El azaroso nacimiento y el prematuro emponzoñamiento de una colección (batallitas)

Corría el año 2000 cuando, una mañana, se me ocurrió meterme en el despacho de las oficinas de Edhasa donde se guardaban los originales de las obras que se encontraban en proceso de contratación, que estaban en una estantería en un cubículo que por entonces ocupaba Rosa Mena. Solía curiosear por ese minidespacho de vez en cuando mientras trabajaba en Edhasa porque, dada la rocambolesca política de información interna de la casa (o su inexistencia), era un buen modo de saber qué podía tocarme en suerte editar en los meses siguientes. Fue, pues, en una de estas ocasiones cuando me encontré con un librito publicado originalmente por The Text Publishing Company en Australia con el título The Life and adventures of John Nicoll, mariner, que me sorprendió sobre todo por su extrema brevedad (176 páginas), muy alejada de lo habitual en Edhasa. Tras echar un vistazo al prólogo, escrito por Tim Flannery (investigador principal del South Australian Museum), y aun siendo muy consciente de que por aquel entonces en Edhasa las obras de aventuras –y en particular las náuticas– funcionaban la mar de bien sobre todo gracias a autores como Patrick O´Brian, George MacDonald Fraser, o C.S. Forester, lo cierto es que no acababa de ver dónde ni cómo podían encajar en el catálogo de  Edhasa las memorias de un tonelero del siglo XVIII, pues bastaba un vistazo muy somero para ver que de eso se trataba. Y además, tenía buena pinta.

John Nicol.

También a Rosa Mena le había chocado bastante que se hubiera contratado un libro tan breve, que para mayor asombro de ambos se había programado en la que por entonces seguía siendo la colección estrella de Edhasa, Narrativas Históricas, encuadernada en tapa dura y con un formato de 15 x 23,3 cm., con lo cual resultaría que las tapas harían más bulto que las páginas, por muy grande que fuera el cuerpo de letra con que se compusiera o grueso el papel en que se imprimiera. Sólo una persona, quien fungía como editor y director general, podía dar una explicación al enigma de por qué se había contratado esa obra, pero llegados a este punto uno ya podía esperarse cualquier cosa, incluso lo peor.

Para entonces ya llevaba suficiente tiempo en la casa para saber cómo se contrataba allí, pero creo que esa fue la primera vez (no la única) en que el desconocimiento de la obra por la que se había firmado un contrato de edición llegaba al punto de no saber siquiera a qué género pertenecía el texto en cuestión: Se había contratado en el convencimiento de que se trataba de una novela histórica de aventuras. En fin, lo mismo sucedió cuando un habitual de la novela histórica, Peter Acroyd, propuso El diario de Platón, que de lo que está más cerca es de la ciencia ficción.

No hay mal que por bien no venga, y a partir de ese patinazo –que cada día me sorprendían menos– en el departamento literario y el de producción empezamos a darle vueltas a cómo publicar ese texto tan exiguo, porque en el formato habitual de la colección Narrativas Históricas era casi imposible. Llegué por el camino de esas cavilaciones a topar con una edición estadounidense de la misma obra que contaba con ilustraciones de Gordon Grant (1875-1961), un más que notable grabador y acuarelista especializado en temas navales, y a la idea obvia de incorporar sus ilustraciones (que estaban libres de derechos), lo cual nos permitiría ganar unas cuantas paginitas. Sin embargo, y dado que los temas napoleónicos tenían su público, eso me llevó a pensar en la posibilidad de una colección de aventuras no ficticias, de memorias y diarios de aventureros, que tenían la ventaja de estar libres de derechos en su mayoría. Quien había contratado la obra pensando que era una novela no se opuso, e incluso creo que le pareció buena idea porque, además de permitirle salir airoso del patinazo,  la colección se dirigía a lo que era el lector natural de Edhasa. Así pues, con la colaboración entusiasta del traductor Miguel Antón empezamos a leer a destajo literatura napoleónica y nelsoniana con la que poder programar una colección de libros ilustrados, bien editados y bien presentados, y que tuvieran un precio competitivo.

