Enrique de Hériz, traducción, escritura, edición… y amistad

A Mariana Montoya y Juan Gabriel Vásquez (y familia)

La nómina de los editores barceloneses que han publicado alguna que otra novela es relativamente extensa, e incluye algunos nombres tan conocidos como los de Josep Vergés (que escribió a cuatro manos con su cuñado Tomás Salvador Garimpo, que José Janés publicó en 1952), Carlos Barral (y su rencorosa Penúltimos castigos, aparecida en Seix Barral en 1983), Carlos Pujol (La sombra del tiempo, Jardín inglés, Los secretos de San Gervasio, Los días frágiles, etc.) o Enrique Murillo (de El centro del mundo en Anagrama en 1988 a La muerte pegada a las uñas en Bruguera en 2007), pero entre los más vocacionales, constantes e internacionalmente exitosos se cuenta sin duda Enrique de Hériz (1964-2019), probablemente el único entre todos ellos que aunó una obra narrativa de suficiente calibre y grosor como para perdurar y el favor del común de los lectores.

Enrique de Hériz.

Licenciado en Filología Hispánica en la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona, la entrada de Hériz en el sector editorial fue bastante temprana y en 1987, cuando contaba veintitrés años, ya figura como traductor de dos novelas policíacas de Elmore Leonard (1925-2013) publicadas ambas por la editorial Versal ─a cuyo frente estaba por entonces Antoni Munné, que se convertiría en uno de sus muchos amigos─, Bandidos y Chantaje mortal.

Ese mismo año, a raíz y como consecuencia de la compra de la histórica editorial Bruguera por parte del Grupo Z, se creó Ediciones B, en la que en 1992 aparecieron otras tres traducciones suyas, El santuario de Altamira, del prolífico escritor estadounidense John L’Hereux (1934-2019) y, acaso más importantes para el traductor, Érase un hombre, érase una mujer y Una casa en Mango Street, de la escritora de raíces mexicanas Sandra Cisneros. Escribió Hériz acerca del lenguaje de Cisneros y de lo que supuso la experiencia de traducirla:

Es una mezcla absoluta, no tiene nada que ver con el spanglish porque ella no utiliza ninguna palabra española, excepto en algún diálogo en que hablan dos hispanos. Todo es en inglés, pero la gramática de alguna manera es española. Y eso, cuando lo lees en inglés, es interesantísimo; […] Es una especie de traición permanente al idioma que estás leyendo, donde tú estás leyendo y casi dirías: «esta frase está mal», pero en realidad para el lector que no habla español acaba teniendo una especie de exotismo brutal: es precioso, es una gran escritora. Bueno, pues traduce eso al español… A mí me tocó hacer eso a los veintisiete o veintiocho años […] Me enamoré del texto, me propusieron traducirlo y dije que sí felicísimo, pero en la segunda página…

Sandra Cisneros. Foto: Diana Solís, 1982.

Sin embargo, más allá de lo que el traductor describe como el arduo (y sin duda poco rentable) trabajo que le supuso ese encargo, más interesante resulta la anécdota que cuenta en el mismo texto («Gente que oye voces»), acerca de su encuentro posterior con la autora, con motivo de la presentación en Barcelona de una de estas novelas, en la que en cierto modo le censuró que no le hubiera hecho ninguna consulta durante el proceso de traducción: «aunque hubieses tenido que inventarte una duda para consultarme ─le reprendió Cisneros─, yo me hubiera quedado más tranquila». El interés de la anécdota reside sobre todo en la idea a menudo expresada por Enrique de Hériz posteriormente acerca de la necesidad de colaboración entre autor y traductor, probablemente uno de los puntales de su enfoque sobre la traducción literaria ─hasta el punto que para aceptar una traducción exigía contacto directo con el autor─ junto con su idea de la necesidad de «atrevimiento» ─cosa distinta a la libertad─ por parte de quien la ejerce, y que tuvo ocasión de expresar en más de una ocasión cuando su novela Mentira empezó a ser traducida a una docena de lenguas: «el hecho de que un traductor no se ponga en contacto contigo en una novela de seiscientas treinta y cuatro páginas es mala señal. A mí no me transmite que ese traductor esté muy seguro de lo que hace sino todo lo contrario».

