Algunos testimonios sobre el traductor y editor Salvador Marsal i Picas

La trayectoria profesional del escritor, traductor literario, corrector y editor Salvador Marsal i Picas (1906-1972) es un muy buen ejemplo de cómo y hasta qué punto el resultado de la guerra civil española dio un giro irrevocable a algunas vocaciones intelectuales que nunca sabremos lo que hubieran podido dar de sí.

Ya en los años veinte había participado en prensa, por ejemplo en Joventut Catalana, donde coincidió entre otros con Josep Maria Massip Izàbal (1904-1973), fundador del Ateneu El Centaure y célebre como autor del histórico discurso del presidente de la Generalitat Lluis Companys del 6 de octubre de 1934, el perito químico y escritor Ramon Planes Izàbal (1905-1989) o al maestro impresor Joan Puig Mestre, creador de La Puntual.

Y es muy probable que en aquella época hiciera sus primeras incursiones en la poesía, que ha dejado poco rastro pero hay constancia de que el músico Manuel Torrens Girona (1889-1966) puso música a alguno de sus poemas.

A principios de los años treinta era un activísimo periodista cuya firma –en ocasiones con las iniciales S.M.– aparecía al pie de los textos más diversos en algunas de las cabeceras más prestigiosas, interesantes o curiosas de la época. Su hija, la filóloga, traductora y escritora Maria Lluisa Marsal i Álvarez (1937-2017) los enumeró así:

La calidad literaria de un amplio sector de la prensa catalana de antes de la guerra era realmente representativa del espíritu vanguardista y abierto a las corrientes de la cultura y al progreso de toda una generación de jóvenes intelectuales.

En Oc, publicado en Occitania, y en La Vanguardia,  Salvador Marsal también se ocupa de las páginas de cine y teatro, colabora en Mirador, publica artículos en las revistas Catalans! e Indústria Catalana, forma parte del equipo de redacción del Full Oficial, La Humanitat, Diari Mercantil y Última Hora.

Lluis Palazón, otro de los colaboradores más fieles de Josep Janés en la posguerra.

Sin duda, alguno de estos nombres pueden resultar engañosos. Por ejemplo, en el Diari Mercantil, pese a sus etapas previas, Marsal empieza a trabajar en una época en la que acababa de entrar como director quien llegaría ser importante editor de libros, Josep Janés i Olivé (1913-1959), a quien lo que interesaba sobre todo de esa publicación eran las páginas de cultura y acerca de cuya muy activa redacción (por la que rondaban también Enric Cluselles, Joan Teixidor, Lluis Palazón o Pere Calders) dejó unas declaraciones muy ilustrativas el también célebre grafómano Avel·lí Artís Gener (1912-2000):

Janés había hecho una redacción sólo de amigos que tuvieran ganas de escribir y, claro, Janés confiaba mucho en ellos. Éramos amigos desde hacía muchos años y entonces entró en acción Ángel Estivill […] Después, de corrector tuvimos a un muchacho que se llamaba Salvador Marsal i Picas; después tuvimos a Joan Sales, el de Incerta Glòria… Bueno, éramos unos cuantos, todos muy buenos amigos, de una edad similar. Éramos muy amigos e hicimos una redacción con muy buen ambiente.

El retrato se completa con la evocación de Maria Lluïsa Marsal, que tal vez se equivoque (por la coincidencia de ubicación) al atribuirlo a la de Última hora:

Marsal explicaba que en la redacción de Última hora [¿Diari Mercantil?] había una gran mesa fraternalmente compartida, un único teléfono, ningún taquígrafo, una o dos máquinas de escribir, una para el director y otra colectiva. Pero el linotipista no tenía inconveniente en descifrar la caligrafía de todos sus compañeros. Ya estaba acostumbrado a ello. Y este lionotipista era Joan Sales. Y comentaba que en ningún lugar había encontrado el buen humor, la fraternidad que encontró en aquel cubículo de paredes de madera de la calle Tallers.

Joan Sales (1912-1983).

Vale la pena anotar que siempre se ha dicho que quien llegaría a ser el genial editor Joan Sales aprendió a usar la linotipia y la imprenta durante su exilio en México, pero tanto  Lluís Solà i Dachs (en Història dels diaris en català, Barcelona 1879-1976) como Pere Calders, sitúan a Sales desempeñando la primera de estas funciones tanto en el Diari Mercantil como en el siguiente proyecto de Janés. Era este proyecto janesiano Avui. Diari de Catalunya (1933), pero para entonces Marsal ya andaba metido en otras batallas. Sin embargo, en el caso de la redacción de Última hora, Víctor Alba cuenta que sólo disponían de dos teléfonos (uno para la directora y el otro a compartir) e hizo un recuento de la pléyade que allí se reunía a escribir al ritmo de la rotativa:

Yo entré en Última Hora  un poco de rebote. Me encargaba de la sección  de internacional y me pagaban 150 pesetas al mes. Recuerdo que se imprimía en la calle Tallers, en los bajos de un edificio, donde estaba instalada la rotativa. La redacción era reducida: Josep Escuder se ocupaba de la realización técnica, porque no estaba al corriente de lo que pasaba aquí, e Irene Polo dirigía el periódico desde el punto de vista informativo; Aymaní Serra y Rafael González integraban la sección de local; Salvador Marsal era el redactor de política española; Josep Maria Lladó, el de política catalana; Sempronio era el responsable de la sección de cultura, y Meléndez coordinaba la información deportiva. Después estaban el uruguayo José Arteche, el dibujante, i [Agustí] Centelles, el fotógrafo.

Josep Janés i Olivé (1913-1959).

En 1933 Marsal andaba muy implicado en la Agrupació Professsional de Periodistes (UGT), de cuya ejecutiva se convirtió en secretario en octubre de ese año. Sin embargo, es posible que también por entonces escribiera obra de creación, de la que ha quedado poco rastro.

El alzamiento franquista y sus consecuencias inmediatas dispersó a todos estos grupos intercomunicados, y después de la guerra muy raramente se reagruparon algunos de ellos. Aun así, después de pasar un tiempo no breve en campos de concentración más allá de los Pirineos, Salvador Marsal se reencontró en Barcelona con Janés, y fue uno de sus más estrechos colaboradores cuando instaló una minúscula editorial en su casa de la calle Muntaner. Ramon Planas describe del siguiente modo el «despacho» de Marsal:

El lugar de trabajo de nuestro amigo era una pequeña habitación, entrando en el piso a mano izquierda, y ahí tenía el despacho, que, en realidad, podría haber sido el de la telefonista o cualquier otro empleado secundario. Era una habitación pequeña, donde apenas cabía él, con una mesita (tres o cuatro diccionarios, pliegos de papel) y una silla a cada lado.

Traductor para las diversas editoriales que creó desde 1941 Janés, Marsal firmó como José A. de Larrinaga las Memorias de un hombre ingenuo (1945) de Averchenko, y  Dios no duerme (1956), de Suzzanne Chantal, así como algunas obras de Wodehouse,  pero más interesantes son algunas que firmó con su nombre, como la del exitazo de la época Cuerpos y almas (1946), de Maxene Van der Meersch (que aún en 2008 reeditaba el sello del grupo Planeta Backlist) o el Dostoievski (en El Manantial que no cesa, en 1950), de André Gide.

Sin embargo, su principal y muy apreciado trabajo al lado de Josep Janés fue sobre todo de corrección y edición de las muchísimas traducciones que publicaba Janés. Además, se ocupaba de seleccionar y hacer pruebas a los nuevos traductores, trabajo acerca del cual el 20 de mayo de 1972 publicó un espléndido artículo titulado «Jo voldria fer traduccions» [Yo quisiera hacer traducciones ] en El Eco de Sitges.

Victor Alba (Pere Pagès i Elies, 1916-2003).

También participaba ni que fuera indirectamente en los premios convocados por Janés, y gracias a una afortunada casualidad inició su carrera literaria Fernando González Ledesma (1927-2015), según cuenta el propio novelista: «Dos años antes lo había ganado Carmen Laforet, y yo pensaba que en mi obra estaba el mismo aire de la ciudad, así como los sentimientos eternos del húngaro Lajos Zilahy, que consideraba mi maestro». Fue el catálogo de Janés lo que le animó a visitar a Salvador Marsal (a quien conocía vagamente), quien le hizo un informe desfavorable de su novela, así que González Ledesma intentó retirarla del premio. Pero según cuenta, le respondió Marsal: «De todos modos, mejor que espere, ahora la está leyendo otro, a quien le gusta más». Todo hacer pensar que se refería a Fernando Gutiérrez, y el caso es que finalmente Sombras viejas fue premiada en 1948 con el Premio Internacional de Novela. Que la novela quedara arrinconada y que no se publicara hasta 205 (en traducción al francés de Jean-Jacques Fleury en L’Atalante) ya fue cosa de la censura; es decir, consecuencia también del resultado de la guerra civil.

Una vez muerto Janés, Salvador Marsal se integró en Plaza & Janés, donde trabajó a las órdenes de Mario Lacruz, y a la intervención de Marsal atribuye Victor Alba que él pudiera empezar a publicar sus libros en esta editorial.

Fuentes:

Francisco González Ledesma, Historia de mis calles, Barcelona, Planeta (Autores Españoles e Iberoamericanos), 1999, pp. 177-178, 230 y 303.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Joan Oliver-Pere Calders, conversación transcrita por Xavier Febrés, con fotografías de Pilar Aymeric, Barcelona, Ayuntamiento de Barcelona-Laia (Diàlegs a Barcelona, 2), 1984.

Salvador Marsal, «Sucedió hace diez años… José Janés y Olivé», La Vanguardia Española, 11 de marzo de 1969, recogido en Recull d´escrits. Trajectòria literaria, Sitges, Grup d´Estudis Sitgeans (Estudis Sitgeans 15), 1986, pp. 66-70

Víctor Alba, Sísif i el seu temps II. Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990,

Víctor Alba, Sísif i el seu temps II. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990,

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Tea Lautrec y el grafismo psiscodélico

Mediada la década de 1960, empezó a gestarse en el ámbito de las artes gráficas una cierta agitación que acabaría por concretarse en el diseño psicodélico, con representantes muy exitosos e importantes en Gran Bretaña, como es el caso del equipo Hypgnosis (formado inicialmente por Storm Thorgeson y Aubrey Powell, que en 1968 se daba a conocer con la carátula del disco de Pink Floyd A saucerful of secrets), Karl Feris (a quien se tiene por creador de la «fotografía psicodélica» y diseñador de las mejores carátulas para Jimi Hendrix) o  Roger Dean (colaborador habitual de Yes y diseñador de su logo, y del de Virgin), pero sin duda el movimiento tuvo su epicentro en Estados Unidos, más en concreto en San Francisco y muy específicamente en el carismático distrito de Haight Ashbury, cuna del hipismo y donde tuvieron su base desde bandas como Grateful Dead, los Big Brother and the Holding Company de Janis Joplin o los Jefferson Airplane, hasta negocios dedicados más o menos abiertamente a las drogas como Ron and Jay Telin´s Psychedelic Shop o The Blue Unicorn, pasando por agrupaciones tan singulares como la compañía de activismo teatral anarquista Diggers de Emmet Grogan y Peter Coyote.

