La antología como estrategia editorial (el caso del exilio)

«Lector, nunca desdeñes una antología. Siempre tendrá una buena flor (anthos, en griego) entre tantas reunidas.»

Luis Antonio de Villena

Roger Chartier.

La publicación en forma de libro de textos de diversos autores, e incluso de obras anónimas, reunidas con los criterios más diversos (procedencia geográfica, lengua, género literario) es históricamente anterior a la publicación de libros siguiendo el principio de la autoría o la obra unitaria (piénsese por ejemplo en los romanceros, florilegios, tesauros, etc.). Como escribió en su momento el eminente estudioso Roger Chartier, que alude por ejemplo al Primer Volumen de la Biblioteca del Señor de La Croix du Maine (1584) y a la Biblioteca de Antoine du Verdier, señor de Vauprivas (1585), entre otros casos, «la noción moderna de “libro”, que asocia espontáneamente un objeto y una obra, para no haber sido desconocida en la Edad Media, no se desprende sino lentamente de la forma de la selección que reúne varios textos de un mismo autor». Es decir, en la Europa moderna el proceso se produce del libro de autoría colectiva o que compila textos diversos al libro de un autor único (ya sea como obra unitaria o como volumen que compila diversas obras de ese mismo autor).

Modernamente la forma editorial de antología se ha empleado a menudo para reunir lo más destacado de una literatura nacional, por ejemplo, o la producción reciente de un grupo poético (con la Poesía española. Antología, 1915-1931, de Gerardo Diego, como caso paradigmático en el ámbito hispánico, pues incluso perfiló una primera nómina de la Generación del 27), pero con una tal amplitud de criterios posibles que lleva a Lluís Borràs Perelló a dar en su imprescindible vademécum  El libro y la edición una definición muy abierta (pero quizá un poco sesgada) de “antología”: «Es un libro que recoge una selección de los mejores textos literarios de uno o de varios autores. Puede ser de poesía, de cuentos o de novela negra».

A nadie extrañará que la antología (más que la colección) haya sido un modo empleado a menudo por diversas editoriales para dar a conocer ámbitos literarios apenas conocidos o bien olvidados pero aún valiosos o pertinentes para el lector de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las antologías mediante las cuales se ha intentado dado a conocer en España a algunos narradores que desarrollaron el grueso de su producción en el exilio, como consecuencia del resultado de la guerra civil española de 1936-1939, y que la censura franquista escamoteó a los lectores españoles.

Ya en 1970, estando aún vivo el dictador Francisco Franco, el crítico Rafael Conte reunió en Narraciones del la España desterrada a catorce nombres importantes de la narrativa breve escrita en el exilio, si bien con algún texto (particularmente «Ocnos», de Cernuda) un poco inesperado en un libro de tales características. En cualquier caso, en aquellas fechas el propósito de Conte, como explicaba en el siempre necesario prólogo en estas circunstancias, «no se trata de los mejores relatos de los escritores del exilio, sino de una recopilación indicativa.» En su momento, es muy probable que los nombres de Pedro Salinas, Cernuda o Ramón J. Sender le sirvieran al antólogo como gancho para llamar la atención acerca de otros nombres valiosos (casos de José Ramón Arana, Paulino Masip y Esteban Salazar Chapela, por poner algunos ejemplos), tomando también en consideración los que escribieron en lenguas distintas al español (Pere Calders y Mercè Rodoreda), pues su intención era mostrar un primer mapa de un terreno prácticamente desconocido más allá de algunos nombres descollantes. Sin duda, habrá quien objete a esta selección la muy escasa presencia de escritoras. El añadido de unas breves e incompletas fichas biobibliográficas de cada uno de los autores son, por su misma precariedad, indicativas del momento en que se publicó esta antología y del desconocimiento que tenían de ellos incluso los críticos literarios españoles bien informados. La inclusión de esta antología en una colección como lo fue El Puente Literario (continuación de El Puente, de Guillermo de Torre, ambas en Edhasa), cuya voluntad era propiciar los contactos entre las culturas americanas y españolas es también revelador de los objetivos que animaban el proyecto. Y como prueba de su relativa efectividad, las palabras del propio Conte en sus memorias: «se vendió bastante bien al principio, la edición fue de 5.000 ejemplares, aún deben de quedar restos en Moyano, y saqué 15.000 pesetas», así como las ediciones que en los años inmediatamente posteriores se hicieron de las obras de algunos de los autores antologados en este volumen.

