La Pipa Sagrada y la literatura indígena norteamericana en España

La que muchos tienen por la colección española más importante destinada a la literatura de los llamados indios americanos tomó su nombre de un libro cuya historia editorial es bastante rocambolesca.

Alce Negro (Hehaka Sapa).

A principios de los años sesenta, un libro publicado originalmente en 1953 por el antropólogo Joseph Epes Brown (1920-2000) en la editorial de la Universidad de Oklahoma, The Sacred Pipe: Black Elk’s Account of the Seven Rites of the Oglala Sioux, experimentó un momento de inesperada atención, propiciado sobre todo por el resurgir de los movimientos ecologistas, de los que se convirtió en poco menos que un libro de referencia (en los setenta se divulgó sobre todo la edición en bolsillo de Penguin). A su vez, el libro de Epes Brown hubiera sido imposible sin la aparición previa en 1932 de Black Elk Speaks, las palabras recogidas por John Neihard del conocido como Alce Negro o, en lengua siux, Hehaka Sapa (1863-1950), el «médico» o «chamán» que en 1876 había participado en la celebérrima batalla de Little Big Horn y posteriormente resultaría herido en la masacre de Wounded Knee (19 de diciembre 1890), donde las fuerzas estadounidenses mataron a más de un centenar de hombres, mujeres y niños lakota y dejaron heridos a varias decenas, en la reserva de Pine Ridge (Dakota del Sur). Al parecer, Black Elk Speaks, publicado originalmente por la Universidad de Nebraska en una tirada muy reducida, fue posteriormente objeto de una edición de la neoyorkina William Morrow & Co., pero las restricciones de la guerra mundial hicieron que se destruyeran las planchas, y tampoco esta edición llegó al gran público. En español, aún puede encontrarse algún ejemplar de la edición que hizo en 1971 Noguer, en traducción del arabista Juan Antonio Larraya.

La edición española en Noguer.

Así pues, no fue hasta que se publicó la segunda edición de libro de Joseph Epes Brown que la filosofía de Hehaka Sapa llegó al gran público, pero entonces tuvo un gran impacto y en España se hizo conocido en los ochenta sobre todo gracias a la edición en la colección Biblioteca de Estudios Tradicionales de la editorial Taurus. Tampoco es de extrañar, pues, que la que muchos tienen por la mejor y más completa colección sobre la cultura indígena norteamericana tome por nombre La Pipa Sagrada.

Esta colección apareció ya a principios de los años noventa gracias a la feliz iniciativa de José J. de Olañeta Editor, que se había dado a conocer entre 1976 y 1977 con una serie de títulos que estaban en otra frecuencia de onda. En 1977, en los primeros pasos de la transición española a la democracia, este sello barcelonés y posteriormente mallorquín se presenta con dos obras del revolucionario Piotr Kropotkin (1842-1921), Las prisiones y La moral anarquista, y una por aquellos años provocativa edición de la Constitución de la República Española, y al año siguiente le siguen títulos como Polémica Maurín-Carrillo. Problemas de la unificación revolucionaria, de Joaquín Maurín, o Criterio libertario, de Anselmo Lorenzo, si bien ese año ya aparecen otros títulos que apuntan en otras direcciones, como Dalí o el anti-oscurantismo, del surrealista René Clevel (1900-1935) o, en catalán, Cants jubilosos, del poeta mallorquín Miquel Bauçà (1940-2005).

Cants jubilosos (1977), de la que se tiraron 200 ejemplares numerados, abría la colección Pentaleu (dirigida por Jaume Bover).

Con el tiempo, Olañeta va abriendo el abanico de intereses, al tiempo que el libro de combate político no tarda en desaparecer, y en 1993 se publican las primeras entregas de la colección La Pipa Sagrada. Se estrena con el autor más emblemático, el célebre fotógrafo y etnógrafo Edward S. Curtis (1868-1952) y el primer volumen de su serie sobre el El Indio Americano, Los beduinos de América, en traducción de la muy prolifacética y prolífica Silvia Komet (de J.G. Ballard a Mary Higgins Clark y de Edmund Dullac a Danielle Steel), cuya firma aparece en diversos volúmenes de esta serie.

Los otros cuatro traductores habituales al español de esta colección serán Esteve Serra (el habitual también de Titus Burckhardt para Olañeta), José Manuel Álvarez Flórez (quien además de autor de Girar de Anarcos, publicado en 1981 por Muchnik y descrito por Carlos Baral como «El himno en falsete para la liturgia de los ancestros», es un traductor todo terreno que ha firmado desde el Hitler de Ian Kershaw al Wilt de Tom Sharpe y de John Steinbeck y William Faulner a Albert Einstein), Maru Villavicencio (que tanto ha  traducido a Suzzane Foster como a Boris Vian, y varios títulos de tema indígena para Olañeta) y Francesc Gutiérrez (el grueso de cuya obra está también en Olañeta).

Sin embargo, más allá de la veintena larga de títulos imprescindibles de La Pipa Sagrada, en Olañeta la presencia de la cultura indígena norteamericana está muy presente en otras colecciones del catálogo, sobre todo a partir de los años noventa. En la colección Terra Incógnita, por ejemplo, aparece en 1995 como número 84 la traducción de Francesc Gutiérrez de las memorias de William Cody (1846-1917), más conocido como Búfalo Bill, Mi vida en las praderas, y en Los Pequeños Libros de la Sabiduría la presencia de este ámbito temático es muy notable.

Contra de Hielos, bosques y desiertos.

El número 20 de esta colección es Madre Tierra, padre Cielo, el breve (111 páginas) pero intenso libro creado con fotografías de Edward S. Curtis, acompañadas de una selección de textos de Joseph Epes Brown, traducidos por Serra, y a este siguieron La tradición del indio norteamericano (núm. 40), de E. Thompson Seton y J. M. Seton (traducción de Bartolomé Gili), la traducción de Manuel Serrat Crespo (1942-2014) de El pequeño libro de las noches (núm. 77), de Lawrence E. Fristch, así como textos fundamentales y tan influyentes como Hermano, el Gran Espíritu nos ha creado a todos (núm. 93) del jefe Casaca Roja, en traducción de Ángela Pérez; Mis palabras son como estrellas. Mensajes de tres grandes jefes indios (núm. 96), de Jefe Casaca Roja, Jefe Joseph y Jefe Seattle, ; Nosotros somos una parte de la tierra. Mensaje del gran jefe de Seattle al presidente de los Estados Unidos de América en el año 1855 (núm. 98), traducido por la filóloga y folclorista Carmen Bravo-Villasante (1918-1994); Éramos como el ciervo. Discurso en Washington en 1879 (núm. 118), en traducción de Ángela Pérez; El cazador de caballos (núm. 141), de la muy laureada historiadora Mari Sandoz (1896-1966)…, de los cuales además en algunos casos se publicó simultáneamente la traducción al catalán.

A tenor de todo ello, y más allá de La Pipa Sagrada (véase el apándice), no hay duda de que no existe en español un catálogo mejor para conocer más y mejor las culturas indígenas norteamericanas que el de José J. de Olañeta Editor.

Apéndice: La Pipa Sagrada

1 Edward S. Curtis, Los beduinos de América, traducción de Sílvia Komet, 1993.

2 Edward S. Curtis, Entre el desierto y el Gran Cañón, traducción de José Manuel Álvarez Flórez, 1993.

3 Edward S. Curtis, El pueblo del águila, traducción de Ángela Pérez, 1993.

4 Edward S. Curtis, Los guerreros de la danza del sol, traducción de Maru Villavencio, 1993.

5 Edward S. Curtis, Las tortugas sagradas, traducción de Victoria Llorente, 1993.

6 Edward S. Curtis, Cazadores de la pradera, traducción de Francesc Gutiérrez, 1993.

7 Edward S. Curtis, Tipis en la montaña, traducción de Maru Villavicencio, 1994.

8 Edward S. Curtis, Guerreros de antaño, traducción de Sílvia Komet, 1994.

9 Edward S. Curtis, Los pueblos de las canoas, traducción de Francesc Gutiérrez, 1997.

10 Edward S. Curtis, Chamanes y deidades, traducción de Ángela Pérez, 1994.

11 Edward Curtis, Los arponeros de Nootka, traducción de Ángela Pérez, 2003.

12 Edward S. Curtis, La danza de las serpientes, traducción de Esteve Serra, 1996.

13 Edward S. Curtis, El coyote y el castor, traducción de Esteve Serra, 1998.

14 Edward S. Curtis, Cabañas de Tule, traducción de Francesc Gutiérrez, 1997.

15 Edward S. Curtis, Misiones de California, traducción de Francesc Gutiérrez, 1996.

16 Edward S. Curtis, Imploración de la lluvia en Río Grande, traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Antonio-Prometo Moya Valle, 1994.

17 Edward S. Curtis, Danzantes y sociedades secretas, traducción de José Manuel Álvarez Flórez, 1994.

18 Edward S. Curtis, En los bosques y las llanuras de Canadá, traducción de Maru Villavicencio, 1995.

19 Edward S. Curtis, Las flechas sagradas, traducción de Francesc Gutiérrez, 1994.

20 Edward S. Curtis, En kayak entre los hielos, traducción de Ángela Pérez, 1999.

21 Edward S. Curtis, El espíritu de la llanura y el desierto. Suplemento gráfico a los volúmenes I-V, prólogo de Edward K. Flager, traducción de Ángela Pérez, 2002.

24 Edward S. Curtis, Hielos, bosques y desiertos. Suplemento gráfico a los volúmenes XVI-XX, traducción de Esteve Serra, 2002.

25 George Catlin, Los indios de Norteamérica, traducción de Ángela Pérez.

Fuentes e información adicional:

Catálogo de José J. de Olañeta Editor.

Vídeo de Rita Brugnara sobre la filosofía de Alce Negro “We are organic”-Says Aaron SeSersa Black Elk.

La obra fotográfica completa de Edward S. Curtis sobre los indígenas de Norteamérica puede verse en la web de la Northwestern University.

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La traductora Margarita Nelken (con Borges al fondo)

La labor de Margarita Nelken (1894-1968) como traductora ha quedado indisolublemente vinculada a la polémica acerca de la autoría de la primera traducción de La metamorfosis de Franz Kafka, en apariencia obra de Jorge Luis Borges, publicada en los números XXIV (abril-junio de 1925) y XXV (julio-septiembre de 1925) de la Revista de Occidente.

Margarita Nelken.

Sin embargo, ya entonces la políglota Margarita Nelken tenía una pujante obra literaria en marcha, que había arrancado en 1911 con «L’Oeuvre de Julio Romero de Torres», artículo publicado en la revista parisina L’Art Decoratif, si bien muchas fuentes aluden a un primer texto sobre Goya publicado a los quince años en la británica The Studio. Según constata la tesis doctoral de Trinidad Barbero Reviejo, en The Studio se estrena Nelken en el número 235 (de octubre de 1912, pp. 258-262) con un texto titulado simplemente «Eduardo Chicharro», y «Los frescos de Goya de San Antonio de la Florida» aparece en el número 319, de octubre de 1919 (pp. 81-85). Además, había puesto su firma en Mercure de France, Gazzette des Beaux Arts, L’Art et les artistes, Renovación Española, Archivo de Arte Español, Gaseta de les Arts, La Ilustración Española y Americana, Blanco y Negro, La Esfera…

También anteriores a la polémica traducción kafkiana es la aparición de su libro de crónicas Glosario. Obras y artistas (Librería de Fernando Fe, 1917), el ensayo La condición social de la mujer en España (Minerva, 1920) y los de narrativa La trampa del arenal (Editorial Hernando, 1923), El Milagro (Los Contemporáneos, 1924) y El viaje a París (La Novela Corta, 1925).

