El azaroso nacimiento y el prematuro emponzoñamiento de una colección (batallitas)

Corría el año 2000 cuando, una mañana, se me ocurrió meterme en el despacho de las oficinas de Edhasa donde se guardaban los originales de las obras que se encontraban en proceso de contratación, que estaban en una estantería en un cubículo que por entonces ocupaba Rosa Mena. Solía curiosear por ese minidespacho de vez en cuando mientras trabajaba en Edhasa porque, dada la rocambolesca política de información interna de la casa (o su inexistencia), era un buen modo de saber qué podía tocarme en suerte editar en los meses siguientes. Fue, pues, en una de estas ocasiones cuando me encontré con un librito publicado originalmente por The Text Publishing Company en Australia con el título The Life and adventures of John Nicoll, mariner, que me sorprendió sobre todo por su extrema brevedad (176 páginas), muy alejada de lo habitual en Edhasa. Tras echar un vistazo al prólogo, escrito por Tim Flannery (investigador principal del South Australian Museum), y aun siendo muy consciente de que por aquel entonces en Edhasa las obras de aventuras –y en particular las náuticas– funcionaban la mar de bien sobre todo gracias a autores como Patrick O´Brian, George MacDonald Fraser, o C.S. Forester, lo cierto es que no acababa de ver dónde ni cómo podían encajar en el catálogo de  Edhasa las memorias de un tonelero del siglo XVIII, pues bastaba un vistazo muy somero para ver que de eso se trataba. Y además, tenía buena pinta.

John Nicol.

También a Rosa Mena le había chocado bastante que se hubiera contratado un libro tan breve, que para mayor asombro de ambos se había programado en la que por entonces seguía siendo la colección estrella de Edhasa, Narrativas Históricas, encuadernada en tapa dura y con un formato de 15 x 23,3 cm., con lo cual resultaría que las tapas harían más bulto que las páginas, por muy grande que fuera el cuerpo de letra con que se compusiera o grueso el papel en que se imprimiera. Sólo una persona, quien fungía como editor y director general, podía dar una explicación al enigma de por qué se había contratado esa obra, pero llegados a este punto uno ya podía esperarse cualquier cosa, incluso lo peor.

Para entonces ya llevaba suficiente tiempo en la casa para saber cómo se contrataba allí, pero creo que esa fue la primera vez (no la única) en que el desconocimiento de la obra por la que se había firmado un contrato de edición llegaba al punto de no saber siquiera a qué género pertenecía el texto en cuestión: Se había contratado en el convencimiento de que se trataba de una novela histórica de aventuras. En fin, lo mismo sucedió cuando un habitual de la novela histórica, Peter Acroyd, propuso El diario de Platón, que de lo que está más cerca es de la ciencia ficción.

No hay mal que por bien no venga, y a partir de ese patinazo –que cada día me sorprendían menos– en el departamento literario y el de producción empezamos a darle vueltas a cómo publicar ese texto tan exiguo, porque en el formato habitual de la colección Narrativas Históricas era casi imposible. Llegué por el camino de esas cavilaciones a topar con una edición estadounidense de la misma obra que contaba con ilustraciones de Gordon Grant (1875-1961), un más que notable grabador y acuarelista especializado en temas navales, y a la idea obvia de incorporar sus ilustraciones (que estaban libres de derechos), lo cual nos permitiría ganar unas cuantas paginitas. Sin embargo, y dado que los temas napoleónicos tenían su público, eso me llevó a pensar en la posibilidad de una colección de aventuras no ficticias, de memorias y diarios de aventureros, que tenían la ventaja de estar libres de derechos en su mayoría. Quien había contratado la obra pensando que era una novela no se opuso, e incluso creo que le pareció buena idea porque, además de permitirle salir airoso del patinazo,  la colección se dirigía a lo que era el lector natural de Edhasa. Así pues, con la colaboración entusiasta del traductor Miguel Antón empezamos a leer a destajo literatura napoleónica y nelsoniana con la que poder programar una colección de libros ilustrados, bien editados y bien presentados, y que tuvieran un precio competitivo.

Guardas de la colección. Clicando sobre la imagen se amplía.

