Cuando la novela histórica española llamó a la puerta

En el año 1996 la novela histórica en España se había convertido en un género que no sólo proporcionaba grandes ventas a las editoriales sino que además empezaba a captar poderosamente el interés del mundo académico, y una prueba de ello es la publicación de algunos libros que tomaban la novela histórica como tema de estudio, de los que son buen ejemplo las actas del V Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria y Teatral de la UNED (celebrado en la UIMP en Cuenca entre el 3 y el 6 de julio de 1995) y que se publicó con el título La novela histórica a finales del siglo XX e incluía estudios de Carlos García Gual, Maryse Bertrand de Muñoz, Joan Oleza, María del Carmen Bobes Naves, José Antonio Pérez Bowie, José María Pozuelo Yvancos…

Las traducciones de títulos como el Yo, Claudio (1978) de Robert Graves, Las memorias de Adriano (1982) de Marguerite Yourcenar o El nombre de la rosa (1982) de Umberto Eco habían mantenido un interés intermitente por parte del grueso de lectores españoles, más allá de los círculos de aficionados incondicionales al género, pero el profesor Fernando Gómez Redondo situaba en los años finales de la década de los ochenta una eclosión del interés de editoriales muy diversas por este tipo de novela. Tal como escribió en 1990 en «Edad Media y narrativa contemporánea. La eclosión de lo medieval en la literatura»:

Ediciones Orbis […] en 1988 inundó los quioscos con sus semanales entregas de Biblioteca de Novela Histórica, con la pretensión de simultanear obras clásicas (W. Scott, E. Gil y Carrasco, J. Fenimore Cooper) con títulos que acababan de alcanzar sonoros éxitos (R. Graves, M. Yourcenar, G. Vidal). También nuevas editoriales se subirán al carro de la fantasía histórica en esta desenfrenada búsqueda de lectores: Almarabú, Lumen, Muchnik y Montesinos, por ejemplo, han competido por sacar títulos que, en otros momentos, hubiera sido temerario publicar.

Sin embargo, mediada la década de los noventa se produjo un cierto cambio consistente, ya no en el cultivo ocasional por parte de autores españoles más o menos consagrados —José Luis Sampedro con El caballo desnudo (1970), Antonio Gala con El manuscrito carmesí (1990) y La pasión turca (1993) o Arturo Pérez Reverte con La sombra del águila (1993)— o en la aparición de éxitos puntuales —el Premio Planeta a Juan Eslava Galán por En busca del unicornio en 1987, por ejemplo—, sino en la irrupción de una avalancha de primeras novelas de escritores españoles, muchos de los cuales tuvieron un momento de gran éxito, que llevó incluso a que en la prensa se hablara de un cierto «boom». Originalmente se trató de novelas escritas a menudo por historiadores y muy fieles tanto a los hechos como (quizá más importante) a las mentalidades de la época en que situaban la acción, pero eso duró bastante poco tiempo.

Es posible que la espita que consiguiera abrir el grifo fuera la novela del historiador zaragozano José Luis Corral Lafuente El Salón Dorado (1996), publicada en la colección Narrativas Históricas de Edhasa en mayo de 1996 y que vino a demostrar que los editores podían ahorrarse los costos de traducción para publicar buenas novelas en este ámbito. En Pasando página, un compendio periodístico de los hitos de la edición española a partir de 1975, Sergio Vila-Sanjuán da cuenta de la publicación de esta novela del siguiente modo:

Desde finales de los setenta, la colección Narrativas Históricas, creada por Francisco Porrúa, representaba el pulmón de la editorial. Su línea la continuarían otros directores literarios como María Antonia de Miquel o Jordi Nadal, hasta alcanzar los doscientos títulos. […] Pero no había españoles. Algo que preocupó a Daniel Fernández, quien se había hecho cargo de la dirección general de Edhasa en 1996. […]  El tema, no hay que decirlo, le gustaba. Y si los manuscritos no llegaban, Fernández los encargaría. […] Con ese nombre [El Salón Dorado] encontró Fernández encima de su mesa una novela que había encontrado su antecesor, Jorge Durán.

Tal vez en este pasaje haya una confusión de nombres, pero en cualquier caso es evidente que algo falla. El antecesor de Fernández en Edhasa como director general fue Jordi Nadal, mientras que Jorge Durán fue coordinador editorial tanto con Nadal como, durante apenas un año aproximadamente, con Fernández. Aunque siempre resulta bastante absurdo asignar un «descubridor» a cualquier libro, si se toma como referencia el firmante del contrato (un criterio tan válido como cualquier otro), en el caso del de El Salón Dorado, fechado en febrero de 1996, puede zanjarse el tema diciendo que lleva la firma de Jordi Nadal.

