El muy prolífico traductor anarquista José Prat (1867-1932)

La página que dedica a José Prat (1867-1932) el catálogo de la Biblioteca Nacional de España lo identifica como autor de ocho obras y participante en otras dieciocho (como traductor), lo que difícilmente puede explicar la fama de prolijo que tiene el traductor anarquista a quien Pío Baroja inmortalizó al inspirarse en su trayectoria –y en la de Ricardo Mella– para crear a algunos de los personajes de la novela Aurora roja (1905), con la que se cierra la trilogía La lucha por la vida que forma con La busca (1904) y Mala hierba (1904).

José Prat.

Son evidentes las carencias en este caso de la página de la Biblioteca Nacional cuando a este José Prat –que no debe confundirse con el abogado y diputado socialista español José Diosdado Prat García (1905-1994), exiliado en Colombia–, Alejandro Civantos lo describe en Leer en rojo como «incombustible traductor», «figura principalísima en el movimiento editorial anarquista», «el habitual traductor de las editoriales alternativas» y «proteico traductor y activo propagandista». Por supuesto, su obra es bastante más amplia que la registrada y conservada en la BN, y no sólo porque se sirvió de seudónimos para firmar algunas obras.

Aun cuando hay quien menciona Barcelona como lugar del nacimiento de Prat, suele identificársele como vigués, al igual que Ricardo Mella (1861-1925), quien en 1896 le acogió temporalmente en su casa en Vigo. La primera militancia política de la que hay constancia fue en el Partido Republicano Democrático Federal, pero ya en 1890 José Prat se había decantado por el anarquismo.

Ricardo Mella.

Seis años más tarde se convertía en el traductor principal de los volúmenes publicados por el periódico coruñés El Corsario, que tras una primera etapa entre 1890 y 1892 (212 números), inició el 9 de enero de 1896 una segunda que se extendió hasta el mes de octubre de 1908, y que debe su fama a la colaboración en él de José Martínez Ruiz (1873-1967), luego célebre como Azorín. Según cuenta Civantos Urrutia en su enjundioso estudio: «en su haber cuenta [la biblioteca El Corsario] la nueva traducción de Entre campesinos, de Errico Malatesta, que fue la más popular en nuestro país y llegó a alcanzar la hiperbólica cifra de 35 ediciones en distintas bibliotecas y casas editoras alternativas». Ese año 1896, Prat había llegado desde Barcelona a Vigo huyendo de la represión que siguió a los procesos de Montjuïc, y en julio de ese año pasó unos días en Londres (en el Congreso Internacional Socialista de los Trabajadores y de las Cámaras Sindical Obrera) durante los cuales trabó amistad con estacados intelectuales a los que tarde o temprano traduciría, como los italianos Errico Malatesta (1853-1932) y Pietro Gori (1865-1911) o el francés Augustin Hamon (1862-1945).

Del año siguiente, 1897, es la publicación del duro alegato contra los juicios de Montjuïc La barbarie gubernamental en España, atribuido a Mella y Prat (firman R.; y J.P.) y aparecido con pie editorial de la Imprenta de El Despertar de Brooklin (Nueva York), así como el viaje del traductor y activista a Buenos Aires. En la capital argentina entró en contacto con el ebanista y anarquista catalán Gregori Inglán Lafarga (¿?-1922), que el año anterior había puesto en marcha con el anarcocomunista individualista Manuel Reguera el periódico La Revolución Social (19 números) y en 1897 fundó el más importante y duradero La Protesta Humana (1897-1902), del que Prat se convirtió en uno de los colaboradores principales y en contacto clave para atraer las firmas de figuras como Mella y Anselmo Lorenzo, entre otros. Además, empezó una traducción de algunas obras que luego fueron muy reeditadas en España, como Los crímenes de Dios, del filósofo anarquista Agustin Faure, y Entre campesinos, de Malatesta.

Sin embargo, al cabo de un año José Prat regresaba a España, y a partir de entonces es cuando empiezan a aparecer con mayor asiduidad sus traducciones más importantes, tanto del italiano como del francés. De 1898 es por ejemplo, aun en Buenos Aires, la de la muy popular pieza de Pietro Gori Primero de Mayo. Boceto dramático en un acto e himno coral, que luego publicarían Juventud Libertaria, La Tipográfica, Biblioteca Tierra y Libertad, Biblioteca Acracia, Perseo, Ediciones Internacionales y Vértice.

A principios de siglo, su firma aparece en algunas publicaciones barcelonesas singularescomo Natura (1903-1904), subtitulada Revista quincenal de ciencia, sociología literatura y arte, fundada y dirigida por Anselmo Lorenzo y entre cuyos colaboradores habituales se contaba Mella.

En 1904 apareció como número 17 de la Biblioteca de la Juventud Libertaria una conferencia de Prat pronunciada en Vilanova y la Geltrú, Nuestras ignorancias, y al año siguiente Ser y no ser. Y del mismo año es la primera edición de su traducción de Por qué somos anarquistas, del abogado y teórico del socialismo libertario Saverio Merlino (1856-1930) en Juventudes Libertarias, que luego recuperaría la colección Tierra y Libertad.

También publica Prat en esos años en la revista ilustrada de orientación naturista y neomalthusiana promovida por la Liga de Regeneración Humana Salud y Fuerza (1904-1914), que dirigía el médico Luis Bulffi (1867-191?) y en la que pueden leerse textos de Émile Armand, Emilio Gante, Vicente García, Anselmo Lorenzo y Charles Malato, y que incluso publicó diversos folletos de escritores anarquistas como Errico Malatesta (entre ellos la traducción de Prat de Nuestro programa, en 1909), Pietro Gori, Jean Grave, Agustin Hamon, Bernard Lazare, el muy famoso ¡Huelga de vientres!Medios prácticos para evitar las familias numerosas, de Bulffi (1906) o el del propio José Prat La burguesía y el proletariado (apuntes sobre la lucha sindical).

De esos mismos años pero con fechas de publicación difíciles de precisar, registra la Biblioteca Nacional varios títulos traducidos para la valenciana editorial Sempere, entre los cuales Una mujer (1907), de la activista feminista Sibilla Aleramo (Rina Faccio, 1876-1960), Un sueño de amor (1908),  de la también feminista italiana, anarquista convertida al islamismo, Leda Rafanelli (1880-1971), Juan Jacobo Rousseau (El jacobinismo y la Revolución Francesa), de Aguste Dide (1839-1919), etc.

A partir de 1914, aproximadamente, no dejan de aparecer traducciones suyas, en muchos casos reediciones,  en su mayor parte en las ediciones de Tierra y Libertad, como Influencias burguesas sobre el anarquismo (1918), del pedagogo anarquista Luiggi Fabbri o República y Anarquía, del cirujano y tipógrafo Nicollo Converti (1918), que previamente había publicado en CNT-Biblioteca Acracia y en Vértice, y con el seudónimo Forward publica la «novela consciente» ¿Herejías?

Civantos Urrutia, en un libro imprescindible para seguir a personajes de la cuerda de José Prat, registra libro organizado como un debate ficticio entre éste y Adolfo Marsillach i Costa (1868-1935), lerrouxista y furioso anticatalanista (y abuelo del célebre hombre de teatro homónimo), acerca de la posibilidad de implantar el anarquismo, que en 1919 dio pie a otro título de la Biblioteca Tierra y Libertad, Una polémica, en el que se reúnen artículos publicados por Marsillach en El Diluvio junto a otros de Prat en Alba Social.

De años posteriores son sus libros Orientaciones (1916), Libertad y comunismo (1924) y La sociedad burguesa (1932), entre otros, pero desde que en 1925 abandona el periodismo, así como había ido abandonando el activismo político, parece que tampoco se dedica tan intensamente a la traducción, antes de morir en Barcelona el 17 de julio de 1932.

 

Fuentes:

Anónimo, «José Prat, anarquista y periodista», en CNT Puerto Real.

Cesáreo Calvo Rigual, «Las traducciones de obras literarias italianas publicadas en las editoriales Sempere y Prometeo (1900-1936)», en Miguel Ángel Vega Cernuda y Juan Pedro Pérez Pardo, coords., La traducción de los clásicos: problemas y perspectivas, Madrid, Universidad Complutense, 2005.

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo (Colección Investogación, 3), 2017.

Ignacio C. Soriano Jiménez, L’Anarquisme a Tarragona. Formós Plaja i Carme Paredes, Tarragona, Publicacions de la Universitat Rovira i Virgili, 2016.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Bibliografía del anarquismo en España, 1968-1939.

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Marcel Plans, ¿un comunista de matute en Planeta?

En los años setenta, el escritor y editor Carlos Pujol (1936-2012) forjó en Planeta un equipo de editores de notable relieve en el que figuraron Maite Arbó (hija del insigne escritor Sebastià Juan Arbó), Laureano Bonet, antes de convertirse en director literario de Kairós, Xavier Vilaró (nada que ver con el mando de la Guardia Urbana homónimo), Jordi Estrada y Marcel Plans, que, al igual que Bonet (que había pasado unos años en universidades extranjeras), se incorporó después de una buena temporada fuera del país, si bien en su caso por razones muy distintas.

Marcel Plans en los años ochenta.

Marcel Plans Macià (1933-2017), nacido en Gironella, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, donde coincidió con un grupo de jóvenes notables que formaban el núcleo a partir del cual crecería el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y que tendrían un peso considerable en la universidad y en el sector editorial catalán. Así describió ese grupo, y algunas de las actividades que llevaban a cabo en los años cincuenta, el maestro e historiador Josep Termes (1936-2011), en entrevista con Josep M. Muñoz:

Era todo este grupo, de gente de clase humilde y de línea obrerista [Joaquim Vilar, Feliu Formosa, Joaquín Marco, Marcel Plans]. Y luego estaba el grupo de las mujeres, con Juliana Joaniquet y Maria Rosa Borràs, que eran más castellanoparlantes, de clase relativamente alta y mucho más españolistas y doctrinarias, en la línea de Manuel Sacristán. Este grupo somos los que nos movemos en aquellos años de finales de los cincuenta: hicimos la jornada de Reconciliación Nacional [en mayo de 1958] que había sido convocada por el PCE. Recuerdo que fuimos a casa de Marcel Plans, cinco o seis de este grupo, y con un ciclostil (que por entonces aún no llamábamos «vietnamita»), después de picar los clichés a máquina, hicimos sin exagerar miles de octavillas, de esas pequeñitas; las redactamos, las imprimimos, las recortamos y las estuvimos tirando durante toda la jornada de Reconciliación Nacional.

A decir de Josep Torrell, en buena medida esa era la principal actividad encomendada a la militancia del PSUC:

Ser del PSUC en aquellos años consistía en hacer proselitismo entre los compañeros de universidad o bien mecanografiar con papel carbón algunos artículos de Mundo Obrero para repartirlos luego por algunos buzones. Pellissa facilitó la incorporación de nuevos estudiantes comunistas, como Feliu Formosa, Jordi Solé Tura, Joaquim Vilar, Marcel Plans, Joaquín Marco, Álvaro del Rosal, Josep Mª Gil Matamala, Ricardo Bofill y Jacinto Esteva.

Y por testimonios diversos pueden añadirse a estos nombres de jóvenes universitarios de la barcelonesa facultad de letras, sobre todo, los de Sergi Beser, Salvador Giner, Pere Ramírez Molas, Jaume Lorés, Ricard Salvat o Josep Fontana, así como los de algunos estudiantes de Derecho, como Luis Goytisolo o Joaquim Jordà.

Sergi Beser (1934-2010).

Sin embargo, las cosas no tardaron en complicarse para muchos de estos jóvenes, y en particular para Marcel Plans. Si en junio de 1959 ya habían sido detenidos en Sabadell unos noventa militantes del PSUC como consecuencia de la huelga general pacífica de veinticuatro horas de ese año, en febrero de 1960 se produjo la detención de varios dirigentes y militantes del PSUC de Barcelona y, como consecuencia de ello, Plans se ocultó durante unos días en la taberna que regentaban los padres de Josep Termes hasta que pudo salir del país.