Guardas de la colección. Clicando sobre la imagen se amplía.

Guardas de la colección. Clicando sobre la imagen se amplía.

De este azaroso modo nació Tierra Incógnita, la primera colección en Edhasa que, en un formato de 15 x 23, tuvo guardas ilustradas a todo color (eso fue posible, sin disparar el precio, imprimiendo una cantidad ingente de mapas de una tacada, pues siempre se reproducía el mismo mapamundi en todos los títulos). Con la misma idea en mente, se publicó en tapa dura impresa, y con una sobrecubierta que reproducía la cubierta (un solo diseño, al que se añadían las solapas) y se procuró que las ilustraciones nunca fueran excesivas en número; lo cierto es que a menudo era lo que costaba más encontrar y cuando eran a color se imprimía un pliego central. El interior se caracterizaba, además de por las ilustraciones siempre que era posible, por los amplios márgenes y la primera línea de capítulo en versalitas. Un aspecto resultón que justificaba con creces un precio que ya era muy apretado.

En palabras de Mauricio Bach Vida y aventuras del marinero John Nicol constuituyen “las primeras memorias de un marinero sin graduación que tienen interés literario y se han convertido en una obra literaria de culto entre los aficionados al género” (La Vanguardia, 19 de marzo de 2001), pero más entusiasta incluso había sido el Times Literary Suplement: “El talento natural de Nicol para recrear escenas y personajes convierten su libro en una pequeña joya”. (Aun así, cuando escribo estas líneas la edición española está descatalogada.)

Encontramos en Chatham Publishing una casa editorial que estaba trabajando, y muy bien, en esos mismos temas (además de ser los editores de no ficción de Dudley Pope), y sus catálogos y libros se convirtieron en un festín (a ellos contratamos la segunda de las obras, las memorias de George Samuel Parsons); pensamos en cuál era el diario o testimonio idóneo de la conocida como Guerra de África, de la que hay buenos textos de Pedro Antonio de Alarcón y Ros de Olano, pero también muchos otros; dimos muchas vueltas a qué podíamos publicar acerca de la infantería napoleónica, y a cómo editar las memorias del general Marbot (excesivamente

Edición fragmentaria de las memorias de Marbot en Castaila.

voluminosas, pero interesantes por haber luchado en España): aún seguíamos trabajando en ello cuando, sin que nadie nos lo advirtiera, las publicaba sorpresivamente Castalia, en cuyo catálogo encajaban como un pulpo en un garaje. Nos desquitamos de ello con un excelente relato de un soldado de infantería que ofrecía una visión de “los de abajo” acerca de las brutales caminatas hacia Moscú y la salvajada que supuso la campaña de Napoleón en Rusia, que había publicado Doubleday en una edición muy bonita, con ilustraciones de época y destinada al lector curioso. La historia misma del texto no tenía desperdicio, pues lo halló el historiador Frank E. Melvin en un granero en Kansas, al que lo habían llevado los hijos de Walter cuando emigraron a América y, en colaboración con el germanista Otto Springer, lo publicaron en 1938 en el Bulletin of the University of Kansas, donde lo descubrió Marc Raeff, quien a su vez en 1990 preparó la edición que lo dio a conocer al publico no especializado (fue traducido a diversas lenguas). En España obtuvo buenas críticas, y, si no me falla la memoria, fue el primer título de la colección que se reeditó. Según lo presentaba la revista Qué Leer:

Una joya que nos muestra por primera vez una campaña napoleónica desde la burda cotidianidad de un soldado raso cuyo principal interés en aquel momento crucial para Europa no era otro que no morir de frío o de hambre en un continente devastado por las interminables guerras […] La picaresca y la aventura no están reñidas con un contundente alegato antimilitarista (Qué Leer, septiembre de 2004, p- 82).

Interior del Diario de un soldado de Napoleón.

