Italo Calvino y Carlos Barral

A Cristina Suárez Toledano,

con los mejores deseos y toda la confianza en su éxito.

Italo Calvino

El 24 de mayo de 1959, desvinculado del Partido Comunista, enfrascado con Elio Vittorini (1908-1966) en el proyecto de revista Il Menabò y habiendo cerrado ya la trilogía Nuestros antepasados con El caballero inexistente, llegaba a Barcelona Italo Calvino (1923-1985) para participar en Formentor, en calidad de representante de Einaudi, en el Primer Coloquio Internacional de Novela organizado por Jaime Salinas (1925-2011) a instancia de Carlos Barral (1928-1989) y gracias a la red de relaciones de Monique Lange (1926-1996). Son muy abundantes los datos e indicios que permiten situar en ese momento el arranque de la actividad de Calvino como propiciador del intercambio entre las culturas de raíz hispánica y la italiana, que tendría continuidad en los encuentros de los tres años siguientes y que se reflejaría en diversas ediciones y en unos cuantos proyectos frustrados. Además de con Barral y Salinas, en estas reuniones Calvino conocería al entorno de lo que se ha llamado la Escuela de Barcelona (Barral, Gil de Biedma, Costafreda, los Goytisolo, Ferrater, Castellet…), pero también a Miguel Delibes, a a Camilo José Cela, a Gabriel Celaya, a Juan García Hortelano, a Jesús López Pacheco o a Carmen Martín Gaite. Sin embargo, en ese momento, en que Calvino estaba empezando a desinteresarse por el neorrealismo por considerar que había fallado en sus objetivos y a explorar nuevas opciones estéticas, pronto le interesó más la novela latinoamericana de autores como Rulfo o Cortázar que la española, que en el contexto de la narrativa occidental podría considerarse epigonal.

En ese momento la literatura latinoamericana estaba siendo divulgada en Italia sobre todo por editoriales como Guanda (que ya en los años cuarenta había demostrado un enorme interés por la literatura hispánica, seguramente por obra y gracia de Oreste Macrì) y en menor medida por Bompiani y Feltrinelli, pero también Einaudi había publicado por ejemplo a Jorge Luis Borges ya en 1955, animado por la recomendación de Gallimard, y resulta indicativo que la primera traducción de esa obra fuera traducida (por Franco Luncentini) a partir de la traducción francesa (firmada por P. Verdevoye y N. Ibarra). De ese mismo 1955 es la publicación de un volumen de la Poesia de Pablo Neruda en traducción de Salvatore Quasimodo (1901-1968), con lo que esa edición, ilustrada por Renatto Guttuso (1911-1987), reúne a dos escritores premiados luego con el Nobel de Literatura.

En cuanto a la literatura española, Francesco Luti subrayó en su tesis que ya en carta de Barral fechada el 14 de junio de 1956 éste recomendaba a Einaudi la traducción al italiano de La colmena, de Cela (desconociendo quizá que el año anterior ya la había traducido Sergio Ponzanelli y publicado Aldo Martella Editore); El Jarama, de Sánchez Ferlosio; El camino, de Delibes, y Duelo en el paraíso, de Juan Goytisolo. Justo el año siguiente aparecía en Einaudi la muy influyente edición en dos volúmenes del Quijote en traducción de Vittorio Bodini (1914-1970) y con las ilustraciones de Honoré Daumier (1808-1879), pero en esos años también la cultura española más reciente tendría una presencia muy notable en los catálogos de Einaudi: el ensayo Gli intellettuali e la guerra di Spagna (1959), de Aldo Garosci; la edición de Elena Croce de los Poeti del Novecento (italiani e stranieri) (1960), que incluía a Alberti, Guillén, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Machado, Unamuno; La familia de Pascual Duarte (1960), traducida por Salvatore Battaglia; Las afueras (1961), de Luis Goytisolo, que en 1958 había obtenido el Premio Biblioteca Breve de Seix & Barral, traducida por Luisa Orioli; Fiesta al noroeste (1961), de Ana María Matute; Tormenta de verano (1962), de Juan García Hortelano y traducida también por Orioli; la muy polémica antología Canti de la nuova Resistenza spagnola (1939-1961) (1962), que tantos problemas acarrearía a Einaudi con las ultraderechas españolas e italianas; La hora del lector (1962), de Josep Maria Castellet: la antología de Bodini de Poeti surrealisti spagnoli (1963); El Jarama (en traducción de Raffaela Solmi) (1963)…

En lo que se refiere a la dirección contraria, en 1956 Barral había presentado a censura dos novelas breves del muy einaudiano Cesare Pavese (1908-1950), Il compagno y La spiaggia, aunque solo del segundo recibió autorización y con mutilaciones muy notables en cuanto a su extensión, de modo que se le añadieron otros textos narrativos breves y se publicó con el título La playa y otros relatos (en traducción de Enrique Sordo). Como se verá, ciertos aspectos de este episodio empezaron a enojar al agente literario de Pavese, que lo era también de Calvino.