Carátula de A Sarcerful of Secrets, de Hypgnosis.

Tal vez sólo en un lugar y un momento como ese podían surgir una serie de ilustradores y diseñadores que a partir de la experimentación dieran un vuelco a la imagen sobre todo de los diseños vinculados con la música, pero también, por contagio, a las cubiertas de libros (en particular en ámbitos como la ciencia ficción), y que llegarían a ser conocidos como los Big Five: el californiano Rick Griffin (1944-1991), el dibujante de Maine Alton Kelley (1940-2008), el estadounidense nacido en Oleiros (Galicia) Victor Moscoso (n. 1936), que en 1959 se había trasladado de Nueva York a San Francisco, y los también californianos Stanley Mouse (Stanley Miller, n. 1940), formado sin embargo en Detroit, y Wes Wilson (Robert Wesley, n. 1937), que en 1969 crearían en Petaluma una agencia de distribución, Berkeley Bonaparte.

Casi simultáneamente, en 1966 Rick Griffin (que en 1961 se había estrenado con la serie  «Murphy»para la revista de cómics Surfin), exponía por primera vez su obra inspirada en las culturas nativoamericanas en el festival psicodélico de Jook Savage, Moscoso sorprendía con el empleo de collages y colores fosforescentes en los pósters para la compañía  Family Dog y Wes Wilson creaba la muy conocida fuente psychedelic que hace que parezca que las letras se «mueven» y se «mezclan».

Fuente creada por Wes Wilson.

Los prerrafaelitas, el art nouveau y el simbolismo (Klimt, Moreau, Rédon), el surrealismo y las culturas indígenas americanas son sólo algunas de las influencias más evidentes del diseño psicodélico, con su interés por llenar el espacio, la idea de movimiento, la recreación onírica, los diseños llamativos y el objetivo de alterar la percepción habitual y rutinaria de las imágenes, invitando al espectador a ensimismarse en la lectura para poder descodificiar el mensaje. En este último sentido, son también palmarias las relaciones con el Op art y su interés por las ilusiones ópticas.

Póster de Wes Wilson característico de su empleo de la tipografía y su disposición.

Vinculados muchos de los Big Five a fanzines y publicaciones periódicas underground, todos ellos lograron captar la atención a través de la difusión de su obra mediante pósters, en cuyo éxito también tuvieron mucho que ver tanto algunos empresarios artísticos (y particularmente el promotor Bill Graham, mánager de la San Francisco Mime Troupe) como algunas empresas de artes gráficas legendarias, como Cal Litho, Bindweed Press, West Coast Litho y Tea Lautrec Litho.

Ilustración de Moscoso para el cómic para adultos Zap.

Bindweed, por ejemplo, ya desde 1962 había publicado, además de pósters, libros a algunos artistas singulares como George Hitchcock (1850-1913) (Poems and prints, 1962, y Tactics of survival and other poems, 1964) o el cineasta y escritor John William Corrington  (1932-1988) (Mr. Clean and other poems, 1964), guionista más adelante del peculiar film Boxcar Bertha (1972), de Martin Scorsesse, y de algunas series televisivas célebres, como es el caso de Hospital General (desde 1963).

Póster de Stanley Mouse publicado por Bindweed en 1966 anunciando un concierto de Joan Baez, Mimi Farina, Grateful Dead y Quicksilver Messenger Service, entre otros. Litografía a color.

Tea Lautrec la creó el maestro impresor Levon Mosgofian (1913-1994), que se había iniciado en 1925 en Los Ángeles, pero como consecuencia del crack de 1929 se desplazó a San Francisco y trabajó allí primero en la administración y posteriormente en Neal, Statford & Kerr, una imprenta conocida por su calidad en la impresión pero que hasta entonces desdeñaba la litografía. Mosgofian se ocupó de cambiar esta situación, y vio abrirse una puerta cuando a través de su compañero de trabajo Joseph Butchwald (1917-2012), cuyo hijo Marty Balin acababa de fundar el grupo de rock Jefferson Airplane, entró en contacto con el ya mencionado Bill Graham, que le proveyó de tal cantidad de trabajo que decidió crear una sección específica dedicada a pósters de rock. La presencia de melenudos no siempre bien aseados creaba ciertas dificultades a la empresa, así que no tardó en crearse aparte una «Toulouse Lautrec Posters, a división of Neal, Statford & Kerr», que cuando a finales de 1967 la empresa matriz cerró se abrevió a Tea Lautrec (es muy dudoso que sea casualidad que tea sea uno de los términos con los que se designaba la marihuana).

Póster de Wes Wilson para un concierto en el Fillmore de la Paul Bitterfield Blues Band y The Quicksilver Messenger Service.

Bill Graham fue el puente entre una serie de artistas experimentales y Mosgofian, sobre todo a través de los encargos para los famosos conciertos en el Fillmore Auditorium desde el momento que se asoció con Chet Helms and Family Dogs, cuya primera sesentena de pósters diseñó Wes Wilson. La intensa actividad musical desarrollada durante esos años en San Francisco por estos promotores, que gestionaban también el Avalon Ballroom y Winterland, hizo que las jornadas en Tea Lautrec, siempre con prisas, generaran más de doscientos pósters de grupos representativos del momento, como Jefferson Airplane, The Sparrow (luego rebautizados Steppenwolf), Grateful Dead, y ya en los setenta grupos británicos como los Stones, Pink Floyd o Paul McCartney. Y no sólo se distinguían cada uno de ellos por los diseños, también el papel marca diferencias y los destinados al Avalon, por ejemplo, en los primeros años se imprimían sobre papel vitela, que resulta más caro y absorbe más tinta pero permite, al ser liso y sin grano, una reproducción más detallada de las líneas finas. Rick Griffin empezó diseñando los pósters anunciando las actuaciones en el Avalon de los Charlatans, considerados a menudo la primera banda de acid rock.

Póster de Griffin para un concierto de Jimi Hendrix y John Mayall.

Como continuidad a este trabajo, sin dejar de colaborar con la prensa underground, varios de los Big Five ampliaron su trabajo al diseño de carátulas de discos, y Moscoso tiene una notable producción en este campo para Steve Miller (Children of the future, 1968), Colours (Atmosphere, 1969), Manfred Mann (The Mighty Quinn, 1968), Steve Cooper (With a Little help of my friends, 1969) o incluso para un músico inesperado en este contexto como es el jazzman Herbie Hancock (Head hunters, 1973).

Cubierta de Aoxomoxoa, de Grateful Dead, a partir de un póster de Griffin.

Pese a que Griffin ilustraba con regularidad para el San Francisco Oracle, entre cuyos colaboradores se encontraba la plana mayor de la beat generation y algunos adláteres (William Burroughs, Gary Snyder, Allen Ginsberg, Alan Watts, etc.), fueron los diseñadores británicos quienes mayor relación establecieron con la industria editora de libros, y en particular en el ya mencionado caso de Hypgnosis, que además de diseñar algunas de las cubiertas más recordadas de Pink Floyd hicieron trabajos también para algunos libros importantes (como, por ejemplo, la primera edición de la novela cómica de ciencia ficción La guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, en 1979).

Una de las dos Miehle 292 para imprimir a color de que disponía Tea Lautrec.

Fuentes:

Web del Fine Arts Museum de San Francsico.

Alex Bigman, «Tripping out: the history of psychedelic design», 99 Designs, 2015.

Póster creado a cuatro manos por Griffin y Moscoso para una serie de conciertos de la Jimi Hendrix Experience, Buddy Miles Express y Dino Valenti (cantante conocido también como Chet Powers como cantante de Quicksilver Messenger Service).

Robert John Dickins, The birth of psychedelic literature. Drug writing and the rise of LSD therapy, 1954-1964, tesis de master en Filosofía en la Universidad de Exeter, septiembre de 2012.

Mario Maffi, La cultura undergroud. Vol II: La producción artística underground, traducción de Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama (Ediciones de Bolsillo. Opinión e Informe 417), 1975.

Ben Marks, «Was Levon Mosgofian of Tea Lautrec Litho the most psychedelic printer in rock», Collectors Weekly, 22 de septiembre de 2014.

Sarah Shelburn, «Psychedelic Concert Posters», Swan, 12 de mayo de 2017.

El taller parisino de Lluís Jou, arquitecto del libro

Parece haber un acuerdo más o menos unánime en señalar la etapa comprendida entre el fin de la primera guerra mundial y el inicio de la segunda como la más brillante de Lluís Jou (1882-1968), a quien André Suarès (1868-1948) caracterizó ya para siempre en Plaisir de Bibliophile (1925) como uno de los mejores «arquitectos de libros», buen conocedor de las tintas y papeles, excelente xilógrafo y habilidoso tipógrafo. No hay quien no le reconozca a Jou su habilidad, buen gusto y savoir faire en casi todos los procesos implicados en la creación de un libro bello.

Lluís Jou.

Para entonces, bajo la orientación inicial de Eudald Canivell y posteriormente por su cuenta y riesgo en París, Jou había atesorado ya una más que notable experiencia en las más diversas disciplinas artísticas vinculadas al libro, pero con el fin de la guerra le llegaron algunos golpes de suerte. No es el menor haberse convertido en el artífice del primer libro de gran lujo publicado en la prestigiosa Nouvelle Revue Française (Le retour de l´enfant prodigue, de André Gide, en 1919), en un momento en que Gallimard aprovechaba las nuevas condiciones del fin de la guerra para poner los cimientos de sus grandes éxitos en el siglo XX, y que puede interpretarse como un antecedente de la asombrosa colección Una oeuvre, un portrait, creada más por iniciativa del comité de lectura que del propio Gaston Gallimard (1881-1975) y cuya política y objetivos ha resumido Pierre Assouline:

Una colección de semilujo de la que cada tirada –con una media de 800 ejemplares– es casi totalmente vendida con antelación mediante suscripción a una clientela de bibliófilos. De vez en cuando se publica un libro de autor reconocido –Gide, Claudel, Rivière o Valéry–, pero lo más frecuente es que aparezcan en la colección obras de debutantes que hacen en ella sus primeras armas. Dada la especificidad de la colección –tirada, precio… – el riesgo corrido por Gallimard es limitado. Pero esta maniobra le permite publicar los primeros textos de autores jóvenes con menores gastos, así como hacerles firmar un contrato y comprometerles para futuros libros; si prometen, aparecerán en las colecciones «normales».

Autorretrato de Lluís Jou (izquierda) junto a Anatole France.

