Estrategias de la censura: el caso de Edima

En su etapa como ministro franquista, el fundador del Partido Popular Manuel Fraga Iribarne (1922-2012) dio nombre a una ley de prensa e imprenta que en un principio se supuso que suavizaría la arbitrariedad de la censura y en particular atenuaría su discrecionalidad ─«con Fraga hasta la braga», se decía entonces en relación a esa ley, sobre todo en los ambientes teatrales─, y de ahí una famosa frase del escritor vallisoletano Miguel Delibes publicada en el diario Abc del 11 de marzo de 1979:

Cuando se promulgó la ley de Fraga, un periodista me preguntó si consideraba ésta un avance respecto a la situación anterior. Mi respuesta fue la que cabría esperar: «Antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes, algo hemos ganado».

Esa misma ley es a la que tuvo que enfrentarse Jorge Herralde desde el mismo momento en que fundó Anagrama y de la cual, en el capítulo dedicado a la censura que suele incluir en los libros conmemorativos de la editorial, escribe:

En el Ministerio [de Información y Turismo] se llevaba a cabo una calculada política de secuestros reiterados [de libros] para estrangular económicamente a las editoriales de izquierda, de financiación siempre precaria. Así cayeron, a finales de los sesenta, la madrileña Ciencia Nueva o la catalana Edima, por citar dos casos paradigmáticos.

De que no hay en esta afirmación ni atisbo de exageración dejó constancia, por ejemplo, Javier Muñoz Soro en «Vigilar y censurar. La censura editorial tras la Ley de Prensa e Imprenta, 1966-1976», donde, recurriendo incluso a una conversación entre Fraga y un funcionario de su ministerio, concluye que:

…las sanciones y secuestros escondían otra intención reconocida solo en informes reservados: la de erosionar a largo plazo la base económica de las revistas o editoriales que, obligadas a destruir o rehacer los impresos, asumían «un elevado coste, incluso por encima de la cuantía de las más graves sanciones económicas previstas en la ley de prensa».

Parece evidente que ese fue el caso mencionado por Herralde de Edima (Edició de Materials), la editorial a cuyo frente se encontraban el yerno del abogado y escritor Maurici Serrahima (9102-1979) Manuel Nadal i Abella (1928-1997), que se ocupaba de la selección y contratación de textos, y el hermano menor del gran editor Josep M. Castellet (1926-2014) Eduard Castellet i Díez de Cossío (1930-2017), encargado de convertirlos en libros a punto para ser distribuidos. Sin embargo, la estrategia para acabar con Edima fue un poco más retorcida.

Resulta asombroso que esta editorial marcadamente contestataria y muy ilustrativa de un periodo muy determinando de la historia editorial española haya generado tan escasa bibliografía, pero Albert Manent le dedicó tres breves páginas en las que destaca la reconstrucción de su catálogo, formado por una veintena de títulos que se abren en 1966 con la biografía de uno de los fundadores del Frente de Liberación Nacional argelino y presidente del país entre 1963 y 1965 Ben Bella, obra del escritor francés nacido en Argel Robert Merle (1908-2004) y traducida por Maurici Serrahima, y se cierra en 1968 con Corea altra vegada, de Wilfred Burchett (1911-1983), periodista australiano célebre por haber sido el primero en entrar en Hiroshima tras el paso del Enola Gay y buen conocedor de los conflictos bélicos en el sudeste asiático. Burchett es precisamente el autor más representado en el exiguo catálogo de Edima, pues le publicaron también Vietnam, la segona resistència (1966) y Hanoi sota les bombes (1967), este último con prólogo de Bertrand Russell (1872-1970).

Sólo otro autor, el mencionado activista e historiador comunista Isaac Deutscher (1907-1967), está representado con más de una obra entre los veintidós títulos de Edima, en su caso con la muy célebre e influyente biografía Stalin, biografía política (1967), que dio el mayor volumen de la editorial (725 páginas) y que el año anterior acababa de publicar la mexicana Era en traducción de José Luis González.

Otro título muy destacado fue por ejemplo la autobiografía del activista político Malcolm X (El-Hajj Malik El-Shabazz, 1925-1965), titulada en catalán Malcolm X, el poder negre (1967), traducida por Ramon Barnils, maquetada por Argenté y Mumbrú, con un diseño de cubierta de Josep Gruañas y acompañado de apéndices de M. S. Handler, A. Haley, S. Soler, V. Soler y J.M. Brunet.

Y un ejemplo más, representativo de una modalidad editorial que hizo fortuna en España en esa época (la compilación de artículos de revista de tema común), fue El conflicte àrab-israelita (1967), otro ambicioso proyecto que recogía en 550 páginas ilustradas con mapas y fotografías en blanco y negro los artículos aparecidos en el número monográfico que dedicó al tema la revista parisina Les Temps Modernes, dividiéndolos en dos partes (la visión árabe y la visión israelí), precedidos de «Per la veritat», de Jean-Paul Sartre e «Israel, fet colonial?», de Maxime Rodinson y acompañados de siete anexos documentales, entre ellos un glosario obra de Jordi Marfà y una cronología elaborada por Santi Soler. Un proyecto sin duda caro, en el que intervinieron hasta cinco traductores (Ramon Barnils, Neus Faura, Luis López del Castillo, Coloma Leal y Josefina Niubó).

Entre los traductores de Edima destacan algunos profesionales de trayectoria tan sólida como Ramon Folch i Camarasa (1926-2019) o Ramon Barnils (1940-2001), así como, además de los ya mencionados, Miquel Muntaner, Enric Puig, Lluis Gassiot, Miquel Torras o quien luego sería uno de los redactores del Estatut d’Autonomia de Catalunya de 1978 y más tarde vicepresidente tercero del Congreso de los Diputados (por el PSC) Josep Verde i Aldea (1928-2017), que tradujo la ya aludida biografía de Stalin y el libro colectivo (el Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra o Tribunal Russell-Sartre) Judici a Estocolm (1969), con textos Simone de Beauvoir, Lázaro Cárdenas, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Bertrand Russell, Sartre, Peter Weiss, etc. y cubierta de Alejo Escutia.

Estos datos bastarán para justificar que la censura franquista, incluso a finales de los años sesenta, pusiera a Edima en su punto de mira, y además de infligirle un enorme perjuicio económico con el secuestro de libros como Documents de Cuba (1968), que se abría con un texto de José Martí e incluía la ley de Castro que justificaba la incautación de bienes estadounidenses en la isla, la puntilla se la dio al denegarle el ministerio la inscripción en el Registro de Empresas Editoriales (en marzo de 1968),así como la autorización para ejercer actividad editorial ninguna en España, lo que llevó indefectiblemente a la empresa al cierre y a la asunción de una deuda con Banca Catalana (la empresa fundada por Florenci Pujol, su hijo Jordi y Francesc Cabana) que Nadal y Castellet –quienes se negaron a aceptar la ayuda de sus colaboradores y socios– tardarían mucho tiempo en poder saldar pese a las ventajosas condiciones.

Fuentes:

Pepe Gutiérrez Álvarez, «La revolución en los libros. Una aproximación particular por el activismo editorial de los 60-70», Kaosenlared, 22 de junio de 2019.

Jorge Herralde, «La censura», última edición hasta la fecha, en Anagrama. 50 años 1969-2019, Barcelona, Anagrama (edición no venal), 2019, pp. 23-25.

Miquel López Crespí, «1965: Fanon, Che Guevara, Malcolm X, Ho Chi Minh i l’anticolonialisme mallorquí», L’Estel de Mallorca, 1 de marzo de 1997, p. 6.

Albert Manent, «Edició de Materials (1965-1968). Una editorial de combat», Els Marges, núm 88 (2009), pp. 83-85.

Javier Muñoz Soro, «Vigilar y censurar. La censura editorial tras la Ley de Prensa e Imprenta, 1966-1976», en Eduardo Ruiz Bautista, coord., Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo, Gijón, Trea, 2008, pp. 111-141.

Francisco Rojas Claros, «Poder, disidencia editorial y cambio cultural durante los años sesenta», Pasado y Memoria, núm. 5 (2006), pp. 59-60; reproducido en Represura, núm 4 (octubre de 2017), pp. 1-20.

— «La represión de la disidencia editorial. Denuncias y secuestros de libros en España durante la “era Fraga” (1966-1969)», Represura, núm 2 (2017), pp. 7-39.

Xavier Serra, «Un déficit editorial: les traduccions d’assaig en l’edició catalana contemporània», Mirmanda, núm. 2 (2007), pp. 98-106.

Un impresor de Granollers que contribuyó a modernizar las imprentas colombianas y chilenas

En su concienzudo estudio de la editorial Pòrtic, Mireia Sopena dedica en un interesante capítulo sobre «La editorial, de puertas adentro» unas líneas a uno de los colaboradores de Josep Fornas (n. 1924) en esta editorial que difícilmente pueden dejar indiferente a quien se interese por el mundo del libro. En apenas tres párrafos,  Sopena consigna las vertientes de periodista, narrador, cineasta, político, gestor cultural e impresor de Miquel Joseph i Mayol (1903-1983), un personaje sin duda fascinante. Los testimonios orales permiten incluso a Sopena precisar que en Pòrtic se le tenía por un hombre de una gran formación, «muy interesante y muy culto» (Fornas) y por «una gran persona, de un trato exquisito» (el corrector Jordi Pla [1923-2006]), pero también que durante los meses de 1973 y 1974 que trabajó para Pòrtic acudía a las oficinas de Via Laietana sólo por las mañanas y que sus tareas consistían en ocuparse de la producción y asesorar a Fornas en cuestiones de impresión.

Miquel Joseph i Mayol.

Sin embargo, fue el historiador Josep Grau quien acometió el trabajo más exhaustivo y escrupuloso hasta la fecha acerca de Miquel Joseph i Mayol, y a la vista de su espléndido trabajo a nadie extrañará que esas fueran las funciones de Joseph i Mayol en la editorial de Fornas, pues estuvo en contacto con las imprentas desde su más tierna infancia y se mantuvo toda la vida cerca de ellas.

Hijo de Jaume Joseph i Viladerbó (1866-1951), que se había iniciado como aprendiz de imprenta antes de poder crear en su Granollers natal la Impremta La Indústria, a los diecisiete años Miquel ya publicaba sus primeros relatos y artículos periodísticos en algunas de las publicaciones periódicas que imprimía su padre, como La Revista Literària de Granollers (1919-1921) y más tarde en el primer diario de la ciudad, Diari de Granollers, hasta que en 1930 fundó su propio periódico, Crónica.  El año siguiente daba el salto a Barcelona, donde estrenó una obra teatral, creó la Revista de la Llar y en 1931 publicó el relato Un adolescent fet home en los talleres gráficos NAGSA, donde se imprimían también las revistas Imatges y D’Ací  i d’Allà (en las que, al parecer, colaboró).

