores de la obra editorial de Josep Janés (1913-1959) en la colección no nata que en marzo de 1934 anunció en el Diario Mercantil como La Setmana Literària –y que más tarde se conseguiría materializar como Quaderns Literaris–, tanto por la concepción general ecléctica en la selección de títulos como por la vocación de acercar la literatura a las clases populares. En este sentido es inevitable evocar un pasaje de la obra de Jacqueline Hurtley Josep Janés. El combat per la cultura, que traducido vendría a ser algo así como:

[Janés] había conocido [a Avel·lí Artís Gener] a través de su padre [Avel·lí Artís i Balaguer], propietario de la librería Renaixença. Avel·lí Arrtís i Balaguer llevaba la librería y papeleria, y a la vez dirigía la biblioteca literaria Col·lecció Popular de les Ales Esteses, de periodicidad quincenal. Aproximadamente en el año 1929, Artís i Balaguer le hablaba a su hijo de «un cliente insólito con pinta de curita», que compraba muchos libros y solía pagar en sellos.

Más notable es la insistencia de Janés en la conveniencia de reeditar en Les Ales Esteses la compilación de cuentos de Agustí Esclasans (1865-1967) Històries de la carn i de la sang, que apareció como número 11 y que tiene también una historia editorial singular. La primera selección de los treinta cuentos que componían originalmente este título la recibió la editorial de Sabadell La Mirada ya en 1928, pero su director, Francesc Trabal (1899-1957) aceptó publicarlo sólo si se reducían a veinte, y se publicaron con la siguiente justificación de tirada (que traduzco):

4 ejemplares en papel Japón Imperial marcados a, b, c y d, no venales; 4 ejemplares en papel Holanda numerados I, II, III,y IV, no venales; 48 ejemplares en papel de hilo Guarro, 18 de los cuales marcados de 1 a 18, firmados por el autor y con el nombre de los bibliófilos de La Mirada a los cuales han sido especialmente dedicados, y los 30 restantes, numerados de 19 a 48, puestos a la venta; y 444 en papel especial L.M., sin numerar.

Al año siguiente Històries de la carn i de la sang se incluía en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses, una edición destinada a un público más amplio, y Janés no solo la incluyó, durante la guerra civil española, como 152 en sus Quaderns Literaris (que habían adoptado el nombre Biblioteca de la Rosa dels Vents), sino que además proyectó una frustrada edición en gran lujo que Xavier Nogués (1873-1940) se había comprometido a ilustrar y ya en la posguerra publicó su traducción al español en la editorial Lauro en 1946 (que luego se reimprimió en 1960 en la colección Novelas y Cuentos de Revista Literaria). Por si no bastaba con ello, Janés recopiló los cuentos que Esclasans había descartado para la edición de La Mirada y los publicó con el título Miquel Àngel y altres proses, que Emili Grau Sala (1911-1975) embelleció con frontispicios a pluma a dos tintas. Ya más recientemente, en 2019, la editorial Males Herbes publicó las Històries de la carn i de la sang, con una imagen que homenajea la de Les Ales Esteses.

Logo de Les Ales Esteses.

Anexo. Obras publicadas en la Col·lecció Popular de Les Ales Esteses

1 Victor Català, Marines.

2 Alexandre Plana, A l’ombra de Santa Maria del Mar.

3 Apel·les Mestres, Tots els contes. Primera serie.                

4 Josep Mª de Sagarra, Cançons de rem i de vela.

5 Alfred de Musset, «Mimí Pinson», seguit de «Frederic i Bernadeta» i «El fill de Tizià», traducción de Melcior Font.

6 Prudenci Bertrana, Josafat.

7 Martí Genís i Aguilar, Julita.

8 Jean Jacques Bernard, El foc que es revifa malament, traducción de Josep Pous i Pagès.

9 Carles Soldevila, Una nit a Bonrepòs.

10 Josep Mª de Segarra, La filla del Carmesí.

11 Agustí Esclasans, Històries de la carn i de la sang.

12 Apel·les Mestres, Tots els contes. Segona serie. Nits de Llegenda.

13 Josep Lleonart, Rondant de nit.

14 Narcís Oller, La bogeria.

15 Josep Berga i Boix, L’estudiant de La Garrotxa.

16 Joan Crespí i Martí, La ciutat de la por.

17 Adelbert de Chamisso, La meravellosa historia de Pere Schèmil, traducción de Gustau Llobet.

18 Josep Sebastià-Pons, Amor de pardal. El singlar.

19 Xavier Benguerel, Pàgines d’un adolescent.

20 Enric Prat de la Riba, La nacionalitat catalana.

Fuentes:

Sílvia Caballeria i Ferrer, «La Col.lecció Popular Les Ales Esteses (1929-1931) d’Avel.lí Artís i Balaguer», Revista de Catalunya, núm. 165 (2001), pp. 79- 90.

Jordi Chumillas i Coromina, «Semblanza de Col·lecció popular Les Ales Esteses (1929-1930)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Agustí Esclasans, La meva vida (1920-1945), Barcelona, Selecta (Biblioteca Selecta 222), 1957.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Maria Mercè Miró i Vilà, «Julita i l’edició de Les Ales Esteses (Correspondència Marí Genís i Aguilar-Avel·lí Artís i Balaguer)», Ausa, vol. XV, num. 132-133 (1994), pp. 27-40.

 

El impresor-editor Artís i Balaguer, antes de extender las alas y alzar el vuelo

El prestigio que llegó a adquirir Avel·lí Artís i Balaguer como impresor es perfectamente comparable al éxito del que durante unos años gozó como dramaturgo, gracias en particular a obras como Comèdia d’amor i de guerra (1921), Les noies enamorades (1924) y sobre todo Seny i amor, amo i senyor (1925), y que empezó a forjarse desde muy joven.

Según consigna Óscar Fernández Poza en la tesis que le dedicó, rondaría Artís i Balaguer los trece años cuando empezó a trabajar como aprendiz de cajista en una imprenta llamada Vidal Germans, ubicada en el número 12 de la Ronda de Sant Pere, que se dedicaba a pequeños trabajos para comercios e industrias, pero sin duda consolidó sus conocimientos con rapidez, al tiempo que hacía sus primeros escarceos como dramaturgo.

En 1904 crea junto a su hermano Manuel el semanario humorístico ilustrado Palla Nova, primer ejemplo de otra veta importante de Artís i Balaguer, la de fundador de iniciativas editoriales. De las posibles vicisitudes de esta efímera revista quizá sean indicativos algunos datos: El primer número, fechado el 1 de agosto, lo imprimió Francisco Badia, y aparece en color verde y en formato de octavo. Sin embargo, a partir del número 3 figura como impresor F. Baixeres y desde el número 6 en adelante se publica en papel color crema. En el octavo y último (con fecha del 28 de septiembre), que es el único en formato de cuarto, figura como impresor J. Ortega. No parace, pues, una trayectoria muy plácida, pese a su brevedad.

Muy poco posterior es Ep!, una publicación del mismo cariz e igualmente de corta vida (ocho números en 1906), a la que siguen entre octubre y diciembre de ese mismo año los diez números de Marramau…, que inicialmente se imprimen en Porcar (carretera Real, 11) y luego en la Imprenta de Monsonís, en el carrer de Ponent, 2, que es la misma dirección de la redacción de la revista. Ese mismo año, Artís i Balaguer se convierte en corrector de pruebas en la redacción de El Poble Català, que ese mismo año había pasado a dirigir Francesc Rodon y lo había convertido en diario y poco después pasaría a ser el órgano oficial del Centra Nacionalista Republicà de Jaume Carner i Romeu (1867-1934), así como en colaborador habitual de ese periódico.