Mucho más confusas, equívocas o ambiguas (por decirlo suavemente) fueron en 2005 unas declaraciones del por entonces director general de Edhasa al periodista de El País Jacinto Antón:

Corral envió su manuscrito por correo y decidimos publicarlo simplemente porque nos pareció una buena novela, no porque pensáramos entonces crear una colección específica de novela histórica española. No hubo voluntad de ir a por un autor español.

En realidad, puede decirse que esa búsqueda de novelas históricas de calidad escritas en español ya hacía tiempo que estaba activa en Edhasa cuando llegó Fernández, y de ahí la contratación de títulos como El ojo del faraón (1993), del polaco Boris de Rachewiltz (1926-1997) y el catalán Valentí Gómez i Oliver (n. 1947); El señor de los últimos días. Visiones del año mil (1994), del mexicano Homero Aridjis; La máquina solar (1996), la novela que el argentino Miguel Betanzos dedicó a Galileo, o El maestro de justicia (1997), de César Vidal: en ninguno de los casos se trató de novelas de encargo, ni de Nadal y mucho menos (por razones cronológicas evidentes) de Fernández, pero tampoco tuvieron un gran éxito ni la presencia de sus autores tuvo continuidad en el catálogo (salvo en el caso de César Vidal, con quien Fernández reincidió con Hawai 1898, en 1998).

Los derechos de El Salón Dorado, que tuvo ventas muy por encima de las expectativas, se habían cedido además enseguida a la histórica editorial alemana especializada en literatura de género Bastei Lübe, un trato en el que, dado que el autor no dispuso nunca de agente, Edhasa actuó como intermediario y la traducción apareció ya en 1997.

A partir de ese momento Edhasa se convirtió en la editorial de las novelas históricas de José Luis Corral: El amuleto de bronce (1998), El invierno de la Corona (1999), y así hasta once títulos, aunque el éxito de otro debut de características similares no volvería a repetirse hasta la publicación en el año 2000 de Al-Gazal, el viajero de los dos orientes, de Jesús Maeso de la Torre (a la que seguirían en la misma colección La Piedra del Destino (2001), El Papa Luna (2002), Tartessos (2003) y El Auriga de Hispania (2004), antes de su paso a Grijalbo.

Por esas mismas fechas, en 1997, se daba a conocer también con ventas muy notables en Salamandra Ángeles de Irisarri, con El viaje de la reina, sobre Toda Aznar de Toledo, reina de Navarra El cambio de siglo, sin embargo, estuvo marcado en cuanto a ventas por el éxito de Matilde Asensi, cuya primera novela, El salón de ambar (1999), ya fue muy llamativa, pero se convirtió en superventas con las novelas históricas Iacobus (2000) y El último catón (2001), ambas publicadas originalmente por Plaza & Janés (y luego reeditadas por Planeta), la segunda de las cuales alcanzaría en 2006 la cuadragésima edición y declaraba haber vendido 460.000 ejemplares. Por su parte, Ediciones B publicaba en 2000 la primera novela de Jesús Sánchez Adalid (La luz del Oriente), Maeva publicaba en 2001 la primera en español de la escritora vasca Toti Martínez de Lezea (Señor de la guerra), etc.