De esta única incursión en la narrativa de ficción de Joseph i Mayol se publicó en la influyente Revista de Catalunya una crítica en septiembre de 1931 en la que se la describía como «una novela de ambiente cosmopolita que pone de manifiesto ciertas aptitudes del autor para escribir narraciones entretenidas», pero censuraba sin paliativos la prosa («embrionaria») y el deficiente dominio de la lengua: «La prosa catalana hace ya bastante tiempo que ha salido de la infancia como para que un autor pueda permitirse aún este tipo de balbuceos».

Nació por aquellos años un intenso interés de Joseph i Mayol por el cine que le llevó a ser nombrado en 1932 secretario interino del Comitè de Cinema de la Generalitat y a publicar innovadores ensayos sobre el poder pedagógico del cine en el Butlletí dels Mestres, y sobre la organización de la industria en Cinegramas y Arte y Cinematografía, pero sobre todo a dirigir algunos cortometrajes ─en muchos casos hoy desaparecidos─, como Els camins d’en Serrallonga y Elx, simfonia de palmeres o, en colaboración con Albert Grasset, algunos musicales, como La maja y el abanico o Si yo supiera escribir.

Simultáneamente se convertía en un importante promotor cultural, primero participando en el Museu de Granollers y, ya durante la guerra, inventariando y catalogando el patrimonio cultural incautado como funcionario de la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya, además de intervenir en la organización de la Exposición de Arte Catalán en París en 1937 en el Jeu de Paume y participar en la junta de gobierno de la Cambra Oficial del Llibre de Barcelona, y al concluir la guerra, organizar la famosa salida del país en bibliobús de los miembros de la Institució de les Lletres Catalanes (Mercè Rodoreda, Francesc Trabal, Joan Oliver, etc.).

Miquel Joseph i Mayol.

Gracias a la colaboración del pedagogo y escritor Pau Vila (1881-1980), que había vivido en Bogotá y conocía al presidente Eduardo Santos (1888-1974), tanto Joseph i Mayol como el pintor Ignasi Mallol (1892-1940) ─hombre clave en la conservación del patrimonio artístico y cultural tarraconense durante la guerra─ y el filósofo y escritor Josep Maria Capdevila (1892-1972), los tres tuvieron Colombia como primer país de residencia al exiliarse, donde se les garantizó un puesto de trabajo en el sistema educativo. Mientras que Mallol murió poco después y Capdevila impartió literatura y filosofía en la Universidad de Popayán (luego en la de Santiago de Cali), Joseph y Mallol se convirtió inicialmente en asesor del Departamento de Cinematografía Educativa del Ministerio de Educación colombiano, pero ya en 1940 fundó con un socio una imprenta que no tardó en contar entre sus clientes con los principales periódicos bogotanos, El Tiempo y El Espectador, e incluso rechazó la oportunidad de convertirse en distribuidor de Xerox para poder así seguir vinculado a la impresión.

En el ámbito del cine, en 1944 abandonó a medio rodaje un encargo de Patria Films para rodar una película basada en la vida de la heroína de la independencia Antonia Santos, y cuatro años más tarde vendió su parte en la imprenta para pasar a dirigir la Dirección de Extensión Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Educación.

Como consecuencia, al parecer, de una trombosis, decidió trasladarse a un país a menor altitud, y fue entonces cuando recaló en Santiago de Chile, donde una de sus primeras ocupaciones fue la importación y distribución de maquinaria destinada a la industria gráfica, pero en los sesenta vuelve a desplazarse, en este caso a Panamá, donde funda la imprenta Industrial Gráfica, S.A. (IGSA), que en 1962 compró una notable cantidad de material procedente de la empresa Importadora Balboa, S. A. (que se encontraba en liquidación) y no tardó en convertirse en una de las imprentas más importantes del país.

Entre 1966 y 1974, Joseph y Mayol hizo una larga estancia en Barcelona, durante la cual llevó a cabo la colaboración con la editorial Pòrtic que detalla Mireia Sopena, y en 1977 regresó de nuevo y, muerto Franco, en septiembre de ese año decidió solicitar de nuevo un documento de identidad nacional. Fue en esta etapa cuando aparecieron sus libros (casi todos en Pòrtic), algunos de ellos referencia en su materia, como Iberoamércia, continent de l’esperança (1969), La imprenta del meu pare. El regionalisme a la comarca (1970), El salvament del patrimoni artístic català durant la guerra civil (1971), Opus IV. Éxode de 1939. De retorn a Catalunya (1974) y sobre todo, para lo que aquí interesa, Com es fa un llibre. Diccionari de les arts gràfiques (1979, reeditado en 1991).

Fuentes:

Josep Grau, «Miquel Joseph i Mayol: vida i obra d’un granollerí singular».” Ponències Anuari del Centre d’Estudis de Granollers 2007, pp. 77-114.

Mireia Sopena, Editar la memòria. L´etapa resistent de Pòrtic (1963-1976), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d´Or 366), 2006.

Origen y primera época de la editorial chilena Nascimento

Es bien sabido que en el origen de una de las más importantes editoriales chilenas del siglo XX, Nascimento, está la iniciativa de un portugués originario de isla Corvo (en las Azores) llegado a América a finales del siglo XX, Juan Nascimento.

Fachada de la librería en la calle Ahumada.

Al poco tiempo de llegar a Chile, en 1875 Juan Nascimento fundó una librería en el número 265 de la calle Ahumada, que sigue el trazado del Qhapaq Ñan (Camino del Inca) pero debe su nombre a Juan de Ahumada (capitán de la hueste de García Hurtado de Mendoza, nombrado regidor perpetuo, alférez real y alcalde la ciudad) y que tal vez sea la única calle de Santiago que mantiene el nombre que le dieron los conquistadores españoles.

La librería Nascimento no tardó en ganar creciente prestigio entre la gente de letras por disponer de uno de los más surtidos y mejor seleccionados stocks de libros franceses y españoles, lo que a su vez le convirtió en una empresa comercialmente sólida y en polo de atracción de la intelectualidad santiaguina, que en la misma zona donde se ubicaba la librería tenían a su disposición numerosos cafés (justo enfrente de la librería estaba el Astoria, por ejemplo) que le servían de punto de encuentro.

Interior de la librería y editorial.

Sin embargo, hubo que esperar a la muerte del más o menos olvidado Juan Nascimento para que arrancara el negocio editorial. Del fundador de la librería se conservan cartas en que intenta atraer a algunos de sus familiares a Chile: «Este es un país magnífico ─escribe en una de las cartas conservadas─. Es muy fértil, tiene un clima admirable, las gentes son buenas, sobrias, sencillas. El chileno es muy honrado. Da su palabra y no falla». Uno de sus sobrinos, Carlos George-Nascimento, siguió su consejo. Así lo contó Enrique de Santiago:

En 1905, [Carlos George-Nacimento] decide abandonar su isla, para dirigirse primeramente a EEUU, a visitar a sus hermanos y meses después viaja hacia Chile en busca de nuevos horizontes. En noviembre de ese año llega a Valparaíso, desde donde toma un tren hacia nuestra capital. Acá llega en busca de un empleo donde su tío Juan Nascimento, quien era dueño de una librería en calle Ahumada. En esa ocasión no tiene buena acogida y decide trasladarse a Concepción al día siguiente.

En la ciudad penquista, encuentra trabajo y conoce a Rosa Elena Márquez con quien contrae matrimonio en mayo de 1915. Ella pertenecía a la Sociedad La Ilustración de la Mujer, de la Confederación Obrera de Concepción. La participación activa en estas sociedades de lectura de quien será su esposa y compañera de aventura editorial, tendrá a futuro suma importancia, ya que siempre él escuchaba los comentarios literarios que le hacía Rosa Elena.

Por su parte, en Concepción Carlos se afilia a la Sociedad de Socorros Mutuos Lorenzo Arenas, entre cuyas prestaciones a sus socios se contaba la asistencia educativa mediante bibliotecas y escuelas nocturnas, lo que sin duda tuvo que contribuir a una formación intelectual de la que él siempre hablkó con quizás excesiva modestia.

En cualquier caso, a la muerte de su tío, en 1916, se vio heredero de una parte de la librería, así que viajó a Santiago con el propósito inicial de liquidarla y repartir los beneficios, pero en el último momento cambia de opinión, decide tomar las riendas del negocio y pagar la parte que les correspondería a los otros herederos con lo que obtenga del negocio.

Carlos George-Nascimento.

Enseguida su idea es potenciar un aspecto que para su tío había sido ya no secundario sino excepcional, así que en 1917 recupera el librito de Luis Caviedes Jeografía Elemental [sic] que en 1909 había aparecido con pie editorial «Casa Editora Juan Nascimento» y lo publica bajo la rúbrica «Casa Editora Librería Nascimento, 1917. Imprenta Universitaria. Santiago de Chile». A este libro inicial le sigue aún en 1917 una antología con la Poesía del bohemio Pedro Antonio González (1863-1903), y pone los cimientos de lo que será una de las editoriales más importantes de Chile y una de las más influyentes en la proyección de su literatura.

Acaso inseguro de su formación, ante el éxito de esta iniciativa Nascimento buscó el asesoramiento de Eduardo Barrios (1884-1963) y Raúl Simón (1894-1969), ambos por entonces profesores en la universidad de Chile, y poco después aparecían la novela El hermano asno, de Eduardo Barrios, que tenía a sus espaldas ya una cierta obra como dramaturgo además de El niño que enloqueció de amor (1915) y la novela Un perdido; La señorita Ana, del periodista y escritor Rafael Maluenda (1885-1963), de quien escribe Luis Alberto Sánchez que «tenía fama de ser uno de los mejores cuentistas chilenos», y Cien nuevas crónicas firmadas con un seudónimo sacado de Julio Verne, César Cascabel, que correspondía a Raúl Simón.

La privilegiada localización de la librería, cercana al vetusto Café Hevia (fundado en 1831), la Confitería Torres y otros cafés famosos como el Lucerna, el Waldorf, la Novia, el Santos o el Haití, propició que los sábados se convirtiera en punto de reunión y de tertulia, lo que no hizo sino consolidar y acrecentar su posición, y con el viento en popa, Nascimento compró en 1923 una antigua máquina Marinori y alquiló un local en la calle Arturo Prat 1434 para instalar un taller de impresión propio.

Fachada de la librería en la calle San Antonio, 390.

Quizá fuera Bernardo Subercaseaux quien estableciera la idea ampliamente compartida de que entre 1930 y 1950 se produce una «época de oro de la industria editorial y del libro en Chile», pero en cuanto a la promoción de autores chilenos Nascimento se anticipó un poco y en 1923 publicaba a autoras que luego serían tan importantes como Gabriela Mistral (1889-1957),de quien edita por primera vez en Chile una edición aumentada del poemario Desolación (publicado el año anterior en Nueva York) y Marta Brunet (1897-1967), de quien publica el libro de relatos Montaña adentro.

