Entre el criterio estético y el ideológico: el editor Luis de Caralt

Luis de Caralt durante la guerra civil española.

No es probable que alguien discuta que Josep M. Castellet (1926-2014) fue uno de los editores y críticos literarios de izquierda más influyentes e importantes tanto de la literatura española como de la catalana del siglo XX. Por ello a veces resulta un poco chocante evocar que sus inicios en el mundo de la edición se produjeron como colaborador de Luis de Caralt (1916-¿?), conocido falangista barcelonés, si bien, en palabras del propio Castellet, se trataba de «una rara avis del falangismo». De hecho, Caralt pertenecía al ala más filonazi del falangismo y en diciembre de 1939 había entrado a formar parte de la junta política de la clandestina Falange Española Auténtica, un grupo de falangistas que desde el primer momento se había mostrado contrario al decreto del 19 de abril de 1937 mediante el cual Falange Española de las JONS se unificaba con   la unificación de la Falange Española y con la Comunión Tradicionalista (carlistas), para dar lugar a la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.

Castellet empezó haciendo para la editorial de Luis de Caralt correcciones de estilo, que consistían básicamente en limpiar de argentinismos las traducciones, sobre todo del inglés, de las novelas que dieron fama a la empresa. Más adelante participó también en la redacción de Panorama literario (1947-1954), un boletín en el que también escribieron Esteban Pinilla de las Heras (1924-1994) –no Carlos, como equivocadamente señala Moret y luego se ha repetido demasiado a menudo– y Manuel Sacristán (1925-1985), entre otros, y del que se publicaron pocos números.

En primer término, Castellet, poco tiempo después, formando ya parte del equipo de Carlos Barral.

Creada en solitario por Luis de Caralt, tanto por la diversidad de géneros y literaturas en las que se fija como por la particular dedicación a las obras en lengua inglesa, es evidente que, de los editores de su entorno que podían servirle de modelo, el principal fue Josep Janés i Olivé (1913-1959), de quien el propio Caralt declaró: «Yo, como editor, aprendí mucho de José Janés: era el gran ejemplo a seguir en los años cuarenta. José Janés, espléndido editor, además de excelente poeta en lengua catalana…».

José Janés.

El primer título publicado en Luis de Caralt fue la obra de José María García Rodríguez (1912-2006) No éramos así (1942), novela protagonizada por excombatientes en la guerra civil, y a esta siguieron ya en 1943 obras tan diversas como las dos encuadradas en la colección Atalaya de Ideas: Españoles con clave, de quien por entonces era el delegado nacional de Prensa, Juan Aparicio (1906-1987), y una obra traducida por un enigmático J.L.B. (¿¿Jorge Luis Borges??) del historiador y político Jacques Benoist Méchin (1901-1983) titulada Comentarios al Mein Kampf (cuyo título original en francés, en 1939, era Éclaircissements sur «Mein Kampf» d’Adolphe Hitler, le livre qui a changé la face du monde), del que en la Biblioteca Nacional de Catalunya se conserva un ejemplar, encuadernado en tela, con el exlibris del poeta y ensayista J.V. Foix (1893-1987).

También de 1943 es la novela histórica publicada originalmente en 1928 Gaspar Hauser, el huérfano de Europa, del abogado e historiador Octave Aubry (1881-1946), conocido entre otras cosas por haber muerto el día anterior al que estaba prevista la lectura de su discurso de ingreso en la Academia Francesa (y cuando hacía solo un mes y medio que había sido nombrado, para cubrir las numerosas vacantes creadas por la ocupación nazi). Curiosamente, también en este caso figura J.L.B. como traductor. Y, aún del mismo año, Mis amigos eran espías, del fantasioso y humorístico arabista y gastrónomo Luis Antonio de Vega Rubio (1900-1977).

Se ha escrito mucho y a menudo acerca de la relativa condescendencia con que la censura franquista trataba las propuestas de edición de Luis de Caralt (cosa que también afecta a las de otro franquista notable, José Manuel Lara Hernández), pero no por ello parece haber quedado inequívocamente demostrada, y sí en cambio hay evidencias de sus problemas con algunas obras.

En su imprescindible estudio sobre la censura de novelas (Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo), Fernando Larraz comenta los casos de la novela de Mercedes Salisachs (1916-2014), firmada con el seudónimo María Ecín, Primera mañana, última mañana (1955), cuya retención en censura motivó las protestas de Caralt y finalmente se saldó con unas quince tachaduras, y el de Carretera intermedia (1955), de la misma autora, que fue denegada en dos ocasiones y, tras las infructuosas gestiones llevadas a cabo por el editor, «optó por encargar su propio servicio de censura al Penitenciario del Obispado de Barcelona, que modificó a discreción el texto y este fue finalmente aceptado por el censor oficial, apareciendo en octubre de 1956».  En general, pues, parece que Caralt podía tener mano con la censura política, pero topaba más a menudo con la eclesiástica.

Xavier Moret, en un libro trufado de errores (probablemente por la fiabilidad que concede a las entrevistas y a la memoria de los entrevistados) y que a menudo se han ido repitiendo acríticamente en otras obras, narra una anécdota con la que se pretende demostrar las muchas ventajas que le reportó a Luis de Caralt su condición de camisa vieja del falangismo (aunque quizá su resultado positivo respondiera más bien a su audacia y sagacidad). Mediados los años cincuenta, y sin duda con un propósito comercial, intentó incorporar como ilustración de cubierta de un libro de quien fuera hipnotizador de Adolf Hitler y Heinrich Himmler, Franz Völgyesi (no Bolgesi, como escribe Moret), la fotografía de una estatua de un desnudo femenino (parcial, por supuesto), algo que chocó con los principios de la censura franquista. Sin embargo, finalmente consiguió que se la autorizaran, tras engañar a los censores asegurando que la estatua original se encontraba en el Vaticano.

La editorial fue abriéndose a la literatura extranjera, y en particular a la escrita en lengua inglesa siguiendo en buena medida los pasos de Janés, si bien en algunos casos, como en el de Graham Greene, sí cabe atribuir a Caralt su descubrimiento para el público lector español (pues al más problemático editor Aymà la censura le denegó en 1943 autorización para publicarlo).

Lo cierto es que, a la vista del ecléctico catálogo que fue conformando a lo largo de los años, se hace difícil deducir el falangismo de su promotor, Es cierto que publicó títulos como los diarios de 1937-1938 del conde Ciano (1951), la biografía de Walter Gorlitz y Herbert A. Quint sobre Hitler (1955) y las Conversaciones sobre la guerra y la paz (1942-1944) (1954), de Adolf Hitler, pero es evidente que tuvieron mucha más importancia las colecciones en que publicó a escritores de orientación ideológica muy distinta y cualidades estéticas poco discutibles, como Hermann Hesse, Virginia Wolf, John Dos Passos, John Steinbeck o William Faulkner, a algunos de los cuales presentaba en sus catálogos como «los tremendistas», en un intento de situarlos en una corriente que por entonces encabezaba con enorme éxito Camilo José Cela (1916-2002).

Camilo José Cela.

Luis de Caralt, que siempre mantuvo un exhaustivo control personal de todo el proceso de edición, permaneció al frente del negocio hasta muy avanzados los años sesenta y no aflojó las riendas hasta la década siguiente. Concretamente en mayo de 1974, la empresa se transformó en sociedad anónima, con el nombre Luis de Caralt Editor, S.A., con un capital establecido en cinco millones de pesetas y aportando, según Martínez Martín, «4.800.000 pesetas, de los que dos millones eran en concepto de derechos de autor». Anota también el mismo estudioso de la edición española:

Una nota de 28 de noviembre de 1974 en su expediente del Registro de Empresas Editoriales hacía referencia a que «según noticias confidenciales de Manfredi Cano, el Grupo Editorial Caralt ha sido vendido a Norildis (Noguer, Rizzoli, Caralt)», situando a Luis de Caralt al margen del negocio. El director era José Mas, que procedía de Labor y Bruguera.

Desde 1946, además de la editorial Luis de Caralt abrió en la Rambla dels Estuids, núm. 1, una importante sala de arte (especializada en libros.

Fuentes:

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Jesús A. Martínez Martín, «La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta», en Jesús A. Martínez Martín, dir., Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, pp. 233-271.

Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), 2002.

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Diseño editorial: Genealogía de un detalle

azulejo3En un reciente encuentro de estudiosos del libro auspiciado por la Universidad de Alcalá (24 y 25 de noviembre de 2016), la diseñadora y profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México Marina Garone, al hilo de una jugosa reflexión sobre materiales y procedimientos para historiar adecuadamente el diseño editorial, ponía de manifiesto la muy escasa atención crítica que en los últimos tiempos recibe este aspecto tan importantísimo del proceso de elaboración de un libro.

Es probable que esa desatención al diseño editorial, salvo en las cada vez más escasas publicaciones periódicas sobre bibliofilia o aquellas centradas en diseño gráfico, tenga mucho que ver con la parcial preparación de quienes se ocupan de los libros en las revistas y periódicos, que suelen ser personas formadas en estudios literarios más que en historia del arte o en artes gráficas. A menudo, quienes hacen crítica de libros no están familiarizados ni siquiera con el vocabulario específico (la confusión entre portada y cubierta es casi recurrente, la encuadernación en tapa dura se asocia sin más a edición de calidad, se toman por novedad prácticas con una larga tradición, se confunde a menudo «tipo» con «tipografía»…). Así las cosas, difícilmente pueden contribuir estas críticas a divulgar ese aspecto de la producción de libros, lo que a su vez probablemente coadyuvaría a que fuera más apreciado por quienes se interesan verdaderamente por los libros (que no siempre coinciden con quienes sólo se interesan por los textos). Las reseñas sobre libros de artista quizá sean la excepción, pero además, a medida que crece la lectura en pantalla, es de suponer que esa escasez de estudios críticos sobre el diseño editorial se acentuará.

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Ejemplares de Bibliofilia, la revista que en su momento publicara la editorial Castalia.

En España, en más de un periódico y revista lo que era la sección de «Crítica Literaria» ha ido convirtiéndose incluso explícitamente en una sección «Crítica de Libros», pero ello es probable que tenga mucho más que ver con el hecho de que se ocupan de textos que los propios críticos consideran de una dignidad literaria muy limitada (y de los que se ocupan sólo para orientar al lector acerca de los libros más visibles en las librerías), que con el hecho de considerar el libro, en su integridad, como objeto de análisis o de crítica. Así pues, ese cambio puramente nominativo no ha conllevado una mayor atención a la forma de los libros, a su diseño (ni siquiera de portadas), ni a ningún elemento más allá del texto, como si se considerara que lo único que comunica el libro es lo que comunique su texto.

Escáner_20151105 (2)En el mismo encuentro aludido, proyectado con una estructura que priorizaba el debate y de ahí el rico diálogo a que dio pie, la editora Mireia Sopena señalaba como una de las muy escasas excepciones, en el terreno que más y mejor ha estudiado, el de la edición en lengua catalana, el caso del filólogo y crítico literario de La Vanguardia Julià Guillamon, quien ciertamente, no sólo se fija y ocasionalmente aborda estas cuestiones en sus reseñas de libros, sino que además ha llevado a cabo una activa labor para dar a conocer la historia de editoriales y profesionales del mundo del libro catalán mediante la escritura y edición de obras como L’estil Quaderns Crema (2010), El compromís pop. Els primers anys d´Edicions 62 (2012) o Enric Cluselles. Ninots i llibres (2015), así como de la organización de exposiciones sobre estas mismas materias en bibliotecas públicas de Barcelona.

El azar quiso que en otra de las intervenciones en ese mismo seminario internacional alcalaíno ya aludido, en una exposición a dos voces sobre las editoriales como agentes, las especialistas Sílvia Coll-Vinent y Diana Sanz Roig mostraran en un power point una serie de imágenes de libros de la editorial Montaner y Simón, traducciones de obras de Joseph Conrad, que propiciaron un guiño de complicidad de la prestigiosa profesora y experta en la obra editorial de Josep Janés Jacqueline Hurtley. De un modo un poco casual, estábamos viendo en pantalla lo que pudiéramos considerar un eslabón perdido en la genealogía de una original y acertada idea de diseño editorial. Una minucia, tal vez, pero, nunca mejor dicho, ilustrativa.

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En su ya aludido libro sobre el artista gráfico Enric Cluselles, Julià Guillamon analizaba entre otras muchas cosas los trabajos que este dibujante llevó a cabo para las múltiples colecciones creadas por Janés, y acerca de las coloristas cubiertas de la colección humorística Al Monigote de Papel, escribía junto a una de las ilustraciones (la de la cubierta de El hombre con dos pies izquierdos, de P.G. Wodehouse) y bajo una fotografía de un típico patio catalán con azulejos: «Alrededor [de la ilustración], una cenefa inspirada en los azulejos catalanes de dos colores. Literatura y recreo, de patio y de fuente».

