La colección Clàssics Moderns y la creación del canon de la literatura universal reciente

En los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado, uno de los cambios que se estaban produciendo en el panorama editorial español era el progresivo crecimiento del público lector en lengua catalana, y, después de un primer momento en que se hubo publicado a los autores importantes en lengua catalana (exiliados y del interior, más o menos canonizados y jóvenes), diversas editoriales dieron respuesta a este crecimiento del número de lectores con estrategias destinadas a poner a disposición de esos lectores unos cánones de la gran literatura universal reciente.

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Ejemplo de ello es la colección Les Millors Obres de la Literatura Universal (1981-1986), que en el año 1986 se abriría también a obras del siglo XX y que se pudo llevar a cabo gracias en parte a la coincidencia en el tiempo de empresas potentes como Edicions 62 y Enciclopèdia Catalana, que a su vez adquirieron los sellos Proa (que ya antes de la guerra había creado una muy notable pléyade de traducciones de clásicos), La Galera y Pòrtic.

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Francesc Parcerisas.

Sólo un poco anterior a la serie Siglo XX de la MOLU es la colección creada en el seno de Edhasa y capitaneada por el entonces joven pero ya laureado poeta y traductor Francesc Parcerisas (n. 1944) Clàssics i Moderns, que en un período muy breve consiguió poner los cimientos de un canon de la literatura universal reciente con un eclecticismo y una amplitud de miras (presencia de literatura fantástica, de novela juvenil, de textos clave de la gran literatura decimonónica, etc.) que hacen que todavía hoy sea difícil ponerle peros a la vigencia del catálogo de Clàssics i Moderns (véase el Apéndice al final). Sobre las intenciones y los modelos escribió un fragmento muy iluminador el propio Parcerisas como apertura a su muy citado artículo «Sobre la traducció catalana d´Una historia de dos ciutats»:

Cuando en el año 1985 empecé a dirigir la colección de traducciones Clàssics Moderns, en la editorial Edhasa, tenía claro que el modelo debía ser un poco ecléctico, para poder publicar en ella autores modernos pero, sobre todo, para poder llenar todas aquellas lagunas de la literatura moderna que los lectores catalanes aún no tenían al alcance. Los modelos de la Biblioteca Popular de L´Avenç, de la Biblioteca Universal, de la Editorial Catalana y de la colección A Tot Vent de Proa eran parte de la historia y del ejemplo, en particular porque la mayoría de colecciones que proliferaron en aquellos años finales del siglo XX estaban mucho más atentas a las novedades y a traducir a los autores contemporáneos que triunfaban en todo el mundo…

Cuando Parcerisas aterrizó en Edhasa, donde desde el primer momento compartió despacho con María Antonia de Miquel (que gestionó algunos derechos que interesaban a Parcerisas), dirigía esa editorial Javier Pérez, pero sin duda el editor de referencia de la casa era el gran Paco Porrúa (descubridor tanto de Cortázar como de García Márquez e introductor en España de la gran novela fantástica y de ciencia ficción moderna), a quien es muy comprensible que le cayera en gracia quien había sido traductor al catalán de El Hòbbit (La Magrana, 1983) y que en esos mismos años traduciría los tres volúmenes de El senyor dels anells (Vicens Vives, 1986-1989).

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A través del jugoso epistolario de Parcerisas con el traductor establecido en Buenos Aires Jordi Arbonés (1929-2001), publicado en Punctum y digno de un comentario más pormenorizado, es posible reconstruir con cierta precisión cómo va creciendo y desarrollándose el catálogo, que se abría con mucha fuerza en los últimos meses de 1985 con tres autores absolutamente indiscutibles y que daban ya medida del rigor y la exigencia estética que guiarían el proyecto: Herman Hesse (Demian, en traducción del poeta Feliu Formosa), Joseph Conrad (La follia d´Almayer, en la traducción del escritor

Antoni López Llausàs.

Antoni López Llausàs.

exiliado en México Josep Carner-Ribalta, que en 1929 había publicado Antoni López Llausàs en la Editorial Catalana) y Virginia Woolf (Orlando, en traducción de Maria Antònia Oliver, quien en 1973 ya había traducido Els anys, para la editorial Nova Terra, y que ese mismo año 1985 obtenía el Premi a la Traducció al Català de la Generalitat de Catalunya). La cuestión no era sólo facilitar el acceso de los lectores catalanes a las grandes obras y autores de los siglos recientes, sino además hacerlo mediante la revisión de las mejores traducciones existentes, caso de haberlas, y sobre todo mediante nuevas traducciones que no estuvieran demasiado apegadas al momento en que se escribían y que, por tanto, pudieran también convertirse en canónicas. Es indudable que los condicionantes de un mercado tan restringido como el catalán influyen en ello, pero resulta asombroso comprobar que la enorme cantidad de esas traducciones encargadas y revisadas por Parcerisas son las mismas que siguen leyéndose más de treinta años después, y lo insólito es que no hayan envejecido más que los originales de los que parten ni delaten el momento en que fueron escritas.

Tras esta tremenda irrupción, Clàssics Moderns empieza a publicar casi un título mensual, de autores además que no estaban libres de derechos, lo que puede dar una cierta medida de las dimensiones de la apuesta que se estaba haciendo por entonces por esta colección. Al margen de una cierta preferencia por la literatura en lengua inglesa (ocho de esos diez títulos) y del hecho de que varios los títulos y autores habían sido ya publicados en español en Sudamericana y Edhasa (Robert Graves, Virginia Woolf, o más adelante Doris Lessing, Graham Greene o Salinger), es notable la coincidencia que sugieren estos títulos en la concepción editorial entre Parcerisas y Porrúa, pues ambos se atreven a situar al lado de clásicos que cuentan con un amplio consenso en las altas esferas académicas (Thomas Mann, Joyce o Hemingway) a otros autores cuya inclusión puede interpretarse –sobre todo en aquellos años– como una reivindicación de su dignidad literaria. Valga como ejemplo el de Ursula K LeGuin (n. 1929), quien en 2016 se convirtió en una de las pocas personas vivas cuya obra ha sido publicada en la célebre colección impulsada por Edmund Wilson (1895-1972) Library of America. Y a ella podrían añadirse los casos de Ray Bradbury (1920-1912; con cuyas Crónicas marcianas había iniciado Porrúa su editorial Minotauro y que al catalán las traduce Quim Monzó), C.S. Lewis(1898-1963; célebre por sus Crónicas de Narnia), el de Isaac Asimov (1919-1992) o el del ya mencionado Tolkien (1892-1973).

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En octubre de 1986 está fechada una carta de Parcerisas a Arbonès en la que le cuenta que, debido a la avalancha de traducciones que ha recibido, se ve en la necesidad de hacer ciertos reajustes en la programación. Es evidente que el mercado catalán, aun habiendo crecido, no estaba tampoco en aquellos años en condiciones de absorber tal cantidad de gran literatura, y sobre todo en el caso de los autores que todavía no estaban libres de derechos esas contrataciones suponían una inversión que, añadida a las generadas por las traducciones, convenía empezar a amortizar con una cierta celeridad. Por si estas dificultades no bastaran, ese año empezaban a circular los primeros títulos de la MOLU Segle XX, que constituía una dura competencia en un mercado que no daba ya mucho más de sí. Además, gracias a la colaboración de La Caixa, la MOLU podía ofrecer a los traductores unas remuneraciones sensiblemente superiores; tanto es así, que Parcerisas alternó la dirección de Clàssics i Moderns con la traducción para la MOLU de una antologia de Poesia anglesa i nord-americana (1985), y se incluyó también en la MOLU Segle XX la versión que había hecho en 1968 para Edicions 62 de A cadascú el que és seu, de Leonardo Sciascia (1921-1989).

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Sin embargo, ni la cadencia ni la calidad de títulos aparecidos el año siguiente, 1987, se resienten de ello, y es además el momento en que sale a la luz un proyecto largamente deseado tanto por Parcerisas como por Arbonès, la traducción lo más completa posible de la extensa obra narrativa de un autor cuya imagen literaria se había visto sensiblemente distorsionada por sus problemas con la censura, Henry Miller (1891-1980), y a quien ambos consideraban un autor imprescindible en una colección de estas características. Esta operación se abre con El colós del Marussi, con lo cual la pretensión de Arbonès de completar la Trilogía Rosada queda de momento aparcada. Junto a Miller, es notable el empeño de dar a conocer a un escritor con fama de difícil como Nabokov, de quien ese año se publica L´encantador y Lolita, junto  a un surtido de grandes autores que van equilibrando la panorámica de otras literaturas y géneros, pues si bien aparece un Scott Fitzgerald traducido por Nuria Arqués, se publican también obras de Dostoyevski, Dylan Thomas o, de nuevo, Herman Hesse.

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En el verano de 1987, Parcerisas hace un primer breve balance de Clàssics i Moderns en una interesante carta a quien sin duda se había convertido en uno de sus traductores más fiables, fieles y comprometidos con la colección:

…tenemos todavía un montón de traducciones paradas y, como siempre, lucho entre encargar aquello que creo importante –y necesario– y que me hace ilusión ver publicado, y aquello que sé que tendrá que pasarse meses en el limbo de los cajones. De todos modos, la colección no va mal y la editorial parece bastante contenta. No es de ningún modo algo espectacular desde el punto de vista económico, pero tampoco deben de perder dinero, cosa que, hoy por hoy, ya es bastante notable.

Lo demostraría por ejemplo, que 1988 es el año en que se publican más títulos (trece), y entre ellos unos Dublineses de Joyce, traducidos por el especialista en tan peliaguda tarea Joaquim Mallafré (n. 1941), la traducción del Retrat de l´artista adolescent, del mismo autor, en la versión que Maria Teresa Vernet (1907-1974) había preparado originalmente para Isard, la colección que dirigía Josep M. Boix Selva en Vergara (1967), la que hizo Estanislau Vidal-Folch (hermano de Ignacio) de Viatge al fons de la nit o la que Helena Valenti (1940-1990) llevó a cabo de El factor humà, de Graham Greene.

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María Antonia de Miquel.

En 1989 la producción vuelve a descender a ocho títulos (entre ellos A repèl, de Huysmans, traducido por el poeta Miquel Martí Pol, dos de Gerard Durrell y Un niu de tórtores, de Katherine Mansfield), pero 1990 es el año en que aparecen más títulos en Clàssics Moderns, quince, quizás en parte debido a que ese año empieza a ser mayor la presencia de autores libres de derechos (D´Annunzio, Stevenson, dos libros de Baudelaire, otros dos de D.H. Lawrence…), lo cual, del mismo modo que el cambio de encuadernación de tapa dura a rústica con solapas, permitía reducir significativamente costes. No obstante eso, la calidad en la selección de títulos y de las traducciones que van apareciendo a partir de ese momento sigue siendo altísima, aun cuando desde ese otoño Parcerisas empieza a dirigir la colección y a mantener el contacto con los colaboradores desde Londres, por lo que Maria Antònia de Miquel se convierte entonces en un enlace importante en el día a día.

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Josep Palau i Fabre (1917-2008)

Ese año empieza a tomar cuerpo la idea de reunir la obra principal de Henry Miller, aparece la traducción de Mallafré del Ulises, la de Jordi Sarsanedas de Franny y Zoey de Salinger, la de Xavier Benguerel de Les flors del mal, la de Jordi Ibáñez de L´origen d´una insinuació, de Thomas Bernhard, otros dos títulos de André Gide… Y al siguiente (1991), la traducción y edición de Josep Palau i Fabre de las Iluminacions i Una temporada a l´infern de Rimbaud, un Jacques el fatalista i el seu amo traducido por Joan Tarrida, los Petits poemes en prosa de Baudelaire en versión de Joaquim Sala-Sanahuja… y así hasta un total de once títulos que poco a poco van equilibrando la presencia de literaturas como la francesa y la alemana, pese a mantenerse el predominio de la escrita en lengua inglesa.

Escribe a su privilegiado corresponsal Parcerisas el 30 de octubre de 1991:

Ahora empiezo a estar contento con la colección: tenemos cincuenta títulos a nuestras espaldas y no me arrepiento de haber editado ninguno de ellos. Si acaso, algunos que yo no hubiera publicado son de los que mejor se venden, pero, de entre los que no se venden, no renuncio a ninguno. Hemos conseguido un cierto prestigio y sólo debemos no bajar la guardia: mantener buenos autores, buenas traducciones y buen diseño. El resto son cabòries.

Si, con esto, algún día se cierra el grifo, como mínimo podemos estar orgullosos de la labor llevada a cabo. De momento, Edhasa, con todo, quizá no ganan dinero, con el catalán, pero tampoco creo que lo pierdan.

ulisesEs muy sorprendente, e indicativo de hasta qué punto en Edhasa los directores de colección trabajaban en buena medida a ciegas respecto al rendimiento comercial de los títulos, sin acceso a los números, que sólo tres semanas después Parcerisas informe a Arbonès de que «es inminente una cierta restricción en nuestras traducciones […] tengo una traducción [de Les bostonianes, de Henry James] que duerme sobre mi mesa que ahora no sé si podremos publicar».

Es muy probable que el motivo sea que en esas fechas, aprovechando la Feria de Frankfurt, los propietarios de Edhasa viajaban a Barcelona y era cuando los editores y directores de colección conocían realmente cómo andaban las cosas en este aspecto. Ciertamente, un simple vistazo al apéndice permite advertir hasta qué punto disminuyó la producción en los años siguientes (seis en 1992, tres en 1993, uno sólo en 1994), antes de que la colección fuera adquirida por Enciclopèdia Catalana, y continuada, con otra dirección, en Proa. Pero aun así hubo tiempo de recuperar por ejemplo la traducción de Josep Ros i Artigas (1907-1998) de Torrents de primavera, que se cuenta entre las primeras de una obra de Hemingway (publicada en los Quaderns Literaris de Janes en 1937) que el propio traductor tuvo aún tiempo de revisar, o Un hivern a Mallorca, de George Sand, en traducción de Marta Bes i Oliva, prologada por el poeta y narrador Antoni Marí y completada con un apéndice obra del ilustre mallorquín de adopción Robert Graves (1895-1985).

La situación económica y de gestión desembocó en la sustitución de Javier Pérez por Jordi Nadal, y la severa reducción de las ediciones en catalán que siguieron, la marcha de Paco Porrúa y su Minotauro, las salidas en poco tiempo de María Antonia de Miquel, Raquel Fosalba, Toni Estela, Joan Roig, así como el absorbente trabajo en la Universitat Autònoma de Barcelona fueron motivos más que suficientes para que en la primavera de 1993 Parcerisas acabara por dejar Edhasa, pero, como bien dijo, a la vista del catálogo de Clàssics Moderns, podía estar orgulloso de la labor llevada a cabo.