El cambio de década viene marcado por su dedicación a la literatura dramática y a los estrenos teatrales, pero ello no le impide, a principios de 1912, ocuparse de la impresión de la revista humorística ilustrada de vida efímera Picarol, dirigida por el pintor Josep Aragay (1889-1973) y el ilustrador y grabador Xavier Nogués (1873-1941) y entre cuyos colaboradores se contaban el filósofo Francesc Pujols (1882-1962), pero más importante es sin duda la creación a finales de febrero de ese mismo año de la revista de referencia en su materia El Teatre Català (1912-1917).

Margarida Xirgu, en la portada del número del 4 de abril de 1912.

En la fundación de El Teatre Català, que pretendía tomar al pulso a la escena catalana mediante textos y fotografías, acompañaban a Artís i Balaguer el crítico teatral Francesc Curet (1886-1972), que se convirtió en su director, el editor de literatura sicalíptica y escritor anarquista Joan Sanxo Ferrerons (1887-1957) y el escritor y profesor de teatro Ambrosi Carrión (1888-1973), y entre sus colaboradores contó con firmas de la categoría y popularidad de Ángel Guimerà (1845-1924), Apel·les Mestres (1854-1936), Adrià Gual (1872-1943), Josep Pous i Pagès (1873-1952), Rafael Marquina (1887-1960), Alexandre Plana (1889-1940), Lluis Capdevila (1893-1980)…

En una nota al segundo número de esta revista, correspondiente al 7 de marzo de 1912, se publica una nota indicativa del esmero y escrupulosidad de Artís i Balaguer en sus labores de imprenta, y de la importancia que a ellas otorgaban en la revista:

El mucho trabajo que, por suerte para él, tiene Artís en su imprenta fue el motivo de que no pudiera ocuparse más que de componer el primer número de El Teatre Català y que tuviera que darlo a tirar fuera de casa. Esto fue motivo de que nuestro número anterior no quedara tan bien como nosotros esperábamos y Artís deseaba. Pero todo se arreglará poco a poco y, confiando en ello, los lectores sabrán disculparnos.

Avel·lí Artís i Balaguer.

Ese mismo año, en octubre, aun se ocupa Artís de la composición e impresión de otra revista interesante por su importancia histórica y por la complejidad que tenía en el aspecto gráfico, el Correo de las Artes & de las Letras, creación del poeta vanguardista Josep M. Junoy (1887-1955), en cuyo primer número aparecía, por ejemplo, una defensa del cubismo a cargo de Guillaume Apollinaire (1880-1918). También la presencia de esta revista en el panorama editorial catalán fue fugaz, apenas tres números, pero en ella pueden leerse textos del pintor y crítico Miquel Utrillo (1862-1934), del poeta Vicent Solé de Sojo (1891-1963), del empresario y crítico teatral René Blum (1878-1942), del crítico de arte y adalid del cubismo Maurice Raynal (1884-1954) o del ya mencionado Adrià Gual, junto a ilustraciones de Emili Casanovas (1929-2019) y Joaquim Sunyer (1874-1956). La sede de la redacción era la de la propia imprenta, Balmes, 54.

Que en aquellos años se encargara a Artís i Balaguer la composición e impresión de revistas de arte profusamente ilustradas como la Ars. Ilustración artística y literaria (1911-1912) o Vell i Nou (1915), así como los últimos números de la también muy ilustrada Iberia (1915-1919) de Claudi Ametlla (1883-1968) permiten presuponer que contaba ya con un prestigio entre quienes se embarcaban en proyectos semejantes, en los que además se estaba otorgando cada vez mayor relieve al diseño y la composición.

Sin embargo, quizá tenga mayor importancia histórica que, unos años más tarde, fuera el impresor de Un enemic del poble, la «fulla de subversió espiritual» del poeta Joan Salvat Papasseit (1894-1924), en cuyo primer número le acompañaban las firmas del pintor y escritor anarquista Josep M. de Sucre (1886-1969), el psiquiatra, filósofo y escritor Diego Ruiz (1881-1959), el pintor y teórico uruguayo-catalán Joaquim Torres García (1874-1949) y el librero y escritor izquierdoso Emili Eroles (1895-1983), autor luego de unas fascinantes Memòries d’un llibre vell. Cent anys de la vida d’un llibre (publicado por Pòrtic en 1971 y no reeditado). En los números siguientes alternarían los nombres del anarquista Ángel Samblancat (1885-1963), el dramaturgo Jaume Brossa (¿1869?-1919) y el ensayista y traductor Josep Farran i Mayoral (1883-1955) con los de los poetas Josep M. López Picó (1886-1959) y Joaquim Folguera (1893-1919), entre otros, así como con ilustraciones de Francesc Elías (1892-1991), Celso Lagar (1891-196) o Torres-Garcia. Inicialmente, la composición a tres columnas, con letra muy legible y con márgenes generosos, era en este caso particularmente dinámica, con cursivas que daban variedad a su aspecto general y acaso la única dificultad que presentaba era reproducir fielmente las ilustraciones, pero en números sucesivos la composición fue haciéndose más dúctil para acomodarse a la creatividad poética de Salvat Papasseit, y Artís i Balaguer supo corresponder a ella.

Pese a las muchas y muy diversas cabeceras de cuya impresión se ocuparon los talleres de Artís en esos mismos años –Butlletí de L’Aditorium (1913), Joventut téxtil (1914), Catalunya lliberal (1917), Gaseta Catalana d’Art Dramàtic (1917), o los últimos números del muy combativo semanario radical La Tralla (1922)–, es incuestionable que el siguiente gran hito en la carrera de Artís i Balaguer fue la remodelación gráfica de la revista humorística L’Estevet (en la que participaban figuras de primer orden como Gaietà Cornet, Feliu Elias y Junceda) y sobre todo la creación de la revista infantil La Mainada, cuyo éxito se prolongó desde su inicial número (del 10 de junio de 1921) hasta que, por orden gubernativa, fue clausurada en noviembre de 1923 (en el contexto de la persecución de publicaciones en catalán de la dictadura de Primo de Rivera). El éxito se explica bien por la variedad de secciones, con páginas con letra mayor para los más pequeños, por ejemplo, y por la auténtica pléyade de dibujantes y escritores jóvenes que reúne de Clementina Arderiu (1889-1976), Joan D’Ivori (Joan Vila [1890-1947]), Lola Anglada (1892-1984) y Josep Obiols (1894-1967) a los ya mencionados Apel·les Mestres, Elías o Junceda.

Entre sus peculiaridades más interesantes se cuenta la publicación en modo de folletín de algunas obras que luego se reunían en volumen, como es el caso por ejemplo del muy célebre Capcigrany, de Blai Einer (Francesc Maspons [1872-196]), El penjoll d’or y En Jan Petit, ambos firmados por Montserrat Puigmal (muy probablemente un seudónimo), en las colecciones Contes de La Mainada y Biblioteca de La Mainada, porque suponen el estreno de Artís como editor de libros, pero también la aparición entre sus colaboradores de Joan Salvat Papaseit, que publica por entregas las anécdotas o narraciones minimas que conforman «Els nens de la meva escala», sobre cuya publicación posterior en volumen vale mucho la pena leer el texto que se le dedicó en Piscolabis & Librorum.