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Ejemplo de cubierta de Al Monigote de Papel. Giovanni Mosca, No es verdad que sea la muerte (1956).

Lo que nos pusieron ante los ojos Coll-Vinent y Sanz era en realidad un clarísimo antecedente del uso de esa cenefa, tal vez no el único existente, pero que venía a poner de manifiesto que entre la labor de Cluselles y los tan típicos azulejos catalanes a dos colores divididos en diagonal había, por lo menos, un punto intermedio: el del diseñador de Montaner y Simón que para los libros de Conrad, de los que entre 1925 y 1935 publicaron unas obras más o menos completas, se inspiró en esos mismos azulejos para crear una cenefa en las cubiertas. A no ser –detalle que de momento desconozco pero entra dentro de lo posible–, que ese diseño fuera obra del propio Enric Cluselles, pues la cronología, a falta de datos fehacientes de los que personalmente carezco, no permite descartar.

De todos modos, ya desde su fundación en 1867, la editorial barcelonesa Montaner y Simón se convirtió en paradigmática del maridaje entre industria y arte y se distinguió tanto por mantenerse en vanguardia en cuanto a innovaciones técnicas como en el esmero en la presentación de las obras. Valga como prueba de ello la pléyade de reconocidos artistas que trabajaron en ella (a finales del siglo XIX contaba con unos talleres gráficos, dirigidos por Ramon Montaner i Vila, con doscientos cincuenta operarios): el dibujante y pintor Josep Lluís Pellicer (1842-1901), que fue su primer director artístico; el grabador Ramon de Capmany i de Montaner (1899-1992), nieto del fundador y que sería también director artístico; el célebre grabador e ilustrador francés Edouard Chimot (1880-1959), que durante un tiempo instaló un taller de estampación calcográfica en uno de los pisos superiores del edificio de la editorial (que hoy alberga el Museu Tàpies), el orfebre, escultor y xilógrafo Ricard Marlet Saret (1896-1976), el grabador y pintor Enric Cristòfor Ricard i Nin (1893-1960), el reconocido maestro de los grabadores catalanes Jaume Pla (1914-1995)…

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Enric Cluselles (1914-2014).

De todo ello se deduce la muy alta probabilidad de que la fuente originaria de la idea que Cluselles aplicó con singular acierto y colorido en la alegre colección Al Monigote de Papel, a finales de los años cuarenta, no partiera directamente del ejemplo de los azulejos catalanes, sino mediado por un modelo procedente de la tradición gráfica previa a la guerra civil española, a la que de este modo se daba continuidad en la colección de Janés. Teniendo en cuenta que, no por casualidad, en la posguerra Janés toma como emblema de su labor la figura del Fénix, esta coincidencia quizá se presta a lo que Umberto Eco describió como «sobreinterpretación»: Quizá Cluselles evocaba en la posguerra, si bien dándole otro sentido, un motivo gráfico de la preguerra que había hecho fortuna en una de las más famosas editoriales de aquel entonces, con lo que subrayaría la idea de continuidad que animaba buena parte de la labor de Janés (como la profesora Hurtley ha demostrado de modo más que palmario). O tal vez todo ello sólo sirva para constatar, una vez más, que a menudo en el estudio de los libros descubrimos una y otra vez el Mediterráneo y que en realidad los pasos que se dan en las artes gráficas ni parten de la nada ni suponen otra cosa que lentos y modestos avances a los que siempre es posible encontrar un antecedente inspirador.

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Muestra de azulejo bicolor en una pared.

Fuentes:

Seminario Internacional «Hacia un marco metodológico y teórico para la historia de la edición», celebrado en la Universidad de Alcalá (Alcalá de Henares), los días 24 y 25 de diciembre de 2016.

Anónimo, «La Montaner y Simón, una editorial con historia», en la web de la Fundació Antoni Tàpies.

PortadaLlibre ClusellesJulià Guillamon, Enric Cluselles. Ninots i llibres, Barcelona, Editorial Barcino, 2015.

Manuel Llanas, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939), Barcelona, Gremi d’Editors de Catalunya. 2005.

Manuel Llanas, Montaner y Simón (1867-1981) [Semblanza], en el portal Editores y Editoriales iberoamericanos (siglos XIX-XX)- EDI-RED.

Germán Vasid Valiñas. La edición de bibliófilo en España, Madrid, Ollero & Ramos, 2008.

Otra carrera literaria truncada por la guerra: Lluis Palazon i Beltran

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Lluís Palazón i Beltran (1914-1953).

Como consecuencia del resultado de la guerra civil española, son muy pocos los datos asequibles acerca de Lluis Palazon i Beltran (1914-1953), quien sin embargo llevó a cabo una incipiente pero muy interesante labor como narrador, una obra periodística que está aún por aquilatar y una imprescindible carrera como editor y director literario –al lado de Josep Janés i Olivé (1913-1959) –, de la que es también muy poco lo que se conoce.

La información más detallada y ordenada a la que se puede acceder con facilidad es el muy útil Diccionari de la traducció catalana, que ofrece algunos datos fundamentales. Según este texto, firmado por Annacris Mora i Figuera, Lluís Palazon nace en Barcelona y se estrena en el mundo de las letras en la muy exquisita publicación de creación literaria La Revista (1915-1936), que, bajo la dirección del poeta Josep Maria López-Picó (1886-1959), aglutinaba a escritores en general bastante mayores que Palazon y más o menos vinculados al Noucentisme que iban de Carles Riba (1893-1967) y J.V. Foix (1893-1987) a Josep Obiols (1894-1967), Agustí Esclassans (1895-1967) o Tomás Garcés (1901-1993), entre muchos otros.

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Josep Janés i Olivé.

Con apenas diecinueve años, en La Revista Palazon publica –salvo error– sólo dos textos ensayísticos en prosa, «Ideal i carácter» (julio-diciembre de 1933, pp. 62-63) y «Entre les aules i el carrer» (enero-junio de 1934, pp. 7-78), pero por esos mismos años ya ha iniciado una incipiente carrera en el periodismo, de la mano del aún más joven Josep Janés i Olivé, que cuando en los primeros meses de 1932 se convirtió en editor del Diari Mercantil renovó a sus colaboradores incorporando a jóvenes como Pere Calders (1912-1994), Avel·lí Artís Gener (1912-2000), Joan Teixidor (1913-1992), Ignasi Agustí (1913-1974), Enric Cluselles (1914-2014) y Palazón, que contribuyeron a dar un sesgo más cultural y alegre al periódico. Así cuenta Calders su trabajo, y el de Palazon:

De veras que no sé cómo se podría calificar el trabajo que hacía [en el Diari Mercantil], si de mozo de redacción o de colaborador literario. En cualquier caso, fue un período muy breve, porque el Diari Mercantil, editado en nuestra lengua duró desde el 1 de febrero de 1932 hasta el 5 de agosto de 1933. Mi ocupación principal consistía en recibir al ciclista que nos traía las noticias servidas por la agencia Havas. Venían copìadas en unas hojas de papel vegetal, casi transparentes, en una tinta decolorada que a menudo hacía difícil su lectura, pero nos las apañábamos. Otro compañero (Lluís Palazón, ya muerto) y yo teníamos la misión de seleccionar las informaciones que nos parecían más interesantes, traducirlas del castellano y ponerles título. A continuación las pasábamos a los linotipistas, que eran tres en total, uno para cada máquina.

AvuiJanés

Palazón estuvo en primera línea también en la creación del efímero periódico Avui. Diari de Catalunya, una aventura de Janés cuya cabecera diseñó Calders y cuyo primer número apareció el 14 de octubre de 1933; figuraban como redactores Calders, Vicenç Verni y Palazón. De nuevo es Calders quien ha dejado un testimonio impagable del funcionamiento de esa disparatada iniciativa juvenil (en la que publicaron Ignasi Agustí, Farran y Mayoral, Sebastià Juan Arbó e incluso se estrenó Calders como narrador), que concluyó abruptamente cuando los empleados se cansaron de no cobrar: «[Janés] persuadió a los que hacían funcionar la imprenta y a unos cuantos redactores y colaboradores para que hicieran el periódico sin cobrar hasta que hubiera beneficios».

Pere Calders

Pere Calders.

Coincidiendo con esta aventura juvenil, encontramos ocasionalmente la firma de Palazón en las páginas del periódico de Manresa El Pla de Bages (donde firma por ejemplo una defensa de la conveniencia de instituir un premio de periodismo) y en un Avui. Diari de notícies editado en Reus que nada tiene que ver con el anterior. En esta última publicación aparece, por ejemplo, una completa reseña del poemario Glosari de Pietat, de Camil Genís, publicado en la Biblioteca Sabadellenca («Una nova obra de Camil Genís», 18 de octubre) y, aún más interesante, dos importantes textos acerca de Proust, uno sobre el epistolario («Evocació de Marcel Proust», 22 de nociembre de 1933) y el otro sobre la concepción del tiempo en su narrativa («La noció de temps en la estètica de Marcel Proust», 12 de diciembre de 1933), que ponen de manifiesto la lucidez y completa formación literaria que tenía ya por entonces Palazón, que le permitía hacer reflexiones y emitir juicios muy atinados. Y aún encuentra tiempo además para traducir nada menos que a Balzac para los Quaderns Literaris que pone en marcha su amigo Janés en 1934.

Interior

Interior de Variacions sobre el crim.

Es posible que la firma de Palazón se agazape en alguna otra publicación que no he sabido localizar, y que sea también entonces cuando se incorpora a la Metro Goldwyn Mayer, tal vez como traductor. En cualquier caso, en el verano de 1936 aparece un asombroso conjunto de relatos, Variacions sobre el crim, que anuncian un prosista y narrador de fuste, con una marcada preferencia por los ambientes cosmopolitas, artísticos y literarios como escenario, un ágil empleo de las referencias y guiños culturales y una desinhibición temática muy refrescante. Así le presenta su editor, Josep Janés, en el frontispicio a este libro aparecido en la colección de La Rosa dels Vents Quaderns Literaris como número 120:

Lluís Palazon i Bertran pertenece a la generación de los novísimos. Nació en Barcelona y es el escritor más joven al que habremos incorporado a los Quaderns Literaris. Variacions sobre el crim es la primera de las obras que pubica, pero no la primera que ha escrito; todos los trabajos literarios llevados a cabo con anterioridad a este libro permanecen todavía inéditos, salvo algunos ensayos […].

La labor inédita de Palazon abarca los campos más diversos; ha escrito novela, poesía, ensayo, crítica; ha hablado de cine, de filosofía, de arte, de catalanismo… Siempre, sin embargo, poniendo su obra de imaginación bajo el signo del surrealismo, particularmente grato a nuestro autor acaso porque sus más altos vuelos coincidieron con los primeros pasos de Palazon en el mundo de las letras.

Bio

Original en catalán del texto de presentación de Variacions sobre el crim.

Por desgracia, la guerra truncó una carrera cuyo inicio era muy prometedor, y en la posguerra su pista aparece como mano derecha única e indispensable de los primeros pasos de Janés como editor cuando, a su regreso del exilio y el correspondiente paso por prisión, se establece en Barcelona (el mítico Muntaner, 316). Al lado de Janés hasta su muy prematuro fallecimiento, Palazon llevará a cabo tanto gestiones administrativas (varias peticiones de autorización a Censura llevan su firma), como de edición de mesa o de poco menos que dirección literaria, amén de dejar una nada desdeñable cantidad de traducciones –en la inmediata posguerra con seudónimo– publicadas en las diversas empresas que durante aquellos años puso en pie Janés. Así lo contaba el linotipista Joan Bonet i Martorell:

El único colaborador que tenía en sus sueños editoriales era Lluís Palazon. En lo que más parecía un trastero me mostró todo lo que había hecho hasta entonces. Aquellas colecciones de El Grano de Arena, Cristal, etc. Editadas muchas de ellas con restos de papel que pudiera haber de resmas en la fabricación de los papeleros, con papel de barba incluso, mientras se pudiera imprimir.

Según el testimonio de Manuel Martínez, cuando el 22 de agosto de 1942 se incorpora a la editorial para ocuparse de las tareas administrativas, descubre que la plantilla de esa asomborsa empresa que no paraba de publicar libros seguía estando compuesta sólo por Josep Janés, su hermano Ángel y Palazón.

