Escribir a destajo: Los derechos de autor de José Zorrilla

El caso del escritor José Zorrilla (1817-1893) es paradigmático del a todas luces injusto trato al que los editores se habían acostumbrado a someter a los escritores, y probablemente la razón haya que buscarla no sólo en la ausencia de una ley mínimamente eficaz para protegerlos, sino también en las endémicas dificultades de los creadores artísticos españoles para crear asociaciones profesionales robustas y eficientes. En cualquier caso, hasta tal punto esto fue así que en fecha tan tardía como 1946 el Tribunal Supremo sentenciaba a favor de algunas reversiones de derechos de ciertas obras de Zorrilla (entre las cuales el celebérrimo Don Juan Tenorio) a favor de su heredera.

José Zorrilla.

José Zorrilla.

Los problemas serios para Zorrilla pueden seguirse con precisión y detalle en la serie que en su senectud escribió para El Imparcial (a partir de 1880) y luego publicaría en tres volúmenes titulados Recuerdos del tiempo viejo, y pueden identificarse con precisión en sus acuerdos con el editor madrileño Manuel Delgado (¿?-1848), de quien escribió el poeta: «era el único que sabía lo que yo valía en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí ». Inicialmente, como se cuenta también con jugosos detalles en estos más interesantes que leídos tomos, el flamante editor se ocupó de que se publicaran en forma de volumen los poemas que Zorrilla iba publicando (y cobrando) en la prensa periódica, con un acuerdo por el que pagaba a tanto alzado y se reservaba el derecho perpetuo a la reimpresión y, desde 1839, el mismo tipo de acuerdo se estableció en relación a las obras teatrales, con el agravante de que se aplicaba idéntico principio a los derechos de estreno y representación de las obras, todo lo cual convertían el de Delgado en un negocio redondo del que el escritor apenas se beneficiaba. Así lo cuenta Zorrilla:

Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, después de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara [1839], emigró mi padre a Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí a mi editor D. Manuel Delgado, quien a vueltas de larguísimas e inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedía; es decir, jamás me lo dio en su casa, sino que me lo envió siempre a la mía a la mañana siguiente del día en que se lo pedí: parecía que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, o que no quería dejarme ver que lo tenía en su casa, o que no era dueño de emplearlo sin consulta o permiso previo de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó a pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte a mi padre; pero era preciso trabajar mucho…

También cuenta cómo fueron las estrecheces económicas las que le llevaron a decidir escribir a cuatro manos y a toda prisa con el también apurado autor del exitoso drama romántico El trovador, Antonio García Gutiérrez (1813-1884), el hoy apenas recordado drama en tres actos Juan Dandolo, por la que cobraron de Delgado 3.000 reales (unos 4,50 euros).

García Gutiérrez.

Sin embargo, el problema grave, acerca del cual Zorrilla incluso proyectó un jamás escrito Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor (para cuya publicación incluso puso fecha), llegó en 1844, el mismo año, curiosamente, en que una pléyade de escritores románticos (el Duque de Rivas, Bretón de los Herreros, Hartzenbusch, etc.) creaban la Sociedad de Autores Dramáticos, uno de cuyos principales objetivos era proteger la propiedad de los creadores. Sin embargo, según dejó escrito David García Aristegui en Por qué Marx no habló del copyright, «La Sociedad no tuvo mucho recorrido, pero supuso el primer intento organizativo de los autores españoles ante los abusos y excesos de empresarios de teatro», quienes, pese a existir desde 1764 disposiciones acerca de la extensión de los derechos a los herederos de los autores (que en 1834 un Real Decreto fijó en diez años tras la muerte del autor), mantenían una situación muy irregular en sus relaciones con los autores en general.

Bretón de los Herreros.Si bien el estreno del Don Juan, cuyo manuscrito Zorrilla entregó a su editor en febrero de ese año, pasó con buenas críticas pero sin pena ni gloria en cuanto a público pese a protagonizarla Carlos Latorre (1799-1851), el autor se embolsó de inmediato 4.200 reales de vellón (equivalentes a unos 7 euros actuales). Nadie podía suponer el colosal éxito que la obra obtendría unos quince años después.

Por el camino, en 1847 se promulgó la primera ley que reconoció de forma extensa y clara los derechos del autor, pero para entonces Zorrilla estaba ya hasta tal punto entrampado que mantuvo el mismo tipo de relación contractual no sólo con Manuel Delgado sino también con su hijo y heredero (Manuel Pedro Delgado García), y jamás recuperó sus legítimos derechos sobre Don Juan. Muy probablemente con esta nueva ley, y con el deseo de aprovechar las ventajas que le ofrecía, hay que relacionar la escritura de la versión del Don Juan Tenorio como zarzuela (estrenada en 1877 con muy escaso éxito), con música del compositor Nicolás Manent (1827-1887), así como el fallido intento de convertirlo en novela (El tenorio bordelés: recuerdo legendario, publicada póstumamente en 1897) y el poema inacabado La leyenda de Don Juan Tenorio. Era muy probablemente un modo de beneficiarse económicamente del éxito de su creación.

Federico Balart.

En sus últimos años de su vida José Zorrilla dejó de cobrar, por restricciones presupuestarias, la pensión que a modo de compensación de una injusticia flagrante el gobierno le había otorgado en 1871, así que se vio en la imperiosa necesidad de solicitar empleo a su editor barcelonés, Montaner y Simón, que sólo pudo ofrecerle una ayuda provisional en metálico, y el dramaturgo no obtuvo una fuente de ingresos regulares hasta que el crítico teatral y poeta Federico Balart (1831-1905) le puso en contacto con Eduardo Gasset y Artime (1832-1884), que acababa de fundar El Imparcial (1867-1933) en cuyo célebre suplemento cultural que dirigía el fino crítico José Ortega Munilla («Los Lunes de El Imparcial») empezó el insigne dramaturgo a publicar regularmente, y además más adelante le dio todas las facilidades para recoger buena parte de esas colaboraciones en prensa. Así contó la jugosa escena el propio Balart:

Por la noche me fui a casa de Eduardo Gasset, a quien encontré solo en su despacho fumando el cigarro de la sobremesa, frente a un enorme jardín de canarios que ocupaba el centro de la habitación.
—Deme usted setenta y cinco duros –—le dije por primer saludo.
Gasset se levantó, me echó el brazo por la espalda, me llevó a su mesa de escritorio, abrió un cajón donde había en abundancia monedas y billetes y me dijo volviéndose a su contemplación ornitológica:
—Tome usted lo que quiera y no se quede corto.
Yo conté quince monedas de cinco duros, me las guardé y alargándole la llave del cajón le dije:
—Le advierto que no son para mí.
—Sobra la advertencia —me contestó—. Ya sabe usted que puede disponer de todo sin explicaciones.
—Es que cuando yo le diga el nombre de quien los recibirá dentro de media hora, sin sospechar el paso que doy en este momento, tendrá usted seguro dos satisfacciones: una por mí y otra por él.
—Eso ya me pica la curiosidad. ¿De quién se trata?
—De un pájaro que no es de cuenta porque nunca ha sabido ajustar las suyas; pero que en cambio canta mejor que los encerrados en esa jaula.
Y le referí el caso. Gasset quería duplicar la cantidad, pero ante mi negativa, cedió, diciéndome al despedirme:
—Diga usted a Zorrilla que mi bolsillo y mi periódico están a su disposición.

José Zorrilla.La muerte impidió que Zorrilla pudiera beneficiarse de la Ley de Propiedad Intelectual de 1879, que amplía el concepto de propiedad literaria y amplía el plazo a ochenta años tras la muerte del autor, pero aún en 1933 se estudiaron seis recursos presentados por Manuel Pedro Delgado contra las órdenes de la Dirección General de Bellas Artes que obligaban a inscribir en el Registro de la Propiedad Intelectual a favor de la sobrina política del poeta, Blanca Arimón Pacheco. Y, con la guerra civil de por medio, el caso no quedó resuelto hasta 1946, es decir: noventa y ocho años después de la publicación de la obra.

Fuentes:

Francisco Cervera, «Zorrilla y sus editores. El Don Juan Tenorio, caso cumbre de explotación de un drama», Bibliografta Hispánica, 3-III-1944, págs. 147-190.

David García Aristegui, ¿Por qué Marx no habló del copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones, Madrid, Enclave de Libros, 2015.

Raquel Sánchez García, «La propiedad intelectual en la España contemporánea, 1847-1936», Hispania, vol. 62, núm. 212 (2002), pp. 993-1020.

 

 

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El enigmático editor Ramon Maynadé y Chile (tirando de un hilo)

De 1942 es una cuanto menos curiosa edición de un librito firmado por la escritora feminista y socialista inglesa Annie Besant (1847-1933), La sabiduría antigua, en versión española de Rafael Urbano, en cuyo pie editorial se indica: Editorial Maynadé, Barcelona-Editorial Ercilla, Santiago de Chile.

Es bastante escaso y confuso lo que se sabe acerca del fundador de esa editorial barcelonesa, más allá de una etapa bastante concreta comprendida entre las últimas décadas del siglo XIX y la guerra civil española, pero algún rastro dejó la relación entre esta firma y Santiago de Chile, y la mencionada edición deja algunos hilos de los que tirar. El traductor, el periodista madrileño Rafael Urbano (1870-1924), había publicado ya en 1903 una Historia del socialismo. Parte antigua: la conquista utópica, así como obras de títulos tan insólitos como El papel de fumar (1908), Manual del perfecto enfermo (ensayo de mejora) (1911) o, ambos en la Biblioteca del Más Allá, El Diablo. Su vida, su poder (1922) y el prólogo, biografía y glosario que acompaña la edición de Doctrinas y enseñanzas teosóficas, de la ocultista y teósofa rusa H.P. Blavatsky (1831-1891).

Sin embargo, más interesante resulta un pasaje de las memorias del médico Eduardo Alfonso Hernán (encarcelado al fin de la guerra por su pertenencia a la Sociedad Teosófica y posteriormente exiliado en América), Mis recuerdos: «Arnaldo Maynadé (otro exiliado catalán, hermano de la simpar y cultísima Josefina Maynadé y Mateos), que tenía una editorial en Santiago [de Chile] me publicó La Religión de la Naturaleza (año 1949 [en Ercilla])». Como es fácil suponer, tanto Arnaldo como Josefina son hijos del editor que aquí nos interesa, Ramon Maynadé Sallent, casado con Carmen Mateos Prat, aunque otro dato pertinente en este caso es la edición que del libro de Josefina La vida serena de Pitágoras se publicó en 1954. El pie editorial de esta última obra indica que el libro fue diseñado por el célebre Mauricio Amster (1907-1980) –que había llegado a Chile a bordo del legendario Winnipeg como consecuencia del resultado de la guerra civil española–, y publicado por los «Talleres Gráficos de Encuadernadora Hispano Suiza, Ltda., Santa Isabel 0174, Santiago de Chile». De la colaboración de Amster con la Hispano Suiza (que en los años cincuenta y sesenta trabajó mucho para la editorial Andrés Bello o Editorial Jurídica de Chile, así como para el Círculo Literario de Chile) es también testimonio más tardío el libro colectivo Gabriel Amunategui, memoria y homenaje, publicado por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales en 1961, por ejemplo, en cuya página de créditos se indica que «proyectó la edición Mauricio Amster».

Carmen Mateos.

