El trazo del impresor y editor Gabriel García Maroto

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Gabriel García Maroto.

Es posible que fuese la cantidad, amplitud y diversidad de intereses lo que hiciera que Gabriel García Maroto (1889-1969) no desarrollara una carrera más importante como editor, pero le bastaron unos meses de dedicación a tales menesteres para ganarse un puesto en la historia de la literatura española, encuadrado además en lo que comúnmente conocemos como la generación del 27, con la que se relacionó profusamente en los años veinte.

El tesón que puso ya desde muy joven en La Solana (Ciudad Real) en intentar convertirse en pintor da fe de la firmeza de esta vocación y de su apasionada dedicación al arte pictórico. Sólo al tercer intento, después de suspender en junio de 1908 y junio de 1909, consiguió ingresar en la madrileña Escuela Especial de San Fernando (nombre por entonces de la Academia de Bellas Artes San Fernando), y tanto su participación en exposiciones colectivas como sus primeras incursiones en el periodismo (La Tarde, El País, Vida Manchega) hacían ya pensar que ese sería su camino, acaso con algunos paréntesis para la poesía de raíz modernista. Sin embargo, al regreso de un viaje por Italia, Francia, Bélgica y Holanda, consecuencia de haber obtenido una bolsa de viaje como premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes, en 1921 estableció una imprenta en la calle Alcántara (números 9-11) que enseguida despertó la atención del poeta y editor Juan Ramón Jiménez (1881-1958).

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Juan Ramón Jiménez.

Los tres primeros números de la juanramoniana revista Índice, en la que aparecieron los grandes nombres del momento, de Díez-Canedo a Bergamín, de Ortega y Gasset a Salinas y de Moreno Villa a Federico García Lorca, debiera haber sido un espaldarazo para esta incipiente Imprenta Maroto, profundamente marcada por los orígenes y el carácter autodidacta de su fundador, aunque también es de suponer que su personalidad y gustos chocaran, ya con motivo del tercer número, con los del poeta de Moguer. En Imprenta Moderna Andrés Trapiello hace de García Maroto una caracterización significativa en este sentido:

La mayor parte de los libros que salieron de sus manos seguían teniendo un apresto pueblerino (mal papel, diseño tradicional, tipos convencionales), sus viñetas y sus capitulares, y personalísimas caligrafías, le dieron un aire verbenero muy de esos años. Todo lo que hizo acaba teniendo un aire proletario de almanaque popular, y supo buscar para la imprenta un término medio que combinara los tiovivos y los sombríos humeros de las fábricas.

En cambio, a tenor de este carácter, a nadie extraña que estableciera buena amistad con Federico García Lorca y que tuviera una responsabilidad importante no sólo en cómo se publicó su primer libro, Libro de poemas (1921), sino incluso en el hecho mismo de que el poeta granadino se decidiera a darlo a imprenta. Hasta qué punto es responsabilidad de García Maroto la selección, ordenación y disposición de los poemas de este libro lorquiano sigue siendo objeto de controversia y parece muy difícil de esclarecer, del mismo modo que siguen abiertas las dudas acerca de la autoría de las «Palabras de justificación» con que se abre este volumen con que Lorca se dio a conocer en junio de 1921.

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Además de esa excelente revista y este libro liminar, que parecen situar la imprenta de García Maroto en un momento inicial de un movimiento literario de enorme repercusión, también en 1921 salen de esas prensas el librito (12 cm) del poeta peruano Luis de la Jara Espigas, que en cierta medida es indicativo del momento cultural, por dejar atrás el rubendarianismo para adentrarse en el ultraísmo. Del mismo año es otro volumen que pone de manifiesto la proximidad de García Maroto a la literatura y los creadores americanos, el libro de Oscar Vladislaw de Lubicz-Milosz Poemas, en traducción del escritor chileno Augusto d´Halmar (1882-1950), que Julio Francisco Neira Jiménez describe como «un volumen en octavo, de tamaño por completo inadecuado, pues la mucha longitud de los versos hace que deban volver a la otra línea casi todos, lo que afea la página y hace la lectura muy incómoda».

Antes de acabar 1921 García Maroto organizó una Primera Exposición de Pinturas, entre cuyos participantes se encontraban también su amigo Lorca y el dibujante y pintor de origen uruguayo Rafael Barradas (1890-1929), en lo que sin duda es una primera tentativa de la que años más tarde, en colaboración con Guillermo de Torre y Manuel Abril, sería la ambiciosa Primera Exposición de Artistas Ibéricos (1925), que tanta incidencia tuvo en el reconocimiento de artistas como José Moreno Villa (1887-1955), Benjamín Palencia (1894-1980) o Salvador Dalí. Sin embargo, a finales de 1921 reemprendía su sino viajero, en esa ocasión en compañía del diputado socialista Fernando de los Ríos (1879-1949) y del periodista Julio Álvarez del Vayo (1891-1975) a Berlín, para, entre otras cosas, ponerse al día en cuestiones de tipografía, mientras la imprenta Maroto quedaba a cargo de su hermano Santiago.

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Su fama como pintor e ilustrador (entre otras, para las famosas Revista de Occicente y La Gaceta Literaria) iba en aumento, pero eso no le impidió ocuparse del librito no venal de José María de Hinojosa (1904-1936) Poema del campo, que apareció ya en 1925 con una imagen de cubierta obra de Salvador Dalí (1904-1989). Aun así, la siguiente empresa en la que se embarcó, más ambiciosa, no se hizo realidad hasta 1927, probablemente debido a sus actividades en el ámbito del arte.

Su personalidad como tipógrafo –escribe Trapiello– viene condicionada por su personalidad de pintor, ya que las tipografías que usará son de su invención y, rasgo característico suyo, dibujadas. No se trata de tipos móviles o cubiertas compuestas, sino… dibujadas por él. Lo hizo en muchos de estos libros personales y lo hizo en la editorial que fundó, Biblos, en la que se publicaron algunos libros de clara tendencia revolucionaria y que fue sin duda su más característica y conseguida empresa.

La salida a la palestra de esta editorial casi coincide con el viaje que García Maroto emprendió en enero de 1928 a Estados Unidos, Cuba y México, donde se estableció hasta 1934 y donde, como señala Marina Garone, tuvo una importante participación en los movimientos de vanguardia y en la fundación de la revista Los Contemporáneos, cuya cabecera se le atribuyeEdiciones Biblos nace de la confluencia de García Maroto con el traductor comunista Ángel Pumarega García, que había sido corrector en Revista de Occidente, y el también traductor Carlos Pellicena Camacho, que actuó como administrador, y mientras que Pumarega se ocupaba del grueso de las traducciones, García Maroto era el principal ilustrador y se ocupó de la dirección de las colecciones Imagen (dedicada a la novela y donde publicó Los de abajo, de Mariano Azuela, y La caballería roja, de Isaac Babel, entre otras), Clásicos Modernos (que se estrena con Barbas de estopa, de Dostoievski), y las colecciones de ensayo Idea y Mosaico.