Otras colaboraciones de Hériz habían aparecido un poco antes que estas traducciones en Ediciones B. En 1990 Círculo de Lectores publicó una edición de la clásica Nana, de Émile Zola, traducida por Carlos de Arce, ilustrada por Rafael Bartolozzi (1943-2009) y precedida de un «ensayo biográfico» firmado por Enrique de Hériz, y, ese mismo año, la novela negra del escritor estadounidense Andrew Vachss Strega, en traducción de Susana Estrada y precedida de un texto de presentación también de Hériz.

Del año 1993 es su traducción de Dolores Clairbone, de Stephen King, que apareció simultáneamente en Orbis (en la colección dedicada al autor) y en Ediciones B (en Éxito Internacional), y al año siguiente se produce ya su entrada en esta última empresa. De cómo obtuvo su primer empleo con vacaciones pagadas dejó él mismo testimonio:

…me propusieron crear y dirigir el departamento de traducción de una editorial que apenas empezaba. Yo ni sabía que me lo iban a proponer. De hecho, acudía a una reunión en esa editorial con dos carpetas: una azul que contenía la traducción que les iba a entregar (un Elmore Leonard, no recuerdo el título [Cóctel explosivo, luego reimpresa con el cinematográfico título Jackie Brown]); la otra, roja, tenía en la tapa las letras VSO, escritas a mano por mí con un tamaño enorme: VOLUNTARY SERVICE OVERSEAS. Dentro, una serie de documentos y formularios que me proponía rellenar esa misma tarde para presentar mi candidatura a uno de los puestos que ofrecía la VSO para participar en proyectos de alfabetización en Kenia.

Al cabo de tres días acudí a la editorial con una propuesta: aceptaba el trabajo con la condición de que me dieran dos meses para encerrarme a terminar una novela que estaba escribiendo.

Así es, más o menos, como se gestó en Salamanca lo que acabaría siendo la primera edición de su novela El día menos pensado (Ediciones B, 1994), que obtuvo como respuesta el entusiasmo de crítica y lo que no puede describirse sino como negligencia de los lectores. Pero de esa etapa es también un libro de muy distinto pelaje montado a base de entrevistas acerca de la por entonces popular serie televisiva Farmacia de guardia (Ediciones B, 1994), así como la publicación de su traducción de Parte de guerra (1995), de Larry Beinhart.

De su seis años al frente del departamento literario de Ediciones B sería muy difícil hallar testimonios de sus colaboradores que no sean elogiosos, pero valga como muestra que al ser preguntado quien entonces era su superior jerárquico (y buen amigo), Pere Sureda, acerca de los editores que más le influyeron en su formación respondiera: «Felipe Palma Claudín, el primer jefe que tuve. Me dio alas y confianza. Aprendí mucho con él. Enrique de Hériz, sin duda el mejor editor que he conocido, y con el que he tenido el privilegio de hacer equipo».

Su cargo de director editorial, aun con la exigencia que supone, no le impidió sin embargo seguir escribiendo, y en octubre del año 2000 Seix Barral le publicaba la novela Historia del desorden, cuya aparición coincide más o menos con el abandono de Ediciones B (y poco después le seguiría también el de Sureda). Se dedicó entonces a fondo a la escritura: su siguiente novela, Mentira (Edhasa, 2004), fue un fenómeno de ventas y, gracias sin duda al buen hacer de la agencia literaria de Carmen Balcells, fue traducida a una docena de lenguas.

Desde el momento en que decidió dejar su puesto en Ediciones B ─le sustituyó su colega y amigo Santiago del Rey─, combinó la creación propia con la traducción y más tarde con la docencia en la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès; pero decidió concentrarse sobre todo en la escritura porque estaba en condiciones de empezar a escoger las traducciones que decidía llevar a cabo:

…tomé la decisión de concentrar el esfuerzo en mi carrera de escritor; ser traductor es un oficio que me añade una posibilidad más para ganarme la vida porque no consigo ganármela como escritor. Eso, de hecho, condicionó mucho el tipo de cosas que traduzco y la manera en que traduzco. […] fue cuando hice las traducciones más interesantes, pero fueron sin lugar a dudas las más ruinosas. […] Entonces al final les empecé a decir [a los editores]… “Pues mira, si me quieres hacer un favor, ¿por qué no me guardas un tío que venda bien?”