Una vez cerrada esta exitosa revista infantil y juvenil, Artís i Balaguer se estrena como librero con la inauguración en el número 423 de la Gran Via (esquina Entença) de la Llibreria Renaixença, un nombre que era toda una declaración de intenciones en plena dictadura primorriverista, y poco después, hacia 1924, entra como colaborador en la exquisita revista de Antoni López Llausàs (1888-1979) D’Ací i d’Allà que dirigía Carles Soldevila (1892-1967), pero será en el mismo ámbito de su librería de donde surgirá su gran hallazgo editorial de preguerra, la colección Les Ales Esteses (1929-1930), que durante muchos años actuó como ejemplo de colección literaria a precios populares.

Fuentes:

Óscar Fernández Poza, Avel·lí Artís i Balaguer (1881-1954), comediógrafo e impresor-editor. Entre la plenitud del cambio de siglos y el exilio, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2016.

Teresa Fèrriz Roure, La edición catalana en México, Jalisco, Colegio de Jalisco, 1998.

Rafael Tasis, «Avel·lí Artís, home de teatre, periodista, editor i catalanista», Pont Blau, núm. 27 (enero de 1955), pp. 6-7; recogido en Lecturas de postguerra, edición de Montserrat Bacardí y Francesc Foguet, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or 491), 2016.

De la librería Villalar a la colección Hoy es Siempre Todavía

«Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.»

Antonio Machado

El ambiente teatral español inmediatamente posterior a la muerte del dictador experimentó una notable ebullición que parecía anticipar una etapa esplendor y de extensión de una dramaturgia más innovadora a las clases populares y en la que, en cualquier caso, desempeñaron un papel importante una miríada de colecciones editoriales dedicadas al teatro, algunas de las cuales de vida efímera.

Antonio Machado y la periodista Rosario del Olmo (a menudo eliminada de la foto).

En Valladolid se había abierto aún en dictadura, en 1972, una librería cuyo nombre era algo más que un guiño, en particular en una época en que los lectores avisados –sin duda por efecto de la censura–estaban muy habituados a leer entre líneas y a interpretar más allá de la literalidad: Librería Villalar. Como es bien sabido, en la batalla de Villalar, en el contexto de la Guerra de las Comunidades de Castilla, los comuneros se enfrentaron el 23 de abril de 1521 a las tropas afectas al rey Carlos I, y como consecuencia de la derrota el día siguiente fueron brutalmente decapitados los principales líderes revolucionarios, Juan de Padilla (1490-1521), Juan Bravo (1483-1521) y el capitán Francisco Maldonado (1480-1521). Por si el solo nombre no bastara, el mismo año en que se abrió la librería se presentó en ella el volumen Los Comuneros, del poeta Luis López Álvarez (n. 1930), que ese mismo año acababa de publicar Edicusa (la editorial de Cuadernos Para el Diálogo). Pocos años más tarde, y gracias sobre todo a la adaptación musical que el grupo de folk Nueve Mester de Juglaría hizo del poema «Canto de Esperanza», estos versos de López Álvarez se convirtieron en poco menos que el himno nacional castellano-leonés.

La cuestión del nombre, que también adoptó la empresa surgida de la librería, no pasó desapercibida al filósofo comunista Manuel Sacristán (1925-1985), quien en respuesta a una carta en la que la editorial le solicita un prólogo, escribe en septiembre de 1978:

Me interesa mucho su programa de publicaciones, y hasta el nombre de su editorial (en esta época de nacionalismo frenético los castellanos de la diáspora estamos un poco incómodos). Le ruego que, si tiene tiempo para ello, me mande información de lo que editan.

La librería Villalar venía entonces a sumarse más o menos explícitamente a una serie de librerías opositoras al régimen franquista de su entorno, como era el caso de Granado en Burgos, la Antonio Machado en Segovia o la soriana Librería SAS, que ampliaban sus actividades, a menudo contrarias a los intereses de las autoridades, mucho más allá de los habituales del comercio librero.

La iniciativa de crear esta librería había surgido de del grupo que formaron Isabel Gijón (de la Asociación Democrática de Amas de Casa), Carmen Delgado y Ana Carbajo (ambas de Izquierda Democrática), que se toparon inicialmente con la oposición del Arzobispado, pero que finalmente lograron encontrar un local adecuado en la plaza de la Universidad, de unas dimensiones suficientes como para, además de distribuir libros publicados en el extranjero (como era su intención principal), poder organizar encuentros y actividades con sus lectores ideológicamente más afines.

Cinco años después de creada la librería, ya durante la llamada transición a la democracia, Villalar se estrenaba como colección editorial con algunos títulos de signo inequívoco, como La Revolución rusa de 1917, del historiador y antiguo miembro de la Resistencia francesa Marc Ferro (n. 1924), o Socialismo: el derecho del hombre a la felicidad, del miembro de la SFIO (Section Française de la Internationale Ouvrière) Daniel Mayer (1909-1996), ambos en traducción a cargo de Manuel Olasagasti.

Sin embargo, no menos interés tenía el título con que se estrenó la colección Villalar, El niño, el teatro y la escuela, un volumen dirigido por la pedagoga Lazarine Bergeret y prologado por el escritor y periodista Robert Mallet (1915-2002) que contenía colaboraciones de las también pedagogas francesas Josette Voluzan e Yvette Jenger-Dufayet, así como de la actriz Catherine Dasté, y en este caso traducido por Isabela Aranzadi.

Si este fue el primer indicio del interés de Villalar por divulgar temas relacionados con el teatro, mayor presencia tuvieron estos en una colección también significativamente llamada, a partir de la cita de Machado, Hoy es Siempre Todavía, que se abrió con una elección un poco asombrosa, Estética política, una recopilación de conferencias y ensayos del filósofo alemán Friedrich Tomberg (n. 1932), en traducción de Carmen Hierro. Sin embargo, con la segunda entrega de la colección publicada ese mismo año empezaba a quedar un poco más clara la preferencia de la colección por los temas relacionados con la escena del momento: el Nuevo teatro español: Una alternativa social, del dramaturgo y director escénico Alberto Miralles (1940-2004), que venía a completar y actualizar su anterior Nuevos rumbos del teatro (1974). Por aquel entonces, Miralles había consolidado su reputación como docente en el Institut del Teatre barcelonés y acababa de consagrarse con la obtención del Premio de la Real Academia de la Lengua por CátaroColón, y en esta obra publicada por Villalar analizaba Miralles lo que se ha conocido también como teatro «underground», «vanguardista» o «del silencio» surgido a finales de los años sesenta, y del que el propio Miralles era uno de los principales representantes.

El profesor Mariano de Paco ha sintetizado y contextualizado bien la importancia de la crítica y el ensayismo sumamente combativos que por aquellos años caracterizaba los texos que estaba dando a conocer Miralles, tanto en prensa como en forma de libros:

En esos momentos se alimentaba una ilusión de grandes logros que resultó incumplida. La promesa de democracia que se imaginaba durante la transición despertó muchas esperanzas en el teatro español, atenazado por la dictadura; pero la confianza no tardó en nublarse ante lo que numerosas voces reclamaron el cambio que se les había sustraído y lo que en justicia consideraban suyo. Alberto Mitalles denunció, con el mismo vigor con que se había enfrentado a la dictadura, la situación de la política teatral de estos años de la transición señalando, entre otros aspectos, la oposición de los autores con cierta crítica empeñada en certificar la «la defunción de todo el teatro antifranquista».