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En esta misma editorial publica García Maroto el que está considerado como uno de sus mejores libros, 1930. La Nueva España. Resumen de la vida artística española desde el año 1927 hasta hoy (1927), que incorpora casi un centenar de grabados, así como Andalucía vista por el pintor Maroro. 105 dibujos y 25 glosas y 65 dibujos, grabados y pinturas, con una autocrítica y diferentes opiniones acerca de este autor, también aparecidos ambos en 1927. Buena parte de la labor emprendida por Ediciones Biblios la heredaría luego las Ediciones Jasón, enmarcadas en el conglomerado de editoriales Central de Ediciones y Publicaciones (auspiciada por el Komintern).

Simultáneamente, aún en 1927, García Maroto pone en marcha por su cuenta y riesgo una editorial Biblioteca de Acción, en la que publica, impresa lógicamente en sus talleres, Un pueblo en Mallorca, España mágica, Jesús entre nosotros y un Almanaque de las artes y las letras para 1928 o, estando ya él en América, Veinte dibujos mexicanos, precedidos de un prólogo del diplomático y escritor mexicano Jaime Torres Bodet (1902-1974).

García Maroto ya no regresaría a España hasta la primavera de 1934, y ese mismo año fundó Imagen. La Casa Escuela del Sordomudo, para la que de inmediato creó también una editorial (Biblioteca Imagen). Al mismo tiempo fue implicándose en la política cultural republicana, participando en la remodelación de la Escuela de Bellas Artes y trabajó en los proyectos de reforma de las Exposiciones Nacionales y de la Dirección General de Bellas Artes, actividades que se intensificaron a raíz del inicio de la guerra civil, en que se implica en la Alianza de Artistas Antifascistas y sirve como subcomisario general de Propaganda (a las órdenes directas de Álvarez del Vayo).

Al concluir la guerra se instaló definitivamente en México, donde desarrolló el grueso de su enorme actividad como pedagogo autodidacta, especializado en la enseñanza a sordomudos, alternando esta actividad con colaboraciones como dibujante y ocasionales exposiciones de pintura.

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De izquierda a derecha: Dalí, Moreno Villa, Buñuel, Lorca y José Antonio Rubio en los años veinte.

Fuentes:

Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón, dir., Diccionario biográfico español, vol. XXII, Madrid, Academia de la Historia, 2011.

Jaime Brihuega, «Gabriel García Maroto y La Nueva España 1930 que los españoles leyeron en 1927», Cuadernos de Estudios Manchegos, núm. 19 (1989), p. 263-276.

Gustavo Bueno Sánchez, «Ediciones Biblos, 1927-1928», filosofía.org.

Miguel Cabañas Bravo, «De La Mancha a México: la singular andanza de los artistas republicanos Gabriel García Maroto y Miguel Prieto», Migraciones y Exilios, núm (2005), pp. 43-64.

maroto-contemporaneosMarina Garone, «El trazo de los pinceles. El dibujo de la letra en el diseño gráfico mexicano de la primera mitad del siglo XX», Monográfico.org. Revista Temática de Diseño, junio de 2012.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras (poesía española contemporánea), Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Aurora M. Ocampo, Diccionario de Escritores Mexicanos. Siglo XX. Desde las generaciones del Ateneo y Novelistas de la Revolución hasta nuestros días, vol. III, México D.F., Centro de Estudios Literarios de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1993.

Andrés Trapiello, Imprenta Moderna.. Tipografía y literatura en España, 1874-2005, València, Campgràfic, 2006.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.

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Juan Ramón Jiménez y la osadía de la juventud

Los cuatro números que aparecieron de una revista tan fascinante como lo fue Índice (1921-1922) constituyen por sí solos una espléndida panorámica de la poesía española de los apenas dos años que duró esta empresa. Fundada por el exquisito poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), cuya vertiente como esmerado editor quedó ensombrecida por su brillo como escritor, en sus páginas pueden encontrarse autores de diferentes generaciones, consecuente con la declaración que aparece ya en la última página del número inicial:

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Juan Ramón Jiménez.

Índice no es revista de «grupo». Sus redactores son escritores y artistas de las más distintas tendencias, españoles e hispanoamericanos, unidos sólo por el interés común de la exaltación del espíritu y por el gusto de las cosas bellas. En sus páginas, cabrá todo lo que signifique «vida», desde lo más acrisolado hasta lo más nuevo, desde lo más llano hasta lo más insigne, desde lo más oculto hasta lo más abierto; y su aspiración es llegar a definir y deslindar, del modo más completo y perfecto posible –con un criterio amplísimo y estrechísimo a un tiempo–, la calidad más noble del genio español e hispanoamericano.

Basta una mirada a la tabla de contenidos del primer número para corroborar esta intención intergeneracional: Azorín (1873-1967), Enrique Díez-Canedo (1879-1944), Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset (1883-1955), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Moreno Villa (1887-1955), Corpus Barga (1887-1975), Gabriel García Maroto (1889-1969), Adolfo Salazar (1890-1958), Pedro Salinas (1891-1951), y en ya en el segundo número, aparecido también en 1921, se añaden los nombres de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Jorge Guillén (1893-1984), Antonio Espina (1894-1972), José Bergamín (1895-1983), Federico García Lorca (1889-1936)…

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Federico Garcia Lorca.

Los tres primeros números de esta revista salieron de la imprenta de un personaje clave de esos años ya mencionado, Gabriel García Maroto, «ese gran tipo humano, poeta, crítico, pintor, impresor, que a la sazón tenía una imprenta en Madrid», en palabras del intelectual granadino José Mora Guarnido. En junio de ese mismo año 1921 García Maroto se ocupó, corriendo él mismo con los gastos, de otra de las ediciones importantes de esa etapa de la literatura española, el poemario con el que se dio a conocer García Lorca (Libro de poemas), y según ciertas versiones se ocupó incluso, a la vista de la tardanza del autor y para evitar recompaginar el libro, de escribir las palabras preliminares a modo de prólogo («Palabras de justifiación»). El cuarto número de Índice, cuya novedad más importante es la impresión a dos tintas, se elaboró ya en los Talleres Poligráficos, en los que Juan Ramón haría imprimir algunos de sus libros en esos principios de los años veinte (Poemas y Belleza, por ejemplo). Se sabe de un quinto número de Índice, cuyo sumario se incluyó en el quinto del que incluso se corrigieron pruebas pero nunca llegó a publicarse. La distribución corrió a cargo de la editorial La Lectura, que en 1914 le había publicado a Juan Ramón Platero y yo.

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Gabriel García Maroto.

Tan interesante o más que la revista fueron los seis volúmenes que en 1923 auspició la revista, en una Biblioteca Índice en la que aparecieron, en orden de numeración, la segunda edición de Visión de Anahuác, de Alfonso Reyes; El cohete y la estrella, de José Bergamín, precedida de una «caricatura lírica» de Juan Ramón; la Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora, en edición de Alfonso Reyes; Signario (versos), de Antonio Espina; Niños, de Benjamín Palencia, ilustrada con una silueta del autor obra de Juan Ramón Jiménez; y  el primer libro de poemas de Pedro Salinas, Presagios (con un texto preliminar de Juan Ramón Jiménez) que, como se encargó de esclarecer Raquel Sánchez, fue objeto de una cierta polémica, porque desde el tercer número se ocupó tanto de la impresión como de la distribución la Librería y Editorial Rivadeneyra:

la distribución de estas obras corrió a cargo de la ya mencionada Librería y Editorial Rivadeneyra, la cual acabó en pleitos con el poeta [Juan Ramón Jiménez] por la negativa de la editorial a encargarse en firme de 400 ejemplares del libro de Pedro Salinas Presagios. La resolución del litigio tuvo lugar en mayo de 1925 y liberó de sus compromisos a ambas partes, obligándoles a pagar las costas del juicio a medias.