Mientras tanto, una editorial de trayectoria tumultuosa como Martínez Roca había sufrido una acusada remodelación desde la entrada en ella en 1990 de Finakey (empresa que tanto se dedicaba a la promoción y construcción de edificios como a la explotación de guarderías infantiles), y había apostado también con mucho ahínco por la novela histórica de autor español. En julio de 1990 entró también como accionista de Martínez Roca el grupo Planeta (que al cabo de dos años se hacía con el control y la absorbía), y en 1995 publicaría la primera novela histórica del entonces alcalde de Cabra y diputado provincial de Córdoba por el Partido Andalucista José Calvo Poyato, El rey hechizado, si bien a partir de entonces iniciaría un recorrido por diversas editoriales (Belacqua, El Aleph, Grijalbo, Ediciones B…). En 2001 empezaría Martínez Roca a otorgar el Premio Internacional de Novela Histórica Alfonso X el Sabio, que le sirvió para captar a autores exitosos del género (entre los primeros galardonados se encuentran Eduardo Gil Bera, Almudena de Arteaga, Jorge Molist, Ángeles de Irisarri o el ya mencionado César Vidal), aunque también el Premio Fernando Lara premió en más de una ocasión a cultivadores del género, como es el caso de Antonio Gómez Rufo (en 2005 por El secreto del rey cautivo), que se había dado a conocer en la colección La Sonrisa Vertical de Tusquets con El último goliardo (1984), o Sánchez Adalid (en 2007 por El alma de la ciudad). En esos años proliferaron los premios, ya fuera promocionados por editoriales o por instituciones públicas o privadas, específicamente dedicados a este género, que se convirtieron en estímulo y cantera (Premio Adriano de la editorial Apóstrofe, el Premio Alfonso VIII de la Diputación Provincial de Cuenca, el Ciudad de Úbeda de Pàmies, el Premio Hispania de Ediciones Áltera…).

Un punto culminante en este proceso, por las dimensiones del éxito, tal vez sea La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, publicada en 2006 por Grijalbo (que antes de cumplirse un año declaraba haber vendido ya el primer millón de ejemplares), y con la que en el sector editorial barcelonés sucedía algo parecido a los testimonios sobre el Mayo del 68 parisino: Al igual que casi todo el mundo decía haber estado en la capital francesa la primavera de ese año mítico, son legión los profesores de escritura creativa y los editores de mesa que aseguran haber participado en algún punto del lento y laborioso proceso de escritura, reescritura y corrección de esa novela (que duró, por lo menos, cuatro años y fue rechazada, en diversos estados de elaboración, por hasta siete editoriales cuando aún se titulaba Bastaix). Aunque quizá eso sea solo una leyenda urbana… 

Fuentes:

Jacinto Antón, «Entrevista a Daniel Fernández», Babelia, 30 de julio de 2005.

Juan Gómez Jurado, «El boom de la novela histórica en español», Abc, 27 de febrero de 2018.

Jesús Maeso de la Torre.

Fernando Gómez Redondo, «Edad Media y narrativa contemporánea. La eclosión de lo medieval en la literatura», Atlántida, núm. 3 (1990), pp. 28-42.

Antonio Huertas Morales, La Edad Media contemporánea. Estdio de la novela española de tema medieval (1990-2012), tesis doctoral presentada en la Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació de la Universitat de València en 2012.

Jesús Maeso de la Torre, «El porqué del boom de la novela histórica», Todo Literatura. República Ibérica de las Letras, 13 de enero de 2017.

Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Barcelona, Destino, 2003.

Sándor Márai y las cajas de sorpresas

La obra literaria del  Sándor Márai (1900-1989), además de una fuente de placer estético para el lector, es una mina inagotable de sorpresas para el interesado en la historia del libro, en alguna medida como consecuencia de sus propias peripecias vitales y en particular de su prolongado exilio de Hungría (primero, desde 1948, en Suiza e Italia, y desde 1952 en Estados Unidos), como consecuencia en parte de sus problemas con la censura. A fin de cuentas, el de su obra es el mismo problema que plantean las ediciones de muchos escritores zarandeados por el siglo XX, tristemente marcado por la expatriación como consecuencia de guerras que dejaron con las raíces al aire (desterrados) a una pléyade de escritores que, como escribió el propio Márai, se aferraron a «la patria verdadera, que quizá sea la lengua o quizá la infancia».

MaraiSD

Márai, con bastón, en San Diego.

Tibor Mészaros, historiador de la literatura y responsable del legado Sándor Márai (conservado en el Museo de Literatura Petofi de Budapest), que es además autor de la bibliografía de referencia sobre el autor, recordaba en 2013 una retahíla parcial de obras escritas por Márai y actualmente perdidas total o parcialmente (A csöndes lakó, Männer), así como la azarosa historia de la tercera y última parte de Sértödöttek (Los ofendidos), titulada Művészet és szerelem (Arte y amor), y cuya edición fue secuestrada y destruida, pero de la que se salvaron unos pocos ejemplares que se habían vendido en el extranjero. Y añadía aun Mészaros, sin ánimo de exhaustividad, el caso de un drama del que sólo se conservó una versión incompleta en alemán (Das jüngeste Gericht), subrayando que los mencionados no eran sino unos pocos casos en una lista más extensa, que se nutría básicamente de información que el propio autor había ido dejando diseminada en sus Diarios (de los que Salamandra publicó en 2008 los correspondientes al período 1984-1989).