De signo muy distinto pero en parte relacionada con ella fue la más discreta pero bastante singular antología prologada por J. León Ignacio Historias del 36 —también anterior a la muerte de Franco—, en la que el criterio es estrictamente temático (la guerra civil), pero en la que, muy acertadamente, se ofrecen algunas visiones de los perdedores de la contienda que sólo pudieron exponer su versión fuera de España: Max Aub y Manuel Andújar, junto a la de otros perdedores (Francisco Candel, Manuel Pilares) y varios escritores a los que se puede considerar «ganadores» (Luis Romero, Rafael García Serrano o Ricardo Fernández de la Reguera).

Según se anuncia en el prólogo, de 1974:

 Han pasado suficientes años para que los españoles podamos contemplar con cierta serenidad ese episodio de nuestra historia más cercana.

El propósito de la presente antología es contribuir a conseguirlo.

[…] Lo único que se ha  buscado es que dieran la visión del conflicto que obtuvieron desde el lugar en que se encontraban [durante la guerra].

[…] Para muchos, la lectura de las páginas que siguen será como volver a vivir el pasado. Para otros, y en eso confiamos, comprenderlo.

En este caso, quizá por prudencia o por el objetivo que se perseguía y los criterios de la selección, no hay referencia alguna a la biografía de los autores antologados, aun cuando no puede decirse de todos ellos, ni mucho menos, que fueran, por lo menos más allá de las aulas universitarias, sobradamente conocidos por los lectores españoles de 1974.

Pero sin duda mayor interés y más centrada en el propósito de rescatar a una serie de autores escamoteados hasta entonces al grueso de los lectores españoles es la antología preparada por Javier Quiñones para la editorial Menoscuarto, que en ciertos sentidos es heredera de la de Rafael Conte. Por ejemplo, ambas priorizan el concepto de exilio republicano español por encima de la lengua en la que se escribieron originalmente los textos y, en consecuencia, conceden espacio a la literatura catalana: ambos eligen a Rodoreda y Calders, si bien en cuanto a las literaturas gallega y vasca Quiñones selecciona textos en español (de autores bilingües como Martín de Ugalde y Rafael Dieste) no recogidos por Conte. Siendo como son muy similares los autores escogidos, del cotejo de los índices de las antologías de Conte y Quiñones se desprenden ya al primer vistazo algunas otras novedades: la lógica exclusión en el segundo de Cernuda (por no encajar en sentido mínimamente estricto en la categoría de cuentos), la inclusión de Manuel Chaves Nogales (por entonces ya recuperado para el lector español mediante la edición de las Obras Narrativas Completas por la Fundación Luis Cernuda y algunas ediciones en Clan y Abc) y Álvaro Fernández Suárez (conocido en España como poco más que finalista del Premio Espejo de España, de ensayo, en 1983), además de los ya mencionados Dieste y Ugalde.

Manuel Andújar (1913-1994)

Pero quizás incluso más significativo, y consecuente con la línea de la editorial en que apareció, fue el apartado específico dedicado a los microrrelatos, en que aparecen obras de Aub, Andújar, Barea, Ayala y una amplia selección de Pere Calders. Y acerca de la efectividad de este tipo de antologías que pretenden llamar la atención sobre autores silenciados —un corpus amputado de la historia literaria española— más por razones políticas que estéticas y a las que tan difícil les resulta entrar en el canon, escribe Javier Quiñones en 2005:

…cabría preguntarse qué queda de aquel interés, porque si bien es cierto que en el ámbito académico universitario el exilio vive un momento dulce de dedicación […], en lo que se refiere a ediciones de obras en editoriales de buena distribución y en colecciones de clásicos prestigiosas , no se puede decir otro tanto. Si nos fijamos en los autores de esta antología veremos que el panorama arroja luces y sombras en lo que a ediciones se refiere. Por poner sólo algún ejemplo, baste decir que de los libros de Álvaro Fernández Suárez, uno está aún inédito en España, desde 1954, y el otro no se reedita desde 1968; Sender […] no dispone aún hoy, en 2005, de una edición de cuentos completos, al igual que Max Aub, Paulino Masip o Segundo Serrano Poncela, entre otros. Quedan muchos libros de relatos por editar.

A ello se aplicaron más de diez años después Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, cuya selección, si por un lado deja fuera a los escritores exiliados que escribieron en una lengua distinta al español, incorpora algunas novedades que sin duda pueden interpretarse como la presentación de otros autores y textos importantes al grueso de los lectores no especialistas, como es el caso de Clemente Airó, César M. Arconada, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petera, Simón Otaola o Jesús Izcaray, cuyos libros, caso de haberlos, no habían tenido la difusión que podía darles una editorial como Salto de Página, y en una colección que se presenta en su web del siguiente modo:

La colección Cian acerca al lector obras del siglo XX escritas originalmente en lengua española que han permanecido inéditas en España o llevan un largo período de tiempo fuera del mercado editorial a pesar de su indudable calidad.

Esta colección con vocación de rescate se inaugura en 2009 con la primera edición española de La raíz rota de Arturo Barea, y se prolongará con textos narrativos —novela y relato— y antologías temáticas de autores españoles e hispanoamericanos del siglo pasado.

También incorpora por primera vez con respecto a las antologías mencionadas textos de María Teresa León, y no aparecen en cambio textos de Rosa Chacel, pero en este caso no parece pertinente hablar tanto de accesibilidad de sus obras como de uno de los modos en que se expresa el criterio estético de los antólogos.

A la vista de estos ejemplos, cuya eficiencia en la divulgación de textos y escritores que son desconocidos al lector español por efecto de la dictadura franquista es difícil de aquilatar, pero el hecho mismo de que sigan incorporándose nuevos autores dignos de ser leídos da por lo menos una idea de la magnitud (ciclópea) y la longevidad de los efectos de la censura franquista.

 

Relación, en orden alfabético, de los autores presentes cada una de las antologías mencionadas:

Rosa Chacel.

Naraciones de la España desterrada (1970): Manuel Andújar, José Ramón Arana (José Ruiz Borau), Max Aub, Francisco Ayala, Arturo Barea, Pere Calders, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, Esteban Salazar Chapela, Pedro Salinas, Ramón J. Sender y Segundo Serrano Poncela.

Historias del 36 (1974): Ignacio Aldecoa, Pedro Álvarez Manuel Andújar, Max Aub, Francisco Candel, R. Fernández de la Reguera Rafael García Serrano, Manuel Pilares (Manuel Fernández Martínez, 1921-1992), Luis Romero y Víctor Català.

Sólo una larga espera (2006): Manuel Andújar, José Ramón Arana, Francisco Ayala, Max Aub, Arturo Barea, Pere Calders, Rosa Chacel, , Manuel Chaves Nogales, Rafael Dieste, Álvaro Fernández Suárez, Paulino Masip, Mercè Rodoreda, , Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela y Martín de Ugalde.

Los restos del naufragio (2016): Clemente Airó, Manuel Andújar, José Ramón Arana, César M. Arconada, Max Aub, Francisco Ayala, Juan Chabás, Pablo de la Fuente, José Herrera Petere, María Teresa León, Paulino Masip, Simón Otaola, Esteban Salazar Chapela, Ramón J. Sender, Segundo Serrano Poncela, Martín de Ugalde y Jesús Izcaray.