Alberto Miralles.

Según el catálogo de la Biblioteca Nacional, siguió a este libro El hombre con dos memorias, del biólogo marxista y excombatiente en la guerra civil española J.B.S. Haldane (1892-1964), si bien todo parece indicar que más tarde se publicó también en otra colección de Villalar, Samburiel. La traducción la firma en este caso Rafael Lassaletta.

Al frente de la editorial Villalar se encontraba Rafael García González, que fue quien el 17 de noviembre de 1981 se responsabilizaría de disolver y liquidar la empresa en una junta general y universal de accionistas, y al parecer contó con algún tipo de colaboración de José Luis Díez Hoces, así como con el trabajo en preimpresión de Carmen Guisado Blázquez, pero no abundan los datos sobre el modo de funcionar y la organización de la librería o la editorial, por lo que se desconoce el nombre de muchos de los colaboradores.

Aun así, el peso que toma Alberto Miralles en la colección se pone de manifiesto cuando al año siguiente prologa y anota el volumen 4 de Hoy es Siempre Todavía, de nuevo traducido por Carmen Hierro, que está destinado al célebre e influyente estudio Spanish Underground Drama/Teatro Español Underground, del crítico y teórico estadounidense George E. Wellwarth, a quien en la edición española de 1973 de su Teatro de protesta y paradoja, en Lumen, la censura ya le había mutilado de cuajo el capítulo dedicado al teatro español.

Lo que parece ser el quinto y último volumen de la colección es, también en 1978, el airado e impactante Lo imposible, Historia de ratas seguido de Dianus y de La Oresteida, del antropólogo y escritor francés Georges Bataille (1897-1962), que se publicó en la traducción de Rafael Lassaletta.

Del mismo modo que la librería, también estas ediciones sobre el teatro español del momento se insertaban en un cierto ambiente de auge del libro de análisis de cuestiones relacionadas con la escena española del momento, del que son ejemplos algunas recopilaciones importantes de ensayos breves publicados originalmente en revistas como Pipirijaina. Yorick, Estudis Escènics o Primer Acto, así como los por razones diversas notables volúmenes Comentarios impertinentes sobre el teatro español (1972), de José María Rodríguez Méndez; Teatro, realismo y cultura de masas (1974), de Juan Antonio Hormigón; Diálogos del teatro español de postguerra (1974), de Amando Carlos Isasi Angulo; El teatro de los años sesenta (1974), de Ricard Salvat; Introducción al lenguaje teatral (1975), de Xavier Fábregas; El teatro español hoy (1975), de Luciano García Lorenzo;  El teatro español en el banquillo (1976), de Miguel A. Medina;  Temas y tendencias del teatro actual (1977), de Ignacio Elizalde; el colectivo Teatro español actual (1977)… Una vitalidad en lo referente a la publicación de libros sobre teatro que, en cuanto decayó, no parece que haya vuelto a recuperarse jamás.

Con todo, es escasa la información fácilmente accesible acerca tanto de la librería como de la editorial Villalar, así que habrá que seguir escarbando o esperando la publicación de testimonios de sus colaboradores.

Fuentes:

Anónimo, «La transmisión de la memoria histórica», El Norte de Castilla, 20 de noviembre de 2017.

Mariano de Paco, «El teatro español en los años de la transición», Las Puertas del Drama, núm 51 (2018).

Manuel Sacristán, «Sobre la cuestión nacional», Rebelión, 3 de diciembre de 2010.

Álvaro Arauz y la edición de teatro en México

Del polifacético Álvaro Arauz (1911-1970) suelen destacarse sus facetas como dramaturgo, crítico y director de teatro, o incluso las de traductor de literatura francesa y periodista cultural, pero también es difícil exagerar la importancia que tuvo como difusor y promotor del arte teatral en México a través de la edición de libros.

Se dio a conocer como poeta en el círculo de la revista Isla con 33 canciones (1929) y más tarde con la publicación en la editorial Plutarco de Voz y cuerda (1935), a la que seguiría ya durante la guerra civil española Madrugada de cal, publicada por la barcelonesa Catalonia en 1938. Sin embargo, en los años treinta quizás Arauz despertó mayor atención debido a la preparación de una obra coordinada por el director de la revista Isla, Pedro Pérez Clotet, titulada Antología parcial de poetas andaluces. 1920-1930 (publicada en la colección de la mencionada revista gaditana y de la que se tiraron quinientos ejemplares), pues en algunos casos se interpretó como una reivindicación del origen andaluz de buena parte de los poetas de la generación del 27 y de los que se movían en sus aledaños.

Quizá menos conocidas sean sus primeras incursiones en el ámbito de la traducción ya durante los primeros años de los años treinta, concretamente en una serie titulada Documentos de la nueva Rusia, publicada con el sello de Imprenta y Editorial Castro. Ya al principio de esa década, la Castro, ubicada en Carabanchel Bajo, había pasado de publicar literatura sentimental, folletinesca y de aventuras (que incluso servía a domicilio y por suscripción y ofreciendo la opción de encuadernar los volúmenes), a difundir a precios muy reducidos a los pujantes autores de lo que se dio en llamar literatura social, como por ejemplo Joaquín Arderíus (1885-1969), Fermín Galán (1900-1930), Alicio Garcitoral (1902-2003) o Hildegart (1914-1933). Ya en los años treinta aparece Arauz acreditado como autor de algunas traducciones, como es el caso de Cinco aspectos de la nueva mujer (Imprenta y Editorial Castro, 1933), El seguro obrero y los despidos en la URSS, de Désider Bokanyi, A. Isaev y E, Zetcuskaya (publicado en esa misma edición en Chile por la editorial Ercilla) y Un mes con los niños rusos, de Célestin Freinet (1896-1966).

El resultado de la guerra le llevó originalmente a Francia y posteriormente, en 1942, a México, donde desarrolló el grueso de su intensa labor creativa. Del año siguiente son ya La guerra al día, publicada por la Sociedad Mexicana de Publicaciones, y título también de un programa diario que conducía Arauz en la cadena Radio Nacional en el que comentaba la situación bélica en Europa. Aún de 1943 es el breve Sobre El Greco, Goya y Picasso, en Tenochtitlán, editorial para la que luego traduciría Juana de Arco en la hoguera (1945), de Paul Claudel (1868-1955).