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Francesc Parcerisas.

Apéndice: Obras publicadas en Clàssics Moderns Edhasa.

Hermann Hesse, Demian, traducción de Feliu Formosa, 1985.

Joseph Conrad, La follia d´Almayer, traducción de Josep Carner-Ribalta, 1985.

Virginia Woolf, Orlando. Una biografia, traducción de Maria Antònia Oliver, 1985.

androides-previewUrsula K. Le Guin, La costa més llunyana, traducción de Madeleine Casas, 1986. (núm 3)

Ray Bradbury, Farenheit 451, traducción de Jaume Subirana, 1986.

Ursula K. Le Guin, Un mag de Terramar, traducción de Madeleine Cases, 1986.

Sylvia Plath, La campana de vidre, traducción de Josep Miquel Sobrer, 1986.

Robert Graves, Jo, Claudi, traducció d´Helena Valentí, 1986.

Hermann Hesse, Siddhartha, una composició india, traducción de Carme Gala, 1986.

Laurie Lee, Sidra amb la Rosie, traducción de Montserrat Solanas, 1986.

Ursula K. Le Guin, Les Tombes d´Atuan, traducción de Madeleine Cases, 1986.

Aubrey Beardsley, Relació de Venus i Tannhauser, prólogo de Joan Perucho, traducción de Corvo & Myer, 1986.

Marguerite Duras, Moderato cantábile, traducción de Joan Cases, 1986.

captenemicHenry Miller, El colós de Marussi, traducción de Jordi Arbonès, 1987.

Ray Bradbury, Les cròniques marcianes, traducción de Quim Monzó, 1987.

Francis Scott Fitzgerald, El diamant gros com el Ritz, traducción de Neus Arqués, 1987. (contes)

Doris Lessing, La terrorista bona, traducción de Ramon Barnils y Francesc Parcerisas, 1987.

Vladimir Nabokov, L´encantador, prólogo del autor, epílogo de Dmitri Nabokov, traducción de Jordi Arbonès, 1987.

Fiodor M. Dostoievski, Dimonis, traducción de Josep M. Güell, 1987.

Hermann Hesse, El llop estepari, traducció de Margarida Sugranyes, 1987.

Vladimir Nabokov, Lolita, traducción de Josep Daurella, 1987.

Dylan Thomas, Sota el bosc lacti, drama per a veus, traducción de Angela Suxton y Salvador Oliva, 1987.

James Joyce, Dublinesos, traducción de Joaquim Mallafrè, 1988.

fillahomerM. Cotzee, Esperant els bàrbars, traducción de Xavier Rello Andreu, 1988.

Roberts Graves, La filla d´Homer, traducción de Isabel Turull, 1988.

Gerard Durrell, Ocells, bèsties i parents, traducción de Josep Julià, 1988.

Mervyn Peake, El Castell de Gormenghast, traducción de Josep Miquel Sobrer, 1988.

Jane Austen, Persuasió, traducción de Jordi Arbonès, 1988.

James Joyce, Retrat de l´artista adolescent, traducción de Maria Teresa Vernet, 1988.

Virginia Woolf, Els anys, traducción de Maria Antonia Oliver, 1988.

Louis-Ferdinand Céline, Viatge al fons de la nit, traducción de Estanislau Vidal-Folch, 1988.

Graham Greene, El factor humà, traducción de Helena Valentí, 1988.

R. R. Tolkien, El Ferrer de Wootton Major; “La Fulla” d´en Niggle, traducción de Jordi Arbonès, 1988.

els-anysMervyn Peake, L´hereu de Gormenghast, traducción de Josep Miquel Sobrer, 1988.

R. R. Tolkien, Gil, el pagès de Ham, traducción de Carlos Llorach, ilustraciones de Pilar Baynes, 1988.

Huymans, A repèl, traducción de Miquel Martí i Pol, 1989.

Graham Greene, El capità i l´enemic, traducción de Xavier Rello Andreu, 1989.

Katherine Mansfield, Un niu de tórtores, Josep Julià, 1989.

Virginia Woolf, Les ones, traducción de Maria Antonia Oliver, 1989.

Thomas Mann, Els caps bescanviats, traducción de Margarida Sugranyes, 1989.

Gerard Durrell, El Jardí dels Déus, traducción de Jordi Arbonès, 1989.

Gerard Durrell, Filets de palaia, traducción de Josep Julià, 1989.

K. Narayan, En Swami i els seus amics, traducción de Ramon Barnils, 1989.

D. Salinger, Franny i Zoey, prólogo y traducción de Jordi Sarsanedas, 1990.

D.H. Lawrence, La Guineu i altres relats, traducción de Josep Julià i Marta Bes, 1990.

Gabriele D´Annunzio, La Leda sense cigne, El company d´ulls sense pestanyes, traducción de Jordi Cornudella, 1990.

Katherine Mansfield, Una mica infantil, traducción de Josep Julià, 1990.

André Gide, L´Immoralista, traducción de Marta Bes i Oliva, 1990.

D.H. Lawrence, Dones enamorades, traducción de Jordi Arbonès, 1990.

Kenneth Grahame, El vent entre els salzes, traducción de Jordi Arbonès, 1990.

Thomas Bernhard, L´origen d´una insinuació, traducción de Jordi Ibáñez, 1990.

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Xavier Benguerel.

Charles Baudelaire, Els paradisos artificials, traducción de Carles Castellanos, 1990.

Charles Baudelaire, Les flors del mal, traducción de Xavier Benguerel, 1990.

André Gide, La porta estreta, traducción de Marta Bes i Oliva, 1990.

Roberts Louis Stevenson, Marea minvant, traducción de Judith Willis y Toni Turull, 1990.

James Joyce, Ulises, traducción de Joaquim Mallafrè, 1990.

Henry Miller, Tròpic de Càncer, traducción de Jordi Arbonès, 1990.

Sommerset Maugham, Els Mars del Sud, traducción de Lluis Canyadas, 1990.

Arthur Rimbau, Il·luminacions. Una temporada a l´infern, versión, introducción y notas de Jaume Palau i Fabre, 1991.

S. Lewis, El nebot del mag, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

S. Lewis, El lleó, la bruixa i l´armari, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

Gerard Durrell, L´excursió i d´altres maremàgnums, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

Chales Baudelaire, Petits poemes en prosa, prólogo y traducción de Joaquim Sala-Sanahuja, 1991.

Jane Austen, L´abadia de Northanger, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

Denis Diderot, Jacques el fatalista i el seu amo, traducción de Joan Tarrida, 1991.

Horst Bienek, La primera polca, traducción de Carme Gala, 1991.

Charles Dickens, Una historia de dues ciutats, traducción de Jordi Arbonès, 1991.

R. R. Tolkien, Silmaríl·lion, traducción de Dolors Udina, 1991.

Richard Adams, El turó de Watership, traducció de Montserrat Solana i Mata, 1991.

S. Lewis, El cavall i el seu noi, traducción de Jordi Arbonés, 1992.

Fulco di Verdura, Una infancia siciliana. Els dies feliços d´estiu, traducción de Caterina Molina, 1992.

George Sand, Un hivern a Mallorca, prólogo de Antoni Marí, apéndice de Robert Graves, traducción de Marta Bes Oliva, 1992.

Giacomo Joyce, James Joyce, introducción y notas de Richard Ellmann, traducción de Joaquim Mallafrè, 1992.

Isaac Asimov, La segona fundació, traducción de Sílvia Aymerich, 1992.

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Hemingway con, a su izquierda, el editor Maxwell Perkins.

Ernst Hemingway, Torrents de primavera, novel·la romantic en honor d´una gran raça en extinció, traducció de Josep Ros-Artigues, 1992.

Ursula K. Le Guin, Tehanu. L´ultim llibre de Terramar, traducción de Madeleine Cases, 1993.

Gerard Durrell, Amb un zoo a les maletes, traducción de Josep Sala Barbany, 1993.

Philip K. Dick, Els androids somien xais electrics. Blade Runner, traducció de Manuel de Seabra, 1993.

R. R. Tolkien, Contes inacabats de Númenor i Terra Mitja, introducción, comentarios, índice y mapas de Christopher Tolkien, 1994.

Fuentes:

Sam Abrams, «Francesc Parcerisas, traductor», Caràcters, núm. 10 (enero de 2000), pp. 7-8.

aarbones-parcerisas-180x276Jordi Arbonès y Francesc Parcerisas, Epistolari, edición al cuidado de Jordi Mas López, Lleida, Punctum (Visions 6), 2016.

Anónimo, «Edhasa reorganiza su plantilla y reduce novedades como reacción a la crisis», El País, 22 de enero de 1993.

Francesc Parcerisas, «Sobre la traducció catalana d´Una historia de dos ciutats», L´Avenç, núm. 411 (abril de 2015), p. 9; recogido en los anejos del epistolario de Parcerisas con Arbonès ya citado, pp. 259-276.

Rosa Maria Piñol, «Edhasa enceta una nova col·lecció de narrativa estrangera en català», La Vanguardia, 24 de diciembre de 1985.

Sobre Jordi Arbonès, véase el portal de la Càtedra Jordi Arbonès, de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Y el testimonio oral, que agradezco muchísimo, de Esther López, María Antonia de Miquel y Pablo Somarriba.

Edición vasca en Caracas y en Guatemala

Parece haber un acuerdo bastante generalizado en que la primera publicación íntegramente en euskara después de la guerra civil española tuvo lugar en la capital venezolana, en forma de la revista Argia. Euskaldunak euskarak («Luz. Los vascos en su lengua»), iniciativa del polifacético editor, músico y escritor Jon Oñatibia (1911-1979), en onatibiacolaboración con el periodista y dramaturgo Andoni Arozena (1907-1989). Aparecida en abril de 1946, esta breve revista bimensual ilustrada, de carácter bastante convencional en cuanto a los temas (política, cultura, deportes, vida social, etc.), no renuncia a un cierto afán pedagógico, que se hace más evidente sobre todo a partir del quinto número, que se publica, debido a los vaivenes biográficos de Oñatibia, en Nueva York (con fecha de agosto de 1946). El papel satinado, la llamativa cabecera en rojo y el cuidado en la reproducción de las imágenes hacían de esta una publicación de rara calidad en semejante contexto. El profesor Zabala Aguirre resume de un modo muy claro algunos de los rasgos principales de esta revista, que atribuye a la participación de colaboradores expertos, como es el caso del linotipista Joxe Mari Etxezarreta: «Experiencia, sentido estético y capacidad pedagógica son algunas de las claves que podrían explicar esta sorprendente modernidad en la concepción de la revista». En Estados Unidos, donde entre otras cosas Oñatibia publicaría el disco The Basques. Euzkadi. Songs and dances of the basques (Folkway Records, 1954), se publicaron hasta 1948 los números siguientes hasta el total de catorce que componen la colección completa.

euzkoLa aparición ya en 1941 de la editorial vasca Ekin en Buenos Aires dio un impulso a la edición en euskara en América, pero no por ello dejaron de ponerse en marcha otras publicaciones periódicas que albergaron tanto traducciones importantes como obras de creación. En este sentido el relevo de la empresa de Oñatibia lo toma el poeta Jokin Zaitegi Plazaola (1906-1979) con la revista Euzko-Gogoa («Alma vasca»), aparecida en diciembre de 1949 y con sede en Guatemala, en la que cuenta desde el principio con la colaboración del escritor y traductor residente en Francia Andima Ibiñagabeitia (1906-1967). El hecho de que estos dos escritores concibieran la traducción de los clásicos del pensamiento occidental como el modo idóneo para que la lengua vasca alcanzara su plenitud como lengua de cultura influyó decisivamente tanto en el contenido como en las iniciativas paralelas que se desarrollaron a partir de Euzko-Gogoa, cuyos números distribuían el contenido en las siguientes secciones: olerti (poesía), elerti (prosa), ereserti (música y canto), antzerti (teatro), euskera (vascuence), yakintza (saber), gizarte (sociología) e idazti deuna (sagradas escrituras).

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Jokin Zaitegi.

Tras su paso por Panamá en 1937 y posteriormente por El Salvador (1937-1944), donde había sido profesor de Teología en el Seminario Central, Jokin Zaitegi se había establecido en 1945 en Guatemala, de cuyo Instituto América llegó a ser director técnico, pero llevaba ya a sus espaldas una notable labor en el campo de la cultura, que se remontaba por lo menos a 1934, cuando su poema «Tori nire edontzia» es galardonado en los Eusko Olerti Egunak, y además acababa de ver publicada en 1946 en México un primer volumen de traducciones al euskara del teatro de Sófocles Sopokel’en antzerkiak I, en la editorial de breve vida Pizkunde («Renacimiento»), que el año anterior se había estrenado con el poemario de Telésforo de Monzón Urrundik. Bake Oroi (en una lujosa edición ilustrada por Juan de Aranoa y traducción al español de Germán de Iñurrategui). Y de 1946 es también, en la mexicana Pizkunde, el poemario de Zaitegi Goldaketan («Arando»), donde alternan las traducciones de autores muy diversos (Verdaguer, Maragall, Baudelaire, Horacio) con composiciones propias que contribuyen a perfilar la concepción que de la lengua literaria tenía Zaitegi. Escribe Zabala:

…son poemas muy influenciados por Lizardi, en los cuales la naturaleza tiene una presencia destacada, pero que también evidencian otras lecturas como Lauaxeta y Orixe. De nuevo, la temática es tradicional y, además, religiosa, con especial hincapié en la nostalgia de quien se halla lejos de su país, utilizando para ello un idioma muy culto y elaborado. De hecho, Zaitegi va a representar durante la posguerra la tendencia más purista en la defensa del idioma.

monzonAdemás, unos años antes, en 1945,  había publicado ya en Guatemala, en los Talleres Imprenta Hispania, su traducción del poema épico Évangeline or a Tale of Acadie del escritor estadounidense Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882). La creación de Euzko-Gogoa fue precedida de una extensa labor de preparación, y se concretó en primer lugar en un texto, «Asmoa» («Intención»), que constituía un llamamiento de Zaitegi a la colaboración de escritores e intelectuales vascos de toda tendencia, tanto estética como ideológica, dispersos por toda América en un proyecto común de salvaguarda de la cultura y la lengua vasca. Al parecer, su llamamiento tuvo poco eco y el primer número fue escruto casi por completo por el propio Zaitegi. Sin embargo, los índices de Euzko-Gogoa son un reflejo del éxito que finalmente obtuvo en este propósito integrador, pues en ellos confluyen escritores de muy diversas generaciones: Ibiñagabeitia, Salvador Michelena (1919-1965), Xavier Diharce Iratzeder (1920-2008), etc., e incluso ya de nuevo en Europa consiguió la colaboración, en ocasiones bajo seudónimo, de jóvenes escritores residentes en la Península como Federiko Krutwig (1921-1998), Jon Mirande (1925-1972), José Luis Alvarez Enparantza «Txillardegi» (1929-2012), Txomin Peillen (n. 1932) o Gabriel Aresti (1933-1975), quien se inició precisamente como escdritor en esta revista, lo que llevará incluso a Euzko-Gogia a asumir un papel importante en el renacer de la actividad literaria en el interior. Según ha escrito Zabala, «Euzko-Gogoa era una revista plural, abierta, de contenidos intelectuales, ensayísticos y literarios, sobre todo».