En cuanto a las traducciones, tampoco eran escasas las que firmó hasta 1925: En 1922 había publicado en Nuevo Mundo (17 de marzo) la del cuento del belga Horace Van Offel «Los cisnes negros», y quizá de esas mismas fechas sea uno de los títulos del ciclo de Pimpinela Escarlata, El primer sir Percy, de la Baronesa de Orczy; al año siguiente, en la colección Breviarios de Ciencias y Letras de la editorial madrileña Calpe, se publica su traducción La cultura romana, de Theodor Brit, y con pie editorial de la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP)-Renacimiento aparecía el primer volumen de los cuatro que tradujo de la Historia del Arte de Elie Faure (el último se publicó en 1928), que en 1944 publicaría Joan Merli (1901-1995) en su bonaerense editorial Poseidón.

En 1924 aparece en la editorial parisina Redier et Cie su traducción al francés de La sensualidad pervertida: ensayos amorosos de un hombre ingenuo en una época de decadencia (Essais amoreux d´un homme ingénue), de Pío Baroja (1872-1956), que cuatro años antes había publicado Caro Raggio. Quizá valga la pena recordar aquí como curiosidad que Borges también tradujo al francés, en su caso en prensa parisina, a Baroja. Y de 1925 son la traducción de Nelken, a partir de la alemana, del De profundis de Oscar Wilde con el título La tragedia de mi vida, así como Anatole France en zapatillas, de Jean-Jacques Brouson (ambas en Biblioteca Nueva), Dominique, de Eugène Fromentin (en Librería y Editorial Madrid), La reencarnada: novela ocultista, de Franz Spunda (en El Adelantado de Sevilla) y, en la editorial Revista de Occidente, La prodigiosa historia de un archipiélago imaginario, de Gerhart Hauptmann, y La decadencia del mundo antiguo. Seis conferencias, de Ludo Moritz Hartmann (como primer número de la colección Historia Breve).

No parece que la polémica sobre la autoría de la traducción de La metamorfosis de Kafka en la Revista de Occidente haya tenido una conclusión unánimemente aceptada, pero está claro que su origen está en el hecho de haberse publicado sin indicación del traductor –añadido, eso sí, a la destrucción del archivo de la editorial durante la guerra civil– y a la publicación de esa misma traducción en 1938 con la firma de Jorge Luis Borges (1899-1986) en la bonaerense colección Pajarita de papel de la Editorial Losada (y luego reimpresa profusamente: en Losada, en Alianza, en las Obras Completas de Emecé…). En 1974 ya circulaban rumores de que Borges no era el autor de esta traducción, y en 1998 Cristina Pestaña Castro dio pie a un cruce de artículos con Fernando Sorrentino que condujo a la hipótesis de que la autora de la traducción era Margarita Nelken (sugerida también por José Ortega Spottorno), pero ni siquiera el cotejo y estudio de las diversas ediciones que Pestaña Castro llevó a cabo en 1999 consiguió acallar tampoco algunas voces reticentes. Aún en 2014 Ana Gargatagli se planteaba y argumentaba la posibilidad de que la traducción de La metamorfosis fuera de Borges, si bien no tenía en cuenta el currículo que en 1964 Nelken mandó a Juana Maíllo en que mencionaba esa traducción como propia. También es cierto que en ese mismo texto menciona como su primera publicación en The Studio el texto sobre Goya, si bien eso quizá pueda responder al hecho de que entre el primer texto escrito y mandado para su publicación no fuera el primero efectivamente publicado. (Para la polémica, veánse más adelante las fuentes.)

Nelken, pistola al cinto, durante la guerra civil.

En los años previos a la guerra civil, Nelken publica pocas traducciones más (al margen de la de alguna obra teatral y algunas breves en prensa), Historia de la República Romana, de Arthur Rosenberg, como segunda entrega de la mencionada colección Historia Breve de Revista de Occidente y el capítulo dedicado a Cervantes del Montaige et ses trois premiers-nés, de Elie Fauré, pubilcado en Retratos Literarios con una ilustración de Picasso, ambos en 1926, pero en su exilio mexicano vuelve a cultivar el género.

En cuanto a esas traducciones ya en el exilio, en algún caso aislado parece tratarse de traducciones alimenticias, como es el caso de Radiación y radioactividad (1959), de Jack Schubert, en Muchnik Editor- Compañía General Fabril, pero eso quizá sea la excepción. Ya en 1944 colabora en la traducción del libro colectivo Los derechos del hombre en el Fondo de Cultura Económica, con el que establece una cierta relación que la llevará a ocuparse también de La vida literaria en la Edad Media (1958), de Gustave Cohen y de La correspondencia de las artes. Elementos de estéticas comparadas (1965), del filósofo Étienne Souriau. Para Juan Grijalbo, ya sea en las Biografías Gandesa de la editorial Atlante o en la editorial Grijalbo, traduce Leonardo da Vinci, obrero de la inteligencia (1954), de Fred Bérence, Fray Junípero Serra, el último de los conquistadores (1956), de Omer Englebert y La URSS con los ojos abiertos (1958), de Jules Moch, y posteriormente trabaja también para la bonaerense Editorial Sudamericana de López Llausas (Confesiones de un autor dramático y Nuevas confesiones de un autor dramático, de H.R. Lenormand, en 1950 y 1957, respectivamente) y para la Renacimiento mexicana (Vida y pasión creadora de Molière, de Leon Thoorens, en 1964).

Nelken en su exilio mexicano.

Menos constancia ha quedado de su trabajo como colaboradora de Hélène Stassova, a quien, según documentó Trinidad Barbero, entre otras cosas recomendó publicar en la moscovita editorial de la revista Literatura Internacional al venezolano Miguel Otero Silva y a los mexicanos Juan de la Cabada y José Revueltas.

Fuentes:

Trinidad Barbero Reviejo, Margarita Nelken (Madrid 1894- México D.F, 1968). Compromiso político, social y estético, Universitat de Barcelona, 2014.

Carlos García, «Borges y Kafka», versión aumentada del capítulo XVIII de su libro El joven Borges y el expresionismo literario alemán, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 2005.

Ana Gargatagli, «¿Y si La metamorfosis de Borges fuera de Borges?», versión compendiada y ampliada de una serie de artículos publicados previamente en el Centro Virtual Cervantes.

Pelayo Jardón Pardo de Santayana, Margarita Nelken: Del feminismo a la revolución, Alcorcón, Sanz y Torres (Colección Historia), 2013.

De izquierda a derecha, Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre.

Nina Melero, «Los traductores de La metamorfosis», Hyeronimus complutensis: el mundo de la traducción, núm. 12 (2005-2006), pp. 87-92.

Cristina Pestaña Castro, «Intertextualidad de F. Kafka en J. L. Borges», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm.  7 (noviembre 1997 – febrero 1998).

—«¿Quién tradujo por primera vez La metamorfosis de Kafka?», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm 11 (1999).

Fernando Sorrentino,  «La metamorfosis que Borges jamás tradujo», La Nación, 9 de marzo de 1977.

—«El kafkiano caso de la Verwandlung que Borges jamás tradujo», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm. 8 (1998).

—«Borges y Die Verwandlung. Algunas precisiones adicionales», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm. 12 (1999).

 

Los Mitos de Claudio López de Lamadrid

«Hacer “bien” los libros no es tarea sencilla […], aparte de práctica y experiencia, se necesita cierta vocación, al menos una vocación de perfeccionismo, de trabajo bien hecho o como quieras llamarlo.»

Claudio López de Lamadrid

 

Cuando a principios de este siglo el editor barcelonés Gonzalo Pontón contrató a Claudio López de Lamadrid (1960-2019) para sustituir a Daniel Fernández como director editorial del área de internacional en Grijalbo Mondadori, coincidiendo además con la llegada de Riccardo Cavallero (que había entrado en Mondadori en 1990), López de Lamadrid tenía ya a sus espaldas una densa trayectoria que le había permitido hacer un amplio aprendizaje del funcionamiento del sector. Como recordó en más de una ocasión, entró a los diecisiete años para colaborar en el traslado de la editorial Tusquets cuando esta se desplazó del domicilio particular de Beatriz de Moura en la calle Hospital a la sede de la calle Iradier, y allí pasó toda una década, interrumpida por unas prácticas en la parisina Christian Bourgois y las milicias, como editor de mesa, en una época en que coincidió en esa empresa con un muy buen equipo de editores. En la página 87 de Por el gusto de leer se publicó una conocida foto en la que aparecen en el jardín de la editorial en la calle Iradier Antonio López Lamadrid y Beatriz de Moura rodeados de unos muy jóvenes Ignacio Echevarría, Miriam Tey y Claudio (fechada en 1987).

A su salida de Tusquets, en 1988, se desempeñó como crítico literario en El Observador y Babelia y traductor sobre todo para la editorial Circe (la Lotte Lenya de Donald Spotto en 1990; Conceptos divinos sobre la belleza física, de Michael Bracewell en 1991, la Colette de Herbert Lottman en 1992; Los ojos vendados, de Siri Hustvedt en 1994), pero también para Muchnik (El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, en 1992, y Poderosas palabras, de Northrop Frye, en 1996, por ejemplo) o Tusquets Editores (El misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen), al tiempo que bajo la tutela de Hans Meinke y en colaboración con Ignacio Echevarría ponía en pie en el seno de Círculo de Lectores la editorial Galaxia Gütenberg, donde tuvo otro encuentro importante. Si de Beatriz de Moura aprendió cómo llevar a cabo la edición de textos, el diseñador Norbert Denkel (estrecho colaborador de Meinke) le abrió, según sus palabras «los ojos a la dimensión artesanal del oficio, y me enseñó también a ver cada libro en su singularidad, también desde el punto de vista gráfico».

De los primeros pasos en Grijalbo Mondadori es particularmente recordada la que por entonces (1998) se consideró delirante idea de publicar en España una colección de breves libros de poesía a un precio en apariencia ridículo, 350 pesetas (lo que no llegaba a suponer el precio de tres periódicos de la época). Se contaba ya con la experiencia de una idea muy similar en Italia que en febrero de 1996 había tenido éxito, pero aun así fue observada con mucho escepticismo en el sector editorial español (sobre todo por la asombrosa y cara) campaña publicitaria que la acompañó). Y también por las aerolíneas españolas, pues Iberia se cerró en banda a regalar ejemplares a los viajeros del puente aéreo por considerar que se trataba de un tipo de lectura demasiado dura para sus clientes habituales. López de Lamadrid era consciente de lo arriesgado de la apuesta: «Tenía un punto de locura, de acuerdo, pero en aquellos años todo lo bueno tenía un punto de locura».