Presagios1Ha sido motivo de muchas confusiones el hecho de que el libro de Salinas apareciera con el número 7, pues el hecho de que el sexto, Cartas y versos a Juan Ramón, de Rubén Darío, no llegara a publicarse, ha dado pie a que, entre otras cosas, a que en ocasiones se considerara ésta una colección formada por siete títulos. A través del epistolario entre Alfonso Reyes y Julio Torri es posible saber además que el primero le pidió con insistencia a Torri un conjunto de material suficiente para componer un octavo número de la colección, advirtiéndole en carta fechada en Madrid el 6 de julio: «Todos me dicen bien de ti, pero tú no mandas el original de un libro tuyo, inédito y perfecto, para la Biblioteca Índice de Juan Ramón, más trescientas pesetas que te tocaría costear más o menos».

De la estructuración de Presagios, que incluía –con algunas variantes– dos sonetos aparecidos previamente en Los lunes del Imparcial y dos poemas en verso libre publicados en las páginas de la revista España, se ocupó también Juan Ramón Jiménez, haciendo buena la fama de que goza de haber sido un editor total, meticuloso, responsable tanto de los originales que publicaba como del papel sobre el que se imprimían sus textos, así como de todos los detalles intermedios y posteriores. Aun así, en carta al autor el poeta de Moguer le informa a toro pasado de los cambios que ha introducido, a partir de la cincuentena inicial de poemas que Salinas le había entregado: «Deseo que le guste a usted el orden en que he puesto las poesías, y, antes, mi selección. Verá que he copiado una poesía de las desechadas por usted, y que he separado, en cambio, una de las otras». Y en su libro de memorias La arboleda perdida Rafael Alberti dejó constancia de una escena que pone de manifiesto también que el editor de Moguer se tomaba las cuestiones editoriales casi como cuestiones personales:

Aquella tarde, con un ejemplar de Signario en la mano, protestaba el poeta de sus imperfecciones tipográficas. Había encontrado erratas, letras sucias, renglones caídos, y todo esto iba a quitarle el sueño.

–También –nos dijo– en la edición de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, preparada por Alfonso Reyes, se le han escapado a éste otras horribles erratas: en vez de corona dice corna; en vez de entre, enter, etc. España ha perdido su gran tradición tipográfica. Fíjense en este libro inglés –nos mostró uno, moderno, de Keats–. ¡Qué finura, qué gracia, qué delicadeza! Quisiera conseguir para la Biblioteca Índice lo mismo, pero, por lo visto, esto aquí es imposible.

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De izquierda a derecha: Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y el historiador José Antonio Rubio Sacristán.

Además, la influencia de Juan Ramón en las iniciativas editoriales que llevaron a cabo tanto Bergamín como Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, entre otros, es palmaria y no admite mucha discusión. Por todo ello, resulta más lamentable que, después de haberse convertido en uno de sus principales referentes, en uno de sus más importantes valedores, en el editor en el sentido más fuerte del término de muchos de ellos, Juan Ramón Jiménez acabara enzarzado en una polémica con la mayoría de miembros de la generación del 27, que salpicó también a su relación con Pedro Salinas, quien, incluso en el ámbito creativo, tanto debía a la obra literaria del poeta de Moguer. También es cierto que muchos de ellos a posteriori reconocieron –hasta cierto punto– lo injusto de ese trato, como es el caso de Rafael Alberti en sus memorias, pero meterse con Juan Ramón se convirtió en poco menos que un deporte y en un signo de juventud y de vanguardismo, a rebufo de la famosa carta que le mandaron Buñuel y Dalí informándole de que su obra les repugnaba «profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria». A nadie escapaba la proximidad entre Buñuel y Dalí y los miembros de la generación del 27 (y ninguno de ellos salió en defensa del poeta moguereño). La espoleta de la sucesión de rupturas posteriores fue al parecer la respuesta de Juan Ramón declinando la invitación a participar en el homenaje a Góngora alegando: «El carácter y la extensión que Gerardo Diego pretende dar a este asunto de la Revista de Desoriente, me quitan las ganas de entrar en él. Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas provincianas». La réplica de Gerardo Diego no se hizo esperar, y de inmediato la polémica se convirtió en poco menos que un «todos contra uno».

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Pedro Salinas (a la izquierda de la imagen) a su llegada a Santo Domingo.

La verdad es que los motivos claros de aquellas peleas –asegura Alberti– siguen siendo para mí completamente oscuros. Es un secreto que Juan Ramón se llevó con su muerte. […] ¿Cómo explicar que con José Bergamín, exaltador hasta la hipérbole de la obra del poeta y a quien considerábamos una especie de secretario permanente suyo, se peleara, y al final de manera definitiva, porque, según él, puntuaba mal, debiendo limitarse solamente a sus aforismos, dejando a un lado la prosa larga, para la que –afirmaba rotundo– no servía? ¿Pues y con personas tan excelentes como Salinas y Guillén, alabadísimos poetas al principio y motejados luego de «retóricos blancos», de ingenieros –o algo parecido–, máximo insulto este a su gran poesía de perfiles precisos, sostenidos sobre cimientos, como la de Guillén sobre todo?

Convendría añadir que si en 1932 Juan Ramón retiró sus poemas de la segunda edición de la influyente Antología de Gerardo Diego con un ya célebre «Quedan hoy retirados poemas y amistad», ello fue precedido de durísimas palabras de Bergamín, en un artículo sobre Salinas, acerca de la obra de quien fuera su mentor y editor («amoralismo esteticista», «falsa e inhumana», «agonizante y espectacular»…), y, por cierto, no hay motivo para suponer que Alberti no estuviera al corriente de todo ello.

Parafraseando el célebre título de un magnífico libro de Mario Muchnik, quizá sea cierto que lo peor no son los autores; tal vez lo sean los autores metidos a editores…

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Tres representantes de la generación del 27. De izquierda a derecha: Dámaso Alonso, Max Aub y Jorge Guillén.

Fuentes:

Rafael Alberti, La arboleda perdida, Barcelona, Bruguera (EL Libro Amigo 1502), 1984.

Francisco Fuster García, «Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881- San Juan, Puerto Rico, 1958)», semblanza en el portal EDI-RED.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Raquel Sánchez García, «Juan Ramón Jiménez y el mercado editorial», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, núm. 21 (2003), pp. 301-308.

