El camino de Mallol Suazo hacia los libros

El artista barcelonés Josep M. Mallol Suazo (1910-1986) tuvo la suerte de poder iniciarse desde muy joven como dibujante en una revista de gran difusión. En el número correspondiente al 17 de marzo de 1928 de la revista En Patufet (la estrella de la editorial Baguñà) se publicó su primera viñeta, cuando hacía apenas cuatro meses que había cumplido los diecisiete años. A partir de ese momento, además, empieza a publicar en esa misma revista con mucha regularidad, a las que añadirían sus sucesivos suplementos Virolet (1922-1931) y L’Esquitx (1931-1937). Sin embargo, no se hallará su firma en estas páginas, pues para evitar ser confundido con su hermano mayor Lluís (también colaborador de En Patufet), invirtió el orden de las letras de su apellido y se dio a conocer como Lollam.

Para entonces hacía ya más de tres años que Mallol Suazo, por intercesión de su hermano, había entrado en el departamento administrativo de Baguñà, mientras que a partir del curso 1929-1930 aparece como matriculado en lo que entonces se llamaba Escola d’Arts i Oficis Artístics i Belles Arts de Barcelona y siempre ha sido conocido popularmente como La Llotja, donde el escultor surrealista Àngel Ferant (1891-1961) acababa de iniciar profundas transformaciones en los planes de estudios inspirándose en la Bauhaus.

Mallol Suazo se da a conocer como pintor, ya con su nombre y apellidos, en la Exposició de Primavera en mayo de 1936, pero su irrupción se produce en un momento poco propicio, cuando en el Saló de Tardor de 1938, en plena guerra civil, es galardonado con el Premi Nonell de Pintura por la obra Noia. Ese mismo año el marchante Lluís Reig le ofrece 1300 pesetas por tres cuadros mensuales, lo que le permite abandonar su puesto en la Baguñà y, pese a las dificultades —y los precios de las materias primas no era el menor—, dedicarse por completo a la pintura artística.

Previamente, desde el primer número (enero de 1938) había empezado a colaborar con la revista Amic, dirigida por Josep Janés i Olivé (1913-1959) y que se describía en el subtítulo como publicación quincenal para el recreo del soldado catalán del Ejército de la República editada por los Serveis de Cultura al Front del Departament de Cultura de la Generalitat. Mallol Suazo participó en cinco números con viñetas, y también, en el tercer número (primera quincena de febrero de 1938), en una sección de la revista en la que los mejores humoristas narraban los chistes que más les habían gustado.

Y esta vinculación primeriza con Janés no deja de tener su importancia en relación con los libros. Según Jacqueline Hurtley, Mallol Suazo ya había colaborado en una de las empresas de adolescencia de Janés, Cu-Cut, nacida en enero de 1926 en una «Editorial Manelic» que tenía por razón social la dirección de la casa paterna de Janés y en la que también colaboró el ya por entonces famoso Joan Junceda (1881-1948). Mallol acababa de cumplir quince años cuando salió el primer número de Cu-Cut; el precoz emprendedor Janés tenía trece.

Con estos antecedentes no sorprenderá que uno de los primeros trabajos de Mallol Suazo en la posguerra fueran cuatro láminas para Amor cada día. 365 poemas de amor, libro publicado por la editorial Emporion que acababa de poner en marcha Janés y Félix Ros (1912-1974). De ese mismo año son la cubierta y el frontispicio de una de las delicadas ediciones que puso en marcha Janés en solitario, la de Treinta años, de Marise Ferro en traducción de Agustí Esclasans (1895-1967), y con la que el editor estrenaba la exquisita colección Cristal.

Sin embargo, la relación profesional no parece haber tenido una continuidad inmediata y, salvo error, Mallol Suazo no vuelve a intervenir en un libro hasta que en 1944 se publica la traducción de Fernando Trias Beristain de Sol y palmeras, de Paschoal Carlos Magno (1906-1980) y al año siguiente aparecen en la colección janesiana Lauro dos obras de Vita Sackville-West (1892-1962): Santa Juana de Arco, traducida por Manuel Bosch Barrett (1895-1961) y con la sobrecubierta y el interior ilustrado, y El Águila y la Paloma, traducida por Simó Santainés y con dos láminas a color (una en el frontis y la otra encartada fuera de texto).

También de 1945 es el frontispicio del libro de relatos Este mundo, de Elisabeth Mulder (1904-1987), si bien las ilustraciones interiores son de otro colaborador muy habitual de Janés, Joan Commeleran (1902-1992). Con este libro estrenaba la editorial Artigas una colección llamada Sirena, que al parecer no tuvo continuidad (como tampoco está claro que la tuviera la editorial).

Frontispicio de Este mundo, de E. Mulder.

Aun así, el libro más importante de ese año en la trayectoria de Mallol Suazo es sin duda la primera edición llevada a cabo por la ABB (Asociación de Bibliófilos de Barcelona), la de El capitán Veneno, de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), precedida de un estudio del prestigioso crítico e historiador de la literatura Manuel de Montoliu (1877-1961). Las capitulares y los culs-de-lampe son del pintor, grabador y diseñador jerezano Teodoro Miciano (1903-1974), creador también de la marca editorial de la ABB, pero las diez láminas con ilustraciones que lo acompañan son de Mallol Suazo.

En 1946 sigue colaborando con Janés y lo hace también con la editorial Argos. Para el primero crea ese año las sobrecubiertas de El secreto del padre Brown (1946) y La incredulidad del padre Brown (1946) de G. K. Chesterton, traducidas por Isabel Abelló de Lamarca y con portadas de Ricard Giralt Miracle (1911-1994) que se publicó en Lauro, así como las ilustraciones para la traducción de Antonio Espina (1891-1972) de El romance de Leonardo de Vinci, de Dimitri Merezhkovski (1865-1941), que se publicó en la colección La Vida Perdurable.

Mayor interés tiene sin embargo la edición en papel de hilo Guarro de cuatrocientos ejemplares numerados que ese año publica Argos con una serie de catorce láminas de Mallol Suazo y viñetas firmadas por Sanjuán, Quince poesías de Rubén Darío (1946), de la que se hizo además una edición de quince ejemplares que incluían guaches originales (más diez ejemplares de colaboradores, no numerados ni puestos a la venta). Se incluía en la colección Las Musas, donde el año anterior había aparecido Veinte poesías de Bécquer ilustradas por Emili Grau Sala (1911-1975), también con viñetas de Sanjuán.

La aportación a ediciones de bibliófilo continua al año siguiente con Quelques vers: poèmes saturniens, fêtes galantes, la bonne chanson, Romance sans paroles, de Paul Verlaine (1844-1896) y acompañado de un prefacio de François Coppée (1848-1908). Esta edición numerada de 151 ejemplares en papel de hilo extra blanc Biblos con filigrana de Guaro y que lleva el sello de L. P. & C. Torn (a quienes no he identificado ni he localizado otras ediciones suyas), contiene dieciocho litografías de Mallos Suazo y se presentaban los pliegos en rama y estuchados. La composición se llevó a cabo en los talleres de Seix y Barral Hnos. y la impresión en Horta, de Barcelona.

Ilustración de Amor cada día.

Y de 1949 es la publicación del primer volumen de la Col·lecció de gravats contemporanis, de La Rosa Vera, que incluye la punta seca Nu, de Mallol Suazo, quien contribuiría también a Dotze nus (precedido de un comentario de Ricard Permanyer), para la misma editorial y publicado en 1954.

Es probable que a esta recopilación aquí presentada, que no pretende ser exhaustiva, quepa añadir aún otras colaboraciones de Josep Maria Mallol Suazo a la edición de libros, y hay constancia también de que en 1951 diseñó algunos ex libris, por ejemplo el de Antoni Matínez Fernández y el del doctor Juan Catasús (1911-1971).

Mallol Suazo fue un pintor relativamente controvertido, objeto de valoraciones muy contrastadas pero en cualquier caso con una reputación consolidada y la bibliografía generada por su obra pictórica es más que notable, pero el estudio de sus trabajos editoriales parece tener todavía algunas lagunas bastante grandes que hacen difícil evaluar su importancia en este ámbito creativo.

Fuentes:

Andrés Álvarez, biografía de Manuel Barrero, «Josep Maria Mallol Suazo» en Tebeosfera. Disponible en línea el 6-V-2022.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Francesc Miralles, Mallol Suazo, Lunwerg Editores. 1995.

Shimkin, Carnegie, Cosmos y la creación de un género de mala fama

En sus espléndidas memorias, publicadas en español con el título Editar la vida, Michael Korda subraya la evolución que a la altura de los años setenta había experimentado el género de la autoayuda y remonta su origen a los padres fundadores: «El libro de autoayuda dirigido a profesionales que formaba parte de la tradición estadounidense desde los días de Benjamin Franklin, había llegado a una especie de cima con grandes best sellers como No digas sí cuando quieres decir no y Winig through Intimidation». El primero de estos títulos, escrito por el profesor en psicología clínica de la Universidad de Cornell Herbert Fensterheim (1921-2011) en colaboración con Jean Baer, lo había publicado en 1975 Dell Publishing, por entonces aún identificada como una editorial de cómics y revistas pulp; mientras que el segundo se lo había autopublicado su autor, el político y empresario Robert Ringer, quien más adelante crearía Strafford Press para dar a conocer sus propios libros y los de otros emprendedores.

Dale Carnegie.

Sin embargo, pese a la referencia de Korda a Franklin (1706-1790), es habitual identificar como padre del género a Dale Carnegie (1888-1955), que inicialmente no tenía ninguna intención de convertirse en escritor mientras desde 1912 impartía cursos de oratoria en el YMCA (donde se llevaba el 80% de las ganancias netas y dos años después de empezarlos ganaba quinientos dólares semanales). Aun así, en 1915 escribió con el célebre editor Joseph Berg Esenwein (1867-1946) The Art of Public Speking, en el que su nombre aparece todavía como Dale Carnagey y que publicó The Home Correspondence School; posteriormente redactó el librito con el curso que estaba dando en el YMCA, que Associated Press publicó con una introducción de Lowell Thomas, y Public Speaking: a Practical Course for Business Men (1926), también en Associated Press.

El momento crucial en esta historia se produce cuando Leon Shimkin (1907-1988) —editor de fulgurante carrera que entró a trabajar por las mañanas en Simon & Schuster a los diecisiete años, mientras estudiaba, y acabaría por convertirse en su propietario— le propuso a Carnegie publicar un libro después de haber asistido a su curso. De entrada, a Carnegie no le pareció atractiva la oferta de escribir un libro que se vendería a dos dólares, cuando estaba vendiendo su curso por 75, y además las conferencias y clases no le dejaban mucho tiempo disponible; por si fuera poco, también debió de pesar en su decisión el hecho de que en el pasado Simon & Schuster le había rechazado dos manuscritos. Pero Shimkin le propuso servirse de un estenógrafo que asistiera a sus cursos y luego editar y corregir el resultado, a lo que Carnegie sí se avino.

