El editor de la juventud argentina en los años veinte del siglo XX

En 1936, la Federación Gráfica Bonaerense publicó la primera edición de un libro que tuvo un notable impacto en el ambiente poético español, La rosa blindada, de Raúl González Tuñón (1905-1974), compuesto inspirándose en la Revolución de Asturias de 1934, como indica el título (Homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas revolucionarios) y con una xilografía de Juan Carlos Castagnin (1908-1972) ilustrando la cubierta. Prueba señera de este impacto es, por ejemplo, el soneto que dedicó al poeta argentino Miguel Hernández (1910-1942), con el que había establecido amistad en Madrid.

Para entonces, González Tuñón tenía ya a sus espaldas una obra poética en marcha —además de un bien ganado prestigio como periodista—, que había iniciado en 1926 con El violín del diablo en la Editorial Gleizer y, con el intervalo de una edición de autor (Poema del conventillo, 1926), había proseguido su carrera en la misma editorial con Miércoles de ceniza (1928) y La calle del agujero en la media (1930), al tiempo que iba haciéndose un nombre en la prensa (particularmente en el vespertino Crítica y en Clarín) .

No fue este el único autor al que «descubrió» e impulsó la editorial Gleizer, que había empezado su actividad en 1922 con la publicación de las crónicas y retratos Cómo los vi yo, del famoso periodista y crítico y director teatral Joaquín de Vedia (1877-1936); para ello, solicitó un crédito bancario para poder pagar al autor el 10% del precio de venta al público (se hizo una tirada de 1800 ejemplares, que se pusieron a la venta a 2,50 pesos).

Nada permitía suponer que Manuel Gleizer (1899-1966), llegado a Argentina a los doce años procedente de Rusia, acabaría por convertirse en el editor de los nuevos valores literarios de su país de acogida, pues había empezado trabajando de peón agrícola en Entre Ríos, antes de dedicarse a la venta ambulante en el barrio de Villa Crespo de Buenos Aires. El peculiar origen de esta editorial lo explicó perfectamente Ana Ojeda Bär en el espléndido artículo de síntesis que dedicó a Gleizer sirviéndose de diversos testimonios de quienes lo trataron:

 Puso un negocio de venta de billetes de lotería, pero tuvo la mala suerte de que le quedaran sin vender unos enteros que no pudo devolver. Debió afrontar el pago de unos 300 pesos, que en ese tiempo eran una fortuna. Para saldar la deuda, llevó de su casa 230 libros de la Biblioteca Blanca de Sempere y les puso un cartelito que decía: «0,40 el ejemplar». Los vendió enseguida. Al día siguiente, repitió la operación, pero al revés: puso un cartelito que rezaba «Compro libros». Así se convirtió en un librero de viejo.

Luego de tres años de compraventa de libros, Gleizer se trasladó a una casa que quedaba enfrente, en Triunvirato 537, donde abrió por primera vez sus puertas la librería La Cultura.

No tardó esa librería en convertirse en uno de los puntos de contacto más importantes entre gente de las artes y las letras de la capital argentina, pues allí tertulieaban Leopoldo Lugones (1874-1938), Samuel Eichelbaum (1894-1967), Jorge Luis Borges (1899-1986), Leopoldo Marechal (1900-1970), el mencionado González Tuñón y César Tiempo (1906-1980), entre otros muchos.

A González Tuñón le publicó su primer poemario El violín del diablo (con ilustración de cubierta de Valentín Tibon de Libian) porque había salido vencedor de un certamen literario promovido por Gleizer y del que formaban el jurado Evar Méndez, Carlos Alberto Leumann y Alfonsina Storni, pero ese mismo año 1926 le publicaba a otro de los contertulios, Leoopoldo Lugones, la primera edición de Lunario sentimental, con una ilustración de cubierta de José Bonomi (1903-1992), Cuentos para una inglesa desesperada de un veinteañero Eduardo Mallea (1903-1982), que Guillermo de Torre reseñó enseguida en la prestigiosa revista española Revista de Occidente, y en 1928 No toda es vigilia la de los ojos abiertos, de Macedonio Fernández, así como el primer libro de relatos del historiador chileno Juan Luis Espejo Tapia (1888-1983), Los amigos de Gómez Barbadillo. Poco después le publicaba a Borges diversos artículos de crítica literaria que habían ido apareciendo en prensa con el título El idioma de los argentinos (1928), al que seguirían Evaristo Carriego (1930) y, como título inicial de una colección muy explícitamente llamada Nuevos Escritores Argentinos, Discusión (1932).