Al igual que luego muchas de las ediciones de esta colección, los quinientos ejemplares numerados de Le retour de l´enfant prodigue se imprime sobre papel de Arches, con xilografías a una tinta de Jou. Pero mayor suerte todavía para Jou fue recibir como herencia de una admiradora cien mil francos, que le permitieron poner en funcionamiento un taller propio en el número 13 de la calle du Viex Colombier, aunque las ediciones que salen en 1926 de Cartes persanes, de Montesquieu, y Petit recuil de paroles de circonstance, de Paul Valery, ambas para los Bibliophiles du Palais, así como L’île des Pingouins, de Anatole France, son anteriores a la puesta en marcha del taller. Acerca de este período comprendido entre 1925 y 1940 escribe Jordi Estruga:

La selección de los autores fue muy cuidadosa: Anatole France, Paul Valéry, La Fontaine, Montesquieu, Montaigne, entre otros. En general, todas las ediciones de esta etapa muestran un gran ingenio de planteamiento tipográfico y de recursos artísticos: dibujos, grabados, ornamentos, capitulares, viñetas, culs de lampe, colofones, etc. Las alabanzas a esta parte de su obra, procedentes de reputados intelectuales, son constantes.

Portada al boj a dos tintas de Turmell del boc en flames (1921).

Y a los nombres mencionados podrían añadirse los de Shakespeare, Baudelaire, Bocaccio, Marimée o Perrault. Sin embargo, hay dos libros con una peculiaridad un poco sorprendente: el hecho de haber sido publicados fuera de Francia: El primero, ya antes de crear taller propio, fue la cubierta xilográfica de Turmell i el boc en flames, de Joan Pérez Jorba (1878-1928), crítico literario que había recalado en París como consecuencia de su vinculación con el anarquismo y que fue muy activo como puente entre las vanguardias francesa y catalana (en particular en el caso de Miró). Por aquellas fechas Pérez Jorba había visto fracasar la revista L´Instant. Revue franco-catalane d’art et littérature (1819-1919), en la que colaboraron Josep Carner, Carles Riba y Josep M. Junoy junto a Louis Aragon, Blaise Cendrars, Philippe Soupault o Tristan Tzara y la ilustraron nombres del calibre de  Josep Obiols, Pablo Picasso o Torres-García. Turmell i el boc en flames fue impreso en en 1921 en la barcelonesa Imprenta J. Horta.

Edición facsímil del segundo número de L´Instant parisina (no confundir con la revista homónima de los años treinta).

Quizá mayor interés incluso tiene una edición de Recuerdos de provincia, de Domingo F. Sarmiento, publicado en Buenos Aires por quien acaso sea el primer editor de Julio Cortázar (si bien con el seudónimo Julio Denis), Domingo Viau (1884-1964), en colaboración con Alejandro Zona. El libro de Sarmiento es uno de los 68 que Viau y Zona publicaron en el breve período comprendido entre 1927 y 1937, concretamente en 1929, en que aparece también, por ejemplo, una edición de La gloria de Don Ramiro, de Enrique Larreta, profusamente ilustrado a dos tintas y con capitulares de Alejandro Sirio (Nicanor Balbino Álvarez Díaz, 1890-1953), con una parte de la tirada impreso sobre papel Japón nacarado y la otra parte sobre Vélin de Rives por la imprenta parisina Frazier-Soye.

En el caso de Recuerdos de provincia, Jou dibujó un retrato a color en el frontispicio, además de elementos ornamentales en xilografía (viñetas, capitulares, culs de lampe, filetes, etc.) a lo largo de sus 334 páginas. Se tiraron en este caso 255 ejemplares, treinta de ellos sobre papel Japón y el resto en Montval filigranado V-Z Bibliófilo, lo que establece el vínculo con la librería homónima creada por Viau y Zona, si bien entre 1937 y 1945 Domingo Viau publicaría diecinueve títulos con ese pie (El Bibliófilo). El libro se imprimió en los Talleres Ducros y Colas, también de París, por lo que cabe deducir que Viau los recibía en Buenos Aires completamente acabados.

Durante esos quince años que van de 1925 a 1940, Lluís Jou trabaja en su propio taller, en el que llegó a contar con siete empleados, tanto haciendo obras por encargo de clientes como la Académie des Psychologues du Goût, Bibliophiles du Palais, Les Editions d’Art Devambez, Médecins Bibliophiles o la Societé des Bibliophiles de Provence como publicando sus propias ediciones como «Les Livres de Louis Jou» y sus plaquettes como, simplemente, «Louis Jou».

A la vista del catálogo de obras de Lluís Jou, en un momento en que incluso durante la guerra civil española consigue papel suficiente de su proveedor por entonces (la barcelonesa Guarro) para llevar adelante tres robustos volúmenes de los Essais de Montaige (1934, 1935 y 1936), o llega a publicar hasta tres libros en 1938 y 1939, es muy llamativo el hiato en su producción entre 1939 y 1943. El estallido de la segunda guerra mundial, y la consecuente movilización general, hizo que se quedara sin empleados, lo que le empujó a trasladarse en marzo de 1940 a Baux en Provence, donde pasaría el resto de su vida en una relativo aislamiento, si bien dando aún algún libro extraordinario, como es el caso de su Quijote en cuatro volúmenes (1948-1950) o los tres con las obras de Rabelais (1951-1952) para el galerista Gerald Cramer (1917-1991), que en 1942 se había convertido en Ginebra en uno de los principales editores de arte.

La preparación del primero de estos dos libros, traducido por Francis de Mionandre (François Félicien Durand, 1880-1959), le llevó a viajar por los escenarios de la novela cervantina durante dos meses en busca de inspiración, aun cuando se da la casualidad de que la primera obra que compuso Lluis Jou durante su aprendizaje en la imprenta Tasso había sido un Quijote.

Fuentes:

Anónimo, «Louis Jou, le typographe inventeur», Apostilles Éditions Plein Chant.

Pierre Assouline, Gaston Gallimard. Medio siglo de edición francesa, prólogo de Rafael Conte, traducción de Anna Montero Bosch, València, Edicions Alfons el Magnànim, 1987.

Jordi Estruga, Tres arquitectes del llibre. Lluís Jou, Jaume Pla, Miquel Plana, prólogo de Manuel Ribas Piera y textos de Pilar Vélez y Josep M. Pujol, Cardona, Ziggurat Editors, 2004 (libro en rama compuesto en tipo Pradell, creado por el diseñador Andreu Bailus, e impreso en la Imprenta Aubert de San Joan de las Fonts en una tirada de 333 ejemplares numerados).

Germán García Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

José Ramón Penela, «Lluís Jou, arquitecto del libro», UnosTiposDuros, 1 de mayo de 2015.

Max Velarde, El editor Domingo Viu y otros escritos, Alberto Casares Editor, Buenos Aires, 1998.

Dos conflictos laborales en la Imprenta de Luis Tasso

Cuando al inicio de la guerra civil española, el Sindicato de Artes Gráficas de la CNT expropió la que había sido una de las imprentas más importantes y técnicamente más avanzadas del momento, la Tasso, apareció enseguida en las páginas de Solidaridad Obrera un extenso reportaje titulado «Historia de un despido en masa. El espíritu constructivo de la CNT», que en apariencia debía servir como justificación o cuanto menos de explicación de esa expropiación, y ya en sus primeros párrafos anunciaba por dónde iban los tiros:

Muerto [Luis] Tasso, débil su anciana viuda, el clásico yerno se había instaurado amo y señor. Curioso tipo. Balzac lo hubiera inmortalizado, si se puede inmortalizar la estupidez humana. No conocía «su» industria, no conocía la literatura, no tenía la menor idea de las artes del libro, ni del libro, ni apenas del alfabeto… ¡pero era un gran señor! ¡Con qué destreza montaba a caballo! […] Pero como no era más que todo un señor, la industria se le moría en las manos sin que él lo pudiera remediar. En los últimos tiempos, como quien da coces contra el aguijón, el yerno se afanaba trabajosamente en descubrir la enfermedad de «su» industria.

Luis Tasso i Gonyalons.

El yerno aludido es Alfons Vilardell Portuondo, quien a la larga acabaría por hacer un negocio redondo con la venta del edificio y la maquinaria en él acumulada durante la guerra, pero la empresa venía de una larga trayectoria. La inició Lluis Tasso i Gonyalons (1817-1880), nacido en Mahón y trasladado a Barcelona en 1835, quien tras formarse en la imprenta de Pedro Antonio Serra, y casarse con la hija del patrón, fue afianzándose primero como impresor y más tarde como impresor y editor, y de quien sabemos que ya en enero de 1861 disponía de cuatro imprentas mecánicas (concretamente de la marca Koënig), de las veinticuatro que había en Cataluña. En 1877, enfermo el fundador, se hizo cargo de la gerencia su hijo Luis Tasso i Serra (¿?-1906), quien pone al día la empresa en  el aspecto técnico y, entre otras innovaciones, añade una sección de fotograbado a color y crea diversas publicaciones periódicas (entre las cuales la revista ilustrada La Ilustración, cuya dirección cedió en 1890 a su hermano Torcuato, conocido sobre todo como traductor [entre otros, valga la paradoja, de Balzac]).  Muerto Tasso i Serra, la empresa pasó a manos de su esposa, Elena Matamala, con el nombre Viuda de Lluís Tasso, quien puso al cargo de la empresa al marido de su hija Magdalena, Alfons Vilardell.

Imagen de los talleres de composición.

De Vilardell, con la contribución de uno de los descendientes de la saga, nos ha dejado un perfilado retrato Romà Arranz en su excelente tesis:

Con él se inicia una etapa de crisis que llevará a la desaparición del establecimiento. Parece que su implicación en el negocio familiar no era muy intensa y que tanto la viuda como su esposa le dejaban absoluta libertad de actuación.

Había sido empleado de la casa. Su carrera política le alejaba de la mayoría de los trabajadores tipógrafos –de tendencia anarquista– por el hecho de ser un hombre de derechas, ultraconservador. Su actitud –según me explica Joan Tasso– era la de un comodón. De hecho, su imprenta dejaba mucho que desear.

En cuanto a la actividad económica, parece ser que sus inversiones no se dirigían hacia ningún otro lado que a los locales nocturnos. La belle époque y los felices veinte debieron de hacer el resto.

Eudald Canivell.

Lo cierto es que a lo largo de su historia la empresa ya había tenido que enfrentarse a momentos de conflictos con los empleados, y en particular lo que el propio Arranz, tomando el término de la prensa de la época, define como el «caso Tasso» y cuya primera aparición en prensa sitúa en el Boletín de la Sociedad Tipográfica a finales de 1881. Y es significativo que sea en el boletín de una sociedad destinada a aglutinar a cajistas, maquinistas y marcadores de clara tendencia libertaria, en la que figuraban, entre otros, Eudald Canivell (1858-1928), Anselmo Lorenzo (1841-1914) y Antoni Pellicer (1851-1916). Al parecer, la dirección había conminado a todos sus empleados, o bien a darse de baja de la tal sociedad, o bien a dejar la empresa, lo cual, lógicamente, fue fuente de roces y conflictos que se trasladaron enseguida a la prensa, pues los empleados mandaron una carta explicativa que fue reproducida, por lo menos, por El Diluvio y La Publicidad el 13 de diciembre de 1881, y en la que se explicaba también que para un total de diez máquinas y dos minervas se contaba con sólo seis ayudantes y ningún maquinista. Acababa explicando la carta:

Y como pudiera extraviarse la opinión pública creyendo que aquella casa había sido víctima de una colisión de sus operarios asociados, damos publicidad a estos hechos, poniendo al público por juez para que decida en esta cuestión quién ha sido el agresor y quiénes los agredidos.

