Juan Miguel de Mora y su pugna con las agencias literarias españolas

«Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que  luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay hombres que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.»

Bertolt Brecht

 

La vinculación del grafómano y periodista Juan Miguel de Mora (1921-2017) con España fue suficientemente estrecha e intensa para que, incluso cuando ya tenía a sus espaldas una más que nutrida y exitosa obra publicada, siguiera intentando con ahínco conseguir que se le publicara en ese país, que en buena medida, y con toda justicia, consideraba en parte el suyo.

Si bien nacido en México (de padre mexicano y madre española), con apenas catorce llegó a Madrid procedente de París, donde estaba cursando estudios, y enseguida intentó contribuir a combatir el avance del fascismo, pues ese era el vago propósito que le había llevado a cruzar los Pirineos. Afiliado enseguida a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), falsifica su edad para alistarse al Quinto Regimiento, y es destinado a la VI Compañía de Intendencia, hasta que se descubre su auténtica edad y, expulsado, empieza entonces a colaborar como periodista en Avance, el órgano de la AJA (Alianza Juvenil Antifascista) creado en septiembre de 1937.

Menos problemas tuvo para alistarse en 1938, cuando todas las manos republicanas eran pocas en la batalla del Ebro, y pasó a la XV Brigada Internacional, adscrita a la 35ª División del 15 Cuerpo del Ejército que comandaba Manuel Tagüeña (1913-1971), quien moriría precisamente en México. Sin embargo, herido de bayoneta, es evacuado a Falset y posteriormente a Barcelona, y luego entra en el Cuerpo de Carabineros y participa en la defensa pasiva de la capital catalana (en las Brigades de Salvament i Desenrunament). Más tarde, como comisario de Compañía (con tan solo diecisiete años), defendió la columna de republicanos que huían del avance de las tropas franquistas y cruzó los Pirineos por La Junquera. Su paso por el tristemente célebre campo de Saint Cyprien fue breve, y una vez escapó de él consiguió a través de la embajada mexicana ser repatriado a México, donde inició una intensa y prolífica carrera como corresponsal de guerra (Japón, Francia, Vietnam, Guatemala, Panamá, etc.).

No contento con ello, desde 1947 hizo incursiones, a  menudo con éxito, tanto en la literatura dramática como en la novela, en la dirección teatral y en la cinematográfica, pero fueron sobre todo sus libros de tema y tono periodístico los que le granjearon mayor popularidad (de Tlatelolco 1968, por ejemplo, se hicieron una treintena de ediciones, con un total de más de cien mil ejemplares vendidos).

La evocación de la guerra civil, de sus camaradas brigadistas, de las clases populares madrileñas y catalanas y de las lecturas que en esos años hizo están muy presentes en buena parte de su obra, y de hecho, tras su maestría en Lenguas Hispánicas en la UNAM, se doctoró en la Universidad Latino-Americana de La Habana en 1951 con una tesis sobre Lope de Vega (más adelante publicaría Notas para un estudio sobre el Fénix de los Ingenios, 1962). Diez años más tarde, en 1961, mientras cubría la guerra del Vietnam, empezó a internarse en el ámbito en el que acabaría por convertirse en una autoridad internacional, la literatura sánscrita, al tiempo que cursaba estudios de literatura vietnamita; pero no tardó en surgirle la oportunidad de regresar a España en una misión a medio camino entre el periodismo y la acción de resistencia.

En 1964, José Pagès Llergo (1910-1989), también corresponsal de guerra (había entrevistado a Hitler tras la caída de Varsovia) y por entonces director de la revista Siempre!, le propuso entrar clandestinamente en España y, con la ayuda de miembros del Partido Nacionalista Vasco, informar de primera mano acerca de los movimientos de resistencia al franquismo en el interior. Como no podía ser de otra manera, en cuanto sus reportajes empezaron a publicarse y a circular, se desencadenó un notable revuelo, la policía española se puso tras sus pasos y el por entonces ministro español de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne (1922-1912), le dedicó en la prensa española epítetos del calibre de «alimaña», entre otras lindezas. De esa experiencia surgió el libro de reportaje Misión de prensa en España. Un pueblo en lucha heroica, cuya publicación en 1965 (en Comunidad Ibérica, con prólogo de Fidel Miró y epílogo de Aurora Correa) hizo que la Alianza Sindical Española solicitara el gobierno de la República Española en el exilio la Orden de la Liberación de España, que le impuso ese mismo año el presidente Luis Jiménez de Asúa (1889-1970) en un acto celebrado en la embajada de la República en México.