No obstante, y pese a la experta intervención de Amster en muchos de los proyectos de la Hispano Suiza, lo cierto es que hay también testimonio de algún que otro enfado tremendo con los trabajos llevados a cabo en esos talleres, como es singularmente el caso del narrador e historiador dominicano Juan Bosch (1909-2001), quien al recibir los ejemplares justificativos de su Cuento de Navidad, escribía el 4 de febrero de 1957 al director editorial de Zig-Zag Ramón Zañartu:

A primera vista, la impresión que me produjo Cuento de Navidad no pudo ser peor. El proyectista de la impresión confundió ese libro con un estudio sobre el desarrollo de la minoría o con una tesis doctoral y escogió el tipo, la distribución de cuerpo y márgenes apropiados para trabajos de esa índole, no para un cuento infantil. Pero al proceder a la lectura la impresión se trasformó en desoladora: No hay derecho a hacer con mi cuento lo que ha hecho Zig-Zag, ni a ningún lector se le puede cobrar dinero por ofrecerle una edición plagada de errores tan graves que le hacen perder el sentido a lo escrito. Lo menos que yo esperaba de Zig-Zag es que tuviera un corrector de pruebas, no que se confiara al linotipista que compone el material.

A ello respondió como buenamente pudo Zañartu en carta del 22 del mismo mes, contando además con cierto pormenor, que es lo que aquí interesa, cómo se llevó a cabo el proceso de edición de la obra y señalando como principal responsable de las numerosas erratas detectadas por el autor a la «desastrosa» corrección de pruebas de la Hispano Suiza:

Su proyección y diagramación fue encomendada personalmente por mí a Mauricio Amster, que es el profesional más capacitado de nuestro país para esta clase de trabajos y que no solamente goza de reconocido prestigio en Chile sino que cuenta con él en el exterior.[…]

El libro fue primero acuciosamente corregido por el jefe de nuestra corrección de pruebas. Al decir nuestra corrección de pruebas me refiero a la de Zig-Zag, de la cual puedo

Mauricio Amster en 1937.

enorgullecerme porque es la mejor que existe en América y es reconocida como tal por todos los autores y editores, sin excepción alguna.

Lo lamentable del asunto es que como nuestra capacidad de impresión se encuentra muy reducida, tuvimos que hacer imprimir este libro en otra imprenta que trabaja especialmente para la empresa Ercilla.

Soy el primero en reconocer que sí tienen una corrección de pruebas desastrosa. Tal así, que no confiando en ella no solamente hago revisar los libros por nuestros correctores en galeradas, sino que también en pruebas de trozos y una vez compaginados.

Desgraciadamente, al parecer en este caso nuestras correcciones no fueron atendidas en debida forma ¿Serán las erratas tan graves como usted dice? Los talleres de la imprenta Hispano-Suiza se encuentran actualmente cerrados por vacaciones, pero se reabren el 1° de marzo próximo. Inmediatamente que esto suceda y reciba las indicaciones que usted me anuncia, haré revisar acuciosamente el original suyo con el libro impreso y cotejarlo con las notas que usted me envíe.

El doctor Eduardo Alfonso Hernán (1896-1991).

Es casi imposible y muy probablemente injusto intentar averiguar quién llevó a cabo esa corrección, pero en cambio sí conocemos algunos datos de uno de los empleados de esos talleres, el linotipista y corrector madrileño Homero García Ramos (1911-1979), quien antes de la guerra había trabajado para Espasa Calpe y era miembro de la Asociación General del Arte de Imprimir de la UGT (Unión General de Trabajadores), y que como consecuencia del resultado de la guerra se exilió a Francia y fue recluido en el campo de refugiados de Bram. Logró llegar a Chile en septiembre de 1939, también a bordo del Winnipeg, y empezó trabajando en la editorial Zig-Zag antes de hacerlo en la Hispano Suiza (donde se jubiló), al tiempo que era secretario de la sección del PSOE de Santiago de Chile hasta su muerte. En cualquier caso, resulta muy lógico que en una editorial como Ercilla, entre cuyos fundadores y directivos abundaban los peruanos miembros o afines a la APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) que se habían exiliado a Chile, encontraran buena acogida los exiliados republicanos españoles

En el año 2008 quien probablemente sea el primer gran estudioso de la historia editorial chilena, Bernardo Subercaseaux, ponía en una misma frase a Maynadé y estos talleres en un artículo publicado en la Revista Chilena de Literatura: «Maynadé, el editor barcelonés, se incorporó a Ercilla, retirándose más tarde para instalar con el suizo Hans Schwalm la imprenta Hispano-Suiza, en que se imprimían parte de los libros de la editorial [Ercilla]».

Logo de Editorial Ercilla.

Por otro lado, el teósofo valenciano Salvador Sendra –fallecido en Puerto Rico en 1991, pero que desde la editorial mexicana Orión había proporcionado trabajos bien remunerados a exiliados republicanos como Joquím Xirau o Luis Santullano– relató de la siguiente manera su reencuentro en Chile con el hijo del editor Ramón Maynadé, a quien atribuye además responsabilidades de gerencia en Ercilla ya en los años cuarenta:

A instancias del amigo Arnaldo Maynadé, hijo de don Ramón Maynadé y hermano de Pepita Maynadé –la culta escritora española–, todos viejos amigos de Barcelona, en 1940 acepté realizar un viaje por Latinoamérica por cuenta de una empresa de libros chilena de la cual mi amigo Arnaldo era gerente.

Y a todo ello aún pueden añadirse algunos datos más que llevan a cuestionarse qué papel desempeñaron padre e hijo Maynadé en la industria editorial chilena, a tenor de la investigación llevada a cabo por José Rodríguez Guerrero, quien anota en «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros»:

Su hermano [de Josefina Maynadé i Mateos] Arnaldo Maynadé i Mateos fue acusado de delito de masonería en 1944 por su pertenencia a la Logia Inmortalidad de Barcelona. Se exilió a Chile, donde llegó a ser Venerable Maestro en la Logia Iberia nº 51. Su expediente se conserva en: Salamanca, Archivo de la Guerra Civil Española, Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y del Comunismo, nº 10797.

Al mismo Arnaldo Maynadé lo describe Sebastián Jans (Gran Maestro de la Gran Logia de Chile) como «imprentero», además de como Venerable Maestro de la logia chilena Iberia 51. Así, pues, parece que habrá que seguir tirando de ese hilo para deslindar a los dos Maynadé y afinar su relación con Ercilla y con los talleres de la Hispano Suiza.

Fuentes:

Eduardo Alfonso y Hernán, Mis recuerdos, Madrid, Edición del Autor en Imprenta Europa (colección Sagitario), 1986

Rafael García Romero, «Juan Bosch: cartas escritas en el exilio», blog del autor, 10 de julio de 2014.

Sebastián Jans, «Presentación del libro Desde el silencio, verso a verso», blog personal de Sebastian Jans, 18 de julio de 2012.

José Rodríguez Guerrero, «La Alquimia en España durante el período modernista a través de sus libros», Azogue, núm 5 (2002-2007), pp. 181-223.

Salvador Sendra, Impacto de Krishnamurti. Respuestas de España, Portugal e Hispanoamérica, México, Orión, 1987.

Bernardo Subercaseaux, «Editoriales y círculos intelectuales en Chile, 1930-1950», Revista Chilena de Literatura, núm 72 (abril de 2008), pp. 221-233.

Clásicos españoles durante la guerra civil: José Manuel Blecua Teijeiro en Ebro

La decisión de poner en pie una colección destinada a la edición de los clásicos españoles para los estudiantes dice bastante del carácter y la vocación de quien la llevó a cabo, en este caso el por entonces joven catedrático José Manuel Blecua Teijeiro (1913-2003), quien en 1935 había formado parte de una más que notable generación de nuevos catedráticos de instituto: el catalán Guillermo Díaz Plaja (1909-1984),la vasca Carmen Castro Madinaveitia (1912-1997), el gallego Xosé Filguiera Valverde (1906-1996), el extremeño Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970), el valenciano Alejandro Gaos (1906-1958)…

Con apenas veinticuatro años, y mientras cumplía con sus obligaciones militares, Blecua se decantó por la edición (en el sentido de la fijación de textos) en una decisión que él mismo explicaba del siguiente modo:

Yo no podía hacer lo que leía en ciertas revistas de investigación con trabajos llenos de citas peregrinas, extraídas de libros extranjeros y raros, o de artículos aún más peregrinos, y por eso me orienté hacia las tareas de editar textos importantes con más pulcritud y rigor que las ediciones más o menos corrientes, y por esta razón comencé por publicar en 1937, en la revista de la Universidad de Zaragoza, el Libro infinido, de don Juan Manuel, edición que rehíce más tarde a petición de Manuel Alvar para su colección de Granada.

Sin embargo, la creación de un proyecto editorial propio, la Editorial Ebro y sus muy divulgados Clásicos Ebro, surge de la constatación de una notable carencia en la bibliografía destinada a los jóvenes que cursaban estudios superiores. Para llevar a cabo su proyecto cuenta Blecua con tres pilares fundamentales. Por un lado, debía de conocer necesariamente la Biblioteca Literaria del Estudiante creada en 1922 y publicada por la Junta para la Ampliación de Estudios, bajo la dirección de Ramón Menéndez y Pidal (1869-1968) y con el asesoramiento de Antonio García Solalinde (1892-1937), que se marcaba como objetivos la publicación de los textos íntegros y originales, la selección de los títulos con criterios filológicos, históricos y literarios y la publicación de los mismos a un precio asequible a todas las familias. A su vez, esta biblioteca contaba como antecedente con la colección de Clásicos La Lectura impulsada en 1910 por Domingo Barnés (1879-1940) y dirigida por Tomás Navarro Tomás (1874-1979) y Américo Castro (1885-1972), padre de la antes mencionada Carmen.

Luis de Góngora, Poesia (selección), 1940. Todas las imágenes proceden de esta edición.Por otra parte, como modelo en cuanto a la organización del material y en buena medida también en el aspecto gráfico, disponía como modelo desde los años veinte con los Classiques Illustrés Vaubourdolle de la Librairie Hachette, cuya adaptación llevada a cabo por Blecua explicó con mucha claridad José-Carlos Mainer:

…hicieron todavía más simples y algo más castizas las cubiertas severas, poniendo unas grecas platerescas y dos escudos editoriales […] Como en el modelo galo, la disposición de las ediciones incluía un resumen cronológico de la vida del autor, una relación por fechas de los acontecimientos fundamentales de su época, un prólogo de tono divulgativo, el correspondiente texto anotado y los apéndices didácticos que si en Francia comprendían sendas propuestas de «Questions» y «Sujets de dissertations», aquí se limitaban a una relación de «Temas de trabajo escolar», precedida de una selección de «Juicios críticos».

Por último, un tercer elemento fundamental fue la contribución económica y de conocimiento del mundo editorial de Teodoro de Miguel Feringán, quien recién llegado de Argentina, donde había sido representante de la Casa Editorial Saturnino Calleja, tenía, según contó Blecua, el deseo de crear una editorial en Zaragoza:

Una de mis preocupaciones como cátedro de instituto fue la de que en España no teníamos las colecciones de clásicos que tenían los franceses, por ejemplo. Y por eso convencí a don Teodoro de Miguel, que quería fundar una editorial, para que comenzase con una colección de clásicos, y creo que desempeñó un papel importante en la enseñanza. Pero quiero recalcar que yo no tuve ninguna participación económica, y que me pagaron los volúmenes lo mismo que a los demás: quinientas pesetas por tomito.

 

Según consta en las páginas preliminares de muchos de los volúmenes de los Clásicos Ebro, la editorial la fundó en 1938 y aún durante la guerra civil española aparecieron ya El condenado por desconfiado, atribuido a Tirso de Molina y preparado por Ángel González Palencia, la Poesía lírica de Lope de Vega, antologada y editada por el propio Blecua, una selección de pasajes de la Historia de España de Juan de Mariana llevada a cabo por Manuel Ballesteros Gaibrois o la Poesía de Fray Luis de León seleccionada y editada por Jesús Manuel Alda Tesan. Más adelante el propio Blecua se ocupó de muchos otros números, como la Poesía (1940) de Góngora, una antología en dos volúmenes de Poesía romántica (1940), Generaciones y semblanzas, claros barones (1940), de Fernán Pérez de Guzmán y Fernando del Pulgar, un volumen con la Poesía (1941) de Garcilaso de la Vega, El caballero de Olmedo (1941) de Lope de Vega, Lecturas para muchachas. Antología en prosa y verso (1942), ilustrada por Jesús Fernández Barrio (1921-2005) , Peribáñez y el comendador de Ocaña (1944) y muchos otros hasta la edición de la obra magna de otro gran aragonés, El Criticón, de Baltasar Gracián, en 1950.

