Tiempo, con la familia Lara en segundo plano y su editorial al fondo

Cuando alguien ve en la carta de un bar o restaurante «bistec con patatas fritas», es lógico que sus expectativas lo lleven a interpretar que se le ofrece un plato con un buen pedazo de carne bovina y unas patatas de acompañamiento, aun a riesgo de que se trate de patatas congeladas y al margen de la calidad de la carne. Por tanto, se sentirá muy defraudado si le ponen delante un plato a rebosar de patatas y, casi oculto entre ellas, un minúsculo y anónimo trozo de carne indocumentada, aun en el supuesto de que la calidad de la carne fuese excelente. Del mismo modo, ante un libro que lleva por título Los Lara y como subtítulo Aproximación a una familia y a su tiempo, el lector tenderá a esperar una biografía coral de los Lara, contextualizada en su tiempo. Y no es este el caso.

Es muy probable, además, que los estudiosos e interesados en el mundo del libro se acerquen a este volumen de José Martí Gómez con la esperanza de encontrar en él algún dato, documentación o interpretación original referidas a la historia de lo que sin duda es una de las editoriales y grupos editoriales más importantes en la historia del sector del libro en lengua española; en tal caso, el sentimiento de decepción está doblemente asegurado.

Por ejemplo, es muy probable que resulte descorazonadora la escasa atención que se dedica a la infancia, juventud y a los primeros años como editor de José Manuel Lara Hernández, la ausencia de la más mínima referencia al papel del agente literario y traductor Ferenc Oliver Brachfeld en estos inicios aun cuando fue pieza fundamental en ellos, la apresurada manera en que se cuenta la venta de la editorial L.A.R.A., hasta tal punto que resulta imposible saber por qué quien la compró (el editor Josep Janés) se refería a ella como Los Autores Realmente Antifascistas, y sin mayor alusión, además, al controvertido compromiso de Lara Hernández de no volver a dedicarse al negocio editorial. También sorprenderá, al tipo de lector antes descrito, descubrir que en este libro, aparte de Rafael Borrás Betriu (y básicamente para citar sus memorias), no tienen apenas ningún papel los editores y asesores más conocidos de Planeta, como es por ejemplo el caso de Manuel Lombardero, Sílvia Bastos, Pere Gimferrer o, particularmente, una figura tan importante como Carlos Pujol, que paradójicamente, durante varios años publicó en La Vanguardia unos espléndidos y utilísimos resúmenes de carácter general de las obras presentadas al Premio Planeta. Si se trata, como algunos detalles permiten suponer, de una obra de encargo o de una biografía autorizada y supervisada, es una lástima que no se haya sacado mayor provecho a los archivos de Planeta, ni a los epistolarios que se puedan conservar, que consta que en alguna medida existen.

Ferenc Ooliver Brachfeld.

En una crítica más bien severa del libro de Martí Gómez publicada el 2 de agosto de 2019 en El Nacional y firmada por Gustau Nerín se señala que «muchos de los hechos reseñados en Los Lara son de difícil verificación, situándose entre la leyenda urbana y el hecho real. Hay otros muchos que, en realidad, ni siquiera atañen a los Lara.» Es incuestionable. Por un lado, porque un porcentaje altísimo de la información que Martí Gómez consigna procede exclusivamente de entrevistas grabadas a personas que, en muchos casos, de una manera u otra, pueden tener un recuerdo sesgado de lo que cuentan o una opinión mediatizada, o bien interesada, y que no se contrastan con otras fuentes que las podrían poner en cuestión. Por si esto no bastara, la ausencia de notas a pie de página o de bibliografía ‒ni siquiera índice onomástico‒ hace imposible comprobar la procedencia de muchas otras informaciones y datos que van condimentando los capítulos de Los Lara. El grado con que el autor saca rendimiento al montón admirable de entrevistas que ha realizado a lo largo de su brillante trayectoria periodística resulta a ratos abrumador, pero lo que resulta más irritante es la paja, esas derivas hacia episodios e informaciones que muy lejanamente colaterales ‒expuestos exhaustivamente y demasiado a menudo con prolijas citas de documentos‒ que poca o ninguna relación tienen ni con la editorial Planeta ni con ninguno de sus protagonistas principales. Pero esto mismo lleva al autor a confesiones que se hace difícil leer sin, cuanto menos, alzar una ceja: «Cuando José Manuel [Lara Bosch] se hizo cargo de la revista [Opinión] ya era difícil salvarla, pero lo intentó fichando a un nuevo director residente en Madrid. No recuerdo su nombre» (p. 129).