El edificio de la popularmente conocida como “Casa Tasso”.

Los asociados, con el apoyo económico de la sociedad, deciden entonces abandonar la Tasso y se inicia entonces una serie de réplicas y contrarréplicas en la prensa entre los asociados y la empresa, de la que puede deducirse que el conflicto tenía su raíz en la negativa de Tasso a asumir las tarifas acordadas entre impresores, autoridad civil y los trabajadores en octubre de 1872, y ello conllevó luego, dada además la repercusión del conflicto en la prensa especializada nacional e internacional, que a Tasso le costara encontrar a profesionales dispuestos a trabajar con él, pues entre otras cosas los posibles postulantes sabían que sus nombres serían publicados en el Boletín de la Sociedad Tipográfica, del mismo modo que lo habían sido los de quienes habían optado por mantener el empleo y darse de baja de la Sociedad Tipográfica.

Sin embargo, lo cierto es que cuando se produce el  golpe de estado que provocó la guerra 1936, la de Tasso seguía siendo todavía una empresa de muy considerables dimensiones, con un imponente edificio de cinco plantas, aunque ya en graves dificultades que la habían llevado, a principios de julio de 1936 (apenas dos semanas antes del inicio de la guerra), a cerrar sus puertas y a dejar en manos de un Tribunal Mixto la decisión sobre las indemnizaciones a la cincuentena de empleados que por entonces tenía.

Recibo fechado en 1892.

Si hay que creer la versión de Solidaridad Obrera, una vez cerrada y acordadas indemnizaciones de un máximo del equivalente a un año de trabajo, los trámites administrativos se encallaron, y en julio de 1936 el Sindicato de Artes Gráficas decidió tomar las riendas de la empresa de manos de Vilardell, que no tardaría en abandonar el territorio nacional, y ponerla en manos de los obreros, que «nombraron un comité administrativo, formado por un camarada de la sección de cajas, otro de máquinas, otro de encuadernación, un cuarto por la oficina y un delegado con atribuciones directivas», e iniciaron así una etapa en la que contaron como clientes con sindicatos, ateneos, las Juventudes Libertarias y comités diversos dispuestos a pagar, ya no en el momento de la entrega de los trabajos, sino en el del encargo, con lo cual en seis meses pudieron saldarse las deudas pendientes con acreedores y empezar a cobrar los empleados el jornal completo, e incluso realizar algunas compras de maquinaria para trabajos especiales de numerado y timbrado, una guillotina e inició una renovación de los tipos de imprenta. Es sabido también que fue a parar a ese amplio edificio maquinaria diversa procedente de otras empresas requisadas.

El caso es que, al concluir la guerra, a su regreso en 1940 Vilardell pudo cerrar la empresa con un beneficio de nueve millones de pesetas como consecuencia de la venta del local y la maquinaria que contenía. Pas mal.

Fuentes:

Romà Arranz, “De la manufactura gráfica a la industria. La imprenta de Lluís Tasso”, en Pilar Vélez, ed., L’ exaltació del llibre al Vuitcents: art, indústria i consum a Barcelona, Barcelona, Biblioteca de Catalunya, 2008, pp.13-32.

Romà Arranz, Megalomania i obsolescència. Temporalitat de l´art a l´època de la seva reproductibilitat tècnica, tesis en la Facultat de Belles Arts de la Universitat de Barcelona, 2010.

Albert Isern, “Lluis Tasso, un tipògraf amb carrer a Barcelona”, Safaris Tipogràfics. Mon icònic, 7 de marzo de 2015.

Josep Janés i Olivé, “Aventuras y desventuras de un editor”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L´edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2004.

José March Fierro, “La imprenta de Luis Tasso en el corazón del barrio chino”, No te quejarás por las flores que te he traído, 1 de junio de 2015.

Una aproximación al «gran renovador de las artes del libro en Francia»

Una de las primeras cosas que uno aprende del movimiento de vanguardia futurista es probablemente que le dio carta de naturaleza Filippo Tommasi Marinetti (1876-1944) con el «Manifiesto Futurista», que se publicó por primera vez en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Aun cuando es cierto que el movimiento tenía algún que otro antecedente reciente, sorprende sin embargo toparse con una revista, de la que la Biblioteca de Catalunya conserva los que parecen los tres únicos números publicados, titulada Futurisme. Revista Catalana, aparecida ya el 1 de enero de 1907.

Cubierta de un ejemplar de la conferencia de Alomar (1905).

Más sorprendente es incluso leer en la apertura del tercer número de esta revista un texto de Gabriel Alomar (1873-1941) que sólo cobra sentido sabiendo que, ya en 1904, este poeta mallorquín había empleado el término en una conferencia en el Ateneu Barcelonès que al año siguiente se publicaría, ampliada, en la Colecció de Prosistes Catalans de  L’Avenç.

En realidad, se trata más de una coincidencia de términos que de conceptos en sentido estricto, pues lo que con mayor evidencia se expresa en la revista Futurisme es el anticonservadurismo, el regeneracionismo y la voluntad de reactivar la tradición cultural catalana y despertarla de lo que se interpreta como un anquilosamiento sin ir más allá, y en realidad sus planteamientos están tan cercanos al futurismo italiano como al noucentisme catalán. Aun así, es digna de mención entre los ilustradores del primer número de Futurisme la presencia del artista del libro Lluís Jou (cuyo nombre se ha escrito tambiéna veces como Luis y Louis), que además publica el breve texto «Salutació», al lado del de escritores como Ángel Gumerà (1845-1924), Joaquim Ruyra (1858-1939) o Ignasi Iglesias (1871-1928), que difíclmente emparentaría nadie con el futurismo italiano. En primer lugar, sorprende por la diferencia de edad con estos colaboradores, pero sobre todo porque en el momento en que aparece la revista Jou estaba intentando abrirse camino en el campo de las ediciones de bibliófilo en París.

Taller de composición de Tasso.

 

Lluis Jou había entrado en el mundo de la letra impresa a la temprana edad de ocho años, en los talleres de Lluís Tasso, en los que por entonces era asesor artístico Eudald Canivell (1858-1928). Éste le orientó en su formación como tipógrafo, se convirtió en poco menos que su mentor y luego mantuvo con él frecuente correspondencia epistolar (al parecer, sólo parcialmente conservada). Muy pronto empezó Jou a colaborar con algunas publicaciones periódicas barcelonesas y a trabajar como pintor a las órdenes de un decorador.

Eudald Canivell (escrito también a veces Canibell).

Tras este aprendizaje, hacia 1906 o 1908 Jou se trasladó a París, donde inicialmente vendió algunos dibujos a publicaciones periódicas como Le Rire (1874-1971), de Félix Juven (1862-1947), hasta que entró en contacto con el escritor, tipógrafo y editor François Bernouard (1884-1948), quien en 1909 creó la pequeña imprenta Á la Belle Edition (en un primer momento en la calle Dupuytren, 9), con una tropa de jóvenes izquierdistas de procedencia y destinos diversos como ayudantes: el periodista rumano Adolphe Clarnet (Adolf Burah Cuperman, 1877-1937), el poeta y letrista Francis Carco (François Carcopino Tusoli, 1886-1956), el escritor y periodista Émile Zavie (Émile Boyer, 1884-1943), que corregía pruebas, y el también catalán y muy joven Pere Créixams (1893-1965), llegado a París para iniciar su carrera como pintor.

Según contó uno de los fundadores y jefe de redacción de la revista Le festin d’Essope que dirigía Guillaume Apollinaire,  Jean Mollet (1877-1964), Lluis Jou desempeñó una función esencial en esta singular empresa:

Dos de mis colegas, el grabador Louis Jou y François Bernouard, se habían formado el propósito de renovar el arte de la impresión, no con máquinas modernas, sino todo lo contrario, con un material que bien pudiera haber servido a Gutenberg […] Disponían, pues, de una prensa a mano que Jou manejaba, y de algunos caracteres.

Grabado de Jou en el que se autorretrata (a la izquierda) junto a Anatole France.

A través de Bernouard, Jou entró en contacto con los impetuosos escritores que rondaban por allí, como Jean Cocteau (1889-1963), Léon-Paul Fargue (1876-1947), el ya mencionado Apollinaire (1880-1918) o un poco más adelante André Suarès (1868-1948), y a raíz del traslado a finales de 1910 a la calle Saints-Perès, probablemente se encontraría a diario con sus vecinos de escalera Remy de Gourmont (1858-1915) y su hermano Jean (1877-1928) o con el polifacético artista y escritor Pierre Albert Birot (1876-1967). Aun así, en 1910 el gran acontecimiento para Jou fue la aparición de su realización y estampación del Bestiaire de Apollinaire, en colaboración con Raoul Dufy (1877-1953).

Lluis Jou, en los últimos años de su vida.

Sin embargo, Jou no tardó en intentar establecerse por su cuenta, y emprendió la preparación una extensa serie de grabados, capitulares y viñetas, que había diseñado para Les opinions de Jerôme Coignard, de Anatole France, con la que iniciaría una carrera que le llevaría a convertirse, en palabras de Masid Valiñas, en «el gran renovador de las artes del libro en Francia», y cuya resolución aparece perfectamente resumida en el artículo que sobre Jou publicó José Ramón Penela en Unos Tipos Duros:

Durante meses se dedica a realizar los grabados y los muestra a diferentes editoriales sin conseguir llamar la atención de ninguna de ellas. En un último intento decide llevárselas, sin mucha convicción, al propio escritor quien queda tan impresionado del trabajo de Jou que decide escribir a la Societé des Cent Bibliophiles [concretamente, a Claude Roger-Marx (1888-1977)] recomendando su publicación.

El libro en cuestión apareció en diciembre de 1914, pero ya el año anterior Jou se había dado a conocer como grabador en el Salon d’Automne, donde expuso ocho grabados de tema bíblico, y entre diciembre de 1915 y enero de 1916 su obra se expondría por primera vez en Barcelona, en las galerías Dalmau, donde, coincidiendo con una muestra de Kees Van Dongen (1877-1968), mostró nueve grabados de Les opinions de Jerôme Coignard y treinta y cuatro xilografías independientes. Con motivo de esta exposición se publicó un catálogo con un texto de Canivell que aún hoy ofrece orientaciones muy interesantes para situar el trabajo de aquellos años de Jou y para comprender su evolución posterior, y que tuvo una notable repercusión en la prensa.

Sin embargo, los grandes éxitos de Lluis Jou estaban por llegar, y no lo harían hasta concluida la Gran Guerra.

Placa de entrada al museo Louis Jou en Lei Bauç de Provença (Les-Baux-de-Provence), pueblo clasificado con razón como uno de Les plus beaux villages de France.

Fuentes:

Fundación y Museo Louis Jou.

Anónimo, «Louis Jou, le typographe inventeur», Apostilles Éditions Plein Chant.

Patricia Córdoba, La modernidad tipográfica truncada, València, Campgràfic, 2008.

Francesc Fontbona, La xilografía a Catalunya entre 1800 y 1923, Barcelona, Biblioteca de Catalunya, 1992.

Germán Masid Valiñas, La edición de bibliófilo en España (1940-1965), Madrid, Ollero y Ramos, 2008.