La llegada de Calvino a España coincide con el momento en que éste está empezando a dar a conocer en Italia algunos escritores muy barralianos, como Juan Goytisolo, que en 1959 y justo antes del viaje había publicado en Einaudi Fiestas (traducida por Vittorio Bodini), a la que seguirá unos años después La isla. Pero todo parece indicar que la circulación de textos funcionó sobre todo en dirección opuesta, y que fracasó por los problemas organizativos y de comunicación de Seix & Barral y sobre todo de su tormentosa relación con el principal agente de los escritores italianos más pujantes, Erich Linder (1924-1983), quien en 1951 había pasado a dirigir la Agenzia Letteraria Internazionale (ALI), que representaba entre otros muchísimos a Giorgio Bassani, Dino Buzzati, Benedetto Croce, Beppe Fenoglio, Carlo Emilia Gadda, Eugenio Montale, Elsa Morante, Leornardo Sciascia, Italo Svevo o el propio Calvino; de hecho, en ese momento la ALI era la única agencia literaria de importancia internacional en Italia.

En junio de 1960, Barral escribe a Linder expresándole su intención de publicar en su editorial una novela publicada por Einaudi, La ragazza di Bube, con la que Carlo Cassola (1917-1987) acababa de ganar el Premio Strega y cuyos derechos cinematográficos no tardaron en venderse para que Luigi Comencini hiciera una notable película (protagonizada por Claudia Cardinale y Georges Chakiris); a principios del mes siguiente añade el interés por otra novela de Cassola, Fausto e Anna. Ante este perentorio interés, Linder se mueve para satisfacer la intención de Barral de adquirir los derechos mundiales de estas obras en lengua española, lo que supone atajar las posibles aspiraciones de los editores americanos que pudieran tener en estudio o incluso derecho preferencial sobre las obras de Cassola (probablemente se tratara de Sudamericana). En cualquier caso, ya en carta del 20 de julio de 1960 el agente informa a Barral de que los derechos sobre las dos obras que desea están disponibles; y aquí empiezan los problemas con la censura, que hacen que el editor barcelonés renuncie a los derechos y en consecuencia que Cassola vea cómo la aparición en español de su obra más exitosa se retrase. Finalmente, Sara Gallardo tradujo La ragazza y Dolores Sierra El cazador para la bonaerense Sudamericana, que las publicaría en 1963 y 1965, respectivamente.

Dos años después, también es la censura la que obliga a un cambio de planes, y la oferta por La calda vita, de Pier Antonio Quarantotti-Gambini (1910-1965), se sustituye por otra obra del mismo autor (Cavallo di Tripoli), pero, aun siendo comprensivo con los problemas a los que se enfrentaban los editores españoles bajo el franquismo, lo que hizo que Linder perdiera la paciencia fue el modo de trabajar caótico, los errores en los documentos y los retrasos en los pagos de la editorial capitaneada por Barral, y en palabras de Sara Carini, que ha estudiado con detenimiento estas relaciones a partir sobre todo de los epistolarios:

Los pagos empiezan a solicitarse y Linder demuestra ahí toda su firmeza: las cartas se vuelven secas, duras y amenazan con anular todo tipo de contrato si no llega el pago y, en el caso de que no llegue y el libro se publique –algo que ya se había dado con Pavese–, denunciar a los editores por fraude. Finalmente, la cuestión se aplaca, pero estas son quizás las razones por las que a partir de 1963 la agencia de Linder deja de ser tan complaciente con Seix Barral y los problemas empiezan a acumularse en un sinfín que explota, en 1965, en la amenaza de dejar de enviar libros a Seix Barral.