Además de arriesgar el capital que lograba reunir para tales propósitos, Gleizer se esforzó por buscar medios de dar a conocer y promocionar la obra de los escritores a los que publicaba sirviéndose de las sinergias entre los autores y los medios de comunicación. Según explica Fabio Espósito en la semblanza del editor disponible en el portal de EDI-RED:

La fórmula tantas veces probada de llevar al circuito del libro una firma popularizada en los grandes diarios le permitió a Gleizer editar libros baratos destinados a un público nuevo y siempre ávido de temas de actualidad, que había crecido y se había diversificado al amparo de grandes periódicos como La Nación, La Prensa y Crítica.

Tanto los precios como las tiradas presentaban notables oscilaciones, y si los primeros podían ir de los cincuenta centavos a los tres pesos y medio de aquel entonces, las tiradas de los primeros títulos alcanzaron los 1.8000 ejemplares, pero luego se estabilizaron entre los 300 y los 500, si bien es cierto que la presentación y encuadernación también era diversa y que hubo algunas excepciones: de El hombre que está solo y espera (1931), del pionero periodista de investigación Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959), se hizo en octubre una primera tirada de 3.000 ejemplares y aun así en diciembre de ese mismo año se hacía una segunda.

Al margen de la línea más literaria, tenía también otra más centrada en libros de tema judío y una dedicada a la actualidad política que al parecer dejaron menos poso pero no de menor éxito en su momento. La aventura se extendió todo a lo largo de la década de 1930 y llegó hasta 1945, e incluso tuvo una segunda y menos productiva etapa entre 1954 y 1957.

Sin embargo, todo aquel que se ha acercado a la obra editorial de Gleizer le destaca como uno de los principales renovadores del papel del editor en la industria argentina y la persona que más contribuyó a la creación de una estructura literaria robusta poniendo a disposición de los lectores de escasos recursos la obra de escritores previamente fogueados y popularizados en las páginas de la prensa periódica. No menor es el logro de haber si no creado, sí por lo menos ampliado y fortalecido a una red de lectores interesados en la literatura argentina.

María de los Ángeles Marechal recoge en el librito que con Víctor García Costa dedicaron a Manuel Gleizer unas palabras que escribió Nicolás Olivari (1900-1966) poco antes de su propia muerte en las que hace una aguda caracterización de este singular puntal de la edición argentina:

Manuel Gleizer fue el editor de la juventud, de los audaces, de los nuevos. Los editó sin leerlos, confesión que lo honra, porque de otra manera hubiera cambiado a tiempo la profesión. Le ha quedado este hermoso laurel de haber sido el primero que lanzó a los jóvenes en época de bárbara incomprensión, de absoluto desprecio a todo lo nacional en literatura. Es posible que alguna vez, en el justiciero homenaje que se le debe, esto sea dicho. Por ahora, quede aquí adelantado.

Fuentes:

Fabio Espósito «Semblanza de Manuel Gleizer (Ataki, 1889 – Buenos Aires, 1966)». En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED, 2018.

Víctor O. García Costa y María de los Ángeles Marechal, Manuel Gleizer, librero y editor, Buenos Aires, Peña del Libro Trenti Rocamora (Folletos), 2008.

Gabriel Luna, «El editor que amaba exactamente los libros», VAS, 24 de agosto de 2018.

Ana Ojeda Bär, «Manuel Gleizer, el último de los editores románticos», La Nación, 2 de abril de 2006.