Gregorio Torres Nebrera, «Presencia de Juan Ramón Jiménez en la poesía de Pedro Salinas», en Actas del Congreso Internacional Conmemorativo del Centenario de Juan Ramón Jiménez. Tomo II, Huelva, Diputación Provincial de Huelva, Instituto de Estudios Onubenses, 1983, pp. 569-580.

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I Zaïtzeff, México, Universidad Nacional Autónoma de México (Nueva Biblioteca Mexicana 108), 1995.

James Valender, «García Maroto y el Libro de poemas de García Lorca», Nueva Revista de Filología Hispánica, vol. 4, núm 1 (1996), pp. 156-165.

La imprenta que alumbró a una generación de poetas

Ninguna edición de lujo, nada de príncipes ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y más sencilla. Perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad.

Juan Ramon Jiménez (1881-1958), Ideolojía

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Juan Ramíón Jiménez (1881-1958).

El magisterio del ideario y la práctica en el diseño de libros de Juan Ramón Jiménez sobre los principales impresores y editores de la generación del 27 está fuera de toda duda, y basta para ello dar una mirada a algunas de las principales revistas del poeta de Moguer de los años veinte (Índice, Sí, Ley) y confrontarlas con los libros y sobre todo con las revistas que aglutinaron a Manuel Altolaguirre, Max Aub, Jorge Guillén, Benjamín Palencia, Emilio Prados, Pedro Salinas, etc.

La importancia concedida por Juan Ramón a los vínculos entre el poema y su disposición en la página, la atención a los blancos, a la respiración, al equilibrio y la proporción, al papel (ahuesado y marfil, con peso), la preferencia por los formatos reducidos, manejables, las portadas limpias y elegantes o el respeto a los preceptos establecidos por Giambattista Bodoni (1740-1813) en su Manuale tipográfico son seguramente, junto a la preferencia por la Elzeviriana romana y la Bodoni (en menor medida Baskerville y Normanda), el legado que asumieron los tipógrafos más importantes de la generación del 27.

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Sin embargo, a Jiménez bien puede añadirse –empleando el mismo sistema de contrastar ejemplares– el modelo de las Éditions de La Sirène, creadas en 1917 por el empresario cinematográfico Paul Lafitte (1864-1949) y dirigidas entre 1920 y 1922 por el crítico de arte Félix Féneon (1861-1944), con el editor Bertrand Guéguan (1892-1943) como director artístico y el prestigioso tipógrafo, historiador e impresor Marius Audin (1872-1951) como responsable de la impresión. A su alrededor atrajeron a colaboradores de la talla de los grabadores Marcel Roux, Pierre Combet-Descombes y a artistas como Fernand Léger, Pablo Picasso, André Lothe o Jean Cocteau entre otros, y publicaron obras de Blaise Cendrars, Apollinaire y Jean Epstein, si bien su mayor éxito comercial fue la traducción de Théo Varlet al francés de Three Man in a boat, del humorista inglés Jérome K. Jérome.

Alrededor de la revista Litoral, por su parte, se aglutinó un grupo de escritores que, en palabras de José Carlos Mainer, «asumieron con entusiasmo alborozado su condición de minoría literaria y su forma de expresión predilecta fueron las pequeñas revistas poéticas de breve tirada y cuidadosa tipografía». El origen de Litoral, una revista estrictamente poética (sin reseñas, noticias ni ensayos) e ilustrada, está estrechamente vinculado a la compra, por parte del padre de Emilio Prados, de una imprenta que tras un breve paso por la calle Tomás Heredia pasó a instalarse en el número 12 de la calle San Lorenzo con el nombre de Imprenta Sur, que junto con la madrileña Residencia de Estudiantes quizá sea uno de los espacios más míticos en relación a la pléyade de poetas que surgieron por esos años en España. Al frente del proyecto estaba con Prados (1899-1962) el también malagueño Manuel Altolaguirre (1905-1959), con un joven maquinista (y más tarde maestro impresor) José Andrade Martín y una Minerva Monopol de doble fondo alemana, y como regente Antonio Chávez.

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Al abordar la Imprenta Sur es inevitable reproducir, ni que sea fragmentariamente, el retrato que de ella hizo en 1939 el propio Altolaguirre en «Vida y poesía: cuatro poetas íntimos [Prados, Cernuda, Aleixandre y Concha Méndez]»:

Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marítimas, cajas de galletas y vino para los naufragios. Era una imprenta llena de aprendices, uno manco, aprendices como grumetes, que llenaban de alegría el pequeño taller, que tenía flores, cuadros de Picasso, música de don Manuel de Falla, libros de Juan Ramón Jiménez en los estantes. Imprenta alegre como un circo y peligrosa para mí cuando Emilio Prados, tirador seguro, dibujaba mi silueta en la pared con unos punzones. […] Son recuerdos prosaicos. Pero la imprenta era un verdadero rincón de poesía. Con muy pocas máquinas, con muchos sillones, con más conversación que trabajo, casi siempre desinteresado, artístico, porque Emilio era y es el hombre más generoso del mundo.

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Altolaguirre y Prados.

En mayo de 1925, Prados y Altolaguirre ya tenían el primer número de Litoral a punto, pero, para desesperación de sus bisoños colaboradores, se producirían algunos retrasos, debidos en buena medida a su intención de incorporar al primer número a Juan Ramón Jiménez, a quien sin duda buscarían como mentor de la revista tanto por afinidad estética como por ser un nombre asentado y prestigioso en el panorama poético. De octubre de 1925 es tanto la visita que les hace Juan Ramón como una carta que el día 2 manda el librero León Sánchez Cuesta al poeta de Moguer diciéndole: «De Málaga me envía Emilio Prados los boletines de suscripción para Litoral. Parece que va a ser una revista bastante agradable, que aspira a tener la perfección tipográfica que usted ha enseñado a todos a buscar».

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Dibujo de portada de Benjamín Palencia, fechado en Madrid en 1926.

Sin embargo, la primera edición importante llevada a cabo en la Imprenta Sur quizá sea el libro de Emilio Prados Tiempo. Veinte poemas en verso, que aparece con un colofón del 31 de diciembre de 1925, cifra que figura también como pie de imprenta, y de poco después es Adán y Eva, el libro de relatos humorísticos con el que se estrenaba Edgar Neville (1899-1967).

Aún como anuncio de la revista, publican en otoño de 1926 Canciones del farero, de Prados, al que seguirán Las islas invitadas y otros poemas, de Altolaguirre, y ya en noviembre y presentado como segundo suplemento de Litoral, el poemario La amante, de Alberti, quien ha escrito acerca de los artífices de Sur: «Eran los héroes solitarios de la imprenta. De aquel minúsculo taller salían, compuestas pacientemente a mano y letra a letra, las páginas más limpias de toda la lírica de entonces».

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De noviembre y diciembre de 1926 son los primeros números de la revista, y suponen ya una nómina bastante ilustrativa y amplia de lo que se conocerá como generación del 27 (Alberti, Altolaguirre, Bergamín, Cernuda, Guillén, Lorca, Prados…), pero sobre todo da pie a un intento de lograr convertirse en impresores de las muy exquisitas revistas de Juan Ramón, quien a través de Sánchez Cuesta les encarga un presupuesto, y lo mismo hace Dámaso Alonso, que por aquel entonces estaba preparando con Pedro Salinas la colección Primavera y Flor para la editorial Signo (y donde publicarían, ya en 1936, ediciones anotadas de la poesía completa de Luis Carrillo de Sotomayor, El lazarillo o una selección de entremeses de Cervantes, entre otras).