FayFerenc

Férenc Fay.

En los diarios correspondientes a 1949 y 1950, Márai menciona reiteradamente su intención de publicar la tercera parte de la trilogía iniciada con Confesiones de un burgués, cuyas dos primeras entregas se habían publicado varios años antes (en 1934 y 1935, respectivamente). Finalmente, Márai, que desde el momento de su exilio nunca permitió que su obra se publicara en Hungría hasta que se hubieran celebrado allí elecciones democráticas, pudo ver impresa esa tercera parte (¡Tierra, tierra!) en Toronto (Canadá), en 1972, bajo los auspicios de la editorial de Stephan Vörösváry-Weller (Vörösváry-Weller Publishing Co.), cuyo catálogo, multilingüe, se nutría de obras de exiliados entre las que se contaban las memorias de quien fuera regente de Hungría Miklós Horthy (1868-1957), de las del cardenal Joszef Mindszenty (1892-1975), así como de algunas obras literarias de autores como el polémico transilvano Albert Wass (1908-1998), que permanece inédito en español, el ensayista Imre Kóvacs (1913-1980) o el gran poeta y antólogo del destierro húngaro Férenc Fay (1921-1981). Como es fácil suponer, el grueso de los lectores de estas ediciones eran también exiliados.

Fue otro filólogo húngaro, Péter Bod, quien a raíz de la publicación de los diarios completos de Márai advirtió que el contenido de esa edición canadiense de ¡Tierra, tierra! no se correspondía de un modo fiel y exacto con lo que el autor había consignado en sus textos personales acerca de ese libro, y además explicaba el motivo de su renuncia a darlo a imprenta tal como lo había concebido.

SándorMáraiXTihany

Sándor Márai retratado por Lajos Tihanyi (1885-1938).

Y, de repente, se abre la caja de las sorpresas. En una de las veintidós cajas que contenían el legado Márai, que llegó en 1997 al Petofi, existía una carpeta con dos indicaciones manuscritas: “¡Tierra, tierra!”, tachado, y “Confesiones de un burgués III”, que no era una tercera versión ni respondía sólo a un cambio de título, sino que contenía una versión de ¡Tierra, tierra! que se iniciaba con unos cuantos capítulos que cubrían el período histórico iniciado con el auge del nazismo (a partir de 1938) hasta el inicio del exilio de Márai (1948). Salían a la luz en 2003, pues, unos capítulos que cubrían unos hechos que, de la lectura consecutiva de Confesiones de un joven burgués y la versión hasta ahora conocida de ¡Tierra, tierra!, parecían haberse callado en una pudorosa elipsis; sin duda, como explicita en un pasaje clave de los diarios, en una actitud fácilmente comprensible sobre todo en un exiliado:

No dejaré que los dos primeros capítulos de Confesiones de un burgués III lleguen al público extranjero. No quiero que lean esta triste confesión, esta acusación entre húngaros. En húngaro, para los húngaros, sí… Pero que los extranjeros no lo sepan.

El resultado de todo ello, al fin y al cabo, es que lo que durante mucho tiempo había podido tomarse como una elipsis se descubrió que era en realidad consecuencia de la ocultación por parte del autor primero y la pérdida en una carpeta ambiguamente rotulada después de una parte muy delicada e impactante del manuscrito, aquella en la que Márai dedicaba una mirada crítica a su patria y, al hilo de otras muchas reflexiones interesantes, identificaba en la burguesía a la responsable de garantizar la supervivencia de la alta cultura europea ante los embates de la barbarie que suponían tanto el fascismo y el nazismo como el comunismo, pues, entre otras razones para ello, era la única que podía comprar libros en un mercado tan reducido como el de la literatura húngara; la burguesía, pues, debía cumplir con ese deber, que era también motivo de orgullo. No es grano de anís.

JosephRothD+Zweig

Stefan Zweig (1881-1942) y Joseph Roth (1894-1939).