Resulta impresionante la extensa nómina de colaboradores que, bajo la anotación de «En la redacción de estudios y la compilación de textos colaboran los siguientes catedráticos, profesores y literatos», aparece en la segunda de cubierta (el reverso de cubierta) de los volúmenes, pues figuran en ella Manuel de Montoliu (1877-1961), que se ocupó del Epistolario espiritual (1940), de Juan de Ávila, Emilio Alarcos García (1895-1986), Dámaso Alonso (1898-1990), Ángel Valbuena (1900-1970), que se encargó de la edición de El mágico prodigioso de Calderón de la Barca, o Rafael Lapesa, que editó el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés, entre otros de los más conocidos filólogos de la época.

Además de la indicación del número de la serie a la que pertenece cada volumen (verso, prosa o teatro), el precio del ejemplar y la dirección de la editorial (Paseo de M.ª Agustín, 7) se indican en las cuartas de cubierta (las contracubiertas) de los números de principios de los años cuarenta los tres principales distribuidores con sus respectivas direcciones postales: la Librería General de Zaragoza, la Syntes de Barcelona y la Editorial Ebro domiciliada en San José, 748, de Buenos Aires (Argentina), cosa que parece indicar que Teodoro de Miguel seguía con un pie a cada lado del Atlántico o cuando menos que mantenía allí contactos.

Con un formato en octavo (19 x 13) y un papel que es buen indicativo de las carencias de la época, las páginas aparecen muy a menudo decoradas con orlas en la tradición clásica del Siglo de Oro, lo que hizo que con el paso del tiempo su diseño fuera progresivamente más demodé, y con algunas ilustraciones a toda página, impresos inicialmente en los Talleres de El Heraldo. El primer diseño de la cubierta, impresas a dos tintas, se debe a Eugenio Ramos, si bien también participaron otros ilustradores, como Mariano Félez, Bernal Máñez o Gaytán de Ayala. Analizándola desde el punto de vista gráfico, Fátima Blasco destaca «el esfuerzo que supuso una colección editada con rigor científico y preciosismo gráfico durante los años inmediatamente posteriores a la contienda».

La colección desapareció en los años ochenta, tras algunas transformaciones en cuanto al diseño pero siempre marcadamente «clásico», dejando una estela de más de ciento treinta títulos, pero sobre todo mantuvo un testigo de ediciones fidedignas y accesibles que recogieron pronto editoriales como Castalia, Cátedra y Taurus, entre otras.

Fuentes:

Portal José Manuel Blecua de la Biblioteca Virtual Cervantes.

Jesús Barreiro, «Blecua, desde siempre y desde aquí», Blog de Javier Barreiro, 28 de marzo de 2012.

Fátima Blasco, «El diseño gráfico en la producción del libro en Zaragoza (editoriales no institucionales 1940-2000)», AACA Digital, núm. 17 (diciembre 2011).

Felipe B. Pedraza Jiménez, «José Manuel Blecua, una lección sencilla» (entrevista), en Felipe B. Pedraza Jiménez, Pedro Provencio Chumillas y Milagros Rodríguez Cáceres, coords., Manojuelo de estudios literarios ofrecidos a Manuel Blecua Teijeiro, número inicial de la Nueva Revista de Enseñanzas Medias (Ministerio de Educación y Ciencia), 1983, pp. 11-17.

María Antonia Martín Zarroquino, «El legado de aquellos maestros: la enseñanza de la gramática histórica desde el bachillerato (A propósito de una obra de Rafael Gastón Burillo», Archivo de Filología Aragonesa, núm. 56 (2000), 63-78.

Paisajes Narrados, una colección rupturista

Logo de Minúscula, un hallazgo de Pepe Far y Valeria Bergalli.

Logo de Minúscula, un hallazgo del diseñador Pepe Far y la editora Valeria Bergalli.

Una de las formas que los aficionados a la taxonomía tienen de clasificar a los lectores –aunque todos ellos busquen en última instancia el placer estético– es entre aquellos que lo que esperan en la lectura es «reconocerse», tomar consciencia de su pertenencia a una tradición y reencontrarse con unos formatos, estilos y géneros literarios previamente conocidos, y quienes lo que buscan es «conocer», descubrir nuevos modos de leer lo más distintos posibles a los que han experimentado hasta el presente, acceder a nuevos puntos de vista desde los que acercarse e interpretar el mundo. Muy probablemente, la colección Paisajes Narrados de la Editorial Minúscula ofrece más alicientes a los segundos que a los primeros, aun cuando el objetivo parece ser también, de un modo sutil e irónico, que el lector tome consciencia acerca de la existencia de una arraigada tradición europea (u occidental), que es lo que a su vez vincula la colección con otras de la editorial y convierte el proyecto en marcadamente europeísta. Y quizá esto explica que se haya convertido en una de las colecciones más prestigiosas y atentamente seguidas de las primeras décadas del siglo XXI.

La radicalidad de la propuesta de la editora Valeria Bergalli no es de esas estruendosas y rampantes, las de rompe y rasga, sino de las punzantes, de las irónicas, y una de sus manifestaciones es la absoluta ruptura de una categoría en apariencia incuestionada tanto en el sector editorial como en el de la crítica literaria y entre los lectores más convencionales como es la distinción entre ficción y no ficción como categoría clasificadora de los textos literarios. Uno se pregunta atónito cómo podría alguien describir en pocas palabras cualquiera de los textos de Paisajes Narrados en una espídica reunión en la Feria del Libro de Frankfurt.

En una entrevista conjunta que la filóloga, dramaturga y actriz Esther Lázaro le hizo a la escritora chilena Nona Fernández y a Valeria Bergalli, explicaba Fernández que cuando publicó en su país natal la novela Chilean Electric (aparecida originalmente en la editorial independiente santiagueña Alquimia) tenía muchas dudas acerca de la recepción que iba a tener precisamente debido al carácter híbrido y poco convencional de su texto, mientras que eso era justamente uno de los mayores atractivos que tenía para la editora de Minúscula, que no trabaja con las categorías ficción/no ficción, sino con la mirada puesta en la calidad de la prosa y en la creatividad literaria.

No es difícil suponer que algo parecido debió de ser el caso de un autor igualmente inclasificable, y por eso mismo difícil de incorporar a los catálogos de otras muchas editoriales, como es el asturiano Jesús del Campo (cuyo ámbito de investigación preferente como profesor universitario ha sido precisamente la literatura de viajes). Su estreno en 1995 con Radio Babel –descrito  como «un esfuerzo por dinamitar la lógica literaria»– fue ya significativo, pues se produjo en la muy heterogénea y hetedoroxa editorial de Benito García Noriega KRK, que tiene en su haber la obtención del Premio Nacional al Libro Mejor Editado en la categoría de obras generales y de divulgación en dos años consecutivos (2011 y 2012), y a éste siguió el libro de sonetos en lengua inglesa Knights and Days, en la misma editorial en 1996, y un ensayo académico sobre cuatro novelas de Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Paul Theroux y J. M. Coetzee. Igualmente inclasificables fueron sus siguientes obras narrativas, publicadas originalmente en Debate, Los diarios clandestinos de Blancanieves (2001) y Las últimas voluntades del caballero Hawkins (2002), que luego recuperaría Edhasa, que a su vez le publicaría también su mordaz y sarcástica compilación de cuentos Historia del mundo para rebeldes y sonámbulos (2007). Sin embargo, Edhasa no se atrevió con Castilla y otras islas (2008), entre otras cosas porque no tenía colección donde hacerla encajar, que publicó Minúscula como número 22 de Paisajes Narrados y, según Bergalli, «circuló bien, para ser un libro difícil de clasificar». También en esta colección apareció, como número 44, Berlín y los barcos de ocho velas (2010), libro que en buena medida está muy emparentado con su siguiente Tristan Benson Blues (2011), que de nuevo sí se atrevió a publicar Edhasa por razones que quizá se puedan deducir fácilmente. La calidad de la prosa de Jesús del Campo y la inventiva e inteligencia del autor ha sido más que elogiada por la crítica española más exigente, y a ello se añade ya en 2004 el italiano Premio Gatea (destinado a la literatura de viajes), pero ese mismo carácter híbrido, escurridizo, irónico e indómito ante la taxonomía de la literatura de Jesús del Campo explican seguramente su trayectoria editorial.

De hecho, Paisajes Narrados ya expresa esa convivencia, confluencia, acaso cruce o mezcla entre lo ficticio y lo no ficticio en su propio nombre; e incluso si hasta el momento sólo ha albergado obras en prosa (cercanas a la crónica, al ensayo, al relato o al reportaje), es posible que libros como Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, o Roma, peligro para caminantes, de Rafael Alberti, no desentonaran en exceso en ella, pues el elemento esencial en este caso es la vinculación con un espacio. Para encontrar algo mínimamente similar quizá hubiera que evocar algunos de los títulos publicados por Gadir (Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi; Caminando por Las Hurdes, de Antonio Ferres, La toscana en tren de vapor, de Carlo Collodi, Elogio de  París, de Víctor Hugo, Las cartas de Egipto, de Flaubert…).

La asombrosa y muy personal idea de convertir el espacio, y más particularmente la ciudad, en elemento vertebrador de una colección, al margen de consideraciones de género más allá de la prosa, sin duda tiene que ver con la formación como antropóloga de su editora y su interés por la antropología urbana y el imaginario urbano, como ella misma ha reconocido, lo cual no hace sino subrayar el carácter marcadamente personal de la colección. La propia Bergalli ha desarrollado convincente y reiteradamente la idea que impulsa la colección (cercana a la idea de literatura de lugares), más allá de la sucinta descripción que cualquiera puede encontrar en su web:

Paisajes Narrados es una colección abierta que busca explorar el papel que ocupa el lugar en la literatura. Los ingleses tienen la expresión the sense of place, que sugiere la exploración de textos que pueden surgir a partir del estímulo que produce el hecho de intentar aprehender un determinado lugar real o imaginario. La colección también busca explorar los microcosmos que se van creando alrededor de un determinado lugar, por lo cual creo que la expresión paisaje engloba muy bien lo que entendemos como todo lo que forma parte del lugar y no sólo como la apariencia física de éste.

Las Crónicas berlinesas, de Joseph Roth (1894-1939), publicadas en 2006 como número 16 de la colección y uno de los títulos más reeditados y conocidos de la misma, es un buen ejemplo de ello, pero ya los tres primeros números publicados (todos ellos en el año 2000, el del estreno de la editorial), permitían hacerse una idea bastante aproximada de por dónde irían los tiros: Las ciudades blancas, de Joseph Roth, Verde agua, de Marisa Madieri (1938-1996) y Cerdeña como una infancia, de Elio Vittorini (1908-1966).

Un vistazo apresurado y poco informado a la lista de títulos publicados (Roma, de Gógol, El viaje a Arzum durante la campaña de 1829, de Pushkin, Esto es Nueva York, de E.B. White, París Francia, de Gertrude Stein…) podría propiciar el error –y al parecer eso fue lo que les pasó al principio a algunos libreros despistados– de suponer que se trata de textos cercanos al libro de viajes, pero pocas cosas más lejos de la realidad, pocos textos más alejados del pintoresquismo, de la mirada del turista occidental contemporáneo y de la visión de postal; se trata en cambio en muchos casos de las reflexiones y de la expresión de los sentimientos ambivalentes y/o contradictorios inspirados por la ciudad, de las relaciones afectivas y/o conflictivas establecidas con las mismas, de las vivencias o las impresiones apegadas tanto a un paisaje físico como a un paisaje humano.