Carlos Barral

No menos engorroso debió de ser el envío del contrato por Teoriche del film de Guido Aristarco (1918-1996) en junio de 1963, y ver cómo a finales de año el editor los devolvía sin firmar y sin aclarar el motivo por el que la censura le había denegado autorización, tras haberlo presentado en dos ocasiones (con los consiguientes retrasos en ver publicado el libro, que no se publicaría hasta 1968, en Lumen, en una edicion ampliada). Las gestiones de quienes representaban a la Agenzia Letteraria Internazionale en España, la recién instalada en Barcelona International Editors (IECO), no obtenían resultados mucho mejores, pese a las constantes reclamaciones de respuestas acerca de manuscritos enviados para su estudio y de pagos pendientes.

Tal como lo resume Sara Carini: «Entre 1965 y 1966 las relaciones empeoran y los problemas son siempre los mismos: censura y dinero». Y llegó un momento en que Calvino se vio en medio del rifirrafe. Ante la negativa de Linder a aceptar la necesidad expresada por Barral de traducir de nuevo obras de Calvino que ya se habían publicado en Argentina con demasiados americanismos para su gusto —El sendero de los nidos de ara­ña (1956) y Las dos mitades del vizconde (1956), en la Editorial Futuro, El barón rampante (1958) en Compañía General Fabril Editora, Entramos en la guerra (1961) en Peuser e Idilios y amores difíciles (1962) en Losada—, en carta del 16 de junio de 1966 Calvino mostró al editor catalán su acuerdo con tal conveniencia, pero adujo la negativa de Linder, tras mostrarle éste los números de sus tratos con Barral, como un problema irresoluble, comprensible y ante el cual nada podía hacer él. Sin duda Calvino, por su amplia experiencia como editor y porque a esas alturas debía de conocer a Barral, debió de comprender con claridad dónde residía el problema, y sabía bien que una de las funciones de una agencia literaria es evitar a los autores —que son sus auténticos clientes— tener que pelearse con los editores por cuestiones de dinero que puedan enturbiar sus relaciones o perjudicar la divulgación de sus obras. Pero es absurdo pensar que un agente literario actuara en contra de los deseos y los intereses de su cliente o tomara sin su consentimiento decisiones que afectaran a su obra, sobre todo cuando se trataba además de un escritor que conocía bien el sector editorial. Aun así, y para complacer en la medida de lo posible a Barral, Calvino obtuvo de Linder el compromiso de que, si en algún momento quedaban libres los derechos de algunos de sus libros (si caducaban y las editoriales americanas no los renovaban), Seix Barral fuera la primera editorial en ser informada de ello. ¿Qué más se podía pedir razonablemente?

Erich Linder

De ahí, entre otros motivos, que resulte tan sorprendente el pasaje en que (confundiendo además la ALI con IECO y, en una nota, al editor Jaime Salinas con el futbolista Julio Salinas) Francesco Luti resume del siguiente modo en Cuadernos Hipsanoamericanos la razón de que en España la obra de Calvino no se publicara regularmente en castellano (sí en catalán, y gracias a Castellet) hasta los años ochenta: «El mayor impedimento estaba cerca del mismo Calvino: fue su propio agente literario, el judío Erich Linder, de International Editors, quien se reveló un hueso demasiado duro de roer para los dientes de Barral, que siempre se arrepentiría de no haber incluido finalmente a Italo en su catálogo».

Fuentes:

Sara Carini, «Censura, economía y literatura: los contactos entre la editorial Seix Barral y Erich Linder», Oggia. Revista Electrónica de Estudios Hispánicos, núm. 28 (2020), pp. 243-258.

Italo Calvino

Monica Ciotti, «Italo Calvino in lingua spagnola. Dall’escordio argentino allá prima edizione castigliana pubblicata in Spagna», Cuadernos de Filologia Italiana, núm. 28 (2021), pp. 363-378.

Ernesto Ferrero, La tribu Einaudi. Retrato de grupo, traducción de Chiara Giordano y Javier Echalescu y prólogo de Manuel Rodríguez Rivero, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 31),  2020.

Francesco Luti, Italia-España, un entramado de relaciones literarias: la «Escuela de Barcelona», Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 2012.

Francesco Luti, «Italo Calvino en España», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 785 (noviembre de 2015), pp. 2-17.

Michel Martino, Calvino editor e ufficio stampa. Dal «Notiziario Einaudi» ai Centopagine, Roma, Oblique Studio, 2012.