Interior del Diario de un soldado de Napoleón.

La idea era publicar uno o dos libros anualmente, pero muy cuidados, con textos introductorios obra de auténticos especialistas o por quienes hubieran descubierto los textos, las notas necesarias pero no eruditas, índices onomásticos o temáticos cuando fuera conveniente, etc., pero fue cada vez más difícil librarse de ingerencias absolutamente delirantes, y cuando quien fungía como editor decidió publicar en esa colección los pasatiempos del general del Ejército Español Luis Alejandre Sintes (que a raíz del siniestro del Yakolaev 42 había dejado el cargo de jefe del Estado Mayor), la cosa empezó a degenerar hasta un punto ya muy muy cercano al ridículo, y a Tierra Incógnita empezaron a ir a parar libros de autor español que por contenido debieran haberse publicado en la colección de Ensayo Histórico, si no fuera porque eran cualitativamente a todas luces indignos del tono predominante, por entonces al menos, en ella.

Para cuando, a sugerencia de un importante periodista cultural, la dirección de Edhasa decidió publicar unas deslavazadas e incomprensibles memorias acerca de una serie de partidas de caza mayor en los años sesenta, la cosa ya había descarrilado por completo respecto a la línea marcada originalmente y tanto Miguel Antón como yo, después de tantas imposiciones burdas e incoherentes, habíamos perdido buena parte de la ilusión inicial. Aun así, Maria Antonia de Miquel, que no casualmente había apostado en su día por uno de los autores de más éxito jamás contratados en Edhasa, Patrick O´Brian, hizo cuanto pudo para seguir manteniendo Tierra Incognita como una colección digna, probablemente porque creía en ella, o tal vez fuera sólo por profesionalidad y sentido del deber.

Sin embargo, el muro infranqueable, por lo menos hasta que empezó a interesarse más por figurar en los medios y en el gremio que en hacer que hacía en su despacho en la editorial, era el director y aun entonces supuesto editor de Edhasa. El perro del hortelano hecho hombre.

Títulos publicados en Tierra Incógnita (en orden cronológico)

 John Nicol, Vida y aventuras del marinero John Nicol, 1776-1801, prólogo de John Howell, edición e introducción de Tim Flannery, ilustraciones de Gordon Grant, traducción de Miguel Antón, febrero de 2001.

G.S. Parsons, Al servicio de Nelson. Un relato dramático de la guerra en el mar, 1795-1810, edición y notas de W.H. Long, introducción de Michael Nash, traducción de Miguel Antón, septiembre de 2001.

Robert Harvey, Thomas Cochrane (1775-1860). Libertador de Chile, Brasil y Grecia, traducción de Amanda González Moreno, septiembre de 2002.

David Cordingly, Mujeres en el mar. Capitanas, corsarias, esposas y rameras, traducción de Carme Font, octubre de 2003.

Jakob Walter, Diario de un soldado de Napoleón, edición e introducción de Marc Raeff, apéndice de Frank E. Melvin, traducción de Petúnia Díaz Díaz, mayo de 2004.

Patrick O´Brian, Hombres de mar y guerra. La Armada en tiempos de Nelson, traducción de Miguel Antón, octubre de 2004.

Nick Hazlewood, Salvaje. Vida y tiempos de Jemmy Burton, traducción de Margarita Cavándoli, diciembre de 2004.

James Tertius de Kay, Crónicas de la fragata Macedonian, 1809-1922, traducción de Miguel Izquierdo, junio de 2005.

David Cordingly, Bajo bandera negra. La vida entre piratas, traducción de Margarita Cavándoli, noviembre de 2005.

Luis Alejandre Sintes, La guerra de Cochinchina. Cuando los españoles conquistaron Vietnam, prólogo de Carlos Seco Serrano, 2006.

Juan Luis Oliva de Suelves, Luna llena en Medoune, mayo de 2008.

Rubén Caba y Eloísa Gómez Lucena, La odisea de Cabeza de Vaca, tras los pasos de Alvar Núñez por tierras americanas, junio de 2008.

