Salvador Espriu, editor

En su estudio de la vida y la obra de quien sin duda fue el mejor amigo de juventud del escritor Salvador Espriu (1913-1985), Roberto Mosquera cita tres fragmentos de su epistolario que permiten atisbar algunos aspectos del funcionamiento de la colección que, junto con algunos compañeros de universidad, puso en marcha Espriu.

Salvador Espriu.

En el último número de 1934, la revista Mirador hacía balance de lo que había sido el año literario y anunciaba ya la aparición de esta iniciativa, destinada a dar a conocer a la nueva promoción de jóvenes escritores que estaba gestándose en los aledaños de la Universitat de Barcelona, mencionando específicamente la próxima aparición de novela breve de Espriu Miratge a Citerea y explicando que se sostendría económicamente mediante un sistema de suscripción. La publicación del pequeño y distinguido volumen de poemas El veler de Ignacio Agustí (1913-1974), que había empleado este mismo sistema, probablemente les había servido de banco de pruebas, así que se intentó aplicar a una colección que en principio estaba abierta a todos los géneros literarios y en cuyo nombre convivían las resonancias de la cultura clásica con el acrónimo de Les Edicions D´Ara (las ediciones de ahora), así como el título de un poema reciente de Rosselló-Pòrcel (1913-1938). Muy poco después, el 18 de enero de 1935, aparece una nota en la cuarta página del periódico La Publicitat en que se presenta de nuevo esta colección, no vinculada a ninguna editorial y en la que, con Espriu a la cabeza, participan también Ignasi Agustí, Joan Teixidor (1913-1992), Bartomeu Rosselló-Pòrcel  y Tomàs Lamarca.

Joan Teixidor (1913-1992)

Joan Teixidor (1913-1992)

En Rosselló-Pòrcel. Vida y poesía, Mosquera reproduce el siguiente fragmento de una carta del poeta mallorquín fechada el 22 de julio de 1935, que sin duda es respuesta a una anterior de Espriu:

Y segundo, pasemos a LEDA. Todo lo que me cuentas me parece muy juicioso y lo apruebo in totum y por escrito, si es que hacía falta, porque ya sabes hasta qué punto estoy de tu parte. De mi propuesta, vista tu intención de publicar dos libros al año, y teniendo en cuenta nuestra lamentable situación administrativa, olvídalo. Se trataba de un proyecto para este mismo verano.

A falta de la carta previa de Espriu, Mosquera deduce con buen criterio que muy probablemente Espriu había puesto a disposición de Rosselló-Pòrcel la colección para que diera a conocer su nueva obra, pero no podrían publicarla hasta el año siguiente (1936), puesto que en ese momento, además de la novela breve del propio Espriu, acababa de salir también la pieza teatral de Agustí Benaventurats els lladres, y el sistema de financiación elegido no debía de dar para muchas alegrías.

Benaventurats els lladre, de Ignasi Agustí.

Benaventurats els lladre, de Ignasi Agustí.

En otra carta del mes siguiente (1 agosto de 1935), Rosselló-Pòrcel proporciona información adicional y se refiere a esa aparición de la obra de Agustí:

De LEDA, no se hable más. Eres el amo. Haz lo que quieras. ¡Ojo!, si hay dinero. Dime en qué situación estamos, porque quizá te haría una propuesta. De los otros qué podría decirte que no fuera repetirme. Tú mismo abrevias el capítulo, así que yo te sigo. Espero los lladres benaventurats.

Pero más interesante que esta alusión es el postscriptum a esta misma carta escrita desde Mallorca, que permite constatar la intención de Espriu de ampliar el sistema de distribución, o acaso buscar salida a libros impresos y no vendidos, mediante un sistema de goteo a librerías que estuvieran en disposición de quedarse en depósito ejemplares, contando quizá con que del transporte de los ejemplares se ocuparan los propios miembros del grupo, pues de otro modo no podía ser en ningún caso rentable: «De ledas no venderíamos muchos por aquí. Manda algunos a la Librería Escolar. Plaza Cort. Es la mejor y vende los Quaderns Literaris.»

Letizia en los míticos Quaderns Literaris de Janés.

Letizia, otra de las obras de Espriu, en los míticos Quaderns Literaris de Janés.

Este último pasaje permite aventurar que quizá en algún sentido uno de los modelos de este grupo de escritores metidos a editores fueran los Quaderns Literaris de Josep Janés i Olivé (1913-1959), que en realidad ni en presentación (mucho más modesta), ni en catálogo (mucho más abierto) ni en distribución (mucho más profesionalizada) se parecía en nada a LEDA, si bien muy pronto empezó a acoger tanto obra propia como traducciones de este grupo de escritores, hasta el punto que sabemos que el 21 de julio de 1934 Espriu ya había revisado pruebas de la reedición en los Quaderns janesianos de su obra Laia (cuya primera edición es del año anterior) y, a decir de la estudiosa de Espriu Rosa Delors, «Con Josep Janés, Espriu entra en la nómina de los escritores del momento».

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Josep Janés i Olivé.

Con estos breves pasajes del epistolario basta para ver hasta qué punto Espriu llevaba las riendas de este proyecto más o menos colectivo, que no tardó en fracasar estrepitosamente. Pese a lo esmerado de las ediciones, de las tiradas numeradas y firmadas impresas sobre papel especial, etcétera, lo más probable es que el sistema de suscripción no fuera sostenible, y que para los autores implicados publicar en LEDA fuera poco menos que autofinanciarse la edición, algo que no todos los implicados en esta aventura podían permitirse con la misma despreocupación con que sí podía hacerlo Espriu, cuyas primeras ediciones (Israel, El doctor Rip, Laia y Aspectes) corrieron a cargo de su padre, si bien en algunos casos se hizo cargo de la distribución la Llibreria Catalònia de Antoni López Llausàs. Rosselló-Pòrcel, por ejemplo, estaba viviendo en la Residencia de Estudiantes y cursando estudios en la Universitat de Barcelona gracias a una beca, y Agustí estaba también solo en Barcelona porque su familia, a raíz del descalabro del negocio paterno, se había trasladado a Madrid, así que en principio el sistema de las suscripciones podía parecer muy oportuno. El problema es que, siendo el público potencial el grupo de estudiantes y profesores amigos, pese a la difusión de la obra que pudieran llevar a cabo en las plataformas periodísticas a las que estaban vinculados algunos de estos posibles suscriptores (Guillermo Díaz-Plaja, Teixidor, Agustí, etc.), difícilmente el proyecto tenía posibilidades de crecer y establecerse como negocio. Por ello, es muy lógico que, cuando estos jóvenes escritores empezaron a entrar en tratos con editoriales bien dirigidas, abandonaran este proyecto. No deja de ser también significativo que los autores hayan postergado estas obras iniciales al olvido, e incluso en el caso de Espriu dejó constancia de los defectos en la edición de estas obras, muy resultonas como objetos pero con más errores de los aceptables en una edición profesional. Escribía en el volumen de sus obras completas acerca de El doctor Rip:

No sabía apenas nada del catalán gramatical. No lo había aprendido porque nadie, durante la dictadura de Primo de Rivera, nos lo había enseñado […] La venta, a tres pesetas el ejemplar –un precio no precisamente barato–, y la distribución en la Llibreria Catalònia, salió el año 1931 […] Además de tratarse de un error en esencia, está llena de descuidos, de errores de lenguaje, a pesar del anónimo corrector de pruebas, que no fue muy escrupuloso.

Ignacio Agustí (1913-1974).

Ignasi Agustí.

Por supuesto, no faltó quien se cebara en esos errores e incluso los especificara en el momento de escribir las primeras reseñas a este estreno de Espriu en el panorama de las letras catalanas.

A veces, echando la vista atrás en la historia editorial uno se encuentra con situaciones e iniciativas que resultan muy actuales. Sólo que ahora empleamos términos como «crowdfunding», «indy» y «autoedición» y así parecen más novedosas.

 

Fuentes:

Rosa M. Delors i Muns, Salvador Espriu. Els anys d´aprenentatge, 1929-1943, Barcelona, Edicions 62 (Estudis i Documents 47), 1993.

Salvador Espriu, Obres completes 3 (Narrativa 1), edición a cargo de Francesc Vallverdú, Barcelona, Edicions 62, 1986.

Roberto Mosquera, Rosselló-Pòrcel. Vida i poesía, Palma de Mallorca, Documenta Balear (Menjavents 111), 2013.

Tanto de la revista Mirador como del periódico La Publicitat publicados en los años treinta puede accederse a una edición digitalizada en ARCA.

Otra carrera literaria truncada por la guerra: Lluis Palazon i Beltran

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Lluís Palazón i Beltran (1914-1953).

Como consecuencia del resultado de la guerra civil española, son muy pocos los datos asequibles acerca de Lluis Palazon i Beltran (1914-1953), quien sin embargo llevó a cabo una incipiente pero muy interesante labor como narrador, una obra periodística que está aún por aquilatar y una imprescindible carrera como editor y director literario –al lado de Josep Janés i Olivé (1913-1959) –, de la que es también muy poco lo que se conoce.

La información más detallada y ordenada a la que se puede acceder con facilidad es el muy útil Diccionari de la traducció catalana, que ofrece algunos datos fundamentales. Según este texto, firmado por Annacris Mora i Figuera, Lluís Palazon nace en Barcelona y se estrena en el mundo de las letras en la muy exquisita publicación de creación literaria La Revista (1915-1936), que, bajo la dirección del poeta Josep Maria López-Picó (1886-1959), aglutinaba a escritores en general bastante mayores que Palazon y más o menos vinculados al Noucentisme que iban de Carles Riba (1893-1967) y J.V. Foix (1893-1987) a Josep Obiols (1894-1967), Agustí Esclassans (1895-1967) o Tomás Garcés (1901-1993), entre muchos otros.

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Josep Janés i Olivé.

Con apenas diecinueve años, en La Revista Palazon publica –salvo error– sólo dos textos ensayísticos en prosa, «Ideal i carácter» (julio-diciembre de 1933, pp. 62-63) y «Entre les aules i el carrer» (enero-junio de 1934, pp. 7-78), pero por esos mismos años ya ha iniciado una incipiente carrera en el periodismo, de la mano del aún más joven Josep Janés i Olivé, que cuando en los primeros meses de 1932 se convirtió en editor del Diari Mercantil renovó a sus colaboradores incorporando a jóvenes como Pere Calders (1912-1994), Avel·lí Artís Gener (1912-2000), Joan Teixidor (1913-1992), Ignasi Agustí (1913-1974), Enric Cluselles (1914-2014) y Palazón, que contribuyeron a dar un sesgo más cultural y alegre al periódico. Así cuenta Calders su trabajo, y el de Palazon:

De veras que no sé cómo se podría calificar el trabajo que hacía [en el Diari Mercantil], si de mozo de redacción o de colaborador literario. En cualquier caso, fue un período muy breve, porque el Diari Mercantil, editado en nuestra lengua duró desde el 1 de febrero de 1932 hasta el 5 de agosto de 1933. Mi ocupación principal consistía en recibir al ciclista que nos traía las noticias servidas por la agencia Havas. Venían copìadas en unas hojas de papel vegetal, casi transparentes, en una tinta decolorada que a menudo hacía difícil su lectura, pero nos las apañábamos. Otro compañero (Lluís Palazón, ya muerto) y yo teníamos la misión de seleccionar las informaciones que nos parecían más interesantes, traducirlas del castellano y ponerles título. A continuación las pasábamos a los linotipistas, que eran tres en total, uno para cada máquina.