Fuentes:

AA.VV., Historias del 36, prólogo de J. León Ignacio, Madrid, Ediciones 29  (Libros Río Nuevo 4/ Serie Literatura 1), 1974.

Lluís Borràs Perelló, El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica, Gijón, Ediciones Trea (Bibolioteconocmía y Administración Cultural 269)m 2015.

Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, prólogos de Ricardo García Cárcel y Roger Chartier, traducción de Viviana Ackerman (y de Xavier Gaillard Pla del prólogo de Chartier), Barcelona, Gedisa, 2017.

Rafael Conte.

Rafael Conte, ed., Narraciones de la España desterrada, Barcelona, Edhasa (El Puente), 1970.

Rafael Conte, El pasado imperfecto, Madrid, Espasa, 1998.

Fernando Larraz y Javier Sánchez Zapatero, eds. y prologuistas, Los restos del naufragio. Relatos del exilio republicano español, Madrid, Salto de Página, 2016.

Josep Mengual Català, «El puente que tendió Rafael Conte. Narraciones de la España desterrada», en Javier Quiñones, coord.., «La narrativa breve del exilio republicano», Quimera, núm. 252 (enero de 2005), pp. 56-58.

Javier Quiñones, ed., Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español, Palencia, Menoscuarto (Reloj de Arena), 2006.

Luis Antonio de Villena, «Antología», en Gonzalo Pontón y Fernando Valls, coord., «El alfabeto de los géneros», Quimera, núm 263-264 (noviembre de 2005), pp. 17-18,

Una oleada de pequeñas editoriales españolas

«Todo eso de la independencia no es más que marketing, una forma de vender.»

Enrique Murillo

En la primera década del siglo XXI se produjo en España una cierta eclosión de nuevas pequeñas editoriales, muchas de ellas con una marcada vocación literaria, que a menudo se presentaban a sí mismas como independientes ante un momento en que se estaba produciendo un proceso de concentración de sellos en unas pocas grandes empresas y escaseaban las de —en términos empresariales— tamaño medio (Anagrama, Tusquets, Salamandra y no muchas más). En realidad, quizás ese proceso podría rastrearse ya en la década anterior, con la aparición de pequeñas iniciativas casi unipersonales, como fue el caso de las Ediciones Carena de Jesús Membrive, que obtuvo el resonante éxito con Mujeres para la historia, de Antonina Rodrigo; Lengua de Trapo, que batió récords de ventas con Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset; las primero reconvertidas y luego fenecidas Ediciones del Bronce de Miriam Tey, que después de publicar al premio Nobel Gao Xingjian saltó escandalosamente a las páginas de la prensa amarillista a raíz de la polémica publicación de Todas putas, de Hernán Migoya (novela que fue calificada de «apología de la violación», entre otras lindezas); la ya desaparecida editorial de Sergio Gaspar, centrada inicialmente en la publicación de nuevos poetas, DVD, o, ya en 1999, la editorial Páginas de Espuma de Juan Casamayor y Encarnación Molina, dedicada a la publicación casi exclusivamente de narrativa breve o muy breve, en ocasiones en forma de muy útiles antologías panorámicas.

Sin embargo, fue a partir del año 2000 cuando se inició un período en el que no había año en que en España no irrumpiera con ímpetu una o más editoriales con propuestas que muy a menudo suponían una auténtica novedad, ya fuera por cubrir nichos de mercado pequeños y desatendidos por las grandes empresas, por centrarse en géneros más o menos marginalizados o incluso por la presentación misma de los libros como objeto. Aceptando esta periodización, abrieron fuego la madrileña Ocho y Medio, especializada en cine, que en realidad era una continuación de Alphaville y a cuyo frente estaba Jesús Robles, y la editorial unipersonal Minúscula (nacida el año anterior), que ya con su nombre hacía toda una declaración de intenciones, y que con el tiempo se ha convertido en punto de referencia en cuanto a, entre otras cosas, la publicación de escritores centroeuropeos del siglo XX. Explicaba sobre esta pequeña oleada de nuevas editoriales su responsable, Valeria Bergalli: «Las propuestas de los grandes grupos no nos satisfacían, y las editoriales medianas –Anagrama, Tusquets– tenían una línea muy estable, asentada. Reinaba, pues, una cierta uniformidad que los lectores inquietos exigían romper. Luego, el fenómeno se ha ido multiplicando…».