Al igual que Joaquim Vidal Canalda y que Pellissa (que se matriculó en Economía Política en Leipzig), Plans fue a parar a la República Democrática Alemana (RDA), y allí, pese a solicitar ampliar sus estudios de Filosofía, se matriculó en la Escuela de Estudios Cinematográficos de Babelsberg, a las afueras de Berlín. De hecho, hay un curioso rastro de su interés por el séptimo arte y de su paso por esta institución en una interesante carta publicada en el número 17 de la revista Cinema Universitario (correspondiente al tercer trimestre de 1962), en la que Plans cuestiona unas afirmaciones generales que Román Gubern había hecho sobre el realismo social en el número 15 de esa misma revista y desarrolla su propia idea acerca de esta estética y su crisis. También fue en  Berlín donde se reunió con él su novia, Esther Berenguer, muy buena amiga de Anna Sallés (que a su vez acabaría casándose con Manuel Vázquez Montalbán) y donde nació su primera hija.

Por aquellos años, además, Plans veía publicado un cuento suyo en el número 24 de la revista El Pont, después de haber estado mucho tiempo retenido por censura, junto a poemas de Núria Sales, Francesc Valverdú y Joaquim Vilar, cuentos de Joan Roig e Isidre Molas y ensayos de Josep Maria Pandolfi y Jordi Solé Tura, en lo que constituía un homenaje a los jóvenes estudiantes que participaron en el pulso que desde la universidad se había mantenido con las autoridades franquistas en 1957.

Teresa Pàmies(1919-2012).

Sin embargo, hacia 1963 Plans se trasladó a Bucarest para dedicarse a nuevas tareas. Teresa Pàmies ha dejado constancia de la llegada de los jóvenes destinados a revitalizar las emisiones de la clandestina Radio España Independiente, popularmente conocida como «la Pirenaica», en la que Plans se ocultaba bajo el nombre de Pere Sabaté:

Los catalanes que estuvieron en Bucarest cuando yo estaba allí fueron, además de Rosa y Vilaseca, la Reis Bertral, a quien conocía de Francia de la dirección de Mujeres Antifascistas, en la cual yo me ocupaba del periódico, que vino con su madre ya viejecita y que se marchó pronto a Bulgaria. El doctor Josep Bonifaci, que vino a ejercer de médico, y su mujer Elvira, amigos nuestros. Más tarde Jordi Solé Tura y su esposa, Marcel Plans, Esther –su compañera– y sus hijos. Durante unas vacaciones coincidimos con Soledat Real, que hacía poco que había salido de prisión y que era amiga de Federico de la JSU, y que yo había conocido en la prisión de Las Ventas si no me hubiera fugado. […]

Las emisiones en catalán en la REI se hacían los lunes y jueves, y el viernes se hacían en euskera: Antena Euzkadi. Los miércoles o sábados se hacían emisiones para Galicia, no siempre en gallego.

Plans, que había sido uno de los primeros en rechazar que lo recogiera uno de los típicos coches negros con cortinas en las ventanas de la Nomenklatura para llevarlo hasta la sede de la radio (un discreto edificio anexo al Museo de Historia del Partido Comunista Rumano), en 1964 sustituyó a Solé Tura en la dirección de la Pirenaica. Estando en Bucarest, donde mantuvo mucha relación con el mencionado Josep Bonifaci y su esposa Elvira, asistió a la publicación de algunos textos suyos en publicaciones españolas, por lo menos en alguno de los primeros números de la revista gerundense Presencia, fundada en abril de 1965, en la que figuraba como director Manuel Bonmatí y en el equipo de redacción Carmen Alcalde, Maria Aurèlia Capmany, José María Rodríguez Méndez y Ricard Salvat, entre otros.

Maria Aurèlia Capmany (1918-1991).

Aun así, aprovechó las Navidades de 1970 para regresar a España con su pareja y sus hijas, y fue entonces cuando debió de introducirse en el sector editorial, pero muy probablemente con labores no firmadas o tareas que dejan poco rastro. Hay indicios para pensar que incluso firmó traducciones del alemán con seudónimo. Así, la primera presencia localizada es ya de 1974, cuando aparece como jefe de redacción de una colección de libros bellamente encuadernados con material didáctico sobre temas como la televisión, el cine o los cómics, y que iban acompañados de breves narraciones en viñetas ilustradas. Valga como ejemplo el séptimo número, Los misterios de la selva, con un dibujo firmado por Aldoma Puig, texto de Víctor Mora e ilustraciones de Antoni Bosch Penalva. Dirigía esta colección, Enciclopedia Juvenil Pala, Luis Gasca, quien contó con la colaboración de Miguel Arrieta (coordinación editorial), Antonio Martín (coordinación gráfica), José Santamaría (producción), E. Asensio, J. Colomer, M.G. Chacón y P. Olivé (diseño y realización) y Jesús Moreno (corrección). Pala era una editorial dirigida por Mª Ángeles Bosch originalmente creada por Planeta para que se ocupara de la edición y venta de la enciclopedia Larousse en español y que luego se dedicó a la edición de cómics. Es sabido que, del mismo modo que Lara no tuvo reparos en conceder el Premio Planeta a escritores abiertamente antifranquistas, tampoco los tuvo para integrar en la plantilla a intelectuales valiosos sin escarbar en sus antecedentes (otra cuestión es si estaban, o en qué condiciones, asegurados).

Carlos Pujol (1926-2012).

Es de suponer que de Palas rescató Pujol a Plans, y ese mismo año 1974 ambos aparecen ya como colaboradores de Rafael Borràs Betriu en su libro El día que mataron a Carrero Blanco, y en lo sucesivo Plans se ocuparía de muchos de los volúmenes de la exitosa colección de ensayo Espejo de España.

Borràs Betriu, director de esa colección, escribió en sus memorias acerca de la profesionalidad de Plans y Esther:

El editing de la mayoría de estas obras corrió a cargo de Marcel Plans o Esther Berenguer, cuya militancia en el PSUC […] les había llevado al exilio, donde se casaron, en los años sesenta, truncando la que sin duda hubiese sido una brillante carrera universitaria; estuviesen o no de acuerdo cada uno de ellos con las tesis defendidas por los distintos autores, se comportaron ambos con una profesionalidad ejemplar, al margen de sus opiniones personales.

No es un dato menor y vale la pena subrayarlo, pues en el catálogo de esta colección figuran varios bienquistos del franquismo y, entre otras muchísimas cosas, Plans se ocupó de la edición de las muchas obras que Planeta publicó a Ricardo de la Cierva (el que fuera director general de Cultura Popular durante el franquismo). Todo un profesional.

Fuentes principales:

Sergi Beser, «Notes al voltant d’una vella amistat», en AA.VV. A Joaquim Molas, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or), 1996, pp. 43-50.

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Beatriz Burdman, Beatriz «Semblanza de Laureano Bonet (1938- )», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Harmut Heine, «El exilio republicano en Alemania Oriental (República Democrática Alemana)-RDA», Migraciones & Exilios, núm. 2 (diciembre de 201), pp. 111-121.

Josep M. Muñoz, «Josep Termes. La història com a nostalgia», L’Avenç, núm. 369 (junio de 2011), pp. 16-26.

Teresa Pàmies, Ràdio Pirenaica: emissions en llengua catalana de Radio España Independiente (1941-1977), Barcelona, Cosstània Edicions (Memòria del Segle XX, 8), 2007.

Marcel Plans, «Radio España Independiente, la “Pirenaica”, Entre el mito y la propaganda», en Lluís Bassets, ed., De las ondas rojas a las radios libres. Textos para una historia de la radio, Gustavo Gili, 1981.

Josep Torrell, «Cincuenta años sin Octavi Pellissa (1935-1992)», Mientras tanto, núm. 160 (septiembre de 2017), pp. 52-58.

 

Bardagí, el corrector que cantaba

No abundan los correctores famosos, ni siquiera lo son aquellos que han trabajado para escritores de mucho renombre o éxito aun cuando haya evidencia de que mejoraron sustancialmente sus textos. Es más, algunos pocos son conocidos por su vertiente como escritores ellos mismos, o como traductores literarios, pero en ambos casos sus labores como correctores de estilo u ortotipográficos raramente aparecen en sus «biografías oficiales» o en las solapas de sus libros.

Anuncio del estreno de Canigó, ópera de Antoni Massana a partir de texto de Verdaguer adaptado por Josep Carner, en la que intervino Bardagí como tenor en el papel de Gentil.

Por ello es singular el caso de Bartomeu Bardagí i Moras (1915-2003), quizá con Eduard Artells i Bover (1903-1971), uno de los correctores más célebres de la edición en lengua catalana del siglo XX, quien participó además como tenor en el debut de la soprano Montserrat Caballé en Valencia con la Novena sinfonía de Beethoven y compartió escenario con Ingrid Bergman en una Juana de Arco, de Honegger, dirigida por Roberto Roselini.

Bartomeu Bardagí.

Como tantos otros profesionales del sector editorial catalán (Cèsar August Jordana, Jaume Aymà, Joan Sales, etc.), Bardagí se formó como profesor de lengua, y ya en 1932 entró en la Oficina de Correcció d´Estil de la Diputació de Barcelona que dirigía C.A. Jordana (1893-1958), y al año siguiente se estrenaba como profesor en la Extensió d´Ensenyament Tècnic de la Generalitat de Catalunya (donde se formaba a maestros). Ya por entonces empezó a hacer colaboraciones con el sector editorial, pero debe sin duda su fama a las labores desarrolladas al concluir la guerra civil española de 1936-1939.

Desde por lo menos los años cincuenta, el nombre de Bardagí aparece asociado a las más importantes editoriales en lengua catalana dedicadas a la literatura, empezando por la combativa Aymà, con cuyo fundador y director había coincidido en la Oficina de Correcció y donde se reparte el trabajo con Ramon Aramon i Serra (1907-2000), que en los años treinta había sido colaborador de Pompeu Fabra (1868-1948) en la Universitat Autònoma de Barcelona.

Antoni López Llausàs.

Participa también en esos años, junto con lingüista y editor Josep Miracle (1904-1998), en la preparación de la segunda edición del Diccionari General de la Llengua Catalana de Pompeu Fabra (1868-1948), que se publica en 1954 por iniciativa de Antoni López Llausàs (1888-1979) e incluye un prefacio del poeta Carles Riba (1893-1959). La relación y la confianza profesional entre Miracle y Bardagí es evidente: El primero, que siendo corredor de Salvat había empezado a colaborar con la editorial Selecta de Josep Mª Cruzet (1903-1962) en 1942, pasó en 1947 a ocuparse también de la dirección literaria de esa casa y empezó a delegar en Bardagí la corrección de pruebas. Y cuando Miracle tuvo que ocuparse de la cuarta edición de este mismo diccionario, que apareció en 1961, reunió un equipo en el que, junto a Osvald Cardona (1914-1987), Jaume Ros i Artigues (1907-1998) o Jaume Aymà (1882-1964), figuraba de nuevo Bardagí.

Mayor interés incluso tiene su trabajo al lado de un editor con criterios lingüísticos y estilísticos tan marcados como fue el caso de Joan Sales (1912-1983) –discípulo confeso del eminente lingüísta Joan Corominas (1905-1997)– para cuyas ediciones en Club Editor recurrió preferentemente a Bardagí, pues si bien ambos primaban la corrección, el primero andaba siempre a la búsqueda de la naturalidad y la vivacidad en el lenguaje de las novelas contemporáneas y el segundo era un adalid de un lenguaje espontáneo y a pie de calle, por lo que se complementaban casi perfectamente.