Un tiempo después, en 1948, aparecen tres traducciones firmadas por Arauz en las que es posible que pueda identificarse el origen de su labor como editor de textos teatrales: A puerta cerrada y La prostituta respetuosa, de Jean Paul Sartre (1905-1980), y ya al año siguiente Entre camaradas, de Colette, englobadas todas ellas en una Colección de Teatro Francés Contemporáneo, con «Taller de El Libro Perfecto» por todo pie editorial. Teniendo en cuenta que con ese mismo pie se publicaron libros muy heterogéneos y muy espaciada e irregularmente –el poemario en prosa El mayab resplandeciente (1940), de José Díaz Bolio (1906-1998); las Actas del Primer Congreso Antifascista en México (1942); el Código Militar de la República de Guatemala (1951); Espérame en Siberia, vida mía (1952), de Enrique Jardiel Poncela…– , es posible aventurar como hipótesis que quizá se tratara de ediciones de autor, y que fue el modo en que Arauz pudo dar salida a unas traducciones cuyos derechos, por algún camino, consiguió más o menos directamente del propio Sartre. Es sólo una hipótesis, pero como jefe de prensa en la embajada de Francia en México que era, no parece que ese camino tuviera que ser complicado en exceso. Muy poco después, además, la editorial Cicerón publicaba un volumen de Teatro de Jean Paul Sartre, en 1949, que incluía las dos traducciones de Arauz, así que posiblemente se aseguraba de sacarles rendimiento.

En cualquier caso, el primer proyecto editorial que sabemos fehacientemente que Arauz pone en pie fue la Colección de Teatro Contemporáneo, que muy significativamente publica ya en 1951 Las bocas inútiles, de Simone de Beauvoir (1908-1986), en traducción del propio Arauz, y a la que más tarde se irán añadiendo La función de despedida (1952), del mexicano Rodolfo Usigli (1905-1979), la Yerma (1952) del español Federico García Lorca (1898-1936) y, ya más adelante, La guerra de los hijos de la luz (1958), del israelí Moshe Shamir (1921-2004), en traducción directa del hebreo de Isaías Austri-Dunn (traductor de Neruda al yidish) en colaboración con el dramaturgo mexicano Wilberto Cantón (quien en 1956 había publicado en la misma colección Escuela de cortesanos), y la traducción del propio Arauz de La cantante calva (1958), de Eugene Ionesco (1909-1994).

Poco posteriores y de trayectoria simultánea son las otras seis en que Arauz figura como director: Colección Teatro Español, Colección Teatro Mexicano, Colección Teatro Universal, Colección Teatro de Bolsillo, Colección Temas Teatrales (destinada al ensayo) y lo que parece haber sido una efímera Colección Teatro Mexicano en el Extranjero (donde en 1969 se publicó el ensayo El mito de pigmalión en Shaw, Pirandello y Solana, de Alyce de Keuhne).

Inicialmente, y durante buena parte de la década de los cincuenta, la producción de los libros corrió a cargo de los Talleres Gráficos de la Editorial Helio, como es el caso por ejemplo de los primeros títulos de la Colección Teatro Mexicano, que se estrenó con Estrella que se apaga (1953), de Rafael Solana (1915-1992) y al que siguieron, en orden de aparición, Hidalgo (1953), de Federico S. Inclán (1910-1981), Los Signos del Zodíaco (1953), de Sergio Magaña (1924-1990), Doña Beatriz (1954), de Carlos Solórzano (1919-2011), Lorenzo (1954), de Dagoberto de Cervantes (1914-1967) –recordado sobre todo por sus doblajes para Disney pero traductor también de Stanislavski (Un actor se prepara)–, Las Islas de Oro (1954), de nuevo de Solana, El Solterón, de Xavier Villaurrutia (1903-1950) y Primero es la luz (1955), del exbrigadista en la guerra civil española Juan Miguel de Mora (1921-2017).

Como se advierte enseguida en este somero repaso, la colección destinada a la dramaturgia mexicana acoge a escritores de diversas generaciones y estéticas. Además de a Villaurrutia, Arauz publicó a otro de los componentes del grupo de Los Contemporáneos, Salvador Novo, si bien en ese caso lo hizo en la Colección Teatro de Bolsillo (Cuathémoc, en 1968). De entre los dramaturgos del llamado Nuevo Ciclo, Arauz publicó en esta misma colección, al margen de a Magaña, a Emilio Carballido (Nueve obras en un acto, 1957) y a Carlos Prieto y Carlos Solórzano, que compartieron el volumen Dos obras (1957), El crucificado y El lepero, respectivamente, o María Josefina Hernández, a quien incluyó en la cuarta antología de obras en un acto, mientras que a otros, como Héctor Azar, los publicó en la de Teatro de Bolsillo (Higiene de los placeres y de los dolores, 1968). No obstante, como es lógico, los autores más representados son aquellos que en esa década estaban ocupando los escenarios mexicanos, como es el caso también de Miguel Barbachano Ponce (Las lanzas rotas, 1959), Luis G. Basurto (Los reyes del mundo, 1959) o el ya mencionado Wilberto Cantón (Malditos, 1959), a quien además de la mencionada Escuela de cortesanos (1956) más tarde publicaría un volumen con su Teatro breve (La niña de cristal, El juego sagrado, 1968).

Caso significativo es la inclusión en esta serie de teatro mexicano de la dramaturga nacida en Barcelona Maruxa Vilalta (1932-2014), que si bien colaboró con publicaciones del exilio en catalán como Pont Blau o Xaloc, se integró plenamente como directora escénica y dramaturga en el panorama teatral de su país de acogida (donde además ocupa un lugar muy destacado). La obra elegida en este caso fue la adaptación dramática de su novela Los desorientados, que se publicó en 1960 y constituía su estreno en el género (se publicó simultáneamente en Libro Mex Editores, y en 1965 en las ediciones Ecuador 0º 0’ 0’’ del también exiliado republicano español Alejandro Finisterre [1919-2007]), lo que contribuye a señalar a Arauz como impulsor de la incorporación de nuevos autores a la literatura dramática mexicana.

También son de interés los cuatro volúmenes de antologías de obras en un acto, que se presentaba del siguiente modo en la solapa del primer volumen:

La Colección Teatro Mexicano ha encargado a Maruxa Vilalta, la joven y destacada escritora, que preparara y seleccionara estas Antologías de Obras en un Acto.[…]

Posteriormente, en ediciones que aparecerán de forma regular, iremos reuniendo obras de más autores mexicanos, y de aquellos escritores que, por residir en el país desde hace tiempo, pueden considerarse como formados, o que han continuado su labor, en México.

Estas Antologías de obras en un acto intentan presentar, sin dependencia de grupo, escuela o tendencia ideológica, todo el panorama del teatro mexicano actual.

Los autores compilados en estas antologías, en algunos casos con obras previamente incluidas en otros volúmenes de la colección, fueron los siguientes: en la primera (de 1959), Héctor Azar, Celestino Gorostiza, Sergio Magaña, Octavio Paz y Rafael Solana; en la segunda (1960), Álvaro Arauz, Emilio Carballido, Federico S. Inclán, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia; en la tercera (1960), Wilberto Cantón, Elena Garro, Carlos Solórzano y Rodolfo Usigli, y en la cuarta (1965), Luisa Josefina Hernández, Luis Moreno, Alfonso Reyes y Fernando Sánchez Mayáns. Desde este punto de vista, parece haberse conseguido en un alto grado el propósito de crear una panorámica representativa de las diversas tendencias y generaciones que convivían (o competían por) el espacio escénico mexicano, y sobre todo el de de consignar la aparición de lo que el propio Carlos Solórzano llamó «la generación de los cincuenta».