Con estos antecedentes, y aún unos cuantos años antes de la escritura de sus obras mayores sobre la guerra civil española (Sólo queda el silencio, Cota 666 y La libertad, Sancho…), no es de extrañar que a principios de la década de los noventa hiciera confluir su pasión por la literatura clásica española y su experiencia bélica en una novela tan asombrosa y original como El yelmo de Mambrino, de inequívoca y declarada raigambre cervantina, como tampoco es sorprendente que hiciera cuanto estuvo en su mano para que esta novela se asegurara una buena circulación en España. Y de ahí nació un sonado conflicto, en parte como consecuencia de su convicción de que era una novela perfectamente publicable en España. Declaraba acerca de ello en 2002: «Yo no digo que sea una gran novela, pero sí puedo demostrar, y cualquiera puede hacerlo, que hay muchas novelas que quizá no sean peores, pero tampoco mejores, publicadas en España». Cualquiera que la haya leído puede dar fe de la veracidad de este juicio y podría incluso ir bastante más allá.

Mora confió en que el mejor modo de lograr publicar tanto El yelmo de Mambrino como Sólo queda el silencio en España era a través de la agencia literaria Carmen Balcells, y cuando puso las novelas en sus manos las obras fueron objeto de informes favorables, pero pasaba el tiempo, los mecanoscritos pasaban de una oficina a otra y no se concretaba nada. Hasta que finalmente Juan Miguel de Mora se cansó y decidió publicar El yelmo… en México, en Edamex (el 30 de octubre de 1993, según el colofón), y consiguió además que en España se comprometieran a tenerlo El Corte Inglés, además de alguna librería (me consta que una en Pamplona, por ejemplo), pero obviamente la presencia que tuvo en la prensa fue mínima, como él mismo reconocía: «Nadie habló una sola línea de El yelmo de Mambrino, nadie, pero una excepción, perdón, lo mencionaron los Anales Cervantinos, que es una cosa que publican aquí, muy académica. Lo mencionaron en un tono no agresivo, ligero, porque, claro,  no es académico el libro, pero no lo agredieron tampoco, fue una cosa amable, simpática. Pero, ¿quién va a leer los Anales Cervantinos?».

Sin embargo, el desencuentro con Balcells procedió no tanto de este modo de actuar como del asombroso y poco frecuente texto impreso tanto en la cubierta anterior como en la posterior de esta edición, con lo que Mora expresaba su opinión acerca del sistema editorial español. Una franja sobre un llamativo fondo amarillo informa al posible lector: «Esta novela mereció la distinción de ser rechazada, contra el dictamen de algunos de sus propios comités de lectura, por las siguientes editoriales españolas: Seix-Barral, Anthropos, Planeta, Grijalbo-Mondadori, Alianza Editorial, Debate, Muchnik y Plaza y Janés». Y por si no bastara con esto, en la cubierta posterior se reproducía el siguiente pasaje del informe de lectura elaborado por el prestigioso traductor del italiano Atilio Pentimalli, al que se identifica como «dictaminador de varias editoriales españolas»:

En tercera persona al principio, en estilo deliberadamente cervantino, el autor presenta a su personaje, don Gonzalo, para dar enseguida paso a innumerables testigos que dan su versión de alguno o varios episodios de la vida del protagonista. Es reconfortante que un asunto tan trillado, y a veces tan maltratado, como el de la Guerra Civil Española, haya por fin dado una novela fuera de lo común. Las referencias a episodios, sucesos de toda laya, abusos y salvajadas de la contienda están aquí impregnados de humanidad genuina, sin sensiblería ni partidismos.

Esto bastó para que la segunda mayor agencia literaria española se desentendiera de otra novela que tenía en estudio para una posible reedición en España, La fórmula (originalmente publicada en México en 1971 por Grijalbo). No es de extrañar que por su parte Balcells dejara de ocuparse de Sólo queda el silencio, pero para entonces Mora tampoco tenía ya ningunas esperanzas de que sus gestiones llegaran a buen puerto, consideraba el sistema editorial peninsular inmerso en un proceso de degeneración moral  y contaba en la misma entrevista ya citada:

la tuvo la señora Balcells dos años sin mover nada para que se publicara, y yo tengo la copia del fax que me mandó, diciendo que era muy interesante y que se la dejara para ver si se vendía. […] Hubiera sido mucho más honrado decir: «Mire, no me interesa, o no tengo tiempo…», en fin, una cosa así.