Cubierta de una edición facsímil de la primera de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Por aquellos mismos años, a un jovencito Pablo Neruda (1904-1973), el responsable de publicaciones de la Universidad de Chile, Carlos Acuña (1886-1963), le había rechazado la singular copia de Veinte poemas de amor y una canción desesperada que el venerable poeta y bibliotecario Augusto Winter (1868-1927) había mecanografiado sobre hojas cuadradas de papel de embalar cortadas a serrucho, así que Neruda se lo ofreció a Nascimento, que ya empezaba a parecer destinado a convertirse en el gran editor de los jóvenes literatos chilenos. Tras una primera negativa, al parecer fue la intercesión del poeta Pablo Prado y sobre todo la de Eduardo Barrios lo que acabaron por convencerlo. Y si bien descartó la posibilidad de cortar el papel a sierra, sí adoptó el formato cuadrado, que acabaría por convertirse en distintivo de las ediciones de poesía de Nascimento. Así lo contaba el propio Nascimento, según lo atestigua Volodia Teitelboim: «me convenció y hasta tuve que hacer el libro a la medida que él pidió: un formato grande, cuadrado, que no era nada económico porque se perdía mucho papel». El libro apareció en el mes de junio, cuando apenas faltaba un mes para que el poeta cumpliera los veinte años, y no tardó en convertirse en uno de los libros más famosos, editados, pirateados y leídos de Neruda, a quien además Nascimento proporcionó de inmediato trabajos editoriales, como es el caso de la traducción y prólogo de unas Páginas escogidas (1924) de Anatole France, además de encargarle una novela, El habitante y su esperanza (1926) y publicarle en los años posteriores el grueso de su obra: Tentativa del hombre infinito (1926), Anillos (1926), una segunda y definitiva versión de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1932), Residencia en la tierra (1925-1931) (1933)…

Sin embargo, esto cambió cuando Neruda regresó de España, por entonces sumida en la guerra civil. A la propuesta que le hizo el director literario de la editorial Ercilla, Luis Alberto Sánchez, de reeditar algunos de sus libros, el poeta respondió cuando se lo planteó en el café Viena:

«Con mucho gusto autorizaré la edición de mis libros por Ercilla. Nascimento no difunde sus libros en el exterior, ustedes sí, pero impongo una condición: que lo primero que salga sea España en el corazón y que me haga un adelanto sustancial». Asentí. Al día siguiente tenía en mis manos el original del libro, que yo conocía fragmentariamente, y le entregué un cheque por quince mil pesos; que entonces era una suma apreciable; yo ganaba en ese momento unos cinco mil pesos mensuales, juntando sueldos, traducciones y royalties.

Fuentes:

Anónimo, «Editorial y Librería Nascimento (1875-1986)», en Memoria Chilena.

Anónimo, «Nascimiento, el editor de la literatura chilena»,  Atenea. Revista de Ciencia, Arte y Literatura de la Universidad de Concepción,  núm 436 (segundo semestre de 1977), p. 333-334.

AA.VV. ¡Adiós Nascimento! Asimpres Informa (Revista de la Asociación Gremial de Impresores de Chile), núm 35 (número especial dedicado a Nascimento), con artículos de Martín Cerdá, Roque Esteban Scarpa, Braulio Arenas, Andrés Sabella, Rosa Cruchaga de Walker, Alfonso Calderón y otros sin firma.

Chilenostálgico, «Librería y Editorial Nascimento, Ahumada, 125», Chile Nostálgico. Pasado y Presente en una Fotografía, 5 de mayo de 2016.

Marisol García, «Carlos George Nascimiento: el editor fecundo», Revista Dossier (Universidad Diego Portales), núm 6.

Joaquin Pérez Arancibia, «Calidad literaria nacional y edición. La importancia de la editorial Nacimiento en la creación de un campo literario nacional, 1930-1950» (I y II), Mito. Revista Cultural, 22 de septiembre y 9 de octubre de 2004.

Milton Rossel, «Evocación de la Librería Nascimento », El Mercurio, 26 de enero de 1966, p. 5.

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, prólogo de Miguel Laborde, Santiago, Tajamar Editores (colección Alameda), 2004.

Enrique de Santiago, «Nascimento, de mar a mar, una aventura editorial», Escáner Cultural, 20 de noviembre de 2014.

Daniel Schidlowsky, Neruda y su tiempo: las furias y las penas, Santiago, RIL Editores, 2008.

Subercaseaux, Bernardo. Historia del libro en Chile (Alma y cuerpo), Santiago, Lom Editores, 2000.

Catalonia, la librería y la editorial chilenas

Al pueblo chileno, que a tantos intelectuales catalanes acogió en 1939

Apenas iniciada la primera década del siglo XXI, se abrió en Santiago de Chile una librería cuyo nombre remitía de inmediato a una de las más míticas e influyentes de cuantas estuvieron en activo en Barcelona durante la Segunda República, Catalonia. La Catalonia catalana la había fundado el luego famoso impulsor de Editorial Sudamericana, Antoni López Llausàs (1888-1979), asociado a Manuel Borràs de Quadras y al más tarde editor de la legendaria Selecta Josep Maria Cruzet (1903-1962). Sucedía esto en 1924 e inicialmente con sede en la plaza Catalunya, en lo que hasta entonces había sido un comercio de material eléctrico, y enseguida empezó a destacar como una librería moderna, entre cuyas peculiaridades estaba la posibilidad de hojear los libros, dispuestos contra lo que era habitual en mesas en lugar de en anaqueles, y la musculosa actividad cultural que generó, incentivo y promovió (conferencias, debates, lecturas, presentaciones de libros…). Hay testimonio gráfico del enorme despliegue que solían llevar a cabo con motivo del Día del Libro, pero todo eso concluyó como consecuencia del resultado de la guerra civil española, tras la cual se vio obligada a cambiar su nombre por el de La Casa del Libro.

La Catalonia barcelonesa.

Tendrían que pasar casi sesenta años para que alguien les tomara el relevo. Unos pocos años antes de la creación de la Catalonia barcelonesa, en 1918, había llegado la luz a lo que a principios de siglo era una zona del sector oriente de Providencia (en Santiago de Chile), donde existía un famoso establecimiento de restauración con música y baile regentado por unas hermanas (las Urbinas), en el que solían detenerse los habitantes del centro que salían hacia la periferia en busca de espacios más abiertos y rurales. De estas hermanas procede el nombre de la calle en la que estaban, el callejón de las Urbinas, donde, pasado el tiempo y modernizada la zona, en el año 1996 Drina Beovic Gómez (1948-2001), a quien su hija Laura Infante Beovic recuerda como «muy sociable y alegre», decidió fundar la librería Catalonia.

Drina Beovic.

La web de esta librería, que en los años noventa llegó a disponer de cuatro establecimientos diseminados por la capital chilena, pone claramente de manifiesto la voluntad de dar continuidad al proyecto catalán:

…desde su comienzo intentó recoger la tradición de la mítica librería barcelonesa de la plaza Cataluña, en España. En su inicio, la librería desarrolló una importante difusión de catálogos de editoriales hasta entonces desconocidas para el lector chileno, y se destacó por la gran cantidad de actos culturales que buscaban vincular al lector y al autor. Llegó a tener cuatro locales de venta existentes en los noventas, lo que la posicionó como una de las librerías más importantes de la capital.

A la muerte de la fundadora, la librería vivió una etapa de cierta languidez, ya con sólo la sede de Las Urbinas en pie, pero mientras tanto el editor de la diáspora Arturo Infante Reñasco, hermano menor del poeta Sergio Infante Reñasco, había creado a finales del año 2003 la Editorial Catalonia, que se presenta como «una empresa chilena, independiente, de vocación literaria y cultural». Sergio Infante, que huyendo de la dictadura de Pinochet se había establecido en Barcelona, cuando fundó la editorial Catalonia tenía ya una larga trayectoria en el mundo editorial, que había iniciado en 1974 en Seix Barral, después de haberse licenciado en filología hispánica en la Universitat de Barcelona. Posteriormente, además, había dirigido la sede bonaerense de esta editorial, de donde pasó a dirigir la del Grupo Planeta en la misma ciudad hasta que regresó a Chile para fundar y dirigir la estructura de Editorial Sudamericana (que por entonces dirigía la nieta de Antoni López Llausàs, Gloria Rodrigué) en Chile, hasta el momento en que Sudamericana fue subsumida en lo que por entonces era el Grupo Random House- Mondadori (hoy Penguin-Random House).

Antes de que terminara 2003 aparecían en la Editorial Catalonia la Historia de Chile desde la invasión incaica hasta nuestros días, de Armando de Ramón (1927-2004), Premio Nacional de Historia en 1998 y conocido sobre todo por sus obras sobre historia del urbanismo; Chile, un país dividido, del profesor y luego diplomático Carlos Huneeus e Historia de los antiguos mapuches del Sur, del antropólogo José Bengoa, que obtuvo por él el Premio Municipal de Literatura, pero también los menos académicos Diario enamorado, del veterano poeta y ensayista Armando Uribe Arce, y Las diez cosas que un hombre en Chile debe hacer de todas maneras, de la periodista Elizabeth Subercaseaux (cuya carrera en la ficción había iniciado en 1986 con el libro de relatos entrelazados Silendra, publicado por Ediciones del Ornitorrinco) y sobre todo, Allende, cómo la Casa Blanca provocó su muerte, de la periodista y escritora Patricia Verdugo (1947-2008), cuyo resonante éxito permitió asentar los pilares de una labor a más largo plazo.

Progresivamente, desde la historia y las ciencias políticas, el foco de Catalonia fue abriéndose a las crónicas y libros de testimonio, la filosofía, la investigación periodística y, en el ámbito de la ficción, a la narrativa, la poesía y el libro infantil. Y, además de ser fiel editor de alguno de los autores iniciales, como es el caso Bengoa (El tratado de Quilín, 2007, y la reedición de Mapuche, colonos y el Estado nacional, 2014), ha incorporado a su catálogo a escritores de prestigio como, entre otros muchos, la antropóloga Sonia Montecino (Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales en 2013), a quien entre otros libros publicó una reedición ampliada y actualizada de Madres y huachos, alegorías del mestizaje chileno (2007), el filósofo Humberto Giannini (1927-2014), también galardonado con el Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (en 1999) y que con La metafísica eres tú (Catalonia, 2007) obtuvo el Premio Nacional del Libro y la Lectura 2008 y el Premio Altazor de Ensayo 2009, o el abogado y escritor comunista Volodia Telteiboim, a quien en 2004 le publicaron Neruda 100 Multiuso/Todoterreno.

Paralelamente al crecimiento del catálogo de la editorial, Catalonia se convirtió además en una de las distribuidoras de referencia para las editoriales españolas, y gestiona por ejemplo los catálogos de Blackie Books, Comanegra, Candaya, Plataforma Editorial, Claret, Serres, así como sellos de varios países latinoamericanos (Brujita de Papel, Latin Books, Peisa, Libros de la Araucaria, Losada…).