 

Tor, quizá la editorial más ruin del siglo XX

En Visto y vivido en Chile, unas de las mejores y más honestas memorias escritas por un editor, el exiliado peruano en Chile Luis Alberto Sánchez (1900-1994) reconoce que en la editorial que dirigía en los años treinta, Ercilla, se satisfacía la predilección de los lectores chilenos por las obras traducidas mediante el poco escrupuloso método de no pagar derechos de autor, cosa que al parecer, sobre todo durante la segunda guerra mundial, fue bastante generalizada. Baste recordar, por ejemplo, el caso de los derechos de Mauriac en España. Escribe Sánchez en sus memorias:

El editor peruano exiliado en Chile Luis Alberto Sánchez.

Los públicos no consumían con demasiado entusiasmo las obras nacionales de Ercilla. Preferían la universalidad. De ahí el ahínco de Ercilla por traducir y ocupar la plaza que dejaban desierta las editoriales españolas durante el forzoso receso ocasionado por la Guerra Civil, […] Las editoriales argentinas habían sido las primeras en piratear (Tor, Claridad, Anaconda, etc.), por eso atacaron a Ercilla tildándola de pirata; nadie ve la viga en el ojo propio.

Algo no acaba de cuadrar en la cronología del relato de Sánchez, pues según él la editorial chilena Ercilla empezó a regularizar esa situación a partir de 1935, cuando, como todo el mundo sabe, la guerra civil española se libró entre 1936 y 1939. Quizá le engañe la memoria; sin embargo, quizá sea justo al poner la diana sobre la editorial bonaerense Tor.

La Editorial Tor la había fundado el catalán Juan Carlos Torrendell (1895-1961) en 1916, cuando contaba apenas veinte años y una breve experiencia en la bonaerense librería La Facultad, de Juan Roldán, pero sin duda se pudo beneficiar de los conocimientos sobre el mundo editorial que tenía su padre, Joan Torrendell i Escalas (1869-1937). Este último, además de ejercer el periodismo y haber publicado ensayos como Pimpollos (1895), Clarín y su ensayo (1900) o La política catalanesca (1904), tenía una amplísima trayectoria como director y fundador de publicaciones periódicas, tanto en su Mallorca natal (La Almudaina, La Nova Palma y La Veu de Mallorca), como en Barcelona (La Catalunya) y Montevideo (Catalunya).

La editorial tomó inicialmente el apellido de su fundador, pero las dificultades para que distribuidores y libreros lo pronunciaran correctamente derivó en su abreviatura; aunque el escritor fantasma Rodolfo Bellani (1904-1984) tenía otra irónica explicación de ello: era para ahorrarse la tinta necesaria para escribir el apellido completo. Además, este no fue el único caso en que Torrendell se vio en la necesidad de recurrir a la imaginación para bautizar sus sellos. Carlos Abraham, que es quien más a fondo ha analizado el catálogo de Tor (le dedicó la monografía La editorial Tor. Medio siglo de libros populares, Buenos Aires, Tren en Movimiento, 2012), contó en una entrevista su sorpresa al descubrir que era Torrendell quien estaba detrás de muchos otros nombres:

Muchas editoriales que yo conocía resultaron ser disfraces de Tor. […] Editorial Ombú, Ediciones Argentinas Cóndor, Editorial Las Grandes Novelas, Editorial Las Grandes Obras, Editorial Luz, Ediciones Modernas, Ediciones Fémina, Ediciones Renovación, Agencia Distribuidora Argentina de Revistas y Editorial de Grandes Aventuras…[…] Rovira, que es la primera editorial fantasma de Tor, surge en los años treinta para no pagar derechos de autor de novelas de Sexton Blake y Tarzán.[…] Pero las editoriales fantasma surgen, sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial.