José Manuel Lara Hernández y Rafael Borràs Betriu.

La conjunción de hechos relevantes escamoteados y datos muy remotamente vinculados con la familia Lara y su labor empresarial hacen suponer que el editor del texto no ha hecho aquello que más a menudo suelen hacer y que a veces es imprescindible ni que sea por respeto al lector (suprimir pasajes irrelevantes que no aportan nada), y la explicación a ello es en ocasiones que el libro tenga un cierto número de páginas (291) que permita justificar un determinado precio de venta al público (21,50 €). Quizá sea esta una suposición muy osada, pero hay pasajes cuya presencia se hace difícil de justificar y que, en cualquier caso, hacen responsable del desequilibrio también al editor por no haberle puesto remedio. Valga como ejemplo la siguiente comparación referida a la manera de fumar de Juan José Mira (seudónimo con el que Juan José Moreno ganó el Premio Planeta en su primera edición), que lleva al autor a enzarzarse en una maraña de datos acaso curiosos pero más bien inoportunos e irrelevantes de un personaje que no guarda ninguna relación con los Lara:

Carlos Pujol Jaumandreu.

Fumaba mucho, sosteniendo el cigarrillo en posición vertical sin que cayese la ceniza, cosa que solo le he visto hacer a Ramón Mendoza, el presidente del Madrid, que se definía como un viajante distinguido que igual vendía compresas a mujeres de Nigeria que hacía de intermediario en la compra de petróleo en la Unión Soviética de Brézhnev, de ahí que gestionase la publicación en España de la hagiografía, que no biografía, del longevo dirigente de la URSS. (p. 22).

Más irritantes incluso son las veinticinco páginas dedicadas a evocar a cada uno de los ganadores y finalistas del Premio Planeta, cuando por otro lado no se aporta ninguna información nueva ni se aprovechan como sería deseable las dos tesis doctorales de que ya había sido objeto este premio. El crítico literario Fernando Valls, al reseñar Los Lara en el periódico Infolibre, señalaba además algunos errores de cierto calibre en estas mencionadas páginas (Lituma de los Andes per Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, por ejemplo, o la afirmación de que Ángel Vázquez [1929-1980] desapareció del panorama literario tres ganar en 1962 el Premio Planeta, olvidando no solo la novela Fiesta para una mujer sola, sinó también la más exitosa La vida perra de Juanita Narboni, publicada precisamente por una editorial del Grupo Planeta, Seix Barral, y convertida en película por la cineasta marroquí Farida Benlyazid). Más llamativas incluso son otras erratas sobre les cuales advierte también Valls, como referirse reiteradamente al autor de La catedral del mar como Falcone (p. 283) o mencionar como la que invistió a Lara Hernández doctor honoris causa la inexistente «Universidad de Lebrija» (p. 103) en lugar de la madrileña Universidad Nebrija. La de Valls es una reseña por completo contrapuesta a la anteriormente mencionada de Nerín, pero aun así hay alguna que otra coincidencia: «El libro de Martí Gómez, en suma, tiene mucho interés y se lee con gusto, pues está escrito con fluidez y amenidad, aunque en algunos momentos me parezca que se va del tema. En otros, sepa a poco y debiera seguir ampliándolo para una posible próxima edición».

Pío Baroja y José Manuel Lara Hernández.