En cualquier caso, a principios de 1998 aparecían con cubiertas muy modernas los volúmenes dedicados a Safo (630 a.C-680 a.C), en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal; Fernando Pessoa (1888-1935), trasladado al español por Ángel Crespo; Pablo Neruda (1904-1973) y Charles Bukowski (1920-1994), en traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, a los que seguirían enseguida, en marzo, títulos del estadounidense  Walt Whitman (1819-1892), el francés Charles Baudelaire (1821-1867), el griego Kavafis (1863-1933) y el español Luis Cernuda (1902-1963) y más adelante títulos tan asombrosos y sin duda producto de la vena melómana de López de Lamadrid como los 56 boleros seleccionados por el ensayista mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) o volúmenes dedicados a Keats, Pizaknik, Emily Dickinson, César Vallejo, Maiakovski, Rilke, Quevedo, los haikus o la poesía clásica árabe.

Según  explicó en su momento López de Lamadrid, el propósito era proponer unas ediciones libres de notas, prólogos y de todo tipo de aparato crítico (un poco en la onda de lo que en este sentido había hecho Jaime Salinas en el Libro de Bolsillo de Alianza), con cubiertas acordes con las nuevas generaciones de lectores y destinadas a una amplia y heterogénea selección de grandes poetas para «desacralizar» el género. Sin plantearse inicialmente la posibilidad de reeditarlos y pese a las amplísimas tiradas, de cien mil ejemplares por título, vendieron más de un millón de esos pequeños libros, que con toda la intención tenían un formato similar a las de los estuches de cedés y cuya selección de poemas en muchas ocasiones llevaba a cabo el propio López de Lamadrid.

Aun así, de esa etapa de Claudio López de Lamadrid en Grijalbo Mondadori es más recordada la arriesgada contratación de algunos nombres hoy clave de la literatura estadounidense más radical, como Michael Chabon, Chuck Palahniuk y singularmente de David Foster Wallace (1962-2008) y otros no menos rompedores en español, caso de César Aira o Fogwill (mientras el grueso de editores españoles intentaban dar continuidad al éxito de la llamada «nueva narrativa española» con la menos sólida «joven narrativa española»), pero es evidente que este editor, de cuya fruición con la poesía hay numerosos testimonios, no abandonó por completo el convencimiento de que esa era una buena idea, como lo prueba el hecho de que en 2017 presentara, ya en el marco de Literatura Random House, la que sin duda es la heredera de esa colección, Poesía Portátil, dedicada tanto a la recuperación precisamente de títulos ya aparecidos anteriormente en Mitos como a continuar la labor allí iniciada. Larga vida.

Fuentes:

Entrevista a Claudio López Lamadrid (Penguin Random House) para EDI-RED (Editores y Editoriales Iberoamericanos. Siglos XIX-XXI) el 22 de septiembre de 2017 (vídeo de 15¨57″).

Miguel Aguilar, «Casco, moto, niño», El País, 13 de enero de 2019.

Xavi Ayén, «Muere el editor Claudio López de Lamadrid», La Vanguardia, 11 de enero de 2019.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 20 de abril de 2001, pp. 16-18.

Ricardo Cayuela Gally, «Adiós, gran timonel», Letras Libres, 11 de enero de 2019.

Álvaro Colomer, «Despacho pequeño, editor grande», El Mundo, 12 de enero de 2019.

Juan Cruz, Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 104), 2014.

Juan Cruz, «Claudio López Lamadrid, el editor que se atrevió con América», El País, 12 de enero de 2019.

Rubén Díez Cabiedes,«Claudio López de Lamadrid: “Si los editores nos moviésemos por codicia no estaríamos en el negocio de los libros”» (entrevista), Jot Down.

Ignacio Echevaría y Claudio López de Lamadrid, «¿De qué hablamos cuando hablamos de edición?», El Cultural, 26 de octubre de 2018.

Rodrigo Fresán, «Apuntes para una teoría de este editor. In memoriam Claudio López de Lamadrid», Revista Contexto 203 (12 de enero de 2019).

Andreu Jaume, «Por Claudio», El Español, 12 de enero de 2019.

Antonio Jiménez Morato, «La generosidad de un editor. Sobre Claudio López Lamadrid», Penúltima, 12 de enero de 2019.

De telefonista en el Majestic a la editorial Premiá: María José de Chopitea

Nacida en 1915 en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán asentada en lo que hoy es el barrio barcelonés de Sarrià, María José de Chopitea recibió una esmerada educación que incluyó estancias en Ginebra cursando estudios de francés que propiciaron que durante la guerra civil española, además de desempeñarse como enfermera, entrara a trabajar como telefonista en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya (establecido en el Hotel Majestic).

Sobre de azúcar en el que aparece la versión simplificada del logo del Orfeó Català de Mèxic.

Al igual que tantísimos otros republicanos, como consecuencia del resultado de la guerra salió de su país en enero de 1939 y, tras pasar episódicamente por París, Ginebra y Nueva York, en noviembre de ese mismo año llegaba a México, donde enseguida entró en contacto con los ambientes culturales de la capital, y en los años sucesivos publicaría en diversos cabeceras mexicanas (Mañana, El Nacional, Nosotras, Confidencias, Todo, La Semana Ilustrada), así como en algunas publicaciones de los exiliados republicanos (Euzko Deya, Orfeó Català) y colaboraría en instituciones como El Colegio de México (entre cuyo equipo de profesores e investigadores figuraba en 1950 como ayudante de Josep Maria Miquel i Vergés [1903-1964]). El historiador Miquel i Vergés había solicitado una colaboradora para el Diccionario de insurgentes que llevaba ya tiempo preparando y no lograba terminar, pero finalmente en abril de 1953 la Junta de Gobierno del Colegio de México decidió cancelar la beca y suspender el pago a María José de Chopitea (por cierto: el libro apareció, en Porrúa, en fecha tan tardía como 1969). Su firma puede rastrearse también en publicaciones como el Boletín Bibliográfico publicado por el Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde dedica por ejemplo un homenaje al del violonchelista catalán Pau Casals con motivo de su visita a México («Presencia de Casals», núm. 150, marzo de 1959) o inicia en el número 157 de la misma publicación (junio de 1959) una serie de artículos sobre los Jocs Florals de la Llengua Catalana. Si bien en 1946 se había naturalizado mexicana y algunas de sus obras son expresión de esa identificación con su nuevo entorno, es evidente que mantuvo también un contacto fuerte con sus raíces culturales.

María José de Chopitea, por José Ramos Castillo.

De 1950 es el primer libro de María José de Chopitea, Lazos de infancia, recopilación de cuentos infantiles impresa a cargo de la autora en los Talleres Isla, precedida de un prólogo del poeta Vicente Echevarría del Prado (1898-1976), con portada de Manuel de Chopitea y decorado con viñetas de José Suárez Olivera, que propició que José Revueltas la definiera como «la escritora de la ternura» y que en 1997 recuperó Factoría Ediciones. Cuatro años posterior es su libro más famoso y reeditado, una extensa novela de gran carga autobiográfica sobre los avatares de los refugiados españoles en Europa, Sola, en este caso en los Talleres Editoriales Unidos, recuperado en los años setenta en Premiá. Y a este seguirían el también muy reeditado ensayo Geishuba (Jardín del Istmo), publicado sucesivamente en Editora Mayo (1960) y Libro Mex (1960 y 1961) y la pieza teatral en tres actos prologada por el dramaturgo Federico S. Inclán (1910-1981) La dictadora (Costa-Amic, 1963), que se basa en un episodio de la vida de Margarita Nelken. No hay noticia de que se estrenara, pero Pedro Gringoire la describe como «en conjunto vigorosa, valiente, llena de sentimiento y sinceridad, de gran acierto psicológico, con profunda temática humana y escrita con agilidad y buen gusto». La obra de Chopitea publicada en volumen se cierra con un texto a medio camino entre el ensayo y la prosa poética: In Memoriam. Tributo póstumo a Luis Octavio Madero, publicado con dibujos de la muralista y fotógrafa mexicana Josefina Quezada (1925-2012) en 1965,  también por Costa-Amic.

Cubierta de la primera edición de Lazos de infancia.

En 1964 su nombre figura entre los miembros fundacionales de la Asociación de Escritores de México (núm. 36), pero no fue hasta finales de la década de los setenta, que Chopitea, que la década anterior había sido secretaria y mecanógrafa del célebre pintor David Alfaro Siqueiros (1896-1974) así como de quien llegaría a ser presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo (1908-1994), entró de lleno en el mundo editorial como fundadora en 1976 de la editorial Premiá, un proyecto en el que se ocupa de la administración y en el que le acompañaban Margarita Millet (gerente general), José Miguel Tola (producción) y el bibliófilo de origen peruano Fernando Tola de Habich (editor), conocido en España por su paso por Barral Editores y por la dirección de Distribuciones de Enlace Mexicana (cuando esta había pasado ya a manos de Labor), acerca de quien escribe Carlos Barral en sus memorias:

Tola había convertido en industria transterrada una granja fortificada en la que antes había criado conejos y vacuno, y así mantenía la editorial en Ciudad de México. Mi hijo Alexis estuvo allí una temporada de aprendiz entre los indios descalzos. Con Tola hubiéramos podido atar en México una parte de nuestros programas y ampliar nuestras complicidades culturales, pero era seguramente un personaje demasiado difícil o podía parecerlo a los demás.

Mayores detalles acerca de la editorial y de Tola dio el escritor mexicano de origen catalán Jordi Soler, tomando como estribo otra fuente importante en este aspecto, el libro Los años del boom, de Xavi Ayén:

En esa venerable editorial leímos, por ejemplo, El buen soldado, de Ford Madox Ford, en la traducción de Sergio Pitol, o Sentimiento del tiempo, de Ungaretti, traducido por Tomás Segovia, o el célebre De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, o el tremendamente manoseado, y no siempre bien comprendido Tao Te King. Todos estos libros los editaba Tola en Santa Rita Tlahuapan, con la ayuda de un grupo de campesinos que echaban la mano después de sus faenas agrarias, y de su mujer, Margarita Millet, que había sido secretaria de Carlos Barral en Barcelona y cuyo lugar de nacimiento, Premià de Mar, dio el nombre a la editorial.

La editorial se estrenó en 1977 con la traducción de Los once mil falos, de Guillaume de Apollinaire, con la que se inauguraba también la colección Los brazos de Lucas, destinada a la literatura de contenido sexual y donde se publicaron también El arte de las putas de Moratín y obras de Alfred de Musset, Georges Bataille, D.H. Lawrence y Pierre Louÿs, entre otros. Casi simultáneamente se puso en marcha la colección La Nave de los Locos, con el mencionado Tao Te King, de Lao Tsé, al que seguirían Aurelia, de Gerard de Nerval, Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, en traducción de Marcos Antonio Campos, Cartas a Teresa, de José Revueltas, etc.