El caso es que en 1936 apareció en Simon & Schustser la primera edición de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, aunque con algunos inconvenientes: los diseñadores encontraron el título inicial (How to make Friends and Influence People) excesivamente largo para incluirlo de forma clara y bien visible en la cubierta, pero todo lo que se le ocurrió a Carnegie para atenuar el problema fue cambiar make por win. Simon & Schuster empezó por ofrecer el título en sus catálogos y encargar una nota de prensa a la agencia de publicidad habitual, Schwab & Beattie, e incluyó algunos anuncios a toda página en prensa (con textos del legendario Victor O. Schwab [1898-1980], autor a su vez de diversos libros sobre cómo escribir textos publicitarios eficaces).

Como es bien sabido, el libro de Carnegie fue un megaéxito inmediato, hasta tal punto que Simon & Schuster le ofreció a Shimkin 25.000 dólares como bonificación (él prefirió convertirse en socio de la compañía), y los derechos de traducción se empezaron a vender enseguida a todas las lenguas habidas y por haber.

Reverso de la edición en Cosmos, distribuida por Sudamericana.

En «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos» (incluido en Pliegos alzados), el profesor José Luis de Diego ha contado y contextualizado la decisión de Antoni López Llausàs (1888-1979) de contratar a título personal los derechos del libro de Carnegie en español, una decisión inesperada y un tanto extraña en el contexto de la editorial Sudamericana, que se estaba asentando como un proyecto centrado sobre todo en la traducción de clásicos contemporáneos (Virginia Woolf, Sartre, Huxley, Faulkner…) y, en cualquier caso, de literatura estéticamente exigente. A partir en buena medida del testimonio de la nieta de López Llausàs (y su sucesora al frente de Sudamericana), escribe De Diego:

El editor catalán se vio en un dilema bourdiano: si lo publicaba seguro que tendría buenas ventas, pero era un título que no encajaba para nada en el catálogo de su sello y podía acarrear desprestigio y críticas; si no lo publicaba, protegía su trayectoria, pero se perdía los ingresos que el autor prometía. ¿Arriesgaría su capital simbólico en pos de acrecentar su capital económico? Y encontró la solución: creó un sello nuevo: Ediciones Cosmos, quizás con el único fin de publicar a Carnegie: protegió su capital simbólico sin resignar su capital económico.

En unos ocho años aproximadamente se hicieron dieciocho reimpresiones del libro, en 1966 había superado la cuarentena y llegó a un primer millón de ejemplares, algo impensable con los por otra parte excelentes títulos que por aquel entonces publicaba Sudamericana (Cuán verde era mi valle, La luna se ha puesto, Las cabezas trocadas, El tiempo debe detenerse, Eminencia gris…). El aludido testimonio de Gloria López Llovet, añade: «Ante el éxito formidable del título [López Llausàs] sintió que estaba actuando en forma equívoca con los lectores y fue así que lo incluyó en Sudamericana», y años después se divulgó muchísimo a través concretamente de su publicación en la exitosa colección de bolsillo creada en Sudamericana, Piragua. Lo cierto es que, aun sin pruebas que lo sostengan, resulta inevitable pensar, siguiendo a De Diego, que la intención de López Llausàs al incluirlo en Sudamericana era más bien empapar del aura de libros exitosos a los que formaban el catálogo más literario de este sello, sobre todo pensando en la imagen que de la editorial tendrían los libreros. Es decir, subrayar el hecho de que Sudamericana era capaz de publicar libros de éxito estratosférico (cosa que no se repetiría hasta, paradojicamente, Cien años de soledad, de García Márquez, en 1967).

Al libro de Carnegie, aparecido en 1942 en traducción firmada por Román A. Jiménez, le siguieron en Cosmos Cómo adelgazar comiendo, del presentador de radio y osteópata Victor Hugo Lindlahr (1897-1969), y Cómo hacer un hogar feliz. Ética, estética, de María Teresa López e ilustrado por Francisco Fábregas. Más adelante aparecerían Cómo anunciar para vender (1947), de Warren B. Dygert; Cómo llegar a psicólogo práctico (1950), de Joseph Clawson y los títulos de Carnegie Como hablar bien en público e influir en los hombres de negocios (1947), Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida (1956)… Al filón Carnegie se sumó también en Argentina la editorial de Guillermo Kraft, que le publicó un tipo distinto de libros: Biografías relámpago (1946), Cuarenta biografías anecdóticas (1947) y Rarezas y extravagancias de personas célebres (1951).

Como bien señala De Diego, es este un caso paradigmático y ejemplar para advertir las dos caras o vertientes de la práctica editorial y como se traducen en casos concretos. Además, invita a la reflexión y al debate sobre la inclusión en un catálogo editorial de libros que quizá desentonan o no dan la talla, pero cuyas ventas permiten seguir haciendo apuestas económicamente muy arriesgadas o a todo punto inviables, mediante la creación de un sello específico. Lo que no tendría sentido, puestos ante tesituras semejantes, sería pretender entonces que cada uno de los sellos se autofinanciara, que es lo que parece suceder en algunos grandes grupos que en las últimas décadas han ido acaparando sellos. Y también la autopublicación rompe por completo con esta lógica y, de rebote, todo ello pone en riesgo un tipo de libros cuyo valor estético o cultural, por desgracia, no está en consonancia con su escaso valor comercial.

Fuentes:

José Luis de Diego, «Editores, políticas editoriales y otros dilemas metodológicos», en Fernando Larraz, Josep Mengual y Mireia Sopena, eds., Pliegos alzados. La historia editorial, a debate, Gijón, Trea, 2020, pp. 19-32.

José Luis de Diego, Fabián Espósito y Fernando Larraz, La patria imaginaria. Editores españoles en Argentina, Buenos Aires, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2019.

Guido Herzovich, La desigualdad como tarea. Crítica literaria y masificación editorial en Argentina (1950-60), tesis doctoral, Universidad de Columbia, 2016.

Michael Korda, Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, traducción de Fernando González Téllez, revisión de Jonio González, Barcelona, Debate, 2005.

La Ballena Alegre como promotora de lectura durante el franquismo

Una de las iniciativas más exitosas para promocionar la lectura entre los jóvenes de los años sesenta en España fue la iniciada en diciembre de 1959 por la editorial Doncel con la publicación del libro El niño, la golondrina y el gato, de Miguel Buñuel (1924-1980), con prólogo de José María Sánchez-Silva (1911-2002). Se trataba de un libro encuadernado en cartoné de 25 x 21, 122 páginas y con 16 ilustraciones a color de Lorenzo Goñi (1911-1992), con capitulares a color y guardas ilustradas con las partituras del compositor Cristóbal Halffter (1930-2021) de «Madre tierra», «Canción de cuna», «Animales buenos» y «Canción marinera».

El turolense Miguel Buñuel (1924-1980), que se había trasladado a Madrid para estudiar periodismo y cinematografía y a quien Manuel Estevan describió como «un socialista incorruptible», se había dado a conocer como escritor con Narciso bajo las aguas, que ganó el Premio Gaspar-Ateneo de Valladolid en 1958 y de la que El niño, la golondrina y el gato es una adaptación infantil. Según contó el mismo Estevan, siempre que en la clandestina Radio España Independiente se mencionaban los poemas de algún poeta español del que por precaución se omitía el nombre, todas las sospechas recaían sobre Miguel Buñuel, lo que ponía en riesgo su tranquilidad laboral en la España franquista. Con El niño, la golondrina y el gato Buñuel ganó el Premio Lazarillo, instituido en 1958 por el Instituto Nacional del Libro Español y otorgado ese año a Alfonso Iniesta (que en 1939 había publicado Garra marxista en la infancia) por Dicen las florecillas.

El celebérrimo autor de Marcelino pan y vino (1952), José María Sánchez Silva, presentaba esta novela en su estudio introductorio como poco menos que un nuevo El pequeño príncipe de Saint-Exupéry, subrayando el carácter lírico del relato y destacando su valor universal.

Por lo que se refiere a Lorenzo Goñi, que durante la guerra civil española había sido uno de los cartelistas más importantes del Sindicat de Dibuixants Professionals de la UGT, en 1952 había ilustrado la primera edición de Marcelino Pan y vino (en la editorial Cigüeña) y en 1957 había obtenido la Tercera Medalla de Dibujo en la Exposición Nacional de Bellas Artes; iba camino de lograr que nadie escarbara mucho en su pasado republicano ni en sus actividades en Barcelona durante la guerra.

En cuanto a Cristóbal Halffter, que en 1953 había ganado el Premio Nacional de Música con un Concierto para piano, en esos años era director de orquestra de la Orquestra Falla y había compuesto la música de películas como El beso de Judas (1954) y Camarote de lujo (1959), ambas de Rafael Gil, La pícara molinera (1955), de León Klimovsky, Mensajeros de paz (1957), de José María Elorrieta, Madrugada (1957), de Antonio Román y basada en la obra homónima de Antonio Buero Vallejo, la producción hispano-argentina Una muchachita de Valladolid (1958), de Luis César Amadori y con Alberto Closas, Vicky Lagos, Alfredo Mayo y José Luis López Vázquez en el reparto…

Logo de la colección.

La editorial Doncel era de creación aún muy reciente (1958), por inspiración de la Delegación Nacional de Juventud, y a ella suele atribuirse una notable renovación de la literatura infantil española (pero dentro de los estrechos márgenes de lo posible en la ideologizadísima España franquista). El encargo recayó en Luis Bustillo y Jaime Suárez (a quien Manuel Barrero describe como «joseantoniano, sin mixtificaciones, adherencias o condicionamientos»), quienes contrataron a Miguel Buñuel inicialmente como director de maquetación (o diagramación), pero no tardaron en encargarle la codirección, con el periodista Joaquín Aguirre Bellver (que acababa de publicar el exitoso libro infantil Miguelín: aventuras en la aldea), de la colección La Ballena Alegre.

Tras este estreno que quedó como número cero, aparecieron en La Ballena Alegre Luiso (María, matrícula de Bilbao) (1959), de José María Sánchez Silva y Luis de Diego, El juglar del Cid (1960), de Aguirre Bellver, Atila y su gente (1960) de Luis de Diego, a los que progresivamente se añadirían títulos de Concha Castroviejo (1910-1995), Carmen Conde (1907-1996) y Tomás Salvador (1921-1984), entre otros. En cuanto a los ilustradores, los más prolíficos fueron Goñi y Celedonio Perellón (1926-2015), pero también colaboraron en la colección Paredes Jardiel, Julián Nadal, José Francisco Aguirre, Adán Ferrer, María Antonia Dans…

Sótano del Café Lion madrileño.

Resulta quizás un poco sospechoso el nombre de la editorial si nos evoca el famoso salón situado en el histórico café Lion madrileño y que en los años previos a la guerra había sido sede de tertulias muy predominantemente falangistas: Rafael Sánchez Mazas, José Antonio Primo de Rivera, José María Alfaro, Agustín de Foxá… A su vez, el salón debía su nombre a uno de los murales con los que el pintor Hipólito Hidalgo de Caviedes Gómez (1902-1994) había decorado el local y que mostraba una ballena sonriente, inspiración directa e inequívoca del logo de la colección. Según se compare con los libros infantiles de los años cuarenta o con los publicados tras la muerte del dictador, si duda el juicio sobre la modernidad de la colección será muy divergente.