Guardas de la colección. Clicando sobre la imagen se amplía.

De este azaroso modo nació Tierra Incógnita, la primera colección en Edhasa que, en un formato de 15 x 23, tuvo guardas ilustradas a todo color (eso fue posible, sin disparar el precio, imprimiendo una cantidad ingente de mapas de una tacada, pues siempre se reproducía el mismo mapamundi en todos los títulos). Con la misma idea en mente, se publicó en tapa dura impresa, y con una sobrecubierta que reproducía la cubierta (un solo diseño, al que se añadían las solapas) y se procuró que las ilustraciones nunca fueran excesivas en número; lo cierto es que a menudo era lo que costaba más encontrar y cuando eran a color se imprimía un pliego central. El interior se caracterizaba, además de por las ilustraciones siempre que era posible, por los amplios márgenes y la primera línea de capítulo en versalitas. Un aspecto resultón que justificaba con creces un precio que ya era muy apretado.

En palabras de Mauricio Bach Vida y aventuras del marinero John Nicol constuituyen “las primeras memorias de un marinero sin graduación que tienen interés literario y se han convertido en una obra literaria de culto entre los aficionados al género” (La Vanguardia, 19 de marzo de 2001), pero más entusiasta incluso había sido el Times Literary Suplement: “El talento natural de Nicol para recrear escenas y personajes convierten su libro en una pequeña joya”. (Aun así, cuando escribo estas líneas la edición española está descatalogada.)

Encontramos en Chatham Publishing una casa editorial que estaba trabajando, y muy bien, en esos mismos temas (además de ser los editores de no ficción de Dudley Pope), y sus catálogos y libros se convirtieron en un festín (a ellos contratamos la segunda de las obras, las memorias de George Samuel Parsons); pensamos en cuál era el diario o testimonio idóneo de la conocida como Guerra de África, de la que hay buenos textos de Pedro Antonio de Alarcón y Ros de Olano, pero también muchos otros; dimos muchas vueltas a qué podíamos publicar acerca de la infantería napoleónica, y a cómo editar las memorias del general Marbot (excesivamente

Edición fragmentaria de las memorias de Marbot en Castaila.

voluminosas, pero interesantes por haber luchado en España): aún seguíamos trabajando en ello cuando, sin que nadie nos lo advirtiera, las publicaba sorpresivamente Castalia, en cuyo catálogo encajaban como un pulpo en un garaje. Nos desquitamos de ello con un excelente relato de un soldado de infantería que ofrecía una visión de “los de abajo” acerca de las brutales caminatas hacia Moscú y la salvajada que supuso la campaña de Napoleón en Rusia, que había publicado Doubleday en una edición muy bonita, con ilustraciones de época y destinada al lector curioso. La historia misma del texto no tenía desperdicio, pues lo halló el historiador Frank E. Melvin en un granero en Kansas, al que lo habían llevado los hijos de Walter cuando emigraron a América y, en colaboración con el germanista Otto Springer, lo publicaron en 1938 en el Bulletin of the University of Kansas, donde lo descubrió Marc Raeff, quien a su vez en 1990 preparó la edición que lo dio a conocer al publico no especializado (fue traducido a diversas lenguas). En España obtuvo buenas críticas, y, si no me falla la memoria, fue el primer título de la colección que se reeditó. Según lo presentaba la revista Qué Leer:

Una joya que nos muestra por primera vez una campaña napoleónica desde la burda cotidianidad de un soldado raso cuyo principal interés en aquel momento crucial para Europa no era otro que no morir de frío o de hambre en un continente devastado por las interminables guerras […] La picaresca y la aventura no están reñidas con un contundente alegato antimilitarista (Qué Leer, septiembre de 2004, p- 82).

Interior del Diario de un soldado de Napoleón.

Interior del Diario de un soldado de Napoleón.