Cuando de repente aparecen textos inéditos de un autor de la importancia literaria de Márai (equiparable sin duda alguna a la que puedan tener Robert Musil, Joseph Roth o Milan Kundera), el común de los mortales tendemos a suponer que, si el autor no los dio a imprenta sería porque, o bien ponen al descubierto aspectos que por pudor no deseaba hacer públicos en vida, o bien porque se trata de obras menores con las que el autor en cuestión no se sentía artísticamente satisfecho, y que por consiguiente su interés puede ser enorme para los especialistas pero difícilmente para los aficionados. Sin embargo, no es éste el caso de esos capítulos, que en 2014 Albin Michel publicó en francés en una de sus colecciones más emblemáticas (Les Grandes Traductions) con el título Ce que j´ai voulu taire (traducción y nota final de Catherine Fay) y posteriormente Salamandra acaba de incorporarlo a su completo y selecto catálogo de obras del clásico húngaro por antonomasia (con permiso de Imre Kertész y Magda Szabó, por supuesto).

Lo que no quise decir_135x220

Recordaba en un tuit el 6 de mayo de 2015 el escritor y editor mexicano Héctor Orestes Aguilar que hay todavía pendientes de recuperación algunas obras de Márai que en su día fueron publicadas en español pero sujetas a la censura, como es el caso de la traducción de Ferenc Oliver Brachfeld (1908-1967) de Música en Florencia (Destino, 1951), cuando en realidad la obra en cuestión no es otra que A növer, que Salamandra publicó con el título La hermana en el año 2007. Ello es ejemplo de la confusión generada ya no sólo por las diversas formas en que se han agrupado en ocasiones los textos de Márai, sino también por las traducciones diversas que ha tenido un mismo título, lo que a menudo dificulta identificarlo a quienes no somos capaces de leer en húngaro.

En cambio, sí lleva toda la razón el editor mexicano al señalar que no disponemos de una versión nueva de Los celosos (Féltékenyek) que publicó José Janés Editor en 1949, que es la segunda entrega del ciclo de los Garren, iniciado con Los rebeldes, cuya primera edición publicó Zeus en 1931 y posteriormente, con el título A la luz de los candelabros, apareció en Destino (1957), antes de la edición en Salamandra (1999) recuperando el título más fiel. El lector curioso puede acceder en las páginas de la revista Destino, por ejemplo, a ocho textos breves de Márai, en traducción al español de Oliver Brachfeld, que no se han vuelto a publicar, y algunos otros aparecieron en volúmenes como los Cuentos húngaros recopilados por Antonio Villeti (Hispanoamericana de Ediciones, s/a); incluso  es probable que haya otros casos similares dispersos por alguna otra publicación periódica española de los años cuarenta y cincuenta, cuando Márai era uno de esos raros autores que en España aunaba popularidad y prestigio literario. Quizá alguna pequeña editorial autoproclamada independiente, quién sabe, acabe por interesarse lo suficiente por este tipo de material.

Garrenek19

El ciclo de los Garren en dos volúmenes, 1.134 pp. (Toronto, Stephen Vörösváry-Weller, 1988).

La empresa de recuperar la obra completa de Márai es realmente de una ambición formidable y acaso excesiva, basta con dar una simple ojeada a su impresionante y variadísima bibliografía, en la que conviven textos teatrales, periodísticos, autobiográficos, novela, cuentos y relatos breves, poemas, por no mencionar siquiera su muy nutrido y prometedor epistolario. En cualquier caso es evidente que, por muchos motivos (históricos, biográficos, literarios, editoriales), la de Lo que no quise decir es una de las recuperaciones más indispensables y contribuye además a redondear el ciclo de Confesiones de un joven burgués, aguda y lúcida obra memorialística cuya lectura puede ser una continuación estupenda a, pongamos por caso, El mundo de ayer de Stefan Zweig.

Pasaporte de Sándor Márai.

Fuentes:

Sándor Márai en Salamandra.

Sándor Márai, Lo que no quise decir, traducción de Mária Szijj, Barcelona, Salamandra, 2016.

Sándor Márai, Ce que j´ai voulu taire, Albin Michel (Les Grandes Traductions), 2014. Añade un apéndice de Tibor Mészaros y una nota sobre la traducción de Catherine Fay.

Javier Aparicio Maydeu, «De letras húngaras», Libros. El Periódico de Catalunya, 3 de diciembre de 1999, p. 6, recogido en Lecturas de ficción contemporánea. De Kafka a Ishiguro, Madrid, Cátedra, 2008, pp. 525-526.

Eva Cserháti, «De Kubala a Kertész. Más de cien años de traducción de la literatura húngara en España (1887-2007)», en Vasos comunicantes, núm. 41 (invierno 2008-2009), pp. 51-56.

Eszter Oszbán, «Sin cafés no hay literatura», Literatura Húngara on line.