La editorial de Manuel Andújar en España

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Manuel Andújar.

La llegada de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994) a España en marzo de 1967, después de un largo exilio en México como consecuencia del resultado de la guerra civil española, va asociada casi siempre a su incorporación a Alianza Editorial, para la que, debido a sus contactos con un sinnúmero de escritores y críticos literarios era un mirlo blanco. Sin embargo, además de publicar sus propias obras en su país, el objetivo principal de Andújar cuando regresa a la Península es poner en pie una editorial, y de ahí que, en lugar de establecerse en Madrid donde tenía la sede Alianza, lo haga en Barcelona, ciudad que había conocido ya en la preguerra y durante la contienda. Prueba de su convencimiento de poder llevar a cabo el proyecto es que adquiere un piso en la calle Sardenya (153, 2º, 4ª izda.), donde se instala con su mujer e hija. En todo este proceso de traslados, cuenta además con la ayuda de un importante colaborador, el escultor y grafista catalán Josep Maria Giménez Botey (1911-1974), con quien había compartido exilio en México, donde ambos habían colaborado en el Fondo de Cultura Económica, quien desde 1964 volvía a residir en su tierra.

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Manuel Andújar.

Para crear lo que el propio Andújar describe como «una modesta editorial», contaba la colaboración de un personaje importante en el mundo del libro en Chile, Joaquín Almendros Jiménez (1904-¿?), periodista de origen leonés que había sido secretario militar del Partit Socialista Unificat de Catalunya y último comisario general en el Ejército del Este, quien había llegado a Chile a bordo del mítico Winnipeg. Almendros Jiménez había empezado en Santiago de Chile por crear la librería Mundi y, posteriormente, asociado a quien durante la guerra era teniente de infantería profesional y luego también pasajero del Winnipeg Aristeo Andrés Cercos, la Séneca (en Huérfanos 836), que contaba también con sala de exposiciones. Sin embargo, más importante sería su labor al frente de la Distribuidora General de Ediciones, de la editorial y distribuidora Orbe, que inicialmente fue también una librería santiaguina (en San Antonio 212), y su participación en la editorial Siluetas, así como, ya en los ochenta, la creación de una editorial con su propio nombre, con sedes en Santiago de Chile y Buenos Aires, en la que publicó a Alberto Glest Gana, Jorge Isaacs o María Quijada, junto a algunos libros de no ficción bastante peculiares sobre la isla de Pascua o la existencia de los ovnis.

Producto de su experiencia en el mundo editorial son el folleto El libro y la difusión cultural en México (1954), con todo el aspecto de ser una conferencia, acaso en alguna feria o congreso, y sobre todo El libro y el problema editorial en Chile, (Talleres Gráficos de Enc. Hispano Suiza, 1958), así que Andújar contaba con un socio muy sólido, en un trato mediante el cual Almendros actuaría de socio capitalista y Andújar, además de un sueldo por dirigirla, aportaría como socio su parte correspondiente de beneficios cuando éstos llegaran. Al poco tiempo de llegar Andújar, estaba ya estableciendo (o reanundando) contactos, estudiando diversas ofertas de impresores, etc., pero Almendros retrasaba una y otra vez su llegada a Barcelona, hasta el punto que en agosto le informó de la necesidad de posponer el proyecto.

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Manuel Andújar.

Andújar, agotadas sus reservas económicas, y aún pagando las letras de su piso en Barcelona, decidió entonces aceptar la propuesta de entrar en Alianza Editorial como jefe del departamento de promoción y propaganda, aunque eso le supusiera alquilar una nueva vivienda en Madrid. Es muy probable que ése fuera un momento muy decisivo en la trayectoria profesional de Andújar, para quien en aquel momento, y a sus cincuenta y cinco años, quizá hubiera sido más fácil considerar esos meses en Barcelona como poco más que unas vacaciones y regresar a México para reemprender su carrera. No hay duda de que la oferta le llegó en un momento idóneo. En cualquier caso, en octubre de 1967 Manuel Andújar se integra en Alianza, donde permanecería hasta un acuerdo de semijubilación que le obligaba a sólo dos mañanas en la editorial y a una notable disposición de tiempo.

Acerca del proyecto frustrado en asociación con Almendros, las gestiones que a finales de los sesenta llevó a cabo Andújar para poner en pie la colección Valira, en el seno de la editorial Aymà, cuyo propósito era reunir a lo que Marra-López consideraba en su hoy clásico Narrativa española fuera de España (1963) lo más granado de la narrativa del exilio (Rosa Chacel, Ramón J.Sender, Max Aub, Francisco Ayala, Segundo Serrano Poncela y el propio Andújar), podrían llevar a pensar que el objetivo era publicar en España a aquellos compañeros de exilio, a muchos de los cuales había publicado ya además en algunas de las revistas en las que había colaborado en México.

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Del epistolario del exilio de Andújar sólo se conservan las cartas publicadas por Finisterre en 1968.

Sin embargo, el epistolario de Andújar, que tan a fondo ha analizado Blas Medina Ávila, revela algunos títulos que estaban en estudio y que quizá pueden apuntar más bien a la introducción de literatura extranjera, sobre todo alemana pero también francesa, italiana y latinoamericana. Entre los ejemplares que Andújar se ve en la necesidad de devolver a sus autores cuando el proyecto se abandona por completo, se cuenta por ejemplo un libro apenas conocido, Proklamationen und Manifeste zur Weltgeschichte, de Margrit Henning, o Machado e Garcia Lorca, del prestigioso historiador y crítico literario Virgilio Titone (1905-1989), que en 1967 acababa de publicar la pequeña editorial napolitana Giannini. Ello permite aventurar, pese a la escasez de datos, que el ensayo de humanidades serían donde pondría sobre todo el foco este proyecto, hipótesis que se refuerza a la vista de las editoriales y librerías destinatarias de las devoluciones de originsles y ejemplares que Andújar había estado estudiando.