La agencia de la señora Balcells agarra un libro de un escritor hispanoamericano y te contesta diciendo: «Su libro es muy interesante. Déjenoslo para trabajarlo». Y luego pasan los años y no hacen absolutamente nada con él, pero lo tiene ahí, sujeto. Es un hecho conocido. Me lo hizo a mí, pero no soy el único, Marco Tulio Aguilera Garramuño denuncio el mismo proceder en [el periódico mexicano] Uno más uno.

Del escritor colombiano afincado en México Marco Tulio Aguilera Garramuño es conocido el, por decirlo de algún modo, desparpajo con que ha expresado sus opiniones, en más de una ocasión polémicas, acerca de diversos autores, agentes y en particular premios literarios, y ciertamente también tuvo sus más y sus menos con la agencia de Balcells, que  hasta en tres ocasiones representó libros suyos; explicaba Aguilera a su particular manera:

Casi toda la institución cultural colombiana y mexicana me ignoran, no existo. Sigo publicando aquí y allá (nunca faltan editores), pero las grandes empresas prefieren decretar mi inexistencia: demasiado problemático, demasiado crítico, incapaz de quedarse callado, ha criticado a todos los grandes y se ha granjeado que se le cierren las puertas (de Alfaguara, Planeta, Plaza y Janés, la agencia Carmen Balcells, etc.) en la nariz.

El caso es que Juan Miguel de Mora tardó un poco más en poder ver publicado en España alguno de sus libros,  pero en realidad el lector español quizás, al fin y al cabo, salió ganando con ello, porque la obra de Mora llegó cuando su estilo estaba ya plenamente afinado, manteniendo la fuerza crítica y la contundencia, pero con una pericia narrativa más desarrollada, como demuestra en Sólo queda el silencio, coeditada por Daga y la Universidad de Castilla-La Mancha, y en particular en La libertad, Sancho… Testimonio de un soldado de las Brigadas Internacionales, coeditado por Edamex y la Universidad de Castilla-La Mancha (2006), aunque no deja de ser una amarga anomalía que no exista una edición española de libros como Misión de prensa en España, Cota 666 (que toma el nombre de la que ocupó en la batalla del Ebro) o Los muertos estaban quietos, por poner sólo unos ejemplos entre la extensa bibliografía de tema español de Juan Miguel de Mora.

Fuentes:

Testimonio de Juan Miguel de Mora en Archivo de la palabra de Albacete.

Manuel Aznar Soler, «Espacio urbano, memoria y violencia en Plaza de las Tres Culturas. Tlatelolco, de Juan Miguel de Mora», en Cerstin Bauer-Funke, ed., Espacios urbanos en el teatro español de los siglos XX y XXI, Hildesheim-Zúrich-Nueva York, Georg Olms Verlag, 2016, pp. 107-136.

José David Cano, «La corrupción, una enfermedad nacional» (entrevista), Cultural de El Financiero, 3 de junio de 2005.

Jorge Carpizo MacGregor, «Solo queda el silencio, algo más que una novela», Etcétera, núm. 387 (2000), pp. 11-13.

Francisco Luis del Pino, «El Ramayana es uno de los monumentos de la literatura sánscrita épica», (entrevista a Juan Luis de Mora y Ludwika Jarocka), Clío, núm 145 (213), p. 195.

Francisco Luis del Pino y Josep Mengual, «Juan Miguel de Mora, la rabiosa independencia del intelectual» (entrevista), Lateral, núm. 87 (marzo de 2002), pp. 11-12.

Olga Harmony, «El movimiento del 68 en el teatro mexicano», Tramoya, núm. 31 (abril-junio de 1992), pp. 86-105.

Lise Landon, «Introducción» a Juan Miguel de Mora, La libertad, Sancho…, México, Edamex. Libros para Todos, 2006.

Emilio Martínez Espada, «Nos visita uno de los últimos brigadistas supervivientes: Juan Miguel de Mora», Diariocrítico, 3 de enero de 2014.

Arturo Mendoza Mociño, «Para vivir mucho hay que ir a la guerra» (entrevista), Cultura (suplemento de Reforma), 8 de marzo de 1997, p. 1.

Josep Mengual, «Juan Miguel de Mora, un exiliado incógnito», en El exilio teatral republicano de 1939, Sant Cugat del Vallès, GEXEL, 1999, pp. 277-286.

Juan Carlos Ruiz V., «Marco Tulio Aguilera Garramuño: “Los grandes premios literarios están casi todos viciados”», La Vanguardia, 1 de enero de 2011.