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Página de Euzko-Gogoa en la que aparece uno de los escasos textos (publicitario) en español.

En cuanto a la financiación, ante la dificultad de cobrar de los suscriptores, fue de particular importancia la obtención de fondos mediante la puesta en marcha de algunas iniciativas de Zaitegi, y en particular del colegio Liceo Landibar, que más adelante se convertiría en la sede del Centro Vasco de Guatemala, y de la residencia para estudiantes Santa Mónica, ambas instituciones en pleno centro de la capital guatemalteca.

Para llevar adelante el proyecto, pudo además contar muy pronto con la colaboración del poeta y ensayista Nikolás Ormaetxea «Oritxe» (1881-1961), aunque esa colaboración se agotó a los seis meses cuando Oritxe prosigue su periplo por tierras americanas trasladándose a El Salvador. Años más tarde, en 1954, después de estar todo el año 1953 sin aparecer, la revista experimentó un cierto relanzamiento con la llegada a Guatemala de Ibiñagabeitia, que sin embargo también fue breve. Las dificultades para contactar con el público natural de una publicación como esta, a la que por otra parte las autoridades franquistas prohibían el acceso, añadido a las dificultades y encarecimiento que suponía la distribución de la revista en los distintos países americanos, acabaron por decidir a su director a trasladarse a Euskal Herria (donde proseguirá, no sin altibajos, hasta 1960, más de 4.000 páginas en total), no sin antes haber dado a la imprenta la tercera parte del célebre poema de Mitxelena Arantzazu, «Bizi Nai», cuya publicación en la Península era a todas luces imposible.

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De izquierda a derecha: Ibinigabeitia, Zaitegi y Oritxe en 1954.

La amplia representación de traducciones de clásicos griegos y latinos al euskara dan fe de la voluntad de mantener y pulir la lengua literaria, dignificándola como lengua de cultura, y entre los autores publicados se cuentan Cicerón y Plino el Joven (en traducción de Vicente de Amézaga), Ovidio y Virgilio (por Ibinagabeitia, y en el caso de Virgilio también por Santiago Onaindía), Fedro (anónima), Petronio (por Miguel de Arruza), etc., así como de diversas obras de Shakespeare vertidas al euskara por Bedita Larrakoetxea (1894-1990), como El rey Lear, La Tempestad o Macbeth, cuentos procedentes de Las mil y una noche traducidos bajo el seudónimo G. Larrañaga o también autores menos esperables, como Jacinto Benavente (de quien Andima tradujo La fuerza bruta)… Y es interesante constatar que en muchos de estos casos constituyeron la base o el punto de partida para proyectos de traducción más amplios que se publicaron posteriormente en España, como es el caso de las obras completas de Shakespeare o de Virgilo en euskara. Tan o más interesante que la publicación de la revista fue la distribución, en forma de separatas o de muy breves volúmenes, de textos en euskara desde Guatemala, que de todos modos se enfrentaban a los mismos problemas de distribución y de prohibición en España y de los que sin embargo, debido a su propio carácter breve, efímero y perseguido, apenas parecen haber quedado registros.

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Fuentes:

Euzko-Gogoa (1950-1959).

Iñaki Anasagasti, «La prensa nacionalista en Venezuela», en su blog.

Gorka Aulestia, «Un siglo de literatura vasca (III)», Sancho el Sabio. Revista de cultura e investigación vasca, núm. 7 (1997), pp. 13-77.

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Ejemplar publicado ya en Bayona, con nuevo formato y presentación.

Gabino Garriga, «El euskera en América», Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos, núm. 44 (1958), pp. 67-79.

Josep Mengual, «La edición bonaerense de libros en gallego, euskara y catalán (hasta la entrada de España en la OTAN)», Kamchatka. Revista de análisis cultural, núm. 7 (junio de 2016), pp. 97-119.

José Ramón Zabala Agirre, «Contra el silencio impuesto. Las publicaciones en lengua vasca del exilio de 1936», en Iker González-Allende, ed., El exilio vasco: Estudios en homenaje al profesor José Ángel Ascunce Arrieta, Bilbao, Universidad de Deusto, 2016, pp. 99-116.

José Ramon Zabala Agirre, «La lengua desterrada. La literatura del exilio en euskara», en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas exiliadas de 1939, Sant Cugat del Vallès, Gexel (Sinaia 1), 1993, pp. 51-56.

Entregar las traducciones a tiempo (sobre Martí de Riquer)

En su célebre conferencia «Aventuras y desventuras de un editor», ahora de fácil acceso en la revista Texturas, el editor Josep Janés i Olivé (1913-1959) hacía un breve recuento de algunos problemas que había tenido con traductores a lo largo de su carrera y se detenía, con respetuosa discreción, en el caso concreto de un traductor que durante varios años tuvo pendiente de entrega una traducción importante, los cuentos de Hoffmann, que finalmente no pudo publicar:

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En mi primera época de editor, un amigo que tenía fama, merecida por cierto, de muy inteligente entre sus compañeros de universidad, me ofreció una traducción de los cuentos de Hoffmann y me pidió con gran insistencia que la anunciase como de próxima aparición. Durante más de dos años la lista de obras en preparación tuvo una línea fija: «Los Cuentos de Hoffmann, traducidos directamente del alemán por Fulano de Tal». De esta inexistente traducción el pretendido traductor obtuvo fama, ya que no provecho. Cuando en algún periódico se publicaba alguna referencia al joven ensayista, siempre se aseguraba que era el brillante traductor de Hoffmann. […] ¡Traductor de Hoffman, directamente del alemán! Los compañeros le admiraban sinceramente. Pero la traducción, la misteriosa traducción, no llegó a publicarse. […] Han pasado veinte años. Este amigo ha tenido tiempo de casarse, de tener hijos y de escribir una ponencia para un congreso internacional de abogados […] Y sobre su mesa de trabajo siguen existiendo un gran pliego de cuartillas, de aquellas cuartillas del Ateneo [Barcelonès] de antes de la guerra, que empiezan ahora a adquirir un tono amarillento.

Vale la pena añadir que, curiosamente, en la preciosa novela del bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950), publicada originalmente en 1927 como segundo número de la colección Amor del Llibre, ya se alude a la carencia que supone el hecho de que no exista en catalán una traducción ni siquiera parcial de los cuentos de Hoffmann. Y a estas alturas y en este contexto, quizá no sea ya preciso ser tan discreto como lo fue en su momento Janés: el traductor Fulano de Tal del que se anunció reiteradamente la traducción de Els millors contes de Hoffman era Alfons Serrallach, estudiante de Derecho tras haber pasado por el colegio alemán, que en 1935 había publicado en Les Edicions de la Revista Evolució constant de les cultures. Un assaig sobre l’hora present y que, finalmente, paradojas del destino, en 1968 apareció como responsable de la traducción de algunos textos sobre Goethe incluidos en las obras completas de Thomas Mann publicadas por Plaza & Janés.

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Ramon Miquel i Planas.

Volviendo a los años treinta, el por entonces joven estudioso y, desde las páginas de La Publicitat, divulgador de la filología y de los clásicos Martí de Riquer (1914-2013) dedicó el 9 de abril de 1935 un reportaje a los Quaderns Literaris de Janés (con motivo de su primer aniversario), dentro de una serie muy interesante –que tal vez valdría la pena recuperar– que había iniciado con la editorial Barcino, y que posteriormente seguiría con Publicacions de La Revista, Biblioteca Univers, Edicions Proa, Editorial Alpha y las Monografies Mèdiques, y en la que destacaba de la labor de Janés, junto a la recuperación de obras originales en catalán y traducciones a esta lengua, la publicación de nuevos autores y de haber traducido por primera vez obras hasta entonces poco conocidas, con el siguiente balance:

Josep Janés i Olivé

Josep Janés i Olivé

En total son veinte volúmenes de Quaderns Literaris totalmente inéditos [traducidos] publicados en el transcurso de un año. Hay que confesar que pocas empresas editoriales catalanas pueden vanagloriarse en estos últimos años de una obra tan vasta dirigida al gran público. […] El criterio seleccionador de las obras es excelente, la presentación de los volúmenes esmerada. Al mismo tiempo, la colección presenta un carácter eminentemente patriótico y educador.

Al lado de las traducciones llevadas a cabo por primera vez de obras (con lo que quedaba representado un amplio abanico de la literatura universal) de Merimée, Stevenson, Tolstoi, Alfred de Vigny, Thackeray, Sterne, Stendhal, Saadi, Twain o Pushkin, Martí de Riquer menciona su propia traducción del Viatge a la lluna, de Hercule-Savinien Cyrano de Bergerac (1619-1655), que se había publicado como número 25 de esta colección, precedido de un breve prólogo, una serie de anécdotas acerca del autor y una bibliografía, y que en 2009 recuperó la editorial Adesiara en una versión revisada y completada por Jordi Raventós y con el título L’altre món.

En la publicidad incluida en la última página de la obra de Cyrano de Bergerac se presenta del siguiente modo:

Es una divertida historia que, bajo un fino y elegante humorismo, encierra la sátira más acertada y viva de los malos filósofos del siglo XVII, entre los cuales se formó Cyrano de Bergerac. El elemento maravilloso es tan sutil que a veces parece avanzarse a invenciones modernas (globos aerostáticos, electricidad, etc.). Toda esta historia está llena de una gran comicidad que mantiene vivo el interés del lector de cabo a rabo.

Sin embargo, en ese misma edición de 1934 de Viatge a la lluna se anunciaban otras traducciones asumidas por Martí de Riquer que nunca llegaron a ver la luz, y algunas de ellas siguieron anunciándose durante bastante tiempo. Es el caso, por ejemplo, de La pobra gent, de Dostoievski, que debía llevar a cabo en colaboración con Nicolau Ivanovich de Hartong. Se anuncia también en el número 25 de los Quaderns Literaris la versión de Martí de Riquer de La vida nova, de Dante Alighieri, que tampoco llegó a aparecer jamás, si bien pocos números después ésta deja de anunciarse como de próxima publicación. Y aun hay una tercera obra, que se anuncia en las últimas páginas de los Quaderns Literaris de 1936, que se supone que debía traducir Martí de Riquer, el Napoleón de Stendhal.

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Ilustrador: Fermí Altimir, autor también de la de Laia, de Salvador Espriu, como número 19 de Quaderns Literaris.

Ciertamente, la faceta de traductor de Martí de Riquer tal vez sea la menos conocida, aun cuando uno de sus primeros proyectos, siendo todavía muy joven, fue precisamente la traducción de los Diálogos de Luciano de Samosata, que aún en 2007 seguía considerando como la mejor obra cómica de los todos los tiempos y «una excelente burla de la mitología». Todavía no había cumplido los dieciocho años cuando en febrero de 1932 Riquer ya publicó en la revista Juventus una selección de los diálogos de la muerte (I y II), con comentarios al texto, y posteriormente añadió los números III a V en la entrega de la misma revista correspondiente a marzo. Unos años después, en la revista Rosa dels Vents que durante su efímera trayectoria dirigió Janés, ofreció una versión ampliada y revisada de estas mismas traducciones, que, añadidas a la de Cyrano de Bergerac, pueden presentar a un Riquer sumamente interesado por entonces en la literatura humorística, algo de lo que daría muestras también en las dos obras teatrales en catalán que se le conocen (Spinoza i els gentils y El troimf de la fonética). En cualquier caso, entre esa deriva hacia el arte dramático, el desarrollo de su interés por los estudios clásicos y, cómo no, el estallido de la guerra, nada se supo ya de esas traducciones prometidas a Janés.

Fuentes:

AA.VV., Martí de Riquer i els valors clàssics de les lletres. Vocació literària i filología en el centenari del seu naixement, Barcelona, Barcino-Institució de les Lletres Catalanes, 2014.

Coberta_RiquerValorsAntonio Rivero Taravillo, «Aventuras y desventuras de un editor», Fuego con nieve, 8 de enero de 2016.

Josep Janés i Olivé, «Aventuras y desventuras de un editor», conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955. Reimpreso en Texturas, núm. 18 (diciembre de 2015).

Martí de Riquer, «La tasca de les editorials catalanes: Quaderns Literaris», La Publicitat, 9 de abril de 1935, p. 4.

Martí de Riquer, «El canon secreto de Martí de Riquer», El Cultural, 4 de octubre de 2007.

Ramon Miquel i Planas, El llibreter assassí de Barcelona, edición de Josep Sarret, Barcelona, Montesinos, 1991.

Un testimonio sobre la Editorial Cervantes

La Barcelona de aquellos tiempos no permitía vivir de las tareas editoriales. Eran los trabajos peor pagados y menos valorados en que podía alquilar la pluma un escritor en apuros. Eran todavía peor pagadas que las de un periodista o profesor, y con eso ya está todo dicho. Al fin y al cabo, en castellano uno aún podía llegar a defenderse un poco. En catalán era como pedir peras al olmo. [la traducción, como todas en este texto, es mía]

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Agustí Esclasans.

Agustí Esclasans (1895-1967), autor de este pasaje referido a 1933 e incluido en sus memorias, sabía muy bien de lo que hablaba, pues su férrea vocación literaria le impulsó a ingeniárselas de todos los modos posibles para poder llevar a cabo su obra, ambiciosa y de largo aliento, recurriendo a todos las estratagemas a su alcance, y la de las tareas editoriales fue, como es fácil suponer, una de ellas. Con tan sólo dieciséis años, habiendo estrenado ya una obra teatral breve, tuvo que hacerse cargo del negocio textil familiar, que a los tres meses se vio en la necesidad de traspasar y empezó entonces un periplo laboral por todo tipo de miniempleos (profesor particular, secretario en una empresa de importación, corrector editorial, traducción…). Sin embargo, la firmeza de su vocación y el tesón para encontrar mecenas (Joan Merli y Josep M. López-Picó entre ellos) o suscriptores para llevar adelante sus magnos proyectos literarios, que demuestran una convicción inusual, lo convierten en un personaje extraordinario. Y también de ello dejó constancia, en un artículo de 1928: «Si por vocación (y la vocación es la única fuerza que salva a los hombres, en un momento u otro de su vida), un hombre ha nacido para la literatura, hará literatura mientras viva, pese a quien pese, contra todo y contra todos».