La década de los sesenta fue bastante intensa para Bardagí. En 1966 empezó a  traducir al catalán la sección de Josep Pla (1897-1981) en la revista Destino «Calendario sin fecha», y ese mismo año empezaba la titánica corrección de los volúmenes que compondrían las Obras Completas del autor ampurdanés, que culminarían en 1984 con resultados discutidos (discutidos en particular, pruebas en mano, por otro de los correctores de Pla, Jordi Pujol i Cofan, quien detectó unos quinientos errores en la primera edición). Aun así, acerca de Bardagí y su labor dejó escrito Pla:

Cuando empecé a escribir para la Editorial Selecta del señor Cruzet –le entregué veintinueve volúmenes–, había muy pocos correctores de pruebas para el catalán. Tengo que hacer una excepción con el señor Bardagí, a quien debo agradecer tantas horas pasadas revisando mis originales.

También en los sesenta traduce para la editorial Argos la imponente trilogía del librero gerundense Josep Maria Gironella (1917-2003) compuesta por Els xiprers creuen en Déu (1967), Un milió de morts (1967) y Ha esclatat la pau (1968); en 1967 aparece su traducción L’arxiduc Carles d’Àustria, rei dels catalans, del historiador Pere Voltes (1926-2009) para la editorial Aedos, mientras que en 1968 aparece su primera traducción del inglés, en Selecta, Si el mort podía parlar i altres històries de misteri, de Cornell Woolrich (1903-1968), más conocido como William Irish.

Otra colaboración singular es la que establece con las clandestinas Edicions Catalanes de París, una iniciativa del historiador y editor Josep Benet (1920-2008), que contó con la colaboración de Jordi Pujol i Soley y Albert Manent (1930-2014), en Barcelona, y Romà Planas (1932-1995) y Àngel Castanyer, en París, y que publicó obras de Gaziel (Agustí Calvet, 1887-1964), Maria Aurèlia Capmany (1918-1991), Andreu Nin (1892-1937), Josep Carner-Ribalta (1898-1988) y los Records d’un sindicalista llibertari català (1916-1943), de Joan Manent (1902-1984), entre otros. Sus procesos de producción, bastante asombrosos, los reconstruyó Jordi Amat:

Acaso la logística era la parte más complicada. Después de la corrección de Bartomeu Bardagí, los originales proporcionados por el equipo de Barcelona se enviaban a París, donde se maquetaban; las galeradas volvían a Barcelona para que Bardagí las revisara y, una vez hecho esto, se enviaban de nuevo a París para iniciar el proceso de impresión de unos libros que fueron diseñados por Castanyer.

Y a eso aún hay que añadir su participación en otra obra monumental, la corrección de la Gran Enciclopèdia Catalana, en la que se ocupaba en particular de la sección de Humanidades, y trabajos muy diversos para sellos como Polígrafa, Vergara, Vicens Vives, Toray (para la que tradujo adaptaciones de cuentos infantiles de Eugenio Sotillos), Hymsa, un paso por la sección de correctores del periódico Avui o la traducción del inglés al catalán, para Dasa, de la Vida secreta de Salvador Dalí (1981).

En los años ochenta aún vio aparecer varias traducciones suyas (de Ricardo Alcántara, de Benjamin Kindle), y en 1991 publicó en la editorial La Campana sus divertidas memorias con el título Humor amb lletra i música. Con tales antecedentes, no es de extrañar que se le concediera en 1983 el Premio d’Actuació Cívica Catalana Jaume I; pero sí que se le recuerde más como cantante de ópera que como hombre de letras.

Fuentes:

Jordi Amart, «Edicions Catalanes de París. Aproximació a la història d’una editorial atípica», Franquisme & Transició, núm. 2 (2014), pp. 63–81.

Montserrat Bacardí i Pilar Godayol (dirs.), Diccionari de la traducció catalana, Vic, Eumo Editorial, 2011.

Jordi Badia i Pujol, « Els correctors de Fabra fins avui: les baules d’una cadena que resisteix», Llengua Nacional, núm. 97 (IV trimestre del 2016), pp. 6-7.

Albert Jané, «En la mort de Bartoumeu Bardagí», Llengua Nacional, , núm. 45, IV trimestre del 2003 p. 39.

Albert Manent, Bartomeu Bardagí, un corrector excepcional, Serra d´Or, núm. 528 (diciembre de 2003), pp. 22-23.

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, A Contra Vent  (Abans d’Ara, 24), 2012.

Josep Pla, Un petit món del Pirineu, Barcelona: Destino, 2004.

Adrià Pujol, «El fill del corrector», El Procés. Revista Contracultural, núm. 4 (2013), pp. 4-7.

Agnès Toda, «D’Humor amb lletra i música, de Bartomeu Bardagí», Llengua Nacional, núm. 97 (IV trimestre del 2016), pp.8-9.

Vista parcial de las Obras Completas de Josep Pla en Destino.

 

La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistas Élite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Simón Alberto Consalvi.

El capital inicial surgió al parecer de una partida de un millón de dólares destinado inicialmente al del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera convocatoria galardonó La casa verde de Vargas Llosa y que, pese a tratarse de un premio que se otorgaba cada cinco años, por error apareció también en el presupuesto de 1968 del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela. Así, pues, Monte Ávila tomó forma jurídica y administrativa de compañía anónima, pero perteneciente al Estado, que es quien –venturoso azar– se vio comprometida a financiarla.

Sin embargo, al frente de Monte Ávila destacó desde el primer momento otro nombre importante en las letras latinoamericanas, el director literario Benito Milla (1918-1987), exiliado republicano español que hasta entonces había estado ocupándose de publicar a nombres como Ramón J. Sender, Mario Benedetti o Juan Carlos Onetti en la montevideana Editorial Alfa.

Benito Milla.

Algunos de los títulos publicados en 1968 en Monte Ávila permiten, además de captar el ambiente de los círculos intelectuales venezolanos en los momentos de la primavera de Praga y el Mayo francés, advertir el triple propósito de la editorial de divulgar la obra de algunos de los pensadores de izquierda importantes en el ámbito de las humanidades, asentar un canon de los autores del pasado reciente y divulgar la obra literaria de autores emergentes o poco conocidos –en un momento de pleno estallido del boom de la literatura hispanomericana– a menudo mediante cuidadas antologías: El laberinto del lenguaje de Max Black, Problemas del desarrollo y de la integración, de Marcos Kaplan, Ser, verdad y fundamento, de Martin Heidegger, Dialéctica y derecho en Hegel, de Eduardo Vásquez, Ensayos sobre Sartre, de Federico Rui, el colectivo Estudiantes y política en América LatinaHistoria de la imaginación viciosa, de Elemire Zolla, La realidad mexicana en su novela de hoy, de Domingo Miliani, Tendencias del teatro contemporáneo, de Isaac Chocrón, Ensayos literarios de Ezra Pound, antologados y prologados por T.S. Eliot, El teatro de Jean Genet, de Lucien Goldman, Introducción a la literatura de Brasil, de Antonio Cándido, El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal (con entrevistas profundas a Max Aub, Cabrera Infante, Juan Goytisolo y Ernesto Sábato, entre otros), Nuevos narradores colombianos, antologados por Fernando Arbeláez, Narradores peruanos, por José Miguel Oviedo, Los habitantes, de Salvador Garmendia, Nuevo diario de Noé, de Germán Arciniegas, los relatos contenidos en Los huéspedes, del exiliado español Segundo Serrano Poncela, los supuestos Cuentos completos de Onetti o la edición venezolana de Borges, el poeta, de Sucre, entre otros varios títulos, también en estas mismas líneas. Desde luego, un primer año bastante espectacular.

Quizá el perfil que se desprende de los primeros títulos publicados basta para comprender que Monte Ávila no tardara en ser conocida como «el Fondo de Cultura de Venezuela», en alusión a la célebre editorial mexicana, fundada también con el patrocinio de instituciones gubernamentales, aunque tampoco le hubiera sentado mal el epíteto de «Casa de las Américas de Venezuela». Pero la importancia de Monte Ávila en su contexto es precisamente haber creado un plan de publicaciones con una intencionalidad clara y a largo plazo, destinado a dar a conocer el pensamiento universal y la literatura venezolana, y con una conciencia muy clara, además, del momento histórico en que nacía. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de traducciones –por lo menos en la primera década, hasta que las dificultades económicas hicieron que disminuyera su número–, así como la atención dedicada a temas como los movimientos estudiantiles, la sociología, la antropología, la filosofía contemporánea o los estudios literarios, temas clave que hasta entonces habían llegado al lector venezolano a través de editoriales argentinas, mexicanas y, en menor medida, colombianas y chilenas. Y, más allá, lograr exportar sus libros a los países vecinos.

Su condición de editorial sin ánimo de lucro permitió que, además, Monte Ávila se convirtiera también en la plataforma idónea desde la que dar a conocer a autores hasta entonces completamente inéditos, y es innegable que sin ella difícilmente se hubieran podido dar a conocer autores como el poeta y luego editor de La Liebre Libre Harry Almela (1953-2017), la poeta nacida en Perú Martha Kornblith (1954-1997), la poeta y asistente de producción en Monte Ávila Stefania Mosca (1957-2009), el periodista y narrador de origen español Eloi Yagüe Jarque (n. 1957), la periodista y narradora hoy en Chile Mireya Tabuas (n. 1964) o la también narradora actualmente en Nueva York Lyda Aponte de Zacklin.

La misma circunstancia le permitió convertirse muy pronto en la gran editorial de poesía y teatro venezolano, géneros apenas divulgados tanto por las pequeñas editoriales sin capacidad para hacer llegar su trabajo más allá de sus fronteras, como por las de mayores dimensiones, que a menudo los consideraban, no siempre acertadamente, géneros de escasas ventas. El dramaturgo y traductor Isaac Chocrón (1930-2011), de origen sefardita, fue el impulsor y director literario de la Colección Teatro, dedicada tanto a obras de creación como de estudio: 13 autores del nuevo teatro venezolano (1971), compilado por Carlos Miguel Suárez Radillo; Tarántula (1975), de Rodoldo Santana; Resistencia (1975), de Elidio Peña; El Dorado y el amor (1989), de Ugo Ulive; Birmanos y otras piezas (1991), de Blanca Strepponi; Encuentro en Caracas (1993), de Luis Chesney Lawrence, así como Un enfoque crítico del teatro venezolano (1975), de Rubén Monasterios, Grotowski, de Raymonde Temkin o el colectivo El teatro y su crisis actual (1992).

Una colección singular es Warairarepano (nombre oficial del parque nacional de El Ávila), que a principios del siglo XXI publicó en lenguas indígenas en edición bilingüe (con traducción al español) títulos sobre todo de literatura infantil y acompañados de cedés, como El violín mágico (2005), de Antonio Lorenzano, adaptado por Beatriz Bermúdez Rothe (al español) y Esteban Emilio Mosonyi (al warao) e ilustraciones de María Isabel Hoyos; El árbol que daba sed (2005), de Kane Wa, con ilustraciones de Oswaldo Rosales; Abuela de las garzas (2005), adaptado al castellano por Daniel Otero e ilustrado por Oswaldo Dumont, con annexos informativos sobre el pueblo indígena de los Piaroa; o El sobrino desobediente (2006), de Manuel Velázquez, ilustrado por Iván Estrada. Para ello contaron con el apoyo financiero del Banco Central de Venezuela, pero este es solo uno de los ejemplos en esta línea, pues no son pocas las coediciones de literatura en lenguas indígenas en las que ha participado Monte Ávila, acompañado de otros organismos nacionales o internacionales, como es el caso de la Unesco y la ONU.