AvuiJanés

Palazón estuvo en primera línea también en la creación del efímero periódico Avui. Diari de Catalunya, una aventura de Janés cuya cabecera diseñó Calders y cuyo primer número apareció el 14 de octubre de 1933; figuraban como redactores Calders, Vicenç Verni y Palazón. De nuevo es Calders quien ha dejado un testimonio impagable del funcionamiento de esa disparatada iniciativa juvenil (en la que publicaron Ignasi Agustí, Farran y Mayoral, Sebastià Juan Arbó e incluso se estrenó Calders como narrador), que concluyó abruptamente cuando los empleados se cansaron de no cobrar: «[Janés] persuadió a los que hacían funcionar la imprenta y a unos cuantos redactores y colaboradores para que hicieran el periódico sin cobrar hasta que hubiera beneficios».

Pere Calders

Pere Calders.

Coincidiendo con esta aventura juvenil, encontramos ocasionalmente la firma de Palazón en las páginas del periódico de Manresa El Pla de Bages (donde firma por ejemplo una defensa de la conveniencia de instituir un premio de periodismo) y en un Avui. Diari de notícies editado en Reus que nada tiene que ver con el anterior. En esta última publicación aparece, por ejemplo, una completa reseña del poemario Glosari de Pietat, de Camil Genís, publicado en la Biblioteca Sabadellenca («Una nova obra de Camil Genís», 18 de octubre) y, aún más interesante, dos importantes textos acerca de Proust, uno sobre el epistolario («Evocació de Marcel Proust», 22 de nociembre de 1933) y el otro sobre la concepción del tiempo en su narrativa («La noció de temps en la estètica de Marcel Proust», 12 de diciembre de 1933), que ponen de manifiesto la lucidez y completa formación literaria que tenía ya por entonces Palazón, que le permitía hacer reflexiones y emitir juicios muy atinados. Y aún encuentra tiempo además para traducir nada menos que a Balzac para los Quaderns Literaris que pone en marcha su amigo Janés en 1934.

Interior

Interior de Variacions sobre el crim.

Es posible que la firma de Palazón se agazape en alguna otra publicación que no he sabido localizar, y que sea también entonces cuando se incorpora a la Metro Goldwyn Mayer, tal vez como traductor. En cualquier caso, en el verano de 1936 aparece un asombroso conjunto de relatos, Variacions sobre el crim, que anuncian un prosista y narrador de fuste, con una marcada preferencia por los ambientes cosmopolitas, artísticos y literarios como escenario, un ágil empleo de las referencias y guiños culturales y una desinhibición temática muy refrescante. Así le presenta su editor, Josep Janés, en el frontispicio a este libro aparecido en la colección de La Rosa dels Vents Quaderns Literaris como número 120:

Lluís Palazon i Bertran pertenece a la generación de los novísimos. Nació en Barcelona y es el escritor más joven al que habremos incorporado a los Quaderns Literaris. Variacions sobre el crim es la primera de las obras que pubica, pero no la primera que ha escrito; todos los trabajos literarios llevados a cabo con anterioridad a este libro permanecen todavía inéditos, salvo algunos ensayos […].

La labor inédita de Palazon abarca los campos más diversos; ha escrito novela, poesía, ensayo, crítica; ha hablado de cine, de filosofía, de arte, de catalanismo… Siempre, sin embargo, poniendo su obra de imaginación bajo el signo del surrealismo, particularmente grato a nuestro autor acaso porque sus más altos vuelos coincidieron con los primeros pasos de Palazon en el mundo de las letras.

Bio

Original en catalán del texto de presentación de Variacions sobre el crim.

Por desgracia, la guerra truncó una carrera cuyo inicio era muy prometedor, y en la posguerra su pista aparece como mano derecha única e indispensable de los primeros pasos de Janés como editor cuando, a su regreso del exilio y el correspondiente paso por prisión, se establece en Barcelona (el mítico Muntaner, 316). Al lado de Janés hasta su muy prematuro fallecimiento, Palazon llevará a cabo tanto gestiones administrativas (varias peticiones de autorización a Censura llevan su firma), como de edición de mesa o de poco menos que dirección literaria, amén de dejar una nada desdeñable cantidad de traducciones –en la inmediata posguerra con seudónimo– publicadas en las diversas empresas que durante aquellos años puso en pie Janés. Así lo contaba el linotipista Joan Bonet i Martorell:

El único colaborador que tenía en sus sueños editoriales era Lluís Palazon. En lo que más parecía un trastero me mostró todo lo que había hecho hasta entonces. Aquellas colecciones de El Grano de Arena, Cristal, etc. Editadas muchas de ellas con restos de papel que pudiera haber de resmas en la fabricación de los papeleros, con papel de barba incluso, mientras se pudiera imprimir.

Según el testimonio de Manuel Martínez, cuando el 22 de agosto de 1942 se incorpora a la editorial para ocuparse de las tareas administrativas, descubre que la plantilla de esa asomborsa empresa que no paraba de publicar libros seguía estando compuesta sólo por Josep Janés, su hermano Ángel y Palazón.

El hermano de Lluís, Ramon Palazon i Beltran, que durante la guerra fue nombrado presidente del tercer tribunal popular de Barcelona y presidió la Audiencia de Lleida –por lo que Artís le bautizó como «Palazón de Justicia» para distinguirlo de su hermano–, fue uno de los muchos exiliados que se beneficiaron de la generosidad de Janés, y estando aún en Nimes, antes de su traslado casi definitivo a México, tradujo para él uno de los primeros títulos de Wodehouse, que apareció en las Ediciones Ánfora en 1943 firmado con el seudónimo Raymon Mayoral. Mucho más tarde, yCovertaVariacionsCrima en México, Ramon publicaría la traducción de la conocida y a menudo reimpresa Breve historia de la primera guerra mundial de Vincent J. Esposito (Diana, 1966), además de participar activamente en las iniciativas culturales del Consell Nacional de Catalunya.

Sin embargo, resulta muy lamentable, tras la lectura de Variacions sobre el crim, que no llegaran al lector las obras que su hermano Lluís habría sido capaz de dar a imprenta de no haber sido por el alzamiento y la consecuente guerra civil (y su resultado). E incluso en el improbable caso de que algún día se recuperaran y se publicaran esos trabajos inéditos a los que alude Janés (o los que pudiera haber escrito después), es difícil saber cómo se leerían en un contexto ya tan distinto. Llaman la atención los temas de los relatos de Palazon, pero sobre todo los ambientes y personajes que recrea y con qué precisión, la variedad de ecos que resuenen en sus tramas, quizás hoy un tanto demodés (Wilde, Baudelaire, Proust, Conan Doyle), pero también una cierta sintonía menos evidente con algunas de los cuentos sobre el príncipe Zaleski de M. P. Shield (1865-1947), y todo ello en una prosa ciertamente trabajada, pero que aun así hoy puede resultar añeja pese a su equilibrio y sobriedad. ¿O quizá no?

ANEXOS:

Traducciones de Ramon Palazon i Beltran

Traducciones al español

G. Wodehouse, El tío Fred en primavera (firmada como B. Palazón), Barcelona, Ánfora, 1942.

Maurice Constantin-Weyer, Una cuerda sobre el abismo (firmada Raimundo Mayoral), Barcelona, Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1942.

Émile Dermenghen, Vida de Mahoma (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, Lauro, 1942.

754366Abel Hermant, Eugenia de Montijo: La española que fue emperatriz de los franceses (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, s.l. [Barcelona]/ s.n. [José Janés Editor] Colección Historia, Imprenta Moderna, s.a. [1943]

Jacques de Lacretelle, Silbermann y El regreso de Silbermann (firmada como Raimundo Mayoral) Barcelona, Aymà (Bahía I), 1943.

Joseph Peyre, El escuadrón blanco (firmada como Raimundo Mayoral), ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Sáhara), 1944; reimpresa en Ediciones G.P. (colección Guada. Libros Alcotán 38), 1958.

Bibliografía de Lluis Palazon i Beltran:

(No se registra la obra en las publicaciones periódicas mencionadas)

Narrativa en catalán:

Tres variacions sobre el crim. Tres històries morals, Barcelona, Edicions de la Rosa dels Vents (Quaderns Literaris 120), 1936.

Traducciones al catalán:

Honoré de Balzac, El rector de Tours, Barcelona, Quaderns Literaris 15, 1934; reimpresa en El coronel Cubert [traducida por Domènec Guansé] y El rector de Tours, Barcelona, Destino, 1985.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Traducciones al español:

Raymond Radiguet, El baile del conde de Orgel (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Cristal, 1941.

Paul Valéry, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmadas como Luis Ignacio Bertrán), con ilustraciones de Joan Palet, Madrid-Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1941.

François Maurois, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1942.

Charles Morgan, Sparkenbroke (firmada como Luis Ignacio Beltrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1943; reimpresa con el título La llamada infinita por Plaza & Janés (colección El Arca de Papel 42) en 1973.

Robert Louis Stevenson, El secreto del buque Náufrago (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1943.

Maurice Baring, Recuerdo inquietante (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ánfora, 1942.

G. Wodehouse, Guapo, rico y distinguido (firmada como Luis Ignacio Bertrán), La Pléyade. Novelistas Ingleses, 1944; reimpresa en una versión revisada por Hugo Mariano, Anagrama, 1993.

Clament Richard Attlee, Hacia una nueva estructura social (firmada como Luis Palazón Bertrán), Barcelona, José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1946.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Patrick Hamilton, Luz de gas. Un guiñol victoriano (firmada como Luis Ignacio Bertrán), José Janés Editor (El Manantial que no cesa) 1947; reimpresa en Ediciones G.P., 1959, y posteriormente en Plaza & Janés.

Jack London, Una hija de las nieves (firmada Luis Ignacio Beltrán), con ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Barcelona, Ediciones Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Alaska), 1949.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundiall III: La Gran Alianza (dos volúmens, firmado el primero como Luis Palazon y el segundo obra de Manuel Bosch Barrett), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1950.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundial VI: El gozne del destino (dos volúmenes, firmados ambos como Luis Palazon), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1951.

Fuentes:

La biblioteca de los hermanos Ramon y Lluís Palazon, compuesta de unos dos mil volúmenes, fue donada a la Biblioteca Pere Vergés de Badalona.

diccionari-de-la-traduccio-catalana_s.f., «El fundador del primer Avui dona la seva biblioteca», Avui, 27 de octubre de 1982, p. 42.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Annacris Mora i Figuera, «Lluis Palazon i Beltran», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, dirs., Diccionari de la traducció catalana, Vic, Eumo-Universitat Autònoma de Barcelona-Universitat de les Illes Balears-Universitat Jaume I-Universitat de Vic, 2011.

Lluis Palazon, Variacions sobre el crim. Tres històries morals (Incluye los relatos «Variacions sobre el crim», «Decebuts» y «El secret de l´homosexual»), Barcelona, Quaderns Literaris 120, 1936.

Joan Solà i Drachs, Història dels diaris en català, 1879-1976, Barcelona, Edhasa, 1978.

Una errata de campeonato (y la mala pata de Ramón J. Sender)

“Defendía las erratas en nombre de la libertad de imprenta”

Max Aub

Es bien conocida la obsesión de Ramón J. Sender por retocar una y otra vez algunas de sus obras, en algunos casos para afinar cuestiones de estilo, pero más a menudo para reestructurar algunas novelas, fusionar varias de ellas o reconvertirlas, cosa que siempre conlleva el riesgo de arreglar algunas cosas y estropear otras. La cuestión de los cambios de título, en el caso de Sender, son peccata minuta, y seguir el proceso mediante el cual una novela breve como El Tonatio (Historia de un soneto) se convierte en El extraño señor Photynos resulta bastante asombroso, y abundan los casos similares. Como es también conocido, una de las novelas más célebres de Sender, Réquiem por un campesino español (Nueva York, Las Americas Publishing, 1960), se dio a conocer por primera vez en México con el título Mosén Millán en la colección Aquelarre.