El hermano de Lluís, Ramon Palazon i Beltran, que durante la guerra fue nombrado presidente del tercer tribunal popular de Barcelona y presidió la Audiencia de Lleida –por lo que Artís le bautizó como «Palazón de Justicia» para distinguirlo de su hermano–, fue uno de los muchos exiliados que se beneficiaron de la generosidad de Janés, y estando aún en Nimes, antes de su traslado casi definitivo a México, tradujo para él uno de los primeros títulos de Wodehouse, que apareció en las Ediciones Ánfora en 1943 firmado con el seudónimo Raymon Mayoral. Mucho más tarde, yCovertaVariacionsCrima en México, Ramon publicaría la traducción de la conocida y a menudo reimpresa Breve historia de la primera guerra mundial de Vincent J. Esposito (Diana, 1966), además de participar activamente en las iniciativas culturales del Consell Nacional de Catalunya.

Sin embargo, resulta muy lamentable, tras la lectura de Variacions sobre el crim, que no llegaran al lector las obras que su hermano Lluís habría sido capaz de dar a imprenta de no haber sido por el alzamiento y la consecuente guerra civil (y su resultado). E incluso en el improbable caso de que algún día se recuperaran y se publicaran esos trabajos inéditos a los que alude Janés (o los que pudiera haber escrito después), es difícil saber cómo se leerían en un contexto ya tan distinto. Llaman la atención los temas de los relatos de Palazon, pero sobre todo los ambientes y personajes que recrea y con qué precisión, la variedad de ecos que resuenen en sus tramas, quizás hoy un tanto demodés (Wilde, Baudelaire, Proust, Conan Doyle), pero también una cierta sintonía menos evidente con algunas de los cuentos sobre el príncipe Zaleski de M. P. Shield (1865-1947), y todo ello en una prosa ciertamente trabajada, pero que aun así hoy puede resultar añeja pese a su equilibrio y sobriedad. ¿O quizá no?

ANEXOS:

Traducciones de Ramon Palazon i Beltran

Traducciones al español

G. Wodehouse, El tío Fred en primavera (firmada como B. Palazón), Barcelona, Ánfora, 1942.

Maurice Constantin-Weyer, Una cuerda sobre el abismo (firmada Raimundo Mayoral), Barcelona, Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1942.

Émile Dermenghen, Vida de Mahoma (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, Lauro, 1942.

754366Abel Hermant, Eugenia de Montijo: La española que fue emperatriz de los franceses (firmada como Raimundo Mayoral), Barcelona, s.l. [Barcelona]/ s.n. [José Janés Editor] Colección Historia, Imprenta Moderna, s.a. [1943]

Jacques de Lacretelle, Silbermann y El regreso de Silbermann (firmada como Raimundo Mayoral) Barcelona, Aymà (Bahía I), 1943.

Joseph Peyre, El escuadrón blanco (firmada como Raimundo Mayoral), ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Sáhara), 1944; reimpresa en Ediciones G.P. (colección Guada. Libros Alcotán 38), 1958.

Bibliografía de Lluis Palazon i Beltran:

(No se registra la obra en las publicaciones periódicas mencionadas)

Narrativa en catalán:

Tres variacions sobre el crim. Tres històries morals, Barcelona, Edicions de la Rosa dels Vents (Quaderns Literaris 120), 1936.

Traducciones al catalán:

Honoré de Balzac, El rector de Tours, Barcelona, Quaderns Literaris 15, 1934; reimpresa en El coronel Cubert [traducida por Domènec Guansé] y El rector de Tours, Barcelona, Destino, 1985.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Portada de El baile del conde de Orgel, de Radiguet, en la colección Cristal.

Traducciones al español:

Raymond Radiguet, El baile del conde de Orgel (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Cristal, 1941.

Paul Valéry, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmadas como Luis Ignacio Bertrán), con ilustraciones de Joan Palet, Madrid-Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1941.

François Maurois, Las Quintaesencias, selección, traducción e introducción (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1942.

Charles Morgan, Sparkenbroke (firmada como Luis Ignacio Beltrán), Barcelona, Ediciones de la Gacela, 1943; reimpresa con el título La llamada infinita por Plaza & Janés (colección El Arca de Papel 42) en 1973.

Robert Louis Stevenson, El secreto del buque Náufrago (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Ediciones Pal·las (Rosa de los Vientos), 1943.

Maurice Baring, Recuerdo inquietante (firmada como Luis Ignacio Bertrán), Barcelona, Ánfora, 1942.

G. Wodehouse, Guapo, rico y distinguido (firmada como Luis Ignacio Bertrán), La Pléyade. Novelistas Ingleses, 1944; reimpresa en una versión revisada por Hugo Mariano, Anagrama, 1993.

Clament Richard Attlee, Hacia una nueva estructura social (firmada como Luis Palazón Bertrán), Barcelona, José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1946.

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Retrato y portadilla de Las Quintaesencias de André Maurois

Patrick Hamilton, Luz de gas. Un guiñol victoriano (firmada como Luis Ignacio Bertrán), José Janés Editor (El Manantial que no cesa) 1947; reimpresa en Ediciones G.P., 1959, y posteriormente en Plaza & Janés.

Jack London, Una hija de las nieves (firmada Luis Ignacio Beltrán), con ilustraciones de Ricard Giralt-Miracle, Barcelona, Ediciones Lauro (La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros: Alaska), 1949.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundiall III: La Gran Alianza (dos volúmens, firmado el primero como Luis Palazon y el segundo obra de Manuel Bosch Barrett), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1950.

Winston Churchill, Memorias. La Segunda Guerra Mundial VI: El gozne del destino (dos volúmenes, firmados ambos como Luis Palazon), José Janés Editor (Los Libros de Nuestro Tiempo), 1951.

Fuentes:

La biblioteca de los hermanos Ramon y Lluís Palazon, compuesta de unos dos mil volúmenes, fue donada a la Biblioteca Pere Vergés de Badalona.

diccionari-de-la-traduccio-catalana_s.f., «El fundador del primer Avui dona la seva biblioteca», Avui, 27 de octubre de 1982, p. 42.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

Annacris Mora i Figuera, «Lluis Palazon i Beltran», en Montserrat Bacardí i Pilar Godayol, dirs., Diccionari de la traducció catalana, Vic, Eumo-Universitat Autònoma de Barcelona-Universitat de les Illes Balears-Universitat Jaume I-Universitat de Vic, 2011.

Lluis Palazon, Variacions sobre el crim. Tres històries morals (Incluye los relatos «Variacions sobre el crim», «Decebuts» y «El secret de l´homosexual»), Barcelona, Quaderns Literaris 120, 1936.

Joan Solà i Drachs, Història dels diaris en català, 1879-1976, Barcelona, Edhasa, 1978.

Edición colaborativa, El Club de los Lectores

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Logo de El Club de los Lectores (1955-1959).

Los Libros de Enlace ha quedado en la historia de la edición española como un caso singular en el que una serie de editoriales con afinidades políticas y estéticas, y con vínculos personales más o menos estrechos entre sus responsables, consiguieron poner en pie una interesante colección de libros de bolsillo (en la que hay sin embargo algunas disonancias clamorosas). De la confluencia de las barcelonesas Barral, Lumen, Tusquets, Laia, Edicions 62, Fontanella, Anagrama y la madrileña Cuadernos para el Diálogo, a la que se sumó durante un breve tiempo la también barcelonesa Edhasa, surgió un catálogo con algunos de los libros más interesantes y rentables que habían publicado cada una de ellas.

Hacia el año 2001, parecía recoger el testigo Quinteto, que aglutinaba inicialmente a Anagrama, Edhasa, Salamandra, Tusquets y dos editoriales del Grup 62 (Península y Muchnik), entre cuyos objetivos declarados se contaba tanto la voluntad de tener presencia en los puntos de venta, en un momento en que proliferaban las ediciones de bolsillo (Punto de Lectura, Booket, Debolsillo…), como preservar la autonomía frente a los grandes grupos, pero en cuanto se puso la producción en manos de Planeta ya empezó a intuirse que no tendría un final brillante.

No son estos casos únicos, y aunque el caso de Enlace quizá haya sido un poco mitificado por sus vínculos con la gauche divine, contaba con un antecedente bastante notable y poco conocido en El Club de los Lectores (1955-1959), que se estrenó con el lema “Publica los mejores libros a mejores precios” y el siguiente texto programático:

Ha sido fundado por un grupo de editores convencidos de que sólo una mayor difusión del libro puede contribuir a su abaratamiento. Sin embargo, y para predicar con el ejemplo, ha invertido los términos de la premisa y ha empezado por abaratar el libro para ponerlo al alcance de todos los bolsillos. Libros mejores al mejor precio es, pues, el lema del Club de los Lectores, al que se atiene con todas sus consecuencias. Publica, mensualmente, dos volúmenes sencillos y uno extra, en edición en rústica y también encuadernados en tela. Ha establecido, además, un sistema de suscripciones, utilizando el cual resulta el volumen extra al mismo precio que el corriente

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LAs muy características portadas en tela de El Club de los Lectores con su logo grabado en dorado.

En una primera selección aparecieron (en rústica y en cartoné con sobrecubierta) Vinieron las lluvias, la más célebre novela del poco menos que olvidado escritor estadounidense Louis Bromnfield (1896-1956), El enamorado de la Osa Mayor, del espía y escritor polaco, por entonces exiliado en Italia, Sergius Piasecki (1901-1964) y Retrato de un matrimonio, de la maestra de las grandes ventas y premio Nobel en 1938 Pearl S. Buck (1892-1973). Como arranque, era prometedor, y a estos siguieron títulos de clásicos jamás discutidos (Kipling, Huxley, Hemingway,Saroyan, Dos Passos, Zweig,  Mann), junto a una serie de autores que, tras un muy largo olvido, en el siglo XXI parecen haber sido objeto de operaciones de rescate con suerte diversa por parte sobre todo de editoriales pequeñas y más o menos audaces (Sally Salminen, Jakob Wasserman, Lajos Zilahy, Dino Buzzati, Knut Hansum, Somerset Maughan, Franz Werfel…).

Vinieron las lluvias y El enamorado de la Osa Mayor los había publicado en 1944 y 1944 respectivamente Carlos F. Maristany en sus Ediciones del Zodíaco, mientras que Retrato de un matrimonio era de los escasos títulos de Buck que habían escapado a José Manuel Lara Hernández y había publicado, en traducción de Isabel Iglesias, la histórica Hispano-Americana de Ediciones (HAE), editorial derivada de las italianas ediciones De Vecchi, entre cuyos blasones está el haber publicado en España la primera viñeta de Supermán –en 1940, si bien por razones de presión lingüística como Ciclón el Superhombre–, desde su sede barcelonesa de la calle Londres (núm. 186-1889) y desde la calle Rocafort 225, en los años cuarenta publicó diversos títulos de Bartolomé Soler, Mihaly Földi, Ferenc Herczec, Lajos Zilahy, Liam O´Flaherty y varios clásicos de la novela de aventuras británica (Walter Scott, Stevenson, A.E.W. Manson, Defoe…).

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Sobrecubierta de “A pecho descubierto” (1955), de James Hilton.

El truco consistía, básicamente, en añadir una portadilla y unas guardas con el logo de la colección a obras ya previamente publicadas, encuadernarlas en tela y añadirles unas sobrecubiertas (en algunos casos muy modernas, con collages de fotografía e ilustración) que dotaban de identidad propia a los volúmenes procedentes de colecciones y editoriales diversas.

Germán Plaza

Germán Plaza.

Sin embargo, las mayores aportaciones a la espléndida colección El Club de los Lectores procedieron de las colecciones de dos de los grandes de la edición barcelonesa, Germán Plaza (1903-1977) y José Janés (1913-1959, que aportaron algunos de los títulos más interesantes (de las ediciones Cisne y G.P. sobre todo, en el caso de Plaza) y fueron desde el principio sus máximos impulsores, pues tanto las ideas que en esos años había ido desarrollando Janés como las que expuso en su conocida conferencia de 1956 Germán Plaza encontraron una vía idónea para hacerse realidad en esta operación conjunta. Y al parecer, tal fue el éxito que pudo ir un paso más allá, según declaración de los propios editores al presentar El Libro del Mes como una nueva selección de títulos de resonancia internacional presentados por el Club de los Lectores:

La fervorosa y amplia acogida dispensada por los lectores de habla española a las selecciones del club de los lectores ha sido interpretada por sus editores como demostración de confianza en la labor difusora del buen libro.

El carácter, ya deliberado, que se ha impreso a esta colección impide, sin embargo, incluir en ella títulos y autores inéditos que, por lo mismo, exigen del lector un doble crédito.

Pero basándose en el que se le concede, El Club de los Lectores se ha decidido a salvar esta laguna, ofreciendo, al margen de sus ediciones normales, y en ediciones de bella y aun suntuosa presentación, el libro del mes, que consistirá en un título seleccionado de entre los de mayor éxito internacional del momento.

Pretende, a la vez, romper así la resistencia de los editores españoles a dar a conocer nuevos valores, motivada, con seguridad, por cierta falta de curiosidad de un público justificadamente escarmentado. Y también ha querido corresponder al favor de sus adictos, poniendo al alcance de todas las economías obras que por su continente y su contenido les estaban vedadas hasta ahora.