A Mentira le seguiría años más tarde Manual de la oscuridad (Edhasa, 2009), pero también algunas traducciones de autores muy notables (Aldous Huxley, Henry Miller, Jonathan Franzen y sobre todo la primera edición íntegra en español del Robinson Crusoe) que hasta cierto punto desmienten su propósito de elegir las traducciones con criterios exclusivamente de rentabilidad. Sobre todo Salamandra y Navona se beneficiaron en el siglo XXI de su buen hacer y profesionalidad: en la primera de estas editoriales se ocupó incluso de una renovación y reestructuración del equipo de traductores y correctores, mientras que en la primera dejó traducciones tan memorables como la de Bartleby, el escribiente, precedida además de un prólogo de su muy buen amigo y durante unos años vecino Juan Gabriel Vásquez. Pero se ocupó también, por ejemplo, de la impagable edición y traducción de los cuentos completos de Dashiell Hammett para RBA (Disparos en la noche, 2014), que incluye seis cuentos inéditos. También de Enrique de Hériz es tal vez posible que en algún momento surjan algunas piezas menores inéditas de interés muy limitado a sus más acérrimos incondicionales (caso, por ejemplo, de la titulada algo así como «Manley» [?], que podría definirse como un divertimento narrativo privado).

Me consta y puedo dar fe de que, al igual que Sureda, somos legión quienes aprendimos mucho acerca del mundo del libro y de la magia que lo rodea gracias a haber trabajado cerca de Enrique de Hériz. Y se lo agradecemos.

Fuentes:

Enrique de Hériz, «Vida de un manuscrito», Quimera núm 223 (diciembre de 2002), pp. 26-30.

Enrique de Hériz y Peter Schwaar, «Gente que oye voces. Coincidencias y afinidades entre un autor y su traductor», Vasos comunicantes, núm 40 (otoño de 2008), pp. 67-79.

Enrique de Hériz, «En busca de Robinson Crusoe», Letras Libres, núm. 125 (2012), pp. 26-30.

Enrique de Hériz,«Lo que es del César», El Periódico, 15 de febrero de 2012.

Enrique de Hériz, «Todo eso», Letras Libres, 1 de agosto de 2016.

Rosa Montero, «Enrique de Hériz, una vida hermosa», El País, 14 de marzo de 2019.

 

La prodigiosa memoria de Fabrizio del Dongo

Rafael Borràs Betriu, La batalla de Waterloo, Ediciones B, Barcelona, 2003, 546 páginas. (Reseña publicada originalmente en Quimera, núm. 243 [2004])

El 18 de junio de 1816, al cumplirse un año de la batalla de Waterloo, y según consigna el conde de Las Cases en el Mémorial de Sainte Hélène, Napoleón Bonaparte hacía la siguiente reflexión sobre tan decisivo acontecimiento: «Singular derrota, que, pese a ser la mayor catástrofe, no menoscabó la gloria del vencido, ni aumentó la del vencedor. El recuerdo de uno [Napoleón] sobrevivirá a su destrucción; la memoria del otro [Wellington] quedará quizá sepultada por su triunfo».

Cuando Rafael Borràs Betriu (Barcelona, 1935) titula la primera entrega de sus memorias La batalla de Waterloo, evocando la magistral apertura de La cartuja de Parma, se está definiendo como un observador que, inmerso en el combate, no alcanza a ver ni comprender la magnitud ni mucho menos las consecuencias de la batalla. La contienda de la que nos habla el autor es la lucha por la Cultura («las verdaderas conquistas son las que se obtienen sobre la ignorancia», dejó escrito el célebre corso), una batalla que en el mundo editorial se libra a diario y en la que durante décadas uno de los principales rivales, pero no el único, fue la censura.