En los equipos de editores, además Chocrón y de Milla, que impulsó la colección Documentos, adquirieron prestigio Óscar Rodríguez Ortiz, que puso en marcha Ante la Crítica; Alberto Rosales al frente de Pensamiento Filosófico, o Juan Luis Delmont con la colección Memoriabilia, pero también fue un trampolín para traductores como Julieta Fombona (esposa de Sucre), cuyas traducciones de Marcuse tuvieron amplísima difusión a través de Alianza Editorial; el filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti, autor de una muy reconocida versión de la Poética de Aristóteles, o Pierre de Place (traductor de André Breton, entre otros autores franceses).

Durante un breve período de tiempo, el catálogo de Monte Ávila circuló con cierta facilidad por España, gracias al tímido intento en 1977 de abrir una sede en Barcelona (inicialmente sólo como distribuidora) y pese a publicar Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel (que en 2007 reeditaría en España la editorial de la fundación de extrema derecha FAES Gota a Gota) o las novelas El indeseable, de Regis Debray y La última conquista de El Ángel, de Elvira Orpliré, entre algunas otras obras importantes (de Manuel Scorza a Reinaldo Arenas), el proyecto no tuvo la necesaria continuidad para cuajar.

Fuentes:

Web de Monte Ávila Editores.

Anónimo, «Cincuenta años de Monte Ávila», Nodal Cultura, s.f.

Anónimo, «La Monte Ávila de antaño», en el blog de Ediciones Letra Muerta, 12 de noviembre de 2017.

Alexis Márquez Rodríguez, «La función de la Editorial Monte Ávila en el proceso de la literatura venezolana», en Karl Kohut, comp., Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano, Fondo Editorial de Humanidades, 2004, pp. 85-93.

Redacción, «Monte Ávila Editores», Qué Leer, 4 de abril de 2018.

Alejandra Torres Torres, «Semblanza de Editorial Alfa», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

José Bolea, un editor valenciano en México

El valenciano José Bolea (1903-1987) llegó a México sin apenas experiencia como editor, pero si tenía a sus espaldas un amplio conocimiento del mundo de la letra impresa. Huérfano de padre desde los trece años y de madre desde los veinte, mientras cursaba Derecho, desde muy joven empezó a trabajar en La Correspondencia de Valencia y posteriormente como redactor y crítico teatral en Las Provincias, y se estrenó como narrador con el relato Lo que ningú sap (1934), firmada con el seudónimo Josep Alcira y pubilcada originalmente en la colección Nosra Novel·la con ilustraciones de Antoni Vercher i Coll (1900-1934), colaborador también de Las Provincias.

Sin embargo, en tiempos de la Segunda República sus pasos parecían encaminarse hacia la literatura dramática en lengua española, pues en 1932 publicó y estrenó la pieza escrita a cuatro manos con el director de Nostra Novel·la, Francesc Almela i Vives (1903-1967), Lenin, escenas de la revolución rusa (biografía en un prólogo, dos partes y siete cuadros), que el 5 de noviembre, en plena guerra civil, se repuso en el Apolo de Valencia a cargo de la compañía de Salvador Sierra y posteriormente en Madrid y Barcelona. Previamente, había publicado en la colección semanal El Cuento Nuevo Romanza sin palabras (1934) y durante la guerra se centró en el periodismo y en tareas en la Subsecretaría de Propaganda en Barcelona. Exiliado inicialmente a Francia, y tras pasar por el campo de refugiados de Argelés, consiguió llegar a México a bordo del Flandre el 21 de abril de 1939.

Interior, con ilustraciones de Alma Tapia, del volumen de Merimée traducido por Enrique Díez-Canedo.

Colaborador del periódico Excélsior y de la revista Estampa, pronto se convierte en editor de la revista La Semana Cinematográfica, donde tiene como colaborador al ensayista Francisco Pina Brotons (1900-1971) y en la que publicó adaptaciones noveladas de guiones cinematográficos. Sin embargo, con la fundación de las imprentas Edimex y Fototipográfica Editorial se encarrila decididamente por la creación editorial y su primer proyecto en este sentido, en colaboración con Vicente Gómez Ambit, fue la Editorial Leyenda, en 1941, centrada sobre todo en libros de historia y arte (también en novela amorosa en la colección Eros), en la que colaboraron sobre todo exiliados republicanos en las más diversas tareas, desde la autoría (Juan de la Encina, Juan Rejano, Joaquim Xirau…), la edición literaria (Agustín Millares Carlo, Ignacio Mantecón), hasta la ilustración (Miguel Prieto, Juan Renau, Ramón Gaya, José Moreno Villa, Rodríguez Luna…) y en particular la traducción (Isabel de Palencia, Enrique y Joaquín Díez-Canedo, Adolfo Sánchez Vázquez, Paulino Masip, Antonio Sánchez Barbudo, Ramon Xirau o, entre otros, José Tapia Bolívar, que en 1966 llegaría a ser director de Alianza Editorial Mexicana.). No son raros tampoco los casos en que un mismo escritor aparece en el catálogo de Leyenda como autor y como traductor.

De 1943 es por ejemplo la traducción del leridano Paulino Masip (1899-1963) de Salambó, de Flaubert, con ilustraciones del artista valenciano Josep Renau (1907-1982), aparecida en la colección Eros, Obras Maestras de la Literatura Amorosa, publicado también en 1946 en Atlántida (y de la que se hizo una edición facsímil en 2014 [Valencina de la Concepción, Ediciones Ulises]). Asimismo de 1943 es un volumen que incluye las traducciones del poeta y crítico extremeño Enrique Díez-Canedo (1879-1944) de Carmen, Mateo Falcone y Las almas del Purgatorio, de Merimée, con óleos y acuarelas del valenciano Carlos Ruano Llopis (1878-1950) y viñetas de la ilustradora y cartelista madrileña Alma Tapia (1906-1993). De ese mismo año es una edición numerada en la colección Eros de La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, traducida también por Díez-Canedo e ilustrada por la artista valenciana Manuela Ballester (1908-1994), quien había formado parte con Josep Renau, Tonico Ballester y Francisco Carreño entre otros artistas de Agrupació Valencianista Republicana y había diseñado portadas para la colección Nostra Novel·la (ganó además el premio convocado por la editorial Cénit para la de Babit, de Sinclair Lewis). En colaboración con su hijo Joaquín, Enrique Díez-Canedo firma también la traducción de Vida de Julio César (1944), de Dumas, publicada en dos volúmenes (de 250 y 260 páginas) en la colección Atalaya.

Y de 1944 es también por ejemplo una edición ilustrada por el murciano Ramón Gaya (1910-2005) de Naná, de Émile Zola, traducida por la archivista y actriz madrileña Blanca Chacel (1914-2002), menos conocida que su hermana mayor Rosa (por entonces exiliada en Buenos Aires). Otras obras publicadas en Leyenda ese mismo año son Doménico Greco y Velázquez, pintor del Rey nuestro señor, del historiador y crítico del arte bilbaíno Juan de la Encina (Ricardo Gutiérrez Abascal, 1883-1963); una muy denostada e incompleta traducción firmada por J. M. Fernández Pagano (¿seudónimo?) de Las flores del mal, de Baudelaire, con ilustraciones en blanco y negro y a color del pintor pontevedrés Arturo Souto (1902-1964); El Resucitado. El hijo del hombre retorna a la vida, de D. H. Lawrence, en traducción de Tapia Bolívar, autor también del prefacio; en la colección Atalaya Las artes decorativas y su aplicación, del crítico de arte catalán Enrique Fernández Gual (1907-1973) y, entre otros títulos, o Vida, pensamiento y obra de Bergson, del también catalán Joaquim Xirau (1895-1946).

El año siguiente prosigue publicando Leyenda a un ritmo muy similar, y encuadrando sus publicaciones en Barlovento, Carabela y las ya mencionadas colecciones eros y Atalaya. En esta última, por ejemplo publican en 1945 el escritor y pintor andaluz José Moreno Villa (1887-1955) sus cuentos con el título Pobretería y locura, y el musicólogo madrileño Adolfo Salazar el segundo de sus libros de ensayos de tema no musical, Delicioso, el hereje y otros papeles. Pequeñas digresiones sobre la vida y los libros; en Eros aparece una “versión y adaptación” del escritor aragonés Benjamín Jarnés (1888-1949) de Paraísos, de Auguste Germain, con ilustraciones de Juan Renau (1913-1990).

Sin embargo, no tardaría mucho José Bolea en emprender una nueva iniciativa editorial, con el nombre de Centauro (no confundir con El Centauro venezolano de José Agustín Català), cuya línea no es excesivamente distinta a la de Leyenda y se mantiene la colaboración con muchos de los traductores con los que ya había trabajado en Leyenda, pero en la que se advierte un cierto interés por literaturas orientales poco exploradas hasta entonces por la edición en lengua española, y que quizá contribuyan a explicar la decisión tomada por Bolea, que explicó del siguiente modo:

Por discrepancia con mis socios emprendo una nueva empresa editorial. Allí publiqué los ensayos de Juan Renau sobre Dibujo técnico [1946; coescrito con Elisa Renau] y de José Renau [1907-1982] sobre la Enciclopedia de la imagen. También publiqué diversas novelas como Llanura  [1947] de Manuel Andújar y Abz-il-Agrib [sic; ] de Juan José Domenchina.

En realidad, en Leyenda se publicó en 1946 una Enciclopedia de la imagen y el amor (Estampas galantes del siglo XVIII) que es el libro de Josep Renau al que parece referirse Bolea, y El diván de Abz-ul-Agrib es una traducción de Domenchina de la obra previa  de Ghislaine de Thédenat, publicada en 1945 en Centauro con ilustraciones de Alma Tapia. En cualquier caso, la de Centauro –si bien con Bolea y buena parte de sus colaboradores como nexo– es ya otra historia.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento-Gexel, 2016.

Manuel García, Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975), Valencia, Universitat de València, 2014.

Lizbeth Zavala Mondragón, «El exilio español en México y la traducción literaria», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 11 (2017).

El diván de Abz-ul-Agrib, ilustrado por Alma Tapia.

Edición de literatura en lenguas quechuas

«el quechua ha sido perseguido no solo por los hispanistas, sino por los mismos nativos que creen que hablando castellano superan su situación. Y no es así.»

Demetrio Túpac Yupanqui

 

En el año 2016 se censaron unos 7.800.000 hablantes de lenguas quechuas, distribuidos entre el suroeste de Colombia, Ecuador, Perú, el norte de Chile, Bolivia y el norte de Argentina. Sin embargo, y pese a ciertos avances en el siglo XXI, la escasez de publicaciones que ha generado (derivada también de una desunificación notable y de discrepancias sobre su escritura) es asombrosa en relación con su uso (a título comparativo: el neerlandés contabiliza unos 40.000 hablantes, repartidos por once países, en siete de los cuales es oficial: Países Bajos, Bélgica, Curazao, San Martín, Aruba, Caribe Neerlandés y Surinam, además de ser lengua oficial también en la Unión Europea y en la Unión de Naciones Suramericanas).

Dada su preponderante transmisión oral y teatral, los primeros grandes estudios modernos sobre la materia se dieron en el campo de la poesía, como es el caso de la tesis Poesía quechua escrita en Perú (1992, 2016), de Julio Noriega, y en antologías bilingües como Poesía aborigen (1984), del peruano Alejandro (1926-2008), cuyos antecedentes eran recopilaciones traducidas, generalmente al español o al francés (como la Poesía quechua [1964],  de José María Arguedas o Literatura quechua [1984] de Edmundo Bendezú). En España, en 1994 las madrileñas Ediciones de la Torre le publicaron a Abdón Yaranaga (profesor de quechua de la Universidad de París VIII-San Denís) una edición bilingüe de El tesoro de la poesía quechua/ Hawarikuy Simipa Illan.