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Federico García Lorca (1898-1936).

Paralelamente, y con una cadencia que no se parece en nada a la anunciada, en la Imprenta Sur van publicándose también, en forma de libro, los llamados suplementos de Litoral. El presentado como primero es sin embargo el quinto en aparecer (en septiembre de 1927), Canciones 1921-1924 de Federico García Lorca, y tal vez ello tenga algo que ver con el tremendo enfado que tuvo el poeta granadino al ver las múltiples erratas con que habían aparecido sus poemas («San Miguel», «Prendimiento de Antoñito el Camborio» y  «Preciosa en el aire») en el primer número de la revista. Las numerosas erratas fueron una lacra que siempre persiguió a Altolaguirre, un problema que las bellas «fe de erratas» que incorporaba a sus libros sólo atenuaban parcialmente.

Aun así, la revista no tardó en despertar la atención de la crítica más atenta a las novedades, y el muy perspicaz Enrique Díez-Canedo (1879-1944) la describía en El Sol (11-3-1927) como «la imprenta de la literatura joven», para poco después, en La Nación de Buenos Aires, caracterizarla como de «excelente tipografía, selección en un sentido de “pureza” un tanto pagada de sí misma», y en octubre de 1928 volver a destacarla en una panorámica sobre la poesía española reciente para la misma publicación argentina.

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Con el muy célebre número triple de la revista con que en otoño de 1927 se homenajeó a Luis de Góngora (1561-1627), en el que colaboraron Juan Gris, Benjamín Palencia, Picasso, Antonio Prieto y Falla, entre otros, se acabó la paciencia del padre de Prados, que es quien había financiado hasta entonces una aventura que siempre estuvo lastrada por problemas económicos, pero en primavera 1929 se salvó la continuidad del proyecto mediante la entrada como socio del poeta José María de Hinojosa (1904-1936), que se convirtió también en el nuevo director. Por su parte, los suplementos habían seguido su curso y habían publicado en ellos (siempre autofinanciándolos, como era práctica habitual por entonces) Bergamín, Cernuda, Aleixandre, Villalón y reiteradamente Hinojosa (La rosa de los vientos, Orillas de la luz y La flor de California), y Sur había dado a conocer también la faceta de César M. Arconada (1898-1964) como poeta a través del volumen Urbe. Cuando se reemprende la publicación, de la que sólo aparecerán ya dos números más (con textos de Éluard, Prados e Hinojosa, entre otros), se publica también el poemario de José Moreno Villa (1887-1955) Jacinta la pelirroja. Poema en poemas y dibujos, como suplemento undécimo.

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Páginas interiores de Jacinta la Pelirroja.

Altolaguirre abandona entonces la imprenta y la revista, al decir de Gonzalo Santonja «por desavenencias estéticas e ideológicas de sus dos compañeros (discreto y clásico Prados, comunista de militancia; surrealista Hinojosa, tradicional y conservador en el terreno político)» y se establece como impresor y editor por su cuenta (en colaboración con Concha Méndez).

Imprenta Sur continúa su andadura como imprenta manual de selectas ediciones de poesía, hasta la entrada en Málaga de las fuerzas franquistas, cuando una de las dos Minerva que tenía por entonces, con algunas cajas y comodines, es trasladada al frente de Vélez de Benaudalla para imprimir propaganda repubilcana, y allí acabará por perderse.

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José María Amado.

Al entrar las fuerzas sublevadas a Málaga, y una vez fusilado Hinojosa, incautan la imprenta y le cambian el nombre por el de Dardo, y pasa ocuparse de imprimir la revista falangista homónima (17 números entre 1937 y 1939, dirigida por José María Amado, sobrino-nieto de Carlos Arniches). Litoral, por su parte, vivirá una segunda época en el exilio, en México, de la mano de Prados, Altolaguirre, Moreno Villa, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos, y contó con la colaboración de ilustradores como Arturo Souto y Rufino Tamayo, pero sólo llegó a publicar tres números en 1944.

En un giro inesperado, en mayo de 1968 (muertos ya Prados y Altolaguirre) Amado lideró una tercera etapa de Litoral en la Imprenta Sur, en la que publicó a varios poetas exiliados (lo que le costó incautaciones por parte de la censura), y en 1975 se unió a la dirección de la revista el pintor Lorenzo Saval, sobrino nieto de Emilio Prados.

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Los empleados de la primera etapa. ante la imprenta Sur.

Fuentes:

Excelente vídeo de Canal Sur (15 minutos) sobre la historia de la Imprenta Sur en el que puede verse la maquinaria usada en los años veinte aún en funcionamiento.

Web de Litoral.

Web de la Imprenta Sur, que sigue en funcionamiento manteniendo el modo de impresión tradicional y puede visitarse.

David Castillo y Marc Sardá, Conversaciones con José «Pepín» Bello, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 24), 2007.

María José Jiménez Tomé, «Bernabé Fernández Canibell, testigo de saber de poesía e imprenta. De Litoral (1926-1929) a Caracola (1952-1961)», Impossibilia, núm. 6 (octubre de 2013), pp. 11-31.

José-Carlos Mainer, La edad de plata (1902-1931). Ensayo de interpretación de un proceso cultural, Barcelona, Ediciones Asenet, José Batlló editor, Los Libros de la Frontera, 1975.

César Antonio Molina, Medio siglo de Prensa literaria española (1900-1950), Madrid, Endymion (Textos Universitarios), 1990.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre. Sueños y realidades del primer impresor del exilio, prólogo de Rafael Alberti, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1995.

El librero como inspiración (León Sánchez Cuesta)

A Lluis Morral i la seva gent a Laie.

León Sánchez Cuesta.

León Sánchez Cuesta.

La literatura de Max Aub (1913-1972) tiene potencial más que suficiente para convertirse a la larga en lo que la narrativa de Benito Pérez Galdós (1843-1920): una fuente incomparable para conocer la pequeña historia –la intrahistoria, incluso– que cada uno de ellos recreó y que constituye un festín para los historiadores. En particular en el caso de Aub, es una referencia valiosísima para conocer a algunos personajes singulares de la historia española y mexicana del siglo XX. Ignacio Soldevila (1929-2008) destacaba además la faceta de retratista de Max Aub, al hilo de las entrevistas literaturizadas en La gallina ciega. Diario español:

En estos fragmentos encontramos particularmente al Aub novelista, creador de personajes vivos y parlantes, o retratista vivaz, de animando dibujo: son excelentes ejemplos los de Carmen Balcells y de Nuria Espert, que no desmerecen en nada los de sus personajes de fábula más logrados.

Así debió de entenderlo también Ana Martínez Rus, quien al reconstruir la trayectoria vital e intelectual del librero León Sánchez Cuesta (1892-1978), sacando provecho del extraordinario archivo que se conserva en la Residencia de Estudiantes (más de 7.000 cartas a corresponsales distinguidos), tiene el acierto de reproducir completo el espléndido retrato que de él hace Aub en la obra mencionada.