Rosario Vega García, quizás quien más y mejor ha estudiado la colección, señala acerca de la orientación ideológica de La Ballena Alegre:

Si bien es cierto, que en primera instancia la colección La Ballena Alegre no fue creada como instrumento de transmisión ideológica, sí se dieron excepciones.

En Manuel y los hombres, Miguel Buñuel escondía, tras un lenguaje rico en descripciones escénicas y tierno tono emotivo, una intención de transmitir una serie de valores políticos, a través de la historia de Manuel, un monaguillo zaragozano, hijo de un huelguista que muere en manos de los propios compañeros del padre. A esta obra le fue otorgado el Cuadro de Honor del Premio Literatura Infantil de 1962.

De algunas lecturas no solo se esperaba un proceso de identificación del lector con el protagonista, sino que buscaba un proceso de imitación como ocurre en Luiso («María», matrícula de Bilbao), de Sánchez-Silva y Luís de Diego, declarada texto para la enseñanza de educación política masculina del tercer curso de bachillerato y con el que obtuvieron el Premio Virgen del Carmen de 1960.

Fragmento de un catálogo de Doncel.

Al margen del carácter adoctrinador o no de la colección, el caso es que muy poco después de su creación un decreto de noviembre de 1961 encomendaba a la Delegación Nacional de Juventudes, entre otras responsabilidades, «Ordenar, dirigir y realizar la formación político-social y cívica y de educación física a la juventud española masculina menor de 21 años», así como «Mantener una serie de Servicios a la Juventud que abarca todo género de manifestaciones y actividades educativas y recreativas». Y esto se reflejó en la creación del Club La Ballena Alegre, que mediante un acuerdo con la Cadena Azul de Radiodifusión (de la Delegación Nacional de Juventudes) ofrecía, a cambio de una cuota de quince pesetas, descuentos en la compra de libros de la editorial y en la realización de viajes organizados por la Oficina de Turismo Juvenil.

Ejemplar de la revista La Ballena Alegre.

En sintonía con estas ideas, en abril de 1965 se había puesto a la venta el número cero de la revista La Ballena Alegre (cuyos artífices fueron Celedonio Perellón y Andrés Romero, que figuraba como director), que inicialmente fue mensual y luego quincenal, y que a los no socios se les vendía al mismo precio que la cuota del club. Las páginas más infantiles que juveniles se desgajarían más adelante de la revista para que naciera El Ballenato, suplemento para el hermano pequeño.

La editorial Doncel seguiría su andadura, alternando el libro explícitamente didáctico y formativo con la literatura infantil, hasta 1977, acumulando una buena cantidad de premios generados por el régimen franquista; sin embargo, ya en 1973 había desaparecido la colección La Ballena Alegre, después de haber publicado una sesentena de libros entre los que los hay escritos, a lo largo de los años setenta, por Lilli Koening (1918-1994), Carlos Muñiz (1927-1994), Astrid Lindgren (1907-2002), Jaime Ferran (1928-2016), Angela C. Ionescu (n. 1937) y Pierre Gamarra (1919-209), entre otros.

Fuentes:

Manuel Barrero, «Editorial Doncel», Tebeosfera.

Ejemplar de la revista La Ballena Alegre.

Manuel Estevan, «Saludo de despedida a Miguel Buñuel», Andalán, núm. 297 (28 de noviembre a 4 de diciembre de 1980), p.11.

Jaime García Padrino, «Libros infantiles y juveniles», en Jesús A. Martínez Martín, Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons, 2015, pp. 699-721.

Manuel Parra Celaya, «Aquellos viejos libros de Doncel», Trocha, 21 enero 2018.

Rosario Vega García, «Literatura infantil y juvenil en la España de los años sesenta: La Ballena Alegre», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm 42 (2009).

Descentralización editorial contra censura

En algunas ocasiones se ha alegado la edición de obras del poeta romántico Jacint Verdaguer (1845-1902) a principios de los años cuarenta del siglo xx para intentar minimizar el efecto de la censura franquista en el retroceso que experimentó el uso de la lengua catalana tras la guerra civil española. Lo que se oculta en estos casos es cómo, por qué y en qué condiciones se pudo publicar a Verdaguer ya en 1943.

Jacint Verdaguer.

En su reciente tesis doctoral dedicada a la editorial La Selecta, Mireia Sopena ha reconstruido ese proyecto, que arranca en 1941 (cuando ya cursa un primer permiso para publicar a Verdaguer) y que cristalizó en la publicación de un texto escrito en un catalán previo a la reforma ortográfica llevada a cabo por el filólogo Pompeu Fabra y unánimemente aceptada. Escribe Sopena (traduzco del catalán):

A partir de la edición en rústica de Francesc Matheu, i con un prólogo de Frederic Mistral, las Obres completes de Jacinto Verdaguer se estamparon con un copyright de la Cada del Libro y el pie editorial de una llamada Biblioteca Selecta, si bien al poco tiempo la obra se transformó en el número 1 de la colección Biblioteca Perenne. La NAGSA imprimió un tiraje de casi 1.500 páginas y 123.000 ejemplares, que debían permitir amortizar los costos de edición y producción, aunque el precio de 175 pesetas era excesivamente elevado si se tienen en cuenta el de obras homologables de la competencia, que rondaban las 125 pesetas, y el de novelas en castellano de doscientas páginas a unas 15 pesetas.

Basta echar un vistazo a esa edición para comprender que si se pudo publicar fue, entre otros motivos, porque iba destinada a las clases pudientes y el arcaísmo del texto lo hacía poco menos que incomprensible para los lectores poco formados. Lo que quizá no se esperaran es que se convirtiera en un exitazo (se agotó en menos de un año). El fin de la guerra mundial propició un interés de la censura franquista por dar muestra de su manga ancha, lo que propició que este tipo de tejemanejes se repitiera con Victor Català (retablo en 1944, Mosaic en 1946) y que de Verdaguer, con motivo del centenario de su nacimiento, se hicieran en esos años otras diversas ediciones.

Dibujo de Junceda para el Canigó.

El excelente dibujante Joan Junceda (1881-1948) ilustró algunos pasajes del poema narrativo de Verdaguer Canigó, del que en 1945 hizo una edición de mil ejemplares en rústica a la que la única objeción que puso la censura fue a la intención de incluir un texto preliminar (meramente biográfico, de apenas media página y en catalán prefabriano). Además de los mil ejemplares corrientes, se hizo una tirada de ciento cincuenta en papel de hilo, numerados, con los dibujos ilustrados a mano y protegidos con papel de seda y acompañada de un estuche. De nuevo, el libro se dirigía a un determinado tipo de lectores, pero en este caso es particularmente interesante la casa editora: Sala, de Vic, que lo hizo imprimir en la igualadina Estampa de Pere Bas i Vic (creada en 1930 y que publicó en los años treinta mucha prensa local y en la postguerra, por ejemplo, El Club de Futbol Igualada, campeón de Cataluña, 1945-1946 y en 1958, en catalán, La indústria textil igualadina. Història d’un gremi, de Josep Riba i Ortínez).

Los orígenes de las ediciones de la Sala de Vic se remontan a la creación de la librería homónima en agosto de 1941 por impulso de Francesc Sala i Cidera, a quien el poeta Agustí Esclassans inmortalizó en el poema «A un llibrer de Vic» (en Beatrix, 1954). La librería, punto de reunión y de tertulia, actuó como catalizadora y difusora de la cultura en la ciudad de Vic y alrededores, y ya en 1943 hacía imprimir una edición de El criterio, del filósofo y teólogo Jaume Balmes (1810-1848), ilustrada por Junceda. Dos años después, además del Canigó, aparecía Don Serafín: ¿Bailamos o no bailamos? Interesantes y borascosas ideas sobre un problema de candente actualidad, que el obispo Ramon Masnou (1907-2004) firmó como Darío.

En la primera solapa de la sobrecubierta de este libro se encuentra alguna información interesante, como por ejemplo que la edición corriente de Canigó valía 35 pesetas y los 150 ejemplares numerados, 350. Sin embargo, más interesante es el anuncio de la «Colección Aures de la Plana. Volúmenes poéticos de autores vicenses» y sobre todo de una colección de goigs en ediciones limitadas de doce ejemplares de Escrits inèdits de Mn. Cinto Verdaguer i homes de l’Esbart de Vich, que es dudoso que se llevara a cabo, pues no parecen haber dejado ningún rastro. También de 1945 es la antología de viñetas Garabatos de Lluis Mallol. Cuentos, chistes, historietas, encueaderbado en cartoné y con la cubierta impresa a dos tintas y el interior en bicromía (esto es: la viñeta en azul, rojo o negro, con una orla enmarcándola en amarillo o verde, por ejemplo).

A quien por entonces era rector del seminario de Vic, Climent Villegas, le publica Sala Ejemplaridad de Balmes en 1946 y ese mismo año se imprime El alma religiosa de Contardo Ferrini, de Ánngelo Portaluppi y prologado por Agostino Gemelli y traducido por el filósofo y escritor Josep Miquel i Macaya (1907-1995), pero mayor importancia tuvo la mencionada colección en catalán Aures de la Plana, que se estrenó en 1947 con Els meus racons de Vic, de Miquel S. Salarich i Torrents y prologado por de Eduard Junyent, Hores enceses, de Josep Clarà i Roca y con prólogo de Tomàs Roig i Llop y Messa novella, de Ramon Vidal i Peix e introducción de Artur Martorell i Bisbal, y en la que en los años sucesivos se publicarían, entre otros, Records de juventud, de Pilar Pratdesaba de Surroca prologado por Miquel S. Salarich i Torrents (1952), La finestra oberta, del mencionado Salarich prologado por Ramon Rucabado (1954) y Díptic, de Nuria Arbó y Maria Àngels Anglada y prólogo de Marià Manent (1972) (puede verse el catálogo completo de esta a colección en el artículo de Miquel S. Ylla-Català i Genís mencionado en las fuentes).

Desde 1949 se habían empezado a hacer habitual la edición de opúsculos ilustrados con motivo fechas señaladas, como el día del libro o Navidad, ilustrados en su mayoría por Salvador Puntí (1909-1970), pero también otros por artistas como Joan Vilà i Moncau (1924-2013), Jacint Conill (1914-1992) o Pere Brugulat (n. 1922).