Hace ya un tiempo, el escritor Sergio Molino se entretenía en glosar una errata bastante suculenta, y unos años despues Begoña Tauler recogía en su blog Érase una vez, entre otros casos no menos jugosos, ese mismo patinazo procedente de la edición de Editores Mexicanos Unidos que había reconvertido por su cuenta y riesgo el título en la cubierta por Réquiem para un campesino español, y como bien sabe el seguidor de Negritas y Cursivas, cuando una errata se cebaba en una obra de Sender, era difícil erradicarla, por disparatada que ésta fuera. En el caso de esa desafortunada errata, lo realmente asombroso es que se vio repetida en la portada de las ediciones de Editores Mexicanos Unidos hasta los primeros años setenta, aun cuando el diseño de las mismas iba cambiando.

1968.

Sin embargo, la pionera en meter la pata en este asunto parece ser que fue Editores Mexicanos Unidos que la creó en una primera edición de esta novela de Sender prologada por Julia Uceda (n. 1925) y con el texto ya mencionado de Bernadette, en 1968; la mantuvo en la de 1970, la reiteró en 1971, y con un tercer diseño de portada, volvió a repetirla en su edición de 1975. Una marca difícil de superar. Dándole vueltas al asunto, uno podría suponer que el diseño de 1968 y 1970, al disponer de semejante modo “para un campesino español” lo que pretendía era crear un remedo de acróstico en el que se leería “Réquiem PCE”, lo que sin duda podría tener su gracia en ese momento histórico y procedente de un editor anarquista,  pero eso no basta para explicar la errata por/para.

1971. La errata aparece sólo en la cubierta, pero no en la portada, y atribuida a Editorial Puente (Editores Mexicanos Unidos).

A pesar de su nombre, al frente de Editores Mexicanos Unidos había ciertamente un solo editor, el anarquista Fidel Miró (1910-1998), que era catalán de origen, si bien el resultado de la guerra civil española lo había llevado, tras un paso por Francia y por la República Dominicana, a la capital mexicana en 1944. En México se sumergió de inmediato en el mundo del libro, inicialmente en la Unión Distribuidora de Ediciones de su excompañero en las Juventudes Libertarias Ricard Mestre Ventura (1906-1997), quien tras el cese de actividad de la editorial Minerva (1940-1946) se había pasado al ámbito de la distribución. También Miró hizo sus pinitos en este ramo, con la creación de México Lee, como paso previo a la fundación con Bartomeu Costa-Amic (1911-2002) y Pedro Frank de Andrea (n.1912-¿?) de Libro Mex Editores.

Editores Mexicanos Unidos, 1971. Adviértase la mínima diferencia de diseño con la anterior.

Fue sin embargo cuando se cumplía una década de su llegada a México, en 1954, cuando, una vez disuelta la asociación con Costa-Amic, creó Editores Mexicanos Unidos, que aún hoy sigue en funcionamiento en manos de sus descendientes. Además de alguna que otra obra del propio Miró (Cataluña, los trabajadores y el problema de las nacionalidades, entre ellas), desde esta editorial se han dado a conocer algunas obras que han contribuido a divulgar el pensamiento libertario en América, además de a autores tan diversos como Flaubert, Saint-Exupéry, Galdós, Rómulo Gallegos, Hemingway o Rubén Darío, en la colección de Literatura Universal, o antologías poéticas de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Nicolás Guillén o Alfonsina Storni entre otros muchos.

 

1975. El año anterior había sido autorizada su publicación en España.

 

Es cierto, como todo corrector más o menos avezado sabe, que las cubiertas, portadas y portadillas son una auténtica trampa, y que la vista tiene una poderosa tendencia a pasar rápidamente sobre ellas, no sólo porque debería ser lo más cuidado, sino también porque el mayor tamaño de la letra hace impensable que se produzca ahí una errata. Pero ese mismo corrector sabe que la errata está siempre agazapada donde menos se la espera dispuesta a saltar a la vista.

Aun así, el caso de la mala pata de Sender con las erratas es digno también de un estudio pormenorizado, porque parece un campo abonado.

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Fuentes:

Teresa Férriz, La edición catalana en México, Jalisco, El Colegio de Jalisco, 1998.

Rafael Maestre Marín y Pilar Molina Beneyto, “Editores Mexicanos Unidos: La obra cultural del exiliado Fidel Miró”, Migraciones & Exilios. Cuadernos de la Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos (AEMIC), núm. 2 (diciembre de 2001), pp. 241-247.

Josep Mengual Català, “Intertextualidad y proceso creativo en El extraño señor Photynos”, en Fermín Gil encalbo y Juan Carlos Ara Torralba, eds., El lugar de Sender, Instituto de Estudios Altoaragoneses-Instituto Fernando el Católico, 1997, pp. 527-538.

Sergio del Molino,”Fe de errores“, Blog de Sergio del Molino, 31 de enero de 2011.

Juan Tapia, “Fidel Miró y el movimiento libertario de Cataluña”, Destino, núm 1.967 (14 de junio de 1975), p. 36.

Begoña Tauler, “Portadas con errores… (erratas y otros deslices)Érase una vez, 24 de septiembre de 2013.

Jesús Vived Mayral, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma (Voces/Clásicas), 2000.

Adolfo Castañón, el sabio del Fondo

Hace ya mucho tiempo que circula el rumor, la leyenda urbana o vaya usted a saber qué de que el nombre Fondo de Cultura Económica nació de una errata y del celo excesivo de un corrector tipográfico, pues originalmente debía llamarse Fondo de Cutlura Ecuménica, cosa que resulta bastante lógica. En cualquier caso, si non è vero,è ben trovato.

Más interesante y menos conocido quizá es que el autor del logo de esa editorial fue obra de uno de los poetas españoles importantes del siglo XX, José Moreno Villa (1887-1955), que recaló en México como consecuencia del resultado de la guerra civil española.

Lo cuenta por ejemplo Adolfo Castañón en “José Moreno Villa: a la luz de sus ojos”, publicado en un volumen más interesante que conocido, cuya edición corrió a cargo de tres primeras espadas de la filología en México: Rose Corral, Arturo Souto Alabarce y James Valender, con la colaboración de Gabriela Martín. Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México (El Colegio de México, 1995), abrigados por una cubierta diseñada por Mónica Díez-Martínez e ilustrada por Antonio Rodríguez Luna, alberga una cuarentena larga de textos correspondientes a las ponencias presentadas en el Coloquio Internacional celebrado en México entre el 24 y el 18 de mayo de 1993, y entre sus autores conviven los creadores (Federico Patán, Nuria Parés, Tomás Segovia, Ramon Xirau, Martí Soler) con los académicos (Derek Harris, Nigel Dennis, Bernard Sicot, Susana Rivera, Guillermo Sheridan) y con algunos otros de difícil clasificación, como es el caso de Castañón, que juega en todas las ligas (poeta, editor, traductor, ensayista, profesor, narrador…).

Cuenta Adolfo Castañón en ese texto:

Pocos saben que el autor del dibujo emblemático de la editorial Fondo de Cultura Económica es obra de José Moreno Villa […] El dato sobre el logotipo de la Casa lo recordó su viuda, Consuelo Nieto, en carta a nuestro director con motivo de la reedición de algunos de sus libros y está publicado en la Iconografía de José Moreno Villa (FCE, 1988). Algunos intérpretes traviesos sostienen que la f simboliza una cruz a cuyos costados se acomodaban un ladrón bueno por su fe en la letra (la c de la cultura) y un ladrón malo (la económica e). No es extraño que Moreno Villa haya sido el autor de ese emblema.

Al margen del valor intrínseco de esta anécdota, de su interés histórico, el pasaje citado vale como primer acercamiento a uno de los prosistas más amenos, profundos y omnicomprensivos de cuantos en español se han ocupado del mundo –o, quizá, para emplear un término más castañoniano, la ciudad– de los libros. Castañón sabe como pocos enseñar deleitando.

Más accesible para el lector peninsular, más allá de poder seguirle ocasionalmente en Letras Libres, y sin duda más nutritivo, es su Trópicos de Gutenberg. Escenas y mitos del editor (2012), excelente muestra de una prosa juguetona, refrescante e incisiva puesta al servicio de una amplísima gama de aspectos relacionados con la letra impresa y con la lectura (entendida en un sentido amplio), en la que tiene ocasión de desplegar lo que el lector intuye que es una mínima parte de su vastísimo conocimiento sobre este campo del saber.

Adolfo Castañón (n. 1952).

Acaso lo más extraordinario de Adolfo Castañón sea no tanto la amplitud y variedad de sus lecturas, sino su superlativa calidad como lector, su asombrosa capacidad para transitar de una idea a otra en las que sabe encontrar unos parentescos que el lector desprevenido o distraído puede pasar por alto, para maridar lecturas que en cuanto a época, género e incluso ámbito cultural pueden estar a una distancia enorme, y además construir con estas estratagemas un discurso personal y, lo que es más importante, interesantísimo. Una prosa siempre diáfana, amena, de una soltura e ironía que muchos quisiéramos, al servicio de un pensamiento serio y potente, ¿se puede pedir más?

Ivan Illich (1926-2002).

El volumen, compuesto de textos ya publicados y otros inéditos (algunos procedentes de conferencias e intervenciones en otros actos públicos) se divide en seis grandes secciones cuyos títulos pueden dar una idea de por dónde irán los tiros: El mito del editor y otros ensayos sobre libros y libreros, Algunas condiciones de la traducción y la edición, Variedades de la experiencia libresca, Semblanzas (Ivan Illich, Siegfried Unseld, Octavio Paz y Enrique Fuentes), Cheque y carnaval y Ex libris.

La amplia y brillante trayectoria de Castañón (en su mayor parte en el Fondo de Cultura Económica) le han dotado de la amplitud de conocimientos necesaria para decir cosas nuevas, interesantes y pertinentes acerca de toda la cadena de transmisión de conocimiento libresco, desde el diseño gráfico hasta la educación, desde la escritura a la promoción, de la impresión a la lectura creativa…, y su particular estilo, del que es fácil extraer sentencias vagamente emparentadas con las de Max Aub, convierten el trayecto por estas páginas en la invitación a un constante diálogo constructivo, edificante y estimulante con un verdadero maestro en el sentido fuerte de la palabra.

El poeta-editor Octavio Paz (1914-1998).

Desde quien sienta curiosidad por cómo Octavio Paz (de cuyas obras completas se ocupó Castañón) enfocaba el proceso creativo en tanto editor, pasando por los traductores responsables, los críticos literarios con ganas de resultar útiles a la sociedad, los lectores ávidos de aire fresco, los editores comprometidos con la cultura, hasta quien desee conocer los principales retos a los que se enfrenta el mundo del libro en América, y particularmente en México, será difícil que alguno de ellos quede insatisfecho con esta lectura, cosa que no significa, sin embargo, que pueda sentirse en todo momento cómodo, pues una de las virtudes de Castañón es precisamente interpretar el papel de tábano socrático, pinchando cuando es necesario, metiéndole el dedo en el ojo a la injusticia, a los falsos valores o a la estulticia intelectual, y todo ello desde una posición política que se hace más explícita sobre todo en las últimas secciones.

Quienes en su momento se entusiasmaron con Los demasiados libros de Gabriel Zaid –y me consta que no fuimos pocos– y no conocieran la obra de Adolfo Castañón, tienen a su disposición un festín. Ya tardan.

Adolfo Castañón, Trópicos de Gutenberg. Escenas y mitos del editor, prólogo de Alejandro Katz, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 13), 2012.

Fuentes adicionales:

Adolfo Castañón, “José Moreno Villa: a la luz de sus ojos”, en Rose Corral, Arturo Souto Alabarce y James Valender, eds., Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México, México, El Colegio de México-Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios: Fondo Eulalio Ferrer (Serie Literatura del Exilio Español 2), 1995, pp. -336.