Italo Calvino, polígrafo editorial en Einaudi

«Desgraciadamente, el dinero y los libros
pertenecen a dos universos distintos, sin conexión.»

Italo Calvino

Uno de los críticos literarios españoles más importantes del siglo XX, Robert Saladrigas (1940-2018), interpretó la que quizá sea la obra más famosa del escritor italiano Italo Calvino (1923-1985), El barón rampante, como la búsqueda de «la relación justa entre la conciencia individual y el curso de la Historia», y escribe al respecto cuando caracteriza al protagonista de esa subyugante novela:

El barón Cósimo Piovasco de Rondó es cierto que se niega a caminar por tierra como hacen los demás, pero desde las copas vegetales que configuran su atalaya sigue estando con los hombres, los ayuda, los ama, quiere incluso participar activamente en los diferentes proyectos y deberes cívicos que conforman su época, sólo que para hacerlo con suficientes garantías de eficacia es preciso que ante todo preserve su individualidad y la singularice, de lo contrario sabe bien que será inexorablemente arrastrado por las aguas turbulentas de la masificación impuesta y en ellas perderá su identidad.

No parece encajar mal esta postura ética con la del propio Calvino en la sociedad y en la cultura occidental de su tiempo, y a la luz de este posicionamiento su evolución como narrador —desde la adscripción al neorrealismo comprometido de los años cuarenta a la apuesta por la imaginación de los cincuenta y su acercamiento al Oulipo— se revela como de una coherencia impecable.

Tal vez sirva incluso para clarificar algunos aspectos de la vertiente de editor de Italo Calvino en el seno de Einaudi. Como es bien sabido, justo en el momento en que Italia emprendía su reconstrucción tras la segunda guerra mundial, y por intercesión de Cesare Pavese (1908-1950), en 1947 Calvino empezó a colaborar con la editorial cuando Giulio Einaudi le propuso vender libros a plazos (recorría la Liguria en una Fiat Topolino) y a desempeñar tareas organizativas y de promoción con un cargo no reconocido contractualmente de jefe de la oficina de prensa. Como sentencia Ernesto Ferrero en La tribu Einaudi para explicarlo: «No existían grados, ni cargos, ni organigramas […] Las cosas se hacían a mayor gloria de la casa y punto». Al año siguiente Pavese incluía un cuento de Calvino («Dólares y viejas busconas») en el mítico catálogo Einaudi de 1948 (la Antologia Einaudi), en el que Pavese comentaba con pormenor cada uno de los títulos publicados hasta entonces por la editorial, junto con reflexiones de los propios autores. Sin embargo, quizá menos recordado es que el primer contacto que tuvo Calvino con la empresa se había producido en 1942, cuando ésta le rechazó el manuscrito del compendio de cuentos Pazzo io o pazzi gli altri por considerar que carecía de la necesaria unidad y trabazón.

A finales de la década de 1940 Calvino debía compaginar esos primeros trabajos para Einaudi con otras tareas diversas, desde colaboraciones periodísticas y literarias hasta venta de aceite, aun cuando no tardó demasiado (en enero de 1950) en ser contratado con un sueldo de cincuenta mil liras mensuales. Dos años después estaba dirigiendo y escribiendo buena parte del Notiziario Einaudi, una publicación nacida en mayo de 1952 a propuesta del traductor Paolo Serini (1900-1965) cuyo objetivo era mantener informados de los proyectos y tareas de la empresa tanto a periodistas y libreros como al lector en general, mediante un boletín mensual (más adelante trimestral) de entre ocho y doce páginas (que luego pasarían a ser doce o veinticuatro), ilustrado con dibujos y fotografías y que contenía reseñas, comentarios, ensayos breves y entrevistas. Firmaban los textos personajes del calibre del ensayista Franco Antonicelli (1902-1974), el filósofo y politólogo Norberto Bobbio (1909-2004), el germanista y crítico literario Cesare Cases (1920-2005), el traductor Carlo Fruttero (1926-2012), la escritora Natalia Ginzburg (1916-1991), el musicólogo Massimo Mila (1910-1988) o el historiador y traductor Renato Solmi (1927-2015). Hasta entonces sus antecedentes habían sido un poco exitoso Bolletino delle novità  entre 1945 y 1946 y un Bolettino di informazioni culturali de publicación irregular entre 1947 y 1948, pero el nuevo proyecto era bastante más ambicioso y amplio.