 

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Guardas de una edición de El Libro del Mes (en que alternan los dos logos).

El Libro del Mes es en realidad una de las iniciativas más interesantes por divulgar las ediciones muy bien hechas, pues se trata de obras encuadernadas en tela, con estampados en oro en portada y lomo, cinta marcapáginas, con sobrecubierta ilustrada a todo color y plastificada, con guardas impresas, portada interior impresa a dos tintas y con la particularidad de ir estuchados en cartón.

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La elegante portada de “El atrevido muchacho del trapecio” (1956) en la colección El Libro del Mes.

En realición a El Libro del Mes y el cuidado y suntuosidad con que se editaban estos libros es gracioso que Antonio Rabinad cuente en sus memorias que cuando Janés le obsequió con un ejemplar, se encontró en las manos “un estuche regular color crema, decorado con flores, que yo miré indeciso por ambos lados, sin saber qué decir. Y volví a leer, en una esquina, la leyenda que campeaba en bella letra inglesa: Amor me dio la bienvenida”. Y añade que respondió a la pregunta de si le gustaba: “¿Pero esto es un libro? Creí que me regalaba usted una caja de bombones”.

En los años sucesivos aparecerían como Libro del Mes obras inéditas de Dino Buzzati, André Maurois, William Saroyan o Mika Waltari, así como de unos cuantos autores que hasta entonces no habían sido publicados en España, como Michel Deon, Christine Garnier o Nevil Shute, entre otros.

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Frontis de la caja a la que alude Rabinad en sus memorias.

Fuentes:

Isabel Obiols, «Cinco editoriales se unen en una nueva marca de bolsillo», El País, 19 de diciembre de 2001.

Plaza, Germán, “Los problemas del libro popular en España”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1956.

Rabinad, Antonio, El hombre indigno. Una vida de posguerra, Barcelona, Alba Editorial (Colección Literaria), 2000.

Juan Marsé, José Janés, Carlos Barral y el «escritor obrero»

Una de las muchas cosas que pone de manifiesto la excelente –y políticamente comprometida– biografía de Josep Maria Cuenca acerca de Juan Marsé (n. 1933) es la trascendental importancia que tuvo en su entrada en el mundo editorial, así como en su formación como escritor, la ya conocida amistad con la traductora, crítica literaria y narradora barcelonesa Paulina Crusat (1900-1981), cuando ésta se había establecido ya en Sevilla.

Paulina Crusat se había estrenado como traductora de Jean Moréas (Poemas y estancias, 1950) para la editorial vinculada al Opus Rialp, pero se consagró enseguida en esta faceta con una Antologia de poetas catalanes contemporáneos (1952), traducida en verso también para Rialp. Esto la llevó a las páginas de la revista Ínsula, donde se puso al frente de una longeva sección dedicada a las letras catalanas y, poco después, a publicar una primera novela en la colección Novelistas Hispano-Americanos de José Janés (1913-1959), Mundo pequeño y fingido (1953). Sin embargo, sus dos obras siguientes, que formaban el díptico Historia de un viaje, Aprendiz de personas (1956) y Las ocas blancas (1959), aparecieron en la prestigiosa colección Áncora y Delfín de la editorial Destino de Josep Vergés (1910-2001).

Juan Marsé.

Ese mismo año 1953 en que Crusat se da a conocer como novelista consigue Marsé publicar su primer cuento, en Ínsula («Plataforma posterior»), gracias precisamente a las gestiones de la escritora, con quien mantuvo una nutrida correspondencia que Cuenca cita por extenso. No es de extrañar por tanto, que al primer editor a quien se dirigiera Marsé fuera al que lo había sido de Crusat, Josep Janés, tal como explicó él mismo en declaraciones a Sergi Dòria:

Paulina Crusat leyó un par de cuentos y recomendó su publicación en la revista Ínsula, que entonces dirigía su amigo José Luis Cano. También me proporcionó entrevistas con Salvador Espriu, que me ayudó muy poco –¡me aconsejó que me casara, lo juro!– y con el editor Josep Janés, que me animó a escribir mi primera novela. Sin duda la habría publicado él, de no haber muerto en accidente de automóvil cuando yo la estaba terminando cuatro años después.

José Janés.

José Janés.

Cabe deducir que se produjo pues un primer encuentro a mediados de la década de los cincuenta en el que Janés animó a Marsé a decantarse por la novela, pues en aquellos años Marsé estaba sobre todo intentando colocar cuentos en revistas y premios, y en 1957 probó fortuna en el Nadal con una versión primeriza de Encerrados con un solo juguete con el título Las cenizas (lo ganaría Carmen Martín Gaite con Entre visillos). Sin embargo, hubo una segunda visita en la que Marsé presentó su novela y que Josep Maria Cuenca registra a partir de una carta que le mandó Crusat al enterarse de ello en diciembre de 1959:

¿Qué Janés no le tomó el libro? Le llevó Ud. el primero. Si encontró que no estaba a punto de arriesgar en él el dinero (pues de eso se trata) tenía razón. A casi nadie (genios comprendidos) le toman el primer libro.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Este encuentro se puede contextualizar en una época en que, sobre todo a raíz del sonado éxito de las novelas de Francisco Candel (1925-2007) Hay una juventud que aguarda (1956) y Donde la ciudad cambia su nombre (1957), Janés se había comprometido con mayor ahínco en una apuesta que llevaba manteniendo en esos años por la novela de una nueva generación nacida en los años veinte, y en su mayor parte sin formación universitaria, que retrataba de un modo realista e implícitamente crítico los ambientes menos pulcros de los centros urbanos españoles.

En ese propósito cabe situar, por ejemplo, el intento de premiar y publicar en 1947 a Francisco González Ledesma (1927-2015) Sombras viejas, tentativa que la censura desbarató, y exactamente lo mismo sucedió con Juan Goytisolo (n. 1931) y su aún hoy inédita El mundo de los espejos en 1952, así como con Antonio Rabinad (1927-2009) y La noche de Juan Dociac al año siguiente, si bien esta última, que el censor Valentín García Yebra describía como «una gran novela en el aspecto literario pero muy peligrosa desde el punto de vista moral y religioso», sí se pudo publicar, expurgada y con mucho retraso, con el título Los contactos furtivos (1956). Fruto de este mismo proyecto janesiano o vinculado de algún modo a él sí vieron la luz en cambio La moneda en el suelo (1951), de Ildefonso Manuel Gil (1912-2003) –que Fernando Larraz ha caracterizado como «una alegoría de las amputaciones psicológicas que supuso la guerra» – o El trapecio de Dios (1953), de Jorge Ferrer-Vidal (1926-2001), que practicaba un realismo social más asimilable por el régimen franquista (García Yebra la definió en su informe a censura como nada menos que «una alabanza de la gracia y la misericordia divinas»).

Al margen de las dificultades que encontró Janés para hacer accesibles al lector español estas novelas, es interesante comprobar también que muchos de estos escritores mencionados han reconocido entre sus principales influencias a ciertos autores extranjeros que formaban la columna vertebral de los catálogos de Janés (Zilahy, Knut Hamsun, Maurice Baring, Aldous Huxley, Maugham, Mauriac, Maxence van der Meersch, H.G. Wells), y en este sentido es especialmente curioso el caso de José Luis Sampedro, que presentó al Premio Internacional de Novela de Janés una novela, La sombra de los días, cuyo modelo estructural confeso era la novela de Clemence Dane Leyenda (publicada en 1942 en la colección janesiana Aretusa). Al parecer llegó incluso a firmarse un contrato de edición por la obra de Sampedro entre Janés y el autor, y en este caso es muy dudoso que los problemas se debieran a la censura, pero la obra no apareció hasta casi medio siglo después y en Alfaguara.

Antonio Rabinad.

Respecto a las lecturas e influencias son bien conocidas, por repetidas o parafraseadas, las declaraciones de Juan Marsé a Marcos Ordóñez:

Leía de todo y en total desorden, si es que hay que tener un orden en las lecturas, que yo creo que no: Balzac y El Coyote, Stendhal y Salgari, Stevenson y Edgar Wallace, en traducciones horribles, impresas en un papel que se deshacía entre los dedos. Y las novelas policiacas de la Biblioteca Oro [Editorial Molino] y la «literatura seria» que publicaba José Janés, lo poco que dejaban: sus máximos exponentes eran Somerset Maugham y Lajos Zilahy, que no estaban nada mal (los cuentos de Maugham siguen siendo espléndidos), mezclados con Cecil Roberts y Maxence Van der Meersch.

Si bien podemos atribuir a la muerte de Janés el hecho de que la primera novela de Juan Marsé no se publicara en su editorial, el hecho de que se hiciera cargo de ello Carlos Barral (1928-1989) es difícil no vincularlo a la trayectoria de algunos de los autores anteriormente mencionados, lectores que en buena medida se formaron con lo que Janés conseguía que la censura le permitiera publicar de entre lo más notable de la literatura europea de su tiempo.

De izquierda a derecha, fila superior: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castellón; fila inferior: Jaime Gil de Biedma, Alberto Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald.

Antonio Rabinad, por ejemplo, que se había marchado a Venezuela, atribuye en sus memorias su regreso a España al entusiasmo de Barral por reeditar Los contactos furtivos, lo que llevaría a cabo en 1971, y ya antes le publicaría A veces, a esta hora (1965), El niño asombrado (1967) y Marco en el sueño (1969). De Juan Goytisolo es muy famoso y conocido tanto su acercamiento al círculo barraliano y la publicación en Biblioteca Breve de La isla (1961) La chanca (1962), Fin de fiesta (1962) etc., como su posterior distanciamiento mediada la década de los sesenta, precisamente a raíz de la polémica concesión del Premio Biblioteca Breve a Últimas tardes con Teresa en detrimento de La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig (1932-1990). Se trate de una coincidencia o no, lo cierto es que en alguna medida el proyecto puesto en marcha por Janés, y redoblado a raíz del extraordinario éxito de las primeras novelas de Paco Candel, se trasladó en alguna medida al ya legendario “cuarto de los sabios” capitaneado por Barral, cuya tripulación, lógicamente, lo fue ampliando y modernizando.

Cubierta de Últimas tardes con Teresa, con la famosísima fotografía de Oriol Maspons (1928-2013).

Otra coincidencia digna de ser tenida en cuenta es que, exactamente en esos mismos años, entre 1955 y 1956, se produjo en paralelo también el frustrado intento por parte de Janés de publicar a un autor cuya distribución siquiera en España estuvo estrictamente prohibida por la simple y llana razón de su trayectoria biográfica previa, José Ramon Sender (1901-1982), que si bien perteneciente a una generación anterior, acaso podría situarse, por lo menos una parte de su extensa bibliografía, en la misma estirpe que la de algunos de los autores mencionados.

De izquierda a derecha: Juan Marsé, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y José Agustín Goytisolo.

En cualquier caso, lo que parece evidente es una cierta continuidad entre dos proyectos consecutivos, el segundo con una intención más claramente política, que Marsé se encargó en su momento de caricaturizar con su vitriólica mordacidad:

Me recibió Joan Petit y me llevó al despacho de Barral, que estaba con Josep Maria Castellet. Les había llamado mucho la atención la novela porque, dijeron, no tenía nada que ver con lo que les enviaban. Era la época del realismo social a todo trapo, y Encerrados [con un solo juguete] les pareció una novela extraña, introspectiva, decadente… Cuando Castellet se enteró de que trabajaba en un taller se le caía la baba. ¡Al fin el espécimen más buscado en el panorama literario español! ¡Un escritor obrero, uno de verdad! Su alegría duró poco, porque no tardaron en descubrir que lo que yo quería era ser un escritor burgués y cobrar el máximo posible por los libros para escapar de las siete horas diarias en el taller.

Juan Marsé en el taller.

Fuentes:

Josep Maria Cuenca, Mientras llega la felicidad. Una biografía de Juan Marsé, Barcelona, Anagrama, 2015.

Sergi Doria, «Juan Marsé: “El escritor, cuanto más lejos del poder político, mejor», Abc, 25 de noviembre de 2014.

Fernando Larraz, Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 268), 2014.

Marcos Ordóñez, «De mis archivos: Un paseo con Marsé. Primera parte-1993», Blog de El País, 19 de septiembre de 1912 (publicado originalmente en la revista Co & Co, h. septiembre de 1993).

Joan Palet y los libros, una desenfadada coda sobre la censura franquista

Jacqueline Hurtley, cuyos trabajos sobre el editor Josep Janés (1913-1959) no me cansaré de recomendar, ya en su tesis doctoral analizó y describió la censura a la que fue sometida la traducción al español de Portrait in a mirror, y en un apéndice reproducía además algunas páginas del mecanoscrito con las tachaduras censorias; realmente, el de esta novela de Charles Morgan es un caso bastante singular, en el que además el ilustrador Joan Palet (1911-1996) tuvo un papel que, pasado el tiempo, resulta bastante gracioso.

