La imprenta que alumbró a una generación de poetas

Ninguna edición de lujo, nada de príncipes ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y más sencilla. Perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad.

Juan Ramon Jiménez (1881-1958), Ideolojía

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Juan Ramíón Jiménez (1881-1958).

El magisterio del ideario y la práctica en el diseño de libros de Juan Ramón Jiménez sobre los principales impresores y editores de la generación del 27 está fuera de toda duda, y basta para ello dar una mirada a algunas de las principales revistas del poeta de Moguer de los años veinte (Índice, Sí, Ley) y confrontarlas con los libros y sobre todo con las revistas que aglutinaron a Manuel Altolaguirre, Max Aub, Jorge Guillén, Benjamín Palencia, Emilio Prados, Pedro Salinas, etc.

La importancia concedida por Juan Ramón a los vínculos entre el poema y su disposición en la página, la atención a los blancos, a la respiración, al equilibrio y la proporción, al papel (ahuesado y marfil, con peso), la preferencia por los formatos reducidos, manejables, las portadas limpias y elegantes o el respeto a los preceptos establecidos por Giambattista Bodoni (1740-1813) en su Manuale tipográfico son seguramente, junto a la preferencia por la Elzeviriana romana y la Bodoni (en menor medida Baskerville y Normanda), el legado que asumieron los tipógrafos más importantes de la generación del 27.

LaSirène

Sin embargo, a Jiménez bien puede añadirse –empleando el mismo sistema de contrastar ejemplares– el modelo de las Éditions de La Sirène, creadas en 1917 por el empresario cinematográfico Paul Lafitte (1864-1949) y dirigidas entre 1920 y 1922 por el crítico de arte Félix Féneon (1861-1944), con el editor Bertrand Guéguan (1892-1943) como director artístico y el prestigioso tipógrafo, historiador e impresor Marius Audin (1872-1951) como responsable de la impresión. A su alrededor atrajeron a colaboradores de la talla de los grabadores Marcel Roux, Pierre Combet-Descombes y a artistas como Fernand Léger, Pablo Picasso, André Lothe o Jean Cocteau entre otros, y publicaron obras de Blaise Cendrars, Apollinaire y Jean Epstein, si bien su mayor éxito comercial fue la traducción de Théo Varlet al francés de Three Man in a boat, del humorista inglés Jérome K. Jérome.

Alrededor de la revista Litoral, por su parte, se aglutinó un grupo de escritores que, en palabras de José Carlos Mainer, «asumieron con entusiasmo alborozado su condición de minoría literaria y su forma de expresión predilecta fueron las pequeñas revistas poéticas de breve tirada y cuidadosa tipografía». El origen de Litoral, una revista estrictamente poética (sin reseñas, noticias ni ensayos) e ilustrada, está estrechamente vinculado a la compra, por parte del padre de Emilio Prados, de una imprenta que tras un breve paso por la calle Tomás Heredia pasó a instalarse en el número 12 de la calle San Lorenzo con el nombre de Imprenta Sur, que junto con la madrileña Residencia de Estudiantes quizá sea uno de los espacios más míticos en relación a la pléyade de poetas que surgieron por esos años en España. Al frente del proyecto estaba con Prados (1899-1962) el también malagueño Manuel Altolaguirre (1905-1959), con un joven maquinista (y más tarde maestro impresor) José Andrade Martín y una Minerva Monopol de doble fondo alemana, y como regente Antonio Chávez.

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Al abordar la Imprenta Sur es inevitable reproducir, ni que sea fragmentariamente, el retrato que de ella hizo en 1939 el propio Altolaguirre en «Vida y poesía: cuatro poetas íntimos [Prados, Cernuda, Aleixandre y Concha Méndez]»:

Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marítimas, cajas de galletas y vino para los naufragios. Era una imprenta llena de aprendices, uno manco, aprendices como grumetes, que llenaban de alegría el pequeño taller, que tenía flores, cuadros de Picasso, música de don Manuel de Falla, libros de Juan Ramón Jiménez en los estantes. Imprenta alegre como un circo y peligrosa para mí cuando Emilio Prados, tirador seguro, dibujaba mi silueta en la pared con unos punzones. […] Son recuerdos prosaicos. Pero la imprenta era un verdadero rincón de poesía. Con muy pocas máquinas, con muchos sillones, con más conversación que trabajo, casi siempre desinteresado, artístico, porque Emilio era y es el hombre más generoso del mundo.