Mario Eraso, “Adolfo Castañón: la sombra y su vuelo“, Crítica. Revista Digital, 152 (23 de febrero de 2013).

Roberto García Bonilla, “Adolfo Castañón, un intelectual editor“, Siempre!, 11 de enero de 2014.

José Carlos Morales, “Por los trópicos de Gutenberg. Un viaje alrededor del libro“, Iberoamericana Vervuert, 22 de octubre de 2012.

Editorial Sudamericana, vista por “Joan Ferrer”

A David Paradela, traductor, profesor y bloguero Malapartiano.

Cèsar August Jordana (1893-1958) fue en los años treinta el detonante de una anécdota libresca bastante curiosa. Con una obra ya notable a sus espaldas, a finales de 1931 publicó lo que fue calificado por algún crítico como “pornografía literaria estéticamente digna”, Una mena d´amor (Proa, 1931) una novela que en la literatura catalana tenía pocos antecedentes (se ha meencionado Fanny, de Carles Soldevila, por ejemplo) y que se ha comparado en ciertos aspectos con la obra de D. H. Lawrence. Lo más interesante, sin embargo, no es que Jordana incursionara en ese género y lo dotara de cierta dignidad literaria (algo que en esa época estaba sucediendo también con otros géneros, como el policíaco), sino que esta obra fuera mencionada en una de las novelas catalanas de esos años que mejor han resistido el paso del tiempo, Aloma (1938), de Mercè Rodoreda (1908-1983). La protagonista de esa novela, de un nivel cultural limitado, compra el libro de Jordana en un quiosco, lo que ya resulta indicativo, y procura leerlo a escondidas. Pero Jordana recibiría otro inesperado impulso promocional cuando el esperantista Delfí Dalmau (primer descubridor de Rodoreda, a quien abrió las páginas de la revista Clarisme), publicó una réplica titulada Una altra mena d´amor (Edicions Clarisme, 1933). Poco después, en 1934, Jordana traduciría para las Edicions de la Rosa dels Vents de Josep Janés Flush, de Virginia Woolf (cuya primera edición en castellano es de 1944, en Destino), entre otras obras que requieren un buen traductor.

Jordana en Barcelona, antes de la guerra civil.

Sin embargo, mucho más interesante es la obra póstuma de Jordana, El món de Joan Ferrer, publicada originalmente por Joan Olivé en Aymà, en 1966, y no recuperada hasta 2009 por Edicions de 1984, que incorporó a Jordana a una colección (Mirmanda) en la que convive con Doctorow, Dino Buzzati, Hans Fallada, Claudio Magris o Ford Madox Ford; es decir, entre grandes autores de alcance universal y de interés permanente. Resulta un poco extraño que El món de Joan Ferrer no se haya publicado en lengua española (e idealmente en una editorial bonaerense), sobre todo a tenor de su tema (o más bien de su hilo conductor).

Joan Ferrer es un catalán que a raíz del resultado de la guerra civil, tras un paso episódico por Francia y Chile, se ha instalado como traductor literario y editor en Buenos Aires, para una editorial tras la cual se oculta (y se oculta muy poco) la Editorial Sudamericana de Antonio López Llausàs (hoy en el Grupo Penguin Random House). Como señala Maria Campillo en el texto introductorio, esta obra de Jordana propone muchos niveles de lectura, pero leerla como novela en clave resulta particularmente divertido, porque además Jordana sabe muy bien de lo que habla. Después de haber traducido durante mucho tiempo al catalán antes de la guerra civil (sobre todo para Barcino y Proa, donde publicó la de Mrs. Dalloway), en Chile y en Argentina Jordana tradujo muchos libros para Editorial Sudamericana, además de muchos otros para Poseidón (del exiliado catalán Joan Merli) y la chilena editorial Ercilla, lo que hace más evidente si cabe el fuerte componente autobiográfico de esta novela. De Jordana son por ejemplo las traducciones de La vida secreta de Salvador Dalí (Poseidón, 1944) o La filosofía perenne, Mono y esencia, Adonis y el alfabeto y otros ensayos y Esas hojas estériles, entre otras, de Aldous Huxley (Sudamericana, 1947, 1951, 1958 y 1959). Obra suya son también algunas de las traducciones que Sudamericana publicó de Thomas Merton, Will Durant, Hubert Wilkins, Roger Caillois, Julian Huxley…

Sede de Sudamericana en los años cuarenta.

Joan Ferrer escribe informes de lectura, traduce, e incluso rechaza, por razones de conciencia, un puesto en el servicio de prensa en la época en que la “Editorial Andina” (léase Sudamericana), que dirigen Pau Vallès (Antonio López Llausàs) y Arturo Rabínez (¿Rafael Vehils?) está lanzada en la lucrativa racha de libros de autoayuda (léase de Dale Carnegie), al tiempo que publica la obra literariamente más valiosa de aquellos autores británicos, franceses e italianos que la censura franquista impide que publiquen las editoriales españolas. De Vallès, se dice, por ejemplo, que lo concocía “desde hacía muchos años, había tenido tratos con él como escritor y sabía muy bien hasta qué punto se podía uno fiar de él, cuánto podía obtener o cuánto podía perder con él. Incluso cuando le prometía una cosa y hacía otra, Joan no se consideraba muy engañado, porque siempre se le veía venir y se lo esperaba” [la tarducción es mía].

Proa, 1966.

Las interioridades del funcionamiento de la editorial, las triquiñuelas de sus empleados para ascender, las pugnas entre los propietarios y las chapuzas del disparatado y enloquecido responsable del departamento editorial son fuente inagotable de carcajadas para quien conozca un poco el mundillo editorial por dentro. Las escenas, por ejemplo, en que el protagonista se ve en la necesidad de justificar un informe de lectura muy negativo acerca de un libro de viajes disparatado del autor estrella de la casa, ha lidiar con la revisión de una prueba de traducción que ha realizado una “enchufada” muy poco talentosa o tiene que defender su traducción, una vez ya publicada, que ha sido objeto de una corrección completamente absurda y torpe se cuentan entre las más graciosas de la novela. Y la cosa cobra más trascendencia y retranca si uno sabe que antes de la guerra Jordana fue jefe de la Oficina de Estilo de la Generalitat de Catalunya. Seguro que a más de un traductor o redactor de informes de lectura son escenas que le resultarán familiares y difícilmente podrá reprimir, cuando menos, una sonrisa.

Sin embargo, más interesantes si cabe son sus atinadas e irónicas reflexiones sobre la tarea de traducir, sobre la eufonía, sobre los “falsos amigos”, sobre la traslación del ritmo de la prosa, y sus asociaciones de ideas a partir de la comparación entre palabras de diferentes lenguas. Harán las delicias de los profesionales en la materia.

C.A. Jordana

Incluso tras los títulos y autores que menciona Jordana sería posible investigar si no se ocultarán a algunos escritores y libros reales: Un Don Felipe´s Heart, de un tal Cought, una Sikorsky´s New Theory: Superegos at Work, unas graciosas Réflexions sur la cuisine française, o La theorie de la relativité sans mathematiques, de Jean Remi, Christopher Sullivan… De lo que no hay duda es del carácter autobiográfico del pasaje en que Joan Ferrer, un poco a modo de balance, contempla su biblioteca de traducciones. Ahí están Marlow, Sterne, Lessage, Hugues, Charles Morgan, Martin de Gard…, e incluso sus propias obras como narrador, entre las que aparecen una recopilación de cuentos titulada Tot de misteris (Tot de contes, 1929), Els tripijocs dels inmortals, protagonizada por un tal detective Sam Weller (El collar de la Núria, 1927), una biografía de Plaerdemanvida (?), la recopilación de artículos Esplais i cabòries y unas Excursions literàries.

Carles Riba (1893-1959)

También en sus miradas retrospectivas al pasado encontramos algunos guiños bastante evidentes: un tal Carmel Margenat (Carles Riba), por ejemplo, o un antólogo tras el que es fácil reconocer a Joan Triadú y su Antologia de la poesia catalana. 1900-1950 (Selecta, 1951)

Sería interesante y divertido contar con una traducción al español de El món de Joan Ferrer, en la que se investigaran y anotaran todos esos guiños, que a menudo remiten a editores y escritores reales. Y la calidad de la obra, con sus espléndidas introspecciones joyceanas y sus pinceladas costumbristas bien distribuidas, lo justificaría sobradamente.

César August Jordana, El món de Joan Ferrer, prólogo de Maria Campillo, Barcelona, Edicions de 1984, 2009.

Nota de octubre de 2015: La editorial Entre Mundos ha publicado la versión en español, con el título El mundo de Joan Ferrer, en traducción de Palmira Feixas.

Fuentes:

En el Arxiu Nacional de Catalunya se conserva el epistolario de Cèsar August Jordana, que incluye abundante correspondencia entre la que se cuenta la mantenida con las editoriales Ercilla, Sudamericana y Aymà.

Miquel Adam, “El món de Joan Ferrer vist per un ignorant”, Núvol, 7 de febrer de 2013.

Montserrat Bacardí, La traducció catalana sota el franquisme, Lleida, Punctum-Trilcat-Gettcc (Quaderns 5), 2012.

Josep M. Benet i Jornet, “C.A. Jordana, més enllà de la pulcritud”, Els Marges, núm 1 (1974), pp. 110-114.

Helena Bonals, “Ressenya d´El món de Joan Ferrer, Anticànons, 1 de agosto de 1007.

Lluis Busquets i Grabulosa, “Epistolaris d Xavier Benguerel. Un pou d informacions”, en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939.  Actas del Primer Congreso Internacional (Bellaterra, 27 de noviembre-1 de diciembre de 1995), Barcelona, Gexel, 1998.

Lluis Busquets i Grabulosa, «Cèsar August Jordana, un epistològraf a l’exili», Revista de Catalunya, n. 178 (octubre de 1993), pp. 103-112.

Maria Campillo, “Situació i sentit d´ Una mena d´amor”, Els Marges, n. 11 (1977), pp. 101-109.

Maria Campillo, “Cèsar-August Jordana, El món de Joan Ferrer,  Quaderns. Revista de Traducció, n. 16, (2009), pp. 29-42.

Júlia Costa, “Cèsar August Jordana, oblits i recuperacions“, La panxa del bou, 5 de abril de 2013.

Cèsar August Jordana, “L’art de traduir. Justificació d’un assaig“, Revista de Catalunya, n. 88 (15 de julio de 1938), reproducido en Montserrat Bacardí, Joan Fontcuberta y Francesc Parcerisas, eds., Cent anys de traducció al català (1891-1990). Antologia, Vic, Eumo, 1998, pp. 117-125.

Montserrat Majó i Ubach, Cèsar-August Jordana i la traducció. Repàs biobibliogràfic, trabajo de investigación dirigido por Montserrat Bacardí y fechado en septiembre de 2004.

La promiscuidad editorial de Manuel Andújar

Manuel Andújar (1913-1994)

Manuel Andújar (1913-1994)

Asombra la cantidad ingente de editoriales en que apareció la diversa y excelente obra de Manuel Andújar (Manuel Culebra Muñoz, 1913-1994), hasta que en 1977 recaló en Anthropos, donde publicó con cierta regularidad. Desde que en 1942 viera la luz el estremecedor testimonio St. Cyprien, plage… Campo de concentración en las mexicanas Ediciones Cuadernos del Destierro, sus textos se publicaron en las editoriales Isla, Centauro, Almendros, Costa-Amic, Fondo de Cultura Económica, Fournier, Ediciones de Andrea, Alfaguara, Alejandro Finisterre, Andorra, Helios, Al-Borak, Alianza Editorial, Emiliano Escolar, Laia…

Sin duda, esta misma promiscuidad editorial (probablemente no deseada) contribuye a explicar la flagrante desproporción entre la calidad estética de la literatura de Andújar y el clamoroso desconocimiento del que es objeto por parte de los lectores (que a su vez contrasta con los merecidos elogios de los críticos más prestigiosos). Ya Max Aub se hizo eco de esta desproporción entre calidad y fama, atribuyéndola a la modestia, al retratar a Andújar en La gallina ciega:

Es el hombre con menos altibajos en su manera de ser, de reaccionar, que conocí nunca. ¿Se “controla”? Tal vez, pero no lo creo: es así: calmado, sereno, modesto. Esto último no acabo de creérmelo, porque su obra le autoriza a algo más.