Luis Alejandre Sintes, La aventura mexicana del general Prim, marzo de 2009.

Frank Arthur Wosley, La aventura antártica del Endurance, prólogo de Patrick O´Brian, introducción del conde de Jellicoe, traducción de Ángela Pérez, julio de 2009.

Wolfgang Frank, Bajo diez banderas. La odisea del Atlantis, traducción de Juan José del Solar, abril de 2010.

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De premiados y premios (divertimento autobiográfico)

A Nona, en el seu aniversari.

El jueves 26 de septiembre tuve el inmenso placer de conducir un acto de homenaje al poeta y editor Josep Janés i Olivé (1913-1959) con motivo de haberse cumplido su centenario. Confiaba en poder controlar los nervios, pero no hay mejor manera de desbaratar ese propósito que advertir de pronto que uno se encuentra en una zona con tantos premiados por metro cuadrado.

Momento de la intervención de Jordi Gracia captado por Pilar Mengual.

Momento de la intervención de Jordi Gracia captado por Pilar Mengual. (Clicando en ella se amplía la imagen)

Tenía a mi izquierda a un galardonado con el Premio Nacional de la Crítica (Antoni Marí) compartiendo su análisis de la lengua poética de Josep Janés i Olivé, a una galardonada con el Premio de Investigación Enrique García y Díez de la AEDEAN (Jacqueline Hurtley) dispuesta a disertar sobre la lucha contra la censura apoyándose en imágenes de galeradas tachadas por censura y de ejemplares de la colección Grano de Arena que pasaría entre los asistentes, a un premio Anagrama de Ensayo (Jordi Gracia) que esbozó un retrato de la relación de José Janés con la literatura española de su tiempo, y si miraba a mi derecha veía al último ganador del Premio Nadal (Sergio Vila-Sanjuán) cruzando lo que me parecieron miradas de complicidad con alguien que, al Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural y una Creu de Sant Jordi, añade una Targa d´Argento y es Commandeur de l´Ordre des Arts et des Lettres y Honorary Officer of the Order of the British Empire (Jorge Herralde).

Foto de la escritora Carme Barba que recoge un instante de la Intervención de Jorge Herralde durante el homenaje.

Carme Barba recogió un instante de la intervención de Jorge Herralde durante el homenaje.

Supuse que esa densidad de premios era ya insuperable, hasta que subió al escenario, para poner el colofón al acto con la lectura de un poema –y leerlo muy bien– una Premio Nacional de Traducción que además ha obtenido en dos ocasiones el Premio Ciudad de Barcelona (Clara Janés). Desde mi situación en el escenario apenas podía distinguir los rostros de los asistentes, pero en cuanto concluyó la lectura tuve ocasión de abrazar a un Chevalier dans l´Ordre des Palmes Academiques y Officier des Arts et des Lettres (Manuel Serrat Crespo), enterarme de que allí estaba un ganador del Premio Internacional de Cuentos Max Aub y de novela Ciudad de Barbastro (Javier Quiñones), conocer a la última ganadora del Premio de Relato Corto Eugenio Carvajal para jóvenes escritores (Elisenda Hernández Janés), estampar un par de besos a quien, entre otros reconocimientos, cuenta con una Flor Natural en los Jocs Florals de la Gent Gran del Vallès Occidental (Pilar Català)…¿Es que estaban todos allí?

Foto de David Trías de un momento en la lectura de Clara Janés.

Antes de abandonar la Sala de Actos (la de la Biblioteca Sagrada Familia de Barcelona), la galardonada con el Premi de Recerca Humanística, el Premi Rafael Cornellà y el Premi Crítica Serra d´Or Montserrat Bacardí me presentó a quien se ganó a pulso un Premio Carles Rahola con un espléndido libro sobre el editor Josep Pedreira (Mireia Sopena) y a un poeta y editor que este mismo año ha sumado a su nutrida colección de galardones el Llibreters de narrativa (Francesc Parcerisas), y a continuación me obsequió con un ejemplar del discurso leído por el archipremiado e insigne traductor Ramon Folch i Camarasa en la ceremonia en que fue investido doctor honoris causa por la Universitat Autònoma de Barcelona. Más reconocimientos.