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Joan Merli (1901-1995).

En el mismo volumen del que procede el pasaje citado, dedica Esclasans unos párrafos interesantes a su paso por la Editorial Cervantes que ofrecen otra mirada sobre la empresa y aportan datos que contribuyen a perfilar la historia de esa editorial, en la que entró para cubrir el puesto de ayudante del director literario y en la que permaneció, a jornada completa con un horario de 9 a 13 h. y de 15 a 19 h., durante siete años. Ello le obligaba a levantarse a las cinco de la mañana para llevar adelante su obra literaria propia, pero no hay la más mínima queja de ello, se acostumbró a dormir cinco horas diarias).

La Editorial Cervantes –escribe en el segundo volumen de sus memorias– estaba instalada en la Diagonal, cerca del monumento a Jacint Verdaguer, frente a la calle Bailén. Era un gran almacén dividido por compartimentos de madera i cristal. La había fundado el noble poeta Fernando Maristany [1883-1924], y el noble consejero de la casa era el doctor Manuel de Montoliu [1877-1961]. Cuando yo entré en la empresa, era el gerente un señor llamado Joaquinet, y director literario el señor Vicente Clavel [1888-1967]. Este señor, inteligente, entendido en ediciones, de una gran simpatía, era valenciano, republicanazo, y creo que, de joven, había sido secretario del gran novelista Blasco Ibáñez.

Ciertamente, hay constancia de la camaradería de Clavel con Blasco Ibáñez, de sus coincidencias en materia política, y se ha señalado a menudo la empresa editorial del gran escritor valenciano, Prometeo, en la que Clavel había trabajado, como modelo para la Cervantes. En este sentido, quizá sea significativa la notable presencia en el catálogo de la Cervantes de un autor que se situaba tras los pasos de Blasco Ibáñez como fue Bernardo Morales San Martín (1864-1949), de quien se proyectaron unas obras completas cuyos primeros títulos fueron El ocaso del hombre, El enigma de lo imposible, La derrota de la carne, etc.

La casa editaba una colección, muy interesante, de pequeñas antologías de grandes poetas universales traducidas al castellano. El sector literario se sostenía, fundamentalmente, en las versiones castellanas de las obras del autor francés Pierre Loti. Más tarde empezó la edición de traducciones de las obras policíacas de  Oppenheim, que creo que aún hoy [1955] tienen bastante éxito.

Entre los fracasos de la empresa en esos años, en cambio, menciona por ejemplo la publicación seriada de El Capital de Marx en fascículos y una lujosa «gran enciclopedia del amor universal» de la que sólo se llegaron a imprimir los folletos publicitarios.

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Traducción y prólogo de Esclasans de la poesía de Poe (1936) para la colección de Josep Janés Oreig de la Rosa dels Vents.

Manuel Llanas, por su parte, destaca entre otras colecciones como Los Príncipes de la Literatura (Gogol, Flaubert, Tagore), Los Poetas Universales, Obras Literarias (de Benavente a Jerome K. Jerome), Selección de Novelas Breves, El Viaje Ilustrado (Lamartine, Roald Amundsen, Daniel Martñinez Ferrando) o la notable presencia de catorce obras de la premio Nobel sueca Selma Lagerlöf (1858-1940), y alguna que otra información adicional sobre el catálogo aparece en «Ambidextrismo editorial: Clavel y Maristany, traductores metidos a editores (o viceversa)».

Otros comentarios de enjundia que Esclasans hace situados en los primeros años treinta, parecen responder a unas situaciones que puede decirse que dieron casi cíclicamente, y que conocen demasiado bien los editores españoles veteranos, cuando se produce una crisis en Argentina:

La casas editoriales se declaraban en bancarrota. Empezó la devolución de letras protestadas. Y, cuando uno escribía pidiendo detalles la respuesta era un silencio siniestro, glacial. Las librerías de América pasaban a mejor vida sin avisar. Y se produjo un pánico entre los editores que daba grima. El colapso de la producción y exportación de libros era inminente. Y ya empezaban a palparse las consecuencias.

Manuel Llanas ya expresó su impresión, a la vista de los catálogos de la Editorial Cervantes, que buena parte de los libros de la casa iban destinados casi exclusivamente al mercado americano, del que probablemente acabara por depender, y menciona como ejemplos obras del uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917) y Morales de San Martín o toda la sección de Libros de Temas o Autores Hispanoamericanos, pero en la conclusión de las páginas que Esclasans dedica a su experiencia en esta editorial se encuentra una confirmación de ello de primera mano:

En la Editorial Cervantes el primer no sucedió nada. El segundo fueron despedidas algunos empleados subalternos menores. Y en los meses siguientes hubo nuevas supresiones de personal. Se empezó a hablar de suspensión de pagos. Una tarde, don Vicente Clavel me acompañó al salir. Mientras bajábamos por la calle Bailén, y aún no habíamos llegado a la calle València, me dijo, con mucho sentimiento, que se veía en la necesidad ineludible de despedirme, y que me daba un mes de plazo para organizarme.

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Vicent Clavel i Andrés (1888-1967).

La inestabilidad del sector editorial y librero americano seguro que dejó otras víctimas en España a lo largo del siglo XX, pero el testimonio de Esclasans, además de aportar información sobre la Editorial Cervantes, es muy expresiva de las consecuencias que estas crisis al otro lado del mar tenían en la industria española.

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Catálogo de la Editorial Cervantes.

Fuentes:

Esclasans, La meva vida II (1920-1945), Barcelona, Selecta, p. 126.

Agustí Esclasans, «Literats sense literatura», Civtat (Manresa), núm. 16 (1928), pp. 2-3.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Otra carrera literaria truncada por la guerra: Lluis Palazon i Beltran

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Lluís Palazón i Beltran (1914-1953).

Como consecuencia del resultado de la guerra civil española, son muy pocos los datos asequibles acerca de Lluis Palazon i Beltran (1914-1953), quien sin embargo llevó a cabo una incipiente pero muy interesante labor como narrador, una obra periodística que está aún por aquilatar y una imprescindible carrera como editor y director literario –al lado de Josep Janés i Olivé (1913-1959) –, de la que es también muy poco lo que se conoce.

La información más detallada y ordenada a la que se puede acceder con facilidad es el muy útil Diccionari de la traducció catalana, que ofrece algunos datos fundamentales. Según este texto, firmado por Annacris Mora i Figuera, Lluís Palazon nace en Barcelona y se estrena en el mundo de las letras en la muy exquisita publicación de creación literaria La Revista (1915-1936), que, bajo la dirección del poeta Josep Maria López-Picó (1886-1959), aglutinaba a escritores en general bastante mayores que Palazon y más o menos vinculados al Noucentisme que iban de Carles Riba (1893-1967) y J.V. Foix (1893-1987) a Josep Obiols (1894-1967), Agustí Esclassans (1895-1967) o Tomás Garcés (1901-1993), entre muchos otros.

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Josep Janés i Olivé.

Con apenas diecinueve años, en La Revista Palazon publica –salvo error– sólo dos textos ensayísticos en prosa, «Ideal i carácter» (julio-diciembre de 1933, pp. 62-63) y «Entre les aules i el carrer» (enero-junio de 1934, pp. 7-78), pero por esos mismos años ya ha iniciado una incipiente carrera en el periodismo, de la mano del aún más joven Josep Janés i Olivé, que cuando en los primeros meses de 1932 se convirtió en editor del Diari Mercantil renovó a sus colaboradores incorporando a jóvenes como Pere Calders (1912-1994), Avel·lí Artís Gener (1912-2000), Joan Teixidor (1913-1992), Ignasi Agustí (1913-1974), Enric Cluselles (1914-2014) y Palazón, que contribuyeron a dar un sesgo más cultural y alegre al periódico. Así cuenta Calders su trabajo, y el de Palazon:

De veras que no sé cómo se podría calificar el trabajo que hacía [en el Diari Mercantil], si de mozo de redacción o de colaborador literario. En cualquier caso, fue un período muy breve, porque el Diari Mercantil, editado en nuestra lengua duró desde el 1 de febrero de 1932 hasta el 5 de agosto de 1933. Mi ocupación principal consistía en recibir al ciclista que nos traía las noticias servidas por la agencia Havas. Venían copìadas en unas hojas de papel vegetal, casi transparentes, en una tinta decolorada que a menudo hacía difícil su lectura, pero nos las apañábamos. Otro compañero (Lluís Palazón, ya muerto) y yo teníamos la misión de seleccionar las informaciones que nos parecían más interesantes, traducirlas del castellano y ponerles título. A continuación las pasábamos a los linotipistas, que eran tres en total, uno para cada máquina.

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Palazón estuvo en primera línea también en la creación del efímero periódico Avui. Diari de Catalunya, una aventura de Janés cuya cabecera diseñó Calders y cuyo primer número apareció el 14 de octubre de 1933; figuraban como redactores Calders, Vicenç Verni y Palazón. De nuevo es Calders quien ha dejado un testimonio impagable del funcionamiento de esa disparatada iniciativa juvenil (en la que publicaron Ignasi Agustí, Farran y Mayoral, Sebastià Juan Arbó e incluso se estrenó Calders como narrador), que concluyó abruptamente cuando los empleados se cansaron de no cobrar: «[Janés] persuadió a los que hacían funcionar la imprenta y a unos cuantos redactores y colaboradores para que hicieran el periódico sin cobrar hasta que hubiera beneficios».

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Pere Calders.

Coincidiendo con esta aventura juvenil, encontramos ocasionalmente la firma de Palazón en las páginas del periódico de Manresa El Pla de Bages (donde firma por ejemplo una defensa de la conveniencia de instituir un premio de periodismo) y en un Avui. Diari de notícies editado en Reus que nada tiene que ver con el anterior. En esta última publicación aparece, por ejemplo, una completa reseña del poemario Glosari de Pietat, de Camil Genís, publicado en la Biblioteca Sabadellenca («Una nova obra de Camil Genís», 18 de octubre) y, aún más interesante, dos importantes textos acerca de Proust, uno sobre el epistolario («Evocació de Marcel Proust», 22 de nociembre de 1933) y el otro sobre la concepción del tiempo en su narrativa («La noció de temps en la estètica de Marcel Proust», 12 de diciembre de 1933), que ponen de manifiesto la lucidez y completa formación literaria que tenía ya por entonces Palazón, que le permitía hacer reflexiones y emitir juicios muy atinados. Y aún encuentra tiempo además para traducir nada menos que a Balzac para los Quaderns Literaris que pone en marcha su amigo Janés en 1934.

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Interior de Variacions sobre el crim.

Es posible que la firma de Palazón se agazape en alguna otra publicación que no he sabido localizar, y que sea también entonces cuando se incorpora a la Metro Goldwyn Mayer, tal vez como traductor. En cualquier caso, en el verano de 1936 aparece un asombroso conjunto de relatos, Variacions sobre el crim, que anuncian un prosista y narrador de fuste, con una marcada preferencia por los ambientes cosmopolitas, artísticos y literarios como escenario, un ágil empleo de las referencias y guiños culturales y una desinhibición temática muy refrescante. Así le presenta su editor, Josep Janés, en el frontispicio a este libro aparecido en la colección de La Rosa dels Vents Quaderns Literaris como número 120:

Lluís Palazon i Bertran pertenece a la generación de los novísimos. Nació en Barcelona y es el escritor más joven al que habremos incorporado a los Quaderns Literaris. Variacions sobre el crim es la primera de las obras que pubica, pero no la primera que ha escrito; todos los trabajos literarios llevados a cabo con anterioridad a este libro permanecen todavía inéditos, salvo algunos ensayos […].

La labor inédita de Palazon abarca los campos más diversos; ha escrito novela, poesía, ensayo, crítica; ha hablado de cine, de filosofía, de arte, de catalanismo… Siempre, sin embargo, poniendo su obra de imaginación bajo el signo del surrealismo, particularmente grato a nuestro autor acaso porque sus más altos vuelos coincidieron con los primeros pasos de Palazon en el mundo de las letras.

Bio

Original en catalán del texto de presentación de Variacions sobre el crim.

Por desgracia, la guerra truncó una carrera cuyo inicio era muy prometedor, y en la posguerra su pista aparece como mano derecha única e indispensable de los primeros pasos de Janés como editor cuando, a su regreso del exilio y el correspondiente paso por prisión, se establece en Barcelona (el mítico Muntaner, 316). Al lado de Janés hasta su muy prematuro fallecimiento, Palazon llevará a cabo tanto gestiones administrativas (varias peticiones de autorización a Censura llevan su firma), como de edición de mesa o de poco menos que dirección literaria, amén de dejar una nada desdeñable cantidad de traducciones –en la inmediata posguerra con seudónimo– publicadas en las diversas empresas que durante aquellos años puso en pie Janés. Así lo contaba el linotipista Joan Bonet i Martorell:

El único colaborador que tenía en sus sueños editoriales era Lluís Palazon. En lo que más parecía un trastero me mostró todo lo que había hecho hasta entonces. Aquellas colecciones de El Grano de Arena, Cristal, etc. Editadas muchas de ellas con restos de papel que pudiera haber de resmas en la fabricación de los papeleros, con papel de barba incluso, mientras se pudiera imprimir.

Según el testimonio de Manuel Martínez, cuando el 22 de agosto de 1942 se incorpora a la editorial para ocuparse de las tareas administrativas, descubre que la plantilla de esa asomborsa empresa que no paraba de publicar libros seguía estando compuesta sólo por Josep Janés, su hermano Ángel y Palazón.

El hermano de Lluís, Ramon Palazon i Beltran, que durante la guerra fue nombrado presidente del tercer tribunal popular de Barcelona y presidió la Audiencia de Lleida –por lo que Artís le bautizó como «Palazón de Justicia» para distinguirlo de su hermano–, fue uno de los muchos exiliados que se beneficiaron de la generosidad de Janés, y estando aún en Nimes, antes de su traslado casi definitivo a México, tradujo para él uno de los primeros títulos de Wodehouse, que apareció en las Ediciones Ánfora en 1943 firmado con el seudónimo Raymon Mayoral. Mucho más tarde, yCovertaVariacionsCrima en México, Ramon publicaría la traducción de la conocida y a menudo reimpresa Breve historia de la primera guerra mundial de Vincent J. Esposito (Diana, 1966), además de participar activamente en las iniciativas culturales del Consell Nacional de Catalunya.