Cuatro páginas citando recuerdos de Antoni Castells sobre el pasado reciente de Cataluña y España (pp. 115-121), la reproducción literal de diez puntos expuestos por José Montilla sobre la situación económica en una conferencia (pp. 143-144), una extensa conversación con Carlos Güell (pp. 193-194), la reproducción (¿íntegra?) del documento «El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio económico territorial de España» (pp. 198-203) o una extemporánea conversación con Bibis Salisachs de Samaranch («No me gusta Ana Karénina. Considero que la protagonista es una estúpida. ¡Suicidarse por un adulterio!», p. 217) podrán valer como ejemplos de esta tendencia a irse por las ramas, de irse del tema; pero hay también otras citas excesivamente prolijas (como la entrevista de Xavi Ayén a la agente Carmen Balcells y José Manuel Lara Bosch publicada la Diada de Sant Jordi de 2003 en La Vanguardia, que ya empieza citando con errores de detalle [«Ustedes se deben haber enfrentado muchas veces» per «Ustedes se habrán enfrentado muchas veces»], pero que ocupa cinco páginas del libro de Martí Gómez [p. 162-167]).

José Manuel Lara Hernández.

Sobre la trayectoria de los Lara, también con una mirada más bien complaciente y de síntesis, resultará sin duda mucho más útil a quien se interese por la su trayectoria y su papel en el mundo de la edición el capítulo que le dedica Francesc Canosa en Capitans d’indústria (Mobil Books, 2013), aunque Martí Gómez sí que aporta más datos sobre la implicación de los Lara, sobre todo de Lara Bosch, en las organizaciones empresariales catalanas y sobre sus relaciones con los poderes mediáticos y políticos españoles. Pero, al fin y al cabo, quien se acerque a Los Lara con la pretensión de conocer la trayectoria de la editorial Planeta, las patatas apenas le permitirán ver el bistec.

Martí Gómez, José. Los Lara: aproximación a una familia y a su tiempo, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.

Los derechos de autor en la Rusia soviética y la rocambolesca Operación Pasternak

Boris Pasternak.

La situación legal de los derechos de autor en la antigua URSS a mediados del siglo XX es un aspecto de la mayor importancia para entender el célebre y rocambolesco caso de la publicación en Occidente de la famosísima obra de Boris Pasternak (1890-1960) El doctor Zhivago, uno de los mayores best séllers literarios del siglo pasado. Explica en buena medida la urgencia y las prisas que tiñeron todo el proceso de edición de un texto que el autor no daba por definitivo.

Puesto que la URRS no había firmado el Convenio de Berna que regulaba los derechos sobre obras literarias, se daba el caso de que en Europa y América, las obras rusas pasaban a dominio público transcurridos treinta días, treinta, desde el momento de su publicación en Rusia, salvo en el caso de que alguna editorial occidental las publicara en ese período, pues entonces la editorial en cuestión podía arrogarse esos derechos.

Giangiacomo Feltrinelli.

El genial y asombroso editor italiano Giangiacomo Feltrinelli (1926-1972) sabía muy bien lo que se hacía cuando en el invierno de 1955 aceptó a la propuesta de Sergio D´Angelo (director de la librería del Partido Comunista Italiano) de hacer labores de scouting para su recién creada editorial con motivo del viaje que D´Angelo se disponía a emprender para incorporarse a Radio Moscú. Lo que es más difícil que imaginara es la brillante perla que D´Angelo pondría en manos del más comunista de los editores italianos de la época.

El propio Feltrinelli habló y escribió en más de una ocasión acerca de la publicación de la exitosa novela de Pasternak, quizá por primera vez por extenso en el artículo que publicó The Sunday Times el 31 de mayo de 1970. Cuando el texto de la obra había empezado a circular en algunos medios rusos, pero nadie se atrevía a publicarlo, D´Angelo visitó a Pasternak para pedirle la obra, y éste, al entregársela le espetó: “Queda usted invitado a partir de este momento a mi fusilamiento”. Pasternak sabía bien cómo se estaban poniendo y cuán volátiles eran las cosas para los intelectuales tras la muerte de Stalin. Una vez estuvo en su poder, una de las primeras cosas que hizo Feltrinelli fue pedir un rápido informe sobre la obra a Pietro Antonio Zveteremich, cuya sentencia tampoco tiene desperdicio: “No publicar una novela como esta constituye un crimen contra la cultura”.