Sin embargo, el epistolario entre Manuel Andújar y el escritor peruano Arturo D. Hernández (1903-1970) permite asegurar que algún espacio tendría también la novela, pues al parecer había el compromiso verbal de publicarle en España su novela más conocida, Selva trágica (basada en hechos reales) que, publicada por Juan Mejía Baca & P.L. Villanueva en 1956, había obtenido el Premio Nacional Ricardo Palma, que la reconocía como la mejor novela peruana aparecida del año.

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Arrturo D. Hernández.

A la altura de septiembre de 1967, cuando el boom hispanoamericano ya estaba tomando velocidad y acababa de premiarse al colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) con el Nadal por  El buen salvaje (1966) y al mexicano Carlos Fuertes con el Biblioteca Breve por Cambio de piel (1967), no parecía inoportuna la novela de Arturo Hernández, quien, con sus novelas y relatos situados siempre en la Selva Baja del Perú, se inscribe en el movimiento conocido como regionalismo o indigenismo peruano, en el que suele encuadrarse también a Ciro Alegría (1909-1967), Francisco Ríos Izquierdo (1910-1981) y César Calvo Soriano (1940-2000). Al parecer, a Hernández le había surgido la posibilidad de publicar sus obras en “una conocida editorial mexicana” (que tal vez fuera el Fondo de Cultura Económica), pero era muy consciente de que en ese momento el lugar donde se cocía todo en el ámbito de las letras en lengua española era Barcelona, pero incluso una vez abandonada la idea de crear una editorial e incorporado Andújar a Alianza, el escritor peruano volvió a insistir en un intento de ser publicado en España. Aun así, llegaría antes la traducción al inglés (obra de Raymond A. Enstam para Quaestor Press en 2015) que la edición española.

Son muy escasos los datos disponibles para atisbar por dónde iría este proyecto que dirigía Andújar y que no llegó a ver la luz, pero si de algo deja constancia el epistolario aludido es de la intensísima actividad del autor malagueño, que en cuanto pone un pie en Barcelona ya está removiendo contactos, pensando en introducir obras jamás publicadas en España y tomándole el pulso a la vida cultural de la ciudad y a las posibilidades del país en este terreno. No está del todo claro por qué no cuajó el proyecto y Almendros siguió retrasando su viaje, si bien en el ínterin murió su padre y son años en que Orbe despliega una gran actividad. En cualquier caso, hay pruebas abrumadoras de hasta qué punto Andújar continuaría siempre siendo un valioso contacto para quienes, compañeros de exilio en los años precedentes, intentaron reincorporarse a la vida cultural española en el tardofranquismo y la transición. De hecho, se convirtió en el agente literario oficioso de muchos de ellos.

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Firma de Manuel Andújar.

Fuentes:

Diego Carcedo, Neruda y el barco de la esperanza: la historia del salvamento de miles de exiliados españoles de la guerra civil, Madrid, Temas de Hoy (Historia Viva), 2006.

Rafael Conte, «Andújar, todo el exilio», en Abc, Sevilla, 17 de agosto de 1994, p. 3.

Rafael Conte, «Nacimiento y muerte del exilio»

, capítulo 24 de El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998, pp. 242-249.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberomaericana (1936-1975), Madrid, Siruela (El Ojo del Tiempo), 2006.

Fernando Larraz, «La “operación retorno” de la narrativa en el exilio en la prensa diaria del Franquismo (1966- 1975). Los casos de Abc, Informaciones y Pueblo», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, vol. 29 pp. 171-195.

Blas Medina Ávila, Manuel Andújar, su correspondencia, fe de vida y de obra, Facultad de Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2014.

Juan Carlos Ramírez F., «Juan Aldea, dueño de Feria Chilena del Libro: Las batallas del librero más antiguo de Chile», La Segunda, 23 enero de 2015.

 

Manuel Andújar, agente literario oficioso de Clemente Airó en España

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Manuel Andújar.

Si bien hay pocas dudas de que Clemente Airó (Clemente Arveras Oria, 1918- 1975) llegó a convertirse en uno de los principales adalides de la edición literaria en Colombia, no por ello se atenuó su intención de ver publicada su propia obra narrativa en el país que le vio nacer: Para ello contó además con la colaboración inestimable de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994), quien, a su regreso a España en 1967, gracias a los contactos que había ido estableciendo en sus empleos en el Fondo de Cultura Económica, en González Porto y en Alianza Editorial, se convirtió en un activísimo difusor de la obra de los escritores exiliados como consecuencia del resultado de la guerra civil española, ya fuera mediante su actividad como crítico literario, ya –sobre todo– aprovechando su posición de privilegio como bisagra entre los creadores exiliados y los editores del interior.

A finales de los años sesenta, Clemente Airó había ido publicando ya el grueso de su obra narrativa en Colombia, desde la inicial Yugo de niebla (1948) hasta Cinco… y siete. Cuentos de una misma historia (1967), pero era muy consciente de que en el ámbito hispánico esas ediciones en Espiral apenas tenían ninguna repercusión, más allá del elogio de algunos compañeros de exilio y del aprecio de algunos críticos importantes en el ámbito académico (como es el caso de Marra-López en Narrativa española fuera de España, 1963).

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Dibujo de Judith Márquez para el libro de Airó Cardos como flores (1955).

Antes de 1964 Airó había estado en tratos con Carlos Barral para la publicación de Yugo de niebla, pero no llegaron a buen puerto, según contó al crítico literario y poeta Joaquín Marco. El primer intento serio llevado a cabo por Andújar para dar a conocer en España la obra de Airó se produjo en el marco de su colaboración con Valira, la colección de la Editorial Andorra, para la que gestionó también los contactos con, por lo menos, Manuel Lamana, José Ramón Arana y Simón de Otaola. Aun cuando este primer intento fracasó, al parecer debido a las propias dificultades de la Editorial Andorra de Jaume Aymà, Andújar no se arredró y la de Airó –de la que siempre se destacada el arraigo a la realidad social colombiana, en comparación con la de otros exiliados republicanos españoles–, fue una de las que con mayor tesón defendió Andújar.