Otras colecciones notables fueron Los Libros del Bicho, destinada a nuevos poetas mexicanos (Alí Chumacero, Efraín Huerta, Raúl Renán), y La Red de Jonás, con una serie destinada al ensayo humanístico (Marco Antonio Campos, Fernando Tola de Habich, Álvaro Quijano) y otra a la literatura mexicana (Margo Glanz, Carlos Montemayor, Vicente Leñero o Sola de Chopitea). En coedición con el INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes) publicó también una colección dedicada a la recuperación de textos mexicanos decimonónicos (Manuel Balbotín, Mariano Azuela…).

De 1979 es la primera traducción —muy cuestionada por su excesiva libertad—en la que aparece la firma de Chopitea, El proceso, de Franz Kafka, autor de quien traduciría también El castillo (1982) y La América (1984). Asimismo,  aparece como traductora de El Panóptico (Premiá, 1989), de Jeremy Bentham, con prólogo de Michel Foucault,  y de las obras de August Strindberg (1849-1912) Alegato de un loco (Premiá, 1984), El hijo de la sirvienta (Coyoacán, 1998) y Sólo (Coyoacán, 2002), así como responsable de la revisión y corrección de la traducción de Marco Aurelio Galindo de El agente secreto, de Joseph Conrad (1857-1924). Puede deducirse, dada la edad por entonces de Chopitea, que estos trabajos para la editorial Premiá se extendieron hasta la desaparición de la misma, en 1992, cuando su fondo cayó en manos de Coyoacán (o quizás pasó entonces a colaborar con esta última editorial).

Es de suponer que a estas alturas del siglo XXI José María de Chopitea debe de haber fallecido, pero ninguna de las fuentes consultadas ofrece datos precisos acerca de su muerte, más allá de que se produjo en México y en fecha posterior al año 2000. Un misterio.

Fuentes:

Carlos Barral, Memorias, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Olga Glondys y José Ramón López García, «María José de Chopitea», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio-Anejos 30), vol. 2, 2016, pp. 82-83.

Pedro Gringoire, ¡Por Cataluña!, México D.F., Ediciones del Orfeó Català, 1970.

Armando Pereira, coord., Diccionario de literatura, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México-Ediciones Coyoacán, 2004 (2ª ed. corregida y aumentada).

Jordi Soler, «El pirata del boom», Milenio, 1 de septiembre de 2014.

Parada y fonda: Gara d’Edizions

Todo buen lector de Ramón J. Sender, incluso aquellos que sólo conocen sus obras mayores (Crónica del alba, Réquiem por un campesino español, El lugar de un hombre, etc.) está más o menos familiarizado con una buena cantidad de aragonesismos (birla, bandea, pijaito, fuineta),  aun cuando a veces se trate sólo del empleo del sufijo ico/ica (botellica, por ejemplo) o aragonesismos fonéticos.

O Prenzipet, de Antoine de Saint-Exupéry.

Sin embargo, el propósito del lexicógrafo, traductor y editor Chusé Aragüés (Chusé Maria Aragüés) al crear en 1993 Gara d’Edizions iba por otros derroteros bastante distintos, pues, según explicita la página web de la editorial tiene «la intención de que la lengua aragonesa, minoritaria y minorizada, pueda ser empleada en la lectura de obras literarias universales». Esto es muy consecuente con la trayectoria previa de Aragüés y se pone particularmente de manifiesto cuando se consignan los primeros libros publicados por Gara: la traducción del propio Aragüés de Chil, o Torrero da Ham (1993), de Tolkien; A metamorfosis (1993), de Franz Kafka, en versión de Pacual Miguel Ballestín; Suenios d’un sedutor, de Woody Allen, vertido al aragonés por Miguel Ánchel Barcos; O Prenzipet (1994), de Antoine de Saint-Exupéry, también traducido por Aragüés, al igual que el año siguiente el Réquiem por un labrador español, de Sender con una portada original de Antonio Saura,  o Alizia en o País de as Marabiellas (1995), de Lewis Carroll y con las clásicas ilustraciones de John Tenniel, traducido por Antonio Gil Ereza.

Réquiem por un labrador español, de Ramón J. Sender.

Chusé Aragüés, formado en filosofía y sociología, era ya director de Prames (una editorial dedicada a guías turísticas, de deportes y de naturaleza y paisajes en un sentido muy amplio) y un activista por la lengua cuando se decidió a poner en pie el proyecto. Consecuencia lógica de su interés por la pervivencia del aragonés como lengua es su actividad en el ámbito del grupo de poetas y juglares Silbo Vulnerado organizando un repertorio de obras en esta lengua, y se contó también entre los fundadores del Ligallo de Fablans de l’Aragonés (Liga de Hablantes de Aragonés), asociación que publicó en 1989 una herramienta fundamental preparada por Aragües, su Dizionario aragonés-castellán y castellano-aragonés (reeditado en Gara en 1993). Según ha contado él mismo, el impulso de crear Gara d’Edizions nació del amor por el aragonés y por la literatura, pero también es cierto, y la evolución del catálogo da buena muestra de ello, que la especialización inicial fue dando paso a una progresiva apertura del abanico de intereses. Por un lado, abriendo las puertas a creadores literarios en aragonés y, por otra, traduciendo al español obras escritas originalmente en aragonés y en catalán (del propio Aragüés es por ejemplo la traducción de Licantropía [2015], de Carles Terès, galardonada con el Premi Guillem Nicolau en 2011) e incluso a otras lenguas obras de escritores aragoneses (casos por ejemplo de la versión francesa de El fragor del agua, José Giménez Corbatón, o la rusa de Reloj de bolsillo, de Chusé Inazio Nabarro).

Un lolo que leyeba novelas d´amor, de Luis Sepúlveda.

Pero desde el mismo año 1993 estaban abiertas esas distintas posibilidades, pues se crearon ya entonces las principales colecciones: Finestra Batalera y Libros de Pocha (destinadas a traducciones al aragonés y donde además de las mencionadas han aparecido obras de Julio Llamazares, J.M. Barrie, Luis Sepúlveda, Georges Orwell o Jesús Moncada), los Clásicos Bernardo Larrosa (dedicada a ediciones críticas de aparición muy irregular), Arto (destinada a obras de creación en aragonés), Ainas (estudios e investigaciones sobre el idioma) y, en colaboración con el Institución Fernando el Católico, Documenta (dedicada a la recuperación de grandes estudios históricos sobre la lengua, donde apareció por ejemplo el Diccionario dialectal altoaragonés. 1944, de Hortensia B. Bernad, con prólogo de Pascual Miguel y Chesús Casaus).

El cura de Almuniaced, de José Ramón Arana.

Más recientes son las colecciones Miszelania (2008), Viceversa (2010), donde se han publicado las traducciones al ruso de Aleksey Yéschenko de Reloj de pocha, de Chusé Inazio Nabarro, y A fragor da l’augua, de José Giménez Corbatón, así como diversas traducciones al francés y al español de obras en aragonés y otras escritas originalmente en español (Roberto Artl, por ejemplo) o traducidas de otras lenguas al español (el ruso Yevgueny Zamiatin, entre ellos), o la colección Mareta (2012), donde se han publicado poemarios de Andrei Cristian Mendelau, Raúl González Tuñón, Ramón Meseguer Albiac, Rosendo Tello Aína…

Al frente de Prames, una sociedad anónima en la que participan la Federación Aragonesa de Montañismo, como impulsora inicial, además de clubs de montañeros, particulares interesados en la materia, CAI e Ibercaja, Aragüés se ocupó de la coordinación para publicar algunos libros singulares, como es el caso de la edición ilustrada com obra original de Moncada de Estremida memòria, en coedición con Edicions 62, o la edición bilingüe de Mequinenza. Vila, aigua i gent, también de Jesús Moncada (1941-2005).

Estremida memòria, de Jesús Moncada.

En cuanto a Gara, es básicamente una iniciativa unipersonal en la que Aragüés se ha rodeado de un buen número de colaboradores —más de uno de ellos pertenecientes a la Academia de l’Aragonés, creada en 2006 —, y que ha visto reconocida su trayectoria y labor en favor del aragonés con galardones como Premi Franja 2017 o el Premi Franja de Cultura i Teritori 2018, y en el acto de entrega de este último Artur Quintana (presidente de Iniciativa Cultural de la Franja), señaló el suyo como «el único caso de editorial privada que edita en aragonés o en catalán en Aragón».  Ciertamente, en Aragón en el siglo XXI la edición en catalán ha ido a cargo de instituciones como el Institut d’Estudis del Baix Cinca (con la colección La Sitja) o la Associació Cultural del Matarranya (con colecciones como Lo Trill y Lo Trull), mientras que la edición, también muy esporádica, en aragonés ha corrido a cargo de Publicazions d’o Consello d’a Fabla Aragonesa (fundado en 1979), el Instituto de Estudios Altoaragoneses y algunas iniciativas particulares como Edizions de l´Astral, Lola Editorial, Ediciones Braulio Casares (muy activo en la edición de poesía) o Mira Editores.

Fuentes:

Web de Gara d´Edizions.

J. C. «Chusé Aragüés recibió el Premi Franja Cultura i Terrirori El Institut dÉstudis del Baix Cinca», Diario del Alto Aragón, 2 de diciembre de 2018.

Librería de Cazarabet, «Cazarabet conversa con Chusé Aragües» (entrevista), web de Cazarabet.

Francho Nagore Laín, «Bibliografía sobre aragonés y catalán, lenguas minoritarias en aragón», Zaragoza, Consello d’a Choventú d’Aragon, 1999.

José Luis Negre Carasol, «Aragonesismos en Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender», Argensola, núm. 96 (1983), pp. 325-336.

Gran Enciclopedia Aragonesa.

Maribel S. Timoneda, «Chusé Aragüés, Premi Franja: “Quiero al castellano, estic enamorat del català y amo profundamén l’aragonés”» (entrevista), Diaro de Teruel, 4 de diciembre de 2018.

Vázquez Obrador, « Aragonesismos en Crónica del alba de Ramón J. Sender», Argensola, núm. 90 (1980), pp. 369-392.

El muy prolífico traductor anarquista José Prat (1867-1932)

La página que dedica a José Prat (1867-1932) el catálogo de la Biblioteca Nacional de España lo identifica como autor de ocho obras y participante en otras dieciocho (como traductor), lo que difícilmente puede explicar la fama de prolijo que tiene el traductor anarquista a quien Pío Baroja inmortalizó al inspirarse en su trayectoria –y en la de Ricardo Mella– para crear a algunos de los personajes de la novela Aurora roja (1905), con la que se cierra la trilogía La lucha por la vida que forma con La busca (1904) y Mala hierba (1904).

José Prat.

Son evidentes las carencias en este caso de la página de la Biblioteca Nacional cuando a este José Prat –que no debe confundirse con el abogado y diputado socialista español José Diosdado Prat García (1905-1994), exiliado en Colombia–, Alejandro Civantos lo describe en Leer en rojo como «incombustible traductor», «figura principalísima en el movimiento editorial anarquista», «el habitual traductor de las editoriales alternativas» y «proteico traductor y activo propagandista». Por supuesto, su obra es bastante más amplia que la registrada y conservada en la BN, y no sólo porque se sirvió de seudónimos para firmar algunas obras.