En 1942, cuando Janés acababa de disolver la asociación que en la inmediata posguerra había intentado con Félix Ros (1912-1974) para llevar adelante la editorial Emporion, una de las primeras iniciativas que llevó a cabo fueron las Ediciones Lauro, conocidas sobre todo por su colección Aretusa (inicialmente encuadernada en rústica). En esta colección se publicó Retrato en un espejo (Premio Fémina 1930), pero con la singularidad de ser editada con ilustraciones, de Palet, encuadernada en tapa dura y con punto de lectura en tela. Recordando experiencias recientes de Janés con la censura, Hurtley aventura con mucho tino que muy probablemente este trato excepcional a la novela de Morgan respondía quizá a la voluntad de pasar el filtro de la censura franquista, que se mostraba más flexible con las ediciones lujosas por considerar que, dado su precio más elevado, difícilmente caerían en manos “poco convenientes” (es decir, las clases populares, a las que se suponía maleables).

Josep Janés.

La obra tuvo una inesperadamente buena acogida y recepción, y fueron muy elogiadas las ilustraciones de Palet. De hecho, la idea de los libros ilustrados o decorados fue una de las grandes iniciativas de Janés en aquellos años de la inmediata posguerra, aunque comportaran algunos inconvenientes, problemas de producción y retrasos. Así, explica Janés en su estupenda conferencia «Aventuras y desventuras de un editor»:

Solían ilustrar muchas veces los libros sin leerlos. Joan Commeleran me ilustró una vez una novela de veinte capítulos con veinte escenas, todas ellas referentes al primero. Pedro Pruna dibujó unos personajes que, según la obra, eran niños de ocho o nueve años, y me los representó, él, con bigote, y ella, con una figura que resultó un retrato anticipado en doce años de esa señora, de tanto relieve en la pantalla de hoy, que se llama Gina Lolobrigida. […] Había excepciones, claro está. [Josep M.] Mallol Suazo, [Joan] Palet [Evarist] Mora, Eduardo Vicente y muchos otros eran de una seriedad impecable.

Pere Pruna (1904-1977).

En Retrato en un espejo –«una novela perfecta», en palabras quizá demasiado entusiastas de Ricardo Gullón, que la emparenta con Jane Austen y Henry James– el joven pintor Nigel Frew rememora en primera persona el momento en que siendo muy joven se enamoró de Clare Sibright (cuando ésta estaba a punto de casarse), más por cómo se la imaginaba que por cómo era ella realmente, y su posterior frustración al negarse Clare a acompañarlo cuando, en un arrebato de pasión, le propuso una muy novelesca huida. El quid de la novela sin embargo, reside en el hecho de que Nigel se enamora de la idea que se ha hecho de Clare, y ello se pone de manifiesto cuando intenta pintar un retrato al óleo de su amada. Sólo consigue retazos, esbozos de sus manos, de su pelo, de su cuello, porque lo que en realidad parece desear es poseerla desde un punto de vista artístico, estético y muy romántico, y cuando comprende eso su pasión se apaga. En una segunda parte, convertida Clare en la esposa de Ned Fullaton en un aburrido matrimonio, es ella quien no puede quitárselo de la cabeza, y el desenlace es, efectivamente, el que es fácil suponer y que muy poca gracia le haría a la censura franquista.

Sin embargo, y resumiendo el relato que hace Hurtley del caso, la censura obligó sobre todo a tachar:

unas alusiones a los monjes y a Dios que se interpretarían como irreverentes e, incluso, heréticas, por lo que se refiere a Dios y, luego, la versión de la obra autorizada revela la supresión o sustitución de lenguaje explícitamente físico o sensual y la comparación cruda de los labios de la protagonista con los de una prostituta.

Sin embargo, la censura dejó pasar la escena en que Nigel se imagina el cuerpo desnudo de Clare y eso despierta su deseo, quizá sin tener en cuenta que esa escena se desarrolla en el interior de una iglesia.

Portada de la edición de 1957 .

Por si esto fuera poco, ya el traductor (Alfonso Nadal) o quien corrigiera la traducción se ocupó de atenuar el lenguaje, dando en la versión española “belleza física” como traducción de the body o traduciendo como “amor” lo que en el original era passion.

Con todo, lo más jugoso de esta historia queda para el final, que ya en la resolución definitiva de la Delegación Nacional de Propaganda (del 30 de junio de 1942) se pedia que el traductor «suavizara». Lo que decía la primera versión de traducción, y de lo que se deducía que se había consumado el acto sexual, era lo siguiente: «de modo que mi cabeza descansó en su pecho y sus cabellos cayeron sobre mí», frase que fue muy convenientemente tachada por el censor de turno.

Joan Palet pintando al aire libre en 1973.

Lo jocoso del caso es que esa fue precisamente la imagen que Plaet concibió, y Janés hizo imprimir, como última ilustración de la obra. Cabe discutir, sin fundamento ni pruebas, si fue un modo intencionado o no de torear a la censura, pero en cualquier caso no deja de tener su gracia.

Tambien la tiene que, visto lo visto, Gullón rematara su reseña con el siguiente comentario, en el que pone de manifiesto lo arriesgado que resulta hablar de las tracucciones cuando no se ha llevado a cabo un cotejo mínimamente serio del original con su versión traducida:

Es un deber fácil y gustoso de cumplir consignar que la versión castellana de Retrato en un espejo se presenta en esmerada y bella edición de la colección Aretusa que dirige José Janés. La traducción de Alfonso Nadal, cuidadosa y poética, es fiel trasunto del original inglés. Lleva ilustraciones muy delicadas de Juan Palet. En conjunto el libro resulta digno por su presentación de la obra con que, si no me engaño, se da a conocer a Charles Morgan al lector español.

Portada de la edición de 1942.

Fuentes:

Ricardo Gullón, «Retrato en un espejo», Escorial, núm 32 (junio de 1943), pp. 449-453.

Jacqueline Hurtley,La literatura inglesa del siglo xx en la España de la posguerra: la aportación de José Janés, tesis de doctorado, Universitat de Barcelona, 1983.

La profesora Jacqueline Hurtley tras recibir el Premio de la European Society of the Study of English por su biografía de Walter Starkie.

Jacqueline Hurtley, «La obra editorial de José Janés: 1940-1959», Anuario de Filología (Universitat de Barcelona), n. 11-12 (1985-1986), pp. 293-329.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés, editor de literatura inglesa, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias (Letras, Ciencias, Técnica 28), 1992.

Josep Janés i Olivé, «Aventuras y desventuras de un editor», conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona,1955.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Bareclona, Debate, 2013.

Eduaro Ruiz Bautista, coord., Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 188), 2008.

José Manuel Lara Hernández, primeros “trapicheos” y “golpes bajos”

Si se repasa la adolescencia y primera juventud de José Manuel Lara Hernández (1914-2003), resulta un tanto paradójico que acabara al frente de uno de los grandes imperios editoriales del siglo xx. Según el resumen que de ello hizo Màrius Carol:

Primero entró en un taller de mecánico ajustador y se cansó, luego empezó en una droguería y se siguió cansando, hasta que por último se decidió por la carpintería, pero también lo dejó si bien no parece que fuera por agotamiento. Finalmente fue su padre quien se cansó del chico y lo mandó a Madrid con dieciséis años.

Celia Gámez (1905-1992).

Pero no acabó este periplo en Madrid, adonde llegó en 1930 para entrar al poco tiempo en la compañía de revista de Celia Gámez como bailarín de claqué, dedicarse luego durante un breve tiempo a la venta de galletas e ingresar en 1935 en el Ejército y posteriormente en la Legión, en la que no tardó en obtener el rango de oficial. Licenciado en Barcelona, una vez concluida la guerra civil española–que no hará falta decir que libró en el banco franquista–, estuvo un tiempo empleado en la empresa italiana Pirelli,  hasta que, una vez ya casado, creó con su esposa una academia de enseñanza general y oposiciones, cosa que no tardó en descubrir que exigía mucha dedicación y daba pocos ingresos, pero que puede considerarse su primer acercamiento profesional a la letra impresa.

Entrada de la Legión en Barcelona en 1939.

Entre las frases célebres de Lara se cuenta aquella según la cual “el negocio que no da para levantarse a las once de la mañana, ni es negocio ni es nada”, que contribuye a esclarecer los motivos que le llevaron al mundo de los libros. Volviendo a Carol:

Lara no estaba satisfecho con sus academias y sus trapicheos y un buen día, aburrido de una vida sedentaria, monótona y pobre, se enteró de que el catedrático Félix Ros vendía una pequeña editorial llamada Tartsesos.

Félix Ros (1912-1974)

Félix Ros (1912-1974)

Así pues, el 26 de junio de 1944 José Manuel Lara Hernández se hizo con la empresa creada por el traductor, periodista escritor y editor falangista Félix Ros, y basta con una ojeada distraída a los libros que publicó a partir de entonces para advertir que en ella los principales colaboradores de José Manuel Lara fueron el traductor y agente literario de origen húngaro Férenc Oliver Brachfeld (1908-1967) y quien sería uno de los miembros del primer jurado del Premio Planeta (y firmante de numerosas traducciones en esa época) José Romero de Tejada. No deja de ser también indicativo del carácter de Lara que una de las primeras cosas que hiciera con la editorial recién adquirida fuera cambiarle el nombre por el de Editorial Lara.

Lara como miembro del primer Premio Planeta (1952), con Bartolomé Soler, Romero de Tejada, Tristán la Rosa, Pedro de Lorenzo, González Ruano y Gregorio del Toro.

 

Lo cierto es que, si alguna mano se adivina en los títulos publicados entre el momento de la compra y el de su paso a manos de Josep Janés (1903-1959) es la de Brachfeld, quien había traducido ya obras para Ros en Tartessos. Basta comparar los títulos de Tartessos con los de Editorial Lara para darse cuenta de ello. Pero una de las primeras cosas que hacen (Lara, e intuyo que no por su cuenta y riesgo sino asesorado por Brachfeld) es desmontar la estructura de colecciones.

Somerset Maugham (1874-1965).

Estas eran las nueve de Tartessos en 1943: Grandes Narradores Contemporáneos (Joyce, Maugham, Roger Vercel), Narradores Eternos (Jane Austen, Goncharov), El Molino y la Rosa (Los papeles póstumos del Club Pickwick), Penélope (Maurois, Fratelli), Amadís (donde publicó a Azorín y Unamuno), Noche en Vela (El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder, Dickens), Muérdago (Bécquer, Maupassant) Seis Delfines (Maugham, Chesterton, Baring, Maurois) y Áncora de Salvación (Iván Bunin).

Entre las colecciones de Editorial Lara, en la que cobran importancia las literaturas nacionales como criterio, se cuentan en cambio una llamada Voces de Francia (que se estrena con Tragedia en Francia, de Maurois, en traducción de Brachfeld), Novelas Húngaras (donde se publican dos títulos de Lajos Zilahy y El error, de Ferenc Körmendi) y Pequeñas Obras Maestras (narrativa breve de Thomas Mann y de Maurois traducidas ambas por Brachfeld), así como dos colecciones con nombres que hoy pueden sonar un tanto new age avant la lettre, Horizonte (varios títulos de Maugham, en versión de Romero de Tejada ) y Amanecer.

Y si la colección de Tartessos Seis Delfines publicó en su Biblioteca de Escritores Hispánicos el Sintiendo a España, de Azorín –que ya se había anunciado en la empresa conjunta de Ros y Janés como de próxima aparición en la colección Rosa de Piedra–, en la Editorial Lara se le publica al mismo autor la novela histórica Salvadora de Olbena (1944), cuya publicación coincide en el tiempo con otra (¿pirata?) en las zaragozanas Ediciones Cronos. Sin embargo, aunque indicativa, en realidad la presencia de autores españoles no es importante ni en uno ni en otro caso. En Editorial Lara se limita a  Francisco Fernandez Mateu (Después de la vida y antes de la muerte, 1944), quien al año siguiente fundaría la editorial Mateu, el ínclito César González Ruano (Imitación del amor y Poder relativo, 1946), el escritor un tanto demodé Bartolomé Soler (Karú-Kinká, 1946) y el periodista y escritor Manuel Pombo Angulo (En la orilla, 1946).

De todos modos, es difícil aquilatar a partir de 1946 son elecciones de la etapa Lara y cuáles de Janés, que compró la empresa en unas circunstancias que Francisco Candel resumió en uno de sus libros de memorias:

Josep Janés la compró, se dijo que por un millón de pesetas, cantidad archirespetable en aquellos tiempos. Con la compra de L.A.R.A., Janés eliminaba a alguien de la competencia –aparte de adquirir su fondo editorial, ya que Lara no podría usar si nombre editorialmente.