En el ámbito de la edición de libros sobre temas musicales (biografías, estudios, historias, letras ded canciones, etc.), nacía al año siguiente en Barcelona Global Rhythm, con Julián Viñuales a la cabeza y entre cuyos primeros éxitos importantes estuvieron las Crónicas de Bob Dylan (proyecto hoy subsumido en Malpaso Editores), y en una combinación de ensayo y narrativa predominantemente europea, Barataria, con Carola Moreno como editora, que alternaba los servicios editoriales con la publicación de libros con su sello (de la espléndida novela Un asunto privado, de Beppe Fenoglio, al ilustrativo libro de entrevistas Cosas de la Cosa Nostra, del juez Giovanni Falcone, pasando por el libro testimonial y la recuperación de obras olvidadas).

Segunda edición en RqueR de las Confesiones de una editora…

De 2002 son Candaya, con Olga Martínez y Paco Robles al frente, que saltaron a la fama con Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo, si bien las siguientes novelas del mismo ciclo (Nocilla experience y Nocilla Lab) las publicó ya una gran editorial, Alfaguara; Melusina, de José Pons, que se centró en el ensayo inesperado y que abrió en su seno el sello UHF («con vocación irascible, iconoclasta e incombustible»); Nowtilus, pilotada por el experimentado editor Santos Rodríguez (procedente del grupo Anaya) y centrada en la ciencia y la tecnología, y RqueR, el proyecto que pusieron en marcha la entonces ya veterana Esther Tusquets, 1936-2012) y Milena Busquets, quien el año anterior, estando todavía en el grupo Bertelsman, ya había advertido de su intención de seguir intentando y publicar y vender buena literatura (en su breve trayectoria como editorial, además de las muy citadas memorias profesionales de Esther Tusquets, RqueR publicó a Conan Doyle, Umberto Eco, Mercè Rodoreda, Gustavo Martñín Garzo, Juan Abreu…).

Solo una larga espera (Menoscuarto).

Sin ánimo de ser exhaustivo, a las mencionadas pueden añadirse, sólo en 2004, la exquisita y luego malograda Gadir (Dino Buzzati, Merimée, Turguéniev) del execonomista del Banco de España Javier Santillán, Alpha Decay, nacida con el padronazgo (y la participación) de Carme Balcells, Travel Bug, centrada en el libro de viajes y de gastronomía, en diversas lenguas, Menoscuarto, la muy polémica y ya desaparecida Inédita Editores y, con unas dimensiones sensiblemente mayores, la Roca Editorial de Blanca Rosa Roca (exdirectora de Ediciones B) y con el apoyo como editora de Patricia Escalona (hoy en Malpaso), que enseguida se desdobló en diversos sellos. Y en años posteriores los muy exitosos Libros del Asteroide de Luis Solano en 2005; Nórdica Libros, con Diego Moreno al frente (con amplia experiencia como librero y tras un primer intento con la editorial Joseph K, y cuyo hermano Daniel crearía más adelante Capitán Swing), en 2006; la Fragmenta del profesor Ignasi Moreta y la diseñadora gráfica Inês Castel-Branco, dedicada a los «libros no religiosos sobre religión», y la andaluza El Olivo Azul de Iria Rebollo y Eduardo Moreno, entre cuyos títulos destacó su Entre mareas de Joseph Conrad, en 2007; los Libros del Lince del veterano Enrique Murillo, hoy en el seno de Malpaso, y Ediciones Alfabia, iniciativa de Diana Zaforteza cuando abandonó Alpha Decay, en 2008; y fue muy productivo en este sentido el año 2009: la ya mencionada Capitán Swing, Los libros del Silencio del malogrado Gonzalo Canedo (1955-2013), la muy efímera Barril & Barral, del polifacético periodista Joan Barril (1952-2014) y Malcolm Otero (hoy en Malpaso), los rompedores y heterogéneos Blackie Books, Sajalín Editores (Dani Osca y Julio Casanova) y Versátil (con Consuelo Olaya como directora editorial e Irene Muzas Calpe como editora y destinada a la novela de género)… Y vale la pena insistir en ello: sin ánimo de ser exhaustivo.