En una carta ampliamente citada por Blas Medina Ávila, Andújar expone de un modo muy claro qué respuesta hay que dar a la crucial pregunta que Francisco Ayala se había planteado en 1948 desde su exilio bonaerense: «Para quién escribimos nosotros». Escribe Andújar a su corresponsal bogotano:

Como es natural, me complace ponerme aquí a tu disposición para la novela La ciudad y el viento [Espiral, 1961]. Comprendo tu actitud, esos avatares, por inhibición, de la obra, tu legítimo deseo de que lectores y críticos la conozcan y valoren en España, aparte de la nueva repercusión que en Colombia y en otros países iberoamericanos alcanzaría… [26 de octubre de 1970].

Como no podía ser de otro modo, Andújar era muy consciente de que Barcelona se había convertido en una plataforma que daba patente de calidad –aun cuando en algunos casos efímera– a un buen número de escritores radicados o cuyo origen estaba en Hispanoamérica, y entre los colombianos, junto al caso de Gabriel García Márquez (1927-2014), destacaba el de Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) ganador del Premio Nadal con El buen salvaje (1966). También demuestra Andújar un muy buen conocimiento de las corrientes y tendencias editoriales al informar a Airó de que se marca como principales objetivos la colección El Puente, que desde Buenos Aires dirige el también exiliado Guillermo de Torre para Edhasa, la editorial Andorra (que venía dedicando amplio espacio a la literatura del exilio) y Helios (donde el propio Andújar publicaría en 1971 el libro de relatos Los lugares vacíos).

Sin embargo, la voluntad de Clemente Airó (como la de tantos otros exiliados, por otra parte) respondía a la intención más amplia de establecer puentes de comunicación entre las literaturas en lengua española –por ejemplo mediante la revista que dirigía en Bogotá, Espiral–, propósito ante el que detectaba un cierto desinterés por parte de los escritores del interior del que se quejaba ya en abril de 1964 en carta a Joaquín Marco: «La posición firme de Espiral es la unión de la geografía de nuestro idioma –por lo menos en literatura– para hacer frente al desprecio de otras lenguas», a lo que Marco apostilla: «Tenía razón Clemente Airó cuando se lamentaba del escaso interés por parte de los escritores españoles del interior de figurar en revistas o aventuras literarias. De hecho, no existían suficientes puentes».

Sin éxito en estas gestiones iniciales, Airó vuelve a la carga en enero de 1973, cuando en carta a Andújar insiste en la particular situación de los escritores exiliados (considerados extranjeros tanto en su país de origen como en su tierra de acogida):

Mi posición de exiliado empecinado no es la más indicada para que a uno le «pongan bolas» por estas latitudes. Uno está al final de la cola, y ese final rara vez tiene «chance». Tú muy bien sabes de esto, has sido compañero de exilio. Si se trata de una lista de novelistas para editar, pues yo por acá no entro o quedo de último por ser español. Y si se trata por allá, España, pues nadie me conoce. Hace falta tener muchos arrestos para seguir escribiendo, pero no desmayo, y algún que otro pequeño pellizco voy logrando. [carta a Andújar del 19 de enero de 1973]

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar.

Tres meses más tarde escribe de nuevo a su amigo para solicitarle que emprenda gestiones para la novela que acaba de concluir, La rueda del molino, de la que Andújar propone cambiar el título por el de Todo nunca es todo, y habla de ella al crítico y profesor Santos Sanz Villanueva y al director de la editorial Novelas y Cuentos Manuel Cerezales (1909-2005), pero le propone a Airó además que la presente a algún premio literario, y menciona específicamente el Premio Nadal.

Según el fallo de este certamen, en la convocatoria de 1973, con el título Todo nunca es todo, la obra de Clemente Airó pasó una primera criba (con un voto), pero ya entonces destacaron con cinco votos las novelas de José Antonio García Blázquez, Gabriel G. Badell y Aquilino Duque (ganó Blázquez con El rito y fue finalista Aquilino Duque con El mono azul).

La misma obra, con el título La rueda del molino, obtuvo una mención honorífica en la convocatoria de 1974 del Premio Puente Colgante (convocado por los ayuntamientos de Getxo y Portugalete y dotado con 250.000 pesetas), al igual que las obras presentadas por Antonio Petit Caro, Ricardo Laustalet y Juan Antonio Fernández Serrano, y se llevó el premio grande el crítico literario del periódico Unidad Santiago Aizarna con Los zamuros.

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Manuel Caballero Bonald.

Andújar recurrió también al consejo de la agente literaria Carmen Balcells, de la que fue cliente durante un breve tiempo, para intentar colocar esa novela de Airó en Seix Barral o en Plaza & Janés, pero también sin resultados tangibles. Del mismo modo, se la propuso a Francisco García Pavón (de Taurus), a Aymà, a Fernando Gutiérrez (por entonces en Noguer), a José Vergés (de Destino) y pareció encarrilar la publicación cuando consiguió que la leyera José Manuel Caballero Bonald, por entonces en Júcar, sobre quien le comunica:

Acabo de hablar con J. M. Caballero Bonald, que en breve te escribirá… Me complace adelantarte su concepto de que se trata de obra valiosa y digna (y que era justa la apreciación que yo le había dado), así como que piensa incluirla en su programa editorial para publicación, probablemente, a fines de este año o principios del próximo. Ya te lo concretará él. En consecuencia, queda invalidada cualquier otra presunta gestión. ¡Afortunadamente y con mis más cordiales felicitaciones! [carta a Clemente Airó, de 2 de abril de 1975].

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Firma de Manuel Andújar.