Rafael Solana, «Los héroes no van al frente, de Juan Miguel de Mora», en Noches de estreno, México, Oasis, 1963, pp. 118-120.

Marco Tulio Aguilera Garramuño, «El infame oprobio de los años», Otro Lunes. Revista Hispanomericana de Cultura.

Juan Miguel de Mora y el que suscribe, a principios de los años noventa.

Vintila Horia, mentor de Carmen Balcells

A raíz de la muerte de la superagente Carmen Balcells (1930-2015), se han escrito y dicho muchas cosas no rigurosamente ciertas o acaso un poco exageradas sobre la aparición en España de las primeras agencias literarias.

Gabriel García Márquez y Carmen Balcells.

En la década de los cincuenta nacen por lo menos tres agencias literarias importantes: International Editors, ACER (creada por Vintilia Horia) y, desgajada de ésta, ya a finales de la década, la encabezada por Carmen Balcells. Aun así, en los años cuarenta hay testimonio de las gestiones del también traductor y editor de origen húngaro Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967) como representante ante los editores españoles de diversos escritores europeos (sobre todo húngaros, franceses y suecos, con varios premiados con el Nobel entre ellos). En el Arxiu Nacional de Catalunya se conserva un epistolario que permite reconstruir algunos de los conflictos que tuvo Oliver Brachfeld en su labor de gestión de los derechos, en particular la de autores que, durante la guerra mundial, quedaron un tanto aislados del mundo editorial, como es el caso en particular de André Maurois.

Vintila Horia.

La trayectoria zigzagueante del rumano Vintila Horia (1915-1992) se inicia, tras su graduación en Derecho por la Universidad de Bucarest, como diplomático. Sus destinos como agregado cultural en las embajadas rumanas en Roma y Viena los aprovechó para cursar estudios de Filosofía y Letras en las universidades de Perugia y Viena, al tiempo que se iniciaba en el periodismo cultural en las páginas de Gandirea con artículos acerca de personajes tan diversos como Spengler o Cervantes. Cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras ejercía en esa última ciudad, la integración de su país al bando de los Aliados hizo que en agosto de 1944 las autoridades nazis lo arrestaran y, tras su paso por Karpacz, fue a recalar al campo de Mariapfarr, adonde también fue a parar otro ilustre rumano, el músico y director de orquesta Ionel Perlea (1900-1970), célebre sobre todo por haber seguido dirigiendo tras la pérdida de la movilidad del brazo derecho como consecuencia de un derrame cerebral en 1957.

Giovanni Papini (1881-1956).

Liberados por las tropas británicas en mayo de 1945, tanto Perlea como Horia se establecieron episódicamente en Italia, donde ambos hacen amistades importantes. En el caso de Perlea, el compositor Nino Rota (1911-1979), cuya fama ha quedado asociada a la música de películas como El gatopardo o El padrino; en el de Horia, el escritor Giovanni Papini (1881-1956), quien en 1937 ya había sido honrado con un puesto en la Real Academia de Italia y en 1942 se había convertido en vicepresidente de la Federación Europea de Escritores. Ni uno ni otro intelectual rumano tenían ninguna posibilidad de regresar a un país en proceso de “socvietización”, y en el caso concreto de Horia, pesaba sobre él una condena in absentia a “trabajos forzados de por vida” que naturalmente no estaba dispuesto a cumplir.

Así pues, se inicia un exilio que le llevará a un periplo cuya primera etapa fue Argentina, adonde llegó en 1948 y donde, tras una etapa como escribiente en un banco, impartió clases de lengua y literatura rumanas en la Universidad de Buenos Aires. Según sus propias declaraciones, fue a partir de 1952 cuando empezó a pensar en la que acabaría siendo, en francés, una de sus novelas más famosas, Dios ha nacido en el exilio (Destino, 1960), donde se sirve de la historia personal Ovidio para plantear el tema del desgarro interior de los refugiados.

Vintila Horia.

Sin haber publicado aún ningún libro, se embarcó en el Monte Udala con destino a España en 1953, inicialmente becado por el Instituto de Cultura Hispánica y luego con un puesto como profesor en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid (llegaría a ser catedrático de Literatura Universal en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares), al tiempo que empezaba una extensísima obra como colaborador en periódicos, a veces firmando como Juan Dacio (el argentino Bahía Blanca, el chileno El Mercurio, el francés Nouvelle Vie, el español El Alcázar…).

Rafael Gutiérrez Girardot.