José Ramon Penela, «Lluís Jou, arquitecto del libro», UnosTiposDuros, 1 de mayo de 2015.

Alcover, Fabra y un morrocotudo problema tipográfico

Del mismo modo que en la lengua española es emblemático y singularizador el empleo de la ñ (de uso muy generalizado ya en el siglo XIV), en el caso de la lengua catalana la ele geminada (l·l) cumple una función muy similar. Sin embargo, su introducción y uso ha sido, a lo largo de la historia, fuente de más de un debate encendido y de problemas de muy difícil solución para algunos tipógrafos y cajistas, lo cual pone de manifiesto hasta qué punto disciplinas como la gramática y la tipografía están estrechamente vinculadas y son interdependientes. Y también plantea la cuestión de cuán importante es que las reformas gramaticales planteen soluciones definitivas, porque, una vez implantadas, resulta muy difícil introducir cambios de calado (y, aunque sean necesarios, acaba por no hacerse).

El empleo de la ele geminada se introdujo con fuerza a partir de 1913, a raíz de su presentación en sociedad e implantación por el Institut d’Estudis Catalans (IEC), mediante la publicación de las Normes ortogràfiques, un conjunto de veinticuatro reglas elaboradas por una prestigiosa comisión en la que estaban representadas las diversas secciones del IEC: Jaume Massó i Torrents (1863-1943),  Josep Carner  Ribalta (1898-1988), Antoni Maria Alcover (1862-1932), Eugeni d’ Ors (1881-1954), Pompeu Fabra (1868-1948), etc.

Antoni Maria Alcover.

El propósito era distinguir con dos signos distintos el palatal que se pronuncia como la ll española de lo que es una duplicación de la l. En cuanto a la l doble, hasta entonces lo más habitual había sido representarla gráficamente o bien separada con un guión (novel-la), lo que pudiera parecer indicar que –por lo menos etimológicamente –se trataba de una palabra compuesta, o bien como con un punto bajo (novel.la), porque si la duplicación se hubiera hecho sin más, como en catalán se hace con la m (en palabras como immens) o la n (innecessari) se hubiera confundido con la ll.

Con la intención de dar respuesta a requisitos de etimología y de pronunciación, decía la séptima de las Normes ortogràfiques:

Se escribirán con l doble (pronunciada l+l), no sólo las palabras ca-rre-tel-la, pot-xil-nel-li, en las cuales aún suele pronunciarse el mencionado sonido, sino también en todos los vocablos eruditos que en latín presentan ll (o en griego λλ) –palabras en las cuales la transcripción tradicional catalana ll (pronunciada l+l) suele ser reemplazada por la transcripción castellana l sencilla–; tales son, entre otras, las palabras allegoria, alliteració, allocució, allutròpic, allucinar, alludir, apellar […]

Pero mientras no se convenga en representar l palatal de otro modo que con el símbolo ll (Ejemplos: aquella, aixella, sella), la l doble será escrita intercalando un punto elevado entre las dos l: carretel·la, potxinel·li, col·legi, intel·ligència, etc.

En un texto de 1913 publicado originalmente en La Veu de Catalunya que no se encuentra entre los más famosos de Fabra –quizá por haberlo firmado con el seudónimo Esteve Arnau–, titulado «El so de “l” doble», el célebre lingüista repasa algunas de las propuestas para deshacer este problema finalmente descartadas, como las de Melcior Cases en el número de enero de ese mismo año del Bolletí del Diccionari de la Llengua Catalana, que proponía el empleo de ly para lo que en castellano sería una ll (propuesta que adopta, por ejemplo, J.V. Foix en los manuscritos de su Diario en 1920), o la del propio Fabra (al que se refiere en tercera persona) de la «l trencada» (l rota: ł), pero Fabra (o “Esteve Arnau”) justifica también que, de momento, no se haya optado por estas soluciones por las dificultades que conllevaría introducir nuevas grafías.

J.V. Foix.

Hoy sabemos que la decisión del conflictivo punto alzado se tomó como resultado de una moción a la totalidad planteada por Alcover, y que Fabra era reacio a la aceptación de la grafía con punto pese a que, con seudónimo, acabara por justificarla. Aun así, incluso en su Gramàtica catalana de 1918 no deja de poner de manifiesto que: «Se considera, con razón, un defecto de la ortografía catalana que, existiendo en catalán el sonido de l doble o geminada, el símbolo ll sirva, a imitación del castellano, para la representación de la l palatal». Ello explicaría la segunda parte de la norma, que deja abierta la puerta a una posterior modificación que, por lo menos hasta el momento en que escribo estas líneas, no se ha producido.  Fabra, pues, era muy consciente de que la adopción de l·l como solución plantea un problema tipográfico, ya que tomando de la caja dos l e interponiendo entre ellas un punto alzado, se obtendría un símbolo en el que la separación entre las l podría ser igual o incluso mayor que con el guión (l-l).

Pompeu Fabra, de joven, dibujado por Ramon Casas.

Ya desde que se hicieron públicas surgieron voces discrepantes y que expusieron algunos de los problemas que las Normas planteaban a impresores y profesionales del libro en general. Fue sonada, por ejemplo, la argumentación del célebre bibliófilo Ramon Miquel i Planas (1874-1950) contra el empleo de la i en detrimento de la y como conjunción copulativa, del que a menudo se ha puesto como ejemplo un titular de la edición de noche del periódico La Publicidad del 15 de diciembre de 1920 que fue empleado por el propio Miquel i Planas en un artículo publicado en el primer número de la revista Bibliofilia: EN MARTI I I EL COMTE EN JAUME, donde no queda visualmente clara la distinción entre la i mayúscula (que por aquel entonces no se acentuaba), el numeral romano I y una conjunción copulativa i (En Martí I i el comte en Jaume). Y que, visualmente, es una chapuza.

En consecuencia con su conciencia del problema tipográfico que las Normas planteaban en cuanto a la escritura de la ele geminada, Fabra defendía que «las dos l debían estar tan cerca la una de la otra como en el símbolo ll», pero esto no era en absoluto fácil de conseguir. De nuevo fue Miquel i Planas quien más expuso con mayor claridad y precisión su crítica, que Patricia Córdoba resume del siguiente modo:

[E]stéticamente no era favorable a esta incorporación y, además, señaló que para cualquier componedor era bastante complicado el componer manualmente este carácter. Ciertamente era complejo con los tipos manuales y el problema se complicaba aún más para la composición en mayúsculas en tipos de plomo, en los cuales sería casi imposible encajar el punto para llenar el espacio normal al lado derecho de la primera L. Tales composiciones realmente hubieran necesitado de caracteres especiales que combinaran la L y el punto ya que los tres componentes por separado no pueden acercarse físicamente el uno al otro más de lo que permite el cuerpo de plomo en que estaban fundidos. […] No obstante, es importante mencionar que los fabricantes de composición mecánica, precisamente los de linotipo, si que ofrecieron matrices correctas de este carácter y se utilizaron  para la composición en catalán mientras se trabajó en linotipia.

Ramon Miquel i Planas.-

Pasado el tiempo, hubo algunas máquinas de escribir, y en particular algunos modelos de Oliveti, incluyeron una tecla ·l o con la intención de resolver el problema de la máxima proximidad posible entre las l, pero incluso en el ámbito digital es un problema que no está satisfactoriamente resuelto en todos los ámbitos, aunque afortunadamente hay quien sigue trabajando en ello.

Fuentes:

Projecte de Normalització Tipogràfica de la ela geminada.

Patricia Córdoba, La modernidad tipográfica truncada, València, Campgràfic, 2008.

Pompeu Fabra, Gramàtica catalana, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 1931.

Pompeu Fabra, «El so de “l” doble», en Josep Murgades, ed., Textos desconeguts de Fabra, Lleida, Punctum, 2005,pp. 69-71.

Oriol Moret Viñals-Grup de Treball de Normalització Tipogràfica de la ela geminada, «Tras la L·L», Fundació d´Historia del Disseny.

Hector Serra, «Avui la ela geminada fa cent anys», Núvol, 20 de diciembre de 2012.

 

Los primeros años de la editorial Ariel, la literatura infantil, la censura…

Los orígenes de la editorial Ariel, que en el momento de escribir estas líneas cumple la muy respetable edad de 75 años, tiene justa fama de cantera propicia de grandes nombres de las letras y de la edición, pues en algún momento u otro de su historia desempeñaron en ella funciones de mayor o menor responsabilidad desde el filósofo y traductor Manuel Sacristán (1925-1985) a los editores Xavier Folch i Recasens (n. 1938), Gonzalo Pontón Gómez (n. 1944) y Joan Sales (1912-1983), así como el conocido corrector y editor de mesa Josep Poca i Gaya (n. 1940), pasando por el abogado y economista Jordi Petit Fontseré (1937-2004), el mediático economista Fabià Estapé (1923-2012) , el célebre abogado penalista Octavio Pérez-Vitoria (1912-2010) –a quien se atribuye más de un regate a la censura franquista– o los prestigosos historiadores Josep Fontana (n. 1931) y Jordi Nadal i Oller (n. 1929), entre no pocos otros de similar relieve.

De izquierda a derecha: Manuel Sacristán, Calsamiglia, Mario Bunge y Argullós.

Sin embargo, el origen de la editorial Ariel estuvo en la confluencia de lo que Gonzalo Pontón ha descrito como «una pareja extraña» que se había conocido en la Universidad Autònoma de Barcelona anterior a la guerra, el tándem formado por el licenciado en Derecho Alexandre Argullós (1912-1996) y el licenciado en Filosofía Josep Maria Calsamiglia (1913-1982), que había sido ayudante del celebérrimo profesor y poeta Ramon Xirau (1924-2017). A Argullós la guerra civil le había pillado en una estancia de ampliación de estudios en Milán, pero en 1937 regresó a Barcelona, por lo que no podía tener ninguna esperanza de poder proseguir su carrera como abogado, mientras que a Calsamiglia, aunque intentó depurarse, se le prohibió la docencia superior por un período de ocho años.

Así pues, en 1941 aunaron esfuerzos para comprar una de las imprentas históricas en Barcelona, la de los herederos de Domingo Casanovas, situada en el número 67 de la Ronda de Sant Pau, y al parecer durante un breve tiempo operaron con el nombre Demos. Sin embargo, no tardaron en trasladarse en 1946 a un local en los bajos del edificio modernista que ocupaba la también histórica Montaner y Simon (que hoy alberga la Fundació Tàpies), en un momento en que ésta atravesaba por serios problemas económicos, y pudieron ampliar así un poco su maquinaria, hasta el punto que unos años más tarde (en 1953) se trasladaron allí también las oficinas. En palabras de nuevo de Gonzalo Pontón:

adquirieron una vieja maquinaria tipográfica que estaba pidiendo a gritos la jubilación: una enorme máquina plana de imprimir LM, un par de Koenig Bauer mediocres, dos linotipias Mergenthaler, una cizalla y cajas y chibaletes con tipos que manipulaban con destreza dos viejos cajistas honrados de insigne tradición. Imprimían allí, aparte de la remendería del barrio, los (pocos) libros y revistas que se editaban en la Barcelona de posguerra. Pero también los apuntes de clase de sus compañeros de promoción que habían sido premiados con cátedras y prebendas por su fidelidad a la España eterna.