A partir sobre todo de las cartas cruzadas entre Pasternak y Feltrinelli entre junio de 1956 y noviembre de 1957, Carlo Feltrinelli hace una reconstrucción del trompicado proceso de edición de la novela, que de pronto el autor considera como errónea por estar trabajando en un manuscrito que no da por definitivo, de repente la censura rusa duda acerca de si conviene o no publicarla, y en el que tienen también un papel las duras presiones que, a través del Partido Comunista Italiano, las autoridades rusas ejercen sobre Feltrinelli para evitar que lleve a cabo la publicación de una obra que, en palabras del ministro de Asuntos Exteriores Dimitri Spilov, constituye “un feroz libelo contra la URSS”. En Rusia El doctor Zhivago no se publicó hasta la perestroika, entre enero y abril de 1988, y curiosamente por la misma revista (Novy Mir) que en su momento la rechazó. ¿Un acto de justicia poética? En cualquier caso, vale la pena volver al libro de Carlo Feltrinelli para seguir ese proceso, pero el caso es que finalmente la traducción italiana apareció el 22 noviembre 1957.

Paralelamente, a través de los servicios secretos británicos (el MI6), la CIA estaba haciendo cuanto estaba en su mano para conseguir que la obra se publicara en ruso, simulando una edición hecha en la URSS, y para ello contaron con el buen hacer de la editorial holandesa especializada en edición de facsímiles Mouton.

A las puertas del invierno de 1956, un avión fue desviado “por razones técnicas” de su trayecto entre Roma y Milán para aterrizar en Malta. Dos hombres entraron en la bodega, abrieron una maleta, extrajeron de ella un enorme manuscrito y lo retuvieron en una sala del aeropuerto durante dos horas, tras lo cual el avión reanudó su viaje. Para entonces, el texto había sido fotografiado página a página y, una vez convertido en microfilm, fue mandado a la CIA. Su intención última, al parecer, era promover el Premio Nobel para Pasternak, cosa muy difícil si la obra, que chocaba en Rusia con la censura ideológica, no se publicaba en su lengua original. Para ello, la Mouton se ocupó de encontrar papel igual al empleado habitualmente en las pequeñas ediciones rusas y hacer una edición imitando en todo lo posible las de ese país. Un ejemplar de esa edición “pirata” puede verse en el Museo de la CIA en Langley, Virginia (y en su web).

Edición en Feltrinelli.

 

Unos centenares de esos ejemplares fueron regalados a los visitantes de la Exposición General de primera categoría de Bruselas que se celebró entre el 6 julio y el 29 septiembre 1958, en el stand de Ciudad del Vaticano, que se encontraba justo enfrente del ruso y que, por gentileza del Louvre, exponía como gran atractivo El Pensador de Rodin. Esos ejemplares, a los que los visitantes sacaban las cubiertas azules para facilitar su entrada en Rusia (se han documentado casos incluso en que se ocultaron las páginas entre las de libros de partituras), fueron las primeras que llegaron al país natal del escritor, donde fueron profusamente difundidas mediante copia y préstamo.

Brice Parain.

A Francia esta obra de Pasternak llegó por intermediación de Brice Parain, encargado de literatura rusa en Gallimard (y profesor de filosofía de Jean-Luc Goddard), que conocía al autor desde la década de los veinte (estaba casado con una rusa, gran amiga de la primera esposa de Pasternak). El 30 de diciembre de 1956, comprometida ya la traducción italiana, está fechada la carta en que el autor expresa a Parain su deseo de ver en una editorial del prestigio cultural de Gallimard su novela. La encargada de hacer llegar una copia del texto a Parain, el 20 de enero siguiente, fue la condesa Jacqueline de Proyart (n. 1927), conservadora del Museo Tolstói de París que durante un intercambio como estudiante en Moscú entabló una firme amistad con Pasternak que la llevó a convertirse en representante del autor en Francia, además de ser una de las traductoras de la obra (con Michel Aucouturier, Louis Martínez y Hélène Peltier-Zamyska), si bien firmada bajo seudónimo colectivo para proteger sus relaciones con las instituciones culturales rusas. En junio de 1958 se ponía ya a la venta esta edición parisina en la colección Du Monde Entier.