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Altolaguirre y Prados.

En mayo de 1925, Prados y Altolaguirre ya tenían el primer número de Litoral a punto, pero, para desesperación de sus bisoños colaboradores, se producirían algunos retrasos, debidos en buena medida a su intención de incorporar al primer número a Juan Ramón Jiménez, a quien sin duda buscarían como mentor de la revista tanto por afinidad estética como por ser un nombre asentado y prestigioso en el panorama poético. De octubre de 1925 es tanto la visita que les hace Juan Ramón como una carta que el día 2 manda el librero León Sánchez Cuesta al poeta de Moguer diciéndole: «De Málaga me envía Emilio Prados los boletines de suscripción para Litoral. Parece que va a ser una revista bastante agradable, que aspira a tener la perfección tipográfica que usted ha enseñado a todos a buscar».

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Dibujo de portada de Benjamín Palencia, fechado en Madrid en 1926.

Sin embargo, la primera edición importante llevada a cabo en la Imprenta Sur quizá sea el libro de Emilio Prados Tiempo. Veinte poemas en verso, que aparece con un colofón del 31 de diciembre de 1925, cifra que figura también como pie de imprenta, y de poco después es Adán y Eva, el libro de relatos humorísticos con el que se estrenaba Edgar Neville (1899-1967).

Aún como anuncio de la revista, publican en otoño de 1926 Canciones del farero, de Prados, al que seguirán Las islas invitadas y otros poemas, de Altolaguirre, y ya en noviembre y presentado como segundo suplemento de Litoral, el poemario La amante, de Alberti, quien ha escrito acerca de los artífices de Sur: «Eran los héroes solitarios de la imprenta. De aquel minúsculo taller salían, compuestas pacientemente a mano y letra a letra, las páginas más limpias de toda la lírica de entonces».

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De noviembre y diciembre de 1926 son los primeros números de la revista, y suponen ya una nómina bastante ilustrativa y amplia de lo que se conocerá como generación del 27 (Alberti, Altolaguirre, Bergamín, Cernuda, Guillén, Lorca, Prados…), pero sobre todo da pie a un intento de lograr convertirse en impresores de las muy exquisitas revistas de Juan Ramón, quien a través de Sánchez Cuesta les encarga un presupuesto, y lo mismo hace Dámaso Alonso, que por aquel entonces estaba preparando con Pedro Salinas la colección Primavera y Flor para la editorial Signo (y donde publicarían, ya en 1936, ediciones anotadas de la poesía completa de Luis Carrillo de Sotomayor, El lazarillo o una selección de entremeses de Cervantes, entre otras).

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Federico García Lorca (1898-1936).

Paralelamente, y con una cadencia que no se parece en nada a la anunciada, en la Imprenta Sur van publicándose también, en forma de libro, los llamados suplementos de Litoral. El presentado como primero es sin embargo el quinto en aparecer (en septiembre de 1927), Canciones 1921-1924 de Federico García Lorca, y tal vez ello tenga algo que ver con el tremendo enfado que tuvo el poeta granadino al ver las múltiples erratas con que habían aparecido sus poemas («San Miguel», «Prendimiento de Antoñito el Camborio» y  «Preciosa en el aire») en el primer número de la revista. Las numerosas erratas fueron una lacra que siempre persiguió a Altolaguirre, un problema que las bellas «fe de erratas» que incorporaba a sus libros sólo atenuaban parcialmente.

Aun así, la revista no tardó en despertar la atención de la crítica más atenta a las novedades, y el muy perspicaz Enrique Díez-Canedo (1879-1944) la describía en El Sol (11-3-1927) como «la imprenta de la literatura joven», para poco después, en La Nación de Buenos Aires, caracterizarla como de «excelente tipografía, selección en un sentido de “pureza” un tanto pagada de sí misma», y en octubre de 1928 volver a destacarla en una panorámica sobre la poesía española reciente para la misma publicación argentina.