Tan avanzadas estaban las gestiones con Caballero Bonald, que, como recoge Fernando Larraz, cuando en enero de 1975 Airó viaja a España se anuncia en la prensa la próxima recuperación en España de La ciudad y el viento y la primera edición de Todo nunca es todo. Sin embargo, por un lado la salida ese año de Caballero Bonald de Júcar, y por otro y sobre todo la muerte de Airó en julio de 1975 acabaron por desbaratar el largamente ansiado contacto entre el autor y sus lectores. Aun así, tanto Andújar y Caballero Bonald como su viuda, Solita Bello, siguieron insistiendo sin descanso.

Finalmente, en 1982, Todo nunca es todo se publicó en Plaza & Janés; concretamente, sin embargo, en la sucursal de esta empresa en Bogotá y en la colección Narrativa colombiana, junto a Marco Tulio Aguilera Garramuño, Germán Arciniegas, Rodrigo Parra Sandoval, Plinio Apuleyo Mendoza…

Fuentes:

Fernando Larraz, «La “operación retorno” de la narrativa en el exilio en la prensa diaria del Franquismo (1966- 1975). Los casos de ABC, Informaciones y Pueblo», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, vol. 29, pp. 171-195.

Antonio Mancheño Ferreras, «Cartas siguen siendo cartas (un espigueo en la correspondencia de Manuel Andújar)», en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939. Actas del Primer Congreso Internacional, Sant Cugat del Vallès, Cop d´Idees-Gexel, 1998, vol. I, pp. 504-515.

Joaquín Marco, «Entre España y América», en Joaquín Marco y Jordi Gracia, eds, La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España, 1960-1981, Barcelona, Edhasa (El Puente), 2004, pp. 19-40.

Blas Medina Ávila, Manuel Andújar, su correspondencia, fe de vida y de obra, Facultad de Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2014.

Editar es divertido (la colección Aquelarre)

Escribe Roberto Calasso en uno de los textos incluidos en La marca del editor (Anagrama, 2014) que, “si la actividad del editor no es sacudida con frecuencia por una carcajada quiere decir que hay algo que no funciona”, y la explicación que dio Francisco Rivero Gil (1899-1972) de cómo se llegó a crear la editorial hispanomexicana Aquelarre, a partir de la tertulia homónima, le da toda la razón: “El Aquelarre lo estamos tomando como lo que es, una cosa seria; de vez en cuando, para divertirnos publicamos un libro”.

Otaola.

Simón Otaola Oyarzábal (1907-1980), “Ota” para los amigos, narró con mucho gracejo en La librería de Arana la historia de la tertulia del Aquelarre, cuyo nacimiento puede fecharse con exactitud el 17 de diciembre de 1949 alrededor de una olla de callos (en las cocinas del Ateneo Español de México) y formada fundamentalmente por exiliados españoles: el propio Otaola,  publicista cinematográfico, el librero y promotor cultural José Ramón Arana (Ramón Ruiz Borau) (1905-1973), el periodista, traductor y crítico literario y cinematográfico Francsico Pina (1900-1972) y el profesor de literatura Isidoro Enríquez Calleja (1900-1971), a los que, en cuanto fijaron el restaurante El Hórreo como lugar de encuentro los viernes por la noche, no tardaron en añadirse otros más o menos habituales (León Felipe, Álvaro de Albornoz Salas, Manuel Bonilla, Anselmo Carretero, Manuel Andújar, Pedro Garfias, Arturo Perucho, un joven José de la Colina) e incluso algunos eventuales (Efraín Huerta, Manuel Altolaguirre, Luis Rius, etc.).

La tertulia del Aquelarre.

Aquelarre fue una colección destinada a la publicación de textos relativamente diversos obra de los contertulios, financiada como dios daba a entender y con la colaboración de todos los compañeros. Tal como lo cuenta José de la Colina en la introducción a la obra de Otaola ya citada:

Como la literatura era, aparte de España, una pasión central del grupo, surgió pronto el espejismo de los escritores: la editorial para publicarse ellos. En la colección Aquelarre, en la que se cobijaban ediciones de autor y cuyo emblema, dibujado por Rivero Gil, era un escudo en el que una bruja cabalgaba su escoba en un cielo nocturno.

Apenas tarda en llegar este “espejismo”, pues en 1950 ya aparecen por lo menos dos de los libros iniciales de la Colección Aquelarre, firmados por los promotores principales de la tertulia: el libro de Otaola titulado Unos hombres, precedido de prólogo del grafista Juan Renau (1913-1990), en el que lo describe como una “galería de hombres cualesquiera”, y de sendos textos introductorios de los contertulios Efraín Huerta y Francisco Pina, que aparece bajo el ala de las Ediciones Corzo, y la que a menudo la crítica literaria ha considerado entre lo mejor sobre la guerra civil española, el relato de José Ramón Arana, El cura de Almuniaced, una novela corta que se publica acompañada de cuatro cuentos y de la que se tiraron 500 ejemplares.

José Ramón Arana.

La colección se caracteriza por una encuadernación en rústica con solapas, portadas impresas a dos tintas y un tamaño de 13 x 19,5 cm., y en cuanto al contenido hay un cierto predominio de los textos de carácter memorialístico y autobiográfico, pero muy relativo, pues cada libro era un caso particular que se encarga a la imprenta que en ese momento más conviene. El caso concreto de uno de los libros más importantes publicados en la Colección Aquelarre, Charles Chaplin, genio de la desventura y la ironía, de Francisco Pina, y sus vicisitudes con los Talleres de Impresora Juan Pablos, con contados con cierto pormenor en La librería de Arana, del mismo modo que algunos detalles acerca del libro memorialístico de Juan Renau  (Colección Pasos y sombras. Autopsia, que prologa precisamente Pina. Esta promiscuidad en la escritura de prólogos, proemios, textos introductorios e ilustraciones entre los miembros del grupo o tertulia es otra de las características que definen la colección como un proyecto desenfadado y con escasa vocación comercial.

Juan Renau (1911-1990).