Es evidente que se trató de proyectos muy distintos, que han corrido suertes muy diversas y que nacían también con objetivos diferentes, pero a lo largo de su trayectoria se fue creando desde el ámbito de la prensa cultural una imagen de editoriales en cierto modo descendientes de lo que Jorge Herralde había bautizado como el mohicanismo editorial, pues muchas de ellas se autoproclaman incluso en sus páginas de presentación como independientes, aunque no queda del todo claro que todas se estén refiriendo a lo mismo con este epíteto.

André Schiffrin con Jorge Herralde en el programa televisivo de Emili Manzano L´hora del lector.

Algunas prácticas, como el asociacionismo, ya sea con editoriales de rasgos más o menos similares en el extranjero (como es el caso de Minúscula con Les Allusifs, Nottetempo y Voland), ya sea entre ellas también ha sido más o menos común, destacando en este caso el proyecto Contexto que aglutinó a Libros del Asteroide, Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso. Otros de los modos de proceder más o menos generalizados, como fue la recuperación de autores valiosos descatalogados (en particular si estaban ya libres de derechos), llegó a irritar a los lectores veteranos, en particular cuando se sirvieron de las mismas añejas traducciones que en ocasiones incluso habían sufrido los recortes de la censura franquista. Probablemente, en realidad el tamaño de estas editoriales no sea tan determinante ni en sus filosofías ni en sus modos de trabajar (y tampoco en sus resultados, tanto culturales como económicos), pero quizá fuera entonces cuando en España se generalizó un empleo muy discutible del término “editoriales independientes”, hasta el punto de convertirse en poco menos que un falso marchamo de savoir faire. De todo hay, por supuesto.

Fuentes:

Marc Andreu, «Unos editores poco gubernamentales», Libros El Periódico, núm. 81 (28 de enero de 2000), pp. 2-3.

Javier Aparicio Maydeu, «De los demasiados libros y sus consecuencias», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002),  pp. 27-29.

Nuria Azancot, «Enrique Murillo: “He fracasado tantas veces… y ni así aprendo”», (entrevista) El Cultural, 6 de marzo de 2002, p. 23.

Nuria Azancot y M. López-Vega, «Autores, editores y agentes fuera del sistema», El Cultural, 17 de octubre de 2002, pp. 6-9.

Mauricio Bach, «El relevo en la edición literaria», La Vanguardia, 30 de abril de 2001, pp. 16-18.

Valeria Bergalli, «Una minúscula esperanza», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002),  pp. 18-20.

Manuel Borrás, «Un vendedor de palabras ajenas», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 11-13.

Toni Capilla, «Nuevos valores. Los bebés del sector editorial español», Qué Leer (septiembre de 2004), pp. 38-41.

Juan Casamayor, «Tengo una impresión, luego edito», Quimera, núm. 223 (diciembre de 2002), pp. 14-17.

Laura Hernández, «Enrique Murillo: “Intento explicarme la crueldad”»(entrevista), Lateral, mayo de 20002, p. 8.

Sonia Hernández, «Aires nuevos en el sector editorial», La Vanguardia, 23 de febrero de 2001, pp. 8-9.

Alberto Olmos, «Cómo acabar de una vez por todas con las pequeñas editoriales», Zenda, 23 de diciembre de 2016.

Fernando Palmero, «Juan Casamayor y Encarnación Molina, vivir del cuento», Leer (abril 2005), pp. 30-33.