En algún momento de los años sesenta, de la producción de estas colecciones de Arauz parece que empezó a ocuparse Rafael Peregrina Editor, pero manteniendo una misma presentación: encuadernación en cartulina con solapas, cubiertas impresas a color o a dos tintas con una ilustración central muy sobria a modo de marco y con portadilla a dos tintas. Las tiradas solían ser de quinientos ejemplares numerados, si bien hubo alguna excepción notable, como es el caso por ejemplo del Retablillo de Don Cristóbal, de Federico García Lorca en la Colección Teatro de Bolsillo, del que se hizo una tirada de mil ejemplares (pero igualmente, numerados).

No obstante, quizá mayor interés en cuanto a la bibliografía lorquiana tenga la edición no venal de Yerma, incluida en la Colección Teatro Contemporáneo en 1952, en conmemoración del 26º aniversario de la muerte del poeta, y que incluye a continuación del texto de la obra las valoraciones y juicios de una pléyade de críticos literarios, entre los que se cuentan los más reputados de la prensa mexicana e incluye a los exiliados republicanos españoles Ceferino Avecilla (1880-1956), José Carbó González (c.1903-¿?), Antonio Espina (1894-1972) y Àngel Estivill (1908-¿?).

Esa sobriedad elegante que caracteriza estas colecciones se rompe un poco con las ediciones de la Colección Teatro Universal (La mandrágora de Maquiavelo en 1955, el Don Juan de Pushkin en 1956, El caballero de Olmedo de Lope de Vega en 1961, el Georges Dardin de Molière en 1964), que incluyen ilustraciones y grabados de David Antón, un escenógrafo que en 1956 sería premiado con el Ruiz de Alarcón al mejor escenógrafo del año y que precisamente en aquellos momentos estaba ganándose el aplauso de la crítica y el respeto de la profesión por sus trabajos en El Malentendido,  de Camus (1958), y al año siguiente en Así en la tierra como en el cielo, de Fritz Hochwealder, Detrás de la puerta, de Federico S. Inclán, La Bagatela, de Marcel Achard, The taming of the Srew de Shakespeare…

En cuanto a la presencia de republicanos españoles en estas colecciones, además de los ya mencionados, vale la pena consignar en la Colección de Teatro Mexicano la primera edición de Los Cazadores (1965), del polígrafo de origen asturiano Paco Ignacio Taibo I (1924-2008). Y es muy notable también la edición de Dos obras: La mordida. Tristán e Isolda, de León Felipe, en la Colección Teatro de Bolsillo en 1958. Se trata de dos textos con aire de cuento tradicional destinados originalmente a su emisión televisiva, pero que posteriormente pasaron a formar parte de El juglarón, que se estrenó en 1957 pero cuya primera edición publicó, de nuevo, Alejandro Finisterre en su colección Ecuador 0º 0’ 0’’. Acaso sería bonito e ilustrativo que alguien se animara a estudiar en profundidad las relaciones entre los editores Finisterre y Arauz, porque no se olvide que el primero fue editor de muy buena parte de la obra creativa de Arauz: la reedición de La carroza del virrey (1961), y las primeras de Medias palabras (1965), Morir de pie (1966), la trilogía Los leales (Morir de pie, Medias palabras y Doscientas veinte madrugadas) (1966) y Doce obras en un acto (1966), con prólogo de Wilberto Cantón.

 

Fuentes:

Montgrony Alberola, «Trayectoria dramática de León Felipe», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio teatral republicano de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 4), 1999, pp. 209-231.

José Paulino Ayuso, «Álvaro Araúz y su retablo dramático de la guerra y el exilio», en Fernando Doménech, ed., Teatro español: autores clásicos y modernos: homenaje a Ricardo Doménech, Madrid, Editorial Fundamentos. 2008.

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016.

María Teresa Santa María, «Panorama de la dramaturgia española exiliada en México», Las puertas del drama, núm. 52 (2019).

Carlos Solórzano, «México», en Don Rubin, ed., The World Encyclopedia of Contemporary Theatre. Vol. II. Americas, London- Nueva York, Routledge, 1996. pp. 310-330.

«El público» de Federico García Lorca y su azarosa historia editorial

Resulta asombrosa la cantidad de años que pasaron entre el asesinato del artista multidisciplinar que fue Federico García Lorca (1898-1936) y el momento en que se pudo tener acceso a su obra literaria completa, si bien por el camino se publicaron compendios que se pretendían y presentaban como tales.

Federico García Lorca.

Al margen de poemas de juventud que en su día el poeta prefirió no publicar y de los textos y entrevistas que pudieran quedar dispersos en publicaciones periódicas, más interesantes parecen los casos de las obras teatrales Yerma,  La casa de Bernarda Alba (publicada en Losada en 1945 por iniciativa del editor español Guillermo de Torre y estrenada en el Teatro Avenida de Buenos Aires ese mismo año), Así que pasen cinco años y, sobre todo, El Público, cuya primera edición tardó muchos años en estar a disposición de sus lectores, si bien unos breves pasajes se habían publicado ya en junio 1933 en el tercer número de la revista Cuatro Vientos (pp. 61-78), con la indicación «De un drama en cinco actos» que durante mucho tiempo se dio por inacabado o por perdido. Es más, a partir de la correspondencia entre Dámaso Alonso y Jorge Guillén, el lorquista Antonio Monegal reconstruye un proyecto de publicación de la obra en la editorial Signo, que quedó en el aire debido a que un viaje a la Argentina impidió a Lorca llegar a firmar el contrato.

Rafael Martínez Nadal.

En la revista mexicana Residencia, Rafael Martínez Nadal (1903-2001) publicó en 1963 un importante y polémico artículo titulado «El último día de Federico García Lorca en Madrid» en el que cuenta la jornada que pasó con Lorca ante la inminencia del golpe de Estado de julio de 1936, y cómo el poeta, antes de viajar a Granada, le entregó una serie de papeles personales con instrucciones de destruirlos si le pasaba algo, y entre los que se encontraba el único manuscrito conocido de El Público, que ha sido objeto de enrevesados debates acerca de si le falta o no un cuadro. A su vez, Martínez Nadal puso en manos de un amigo el manuscrito y no lo recuperó hasta 1958, cuando se encontraba ya exiliado en Londres. Ya entonces proyectó una edición facsímil y mostró el manuscrito a la familia Lorca, en particular a su hermano Francisco García Lorca (1902-1976), pero este se opuso, al parecer con la esperanza de localizar una versión más definitiva de la obra (de cuya existencia tampoco había datos fiables).

La aparición de ese artículo en México debió de desatar todo tipo de pesquisas para publicarlo, y uno de los que se puso a ello fue el grafómano y editor Max Aub (1903-1972), que por entonces había puesto en marcha una original y espléndida revista internacional, Los Sesenta, cuyo propósito era publicar inéditos sólo de autores que hubieran cumplido cuanto menos esa edad, y entre los que se contaron a Juan Ramón Jiménez (1881-1958), León Felipe (1884-1968), Américo Castro (1885-1972), Julio Torri (1898-1970), Vicente Aleixandre (1898-1984), André Malraux (1901-1976), Ramón J. Sender (1901-1982), Rafael Alberti (1902-1999), Salvador Novo (1904-1974), Manuel Altolaguirre (1905-1959), etc.

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Lo primero que intentó Max Aub fue recabar información a través de su amigo Esteban Salazar Chapela (a quien escribe al respecto en octubre de 1964), que al igual que Martínez Nadal se encontraba exiliado en Londres, así como del propio Martínez Nadal, de quien recibe respuesta en diciembre de ese mismo año y a quien en el cuarto número de Los Sesenta publicó «Dos viñetas» acerca de Unamuno.