Ramon Folch i Camarasa entre Miquel Truyols y Montserrat Bacardí durante la presentación de un libro en el Castell de Plegamans.

Esa noche, acelerado como estaba no lograría conciliar el sueño, así que abrí el elegante y sobrio ejemplar que me habían regalado, que se inicia con la presentación del investido a cargo de Montserrat Bacardí, y por ella me enteré de que en una de las novelas de Folch i Camarasa, La visita (por cierto, Premi Sant Jordi 1964), aparece como personaje un trasunto de Josep Janés i Olivé, de nombre Sirvent. En una de esas extrañas asociaciones de ideas a que inducen la falta de sueño añadida al subidón adrenalínico, recordé un pasaje de las llamémoslas memorias de Antonio Rabinad (El hombre indigno) en que se evocan algunos encuentros entre ellos en la sede de José Janés Editor. Escribe acerca de su primera conversación Rabinad (añado: Premio Internacional de Primera Novela):

 –¿Folk? –vacilo yo–. ¿Cómo folklore?

–Folch, Folch –repite él–. ¿Ha oído usted hablar de Folch i Torres, ese escritor de novelitas cursis?

Yo sonrío.

–Inevitablemente.

–Era mi padre –añade él, con sonrisa también inevitable.

Folk, digo Folch, espera algún día independizarse, dejar la editorial. Se está construyendo en el campo una casita, nada, un techo, unas paredes, pero a él le gusta.

–Además –me guiña un ojo–, sé dónde está el agua.

El deliberado cinismo de Folch, que es una manera de esconder la ternura que parece ser vitalicia en la familia, de huir de la cursilería paterna y decir las mismas cosas en el fondo, pero de otro modo.

A la mañana siguiente, mal dormido, me levanté a una hora idónea para ir a dar un garbeo –de un humor honesto y vago, que diría Vila-Sanjuán parafraseando a Pla–, por la Fira del Llibre Antic i d´Ocasió, instalada a cuatro o cinco paradas de autobús de donde vivo, y, con tiempo por delante, me dediqué a un escrutinio parsimonioso. Confieso que últimamente me pasa como a las embarazadas: que siempre les parece que cuando ellas lo están abundan más de lo normal las mujeres encintas, sólo que en mi caso lo que veo por todas partes son ejemplares publicados por Janés. Así, vi y toqué ejemplares de la colección Al Monigote de Papel (entre ellos La señora Panduro sirve pan blando), una pila de los Quaderns Literaris a sólo 3 euros cada uno, un ejemplar del primer y único volumen de Presencia de Catalunya (1938), que seleccionó Janés para los Serveis de Cultura al Front durante la guerra… Sin embargo, es fácil suponer que lo que me llevé bajo el brazo fue la primera edición de La visita (publicada como número 370 de la Biblioteca Selecta dirigida por Josep Mª Cruzet), y, como es áun más fácil de suponer, la devoré persiguiendo la sombra del tal Sirvent. Me topé además con la casita en el campo a la que alude Rabinad, que el protagonista de la novela, un atribulado traductor que trabaja episódicamente en una editorial, tiene en gran estima.

Carme Barba fotografió el ejemplar de Mig minut de silenci que Hurtley pasó al público.

Carme Barba fotografió el ejemplar de Mig minut de silenci que Hurtley pasó al público.

Debo reconocer que mi lectura apresurada no hizo justicia al interés que tiene la novela de Folch i Camarasa, pero me pareció que en el tal Sirvent no es inequívocamente reconocible José Janés, a no ser que uno sepa de antemano que la obra de Folch i Camarasa suele tener una fuerte impronta autobiográfica y que, además de traducir al castellano con seudónimo para Janés, desde 1951 trabajó en su editorial con intermitencias (en las que se dedicó a traducir como colaborador externo).