Mayor interés tiene otra modesta colección, destinada al género dramático y llamada Biblioteca Teatral Ausona, en cuya creación tuvo un peso importante el actor, dramaturgo y polifacético hombre de teatro Josep Subirana (1874-1951), conocido también como «Manel dels ous». Según cuenta Pilar Cabot:

Hubo autores que escribieron algunas obras pensando específicamente en él [Josep Subirana]; para que él las estrenara, como fue el caso de Florenci Cornet, Lluís Rossic, l’Aubanell… Però él padrí lo completaba: las ponía en escena y las editaba. Creó la Biblioteca Teatral Ausona, una colección abierta a autores en lengua catalana y que tenía dos vertientes: Obras de Centre Catòlic (solo hombres) y Obres amb Dama. Los impresores eran Aleu, Domingo & Cía., de la calle Calàbria (entonces en el núm. 89), en Barcelona. Más adelante reconvirtió la colección. Pasó a llamarse Biblioteca Teatral Subirana y se imprimía en Vic, en la Tipografia Balmesiana de la calle de la Riera (por entonces en el núm. 5).

En esta colección se publican en 1947 en rápida sucesión El rabadà a Betlem (Pastorets): dividit en tres actes i quatre quadres, de Ramon Vidal i Pietx;  La comtesseta de Bella flor: drama líric en quatre actes (1947), de Joan Villacís y música de Adjutori Vilalta; Amor triomfant y Sospirs d’infant: quadrets lírics (1947), de Joan Vilacís y Joan Brugalla i Saurina, con música de Lluís Brugarolas i Ventulà Sala (como título inicial de una serie dentro de la colección llamada Joai Infantil); Llum dintre la fosca: drama líric per a nenes dividit en dos quadres i El bes de la caritat: quadrets lírics per a nenes, de Joan Villacís y continuación de la mencionada Joai; El calvari d’una llar: drama en tres actes i en prosa per a noies, de Francesc Carbó i Trilla, y tras una pausa en el ritmo de publicación se añaden A la ciutat de Lleida: poema líric en tres actes (1950), de Joan Casanovas i Molist y música de Josep Casanovas i Molist, Poemes d’infants: quadrets originals (1952), de Francesc Carbó i Trilla y Joana d’Arc: poema històric en vers, obra de teatre catòlic per a noies (1952), de Francesc Planas i Vilaró.

Y es importante esta colección porque su publicación es casi coincidente en el tiempo con la iniciativa de Sunyol de crear un pequeño grupo teatral de jóvenes, que cuajaría en la Schola Teatral y en la organización del Primer Cicle de Teatre Actual, cuya pretensión era estrenar en la ciudad a grandes dramaturgos internacionales, alentar el interés de los jóvenes por el teatro y, además, investigar nuevas formas de preparar la puesta en escena del teatro contemporáneo a partir de las innovaciones que en este campo se estaban produciendo en toda Europa. Lamentablemente, no pasó de la primera edición, por problemas de financiación, pero sí dejó un cierto poso como punto de partida del teatro independiente en la ciudad, que con el tiempo cristalizaría en el grupo vanguardista La Gàbia (1961-1994) fundado por Lluís Sola i Sala (quien en 1976 se convertiría en director de la sede del Institut del Teatre en Ososa) y que empezó a rodar en 1961 con Poemes civils, de Joan Brossa (1919-1998), en la creación en la Universitat de Vic de un posgrado en Teatre i Educació, en la fundación del Centre Dramàtic d’Osona, etc. 

Fuentes:

Maria Antònia Bisbal i Cendra, «La imprenta a Igualada», Miscellanea Aqualatensia, núm. 3 (1983), pp. 289-311.

Pilar Cabot, «Josep Subirana (Vic 1874-1951)», Ausa, vol. XX, núm 150 (2002), pp. 683-693.

Ramon Pinyol i Torrents, Verdaguer sota el franquisme: censura i manipulació, discurso de recepción del autor como miembro numerario en Secció Històrico-Arqueològica del Institut d’Estudis Catalans, leído el 25 de enero de 2018.

Carme Rubio, «L’activita teatral a Vic a partir de la postguerra», Ausa, vol. Xx, núm. 148-149 (2002) pp. 221-243

Mireia Sopena, La Selecta, centre de l’edició i de la vida literària(1943-1962), tesis doctoral, Facultat de Filosofia i LLetres, Universitat Autònoma de Barcelona, 2021.

Miquel S. Ylla-Català i Genís, «La llibreria Sala, gresol de cultura vigatana», Ausa, vol. IX, núm. 100 (1981) pp. 425-431.

Albert Folch i Pi, maestro (también) de traducción científica

En el año 1940 llegó a Andorra, procedente de Francia y huyendo del nazismo, un científico políglota destinado a ejercer una influencia enorme en el ámbito de la traducción médica al español, Albert Folch i Pi (1905-1993).

Albert Folch i Pi.

Hijo del escritor Rafael Folch (1881-1961) y la pedagoga feminista Maria Pi i Ferrer (1884-1960) y hermano mayor del luego célebre bioquímico Jordi Folch (1911-1979) y la más tarde editora Núria Folch (1916), Albert se había formado en el Liceo francés, al tiempo que por las tardes estudiaba alemán, y tras cursar el bachillerato en el Instituto General y Técnico, en 1921 inició estudios en la Facultat de Medicina de la Universitat de Barcelona, para doctorarse a continuación en Madrid en el Instituto de Fisiología con el reputado doctor también catalán August Pi i Sunyer (1879-1965). Asimismo en esos años alterna la apertura de su propia consulta con la primera traducción, a cuatro manos con el médico Antoni Oriol i Anguera (1906-1996), para la editorial Labor: Química fisiológica. Un curso para médicos y estudiantes (1935), de Paul Hári (1869-1933), y colaboraría también como traductor con la empresa alemana Bayer.

Cuando llegó a Andorra lo hizo huyendo de los nazis, que, sabedores de sus conocimientos de alemán y sus trabajos previos para la farmacéutica alemana (¿traduciendo folletos o publicidad, tal vez?), pretendían reclutar a este acreditado republicano como farmacólogo para cubrir las necesidades que la guerra mundial había creado a los laboratorios Bayer en Leverkusen.

Joaquín d’Harcourt.

La guerra civil española iniciada en julio de 1936 le había pillado trabajando como profesor asociado en la Universitat de Barcelona, pero no tardó en alistarse voluntario como médico en el Ejército Popular y se convirtió en comandante médico de los Servicios de Investigación Biológica. Durante la guerra colaboró estrechamente con el cirujano de origen cubano Joaquín d’Harcourt Got (1896-1970) tratando a milicianos a quienes en el frente de Aragón se les habían congelado los pies y aplicó uno de los primeros tratamientos con sulfapiridina (que le había proporcionado el célebre farmacéutico y empresario Salvador Andreu, el de las pastillas, y que luego lo comercializaría como Neopiridazol).

Al término de la guerra civil, y tras intervenir en la salida de España del poeta Antonio Machado (1875-1939), Albert Folch se establece transitoriamente en Séte, para pasar luego a París justo en el momento en que esta ciudad era ocupada por los nazis, y tras ver rechazado su ofrecimiento para colaborar aportando su experiencia médica al ejército francés, regresó al sur del país y, gracias a las gestiones de Louis Camille Soulà (1888-1963), empezó a impartir clases de fisiología en la universidad de Toulouse, sin dejar por ello de proseguir sus investigaciones con Antonio Oriol y D’aHarcourt acerca de los sulfamidas, que se plasmarían en artículos publicados en Toulouse Médical y en el parisino Journal de Chirurgie.

Fue por entonces cuando se vio impelido a establecerse en Andorra, y estando allí supo que la cadena que había contribuido a crear para pasar fugitivos desde Francia hasta Portugal vía Salamanca había sido descubierta. Sintiéndose acosado por los agentes franquistas y nazis que trataban de identificar enemigos en Andorra, obtuvo la protección del cónsul mexicano en Toulouse Mauricio Fresco (autor en 1950 de La emigración republicana española, una victoria de México) y, tras pasar por Orán y Casablanca, finalmente Folch i Pi pudo llegar a México en 1942. Ese mismo año, la Academia Nacional de Medicina premiaba a Folch y D’Harcourt por su trabajo sobre «El estado actual de la sulfamidoterapia», e interviene en la fundación de la Borsa del Metge Català, una organización mutualista creada por los profesionales catalanes exiliados en México cuyo objetivo principal era ayudar económicamente a los médicos o sus viudas que lo precisaran (Folch dirigiría la Borsa entre mayo de 1965 y junio de 1972, etapa en que esta institución empezó a conceder también becas de viajes y estudios).  

Uno de los primeros trabajos que llevó a cabo en la capital mexicana, al igual que tantos otros exiliados españoles, fue como consultor de la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana (la popular UTEHA), para cuyo famosísimo diccionario enciclopédico supervisó todos los artículos relacionados con la biología, además de escribir él mismo muchos de ellos, y mantuvo esta colaboración hasta 1958. Sin embargo, su tarea principal fue como profesor en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas y poco después como director del Departamento de Fisiología y Farmacología de la Escuela Superior de Medicina Rural.

También entonces colabora muy activamente con la revista mexicana en catalán Quaderns de l’Exili, que dirigían su cuñado Joan Sales (1912-1983) y Lluís Ferran de Pol (1911-1995) y muy centrada en política, así como en las revistas de su especialidad Acta Médica (de cuyo consejo de redacción formó parte) y Ciencia, en cuya creación intervinieron muchos exiliados españoles. También empieza a frecuentar el Orfeó Català de Mèxic, donde en alguna ocasión dictó conferencias.

Ya a principios de la década de los cincuenta Albert Folch inicia su colaboración más importante en el campo de la traducción, con la Editorial Interamericana (creada en 1946), que había contado con un muy buen especialista en traducción médica: el barcelonés Ramon Bertran Tàpies (1905-1953). El primer libro que tradujo Folch para esta empresa fue el de Charles Herbert Best y Norman Burke Taylor Elementos de fisiología humana, cuya producción resultaba tan costosa que Interamericana, dada su inestable situación financiera, prefirió vender los derechos a UTEHA. Es sobre todo en esta etapa cuando Folch se gana fama de agudo traductor por generalizar y asentar términos médicos recurriendo tanto a las raíces latinas como a vocablos españoles para dar respuesta a la continua generación de neologismos procedentes sobre todo del inglés. Para poder llevar a buen término los múltiples proyectos y compromisos profesionales, Folch se servía de un magnetófono, grababa a viva voz las traducciones y posteriormente corregía la versión escrita llevada a cabo por una mecanógrafa con sólidos conocimientos médicos.

Al asumir el puesto de director técnico de Editorial Interamericana, amplió a gran escala su método de trabajo. Mandó construir en la sese de la editorial (en la calle Cedro) una serie de casetas de vidrio insonorizadas, donde las mecanógrafas transcribían las traducciones dictadas por los colaboradores de la casa, entre los que se contarían los médicos exiliados Fernando Colchero Arrubarrena (que durante la guerra civil había organizado los servicios médicos en el País Vasco y que en 1966 colaboraría con Folch en su Diccionario Medico-Biológico University de términos médicos) y el prolífico Homero Vela Treviño, así como los mexicanos Rafael Benglio Pinto, Roberto Espinosa Zarza, Jorge Orizaga Samperio o Santiago Sapiña Renard, entre otros.