Sin embargo, resulta muy lamentable, tras la lectura de Variacions sobre el crim, que no llegaran al lector las obras que su hermano Lluís habría sido capaz de dar a imprenta de no haber sido por el alzamiento y la consecuente guerra civil (y su resultado). E incluso en el improbable caso de que algún día se recuperaran y se publicaran esos trabajos inéditos a los que alude Janés (o los que pudiera haber escrito después), es difícil saber cómo se leerían en un contexto ya tan distinto. Llaman la atención los temas de los relatos de Palazon, pero sobre todo los ambientes y personajes que recrea y con qué precisión, la variedad de ecos que resuenen en sus tramas, quizás hoy un tanto demodés (Wilde, Baudelaire, Proust, Conan Doyle), pero también una cierta sintonía menos evidente con algunas de los cuentos sobre el príncipe Zaleski de M. P. Shield (1865-1947), y todo ello en una prosa ciertamente trabajada, pero que aun así hoy puede resultar añeja pese a su equilibrio y sobriedad. ¿O quizá no?

ANEXOS:

Traducciones de Ramon Palazon i Beltran

Traducciones al español

G. Wodehouse, El tío Fred en primavera (firmada como B. Palazón), Barcelona, Ánfora, 1942.

Maurice Constantin-Weyer, Una cuerda sobre el abismo (firmada Raimundo Mayoral), Barcelona, Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1942.

Émile Dermenghen, Vida de Mahoma (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, Lauro, 1942.

754366Abel Hermant, Eugenia de Montijo: La española que fue emperatriz de los franceses (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, s.l. [Barcelona]/ s.n. [José Janés Editor] Colección Historia, Imprenta Moderna, s.a. [1943]

Jacques de Lacretelle, Silbermann y El regreso de Silbermann (firmada como Raimundo Mayoral) Barcelona, Aymà (Bahía I), 1943.

Joseph Peyre, El escuadrón blanco (firmada como Raimundo Mayoral), ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Sáhara), 1944; reimpresa en Ediciones G.P. (colección Guada. Libros Alcotán 38), 1958.

Bibliografía de Lluis Palazon i Beltran:

(No se registra la obra en las publicaciones periódicas mencionadas)

Narrativa en catalán:

Tres variacions sobre el crim. Tres històries morals, Barcelona, Edicions de la Rosa dels Vents (Quaderns Literaris 120), 1936.

Traducciones al catalán:

Honoré de Balzac, El rector de Tours, Barcelona, Quaderns Literaris 15, 1934; reimpresa en El coronel Cubert [traducida por Domènec Guansé] y El rector de Tours, Barcelona, Destino, 1985.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Traducciones al español:

Raymond Radiguet, El baile del conde de Orgel (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Cristal, 1941.

Paul Valéry, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmadas como Luis Ignacio Bertrán), con ilustraciones de Joan Palet, Madrid-Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1941.

François Maurois, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1942.

Charles Morgan, Sparkenbroke (firmada como Luis Ignacio Beltrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1943; reimpresa con el título La llamada infinita por Plaza & Janés (colección El Arca de Papel 42) en 1973.

Robert Louis Stevenson, El secreto del buque Náufrago (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1943.

Maurice Baring, Recuerdo inquietante (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ánfora, 1942.

G. Wodehouse, Guapo, rico y distinguido (firmada como Luis Ignacio Bertrán), La Pléyade. Novelistas Ingleses, 1944; reimpresa en una versión revisada por Hugo Mariano, Anagrama, 1993.

Clament Richard Attlee, Hacia una nueva estructura social (firmada como Luis Palazón Bertrán), Barcelona, José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1946.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Patrick Hamilton, Luz de gas. Un guiñol victoriano (firmada como Luis Ignacio Bertrán), José Janés Editor (El Manantial que no cesa) 1947; reimpresa en Ediciones G.P., 1959, y posteriormente en Plaza & Janés.

Jack London, Una hija de las nieves (firmada Luis Ignacio Beltrán), con ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Barcelona, Ediciones Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Alaska), 1949.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundiall III: La Gran Alianza (dos volúmens, firmado el primero como Luis Palazon y el segundo obra de Manuel Bosch Barrett), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1950.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundial VI: El gozne del destino (dos volúmenes, firmados ambos como Luis Palazon), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1951.

Fuentes:

La biblioteca de los hermanos Ramon y Lluís Palazon, compuesta de unos dos mil volúmenes, fue donada a la Biblioteca Pere Vergés de Badalona.

diccionari-de-la-traduccio-catalana_s.f., «El fundador del primer Avui dona la seva biblioteca», Avui, 27 de octubre de 1982, p. 42.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Annacris Mora i Figuera, «Lluis Palazon i Beltran», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, dirs., Diccionari de la traducció catalana, Vic, Eumo-Universitat Autònoma de Barcelona-Universitat de les Illes Balears-Universitat Jaume I-Universitat de Vic, 2011.

Lluis Palazon, Variacions sobre el crim. Tres històries morals (Incluye los relatos «Variacions sobre el crim», «Decebuts» y «El secret de l´homosexual»), Barcelona, Quaderns Literaris 120, 1936.

Joan Solà i Drachs, Història dels diaris en català, 1879-1976, Barcelona, Edhasa, 1978.

Carlos F. Maristany y las Ediciones del Zodíaco

En la inmensa mayoría de libros de historia literaria que mencionan las Ediciones Zodíaco fundadas por Carlos F. Maristany (1813-1985) lo hacen en relación a las ediciones de los libros de Camilo José Cela Pisando la dudosa luz del día. Poemas de una adolescencia cruel (1945) y La vida de Pascual Duarte (1946), o en algunos casos de la nunca llevada a cabo en vida del autor de una versión de La colmena (para la que estuvo también en tratos con Josep Janés).

Sin embargo, cuando al final de la guerra civil Carlos F. Maristany (formado en la Editorial Cervantes en la que trabajaba su padre), crea esta editorial, la inicia ya con unos primeros libros bastante interesantes y salvando una serie de dificultades importantes (comunes, por otra parte, a casi todos los editores de su tiempo: escasez de profesionales preparados, carencia de papel, inestabilidad del suministro eléctrico, imprentas envejecidas, retrasos debidos a censura, etc.).

Si quizá no los primeros en sentido estricto, algunos de los primeros libros que aparecen con el sello de Ediciones del Zodíaco son las traducciones de Roberto Koch. La novela de su vida, del alemán Hellmuth Unger (1891-1953), con un apéndice del tisólogo Rafael Serra Goday, encuadernada en tapa dura y con sobrecubierta ilustrada; La guerra del petróleo, del periodista austríaco Anton Zischka (1904-1997), con la que estrena la colección De los Documentos Vivos. Serie Alemana 1, traducido por Francisco Torres y encuadernado también en tapa dura con sobrecubierta ilustrada; y Opio, del también austríaco Rudolf Brunngaber (1901-1960), con notas y un mapa del Imperio Chino en 1900, en traducción de H. Bergmann e incluido en la misma colección. No parecen tener ninguna relación, estos Documentos Vivos, con la colección homónima de la editorial Cénit (que en 1931 publicó las Cartas íntimas de Lenin, traducidas por Andreu Nin (1892-1937).

No obstante, los primeros en los que se indica el año de edición son Katrina (1942) de la escritora finlandesa en lengua sueca Sally Salminen (1906-1976) en traducción de Francisco Torres Ferrer y Luis Vegas López (aún viva en las muy católicas Ediciones Palabra), quienes también tradujeron de la misma autora y para la misma editorial Mariana (1945) y una muy notable colección Las Horas Solitarias, con una serie dedicada a los clásicos rusos titulada Joyas Literarias de la Rusia de Antaño.

Como anotación al margen: No son datos baladís que, de Unger, José Janés publicara luego, por ejemplo, Deber y conciencia (1945) en la colección La Aventura del Hombre, que a Camilo José Cela le publicara el libro de cuentos El bonito crimen del carabinero y otras invenciones (1947) en Lauro o que Katrina se publicara en 1955 en la colección El Club de los Lectores promovida por Janés en asociación con Germán Plaza. Aunque no sea de momento posible precisar de qué modo y en qué grado o medida, es evidente que se estableció una estrecha relación colaborativa entre Janés y Maristany.

Joyas Literarias de la Rusia de Antaño se estrena en 1942 con tres volúmenes dedicados a Pushkin: El zar Saltán y otras obras, Boris Godunov y otras obras y Eugenio Oneguín y otras obras, con notas explicativas de Alexis Marco, un resumen biográfico del autor e ilustraciones de Ignacio María Serra Goday (media docena de láminas en blanco y negro por título), encuadernados en rústica con unas sobrecubiertas muy elegantes a dos tintas, de los que ese mismo año se hace una edición conjunta.

Esta serie se interrumpe tras estos tres títulos de Pushkin y la colección, en la que podía preverse otras series dedicadas a las grandes literaturas nacionales desaparece, pero ese mismo año se publica en Ediciones del Zodíaco una obra monumental, más de mil seiscientas páginas, que bajo el título Breviario de la Novela de Amor. Dieciocho novelas amatorias desde la antigüedad hasta nuestros días incluye obras procedentes de Las mil y una noche, de Longo, de Apuleyo, de Chaucer, de Merimée, de Dumas o de Valle Inclán (Sonata de estío), entre otros.

Al buen conocedor de la obra editorial de José Janés, sin duda este título le hará pensar en los dos volúmenes publicados años más tarde en la suntuosa colección Orfeo, Tres mil años de amor en treinta y una novelas (1956) y Tres mil años de amor en veintiuna novelas (1957), ilustrados por artistas como Joan Palet, Narro, Josep Obiols, Pedro de Valencia, Opisso y Emili Grau Sala, entre otros. Acertará: se nutren en buena parte del volumen de Ediciones del Zodíaco. También la ambición por dar a conocer todas las grandes obras de la literatura universal de todos los tiempos al lector español parece algo compartido por Maristany y Janés, que casualmente habían nacido el mismo año.

De 1943 son Vinieron las lluvias. Novela de la India moderna, del hoy acaso demasiado olvidado Louis Bromfield (1896-1956), traducida al alimón por el ya mencionado Vegas López y uno de los traductores más habituales de Janés, Juan G. de Luaces, y Greta Garbo como mujer y como artista, de Richard Kuhn (1900-1967), a la que la edición española añade una nota preliminar del popular periodista Ángel Zúñiga (que con Janés publicaría en 1949 Barcelona y la noche, además de escribir varios prólogos para ediciones janesianas)

Sergiusz Piasecki.

De 1944 es la traducción de Bojan Marcoff y Ángel Montiel de Primer amor, de Turguéniev, y la introducción del novelista polaco Sergiusz Piasecki (1901-1964) en una edición que es ejemplar de la honestidad y el grado de exigencia de Maristany, la de El enamorado de la Osa Mayor, en traducción firmada por José Farran i Mayoral (colaborador ya en la preguerra de los Quaderns Literaris de Janés y que en la posguerra sería uno de sus traductores más fieles) y con la traducción del prólogo que escribió el periodista y escritor Melchior Wańkowicz a la edición italiana. Ilona Narębska ha reproducido en su excelente y documentadísimo libro Literatura polaca en España (1939-1975). Autores, editores, traductores lo esencial de la nota editorial de esta edición:

Las circunstancias de la guerra actual han hecho imposible a esta casa la obtención de un ejemplar del original polaco de El enamorado de la Osa Mayor. Por esta causa, y contándose con la versión italiana de Evelina Bocca Radomska y Gian Galeazzo Severi, publicada por la acreditada casa Mondadori, no se ha vacilado en tomarla como base para la traducción española y encomendar ésta a la prestigiosa pluma de D. José Farrán y Mayoral, en la seguridad de que la versión ha de ofrecer al público las máximas garantías de fidelidad, escrupulosidad y corrección. Se ha incluido así mismo el prólogo que figuraba en la edición polaca, debido al notable escritor M. Wancowicz [sic], así como la nota de los traductores italianos que le sirve de complemento.

En una época en que era tan usual dar al lector gato por liebre (obras abreviadas, incompleas, censuradas, en traducciones apresuradas e indirectas), resulta tan sorprende como gratificante comprobar la honestidad en este sentido de Maristany, si bien es cierto que, como era usual durante la segunda guerra mundial, no hizo liquidaciones por las cuantiosas ventas de esta obra a su autor (exiliado de su país y residente primero en Londres y posteriormente en Italia): Vale la pena añadir también  que, si bien esta traducción de Farran y Mayoral fue reiteradamente reeditada en diversas colecciones (Club de los Lectores, 1955 y 1969; Cisne, 1957 y 1964; Libros Reno, 1965, 1973 y 1974; Obras Perennes, 1971 y 1974 ), hasta 2006, en Acantilado, no apareció la primera edición de El enamorado de la Osa Mayor directamente traducido del polaco (por J. Slawomirski y A. Rubió).

Como se advertirá a la vista del apéndice (provisional y no exhaustivo), hay una etapa que se inicia más o menos en 1946 en que parece que Ediciones del Zodíaco cesa en su actividad de edición literaria, para reemprenderla a mediados de los cincuenta, pero antes tiene tiempo de dar algunas otras obras importantes, como es el caso del Cervantes de Sebastià Juan Arbó o el mencionado poemario de adolescencia de Cela.

Ese mismo año aparece Carlos F. Maristany acreditado como director de una edición de Erasmo, de Johan Huzinga, traducida del inglés por Farran y Mayoral a partir de la versión alemana ampliada por S. Olives Canals, impresa por Agustín Nuñez (otro de los habituales colaboradores de Janés) y encuadernada artesanalmente. Sin embargo, en esos años el sello parece centrarse sobre todo en la edición infantil, y en particular en los “libros animados” de Julian Wehr. Pero esa ya es toda otra historia.

Apéndice: Obras localizadas de Ediciones del Zodíaco:

Helmuth Unger, Roberto Koch. La novela de su vida, Con un apéndice de Rafael Serra Goday, s/f. ¿1940?

Rudolf Brunngraberaber, Opio, traducción de H. Bergmann, completada con notas y un mapa, s/f., c. 1940 y 1956.

Anton Zischka, La guerra por el petróleo, s/f, c. 1940.

Sally Salminen, Katrina, traducción de Francisco Torres Ferrer y Vegas López, 1942; 1955 en El Club de Los Lectores.

Puchkin, El zar Saltán y otras obras,  Las Horas Solitarias, Joyas Literarias de la Rusia de Antaño 1, 1942.

Puchkin, Eugenio Oneguín y otras obras, Las Horas Solitarias, Joyas Literarias de la Rusia de Antaño 2, Ilustraciones:Serra Goday,1942.

Puchkin, Boris Godunov y otras obras, Las Horas Solitarias, Joyas Literarias de la Rusia de Antaño 3, 1942

Obras de Puchkin, Tres tomos (El Zar Saltán y otras obras, Eugenio Onieguin y otras obras y Boris Godunov y otras obras), notas explicativas de Alexis Marco e ilustraciones de María Serra Goday, 1942.