Al parecer, la elección del nombre con el que esta empresa se convertiría en legendaria en el ámbito de las humanidades se debe a un ensayo ya famoso en esos años del escritor católico francés André Maurois (1885-1967), Ariel ou la vie de Shelley (1923), que en España habían publicado las Ediciones Oriente (1930) en traducción de Luis Calvo y que en 1951 publicaría también José Janés, que concuerda con la ideología que profesaban los propietarios de Ariel.

Entre los primeros libros que llevan pie editorial de Ediciones Ariel se cuentan títulos muy alejados de los que la harían famosa, como fueron por ejemplo La lección de San Juan de la Cruz. Episodios, doctrina y poesía de un resurgimiento espiritual (1942), de Enrique Chandebois, con un prólogo a la edición española de Luis Araujo-Acosta (1885-1956) y encuadernado en tela, o Lo que vi en América (¿1942?), de Benigno Varela, pero en los años cuarenta el peso lo llevaban los Talleres Tipográficos Ariel, responsables entre otros títulos igualmente alejados de los que harían famosa a la editorial como En la soledad del tiempo, de Dionisio Ridruejo, ilustrada por Ramón de Capmany, o la Poesía (1924-1944) de César González-Ruano, ambas para Montaner y Simon, o El paquebot de Noé del igualmente escritor de derechas Félix Ros, en este caso para la Editorial LARA (la primera empresa editorial de José Manuel Lara Hernández).

Cuando en mayo de 1946 empezó a publicarse la revista clandestina Ariel de Josep Palau i Fabra, Joan Triadú, Frederic-Pau Verrié, etc., que no tenía ningún tipo de vínculo con la editorial, surgieron inicialmente algunas confusiones entre los lectores, pero precisamente por su carácter minoritario y su trompicada distribución no se consideró que valiera la pena molestarse por ello (aunque incluso hoy se generan a veces equívocos).

Escribe Francisco Luis del Pino sobre la primera década de Ariel y su tremendo contexto político y social: «Mientras el decenio de 1940 a 1950 se caracterizó por ser años de penuria, represión y censura: “Franco manda y España obedece” sentenciaba una consigna de la dictadura, Ariel se especializó en títulos de medicina, economía, derecho y filosofía», y también hubo espacio para la sociología, la geografía o la historia, lo que marcaba ya desde el principio su vocación de editorial universitaria (incluso en el sentido de tener la vocación de sustituir o paliar las carencias de la universidad franquista). Es significativo en este sentido la ya aludida publicación de apuntes, que constituían prácticamente la única lectura promovida por la universidad.

Y antes de que acabara la década, con la que concluye también una primera etapa de Ariel, se inicia la publicación de libros en catalán, gracias a la iniciativa de Joan Sales, que luego tendría continuidad y frutos tan asombrosos y perennes como los diez volúmenes de Historia de la Literatura Catalana dirigida por Martí de Riquer, Manuel Comas y Joaquim Molas. Así, en 1949 aparecen una edición de bibliófilo y una destinada al comercio regular del primer volumen de rondalles populars, un volumen de 150 páginas con textos de Ramon Llull, Frederic Mistral y Jacint Verdaguer, prologados por Carles Riba y con dibujos a tres tintas de Elvira Elies, y a este seguirían tres volúmenes más cuya importancia radica sobre todo en ser la primera publicación específicamente dirigida al público infantil (en su edición regular) que conseguía la aceptación de la censura española. Sin embargo, no sucedió lo mismo con el intento de Sales y Noel Clarasó de crear una publicación periódica al estilo de la muy célebre Patufet de preguerra, para la que incluso habían elegido ya el nombre, Antonet, y se mandó una primera maqueta a censura, pero estuvieron a punto. Tal como lo cuenta Òscar Samsó, una anécdota acompañó a este fracaso:

Un primer ejemplar y un memorial enviados a la Secretaría de Educación Popular en tiempos del ministro de Educación Ibáñez Martín fueron a parar a la Secretaria del Pardo, residencia de Franco. De allí fueron remitidos al organismo competente que, al ver quién era el último remitente, lo interpretaron como una recomendación. La confusión se disipó y el Antonet permaneció prohibido.

De hecho, los sobresaltos e incluso los conflictos de Ariel en las décadas siguientes serían frecuentes y serias, como ejemplifica por ejemplo otra obra magna, ya de la década siguiente, los ocho volúmenes de la Historia de España de Ferran Soldevila, que sin embargo fue uno de los primeros grandísimos éxitos de Ariel, con el que incluso puede decirse que se abría una nueva etapa.

Fuentes:

Jordi Amat, «Historia en combate», Cultura/s La Vanguardia, 18 de marzo de 2017, pp. 8-9.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya. El segle XX (1973-1975), Barcelona, Gremi d Editors de Catalunya, 2006.

Francisco Luis del Pino Olmedo, «Editorial Ariel. Feliz 70 cumpleaños», Clío, núm. 132 (2012), pp. 29-34.

Gonzalo Pontón [Gómez], «Tiempo de aprendizaje», Tiempo de Ensayo. Revista Internacional sobre el Ensayo Hispánico, núm. 1 (2017), pp. 240-256.

Francisco Rojas Claros, Dirigismo cultural y disidencia cultural en España (1962-1973), Universidad de Alicante, 2013.

Joan Samsó, La cultura catalana. Entre la clandestinitat i la repressa pública (1939-1951), Barcelona, Publicacions de l´Abadia de Montserrat (Biblioteca Abat Oliva), 1995.

 

Eudald Canivell, tipógrafo y difusor de las artes gráficas

Eudald Canivell (1858-1928)  entró en el siglo XX con un libro poco común en el contexto cultural del momento bajo el brazo, Heribert Mariezcurrena y la introducció de la fototipia y el fotogravat (1900), en el que biografiaba y reivindicaba la figura de un grabador, introductor de la fotografía al carbón y pionero del fotoperiodismo hoy muy poco conocido pero que, entre otras cosas, fue el creador de la primera figura icónica del poeta Jacint Verdaguer (1845-1902), ya en la década de 1870, y fundador de la novedosa Sociedad Heliográfica Española.  El texto de Canivell parece nacido al calor de la muerte de Mariezcurrena (en mayo de 1898), como resultado de una lectura celebrada en el Ateneu Barceloní en mayo de 1898 y organizada por el Institut Català de les Arts del Llibre (del que Canivell era uno de los fundadores).

Verdaguer retratado por Mariezcurrena.

En aquel momento inicial del siglo, gracias en parte a la seguridad que le proporcionaba su modesto sueldo como director de la Biblioteca Pública Arús, Canivell se encontraba en la cresta de la ola de su trayectoria profesional. En aquel mismo año 1900 se estrenaba la cabecera portavoz del ICAL Revista Gráfica, de la que fue director artístico y literario y cuyos dos primeros números (1900 y 1901-1902) describe Eliseu Trenc como: «Notables tanto por su contenido como por el aspecto formal, hasta el punto que pueden ser considerados como un destacado ejemplo de la riqueza del arte tipográfico modernista». Simultáneamente, Canivell dirigía la publicación del tercer y último volumen de la famosa Biografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra, que a su muerte había dejado inacabada el bibliófilo y coleccionista Leopoldo Rius de Llosellas (1840-1898) y ordenada posteriormente Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), para el que Canivell escribió además un documentadísimo prólogo acerca de su autor. Finalmente, esta magna obra del cervantismo hispánico aparecería en Vilanova i la Geltrú en 1904, gracias al buen hacer de los talleres de Joan Oliva i Milà (1858-1911), quien en 1900 había publicado en la Revista Gráfica un importante texto sobre tipografía («Senzill ensaig de classificació dels carácter tiographics»), y se hicieron, según se consigna en la portadilla: «Cinco ejemplares en papel japonés, cinco ejemplares en papel Guarro, cuarenta ejemplares en papel de hilo y cuatrocientos ejemplares en papel verjurado agarbanzado». Ese mismo año aparece otro ensayo importante de Canivell, los Tipos góticos incunables para impresiones artísticas y ediciones de bibliófilo (Oliva de Vilanova, 1904).

Caja de los volúmenes del Quijote de Viader.

Al año siguiente (1905), mientras sigue enfrascado en la restauración de caracteres góticos del siglo XV, se inauguraba la Escola Práctica d’Arts Gráfica, una de las iniciativas más notables e influyentes creadas por el ICAL y donde Canivell fue uno de los primeros docentes, pero además –y mientras proseguía la catalogación de la inmensa biblioteca y archivo de Rossend Arús– dirigía y revisaba la edición de un Don Quijote de la Macha en caracteres góticos impreso sobre corcho laminado que apareció ese mismo año en Sant Feliu de Guíxols gracias a la imprenta especializada en obras cervantinas de Octavi Viader i Margarit (1864-1938), y que Juan Givanel Mas y Luis M. Plaza Escudero describen del siguiente modo en su Catálogo de la colección cervantina de la Biblioteca Central de Cataluña (volumen IV, 1891-1915, p. 192):

Es esta una edición muy curiosa, de cuidada tipografía, sobre materia de uso tan poco frecuente en menesteres de imprenta como es el corcho. Es, al mismo tiempo que una demostración de cervantismo, indicio de la madurez que tiene en la industria corchera la región ampurdanesa.

La tirada, cincuenta y dos ejemplares, está legalizada por acta notarial y se puede considerar como de bibliófilo.

El primer volumen se terminó el 31 de diciembre de 1905, y el segundo el 6 de mayo de 1906.

Las capitulares y los adornos tipográficos son del propio Canivell, y fue tal el éxito que al año siguiente ya se hacía una segunda tirada, con las mismas características y el mismo formato (231 x 165 mm), de cien ejemplares.

Del prólogo al Quijote de Viader.

Ese año 1906, Canivell se encontraba trabajando ya en la edición y composición de otra obra ambiciosa, un Lazarillo de Tormes al estilo de las del siglo XVI, para la que incluso había escrito el prólogo, con la que debía arrancar una colección de Joies de la Bibliografia Espanyola que no tuvo continuidad. Y al mismo tiempo se ocupaba de una edición facsímil del único ejemplar conocido de la Gramática latino-catalana de Bartolomé Mates (ICAL, 1906), cuya supuesta fecha de impresión (que el colofón declara de fecha tan temprana como 1468 y por tanto sería la primera composición tipográfica de la Península Ibérica y anterior incluso a las imprentas veneciana y parisina) Canivell defendió en un extenso prólogo, interviniendo así en una densa polémica –que merecería por sí misma un estudio monográfico– en la que años más tarde recibió el apoyo del ilustre estudioso del libro Ramon Miquel i Planas (1874-1950) en «El incunable barcelonés de 1468» (Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1930) y luego el de Casas Homs en «Sobre la Gramàtica de Mates» (Butlletí de la Real Academia de Bones Lletres, 1950). Y por si no bastara, también de 1906 es la iniciativa de estampar en La Académica una serie de fascículos con grabados inspirados en las ediciones incunables y góticas, con tipos dibujados por Canivell y fundidos especialmente para la ocasión por la Societat Catalana de Bibliòfils.