Precisamente en uno de los libros ya mencionados, Verde agua, y en los temas que Claudio Magris comenta en el posfacio a la obra, identifica la editora algunas de las ideas recurrentes de la colección y de aquellas que la vinculan con el conjunto del catálogo: «en la publicación del libro de Marisa Madieri estaban ya las preguntas que son ciertamente recurrentes en el catálogo: la cuestión de la identidad, el papel de la frontera, el exilio, el peso de la infancia, la mirada sobre los paisajes, etc.». Y no es muy difícil establecer un parentesco con el modo en que se aborda el tema de la memoria y de la reconstrucción de la historia en un libro publicado casi veinte años después que Verde agua –y por otra parte tan distinto– como es el ya mencionado Chilean Electric. De nuevo, nos encontramos aquí con la fuerte carga personal y biográfica expresada en forma de criterios editoriales. Es decir, al observador mínimamente informado de la trayectoria biográfica e intelectual de la muy cosmopolita y viajada Valeria Bergalli no puede pasarle inadvertido hasta qué punto en su creación la editora está expresando su personalidad y su modo de afrontar el mundo. O dicho en otras palabras, Paisajes Narrados, como idea y como proyecto, es una obra de creación, en ningún caso la mera aplicación del «oficio de editar». Y eso, en el panorama editorial español de principios de siglo, era sumamente rupturista.

Fuentes:

Carlos A. Aguilera, «Paisajes Narrados. Conversación con Valeria Bergalli», El Nuevo Herald, 9 de abril de 2015.

Valeria Bergalli, «Editorial minúscula. Retrato en blanco y negro», intervención en el I Encuentro de Talento Editorial (Cartagena de Indias, 30 de enero de 2014).

Valeria Bergalli, «Una minúscula esperanza», Quimera núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 18-20.

Javier Blánquez, «Valeria Bergalli: “El exceso de libros nuevos perjudica a los lectores”», El Mundo, 2 de noviembre de 2018.

Manuel Cuéllar del Río, «Una editorial minúscula frente a la tiranía de la novedad», Asombrario & Co., 18 de julio de 2016.

Martín Gómez. «Entrevista a Valeria Bergalli, editora de Editorial Minúscula», El Ojo Fisgón, 10 de abril de 2007.

Esther Lázaro, «“La memoria es una especie de palimpsesto”. Entrevista con Nona Fernández (y Valeria Bergalli)», La Huella Digital, 21 de diciembre de 2018.

Matías Néspolo, «“Mi fórmula fue apostar por un catálogo coherente” (entrevista a Valeria Bergalli)», El Mundo, 20 de enero de 2010.

 

 

Manuel Delgado, editor de novela histórica española

El 5 de febrero de 1834 un joven José de Espronceda (1808-1842) firmaba un contrato de edición de la novela histórica Sancho Saldaña con el editor madrileño Manuel Delgado (f.s. XVIII-1848) en el que se especificaba que cobraría mil reales por cada uno de los seis volúmenes (de doce cuadernos impresos cada uno) que compondrían la obra, y se le adelantaban ya dos mil por los primeros. A título orientativo: a un escritor más afianzado por entonces como Mariano José de Larra (1809-1837) Delgado le hizo un contrato por 4.800 reales a cambio de los cuatro volúmenes de El Doncel de don Enrique el Doliente, que se publicaría ese mismo año 1834 y en la misma colección que la novela de Espronceda, y dos años más tarde le pagó dos mil a Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880) por Los amantes de Teruel, si bien en el caso del teatro con unas condiciones singulares, como se verá.

José de Espronceda.

José de Espronceda.

Una segunda edición del Sancho Saldaña mucho más extensa aparecida en 1869 (muerto ya Espronceda) creó en su momento una cierta confusión acerca de la versión definitiva de la obra y de su autoría, pero la explicación estaba en la intervención de Julio Nombela (1836-1919), autor de la prolongación de la obra y quien explicó sin ambages este tipo de prácticas editoriales en sus memorias (Impresiones y recuerdos) en un pasaje donde además caracterizaba del siguiente modo a su colaboradores en tales y semejantes menesteres:

García Cuevas, autor en sus mocedades de comedias y zarzuelas muy aplaudidas, magistrado después de brillante carrera y literato de verdadero mérito, favoreció con algunos capítulos trazados por su pluma mis novelas Mendigos y ladrones, Pepehillo, mi obra histórica Los Ministros de España y la continuación de la novela de Espronceda Sancho Saldaña. En la novela de Ignacio de Loyola me auxilió, superando mi trabajo, Martín Melgar, que en la época en que colaboró conmigo inauguraba con gran acierto sus tareas literarias prometiendo mucho y cumpliendo más tarde sus promesas, sino en cantidad al menos en calidad.

Mi íntimo y siempre buen amigo Juan Cancio Mena me prestó su valiosa ayuda en las obras La Bandera Española y Dios, Patria y Rey, publicadas en 1872 y 1873.

Sin embargo, Manuel Delgado, a quien a menudo se ha considerado el primer editor en sentido estricto (en el sentido de que era sólo intermediario, pues no era librero, tipógrafo ni impresor) y quien en 1847 sería condecorado con cruz supernumeraria de la Orden de Carlos III, debe su fama sobre todo a la implementación más o menos estable de algunas tácticas editoriales que tuvieron mucho éxito comercial, como es el caso de sus contratos con dramaturgos en los que se reservaba, además de los derechos indefinidos de reimpresión, los derechos devengados por las representaciones de las obras, y que en ocasiones –y muy particularmente en el del Don Juan Tenorio de José Zorrilla (1817-1893)– le fueron enseguida muy ventajosos. No deja de ser paradójico que el mismo año en que Delgado era condecorado se aprobara una nueva Ley de la Propiedad Intelectual.

El propio Zorrilla habla no muy bien en Recuerdos del tiempo viejo (1880-1882) de hasta qué punto los anticipos por obras no escritas acabaron convirtiéndose en mensualidades que le llevaron a continuar «produciendo tantas líneas diarias como reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las barbaridades que en ellas decía», situación que Martínez Martín vincula a «la fragilidad de un mercado en construcción». En cualquier caso, visto desde el siglo XXI, el elenco de dramaturgos que acabaron bajo el ala de Delgado fue realmente impresionante (Gil y Zárate, Hartzenbusch, García Gutiérrez, el Duque de Rivas…).

Sancho Saldaña, en cambio, se incluía en una operación no muy exitosa pero quizá atinada cuyo objetivo –en la línea de lo que habían intentado en Barcelona las revistas El Europeo y El Vapor y el filólogo y editor Antonio Bergnes de las Casas (1801-1879) – era impulsar el interés de los novelistas y lectores por la historia española mediante la publicación de novelas en la estela de las que tanto éxito habían reportado a Walter Scott (1771-1832) en inglés y tan buena aceptación habían tenido también en España, en particular en las ediciones que desde 1829 venía haciendo el editor e impresor Tomás Jordán de once novelas de Scott.

Para ello –y sobre todo para competir con Jordán– contó Delgado con el asesoramiento del escritor catalán Ramón López Soler (1806-1836), quien había debutado con el resonante éxito Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne (1930) que dio a la imprenta el editor valenciano Mariano Cabrerizo y cuya deuda (rayana en el plagio) con Ivanhoe ya quedaba claramente explicitada en el prólogo:

hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitándole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quien escribe.

Ros de Olano.Con razón pudo describir esta novela el periodista madrileño Mesonero Romanos (1803-1882) como un «Ivanhoe disfrazado», si bien la crítica ha identificado también trazas en su composición del Quentin Duward, de Waverley, de pasajes de lord Byron y de fragmentos de la Historia general de España, de Juan de Mariana (1536-1624). El proyecto de Delgado de dotar a la literatura española de una colección específicamente dedicada a novelas históricas sobre el pasado propio se había iniciado en noviembre de 1833 con El primogénito de Albuquerque, firmado por Gregorio López de Miranda (que no era otro que López Soler), a la que siguieron las mencionadas El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña, y en diciembre de ese año se anunciaban como autores de las obras siguientes a López Soler, Larra, Gil y Zárate (1793-1861), Ventura de la Vega (1807-1865), Estanislao de Kosca Vayo (1804-1864), Serafín Calderón (1799-1967) y Patricio de la Escosura (1807-1878). Más adelante (el febrero siguiente) se anunciaron también novelas de José de Villalta (1801-1846), Antonio Ros de Olano (1808-1886), Joaquín Pacheco (1805-1865) y Nicómedes Pastor Díaz (1811-1863).

Reedición del Sancho Saldaña a cargo de los descendientes de Manuel Delgado.

Según el célebre crítico de la generación del 27 José F. Montesinos (1897-1972) si, a diferencia de la novela histórica traducida, la colección de Delgado no triunfó fue en buena medida debido a la reticencia de los lectores españoles acerca de la literatura de ficción escrita en su lengua, lo cual quizá explique también que muchos de los autores no llegaran a publicarse (aunque con la firma de López de Miranda, en cambio, apareciera una segunda novela, La catedral de Sevilla, en 1833-1834). Ni la presentación ni el precio de los tomos (a 8 reales en Madrid y 9 en provincias) no eran muy distintos a las de otras colecciones similares que sí obtuvieron una buena respuesta por parte de los lectores. Así, de entre las novelas publicadas, solo tuvieron algunas reediciones las de Larra, Koska Vayo (Los expatriados de Zulema y Gazul, 1834), García Villalta (El golpe en vago, 1835), y la colección fue diluyéndose enseguida con Ni rey ni Roque (1835), de Escosura, y El caballero de Madrid en la conquista de Toledo por don Alfonso el VI (1836), de Basilio Sebastián Castellanos (1801-1891). Aun así, ya en 1846, en el segundo número de El Español, revista literaria, se proclamaba que «debe consultarla [esta colección] cualquiera que se proponga estudiar la historia de los trámites que ha seguido entre nosotros el arte de narrar». Sin embargo, no tardó Delgado en desistir y decantarse por novelas traducidas.

Fuentes:

Ángel Antón Andrés, «Prólogo» a José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, Barcelona, Barral Editores (Ediciones de Bolsillo, núms. 322 y 323), 1974, pp. 7-42.

Robert Marrast, José de Espronceda y su tiempo. Literatura, sociedad y política en tiempos del Romanticismo, traducción de Laura Roca, Barcelona, Crítica (Serie Mayor), 1980.

Jesús A. Martínez Martín, «La edición artesanal y la construcción del mercado», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 29-71.

Julio Nombela, Impresiones y recuerdos, tomo I (1836-1850), edición digital a partir de Madrid, Casa editorial de “La Última Moda”, 1909. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Madrid, CSIC, 2014.

Enrique Rubio Cremades, «La novela histórica del romanticismo español», edición digital a partir de Historia de la Literatura Española. Siglo XIX (I), coordinador Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe, 1997, pp. 610-642. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012.

«Don Antonio de Sancha, célebre encuadernador y librero»

En estos términos describía el político Pedro Rodríguez de Campomanes (1723-1802) a quien posiblemente se pueda considerar ─con permiso de Joaquín Ibarra (1725-1785)─ uno de los hombres del libro españoles del siglo XVIII mejor conocidos, y ha despertado un interés, si bien lógicamente minoritario como siempre en estos casos, muy sostenido a lo largo del tiempo. Esto ha permitido a Gabriel Sánchez Espinosa hablar, aunque haya a quien le resulte sorprendente, de «la relativa abundancia de estudios dedicados a considerar, a distinta escala, diferentes aspectos de la producción de algunos de los principales impresores del siglo XVIII español».