Shanghai Hotel, de Vicki Baum, en L.A.R.A.

Y, a su vez, Janés le cambió el nombre a L.A.R.A., bromeando en privado acerca de su significado: Los Autores Realmente Antifascistas, pero es muy probable también que lo que le interesara fueran algunos autores de ese catálogo (y particularmente Chesterton, Somerset Maugham, Zilahy y Maurois, a los que había publicado ya o publicaría reiteradamente en los años siguientes), pues con el tiempo le permitirían crear colecciones tan exitosas como sus volúmenes de Maestros de Hoy, cuyo logo remite, no de un modo inocente, a la emblemática y excelente colección La Rosa de Piedra.

Según ha referido Manuel Lombardero, durante muchos años mano derecha de Lara Hernández, “Lara se había comprometido con Janés, puede que verbalmente, a dedicarse al negocio del papel y que no pondría una editorial. Pero el negocio del papel se liberalizó y dejó de ser tal negocio, con lo que Lara montó Planeta [en 1949]. Eso Janés lo tenía grabado.” (lo cuento con más detalle en A dos tintas, pp. 287-290).

José Janés.

José Janés.

Parece evidente que no era sólo eso lo que movió a Janés a comprar la Editorial Lara, si bien hay muchos testimonios de la incompatibilidad de caracteres y de la extraordinaria diferencia de sus modos respectivos de enfocar la labor del editor.

En la ambiciosa e impresionante Historia de la edición en España, Martínez Martín relata la irrupción de Lara en lo que tradicionalmente se consideraba “un negocio de caballeros” en los siguientes términos:

Lara no tenía vinculación previa con ninguna de las piezas que alimentaban la edición: tipografía, librería, antecedentes familiares de editores, creación literaria, actividad intelectual… y, quizá por partir de cero, desplegó una agudeza en los negocios sin los márgenes que condicionaban a los editores de profesión […] No era editor. Tampoco lector. Su contacto con los libros había sido episódico […] No contaba con criterios de selección literaria […]

Entendía muy bien las relaciones personales y clientelares del Régimen, con idea siempre del pragmatismo y el negocio.

No está nada mal, pero no evoca en cambio aquella muy célebre declaración del propio Lara al prestigioso entrevistador de La Vanguardia Manuel del Arco, de la que Francisco Candel explicó las circunstancias:

Lara dijo, en entrevista a Del Arco, periodista que te hacía firmar sus entrevistas para que luego no te retractaras: “Yo he triunfado en la vida porque he dado muchos golpes bajos”.

José Manuel Lara Hernández.

Apéndice

Datos (incompletos) de algunos libros de Editorial Lara entre 1944 y 1946

Portada de Tragedia en Francia.

 

Azorín, Salvadora de Olbena, 1944.

Francisco Fernández Mateu, Después de la vida y antes de la muerte, 1944.

André Maurois, Tragedia en Francia, Voces de Francia 1, traducción de Oliver Brachfeld,  1944.

Phillipe Barrès, Charles de Gaulle, prólogo de Marcelin Defourneaux y traducción de F. Oliver Brachfield y, 1944.

André Maurois, La salvación de Norteamérica, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1944.

Alia Rachmanova, La fábrica de los hombres nuevos, traducción de J. García Mercadal, 1944.

Lajos Zilahy, El amor de un antepasado mío, 1944.

Cubierta de Charles de Gaulle.

 

Thomas Mann, Tonio Kröger. Anhelo de felicidad. El payaso, Colección Pequeñas Obras Maestras, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1945.

André Maurois, Tragedia en Francia, 1945.

André Maurois, Viaje al país de los hortícolas, seguido de Por el camino de Chelsea, Colección Pequeñas Obras Maestras, traducción de F. Oliver Brachfeld, 1945.

William Somerset Maugham, Ah King (mi criado chino), 1945.

William Somerset Maugham, Servidumbre humana, traducción de Enrique de Juan, 1945.

Lucio D´Ambra, Conversaciones de medianoche, traducción de Eugenio Montalt, 1945.

G.K. Chesterton, El escándalo del padre Brown, traducción de F. González Taujis, 1945.

Ferenc Körmendi, El error,  traducción autorizada por Luis Torres, Colección Novelas Húngaras, núm. 2, 1945.

André Maurois, Historia de los Estados Unidos, traducción de Oliver Brachfeld, 2 vols., 1945.

Somerset Maugham, El paso del hombre, traducción de J. Romero de Tejada, 1945; 1946 (Horizonte).

Erwin H. Rainalter, Música de la vida, traducción de  José Lleonart, 1945.

Lajos Zilahy, La vida de un escritor, trad. Oliver Brachfeld, Lara, 1945.

Stefan Zweig, El candelabro enterrado, traducción de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro, 1945.

Colección Novelas Húngaras, núm. 2.

 

Condesa de Chambrun, Cinco damas de corazón y una fea simpática, traducción de José Onrubia, 1946.

César González Ruano, Imitación del amor, 1946.

César González Ruano, El poder relativo, 1946.

Manuel Pombo Angulo, En la orilla, 1946.

J.B. Priestley, La isla lejana, Traducción de J. Romero de Tejada y Diego Navarro, 1946.

Félix Ros, El paquebot de Noé, 1946.

Bartolomé Soler, Karú-Kinká, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Rosie, traducción de Manuel Vallvé, 1946.

William Somerset Maugham, Luz en el alma, traducción de Fernando Gutiérrez, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Soberbia, traducción de José Romero de Tejada, 1946.

William Somerset Maugham, El velo pintado. Aventura en Tching-yen, traducción y prólogo de J. Romero de Tejada, Colección Horizonte, 1946.

William Somerset Maugham, Cautiva del amor, 1946.

William Somerset Maugham, Cosmopolitas, traducción de Isidoro Guerrero, 1946.

Wulliam Somerset Maugham, Una hora antes del amanecer, 1946.

William Somerset Maugham, A orillas del Támesis, 1946.

William Somerset Maugham, El agente secreto, traducción de. R. García Adamuz, 1946.

Herbert Wild, En la boca del dragón, 1946.

P.C. Wren, Los hijastros de Francia, 1946.

Stefan Zweig, Americo Vespucio, versión de Alfredo Kahn, 1946.

El poder relativo, de González-Ruano.

 

Fuentes:

Màrius Carol, José Manuel Lara, de otro planeta”, en Noms per a una historia de l´edició a Catalunya, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001, pp. 9-39.

Es fama que Paco Candel fue una de las mayores víctimas de la censura.

Paco Candel ante una caricatura suya obra de Manuel del Arco.

Francisco Candel, Patatas calientes, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo. Crónicas), 2013.

Jesús A. Martínez Martín, “La autarquía editorial. Los años cuarenta y cincuenta”, en Historia de la edición en España, 1939-1975, Madrid, Marcial Pons (Historia), 2015, p. 233-271.

Morán,“Entrevista a Manuel Lombardero”, Asturama, 23 de julio de 2012.

Más áncoras y más delfines (en la Editorial Tartessos)

En la página 7 del número 142 de una publicación de Cuenca (España), titulada inequívocamente Ofensiva y caracterizada más inequívocamente todavía como Bisemanaro nacional-sindicalista, el que fuera miembro de la RAE Ángel Dotor (en mejores tiempos colaborador de Guillermo de Torre en aventuras vanguardistas como Alfar, Cervantes o Cosmópolis) publicó un interesante artículo titulado –muy acorde con la línea de ese “bisemanario, que salía jueves y domingos–  “Una editorial española” que aporta datos muy útiles para caracterizar la editorial Tartessos que dirigía Félix Ros (1912-1974), y que en 1944 acabó vendiendo por cien mil pesetas a José Manuel Lara, para que este se iniciara en el mundo de la edición (y, tras su fracaso, la vendiera a su vez a Janés comprometiéndose además a no volver a entrar en el negocio de la edición).

El texto de Ángel Dotor (1898-1986) constituye un completo repaso a lo que, a la altura de octubre de 1943, eran las colecciones de Tartessos: Grandes Narradores Contemporáneos (Joyce, Maugham, Roger Vercel), Narradores Eternos (Jane Austen, Goncharov), El molino y la Rosa (Los papeles póstumos del Club Pickwick), Penélope (Maurois, Fratelli), Amadís (donde publicó a Azorín y Unamuno), Noche en Vela (El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder, Dickens), Muérdago (Bécquer, Maupassant) y, en los que quisiera detenerme: Seis Delfines y Áncora de Salvación.

Félix Ros (1912-1974)

Félix Ros (1912-1974)

Teniendo en cuenta que, una vez disuelta su asociación con Josep Janés i Olivé (1913-1959) –como consecuencia de “circunstancias igualmente penosas para los dos” que los mantuvieron reñidos durante varios años, según el propio Ros–, la editorial se creó tras el verano de 1941, no hay duda de que tuvo un arranque bastante asombroso, y aunque es cierto que hay unos cuantos títulos publicados por Tartessos que ya habían sido anunciados en la empresa en común con Janés (Editorial Emporion), la cantidad de títulos y el fuste de algunos de ellos no dejan de ser muy dignos de consideración.

El nombre de Seis Delfines y Áncora de Salvación, como el de Áncora y Delfín, el logo de Barral más adelante o –como señaló Mireia Sopena– el de los Dolphin Books de Joan Gili i Serra, remite de un modo evidente a la obra de Aldo Manuzio. Son, desde el punto de vista literario, pero también desde el del diseño, dos de las colecciones más interesantes y logradas de Tartessos (a la que podría añadirse Muérdago). Al igual que hicieran con Janés en la colección Saeta Blanca de Emporion, los volúmenes de Seis Delfines se encuadernaban en un cartón muy flexible, sin imprimir, con sobrecubierta ilustrada a dos tintas, pero lo que quizá más llama la atención sea la selección de autores (muy afín a las que en esos mismos momentos y en los años siguientes hacía Josep Janés), entre los que se encuentran algunos de los narradores británicos más apreciados en España en la década de los cuarenta: G. K. Chesterton, Maurice Baring,  W.B. Maxwell o Somerset Maugham. Y hasta tal punto llegaba esa “afinidad” –si de tal cosa se trataba– entre Janés y Ros que incluso publicaron ambos en los mismos años y en sus respectivas editoriales el Climas de Maurois.

Ernst Wiecher.

Y, junto a ellos, otros autores no menos “janesianos”, como la premio Nobel de 1909 Selma Lagerlöf, el mencionado represaliado por los nazis y exiliado André Maurois o –caso bastante curioso teniendo en cuenta el ambiente censorio y la trayectoria política del autor–, La baronesa, del católico Ernst Wiechert (1887-1950), quien ya en los años treinta se había significado por sus críticas al nazismo y que durante la guerra pasó cuatro meses internado en el campo de Buchenwald. A su lado, con retranca, el premio Nobel de 1910, el judío alemán Paul von Heyse (1830-1914). Desde el punto de vista estrictamente político, contrasta junto a ellos la presencia de Paul Morand (1888-1976), uno de los representantes más conocidos del grupo francés de Los Húsares (con Roger Nimier, Jean Giono, Jacques Chardonne, etc.) célebre por su filonazismo y sobre todo por su antisemitismo. Entre los autores que se anunciaron en las solapas de los números publicados y que no llegaron a salir en esta colección se encuentran Roger Martin du Gard, Jean Cocteau, Jacques Chardonne, Joseph Peyré, Karl Heinrich Waggerls y Aquilino Ribeiro.

Así se presentaba la colección, que es evidente que no se guiaba en absoluto por criterios políticos, con un texto sin compromiso ninguno: “La editorial Tartessos publicará en esta colección de los Seis Delfines las mejores obras de imaginación de la literatura moderna de todo el mundo […] Y las últimas obras de los más importantes autores españoles”, algo esto último que no llegó a cumplir de ninguna manera.

Los 6 delfines. Cliclando en la imagen aumenta de tamaño.

Los 6 delfines. Cliclando en la imagen aumenta de tamaño.

En cuanto a Áncora de Salvación, que acoge volúmenes más breves pero igualmente cuidados y con un aspecto muy parecido al de Narradores Eternos (11 x 18, tapa dura con sobrecubierta y portada a dos tintas), los tres primeros títulos publicados permiten aventurar que pretendía dar cabida a autores nacionales o traducidos que abordaran el género biográfico. Entre los primeros autores elegidos se encontraba el periodista de Ya Nicolás González Ruiz (1897-1967), de quien su nieto José Antonio Millán ha escrito que “no sólo era el adalid del pensamiento nacional-católico aplicado a la literatura, sino que además había juzgado moral y personalmente millares de obras, glosadas puntualmente en su libro 6.000 novelas. Crítica moral y literaria”, pero que se hizo célebre sobre todo como continuador de la serie de biografías Vidas Paralelas (de las que escribió una veintena larga de títulos). Le acompañaban en Áncora de Salvación un incógnito Miguel S. Ferrer (acaso un seudónimo) y el Premio Nobel de 1933 Ivan Bunin (1870-1953), lo cual compone ya un trío bastante singular. Pero resulta desconcertante la publicación con ellos de la Crónica del callejón de los Gorriones, la primera obra de Wilhelm Raabe (1831-1910), que firmaba como Jakob Corvinus (y en una traducción que, sorprendentemente, en 1992 publicaría Rialp con copyright propio).