Al iniciarse la segunda década del siglo, la librería recibió un nuevo impulso, se revitalizó y modernizó, abrió en 2015 una sucursal en Santa Isabel (también en Providencia), empezaron a organizar encuentros, debates, talleres y uno de los primeros y más importantes clubs de lectura de Santiago de Chile, dirigidos por la profesora de Letras María José Navía y el pedagogo y librero de la Catalonia Gerardo Jara, en los que la inscripción a los mismos consiste en la compra del libro que se comenta y que no tardó en ramificarse en tres: un club de poesía, a cargo del editor y profesor de literatura James Staig, otro de narrativa y un tercero de ensayo feminista, dirigido o coordinado por la historiadora, biógrafa y editora de contenidos de Memoria Chilena María José Cumplido, autora de Chilenas (2017), Chilenas rebeldes (2018), Chilenas rebeldes 2 (2019).

Al frente de esta renovación y ampliación, cuando se cumplían diez años de la muerte de Drina Beovic, estaban sus hijas Catalina (también editora en Catalonia) y Laura Infante Beovic, así que no sería de extrañar que quizás algún día Las Urbinas se conozca como las Infante Beovic…

Fuentes:

Web de la Librería Catalonia

Web de la Editorial Catalonia

Martí Crespo, «Unes llibreries Catalonia a 11.000 km, de Barcelona», Vilaweb, 5 de septiembre de 2019.

Vale Lopresti Fuenzalida, «El boom de los clubes de lectura en Chile explicado por un librero», El Definido, 14 de mayo de 2014.

Tamy Palma, «Laura Infante: “Mi mamá murió el día de mi cumpleaños» (entrevista), La Tercera, 29 de marzo de 2019.

 

Arnaldo Azzati y el Grupo de Moscú (o escuela soviética de traducción)

Arnaldo Azzati.

El 17 de septiembre de 2019, coincidiendo con la celebración de las IV Jornadas Laberintos —tituladas Editors i editorials de l’exili republicà de 1939, huitanta anys després—, se inauguró en la Biblioteca Valenciana una muestra de la documentación que esta institución alberga bajo el nombre de Biblioteca del Exilio. Entre los protagonistas del éxodo de la intelectualidad provocado por la victoria del dictador en la guerra civil española, figuraban en esta exposición diversos objetos y documentos que registraban el periplo del matrimonio formado por la maestra Alejandra Soler Gilabert (1913-2017), pionera del asociacionismo universitario que llegaría a dirigir la cátedra de lenguas romances de la Escuela Superior de Diplomacia de Moscú, y Arnaldo Azzati Cutanda (1913-1986), hijo del que fuera famoso periodista y político —también traductor —Félix Azzati Descalci (1874-1929) y a quien su compañero de militancia Luis Galán describió en su juventud como «delgado, moreno, ojos profundos y viva inteligencia».

Arnaldo y Alejandra se conocieron en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Valencia, que a partir de 1933 sería conocido como Instituto Luis Vives, en 1934 se integraron ambos en la Federación Universitaria Escolar (FUE) y se afiliaron al Partido Comunista de España (PCE) y dos años después, ya durante la guerra, se casaron cuando hacía apenas dos meses que Alejandra se había licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia. Azzati era funcionario de la Diputación de Valencia y al parecer en aquel entonces empezó a colaborar en la revista fundada por Josep Renau (1907-1982) Nueva Cultura (1935-1937) y a publicar artículos en la del PCE de Valencia Verdad.

Cuando el desarrollo de la guerra obligó a desplazar la capitalidad de la República de Valencia a Barcelona, ambos se trasladaron a la capital catalana, Arnaldo para proseguir su trabajo como periodista en la Agencia Internacional del Movimiento Antifascista y Alejandra para incorporarse como profesora de Geografía e Historia en un instituto de secundaria en Tarrassa, pero en mayo de 1939 ella emprendió viaja a la URSS para acompañar a los integrantes de una expedición de «niños de la guerra», de los que en los años sucesivos fue maestra, mientras que Azzati emprendió el exilio a Francia y fue a parar al campo de refugiados de Argelés-Sur-Mer.

Así pues, tras diversos avatares, no pudieron reunirse de nuevo hasta que lo hicieron ya en Moscú, donde Azzati se convirtió en uno de los periodistas que se ocupaban de las emisiones para América Latina de Radio Moscú. La segunda guerra mundial se tocó también de cerca, y fueron años en que la pareja volvió a separarse temporalmente y que Azzati aprovechó para perfeccionar su dominio de la lengua rusa.

En 1944 se reincorporó a Radio Moscú, y en 1950 empezó a cursar por libre estudios en el Instituto de Ensañanza Superior Gorki (dependiente de la Unión de Escritores de la URSS y asimilado a la Universidad de Moscú) y dos años después se produce el «abandono» de su puesto en la radio que Lluís Messeguer explica del siguiente modo:

…son los tiempos posteriores al «motín del Lux», dominados per Fernando Claudín, quien en 1952 se encarga de conminar a Arnaldo, a escribir una carta abierta de repudio. Resiste Arnaldo, quien es expulsado de la radio —con la fórmula de cese a petición propia, tras un interrogatorio en presencia de un coronel del NKVD—

Empieza entonces a colaborar como corrector y traductor en la sección española de la revista Novi Saet (dirigida por Iliá Ehrenburg [1891-1967]), NuevosTiempos, en la que coincide con su buen amigo y destacado periodista Eusebio Cimorra (1908-2007), actividad que siguió desarrollando hasta 1971.

Por esos años, Alejandra Soler y Arnaldo Azzati se convirtieron en pilares de la Casa de los Españoles en Moscú, en el que Arnaldo se ocupó en particular de liderar el boletín semanal que editaba esta institución, Noticiero, mientras que Alejandra consiguió organizar en 1964 una sonada exposición sobre Picasso que logró romper el veto de los academicistas rusos y en la que se mostraron nueve originales propiedad de Ehrenburg. Sin embargo, desde 1960 empezaron a solicitar periódicamente autorización de las autoridades franquistas para regresar a su tierra, peticiones que fueron desestimadas durante una década, hasta que finalmente pudieron viajar a Madrid en 1971.

En la reintegración laboral de Arnaldo Azzati tuvo un papel destacado el traductor Augusto Vidal Roget (1909-1976), que tras su regreso del exilio en la URSS se había establecido en Barcelona y le puso en contacto con la editorial Planeta. Resultado de ello fue el encargo de traducir Ante el espejo, de Veniamín Kaverin (1902-1989), que apareció en 1972 como tercer número de la colección Fábula. El mismo año aparecía en la editorial valenciana Prometeo su traducción de la novela de Alexei Eisner (1905-1984) La 12ª Brigada Internacional, y dos años después se publicaba  en la editorial Jims Cirugía infantil, de Stanislav Doletskii, en una traducción que firmaba conjuntamente con Carmen Laín González (hija del también traductor y buen amigo de Azzati Pedro Laín Entralgo).

Sin embargo, ello no le impidió seguir colaborando con las editoriales con las que ya venía trabajando en la URSS, y de 1975 es por ejemplo la publicación en Moscú de Pensamiento pedagógico, de Vasili Alexandrovich Sujomlinski (1918-1970), aparecida bajo el sello de la Editorial Progreso), en cuya colección Octubre aparecería el año siguiente un volumen también traducido por Azzati conteniendo Cemento, de Fedor Gladkov (1883-1958), y Virineya, Lidia Sefulina (1889-1954).

Entre estas traducciones para la Editorial Progreso es especialmente destacable la que llevó a cabo de los dos apretados volúmenes (511 y 456 páginas ) del libro colectivo Historia de la filosofía (1979), del que se hizo una segunda edición en 1980 (y hay una cuarta de 1985).

En cuanto a ediciones españolas, antes de su muerte en 1986 Azzati aún traduciría, por lo menos, la Historia universal de Militsa Vasilevna (1901-1985) para Akal en 1978 y la trilogía narrativa de Abdizhamil Nurpeísov Sangre y sudor para la colección Ómnibus de Planeta en 1979, que presentaba al autor como «El Sholojov de la literatura kazaja en la gran trilogía que resume toda la vida y la historia moderna de un pueblo».

Arnaldo Azzati, pues, forma parte de lo que se ha dado en llamar el Grupo de Moscú, un conjunto de traductores que tuvieron una importancia decisiva en el establecimiento de la relación literaria, editorial y cultural entre las repúblicas soviéticas en los años cincuenta y sesenta, y entre los cuales los nombres más conocidos sean los del expiloto Andrés Fierro Menú, Isabel Vicente Esteban (1918-2005), que recibió el Premio Nacional de Traducción en 1985 por los Cuentos populares rusos compilados por Alexander Anafasiev, Lydia Kúper (1914-2011), autora de una reputadísima traducción de Guerra y paz, José Laín Entralgo (1910-1972), Luis Abollado Vargasy Augusto Vidal Rodget (1909-1976), quien, tras ver frustrado su proyecto de traducir para la editorial Vergara de Josep M. Boix Selva (1914-1996) las obras completas de Dostyevski, a principios de los sesenta dirigió para Planeta la colección de Maestros Rusos.

El profesor Manuel Aznar Soler destaca en particular a César M. Arconada (1898-1964), gran divulgador además de la literatura del Siglo de Oro español en Rusia, como uno de lo padres, con Fédor Kelin, «de la escuela soviética de traducción de literatura amena del ruso al español (escuela que nació en gran parte alrededor de la revista [Internatsionálnaia Literatura]), ganándose con ello el profundo respeto y el amor de sus discípulos». Resulta muy convincente, como hace Marcos Rodríguez Espinosa, interpretar el mencionado premio a Isabel Vicente Esteban como un reconocimiento, sin duda insuficiente, a una importante generación de traductores literarios del ruso al español.

Fuentes: 

Manuel Aznar Soler, «Teatro, literatura y cultura del exilio republicano español en la Unión Soviética (1939-1949)», en Exils et migrations ibériques, núm. 6 (1999), pp. 61-78.

filosofía.org

Luis Galán, Después de todo. Recuerdos de un periodista de la Pirenaica, Barcelona, Anthropos, 1988.

Lluís Messeguer, «Historia y memoria de Alejandra Soler Gilabert», Laberintos. Revista de Estudios sobre los Exilios Culturales Españoles, núm. 19 (2017), pp. 77-90.

Marcos Rodríguez Espinosa, «Acerca de los traductores españoles del exilio republicano en la URSS: El Grupo de Moscú y la difusión de la literatura rusa en España en la segunda mitad del siglo XX», en Francisco Ruiz Noguera y Juan Jesús Zaro Vela, Retraducir: una nueva mirada: la retraducción de textos literarios y audiovisuales, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2007, pp. 243-262.

El editor Gonzalo Pontón y la historia

«Mucha gente diría que hubo una primera transición hasta el 23 de febrero de 1981, cuando los militares intentaron dar un golpe de Estado que fracasó, y luego a partir de ahí comenzó una segunda transición, que sería la actual. Otros dicen que la verdadera transición empezó cuando por primera vez en España los socialistas llegaron al gobierno, cuando Felipe González ganó las elecciones en 1982. Pero otros creemos que la transición todavía no terminó.»