México, Almendros, 1949.

Refiriéndose exclusivamente a sus relatos y cuentos, Javier Quiñones apuntó una explicación a la poca repercusión de la obra de Andújar al llamar la atención sobre la:

Decidida voluntad de estilo y el simbolismo que los aleja de un realismo desgastado y empobrecedor. Esta narrativa breve supone desde su complejidad formal una reflexión sobre un mundo confuso, problemático, ante el cual no caben certezas absolutas, sino complejas incertidumbres.

También Rafael Conte, en el excelente ensayo que escribió como prólogo a la edición de Vísperas de 1979, insistió en este mismo asunto:

La literatura de Andújar, por su complejidad y afán de profundidad –y por venir de la marginación del exilio, y estar por tanto apartada de cualquier moda u operación mercantil–, es difícil y no se adapta a las necesidades de un mercado por lo demás muy deformado.

Sin embargo, uno de los comentarios más explícitos y directos es probablemente el que puso por escrito, en carta al autor, el escritor cubano César Leante:

Hay que leerte con cuidado extraordinario, necesitas más que un lector cómplice (que pedía Cortázar) otro tan creador como tú. Y lo haces porque huyes de los estereotipos de la narrativa, te arriesgas a ser innovador, y, por supuesto, esto me lleva a concluir que nunca, nunca, mi querido Manolo, serás un escritor tan conocido como Corín Tellado.

México, Costa Amic, 1949.

Ciertamente, Andújar no es un autor para distraerse en el tren, y su prosa requiere del lector concentración, pero la recompensa con densidad y riqueza de ideas. A veces se ha emparentado la obra de Andújar, siempre en constante progresión, con la atención a la prosa de un Benjamín Jarnés y con el realismo de gran calado de un Pérez Galdós, lo cual sin duda es una simplificación pero puede resultar útil para dar una idea orientativa a quien no haya tenido (aún) la suerte de leerlo.

La prehistoria del Manuel Andújar escritor se remonta a unas juveniles colaboraciones en el semanario malagueño El pregón, a las que seguirían durante la guerra la sección “Paréntesis” en el periódico leridano UHP y en la columna “El Farol” en el barcelonés Las noticias. Es lo que Antonio Mancheño Ferreras caracterizó como

relatos folletinescos y germinales efusiones métricas, sus iniciáticos escarceos malacitanos de crítica literaria […] y sus incursiones en el periodismo político, sin dejar nunca de ocuparse de problemas culturales y literarios.

M. Andújar

Pero, al margen de su vertiente como interesantísimo y obsesionante escritor, Manuel Andújar, que en los años treinta se había iniciado como editor de Iskra (órgano de las Juventuts Socialistes Unificades de Catalunya), se internó en el mundo editorial en su exilio en México una vez concluida la guerra civil española (1936-1939). Al poco tiempo de llegar se convirtió en gerente de la muy céntrica librería Juárez del Distrito Federal, desde donde pasó a ocuparse de la promoción y la publicidad en el Fondo de Cultura Económica, y temporalmente en el departamento de correcciones a cuyo frente estaba el gran editor Joaquín Díez-Canedo (1917-1999), en la época en que dirigía el Fondo Arnaldo Orfila Reynal (1897-1997) y hasta 1965. La salida de Andújar, pues, coincidió con la polémica y forzada salida de Orfila del Fondo de Cultura Económica (gracias a lo cual, por otra parte, Orfila crearía la imprescindible Editorial Siglo XXI).

Acerca de su labor en FCE escribió Max Aub a raíz de un encuentro en 1969 en Madrid con Andújar, Jaime Salinas y Javier Pradera, en que le solicitaron algún libro breve.

Gusto de volver a ver a Andújar, ya definitivamente instalado en las relaciones públicas que tan bien llevó en México con Orfila, en el Fondo de Cultuta Económica. Dice que no escribe –como de costumbre–, no le creo.

José de la Colina ha dejado también testimonio de la colaboración entre Joaquín Díez Canedo y Andújar en el FCE:

Era el brazo derecho de Joaquín, o al revés, no te lo puedo decir. Un hombre también escritor, dedicado absolutamente a todo lo relacionado con hacer libros. […] Manuel Andújar era un hombre menos público que Díez-Canedo, muy concentrado en su labor en el escritorio, pero también de una extraordinaria dedicación al libro.

México, Tezontle, 1959.

Por el camino, además, Andújar fundaría con el librero y escritor José Ramón Arana (1905-1973) la celebérrima revista Las EspañasFue de la mano del Fondo de Cultura (que en 1963 había creado una filial en Madrid que dirigía Javier Pradera), y una vez que Orfila tuvo que dejar el Fondo como consecuencia de presiones gubernamentales, como en 1965 Manuel Andújar volvió por primera vez a España desde 1939, y eso le permitió una primera exploración del terreno para un posible regreso. Ese mismo año publicó por primera vez un libro en España, el poemario Campana y cadena, en la Imprenta TPA de Alcalá de Henares (en la colección Aldonza) y el año siguiente una aún titubeante Editorial Alfaguara (fundada en 1964) le solicitó una novela para la ya aludida colección quincenal La Novela Popular (dirigida por Jorge Cela Trulock), que se estrenaría el 27 de abril de 1965 con El rapto (Francisco Ayala),  a la que seguirían El perrro loco (J.L. Castillo Puche), El suceso (J.A. Vizcaíno), Un balcón a la plaza (A. Zamora Vicente), La navaja (Vázquez Azpiri) y El paralelo 38 (Alfonso Sastre). La novela de Manuel Andújar La sombra del madero ocuparía el número 38, y pasaría totalmente desapercibida.

Madrid, Alfaguara, 1966.

Cuando entonces (marzo de 1967) Andújar decide regresar, intenta primero establecerse en Barcelona, donde no fructifican unos planes de crear una editorial acerca de los cuales no he localizado datos. Incorporado finalmente en octubre al departamento de promoción y publicidad de Alianza Editorial (fundada en 1966), no abandonó por ello ni su obra creativa ni su intención de editar, y de ese segundo impulso nacería la entrañable revista El Urogallo, financiada y dirigida por Elena Soriano (1917-1996) y en la que figuraban Eduardo Naval y Miguel Boyer.

Sería muy interesante que en algún momento fueran accesibles las Memorias del exilio y del regreso que se sabe que estaban en proceso de escritura cuando falleció, porque, además de prosista sobresaliente, Manuel Andújar es un personaje fascinante y quizás excesivamente “poco público”.

Manuel Andújar leyendo una conferencia en Úbeda, al lado de Rafael Bellón Zurita en 1982.

Fuentes:

Max Aub, La gallina ciega. Diario español, edición, introducción y notas de Manuel Aznar Soler, Barcelona, 1995.

Barcelona, Andorra, 1970.

Rafael Conte, “El realismo simbólico de Manuel Andújar”, prólogo a Manuel Andújar, Vísperas, Barcelona, Editorial Andorra (Valira), 1970.

Rafael Conte, “Las tres vidas de Manuel Andújar”, prólogo a Manuel Andújar, Secretos augurios, Madrid, Emiliano Escolar Editor (colección Bolsillo. Serie Aquí y Ahora, 58), 1981.

Antonio Lago Carballo y Nicanor Gómez Villegas, eds., Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), Madrid, Suiruela (El Ojo del Tiempo), 2006.

Fernando Larraz, “Fichas de novelas presentadas a censura. Primera serie, 1937-1962”, Represura, n. 8 (febrero 2013).

Antonio Mancheño Ferreras, “Epílogo” a Manuel Andújar, St. Cyprien, plage… Campo de concentración, Huelva, Diputación Provincial (El fantasma de la Glorieta), 1990.

Javier Quiñones, “El cuento español en el exilio”, introducción a su antología Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto, 2006.

El corrector de pruebas y el plagio

El plagio es la base de todas las literaturas, excepto de la primera, que, por otra parte, nadie conoce.

Jean Giradoux

José M. Camps (1915-1975)

José M. Camps (1915-1975)

Si no abundan las novelas sobre el mundo editorial español –por otra parte, tan novelesco–, menos todavía las protagonizadas por un corrector de pruebas, que parece una profesión en apariencia gris y monótona (idea muy falsa, como sabe bien quien la haya ejercido). Sin embargo, uno de esos escasos ejemplos es la segunda novela que publicó el escritor catalán José M. Camps Regàs (1915-1975) tras la aparición gracias a José Janés de Yo, pronombre (Ediciones de la Gacela, 1942).

El de Camps es uno de esos casos paradigmáticos de carrera literaria emergente truncada por la guerra civil, tras la que pasó una temporada en la prisión Modelo y luego colaboró con algunas de las editoriales de José Janés. Camps pertenece a la pléyade de estudiantes de la escuela de Comercio de los jesuitas en la calle Caspe nacidos alrededor de 1913 (Josep Janés, Joan Vinyoli, Martí de Riquer, Ignasi Agustí, Josep M. Boix Selva, etc.), y como casi todos ellos se estrenó en el mundo de las letras en la revista de la Congregación Mariana Juventus, en el caso de Camps con textos tanto en catalán como en español, acerca de temas artísticos y teatrales. Posteriormente cursaría estudios de Derecho en la Universidad de Barcelona, donde coincidió entre otros con Víctor Alba, aún antes de la guerra. Condenado inicialmente a pena de muerte, Camps salió de la prisión Modelo de Barcelonan en 1942, y Victor Alba le ha recordado cuando empezaron a encontrarse de nuevo, al salir él también de prisión: “Por lo que me contaron l´Enric [Panadés] y algunos amigos que me encontré en el Ateneo (donde me readmitieron enseguida), [Josep] Sagimón, [Julià] Clapera, [Josep] Pedreira, [José M.] Camps Regàs reaparecido, la readaptación a los nuevos signos fue tan rápida como el 19 de julio”.

Cubierta de El corrector de pruebas (1946)

Cubierta de El corrector de pruebas (1946)

Se inició entonces Camps en el mundo editorial, experiencia de la que se nutre El corrector de pruebas que, en alguna medida, tiene un componente autobiográfico. El protagonista, Jerónimo Crous (nacido en 1892), coincide con Camps, además de en las iniciales de nombre y apellido, en el poliglotismo, en haber residido en París, en vivir una juventud de bohemia literaria, en el hecho de trabajar como corrector de pruebas, sobre todo de narrativa nórdica (tan de moda en España en los años cuarenta), en hacer paralelamente sus pinitos como escritor, en haberse formado con los jesuitas y haber estudiado derecho antes de dedicarse a diversas tareas editoriales y en no haber abandonado nunca un punto de bohemia en su modo de afrontar la vida.

La obra de Musset, traducida y prologada por Camps, encuadernada en tapa dura.

La obra de Musset, traducida y prologada por Camps, encuadernada en tapa dura.