Al margen de áncoras y delfines, algunos de los libros de Tartessos que más han dado que hablar quizás hayan sido el Gente de Dublín (es decir, Dublineses), de Joyce, en traducción de Isabel Abelló de Lamarca, aparecido en Narradores Eternos en 1942, y la delirante versión de El parque Mansfield, de Jane Austen, publicada en la misma colección al año siguiente. La primera suele mencionarse como una de las obras que contribuyeron a dar a conocer en España a James Joyce, después de la pionera traducción de Retrato del artista adolescente que Dámaso Alonso firmó como Alfonso Donado y Biblioteca Nueva publicó en 1926 con prólogo de Antonio Marichalar.

En cuanto a la traducción que Guillermo Villalonga firmó de la obra de Jane Austen, basta una mirada para comprobar que de los 49 capítulos que tiene la novela en su versión original, sólo se publicaron 39, con un monumental salto entre los capítulos 11 y 20 que sin duda debieron de tener como consecuencia algunas lecturas distorsionadas  de El parque Mansfield. No es raro, sobre todo en las ediciones de esos años, que el cuidado puesto en la ilustración y la encuadernación, pese a la escasez de medios, no vaya acompañado de un esmero similar en cuanto a la edición de los textos, pero esta edición de Tartesos quizá sea merecedora de contarse entre las obras cumbre de los despropósitos en la materia.

Anexo. Títulos de Seis Delfines y Áncora de Salvación

SEIS DELFINES:

 

CAM004251. G.K. Chesterton, El Club de los Incomprendidos (traducción de Rafael O´Callagan), 1941; 1942 (2ª ed.).

2. Nino Salvaneschi, Sirénida, capital del mar (traducción de Margarita Sarasate), 1941.

3. Ernst Wiechert, La baronesa (traducción de Patricia Argensola), 1942.

4. W. Somerser Maugham, En los mares del Sur (traducción de José Romero de Tejada), 1942.

5. G.K. Chesterton, La incredulidad del padre Brown (traducción de Isabel Abelló de Lamarca), 1942.

6. Selma Lagerloff, Thale Tott y otras historias (traducción de N. Grülding), 1942.

7. Corrado Alvaro, El hombre es fuerte (traducción de Antonio de Gilbert), 1942.

8. Ivan Turgueniev, Aguas primaverales (trad. de R. O´Callagan), 1942.

Portada C9. Maurice Baring, C (vol I), (traducción de Enrique de Juan), 1942.

9 [bis]. Maurice Baring, C (vol II), (traducción de Enrique de Juan), 1942.

10. Paul Heyse, Sobre todas las cumbres, traducción de Kathe Von Balnkenstein, 1942.

11. Vittorio G. Rossi, Océano (traducción de Jorge Montalt), 1942.

12. G. K. Chesterton, El escándalo del padre Brown (traducción de F. González Taujis), 1942.

13. Ricarda Huch, El último verano (traducción de Käte von Blankenstein), 1942.

14. Maurice Baring, Medio minuto de silencio y otras historias (traducción de F. González Taujis), 1942.

15. Sofía R. Nalkowska, Choucas (traducción de Mira Warstacka), 1943.

16. John Hampson, Noche de sábado en Greyhound (traducción de Juan de Antequera), 1943.

17. Z. Y. Arbatov, Tania Vetrova (traducción de Alexus Marcoff), 1943.

Padre Brown18. Roger Vercel, Zona prohibida (traducción de María Héctor), 1943.

19. W. B. Maxwell, Olvidamos porque debemos olvidar (traducción de Guillermo Villalonga) 1943.

20. Francis Carco, La sombra (traducción de F. Navarro), 1943.

21. G. K. Chesterton, El secreto del padre Brown (traducción de Isabel Abelló de Lamarca), 1943.

22. W.B. Maxwell, Diario íntimo (traducción de J. Romero de Tejada) 1943.

23. Paul Morand, El difunto señor duque (traducción de Juan G. de Luaces), 1944.

24. André Maurois, Climas (traducción de Juan Ruiz de Larios), 1944.

ÁNCORA DE SALVACIÓN:

Nicolás González Ruiz, Axel de Fersen. El romántico amor de María Antonieta, 1942.

Miguel S. Ferrer, Beethoven. Biografía, pensamientos, cartas, 1943.

Ivan Bunin, La redención de Tolstoi (traducción de Alejandro Liaño), 1943.

Wilhelm Raabe, Crónica del callejón de los gorriones (traducción de Käthe von Blankenstein y Enrique de Juan), 1943.

Fuentes:

José Cruset, “Félix Ros: en la desnuda expresión de la medida del hombre”, La Vanguardia Española, 2 de marzo de 1967, p. 56.

Ángel Dotor,“Una editorial española”, Ofensiva. Bisemanario nacional-sindicalista, núm 142 (Cuenca, 10 de octubre de 1943), p. 7.

Josep Mengual, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate, 2013.

José Antonio Millán, “Donde las dan las toman o El más famoso sintagma”, en Libros y bitios, 25 de febrero de 205 (originalmente en Julio Ortega, ed., La Cervantiada, Madrid, Ediciones Libertarias, 1993).

José Antonio Millán, “La pesadilla gozosa. En torno a el hombre que fue jueves”, en Libros y bitios, 3 de junio de 2005 (publicado originalmente en Archipiélago, núm. 65).

Félix Ros, “Janés. Evocación en la Feria del Libro”, Abc, 9 de junio de 1959, pp. 5-7.

Eduardo Ruiz Bautista, coord., Tiempo de censura. La represión editorial durante el franquismo, Gijón, Ediciones Trea (Biblioteconomía y Administración Cultural 188), 2008.

 

 

Joaquín Maurín, el traductor y su sombra

Acerca de lo que David Paradela llamó “Todos los hombres de Janés”, es decir la pléyade de ilustradores, correctores y sobre todo traductores a los que el editor catalán auxilió encargándoles trabajos en lo más duro de la posguerra, siguen habiendo algunos de los que sabemos poco más que el nombre, pese a que es un tema que se explora y analiza en casi todos los libros y artículos que se han dedicado a Josep Janés, y sobre el que aparece también referencias dispersas en numerosos textos memorialísticos y autobiográficos.

J. Maurín.

En el rico espistolario entre quien fuera secretario general de la CNT y del POUM, Joaquín Maurín (1896-1973), y el escritor exiliado Ramón J. Sender (1901-1982) que editó Francisco Caudet, hay una anotación interesante en este sentido. Cuando en funciones de agente literario no oficial, Maurín estimulaba a Sender a intentar publicar su obra en España, le dice en dos cartas separadas por casi dos años:

Podría ver si algún editor con el que yo estuve en contacto en España –hacía traducciones– podría interesarse por algo suyo. Usted verá, y podría ser algo a explorar, sin que me atreva a prever los resultados. [Carta del 7 de septiembre de 1953]

Creo como tú –más que tú– que tus novelas en España se venderían –se venderán– muchísimo.

La primera proposición la haría al editor de Barcelona –José Janés– que edita el libro de Bertram D. Wolfe [Tres que hicieron una revolución, 1956, traducido por Manuel Bosch Barrett y Fernando Barangó Solís]. Es un antiguo amigo mío: me dio trabajo cuando salí de prisión. Espero que –si no hay “veto” político– acepte la propuesta que le haga. [Carta del 9 de junio de 1955]

Ramón J. Sender.

Esa amistad entre Janés y Maurín, que explica que el editor barcelonés estuviera en un tris de convertirse en el editor en España de la obra de Sender –si la censura no se hubiera interpuesto– hay que situarla en el año 1946, cuando, después de un periplo por cárceles españolas (ocultando su auténtica identidad para evitar males mayores), Maurín, condenado a treinta años por inducción a la rebelión, fue indultado y salió en libertad vigilada y con la obligatoriedad de residir en Madrid.

Fue la madre de otro militante del POUM que traducía para Janés ya en la cárcel (Víctor Alba) quien propuso a Maurín que se pusiera en contacto con el editor y aprovechara sus amplios conocimientos lingüísticos para ofrecerse como traductor.

Sherwood Anderson

Naturalmente, el nombre de Joaquín Maurín no figura en ningún libro publicado por Janés, pero hay un buen indicio para identificarlo, por lo menos, como el traductor de una obra del corresponsal de guerra e historiador Alan Moorehead (1910-1983), un conjunto de relatos del narrador escocés A.J. Cronin (1896-1981), una novela de Phyllis Bottome (1884-1963) y otra semiautobiográfica del maestro de la pieza breve Sherwood Anderson (1876-1941).

En una entrevista publicada originalmente en 1977, Luis Portela recordaba haber coincidido con Maurín en 1946 y, ante el ofrecimiento de ayuda económica del partido para paliar las evidentes estrecheces por las que pasaba, Maurín la rechazó alegando que iba defendiéndose a base de traducciones. Preguntado acerca de los títulos en los que podía estar trabajando, declara Portela: “Una de las cosas que tradujo fue un libro sobre el mariscal Montgomery, porque me habló justamente del tipo, del personaje. Otras cosas no sé”.

Inédita, 2009.

Para un conocedor de los catálogos janesianos esa referencia remite sin duda posible a la biografía de Alan Moorehead que publicó Janés en el año 1947 en la colección Los Libros de Nuestro Tiempo, que apareció firmada por un inexistente Mario G. Alcántara. Ese mismo título, Montgomery, fue mucho más recientemente publicado en la editorial Inédita (en traducción firmada, curiosamente, por “Mario G. Alcántara y Miquel Salarich“) en 2009.

Los otros tres libros existentes en los catálogos de Janés firmados por Mario G. Alcántara son: Señal de peligro (1947), de Phyllis Bottome, el libro de relatos Las aventuras de un maletín negro (1947), de A. J. Cronin, y la novela de Sherwood Anderson Tar (en el original inglés, con el subtítulo “A Midwest Childhood”), publicada ya en 1948.

Sobrecubierta de Joan Palet para Señal de peligro.

Por tanto, de entrada podemos añadir un nuevo pseudónimo a los que hasta ahora se le conocían a Maurín (Silivio Kosti, Máximo Uriarte, J.M. Julià, etc.).

Por otra parte, en carta a Manuel Sánchez fechada el 12 de marzo de 1947, escribe Maurín:

Recibí tu carta a su debido tiempo. Perdóname que te conteste con algún retraso. La verdad es que no me queda materialmente tiempo. El trabajo de traductor es absorbente. Lo hago por fuerza, porque no me queda otro remedio.

Teniendo en cuenta la extensión de las obras firmadas como Mario G. Alcántara, y si tan intensamente trabajaba Maurín en estas labores, cabe incluso la posibilidad (tampoco muy probable) de que sea también el autor de alguna otra traducción firmada con otro seudónimo o sin indicación del traductor.

Sin embargo, cuando finalmente ese año 1947 Maurín consigue salir de España y establecerse definitivamente en Nueva York, no cesa el contacto con Janés. Francisco Caudet reproduce un fragmento de una carta de Maurín a Janés, que fecha en enero de 1950, que pone de manifiesto la participación del entonces agente literario y periodista en el Premio Internacional de Novela que Janés había instituido (y que se caracterizó por premiar obras que luego eran censuradas e imposbles de publicar: Rabinad, González Ledesma, etc.):

Tal como le dije verbalmente, deseo que mi novela Los compañeros de prisión vaya al concurso organizado por usted llevando la firma Mario Tiznel. En caso de salir premiada, si por razones editoriales fuese más conveniente darla con mi nombre, podríamos estudiarlo.

Janés, 1947.

En 1999, el Instituto de Estudios Altoaragoneses recuperó dos obras narrativas de Maurín,¡Miau!: historia del gatito Miscelánea (narraciones escritas en la prisión de Jaca) y May: rapsodia infantil (escrita en las de Salamanca y Modelo de Barcelona), y en 2003 la exquisita colección Larumbe publicó Algol en edición preparada por Anabel Bonsón Aventín, pero se sabe además de otras obras narrativas escritas en esos años por Maurín, entre ellas: “Valentín”, el primer relato de En las prisiones de Franco (México, Costa-Amic, 1974, con prólogo de Germán Arciniegas), y Amor y comedia (manuscrito en la Biblioteca del  Bryn Mawr College).