Gonzalo Pontón

 

Es de suponer que a nadie extrañaría que en diciembre de 2005 la superagente literaria Carmen Balcells (1930-2015) fuera investida doctora honoris causa por la Universitat Autònoma de Barcelona, pero en realidad históricamente no ha sido muy habitual que, ni siquiera a iniciativa de las facultades de humanidades, las universidades españolas hayan reconocido de este modo a quienes a lo largo de las últimas décadas han intervenido de un modo crucial en la difusión del conocimiento y la cultura o en la mejora del ecosistema editorial. Es el caso, sin embargo, de Gonzalo Pontón Gómez (n. 1944), a quien, a propuesta del ámbito de Humanidades, el rectorado de la Universitat Pompeu Fabra aprobó el 17 de octubre de 2018 iniciar los trámites para concederle el doctorado honoris causa por esa universidad (en un acto celebrado casi exactamente un año después).

En la propia web de Pasado & Presente, se calcula que a lo largo de su trayectoria –más de medio siglo ya– Gonzalo Pontón, licenciado en Historia por la Universitat de Barcelona), habrá editado unos dos mil títulos aproximadamente, de los cuales la mitad dedicados a la historia, y en particular a la moderna y contemporánea, pero su adscripción es además clara a la estirpe de editores que se formaron en todos los procesos de elaboración del libro desde que en 1963 entró como corrector en la editorial Ariel, cuando esta se había convertido ya en sociedad anónima. Progresivamente pasó a ser en esta misma empresa jefe de producción, jefe de redacción y secretario de gestión, al tiempo que dejaba además algunas traducciones en el catálogo que más adelante revitalizaría (Hobsbawm y Cipolla, por ejemplo).

No es raro que de esa etapa se recuerde en particular la primera edición española de La historia de España, de Pierre Vilar (1906-2003) –publicada originalmente en las Presses Universitaires de France en 1947–, y no sólo porque Pontón la considera «la mejor síntesis interpretativa de la historia de España», sino también por las condiciones en que se llevó a cabo y por las consecuencias que tuvo su primera edición. Ariel era por entonces uno de los puntos de contacto que con la edición española tenía el librero y editor exiliado en París Antonio Soriano (1913-2005) , que había encargado a sus talleres la impresión de algunos libros que luego distribuía en el exilio, como es el caso de La España del siglo XIX, de Manuel Tuñón de Lara (1915-1997), pero además de esos mismos talleres salieron algunas otras ediciones clandestinas, como Así cayó Alfonso XIII, del que fuera breve ministro de la Gobernación en 1931, Miguel Maura (1887-1971).

Acerca de este caso, escribió Francisco Rojas Claros:

Desafortunadamente para los editores, la Brigada Político Social intervino una parte de los ejemplares del libro. Según establecía la Ley de Prensa e Imprenta, se abrió expediente contra la editorial, siendo el caso juzgado por el Tribunal de Orden Público. El pliego de cargos del Ministerio de Información y Turismo se basó en tres puntos fundamentales: imprimir una obra sin el debido pie de imprenta; difundirla sin efectuar el depósito de la misma (de los 7350 ejemplares, sólo fueron incautados 3834); ser inexactos los datos relativos al lugar de impresión (Librairie Espagnole, París).

Al gerente de la empresa, Alejandro Argullós Marimon, la broma le costó cuatro meses de arresto, pero a la editorial una multa de cien mil pesesetas y, entre otros daños colaterales, la inhabilitación política de Gonzalo Pontón (militante del PSUC, el Partit Socialista Unificat de Catalunya). El editor se resarciría de este mal trago años más tarde, cuando pudo por fin publicar en Crítica este mismo libro en condiciones, «con todos los honores», en sus palabras, al que añadiría varios de los títulos más importantes y representativos de Vilar.

Cuando finalmente en 1971 Ariel se fusionó con Seix Barral, que por entonces no se encontraba precisamente en su mejor momento en cuanto a saneamiento económico, Pontón se puso al frente de la empresa resultante pero nunca se sintió del todo cómodo, porque además había empezado a pensar ya en crear una editorial que, en el ámbito del ensayo, sacara todo el partido posible a la apertura que se suponía que conllevaría la muerte de Franco (si bien, como a otros muchos, a Pontón le pareció que esta se quedaba muy muy corta).

Como es bien sabido, fue el editor catalán exiliado en México Juan Grijalbo (1911-2002), con quien compartía además militancia, quien le proporcionó la oportunidad de poner a andar su propio proyecto, la Editorial Crítica, en el que la colaboración del prestigioso profesor Josep Fontana (1938-2018) fue fundamental y uno de cuyos primeros títulos fue La República y la Guerra Civil, de Gabriel Jackson, que Grijalbo había publicado ya en 1967 en México, y retomó también un ambicioso proyecto que había dado sus primeros pasos en esa capital americana, la edición en español de las obras de Marx y Engels. Fundada en fecha tan simbólica como el 14 de abril (de 1976), el impresionante catálogo de Crítica constituye un índice impecable de los historiadores más importantes en la materia, tanto españoles (Jordi Nadal, Xavier Moreno, José Álvarez Junco, Miguel Artola, Josep Termes, José Antonio González Casanova, Josep Fontana…), como extranjeros (Gabriel Jackson, Ian Gibson, Henry Kamen, Ronald Fraser, Antony Beevor, Eric Hobsbawn…), pero aparecen también políticos tan importantes como Iliá Ehrenburg, Santiago Carrillo o Manuel Azaña, y colecciones destinadas a otros ámbitos, como es el conocido caso de la colección Historia y Crítica de la Literatura Española. 

Cuando Juan Grijalbo finalmente se jubiló, el grupo que había creado fue absorbido en 1985 por el conglomerado italiano Mondadori, de lo que nació Grijalbo.Mondadori, donde completó su formación, entre muchos otros, Claudio López Lamadrid (1960-2019). Al frente de este nuevo grupo como consejero delegado, Pontón logró mantener la independencia de Crítica, pero tuvo además que lidiar con nuevos inconvenientes, que explicó con cierto detalla a Sergio Vila-Sanjuán:

Esencialmente los italianos no me aportaron nada. La idea era aprovechar su know-know para impulsar el desarrollo de Grijalbo-Mondadori en América Latina. Pero en medio los consejeros delegados iban cambiando y cada uno aparecía con un proyecto diferente. Se pierde mucho tiempo discutiendo con un montón de ejecutivos y administradores delegados, No es un mundo tan racional como parece: muchas veces los caprichos y las manías personales pesan mucho más que la consecución de beneficio. A mí los italianos solo me pedían grandes resultados económicos y los di: cuando lo cogí, el grupo facturaba treinta millones de dólares anuales; cuando lo dejé facturaban 100 millones, con cinco millones de beneficio.

Cuando lo dejó, Pontón compró la editorial gracias a la para muchos sorprendente ayuda de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), de modo que Crítica pasó a integrarse en el Grupo Planeta y Pontón se convirtió en director general del área universitaria y cultural (formada por las editoriales Crítica,. Paidós y Ariel), y también fue en esta etapa cuando Crítica fue galardonada con el Premio a la Mejor Labor Editorial (en 2007). En 2009, para sorpresa y enfado de casi todos, se le empujó a una jubilación con una cláusula que le impedía además dedicarse a labores editoriales durante los dos siguientes años, lo que recuerda inevitablemente el acuerdo de Lara con Josep Janés cuando le vendió la editorial L.A.R.A. y que evidentemente incumplió.

Sin embargo, Pontón no perdió el tiempo, y además de ultimar su primer libro (La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII), con el que ganaría el Premio Nacional de Ensayo en 2017, empezó a poner las bases de lo que acabaría siendo la editorial Pasado&Presente, que arrancó en cuanto se cumplía el plazo establecido por el contrato con Lepanto, de Alessandro Barbero, y Por el bien del Imperio, de Josep Fontana, y ha dado continuidad a lo que antes los lectores conocían como Crítica (que ha proseguido su trayectoria en el Grupo Planeta).

Por si todo ello fuera poco, aún ha tenido tiempo para intervenir muy activamente en asociaciones y organizaciones destinadas a la colaboración entre editores, y así, presidió la Cámara del Llibre de Catalunya (1994-1998), se incorporó a la Junta Directiva del Gremi d´Editors de Catalunya, presidió la comisión de comercio exterior de la Federación de Gremios de Editores de España y fue el representante español en la comisión Libertad para Publicar de la Asociación Internacional de Editores.

Gonzalo Pontón no solo ha sabido mantener el interés y el prestigio de los catálogos que ha construido, por lo que sobre su aportación a la cultura escrita hay poca discusión posible, sino que además ha logrado mantener su combatividad e independencia tanto cuando ha trabajado a su aire como cuando ha tenido que hacerlo integrado en estructuras empresariales con las que, muy probablemente, ideológicamente no sintiera ninguna afinidad.

Fuentes:

Ab Origine Magazine, «La barbarie del capitalisme (entrevista a Gonzalo Pontón)».

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XX (1973-1975), Barcelona, Gremi d Editors de Catalunya, 2006.

Ana Martínez Rus, «Semblanza de Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944- )», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Francisco Luis del Pino Olmedo, «Editorial Ariel. Feliz 70 cumpleaños», Clío, núm. 132 (2012), pp. 29-34.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Tiempo de aprendizaje», Tiempo de Ensayo. Revista Internacional sobre el Ensayo Hispánico, núm. 1 (2017), pp. 240-256.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Estoy orgulloso de haber publicado estos libros», Librotea El País.

Silvina Friera, «Un estratega contra la censura», Página 12, 9 de junio de 2007.

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia cultural en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino (imago mundi 26), 2003.

Los orígenes (y lo que no se ve) de Páginas de Espuma

Cuando el proyecto apenas contaba tres años, Juan Casamayor, álma mater con Encarnación Molina de la editorial Páginas de Espuma, publicó un breve texto marcadamente cartesiano titulado «Tengo una impresión, luego edito» donde contaba con qué bagaje y con qué armas se lanzó a la aventura, y en el que queda claro que cuando se decidió a crear lo que empezó siendo una empresita muy hogareña había hecho ya todo un aprendizaje acerca del mundo en que aun así decidió meterse.

Partiendo de mis impresiones surgió la idea; partiendo del entorno con el que convivo, surgió la iniciativa, estimulante, preciosa y terrible, de re-inventar un sello editorial. Y mi experiencia en este sentido es similar a la de otros editores que conozco, que se embarcaron en el nacimiento y materialización de su idea editorial a partir de sus impresiones: algunos de ellos desde la prosperidad intelectual del medio, desde la creación literaria o desde la librera, como es el caso, para mí muy cercamos, de Cristina Vizcaíno desde la combativa Cultar a su participación en Editorial Fundamentos en los madrileños años sesenta, o de Delfín Seral, desde… siempre a su preciosa Clan Editorial. Es decir, uno fue lector, corrector, feriante en Madrid o en Fráncfurt… antes que editor independiente; conocedor del medio antes que partícipe con plenitud del mismo.

Encarnación Molina y Juan Casamayor.