Ya en Buñuel, Lorca, Dalí: El enigma sin fin Agustín Sánchez Vidal reproducía algunas cartas que permitían advertir la trascendental importancia que tuvo el librero León Sánchez Cuesta en la formación de lo que comúnmente conocemos como generación del 27, entendida ésta en un sentido amplio (los poetas Alberti, Altolaguirre, Lorca, Salinas, pero también el narrador y dramaturgo Max Aub, el cineasta Luis Buñuel o la pintora Maruja Mallo). Y alguna cita empleada por Sánchez Vidal revela tanto los proyectos intelectuales en los que andaba metido Buñuel en cada momento –y algunos de sus rasgos personales– como el carácter de faro intelectual de absoluta confianza que adquirió el célebre librero. Le escribe Buñuel por ejemplo el 10 de febrero de 1926 desde París: “Le agradeceré que me envíe la lista de libros que le adjunto. Para cobrar: como yo no iré hasta mayo y pagar en francos es dolorosillo, puede usted remitir a mi madre a Zaragoza, Independencia, 29, las facturas que le deba”, seguido de una lista en la que alternan Spengler con “Pepito Ortega”, Ramón Gómez de la Serna y la Revista de Occidente, además de la petición de, si existe tal cosa “algo publicado en España sobre cine. Algo serio, se entiende”.

Postal de Luis Buñuel a León Sánchez Cuesta del 17 de septiembre de 1926.

La singularidad de Sánchez Cuesta radica, por un lado, en que su negocio no era una librería al uso, es decir, abierto al público, sino que funcionaba más bien como un gabinete que proveía de libros y revistas a grandes lectores de confianza (escritores, artistas, políticos abogados, muchos de ellos muy conocidos además), y por otro lado que se especializó en conseguir sobre todo aquellos materiales bibliográficos que eran difíciles de adquirir (y que a veces se ocupaba de encuadernar en pasta española e incrementar así el precio).

José María Quiroga Pla (1902-1955).

Licenciado en derecho en la universidad de su Oviedo natal, Sánchez Cuesta obtuvo una beca para ingresar en la Residencia de Estudiantes de Madrid, que fue donde entró en contacto con quienes protagonizarían lo que José Carlos Mainer bautizó como Edad de Plata de la cultura española y, sobre todo, donde se ganó una confianza de hombre fiable y bien informado que no hizo sino crecer en los años siguientes. Además de dar fluidez a los contactos culturales entre España y México, de dar empleo a los poetas José María Quiroga Pla entre 1926 y 1928 y Luis Cernuda entre 1930 y 1931 (al cargo de los impagados), entre otros, de editar y hacer circular por Europa y América un Boletín de novedades españolas (desde 1928) o de impulsar una primera etapa de la Librairie Espagnole parisina, fue su carácter de extraordinario canalizador de información bibliográfica y de libros lo que lo convierte en una figura excepcional de la cultura española. En sintonía con ello ha escrito ha escrito Christopher Maurer:

Al acercarnos al prodigioso archivo de Sánchez Cuesta, nos sorprende, entre otras cosas, el grado en que los escritores españoles dependían de él para que les avisara de “cualquier cosa de interés” entre lo recién publicado. En un ensayo de 1922 o 1923, el cordialísimo Alfonso Reyes (del que se conservan 155 cartas a Sánchez Cuesta) se queja de que el librero típico “sabe vender libros, pero no los lee ni se cree obligado a entenderlos”. No era el caso de Sánchez Cuesta.

De izquierda a derecha: Salvador Dalí, María Luisa González, Luis Buñuel, Juan Vicens (socio de Sánchez Cuesta en la Librairie Espagnole), José María Hinojosa y, sentado, José Moreno Villa en 1924.

Sus primeros pasos en el mundo del libro, de la mano de Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y Alberto Jiménez Fraud (1883-1964), le llevan a traducir para la Colección Universal de la Editorial Calpe los dos volúmenes de las Notas de Inglaterra de Taine, y a través del editor Manuel Aguilar, a entrar en la Sociedad General Española de Librería (SGEL), perteneciente a Hachette, donde estuvo apenas unos meses, hasta que en 1921 se traslada a México como representante de otra empresa de Hachette, la Agence Génerale de Librairie et de Publications. Dos años después regresa a España para hacerse cargo de la gerencia de la sección de librería de la editorial La Lectura y abre la Librería de Arte y Extranjera de La Lectura, asociado a Jiménez Fraud. En noviembre de 1924, sin embargo, se independiza y pone en pie el negocio que se convertirá en fundamental para varias generaciones de escritores, que es el camino por el que se convertirá también en figura principal –si bien en la sombra– de la cultura española del siglo XX y que Ana Martínez Rus sintetiza y recrea con prosa ágil sirviéndose con particular acierto de una diversidad enorme de documentos (cartas, libros de cuentas, documentación variada e incluso material gráfico muy valioso) en los que acaso sean los capítulos más apasionantes de su libro. En esos años veinte hace Sánchez Cuesta incluso sus pinitos como editor, colaborando con Juan Ramón Jiménez en las revistas Ley. Entregas de Capricho y Sí. Boletín Bello Español del Andaluz Universal.

Ley. Entregas de Capricho (1927).

Como sucede en el caso de tanta gente de letras del siglo XX, la guerra civil llevó a Sánchez Cuesta a iniciar un periplo que en carta al escritor español exiliado en México José Moreno Villa (1887-1955) resumía del siguiente modo el 13 de junio de 1951:

En Salamanca permanecimos hasta julio de 1937 en que, agotadas las posibilidades de vida, pues se prohibió la entrada de dinero del extranjero, salimos de allí […] yo para Alemania a donde me fui con el propósito de aprovechar el tiempo trabajando el alemán y ver que podría hacer en relación con la librería alemana, el día que terminara la guerra. Estando allí me ofrecieron el lectorado en español de la Universidad e Marburgo, el que tenía [Carlos] Clavería, y allá me fui […] hasta que la guerra Europea nos hizo emprender, una vez más, la marcha precipitada, Nos fuimos a Argel a casa de los padres de Andrea [su esposa], y allí permanecimos hasta diez años. Cansados de esperar, necesitado de volver a la vida activa y de dar a mi chico una educación española, volví a España en el año 47. De lo de aquí, no hablemos porque la cosa sería larga. Me establecí de nuevo como librero y ya puede figurarse lo duro que ha sido y aún sigue siendo la brega.

Alberto Jiménez Fraud (1883-1964).

A su regreso del exilio, continuó a trancas y barrancas con su labor, dificultada por las peculiares condiciones de la España franquista para menesteres tan poco ortodoxos como los suyos (y vigilado, obviamente, por la censura), pero aún encontró ánimos para actuar incluso como editor y distribuidor de una Nueva nómina de la poesía española contemporánea (1948), compuesto de breves estudios preliminares y fichas bibliográficas de los poetas importantes del momento (Vicente Aleixandre, José Luis Cano, Carmen Conde, Germán Bleiberg, Juan Eduardo Cirlot….) y que regalaba a todo aquel que adquiriera libros de poesía por un valor de 15 pesetas o superior. Pese a las dificultades, salió adelante con notable éxito.