Un grano de arena (de Huxley nada menos) recogido por Carme Barba.

Un grano de arena (de Huxley nada menos) recogido por Carme Barba.

Repasando luego la enorme y exigente obra como traductor de Folch i Camarasa que se detalla en la ya mencionada edición de la UAB, me di de bruces con un título de Paco Candel, quien también coló a Janés como personaje en alguno de sus libros (¡Dios, la que se armó!, Patatas calientes). Y caí en la cuenta de que lo mismo hizo José M. Camps en El corrector de pruebas. Y, como es muy natural, Josep Janés –como también Nona– aparecen asimismo en las memorias de infancia y juventud de Clara Janés que en 1990 publicó la benemérita editorial Debate con el título Jardín y Laberinto. Y en las iconoclastas de Víctor Alba, y en las de Juan Arbó, y en las de Rafael Borràs Betriu, y en las de Carles Pi i Sunyer…. Se me ocurrió entonces que Josep Janés como personaje literario era un tema que podría dar mucho juego –quizás abordándolo un poco a la manera del brillante maestro Sergi Beser en el artículo  “La novel·la d´un personatge sense novel·la. El Josep Rodón de Narcís Oller” –, y que bien pudiera desarrollarlo en este blog.

David Trías captó la portada del Stevenson que pasó J. Hurtley.

Cuando me senté frente al ordenador con el propósito de ponerme a ello, descubrí en la bandeja de entrada de mi correo electrónico unos cuantos mensajes (no pocos) elogiando con genuino entusiasmo el encuentro de janesianos y adjuntando incluso algunos de ellos fotografías tomadas durante el transcurso del mismo. Miré la hermosa planta que al concluir el acto de homenaje a Janés me había regalado la superagente literaria Maru de Montserrat. Entrañable. Sólo puedo añadir: De todo corazón, muchas gracias a todos los que participasteis, ¡menudo premio!

Por razones de salud, no pudimos contar con la anunciada presencia de Javier Aparicio Maydeu.

Algunas ideas y sugerencias:

Información curiosa sobre el homenaje a Josep Janés puede consultarse en la etiqueta #JanésEditor, aquí.

Sergi Beser, “La novel·la d´un personatge sense novel·la. El Josep Rodón de Narcís Oller”, Serra d´Or, Any IX, Núm. 3 (marzo de 1967), pp. 53-58.

José M. Camps, El corrector de pruebas, Barcelona, Tartessos, 1946.

Francisco Candel, ¡Dios, la que se armó!, Barcelona, Ediciones Marte, 1964.

Francisco Candel, Patatas calientes, prólogo de Joan J. Gilabert, Barcelona, Ronsel (Colección Pérgamo, serie Crónicas 65), 2003.

Edición con la cubierta de Ballestar.

Ramón Folch i Camarasa, La visita, Selecta, 1965. En Círculo de Lectores existe una edición de 1965 de la traducción al castellano (o reescritura), de Ramón Hernández (seudónimo del propio Folch i Camarasa), con un excelente diseño de cubierta del buen amigo Vicente Ballestar (Puede vérsele dibujando aquí).

Ramon Folch i Camarasa. Doctor Honoris Causa, incluye la presentación de Ramon Folch i Camarasa por Montserrat Bacardí, que actuó como padrina (“Ramon Folch i Camarasa, la dèria de (re)escriure”), el discurso del doctor Folch i Camarasa (“La traducció, el país i les circumstàncies”) y un currículun vitae, Bellaterra, Servei de Publicacions de la UAB, s.f. (2006). Puede verse un vídeo completo de la ceremonia de investidura, celebrado en la sala de actos del Rectorado el 26 de octubre de 2006, aquí.

Clara Janés, Jardín y Laberinto, Madrid, Debate (Literatura 43), 1990.