No puede decirse que los referentes elegidos por entonces por Casamayor, ambos de estirpe aragonesa, carecieran de abolengo. En el caso de Cristina Vizcaíno Auger, en 1970 formó con su marido Juan Serraller Ibáñez y la madre de éste, Juana Ibáñez Ajuria, el trío fundador de la mencionada Editorial Fundamentos, y en ella se ocupó con Juan Serraller de trazar la línea editorial y del departamento de producción de una empresa que desde su aparición —con un catálogo en el que abundaban los textos de raigambre marxista y underground— tuvo a la censura franquista pisándole (o más bien pisoteándole) los talones. Poco se recuerda también que a un autor tan difícil de vender como Thomas Pynchon lo introdujo en España Fundamentos, a sugerencia del poeta Julián Ríos, en la colección Espiral que este último dirigía. Más tarde, Vizcaíno fundaría una agencia literaria, pero encontraría también tiempo traducir el ensayo de Philippe Sollers Sade. Sade en el Tiempo. Sade contra el Ser Supremo, que en España publicó Páginas de Espuma.

Por lo que se refiere a Serafín Seral Aranda, hijo del escritor, galerista y editor vanguardista Tomás Seral (1908-1975), se formó en la librería que en 1945 había establecido en Madrid su padre, Clan, que como sello editorial había publicado, entre muchos otros libros interesantes, Cuentos de fin de año (1947), de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Las palmeras de cartón (1948), de Ángel Antonio Mingote (1919-2012), Julio Ramis. Pintura (1948), de Paul Bowles (1910-1999), Maruja Mallo. Arquitecturas (1948), de Jean Cassou (1897-1986), Violento idílico, de Miguel Labordeta (1921-1969) y Mundo a solas (1950) de Vicente Aleixandre (1898-1984), galardonado como el Libro Mejor Editado en ese año. Delfín Seral dio continuidad a la editorial Clan, y cualquier aficionado a los libros recordará sin duda sus ediciones de El Manual del dorado de libros (2000), de José Vicente Torrente Secorún o La encuadernación japonesa (2011), de Kojiro Ikegami, en traducción de Eduardo Giménez Burgos, o los preciosos libros ilustrados y con diseños de cubierta de Marina de Arespacochaba.

En una entrevista en 2017, además de señalar que de Delfín Seral –a quien describe como «un experto en la artesanía del libro»– aprendió «el mimo de los libros», Casamayor añadió algunos otros editores que en algún aspecto le sirvieron como modelos y que resultan quizá un poco menos sorprendentes para quien hubiera seguido la trayectoria de Páginas de Espuma en los quince años transcurridos desde la publicación de «Tengo una impresión, luego edito»: Lengua de Trapo, Jacobo Siruela, Jorge Herralde y Gustavo Guerrero.

Nacida en los prolegómenos de una oleada de pequeñas editoriales españolas, a la altura de 2017 Páginas de Espuma se había asentado sobradamente como la gran editorial independiente en el género del cuento, no ya solo en el ámbito hispano sino a nivel internacional, porque costaría encontrar otro ejemplo tan intensa y claramente comprometido con el género narrativo breve, e incluso hiperbreve, como este del que es la cara visible Juan Casamayor. Eso a veces relega a la sombra el hecho de que el primer libro que publicaron fuera Escritos, del cineasta aragonés Luis Buñuel (editados por Manuel López Villegas), en el que se ponía ya de manifiesto el peso invisible de Encarnación Molina, gran aficionada al cine.

Esa misma identificación entre Páginas de Espuma y el libro de cuentos resta visibilidad también a otra colección tan importante como la dedicada al ensayo, en la que se publicó la que probablemente será la biografía canónica del escritor aragonés Ramón J- Sender durante muchos años (obra de Jesús Vived Mayral), pero en la que destacan asimismo varios títulos de autores como Eugene Ionesco, Robert Louis Stevenson, Julian Marías o Eugène Ionesco y obras críticas de referencia como Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico, de David Roas, Cuentos y cuentistas. El canon del cuento, de Harold Bloom, El arquero inmóvil. Nuevas poéticas del cuento, editado por Eduardo Becerra, o Soplando vidrio y otros ensayos sobre el microrrelato español, de Fernando Valls.

Desde luego que Páginas de Espuma es indiscutiblemente la gran editorial del cuento en el ámbito de la edición en lengua española. Pero no sólo eso, cosa que vieron antes en la mexicana Feria Internacional del Libro de Guadalajara (que la distinguió con el Homenaje al Mérito Editorial en 2017) que el Ministerio de Cultura y Deporte Español (que la galardonó con el Premio a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2019).

Fuentes:

Je suis de la Martinique, «Thomas Pynchon: el novelista que sabe lo que está pasando», Los madrugones del MK, 16 de diciembre de 2017.

Juan Casamayor, «Tengo una impresión, luego edito», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 14-17.

Sonia Fernández, «Aires nuevos en el sector editorial», La Vanguardia, 23 de febrero de 2001, pp. 8-9.

Daniel Gascón, «El editor debe estar comprometido con la literatura de su tiempo», Letras Libres, 14 de noviembre de 2017, pp. 58-59.

Fernando Palmero, «Los otros editores. Páginas de Espuma» (entrevista a Juan Casamayor y Encarnación Molina), Leer (abril de 2005), pp. 30-33.

Ramón Tena Fernández, «Reacciones de la Editorial Fundamentos ante la censura franquista: entrevista a Cristina Vizcaíno Auger», Revista Chilena de Literatura, núm. 98 (noviembre de 2018), pp. 383-394.

Oda a la invención de la imprenta

¿Será que siempre la ambición sangrienta

o del solio el poder pronuncie solo,

cuando la trompa de la fama alienta

vuestro divino labio, hijos de Apolo?

¿No os da rubor? El don de la alabanza,

la hermosa luz de la brillante gloria,

¿serán tal vez del nombre a quien daría

eterno oprobio o maldición la historia?

¡Oh! despertad: el humillado acento,

con majestad no usada,

suba a las nubes penetrando el viento:

y si queréis que el universo os crea

dignos del lauro en que ceñís la frente,

que vuestro canto enérgico y valiente

digno también del universo sea.

 

Manuel José Quintana.

No los aromas del loor se vieron

vilmente degradados

así en la antigüedad: siempre las aras

de la invención sublime,

del Genio bienhechor los recibieron.

Nace Saturno, y de la madre tierra

el seno abriendo con el fuerte arado,

el precioso tesoro

de vivífica mies descubre al suelo,

y grato el canto le remonta al cielo

y Dios le nombra de los siglos de oro.

¿Dios no fuiste también, tú que alía un día

cuerpo a la voz y al pensamiento diste,

y, trazándola en letras, detuviste

la palabra veloz que antes huía?

 

Sin ti se devoraban

los siglos a los siglos, y a la tumba

de un olvido eternal yertos bajaban.

Tú fuiste: el pensamiento

miró ensanchar la limitada esfera

que en su infancia fatal le contenía.

Tendió las alas, y arribó a la altura

de do escuchar la edad que antes viviera,

y hablar ya pudo con la edad futura.

¡Oh gloriosa ventura!

Goza, Genio inmortal, goza tú solo

del himno de alabanza y los honores

que a tu invención magnífica se deben:

contémplala brillar; y cual si sola

a ostentar su poder ella bastara,

por tanto tiempo reposar natura,

de igual prodigio al universo avara.

 

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba

la plugo hacer de sí, y el Rin helado

nacer vio a GUTENBERG.— «¿Con que es en vano

que el hombre al pensamiento

alcanzase, escribiéndole, a dar vida,

si, desnudo de curso y movimiento,

en letargosa obscuridad se olvida?

No basta un vaso a contener las olas

del férvido Océano,

ni en solo un libro dilatarse pueden

los grandes dones del ingenio humano:

¿qué les falta? ¿Volar? Pues si a natura

un tipo basta a producir sin cuento

seres iguales, mi invención la siga:

que en ecos mil y mil sienta doblarse

una misma verdad, y que consiga

las alas de la luz al desplegarse.»

Manuel José Quintana.

Dijo, y la Imprenta fue; y en un momento

vieras la Europa atónita agitada

con el estruendo sordo y formidable

que hace sañudo el viento

soplando el fuego asolador que encierra

en sus cavernas lóbregas la tierra.

¡Ay del alcázar que al error fundaron

la estúpida ignorancia y tiranía!

El volcán reventó, y a su porfía

los soberbios cimientos vacilaron.

¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo,

que abortó el Dios del mal, y que, insolente,

sobre el despedazado Capitolio,

a devorar el mundo impunemente,

osó fundar su abominable solio?

 

Dura, sí: mas su inmenso poderío

desplomándose va; pero su ruina

mostrará largamente sus estragos.

Así torre fortísima domina

la altiva cima de fragosa sierra;

su albergue en ella y su defensa hicieron

los hijos de la guerra,

y en ella su pujanza arrebatada,

rugiendo los ejércitos rompieron.

Después abandonada,

y del silencio y soledad sitiada,

conserva, aunque ruinosa, todavía

la aterradora faz que antes tenía.

Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae

cae, los campos gimen

con los rotos escombros; y, entre tanto,

es escarnio y baldón de la comarca

la que antes fue su escándalo y espanto.

 

Tal fue el lauro primero que las sienes

ornó de la razón: mientras osada,

sedienta de saber la inteligencia,

abarca el universo en su oran vuelo.

Levántase Copérnico hasta el cielo,

que un velo impenetrable antes cubría,

y allí contempla el eternal reposo

del astro luminoso,

que da a torrentes su esplendor al día.

Siente bajo su planta Galileo

nuestro globo rodar, la Italia ciega

le da por premio un calabozo impío,

y el globo, en tanto, sin cesar navega

por el piélago inmenso del vacío.

Y navegan con él impetuoso,

a modo de relámpagos huyendo,

los astros rutilantes: mas, lanzado

veloz el genio de Newton tras ellos,

los sigue, los alcanza, y a regular se atreve

el grande impulso que sus orbes mueve.

 

¡Ah! ¿qué te sirve conquistar los cielos,

hallar la ley en que sin fin se agitan

la atmósfera y el mar, partir los rayos

de la impalpable luz, y hasta en la tierra

cavar y hundirte, y sorprender la cuna

del oro y del cristal? Mente ambiciosa,

vuélvete al hombre. Ella volvió, y, furiosa,

lanzó su indignación en sus clamores.—

«¡Con que el mundo moral todo es horrores!

¡Con que la atroz cadena

que forjó en su furor la tiranía,

de polo a polo inexorable suena,

y los hombres condena

de la vil servidumbre a la agonía!

¡Oh! no sea tal.»—Los déspotas lo oyeron,

y el cuchillo y el fuego a la defensa

en su diestra nefaria apercibieron.

 

¡Oh insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras

que a devorarme horribles se presentan,

y en arrancarme a la verdad porfían,

fanales son que a su esplendor me guían,

antorchas son que su victoria ostentan.