Por esas mismas fechas, con el suicidio de su padrino literario (Pavese) aún reciente, en febrero de 1952 había aparecido en la colección creada por Elio Vittorini (1908-1966) Il Gettoni el primer volumen de la trilogía que lanzaría a Calvino a la fama, El conde demediado (que en España no se publicaría hasta 1970, aunque en 1965 ya lo había intentado Seix & Barral), y a partir de ese momento Calvino empezaría a ganar peso en la editorial hasta formalizar por contrato un puesto directivo en 1955. Michel Martino lo considera, si bien con una orientación y una línea propia, el heredero de Pavese, tanto en lo que se refiere a la capitanía del proyecto cultural que encarnaba Einaudi como a la dirección e incluso la asunción del grueso de labores organizativas del día a día en la editorial. Probablemente se refiere a esos años la caracterización que de Calvino como trabajador editorial hace Ferrero en La tribu Einaudi:

El Calvino que trabaja en la calle Biancamano es, al igual que su maestro Pavese, un gran trabajador. […] En su opinión, el sentido de todo está en el trabajo. El trabajo —dice— es aquello que nos hace entrar en comunicación con los demás. Te puedes morir, pero los objetos que has fabricado o producido van a seguir con vida a través del uso que hagan otras personas. El trabajo como cadena de solidaridad humana. Morir no tiene nada de extraordinario, no mientras podamos dejar algo nuestro que sea útil a los demás. […] Trabajar en la editorial le gusta. No es un segundo trabajo como para tantos otros. Decía que le alegraba participar en un trabajo colectivo que estaba dejando su impronta en el rostro general de la cultura italiana, un trabajo que queda, que ha sido decisivo para cambiar el panorama italiano.

En esos años, Calvino intervenía muy decisivamente en el diseño de la programación editorial, redactaba comunicados de prensa y textos publicitarios, informes de lectura, mantenía correspondencia acerca de sus manuscritos con los autores de Einaudi pero también con los aspirantes a tales que mandaban sus textos. En este último sentido, valgan como interesante ejemplo las palabras directas y sinceras que escribe Calvino al escritor y profesor Raul Lunardi (1905-2004) en carta fechada el 6 de octubre de 1954:

…me parece que te has abandonado a una especie de escritura automática en la que has metido todas las expresiones más hinchadas, retóricas o rancias que te venían a la mente sin preocuparte de las repeticiones, incorrecciones sintácticas, ingenuidad y extremas congestiones. Había empezado a anotar en una hoja (que te adjunto) las frases que a mi parecer saltan más a la vista por lo incongruentes o retóricas, pero me detuve al cabo de unas veinte páginas. No creo que sea una cuestión de estilo: creo que la materia del relato es falsa.

Y al lado de juicios de este cariz, contrastan las razonadas y minuciosas recomendaciones, comentarios y enmiendas a textos de auténticos novatos o incipientes aspirantes a escritores. La guía para afrontar todo tipo de propuestas la dejó además muy bien explicada: «Cuando los manuscritos son demasiado largos, únicamente leo lo necesario para identificar tres elementos que me ayudan a establecer si hay o no hay libro: 1) si tiene voz; 2) si tiene estructura; 3) si muestra algo y, a poder ser, algo nuevo.»

Con todo, la fama de Calvino como editor se la debe sobre todo a la redacción de solapas y textos de contra, género en el que Ferrero lo considera «un maestro indiscutible» y que ha justificado incluso que muchas de ellas hayan sido reunidas en volumen: «Siempre encuentra la manera de enmarcar cada libro que presenta —prosigue más adelante Ferrero— en una red más amplia, la de la literatura en su propio hacerse, en una cadena de innumerables anillos en la que todo se mantiene unido o debería estarlo». No es inhabitual que las ediciones de textos traducidos del italiano que en su momento fueron objeto del trabajo de Calvino en Einaudi como autor de solapas incorporen también la traducción de ese texto calviniano (sin ir más lejos, la traducción de Elena del Amo de la novela de Beppe Fenoglio Un asunto privado, en Barataria en 2004).

La sensación vista desde la distancia es que esta dedicación tan comprometida e intensiva, añadida al progresivo éxito de su obra narrativa, acabaron por quemar a Calvino, lo que explicaría que en junio de 1961 decidiera dimitir de su puesto para centrarse en la escritura, si bien siguió muy vinculado a Einaudi como estrecho colaborador incluso cuando, desde 1967, residía en París.