Autores varios, Breviario de la Novela de Amor. Dieciocho novelas amatorias desde la antigüedad hasta nuestros días. Contiene: Nala y Damayanti [leyenda india], Dafnis y Cloe [Longo], Amor y Psique [Apuleyo], Aucasino y Nicoleta [chanteable medieval francesa anónima], Jazmín y Almendra [De Las mil y una noches], Gualter y Griselda  [de Chaucer], Romeo y Julieta [Shakespeare], La Gitanilla [Cervantes], La Princesa de Cleves [Madame de Lafayette], Manon Lescaut [Abate Prevost], Werther [Goethe], Pablo y Virginia[Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre], Adolfo [Benjamin Constant], Atala [François Renée de Chateaubriand], Carmen [Prosper Mérimée], La Dama de las Camelias [Alejandro Dumas, hijo], Sonata de Estío [Valle Inclán], 1942. 1611 pp.

Louis Blomfield, Vinieron las lluvias. Novela de la India moderna, traducción de Juan G. de Luaces y L. Vegas López, octubre de 1943; 1955 y 1959 en Club de los Lectores.

Richard Kuhn, Greta Garbo como mujer y como artista, nota preliminar de Ángel Zúñiga, Barcelona, 1943.

Ivan Turgueniev, Primer amor, traducción de Boyan Marcoff y Angel Montiel, 1944.

Sergius Piasecki, El enamorado de la Osa Mayor, trad. José Farrán y Mayoral, 1944.

Leon Tolstoi, Infancia y adolescencia, traducción de Alexis Marcoff y L. Vegas López, 1944.

Sally Salminen, Mariana, traducción de Francisco Torres Ferrer y Vegas López, 1945.

Vicente de Artadi, Charles Peguy, lucha y pasión de un poeta, prólogo de José Ramón Amézola. Obra limitada y numerada de 540 ejemplares, s/f., 1948.

Felix Salten, La novela de un parque zoológico, traducción de Luis Vives, 1944; 1956 en El Club de los Lectores.

Roberto Luis Stevenson, Las aventuras de David Balfour, seguidas de Weir de Hermiston, Ilustrado,3 planos plegados con 6 mapas, 1944.

Caroline Miller, Colonos en Georgia, traducción de Juan G. de Luaces,1945.

Sebastián Juan Arbó, Cervantes, ilustrado con 40 fotografías inéditas de Gabriel Casas, en láminas fuera del texto, 1945.

J Huizinga, Erasmo, edición dirigida por Carlos F. Maristany, traducción del Inglés J. Farran y Mayoral ampliada sobre la versión alemana por Olives Canals, 1946.

Laurence Housman, Victoria Regina. Biografía dialogada, traducción de José Farran y Mayoral, ilustraciones de Ernest H. Shepard, 1946

G.R. Ranshaw, El libro de las maravillas científicas, traducción del inglés por Fernando Gutiérrez. Revisada por Darío Sagalés, con ilustraciones y fotografías b/n, 1946.

Trygue Gulbranssen, La voz de los bosques, traducción de Rosa S. de Naveira, Colección Gacela, 1955 y Los Escritores de Ahora, 1955.

Felix Salten, Historia de quince liebres, traducción de A. de Ocampo, con ocho ilustraciones al lápiz fuera de texto originales de Piedad Fornesa de Hons,1956.

Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte, prólogo de Gregorio Marañón, 1946.

Fuentes:
Daniel Domínguez, “Una novela de la frontera“, en La escuela del domingo, 21 de noviembre de 2011.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Ilona Narębska, Literatura polaca en España (1939-1975). Autores, editores, traductores, prólogo de Francisco Torres Monreal, Wydawnictwo Wyższej Szkoły Filologicznej (Biblioteka Iberoromańska 1), 2015.

 

Ambidextrismo editorial: Clavel y Maristany, traductores metidos a editores (o viceversa).

A principios de los años veinte nacen en Barcelona algunas interesantes colecciones dedicadas a la traducción a partir de la confluencia del activista republicano Vicent Clavel i Andrés (1888-1967), Antonio Navarro-Sala y Fernando Maristany i Guash (1883-1924), proyecto al que posteriormente se incorporará el editor Carlos F[ernando] Maristany i Mathieu (1913-1985), creador a su vez de las Ediciones del Zodíaco, y que a finales de los cuarenta y en los cincuenta se convertirá en una de las impulsoras del auge de los “libros animados” de Julian Wehr en España.

Vicent Clavel i Andrés.

Clavel i Andrés, cuyo lugar en la historia de la edición española va asociado siempre a su papel determinante como impulsor de las asociaciones profesionales de editores, se inició de muy joven como colaborador en periódicos y revistas, y ya en 1906 publicaba en Pueblo y en 1914 en la colección valenciana El Cuento del Dumenche, que ese mismo año pasó a ser dirigida por Vicent Miguel Carceller (1890-1940), quien se haría célebre por sus problemas con la censura cuando estaba al frente de revistas sicalípticas y satíricas, particularmente La Traca, y por su triste final, torturado y fusilado, a manos de los franquistas.

Logo de la editorial valenciana Prometeo.

Sin embargo, el personaje fundamental en la formación de Clavel fue el exitoso novelista y editor Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), en cuya Editorial Prometeo aprendió lo esencial antes de poner en marcha su propia editorial, Cervantes, en 1916. Entre las primeras publicaciones de la Cervantes valenciana se cuentan varias traducciones del propio Clavel, en particular de libros de asunto político en inglés, como es el caso de La victoria en marcha (1916), de David Lloyd George, con un epílogo de Gabriel Hanotaux, o El deber de América ante la nueva etapa, de Theodore Roosevelt, al tiempo que traducía también para otros editores valencianos, como es el caso de la imprenta y editorial Hijos de F. Vives Mora (Europa en escombros, de Wilhelm Muehlon, por ejemplo, en 1919). Sin embargo, en el cambio de década abre la Cervantes barcelonesa (si bien durante algunos años imprime también en Valencia), en la que incorporará a algunos colaboradores muy importantes, como el historiador y crítico literario Manuel de Montoliu (1877-1961), el escritor y traductor Alfons Maseras (1884-1939) o el mencionado Maristany (padre), que darán un giro o ampliarán el punto de mira hacia libros más literarios. Luis Miguel Lázaro atribuye tanto el traslado de Valencia a Barcelona como la orientación literaria, entre otras cosas, a la conveniencia de no intentar competir comercialmente con la Prometeo de Blasco Ibáñez y Francesc Sempere (1859-1922). Sin embargo, las puertas que se le abrieron en Barcelona para establecer fructíferos contactos con las redes comerciales americanas y con la literatura uruguaya, chilena, argentina y sudamericana en general también se revelaron luego como muy importantes.

Fernando Maristany i Guash.

Fernando Maristany, por su parte, tras darse a conocer en 1913 como poeta con En el azul (edición que luego retiró para reeditarla corregida en Cervantes), obtuvo un enorme éxito con su selección y traducción de Poesías excelsas (breves) de los grandes poetas. Traducidas directamente en verso, del italiano, alemán, inglés y francés, publicadas en 1914 por Antoni López Benturas (1861-1931), a la que seguiría una serie de Las cien mejores poesías (líricas) de diversas lenguas en verso, que también obtuvo unas ventas más que notables (la francesa, publicada por la Cervantes en Valencia, llegó a los 16.000 ejemplares en tres ediciones, y la inglesa, prologada por el prestigioso crítico y poeta Enrique Díez Canedo [1879-1944] y con una edición paralela en Argentina, también se reimprimió).

Con estos mimbres nace un proyecto acerca del que escribe Luis Miguel Lázaro, quizá quien mejor lo ha analizado:

Sin duda, una singularidad definitoria del proyecto editorial de Clavel reside en la apuesta clara y decidida por la edición de poesía bajo la dirección inicial del poeta postmodernista catalán y traductor Fernando Maristany, obstinado según [Miguel] Gallego [Roca] en «verter al español un canon de la poesía “lírica” universal», cosa que creaba una cierta imagen de marca en el conjunto de la oferta editorial de esos años. Una parcela de especialización que, a nuestro entender, identificará la editorial de manera muy clara y que lo que busca es encontrar un sitio en el mercado con la edición de poesía.

Tanto Clavel como Maristany, además de prólogos, notas introductorias e incluso textos destinados a ser publicados en forma de volumen, llevaron a cabo una ingente cantidad de traducciones, o se ocuparon de poner en contacto a buenos conocedores de la lengua de partida con buenos escritores en la lengua de llegada para poder culminar a cuatro manos traducciones que luego resistieron muy bien el paso del tiempo. La importancia de la labor de Maristany como introductor de literatura inglesa, por ejemplo, ha sido a menudo destacada como pionera, pero quizá tan importante como ello sea la capacidad que tuvo este tándem que formaron Clavel y Maristany, y su excelente equipo de colaboradores, para conseguir encontrar al traductor idóneo en esos tiempos para poner a disposición de los lectores españoles algunas de las obras fundamentales, sobre todo de literaturas periféricas (la portuguesa o la sueca, por poner dos ejemplos), de la cultura universal.

De 1925 es el lanzamiento de otra colección literaria muy importante, la Colección Cervantes, en la que se publicarán por primera vez algunas traducciones de muy larga vida editorial, como es el caso de algunas novelas de la escritora sueca la premiada con el Nobel en 1929 Selma Lagerlöf (1858-1940), traducidas directamente del sueco por el lingüista y filólogo checo Rudolf Jan Slabý (1885-1957), al lado de Místico amor humano (1925), de Alfonso Nadal, con prólogo de Vicente Clavel e ilustración de portada de Arturo Ballester.

En la misma línea puede situarse la posterior colección Los Príncipes de la Literatura, que con cubiertas también del diseñador e ilustrador valenciano Arturo Ballester (1892-1981) y a menudo prologadas por Clavel, mediada la década de los veinte puso en circulación un impresionante catálogo en el que figuran traducciones y ediciones rigurosas de varias obras de Gogol, Tagore (en traducción directa del bengalí de Noto Soeroto y Guillermo Gossé), Eça de Queiroz, Jens Peter Jacobsen, Flaubert o Sherwoood Anderson. Muchas de estas traducciones serían recuperadas en la posguerra (en muchos casos a iniciativa de Josep Janés, yerno de Alfonso Nadal), y algunas de ellas se han estado reeditando hasta muy recientemente, y lo mismo puede decirse, por ejemplo, de las traducciones que el propio Clavel hizo de diversas novelas de Pierre Loti, que en la primera década del siglo XXI aún fueron reeditadas por la barcelonesa editorial Abraxas.

El escritor argentino Leopoldo Lugones (1874-1938).

Y a ello hay que añadir el muy notable impulso que dio la editorial Cervantes en la península a la obra de escritores americanos importantes tales como José Enrique Rodó (1871-1917), Alicia Lardé (1895-1983). Horacio Quiroga (1878-1937), Gabriela Mistral (1889-1957), Juana de Ibarborou (1892-1979), Benito Lynch (1885-1951), Alfonsina Storni (1892-1938) y tantísimos otros, la difusión los grandes nombres de la literatura portuguesa o la creación de algunas iniciativas no por efímeras menos interesantes, como es el caso de Prisma. Revista Internacional de Poesía (1922), dirigida desde París por el poeta y traductor mexicano Rafael Lozano (1899-¿?) y en cuyas páginas convivieron textos narrativos, poéticos y críticos de Shelley, Verlaine, Lugones, Hugo von Hofmannsthal, Joan Maragall, Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Juan Ramón Jiménez y Fernando Maristany entre otros muchos, así como las colecciones de libros ilustrados de grandes viajes  (Lamartine, Amundsen, Martínez Ferrando) o iniciativas singulares como la edición en lengua española de la ambiciosa y extensísima serie de La evolución de la humanidad, dirigida por Henri Berr.

A la muerte de Fernando Maristany, su hijo Carlos F. Maristany se convirtió en más que digno sucesor, y al margen de sus traducciones para la Cervantes, es digno de mención su papel como creador de otra colección muy singular, las Ediciones del Zodíaco, que es sobre todo recordada por haber publicado a Camilo José Cela, pero de la que también fueron muy populares sus innovadoras colecciones infantiles y tuvo un peso notable en una colección tan interesante como El Club de los Lectores, que se alimentó de obras preexistentes en los catálogos de Germán Plaza (1903-197), José Janés (1913-1959) y Ediciones del Zodíaco.

CatCERVANTES

Cubierta de un catálogo general de la Editorial Cervantes.

Fuentes:

Una muestra del catálogo de la Cervantes puede verse aquí, pero es más completo y útil el texto de Luis Miguel Lázaro que se menciona a continuación:

Luis Miguel Lázaro, «L’edició popular a Espanya. El cas de l’Editorial Cervantes», Educació i Història: Revista d’Història de l’Educació, núm 22 (julio-diciembre de 2013), pp. 33-63.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2005.

Anthony Pym, «Translational and Non-Translational Regimes Informing Poetry Anthologies. Lessons on Authorship from Fernando Maristany and Enrique Díez-Canedo», en Harald Kittel, ed., International Anthologies of Literature in Translation, Berlín, Erich Schmidt, 1995, pp. 251-270.

Anthony Pym, «Humanizing Translation History», Hermes, 42 (2009), pp. 23-48.

La injustificada modestia de un editor emboscado (homenaje a Carlos Pujol Jaumandreu)

“Hacer libros divertidos pero secretos, esta es la fórmula.”

Carlos Pujol

Es casi inevitable, al referirse a lo que fue el grupo Planeta en el siglo XX, mencionar los nombres de José Manuel Lara (Lara Hernández y Lara Bosch), pero en lo que se refiere a la Editorial Planeta, es muy probable (y comprobable) que uno de los hombres más importantes de la casa fue Carlos Pujol Jaumandreu (1936-2012), que procedía del mundo universitario cuando entró en la órbita de lo que entonces era el gigante indiscutible de la edición española.

Carlos Pujol, que siempre reivindicó a Martí de Riquer como su gran maestro, al regreso de un lectorado en 1961 en Aberdeen (Escocia) se doctoró en Filología Románica con una tesis sobre Ezra Pound (1962) y empezó a ejercer la docencia de literatura francesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, pero le flaqueaba la vocación para semejante empresa. Al poco tiempo de su regreso a Barcelona ya estaba colaborando en la preparación de la colección de Clásicos Planeta que dirigían los catedráticos de su universidad Martí de Riquer, José Manuel Blecua Tejeiro y José Mª Valverde, así como leyendo, seleccionando, evaluando, informando y editando originales para la misma editorial. “Ahí anduvo haciendo informes, emitiendo dictámenes, resolviendo admirablemente traducciones, mejorando manuscritos”, en palabras de Jordi Gracia.

De izquierda a derecha, Juan Eslava Galán, Rosa Regàs, Pere Gimferrer, Ángeles Caso, José Manuel Lara Bosch, Carmen Posadas, Carlos Pujol Jaumandreu y Alberto Blecua.