A diferencia de Ibarra, a quien se tiene, con razón, como uno de los principales competidores, de Antonio de Sancha (1720-1790) se ha valorado sobre todo su faceta de encuadernador, mientras que la primacía como impresor se la disputa con su rival y ambos comparten una altísima jerarquía como editores en el XVIII español. En la formación como encuadernador de Antonio de Sancha, llegado a Madrid procedente de su Torija natal en 1739, tuvo una importancia capital su paso por el taller de Hipólito Rodríguez del Barco (¿-1770), quien a la muerte de su esposa la librera Francisca de Guzmán (en 1723) había heredado los cargos de librero de la Real Casa y Real Capilla, y al fallecer Juan Gómez (en 1750) se convertiría también en encuadernador real (durante el reinado de Fernando VI).

Posteriormente Antonio de Sancha trabajó para su cuñado Antonio Sanz, desde 1720 impresor del rey, de la Academia y del Consejo de Castilla, pero debió de ser hábil en el aprendizaje del oficio, pues ya en 1751 fue encuadernador de la Real Academia de la Historia, tres años después de la Real Academia de la Lengua y en 1755 ya tenía abierta una librería-taller propia. En 1760 se convierte también en encuadernador de la Real Biblioteca.

En lo que podríamos considerar su faceta de editor, en 1768 aparece el primer tomo de la colección de poetas castellanos Parnaso español, preparada por el erudito Francisco Cerdá y Rico (1739-1800), y la impresión de cuyos cinco primeros tomos encarga a Joaquín Ibarra, quien culmina esta impresión en 1771, el mismo año en que Antonio Pérez de Soto acaba de imprimir para Sancha otra obra importante, la conocida (para abreviar) como Gramática griega filosófica, de fray Bernardo Agustín de Zamora (1720-1785).

Sin embargo, también de 1771 son los primeros trabajos de Sancha como impresor, que pudo llevar a cabo porque previamente había adquirido a su heredera la imprenta de Gabriel Ramírez y se había trasladado y ampliado el negocio. Allí se imprimirán los cuatro volúmenes restantes del Parnaso español, que Emilio Cotarelo describió como una de las ediciones más elegantes de su tiempo, sin bien uno de los primeros trabajos en esta nueva sede fue la Declaración copiosa de la doctrina cristiana, de Roberto Bellarmino (1542-1621).

Los dos tomos de la tercera edición de las Eróticas o amatorias (1774), del poeta Esteban Manuel del Villegas (1589-1669) o el poema épico de Alonso de Ercilla (1533-1594) La Araucana (1776) se cuentan entre sus trabajos más elogiados y mejor estudiados, pero uno de los aspectos más destacados de la labor de Sancha fue el rescate en el siglo XVIII de los grandes escritores de lo que se dio en llamar el Siglo de Oro, entre los que descuella su edición en cuatro tomos de un Quijote con láminas del artista segorbino José Camarón Bonanat (1731-1803) grabadas, al igual que los frontis, por valenciano Manuel Monfort y Asensi (1736-1806), quienes ya habían participado en el Quijote que Ibarra había impreso en 1771, y del que el de Sancha era más bien una copia, aunque con márgenes más amplios. No obstante, este primer Quijote hay que interpretarlo como un antecedente del que sacará finalmente en 1797.

Esta edición, en nueve volúmenes y que Sancha no llegó a ver completa, se enriquece con los comentarios del cervantista aragonés Juan Antonio Pellicer y Saforcada (1738-1806) y contiene treinta y dos grabados de Juan Moreno Tejada (1739-1805) y Blas Ametller Rotllán (1768-1842) a partir de viñetas calcográficas de Luis Paret y Alcázar (1746-1799) y Francisco Alcántara (1764-¿?), en el frontispicio del tomo primero y al inicio de algunos capítulos. Cada uno de los capítulos se acompaña de otro de notas y de un catálogo de los pasajes que aparecían «viciados» en ediciones anteriores; además, el noveno tomo comprende una amplísima biografía de Cervantes, obra también de Pellicer, que al parecer en ocasiones se comercializó independientemente.

Otras ediciones cervantinas, como las de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1781), las Novelas ejemplares (1783), Los seis libros de Galatea (1784) y Viaje al Parnaso (1784), que incluye La Numancia y El Trato de Argel, así como las de Lope de Vega y Francisco de Quevedo entre otros, contribuyeron a establecer esta imagen de Sancha como el gran editor de la literatura áurea española durante el siglo XVIII.

Subraya Sánchez Espinosa que aún resulta útil para conocer la vida y obra de Sancha una obra de fecha tan lejana como 1924 debida al bibliógrafo y cervantista Emilio Cotarelo y Mori (1857-1936), Biografia de D. Antonio de Sancha, Un gran editor español del siglo XVIII, aunque otra de las fuentes previas son también los comentarios que fueron apareciendo entre 1835 y 1836 en la revista del escritor romántico Eugenio de Ochoa (1815-1872) y el no menos romántico pintor Federico Madrazo (1815-1894) El Artista, que se imprimía en el taller de J. Sancha y fue pionera en el empleo de la litografía en la prensa española, aunque deba su fama a albergar en sus páginas la primera edición de la «Canción del pirata», de José de Espronceda (1808-1842).

En D. Antonio de Sancha, encuadernador. Datos para la historia de la encuadernación en España (1935) el librero y bibliófilo Pedro Vindel se sirve del trabajo de Cotarelo en todo cuanto hace referencia a la biografía, y al parecer desde entonces ha sido la obra de referencia. Pero el estudio de la obra de Sancha no ha dejado de tener cultivadores; entre ellos, la intrépida Matilde López Serrano, infiltrada por los servicios secretos franquistas en la CNT durante la guerra civil española y autora del extenso informe que recibieron las autoridades franquistas sobre el traslado que los republicanos llevaron a cabo del patrimonio bibliográfico conservado en la Biblioteca Nacional. Ya se ocupaba tangencialmente de Sancha en «La encuadernación en Madrid en la primera mitad del siglo XVIII» (publicado en Archivo Español de Arte y Arqueología en 1937), y retomó el asunto en otros estudios similares publicados en los años cuarenta en las revistas Archivo Español de Arte, Revista de Bibliografía Nacional, Graficas y Revista de Bibliotecas, Archivos y Museos Municipales, fruto de los cuales el Instituto de Estudios Madrileños le publicó en 1975 su complementario Gabriel de Sancha: editor, impresor y encuadernador madrileño (1746-1820).

También de los años cuarenta del siglo XX es el minucioso librito de un erudito y bibliógrafo ideológicamente situado en las antípodas de López Serrano, Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970), que durante la guerra había sido nombrado técnico de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico y como tal dirigió la salvación del patrimonio bibliográfico, lo que le hizo víctima de un expediente de depuración de las autoridades franquistas que se tradujo en la inhabilitación durante veinte años para la docencia. En 1948 salía de la imprenta de E. Sánchez Leal su «El Quijote de don Antonio de Sancha. Noticias bibliográficas», fechado el 22 de septiembre de 1947 y publicado como cuaderno de Ínsula.

Posteriormente Antonio de Sancha ha sido objeto de estudio en marcos mayores, como es el caso del «Ensayo de un diccionario de encuadernadores españoles», de Vicente Castañeda y Alcover, publicado en el Boletín de la Real Academia de Historia en 1957, pero también de monográficos como los que le dedicaron en el último cuarto del siglo XX H. G. Whitehead («Antonio de Sancha, 1720-1790: A tentative list of holdings in the reference division of the British Library», 1983) o Javier Blas y Juan Carrete Parrondo (Antonio de Sancha (1720-1790). Reinventor de lecturas y hacedor de libros, 1997).

Ya en el XXI, se han ocupado de su obra, por ejemplo, el equipo del Grupo Bibliopegia formado por Yohana Yessica Flores Hernández, Antonio Carpallo Bautista y Esther Burgos Bordonau («El taller de Sancha en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando», 2018) y, por supuesto, Gabriel Sánchez Espinosa («Antonio y Gabriel de Sancha, libreros de la Ilustración y sus relaciones comerciales con Inglaterra», 2014; «Los libros de la Ilustración: La actividad comercial de la Casa de Sancha a través de sus catálogos de los años 90», 2018 ). Que no pare.

Fuentes:

Emilio Cotarelo y Mori, Biografía de D. Antonio de Sancha, reed. del Gremio Madrileño de Comerciantes de Libros Usados, 1990.

Matilde López Serrano, «Antonio de Sancha, encuadernador madrileño», separata de la Revista de la Biblioteca Archivo y Museo de Madrid (Sección de Cultura e Información Artes Gráficas Municipales), núm. 54 (1946), pp. 296-307.

Gabriel Sánchez Espinosa, «Antonio y Gabriel de Sancha, libreros de la Ilustración y sus relaciones comerciales con Inglaterra», Bulletin of Spanish Studies, vol. 91, núm. 9-10 (2014), pp. 217-259.

Gabriel Sánchez Espinosa, «Los libros de la Ilustración: La actividad comercial de la Casa de Sancha a través de sus catálogos de los años 90», en Lluís Agustí, Mònica Baró y Pedro Rueda Ramírez, eds., Edición y propaganda del libro. Las estrategias publicitarias en España e Hispanoamérica (sglos XVII-XX), València, Calambur (Biblioteca Literae 35), 2018, pp. 81-109.

Pedro Vindel, D. Antonio de Sancha, encuadernador. Datos para la historia de la encuadernación en España, Madrid, Librería de Pedro Vindel, 1935.

El traductor y agente literario Olivér Brachfeld de su puño y letra

En más de una ocasión se ha analizado la quizá desproporcionada presencia de la literatura húngara en el mercado literario español, en la que tuvo sin duda influencia el hecho de que en 1999 Hungría fuera el país invitado en la Feria de Frankfurt, y que como consecuencia de ello sea creara un fondo para subvencionar la traducción de obras en húngaro a otras lenguas. Sin embargo, ya entonces la presencia de la literatura húngara tenía una historia bastante larga en la que ocupan lugares preferente el periodista, escritor y traductor Andréás (o Andrés) Révész Speier (1896-1970), el psicólogo, traductor y agente literario Ferenc Olivér Brachfeld (1908-1967) y la traductora y activista cultural Judit Xantus Szarvas (1952-2003), cuyo relevo ha tomado afortunadamente Adan Kovacsics, de ninguno de los cuales se conoce una cantidad de información proporcional a su importancia e influencia.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Sin embargo, del riquísimo epistolario de Ferenc Oliver Brachfeld, conservado en el Arxiu Nacional de Catalunya y quizá no suficientemente explotado por los investigadores, pueden extraerse muchos datos, en algunos casos de detalle, de cierta relevancia y, al parecer, muy poco conocidos. Es posible que en ciertos ámbitos se haya interpretado a veces que Carmen Balcells (1930-2015) fue la primera agente que operó en España, cosa que por lo menos en el sentido cronológico es errónea si se tiene en cuenta por ejemplo el caso del escritor rumano Vintilia Horia (1915-1992) y la creación de la agencia literaria A.C.E.R. (Argentina-Colombia-España-Rumanía), con la colaboración del editor de origen argentino Francisco Pérez González y el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005). Otro ejemplo es el de Ferenc Olivér Brachfeld, de cuya agencia literaria dejó una colorista descripción Pere Carbonell i Fita (1916-2016) en Tres nadals empresonats, 1939-1943:

Fue ella [Maria Bages] quien dio nombre a la agencia literaria que creó el marido y en la que yo empecé a trabajar como secretario.[…] Los ayudaba en las labores del despacho y salía a la calle a visitar a los editores para ofrecerles los derechos de publicación de las obras de autores extranjeros que Brachfeld representaba. También me especialicé en sacarles dinero a quienes habían publicado obras de los representados o habían encargado traducciones. […] Los Brachfeld vivían, con el padre de Maria, en el piso de los Bages de toda la vida, en la calle Riera Alta. El comedor nos servía de despacho. A la hora de comer, para disponer la mesa, había que retirar previamente los papeles y los libros amontonados. En ese comedor polivalente me presentaron, el día de mi debut, a un buen amigo de la familia, el poeta y editor Josep Janés i Olivé.