Así, por ejemplo, el prolífico Otaola escribe textos para Los niños, las niñas y mi perra (1951), de Álvaro de Albornoz, para . La espiga y el racimo (1951), de Paulita Brook, para Veturian. Drama en un acto (1951), de Arana y para Nuevo retablo, del abogado y político Mariano Granados (1897-1972); un ocasional de la tertulia, Pere Bosch Gimpera, prologa la edición ampliada y anotada por Anselmo Carretero y Jiménez de Las nacionalidades españolas, de Luis Carretero y Nieva, que se publica en 1952, y el joven Luis Rius prologa la edición de Las tres celdas de Sor Juana (1953), de  Isidoro Enriquez Calleja, ilustrada por la pintora soriana Elvira Gascón (1911-2000), artista dilecta de Alfonso Reyes que ilustró mucha obra del Fondo de Cultura Económica, además de colaborar con publicaciones como El Nacional y Novedades. Por no mencionar siquiera las colaboraciones de Juan Renau, José de la Colina, López Cortés, Ras (Eduardo Robles), Esplandíu como ilustradores de la edición en Aquelarre de La librería de Arana de Otaola.

J.A. Balbotín (1893-1977).

Las tiradas de estos títulos eran variables pero nunca muy grandes, como es fácil suponer. Con los datos que he podido recabar, y que nunca son demasiado fiables en estas cuestiones, se puede aventurar que oscilaban entre los 500 de El cura de Almuniaced y La espiga y el racimo, y los 1.000 del libro del exiliado en Gran Bretaña José Antonio Balbotín, La España de mi experiencia (reminiscencias y esperanzas de un español en el exilio), cuyo colofón lo fecha el 31 de diciembre de 1952 (la tirada de la Librería de Arana, por ejemplo, se situaría en los 700 y, aunque sin datos precisos, de Los niños y las niñas se hizo una edición en 1951 y una segunda al año siguiente).

A partir de 1954 parece que decae el impulso editorial de la colección, pero el único libro que publica ese año es muy significativo y muy importante en la historia de la literatura española, Mosén Millán, de Ramón J. Sender, que, como puede comprobarse por el epistolario que mantiene por esos años con Joaquín Maurín, estaba pasando dificultades para conseguir publicar sus libros. Mosén Millán, cuyo título cambiaría en las siguientes ediciones por el de Réquiem por un campesino español, escrito en apenas una semana, cabe deducir, pues, que se publicó a expensas del propio autor, que por entonces había obtenido estabilidad económica gracias a sus clases en la universidad, a los artículos que le colocaba Maurín a través de la agencia ALA y a los derechos de traducción de sus obras.

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Manuel Andújar.

En la decisión de Sender de publicar en Aquelarre debió de pesar su amistosa relación personal con José Ramón Arana. En 1943, Arana había creado una revista destinada a los aragoneses en México que tuvo una vida bastante breve (cinco números entre octubre de 1943 y 1945), y en ella, además de al editor de la revista, Juan Vicens de la Llave (ex colaborador del eminente librero Sánchez Cuesta en su Librairie Espagnole), pueden encontrarse algunos textos de Sender, junto a otros de José Ignacio Mantecón, Manuel Sánchez Sarto o Benjamín Jarnés. Además, desde mayo de 1947 Sender había ido colaborando en otra de las iniciativas mayores puestas en pie por Arana, la prestigiosa revista Las Españas, creada en colaboración con Manuel Andújar (1913-1994).

Ramón J. Sender.

Ramón J. Sender.

De que Sender confiaba en Arana hay prueba también en la carta a Maurín del 7 de marzo de 1953: “Arana tiene talento y pelea recio para vivir y para publicar además cosas interesantes con las que casi siempre pierde dinero: Las Españas y una colección literaria con el título general Aquelarre”, que por las fechas puede quizá vincularse directamente con la publicación de Mosén Millán en esa colección.

Más asombroso incluso es que en 1955, cuando la colección parece ya definitivamente abandonada, aún aparezcan en ella, como únicos títulos, dos obras más de Sender, Ariadna  (relato incluido en 1957 en  Los cinco libros de Ariadna, que se publicó en la Editorial Ibérica que dirigía Victoria Kent en Nueva York) e Hipogrifo violento, una de las partes que acabarían por conformar Crónica del Alba.

Mariano Granados.

Serían los últimos títulos de una colección que, quizás un poco por casualidad, indujo a la publicación de algunos títulos muy oportunos escritos por autores que sin duda tenían cosas que decir (Renau, Arana, Granados…). Como dejó escrito el propio Otaola:

Una de las cosas que habrá que agradecer a la colección Aquelarre será esa de haber despertado, en ciertos amigos, una curiosa pasión creadora, un fervoroso deseo de escribir y publicar libros.

 

Anexo. Títulos localizados de la Colección Aquelarre

Simón Otaola, Unos hombres, prólogo de Juan Renau, Corzo (Aquelarre), 1950.

José Ramón Arana (Ramón Ruiz Borau), El cura de Almuniaced, 1950.

Ramón de Belausteguigoitia, La sombra del Mezquite, Editorial Latina (Aquelarre), 1951.

Paulita Brook (Lucila Harmony), La espiga y el racimo, prólogo de Otaola, 1951.

José Ramón Arana, Veturian. Drama en un acto, presentación de Simón Otaola, 1951.

Carmen Alcázar, Mi soledad y yo. Poemas, prologo de Isidoro Enríquez Calleja, 1951.

Álvaro de Albornoz, Los niños, las niñas y mi perra, prólogo de Simón Otaola, 1951 (2º 1952).

Simón Otaola, La librería de Arana. Historia y fantasía, ilustraciones de Juan Renau, José de la Colina, López Cortés, Ras (Eduardo Robles), Esplandíu y del autor, 1952.

Luis Carretero y Nieva, Las nacionalidades españolas (edición ampliada y anotada por Anselmo Carretero y Jiménez; prólogo de Pedro Bosch Gimpera), Colección Aquelarre, 1952.