Aun cuando hay quien menciona Barcelona como lugar del nacimiento de Prat, suele identificársele como vigués, al igual que Ricardo Mella (1861-1925), quien en 1896 le acogió temporalmente en su casa en Vigo. La primera militancia política de la que hay constancia fue en el Partido Republicano Democrático Federal, pero ya en 1890 José Prat se había decantado por el anarquismo.

Ricardo Mella.

Seis años más tarde se convertía en el traductor principal de los volúmenes publicados por el periódico coruñés El Corsario, que tras una primera etapa entre 1890 y 1892 (212 números), inició el 9 de enero de 1896 una segunda que se extendió hasta el mes de octubre de 1908, y que debe su fama a la colaboración en él de José Martínez Ruiz (1873-1967), luego célebre como Azorín. Según cuenta Civantos Urrutia en su enjundioso estudio: «en su haber cuenta [la biblioteca El Corsario] la nueva traducción de Entre campesinos, de Errico Malatesta, que fue la más popular en nuestro país y llegó a alcanzar la hiperbólica cifra de 35 ediciones en distintas bibliotecas y casas editoras alternativas». Ese año 1896, Prat había llegado desde Barcelona a Vigo huyendo de la represión que siguió a los procesos de Montjuïc, y en julio de ese año pasó unos días en Londres (en el Congreso Internacional Socialista de los Trabajadores y de las Cámaras Sindical Obrera) durante los cuales trabó amistad con estacados intelectuales a los que tarde o temprano traduciría, como los italianos Errico Malatesta (1853-1932) y Pietro Gori (1865-1911) o el francés Augustin Hamon (1862-1945).

Del año siguiente, 1897, es la publicación del duro alegato contra los juicios de Montjuïc La barbarie gubernamental en España, atribuido a Mella y Prat (firman R.; y J.P.) y aparecido con pie editorial de la Imprenta de El Despertar de Brooklin (Nueva York), así como el viaje del traductor y activista a Buenos Aires. En la capital argentina entró en contacto con el ebanista y anarquista catalán Gregori Inglán Lafarga (¿?-1922), que el año anterior había puesto en marcha con el anarcocomunista individualista Manuel Reguera el periódico La Revolución Social (19 números) y en 1897 fundó el más importante y duradero La Protesta Humana (1897-1902), del que Prat se convirtió en uno de los colaboradores principales y en contacto clave para atraer las firmas de figuras como Mella y Anselmo Lorenzo, entre otros. Además, empezó una traducción de algunas obras que luego fueron muy reeditadas en España, como Los crímenes de Dios, del filósofo anarquista Agustin Faure, y Entre campesinos, de Malatesta.

Sin embargo, al cabo de un año José Prat regresaba a España, y a partir de entonces es cuando empiezan a aparecer con mayor asiduidad sus traducciones más importantes, tanto del italiano como del francés. De 1898 es por ejemplo, aun en Buenos Aires, la de la muy popular pieza de Pietro Gori Primero de Mayo. Boceto dramático en un acto e himno coral, que luego publicarían Juventud Libertaria, La Tipográfica, Biblioteca Tierra y Libertad, Biblioteca Acracia, Perseo, Ediciones Internacionales y Vértice.

A principios de siglo, su firma aparece en algunas publicaciones barcelonesas singularescomo Natura (1903-1904), subtitulada Revista quincenal de ciencia, sociología literatura y arte, fundada y dirigida por Anselmo Lorenzo y entre cuyos colaboradores habituales se contaba Mella.

En 1904 apareció como número 17 de la Biblioteca de la Juventud Libertaria una conferencia de Prat pronunciada en Vilanova y la Geltrú, Nuestras ignorancias, y al año siguiente Ser y no ser. Y del mismo año es la primera edición de su traducción de Por qué somos anarquistas, del abogado y teórico del socialismo libertario Saverio Merlino (1856-1930) en Juventudes Libertarias, que luego recuperaría la colección Tierra y Libertad.

También publica Prat en esos años en la revista ilustrada de orientación naturista y neomalthusiana promovida por la Liga de Regeneración Humana Salud y Fuerza (1904-1914), que dirigía el médico Luis Bulffi (1867-191?) y en la que pueden leerse textos de Émile Armand, Emilio Gante, Vicente García, Anselmo Lorenzo y Charles Malato, y que incluso publicó diversos folletos de escritores anarquistas como Errico Malatesta (entre ellos la traducción de Prat de Nuestro programa, en 1909), Pietro Gori, Jean Grave, Agustin Hamon, Bernard Lazare, el muy famoso ¡Huelga de vientres!Medios prácticos para evitar las familias numerosas, de Bulffi (1906) o el del propio José Prat La burguesía y el proletariado (apuntes sobre la lucha sindical).

De esos mismos años pero con fechas de publicación difíciles de precisar, registra la Biblioteca Nacional varios títulos traducidos para la valenciana editorial Sempere, entre los cuales Una mujer (1907), de la activista feminista Sibilla Aleramo (Rina Faccio, 1876-1960), Un sueño de amor (1908),  de la también feminista italiana, anarquista convertida al islamismo, Leda Rafanelli (1880-1971), Juan Jacobo Rousseau (El jacobinismo y la Revolución Francesa), de Aguste Dide (1839-1919), etc.

A partir de 1914, aproximadamente, no dejan de aparecer traducciones suyas, en muchos casos reediciones,  en su mayor parte en las ediciones de Tierra y Libertad, como Influencias burguesas sobre el anarquismo (1918), del pedagogo anarquista Luiggi Fabbri o República y Anarquía, del cirujano y tipógrafo Nicollo Converti (1918), que previamente había publicado en CNT-Biblioteca Acracia y en Vértice, y con el seudónimo Forward publica la «novela consciente» ¿Herejías?

Civantos Urrutia, en un libro imprescindible para seguir a personajes de la cuerda de José Prat, registra libro organizado como un debate ficticio entre éste y Adolfo Marsillach i Costa (1868-1935), lerrouxista y furioso anticatalanista (y abuelo del célebre hombre de teatro homónimo), acerca de la posibilidad de implantar el anarquismo, que en 1919 dio pie a otro título de la Biblioteca Tierra y Libertad, Una polémica, en el que se reúnen artículos publicados por Marsillach en El Diluvio junto a otros de Prat en Alba Social.

De años posteriores son sus libros Orientaciones (1916), Libertad y comunismo (1924) y La sociedad burguesa (1932), entre otros, pero desde que en 1925 abandona el periodismo, así como había ido abandonando el activismo político, parece que tampoco se dedica tan intensamente a la traducción, antes de morir en Barcelona el 17 de julio de 1932.

 

Fuentes:

Anónimo, «José Prat, anarquista y periodista», en CNT Puerto Real.

Cesáreo Calvo Rigual, «Las traducciones de obras literarias italianas publicadas en las editoriales Sempere y Prometeo (1900-1936)», en Miguel Ángel Vega Cernuda y Juan Pedro Pérez Pardo, coords., La traducción de los clásicos: problemas y perspectivas, Madrid, Universidad Complutense, 2005.

Alejandro Civantos Urrutia, Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo (Colección Investogación, 3), 2017.

Ignacio C. Soriano Jiménez, L’Anarquisme a Tarragona. Formós Plaja i Carme Paredes, Tarragona, Publicacions de la Universitat Rovira i Virgili, 2016.

Ignacio C. Soriano y Francisco Madrid, Bibliografía del anarquismo en España, 1968-1939.

Marcel Plans, ¿un comunista de matute en Planeta?

En los años setenta, el escritor y editor Carlos Pujol (1936-2012) forjó en Planeta un equipo de editores de notable relieve en el que figuraron Maite Arbó (hija del insigne escritor Sebastià Juan Arbó), Laureano Bonet, antes de convertirse en director literario de Kairós, Xavier Vilaró (nada que ver con el mando de la Guardia Urbana homónimo), Jordi Estrada y Marcel Plans, que, al igual que Bonet (que había pasado unos años en universidades extranjeras), se incorporó después de una buena temporada fuera del país, si bien en su caso por razones muy distintas.

Marcel Plans en los años ochenta.

Marcel Plans Macià (1933-2017), nacido en Gironella, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, donde coincidió con un grupo de jóvenes notables que formaban el núcleo a partir del cual crecería el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y que tendrían un peso considerable en la universidad y en el sector editorial catalán. Así describió ese grupo, y algunas de las actividades que llevaban a cabo en los años cincuenta, el maestro e historiador Josep Termes (1936-2011), en entrevista con Josep M. Muñoz:

Era todo este grupo, de gente de clase humilde y de línea obrerista [Joaquim Vilar, Feliu Formosa, Joaquín Marco, Marcel Plans]. Y luego estaba el grupo de las mujeres, con Juliana Joaniquet y Maria Rosa Borràs, que eran más castellanoparlantes, de clase relativamente alta y mucho más españolistas y doctrinarias, en la línea de Manuel Sacristán. Este grupo somos los que nos movemos en aquellos años de finales de los cincuenta: hicimos la jornada de Reconciliación Nacional [en mayo de 1958] que había sido convocada por el PCE. Recuerdo que fuimos a casa de Marcel Plans, cinco o seis de este grupo, y con un ciclostil (que por entonces aún no llamábamos «vietnamita»), después de picar los clichés a máquina, hicimos sin exagerar miles de octavillas, de esas pequeñitas; las redactamos, las imprimimos, las recortamos y las estuvimos tirando durante toda la jornada de Reconciliación Nacional.

A decir de Josep Torrell, en buena medida esa era la principal actividad encomendada a la militancia del PSUC:

Ser del PSUC en aquellos años consistía en hacer proselitismo entre los compañeros de universidad o bien mecanografiar con papel carbón algunos artículos de Mundo Obrero para repartirlos luego por algunos buzones. Pellissa facilitó la incorporación de nuevos estudiantes comunistas, como Feliu Formosa, Jordi Solé Tura, Joaquim Vilar, Marcel Plans, Joaquín Marco, Álvaro del Rosal, Josep Mª Gil Matamala, Ricardo Bofill y Jacinto Esteva.

Y por testimonios diversos pueden añadirse a estos nombres de jóvenes universitarios de la barcelonesa facultad de letras, sobre todo, los de Sergi Beser, Salvador Giner, Pere Ramírez Molas, Jaume Lorés, Ricard Salvat o Josep Fontana, así como los de algunos estudiantes de Derecho, como Luis Goytisolo o Joaquim Jordà.

Sergi Beser (1934-2010).

Sin embargo, las cosas no tardaron en complicarse para muchos de estos jóvenes, y en particular para Marcel Plans. Si en junio de 1959 ya habían sido detenidos en Sabadell unos noventa militantes del PSUC como consecuencia de la huelga general pacífica de veinticuatro horas de ese año, en febrero de 1960 se produjo la detención de varios dirigentes y militantes del PSUC de Barcelona y, como consecuencia de ello, Plans se ocultó durante unos días en la taberna que regentaban los padres de Josep Termes hasta que pudo salir del país.