José Janés.

Es imposible, por ejemplo, aquilatar el calado de la relación entre Olivér Brachfeld y el escritor Eugenio d’Ors (1881-1954) en la inmediata posguerra, sin recurrir al epistolario conservado de Brachfeld, que se inicia en 1941, cuando el primero le anuncia el envío de dos ejemplares de una reedición de Guillermo Tell a través del editor Josep Janés, que por entonces viajaba con frecuencia entre Barcelona y Madrid. No tardó Olivér Brachfeld en convertirse en agente de D’Ors para sus traducciones a otras lenguas.

Más interesante es sin embargo el diálogo mantenido en otoño de 1942 acerca de un proyecto del mencionado Janés de dedicar un número de la colección Las Quintaesencias a Eugenio d’Ors y encargar la selección de títulos y prólogo a Olivér Brachfeld, quien el 25 de octubre de 1942 ya tenía casi terminado el texto introductorio. Sin embargo, como es bien sabido, este número no llegó a incluirse en la colección de las Ediciones de la Gacela janesiana.

Por su parte, D’Ors elogia por carta tanto la traducción como el prólogo que Olivér Brachfeld hizo en 1942 de Viaje en torno a mi cráneo, del húngaro Frigyes Karinthy (1887-1938), para la Editorial Argos, pero lo interesante en este caso es obtener constancia de que Olivér Brachfeld actuaba de agente literario de la obra de Karinthy, pues dice en un pasaje de una carta fechada el 13 de octubre de 1942 que lo «celebraría en cuanto representante de la viuda del autor». Ya en 1941 Janés había publicado en su minúscula colección Grano de Arena el cuento de Karinthy «El marido escribe», y más tarde, en 1945, fue el propio Olivér Brachfeld quien le publicaría, en su efímera editorial Victoria, Viaje a Faremidó: El último viaje de Gulliver. En 1949 y 1955 José Janés Editor reimprimió Viaje en torno a mi cráneo, hasta que en 1961 este mismo título se recuperó en Plaza & Janés y en 2007 en Círculo de Lectores.

Espigando este mismo epistolario pueden identificarse algunos otros autores representados por la agencia que Brachfeld había organizado con su esposa (y traductora ocasional) Maria Bages González. Es el caso, por ejemplo, del durante un tiempo vendidísimo escritor húngaro Lajos Zilahy (1891-1974), quien hasta 1947 no se establecería en Estados Unidos pero ya desde los años treinta era ampliamente conocido en España gracias a novelas como Primavera mortal (Apolo, 1935) o las bastante reeditada comedia dramática en tres actos Aquella noche (Argentores, 1935). Más adelante, ya en los años cuarenta y cincuenta, José Janés convirtió a Zilahy en uno de los puntales de su catálogo y lo convirtió en un autor omnipresente en las librerías españolas.

Otro dato interesante o cuanto menos curioso de este rico epistolario es la preferencia que expresa Olivér Brachfeld hacia la editorial Destino a la hora de vender derechos de traducción, y sobre todo el motivo: A diferencia de lo que ocurre con otras editoriales, que sospecha que hacen sobretiradas y declaran haber impreso menos ejemplares de los que en realidad ponen en circulación, en el caso del impresor de Destino tiene modo de obtener información fiable acerca de las tiradas reales, cabe suponer que por medio de alguno de los empleados de la imprenta.

Ferenc Oliver Brachfeld.

Ferenc Oliver Brachfeld.

En una carta del 26 de junio al geógrafo francés Pierre Deffontaines (1894-1978), entre 1939 y 1964 director del Instituto Francés de Barcelona, menciona como otra de sus representadas a la escritora noruega Sigrid Undset (1889-1942), a quien Janés publicó La edad feliz (1942) en Ánfora; La pastora de porcelana (1942) en Grano de Arena; La orquídea blanca (1947) en Los Escritores de Ahora; y Kristina Lavrandsdatter (1959) en La Pléyade, además de un volumen en Los Clásicos del Siglo XX que incorpora Olav Andunssson. A la muerte de Janés la obra de Undset fue recuperada en los sesenta por Aguilar y ya desde finales del siglo XX por Ediciones Encuentro. Mayor precisión incluso aparece como de pasada en una carta dirigida a Eugenio d’Ors y fechada el 8 de julio de 1943, donde Olivér Brachfeld especifica que viene representando a Undset (que había obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1928), desde 1935.

André Maurois.

André Maurois.

Otro de los grandes autores representados por el agente húngaro era el escritor francés André Maurois (Émile Herzog, 1885-1967), a quien la ocupación nazi de París convirtió en un autor proscrito y le complicó mucho las cosas, pues sus libros, obviamente, desaparecieron de las librerías francesas. Y, aun así, paradójicamente, Bernard Grasset (1881-1955) seguía vendiendo sus derechos sin que el escritor, por ley, se pudiera beneficiar lo más mínimo de ello; con la retranca añadida de que Maurois era uno de los socios minoritarios de Grasset. (El otro gran editor en Francia de Maurois, Gallimard, por lo menos creó una bolsa para poder pagarle cuando esto fuera posible.)

Sin embargo, el caso de los derechos de Maurois es un asunto ya tratado en este mismo blog. En cualquier caso, lo que es evidente es que el epistolario de Ferenc Olivér Brachfeld está aún pendiente de que alguien lo analice con detenimiento y saque a la luz los numerosísimos datos que contiene acerca de los pequeños detalles acerca de la historia editorial española en una época de la que no abundan las fuentes. Quizá constituya incluso la base para reconstruir el catálogo de autores representados por esta pionera agencia literaria barcelonesa.

Fuentes:

Fons Férenc Oliver Brachfeld del Arxiu Nacional de Catalunya.

Agnes Baló, Iniciativas privadas para la difusión del patrimonio húngaro en Catalunya, trabajo de fin de máster en Gestió del Patrimoni Cultural en l’Àmbit Local, Universitat de Girona, 2010-2011.

Ipoli Az, «Los libros que no fueron… o en busca del libro perdido (hasta el 14 de octubre). Los 9 libros fantasmales de la literatura húngara en español», Celdas de papel, 11 de junio de 2012.

Carbonell i Fita, Pere, Tres nadals empresonats, 1939-1943, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 234), 1999.

Eva Cserháti, «De Kubala a Kertész. Más de cien años de traducción de la literatura húngara en España (1887-2007)», en Vasos comunicantes, núm. 41 (invierno 2008-2009), pp. 51-56.

Manuel Llanas y Ramon Pinyol, «L’activitat de Ferenc Oliver Brachfeld a Catalunya: algunes notícies», Actes del Catorzè Col·loqui Internacional de Llengua i Literatura Catalanes Budapest  2006, Barcelona, Publicacions de lAbadia de Montserrat, 2009, vol, I, pp. 295-307.

 

Pierre Bourdieu, editor: rigor clásico y audacia vanguardista

La obra ensayística del sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002) es sin duda una de las más conocidas e influyentes de las últimas décadas en el ámbito de las ciencias humanas. Sin embargo, y pese a su labor con el historiador Fernand Braudel (1902-1985) al frente de la original revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales, menos conocida es en general su trayectoria como editor y particularmente como director de colecciones cuya incidencia ha extendido mucho más allá de los límites de la vida cultural francesa.

Pierre Bourdieu.

Como director de la colección Le Sens Commun, creada por él mismo en el seno de las exquisitas Éditions de Minuit, desde 1966 y hasta 1991 dio a conocer a un público amplio el trabajo de investigación y ensayístico de algunos filósofos, sociólogos, antropólogos y escritores importantes, tanto clásicos como menos reputados hasta entonces, como son los casos de Marcel Mauss, Emile Benveniste (Vocabulaire des institutions indo-européennes), Ernst Cassirer (La Philosophie des formes symboliques), Emile Durkheim, Mijaíl Bajtín, Edward Sapir, Joseph Schumpeter, Ervin Goffman, John Searle, Theodor Adorno, Erwin Panofsky o Luis Prieto (Pertinence et pratique. Essai de sémiologie), entre otros muchos, además de ir dando a imprenta algunos de los títulos importantes de su propia obra (L’amour de l’art, 1966; La distinction, 1979; Le Sens pratique, 1980; Questions de sociologie, 1980; Homo academicus, 1984; La noblesse de l’État, 1989, etc.).

Sin embargo, mientras tanto se había convertido en 1975 en editor consultor de la American Journal of Sociology y ese mismo año había puesto en marcha (en el seno de la Maison des Sciences de l’Homme) la ya mencionada revista Actes (ARSS), en cuyo consejo científico figuraban reputadísimos historiadores (Quentin Skinner, Roger Chartier, Robert Darnton, Eric Hobsbawm), filósofos (Jacques Bouveresse, Anne Fagot-Largeault), sociólogos (Christian Baudelot, Aaron Cicourel, Yves Gingras), antropólogos (Alban Bensa), juristas (Mireille Delmas-Marty), etc. El enorme impacto inicial de las Actes de la Recherche en Sciences Sociales se basó, tratándose de contenido de gran rigor científico, en el gran formato, la maquetación y el potente apoyo visual general (incorporación de numerosas ilustraciones e incluso de cómics). Pero en el ámbito de la edición tuvo un gran impacto el número temático de marzo de 1999 («Édition, éditeurs 1»), que se abría con el texto de Bourdieu «Une révolution conservatrice dans l’edition» (acompañado además de gráficos muy ilustrativos sobre la situación del panorama editorial francés y un utilísimo anexo informativo) y proseguía con textos de Jean-Yoves Molier (acreca la edición francesa entre el XVIII y el XX), Diana Cooper Richet (sobre las librerías extranjeras en París), los obstáculos para la investigación  de las estrategias editoriales), Anne-Marie Thiesse y Natalia Chmatko (los nuevos editores rusos), Gustavo Sorá (la evolución editorial brasileña)…, número que Jorge Herralde glosa en Por orden alfabético.

La continuación(«Édition, éditeurs 2») aparecería en diciembre de ese mismo año con no menos interesantes textos de Benedicte Reynaud («L’emprise des groupes»), Olivier Godechot («Le marché du libre philosophique»), Claudia Schalke y Markus Gerlach («Le paysage éditorial allemand») y André Schiffrin (sobre las editoriales universitarias estadounidenses), entre otros.

A partir de 1989 había empezado a salir, también en Éditions de Minuit y dirigida por Bordieu, Liber: Revue européenne des livres (subtitulada Revue internationale des livres desde junio de 1994), que al poco tiempo y hasta 1998 se convierte en suplemento de las Actes.

Aun así, cuando a principios de los años noventa Pierre Bourdieu había empezado a publicar su propia obra en las Editions du Seuil –donde arrancó con un título tan emblemático como Les règles de l’art: genèse et structure du champ littéraire (1992) –, sin abandonar los proyectos ya en marcha añadió a estos la fundación y dirección de la colección Liber, donde en 1996 publica su famoso Sur la televisión suivi de L’emprise du journalisme, y dos años después el no menos difundido La domination masculine. Como empresa destinada a la publicación de libros, Liber se había constituido en 1996 (a rebufo del movimientos social y huelguístico del año anterior contra el plan Juppé) como una asociación según la ley de 1901 (es decir, sin ánimo de lucro), y a su vez dio pie al nacimiento en 1998 de Attac (Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana), en la que confluyeron desde el músico y activista Manu Chao hasta el filósofo y lingüista Noam Chomsky, pasando por el economista Arcadi Oliveres, el jurista Carlos Jiménez Villarejo o el historiador Éric Toussaint. Quedaba claro que Bourdieu era cualquier cosa menos un académico que solo saliera de su despacho para dirigirse al aula; es más, no estaba dispuesto a que sus alumnos o pupilos constituyeran su único auditorio.