Mariano Granados, Nuevo retablo, prólogo de Simón Otaola, de Talleres Gráficos de la Editorial Intercontinental (Aquelarre), 1952.

Francisco Pina, Charles Chaplin, genio de la desventura y la ironía, Talleres de Impresora Juan Pablos (Colección Aquelarre), 1952.

José Antonio Balbotín, La España de mi experiencia (reminiscencias y esperanzas de un español en el exilio), 1952.

Juan Renau, Pasos y sombras. Autopsia, prólogo de Francisco Pina, 1953.

Simón Otaola, Los tordos en el pirul, 1953.

Isidoro Enriquez Calleja, Las tres celdas de Sor Juana, con ilustraciones de Elvira Gascón y prólogo de Luis Rius, 1953.

Ramón J. Sender, Mosén Millán, Aquelarre, 1953.

Ramón J. Sender, Hipogrifo violento, Aquelarre, 1954.

Ramón J. Sender, Ariadna, 1955.

Fuentes:

Javier Barreiro, “José Ramón Arana“, en su blog personal, 14 de abril de 2012.

Fulgencio Castañar, “Un enfoque diferente sobre los exiliados republicanos: Otaola, la épica de los cotidiano desdramatizada”, en en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (biblioteca del Exilio. Anejos IX), 2006, pp. 729-737.

Francisco Caudet, ed., Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín, Madrid, Ediciones de La Torre (Nuestro Mundo), 1995.

Francisco Caudet, “Sender en Albuquerque: la soledad de un corredor de fondo”, en Juan Carlos Ara Torralba y Fermín Gil Encabo, eds., El lugar de Sender, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1995, pp. 141-159.

Ricardo Crespo, “Cambio ideológico y trascendencia: Sender en la American Literary Agency”, en José Domingo Dueñas Lorente, ed., Sender y su tiempo. Crónica de un siglo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp. 527-534.

Luis Antonio Esteve Juárez, “Los “primeros” libros de José Ramón Arana”, en Manuel Aznar Soler, ed., Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento (biblioteca del Exilio. Anejos IX), 2006, pp. 873-882.

Otaola, La librería de Arana. Historia y fantasía (incluye las ilustraciones y textos de la edición de Aquelarre, a lo que añade un texto inicial de José de la Colina y un muy útil índice onomástico), Madrid, Ediciones del Imán, 1999.

Javier Quiñones, “Elvira Godás y José Ramón Arana”, De ahora en adelante, 1 de abril de 2009.

Jesús Vived Mairal, Ramón J. Sender. Biografía (Páginas de Espuma (Voces 14),2002.

 

Manuel Andújar y la censura de libros

Manuel Andújar (1913-1994)

A Gloria Fuentes Sáenz, estímulo desde México.

A su regreso a España, tras casi treinta años de exilio en México, el editor y escritor Manuel Andújar (1913-1994), al reincorporarse al devenir de la cultura de su país tuvo varias ocasiones de comprobar cómo las gastaba la censura franquista.

Sin embargo, ya en 1949 había asistido en la distancia a la ridícula prohibición de importar ni más ni menos que 20 ejemplares de su novela Llanura (publicada en México por Centauro en 1947) que había solicitado Alfonso Martín Escudero el 14 de mayo.

La vergonzosa prohibición, fechada el 24 del mismo mes y firmada por Luis Miralles de Imperial y Gómez (marqués de la Torre de Carrús, congregante de la Orden del Pilar, caballero de la Orden Soberana de San Juan de Malta y del Real Cuerpo Colegiado de Caballeros Hijosdalgos de la Nobleza de Madrid, 1914-1972) aducía que:

Por su carácter tendencioso en cuanto al principio de autoridad, o bien por las suposiciones que se permita exponer de cohecho de un Benemérito Instituto armado de España, así como por su tendenciosidad amoral e irreverente, presentando el campo Español como algo salvaje y atrasado, con sus rancias costumbres, estimamos rechazable por entero esta obra. [Expediente 2378-49].

Años más tarde, ya en tiempos de la conocida popularmente como “Ley Fraga”, Andújar tomó la determinación de retirar a última hora el relato “Hermano de José” de la antología que la editorial Helios se disponía a publicar en su colección Scorpio con el título Los lugares vacíos (1971). A decir del autor, los cortes exigidos por Censura para autorizarla desvirtuaban completamente el sentido del texto. Así que, en lugar de negociar, de hacer ruido en la prensa nacional o extranjera, o de aceptar la publicación de su obras con las mutilaciones impuestas por Censura, Andújar decidió eliminar sin más ese cuento, una postura que casa bien con lo anotado por aquellas fechas (1970) por Max Aub en su diario respecto a la personalidad del escritor malagueño.

Andújar –que es experto y atento en la publicidad de la empresa editorial donde trabaja [Alianza]–, huye de cualquier resonancia personal. Está a punto de aparecer en España su importante trilogía novelística [se refiere a Vísperas] y nadie ha conseguido arrancarle unas declaraciones ni equilibradas ni apasionadas. Quiere vivir en Madrid sin que nadie le turbe su prudencia, su misteriosa contención, su deseo de no alzar iras ni entusiasmos.

Madrid, Al-Borak, 1973.

Madrid, Al-Borak, 1973.

Sin embargo, no llamar la atención (cosa lógica tratándose de un exiliado que regresa) no significa aceptar cualquier cosa. Censura se cebó también en una de las novelas más importantes de Andújar, Historias de una historia, escrita en México entre 1964 y 1966. Presentada a Censura por la madrileña editorial Al-Borak y reiteradamente considerada de publicación “no aconsejable”, tardó tres años en obtener autorización, y con unas mutilaciones que, en palabras de Rafael Conte, dejaron la obra “destrozada”. Quizá para no perjudicar el recorrido comercial que esta obra aún pudiera tener (y es de suponer que consciente de que se trataba de una de sus mejores novelas), el propio autor declaró a Antonio Beneyto en 1975 que Historias de una historia, salvo algun recorte menor [se publicó] tal y como en México la compuse”.