Sin embargo, ya de 1981 es la edición en quechua de una de las novelas más conocidas del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márzquez (1927-2014), Crónica de una muerte anunciada (Mushuc quelica huanuyta yachasha huillarca), aparecida con pie de Editorial Oveja Negra, en Bogotá, Lima y Quito, y llevada a cabo por el antropólogo e historiador ecuatoriano Alfredo Costales (1925-2015), a petición del propio autor colombiano. Vale la pena señalar que La Oveja Negra, con el editor de ascendencia vasca José Vicente Kataraín al frente desde 1977, no sólo era la editora colombiana de García Márquez, sino que durante un tiempo publicaba en exclusiva su obra literaria en toda América (salvo en Argentina).

Y ya previamente, en los años setenta, el quechua había ido ganando terreno tanto en las ondas, mediante la creación de emisoras total o parcialmente en esta lengua, como en publicaciones periódicas como las Éditions Patiño de Ginebra, dedicada a la edición bilingüe de poesía, Jayma de la Paz, dirigida por Félix Layne, o Conosur, dirigida por Inge Sichre, o con iniciativas como el Proyecto Bilingüe de Pumo o las ediciones del Centro Las Casas del Cusco.

Ya en el siglo XXI, se publicó en París una edición bilingüe importante de literatura quechua, Achikyay Willaykuna/ Contes du lever du jour (2001), de Porfirio Meneses Lazón, en traducción y prologada por  César Itier y llevada a cabo por Langues et Mondes-L’Asiathèque. La posición ampliamente reconocida de Meneses Lazón como maestro de la literatura quechua se la debe entre otros méritos a la traducción a esa lengua de Los heraldos negros y  Trilce, de César Vallejo, publicadas respectivamente en 1997 en la limeña Universidad Nacional Federico Villarreal y en 2008 en el servicio de publicaciones de la también limeña Universidad Ricardo Parma, además de a su obra poética propia en quechua y a algunas otras traducciones significativas (de veinticinco poemas de García Lorca, entre ellas).

El ya mencionado Centro de Estudios Andinos Bartolomé de las Casas, en colaboración con el Instituto Francés de Estudios Andinos y la Asociación Pukllasunchis, publicó en el año 2002 Quyllur llaqtayuq wawamanta, versión quechua de El principito, de Antoine de Saint-Éxupery (1900-1944) obra de Lydia Cornejo Endara y César Itier.

Poco después apareció la primera parte de otra obra emblemática de la literatura universal, El Quijote (Yachay sapa wiraqucha dun Qvixote Manchamantan, 2005), gracias a la labor del traductor peruano Demetrio Túpac Yupanqui (1923-2018), a quien se la había encargado el periodista y promotor cultural español Miguel de la Quadra-Salcedo (1932-2016), y fue ilustrado por artistas diversos de San Juan de Sarhua. La tarea se completó en 2015 con la aparición de la segunda parte de la obra cervantina.

Al año siguiente aparecía la edición en quechua de Platero y yo, en una edición dirigida por el boliviano Alfonso Bilbao y con el texto traducido por Tito Tórrez, en una iniciativa llevado a buen puerto por la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez, en colaboración con la Diputación de Huelva, la Universidad de Huelva y la Universidad Internacional de Andalucía.

En esta progresión, en 2015 el Ministerio de Cultura de Perú anunció un muy ambicioso proyecto, Clásicos de la Literatura Latinoamericana en Quechua, a cuyo frente se puso al poeta y editor Luis Nieto Degregori, y que se proponía la edición de traducciones al quechua, en una primera fase, de obras de García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti y Clarice Lispector. Aun así, si bien algunas de estas traducciones se anunciaron como ya concluidas, al parecer no llegaron a publicarse o a distribuirse.

Si la inmensa mayoría de estas iniciativas destinadas a poner a disposición del lector en quechua las grandes obras de la literatura universal reciente (y muy particularmente la literatura en español) se han publicado mediante iniciativas institucionales, más escasa ha  sido la traducción a otras lenguas de obras escritas originalmente en quechua (pese a la existencia de ediciones bilingües de poesía al francés y español) y la edición en quechua de obras escritas originalmente en esta lengua, así como de obras vinculadas a las culturas con las que se identifican, han corrido a cargo de algunas editoriales privadas con clara vocación social y cultural, como es el caso de las peruanas Pakarina Ediciones, Altazor, Editorial San Marcos o algunas pequeñas editoriales unipersonales y artesanas.

Sin embargo, más deficitario aún es el estado de las traducciones y publicaciones de obras escritas originalmente en quechua a otras lenguas, en particular en lo que se refiere a textos novelescos y memorialísticos, cuando, al decir de Itier ya en 1999: «Desde hace algunos años, se observa una intensificación de la práctica escrita del quechua. Algunos escritores, autores de cuentos en ese idioma, están creando en él una prosa de ficción que no se basa en la tradición oral sino que constituye creaciones literarias originales», y menciona los nombres de narradores quechuas como Porfirio Meneses, Sócrates Zuzunaga, Macedonio Villafán Broncano y José Oregón Morales, que lamentablemente apenas son conocidos más allá de sus reducidos ámbitos de influencia local.

Fuentes:

Ricardo Ayllón, «Entrevista a Willy del Pozo», Las fugas del ornitorrinco, 28 de mayo de 2008.

Lorena Chauca, «Don Quijote en quehua», Allillanchu, 19 de octubre de 2010.

P.L., «Clásicos de la literatura latinoamericana se traducen al quechua», blog de Radio Cadena Agramonte, 29 de agosto de 2015.

Luis Enrique López e Ingrid Jung, coord., Sobre las huellas de la voz. Sociolingüística de la oralidad y la escritura en su relación con la educación, Madrid- La Paz- Bonn, Morata, PROEIB-Andes (Programa de Formación en Educación Intercultural Bilingüe para los Países Andinos), DSE (Deutsche Stiftung für Internationale Entwicklung), 1998.

Andrés Rodríguez, «Gabo y Vargas Llosa, al rescate del quechua», El País, 12 de septiembre de 2015.

s/f., «La edición bilingüe de Platero y yo en quechua y español se presenta en Bolivia», La Vanguardia, 22 de febrero de 2016.

Virginia Vílchez, «Ediciones Altazor y las bibliotecas regionales», Librosperuanos.com, mayo de 2008.

Ulises Juan Zevallos Aguilar, «Transformación de la nueva narrativa quechua del Perú cobntemporánea (2010-2014)», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 39/1 (otoño de 2014), pp. 437-454.

El «pobre Alaminos», un técnico editorial del FCE que sabía muchas cosas

La vida profesional de Luis Alaminos y Peña (1902-1955) en el ámbito de la edición tuvo su etapa culminante cuando, coincidiendo con el fin de la segunda guerra mundial y la muerte de su esposa (Dolores Guerrero), se trasladó a México y entró en el Fondo de Cultura Económica, donde llevó a cabo una importante labor como traductor, revisor de traducciones y técnico editorial.

Nacido en Almuñécar (Granada), su entrada en el mundo editorial se produjo en la editorial Espasa-Calpe, en cuya famosísima enciclopedia colaboró como redactor, pero la insurrección militar que desencadenó la guerra civil española le encontró ya como inspector general de primera enseñanza en la provincia de Málaga (tras haberlo sido desde 1933 en Almería); en cuanto las tropas franquistas conquistaron la ciudad, el 6 de diciembre de 1937 se publicaba en el Boletín Oficial del Estado la siguiente decisión tomada por la Comisión de Cultura y Enseñanza: «La separación definitiva del servicio de don Luis Alaminos Peña, debiendo ser dado de baja en su escalafón, e inhabilitarle para el desempeño de cargos directivos y de confianza en Instituciones Culturales y de Enseñanza». Al término de la guerra Alaminos se exilió, inicialmente a Francia y con posterioridad consiguió llegar a Santo Domingo.

Imagen de la conocida como “desbandá” (7 de febrero de 1937): la huida de los civiles malagueños republicanos por la carretera a Almería, donde fueron reiteradamente bombardeados por la aviación franquista.

Allí, gracias en parte a una carta de recomendación de quien fuera ministro de Justicia, Fernando de los Ríos, fechada en Nueva York el 3 de diciembre de 1939, Alaminos se estableció con relativa facilidad. Impartió clases de psicología aplicada a la Pedagogía y de Didáctica en la Universidad de Santo Domingo, de cuya facultad de Filosofía era catedrático (1943-1945), después de haber colaborado con la sección técnica de la Secretaría de Educación (1940-1942) y con el Instituto de Investigaciones Psicopedagógicas (1943).

Alaminos se relacionaba con frecuencia con los numerosos exiliados españoles en la isla, como el historiador de la literatura Vicente Llorens (1906-1979), el diplomático y periodista Alfredo Matilla Jimeno o el hombre de teatro Alberto Paz (1915-1967), con quienes compartían veladas musicales en casa de la pianista Manuela Jiménez, a los que asistía también el conocido compositor Enrique Casal Chapí (1909-197), o en la casa de este último –«la típica casita de una planta, con su pequeño jardín, que el filarmónico dejó convertir en selva tropical», según la descripción de Llorens– , en tertulias a las que asistió también Segundo Serrano Poncela (1912-1976), quien en aquellos años se había convertido en periodista (La Información), colaborador muy activo de revistas como Reaildad y redactor único de Panoramas, así como en autor de una incipiente obra ensayística compuesta por Un peregrino español (1940) y El alma desencantada y otros ensayos (1941).

De izquierda a derecha: V. Llorens, Leo Spitzer, Pedro Salinas y Jorge Guillén.

A su llegada a México, Alaminos fue contratado como profesor en el instituto Luis Vives, fundado en 1939 por el SERE (Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles) a iniciativa del médico y científico José Puche Álvarez (1895-1979), y no tardó en hacer incursiones como colaborador en algunas revistas vinculadas a instituciones educativas. Entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, por ejemplo, escribió razonadas y muy bien escritas reseñas bibliográficas en Universidad de México. Órgano de la Universidad Nacional Autónoma de México, que dirigía Rafael Corrales Ayala Jr. y entre cuyos colaboradores habituales se contarían Alí Chumacero, Francisco González de Cosío, Efraín Huertas, Julio Torri y Leopoldo Zea, entre otros. Más adelante publicaría también ocasionalmente crítica literaria y artística en cabeceras como El Nacional.

Dentro del FCE, Alaminos formó parte del ya casi mítico departamento técnico formado por republicanos españoles que encabezaba Joaquín Díez Canedo (1917-1999), acompañado por los no menos prestigiosos Eugenio Imaz (1900-1951) y Francisco Giner de los Ríos. La entrada de Alaminos, junto con la de Sindulfo de la Fuente (1886-1956) y las primeras incorporaciones de mexicanos, Antonio Alatorre (1922-2010) y Juan José Arreola (1918-2001), se produjo muy poco después de su llegada a México, antes de 1947, para cubrir la salida de Giner y de Herrera.

Max Aub, Joaquín Díez Canedo, Alí Chumacero, Agustín Yáñez y Ricardo Martínez.

Víctor Díaz Arciniegas ha subrayado la importancia de este grupo en la conformación del lenguaje científico en México, mediante sobre todo la indispensable creación de neologismos:

los miembros del Departamento Técnico [del FCE] (en particular Luis Alaminos, cuyos conocimientos léxicos y gramaticales a todos sorprendían, y José Gaos, Wenceslao Roces y Eugenio Imaz, cuyas experiencias como traductores eran las más amplias dentro de obras muy complejas) discutían algunos conceptos ingleses, franceses o italianos para los que no existía un equivalente exacto en español.