Como editorial al margen de Seuil, Liber inició dos grandes colecciones, Raisons d’Agir (Razones de actuar) y Cours et Travaux (cursos y trabajos), y una tercera de coediciones con editoriales e instituciones diversas (entre ellas Seuil y Collège de France). Jorge Herralde ha descrito el resultado general de esta iniciativa en los siguientes términos: «libros de intervención política y cultural […] Se trataba de libros breves de precio asequible, a menudo de gran difusión, bestsellers alternativos», un género que a finales de la primera década del siglo XXI ha resurgido en España. Al Sur la télévision (1996) le siguieron en Raisons d’Agir títulos del colectivo ARESER (asociación de reflexión sobre la enseñanza superior y la investigación), Loïc Wacquant (Les prisons de la misère, 1999) o Jacques Bouveresse (Prodiges et vertiges de l’analogie, 1999), entre otros, además de los muy famosos y combativos Contre-feux (1998 y 2001), del propio Bourdieu.

Cours et Travaux, por su parte, se abrió también con un texto de Bourdieu (Science de la science et reflexivité, 2001), y se le dio continuidad a menudo con libros colectivos, como son los casos por ejemplo de Le cauchemar de Humboldt, les reformes de l’enseignement supérieur européen, editado por el equipo formado por los sociólogos Franz Schulteis (alemán), Marta Roca i Escoda (catalana) y Paul Frantz Cousin (francés), La protestation étudiante (2009), dirigido por el sociólogo Bertrand Geay o Des littératures combatives, l´Internationale des nationalismes litteraraires (2011), dirigido por la teórica y crítica literaria Pascale Casanova (1959-2018), pupila de Bourdieu y a quien su La République mondiale des lettres había dado amplia reputación y su labor crítica en el programa radiofónico L´Atelier littéraire (en France Culture) una amplia popularidad.

Probablemente este repaso sea suficiente para hacerse una idea de la dimensión de la obra puesta en marcha por Bourdieu en el campo de la edición, destinada sobre todo a hacer accesible al lector común y corriente (y de ingresos modestos) el resultado de una serie de trabajos e investigaciones cuya influencia, pese a su indudable interés social y capacidad de incidencia en la vida política y cultural, a menudo han tendido a quedar muy estrictamente circunscritos al ámbito universitario. Y hacerlo de un modo clarificador, sin perder el paso de la actualidad, capaz de conectar con un público amplio y sin que ello suponga un menoscabo del rigor. Pas mal. Así lo concretó el propio Bourdieu en el texto de presentación de Raisons d’Agir:

Ofrecer los instrumentos de comprensión, es decir de libertad, que genera la investigación internacional en todas sus formas, literaria, científica, reunir sin otros criterios que la calidad, la novedad, el rigor y la originalidad de los trabajos franceses y extranjeros sobre los problemas más complejos y más candentes del pensamiento y la acción, este es el objetivo de esta colección que quisiera aunar la exigencia de un riguroso clasicismo y la audacia de las vanguardias.

Fuentes:

Pierre Bourdieu, un hommage (blog).

Paul Costey, «Pierre Bourdieu, penseur de la pratique», Revue Tracés, núm. 7 (invierno 2004-2005), p. 11-25.

Jorge Herralde, «Pierre Bourdieu, la musculatura intelectual de un luchador», fusión de un artículo publicado en El Periódico en 2002 («Adiós a Bourdieu») y un texto inédito de 2004 («Pierre Bourdieu, editor y funcionario de la humanidad»), recogido en Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 22), 2006, pp. 47-51.

Michel Winock, El siglo de los intelectuales, traducción de Ana Herrera, Barcelona, Edhasa, 2010.

Las traducciones falsas (y las auténticas) de Max Aub

En 1963, durante su exilio en México, Max Aub (1903-1972) dio a conocer en la revista mallorquina de Camilo José Cela (1916-2002) Papeles de son Armandans una primera entrega de lo que ya entonces se titulaba Antología traducida y que Aub había mandado en noviembre de 1962.

Max Aub.

Max Aub.

Consistía esta primicia, que se publicó entre las páginas 143 y 161 del número 92 (noviembre de 1963), en una recopilación de trece traducciones de poemas, en algunos casos fragmentarios, de los autores más diversos y pertenecientes a las tradiciones más heterogéneas, pero en todos los casos absolutamente desconocidos para los lectores españoles (que vivían aún bajo la censura franquista); a los que acompañan breves biografías, generalmente muy parcas y sintéticas, de los antologados, así como muy someras pero contundentes consideraciones críticas. La aparición en la revista de Cela coincide cronológicamente con la publicación en México, en la colección Poemas y Ensayos de la Universidad Nacional Autónoma de México, del volumen con el mismo título, que incluye ya a cuarenta y ocho autores. Dos años más tarde se publicaron algunos textos de esta antología con el título «Nuevas versiones» en la Revista Mexicana de Literatura (núm. 3-4, marzo-abril de 1965); en enero de 1966 se publica otra pequeña muestra de estas traducciones en la revista salmantina Álamo, y en mayo de ese mismo año se publica una segunda entrega de poemas en Papeles de son Armadans, hasta que en 1972 aparece en la serie mayor de la Biblioteca Breve de Bolsillo de Seix Barral la última edición en vida del autor, que incluye sesenta y nueve poetas. El año anterior, también en España, Max Aub había publicado en la colección El Saco Roto de la editorial Helios Versiones y subversiones y en 1972 en México en Alberto Dallal Editor, cuya primera parte se incorpora a la edición de Seix Barral y la segunda la componen, para decirlo en pocas palabras, «traducciones» de autores mejor conocidos.

La edición de la UNAM.

La edición de la UNAM.

La Antología traducida iba precedida de una interesante nota introductoria en la que escribe Aub:

Escribí muchos renglones cortos con la esperanza de que fuesen versos. Joaquín Díez-Canedo me los echa siempre en cara. Sin más dificultad que la tristeza, acabó por convencerme. Entonces me puse a mal traducir estos poemas segundones que posiblemente tampoco tienen interés. Peor es publicarlos. Ahora bien, ¿tengo yo toda la culpa?

Aunque su criterio como crítico y sus dotes como filólogo estaban ya más que probados, la experiencia de Max Aub como traductor no parece que fuera muy amplia hasta entonces. En 1944 Aub se había ofrecido por carta a su amigo André Malraux (1901-1976) para traducir sus próximas obras, pero en ese momento el escritor francés estaba ocupado en otros menesteres más urgentes que su obra literaria (concretamente, la segunda guerra mundial); cuatro años más tarde Aub tradujo con el título Doña Millones la obra del hispanista Jean Camp (1891-1968) y el novelista Jean Bommart (1894-1979) La dame d’atout, pero esta obra quedó inédita; en 1949 tradujo el guión cinematográfico de René Clair (1907-1988) Le silence est d’or; en los años cincuenta publicó para el Fondo de Cultura Económica Las clases sociales (1950), de Maurice Halbwachs, e Introducción a la historia (1952), de Marc Bloch; y, salvo error por omisión, en noviembre de 1963 se publicó en la Revista de la Universidad de México su traducción del poema de Antonin Artaud (1896-1948) «Le visage humaine» (fechado en julio de 1947). No es un bagaje muy amplio, al que en 1968 añadiría la traducción del guión de Sierra de Teruel, que las Ediciones Era publicarían profusamente ilustrado con fotografías de la célebre película de Malraux y con un prólogo del propio Aub.

Acerca del primer poeta que aparece en la Antología traducida, anónimo, se dice que es «Sin duda de la época de Amenofis IV, en el que rezuma un curioso anticlericalismo, probable consecuencia de la pérdida de las provincias sirias». Vale la pena destacar el comentario por el contraste entre el «sin duda» y el «probable», muy ilustrativo acerca del contenido de toda la antología, en la que alternan el dato erudito con la hipótesis de apariencia más o menos arriesgada y/o fiable. Esto es, por ejemplo, todo lo que explica Aub acerca de «Juan Manuel Wilkesntein (1623-¿1657/8?). Dicen sus contemporáneos que no salió de las tabernas. Parece que en sus años mozos hizo algunas campañas en Flandes e Italia. Escribió en alemán.»

Una de las cuestiones ya en un primer momento sospechoso, aun a sabiendas del poliglotismo de Aub, es la diversidad de lenguas a partir de las cuales traduce, que va desde el sánscrito al inglés, pasando por el griego, el latín, al arameo o el chino, lo cual solo podría explicarse si, en buena medida, se coligiera que las traducciones no se hicieron a partir de las lenguas originales sino de traducciones puente, como se explicita en algún caso. De hecho, según cuenta el autor en la nota introductoria, Howard L. Middleton («especialista en lenguas y literaturas eslavas», de quien se lamenta su muerte en 1959, le prestó «sus luces y las voces de tantos que tradujeron lo suyo en idiomas para mí comprensibles») y Juan de la Salle (a quien dice haber conocido en 1930 en Madrid ya entonces como insigne arabista y sanscritista, y que en el momento de escribirse la nota está «desaparecido en un convento canadiense») le ayudaron con una colaboración muy intensa. Eso podría inducir a pensar que posiblemente Max Aub está ni más ni menos que atribuyéndose traducciones que en realidad no había llevado a cabo, pero sin duda todo es más complejo y divertido. El hecho de que aparezca, por ejemplo, un Vladimiro Nabukov (1821-1872) que «Nació en Kiev, murió en Berlín. Joven, fue amigo de Tolstoi. Luego se enfadaron era rico; murió harto, del corazón», ya pone sobre la pista, pero más evidente es la inclusión del Max Aub, de quien entre otras cosas se dice que «no se sabe dónde está […] Nadie le conoce.», autor del que, por cierto, por si fuera poco, se incluye lo que a simple vista ya puede detectarse como un plagio de otro de los poetas previamente incluidos en la antología, concretamente de Bernard de Crenne (1501-1547). Y la retranca: de uno de los poemas de Crenne, escribe el antólogo: «A menos que este poema, por el que tengo cierta debilidad, se deba a su prima segunda Hélisenne de Creene, la autora de Las augustas dolorosas que proceden de amores (1538), la primera novela autobiográfica francesa». Añadan a eso que uno de los textos de Subandhu, «poeta persa que, aunque parezca extraño, escribió en persa», se había incluido ya en Del amor (1960), de Max Aub y Leonora Carrington.

De izquierda a derecha: Max Aub, Joaquín Díez Canedo. Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

De izquierda a derecha: Max Aub, Joaquín Díez Canedo. Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Obviamente, pues, Max Aub se hace pasar por traductor y antólogo cuando lo que demuestra ser en realidad es un poeta versátil y un ingeniosísimo creador de heterónimos capaz de poner en pie un excéntrico artefacto literario en el que vienen a confluir lo mejor de la tradición de Pessoa y Borges. Pero no se trata de un simple juego sin más.

Emparentado con la Antología traducida, además de las mencionadas Versiones y subversiones, es el libro que ya dejó preparado en 1971, si bien se publicó póstumamente, Imposible Sinaí, a partir de una selección llevada a cabo con el consentimiento de su autor por Alastair Reid (1926-2014) y Joaquín Díez Canedo (1917-1999). En él reúne Aub lo que presenta como «escritos encontrados en los bolsillo y mochilas de muertos árabes y judíos de la llamada “guerra de los seis días”, en 1967. Las traducciones deben mucho a mis alumnos», donde de nuevo se acompañan los textos de breves notas biográficas fragmentarias. Así, entre otras lindezas, de un tal Wilhelm Hochbach se dice que «Su celebridad nunca pasó las fronteras porque ni fue famoso ni lo merecía […] Lo incluyo en este libro porque lo conocí y me leyó estos versitos escritos el día anterior, en un café, donde esperó en vano –como era natural– a una alumna que le traía el seso revuelto».