Antonio Rabinad, El hombre indigno. Una vida de posguerra, Barcelona, Alba Editorial (Colección Literaria), 2000.

Victor Alba, Sísisf i el seu temps I. Costa avall, Barcelona, Laertes, 1990.

El enigmático caso de la pertinaz errata o Las barbas de la reina (divertimento narrativo)

A Alberto Ibarrola Oyón, que me dio la idea.

Sobrecubierta de la edición de Destino.

Sobrecubierta de la edición de Destino.

En más de una ocasión había oído elogiar la narrativa breve de Ramón J. Sender (1901-1982), escritor conocido sobre todo por su abundante obra novelística (Réquiem por un campesino español, El lugar de un hombre, Crónica del Alba…), así que finalmente, una noche fría y desapacible, enfundado en mi confortable bata, me senté ante la chimenea en mi butaca preferida, encendí una pipa de tabaco holandés, con mi fiel perro labrador a los pies, y abrí la edición en Áncora y Delfín (Destino) de El extraño señor Photynos y otras novelas americanas (1973). Empecé a leer con fruición el estupendo relato que da título al libro, que se estructura mediante la exégesis de un soneto que el narrador, según dice, “compuso inspirándose en la visión de un hombre fumando marihuana, que recordaba a esos indios yanquis, altos, sin bautizo ni nombre español, que pasean sus largas piernas desnudas por Sonora” (p. 10) ¡¡¿Cómo que “indios yanquis”?!! ¡Y en Sonora! Realmente, demasiada marihuana (recordé de pronto haberle leído a Sender una obrita titulada Donde crece la marihuana, y me aseguré entonces de que mi pipa sólo contuviera tabaco de importación).

Sobrecubierta de la edición de Aymá (la madre del cordero), con la faja en la que se lee: "Ramón Sender... es el más importante escritor de nuestro tiempo en lengua castellana" London Times (3 de abril 1961)

Sobrecubierta de la edición de Aymá (la madre del cordero), con la faja en la que se lee: “Ramón Sender… es el más importante escritor de nuestro tiempo en lengua castellana” London Times (3 de abril 1961)

Intuyendo algún azaroso misterio, decidí apartar al fiel labrador y acercarme de un salto a la estantería donde guardo la edición que del mismo título había hecho en 1968 la editorial Delos-Aymà. Para mi desolación, resultó ser exactamente igual que la de Destino (“indios yanquis” incluidos). Así, pues, no me quedaba otro remedio que recurrir a otras ediciones anteriores de ese cuento para desfacer el entuerto. Pero ¿cuáles? Editores Mexicanos Unidos había publicado en 1965 (colofón de diciembre) la colección de relatos senderianos Cabrerizas Altas en la que aparece uno titulado “El Tonatiu (Historia de un soneto)”, y pensé que tal vez el soneto en cuestión podía ser el mismo que actúa de hilo conductor o más bien de desencadenante de la trama de “El extraño señor Photynos”. Y más o menos. El argumento es aproximadamente el mismo, pero cambian personajes, desaparecen o se alteran pasajes bastante extensos, e incluso en buena medida cambia el sentido de la historia, pero, por fin, mi tesón halló recompensa y el enigma solución: “indios yaquis”. Bien.

Pese a mi bien conocida modestia, debo reconocer que bastante satisfecho de mí mismo se me ocurrió entonces hojear el tercer número de la estupenda revista que dirigió Max Aub Los Sesenta (donde publicó a León Felipe, a Salazar Chapela, a Alfonso Reyes, a

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

Cubierta de Cabrerizas Altas, en la que no aparece la J (que corresponde a José) en el nombre del autor.