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La brillante y laureada carrera de Rafael Borràs Betriu (de la Casa del Libro a Ediciones B, pasando sucesivamente por Luis de Caralt, Plaza, Ariel, Alfaguara, Planeta y Plaza & Janés, entre otras empresas) le ha mantenido siempre en primera línea de fuego, y a lo largo de su trayectoria ha sido tanto protagonista e instigador como testigo de hechos de armas notables en el acontecer de la industria editorial española. Sin embargo –y además de a la célebre revista La Jirafa (1956-1959) –, su gloria irá siempre unida a su condición de creador e impulsor de dos colecciones míticas: Espejo de España (en Planeta, 1973-1995) y su sucesora Así fue. La Historia Rescatada (Plaza & Janés, 1995-1998). A tenor del heterogéneo catálogo de estas dos colecciones, no sería de extrañar que

Victor Alba.

Borràs Betriu suscribiera la rotunda declaración que hiciera Peter Mayer (capitán general de Penguin Books durante muchos años), referente a la conveniencia de apoyar ciertos libros necesarios: «a veces publico libros que me desagradan, me irritan, incluso me repugnan, pero son obras escritas por gente inteligente que deben ser difundidas» (La Vanguardia, 8/VII/2000), si bien el autor de estas memorias señala ya en el prólogo que el principio rector de su labor editorial procede de Marañón («Ser liberal consiste en estar dispuesto a admitir que el otro puede tener razón»). Es precisamente la pasión por la historia contemporánea y el talante republicano y liberal lo que transmiten con una rara pureza e intensidad las páginas de este libro, cuyos dos subtítulos («Memoria de un editor» y «Una reflexión políticamente incorrecta con el mundo de la letra impresa como trasfondo») son verdaderamente acertados y esclarecedores. Nos encontramos ante un mosaico de impresiones, escenas y anécdotas que, sin atenderse rigurosamente al orden cronológico, en su conjunto nos ofrecen una amplia imagen de la vida cultural y política española entre el final de la década de los cuarenta y las postrimerías del franquismo. Abundan las anécdotas jugosas o significativas tratadas con una acerada ironía –antológicas algunas sobre la falta de método de la censura–, y a menudo dan pie a reflexiones o divagaciones acerca de la evolución histórica y política del país en las que Borràs Betriu opina con absoluta libertad y sin cortapisas sobre acontecimientos y sobre todo sobre protagonistas importantes de la dictadura primorriverista, los años republicanos, la guerra civil y la postguerra: Ricardo de la Cierva, Victor Alba, Antonio Maura, Jorge Semprún, Manuel de Pedrolo, Camilo José Cela, José Maria de Areilza, Alfonso XIII, Juan de Borbón, Ramón Serrano Súñer, José Bergamín, Manuel Azaña, Serrano Suñer, Rafael Sánchez Mazas…

Sin embargo, y sin entrar en el valor cultural de las filias del autor (Mercedes Salisachs, Dionisio Ridruejo o Carlos Rojas entre los más evidentes) sorprenden, cuanto menos, algunos de los juicios vertidos sobre el mundo editorial, como por ejemplo la insistente reivindicación de la labor de Luis de Caralt. Cierto es que Caralt publicó a Bernanos, Faulkner, Steinbeck, Hesse, Greene, Kerouac o Nabokov, pero no lo es menos que, en general, se trata de traducciones abominables se mire como se mire y en ediciones muy poco cuidadas, lo que más bien resultó ser un flaco favor a la Cultura, y por ende sitúa a Caralt unos cuantos pasos por detrás de Manuel Aguilar, Josep Janés, José Vergés o Mario Lacruz. O Rafael Borràs Betriu, a quien en más de una reseña a este libro se ha caracterizado como «El Napoleón de la edición española» (P. Montero y R. Conte, por ejemplo).  Vive alors l´Empereur, y quedamos a la espera de la prometida segunda entrega, que debe cubrir su etapa como mariscal de campo de Planeta. [Efectivamente, en los años posteriores a la publicación original de este primer volumen le siguieron La guerra de los Planetas. Memorias de un editor II, Ediciones B, 2005, y La razón frente al azar. Memorias de un editor III, Flor del Viento, 2010]

Con «la familia» hemos topado

En lo que llevamos de siglo XXI, quizás uno de los conflictos más sonados que ha vivido el siempre burbujeante mundo editorial español haya sido el que suscitó la biografía del ex president de la Generalitat de Catalunya Pasqual Maragall, que, en palabras de Miquel Noguer y Carles Geli, “rozó la puerta de los juzgados”, y según Esther Tusquets fue “una historia en sí rocambolesca y siniestra”.