Arturo del Hoyo.

Salazar Chapela, después de abordar directamente el tema con Martínez Nadal, informa a Aub de que el crítico no deseaba que la obra se incluyera en las Obras completas de Lorca –que venía preparando Arturo del Hoyo (1917-2004) en Aguilar a partir de las ediciones de Losada– porque la consideraba una versión no definitiva, deficiente, y que, puesto que esa editorial tenía por contrato (desde mayo de 1952) derecho a publicar cualquier obra que saliera a la luz del escritor granadino, estaba dispuesto a esperar a que ese contrato venciera.

Sin embargo, hay testimonios también de que en los círculos literarios del exilio republicano se rumoreaba acerca de otras motivaciones, que resultan también bastante plausibles. En la entrevista que Max Aub mantuvo con Rafael Alberti mientras preparaba lo que debía ser su biografía del cineasta Luis Buñuel, le preguntó con falsa ingenuidad si él creía que El Público existía realmente, a lo que Alberti responde que él cree que si Francisco García Lorca no autoriza su publicación es simplemente porque la obra es expresión inequívoca de la homosexualidad de su hermano, razón que, en la misma entrevista, Aub da por buena.

Sin embargo, en la misma extensa carta de diciembre de 1964 ya aludida, Martínez Nadal ofrece a Aub la posibilidad de cederle un texto que está preparando sobre El Público, si puede publicarlo antes de que aparezca en Inglaterra. Según dice, este estudio exige largas y abundantes citas de la obra, lo que confía en que obligue a los hermanos de Federico, o bien a autorizar la edición íntegra del manuscrito, o bien a publicar la edición íntegra si ésta realmente existe. El caso es que cuando Martínez Nadal estuvo en disposición de mandar a México el primer capítulo de su estudio, en 1968, Los Sesenta había desaparecido.

Aun así, Aub no se había quedado de brazos cruzados al respecto, y el 30 de marzo de 1965 había escrito directamente a Francisco García Lorca para tantearlo y, además de pedirle alguna colaboración para la revista, le dice: «Supongo que es inútil preguntarte si tienes algún inédito de Federico».

Como es bien sabido, este silencio se rompió en 1970 con la publicación del libro de Martínez Nadal «El Público». Amor, teatro y caballos en la obra de Federico García Lorca, que editó lujosamente en Gran Bretaña el exiliado catalán Joan Gili i Serra (1907-1998) en sus Dolphin Books Co. (que publicaron otros facsímiles de autógrafos de García Lorca en los años siguientes, preparados también por Martínez Nadal), y apenas pasaron cuatro años antes de que se publicara en México, gracias a la editorial Joaquín Mortiz, «El Público». Amor y muerte en la obra de Federico García Lorca, que era una versión corregida, ampliada y más asequible de la edición de Doplhin.

La primera edición destinada al gran público corrió a cargo de nuevo de Martínez Nadal y se ocupó de ella Seix Barral en marzo de 1978, en la que El Público aparecía acompañada de la inacabada Comedia sin título, según se indica, con «introducción, transcripción y versión depurada por Rafael Martínez Nadal y Marie Laffranque [1921-2006]»

No obstante, mayor fortuna comercial tuvo la edición que María Clementa Millán preparó para la colección Letras Hispánicas de Cátedra, casi inmediatamente después de que la revista Cuadernos de El Público dedicara un número monográfico a esta obra lorquiana con contribuciones de Ángel García Pintado, Ian Gibson, Ángel Sahquillo, Juanjo Guerenabarrena, Rafael Martínez Nadal y la propia María Clementa Millán. Es significativo en este caso que en Cátedra se eligiera como ilustración de la cubierta un dibujo coloreado del propio García Lorca, «Hombre y joven marinero», fechado en Nueva York  entre 1929 y 1930 y perteneciente a la colección personal de Camilo José Cela, porque a Clementa Millán debemos la catalogación y estudio de buena parte de la obra gráfica lorquiana, de la cual se intercalan también algunos otros ejemplos en el interior del libro.

Dos años después se incluyó como número 32 en la Colección Teatral de Autores Españoles de la Biblioteca Antonio Machado de Teatro, y en los años sucesivos se publicó en compañía de otras obras de García Lorca, más o menos pertinentes (en 1993, por ejemplo, Derek Harris preparó como número 32 de la colección Clásicos Taurus una edición muy divulgada que incluía el Romancero gitano, Poeta en Nueva York y El Público).

Tal vez las últimas ediciones importante de esta serie sean la preparada por Miguel García Posada para su inclusión en el segundo volumen de las Obras completas de Lorca (desde luego, bastante más completas que las de Aguilar) que coeditaron Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores en 1997, y la del mencionado Antonio Monegal para Alianza en el año 2000, que pone título a la conocida hasta entonces como Comedia sin nombre: Sueño de la vida.

Fuentes:

María José Blas Ruiz, «Las obras completas de Federico García Lorca en Aguilar», Blog Antigua Editorial Aguilar, 5 de junio de 2013.

Mariano de Paco, «El teatro en las revistas de vanguardia: Los Cuatro Vientos», Monteagudo, núm. 7 (2002), pp. 115-124.

Federico García Lorca, El Público, edición de María Clementa Millán, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas 272), 1987.

Ian Gibson, «El insatisfactorio estado de la cuestión», Cuadernos de El Público, núm. 20 (enero de 1987), pp. 12-17.

Rafael Martínez Nadal, «El público»: Amor y muerte en la obra de Federico García Lorca, edición de Enrique Ortiz Aguirre, Comunidad de Madrid, 2019.

Josep Mengual, «Historia de “un maduro Litoral”: Los Sesenta», en Cecilio Alonso, coord., Max Aub y El laberinto español, Ajuntament de València, 1996, vol. 2, pp. 715-724.

Tras la pista de Pizkunde, editores en euskara en México

Es lógico que una empresa de vida efímera como fue la editorial vasca establecida en México Pizkunde no haya dejado en su estela una profusión de datos, pero poco a poco se han ido conociendo algunos detalles acerca de su historia.

José Ramon Zabala Aguirre, en su enjundioso «La lengua desterrada. Literatura del exilio en euskara» (1995), subraya con énfasis el carácter pionero de la edición de libros en euskara en el exilio republicano del poemario de Telesforo de Monzón (1904-1981) Urrundik. Bake oroi (Desde lejos. Recuerdos de paz), publicado por Pizkunde en 1945, y añade en una nota que la publicación de lo que podría ser considerada la segunda parte de este libro, Gudarien egiñak (Hechos de los soldados vascos), había sido anunciada inicialmente por la misma editorial mexicana con el título Urrundik. Guda Oroi (Desde lejos. Recuerdos de guerra), si bien finalmente apareció en Biarritz en 1947 con pie de la Imprimerie Moderne (lo que permite suponer que quizá se tratara de una edición  a cargo del autor).

La entrada de esta editorial euskomexicana en el grandioso Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939 (volumen 4) presenta cierta desunificación en cuanto a la escritura del nombre de la empresa (Pizkunda/Piskunde/Pizkunde), pero quizá ofrezca la información más completa al respecto, y añade datos acerca de lo que parece haber sido el segundo título, Goldaketan (1946), de Jokin Zaitegi (1906-1979), que combina traducciones de Baudelaire, Horacio, Maragall, Musset o Jacint Verdaguer con obra propia de Zaitegi.