El tipo gótico incunable creado por Canivell.

Al margen de estos y otros trabajos de edición de obras de bibliófilo (Iconografía del rey Don Jaume I el Conquistador, por ejemplo), en esa primera década del siglo XX Canivell va perfilándose como uno de los mayores divulgadores de las muy diversas artes del libro: pasa a ocuparse también de la corresponsalía de la revista especializada dirigida por August Hofer Allgemeine Anzeige für Druckereien, y a partir de 1910, con el cargo de director artístico, se convierte en el alma y principal redactor del Anuario Tipográfico Neufville (seis volúmenes entre 1910 y 1922), actividades que compagina con la colaboración en el Diccionario enciclopédico de la lengua catalana (1905-1910) y con la redacción de todas las entradas referidas a las artes del libro en la Enciclopedia Espasa. Y actividades que tendrán además continuidad en la Crónica Poligráfica (1920-1925) y en El Mercado Poligráfico (1926-1928), en cuyas páginas dejó numerosos artículos sobre figuras relevantes de la bibliografía española (la estirpe de los Ibarra, Manel Henrich i Girona, José Enrique Serrano y Morales, Joan Russell i Anglarill) y sobre temas generales muy diversos (desde la relación de Cervantes con las imprentas barcelonesas hasta los orígenes del papel en Europa o, en fecha tan temprana como 1927, «El cubismo en el arte tipográfico»).

Portada del Álbum caligráfico universal (J. Romà, 1901), con textos y caligrafía de Canivell y orlas a pluma d Nicanor Vázquez.

A esta torrencial actividad polígrafa hay que añadir aún sus gestiones en la organización de iniciativas asociativas en el ámbito de la industria del libro, entre las que destacan la organización del I Primer Congreso Nacional de las Artes Gráficas (1911) y su papel decisivo en la trabajosa y polémica organización de la presencia catalana en la Feria de Leipzig de 1914, etc.

Eudald Canivell.

Así, pues, Eliseu Trenc hace lo que parece un balance muy justo de la importancia de la figura y el papel desempeñado por el erudito autodidacta Eudald Canivell en el campo de las artes gráficas del siglo XX:

Los tipógrafos anarquistas modernistas, influidos por el pensamiento de William Morris, tanto por sus ideas políticas como por su ejemplo de retorno a la artesanía y a una tipografía gótica, pretendían cambiar el libro como pretendían cambiar el mundo, deseaban cambiar la sociedad y querían renovar las reglas de la composición tipográfica […]

Canivell era consecuente con sus ideas, con su vida: por un lado, ponía sus conocimientos y su erudición al servicio de la recuperación y perfecta reedición de textos catalanes o hispánicos antiguos, en una línea forzosamente elitista de la bibliofilia; pero por otra parte propiciaba y llevaba a cabo una propagación de la estética modernista en todo tipo de trabajos, desde el libro popular hasta la invitación o el anuncio de un baile de sociedad obrera, con lo cual se proponía educar a la sociedad urbana en su totalidad.

 

Y aun así, que se sepa, todavía no se ha escrito una biografía completa y en profundidad de tan fascinante personaje.

Fuentes:

Joan Givanel i Mas y Luis Plaza Escudero, Catálogo de la Colección Cervantina, volumen IV, años 1891-1915, Diputación Provincial de Barcelona, 1959.

Manuel Llanas (amb la col·laboració de Montse Ayats), L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Ex libris de Canibell.

Manuel Llanas, con la colaboración de Montse Ayats, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2005.

Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica (Biblioteca de Bolsillo 34), 2000.

Nuria F. Rius, «Heribert Mariezcurrena i Corrons, retratista de Jacint Verdaguer i pioner del fotoperiodisme a Espanya (1847-1898)», nuriafrius.com.

Eliseu Trenc, «Eudald Canivell i Masbernat, impresor, polígraf i promotor», en AA.VV., Bibliofilia a Catalunya. Des del segle XIX, Barcelona, Fundació Jaume I, 2002, pp. 70-73.

La Tramontana y el entorno de Eudald Canivell

 A Ainara LeGardon y David García Aristegui,

escritores necesarios

El 16 de febrero de 1881 aparecía en Barcelona uno de los primeros semanarios anarquistas en lengua catalana de larguísima trayectoria, La Tramontana, a cuyo frente se encontraba el polífacético poeta, tipógrafo y editor Josep Llunas  i Pujals (1852-1905), que acababa de ver fracasar el intento en la misma dirección de la cabecera La Teula (1881). La Tramontana era inicialmente propiedad del ampurdanés Evarist Ullastres i Dillet, que a finales de la década de 1870 se había establecido en la Ronda Universitat de Barcelona como impresor en La Academia, cuya dirección estaba a cargo del prestigioso tipógrafo e introductor de las tiradas en combinación de tintas Rafael Farga i Pellicer (1844-1890), que fue también uno de los principales difusores del pensamiento de Bakunin en la capital catalana.

La cabecera de La Tramontana es bastante elocuente: una alegórica cabeza tocada con barretina, quitándose de enfrente el clericalismo, el militarismo, el capitalismo o la burguesía, y más explícito es aún el subtítulo con el que expresan sus intereses: «salut pública, interessos populars y arts y lletras». La historia de esta publicación en la que venían a confluir el anticlericalismo, el republicanismo federal, el librepensamiento, la masonería, el anarquismo colectivista y el catalanismo popular y progresista no sería en absoluto plácida (denuncias, sanciones, una supresión gubernamental durante todo el año 1894, encarcelamiento de varios de los redactores), lo que hace más relevante si cabe su prolongada vida.

En los años en que nace La Tramontana acababa de crearse la Sociedad Tipográfica de Barcelona (29 de junio de 1879), organización con vocación sindical y asistencial apolítica, en la que militaron entre otros Anselmo Lorenzo, el Abuelo del Anarquismo Español (1841-1914), el dibujante y tipógrafo Eduald Canivell o Canibell (1858-1928) y el ya mencionado Llunas y Pujals, y que entre febrero de 1880 y noviembre de 1882 publicó un Boletín Oficial de la Sociedad Tipográfica de Barcelona. Sin embargo, no tardaron en surgir fricciones como consecuencia del pretendido apoliticismo y a mediados de 1882 nacería el sindicato anarquista de tipógrafos Societat Solidaria dels Obrers Impressors de Barcelona, entre cuyos primeros dirigentes figuraron el dramaturgo y primo hermano de Rafael Farga Antoni Pellicer i Paraire (1851-1916), Josep Llunas i Pujals, el tipógrafo de La Academia Lluis Gili Peladí, Canivell, Francisco Fo, A. Serra, el traductor Emilio Guanyabens o Guanyavents (1860-1941) y Pere Esteve (1866-1926).

Buena parte de estos hombres de letras formarían a su vez la redacción y el grueso de colaboradores de La Tramontana, pero entre ellos empezaba a destacar como tipógrafo Canivell, quien en 1881 ya había dado a conocer un tipo de creación propia basado en la letra de Tortis (o gótica rotunda). Ya desde los doce años, Canivell se había formado como iluminador de naipes antes de iniciarse como impresor mientras seguía estudios nocturnos de dibujo en la Llotja (Escola d’Arts Nobles) y frecuentaba el Ateneu Català de la Classe Obrera, del que por entonces era secretario Rafael Farga y que es considerado el germen del bakunismo en Barcelona (fue clausurado en 1874 a raíz del golpe de Estado de Manuel Pavía, y renació en 1881 como Ateneu Obrer de Barcelona). Fue precisamente a raíz del golpe de Pavía y la consecuente persecución de activistas anarquistas que Canivell tuvo que pasar a Francia (donde trabaja un tiempo como maquinista impresor), de donde regresó un año más tarde.

Eudald Canivell (o Canibell).

De nuevo en Barcelona empieza una intensa colaboración en publicaciones periódicas de diverso signo, como el semanario literario-humorístico Bandera Catalana o el semanario ilustrado L’Escut de Catalunya, dirigido por el escritor Josep Fiter i Inglés (1857-1815) y entre cuyos colaboradores se encontraban el popular dramaturgo Frederic Soler, Pitarra, (1839-1895) o el arqueólogo  Pere de Palol i Poch (1860-1935), bisabuelo del conocidísimo poeta Miquel de Palol (n. 1953). No tarda en convertirse también en redactor de El Diari Català del político y ensayista republicano federalista Valentí Almirall (1841-1904), entre 1879 y 1881; de La Ilustració Catalana, de marcada tendencia catalanista, entre 1880 y 1883, y sobre todo de la importantísima revista L’Avens, cabecera que se declaraba continuadora del positivismo de El Diari Català, donde su colaboración se extiende entre 1881 y 1883. Es también la época en que Canivell forma parte de la Comisión Federal de la Federación de Trabajadores de la Región Española (F.T.R.E.), aprovechando la libertad de asociación anunciada por el gobierno de Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), aún bajo el reinado de Alfonso XII. En palabras de Josep Termes, con el nacimiento de la F.T.R.E., que al cabo de un año contaba ya con 218 federaciones locales y 58.000 afiliados, acababa «la historia de la Federación Regional española de la A.I.T. [Asociación Internacional de Trabajadores], para dar paso a la reconstrucción de un movimiento sindical potente, cosa que hicieron los mismos hombres de la Alianza [Internacional de la Democracia Socialista], los anarcosindicalistas barceloneses, obreros de oficio, que se imponían a los anarquistas insurreccionalistas poco proclives a la acción sindical pública».

Rossend Arús.

En consonancia con ello, Canivell colabora también muy activamente con algunas de las principales publicaciones anarquistas de Barcelona, como es el caso por ejemplo de Acracia, dirigida por ya mencionado Farga Pellicer, y, con la muerte del dramaturgo y filántropo Rossend Arús (1845-1891) y el posterior legado de su extensa biblioteca a la ciudad, se convierte en el primer bibliotecario y director de la Biblioteca Pública Arús, cargo que le permite adquirir un destacadísimo papel en la promoción y divulgación de las artes del libro en la última década del siglo XIX y, por otra parte, contribuye a explicar el riquísimo legado de prensa y documentos sobre movimientos obreros y anarquismo que conserva aún hoy esa biblioteca (donde destacan, por ejemplo, las actas, circulares y comunicaciones de la Primera Internacional, cuya donación, según Termes, es prácticamente seguro que hay que atribuir a Canivell).

Ya en 1891 se convirtió en casi el redactor único del primer número de El Arte de la Imprenta (1891), y muy poco después inicia el estudio y hace fundir los caracteres conocidos como góticos incunables (en cuerpo 14). Mayor influencia tendrá sin embargo la creación del Institut Català de les Arts Gràficas, que fundó la primera escuela especializada en la materia de la Península y puso en circulación la muy celebrada Revista Gràfica, donde el papel de Canivell, como escribió Eliseu Trenc, fue fundamental: «Canivell es el director artístico y literario, y publica en ella artículos importantes sobre la introducción de la litografía y de la fotografía en España (1900), dibuja viñetas de la portadilla y las letras iniciales de textos.»