A finales de la década, Alaminos tuvo un papel protagonista, con Díez-Canedo, en la ampliación del equipo de colaboradores cuando Alatorre y Arreola abandonaron la casa, coincidiendo con el nacimiento de la colección Breviarios, que conllevaba un aumento muy notable del trabajo en el departamento. De su mano entró, por ejemplo, Alí Chumacero (1918-2010)

El nombre de Alaminos aparece al pie de traducciones o revisiones muy leídas publicadas entre finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, como el Diccionario de Psicología (1948), de Howard C. Warren (en colaboración con Imaz y Alatorre); Arte y sociedad (1948), de Roger Bastide; Esquema de la matemática actual (1951), de E.C. Titchmarsh; El hombre y sus obras: ciencia de la antropología cultural (1952), de Jean Herskovits Melville, o la Historia de los mapas (1956) de Gerald Roe Crone, actividad que todos los miembros llevaban a cabo al margen de su tarea en el seno de la editorial.

En 1951 apareció la canónica traducción del eminente filósofo español José Gaos (1900-1969) de El Ser y el Tiempo de Heidegger para el FCE, y en los agradecimientos de la misma se pone de manifiesto que fue Alaminos el responsable de la edición. Hizo también índices para diversas de las traducciones de libros de Marx que había llevado a cabo Wenceslao Roces, quien curiosamente había sido su superior como subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública (y como tal lo había nombrado en septiembre de 1936 agregado, a las inmediatas órdenes de la Dirección General de Primera enseñanza). Los nombres de Alaminos y Roces coincidirían también en el comité de redacción de Nuestro Tiempo. Revista de Española de Cultura (julio de 1949-septiembre de 1951), en el que los acompañaban otros notables exiliados, como Antonio Ballesteros, Josep Renau, Luisa Carnés, Adolfo Sánchez Vázquez, Juan Rejano, etc.

Es muy probable que uno de los últimos servicios que Alaminos pudo prestar al Fondo antes de su muerte fuera la escritura del texto referido a las colecciones de Ciencia y Tecnología que se publicaron en el catálogo general de 1955, que conmemoraba los primeros veinte años de la creación formal de la empresa.

El lóngevo escritor y bibliófilo Andrés Henestrosa (1906-2008) dejó constancia del reconocimiento y prestigio de que gozaba Alaminos en el momento en que inesperadamente falleció:

Y ayer, nada más, el día 28, murió de muerte repentina, Luis Alaminos Peña, ilustre maestro español, desterrado por sus ideas en nuestro país. Alto empleado del Fondo de Cultura Económica, hizo por los libros mexicanos una labor llena de nobleza y de fervor, a la que nadie negó su aplauso, aun en vida de don Luis.

Por su parte, escribe Max Aub (1903-1972) en sus diarios, no se sabe si a modo de colofón, epitafio o pilón: «Enterraron hoy al pobre Alaminos: era un hombre gordo, simpático y que sabía muchas cosas».

Max Aub.

Fuentes:

Max Aub, Nuevos diarios inéditos, edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio: Memorias del Exilio. Anejos 4), 2003.

Ma. Luisa Capella, «El Fondo de Cultura Económica y los exiliados españoles en México», en Alfonso Guerra y Virgilio Zapatero, coords., Exilio, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 2009, pp. 154-159.

Victor Díaz Arciniegas, «Oficio y beneficio: traductores y editores del FCE», Historia de la Casa. El Fondo de Cultura Económica, 1934-1994, México, FCE, 1994, pp. 75-

Andrés Henestrosa, Alacena de minucias, 1951-1961, introducción y selección de Adán Cruz Bencomo, México D.F, Miguel Ángel Porrúa-Cámara de Diputados, 2007.

Silvia Jofresa, «Alaminos y Peña, Luis», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los Escritores, Editoriales y Revistas del Exilio Republicano de 1939, vol. I, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2016, p. 40.

Vicente Llorens, Memorias de una emigración, Santo Domingo, 1939-1945, Barcelona, Ariel (Horas de España), 1975.

Las dos primeras etapas de la revista D’Ací i d’Allà y el mundo del libro

El número 179, publicado en diciembre de 1934, ha bastado para que la revista D’Ací i D’allà haya pasado a la historia de las artes gráficas como uno de los principales ejemplos y más logrados de publicación periódica vanguardista. Patricia Córdoba ha subrayado acerca de ese número la «extraordinaria calidad en la reproducción de las obras de arte, [que] tenía su complemento idóneo en los artículos de J.V. Foix, Carles Sindreu, Sebastià Gasch y Magí A. Cassanyes, entre otros» y acerca de las reproducciones fotográficas, tanto en blanco y negro como en color, destaca también la «óptima calidad que aún resaltaba más las obras de arte originales».

Portada del famosísimo número extraordinario de invierno de 1934, con la encuadernación original mediante espiral metálica.

Vale la pena echar un vistazo a este extraordinario número de D’Ací i D’allà, dirigido por Josep Lluís Sert (1902-1983) y Joan Prats (1881-1970) para evaluar la justicia de esta valoración, pero, en cualquier caso, basta un repaso al índice de sus colaboradores para hacerse una idea de la ambición que alentaba este proyecto, que se proponía hacer un balance de la historia del arte en las tres primeras décadas del siglo XX: Tras una portada de Joan Miró (1893-1983), una pléyade de textos encabezados por uno del director de la revista, Carles Soldevila (1892-1967), a quien siguen el pintor de origen asturiano Luis Fernández (1900-1973), el crítico y editor, además de fundador de Cahiers d’art, Christian Zervos (1889-1970) , el mencionado arquitecto e impulsor del GATEPAC Josep Lluís Sert, el poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987), el publicista vinculado tanto al GATEPAC como al grupo ADLAN Carles Sindreu (1900-1974), el crítico Magí Albert Cassanyes (1893-1956), el crítico colaborador de Cahiers d’art Anatole Jakovski (1907-1983) y el también crítico Sebastià Gasch (1897-1980). Y en cuanto al arte, un compendio de lo que hoy son algunos de los nombres más representativos de las artes visuales del primer tercio del siglo XX: Tricomias de obras de Picasso, Braque, Gris, Léger, Kandinsky y Dalí, un pochoir original de Miró, y reproducciones en blanco y negro de obras de Ernst, Duchamp, Arp, Picasso, Matisse, Derain, Brancusi, Le Corbusier, Gris, Rousseau, Modrian, Léger, Giacometti…

Páginas interiores, dedicadas a Miró, en el mismo número.

Con este número, la revista que entonces dirigía Soldevila, con el apoyo de Antoni López Llausàs (1888-1979), se ganaba un puesto de honor en la historia de la prensa artística, pero para entonces D’Ací i D’allà ya tenía una notable trayectoria a sus espaldas y, de hecho, estaba afianzando una brillante tercera época que, como no podía ser de otra manera, quedaría truncada por la guerra civil española.

Cubierta del primer número, de Labarta, con el título original, D´Ací D´Allà.

El primer número, con el título ligeramente distinto (D’Ací D’allà, magazine mensual) se remontaba al 10 de enero de 1918, en el ámbito de Editorial Catalana, bajo la dirección del poeta Josep Carner (1884-1970) y con una estética claramente vinculada al art déco muy consecuente con el noucentisme que destila esta primera y breve etapa. El primer volumen, con portada de Francesc Labarta (1883-1963), un formato de 245 x 170 y 98 páginas, ya da un tono de lo que serán sus colaboradores y, por lo que atañe a los grafistas, muchos de ellos tendrán una implicación importante en el diseño e ilustración de libros, como es el caso de Joan d’Ivori (Joan Vila i Pujol, 1890-1947), Valentí Castanys (1898-1965), Pere Pruna (1904-197) o el nieto del impresor que inventó el submarino, Emili Pascual Monturriol (que firmaba Pal), quien llevaría a cabo una profunda renovación de la editorial Apolo.

Cabecera e índice del primer número.

A finales de 1919 asume la dirección el también escritor y «pluma para todo» Ignasi M. Folch i Torres (1884-1927), y durante su dirección se produce un cambio de formato, que pasa a ser de 330 x 245 (en julio de 1924) y de maquetación (en enero de 1931), pero quizá lo más notable sea el progresivo cambio en las portadas y el cada vez mayor protagonismo de la fotografía, aspectos en los que probablemente tenga que ver la influencia de quien llegaría a figurar explícitamente como director de arte, Josep Sala Tarragó (1896-1962). De nuevo aparecen entre los diseñadores de portadas gente muy vinculada al mundo del libro, como los mencionados Junceda, Castanys o Pruna, a los que se añaden Lola Anglada (a quien Soldevila hizo una interesante entrevista en el número de agosto de 1924 y de quien es la portada Radiotelefonia, de enero de 1925), Apa (Feliu Elias), Dalí (de quien se reproduce Figura en una finestra, como portada del número 97, de enero de 1926), Quelus (Miquel Cardona i Martí, 1908-1964), Ramon Martí Alsina (1826-1894), el excelente grabador Enric C. Ricard (1893-1960), Feliu Elias (1878-1948), el pintor Joaquim Mir (1873-1940)…

En relación al mundo de la edición de libros, resulta notable el caso de la traducción del libro de Okakura Kakuzo El llibre del tè, que empieza a publicarse entre los números 104 y 108, con la firma de Carles Soldevila como traductor. Y es curioso porque existe una edición de este mismo libro en rústica como número 19 de la colección Bibiloteca Univers, publicada por la Llibreria Catalonia de López Llausàs, en la que el traductor se esconde bajo el seudónimo Marçal Pineda, y otra edición probablemente posterior ilustrada por quien sería uno de los colaboradores fundamentales de la tercera etapa de D’Ací i D’allà, Will Faber (1901-1987), numerada y encuadernada mediante un cordel de seda.

Página interior del número de junio de 1920.

En un sentido similar, en su afán por conseguir textos que poder publicar durante los duros tiempos de la guerra civil en sus benemérita Biblioteca de la Rosa dels Vents, Josep Janés se sirvió de algunas traducciones extraídas de números de la revista D’Ací i D’allà, llevadas a cabo por su amigo Josep Miracle (1904-1998), quien, antes de partir al frente, le entregó los volúmenes de dos años de esa publicación «para que pudiera seguir manteniendo la Biblioteca de la Rosa dels Vents a base de aprovechar las mejores o más extensas traducciones que allí había publicado», y de Miracle son las traducciones de Quasi blanca, de Claude McKay, y El pescador d´esponges de Istrati, El somni de Makar, de Vladímir Korolenko, números 209, 210 y 221 respectivamente de los Quaderns Literaris de Janés (correspondientes a los 62, 63 y 74 de Rosa dels Vents). Miracle, que había entrado en D´Ací i D´Allà inicialmente como corrector, se convirtió en poco menos que un chico para todo en la revista, sin redactores (que más que dirigir, Soldevila se limitaba a coordinar), y a él corresponden muchos de los seudónimos empleados en esos números, como es el caso por ejemplo de Josep Píus i Lluís, que firma una traducción de Joyce («Un nuvolet»). Por aquella época, Miracle trabajaba en el sótano de la calle Diputació donde la Catalònia tenía también la imprenta.

Ilustración de Apa para el número de agosto de 1924.

Una última curiosidad es que, cuando el prestigioso diseñador Ricard Giralt-Miracle, tras su paso por los campos de refugiados franceses y unos inicios difíciles en el destrozado panorama de las artes gráficas en la posguerra, se estableció por su cuenta, recuperó una maquina plana en la que se habían impreso los últimos números de D’Ací i d’Allà.

Portada de Ernest Santassussagna para el número de junio de 1930.

En el número de enero de 1931 se produce un nuevo cambio de maquetación, y en el de diciembre de ese mismo año se anuncia el final de la revista, que será más bien la apertura de una extensa pausa, pues en la primavera de 1932 reanuda su andadura con una estética que, si bien en algunos aspectos puede considerarse una evolución a partir de las dos anteriores, merecería una atención más detallada que fuera más allà del espectacular número 179 (diciembre de 1934) y un repaso a las portadas de Josep Obiols, Grau Sala, Lola Anglada, Xavier Nogués  y sobre todo a las de Will Faber, de quien Camilo José Cela dejó escrito que «la historia hubiera sido diferente de no haber llevado la revista D’Ací i d’Allà ilustraciones de cubierta suyas».