Aun así, no sólo los autores y sus derechohabientes fueron víctimas de las tomaduras de pelo llevadas a cabo por Tor, sino que Torrendell trasladó a Buenos Aires una repugnante práctica que, si no inventado, sí la habían popularizado los impresores y editores barceloneses Luis Tasso i Gonyalons (1817-1880) y su hijo Luis Tasso i Serra (¿?-1906) sobre cómo engañar a los traductores para conseguir traducciones sin costo alguno.

Otra de las lindezas perpetradas por Torrendell, menos dañina pero duramente criticada por el establishment editorial argentino y más específicamente por la Academia Argentina de Letras, fue, después de la crisis posterior a 1929, la instalación de una balanza en su comercio y la práctica de vender ejemplares a peso. Pocas acciones podían ser más ilustrativas de la consideración que tenía este editor hacia el libro.

En la misma dirección de reducir los costes hasta extremos increíbles que caracterizaban la gestión de Tor apunta la compra de rotativas en cuanto tiene ocasión de hacerlo y las descomunales tiradas, amplísimas, buena parte de las cuales iban destinadas a la exportación. También es Carlos Abraham quien ha establecido tres etapas bien definidas en la trayectoria de esta empresa: Una inicial de arranque en que su catálogo no muestra rasgos específicos notables (1916-1930), una segunda de producción masiva gracias a las rotativas (1930-1959) y una última centrada casi exclusivamente en la reedición del heterogéneo, vasto (y, en general, también basto) catálogo creado a lo largo de los años anteriores (1959-1971). Cabe señalar también que a partir de 1939 empezó a publicar prolijamente revistas ilustradas destinadas al público infantil y juvenil.

El editor Luis Peña Lillo (1917-2009) dejó en Los encantadores de serpientes (mundo y submundo del libro), una caracterización bastante sintética y contundente de la labor de Tor:

Pésimas ediciones, mal traducidas, terminadas donde el pliego concluía por razones técnicas y no por designio del autor, denuncian ya los vicios de la desaprensiva y gran industrialización del libro. A esta editorial no la tiene en cuenta ningún cronista, por constituir una página negra en la historia editorial, pero su existencia, no por esa omisión ha sido menos real.

En cambio, retrospectivamente el profesor Fabio Espósito intenta ver algo de positivo en estas prácticas: «Libros mal diagramados en papel de baja calidad, a un precio ínfimo, en algunos casos de 50 centavos, facilitó su gran difusión». No es fácil advertir la ventaja de que productos claramente defectuosos tengan una gran difusión y puedan ejercer su influencia sobre grandes cantidades de lectores.

Resulta llamativa la presencia en estos catálogos de algunos autores que llegarían a ser célebres, como es el caso de un jovencísimo Aldolfo Bioy Casares (1914-1999), que en 1933 publica en la colección Cometa el libro de cuentos Diecisiete disparos contra el porvenir bajo el seudónimo de Martín Sacastrú, que curiosamente incluye no diecisiete sino dieciséis cuentos, pero va precedida de una apócrifa biografía de Sacastrú que quizá deba contabilizarse como el número 17. También Jorge Luis Borges publica en Tor, en su caso la primera edición de Historia universal de la infamia, en la colección Megáfono, así como el poeta Horacio Rega Molina (1899-1957), que publicó su «Misterio dramático en tres actos y en verso» La posada del león en 1936.

Sin embargo, y pese a la un tanto insólita presencia también de Signund Freud, Adolf Hitler, Stefan Zweig o Karl Marx, son más representativos del grueso de la producción de Tor autores de literatura popular de aventuras, sentimental y detectivesca como Edgar Rice Burroughs (1875-1950), Emilio Salgari (1862-1911), Sexton Blake o la serie sobre Rocambole de Ponson du Terra (1829-1871). En más de una ocasión sucedió que estas extensísimas series narrativas concluyeron antes de que los lectores de Tor se hubieran cansado de ellas, a lo que Torrendell también encontró una solución favorable –a sus intereses–, como ha contado también Abraham:

Tras publicar Tarzán triunfante, de Edgar Rice Burroughs, en el número 119, en cuya cubierta puede leerse «Últimas aventuras del famoso Tarzán de los monos», en el 120 [en el sello Rovira] lanzó Tarzán en el Valle de la Muerte, primer Tarzán apócrifo, que figuraba como «traducido» por Alfonso Quintana Soler, pero en realidad estaba escrito por él. A este seguirían Tarzán el vengador (n. 21), Tarzán en el bosque siniestro (n. 122), Las huestes de Tarzán (n. 123), Tarzán y la diosa del mar (n. 124), Tarzán y los piratas (n. 125), Tarzán el Magnánimo (n. 126)… [y así hasta el número 170: El castigo de Tarzán]

Estas continuaciones de Tarzán y de algunos otros ciclos novelescos los escribieron dos hombres de letras que gracias a este tipo de tareas pudieron profesionalizarse, Alfonso Quintana Solé (que como secretario de redacción de la revista Atlántica había coincidido con Torrendell i Escalas) y el mencionado Rodolfo Bellani, que empleó una ingente cantidad de seudónimos. Y entre los ilustradores de la casa destaca sin duda el humorista e ilustrador catalán Lluis Macaya (1888-1953), pero tampoco en este ámbito deja de poner de manifiesto Carlos Abraham el escaso esmero que se ponía en los procesos editoriales en Tor: «En ciertas ocasiones es fácil apreciar que el ilustrador no había leído la novela que le tocaba ilustrar, guiándose solo por el título».

Se hace difícil pensar en alguna editorial menos escrupulosa en todo el siglo XX.

Fuentes:

Carlos Abraham, «Los Tarzanes apócrifos argentinos», Quinta Dimensión, 15 de agosto de 2009.

Carlos Abraham, «Semblanza de la Editorial Tor (1916-1971)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED (2017).

Carlos Araujo, «La editorial Tor», en el blog El Buenos Aires que se fue, 1 de septiembre de 2014.

Juan Pablo Bertazza, «Un Tornado», Página 12, suplemento Radar, 20 de agosto de 2012.

Fabio Espósito, «Buenos Aires, 1920-1940, la emergencia de un centro editorial periférico», Artes del Ensayo. Revista Internacional sobre el ensayo hispánico, núm. 2 (2018), pp. 38-46.

María de los Ángeles Mascioto, «Carlos Abraham, La editorial Tor: Medio siglo de libros populares» (reseña), en Orbis Tertius, vol. XIX, núm. 20 (2014), pp. 184-185.

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, prólogo de Luis Laborde y prólogo a la segunda edición del autor, Santiago de Chile, Tajamar Editores, 2004.

Carolina Tosi, «Semblanza de Juan Carlos Torrendell (1895-1961)», en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIXXXI) – EDI-RED (20016)

La traductora Margarita Nelken (con Borges al fondo)

La labor de Margarita Nelken (1894-1968) como traductora ha quedado indisolublemente vinculada a la polémica acerca de la autoría de la primera traducción de La metamorfosis de Franz Kafka, en apariencia obra de Jorge Luis Borges, publicada en los números XXIV (abril-junio de 1925) y XXV (julio-septiembre de 1925) de la Revista de Occidente.

Margarita Nelken.

Sin embargo, ya entonces la políglota Margarita Nelken tenía una pujante obra literaria en marcha, que había arrancado en 1911 con «L’Oeuvre de Julio Romero de Torres», artículo publicado en la revista parisina L’Art Decoratif, si bien muchas fuentes aluden a un primer texto sobre Goya publicado a los quince años en la británica The Studio. Según constata la tesis doctoral de Trinidad Barbero Reviejo, en The Studio se estrena Nelken en el número 235 (de octubre de 1912, pp. 258-262) con un texto titulado simplemente «Eduardo Chicharro», y «Los frescos de Goya de San Antonio de la Florida» aparece en el número 319, de octubre de 1919 (pp. 81-85). Además, había puesto su firma en Mercure de France, Gazzette des Beaux Arts, L’Art et les artistes, Renovación Española, Archivo de Arte Español, Gaseta de les Arts, La Ilustración Española y Americana, Blanco y Negro, La Esfera…

También anteriores a la polémica traducción kafkiana es la aparición de su libro de crónicas Glosario. Obras y artistas (Librería de Fernando Fe, 1917), el ensayo La condición social de la mujer en España (Minerva, 1920) y los de narrativa La trampa del arenal (Editorial Hernando, 1923), El Milagro (Los Contemporáneos, 1924) y El viaje a París (La Novela Corta, 1925).