Jokin Zaitegi.

Cazando al vuelo una alusión en este blog a la tercera obra publicada por Pizkunde, el primer volumen de la traducción que Zaitegi hizo de las tragedias de Sófocles, Lluis Agustí se lanzó en su exhaustiva tesis sobre la edición española en el exilio en México a una investigación que le permitió sistematizar y poner orden a una serie de datos dispersos y plantear como hipótesis la responsabilidad que tanto Monzón como Zaitegi pudieron tener en la creación de Pizkunde, pero aun así quedaron algunos huecos por rellenar acerca de esta insólita iniciativa de publicar en euskara en México.

Son muchas las dudas pendientes antes de poder reconstruir la creación y recorrido de Pizkunde, pero alguna certeza queda también a partir de los tres títulos hasta ahora identificados, y ofrecen además algún que otro hilo del que tirar o caminos posibles por los que proseguir la investigación.

Urrundik se publicó como volumen de doscientas páginas con cuatro hojas de partituras musicales, con once láminas fuera de texto obra del pintor, ilustrador y muralista vizcaíno Juan Aranoa (1901-1973), fallecido en Argentina tras un exilio iniciado en 1937 que le llevó por muy diversos países americanos. Se acompaña el texto de su traducción al español, de la que fue responsable Germán Maria de Iñurrategui (1908-1979), quien al iniciarse la guerra civil española había sido fiscal del Tribunal Popular de Euzkadi y luego lo fue del Tribunal de Alta Traición en Cataluña; entre su obra destaca el texto memorialístico Al servicio de la justicia en tiempo de guerra, recuperado en 2005, además de numerosas colaboraciones en la prensa mexicana. Según indica el pie editorial, Urrundik se imprimió en los talleres de la conocida editorial Cultura (durante mucho tiempo escrita significativamente Cvltvra).

En cuanto a Goldaketan, se trata también de un volumen encuadernado en rústica e igualmente de unas doscientas páginas, pero en este caso, al igual que en el caso del siguiente (y en aparente último) libro de Pizkunde, se indica como impreso en Bolibar Irarkolan, es decir, en la imprenta Bolívar, que —a la espera de un estudio más a fondo— casi con toda seguridad se refiere a los Talleres de la Editorial Bolívar, que si bien no es muy conocida tiene algún que otro superéxito de ventas, en esos mismos años trabajó para otras editoriales y, además, tuvo vínculos con una de las editoriales más importantes del exilio republicano español en México, la Sénéca de José Bergamín (1995-1983), para la que imprimió La enormidad de España, de Miguel de Unamuno, el 31 de enero de 1945, y La agonía del mundo, de José María Gallegos Rocafull, el 24 de marzo de 1947. Este tipo de vínculos con los exiliados republicanos podría ser acaso esclarecedor.

En la época de sus trabajos para Pizkunde, quedaban lejos los días en que los talleres de la Editorial Bolívar (domiciliada en Revillagigedo 37), habían publicado con notable éxito las obras de Alfonso Taracena (1896-1995) En el vértigo de la Revolución Mexicana (1930), Mexicanas modernas (1930), Diez personajes extravagantes (1930), La tragedia zapatista (1931) y Carranza contra madero (1934), lo cual podría hacer pensar que la editorial nació con el propósito de publicar la obra de este autor, pero hacía menos tiempo de una obra quizá significativa para ver los vínculos entre esta estos talleres y el exilio republicano, España unida contra Franco (1944), de la Federación de Organismos de Ayuda a la República Española en México (FOARE), si bien por esa misma época se ocuparon también de las Tendencias actuales del Estado (1944), de Jesús Reyes Heroles, de El estudio dirigido (fundamentos pedagógicos) (1945), de Jesús Román Mastache, de las Semblanzas tabasqueñas (1946), de Francisco J. Santamaría, de Veracruz en el ensueño y el recuerdo. Apuntes de la vida de un jarocho (1946), de Rafael Domínguez, o de Semblanza mexicana (1948), de Alfredo Ramos Espinosa, todos ellos con sello de la Bolívar.

Además, los mismos talleres de la Editorial Bolívar venían por aquel entonces de preparar, para la Editorial Polis, la obra colectiva El gran despojo nacional (1945) y la novela de María Boettiger de Álvarez Alma y ensueño, por ejemplo, y para el Fondo de Cultura Popular (Editorial Popular), la novela En la tormenta, de Alfonso Fabila, con portada de Marichal y de la que, por el colofón, podemos saber que corrigió un personaje insigne, Camilo Cámara. A Cámara lo describía Andrés Molina Enríquez en una carta a Vicente Lombardo Toledano fechada el 3 de abril de 1937, cuando trabajaba para las publicaciones del Museo Nacional de Historia, como «un corrector de pruebas como yo creo que no hay otro en la República, por su práctica y sus conocimientos de lenguaje», y en 1947 se ocupó de la corrección que Ediciones Fuente Cultural publicó de la monumental Biblioteca Hispano Americana Septentrional. Y hete aquí que de 1946 es una edición de la obra de Gonzalo Aguirre Beltrán  La población negra de México, 1519-1810: Estudio etno-histórico, que también se publicó bajo el sello de Ediciones Fuente Cultural y cuya impresión, según consta en su colofón, se llevó a cabo en los Talleres de Editorial Bolívar.

Telesforo de Monzón.

Acaso se trate de simples coincidencias, porque también es cierto que desde la primera mitad de los años treinta más o menos venía produciéndose una progresiva concentración de los trabajos editoriales en unos pocos grandes talleres, según documenta Sebastián Rivera Mir, y quizá estos talleres, simplemente, fueron uno de los beneficiarios de este proceso. Por otra parte, además, como subraya Agustí, sigue sin estar claro quién fundó y de quién era propiedad Pizkunde y con qué apoyos contó, más allá de que algunas coincidencias en las trayectorias biográficas de Monzón y Zaitegi permitan aventurar alguna hipótesis.

Aun así, otro hilo del que tal vez convendría tirar es el de esa acaso no bien identificada Editorial Bolívar, pues cabe la posibilidad de que, en el peor de los casos, alguna relación tuviera con la Editorial Bolívar colombiana de la que era dueño el todavía poco conocido periodista español exiliado Fernando Martínez Dorrien, a quien se tiene por el introductor en Colombia, procedente de México, de la técnica del rotograbado (o huecograbado), que en 1939 le permitió ya estrenar con todos los honores la revista cultural Estampa (de la que se sabe que intentó exportar a México) y la humorística Guau Guau. En definitiva, queda mucho trabajo por hacer y muchas piezas por encajar, pero parece que pistas que seguir algunas hay.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

Gorka Aulestia, Estigmatizados por la guerra, Bilbao, Euskaltzaindia (Euskaltzainak 8), 2008.

Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Gexel-Renacimiento, 2016.

Antonio Cajero Vázquez, «Gilberto Owen en la revista Estampa (1938-1942): Textos desconocidos», Literatura Mexicana vol. XXII, núm 2 (2011), pp. 101-119.

José Ramón Zabala, «”La lengua desterrada” Literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, Las literaturas exiliadas en 1939, Sant Cugat del Vallès, Cop d’Idees-Gexel (Sinaia 1), 1995, pp. 51-58.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.