En cualquier caso, por fortuna en 1986 esta obra fue objeto de una nueva edición, en Anthropos, en la que se indicaba claramente que se recuperaba, entonces sí, el “texto íntegro”. (¡La de novelas españolas de los años cuarenta y cincuenta que no han tenido la misma suerte!). Confieso que no he tenido paciencia para cotejar ambas ediciones para averiguar si estaba más cerca de la verdad Andújar o Conte, pero me inclino a pensar que Manuel Andújar lo que pretendía con sus declaraciones era no perjudicar a la editorial Al-Borak.

En esas mismas declaraciones a Beneyto ya aludidas, Manuel Andújar subrayaba el lastre que suponía para la cultura española la existencia de la censura de libros –“uno de los más graves atentados contra el patrimonio nacional”, dice–; lastre que, en buena medida, aún hoy seguimos arrostrando, incluso en ediciones supuestamente “críticas” publicadas por editoriales prestigiosas. Decía Andújar:

La letra, profesada, no ha de tropezar con ningún impedimento. La responsabilidad única (moral, artística, de proyección colectiva) se vincula, como la vibración religiosa misma, a la conciencia de quien la suscita- Condicionarla en “nombre” de una ideología, de una máquina estatal, de una ordenanza ética oficializada, no sólo menoscaba el pleno y multiforme desarrollo cultural y literario, sino que atenta contra el principio, singular y plural, de la dignidad humana, noción de tan neta y reivindicable índole española.

Mi repulsa categórica, sin distingos ni fronteras, de la censura, aplícase, con particular agudeza, a la que España ha sufrido durante sus últimas décadas en su conjunto […]

Los que se escandalizan, farisaicamente, de los métodos abortivos, a ellos se han consagrado, bolígrafo rojo o verde en ristre, bajo el amparo de la más turbia impunidad.

Desde luego, Manuel Andújar demostró una dignidad y una valentía encomiables al intentar publicar en la España de Franco textos escritos durante su etapa mexicana –es decir, libremente– que además no contaban con premios que los avalaran ni con la probabilidad de ser publicados con éxito fuera de España (argumentos que a veces conseguían reblandecer la censura).

Fuentes:

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar (1913-1994)

Max Aub, Diarios (1939-1972), edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba, 1998.

Antonio Beneyto, “El testimonio perenne de Manuel Andújar”, en Censura y política en los escritores españoles, Barcelona, Euros (España: Punto y Aparte), 1975, pp. 83-89.

Rafael Conte, “Nacimiento y muerte del exilio”, capítulo 24 de El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998, pp. 242-249.

Fernando Larraz, “Fichas de novelas presentadas a la censura. Primera serie, 1937-1962“, Represura, n. 8 (febrero de 2013).

La promiscuidad editorial de Manuel Andújar

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar (1913-1994)

Asombra la cantidad ingente de editoriales en que apareció la diversa y excelente obra de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994), hasta que en 1977 recaló en Anthropos, donde publicó con cierta regularidad. Desde que en 1942 viera la luz el estremecedor testimonio St. Cyprien, plage… Campo de concentración en las mexicanas Ediciones Cuadernos del Destierro, sus textos se publicaron en las editoriales Isla, Centauro, Almendros, Costa-Amic, Fondo de Cultura Económica, Fournier, Ediciones de Andrea, Alfaguara, Alejandro Finisterre, Andorra, Helios, Al-Borak, Alianza Editorial, Emiliano Escolar, Laia…

Sin duda, esta misma promiscuidad editorial (probablemente no deseada) contribuye a explicar la flagrante desproporción entre la calidad estética de la literatura de Andújar y el clamoroso desconocimiento del que es objeto por parte de los lectores (que a su vez contrasta con los merecidos elogios de los críticos más prestigiosos). Ya Max Aub se hizo eco de esta desproporción entre calidad y fama, atribuyéndola a la modestia, al retratar a Andújar en La gallina ciega:

Es el hombre con menos altibajos en su manera de ser, de reaccionar, que conocí nunca. ¿Se “controla”? Tal vez, pero no lo creo: es así: calmado, sereno, modesto. Esto último no acabo de creérmelo, porque su obra le autoriza a algo más.

México, Almendros, 1949.

Refiriéndose exclusivamente a sus relatos y cuentos, Javier Quiñones apuntó una explicación a la poca repercusión de la obra de Andújar al llamar la atención sobre la:

Decidida voluntad de estilo y el simbolismo que los aleja de un realismo desgastado y empobrecedor. Esta narrativa breve supone desde su complejidad formal una reflexión sobre un mundo confuso, problemático, ante el cual no caben certezas absolutas, sino complejas incertidumbres.

También Rafael Conte, en el excelente ensayo que escribió como prólogo a la edición de Vísperas de 1979, insistió en este mismo asunto:

La literatura de Andújar, por su complejidad y afán de profundidad –y por venir de la marginación del exilio, y estar por tanto apartada de cualquier moda u operación mercantil–, es difícil y no se adapta a las necesidades de un mercado por lo demás muy deformado.

Sin embargo, uno de los comentarios más explícitos y directos es probablemente el que puso por escrito, en carta al autor, el escritor cubano César Leante:

Hay que leerte con cuidado extraordinario, necesitas más que un lector cómplice (que pedía Cortázar) otro tan creador como tú. Y lo haces porque huyes de los estereotipos de la narrativa, te arriesgas a ser innovador, y, por supuesto, esto me lleva a concluir que nunca, nunca, mi querido Manolo, serás un escritor tan conocido como Corín Tellado.

México, Costa Amic, 1949.

Ciertamente, Andújar no es un autor para distraerse en el tren, y su prosa requiere del lector concentración, pero la recompensa con densidad y riqueza de ideas. A veces se ha emparentado la obra de Andújar, siempre en constante progresión, con la atención a la prosa de un Benjamín Jarnés y con el realismo de gran calado de un Pérez Galdós, lo cual sin duda es una simplificación pero puede resultar útil para dar una idea orientativa a quien no haya tenido (aún) la suerte de leerlo.