La idea era publicar uno o dos libros anualmente, pero muy cuidados, con textos introductorios obra de auténticos especialistas o por quienes hubieran descubierto los textos, las notas necesarias pero no eruditas, índices onomásticos o temáticos cuando fuera conveniente, etc., pero fue cada vez más difícil librarse de ingerencias absolutamente delirantes, y cuando quien fungía como editor decidió publicar en esa colección los pasatiempos del general del Ejército Español Luis Alejandre Sintes (que a raíz del siniestro del Yakolaev 42 había dejado el cargo de jefe del Estado Mayor), la cosa empezó a degenerar hasta un punto ya muy muy cercano al ridículo, y a Tierra Incógnita empezaron a ir a parar libros de autor español que por contenido debieran haberse publicado en la colección de Ensayo Histórico, si no fuera porque eran cualitativamente a todas luces indignos del tono predominante, por entonces al menos, en ella.

Para cuando, a sugerencia de un importante periodista cultural, la dirección de Edhasa decidió publicar unas deslavazadas e incomprensibles memorias acerca de una serie de partidas de caza mayor en los años sesenta, la cosa ya había descarrilado por completo respecto a la línea marcada originalmente y tanto Miguel Antón como yo, después de tantas imposiciones burdas e incoherentes, habíamos perdido buena parte de la ilusión inicial. Aun así, Maria Antonia de Miquel, que no casualmente había apostado en su día por uno de los autores de más éxito jamás contratados en Edhasa, Patrick O´Brian, hizo cuanto pudo para seguir manteniendo Tierra Incognita como una colección digna, probablemente porque creía en ella, o tal vez fuera sólo por profesionalidad y sentido del deber.

Sin embargo, el muro infranqueable, por lo menos hasta que empezó a interesarse más por figurar en los medios y en el gremio que en hacer que hacía en su despacho en la editorial, era el director y aun entonces supuesto editor de Edhasa. El perro del hortelano hecho hombre.

Títulos publicados en Tierra Incógnita (en orden cronológico)

 John Nicol, Vida y aventuras del marinero John Nicol, 1776-1801, prólogo de John Howell, edición e introducción de Tim Flannery, ilustraciones de Gordon Grant, traducción de Miguel Antón, febrero de 2001.

G.S. Parsons, Al servicio de Nelson. Un relato dramático de la guerra en el mar, 1795-1810, edición y notas de W.H. Long, introducción de Michael Nash, traducción de Miguel Antón, septiembre de 2001.

Robert Harvey, Thomas Cochrane (1775-1860). Libertador de Chile, Brasil y Grecia, traducción de Amanda González Moreno, septiembre de 2002.

David Cordingly, Mujeres en el mar. Capitanas, corsarias, esposas y rameras, traducción de Carme Font, octubre de 2003.

Jakob Walter, Diario de un soldado de Napoleón, edición e introducción de Marc Raeff, apéndice de Frank E. Melvin, traducción de Petúnia Díaz Díaz, mayo de 2004.

Patrick O´Brian, Hombres de mar y guerra. La Armada en tiempos de Nelson, traducción de Miguel Antón, octubre de 2004.

Nick Hazlewood, Salvaje. Vida y tiempos de Jemmy Burton, traducción de Margarita Cavándoli, diciembre de 2004.

James Tertius de Kay, Crónicas de la fragata Macedonian, 1809-1922, traducción de Miguel Izquierdo, junio de 2005.

David Cordingly, Bajo bandera negra. La vida entre piratas, traducción de Margarita Cavándoli, noviembre de 2005.

Luis Alejandre Sintes, La guerra de Cochinchina. Cuando los españoles conquistaron Vietnam, prólogo de Carlos Seco Serrano, 2006.

Juan Luis Oliva de Suelves, Luna llena en Medoune, mayo de 2008.

Rubén Caba y Eloísa Gómez Lucena, La odisea de Cabeza de Vaca, tras los pasos de Alvar Núñez por tierras americanas, junio de 2008.

Luis Alejandre Sintes, La aventura mexicana del general Prim, marzo de 2009.

Frank Arthur Wosley, La aventura antártica del Endurance, prólogo de Patrick O´Brian, introducción del conde de Jellicoe, traducción de Ángela Pérez, julio de 2009.

Wolfgang Frank, Bajo diez banderas. La odisea del Atlantis, traducción de Juan José del Solar, abril de 2010.

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