Mediada la década, Horia entra en contacto con el núcleo fundador de la editorial Taurus, el editor de origen argentino Francisco Pérez González (1926) y el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005), y les convence de la necesidad de crear una agencia literaria, y a partir de ahí nace en 1956 A.C.E.R. (Argentina, Colombia, España, Rumanía), centrada en la representación de autores extranjeros y entre cuyos primeros y principales colaboradores se encuentran Miguel Sánchez López (procedente de Editora Nacional e implicado también en la fundación de Taurus y en su exitosa colección humorística El Club de la Sonrisa) y, como corresponsal en Barcelona, Carmen Balcells.

En el ámbito del ensayo, Horia se dio a conocer en la editorial Escélicer con la recopilación Presencia del mito (1956), pero su actividad se amplió a la traducción (sobre todo en la colección ya legendaria Ser y Tiempo, de Taurus) y a la dirección de una colección tan influyente en su época como Omega (de Ediciones Guadarrama), que en 1957 consiguió publicar los tres tomos de la mítica Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser (en traducción de Antonio Tovar y F. P. Varas-Reyes).

Sin embargo, decida trasladarse a París, cuando en 1960 (en plena Guerra Fría) se le concede a su novela Dios ha nacido en el exilio, el Premio Goncourt, galardón al que tuvo que renunciar debido a una intensa campaña encabezada por L´Humanité, que centraba sus críticas en unos poemas de juventud que consideraba antisemitas y en el hecho de haber participado en revistas de la extrema derecha rumana (como, por otra parte, también hicieran Ionesco, Mircea Eliade o Cioran, por poner tres ejemplos célebres). Al parecer, el agregado cultural de la embajada rumana fue quien, tras solicitarle una declaración de adhesión al régimen soviético de Rumanía –a lo que Horia se negó–, se ocupó de divulgar esas pretendidas pruebas de filofascismo, que algunos intelectuales franceses acogieron con entusiasmo.

Vintila Horia.

El hecho es que cuando Horia decide trasladar su residencia a París, inicia gestiones para vender la agencia. Carmen Balcells tuvo que renunciar a comprarla por no disponer de las 100.000 pesetas que pedía por ella, así que finalmente la agencia pasó inicialmente a manos del aristocrático coleccionista y agente francés Marcel Laignoux. Por su parte, Balcells aprovechó su aprendizaje y, con un enfoque distinto, centrado en la representación de autores en lengua española, se lanzó a la aventura de crear una agencia literaria que hoy es una institución histórica y un punto de referencia ineludible al hablar de agencias literarias.

Al cabo de cuatro años en París, Horia se reintegró a su labor académica e intelectual en España, y alternó en el francés y el español en su notable y variadísima producción literaria (Journal d´un paysan du Danube, La septième letre, Literatura y disidencia, Persecutez Boèce, Un sepulcro en el cielo…), además de fundar la revista cultural Futuro presente (41 números entre 1971 y 1978) en la que se publicaron artículos eruditos de Konrad Lorenz, García Durango, Marinetti, Alain de Benoist, etc. Y posteriormente aun contribuiría a la creación de otra revista, Punto y coma (1983-1989), de Isidro-Juan Palacios (vinculado al grupo neonazi CEDADE).

De izda. a dcha., Luis Bollarin, Aurelio Rauta, Vintila Horia, Alexandru Gregorian, Radu Enescu y Mihai Fotin Enescu, en 1983.

Vintila Horia murió víctima de un derrame cerebral en la casa que tenía en Collado Villalba en 1992, dejando tras de sí una extensísima producción literaria que abarca todos los géneros.

Fuentes:

Julia Escobar “Dragones y mazmorras. Algunas quisicosas”, en Silva de varia lección, 28 de mayo de 2000.

María González Rouco, “”Rusos” en la Argentina”, en monografías.com.

Elisa Martín Mayo, Los agentes literarios en España, ISSUU.

“Francisco Pérez González conversa con Federico Ibáñez”, en Felicidad Orquí, ed., Conversaciones con editores en primera persona, Madrid, Siruela, 2007, pp. 65-88.

Rodica Popa, “Vintila Horia y el escándalo del Premio Goncourt”, Radio Romania International, 8 de abril de 2014.

Marta Portal, “Sin palabras”, Abc, 5 de abril de 1992.

Santiago Rivas, “Vintila Horia o el pensamiento detrás de lo visible”, en Abril. Anotaciones de pensamiento y crtítica.

Pueden leerse algunos artículos de prensa escritos por Horia, aquí.