La prehistoria del Manuel Andújar escritor se remonta a unas juveniles colaboraciones en el semanario malagueño El pregón, a las que seguirían durante la guerra la sección “Paréntesis” en el periódico leridano UHP y en la columna “El Farol” en el barcelonés Las noticias. Es lo que Antonio Mancheño Ferreras caracterizó como

relatos folletinescos y germinales efusiones métricas, sus iniciáticos escarceos malacitanos de crítica literaria […] y sus incursiones en el periodismo político, sin dejar nunca de ocuparse de problemas culturales y literarios.

M. Andújar

Pero, al margen de su vertiente como interesantísimo y obsesionante escritor, Manuel Andújar, que en los años treinta se había iniciado como editor de Iskra (órgano de las Juventuts Socialistes Unificades de Catalunya), se internó en el mundo editorial en su exilio en México una vez concluida la guerra civil española (1936-1939). Al poco tiempo de llegar se convirtió en gerente de la muy céntrica librería Juárez del Distrito Federal, desde donde pasó a ocuparse de la promoción y la publicidad en el Fondo de Cultura Económica, y temporalmente en el departamento de correcciones a cuyo frente estaba el gran editor Joaquín Díez-Canedo (1917-1999), en la época en que dirigía el Fondo Arnaldo Orfila Reynal (1897-1997) y hasta 1965. La salida de Andújar, pues, coincidió con la polémica y forzada salida de Orfila del Fondo de Cultura Económica (gracias a lo cual, por otra parte, Orfila crearía la imprescindible Editorial Siglo XXI).

Acerca de su labor en FCE escribió Max Aub a raíz de un encuentro en 1969 en Madrid con Andújar, Jaime Salinas y Javier Pradera, en que le solicitaron algún libro breve.

Gusto de volver a ver a Andújar, ya definitivamente instalado en las relaciones públicas que tan bien llevó en México con Orfila, en el Fondo de Cultuta Económica. Dice que no escribe –como de costumbre–, no le creo.

José de la Colina ha dejado también testimonio de la colaboración entre Joaquín Díez Canedo y Andújar en el FCE:

Era el brazo derecho de Joaquín, o al revés, no te lo puedo decir. Un hombre también escritor, dedicado absolutamente a todo lo relacionado con hacer libros. […] Manuel Andújar era un hombre menos público que Díez-Canedo, muy concentrado en su labor en el escritorio, pero también de una extraordinaria dedicación al libro.

México, Tezontle, 1959.

Por el camino, además, Andújar fundaría con el librero y escritor José Ramón Arana (1905-1973) la celebérrima revista Las EspañasFue de la mano del Fondo de Cultura (que en 1963 había creado una filial en Madrid que dirigía Javier Pradera), y una vez que Orfila tuvo que dejar el Fondo como consecuencia de presiones gubernamentales, como en 1965 Manuel Andújar volvió por primera vez a España desde 1939, y eso le permitió una primera exploración del terreno para un posible regreso. Ese mismo año publicó por primera vez un libro en España, el poemario Campana y cadena, en la Imprenta TPA de Alcalá de Henares (en la colección Aldonza) y el año siguiente una aún titubeante Editorial Alfaguara (fundada en 1964) le solicitó una novela para la ya aludida colección quincenal La Novela Popular (dirigida por Jorge Cela Trulock), que se estrenaría el 27 de abril de 1965 con El rapto (Francisco Ayala),  a la que seguirían El perrro loco (J.L. Castillo Puche), El suceso (J.A. Vizcaíno), Un balcón a la plaza (A. Zamora Vicente), La navaja (Vázquez Azpiri) y El paralelo 38 (Alfonso Sastre). La novela de Manuel Andújar La sombra del madero ocuparía el número 38, y pasaría totalmente desapercibida.

Madrid, Alfaguara, 1966.

Cuando entonces (marzo de 1967) Andújar decide regresar, intenta primero establecerse en Barcelona, donde no fructifican unos planes de crear una editorial acerca de los cuales no he localizado datos. Incorporado finalmente en octubre al departamento de promoción y publicidad de Alianza Editorial (fundada en 1966), no abandonó por ello ni su obra creativa ni su intención de editar, y de ese segundo impulso nacería la entrañable revista El Urogallo, financiada y dirigida por Elena Soriano (1917-1996) y en la que figuraban Eduardo Naval y Miguel Boyer.

Sería muy interesante que en algún momento fueran accesibles las Memorias del exilio y del regreso que se sabe que estaban en proceso de escritura cuando falleció, porque, además de prosista sobresaliente, Manuel Andújar es un personaje fascinante y quizás excesivamente “poco público”.

Manuel Andújar leyendo una conferencia en Úbeda, al lado de Rafael Bellón Zurita en 1982.

Fuentes:

Max Aub, La gallina ciega. Diario español, edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Barcelona, 1995.

Barcelona, Andorra, 1970.

Rafael Conte, “El realismo simbólico de Manuel Andújar”, prólogo a Manuel Andújar, Vísperas, Barcelona, Editorial Andorra (Valira), 1970.

Rafael Conte, “Las tres vidas de Manuel Andújar”, prólogo a Manuel Andújar, Secretos augurios, Madrid, Emiliano Escolar Editor (colección Bolsillo. Serie Aquí y Ahora, 58), 1981.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Suiruela (El Ojo del Tiempo), 2006.

Fernando Larraz, “Fichas de novelas presentadas a censura. Primera serie, 1937-1962”, Represura, n. 8 (febrero 2013).

Antonio Mancheño Ferreras, “Epílogo” a Manuel Andújar, St. Cyprien, plage… Campo de concentración, Huelva, Diputación Provincial (El fantasma de la Glorieta), 1990.

Javier Quiñones, “El cuento español en el exilio”, introducción a su antología Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto, 2006.