Fuentes:

Italo Calvino, Los libros de los otros. Correspondencia (1947-1981), edición de Giovanni Tesio, traducción de Aurora Bernárdez y nota previa de Carlos Fruttero, Siruela (Biblioteca Italo Calvino 34), 2014.

Ernesto Ferrero, La tribu Einaudi. Retrato de grupo, traducción de Chiara Giordano y Javier Echalescu y prólogo de Manuel Rodríguez Rivero, Madrid, Trama Editorial (Tipos Móviles 31),  2020.

Michel Martino, Calvino editor e ufficio stampa. Dal «Notiziario Einaudi» ai Centopagine, Roma, Oblique Studio, 2012.

Marcel Ortín, «Dos escrits d’Italo Calvino sobre la traducció literaria», Quaderns. Revista de traducció, núm. 8 (2002), pp. 101-105.

Robert Saladrigas, «El novelista que escogió la imaginación», prólogo a Italo Calvino, El barón rampante, Barcelona, Círculo de Lectores (Narradores del Mundo), 1986, pp. I-X.

Las muy tardías traducciones de un clásico indiscutible

Portada de la segunda edición.

Las andanadas que la crítica literaria destinó a la que sin duda es una de las obras más ricas, completas, intensas y vigentes de la literatura española del siglo XIX, La Regenta, situadas en una faja a saber si acaso no resultarían muy efectivas para estimular su lectura. El padre agustino fray Francisco Blanco García (1864-1903), por ejemplo, escribía en su libro de referencia La literatura española del siglo XIX (1892) acerca de la novela de Clarín: “Disforme relato que rebosa de porquerías, vulgaridades y cinismos. Una premiosidad violenta y cansada, digna de cualquier principiante cerril”, a lo que Ramón Martínez Vigil (1840-1904) añadía: “Un libro saturado de escarnio a las prácticas cristianas y de alusiones injuriosas a respetabilísimas personas”.

Con estos antecedentes, se explica perfectamente el escaso eco de la novela y el silencio internacional, aun cuando hay noticias dispersas, de puño y letra del propio Leopoldo Alas, acerca de unas posibles traducciones al francés para publicarla seriada en Gil Blas y La Justice de Clemenceau y una alusión aún más sospechosa a una traducción al inglés en Boston. En cualquier caso, las traducciones tardaron muchísimo en producirse, y es muy probable que mucho tuviera que ver en ello la censura franquista y su postura ante La Regenta.

Si bien la primera edición que se autorizó durante el franquismo, en un volumen lujoso y a un alto precio –que la apartaba del alcance del lector medio– es de 1946, lo cierto es que no es hasta su aparición en la muy popular colección Libro de Bolsillo de Alianza Editorial (1966) que la obra se convierte en una de las novelas más famosas del siglo XIX. Y aun así, la primera traducción importante no aparece hasta 1958, firmada y prologada por Falviarrosa Nicoletta Rossini, pero publicada en una empresa de difusión muy limitada, la Unione Tipografico Editore Torino.

Es evidente que traducir una obra tan extensa tiene unos costes elevados, pero no es descabellado pensar que una de las funciones de las muy diversas instituciones estatales encargadas de velar por la cultura española bien podrían haberse ofrecido para contribuir a sufragar la traducción de una obra tan señera de las letras españolas.

Joan Llimona.

Más todavía tardó en llegar la versión al alemán, de la mano de Egon Hartman, acompañada de un postfacio de F.R. Fries y publicada bajo el sello de Burchverlag der Morgen en 1971. Cuando finalmente se llevó a cabo la traducción al inglés se cumplía exactamente un siglo desde la barcelonesa empresa de Luis Cotezo y Compañía había publicado la primera edición en dos volúmenes, con una ilustraciones del pintor modernista Joan Llimona i Bruguera (1860-1926) y grabados del también pintor Simó Gómez Polo (1845-1880), ambos formados en La Llotja (la Escola d´Arts i Oficis i Belles Arts de Barcelona). La segunda edición de La Regenta, en la madrileña Fernando Fe y sin ilustraciones pero con el célebre prólogo de Benito Pérez Galdós, no se publicaría hasta el año 1900.