Al igual que Joaquim Vidal Canalda y que Pellissa (que se matriculó en Economía Política en Leipzig), Plans fue a parar a la República Democrática Alemana (RDA), y allí, pese a solicitar ampliar sus estudios de Filosofía, se matriculó en la Escuela de Estudios Cinematográficos de Babelsberg, a las afueras de Berlín. De hecho, hay un curioso rastro de su interés por el séptimo arte y de su paso por esta institución en una interesante carta publicada en el número 17 de la revista Cinema Universitario (correspondiente al tercer trimestre de 1962), en la que Plans cuestiona unas afirmaciones generales que Román Gubern había hecho sobre el realismo social en el número 15 de esa misma revista y desarrolla su propia idea acerca de esta estética y su crisis. También fue en  Berlín donde se reunió con él su novia, Esther Berenguer, muy buena amiga de Anna Sallés (que a su vez acabaría casándose con Manuel Vázquez Montalbán) y donde nació su primera hija.

Por aquellos años, además, Plans veía publicado un cuento suyo en el número 24 de la revista El Pont, después de haber estado mucho tiempo retenido por censura, junto a poemas de Núria Sales, Francesc Valverdú y Joaquim Vilar, cuentos de Joan Roig e Isidre Molas y ensayos de Josep Maria Pandolfi y Jordi Solé Tura, en lo que constituía un homenaje a los jóvenes estudiantes que participaron en el pulso que desde la universidad se había mantenido con las autoridades franquistas en 1957.

Teresa Pàmies(1919-2012).

Sin embargo, hacia 1963 Plans se trasladó a Bucarest para dedicarse a nuevas tareas. Teresa Pàmies ha dejado constancia de la llegada de los jóvenes destinados a revitalizar las emisiones de la clandestina Radio España Independiente, popularmente conocida como «la Pirenaica», en la que Plans se ocultaba bajo el nombre de Pere Sabaté:

Los catalanes que estuvieron en Bucarest cuando yo estaba allí fueron, además de Rosa y Vilaseca, la Reis Bertral, a quien conocía de Francia de la dirección de Mujeres Antifascistas, en la cual yo me ocupaba del periódico, que vino con su madre ya viejecita y que se marchó pronto a Bulgaria. El doctor Josep Bonifaci, que vino a ejercer de médico, y su mujer Elvira, amigos nuestros. Más tarde Jordi Solé Tura y su esposa, Marcel Plans, Esther –su compañera– y sus hijos. Durante unas vacaciones coincidimos con Soledat Real, que hacía poco que había salido de prisión y que era amiga de Federico de la JSU, y que yo había conocido en la prisión de Las Ventas si no me hubiera fugado. […]

Las emisiones en catalán en la REI se hacían los lunes y jueves, y el viernes se hacían en euskera: Antena Euzkadi. Los miércoles o sábados se hacían emisiones para Galicia, no siempre en gallego.

Plans, que había sido uno de los primeros en rechazar que lo recogiera uno de los típicos coches negros con cortinas en las ventanas de la Nomenklatura para llevarlo hasta la sede de la radio (un discreto edificio anexo al Museo de Historia del Partido Comunista Rumano), en 1964 sustituyó a Solé Tura en la dirección de la Pirenaica. Estando en Bucarest, donde mantuvo mucha relación con el mencionado Josep Bonifaci y su esposa Elvira, asistió a la publicación de algunos textos suyos en publicaciones españolas, por lo menos en alguno de los primeros números de la revista gerundense Presencia, fundada en abril de 1965, en la que figuraba como director Manuel Bonmatí y en el equipo de redacción Carmen Alcalde, Maria Aurèlia Capmany, José María Rodríguez Méndez y Ricard Salvat, entre otros.

Maria Aurèlia Capmany (1918-1991).

Aun así, aprovechó las Navidades de 1970 para regresar a España con su pareja y sus hijas, y fue entonces cuando debió de introducirse en el sector editorial, pero muy probablemente con labores no firmadas o tareas que dejan poco rastro. Hay indicios para pensar que incluso firmó traducciones del alemán con seudónimo. Así, la primera presencia localizada es ya de 1974, cuando aparece como jefe de redacción de una colección de libros bellamente encuadernados con material didáctico sobre temas como la televisión, el cine o los cómics, y que iban acompañados de breves narraciones en viñetas ilustradas. Valga como ejemplo el séptimo número, Los misterios de la selva, con un dibujo firmado por Aldoma Puig, texto de Víctor Mora e ilustraciones de Antoni Bosch Penalva. Dirigía esta colección, Enciclopedia Juvenil Pala, Luis Gasca, quien contó con la colaboración de Miguel Arrieta (coordinación editorial), Antonio Martín (coordinación gráfica), José Santamaría (producción), E. Asensio, J. Colomer, M.G. Chacón y P. Olivé (diseño y realización) y Jesús Moreno (corrección). Pala era una editorial dirigida por Mª Ángeles Bosch originalmente creada por Planeta para que se ocupara de la edición y venta de la enciclopedia Larousse en español y que luego se dedicó a la edición de cómics. Es sabido que, del mismo modo que Lara no tuvo reparos en conceder el Premio Planeta a escritores abiertamente antifranquistas, tampoco los tuvo para integrar en la plantilla a intelectuales valiosos sin escarbar en sus antecedentes (otra cuestión es si estaban, o en qué condiciones, asegurados).

Carlos Pujol (1926-2012).

Es de suponer que de Palas rescató Pujol a Plans, y ese mismo año 1974 ambos aparecen ya como colaboradores de Rafael Borràs Betriu en su libro El día que mataron a Carrero Blanco, y en lo sucesivo Plans se ocuparía de muchos de los volúmenes de la exitosa colección de ensayo Espejo de España.

Borràs Betriu, director de esa colección, escribió en sus memorias acerca de la profesionalidad de Plans y Esther:

El editing de la mayoría de estas obras corrió a cargo de Marcel Plans o Esther Berenguer, cuya militancia en el PSUC […] les había llevado al exilio, donde se casaron, en los años sesenta, truncando la que sin duda hubiese sido una brillante carrera universitaria; estuviesen o no de acuerdo cada uno de ellos con las tesis defendidas por los distintos autores, se comportaron ambos con una profesionalidad ejemplar, al margen de sus opiniones personales.

No es un dato menor y vale la pena subrayarlo, pues en el catálogo de esta colección figuran varios bienquistos del franquismo y, entre otras muchísimas cosas, Plans se ocupó de la edición de las muchas obras que Planeta publicó a Ricardo de la Cierva (el que fuera director general de Cultura Popular durante el franquismo). Todo un profesional.

Fuentes principales:

Sergi Beser, «Notes al voltant d’una vella amistat», en AA.VV. A Joaquim Molas, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (Biblioteca Serra d’Or), 1996, pp. 43-50.

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo. Memorias de un editor, Barcelona, Ediciones B, 2003.

Beatriz Burdman, Beatriz «Semblanza de Laureano Bonet (1938- )», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

Harmut Heine, «El exilio republicano en Alemania Oriental (República Democrática Alemana)-RDA», Migraciones & Exilios, núm. 2 (diciembre de 201), pp. 111-121.

Josep M. Muñoz, «Josep Termes. La història com a nostalgia», L’Avenç, núm. 369 (junio de 2011), pp. 16-26.

Teresa Pàmies, Ràdio Pirenaica: emissions en llengua catalana de Radio España Independiente (1941-1977), Barcelona, Cosstània Edicions (Memòria del Segle XX, 8), 2007.

Marcel Plans, «Radio España Independiente, la “Pirenaica”, Entre el mito y la propaganda», en Lluís Bassets, ed., De las ondas rojas a las radios libres. Textos para una historia de la radio, Gustavo Gili, 1981.

Josep Torrell, «Cincuenta años sin Octavi Pellissa (1935-1992)», Mientras tanto, núm. 160 (septiembre de 2017), pp. 52-58.

 

Bardagí, el corrector que cantaba

No abundan los correctores famosos, ni siquiera lo son aquellos que han trabajado para escritores de mucho renombre o éxito aun cuando haya evidencia de que mejoraron sustancialmente sus textos. Es más, algunos pocos son conocidos por su vertiente como escritores ellos mismos, o como traductores literarios, pero en ambos casos sus labores como correctores de estilo u ortotipográficos raramente aparecen en sus «biografías oficiales» o en las solapas de sus libros.

Anuncio del estreno de Canigó, ópera de Antoni Massana a partir de texto de Verdaguer adaptado por Josep Carner, en la que intervino Bardagí como tenor en el papel de Gentil.

Por ello es singular el caso de Bartomeu Bardagí i Moras (1915-2003), quizá con Eduard Artells i Bover (1903-1971), uno de los correctores más célebres de la edición en lengua catalana del siglo XX, quien participó además como tenor en el debut de la soprano Montserrat Caballé en Valencia con la Novena sinfonía de Beethoven y compartió escenario con Ingrid Bergman en una Juana de Arco, de Honegger, dirigida por Roberto Roselini.

Bartomeu Bardagí.

Como tantos otros profesionales del sector editorial catalán (Cèsar August Jordana, Jaume Aymà, Joan Sales, etc.), Bardagí se formó como profesor de lengua, y ya en 1932 entró en la Oficina de Correcció d´Estil de la Diputació de Barcelona que dirigía C.A. Jordana (1893-1958), y al año siguiente se estrenaba como profesor en la Extensió d´Ensenyament Tècnic de la Generalitat de Catalunya (donde se formaba a maestros). Ya por entonces empezó a hacer colaboraciones con el sector editorial, pero debe sin duda su fama a las labores desarrolladas al concluir la guerra civil española de 1936-1939.

Desde por lo menos los años cincuenta, el nombre de Bardagí aparece asociado a las más importantes editoriales en lengua catalana dedicadas a la literatura, empezando por la combativa Aymà, con cuyo fundador y director había coincidido en la Oficina de Correcció y donde se reparte el trabajo con Ramon Aramon i Serra (1907-2000), que en los años treinta había sido colaborador de Pompeu Fabra (1868-1948) en la Universitat Autònoma de Barcelona.

Antoni López Llausàs.

Participa también en esos años, junto con lingüista y editor Josep Miracle (1904-1998), en la preparación de la segunda edición del Diccionari General de la Llengua Catalana de Pompeu Fabra (1868-1948), que se publica en 1954 por iniciativa de Antoni López Llausàs (1888-1979) e incluye un prefacio del poeta Carles Riba (1893-1959). La relación y la confianza profesional entre Miracle y Bardagí es evidente: El primero, que siendo corredor de Salvat había empezado a colaborar con la editorial Selecta de Josep Mª Cruzet (1903-1962) en 1942, pasó en 1947 a ocuparse también de la dirección literaria de esa casa y empezó a delegar en Bardagí la corrección de pruebas. Y cuando Miracle tuvo que ocuparse de la cuarta edición de este mismo diccionario, que apareció en 1961, reunió un equipo en el que, junto a Osvald Cardona (1914-1987), Jaume Ros i Artigues (1907-1998) o Jaume Aymà (1882-1964), figuraba de nuevo Bardagí.

Mayor interés incluso tiene su trabajo al lado de un editor con criterios lingüísticos y estilísticos tan marcados como fue el caso de Joan Sales (1912-1983) –discípulo confeso del eminente lingüísta Joan Corominas (1905-1997)– para cuyas ediciones en Club Editor recurrió preferentemente a Bardagí, pues si bien ambos primaban la corrección, el primero andaba siempre a la búsqueda de la naturalidad y la vivacidad en el lenguaje de las novelas contemporáneas y el segundo era un adalid de un lenguaje espontáneo y a pie de calle, por lo que se complementaban casi perfectamente.