A la novela de Camps la habían precedido en la editorial Astarté El misterio de Edwin Drood (Dickens), Islas del Sur (de Stevenson, prologado y traducido por Agustí Esclasans), El León de Oro (de Trollope, en traducción de Carmen Godoy y prologado por Camps), Rita Suárez (de J.J. Mira), Tapi, un Edén Caníbal (Melville), La Bursa. Estudiantinas (Pomialovsky, prologado y traducido por Marcoff), La confesión de un hijo del siglo (Musset, en traducción y prologada por Camps) y Ernest Claes (Herman Coene), además de ediciones de lujo de las Leyendas de Bécquer, ilustradas por Lloveras, y una recopilación de Narraciones y cuentos de Wilde traducida por Antonio Ribera Jordá e ilustrada por Evaristo Mora. Se observará fácilmente el predominio de la narrativa británica clásica en esta selección de títulos, y el de Camps se añadía al de otro joven autor español y corrector de estilo, el militante comunista en la clandestinidad Juan José Moreno Sánchez, quien –tras emplearlo en varias novelas de consumo rápido–, estampó el seudónimo J.J. Mira en la historia de las letras españolas al convertirse en 1952 en el primer ganador del Premio Planeta con Mañana es ayer.

Portada de El corrector de pruebas, en el que es más visible el logo de Astarté.

Portada de El corrector de pruebas, en el que es más visible el logo de Astarté.

Se trata, pues, de un catálogo que no carece de interés, pero, vistos hoy, los libros en su edición en rústica con solapas (sobre todo por el papel, el diseño de caja y la tipografía) resultan rematadamente feos. Aun así, en una apostilla al displicente y desganado comentario que dedicó Fernando Diaz-Plaja a El corrector de pruebas, escribía: “La edición, de Astarté, clara y legible”, en lo que supongo que debe interpretarse un elogio. De algunos de los títulos de Astarté se hicieron también ediciones en tapa dura, como es el caso de Islas del Sur, y en la serie de lujo aparecería aún en 1946 una traducción de José Zambrano del Viaje en torno de mi cuarto, de Xavier de Maistre, ilustrado por Pedro Prat (del que se hizo una tirada de mil ejemplares en papel de la Gelidense), así como un Balok, el hombre que cazó al ruido, de Rafael J. Salvia (1915-1976), que posteriormente se haría muy popular como guionista de películas como Sor Citröen (1967), Los chicos del preu (1967) o Don Erre que erre (1970). Astarté fue, pues, una iniciativa, quizá por las mismas penurias impuestas por la época, formalmente muy modesta, pero literariamente interesante ni que sea por el hecho de haber publicado –en un contexto un poco extraño de escritores decimonónicos bastante consagrados– a algunos prometedores e interesantes novelistas españoles.

Interior de El corrector de pruebas

Interior de El corrector de pruebas

Pese al texto de la faja que ceñía los ejemplares (“En tres días y en la ciudad de Barcelona, transcurre esta novela de uno de nuestros escritores más originales”), el inicio del texto de solapa, tras la biografía del autor, no resulta precisamente alentador: “El corrector de pruebas es la historia de un pobre hombre, insignificante no por su carencia de cualidades objetivas, sino por una timidez invencible y correcta de la que nunca puede librarse”. La novela narra la historia de Jerónimo Crous, que se debate de forma simultánea en varios frentes: la imposible recuperación del vínculo afectivo con un hijo al que perdió de vista durante varios años que pasó en Francia, una incipiente relación sentimental con una bibliotecaria (Pilar) y la pugna por publicar su obra literaria, y todo ello inmerso en un paisaje humano en el que, pese a la consabida advertencia inicial –“todos los personajes de esta novela son imaginarios. Cualquier parecido con seres reales es puramente involuntario y casual”–, parecen asomar aquí y allá trasuntos de personajes reales que sin embargo no es nada fácil identificar inequívocamente, pero que invitan a un ejercicio de suposiciones que da mucho juego.

Chrales Morgan era uno de los autores más leídos en España en los años cuarenta.

Chrales Morgan era uno de los autores más leídos en España en los años cuarenta.

Por ejemplo, Jerónimo visita a menudo a un editor con sede en la calle Bruc; su hijo, el periodista Juan Crous, frecuenta por las tardes el Salón Rosa (en lo que hoy es el bulevard Rosa) y ha publicado una novela (Allá donde no estuve). Parece identificable un tal editor Rosich, que vive en el barrio de la Bonanova, edita a Charles Morgan y es conocido por su capacidad para hacerse amigos, además de caracterizarle sus rizos y su sonora risa (¿no coincide esta descripción bastante con la imagen de José Janés, editor, por si fuera poco, de la primera novela de Camps?). O un periodista que es además traductor de Trollope y que se apellida Del Arce (¿Manuel del Arco, quizá?). Menos fácil resulta identificar al periodista Julio Soler, o a los miembros de una tertulia en el Ateneu  apellidados Sala (¿Xavier de Salas? ¿Grau Sala?), Viñas, Viñals o Ángel Rubio. En realidad, uno no sabe muy bien qué pensar acerca de la alteración de los nombres propios, porque de repente se topa uno con el palco en el Palau de la Música de los Caralt. La reseña ya aludida de Fernando Díaz-Plaja, el único comentario en prensa que he localizado sobre la novela de Camps, abunda en esta condición de roman à clef sobre el mundillo editorial barcelonés de la época:

el autor se ha desenvuelto con soltura describiendo con gracia literaria algunos seres calcados de la vida diaria del Ateneo Barcelonés, con tal fijeza que más que creaciones resultan espejos. El autor se ha retratado también entre los personajes de su retablo, con harta benevolencia negada a otros. Al argumento forzosamente intelectualizado con estas premisas le falta humanidad para novela. Los protagonistas actúan de cara a un problema, el de un plagio literario, que en una reunión de escritores puede dar lugar a mil disputas, pero que al lector medio español le deja totalmente frío.

¿De veras le deja frío al lector medio español el tema de los plagios literarios? ¿Y no resultaría muy jugosa esta novela si alguien se ocupara en serio y a fondo de ofrecernos una edición anotada que desvelara quién es quién en ella? Porque uno intuye que esos nombres ocultan a veces a escritores, periodistas y editores muy conocidos de la época.

Primera edición de un texto de Camps en España desde 1946: El Edicto de Gracia, en la revista Primer Acto.

Primera edición de un texto de Camps en España desde 1946: El Edicto de Gracia, en la revista Primer Acto.

En cualquier caso, Astarté fue una aventura editorial bastante ecléctica, azarosa y fugaz; probablemente, el hecho mismo de su desaparición propició que, al no ganar un premio de la importancia del Planeta, José M. Camps quedara bastante olvidado en España, por lo menos hasta que obtuvo un galardón literario mucho más prestigioso que el Planeta, el Lope de Vega. Pero eso sucedía ya en 1973, la obra en cuestión (El edicto de gracia) se estrenó en 1974 y José M. Camps moría en 1975, concretamente un solo día después que el nefando autor de Marruecos, diario de una bandera (1922) y Raza, anecdotario para el guión de una película (1942).

 Fuentes:

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. II Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990.

Fernando Díaz-Plaja, “El corrector de pruebas”, Destino, núm. 247 (27 de julio de 1946), p. 13.

Domènec Pastor Petit, “Josep Maria Camps i Regàs: El fiscal li demana la pena de mort”, en Espies catalans, Barcelona, Pòrtic, 1988, pp. 125-136.

Esteban Salazar Chapela: la honradez no sirve para la inmortalidad

Al Gexel, celebrando sus primeros veinte años

(y  con el deseo de que cumpla muchos más).

Acerca del corrector, periodista, crítico literario, novelista y editor Esteban Salazar Chapela (1900-1965) dejó escrito Max Aub:

 ¡Ay, Esteban Salazar Chapela!, tan amigo de la libertad, ¿quién se va a acordar de ti? Un par de novelas que los historiadores españoles se empeñarán en oscurecer como todo lo que no es “lo suyo”. Tú, el más ortodoxo de los liberales, te verás convertido en lo contrario. Tu humor, ¿a qué vendrá? ¿Habrás vivido en vano como tantos que no intentan luchar contra el olvido?

En aquella Valencia (1995)

En el excelente libro que Martínez de Pisón dedicó a la amistad de John Dos Passos con su traductor al español José Robles Pazos, Enterrar a los muertos, una de las fuentes importantes empleadas para la documentación y recreación de la Valencia de 1937 es precisamente una obra que este malagueño dejó inédita a su muerte y que sólo gracias al tesón de quien quizá sea su más constante vindicadora, Francisca Montiel Rayo, vio finalmente la luz, En aquella Valencia. Y tras una primera edición “de batalla”, con más líneas viudas de las deseables, aún se reeditaría en edición mejorada en la Biblioteca del Exilio. Discrepo de la opinión de Andrés Trapiello en Las armas y las letras de que esta novela no tenga “otra valor que el documental y biográfico, un tanto idealizado”, sino que me parece, además de una obra con un punto de humor delicioso, una novela repleta de diálogos jugosos y escenas magníficamente resueltas. En cualquier caso, pues, si bien en una medida sin duda no proporcional a sus méritos literarios, sí ha habido quien se ha acordado de Salazar Chapela.

En sus diarios personales, en la misma línea dejó también anotado Max Aub:

¿Qué quedará de esa excelente persona, periodista honrado, honrado prosista, autor de un par de novelas honorables, que vivió con honra?

La situación política le llevó al exilio, donde murió. Si no se vuelve a escribir la historia de la literatura española quedará olvidado entre tantos enterrados en su tierra natal. Decididamente, la honradez no sirve para la inmortalidad.

Basta leer Después de la bomba (Edhasa, 1966) o En aquella Valencia (Gexel, 1995), para advertir la flagrante desproporción entre la calidad de la prosa de Salazar Chapela y su conocimiento, aprecio e influencia de su obra en nuestros días, pero mucho más olvidada aún es su carrera dentro del mundo editorial, que se inició antes de la guerra en la madrileña Compañía Ibero Americana de Publicaciones (CIAP), fundada en 1925 por los hermanos Alfredo e Ignacio Bauer (los representantes en España de los Rothschild) con un capital social de 600.000 pesetas y el propósito más o menos declarado de controlar el negocio editorial español.

Después de unas incipientes publicaciones en las revistas Ambos (de Souvirón, Hinojosa y Altolaguirre) y El Estudiante (de Giménez Siles), ya en Madrid la firma de Esteban Salazar Chapela empieza a asomar por las páginas de la Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, La Voz y El sol (al tiempo que se convierte en un habitual de las tertulias culturales de finales de los veinte), antes de su entrada en 1929 en la CIAP.

De ese mismo año es su primera novela publicada, en la colección fundada por Artemio Precioso, La Novela de Hoy, de la editorial Atlántida, perteneciente a su vez a la CIAP desde su número 330 y dirigida desde entonces por Pedro Sainz Rodríguez (catedrático de Bibliología en la Universidad Central de Madrid). La novela incluida en esta colección, como número 380 y con colofón del 23 de agosto, es La burladora de Londres, con portada (el rostro de una mujer rubia) e ilustraciones de Garrán, a la que seguiría en 1931 Pero sin hijos en la editorial Renacimiento, también perteneciente a la CIAP. Es probable que ambas obras fueran productos de encargo, y si bien  Rafael Conte opinaba que la segunda de ellas “no carecía de interés, pues reflejaba en cierto modo abstracto el cambio de régimen”, es sabido que más adelante Salazar Chapela destruyó los ejemplares que encontró de ellas. El único rastro que dejó otra de sus novelas de esta época, Dos hombres y una mujer en una isla, es el fragmento que apareció en el quinto número de la revista Ágora (del 1 de febrero de 1932) con el titulo “Sobrenatural aparición de la prostituta”. Dada la enormidad de esta multinacional y la amplitud de sus ramificaciones (las editoriales Fe, Mundo Latino, Mercurio, Estrella y Hoy, además de las ya mencionadas y toda una red de librerías) y de la consideración del libro como un producto comercial que debía publicitarse por todos los medios, es fácil suponer que de la pluma de Salazar Chapela salían muchos de los textos de contraportada de los libros de CIAP y textos para boletines y anuncios, además de las numerosas reseñas de libros de esta empresa que, como crítico literario de la casa, publicó en las revistas de las que la CIAP era propietaria (y en particular en La Gaceta Literaria que dirigía Giménez Caballero). Escribió también varios prólogos para la colección Las Mejores Obras de la Literatura Universal (Las noches blancas, de Dostoievski; Viaje sentimental de un inglés en Francia, de Sterne; El anticuario, de Walter Scott; Aventuras de un fanfarrón, de Thackeray; Robinson Crusoe, de Defoe; El vicario de Wackerfield, de Goldsmith; Dr. Jekill y Mr. Hyde, de Stevenson).