Tal como lo explicó el traductor de la Organización Mundial de la Salud Gustavo A. Silva:

Las transcriptoras eran excelentes y rápidas, pero el servicio se redondeaba con un mensajero que iba en motocicleta a casa de los traductores a entregar manuscritos y recoger cintas magnetofónicas grabadas. La celeridad de todo el proceso era por lo tanto muy notable, cualidad esencial en la bibliografía científica porque siempre hay que publicar las versiones traducidas lo más pronto posible, so pena de condenar la obra a la obsolescencia.

Casi como colofón a su carrera como profesor, en 1985 recibió la Medalla al Mérito docente Maestro Ignacio Altamirano, que había instituido en 1940 el gobierno de Lázaro Cárdenas para reconocer a «los maestros nacionales o extranjeros, que se distingan en su actuación docente, como recompensa y estímulo a su labor».

Fuentes:

Miquel Bruguera i Cortada, «Albert Folch i Pi», web Galeria de Metges Catalans del Col·legi de Metges de Barcelona.

Francisco Giral, Ciencia española en el exilio (1939-1986). El exilio de los científicos españoles, Barcelona, Centro de Investigación y Estudios de la República española- Anthoropos (Memoria Memoria Rota. Exilios y Heterodoxias 35), 1994.

Josep Miret i Monsó, «L’exili dels metges catalans després de la guera civil», Gimbernat. Revista d’Història de la Medicina i de les Ciències de la Salut,  núm. 20 (1993), pp. 213-260.

Angelina Muñiz-Huberan, coord.., y José Maria Villarías y Zugazagoitia, ed., A la sombra del exilio. República española, guerra civil y exilio, México, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónima de México, 2014.

Antoni Puche i Manaut, «La Borsa del Metge Català a Mèxic», Gimbernat. Revista d’Història de la Medicina i de les Ciències de la Salut, núm. 19 (1993), pp. 245-248.

Antoni Puche i Manaut, «Quan la bonhomía i la ciencia s’apleguen», Panacea, vol XIV, núm. 38 (2013), pp. 334-335.

Antoni Puche i Manaut, «Metges catalans exiliats a Mèxic. Obra realitzada i conclusions d’estudi», en Lluís Guerrero i Sala, coord., «Dossier Arxiu Històric de Ciències de la Salut», Dovella, núm 52 (abril 1996), pp. 41-47.

Vicenç Riera Llorca, Els exiliats catalans a Mèxic, Barcelona, Curial, 1972.

Gustavo A. Silva, «Alberto Folch i Pi (1905-1993), figura señera de la traducción médica al español», Panacea, vol. XIV, núm. 38 (2013), pp. 321-333.

Àlvar Martínez Vidal y Alfons Zarzoso Orellana, «La obsessió del retorn. L’exili mèdic català a França», Mètode, núm. 61 (2009), p. 59-63.

Álvaro Fernández Suárez y sus editores insólitos

En el estudio introductorio que precede a la novela del escritor gallego Álvaro Fernández Suárez (1906-1990) Hermano perro (La novela de los tiempos), el profesor Ignacio Soldevila (1929-2008) constataba la escasa fama que siempre tuvo este narrador y la atribuía, además de a los hechos de no pertenecer a ningún grupo literario y de haber residido fuera de España, a las editoriales en que se había publicado su obra. La explicación sigue pareciendo perfectamente válida.

Cubierta de José Renau (1907-1982).

Aun así, periódicamente van apareciendo reivindicaciones póstumas de su obra, y si en las actas El exilio literario español de 1939 (1998) se dedicaban dos artículos a su obra —«Se abre una puerta… (1953): los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», de Fernando Valls, y «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», de Ignacio Soldevila, primera versión del estudio de Hermano perro— y aun parte de un tercero —«El exilio español en Uruguay», de Rosa Maria Grillo—, Javier Quiñones incluyó luego el que se tiene por el mejor cuento de Fernández Suárez, «La ciénaga inútil», en la antología publicada por Menoscuarto Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El año anterior López & Malgor habían publicado en la colección Libros del Eo el volumen Un pequeño país de cuento (2005), que incluye «La confesión del padre O’Leary», «La ciénaga inútil» y «El rajá de Balibulán», y la ovetense KRK publicó en 2007 los seis cuentos que componen Se abre una puerta, con prólogo de Fernando Valls, para dos años después redondear la faena con la obra de Luis Casteleiro Oliveros Álvaro Fernández Suárez. Bibliografía de un escritor eficazmente olvidado.

Si prestigioso pero poco leído era Fernández Suárez como cuentista, menos conocidas aún eran su mencionada novela Hermano perro —en cuyo prólogo para la Biblioteca del Exilio Soldevila Durante, además de reproducir interesantes pasajes del epistolario que mantuvo con el autor, ofrece un retrato sintético pero útil de su autor—, y El retablo de maese Pedro. Farsa endiablada de hombres y muñecos en dos entreactos y dos actos (1945). Las circunstancias que rodearon la publicación de estas obras contribuyeron al silencio crítico que ha engullido al autor durante muchos años.

Según cuenta Luis Casteleiro, fue el poeta exiliado en México León Felipe (Felipe Camino, 1884-1968) «quien realizó las gestiones con el editor mexicano Andrés Zaplana [1903-1971] y quien se encargó de supervisar la edición, que no obstante apareció con numerosas erratas», que por su parte Soldevila considera «generalmente subsanables» (pero demasiadas de ellas, ortotipográficas, se mantienen en esta edición). Encontrándose por entonces Fernández Suárez exiliado en Montevideo, es lógico que recurriera a la colaboración de un amigo español (a quien había tratado cuando era ayudante en la cátedra Adolfo Posada de la Universidad de Madrid), pero al parecer este no cumplió con su cometido como era de desear. En esos mismos años, en un artículo recogido en Cosas vistas y oídas (1943), Fernández Suárez contaba que fueron precisamente la profusión e importancia de las erratas con que se publicó su primer artículo en la revista Marcha lo que le llevó a plantearse seriamente la posibilidad de dejar de publicar sus textos, pero añadía: «Ahora, mis trabajos siguen saliendo indefectiblemente con erratas, algunas tremendas. Pero ya estoy acostumbrado y espero que mis lectores también».

Lo cierto es que tal vez las gestiones de León Felipe para publicar la novela de Fernández Suárez (276 páginas en un formato de 20 x 15 y cubierta ilustrada por José Renau) no estuvieron del todo bien encaminadas, pues pese a que Casteleiro lo califique de editor, apenas tenía experiencia en estas lides el enigmático Andrés Zaplana.

La documentada tesis de Lluís Agustí ha clarificado, hasta donde de momento parece posible reconstruirlo, el misterio que rodea a Andrés Zaplana, a quien por ejemplo Gemma Gordo atribuyó una notable importancia como puente entre los españoles establecidos en México antes de 1936 y los republicanos que llegaron posteriormente («será un nexo con los exiliados españoles que lleguen con motivo de la guerra civil. Sus librerías acogieron las producciones de dichos exiliados»).

Todo hace suponer que Zaplana llegó a México en 1924 y que viajaba a menudo a España, pero hay algunos puntos oscuros acerca de cuándo se estableció en México y sobre sus primeros trabajos en ese país. Al parecer, no está nada claro que se pusiera al frente de la distribuidora Bajel en México, pero en 1940 compró (¿se asoció?) a Leopoldo Duarte de la librería La Selecta (este segundo dato viene avalado por el hecho de que la dirección que figura al pie de la edición de Hermano hombre es la de La Selecta, Avenida Hidalgo, 96), hasta que en 1945 fundó —¿con apoyo económico de El Cuento?— la primera y gigantesca Librería Zaplana (en San Juan de Letrán, 41, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), a la que seguirían otras cinco sucursales en los diez años que van de 1950 a 1960.

Acaso el apoyo de la revista El Cuento. Revista de imaginación, que tuvo una primera época en 1939 financiada por el periodista Regino Hernández Llergo (1896-1996), sea también problemático o quepa cuanto menos matizarlo. Esta revista, fundada por Horacio Quiñones (1915-1983) y Edmundo Valadés (1915-1994) y dirigida por este último, sólo publicó cinco números entre junio y diciembre de 1939 y desapareció por problemas económicos y por las dificultades para obtener papel generadas por las segunda guerra mundial. Pasado el tiempo, en 1964, arrancó una segunda época, alentada y financiada por Andrés Zaplana, durante la cual se instituyó el original premio consistente un automóvil (un Renault) para quien presentara el mejor relato muy breve. El primero en obtenerlo, que firmó como Gamínedes, fue Avel·lí Artís Gener (1912-2000) con «Sesenta pesos de delirio», que se publicó en el décimo número, acompañado de una entrevista al autor y un reportaje fotográfico en el que puede verse al escritor galardonado junto a los miembros del jurado (Juan Rulfo y Andrés Zaplana), Agustín Yáñez, Edmundo Valadés, etc.

Sea como fuere, la de Hermano perro parece haber sido la única experiencia de Zaplana como editor, acaso como consecuencia del resultado de la prueba, si bien tuvo algunas críticas muy elogiosas y cuenta Casteleiro que la novela «se distribuyó fundamentalmente en Uruguay, donde alcanzó un importante éxito comercial». En cualquier caso, no se reeditó hasta 2006.

En cuanto a El retablo de maese Pedro, escribe Rosa María Grillo que es una «obra divertida y erudita, en la que actúan personajes clásicos (don Quijote, Sancho, Melisenda, Carlomagno, etcétera) y actores-muñecos del Retablo de Maese Pedro, subrayando la total ficcionalidad y el efecto “extrañante” del hecho teatral. Son obras interesantes [esta y Hermano perro], injustamente olvidadas, que revelan a un “aficionado” inteligente pero extraviado».

Colofón de El país de la cola de paja, de Mario Benedetti.

No parece haber rastro de que esta obra se llevara a escena, y la primera y única edición, de 1945 y acompañada de veintiuna ilustraciones, corrió a cargo de la editorial montevideana Letras (¿la Imprenta Letras del gallego José Pampín en la calle La Paz?), de la que tampoco es que abunden los datos fácilmente accesibles, si bien en 1942-1943 aparecieron a cargo de este sello dos números de una interesantísima revista titulada Apex entre cuyos impulsores se encontraban el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), el periodista Manuel Flores Mora (1923-1985) y los escritores Juana de Ibarborou (1892-1979), Juan José Morosoli (1899-1957) y Juan Carlos Onetti (1909-1994), así como el entonces joven pintor de origen gallego Leopoldo Novoa (1919-2012).

En esos años Letras publicaría además libros tan diversos como el estudio colectivo Sobre la reforma agraria en Uruguay (1944), la biografía del poeta y tanguero Juan Carlos Welker (1900-1946) Baltasar Brum, verbo y acción (1945), los aforismos de Juan Gil Salguero Partida noble (1934-1937) (1946), los poemarios de José Pampín Golán Tránsito (1946) y Mástil (1942-1946) (1946), la novela de Dionisio Trillo Pays (1901-9171) Estas hojas no caen en otoño (1946), el ensayo de Rogelio Greco Abal El ceibo (1946)… No exactamente una pléyade de la literatura uruguaya, en la que sólo Trillo Pays ocupa un lugar. Quizás el vínculo fuera Welker, que había sido colaborador de la revista Alfar cuando ésta la dirigía en A Coruña Julio J. Casal (1889-1954) y que desde 1929 seguía haciéndolo en Montevideo.