Elegido en 1963 presidente de la Escuela de Librería del Instituto Nacional del Libro Español (que había contribuido a crear con el insigne librero Marcial Pons) y galardonado con la Medalla Rivadeneyra en reconocimiento a su trayectoria, en 1970 Sánchez Cuesta se convirtió en uno de los accionistas minoritarios de Alianza Editorial (impulsada entre otros por su sobrino Jaime Salinas, que habla de él en Travesías), con una participación de 110.00 pesetas, y nunca llegó a jubilarse.

El librero Marcial Pons (1915-2011), entre dos empleados en 1948.

Es también legendaria la vocación de ayuda a los intelectuales y poetas de su tiempo, así como su proverbial paciencia a la hora de cobrarles los pedidos que le hacían y que solía cumplir con prontitud. Para cerrar de nuevo con Max Aub, valga el dato de que en 1944 el escritor valenciano tenía pendiente de pago una cuenta de 11,1 pesetas.

Ana Martínez Rus, “San León Librero”: las empresas culturales de Sánchez Cuesta, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y administración cultural 173), 2007.

Fuentes adicionales:

Max Aub, La gallina ciega. Diario español (edición de Manuel Aznar Soler), Barcelona, Alba, 1995.

Philippe Castellano, “Compte rendu de l’ouvrage d’Ana Martínez Rus, “San León Librero”: las empresas culturales de Sánchez Cuesta”Cahiers de Civilisation Espagnole Contemporaine, 14 de noviembre de 2008.

Christopher Maurer, “León Sánchez Cuesta, librero, lector, amigo”, Residencia, núm. 5 (abril de 1998).

Sobre de Sánchez Cuesta con dedicatoria de Juan Ramón Jiménez.

Jaime Salinas, Travesías. Memorias, Barcelona, Tusquets (Tiempo de Memoria 32), 2003.

León Sánchez Cuesta, “Una época de mediocridad y falta de interés por la poesía” (carta de Sánchez Cuesta a José Moreno Villa reproducida en Residencia, núm. 5 (abril de 1998).

Ignacio Soldevila, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Valencia, Biblioteca Valenciana (Colección Literaria), 2003 (2ª ed.).

Agustín Sánchez Vidal, Buñuel, Lorca, Dalí: El enigma sin fin, Barcelona, Planeta (Espejo de España 137), 1988.

Alfredo Valverde, “Archivo y Biblioteca de León Sánchez Cuesta”, Residencia, núm 5 (abril de 1998).

Primera salida del “último Quijote editorial” (Joaquín Díez-Canedo)

Daniel Cosío Villegas, Enrique Díez-Canedo y Salvador Novo.

Los Díez-Canedo, como los Costa-Amic, los Gili, los Gallimard o los López Llausàs, constituyen una de esas estirpes que no sólo llevan la tinta en las venas, sino que la transmiten de generación en generación. Siendo hijo de quien probablemente fuera uno de los traductores y críticos literarios españoles más importantes de la primera mitad del siglo xx (Enrique Díez-Canedo, 1899-1944), no es raro que Joaquín Díez Canedo Manteca (1917-1999) acabara habitando entre galeradas, imprentas y libros, pero eso no es suficiente para explicar que llegara a conocérsele como “el Quijote editorial del país [México]” o que el editor español Juan Cruz lo considere “un mito dentro de esta profesión [la de editor]”.

Desde muy joven estuvo ya en contacto Joaquín Díez-Canedo, no sólo con libros, sino con sus más importantes autores, que a menudo visitaban a su padre, entre cuyos principales intereses se encontraba la literatura mexicana. E incluso parecía predestinarlo que en el Instituto Escuela de Madrid coincidiera con quien años más tarde se convertiría en traductor de Faulkner y Gide entre otros, y en jefe de producción de la Editorial Aguilar, Agustín Caballero Robredo, a quien nada más y nada menos que Juan Ramón Jiménez encomendó la elaboración de sus obras completas.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958).

Antes del estallido de la guerra civil española, Joaquín Díez Canedo inició estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense, donde compartió aula con las dos hijas del eminente lingüista Tomás Navarro Tomás (el filólogo capicúa), Francisca y Joaquina, con Nieves de Madariaga, con Carmen de Zulueta Cebrián, o con su propia hermana María Luisa Díez-Canedo, y tuvieron como profesores a los eminentes José Fernández Montesinos (literatura), Enrique Lafuente Ferrari (historia) o José Gaos (filosofía). En esa época contribuyó con Agustín Caballero a la creación de la revista Floresta de Prosa y Verso, que dirigía su compañero de curso y buen amigo Francisco Giner de los Ríos Morales (1917-1995) y de la que aparecerían seis números entre enero y junio de 1936. Así cuenta su gestación Carmen de Zulueta en su libro de memorias Mi vida en España, 1916-1936:

Entre un grupito de estudiantes amigos habíamos creado una revista: Floresta de Prosa y Verso. Los dos amigos que dieron forma a la revista fueron Joaquín Díez Canedo y Francisco Giner de los Ríos. Este último escribía poesía amorosa, dedicada a las compañeras que más le gustaban. Fueron Carmen Salaverría, una verdadera belleza, que se interesaba más por Gregorio Marañón [Moya], hijo del doctor Marañón, y Nieves de Madariaga, que escribía poesía en inglés y francés, y que tampoco lo tomó muy en serio.

Otros de los colaboradores eran Joaquín Gurruchaga, poeta como Francisco Giner, y Antonio Jiménez-Landi, que había dedicado un librito de poesía a su madre, fallecida recientemente. Conchita Garayzábal también escribía y, como era de una familia vasca y católica, se interesó por los místicos. Yo era también una modesta colaboradora.

 

Francisco Giner de los Ríos Morales.

En las páginas de esta revista, que estéticamente seguía los pasos de las publicaciones de Juan Ramón Jiménez, aparecieron también piezas de Manuel Rubio Sama, José M. Sánchez Cuervo, Francisco Sierra, Arturo del Hoyo, Carlos Pittaluga, Ceferino Palencia Oyarzábal y Paulino Garagorri, así como de escritores ya por entonces vinculados de algún modo al pujante falangismo, como Félix Utray, Manuel Aznar Acedo o Rafael García Serrano. Y a través de Juan Ramón Jiménez, colaboraron también Juan Ruiz Peña (por entonces editor de Nueva Poesía) y Margarita de Pedroso. Juan Ramón se convirtió en poco menos que un lujoso asesor de la revista, y el propio Díez-Canedo contó que los “llevaba a la imprenta. Ahí nos aconsejaba sobre los papeles y sobre la edición en general de la revista”. Las ilustraciones y orlas de esta publicación (de dos pliegos en el primer número y tres en los siguientes, de 20 x 27,5) eran obra de Luis Delgado, Jiménez-Landi (que por ser el único mayor de edad figuraba a efectos legales también como director y propietario), y Titos y Vicente Viudes.