Se sabe que a iniciativa de Salazar Chapela su amigo Francisco Ayala reunió sus artículos sobre cine que ese mismo 1929 le publicaría Mundo Latino con el título Indagación del cinema, en un trato muy ventajoso para el autor. Si por algo es recordada la CIAP es por su asombroso (y suicida) modo de captar en exclusiva a los autores más exitosos, sobre todo desde el momento en que tomó las riendas Sainz Rodríguez, quien les asignaba sueldos que las ventas de sus libros, pese a las exorbitantes tiradas, difícilmente podrían sufragar. En el caso de Ayala, sin embargo, fue de los relativamente modestos: se llevó el 15 % sobre una tirada de 5.000 ejemplares.

Y a estas tareas de Salazar Chapela se puede añadir la de corrector de estilo. En aquella Valencia está salpicada de referencias a una Editorial Carabela cuyo nombre apenas oculta el de la CIAP, y el trasunto del autor, llamado Sebastián Escobedo y que aparece en otras de sus novelas, explica:

A Socorrito no la veía yo desde hacía justamente un año, esto es, desde que dimití de mi puesto en la Editorial Carabela S.A., donde habíamos trabajado ambos tres años seguidos en departamentos distintos pero igualmente aburrentes. Yo estaba en aquella editora para revisar las obras traducidas –novelas sobre todo- y me llamaban por entonces con prosopopeya “corrector de estilo”. Las versiones más frecuentes allí eran de francés, inglés, alemán e italiano, pero yo no tenía que cotejar nada con los originales, ni tampoco habría podido hacerlo con todos, pues mi poliglotismo nunca se extendió a tanto, sino simplemente a corregir en el texto hispano sus faltas de sindéresis y de sintaxis, no pocas veces sus faltas de ortografía.

Los años veinte y treinta tienen fama entre los especialistas de ser una etapa de traducciones al español bastante incompletas, apresuradas y mediocres en cuanto a calidad, sobre todo en el caso de la literatura coetánea, y si a eso se añade una ausencia de cotejos con los originales y una corrección tan somera como la descrita por Escobedo, que refleja bien los criterios eminentemente comerciales de la CIAP, se explican fácilmente los motivos. Sin ir más lejos, retomando el caso de Robles Pazos, si se ha discutido su traducción de Manhatan Transfer tal como se publicó originalmente, más lo ha sido todavía la de Babbit de Sinclair Lewis, donde rara es la página en la que no falta alguna frase del original. La firma de Salazar Chapela aparece en una edición en la colección El Mensaje (de la barcelonesa Juventud) de la traducción de La Aventura del hombre: sinopsis de la historia del mundo, del pedagogo Frederick Crossfield Happold. Desconozco si Salazar Chapela firmó otras traducciones.

Cubierta de la edición en Losada de Desnudo en Piccadilly.

En cualquier caso, lo que es evidente es que los conocimientos adquiridos, esta experiencia de las diversas fases del proceso de producción editorial (desde idear un libro al trato con los autores, el márketing y la publicidad, pasando por el llamado “trabajo de mesa”) tuvo que serle de gran utilidad a Salazar Chapela cuando, en su exilio londinense, al frente del Instituto Español se ocupó de la edición del Cancionero musical español (1948), preparado por Eduardo Martínez Torner, de sus Lecturas clásicas españolas (1949) y sus Advanced Modern Spanish proses (1951), así como de la dirección del ambicioso  boletín de esta institución. Entre los muchos proyectos de Salazar Chapela que no llegaron a ver la luz se cuentan volúmenes encargados a  Antonio Espina, José Luis Trincado y Luis Cernuda, o una antología preparada por Juan José Domenchina, pero sin embargo más frustrantes tuvieron que ser para él los manuscritos que iba escribiendo y que tantas dificultades tenía para publicar. Resulta bastante lógico que, pese a la intercesión de Max Aub, Joaquín Díez-Canedo considerara En aquella Valencia una obra demasiado local –esto es: española– para el público mexicano y se negara a publicarla en su editorial, Joaquín Mortiz, pues incluso para el lector español de hoy las anotaciones de Montiel en su edición respecto a acontecimientos, organizaciones políticas y contexto y personajes históricos resultan muy útiles para aquilatar las intenciones de la novela y comprenderla en toda su magnitud y profundidad. Como también es comprensible  que de su Perico en Londres, publicada gracias a las gestiones de Guillermo de Torre y Francisco Ayala, Losada tirara en 1947 sólo 2.000 ejemplares y nunca la reeditara, pues el tema del primer exilio era tabú en la España franquista y poco mercado había para él. Más suerte tuvo con Desnudo en Picadilly, publicada también por Losada y, en inglés, por Abelard-Schuman Limited (que hizo en 1961 una edición en cartoné y en 1966 una en bolsillo). Pero la publicación de Después de la bomba, de la que había intentado publicar un fragmento en la revista de Max Aub Los Sesenta, es posterior a la muerte del autor, y El milagro del Támesis, que se la había rechazado Antonio Soriano (Librería Española de París) sigue inédita, del mismo modo que tampoco llegó a ver sus proyectadas Cartas de Londres y otros papeles.

Cualquiera que haya leído a Salazar Chapela sabe que es tiempo y esfuerzo bien invertido, y resulta un poco enojoso que sus libros no sean más fácilmente accesibles. Así que resulta muy reconfortante que –parafraseando a Aub– haya algunos historiadores españoles empeñados en sacar a la luz su obra y “volver a escribir la historia de la literatura española” para subsanar esas injustificadas ausencias; en definitiva, en recuperar “lo suyo”.

Fuentes:

Josefa Bauló, “Valle Inclán a través de Julio Sanz Rodríguez”, en El Pasajero (otoño 2002).

Santiago Belausteguigoitia, “La edición de En aquella Valencia saca del olvido al novelista Salazar Chapela”, El País, 18 de junio de 2001.

Rafael Conte, “Esteban Salazar Chapela, un oxímoron”, El País, 31 de marzo de 2007.

Ana María López Mancebo, “El humor en la obra narrativa de Esteban Salazar Chapela”, en Manuel Aznar Soler, ed., El exilio literario español de 1939. Actas del Primer Congreso Internacional, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees/GEXEL (Serpa Pinto II), 1998), vol. 2, pp. 143-149.

Francisca Montiel Rayo, Esteban Salazar Chapela en su época: obra periodística y literaria (1923-1939), tesis defendida en la Universitat Autònoma de Barcelona.

Francisca Montiel Rayo,“Una visión del exilio republicano en Gran Bretaña: Perico en Londres, de Esteban Salazar Chapela”. Exils et migrations ibériques au XXe siècle. 60 ans d’exil républicain: des écrivains espagnols entre mémoire et oubli, número 6 (1999), pp. 209-226.

Francisca Montiel Rayo, “Una revista del exilio republicano en Gran Bretaña: El Boletín del Instituto Español”, en Manuel Aznar Soler, ed., Las literaturas del exilio republicano de 1939. Actas del Congreso Plural “Sesenta años después”, Sant Cugat del Vallès, Associació d’Idees-Gexel (Serpa Pinto 3), 2000, vol. 1, pp. 243-269.

Francisca Montiel Rayo, Esteban Salazar Chapela, en Diccionario Bio-Bibliográfico de los Escritores del Exilio Republicano de 1939.

Esteban Salazar Chapela, Ensayos, artículos y narraciones, selección, introducción y notas de Francisca Montiel Rayo, Madrid, Fundación Banco de Santander, 2007.

Esteban Salazar Chapela, Después de la bomba, Barcelona, Edhasa (El Puente), 1966.

Esteban Salazar Chapela, En aquella Valencia, edición de Francisca Montiel Rayo, Sant Cugat del Vallès, Gexel-Associació d´Idees, 1995. Edición con prólogo ampliado, actualizada y mejorada: Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2001.

Andrés Trapiello, Las armas y las letras, Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010.

El enigmático caso de la pertinaz errata o Las barbas de la reina (divertimento narrativo)

A Alberto Ibarrola Oyón, que me dio la idea.

Sobrecubierta de la edición de Destino.

Sobrecubierta de la edición de Destino.

En más de una ocasión había oído elogiar la narrativa breve de Ramón J. Sender (1901-1982), escritor conocido sobre todo por su abundante obra novelística (Réquiem por un campesino español, El lugar de un hombre, Crónica del Alba…), así que finalmente, una noche fría y desapacible, enfundado en mi confortable bata, me senté ante la chimenea en mi butaca preferida, encendí una pipa de tabaco holandés, con mi fiel perro labrador a los pies, y abrí la edición en Áncora y Delfín (Destino) de El extraño señor Photynos y otras novelas americanas (1973). Empecé a leer con fruición el estupendo relato que da título al libro, que se estructura mediante la exégesis de un soneto que el narrador, según dice, “compuso inspirándose en la visión de un hombre fumando marihuana, que recordaba a esos indios yanquis, altos, sin bautizo ni nombre español, que pasean sus largas piernas desnudas por Sonora” (p. 10) ¡¡¿Cómo que “indios yanquis”?!! ¡Y en Sonora! Realmente, demasiada marihuana (recordé de pronto haberle leído a Sender una obrita titulada Donde crece la marihuana, y me aseguré entonces de que mi pipa sólo contuviera tabaco de importación).

Sobrecubierta de la edición de Aymá (la madre del cordero), con la faja en la que se lee: "Ramón Sender... es el más importante escritor de nuestro tiempo en lengua castellana" London Times (3 de abril 1961)

Sobrecubierta de la edición de Aymá (la madre del cordero), con la faja en la que se lee: “Ramón Sender… es el más importante escritor de nuestro tiempo en lengua castellana” London Times (3 de abril 1961)

Intuyendo algún azaroso misterio, decidí apartar al fiel labrador y acercarme de un salto a la estantería donde guardo la edición que del mismo título había hecho en 1968 la editorial Delos-Aymà. Para mi desolación, resultó ser exactamente igual que la de Destino (“indios yanquis” incluidos). Así, pues, no me quedaba otro remedio que recurrir a otras ediciones anteriores de ese cuento para desfacer el entuerto. Pero ¿cuáles? Editores Mexicanos Unidos había publicado en 1965 (colofón de diciembre) la colección de relatos senderianos Cabrerizas Altas en la que aparece uno titulado “El Tonatiu (Historia de un soneto)”, y pensé que tal vez el soneto en cuestión podía ser el mismo que actúa de hilo conductor o más bien de desencadenante de la trama de “El extraño señor Photynos”. Y más o menos. El argumento es aproximadamente el mismo, pero cambian personajes, desaparecen o se alteran pasajes bastante extensos, e incluso en buena medida cambia el sentido de la historia, pero, por fin, mi tesón halló recompensa y el enigma solución: “indios yaquis”. Bien.