Acerca de esta traducción al inglés, publicada por Penguin en 1984, ha explicado su autor (que por entonces no tenía ninguna experiencia como tal):

Dio la casualidad de que en aquellos momentos la editorial Penguin estaba planteándose la necesidad de llevar al inglés una obra capital para la literatura como es La Regenta, que hasta entonces era prácticamente desconocida para el público británico porque no existía una edición en su idioma. Y como en aquella época yo estaba empezando a publicar artículos sobre la obra, se pusieron en contacto conmigo y me hablaron de la posibilidad de encargarme a mí la traducción de La Regenta. No tuve que pensarlo mucho: me parecía maravilloso tener la oportunidad de traducir una novela de esa categoría. Ahora creo que fue una decisión muy atrevida, casi temeraria.

Es posible, pero el caso es que el traductor y autor de las notas y el prólogo a esta edición de de La Regenta, John D. Rutherford (n. 1941), lo sería años después de una del Quijote (Penguin Classics, 2000, y corregida en 2003), si bien estas dos son las únicas traducciones que figuran el currículum de este profesor universitario.

Leopoldo Alas (1852-1901).

Un poco posterior al centenario de la primera edición española lo es la primera al francés, una obra colectiva dirigida y prologada por el prestigioso hispanista Yvan Lissorgues (n. 1931) y en la que participaron A. Belot, C. Bleton, Jean-François Botrel y R. Jammes. La publicó Fayard en 1987 en un solo volumen de 735 páginas.

Dos años después, en 1987, aparecía una versión italiana más famosa, la publicada en Einaudi precedida de un estudio introductorio del conocido hispanista Dario Puccini (1921-1997), que reproducía la traducción anterior y que fue reimpresa en numerosas ocasiones a en los años finales del siglo XX.

E. Hodousek.

Prueba de las dificultades que ha supuesto a veces la traducción de esta obra son los dos años que le tuvo que dedicar el hispanista checo Eduard Hodousek (1921-2004), que tardó además otros dos en poder verla publicada (en 2002). Pese a sus reputadas traducciones de La Celestina, Quevedo, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, García Márquez o Carlos Fuentes, fue precisamente por esta versión de La Regenta al checo, la última que vio en forma de libro, que fue galardonado con el premio que en la República Checa consagra a los grandes traductores, el J. Jungmann. En el año 2001 Hodousek dictó una conferencia en un simposio sobre la obra literaria de Clarín en la Universidad Carolina de Praga con un título muy sugerente, “La edición de La Regenta en checo. Historia, problemas y características de la traducción del texto”, que no me consta que se haya publicado pero promete ser interesante.

Con posterioridad a esta, en Penguin Classics ha aparecido en 2005 una versión corregida de la traducción de Rutherford, pero este inmenso retraso en la difusión internacional de una obra como La Regenta, y dejando a un lado los evidentes costes de traducción que supone la obra magna de Clarín, es muy probable que no se hubieran producido si, por un lado, hubiera tenido en España una circulación normal ajena a la censura y, por otra, si hubiera recibido el apoyo que en justicia le corresponde por parte de las instituciones culturales, aun cuando ya se entiende que siempre es más rentable económicamente apoyar a un autor que sigue percibiendo regalías que a otro que no. Aunque la pregunta, en tal caso, es cuál de los dos hace más por el prestigio internacional de una literatura y de una cultura. O dicho en otras palabras, si la cultura española está mejor representada por los novelistas vivos que se han beneficiado de estas ayudas o por don Leopoldo Alas.

Fuentes:

Antonio Fernández Insuela, «Algunos datos sobre la fortuna editorial de Clarín entre 1947 y 1981», en Jean François Botrel, Clarín y La regenta en su tiempo. Actas del Simposio Internacional, Universidad de Oviedo, 1987.

Bruguera, 1981, otra de las ediciones que más contribuyeron a divulgar La Regenta.

Carmen Servén Díez, “La Regenta frente a la censura franquista”,  en María del Pilar García Pinacho e Isabel Pérez Cuenca, eds., Clarín, espejo de una época. Actas del Congreso Internacional celebrado en 2001 en la Universidad San Pablo-CEU.

Juan Goytisolo, “La Regenta en Europa”, El País, 29 de enero de 1989.

Marta Rivera de la Cruz, “John Rutherford: De La regenta al Quijote”, Espéculo, núm 4 (noviembre de 1996-febrero de 1997).

María José Tintoré, La Regenta de Clarín y la crítica de su tiempo, prólogo de Antonio Vilanova, Barcelona, Lumen (Palabra Crítica 1), 1987.