Portada del número aparecido en septiembre de 1932.

Fuentes:

Camilo José Cela, «Glosa a unas viejas palabras propias y ajenas sobre Will de Faber», en Los vasos comunicantes, Barcelona, Plaza & Janés, 1989, pp. 423-427.

Patricia Córdoba, La modernidad tipográfica truncada, València, Campgràfic, 2008.

Galderic, «L’extraordinària revista D’Ací i D’Allà i el seu extraordinari número d’hivern (1934)», Piscolabis & Librorum, 13 de abril de 2010.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catala 60), 1986.

Josep Miracle, “Sinopsi autobiográfica”, en AA.VV., Josep Miracle i la seva obra, Tàrrega-Andorra, F. Camps Calmet-Erosa, 1973.

Joan Manuel Treserras, «D’Ací i d’Allà». Aparador de la modernitat (1918- 1936), Barcelona, Llibres de l’Índex, 1993.

Interior del número de septiembre de 1930, que contiene el artículo «Un nou gran retaule català del Quatre-cents» firmado por Joan Sacs (Feliu Elias).

 

La entidad editorial en activo más antigua del mundo*

*(Véase, sin embargo, nota en comentarios).

Desde por lo menos la segunda mitad del siglo XX, para cualquiera que hubiera escrito alguna tesis o estudio sobre algún aspecto de la cultura catalana, o incluso para quienes deseaban ver publicadas las actas de algún encuentro, simposio o congreso sobre esta materia era un aval de primer orden que apareciera auspiciado por las Publicacions de l’Abadia de Montserrat, que ha ido construyendo un impresionante fondo heterogéneo y al mismo tiempo compacto con un alto grado de exigencia. Ha abierto espacio a estudios muy de detalle, o incluso muy marcadamente locales o dirigidos a un nicho muy estrecho de lectores, siempre y cuando la calidad de la investigación lo justificara, pero a estas alturas lleva recorrido un camino muy extenso en el que esto no siempre ha sido así.

El nacimiento del monasterio de Montserrat como entidad editorial puede remontarse a finales del siglo XV, pues fechadas ya en 1488 publica estampas, si bien impresas en Barcelona, y a principios de febrero de 1499 se instaló en el monasterio una primera imprenta por iniciativa del abad García Jiménez de Cisneros (¿1455?-1510), quien en 1500 publicaba en ella su Exercitatorio de la vida spiritual.

El primer maestro de esta imprenta fue inicialmente Joan Luschner (¿?-1512), que hasta entonces había trabajado para diversos impresores establecidos en Barcelona, y entre ellos el famoso Joan Rosembach o Rosenbach (¿?-1530), que también trabajó a menudo para el monasterio.  Del talento de Luschner son responsables los primeros libros del monasterio, sobre todo litúrgicos, musicales y de promoción del santuario, caracterizados por la austeridad en términos generales, el pequeño formato y unos grabados y tipos que otorgaron enseguida personalidad propia a las ediciones del monasterio. En consecuencia, ya en mediado el siglo XVI se establecería una marca tipográfica propia, un sello editorial cuyo diseño se basa en los sellos de las bulas y opúsculos impresos en esos primeros años.

Marca del Impresor J. Rosembach.

El 30 de julio de 1518 se abre una segunda etapa de la imprenta de Montserrat, cuando se hace cargo de ella el mencionado Rosembach, considerado el impresor litúrgico por antonomasia, y entre cuyos méritos se cuenta el que muy probablemente sea el primer libro ilustrado de la imprenta catalana (Lo cárcel de amor, de Diego de San Pedro, traducido por Bernardí Balmanya, 1493), varias obras del célebre humanista Antonio de Nebrija (1441-1522) o un muy divulgado diccionario que se publicó en Perpiñán con el título Vocabulari molt profitos per aprendre lo catalan alamany y lo alamany catalan (1502). Destaca en esos años entre las publicaciones de Montserrat una edición de quinientos ejemplares de un Missale Benedictinum, del que no se ha conservado ningún ejemplar con colofón, que marca un cambio de tendencia que Altés i Aguiló explica del siguiente modo:

Es una obra ambiciosa por el lujo de los grabados, las orlas y las capitulares historiadas, al estilo de los grandes misales monásticos de la época estampados en Venecia y de los misales impresos en Lyon. Los grabadores del taller de Rosembach, Joan Pere i Dionís, se inspiraron en ellos y los copiaron, si no es que adquirieron algunos grabados en Italia. Como consecuencia de ello, el taller de Rosembach emprendió un nuevo estilo en el grabado, abandonando el grabado de tradición gótica y popular, y dando paso al grabado renacentista de influencia italiana. Aun así, en este misal aún se estampa en el inicio del canon de la misa la gran xilografía gótica del Calvario que Joan Rosembach había empleado en los misales diocesanos de Girona (1493), de Vic (1496), de Tarragona (1499) y de Elna (1501).

Con más o menos altibajos, la producción de libros religiosos, de teología, de latinidad, de música sacra, de historia y promoción del monasterio, etc., así como opúsculos e impresos menores de la misma temática, tuvo continuidad hasta principios del siglo XIX, cuando la convulsa situación bélica marcada por la primera guerra carlista (1833-1840) obligó a un periodo de silencio que no se rompió hasta 1844 mediante sobre todo reimpresiones, gracias al impulso del abad Miquel Muntadas i Romaní (1855-1885), autor a su vez de una Historia de Monserrat (1867), impresa por Pau Roca en Manresa.

Uno de los primeros sellos identificativos de las Publicaciones de Montserrat.

Las Publicacions de l’Abadia de Montserrat, sin embargo, empiezan a tomar trazas de una editorial moderna mediante el empuje del abad Antoni M. Marcet (1878-1946), y ya en 1907 es indicio de los nuevos tiempos la publicación de la bilingüe Revista Montserratina (1907-1917),  a la que sucedería, íntegramente en catalán, Analecta Montserratina, publicación casi unipersonal del por entonces archivero del monasterio Anselm M. Albareda (1892-1966), que Massot i Muntaner describe como de «gran prestigio científico y de una gran dignidad tipográfica, de la cual salieron siete volúmenes, íntegramente dedicados a temas de historia de Montserrat, entre 1918 y 1928». A ellas hay que añadir aún Montserrat. Butlletí del Santuari, cuya dirección recaía en Antoni Ramon i Arrufat (1900-1973), durante muchos años responsable también de las publicaciones de libros.

Desde 1918 se había establecido de nuevo una imprenta, cuyos operarios se formaban en la imprenta de Francesc Xavier Altés, y en ella empezó a prepararse del número inicial de la colección Biblioteca Monástica (Regla de sant Benet, 1920), en la que entre ese año y 1934 aparecerían hasta diez volúmenes, entre originales y traducciones, clásicas y modernas, tanto de temas espirituales como históricos. Sin embargo, el gran proyecto que se inicia en esta etapa, a iniciativa del orientalista y biblista Bonaventura Ubach (1879-1960), es la traducción a partir del hebreo o el griego de la Biblia, acompañada de la versión en latín, de la que en 1926 apareció ya El Gènesi. Muchos fueron los avatares con los que tuvo que lidiar la que durante la dictadura del general Primo de Rivera era conocida como la «Biblia separatista», cuya publicación quedó interrumpida con motivo de la guerra civil española (1936-1939). También la obra de Gregori M. Sunyol  Introducció a la Paleografía Musical Gregoriana (1925), representativa de otra de las líneas editoriales, tuvo sus trompazos con la censura primorriverista como consecuencia evidente de la ignorancia de ésta, en su caso por referirse en sus páginas un término específico de musicología, la notació catalana, con la que se designa una grafía de notación del canto gregoriano.

Ejemplo de notación catalana.

Del mayor interés son también las gramáticas de lenguas orientales, como la del hebreo, Legisne Toram? (19818-1919), del propio Ubach, la Grammatica Syriaca (1931), de Luis Palacios, la Grammatica Aramaico-Biblica (1933), también de Palacios, o El grec del Nou Testament (1928-1929), de Salvador Obiols.

Durante la guerra civil, convertido el monasterio en hospital y gestionado por la Generalitat de Catalunya, de sus imprentas salieron tres libros míticos con sello de las Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este gracias al tesón de Manuel Altolaguirre (1905-1959), que contó con la colaboración de Bernabé Fernández Canivell (1907-1990) y Juan Gil-Albert (1904-1994): quinientos ejemplares de España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra, de Pablo Neruda, Cancionero menor para el combatiente (1936-1938), de Emilio Prados, y España, aparta de mí ese cáliz, de César Vallejo, con un dibujo original de Picasso y un texto introductorio de Juan Larrea, del que se tiraron 1.100 ejemplares, 250 de ellos numerados, quedando pendiente un gran libro de Emilio Prados, de unas mil páginas, que ya estaba compuesto pero no pudo llegar a imprimirse.

Una vez concluida la guerra, Montserrat figura enseguida entre las editoriales adscritas a la Cámara del Libro de Barcelona, publicando la revista Música Sacra Española (1943-1947) y las ediciones clandestinas o de circulación restringida en catalán de Regla de sant Benet y Vida de sant Benet treta de Sant Gregori, junto a obras como una reedición de la Història de Montserrat, fechada según el colofón en 1935 pero que contiene un apéndice que abarca de 1931 a 1945.

En esta etapa cobran sobre todo impulso las publicaciones periódicas (Germinans, La Veu de Montserrat, Via vitae, Noticiari) que anticipan la aparición ya en la década de los cincuenta de publicaciones tan influyentes en la cultura catalana de la época como Germinabit (1949-1959), donde se creó un equipo muy potente formado por Josep Benet, Max Cahner y Ramon Bastardes, y sobre todo Serra d’Or, nacida en 1946 y con una segunda etapa desde 1959 que llega hasta la actualidad. En ello tuvo mucho que ver el empuje como encargado de las publicaciones del lingüista y romanista Jordi Bruguera i Talleda (1926-2010), quien además se puso al frente de la reanudación de la Biblia de Montserrat como director literario entre 1957 y 1970. Fue entonces cuando Bruguera pasó largas etapas en Andorra, donde la empresa Casal i Vall (que en esos años imprimió otros libros españoles importantes) se ocupaba de la preparación de Tobit, Judit i Esther (1960), Evangeli segons sant Mateu (1963), Salms (1965), Profetes (1967), Pentateuc (1969) y Llibres històrics (1969).

También en estos años, por iniciativa de Martí Roig y Maur Boix, empieza la publicación de libros y publicaciones periódicas destinadas al público infantil y juvenil, entre las que destaca por su popularidad Tretzevents (1973, aunque retoma L’Infantil, creado en 1951), y a partir de los setenta (Josep Massot i Muntaner asume la dirección en 1971) Publicacions de l’Abadia de Montserrat, conocidas popularmente como las PAM, empiezan a perfilar la identidad que todavía hoy mantienen, con colecciones dedicadas a la literatura infantil, la historia local y a la cultura catalana en un sentido muy amplio, entre las que quizá las más conocidas sean la Biblioteca Abad Oliva, La Xarxa, Espiga, Estudis de Llengua i Literatura Catalana o Biblioteca Serra d’Or, con las que alberga un total de muchos más de 3.000 títulos, al margen de las publicaciones periódicas que siguen en activo y de las muchísimas coediciones con las más diversas instituciones y universidades catalanas.

Fuentes:

Francesc Xavier Altés i Agulló, Josep Massot i Muntaner y Josep Faulí, Cinc-cents anys de Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Ór), 2005.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició de Catalunya: el segle XX (fins 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Mireia Sopena, «Los satélites de la curia diocesiana. Censores eclesiásticos en la Barcelona de los setenta», Represura (Nueva Época), núm 1 (2015), pp. 66-92.