En su amor anhelante

mi corazón extático la adora,

mi espíritu la ve, mis pies la siguen.

No: ni el hierro ni el fuego amenazante

posible es ya que a vacilar me obliguen.

¿Soy dueño por ventura

de volver el pie atrás ? Nunca las ondas

tornan del Tajo a su primera fuente,

si una vez hacia el mar se arrebataron:

las sierras, los peñascos su camino

se cruzan a atajar; pero es en vano,

que el vencedor destino

las impele bramando el Océano.

 

Llegó pues el gran día,

en que un mortal divino, sacudiendo

de entre la mengua universal la frente,

con voz omnipotente

dijo a la faz del mundo: EL HOMBRE ES LIBRE.

Y esta sagrada aclamación saliendo

no en los estrechos límites hundida

se vio de una región; el eco grande

que inventó GUTENBERG la alza en sus alas

y, en ellas conducida,

se mira en un momento

salvar los montes, recorrer los mares,

ocupar la extensión del vago viento;

y, sin que el trono o su furor la asombre,

por todas partes el valiente grito

sonar de la razón: LIBRE ES EL HOMBRE.

Manuel José Quintana.

Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! mi pecho

se dilata escuchándote, y palpita,

y el numen que me agita,

de tu sagrada inspiración henchido,

a la región olímpica se eleva,

y en sus alas flamígeras me lleva.

¿Dónde quedáis, mortales,

que mi canto escucháis? Desde esta cima

miro al destino las ferradas puertas

de su alcázar abrir, el denso velo

de los siglos romperse, y descubrirse

cuanto será: ¡oh placer! No es ya la tierra

ese planeta mísero en que ardieron

la implacable ambición, la horrible guerra.

 

Ambas gimiendo para siempre huyeron,

como la peste y las borrascas huyen

de la afligida zona, que destruyen,

si los vientos del polo aparecieron.

Los hombres todos su igualdad sintieron,

y a recobrarla las valientes manos

al fin con fuerza indómita movieron.

No hay ya ¡qué gloria! esclavos ni tiranos:

que amor y paz el universo llenan,

amor y paz por donde quier respiran,

amor y paz sus ámbitos resuenan.

Y el Dios del bien sobre su trono de oro

el cetro eterno por los aires tiende;

y la serenidad y la alegría,

al orbe que defiende,

en raudales benéficos envía.

 

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran columna,

el magnífico y bello monumento

que a mi atónita vista centellea?

No son, no, las pirámides que al viento

levanta la miseria en la fortuna

del que renombre entre opresión granjea.

Ante él por siempre humea

el perdurable incienso

que grato el orbe a GUTENBERG tributa;

breve homenaje a su favor inmenso.

¡Gloria a aquel que la estúpida violencia

de la fuerza aterró, sobre ella alzando

a la alma inteligencia!

¡Gloria al que en triunfo la verdad llevando,

su influjo eternizó libre y fecundo!

¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

 

 

Manuel José Quintana (1772-1857), Oda a la invención de la imprenta, julio de 1800

Literatura en las ondas, un aviador español en Chile y trazas del audiolibro

Cuando el escenógrafo, dramaturgo y actor español Santiago Ontañón (1903-1989) consiguió por fin llegar a Chile –después de haberse refugiado en la embajada de ese país al término de la guerra civil española–, una de sus primeras fuentes de ingresos fue en Radio Agricultura como parte de un elenco de radioteatro recién creado en el que también entró su compañero de fatigas Edmundo Barbero (1899-1982). Pero la intervención de los exiliados españoles en la difusión de la literatura a través de la radio fue bastante más allá.

En el primer volumen de sus memorias, el escritor chileno Jorge Edwards (n. 1931) evoca un aspecto poco conocido del editor español de Cruz del Sur Arturo Soria y Espinosa (1907-1980), la de locutor de radio: «era el campeón de lo oral –escribe de él Edwards–, de la oralidad, de la palabra que se lanzaba al viento y que después chisporroteaba en la memoria», y recuerda que fue gracias a él que pudo dar a conocer ampliamente sus primeras obras narrativas, cuando Soria lo invitó a intervenir en un programa que tenía en Radio Minería, la revista oral Cruz del Sur, en la que a menudo se radiaban conferencias y lecturas literarias y en la que otro de los jóvenes invitados con frecuencia a leer sus textos era Teófilo Cid (1914-1964), una de las plumas que lideraban el pujante grupo surrealizante La Mandrágora (Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas, Jorge Cáceres), muchas de cuyas exquisitas ediciones las imprimió en Santiago de Chile el malogrado hermano de Arturo, Carmelo Soria (1921-1976), quien se ocupó también de imprimir los quinientos ejemplares de la primera obra de Jorge Edwards (El patio, 1952).

Gracias a una carta en la que Soria le pide colaboración a Gabriela Mistral (Lucía Godoy Alcayaga, 1889-1957), que por entonces era reciente premio Nobel de Literatura, es posible fechar en noviembre de 1946 la iniciativa de crear un programa radiofónico dedicado a la literatura que el editor le describe del siguiente modo:

El próximo domingo empezará la actividad de Cruz del Sur en el aire. Esperamos conectar con diversos países de Iberoamérica y tenemos la voz impresa de Neruda, Alberti, Nicolás Guillén, Gómez de la Serna, y recibiremos desde España discos con la voz de Unamuno, Valle-Inclán, etc.[…] Desearíamos de su bondad nos prestase su colaboración, imprimiendo un disco para esta emisión.

De hecho, Neruda, por ejemplo, ya en marzo de 1947 grabó su lectura de Alturas del Machu Pichcu, que comercializó en tres discos de 78 revoluciones por minuto con el sello de IberoAmérica y distribuidos por Cruz del Sur como inicio de una colección titulada Archivo de la Palabra.

Quizá un antecedente remoto de esta voluntad de inmortalizar la voz de los grandes escritores leyendo su propia obra (así parece indicarlo su nombre) esté en el Archivo de la Palabra creado en el Centro de Estudios Históricos por el filólogo Tomás Navarro Tomás (1884-1979), célebre por sus siglas TNT, y el musicólogo Eduardo Martínez Torner (1888-1955), quienes, con la colaboración de la sucursal de la Columbia Parlophone Company de San Sebastián, entre 1931 y 1933 consiguieron grabar, entre muchas otras, las voces de Armando Palacio Valdés (1853-1938), Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón M. del Valle-Inclán (1866-1936), Jacinto Benavente (1866-1964), Pío Baroja (1872-1956), Azorín (1873-1967), Juan Ramón Jiménez (1881-1958), así como a la famosa actriz Margarita Xirgu (1888-1969) leyendo poemas de Federico García Lorca (1898-1936), cuyas matrices galvanoplásticas se conservan en el Museo del Teatro de Almagro. Es incluso muy probable que las grabaciones de Unamuno y Valle a las que se refiere Soria en su carta a Gabriela Mistral sean copias de esas del Centro de Estudios Históricos.

Según cuenta en sus propias memorias, la idea de rescatar esa iniciativa en Chile había partido de un personaje que merece cuanto menos un largo paréntesis, el aviador español Fernando Puig Sanchís (1914-2003). Probablemente la primera pista de su interés por la palabra la dejó Puig Sanchís en la revista infantil madrileña Pinocho, que en 1927, cuando tenía trece años, le publicó un par de chistes; en uno de los cuales ya asomaba su vocación: «¿En qué se parecen un duro [la moneda] y la gasolina de un aeroplano? En que se gastan volando». Puig Sanchís entró en la universidad para cursar estudios de ingeniería industrial en 1931, y fue un habitual en las prácticas de vuelo que en los años treinta se hacían en La Marañosa (Madrid), donde coincidía a menudo con los hermanos Carmelo, Luis y Arturo Soria, y este último acabaría por casarse con la hermana del joven ingeniero, Conchita Puig. Eso explica en parte que, cuando estalló la guerra civil, inicialmente Puig se incorporara al Servicio Español de Información que dirigía Soria, pero en 1937 ambos lo abandonaron y entonces Puig se enroló como voluntario en la tan necesitada aviación republicana.

Pablo Neruda.

Esto le llevó a trasladarse en 1938 a la Unión Soviética para formarse como piloto de guerra, pero la guerra concluyó antes que sus cursos y ya no pudo regresar a España; sí intervino en cambio en la segunda guerra mundial, en el Ejército soviético. Al finalizar esta otra guerra, se sacó el título de ingeniero especializado en centrales eléctricas y redes y durante un tiempo trabajó como ingeniero de grabación en Radio Film en Moscú.

Cuando finalmente, a principios de 1947, Puig llegó a Chile para reunirse con su hermana Conchita y su cuñado Arturo Soria se incorporó a Cruz del Sur para desempeñar tareas administrativas y sin duda debió de ser de gran ayuda tanto en el programa radiofónico de Soria como en la colección Archivo de la Palabra que se estrenó con Pablo Neruda, a quien a finales de ese mismo año se le publicaron otros cuatro discos con el título Antología. Otra de las grabaciones llamativas de esta colección, ya en 1952, fue la del escritor gallego Eduardo Blanco Amor (1897-1979) recitando poemas de Federico García Lorca, que se comercializó en una caja con dos elepés, y a estos nombres pueden añadirse los de León Felipe, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Marcel Bataillon, Dámaso Alonso y Ramón Gómez de la Serna.

Aun así, uno de los discos más famosos de la colección es el de algunos poemas del primer volumen de Cortejo y Epinicio (aparecido como libro en Cruz del Sur en 1949), de David Rosenmann-Taub, publicado en 1949 y del que, una vez radiado en el programa de Radio Minería, se dice que se vendió toda la edición en una sola jornada.

Otra de las colecciones importantes dedicadas a la grabación de escritores leyéndose a sí mismos, La Voz de México, iniciativa de Efrén del Pozo, estuvo también vinculada a una emisora de radio, en este caso a Radio UNAM, en 1959 y ya desde el principio en discos a 33 rpm, y cuando al año siguiente se hizo cargo de esta colección el escritor exiliado español Max Aub (1903-1972) la subdividió en varias series: Literatura Mexicana, Testimonios políticos, Música Nueva, Folklore y Música para la escena, y más adelante la ampliarla con otra colección Voz Viva de América Latina, en la que puede escucharse a José Martí, Rubén Darío, Julio Cortázar o Pablo Neruda.

Aún tardaría unos años en llegar el mal llamado «audiolibro», que se supone que era una esplendorosa novedad…

Fuentes:

Alicia Alted, La voz de los republicanos. El exilio republicano de 1939, Madrid, Aguilar, 2012.

Anonimo, «Editorial Cruz del Sur (1941-1963)», en el portal Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.

Beatriz Berger, «Todo poema, en mí, tiene su partitura» (entrevista a David Rosenmann Taub), El Mercurio (Santiago de Chile), 6 de julio de 2002.

Jorge Edwards, Los círculos morados. Memorias I, Santiago de Chile, Penguin Random House, 2012.

Jorge Edwards, José Ricardo Morales y Luis Sánchez Latorre, «Tres amigos le recuerdan», El Mercurio, agosto 1989, D13.