Ediciíon en Gallimard.

La traducción al francés, lengua que Pasternak dominaba (y que empleaba por ejemplo en sus relaciones epistolares con Feltrinelli), era de enorme importancia, pues debía convertirse en el texto canónico a partir del cual debía pasar a otras lenguas, siempre que fuera imposible la traducción directa del ruso, y la versión de Gallimard le hizo exclamar:

Quel style, quel rythme ! Est-ce une syntaxe, un mode littéraire ? Non c’est une procession des choses passées réellement, la marche des années, des amours, des désastres, lente, grave, mesurée (et on tourne les pages), sainte, solennelle. Ô mes chers, ô mes chers ! Et je pleure et pleure. Quelle est la traduction ? Y suis-je un juge admissible ? Nullement. [carta de Pasternak a Proyat del 18 de agosto de 1958, reproducida en Lettres a mes amies françaises (1955-1960), París, Gallimard, 1994]

La primera traducción directa del ruso al español la debemos a Marta Rebón, publicada en noviembre de 2010 en Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, aunque, salvo error, la primera edición en publicarse fue la de Ediciones Minerva de Uruguay, en traducción de

J. Lluís Monreal.

Vicente Oliva, a la que siguió en Noguer, como número 155 de la colección Galería Literaria, la traducción firmada por el incombustible Fernando Gutiérrez, hecha a partir de la primera traducción italiana. Sin embargo, respecto a la traducción española es interesante el testimonio del gran editor y fundador del grupo Océano Josep Lluís Monreal (n. 1931), quien por aquellos años, siendo empleado de Josep Janés, se vio en la tesitura de evaluar la oportunidad de contratar la voluminosa obra de Pasternak con destino al mercado español. Así lo contó:

Llegaron [sic] a España un barco con parte de los niños que se habían refugiado en Rusia durante la guerra civil y entonces ya eran adultos. Nosotros contratamos a uno de estos hombres, una persona muy culta, que nos hizo la traducción de este libro que circulaba de forma clandestina por Rusia. Se tradujo parte del libro al español y yo lo encontré aburrido y lo rechacé. Si se volviera a repetir la situación volvería a decir no. Pasternak fue un gran poeta, pero la novela no era su fuerte.

Fuentes:

Pierre Assouline, Gaston Gallimard. Medio siglo de edición francesa, traducción de Ana Montero Bosch y prólogo de Rafael Conte, València, Edicions Alfons el Magnànim (Debates 3), 1987.

Carlo Feltrinelli, Senior Service. Biografía de un editor, traducción de Mercedes Corral, Barcelona, Tusquets Editores (Tiempo de Memoria 12), 2001.

Éditions Gallimard, Le docteur Jivago de Boris Pasternak, web de la editorial, que incluye citas, cartas de Pasternak a su representante en Francia (y cotraductora) documentos y un relato pormenorizado del proceso de contratación y traducción de la obra.

Josep Lluís Monreal-Silvia Lluís Rovira, conversación reproducida en Felicidad Orquín, ed., Conversaciones con editores: en primera persona, Madrid, Siruela, 2007, pp. 35-63.

Carles Santamaría, “Josep Lluis Monreal. A la recerca de nous horitzons editorials”, en Noms per a una historia de l´edició a Catalunya, Barcelona, Gremi d´Editors de Catalunya, 2001, pp. 41-80.

Iván Tosltói, La novela blanqueada. El Doctior Zhivago de Pasternak entre el KGB y la CIA, traducción de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014.

Documentos desclasificados de la CIA sobre el caso Pasternak, aquí.