Cuando en 1963 José Manuel Lara Hernández decide poner en marcha la versión española de la Enciclopedia Larousse, y tras consultarlo con Riquer, pone la magna y ambiciosa obra en manos de Carlos Pujol, momento en que su carrera como editor, aunque no abandonara todavía la universidad, toma impulso y, además de desempeñar un papel de primer orden en la formación en el oficio de un por entonces joven José Manuel Lara Bosch, le llevará a formar parte del jurado del Premio Planeta (al jubilarse Manuel Lombardero en 1972) y a ocupar en Planeta episódicamente el puesto de director literario (1973), cargo al que, en palabras de su colega y sucesor Rafael Borràs Betriu, “había renunciado tras participar en una convención del departamento comercial con los vendedores de toda España, intervención que, por lo visto, no le resultó cómoda”.

A quienes tuvieron el privilegio de conocerle, no les extrañará esa incomodidad de un gentleman de la edición como él que agradecía mantenerse en la sombra, ocupándose de lo que le gustaba (los textos), al verse de pronto entre los “mercaderes de la literatura”; a quienes hayan leído su Voltaire, aparecido por esas mismas fechas (1973) les será también fácil hacerse una idea de qué poco encajaba él entre vendedores. Este ensayo, como los que le sucederían en los años siguientes (Balzac y La comedia humana, 1974; La novela extramuros, 1975; Abecé de literatura francesa, 1976; Leer a Saint-Simon, 1979…), así como su ingente labor como crítico literario en La Vanguardia, Abc, El Sol, El País y en numerosas revistas le acreditan como uno de los críticos más informados, finos y sensibles de su tiempo. Esta dedicación le llevó inevitablemente a abandonar la Universidad de Barcelona, en 1977, si bien volvería a las aulas entre 1997 y 2007 (en esa ocasión a las de la Facultad de Humanidades de la Universitat Internacional de Catalunya, de cuyo Consejo Académico formó parte).

Pero a esta imagen poliédrica añadió además la de prolífico y exquisito traductor con una versión del Moll Flanders (Planeta, 1978) de Defoe, al que se añadirían enseguida traducciones de  Pascal Lainé (La encajera, Argos-Vergara, 1978), Balzac (El primo Pons, Planeta, 1981) o Stendhal (La cartuja de Parma, Planeta, 1981), entre otros de semejante relumbre. Visto a una cierta distancia, la imagen que transmitía de crítico afilado, lector exquisito y traductor penetrante costaba de encajar con el ambiente planetario.

Para dar una vuelta de tuerca más, en 1981 se daba a conocer como novelista con La sombra del tiempo (y no hay que ser muy avispado para deducir de dónde procede el título del gran best séller de Ruiz Zafón), a partir de la cual se forjó una espléndida y brillante –si bien tan minoritaria como la de Patrick Modiano– obra novelística, en la que sobresalen títulos como El lugar del aire (Bruguera, 1984), Jardín inglés (Plaza & Janés, 1987), Los secretos de San Gervasio (Pamiela, 1994), Cada vez que decimos adiós (Seix Barral, 1999), Los días frágiles (Edhasa, 2003) o El teatro de la guerra (Menoscuarto, 2009).

También de los ochenta son su primer y sorprendente poemario (una biografía de Bernini en alejandrinos: Gian Lorenzo, Diputación Provincial de Málaga, 1987) y su primer libro de aforismos (Cuaderno de escritura, Pamiela, 1988), que contribuyen a perfilar una heterogénea obra literaria, en un sentido muy amplio, regida en todas sus vertientes por una técnica impecable, un dominio –sin exhibicionismos– de la lengua y una vastísima y profunda cultura literaria.

¿Qué hacía un hombre de letras de semejante categoría intelectual y ambición literaria proponiendo obras, evaluándolas, coordinando procesos editoriales y editando textos en un despacho de Planeta? Unas palabras del propio José Manuel Lara Bosch permiten atisbar una explicación:

No quiso nunca ni fue su objetivo fabricar bestsellers, pero no por ello despreció a los lectores de este tipo de obras; lo que hizo fue buscar aquel tipo de lector con el que él se sentía más identificado y con el que le resultaba más fácil comunicarse, y al final encontró al adecuado para su obra […] Supo distinguir perfectamente entre un tipo de obra, que es la que a él le gustaba crear, dirigida a un público exigente en los niveles literarios, y al mismo tiempo valorar perfectamente una novela que buscaba más los valores comerciales y el gran público. Y esto, que a primera vista parece muy fácil, ha sido siempre muy, muy difícil en el mundo editorial.

Sin embargo, más claro incluso fue su hijo, y también editor, Carlos Pujol Lagarriga, quien distinguió claramente entre su “oficio” y su “capricho”, y es evidente que se tomaban tan en serio el uno como el otro. Puedo dar fe de que cuando entregaba una de sus obras de creación, llegaba hasta tal punto revisada, con tal esmero corregida y comprobada hasta en sus más mínimos detalles que sus editores apenas podían desenfundar su lápiz rojo. Y eso es muy muy raro que suceda.

En su extensa trayectoria en el jurado del Premio Planeta, un galardón cuyo objetivo evidente nunca ha sido premiar la calidad literaria sino la comercialidad (dentro de unos mínimos de dignidad), Carlos Pujol era quien, en la práctica, lideraba y coordinaba el equipo de lectores, proporcionándoles unas pautas acerca de los rasgos o características deseados, y tras esa preselección las obras “finalistas” pasaban a manos del jurado (con la salvedad de las siempre supuestas injerencias de las agentes literarias con capacidad para ejercerlas, por lo que todo este trabajo podía ser casi en balde) y, en palabras del propio Pujol, “”salvo contadas excepciones, la decisión final se toma en la tradicional comida del jurado en un restaurante de Barcelona [Via Venetto]”. En cualquier caso, su participación y la de otros hombres de letras mesurado y muy consciente de su papel, como es el caso Alberto Blecua, siempre fue muy valorada por quienes formaron parte de esos jurados.

Otro de los méritos innegables de Carlos Pujol fue su capacidad para crear y liderar discreta y eficientemente equipos de trabajo, y es bien conocida la alineación del que formaban Maite Arbó (hija de Sebastià Juan Arbó), Laureano Bonet, Jordi Estrada, Marcel Plans (autor de los editings de buen número de títulos de la colección Espejo de España) y Xavier Vilaró. Por todo ello, no es de extrañar que Carlos Pujol, apreciado y estimado por sus colegas, respetado cuando no admirado por los autores y a quien no se le conocen enemigos, dejara un hueco importante en Planeta, aunque sea difícil precisar si quienes más lo echarán de menos serán los propietarios de la empresa o los lectores.

Es cierto que profesionalmente quizás hubiera podido dar más de sí en el ámbito de una editorial más eminentemente literaria, nunca lo sabremos con certeza por mucho que lo intuyamos, pero no es menos cierto que el nivel de exigencia y rigor estéticos en cuanto a traducciones y ediciones en Planeta quizás hubiera sido otro (en cualquier caso no más alto) sin su ojo avizor. Se le echa de menos.

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Dedicatoria de Carlos Pujol al autor del blog en su ejemplar de “Cada vez que decimos adiós” (Seix Barral, 1999): “Al amigo Josep Mengual, esta fantasía, con un abrazo”. ( abril 2003).

Fuentes:

Alberto Blecua, “Recuerdo de Carlos Pujol”, Fábula, núm. 32 (primavera- verano de 2012), pp. 54-55.

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Jordi Gracia, “Elogio intempestivo de Carlos Pujol“, Letras Libres, marzo de 2012.

José Manuel Lara Bosch, “Carlos Pujol, un hombre tranquilo”, Fábula, núm. 32 (primavera-verano de 2012), pp. 59-62.

Fernando Valls, “Carlos Pujol, sabio clandestino“, El País, 24 de enero de 2012.

 

 

Aún más delfines. Joan Gili i Serra y sus Dolphin Books

A Francesc Parcerisas, un cop més, agraït.

Cuando se habla de los libreros que a lo largo del siglo XX divulgaron el libro español en Europa, suele ocupar un lugar preeminente el valenciano Antonio Soriano (1913-2005) y su Librería Española de París, que, junto con la editorial de José Martínez Guerricabeitia Ruedo Ibérico, no sólo aglutinó a buena parte de los intelectuales antifranquistas residentes o de paso por París, sino que facilitó además su contacto con los españoles y latinoamericanos que recalaban en la capital francesa, y a este mérito no menor hay que añadir su labor como editora de unos pocos pero importantes y oportunos libros.

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Muy distinto es el enfoque que dio a la divulgación del libro español Joan Gili i Serra (1907-1998) –no confundir con Joan Gili i Montblach (1850-1905) origen de Editorial Litúrgica Española, S.A.–, que constituye un eslabón importante en una de las estirpes más insignes de la edición moderna. Con el modesto pero importante apoyo de Henry Warren, que aportó cincuenta libras, en octubre de 1934 Joan Gili fundó en la Cecil Court de Londres, no lejos de Charing Cross Road, la editorial The Dolphin Book Company y la librería The Dolphin Bookshop –no confundir tampoco con la histórica librería independiente Dolphin Bookstore, creada en Port Washington (Nueva York) en 1946–, empresas ambas que más adelante Joan Gili se llevaría consigo a Oxford, en cuya universidad se encontraban buena parte de sus compradores potenciales en Inglaterra.

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One hundred manuscripts relating to Latin America, Oxford, The Dolphin Book Co. Ltd. (Catálogo n.º 35, 1957).

La Dolphin Bookshop se especializó en bellos y buenos libros ingleses (“those English books which you will not only want to read but to keep”, según anunciaba) y sobre todo en obras en lengua española, tanto penínsulares como americanas, y en lengua catalana. Y ya con la primera edición que llevó a cabo subrayó esa personalidad de la empresa: Prosa diversa, de Miguel de Unamuno (Londres, 1938), seleccionada por el propio Gili y con un texto de presentación de quien fuera el primer profesor de español de la Universidad de Cambridge e insigne musicólogo John Brande Trend (1887-1958), al que seguiría un volumen de poemas de Federico García Lorca, traducidos por Gili y Stephen Spender, cuya selección e introducción corrió a cargo del eminente crítico lorquiano Rafael Martínez Nadal (1903-2001).

De un carácter muy distinto es otra edición de 1938, una carpeta (520×400) con veinte dibujos con grabados del pintor de la generación del 27 Gregorio Prieto (1897-1992), más portada, página de dedicatoria (“A los estudiantes españoles”) y justificación de tirada (100 ejemplares sobre papel de hilo) firmada por el autor.

La carpeta Prieto.

Sin embargo, el estallido de la segunda guerra mundial y los primeros bombardeos sobre Londres llevaron a Gili, recién casado con Elizabeth McPherson, a trasladarse a Oxford (14 de Fyfield Road), hay quien dice que por las amenazas recibidas por la embajada franquista (que sabía muy bien que la librería era un punto de encuentro de notables republicanos y que entre sus clientes estuvieron Juan Negrín, Pere Bosch Gimpera, Salvador de Madariaga, Josep Trueta, Luis Araquistáin y Carles Pi Sunyer), hay quien lo vincula con la voluntad de proteger la impresionante biblioteca del bibliógrafo e hispanista francés Raymond Foulché-Delbosc, fundador de la célebre Revue Hispanique, que se había subastado entre el 12 y el 17 de octubre de 1936 en el Hotel Drouot de París y de la que Gili se había hecho con una parte (en total se subastaron cerca de once mil volúmenes, además de trescientos cincuenta manuscritos, tres mil folletos y un número indeterminado de dibujos, estampas, mapas, planos, etc.).

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Imagen central del pliego de “One hundred…”, que muestra un nombramiento del arzobispo Juan de los Barrios fechado en 1556.

Al margen de la muy asombrosa labor de la editorial, entre la que se cuentan por ejemplo la primera edición, a cuenta del autor,  del Ocnos (1942), de Luis Cernuda, con 31 poemas; la Anthology of catalan lyric poetry (1953) preparada por Joan Triadú (1921-2010), la traducción de William y Mary Roberts del Platero y yo (1956) del Nobel español Juan Ramón Jiménez, con dibujos de Baltasar Lobo (1910-1993), o la alucinante obra en diez volúmenes del bibliógrafo y filólogo Antonio Rodríguez Moñino Floresta: joyas poéticas españolas (1953-1966),  o incluso de su más extraordinaria faceta de traductor de poesía catalana (Josep Carner, Carles Riba, Salvador Espriu), es sobre todoo muy notable la labor de Gili como divulgador y promotor de la lengua, la literatura y los libros españoles y catalanes.

La edición de Ocnos de 1942.

Si bien ya en 1937 había participado en la exposición bibliográfica anual que organizaba el Sunday Times con un stand de libros catalanes, una de las herramientas más importantes que empleó para ello, y para extender su radio de acción, fueron los encantadores catálogos que publicó (de los cuales por lo menos una parte fueron impresos en la Tipografía Moderna de Valencia), que no sólo reflejan el buen gusto de la Dolphin, sino que dan fe también de unas existencias realmente excepcionales.

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Catálogo de 1959.

Sólo a título de ejemplos ilustrativos tomados casi al azar, en el número 38 de Old and rare books relating to Latin America and Spain Overseas (including many unrecorded ítems), puede encontrarse la descripción de un ejemplar de la Despedida del Libertador [Simón Bolívar] a los Guayaquileños, impresa por la Imprenta de la Ciudad [Guayaquil], 1822; un Repertorio pintoresco sobre Yucatán obra del editor y litógrafo José Espinosa Rendón y redactado por Crescencio Carrillo, fechado en Mérida en 1863 profusamente ilustrado con litografías coloreadas; el Primer ensayo de Gramática de la lengua Yap (Carolinas Occidentales), con un pequeño Diccionario y varias frases, fechado en Manila (Filipinas) en 1888, o los catorce volúmenes de una Historia General de Philipinas, de Juan de la Concepción, ampliamente ilustrada con mapas e impresa también en Manila entre 1788 y 1792.

El número 40, A fine collection of old and rare Spanish Books and books relating to Spain ofrece un ejemplar impreso en Salamanca en 1542 de El cortesano, de Baltasar Castiglione, en la muy celebrada (por Garcilaso entre otros) traducción de Boscán; una primera edición de la Parte perfecta de las comedias del Fénix de España [Lope de Vega], impresa por la Viuda de Juan González en Madrid en 1635; un ejemplar de la Idea de un Principe Politico Christiano de Diego de Saavedra Fajardo impreso en Mónaco por Nicolao Enrico en 1640 (salvo los grabados, impresos en Munich) con la peculiaridad de conservar dos páginas de fe de erratas al final; una edición impresa en 1543 por Carles Moros Prouençal de Les Obres de Mossen Ausias March, que se tiene por la primera completa, o una primera edición del Tesoro de la Lengua Castellana (Luis Sánchez, 1611) de Sebastián de Cobarrubias, entre otras muchas y asombrosas joyas.