La década de los sesenta fue bastante intensa para Bardagí. En 1966 empezó a  traducir al catalán la sección de Josep Pla (1897-1981) en la revista Destino «Calendario sin fecha», y ese mismo año empezaba la titánica corrección de los volúmenes que compondrían las Obras Completas del autor ampurdanés, que culminarían en 1984 con resultados discutidos (discutidos en particular, pruebas en mano, por otro de los correctores de Pla, Jordi Pujol i Cofan, quien detectó unos quinientos errores en la primera edición). Aun así, acerca de Bardagí y su labor dejó escrito Pla:

Cuando empecé a escribir para la Editorial Selecta del señor Cruzet –le entregué veintinueve volúmenes–, había muy pocos correctores de pruebas para el catalán. Tengo que hacer una excepción con el señor Bardagí, a quien debo agradecer tantas horas pasadas revisando mis originales.

También en los sesenta traduce para la editorial Argos la imponente trilogía del librero gerundense Josep Maria Gironella (1917-2003) compuesta por Els xiprers creuen en Déu (1967), Un milió de morts (1967) y Ha esclatat la pau (1968); en 1967 aparece su traducción L’arxiduc Carles d’Àustria, rei dels catalans, del historiador Pere Voltes (1926-2009) para la editorial Aedos, mientras que en 1968 aparece su primera traducción del inglés, en Selecta, Si el mort podía parlar i altres històries de misteri, de Cornell Woolrich (1903-1968), más conocido como William Irish.

Otra colaboración singular es la que establece con las clandestinas Edicions Catalanes de París, una iniciativa del historiador y editor Josep Benet (1920-2008), que contó con la colaboración de Jordi Pujol i Soley y Albert Manent (1930-2014), en Barcelona, y Romà Planas (1932-1995) y Àngel Castanyer, en París, y que publicó obras de Gaziel (Agustí Calvet, 1887-1964), Maria Aurèlia Capmany (1918-1991), Andreu Nin (1892-1937), Josep Carner-Ribalta (1898-1988) y los Records d’un sindicalista llibertari català (1916-1943), de Joan Manent (1902-1984), entre otros. Sus procesos de producción, bastante asombrosos, los reconstruyó Jordi Amat:

Acaso la logística era la parte más complicada. Después de la corrección de Bartomeu Bardagí, los originales proporcionados por el equipo de Barcelona se enviaban a París, donde se maquetaban; las galeradas volvían a Barcelona para que Bardagí las revisara y, una vez hecho esto, se enviaban de nuevo a París para iniciar el proceso de impresión de unos libros que fueron diseñados por Castanyer.

Y a eso aún hay que añadir su participación en otra obra monumental, la corrección de la Gran Enciclopèdia Catalana, en la que se ocupaba en particular de la sección de Humanidades, y trabajos muy diversos para sellos como Polígrafa, Vergara, Vicens Vives, Toray (para la que tradujo adaptaciones de cuentos infantiles de Eugenio Sotillos), Hymsa, un paso por la sección de correctores del periódico Avui o la traducción del inglés al catalán, para Dasa, de la Vida secreta de Salvador Dalí (1981).

En los años ochenta aún vio aparecer varias traducciones suyas (de Ricardo Alcántara, de Benjamin Kindle), y en 1991 publicó en la editorial La Campana sus divertidas memorias con el título Humor amb lletra i música. Con tales antecedentes, no es de extrañar que se le concediera en 1983 el Premio d’Actuació Cívica Catalana Jaume I; pero sí que se le recuerde más como cantante de ópera que como hombre de letras.

Fuentes:

Jordi Amart, «Edicions Catalanes de París. Aproximació a la història d’una editorial atípica», Franquisme & Transició, núm. 2 (2014), pp. 63–81.

Montserrat Bacardí i Pilar Godayol (dirs.), Diccionari de la traducció catalana, Vic, Eumo Editorial, 2011.

Jordi Badia i Pujol, « Els correctors de Fabra fins avui: les baules d’una cadena que resisteix», Llengua Nacional, núm. 97 (IV trimestre del 2016), pp. 6-7.

Albert Jané, «En la mort de Bartoumeu Bardagí», Llengua Nacional, , núm. 45, IV trimestre del 2003 p. 39.

Albert Manent, Bartomeu Bardagí, un corrector excepcional, Serra d´Or, núm. 528 (diciembre de 2003), pp. 22-23.

Marta Pasqual, Joan Sales, la ploma contra el silenci, Barcelona, A Contra Vent  (Abans d’Ara, 24), 2012.

Josep Pla, Un petit món del Pirineu, Barcelona: Destino, 2004.

Adrià Pujol, «El fill del corrector», El Procés. Revista Contracultural, núm. 4 (2013), pp. 4-7.

Agnès Toda, «D’Humor amb lletra i música, de Bartomeu Bardagí», Llengua Nacional, núm. 97 (IV trimestre del 2016), pp.8-9.

Vista parcial de las Obras Completas de Josep Pla en Destino.

 

La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistas Élite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Simón Alberto Consalvi.

El capital inicial surgió al parecer de una partida de un millón de dólares destinado inicialmente al del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera convocatoria galardonó La casa verde de Vargas Llosa y que, pese a tratarse de un premio que se otorgaba cada cinco años, por error apareció también en el presupuesto de 1968 del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela. Así, pues, Monte Ávila tomó forma jurídica y administrativa de compañía anónima, pero perteneciente al Estado, que es quien –venturoso azar– se vio comprometida a financiarla.

Sin embargo, al frente de Monte Ávila destacó desde el primer momento otro nombre importante en las letras latinoamericanas, el director literario Benito Milla (1918-1987), exiliado republicano español que hasta entonces había estado ocupándose de publicar a nombres como Ramón J. Sender, Mario Benedetti o Juan Carlos Onetti en la montevideana Editorial Alfa.

Benito Milla.

Algunos de los títulos publicados en 1968 en Monte Ávila permiten, además de captar el ambiente de los círculos intelectuales venezolanos en los momentos de la primavera de Praga y el Mayo francés, advertir el triple propósito de la editorial de divulgar la obra de algunos de los pensadores de izquierda importantes en el ámbito de las humanidades, asentar un canon de los autores del pasado reciente y divulgar la obra literaria de autores emergentes o poco conocidos –en un momento de pleno estallido del boom de la literatura hispanomericana– a menudo mediante cuidadas antologías: El laberinto del lenguaje de Max Black, Problemas del desarrollo y de la integración, de Marcos Kaplan, Ser, verdad y fundamento, de Martin Heidegger, Dialéctica y derecho en Hegel, de Eduardo Vásquez, Ensayos sobre Sartre, de Federico Rui, el colectivo Estudiantes y política en América LatinaHistoria de la imaginación viciosa, de Elemire Zolla, La realidad mexicana en su novela de hoy, de Domingo Miliani, Tendencias del teatro contemporáneo, de Isaac Chocrón, Ensayos literarios de Ezra Pound, antologados y prologados por T.S. Eliot, El teatro de Jean Genet, de Lucien Goldman, Introducción a la literatura de Brasil, de Antonio Cándido, El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal (con entrevistas profundas a Max Aub, Cabrera Infante, Juan Goytisolo y Ernesto Sábato, entre otros), Nuevos narradores colombianos, antologados por Fernando Arbeláez, Narradores peruanos, por José Miguel Oviedo, Los habitantes, de Salvador Garmendia, Nuevo diario de Noé, de Germán Arciniegas, los relatos contenidos en Los huéspedes, del exiliado español Segundo Serrano Poncela, los supuestos Cuentos completos de Onetti o la edición venezolana de Borges, el poeta, de Sucre, entre otros varios títulos, también en estas mismas líneas. Desde luego, un primer año bastante espectacular.

Quizá el perfil que se desprende de los primeros títulos publicados basta para comprender que Monte Ávila no tardara en ser conocida como «el Fondo de Cultura de Venezuela», en alusión a la célebre editorial mexicana, fundada también con el patrocinio de instituciones gubernamentales, aunque tampoco le hubiera sentado mal el epíteto de «Casa de las Américas de Venezuela». Pero la importancia de Monte Ávila en su contexto es precisamente haber creado un plan de publicaciones con una intencionalidad clara y a largo plazo, destinado a dar a conocer el pensamiento universal y la literatura venezolana, y con una conciencia muy clara, además, del momento histórico en que nacía. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de traducciones –por lo menos en la primera década, hasta que las dificultades económicas hicieron que disminuyera su número–, así como la atención dedicada a temas como los movimientos estudiantiles, la sociología, la antropología, la filosofía contemporánea o los estudios literarios, temas clave que hasta entonces habían llegado al lector venezolano a través de editoriales argentinas, mexicanas y, en menor medida, colombianas y chilenas. Y, más allá, lograr exportar sus libros a los países vecinos.

Su condición de editorial sin ánimo de lucro permitió que, además, Monte Ávila se convirtiera también en la plataforma idónea desde la que dar a conocer a autores hasta entonces completamente inéditos, y es innegable que sin ella difícilmente se hubieran podido dar a conocer autores como el poeta y luego editor de La Liebre Libre Harry Almela (1953-2017), la poeta nacida en Perú Martha Kornblith (1954-1997), la poeta y asistente de producción en Monte Ávila Stefania Mosca (1957-2009), el periodista y narrador de origen español Eloi Yagüe Jarque (n. 1957), la periodista y narradora hoy en Chile Mireya Tabuas (n. 1964) o la también narradora actualmente en Nueva York Lyda Aponte de Zacklin.

La misma circunstancia le permitió convertirse muy pronto en la gran editorial de poesía y teatro venezolano, géneros apenas divulgados tanto por las pequeñas editoriales sin capacidad para hacer llegar su trabajo más allá de sus fronteras, como por las de mayores dimensiones, que a menudo los consideraban, no siempre acertadamente, géneros de escasas ventas. El dramaturgo y traductor Isaac Chocrón (1930-2011), de origen sefardita, fue el impulsor y director literario de la Colección Teatro, dedicada tanto a obras de creación como de estudio: 13 autores del nuevo teatro venezolano (1971), compilado por Carlos Miguel Suárez Radillo; Tarántula (1975), de Rodoldo Santana; Resistencia (1975), de Elidio Peña; El Dorado y el amor (1989), de Ugo Ulive; Birmanos y otras piezas (1991), de Blanca Strepponi; Encuentro en Caracas (1993), de Luis Chesney Lawrence, así como Un enfoque crítico del teatro venezolano (1975), de Rubén Monasterios, Grotowski, de Raymonde Temkin o el colectivo El teatro y su crisis actual (1992).