Julio Gálvez Barraza, «Por obra y gracia del Winnipeg», Clío. History and History Teaching, núm. 24 (2001).

Armando López Rodríguez, Andanzas del piloto republicano Fernando Puig Sanchís, UNED, 2018.

José Vicente Navarro Rubio i Ximo Martínez Ortiz, Fernando Puig Sanchís, pilot de combat al servei de la II República Espanyola, Ajuntament d’Alcúdia (col·lecció Gent d’Ací 4), 2016.

Arturo Soria Puig, «Un hombre de palabra», prólogo a Arturo Soria y Espinosa, Labrador del Aire, Madrid, Turner, 1983, pp. 7-41.

Tor, quizá la editorial más ruin del siglo XX

En Visto y vivido en Chile, unas de las mejores y más honestas memorias escritas por un editor, el exiliado peruano en Chile Luis Alberto Sánchez (1900-1994) reconoce que en la editorial que dirigía en los años treinta, Ercilla, se satisfacía la predilección de los lectores chilenos por las obras traducidas mediante el poco escrupuloso método de no pagar derechos de autor, cosa que al parecer, sobre todo durante la segunda guerra mundial, fue bastante generalizada. Baste recordar, por ejemplo, el caso de los derechos de Mauriac en España. Escribe Sánchez en sus memorias:

El editor peruano exiliado en Chile Luis Alberto Sánchez.

Los públicos no consumían con demasiado entusiasmo las obras nacionales de Ercilla. Preferían la universalidad. De ahí el ahínco de Ercilla por traducir y ocupar la plaza que dejaban desierta las editoriales españolas durante el forzoso receso ocasionado por la Guerra Civil, […] Las editoriales argentinas habían sido las primeras en piratear (Tor, Claridad, Anaconda, etc.), por eso atacaron a Ercilla tildándola de pirata; nadie ve la viga en el ojo propio.

Algo no acaba de cuadrar en la cronología del relato de Sánchez, pues según él la editorial chilena Ercilla empezó a regularizar esa situación a partir de 1935, cuando, como todo el mundo sabe, la guerra civil española se libró entre 1936 y 1939. Quizá le engañe la memoria; sin embargo, quizá sea justo al poner la diana sobre la editorial bonaerense Tor.

La Editorial Tor la había fundado el catalán Juan Carlos Torrendell (1895-1961) en 1916, cuando contaba apenas veinte años y una breve experiencia en la bonaerense librería La Facultad, de Juan Roldán, pero sin duda se pudo beneficiar de los conocimientos sobre el mundo editorial que tenía su padre, Joan Torrendell i Escalas (1869-1937). Este último, además de ejercer el periodismo y haber publicado ensayos como Pimpollos (1895), Clarín y su ensayo (1900) o La política catalanesca (1904), tenía una amplísima trayectoria como director y fundador de publicaciones periódicas, tanto en su Mallorca natal (La Almudaina, La Nova Palma y La Veu de Mallorca), como en Barcelona (La Catalunya) y Montevideo (Catalunya).

La editorial tomó inicialmente el apellido de su fundador, pero las dificultades para que distribuidores y libreros lo pronunciaran correctamente derivó en su abreviatura; aunque el escritor fantasma Rodolfo Bellani (1904-1984) tenía otra irónica explicación de ello: era para ahorrarse la tinta necesaria para escribir el apellido completo. Además, este no fue el único caso en que Torrendell se vio en la necesidad de recurrir a la imaginación para bautizar sus sellos. Carlos Abraham, que es quien más a fondo ha analizado el catálogo de Tor (le dedicó la monografía La editorial Tor. Medio siglo de libros populares, Buenos Aires, Tren en Movimiento, 2012), contó en una entrevista su sorpresa al descubrir que era Torrendell quien estaba detrás de muchos otros nombres:

Muchas editoriales que yo conocía resultaron ser disfraces de Tor. […] Editorial Ombú, Ediciones Argentinas Cóndor, Editorial Las Grandes Novelas, Editorial Las Grandes Obras, Editorial Luz, Ediciones Modernas, Ediciones Fémina, Ediciones Renovación, Agencia Distribuidora Argentina de Revistas y Editorial de Grandes Aventuras…[…] Rovira, que es la primera editorial fantasma de Tor, surge en los años treinta para no pagar derechos de autor de novelas de Sexton Blake y Tarzán.[…] Pero las editoriales fantasma surgen, sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial.

Aun así, no sólo los autores y sus derechohabientes fueron víctimas de las tomaduras de pelo llevadas a cabo por Tor, sino que Torrendell trasladó a Buenos Aires una repugnante práctica que, si no inventado, sí la habían popularizado los impresores y editores barceloneses Luis Tasso i Gonyalons (1817-1880) y su hijo Luis Tasso i Serra (¿?-1906) sobre cómo engañar a los traductores para conseguir traducciones sin costo alguno.

Otra de las lindezas perpetradas por Torrendell, menos dañina pero duramente criticada por el establishment editorial argentino y más específicamente por la Academia Argentina de Letras, fue, después de la crisis posterior a 1929, la instalación de una balanza en su comercio y la práctica de vender ejemplares a peso. Pocas acciones podían ser más ilustrativas de la consideración que tenía este editor hacia el libro.

En la misma dirección de reducir los costes hasta extremos increíbles que caracterizaban la gestión de Tor apunta la compra de rotativas en cuanto tiene ocasión de hacerlo y las descomunales tiradas, amplísimas, buena parte de las cuales iban destinadas a la exportación. También es Carlos Abraham quien ha establecido tres etapas bien definidas en la trayectoria de esta empresa: Una inicial de arranque en que su catálogo no muestra rasgos específicos notables (1916-1930), una segunda de producción masiva gracias a las rotativas (1930-1959) y una última centrada casi exclusivamente en la reedición del heterogéneo, vasto (y, en general, también basto) catálogo creado a lo largo de los años anteriores (1959-1971). Cabe señalar también que a partir de 1939 empezó a publicar prolijamente revistas ilustradas destinadas al público infantil y juvenil.

El editor Luis Peña Lillo (1917-2009) dejó en Los encantadores de serpientes (mundo y submundo del libro), una caracterización bastante sintética y contundente de la labor de Tor:

Pésimas ediciones, mal traducidas, terminadas donde el pliego concluía por razones técnicas y no por designio del autor, denuncian ya los vicios de la desaprensiva y gran industrialización del libro. A esta editorial no la tiene en cuenta ningún cronista, por constituir una página negra en la historia editorial, pero su existencia, no por esa omisión ha sido menos real.

En cambio, retrospectivamente el profesor Fabio Espósito intenta ver algo de positivo en estas prácticas: «Libros mal diagramados en papel de baja calidad, a un precio ínfimo, en algunos casos de 50 centavos, facilitó su gran difusión». No es fácil advertir la ventaja de que productos claramente defectuosos tengan una gran difusión y puedan ejercer su influencia sobre grandes cantidades de lectores.

Resulta llamativa la presencia en estos catálogos de algunos autores que llegarían a ser célebres, como es el caso de un jovencísimo Aldolfo Bioy Casares (1914-1999), que en 1933 publica en la colección Cometa el libro de cuentos Diecisiete disparos contra el porvenir bajo el seudónimo de Martín Sacastrú, que curiosamente incluye no diecisiete sino dieciséis cuentos, pero va precedida de una apócrifa biografía de Sacastrú que quizá deba contabilizarse como el número 17. También Jorge Luis Borges publica en Tor, en su caso la primera edición de Historia universal de la infamia, en la colección Megáfono, así como el poeta Horacio Rega Molina (1899-1957), que publicó su «Misterio dramático en tres actos y en verso» La posada del león en 1936.

Sin embargo, y pese a la un tanto insólita presencia también de Signund Freud, Adolf Hitler, Stefan Zweig o Karl Marx, son más representativos del grueso de la producción de Tor autores de literatura popular de aventuras, sentimental y detectivesca como Edgar Rice Burroughs (1875-1950), Emilio Salgari (1862-1911), Sexton Blake o la serie sobre Rocambole de Ponson du Terra (1829-1871). En más de una ocasión sucedió que estas extensísimas series narrativas concluyeron antes de que los lectores de Tor se hubieran cansado de ellas, a lo que Torrendell también encontró una solución favorable –a sus intereses–, como ha contado también Abraham:

Tras publicar Tarzán triunfante, de Edgar Rice Burroughs, en el número 119, en cuya cubierta puede leerse «Últimas aventuras del famoso Tarzán de los monos», en el 120 [en el sello Rovira] lanzó Tarzán en el Valle de la Muerte, primer Tarzán apócrifo, que figuraba como «traducido» por Alfonso Quintana Soler, pero en realidad estaba escrito por él. A este seguirían Tarzán el vengador (n. 21), Tarzán en el bosque siniestro (n. 122), Las huestes de Tarzán (n. 123), Tarzán y la diosa del mar (n. 124), Tarzán y los piratas (n. 125), Tarzán el Magnánimo (n. 126)… [y así hasta el número 170: El castigo de Tarzán]

Estas continuaciones de Tarzán y de algunos otros ciclos novelescos los escribieron dos hombres de letras que gracias a este tipo de tareas pudieron profesionalizarse, Alfonso Quintana Solé (que como secretario de redacción de la revista Atlántica había coincidido con Torrendell i Escalas) y el mencionado Rodolfo Bellani, que empleó una ingente cantidad de seudónimos. Y entre los ilustradores de la casa destaca sin duda el humorista e ilustrador catalán Lluis Macaya (1888-1953), pero tampoco en este ámbito deja de poner de manifiesto Carlos Abraham el escaso esmero que se ponía en los procesos editoriales en Tor: «En ciertas ocasiones es fácil apreciar que el ilustrador no había leído la novela que le tocaba ilustrar, guiándose solo por el título».

Se hace difícil pensar en alguna editorial menos escrupulosa en todo el siglo XX.

Fuentes:

Carlos Abraham, «Los Tarzanes apócrifos argentinos», Quinta Dimensión, 15 de agosto de 2009.

Carlos Abraham, «Semblanza de la Editorial Tor (1916-1971)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2017).

Carlos Araujo, «La editorial Tor», en el blog El Buenos Aires que se fue, 1 de septiembre de 2014.

Juan Pablo Bertazza, «Un Tornado», Página 12, suplemento Radar, 20 de agosto de 2012.

Fabio Espósito, «Buenos Aires, 1920-1940, la emergencia de un centro editorial periférico», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayo hispánico, núm. 2 (2018), pp. 38-46.

María de los Ángeles Mascioto, «Carlos Abraham, La editorial Tor: Medio siglo de libros populares» (reseña), en Orbis Tertius, vol. XIX, núm. 20 (2014), pp. 184-185.

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, prólogo de Luis Laborde y prólogo a la segunda edición del autor, Santiago de Chile, Tajamar Editores, 2004.

Carolina Tosi, «Semblanza de Juan Carlos Torrendell (1895-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (20016)