En cuanto a las traducciones, tampoco eran escasas las que firmó hasta 1925: En 1922 había publicado en Nuevo Mundo (17 de marzo) la del cuento del belga Horace Van Offel «Los cisnes negros», y quizá de esas mismas fechas sea uno de los títulos del ciclo de Pimpinela Escarlata, El primer sir Percy, de la Baronesa de Orczy; al año siguiente, en la colección Breviarios de Ciencias y Letras de la editorial madrileña Calpe, se publica su traducción La cultura romana, de Theodor Brit, y con pie editorial de la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP)-Renacimiento aparecía el primer volumen de los cuatro que tradujo de la Historia del Arte de Elie Faure (el último se publicó en 1928), que en 1944 publicaría Joan Merli (1901-1995) en su bonaerense editorial Poseidón.

En 1924 aparece en la editorial parisina Redier et Cie su traducción al francés de La sensualidad pervertida: ensayos amorosos de un hombre ingenuo en una época de decadencia (Essais amoreux d´un homme ingénue), de Pío Baroja (1872-1956), que cuatro años antes había publicado Caro Raggio. Quizá valga la pena recordar aquí como curiosidad que Borges también tradujo al francés, en su caso en prensa parisina, a Baroja. Y de 1925 son la traducción de Nelken, a partir de la alemana, del De profundis de Oscar Wilde con el título La tragedia de mi vida, así como Anatole France en zapatillas, de Jean-Jacques Brouson (ambas en Biblioteca Nueva), Dominique, de Eugène Fromentin (en Librería y Editorial Madrid), La reencarnada: novela ocultista, de Franz Spunda (en El Adelantado de Sevilla) y, en la editorial Revista de Occidente, La prodigiosa historia de un archipiélago imaginario, de Gerhart Hauptmann, y La decadencia del mundo antiguo. Seis conferencias, de Ludo Moritz Hartmann (como primer número de la colección Historia Breve).

No parece que la polémica sobre la autoría de la traducción de La metamorfosis de Kafka en la Revista de Occidente haya tenido una conclusión unánimemente aceptada, pero está claro que su origen está en el hecho de haberse publicado sin indicación del traductor –añadido, eso sí, a la destrucción del archivo de la editorial durante la guerra civil– y a la publicación de esa misma traducción en 1938 con la firma de Jorge Luis Borges (1899-1986) en la bonaerense colección Pajarita de papel de la Editorial Losada (y luego reimpresa profusamente: en Losada, en Alianza, en las Obras Completas de Emecé…). En 1974 ya circulaban rumores de que Borges no era el autor de esta traducción, y en 1998 Cristina Pestaña Castro dio pie a un cruce de artículos con Fernando Sorrentino que condujo a la hipótesis de que la autora de la traducción era Margarita Nelken (sugerida también por José Ortega Spottorno), pero ni siquiera el cotejo y estudio de las diversas ediciones que Pestaña Castro llevó a cabo en 1999 consiguió acallar tampoco algunas voces reticentes. Aún en 2014 Ana Gargatagli se planteaba y argumentaba la posibilidad de que la traducción de La metamorfosis fuera de Borges, si bien no tenía en cuenta el currículo que en 1964 Nelken mandó a Juana Maíllo en que mencionaba esa traducción como propia. También es cierto que en ese mismo texto menciona como su primera publicación en The Studio el texto sobre Goya, si bien eso quizá pueda responder al hecho de que entre el primer texto escrito y mandado para su publicación no fuera el primero efectivamente publicado. (Para la polémica, veánse más adelante las fuentes.)