Una colección singular es Warairarepano (nombre oficial del parque nacional de El Ávila), que a principios del siglo XXI publicó en lenguas indígenas en edición bilingüe (con traducción al español) títulos sobre todo de literatura infantil y acompañados de cedés, como El violín mágico (2005), de Antonio Lorenzano, adaptado por Beatriz Bermúdez Rothe (al español) y Esteban Emilio Mosonyi (al warao) e ilustraciones de María Isabel Hoyos; El árbol que daba sed (2005), de Kane Wa, con ilustraciones de Oswaldo Rosales; Abuela de las garzas (2005), adaptado al castellano por Daniel Otero e ilustrado por Oswaldo Dumont, con annexos informativos sobre el pueblo indígena de los Piaroa; o El sobrino desobediente (2006), de Manuel Velázquez, ilustrado por Iván Estrada. Para ello contaron con el apoyo financiero del Banco Central de Venezuela, pero este es solo uno de los ejemplos en esta línea, pues no son pocas las coediciones de literatura en lenguas indígenas en las que ha participado Monte Ávila, acompañado de otros organismos nacionales o internacionales, como es el caso de la Unesco y la ONU.

En los equipos de editores, además Chocrón y de Milla, que impulsó la colección Documentos, adquirieron prestigio Óscar Rodríguez Ortiz, que puso en marcha Ante la Crítica; Alberto Rosales al frente de Pensamiento Filosófico, o Juan Luis Delmont con la colección Memoriabilia, pero también fue un trampolín para traductores como Julieta Fombona (esposa de Sucre), cuyas traducciones de Marcuse tuvieron amplísima difusión a través de Alianza Editorial; el filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti, autor de una muy reconocida versión de la Poética de Aristóteles, o Pierre de Place (traductor de André Breton, entre otros autores franceses).

Durante un breve período de tiempo, el catálogo de Monte Ávila circuló con cierta facilidad por España, gracias al tímido intento en 1977 de abrir una sede en Barcelona (inicialmente sólo como distribuidora) y pese a publicar Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel (que en 2007 reeditaría en España la editorial de la fundación de extrema derecha FAES Gota a Gota) o las novelas El indeseable, de Regis Debray y La última conquista de El Ángel, de Elvira Orpliré, entre algunas otras obras importantes (de Manuel Scorza a Reinaldo Arenas), el proyecto no tuvo la necesaria continuidad para cuajar.

Fuentes:

Web de Monte Ávila Editores.

Anónimo, «Cincuenta años de Monte Ávila», Nodal Cultura, s.f.

Anónimo, «La Monte Ávila de antaño», en el blog de Ediciones Letra Muerta, 12 de noviembre de 2017.

Alexis Márquez Rodríguez, «La función de la Editorial Monte Ávila en el proceso de la literatura venezolana», en Karl Kohut, comp., Literatura venezolana hoy: historia nacional y presente urbano, Fondo Editorial de Humanidades, 2004, pp. 85-93.

Redacción, «Monte Ávila Editores», Qué Leer, 4 de abril de 2018.

Alejandra Torres Torres, «Semblanza de Editorial Alfa», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED.

José Bolea, un editor valenciano en México

El valenciano José Bolea (1903-1987) llegó a México sin apenas experiencia como editor, pero si tenía a sus espaldas un amplio conocimiento del mundo de la letra impresa. Huérfano de padre desde los trece años y de madre desde los veinte, mientras cursaba Derecho, desde muy joven empezó a trabajar en La Correspondencia de Valencia y posteriormente como redactor y crítico teatral en Las Provincias, y se estrenó como narrador con el relato Lo que ningú sap (1934), firmada con el seudónimo Josep Alcira y pubilcada originalmente en la colección Nosra Novel·la con ilustraciones de Antoni Vercher i Coll (1900-1934), colaborador también de Las Provincias.

Sin embargo, en tiempos de la Segunda República sus pasos parecían encaminarse hacia la literatura dramática en lengua española, pues en 1932 publicó y estrenó la pieza escrita a cuatro manos con el director de Nostra Novel·la, Francesc Almela i Vives (1903-1967), Lenin, escenas de la revolución rusa (biografía en un prólogo, dos partes y siete cuadros), que el 5 de noviembre, en plena guerra civil, se repuso en el Apolo de Valencia a cargo de la compañía de Salvador Sierra y posteriormente en Madrid y Barcelona. Previamente, había publicado en la colección semanal El Cuento Nuevo Romanza sin palabras (1934) y durante la guerra se centró en el periodismo y en tareas en la Subsecretaría de Propaganda en Barcelona. Exiliado inicialmente a Francia, y tras pasar por el campo de refugiados de Argelés, consiguió llegar a México a bordo del Flandre el 21 de abril de 1939.

Interior, con ilustraciones de Alma Tapia, del volumen de Merimée traducido por Enrique Díez-Canedo.

Colaborador del periódico Excélsior y de la revista Estampa, pronto se convierte en editor de la revista La Semana Cinematográfica, donde tiene como colaborador al ensayista Francisco Pina Brotons (1900-1971) y en la que publicó adaptaciones noveladas de guiones cinematográficos. Sin embargo, con la fundación de las imprentas Edimex y Fototipográfica Editorial se encarrila decididamente por la creación editorial y su primer proyecto en este sentido, en colaboración con Vicente Gómez Ambit, fue la Editorial Leyenda, en 1941, centrada sobre todo en libros de historia y arte (también en novela amorosa en la colección Eros), en la que colaboraron sobre todo exiliados republicanos en las más diversas tareas, desde la autoría (Juan de la Encina, Juan Rejano, Joaquim Xirau…), la edición literaria (Agustín Millares Carlo, Ignacio Mantecón), hasta la ilustración (Miguel Prieto, Juan Renau, Ramón Gaya, José Moreno Villa, Rodríguez Luna…) y en particular la traducción (Isabel de Palencia, Enrique y Joaquín Díez-Canedo, Adolfo Sánchez Vázquez, Paulino Masip, Antonio Sánchez Barbudo, Ramon Xirau o, entre otros, José Tapia Bolívar, que en 1966 llegaría a ser director de Alianza Editorial Mexicana.). No son raros tampoco los casos en que un mismo escritor aparece en el catálogo de Leyenda como autor y como traductor.

De 1943 es por ejemplo la traducción del leridano Paulino Masip (1899-1963) de Salambó, de Flaubert, con ilustraciones del artista valenciano Josep Renau (1907-1982), aparecida en la colección Eros, Obras Maestras de la Literatura Amorosa, publicado también en 1946 en Atlántida (y de la que se hizo una edición facsímil en 2014 [Valencina de la Concepción, Ediciones Ulises]). Asimismo de 1943 es un volumen que incluye las traducciones del poeta y crítico extremeño Enrique Díez-Canedo (1879-1944) de Carmen, Mateo Falcone y Las almas del Purgatorio, de Merimée, con óleos y acuarelas del valenciano Carlos Ruano Llopis (1878-1950) y viñetas de la ilustradora y cartelista madrileña Alma Tapia (1906-1993). De ese mismo año es una edición numerada en la colección Eros de La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, traducida también por Díez-Canedo e ilustrada por la artista valenciana Manuela Ballester (1908-1994), quien había formado parte con Josep Renau, Tonico Ballester y Francisco Carreño entre otros artistas de Agrupació Valencianista Republicana y había diseñado portadas para la colección Nostra Novel·la (ganó además el premio convocado por la editorial Cénit para la de Babit, de Sinclair Lewis). En colaboración con su hijo Joaquín, Enrique Díez-Canedo firma también la traducción de Vida de Julio César (1944), de Dumas, publicada en dos volúmenes (de 250 y 260 páginas) en la colección Atalaya.

Y de 1944 es también por ejemplo una edición ilustrada por el murciano Ramón Gaya (1910-2005) de Naná, de Émile Zola, traducida por la archivista y actriz madrileña Blanca Chacel (1914-2002), menos conocida que su hermana mayor Rosa (por entonces exiliada en Buenos Aires). Otras obras publicadas en Leyenda ese mismo año son Doménico Greco y Velázquez, pintor del Rey nuestro señor, del historiador y crítico del arte bilbaíno Juan de la Encina (Ricardo Gutiérrez Abascal, 1883-1963); una muy denostada e incompleta traducción firmada por J. M. Fernández Pagano (¿seudónimo?) de Las flores del mal, de Baudelaire, con ilustraciones en blanco y negro y a color del pintor pontevedrés Arturo Souto (1902-1964); El Resucitado. El hijo del hombre retorna a la vida, de D. H. Lawrence, en traducción de Tapia Bolívar, autor también del prefacio; en la colección Atalaya Las artes decorativas y su aplicación, del crítico de arte catalán Enrique Fernández Gual (1907-1973) y, entre otros títulos, o Vida, pensamiento y obra de Bergson, del también catalán Joaquim Xirau (1895-1946).

El año siguiente prosigue publicando Leyenda a un ritmo muy similar, y encuadrando sus publicaciones en Barlovento, Carabela y las ya mencionadas colecciones eros y Atalaya. En esta última, por ejemplo publican en 1945 el escritor y pintor andaluz José Moreno Villa (1887-1955) sus cuentos con el título Pobretería y locura, y el musicólogo madrileño Adolfo Salazar el segundo de sus libros de ensayos de tema no musical, Delicioso, el hereje y otros papeles. Pequeñas digresiones sobre la vida y los libros; en Eros aparece una “versión y adaptación” del escritor aragonés Benjamín Jarnés (1888-1949) de Paraísos, de Auguste Germain, con ilustraciones de Juan Renau (1913-1990).

Sin embargo, no tardaría mucho José Bolea en emprender una nueva iniciativa editorial, con el nombre de Centauro (no confundir con El Centauro venezolano de José Agustín Català), cuya línea no es excesivamente distinta a la de Leyenda y se mantiene la colaboración con muchos de los traductores con los que ya había trabajado en Leyenda, pero en la que se advierte un cierto interés por literaturas orientales poco exploradas hasta entonces por la edición en lengua española, y que quizá contribuyan a explicar la decisión tomada por Bolea, que explicó del siguiente modo:

Por discrepancia con mis socios emprendo una nueva empresa editorial. Allí publiqué los ensayos de Juan Renau sobre Dibujo técnico [1946; coescrito con Elisa Renau] y de José Renau [1907-1982] sobre la Enciclopedia de la imagen. También publiqué diversas novelas como Llanura  [1947] de Manuel Andújar y Abz-il-Agrib [sic; ] de Juan José Domenchina.

En realidad, en Leyenda se publicó en 1946 una Enciclopedia de la imagen y el amor (Estampas galantes del siglo XVIII) que es el libro de Josep Renau al que parece referirse Bolea, y El diván de Abz-ul-Agrib es una traducción de Domenchina de la obra previa  de Ghislaine de Thédenat, publicada en 1945 en Centauro con ilustraciones de Alma Tapia. En cualquier caso, la de Centauro –si bien con Bolea y buena parte de sus colaboradores como nexo– es ya otra historia.

Fuentes:

Manuel Aznar Soler y José Ramón López García, eds., Diccionario biobibliográfico de los escritores editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, 4 vols., Sevilla, Renacimiento-Gexel, 2016.

Manuel García, Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975), Valencia, Universitat de València, 2014.

Lizbeth Zavala Mondragón, «El exilio español en México y la traducción literaria», 1611. Revista de Historia de la Traducción, núm. 11 (2017).

El diván de Abz-ul-Agrib, ilustrado por Alma Tapia.