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Catálogo de 1961.

No es extraño que en la posguerra la librería de Joan Gili se convirtiera en punto de referencia ineludible de los más tenaces bibliógrafos y bibliómanos españoles y americanos, y buena prueba de ello la tenemos, por ejemplo, en el hecho de que el poeta Carles Riba le dedicara la tercera de las Elegies de Bierville, que testimonia no sólo la amistad que les unía sino también el agradecimiento por los libros extraordinarios que le consiguió, y de lo que hay rastros también en el magnífico epistolario preparado por Carles-Jordi Guardiola entre el poeta y el librero.

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Interior del “One hundred…” (1957), que alterna fichas descriptivas con imágenes de las obras referenciadas.

También en los diarios personales de Max Aub hay constancia de su conocimiento, y en una entrada del 12 de octubre de 1956 lo describe como uno de los “catalanes con vista” y consigna que “su mujer, inglesa, habla catalán, pero no español”. Y no sólo en la España franquista o en los países latinoamericanos eran difíciles de encontrar esos libros que sólo Joan Gili parecía poseer ejemplares, sino que también para muchos hispanistas estadounidenses y canadienses la Dolphin Bookshop se convirtió en irradiadora de libros raros a los más diversos puntos del planeta (mediante un cuidado sistema de envíos postales y cobros mediante cheque o transferencia bancaria, en función del país del destinatario).

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Interior del “One hundred…” (1957).

A nadie sorprenderá, por tanto, que en su rico epistolario aparezcan personajes como F. J. Norton, bibliotecario de la Universidad de Cambridge y autor de Printing in Spain (1501-1520) (1967), Two spanish verse chap-books (1969) y el monumental A descriptive catalogue of printing in Spain and Portugal 1501-1520 (1978), que por sí solo justificaría la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio que se le concedió en 1983, junto a los escritores Pablo Neruda, Carmen Conde o los hispanistas Peter Russell, André Belamich o Frank Pierce (primer presidente de la Anglo-Catalan Society, que también presidió más tarde Gili).

Cambridge- Londres-Nueva York-Melburne, Cambridge University Press, 1978.

Sin duda, la labor de Joan Gili i Serra como editor exquisito y concienzudo, traductor sensible y preciso de la mejor poesía de nuestro tiempo o impulsor de organizaciones divulgadoras de las letras hispánicas bastarían para justificar que ocupe un lugar destacado en la historia del libro español, pero su vertiente de anticuario y coleccionista especializado en libro hispánico (tenía en su colección particular ejemplares de Els usatges de Barcelona, de 1490, y la edición de 1507 del Llibre del Consolat del Mar) lo convierten en un personaje singular, cuya memoria se mantiene, por ejemplo, con la beca que lleva su nombre y que la Universidad de Oxford concede anualmente a un proyecto de investigación en la lengua y la cultura catalana. Muy apropiado.

Fuentes (vénse también los Comentarios):

Los archivos tanto de Joan Gili i Serra como de la Dolphin Books se hallan en la Senate House Library de la Universidad de Londres, salvo excepciones, como su correspondencia con su tío Gustau Gili i Roig, que se conserva en el fondo de la Editorial Gustavo Gili de la Biblioteca de Catalunya.

oan Gili i Serra.

Max Aub, Nuevos diarios inéditos, 1939-1972, edición, prólogo y notas de Manuel Aznar Soler, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio. Memoria del Exilio. Anejos 4), 2003.

Cartes de Carles Riba III: 1953-1959, edición y notas de Carles-Jordi Guardiola, Institut d´Estudis Catalans (Biblioteca Filològica XXVIII), 1993.

Manuel Llanas, El  llibre i la edició a Catalunya. Apunts i esbossos, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001.

Ian Michael, “Obituary: J.L. Gili“, The Independent, 8 de mayo de 1998.

Luis Monferrer Catalán, Odisea en Albión: Los repubicanos españoles exiliados en Gran Bretaña, 1936-1977, Madrid, Ediciones de la Torre, 2007.

Rosa Mª Piñol, “Oxford premia a Joan Gili, difusor de las letras hispanas en Inglaterra”, La Vanguardia, 26 de mayo de 1987.

“The J.L Gili Travel Bursary in Catalan Studies”, Exon. The Exeter College Magazine, núm. 6 (otoño de 2003), pp. 10-11.

 

Doctorow en España II: Traducciones y recepción

A la memoria de Josep M. Castellet (1926-2014)

E.L. Doctorow (1931-2015).

La desproporcionada frialdad con que los lectores españoles recibieron la obra de Doctorow no parece que pueda explicarse por haber sido publicada por editoriales desprestigiadas, con mala distribución o desconocidas (pues, como se vio en la entrada anterior, no fue el caso sino más bien todo lo contrario). Además, pronto se advirtió que Doctorow no era un autor que se pudiera publicar con el piloto automático o dejarlo en manos de traductores inexpertos y no tardaron en ocuparse de ello traductores literarios reputados o concienzudos.

Para la traducción de El arca de agua –explica Lionetti–, además de trabajar mano a mano con el autor, tuve que usar la segunda edición del diccionario Webster’s, la que se publicó en 1913, pero cuyos trabajos habían comenzado a fines del s XIX. Porque la obra era de una gran sutileza usando neologismos de aquella época que hoy han caído en desuso. La reconstrucción léxica y del ritmo que hace Doctorow en esta novela (y en muchas otras) es algo admirable.

Las traducciones hechas con ánimo bestsellerístico necesitaban revisión, cuando no una traducción completamente nueva.

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Patricia Escalona.

Doctorow es capaz de trabajar con muy diversos registros lingüísticos, y lo hace de un modo muy consciente y premeditado, con un propósito estrechamente vinculado con su concepción de la novela. También Patricia Escalona tuvo que estar muy encima de este aspecto al editar sus obras o al recuperar las preexistentes:

Los dos casos que recuerdo en que no se han utilizado las primeras traducciones que se hicieron son Ragtime y El libro de Daniel. Cuando las recuperamos para Miscelánea fuimos incapaces encontrar o llegar a un acuerdo con el traductor en cuestión… En el resto, se procuró respetar las ediciones consolidadas.

Recuerdo, como algo gracioso, que los excelentes traductores, Isabel Ferrer y Carlos Milla, habían suavizado el tono de algunas de las palabras malsonantes del La gran marcha, y que yo, conociendo a Edgar, me dediqué a devolver todos los tacos a su sitio, en toda su crudeza.

Orta cuestión que apuntaba Julieta Lionetti quizá explique mejor esa extraña recepción de la obra de Doctorow, el “desconocimiento de la tradición con la que dialoga”. En el reciente prólogo a la recopilación de los cuentos del autor estadounidense (Cuentos completos, Malpaso, 2015), escribe Eduardo Lago:

la clave del hacer de Doctorow como cuentista no se encuentra en Poe, sino en alguien de talante muy distinto: Jack London, por quien el autor de los cuentos que ahora presentamos, sintió siempre una adoración sin límites. Los seres solitarios que pueblan las narraciones de London tienen una íntima afinidad espiritual con los personajes modelados por la imaginación de Doctorow: el paisaje social en que se mueven, la profundidad de su trazado psicológico, su asombrosa capacidad para hacerse a sí mismos, la forma que reviste la lucha por la vida en que se ven envueltos, la misma que entraña el difícil trabajo de dar cuenta del mundo en el que viven por medio del poder de la palabra, reflejan una concepción muy similar de la escritura.

No puede decirse que Jack London (1876-1916) sea ajeno al acervo cultural del común de los lectores españoles, que siempre han tenido a su disposición la obra de este autor, pero quizá no pueda decirse lo mismo de algunas otras de las referencias clave en la novelística de Doctorow, como es el caso de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), Bernard Malamud (1914-1986), Henry Roth (1906-1995) o Saul Bellow (1915-2005), cuyo conocimiento ayuda a situar la obra de Doctorow y a aquilatar su importancia y que en español han sido poco o mal publicados. En cualquier caso, la crítica literaria se desconcertó ante las primeras traducciones de obras de Doctorow.

Bernard Malamud con Cynthia Ozick (n. 1928).

Cuando estuvieron listas las primeras galeradas encuadernadas de El arca de agua –recuerda Lionetti–, las envié a los mejores críticos de España. Y aquí hay una anécdota que muestra hasta qué punto nadie, o muy pocos, sabían (y saben) de qué iba Doctorow.

Suena el teléfono de casa a media mañana, una prueba de la buena relación con el director del suplemento, y del otro lado me anuncian que la crítica de El agua de agua no saldrá hasta que se hayan mojado otros periódicos.

–¿Por qué?

–Porque no me ha gustado. Me ha sabido a poco, es bastante infantil y no quiero perjudicarte abriendo el fuego con una crítica que no será del todo favorable.

–Muchas gracias. ¿Qué no te gustó?

–Es poca cosa, ya te dije. Y además ahora, con el estreno del Drácula de Coppola, ya no

queda nada que decir sobre estos temas.

 

A ese mismo desconcierto tuvo que enfrentarse más adelante Patricia Escalona, aunque obras como La gran marcha tuvieron una buena acogida:

La crítica lo abordó como pudo. Algunos pillaron sus intenciones y otros no; algunos consiguieron ir más allá de la excusa histórica que le servía para entender la actualidad de un país que amaba y le exasperaba a partes iguales, y de unos compatriotas que a ratos le parecían de Marte.

La gran marcha funcionó muy bien a nivel de ventas, fue la primera vez que tuvimos una portada en Babelia, y la crítica fue unánime en alabar sus virtudes.

La gran marcha permite como pocas novelas de Doctorow plantear la cuestión del género literario, pues la raigambre histórica de esta obra proporcionó un agarradero (peligrosísimo) para afrontarla: la novela histórica.

Marguerite Yourcenar (Marguerite Cleenewerck de Crayencour, 1903-1987).

La más o menos agobiante moda de la novela histórica de finales del siglo XX trajo aparejada una profusión abrumadora de obras de muy escaso valor literario que se limitaban a repetir esquemas, que empleaban el pasado (no siempre reproducido con rigor) como simple telón de fondo de argumentos que podrían haber situado en cualquier otra época y que no eran sino novelas de aventuras, de misterio o incluso policíacas situadas en el pasado. Nada que ver con quienes, como Yourcenar (cuyas Memorias de Adriano quizá sean, en mi opinión, la primera novela posmoderna) o Robert Graves (que lanzó interesantes hipótesis históricas mediante novelas como La hija de Homero o Yo, Claudio), que dieron un impulso realmente renovador al género. Prueba de hasta qué punto se había pervertido el género es la visión de Escalona.

Jamás se me ocurrió clasificarlo [a Doctorow] de novelista de género histórico. La Historia es su excusa pero él va mucho más allá. Es un novelista de personajes, un analista excepcional de la realidad que le tocó vivir y algunos episodios históricos le venían como anillo al dedo para lo que quería contar, pero no son lo que yo destacaría dentro de su obra ni muchísimo menos. Thorton Wilder o Robert Graves, aparte de la propia Yourcenar a quien mencionas son ejemplos comparables, más bien.

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Julieta Lionetti. FOTO: © M. Campins.

Más tajante incluso en este aspecto es Lionetti, que además deja lo que me parece una muy feliz definición de su narrativa:

Doctorow no escribió novelas históricas. Lo que lo obsesionaba era hacer el retrato de su país y en el boceto entraban tanto acontecimientos de los que fue contemporáneo como momentos clave anteriores a su vida que sellaron lo que hoy es Estados Unidos. Esta es una preocupación de muchos escritores americanos, y me refiero a “las dos” Américas, esos territorios fluctuantes, donde todo el mundo está siempre de paso y las identidades se confunden, renuevan e inventan cada diez años.

Doctorow fue un posmoderno que no le hizo ascos a trama y argumento. Con esto se ganó el desprecio de los hipsters españoles de aquel momento, que no recuerdo cómo los llamábamos. Y a la gente que iba por una lectura liviana o por una novela histórica le parecía que “este tío es un tostón complicadísimo”.

Quizá convenga distinguir entre obras como Billy Bathgate o La gran marcha, que pueden hacer disfrutar a lectores de unos conocimientos históricos y literarios muy diversos (y que por tanto admiten con facilidad unas interpretaciones de distinto calado o grado), de otras novelas de Doctorow más evidentemente difíciles o que requieren una mayor experiencia lectora. Explica Patricia Escalona:

Algunas de sus novelas sí que tienen esa virtud (Homer y Langley, La gran marcha, Ragtime, Billy Bathgate, La feria del mundo) pero otras son tan complejas estilísticamente que ni los lectores avezados las encuentran entretenidas. Son difíciles y un reto, pero mágicas también, porque abren la puerta a una literatura que existe pero que permanece ampliamente inexplorada.

Escribió su primera novela, Cómo todo acabó y volvió a empezar con la clara intención de dignificar un periodo histórico que Hollywood había prostituido hasta más no poder, el western. Quiso entrar en la psique de los que se instalaban en esos territorios salvajes, asediados por sociópatas. Y ahí supo encontrar espacio para que sus personajes mostraran violencia y compasión, coraje y cobardía, belleza y destrucción. Una sinfonía de opuestos que no hace más que repetir en todas sus novelas.

 

Poco después de la muerte de Doctorow, el joven crítico de la Universidad de York Adam Kelly dedicaba un agudo, penetrante y espléndido ensayo a la diversa suerte del escritor entre los lectores americanos y los colegas de profesión, por un lado, y a la relativa dejadez del mundo académico por otro, que puede servir de colofón a este texto, pues nos remite de nuevo al personalísimo estilo Doctorow, por mucho que, como cuenta Escalona, “Él siempre decía que no tenía estilo como escritor, pero que sus novelas sí”.

¿Cómo explicar –escribe Kelly  la disparidad entre el enorme interés de los escritores y los lectores por la ficción de Doctorow (y a las ventas sostenidas me remito, a los elogios generalizados de la crítica, antes incluso de la efusión provocada por su muerte) y una aparente falta de interés de la academia como institución. Puede haber muchas respuestas, pero voy a plantear una hipótesis: esa disparidad radica en el estilo de Doctorow.

Las editoras y traductores han hecho su trabajo, es pues “la hora del lector” (de nuevo).

 

Fuentes adicionales:

Eduardo Lago, “Un cuentista en el Bronx”, en E.L. Doctorow, Cuentos completos, Malpaso, 2015.

Adam Kelly, “E.L. Doctorow´s Postmodernist Style”, Los Angeles Review of Books, 9 de octubre de 2015.