Marco Aurelio Torres H. Mantecón, «Poetas en guerra: Neruda, Prados y Vallejo en un curioso sello editorial: las “Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este” (1938-1939)», en Congreso Internacional La Guerra Civil Española 1936-1939, celebrado en Madrid el 27, 28 y 29 de mayo de 2006, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.

Laura Vilardell, ed., Traducció i censura en el franquisme, Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat, 2016.

Marco Zouvek, «Los libros perdidos de la República española», blog de Marco Zouvek, 15 de mayo de 2014.

Continuidad en el exilio de un gran proyecto cultural

En el año 2004, el profesor Josep Camps i Arbós publicó un artículo que ponía de manifiesto hasta qué punto, aun siendo fragmentarios y estando dispersos, los epistolarios, tratados con la debida paciencia y rigor, pueden ser una herramienta de primer orden para reconstruir la historia de una editorial. En su caso, basándose sobre todo en el fondo Ramon Xuriguera i Parramona (1901-1966), que se conserva en el Arxiu Nacional de Catalunya, y en el de Josep Queralt i Clapés (1896-1965), que alberga el Institut Franco-Català Transfronterer de la Universidad de Perpiñán, pudo analizar con detenimiento la labor del tándem formado por Queralt, uno de los fundadores de la editorial Proa, y Joan Puig i Ferrater (1882-1956), director literario de la misma, sacando un gran rendimiento también a las cartas cruzadas entre Xuriguera y personajes importantes y bien informados de la cultura catalana, como por ejemplo Rafael Tasis (1906-1966). En el fondo de este último, conservado en la Biblioteca d´Humanitats de Barcelona, se conserva además una carta de Marcel·lí Antich (1895-1968) fechada en San José de Costa Rica en abril de 1965 en la que, como otro de sus artífices, comenta que ha informado a su nuevo propietario de los orígenes de Proa.

Imagen de los primeros tiempos de Proa en la que pueden identificarse, sentado, a Andreu Nin y Olga Tereeva Pavolva; en el extremo izquierdo, a Josep Queralt; en el centro con un cigarro en la boca, a Puig i Ferreter, y, con las manos cruzadas y con gafas, a Marcel·lí Antich.FOTO CEDIDA POR JORDI ANTICH, DE COSTA RICA, NIETO DE ESTE ÚLTIMO.

 

Logo de la mítica colección A Tot Vent, obra de Josep Obiols.

La primera etapa de la editorial Proa, la comprendida entre su fundación en Badalona por parte de Queralt y Marcel·lí Antich y su desmembramiento en 1935 cuando Antich la abandonó para crear la efímera editorial Atena con los traductores Francesc Payarols (1896-1998) y Andreu Nin (1892-1937) y el apoyo económico del contable de Begur Josep Cruells, agravado en 1938 con su desintegración como consecuencia del rumbo de la guerra civil española, había bastado para que Proa se situara a la vanguardia de la edición de narrativa, tanto traducida por excelentes profesionales como en catalán, de su tiempo, y su logo, creado por Josep Obiols (1894-1967), en un punto de referencia inequívoco de solvencia. A la altura de 1938 figuraban ya en su buque insignia, la colección A Tot Vent, obras de Tolstoi, Balzac, Stevenson, Remarque, Dostoyevsi, Dickens, Stendhal, Zweig o Maupassant junto a otras de Prudenci Bertrana, Miquel Llor, Xavier Benguerel, Mercè Rodoreda o Sebastià Juan-Arbó.

De ahí la importancia que tenía la supervivencia en el exilio francés de semejante iniciativa y que enseguida supieron verlo, y así se lo hicieron saber a Queralt, personalidades como el lingüista y filólogo Pompeu Fabra (1868-1948), que incluso le acompañó en sus gestiones con la Administración francesa para poder establecerse como editor, o el mencionado Xuriguera. No es un dato menor que Queralt nunca lograra obtener beneficios de la empresa hasta que la vendió, y que en los primeros tiempos compatibilizara su dedicación a Proa con traducciones y un empleo a media jornada como contable, mientras que su esposa Antònia Pedra se empleaba en labores domésticas en casas ajenas. Eso contribuye a explicar sin duda que Queralt aceptara publicar, fuera de colección, algunas obras financiadas por sus autores.

El hecho de que el contacto entre los implicados se estableciera sobre todo por medio de cartas, con las complicaciones de todo tipo que ello debió de suponer para llevar a buen puerto las diversas ediciones, es a la postre una suerte a la hora de reconstruir esa singladura de Proa por tierras francesas. Ello permite conocer, por ejemplo, detalles como que Queralt obtuvo la Carte de comerçant étranger el 30 de abril de 1949, que la sede de Proa era el domicilio particular del editor (place Cassanyes, 4, 4º de Perpiñán), que la dirección de los posibles suscriptores le fue facilitada por el también escritor y editor exiliado Ferran Canyameres (1898-1964) o que la composición e impresión de las obras se llevaba a cabo inicialmente en la Imprimérie Regionale de Toulouse y posteriormente en Montpellier. Sin embargo, más interesante resulta incluso saber que inicialmente se ofreció la dirección de esta nueva etapa a Xuriguera, quien, si bien declinó muy amablemente la propuesta alegando la necesidad de comprobar primero que el proyecto era viable, en carta a su amigo Tasis le confiesa más abiertamente que no le ve mucho futuro ni ve muy claro semejante proyecto, y escribe: «las condiciones en que se me ofreció la dirección de las ediciones no me permitió aceptar. No entro en detalles para no tener que confiar nombres propios al papel» (es posible que eso aluda específicamente a Puig i Ferrater, quien no puede decirse que tuviera muy buena fama como gestor y uno de cuyos intereses en resucitar Proa era publicar en ella su oceánica novela, en doce volúmenes, El pelegrí apassionat).

Canyameres.

Para financiar semejante proyecto, Queralt ideó un patronato cuyo objetivo era proteger la empresa y en la que figuraron personalidades y entidades comprometidas con la supervivencia en el exilio de la cultura catalana de los más diversos países: el banquero Joan Casanellas y los hermanos y empresarios Josep y Bertran Cusiné en México, los eminentes médicos Josep Trueta y August Pi i Sunyer y el editor Joan Lluis Gili en Gran Bretaña, por ejemplo, o el Casal Català de París, el Institut de Cultura Catalana, el Orfeó Català y la Comunitat Catalana de México, el Centre Català y el Casal Català de Nueva York, el Centre Català de Bruselas… Es significativa también una de las escasas renuncias a figurar en este patronato, la del poeta y traductor Carles Riba, sobre todo por las razones que esgrime: Por el hecho de residir de nuevo en Barcelona, tras un breve exilio, que su nombre apareciera en una lista semejante despertaría sin duda las sospechas de las autoridades españolas, lo que sin duda le reportaría más inconvenientes a él que los beneficios que podría conllevar para Proa que su nombre se añadiera a tan selecta nómina.

Puig i Ferreter durante su exilio.

La primera novela publicada por Proa en Perpiñán tiene la singularidad de ser la primera editada en francés, el retrato La llegende de Pablo Casals, del escritor rosellonés Arthur Conte (1920-2013) –el experimento se repitió en 1951 con Un esprit mediterranéen, Joan Maragall, tesis doctoral del traductor exiliado Josep Maria Corredor–, pero a esta, tras otro caso singular, siguieron enseguida una serie de novelas encuadradas en la colección a A Tot Vent de cuyas vicisitudes hasta su publicación da muy buena cuenta Camps i Arbós en el artículo mencionado. La otra obra singular, con la que se remprende la mítica colección con el número 93, no apareció hasta mediado 1951, El Ben Cofat i l’Altre, del poeta Josep Carner (1884-1970), por entonces exiliado en Bruselas. La singularidad en este caso, comentada no sin sorna por Xuriguera en su epistolario con Tasis, reside en el hecho de que, a diferencia de lo que venía publicándose hasta entonces en A Tot Vent, se trata de la versión catalana de la pieza teatral que Carner había publicado previamente en México, en español y en las efímeras Ediciones Fronda de Vicenç Riera Llorca (1903-1991) y Avel·lí Artís Balaguer (1881-1954), con el título Misterio de Quanaxhuata. La historia de este libro es también bastante peculiar, pues la idea inicial de Carner en 1949 era darla a conocer en Barcelona, a través de Marià Manent, a la editorial Selecta de Josep M. Cruzet (1903-1962), pero éste descartó la posibilidad y entonces fue Armand Obiols (Joan Prat i Esteve, 1904-1971), quien le informó en términos bastante curiosos a Carner de la gestación de una nueva etapa de Proa en una carta del 26 de enero de 1950:

Dudo que Queralt consiga hacer nada. Vi a Puig i Ferrater la semana pasada. En el fondo sólo le preocupa una cosa: encontrar a unas cuantas personas presentables que le flanqueen la rentrée. En principio, quería empezar la colección con el primer volumen de su novela [El pelegrí apassionat]. Pero [Domènec] Guansé le ha escrito diciéndole que sería una pena que el resurgir de Proa sólo sirviera para publicar sus libros con una lista de colaboradores en la cubierta a modo de aval.

Benguerel.

En su etapa en Perpiñán, fracasados algunos intentos de poner en marcha otras colecciones cuya dirección ofreció a Xuriguera, la producción de Proa se centró casi exclusivamente en la colección A Tot Vent, de la que consiguió publicar una docena larga de títulos, aparecidos algunos de ellos con posterioridad a la muerte de Puig i Ferrater: L’home dins el mirall (1952), de Xavier Benguerel; Laberint (1953), de Domènec Guansé, la traducción de Cèsar August Jordana de L’hereu de Ballantrae, de Stevenson; la de Just Cabot de L’estany del diable (1955), de George Sand; El mar escolta (1957), de Joan Garrabou, y a estos hay que añadir los del propio director editorial, cuya abusiva abundancia no puede explicarse sólo por la dificultad para encontrar autores de relieve: Janet vol ser un heroi (1952), Homes i camins (1952), Janet imita el seu autor (1954), Vells i nous camins de França (1956), Els emotius (1956), Demà… (1957), Les profanacions (1958), Els amants enemics (1959), La traïció de Llavaneres (1961), El penitent (1961) y Pel camí dels desgreuges (1962). Cuando ya se estaba gestando el traslado de nuevo a Barcelona, apareció como número 99 de la colección la traducción de Manuel de Pedrolo (1918-1990) de Homes i ratolins, de John Steinbeck. Del número 100, L’Estranger, de Albert Camus, en traducción de Jaume Fuster (1945-1998), se ocupó ya la Proa remodelada por Joan B. Cendrós en Barcelona, a cuyo frente puso a Joan Oliver (1899-1986). Y en el volumen conmemorativo de los primeros cincuenta años de la editorial, Cendrós subrayaba con toda justicia un dato particularmente estremecedor: «Son los cincuenta años de historia de Edicions Proa, de los cuales sólo durante veinte años se ha podido editar en Cataluña».

Fuentes:

Josep Camps i Arbós, «Edicions Proa a Perpinyà (1949-1965)», Els Marges núm. 72 (2004), pp. 45-72.

Isidor Cònsul, «Una mica d’història», en Pastís d’aniversari. A tot vent, 80 anys. Un viatge per les millors obres de la literatura universal, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2008.

Julià Guillamon, ed., La propera festa del llibre será de color taronja. Cinquanta anys del rellançament d’Edicions Proa, Barcelona, Edicions Proa, 2015.

Albert Manent, «Antecedents i història d’una aventura editorial: Edicions Proa», en Escriptors i editors del nou-cents, Barcelona, Curial, 1984, pp. 180-202.

Genís Sinca, El cavaller Floïd. Biografia de Joan Baptista Cendrós, Barcelona, Raval Edicions, Proa, 2016.