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Con el muy célebre número triple de la revista con que en otoño de 1927 se homenajeó a Luis de Góngora (1561-1627), en el que colaboraron Juan Gris, Benjamín Palencia, Picasso, Antonio Prieto y Falla, entre otros, se acabó la paciencia del padre de Prados, que es quien había financiado hasta entonces una aventura que siempre estuvo lastrada por problemas económicos, pero en primavera 1929 se salvó la continuidad del proyecto mediante la entrada como socio del poeta José María de Hinojosa (1904-1936), que se convirtió también en el nuevo director. Por su parte, los suplementos habían seguido su curso y habían publicado en ellos (siempre autofinanciándolos, como era práctica habitual por entonces) Bergamín, Cernuda, Aleixandre, Villalón y reiteradamente Hinojosa (La rosa de los vientos, Orillas de la luz y La flor de California), y Sur había dado a conocer también la faceta de César M. Arconada (1898-1964) como poeta a través del volumen Urbe. Cuando se reemprende la publicación, de la que sólo aparecerán ya dos números más (con textos de Éluard, Prados e Hinojosa, entre otros), se publica también el poemario de José Moreno Villa (1887-1955) Jacinta la pelirroja. Poema en poemas y dibujos, como suplemento undécimo.

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Páginas interiores de Jacinta la Pelirroja.

Altolaguirre abandona entonces la imprenta y la revista, al decir de Gonzalo Santonja «por desavenencias estéticas e ideológicas de sus dos compañeros (discreto y clásico Prados, comunista de militancia; surrealista Hinojosa, tradicional y conservador en el terreno político)» y se establece como impresor y editor por su cuenta (en colaboración con Concha Méndez).

Imprenta Sur continúa su andadura como imprenta manual de selectas ediciones de poesía, hasta la entrada en Málaga de las fuerzas franquistas, cuando una de las dos Minerva que tenía por entonces, con algunas cajas y comodines, es trasladada al frente de Vélez de Benaudalla para imprimir propaganda repubilcana, y allí acabará por perderse.

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José María Amado.

Al entrar las fuerzas sublevadas a Málaga, y una vez fusilado Hinojosa, incautan la imprenta y le cambian el nombre por el de Dardo, y pasa ocuparse de imprimir la revista falangista homónima (17 números entre 1937 y 1939, dirigida por José María Amado, sobrino-nieto de Carlos Arniches). Litoral, por su parte, vivirá una segunda época en el exilio, en México, de la mano de Prados, Altolaguirre, Moreno Villa, Juan Rejano y Francisco Giner de los Ríos, y contó con la colaboración de ilustradores como Arturo Souto y Rufino Tamayo, pero sólo llegó a publicar tres números en 1944.

En un giro inesperado, en mayo de 1968 (muertos ya Prados y Altolaguirre) Amado lideró una tercera etapa de Litoral en la Imprenta Sur, en la que publicó a varios poetas exiliados (lo que le costó incautaciones por parte de la censura), y en 1975 se unió a la dirección de la revista el pintor Lorenzo Saval, sobrino nieto de Emilio Prados.

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Los empleados de la primera etapa. ante la imprenta Sur.

Fuentes:

Excelente vídeo de Canal Sur (15 minutos) sobre la historia de la Imprenta Sur en el que puede verse la maquinaria usada en los años veinte aún en funcionamiento.

Web de Litoral.

Web de la Imprenta Sur, que sigue en funcionamiento manteniendo el modo de impresión tradicional y puede visitarse.

David Castillo y Marc Sardá, Conversaciones con José «Pepín» Bello, Barcelona, Anagrama (Biblioteca de la Memoria 24), 2007.

María José Jiménez Tomé, «Bernabé Fernández Canibell, testigo de saber de poesía e imprenta. De Litoral (1926-1929) a Caracola (1952-1961)», Impossibilia, núm. 6 (octubre de 2013), pp. 11-31.

José-Carlos Mainer, La edad de plata (1902-1931). Ensayo de interpretación de un proceso cultural, Barcelona, Ediciones Asenet, José Batlló editor, Los Libros de la Frontera, 1975.

César Antonio Molina, Medio siglo de Prensa literaria española (1900-1950), Madrid, Endymion (Textos Universitarios), 1990.

Julio Neira, De musas, aeroplanos y trincheras. Poesía española contemporánea, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

Gonzalo Santonja, Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre. Sueños y realidades del primer impresor del exilio, prólogo de Rafael Alberti, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1995.