Mercedes Vilanova recibiendo la Creu de Sant Jordi de manos de Pasqual Maragall en 2005.

Sin duda, la repercusión que tuvo este conflicto se justifca tanto por el relumbrón del personaje biografiado como por la trayectoria de las autoras de Pasqual Maragall. El hombre y el político (Ediciones B, 2008), la editora y escritora (nunca sé en qué orden poner eso) Esther Tusquets y la reputada historiadora y antropóloga Mercedes Vilanova, convencida defensora del empleo de fuentes orales para reconstruir la historia y autora de España en Maragall (Península, 1968).

En sus Confesiones de una vieja dama indigna (Ediciones B, 2009), Esther Tusquets contó que fue ella quien, durante una conversacion con Vilanova acerca de su amistad con la familia Maragall, le sugirió que pusiera por escrito las historias que les estaba contando, y que su amiga aceptó, siempre y cuando la escribieran a cuatro manos. Para ello, la familia Maragall les dio todo tipo de facilidades, se grabaron una cincuentena de horas de entrevistas y sobre todo se puso a su disposición material gráfico y en particular material escrito, entre el que se contaban unas “memorias intimistas” del padre de Pasqual, Jordi Maragall, a las que el periodista Lluis Foix se había referido ya en La Vanguardia el 15 de agosto de 1999.  Paralelamente al trabajo de las dos autoras, el político estaba trabajando en unas memorias que publicaría RBA.

Todo se aceleró a partir del verano de 2008, cuando se hizo público que las memorias aparecerían en las librerías el 20 de noviembre (¿quién elegiría una fecha tan simbólica? ¿Acaso alguien que pensaba en la muerte de Durruti?). Esto decidió a Tusquets, Vilanova y a su editor a acelerar por todos los medios el proceso final del libro para poder sacarlo en octubre. Vale la pena retomar en este punto las Confesiones:

Exactamente el 2 de octubre [Diana Garrigosa, esposa de Maragall] me reclama en un e-mail –supongo que por consejo del abogado, para utilizarlo si se llega a un juicio– las fotos y me pregunta: “¿Cuándo quedamos para decidir cuáles saldrán en el libro?”, como si nunca las hubiéramos mirado juntas, como si no supiera que el libro está terminado y que en la rueda de prensa, fijada para el 10, se había comprometido Pasqual a participar. En un e-mail del 20 de septiembre me había escrito Diana: “Me alegra que ya esté fijada la fecha. ¿te parece bien que me ponga el salakof y la chaqueta safari?” Obviamente, entre el 20 de septiembre y el 2 de octubre la situación había dado un vuelco considerable.

Así pues, con una tirada de 10.000 ejemplares ya impresa y algunos de esos ejemplares mandados ya a la prensa (se sabe que disponían de un ejemplar Arcadi Espada y Lluís Basssets, por ejemplo), el director editorial de Ediciones B, Ricardo Artola, anunció que “por problemas en la cubierta y en la calidad de la impresión” se habían destruido un número indeterminado de ejemplares. Parece bastante evidente que la familia Maragall se salió con la suya, que era que la publicación de la biografía fuera posterior a la de las memorias.

Quizá no haya motivos para pensar que fuese porque los derechos de autor de la primera eran de Tusquets y Vilanova y en cambio los de las memorias eran, evidentemente, de Maragall. El argumento que esgrimió la familia fue que se sintieron traicionados por las autoras, que no les remitieron pruebas para aprobarlas (cosa que alegaban que se había pactado sólo verbalmente y que cuesta mucho de creer) y, ahí estaba el quid de la cuestión, que se reproducían fragmentos de los diarios del padre de Pasqual, Jordi Maragall, que la familia había puesto a disposición de las autoras. No deja de ser un poco sorprendente, por muchas vueltas que se le dé, que sobre todo Esther Tusquets no cayera en la cuenta de que, con la Ley de la Propiedad Intelectual en la mano, no podían demostrar que estaban autorizadas a reproducir fragmentos de ese diario intimista y lo fiara todo al buen rollo y al feeling que reinó durante las entrevistas. El caso es que, para evitar males mayores, se decidió suprimir una veintena de páginas del libro, aun a riesgo de que sobre todo el relato de los antecedentes familiares se trompicara. Y de ahí el retraso,