Víctor Alba (1916-2003), correligionario y buen amigo de Maurín, con quien coincidió en la Modelo, dejó escrito en sus memorias acerca de uno de sus primeros encuentros en la prisión:

Un día Kim [Maurín] me dijo que estaba escribiendo un libro (en hojas de papel higiénico, para poder ocultarlo si era preciso). Pude leerlo unos años después (me encargué de sacarlo del país) y lo encontré acertado en muchos aspectos”.

Victor Alba

Víctor Alba no menciona ningún título, pero es posible que aluda a lo que entonces era Los compañeros de prisión y que acabaría publicándose en México como En las prisiones de Franco.

De ello puede deducirse que Maurín y Janés seguían en contacto ininterrumpido, y permite interpretar razonablemente el ofrecimiento que Maurín hizo de la obra narrativa de Sender precisamente a Janés como un modo de agradecer la ayuda que en su día el editor prestó al político recién excarcelado (y con muy pocas posibilidades de ganarse el sustento). Como tantas otras cosas, la censura impidió que ese bello gesto de Joaquín Maurín llegara a buen puerto. E incluso cabe atribuir a la censura el empleo del pseudónimo y, por consiguiente, que estemos tardando tanto en conocer la obra de quienes llevaron a cabo su labor en la España en tiempos de Franco.

Fuentes:

Víctor Alba (Pere Pagès i Elias), «Quan Janés donava feina a escriptors malvistos», Avui dels Llibres IV, 17 de septiembre de 1986, p. 18.

Víctor Alba, Sísif i el seu temps. II. Costa amunt, Barcelona, Laertes, 1990.

Joan Bonet i Martorell, Josep Janés i Olivé: Poeta i editor present en el record de l´amistat. Dietari de les hores grises, Barcelona, Imprenta Moderna, 1963.

Carlos Bravo Suárez, “La faceta literaria de Joaquín Maurín“, en su blog personal el 23 de febrero de 2003, y previamente en el Diario de Alto Aragón.

Francisco Caudet, ed., Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín, Madrid, Ediciones de La Torre (Nuestro Mundo), 1995.

Ricardo Crespo, “Cambio ideológico y trascendencia: Sender en la American Literary Agency”, en José Domingo Dueñas Lorente, ed., Sender y su tiempo. Crónica de un siglo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp. 527-534.

Severino Delgado Cruz, “Dos obras nuevas de Joaquín Maurin escritas en el exilio sin salir de España”, en José María Balcells y José Antonio Pérez Bowie, eds., El exilio cultural de la Guerra Civil (1936-1939) (vol. VI de la serie 60 años después), Universidad de Salamanca-Universidad de León, 2001, pp. 295-322.

Pepe Gutiérrez Álvarez, “Joaquím Jorda: Recordando a Maurín en una entrevista con Luís Portela“, Kaos en la Red, 9 de julio de 2012.

Jacqueline Hurtley, Josep Janés. El combat per la cultura, prólogo de Jordi Castellanos, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura catalana 60), 1986.

Albert Manent, “Josep Janés i Olivé, promotor cultural i poeta”, Serra d´Or, núm. 643-644 (julio-agosto de 2013), pp. 34-35.

Josep Mengual Català, A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, Barcelona, Debate (Biografías), 2013.

David Paradela, “Todos los hombres de Janés“, Malapartiana, 18 de junio de 2013

José Ramón López, “Joaquín Maurín”, en Diccionario biobibliográfico de los escritores del exilio republicano de 1939.

Rius VilaRius i Vila, Joan, El meu Josep Janés i Olivé, prólogo de Manuel Cruells, L´Hospitalet de Llobregat, Ajuntament de L´Hospitalet de Llobregat, 1976.

Joaquín Roy, ALA- Periodismo y Literatura, Madrid, Hijos de E. Minuesa S.L., 1985.

s.f., “Asuntos laborales nada “inéditos”“, Adenda&Corrigenda, ¿febrero de 2009?

Germán Plaza y la Pulga

Germán Plaza

Germán Plaza Pedraz

A Silvia Sesé

 

El milagro está hecho: en el metro (hasta ahora gabinete de lectura de esas infranovelas fundamentadas en las hazañas del gángster, de la niña ñoña y del héroe estúpido), en el metro decimos, se lee ahora a don Tirso de Molina y a don Leónidas Andreiev y a cualquiera de sus esclarecidos colegas […] Conmovidos, agredidos y turulatos, manifestamos a los inventores de la Enciclopedia Pulga nuestro asombro y nuestro reconocimiento. ¡Enhorabuena!

Mario Lacruz

Así se saludaba en la revista humorística La Codorniz la que quizá sea una de las colecciones más entrañables de los años cincuenta, y que en cierto modo era una respuesta del editor Germán Plaza (1903-1977) a las carencias de papel que se dieron en España en la posguerra española. Acerca de esos “inventores” de los minúsculos volúmenes de tamaño muy similar al de un paquete de cigarrillos (10,5 x 7,5) que albergaron todo tipo de obras importantes, explicó a Rai Ferrer el que fuera su editor, Mario Lacruz (1929-2000):

Hacía algunos años que don Germán había comprado una rotativa Man de seis cuerpos [las célebres Manroland] parecida a una máquina de tren. Un buen día, con la rotativa parada por la caída de los tebeos, tomó uina hoja d papel que imprimía la máquina y comenzó a doblarla una y otra vez. El resultado fue un minúsculo cuadernillo de 64 páginas que lanzó sobre mi mesa diciendo: ¿Qué podemos hacer con esto? A los pocos meses, la Enciclopedia Pulga se convertía en un gran éxito editorial.

Algo tuvo que ver en ello la decidida apuesta por la agresiva y amplia publicidad, en consonancia con unas tiradas amplísimas, que llegaban en algunos casos de obras clásicas (La perfecta casada y obras de Tirso, Cervantes, Dostoievski o Oscar Wilde) a más de cien mil ejemplares. Así lo contó el propio Germán Plaza en una interesantísima conferencia en 1955:

Si bien era condición importante el contar con imprenta propia, no lo era suficiente. Precisábamos tener confianza en la reacción del público y efectuar tiradas lo suficientemente numerosas para que mereciera la pena imprimirlas en rotativa, procedimiento gráfico que, en ediciones de este carácter, permite una apreciable reducción del coste.

Era necesario también mecanizar al máximo el proceso de encuadernación, operación que por lo general invierte una considerable mano de obra. Y la importación de una maquinaria adecuada nos permitió lograrlo. Y además, una tradición editorial desarrollada sobre todo con una colección de tanta popularidad como en su tiempo lo fue El Coyote, nos permitió crear una organización distribuidora en España que nos facultaba para hacer llegar a todos los rincones del país las nuevas colecciones.

La Pulga tenía sin embargo  un muy noble antecedente en Grano de Arena, la colección creada e impulsada entre 1941 y 1942 por José Janés (1913-1959) de un modo mucho más artesanal (era una época incluso más dura, en la que todo estaba por hacer y ni hablar de importar maquinaria). Los pequeños volúmenes de 9 x 6 de Janés albergaron breves textos (pero completos) como Pollock, de H.G. Wells, Satyro, de Goethe, Intermezzo, de Heine, Inocencia reconocida, de Boccaccio, Heroídas, de Flaubert, Una tragedia, de Balzac, Una novela en nueve cartas, de Dostoievski, La modistilla, de Eugenio Heltai, Margarita de Escocia, de Mateo Bandello, Ética del contrabajo (Premio Viareggio 1939), de Orio Vergani, Elogio del gastrónomo, de Anthelme Brillat-Savarin, y obras igualmente breves de Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann, Joseph Conrad, R.L. Stevenson, Mark Twain, Edmundo de Amicis, Walt Withman, Oscar Wilde, D.H. Lawrence, Knut Hamsun, Luigi Pirandello o James Joyce.

Interior de Sor Beatriz, de Charles Nodier, en Grano de Arena (1942)

Los criterios de la Enciclopedia Pulga en cuanto a la selección de temas, autores y títulos también los expuso pormenorizadamente su creador:

No vamos a darle a este público, hasta hoy yermo de buena semilla, una literatura sofisticada o de proporciones grandiosas. Sería lo mismo que ofrecer un banquete pantagruélico a quien ha sufrido un ayuno prolongado. En vez de ello, hay que proporcionarle lo que, dentro de un tono de cierta elevación y ambición cultural, guarde proporción con la limitada preparación de que hasta el momento ha adolecido. Éste es otro de los secretos a voces de la Enciclopedia Pulga. No asusta al lector con volúmenes de gran extensión o de contenido abstracto, sino que le ofrece temas sencillos, de interés permanente, expuestos en un lenguaje llano e inteligible.

La selección de títulos llevada a cabo por Mario Lacruz para La Pulga presenta más de un punto de coincidencia con la de Janés en cuanto a algunos autores (Goethe, Wilde, Stevenson, Twain…), si bien una diferencia importante la constituye la presencia de autores españoles. Si en el proyecto de Janés sólo aparecen Eduardo Aunós (con París en el siglo) y Eugenio d´Ors (Historia de enfermos y de viejos), en la de Lacruz se dio cancha a varios escritores destinados a ocupar un lugar importante en la historia de la literatura española, como es el caso de Dolores Medio, César González Ruano, Miguel Delibes, Camilo José Cela o el propio Mario Lacruz, de quien en 1955 se publicó un volumen titulado Un verano memorable que incluía Ana y los niños, La comunidad, La mujer forastera y solitaria, Los brazos y el relato que le daba título (y del que el año 2000 Debate publicó una edición no venal numerada de 500 ejemplares). Por otra parte, y según explica Plaza en la misma conferencia ya citada, lo que más se vendía, y en este orden, eran los encargos hechos por el editor a autores no muy conocidos de obras referidas a temas importantes (Sevilla, Los Estados Unidos al sprint, ¿Jesucristo es Dios?, La religión, ¿para qué?…), autores clásicos como los ya mencionados, los temas de divulgación científica o de humanidades (La energía atómica, Beethoven, Islandia, entre fuego y hielo…) y por último “relatos y narraciones de autores contemporáneos y de “campanillas””. Es notable también la presencia en Pulga de versiones de obras llevadas con éxito a la gran pantalla (Mogambo, de Wilson Collinson, El prisionero de Zenda, de Anthony Hope o Ben-Hur, de Lewis Wallace, obviamente en una versión abreviada a 223 páginas).

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Si se ha recordado hasta la saciedad el eslógan de que se sirvió esta colección (“El saber no ocupa lugar”), menos leída ha sido la publicidad que aparecía al final de cada uno de ellos, obviamente destinada a evitar que libros tan baratos como estos fueran objeto de préstamo:

La muerte acecha…

Piense por un momento en los males que puede acarrearle la lectura de novelas que hayan pasado por varias manos.

No olvide que el papel es uno de los vehículos portador de las más terribles enfermedades.

¡Huya de ellos como del mismo demonio!

Ahora ya no necesita usted pedir novelas prestadas porque en la Enciclopedia Pulga encontrará lo que necesita y a un precio sumamente económico. Cada volumen de 64 páginas, con un promedio de 60.000 espacios y cubierta en cartulina, 1’50 Ptas.

Desde luego, se trata de una colección que dice muchas cosas acerca de cómo eran los años cincuenta en España, pero lo que quizá pueda parecer extraño es que los publicistas de dispositivos de lectura digital no hayan empleado todavía ese sagaz argumento…

Fuentes:

El Abuelito, “Pulgas fantásticas” y “Pulgas gigantes”, en El Desván del Abuelito, 11 de febrero de 2009 y 15 de marzo de 2011, respectivamente.

Francisco Lacruz, “Mario, mi hermano”, reproducido en el apéndice a Mario Lacruz, Trilogía de la culpa (El inocente. La tarde.El ayudante del verdugo), Madrid, Funambulista, 2009.  (Colección LiteraDura), pp.609-616.

Laura López Sánchez, “La culpa en la novela de Mario Lacruz”, reproducido en el apéndice a Mario Lacruz, Trilogía de la culpa (El inocente. La tarde.El ayudante del verdugo), Madrid, Funambulista, 2009.  (Colección LiteraDura), pp. 595-608.

Ll. M., “Germán Plaza, el introductor del libro de bolsillo”, La Vanguardia, 17 de marzo de 1984, p. 27.

Xavier Moret,”Plaza y Janés”, en Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino (Imago Mundi 19), pp. 168-174.

Germán Plaza, “Los problemas del libro popular en España”, conferencia pronunciada en la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona con motivo de la Exposición de la Fiesta del Libro de 1955 y publicada como anexo al Catálogo de la producción editorial barcelonesa comprendida entre el 23 de abril de 1954 y el de 1955, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1956.

Pop Ediciones, “Por un puñado de pulgas”, Cultura impopular, 23 de abril de 2012.