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José Bergamín y su experiencia editorial en México (Séneca)

A Sofía González Gómez y Cristina Somolinos, agradecido.

“Bergamín es en la España intelectual de hoy el representante más cabal de un pensar preocupado que se juega, y se lo juega todo, con la apariencia, para el frívolo, de simple diversión mental o verbal.”

Pedro Salinas

José Bergamín

José Bergamín (1895-1983) es, por su trayectoria y su obra intelectual (mucho más allá de la literaria), uno de los personajes más sugerentes, polémicos e inclasificables de la historia cultural española reciente, y, como no podía ser de otra manera, eso se refleja también en una de las empresas editoriales más importantes que llevó a cabo, Séneca, que se mantuvo en activo en México durante casi toda la década de los cuarenta.

Sin duda, la célebre colección Lucero quedará siempre como la cumbre de ese proyecto por la calidad estética y la importancia histórica de los títulos que en ella se publicaron: España, aparta de mí ese cáliz (1940), de César Vallejo e ilustraciones de Pablo Picasso; Piedras blancas (1940), de Pablo L. Landsberg, en traducción de Jesús Ussía, Eugenio Imaz y José Bergamín; Espejos de alevosías: Inglaterra en España y Fragmentos del diario de “el diplomático desconocido” (1940), de E. Dzelépy, con nota previa de Bergamín y traducción de Carlos Castilla; Memoria del olvido (1940), de Emilio Prados; la primera edición de Nabí, de Josep Carner; Niebla de cuernos: Entreacto en Europa (1940), de José Herrera Petere; Paseo de mentiras (1940), de Juan de la Cabada; La guerra empezó en España, de Julio Álvarez del Vayo, Literatura española. Siglo XX (1941), de Pedro Salinas, Detrás de la cruz. Terrorismo y persecución religiosa en España (1941) y El pozo de la angustia (1941), del propio Bergamín, Literatura española. Siglo de Oro, de Karl Vossler y prologada pòr José F. Montesinos, La ciudad de Henoc (1941), Cuenca ibérica (1943) y La enormidad de España (1945),  de Miguel de Unamuno y prologados los tres por Bergamín…

Aun así, no dejan de tener interés otras colecciones, como Estela, Árbol o Laberinto, y no deja de ser significativo que de estas cuatro principales colecciones surja con facilidad el acrónimo LEAL, pues como indicó una de las principales especialistas en Bergamín, Teresa Santa María, “”ya nos sugiere que no tienen otra finalidad que servir a la causa republicana española”.

Víctor Díaz Arciniega ha escrito acerca de esta trayectoria:

La de Séneca no es una historia convencional debido a su origen, a los hombres que integran su organización y a los recursos materiales con que opera; también y sobre todo, debido a sus vínculos formales y a sus objetivos trazados ambos ligados a una concepción que pretende institucionalizada e institucionalizante.

Quizá quien con más detenimiento se ha ocupado de esos rasgos que singularizan a Séneca haya sido Gonzalo Santonja en el magnífico libro que dedicó a esta editorial, pero en un breve resumen pueden identificarse esos “vínculos formales” con la Casa de Cultura Española (un  proyecto de la Junta de Cultura Española) y la revista España peregrina, fundadas por Bergamín en febrero de 1940, así como sus relaciones con el Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles (SERE).

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Si bien la concepción del proyecto puede situarse en Francia en el primer semestre de 1939, acerca de las personas vinculadas a la empresa la escritura fundacional, fechada el 12 de enero de 1940, puede dar algunas pistas. Junto a Bergamín como director técnico, figuran inicialmente personajes singulares como como el periodista Jay Allen (posteriormente sustituido por el conocido coleccionista de arte Miles Beach Riley, hermano de la célebre actriz Dolores del Río), el cineasta de origen vasco Eduardo Ugarte Pagès, el médico y científico valenciano José Puche Álvarez, el editor mexicano Daniel Cosío Villegas (que abandona pronto para centrarse en el Fonde de Cultura Económica) o el escritor también mexicano Alfonso Reyes.