Max Aub.

Quizá todo es mucho más claro en las palabras que escribió Eleanor Londero, que posteriormente prepararía una edición de la Antología traducida:

Presentarse como antólogo y traductor –es decir, como mediador al infinito– de sesenta y nueve poemas apócrifos presupone poner en tela de juicio una serie de certezas. [..] la validez o, si se quiere, sobre el fundamento de la selección en sí […], la función misma de la traducción y su real capacidad de comunicar o transmitir un mensaje determinado. Por último, sobre la legitimidad de reivindicar cualquier derecho de autoría sobre el texto. […] Supone, en definitiva, moverse en los márgenes ambiguos que separan la configuración estética de su propia reflexión.

Fuentes:

Max Aub, Antología traducida, edición, introducción y notas de Pasqual Mas Usó, presentación de Tomás Segovia, not preliminar de Antonio Gascó y grabados de Luis Bolumar, Segorbe, Fundación Max Aub – Universitat Jaume I (Biblioteca Max Aub 6), 1998.

Max Aub, Imposible Sinaí, Barcelona, Seix Barral (biblioteca Breve), 1982.

José Ángel Cilleruelo, «Comprometidos y apócrifos. Los poemas de Max Aub», Quimera, núm. 134 (abril de 1998).

María Teresa González de Garay, «Las máscaras poéticas de Max Aub», El Correo de Euclides, núm. 1 (2006), pp. 546-554.

Eleonor Londero, «Max Aub, traductor fingido», en Cecilio Alonso, ed., Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español, Ajuntament de València (Col·lecció Encontres), 2006, vol II, pp. 653-658.

José Ramón López García, «Memorialismo, historia e imaginación lírica. Max Aub y el ciclo de Imposible Sinaí», El Correo de Euclides, núm. 1 (2006),pp. 568-580.

Gérard Malgat, Max Aub y Francia o La esperanza traicionada, Sevilla, Editorial Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Anejos), 2007.

Ignacio Soldevila, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, València, Biblioteca Valenciana (Colección Literaria), 2003.

Día del Libro, 1938: Guerra de cifras durante la guerra civil española

La de 1938 fue, lógicamente, una de las celebraciones del Día del Libro singulares, pero como tantas otras estuvo acompañada por su correspondiente polémica acerca de cuáles habían sido los libros más vendidos.

Entre estas singularidades destacan por ejemplo las fechas en que se celebró. Del mismo modo que en 1937 se había desplazado inicialmente a mayo, y posteriormente, como consecuencia de los conocidos precisamente como Hechos de Mayo, a principios de junio, en 1938 se desarrolló a mediados de año, inicialmente restringido al día 15, si bien posteriormente prolongado al día siguiente, mientras que numerosos actos relacionados con el libro (conferencias, exposiciones, recitales…) se extendieron entre los días 13 y 19 de junio.

Otra de las singularidades, muy probablemente vinculada con el avance de las tropas franquistas que habían ido generando miles de desplazados a tierras aún republicanas, así como al traslado del gobierno español de Valencia a Barcelona (31 de octubre de 1937) y de empresas editoriales como Hora de España y Nuestro Pueblo, es el hecho de que aumentara muy notablemente la circulación de libros publicados en lengua española y consiguientemente el porcentaje que supusieron en el global de las ventas durante estas jornadas.

Cartel de la Fira del Llibre de 1937.Y una tercera singularidad: por parte de las autoridades catalanas, uno de los objetivos más importantes y urgentes de esa feria era obtener libros para el Servei de Biblioteques al Front, cuyos fondos habían sido víctimas de los particularmente duros bombardeos de que había sido objetivo Barcelona en marzo de ese año.

Sin embargo, no sólo acerca de las cifras, sino incluso de los títulos más vendidos es difícil obtener datos fiables, pues muestran una inequívoca intencionalidad por parte de aquellos que los facilitan.

El día anterior a la Diada, casi toda la página 8 de La Vanguardia, que por entonces dirigía de facto Paulí Masip (1899-1963), la ocupaban tres enormes anuncios sobre novedades editoriales que son muy significativos: Uno de Ediciones Europa-América, con un prolijo listado de títulos, con sus correspondientes precios, clasificados temáticamente (Clásicos del Marxismo-Leninismo, El Movimiento Estajanovista, Colección Stalin, La Lucha contra el Trostkismo…); otro de Editorial Nuestro Pueblo con una forma similar y en cuyo catálogo destacaban obras de José Herrera Petere (1909-1977), Federico García Lorca (1898-1936) y Pedro Garfias (1901-1967), entre otros, y un tercer anuncio con las novedades de una singular Estrella, Editorial per a la Juventut, que encabezaban Dubrowski, el bandido, de Pushkin, y dos obras de Antoniorrobles (Antonio Joaquín Robles Soler, 1895-1983): Don Nubarrón en las colas y Don Nubarrón en su tinajón. No es ocioso señalar que estos tres sellos estaban vinculadas a la empresa Distribuidora de Publicaciones, cuya oficina central estaba en el número 260 de la calle Diputació (entresuelo) y con Librería Internacional, en el número 21 del Passeig Maragall (entrada por Diputación); en otras palabras, pertenecían a un mismo conglomerado de empresas vinculado al Partido Comunista, como describe bien Gonzalo Santonja  en Los signos de la noche.

Federico García Lorca.En la página 7 del mismo periódico, aparecían otros anuncios diversos, de las publicaciones del Comisariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya, de las Unitats de xoc de Calders ilustrado con grabados de Enric Cluselles y prologado por Carles Riba o, más sorprendente, de la edición de La Biblia que ponía a la venta por esas fechas la Casa de la Biblia, pero el espacio central lo ocupaba de nuevo un inmenso anuncio en el que se destaca otro libro de Nuestro Pueblo, Madrid es nuestro, que reúne sesenta crónicas firmadas por Jesús Izcaray, Clemente Cimorra, Mariano Perla y Eduardo Ontanón, prologadas por el general José Miaja (1878-1958).

Enric Cluselles.En la plaza Catalunya y sus aledaños, montaron esa jornada sus puestos las Milicias de la Cultura, Mujeres Libres, Mutilados de Guerra, la Asociación de Artistas Teatrales, la Asociación de Amigos de la URSS, Asistencia Infantil, entre otras organizaciones, mientras que en los locales del CADCI (Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria) pronunció una conferencia Josep Pujols, en el local social de Profesionales Liberales (CNT) se organizó una exposición de libro antiguo (con ejemplares de los siglos XV y XVI) o en la Biblioteca Apel·les Mestres una sobre libro infantil, entre infinidad de otras iniciativas parecidas en todos los barrios de la ciudad.

Si bien en el Dia del Libro de 1937 a la prensa le sorprendió la cuantiosa venta de libros de poesía catalana, al hacer balance de la jornada de 1938 un anómimo redactor de La Rambla aseguraba que «No encontraréis ningún dependiente que no os diga que nunca se habían vendido tantos libros». Sin embargo, el exfutbolista del Barça y el Catalonia, y entonces profesor y periodista, Isidro Corbinos (1894-1966) matizaba esas palabras en La Vanguardia recurriendo al testimonio de un librero con puesto en las Ramblas:

En realidad, esta de hoy es una media fiesta del libro. Porque no hay libros, no hay compradores. No hay, se entiende, el buen libro, agotado y ya inexistente en el mercado; el buen libro que se ha vendido siempre en todas las ferias, todos los años. No queda nada de Galdós, ni de Pereda, ni de Palacio Valdés, ni de Alarcón, ni de los grandes novelistas extranjeros. No queda el libro de calidad literaria. Ni libros de Arte. Ni siquiera libros técnicos… […] Además, el lector ha disminuido, se encuentran en el frente todos aquellos que más leían. [..] Pero no se crea […], se compraría infinitamente más si hubiera todos los libros que se piden.

El mismo Corbinos señala que los actos relacionados con el libro han ganado protagonismo en detrimento de la venta propiamente dicha, pero apunta también el éxito  de las biografías, así como del libro popular de bajo precio y destaca que «algunas ediciones económicas editadas por unas Ediciones para la Juventud se agotaron» y que en general los libros sobre la revolución y la guerra se han vendido «a cataratas». Aun así, incorpora también el testimonio del insigne librero especializado en teatro Àngel Millà i Navarro (1890-1975), que hasta cierto punto lo desmiente pues a media tarde aseguraba haber vendido ya más de mil ejemplares de la edición económica (50 céntimos) de La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Téngase en cuenta que la recién aparecida edición de Unitats de xoc mencionada se puso a la venta a 10 pesetas, el mismo precio que el también reciente Infants, de Pere Creixems (1893-1965), una carpeta con trece láminas ilustradas y texto bilingüe (catalán y español). En parte, estas diferencias de precios, se explican por la propiedad del entonces ya escaso papel. Otro de los éxitos en catalán fue la tercera edición del clásico del pacifismo Res de nou a l´Oest, de Erich Maria Remarque (1898-1970), traducida por Joan Alavedra i Segurañas (1896-1981), que acababa de poner a la venta la editorial Proa.

Otra enumeración de títulos estelares la ofrece el periódico El Día Gráfico en un artículo titulado «La jornada de la Feria del Libro», que los clasifica entre clásicos extranjeros y españoles y los ordena de más a menos vendidos: Dostoievski, Zola, Dickens, Dumas y Hugo, por un lado, y Galdós, Valle-Inclán y Blasco Ibáñez, por el otro, pero destaca también el Contraataque de Sender, La España donde se juega el destino de Europa, de André Marty, Dubobski el bandido, de Pushkin, y varios títulos de Romain Rolland. Vale la pena señalar acerca de Valle-Inclán (186-1936) que ese año Nuestro Pueblo acababa de publicar una edición del Tirano Banderas prologada por Enrique Díez-Canedo (1879-1944) y orta de La corte de los milagros con una nota previa de Antonio Machado (1875-1939), con unas tiradas por lo menos cercanas a los 2.500 ejemplares.

Por su parte, El Noticiero Universal toma como fuente la mencionada Distribuidora de Publicaciones de la calle Diputación y le da el siguiente saldo: la lista la encabezan Contraataque, Madrid es nuestro, Acero de Madrid (de José Herrera Petere), Tirano Banderas y el romancero de la guerra civil. Pero más descarado todavía es artículo publicado en el periódico comunista Treball, en el que puede leerse que «Se ha celebrado con un enorme éxito de público y de ventas», «Los temas preferidos han sido los de la guerra y los referidos a la URSS» o que «Los autores favoritos: Lenin y Gorki».

Es evidente que toda feria del libro ha generado siempre unas listas de títulos más vendidos de una seriedad y fiabilidad más que limitada –aunque las intenciones e intereses no siempre han sido tan claros–, y de ahí el acierto de dejar de elaborarlas por parte de la organización de las mismas.

Recogida de libros destinados al frente durante el Día del Libro de 1938.

Fuentes:

La Vanguardia de los días 14, 15 y 16 de junio de 1938.

«La festa d´avui», La Rambla, 15 de junio de 1938.

«La jornada de la Feria del Libro», El Día Gráfico 16 de junio de 1938.

«El Día del Libro», El Noticiero Universal, 16 de junio de 1938.

Màrius Carol, Entre libros y rosas. Sesenta años de una fiesta ciudadana, Barcelona, Federación de Gremios de Editores de España-La Magrana, 1996.

Joan Crexell, El llibre a Catalunya durant la guerra civil, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 1990.

Gonzalo Santonja, Los signos de la noche. De la guerra civil al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia (Literatura y Sociedad 76), 2006.