Pese a mi bien conocida modestia, debo reconocer que bastante satisfecho de mí mismo se me ocurrió entonces hojear el tercer número de la estupenda revista que dirigió Max Aub Los Sesenta (donde publicó a León Felipe, a Salazar Chapela, a Alfonso Reyes, a

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

André Malraux, a Guillén y a Rafael Alberti, entre otros), porque me sonaba que ahí se publicó un cuento de Sender de título ligeramente distinto, “El Tonatio. Historia de un soneto”. Pero me sorprendió descubrir que en esa revista, fechada en 1965, aparecía la misma versión del cuento publicada en Delos-Aymà (salvo, afortunadamente, por la errata), en lugar de la versión de Cabrerizas Altas. Recurrí finalmente a uno de mis autores de cabecera para cuestiones senderianas, Francisco Carrasquer, quien no me resolvió la duda pero consigna en su tesis una edición, ¡de 1964!, de “The Tonatiu” en Tales of Cibola (Nueva York, Las Americas Publishing); puedo dar fe de que en la correspondiente edición española en Destino, Novelas ejemplares de Cibola (1974), ese cuento no aparece.

Puestas así las cosas, para establecer las fechas de cada una de las versiones no quedaba otra que rastrear las cartas entre Sender y Aub; esto es: acudir al Centro de Estudios Senderianos (en Huesca) o a la Fundación Max Aub (en Segorbe). Por el epistolario aubiano que alberga la segunda de esas insitituciones, supe que el 22 de junio de 1964, Sender, en respuesta a las reiteradas peticiones de Max Aub, le mandó la versión de “El Tonatio (Historia de un soneto)” que se publicó en Los Sesenta. Por fin creí poder establecer el stemma o el árbol genealógico del cuento: Cabrerizas Altas – Las Américas Publishing – Los Sesenta – Delos-Aymà (donde nace la errata) – Destino (donde ésta persiste con muy buena salud).

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Quizás fue un desvelo inútil que sólo interesará a ociosos y diletantes, porque al fin y al cabo la historia de la errata como personaje libresco se remonta acaso a los mismos orígenes de la imprenta, pues ya en el Psalmorum Codex (1457), el primer libro que salió con pie de imprenta, de Johannes Fust (1400-1466) y Peter Schöffer (h. 1425- h. 1503), el título aparecía en el colofón como Spaldorum Codex. Sin embargo, completamente desvelado ya para entonces, y por simple curiosidad malsana de gente en exceso ociosa, eché un vistazo a la divertidísima delicia de libro que es Vituperio (y algún elogio) de la errata, de José Esteban, para comprobar si en sus páginas se mencionaba a los “indios yanquis” o a alguna otra edición de Sender. Y, efectivamente, allí me enteré de que en la primera edición de la novela Míster Witt en el Cantón, publicada por Espasa Calpe en 1936, el autor parece atreverse ni más ni menos que a afeitar a la mismísima reina de Inglaterra, pues se imprimió “God shave the Queen” por “God save the Queen”. Y cuando las barbas de la reina veas pelar…

Fuentes:

El resultado de cotejar y analizar las diferentes versiones del cuento se publicó con el pomposísimo y hoy demodé título “Intertextualidad y proceso creativo en El extraño señor Photynos“.

Francisco Carrasquer, Imán y la novela histórica de Sender, Londres, Thamesis Books, 1970.

Epistolario Max Aub- Ramón J. Sender (Aub, una mina para los historiadores de la cultura, conservaba copia de las cartas que enviaba), en la Fundación Max Aub. Sobre Sender, hay que visitar el Centro de Estudios Senderianos.

José Esteban, Vituperio (y algún elogio) de la errata, Sevilla, Renacimiento, 2002.

Luis Antonio Esteve, “Un tanto al margen, la narrativa breve de Ramón J. Sender”, Quimera, 252 (enero de 2005), pp. 42-46.

Ramón J. Sender, “El Tonatiu (Historia de un soneto)”, en Cabrerizas Altas, México D.F., Editores Mexicanos Unidos, 1965, pp. 91-124.

-, “El Tonatio. Historia de un soneto”, Los Sesenta, (México D.F.), núm. 3 (1965), pp. 9-55.

-, El extraño señor Photynos y otras novelas americanas, Barcelona, Delos-Aymá, 1968, pp. 7-53.

-, El extraño señor Photynos y otras novelas americanas, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín 409), 1973, pp. 9-55.

Fernando Gutiérrez, mentor de Juan Goytisolo

En Coto vedado (1985), con el que abre su interesantísimo volumen de Memorias (2002), Juan Goytisolo refiere la visita, en compañía de Enrique Boada, a un “poeta y crítico de arte de origen santanderino […], un hombre de una cuarentena de años, sencillo, caluroso y franco” que tuvo una intervención decisiva en el arranque de su personalísima carrera literaria: Fernando Gutiérrez González (1911-1985).

Cubierta del volumen de Memorias de Juan Goytisolo en Destino

Cubierta del volumen de Memorias de Juan Goytisolo en Destino

Con el pretexto de que Fernando Guitérrez le ayudaba a repasar las asignaturas de Derecho que por entonces cursaba sin ninguna gana, Goytisolo “le asistía a revisar sus traducciones, solicitaba su consejo en las dificultades y escollos” de la novela que tenía en marcha, la hasta hoy inédita El mundo de los espejos. En sus palabras, “Fernando Gutiérrez había advertido muy pronto las carencias y defectos de mi castellano y me alentaba a superarlos. Aunque no pudo comunicarme entonces, por culpa mía, su amor a la poesía de nuestros clásicos, contribuyó a extender y mejorar el contenido de mis lecturas”. (Cualquier lector de Juan Goytisolo sabe bien que finalmente ese amor a los clásicos españoles cuajó, y de manera muy fecunda).

En aquellos tiempos (primeros años cincuenta), Fernando Gutiérrez trabajaba muy intensamente con José Janés, quien estaba llevando a cabo una política de premios literarios en busca de jóvenes nuevos valores de la literatura española (galardonó a González Ledesma, Ildefonso-Manuel Gil o Antonio Rabinad, entre otros) que pudieran competir con la excelente cantera en que se había convertido enseguida el Premio Nadal. Fernando Gutiérrez, secretario de esos premios, animó a Goytisolo a presentar su novela, que según el propio autor, “pese a las correcciones sucesivas […], pecaba a todas luces de torpe e inmadura: la sombra de Gide y Hermann Hesse se proyectaba ostensiblemente en ella y situaciones y personajes adolecían de melodramatismo e inverosimilitud”. Goytisolo, sin embargo, se llevó el premio, pero con la franqueza que le caracterizaba, Janés le dejó claro que, pese al cheque de diez mil pesetas, “el premio sólo era un estímulo a continuar mi camino y llegar a ser algún día un escritor de verdad”.

Diversas circunstancias, entre ellas el traslado de Goytisolo a Madrid, hicieron que se interrumpiera esta relación, pero cuando años después, con Juego de Manos, el joven novelista se dio de bruces con la censura de libros franquista, pese a la buena disposición de Destino a publicársela, fue de nuevo Fernando Gutiérrez quien intervino decisivamente. Buen conocedor de los entresijos del mundo editorial barcelonés de la época, Fernando Gutiérrez le recomendó que intentara la intervención de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), y el asunto se desencalló rápidamente a cambio de publicar en Planeta el siguiente libro de Juan Goytisolo (Duelo en el paraíso).

Portada de las Páginas escogidas del Marqués de Santillana seleccionadas y anotadas por Fernando Gutiérrez y publicadas en 1939 en la Colección Merges de Luis Miracle.

Portada de las Páginas escogidas del Marqués de Santillana seleccionadas y anotadas por Fernando Gutiérrez y publicadas en 1939 en la Colección Merges de Luis Miracle.

En los años cincuenta, ciertamente, Fernando Gutiérrez había llegado a ocupar en la sombra una situación estratégicamente importante y de relativo prestigio en el mundillo editorial. Ya en los años treinta había abandonado estudios de ingeniería para lanzarse de lleno a una incierta carrera literaria que se desdoblaba en su obra sobre todo poética, el periodismo cultural y la crítica de arte (en Las Noticias) y la traducción, así como las más diversas labores editoriales (revisor, corrector, prologuista). Al concluir la guerra, ya en 1939 publica unas Páginas escogidas del Marqués de Santillana para la editorial de Luis Miracle, ejerce episódicamente de censor en la Delegación Territorial de Propaganda de Barcelona, reanuda su actividad como crítico de arte y, con Juan Ramón Masoliver y Diego Navarro, pone en marcha la que quizá sea la mejor revista literaria de la inmediata postguerra, Entregas de poesía, que aparecía en dos versiones: la corriente y la de bibliófilo. Además, poco a poco va dando a conocer Fernando Gutiérrez su obra poética (de raíz postsimbolista y clasicista), obtiene importantes premios tanto en su vertiente de poeta como en la de crítico de arte y luego, progresivamente, va cayendo en el olvido.

Sobrecubierta de la antología de poesía catalana preparada por el poeta y editor Josep Pedreira y firmada por Fernando Gutiérrez, publicada por Josep (con P) Janés, Editor.

Sobrecubierta de la antología de poesía catalana preparada por el poeta y editor Josep Pedreira y firmada por Fernando Gutiérrez, publicada por Josep (con P) Janés, Editor.

Sin embargo, deja a sus espaldas una ingente obra como traductor literario sobre todo en las editoriales de Janés (Somerset Maugham, Boris Pastenak, François Mauriac, Lampedusa, André Maurois, Homero…), pero también en Ediciones G.P. [Germán Plaza] (Kipling, Zweig) y como prologuista de colecciones janesianas tan exitosas como Los Premios Goncourt de Novela, Los Premios Nobel de Literatura o Los Premios Pulitzer de Novela, entre otras.

No es extraño que, dada la intensa y fructífera relación con el gran editor de la época, sea precisamente Fernando Gutiérrez quien nos legara uno de los textos más útiles e interseantes para conocer y comprender la obra editorial de José Janés, la conferencia “Recuerdo de José Janés”. Fallecido en 1959 José Janés, Fernando Gutiérrez siguió a partir de entonces con un ritmo de trabajo asombroso, pero en algunos casos muy por debajo de su talento, y quizá varios factores contribuyan a explicar el casi completo olvido en el que ha quedado su figura y su obra. Por un lado, su parentesco con el falangista de primerísima hora Luys Santa Marina (1898-980), su tío, añadido a su inicial militancia falangista y su episódica dedicación a la censura de libros. Por otro lado, el hecho de que a menudo tradujera a partir de lenguas puente y no de la lengua original, a lo que se suma el hecho de que firmara obras o antologías, y en particular la célebre antología La poesía catalana. Els contemporanis (Josep Janés Editor, 1947), que es bien sabido que elaboró Josep Pedreira pero que, probablemente para facilitar su paso por censura, firmó Fernando Gutiérrez.

Portada (inexplicablemente cursi) de la edición en 2011 de Un extraño en París, de William Somerset Maugham, traducida por Fernando Gutiérrez.

Portada (almibarada sin motivo) de la edición en Ediciones B (2011) de la traducción firmada por Fernando Gutiérrez de “Un extraño en París” (“Christmas Holiday”), de William Somerset Maugham. Esta misma traducción la había publicado en 1952 Janés en la colección Grandes Novelas de Grandes Autores y en 1956 en Club de Lectores con el título, no menos infiel, de “Luz en el alma”.

Fuentes:

Daniel Giralt-Miracle, “Fernando Gutiérrez. Poeta y crítico“, La Vanguardia, 2 de marzo de 1984, p. 18.

Juan Goytisolo, Memorias, Barcelona, Península (Atalaya 85), 2002.

Fernando Gutiérrez, “Recuerdo de José Janés”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1960 y publicada como anexo al Catálogo de la Producción Editorial Barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1959 y el de 1960, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1960.

Jacqueline Hurtley, La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis de doctorado, Universitat de Barcelona, 1983.

-, “La obra editorial de José Janés: 1940-1959”, Anuario de Filología (Universitat de Barcelona), n. 11-12 (1985-1986), pp. 293-329.