André Malraux, a Guillén y a Rafael Alberti, entre otros), porque me sonaba que ahí se publicó un cuento de Sender de título ligeramente distinto, “El Tonatio. Historia de un soneto”. Pero me sorprendió descubrir que en esa revista, fechada en 1965, aparecía la misma versión del cuento publicada en Delos-Aymà (salvo, afortunadamente, por la errata), en lugar de la versión de Cabrerizas Altas. Recurrí finalmente a uno de mis autores de cabecera para cuestiones senderianas, Francisco Carrasquer, quien no me resolvió la duda pero consigna en su tesis una edición, ¡de 1964!, de “The Tonatiu” en Tales of Cibola (Nueva York, Las Americas Publishing); puedo dar fe de que en la correspondiente edición española en Destino, Novelas ejemplares de Cibola (1974), ese cuento no aparece.

Puestas así las cosas, para establecer las fechas de cada una de las versiones no quedaba otra que rastrear las cartas entre Sender y Aub; esto es: acudir al Centro de Estudios Senderianos (en Huesca) o a la Fundación Max Aub (en Segorbe). Por el epistolario aubiano que alberga la segunda de esas insitituciones, supe que el 22 de junio de 1964, Sender, en respuesta a las reiteradas peticiones de Max Aub, le mandó la versión de “El Tonatio (Historia de un soneto)” que se publicó en Los Sesenta. Por fin creí poder establecer el stemma o el árbol genealógico del cuento: Cabrerizas Altas – Las Américas Publishing – Los Sesenta – Delos-Aymà (donde nace la errata) – Destino (donde ésta persiste con muy buena salud).

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Un auténtico lujo, la revista Los Sesenta, que se publicaba en los años sesenta y en la que sólo podían colaborar quienes hubieran cumplido esa edad (cosas de Max Aub y su sentido del humor).

Quizás fue un desvelo inútil que sólo interesará a ociosos y diletantes, porque al fin y al cabo la historia de la errata como personaje libresco se remonta acaso a los mismos orígenes de la imprenta, pues ya en el Psalmorum Codex (1457), el primer libro que salió con pie de imprenta, de Johannes Fust (1400-1466) y Peter Schöffer (h. 1425- h. 1503), el título aparecía en el colofón como Spaldorum Codex. Sin embargo, completamente desvelado ya para entonces, y por simple curiosidad malsana de gente en exceso ociosa, eché un vistazo a la divertidísima delicia de libro que es Vituperio (y algún elogio) de la errata, de José Esteban, para comprobar si en sus páginas se mencionaba a los “indios yanquis” o a alguna otra edición de Sender. Y, efectivamente, allí me enteré de que en la primera edición de la novela Míster Witt en el Cantón, publicada por Espasa Calpe en 1936, el autor parece atreverse ni más ni menos que a afeitar a la mismísima reina de Inglaterra, pues se imprimió “God shave the Queen” por “God save the Queen”. Y cuando las barbas de la reina veas pelar…

Fuentes:

El resultado de cotejar y analizar las diferentes versiones del cuento se publicó con el pomposísimo y hoy demodé título “Intertextualidad y proceso creativo en El extraño señor Photynos“.

Francisco Carrasquer, Imán y la novela histórica de Sender, Londres, Thamesis Books, 1970.

Epistolario Max Aub- Ramón J. Sender (Aub, una mina para los historiadores de la cultura, conservaba copia de las cartas que enviaba), en la Fundación Max Aub. Sobre Sender, hay que visitar el Centro de Estudios Senderianos.

José Esteban, Vituperio (y algún elogio) de la errata, Sevilla, Renacimiento, 2002.

Luis Antonio Esteve, “Un tanto al margen, la narrativa breve de Ramón J. Sender”, Quimera, 252 (enero de 2005), pp. 42-46.

Ramón J. Sender, “El Tonatiu (Historia de un soneto)”, en Cabrerizas Altas, México D.F., Editores Mexicanos Unidos, 1965, pp. 91-124.

-, “El Tonatio. Historia de un soneto”, Los Sesenta, (México D.F.), núm. 3 (1965), pp. 9-55.

-, El extraño señor Photynos y otras novelas americanas, Barcelona, Delos-Aymá, 1968, pp. 7-53.

-, El extraño señor Photynos y otras novelas americanas, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín 409), 1973, pp. 9-55.