Logo de Letras.

Fuentes:

Lluís Agustí, L’edició espanyola a l’exili a Mèxic: 1936-1956. Inventari i propostes de significat, tesis doctoral, Facultat de Biblioteconomia i Documentació, Universitat de Barcelona, 2018.

José de la Colina, «Arreola, el loco por la literatura I», Letras libres, 23 de septiembre de 2009.

Gemma Gordo Piñar, Miguel de Unamuno y México. Relación y recepción, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

Rosa María Grillo, «El exilio español en Uruguay», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. I, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Hugo Gutiérrez Vega, «Un vistazo a los cincuenta (II)», El Mercurio (suplemento cultural de La Jornada, 10 agosto de 2014, p. 2.

Fernando Rodríguez Díez, El mundo del libro en México, México D.F., Diana, 1992.

Rafael Solana, «El año de Costa-Amic», en Claudio R. Delgado, ed., Mil nombres propios. En las planas de El Universal, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

Ignacio Soldevila, «Estudio introductorio» a Álvaro Fernández Suárez, Hermano perro (La novela de los tiempos), Ediciós do Castro (Biblioteca del Exilio 25), Sada, 2006, pp. 9-33. Se trata de una actualización de «Álvaro Fernández Suárez y su obra novelística», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 95-102.

Fernando Valls, «Se abre una puerta… (1953) Los primeros cuentos de Álvaro Fernández Suárez», en Manuel Aznar, ed., El exilio literario español de 1939, vol. II, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/Gexel, 1998, pp. 231-237.

Fernando Valls, «El Cuento, revista de Edmundo Valadés, I», La nave de los locos, 10 de marzo de 2010.

Libros que salvaron vidas durante la guerra civil española

En el que probablemente sea el primer análisis ambicioso (no exhaustivo) de la producción bibliográfica en Cataluña durante la guerra civil española (1936-1939), Joan Crexell contabilizó hasta 1.014 títulos entre libros y opúsculos, lo que supone una media de más de un impreso de estos tipos al día durante los treinta meses que duró la contienda. De este asombroso corpus, lógicamente (o no), siempre se ha prestado más atención a las obras literarias —la Aloma de Mercè Rodoreda, La fam de Joan Oliver, Unitats de xoc de Pere Calders, la traducción de Pere Montserrat de Les nits blanques de Dostoievski…— que a ninguna otra tipología de obras, aun cuando su importancia fuese de primer orden y tuvieran como objetivo nada más y nada menos que salvar vidas.

Entre los libros prácticos o de lo que podría llamarse autoayuda extrema, destaca sobre todo la ingente actividad editorial llevada a cabo por la Junta de Defensa Passiva de Catalunya, pero incluso antes de su creación ya habían aparecido algunos impresos con una orientación muy similar.

La Casa de la Caritat de Barcelona, que desde mediados del siglo xix disponía de una imprenta para la formación de los huérfanos a los que acogía, era económicamente viable gracias a que se ocupaba de imprimimr buena parte del material bibliográfico de las instituciones catalanas con sede en Barcelona (del Ayuntamiento y de la Generalitat, sobre todo). Como Casa d’Assistència President Francesc Macià, que fue el nombre que adoptó durante el período republicano (entre 1932 y 1936), puso aún en 1936 su sello a la edición bilingüe de unas Instruccions para la defensa passiva de la población civil per al cas d’atac amb gasos, promovida por el Consell de Sanitat de Guerra dependiente del Departament de Defensa de la Generalitat.

La misma imprenta se ocupó ese mismo año del Programa de la instrucción militar dels ciutadans, publicada por la Conselleria de Defensa. Y a este hay añadir otros dos libros que ponen de manifiesto que la principal preocupación de las autoridades eran por entonces los efectos que los bombardeos pudieran tener sobre la población civil y en particular por la defensa ante los ataques con armas químicas.

El 21 de septiembre de 1936 se publicaron las primeras normas destinadas a las Juntes de Defensa Passiva, que dependían de los ayuntamientos y en las que estaban representados diversos organismos municipales (ingeniero y arquitecto municipal, la Cruz Roja, farmacéuticos, etc.), y que acabarían cristalizando el 9 de junio de 1937 en la creación de la Junta de Defensa Passiva de Catalunya, adscrita al Departament de Treball de la Generalitat de Catalunya.

El doctor Francesc Bergós i Ribalta, que había ingresado en el Cuerpo de Sanidad Militar de la Generalitat en 1924 y que antes de su exilio a Uruguay se ocuparía en 1939 de la evacuación a Francia de más de un millar de heridos, publicó Aspectes mèdics de la guerra química (1936), que lleva el sello de la Secció de Defensa Passiva de la població civil contra atacs aeris i químics del Consell de Sanitat de Guerra (dependiente del Departament de Defensa).

También fue el Departament de Defensa el que promovió ese mismo año la edición de un título muy llamativo, Protegiu-vos!, subtitulado «Consells, normes, precaucions a adoptar contra els bombardeigs aeris», firmado por uno de los pioneros de la aviación militar española, Felipe Díaz Sandino (1891-1960). En ciertos ámbitos, Díaz Sandino contaba con el respeto e incluso la admiración por haberse negado a bombardear el Palau de la Generalitat a raíz de la proclamación de la república catalana en 1934 (lo que le valió ser apartado de la carrera militar y encarcelado en el castillo de Montjuïc). Los servicios que prestó durante la guerra a la Generalitat en la Consellleria de Defensa explican sobradamente que acabara sus días exiliado en Colombia.

Con todo, las juntas locales seguían activas, y en 1937 la de Barcelona hizo imprimir en la veterana Tasis un folleto de quince páginas con el Reglament de defensa passiva.

El célebre dermatólogo Antoni Peyrí Rocamora (1889-1973) había publicado en 1927 un artículo importante, «Qüestions actuals en el tractament de la sífilis», que fue ampliamente divulgado en español en la edición de Arnau de Vilanova (como cuarto número de las Monografías Médicas) y gozaba de prestigio en su campo. El Departament de Sanitat le publicó luego, en 1934, La lluita antivenèria a Catalunya l’any 1934, y durante la guerra la misma institución se ocupó de editar la continuación lógica de esta obra, La lluita antivenèria a Catalunya el bienni 1935-1936. Sin embargo, su labor más importante la llevó a cabo ya en el exilio, primero en Colombia (en la leprosería de Isla de Providencia) y más tarde en México (Universidad de Nuevo León, Hospital Civil de Monterrey, Instituto Mexicano del Seguro Social, etc.).

Más conocido incluso es el caso del doctor Josep Trueta (1897-197), que durante la guerra, en 1938, publica en la Biblioteca Médica de Catalunya del Casal del Metge una obra relativamente extensa para los estándares impuestos por la guerra (125 páginas) y profusamente ilustrada, El tractament de les fractures de guerra.

La extrema preocupación por la guerra química y sus efectos se pone de manifiesto en una serie de publicaciones auspiciadas por la Secretaria de Sanitat i Serveis Z de la Junta de Defensa Pasiva y el Departament de Treball de la Generalitat, que en 1938 hizo imprimir diversas obras para la protección de la población civil en la por entonces colectivizada Seix Barral. Del muy destacado profesor e investigador en biología marina Francisco García del Cid Arias (1897-1965) publicó el folleto de dieciséis páginas Protecció contra els agressius de l’aigua i dels aliments. Neutralització de zones locals i objectes contaminats.

Parece evidente que se había diseñado un cierto plan para distribuir y divulgar una serie de materiales útiles en este sentido destinado sobre todo al grueso de la población civil. Se trató de folletos o libritos muy breves y con apoyo visual, en algunos casos con desplegables que podían desgajarse del volumen y fijarse en lugares fácilmente visibles o incluso llevarlos en el bolsillo.

Ese mismo año 1938 se publican también el librito de treinta páginas Mitjans de Protecció individual i col·lectiva, de F. Palaudàries; un anónimo Quelcom sobre agressius químics (de 46 páginas y con ilustraciones); Respiració artificial i oxigenoteràpia, deL. G. Reitg i Puig (31 páginas); y Bombes i granades explosives, idem incendiàries, ídem amb gasos; varietats (32 páginas), del ingeniero industrial y ensayista tarraconense Joaquim Torrens-Ibern (1909-1975)

Sin duda no se trata de textos que hayan pervivido ni sus autores, salvo quizás en el caso de Trueta, sean conocidos por el común de los lectores, pero en su conjunto estas ediciones ponen de relieve la función que tuvieron los impresos como arma de defensa pasiva, aun cuando su trascendencia no sea siquiera comparable a la construcción de refugios antiaéreos, muchos de ellos convertidos ahora en lugares de memoria colectiva.

Fuente principal:

Joan Crexell, El llibre a Catalunya durant la guerra civil, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or), 1990.

José Manuel Lara, un personaje en busca de biógrafo

NOTA: Esta reseña fue publicada originalmente en catalán con el título «José Manuel Lara, el editor, de Rafael Abella» en el Blog de l’Escola de Llibreria de la Facultat d’Informació i Mitjans Audiovisuals de la Universitat de Barcelona el 17 de septiembre de 2021.

Durante los últimos años de su vida, el empresario editorial José Manuel Lara Hernández (1914-2003) mantuvo periódicas entrevistas con uno de sus mejores amigos y autor de la Editorial Planeta, el historiador Rafael Abella (1917-2008), a partir de las cuales este último construyó el presente libro que, como explica el autor en el prólogo (fechado el año 2004), «se nutre de sus propias confesiones o afirmaciones, en su mayor parte». Más de quince años después, la cordobesa editorial Almuzara ha enriquecido ese texto que había quedado inédito con un prefacio de su hijo, el escritor especialista en tauromaquia Carlos Abella, y una protocolaria «Nota de los Editores» que, un poco sorprendentemente, firman el exministro de Aznar y creador del Grupo Almuzara Manuel Pimentel (autor además de un Manual del editor), el director editorial Antonio Cuesta, la editora Ángeles López y la responsable de producción Ana Cabello. Tal vez no llamaría tanto la atención esta profusión de firmas si no fuera por los graves y reiterados defectos de edición que, como veremos, presenta el texto.