Ya del siglo XX es la continuación de la restauración de los caracteres góticos incunables del siglo XV (cuerpos 8, 12 y 24), a las que añadió las iniciales monacales diseñadas por Rosenbach en cuerpo 24, en bicolor y policromas, que la Societat Catalana de Bibliòfils empleó en algunas de sus publicaciones, y gracias a ello fue muy empleada e imitada en todo tipo de invitaciones, tarjetas de felicitación, pequeños grabados, etc., consiguiéndose así una amplia divulgación en ámbitos distintos al de la bibliofilia.

A partir de ese momento, Canivell se asentó como uno de los tipógrafos y estudiosos y divulgadores de las artes del libro de referencia, que en las primeras décadas del siglo XX pudo llevar a cabo, mientras ponía orden al inmenso legado que conserva la Biblioteca Pública Arús.

Entrada a la Biblioteca Pública Arús, en el Passeig de Sant Joan de Barcelona.

Fuentes:

Versión digitalizada de La Tramontana.

Algunos dibujos de Canivell pueden verse aquí.

Manuel Llanas (con la colaboración de Montse Ayats), L’edició a Catalunya: el segle XIX, Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya, 2004.

Josep Termes, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica (Biblioteca de Bolsillo 34), 2000.

Eliseu Trenc, «Eudald Canivell i Masbernat, impresor, polígraf i promotor», en AA.VV., Bibliofilia a Catalunya. Des del segle XIX, Barcelona, Fundació Jaume I, 2002, pp. 70-73.

 

El carácter de Joan Oliver

«Un impresor es un hombre a quien no le falta “carácter” y que busca causar buena impresión»

Serge Mirgean, crucigramista e impresor francés.

 

Una vez llegado a Santiago de Chile, y tras una etapa saliendo al paso como agente comercial de un fabricante de zapatos y como transportista de vinos, al término de la segunda guerra mundial una de las primeras iniciativas de Joan Oliver fue poner en pie, en colaboración con otros dos catalanes, la Imprenta Mediterránea. Brias, Oliver y Manresa Ltda., con domicilio en el número 320 de la avenida Matta de la capital chilena.

Joan Oliver, que firmaba su obra literaria como Pere Quart.

Poco después, en julio de 1947, salía el primer volumen de El Pi de les Tres Branques, editorial a cuyo frente acompañaba a Oliver el escritor catalán Xavier Benguerel (1905-1990), si bien lo impulsaba un patronato en el que figuraban también otros exiliados, como Joaquim Sabaté, Pere Mir, Joan Joanet, Josep Salomó, Josep Castellà Granja y el político y empresario Salvador Sarrà i Serravinyals (1902-1965), quien en 1933 había publicado en Barcelona la traducción catalana de Caliban parle (Sabadell, La Fona, 1928), de Jean Géhénno (1890-1978).

De esas mismas fechas es una factura de la Mediterránea al laboratorio farmacéutico de Benguerel, que Lluís Busquets i Grabulosa ha reprodujo en el epistolario entre Oliver y Benguerel, lo que puede dar una idea del tipo de impresos a los que se dedicaba esta imprenta en la que se bregaba Oliver: cajas y prospectos, en este caso.

Xavier Benguerel.

Estando ya de regreso en Barcelona, Oliver se ocupó de actuar de puente entre el tipógrafo Salvador Grau Mora, quien pretendía establecerse en Chile, y Benguerel. También por esos días, septiembre de 1948, Oliver proyectaba crear una librería anexa a la imprenta que su cuñado Ignasi Riera i Sallarès tenía en la barcelonesa calle de Major de Gràcia, Pal·las Artes Gráficas, y buscaba financiación para poder comprar una máquina para imprimir en plano y de este modo estar en disposición de ocuparse de la impresión de libros (menciona, en el citado epistolario, tener apalabrado el asunto con Luis Zendrera, de Juventud, y con Joan Teixidor, de Destino). Una de las dudas que plantea esta imprenta Pal·las es la posible relación que hasta ahora no he hallado con las Ediciones Pal·las (posteriormente Pal·las Bertran), que entre 1941 y 1946 publicó algunos libros ideados por Josep Janés (1913-1959).

José Janés.

A finales de 1949 Oliver invierte en la empresa de Riera y empieza a trabajar por las tardes en la imprenta, que explica de este modo: «Es un negocio modesto pero sólido. Me saco las pesetas justas para no tener que vivir del capital. Tengo otros proyectos, pero las cosas están pésimas con tendencia a empeorar». Sigue aún con el proyecto de comprar una imprenta en plano, y cuenta por carta a Benguerel que ha entrado en tratos con Josep Pedreira (1917-203), a quien define como «un chico muy serio y eficiente», quien ese mismo año creaba la colección de poesía Llibres de l’Óssa Menor.

Seis meses más tarde, cabe deducir que Pal·las ya ha empezado a imprimir libros, pues el mismo epistolario menciona los preparativos para ocuparse de la edición del primer poemario de Ferran Canyameres (1898-1964), Mig temps, que apareció con dibujos obra de Antoni Clavé (1913-2005), para el que además Oliver escribió el prólogo; así como también habla de un libro de poemas cuyo título no concreta de Armand Obiols (Joan Prat, 1904-1971), cuya obra apareció toda póstumamente.

Ferran Canyameres.

A finales de 1950, Oliver proyecta una empresa editorial conjunta con Pedreira, para la que incluso diseñan tres colecciones (dos en catalán y una en español), que piensan poner en marcha en los primeras semanas de 1951, y con la que, según escribe a Benguerel, Oliver piensa paliar sus dificultades:  «Yo necesito urgentemente aumentar mis ingresos. Sólo para comer un poco bien y pagar el alquiler del piso y otros gastos de primera necesidad, preciso 6.500 pesetas […] Yo no sé cómo se las apañan los asalariados. Piense que un sueldo de 1000 pesetas es respetable. Un prensista de primera gana 800 pesetas. ¡Echa cuentas!». Ese mismo año entra de nuevo en tratos con Canyameres, quien le pide que actúe de puente con El Pi de les Tres Branques –es decir, básicamente con Benguerel– para que se ocupe de la publicación de un par de textos que había editado pero no publicado Canyameres en Albor, Tota la saviesa del món, de Josep Pous i Pagès (1873-1952) y con ilustraciones de Apa (Feliu Elies, 1878-1948), y las Poesies, de Màrius Torres (1910-1942). Como consecuencia de estas gestiones, cuyo desarrollo pueden seguirse con mayor detalle en el epistolario Oliver-Benguerel,  el primero de estos libros apareció en El Pi de les Tres Branques, pero la editorial catalonchilena desapareció antes de llegar a publicar el segundo.

Joan Teixidor.

Ese mismo año 1951 Oliver publica en Pal·las, pero según el colofón en Tossa de Mar, Quasi un paradís. Allò que a Tossa s´esdevingué (centúria terca D. J. C.). Passatemps en dos actes i en vers, escrita a cuatro manos con Joan Guarro (1920-1997), que apareció con portada y figurines de Josep Granyer (1899-1983), cabeceras de R. Reig y F. Lloveres y una caricatura de los autores obra de Lluís Morató. La obra, estrenada en el Teatre Rovira de Tossa de Mar y de la que en 1999el ayuntamiento de esta ciudad hizo una edición facsímil, tiene la peculiaridad de no ir firmada por los seudónimos habituales de los autores (Pere Quart y Joan Basté), sino por sus nombres reales, y se hizo de ella originalmente una edición de 350 ejemplares de los que los 50 primeros iban numerados y firmados por ambos autores.

A finales de año las cosas parecen irle ya suficientemente bien como para que pueda invertir 50.000 pesetas en una pequeña sociedad anónima con Canyameres para editar las obras de Simenon, que Oliver había estado traduciendo aquellos años para Aymà, pero las gestiones siguen avanzando con lentitud durante más de seis meses, e incluso se tantea sin éxito la posibilidad de que intervenga también como socio el propio Simenon, pero el proyecto no llega a cuajar

Del 30 de enero del año siguiente (1952) es una ilustrativa carta de Oliver en la que cuenta a su amigo las satisfacciones que le reporta el trabajo en la imprenta, que le permiten tiempo tanto para la creación literaria como para el activismo cultural:  «Cuando tengo un trabajo entre manos  en mi imprenta soy feliz. Proyectar un programa bonito o una felicitación, o un libro, y supervisar la impresión… Por eso necesito un negocio que rinda lo suficiente para vivir con decencia. Hay que conjugar ambas cosas.» Esta formación en artes gráficas, en tipografía e impresión, añadida a su ya entonces ya dilatada trayectoria como escritor y traductor, situaba a Oliver en una situación idónea para ocupar cargos editoriales, una formación que en generaciones sucesivas se fue perdiendo.

Josep Granyer.

Una de estas obras de las que se ocupó con particular esmero Oliver fueron los 150 ejemplares impresos sobre papel de hilo de un poema de agradecimiento de Carles Riba a los participantes en el homenaje que se le tributó con motivo de sus sesenta años, al que acompaña un grabado al boj de Granyer y en el que puede leerse: «Joan O. ha tingut cura de l´estampació del text» [Juan O. se ha ocupado de la estampación del texto].

Sin embargo, Oliver no salía de las estrecheces económicas, hasta que avanzado 1956 empieza a hacer colaboraciones en Ediciones Vergara, gracias a Josep M. Boix i Selva (1914-1996), y en Alcides, gracias a Pere Puig i Quintana (1907-1981), pero el gran cambio ─por lo menos en lo que a estabilidad laboral se refiere─ llegó cuando pudo empezar a trabajar en el ámbito de la redacción en Montaner y Simón, de donde pasó luego a Aymà como director literario y posteriormente a la Proa de Joan B. Cendrós («el cavaller Floïd»). Según contó a su amigo Pere Calders, que ya conocía a González Porto de su exilio en México y que también se incorporó a la Montaner y Simón a su regreso a Barcelona, este golpe de suerte (relativa) le llegó por un camino inesperado, pero que pone de manifiesto que las diferencias ideológicas no impidieron ni la colaboración ni la ayuda mutua entre la gente de letras catalana: fue gracias a su amigo de juventud Martí de Riquer (1914-2013), a quien define como «pasado al otro bando», que fue nombrado redactor de la adaptación española del Diccionario Bompiani, una de las obras cumbre de la Montaner y Simón.

Pere Calders.

El tan mencionado e interesante epistolario Oliver-Benguerel da reiterado testimonio de las insatisfacciones que este trabajo acabaría por provocar en el poeta y dramaturgo sabadellense, pero esta ya es harina de otro costal.

Fuentes:

Lluís Busquets i Grabulosa, ed., Epistolari Xavier Benguerel-Joan Oliver, Barcelona, Proa, 1999.

Gustau Erill i Pinyot, Ferran Canyameres, entre la memoria i l´oblit, Barcelona, Baula, 1999.

P.O., «En la mort d’un impresor»,  Avui, 16 de abril de 1981.

Ignasi Riera, «La impremta Pal·las A. G.», Avui, 22 de abril de 2009, p. 25.