Sin embargo, cuando la familia –y en particular Diana Garrigosa– empezó a dar su versión de los hechos y a descalificar en público la biografía y a sus autoras, Ricardo Artola hizo público un texto en siete puntos en el que ponía por escrito su propia visión de los acontecimientos y en el que afirmaba:

Las autoras jamás se comprometieron a someter su manuscrito a la aprobación de la familia Maragall (ni mucho menos a “pactar” con ella asuntos que escapaban a su control, como podía ser la fijación de la fecha de publicación del libro, que competía en exclusiva a Ediones B). […] la familia Maragall, no contenta con el esfuerzo editorial por hacer caso a sus peticiones iniciales, ha pretendido posteriormente: 1) someter el manuscrito a un nuevo proceso de edición, sistemático y rayano en la censura; 2) acusar a la editorial de incumplir el acuerdo que impulsamos de buena fe y que hemos respetado al pie de la letra, y 3) tildar de mentirosas a las autoras, cuyo único delito ha sido confiar en quienes no han sabido sino mostrar un comportamiento errático.

Aun así, el contenido de los pasajes que muy cautelosamente el historiador Ricardo García Cárcel describe como objeto de la “presunta censura impuesta por la familia” salieron a la luz, como no podía ser de otra manera, y en realidad no resultan tan escandalosos como uno podría esperar.

Portada de Montxo Algora para Star, revista cuya última directora fue Karmele Marchante y en la que era habitual la firma de Pau Malvido (Pau Maragall).

Que Diana Garrigosa tuviera en no muy buen concepto a su suegra es casi un tópico gracioso que la humaniza. Los problemas de salud de algunos hermanos de Maragall no son ningún secreto, como tampoco lo es que su hermano Pau se suicidó con una sobredosis. Que Pasqual Maragall se vio empujado a declarar públicamente que padecía alzheimer por presiones procedentes de su propio partido es algo que todos pudimos seguir en directo por televisión, y a nadie escapó que la imprevisible “renuncia a petición propia” de Raimon Martínez Fraile como representante de la Generalitat en Madrid fue precedida (el 8 de mayo de 2007) de su alusión a la enfermedad del president en declaraciones a  Radio 4. Y que la “renuncia a petición propia” se le aceptó en cuestión de horas.

Lo que ya resulta un poco disparatado es que se pusiera tanto empeño en evitar que se reprodujeran los fragmentos del diario de Jordi Maragall en que cuenta cómo se escaqueó de ir al frente durante la guerra civil española y que la pasó leyendo a Thomas Mann, o aquellos pasajes en que alude a la entrada de las tropas franquistas en la capital catalana como “la liberación de Barcelona”.

Al camarada Manuel Fernández Cuesta (1963-2013) debió de hacerle mucha gracia semejante episodio censorio de la familia de un presunto izquierdoso tratando de ocultar sus orígenes familiares. Sin embargo, lo peor es que, en palabras de Mercedes Vilanova, “lo que era un estudio de rigor histórico y una síntesis interpretativa del ex president hoy se puede decir que ha quedado en la biografía que quería la familia de Maragall”.

Fuentes:

Lluis Foix, “Una peña de amigos y compañeros”, La Vanguardia, 15 de agosto de 1999, p. 19.

Las autoras de la biografía de Maragall acusan a la familia de censurar algunos fragmentos“, El Mundo, 29 de octubre de 2008.

Miquel Noguer y Carles Geli, “La accidentada biografía de Maragall”, El País, 25 de octubre de 2008.

Esther Tusquets, Confesiones de una vieja dama indigna, Barcelona, Bruguera, 2009.

Fernando Valls, “Esther Tusquets, Mercedes Vilanova, Ediciones B y los Maragall“, La Nave de los Locos, 29 de octubre de 2008.