Nelken, pistola al cinto, durante la guerra civil.

En los años previos a la guerra civil, Nelken publica pocas traducciones más (al margen de la de alguna obra teatral y algunas breves en prensa), Historia de la República Romana, de Arthur Rosenberg, como segunda entrega de la mencionada colección Historia Breve de Revista de Occidente y el capítulo dedicado a Cervantes del Montaige et ses trois premiers-nés, de Elie Fauré, pubilcado en Retratos Literarios con una ilustración de Picasso, ambos en 1926, pero en su exilio mexicano vuelve a cultivar el género.

En cuanto a esas traducciones ya en el exilio, en algún caso aislado parece tratarse de traducciones alimenticias, como es el caso de Radiación y radioactividad (1959), de Jack Schubert, en Muchnik Editor- Compañía General Fabril, pero eso quizá sea la excepción. Ya en 1944 colabora en la traducción del libro colectivo Los derechos del hombre en el Fondo de Cultura Económica, con el que establece una cierta relación que la llevará a ocuparse también de La vida literaria en la Edad Media (1958), de Gustave Cohen y de La correspondencia de las artes. Elementos de estéticas comparadas (1965), del filósofo Étienne Souriau. Para Juan Grijalbo, ya sea en las Biografías Gandesa de la editorial Atlante o en la editorial Grijalbo, traduce Leonardo da Vinci, obrero de la inteligencia (1954), de Fred Bérence, Fray Junípero Serra, el último de los conquistadores (1956), de Omer Englebert y La URSS con los ojos abiertos (1958), de Jules Moch, y posteriormente trabaja también para la bonaerense Editorial Sudamericana de López Llausas (Confesiones de un autor dramático y Nuevas confesiones de un autor dramático, de H.R. Lenormand, en 1950 y 1957, respectivamente) y para la Renacimiento mexicana (Vida y pasión creadora de Molière, de Leon Thoorens, en 1964).

Nelken en su exilio mexicano.

Menos constancia ha quedado de su trabajo como colaboradora de Hélène Stassova, a quien, según documentó Trinidad Barbero, entre otras cosas recomendó publicar en la moscovita editorial de la revista Literatura Internacional al venezolano Miguel Otero Silva y a los mexicanos Juan de la Cabada y José Revueltas.

Fuentes:

Trinidad Barbero Reviejo, Margarita Nelken (Madrid 1894- México D.F, 1968). Compromiso político, social y estético, Universitat de Barcelona, 2014.

Carlos García, «Borges y Kafka», versión aumentada del capítulo XVIII de su libro El joven Borges y el expresionismo literario alemán, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 2005.

Ana Gargatagli, «¿Y si La metamorfosis de Borges fuera de Borges?», versión compendiada y ampliada de una serie de artículos publicados previamente en el Centro Virtual Cervantes.

Pelayo Jardón Pardo de Santayana, Margarita Nelken: Del feminismo a la revolución, Alcorcón, Sanz y Torres (Colección Historia), 2013.

De izquierda a derecha, Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre.

Nina Melero, «Los traductores de La metamorfosis», Hyeronimus complutensis: el mundo de la traducción, núm. 12 (2005-2006), pp. 87-92.

Cristina Pestaña Castro, «Intertextualidad de F. Kafka en J. L. Borges», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm.  7 (noviembre 1997 – febrero 1998).

—«¿Quién tradujo por primera vez La metamorfosis de Kafka?», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm 11 (1999).

Fernando Sorrentino,  «La metamorfosis que Borges jamás tradujo», La Nación, 9 de marzo de 1977.

—«El kafkiano caso de la Verwandlung que Borges jamás tradujo», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm. 8 (1998).

—«Borges y Die Verwandlung. Algunas precisiones adicionales», Espéculo. Revista de Estudios Literarios, núm. 12 (1999).