Sin embargo, uno de los poetas más interesantes que publican en Floresta de Prosa y Verso es Rafael Múgica, que ya había publicado el libro Marea de silencio (Editorial Itxaropena, 1935), y que no tardaría mucho en adoptar el nombre de Gabriel Celaya con el que se haría famoso.

Grabriel Celaya (1911-1991) en su época de estudiante.

El joven Joaquín Díez-Canedo publica tres poemas sin título en el primer número de Floresta de Prosa y Verso, que Ángel Luis Sobrino Vegas describe como “caracterizados por la sencillez expresiva, el segundo de los cuales remite a las canciones infantiles de Lorca” y en el número 5 “tres poemas breves muy influidos por el Juan Ramón de la primera época”.

Muy poco antes del golpe militar que daría inicio a la Guerra Civil Española, la familia Díez-Canedo se hallaba en Buenos Aires, donde el padre había sido nombrado embajador de la República. A decir de Aurora Díez-Canedo:

En este país, [Joaquín] formó la revista Bitácora con un grupo de escritores jóvenes, entre quienes se encontraba el que después sería crítico de arte, Damián Bayón. El propio Bayón, en su libro de memorias  Un príncipe en la azotea (México, Joaquín Mortiz, 1993) y Alfonso Reyes en sus Diarios de estos años en que él era embajador de México en Argentina recuerdan a Bitácora, pero hasta ahora esta revista no se ha rescatado ni se conoce salvo escasas referencias.

En cualquier caso, una de estas escasa referencias aparece en el documentado estudio de Héctor R. Lafleur, Sergio D. Provenzano y Fernando P. Alonso Las revistas literarias argentinas (1893 – 1967), donde se señala a Damián C. Bayón y Luis M. Rinaldini Gonnet como fundadores de esta efímera publicación (cuatro números entre abril de 1937 y enero de 1938) y se da una lista de colaboraciones formada por Ángel A. Alcoba, V. H. Cantó, César Fernández Moreno, Abel Santa Cruz, Martín A. Noel, A. O. Peyrou Olascoaga, Patricio Canto, Alejo González, S. Garaño, R. E. Molinari, María E. Galigniana Segura, D. Provenzano, Roberto Paine y Jorge Luis Borges. De todos modos, la caracterización que se hace en ese libro de Bitácora sí puede hacer pensar en una posible relación con Díez-Canedo, pues la sintonía es evidente:

Hay mucha influencia de Juan Ramón Jiménez y de García Lorca en estas páginas de juventud, en las que asoma un tono elegíaco desacostumbrado y una cierta vocación por la muerte. Predomina, sin embargo, el color y el sabor importados de Andalucía: hay “plata de luna” y “caracolillos de leche”. Pero es la primera época.

De todos modos, no pudo ser intensa esa posible colaboración, porque en febrero de 1937 la familia Díez-Canedo abandonaba Buenos Aires para regresar a España, y en cuanto tuvo edad para hacerlo Joaquín se alistó en el Ejército Republicano (enero de 1938), incorporado a la 75 Brigada Mixta y luego a las órdenes de Germán Bleiberg en el Ejército de Levante. En sus propias palabras, “nunca usé un fusil, sólo lo llevaba al hombro”.

Concluida la guerra, se traslada de Madrid a Vigo y posteriormente a Lisboa, donde es acogido en el consulado de Uruguay y poco después en la embajada de México. Allí el poeta y diplomático Jaime Torres Bodet (1902-1974), que desde 1929 había trabado amistad con su padre, le acoge en su casa hasta que a finales del verano de 1940 Joaquín Díez-Canedo puede embarcar con destino a México.

Curiosa pero no casualmente, uno de los primeros trabajos editoriales que Joaquín Díez-Canedo hizo en México fue ocuparse, en colaboración con su buen amigo Francisco Giner de los Ríos, de una colección para la Editorial Stylo, de Antonio Caso, a la que dieron el evocador nombre de Nueva Floresta, que a su vez prefigura una de las colecciones más elogiadas de la editorial Joaquín Mortiz, Las Dos Orillas. He aquí los diez títulos que llegaron a publicarse de esta colección, con la que Díez-Canedo y Giner de los Ríos reemprendían su andadura como editores y en la que los autores españoles son amplia mayoría y sus nombres muy significativos:

  1. Juan Ramón Jiménez, Voces de mi copla, 1945.
  2. Alfonso Reyes, Romances (y afines), 1945.
  3. Enrique González Martínez, Segundo despertar y otros poemas, 1945.
  4. Pedro Salinas, El contemplado (mar, poema). Tema con variaciones, 1946.
  5. Luis G. Urbina, Retratos líricos, 1946.
  6. Luis G. Urbina, A lápiz, 1947.
  7. Juan José Domenchina, Exul umbra, 1948.
  8. Alí Chumacero, Imágenes desterradas, 1948.
  9. Xavier Villaurrutia, Canto a la primavera, 1948.
  10. Juan Ramón Jiménez, Romances de Coral Gables (1939-1942), 1948.

Para completar el círculo, vale la pena leer la opinión que, en carta a Max Aub, expresó el siempre hipercrítico Juan Ramón Jiménez acerca de estas ediciones de sus obras: “Usted sabe que yo envié a Joaquín [Díez-Canedo] y a Francisco [Giner de los Ríos Morales] algunos librillos para la Editorial Stylo, de los que imprimieron dos que me gustaron mucho impresos.”

Fuentes:

Valeria Añón, “Ediciones Era y Joaquín Mortiz”,  Actas del I Primer Coloquio Argentino sobre Estudios sobre el Libro y la Edición, Universidad Nacional de La Plata, 2012.

Manuel Aznar Soler, “Exilio republicano de 1939 y patrimonio literario. De la colección Patria y Ausencia (1952) a la Biblioteca del Exilio (2000)”, en Los laberintos del exilio. Diecisiete estudios sobre la obra literaria de Max Aub, Sevilla, Renacimiento (Biblioteca del Exilio), 2003, pp. 93-126.

Aurora Díez-Canedo, “Joaquín Díez-Canedo, la formación de un editor“, Siempre!, 16 de julio de 2011.

Aurora Díez-Canedo, Joaquín Mortiz, un canon para la literatura mexicana del siglo XX, Congreso Internacional de Literatura y Cultura Españolas Contemporáneas, 3 al 5 de octubre de 2011, La Plata, Argentina. Diálogos Transatlánticos. En Memoria Académica. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.2791/ev.2791.pdf

Héctor R. Lafleur, Sergio D. Provenzano y Fernando P. Alonso, Las revistas literarias argentinas (1893 – 1967), Buenos Aires, El 8vo. loco Ediciones (Colección Pingüe Patrimonio 3), 2006.

 Ángel Luis Sobrino Vegas, Las revistas literarias en la Segunda República, tesis doctoral presentada en la Facultad de Filología de la UNED, 2012. Incluye un índice muy completo y detallado de Floresta de Prosa y Verso.

Carmen de Zulueta, Mi vida en España, 1916-1936, Barcelona, Plataforma Editorial (Historia), 2011.