También muy ilustrativo es el equipo editorial, curiosamente casi por completo de origen andaluz, que Bergamín crea a su alrededor: el filósofo e historiador José María Gallegos Rocafull (1899-1963), el poeta y tipógrafo Emilio Prados (1899-1962) y el pintor Manuel Rodríguez Luna (1910-1985), quien había logrado salir del campo de concentración de Saint Cyprien gracias a las gestiones de Joan Miró y Pablo Picasso.

Junto a los títulos ya mencionados y a la recuperación de algunos otros de clásicos anotados procedentes de la colección Signo (dirigida en la España republicana por Dámaso Alonso y Pedro Salinas), es curiosa la presencia de títulos vinculados a la posesión de los derechos sobre la obra de un grupo de investigación médica presidido por Antonio Aubanza.

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Federico García Lorca (1898-1936).

Sobre todo en los primeros años, antes de entrar en una crisis económica de la que no logró recuperarse, la actividad de Séneca es muy intensa y exitosa en términos de calidad bibliográfica. Sin embargo, el punto culminante muy probablemente sea la compleja y accidentada primera edición de Poeta en Nueva York, libro del que el propio Bergamín había sacado de España una copia que le había entregado el poeta granadino al poco de iniciarse la guerra civil. Esta edición aparece en Séneca en la colección Árbol con cuatro dibujos originales de García Lorca y con las adiciones de un poema de Antonio Machado y un prólogo de Bergamín (con colofón del 15 de junio), poco después por tanto, al parecer, de la traducción de Rolfe Humphries publicada en Nueva York por Norton (fechada oficialmente el 24 de mayo). Y ese orden de publicaciones parece responder a una cuestión de derechos de autor, pues el orden y disposición de los poemas parece demostrar que Norton trabajó con el manuscrito que Bergamín les remitió durante el verano de 1939.

Por otra parte, entre las ediciones frustradas, una de las más interesantes y que incluso llegó a anunciarse es el encargo que se le hizo al historiador Josep Maria Miquel i Vergés (1903-1964) de antologar por extenso “la poesía y el pensamiento catalán”, para el que estaba previsto un prólogo del filósofo, pedagogo y poeta Joaquim Xirau (1895-1946). Gonzalo Santoja se ha ocupado por extenso y con gran cantidad de detalles en el muy completo libro que dedicó a la editorial, así como a los entresijos de la edición de las Obras completas de Antonio Machado (“una edición modélica, muy por encima de lo que cabria esperar”), al cuidado tipográfico de Emilio Prados, o las tribulaciones (y el choque con Juan Ramón Jiménez) que conllevó la antología Laurel, preparada, por lo menos nominalmente, por Prados, Juan Gil-Albert, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz, aparecida en la colección Laberinto en 1941, un generoso volumen de 1.134 páginas.

Es evidente que la editorial Séneca ocupará el lugar que le corresponda en función de la calidad, volumen e importancia de sus ediciones, pero no deja de ser interesante e instructiva la cuantiosa información referida a costos (“eran, sin duda, libros caros, o hasta carísimos”) tiradas, ventas, sueldos, etc. que Gonzalo Santonja reproduce en el apéndice de Al otro lado del mar. Bergamín y la editorial Séneca (México, 1939-1949).

Fuentes:

Víctor Díaz Arciniega, “Séneca, una casa para la resistencia”, Trama & Texturas, n. 24 (septiembre de 2014), pp. 109-131.

Gonzalo Penalva, Tras las huellas de un fantasma. Aproximación a la vida y obra de José Bergamín, Madrid, Turner, 1985.

Gonzalo Penalva, ed., Homenaje a José Bergamín, Madrid, Consejería de Educación y Cultura de la Consejería de Madrid, 1997.

Gonzalo Penalva, “José Bergamín y Poeta en Nueva York, en Milagros Rodríguez Cáceres, Felipe B. Pedraza y Pedro Provencio Chumillas, coords., Manojuelo de estudios literarios ofrecidos a José Manuel Blecua Tejeiro por los profesores de enseñanza media, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 1983, 1983, pp. 185-194.

Teresa Santa María, “Un poeta y editor leal”, Quimera, núm. 162 (octubre de 1997), pp. 7-78.

Gonzalo Santonja, Al otro lado del mar. Bergamín y la editorial Séneca (México, 1939-1949), Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1997.