No hay ningún género de dudas, como subrayan con entusiasta énfasis los textos mencionados, que Lara Hernández fue todo un personaje y una de las piezas clave en el sector editorial de la segunda mitad del siglo XX, pero aun así no parece que haya tenido mucha suerte con las biografías que, hasta ahora, se le han dedicado. O quizá, mejor dicho, los lectores interesados son los que no han tenido mucha suerte, porque, como bien recuerda Rafael Abella en el mencionado prólogo «en demasiadas ocasiones se han aliado o mezclado la historia y la leyenda hasta el punto de no saberse con exactitud dónde acaba la una y empieza la otra». Poco podía  hacer por resolver esta cuestión el autor tomando como fuente principal las declaraciones del propio Lara, porque cuando va más allá de las palabras textuales del biografiado recurre a menudo o bien a una hemeroteca ya profusamente expurgada con los mismos objetivos o bien al entorno empresarial y familiar más afecto al editor, pero no por ejemplo a otros colegas de profesión, escritores, agentes literarios o traductores. La proximidad del autor a su biografiado resulta definitivamente excesiva y le dificulta mucho tomar distancia y hacer un juicio o una valoración mínimamente crítica, por lo cual se pierde una vez más la oportunidad de hacer un análisis serio y ecuánime de la trayectoria y la importancia que tuvo Lara en la configuración del sector editorial español. Dice mucho la frase inicial de la Nota de los Editores al presentar el texto como «la biografía autorizada»; así pues, ninguna sorpresa. Con estas premisas, resulta menos sorprendente el pasaje en el que se explica que «en cuanto a sus méritos el [Premio] Planeta se otorga a obras inéditas de cuyo valor los asistentes al premio no tienen la menor referencia y como, además, la mayoría se presenta con seudónimo, escaso margen queda para las especulaciones y las apuestas por un autor y por otro».

Por tanto, lo que nos ofrece Abella es un recorrido por la vida del gran editor que se detiene sobre todo precisamente en aquellos aspectos más conocidos y comentados y en aquellos que permiten a Lara poner de manifiesto sus rasgos más característicos (la simpatía, la pillería, la astucia, el peculiar «gracejo» andaluz…). Después de un repaso cronológico a la trayectoria vital de Lara, a partir de un determinado momento, cuando Planeta se ha convertido ya en la mayor empresa editorial en lengua española, Abella se centra sucesivamente en otros aspectos de la personalidad del empresario. Así, por ejemplo, dedica un capítulo a su vinculación con el fútbol y muy particularmente con el R.C.D. Espanyol, y a partir de ese momento, muy en sintonía con lo que hace también José Martí Gómez en Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo (Galaxia Gutenberg, 2019), focaliza mucho su atención en todos y cada uno de los premios Planeta, consignando los miembros del jurado, el talante de ganadores y finalistas, las anécdotas de las cuales se hizo eco la prensa en su momento (y que esta misma prensa se ocupa de evocar antes de cada nueva edición del premio), los invitados más destacados al acto de entrega de los galardones, los hechos más significativos de las giras promocionales posteriores… En cambio, no recrea la anécdota que se produjo cuando, a preguntas de un periodista acerca de por qué Soledad Puértolas había sido invitada a la entrega del premio de 1989 (que ganó con la novela Queda la noche), Lara pronunció la célebre réplica: «¿Usted cree que los niños vienen de París?».

El escritor Pío Baroja (1872-1956) y José Manuel Lara.

Es significativo que dos de los capítulos se titulen Anecdotario (I i II) o que otro lo ocupen exclusivamente los retratos que de Lara nos han dejado algunos escritores y periodistas (Rosa Montero, Ana María Moix, Màrius Carol, etc.), porque el libro no pretende tanto aportar una nueva mirada al personaje sino reunir el grueso de los datos y los hechos con los cuales José Manuel Lara Hernández se sentía identificado y de los que, en no pocas ocasiones, se mostró orgulloso; esos datos y rasgos que, en definitiva, le sirvieron para construir su personaje. Aun así, también hay algunas afirmaciones o explicaciones un poco sorprendentes, como por ejemplo cuando Lara narra su entrada en Barcelona con las tropas del general Yagüe al final de la guerra civil española y relata la siguiente escena con el barrio Chino por escenario: «Yagüe con su vozarrón característico nos dio la orden de que acabáramos con aquellos sujetos. Hicimos una limpieza de la manzana y eliminamos a todos los que no tuvieran clara su manera de pensar. Y así se hizo y cesaron los tiroteos. Yagüe podía ser muy duro, pero también era muy humano con sus hombres.»

En cualquier caso, Abella no es ningún caso engañoso y su propósito y método ya queda claro desde el primer momento, de tal modo que el lector no puede esperar otra cosa que una biografía poco menos que hagiográfica, pero su texto ha tenido la mala fortuna de ser editado con muy poco rigor y con una dejadez que en algunos casos puede resultar exasperante, en particular al lector catalanohablante. Por ejemplo, aparece sistemáticamente mal escrito el título de la novela de Joan Sales (Incerta gloria per Incerta glòria), lo mismo sucede con la de Mercè Rodoreda El carrer de les Camèlies (p. 136), Millenari de Catalunya per Mil·lenari de Catalunya (p. 267), Macanet por Maçanet (o a lo sumo Masssanet) (p. 102), etc. Más importante o grave parece transcribir mal el título de la novela de Bartolomé Soler Karú-Kinká y poco después en el mismo pasaje no cursivar el título de otra novela suya, Marcos Villarí, porque no queda del todo claro si se refiere a otro libro o a una persona con este nombre: «publicó en 1946 Karukinka de Bartolomé Soler, que se había dado a conocer con Marcos Villarí y obtenido un claro éxito con La vida encadenada» (p. 87). Entre muchos otros, un pasaje como mínimo confuso sin duda como consecuencia de un error de edición es el que se crea al reproducir unas palabras del escritor Antonio Muñoz Molina: «Muchas veces la mejor manera de preparar algo nuevo es pararse y no hacer otra cosa que pensar. Y menor todavía, si te dedicas a vivir» (p. 32).

José Manuel Lara Hernández, en compañía del editor Rafael Borrás Betriu.

Para rematarlo, el texto original no fue objeto de un marcaje adecuado, lo cual hace que al maquetarlo se hayan amalgamado los textos correspondientes a citas extensas con pasajes que ya no forman parte de la cita, lo cual contribuye a la impresión general de edición negligente, desidiosa y muy poco esmerada, cuando no provoca además confusiones o malas interpretaciones (pp. 88, 165, 323, etc.).

Rafael Abella (1917-2008)

Como dato para acabar de caracterizar este libro, añádase que la bibliografía con la que concluye es de veras mínima, no llega a la decena de títulos (y algunos además de fiabilidad tan dudosa como el Tiempo de editores de Xavier Moret o las Memorias de César González Ruano), pero más se echa de menos, sobre todo en un libro de estas características, un índice onomástico. La encuadernación con solapas y con la cubierta plastificada no casa ni con la pobre calidad del papel ni, mucho menos, con la calidad de la edición de un texto que, en cambio, por sí mismo, es honesto con su planteamiento.

Rafael Abella, José Manuel Lara, el editor, Córdoba, Almuzara, 2021.

Una efímera editorial combativa, Publicacions La Fona

Cuando una editorial elige como nombre el arma con la que David tumbó a Goliat, sólo puede interpretarse como una declaración de intenciones; y de intenciones bastante vehementes.

Ese es el caso de la editorial sabadellense La Fona, una iniciativa cuyo logo es bien explícito y en la que tomaron parte el político y escritor Salvador Sarrà Serravinyals (1902-1965), quien luego en el exilio chileno intervendría en la creación de El Pi de les Tres Branques y publicaría en México Cant a la ciutat obrera (Club del Llibre Català, 1961), así como el esperantista Eusebi Artigues (1898-1992), el obrero metalúrgico cenetista Ramon Jové Brufau (1897-1936), uno de los primeros caídos en Barcelona el 19 de julio de 1936, o  el escritor y pintor Joaquim Hutesà Costajussà (1888-1972), que en 1924 había publicado en la sabadellense Biblioteca Germinal El sindicalismo, garantía de orden y civilización.

En la página 109 del Anuari Sabadellenc de 1929, impreso por Joan Sallent, aparecía el siguiente anuncio:

Con el título Publicacions La Fona ha salido el primer volumen de una nueva colección. Se debe a J. H. Costajussà y se compone de una serie de cuentos. El título del libro es Clarobscur. El segundo volumen contendrá la narración El pobre Pòlit, del malogrado Josep Sanllehí i Alsina. Entre otros autores, colaborarán en La Fona Amadeu Aragay, Dídac Martí, Joan Sallarès, J. Sarrà Serravinyals, Eusebi Artigues, R. Jover [sic], Joan Puig, Marian Burguès, Gustau Vila, Josep Castells i Candiri, J. Canelles, etc.

Clarobscur era un librito de 137 páginas, al que seguiría ese mismo año 1929 Ram d’olivera, una recopilación de artículos periodísticos del escritor y director de Sabadell Federal Joan Puig Pujol (1892-1973), de 135 páginas e impresos ambos en Industries Grafiques. Sin embargo, el otro título anunciado, El pobre Pòlit, no era ni mucho menos una novedad. En La Veu de Catalunya del último día del año 1925, se informa de que este título ha obtenido un accésit al primer premio convocado por La Novel·la d’Ara, y de hecho fue en esta colección dirigida por el periodista y dramaturgo Miquel Poal Aregall (1894-1935) donde se publicó, con portada firmada por Farell, como «novel·la original inèdita» en 1926; quizás eso explique que desapareciera de los planes iniciales de La Fona.

Al año siguiente aparece impreso por Joan Sallent el que quizá sea el libro más interesante de La Fona, L’ideal obrer, la democràcia i l’ anarquisme, de Ramon Jové i Brufau, que en el periódico L’Opinió era saludado del siguiente modo el 19 de septiembre de 1930 (traduzco):

Las Publicacions La Fona, de Sabadel, retoman sus tareas editoriales con el mismo acierto que, antaño, ya celebramos. En efecto, parece que una de las primeras manifestaciones de su reanudación será incorporar a nuestras letras la obra del conocido militante obrero de la Confederación [CNT] Ramon Jover: L’ideal obrer, la democràcia i l’ anarquisme.

Y antes de reproducir los títulos de todos los capítulos que componen las tres partes en que se estructura el libro de Jové, añade:

Hay que felicitar a los editores y al autor por la oportunidad de dar a conocer una obra en la cual se glosan temas de capital interés para el obrerismo catalán. Nosotros, desde ahora mismo, lo recomendamos a nuestros amigos, seguros de que encontrarán lecciones provechosas en los momentos actuales, y también para otros no menos decisivos y no muy lejanos.

Ciertamente, Jover era bastante conocido en los ámbitos obreros catalanes, sobre todo desde que en 1910 había sido encarcelado por ser miembro del comité de la huelga de metalúrgicos, y durante la dictadura primorriverista había sido miembro del Comité Nacional de la CNT. El mismo año en que se publica este libro volvería a ser encarcelado, como consecuencia de la huelga general, pero además había escrito con regularidad en L’Opinió (donde en 1928 publicó su «Pi y Margall y los anarquistas»), El Federal y L’Insurgent, como más tarde lo haría en Justicia Social, Mirador y Justícia Octubre Social. Jover pasó poco después a militar en Estat Català- Partit Proletari, del que fue expulsado en 1932, y después en la Unió Socialista de Catalunya antes de que se fusionara para convertirse en el PSUC.

El siguiente título publicado con el sello de Publicaciones La Fona, y probablemente el último, aparece casi tres años después de nuevo en los talleres de Joan Sallent. Se trata de una traducción firmada por Sarrà Serravinyals de un libro del escritor y crítico literario francés Jean Guéhenno (1890-1978) publicado originalmente por Bernard Grasset en 1928: Caliban parle. Por aquel entonces Guéhenno gozaba de un enorme prestigio literario fruto de sus estudios sobre Rousseau y su propuesta de un nuevo humanismo, que se añadía al hecho de ser, desde 1929, director de la revista Europe. Durante muchísimos años, este fue el único título de Guéhenno publicado en la península, y hasta 1957 no reapareció su nombre en un catálogo editorial español (en ese caso en un libro colectivo, publicado por Guadarrama, prologado por Julián Marías y traducido por María Riaza, El espíritu europeo; hasta 1990 no se publicaría en español su biografía de Rousseau).

El balance de La Fona, aun cuando sus inspiradores y animadores se sitúan ideológicamente en la izquierda obrerista de un modo claro, resulta bastante desconcertante, pese al interés de los títulos publicados, el buen papel y la modernidad de la presentación gráfica de los textos (encuadernados todos ellos en rústica). Por una parte, son reflejo de una corriente de pensamiento que estaba muy presente en la capital vallesana y que además contribuyó a formar a algunos de los políticos y sindicalistas que en los años treinta ocuparían puestos de responsabilidad en las instituciones republicanas en Cataluña.

Por otra parte, y pese a no conseguir tener una regularidad en sus publicaciones, La Fona contribuyó de modo notable a reforzar la diversidad de propuestas editoriales que se dieron en Sabadell en un momento particularmente creativo que sólo de un modo muy tangencial o insuficiente han sido estudiado y reconocido.

Fuentes:

Josep M. Benaul Berenguer, «Autors, editors i impressors a Sabadell, 1850-1975. Nota histórica», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Marc Comadran Orpi, El procés d’expansió del noucentisme cap a les «segones ciutats». El cas de Sabadell (1910-1923), tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2004.

Societat Catalana d’Economia, Diccionari d’economistes catalans, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 2020.

M. Àngels Solà Vidal, «Catàleg de la Colecció Esteve Renom-Montserrat Llonch», en AA.VV., Sabadell, lletra impresa: de la vila a la fi de la ciutat industrial. Catàleg de la Col·lecció Esteve Renom–Montserrat Llonch, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2012.

Ramon Masats, del libro artístico y literario al turístico

Cuando en 1965 Ramón Masats (n. 1931) se estrenó como director cinematográfico con El que enseña (un reportaje sobre la vida de un profesor de escuela en la España rural) y Prado vivo y triunfó luego con la comedia musical protagonizada por la cantante Guillermina Motta (n. 1942) y el grupo Los Íberos Topical Spanish (1970), tenía ya a sus espaldas una más que notable producción bibliográfica que le había convertido en una de las puntas de lanza de la fotografía española. Sus primeros pasos como aficionado los había dado a principios de los años cincuenta en el ámbito de la Asociación Fotográfica del Casino de Comerç de Terrassa (que tenía su origen en el Casino dels Artistes y publicaba un boletín mensual) y en 1953 ya llamaron mucho la atención sus reportajes sobre Las Ramblas.

Al año siguiente ingresó en la AFC (Agrupació Fotogràfica de Catalunya), donde coincidió con quienes serían los fotógrafos señeros de la llamada gauche divine, Oriol Maspons (1928-2013), Xavier Miserachs (1937-1998) y Colita (Isabel Steva Hernández, n. 1940), y con los dos primeros participó en su primera exposición, en la sede de la mencionada AFC. Fueron precisamente estas relaciones las que propiciarían una etapa de intensa colaboración con iniciativas editoriales.

Sin embargo, a partir de 1955 se embarca en un encargo de la Gaceta Ilustrada consistente en expresar mediante imágenes los principales «valores patrios», muy en sintonía con las consignas que llegaban desde el Ministerio de Educación y Turismo franquista, y es también en estos años cuando trabaja a menudo en el tema de la tauromaquia, de donde saldrá alguna de sus fotografías más famosas.

No obstante, el primer libro importante que publicó iba en una dirección muy distinta. En Confesiones de una editora poco mentirosa, Esther Tusquets explica las gestiones asociadas a los primeros títulos de la colección Palabra e Imagen y comenta acerca de Neutral Corner (1962):

Me sorprendió un poco que Ignacio [Aldecoa] propusiera un libro sobre boxeo. Pero el texto, los breves textos, son buenísimos. Y también lo fueron las fotos de Ramón Masats, gran fotógrafo catalán —amigo y compañero de otros dos grandes fotógrafos catalanes: Oriol Maspons y Xavier Miserachs— recién instalado en Madrid, en cuyo piso a medio amueblar conocí a Carlos Saura con su primera mujer.

El libro, de 23 cm y treinta y ocho páginas sin numerar, con numerosas ilustraciones (algunas a doble página), lo diseñaron los arquitectos Luís Clotet (n. 1941) y Oscar Tusquets (n. 1941) y lo imprimió la Sadag (Sociedad Alianza de Artes Gràficas); sin duda constituye uno de los números más rompedores y atractivos de la colección.

Del año siguiente, 1963, es la publicación del resultado de su colaboración para un libro gestado en Espasa Calpe por el que obtuvo el Premio Ibarra al libro mejor editado, Los sanfermines, con textos del célebre periodista y escritor falangista Rafael García Serrano (1917-1988) y que se inscribe en la tremenda campaña de conmemoración de los llamados «veinticinco años de paz». En consecuencia, el texto que acompaña a las centenar y medio de fotografías de Masats (en blanco y negro y en color) se reproduce tanto en español como en francés, inglés y alemán (en traducciones de Claude Martin, Alfred Dire y Francisco de A. Caballero, respectivamente). Se trata de un libro de 29 x 23 y 275 páginas, que maquetó el mismo Masats.

Al año siguiente vuelve a publicar en la prestigiosa colección de Lumen Palabra e Imagen ilustraciones fotográficas para Viejas historias de Castilla la Vieja, de Miguel Delibes (1920-2010), en un libro diseñado por Hans Romberg y Oscar Tusquets con un formato de 21,5 x 22,5 . En contra de lo inicialmente proyectado para esta colección, y que constituía su principal signo de identidad, en este caso no fue el texto lo que se adaptó a unas imágenes preexistentes sino que Delibes ya disponía de unos textos inéditos que habían sido elogiados por Pedro Laín Entralgo (1908-2001) y Jualián Marías (1914-2005), entre otros (véase «Miguel Delibes, ilustrador ilustrado». La opinión de Esther Tusquets no es sin embargo entusiasta:

…es muy hermoso, y espléndidas las fotos. Pero Masats da en ellas, o eso me parece a mí, una imagen negra de la España mesetaria y profunda, que contrasta, creo, con la visión nostálgica y entrañable de los textos, y me sorprende que Delibes, tan receloso con el pobre Maspons, acusado de fotografiar a las perdices fuera de temporada y desde un coche [para La caza de la perdiz roja, en esta misma colección], no pusiera en esta ocasión ningún reparo.

Edición en Palabra e Imagen, la mítica colección de Lumen. Foto de Marcelo Caballero en Miradas Cómplices.

Según escribió en un número monográfico de Los olviddos Jesús García de Dueñas:

Neutral corner (1926), Los Sanfermines (1963) y Viejas historias de Castilla la Vieja (1964) forman una trilogía ejemplar y constituyen un prodigioso retablo de la España que a trancas y barrancas despegaba de un tradicionalismo servil, de unos márgenes de libertad que parecía que nunca se podrían saltar, de un ahogo moral y del sofoco y la vergüenza que producía una dictadura interminable.

Unos años más tarde —durante los cuales Masats había ido engrosando su obra en revistas como Gaceta Ilustrada, Destino o Actualidad Española, así como en periódicos conservadores como Ya o Arriba—, en 1967 se entregaban al depósito legal procedentes de la imprenta de la Sadag los primeros ejemplares de una edición de cuatro mil del Quijote en dos volúmenes elaborada en Alfaguara que venía a sumarse a la conmemoración del 350 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes (1547-1616). El proyecto era realmente de empaque, pues el texto cervantino, fijado por Martín de Riquer (1914-2013), iba precedido de un extenso prólogo, unas ciento cincuenta páginas, del historiador español exiliado en Estados Unidos Américo Castro (1885-1972) e ilustrado con gran cantidad de fotografías en blanco y negro. El libro apareció en dos tomos de 713 y 626 páginas, respectivamente, encuadernado en imitación de piel y con el corte superior dorado. Se incluyó en la por entonces recién estrenada colección Puerto Seguro, de la que los primeros números había aparecido en 1966 y dedicados a obras de Camilo José Cela: Caminos inciertos. La colmena (con litografías de Eduardo Vicente), Viaje a la Alcarria (con fotografías de Karl Wlasak).

En esa época empieza a intensificarse la dedicación de Masats al cine y la televisión, y en particular sus obras de no ficción para la cadena estatal española, de modo que el siguiente libro no aparecería hasta 1984. Se trata de Madrid es más que Madrid, en el que sus fotografías acompañan textos del periodista Luis Carandell (1929-2002) y publica en su campaña de captación de turistas la Comunidad de Madrid (luego ese material se reciclaría una y otra vez con diversos títulos y formatos).

A partir de los años ochenta, coincidiendo con su salida de la televisión pública, establece una estrecha colaboración con la editorial Lunwerg, que por entonces empezada a dar sus primeros pasos (se había fundado en 1979), y empieza a publicar ya constantemente fotografías en color. De este modo, Masats haría algunos otros los trabajos editoriales, pero por entonces ya no existía una colección como Palabra e Imagen ni nada lejanamente similar, así que se trató sobre todo de libros más convencionales, muchos de ellos centrados en la capital de España (Madrid es más que Madrid, Un paseo por Madrid, El agua de Madrid, Del cielo a Madrid…) y a menudo con un marcado carácter propagandístico.

Fuentes:

AA.VV., «Ramón Masats, Iberia inédita», Los Olvidados, 2000.

AA.VV., «De vocación, fotógrafo» (entrevista), Minerva (Círculo de Bellas Artes de Madrid), 2008 (entrevista realizada en1999).

Eva María Contreras, «Ramon Masats: “Me gustan los tópicos”» (entrevista), Baobab, núm. 6 (6 de enero de 2001).

Luismi Romero Carrasco, «Fotografía española contemporánea (22): Ramon Masats: tópicos e ironía al servicio de la ironía», Rinconete, 5 de mayo de 2021.

Publio López Mondejar, Ramón Masats, magia y realidad, Centro Virtual Cervantes.

José Ángel Montañés, «El buen ojo de Ramon Masats», El País, 7 de mayo de 2017.

Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, Barcelona RqueR, 2005.